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Libro N° 14343. Historia General De España, Tomo I Parte 2. De Mariana, Juan.


© Libro N° 14343. Historia General De España, Tomo I Parte 2. De Mariana, Juan.  Emancipación. Octubre 4 de 2025

 

Título Original: © Historia General De España, Tomo I

 

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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: 

Guillermo Molina Miranda




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HISTORIA GENERAL DE ESPAÑA Tomo I

Parte 2

Juan De Mariana


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Historia General De España, Tomo I Parte 2

Juan De Mariana

 

 

 

 

 

 

 

 

LIBRO OCTAVO

 

 

 

 

 

 

 

I. De los principios del reino de Navarra

 

Después de aquel memorable y triste estrago con que casi toda España quedó asolada y sujeta por los moros, gente feroz y desapiadada, de las ruinas del imperio gótico, no de otra manera que de los materiales y pertrechos de algún grande edificio cuando cae, muchos señoríos se levantaron, pequeños al principio, de estrechos términos y flacas fuerzas, mas el tiempo adelante reparadores de la libertad de la patria y excelentes restauradores de la república trabajada y caída. Poner por escrito el origen y progreso de todos estos estados y señoríos sería cosa dificultosa y más largo cuento de lo que sufre la medida y traza de la presente obra. Declarar en breve los principios, aumentos y sucesos que tuvieron los más principales y más señalados entre los demás, téngolo por cosa necesaria por andar de aquí adelante mezcladas sus cosas con las de los reyes de León. En particular será necesario tratar de los principados de Navarra, de Aragón, de Barcelona y de los condes de Castilla.

 

Las reliquias de los españoles que escaparon de aquel fuego y de aquel naufragio común y miserable, echadas de sus moradas antiguas, parte se recogieron a las Asturias, de que resultó el reino de León, de que hasta aquí se ha hablado. Otra parte se encerró en los montes Pirineos en sus cumbres y aspereza, do moran y tienen su asiento los vizcaínos y navarros, los jacetanos, urgelitanos y los ceretanos, que son al presente Ribagorza, Sobrarbe, Urgel y Cerdaña. Éstos, confiados en la fortaleza y fragura de aquellos lugares, no sólo defendieron su libertad, sino trataron y acometieron también de ayudar a lo demás de España; varones sin duda excelentes y de mayor ánimo que fuerzas. Los tales creo yo pusieron su confianza en la ayuda de Dios, pues contra tantas dificultades ninguna prudencia era bastante.

 

La ocasión para intentarlo no fue muy grande. Un cierto hombre religioso y ermitaño, por nombre Juan, con deseo de vida más sosegada, hizo su morada en el monte de Oroel, no lejos de la ciudad de Jaca, y para los oficios divinos levantó en un peñol una capilla con advocación de san Juan Bautista. La fama de la santidad de este hombre comenzó a volar por todas partes. Juntáronsele cuatro compañeros, deseosos de imitar y seguir

 

 

 

 

 

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la vida que hacía. Asimismo muchas gentes de los lugares comarcanos acudían a visitarle con intento de aplacar a Dios por medio de las oraciones de este santo varón, al cual, mientras que vivió, ayudaron con muchas buenas obras y limosnas que le hacían, y después de muerto se juntaron los de aquella comarca a hacerle las honras. Acudió gran número de gente; entre estos, seiscientos hombres nobles de propósito se juntaron, o convidados de la soledad del lugar, comenzaron a tratar y consultar entre sí del remedio de la república y de sacudir la pesada servidumbre de los moros. La fortaleza de los lugares y sitio les ponía ánimo, y confiaban que si intentaban cosa tan gloriosa, no les faltarían socorros de Francia; convidábales el ejemplo de los asturianos, que, con tomar al infante don Pelayo por rey y por caudillo, no dudaron de tratar cómo ayudarían a la patria ni de irritar las armas de los moros; cosa que aunque al principio pareció temeridad, el efecto y remate fue muy saludable.

 

Habiendo tratado mucho y consultado sobre esto, pareció sería lo más acertado escoger de entre sí alguna cabeza, con cuya obediencia y autoridad atados, mejor pudiesen acometer empresa tan grande. Con esta resolución nombraron a Garci Jiménez por acuerdo común de todos para esto; porque si bien no era de la sangre de los godos, lo que se entiende por el nombre que parece más de españoles que de godos, pero sin duda fue muy noble, de grande y antiguo solar y linaje, señor de Amescua y Abarsusa. Su mujer era doña Íñiga, de igual nobleza. En el tiempo que sucedió esto no concuerdan los autores, ni aún consta qué nombre tuviese el reino para que le nombraron ni qué apellido le dieron. Algunos dicen que se llamó rey de Sobrarbe, otros de Navarra, los unos y los otros sin argumentos bastantes; y es toda antigüedad escura, principalmente la de España, a la manera que las corrientes de los ríos son conocidas, los nacimientos y las fuentes de que proceden y salen no tanto. Las armas e insignias del nuevo rey, un escudo rojo sin alguna otra pintura.

 

Ganó algunos pueblos de los moros, y entre ellos a Aínsa, principal villa de Sobrarbe. La capilla del ermitaño Juan, aumentada y ensanchada con nuevos edificios que le arrimaron, poco a poco vino a ser semejable a un edificio real, señalada y noble por los sepulcros de los reyes antiguos que allí se enterraron. Por los milagros y antigüedad y mucha devoción de aquella casa de San Juan de la Peña, el rey Garci Jiménez y sus sucesores la escogieron para su sepultura. Murió este rey el año 758. Sucedióle Garci Íñiguez, dicho así de los nombres de su padre y de su madre, príncipe

 

 

 

 

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verdaderamente grande y de felicidad señalada, pues por el esfuerzo de este rey de Navarra, que entre las armas e imperio de los franceses y moros andaba en balanzas, fue sujetada y quedó en perpetua posesión de estos reyes. Pasó con las armas hasta aquella parte de Vizcaya que se llama Álava.

 

En tiempo de este rey otrosí tuvieron principio los condados de Aragón y Barcelona. El de Aragón con esta ocasión. Aznar, hijo de Eudón el Grande, venido que fue a aquellos lugares que bañan los ríos Aragón o Arga y Subordán, y ganado que hubo algunos pueblos de los moros, con voluntad del rey don García se llamó conde de Aragón, comarca por entonces sujeta a los reyes de Navarra, después exenta, como en su lugar se declarará. Su hijo se dijo también Aznar; su nieto Galindo, de cuyos hechos no hay cosa que de contar sea. Muerto Galindo, sucedió en aquel condado Jimeno Aznar. Lo de Barcelona sucedió de esta manera. Ganóse Barcelona por las armas de Ludovico Pío, que adelante fue emperador, y a la sazón era vivo Carlomagno, su padre. Dejó por gobernador de aquella ciudad a Bernardo, de nación francés, el año de 801. De aquí tuvo principio el señorío de Barcelona y los condes, que en aquella parte de España alcanzaron gran poder.

 

Este año pasado, y venido el siguiente, falleció el rey de Navarra Garci Íñiguez. Sucedióle Fortún García, su hijo, de cuyas hazañas los historiadores navarros cuentan grandes cosas y casi increíbles. Lo que se tiene por cierto es que se halló en aquella batalla memorable de Roncesvalles, do la nobleza de Francia pereció a manos de los nuestros y quedó vencido en la pelea Carlomagno, emperador y general en aquella jornada. De la alegría de aquella victoria no poco se quitó por la muerte de Jimeno Aznar, conde de Aragón, que en aquella batalla pereció por haberse adelantado y con deseo de mostrar su esfuerzo metióse muy adelante entre los enemigos sin hacer caso de la muerte. Fue tanto mayor el lloro, que su hermana Teuda estaba casada con el rey Fortún. Al conde Jimeno Aznar sucedió Jimeno García o Garcés, su tío, sin hacer cuenta de Endregoto, hermano del difunto, que parece tenía mejor derecho que el tío para heredar aquel estado; la causa no se sabe; por ventura la edad no era a propósito para encargarle el gobierno. Murió el rey Fortún el año 815; dejó por sucesor suyo a Sancho García, su hijo, que tenía en su mujer. En tiempo de este rey los de Valderroncal, por lo mucho que trabajaron en la

 

 

 

 

 

 

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guerra de los moros, fueron libertados de tributos, como se ve por un privilegio que muestran de este tiempo y de este rey.

 

Bernardo, conde de Barcelona, a quien algunos llaman marqués, como fuese acusado por aquellos que eran tutores de Bernardo, nieto de Carlomagno, hijo de su hijo Pipino, de cometer adulterio con la Emperatriz, mujer del emperador Ludovico, y por tanto haber caído en alevosía, movido del dolor de esta calumnia, de Francia, do era ido, se volvió en España, do tenía grande autoridad y muchos aliados que en el tiempo pasado ganara. Falleció el año 839; y por su muerte Wifredo, primero de este nombre entre los condes de Barcelona, hubo aquel principado por merced de Ludovico Pío, no por juro de heredad por entonces, sino a voluntad del Emperador y por tiempo determinado o mientras que viviese, como se usaba en los demás gobiernos.

 

Era señor de Aragón por el mismo tiempo García Aznar, sucesor de su padre Jimeno García o Garcés, que por este tiempo había fallecido, en la misma sazón que con las armas del rey Sancho García los navarros, que de la otra parte de los Pirineos estaban sujetos al imperio francés, fueron trabajados, y no los dejó antes sosegar que jurasen de guardar y tener perpetua amistad con los reyes de Sobrarbe. Dícese que le mataron en la guerra de Muza, aquel de quien arriba se dijo haberse rebelado contra Mahomad, rey de Córdoba, que fue por los años del Señor de 853.

Después del rey don Sancho cierto autor nombra a don Jimeno García, su hijo. En los archivos del monasterio de San Salvador de Leire, que está en Navarra, metido y situado dentro en los montes Pirineos, se dice que está allí sepultado con su mujer Munia, sin decir otra cosa. A estos papeles, comoquier que carezcan de mayor luz de historia y seguridad, cuánta fe se haya de dar, cada uno por sí mismo lo juzgue; que no nos pareció determinarnos por la una ni por la otra parte. Muertos estos reyes, faltó la línea de la familia real, por donde se siguió una vacante de cuatro años; en el cual tiempo, antes que las voluntades de los naturales viniesen y se conformasen en uno, a quien nombrasen por rey y le pusiesen por gobernador de la república, los más escritores navarros dicen que, comunicado el negocio con el pontífice romano, que parece fue León, cuarto de este nombre, con los franceses y los lombardos, por su consejo tomaron de las leyes de aquellas naciones lo que juzgaron ser a propósito para mantenerse en libertad. El mayor cuidado era que en ningún tiempo los reyes pudiesen usar mal del poder que les daban para oprimir los

 

 

 

 

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vasallos. Escribiéronse las leyes que vulgarmente se llaman los Fueros de Sobrarbe, cuya fuerza principalmente está y se endereza a que, pues ellos pensaban dar al nuevo rey lo que de moros se ganara, que tomado el poder y mando, ninguna cosa de mayor momento pensase que le era lícito determinar sin consejo y voluntad de doce hombres nobles que para este propósito se nombraron, ni disminuyese el derecho de la libertad, y que lo que se ganase de los moros fielmente lo dividiese con la nobleza. Para que todo esto fuese más firme, pareció crear un magistrado a la manera de los tribunos de Roma, que en este tiempo se llama vulgarmente el justicia de Aragón; cargo que, armado de las leyes, autoridad y afición del pueblo, hasta ahora ha tenido el poder del rey cerrado dentro de ciertos límites para que no viniese en demasía; y a los nobles principalmente se dio por entonces que no les fuese imputado a mal si alguna vez hiciesen entre sí juntas para defender su libertad sin que el rey lo supiese. Mas estos y otros privilegios del rey don Alfonso el Tercero en este propósito, fueron por Cortes generales revocados en tiempo del rey don Pedro, el postrero de Aragón.

 

Ordenadas las cosas en esta forma, Íñigo Sánchez, conde de Bigorra, señorío que está en la Aquitania o Guyena, llamado por su ligereza por sobrenombre Arista, fue nombrado por rey por voto de trecientos nobles que se juntaron; y como hubiese en Pamplona, en la iglesia de San Victorián, jurado los derechos, leyes y libertad de sus vasallos, le fue dado el gobierno y el mando. Añaden que dio poder a sus vasallos que si quebrantase lo que tenía prometido pudiesen llamar y llamasen en defensa de su libertad al rey que quisiesen, moro o cristiano; pero que el pueblo, lo que tocaba llamar a los moros, por ser cosa torpe no lo aceptó. Todas estas cosas, que no sólo el vulgo, sino algunos hombres eruditos las tienen por averiguadas, otros las tienen por fábulas, y piensan antes que el rey Arista sucedió a su padre el rey pasado. Porque ¿qué causa bastante hubo para hacer nuevas leyes y establecer aquel nuevo magistrado? O ¿cómo pudieron comunicar esto con los lombardos, cuya nación años antes sujetó y oprimió el poder de Carlomagno? No hay para qué adivinar en cosa tan dudosa; por ventura lo que sucedió en la elección de don Garci Jiménez, primer rey de Sobrarbe, el vulgo de los historiadores, por ignorancia de los tiempos, lo aplicó al rey Íñigo Arista, que pensaban ser el primero de aquellos reyes.

 

 

 

 

 

 

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Esto consta, que el rey don Íñigo Arista por este tiempo tuvo el reino en los montes Pirineos, y por mujer a doña Íñiga, hija del conde Gonzalo, de la sangre de los reyes de Oviedo. También se casó con Teuda, hija de Zenón, duque de Vizcaya, como se tocó en otro lugar. Tuvo un solo hijo, no se sabe de qué matrimonio; pero llamóse Garci Íñiguez, y sucedióle en el reino. El monasterio de San Salvador de Leire, asentado entre los montes Pirineos, y que por su devoción, majestad de edificio y por sus gruesas rentas es muy principal, se tiene por obra y fundación del rey Arista. En aquel monasterio están los cuerpos de las vírgenes Nunilón y Alodia, que no muchos años después de este tiempo fueron muertas por la fe en un lugar llamado Bosca, cerca de Nájera; otros dicen en Huéscar, la que está cerca de Baza. Verdad es que la ciudad de Bolonia, en la Lombardía, se atribuye la posesión de estas santas reliquias; pero hace contra esto un privilegio que se guarda en los archivos de aquel monasterio; y la vecindad de los lugares donde fueron muertas ayuda a esta opinión y a creer que sus reliquias están en aquel convento, a lo menos grande parte. Extendió el rey Arista los términos de su reino, añadió a lo que antes tenía, y ganó lo llano de Navarra, como quier que los reyes pasados se hubiesen estado hasta este tiempo dentro los montes. Pamplona y Álava, que con la revuelta de los tiempos volvieran a poder de los moros, por sus armas se recobraron. Así, se llamó rey de Pamplona, como se muestra por los privilegios de estos reyes.

 

En el mismo tiempo Wifredo, llamado el Velloso, hijo del otro Wifredo, alcanzó el condado de Barcelona por juro de heredad por merced de Carlos, emperador, llamado el Craso, con retención solamente para sí del derecho de las apelaciones, que fue el año de 884, después que por mandado del emperador Ludovico II, a causa de la tierna edad de este Wifredo, Salomón, conde de Cerdaña, gobernó aquella ciudad y estado por espacio de diez y nueve años. Hijos de este Wifredo, entre otros, fueron Miro, conde de Barcelona, y Seniofredo, conde de Urgel, que adelante en estos estados sucedieron a su padre.

 

Por el mismo tiempo falleció García Aznar, conde de Aragón. Sucedióle su hijo Jimeno García. Del año en que murió el rey Íñigo Arista hay diferencia entre los autores, sin que se pueda averiguar la verdad con seguridad. Sospechamos, empero, lo que parece pedir la razón de los tiempos, que falleció en el que reinó en las Asturias don Alfonso, rey de Oviedo, llamado el Magno, cerca de los años del Señor de 888. Sucedióle

 

 

 

 

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su hijo Garci Jiménez, que era menor de edad y tenía a la sazón solos diecisiete años; pero en grandeza de ánimo y en las cosas que hizo en tiempo de paz y de guerra no reconoció ventaja a ninguno de los reyes sus antepasados; porque, llegado a mayor edad, ganó grande reputación, y la conservó con muchas victorias que ganó de los enemigos del nombre cristiano y batallas que dio, que la brevedad que llevamos no sufre que se relaten por menudo. Su mujer se llamó Urraca, hija o hermana de Fortún Jiménez, conde de Aragón. Digo esto porque los autores asimismo no van conformes en esto, en tanto grado, que algunos la hacen sólo parienta de Fortún, nieta de Galindo e hija de Endregoto, aquel de quien se dijo que su tío Jimeno García le usurpó el señorío de Aragón. Lo que se averigua es que este rey de Navarra tuvo en su mujer dos hijos, que se llamaron, el uno Fortún y el otro Sancho, por sobrenombre Abarca, y una hija, llamada Sanctiva, que casó con don Ordoño, rey de León, siendo ya viejo, y que estuvo antes casado otras dos veces, como queda dicho en el libro pasado. Este rey de Navarra murió a manos de los moros en un encuentro que con ellos tuvo en el valle de Aivar (el arzobispo don Rodrigo le llama Larumbe), ca hizo muchas veces entradas en tierra de moros con intento de ensanchar su reino y deseo muy encendido que tenía de extirpar toda la morisma de España. Fue su muerte el año de 903, como se entiende del Cronicón albeldense.

 

Sucediéronle en el reinado sus dos hijos, primero Fortún, y después don Sancho, en cuyo tiempo, según que se dijo al fin del libro pasado, los nuestros perdieron aquella famosa jornada del valle de Junquera. El monasterio de San Salvador de Leire pretende que el rey don Garci Íñiguez está allí sepultado; contradicen los de San Juan de la Peña por causa de un sepulcro o lucillo que allí se ve entre los otros sepulcros de los reyes pasados con nombre del rey Garci Íñiguez. Para determinar este pleito ni tenemos tiempo ni lugar, ni creo yo que nadie podría averiguar la verdad. Sospecho que la ocasión de esta y semejantes diversidades se tomó de diferentes sepulcros que pusieron a estos reyes por memoria en diversos lugares sin tener allí sus cuerpos, aquellos que a hacerlo se tenían por obligados por alguna merced de ellos recibida, como se acostumbra también en nuestro tiempo. Esto baste por el presente de los principios del reino de Navarra.

 

 

 

 

 

 

 

 

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II. De los condes de Castilla

 

Los romanos antiguamente llamaban Vaceos por la mayor parte a aquella comarca de España que llamamos Castilla la Vieja y parte términos con el reino de León por los ríos Carrión, Pisuerga, Heva y Regamón; por otra parte toca las tierras de Asturias, Vizcaya y Rioja; hacia mediodía tiene por aledaños los montes de Segovia y Ávila, do casi por estos tiempos se remataba el señorío de los moros por una parte, y por la otra el de los cristianos. Los campos son fértiles de pan llevar, producen vino muy bueno, son a propósito para los ganados; pero por la mayor parte tienen falta de aceite, alguna más abundancia de agua que en lo demás de España, así de lluvias como de fuentes y ríos. La gente de mansos y grandes ingenios, buenos y sin doblez, de cuerpos sanos, de rostros hermosos; demás de esto, son sufridores de trabajo.

 

En aquella provincia, dado que al principio no la poseyeron toda, algunos señores, poderosos en riquezas y vasallos, comenzaron a defender sus fronteras de los moros con esfuerzo y con las armas y de cada día ensanchar más su señorío. Llamábanse condes por permisión, a lo que se entiende, de los reyes de Oviedo; verdad es que no se sabe si el tal apellido era nombre de principado o solamente significaba gobierno. Por lo menos tenían obligación de acudir a los dichos reyes, si se levantaba alguna guerra, con sus armas y vasallos; y si se juntaban Cortes del reino, de hallarse en ellas presentes. En los tiempos antiguos se acostumbró llamar condes a los gobernadores de las provincias, y aún les señalaban el número de los años que les había de durar el mando. El tiempo adelante, por merced o franqueza de los reyes, comenzó aquella honra y mando a continuarse por toda la vida del que gobernaba, y últimamente a pasar a sus descendientes por juro de heredad. Algún rastro de esta antigüedad queda en España, en que los señores titulados, después de la muerte de sus padres, no toman los apellidos de sus casas ni se firman duques, marqueses o condes antes que el rey se lo llame y venga en ello, fuera de pocas casas que por especial privilegio hacen lo contrario de esto. Como quier que todo esto sea averiguado, así bien no se sabe en qué forma ni por cuánto tiempo los condes de Castilla al principio tuviesen el señorío, mas es verosímil que su principado tuvo los mismos principios, progresos y aumentos que los demás sus semejantes tuvieron por todas las provincias de cristianos, a los cuates no reconocía ventaja ni en grandeza ni aún casi

 

 

 

 

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en antigüedad, porque hay muy antigua mención de condes de Castilla, y en este número por los privilegios de los reyes antigues se puede contar por primero el conde don Rodrigo, que floreció en el tiempo del rey don Alfonso el Casto.

 

En el númera de los años y de las datas no hay para qué cansarse, porque tengo por averiguado está estragado en los más de los privilegios antiguos. Después de don Rodrigo las personas más diligentes en rastrear las antigüedades de España ponen a don Diego Porcellos, hijo que fue del pasado, como lo señala en particular el Cronicón albeldense. Éste vivió en tiempo de don Alfonso el Magno, rey de Oviedo, por cuanto se puede conjeturar de memorias antiguas. Dio por mujer una hija suya, llamada Sulla Bella, a Nuño Belchides, que era de nación alemán, y por su devoción era venido en romería a España y a Santiago. Este caballero, con deseo de adelantar las cosas de los cristianos, habiéndose emparentado con el conde don Diego, junto con él fundó la nobilísima ciudad de Burgos para que la gente que estaba esparcida y derramada por las aldeas hiciese un cuerpo y forma de ciudad; de que tomó el nombre de Burgos, porque los alemanes llaman burgos a las aldeas.

 

Había demás de don Diego Porcellos en el mismo tiempo otros condes de Castilla, por estar, a lo que parece, aquella provincia dividida en muchos señores, como fueron Fernando Anzules, Almondar (llamado el Blanco), y su hijo de este, llamado don Diego. Mas entre todos el de mayor autoridad y poder era Nuño Fernández, en tanto grado, que vino a tener por yerno al hermano de don Ordoño, el segundo rey de León, por nombre don García, que fue también rey. Por esto, y porque por las armas forzó a don Alfonso el Magno, su consuegro, a renunciar el reino, tenía más presunción que don Ordoño pudiese sufrir, como enemigo que era de toda insolencia y altivez. Fuera de esto, malsines atizaban el fuego y avivaban el disgusto, cuales hay muchos en las casas de los príncipes, que tienen costumbre de subir a los más altos grados, no por alguna virtud suya, sino derribando los que les están delante, maña muy mala, pero hollada y seguida por los prósperos sucesos que por este camino muchos han tenido.

 

Con los aguijones de este odio movido el Rey, llamó los condes a su corte. Fingió que quería con ellos comunicar los negocios más graves del reino. Señalóse para la junta un pueblo llamado Regular, situado en medio del camino y a los confines de los señoríos de Castilla y de León.

 

 

 

 

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Acudieron el día señalado los condes sin guarda bastante de soldados, por venir sobre seguro y confiados en la buena conciencia que tenían. Echáronles deslealmente mano por mandado del rey, y fueron enviados en prisiones a la ciudad de León. El dolor que las ciudades y lugares de Castilla concibieron, gravísimo por esta causa, se acrecentó grandemente con el aviso que dentro de pocos días sobrevino de la muerte impía y cruel dada a los condes. Temía el rey don Ordoño nuevas alteraciones y que aquellas gentes se resolverían de acudir a las armas para tomar enmienda de aquel agravio; apercebíase para la guerra, juntaba soldados, armas y caballos cuando sobrevino su fin. Falleció en Zamora de su enfermedad año de nuestra salvación de 923; fue sepultado en León en la iglesia de Nuestra Señora, que él mismo hiciera consagrar, como queda arriba apuntado, hiciéronle las exequias como a rey con grande solemnidad y aparato.

 

En este tiempo, por muerte de Sisnando, obispo de Compostela, sucedió en aquella iglesia Gündesindo, hombre principal, hijo de cierto conde, pero que oscurecía con sus malas costumbres y afeaba la nobleza de su linaje. Muerto este, fue puesto en su lugar Ermigildo, igual en la nobleza al pasado y muy semejable en las costumbres y vida. De Nuño Belchides y de Sulla Bella, su mujer, nacieron dos hijos, Nuño Rasura y Gustio González. Nuño Rasura fue abuelo del conde Fernán González, a quien nuestras historias suben hasta las nubes por sus muchas hazañas y valor muy conocido; de Gustio fueron nietos los infantes de Lara; con que la sangre de don Diego Porcellas, mezclada con la real, como se dirá en su lugar, anda asimismo ingerida en muchas casas y linajes principales de España y de fuera de ella, sin que haya faltado sucesión y linea de sus nietos y descendientes hasta esta nuestra era.

 

 

 

 

III. De don Fruela el Segundo, rey de León

 

Muerto que fue el rey don Ordoño, su hermano don Fruela, segundo de este nombre, sucedió en el reino de León, no por alguna virtud que en él hubiese ni por voluntad de los grandes o conforme a las leyes, sino por las armas en que muchos ponen el derecho de reinar. Conforme a los principios fueron los medios y los cabos. No le duró mucho el poder, reinó

 

 

 

 

 

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solos catorce meses. Señalóse solamente en afrentas, torpeza y crueldad, por lo cual le pusieron el nombre de Cruel. Forzosa cosa es tema a muchos, a quien muchos temen. La seguridad de los reyes está en el amor de sus vasallos, y en el odio su perdición. Dio la muerte a los hijos de un hombre principal, llamado Olmundo, cuyo hermano, llamado Fruminio, obispo de León, fue forzado a salir en destierro; que por ser persona eclesiástica no quiso el rey poner en él las manos, dado que no era nada escrupuloso ni templado.

 

Tuvo en su mujer Munia a don Alfonso, don Ordoño, don Ramiro; y fuera de matrimonio a don Fruela, padre de don Pelayo, llamado el Diácono, con quien casó el tiempo adelante doña Aldonza o Alfonsa, nieta del rey don Bermudo, llamado el Gotoso. Sepultóse don Fruela en León. Su memoria y fama quedó afeada, no más por la enfermedad de lepra, de que murió, que por la cobardía de toda su vida, y por la rebelión y enajenamiento de Castilla que en su tiempo sucedió. Había alterado las voluntades de los naturales la muerte indigna de los condes que el rey don Ordoño mandó hacer. Esta pena se acrecentaba de cada día con nuevos agravios que les hacían, ca les forzaban a ir a pedir justicia y seguir sus pleitos delante los jueces de León, y cuando se tenían Cortes generales acudir a ellas. Así, lo que trataban en sus ánimos y no era fácil ponerlo en ejecución, que era levantarse, tuvieron buena ocasión de apresurarlo por la poquedad del rey don Fruela; quitáronle públicamente la obediencia y se le rebelaron. Para dar orden en las cosas y para el gobierno escogieron dos personas de entre toda la nobleza que tuviesen cargo de todo con suprema autoridad. Diéronles nombre de jueces, y no títulos de otros principados más grandes, porque no tomasen ocasión del apellido para oprimir la libertad.

 

Fueron nombrados para esto Nuño Rasura y Laín Calvo, dos varones en aquel tiempo muy nobles y poderosos. Laín era de menos edad y casado con Nuña Bella, hija de su compañero. A este se dio cuidado de la guerra por su mucho esfuerzo. A Nuño Rasura, que era persona de grande experiencia y de prudencia aventajada, encargaron principalmente las cosas del gobierno y de la justicia, que administraba estando en Burgos, ciudad principal, las más veces solo, y también en otros pueblos de la provincia. Dos leguas de Medina de Pomar hay un pueblo llamado Bijudico, y en él un tribunal de obra muy vieja, en que los naturales, por

 

 

 

 

 

 

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tradición antigua, dicen que estos jueces acostumbraban a publicar sus leyes y determinar sus pleitos.

 

Gobernábanse, es a saber, por un antiguo libro y fuero que contenía las antiguas leyes de Castilla, cuya mención se halla muy ordinaria en los papeles y memorias de este tiempo, y que tuvo fuerza hasta el tiempo del rey don Alfonso el Sabio, que le derogó, y en su lugar ordenó las leyes de Las Partidas. Cuánto tiempo hayan vivido estos jueces no se sabe, ni aún se tiene bastante noticia de sus hechos. Del linaje de estos dos jueces sin duda sucedieron hombres muy nobles, muy valientes y señalados, porque Laín Calvo fue quinto abuelo del Cid Ruy Díaz; hijo de Nuño Rasura fue Gonzalo Nuño, que tuvo el cargo de su padre, no con menor gloria que él, por ser de ingenio fácil, de suavidad de costumbres y afabilidad singular, en todas sus cosas muy curioso. Demás de esto, acordó e hizo que los hijos de los nobles se criasen y amaestrasen en su palacio, que era como un seminario y plantel de varones señalados en paz y en guerra; por la cual liberalidad ganó grandemente las voluntades de toda la provincia. Su mujer se llamó doña Jimena, hija del conde Nuño Fernández, que fue con los demás condes de Castilla muerto por el rey don Ordoño.

 

De este matrimonio nació el conde Fernán González, por la gloria de sus virtudes y proezas, y en particular por la grande constancia que mostró en tanta variedad de cosas como por él pasaron, igual a cualquiera de los antiguos caudillos y príncipes. Pero del conde Fernán González se tratará luego en su lugar. Volvamos al cuento de los reyes.

 

 

 

 

IV. De don Sancho Abarca, rey de Navarra

 

Cosa averiguada y cierta es que las historias de Navarra están llenas de muchas fábulas y consejas, en tanto grado, que ninguna persona lo podrá negar que tenga alguna noticia de la antigüedad. Paréceme a mi que los historiadores de aquella nación siguieron el afecto e inclinación vulgar que muchos tienen de hermosear su narración con monstruosas mentiras de cosas increíbles y con patrañas. Por donde la historia, cuya principal virtud consiste en la verdad, viene a hacerse y ser semejante a los libros de caballerías, compuestos de fábulas y mentiras, en que hombres ociosos y vanos se entretienen y en ellos gastan su tiempo, falta que en todo lo

 

 

 

 

 

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demás de la historia se echa de ver, mas en lo que toca a este tiempo son las invenciones más evidentes y claras, cuando muerto por los moros en un rebato el rey Garci Íñiguez, fingen que sucedió lo mismo a su mujer doña Urraca, que estaba preñada, y dicen quedó en el campo muerta, o en el mismo o en diferente trance y tiempo; que es cosa mas fácil maravillarse que los autores se diferencien en la mentira que entender y averiguar la verdad.

 

Concuerdan empero en que un caballero, por nombre Sancho de Guevara, como sobreviniese y mirase lo que pasaba, vio al infante que sacaba el brazo por una de las heridas de la madre que muerta quedó; acordó de abrir el vientre de la madre y sacar de él al niño; crióle secretamente en su casa hasta tanto que tuvo buena edad. No sé qué espantajos se temía, pues para mayor secreto dicen que le traía vestido de aldeano, y por calzado unas abarcas, de donde le dieron el sobrenombre de Abarca. Añaden últimamente que pasados diez y nueve años de vacante, como la gente tratase de nombrar rey, le trajo a las Cortes. Allí, averiguado el caso y sabida la verdad, con grande voluntad de todos le fue dado el reino y la corona, teniendo todos por muy alegre agüero y pronóstico para adelante que Dios le hubiese guardado de tantos peligros, y persuadiéndose que conforme a tan maravillosos principios serían los medios y fines. Pero esto, que muy hermosamente se dice, muchos lo tienen por falso, personas de mayor prudencia y erudición, y no concuerdan las memorias y privilegios antiguos; ni aún la razón de los tiempos da lugar a que don Sancho Abarca naciese después de la muerte de su padre, pues tuvo por yernos a don Alfonso y don Ramiro, reyes de León, que vivieron y reinaron poco adelante; antes entiendo que era ya de buena edad cuando murió su padre, y que tomó luego la corona; dado que de los archivos y papeles del monasterio de San Salvador de Leire aquellos monjes sacan que Fortún, hermano mayor de este rey don Sancho, tuvo primero que él aquel reino por algún poco de tiempo. Si es verdad o mentira no lo sabría decir; pero afirman que, dejado el reino, creo por estar cansado de las cosas del mundo, tomó el hábito de monje en aquel monasterio.

 

La verdad es que este don Sancho tuvo en su mujer Teuda a Garci Sánchez el mayorazgo, y después de él a Ramiro y a Gonzalo y a Fernando, demás de esto cinco hijas, que fueron sus nombres Urraca, Teresa, María, Sancha y Blanca. Esta postrera dicen algunos que casó con

 

 

 

 

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don Nuño, señor de Vizcaya; otros lo contradicen, movidos de que por aquel tiempo no se halla que ninguno de aquel nombre haya tenido aquel señorío y estado. Fue este príncipe dichoso, no sólo por los muchos hijos que tuvo, sino esclarecido por las armas, porque con su valor y esfuerzo todo lo que por la revuelta de los tiempos se perdió en Sobrarbe y Ribagorza, se recobró de los moros; y no sólo hizo esto, mas ensanchó mucho los antiguos términos de aquel señorío hasta ganar y sujetar a su corona la Vizcaya o Cantabria y todo lo que se extiende por las riberas del río Duero hasta su nacimiento y los montes Doca, y hacia mediodía hasta Tudela y Huesca. Demás de esto, da muestra que llegó con el discurso de sus victorias a Zaragoza un castillo que está situado cerca de aquella ciudad, con nombre de Sancho Abarca; y aún no contento con los términos de España, pasados los Pirineos, en Francia sujetó aquella parte de los vascones y Navarra que largo tiempo poseyeron aquellos reyes, y hoy es la tierra de vascos.

 

Estaba el Rey embarazado en esta guerra de la otra parte de los montes; los moros, por pensar que por los fríos del invierno no podría venir al socorro, se pusieron sobre Pamplona. Don Sancho, avisado del peligro, hizo pasar los montes a los soldados con abarcas por causa del frío; y ésta fue la verdadera causa de haberle llamado Abarca, a la manera que sucedió en los nombres de Calígula y Caracalla, emperadores romanos, por semejante ocasión. Fue cosa fácil al que venció la naturaleza y el tiempo vencer también en batalla a los enemigos y forzarlos a que alzasen el cerco, como lo hizo. En todas estas guerras se alaba sobre todos la valentía de un capitán llamado Centullo, hombre sagaz, animoso y denodado.

 

Había con esto el rey don Sancho ganado gran gloria, si no afeara en gran parte su nombre con volver las armas contra Castilla, cosa que demás de la nota a él acarreó mal y daño, como se verá poco adelante.

 

 

 

 

V. De don Alfonso el Cuarto y don Ramiro el

 

Segundo, reyes de León

 

Don Alfonso, cuarto de este nombre, llamado el Monje, el reino que don Fruela a tuerto le quitara, después de su muerte le recobró, año de 924.

 

 

 

 

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Don Lucas de Tuy dice que don Alfonso fue hijo del mismo rey don Fruela, contra lo que sienten otras personas de mayor diligencia y autoridad, que dicen fue hijo del rey don Ordoño el Segundo.

 

En tiempo de este rey partió de esta vida Juan, prelado de Toledo, año del Señor de 926, sucesor que fue de Wistremiro y de Bonito, y él por si ilustre ejemplo de la santidad antigua. En su lugar no sucedió algún otro, por vedar, como se entiende, los bárbaros que alguno en aquellas revueltas fuese elegido y puesto en lugar que pudiese gobernar y ayudar las cosas de los cristianos. Sólo los demás sacerdotes, con deseo de tener paz entre sí por una manera de concordia, daban el primer lugar al cura de Santa Justa y obedecían a sus mandatos; estado en que se conservaron hasta tanto que Toledo volvió a poder de cristianos.

En el mismo tiempo volaba por el mundo la fama de Fernán González, conde de Castilla. El nombre y título de conde, porque su padre solamente tuvo nombre de juez, no se sabe si lo tomó con consentimiento de los reyes de León, o lo que parece mas verosímil, por voluntad de sus vasallos, que le quisieron honrar por esta manera, maravillados de las excelentes virtudes de tan gran varón. Señalóse en la justicia y mansedumbre, celo de la religión y en el gran ejercicio que tuvo y larga experiencia en las cosas de la guerra, virtudes con que no sólo defendió los antiguos términos de su señorío, sino demás de esto hizo que los del reino de León se estrechasen y retrajesen de la otra parte del río de Pisuerga. Ganó de los moros ciudades y pueblos, castigó la insolencia de los navarros con la muerte de su rey don Sancho Abarca.

 

Tenían los navarros costumbre de hacer mal y daño en las tierras de Castilla; no contentos con esto, maltrataron de palabra con amenazas y denuestos a los embajadores que les envió a pedir enmienda de lo hecho. Pasaron en esto tan adelante y las demasías fueron tales, que se tuvo por abierta la guerra. El conde, que no sufría insolencias ni demasías, hizo con sus gentes entrada y rompió por las tierras del navarro; las talas y presas eran grandes. Acudió el enemigo a la defensa; juntáronse las fuerzas y gentes de ambas partes cerca de un lugar llamado Gollanda. Diose la batalla de poder a poder, en que perecieron muchos de los unos y de los otros, sin declararse la victoria por gran espacio. Finalmente, en lo más recio de la pelea los generales se desafiaron y combatieron entre sí. Encontráronse con las lanzas; los golpes fueron tan grandes, que ambos cayeron en tierra; el rey con una mortal herida, el conde aunque

 

 

 

 

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gravemente herido, pero sin peligro de la vida. Animáronse con esto los soldados de Castilla, y con tal denuedo cargaron sobre los enemigos, que en breve quedó por ellos el campo. Sobrevino a la sazón el conde de Tolosa con sus gentes en socorro de los navarros. Recogió a los que huían, y vueltos a las puñadas, tornóse a encender la batalla. Sucedió lo mismo que antes, que los condes se encontraron entre sí de persona a persona; cayó de un bote de lanza en aquel combate muerto el de Tolosa, con que los navarros quedaron de todo punto vencidos y puestos en huida.

 

Los cuerpos del rey y del conde, con licencia del vencedor fueron llevados a sus tierras y honradamente sepultados. Sobre la sepultara de don Sancho Abarca hay pleito entre los monjes de San Juan de la Peña y los de San Salvador de Leire, que cada cual de las dos partes pretende le sepultaron en su monasterio, el cual no hoy para qué determinar en este lugar. Sólo entiendo que don Sancho Abarca murió al principio del reinado del rey don Alfonso el Magno, año de nuestra salvación de 926, después que reinó por espacio de veinte años enteros.

Sucedió en el reino don Garci Sánchez, su hijo, de quien hallo que se llamaba rey de Pamplona y de Nájera. Reinó cuarenta años; su mujer se llamó doña Teresa. Esto en Navarra.

El rey don Alfonso de León fue en sus costumbres más semejante a don Fruela que a su padre. Ninguna virtud se cuenta de él, ninguna empresa, ninguna provincia sujetada por guerra y allegada a su señorío. El odio de los suyos por esta misma causa se encendió contra el de tal suerte, que, cansado con el peso del gobierno, se determinó de renunciar el reino a su hermano don Ramiro. Llamóle con este intento a Zamora el año del Señor de 931 y de su reinado seis y medio. Diole el cetro de su mano, resuelto de descargarse de cuidados y de mudar la vida de príncipe con la de particular y de monje. En el monasterio de Sahagún, puesto a la ribera del río Cea, tomó el hábito sin cuidar ni de lo que las gentes podían pensar de aquel hecho, ni de su hijo don Ordoño, habido en doña Urraca Jiménez, hija de don Sancho Abarca, rey de Navarra, que quedaba en su tierna edad desamparado de ayuda y a propósito para que le hiciesen cualquier agravio. El principio bueno fue; el tiempo, que aclara los intentos, dio a entender que más se movió por liviandad que por otro buen respeto.

 

Doña Teresa, hermana de la reina doña Urraca, casó con el nuevo rey don Ramiro; de ella nacieron don Bermudo, don Ordoño, don Sancho y doña Elvira. Don Ramiro, encargado que se hubo del reino, luego tornó a

 

 

 

 

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renovar la guerra de los moros. Entendía como varón prudente que con ninguna cosa más podía ganar las voluntades de los suyos ni hacer mayor servicio a Dios que en perseguir a los enemigos del nombre cristiano; pero la inconstancia de don Alfonso puso impedimento a tan santos intentos, porque con la misma ligereza con que la había tomado dejó aquella manera de vida y se comenzó a llamar rey. Para atajar los males que podían resultar de estos principios, don Ramiro a la hora revolvió contra León, do su hermano estaba. Allí le cercó, y vencido de la hambre y de la falta de todas las cosas le forzó a rendirse. En aquella ciudad fue puesto en prisión, sin por entonces hacer en él mayor castigo, a causa que los hijos del rey don Fruela, segundo de este nombre, andaban alterados en Asturias, y forzaban a don Ramiro a ir allá.

 

La ocasión de alterarse no era la misma a los capitanes y al pueblo. Los hijos de don Fruela se quejaban de haber sido despreciados por el Rey, pues no los llamó a las Cortes en que don Alfonso renunció el reino. Los asturianos se alteraron por afición que tenían a don Alfonso y llevar mal que tratase de dejar el gobierno. Eran muchos los levantados, y más por miedo del castigo que por voluntad o esperanza de salir con la victoria, tomaron por cabezas a los hijos de don Fruela; pero conocido el peligro que corrían, acordaron de enviar embajadores a don Ramiro para avisarlo que estaban aparejados a hacer lo que les fuese mandado, recibirle en las ciudades y pueblos, servirle con todas sus fuerzas con tal que se determinase de venir sin ejército, de paz y sin hacer mal a nadie; que esto tomarían por señal que su ánimo estaba aplacado. Él, sospechando algún engaño o teniendo por cosa indigna que sus vasallos para obedecerle le pusiesen condiciones, entró con grueso ejército y domó a sus enemigos. Perdonó a la muchedumbre, tomó castigo de los más culpados. A los hijos de don Fruela luego que los tuvo en su poder los privó de la vista. El mismo castigo se dio a don Alfonso, hermano del Rey. No lejos de la ciudad de León estaba un monasterio con nombre de San Julián, edificado a costa de este rey don Ramiro; en él fueron guardados por toda la vida, y después de muertos sepultados, así todos estos como doña Urraca, mujer de don Alfonso. Con esto aquellas grandes alteraciones que tenían suspensos los ánimos de los naturales tuvieron más fácil salida que se pensaba.

 

Concluidas estas revueltas, el rey, como antes lo pretendió, volvió las armas contra los moros. Entró por el reino de Toledo, tomó por fuerza en

 

 

 

 

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aquella comarca, saqueó y quemó a Madrid, pueblo principal, derribóle los muros. En el entre tanto los moros encendidos en deseo de vengarse, juntas sus gentes, entraron por tierra de cristianos. Lo primero se metieron por los campos de Castilla. El conde, como quier que por la guerra pasada de Navarra se hallase flaco de fuerzas, movido por el peligro que los cosas corrían, envió embajadores al rey don Ramiro para rogarle no permitiese que el nombre cristiano recibiese afrenta ni que los bárbaros se fuesen sin castigo; que él forzado tomó las armas contra el rey, su suegro, y que el suceso de las guerras no está en manos de los hombres; si algún agravio o enojo recibió por lo hecho, que era justo perdonarle por respecto de la patria; que le aseguraba no pondría en olvido el beneficio y cortesía que le hiciese en este trance. El peligro común ablandó el ánimo del rey. Acudió luego con sus gentes deseoso de ayudar al conde. Juntáronse las huestes y los campos. Diose la batalla cerca de la ciudad de Osma, en que gran número de los bárbaros fueron muertos, los demás puestos en huida. Los soldados cristianos cargados de oro y de preseas volvieron a sus casas. Algunos sospechan que desde este tiempo volvieron los condes de Castilla a estar a devoción y ser feudatarios y vasallos de los reyes de León, porque les parece que un rey tan amigo de honra como don Ramiro no juntara de otra manera sus fuerzas, ni perdonara las injurias y desacatos que le habían hecho, sin que primero se le allanasen.

 

Siguióse una nueva guerra contra los moros. El rey don Ramiro, encendido en deseo de oprimirlos con sus gentes, movió la vuelta de Zaragoza. Tenía el principado de aquella ciudad Abenaya, señor de pocas fuerzas, feudatario de Abderramán, rey de Córdoba. Acompañó a don Ramiro en esta jornada el conde Fernán González. El moro, pareciéndole que no podría resistir a dos enemigos tan fuertes, tomó por partido sujetarse al rey don Ramiro y pagarle parias. Con este concierto se hicieron paces y cesó la guerra. No guardan los moros la fe más de cuanto les es forzoso. Así, partidos los nuestros, y también por miedo de Abderramán, que tenía aviso se aprestaba contra él, mudado partido y tomado nuevo asiento, de consuno acometieron los dos las tierras de los cristianos. Llegaron a Simancas; llevaban los moros mal que los cristianos les pusiesen leyes y forzasen a pagar parias los a quien tenían antes por sus tributarios. Acudió luego el Rey y salió al encuentro a los enemigos. Diose la batalla, que fue muy brava y de las más señaladas y reñidas de aquel tiempo; murieron treinta mil moros, otros dicen setenta mil. Los despojos

 

 

 

 

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fueron muchos y ricos, grande el número de los cautivos. El mismo Abenaya también fue preso. Abderramán con veinte de a caballo escapó por los pies.

 

El conde Fernán González, por no haberse hallado en la batalla, el porqué no se sabe, pero habiéndose encontrado con los que huían, hizo en ellos no menor matanza. Da muestra de esto un privilegio del monasterio de San Millán de la Cogolla, puesto en los montes de Oca, que se llamó antiguamente de San Félix, que concedió el conde por memoria del beneficio recibido y de esta victoria que ganó de los moros. En aquel privilegio se manda que muchas villas y pueblos de Castilla contribuyan por casas cada uno para los gastos y servicios de aquel monasterio, bueyes, carneros, trigo, vino, lienzo, conforme a lo que en cada tierra se daba, por voto que el conde hizo cuando iba a esta guerra; de donde también se entiende que de aquella parte de Vizcaya que se llama Álava fueron gentes de socorro al rey, y que todos estuvieron persuadidos que dos ángeles en dos caballos blancos pelearon en la vanguardia, y que por su ayuda se ganó la victoria; cosa que no suele acontecer ni aún inventarse sino en victorias muy señaladas cual fue ésta.

 

El alfaquí mayor de los moros, que es como obispo entre ellos, vino en poder del conde. Con esto, la provincia y la gente pareció alentarse del grande espanto causado del aparato que los contrarios hicieron para aquella guerra, además de muchas señales que en el cielo se vieron y muchos prodigios; porque en el mismo año que fue la pelea, es a saber, el de 934 (otros a este número añaden cuatro años), siendo reyes don Ramiro en León, y don Garci Sánchez en Pamplona, hubo un eclipse del sol o los 19 de julio (más quisiera a los 18, porque dicen fue viernes) por espacio de una hora entera a las dos de la tarde, tan grande y cerrado, que se mudó el día en muy espesas tinieblas. Segunda vez a 15 de octubre, que fue miércoles, la luz del sol se volvió amarilla, en el cielo apareció una abertura, cometas de extraordinaria forma, que caían a la parte de mediodía; las tierras fueron abrasadas por oculta fuerza de las estrellas, sin otras cosas que daban a entender la ira de Dios y su saña. Todo esto se contiene en el privilegio del conde Fernán González. Otros dicen que en el mismo día de la batalla se eclipsó el sol a 6 de agosto, día de los santos Justo y Pastor, que fue lunes. Estas señales tenían a todos muy congojados; pero ganada la victoria, se trocó el temor en alegría y se entendió que no amenazaban a los fieles, sino a sus enemigos.

 

 

 

 

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Falleció por este tiempo Mirón, conde de Barcelona; dejó tres hijos menores de edad. Éstos fueron Seniofredo, que le sucedió en el estado; Oliva, por sobrenombre Cabreta, al cual mandó el señorío de Besalu y de Cerdaña, y Mirón, que en los años adelante fue obispo y conde de Gerona. El gobierno por la tierna edad del nuevo príncipe estuvo mucho tiempo en poder de Seniofredo, su tío, conde de Urgel, que fue escalón para que sus descendientes poco adelante se apoderasen de todo. A la sazón que gobernaba este Seniofredo aquel estado, se tuvo un concilio de obispos en un pueblo llamado Fuentecubierta, tierra de Narbona. En este concilio se determinó un pleito que andaba entre los obispos Antigiso, de Urgel, y Adulfo, pallaríense, sobre los términos y mojones de los obispados, o por mejor decir, sobre toda la diócesis del pallariense, que el de Urgel pretendía ser toda suya. Así fue determinado por los obispos, que en pasando de esta vida Adulfo, la ciudad de Pallars quedase sujeta al obispo de Urgel, porque se probaba por instrumentos muy ciertos que antiguamente lo fue. Presidió en el concilio Arnusto, prelado narbonense, por estar a la sazón Tarragona en poder de moros, a cuyo obispo pertenecia concertar los pleitos entre los obispos comarcanos y sufragáneos suyos.

 

Por muerte de Seniofredo, conde de Barcelona, que falleció adelante sin dejar hijos, bien que estuvo casado con doña María, hija del rey don Sancho Abarca, Borello, conde de Urgel e hijo del otro Seniofredo, se apoderó del señorío de Barcelona. La fuerza prevaleció contra la razón; que de otra suerte ¿qué derecho podía tener ni alegar para excluir a Oliva, hermano del difunto? Tuvo Borello un hermano, llamado Armengaudo o Armengol, de grande santidad de vida, y por esto puesto en el número de los santos y en los calendarios; pero esto fue algún tiempo adelante.

El rey don Ramiro, llegado a mayor edad y vuelto su pensamiento a las artes de la paz y al culto de la religión, de los despojos de los moros edificó en León un monasterio de monjas con advocación de San Salvador, do hizo que doña Elvira, su hija única, tomaso el hábito y el velo como se acostumbra. Otro monasterio hizo con nombre de San Andrés. El tercero de San Cristóbal, a la ribera del río Cea cerca de Duero. El cuarto con nombre de Santa María Virgen. En conclusión, en el valle Ornense levantó otro monasterio con advocación del arcángel San Miguel.

Estaba el Rey ocupado en estas cosas cuando nuevas y domésticas alteraciones le hicieron volver a las armas. Fernán González y Diego Núñez, hombres principales, con deseo de novedades, o por alguna causa

 

 

 

 

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agraviados del Rey, se rebelaron contra él. No tenían bastantes fuerzas, llamaron a los moros y a su capitán Accifa. Destruyeron el territorio de Salamanca que baña el río Tormes. En otra parte por las armas de don Rodrigo, que entiendo era uno de los conjurados o aliado con ellos, las tierras de Amaya y parte de las Asturias eran maltratadas. No era fácil determinarse a qué parte primeramente se hubiese de acudir. En igual peligro pareció que debían de hacer guerra a los moros por ser enemigos públicos; así se hizo, y los echaron de toda la tierra con gran estrago que en ellos se hizo. Demás de esto, los autores y moveduras del alboroto vinieron en poder del rey, pero no mucho después fueron sin otro castigo sueltos de la prisión en que los tenían en León encerrados; solamente les hicieron jurar de nuevo la obediencia al Rey y prestarle sus homenajes; muestra que el delito no fue tan grave o que el rey usó de la victoria con mucha templanza. Concluida esta guerra, entiendo que de suyo se sosegaron las alteraciones de las Asturias, en especial qne la clemencia del rey les convidó a que se redujesen.

 

El conde de Castilla Fernán González tenía en doña Urraca, su mujer, una hija del mismo nombre. Importaba mucho para el buen suceso de las cosas que entre las dos provincias y señoríos de Castilla y de León hubiese confederación y avenencia, lo cual don Ramiro no ignoraba. Con deseo pues que la paz se asegurase, trató con el Conde y hizo que su hijo don Ordoño, que le debía suceder en el reino, casase con la dicha doña Urraca.

 

Concluido todo esto, el Rey, como enemigo que era de la ociosidad, a lo postrero de su edad hizo una nueva entrada en tierra de moros; metióse por el reino de Toledo y llegó hasta Talavera. Venció en batalla a los que venían a socorrer o los suyos, en que murieron doce mil moros, los presos llegaron a siete mil. Con esta victoria hizo que su autoridad y reputación se mantuviese, que junto con la edad se suele envejecer y menguar. Vuelto a sus tierras, envió a sus casas el ejército cargado de despojos de moros, y él se fue en romería a Oviedo a honrar los cuerpos de los muchos santos que allí estaban y dar a Dios gracias por tantas mercedes. En aquella ciudad, por ser la tierra malsana, adoleció de una enfermedad mortal. Sin embargo, dio vuelta a León, y ordenadas las cosas de su casa, renunció el reino y lo dio de su mano a su hijo. Hecho esto, tomados los sacramentos de la Penitencia y de la Eucaristía de mano de los obispos y abades que a su muerte se hallaron, falleció en el año de nuestra salvación de 950 a 5 días

 

 

 

 

 

 

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del mes de enero. Sepultáronle en el monasterio de San Salvador, edificio y fundación suya.

 

Fue este año muy señalado por muchos pueblos que en él, o se edificaron de nuevo, o se repararon, conviene a saber, Osma, Ron, Rinza, Clunia en los arévacos, que hoy es Coruña. A Sepúlveda también en un sitio fuerte edificó por este tiempo el conde Fernán González, por cuyo esfuerzo en particular el partido de los fieles en aquel tiempo se conservaba y aún mejoraba.

 

 

 

 

VI. De don Ordoño, tercero de este nombre, rey

 

de León

 

Muerto el rey don Ramiro, don Ordoño, su hijo, heredó el reino de León. Era hombre de gran corazón, tenía gran ejercicio en las armas, prudencia singular en el gobierno. La brevedad de la vida, ca solamente reinó cinco años y siete meses, hizo que no pudiese ejercitar por largo tiempo las virtudes de que su buen natural daba muestras.

 

Al principio don Sancho, su hermano, o por deseo de reinar, o irritado por algún agravio, como es mas verosímil, fue causa que las armas de Garci Sánchez, rey de Navarra, su tío, y las del conde Fernán González a su persuasión se moviesen en daño de don Ordoño, sin, tener ninguna cuenta con el amor que a su hermano debía. El deseo de reinar y el dolor del agravio, ambos males tienen gran fuerza. Juntas las gentes de Navarra y de Castilla, entraron por las tierras del rey de León, que por estar desapercibido y poco confiado de la voluntad de los suyos en aquella discordia civil, determinó de fortificarse en algunas plazas fuertes por su sitio o por las murallas, sin venir a la batalla. Los enemigos, sosegado el furor con que entraron y juzgando que era sin propósito hacer la guerra tanto tiempo en provecho ajeno y con su peligro, sin hacer efecto de momento se volvieron a sus tierras.

 

Don Ordoño, con deseo de satisfacerse del conde, que sin tener respeto al deudo había juntado sus fuerzas con su hermano y tío para su daño, sin dilación repudió a doña Urraca, hija del conde, y casó con doña Elvira; que tales eran las costumbres de aquella era. De este nuevo matrimonio nació don Bermudo, el que algunos años adelante, mudadas las cosas y

 

 

 

 

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trocadas, finalmente alcanzó el reino de su padre. Las alteraciones de los gallegos, movidos a lo que se entiende por afición que tenían a don Sancho, fueron en breve por las armas y diligencia de don Ordoño sosegadas. Y para que el provecho fuese mayor, con sus gentes entró dando por todas partes el gasto a los campos en aquella parte de la Lusitania que estaba sujeta a los moros, llegó hasta Lisboa, desde allí se volvió a su tierra. Por el mismo tiempo Fernán González, conde de Castilla, con una entrada que hizo por tierra de moros, se apoderó del castillo de Carranzo, echada de allí la guarnición morisca que tenía.

 

No con menor diligencia Abderramán, rey de Córdoba, aunque de grande edad, enemigo de toda insolencia, juntado un grueso ejército en que se contaban ochenta mil combatientes, mandó a Almanzor Alagib, que es tanto como virrey, capitán de gran nombre, acometiese con gran furia las tierras de cristianos. Recelóse el conde de aparejos tan grandes; llamó la gente de todo su estado a la guerra, y alistó todos los que tenían edad a propósito para tomar armas; y como quier que todavía el ejército fuese menor que el peligro que amenazaba, cuidadoso del suceso de la guerra, en una junta de capitanes que tuvo en el pueblo de Muñón, consultó lo que se debía hacer. Los pareceres fueron varios, como acontece que en grande peligro y miedo, ordinariamente cada uno habla conforme a quien es. Los más atrevidos querían que se hiciese la guerra, otros que, recogidas las provisiones y alzadas en lugares seguros, se entretuviesen hasta tanto que las fuerzas de los bárbaros, que tienen grande ímpetu, con la tardanza so enflaqueciesen. Gonzalo Díaz, hombre principal, pretendía que aún sería bien comprar de los moros las treguas por dineros sin cuidar de la honra, como suele acontecer cuando prevalece el miedo; que la sabia cobardía puede más que la honrada vergüenza:

 

«Por ventura, dice, a tan grande ejército y tan experimentado ¿opondremos el pequeño número de los nuestros, y locamente nos despeñaremos en tan clara perdición? ¿No miras que en el suceso y trance de una batalla consiste el peligro de toda la cristiandad, pues en tu tierra se hace la guerra? Si venciéremos el provecho será poco; si fuéremos vencidos, será forzoso que la provincia desnuda de fuerzas y vencida del miedo venga, lo que Dios no quiera, en poder de los enemigos. Mira no sea perder en un punto y en un momento las ciudades y pueblos ganados en tantos siglos y con tanta sangre de cristianos; lo que los venideros digan: no fue esfuerzo, sino locura; como ordinariamente los consejos

 

 

 

 

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atrevidos tienen la fama según lo que de ellos resulta, y conforme a sus remates se juzga de ellos. Considera otrosí que muchas veces es de mayor esfuerzo refrenar el ánimo con la razón, que con las armas vencer a los enemigos. En esto tiene gran parte la fortuna, el recato es oficio muy propio de grandes varones. Y ¿qué cosa puede ser mas temeraria que por un vano deseo de alabanza y honra poner en cierto y grave peligro las cosas sagradas, la patria, las mujeres e hijos y toda la religión? Tú haz lo que juzgares ser mejor, que también yo no rehusaré de ponerme a cualquier trance por tu mandado; pero de mi parecer, nunca con tan grande peligro y riesgo de todo te pondrás, señor, al trance de la batalla».

 

El conde no ignoraba que el parecer de Gonzalo Díaz era de otros muchos que hablaban por la boca de uno; pero prevaleció el deseo de la honra y reputación. Así, como razonase largamente de las fuerzas de los suyos, de la ayuda divina, de la gloria ganada, que tenía por más grave que la muerte amancillarla con alguna muestra de cobardía, y los demás, quién de verdad, quién fingidamente, alabasen su parecer y se conformasen con él, hechos sus votos y plegarias, movieron contra el enemigo, que tenía sus reales cerca de la villa de Lara.

 

No vinieron luego a las manos; el conde cierto día salió por su recreación a caza, y en seguimiento de un jabalí se apartó de la gente que le acompañaba. En el monte cerca de allí, una ermita de obra antigua se veía cubierta de hiedra, y un altar con nombre del apóstol San Pedro. Un hombre santo, llamado Pelagio o Pelayo, con dos compañeros, deseoso de vida sosegada, había escogido aquel lugar para su morada. La subida era agría, el camino estrecho, la fiera acosada como a sagrado se recogió a la ermita. El conde, movido de la devoción del lugar, no la quiso herir, y puesto de rodillas pedía con grande humildad el ayuda de Dios. Vino luego Pelayo, hizo su mesura al conde; él por ser ya tarde hizo allí noche, y cenado que hubo lo poco que le dieron, la pasó en oración y lágrimas. Con el sol le avisó Pelayo, su huésped, del suceso de la guerra; que saldría con la victoria, y en señal de esto antes de la pelea se vería un extraño caso.

 

Volvió con tanto alegre a los suyos, que estaban cuidadosos de la salud, declaró todo lo que pasaba. Encendiéronse los ánimos de los soldados a la pelea, que estaban atemorizados. Ordenaron sus haces para pelear. Al punto que querían acometer, un caballero, que algunos llaman Pero González, de la Puente de Fitero, dio de espuelas al caballo para adelantarse. Abrióse la tierra y tragóle sin que pareciese más. Alborotóse

 

 

 

 

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la gente espantada de aquel milagro. Avisóles el conde que aquella era la señal de la victoria que le diera el ermitaño, que si la tierra no los sufría, menos los sufrirían los contrarios; con estas palabras volvieron todos en sí.

 

Diose luego la batalla de poder a poder, en que por pequeño número de cristianos fue destrozada aquella gran muchedumbre de enemigos. El general con los que pudieron escapar salió huyendo de la matanza. Con esta victoria las cosas de los cristianos, que estaban para caer, se repararon. Los nuestros alegres y cargados de despojos de moros se volvieron a sus casas. Diose parte de la presa al santo varón Pelayo, y con el tiempo a costa del conde se edificó de los despojos de la guerra un magnifico monasterio a la ribera del río Arlanza con advocación de San Pedro, en que fueron puestos los huesos de don Gonzalo, padre del Conde. En nuestra edad se muestra la ermita de Pelayo en una peña que está cerca de aquel monasterio. El cuerpo de san Vicente, mártir, menos solamente la cabeza, y los de las santas Sabina y Cristeta, sus hermanas, dicen los monjes de San Benito de aquel monasterio de San Pedro de Arlanza que los tienen allí, otros que están en otras partes. Un sepulcro sin duda se muestra en aquel lugar de García, abad que fue antiguamente de aquel convento, que ponen en el número de los santos.

 

Los moros, sin perder en alguna manera el ánimo por aquel destrozo y desmán trataban de acometer a Castilla; y por otra parte el rey don Ordoño, después de la entrada que hizo en la Lusitania, encendido todavía en deseo de vengarse del conde, se aparejaba para le hacer cruel guerra. Hallábanse las cosas en gran peligro; el ánimo del rey don Ordoño, como de príncipe modesto, fácilmente se amansó con una embajada del conde, en que le pedía perdón con toda humildad, que no por su voluntad le había errado, sino antes por engaño de aquellos que usaran mal de su facilidad; que estaba aparejado para hacer lo que le mandase y recompensar con nuevos servicios la ofensa pasada. Avisóle otrosí que grandes gentes de moros se aparejaban para daño de cristianos; no era justo antepusiese sus particulares afectos y dolor a la causa común del nombre y religión cristiana.

 

Con esta embajada, no sólo el rey se aplacó, sino le envió tanta gente de socorro cuanta era menester para rebatir la furia de los moros, que eran llegados a Santisteban de Gormaz haciendo mal y daño. Diéronse vista los campos, y tras esto la batalla, que fue herida y brava. La victoria quedó por los nuestros, el estrago de los bárbaros fue grande. El rey don Ordoño,

 

 

 

 

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con la nueva alegre de tan grande victoria y lleno de nuevas esperanzas, se aparejaba para hacer otra vez guerra a los moros, cuando en Zamora murió de su enfermedad, el año de 955. Su cuerpo fue sepultado con reales exequias y aparato en León, en San Salvador, do estaba enterrado su padre.

 

 

 

 

VII. De don Sancho el Gordo, rey de León

 

En vida del rey don Ordoño no se sabe en qué parte haya estado don Sancho, su hermano, y si tuviese alguna mano en el gobierno del reino; ni aún hay noticia, si los dos hermanos hicieron amistad entre sí, o si duró siempre la enemiga que al principio tuvieron. El vergonzoso descuido de los cronistas de estos tiempos, fuerza a que la historia muchas veces vaya sin claridad; concuerdan empero que después de la muerte de don Ordoño, don Sancho sin contradicción fue hecho rey de León. Tuvo sobrenombre de Gordo porque lo era en demasía, y por la misma razón de cuerpo inútil para el trabajo. Verdad es que tuvo muy buen natural y admirable constancia en las adversidades, no nada malicioso, antes muy noble en sus cosas y condición.

 

El segundo año de su reinado, que se contó de Cristo 956, por alterarse el ejército a causa de las parcialidades que aún no sosegaban de todo punto, fue forzado a recogerse y hacer recurso a su tío, el rey de Navarra, y desamparar el reino por dudar de las voluntades de los amigos y estar contra él declarados muchos enemigos, que se inclinaban en favor de don Ordoño, hijo del rey don Alfonso, llamado el Monje; el cual con la ida de don Sancho, su competidor, se apoderó fácilmente de todo, y para tener más autoridad casó con doña Urraca, repudiada del rey don Ordoño, su primo, casamiento en que vino el conde, padre de ella. Era este don Ordoño de malo y perverso natural, tanto, que le llamaron el Malo; y como soltase las riendas a sus inclinaciones malas (cosa siempre muy perjudicial a los que tienen gran poder y mando) cayó en odio de la gente, y por el odio en menosprecio. No dejaba don Suncho de advertir la ocasión que se presentaba por este respeto para recobrar el reino, sino que primero para adelgazar el cuerpo por consejo del rey de Navarra, su tío, fue a Córdoba, do se decía por la fama había grandes médicos, en particular a propósito para curar aquella enfermedad. Abderramán le recibió benignamente,

 

 

 

 

 

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púsose en cura, y por virtud de cierta hierba, cuyo nombre no se refiere, deshecha la gordura, quedó el cuerpo en un medio conveniente. Para que el beneficio fuese mas colmado, le dio a la partida buenas ayudas de moros para que recobrase su reino. Era al Rey bárbaro cosa muy honrosa que se entendiese tenía en su mano la paz y la guerra, hacer y deshacer reyes.

 

Venido don Sancho, su contrario don Ordoño sin tratar de defenderse se fue a las Asturias; tan grande era el temor que le vino repentinamente. De allí con la misma desconfianza pasó a las tierras del conde, su suegro. A los miserables todos los desamparan, y las piedras se levantan contra el que huye. Donde pensaba hallar refugio, allí, quitándole la mujer por su cobardía, fue desechado. Recogióse a los moros, en cuya tierra pasó su triste vida pobre y desterrado, y últimamente falleció cerca de Córdoba.

En el mismo tiempo las armas de Castilla se alteraron con guerras domésticas. Don Vela, uno de los nietos y descendientes del otro Vela que dijimos, tuvo el señorío de Álava, allí y en la parte comarcana de Castilla tenía grande jurisdicción. Éste, feroz por la edad y confiado por los parientes, riquezas y aliados, que tenía muchos, tomó las armas contra el conde Fernán González. El conde no sufría ninguna demasía, acudió asimismo a las armas. Venció a Vela y a sus aliados y consortes, y siguiólos por todas partes sin dejarlos reposar en ninguna, hasta tanto que los puso en necesidad de hacer recurso a los moros, dejada la patria; que fue ocasión de grandes movimientos y desgracias. El Alhagib Almanzor, o a ruegos y persuasión de estos forajidos, o con deseo de satisfacerse de la afrenta pasada, juntado que tuvo un grueso ejército, entró por tierras de Castilla, espantoso y airado contra los nuestros. El conde con los suyos le salió al encuentro; pero primero que se viese con los enemigos, con deseo de visitar a Pelayo, su huésped, de camino pasó por su ermita; halló que era ya muerto. Aquejado con el cuidado de lo que lo sucedería, entre sueños le apareció Pelayo, y le certificó que sería vencedor; confiado por ende en la ayuda de Dios fuese a la guerra sin recelo, y en pudiendo diese a los moros la batalla.

 

La pelea se trabó cerca de Piedrahita con tan grande denuedo y porfía de las partes cuanto nunca antes mayor; los bárbaros confiaban en su muchedumbre; los nuestros en la justicia, esfuerzo y buen talante de la gente, sobre todo en la ayuda de Dios, dado que eran pocos para tan grande morisma, conviene a saber: cuatrocientos y cincuenta de a caballo, quince mil infantes, pero muy valientes en el pelear y arriscados. Dicen

 

 

 

 

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que duró la pelea por espacio de tres días sin cesar hasta que cerraba la noche, lo que era menester para reposar. El día postrero el apóstol Santiago fue visto entre las haces dar la victoria a los fieles. De los enemigos en la pelea y huida perecieron mayor número que jamás; por espacio de dos días siguieron los nuestros el alcance y ejecutaron la victoria en los que huían.

 

Acabada esta guerra, vinieron de toda Castilla embajadores, los principales de las ciudades, eso mismo de las otras naciones, a dar el parabién al conde por beneficio tan señalado, confesando que por su esfuerzo los cristianos eran librados de presente de un grave peligro, y para adelante de no menos miedo. En particular don Sancho, rey de León, con una muy noble embajada que le envió, después de alegrarse con él, le pedía que por cuanto trataba de juntar Cortes de todo su reino para consultar cosas muy graves, no se excusase de venir a León y hallarse en ellas. Fue esta demanda pesada al conde por temer asechanzas en aquella muestra de amistad, y que con color de las Cortes no fuese engañado de aquel rey astuto, ca sospechaba no debía estar olvidado de las diferencias pasadas; mas no se ofrecía alguna bastante causa para rehusar lo que le era mandado. Prometió de ir allá, y cumpliólo el día señalado, acompañado de gran número de sus grandes. Supo el Rey su venida, y para mas honrarle le salió a recibir. Tuviéronse estas Cortes el año 959, en las cuales no se sabe qué cosas se tratasen. Sólo refieren que el conde vendió al rey por gran precio un caballo y un azor de grande excelencia, por no querer recibirlos de gracia como se los ofrecía, y que se puso una condición en la venta que, caso que no se pagase el dinero el día señalado, por cada día que pasase se doblase la paga. Demás de esto, por astucia de la reina viuda, doña Teresa, que deseaba vengar la muerte de su padre, se concertó que doña Sancha, su hermana, casase con el conde; la cual estaba en poder de don García, hermano de las dos, rey de Navarra; era ya doña Urraca muerta, la primera mujer del conde. Entendía que por fuerza no aprovecharía nada, y el rey don Sancho no quería abiertamente faltar en su fe; determinaron de poner asechanzas al Conde y usar en lugar de armas de la deslealtad de los navarros.

 

No sabía estos meneos y tramas el rey Garci Sánchez; y así, con deseo de vengar las injurias pasadas, no cesaba de hacer cabalgadas, talar y maltratar las tierras de Castilla. El conde, vuelto a su tierra, le amonestó por sus embajadores hiciese enmienda de los daños hechos; que de otra guisa no podría excusarse de mirar por les suyos y satisfacerles sus

 

 

 

 

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agravios. Con esta embajada parece se abría la guerra; de lance en lance vinieron a las armas. Juntaron sus huestes, diose en breve la batalla, en que el conde salió vencedor. En esta guerra Lope Díaz, señor de Vizcaya, como cuentan las historias de aquella gente, ayudó al conde en esta jornada. Dicen fue hijo de Íñigo Ezquerra, biznieto de Zuria, que fue antiguamente señor de Vizcaya.

Después de esta victoria, hechas las paces, el conde Fernán González, conforme a lo que se capituló, fue a Navarra con acompañamiento de gente desarmada como para bodas y fiestas. La cosa daba muestra de alegría y seguridad más que de miedo; con todo eso fue preso por el rey desleal, que se halló en el lugar aplazado con gente y con armas. De esta prisión fue librado por astucia de doña Sancha, por cuyo amor cayera en aquel trabajo, y con ella huyó a su tierra. Encontraron con él los soldados castellanos en la frontera de Castilla y en aquella parte de la Rioja do después se edificó el pueblo de Villorado; que iban juramentados de no volver a sus casas antes que el conde recobrase su libertad. Fueron grandes las muestras de alegría y regocijo de ambas partes, del conde y de sus buenos vasallos. Llegados a Burgos, se celebraron las bodas. El rey de Navarra, engañado por la astucia de su hermana, se apercibía para la guerra. El conde no rehusó la batalla, que se dio a las fronteras de Castilla y de Navarra. Fue el rey vencido, y vino en poder de su enemigo el año 959.

 

El mismo año, que fue el de los árabes 350, Abderramán, rey de Córdoba, murió siendo muy viejo; poco antes que muriese le envió una magnifica embajada el rey don Sancho de León. El principal de los embajadores, que era Velasco, obispo de León, le pidió por el derecho de la amistad que antes tenían asentada entre los dos le enviase el cuerpo del mártir Pelagio, que lo tendría por singular beneficio. Abderramán no quiso venir en lo que se le pedía, pero no mucho después lo concedió Alhaca, su hijo y sucesor, el cual por la muerte de su padre reinó diez y siete años y dos meses; y con deseo de la paz, a que era inclinado, pretendía hacer placer y cortesía a los príncipes comarcanos.

Don García, rey de Navarra, después que estuvo preso en Burgos trece meses, fue restituido en su libertad. Las lágrimas de doña Sancha y los ruegos de los otros príncipes aplacaron el ánimo airado del conde. La reina doña Teresa, mujer de ánimo feroz, por no haberle sucedido como pretendía el engaño que tenía urdido contra el conde de Castilla, se

 

 

 

 

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determinó armarle nuevos lazos. Persuadió a don Sancho, su hijo, rey de León, llamase el conde a las Cortes generales del reino con voz que quería en ellas tratar de los negocios más graves de su estado. Fue él contra su voluntad, porque sospechaba engaño; el Rey no le salió a recibir como antes, y puesto de rodillas para besar como era de costumbre su real mano, con palabras afrentosas desechándole de sí, mandó ponerle ca prisión. Por esta causa gran tristeza y lloro entró en los ánimos de los buenos vasallos del conde.

 

Doña Sancha, hembra varonil y de ingenio astuto, con deseo de librar a su marido, se aprovechó de esta maña. Finge que quiere ir en romería a Santiago; era el camino por León donde tenían el conde preso; el rey, avisado de su venida, como a tan noble dueña y tía suya, la salió a recibir y la hospedó amorosamente. Ella con grandes ruegos pidió licencia para visitar a su marido; no podía ser cosa más honesta ni más justa que el deseo que mostraba de consolarle. Permitió el Rey que aquella noche se quedase con él; a la mañana, antes que fuese bien claro, el conde, vestido de las ropas de su mujer, como si ella fuera, salió de la cárcel, y en un caballo que para esto tenían aprestado se fue a su tierra. Doña Sancha desde la cárcel, en que se quedó en vez de su marido, avisó al Rey cómo el conde era huido; que perdonase a ella como a persona de sangre real y deuda suya, que no era justo rehusar algún peligro por causa de su marido y por salvarle; lo que por esta causa había hecho era digno, si no de loa, a lo menos de perdón; que la principal virtud de los reyes consiste en levantar a los miserables y caídos. El rey dolióse al principio del engaño; después sosegada la saña con la razón, alabó la piedad y el valor de aquella señora, su astucia y la constancia de su ánimo; en conclusión, honrándola con muchas palabras, mandó fuese llevada a su marido con grande acompañamiento.

 

El Conde, alegre por lo sucedido, dado que pudiera romper la guerra contra aquel rey como contra enemigo, contentóse con pedirle lo que por el caballo y el azor se le debía. Había crecido grandemente la deuda por la dilación. Como no le pagasen, talaba los campos de los leoneses sin desistir de hacer mal y daño hasta tanto que el Rey envió sus contadores para hacer la paga enteramente. Llegados a cuenta, hallaron que no bastaban los tesoros reales para pagar. Concertóse que en recompensa de la deuda Castilla quedase libre sin reconocer adelante vasallaje a los reyes de León. Este asiento dicen que se tomó año de nuestra salvación de 965.

 

 

 

 

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En el mismo año un grueso ejército de moros rompió por el reino y puso cerco a León; mas fueron por el esfuerzo de la guarnición y ciudadanos rechazados con grave daño. Del Océano grandes llamas, causadas, a lo que se entiende, de algún aspecto maligno de las estrellas, se derramaron sobre las tierras cercanas y hasta Zamora (tanto cundieron), abrasaron muchos pueblos y campos; anuncio de mayores males, según que el pueblo lo pronosticaba. Don Garci Sánchez, rey de Navarra, falleció el año siguiente de 966; dejó de su mujer, doña Teresa, a don Sancho y don Ramiro, asimismo tres hijas: a doña Urraca, doña Hermenesilda y doña Teresa. En qué parte haya sido enterrado no se sabe; algunos sospechan que en el monasterio de San Salvador de Leire. El Cronicón albeldense dice que en el castillo de Santisteban, lo cual tengo por mas cierto.

 

El reino se dio a don Sancho García, hijo del difunto, y junto con él a don Ramiro, su hermano; si dividido o como a compañeros y de igual poder, no se declara; lo que se averigua por el dicho Cronicón albeldense, que se escribió por este mismo tiempo, es que reinó don Ramiro más de diez años; no parece fue casado, por lo menos que murió sin sucesión hay grandes conjeturas, certidumbre ninguna. Don Sancho, que se intitulaba, como se ve por los privilegios antiguos, rey de Pamplona, Nájera y Álava, tuvo el reino veinte y siete años, sin saberse de él otra cosa digna de memoria por descuido de los escritores de aquel tiempo. Sólo consta que añadió a su reino el señorío de Vizcaya y a Nájera, que en aquel tiempo era la ciudad principal y silla de aquel estado. Da muestra que fue amigo do aumentar el culto divino la grande liberalidad con que dio diversos campos y pueblos al monasterio de San Salvador de Leire, al de San Millán en Nájera, y al de San Juan de la Peña. Su mujer se llamó doña Urraca, de quien tuvo a don Garci Sánchez, su hijo, llamado Trémulo, porque solía al principio de la pelea temblar, más que parece sufría el grande ejercicio que tenía de las armas y la dignidad real, vicio y falta de su natural, que solía recompensar con notables hazañas; luego que entraba en la pelea y en calor cumplía con lo que debía a buen soldado y prudente capitán.

 

En Galicia hubo nuevos bullicios por estar aquella provincia dividida en parcialidades muy fuera de sazón, pues tenían tanto que hacer en la guerra de los moros. La causa de estos alborotos no se refiere, sólo dicen que por diligencia del rey fueron en breve sosegados estos movimientos; castigó algunos de los alborotados; otros fueron echados y desterrados a aquella parte de la Lusitania que estaba en poder del rey, como a frontera.

 

 

 

 

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Tenía el gobierno de aquella tierra un cierto conde, llamado Gonzalo, hombre mal intencionado. Éste, en defensa de los desterrados, por ser de su parcialidad, tomó las armas contra el rey, y llegó con ellas hasta la ribera de Duero. Allí, desconfiado de las fuerzas, acordó valerse de engaño; alcanzó perdón de lo hecho por ruegos muy grandes. Había sido muy familiar del rey en otro tiempo; recibióle en el mismo lugar y grado que antes; con que tuvo comodidad de dar al rey una manzana emponzoñada con hierbas mortales; la fuerza del veneno, luego que la comió, se derramó por las venas y comenzó a apoderarse de las partes vitales. Mandóse llevar a León, pero desahuciado de los médicos, rindió el alma antes de llegar, cerca de aquella ciudad, tres días después que le emponzoñaron, el año de 967. Su cuerpo enterraron en la iglesia de San Salvador de León. Reinó por espacio de doce años.

 

 

 

 

VIII. De don Ramiro el Tercero, rey de León

 

Averiguado es que el rey don Sancho casó con doña Teresa, asimismo que don Ramiro era de cinco años cuado su padre murió. Tuvo el reino por espacio de quince años, pero por su tierna edad el gobierno estuvo en poder de la reina, su madre, y de doña Elvira, su tía, que otros llaman Geloira, hembras muy señaladas y de singular prudencia, si bien por ser el rey pequeño y ellas mujeres se levantaron grandes alteraciones.

 

El sucesor de Ermigildo, prelado de Compostela, que se llamaba Sisnando y era hijo del conde Menendo, porque confiado en su nobleza gastaba torpemente las rentas eclesiásticas y la hacienda, el rey don Sancho le removió y puso en prisión, eligiendo en su lugar a Rodesindo, que fue primero obispo dumiense y después monje de San Benito en el monasterio de Celanova. Era de sangre real e hijo del conde Gutierre Arias y de Aldora, su mujer. Sisnando por la muerte del rey don Sancho fue puesto en libertad, y salido que hubo de la cárcel, se apoderó por este tiempo de la iglesia compostelana, y forzó a su sucesor por miedo de la muerte a que renunciase, y se volviese a su monasterio, en que pasó lo más de su edad muy contento de verse libre. Allí acabó santísimamente; y en diversas partes celebran su fiesta a 1 de marzo, que es el día que falleció, año de 976.

 

 

 

 

 

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Tenían los de León puesta amistad con el rey de Córdoba, y de nuevo se confirmó por causa que el rey de Córdoba, Alhaca, en gracia del nuevo rey don Ramiro le concedió el cuerpo del mártir Pelagio. Pusiéronle en el monasterio que a sus expensas en León edificara el rey don Sancho, y deseaba aumentar la devoción de aquella iglesia con las sagradas reliquias de este mártir. Éste monasterio se llamó antiguamente de San Juan Bautista, después de San Pelagio o Pelayo; al presente tiene la advocación de San Isidoro. La causa de mudar los apellidos fue la translación que a él en diversos tiempos se hizo de los cuerpos de aquellos dos santos.

 

Alteróse la paz y avenencia con esta ocasión a persuasión de don Vela, el cual dijimos haber huido a Córdoba, y por su importunidad los moros deseaban hacer guerra contra el conde de Castilla y satisfacerse de tantos agravios como de él tenían recibidos. El rey Alhaca, dado que era más inclinado a la paz que a la guerra, movido por la instancia que en esta razón le hicieron los suyos, con un grueso ejército que juntó rompió por las tierras de Castilla; apoderóse de Sepúlveda, Gormaz, Simancas y Dueñas, y animado con el buen suceso, menospreciada la confederación que tenía con el rey de León, se metió y rompió por su reino, tomó en aquellas partes por fuerza a Zamora y la echó por tierra.

 

La molestia que el conde Fernán González recibió de estas cosas le acarreó su fin el año siguiente, que se contó de nuestra salvación 968. Falleció en Burgos, fue sepultado a la ribera de Arlanza. En aquel monasterio de San Pedro, junto al altar mayor se ven las sepulturas de él y de su mujer doña Sancha con sus letreros, que declaran cuyos son. Las exequias fueron célebres, no más por el aparato, quebranto y lutos de los suyos que por las lágrimas de toda la provincia, que lloraba la muerte de tan bueno y tan fuerte príncipe, por cuyo esfuerzo las cosas de los cristianos se conservaron por tanto tiempo. Tuvo de dos mujeres estos hijos: Gonzalo, Sancho, Garci Fernández, otros añaden a Pedro y a Balduino. Lo que consta es que Garci Fernández sucedió a su padre por ser los demás muertos en tierna edad, o si eran vivos, lo antepusieron en la sucesión a causa de su buen natural y principios que mostraba de grandes virtudes, que en breve se aumentaron y dieron colmado fruto. Dejó asimismo una hija, llamada doña Urraca, de quien poco antes diversas veces se ha hecho mención.

 

Por el mismo tiempo los normandos, que tenían su asiento en aquella parte de Francia que antiguamente se llamó Neustria, ahora Normandía, y

 

 

 

 

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por diligencia de Herveo, obispo de Reims, algunos años antes de éste se hicieron cristianos, como estuviesen acostumbrados a robar las riberas de España, juntaron este año una gruesa armada con que maltrataron las tierras de Galicia, quemaron aldeas, castillos y lugares, cautivaron muchos hombres, robaron asimismo todo lo que hallaban; duró dos años esta plaga. El rey por su tierna edad no podía acudir a la defensa. Sisnando, prelado de Compostela, hombre más para soldado que para obispo, juntado que hubo un número de los naturales, en un rebate que dio al enemigo cerca de un pueblo llamado Fomellos fue muerto con una saeta que le tiraron. Sucedió esto a 29 de marzo, año de 979; el fin fue conforme a la vida. Lo que con razón se puede en él alabar es que procuró diligentemente de cercar a Santiago de murallas a propósito de poner en defensa aquel tan santo lugar que no le pudiesen forzar los enemigos.

 

El conde Gonzalo Sánchez, nombrado por capitán para aquella guerra, se gobernó mejor. Acometió de sobresalto cerca de la mar a los normandos, que cargados de despojos marchaban sin orden y sin recelo, e hizo en ellos gran matanza. Pereció en la refriega el mismo general de aquella gente, llamado Gunderedo; quitóles la presa y los cautivos; las naves otrosí sin faltar una les fueron, unas tomadas; quemadas otras, con que quedó libre España de gran peligro y cuidado.

 

En Córdoba por el mismo tiempo falleció el rey Alhaca el año de 976, de los árabes 366. Este año el moro Rasis envió sus Comentarios, que escribió en arábigo de las cosas de España, a Balharab, miramamolín de África, a cuya persuasión y por cuyo mandado los compuso. Dejó Alhaca ocho hijos, todos de pequeña edad y muy niños. Los moros no se concertaban en el que debía suceder; remitiéronse al miramamolín de África, por cuyo orden Hisem fue antepuesto a sus hermanos, aunque no tenía más que diez años y cuatro meses. Reinó treinta años y cuatro meses sólo de nombre, porque el gobierno y poder tenía Mahomad, hombre sagaz, que se llamó Alhagib, que quiere decir virrey, por voluntad de los grandes, y tenía mano en todo. Él mismo después se llamó Almanzor, que quiere decir vencedor, por las muchas victorias que ganó de los enemigos. De aquí nacieron entre aquella gente alteraciones civiles, como es ordinario cuando el rey pasa la vida en ociosidad, en deleites y deportes, y reinan otros en su nombre. Además que con la abundancia de España, templanza del cielo, blandura de los naturales, ya la ferocidad de los ánimos, con que aquella gente vino a España, se había menguado y

 

 

 

 

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quitado mucho de las fuerzas del cuerpo. No pararon estas discordias hasta que Hisem fue despojado del reino paterno.

 

El estado de nuestras cosas no era mejor, a causa que por haberse el rey criado en regalo y entre mujeres tenía las costumbres estragadas y en el ánimo poco valor. Demás de esto, la reina doña Urraca, con quien el rey don Ramiro casó el año 981, estaba apoderada de su marido. Menospreciaba los consejos de su madre y de su tía doña Elvira, virgen consagrada a Dios, por cuyo respeto algún tanto al principio se solía enfrenar. Daba audiencia de mala gana, las respuestas ásperas; con esto irritó los nobles de Galicia, hombres de feroz natural. De estos principios cayó en menosprecio de los suyos, y se dio ocasión a los revoltosos de alterar el reino. Los primeros que se alteraron fueron los gallegos, como los más desabridos. Don Bermudo, primo del rey e hijo del rey don Ordoño, tercero de este nombre, se hizo capitán y cabeza de los alterados con esperanza de recobrar por las armas el reino de su padre, que pretendía le quitaron a gran tuerto. El rey don Ramiro, por este peligro al cabo despierto del sueño, acudió a la necesidad. Hizose la guerra dos años con diferentes sucesos y trances. Estaban divididas las voluntades del reino entre los dos. Últimamente, se dio la batalla cerca de un lugar llamado Portela Arenaria, no lejos de Monterroso. Murieron muchos de ambas partes sin que la victoria se declarase.

 

Después de esta batalla de tal manera se dejaron las armas, que Galicia quedó por don Bermudo, que puso en Compostela el asiento y silla de su nuevo reino. Fue hecho obispo de aquella ciudad, por voluntad de don Bermudo, Pelayo, obispo que era de Lugo, hijo del conde Rodrigo, hombre de malas costumbres, por donde adelante le quitaron el obispado, y pusieron en su lugar a Pedro Mansorio, monje y abad de conocida virtud. En tiempo de este buen prelado volvieron a la iglesia compostelana todas las cosas y heredades que por las revueltas de los tiempos pasados le quitaron. El conde don Rodrigo, con deseo do restituir a su hijo en aquella dignidad, llamó los moros en su ayuda. Miserable era el estado de las cosas, y grande la afrenta de la religión cristiana. Con el ímpetu y armas de los bárbaros fue Galicia muy maltratada; la misma ciudad de Compostela fue tomada, y una pared del templo de Santiago echada por tierra. No tocaron en el sepulcro del Apóstol, no se sabe la causa, sólo consta que Santiago volvió por su silla y su templo y castigó gravemente aquel desacato; porque con una enfermedad de cámaras que anduvo por todo el

 

 

 

 

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ejército, pereció con muchos dolores gran parte de aquella morisma. El mismo Almanzor, como preguntase la causa de tan grande estrago, y cierto hombre le respondiese que uno de los discípulos del Hijo de María tenían allí sepultado, determinó dejar aquella empresa. No pudo llegar a su tierra, ca murió de la misma enfermedad en Medinaceli, pueblo conocido en los celtíberos, a la raya de Aragón.

Por otra parte, con nuevas entradas que hicieron los moros, ganaron muchos lugares de los nuestros, esto es, a Gormaz cerca de Osma, y a Atienza; en Castilla la Vieja Simancas después de un largo cerco fue tomada, y vencido el rey don Ramiro, que vino a socorrer los cercados. Nunca se vio España en mayor peligro después que comenzó a levantar cabeza; los nuestros divididos entre sí, grave daño; el Alhagib, capitán de gran nombre y que le gobernaba todo por los reyes de Córdoba, ardía en odio implacable del nombre cristiano.

Partidos los moros, la pared de la iglesia de Santiago se reedificó por diligencia del rey don Bermudo y de su prelada Pedro Mansorio; y fue el templo reconciliado con solemne ceremonia, como se acostumbra, por quedar profanado con la suciedad de la superstición morisca. A Pedro sucedió en aquella iglesia Pelayo Díaz, de juez seglar repentinamente mudado en obispo por malas mañas y fuerza de que usó. Fue pues depuesto este prelado porque era de costumbres insolentes y no daba orejas a nadie. En su lugar sucedió su hermano Vimara, de vida semejante, que, o acaso, o por traición de alguno, murió ahogado en el río Miño.

 

Eran aquellos tiempos muy estragados; las costumbres de los sacerdotes muy livianas, no sólo en España, sino al tanto en las otras partes del orbe cristiano. La misma Roma, cabeza de la Iglesia y albergue de la santidad, padecía un grave cisma. Bonifacio y Benedicto y Juan pleiteaban sobre el pontificado; cada cual tenía sus valedores y razones que en su favor alegaba. Cuánta fuese la corrupción de las costumbres, de Liutprando, diácono ticinense, que escribió como testigo lo que veía y pasaba, se puede entender. A Vimara sucedió otro del mismo linaje, cuyo nombre no se refiere; algunos códices le llaman Iscuaria; sospecho que la letra está errada. Éste, como no fuese nada mejor que sus dos parientes, por mandado del rey fue preso.

 

Volvamos a don Ramiro, que pasaba en ociosidad y descuido toda la vida; gran perjuicio en los príncipes, cuyo oficio principal es por sí mismos acudir a las armas; en este estado le tomó la muerte; falleció en

 

 

 

 

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León el año 982. Sepultaron su cuerpo en el monasterio de Destriana, que, como se dijo arriba, le edificó el rey don Ramiro, su abuelo, en el valle Ornense con advocación y en nombre de San Miguel. De allí por mandado del rey don Fernando, segundo de este nombre, como doscientos años adelante le trasladaron a la iglesia mayor de Astorga. Sampiro, obispo de Astorga, de quien hemos tomado muchas cosas en lo pasado, hizo fin a su escritura e historia en este lugar. Pasa adelante Pelagio, obispo de Oviedo, que vivió en tiempo de don Alfonso el Emperador. El crédito de entrambos, por haberse hallado en muchas de las cosas que cuentan, es grande, aunque el de Sampiro se tiene por mayor, y él mismo por autor más grave.

 

 

 

 

IX. De don Bermudo el Gotoso, rey de León

 

Por la muerte de don Ramiro la sucesión tornó y recayó en don Bermudo, segundo de este nombre, así por derecho de consanguinidad, que era primo hermano del rey muerto, como por estar por fuerza apoderado de parte del reino. Tuvo el reino diez y siete años, fue enfermo y sujeto a la gota, por la cual causa fue llamadlo el Gotoso. Confirmó con nuevo edicto que publicó las leyes antiguas de los godos, y mandó que los cánones de los pontífices romanos tuviesen vigor y fuerza en los juicios y pleitos seglares, que fue una ordenación santísima.

 

Pero antes de comenzar las cosas de este rey conviene tratar de Garci Fernández, conde de Castilla, del cual consta que al principio que tomó el gobierno peleó con los moros cerca de Santisteban de Gormaz a la ribera del río Duero. Murió gran número de moros, los demás se salvaron por los pies. Aconteció en aquella batalla una cosa digna de memoria. Fernán Antolínez, hombre noble y muy devoto, oía misa al tiempo que se dio señal de acometer, costumbre ordinaria suya antes de la pelea; por no dejarla comenzada, se quedó en el templo cuando se tocó al arma; esta piedad cuán agradable fuese a Dios se entendió por un milagro. Estábase primero en la iglesia, después escondido en su casa temía no le afrentasen como a cobarde. En tanto otro a él semejante, es a saber, su ángel bueno, peleaba entre los primeros tan valientemente, que la victoria de aquel día se atribuyó en gran parte al valor del dicho Antolínez. Confirmaron el

 

 

 

 

 

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milagro las señales de los golpes y los manchas de la sangre que se hallaron frescas en sus armas y caballo. Así publicado el caso y sabido lo que pasaba, quedó más conocida la inocencia y esfuerzo de Antolínez.

 

El conde Garci Fernández, después de esta guerra y jornada, se dice casó con dos mujeres; la una se llamó Argentina, de cuya apostura se enamoró al tiempo que su padre, hombre noble y franco de nación, la traía en romería juntamente con su madre a Santiago. Seis años después, estando el conde, su marido, enfermo en la cama, o por aborrecimiento que le tenía, o con deseo de la patria, se volvió a Francia con cierto francés que tornaba de la misma romería; así lo dicen nuestras historias. El Conde, recobrada la salud y dejando en el gobierno de su estado a Egidio y a Femando, hombres principales, en traje disfrazado se fue a aquella parte de Francia donde entendía que Argentina moraba. Tenía Argentina una entenada, llamada Sancha, que, como suele acontecer, estaba mal con su madrastra. Ésta, con esperanza que la dieron de casar con el conde o por liviandad, como mujer, le dio entrada en la casa. Mató el conde en la cama a Argentina y al adúltero, y con tanto llevó a la dicha Sancha consigo a España. Hiciéronse las bodas de los dos con grande aparato y regocijo en Burgos. Muchos tienen todo esto por falso, y afirman que la mujer de este conde se llamó Oña, movidos por el monasterio de San Salvador de Oña, que dicen el conde Garci Fernández edificó en Castilla del nombre de su mujer. Otros afirman que se llamó Ablia, como lo muestran los letreros antiguos de los sepulcros de estos condes que hay en Arlanza y en Cardeña; la verdad ¿quién la averiguará? Más podemos sin duda maravillarnos de tanta variedad, que determinar lo que se debe seguir.

 

No tiene mejor fundamento lo que se dice que en una entrada que hicieron los moros en el tiempo que el conde se ausentó, llegaron hasta Burgos y destruyeron el monasterio de San Pedro de Cardeña con muerte de los monjes; otros dicen que esto sucedió cien años antes de este tiempo, si por ventura no se padeció este daño dos veces.

 

En la Rioja y en un pueblo llamado Bosca, Nunilón y Alodia, hermanas, fueron muertas por la fe. Sus cuerpos dicen algunos que fueron llevados a Bolonia, ciudad de Lombardia; otros lo contradicen, como queda arriba dicho. Demás de esto, Víctor, natural del lugar de Cereso, tierra de Burgos, y Eurosia, virgen, padecieron por la mismo causa. El cuerpo de Eurosia está en la ciudad de Jaca; el sepulcro de san Víctor en el lugar de Villorado es honrado con fiesta que cada año le hacen. Los

 

 

 

 

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bárbaros en este tiempo no solo con los hombres parecía que traían guerra, sino que peleaban asimismo con el cielo y con la santidad cristiana. No faltaron hombres y mujeres de ánimos excelentes y grandes que se ofreciesen a la pelea por la religión de sus padres, y con su sangre diesen excelente testimonio de la verdad de la fe de Cristo. Dios asimismo a veces castigaba severísimamente la crueldad y arrogancia de aquella gente fiera; ordinariamente con la impiedad se acompañaba la severidad en la venganza para espantar a los malos y animar a los buenos, como por el mismo tiempo aconteció a Alcorrejí, rey de Sevilla. En tiempo del rey don Bermudo, con una entrada que hizo por la parte de Lusitania en Galicia, forzó y destruyó la ciudad de Compostela, que es la más principal de aquella tierra, venerable por la santidad del lugar y su devoción. Este impío atrevimiento fue luego castigado por Dios, porque una peste repentinamente se levantó y extendió por los moros de manera tal, que consumió todo el ejército; muy pocos volvieron salvos a sus tierras para ser pregoneros de la divina venganza y verdaderos testigos del estrago miserable.

 

Pasado este peligro, hubo en España nuevos trabajos, tanto, que ningunos mayores después que ella comenzó a volver en sí. La causa de estos males fue la discordia obstinada de los dos príncipes, el rey don Bermudo y el conde don García, que fuera más justo se acordaran en ayudar a la república. Gobernaba en Córdoba las cosas de los moros a su voluntad en nombre del rey Hisem el Alhagib Mahomad, capitán de gran nombre, de singular prudencia en guerra y en paz. Tenía este moro gran deseo de destruir los cristianos; llevaba muy mal que su imperio en España se dilatase y que se envejeciesen las fuerzas de los moros, y su nación se menoscabase, su crédito y sus fuerzas. Ponía leña al fuego y atizábale don Vela, aquel de quien se dijo que en tiempo del conde Fernán González se huyó a tierra de moros. No tenía algún respeto a la religión de sus padres por deseo de su provecho particular y de vengarse.

 

Juntadas pues las gentes de los moros, con un escuadrón de cristianos que acompañaban a don Vela acometió las tierras de cristianos, y pasado el río Duero, que por largo tiempo fue frontera entre las dos naciones (de que se dijo aquella parte Extremadura, apellido que adelante se trasladó y trasfirió a otra comarca, si bien está lejos del río Duero, del cual al principio se forjó el nombre de Extremadura), asentó sus reales a la ribera del rio Astura o Estola, que pasa por León. El rey don Bermudo, dado que

 

 

 

 

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en fuerzas era más flaco, juntado arrebatadamente su ejército, acometió de sobresalto a los enemigos, que estaban sin centinelas, y de ninguna cosa menos cuidaban que de la venida de los nuestros, que entraron los reales enemigos. La pelea fue sin orden ni concierto a manera de rebato; muchos por estar sin armas fueron muertos; los demás moros, como acaso cada uno se juntaba, peleaban, o delante de los reales, o entre el mismo bagaje; unos huían, otros tomaban las armas, gran parte fueron heridos y muertos. En este estado y en este peligro el capitán moro reparó el daño con su prudencia; recogió los que pudo, púsolos en otra parte en ordenanza, y con ellos cargó contra los cristianos, que no fueron bastantes a resistir en aquel trance, por ser pocos en número, estar esparcidos por todos los reales y cansados con el largo trabajo de la pelea. Finalmente, en un instante se trocó la fortuna de la batalla; los que parecía haber vencido se pusieron en huida; siguiéronlos los bárbaros, y ejecutaron el alcance de guisa que pocos de los nuestros sanos, gran parte mal heridos, volvieron a León. Fuera aquella ciudad tomada por los enemigos si no les forzara el invierno y el trabajo del frío y de las lluvias a partirse del cerco con gran honra que ganaron en esta jornada y cargados de despojos y presa, determinados otrosí de volver a la guerra luego que el tiempo abriese y les diese lugar.

 

El rey don Bermudo, por el peligro que amenazaba y por la poca fortaleza de la ciudad, hizo trasladar a Oviedo las reliquias de los santos y los cuerpos de los reyes que allí yacían, porque no fuesen escarnecidos de los enemigos si la tomaban. Él mismo se fue a aquella ciudad; el cuidado de fortificar y defender a León dejó encargado al conde Guillén González.

 

Concurrió esta batalla de Asturias con el año 984, en el cual Mirón, obispo de Gerona, hijo de Mirón, conde de Barcelona, falleció. Demás de esto, un grueso ejército de moros que andaba por aquella comarca, tan grande era el coraje que tenían, vencieron en batalla cerca del castillo de Moneada a Borello, primo del obispo Mirón; más de quinientos de los fieles perecieron, los demás con el conde Borello se retiraron huyendo a Barcelona.

El año siguiente de 985 fue señalado por el desastre que avino a dos principales ciudades, León y Barcelona. A Barcelona sitiaron los moros primero día de julio, que fue miércoles, indicción tercera, aquellos mismos que en batalla vencieron a Borello; tomáronla a 6 de aquel mes; muchos de los ciudadanos fueron llevados a Córdoba por esclavos, mas en breve la ciudad volvió al señorío de los cristianos. Salióse Borello antes que la

 

 

 

 

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tomasen para juntar gente de socorro; levantó gentes en Manresa y en los lugares comarcanos, con que formó un buen ejército y con él recobró la ciudad. Murió el buen conde Borello ocho años adelante; dejó de dos mujeres, llamadas Ledgardi y Aimerudí, dos hijos, que fueron Raimundo y Armengaudo; el mayor quedó con el principado de Barcelona, a Armengaudo nombró y hizo por su testamento conde de Urgel, y fue principio de la familia nobilísima en Cataluña de los Armengaudos o Armengoles, que el tiempo adelante dio muchos y excelentes capitanes para la guerra.

 

Por otra parte, el Alhagib Mahomad, juntado que hubo un grueso ejército de nuevo, hecho más insolente y feroz por lo que sucedió en la guerra pasada, volvió sobre León con voluntad determinada de tomarla. Casi un año estuvo aquella ciudad cercada; batían ordinaríamente los muros con las máquinas y ingenios, hicieron entradas por la parte de poniente y mediodía. De cuánto momento sea el esfuerzo de un valeroso caudillo se echó bien de ver por lo que el conde Guillén González, que era el capitán, hizo. Por el continuo trabajo de tantos meses, quebrantadas las fuerzas, yacía en su lecho enfermo; avisáronle del peligro en que en cierto aprieto se hallaban; hízose llevar en una silla a aquella parte del muro donde era mayor el trabajo y el combate más recio; amonesta a los suyos que resistan con grande ánimo, que lugar de huir no quedaba ni aún para los cobardes; por tanto con las armas defendiesen las vidas, patria, religión, libertad, mujeres e hijos, que de otra suerte ninguna esperanza les restaba, por estar los enemigos irritados con tan largo trabajo y ellos sin acogida ninguna; muchas veces gran muchedumbre de moros en batalla quedaron vencidos por pocos cristianos; llamasen el ayuda de los santos, que a su tiempo sin duda no faltaría.

 

Con estas palabras animados los soldados tres días impidieron la entrada a los enemigos; estos pasados, como el capitán viese entrada la ciudad y que él con pocos no podía resistir, no olvidado de su esfuerzo pasado y de lo que debía a buen cristiano, se metió en lo más recio de la pelea y murió con las armas en la mano. Los bárbaros, irritados por la muerte de los suyos y largura de aquel cerco, sin tener cuenta ni hacer diferencia entre hombres, niños y mujeres, todos los pasaron a cuchillo; la ciudad fue saqueada, abatidas las murallas y todas las fortificaciones y baluartes echados por tierra. El mismo desastre padecieron Astorga, Valencia del Campo, el monasterio de Sahagún, Gordon, Alba, Luna y

 

 

 

 

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otros lugares y aldeas, que fueron unos quemados y destruidos, parte tomados por fuerza y saqueados. Revolvieron contra Castilla, y en ella asimismo tomaron, quemaron y saquearon a Osma, Berlanga, Atienza; no se podía resistir en parte alguna.

 

Sin embargo, era tan grande el furor y locura que se apoderara de los ánimosde los cristianos, que sin respeto de tan gran guerra como tenían de fuera, vueltas contra sí las armas, como locos y sandios no miraban el peligro que todo corría por causa de sus disgustos y diferencias. Fue así, que luego el siguiente año siete nobilísimos hermanos, que vulgarmente llaman los Infantes de Lara, fueron muertos por alevosía de Ruy Velázquez, su tío, sin tener cuenta con el parentesco, que eran hijos de su hermana doña Sancha, y de parte de padre venían de los condes de Castilla y del conde don Diego Porcellos; de cuya hija, como de suso queda dicho, y de Nuño Belchides nacieron Nuño Rasura, bisabuelo del conde Garci Fernández, y otro hijo llamado Gustio González. Este caballero fue padre de Gonzalo Gustio, señor de Salas de Lara, y sus hijos estos siete hermanos conocidos en la historia de España, no más por la fama de sus proezas que por la desastrada muerte que tuvieron. En un mismo día los armó caballeros el conde don García conforme a la costumbre en aquellos tiempos recibida, en particular en España.

 

Aconteció que Ruy Velázquez, señor de Villaren, celebraba sus bodas en Burgos con doña Lambra, natural de tierra de Briviesca, mujer principal, y aún prima carnal del conde Garci Fernández. Las fiestas fueron grandes y el concurso a ellas de gente principal. Halláronse presentes el conde Garci Fernández y los siete hermanos con su padre Gonzalo Gustio; encendióse una cuestión por pequeña ocasión entre Gonzalo, el menor de los siete hermanos, y un pariente de doña Lambra, que se decía Alvar Sánchez, sin que sucediese algún daño notable, salvo que Lambra, como la que se tenía por agraviada con aquella riña, para vengar su saña en el lugar de Barbadillo, hasta donde los hermanos por honrarla la acompañaron, mandó a un esclavo que tirase a Gonzalo un cohombro mojado o lleno de sangre; grave injuria y ultraje conforme a la costumbre de España. El esclavo se quiso valer de su señora doña Lambra; no le prestó, que en su mismo regazo le quitaron la vida. Ruy Velázquez, que a la sazón se hallaba ausente ocupado en cosas de importancia, luego que volvió, alterado por aquella injuria, y agraviado por la afrenta de su mujer, comenzó a tratar de vengarse de los hermanos. Parecióle

 

 

 

 

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conveniente con muestra de paz y benevolencia, cosa la más perjudicial, armar sus lazos a los que pretendía matar.

 

Primeramente dio orden que Gonzalo Gustio fuese a Córdoba; la voz era para cobrar ciertos dineros que el rey bárbaro había prometido; la verdad, para que fuese muerto lejos de su patria, como Ruy Velázquez rogaba al rey que hiciese, con cartas que le escribió en esta razón en arábigo. El moro, o por compasión que tuvo a las canas de hombre tan principal, o por dar muestra de su benignidad, no le quiso matar; contentóse con ponerle en la cárcel. Era la prisión algo libre, con que cierta hermana del rey tuvo entrada para comunicarle. De esta conversación dicen que nació Mudarra González, principio y fundador del linaje nobilísimo en España de los Manriques. No se contentó el feroz ánimo de Ruy Velázquez con el trabajo de Gonzalo Gustio; llevó adelante su rabia. Cerca de Almenara, en los campos de Araviano, o las faldas de Moncayo, metió con muestra de hacer entrada en la tierra de los moros en una celada a los siete hermanos, bien descuidados de semejante traición. Bien que Nuño Salido, su ayo, por sospechar el engaño, procuró apartarlos para que no corriesen a su perdición; pero fue en vano, porque así lo quiso o lo permitió Dios. Iban con ellos docientos de a caballo, pocos para el gran número de los moros que cargaron. Descubierta la celada, los siete hermanos pelearon como buenos, dieron la muerte a muchos, pretendían vencer si pudiesen o por lo menos vender sus vidas muy caro y dejar a los enemigos la victoria a costa de mucha sangre, resueltos de no dejarse prender ni afear con el cautiverio la gloria y nobleza de su linaje y sus hazañas pasadas. Murieron todos siete y juntamente Salido, su ayo.

 

Las cabezas enviaron a Córdoba en presente agradable para aquel rey; pero muy triste para su padre viejo, ca se las hicieron mirar y reconocer sin embargo que llegaron podridas y desfiguradas. Verdad es que sucedió en provecho suyo en alguna manera, ca el rey, por compasión que le tuvo, le dejó ir libre a su tierra. Mudarra, habido en la hermana del rey fuera de matrimonio, ya que era de catorce años, por persuasión de su madre se fue para su padre, y adelante vengó las muertes de sus hermanos con darla a Ruy Velázquez, causa de aquel daño. Doña Lambra, su mujer, ocasión de todos estos males, fue apedreada y quemada. Con esta venganza que tomó de las muertes de sus hermanos ganó las voluntades de su madrastra doña Sancha y de todo su linaje de tal guisa, que heredó el señorío de su padre. Prohijóle otrosí doña Sancha, su madrastra; la adopción se hizo en esta

 

 

 

 

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manera, aunque grosera, pero memorable. El mismo día que se bautizó y fue armado caballero por el conde de Castilla Garci Fernández, su madrastra, resuelta de tomarle por hijo, usó de esta ceremonia: metióle por la manga de una muy ancha camisa, y sacóle la cabeza por el cabezón; diole paz en el rostro, con que le pasó a su familia y recibió por su hijo. De esta costumbre salió el refrán vulgar: entra por la manga y sale por el cabezón; dícese del que siendo recibido a trato familiar cada día se ensancha más.

 

Hijo de Mudarra fue Ordoño, y nieto Diego Ordóñez de Lara, aquel con quien los hijos de Arias Gonzalo, para librar a su patria de la infamia de traición que le cargaban por la muerte del rey don Sancho, que le mató con un venablo Vellido Dolfo, pelearon en desafío e hicieron con él campo. De este Diego Ordóñez fue hijo el conde don Pedro, conocido por los amores y afición que la reina doña Urraca le mostró. Su nieto fue Amalarico de Lara, señor de Molina, de quien procedió el linaje de los Manriques y aún de los reyes de Portugal de parte de madre, por haber casado Malfada, hija de Amalarico, con don Alfonso, primero de este nombre y primer rey de Portugal, si bien hay quien diga que Malfada fue de la casa de Saboya; pero de estas cosas se tornará a hablar adelante. En el claustro del monasterio de San Pedro de Arlanza se muestra el sepulcro de Mudarra. Sobre el lugar en que los siete hermanos fueron sepultados, hay contienda entre los monjes de aquel monasterio y de San Millán de la Cogolla; ¿qué juez los podrá poner en paz?

 

Estaba sosegada España cansada de tantos males, y más faltaban fuerzas que voluntad de alterarse. Duró este sosiego hasta tanto que el séptimo año después que fueron muertos los infantes de Lara, que fue el año 993 de nuestra salvación, los moros, tomadas de nuevo las armas, destruyeron las tierras de la Lusitania; y por aquella comarca entrados en Galicia, tomaron de nuevo por fuerza y pusieron fuego a la ciudad de Compostela. Grande era la enemiga que tenían con aquel santo lugar. No perdonara aquella malvada gente al sepulcro del apóstol Santiago si un resplandor que de repente fue visto no reprimiera por voluntad de Dios sus dañados intentos. Verdad es que las campanas, para que fuesen como trofeo y memoria de aquella victoria, fueron en hombros de cristianos llevadas a Córdoba, do por largo tiempo sirvieron de lámparas en la mezquita mayor de los moros. Siguióse luego la divina venganza; muchos perecieron, parte con enfermedad de cámaras, parte con peste que les

 

 

 

 

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sobrevino, parte también porque el rey don Bermudo, tomadas las armas, les iba picando por las espaldas, y en todas partes los trabajaba; los daños fueron de suerte, que pocos volvieron salvos a su tierra. El capitán de toda esta jornada, Mahomad Alliagib, que tantas veces libremente acometió las tierras de los cristianos, fue uno de los que escaparon.

 

El mismo año falleció el rey de Navarra don García. Sucedió en su lugar su hijo Garci Sánchez, llamado el Trémulo, como y por la causa que arriba queda tocado. Reinó por espacio de siete años, muy esclarecido por las victorias que ganó en las guerras; fue liberal, o por mejor decir, pródigo en dar, en que si no hay templanza, suele acarrear daño por agotar la fuente de la misma liberalidad, que son los tesoros públicos, como sucedió a este Rey, y entrar en necesidad de inventar nuevas imposiciones para suplir esta falta. En los archivos de San Millán hay privilegios de este rey; mas cuánto crédito se les haya de dar, cada uno por sí mismo lo podrá juzgar. Allí se dice que tuvo un hermano llamado Gonzalo, y que junto con su madre doña Urraca tuvo el reino de Aragón; lo que si fue verdad, o aquel estado y principado duró poco tiempo, o por morir él sin hijos recayó el señorío en su hermano y descendientes.

 

Alegre don Bermudo, rey de León, y ufano por el destrozo que hizo de los moros, entró en pensamiento que si los cristianos, de cuyas discordias tantos males resultaban, se confederasen y juntasen en uno sus fuerzas, podrían aprovecharse de los moros y deshacer su poder. Despachó en este propósito sus embajadores al rey de Navarra y al conde de Castilla don García para amonestarles hiciesen liga con él. Decíales que debían moverse por el común peligro de los cristianos, y si en particular tenían algunos disgustos perdonarlos por el bien de la patria; que con las armas comunes, juntos todos, vengasen y enfrenasen los intentos impíos de aquella bárbara gente. A estas embajadas y justísimas demandas fácilmente se acordaron aquellos príncipes.

 

Con esto, de todas las tres naciones formaron un ejército muy grueso. El rey de Navarra no se halló presente por estar ocupado, a lo que se entiende, en concertar las cosas de su nuevo reino. El rey don Bermudo, dado que enfermo de gota, en una litera, y con él el conde don García movieron contra los moros, de quien tenían aviso que, con deseo de rehacerse del daño pasado, levantaban nuevas gentes y eran salidos de Córdoba, y que talado que hubieron los campos de Galicia y saqueado los pueblos, revolvian hacia Castilla. Cerca de un pueblo llamado Calatañazor,

 

 

 

 

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situado en la frontera de Castilla y de León, se dieron vista y juntaron las huestes. Diose la batalla, que fue muy reñida, hasta que cerró la noche; cayeron muchos de la una parte y de la otra sin quedar declarada la victoria; sólo por partirse los moros aquella noche a cencerros tapados dieron muestra que llevaron lo peor y que fueron vencidos por el esfuerzo de los nuestros, especial que la partida fue a manera de huida, como se entendió por los despojos que dejaron en los reales y cosas que por el camino con deseo de apresurarse arrojaban.

 

El pesar que de este revés recibió el Alhagib, general de los moros, fue tal, que de coraje se dice murió en el valle Begalcorax sin querer comer bocado, lo cual sucedió el año 998. Gobernó este capitán las cosas de los moros por espacio de veinte y cinco años por su rey, que vivía ocioso sin cuidar más que de sus deportes. Fue hombre animoso, enemigo del ocio, acometió las tierras de los cristianos cincuenta y dos veces, y muchas de ellas quedó vencedor. El día mismo que en Calatañazor se dio la batalla, uno en traje de pescador en Córdoba a la ribera de Guadalquivir, con ser tan grande la distancia de los lugares, se dice que cantó en voz llorosa algunas voces en metros arábigos, otras en españoles: «En Calatañazor Almanzor perdió el tambor»; por donde sospecharon que el demonio en figura de hombre publicó la victoria, en especial que, como pretendiesen los de Córdoba echarle mano, se desapareció y se les fue como sombra. El cuerpo del general difunto llevaron a Medinaceli.

 

Sucedió en el gobierno de aquel reino su hijo Abdelmelic el mismo año que murió su padre, que se contaba de los árabes 393; tuvo aquel cargo y mando por espacio de seis años y ocho meses. Desde este tiempo el reino de los moros, que por esfuerzo de Mahomad se conservara (de tan grande momento es muchas veces una buena cabeza), comenzó manifiestamente a declinar e ir de caída. Las discordias domésticas, peste de los grandes imperios, y el poco gobierno fueron causa de este mal. Abdelmelic, más amigo de ocio que de guerra, mostró no hacer caso de las semillas y principios de aquella discordia, que debiera al momento alejar. Verdad es que luego que murió su padre acometió a hacer guerra a los cristianos y puso grande espanto; mayormente en la ciudad de León, todo lo que quedaba entero de la destrucción pasada o de nuevo se reedificara, lo echó Abdelmelic por tierra y lo abatió. Todavía los principios de esta guerra fueron para los moros más alegres que el remate, porque acudió el conde don García, y con su venida forzó los moros a volver las espaldas, y

 

 

 

 

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muertos muchos de ellos, tornar en pequeño número a su tierra. La desconfianza y miedo que les entró después de este daño fue tan grande, que no trataron más de hacer guerra en tanto que Abdelmelic tuvo aquel cargo.

 

La alegría de este buen suceso no fue pura, antes se aguó y destempló con la carestía de mantenimientos que causó la falta de las lluvias. Gudesteo, obispo de Oviedo, estaba preso por mandado del Rey, iba en tres años. Acostumbraba este príncipe a dar oídos a los chismes de hombres malos. Esto se persuadía el pueblo era la causa del daño, y los hombres santos decían ser la hambre castigo del cielo por el agravio que se hacía al Obispo inocente, y anunciaban que si no había enmienda se seguiría alguna grave peste. Temíase algún alboroto, porque la muchedumbre, cuando se mueve por escrúpulo y opinión de religión, más fácilmente obedece a los sacerdotes que a los reyes; fue pues Gudesteo sacado de la cárcel.

 

Este mismo año, que se contó del nacimiento de Cristo 999, y fue apretado por la dicha carestía grande y falta extraordinaria, se hizo también señalado por la muerte que sucedió en él del rey don Bermudo. En un pueblo llamado Beritio falleció de los dolores de la gota, que mucho tiempo le trabajaron. Fue sepultado en Villabuena o Valbuena, desde allí pasados ventitrés años le trasladaron a la iglesia de San Juan Bautista de la ciudad de León. Tuvo dos mujeres, llamadas, la una Velasquita, la otra doña Elvira. A la primera repudió más por la libertad de aquellos tiempos que porque lo permitiese la ley cristiana; tuvo en ella una hija, llamada Cristina. De doña Elvira tuvo dos hijos, que fueron don Alfonso y doña Teresa. Demás de esto, de dos hermanas, con quien más mozo tuvo conversación, dejó fuera de matrimonio a don Ordoño y a doña Elvira y a doña Sancha. Cristina, la hija mayor del rey don Bermudo, casó con otro don Ordoño, llamado el Ciego, que era de sangre real. De este matrimonio nacieron don Alfonso, don Ordoño, don Pelayo, y fuera de estos doña Aldonza, que casó con don Pelayo, llamado el Diácono, nieto del rey don Fruela, segundo de este nombre, hijo de don Fruela, su hijo bastardo. De don Pelayo y de doña Aldonza nacieron Pedro, Ordoño, Pelayo, Nuño y Teresa; de estos procedieron los condes de Carrión, varones señalados en la guerra, de valor y de prudencia, como se declara en otro lugar.

 

Volvamos a la razón de los tiempos. Pelagio, ovetense, y don Lucas de Tuy atribuyen a este rey don Bermudo lo que arriba queda dicho de

 

 

 

 

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Ataúlfo, obispo de Compostela, del toro feroz y bravo que soltaron contra él sin que le hiciese daño alguno. Nos damos más crédito en esta parte a la Historia Compostelana, que dice lo que de suyo relatamos; y es bastante muestra de estar mudados los tiempos en los que esto dicen, y del engaño no hallarse por estos años algún obispo de Compostela que se llamase Ataúlfo.

 

 

 

 

X. De don Alfonso el quinto, rey de León

 

Ayos del rey don Alfonso en su menor edad, por mandado del rey don Bermudo, su padre, fueron Melendo González, conde de Galicia, y su mujer, llamada doña Mayor. Los mismos, por quedar don Alfonso de cinco años, gobernaron asimismo el reino con grande fidelidad y prudencia, conforme a lo que dejó en su testamento el rey muerto mandado, en que vinieron todos los estados del reino. Llegado el nuevo rey a mayor edad, para que los ayos tuviesen más autoridad y en recompensa de lo que en su crianza y en el gobierno del reino trabajaron, le casaron con una hija que tenían, llamada doña Elvira. Tuvo de este matrimonio dos hijos, don Bermudo y doña Sancha. Reinó por espacio de veintinueve años.

 

El segundo año de su reinado, que fue de Cristo el 1000 justamente, por muerte del rey de Navarra don Garci Sánchez, el Trémulo o Temblador, sucedió en aquel estado un hijo que tenía en doña Jimena, su mujer (no aciertan los que la llaman Elvira o Constancia o Estefanía), por nombre don Sancho. Este príncipe en su menor edad tuvo por maestro a Sancho, abad de San Salvador de Leire, que le enseñó todo lo que un príncipe debe saber, y amaestró en todas buenas costumbres. Reinó treinta y cuatro años; fue tan señalado en todo género de virtudes, que le dieron sobrenombre de Mayor, y alcanzó tan buena suerte, que todo lo que en España poseían los cristianos casi lo redujo debajo de su imperio y mando; bien que no acertó ni fue buen consejo dividirlo y repartirlo entre sus hijos, como lo hizo, menguando las fuerzas y majestad del reino.

 

Cuán quietos estaban los dos reinos cristianos por la buena maña de los que los gobernaban, no menos se alteraron por este tiempo las armas de Castilla primero, después las de los moros. Los unos y los otros por las diferencias domésticas se iban despeñando en su perdición. Don Sancho

 

 

 

 

 

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García se apartó de la autoridad del conde Garci Fernández, su padre, y de su obediencia; no se sabe por cuál causa, sino que nunca faltan, en las casas reales mayormente, hombres de dañada intención que con chismes y reportes encienden la llama de la discordia entre hijos y padres. Puede ser que don Sancho, cansado de lo mucho que vivía su padre, acometió tan grave maldad, por serle cosa pesada esperar los pocos años que, conforme a la edad que tenía, le podrían quedar. Vinieron a las armas, y divididas las voluntades de los vasallos entre el padre y el hijo, las fuerzas de aquel estado se enflaquecieron; no estuvo esto encubierto a los moros, que la provincia estaba en armas, dividida la nobleza, alborotado el pueblo con sus valedores de la una y de la otra parte. Acordaron aprovecharse de la ocasión que la dicha discordia les presentaba. Con esta venida de los moros y entrada que hicieron, la ciudad de Ávila, que poco a poco se iba reparando, de nuevo fue destruida, y La Coruña y Santisteban de Gormaz, en el territorio de Osma, padecieron el mismo estrago. Grande era el peligro en que las cosas estaban, y aún con el miedo de fuera no se sosegaban las alteraciones y parcialidades, si bien se entretuvieron para no llegar del todo a rompimiento y a las puñadas. El conde Garci Fernández, movido por el daño que los moros hacían, con los que pudo juntar salió al enemigo al encuentro. Alcanzólos por aquellas comarcas y presentóles la batalla. Fue brava la pelea; el conde, que llevaba poca gente, quedó vencido y preso con tales heridas, que de ellas en breve murió. Tuvo el señorío de Castilla como treinta y ocho años; quién dice cuarenta y nueve. No fue desigual a su padre en la grandeza y gloria de sus hazañas. Los enemigos le quitaron la vida; la fama de su valor dura y durará. Su cuerpo, rescatado por gran dinero, le sepultaron en el convento de San Pedro de Cardeña. Diose esta desgraciada batalla el año 1006.

 

El año luego siguiente, 1007, en Toledo una grande creciente abatió el famoso monasterio agaliense; los monjes se pasaron al de San Pedro de Sahelices. Así lo dice el arcipreste Juliano.

Dejó el conde una hija, llamada doña Urraca, que fue monja en el monasterio de San Cosme y San Damián del lugar de Covarrubias. Este monasterio edificó el conde, su padre, desde los cimientos, y le dotó de grandes heredades y gruesas rentas, diole muchas alhajas y preseas. Puso por condición que si alguna doncella de su descendencia no quisiese casarse, sustentase la vida con las rentas de aquol monasterio. Sucedió en el señorío y condado de Castilla al padre muerto su hijo don Sancho,

 

 

 

 

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afeado y amancillado por haberse levantado contra su padre, y por el consiguiente dado ocasión a aquel desastre. Por lo demás fue piadoso, dotado de grandes virtudes y partes de cuerpo y ánima.

 

Falleció por el mismo tiempo en Córdoba el Alhagib Abdelmelic; sucedióle en el cargo Abderramán, hombre malo y cobarde; por afrenta le llamaban vulgarmente Sanciolo. Muerto este dentro de cinco meses, Mahomad Almahadio, que debía ser del linaje de los Aben Humeyas, tomadas las armas, se apoderó del rey Hisem, que con el ocio y con los deleites estaba sin fuerzas y sin prudencia, y no se conservaba por su esfuerzo, sino con la ayuda de otros. Publicó que le quitara la vida, degollando otro que le era muy semejante; maña con que Almahadio quedó apoderado del reino de Córdoba y Hisem vivo, que le pareció guardarle para lo que aviniese. Esto pasó el año que se contaba de los árabes 400 justamente. Acudió desde África un pariente de Hisem, llamado Zalema; éste con los de su valía y gente que se le arrimó, además de las fuerzas de don Sancho, conde de Castilla, que le asistió en esta empresa y con él hizo liga, en una batalla muy herida que se dio cerca de Córdoba venció al tirano Almahadio. Murieron en esta pelea treinta y cinco mil moros, que era toda la fuerza y nervio del ejército morisco y de aquel reino; por donde adelante comenzaron los moros a ir claramente de caída. Señalóse sobre todos el conde don Sancho, su valor, esfuerzo e industria, y fue la principal causa que se ganase la jornada.

 

Almahadio después de esta rota se retiró y encerró dentro de la ciudad; y lo que tenía apercibido para los mayores peligros, sacó a Hisem de donde le tenía escondido y preso. Puesto a los ojos de todos y en público, amonestó al pueblo antepusiesen a su señor natural al extranjero y enemigo. Los ciudadanos, turbados con el temor que tenían del vencedor, no hacían caso de sus pulabras y amonestaciones; en ocasiones semejantes cada cual cuida mas de asegurarse que de otros respetos. Así le fue forzoso, dejada la ciudad a su contrario, retirarse a Toledo. Llevó consigo, a lo que se entiende, a Hisem, o sea que le escondió segunda vez. Era Alhagib de Almahadio, y como virrey suyo otro moro, llamado Almahadio. Éste, con deseo de fortificarse contra las fuerzas e intenciones de los contrarios y para ayudarse de socorros de cristianos, pasó a Cataluña para con toda humildad rogar a aquellos señores le acudiesen con sus gentes. Propúsoles grandes intereses, ofrecióles partidos aventajados. Los condes don Ramón de Barcelona y Armengol de Urgel, persuadidos

 

 

 

 

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de aquel bárbaro, con buen número de los suyos, se juntaron con las gentes que en aquel intermedio el tirano Almahadio tenía levantadas en Toledo y su comarca, que eran en gran número y fuertes. Contábanse en aquel ejército nueve mil cristianos y treinta y cuatro mil moros.

 

Juntáronse las huestes de una parte y de otra en Acanatalhacar, que era un lugar cuarenta millas de Córdoba, al presente un pueblo llamado Alhacar está o cuatro leguas de aquella ciudad. Trabóse la batalla, que fue muy reñida y dudosa, ca los cuernos y costados izquierdos de ambas partes vencieron, los de manderecha al contrario. Zulema y el conde don Sancho al principio mataron gran número de los contrarios. Entre éstos, a los primeros golpes y encuentros murieron los obispos Amulfo, de Vic, Aecio, de Barcelona, Otón, de Gerona; cosa torpe y afrentosa que tales varones tomasen las armas en favor de infieles. El mismo conde de Urgel fue asimismo muerto. Almahadio con su esfuerzo reparó la pelea, y animando a los suyos, quitó a los enemigos la victoria de las manos. Zulema, como se vio vencido y desbaratados los suyos, se huyó primero a Azafra, después desconfiado de la fortaleza de aquel lugar, determinó de irse mas lejos, que fue todo el año de los árabes de 404, de Cristo 1010.

 

Quedó el reino por Almahadio, si bien Almahario, su Alhagib, lo gobernaba todo a su voluntad, conforme a la calamidad de aquellos tiempos aciagos; en que pasó tan adelante, que después de la partida de don Ramón, conde de Barcelona, sin ningún temor ni respeto alevosamente dio la muerte a su señor; una traición contra otra. Con esto Hisem, el verdadero rey, fue restituido en su reino. La cabeza de Almahadio el tirano enviaron a Zulema, su competidor, que en un lugar llamado Citava se entretenía por ver en qué pararían aquellas revoluciones tan grandes. Pretendían y deseaban los moros que el dicho Zulema se sujetase a Hisem como a verdadero rey y deudo suyo, por quien al principio mostró tomar las armas. Él, encendido en deseo de reinar, cuya dulzura es grande, aunque engañosa, y que con muestra de blandura encubre grandes males, juntaba fuerzas de todas partos, y hacia de ordinario correrías en las tierras comarcanas. La parcialidad de los Aben Humeyas, de que todavía quedaban rastros en Córdoba, era aficionada a Zulema, y por su respeto trataba de dar la muerte a Hisem. No salieron con su intento, a causa que el dicho Rey, avisado del peligro, usó en lo de adelante de más recato y vigilancia. Zulema, perdida esta esperanza, solicitó al conde don Sancho para que con respeto de la amistad pasada de

 

 

 

 

 

 

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nuevo le ayudase. El conde, después de haberlo todo considerado, se resolvió de confederarse con Hisem, de quien esperaba mayor ganancia, y en particular asentó que le restituyese seis castillos que el Alhagib Mahomad por fuerza de armas los años pasados quitara a los cristianos, lo cual él hizo forzado de la necesidad, por no faltar a tales esperanzas de ser socorrido en aquella apretura, y privar a su contrario de aquel arrimo.

 

En el entre tanto Obeidalla, hijo de Almahadio, con ayuda de sus parciales se hizo rey de Toledo. Otros le llaman Abdalá, y afirman que tuvo por mujer a doña Teresa con voluntad de don Alfonso, su hermano, rey de León; gran desorden y mengua notable. Lo que pretendía con aquel casamiento era que las fuerzas del uno y del otro reino quedasen más firmes con aquella alianza; demás que se presentaba ocasión de ensanchar la religión cristiana, si el moro se bautizaba según lo mostraba querer hacer. Con esto, engañada la doncella, fue llevada a Toledo, celebráronse las bodas con grande aparato, con juegos y regocijos y convite, que duró hasta gran parte de la noche. Quitadas las mesas, la doncella fue llevada a reposar. Vino el Moro encendido en su apetito carnal. «Ella afuera, dice, tan grave maldad, tanta torpeza. Una de dos cosas has de hacer: o tú con los tuyos te bautizas y con tanto goza de nuestro amor; si esto no haces, no me toques. De otra manera, teme la venganza de los hombres, que no disimularán nuestra afrenta y tu engaño, y la de Dios, que vuelve por la honestidad sin duda y castidad de los cristianos. De la una y de la otra parte te apercibo serás castigado. Mira que la lujuria, peste blanda, no te lleve a despeñar». Ésto dijo ella. Las orejas del Moro con la fuerza del apetito desentrenado estaban cerradas; hizole fuerza contra su voluntad. Siguióse la divina venganza, que de repente le sobrevino una grave dolencia; entendió lo que era y la causa de su mal. Envió a doña Teresa en casa de su hermano con grandes dones que le dio. Ella se hizo monja en el monasterio de San Pelagio de León, en que pasó lo restante de la vida en obras pías y de devoción, con que se consolaba de la afrenta recibida. A Obeidalla no le duró mucho el reino; venciéronle las gentes del rey Hisem, y preso fue puesto en su poder.

 

Continuaban las revueltas entre los moros y lus alteraciones en todas las partes de aquel reino. A los cristianos se ofrecía muy hermosa ocasión para deshacer toda aquella gente, si juntadas las fuerzas quisieran antes mirar por la religión que servir a las pasiones de los moros y ayudarlos. Mas ésta fue la desgracia de todos los tiempos; siempre las aficiones

 

 

 

 

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particulares se anteponen al bien común, y ninguna cosa de ordinario menos mueve que el celo de la religión cristiana. Las tierras de los moros, no sólo eran trabajadas con la llama de la guerra, sino también de gravísima hambre por haberse tanto tiempo dejado la labor de los campos.

 

Zulema, visto que el conde don Sancho no lo ayudaba, hizo sus avenencias con los reyes moros de Zaragoza y Guadalajara. Con estas ayudas se apoderó de Córdoba por fuerza; y como Hisem se huyese a África, tornó Zulema a recobrar todo aquel reino de nuevo. Entre los que seguían a Hisem, uno, llamado Haitan, tenía el primer lugar en autoridad y poder. Éste se apoderó de Orihuela, ciudad asentada a la ribera del mar Mediterráneo, y por la comodidad de aquel lugar hizo venir a España, con la intención que le dio de hacerle rey, a Alí Abenhamit, que tenía por Hisem el gobierno de Ceuta. Zulema no era igual en fuerzas a los dos enemigos. Así fue en batalla vencido cerca de Córdoba, y por los ciudadanos entregado al vencedor, y muerto por mano del mismo Alí con palabras afrentosas y ultrajes que le dijo, ca le dio en cara haber sido el primero que contra el rey Hisem, su legítimo señor, tomó las armas.

 

No hay fidelidad entre los compañeros del reino; quejábase Haitan que Alí, el nuevo rey, no guardaba lo con él capitulado; hizo conjuración y liga con Mundar, hijo de Hiaya, rey de Zaragoza; juntaron de cada parte sus huestes, diose la batalla cerca de Córdoba, en que Haitan fue vencido. Tras esto por ocasión de la muerte de Alí, quería Haitan hacer rey a Abderramán Almortada. La muerte de Alí fue de esta manera: salió de Córdoba en seguimiento de Haitan, llegó a Guadix, y allí sus mismos eunucos le mataron en un baño en que se lavaba, año de los árabes 408.

Sucedió por voto de los soldados en aquella parte del reino y en Córdoba un hermano de Alí, llamado Cazin, que hicieron los de aquella parcialidad venir de Sevilla, do en aquella sazón moraba. Tuvo el reino por espacio de tres años, cuatro meses, ventiséis días con desasosiego, a causa que el Almortada ya dicho, con asistencia de Haitan y de Mundar, se apoderó de Murcia y de toda aquella comarca y se llamó rey. Era hombre soberbio Almortada, y que ni daba grata audiencia ni recibía bien a los que venían a negociar, y a los que le dieron el reino, como si fueran sus acreedores, los miraba con ojos torcidos y sobrecejo, que fue causa de su perdición. En Granada por conjuración de los suyos y con voluntad del señor de aquella ciudad, fue muerto. Cazin con la muerte de Almortada le pareció quedaba de todo punto por rey, en especial que con deseo de

 

 

 

 

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ganarle la voluntad, los de Granada le enviaron los despojos del enemigo muerto. En breve empero aquella alegría le salió vana, se regaló y se mudó en nuevo cuidado. Los ánimos de la muchedumbre alterada nunca paran en poco; así los ciudadanos de Córdoba, con ocasión de que Cazin se partió a Sevilla, alzaron por rey a Hiaya, sobrino del mismo, hijo de su hermano Alí, hombre manso y liberal, de que mucho se paga la muchedumbre y el pueblo. Pero como éste se fuese y partiese a Málaga, de que antes era señor, Cazin tornó por las armas a hacerse señor de Córdoba, año de los árabes de 414. Este nuevo señorío que tuvo de aquella ciudad le duró poco, solos siete meses y tres días. Por causa de un alboroto que ocasionó en la ciudad la insolencia de los soldados que maltrataban a los ciudadanos, fue forzado a huir a Sevilla, en que asimismo no pudo detenerse mucho tiempo por tener su contrario ganadas las voluntades de aquella ciudad. Después de esto, anduvo vagabundo y descarriado, hasta tanto que al fin vino a poder de Hiaya, y fue puesto por él en prisión. Eran los más de estos reyes del linaje de los Alavecinos, bando muy poderoso en aquel tiempo en fuerzas y en autoridad.

 

Los ciudadanos del bando contrario, es a saber, de los Aben Humeyas, se juntaron, y hechos más fuertes, alzaron por rey a Abderramán, hermano de Mahomad (creo de aquel Mahomad Almahadio que fue el primero que tomó las armas contra Hisem), pero con la misma liviandad fue muerto dentro de dos meses. La severidad que él mostraba, y la inconstancia de aquella gente fueron causa de su perdición. Con tanto, un cierto Mahomad fue puesto en su lugar; tuvo el reino un año, cuatro meses y veinte y dos días; éste al tanto murió a manos de los ciudadanos. Lo mismo sucedió al hijo de Alí, llamado Hiaya, que era del bando contrario, y el tiempo pasado fue alzado por rey, ca con la misma deslealtad del pueblo le mataron eu Málaga, en que, como queda dicho, estaba retirado. Reinó en Córdoba solos tres meses y veinte días. Por su muerte Idricio, hermano de Alí y tío de Hiaya, fue llamado para ser rey desde África, do era señor de Ceuta.

 

Éste, llegado que fue a España, por el derecho que tenía del parentesco con los dos príncipes susodichos y por las armas, se apoderó del reino de Granada, de Sevilla, de Almería y de otras ciudades comarcanas. Lo mediterráneo quedó por Hisem, ca después de la muerte de Hiaya los de Córdoba le habían vuelto al reino, o era otro del mismo nombre, que aquellos ciudadanos de nuevo levantaron por rey, que en todo esto hay

 

 

 

 

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poca claridad. Los desórdenes de los que gobiernan suelen redundar en daño de sus señores, como sucedió a Hisem; que su alhagib, que era como virrey, que lo gobernaba todo, por ser cruel y apoderarse de los bienes públicos y particulares, acostumbrado a sacar ganancia de los daños ajenos y desgracias, fue causa que la ciudad se alborotó de suerte que el Alhagib fue muerto y el rey echado del reino.

En aquella revuelta un cierto Humeya, ayudado de una cuadrilla de mozos desbaratados y revoltosos, entró en el alcázar y pidió a los soldados que le alzasen por rey. Excusábanse ellos por la deslealtad de los ciudadanos, revuelta y desgracia de los tiempos. Decíanle que escarmentase en cabeza ajena, y por el ejemplo de los otros entendiese claramente que semejantes intentos no salían bien. «A esto, hoy, dijo él, me llamad rey, y matadme mañana»; tan poderoso es el deseo de mandar, tan grande la dulzura de ser señores. Todavía por orden de los ciudadanos fueron echados de la ciudad a un mismo tiempo este Humeya y el Hisem ya dicho, y con ellos todos los Aben Humeyas, como causa de tan graves daños.

 

Hisem, trabajado con tanta variedad de cosas como por él pasaron, últimamente paró en Zaragoza; recibióle benignamente el rey de aquella ciudad, llamado Zulema Abenhut. Diole un castillo, llamado Alzuela, en que pasó como particular lo restante de su vida. De Idricio no dice en qué parase el arzobispo don Rodrigo, que refiere esta cuenta de los postreros reyes de Córdoba con alguna mayor oscuridad de la que aquí llevamos; mas ¿cómo se puede relatar con claridad revuelta tan confusa y tan grande?

Resta decir que desde este tiempo el señorío de los moros, que por tantos años tuvo tan gran poder en España, se enflaqueció de guisa, que se dividió en muchos señoríos; cada cual de los que tenían el gobierno se llamaron reyes de las ciudades que tenían a su cargo, sin que nadie en aquellas revueltas les fuese a la mano. Así, en lo de adelante se cuentan muchos reyes en diversas partes; en Córdoba Jahuar, en Sevilla Albucacín y su hijo Habeth, en Toledo Haitan, el que ayudó a Alí, rey de Córdoba, al principio, y después fue su contrario. Hijo de este rey de Toledo fue otro Hisem, nieto Almenon, bien que algunos dan más antiguo principio que éste a los reyes moros de Toledo. La verdad es que aquella ciudad con sus reyes que tenía o tomaba, muchas veces se rebeló contra los reyes de Córdoba. Los moradores de ella se atribuían el primer lugar entre las

 

 

 

 

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ciudades de España, y por esta causa no podían llevar que les hiciesen demasías. En otras ciudades remanecieron otrosí nuevos reyes, mas no hay para qué contarlos aquí, ni aún se podría hacer con certidumbre y claridad. Basta saber que estos señoríos se conservaron y permanecieron hasta tanto que los Almorávides, linaje y gente muy poderosa, de África pasaron en España con su rey y caudillo Tesefin, que fue el año de los árabes de 484, año que concurre con el de 1091 de Cristo, y en otro lugar mas a propósito se relatará. Al presente volvamos atrás al cuento de las cosas que los cristianos, el conde don Sancho y el rey don Alfonso, obraron.

 

 

 

 

XI. De lo demás que sucedió en tiempo del rey

 

don Alfonso

 

Don Sancho, conde de Castilla, deseoso de vengar la muerte de su padre con ayuda de los leoneses y navarros, con quien el año pasado puso confederación, entró por tierra de Toledo metiendo a fuego y a sangre todo lo que topaba. El mismo estrago hizo en tierra de Córdoba, hasta donde los nuestros entraron animados con el buen suceso; en ambas partes hicieron presas de hombres y de ganados. Si los daños fueron grandes, mayor era el miedo y quebranto de los moros, que divididos en bandos y por las discordias civiles apenas se conservaban, tanto, que los que poco antes ponían espanto al nombre cristiano, fueron forzados de comprar por gran dinero la paz. Sepúlveda, asentada en la frontera, se ganó de moros, y con ella Osma, Santisteban de Gormaz, y otros pueblos por aquella comarca, que en la guerra pasada se perdieran, volvieron a poder de cristianos. Desde este tiempo se otorgó a la nobleza de Castilla, como dicen muchos autores, que no fuesen forzados a hacer la guerra a su costa sólo con esperanza de la presa, según acostumbraban a hacer antes, sino que les señalasen sueldo a la manera que en las otras naciones estaba recibido de todo tiempo.

 

La reputación y gloria que el conde don Sancho ganó por este camino oscureció grandemente la muerte que dio a su madre con esta ocasión. Aficionóse ella a cierto moro principal, hombre muy dado a deshonestidades y membrudo. Dudaba de casarse con él, no tanto por el escrúpulo como por miedo de su hijo; recelábase de la saña que el dolor y

 

 

 

 

 

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afrenta le causarían; determinó con darle la muerte, hacer lugar y camino a aquellas bodas malvadas; aparejábale ciertos bebedizos y ponzoña mortal. El conde, avisado de todo, forzó a su madre con muestra de honrarla, aunque lo rehusaba y contradecía, de hacerle la salva y gustar la bebida que le daba. Principio de que algunos sospechan nació la costumbre recibida y muy usada en algunas partes de España que las mujeres beban antes que los varones. Otros refieren que una camarera de la condesa, que la vio destemplar las hierbas, dio aviso a su marido (no falta quien le llame Sancho del Valle de Espinosa), y él al conde, y que por este servicio tan señalado desde entonces ganó el privilegio que hasta hoy tienen los de su tierra, los Monteros de Espinosa, de guardar de noche la persona y la casa real. Verdad es que para dar este cuento por cierto yo no hallo fundamentos bastantes, y todavía la Valeriana lo refiere en el libro IX, título I, capítulo V, y los naturales de aquella villa lo tienen y afirman así como cosa sin duda. Dicen más, que el conde, con deseo de satisfacer este mal caso y por amansar el odio que contra él acerca del pueblo resultara por un delito tan feo, edificó un monasterio de monjas, y del nombre de su madre le llamó de Oña, que el tiempo adelante don Sancho, rey de Navarra, llamado el Mayor, dio a los monjes de Cluny, y en nuestra era tiene el primer lugar entre los demás monasterios de aquella comarca.

 

Hubo don Sancho en su mujer doña Urraca a su hijo don García, y tres hijas, que fueron doña Nuña, doña Teresa, doña Tigrida; las dos primeras fueron casadas con grandes señores, Tigrida, abadesa en el monasterio de Oña. Por el mismo tiempo se abrió y allanó, a costa del conde don Sancho, nuevo camino para que los extranjeros pasasen a la ciudad o iglesia de Santiago, es a saber, por Navarra, la Rioja, Briviesca y tierra de Burgos, como quier que antes, por ser el señorío de los cristianos más estrecho, los peregrinos de Francia acostumbrasen a hacer su camino con grande trabajo por Vizcaya y los montes de Asturias, lugares faltos de todo, ásperos y montuosos.

El rey don Alfonso, eso mesmo por beneficio de la larga paz que resultaba, así de las discordias de los moros como de la confederación hecha entre los príncipes cristianos, vuelto su cuidado a las artes de la paz y al gobierno, hacía Cortes generales de su reino en Oviedo el año de nuestra salvación de 1020. En estas Cortes se reformaron las antiguas leyes de los godos. Asimismo la ciudad de León, que por las entradas de los moros quedó asolada y hecha caserías, por diligencia del rey y a su

 

 

 

 

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costa se reparó, y en ella levantó un templo con advocación de San Juan Bautista, obra de barro y de ladrillo; allí trasladaron los huesos de su padre, don Bermudo, y de los otros reyes de León, que por miedo de los moros andaban mudando lugares, con que quedaron puestos en sepulcros ciertos y estables. El monasterio otrosí de San Pelagio se reedificó, en que doña Constanza, hermana del Rey, virgen consagrada a Dios, vivió mucho tiempo.

 

Los intentos y acometimientos de don Vela contra los condes de Castilla, de quien por particulares intereses y agravios se tenía por injuriado, cuán grandes hayan sido arriba queda declarado. A tres hijos de este caballero, es a saber, Rodrigo, Diego y Íñigo, el conde don Sancho, no sólo los perdonó, sino les volvió las honras y cargos de su padre; mas ellos, sin embargo de esto, tornaron en breve a sus mañas y a lo acostumbrado. Y aún sobre las desórdenes pasadas añadieron una nueva deslcaltad, que, dejado el conde don Sancho, se pasaron a don Alfonso, rey de León; de los moros poca ayuda podían esperar por estar tan revueltas sus cosas y por la mudanza de tantos príncipes, como queda dicho. Recibiólos benignamente don Alfonso, dioles a la falda de las montañas estado no pequeño, con que se sustentasen como señores; pareció por algún poco de tiempo estar sosegados, como quier que a la verdad esperaban ocasión de mostrar nueva deslealtad, según se entendió por lo que en breve pasó, de la suerte que poco después se dirá.

 

El rey don Alfonso, deseoso de ensanchar su estado, rompió por la Lusitania; púsose sobre la ciudad de Viseo, que pretendía ganar de los moros. Avino que cierto día, desarmado y con poco recato se llegó mucho a la ciudad. Tiráronle de los adarves una saeta con que le mataron. Los suyos por esta desgracia alzaron luego el cerco; y el cuerpo del difunto los obispos que fueron a aquella guerra le acompañaron hasta León, y le enterraron en la iglesia de San Juan, que él mismo edificara para poner allí los sepulcros de sus padres. Sucedió esto el año de nuestra salvación, de 1028. Dejó un hijo y una hija: don Bermudo, que le sucedió en el reino, y doña Sancha, de pequeña edad.

 

En aquel tiempo florecieron por santidad de vida dos obispos: Froilano, de León, y Atilano, de Zamora. Froilano fue natural de Lugo, Atilano de Tarragona. De monjes de San Benito, que lo eran en el monasterio de Moreruela, no lejos de León, los sacaron para obispos y los consagraron en un dia. Fue Atilano, de menos edad, discípulo de Froilano,

 

 

 

 

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mas igualóle en virtud, vida y milagros. Algunos a estos varones santos los ponen más de cien años antes de este tiempo; nosotros seguimos lo que nos pareció más probable.

 

Tenía el principado de Barcelona de tiempo atrás un hijo de don Ramón, que se decía don Berenguer, y del nombre de su abuelo le llamaron por sobrenombre Borello, mas conocido por su ociosidad y poco valor que por alguna virtud. La falta de este príncipe, con que las cosas de los cristianos amenazaban ruina, reparó en gran parte Bernardo Tallaferro, conde de Besalú, que hacía rostro con valor a los moros. Y muerto él, que se ahogó en el Ródano en ocasión que pasaba a Francia, suplió sus veces Wifredo, conde de Cerdaña, hasta alanzar los moros de aquella comarca, que no cesaban de hacer correrías y cabalgadas en las tierras de cristianos. A la muerte de don Berenguer le quedaron tres hijos: don Ramón, conde de Barcelona; don Guillén, conde de Manresa por testamento de su padre, y don Sancho, monje que fue benito.

 

 

 

 

XII. De don Bermudo el Tercero, rey de León

 

Don Bermudo, tercero de este nombre, aunque era de pocos años cuando su padre le faltó, fue alzado y coronado por rey, presentes los grandes del reino y los obispos, el año de 1028, en que falleció otrosí don Sancho, conde de Castilla, después que tuvo el gobierno de Castilla por espacio de veinte y dos años. En el monasterio de Oña, que edificó a su costa, como queda arriba dicho, cerca del altar mayor, a mano izquierda se muestran tres sepulcros con sus letreros, el uno del conde don Sancho, el otro de su mujer doña Urraca, y el tercero de don García, su hijo, el cual, muerto su padre, sucedió en aquel estado. Daba de si grandes esperanzas por las muestras de sus virtudes; mas todo se fue en flor por su muerte, que le dieron alevosamente dentro el primer año de su gobierno los que menos fuera razón, y lo que es más notable, en la misma alegría de sus bodas. Tenía don García dos hermanas, doña Nuña y doña Teresa. Doña Nuña (a quien otros llaman Elvira, y otros Mayor, creo por la edad) casó sin duda con don Sancho, rey de Navarra, y de él tenía ya por este tiempo estos hijos: don García, don Fernando y don Gonzalo. Doña Teresa, o en vida de su padre, o luego después de su muerte, casó con don Bermudo, rey de

 

 

 

 

 

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León; de este matrimonio tuvieron un hijo, llamado don Alfonso, que murió muy niño.

 

Don García, conde de Castilla, aunque de poca edad, ca no tenía más de trece años, se desposó a trueco con doña Sancha, hermana del rey don Bermudo. Procurábase con estos parentescos que el concierto fuese adelante, que pocos años antes se asentara entre los príncipes cristianos, con que parecía las cosas comunes y particulares alzaban cabeza, y no se turbase la paz. Señalaron la ciudad de León para celebrar estas bodas o desposorios. Llevaba el conde don García grande atuendo y acompañamiento de gente principal, así de sus vasallos como del reino de Navarra. El mismo rey don Sancho con sus hijos don García y don Fernando para honrarle más le acompañaron, y con ellos muchedumbre de soldados, que representaban un ejército entero. Estos soldados ganaron de camino a Monzón, castillo asentado no lejos de Palencia; al tanto hicieron de otros pueblos por aquella comarca, que los quitaron al conde Fernán Gutiérrez, que por desprecio del nuevo y mozo príncipe se levantara con ellos; sin embargo, por rendirse de su voluntad y sin dificultad sujetarse a la obediencia, le fue dado perdón. Hacían las jornadas pequeñas, como era necesario por ser tanta la multitud de gente que llevaban. Don García, con deseo de apresurarse por ver a su esposa, dejó al rey don Sancho en Sahagún, y él con pocos a la ligera se adelantó sin algún recelo de lo que sucedió, como quien iba a fiestas y regocijos sin sospecha de trama semejante.

 

A los hijos de don Vela por el mismo caso pareció aquella buena coyuntura para satisfacerse de los agravios que pretendían les hiciera el conde don Sancho a sinrazón. Eran hombres, por la larga experiencia de cosas, arteros y sagaces; comunicaron su intento con los que les parecieron más a propósito para ayudarles a ejecutar la traición, hombres homicianos, de malas mañas. Las asechanzas que se paran en muestra de amistad son más perjudiciales. Salieron a recibir entre los demás al príncipe, su señor, que venía bien descuidado. Puestos los hinojos en tierra y pedida la mano, le hicieron la salva y reverencia entre los españoles acostumbrada. Juntamente con muestra de arrepentimiento le pidieron perdón. Otro tenían en su pecho desleal, como en breve lo mostraron. ¿Quién sospechara debajo de aquella representación malicia y engaño? ¿Quién creyera que, alcanzado el perdón, no pretendieran recompensar las culpas pasadas con mayores servicios? No fue así, antes se apresuraron en ejecutar la maldad

 

 

 

 

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y dar la muerte a aquel príncipe, por su edad de sencillo corazón, y que por todos respetos no se recataba de nadie. El tiempo, las alegrías, el hospedaje, el acompañamiento, todo le aseguraba.

 

Salió a oir misa a la iglesia de San Salvador, cuando a la misma puerta de la iglesia los traidores le sobresaltaron y acometieron con las espadas desnudas. Rodrigo, el mayor de los hermanos, sin embargo que le sacara de pila cuando le bautizaron, le dio la primera herida como traidor y parricida malvado. Los demás acudieron y secundaron con sus golpes hasta acabarle. Doña Sancha, antes viuda que casada, perdió el sentido y se desmayó con la nueva cruel de aquel caso. Luego que volvió en sí acudió a aquel triste espectáculo, abrazóse con el muerto, henchía el cielo y la tierra de alaridos, como se deja entender, de sollozos y de lágrimas, miserable mudanza de las cosas, pues la mayor alegría se trocó repentinamente en gravísimo quebranto. Apenas la pudieron tener que no se hiciese enterrar juntamente con su esposo. Depositaron el cuerpo en la iglesia de San Juan, después le trasladaron al monasterio de Oña, hoy en ambos lugares se ve su sepulcro.

 

Mudóse con esto el estado de las cosas y trocóse toda España. Don Sancho, rey de Navarra, que en los arrabales de León se estaba con sus tiendas que tenía levantadas a manera de reales, heredó el principado de Castilla, cuyo título y armas de conde mudó él en nombre e insignias reales, por donde su poder comenzó a ser sospechoso y poner espanto al rey de León. Los traidores se huyeron y se metieron en Monzón, por ventura con esperanza que Fernán Gutiérrez, ofendido contra los príncipes don García y el rey don Sancho por las plazas que le quitaron, fácilmente se juntaría con ellos y aprobaría lo hecho. Pero, o que él los entregase, o por diligencia del rey don Sancho que los siguió por todas partes, fueron presos y quemados; justicia con que castigaron su delito y quedaron escarmentados los demás, y muestra que los atrevimientos desleales no quedan sin castigo.

 

El rey don Bermudo, escarmentado por la muerte de su padre, se mostraba amigo de la quietud; y por el nuevo desastre del príncipe don García, avisado de la inconstancia de las cosas, volvió su ánimo y pensamiento al culto de la religión y a las artos de la paz. Primeramente con deseo de reformar las costumbres del pueblo, que la libertad de los tiempos estragara y por la malicia de los hombres, dio orden como se hiciese justicia a todos, promulgó leyes a propósito de esto, y no con

 

 

 

 

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menos diligencia quitó de todo su reino los robos y salteadores, y con la grandeza de castigos hizo que ninguno se atreviese a pecar. Con estas obras ganó las voluntades de los naturales, y su reino parecía florecer con los bienes de una grande paz.

 

No es duradera la prosperidad; don Sancho, rey de Navarra, con ambición fuera de tiempo, la alteró por esta causa. Don Bermudo no tenía hijos, y entendíase que la sucesión del reino, conforme a las leyes, forzosamente recaía en doña Sancha, su hermana. Recelábanse los de León que por esta vía, como suele acontecer cuando las hembras heredan, no entrase a reinar algún príncipe forastero. Deseaba el rey, deseaban los naturales acudir a este daño y peligro que amenazaba. Sintió esto don Sancho, rey de Navarra, como era fácil. Atreviéndose, engañando, moviendo y enlazando unas guerras de otras suelen los reyes hacerse grandes. Una y la más principal causa de mover guerra es la mala codicia de mando, poder y riquezas. Juntó pues un grueso ejército de sus dos estados, con que entró haciendo daño por el reino de don Bermudo. Tomóle todo lo que poseía pasado el río Cea, y parecía que con el progreso próspero de las victorias sojuzgaría toda la provincia y tierras de León. Don Bermudo, avisado por estos daños, y a persuasión de los grandes, que querían más la paz que la guerra, se inclinó a concierto y pleitesía.

 

Las condiciones fueron estas: doña Sancha case con don Fernando, hijo segundo del rey de Navarra. Désele en dote de presente todo lo que en aquella guerra quedaba ganado; para adelante quede su esposa nombrada por sucesora en el reino. Partido desaventajado para los leoneses, pero de que en toda España resultó una paz muy firme entre todos los cristianos, y casi todo lo que en ella poseían vino a poder y señorío de una familia. Demás de esto, cosa notable, en un mismo tiempo los dos señoríos, el de Castilla y el de León, recayeron en hembras, y por el mismo caso en mando y gobierno de extraños; accidente y cosa que todos suelen aborrecer asaz, pero diversas veces antes de este tiempo vista y usada en el reino de León; si dañosa, si saludable, no es de este lugar disputarlo ni determinarlo. A la verdad, muchas naciones del mundo, fuera de España, nunca la recibieron ni aprobaron de todo punto.

 

 

 

 

XIII. De don Sancho el Mayor, rey de Navarra

 

 

 

 

 

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Era don Sancho hombre de buenos años cuando hubo para sí el señorío de Castilla, y a su hijo don Fernando abrió camino para suceder en el reino de León. Las cosas que hizo en toda su vida muy esclarecidas, no sólo le dieron nombre de don Sancho el Mayor, sino también vulgarmente le llamaron emperador de España, como acostumbra el pueblo sin muy grande ocasión adular a sus príncipes y darles títulos soberanos. Puso su asiento y morada en la ciudad de Nájera por estar a las fronteras y raya de Castilla y de Navarra. Cuidaba del gobierno de sus estados y de las cosas de la paz, mas de manera que nunca se olvidaba de la guerra.

 

Lo primero movió con sus gentes contra los moros, que por estar alborotados con discordias entre sí podían más fácilmente recibir daño. Tenía soldados viejos y provisiones apercibidas de antes. Las talas y daños que hizo fueron muy grandes sin parar hasta llegar a Córdoba; ninguno de los moros se atrevió a salirle al encuentro. Pero al mismo tiempo que el rey ponía con la guerra espanto, destruía y saqueaba pueblos, campos y castillos, una desgracia que sucedió en su casa le hizo dejar la empresa. El caso pasó de esta manera.

Cuando se iba a la guerra encomendó a la reina grandemente un caballo, el mejor y más castizo que tenía, que en aquel tiempo ninguna cosa más estimaban los españoles que sus caballos y armas. Don García, hijo mayor del rey, pidió a su madre la reina le diese aquel caballo. Estaba para contentarle, sino que le avisó Pedro Sesé, hombre noble y caballerizo mayor, que el rey recibiría de ello pesadumbre. Don García, como fuera de sí por haberle negado lo que pedía, sea por creer de veras que no sin causa las palabras de Pedro Sesé podían más con la reina que su demanda, o falsamente y con deseo de vengarse, determinó acusar a su madre de adulterio. La prosecución de esto no la trató con ímpetu de mozo, antes para dar más color al hecho, mañosamente convidó y atrajo a don Fernando, su hermano, para que le ayudase en aquella empresa. Parecióle a don Fernando al principio impío aquel intento y desatinado; después de tal manera disimuló con aquel enredo, que con juramento prometió de estar a la mira sin allegarse a ninguna de las partes.

 

La acusación de don García alteró grandemente el ánimo del rey, luego que supo lo que pasaba. Acudió a su reino. Extrañaba mucho lo que cargaban a la reina. Movíale por una parte su conocida honestidad y la buena fama que siempre tuvo, por otra parte no podía pensar que su hijo sin tener grandes fundamentos se hubiese empeñado en aquella demanda.

 

 

 

 

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Don Fernando, preguntado de lo que sentía, con su respuesta dudosa le puso en mayor cuidado. Llegó el negocio a que la reina fue puesta en prisión en el castillo de Nájera. Pareció que se tratase aquel negocio por ser tan grave en una junta de la nobleza y de los grandes. Salió por decreto que si no hubiese alguno que por las armas hiciese campo en defensa de la honestidad de la reina, pasase ella por la pena del fuego y la quemasen.

 

Tenía el rey un hijo bastardo, llamado don Ramiro, habido de una mujer noble de Navarra, que unos llaman Urraca, otros Caya. Este, por compasión que tenía a la reina y por haber olido la malicia de don García, reptó, como se usaba entonces entre los españoles, y salió a hacer campo con don García para volver por la honra de la reina contra la calumnia que a su inocencia se urdia. Gran mal para el rey por cualquiera de las partes que quedase la victoria.

Acudió Dios a la mayor necesidad, que un hombre santo con su diligencia y buena maña atajó el daño y deshizo la maraña con sus amonestaciones, con que puso en razón a los dos hermanos. Decíales que la afrenta de la reina, no solo tocaba a ella, sino al rey, a ellos y a toda España; mirasen que en acusar a su madre (la cual cuando estuviese culpada debieran defender y cubrir) no incurriesen en la ira de Dios y provocasen contra sí los gravísimos castigos que semejantes impiedades merecen. Con estas y otras razones los trajo a tal estado, que primero confesaron la maraña, después postrados a los pies de su padre, le pidieron perdón. Respondió el rey que tan grande delito no era de perdonar si primero no aplacasen a la reina:

 

«Así, dice, ¿tan gran maldad contra nos y tal afrenta contra nuestra casa real os atrevisteis a concebir en vuestros ánimos e intentar, malos hijos y perversos, si sois dignos de este nombre los que amancillasteis con tan gran mancha nuestro linaje y casa? Fuera justo defender a vuestra madre, aunque estuviera culpada, y cubrir la torpeza, aunque manifiesta, con vuestra vida y sangre; pues ¿qué será, cuán grave maldad, imputar a la inocente un delito tan torpe? Perdonad, santos del cielo, tan grande locura. En este pecado se encierran todas las maldades, impiedad, crueldad, traición; contentáos con algún castigo tolerable. Perdonen los hombres; en un delito todos, grandes, pequeños y medianos, han sido ofendidos. Las naciones extrañas do llegare la fama de esta mengua no juzguen de nuestras costumbres por un caso tan feo y atroz. Perdonad, compañía muy santa, no más a los hijos que al padre. No puedo tener las

 

 

 

 

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lágrimas, y apenas irme a la mano para no daros la muerte, y con ella mostrar al mundo cómo se deben honrar los padres. Mas en mi enojo y saña quiero tener más cuenta con lo que es razón que yo haga que con lo que vos merecéis, y no cometer por donde el primer llanto sea ocasión de nuevas lágrimas y daños. Dese esto a la edad, dese a vuestra locura. El mucho regalo, don García, te ha estragado para que, siendo el primero en la traición, metieses a tu hermano en el mismo lazo. No quiero al presente castigaros, ni para adelante os perdono. Todo lo remito al juicio y parecer de vuestra madre. Lo que fuere su voluntad y merced, eso se haga y no al; yo mismo de mi facilidad y credulidad le pediré perdón con todo cuidado».

 

De esta manera fueron los hijos despedidos del padre. La reina, vencida por los ruegos de los grandes, y ablandada por las lágrimas de sus hijos, se dice les dio el perdón a tal que a don Ramiro en premio de su trabajo y de su lealtad y valor le diesen el reino de Aragón; en quien la falta del nacimiento suplía la señalada virtud y su piedad. Don García, que fue la principal causa y atizador de esta tragedia, fuese privado del señorío materno que por leyes y juro de heredad se le debía. Vino en lo uno y en lo otro el rey don Sancho, su padre, para que se hiciese todo como la reina lo deseaba.

Algunos, ponen en duda esta narración, y creen antes que la división de los estados se hizo por testamento y voluntad del rey don Sancho, ejemplo que don Fernando, su hijo, asimismo imitó adelante, que repartió entre sus hijos sus reinos. A la verdad, ni lo uno ni lo otro se puede bastantemente averiguar, si bien nos parece tiene color de invención. Sea lo que fuere, a lo menos si así fue, sucedió algunos años antes de este en que vamos.

De don García otrosí se refiere que, sea por alcanzar perdón de su pecado, o por voto que tenía hecho, se partió para Roma a visitar los lugares santos.

 

 

 

 

XIV. De la muerte del rey don Sancho

 

Estaban las cosas en el estado que queda dicho, y concluido el desasosiego de que se ha tratado, el rey don Sancho en el tiempo siguiente volvió su

 

 

 

 

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ánimo al celo de la religión y deseo que fuese su culto aumentado. Era en aquella sazón famoso el monasterio de los monjes de Cluny, que está situado en Borgoña, como en el que se reformara con leyes más severas la religión de San Benito, que por causa de los tiempos se había relajado. Para que el fruto fuese mayor, desde allí enviaban colonias y poblaciones a diversas partes de Francia y de España, en que edificaban diversos conventos. El rey don Sancho, movido por la fama de esta gente, los hizo venir al monasterio de San Salvador de Leire, antiguamente edificado por la liberalidad de sus predecesores los reyes de Navarra. Lo mismo hizo en el monasterio de Oña, ca las monjas que en él vivían, pasó al pueblo de Bailén, y en su lugar puso monjes de Cluny. El primer abad de este monasterio fue uno llamado García, que con los otros monjes vino de Francia después de García Íñigo. De la vida solitaria que hacía en los montes de Aragón, el rey lo sacó y forzó a tomar el cargo de aquel nuevo monasterio. Su virtud fue tal, que después de muerto, aquellos monjes de Oña le honraron con fiesta cada año y le hicieron poner en el número de los santos. El monasterio de San Juan de la Peña, que dijimos está cerca de Jaca, famoso por los sepulcros de los antiguos reyes de Sobrarbe, fue también entregado a los mismos monjes de Cluny para que morasen en él, y porque no fuese necesario hacer venir de Francia tanta muchedumbre de monjes como era menester para poblar tantos monasterios, el rey con su providencia envió a Francia a Paterno, sacerdote, y doce compañeros para que acostumbrados y amaestrados a la manera de vida del monasterio de Cluny y cultivados con aquellas leyes, trajesen a España aquella forma de instituto.

 

No pararon en esto los pensamientos de este buen príncipe, antes considerando que por la revuelta de los tiempos, hombres seglares por ser poderosos se entraran en los derechos y posesiones de las iglesias, las puso en su libertad. Hállase un privilegio del rey don Sancho, en que con autoridad de Juan XIX, pontífice romano, dio poder a los monjes de Leire, el año de nuestra salvación de 1032, para elegir en aquel monasterio el obispo de Pamplona. Las ordinarias correrías de los moros y el peligro forzaron a que los obispos de Pamplona pasasen su silla al dicho monasterio de Leire por estar puesto entre las cumbres de los Pirineos, y por el consiguiente ser más segura morada que la de la ciudad. Al presente con la paz de que gozaban por el esfuerzo y buena dicha del rey don Sancho se tuvo en Pamplona un concilio de obispos sobre el caso.

 

 

 

 

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Juntáronse estos prelados: Poncio, arzobispo de Oviedo; los obispos García, de Nájera; Nuño, de Álava; Arnulfo, de Ribagorza; Sancho, de Aragón (es a saber, de Jaca); Juliano, de Castilla (es a saber, de Auca). En este concilio lo primero de que se trató fue de la pretensión de don fray Sancho, abad que era de Leire y juntamente obispo de Pamplona, que por tener gran cabida con el rey, causada de que fue su maestro, procuraba se restituyese la antigua silla al obispo de Pamplona y volviese a residir en la ciudad. Dilatóse por entonces su pretensión, que ordinariamente los hombres quieren perseverar en las costumbres antiguas, y las nuevas, como se desechan de todos, dificultosamente se reciben y mal se pueden encaminar; mas en tiempo de su sucesor, don Pedro de Roda, se puso esto que se pretendía en ejecución.

 

A lo último de su vida hizo el rey que se reedificase la ciudad de Palencia por una ocasión no muy grande. Estaba de años atrás por tierra a causa de las guerras, sólo quedaban algunos paredones, montones de piedras y rastros de los edificios que allí hubo antiguamente; demás de esto, un templo muy viejo y grosero con advocación de San Antolín. El rey don Sancho, cuando no tenía en qué entender, acostumbraba ocuparse en la caza por no parecer que no hacía nada; demás que el ejercicio de montería es a propósito para la salud y para hacerse los hombres diestros en tas armas. Sucedió cierto día que en aquellos lugares fue en seguimiento de un jabalí, tanto, que llegó hasta el mismo templo a que la fiera se recogió, por servir en aquella soledad de albergue y morada de fieras. El rey, sin tener respeto a la santidad y devoción del lugar, pretendía con el venablo herirle, sin mirar que estaba cerca del altar, cuando acaso echó de ver que el brazo de repente se le había entumecido y faltádole las fuerzas. Entendió que era castigo de Dios por el poco respeto que tuvo al lugar santo, y movido de este escrúpulo y temor, invocó con humildad la ayuda de san Antolín; pidió perdón de la culpa que por ignorancia cometiera. Oyó el santo sus clamores; sintió a la hora que el brazo volvió en su primera fuerza y vigor. Movido otrosí del milagro, acordó desmontar el bosque y los matorrales a propósito de edificar de nuevo la ciudad, levantar las murallas y las casas particulares. Lo mismo se hizo del templo, que le fabricaron magníficamente, con su obispo para el gobierno y cuidado de aquella nueva ciudad.

 

Parece que escribo tragedias y fábulas; a la verdad en las mismas historias y crónicas de España se cuentan muchas cosas de este jaez, no

 

 

 

 

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como fingidas, sino como verdaderas. De las cuales no hay para qué disputar, ni aprobarlas ni desecharlas; el lector por sí mismo las podrá aquilatar y dar el crédito que merece cada cual.

 

Concluyamos con este rey con decir que acabadas tantas cosas en guerra y en paz, ganó para sí gran renombre, para sus descendientes estados muy grandes. Sus hechos ilustran grandemente su nombre, y mucho más la gravedad en sus acciones, la constancia y grandeza de ánimo, la bondad y excelencia en todo género de virtudes. El fin de la vida fue desgraciado y triste; camino de Oviedo, donde iba con deseo de visitar los sagrados cuerpos de los santos, por cuyo respeto y con cuya posesión aquella ciudad siempre se ha tenido por muy devota y llena de majestad, fue muerto con asechanzas que le pararon en el camino. Quién fuese el matador, ni se refiere en las historias ni aún por ventura entonces se pudo saber ni averiguar. Sospéchase que algún príncipe de los muchos que envidiaban su felicidad le hizo poner la celada. Su cuerpo enterraron en Oviedo. Las exequias le hicieron, según la costumbre, magníficamente. Pasados algunos años, por mandado de su hijo don Fernando, rey de Castilla, le trasladaron a León y sepultaron en la iglesia de San Isidoro. La letra de su sepulcro dice:

 

Aquí yace Sancho, rey de los Montes Pirineos y de Tolosa, varón católico y por la Iglesia.

 

Letra harto notable. Fue muerto a 18 de octubre, año de nuestra salvación de 1035. Dejó a sus hijos grandes contiendas, y al reino materia de grandes males por la división sin propósito que entre ellos hizo de sus estados, como ordinariamente los pecados y desórdenes de los príncipes suelen redundar en perjuicio del pueblo y pagarse con daño de sus vasallos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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LIBRO NONO

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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I. Del estado de las cosas de España

 

Los temporales que se siguieron turbios y alborotados, sus calamidades y desgracias y las guerras crueles que se emprendieron entre los que eran deudos y hermanos, serán bastante aviso para los que vinieren adelante cuánto importa que el reino, en especial cuando es pequeño y su distrito no es ancho, no se divida en muchas partes ni entre diversos herederos. Buen recuerdo y doctrina saludable es que la naturaleza del señorío y del mando no sufre compañía, y que la ambición es un vicio desapoderado, cruel, sospechoso, desasosegado, que ni por respeto de amistad ni de parentesco, por estrecho que sea, se enfrena para no revolver y trastornar lo alto con lo bajo. No hay gente en el mundo ni tan avisada y política, ni tan fiera y salvaje, que no entienda y confiese ser verdad lo que se ha dicho; y sin embargo, vemos que muchos, olvidados de esto y vencidos del amor de padres, o movidos de otras consideraciones y recatos sin propósito, dividieron a su muerte entre muchos sus estados; en lo cual haber errado grandemente los tristes y desastrados sucesos que por esta causa resultaron lo mostraron bastantemente; y todavía los que adelante sucedieron no dudaron de imitar en este yerro a sus antepasados. Es así, que muchas veces las opiniones caídas y olvidadas se levantan y prevalecen, y los hombres de ordinario tienen esta mala condición de juzgar y tener por mejor lo pasado que lo presente, además que cada cual demasiadamente se fía de sus esperanzas, y halla razones para aprobar lo que desea.

 

Esto le aconteció al rey don Sancho, cuya vida y hechos quedan relatados en el libro pasado. Estaba la cristiandad, cuan anchamente se extendía en España, casi toda reducida y puesta debajo del mando de un príncipe; merced grande y providencia del cielo para que el señorío de los moros que de sí mismo se despeñaba en su perdición, con las fuerzas de todos los cristianos juntas en uno, se desarraigase de todo punto en España. Pero desbarató estos intentos la división que este rey hizo entre sus hijos y herederos de todos sus estados; acuerdo perjudicial y errado. Entramos en una nueva selva de cosas, y la narración de aquí adelante irá algo más extendida que hasta aquí. Por esto será bien en primer lugar relatar el estado en que España y sus cosas se hallaban después de la

 

 

 

 

 

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muerte del ya dicho rey don Sancho. Dividió sus reinos entre sus hijos en esta forma: don García, el hijo mayor, llevó lo de Navarra y el ducado de Vizcaya, con todo lo que hay desde la ciudad de Nájera hasta los montes Doca. A don Fernando, hijo segundo, dieron en vida su padre y madre doña Nuña a Castilla, trocado el nombre de conde que antes solía tener aquel estado en apellido de rey. A don Gonzalo, el menor de los tres hermanos legítimos, cupieron Sobrarbe y Ribagorza, con los castillos de Loarre y San Emeterio. A don Ramiro, hijo fuera de matrimonio, aunque de madre principal y noble, dio su padre el reino de Aragón, fuera de algunos castillos que quedaron en aquella parte en poder de don García, y se le adjudicaron en la partición; traza enderezada a que los hermanos estuviesen trabados entre sí y por esta forma se conservasen en paz. Todos se llamaron reyes, y usaban de corte y aparato real, de que resultaron guerras perjudiciales y sangrientas. Cada cual ponía los ojos en la grandeza de su padre, y pretendían en todo igualarle. Llevaban otrosí mal que los términos de sus estados fuesen tan cortos y limitados.

 

En León reinaba a la misma sazón don Bermudo, tercero de este nombre, cuñado de don Fernando, ya rey de Castilla. En el reino de León se comprehendían las provincias de Galicia y de Portugal y parte de Castilla la Vieja hasta el río de Pisuerga.

Conde de Barcelona era don Ramón, por sobrenombre el Viejo; falleció el mismo año que el rey don Sancho, que se contaba de nuestra salvación 1035. Sucedióle don Berenguer Borello, su hijo, aunque pequeño de cuerpo, en ánimo y esfuerzo no menos señalado que sus antepasados. A la verdad ganó por las armas a Manresa y otro pueblo, que llaman Prados del rey Galafre. Ganó otrosí e hizo que volviesen a poder de los cristianos Tarragona y Cervera, demás de otros pueblos comarcanos, que por negligencia de su padre o por no poder más se perdieron los años pasados. Muchos señores moros que tenían sus estados por aquellas partes los sujetó con las armas y forzó a que le pagasen parias. Casó con dos mujeres: la una se llamó Radalmuri, la otra Almodi. De la primera tuvo dos hijos, don Pedro y don Berenguer. La segunda parió a don Ramón Bereguel, que se llamó Cabeza de Estopa por causa de los cabellos espesos, blandos y rubios que tenía.

 

Éste era el estado y disposición en que se hallaban por este tiempo las cosas de los cristianos en España. Los reinos de los moros, como de suso se dijo, eran tantos en número cuantas las ciudades principales que

 

 

 

 

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poseían. El reino de Córdoba todavía se adelantaba a los demás con autoridad y fuerzas por ser el más antiguo y más extendido, si bien los bandos domésticos y alborotos le traían puesto en balanzas. El segundo lugar tenía el de Sevilla, luego Toledo, Zaragoza, Huesca, sin otros reyezuelos moros, en fuerzas, riquezas y valor de menor cuenta que los demás, y que fácilmente los pudieran atropellar y derribar si los nuestros se juntaran para acometerlos y conquistarlos. Las discordias que de repente y sin propósito resultaron entre los príncipes, dado que eran hermanos y deudos, estorbaron que no se tomase esta empresa tan santa.

 

Don García, rey de Navarra, por voto que tenía hecho de ello, o sea por alcanzar perdón del pecado que cometió en acusar falsamente, como está dicho, a su madre, era ido a Roma a la sazón que su padre falleció a visitar las iglesias de San Pedro y San Pablo, según que lo acostumbraban los cristianos de aquel tiempo. Don Ramiro, su hermano, quiso aprovecharse de aquella ocasión de la ausencia de don García para acrecentar su estado; que en materia de reinar ningún parentesco ni ley divina ni humana puede bastantemente asegurar. Para salir con su intento puso liga y amistad con los reyes de Zaragoza, Huesca, Tudela, si bien eran moros; juntó con ellos sus fuerzas, rompió por las tierras de Navarra, y en ella puso sitio sobre Tafalla, villa principal en aquellas partes. Sucedió que el rey don García volvió a la sazón de su romería, y avisado de lo que pasaba, con golpe de gente que juntó arrebatadamente de los suyos dio de sobresalto sobre su hermano y su hueste con tal ímpetu y furia, que le hizo huir de todo su reino de Aragón sin parar hasta Sobrarbe y Ribagorza. El sobresalto fue tal y la priesa de huir tan arrebatada, que le fue forzado saltar en un caballo que halló a mano sin freno y sin silla por escapar de la muerte y salvarse. Principios fueron estos de grandes revueltas y desmanes, que se siguieron adelante.

 

Los del reino de León no estaban bien con el rey de Castilla don Fernando. Los cortesanos, falsos y engañosos aduladores, que ni son buenos para la paz ni para la guerra, atizaban contra él al rey don Bermudo. Él de suyo se mostraba lastimado, así bien por la mengua de haberle tomado su hermana por mujer contra su voluntad como por el menoscabo de su reino por la parte que conquistaron los reyes don Sancho y don Fernando, padre y hijo, y los desaguisados que en aquella guerra le hicieron, según queda arriba declarado. Ofrecíase buena ocasión para satisfacerse de estos agravios por la discordia que comenzaba entre los

 

 

 

 

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hermanos, en especial por ser flacas las fuerzas del rey don Fernando y su estado no muy grande; acordó pues de juntar su gente, salió a la guerra y acometió las fronteras de Castilla. Don Fernando, avisado del peligro que sus cosas corrían, llamó en su socorro a su hermano don García, rey más poderoso que los demás por el grande estado que alcanzaba y que de nuevo estaba ufano y pujante por la victoria que ganó contra don Ramiro, su hermano; vino por ende de buena gana en lo que don Fernando le pedía. Juntaron las fuerzas, marcharon con sus huestes en busca del enemigo, y a vista suya asentaron sus reales a la ribera del río Carrión en el valle de Tamarón y cerca de un pueblo llamado Lantada. Tenían grande gana de pelear; ordenaron las haces por la una y por la otra parte; la batalla fue reñida y sangrienta; muchos de los unos y de los otros quedaron tendidos en el campo. En lo más recio de la pelea don Bermudo, confiado en su edad, que era mozo, y en la destreza que tenía en las armas grande, y en su caballo, que era muy castizo, y le llamaban por nombro Pelayuelo, con gran denuedo rompió por los escuadrones de los contrarios en busca de don Fernando con intento de pelear con él, sin miedo alguno del peligro tan claro en que se ponía. En esta demanda le hirieron de un bote de lanza, de que cayó muerto del caballo.

 

Con su muerte se puso fin a su reino y juntamente a la guerra, a causa que don Fernando, ganada la victoria, se entró por el reino de León, que por derecho le venía, para apoderarse de él, de sus castillos y ciudades; cosa muy fácil por estar los ánimos de aquella gente amedrentados y cobardes por la muerte de su rey y la pérdida tan fresca, si bien por el común afecto de todas las naciones aborrecían el gobierno y mando extranjero, por donde, y más por obedecer a su rey, tomaran primero las armas, y de presente pretendían hacer resistencia a los vencedores. La osadía y ánimo sin fuerzas, poco presta. Cerraron pues los de León al principio las puertas de su ciudad al ejército victorioso, que acudió sin tardanza; mas como quier que no estuviese reparada después que los moros abatieron sus murallas ni tuviese soldados, municiones, almacén y bastimentos para sufrir el cerco a la larga, mudados luego de parecer, acordaron de rendirse.

 

Llevaron los ciudadanos al rey con muestra de grande alegría a la iglesia de Santa María de Regla, donde a voz de pregonero alzaron los estandartes por él y le coronaron por su rey. Hizo la ceremonia don Servando, obispo de León, que fue el año de Cristo de 1038. Reinó don

 

 

 

 

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Fernando en León veintiocho años, seis meses y doce días; en Castilla otros doce años más, parte de ellos en vida de su padre, parte después de sus días. Era entonces Castilla de estrechos términos, pero de cielo sano, templado y agradable; la campiña fresca, y en todo género de esquilmos abundante.

 

 

 

 

II.     De las guerras que hizo el rey don Fernando contra moros

 

Con el nuevo reino que se juntó al rey don Fernando se hizo el más poderoso rey de los que a la sazón eran en España. Con la grandeza y poder igualaba el grande celo que este príncipe tenía de aumentar la religión cristiana, demás de las muchas y muy grandes virtudes en que fue muy acabado; y en la gloria militar tan señalado, que por esta causa cerca del pueblo ganó renombre de grande, como se ve por las historias y memorias antiguas de aquel tiempo, en que el favor o sea adulación de la gente, pasó tan adelante, que le llamaron emperador o igual a emperador. Fue otrosí dichoso por la sucesión que tuvo de muchos hijos e hijas. La primera, que le nació antes de ser rey, fue doña Urraca; después de ella don Sancho, que le sucedió en sus reinos; luego doña Elvira, que casó adelante con el conde de Cabra; demás de estos, don Alfonso, en quien después vino a parar todo, y don García, el menor de sus hermanos; todos nacidos de un matrimonio. De cuya crianza tuvo el cuidado que era razón, que los hijos en su tierna edad fuesen amaestrados y enseñados en todo género de virtud, buena crianza y apostura, las hijas se criasen en toda cristiandad y en los demás ejercicios que a mujeres pertenecen.

 

Gozaba en su reino de una paz muy sosegada, las cosas del gobierno las tenía muy asentadas; mas por no estar ocioso acordó hacer guerra a los moros. Parecíale que por ningún camino se podía más acreditar con la gente ni agradar más a Dios que con volver sus fuerzas a aquella guerra sagrada. Los moros, que habitaban hacia aquella parte que hoy llamamos Portugal, se tendían largamente a las riberas del río Duero; por donde aquella comarca se llamó entonces Extremadura, y de allí con el tiempo pasó aquel apellido a aquella parte de la antigua Lusitania que cae entre los ríos Guadiana y Tajo, y hasta hoy conserva aquel nombre. Caíanle

 

 

 

 

 

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aquellos moros más cerca que los demás, y por esta causa, aumentado que hubo su ejército con nuevas levas de soldados, marchó contra los que acostumbraban a hacer cabalgadas y grande estrago en las tierras de los cristianos, y a la sazón con una grande entrada que hicieron robaran muchos hombres y ganados. Diose el rey tan buena maña, y siguió los contrarios con tanta diligencia, que vencidos y maltratados les quitó lo primero la presa que llevaban, después, alentado con tan buen principio, pasó adelante. Dio el gasto a los campos de Mérida y Badajoz, sin perdonar a cosa alguna que se le pusiese delante; los ganados y cautivos que tomó fueron muchos, ganó otrosí dos pueblos llamados, el uno Sena, y el otro Gani. Dentro de lo que hoy es Portugal rindió la ciudad de Viseo con cerco muy apretado que le puso, si bien los moros que dentro tenía pelearon valerosa y esforzadamente, como los que en el último aprieto y peligro se hallaban. La toma de esta ciudad dio mucho contento al rey, no sólo por lo que en ella se interesaba, que era pueblo tan principal, sino porque hubo a las manos el moro, de quien se dijo arriba que mató al rey don Alfonso, su suegro, con una saeta que le tiró desde el adarve. La cual muerte el rey vengó con darla al matador después que le sacaron los ojos y le cortaron las manos y un pie, que fue género de castigo muy ejemplar. En la prosecución de esta guerra se ganaron asimismo de los moros los castillos de San Martín y de Taranzo.

 

Cae cerca de aquella comarca la iglesia del apóstol Santiago, patrón y amparo de España, cuyo favor muchas veces experimentaran los nuestros en las batallas. Acordó el Rey de ir a visitarla para hacer en ella sus rogativas, cumplir los votos que tenía hechos y hacer otros de nuevo para suplicarle no alzase la mano del socorro con que la asistía y no se le trocase aquella prosperidad y buenandanza ni se le añublase, ca tenía determinado de no parar ni reposar hasta tanto que desterrase de España aquella secta malvada de los moros. Esto pasaba el año segundo después que se apoderó del reino de León.

 

El siguiente, que se contaba de Cristo 1040, tornó de nuevo con mayor ánimo y brío a la guerra. Puso cerco sobre la ciudad de Coimbra, y aunque con dificultad, al fin la ganó por entrega que los moros le hicieron con tal solamente que les concediese las vidas. Los trabajos largos del cerco, falta de vituallas y almacén les forzó a tomar este acuerdo. Algunos dicen que el cerco duró por espacio de siete años; pero es yerro, que no fueron sino siete meses, y por descuido mudaron en años el número de los meses. Era

 

 

 

 

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en aquel tiempo aquella ciudad de las más nobles y señaladas que tenía Portugal; al presente en nuestros tiempos la ennoblecen mucho mas los estudios de todas las artes y ciencias que con muy gruesos salarios fundó el rey don Juan el Tercero de Portugal para que fuese una de las universidades más principales de España. Los monjes de un monasterio que se decía Lormano se refiere ayudaron mucho al rey don Fernando para proseguir este cerco con vituallas que le dieron, las que con el trabajo de sus manos tenían recogidas en cantidad, sin que los moros, en cuyo distrito moraban, lo supiesen. No se sabe qué gratificación les hizo el Rey por este servicio, pero sin duda debió de ser grande. Con la toma de esta ciudad los términos del reino de León se extendieron hasta el río Mondego, que pasa por ella y riega sus campos, y en latín se llama Monda. Puso el Rey por gobernador de Coimbra, de los pueblos y castillos que se ganaron en aquella comarca un varón principal, por nombre Sisnando, que era muy inteligente de las cosas de los moros, de sus fuerzas y manera de pelear, a causa que en otro tiempo sirvió a Benabet, rey de Sevilla, en la guerra que hacia a los cristianos que moraban en Portugal; tales eran las costumbres de aquellos tiempos.

 

Mientras duraba el cerco de Coimbra, un obispo griego, por nombre Esteban, según en el libro del papa Calixto II se refiere, que viniera a visitar la iglesia de Santiago, como oyese decir que muchas veces el Apóstol en lo más recio de las batallas se aparecía y ayudaba a los cristianos, dijo: «Santiago no fue soldado, sino pescador». Esto dijo él. La noche siguiente vio entre sueños cómo el mismo apóstol ayudaba a los cristianos que estaban sobre Coimbra para que tomasen aquella ciudad. Averiguóse que a la misma hora que aquel obispo vio aquella visión se tomó la ciudad de Coimbra; con que el griego y los demás quedaron satisfechos que el sueño fue verdadero y no vano.

 

El rey, dado que hubo asiento en todas las cosas, acudió de nuevo a visitar la iglesia de Santiago y darle parte de las riquezas y presa que en la guerra se ganaron, en reconocimiento de las mercedes recibidas y por prenda de las que para adelante esperaba por su favor alcanzar. Concluido con esta visita y devoción, dio la vuelta para visitar a manera de triunfador las ciudades de sus reinos de Castilla y de León. Daba en todas partes asiento en las cosas del gobierno, y de camino recogía de sus vasallos subsidios y ayudas para la guerra que el año siguiente pretendía hacer con mayor diligencia contra los moros que moraban descuidados a las riberas

 

 

 

 

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del río Ebro, y sabía eran ricos de mucho ganado que robaran a los cristianos.

 

Tocaba esta conquista y pertenecía más propiamente a los reyes de Navarra y Aragón; mas la guerra que entre sí se hacían muy brava no les daba lugar a cuidar de otra cosa alguna. Don Ramiro acrecentó por este tiempo su reino con los estados de Sobrarbe y Ribagorza, en que sucedió por muerte de su hermano don Gonzalo. Algunos, por escrituras antiguas que para ello citan, pretenden que don Gonzalo falleció en vida de su padre; otros que uno llamado Ramoneto de Gascuña, en una zalagarda que le armó junto a la puente de Monclús, le dio muerte volviendo de caza; lo cierto es que enterraron su cuerpo en la iglesia de San Victorián. El rey don Ramiro, aumentado que hubo por esta manera su reino, daba guerra a los navarros que le tenían usurpado parto de su reino de Aragón. No se les igualaba en las fuerzas ni en el número de la gente por ser estrecho su estado; pero demás de ser por sí mismo muy diestro en las armas y de mucho valor, tenía socorros de Francia, que le acudían por estar casado con Gisberga o, como otros la llaman, Hermesenda, hija de Bernardo Rogerio, conde de Bigorra, y de su mujer Garsenda. En ella tuvo a don Ramiro, a don Sancho, a don García y a doña Sancha, que casó con el conde de Tolosa, y a doña Teresa, que fue mujer de Beltrán, conde de la Provenza. Fuera de matrimonio tuvo asimismo otro hijo, por nombre don Sancho, a quien hizo donación de Aivar, Javier, Latrés y Ribagorza con título de conde; no dejó sucesión, y así volvió este estado a la corona de los reyes de Aragón. Las armas de don Ramiro fueron una cruz de plata en campo azul, que adelante mudaron sus descendientes, y las trocaron, como se apuntará en su lugar.

 

Volvamos al rey don Fernando, que con intento de hacer guerra a los moros ya dichos y revolver contra los del reino de Toledo, que con cabalgadas ordinarias hacían mucho daño en tierra de cristianos, tomadas las armas sujetó a Santisteban de Gormaz, Vadoregio, Aguilar, Valeranica, que al presente se dice Berlanga. Pasó adelante, puso a fuego y a sangre el territorio de Tarazona, corrió toda la tierra hasta Medinaceli, en que abatió todas las atalayas, que había muchas en España, y de ellas hacían los moros señas con ahumadas para que los suyos se apercibiesen contra los cristianos. Desde allí, pasados los puertos, frontera a la sazón entre moros y cristianos, revolvió sobre el reino de Toledo. Taló los campos de

 

 

 

 

 

 

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Talamanca y Uceda. Lo mismo hizo en los de Guadalajara y Alcalá, que están puestas a la ribera del río Henares, sin parar hasta dar vista a Madrid.

 

El rey Almenon de Toledo, movido por estos daños y con recelo de que serían mayores adelante, compró, a costa de gran cantidad do oro y plata que ofreció, las paces y amistad que puso con el rey don Fernando. Lo mismo hicieron los reyes de Zaragoza, Portugal y Sevilla, demás que prometieron acudirle con parias cada un año. Lo cual todo, no menos honra acarreaba a los cristianos y reputación que mengua a los moros, que de tanto poder y pujanza como poco antes tenían, se veían de repente tan flacos y abatidos, que ni sus fuerzas les prestaban, ni las de África que tan cerca les caía; y eran forzados a guardar las leyes de los que antes tenían por súbditos y los mandaban. Mudanza que no se debe tanto atribuir a la prudencia y fuerzas humanas cuanto al favor de Dios, que quiso ayudar y dar la mano a la cristiandad, que muy abatida estaba. Mayormente quiso gratificar la grande devoción que en toda la gente se veía, así grandes como menores, con que todos, movidos del ejemplo de su rey, se ejercitaban en todo género de virtudes y obras de piedad. Tal era la virtud y vida de los cristianos, que muchos de su voluntad se les aficionaban, y dejada la secta de Mahoma, se bautizaban y se hacían cristianos. Otros, si bien eran moros, estimaban en tanto los cuerpos de los santos que tenían en su tierra, por ver que los cristianos los honraban y estar persuadidos que su ayuda para todo era de grande importancia, que ningún oro ni plata ni joyas preciosas tenían en tanto, según que por el capítulo siguiente se entenderá.

 

 

 

 

III.    Cómo trasladaron los huesos de san Isidoro, de Sevilla a León

 

En la ciudad de León tenían una iglesia muy principal, sepultura de los reyes antiguos de aquel reino; su advocación de San Juan Bautista. Estaba maltratada; que las guerras, y cuando éstas faltan, el tiempo y la antigüedad todo lo gastan. La reina doña Sancha era una muy devota señora; persuadió al rey, su marido, la reparase, y para más ennoblecerla la escogiese para su sepultura y de sus descendientes; que antes tenía pensamiento de enterrarse en el monasterio de Sahagún. El rey, que no era

 

 

 

 

 

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menos pío y devoto que la reina, y más aína la excedía en fervor, fácilmente otorgó con su voluntad. Para dar principio a lo que tenía acordado, ya que el edificio iba muy alto, hicieron traer de Oviedo, donde yacían, los huesos del rey don Sancho de Navarra, padre del rey; y para aumentar la devoción del pueblo trataron de juntar en aquel templo diversas reliquias de santos de los muchos que en España se hallaban, en especial en Sevilla, ciudad la más principal del Andalucía, que si bien estaba en poder de los moros, todavía se conservaban en ella muchos cuerpos de los santos que antiguamente murieron en aquella ciudad.

 

Era cosa dificultosa alcanzar lo que pretendían. Acordó el Rey valerse de las armas y hacer guerra a Benabet rey de Sevilla. Parecióle que por este camino saldría con su pretensión. Corrióle la tierra; muchos pueblos del Andalucía y de la Lusitania, que eran de este príncipe, a unos taló los campos, otros tomó por fuerza o de grado. El rey moro, acosado de estos daños tan graves, deseaba tomar asiento con los cristianos. Ofrecía cantidad de oro y plata de presente, y para adelante acudir cada un año con ciertas parias. El rey don Fernando aceptó aquellos partidos y la amistad del moro a tal, empero, que sin dilación le enviase el cuerpo de santa Justa, que fue la ocasión de emprender aquella guerra. Otorgó fácilmente el moro con lo que se le pedía. Hicieron sus juras y homenajes de cumplir lo que ponían, con que se alzó mano de las armas.

 

Para traer el santo cuerpo despachó el Rey al obispo de León Alvito, y al de Astorga, por nombre Ordoño, y en su compañía por sus embajadores al conde don Nuño, don Fernando y don Gonzalo, personas principales de su reino; dioles otrosí para su seguridad soldados y gente de guarda. Los ciudadanos de Sevilla, avisados de lo que se pretendía, sea movidos de sí mismos por entender cuánto importan a los pueblos la asistencia y ayuda de los santos por medio de sus santas reliquias, o lo que más creo, a persuasión de los cristianos que en Sevilla moraban, se pusieron en armas resueltos de no permitir les llevasen de su ciudad aquellos huesos sagrados. Los embajadores se hallaban confusos sin saber qué partido tomasen. Por una parte les parecía peligroso apretar al rey moro; por otra tenían que sería mengua suya y de la cristiandad si volviesen sin la santa reliquia.

 

Acudióles nuestro Señor en este aprieto; san Isidoro, arzobispo que fue de aquella ciudad, apareció en sueños al obispo Alvito, principal de aquella embajada, y con rostro ledo y semblante de gran majestad le

 

 

 

 

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amonestó llevase su cuerpo a la ciudad de León a trueco del de santa Justa, que ellos pretendían. Avisóle el lugar en que le hallaría con señas ciertas que le dio, y que en confirmación de aquella visión y para certificarlos de la voluntad de Dios, él mismo dentro de pocos días pasaría de esta vida mortal. Cumplióse puntualmente lo uno y lo otro con grande admiración de todos. Hallóse el cuerpo de san Isidoro en Sevilla la Vieja, según que el Santo lo avisara, y el obispo Alvito enfermó luego da una dolencia mortal, que sin poderle acorrer médicos ni medicinas le acabó al seteno. Despidiéronse con tanto los demás embajadores del rey moro. Llevaron el cuerpo de san Isidoro y el del obispo Alvito con el acompañamiento y majestad que era razón.

 

El rey don Fernando, avisado de todo lo que pasaba, como llegaban cerca, acompañado de sus hijos salió hasta el río Duero con mucha devoción a recibir y festejar la santa reliquia. Salió asimismo todo el pueblo y el clero en procesión, grandes y pequeños con mucho gozo, aplauso y alegría. Fue tanta la devoción del Rey, que él mismo y sus hijos a pies descalzos tomaron las andas sobre sus hombros y las llevaron hasta entrar en la iglesia de San Juan de León. En Sevilla antes que saliese el cuerpo y por todo el camino hizo Dios para honrarle muchos milagros: los ciegos cobraron la vista, los sordos el oído, y los cojos y contrahechos se soltaron para andar; maravilloso Dios y grande en sus santos. El cuerpo del obispo Alvito sepultaron en la iglesia mayor de aquella ciudad; el de san Isidoro fue colocado en la de San Juan en un sepulcro muy costoso y de obra muy prima, que para este efecto le tenían aparejado y presto; que fue ocasión de que aquella iglesia, que de tiempo antiguo tenía advocación de san Juan Bautista, en adelante se llamase, como hoy se llama, de San Isidoro. Refieren otrosí que el jumento que traía la caja de san Isidoro, sin que nadie le guiase, tomó el camino de aquella iglesia de señor San Juan, y el en que venía el cuerpo del Obispo se enderezó a la iglesia mayor; que si es verdad, fue otro nuevo y mayor milagro. Bien veo que esto no concuerda del todo con lo que queda dicho, y que cosas semejantes se toman en diversas maneras; pero pues no referimos cosas nuevas, sino lo que otros testifican, quedará a su cuenta el abonarlas y hacer fe de ellas, en especial de don Lucas de Tuy, que compuso un libro de todo esto bien grande, y de los milagros que Dios obró por virtud de este santo, muchos y notables. Nuestro oficio no es poner en disputa lo que los antiguos afirmaron, sino relatarlo con entera verdad.

 

 

 

 

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Por el mismo tiempo, como lo escribe don Pelayo, obispo de Oviedo, trasladaron de la ciudad de Ávila los cuerpos de los santos Vicente, Sabina y Cristeta, sus hermanas. El de san Vicente fue llevado a León, el de santa Sabina a Palencia, el de santa Cristeta al monasterio de San Pedro de Arlanza.

 

En Coyanza, que al presente se llama Valencia, en tierra de Oviedo, se celebró un concilio en presencia de este rey don Fernando y de la reina, su mujer. En él se juntaron los grandes del reino y nueve obispos, que fue año del Señor de 1050. En los decretos de este Concilio se mandó al pueblo que asistiese a las horas canónicas que se cantan en la iglesia de día y de noche, y que todos los viernes del año se ayunase de la manera que en otros tiempos, y días de ayuno que obligan por discurso del año.

Por este tiempo asimismo dos hijas de dos reyes moros se tornaron cristianas y se bautizaron. La una fue Casilda, hija de Almenon, rey de Toledo; la otra Zaida, hija del rey Benabet, de Sevilla. La ocasión de hacerse cristianas fue de esta manera. Casilda era muy piadosa y compasiva de los cautivos cristianos que tenían aherrojados en casa de su padre, de su gran necesidad y miseria; acudíales secretamente con el regalo y sustento que podía. Su padre, avisado de lo que pasaba y mal enojado por el caso, acechó a su hija. Encontróla una vez que llevaba la comida para aquellos pobres; alterado preguntóle lo que llevaba, respondió ella que rosas; y abierta la falda las mostró a su padre, por haberse en ellas convertido la vianda. Este milagro tan claro fue ocasión que la doncella se quisiese tornar cristiana; que de esta manera suele Dios pagar las obras de piedad que con los pobres se hacen, y fruto de la misericordia suele ser el conocimiento do la verdad. Padecía esta doncella flujo de sangre, avisáronla (fuese por revelación o de otra manera) que si quería sanar de aquella dolencia tan grande se bañase en el lago de San Vicente, que está en tierra de Briviesca. Su padre, que era amigo de los cristianos, por el deseo que tenía de ver sana a su hija, la envió al rey Fernando para que la hiciese curar. Cobró ella en breve la salud con bañarse en aquel lago, después recibió el bautismo según lo tenía pensado, y en reconocimiento de tales mercedes, olvidada de su patria, en una ermita, que hizo edificar junto al lago pasó muchos años santamente. En vida y en muerte fue esclarecida con milagros que Dios obró por su intercesión; la Iglesia la pone en el número de los santos que reinan con Cristo en el cielo, y en muchas iglesias de España se le hace fiesta a 13 de abril.

 

 

 

 

 

 

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La Zaida, quier fuese por el ejemplo de santa Casilda o por otra ocasión, se movió a hacerse cristiana, en especial que en sueños le apareció san Isidoro, y con dulces y amorosas palabras la persuadió pusiese en ejecución con brevedad aquel santo propósito. Dio ella parte de este negocio al rey, su padre; él estaba perplejo sin saber qué partido debería tomar. Por una parte no podía resistir a los ruegos de su hija; por otra parte temía la indignación de los suyos si le daba licencia para que se bautizase. Acordó finalmente comunicar el negocio con don Alfonso, hijo del rey don Fernando. Concertaron que con muestra de dar guerra a los moros hiciese con golpe de gente entrada en Sevilla, y con esto cautivase a la Zaida, que estaría de propósito puesta en cierto pueblo que para este efecto señalaron. Sucedió todo como lo tenían trazado; que los moros no entendieron la traza, y la Zaida, llevada a León, fue instruida en las cosas que pertenece saber a un buen cristiano. Bautizada se llamó doña Isabel, si bien el arzobispo don Rodrigo dice que se llamó doña María. Los más testifican que esta señora adelante casó con el mismo don Alfonso en sazón que era ya rey de Castilla, como se apuntará en otro lugar. Don Pelayo, el de Oviedo, dice que no fue su mujer, sino su amiga. La verdad ¿quién la podrá averiguar, ni quién resolver las muchas dificultades que en esta historia se ofrecen a cada paso? Lo que consta es que esta conversión de Zaida sucedió algunos años adelante.

 

 

 

 

IV. Cómo don García, rey de Navarra, fue muerto

 

El mismo año que el rey don Fernando hizo trasladar a León el cuerpo de san Isidoro, que fue el de 1053, don García, rey de Navarra, murió en la guerra. Fue hombre de ánimo feroz, diestro en las armas; y no sólo era capitán prudente, sino soldado valeroso. Los principios de discordias entre los hermanos, que los años pasados se comenzaron, en este tiempo vinieron de todo punto a madurarse, como suele acontecer, en grave daño de don García.

 

Don Fernando decía que era suya la comarca de Briviesca y parte de la Rioja, por antiguas escrituras que así lo declaraban. Al contrario, se quejaba don García haber recibido notable agravio e injuria en la división del reino, y en aquel particular defendía su derecho con el uso y nueva

 

 

 

 

 

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costumbre y testamento de su padre. La demasiada codicia de mandar despeñaba estos hermanos, por pensar cada uno que era poca cosa lo que tenía para la grandeza del reino que deseaba en su imaginación. Ésta es una gran miseria que mucho agua la felicidad humana.

 

Enfermó don García en Nájera, visitóle don Fernando, su hermano, como la razón lo pedía; quísole prender hasta tanto que le satisfaciese en aquella su demanda. Entendió la zalagarda don Fernando, huyó y púsose en cobro. Mostró don García mucha pesadumbre de aquella mala sospecha que de él se tuvo; procuraba remediar el odio y malquerencia que por aquella causa resultó contra él. Supo que su hermano estaba doliente en Burgos; fuese para allá en son de visitarle y pagarle la visita pasada. No se aplacó el rey don Femando con aquella cortesía y máscara de amistad. Echó mano de su hermano, y preso, le envió con buena guarda al castillo de Ceya. Sobornó él las guardas que le tenían puestas, y huyóse a Navarra, resuelto de vengar por las armas aquella injuria y agravio.

 

Juntó la gente de su reino, llamó ayudas de los moros, sus aliados, y formado un buen ejército, rompió por las tierras de Castilla, y pasados los montes Doca, hizo mucho estrago por todas aquellas comarcas. El rey don Fernando, que no era lerdo ni descuidado, por el contrario, juntó su ejército, que era muy bueno, de soldados viejos, ejercitados en todas las guerras pasadas. Marchó con estas gentes la vuelta de su hermano, resuelto de hacerle todo aquel mal y daño a que el dolor y el odio le estimulaban. Diéronse vista los unos a los otros como cuatro leguas de la ciudad de Burgos, cerca de un pueblo que se llama Atapuerca. Asentaron sus reales, y barreáronse según el tiempo les daba; ordenaron tras esto sus haces en guisa de pelear.

 

Las condiciones de estos dos hermanos eran muy diferentes; la de don Fernando blanda, afable, cortés; además que en las armas y destreza del pelear ninguno se le igualaba. Don García era hombre feroz, arrebatado, hablador, por la cual causa los soldados estaban con él desabridos, y porque a muchos de sus reinos con achaques, ya verdaderos, ya falsos, tenía despojados de sus haciendas, suplicáronle al tiempo que se quería dar la batalla mandase satisfacer a los agraviados. No quiso dar oídos a tan justa demanda. Parecíale fuera de sazón, y que tomaban aquel torcedor y ocasión para salir con lo que deseaban. Muchos temían no le empeciese aquella aspereza y el desabrimiento de los suyos, y se recelaban no quisiese Dios castigar aquellas sus arrogancias e injusticias. En especial un

 

 

 

 

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hombre noble y principal, cuyo nombre no se sabe, mas en el hecho todos concuerdan, viejo, anciano, prudente, y que tenía cabida con aquel príncipe porque fue su ayo en su niñez, visto el grande riesgo que corría, movió tratos de paz con deseo que no se diese la batalla.

 

Don Fernando se mostraba fácil y venía bien en ello; acudió a don García, púsole delante los varios sucesos de la guerra y el riesgo a que se ponía; suplicóle se concertase con su hermano y le perdonase los yerros pasados, pues no hay persona que no falte y peque en algo; que se moviese por el bien común, que no era justo vengar su particular sentimiento con daño de toda la cristiandad y a costa de la sangre de aquellos que en nada le habían errado; ofrecíale de parte de su hermano le haría la satisfacción que los jueces señalados por las partes en esta diferencia mandasen, que, aunque como hermano menor, era el primero que movía tratos de paz, pero que se guardase de pasarle por el pensamiento lo hacía por cobardía o falta de ánimo, que le certificaba le sería muy dañosa aquella imaginación; pues como él sabia, tenía don Fernando escogidos y diestros soldados en su campo; sólo con esta embajada quería justificar su causa con todo el mundo, vencer en modestia, y que todos entendiesen eran muy fuera de su voluntad las muertes, destrucción y pérdidas que se aparejaban. Con estas buenas razones se juntaron los ruegos y lágrimas del ayo. No se movió don García; sus pecados le llevaban a la muerte; ni la privanza del que le rogaba ni su autoridad ni el peligro presente fueron parte para ablandarle.

 

Diose pues de ambas partes la señal para la batalla; encontráronse los dos ejércitos con gran furia. El ayo de don García, vista la flaqueza de los soldados de su parte, cuán pocos eran, cuán desabridos, sin esperanza de victoria, por no ver la perdición de su patria, con sola su espada y lanza se metió entre los enemigos do era la mayor carga, y así murió como bueno. Los demás no pudieron sufrir el ímpetu que traía don Fernando; la turbación y el miedo grande y la sospecha de aquel gran daño trabajaba a los navarros; dos soldados, que poco antes se habían pasado al ejército contrario, hendiendo y pasando por el escuadrón de su guarda con mucha violencia, llegaron hasta don García y le mataron a lanzadas; caído el rey, todos los suyos huyeron. El rey don Fernando, alegre con la victoria, y por otra parte triste por la muerte de su hermano, mandó a los soldados que reparasen, no diesen la muerte a los cristianos que quedaban. Hízose así; sólo en el alcance a los moros que iban desbaratados y huyendo por los campos, unos mataron, otros cautivaron.

 

 

 

 

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El cuerpo de don García, con voluntad del vencedor, llevaron sus soldados a Nájera, y allí le enterraron en la iglesia de Santa María, que él mismo había levantado desde sus cimientos. De doña Estefanía, su mujer, francesa de nación, con quien casó en vida de su padre, dejó cuatro hijos y otras tantas hijas, que fueron: don Sancho, el mayorazgo, que le sucedió en la corona, y don Ramiro, a quien había dado el señorío de Calahorra, como ganada de los moros por las armas; los demás hijos se llamaron don Fernando y don Ramón; las hijas, Ermesenda, Jimena, Mayor y doña Urraca. Esta casó con el conde don García, de quien se tratará después.

 

Con la muerte de don García, su estado fue por sus hermanos destrozado y menoscabado. El rey don Fernando tomó para si los pueblos y ciudades sobre que era el pleito, sin que nadie le fuese a la mano ni se lo osase estorbar, que son: Briviesca, Montes Doca y parte de la Rioja, que es la parte por do pasa el río Oja, que da el nombre a la tierra; nace este río de los montes en que está Santo Domingo de la Calzada, y junto a la villa de Haro entra en Ebro. La otra parte de la Rioja, Navarra y el ducado de Vizcaya, Nájera, Logroño y otros pueblos y ciudades quedaron en poder de don Sancho, hijo de don García. Por causa de esta guerra y con esta ocasión cobró don Ramiro a Aragón por las armas, y aún entró en esperanza de hacerse también señor de lo demás del reino de Navarra, que era de su hermano muerto; porque en este tiempo, como se ve por escrituras antiguas, se llamaba rey de Aragón, de Sobrarbe, de Ribagorza y Pamplona. Demás que, animado con estos principios, quitó a los moros que habían quedado en Ribagorza y su tierra un pueblo llamado Benavarrio.

 

Por conclusión, entre don Ramiro y don Sancho, el nuevo rey de Navarra, después de algunos debates y refriegas se hicieron paces con tal condición, que el uno al otro para seguridad se diesen ciertos castillos en rehenes. Ruesta y Pitilla dieron a don Sancho. Sangüesa, Lerdo, Ondusio dieron a don Ramiro. Recelábanse los dos, tío y sobrino, que en tanto que en aquellas revueltas andaban, don Fernando, cuyas armas eran temidas, no los maltratase con guerra; por esta causa se juntaron y hicieron pacto y concierto de tener los mismos por amigos y por enemigos, valerse el uno al otro y ayudarse en todas las ocurrencias.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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V. Que España quedó libre del imperio de

 

Alemania

 

En el tiempo que España ardía en guerras civiles, tenía el imperio de Alemania, do los años pasados se trasladara de Francia, Enrique, segundo de este nombre. La Iglesia universal gobernaba el papa León IX. A León sucedió Víctor II, que con intento de reformar el estado eclesiástico, relajado por la licencia y anchura de los tiempos, juntó concilio en Florencia, ciudad y cabeza de la Toscana, el año de 1055. Despachó desde allí a Hildebrando, que de monje cluniacense era subdiácono cardenal, grado a que subió por su virtud, letras y talento para negocios, para que fuese a Francia y Alemania a tratar por una parte con el Emperador de renovar y poner en su punto la antigua disciplina eclesiástica, por otra para apaciguar en Turon de Francia las revueltas y alteraciones que causaban ciertas opiniones nuevas, que contra la fe enseñaba Berengario, diácono de aquella iglesia.

 

Añaden nuestras historias que en aquel concilio se hallaron embajadores de parte del Emperador susodicho, y que en su nombre propusieron a los obispos ciertas querellas y demandas. En especial extrañaron que el rey don Fernando de Castilla, contra lo establecido por las leyes y guardado por la costumbre inmemorial, se tenía por exento del imperio de Alemania, y aún llegaba a tanto su liviandad y arrogancia, que se llamaba emperador. «Yo, decía él, si no mirara el pro común y bien de todos, fácilmente pasara por el agravio que a mi dignidad se hace; pero en este negocio es necesario poner los ojos en toda la cristiandad, cuán anchamente se extiende por todo el mundo, la cual ninguna seguridad puede tener si todos no reconocen y respetan y se sujetan a una cabeza que los acaudille y gobierne. La autoridad otrosí de los sumos pontífices y su mando será muy flaco si les falla el brazo y asistencia de los emperadores, que por esta causa tienen el segundo lugar en mando y autoridad en toda la Iglesia cristiana. Reprimid pues esta arrogancia y soberbia en sus principios, y no permitáis que el daño pase adelante, ni que este mal ejemplo por mi descuido y vuestra disimulación se extienda a las otras naciones y provincias, ca con el dulce y engañoso color de libertad fácilmente se dejarán engañar, y la sacra majestad del imperio y pontificado vendrán a ser una sombra vana y nombre solo, sin sustancia de autoridad. Poned entredicho a España, descomulgad al rey soberbio y

 

 

 

 

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sandio. Si así lo hacéis, yo me ofrezco no faltar a la honra y pro de la Iglesia y juntar con vos mis fuerzas para mirar por el bien común; que si por algunos respetos disimuláis, yo estoy resuelto de volver por el honor del imperio y por mi particular».

 

A este razonamiento respondieron los padres del Concilio que tendrían cuidado de lo que el Emperador pedía. Hicieron sus consultas, y considerado el negocio, el papa Víctor pronunció en favor del Emperador que pedía razón y justicia. Era el papa alemán de nación, natural de Suabia, por donde naturalmente se inclinaba a favorecer más la causa de aquel imperio. Despacharon embajadores al rey don Fernando para que le dijesen de parte del papa y del concilio que en adelante se allanase y reconociese al imperio, y no se intitulase más emperador; pues por ninguna razón le pertenecía. Llevaban orden de ponerle pena de excomunión si no obedeciese a lo que se le mandaba.

 

El rey, oída esta embajada, se halló perplejo sin resolverse en lo que debía hacer. De la una parte y de la otra se le representaban grandes inconvenientes, no menores en obedecer que en hacer resistencia. Acordó juntar Cortes del reino para tratar en ellas, como era razón, un negocio tan grave y que a todos tocaba. Los pareceres no se conformaron. Los que eran de mejor conciencia aconsejaban que luego obedeciese, porque no indignase al Papa y se revolviese España y alterase, como era forzoso; que las guerras se debían evitar con cuidado por estar España dividida en muchos reinos, y estos gastados con guerras civiles y quedar dentro de la provincia tantos moros enemigos de la cristiandad. Otros, más arriscados y de mayor ánimo, decían que si obedecía se ponía sobre España un gravísimo yugo, que jamás se podría quitar; que era mejor morir con las armas en la mano que sufrir tal desaguisado en su república y tal mengua en su dignidad.

 

Rodrigo Díaz de Vivar, que adelante llamaron el Cid, estaba a la sazón en la flor de su edad, que no pasaba de treinta años, estimado en mucho por su gran esfuerzo, destreza en las armas, viveza de ingenio, muy acertado en sus consejos. Había pocos días antes hecho campo con don Gómez, conde de Gormaz; vencióle y diole la muerte. Lo que resultó de este caso fue que casó con doña Jimena, hija y heredera del mismo Conde. Ella misma requirió al Rey que se le diese por marido, ca estaba muy prendada de sus partes, o le castigase conforme a las leyes por la muerte que dio a su padre. Hízose el casamiento, que a todos estaba a cuento; con

 

 

 

 

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que por el grande dote de su esposa, que se allegó al estado que él tenía de su padre, se aumentó en poder y riquezas de tal suerte, que con sus gentes se atrevía a correr las tierras comarcanas de los moros; en especial venció en batalla cinco reyes moros que, pasados los montes Doca, hacían daños por las tierras de la Rioja. Quitóles la presa que llevaban y a ellos mismos los hubo a las manos; soltólos empero sobre pleitesía que le hicieron de acudir cada un año con ciertas parias que concertaron.

 

El rey don Fernando en esta sazón se ocupaba en reparar la ciudad de Zamora, que después que los moros la destruyeron en tiempo del rey don Ramiro no la habían reedificado. Otorgó a los moradores que quisiesen en ella poblar que se gobernasen conforme a las leyes antiguas de aquella ciudad, que eran las mismas de los godos.

 

Sucedió que en aquella coyuntura los mensajeros de los moros trajeron a Rodrigo Díaz las parias que concertaron; llamáronle Cid, que en lengua arábiga quiere decir señor; lo uno y lo otro en presencia del Rey y de sus cortesanos, de que tomaron ocasión muchos para envidiarle y aborrecerle, como quiera que sea cosa muy natural llevar de mala gana la prosperidad de los otros, mayormente si es extraordinaria, y ninguno se debe más recatar en el subir que el que poco antes se igualaba o era menos que los demás. Sin embargo, el Rey, maravillado de su valor, mandó que de allí adelante le llamasen el Cid; y así fue que, casi olvidado el propio nombre que tenía de pila y de su linaje, toda la vida le dieron aquel nuevo y honroso apellido.

 

Algunos añaden que en cierta diferencia que resultó entre los reyes don Fernando de Castilla y don Ramiro de Aragón sobre cuya fuese la ciudad de Calahorra, puesta a la ribera del río Ebro, acordaron que dos caballeros uno de cada parte hiciesen campo sobre aquel caso, y que por quien quedase la victoria, su rey hubiese la ciudad sobre que se pleiteaba. Dicen otrosí que don Ramiro, señaló por su parte a Martín Gómez, y por don Fernando tomó la demanda el Cid, que venció y mató a su contrario Martín Gómez, que quieren que sea cabeza y tronco del linaje y casa de Luna, muy antiguo y noble solar en España. Pero los más doctos tienen todo esto por falso, a causa que el rey don García de Navarra ganó de los moros aquella ciudad, como arriba se dijo, y así no pudo el rey de Aragón pretender sobre ella derecho alguno.

 

Estaba el Cid entretenido con el nuevo casamiento, y ocupado en negocios tocantes a su casa, por esto no se halló en las Cortes cuando se

 

 

 

 

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trató de lo que el emperador pedía y el Papa mandaba tocante al reconocimiento que pretendían debía hacer al imperio de Alemania. El rey de su condición y por su edad se inclinaba mas a la paz, y no quisiera la guerra, si bien entendía que de aquel principio, si disimulaba, se podría menoscabar en gran parte la libertad de España. Pero antes que en negocio tan grave se tomase resolución, hizo llamar al Cid para consultarle y que dijese su parecer. Vino al llamado del rey, y preguntado sobre el caso, respondió que no era negocio de consulta, sino que por las armas defendiesen la libertad que con las armas ganaron. Que no era razón pretendiese nadie gozar de lo que en el tiempo del aprieto no ayudó a ganar en manera alguna.

 

«¿No será mejor y más acertado morir como buenos, que perder la libertad que nuestros mayores con tanto afán nos dejaron, y que estos bárbaros hagan burla y escarnio de nuestra nación? Gente que en su comparación no estiman a nadie. Sus palabras afrentosas, sus soberbias y arrogancias, sus desdenes con los que los tratan, sus embriagueces y demasías no se pueden sufrir. Apenas hemos sacudido el yugo de la sujeción que los moros tenían puesto sobre nuestras cervices, ¿será bien que nos dejemos avasallar y hacer esclavos de otros cristianos? Hacen sin duda burla de nuestras cosas, como si todo el mundo y toda la cristiandad prestase obediencia y reconociese vasallaje a los emperadores de Alemania. Toda la autoridad, poder, honra, riquezas que se ganaron con la sangre de nuestros mayores serán suyas; y ¿para nos quedarán sólo trabajos, peligros, cautiverios y pobreza? El yugo pesado del imperio romano que sacudieron de sí nuestros antepasados ¿nos le tornarán a poner ahora los alemanes? ¿Seremos por ventura como canalla sin juicio y sin prudencia, sin autoridad y señorío, sujetos a los que, si tuviéramos ánimo, temblaran en pensarlo? Recia cosa es, dirá alguno, hacer resistencia a las fuerzas y poder del emperador bravo, y dura no obedecer al mandato del papa. De ánimos cobardes y viles es por temor de una guerra incierta sujetarse a daños manifiestos y grandes. El valor y brío vence muchas veces las dificultades que hacen desmayar a los perezosos y flojos. Muchos, a lo que veo, se dejan llevar de esta pusilanimidad, que ni se mueven por honra, ni los enfrena el miedo de la afrenta, que parece tienen por bastante libertad no ser azotados y pringados como esclavos. No creo yo que el sumo pontífice nos tenga tan cerradas las orejas que no dé lugar a nuestros justísimos ruegos, y le mueva la razón y justicia que

 

 

 

 

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hace por nuestra parte. Envíense personas que con valor defiendan nuestra libertad en su presencia y declaren cuán fuera de camino va lo que pretenden los alemanes. Cuanto a mí, resuelto estoy de defender con la espada en el puño contra todo el mundo la honra, la libertad que mis mayores me dejaron y todo lo al. Con esta espada haré bueno que cometen traición contra su patria todos aquellos que por escrúpulo de conciencia o por cualquiera otra consideración y recato se apartaren de este mi parecer, y no desecharen con mayor cuidado que ellos la pretenden la sujeción y servidumbre de España. Cuanto cada cual se mostrare en defensa de la libertad en el mismo grado le tendré por amigo o por enemigo capital».

 

Este parecer del Cid Ruy Díaz dio a todos contento; hasta los mismos que al principio flaqueaban le aprobaron, y conforme a esto se dio la respuesta al papa. Para hacer rostro a los intentos del emperador levantaron gente por todo el reino hasta número de diez mil hombres, demás de los socorros que acudieron de los moros que les pagaban parias y les eran tributarios. Nombraron por general de toda esta gente al mismo Cid para que el que dio principio a la empresa la llevase adelante y la acabase. Acordó para dar muestra de las fuerzas y valor de España de pasar los montes Pirineos. Entró por Francia hasta llegar a Tolosa, ciudad que, según yo entiendo, en aquel tiempo estaba a devoción o era sujeta a España. Por lo cual hace la letra y lucillo del rey don Sancho el Mayor puesta de suso. Desde allí despacharon una embajada muy principal al Papa, en que le suplicaban enviase personas a propósito que oyesen las razones que por parte de España militaban. Los principales y cabezas de esta embajada, que fueron el conde don Rodrigo, diferente del Cid, y don Alvar Yáñez Minaya, alcanzaron del pontífice que enviase a España sobre el caso por su legado a Ruperto, cardenal sabinense, y que juntamente viniesen embajadores del emperador para que el pleito, oídas las partes, se ventilase y concluyese.

 

En el entretanto, el rey don Fernando de Francia dio la vuelta a España. El legado y los embajadores repararon en Tolosa. Allí se trató el negocio, y finalmente, sustanciado el proceso con lo que de la una parte y de la otra se alegó, y cerrado, vinieron a sentencia, que fue en favor de España, y que para adelante los emperadores de Alemana no pretendiesen tener algún derecho sobre aquellos reinos. De este principio quedó muy asentado lo que se confirmó por la costumbre del pueblo, por la

 

 

 

 

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aprobación de las otras naciones, por el parecer y común opinión de los juristas que adelante florecieron, que España no era sujeta al imperio ni le reconocía ni reconoce algún vasallaje; tanto importa para semejantes negocios el valor de un hombre prudente y arriscado.

 

Verdad es que los papas asimismo pretendieron que España les pagase tributo, como parece por una bula de Gregorio VII, que está entre las de su registro, enderezada a los reyes, condes y los demás príncipes de España, en que dice que el tal tributo se solía pagar antes que los moros de ella se apoderasen. Pero no salió con esta pretensión; debieron todos hacer rostro a esta demanda, y la costumbre inmemorial muestra claramente que España ha sido siempre tenida por libre, y nunca ha pagado tributo a ningún príncipe extranjero.

 

El linaje y descendencia del Cid se debe tomar de Laín Calvo, juez que fue de Castilla, como arriba queda dicho, porque este juez tuvo en doña Elvira Nuña Bella a Fernán Nuño. De éste y de su mujer doña Egilona fue hijo Laín Nuño; cuyo hijo fue Diego Laínez, marido que fue de Teresa Nuña, y padre de Rodrigo Díaz, por sobrenombre el Cid. Del Cid y su mujer doña Jimena nació Diego Rodríguez de Vivar, que en vida de su padre murió en la guerra contra moros. Tuvo asimismo el Cid dos hijas, doña Elvira y doña Sol, de quien se hará mención adelante.

 

Algunos concilios de obispos se tuvieron en este tiempo. El primero en Compostela, año de 1056. Presidió en él Cresconio, obispo Compostelano, que se llama obispo de la sede apostólica. Halláronse con él Suero, obispo dumiense; Vistrario, electo metropolitano de Lugo, demás de otros sacerdotes, diáconos y clérigos y abades. Ordenáronse en este Concilio muchas cosas muy buenas. Que los obispos y los prestes dijesen misa cada día; que los canónigos tuviesen un cilicio, y se le pusiesen los días de ayuno, y todas las veces que se hiciesen letanías por alguna necesidad.

 

En Jaca, tierra del rey don Ramiro, se hizo otro concilio año de 1060. Halláronse en él los obispos Sancho, de Aragón; Paterno, de Zaragoza; Arnulfo, rotense; Guillermo, de Urgel; Eraclio, de los bigerrones; Estéban, clorense; Gomecio, de Calahorra; Juan, lectorense. Presidió Austindo, arzobispo auxitano en Francia. Reformáronse las ceremonias de la misa que se habían estragado con el tiempo, y también las costumbres de los clérigos, y mandóse que los oficios divinos se hiciesen conforme al uso romano. Ordenóse otrosí que en Jaca estuviese la silla obispal que solía estar en Huesca, pero con condición que, ganada Huesca de los moros, se

 

 

 

 

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le volviese la silla, quedando en su diócesis la misma ciudad de Jaca, y así se hizo adelante.

 

Dos años después de esto se celebró concilio en San Juan de la Peña, presente el rey don Ramiro, a 21 de Junio. Halláronse en él los obispos don Sancho, de Aragón; don Sancho, de Pamplona; don García, de Nájera; Arnulfo, de Ribagorza; Julián, castellense, y otros muchos obispos; Poncio, arzobispo de Oviedo, que sospecho yo fue el presidente, aunque se nombra el postrero. En este concilio se ordenó por común acuerdo de los padres que un decreto que los años pasados se hizo por el rey don Sancho el Mayor, es a saber, que los obispos de Aragón fuesen elegidos por los monjes de aquel monasterio, se guardase como en él se contenía.

Por el mismo tiempo, si bien en el año no conciertan los autores sin que se pueda averiguar la verdad puntualmente, el cardenal Hugo, legado que era del papa en España, en cierta junta de obispos y caballeros que se tuvo en Barcelona por orden y con voluntad del conde don Ramón, revocó y dio por ningunas las leyes de los godos, de que los catalanes hasta entonces usaban, y ordenó otras nuevas, que se guardan hasta nuestros tiempos.

Éste entiendo yo es aquel Hugo, cardenal llamado por sobrenombre Cándido, que el año de 1064 vino de Roma por legado a España, en tiempo que sobre el pontificado contendían dos que ambos se llamaban papas, y cada cual pretendía ser legítimo pontífice. El uno se llamó Alejandro II, el otro Honorio II. Los reyes de España seguían la obediencia del papa Alejandro, cuyo legado era este cardenal, por tener más fundado su derecho que el competidor y contrario. Procuró este legado, demás de lo ya dicho, que en España se dejase el oficio gótico o mozárabe, mas no pudo por entonces salir con ello. Antes tres obispos de España fueron enviados a Mantua, ciudad de la Galia Cisalpina o Lombardía, para donde tenían convocado concilio, con intento de sosegar aquel cisma tan perjudicial; llevaron asimismo consigo los libros góticos e hicieron que el concilio y los demás obispos los aprobasen y diesen por buenos y católicos. Estos obispos eran Munio, de Calahorra; Eximio, de Auca; Fortunio, de Álava; que debieron ser en aquella sazón de los más principales y doctos de estas partes.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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VI. Lo restante del rey don Fernando

 

De los movimientos y diferencias que resultaron por la pretensión de los emperadores de Alemania, tomaron los moros ocasión y avilenteza para sacudir el yugo que los años pasados les pusiera el rey don Fernando. A un mismo tiempo, casi como de común acuerdo de todos, en diversos lugares tomaron las armas, en especial en el reino de Toledo y en los celtíberos, que es parte de Aragón. El rey estaba ya pesado con los años, cansado de guerras tantas y tan molestas como por toda la vida tuvo; por el mismo caso las rentas reales consumidas, los vasallos cansados con los muchos tributos que pagaban. La reina doña Sancha, como hembra que era de ánimo varonil, deseosa que la cristiandad fuese adelante, ofreció de su voluntad para ayuda de los gastos de la guerra, que no se excusaba, todo el oro y joyas de su persona y recámara. Alentado el rey con esta ayuda, juntó un buen ejército, con que acometió a los moros por la parte que corre el río Ebro; hizo gran estrago y matanza en ellos. Pasó más adelante hasta llegar a los catalanes y valencianos, de donde vino cargado de buenos despojos. Con la misma prosperidad hizo guerra a los del reino de Toledo, y a todos ellos puso leyes e hizo jurar pagarían siempre los tributos acostumbrados. Esto hecho, con aparato y gloria de triunfador se volvió a su casa.

 

Quién dice que cerca de Valencia se le apareció san Isidoro, cuyo devoto fue siempre, y le dijo moriría presto; por tanto, que se confesase y ordenase con brevedad las cosas de su alma. La enfermedad que luego sobrevino al rey confirmó esto ser verdad; por lo cual, hecho concierto con los moros y recobrados los cautivos que tenían cristianos y recogidos los despojos que les ganara, sujetas aquellas comarcas y alzados los reales, marchó con su gente para León. Llevábanle en una litera militar como silla de mano, mudábanse por su orden los soldados y gente principal a porfía quién se aventajaría en el trabajo; tanto era el amor que le tenían chicos y grandes. El año de 1065, a 24 de diciembre, día sábado, entró en León, y como lo tenía de costumbre, visitó los cuerpos de los santos postrado por el suelo; con muchas lágrimas pidióles con su intercesión le alcanzasen buena muerte; y aunque parecía que la enfermedad iba en aumento, todavía estuvo presente a los maitines de Navidad; el día siguiente oyó misa y comulgó.

 

 

 

 

 

 

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Otro día en la iglesia de San Isidoro, puesto delante de su sepulcro, a grandes voces, que todos le oían, dijo a nuestro Señor: «Vuestro es el poder, vuestro es el mando, Señor; vos sois sobre todos los reyes, y todo está sujeto a vuestra merced. El reino que recibí de vuestra mano vos restituyo. Sólo pido a vuestra clemencia que mi ánima se halle en vuestra eterna luz». Dicho esto, se quitó la corona, ropa y reales insignias con que viniera, recibió el óleo de mano de los obispos muchos que allí asistían, y vestido de cilicio y cubierto de ceniza, día tercero de Pascua, fiesta de san Juan Evangelista, a hora de sexta finó. Pusieron su cuerpo en la misma iglesia junto a la sepultura de su padre. Las exequias fueron más señaladas por las lágrimas del pueblo que por el aparato y solemnidad, aunque tampoco faltó esta, como era razón, en la muerte de tan gran príncipe. Esto dicen don Rodrigo y Lucas de Tuy; dado que hay quien diga que murió en Cabezón, pueblo junto a Valladolid, y ni aún en el tiempo de su tránsito conciertan los autores. Nos seguimos lo que pareció más probable, sin atrevernos a interponer nuestro parecer y juicio en cosas semejantes y de tanta oscuridad.

 

La vida del rey don Fernando fue señalada en cristiandad y toda virtud en tanto grado, que en la ciudad de León cada año se le hace fiesta como a los demás que están puestos en el número de los santos. Muchas iglesias de su reino hizo de nuevo, otras reparó con mucha liberalidad y franqueza. Especialmente en León fundó las iglesias de San Isidro y de Santa María de Regla, y el monasterio de Sahagún en Castilla, donde ya que era viejo, cuando más se dio a la oración y devoción, residía muy de ordinario y cantaba muchas veces en el coro y comía en el refectorio con los frailes lo que estaba aderezado para ellos. Una vez se le cayó de las manos un vidrio que el abad le daba, como cuenta don Rodrigo, y luego se le restituyó de oro. Dice más, que como viese andar descalzos los que servían en la iglesia mayor de León por la mucha pobreza, tan menguados eran aquellos tiempos y la pobreza tan apretada, mandó se les señalase renta para calzado. Item, que señaló de sus rentas a los monjes de Cluny mil ducados en cada un año. La reina doña Sancha no fue de menor cristiandad que su marido; murió dos años adelante; en toda la vida, y más en su viudez, se ejercitó en toda virtud y devoción. Su muerte fue a 15 de diciembre. Su cuerpo sepultaron junto al del rey en la iglesia ya dicha de San Isidro.

 

 

 

 

 

 

 

 

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VII. Que murió don Ramiro, rey de Aragón

 

El rey don Fernando por su testamento entre sus tres hijos dividió el reino en otras tantas partes: a don Sancho el mayor señaló el reino de Castilla, como se extiende desde el río Ebro hasta el de Pisuerga, ca todo lo que se quitó a Navarra por muerte de don García se añadió a Castilla. El reino de León quedó a don Alfonso con tierra de Campos y la parte de Asturias que llega hasta el río Deva, que pasa por Oviedo, demás de algunas ciudades de Galicia que le cupieron en su parte. A don García el menor dio lo demás del reino de Galicia y la parte del reino de Portugal que dejó ganada de los moros. Todos tres se llamaron reyes. A doña Urraca dejó la ciudad de Zamora; a doña Elvira la de Toro. Estas ciudades se llamaron el Infantado, vocablo usado a la sazón para significar la hacienda que señalaban para sustento de los infantes, hijos menores de los reyes.

 

No era posible haber paz, dividido el reino en tantas parles. Estaba suspensa España. Temían que con la muerte de don Fernando resultarían nuevos intentos, grandes revueltas y alteraciones. Para prevenir y poner remedio a esto, algunos grandes del reino rogaban al rey don Fernando y le procuraron persuadir algunas veces no dividiese su reino en tantas partes, y de esto mismo trataron en las Cortes. El que más trabajó en esto fue Arias Gonzalo, hombre viejo y de experiencia y que había tenido con los reyes grande autoridad y cabida por su valor en las armas, prudencia y fidelidad, en que no tenía par. El amor de padre para con los hijos, la fortuna o fuerza más alta, no dieron lugar a sus buenos consejos.

Asentábale bien la corona a don Sancho por ser de buena presencia y gentil hombre, de muchas fuerzas, más diestro en los negocios de guerra que de paz. Por esto se llamó don Sancho el Fuerte. Pelagio, ovetense, dice que era muy bello y muy diestro en la guerra. Era de buena condición, manso y tratable, si no le irritaban con algún enojo y si falsos amigos so color de bien no le estragaran. Muerto el padre, se querellaba que en la división del reino se le hizo conocido agravio; que todo el reino se le debía a él por ser el mayor, y que le enflaquecieron las fuerzas con dividirle en tantas partes; trataba esto en secreto con sus amigos, y en su mismo semblante lo mostraba. La madre mientras vivió le detuvo con su autoridad que luego no hiciese guerra a sus hermanos, mayormente que por la muerte del rey don Fernando, lo de León, como dote suya, quedaba a su disposición y gobierno. Reinó don Sancho por espacio de seis años,

 

 

 

 

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ocho meses y veinticinco días. Al principio que comenzó a reinar se le ofreció una guerra contra los moros, y luego tras aquella, otra con el rey de Aragón; así suelen las guerras trabarse y eslabonar unas de otras, y los alborotos y revueltas nunca paran en poco.

 

El rey don Ramiro de Aragón, con deseo de ensanchar su reino con las armas vencedoras, perseguía y echaba de Aragón las reliquias de moros que quedaban. A Almuctadir, rey de Zaragoza, y Almudafar, rey de Lérida, forzó le diesen parias cada un año. Al rey de Huesca venció en algunos encuentros. Con los carpetanos confinan los celtíberos, y con estos los edetanos, distrito en que está Zaragoza; a estos venció el rey don Fernando en otro tiempo, y le pagaban cada año cierto tributo; al presente, confiados en la mudanza de los reyes y en la ayuda de don Ramiro, determinaron de no pagarle las parias.

 

El rey don Sancho, visto lo que pasaba, acordó de ir contra ellos con un buen ejército, que la presteza en revueltas semejables suele ser muy importante. Los carpetanos, que es el reino de Toledo, con la venida del rey luego sosegaron y se pusieron en razón. Los celtíberos o aragoneses dieron más en que entender, como gente que era más brava. Corrióles los campos, saqueóles las aldeas y pueblos por toda aquella comarca; finalmente, se puso sobre Zaragoza, cabeza del reino, y de tal manera apretó el cerco, que la rindió a partido, que pues por el mismo caso que le prestaba obediencia, se apartaba de la amistad que tenía con el rey de Aragón, fuese él tenido a defenderlos de cualquiera que los molestase con guerra, quier fuese cristiano, quier moro; concierto con que se abría la guerra claramente contra el rey de Aragón.

 

Extrañaba el rey don Sancho que el de Aragón se juntara con los navarros, sus enemigos, que de ordinario hacían entradas y cabalgadas en las tierras de Castilla. Demás que a los celtíberos, que caían en la conquista de Castilla, los tenía por sus tributarios. Estaba el aragonés puesto sobre el castillo de Grados, que edificaron los moros ribera del río Esera para que les sirviese de baluarte muy fuerte contra los intentos y fuerzas de los cristianos. El rey don Sancho, en conformidad de lo que concertara con los moros, acudió a dar favor a los cercados y hacer que se levantase aquel cerco. Los aragoneses, alterados con aquella venida tan repentina y apretados de los castellanos por frente y de los moros que salieron del castillo por las espaldas, en breve quedaron vencidos y desbaratados; unos se salvaron por los pies, otros que acudieron a la pelea

 

 

 

 

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quedaron tendidos en el campo; el mismo rey de Aragón murió en aquella pelea, que sucedió el año poco más o menos de 1067. Tuvo la corona por espacio de treinta y un años; sepultaron su cuerpo en San Juan de la Peña, iglesia principal y entierro de otros muchos reyes que allí yacían sepultados. Esta victoria fue triste y desabrida para los cristianos y de mal pronóstico para lo de adelante por dar el rey don Sancho principio a sus hazañas con la muerte de su mismo tío.

 

Del papa Gregorio VII, que gobernó la Iglesia por estos tiempos, se halla una bula en que alaba al rey don Ramiro, y dice fue el primero de los reyes de España que dio de mano a la superstición de Toledo, que así llamaba él al Breviario y Misal de los godos, la cual superstición tenía con una persuasión muy necia deslumbrados los entendimientos, y que con la luz de las ceremonias romanas dio un muy grande lustre a España. A la verdad, este príncipe fue muy devoto de la Sede Apostólica en tanto grado, que estableció por ley perpetua para él y sus descendientes que fuesen siempre tributarios al sumo pontífice; grande resolución y muestra de piedad.

Sucedióle en el reino don Sancho Ramírez, el mayor de sus hijos, que era de edad de diez y ocho años, muy semejable en la virtud a su padre. En tiempo de este príncipe, el año que se contaba de 1068, Guinardo, conde de Rosellón, edificó y pobló la villa de Perpiñán en los confines de Francia, cerca de donde estuvo asentada la antigua ciudad de Rosellón, cabeza de aquel estado. El nombre de Perpiñán se tomó de dos mesones que en aquel sitio poseia un hombre llamado Bernardo de Perpiñán. Dícese otrosí de este rey don Sancho que abrogó las leyes góticas a imitación de la ciudad de Barcelona, que hizo lo mismo, como queda dicho, y mandó se siguiesen las imperiales, y conforme a ellas se administrase justicia y sentenciasen los pleitos. Casó con doña Felicia, hija de Armengol, conde de Urgel, en quien tuvo tres hijos, don Pedro, don Alfonso y don Ramiro, que todos consecutivamente fueron reyes de Aragón. Otro su hijo bastardo, por nombre don García, fue adelante obispo de Jaca.

 

Por este tiempo era obispo de Compostela o de Santiago Cresconio, prelado de mucha virtud y conocida prudencia. Sucedióle en aquella iglesia otro de su mismo linaje, llamado Gudesteo; a este a cabo de dos años que gobernaba su iglesia, de noche en su lecho mató un tío suyo, llamado Froila, no por otra causa sino porque pretendía recobrar los pueblos de su diócesis, de que malamente y contra razón él se apoderaba;

 

 

 

 

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tanto puede la codicia demasiada de mandar y tener. A este prelado sucedió otro, llamado Pelayo, en cuyo tiempo se recibió la ley toledana y romana, que así lo dice la Historia Compostelana. Por ley toledana entiendo yo el orden de decir la misa y las horas canónicas que de Francia vino a Toledo, y de allí se extendió por las otras partes, quitado el oficio de los godos, como se dirá en su lugar. La ley romana era la de continencia de los clérigos, que tenían muy estragada y mudada de lo antiguo la disciplina eclesiástica en esta parte, y los romanos pontífices pugnaban por todas las vías posibles que en Alemania, Francia, y España en particular, se reparase este daño.

 

 

 

 

VIII. Cómo don Sancho, rey de Castilla, hizo

 

guerra a sus hermanos

 

En un mismo tiempo reinaban en España tres reyes, primos hermanos, que tenían un mismo nombre, aunque no igual poder y fuerzas; hasta en la manera de muerte fueron todos tres muy semejables. Don Sancho, rey de Castilla, que era el mas poderoso, demás de la muerte que dio a su tío el rey don Ramiro, con que mucho amancilló el principio de su reinado, hecho más feroz de cada día, se iba a despeñar en mayores males, si bien por su mucho poder y destreza ponía miedo a los demás. Don Sancho, rey de Navarra, el pequeño estado y reino que alcanzaba y sus pocas fuerzas ayudaba con la confederación que tenía puesta con el otro don Sancho, rey de Aragón; traza para asegurarse los dos contra el poder de Castilla y proseguir contra él la enemiga que heredaron de sus padres.

 

No ignoraba el de Castilla estos intentos y artes. Acordó ganar por la mano y anticiparse. Rompió con su gente por las tierras de Navarra hasta dar vista a la villa de Viana. Acudieron los dos reyes, y en aquel lugar se vino a batalla, en que el de Castilla fue roto, y con pérdida de mucha gente dio vuelta a su casa. Los vencedores, determinados de seguir y ejecutar la victoria, rompieron por la Rioja y por la comarca de Briviesca, do cobraron por las armas todo lo que el rey don Fernando ganara por aquellas partes. Por esta manera se trabaron con guerras entre si aquellos tres príncipes, sin acordarse de la que restaba contra moros.

 

 

 

 

 

 

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El rey don Sancho de Castilla no pudo por entonces satisfacerse de los dos reyes, sus primos, a causa de otra nueva guerra que emprendió en esta misma coyuntura contra sus hermanos. Era codicioso de estados, arrojado, atrevido y ejecutivo, feroz por las fuerzas y poder que alcanzaba. Pretendía que todo lo que fue de su padre le pertenecía, demás de otras querellas particulares que nunca faltan. La flaqueza de sus hermanos le animaba, su poca concordia y recato, pues no se hacían a una para acudir con las fuerzas de ambos al peligro que al uno y al otro amenazaba. Hizo levas de gentes, juntó un ejército, el mayor que pudo, resuelto de llevar aquella empresa hasta el cabo. Don Alfonso, que era el primero a quien aquella tempestad amenazaba, si bien despachó embajadores a su hermano don García y a sus primos de Aragón y Navarra para que le acudiesen con sus fuerzas y ayudasen a rebatir el orgullo del enemigo común y perseguir aquella bestia fiera y salvaje, por la apretura del tiempo juntó sus soldados, que los tenía muchos y buenos, y fue en busca del enemigo. Diéronse vista junto a un pueblo que se llamaba Plantaca, ordenaron sus haces, diose la batalla con gran coraje y esfuerzo. La victoria quedó por los castellanos, y el rey don Alfonso, vencida y destrozada su hueste, se retiró a la ciudad de León. Después procuró reparar y rehacer su ejército, y tornóse a encontrar con el enemigo cabe el pueblo que se llamaba Golpelara, como dice don Pelayo, obispo de Oviedo (o como dice el arzobispo don Rodrigo, Vulpecularia), pueblo asentado en la ribera del río Carrión; trocóse la fortuna y fue vencido el rey de Castilla. Con la prosperidad suelen descuidarse los vencedores. El Cid iba en compañía del rey don Sancho en todas las guerras, como la razón lo pedía; era, como está dicho, hombre de grande esfuerzo, sagaz y muy diestro en el pelear. Sospechó lo que fue. Recogió los soldados huidos, y muy de mañana con el sol acometió los reales de los enemigos, que, cargados de sueño y vino, se hallaban muy lejos de pensar cosa semejante. En el miedo y peligro repentino cada cual muestra quién es; unos huían, otros tomaban las armas, todos mandaban, y ninguno obedecía ni hacia lo que era menester; así en breve espacio quedaron vencidos.

 

Don Alfonso se retiró a la iglesia de Carrión, en que tenía puestos soldados de guarnición. Allí le prendieron y enviaron a Burgos para que estuviese en buena guarda dentro del castillo de aquella ciudad. Pusiéronse de por medio la infanta doña Urraca, hermana de los reyes, que quería mucho a don Alfonso por su buena condición, y el conde don Peranzules,

 

 

 

 

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que en toda aquella adversidad nunca le desamparó. Dieron traza que con licencia del rey don Sancho fuese al monasterio de Sahagún, que está ribera del río Cea, y que allí tomase el hábito de monje, renunciando el estado de seglar. Esperaban que las cosas se trocarían y no faltaría alguna buena ocasión para que aquel príncipe despojado volviese a su reino.

 

Tomó el hábito el año que se contaba de Cristo 1071. Pasó algún tiempo en aquella vida, que tomó por fuerza. Los mismos exhortaron a don Alfonso que, renunciado el hábito, se fuese a Toledo y se pusiese debajo el amparo del rey moro Almenon, que fue grande amigo do su padre. Hízose así; huyó como le aconsejaban y entróse por las puertas de aquel rey. Pidióle audiencia, y en día señalado le habló en esta sustancia:

«¡Cuánto quisiera, rey Almenon, ya que no se me excusaba esta necesidad de acudir a tu socorro y amparo, yo, que poco antes era rey poderoso y al presente me hallo desterrado, pobre y cercado de miserias, tener con algún servicio señalado granjeada tu amistad y tu gracia! Pero ni mi edad, que no es mucha, ni la diferente religión que profesamos me han dado a ello lugar, y para los príncipes magnánimos, cual tú eres, bastante causa debe ser para dar la mano y levantar a los caídos su grandeza y benignidad. Que como yo en mis males huelgo de acudir a tus puertas antes que a las de otro, movido de la fama de tus virtudes, así te debe dar contento se haya ofrecido ocasión para hacer bien a un hijo del gran rey don Fernando. Mas ¿qué podía yo hacer? ¿A quién acogerme en mis cuitas? Todas mis ayudas me faltan; de mis bienes y de mi reino estoy despojado por mi mismo hermano don Sancho, si hermano se debe llamar el que no guarda lealtad y parentesco y que tiene por bastante causa el apetito de mandar para atropellar los hijos de su padre. Mis deudos ¿qué me podían prestar? Pues pretende también embestir con mi hermano don García, y los reyes nuestros primos están poco sabrosos con nuestra casa. Finalmente, no me quedó otro remedio sino desterrarme, ni hallé otro amparo sino en tu sombra. No pretendo que por mi causa ni para restituirme en mi reino emprendas alguna guerra, si bien los grandes príncipes se suelen encargar de deshacer semejantes agravios. Sólo te suplico me des lugar en tu casa para pasar mi destierro, que será algún alivio de cuita tan grande y de entretenerme en tu reino sólo con la esperanza de que el causador de estos daños, feroz al presente y ufano, trocadas las cosas, será en breve castigado de la crueldad que ha usado contra sus hermanos y contra sus deudos. Cosa que si sucediere y Dios

 

 

 

 

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otorgare con mi deseo y me sacare de estos males, puedes estar cierto que nunca pondré en olvido el acogimiento y gracia que me hicieres».

 

El rey Almenon, como quier que tenía a mucha honra que aquel poco antes rey poderoso acudiese a su amparo con tanta humildad, y confiaba que en algún tiempo le podría ser de provecho aquella su venida, respondió con semblante alegre y en pocas palabras a este razonamiento. Dijo que la pesaba de su desgracia, pero que debía llevar aquel revés con buen talante, pues su conciencia no le acusaba de culpa alguna. Que las cosas de esta vida son sujetas a mudanzas; por tanto, de presente se sufriese y para adelante se entretuviese con aquella buena esperanza que decía. En su reino podría estar todo el tiempo que le pluguiese; que ninguna cosa le faltaría para el sustento de su casa, y que fuera de su reino y de su patria ninguna otra cosa echaría menos; finalmente, que le tendría como a hijo y le trataría como a tal. Señalóle casa para su morada junto a su palacio, que estaba donde ahora el monasterio de la Concepción y caía cerca un templo de cristianos, que se entiende era el que hoy tienen los carmelitas. Con esto tenía aparejo para oír misa y los oficios divinos y para hablar al rey cuando le parecía. Hizo su pleito homenaje que guardaría lealtad al moro y acudiría a su servicio como era razón. Era don Alfonso muy apuesto y agraciado, modesto, prudente, liberal y de costumbres muy suaves, con que en breve ganó las voluntades de aquella gente y todos se le aficionaban.

 

Su hermana, doña Urraca, cuidaba de sus cosas. Pidió licencia al rey don Sancho, y con ella le envió para que le hiciesen compañía al conde Peranzules y otros dos hermanos suyos, Gonzalo y Hernando, para que le sirviesen y él se aconsejase con ellos. En compañía de los tres vinieron otros muchos; todos quiso el rey Moro ganasen su sueldo porque tuviesen con que sustentarse, y cuando fuese menester le sirviesen en la guerra que de ordinario tenía contra otros moros comarcanos. En esto pasaba aquel príncipe desterrado su vida; cuando cesaba la guerra dábase a la caza y a la montería, y para mayor comodidad de sus monteros edificó una alquería, que después creció en vecindad, y hoy se llama Brihuega, pueblo conocido en el reino de Toledo. Su ordinaria residencia era en Toledo; trataba mucho con el rey, y de cada día con su buen término le ganaba más la voluntad, y el moro gustaba mucho de su conversación y compañía.

 

Aconteció que cierto día fueron a tomar deporte y recreación en una huerta cerca de la ciudad por do pasa el río Tajo, con cuyo riego y agua,

 

 

 

 

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que de él sacan muchas azudas, se hace muy fértil y de mucho provecho, y hoy se llama la Huerta del Rey. Adormecióse con la frescura don Alfonso. El rey y sus cortesanos que cerca estaban recostados a la sombra de un árbol comenzaron a tratar del sitio inexpugnable de Toledo, de sus murallas y fortaleza. Uno de ellos, el más avisado, replicó: por sólo un camino se podría esta ciudad conquistar; si por espacio de siete años continuados le pusiesen cerco, y cada un año para quitarle el mantenimiento le talasen los campos y quemasen las mieses, sin duda se perdería. Don Alfonso, que del todo no dormia, o acaso despertó, oyó con mucho gusto aquella plática y la encomendó a la memoria. Añaden a esto algunos que el rey moro, advertido del peligro y del descuido, para ver si dormía le mandó echar plomo derretido en la mano, y que por esta causa le llamaron don Alfonso el de la mano horadada. Invención y hablilla de viejas, porque ¿cómo podían tener tan a mano plomo derretido, ni el que mostraba dormir disimular tan grave dolor y peligro? La verdad, que le llamaron así por su franqueza y liberalidad extraordinaria.

 

Otro día refieren que estando en presencia del rey se le levantó el cabello y se le erizó de manera, que, aunque el rey por dos o tres veces se le allanó, todavía se tornaba a levantar. Los moros, como gente que miran mucho en estos agüeros, avisaron que aquello era pronóstico de grande mal, que se apoderaría de aquel reino si no ganaban por la mano con darle la muerte para asegurarse. ¿Quién podrá desbaratar los consejos de Dios? El rey era de suyo muy humano y tenía buena voluntad a don Alfonso; por esto no se dejó persuadir de los agoreros ni vino en quebrantar por su causa las leyes del hospedaje; contentóle con que don Alfonso le hiciese de nuevo pleito homenaje que le sería amigo verdadero y leal. Esto pasaba en Toledo.

 

Por otra porte el rey don Sancho, feroz y ufano por la victoria que ganó, tomaba posesión del reino de León, en que unas ciudades se le rendían de voluntad, de otras se apoderó por fuerza de armas. En particular la ciudad de León al principio le cerró las puertas; pero al fin con un cerco que tuvo sobre ella muy apretado, a ejemplo de las demás ciudades, se allanó.

Concluido esto a su voluntad, revolvió contra Galicia, do el otro hermano reinaba con pocas fuerzas, por tener el reino dividido en bandos y estar disgustados contra él los naturales, a causa de los muchos tributos que les imponía, de cada día mayores y más graves. El mayor daño, que se

 

 

 

 

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dejaba gobernar a sí y a todas sus cosas públicas y particulares de un criado que tenía con él gran cabida; que suele ser un grave daño en los príncipes. De ordinario las mercedes que los príncipes hacen se atribuyen a ellos mismos, y si en alguna cosa se yerra, cargan a los ministros y a los que tienen a su lado, que suelen pagar con la vida la demasiada privanza, como sucedió en este caso; ca los caballeros, indignados por aquella causa, dieron la muerte a aquel su criado en su misma presencia, y aún pasaron tan adelante, que por sospecharse de muchos eran participantes en aquel delito, para asegurarse tomaron las armas y alborotaron el reino. Menospreciaban, es a saber, al que veían dejarse gobernar por hombre semejante, y sin duda es señal que el príncipe no es grande cuando sus criados son más poderosos. En este estado se hallaba Galicia al tiempo que el rey don Sancho acometió a tomarla.

 

Don García, visto que por estar los suyos alborotados no podría contrastar a las fuerzas de su hermano, con solos trecientos soldados que le siguieron, desamparada la tierra, acudió a los moros de Portugal. Persuadíales le ayudasen con sus fuerzas, que si bien andaba fuera de su casa, todavía le acudirían sus vasallos; que se apiadasen de su trabajo e hiciesen rostro a la ambición de su hermano, siquiera por asegurar sus cosas y no tener por vecino enemigo tan poderoso, que si salía con aquella pretensión no pararía hasta enseñorearse de todo. Representábales los intereses que podían esperar de aquella guerra, que todos serían para ellos mismos, y él se contentaría con recobrar su estado y vengar aquel agravio. A estas razones respondieron los moros que les pesaba de su mal, pero que no les venía a cuento meter en peligro sus cosas para ayudarle, y mucho menos fiar de promesas de hombre que no se supo conservar eu lo que tenía. Despedido de este socorro, todavía quiso probar ventura alentado con otros muchos que le acudieron, unos por odio del rey don Sancho, otros por tener parte en la presa, parte moros, parte cristianos. Con esta gente rompió por las tierras de su reino; los pueblos y ciudades de Portugal fácilmente se le rendían.

 

Acudió el rey don Sancho para atajar esta llama. Llegó con su gente hasta Santarem, que antiguamente fue Scalabis. Juntáronse los dos campos, diose la batalla de poder a poder, el campo quedó por el rey de Castilla, el estrago y matanza de los contrarios fue grande, muchos prisioneros, y entre los demás el mismo don García, que llevaron al castillo de Luna en Galicia, donde pasó en prisiones lo que restó de la

 

 

 

 

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vida, pobre y despojado de su estado. Era de suyo hombre descuidado y flojo, suelto de lengua y no bastante para tan grandes olas y tormenta como contra él se levantaron.

 

 

 

 

IX. Cómo el rey don Sancho murió sobre Zamora

 

Concluido que hubo el rey don Sancho con los dos hermanos, luego que se vio señor de todo lo que su padre poseía, quedó más soberbio que antes y más orgulloso. No se acordaba de la justicia de Dios, que suele vengar demasías semejantes y volver por los que injustamente padecen, ni consideraba cuánta sea la inconstancia de nuestra felicidad, en especial la que por malos medios se alcanza. Prometíase una larga vida, muchos y alegres años, sin recelo alguno de la muerte que muy presto por aquel mismo camino se le aparejaba. Despojados los hermanos, sólo quedaban las dos hermanas, que pretendía también desposeer de los estados que su padre les dejó. El color que para esto tomaba era el mismo del agravio que pretendía se le hizo en dividir el reino en tantas partes; la facilidad era mayor a causa de tener ya él mayores fuerzas, y aquellas señoras ser mujeres y flacas.

 

La ciudad de Zamora estaba muy pertrechada de muros, municiones, vituallas y soldados que tenían apercibidos para todo lo que pudiese suceder. Los moradores era gente muy esforzada y muy leal y aparejados a ponerse a cualquier riesgo por defenderse de cualquiera que los quisiese acometer. Acaudillábalos Arias Gonzalo, caballero muy anciano, de mucho valor y prudencia, y de cuyos consejos se valía la infanta doña Urraca para las cosas del gobierno y de la guerra. El rey, visto que por voluntad no vendrían en ningún partido, ni se le querían entregar, acordó usar de fuerza. Juntó sus huestes y con ellas se puso sobre aquella ciudad, resuelto de no alzar la mano hasta salir con aquella empresa. El cerco se apretaba; combatían la ciudad con toda suerte de ingenios. Los ciudadanos comenzaban a sentir los daños del cerco, y el riesgo que todos corrían los espantaba y hacía blandear para tratar de partidos.

 

En este estado se hallaban cuando un hombre astuto, llamado Vellido Dolfos, si comunicado el negocio con otros, si de su solo motivo no se sabe, lo cierto es que salió de la ciudad con determinación de dar la muerte

 

 

 

 

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al rey, y por este camino desbaratar aquel cerco. Negoció que le diesen entrada para hablar al rey; decía le quería declarar los secretos y intentos de los ciudadanos y aún mostrar la parte más flaca del muro y más a propósito para darle el asalto y forzarla. Creen los hombres fácilmente lo que desean; salió el Rey acompañado de solo aquel hombre para mirar si era verdad lo que prometía. Hizo de él más confianza de lo que fuera razón, que fue causa de su muerte; porque estando descuidado y sin recelo de semejante traición, Vellido Dolfos le tiró un venablo que traía en la mano, con que le pasó el cuerpo de parte a parte; extraño atrevimiento y desgraciada muerte, mas que se le empleaba bien por sus obras y vida desconcertada. Vellido, luego que hizo el golpe, se encomendó a los pies con intento de recogerse a la ciudad. Los soldados que oyeron las voces y gemidos del Rey que se revolcaba en su sangre fueron en pos del matador, y entre los demás el Cid, que se hallaba en aquel cerco. La distancia era grande, y no le pudieron alcanzar, que las guardas le abrieron la puerta más cercana, y por ella se entró en la ciudad.

 

Esto dio ocasión para que los de la parte del rey se persuadiesen fue aquel caso pensado, y que los demás ciudadanos o muchos de ellos eran en él participantes. Los soldados de León y de Galicia no sentían bien del rey muerto, ni les agradaban sus empresas; y así, sin detenerse más tiempo, desampararon las banderas y se fueron a sus casas. Los de Castilla, como más obligados y más antiguos vasallos, parte de ellos con gran sentimiento llevaron el cuerpo muerto al monasterio de Oña, do le sepultaron y hicieron sus honras, que no fueron de mucha solemnidad y aparato; la mayor parte se quedaron sobre Zamora, resueltos de vengar aquella traición. Amenazaban de asolar la ciudad y dar la muerte a todos los moradores como a traidores y participantes en aquel trato y aleve.

 

En particular don Diego Ordóñez, de la casa de Lara, mozo de grandes fuerzas y brío, salió a la causa. Presentóse delante de la ciudad armado de todas armas y en su caballo, y desde un lugar alto para que lo pudiesen oír henchía los aires de voces y fieros; amenazaba de destruir y asolar los hombres, las aves, las bestias, los peces, las hierbas y los árboles, sin perdonar a cosa alguna. Los ciudadanos, entre el miedo que les representaba y la vergüenza de lo que de ellos dirían, no se atrevían a chistar. El miedo podía más que la mengua y quiebra de la honra. Sólo Arias Gonzalo, si bien su larga edad le pudiera excusar, determinó de salir a la demanda, y ofreció a sí y a sus hijos para hacer campo con aquel

 

 

 

 

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caballero por el bien de su patria. Tenían en Castilla costumbre que el que retase de aleve alguna ciudad fuese obligado para probar su intención hacer campo con cinco, cada uno de por sí.

 

Salieron al palenque y a la liza tres hijos de Arias Gonzalo por su orden: Pedro, Diego y Rodrigo. Todos tres murieron a manos de Diego Ordóñez, que peleaba con esfuerzo muy grande. Sólo el tercero, bien que herido de muerte, alzó la espada, con que por herir al contrario le hirió el caballo y le cortó las riendas; espantado el caballo se alborotó de manera, que sin poderle detener salió y sacó a don Diego de la palizada, lo que no se puede hacer conforme a las leyes del desafío, y el que sale se tiene por vencido. Acudieron a los jueces que tenían señalados; los de Zamora alegaban la costumbre recibida; el retador se defendía con que aquello sucedió acaso y que salió del palenque contra su voluntad. Los jueces no se resolvían, y con aquel silencio parecía favorecían a los ciudadanos. De esta manera se acabó aquel debate, que sin duda fue muy señalado, como se entiende por las crónicas de España y lo dan a entender los romances viejos que andan en este propósito y se suelen cantar a la vihuela en España, de sonada apacible y agradable.

 

 

 

 

X. Como volvió el rey don Alfonso a su reino

 

Esto pasaba en Zamora. Doña Urraca, cuidadosa de lo que podría resultar en el reino después de la muerte de su hermano y por el amor que tenía a don Alfonso, que deseaba sucediese en su lugar y recobrase su reino, acordó despacharle un mensajero a Toledo para avisarle de todo, y en particular de la desastrada muerte de su hermano. Dio al mensajero señas secretas para que se certificase que ella misma le enviaba las cartas en cifra por lo que pudiese suceder, que nadie las entendiese, dado caso que se las tomasen. Lo que contenían en suma era: Que no hay en el mundo alegría pura que no vaya destemplada con tristeza; que el rey don Sancho era muerto por traición de Vellido Dolfos; que si bien tenía merecida la muerte y los tenía a todos agraviados, en fin era hijo de sus padres, y fuerza se doliesen de su triste suerte; que muy presto se alzaría el cerco de Zamora, si bien don Diego Ordóñez cargaba a los ciudadanos de traidores como participantes en aquel caso, y los retaba resuelto de probarles en

 

 

 

 

 

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campo y por las armas aquel aleve; lo que hacía al caso, y ella siempre deseara y lo suplicara a Dios, era que él, como deudo más cercano, era llamado a la corona para que recobrase su reino y sucediese en lo demás; por tanto, que abreviase para prevenir los intentos de gente no bien intencionada, granjear y conquistar las voluntades de todos los vasallos; finalmente, que se guardase de gastar el tiempo en demandas y respuestas, consultas y dudas fuera de sazón, pues en casos semejantes no hay cosa más saludable que la presteza. Esto contenía la carta.

 

Muchas escuchas de moros que andaban mezclados entre los cristianos avisaron primero al rey moro de lo que pasaba y la fama que en casos semejantes siempre se adelanta y vuela. Peranzules, que por conjeturas que para ello tenía cada día esperaba algún trueco y mudanza, salía cada día en son de caza de la ciudad de Toledo por espacio de una legua para informarse de los caminantes y saber lo que pasaba. Con este cuidado hubo a las manos una o dos espías de los moros que venían con aquel aviso, y sacados del camino, por encubrir las nuevas si pudiera, les dio la muerte. Finalmente encontró con el mensajero de la infanta, informóse en particular de todo, y con tanto dio vuelta para la ciudad y avisó a don Alfonso de lo que venía en las cartas y el mensajero decía. Aconsejábale que con todo el secreto posible sin dar parte al rey moro se partiese prestamente. A la verdad parecía recia cosa fiarse de los moros, que como tales poca lealtad suelen guardar, además de otros inconvenientes que podían resultar, que el miedo y el amor suelen hacer mayores de lo que son.

 

Don Alfonso estaba perplejo sin saber cuál partido debía seguir y qué consejo tomar. Parecíale bien lo que aquel caballero le decía; mas por otra parte se le hacía de mal mostrarse descortés con quien le tenía tan obligado. Resolvióse, finalmente, de seguir lo que parecía más seguro y más honesto. Habló con el rey Almenon; avisóle de todo lo que ya él mismo sabía, aunque disimulaba; pidióle licencia para tomar posesión del reino, a que los suyos le convidaban; que no le pareció justo partirse sin su voluntad y sin que lo supiese, de quien tantos regalos tenía recibidos. El bárbaro, vencido con esta cortesía y lealtad, respondió se holgaba mucho que le ofreciesen el reino, y mucho más que con aquella cortesía le quitase la ocasión de trocar las buenas obras que le hiciera, menores que él merecía y él mismo deseaba, en algún desabrimiento si se pretendiera ir sin que él lo supiese, y sin darle parte de lo que por otra vía muy bien

 

 

 

 

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sabía; y aún le tenía tomados los pasos, y en los caminos puestas guardas para que no se le pudiese escapar, si por ventura lo intentase; que muy en buen hora fuese a tomar la corona que le ofrecía; solo quería que, para seguridad de la amistad que tenían puesta, le hiciese de nuevo el juramento que le tenía hecho de ser verdadero amigo, así suyo como de su hijo Hisem, para no faltar jamás en la fe y palabra que se daban, pues ponían a Dios por juez y por testigo de aquella confederación y amistad.

 

Hízose todo como el Moro lo pedía; ayudóle con dineros para el camino, y aún para más honrarle, al partirse le acompañó por algún buen espacio; ejemplo singular de fidelidad y templanza en un rey bárbaro como aquel. Lo que se ha dicho tengo por más cierto que lo que refiere don Lucas de Tuy, es a saber, que sin que el rey lo supiese, se descolgó por los adarves, y se huyó en postas que le tenían aprestadas. De cualquier manera que ello fuese, él enderezó su camino a Zamora, donde la infanta le esperaba, y a quien siempre tuvo en lugar de madre. Consultó con ella lo que debía hacer, despachó sus correos por todas partes para avisar de su venida. Los de León no mostraron dificultad alguna, antes con gran voluntad le recibieron y alzaron por su rey. Lo de Galicia andaba en balanzas a causa que su hermano don García, por la mudanza de los tiempos, escapó de la prisión y pretendía restituirse en el reino que antes tenía. Acordó don Alfonso, por excusar alteraciones, enviarle personas nobles y principales que le requiriesen de paz; los cuales, por ser él de buena condición y sencillo, fácilmente le persuadieron lo que deseaban; antes sin recelarse de alguna celada ni pedir otra seguridad, se vino para su hermano, confiado alcanzaría de él por bien lo que pretendía. Engañóle su esperanza, ca luego le echaron las manos y le quitaron la libertad y volvieron a la prisión, que le duró todo el tiempo de la vida. El recelo que de su condición se tenía, no muy sosegada, que sería ocasión de alborotos y alteraciones, excusan en parte este desaguisado que se le hizo, demás del buen tratamiento que tuvo en la prisión, si la falta de la libertad y el reino que le quitaban se pudieran recompensar con alguna otra comodidad y regalo. Con esto quedó llano lo de Galicia.

 

Los caballeros de Castilla se juntaron en la ciudad de Burgos para acordar lo que se debía hacer. La resolución fue de recibir a don Alfonso por rey de Castilla, a tal que jurase por expresas palabras no tuvo parte ni arte en la muerte de su hermano. Don Alfonso, avisado de esto, se partió para aquella ciudad. Los más de los presentes se recelaban de tomarle la

 

 

 

 

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jura por pensar lo tendría por desacato y para adelante se satisfaría de cualquiera que lo intentase. Sólo el Cid, como era de grande ánimo, se atrevió a tomar aquel cargo y ponerse al riesgo de cualquier desabrimiento. En la iglesia de Santa Gadea de Burgos le tomó el juramento, que en suma era no tuvo parte en la muerte de su hermano ni fue de ella sabidor; si no era así, viniesen sobre su cabeza gran número de maldiciones que allí se expresaron. Acabada esta ceremonia, a voz de pregonero alzaron por don Alfonso los pendones de Castilla, y le declararon por rey con grande muestra de alegría y muchas fiestas que por aquella causa se hicieron. Disimuló el Rey por entonces el desacato; mostróse alegre y cortés con todos como el tiempo lo pedía; pero quedó en su pecho ofendido gravemente contra el Cid, como los efectos adelante claramente lo mostraron. Además que algunos cortesanos, que suelen con su mal término atizar los disgustos de los príncipes y mirar con malos ojos la prosperidad de los que les van delante, no cesaban con chismes y reportes de aumentar la indignación del rey.

 

Tenía don Alfonso treinta y siete años cuando volvió al reino. Fue diestro en la guerra; por esta causa le llamaron don Alfonso el Bravo. Era prudente y templado en el gobierno, de noble condición y modesto; virtudes a que de suyo era inclinado, y las adversidades y trabajos que padeció mucho le afinaron más. Su franqueza y liberalidad fue extremada, tanto, que parecía en hacer mercedes consumir las riquezas y tesoros reales. La muerte del rey don Sancho y la restitución de don Alfonso sucedió el año que se contaba de Cristo de 1073. En el mismo el cardenal Hildebrando entró en el pontificado por muerte de Alejandro II, y se llamó Gregorio VII; persona de singular virtud, grandeza de ánimo y constancia, como lo mostró en la enemiga que por toda la vida tuvo con el emperador Enrique, tercero de este nombre, sobre defender la libertad de la Iglesia, que aquel príncipe pretendía atropellar.

 

En España, este mismo año, santo Domingo de Silos, monje cluniacense, varón de conocida santidad, finó a 20 de diciembre, día viernes. Su fiesta se celebra cada año en España. Nació este santo en la Rioja, en un pueblo llamado Cañas; de pastor que fue entró monje en San Millán de la Cogolla; con el tiempo vino a ser allí abad; mandóle desterrar el rey don García de Navarra porque defendía con mucha fuerza las exenciones de sus monjes y sus privilegios; de donde tomó el nombre en latín, como yo creo, que se dijo Exiliensis, Silos en romance. El

 

 

 

 

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monasterio, que a la sazón se llamaba de San Sebastián, le reparó este santo los años pasados con ayuda del rey don Fernando, y adelante mudó el nombre y se llamó de Santo Domingo de Silos, no sólo el monasterio, sino el pueblo que está junto a él en el valle de Tablatello, diez leguas de Burgos, en unos ásperos riscos, camino derecho de Santisteban de Gormaz. No quise dejar esto por la noticia de la antigüedad y por ser este monasterio muy nombrado. Volvamos a los hechos de los reyes y al orden de la historia como iba antes.

 

 

 

 

XI. De los principios del rey don Alfonso el Sexto

 

En los principios del reinado del rey don Alfonso no faltaron turbaciones y revueltas, que con el tiempo se apaciguaron y tuvieron buen suceso y alegre. El año siguiente después que entró en su reino, que fue el de 1074, los reyes de Córdoba y de Toledo traían guerra sobre los términos de sus reinos. Don Alfonso, por lo mucho que debía al de Toledo, juntó un buen ejército con intento de ayudarle y acudirle. Temió el rey Almenon de primera instancia que venía contra él; pero luego se desengañó y supo el buen intento que traía en su favor. Juntaron los dos sus campos, e hicieron muy gran daño en las tierras del reino de Córdoba; destruyeron los sembrados, aldeas y cortijos y quemaron los pueblos; hicieron grandes presas de hombres cautivos y de ganados. No se vino a las manos porque el de Córdoba esquivaba entrar en batalla con Almenon y con los demás que de su parte venían. Los soldados volvieron alegres con las victorias, ricos y cargados de despojos.

 

Por este tiempo falleció la primera mujer del rey don Alfonso, por nombre doña Inés. Casó después con otra señora, llamada Constancia, natural de Francia. De este segundo matrimonio tuvo una hija sola, que se llamó doña Urraca, y adelante heredó el reino y todos los estados de su padre, como se verá en otro lugar. A instancia de esta reina, según yo pienso, despacharon una embajada a Roma para suplicar al Papa enviase un legado a España con plena potestad para reparar y reformar por todas las vías posibles las costumbres de los eclesiásticos, que por la soltura de los tiempos andaban muy estragadas y perdidas. Parecióle al papa

 

 

 

 

 

 

 

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Gregorio VII ser muy justa esta demanda; despachó para este efecto a Ricardo, cardenal y abad de San Víctor de Marsella.

 

Este legado, llegado a España, juntó en Burgos, ciudad cabeza de Castilla, el año de 1076, un concilio de obispos de todo el reino; en él, por conformarse con la voluntad del Rey y con lo que era razón, confirmó en todo su reino el ministerio romano, que son las mismas palabras de don Pelayo, obispo de Oviedo. Yo entiendo que mandó ejecutar y poner en práctica las leyes antiguas de la Iglesia, olvidadas y desusadas en gran parte, señaladamente que los clérigos de orden sacro no se casasen ni tuviesen mujeres, según que lo mismo se hiciera en Alemania, aunque con mucho alboroto y revueltas que sobre el caso se levantaron, tanto, que públicamente se dijeron muchas cosas contra la honra y reputación del pontífice Gregorio, libelos famosos, cantarcillos y versos muy descomedidos en este propósito; tan pesada cosa es dejar las costumbres viejas y reformar las vidas estragadas. A la verdad, los más de los clérigos, olvidados de lo que pedía la antigua disciplina eclesiástica y vencidos del deleite, se hallaban enlazados en el casamiento, cargados de mujeres y de hijos. Demás de esto, a ejemplo de Aragón, abrogaron en aquella junta el Breviario y Misal gótico de que usaban en España, y se mandó introducir el romano. Esto cuanto a lo eclesiástico.

 

El Cid asimismo por mandado del Rey partió para la Andalucía a poner en razón a los reyes moros de Sevilla y de Córdoba, que no querían acudir con las parias y con los tributos acostumbrados. Traían entre sí guerra muy reñida los reyes de Granada y de Sevilla; el de Granada estaba más orgulloso a causa que algunos cristianos seguían sus banderas y ganaban de él sueldo; púsose el Cid de por medio para concertarlos y ponerlos en paz; y porque el de Granada no quería venir en ningún partido, le hizo guerra, y vencido, le forzó a tomar el asiento que primero desechaba. Hiciéronse pues las paces entre aquellos moros, y el Cid volvió con los tributos cobrados y sus soldados ricos con las presas que en aquella guerra hicieron; los cuales y toda la demás gente, por las victorias que ganó en esta jornada, lo dieron un nuevo apellido y muy honroso, ca le llamaron el Cid Campeador, en que se muestra el grande amor que le tenían y gran crédito que había ganado. Por el mismo camino los nobles y caballeros se encendieran contra él en una nueva envidia; procuraban abatir al que más aína debieran imitar, armábanse para esto de calumnias y cargos falsos que le hacían, torcían sus servicios y sus palabras. No era

 

 

 

 

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dificultoso salir con su intento por estar el rey de tiempo atrás disgustado; demás que de nuevo se les ofreció otra ocasión muy a propósito para llevar adelante esta trama.

 

Los moros de Andalucía no acababan de sosegar y allanarse; determinó el rey hacerles guerra en persona. En esta sazón, un buen golpe de moros de los que en Aragón moraban, sea a persuasión de los andaluces, sea por no perder aquella ocasión, por Medinaceli hicieron entrada en las tierras de Castilla. Corrieron y talaron los campos de Santisteban de Gormaz. El Cid se hallaba retirado en su casa con achaque de su poca salud, como a la verdad pretendiese con ausentarse aplacar la envidia de sus émulos para que no le empeciesen; pero avisado de lo que pasaba y visto que el rey estaba ausente, con las gentes que pudo recoger prestamente acudió al peligro. Su valor y diligencia corrían a las parejas; así muy en breve forzó a los moros a retirarse y desembarazar la tierra. No contento con esto, por aprovecharse de la ocasión y aprovechar sus soldados, revolvió a manderecha sobre las tierras del reino de Toledo, sin parar hasta dar vista a la misma ciudad. En el camino saqueó los pueblos, taló los campos, ganó gran presa y siete mil esclavos entre hombres y mujeres.

 

Los que le aborrecían acudieron al rey para cargarle de haber quebrantado el asiento puesto con aquel rey de Toledo. Decían no convenía disimular ni dar rienda a un hombre loco y sandio para hacer semejantes desatinos; que era bien castigarle y hacer que no se tuviese en más que los otros caballeros, ni pretendiese salir con lo que se le antojase. Tratóse el negocio en una junta de grandes y ricos hombres. Acordaron saliese desterrado del reino, sin darle más término de nueve días para cumplir el destierro; no se atrevió el Cid a contrastar con aquella tempestad. Encomendó su mujer e hijos al abad de San Pedro de Cardeña, monasterio con que tuvo toda su vida mucha devoción, y él se fue a cumplir su destierro acompañado de muy buena y lucida gente. Iba resuelto de no pasar el tiempo en ociosidad, antes hacer de allí adelante con más brío guerra a los moros, y con el resplandor de sus virtudes deshacer las tinieblas de las calumnias que le armaban. Los moros por este tiempo, con las comidas y regalos de España y con la abundancia, fruto de la victoria, habían perdido en gran parte las fuerzas y valor con que vinieron de África.

 

 

 

 

 

 

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Salió el Cid con poca gente, aunque escogida, y otros muchos deudos e hijosdalgo que se le allegaron, que todos deseaban tenerle por caudillo y militar debajo de su conducta. Rompió lo primero por el reino de Toledo; y el río de Henares arriba no paró hasta llegar a aquella parte de Aragón en que está Alhama y el río Jalón, que riega con diversas acequias que de él sacan gran parte de aquellos campos; en particular combatió y ganó de los moros el castillo de Alcocer, muy fuerte por su sitio, puesto en lugar alto y enriscado. Desde este castillo hacía salidas y cabalgadas por todas aquellas tierras comarcanas, y aún desbarató dos capitanes que el rey de Valencia envió con gente para impedir aquellos daños. La presa que hizo en todos estos encuentros y jornada fue muy rica; acordó enviar en presente al rey don Alfonso treinta caballos escogidos con otros tantos alfanjes fiados de los arzones y treinta cautivos moros vestidos ricamente que los llevasen de diestro. Recibió el rey esta embajada y presente con muy buen talante y toda muestra de contento y alegría.

 

El pueblo no cesaba de engrandecer al Cid y subir sus hazañas hasta las nubes; llamábanle libertador de la patria, terror y espanto de los moros, defensor y amparador de la cristiandad. Decían que era tanta su grandeza, que con buenas obras pretendía vencer los agravios que le hacían; y su mansedumbre y gentileza se aventajaba a las injusticias e injurias de sus contrarios. Que no debía nada a los caballeros antiguos, antes se les adelantaba en todo género de virtud. Despidió el rey los embajadores muy cortésmente; pero no alzó por entonces el destierro a su señor por no alterar a los moros, si tan en breve le perdonaba; sólo dio licencia a todos los que quisiesen para seguirle y militar debajo de sus banderas; en lo cual se tuvo respeto, no sólo a honrar al Cid, sino a descargar el reino de muchos hombres bulliciosos, que, apaciguada el Andalucía, por estar criados en las armas llevaban mal la ociosidad. Estas cosas, si bien pasaron en muchos años, las juntamos en este lugar por no perturbar la memoria si se dividieran en muchas partes. Advertido esto, volveremos con nuestro cuento atrás, y a referir lo que pasó en España el año que se contaba de Cristo 1076.

 

 

 

 

XII. Cómo el rey don Sancho de Navarra fue

 

muerto por su hermano

 

 

 

 

 

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El rey don Sancho de Navarra tenía un hermano, llamado don Ramón; los dos, aunque eran hijos de un padre y de una madre, en las condiciones y costumbres mucho diferenciaban. Don Ramón era de suyo bullicioso, amigo de contiendas y de novedades, ninguna cuenta tenía con lo que era bueno y honesto a trueque de ejecutar sus antojos. Arrimábansele otros muchos de su misma ralea, gente perdida y que consumidas sus haciendas no les quedaba esperanza de alzar cabeza sino era con levantar alborotos y revueltas. Con la ayuda de estos pretendía don Ramón apoderarse del reino; ambición mala y que le traía desasosegado.

 

El rey era amigo de sosiego, muy dado a la virtud y devoción, como consta de escrituras antiguas en que a diversos monasterios de su reino hizo donaciones de campos, dehesas y pueblos. Tenía en su mujer doña Placencia un hijo, por nombre don Ramiro, de poca edad, que le había de suceder en el reino, y no falta quien diga tuvo otros dos hijos hasta llamar al uno don García, y al menor de todos no le señalan nombre.

De lo uno y de lo otro tomó ocasión don Ramón para alzarse contra el Rey; decía que con su mucha liberalidad, que él llamaba prodigalidad y demasía, disminuía las rentas reales y enflaquecía las fuerzas del reino, como de ordinario los malos a las virtudes ponen nombres de los vicios a ellas semejantes; gran perversidad. Demás de esto, el rey era viejo, los hijos que tenía de poca edad; esto dio ánimo al que ya estaba determinado de declararse, y con la ayuda de sus aliados se alzó con algunos castillos, principio de mayores males. Acudió el Rey a ponerlo en razón; mas visto que por bien no se podía acabar cosa ninguna, le pusieron acusación, y en ausencia, por los cargos que contra él resultaban, le declararon por enemigo público y le condenaron a muerte. Con esto quedaron por enemigos declarados, y cada cual da los dos procuraba dar la muerte al contrario. Los malos de ordinario son más diligentes y recatados por no fiarse en otra cosa sino en sus mañas; por el contrario, los buenos, confiados en su buena conciencia, se suelen descuidar.

 

El rey estaba en la villa de Roda; el traidor secretamente se fue allá bien acompañado, y hallado el aparejo que buscaba, alevosamente le dio la muerte. El arzobispo don Rodrigo no hace mención de todo esto, puede ser que por no manchar su nación y patria con la memoria de caso tan feo. Los hijos del muerto acudieron a favorecerse, don Ramiro (el mayor) al Cid, y los dos menores al rey de Castilla don Alfonso. Su edad y fuerzas no eran

 

 

 

 

 

 

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bastantes para contrastar a las del tirano, que quedó muy pertrechado, y luego con el favor de sus valedores se llamó rey.

 

Por esto los principales del reino se juntaron para acordar lo que convenía. No les pareció disimular ni recibir por señor al que tales muestras daba de lo que sería adelante. Los infantes eran flacos y estaban ausentes. Resolviéronse de convidar con aquel reino y corona a don Sancho, rey de Aragón, primo hermano del muerto, y valerse de sus fuerzas contra las del tirano. Acudió él sin tardanza, encargóse del reino que le ofrecían y apoderóse de la mayor parte de él. Otra parte, que fue lo de Briviesca y la Rioja, se entregó al rey don Alfonso, que pretendía tener mejor derecho a lo de Navarra por causa de la bastardía de don Ramiro, padre del rey de Aragón; en particular se entregó la ciudad de Nájera, do en la iglesia de Santa María la Real sepultaron los cuerpos del rey muerto y de la reina, su mujer. Vino otrosí el aragonés en acudir cada un año al de Castilla por lo de Navarra, por no venir con él a rompimiento, con cierto tributo; este reconocimiento se halla por escrituras antiguas que pagaron los reyes don Sancho y don Pedro.

 

El tirano homiciano, vista la voluntad con que la gente recibía el nuevo rey y perdida la esperanza de poder contrastar así a sus fuerzas como al odio que todos como a malo y aleve le tenían, acordó ausentarse. Huyó a Zaragoza, donde el rey moro le dio casa en que morase, y le heredó en ciertos campos y tierras con que pasase su pobre y lacerada vida. Esta herencia de mano en mano recayó en una su nieta, llamada Marquesa, que casó con Aznar López, y afirman que en su testamento la dejó a la iglesia mayor de Santa María de Zaragoza, en tiempo de don Alfonso, rey de Aragón, primero de este nombre.

 

 

 

 

XIII. Que Almenon, rey de Toledo, y don Ramón,

 

conde de Barcelona, fallecieron

 

El año luego siguiente, que se contó de 1077, pasaron de esta vida dos príncipes muy señalados; Almenon, rey de Toledo, y don Ramón, conde de Barcelona, por sobrenombre el Viejo; en que el dicho año fue más señalado que en otra cosa que en él sucediese.

 

 

 

 

 

 

 

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En el reino de Toledo sucedió Hisem, hijo mayor del rey difunto. Todo el tiempo que reinó, que fue por espacio de un año, se conservó con todo cuidado en la amistad del rey don Alfonso, a ejemplo de su padre y por su mandado, que se lo dejó muy encomendado. Muerto Hisem, le sucedió su hermano menor, por nombre Hiaya Aldirbil, muy diferente de su padre y hermano. Era cobarde en la guerra, en el gobierno desconcertado, de vida muy torpe, dado a comidas y deshonestidades, sin perdonar a las hijas y mujeres de sus vasallos; con que se hizo muy aborrecible, así a los moros como a los cristianos que moraban en Toledo. Era inhumano y cruel, propia condición de medrosos y cobardes.

 

Por la muerte de Hisem quedó el rey don Alfonso libre del homenaje que hizo en Toledo los años pasados de guardar amistad a aquellos príncipes, padre y hijo. Los cristianos y moros de aquella ciudad, cansados con la tiranía que padecían y no pudiendo llevar los vicios de aquel príncipe, hacían grande instancia por sus cartas al rey don Alfonso para que los librase de aquella opresión tan grande y se apoderase de aquella ciudad tan principal, que era como un baluarte muy fuerte de casi todo el señorío de los moros. Decíanle no perdiese aquella ocasión tan buena como se le presentaba por estar desabridos los ciudadanos, y la poca industria del rey, que no tendría ánimo ni fuerzas para hacer resistencia a los cristianos. Estos fueron los primeros principios y como las primeras zanjas que se abrían para emprender la conquista de aquella nobilísima ciudad, cabeza do todo aquel reino.

 

El conde don Ramón falleció en Barcelona, en cuya iglesia mayor le sepultaron, que él mismo desde los cimientos levantó los años pasados. El entierro y las honras fueron cuales se puede pensar con toda muestra de majestad y solemnidad. Dejó dividido su estado entre dos hijos suyos; el mayor se llamó don Berenguer, el segundo don Ramón Cabeza do Estopa; la causa de tal apellido de suso queda declarada; su gentileza y apostura y las costumbres, muy compuestas y agradables, fueron ocasión de ganar las voluntades, así del pueblo como de su padre en tanto grado, que sin embargo que era hijo menor, quedó nombrado por conde de Barcelona; mejoría que le fue perjudicial y le acarreó la muerte, como luego se dirá. Este príncipe casó con una señora, hembra de mucha virtud y que fue hija de Roberto Guiscardo, normando de nación y gran señor en Italia, según que lo refiere cierto autor. Esta gente de los normandos en aquel tiempo era muy nombrada. La fama de su valor volaba por todas partes, y estaban

 

 

 

 

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apoderados de lo postrero de Italia y de Sicilia. Fundó esta condesa dos monasterios, el uno con advocación de San Daniel, en el valle de Santa María, tierra de Cabrera; el otro cerca de Gerona, donde después de la muerte de su marido, renunciado el siglo y sus comodidades, pasó muy santamente lo restante de su vida. En el un monasterio y en el otro puso religiosas de san Benito.

Hijo de esta señora fue don Ramón Arnaldo o Berenguer, que sucedió a su padre en el condado de Barcelona. Por este mismo tiempo Armengol, conde de Urgel, hacía guerra a los moros que quedaban por aquellas comarcas, y Guillén Jordán, conde de Cerdaña, perseguía los herejes arrianos, que a cabo de tantos años tornaban a brotar por aquellas partes. Éste castigaba aquella mala gente con destierros, confiscación de bienes, con infamia y con muertes que daba a los pertinaces. Por el esfuerzo de Armengol se ganaron de los moros muchos pueblos ribera del río Segre; en especial la ciudad de Balaguer, cabeza del condado de Urgel, volvió a poder de cristianos.

 

 

 

 

XIV. Cómo los normandos fueron a Italia

 

El nombre de los normandos fue muy conocido los años pasados por los grandes daños que hicieron en las costas de España y de Francia; mas por estos tiempos se hicieron más famosos cuando extendieron la gloria de su esfuerzo en las partes de Italia, y por fuerza de armas fundaron en ella un nuevo reino y señorío, que dura hasta nuestros tiempos, aunque mudada diversas veces la sucesión de los príncipes que le han poseído y poseen. Dará mucha luz a esta historia saber la origen de esta gente y la ocasión que tuvieron para pasar en Italia, a causa de estar sus cosas en lo de adelante muy mezcladas con las de España.

 

Normandos, que es lo mismo que hombres septentrionales, se llamaron en particular todos aquellos que entre la provincia de Dania y la Címbrica Quersoneso, se extendían por todas aquellas marinas del mar Germánico y poseían las islas que por allí caen; hombres fieros y bárbaros, en el vestido y manera de vida salvajes, de costumbres extraordinarias, pero muy diestros en el arte de navegar por el ejercicio ordinario que tenían de ser corsarios. Luitprando, que floreció por estos tiempos, dice que los

 

 

 

 

 

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normandos eran los mismos que los rusos o rutenos. La verdad es que, en un mismo tiempo, estas gentes se derramaron como dos ríos arrebatados, los rusos por las provincias de oriente, de donde vienen los de Polonia, los normandos por las de occidente, en que hicieron grandes efectos. En particular en tiempo de Carlos el Simple, rey de Francia, asentaron en aquella parte de aquel reino que antiguamente llamaron Neustria, y después, del apellido de esta gente, se llamó y se llama Normandía, como se dijo en otro lugar.

 

Traían por capitán a uno llamado Rolon; naturalmente tenían grande apetito de mandar, eran acostumbrados a fingir y disimular, dados al estudio de la elocuencia y ejercicio de la caza, fuertes para sufrir todo trabajo, hambre, calor y frío; preciábanse de andar bien vestidos y arreados; en lo demás eran de condición soberbia y desapoderada. Éstas eran las virtudes y vicios de los normandos y su natural; con la comunicación de los franceses, cuya condición es mansa, se mitigó en parte su fiereza y se amansaron sus costumbres. Del linaje de Rolon hubo uno llamado Guillermo Noto, séptimo duque de Neustria o Normandía; éste, por testamento del rey Eduardo el Santo, juntó al ducado de Normandía el reino de Inglaterra en el tiempo que se hacia la guerra de la Tierra Santa. Para apoderarse de aquel reino pasó en una flota a Inglaterra, y en la primera batalla venció o Haroldo, su competidor, y le quitó la vida y el reino. De allí, por tener aquellos reyes buena parte de la Francia, resultaron perpetuas guerras entre franceses y ingleses, que comenzaron poco antes de los tiempos en que va nuestra historia.

 

De Francia pasó a Italia un ejército de los normandos con esta ocasión. Hay en Normandía una ciudad, que so llamó en otro tiempo Constancia Castra; en su comarca poseía un pueblo, que se llama Altavilla, uno llamado Tancredo, príncipe de noble y antiguo linaje, dichoso en sucesión, porque de dos matrimonios tuvo no menos que doce hijos. Guillermo (por sobrenombre Brazos de Hierro), Drogo, Wifredo, Gaufredo, Serlo, nacieron de la primera mujer, cuyo nombre no se sabe. La segunda mujer, llamada Fransendis, tuvo estos: Roberto Guiscardo, Malegerio, Guillermo, Alveredo, Humberto, Tancredo y el menor de todos Rogerio, que hizo a todos ventaja en hazañas y en mayor poder y señorío. La madre cuidaba de los ainados como de los hijos propios, y así ellos se querían bien, sin que tuviesen entre sí diferencias ni envidias. El padre los crió y amaestró en las armas y en las otras artes que pertenecían a gente noble. Eran denodados,

 

 

 

 

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de buen consejo, con que enfrenaban la temeridad; la osadía no los dejaba ser cobardes. Lo que el padre tenía era poco; temían que si lo dividían no resultasen de ello riñas y contiendas; determinaron irse a otra parte a vivir y heredarse.

 

Italia estaba dividida en muchos señoríos, ardía en bandos y guerras. Los moros tenían a Sicilia y las otras islas del mar Mediterráneo. Por la una causa y la otra se les ofrecía buena ocasión para mostrar su valor y esfuerzo. Los hermanos mayores pasaron en Italia. Siguiólos un buen golpe de gente; ejercitáronse en las armas y ganaron honra, primero en las guerras de Lombardía y de Toscana, después pasaron a tierra de Lavor, parte del reino de Nápoles, do los príncipes, el de Salerno y el de Capua, se hacían guerra muy reñida por diferencias que tenían entre sí. Asentaron primero con el capuano, después siguieron al salernitano, que les hizo más aventajado partido, y con esta ayuda quedó con la victoria.

Concluida esta guerra, a instancia de Maníaco, gobernador de la Pulla y de Calabria por el emperador de Grecia, emprendieron la conquista de Sicilia contra los moros que de ella estaban apoderados. Hicieron en breve buen efecto, ca muchas ciudades volvieron a poder de cristianos, y en diversos encuentros desbarataron los moros y los corrieron por toda la tierra hasta lanzarlos de aquella isla. Tras esto, como es ordinario, resultaron sospechas y disgustos entre los griegos, que pretendían quedar señores de aquella isla, y los normandos, que aspiraban a lo mismo. De las palabras vinieron a los manos; quedaron los griegos vencidos y privados de aquella su pretensión.

 

De estos principios comenzaron los vencedores a fundar y poner los cimientos de un nuevo estado en Italia y en Sicilia, que en breve llegó a ser muy poderoso y rico, porque a la fama de lo que pasaba, los hermanos menores que quedaban en Francia, fuera de solos dos que perseveraron en casa de su padre, cuyos nombres no se saben, acudieron con nuevos socorros de gente en ayuda de sus hermanos mayores, con que mucho se adelantaron en poder y señorío. Todo lo que se ganó por aquellas partes se dividió entre los mismos que lo conquistaron; pero muertos los demás, finalmente quedaron por señores de todo Roberto Guiscardo y Rogerio.

Roberto se llamó duque de Calabria y de la Pulla; Rogerio fue conde de Sicilia, estado ganado de los moros y griegos por las armas suyas y de su hermano. Roberto, de dos mujeres que tuvo, Alberada y Sigelgaita, hija del príncipe de Salerno, dejó estos hijos: Boamundo, Rogerio y una hija (si

 

 

 

 

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es verdad lo que dicen los catalanes), que casó con don Ramón, conde de Barcelona, como ya dijimos. De Rogerio, conde de Sicilia, nació otro Rogerio, que mudó el apellido de conde en el de rey, y acabados los demás deudos, parte que fallecieron, parte por haberles él quitado lo que tenían, quedó solo con todo lo que los normandos en Italia y en Sicilia poseían; demás de esto, África y Grecia le pagaban tributo; tan grande era su poder.

 

Esto se tomó de Gaufredo, monje, que escribió los hechos de los normandos en Italia, a instancia del mismo conde Rogerio en historia particular que de ellos compuso; pero dejada Italia, volvamos a España y a nuestro cuento.

 

 

 

 

XV. Que se emprendió la guerra contra Toledo

 

De esta manera procedían las cosas de los normandos prósperamente en Italia. En España, los ciudadanos de Toledo no cesaban con cartas y mensajeros de solicitar a los nuestros para que emprendiesen aquella conquista y se pusiesen sobre aquella ciudad; que el rey Hiaya, ni se mejoraba con el tiempo, ni por el riesgo que corría enfrenaba sus apetitos, antes por no irle nadie a la mano, de cada día crecía en atrevimiento y crueldad; finalmente, que pasaban una vida muy desgraciada, rodeada de miserias y de angustia, y que solo se entretenían con la esperanza de vengarse; que si los cristianos no les acudían, se determinaban de pedir a los moros que los acorriesen, pues cualquiera sujeción era tolerable a trueque de librarse de aquella tiranía. Toda servidumbre es miserable, pero intolerable servir a un loco y desatinado.

 

El rey don Alfonso andaba perplejo sin saber qué partido debía tomar; combatíanle por una parte el recelo de lo que se podría pensar y decir, por otra la esperanza del gran provecho si ganaba aquella ciudad. Acordó tratar el negocio en una junta de caballeros, gente principal y grave. Los pareceres fueron diferentes, como suele acontecer en semejantes consultas. Los más osados y valientes eran de parecer se emprendiese luego la guerra, que decían sería de mucho interés y honra, así para los particulares como en común para toda la cristiandad. Encarecían la grande presa y los despojos con que se animarían los soldados, la importancia de quitar una ciudad tan principal a los moros, la buena ocasión que se les presentaba de

 

 

 

 

 

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salir fácilmente con la empresa, que si se pasaba, por ventura no volvería tan presto; que en el suceso de aquella guerra se ponía en balanzas todo el poder de los moros en España. Los mas recatados extrañaban esto; decían que en ninguna manera se debía emprender aquella conquista, pues era contra conciencia y razón quebrantar la confederación y amistad que tenían alentada con aquellos reyes. En conformidad de esto, uno de los caballeros que seguían este parecer, hombre anciano y de mucha prudencia, habló en esta manera:

 

«¿Con qué justicia, oh rey, o con qué cara haréis guerra a una ciudad que en el tiempo de vuestro destierro, cuando os hallaste pobre, desamparado y sin remedio, os recibió cortesmente y trató con mucho regalo, principio que fue y escalón para subir al reino que ahora tenéis? ¿Qué razón sufre dar guerra al hijo, sea cuan malo le quisiéredes pintar, del que con su hacienda y con su poder os ayudó a volver al reino que os quitó vuestro hermano? Hospedóos amorosamente, y tratóos no de otra manera que si fuérades su hijo para obligaros al cierto que a sus sucesores los tuviésedes en lugar de hermanos; que no debe ser menor la unión que resulta del agradecimiento y amor que la que causa la naturaleza y parentesco. Dificultosa cosa es persuadir a un príncipe lo que conviene; la adulación y conformarse con su voluntad carece de dificultad y peligro. Si va a decir la verdad, cuanto uno es más cobarde, tanto es más libre en el blasonar de guerras y de armas. A las veces, por parecer de los más cobardes se emprende la guerra, que se prosigue después con el esfuerzo y riesgo de los esforzados. ¿Quién no sabe cuánta sea la fortaleza de aquella ciudad que queréis acometer, cuán grandes sus pertrechos, sus municiones, sus reparos? Diréis: Los ciudadanos nos llaman y convidan. Como si hubiese que fiar de una comunidad liviana e inconstante, y que volverá la proa a la parte de donde soplare el viento más favorable. Destruir la tiranía y librar los oprimidos es cosa muy honrosa. Es así, si juntamente y por el mismo camino no se quebrantasen las leyes de la piedad y agradecimiento y de toda humanidad. Dirá otro: No hay que hacer caso del juramento, pues su obligación cesó con la muerte de los reyes pasados. Verdad es; pero ¿quién podrá engañar a Dios, testigo de la intención y de la perpetua amistad que asentaste? Mas aína se puede temer no quiera vengar semejante desacato y fraude. No decimos esto, oh rey, por esquivar el trabajo ni el peligro; con el mismo ánimo que otras veces estamos aparejados y prestos para seguiros, si

 

 

 

 

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fuere menester, desarmados, desnudos y flacos; pero para tomar consejo es justo que nuestras lenguas tengan libertad y vuestras orejas se muestren a todo lo que se dijere favorables».

 

Movieron estas razones al Rey, tanto más, que por boca de uno le parecía hablaba gran parte de los que allí estaban; finalmente, venció el deseo que tenía de hacer aquella guerra y conquistar aquella nobilísima ciudad, en que tantas comodidades se le representaban. Con esta determinación les habló en esta sustancia:

«Bien sé, nobles varones, las muchas dificultades que en esta guerra se ofrecen y que estos días se han dicho muchas cosas a propósito de poneros espanto y miedo. Mas ¿quién no sabe cuántas mentiras y cuán vanas se suelen sembrar en ocasiones semejantes? La cobardía y el miedo todo lo acrecientan y hacen mayor de lo que es en hecho de verdad. No diré nada del cargo de conciencia que nos hacen ni del juramento y nota de ingratitud que nos acusan; las maldades de Hiaya nos descargarán bastantemente. Al que su mismo padre, si fuera vivo, castigara con todo rigor, ¿será razón que por su respeto le dejemos continuar en ellas y en su tiranía tan grave? Alegan con la fortaleza de aquella ciudad el gran número de sus ciudadanos. La verdad es que al esfuerzo y valor ninguna cosa habrá dificultosa. Los que debajo la conducta de mi hermano don Sancho y mía allanastes gran parte de España y ganastes de los moros muchas batallas campales, ¿por ventura serán parte estas hablillas para espantaros? Que si los enemigos son muchos, no será ésta la primera vez que peleáis con semejante canalla, gente allegadiza, sin concierto y sin orden, y que cuanto son más en número tanto se embarazarán más al tiempo del menester. Gente flaca es la que acometemos, y que por la larga ociosidad y el mucho regalo no podrán sufrir el trabajo y el peso de las armas. Ganado Toledo, mis soldados, ¿quién será parte, quién os irá a la mano para que con las manos victoriosas no lleguéis a los últimos términos de España, remate de todos vuestros trabajos, premio y gloría inmortal, que con poco trabajo alcanzaréis para vos, para nuestros reinos y para toda la cristiandad? Parad mientes no se nos pase el tiempo en consultas y recatos, y lo que suele acontecer cuando los buenos intentos se dilatan, no nos parezca mejor consejo aquel cuya sazón fue ya pasada».

 

Estas razones tan concertadas encendieron los ánimos de todos los presentes para que con toda voluntad se decretare la guerra contra los moros. El rey, tomada esta resolución, se encargó de juntar armas,

 

 

 

 

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caballos, vituallas, dineros, municiones y todo lo demás necesario. Mandó levantar banderas y hacer gente por todas partes, en particular llamó y convidó con nuevos premios y ventajas los soldados viejos que estaban derramados por el reino. En todo esto se ponía mayor diligencia por entender que los moros, avisados de todo lo que pasaba, llamaban en su ayuda al rey moro de Badajoz, que a toda furia se aprestaba para acudirles con toda brevedad.

 

La priesa fue de manera, que las unas gentes y las otras, los moros y los cristianos, llegaron a un mismo tiempo a Toledo; pero visto que el rey don Alfonso iba acompañado de un campo muy lucido, soldados diestros y muy bravos, los moros dieron la vuelta sin pasar adelante en aquella demanda. Sin embargo, no se pudo por entonces ganar aquella ciudad, a causa que el rey moro de Toledo se hallaba a la sazón muy apercibido y pertrechado de todo lo necesario, demás de la fortaleza grande de la ciudad, que ponía a todos espanto por ser muy enriscada. Talaron los campos, quemaron las mieses, hicieron presas de hombres y de ganados, y con tanto se volvieron a sus casas. Comenzóse la tala el año que se contaba de 1079, continuóse el año siguiente, el tercero y el cuarto, sin alzar mano algunos otros años adelante. Tomaron a los moros los pueblos de Canales y de Olmos, que caían cerca de aquella ciudad, y en ellos dejaron guarnición de soldados, que nunca cesaban de hacer correrías y cabalgadas por toda aquella comarca.

 

Con estos daños comenzaron los de Toledo a padecer falta de trigo y de otras cosas necesarias para la vida. Susténtase la ciudad de Toledo comúnmente de acarreo, a causa que la tierra de su contorno es muy falta por ser de suyo delgada y arenisca y por las muchas piedras y peñas que en ella hay; las fuentes son pocas, y sus manantiales cortos; llueve pocas veces por caerle lejos la mar y ser la tierra la más alta de España. Sólo por la vega por do pasa el río Tajo hay una llanura y valle no muy ancho, pero muy fértil y alegre.

En el mismo tiempo que se dio principio a la conquista de Toledo, el Cid continuaba la guerra en Aragón con mucha prosperidad; ganó de los moros diversos castillos y pueblos por toda aquella tierra; sólo para ser colmada su felicidad le faltaba la gracia de su rey, que él mucho deseaba.

Sucedió muy a propósito que el año de 1080 se levantaron ciertas revueltas entre los moros del Andalucía, a causa que un hombre principal de aquella nación, por nombre Almofala, tomó por fuerza el castillo de

 

 

 

 

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Grados. El moro cuyo era, acudió al rey don Alfonso para valerse de su ayuda y recobrar aquella plaza. Llamábase este moro Adosir. Al rey le pareció condescender con esta demanda y aprovecharse de aquella ocasión que para adelantar su partido se le presentaba. Envió golpe de gente adelante, y él poco después con mayor número acudió en persona. El moro contrario era astuto y mañoso; la guerra iba a la larga. Temía el rey no se le pasase la sazón de volver, como lo tenía comenzado, a la conquista de Toledo. Acordó llamar al Cid, que en Aragón se hallaba, y encargarle aquella empresa, por ser caudillo de tanto nombre y en todo aventajado y sin par. Venido, le acogió muy bien y trató muy amorosamente, como príncipe que de suyo era afable y que sabía con buenas palabras granjear las voluntades. Alzóle el destierro, y para más muestra de amor a su instancia, estableció una ley perpetua en que se mandó que todas las veces que condenasen en destierro algún hijodalgo no fuese tenido a cumplir la sentencia antes de pasados treinta días, como quier que antes no les señalasen de término más que nueve días. Volvió el rey a su empresa, y el Cid concluyó aquella guerra del Andalucía a mucho contento, ca recobró el castillo de Grados, sobre que era el debate, y prendió al moro que lo tomara, que envió al rey para que hiciese de él lo que su voluntad fuese y por bien tuviese.

 

Esto pasó en el Andalucía aquel año; el siguiente de 1081, don García, hermano del Rey, pasó de esta vida. Hízose desangrar rompidas las venas en la prisión en que le tenían; tan grande era su disgusto y su rabia por verse privado del reino y de la libertad. Temía el rey don Alfonso que como era bullicioso y de no mucha capacidad no alterase los naturales y el reino. Esta entiendo yo fue la causa de no quererle soltar en tanto tiempo, más que la ambición y deseo de reinar. Verdad es que después de la muerte del rey don Sancho tuvo la prisión más libre y toda abundancia de comodidades y regalos. Y aún no falta quien dice que poco antes de su muerte le convidaron con la libertad y no la aceptó, sea por estar cansado de vivir, sea por aplacar a Dios con aquella penitencia y afán, de que da muestra no querer le quitasen los grillos en toda su vida, antes mandó le enterrasen con ellos, y así se hizo. Llevaron su cuerpo a la ciudad de León, y allí le sepultaron muy honoríficamente en la iglesia de San Isidro. Halláronse presentes al enterramiento y exequias sus dos hermanas las infantas, muchos obispos y otros grandes del reino. Su muerte fue a los diez años de su prisión y a los quince después que comenzó a reinar.

 

 

 

 

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El Cid, sosegadas las revueltas del Andalucía, tornó a la guerra de Aragón, donde en una batalla venció al rey moro de Denia, por nombre Alfagio, y junto con él al rey de Aragón don Sancho, que viniera en su favor. Esta victoria fue muy señalada, tanto, que el rey don Alfonso le llamó para honrarle y hacerle mercedes, según que sus trabajos y virtudes lo merecían. Venido que fue, le hizo donación por juro de heredad de tres villas, es a saber, Briviesca, Berlanga, Arcejona.

 

Por otra parte, el moro Alfagio se rehizo de gente, y con deseo de satisfacerse corrió las tierras de Castilla hasta dar vista a Consuegra, villa principal de la Mancha. El rey, si bien estaba ocupado en la conquista de Toledo, acudió contra esta tempestad para rebatir el orgullo de aquel moro. Juntáronse los campos, adelantáronse las haces de una parte y de otra, diose la batalla, en que pereció mucha morisma, y el rey Moro se salvó por los pies y se retiró a cierto castillo. La alegría de esta victoria se aguó mucho a los cristianos con la muerte lastimosa, que sucedió en la pelea, de Diego Rodríguez de Vivar, hijo del Cid, mozo de grandes esperanzas y que comenzaba ya a seguir la huella y las virtudes de su padre. Su cuerpo enterraron en San Pedro de Cardeña, y allí se muestra su lucillo. Alfagio, el moro, aunque vencido en las dos batallas susodichas, no acababa de sosegar; antes, recogida más gente, rompió otra vez por tierras de Castilla sin reparar hasta Medina del Campo, pueblo bien conocido y principal. Salió en su busca Alvar Yáñez Minaya, deudo del Cid, persona de valor, y llegado a aquellas partes tuvo con él un encuentro en que tercera vez quedó vencido y desbaratada su gente.

 

Esto pasó el año de Cristo 1082, en el cual año don Ramón Cabeza de Estopa, conde de Barcelona, cerca de un pueblo llamado Percha, puesto entre Ostarlito y Gerona, fue muerto alevosamente. Su mismo hermano don Berenguer le paró aquella celada yendo camino de Gerona, y le hizo matar. Estaba mal enojado contra él después que su padre, sin embargo que era hijo menor, se le antepuso en el estado de Barcelona. Disimulólo al principio y mostró sentimiento por la muerte de su hermano; pero como quier que semejantes maldades pocas veces se encubran, sabido el caso, cayó en aborrecimiento de la gente, tan grande, que no solo no alcanzó lo que pretendía, antes por fuerza le privaron de lo que era suyo. Lo que le quedó de la vida pasó miserablemente, pobre, desterrado y vagabundo, y aún se dice que de repente perdió la habla en Jerusalén, do los años

 

 

 

 

 

 

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adelante fue a la conquista de la Tierra Santa, y allí le sobrevino la muerte.

 

El cuerpo de don Ramón sepultaron en la iglesia mayor de Gerona.

 

Sucedióle don Ramón Arnaldo, su hijo de tan poca edad, que aún no tenía año cumplido; pero fue muy señalado por el largo tiempo que gozó de aquel estado, igual a cualquiera de sus antepasados por la grandeza y gloria de sus hazañas, demás que ensanchó mucho su señorío, no sólo con la parte que quitaron al matador de su padre, sino porque en su tiempo faltaron legítimos descendientes a los condes de Urgel y de Besalú, por donde aquellos estados recayeron en él como movientes del condado de Barcelona y feudos suyos. Y aún en la parte de Francia que se llamó la Galia Narbonense se le juntó los años adelante el condado de la Provenza por vía de casamiento y en dote, porque casó con doña Aldonza, que otros llaman doña Dulce, hija de Gilberto, conde de la Provenza. De este matrimonio nacieron dos hijos, don Ramón y don Berenguer, y tres hijas; la una de ellas se llamó doña Berenguela, que casó con don Alfonso el Emperador; los nombres de las otras dos no se saben, mas es cierto que casaron en Francia muy principalmente. Tuvo este príncipe contienda y aún guerra muy reñida con Alfonso, conde de Tolosa, señor muy principal y muy vecino a su estado; pero después de largos debates se concertaron en que reciprocamente se prohijasen el uno al otro de tal guisa, que en cualquier tiempo que a cualquiera de aquellas casas faltase sucesión hubiese aquel estado el otro o sus descendientes. Pero esto pasó mucho tiempo adelante. Volvamos a la guerra de Toledo en que estábamos.

 

 

 

 

XVI. Cómo se ganó la ciudad de Toledo

 

Las continuas correrías y entradas que los fieles hacían por las tierras de Toledo, las talas, las quemas, los robos traían tan cansados a los moros de aquella ciudad, que no sabían qué partido tomar ni dónde acudir. Los cristianos que allí moraban, alentados con la esperanza de la libertad, no cesaban de solicitar al rey don Alfonso para que, juntadas todas sus fuerzas, se pusiese sobre aquella ciudad. Prometían si lo hiciese de abrirle luego las puertas y entregársela. Las fuerzas de los nuestros y las haciendas estaban gastadas, los ánimos cansados de guerra tan larga. Estas dificultades y otras muchas que se representaban, grandes trabajos y

 

 

 

 

 

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peligros, venció y allanó la constancia del rey y el deseo que todos tenían de llevar al cabo aquella conquista; hiciéronse nuevas y grandes levas de gente, juntaron los pertrechos y municiones necesarias con determinación de no desistir ni alzar la mano hasta tanto que se apoderasen de aquella ciudad. Su asiento y aspereza es de tal suerte, que para cercarla por todas partes era fuerza dividir el ejército en diversas escuadras y estancias, y que para esto el número de los soldados fuese muy crecido. Es muy importante la amistad y buena correspondencia entre los príncipes comarcanos; grandes efectos se hacen cuando se ligan entre sí y se ayudan, cosa que pocas veces sucede, como se vio en esta guerra.

 

Demás de los castellanos, leoneses, vizcaínos, gallegos, asturianos, todos vasallos del rey don Alfonso, acudieron en primer lugar el rey don Sancho de Aragón y Navarra con golpe de gente; asimismo socorros de Italia y de Alemania, movidos de la fama de esta empresa, que volaba por todo el mundo. De los franceses, por estar más cerca, vino mayor número; gente muy alegre y animosa para tomar las armas, no tan sufridora de trabajos. Mas porque en ésta y otras guerras contra los moros sirvieron muy bien, a los que de ellos se quedaron en España para avencindarse y poblar en ella, los reyes les otorgaron muchas exenciones y franquezas, ocasión, según yo pienso, de que procedió llamar en la lengua castellana comúnmente francos, así a los hombres generosos como a los hidalgos y que no pagan pechos; lo cual todo se saca de escrituras antiguas y privilegios que por estos tiempos se concedieron a los ciudadanos de Toledo. De todas estas gentes y naciones se formó un campo muy grueso, que sin dilación marchó la vía de Toledo, muy alegre y con grandes esperanzas de dar fin a aquella demanda.

 

El rey moro, avisado del intento de los enemigos, de sus apercibimientos y aparato, y movido del peligro que le amenazaba, se aprestaba para hacer resistencia. Tenía soldados, vituallas y municiones; faltábale el más fuerte baluarte, que es el amor de los vasallos. Todavía, aunque no ignoraba esto, tenía confianza de poderse defender por la fortaleza y sitio natural de aquella ciudad, que es en demasía alto y enriscado. De todas partes le cercan peñas muy altas y barrancas, por medio de las cuales con grande maravilla de la naturaleza rompe el río Tajo y da vuelta a toda la ciudad de tal suerte, que por tierra deja sola una entrada para ella a la parte del septentrión y del norte de subida empinada

 

 

 

 

 

 

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y agria, y que está fortificada con dos murallas, una por lo alto, y otra tirada por lo más bajo.

 

Para cercar la ciudad por todas partes fue necesario dividir la gente en siete escuadrones con otras tantas estancias, que fortificaron a ciertos espacios, a propósito de cortar todos los pasos, que ni los de dentro saliesen, ni les entrasen de fuera socorros ni vituallas. El rey con la mayor parte de la gente, asentó sus reales, y los fortificó y barreó por todas partes en la vega que se tiende a las faldas del monte sobre que está asentada la ciudad.

Todos, así moros como cristianos, mostraban grande ánimo y deseo de venir a las manos. Cerca de los muros se trabaron algunas escaramuzas, en que no sucedió cosa señalada que sea de contar; sólo se echaba de ver que los moros en la pelea de a pie no igualaban a los cristianos en la ligereza, fuerzas y ánimo; mas en las escaramuzas a caballo les hacían ventaja en la destreza que tenían por larga costumbre de acometer y retirarse, volver y revolver sus caballos para desordenar los contrarios. Levantaron los nuestros torres de madera, hicieron trabucos, otras máquinas e ingenios para batir y arrimarse a la muralla, y con picos y palancas abrir entrada. La diligencia era grande, los ingenios, dado que ponían espanto y hacían maravillar a los moros por no estar acostumbrados a ver semejantes máquinas, no eran de provecho alguno; porque si bien derribaron alguna parte del muro, la subida era muy agria, las calles estrechas, los edificios altos, y muchos que la defendían.

 

El cerco con tanto iba a la larga, y por el poco progreso que se hacia se cansaban los cristianos de suerte, que deseaban tomar algún asiento para levantar el cerco sin perder reputación. Apretábalos la falta que padecían de todo, que por estar la tierra talada y alzados los mantenimientos, eran forzados proveerse de muy lejos de vituallas para los hombres y forraje para los caballos. Los calores del verano comenzaban; por esto y por el mucho trabajo y poco mantenimiento, como es ordinario, picaban enfermedades, de que moría mucha gente.

 

Hallábanse en este aprieto cuando san Isidoro se apareció entre sueños a Cipriano, obispo de León, y con semblante ledo y grave y lleno de majestad le avisó no alzasen el cerco, que dentro de quince días saldrían con la empresa, porque Dios tenía escogida aquella ciudad para que fuese asiento y silla de su gloria y de su servicio. Acudió el obispo al rey, diole parte de aquella visión tan señalada; con que los soldados se animaron

 

 

 

 

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para pasar cualquier mengua y trabajo por esperanzas tan ciertas que les daban de la victoria.

 

Era así, que los cercados padecían a la misma sazón mayor necesidad y falta de todo, tanto, que se sustentaban de jumentos y otras cosas sucias por tener consumidas las vituallas; hallábanse finalmente en lo último de la miseria y necesidad, ellos flacos y cansados, los enemigos pujantes, que ni excusaban trabajo ni temían de ponerse a cualquier riesgo. Acordaron persuadir al rey moro tratase de conciertos. Apellidáronse los ciudadanos unos a otros y de tropel entraron por la casa real, y con grandes alaridos requieren al rey moro ponga fin a trabajos y cuitas tan grandes antes que todos juntos pereciesen y se consumiesen de pena, tristeza y necesidad. Alteróse el rey moro con aquella demanda y vocería de los suyos, que más parecía motín y fuerza. Sosegóse empero, y hablóles en esta sustancia:

 

«Bueno es el nombre de la paz, sus frutos gustosos y saludables; pero advertid so color de paz no nos hagamos esclavos. A la paz acompañan el reposo y la libertad, la servidumbre es el mayor de los males, y que se debe rechazar con todo cuidado con las armas y con la vida, si fuere necesario. Gran mengua y muestra de flaqueza no poder sufrir la necesidad y falta por un poco de tiempo. Más fácil cosa es hallar quien se ofrezca a la muerte y a perder la libertad que quien sufra la hambre. Yo os aseguro que si os entretenéis por pocos días y no desmayáis, que saldréis de este aprieto; ca los enemigos forzosamente se irán, pues padecen no menos necesidad que vos, y por ella y otras incomodidades cada día se les desbandan los soldados y se les van. Además que muy en breve nos acudirán socorros de los nuestros, que cuidan grandemente de nuestro trabajo».

 

No se quietaron los moros con aquellas razones, el semblante no se conformaba con las esperanzas que daba. Parecía usarían de fuerza, y que todos juntos, si no otorgaba con ellos, irían a abrir al enemigo las puertas de la ciudad; grande aprieto y congoja. Así; forzado el moro vino en que se tratase de conciertos, como lo pedían sus vasallos. Salieron comisarios de la ciudad, que dado que afligidos y humildes, en presencia del rey don Alfonso le representaron sus quejas; acusáronle el juramento que les hizo, la palabra que les dio, la amistad que asentó con ellos y las buenas obras que en tiempo de su necesidad recibió de aquella ciudad y de sus moradores; después de esto, le dijeron que si bien entendían no era menor la falta que padecían, en los reales que dentro de la ciudad, todavía

 

 

 

 

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vendrían en hacer algún concierto como fuese tolerable hasta pagar las parias y tributo que se asentase. A esto respondió el rey que fue tiempo en que se pudiera tratar de medios; que al presente las cosas estaban en término que a menos de entregarle la ciudad, no daría oídos a concierto ninguno. Sobre esto fueron y vinieron diversas veces, en que se gastaron algunos días.

 

La falta crecía en la ciudad y la hambre, que de cada día era mayor. Los nuestros estaban animados de antes, y de nuevo más, porque los enemigos fueron los primeros a tratar de concierto. Finalmente, los moros vinieron en rendir la ciudad con las condiciones siguientes: El alcázar, las puertas de la ciudad, las puentes, la Huerta del Rey (heredad muy fresca a la, ribera del río Tajo) se entreguen al rey don Alfonso; el rey moro se vaya libre a la ciudad de Valencia o donde él más quisiere; la misma libertad tengan los moros que le quisieren acompañar, y lleven consigo sus haciendas y menaje; a los que se quedaren en la ciudad no les quiten sus haciendas y heredades, y la mezquita mayor quede en su poder para hacer en ella sus ceremonias; no les puedan poner más tributos de los que pagaban antes a sus reyes; los jueces, para que los gobiernen conforme a sus fueros y leyes, sean de su misma nación, y no de otra. Hiciéronse los juramentos de la una parte y de la otra como se acostumbra en casos semejantes, y para seguridad se entregaron por rehenes personas principales, moros y cristianos.

 

Hecho esto y tomado este asiento en la forma susodicha, el rey don Alfonso, alegro cuanto se puede pensar por ver concluida aquella empresa y ganada ciudad tan principal, acompañado de los suyos a manera de triunfador, hizo su entrada, y se fue a apear al alcázar, a 25 de mayo, día de san Urbano, papa y mártir, el año que se contaba de nuestra salvación de 1085. Algunos de este cuento quitan dos años por escrituras antiguas y privilegios reales, en que por aquel tiempo el rey don Alfonso se llamaba rey de Toledo.

Lo cierto es que aquella ciudad estuvo en poder de moros por espacio como de trecientos y sesenta y nueve años (Juliano dice trecientos y sesenta y seis, y que los moros la tomaron año 719, el mismo día de san Urbano), en que por ser los moros poco curiosos en su manera de edificar y en todo género de primor perdió mucho de su lustre y hermosura antigua. Las calles angostas y torcidas, los edificios y casas mal trazadas, hasta el mismo palacio real era de tapiería, que estaba situado en la parte

 

 

 

 

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en que al presente un hospital muy principal que los años pasados se levantó y fundó a costa de don Pedro González de Mendoza, cardenal de España, arzobispo de Toledo. La mezquita mayor se levantaba en medio de la ciudad en un sitio que va un poco cuesta abajo, de edificio por entonces ni grande ni hermoso, poco adelante la consagraron en iglesia, y después desde los cimientos la labraron muy hermosa y muy ancha.

 

La fama de esta victoria se derramó luego por todo el mundo, que fue muy alegre para todos los cristianos, por haber quitado a los moros aquella plaza, que era como un baluarte muy fuerte de todo lo que poseían en España. Acudieron embajadores de todas partes a dar el parabién y alegrarse con el rey, así por lo hecho como por la esperanza que se mostraba de concluir con todo lo demás que quedaba por ganar. Partióse el rey moro conforme al asiento que se tomó, acompañado de soldados para Valencia, que era suya, en que conservó el nombre de rey.

Por otra parte, diversas compañías de soldados por orden de su rey se derramaron por toda la comarca y reino de Toledo para allanar lo que restaba, que les fue muy fácil por estar los moros amedrentados y por ver que perdida aquella ciudad tan principal no se podían conservar. Ganaron pues muchas villas y lugares; los de más cuenta fueron: Maqueda, Escalona, Illescas, Talavera, Guadalajara, Mora, Consuegra, Madrid, Berlanga, Buitrago, Mendinacelí, Coria, pueblos muchos de ellos antiguos y que caían cerca de Toledo, fuertes y de campiña fresca, en que se dan muy bien toda suerte de mieses y frutales.

 

Los moros de Toledo, unos acompañaron a su rey, los más se quedaron en sus casas. El número era grande, y por consiguiente, el peligro de que con alguna ocasión se levantasen, que fuera nuevo y notable daño. Para evitar este inconveniente acordó el Rey hacer allí su asiento de propósito, sin mudar la corte hasta tanto que se poblase bien de cristianos y que con nuevos reparos quedase bastantemente fortificada y segura. Convidó por sus edictos a todos los que quisiesen venir a poblar, con casas y posesiones; con esto acudió gran gente para hacer asiento en aquella ciudad. Entre los demás nuevos moradores cuentan a don Pedro, griego de nación, de la casa y sangre de los Paleólogos, familia imperial en Constantinopla, de quien refieren se halló en este cerco, y que el rey, en recompensa de sus servicios, después de ganada la ciudad, le heredó en ella y dio casas y heredades con que pasase. De este caballero se precian descender los de la casa de Toledo, gente muy noble y poderosa en estados

 

 

 

 

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y aliados. Hijo de este don Pedro fue Illán Pérez, nieto Pedro Illán, biznieto Esteban Illán, cuyo retrato a caballo se ve pintado en lo alto de la bóveda de la iglesia mayor, detrás de la capilla y altar más principal. Don Esteban fue padre de don Juan y abuelo de don Gonzalo, aquel cuyo sepulcro muy señalado y conocido se ve en la parroquia de San Román. Añaden que desde este tiempo se comenzó a llamar así el barrio del Rey en Toledo, a causa que a los nuevos moradores que acudían a poblar señaló el Rey aquella parte de la ciudad para su morada. Diose otrosí principio a la fábrica de un nuevo alcázar en lo más alto de la ciudad, todo a propósito de enfrenar a los moros que no se desmandasen.

 

Demás de esto, se halla que el rey don Alfonso en adelante se comenzó a intitular emperador, si con razón o sin ella no hay para qué disputarlo. Hallábase sin duda muy ufano con aquel nuevo reino que conquistara, y como se veía señor de la mayor parte de España, y el rey de Aragón y otros reyes moros tributarios, ningún título le parecía demasiado.

 

Destempláselo aquel contento por la muerte de la infanta doña Urraca, que finó por este tiempo, y él la tenía en lugar de madre, porque sus virtudes y prudencia lo merecían, demás que su padre se la dejó mucho encomendada. Quedaba la otra hermana, doña Elvira, que él mismo casó con el conde de Cabra. La causa de este casamiento fue cierta palabra áspera que le dijo, y para aplacarle y que no se levantase algún alboroto, acordó casarle con su misma hermana. Así lo cuenta la Historia general que anda en nombre del rey don Alfonso el Sabio.

 

 

 

 

XVII. Cómo don Bernardo fue elegido por

 

arzobispo de Toledo

 

Ninguna cosa más deseaba el rey que volver en su antiguo lustre y resplandor y honrar de todas maneras aquella nobilísima ciudad, columna que era de España, y alcázar en otro tiempo de santidad y silla del imperio de los godos. Comenzó luego a dar muestras que quería poner arzobispo en ella, sin el cual estuvo tantos años por la turbación de los tiempos. Al principio no puso mucha fuerza, porque los moros, aún no bien domados, lo contradecían. Pasado más de un año, ya que muchos cristianos moraban en la ciudad, y de los moros se tenía más noticia de cuáles se debían temer

 

 

 

 

 

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y de cuáles se podían fiar; para hacerlo con más autoridad, y que los moros tuviesen menos lugar de alborotarse, procuró se celebrase concilio.

 

Los grandes y los obispos se juntaron a 18 de diciembre, año de 1086. En aquella junta lo primero dieron gracias a la divina bondad, por cuyo favor la cristiandad recobró tan principal ciudad. Cada uno, según el caudal que tenía, autoridad y elocuencia, lo encarecía con las mayores palabras que podía. Luego se trató de elegir arzobispo de Toledo. Salió por voto de todos nombrado don Bernardo, abad que era de Sahagún, hombre de muy buenas costumbres y suaves, de muy buen ingenio, de doctrina aventajada, entereza y rectitud probada en muchas cosas y en quien resplandecía un ejemplo y dechado de la virtud antigua. Esto fue causa de ganar las voluntades de todos para que quisiesen por su prelado a un hombre extranjero, nacido en Francia.

 

Pasa el río Garona por la ciudad de Aagen en Aquitania, hoy Guyena; cerca de esta ciudad está un pueblo, llamado Salvitat. De este pueblo fue natural don Bernardo, nacido de noble linaje; su padre se llamaba Guillermo, su madre Neimiro, personas tan pías, que ambos, según que se saca de memorias de la iglesia de Toledo, acabaron sus días en religión. El hijo en su mocedad anduvo en la guerra; ya que era de más edad entró en el monasterio de San Aurancio Auxitano o de Aux. Allí tomó el hábito y cogulla con gran deseo que tenía de la perfección. Parece que aquel monasterio era de cluniacenses, porque de allí le llamó Hugo abad cluniacense, y por el mismo fue enviado a España al rey don Alfonso para que reformase con nuevos estatutos y leyes el monasterio de Sahagún, que pretendía el rey hacer cabeza de los demás monasterios de benitos de sus reinos; por esta causa pidió a Hugo le enviase un varón a propósito desde Francia; y como fuese enviado don Bernardo, tomó cargo de aquel monasterio y fue en él abad algún tiempo.

 

Dende subió a la dignidad amplísima de arzobispo de Toledo; y para que tuviese más autoridad, porque tanto es uno honrado y tenido cuanto tiene de mando y hacienda (la dignidad y oficio sin fuerzas se suele tener en poco), hizo el rey donación a la iglesia de Toledo de castillos, villas y aldeas en gran número, que fue el postrero acto del concilio ya dicho. Diole la villa de Brihuega, que fue del rey don Alfonso en el tiempo de su destierro por donación que el rey moro le hizo de ella, a Rodillas, Cínales, Cavaños, Coveja, Barriles, Alcolea, Melgar, Almonacír, Alpobrega. Así lo escribe don Rodrigo; la Historia del rey don Alfonso el Sabio añade a

 

 

 

 

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Alcalá y Talavera, las cuales dice que dio con lo demás al Arzobispo; pero los más doctos tienen esto por falso. De estos pueblos algunos son conocidos, de otros ni aún los nombres quedan; todo lo consume y hace olvidar la antigüedad. Yo no quise ponerme a adivinar los sitios y rastros de cada uno de estos pueblos, ni tenía espacio para averiguarlo. Hizo otrosí donación el rey a la iglesia de Toledo de muchas huertas, molinos, casas en gran número y tiendas para que con la renta que de estas posesiones se sacase se sustentasen los sacerdotes y ministros de la iglesia mayor. Así, por memoria de todo esto, le hacen en ella al rey don Alfonso cada año un aniversario por el mes de junio. Hecho esto, se acabó y despidió el concilio.

 

El rey, dado que hubo orden en las cosas de la ciudad, se partió para León por respetos que a ello le forzaban. La reina doña Constanza y el nuevo arzobispo de Toledo quedaron en la ciudad con gente de guarnicion. Los cristianos eran muy pocos en comparación de los moros, si bien para el poco tiempo eran hartos. Parecía con estos apercibimientos y recaudo quedaba la ciudad segura para todo lo que podía suceder. Lo que prudentemente quedaba dispuesto, la temeridad, digamos, del nuevo prelado o imprudencia, o lo uno y lo otro, por lo menos su demasiada prisa, lo desconcertó y puso la ciudad en condición de perderse. La silla del arzobispo por entonces estaba en la iglesia de Nuestra Señora, que agora es monasterio del Carmen, como han averiguado personas curiosas. Los moros tenían la iglesia mayor, y en ella hacían las ceremonias de su ley. Parecía mengua y afrentoso para los cristianos y cosa fea que en una ciudad ganada de moros, los enemigos poseyesen la mejor iglesia y de más autoridad, y los cristianos la peor. Lo que alguna buena ocasión hiciera fácil, por la prisa de don Bernardo se hubiera de desbaratar. Comunicado el negocio con la reina, determina con un escuadrón de soldados tomarles una noche su mezquita. Los carpinteros que iban con los soldados abatieron las puertas, después los peones limpiaron el templo y quitaron todo lo que allí había de los moros; hiciéronse altares a la manera de los cristianos, en la torre pusieron una campana, con el son llamaron al pueblo y le convocaron para que se hallase a los oficios divinos.

 

Alborotáronse los bárbaros con esta novedad, y por la mengua de su religión y ritos de su secta furiosos, apenas se pudieron enfrenar de no tomar las armas y con ellas vengar aquel agravio tan grande. Día fuera aquel triste y aciago, si nuestro Señor Dios no estorbara el daño que los

 

 

 

 

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moros pudieran hacer, porque eran muchos más que los fieles. Entretuviéronse por pensar que aquello se había hecho sin que el rey lo supiese; esto les era algún consuelo y alivio; unos se refrenaron con esperanza que serían vengados, otros por no ponerse a riesgo si venían a las manos. Al rey, luego que supo el caso, le pesó mucho que el arzobispo con su demasiada prisa hubiese quebrantado el asiento puesto con los moros y hecho poco caso de su fe y palabra real. Representábasele cuánto peligro podían correr las cosas por estar tan enojados los moros; temía no sucediese algún daño a la ciudad. Poníasele delante la inconstancia de las cosas del mundo, cuán presto se mudan en contrario. Vino muy de prisa a Toledo y con tanta velocidad, que desde el monasterio de Sahagún, do estaba y donde recibió la nueva de lo que pasaba, se puso en tres días en Toledo mal enojado en gran manera; hacía grandes amenazas contra el arzobispo y contra la reina, no admitía ruegos de nadie, con ninguna diligencia se aplacaba su muy encendida saña, venía con determinación de hacer un señalado castigo por tal osadía, con que los moros quedasen satisfechos y todos escarmentasen.

 

Los principales de Toledo, sabida la venida del rey y su intento, le salieron al encuentro cubiertos de luto, el clero en forma de procesión. Llegados a su presencia, con lágrimas que derramaban le suplicaron por el perdón; ningún efecto hicieron por venir muy indignado y resuelto de castigar aquel desacato. Proveyó Dios a tanto mal como se temía por otro camino no pensado. Los principales de los moros, mitigado algún tanto el dolor y saña que les causó aquel agravio, cayeron en la cuenta que no les venía bien si el rey llevaba adelante su saña. Advertían que él podía faltar, y el odio contra ellos quedaría para siempre fijado en los pechos de los cristianos. Acordaron salir al encuentro al rey y suplicarle diese perdón a los culpados en aquel caso. Llegaron a Magán, que es una aldea cerca de la ciudad, con semblantes tristes y los ojos puestos en el suelo. Combatíanlos diversas olas de pensamientos contrarios, el dolor de la injuria presente, el miedo para adelante. Arrodilláronse luego que el rey llegó, con intento de aplacarle con sus razones y ruegos; mas él los previno; díjoles que aquella injuria no era de ellos, sino desacato de su real persona, que por el castigo entenderían ellos y los venideros que la palabra real se debe guardar, y ninguno ser tan osado que por su antojo la quebrante. A esto los moros en alta voz comenzaron a pedir perdón, que ellos de corazón perdonaban a los que los agraviaron. Reparó el rey algún tanto, por ser aquella demanda tan

 

 

 

 

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fuera de lo que pensaba. Entonces el que era de más autoridad entre aquella gente, le habló en esta manera:

 

«Cuán grande, rey y señor, haya sido el dolor que recibimos por la mezquita que por fuerza nos quitaron contra lo que teníamos capitulado, cada uno lo podrá por sí mismo pensar, no será necesario detenerme en declararlo. La devoción del lugar y su estima nos movía, pero mucho más el recelo que de este principio no menoscabasen la libertad y nos quebrantasen lo que con nos tenéis asentado. ¿Quién nos podrá asegurar que lo que hicieron con nuestra mezquita no lo ejecuten en nuestras casas particulares y las saqueen con todas nuestras haciendas? ¿Qué conciencia ni escrúpulo enfrenará a los que no enfrenó el juramento y la palabra real, y los que tienen por cierto que en tratarnos mal hacen un agradable servicio a Dios? Esto conviene asegurar para adelante, que no nos maltraten ni nos quebranten nuestros privilegios. Por lo demás, de buena voluntad perdonamos a la reina y al arzobispo el agravio que nos han hecho; lo mismo os suplicamos hagáis, porque el castigo que tomáredes no nos acarree mayores daños, ca los que vinieren adelante después de vos muerto no sufrirán que tales personajes, si les sucede algún daño, queden sin venganza. Por la mano real y palabra que nos distes os pedimos troquéis la saña que por nuestra causa tenéis concebida en clemencia, que demás que nos damos por contentos y os certificamos la tendremos por merced muy singular, si no otorgáis con nuestra petición, resueltos estamos de no volver a la ciudad, antes de buscar otras tierras en que sin peligro vivamos. No es razón que por dar lugar al sentimiento y por hacernos favor y vengarnos acarreéis a nos mayores daños, a vos perpetua tristeza y llanto, a vuestra ley mengua y afrenta tan señalada».

 

En tanto que el moro decía estas razones, los demás arrodillados, puestas las manos, y con lágrimas que de los ojos vertían, con el semblante y meneos suplicaban lo mismo. En el pecho del rey combatían diversos sentimientos y contrarios, como se echaba de ver en el rostro demudado, ya triste, ya alegre. Finalmente, la razón venció el ímpetu de su ánimo. Consideraba que Dios es el que rige los consejos de los hombres y los endereza; que muchas veces de los males que permite resultan bienes muy grandes. Vencido pues de los ruegos de los moros, les agradeció aquella voluntad, y prometió que para siempre tendría memoria de aquel día. Pasó adelante en su camino, llegó a la ciudad, halló a la reina y al arzobispo alegres por la esperanza que tenían de alcanzar perdón, con que aquel día,

 

 

 

 

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de turbio y desgraciado, se trocó en mucha serenidad. La ciudad hizo de presente regocijos y fiestas por tan señalada merced, y para adelante se ordenó que en memoria de ella se hiciese fiesta particular cada un año a 24 de enero, con nombre de Nuestra Señora de la Paz y por memoria de un beneficio tan grande como en tal día todos recibieron. Si bien no sólo aquel día se hace fiesta y memoria de esto, sino eso mismo de la casulla que a san Ildefonso trajo del cielo la sagrada Virgen.

 

 

 

 

XVIII. Cómo se quitó el Breviario mozárabe

 

Arriba se dijo cómo Ricardo, abad de Marsella, fue enviado del papa Gregorio VII por su legado en España, y que en Burgos juntó concilio de obispos y en él ordenó las sagradas ceremonias y modo de rezar que se debía tener y guardar. Hacía en lo demás muchas cosas sin orden, y usaba mal de la potestad amplísima que tenía, y enderezaba sus cosas a su particular ganancia. La gente andaba revuelta y aún escandalizada con el desorden del legado, hasta murmurar del poder y autoridad del papa. El arzobispo don Bernardo recibía congoja de esto por el oficio que tenía, mas por ser tanta la autoridad del legado no le podía ir a la mano.

 

Había entonces costumbre introducida, a lo que yo creo, en España desde el concilio octavo general que fue el postrero constantinopolitano, y por ley estaba mandado que antes de ser consagrados los metropolitanos se diese noticia al Papa de la elección para averiguar que era legítima y buena, y no tenía falta alguna, para que la confirmase con su autoridad. Antes que esto se hiciese no era lícito al arzobispo electo ni consagrarse ni hacer cosa alguna de su oficio. Era otrosí costumbre que impetrasen del papa el palio, de que suelen usar cuando dicen misa, en señal de su consentimiento y aprobación. Esta ordenación recibida desde este principio, con el tiempo se extendió a los obispos inferiores. No hay para qué nos detengamos en decir las causas de esto. De aquí nació que al presente ninguna elección de obispos se tiene por válida si no es confirmada por el papa. Por estas dos causas don Bernardo determinó de ir a Roma. El camino era largo y de mucho trabajo y peligro; antes de ponerse en camino con beneplácito del Rey consagró la iglesia mayor que se quitó a los moros, como queda dicho. Juntáronse a concilio los obispos

 

 

 

 

 

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que eran necesarios para esto, e hízose la ceremonia día de san Crispin y san Crispiniano, a 25 de octubre, año de nuestra salvación de 1087. Dedicóse la iglesia en nombre de Santa María, de San Pedro y San Pablo, de San Esteban y Santa Cruz. En el altar mayor pusieron muchas reliquias de santos. Don Rodrigo dice que esto se hizo después que volvió de Roma don Bernardo. Lo cierto es que, muertos ya los papas Gregorio y Víctor, tercero de este nombre, que le sucedió, siendo sumo pontífice Urbano II, que fue elegido a 4 de marzo de 1088, llegado a Roma Bernardo, alcanzó todo aquello que a pretender había ido, conviene a saber, que el legado fuese absuelto de aquel cargo y volviese a Roma, que él usase del palio, y más, que fuese primado en España y en la parte de Francia que llamaban la Galia Gótica.

 

Por causa de esta potestad a la vuelta de Roma en Tolosa juntó concilio de los obispos cercanos, con que y con su buena maña y uso de la lengua francesa, en que desde niño se criara, por ser natural de la tierra, como la gente es buena y sin doblez, fácilmente los persuadió que le reconociesen por superior. Asentó que irían a Toledo cada y cuando que fuesen llamados a concilio.

Llegado a Toledo, antes que el legado desistiese de su oficio, de común consentimiento se trató de quitar el Misal y Breviario gótico, de que vulgarmente usaban en España desde muy antiguos tiempos por autoridad de los santos Isidoro, Ildefonso y Juliano. Habíase procurado muchas veces esto mismo, pero no tuvo efecto, porque la gente más gustaba de lo antiguo, y no hay cosa que con más firmeza se defienda que lo que tiene color de religión. En este tiempo pusieron tanta fuerza el primado y el legado, y la reina que se juntó con ellos, que dado que resistían los naturales, en fin vencieron y salieron con su pretensión.

 

Verdad es que antes que el pueblo se allanase, como gente guerrera, quisieron esta diferencia se determinase por las armas. El día señalado dos soldados escogidos de ambas partes lidiaron sobre esta querella en un palenque e hicieron campo; venció el que defendía el Breviario antiguo, llamado Juan Ruiz, del linaje de los Matanzas, que moraban cerca del río Pisuerga, cuyos descendientes viven hasta el día de hoy, nobles y señalados por la memoria de este desafío. Sin embargo, como quier que los de la parte contraria no se rindiesen, ni vencidos se dejasen vencer, parecióles que por el fuego se averiguase esta contienda; que echasen en él los dos breviarios, y el que quedase sin lesión se tuviese y usase. Tales

 

 

 

 

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eran las costumbres de aquellos tiempos groseros y salvajes, y no muy medidos con la regla de piedad cristiana. Encendióse una hoguera en la plaza, y el Breviario romano y gótico se echaron en el fuego. El romano salió del fuego, pero chamuscado. Apellidaba el pueblo victoria a causa que el otro, aunque estuvo por gran espacio en el fuego, salió sin lesión alguna, principalmente que el arzobispo don Rodrigo dice que saltó el romano, pero chamuscado. Advierto que en el texto del arzobispo los puntos se deben reformar conforme a este sentido. Todavía el rey, como juez, pronunció sentencia en que se declaraba que el un Breviario y el otro agradaban a Dios, pues ambos salieron sanos y sin daño de la hoguera; lo cual el pueblo se dejó persuadir.

 

Concluyóse el pleito, y concertaron que en las iglesias antiguas que llaman mozárabes se conservase el Breviario antiguo. Concordia que se guarda hoy día en ciertas fiestas del año, que se hacen en los dichos templos los oficios a la manera de los mozárabes. También hay una capilla dentro de la iglesia mayor, en la cual hay cierto número de capellanes mozárabes, que dotó de su hacienda el cardenal fray Francisco Jiménez, porque no se perdiese la memoria de cosa tan señalada y de rezo tan antiguo. Estos rezan y dicen misa conforme al Misal y Breviario antiguo. En los demás templos hechos de nuevo en Toledo se ordenó se rezase y dijese misa conforme al uso romano. De aquí nació en España aquel refrán muy usado: «Allá van leyes do quieren reyes».

 

Acabóse esta contienda, y Toledo volvía en su antiguo lustre y hermosura; levantáronse nuevos edificios, y gran número de cristianos acudían de cada día. Los moros se iban a menudo, unos a una parte, y otros a otra, y en su lugar sucedían otros moradores, a los cuales se les concedía toda franqueza de tributos y otros privilegios, como parece por las provisiones reales que hasta hoy día se guardan en los archivos de Toledo.

La diligencia y celo que tenía del bien y pro de todos don Bernardo no cesaba, ni sosegó hasta que fue con el rey a Castilla la Vieja, y en León, principal ciudad, juntó concilio de obispos, año de 1091, como dice don Lucas de Tuy. Hallóse en él Rainerio, que de fraile cluniacense le crió cardenal el papa Urbano, y después le envió por su legado a España para que sucediese en lugar de Ricardo, cardenal asimismo y abad de Marsella. En aquel concilio se establecieron nuevos decretos a propósito de reformar las costumbres de los eclesiásticos, a la sazón muy relajadas. Mandaron

 

 

 

 

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otrosí que en las escrituras públicas de allí adelante no usasen de letras góticas, sino de las francesas. Ulfilas, obispo de los godos, antes que ellos viniesen a España, inventó las letras góticas, de que usaron por largo tiempo los godos, así bien como los longobardos, los vándalos, los esclavones, los franceses; cada nación de éstas tenía sus letras y caracteres propios, diferentes entre sí y de los latinos. Los franceses y los esclavones hasta el día de hoy se conservan en su manera antigua de escribir; las otras naciones con el tiempo han dejado sus letras y su manera y trocádola en la que hoy tienen y usan, que es la común y latina, por acomodarse con las otras naciones, y para mayor comodidad del comercio y trato que tienen con los demás.

 

 

 

 

XIX. De los principios del primado de Toledo

 

El lugar pide que tratemos de los principios que tuvo el primado que los arzobispos de Toledo pretenden tener y tienen sobre las demás iglesias de España, y por qué camino esta dignidad de pequeña llegó a la grandeza que hoy tiene. Los principios de las cosas, especialmente grandes, son oscuros; todos los hombres pretenden llegarse lo más que pueden a la antigüedad, como la que tiene algún sabor de cierta divinidad, y se llega más a los primeros y mejores tiempos del mundo. Así los más toman la origen de su nación lo más alto que pueden, sin mirar a las veces si va bien fundado lo que dicen. Esto mismo sucedió en el caso presente, que muchos quieren tomar el principio del primado de Toledo desde el mismo tiempo de los apóstoles. Alegan para esto que san Eugenio, mártir, fue el primero que vino a España para predicar el Evangelio y que fue el primer arzobispo de aquella ciudad. Añaden que los primeros que se tornaron cristianos en España y los primeros que tuvieron obispo fueron los de Toledo, y que por estas causas se les debe esta preeminencia.

 

Pero lo que con tanta seguridad afirman acerca del primado, no tienen escritor alguno más antiguo de este tiempo que testifique la venida de san Eugenio a España. El mismo Gregorio, turonense, que escribió la historia de Francia, de donde vino san Eugenio y donde padeció por la fe, como se tiene por cierto, ninguna mención hace de esto. Esto decimos, no para poner en disputa la venida de san Eugenio, que es cierta, sino para que en

 

 

 

 

 

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lo que toca a fundar el primado nadie reciba lo que es dudoso por averiguado y sin duda. Porque ¿qué harán los tales si los de Compostela para apoderarse del primado se quieren valer de semejante argumento? Pues es cierto y se comprueba por escrituras muy antiguas que el apóstol Santiago fue el primero que trajo a España la luz del Evangelio, y que sepultaron su santo cuerpo traído en un navío, y rodeadas las marinas del uno y del otro mar en aquella ciudad. Bien holgara de poder ilustrar la dignidad de esta ciudad en que esta historia se escribe de las cosas de España, en el medio y centro de ella, y cerca de la cual ciudad nací y aprendí las primeras letras; pero las leyes de la historia nos fuerzan a no seguir los dichos y opiniones del vulgo, ni es justo que por ningún respeto tropecemos en lo que reprendemos en otros escritores.

 

Prueba bastante que el primado de Toledo no es tan antiguo como algunos pretenden, hacen los concilios de obispos que se celebraron en España en tiempo primero de los romanos y después de los godos, en los cuales se hallará que el prelado de Toledo, ni en el asiento, ni en las firmas, tenía el primer lugar entre los demás. En particular en el concilio elibertino, antiquísimo, después de seis obispos, firma Melancío, prelado de Toledo, en el seteno lugar; de donde se saca que en aquella sazón Toledo no era arzobispado; y más claramente de la división de los obispados hecha por Constantino, en que pone a Toledo por sufragánea de Cartagena. En los mismos concilios toledanos en que más se debía mirar por la autoridad de la iglesia de Toledo, por tener de su parte el favor del pueblo y de los reyes, no pocas veces se pone el postrero entre los metropolitanos.

 

Para sacar pues la autoridad del primado de Toledo de los tiempos más antiguos digo de esta manera. En España hubo antiguamente cinco arzobispos, que unas veces se llamaban metropolitanos y otras primados con diverso nombre, pero el sentido es el mismo. Éstos son el tarraconense, el bracarense, el de Mérida, el de Sevilla y el de Toledo. Allende de estos se contaba con los demás el arzobispo narbonense en la Galia Gótica, que en tiempo de los godos era sujeta a España. Todos estos eran iguales, y a ningún superior reconocían, sacado el papa. En los concilios tenían el lugar que les daba su antigüedad y consagración. La causa de ser tantos los metropolitanos fue la antigua división de España, que se dividió en cinco provincias, que eran éstas: Andalucía, Portugal, Tarragona, Cartagena, Galicia, y otros tantas audiencias y chancillerías

 

 

 

 

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supremas en que se hacía justicia; o como yo pienso, las gentes bárbaras fueron causa de esto, porque luego que entraron en España, divididas las provincias de ella, fundaron muchos imperios y estados. El metropolitano narbonense presidía en Francia. El de Tarragona en la parte de España, que en aquella turbación estuvo mucho tiempo sujeta a los romanos. Los vándalos tuvieron a Sevilla; los alanos y suevos la Lusitania y Galicia, do están Mérida y Braga; los godos tenían a Toledo, la cual gente venció y se adelantó a las otras naciones bárbaras en multitud y mando.

 

De aquí comenzó la autoridad de Toledo a ser mayor que la de las demás, en especial cuando, mudado el estado de la república, los godos se hicieron señores de toda España, y mudadas las leyes y fueros, pusieron la silla de su imperio en Toledo; poco a poco, trocadas las cosas, comenzaron a crecer y mejorarse en autoridad los prelados de Toledo. En el concilio toledano séptimo se pusieron claros fundamentos de la autoridad que adelante tuvo, cuyo canon último es éste: «que los obispos vecinos de esta ciudad, avisados del metropolitano, vengan a Toledo cada uno su mes, si no fuere en tiempo de agosto y vendimias»; decreto que dicen se concede por respeto del rey y por honra de la ciudad en que él moraba, y por consuelo del metropolitano. De estos principios comenzó a crecer la autoridad de los arzobispos de Toledo de tal manera, que los padres que se hallaron en el concilio toledano duodécimo en tiempo del rey Ervigio, determinaron en el canon sexto que las elecciones de los obispos de España, que solía aprobar el rey, se confirmasen con la voluntad y aprobación del arzobispo de Toledo. Desde este tiempo los otros obispos reconocieron al de Toledo, y le daban el primer lugar en todo, y se tenía por más principal autoridad la suya que la de los demás; en particular en el asiento y firmar los concilios era el primero. Estos fueron los principios de esta autoridad y como cimientos, sin pasar por entonces más adelante, porque no tuvo por entonces los otros derechos de primados, que son los mismos que patriarcas, y sólo difieren en el nombre, como parece en los cánones y leyes de la Iglesia, ni tenían especiales insignias de dignidad ni poder mayor sobre los obispos para corregirlos, para visitarlos, para por vía de apelación alterar sus sentencias.

 

Después que se mudaron las cosas y España padeció aquella tan grande plaga, y todo lo mandaron los moros, cesó la dignidad y majestad toda que tenían estos prelados, y llegó a tanto la turbación en aquel tiempo, que aún obispos consagrados como se acostumbra, por muchos

 

 

 

 

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años faltaron en Toledo. En fin, vuelta aquella ciudad a poder de cristianos, el arzobispo de Toledo, no sólo alcanzó la honra y grado de metropolitano, sino asimismo de primado. Procurólo don Bernardo, primer arzobispo, y concedióselo el papa Urbano II, no sin queja de los otros obispos y contradicción, que pretendían por preferir a uno hacerse injuria a todos los demás. La bula de Urbano que habla de esto se pondrá en otro lugar.

 

El primero que puso pleito sobre esta dignidad de primado fue don Berengario, a quien el mismo don Bernardo había traslado de Vic, donde era obispo, a Tarragona; pero fue vencido en el pleito, porque el papa Urbano quiso que la autoridad, una vez dada al arzobispo de Toledo, fuese cierta y para siempre se conservase. Esta determinación de Urbano confirmaron con sus bulas el papa Pascual y el papa Gelasio, sus sucesores. Calixto II pareció diminuir esta autoridad con dar, como dio por su bula a don Diego Gelmírez, obispo de Compostela, los derechos de metropolitano, trasladados de la ciudad de Mérida, si bien estaba en poder de moros. Otorgóle otrosí autoridad de legado del Papa sobre las provincias de Mérida y Braga, y señaladamente le hizo exento de la obediencia y poder de don Bernardo, arzobispo de Toledo; todo a propósito de honrar a don Ramón, su hermano, que estaba enterrado en Compostela, y por la mucha devoción que siempre mostró con la iglesia y sepulcro do Santiago. Mas siendo arzobispo don Raimundo, sucesor de don Bernardo, los papas Honorio, Celestino, Inocencio, Lucio, Eugenio III, determinaron y ratificaron lo que hallaron estar antes concedido, que el arzobispo de Toledo fuese primado de España.

 

A don Raimundo, o Ramón, sucedió don Juan, en cuyo tiempo lo primero Adriano IV confirmó el primado de Toledo con nueva bula que expidió, en que revoca el privilegio de Compostela; lo segundo, don Juan, obispo de Braga, que había puesto pleito sobre el título de primado, vino a la ciudad de Toledo, y fue forzado a jurar de obedecer al que no quería reconocer ventaja. Don Cerebruno sucedió a don Juan, en cuyo tiempo Alejandro III revocó un privilegio de Anastasio concedido en esta razón a Pelagio, obispo de Compostela. Esto fue a la sazón que el cardenal Jacinto Bobo, muy nombrado, vino a España con autoridad de legado, y entre otras cosas que sapientísimamente ordenó, puso fin en este pleito, según parece en las escrituras de la iglesia de Toledo, ca dio sentencia por Cerebruno contra el de Santiago, que le inquietaba. Bien será aquí poner la

 

 

 

 

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bula de Alejandro III, porque confirma en ella lo que sus predecesores determinaron. La bula dice así:

 

«Alejandro, obispo, siervo de los siervos de Dios, al venerable hermano Cerebruno, arzobispo de Toledo, salud y bendición apostólica. Como nos enviásedes un mensajero por causa de los negocios que tenéis a cargo de vuestra iglesia a la Sede Apostólica, que suele siempre admitir los deseos de los que piden cosas justas, nos suplicaste con humildad con el mismo mensajero que renovásemos las bulas de nuestros antecesores Pascual, Calixto, Honorio y Eugenio, en que conceden la primacía de las Españas a la iglesia de Toledo. Nos, porque sinceramente os amamos en el Señor, y tenemos propósito de honrar vuestra persona de todas las maneras que convenga, por ser estable fundamento y columna de la cristiandad, juzgamos convenía admitir vuestra demanda, y que vuestro deseo no fuese defraudado. Y comunicado este negocio con nuestros hermanos a imitación de nuestro predecesor, de buena memoria, Adriano, papa, por la autoridad de la Sede Apostólica determinamos que debíamos renovar el privilegio junto con aquel breve, conforme a vuestra petición. Que así como vuestra iglesia de tiempo antiguo ha tenido el primado en toda la región de España, así vos y la iglesia de Toledo, que gobernáis por la ordenación de Dios, tengáis el mismo primado sobre todos para siempre; añadiendo que al privilegio que Pelagio, arzobispo, en tiempos pasados dicen que impetró de nuestro predecesor, de buena memoria, Anastasio, papa, que por derecho de primado no debía estar sujeto a vuestra iglesia; declaramos que el privilegio de dicho nuestro antecesor, de santa memoria, Eugenio, papa, concedido a vuestro predecesor sobre la concesión del primado, juzgamos que le perjudica totalmente, en especial que lo concedido por Anastasio no fue concedido ni por la mayor ni más sana parte de nuestros hermanos. Determinamos pues que el arzobispo compostelano, como los demás obispos de España, os tengan sujeción y obediencia de aquí adelante como a su primado y a vuestros sucesores; y la dignidad misma sea firme e inviolable para vos y vuestros sucesores para siempre jamás. Ninguno pues de todos los hombres ose quebrantar o contradecir de alguna manera esta bula de nuestra confirmación y concesión con temeraria osadía. Y si alguno presumiera intentarlo, sepa que incurrirá la indignación de Dios todopoderoso y de los bienaventurados apóstoles san Pedro y san Pablo. Dada en Benevento por mano de Gerardo, notario de la santa Iglesia romana, a 24 de

 

 

 

 

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noviembre, en la indicción tercera, año de la Encarnación del Señor de 1170, del pontificado de Alejandro, papa tercero, año onceno».

 

Larga cosa sería referir en este propósito todo lo que se pudiera alegar. El papa Urbano III confirmó la misma autoridad de primado a don Gonzalo, sucesor de don Cerebruno. A don Gonzalo sucedió don Pedro de Cardona. A este, don Martín, al cual Celestino III por el parentesco y amistad que había entre él y nuestros reyes, al tiempo que fue legado y se llamaba el cardenal Jacinto Bobo, concedió que las dignidades de la iglesia de Toledo usasen de mitras como obispos mientras la misa se celebrase, y acrecentó aquel privilegio después que fue elegido papa. Siguióse en la iglesia de Toledo don Rodrigo Jiménez, varón de grande ánimo y singular doctrina, cosa en aquel tiempo semejable a milagro; trató en el concilio lateranense primero delante los cardenales y de Inocencio III la causa de su iglesia en este punto como orador elocuente, y venció a los demás metropolitanos de España; y porque el arzobispo de Braga pretendía no estarle sujeto, Honorio III le hizo legado suyo. Gregorio IX, sucesor de Honorio, revocó cierta ley que se promulgó en Tarragona contra la dignidad del arzobispo de Toledo, en que establecieran no usasen los tales arzobispos de las prerrogativas de primado en aquella su provincia, en especial no llevasen cruz delante. A don Rodrigo sucedió don Juan, luego don Gutierre, y dos don Sanchos, ambos de linaje real, casi el uno tras el otro. Después de los dichos fue arzobispo don Juan de Contreras, en tiempo de Martino V, y se halló en el concilio basiliense. Item, don Juan de Cerezuela, hermano del maestre don Álvaro de Luna y sucesor de don Juan de Contreras. Todos alcanzaron bulas de los papas en que confirmaban lo mismo, cuyas copias están guardadas con toda fidelidad, en el archivo de la iglesia de Toledo y recogidas en un libro de pergamino.

 

El tiempo adelante por agraviarse don Alfonso de Cartagena, obispo de Burgos, que el arzobispo de Toledo don Alfonso Carrillo llevase guión levantado en su obispado, que era señal de superioridad y de ser primado, don Juan el Segundo, rey de Castilla, tomó aquel negocio por suyo, y por sus provisiones, en que da a Toledo título de ciudad imperial, determina y establece que se guarde el privilegio y autoridad que Toledo tenía sobre las otras ciudades de su señorío, por entender, como era verdad, que la autoridad del arzobispo de Toledo da mucho lustre a todo el reino y aún a toda España. Muchos otros arzobispos, antes y después de don Alfonso Carrillo, hicieron lo mismo, y por toda España llevaron siempre su cruz

 

 

 

 

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levantada. Entre éstos se cuentan los cardenales arzobispos don Pedro González de Mendoza y fray Francisco Jiménez; que es argumento de la primacía que los arzobispos de Toledo han tenido, después que Toledo se recobró de los moros, puesto que nunca ha faltado quien contradiga y no quiera estarles sujeto. Al presente, fuera del nombre y asiento, que se les da el primero, ninguna otra cosa ejercitan sobre las otras provincias de España tocante a la primacía; por lo menos ni para ellos se apela en los pleitos ni castigan delitos ni promulgan leyes fuera de la provincia, que como a metropolitanos les está sujeta.

 

 

 

 

XX. De las mujeres e hijos del rey don Alfonso

 

Arriba queda dicho como el rey don Alfonso tuvo dos mujeres, doña Inés y doña Constanza, y que de esta segunda hubo a su hija la infanta doña Urraca. Doña Constanza murió después de ganado Toledo, y en el mismo tiempo su cuñada la infanta doña Elvira, hermana del rey, falleció; enterráronla en León con doña Urraca, su hermana. Después de doña Constanza casó don Alfonso con la hija de Benabet, rey moro de Sevilla, que se volvió cristiana, mudado el nombre de Zaida que tenía en doña María; otros dicen se llamó doña Isabel. De este casamiento nació don Sancho; créese fuera un gran príncipe si se lograra, y que igualara la gloria de su padre, como lo mostraban las señales de virtud que daba en su tierna edad; parece que no quiso Dios gozase España de tan aventajadas partes. El rey adelante cuarta y quinta y sexta vez casó con doña Berta, traída de Toscana; con doña Isabel, de Francia; y con doña Beatriz, que no se sabe de qué nación fuese. De doña Isabel tuvo dos hijas, a doña Sancha, que fue mujer del conde don Rodrigo, y doña Elvira, que casó con Rogerio, rey de Sicilia, hijo de Rogerio, conde de Sicilia. De ella nació Rogerio el hijo mayor, duque de Pulla, y Anfuso, príncipe de Capua, llamado así, a lo que se entiende, del nombre de su abuelo materno. Item, a Guillermo, que por muerte de sus hermanos fue rey de Sicilia, y a Constanza, que casó con el emperador Enrique VI. Así lo refiere el abad Alejandro Celesino, que escribió la vida y los hechos del dicho rey Rogerio, su contemporáneo, y Hugo Falcando.

 

 

 

 

 

 

 

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Tuvo don Alfonso de una manceba, llamada Jimena, otras dos hijas, doña Elvira y doña Teresa; doña Elvira casó con Ramón, conde de Tolosa, que tuvo dos hijos en esta señora; estos fueron Beltrán y Alfonso Jordán. Doña Teresa casó con Enrique de Lorena, cepa que fue y cabeza de do procedieron los reyes de Portugal. De otra concubina, cuyo nombre no se sabe, con quien el rey don Alfonso tuvo trato, no engendró hijo alguno. A doña Urraca, la hija mayor, casó con Ramón o Raimundo, hermano del conde de Borgoña y de Guido, arzobispo de Viena, que fue adelante papa y se llamó Calixto II. De Ramón y doña Urraca nació doña Sancha primero, y luego don Alfonso, el que por los muchos reinos que juntó tuvo nombre de emperador. Todo esto se ha recogido de gravísimos autores. Pero mejor será oír a Pelagio, obispo de Oviedo, cercano de aquellos tiempos, que concluye su Historia de esta manera:

 

«Este rey don Alfonso tuvo cinco mujeres legítimas, la primera Inés, la segunda Constanza, de la cual tuvo a la reina doña Urraca, mujer del conde Ramón; de ella tuvo el conde a doña Sancha y al rey don Alfonso; la tercera doña Berta, venida de Toscana; la cuarta doña Isabel, de ésta tuvo a doña Sancha, mujer del conde don Rodrigo, y a Geloira, que casó con Rogerio, duque de Sicilia; la quinta se llamó doña Beatriz, la cual, muerto el marido, se volvió a su patria. Tuvo dos mancebas muy nobles, la primera Jimena Muñón, de quien nació doña Geloira, mujer del conde de Tolosa Ramón, que tuvo por hijo a Alfonso Jordán. En la misma Jimena hubo el rey don Alfonso a doña Teresa, mujer que fue del conde don Enrique, y de este matrimonio nacieron Urraca y Geloira y Alfonso. La otra concubina se llamó Zaida, hija de Benabet, rey de Sevilla, que se bautizó y se llamó Isabel, y de ella nació don Sancho, que murió en la batalla de Uclés».

 

Todo lo susodicho es de Pelagio. Éstas fueron las mujeres del rey don Alfonso, éstos sus hijos; príncipe más venturoso en la guerra que en el tiempo de la paz y en sucesión, no menos admirable en las borrascas que cuando soplaba el viento favorable y todo se le hacía a su voluntad. Bien es verdad que la fortuna o fuerza más alta conforme a sus ordinarias mudanzas y vueltas, en lo de adelante se le mostró contraria, y acarreó así a él como a sus reinos gran muchedumbre de trabajos y reveses, según que por lo que se sigue se podrá claramente entender.

 

 

 

 

 

 

 

 

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LIBRO DÉCIMO

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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I. De nuevas guerras que hubo en España y en la

 

Siria

 

Los reinos de levante y de poniente casi en un mismo tiempo se alteraron con nuevas asonadas y tempestades de guerras. De las extrañas se dirá luego; las de España sucedieron con esta ocasión. Los almorávides, gente mahometana, habiendo sobrepujado a los alavecinos, que hasta este tiempo tuvieron el imperio de África, fundaron primeramente su imperio en aquella parte de la Mauritania que al estrecho de Gibraltar se tiende por las riberas del uno y del otro mar, es a saber, del Mediterráneo y del Océano; después en gran parte de España se metieron y derramaron a manera de raudal arrebatado y espantoso. La ocasión de pasar en España fue ésta. El rey don Alfonso tenía por mujer una hija del rey moro de Sevilla, como poco ha queda dicho. Entró aquel rey en esperanza de apoderarse de todo lo que su gente en España tenía, si fuese de África ayudado con nuevas gentes y fuerzas; pidió a su yerno, por lo que al parentesco debía, le ayudase con sus cartas para llamar a Yusuf Tefin, rey de los almorávides, poderoso en fuerzas y gentes y espantoso por la perpetua prosperidad que había tenido en sus cosas, y convidarle a pasar en España. Pretendía a riesgo ajeno y con su trabajo, conforme a la ambición que le aguijaba, ensanchar él su señorío; tal era su pensamiento y sus trazas.

 

Escribió don Alfonso las cartas que le pidió, por estar con la edad aficionado y sujeto a su mujer; consejo errado, perjudicial y que a ninguno fue más dañoso que al mismo que lo inventaba. A Yusuf no le parecía dejar aquella ocasión de volver las armas contra España; consideraba que de pequeños principios suelen resultar cosas muy grandes; que la guerra se podía comenzar en nombre de otro y con su infamia y acabarse en su pro. Él mismo o no quiso o no pudo venir por entonces; envió empero a Alí Abenaja, capitán de gran nombre, esclarecido por su esfuerzo y hazañas, hombre de consejo, astuto, atrevido para comenzar y constante para llevar al cabo y concluir prósperamente sus intentos; diole un buen ejército que le acompañase. Con estas gentes, como le era mandado, se juntó con el rey de Sevilla; no duró mucho la amistad, ni es muy seguro el poder cuando es

 

 

 

 

 

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demasiado. Por ligera ocasión y de repente se levantó diferencia y debate entre las dos naciones y caudillos moros; pasaron a las armas y a las manos, pelearon moros con moros; los españoles no eran iguales a los africanos por estar debilitados con el largo ocio y con el cebo de los deleites. El rey de Sevilla, suegro de don Alfonso, fue vencido y muerto en la batalla, con tanto menor compasión y pena de los suyos y menor odio de su enemigo, que se entendía de secreto favorecía a nuestra religión y era cristiano. Llamábase el que le mató Abdalá. Con su muerte sin dilación todo su estado quedó por los vencedores. Fue esto el año de los moros 484, como lo dice don Rodrigo en la historia de los árabes, que se contaba de Cristo el de 1091. Todas las gentes y ciudades de los moros que quedaban en España, movidos de nuevas esperanzas o de miedo, se pusieron debajo de su mando, algunas por fuerza, las más de grado por entender que las cosas de los moros, que estaban para caer, podrían sustentarse y mejorarse con el esfuerzo y ayuda de Alí.

 

Ninguna fe hay en los bárbaros, en especial si tienen armas y fuerza. Así el capitán africano, confiado en las fuerzas de un señorío tan grande como era el de los moros de España, quiso más ser señor en su nombre y alzarse con todo que gobernar en el de otro y como teniente. Tenía ganadas las voluntades de la gente, y si algunos sentían lo contrario, guardaban secreto el odio, y en público le adulaban; que tal es la condición de los hombres. Con esto llamóse miramamolín de España, nombre entre los moros y apellido de autoridad real. Demás de esto, los reyes moros, que por toda España eran tributarios del rey don Alfonso, confiados en el nuevo Rey, como quitada la servidumbre y la máscara y despertados con la esperanza que se les presentaba de la libertad, no querían pagar las parias, como acostumbraban cada un año. Éste era el estado de las cosas de España.

 

En la Siria por el esfuerzo de los cristianos se comenzó la guerra sagrada, famosísima por la gloria y grandeza de las cosas que sucedieron y por la conspiración de todas las naciones de Europa contra los más belicosos reyes y emperadores del oriente. Jerusalén, ciudad famosa por su antigua nobleza, y muy santa por el nacimiento, vida y muerte de Cristo, hijo de Dios, estaba en poder de gente bárbara, fiera y cruel; padecía por esta causa una servidumbre de cada día más grave. Un hombre, llamado Pedro, de noble linaje, natural de Amiens en Francia, y que en su menor edad con el ejercicio de las armas había endurecido el cuerpo, llegado a

 

 

 

 

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edad de varón, por desprecio de las cosas humanas pasaba su vida en el yermo. Éste fue por su devoción a Jerusalén para visitar aquellos lugares, y asegurado entre los bárbaros por su pobreza, mal vestido, su rostro contentible y pequeña estatura, tuvo lugar de mirarlo todo y calar los secretos de la tierra; consideró cuán atroces y cuán crueles trabajos los nuestros en aquellas partes padecían. Era en aquella sazón obispo de Jerusalén Simón; trataron el negocio entre los dos, y con cartas que le dio para el sumo pontífice y amplísima comisión, dio la vuelta para Europa.

 

El papa Urbano, oído que hubo a Pedro y leído las cartas del patriarca, afligióse gravemente. Abrasábale la afrenta de la religión cristiana; que aquella tierra en que quedaron impresas las pisadas del Hijo de Dios, origen de la religión, y en otro tiempo albergue de la santidad, estuviese yerma de moradores, falta de sacerdotes y de todo lo al. Que los bárbaros, no sólo contra los hombres, sino contra la santidad de los lugares sagrados, hiciesen la guerra con odio perpetuo y gravísimo de la cristiana religión sin que nadie les fuese a la mano. Esta mengua le aquejaba y le parecía intolerable. Los emperadores griegos, que debieran ayudar por caerles esto más cerca, y por el miedo y peligro que corrían a causa de los turcos, que los tenían a las puertas, gente bárbara y cruel, con el cuidado de sus cosas y otros embarazos poco se curaban de las ajenas y comunes. Los reinos de occidente, por estar lejos sin sospecha y sin recelo, no hacían caso del daño común, y de ninguna cosa menos cuidaban que de la injuria y afrenta de la religión y del cristianismo. El pontífice Urbano, aunque congojado con estos cuidados y dificultades, en ninguna manera se desanimó; determinóse intentar una cosa dificultosa en la apariencia, pero en efecto saludable. Convocó a los señores y prelados de todo el occidente para hacer concilio y tratar en él lo que a la religión y a la cristiandad tocaba. Desde allí como con trompeta pensaba tocar al arma, despertar e inflamar los ánimos de todos los cristianos a la guerra sagrada, confiado que a tan buena empresa no faltaría el ayuda de Dios. Señaló para el concilio a Claramonte, ciudad principal en Alvernia y en Francia.

 

Entre tanto que estas cosas se movían en Italia y en Francia, y con embajadas que el pontífice enviaba a todas las naciones, las convidaba para juntar sus fuerzas, ayudar a la querella común con consejo y con lo demás, y que con el aparato de esta guerra ardían las demás provincias, en España las cosas de los cristianos empeoraban, y parece andaban cercanas a la caída por la venida y armas de los almorávides. Nunca ni con mayor

 

 

 

 

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ímpetu se hizo la guerra, ni con mayor peligro de España. Ensoberbecida aquella gente fiera y bárbara con el progreso de las victorias y próspero suceso de sus empresas y con el imperio que se les juntara, fortificados y arraigados en España, volvieron contra los nuestros las armas. Entran por el reino de Toledo, meten a fuego y a sangre toda aquella comarca, robando y saqueando todo lo que se les ponía delante. En particular se apoderaron de las ciudades y pueblos que en aquella parte y en los celtíberos había dado a Zaida su padre en dote, es a saber, Cuenca, Uclés, Huete.

 

Envió el rey don Alfonso a hacer rostro a los moros dos condes, que fueron don García, su cuñado, casado con su hermana, y don Rodrigo con un buen ejército que les dio. Vinieron a las manos con los moros; fueron los nuestros vencidos en batalla y desbaratados cerca de un pueblo llamado Roda, que se entiende llama Plinio Virgao, puesto entre el río Guadalquivir y el mar Océano. El rey don Alfonso, movido de tantos daños y por el recelo del peligro mayor que amenazaba, entendió finalmente el grave yerro que hizo en llamar a los moros. Acudió con nueva diligencia a reparar el mal pasado y los males; hizo en todo su reino levantar mucha gente, y juntados socorros de todas partes, formar un grueso ejército. Muchos de su voluntad vinieron de las provincias comarcanas a ayudar, movidos por el peligro que las cosas de los cristianos corrían. Cerca de Cazalla, pueblo que cae no lejos de Badajoz, se dio de nuevo la batalla de poder a poder; los cristianos quedaron asimismo vencidos (grande lástima y mengua) y muchos de ellos muertos en el campo. Sin embargo, don Alfonso no perdió en manera alguna el ánimo, como el que ni por las cosas prósperas se ensoberbecía, ni por las adversas se espantaba.

 

Con gran presteza se rehizo de fuerzas, y con nuevos socorros aumentado su ejercito, rompió y entró por fuerza hasta Córdoba, hizo estragos de hombres y ganados, sin perdonar a los edificios ni a los campos. El tirano, desconfiado de sus fuerzas por habérsele desbandado el ejército que tenía, fortificóse dentro de Córdoba, ciudad grande y muy fuerte; sólo hubo algunas escaramuzas y rebates. Aconteció que Abdalá, de noche, con número de soldados, hizo contra los nuestros una encamisada; mas los moros fueron rechazados y muertos, preso el capitán, y el día siguiente en presencia de los moros que desde los adarves miraban lo que pasaba, fue hecho pedazos y quemado vivo y con él otros sus

 

 

 

 

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compañeros: castigo cruel; pero la desgracia de su suegro Benabet y la pena que de ella el rey tomó excusa y alivia aquella crueldad, y aún hizo que fuese la alegría de la victoria más colmada. El moro Alí, cansado del largo cerco, se rindió presto a todo lo que le fuese mandado. De presente le condenaron en gran suma de dinero, y que para adelante en cada un año pagase cierto tributo y parias. Con esto le dejaron lo que lo tomaran, como a feudatario de los reyes de Castilla. Principio muy honroso para el rey don Alfonso y muy saludable para la provincia, por entenderse con tanto, que las armas y fuerzas de aquellos bárbaros podían ser vencidas, domados sus bríos.

 

Ordenadas las cosas de Andalucía, la guerra revolvió contra la Celtiberia, parte de Aragón. Cercaron a Zaragoza y con grandes ingenios la combatieron. Los ciudadanos no rehusaban de pagar cada un año algunas parias, a tal empero que el rey los recibiese debajo de su amparo, y que luego sin hacer daño se partiese de aquella comarca. Era honroso este asiento para el rey; mas para no alzar el cerco prevaleció el deseo y esperanza de apoderarse de aquella ciudad, dado que por pretender cosas grandes y no contentarse con lo razonable se perdió lo uno y lo otro. Porque Yusuf, apercibido de nuevo ejército de almorávides, dinero, infantería, caballería y de todo lo al para la guerra necesario, de África pasó a España espantoso y feroz con intento de reprimir los diseños de Alí y castigar su deslealtad y de camino rebatir las fuerzas de los cristianos. Su venida se supo en un mismo tiempo en la ciudad y en los reales; a los moros con esperanza de mejor fortuna puso ánimo; al rey don Alfonso forzó por miedo del peligro y de mayor mal, alzado el cerco, volver atrás.

 

Las armas de Yusuf procedían prósperamente, porque de primera llegada se apoderó de Sevilla, do el tirano Alí estaba, al cual cortó la cabeza; tras esto, luego Córdoba se le rindió. A ejemplo de estas dos ciudades, todas las demás del Andalucía y aún todas las que en España restaban en poder de los moros, en breve se pusieron debajo de su obediencia y tomaron su voz, unas de voluntad, otras por fuerza. Algunas asimismo, confiadas en el esfuerzo y prosperidad del nuevo rey, sacudían de sí el yugo del imperio cristiano, y no querían hacer los homenajes acostumbrados.

No parecía el rey don Alfonso debía disimular aquellos desaguisados ni descuidarse en el peligro que amenazaba, por juntarse de nuevo a cabo de tanto tiempo las fuerzas de los moros de África con las de los de

 

 

 

 

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España en perjuicio de los cristianos. Acordó, pues, ganar por la mano y darles guerra con todas sus fuerzas. Mandó hacer todos los apercibimientos necesarios; juntar armas, caballos, vituallas, dineros; acudir a la guerra, no sólo los legos, sino los eclesiásticos; alistar soldados nuevos y viejos, procurar socorros de fuera. Muchos extranjeros, movidos por el peligro de España y encendidos en deseo de ayudar en aquella guerra, de su voluntad vinieron, en especial de Francia; entre estos Raimundo o Ramón, hermano del conde de Borgoña, y su deudo Enrique, el cual, dado que era natural de Besanzon, ciudad antiguamente la mayor de los secuanos en Borgoña, de donde le llamaron Enrique de Besanzon o Besontino; pero era de la casa y linaje de Lorena, y adelante fundó la gente y reino de Portugal. Vino asimismo otro pariente de Enrique, llamado Raimundo, conde de Tolosa y de San Egidio. Seguía a estos señores buen golpe de gente francesa; soldados valientes, de grande e increíble prontitud para acometer la guerra. Acudió demás de estos don Sancho, rey de Aragón, el cual bien que era de grande edad, tenía brío y ánimo de mozo y muy aventajada destreza, adquirida con el continuo uso de las guerras que hizo contra los moros.

 

De todas estas gentes se juntó y formó un ejército muy lucido y grande, tanto, que no dudaron acometer las fronteras de los enemigos; entraron adentro en el Andalucía, hicieron estragos, sacos y robos en todos los lugares. No se descuidaron los moros de hacer sus diligencias. Cerca de un lugar llamado Alagueto se juntaron los reales y se dieron vista los unos a los otros. Yusuf, por no ser igual en fuerzas, como caudillo recatado y prudente, excusó la batalla; su partida fue semejante a huida, lo que dio a entender la priesa en el retirarse y desamparar gran parte del fardaje. Pareció al rey don Alfonso que con la huida del moro se debía contentar y no aventurar la reputación que con esto se ganara; además que su ejército, como compuesto de tantas gentes diferentes en lenguas, costumbres y leyes, no se podía entretener largo tiempo. Acordó dar la vuelta a la patria con sus soldados cargados de despojos y alegres por el buen principio.

 

Las armas de los almorávides, después de esta afrenta y desmán, sosegaron por algún tiempo, demás que a Yusuf fue forzoso acudir a África y ocuparse en asentar el estado de su nuevo reino. El rey don Alfonso no se descuidaba en el entre tanto de aparejarse, por tener entendido que muy presto volvería la guerra con mayor fuerza que antes. Determinó hacer nuevas alianzas y ganar con esto y obligarse las

 

 

 

 

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voluntades de los príncipes extraños; en particular con aquellos tres señores que vinieron de Francia, para mas prendarlos y en premio de la ayuda que le dieron y de sus servicios, casó otras tantas hijas suyas. Con Ramón, conde de Tolosa, casó doña Elvira; con Enrique de Lorena doña Teresa, ambas habidas fuera de matrimonio, como arriba se ha dicho, pero criadas con regalo y con aparato real y con esperanza de gran estado. A Ramón el de Borgoña dio por mujer a doña Urraca, su legítima hija; de este príncipe se dice que reedificó y pobló la ciudad de Salamanca por mandado del rey, su suegro. Demás de esto, con el conde don Rodrigo casó doña Sancha, hija del rey y de doña Isabel, su mujer; de éste dicen que descienden los Girones, señores de grande y antigua nobleza en España.

 

A don Enrique señaló en dote todo lo que en Portugal tenía ganado de los moros, con título de conde y con condición que fuese vasallo de los reyes de Castilla y viniese a las Cortes del reino y a la guerra con sus armas y gentes todas las veces que fuese avisado. Estos fueron los principios y las zanjas de aquel nuevo reino de Portugal, apellido que tomó poco adelante de este tiempo, y le conservó por más de cuatrocientos años, en que tuvo reyes propios, descendientes de este príncipe y primer fundador suyo. A don Ramón de Borgoña dio el gobierno de Galicia con título de conde, nombre de que solían usar los gobernadores de las provincias, y en dote la esperanza de suceder en el reino si faltase acaso el infante don Sancho, hijo del rey. Al conde de Tolosa dieron en dote muchas preseas y joyas, gran cantidad de oro y de plata, ningún estado en España, por tratar de volverse a Francia, do poseía grandes tierras y gran dictado. Puédese sospechar que la misma Tolosa se le dio en dote como sujeta a estos reyes, según de suso dos veces queda apuntado.

 

Quién dice que por las armas de don Alfonso el año 1093 se ganó la ciudad de Lisboa. Si fue así o de otra manera, no lo sabría determinar. A la verdad, no pocas veces aquella ciudad se ganó y se perdió como prevalecían las armas, ya de moros, ya de cristianos, y últimamente se ganó de los moros pocos años adelante, desde el cual tiempo permaneció perpetuamente en la posesión y señorío de los cristianos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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II.     Cómo don Sancho Ramírez, rey de Aragón, fue muerto

 

El año siguiente, que se contaba del nacimiento de Cristo 1094, fue señalado por nacer en él don Alfonso, hijo de don Enrique, el de Lorena, y de su mujer doña Teresa, el cual con sus armas y valor dio lustre al nombre de Portugal. Extendió su señorío, y fue el primero de aquellos príncipes que tomó nombre de rey por permisión de los pontífices romanos, en que se mantuvo contra la voluntad de los reyes de Castilla.

 

Pero el mismo año fue desgraciado por lo desastrada muerte que sobrevino a don Sancho, rey de Aragón, a quien asimismo deben los aragoneses la loa, no sólo de haber bien gobernado y conservado aquel reino como lo hicieron sus antepasados, sino de le dejar acrecentado y colmado de todos los bienes. Él fue el primero que de los montes ásperos y encumbrados, do los reyes pasados defendían su imperio y señorío, no menos confiados en la maleza de los lugares que en las armas, abajó a los campos rasos y a la llanura, y ganó por las armas gran número de ciudades y lugares. Dio guerra continua a los reyes moros de Balaguer, de Lérida, de Monzón, de Barbastro y de Fraga; y vencidos, los forzó primeramente que le pagasen parias, después con un largo y trabajoso cerco tomó a Barbastro, noble ciudad puesta junto al río Vero, de gran frescura y deleitosos campos. La fortaleza de las murallas espantaba; mas la constancia del rey y de los suyos venció todas las dificultades; como de todas partes arremetiesen, y la furia no amansase ni aflojase de los que olvidados de las heridas y menospreciada la muerte pretendían apoderarse de aquella plaza, fue entrada por fuerza y puesta a saco. Salomón era a la sazón obispo de Roda; otros le llaman Arnulfo; lo más cierto que a los tales obispos de Roda quedó desde entonces sujeta la iglesia de Barbastro. Item, que en aquel cerco murió Armengaudo o Armengol, conde de Urgel, por donde le llamaron Armengol de Basbastro, que fue la causa por el deseo de vengar aquel desastre y satisfacerse (ca era suegro del rey, padre de la reina doña Felicia) de maltratar los moradores de aquella ciudad, al tomarla y que la matanza fuese grande.

 

Bolea, que es un pueblo a la raya de Navarra en los ilérgetes, a la ribera del río Cinca, do duró mucho la guerra, se ganó de los moros. Al tanto Monzón, villa fuerte en aquella comarca por su asiento y por el alcázar que tenía, con otros pueblos y castillos que sería largo contarlos.

 

 

 

 

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Fundóse y poblóse Estella por este tiempo en Navarra, pequeño lugar entonces, al presente ciudad noble en aquel reino; y porque el rey don Sancho trataba de ir sobre Zaragoza, cinco leguas más arriba de aquella ciudad a la ribera de Ebro edificó un castillo, llamado Castellar, para efecto de reprimir las correrías de los moros; demás de esto, para con ordinarias salidas y cabalgadas que desde allí quería se hiciesen tener todos los alrededores trabajados; en que pasaron tan adelante los soldados que puso en aquella plaza, que quitados los bastimentos a la misma ciudad, muchas veces parecía tenerla cercada.

 

En los pueblos dichos antiguamente vascetanos se edificó la villa de Luna, en ninguna cosa más señalada que en dar principio al linaje y familia de los Lunas, muy ilustre y muy antiguo en Aragón. La cabeza y fundador de este linaje fue Bacalla, hombre principal, a quien don Sancho hizo donación de aquel pueblo; rey que fue verdaderamente grande, y con el lustre de todas las virtudes esclarecido, y sobre todo señalado en piedad y devoción.

Alcanzó de Alejandro II, sumo pontífice, que el monasterio de San Juan de la Peña con los demás de su reino fuesen exentos de la jurisdicción de los obispos. Alegaban por causa de esta exención y para alcanzarla la codicia de los obispos, que se entregaban libremente en los bienes de los monasterios. A la verdad las costumbres de los monjes en aquel tiempo, de que san Bernardo se queja, y sus deseos, se inclinaban demasiado a pretender libertad, tanto, que de ordinario sus abades impetraban privilegio para usar de las insignias de los obispos, mitra, báculo, muceta, en señal que tenían autoridad obispal; camino inventado y traza para ser exentos de los ordinarios. El pecado de codicia que se imputaba a los obispos también alcazaba al rey; esto fue lo que principalmente en sus costumbres se nota, que libremente metió la mano en los bienes eclesiásticos y preseas de los templos. Parecía excusarle en parte la falta de dinero que tenía, la pobreza y los grandes gastos de la guerra, además de una bula que ganó de Gregorio VII, sumo pontífice, en que le concedió facultad para que a su voluntad trocase, mudase y diese a quien por bien tuviese los diezmos y rentas de las iglesias que, o de nuevo fuesen edificadas, o ganadas de los moros. Sin embargo, él con ilustre ejemplo de modestia y santidad, algunos años antes de este, afligido del escrúpulo que de aquel hecho le resultó y para sosegar la murmuración del pueblo, causada por aquella libertad, en Roda en la iglesia de San Victorián, delante el altar de San

 

 

 

 

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Vicente, con grande humildad, gemidos y lágrimas pidió de lo hecho públicamente perdón, aparejado a enmendarse. Hallóse presente Raimundo Dalmacio, obispo de aquella ciudad, al cual mandó restituir enteramente todo lo que le fuera quitado. Los príncipes que en nuestra edad siguen las pisadas de este rey en apoderarse de los bienes eclesiásticos deberían imitar su penitencia, por lo menos temer su fin, que fue de la manera que se dirá.

 

Continuaba en su costumbre de trabajar con guerra continua a los moros, en particular a Abderramán, rey de Huesca; habíase apoderado por las armas de todos los lugares de aquella comarca, y tomado que hubo también a Montearagón, pueblo que está una legua de aquella ciudad, procuraba fortificarlo con grandes pertrechos para desde allí molestar continuamente aquellos ciudadanos de Huesca. No paró aquí, sino que últimamente, juntadas sus gentes, puso sitio sobre aquella ciudad. En los collados alrededor repartió sus guarniciones con intento que nadie pudiese salir ni entrar. Los reales principales puso en un montecillo o recuesto, que desde aquel tiempo, del nombre del rey, llamaron Poyo de Sancho. Era la ciudad muy fuerte y como reparo por aquella parte de todo el señorío de los moros, no de otra manera que lo fue en tiempo de los romanos, cuando por muestra de su fortaleza la llamaron antiguamente ciudad vencedora. El cerco iba a la larga, y no se podía ganar por fuerza. Los de Huesca trataron con don Alfonso, rey de Castilla, que los socorriese. Acostumbran los reyes, cuando se muestra esperanza de provecho, procurar más sus particulares intereses, que tener cuenta con el deber, con la religión y con la fama. Otorgó con su petición; era cosa afrentosa ayudar a los moros al descubierto. Parecióle buen consejo acometer por la parte de Vizcaya las tierras de Navarra, y con esto divertir las fuerzas de Aragón y hacer que no fuesen bastantes para la una y para la otra guerra; envió para este efecto al conde don Sancho. Saliéronle al encuentro los infantes de Aragón, don Pedro y don Alfonso, por mandado de su padre el rey don Sancho, que forzaron a los enemigos sin hacer algún efecto volver atrás y dejar lo comenzado.

 

El cerco iba adelante y se apretaba de cada día más, cuando sucedió una grande desgracia. El rey don Sancho, cansado del largo cerco, andaba mirando los muros de la ciudad, y como advirtiese un lugar a propósito por do le pareció se podría acometer y entrar, extendió el brazo para le mostrar a los que le acompañaban; flecharon una saeta del adarve al mismo punto,

 

 

 

 

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que le hirió debajo del mismo brazo; la herida fue mortal; los naturales decían ser castigo y venganza de Dios por los bienes de las iglesias en que puso en otro tiempo la mano. Murió a 4 del mes de junio; su cuerpo llevaron a Montearagón, y le depositaron en el monasterio de Jesús Nazareno, que él mismo edificó. Desde allí, ganada la ciudad, fue trasladado a San Juan de la Peña, donde por lo menos se muestra el sepulcro de doña Felicia, su mujer, con su letrero, que falleció los años pasados.

 

Sin embargo, los hijos, como les fue mandado por su padre, llevaron adelante el cerco, determinados de no partirse de allí antes de vengar aquel desastre y destruir aquella ciudad. Don Pedro en vida de su padre se llamaba rey de Ribagorza y Sobrarbe, y de Berta, su mujer, a quien otros llaman doña Inés, tenía un hijo de su mismo nombre; otros le dan nombre de don Sancho. Al presente él mismo por la muerte de su padre heredó todos los demás estados; a don Alfonso quedaron algunos pueblos. El menor de sus hermanos, que se llamó don Ramiro, en el monasterio de San Ponce de Tomer, puesto en el territorio de Narbona, a las riberas del río Jauro, tomara el hábito de monje con menosprecio de las cosas humanas y por mandado de su padre, como se entiende por un privilegio que el año pasado el mismo rey dio al abad de aquel convento, llamado Frotardo, en que le hace donación por este respeto para sustento de los monjes de grandes posesiones, dehesas y heredades.

 

El cerco de Huesca duró mucho, no menos que seis meses, como dicen algunos; otros pretenden que pasó de dos años. Los cercados, cansados de tantos males y reducidos a extrema falta de mantenimientos, llamaron en su ayuda a Almozabén, rey de Zaragoza, y a don García, conde de Cabra, y a otro señor principal, que se decía don Gonzalo; ca en aquella revuelta de tiempos y estrago de costumbres no se tenía por escrúpulo que cristianos ayudasen a los moros contra otros cristianos. Don Gonzalo no fue allá; pero un buen número de los suyos que envió y el conde don García se juntaron con el rey moro, que con gran diligencia tenía levantada una grande morisma, y partieron con estas gentes de Zaragoza. Estaba el negocio en grande riesgo y casi extremo. El mismo don García, quier con buen ánimo, o con muestra fingida de amistad, amonestó al nuevo rey don Pedro, y le avisó que si no quería perderse, alzado el cerco, diese luego vuelta a su tierra.

 

 

 

 

 

 

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Prevaleció contra el miedo el deseo de la honra y el homenaje con que los hermanos se obligaron a su padre a la hora de su muerte, de no desistir antes de tomar la ciudad. Extiéndese junto a la ciudad una llanura, llamada Alcoraz, muy conocida por el suceso de esta batalla. En aquel llano se determinaron los cristianos de encomendarse a sus brazos y a Dios, y para lo tener más favorable por medio de sus santos, trajeron a los reales el cuerpo de san Victorián. Demás de esto, la noche antes le apareció al rey una visión de persona más que humana, que le amonestaba con grande ánimo diese la batalla, seguro de la victoria. En la vanguardia iba el infante don Alfonso, en la retaguardia el mismo rey, el cuerpo de la batalla encomendó a Lisana y Bacalla, hombres muy nobles y valientes; la caballería puso por frente. Estos comenzaron la pelea, siguiéronles los estandartes de la infantería. Los bárbaros con su muchedumbre henchían los campos y valles comarcanos. Cerraron los escuadrones; la pelea fue muy brava; ninguna en aquel tiempo ni de mayor peligro, ni de más dichoso fin. No se oía por todo el campo sino gemidos de los que caían, vocería de los que peleaban, estruendo y ruido de las armas. Era cosa digna de ver los hombres y las mujeres que desde los adarves miraban la pelea y cómo iban las cosas de los moros; a veces se mostraban alegres, a veces medrosos. Duró la pelea hasta que cerró la noche sin entenderse del todo ni declararse la victoria por ninguna de las partes. Los nuestros sobrepujaban en la causa, esfuerzo y destreza del pelear; el número de los enemigos era mayor. Estuvieron armados hasta que amaneció el día siguiente; tan grande era el deseo de volver a la pelea, y aún el miedo no menor que entrara en el ánimo de los cristianos. Con el sol se supo que los moros, desamparados los reales, con su rey Almozabén, a toda prisa se retiraban a Zaragoza.

 

Siguieron luego el alcance por la huella, sin cesar de matar y prender a todos los que hallaban; en la pelea y en el alcance llegaron los muertos a cuarenta mil. De los nuestros apenas faltaron mil, pocos en número para tan señalada victoria, y personas no de mucha cuenta, ni por su linaje ni hazañas. El conde don García fue preso; después de la pelea recogieron los despojos; los campos cubiertos de cuerpos muertos, armas, ropa, caballos, miembros cortados, pechos atravesados con hierro, la tierra teñida y bañada de sangre. Algunos dicen que san Jorge fue visto andar entre las haces, y que con su ayuda se ganó aquella victoria; otros que un cierto del linaje de los Moncadas, que había estado el mismo día en la Siria y ciudad

 

 

 

 

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de Antioquia, anduvo en un caballo en esta batalla. El vulgo, amigo de milagros y para hacer más alegre lo que se cuenta, suele añadir fábulas a la victoria; bastará a nuestro cuento que lo que es verosímil se reciba por verdad. Concuerdan los autores en que en adelante las armas de los reyes de Aragón fueron una cruz en campo plateado, en los cuarteles del escudo cuatro cabezas rojas con la sangre de otros tantos reyes y capitanes que murieron en esta batalla, que se dio a 18 de noviembre, y el noveno día adelante aquella muy noble ciudad, perdida toda esperanza de defenderse, se rindió.

 

El siguiente mes, a 17 de diciembre, consagraron la mezquita mayor en iglesia. Halláronse a esta consagración los obispos Berengario, el que Bernardo, arzobispo de Toledo, de Vic le pasó a Tarragona, como se dirá luego; Amato, prelado de Burdeos; Folch, de Barcelona; Pedro, de Pamplona; Sancho, de Lascar, y con los demás otro Pedro, que se intitulaba obispo de Aragón y de Jaca, y tomada esta ciudad, se llamó obispo de Huesca. En el lugar de la batalla mandó el rey edificar una iglesia de San Jorge, patrón de la caballería cristiana.

 

Por el mismo tiempo se dio principio en Pamplona a la nueva fábrica de la iglesia mayor, cuyos rastros todavía se ven. Mandóse que los canónigos viviesen como religiosos conforme a la regla de san Agustín; estatuto que de aquel principio se guarda también el día de hoy, que son canónigos regulares y siguen vida común. En el mismo tiempo que Pedro era obispo de Pamplona fue también Gomesano obispo de Burgos, sucesor de Jimeno, aquel en cuyo tiempo la silla obispal desde Oca, do hasta entonces de muy antiguo tiempo estuvo, se trasladó a Burgos. Los arzobispos de Tarragona y Toledo pretendían cada cual que la iglesia de Burgos le era sufragánea; el pleito duró tiempo y fue ocasión que los pontífices romanos, por no poderlos conformar ni concertar, mandasen que aquel obispado quedase exento sin reconocer a la una iglesia ni a la otra por metropolitana; lo cual se guardó por largos años hasta que poco ha la erigieron en arzobispal.

 

 

 

 

III.    Cómo don Bernardo, arzobispo de Toledo, se partió para la guerra de la Tierra-Santa

 

 

 

 

 

 

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En el tiempo que estas cosas que se han dicho sucedieron en Aragón y en otras partes de España, las demás provincias de cristianos andaban ocupadas en los aparejos que se hacían para la guerra de la Tierra Santa; caballos, armas, libreas, ruido de atambores y sonido de trompetas, asonadas de guerra por todas partes. Los mares, tierras, campos, pueblos con mezcla y revolución de todas las gentes y rumores de la guerra andaban alborotados. El mismo pontífice Urbano, en Claramonte, ciudad que Sidonio y los antiguos llamaron Arverno, celebraba concilio general de prelados y señores seglares, que de todas las provincias acudieron a su llamado el año de 1096. Desde allí despertó como con trompeta a todas las naciones cuan anchamente se extendían los términos del imperio cristiano. Leyéronse en el concilio las cartas de Simón, obispo de Jerusalén; refirióse la embajada y comisión que Pedro, natural de Amiens, traía. Muchos ciudadanos de Jerusalén y de Antioquía, hombres santos y nobles, huidos de sus casas, con lágrimas, gemidos y maltratamiento que representaban en su traje movían a compasión los ánimos de todos los que presentes estaban. El pontífice con esta ocasión a manera de orador en la junta hizo un razonamiento de esto tenor:

 

«Oído habéis, hijos carísimos, los males que vuestros hermanos padecen en Asia; sus desastres son afrenta nuestra, mengua y deshonra de la religión cristiana, digna, si fuésemos hombres, de que se remediase con la vida y con la sangre. Ninguno puede escapar de la muerte por ser cosa natural. El mayor de los males es con deseo de la vida sufrir torpezas y fealdades y disimularlas. Justo es que restituyamos el espíritu, salud y vida a Cristo que nos la dio; la virtud y el valor, propia excelencia del nombre y linaje cristiano, suele rechazar la afrenta. Las fuerzas y ejércitos que hasta aquí, mal pecado, habéis gastado en las guerras civiles, empleadlas por Dios en empresa tan honrosa y de tanta gloria. Vengad las afrentas de Cristo, Hijo de Dios, que cada día y tantas veces es herido, azotado y muerto de la impía y bárbara gente cuantas sus siervos son oprimidos, afligidos y ultrajados, y profanan aquella tierra, y la ensucian, que Cristo consagró con sus pisadas. ¿Por ventura puede haber causa más justa de hacer la guerra que volver por la religión, librar los cristianos de servidumbre, cuales Dios inmortal quiso fuesen señores de todas las gentes? Si de las guerras se pretende y desea interés, ¿de dónde le podéis esperar mayor que en hacerla a una gente sin fuerzas y que más trae a la guerra despojos que armas? Nunca Asia fue igual en fuerzas a

 

 

 

 

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Europa; allí las riquezas, oro, plata, piedras preciosas, de que los hombres hacen tanta estima. Si se busca la gloria, ¿por ventura puédese pensar cosa mas honrosa que dejar a los hijos y descendientes tal ejemplo de virtud, ser llamados libertadores del mundo, conquistadores del oriente, vengadores de las afrentas de la religión cristiana? Riquezas no faltan para los gastos, gente y soldados excelentes en la edad, fuerza, consejo, ejercitados en las armas. ¿Por ventura, apercibidos de tantas ayudas, dejaremos que la gente malvada y sucia haga burla de la majestad de la religión cristiana? Cristo será el capitán, el estandarte la cruz, ninguna cosa hará constraste a la virtud y piedad. Sola vuestra vista les pondrá espanto, no la podrán sufrir. Yo a lo menos lo que debo a Dios, lo que a la religión cristiana, por la cual puesto como en atalaya y centinela estoy determinado de velar días y noches, cuanto pudiere con cuidado, trabajo, vigilias, autoridad y consejo, todo lo emplearé en esta demanda. Que si otros no me siguieren, estoy determinado meterme por las espadas de los enemigos y procurar con nuestra sangro el remedio de tan grandes cuitas, desventuras y desastres como padecen nuestros hermanos. Ningún trabajo en tanto que viviere, ningún afán, ningún riesgo rehusaré de acometer por el bien de la república y honra de la religión».

 

Con este razonamiento del pontífice inflamados todos los presentes, los mayores, medianos y menores, se encendieron a tomar las armas; toda tardanza les era pesada. Ademaro, obispo de Anicio, de los vellaunos, de Puis por otro nombre, y Guillermo, obispo de Oranges, fueron los primeros que postrados a los pies del pontífice tomaron la señal de la cruz, que era la divisa y blasón de la guerra; después de ellos hicieron lo mismo nobilísimos príncipes de Francia, Italia y España, y por su ejemplo un infinito número de otra gente menuda. Hugon, hermano de Felipe, rey de Francia, fue el más principal; tras de él Gotifredo o Jofré, hijo de Eustacio, conde de Boloña y duque de Lorena, al cual, tomado que hubieron la ciudad de Jerusalén, porque fue el primero a la entrada, por votos libres de todos nombraron por rey de Jerusalén; honra perpetua de Francia y de Boloña, su patria, ciudad puesta en la Galia Bélgica cerca del mar Océano. Demás de estos, se ofrecieron para aquella empresa los hermanos del Gotifredo o Jofré, Eustacio y Balduino, los condes Roberto, de Flandes; Esteban, de Bles; Alpino, de Burges; Ramón, de Tolosa; en cuya compañía fue doña Teresa, su mujer, y parió en la Siria el segundo hijo, que se llamó Alfonso Jordán, por haber sido bautizado en el río Jordán. De España

 

 

 

 

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otrosí acudieron a la empresa los condes Guillén, de Cerdaña, que murió en aquella jornada de una saeta con que le hirieron en la ciudad de Trípoli de la Siria, por donde asimismo le llamaron por sobrenombre Jordán; Guitardo, de Rosellón, y Guillén, conde canetense. En Italia Boamundo, príncipe de la Pulla, dejado a su hermano Rogerio su estado, sobre que traían diferencias, acompañado de doce mil combatientes, siguió a los demás príncipes en aquella sagrada jornada. Bernardo, arzobispo de Toledo, como quier que era de gran corazón, dado que hubo asiento en las cosas de aquella su diócesis, y puesto en la iglesia mayor de Toledo para su servicio treinta canónigos y otros tantos racioneros, tomada la señal y divisa de la cruz se partió para esta guerra.

 

De su partida resultó un gran desorden. Apenas era salido de la ciudad, cuando los canónigos que dejó, sea por odio que le tuviesen por ser extranjero, o entender que no volvería, arrebatadamente se juntaron y nombraron nuevo prelado en lugar de Bernardo. Defendían algunos la razón; pero los más votos, como muchas veces acontece, prevalecieron contra los menos, aunque sintiesen mejor, y los echaron de la ciudad. Bernardo, avisado de lo que pasaba, con aquella mala nueva tornó a Toledo y allanó la revuelta; echados aquellos sacerdotes que fueron autores y ejecutores de aquel mal consejo, puso en su lugar monjes del monasterio de Sahagún, en que él fuera antes abad; ocasión, según dicen algunos, que muchas maneras de hablar y vocablos propios de monjes y ceremonias se pegaron a la iglesia mayor de Toledo, que de mano en mano se han conservado y usado hasta el día de hoy. Hecho esto, se puso de nuevo en camino.

 

Llegado a Roma, fue forzado por el pontífice Urbano a volver atrás, por quedar en España tanta guerra y porque Toledo por ser de nuevo ganada parecía tener necesidad de la ayuda, presencia y diligencia de quien la gobernase. Absolvióle del voto que tenía hecho de ir a la Tierra-Santa, a tal que los gastos y dinero que tenía apercibido para aquella guerra emplease en reedificar a Tarragona, ciudad que por el esfuerzo y armas del conde de Barcelona en esta sazón era vuelta a poder de cristianos. Era muy noble antiguamente y poderosa por su antigüedad y ser silla del imperio romano en España; mas en aquel tiempo se hallaba reducida a caserías y era un pueblo pequeño. Reparóla pues don Bernardo, y en ella puso por arzobispo a Berengario, obispo de Vic, ciudad que quiso asimismo fuese sufragánea de Tarragona, para mas autorizarla. La verdad

 

 

 

 

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es que el nuevo arzobispo Berengario, olvidado de este beneficio, puso después pleito a Bernardo, que le había entronizado, sobre el de la primacía, por antiguas historias, ejemplos y escrituras desusadas de que se valía para defender los derechos y libertad de su iglesia; como quier que el de Toledo, por concesión muy fresca del pontífice Urbano, no sólo alcanzó para sí y para siempre el primado de toda España, sino de presente como legado del pontífice romano tenía superioridad sobre todas las iglesias y poder de ordenar sus cosas y enderezarlas, darles prelados y reformarlas.

Con este intento de ejecutar lo que lo ordenó el Papa, de Francia, cuando por aquella provincia volvía a España, trajo consigo a Toledo algunas personas de grande erudición y bondad; honrólos de presente con cargos y gruesos beneficios que les dio, y su virtud el tiempo adelante los promovió a mayores cosas. Estos fueron Gerardo de Mosiaco, que luego le hizo primiclerio o chantre de Toledo, después arzobispo de Braga; Pedro, natural de Burges, de arcediano de Toledo pasó a ser obispo de Osma. Al uno y al otro la santidad de la vida y excelente virtud puso en el número de los santos. Fuera de estos vinieron Bernardo y Pedro, naturales de Aagen; Bernardo, de primiclerio de Toledo fue obispo de Sigüenza y después de Santiago; Pedro, de arcediano de Toledo subió a ser prelado de Segovia. Otro Pedro, obispo de Palencia. Jerónimo, natural de Periguex, que a instancia del Cid tuvo cuidado de la iglesia de Valencia luego que la ganó de los moros; y después que se perdió, hizo oficio de vicario de obispo en Zamora. Muerto éste, otro Bernardo, del mismo número, fue el primer obispo de aquella ciudad. En este mismo rebaño, bien que de diferentes costumbres entre sí, se cuentan Raimundo y Burdino; Raimundo, natural de la misma patria del arzobispo Bernardo, después de Pedro, de suso nombrado, fue obispo de Osma, y adelante prelado de Toledo por muerte y en lugar de dicho Bernardo. Burdino, natural de Limoges, de arcediano de Toledo pasó a ser obispo de Coimbra y de Braga; últimamente se hizo falso pontífice romano, de que resultó discordia sin propósito y cisma en el pueblo cristiano, y él por el mismo caso se mostró ser indigno del número y compañía de los varones excelentes que de Francia vinieron en compañía de Bernardo, como en otro lugar mas a propósito se declarará.

 

 

 

 

IV. Cómo el Cid ganó a Valencia.

 

 

 

 

 

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En este medio no estaban en ocio las armas de Rodrigo de Vivar, por sobrenombre el Cid, varón grande en obras, consejo, esfuerzo y en el deseo increíble que siempre tuvo de adelantar las cosas de los cristianos, y a cualquiera parte que se volviese, por aquellos tiempos el más afortunado de todos. No podía tener sosiego, antes con licencia del rey don Alfonso en el tiempo que él andaba ocupado en la guerra del Andalucía, como desuso queda dicho, con particular compañía de los suyos revolvió sobre los celtíberos, que eran donde ahora los confines de Aragón y Castilla, con esperanza de hacer allí algún buen efecto, por estar aquella gente con la fama de su valor amedrentada. Todos los señores moros de aquella tierra, sabida su venida, deseaban a porfía su amistad. El señor de Albarracín, ciudad que los antiguos llamaron, quién dice Lobeto, quién Turia, fue el primero a quien el Cid admitió a vistas y luego a conciertos; después el de Zaragoza, al cual por la grandeza de la ciudad fue el Cid en persona a visitar. Recibióle el Moro muy bien, como quier que tenía grande esperanza de hacerse señor de Valencia con ayuda suya y de los cristianos que llevaba.

 

La ciudad de Valencia está situada en los pueblos llamados antiguamente edetanos, a la ribera del mar en lugares de regadío y muy frescos y fértiles, y por el mismo caso de sitio muy alegre. Demás de esto, así en nuestra era como en aquel tiempo, era muy conocida por el trato de naciones forasteras que allí acudían a feriar sus mercadurías y por la muchedumbre, arreo y apostura de sus ciudadanos. Hiaya, que dijimos fue rey de Toledo, tenía el señorío de aquella ciudad por herencia y derecho de su padre, ca fue sujeta a Almenon. El rey don Alfonso otrosí, como se concertó en el tiempo que Toledo se entregó, le ayudó con sus armas para mantenerse en aquel estado. El señor de Denia, que lo era también de Játiva y de Tortosa, quier por particulares disgustos, quier con deseo de mandar, era enemigo de Hiaya y trabajaba con cerco aquella ciudad. El rey de Zaragoza pretendía del trabajo ajeno y discordia sacar ganancia. Los de Valencia le llamaron en su ayuda y él deseaba luego ir, por entender se le presentaría por aquel camino ocasión de apoderarse de los unos y de los otros.

 

Concertóse con el Cid, y juntadas sus fuerzas con él, fue allá. El señor de Denia, por no ser igual a tanto poder, luego que le vino el aviso de aquel apercibimiento, alzó el cerco concertándose con los de Valencia. Quisiera el de Zaragoza apoderarse de Valencia, que al que quiere hacer

 

 

 

 

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mal nunca le falta ocasión. El Cid nunca quiso dar guerra al rey de Valencia; excusóse con que estaba debajo del amparo del rey don Alfonso, su señor, y le sería mal contratado si combatiese aquella ciudad sin licencia o le hiciese cualquier desaguisado. Con esto el de Zaragoza se volvió a su tierra. El Cid, con voz de defender el partido del rey de Valencia, sacó para sí hacer, como hizo, sus tributarios a todos los señores moros de aquella comarca y forzar a los lugares y castillos que le pagasen parias cada un año. Con esta ayuda y con las presas, que por ser los campos fértiles eran grandes, sustentó por algún tiempo los gastos de la guerra.

 

El rey Hiaya, como fuese antes aborrecido, de nuevo por la amistad de los cristianos lo fue más; y el odio se aumentó en tanto grado, que los ciudadanos llamaron a los almorávides, que a la sazón habían extendido mucho su imperio, y con su venida fue el rey muerto, la ciudad tomada. El movedor de este consejo y trato, llamado Abenjafa, como por premio se quedó por señor de Valencia. El Cid, deseoso de vengar la traición, y alegre por tener ocasión y justa causa de apoderarse de aquella ciudad nobilísima, con todo su poder se determinó de combatir a los contrarios. Tenía aquella ciudad grande abundancia de todo lo que era a propósito para la guerra, guarnición de soldados, gran muchedumbre de ciudadanos, mantenimientos para muchos meses, almacén de armas y otras municiones, caballos asaz; la constancia del Cid y la grandeza de su ánimo lo venció todo. Acometió con gran determinación aquella empresa; duró el sitio muchos días. Los de dentro, cansados con el largo cerco y reducidos a extrema necesidad de mantenimientos, demás que no tenían alguna esperanza de socorro, finalmente se le entregaron.

 

El Cid, con el mismo esfuerzo que comenzó aquella demanda, pretendió pasar adelante; lo que parecía locura, se resolvió de conservar aquella ciudad; hazaña atrevida y que pusiera espanto aún a los grandes reyes por estar rodeada de tanta morisma. Determinado pues en esto, lo primero llamó a Jerónimo, uno de los compañeros del arzobispo don Bernardo, desde Toledo para que fuese obispo de aquella ciudad. Demás de esto, hizo venir a su mujer y dos hijas, que, como arriba se dijo, las dejó en poder del abad de San Pedro de Cardeña. Al rey, por haber consentido benignamente con sus deseos, y en especial dado licencia que su mujer y hijas se fuesen para él, envió del botín y presa de los moros docientos

 

 

 

 

 

 

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caballos escogidos y otros tantos alfanjes moriscos colgados de los arzones, que fue un presente real. En este estado estaban las cosas del Cid.

 

Los infantes de Carrión, Diego y Fernando, personas en aquella sazón en España por sangre y riquezas nobilísimos, bien que de corazones cobardes, por parecerles que con las riquezas y haberes del Cid podrían hartar su codicia, por no tener hijo varón que le heredase, acudieron al rey y le suplicaron les hiciese merced de procurar y mandar les diesen por mujeres las hijas del Cid, doña Elvira y doña Sol. Vino el Rey en ello, y a su instancia y por su mandado se juntaron a vistas el Cid y los infantes en Requena, pueblo no lejos de Valencia, hicieron las capitulaciones, con que los infantes de Carrión en compañía del Cid pasaron a Valencia para efectuar lo que deseaban. Las bodas se hicieron con grandes regocijos y aparato real.

 

Los principios alegres tuvieron diferentes remates. Los mozos, como quier que eran más apuestos y galanes que fuertes y guerreros, no contentaban en sus costumbres a su suegro y cortesanos, criados y curtidos en las armas. Una vez avino que un león, si acaso, si de propósito, no se sabe; pero en fin, como se soltase de la leonera, ellos de miedo se escondieron en un lugar poco decente. Otro día en una escaramuza que se trabó con los moros que eran venidos de África, dieron muestra de rehusar la pelea y volver las espaldas como medrosos y cobardes. Estas afrentas y menguas, que debieran remediar con esfuerzo, trataron de vengarlas torpemente; y es así, que ordinariamente la cobardía es hermana de la crueldad. Suero, tío de los mozos, en quien por la edad era justo hubiera algo más de consejo y de prudencia, atizaba el fuego en sus ánimos enconados.

 

Concertado lo que pretendían hacer, dieron muestra de desear volver a la patria. Dioles el suegro licencia para hacerlo. Concertada la partida, acompañado que hubo a sus hijas y yernos por algún espacio, se despidió triste de las que muchas lágrimas derramaban y como de callada adivinaban lo que aparejado les esperaba. Con buen acompañamiento llegaron a las fronteras de Castilla, y pasado el río Duero, en tierra de Berlanga, les parecieron a propósito para ejecutar su mal intento los robledales, llamados Corpesios, que estaban en aquella comarca. Enviaron los que les acompañaban con achaques diferentes a unas y a otras partes, a sus mujeres sacaron del camino real, y dentro del bosque, donde las metieron, desnudas, las azotaron cruelmente sin que les valiesen los

 

 

 

 

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alaridos y voces con que invocaban la fe y ayuda de los hombres y de los santos. No cesaron de herirlas hasta tanto que cansados las dejaron por muertas, desmayadas y revolcadas en su misma sangre. De esta suerte las halló Ordoño, el cual, por mandado del Cid que se recelaba de algún engaño, en traje disimulado los siguió. Llevólas de allí, y en el aldea que halló más cerca las hizo curar y regalar con medicinas y comida. La injuria era atroz, la inhumanidad intolerable; y divulgado el caso, los infantes de Carrión cayeron comúnmente en gran desgracia. Todos juzgaban por cosa indigna que hubiesen trocado beneficios tan grandes con tan señalada afrenta y deslealtad. Finalmente, los que antes sabían poco, comenzaron a ser en adelante tenidos por de seso menguado y sandios.

 

El Cid, con deseo de satisfacerse de aquel caso y volver por su honra, fue a verse con el rey. Teníanse a la sazón en Toledo Cortes generales, y hallábanse presentes los infantes de Carrión, bien que afeados e infames por hecho tan malo. Tratóse el caso, y a pedimento del Cid señaló el rey jueces para determinar lo que se debía hacer. Entre los demás era el principal don Ramón, borgoñón, yerno del rey. Ventilóse el negocio; oídas las partes, se cerró el proceso. Fue la sentencia primeramente que los infantes volviesen al Cid enteramente todo lo que de él tenían recibido en dote, piedras preciosas, vasos de oro y de plata y todas las demás preseas de grande valor. Acordaron otrosí que para descargo del agravio combatiesen e hiciesen armas y campo, como era la costumbre de aquel tiempo, los dos infantes y el principal movedor de aquella trama, Suero, su tío. Ofreciéronse al combate de parte del Cid tres soldados suyos, hombres principales, Bermudo, Antolín y Gustio. Los infantes, acosados de su mala conciencia, no se atrevían a lo que no podían excusar, dijeron no estar por entonces apercibidos, y pidieron se alargase el plazo.

 

El Cid se fue a Valencia, ellos a sus tierras. No paró el rey hasta tanto que hizo que la estacada y pelea se hiciese en Carrión, y esto por tener entendido que no volverían a Toledo. Fueron todos en el palenque vencidos, y por las armas quedó averiguado haber cometido mal caso. Hecho esto, los vencedores se volvieron para su señor a Valencia. Las hijas del Cid casaron: doña Elvira con don Ramiro, hijo del rey don Sancho García de Navarra, al que mató su hermano don Ramón, como queda arriba dicho; y doña Sol con don Pedro, hijo del rey de Aragón, llamado también don Pedro, que por sus embajadores las pidieron y alcanzaron de su padre. De don Ramiro y doña Elvira nació Garci Ramírez, rey que fue

 

 

 

 

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adelante de Navarra. Don Pedro falleció en vida de su padre sin dejar sucesión. Con estas bodas y con su alegría se olvidó la memoria de la afrenta e injuria pasada, y se aumentó en gran manera el contento que recibiera el Cid muy grande por la venganza que tomó de sus primeros yernos.

 

La fama de las hazañas del Cid, derramada por todo el mundo, movió en esta sazón al rey de Persia a enviarle sus embajadores. Esto hizo mayor y más colmado el regocijo de las fiestas, que un rey tan poderoso, de su voluntad, desde tan lejos pretendiese confederarse y tener por amigo un caballero particular. A vista de Valencia por dos veces, en diversos tiempos, se dio batalla al rey Búcar, que de África pasara en España, y por el esfuerzo del Cid y su buena dicha fueron vencidos los bárbaros, y se conservó la posesión de aquella ciudad por toda su vida, que fueron cinco años después que la ganó. Llegó la hora de su muerte en sazón que estaba el mismo Búcar con un nuevo ejército de moros sobre la ciudad. Visto el Cid que muerto él no quedaban bastantes fuerzas para defenderla, mandó en su testamento que todos hechos un escuadrón se saliesen de Valencia y volviesen a Castilla. Hízose así; salieron varones, mujeres, niños y gran carruaje y los estandartes enarbolados. Entendieron los moros que era un grueso ejército que salía a darles le batalla, temieron del suceso y volvieron las espaldas. Debíase a la buena dicha de varón tan señalado que a los que tantas veces en vida venció, después de finado también les pusiese espanto y los sobrepujase.

 

Los cristianos continuaron su camino sin reparar hasta llegar a la raya de Castilla. Con tanto, Valencia, por quedar sin alguna guarnición, volvió al momento a poder de moros. Al partirse llevaron consigo los que se retiraban el cuerpo del Cid, que enterraron en San Pedro de Cardeña, monasterio que está cerca de Burgos. Las exequias fueron reales; halláronse en ellas el rey don Alfonso y los dos yernos del Cid; cosa muy honrosa, pero debida a tan grandes merecimientos y hazañas. Algunos tienen por fabulosa gran parte de esta narración; yo también muchas más cosas traslado que creo, porque ni me atrevo a pasar en silencio lo que otros afirman, ni quiero poner por cierto en lo que tengo duda, por razones que a ello me mueven y otros las ponen. En el templo de San Pedro de Cardeña se muestran cinco lucillos del Cid, de doña Jimena, su mujer, de sus hijos, don Diego, doña Elvira y doña Sol. Si por ventura no son sepulcros vacíos, que en griego se llaman cenotafios, a lo menos algunos

 

 

 

 

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de ellos, que adelante los hayan puesto en señal de amor y para perpetuar sus memorias, como suele acontecer muchas veces, que levantan algunos sepulcros en nombre de los que allí no están enterrados.

 

 

 

 

V. Como fallecieron el papa Urbano, el rey Yusuf

 

y el infante don Sancho

 

Gran daño recibieron con la muerte del Cid las cosas de los cristianos por faltar aquel noble caudillo, con cuyo esfuerzo se conservaron en tiempo tan trabajoso y en tan grande revuelta de temporales. La virtud del difunto, la gravedad, la constancia, la fe, el cuidado de defender la religión cristiana y ensancharla ponen admiración a todo el mundo. Del año en que murió no concuerdan los autores, ni es fácil anteponer los unos ni la una opinión a la otra; parece más probable que su muerte cayó en el año del Señor de 1098.

 

En el mismo año, el pontífice Urbano, trabajado con olas de diferentes cuidados por el cisma que Giberto, falso pontífice, levantó en tan mala sazón, para llegar ayudas de todas partes fue a Salerno con deseo de verse con Rogerio, conde de Sicilia, y valerse de él, cuya piedad y reverencia para con los romanos pontífices se alaba mucho por aquel tiempo, demás que por sus hazañas era muy esclarecido. Por estas obras y servicios que a la Iglesia hizo le concedió a él y a sus herederos que en Sicilia tuviesen las veces de legado apostólico y toda la autoridad que hoy llaman monarquía. Docta bula, porque es muy notable y provechoso que públicamente se sepa, y porque sobre este derecho han resultado grandes controversias a los reyes de España, pondremos aquí un traslado en lengua castellana, que dice así:

 

«Urbano, obispo, siervo de los siervos de Dios, al carísimo hijo Rogerio, conde de Calabria y de Sicilia, salud y apostólica bendición. Porque la dignación de la majestad soberana te ha exaltado con muchos triunfos y honras, y tu bondad en las tierras de los sarracenos ha dilatado mucho la Iglesia de Dios, y a la santa Silla Apostólica se ha mostrado siempre en muchas maneras devota, te hemos recibido por especial y carísimo hijo de la misma universal Iglesia. Por tanto, confiados de la sinceridad de tu bondad, como lo prometimos de palabra, así bien lo

 

 

 

 

 

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confirmamos con autoridad de estas letras, que por todo el tiempo de tu vida o de tu hijo Simón o de otro que fuere tu legítimo heredero, no pondremos en la tierra de vuestro señorío sin vuestra voluntad y consejo, legado de la Iglesia romana; antes lo que hubiéremos de hacer por legado, queremos que por vuestra industria, en lugar de legado, se haga todas las veces que os enviáremos de nuestro lado para salud, es a saber, de las iglesias que estuvieren debajo de vuestro señorío, a honra de san Pedro y de su santa Sede Apostólica, a la cual devotamente hasta aquí has obedecido, y a la cual en sus necesidades has fuerte y fielmente acorrido. Si se celebrare otrosí concilio, y te mandare que envíes los obispos y abades de tu tierra, queremos envíes cuántos y cuáles quisieres, los demás retengas para servicio y defensa de las iglesias. El omnipotente Dios enderece tus obras en su beneplácito, y perdonados tus pecados, te lleve a la vida eterna. Dado en Salerno por mano de Juan, diácono de la santa Iglesia romana, a 3 de las nonas de julio, indicción siete, del pontificado del señor Urbano II, año onceno».

 

Gaufredo, monje que trae esta bula, escribió su historia a petición del mismo conde Rogerio. La indicción ha de ser seis para que concierte con el año que pone del pontificado y con el de Cristo que señalamos. Esto en Italia.

En España, por concesión del mismo pontífice, la silla y nombre episcopal de Iria, que es el Padrón, se mudó en el nombre y cátedra Compostelana o de Santiago, y en particular la eximió de la jurisdicción del arzobispo de Braga. Lo uno y lo otro se impetró por diligencia de Dalmaquio, obispo de aquella ciudad, que por esta causa es contado por primero en el número de los obispos de Compostela.

 

El rey don Alfonso, aunque agravado con la edad, de tal manera se ocupaba en el gobierno, que nunca se olvidaba del cuidado de la guerra; antes por estos tiempos algunas veces hizo entradas en tierras de moros y correrías por los campos de Andalucía, mayormente que Yusuf, dado que hubo orden en las cosas del nuevo imperio de España, se volvió a África, y con su ausencia pareció que los cristianos por algún espacio cobraron aliento.

De este sosiego se aprovechó el rey para hermosear y ensanchar el culto de la religión en diversos lugares y de muchas maneras. En Toledo edificó a los monjes de San Benito un monasterio con título de los santos Servando y Germano en un montecillo o ribazo de piedra que está enfrente

 

 

 

 

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de la ciudad, no lejos de do al presente se ve el edificio de un castillo viejo del mismo nombre. Otros dicen que le reparó, y que en tiempo de los godos fue primero edificado. La verdad es que le sujetó al monasterio de San Víctor de Marsella, de do vino para morarle entonces aquella nueva colonia y población de monjes. Dentro de la ciudad, a costa del rey, se edificaron dos monasterios de monjas, uno con nombre de San Pedro, en el sitio en que al presente está el hospital del cardenal don Pero González de Mendoza; el otro con advocación de Santo Domingo de Silos, que en este tiempo se llama Santo Domingo el Antiguo. En la ciudad de Burgos edificó fuera de los muros otro nuevo monasterio con nombre de San Juan; hoy se llama San Juan de Burgos. Dio asimismo licencia a Fortún, abad de otro monasterio, que por aquel tiempo se llamaba de San Sebastián, y era muy principal en Castilla la Vieja; después se llamó de Santo Domingo de Silos, por haber este Santo en él vivido y muerto santísimamente, de edificar un pueblo cerca del dicho monasterio, que en nuestro tiempo es de ciento setenta vecinos, aunque los muros tienen anchura y capacidad para más, y es del duque de Frias, hoy condestable de Castilla.

 

El año siguiente de 1099 fue señalado por la muerte del pontífice Urbano y por la toma de la ciudad de Jerusalén, que la ganaron los soldados cristianos. Sucedió por la muerte de Urbano el cardenal Rainerio, persona de grande bondad y experiencia, que por su predecesor fue enviado por legado en España. Tomó nombre de Pascual II. Éste en el tiempo de su pontificado concedió a la iglesia de Santiago que, a imitación de la majestad romana, tuviese siete canónigos cardenales, y los obispos de aquella iglesia usasen del palio, insignia de mayor autoridad que la ordinaria de los otros obispos.

 

El año que luego siguió, es a saber, el de 1100, fue no menos alegre para los cristianos por la muerte de Yusuf, que por espacio de doce años tuvo el imperio de los moros en España, y el de África como treinta y dos, que aciago y desgraciado por la muerte que en él sucedió del infante don Sancho. Era su ayo, por mandado del rey don Alfonso, su padre, don García, conde de Cabra; criábale como a sucesor que había de ser de reino tan principal. La desgracia sucedió de esta manera. Alí, sucesor de Yusuf, deseando comenzar el nuevo imperio y ganar autoridad con alguna excelente hazaña y empresa, pasado el mar con un grueso ejército de moros que juntó eu África, de más de otros que en España se le allegaron, entró por el reino de Toledo y llegó haciendo mal y daño hasta la misma

 

 

 

 

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ciudad; metió a fuego y a sangre sembrados, árboles, lugares, cautivó hombres y ganados. El rey don Alfonso, por su gran vejez y por estar indispuesto, demás de esto cansado de tantas cosas como había hecho, no pudo salir al encuentro al enemigo bravo y feroz. Envió en su lugar sus gentes, y por general al conde don García; y para que tuviese más autoridad, quiso fuese en su compañía el infante don Sancho, su hijo, dado que era de pequeña edad. Él se quedó en Toledo, donde en lo postrero de su edad residía muy de ordinario.

 

Cerca de Uclés se dieron vista y juntaron los dos campos; ordenaron sin dilación las haces; diose la batalla de poder a poder, que fue grandemente desgraciada. Derribaron los moros al Infante. Amparábale el conde don García con su escudo, y con la espada arredraba y aún detuvo por buen espacio los moros que los rodeaban y acometían por todas partes. Su esfuerzo era tal, que los contrarios desde lejos le combatían, mas ninguno se atrevía a llegársele. El amor singular que tenía al Infante y el despecho, grande arma en la necesidad, le animaban. Finalmente, enflaquecido con las muchas heridas que le dieron los enemigos por ser tantos, cayó muerto sobre el que defendía.

 

Este miserable desastre y muerte desgraciada dio luego a los bárbaros la victoria. Cuánto haya sido el dolor del rey por tan gran pérdida no hay para qué relatarlo; no le afligía más la desgracia y pérdida del hijo que el daño de la república cristiana por faltar el heredero de imperio tan grande, que era un retrato de las virtudes de su padre, y parecía haber nacido para hacer cosas honradas. Preguntó el Rey cuál fuese la causa de tantos daños como de los moros tenían recibidos; fuele respondido por cierta persona sabia que el esfuerzo de los corazones estaba en los soldados apagado con la abundancia de los regalos, holguras y ociosidad, los cuerpos enflaquecidos con el ocio, y los ánimos con la deshonestidad, fruto ordinario de la prosperidad. Mandó pues quitar los instrumentos de los deleites, en particular derribar los baños, que eran muy usados a la sazón en España, a imitación y conforme a la costumbre de los moros. Alguna esperanza quedaba en don Alfonso, nieto del rey, que en doña Urraca, hija del mismo rey, dejó don Ramón, su marido; mas era pequeño alivio del dolor por la flaqueza de la madre y la edad deleznable del niño, en ninguna manera bastantes para acudir a cosas tan grandes. Con estos cuidados se hallaba suspenso el ánimo del rey; de día y de noche le aquejaba el dolor y el deseo de poner remedio en tantos daños.

 

 

 

 

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VI. De don Diego Gelmírez, obispo de Santiago

 

La iglesia de Santiago anduvo trabajada por este tiempo; grandes tempestades la combatían, no de otra manera que la nave sin piloto, ni gobernalle; llegó últimamente al puerto y a salvamento con la elección que se hizo de un nuevo prelado, por nombre don Diego Gelmírez, hombre en aquella era prudente en gran manera, de grande ánimo y de singular destreza.

 

Don Diego Pelayo, en tiempo del rey don Sancho de Castilla, fue elegido por prelado de la iglesia de Compostela, como queda dicho en otro lugar; era persona muy noble, mas bullicioso, inquieto y amigo de parcialidades. Hízole prender el rey don Alfonso, que fue grande resolución y notable poner las manos en hombre consagrado. Deseaba demás de esto privarle del obispado; era menester quien para esto tuviese autoridad; el cardenal Ricardo, que dijimos haberle el pontífice enviado a España por su legado, llamó los obispos para tener concilio en Santiago, con intento que en presencia de todos se determinase aquel negocio. Presentado que fue Pelayo en el concilio, por miedo o de grado renunció aquella dignidad; y para muestra que aquella era su determinada voluntad, hizo entrega en presencia del Cardenal del anillo y báculo pontifical. Con esto fue puesto en su lugar Pedro, abad cardinense.

 

El pontífice Urbano, avisado de lo que pasaba, tuvo a mal la demasiada temeridad y priesa con que en aquel hecho procedieron. Al legado cardenal escribió y reprendió con gravísimas palabras. Para el Rey despachó un breve y carta de este tenor:

«Urbano, obispo, siervo de los siervos de Dios, al rey Alfonso de Galicia. Dos cosas hay, rey don Alfonso, con que principalmente este mundo se gobierna: la dignidad sacerdotal y la potestad real. Pero la dignidad sacerdotal, hijo carísimo, en tanto grado precede a la potestad real, que de los mismos reyes hemos de dar razón al rey de todos. Por ende el cuidado pastoral nos compele, no sólo a tener cuenta con la salud de los menores, sino también de los mayores en cuanto pudiéremos, para que podamos restituir al Señor sin daño, cuanto en nosotros fuere, su rebaño, que él mismo nos ha encomendado. Principalmente debemos mirar por tu bien, pues Cristo ta ha hecho defensor de la fe cristiana y propagador de su Iglesia. Acuérdate pues, acuérdate, hijo mío muy amado, cuánta gloria te ha dado la gracia de la divina Majestad; y como

 

 

 

 

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Dios ha ennoblecido tu reino sobre los otros, así tú has de procurar servirle entre todos más devota y familiarmente, pues el mismo Señor dice por el Profeta: A los que me honran honraré, los que me desprecian serán abatidos. Gracias pues damos a Dios, que por tus trabajos la iglesia toledana ha sido librada del poder de los sarracenos; y a nuestro hermano el venerable Bernardo, prelado de la misma ciudad, convidado por tus amonestaciones recibimos digna y honradamente, y dándole el palio, le concedimos también el privilegio de la antigua majestad de la iglesia toledana, porque ordenamos que fuese primado en todos los reinos de las Españas; y todo lo que la iglesia de Toledo se sabe haber tenido antiguamente, ahora también por liberalidad de la Sede Apostólica hemos determinado que para adelante lo tenga. Tú le oirás como a padre carísimo, y procura obedecer a todo lo que te dijere de parte de Dios, y no dejarás de exaltar su Iglesia con ayuda y beneficios temporales. Pero entre los demás pregones de tus alabanzas ha venido a nuestras orejas lo que sin grave dolor no hemos podido oír, esto es, que el obispo de Santiago ha sido por ti preso, y en la prisión depuesto de la dignidad episcopal; desorden que, por ser de todo punto contrario a los cánones, y que las orejas católicas no lo sufren, tanto más nos ha contristado cuanto es mayor la afición que te tenemos. Pues, rey gloriosísimo don Alfonso, en lugar de Dios y de los apóstoles, rogándotelo mandamos que restituyas enteramente por el arzobispo de Toledo al mismo obispo en su dignidad, y no te excuses con que por Ricardo, cardenal de la Sede Apostólica, se hizo la deposición, porque es contrario de todo punto a los cánones, y Ricardo por entonces no tenía autoridad de legado de la Sede Apostólica; lo que él pues hizo entonces que Víctor, papa de santa memoria, tercero, le tenía privado de la legacía, nos lo damos por de ningún valor. En remisión pues de los pecados y obediencia de la Sede Apostólica, restituye el obispo a su dignidad, venga él con tus embajadores a nuestra presencia para ser juzgado canónicamente, que de otra manera nos forzarás a hacer con tu caridad lo que no querríamos. Acuérdate del religioso príncipe Constantino, que ni aún oír quiso el juicio de los sacerdotes, teniendo por cosa indigna que los dioses fuesen juzgados de los hombres. Oye pues en nosotros a Dios y a sus apóstoles, si quieres ser oído de ellos y de nos en lo que pidieres. El rey de los reyes, Señor, alumbre tu corazón con el resplandor de su gracia, te dé victorias, ensalce tu reino, y de tal manera

 

 

 

 

 

 

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conceda que siempre vivas, y de tal suerte del reino temporal goces felizmente, que en el eterno para siempre te alegres, amén».

 

Sucedió todo esto el año primero del pontificado de Urbano II, que cayó en el año del Señor de 1088. En lugar de Ricardo vino el cardenal Rainerio por legado en España; éste juntó un concilio en León, en que depuso a Pedro de la dignidad en que fue puesto contra las leyes y por mal orden, pero no se pudo alcanzar que Pelayo fuese restituido en su libertad y en su iglesia; solamente por medio de don Ramón, yerno del rey, que a la sazón vivía, se dio traza que a Dalmaquio, monje de Cluny, y por el mismo caso grato al pontífice, que era de la misma orden, se diese el obispado de la iglesia de Compostela.

 

Este prelado fue al concilio general que se celebró en Claramonte en razón de emprender la guerra de la Tierra Santa. Allí alcanzó que la iglesia de Compostela fuese exenta de la de Braga y quedase sujeta solamente a la romana; en señal del privilegio se ordenó que los obispos de Santiago no por otro que por el romano pontífice fuesen consagrados. No se pudo alcanzar por entonces del papa que le diese el palio, aunque para salir con esto el mismo Dalmaquio usó de todas las diligencias posibles. La luz y alegría que con esto comenzó a resplandecer en aquella iglesia en breve se oscureció, porque con la muerte de Dalmaquio hubo nuevos debates.

Pelayo, suelto de la prisión, se fue a Roma para pedir en juicio la dignidad de que injustamente, como él decía, fuera despojado. Duró este pleito cuatro años hasta tanto que Pascual, romano pontífice, pronunció sentencia contra Pelayo. Con esto, los canónigos de Santiago trataron de hacer nueva elección. Vínose a votos. Diego Gelmírez, en sede vacante, hizo el oficio de vicario; en él dio tal muestra de sus virtudes, que ninguno dudaba sino que si vivía era a propósito para hacerle obispo. Fue así, que sin tener cuenta con los demás canónigos, por voluntad de todos salió electo el primer día de julio. Alcanzó otrosí del Papa que a causa de las alteraciones de la guerra y de los trabajos pasados y que amenazaban por causa de los moros, se consagrase en España. Demás de esto, con nueva bula concedió que en Santiago hubiese, como arriba se dijo, siete canónigos cardenales a imitación de la Iglesia romana, éstos solos pudiesen decir misa en el altar mayor y acompañar al prelado en las procesiones y misa con mitras.

 

Don Diego Gelmírez, animado con este principio, con deseo de acrecentar con nuevas honras la iglesia que le habían encargado, fue a

 

 

 

 

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Roma, y aunque muchos lo contradijeron, últimamente alcanzó del Pontifico el uso del palio; escalón para impetrar la dignidad, nombre y honra de arzobispado que le concedió a él y a su iglesia Calixto, pontífice romano, algunos años adelante, como se verá en otro lugar. Estas cosas, dado que sucedieron en muchos años, me pareció juntarlas en uno, tomadas todas de la Historia Compostelana.

 

 

 

 

VII. De la muerte de los reyes don Pedro el Primero de Aragón, y don Alfonso el Sexto de Castilla

 

La perpetua felicidad del rey de Aragón y su valor hizo que los moros no se pudiesen mucho, por aquellas partes, alegrar con la fama del estrago que se hizo de cristianos en Castilla. A la verdad, las armas de los aragoneses en aquella parte de España prevalecían, y los moros no les eran iguales. Habíanles quitado un castillo cerca de Bolea, llamado Calasanz, y a Pertusa, muy antiguo pueblo en los ilérgetes, a la ribera del río Alcanadre. Demás de esto, recobraron la ciudad de Barbastro, que era vuelta a poder de moros. Poncío, obispo de Roda, enviado por el rey a Roma, alcanzó del pontífice que él y sus sucesores, mudado el apellido y la silla obispal, con retención de lo que antes tenía, se intitulasen obispos de Barbastro. La principal fuerza de los cristianos y de la guerra se enderezaba contra los de Zaragoza, la cual ciudad, quitada a los descendientes de los reyes antiguos, era venida a poder de los almorávides. Los reyes que en aquella ciudad antes de esto reinaron, eran estos: El primero Mundir, después Hiaya, el tercero Almudafar; y de otro linaje, Zulema, Hamas, Yusuf, Almazacin, Abdelmelich y su hijo Hamas, por sobrenombre Almuzacaito, a quien los almorávides quitaron el reino. Esto en España.

En la Francia Ato, que después de la muerte de don Ramón, conde de Barcelona, padre de Arnaldo, se había apoderado como desleal de la ciudad de Carcasona, cuyo gobierno tenía, sin reconocer al verdadero señor, fue por conjuración de los ciudadanos lanzado de la ciudad, y ella reducida a la obediencia de sus señores antiguos el año de 1102. En el mismo año Armengol, conde de Urgel, fue por los moros muerto en

 

 

 

 

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Mallorca, do pasó con deseo de mostrar su valor, por donde le dieron renombre de Baleárico, que es en castellano mallorquín. Era señor (en Castilla la Vieja) de Valladolid, pueblo que se cree los antiguos romanos llamaron Pincia, Peranzules, persona en riquezas, aliados y linaje muy principal, aunque vasallo del rey don Alfonso; su mujer se llamó Elo. Casó Armengol con doña María, hija de Perauzules; y de ella dejó un hijo, cuya tierna edad y su estado gobernó su abuelo Peranzules, y a su tiempo le casó con una señora principal, llamada Arsenda.

 

El año cuarto de este siglo y centuria, de Cristo 1104, fue desgraciado por la muerte de tres personajes muy grandes. Don Pedro, hijo del rey de Aragón, y su hermana doña Isabel murieron, en un mismo día, a 18 de agosto; el mismo Rey, sea por la pena que recibió y dolor de la muerte de sus hijos, o por otra enfermedad y accidente que le sobrevino, falleció el mes siguiente a 28 de septiembre. Fue sepultado en San Juan de la Peña. El pontífice Urbano concedió a este rey don Pedro y a sus sucesores y grandes del reino, a principio de la guerra de la Tierra Santa, que llevasen los diezmos y rentas de las iglesias que de nuevo se edificasen o quitasen a los moros, sacadas solamente aquellas iglesias en que estuviesen las sillas de los obispos; tan grande era el deseo de desarraigar aquella gente impía, que no parece consideraban bastantemente cuántos inconvenientes para adelante podría traer aquella liberalidad.

 

La tristeza que en Aragón por aquellas tres muertes toda la provincia recibió, muy grande y casi sin par, en gran parte la alivió la esperanza que de don Alfonso, hermano del Rey difunto, tenían concebida en sus ánimos, que luego le sucedió en el reino y en la corona. Su reinado fue largo, la fama de las cosas que hizo grande, su buenandanza, gravedad, constancia, fe, destreza en la guerra, y el señorío que alcanzó muy más ancho que el de sus pasados. En particular el segundo año de su reinado casó con doña Urraca, hija del rey don Alfonso de Castilla.

Hizo el rey este casamiento en desgracia de los grandes del reino que lo llevaban mal, y pretendieron desbaratarle y persuadir al Rey, que se hallaba flaco por la vejez y enfermedades, y que apenas podía vivir, que sería más acertado la diese por mujer a don Gómez, conde de Candespina, que en riquezas y poder se aventajaba a los demás señores de Castilla. Todos extrañaban mucho, como es ordinario, llamar algún príncipe extranjero. Esto deseaban y trataban entre sí; mas cada uno temía de decirlo al rey y llevarle este mensaje por no caer en su desgracia.

 

 

 

 

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Encomendáronse a un cierto médico judío, de quien el rey se servía mucho y familiarmente con ocasión que le curaba sus enfermedades. Mandáronle que esperase buena coyuntura y que propusiese esta demanda con las mejores palabras que supiese. El rey para desenfadarse se salió a la sazón de Toledo, y se entretenía en Magán, aldea cerca de aquella ciudad; otros dicen que en Mascaraque. El judío, hallada buena ocasión, hizo lo que le era mandado. Alteróse el rey en gran manera, que los grandes tomasen tanta autoridad y mano, que pretendiesen casar a su hija a su albedrío. Fue en tanto grado este disgusto, que mandó al médico que para siempre no entrase en su casa ni le viese más; y luego por amonestación del arzobispo don Bernardo, que no se apartaba de su lado, dio prisa a las bodas de su hija y de don Alfonso, rey de Aragón, que se hicieron en Toledo con aparato real y maravillosa pompa el año de 1106.

 

El rey, un poco recreado con esta alegría y con deseo de vengar el dolor que recibió por la muerte de su hijo; demás de esto, porque no quedase aquella afrenta y mengua del ejército cristiano sin enmienda, maguer que era de aquella edad, tomó de nuevo las armas. Entró por las tierras de Andalucía matando hombres y animales, sin perdonar a las casas, sembrados y arboledas. Toda la provincia fue trabajada, y padeció todos los daños que la guerra suele causar. Hecho esto, lo que le quedó de la vida se estuvo en reposo, sin tratar de otras empresas, a que le convidaba su larga edad, la grandeza del reino y la gloría de sus hazañas. Retiróse, no sólo de las cosas de la guerra, sino asimismo del gobierno, por cuanto le era lícito en tan gran peso de cuidados. Procuraba empero que la ciudad de Salamanca y de Segovia, como lo dice don Lucas de Tuy, maltratadas por las guerras pasadas y yermas de moradores, fuesen reparadas, fortificadas y adornadas.

 

Perenzules, que en aquella edad fue persona muy grave y muy sabia, fue ayo de doña Urraca en su menor edad, y al presente tenía el primer lugar en autoridad y privanza con el rey. Era el que gobernaba los consejos de la paz y de la guerra; y sólo entre todos parecía que con virtud y prudencia sustentaba el peso de todo el gobierno en el mismo tiempo que al rey, cargado de años, ca vivió setenta y nueve, le apretó una enfermedad que le duró un año y siete meses; puesto que para mejorar cada día por orden de los médicos salía a caballo a ejercitar el cuerpo y avivar el calor que faltaba. No prestó algún remedio por estar la virtud tan caída y la dolencia tan arraigada, que vencía todo lo al, sin bastar medicinas algunas

 

 

 

 

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para darle salud. Agravasele finalmente de suerte, que falleció en Toledo, jueves 1 de julio del año de nuestra salvación de 1109, como lo testifica Pelagio, ovetense, que pudo deponer de vista conforme al tiempo en que él vivió. Reinó después de la muerte de su padre por espacio de cuarenta y tres años; fue modesto en las cosas prósperas, en las adversidades constante. Sufrió fuerte y pacientemente los ímpetus de la fortuna; grande loa y la mayor de todas llevar lo que no se puede excusar, y estar apercibido para todo lo que a un hombre puede acontecer. Prudencia es proveer que no suceda; de ánimo constante sufrir fuertemente las mudanzas de las cosas humanas.

 

La muchedumbre, en especial popular, se suele amedrentar fácilmente, y no son mayores los principios del temor que los remedios. Muerto pues el rey don Alfonso, con cuya vida parece se conservaba todo, los ciudadanos de Toledo, que por la mayor parte constaban de avenida de muchas gentes, trataron de desamparar la ciudad. Entre tanto que este miedo se pasaba y para asegurar los ánimos, entretuvieron el cuerpo del Rey veinte días en la ciudad. Sosegado el alboroto y perdido el miedo en parte, le llevaron a sepultar al monasterio de Sahagún, junto al río Cea. Acompañáronle Bernardo, arzobispo de Toledo, y otros señores principales. El aparato del entierro fue magnífico por sí mismo, y más por las muy verdaderas lágrimas de todo el reino, que lloraban, no más la muerte del rey que su pérdida tan grande. Estas lágrimas y los desastres que se siguieron por la muerte de tan gran rey las mismas piedras en León parece dieron a entender y las pronosticaron. Junto al altar de San Isidro, en la peana donde el sacerdote suele poner los pies cuando dice misa, las piedras, no por las junturas, sino por el medio, manaron de suyo agua en espacio de ocho días antes de la muerte del rey, los tres de ellos, es a saber, interpoladamente, con grande maravilla de todos los que presentes estaban. Pelagio dice aconteció en tres días continuos, jueves, viernes y sábado, y que los obispos y sacerdotes hicieron procesión para aplacar a Dios; y que se significó por aquel milagro el lloro de toda España y las lágrimas que todos despedían en abundancia por la muerte de tan buen príncipe.

 

En tiempo de este rey vivió en Burgos con gran crédito de santidad Lesmes, de nación francés, hombre de grande caridad; en particular se ejercitaba en hospedar los peregrinos; su memoria se celebra en aquella ciudad con fiesta que se le hace cada un año y templo que hay en su

 

 

 

 

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nombre. A cuatro leguas de Nájera hacia vida muy santa un cierto hombre, llamado Domingo, español de nación, o como otros quieren italiano; ocupábase en el mismo oficio de piedad, y más especialmente en abrir caminos y hacer calzadas por las partes que los romeros iban a Santiago; así vulgarmente le llaman santo Domingo de la Calzada. De la industria de este varón entiendo yo que se ayudó el rey don Alfonso para fabricar las puentes que, como arriba se dijo, procuró se levantasen desde Logroño hasta Santiago. Hay un templo edificado en nombre de este santo varón, muy ancho, hermoso y magnífico, con una población allí junto, que después vino a hacerse ciudad, que al principio fue de los obispos de Calahorra, después de los reyes de España; hay un privilegio en esta razón del rey don Fernando el Santo.

 

Demás de esto, cierto judío, llamado Moisés, de mucha erudición y que sabía muchas lenguas, en lo postrero del reinado de don Alfonso, abjurada la superstición de sus padres, se hizo cristiano. El rey mismo fue su padrino en el bautismo, que fue ocasión de llamarle Pedro Alfonso; impugnó por escrito las sectas de los judíos y de los moros, y muchos de la una y de la otra nación por su diligencia se redujeron a la verdad. Famosa debió de ser y notable la conversión de este judío, pues los historiadores de Aragón la atribuyen a don Alfonso, rey de Aragón. Dicen que en Huesca, a 29 de junio, se bautizó, el año de 1106; que don Esteban, obispo de aquella ciudad, hizo la ceremonia, y el padrino fue el rey mismo de Aragón. En este debate no queremos, ni aún podríamos, dar sentencia por ninguna de las partes; cada cual por sí mismo siga lo que le pareciere más probable.

 

 

 

 

VIII. Del reinado de doña Urraca

 

A la sazón que falleció don Alfonso, rey de Castilla, doña Urraca, su hija, a quien por derecho venía el reino, estaba ausente en compañía de su marido, que no se fiaba de todo punto de las voluntades de los grandes de Castilla. Sabía bien le fueron contrarios y procuraron desbaratar aquel casamiento. No quería meterse entre ellos, si no era acompañado de un buen número de los suyos para todo lo que pudiese suceder; además que diversos negocios de su reino le entretenían para que no tomase posesión del nuevo y muy ancho reino que heredaba. Todas las cosas empero se

 

 

 

 

 

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enderezaban a la majestad del nuevo señorío; templábanse en los deleites; las deshonestidades de la Reina con disimulación se tapaban y cubrían, en que no sin grave mengua suya y de su marido andaba más suelta de lo que sufría el estado de su persona. Pusiéronse en las ciudades y castillos guarniciones de aragoneses, todo con intento que los castellanos no se pudiesen mover ni intentar cosas nuevas. Verdad es que a Peranzules, por tener grandes alianzas con entrambas naciones, en el entre tanto se le encomendó el gobierno de Castilla. Él tenía todo el cuidado universal, y gobernaba todas las cosas, así las de la guerra como las de la paz; por sus consejos y prudencia parecía que todo se encaminaba bien.

 

El poder no le duró mucho; la reina, mujer recia de condición y brava, luego que llegó a Castilla, que su marido la envió delante, al que fuera razón tener en lugar de padre, le maltrató a sinrazón, quitóle el gobierno y juntamente le despojó de su estado propio. No hay cosa más deleznable que la gracia de los príncipes; más presto acuden a satisfacerse de sus disgustos que a pagar los servicios que les han hecho. La ocasión que tomó para hacer este desaguisado no fue más de que en sus letras daba a don Alfonso, su marido, título de rey de Castilla. Esto se decía en público; la verdad era que a la reina pesaba de haberse casado, porque el casamiento enfrenaba sus apetitos desapoderados y sin término, y como yo sospecho, no podía sufrir las reprensiones que aquel varón gravísimo le daba por sus mal encubiertas deshonestidades. Esto dolía, aunque se tomó otra capa. Pesóle al rey que varón tan señalado fuese maltratado; que su inocencia y servicios y virtudes, porque se le debía antes galardón, fuesen tan mal recompensadas; restituyóle el estado que le había sido quitado y sus pueblos y hacienda. Él, por temer la ira de la reina, se retiró al condado de Urgel, cuyo gobierno, como queda dicho, tenía a su cargo. Estos fueron principios de grandes alteraciones, y no podían las cosas estar sosegadas en tanta diversidad de voluntades y deseos, en especial estando la Reina tan desabrida y viviendo con tanta libertad.

 

Del Andalucía se movió nueva guerra, y nuevo peligro sobrevino. Fue así, que Alí, rey moro, avisado de la muerto del rey don Alfonso, como quitado el freno, entró por tierras de cristianos feroz y espantoso; llegó hasta Toledo, y cerca de él en los ojos y a vista de los ciudadanos abatió el castillo de Azeca y el monasterio de San Servando. Los campos y alquerías humeaban con el fuego que todo lo abrasaba. Pasó tan adelante, que puso sitio sobre la misma ciudad, y por espacio de ocho días la

 

 

 

 

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combatió con toda suerte de ingenios. Libróla de aquel peligro su sitio fuerte y una nueva muralla que el rey don Alfonso a lo más bajo de la ciudad dejó levantada; demás de esto, el esfuerzo de Álvar Fáñez, varón en aquel tiempo muy poderoso y muy diestro en las armas, cuyo sepulcro se ve hoy día en el campo sicuendense, que es parte de la Celtiberia, en que tenía el señorío de muchos pueblos. Los moros, perdida la esperanza de apoderarse de aquella ciudad, a la vuelta que dieron a sus tierras, saquearon a Madrid y a Talavera, y les abatieron los muros; de todas partes llevaron grande presa y despojos.

 

El rey de Aragón hacía prósperamente en sus tierras la guerra a los moros; ganó a Ejea, pueblo principal de Navarra, el año 1110. Demás de esto, cerca de Valterra venció en batalla a Abuhasalem, que se llamaba rey de Zaragoza. Hechas estas cosas, don Alfonso, a ejemplo de su suegro, se llamó emperador de España; título que, si se mira la anchura del señorío que tenía, no parece fuera de propósito, por ser a la sazón el más poderoso de los reyes que España, después de su destrucción, había tenido; pero imprudentemente, por tomar ocasión para aquel dictado del señorío ajeno y poco durable. En fin, ordenadas las cosas de Aragón, vino a Castilla el año siguiente, en que con afabilidad y clemencia procuraba conquistar las voluntades de los naturales. Él por sí mismo oía los pleitos y hacía justicia, amparaba las viudas, huérfanos y pobres para que los más poderosos no les hiciesen agravio. Honraba a los señores y acrecentábalos conforme a los méritos de cada cual; adornaba y enriquecía el reino de todas las maneras que él podía. Por este camino los vasallos se le aficionaban; sólo el endurecido corazón de la reina no se domeñaba. Dio orden como se poblasen Villorado, Berlanga, Soria, Almazán, pueblos yermos y abatidos por causa de las guerras. Dio la vuelta a Aragón con intento, pues todo le sucedía prósperamente, de hacer la guerra de nuevo y con mayor atuendo a los moros.

 

Sabía bien que debemos ayudarnos de la fama y de las ocasiones que se presentan, y que conforme a los principios sucede lo demás, cuando las cosas en Castilla se alteraron en muy mala sazón. Don Alfonso era pariente de doña Urraca, su mujer, en tercer grado de parte de padres, ca fue bisabuelo de ambos don Sancho el Mayor, rey de Navarra. No estaba aún por este tiempo introducida la costumbre que, por dispensación de los papas, se pudiesen casar los deudos; y así, consideramos que diversos casamientos de príncipes se apartaron muchas veces como ilegítimos e

 

 

 

 

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ilícitos por este solo respeto. Esta causa pienso yo hizo que este rey don Alfonso no se contase en el número de los reyes de Castilla acerca los escritores antiguos; que no es justo con nuevas opiniones alterar lo que antiguamente tenían recibido y asentado, como lo hacen los que cuentan a este rey por seteno de este nombre entre los de Castilla, como quier que ningún derecho ni título pudo tener sobre aquel reino, por quedar legítimo heredero del primer matrimonio, y ser el segundo ninguno contra las leyes eclesiásticas.

 

Los disgustos pasaron tan adelante, que la reina por su mala vida y torpe fue puesta en prisión en el castillo llamado Castellar, de que con ayuda de los suyos salió, y se volvió a Castilla. No halló la acogida que cuidaba, antes de nuevo los grandes la enviaron a su marido, y él la tornó a poner en la cárcel. En este medio los señores de Galicia, do se criaba don Alfonso, hijo de doña Urraca, y por el testamento de su abuelo tenía el mando, hacían juntas y ligas entre si para desbaratar lo que los aragoneses pretendían. Holgaban en particular haber hallado ocasión de apartar y dirimir aquel casamiento desgraciado, que contra la voluntad de la nobleza e injustamente se hizo. Ponían por esta causa escrúpulos al pueblo; decían no ser lícito obedecer al que no era legítimo rey. Enviaron una embajada a Pascual II, pontífice romano, en que le daban cuenta de todo lo que pasaba. Ganaron de él un breve, en que cometió el conocimiento de la causa a don Diego Gelmírez, obispo de Santiago; un pedazo del cual pareció se podía ingerir en este lugar: «Pascual, siervo de los siervos de Dios, al venerable hermano Diego, obispo compostelano, salud y apostólica bendición. Para esto ordenó el omnipotente Dios que presidieses a su pueblo, para que corrijas sus pecados y anuncies la voluntad del Señor. Procura pues, según las fuerzas que Dios te da, corregir con conveniente castigo tan grande maldad de incesto que ha cometido la hija del rey, para que desista de tan gran presunción o sea privada de la comunión de la Iglesia y del señorío seglar».

 

Qué hayan establecido los jueces señalados para remediar, o por decir mejor, para castigar aquel exceso, no hay de ello memoria; sólo consta que desde aquel tiempo el rey don Alfonso comenzó a tener acedia y embravecerse contra los obispos. El de Burgos y el de León fueron echados de sus iglesias, el de Palencia preso, el abad de Sahagún despojado de aquella dignidad, y en su lugar puesto fray Ramiro, hermano del rey, por su nombramiento y con su ayuda. Don Bernardo, arzobispo de

 

 

 

 

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Toledo, fue forzado a andar desterrado dos años fuera de su diócesis, no obstante la majestad sacrosanta y autoridad que representaba de legado apostólico y de primado de España. En el cual tiempo juntó y tuvo el concilio palentino, cuya copia se conserva hasta hoy, y el legionense con otros obispos y grandes; en particular se halló en estas juntas presente don Diego Gelmírez, el de Santiago. Todos andaban con cuidado de sosegar y pacificar la provincia, porque las armas de Aragón y de Navarra se movían contra los gallegos, en que tomaron por fuerza el castillo de Monterroso. Verdad es que a instancia y persuasión de varones santos que se interpusieron se apartó el rey de Aragón de esta demanda y desistió de las armas. Todo procedía arrebatada y tumultuariamente sin considerar lo que las leyes permitían; los unos y los otros buscaban ayudas para salir con su intento. A los castellanos y gallegos se les hacía de mal ser gobernados por los aragoneses. El rey de Aragón pretendía a derecho o a tuerto conservar el reino de que se apoderara. Los que hacían resistencia eran echados de sus dignidades, despojados de sus bienes. Los gallegos, pasado aquel primer miedo, hicieron liga con don Enrique, conde de Portugal. Pasaron con esto tan adelante, que si bien el infante don Alfonso era de pequeña edad, le alzaron por rey. En Compostela en la iglesia mayor se hizo el auto; ungióle con el óleo sagrado el prelado don Diego Gelmírez, ceremonia desusada en aquel reino, pero a propósito de dar más autoridad a lo que hicieron. Pedro, conde de Trava, ayo de don Alfonso, fue el principal movedor de todas estas tramas.

 

Alteró mucho esta nueva trama y este hecho al rey de Aragón; hizo divorcio con la reina, y con tanto la dejó libre y la soltó de Soria, en cuyo castillo la tenía arrestada. Sin embargo, atraído de la dulzura del mandar, no dejaba el señorío que en dote tenía, demasía que a todos parecía mal. Los gobernadores de las ciudades y castillos, como no les soltase el homenaje que le tenían hecho, quitado el escrúpulo y la obligación, a cada paso se pasaban a la reina y le juraban fidelidad. Lo mismo hizo Peranzules, varón de aprobadas costumbres; y no obstante que todos aprobaban lo que hizo, cuidadoso de la fe que antes dio al rey de Aragón, se fue para él con un dogal al cuello, para que, puesto que imprudentemente se había obligado a quien no debiera, le castigase por el homenaje que le quebrantara en entregar los castillos que de él tenía en guarda. Alteróse al principio el rey con aquel espectáculo; después, amonestado de los suyos, que en lo uno y en lo otro aquel caballero

 

 

 

 

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cumplía muy bien con lo que debía, y que no le debía empecer su lealtad, al fin con mucha humanidad que le mostró y con palabras muy honradas le perdonó aquella ofensa. Los demás grandes de toda Castilla se comunaban y ligaban por la salud y libertad de la patria, aparejados a padecer antes cualquier afán y menoscabo que sufrir el señorío y gobierno aragonés.

 

Don Gómez, conde de Candespina, el que antes pretendió casar con la reina, y entonces por estar en la flor de su edad tenía más cabida con ella de lo que sufría la majestad real y la honestidad de mujer, se ofrecía el primero de todos a defender la tierra y hacer la guerra a los de Aragón; blasonaba antes del peligro. Don Pedro, conde de Lara, su competidor en los amores de la reina, tenía el segundo lugar en autoridad y poderío. Discordes los capitanes, ni la paz pública se podía conservar, ni hacerse la guerra como convenía. Don Alfonso, rey de Aragón, con un grueso ejército que juntó de los suyos, se metió en Castilla por parte de Soria y de Osma, do se tendían antiguamente los arevacos. Acudieron a la defensa los grandes y ricos hombres y el ejército de Castilla.

 

Asentaron los unos y los otros sus reales cerca de Sepúlveda. Resueltos de encontrarse, ordenaron las haces en esta forma: la vanguardia de los castellanos regía el conde de Lara, la retaguardia el conde don Gómez, el cuerpo de la batalla gobernaban otros grandes. El rey de Aragón formó un escuadrón cuadrado de toda su gente. Diose la señal de arremeter y cerrar. En el campo llamado de la Espina se trabó la pelea, que fue de las mas nombradas de aquel tiempo. El conde de Lara, como quier que no pudiese sufrir el primer ímpetu y carga de los contrarios, volvió las espaldas y se huyó a Burgos, do la reina se hallaba con cuidado del suceso; hombre no menos afeminado que cobarde. Don Gómez con algo mayor ánimo sufrió solo la fuerza de los enemigos y peso de la batalla, y desbaratados los suyos murió él mismo noblemente sin volver las espaldas; esta postrera muestra dio de su esfuerzo. Ni fue de menor constancia un caballero de la casa de Olea, alférez de don Gómez, que como le hubiesen muerto el caballo y cortado las manos, abrazado el estandarte con los brazos, y a voces repitiendo muchas veces el nombre de Olea, cayó muerto de muchas heridas que le dieron. Don Enrique, conde de Portugal, más por odio de la torpeza de la reina que por aprobar la causa del rey don Alfonso, desamparado el partido de Castilla, se juntara con los aragoneses; ayuda que fue de gran momento para alcanzar la victoria. La confianza que de estos principios los aragoneses cobraron fue tan grande, que, pasado el río

 

 

 

 

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Duero, por tierra de Palencia llegaron hasta León. Los campos, pueblos, aldeas eran maltratados con todo el mal y daño que hacer podían.

 

Los principales de Galicia se rehicieron de fuerzas, determinados de probar otra vez la suerte de la batalla. Pelearon con todo su poder en un lugar entre León y Astorga, llamado Fuente de Culebras. Sucedió la batalla de la misma manera que la pasada, prósperamente a los aragoneses, al contrario a los castellanos. Fue preso en la pelea don Pedro, conde de Trava, persona de grande autoridad y poder, y que estaba casado con una hija de Armengol, conde de Urgel, llamada doña Mayor. El mozo rey don Alfonso no se halló en esta pelea, que el obispo don Diego Gelmírez le sacó de aquel peligro y puso en parte segura; perdida la jornada, se fue al castillo de Orsilon, do estaba la reina, su madre. Ninguna batalla en aquella era fue más señalada ni más memorable que ésta por el daño y estrago que de ella resultó a Castilla.

 

Las ciudades de Nájera, Burgos, Palencia, León se rindieron al vencedor. Sin embargo, por no tener dinero para pagar los soldados, por consejo del conde de Portugal, metió la mano en los tesoros de los templos, que fue grave exceso, y aún le fue muy mal contado. San Isidro y otros santos con graves castigos que de él tomaron adelante vengaron aquella injuria; juntóse el odio del pueblo, y palabras con que murmuraban de aquella libertad; decían que merecían ser severamente castigados los que metieron mano en los vasos sagrados y tesoros de las iglesias. La verdad es que desde este tiempo de repente se trocó la fortuna de la guerra. Trabajaron los aragoneses primero el reino de Toledo, después pasaron a cercar la ciudad de Astorga, porque fueron avisados que la reina con toda su gente se aparejaba para hacer la guerra por aquella parte.

 

Traía Martín Muñoz al rey de Aragón trescientos caballos aragoneses de socorro. Cayó en una emboscada de enemigos que le pararon, en que muertos y huidos los demás, él mesmo fue preso. El rey, movido por este daño y con miedo de mayor peligro por el poco número de gente que tenía, a causa de los muchos que eran muertos y por estar los demás repartidos en las guarniciones de los pueblos que ganara, se retiró a Carrión confiado en la fortificación de aquella plaza. Allí fue cercado de los enemigos por algún tiempo, hasta tanto que el abad clusense, enviado por el pontífice para componer aquellas diferencias, con su venida alcanzó de los de la reina treguas de algunos días, y no mucho después que se levantase el cerco. Los soldados de Castilla asimismo, como levantados y juntados

 

 

 

 

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arrebatadamente y sin concierto y capitán a quien todos reconociesen, ni sabían las cosas de la milicia ni los podían detener en los reales largo tiempo. Pasado este peligro, las armas de Aragón revolvieron contra la casa de Lara, contra sus pueblos y castillos. Por otra parte, las gentes de la reina, con un largo cerco que tuvieron sobre el castillo de Burgos se apoderaron de él, y echaron desde entonces la guarnición que tenía de aragoneses.

 

El conde don Pedro de Lara, como pretendiese casar con la Reina y se tratase no de otra suerte que si fuera rey, con la soberbia de sus costumbres y su arrogancia tenía alterados los corazones de muchos, que públicamente le odiaban. Andaban su nombre y el de la reina puestos afrentosamente en cantares y coplas. Pasó tan adelante esto, que en el castillo de Mansilla fue preso y puesto a recado por Gutierre Fernández de Castro. Soltóse de la prisión, pero fuele forzoso, por no asegurarse de los de Castilla que tanto le aborrecían, huirse muy lejos y no parar hasta Barcelona. Fue hijo de don Diego Ordóñez, el que retó a Zamora sobre la muerte del rey don Sancho, y sobre el caso hizo campo con los tres hijos do de Arias Gonzalo.

 

Después de esto, el infante don Alfonso, ya rey de Galicia, con gran voluntad de todos los estados fue alzado por rey de Castilla. Érale necesario recobrar por las armas el reino, que halló dividido en tres parcialidades y bandos; no menos tenía que hacer contra su madre que contra el padrastro, ni menos dolor ella recibió que su marido de que su hijo hubiese sido alzado por rey, por tener entendido que en su acrecentamiento consistía la caída de ambos; juicio en que no se engañaban.

Doña Urraca, por miedo de la indignación de su hijo y por verse aborrecida de los suyos, determinó fortificarse en el castillo de León, confiada que por ser muy fuerte podría en él mantener el nombre de reina y la dignidad real, sin embargo del odio grande que el pueblo la tenía. Pero como quier que el hijo se pusiese sobre aquel castillo, se concertaron que la reina dejase a su hijo el reino, dándole con gran voluntad de los grandes y del pueblo, y a ella señalasen rentas con que pudiese pasar. La razón de los tiempos no se puede fácilmente señalar a cada cual de estas cosas, por la diversidad que hay de opiniones; es maravilla en cosas no muy antiguas cuan a tienta paredes andan los escritores, que hace ser muy dificultoso determinar la verdad, tanto, que aún no se sabe en qué año murió la reina doña Urraca; los más dicen que como diez y siete años después de la

 

 

 

 

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muerte de su padre. La verdad es que en tanto que vivió tuvo poca cuenta con la honestidad. Algunos afirman que en el castillo de Saldaña falleció de parto; gran mengua y afrenta de España. Otros dicen que en León, tomado que hubo los tesoros de san Isidro, que no era lícito tocarlos, reventó en el mismo umbral del templo; manifiesto castigo de Dios. Menos probabilidad tiene cierta hablilla que anda entre gente vulgar, es a saber, que de la reina y del conde de Candespina nació un hijo, por nombre don Fernando, al cual por su nacimiento y ser bastardo llamaron Hurtado. Añaden otrosí que fue principio del linaje que en España usa de este apellido, en nobleza muy ilustre, poderoso en rentas y en vasallos.

 

 

 

 

IX. De la Guerra de Mallorca

 

De esta manera procedían las cosas en Castilla en el tiempo que a los moros de Mallorca y de Zaragoza, acometieron las armas de muchas naciones que contra ellos se juntaron. Había fallecido Giberto, conde de la Provenza y de Aimillan en Francia; dejó a doña Dulce, su hija, por heredera. Don Ramón Berenguer, conde de Barcelona, marido de doña Dulce, príncipe poderoso y de grande señorío por lo que antes tenía, y por aquel estado de su suegro que por su muerte heredó tan principal, determinó con las fuerzas de ambas naciones apoderarse de las islas Baleares, que son Mallorca y Menorca, desde donde los moros ejercitados en ser cosarios hacían robos y correrías en las riberas de España, que está cercana, y también de Francia. Para llevar adelante este intento tenía necesidad de una gruesa y grande armada. Juntó en sus riberas la que pudo, principio de donde las armas de los catalanes comenzaron a ser famosas por la mar, cuyos señores por algún tiempo fueron con gran interés y fama. Pero como su armada no fuese bastante, él mismo pasó en persona a Génova y a Pisa, ciudades en aquella sazón poderosas por la mar. Convidóles a hacerle compañía en aquella guerra que trataba; púsoles delante los premios de la victoria, la inmortalidad del nombre, si por su esfuerzo los bárbaros fuesen echados de aquellas islas, de do, como de un castillo roquero, amenazaban y hacían daño a las tierras de los cristianos. Prometiéronle soldados y naves, y enviáronlos al tiempo señalado.

 

 

 

 

 

 

 

 

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Juntados estos socorros con el ejército de los catalanes, pasaron a las islas. Fue la guerra brava y dificultosa y larga, porque los moros, desconfiados de sus fuerzas, con astucia alzadas las vituallas y tomados los pasos, parte se fortificaron en los pueblos y castillos, parte se enriscaron en los montes sin querer meterse al peligro de la batalla. Consideraban los varios y dudosos trances que traen consigo las guerras, y que los enemigos se podrían quebrantar con la falta de lo necesario, con enfermedades, con la tardanza, cosas que de ordinario suelen sobrevenir o los soldados. La constancia de los nuestros venció todas las dificultades, y la ciudad principal por fuerza y a escala vista se entró en la isla de Mallorca el año 1115. Murió en aquella jornada Raimundo o Ramón, prelado de Barcelona. Sucedió en su lugar Oldegario, al cual poco después por muerte de Berengario, arzobispo de Tarragona, pasaron a aquella iglesia.

 

Ganada la ciudad, parecía sería fácil lo que restaba de conquistar. En esto vino aviso que los moros en tierra firme, quier con intento de robar, quier por forzar al conde se retirase de las islas, con gente que echaron en tierra de Barcelona, habían henchido toda aquella comarca de miedo, temblor y lloro, tanto, que sitiaron la misma ciudad. Esta nueva puso en grande cuidado al conde sobre lo que debía hacer y en mucha duda; por una parte el temor de perder lo suyo, por otra el deseo de concluir aquella guerra, le aquejaban y traían en balanzas; venció empero el miedo del peligro y los ruegos de los suyos. Dejó encargadas las islas a los genoveses, y él pasó a tierra firme. Los bárbaros sin dilación alzaron el cerco; siguiéronlos, venciéronlos y desbaratáronlos cerca de Martorel; fue la pelea más a manera de escaramuza y de tropel que ordenadas las haces. La alegría de esta victoria hicieron que fuese menor dos incomodidades: la una, que los genoveses con el oro que les dieron los moros se partieron de las islas y se las dejaron, como afirman los escritores catalanes, que en las historias de los genoveses ninguna mención hay de esta jornada; la otra, que en la Galia Narbonense se perdió la ciudad de Carcasona.

 

Poco antes de este tiempo Aton se apoderó de aquella ciudad sin otro derecho más de la fuerza. Era en su gobierno cruel y feroz. Movidos de esto los ciudadanos, se conjuraron contra él, y echado, restituyeron el señorío de la ciudad al conde de Barcelona, cuya era de tiempo antiguo, como antes queda mostrado. Aton con el ayuda de Guillén, conde de Poitiers, forzó a los ciudadanos que se le rindiesen. Rugerio, hijo mayor de Aton, entrado que hubo en la ciudad, hizo que todos rindiesen las armas.

 

 

 

 

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Como obedeciesen y las dejasen, mandóles a todos matar. La crueldad que en los miserables se ejercitó, fue extraordinaria con toda muestra de fiereza y soberbia inhumana. Muchos que pudieron salvarse se fueron a Barcelona. A ruego de ellos el conde Ramón Arnaldo Berenguer con ejército se metió por la Francia. Pusiéronse de por media varones buenos y santos; pesábales que las fuerzas de este buen príncipe con aquella guerra civil se divirtiesen de la guerra sagrada. Concertóse la paz de esta manera. Que lo que Aton había prometido a Guillén, conde de Poitiers, de serle él y sus descendientes sus feudatarios, mudado el concierto, poseyesen aquella ciudad, pero como en feudo de los condes de Barcelona.

 

Fue este Guillén, conde de Poitiers, hombre que procuraba ocasión de aumentar su señorío, trabar unas guerras de otras, aunque fuesen con daño ajeno, sin ningún cuidado de lo que era honesto y de la fama. Así, después que Ramón, conde de Tolosa, partió a la guerra de la Tierra Santa, como arriba queda dicho, se apoderó con las armas de todo lo que aquel príncipe tenía en Francia; hombre desapoderado y que no temía a Dios ni los juicios de los hombres.

 

Beltrán, hijo de don Ramón, por este tiempo, después de gastados tantos años en la guerra, desde la Tierra Santa, en que tenía el señorío de Trípoli, y en cuyo cerco le mataron a su padre con una saeta que del adarve le tiraron, dio la vuelta a su patria. No tenía esperanza que el de Poitiers vendría en lo que era razón. Comenzó a tratar con los príncipes comarcanos cómo podría recobrar el antiguo estado de su padre. En los demás no halló ayuda bastante. Acordó acudir a don Alfonso, rey de Aragón, de cuyas proezas y virtudes se decían grandes cosas; demás que la amistad trabada de tiempo atrás entre aquellas dos casas y el deudo le obligaba a no desampararle. ¡Qué grande maldad! El que perdido su padre y la flor de su edad en la guerra sagrada tan lejos de su patria se pusiera a tantos trabajos y peligros, sin embargo despojado de su tierra y de su estado, fue forzado a pedir ayuda y acudir y hacer recurso a la misericordia de otros. Recibióle aquel rey benignamente en Barbastro. Allí tuvieron su acuerdo; y el conde se hizo feudatario de Aragón por los estados de Rodes, de Agde o Agatense, de Cahors, de Albí, de Narbona y de Tolosa y otras ciudades comarcanas a las sobredichas, a tal empero que por las armas de Aragón él y sus descendientes fuesen restituidos y amparados en los estados de que estaban despojados.

 

 

 

 

 

 

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Hízose esta avenencia el año del Señor de 1116; bien que don Beltrán no fue restituido a causa que el poder de los condes de Poitiers era grande, y las fuerzas de Aragón estaban divididas, parte en la guerra civil contra Castilla, parte en la que con mejor acuerdo se hacía contra los moros. Verdad es que, pasados algunos años, don Alfonso Jordán, hermano de don Beltrán, del castillo de Tolosa, en que le tenía preso el conde de Poitiers, fue por aquellos ciudadanos sacado para hacerle señor de aquella ciudad, y echado de ella por fuerza Guillén Morello, que tenía aquel gobierno por el dicho conde de Poitiers. Los descendientes de don Alfonso fueron su hijo Raimundo o Ramón, su nieto Raimundo y su biznieto y tataranieto, que se llamaron también Raimundos y tuvieron el señorío de aquella ciudad hasta tanto que Juana, hija del postrer Raimundo, por falta de hijos varones, casó con Alfonso, conde de Poitiers. De este casamiento no quedó sucesión alguna, por donde san Luis, rey de Francia, hermano del dicho conde de Poitiers, por su muerte juntó con lo demás de su reino los estados y condados de Poitiers y de Tolosa, según que en el casamiento de aquella señora lo capitularan.

 

 

 

 

X. De la Guerra de Zaragoza

 

Confinaban con el señorío de don Alfonso, rey de Aragón, las tierras de Zaragoza, muy poderosa y fuerte ciudad por su nobleza, riqueza y grandeza. Los moradores de ella hacían ordinarias correrías y cabalgadas en los campos comarcanos de los cristianos, sin dejar de hacer todo el mal y daño que de hombres bárbaros y enemigos del nombre cristiano se podía esperar. El rey de Aragón, movido por estos males, sin embargo que la guerra de Castilla no la tenía del todo acabada, se determinó con todas sus fuerzas y gentes de combatir aquella ciudad. Representábanse grandes dificultades, trabajos y peligros, que la constancia del invencible rey fácilmente menospreciaba.

 

Tauste, villa principal a la ribera del río Ebro, se ganó a esta sazón por el valor e industria de un caballero principal, llamado Bacalla. Asimismo ganaron a Borja, a la raya de Navarra, Magallona y otros pueblos y castillos por aquella comarca. A los almogávares (así se llamaban los soldados viejos de gran experiencia y valor) se dio orden que estuviesen de

 

 

 

 

 

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guarnición en el Castellar, plaza fundada, como desuso queda dicho, sobre Zaragoza en un altozano. Proveyéronles de mantenimientos, armas y municiones a propósito de hacer salidas y correrías por los lugares al derredor, y que si necesario fuese, pudiesen sufrir un largo cerco. Este fue el principio que se dio a la guerra y conquista de Zaragoza: a la fama acudieron de diversas partes grandes personajes, entre otros vinieron los condes Gastón, de Bearne; Rotron, de Alperche, y Centullo, de los bigerrones. Formaron un grueso ejército de diversas gentes y naciones, con que se pusieron sobre aquella ciudad el año que se contaba de nuestra salvación 1118, por el mes de mayo. Al octavo día ganaron el arrabal que está de la otra parte del rio. Rotron, conde de Alperche, en el mismo tiempo que se continuaba el cerco, con seiscientos caballos que le dieron, se apoderó de Tudela, ciudad principal en el reino de Navarra, puesta en un sitio fuerte a la ribera del río Ebro; con la cual se quedó en premio de su trabajo.

 

Los moros de España, como quier que conociesen bien de cuánta importancia era para sus cosas e intentos la ciudad de Zaragoza, y el riesgo que corría todo lo demás si se perdiese, acudieron en gran número para socorrer a los cercados. Vino otrosí de África un famoso caudillo, por nombre Temin, con un grueso ejército de moros berberiscos; tenía puestos sus reales en un lugar aventajado a la ribera de Huerva, más arriba de Zaragoza y junto al castillo de María, que se tenía por los moros. Pero visto que los nuestros le hacían ventaja en muchedumbre y esfuerzo, dio vuelta a lo más adentro de la Celtiberia. Los cercados padecían falta de vituallas, y no tenían esperanza de socorro, que era el mayor de los males. A los cristianos cansaba la tardanza. Aprestaban nuevos ingenios para batir las murallas y entrar por fuerza la ciudad, cuando fueron avisados que un sobrino de Temin, otros dicen era hijo del rey de Córdoba, venía y llegaba ya cerca con resolución de meterse en la ciudad como por su tío le era mandado. Alteróse el rey don Alfonso con este aviso, tuvo su acuerdo, y determinó salir al encuentro a los que venían de socorro, ca bien entendía que si entrasen en la ciudad, a él sería forzoso partirse del cerco con poca reputación y mengua. Marchó pues con sus gentes, dio vista a los enemigos, juntáronse las huestes no lejos de Daroca en un lugar llamado Cutanda, diose la batalla, en que los moros fueron vencidos y muertos, y preso su general.

 

 

 

 

 

 

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Los de Zaragoza, avisados de aquella desgracia, por no quedarles esperanza alguna de poderse defender, después de ocho meses de cerco a 18 de diciembre rindieron sobre pleitesía la ciudad. Fue aquel día muy alegre para los cristianos, no sólo por el provecho presente, puesto que era muy grande, sino mucho más por la esperanza que cobraron de desarraigar el señorío de los moros de todo punto, quitádoles aquel fortísimo baluarte. Estaban los nuestros tan ciertos que tomarían la ciudad, que tenían antes de tomarla consagrado en obispo de ella a Pedro Librana, que consagró la iglesia y se encargó del gobierno espiritual. A los condes Gastón de Bearne, y Rotron de Alperche, en premio de su trabajo dio el Rey por juro de heredad sendos barrios en aquella ciudad. Tales eran las costumbres de aquel tiempo; no tenían por inconveniente poner muchos señores en un pueblo y en una ciudad.

 

A la ribera de Ebro, nueve leguas de Zaragoza, estuvo antiguamente una noble colonia de romanos, llamada Julia Celsa, ahora es un lugar desierto, y a una legua tiene un pueblo, que el día de hoy llaman Jelsa, que es el solo rastro que queda de aquella antigüedad. A esta comarca pasó el rey con sus gentes luego que la sazón del tiempo dio para ello lugar. Por allí hicieron correrías en los campos de los moros alrededor. Desde allí pasaron a la Celtiberia, provincia por la aspereza de los lugares y esfuerzo de los naturales de todo tiempo muy poderosa y fuerte, cuyos linderos antiguamente, unas veces se ensanchaban y otras se estrechaban, como sucedían las cosas. Pero propiamente los celtíberos corrían de oeste al este desde las fuentes del río Jalón, que tienen su nacimiento en Medinacelí, que algunos tienen, aunque con engaño, fue la antigua Ecelesta, hasta Nertóbriga, que hoy es Ricla. Por la banda de septentrión tenían por aledaño a Moncayo, y a la parte de mediodía las fuentes de Tajo cerca de Albarracín, ciudad que en otro tiempo se llamó Lobeto; en aquella comarca la guerra sucedió a los nuestros como suele a los vencedores, todo se les rendía y allanaba. Ganaron de esta vez a Tarazona, a Alavona y a Épila, que se tiene llamaron antiguamente Segoncia. Asimismo Calatayud vino a poder de los cristianos, población que fue de moros y de su capitán Ayub, que la fundó no lejos de la antigua famosa Bílbilis, de que queda rastro en un monte que cerca de aquella ciudad se empina y hasta el día de hoy se llama Bombola. Ariza también y Daroca corrieron la misma fortuna; adelante de la cual villa el rey hizo edificar un pueblo, que

 

 

 

 

 

 

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llamó Monreal, en un sitio muy a propósito para enfrenar las correrías y los intentos de los moros de Valencia.

 

Los monjes cartujos y los del Císter, nuevamente fundados, tenían gran fama y crédito por todas las partes de la cristiandad. Demás de estas órdenes, en Jerusalén los caballeros templarios y los hospitalarios, conforme a su santo y religioso instituto, inventado por el mismo tiempo, se empleaban con todas sus fuerzas en adelantar por aquellas partes el partido de los cristianos. Los templarios en vestidura blanca traían cruz roja a la manera de la de Caravaca con dos traviesas. Los hospitalarios, que también se llamaban de San Juan, en capa negra cruz blanca. San Bernardo, principal fundador de la orden del Císter, que vivía por estos tiempos, y aún se sabe vino a España, persuadió al rey entregase aquel pueblo a los templarios. Hízose así, edificáronles allí un convento, diéronles asimismo otras rentas, en particular se les señaló la quinta parte de los despojos qua se ganasen en la guerra, todo a propósito que tuvieses con que sustentar los gastos, y por aquella parte fuesen fronteros de los moros. Guillén, prelado de Aux en la Guyena, y los demás obispos de Aragón con sus sermones encendían los corazones de la gente a tomar la cruz y ayudar con sus personas y haciendas los intentos de aquellos caballeros. Ésta fue la primera entrada que los templarios tuvieron en España, éste el principio de las grandes rentas que adelante poseyeron, y aún, como se tuvo por cierto, últimamente fueron causa de su total ruina.

 

 

 

 

XI. Del cisma de Burdino, natural de Limoges

 

Gobernaba por este tiempo la Iglesia de Roma Gelasio, segundo de este nombre, al cual poco antes pusieron en la silla de san Pedro por la muerte del pontífice Pascual. Fue persona de gran corazón, pues no dudó proseguir las enemistades de sus antecesores contra el emperador Enrique, cuarto de este nombre, en defensa de la libertad de la Iglesia y de la majestad pontificia, en que pasó tan adelante, que, como el emperador viniese a Roma y él no se hallase con fuerzas para reprimir sus intentos, en una barca por el Tíber se fue primero a Gaeta, de donde era natural, y de allí pasó en Francia con intento de celebrar un concilio de obispos que tenía convocado para la ciudad de Reims. La muerte atajó sus intentos, que

 

 

 

 

 

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le tomó en el camino en el monasterio de Cluny. Tuvo el pontificado pocos días más de un año. En este tiempo dejó concedida una indulgencia a los soldados que estaban sobre Zaragoza y a todos los demás que acudiesen con alguna ayuda para edificar el templo de aquella ciudad. La bula, por ser muy señalada y porque por ella se entiende cómo se concedían las indulgencias antiguamente, pondré aquí vuelta en romance:

 

«Gelasio, obispo, siervo de los siervos de Dios, al ejército de los cristianos que tiene cercada la ciudad de Zaragoza y a todos los que tienen la fe cristiana, salud y apostólica bendición. Hemos visto las letras de vuestra devoción, y de buena gana dimos favor a la petición que enviaste a la Sede Apostólica por el electo de Zaragoza. Tornando pues a enviar al dicho electo, consagrado por la gracia de Dios por nuestras manos como si por las del apóstol san Pedro lo fuera, os damos la bendición de la visitación apostólica, implorando la justa misericordia del omnipotente Dios para que por los ruegos y merecimientos de los santos os haga obrar su obra a honra suya y dilatación de su Iglesia. Y porque habéis determinado de poner a vos y a vuestras cosas a extremos peligros; si alguno de vos, recibida la penitencia de sus pecados muriere en esta jornada, nos, por los merecimientos de todos y ruegos de la Iglesia católica, le absolvemos de las ataduras de sus pecados. De más de esto, los que por el mismo servicio de Dios o trabajaren o han trabajado, y los que donan alguna cosa o hubieren donado a la iglesia de la dicha ciudad, destruida por los sarracenos y moabitas, para ayuda a su reparo, y a los clérigos que allí sirven a Dios para su sustento, conforme a la cantidad de sus trabajos o buenas obras que hicieren a la Iglesia, y a juicio de los obispos en cuyas parroquias viven, alcancen remisión de sus penitencias e indulgencia. Dado en Aleste a 4 de los idus de diciembre. Yo, Bernardo, arzobispo de la silla toledana, hago y confirmo esta absolución. Yo, el obispo de Huesca, hago y confirmo esta absolución. Yo, Sancho, obispo de Calahorra, hago y confirmo esta absolución. Yo Guido, obispo lascurrense, hago y confirmo esta absolución. Yo Boso, cardenal de la santa Iglesia romana, hago y confirmo esta absolución».

 

En lugar del papa Gelasio, por voto de los cardenales que a su muerte se hallaron, el año de 1119 a 1 de febrero, fue elegido Guido, de nación borgoñón, hermano de don Ramón, y tío de don Alfonso, rey de Castilla. Era a la sazón arzobispo de Viena de Francia; llamóse en el pontificado Calixto II, dado que no aceptó la elección hecha por los cardenales en su

 

 

 

 

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persona hasta tanto que el clero de Roma viniese en lo mismo; y así, no se coronó hasta los 15 de octubre. En el concilio remense, en que se halló presente, promulgó sentencia de excomunión contra el emperador; estableció otrosí nuevas leyes contra el pecado de la simonía, que era muy ordinario, tanto, que ni bautizaban los niños ni enterraban los muertos sino por dineros. Procuró que los presbíteros, diáconos y subdiáconos se apartasen de las concubinas, las cuales en tiempos tan revueltos ellos tenían con el repuesto y libertad como si fueran sus mujeres; en España en particular todavía se continuaba la mala costumbre que introdujo el perverso rey Witiza, en especial en Galicia, sin poderla extirpar del todo, bien que se ponía en ello diligencia, de que da muestra un breve que pocos años antes de este tiempo envió el papa Pascual a don Diego Gelmírez, obispo de Santiago, cuyo tenor es el que se sigue:

 

«Pascual, obispo, siervo de los siervos de Dios, al venerable Diego, obispo de Compostela, salud y apostólica bendición. La iglesia que por Voluntad de Dios has recibido para gobernar, mucho ha que, aún pareciendo que tenía pastor, carece del consuelo de pastor. Por ende con mayor cuidado debes procurar que todas las cosas en ella se dispongan legalmente conforme a la regla de la Sede Apostólica. Pon en tu iglesia tales cardenales, presbíteros o diáconos, que puedan dignamente sustentar las cargas cometidas a ellos del gobierno eclesiástico. Allende de esto, lo que toca a los presbíteros, se encomiende a los presbíteros, lo que es de los diáconos a los diáconos se encargue, para que ninguno se entremeta en oficio ajeno. Si algunos ciertamente antes que fuese recibida la ley romana, según la común costumbre de la tierra, contrajeron matrimonios, los hijos nacidos de ellos no los excluimos ni de la dignidad seglar ni de la eclesiástica. Aquello de todo punto es indecente que en vuestra provincia, según somos informados, moran juntamente los monjes y las monjas. Lo cual debe procurar estorbar tu experiencia, para que los que al presente están juntos, sean apartados en moradas muy diversas conforme al juicio de personas religiosas; y para adelante no se use de semejante libertad. Dado en el Laterano, año de la encarnación del Señor 1103, de nuestro pontificado el cuarto».

 

La ley romana de que se hace mención en este breve, según yo entiendo, era la ley de la continencia impuesta a los del clero. La causa de excomulgar al emperador en el concilio remense fue que luego que el papa Gelasio se salió de Roma, como queda dicho, el Emperador procuró e hizo

 

 

 

 

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que en su lugar fuese nombrado por romano pontífice el obispo de Braga, llamado Burdino, con nombre de Gregorio VIII. Principio y ocasión con que, por la discordia de dos que se llamaban pontífices, se alteró la paz de la Iglesia en muy mala sazón. Cada cual de los dos pretendía ser el verdadero papa, y ponía dolo en la elección de su contrario, como es ordinario en semejantes casos.

 

Era Burdino natural de Limoges, en Francia; vino a España en compañía de Bernardo, arzobispo de Toledo, como queda dicho de suso. Después con ayuda del mismo alcanzó el obispado de Coimbra. En él trocó el nombre de Burdino y se llamó Mauricio; pero no se despojó de sus malas mañas y dañadas costumbres. De Coimbra con la misma ayuda de Bernardo fue promovido al arzobispado de Braga. A todos estos beneficios no correspondió con el agradecimiento debido; antes con dineros que de todas partes juntó, en que llevaba más confianza que en la justicia de lo que pretendía, se partió para Roma con intento de alcanzar del pontífice Pascual absolviese a Bernardo y le quitase la dignidad que tenía, con color que por su vejez no era bastante para el gobierno de aquella iglesia, y esto hecho, le pusiese a él en su lugar y le hiciese arzobispo de Toledo. Acometió el negocio por todos los medios que supo; pero, perdida la esperanza que el pontífice vendría en cosa tan fuera de razón, como era sagaz y doblado, acordó tomar otro camino para su acrecentamiento. Supo la discordia y diferencias que tenían el emperador y el papa; fuese para el emperador, y con sus mañas le ganó la voluntad de tal suerte, que con su ayuda se apoderó de la Iglesia de Roma y se hizo falso pontífice. Hay un breve del papa Gelasio para Bernardo, arzobispo de Toledo, en que le avisa que Burdino por sus excesos fue anatematizado por el pontífice Pascual, y le ordena que en su lugar haga poner otro prelado en la iglesia de Braga.

 

Grandes fueron las alteraciones que por causa de este cisma de Burdino se siguieron. Remediólo Dios; que el verdadero papa usó de diligencia, y el falso pontífice, tres años después que usurpó aquel apellido, fue en Sutrio preso, y en Roma traído como en triunfo en un camello por las calles y por las plazas; últimamente, le desterraron a lo postrero de Italia, y en el destierro murió en el monasterio de la Cava, llamado de la Trinidad, en que por sentencia y en pago de sus deméritos le tenían recluso. Éste fue el premio de la ambición de aquel hombre sin

 

 

 

 

 

 

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mesura; éste el fin de grandes movimientos, sospechas y miedos, que tenían suspenso y con cuidado a todo el mundo.

 

 

 

 

XII. De las paces que se asentaron entre Aragón y

 

Castilla

 

La elección del papa Calixto dio mucho contento a su sobrino el rey de Castilla, y para toda España fue muy saludable, ca todos entendían favorecería sus cosas con muchas veras, mayormente las de Castilla, por el deudo que en ella tenía; donde a la sazón las principales ciudades y castillos más fuertes se tenían por Aragón con guarniciones que en ellas ponían, sin otro mejor derecho que el que los reyes suelen poner en las armas y en la fuerza. Los castellanos comúnmente, unos por la larga costumbre de servir y obedecer, otros por diversos respetos y obligaciones que tenían a los aragoneses, poco caso hacían del menoscabo y afrenta de todo el reino, y muy poco les movía el deseo de la libertad.

 

Era el rey de Castilla, aunque de pocos años, igual en grandeza de ánimo a cualquiera de sus antepasados; no podía sufrir los agravios que su padrastro le hacía y la mengua de su reino. Enviáronse de una parte a otra embajadas sobre el caso. El de Aragón ni claramente rehusaba de hacer lo que se le pedía, ni venía luego en ello. Sólo de día en día, con varias excusas que alegaba, dilataba la ejecución y entretenía a su antenado. Llegóse a los postreros plazos y términos, que fue enviar reyes de armas para pedir los castillos y plazas; y caso que no se hiciese así, denunciar y romper la guerra a los contrarios. El de Aragón, por la continua prosperidad que en sus cosas tenía y por la pequeña edad de su antenado, hacía poco caso de estas amenazas, y parecía estar olvidado de la poca firmeza que tienen las cosas de la tierra.

 

Vinieron a las armas, juntaron grandes huestes por la una y por la otra parte. El rey de Aragón, como se hallaba más apercibido de todas las cosas necesarias, fue el primero que salió en campo, rompió por la parte de Navarra y entró por los campos de la Rioja. Dicen que el que acomete vence. Parecíale otrosí más a propósito para ganar reputación y salir con la victoria ofender que defenderse, y forzar a los enemigos en sus mismas tierras a poner a riesgo sus haciendas, sus casas, hijos y mujeres y todas las

 

 

 

 

 

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demás cosas que suelen estimar los hombres más que la misma vida. Grandes males y estragos amenazaban a España por cualquiera de las partes que la victoria quedase. Acudieron personas de buena vida y prelados del uno y del otro reino, pusiéronse de por medio a mover tratos de paz, bien que poca esperanza tenían de salir con ello por las muchas veces que en balde se intentara. Mas como quier que los corazones de los príncipes están en las manos de Dios, todo sucedió mejor que pensaban, porque el rey de Aragón dio oídos a estas pláticas y se dejó persuadir de las razones que le pusieron delante.

 

Éstas eran que el de Castilla pedía justicia en sus pretensiones; ofrecían tendría al aragonés en lugar de padre sin le enojar en cosa alguna. Por el contrario, los aragoneses no harían bien ni razón si más tiempo detuviesen los castillos y ciudades de Castilla, pues la excusa que alegaban de la pequeña edad del rey y el derecho que pretendían por el casamiento de doña Urraca, su madre, de todo punto cesaban; pues por una parte aquel matrimonio era ninguno, y como tal estaba apartado, y por otra don Alfonso era ya rey y señor de todo con beneplácito de su madre y voluntad de todo el reino. Que por sola fuerza sin razón ni derecho tener oprimido el reino ajeno, sus amigos y deudos, era cosa de mala sonada, y que no se podría tolerar. Finalmente, le advirtieron que los sucesos de la guerra suelen ser desgraciados, por lo menos muy dudoso su remate, mayormente que está a cuenta de Dios el amparar la inocencia y la justicia contra los que a tuerto la atropellan.

 

Vinieron pues a concierto; las condiciones fueron que por los aragoneses quedase todo lo que hay desde Villorado a Calahorra, a que pretendían tener derecho por razones y escrituras que declaraban pertenecía aquella comarca a los reyes de Navarra. Demás de esto, que en Vizcaya quedase por los mismos lo que se llama Guipúzcoa y Álava, provincias que pocos años antes el rey don Alfonso el Sexto quitara por fuerza a los navarros. Cuanto a las demás ciudades y fuerzas de Castilla, acordaron se quitasen las guarniciones que tenían de aragoneses, y nombradamente de Toledo. Bien entiendo que en todo esto se tuvo respeto a dar contento al pontífice Calixto; y todavía no sabría determinar a cuál de estos dos príncipes se deba mayor loa y prez en este caso. Parece que cada cual de los dos se señaló y se la ganó al otro en modestia y en blandura. El aragonés se mostró muy liberal por dejar lo que tenía, sin embargo de razones aparentes que para continuar no faltaban, como es

 

 

 

 

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ordinario. El de Castilla se señaló en paciencia y en prudencia más que llevaba su edad, pues con parte de su reino quiso comprar la paz tan deseada de todos. Concertadas estas diferencias, que avino el año de Cristo 1122, si bien algunos añaden a este cuento más años, en adelante estos dos reyes, como si fueran dos hermanos o padre e hijo, se mantuvieron en grande concordia y se gobernaron con gran prudencia; defendieron sus reinos de las tormentas y guerras que amenazaban de diversas partes.

 

Lo primero sin dilación revolvieron contra los moros. El de Aragón rompió por aquella parte que bañan y abrazan los ríos Cinca y Segre, donde el pueblo de Alcolea, que era vuelto a poder de moros, se recobró. Pasaron al reino de Valencia, y de la otra parte del río Júcar entraron asimismo por la comarca de Murcia. Revolvieron sobre la ciudad de Alcaraz, pero aunque la combatieron, no pudieron salir con ella por la fortaleza de su sitio. De allí pasaron a lo más adentro de Andalucía, en que los pueblos y ciudades a porfía se les rendían, y se ofrecían a pagar cierto tributo cada un año porque no les talasen los campos ni les robasen ni quemasen la tierra. Vinieron a batalla con el rey de Córdoba y otros diez señores moros, que se dio junto a un pueblo llamado Arenzol el año 1123. La victoria y el campo quedó por los nuestros. Por otra parte, el año luego siguiente ganaron por fuerza de los moros a Medinaceli, villa puesta en un collado empinado en aquella parte por do partían términos la Celtiberia y la Carpetania. De esta manera procedían las cosas de Aragón.

 

El rey de Castilla, con el mismo deseo de hacer mal a los moros y huir la ociosidad, con que las fuerzas se enflaquecen y marchitan, acometió las tierras de Extremadura. Allí recobró la ciudad de Coría, que después de la muerte del rey don Alfonso, su abuelo, volviera a poder de moros. Dio el rey orden y asiento en las cosas de aquella ciudad. Don Bernardo, por la autoridad que tenía de primado y legado apostólico, concertó lo que tocaba a la religión y culto divino. Desde allí corrieron todas las tierras que se extienden largamente entre los dos ríos Guadiana y Tajo, y son parte de la antigua Lusitania. Las talas de los campos y las presas de hombres y ganados fueron muy grandes, con que el ejército, alegre por el buen suceso, rico y cargado de despojos, dio la vuelta y se fueron los soldados a descansar a sus casas. Con estos principios ganó el rey reputación, y dio bastante prueba de aquellas virtudes, fe, liberalidad, constancia, culto muy puro de la religión, en que apenas tuvo par.

 

 

 

 

 

 

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Era muy devoto de Bernardo, abad a la sazón de Claravalle, al cual la conocida bondad de su vida y los grandes trabajos que sufrió por la religión puso adelante en el número de los santos. Era de nación borgoñón, como el rey lo era de parte de su padre, y así por su consejo hizo edificar muchos monasterios de cistercienses, que son casi los mismos que en este tiempo en toda aquella parte de España se ven fundados con magníficos edificios y heredados de gruesas rentas y posesiones. Contentábanse con poco al principio aquellos religiosos por el menosprecio que profesaban de las cosas humanas; después en poco tiempo, por la ayuda que muchos a porfía les dieron, persuadidos que con esto servían mucho a Dios, juntaron grandes riquezas. Que san Bernardo viniese a España a lo postrero de su vida se entiende por una carta suya a Pedro, abad de Cluny. Aumentó otrosí el rey con gran liberalidad los demás templos y monasterios que por todo su señorío estaban fundados, como lo muestran escrituras antiguas y privilegios, que por toda España fielmente se guardan en los archivos antiguos de Santo Domingo de la Calzada, de San Millán de la Cogolla, de San Miguel del Pedroso, de Santo Domingo de Silos; templos en aquella sazón muy célebres por su devoción y por el concurso de la gente que a ellos acudía. Alcanzó del pontífice, su tío, que la ciudad de Zamora y su iglesia fuese catedral. Bernardo, arcediano de Toledo, de nación francés, como arriba queda declarado, fue puesto por prelado el primero en aquella ciudad.

 

Sucedióle Esteban, en cuyo tiempo por dicho de un pastor que tuvo de ello revelación, se descubrió y conoció el lugar en que el cuerpo de san Ildefonso, arzobispo de Toledo, yacía del todo olvidado por la perturbación de los tiempos. Verdad es que sus palabras por entonces fueron menospreciadas por ser él persona tan baja; mas en tiempo del rey don Alfonso VIII se averiguó la verdad de aquella revelación, y que el pastor no andaba deslumbrado, cuando en tiempo de don Severo, obispo de aquella ciudad, la iglesia de San Pedro, que se caía y estaba maltratada, se comenzó a reedificar; en cuyos cimientos al abrirlos hallaron un sepulcro de mármol con el nombre de san Ildefonso, de que salió un olor de maravillosa fragancia. Averiguado todo el negocio, los sagrados huesos fueron puestos en una caja junto al mismo altar de San Pedro.

 

La iglesia otrosí de Santiago, a la misma sazón por concesión del mismo pontífice y a instancia del rey fue hecha arzobispal; y para este efecto y para que tuviese mayor autoridad trasladaron a ella los derechos y

 

 

 

 

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privilegios de la iglesia de Mérida, que estaba todavía en poder de moros, como consta todo esto por un privilegio que el rey otorgó en esta razón. Señalaron doce obispos que fuesen sufragáneos del nuevo arzobispo: los de Salamanca, Ávila, Zamora, Ciudad Rodrigo, Coria, Badajoz, Lugo, Astorga, Orense, Mondoñedo, Tuy; el tiempo adelante añadieron el de Plasencia. El arcediano de Ronda dice que los obispados de Zamora, Ávila y Salamanca en tiempo del arzobispo don Bernardo eran sufragáneos de Toledo, y que al presente los pasaron a Santiago; no sé cuánta verdad tenga esto. El nuevo arzobispo don Diego Gelmírez fue nombrado por legado apostólico en las provincias de Braga y de Mérida; de que hay breve de este Papa en el libro segundo de la Historia Compostelana, su data a 28 de febrero, año 1120, indicción trece, año segundo de su pontificado, cosa que sintió mucho el arzobispo de Toledo don Bernardo.

 

Hízole contradicción, pero salió con el pleito su contrario, y por el poder que tenía, celebró un concilio en la ciudad de Santiago; acudieron a su llamado los obispos y abades de las dos provincias emeritense y bracarense. Por esta manera y con estos principios se echaban los cimientos de la grandeza que hoy tiene la iglesia de Santiago; en todo esto se tuvo respeto a la grandeza de aquel santuario, y a que don Ramón de Borgoña, padre del rey y hermano del pontífice, estaba allí sepultado. Sucedió esto por los años del Señor de 1124.

 

En el mismo año por el mes de diciembre pasó de esta vida el mismo papa Calixto. Sucedióle en el pontificado Honorio, segundo de este nombre.

El año siguiente hubo guerras civiles en Francia por causa que Alfonso, conde de Tolosa, primo hermano que era del rey de Castilla, y su mujer, la condesa Faidida, pretendían tener derecho al condado de la Provenza y apoderarse de él por las armas. El conde de Barcelona defendía con todas sus fuerzas aquel estado, como dote que era de doña Dulce, su mujer. Resultó que después de grandes diferencias y debates se vino a concierto; acordaron que Argencia y Belicadro, pueblos sobre que la duda era mayor a cuál de las partes pertenecían, y aquella parte de la Provenza que está entre los ríos Druencia e Isara, quedasen por el conde de Tolosa; los demás pueblos y ciudades y la mayor parte de Aviñón, ciudad puesta a la otra parte del río Ródano, populosa y rica, se adjudicaron a los condes de Barcelona. Concertaron otrosí que, así ellos como sus descendientes, a

 

 

 

 

 

 

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trueco se prohijasen unos a otros para efecto de sucederse, caso que alguna de las partes muriese sin dejar hijos.

 

 

 

 

XIII. De los principios del reino de Portugal

 

En la parte de España que hoy se llama Portugal, y casi es la misma que la antigua Lusitania, un nuevo reino se fundaba por estos tiempos en su distrito no muy ancho, en el tiempo el postrero entre los reinos de España, en hazañas y valor muy noble y muy dichoso; pues no sólo antiguamente pudo echar de toda aquella tierra los moros enemigos de cristianos, sino los años adelante en tiempo de nuestros abuelos y de nuestros padres mostraron tanto valor los portugueses, que con increíble esfuerzo y buena dicha abrieron camino para pasar a todas las partes del mundo, y sujetar en la África y en la Asia muchos reyes y provincias, y hacerlas tributarias a su imperio. La luz de la verdadera religión y del Evangelio la llevaron y la mostraron entre naciones y gentes muy apartadas y bárbaras; gran gloria de su nación y acrecentamiento de la religión cristiana. Tiéndese la provincia de Portugal largamente por las riberas del mar Océano occidental en lo postrero de España; tiene por sus aledaños a mediodía y a septentrión los ríos Guadiana y Miño; es larga más de cien leguas, la anchura es mucho menor; por la parte que se tiende más pasa de treinta y cinco leguas, por la que más se estrecha tiene más de veinte. Divídese en tres partes, los de aquende y allende Tajo, y la comarca que está entre Duero y Miño, que es la mas fértil y alegre, do está situada la antigua ciudad de Braga; de la una parte de Tajo está Lisboa, de la otra Ébora, todas tres ciudades arzobispales. El terreno por la mayor parte es estéril y delgado, tanto, que de ordinario se sustentan de acarreo o por la mar. La gente es muy deseosa de honra y muy valiente entre todas las de España, señalada en la templanza del comer y del vestido, dada a la piedad y a los estudios de sabiduría, de toda humanidad y policía.

 

Una parte pequeña de esta provincia, que los reyes de Castilla tenían ganada de moros, se dio a don Enrique de Lorena, como queda dicho de suso, con nombre de conde y en dote con doña Teresa, su mujer, que fue hija, bien que fuera de matrimonio, del rey don Alfonso el Sexto. Sus hijos, don Alfonso, doña Elvira y doña Sancha; don Enrique, su padre,

 

 

 

 

 

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teniendo ya estos hijos después de la muerte de Jofré, rey de Jerusalén, encendido en deseo de ayudar a Balduino, hermano del difunto, que era de su nación y aún su deudo, como algunos piensan, pasó por mar a la Tierra Santa, consejo y acuerdo, si se miran las razones humanas, ni prudente ni recatado, por dejar a su mujer e hijos en peligro y tener tanto que hacer en su tierra contra los moros. Su ida no fue de algún efecto notable en levante; así, dio la vuelta a España. Vuelto, trató con el arzobispo de Toledo don Bernardo, a cuyo cargo por ser primado estaba el estado de las cosas eclesiásticas, que las ciudades de Braga, Coimbra, Viseo, Lamego y Porto, que caían todas en su distrito, volviesen a su antigua dignidad y pusiesen en ellas obispos. La reparación de Braga y qué ciudades tenía sujetas mejor se entenderá por una bula de Calixto II, cuyo fragmento me pareció ingerir en este lugar, que dice así:

 

«Que la iglesia de Braga haya antiguamente sido insigne en los reinos de España por muchos títulos de dignidad y gloria esclarecida, así los indicios de su antigua nobleza como los testimonios de antiguas escrituras lo comprueban. Pero porque quiso Dios castigar los pecados del pueblo que en ella vivía con la entrada de los moros o moabitas, así la dignidad arzobispal fue disminuida, como confundidos los términos de sus parroquias. Mas después de largos espacios de tiempos, la divina misericordia de nuevo se ha dignado restituir la metrópoli y librar en gran parte las parroquias de la tiranía de los infieles. Por donde nuestro predecesor, de santa memoria, el papa Pascual, la restituyó enteramente en su antigua dignidad y la tornó a juntar todos sus miembros por el privilegio de la Sede Apostólica. Nosotros pues, siguiendo sus pisadas, hermano carísimo y coepíscopo nuestro de la iglesia de Braga, Pelagio, do por voluntad de Dios presides, por la escritura de este presente privilegio confirmamos la misma ciudad de Braga toda con el coto o término entero que a la misma iglesia dieron el conde don Enrique y doña Teresa, su mujer, como se contiene en la descripción del sobredicho señor. Y a la misma metrópoli de Braga restituimos la provincia de Galicia, y en ella las ciudades catedrales; item Astorga, Lugo, Tuy, Mondoñedo, Orense, Porto, Columbria y los pueblos que hoy tienen nombre de obispales, que son: Viseo, Lamego, Egitania, Britonia, con todas sus parroquias». Hasta aquí son palabras de Calixto.

 

Catorce años antes de este tiempo en que vamos pasó de esta vida don Enrique en Astorga, ciudad de Galicia, donde era ido para sosegar las

 

 

 

 

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guerras civiles de Castilla y Aragón. Su cuerpo sepultaron en Braga en una capilla humilde; que la grandeza o locura de los sepulcros que hoy se usan y de los gastos intolerables que en esto se hacen no se había introducido en aquella edad. La condesa doña Teresa, su mujer, después de muerto su marido, no tuvo mucha más cuenta con la honestidad que su hermana doña Urraca, porque casó con el conde de Trastámara Fernán Páez, casamiento por lo menos humilde, si ya no fue del todo ilícito por ser clandestino. Dicen otrosí que tuvo conversación con un hermano del mismo, llamado Bermudo, y que, sin embargo, le dio por mujer a doña Elvira, su hija; y la otra hija, llamada doña Sancha, casó con Fernando de Meneses. Pudo ser que por odio se impusiesen falsamente algunas cosas de las sobredichas contra la honestidad de esta señora.

 

La verdad es que Fernán Páez alcanzó mucha cabida con la condesa, y gobernaba lo más alto y lo más bajo, y lo trastrocaba todo a su voluntad. Él hacía la guerra, él gobernaba en tiempo de paz sin hacer caso de su antenado. Sufrió él con paciencia este desaguisado y la mengua de su casa por la poca edad que tenía; pero adelante, como quier que por el odio y torpeza de su madre se le arrimase mucha gente, determinó de tomar las armas. No se descuidó su padrastro, hicieron levas de gente, diéronse vista y juntáronse los campos. Diose la batalla en la vega de Santibáñez, cerca de Guimaranes, que se entiende fue la antigua Aradura, asentada do se juntan los ríos Avo y Viscella. Quedó la victoria por don Alfonso, y con ella hubo en su poder a Fernán Páez y a doña Teresa, su madre. Al padrastro soltó sobre pleitesía que saldría de todo Portugal, a su madre puso en una estrecha prisión. Ella, embravecida por aquel desacato, envió a convidar y rogar al rey de Castilla, su sobrino, la ayudase contra los intentos crueles de su hijo. Prometióle de darle el condado de Portugal, que era muy justo quitar a su hijo por su inobediencia. Condescendió el de Castilla a los ruegos de su tía, sea por compasión y lástima que la tenía, o con deseo de ensanchar su señorío.

 

Juntó un buen ejército, con que se metió por las tierras de Portugal; acudió su primo, diose la batalla, que fue muy herida, en la vega de Valdeves, puesta entre Monzón y la puente de Limia. Fueron los castellanos vencidos y forzados a retirarse a León. El orgullo que por causa de esta victoria cobraron los portugueses fue tan grande, que sin mirar lo de adelante y sin tener cuenta con sus pocas fuerzas, se tenían y publicaban por libres y exentos del señorío de Castilla. El rey don Alfonso,

 

 

 

 

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con deseo de satisfacerse y reprimir la lozanía de los contrarios, juntado que hubo más fuerzas, revolvió sobre Portugal con mayor furia que antes. Los portugueses, por no tener fuerzas bastantes, se encerraron dentro de Guimaranes para con la fortaleza de aquella plaza defenderse del enemigo poderoso y bravo. Pusiéronse los castellanos sobre ella, determinados de no partirse de allí antes de tomarla y vengar la afrenta pasada. Estaba dentro con el Infante, que otros llaman duque de Portugal, Egas Núñez, su ayo, persona de mucha prudencia, y que con su buena crianza cultivó maravillosamente el buen natural de aquel príncipe, y fue causa que sus buenas inclinaciones se mejorasen y diesen el fruto de virtudes aventajadas. Este caballero, habida licencia, salió a verse y hablar con el rey; díjole tales razones, que le ablandó e inclinó a que se hiciesen paces. Las condiciones fueron las que el mismo Egas quiso otorgar; con tanto se alzó el cerco.

 

Añaden los historiadores de Portugal, a cuya cuenta se pongan estas cosas, que pasados algunos años, como don Alfonso el de Portugal mostrase estar olvidado y no querer cumplir lo que su ayo en su nombre asentara, que se partió para Toledo, y llegado a la presencia del rey, con un dogal al cuello se le presentó delante. Díjole: «Tomad señor, con mi muerte, enmienda de la palabra y homenaje que contra mi voluntad os han quebrantado». Reparó el rey con espectáculo tan extraordinario, movióse a misericordia por las lágrimas y aquel traje de persona tan venerable, perdonóle lo hecho, dado que no le quiso honrar, por sospechar algunos que debajo de aquella apariencia podía haber algún trato doble y engaño.

 

 

 

 

XIV. De las guerras que el rey de Castilla hizo

 

contra los moros

 

Este fue el fin que tuvo por entonces la guerra de Portugal; los que tienen mayor cuidado en rastrear y ajustar los tiempos, piensan que concurrió con el año de nuestra salvación de 1126, en el cual año la reina doña Urraca y el arzobispo de Toledo, don Bernardo, fallecieron casi en un mismo tiempo. La Reina en el castillo de Saldaña o en León, como antes se dijo, reventó en la iglesia de San Isidro. Concuerdan las historias en el día de su

 

 

 

 

 

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muerte, que fue a 7 de marzo; la Historia compostelana dice a 10, sexto de los idus, y que finó en Tierra de Campos. Su cuerpo sepultaron magníficamente en León. Don Bernardo, como se saca de diversos papeles de la iglesia de Toledo, si bien señalan un año antes de este, falleció en Toledo a los 3 de abril, cargado de años y de edad, asaz esclarecido por las cosas que hizo y por él pasaron. Sepultáronle en la misma ciudad en la iglesia mayor con una letra, conforme al tiempo algo grosera, que comenzaba por estas palabras:

 

Primero Bernardo fue aquí Primado Venerando.

 

Verdad es que el arcediano de Alcor dice que está enterrado en el monasterio de Sahagún junto al lucillo del rey don Alfonso el Sexto. Fue arzobispo por espacio de cuarenta años. Doce años antes que falleciese (los Anales de Sevilla dicen ocho), con sus gentes y a sus expensas ganó de moros la villa de Alcalá, en aquella sazón puesta de la otra parte del río de Henares en un recuesto áspero que se levanta sobre la misma ribera. Los reales del Arzobispo se asentaron en un collado más alto y como padrastro, que al presente se llama de la Vera Cruz. Desde allí los fieles apretaron a los moros y los trabajaron de tal guisa, que fueron forzados a desamparar el lugar, maguer que era muy fuerte. Por esta causa desde aquel tiempo quedó cuanto a lo temporal y espiritual por los arzobispos de Toledo.

 

Sucedió a don Bernardo don Raimundo o Ramón, obispo a la sazón de Osma; vinieron en su elección, primero el clero de Toledo que la votó, después el papa Honorio. En cuyo tiempo los obispos, abades y señores del reino se juntaron en Palencia, y con ellos el nuevo prelado de Toledo, que se llamaba primado y aún legado de la Sede Apostólica, según que se halla en la Historia Compostelana. Debió de ser de sólo nombre, porque el que presidió y por cuya autoridad se juntó este concilio fue don Diego Gelmírez, arzobispo de Santiago, por título de legado, ca la legacía que tuvo don Bernardo, como lo nota el arcediano de Ronda, no se dio a su sucesor, sino a este don Diego Gelmírez, y después de él a Juan, arzobispo de Braga, el cual muerto, dice no se dio a otro ninguno. En Palencia se hallaron presentes el rey y la reina. Abrióse el concilio al principio de la cuaresma del año 1129. En él, demás de otras cosas, hallo que se establecieron dos muy notables: la primera, que no se recibieran ofrendas

 

 

 

 

 

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ni diezmos de los excomulgados; la segunda, que no se diesen las iglesias a los legos, quier fuese con color de prestimonio, quier de vilicación, de donde se puede entender el principio y origen que los beneficios llamados préstamos tuvieron en España, que eran como mayordomos de las iglesias. Expidió eso mismo el rey un privilegio, en que a ejemplo de su tío el pontífice Calixto, dice que traslada de Mérida, luego que fuere recobrada de moros, los derechos reales a la ciudad de Santiago.

 

Poco después el cardenal Humberto, que vino a España por legado, juntó en León otro concilio de obispos para tratar del matrimonio del rey, que algunos pretendían era inválido. Casóse el rey don Alfonso el segundo año después de la muerte de su madre, con doña Berenguela, hija de Ramón Berenguer, conde de Barcelona. Celebráronse las bodas en Saldaña por el mes de noviembre; tuvo en ella los años siguientes a sus hijos don Sancho, don Fernando, doña Isabel y doña Sancha. Constaba que doña Berenguela tenía deudo con su marido por la línea de los reyes de Castilla y asimismo por la de los condes de Barcelona. Tratóse el negocio, e hiciéronse los autos acostumbrados; venidos a sentencia, los obispos pronunciaron que aquel parentesco no era en alguno de los grados prohibidos por la Iglesia y por derecho. El emperador don Alfonso era bisnieto de don Fernando, rey de Castilla. Doña Berenguela, tercera nieta de su hermano don Ramiro, rey de Aragón, por vía de su hija doña Teresa, que casó en la Provenza, y fue madre del conde Gilberto, padre de doña Dulce, que casó con Ramón Berenguer, conde de Barcelona ya dicho. Conforme a esto el deudo era en cuarto y quinto grado y no más.

 

Concluido este pleito, las fuerzas del reino se enderezaron contra moros. Hizo el rey entrada en las tierras de los infieles por la parte del reino de Toledo. Púsose sobre Calatrava, cuyos moradores hacían grandes daños en los campos comarcanos, apretóse el cerco, que fue largo; en fin, se ganó, y el rey la entregó al arzobispo de Toledo para que fuese señor de ella y la tuviese a su cargo. El crédito y fama de los caballeros templarios, de su valor y esfuerzo no tenía par; por esta causa el arzobispo les entregó aquella plaza. Así lo afirman los más autores, puesto que algunos piensen que estos caballeros no fueron los templarios, sino otros que, tomada la señal de la cruz a imitación de la guerra que se hacía en la Tierra Santa, seguían a sus expensas los reales de los cristianos con celo de hacer daño a los moros e intento de ganar la indulgencia a los tales concedida por los papas. Ganáronse de esta vez por aquella comarca Alarcos, Caracuel, que

 

 

 

 

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Antonino en su Itinerario llama Carcuvio, Mestanza, Alcudia, Almodóvar del Campo, y en la misma Sierra Morena ganaron el lugar de Pedroche. Lo demás parecía sería fácil de conquistar por el gran miedo que se apoderara de aquella gente infiel; pero la sazón del tiempo, que era tarde, reprimió los intentos del rey.

 

Pasado el invierno, sacó las gentes de sus alojamientos, con que por los desiertos de Cazlona, que es parte de Sierra Morena, rompió por el Andalucía talando, saqueando y robando por todas las partes. Cercaron a Jaén, mas no la pudieron tomar; dado que por todo el tiempo del invierno estuvieron sobre aquella ciudad; la fortaleza de los muros y esfuerzo de los cercados hizo que no se pudiese entrar. Tenía por aquella sazón el imperio de los almorávides en África y en España Albohalí, hijo de Alí, nieto de Yusuf, príncipe de menor poder y fuerzas que sus antepasados por causa de las guerras civiles que andaban encendidas entre los moros. Era esta buena ocasión para dañarle y hacerle guerra.

El suegro del rey don Alfonso, conde de Barcelona, falleció el año de 1131; dejó por señor de Barcelona y de Carcosona y de Rodes, ciudades de Francia que eran de su señorío, a su hijo mayor don Ramón. A don Berenguer, su hijo segundo, mandó los condados de la Provenza y de Aymillan. Doña Cecilia, su hija, casó con don Bernardo, conde de Foix; con Aimerico, conde de Narbona, casó otra su hija, cuyo nombre no se sabe. Las demás hijas que tenía, quedaron encomendadas a don Berenguer, su hermano, que casaron en Francia con otros grandes personajes.

El año que se siguió no tuvo cosa que de contar sea, salvo que el rey don Alfonso volvió de la guerra de Andalucía alzado el cerco de Jaén; y don Sancho, hijo del Rey, fue armado caballero el mismo día del apóstol san Matías en Valladolid con la ceremonia muy solemne que en aquellos tiempos se acostumbraba. Su mismo padre le armó de todas armas y le ciñó la espada, que era muestra de darle por mayor de edad y emanciparle; servía otrosí de espuelas para que con grande ánimo remedase las virtudes y valor de sus antepasados, y a su ejemplo pretendiese ganar honra, prez y renombre inmortal en servicio de Dios y de su patria.

 

 

 

 

XV. Cómo don Alfonso, rey de Aragón, fue

 

muerto

 

 

 

 

 

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Éste era el estado de las cosas en Castilla y en Portugal. En Aragón, como habían comenzado tenían buen progreso. Los pueblos y castillos, cercanos de los moros se ganaban, y el señorío de aquella gente infiel iba cuesta abajo. Toda la Celtiberia quedó por los nuestros; asimismo Molina en la misma comarca, que ya era tributaria a los cristianos, fue forzada a rendirse. A la ciudad de Pamplona se añadió el arrabal llamado de San Saturnino, en que pusieron franceses con derecho que se les dio de naturales y ciudadanos. Concedióseles otrosí que tuviesen por leyes el fuero de Jaca, y conforme a él en particular y en común se gobernasen y sentenciasen los pleitos.

 

Estaban los moros muy extendidos y enseñoreados de las riberas del mar por la parte que en ella desagua el río Ebro; desde allí hacían daño con correrías y cabalgadas en los pueblos y campos comarcanos. Para reprimirlos tenían necesidad de flota, y así, el rey mandó hacer muchas barcas y bajeles en Zaragoza; y consta que antiguamente en el imperio de Vespasiano y de sus hijos, reparadas y enderezadas y acanaladas las riberas de Ebro, se navegaba aquel río hasta un pueblo llamado Vario, que demarcan no lejos de do al presente está la ciudad de Logroño, sesenta y cinco leguas de la mar; grande comodidad para los tratos y comercio.

Mequinenza, que se entiende es la que César llamó Octogesa, pueblo fuerte por su sitio y por las murallas, está asentado en la parte en que los ríos Cinca y Segre se juntan en una madre. De este pueblo al presente se apoderó el rey de Aragón, echada de él la guarnición de moros que dentro tenía. Toda esta prosperidad y alegría se trocó en lloro y se añubló por una desgracia, que sucedió sin pensar, muy grande. Es así que de ordinario las cosas de la tierra tienen poca firmeza, y el alegría muchas veces se nos agua, porque de la prosperidad, unos toman ocasión de descuidarse, otros de atreverse demasiado; lo uno y lo otro hace que se trueque la buenandanza en contrario. El caso pasó de esta manera.

Fraga, pueblo de los ilérgetes (a la cual Ptolemeo llama Gallica Flavia) mas conocido por el desastre de esta guerra que por otra cosa alguna que en él haya, está asentado en un altozano y monte de tierra, que por delante, comido con las corrientes y crecientes del río Cinca, hace que la entrada sea áspera, de guisa que pocos se la pueden a muchos defender. Por las espaldas se levantan unos collados no ásperos y todos cultivados, pero tan pegados con el pueblo, que impiden no se pueda batir con los ingenios ni aprovecharse de la artillería. El rey, después que tomó a Mequinenza,

 

 

 

 

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animado con aquel suceso, con intento de pasar adelante en sus conquistas, se metió por la tierra de los ilérgetes el río de Segre arriba, en que entra el río Cinca; quedaba por aquellas partes lo más dificultoso de la guerra, por ser los pueblos muy fuertes y por que los moros en gran número se retiraran a aquellos lugares para salvarse. Los reyes de Lérida y de Fraga con tan gran concurso de gente cobraron por esta causa muchas fuerzas, y comenzaban a poner espanto a los cristianos.

 

Los reales del rey se asentaron sobre Fraga el mes de agosto del año de Cristo de 1133. La esperanza y aparato fue mayor que el provecho; el tiempo del año, que comenzaba el invierno, y por tanto las ordinarias lluvias, forzaron a despedir el ejército, y enviarle a invernar, con orden que de nuevo se juntasen al principio del verano. Volvieron al cerco por el mes de febrero, no con menor esfuerzo ni con menor ejército que antes. Gastáronse en él los meses de marzo y abril, sin hacer efecto que de contar sea, por estar los moradores apercibidos de todas las cosas, almacén y municiones contra la tempestad que les amenazaba; y con la esperanza que tenían de ser socorridos llevaban en paciencia los daños de la guerra y los trabajos del cerco.

 

Abengamia, rey de Lérida, con gentes que juntó de todas partes, vino al socorro de los cercados. Diose la batalla cerca de Fraga el día de las santas Justa y Rufina. Los fieles se hallaban cansados con la guerra, y eran en pequeño número, por quedar buena parte en guarda de los reales, ca temían no fuesen de los de dentro acometidos por las espaldas; los moros entraban en la pelea de refresco y muy feroces. Perecieron muchos cristianos en aquella batalla. Esta pérdida no fue parte para que el cerco se alzase a causa que el daño de los moros no fue mucho menor.

El rey, todavía temeroso de mayor peligro, se partió a la raya de Castilla para juntar nuevas gentes en Soria y su comarca. Con esta traza y socorro corrió los campos de los enemigos, sin parar hasta dar vista a Monzón. Iba en pos de los demás no muy lejos el mismo rey con una compañía de trescientos de a caballo. Este escuadrón encontró acaso con un gran número de la caballería enemiga, que le rodeó por todas partes. El rey, visto el peligro en que se hallaba, con pocas palabras que dijo animó a los suyos a hacer el deber. Que se acordasen que eran cristianos, y con su acostumbrado esfuerzo acometiesen a los enemigos; que el atrevimiento les serviría de reparo, y en el miedo estaría su perdición. «Con el hierro, dice, y con la fortaleza saldréis de este aprieto, no pongáis en al vuestra

 

 

 

 

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esperanza; y si a vuestra valentía la fortuna no ayudare, y Dios que lo puede todo y acorre a los suyos en semejantes aprietos, procurad a lo menos de vender caras vuestras vidas, y no hagáis con rendiros afrenta a vuestro valor y fama; antes, con las armas en las manos y con el esfuerzo que convien, morid como buenos si fuere necesario».

 

Vínose luego a las manos. Los fieles, conforme al aprieto en que estaban, peleaban valientemente. El rey andaba entre los primeros; señalábase por su esfuerzo, por la sobreveste y lucidas armas que llevaba; así, los golpes y tiros de los moros se enderezaban contra él. Diéronle tanta priesa, que en fin le mataron. Los demás, perdido su caudillo, parte como buenos murieron en la demanda, parte se salvaron por los pies. De esta manera pasó aquel encuentro tan desgraciado, si bien de la muerte del rey se levantaron después diversos rumores. El vulgo en casos semejantes suele trovar e inventar varias consejas; los unos de buena gana creen lo que desean, los otros a lo que oyen añaden siempre algo para que las nuevas sean más alegres o menos pesadas. Algunos decían que cansado de vivir, perdida aquella batalla, se fue a Jerusalén; otros escribieron que el cuerpo, comprado por dineros, fue sepultado en el monasterio de Montearagón. El más acertado parecer, que cayó en aquel desastre por poner las manos con codicia en los tesoros de las iglesias, dado que el arzobispo don Rodrigo y las historias de Aragón alaban a este rey de religioso, pío y manso. Lo que yo entiendo, y tiene más probabilidad, es que su cuerpo no se pudo hallar por ser grande el número de los muertos, y que ésta fue la causa de las varias opiniones que resultaron. Lo cierto, que aquella desgracia sucedió cerca del lugar de Sariñena, a 7 de septiembre del año que se contó 1134.

 

Fue este príncipe gran capitán, en ánimo, valor, fortaleza sin par, gran gloria y honra de España. Trabó batalla con sus enemigos por veintinueve veces, como lo afirma un autor antiguo, y las más salió vencedor; reinó por espacio de treinta años. Otorgó su testamento tres años antes de su muerte, en sazón que tenía sitio sobre Bayona de Francia, que dicen nuestras historias la tomó, y que en aquel cerco el conde don Pedro de Lara hizo campo con Alfonso Jordán, conde de Tolosa, y que el de Lara quedó allí muerto.

Aquel testamento fue muy notable y que dio mucho que decir, y aún ocasión a muchas revueltas y debates. Hizo en él mandas de muchos pueblos y castillos a los templos y monasterios de casi toda España;

 

 

 

 

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porque no tenía hijos dejó por herederos de todos sus estados a los templarios y a los hospitalarios y también a los que guardaban el santo sepulcro de Jerusalén, para que aquellas tres órdenes de caballería los repartiesen entre sí; ejemplo de liberalidad, murmurada mucho de los presentes, y de que no menos se maravillaron los de adelante. Era tan grande el deseo que todos tenían de ayudar a la guerra que se hacía en la Tierra Santa para que se conservase y aumentase lo ganado, que a porfía varones y mujeres, príncipes y particulares, daban para este efecto pueblos, castillos, heredades. Remata el dicho testamento con graves maldiciones que echa contra los que intentasen innovar algo en lo que dejaba mandado.

 

Pero sin embargo, los aragoneses y navarros se juntaron en Borja, puesta a la raya de Navarra, para nombrar rey. Era señor de aquella ciudad, por merced del rey muerto, don Pedro de Atarés, varón muy ilustre, y como algunos sospechan más que prueban, descendía de la casa real. Sus partes sin duda eran muy aventajadas y muy grande la voluntad que el pueblo le tenía. Parecía que sin contradicción le alzarían por rey, y fuera así si no se desabriera, con la soberbia y arrogancia de que comenzó a usar, gran parte de los señores y ricos hombres. El apresurarse es a muchos ocasión de perder lo que tenían en la mano. Los varones prudentes consideraban cuál sería hecho rey, el que siendo particular era intolerable. Atizaba a los demás en esta razón un hombre muy noble y de grande ingenio, por nombre Pedro Tizón, cuya autoridad y consejos como siguiesen los otros y en este parecer se conformaren, sin concluir se partieron de las Cortes.

 

Los navarros aborrecían el señorío de los aragoneses, y juzgaban que siempre a los despojados fue lícito recobrar de los tiranos o de sus sucesores lo qué injustamente les tomaron. Por esto hicieron sus juntas aparte, y a persuasión de Sancho Rosa, obispo de Pamplona, alzaron por su rey a don García, que venía de sus antiguos reyes, ca era hijo de don Ramiro, nieto del rey don Sancho, que dijimos fue muerto por su hermano don Ramón. Así, por voto común de la gente fue nombrado por rey en Pamplona.

Al contrario, los aragoneses en Monzón, do se juntaron, declararon por rey a don Ramiro, hermano del rey muerto, aunque monje, y de abad de Sahagún electo obispo primero de Burgos, después de Pamplona, y últimamente de Roda y Barbastro. La corona que le dieron en Huesca

 

 

 

 

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juntó con la cogulla, y con la mitra la púrpura real, cosa en todo tiempo de grande maravilla. Conformáronse en este acuerdo, a lo que sospecho, por no poderlo escusar, no solo por ser el más cercano en deudo a que el pueblo se inclinaba, sino por evitar la guerra que amenazaba, si contrastaran al que desde que se supo la muerte de su hermano se llamó luego rey: hay escritura e instrumento original en que se halla que luego por el mes do octubre se llama rey y sacerdote, su data en Barbastro.

 

No pararon en esto las aficiones del pueblo; maguer que era de mucha edad, tanto, que más de cuarenta años eran pasados después que tomó el hábito en el monasterio de Tomer, le forzaron para tener sucesión a casarse con dispensación, como se debe creer y lo dicen autores, del romano pontífice Inocencio II. De donde resultó otra maravilla, ser uno mismo monje, sacerdote, obispo, casado y rey. Casó con doña Inés, hermana de Guillén, conde de Poitiers y de Guyena; el cual dos años adelante murió en Santiago de Galicia, do vino por su devoción en romería.

 

Su hija mayor, por nombre Leonor, casó por mandado de su padre con Luis, rey de Francia, llamado el más Mozo. De esta señora después de tener dos hijas se apartó por decreto del papa Eugenio III, a causa que eran parientes. Hecho este divorcio, casó de nuevo el francés con doña Isabel, hija de don Alfonso el Seteno, emperador y rey de Castilla. Doña Leonor casó con Enrique, duque de Anjou y Normandía, que adelante fue rey de Inglaterra, y juntó lo de Poitiers y Guyena o Aquitania con aquel reino; ocasión de que resultaron largas y crueles guerras que se hicieron aquellas dos naciones, para toda la Francia perjudiciales, feas y malas para toda la cristiandad.

 

 

 

 

XVI. De nuevas guerras que hubo en España

 

entre los príncipes cristianos

 

Por la elección de los reyes don García y don Ramiro resultaron grandes alteraciones, levantóse cruel tormenta de guerras, y los reinos de Navarra y Aragón, como la nave en el mar alterado, cuando mayor necesidad tenían de piloto y gobernalle, entonces se hallaban más desamparados y faltos de toda ayuda, a causa de las pocas fuerzas que tenía don García y por la mucha edad y vejez de don Ramiro.

 

 

 

 

 

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El rey de Castilla pretendía y publicaba que el uno y el otro reino pertenecían a su corona. El derecho que para esto alegaba se tomaba de su tercer abuelo don Sancho, rey de Navarra, por sobrenombre el Mayor; pretensión no muy fuera de camino, que las órdenes militares, a las cuales don Alfonso, rey de Aragón, nombró por sus herederos, de todos eran excluidas, pues no era razón ni conforme a las leyes que alguno subiese a la cumbre del reino que no fuese de la alcurnia y sangre de los reyes antiguos. Estas razones y otras semejantes ventilaban los legistas en sus rincones y por las plazas; los mejores y más fuertes derechos de reinar, que son de ordinario las fuerzas y poder, estaban claramente por el de Castilla, sin que le faltasen aficionados en el un reino y en el otro en tiempo tan revuelto y tanta diversidad de pareceres. Pues porque no pareciese faltaba a la ocasión, con todas sus gentes rompió por la Rioja, y por aquella parte se apoderó de las plazas y castillos que don Alfonso, su padrastro, desde Villorado hasta Calahorra, primero por fuerza, y después por virtud del asiento que últimamente tomaron, le tenía usurpados; estos fueron las ciudades de Nájera y Logroño, Arnedo y Viguera, sin otros lugares de menor cuantía. Demás de esto, en Vizcaya y en aquella parte que se llama Álava puso sitio sobre Vitoria, que le defendieron valientemente los naturales de manera que no la pudo entrar, si bien alrededor de ella se apoderó de otros pueblos. Con esto el río Ebro quedó de esta vez por raya entre los dos reinos de Castilla y de Navarra.

 

Grande era la alteración de las cosas; muchos, así señores seglares como obispos, seguían el campo del rey; en este número se contaban Bernardo, obispo de Sigüenza; Sancho, de Nájera; Beltrán, de Osma. Ayudaban otrosí con sus gentes don Ramón, conde de Barcelona; Armengol, conde de Urgel; Alfonso Jordán, de Tolosa; Rogerio, de Foix; Miro, de Pallars, sin otro gran número de señores extraños, que todos estaban a su devoción. Con tantas ayudas que de todas partes acudían, el rey, concluido lo de la Rioja y Vizcaya, revolvió luego sobre Aragón con tanto denuedo y presteza, que el próximo mes de diciembre estaba apoderado de todo lo que de aquel reino está de esta parte de Ebro. El rey don Ramiro no se hallaba apercibido para contrastar a tan grande poder, y no menos se recelaba de sus pocas fuerzas que de las voluntades de algunos de sus vasallos. Acordó retirarse a lo de Sobrarbe para con la fragura y maleza de aquellos lugares entretenerse y esperar mejores

 

 

 

 

 

 

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temporales o que se viniese a concierto, a que él mucho se inclinaba, a tal que fuese honesto y tolerable.

 

Andaba de por medio para concertar estas diferencias Oldegario, arzobispo de Tarragona, persona de grandes prendas y mucha autoridad. El trabajo era grande, pequeña la esperanza de hacer efecto, por las grandes dificultades que se ofrecían, y la mayor, que ninguno se contentaba con la parte por la codicia y esperanza que tenía de salir con el todo. El de Navarra, resuelto de concertarse y tomar algún asiento por lo que le tocaba, sobre seguro vino a Castilla. En una junta y Cortes muy grandes que se tuvieron en la ciudad de León, se hallaron presentes el rey don Alfonso de Castilla, doña Berenguela, su mujer, y doña Sancha, su hermana, y el mismo don García, rey de Navarra, sin otros grandes señores y personas de cuenta. En estas Cortes se acordó que el de Castilla tomase título y armas de emperador. Parecíales pues tenía por sujetos y feudatarios los aragoneses, los navarros, los catalanes con parte de la Francia, que bien le cuadraba aquella corona y majestad.

 

Coronóle el arzobispo de Toledo. Tenía a manderecha al rey de Navarra, y al otro lado el obispo de León, llamado Arriano. Dio su consentimiento el papa, según que lo testifican nuestras historias, es a saber, Inocencio II, que en aquella sazón tenía el gobierno de la Iglesia, dado que apenas se puede creer quisiese hacer tan grande befa a Alemania; si ya no fue que con nombrar nuevo emperador en España quiso castigar y satisfacerse de las insolencias y desacatos muy grandes y ordinarios de aquellos emperadores. Hízose este auto tan solemne en Santa María de León, el mismo día de la Pascua de Espíritu Santo del año de 1135, como lo testifica un escritor de aquel tiempo y se entiende por los actos de aquellas Cortes.

 

Después de esto, el nuevo emperador se tornó a coronar en Toledo, bien que no se sabe en qué día ni año. De estas dos coronaciones resultó, a lo que se entiende, la diversidad de opiniones y que unos escribiesen que se coronó en Toledo, otros que en León. En los archivos de Toledo hay un privilegio que concedió el rey don Alfonso a esta ciudad; allí dice que tomó la primera corona del imperio en León, palabras de que con razón se saca que a imitación de los emperadores de Alemania, que se coronan por tres veces, quiso el nuevo Emperador coronarse primera y segunda vez en diversas partes. Autor de aquel tiempo dice que se coronó tres veces; la primera en Toledo, día de Navidad; la segunda en León, y que la corona de

 

 

 

 

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oro la tomó en Compostela; todo a imitación de los emperadores de Alemania. Lo cierto es que si bien algunos otros reyes de España acometieron antes de este tiempo a tomar apellido de emperador, este príncipe, entre todos ellos, conserva este sobrenombre, que vulgarmente le llamamos don Alfonso el Emperador.

 

Asimismo se tiene por cosa averiguada que la ciudad de Toledo desde este tiempo comenzó a usar de las armas que hoy tiene, que es un emperador asentado en su trono con vestidura rozagante, el globo del mundo en la mano siniestra, y en la derecha una espada desnuda. Antes de esto tenía dos estrellas por armas, y después un león rampante. Comenzóse otrosí a llamar ciudad imperial, como se tiene comúnmente por tradición; demás que del rey don Juan el Segundo hay una escritura o cédula real en que le da ese apellido. San Bernardo en una carta que escribe a la infanta doña Sancha la llama hermana del emperador de España. Fue esta señora muy pía; murió sin casarse; llamábase reina porque su hermano le dio este apellido desde el principio de su reinado. Demás de esto Pedro, abad cluniacense, en una carta que escribe al mismo papa Inocencio II, usa de este principio: «El emperador de España, gran príncipe del pueblo cristiano, devoto hijo de vuestra majestad, etc». Ruégale en aquella carta venga en que el obispo de Salamanca se traslade a Santiago de Galicia y que condescienda en esto con el deseo del clero y pueblo de aquella ciudad que lo pedía. Este obispo era Berengario, que cuatro años adelante, por muerte de don Diego Gelmírez, fue elegido en segundo arzobispo de la iglesia de Santiago.

 

Volvamos al Emperador. Luego que tomó aquel título, nombró a sus hijos por reyes; a don Sancho, el hijo mayor, señaló el reino de Castilla, y a don Fernando, el menor, el de León, con que dejó divididos sus estados; resolución poco acertada, que siempre se tachará, y sin embargo, se usará muchas veces por tener los padres más cuenta con la comodidad de sus hijos que del bien común. No se descuidaban los prelados y señores que tomaran la mano en concertar las diferencias susodichas de apretar y llevar adelante estas prácticas.

 

Lo de Aragón aún no estaba sazonado; concertaron después de mucho trabajo que los reyes don Alfonso y don García se juntasen de nuevo para tratar de sus haciendas en el lugar de Pradilla, puesto a la ribera del río Ebro. Allí se vieron el día señalado, que fue a 27 de septiembre. Hallóse presente la reina doña Berenguela, ya emperatriz. Concertóse la paz con

 

 

 

 

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esta condición: Que por don García quedase el reino de Navarra y demás de él todo lo que el Emperador tenía conquistado del reino de Aragón, a tal que tuviese todo su estado como feudatario y moviente de Castilla. Demás de esto, se asentó que los dos juntasen sus fuerzas contra don Ramiro para quitarle el reino que tenía a tuerto usurpado, como ellos decían. Con este concierto los aragoneses y navarros quedaron revueltos entre sí, y se hicieron graves daños.

 

Acudieron a atajar estas diferencias los señores y obispos de aquellas dos naciones. Acordaron se nombrasen tres jueces por cada una de las partes para componer estos debates. Juntáronse en una aldea llamada Vadoluengo, por Aragón, don Cajal y Ferriz de Huesca y don Pedro de Atarés; por Navarra, don Ladrón, don Guillén Aznar y don Jimeno Aznar. Concertaron que se dejasen las armas; que los términos de Aragón y Navarra fuesen los mismos que el rey don Sancho el Mayor dejó señalados, es a saber, los ríos Sarazaso, Ida y Aragón hasta que mezclan sus aguas con las de Ebro. Lo de Val de Roncal y Biozal con otros lugares comarcanos, dado que caían en la parte que adjudicaban a los aragoneses, quedaron en poder de don García por todo el tiempo de su vida; que tendría empero todo su reino y estado como sujeto y feudatario de Aragón, que era lo mismo que tenía concertado y prometido al de Castilla; tan poca firmeza tenía lo que por estos tiempos se concertaba. Para que todo esto fuese más firme se juntaron los dos reyes en Pamplona.

 

Con esto parecía que las cosas se encaminarían como se deseaba, cuando un caso no pensado lo desbarató todo. Íñigo Aivar, quier por ser así verdad, quier porque le pesaba de las paces, avisó al rey don Ramiro que los navarros trataban de secreto de matarle. Como el rey diese crédito al reporte, disfrazado y de noche se salió de Pamplona, sin parar hasta llegar al monasterio de San Salvador de Leire; de allí se partió más ofendido que vino, y quitada (mal pecado) toda esperanza de concierto, de nuevo volvieron a rompimiento.

 

Don Ramiro por su edad, no solo de los príncipes, sino también del pueblo, parece era menospreciado en tanto grado, que vulgarmente le llamaban el rey Cogulla, y le ponían otros nombres de desprecio. Es el vulgo una bestia indómita, y que ni con beneficios ni por miedo enfrena las lenguas. A ejemplo pues de Periandro, tirano de Corinto, y de Tarquinio, último rey de los romanos, se dice acometió una hazaña digna de memoria para la posteridad, pero cruel y fea para una persona

 

 

 

 

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consagrada. Llamó a Cortes los grandes del reino para Huesca, el año 1136. La voz era que quería allí tratar negocios muy graves. Acudieron a su llamado muchos, de los cuales hizo luego matar quince señores, que parecían serle más contrarios, los cinco de la casa de Luna, los demás de la principal nobleza del reino, cuyos nombres no me pareció era necesario relatarlos en particular. El abad del monasterio de Tomer, con quien comunicó todo esto, refieren le dio este consejo, ca preguntado por los embajadores que el rey le despachó en esta razón, lo que debía hacer en tan grande revuelta como la en que las cosas andaban, en presencia de ellos con una hoz derribó lo más alto de las coles que en su huerta plantara, sin dar otra respuesta más que ésta, que fue avisarle de lo que hizo.

 

Lo que se dice de don Ramiro y de su atamiento y poca maña no parece creíble; que era tan para poco y de tan poca habilidad, que en la guerra, por llevar el escudo embrazado en la izquierda y en la derecha la lanza, regía el caballo y las riendas con los dientes; parece fábula sin propósito. Lo que consta es que fue tenido por hombre poco a propósito para el gobierno, y de menos valor que pedía peso tan grande; de que se tomó ocasión para tramar estas consejas. Por conclusión, como ni a sí mismo satisficiese ni a los otros, enfadado del gobierno, determinado de dejarle, porque ya tenía una hija, que se llamó doña Petronila, en aquellas Cortes de Huesca dio intención de lo que pretendía hacer, y amonestó a los presentes que pospuesto todo lo al, debían con mucha instancia procurar la amistad del emperador don Alfonso, sin hacer mención alguna de vengar las injurias de los navarros, quier fuese por deseo de la paz, quier por haberse ellos purgado bastantemente de lo que les levantaron, haber puesto asechanzas a su vida.

 

Don Ramón, conde de Barcelona, fue el que principalmente se puso de por medio para concertar las diferencias entre Castilla y Aragón, como persona que tenia grandes alianzas con el un príncipe y con el otro, demás que le dieron intención, por medio de don Cajal, hombre principal, de casarle con la infanta doña Petronila y hacerle rey de Aragón.

A la ribera de Ebro, tres leguas arriba de Zaragoza, está Alagón; este pueblo señalaron para que los dos reyes se viesen. Acudieron el día señalado, que fue a 24 del mes de agosto. Acordóse que la ciudad de Zaragoza fuese restituida al señorío de Aragón; quedaron por Castilla Calatayud y Alagón, con los demás pueblos que están de esta parte de

 

 

 

 

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Ebro. Para mayor seguridad de este concierto, el rey don Ramiro dio su hija en rehenes, dado que no se pudo alcanzar casase con don Sancho, hijo mayor del Emperador, por estar prometida al conde de Barcelona, que les venía más a cuenta, por ser gran señor y caerles lo de Cataluña muy cerca. Además, que se entendía alcanzaría del emperador todo lo que quisiese por el estrecho deudo y amistad que con él tenía. En todo esto, no sólo no se hizo caso de la confederación que por entrambas partes tenían puesta con el rey de Navarra; antes uno de los principales capítulos de esta nueva avenencia fue que juntarían las armas de Castilla y Aragón para hacer la guerra al navarro; mas él, avisado de lo que pasaba, se apercebía de todo lo necesario: príncipe de gran corazón y brío, pues contra las armas de los dos reyes tan poderosos, se atrevió, no solo a mantenerse en su reino, sino a procurar de ensancharlo.

 

Casó con doña Mergelina o Margarita, hija de Rotron, conde de Alperche, y con ella hubo en dote la ciudad de Tudela. Los privilegios y escrituras de aquel tiempo rezan que reinaba en Pamplona, en Nájera, en Álava, en Vizcaya y Guipúzcoa. Ayudáronle mucho los franceses con sus fuerzas, porque Luis, rey de Francia, tuvo por cosa honrosa tomar debajo su amparo y favorecer este nuevo y flaco rey, ayuda con que el navarro prevaleció, si bien, según lo tenían concertado, sin dilación de todas partes sus contrarios acudieron a las armas. Los campos de Castilla y de Navarra se asentaron cerca de los pueblos Gallur y Cortes; no se vino a batalla por rehusar los unos y los otros de ponerse a semejante peligro. Esto es más verosímil que lo que se publicó por la fama, es a saber, que por reverencia de la Pascua de Resurrección, que cayó en aquellos días, dejaron de pelear.

 

Concertóse el casamiento entre don Ramón, conde de Barcelona, y la infanta doña Petronila, a 11 del mes de agosto del mismo año, que se contaba de 1137. Hecho esto, el rey don Ramiro, renunciado el cuidado y gobierno del reino, se recogió en la iglesia de San Pedro de Huesca, deseoso de vida más sosegada. Reservóse solamente el nombre de rey y el poder usar de su autoridad cada y cuando que quisiese. A los alcaides de los castillos y pueblos de todo el reino envió orden para que hiciesen de nuevo homenaje al conde de Barcelona. Y porque en aquellas revueltas y alborotos, como es ordinario, los señores vendieran el servicio que hacían al viejo rey lo más caro que podían, por pueblos y castillos que les dio en tan gran número, que divididas las fuerzas del reino y menoscabadas, parecía que al rey no le quedaba más que la vana sombra de aquel nombre;

 

 

 

 

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se hizo una ley en que todas aquellas donaciones, como ganadas fuera de tiempo, se revocaron y dieron por ningunas y de ningún valor, mayormente aquellas que se impetraron después que aquel rey tomó por yerno al conde de Barcelona.

 

En lo tocante a Navarra se determinó que los linderos de los dos reinos fuesen los que se señalaron en Pamplona y en Vadoluengo en la confederación que allí se hizo. Don Ramón, luego que se encargó del gobierno de aquel reino y dio asiento en las cosas de él, se fue a ver con el emperador don Alfonso; con él en Carrión, pueblo de Castilla la Vieja, trató de reformar las condiciones de la paz que poco antes entre Castilla y Aragón se asentaron. Hizo grande efecto su venida; otorgáronle que todas las tierras de Aragón que están de esta parte del río Ebro quedasen por aquellos reyes como antes las tenían, mas que por ellas fuesen feudatarios de Castilla. Con esto, por el mes próximo de octubre, don Ramón hizo su entrada en Zaragoza; fueron grandes los regocijos y el aplauso del pueblo, que le llamaba padre de la patria, autor de la paz y felicidad del reino. Dio asiento en las cosas de aquella ciudad y de todo lo demás, con que fundó el sosiego tan deseado de todos. En acabar todas estas cosas se señaló mucho Guillén Ramón, senescal de Cataluña, que era lo que ahora llamamos mayordomo mayor; y como tal tenía gran cabida y privanza con el rey don Ramiro. Por sus servicios el conde de Barcelona le hizo merced en Cataluña de la villa de Moncada, principio de donde como de tronco salió y se fundó en aquella provincia la muy noble casa y linaje de los Moncadas.

 

 

 

 

XVII. Que don Alfonso, príncipe de Portugal, se

 

llamó rey

 

De la alteración ajena tomaron los portugueses ocasión de aumentar su señorío y ganar mayor renombre. Don Alfonso, quién dice infante o príncipe, quién duque de Portugal, por ser, como era, no menos ilustre en la guerra que en la paz, no cesaba de ennoblecer su estado, acrecentarle y hermosearle de todas las maneras que podía. En la ciudad de Coimbra fundó el monasterio de Santa Cruz, obra muy principal, que escogió para su sepultura. Hízole donación de Leira, pueblo que por este tiempo se ganó

 

 

 

 

 

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de moros. Principios fueron estos de grandes cosas, porque el año de nuestra salvación de 1139, con muchas gentes que juntó de todo su estado hizo entrada en tierra de moros, y pasado el río Tajo, movió guerra a Ismar, rey moro que tenía el señorío de aquellas comarcas. En esta jornada, antes que se viniese a las manos, falleció Egas Núñez, ayo del mismo don Alfonso, por cuyos consejos hasta entonces se conservaron y gobernaron aquel príncipe y sus cosas. En la ciudad de Porto hay un monasterio de benitos, llamado vulgarmente de Sosa, fundación del mismo don Egas, en que se ven las sepulturas de este caballero y de sus hijos. La de doña Teresa, su mujer, está en el monasterio de Cereceda de la orden del Císter, que asimismo ella fundó a dos leguas de Lamego, a lo que yo entiendo el uno y el otro de los despojos do la guerra.

 

Ismar, avisado del intento que don Alfonso llevaba, a toda diligencia levantó y alistó gente en su tierra. Acudiéronle otros cuatro reyes o señores moros, con que formaron un grueso ejército. Llegaron a vista unos de otros cerca de Castroverde, en una llanura que a la sazón se llamaba Uriquio, y al presente Cabezas de Reyes, y pareció a propósito para dar la batalla. Riega aquellos campos el río de Palma, llamado otro tiempo Chalibs; por tierra de Beja, do tiene su nacimiento, lleva poca agua; pero con otros ríos que se le juntan, poco a poco se engruesa de tal suerte, que cuando llega al mar y al golfo Salaciense, cerca de Alcázar de Sal, tiene hondo bastante para navegarse. Don Alfonso, vista la muchedumbre de los enemigos, al principio estuvo congojado; por una parte se le representaba el riesgo a que ponía todo su estado, por otra la afrenta y mengua suya y de los suyos, si volvía atrás, más pesada que la misma muerte. Venció el deseo de la honra al recato cobarde, en especial que sus soldados dos días antes que la batalla se diese, que fue a 23 de julio, día del apóstol Santiago de aquel mismo año, con grande resolución y regocijo, tan animados estaban, en los reales dieron al príncipe don Alfonso nombre de rey. Esto le hizo de todo punto resolverse y probar la suerte de la batalla, por no parecer, si la excusaba, que amancillaba aquella nueva dignidad y ditado. Llegado pues el día, ordenadas sus haces en guisa de pelear, les habló en esta sustancia:

 

«Las palabras, amigos míos, no hacen a los hombres valientes. Los corazones que se avivan con el razonamiento del capitán, luego que se viene a las manos vuelven a su natural. El esfuerzo de cada cual en el peligro le descubre. El estado en que todos nos hallamos, bien así como yo, lo veis todos. La muchedumbre de los enemigos y el sitio en que

 

 

 

 

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estamos no da lugar para que ninguno pueda volver atrás. Vuestro esfuerzo, valientes soldados, os servirá de reparo. ¿Qué cosa hay más torpe que poner en los pies la esperanza quien tiene empuñadas las armas? ¿Qué volver las espaldas a los que no se atreverán a mirar vuestros rostros y denuedo? Afuera el miedo y cobardía. La alegría que veo en vos da bastante muestra de vuestro esfuerzo y valor. Yo, determinado estoy de cumplir con lo que debo, sea con la muerte, sea con la victoria; lo primero no lo permitirá Dios ni sus santos, lo al en vuestras manos está. Contra esta canalla que tantas veces vencisteis al presente habéis de pelear. Los ánimos pues de los enemigos y vuestros será como de vencidos a vencedores; el de ellos bajo, medroso y cobarde, el vuestro alegre y denodado. De mí no esperéis solamente el gobierno, sino el ejemplo en el pelear. Parad mientes no parezca me distes el apellido de rey para afrentarme en este trance».

 

Dichas estas palabras, dio señal de acometer, mandó que los estandartes se adelantasen; lo mismo hicieron los enemigos. Trabóse una brava pelea, como de los que contendían por la honra, por la vida y por el imperio de todo Portugal. Últimamente, la muchedumbre de los moros fue vencida por la fortaleza de los cristianos; muchos quedaron muertos, y no pocos presos. Los cinco estandartes de los reyes vinieron en poder de los vencedores. Principio y ocasión de las armas de que usaron en adelante los reyes de Portugal, en escudo y campo azul cinco menores escudos. Otros dan diversa interpretación, y pretenden que significan las cinco plagas de Cristo, hijo de Dios; pero no sé si con fundamento bastante. En tiempo de don Sancho, segundo de este nombre, rey de Portugal, a las armas antiguas añadieron castillos por orla, no siempre en un mismo número, al presente ponen siete.

 

Esta fue aquella batalla tan celebrada con razón por los historiadores portugueses, de las más memorables que se vieron en aquella era, después de la cual en breve el poder y fuerzas de Portugal se aumentaron en grande manera.

Verdad es que todo lo oscurecía y afeaba la prisión tan larga de su madre. Avisado de esto el pontífice Inocencio II, que todavía lo era por estos tiempos, procuró apartarle de aquel propósito y hacer que se reconciliasen. Con este intento envió desde Roma con muy grandes poderes al obispo de Coimbra, cuyo nombre no se dice. Él no cesó de amonestar al rey que hiciese oficio de hijo para con su madre; esquivase la

 

 

 

 

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mala voz que corría de aquel hecho; que era cosa de muy mala sonada tenerla, no sólo despojada de su estado y dote, sino privada de la libertad; ninguna causa bastante se podía alegar para hacer tan grande injuria y tal desacato a la que le engendró. Las orejas del rey estaban sordas a estas palabras; tanta vez tiene la indignación concebida contra a lo que obliga la ley natural. El obispo, puesto entredicho en aquella su ciudad, se salió de Portugal. Por esta misma causa vino de Roma cierto cardenal, mas no hizo efecto alguno, antes forzado por las amenazas del rey, alzó el entredicho que en todo el reino tenía puesto.

 

Era en aquella sazón don Manrique o Amalarico de Lora muy principal en riquezas y en nobleza, y por merced de los reyes de Castilla era señor de Molina. Don Alfonso, rey de Portugal, procuró casarse con una hija de este caballero, que se llamaba Malfada. Quién hace a doña Malfada hija o hermana de Amadeo, conde de Mauriena y de Saboya; y aún debe ser lo más cierto, atento que el arzobispo don Rodrigo dice que casó con Malfada, hija del conde de Mauriena. Nacieron de este matrimonio don Sancho, doña Urraca y doña Teresa, aquella que casó adelante con Felipe, conde de Flandes. Demás de estos hijos tuvo este rey otro hijo bastardo, llamado don Pedro. Hecho los regocijos de estas bodas, volvieron los portugueses a la guerra. Santarem, villa principal de aquel reino, está a la ribera de Tajo. Llegaron de improviso los nuestros, y antes de amanecer sin ser sentidos la escalaron y echaron de ella los moros. De los despojos de esta guerra fundó aquel rey el monasterio de Alcobaza de monjes bernardos, por voto que hizo al pasar por donde está de hacerlo así, caso que ganase aquella plaza.

 

Sobre el imperio de África contendían con gran porfía Albohalí, que era del linaje de los almorávides, y Abdelmon de los almohades, nuevo linaje y secta que entre los moros se levantaba. Estas diferencias dieron ocasión que los moros de España fuesen por los nuestros maltratados; a la verdad en esta sazón más se conservaban por estar los cristianos ocupados en guerras civiles que por su mismo esfuerzo. Y aún por este tiempo en algunas partes gozaban los moros de tanto sosiego, que tenían lugar para darse muy de propósito al estudio de las letras, en especial en Córdoba, madre que siempre fue de buenos ingenios, hubo en esta sazón varones esclarecidos y excelentes en todo género de filosofia. Avicena fue uno, al cual algunos tienen por hombre principal e hijo de rey, otros pretenden que no fue español, ni jamás aportó en España. Averroes fue otro nobilísimo

 

 

 

 

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comentador de Aristóteles, él mismo dice de sí que escribía los Comentarios sobre los libros De Coelo de Aristóteles el año 530 de los árabes, que concurre con el año de Cristo de 1135. Avenzoar asimismo fue señalado en aquella ciudad en los estudios de matemáticas y astrología. Esto en Córdoba.

 

En Portugal, con gentes que juntaron ganaron los cristianos por fuerza de armas la villa de Sintra, asentada junto al promontorio que los antiguos llamaron Ártabro y no lejos de aquella parte por donde el río Tajo desagua en el mar. Era el lugar muy a propósito para llamar socorros extraños. Por esta causa, a persuasión del rey, vinieron gruesas armadas de Francia, Inglaterra y Flandes. Las ayudas fueron tales, que se determinó de poner cerco sobre Lisboa, ciudad en aquella comarca muy populosa y lo más principal de Portugal. Pero antes que declaremos el fin que tuvo este cerco muy famoso, volveremos la pluma a lo que se queda atrás.

 

 

 

 

XVIII. Cómo los fieles ganaron a Almería

 

Entre tanto que estas cosas pasaban en Portugal, los navarros y aragoneses traían guerras entre sí. Don Alfonso el Emperador tenía en su mano la guerra y la paz; el que de los dos reyes fuese el primero a ganar su amistad se prometía seguramente la victoria de su contrario; así, a porfía los unos y los otros la pretendían. El primero, don Ramón, conde de Barcelona, encargado que se vio del nuevo reino de Aragón, y por el mismo caso envuelto en graves dificultades, con intento de granjearle la voluntad y atraerle a su parecer, fue a Carrión, villa de Castilla, como queda dicho. La ida no fue en vano, porque alcanzó que Zaragoza, Tarazona, Calatayud y los demás pueblos de la corona de Aragón que están de esta parte del Ebro, y a la sazón tenían guarnición de castellanos, se le entregasen como a feudatario de los reyes de Castilla.

 

De don García, rey de Navarra, dado que con ordinarias entradas que hacía molestaba los aragoneses por toda la comarca que hay desde Tudela a Zaragoza, por entonces no se hizo mención alguna; pero dos años adelante, que fue el de 1140, don Ramón, movido por aquellos desaguisados, y confiado en la amistad de don Alfonso, vino segunda vez a verse con él en el mismo lugar de Carrión, donde entre aragoneses y

 

 

 

 

 

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castellanos se hizo liga contra el de Navarra, y se concertó que los pueblos de la corona de Aragón que tenían usurpados los navarros volviesen a los aragoneses, asimismo que los que del señorío de Castilla poseían de esta parte de Ebro, luego que fuesen ganados del común enemigo, se restituyesen fielmente a Castilla. Tocante al reino mismo de Navarra, acordaron que la tercera parte quedase por el Emperador, las otras dos partes se adjudicaron a don Ramón con nombre otrosí por ellas de feudatario de Castilla. Repartían los despojos antes de matar la caza. Despedidas estas vistas, como si hubieran tocado al arma, acudieron por ambas partes a la guerra.

 

A don Ramón entretenían otros cuidados; así don Alfonso el Emperador fue el primero que, ido a Burgos, con un grueso ejército que levantó y juntó de todas partes, pasados los montes Doca, rompió por tierras de navarros. El ruido y el espanto fue mayor que el efecto que se hizo; con embajadas que de una y de otra parte se enviaron y por medio de los prelados que acompañaban a los reyes, finalmente se hicieron paces entre aquellas dos naciones. Para concluir, acordaron que los dos príncipes se hablasen; las vistas fueron a la ribera de Ebro, entre Calahorra y Alfaro. Hallóse presente en esta junta doña Berenguela, mujer del Emperador; allí, no sólo se concertaron las paces, sino también para mayor firmeza acordaron que don Sancho, hijo mayor del Emperador, casase con doña Blanca, hija del navarro. La infanta, bien que de muy poca edad para que estuviese como en rehenes, fue desde luego entregada a su suegro. Hízose esta confederación a 24 del mes de octubre del año susodicho. De esta mudanza tan repentina del emperador don Alfonso no hallo bastante causa, ni que satisfaga del todo, si bien entiendo que no fue inconstancia ni liviandad, porque ¿qué príncipe hubo en aquel tiempo ni más grave ni más santo? A la verdad era muy fuera de propósito que los aragoneses, ocupados en otros negocios, y que poco le podían ayudar, se llevasen el fruto del peligro ajeno y de su trabajo; así determinó en particular mirar por lo que le estaba bien, ca gravísimos cuidados dentro y fuera de su estado apartaban a don Ramón y le impedían de la guerra de Navarra.

 

Primeramente tenía mucho en que entender con los moros de su distrito, de quien en esta sazón los capitanes y fronteros de Aragón ganaron, a las riberas del río Cinca los pueblos de Chalamera y Alcolea. Demás de esto, los caballeros jerosolimitanos, por el testamento de don Alfonso, rey de Aragón, que fue muerto los años pasados, todavía

 

 

 

 

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pretendían tener derecho al reino; y era razón contentarlos en alguna manera y dar algún corte en esto, mayormente que Raimundo, maestre de la caballería de San Juan, era venido por este respeto a España. Por cuya diligencia, después de largos debates sobre el caso, últimamente se asentó que los caballeros jerosolimitanos en Zaragoza, Calatayud, Huesca, Barbastro y Daroca, con todos los demás pueblos que se ganasen de moros, tuviesen de cada una de las tres naciones, cristianos, moros y judíos, un vecino por vasallo, que les acudiesen con sus tributos y a su llamado y debajo de su conducta cuando se hiciese guerra con sus personas y armas. Fuera de esto, en todo el reino les señalaron otras rentas y heredamientos muy grandes con que sustentasen la vida y los gastos de la guerra, si bien fuesen muy grandes. En Jaca y en otros lugares les dieron sitios para hacer sus conventos. Púsose otra condición muy principal, que si don Ramón muriese sin hijos, el reino volviese a los caballeros.

 

En estas prácticas y en asentar estos conciertos pasaron algunos años. El asiento, Guillermo, patriarca de Jerusalén, y los demás caballeros de San Juan interesados, aprobaron en Jerusalén, a 29 de agosto del año de 1141, y de todo otorgaron escritura pública. Vino también en ello y dio su consentimiento Fulcon, rey de Jerusalén, y últimamente aprobó todo esto el papa Adriano IV, que algunos años adelante comenzó a gobernar la Iglesia de Roma. En esta avenencia comprendieron eso mismo las otras dos órdenes militares, y en particular los templarios, a los cuales don Ramón tenía más devoción por causa que su padre, don Ramón Berenguer, tomó el hábito de aquella religión y la profesó los años pasados. Por esto fueron aventajados a los demás, ca les consignó a Monzón y otro gran número de pueblos y castillos, la décima parte de las rentas reales y la quinta de todo lo que se ganase en la guerra de los moros. Finalmente, todos los caballeros quedaron exentos de tributos y de la jurisdicción real. En particular se concertó y juró por expresas palabras que sin su consentimiento no se harían en tiempo alguno paces con los moros. Estos conciertos se hicieron en Gerona, presente el cardenal Guidon, legado del pontífice romano, que interpuso su autoridad en ello, y fue a 27 de noviembre, año de 1143.

 

Siguióse una nueva guerra en Francia contra los Baucios, linaje en aquel tiempo muy poderoso en riquezas y aliados. La causa fue que Raimundo Baucio estaba casado con doña Estefanía, hija de Gilberto, conde que fue de Aimillan y de la Provenza, hermana de doña Dulce,

 

 

 

 

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madre de don Ramón y de don Berenguer, como arriba se ha mostrado. Éste, pues, por el derecho de su mujer pretendía apoderarse de una parte de la Provenza, si no pudiese por bien y por vía jurídica, a lo menos por las armas. No le faltaban entre aquella gente aficionados, por la aversión que tenían a don Berenguer como a príncipe extranjero, además que la gente popular, como suele, pensaba que las cosas nuevas serían mejores que las presentes. Esta guerra se comenzó en tiempo del susodicho don Berenguer, y por su muerte se encendió más contra su hijo, que se llamó don Ramón Berenguer. La edad de este príncipe era poca, las fuerzas no bien aseguradas, en tanto grado, que don Ramón, conde de Barcelona, se determinó, pospuesto todo lo al, tomar el amparo de aquel mozo, su sobrino; y aún, a lo que yo creo, para tener mayor autoridad, se llamó marqués de la Provenza. La guerra se comenzó, que fue brava; con ella los contrarios se vieron apretados de manera, que Raimundo Baucio, despojado de casi todo su estado paterno, de su voluntad vino a Barcelona para entregar a sí y a sus cosas a la voluntad y merced de aquel príncipe. Hiciéronse las paces entre estas dos casas con buenas condiciones; con que Baucio fue restituido en todo lo que le quitaron en el discurso de la guerra. Demás de esto le dieron a Trencatayo, que es un pueblo principal en aquella comarca, a tal que fuese por él feudatario de los condes de la Provenza.

 

Éstas fueron las dificultades y negocios que tenían embarazado a don Ramón; con que don García, rey de Navarra, tuvo comodidad y espacio de reforzarse; y en particular, con intento de granjear al emperador don Alfonso, que tenía el mando de todo y mayor poder que los demás, por ser muerta doña Mergerina, su primera mujer, casó el navarro con doña Urraca, hija bastarda del Emperador. El año 1144, a 24 de junio, se celebraron las bodas con real magnificencia en la ciudad de León. Hubo justas y torneos, corriéronse toros. Entre los otros juegos que hicieron era uno de mucho gusto: en un lugar cerrado soltaban un puerco, seguíanle por el gruñido dos ciegos armados con sendos bastones, y sus celadas en las cabezas; el que le mataba era suyo. Avenía que por herirle muchas veces el golpe del un ciego por yerro descargaba sobre el otro, con grande risa de los que se hallaban presentes. La madre de doña Urraca se llamó Gontroda, mujer muy noble en las Asturias, cuyo sepulcro con su letrero está en Oviedo en un monasterio de monjas, llamado de Vegua, que ella edificó a sus expensas y en que pasó lo más de su vida; del rey don García

 

 

 

 

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y de doña Urraca fue hija doña Sancha, que casó dos veces; la primera con Gastón, vizconde de Bearne; la segunda, muerto éste sin hijos, casó con don Pedro, conde de Molina; de este matrimonio nació Aimerico, que el tiempo adelante fue señor de Narbona.

 

En esta sazón África andaba alborotada con guerras civiles. En España, asimismo se levantaron entre los moros grandes alteraciones por estar divididos en tres parcialidades. Zefadola, señor de Rota, pueblo asentado a la boca del río Guadalquivir, sin embargo que era de la antigua sangre de los reyes moros, favorecía a los cristianos por sus respetos, que debajo de su conducta hicieron entrada hasta dar vista a Sevilla. Azuel, gobernador de Córdoba, y Abengamia, gobernador de Valencia, tenían entre sí diferencias; pero Abengamia era más poderoso en fuerzas, y no paró hasta echar de Córdoba a su contrario.

 

Entre los cristianos parece había más sosiego; solo don Ramón y el rey don García no tenían del todo compuestas sus diferencias. Tocaban ambos al emperador don Alfonso en estrecho parentesco demás de la alianza que con ellos tenía puesta. Porque no se pasase tan buena ocasión de hacer la guerra a los moros, que estaban muy apoderados del Andalucía, los convidó y rogó por sus letras y embajadores para que se viesen con él en Santisteban de Gormaz. Hiciéronse estas vistas el año 1146, por el mes de noviembre; en ellas, si bien no se pudieron concertar paces perpetuas, negocióse que entre las dos naciones, aragoneses y navarros, se hiciesen treguas. Añadieron que por cuanto el emperador don Alfonso pretendía hacer guerra a los moros, y para este efecto tenía apercibido un ejército muy escogido, don García por tierra y don Ramón por mar con una gruesa armada suya y de genoveses, ayudasen sus intentos.

 

A la primavera del año siguiente los tres reyes hicieron guerra en el Andalucía, saquearon y quemaron los pueblos, talaron los campos, pasaron hasta Córdoba, ciudad muy principal y muy grande a la ribera de Guadalquivir, asentada en un llano, poderosa en armas y riquezas, demás de esto muy señalada por haber tenido no mucho tiempo antes el imperio de casi toda Espeña cuanto se extendía el señorío de los moros. Los campos son muy fértiles en todo género de esquilmos cuanto los mejores de España. Tenía el gobierno de esta ciudad Abengamia en nombre del rey de Marruecos. Éste, espantado de tan grande aparato de guerra, entregó luego la ciudad, ofreciéndose a obedecer y ayudar a los cristianos con mantenimientos y dinero. Raimundo, arzobispo de Toledo, por mandado

 

 

 

 

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del rey, consagró con las ceremonias acostumbradas la mezquita mayor, que era la más rica y vistosa de España. Resolución apresurada y antes de tiempo, pues se partieron sin dejar en la ciudad alguna guarnición de soldados. Recelábanse que si dividían el ejército se diminuirían las fuerzas y no les quedarían gentes bastantes para guerra tan grande como pretendían hacer, ni la ciudad por su grandeza se podía guarnecer sin mucha gente, ni era tanta la que tenían que se pudiese acudir a todo, mayormente que la gente de la tierra se apellidaba para hacerles rostro. Acordaron pues de dejar aquella ciudad sin guarda; sólo hicieron que Abengamia, tocado el Alcorán, que es la ceremonia más grave qne los moros usan en sus juras, hiciese homenaje que tendría aquella ciudad por el emperador, y en su nombre la gobernaría con toda lealtad.

 

El miedo no es maestro duradero de virtud, ni es acertado hacer confianza de los desleales a Dios. Apenas los nuestros se partieron de aquella ciudad cuando el gobernador moro faltó en la fe y palabra. Pasó el campo de los cristianos a Baeza, donde tenían los moros juntadas las fuerzas de toda la tierra con determinación de venir a batalla. El peligro era grande; aquejaba el cuidado y recelo al emperador don Alfonso. Aparecióle san Isidoro entre sueños con muestra de majestad más que humana, así se tuvo por cierto, y le animó y quitó la duda y el miedo. El suceso dio a entender que la revelación no fue vana. El día siguiente con el sol se trabó la pelea, en que los moros fueron destrozados y puestos en huida; la ciudad se rindió, y en ella, mudado parecer, dejaron guarnición de soldados, porque a ejemplo de los de Córdoba no se rebelasen, además que no convenía dejar a las espaldas algún pueblo enemigo. En la toma y cerco de esta ciudad se señaló entre todos el esfuerzo y diligencia de Rodrigo de Azagra, señor que era de Estella de Navarra. Pedro Rodríguez de Azagra fue su hijo; y entre los de aquel linaje de Azagras el primer señor de la ciudad de Albarracín.

 

En aquella sazón Almería era tenida por ciudad muy fuerte. Está asentada a la ribera del mar Mediterráneo, a los confines del Andalucía y del reino de Murcia; llamóse antiguamente Abdera o Puerto Grande. De ella se derramaban muchas fustas a robar. Esta ciudad pretendieron ganar los nuestros, y con este intento se adelantaron con todas sus gentes, en el mismo tiempo que los de Génova y los de Barcelona, conforme al orden que llevaban que costeasen aquellas riberas poco a poco con su armada, doblado el cabo de Gatas, dieron vista a la ciudad. Asentados los reales,

 

 

 

 

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combatieron los muros por mar y por tierra, y después de algunas salidas y escaramuzas que se hicieron, con la batería abrieron entrada y forzaron algunas torres; desde allí lo demás de la ciudad se ganó por fuerza a 17 de octubre del año 1147. Veinte mil moros, que tomada la ciudad se retiraron al castillo, fueron forzados a comprar sus vidas por dineros.

 

De esta manera se quitó aquel nido de cosarios, que ponía espanto a las riberas cercanas y distantes de España, Francia e Italia, que fue la causa principal de apresurar esta empresa. Los despojos se repartieron entre los soldados. A los genoveses se dio en premio un plato de esmeralda muy grande, que ellos entonces juzgaron debían preferir a toda la demás presa, y al presente le guardan entre sus tesoros. Otros escriben se halló en la Siria cuando por fuerza se tomó Cesarea. El vulgo dice que Cristo, Hijo de Dios, cenó en él la postrera vez con sus discípulos; opinión sin autor ni fundamento. Clemente alejandrino, por lo menos, dice que Cristo cenó en un plato de poca estima. La sazón del tiempo se acercaba al invierno; los soldados por ende dieron vuelta a sus tierras, no menos alegres por la venganza que tomaron de los moros, que por el interés que de la victoria sacaron.

 

Con ocasión de aquella armada gruesa que trajeron los genoveses, en aquel tiempo muy poderosos por el mar, don Ramón príncipe de Barcelona se concertó con ellos que a la vuelta le ayudasen contra los moros que tenían parte de Aragón con las islas Baleares, hoy Mallorca y Menorca. Prometió para más animarlos, de darles la tercera parte de lo que en la guerra se ganase, demás que en todos los pueblos que se tomasen de los moros tendrían los genoveses templo y juzgado aparte; lo que era más, que todos los mercaderes de aquella nación serían libres de tributos. Eran estas condiciones aventajadas; acordaron da aceptarlas.

Revolvieron sobre las marinas de Cataluña, y con su buena maña ganaron de consuno a Tortosa, ciudad muy noble, y que por estar asentada a la boca del río Ebro era muy a propósito para las contrataciones y comercio del mar. Estas cosas sucedieron el año siguiente, y luego el año adelante Lérida y Fraga vinieron a poder de cristianos, pueblos muy conocidos, el primero por la victoria que antiguamente cerca de él ganó Julio César y por el cerco que sobre él tuvo; el otro por el desastre fresco y muerte desgraciada de don Alfonso, rey de Aragón. Lérida se dio al conde de Urgel en premio de lo mucho que en aquella guerra hizo y trabajó. A Guillén Pérez, obispo de Roda, nombraron por obispo de Lérida con

 

 

 

 

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retención de las ciudades Roda y Barbastro, que ordenaron se comprendiesen en aquella diócesis; y aún se halla que algunos obispos de Lérida en el tiempo adelante se intitulaban obispos de Roda y de Barbastro.

 

 

 

 

XIX. Cómo la ciudad de Lisboa se ganó de los

 

moros

 

Las cosas de los moros iban de caída, las de los cristianos en pujanza, y su nación en España florecía en riquezas, caballos, armas y toda prosperidad. A cada paso se apoderaban de nuevos castillos, pueblos y ciudades. Casi en medio de Portugal, a la boca del río Tajo, por do descarga con sus corrientes en el mar Océano, está un puerto contrapuesto al viento de poniente; la barra tiene angosta y peligrosa, dentro es muy ancho y capaz. A la ribera de este puerto, a la parte del norte, se extiende grandemente Lisboa, ciudad la más noble y más rica de Portugal. A las espaldas se levantan poco a poco unos collados, que tienen la subida fácil, y están cubiertos de los edificios de la ciudad. Su anchura es menor que conforme a su longura. El ruedo de los muros antiguos no es muy grande; la población de los arrabales es mucho mayor, en especial en este tiempo, en que por la mucha gente que acude al trato de las Indias Orientales y a feriar la especiería que de levante viene todos los años, se ha mucho acrecentado. Los barrios y las calles en gran parte son mal trazadas, angostas y no tiradas a cordel, sea por la desigualdad del sitio, que tiene altos y bajos, sea por el descuido en edificar, mayormente en el tiempo que estuvo en poder de moros, gente poco curiosa en esta parte. Los edificios nuevos y las calles son mucho más hermosas. Los ciudadanos, gente principal y honrada, los mercaderes ricos, las ganancias grandes, el sustento y arreo de los naturales muy templado. Goza de campos muy buenos, aldeas y alquerías que tiene por todas partes; muchas quintas o casas de recreación, que parecen edificios reales.

 

Don Alfonso, rey de Portugal, deseaba por todas estas causas apoderarse de aquella ciudad, y en especial por ser como castillo y reparo del señorío de los moros de aquella comarca. No tenía fuerzas bastantes para salir con su intento; los demás reyes de España no le podían acudir

 

 

 

 

 

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por estar ocupados, unos en unas guerras, y otros en otras; convínole buscar ayudas de fuera. Por esto luego que ganó la villa de Sintra, como poco antes se tocó, movido por la comodidad de aquel lugar, convidó a los de Alemania, Inglaterra y Flandes con grandes partidos que les hizo para que en aquella guerra le acudiesen con sus armadas. Grande es la ayuda que consiste para todo en la amistad de los príncipes y alianza de las provincias cristianas entre sí, como se vio en este caso, ca por el esfuerzo de don Alfonso y con las ayudas de fuera aquella muy poderosa ciudad el mismo mes puntualmente se ganó que Almería en el Andalucía. Las armadas se pusieron a la boca del puerto para que no pudiesen por el mar entrar vituallas ni socorros a los cercados. Los reales de los naturales barrearon do al presente está el convento de San Vicente. En los de los extranjeros después se edificó el monasterio de San Francisco; sitios que en nuestra edad están el uno y el otro comprendidos dentro de la ciudad. Hubo muchos encuentros y varios trances. Los nuestros peleaban fuertemente por extender su imperio, los enemigos por las vidas. Batieron los muros de la ciudad por muchas partes; alargábase el cerco; últimamente, el día de san Crispín y Crispinián, resueltos de dar asalto general, con grande esperanza de forzar aquella ciudad, ordenadas las haces, habló el rey don Alfonso a los suyos de esta manera:

 

«No penséis, amigos, que esta empresa se endereza a combatir una sola ciudad, antes os persuadid que en una plaza tomáis a todo Portugal. Aquí está el dinero de los enemigos, que nos será de grande importancia para la guerra; aquí los trabucos, ingenios y toda suerte de armas. Ésta es su fortaleza, su granero, su tesoro, en que tienen recogidas todas sus preseas y almacén. Los enemigos son los mismos que tantas veces vencisteis en las guerras pasadas, del mismo esfuerzo e industria, sino que las compañías de ciudadanos son más a propósito para los ejercicios de la paz y para sus granjerías que para menear las armas; ellos mismos se embarazarán en la pelea. Soldados en la ciudad hay pocos, y esos con el cerco continuo de cinco meses muy cansados y en pequeño número. Atreveos pues a vencer, y con el denuedo y esfuerzo a vos acostumbrado, acometed los muros de la ciudad, derribados por tantas partes. Entrad por las ruinas y piedras; ninguno podrá hacer contraste a vuestro valor».

 

Dicho esto, todos a una voz pidieron la señal de acometer; dada, arremetieron a la ciudad y a las murallas; lo que hacía mucho al caso para inflamar los soldados, el mismo rey estaba presente como testigo y juez

 

 

 

 

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del esfuerzo de cada cual. El combate fue bravo y sangriento; los nuestros pretendían arrimarse a los muros y forzarlos, los cercados tiraban todo género de armas y piedras, sin que alguna cayese en balde, por estar tan cerrados los soldados. Por conclusión, quebrantada la puerta que se llama del Alhama, entraron en la ciudad; la matanza fue grande y la sangre que se derramó; los que se rindieron tomaron por esclavos. El saco se dio a los soldados, que fue mayor de lo que se pensaba. Consagraron la mezquita mayor, según que era de costumbre, y nombraron por obispo a Gilberto, hombre, aunque forastero, pero de mucha erudición y conocida virtud. Tomóse la ciudad de Lisboa a 25 de octubre, otros dicen a 21.

 

En el lugar mismo en que tenían los reales, el rey a sus expensas edificó un monasterio de canónigos regulares de San Agustín, con nombre de San Vicente, por tener particular devoción a este santo y para que juntamente por el nombre fuese memoria a los venideros de aquella tan señalada victoria. Gran número de los soldados extraños se aficionaron a la abundancia de Portugal y a la hermosura, templanza del aire, que tiene el invierno templado, y el estío por los continuos embates del mar no muy caluroso. Estos, determinados de hacer su morada en aquella provincia y trocar sus patrias con Portugal, se dice que por permisión del rey don Alfonso edificaron a Almada, Villaverde, Arruda, Zambuya, Castañeda con otros pueblos.

 

El rey, en prosecución de esta victoria con increíble felicidad ganó de los moros a Alanquer, Obidos, Ébora, Yelves, Mura, Serpa, Beja y otros pueblos y villas por toda aquella comarca; todo se allanaba y parecía ser fácil a su esfuerzo y valor; verdad es que la mayor parte de estas cosas sucedieron algunos años adelante. Volvamos a nuestro camino y al orden dela historia que llevamos.

 

 

 

 

XX. Cómo se halló el cuerpo de san Eugenio

 

En el tiempo que estas cosas se hacían en España, Eugenio, pontífice tercero de este nombre, sucesor de Lucio II, natural de Pisa y de la orden del Císter, gobernaba bien y prudentemente la Iglesia romana.

 

Las cosas de los cristianos en la Tierra Santa parecían empeorarse. Estaba en gran parte apagada y menguada la fortaleza militar de los de

 

 

 

 

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Lorena. Como algunos animales y semillas, así bien los ingenios de los hombres con el cielo y tierra diferentes, y en particular con la longura del tiempo, degeneran y se estragan. Los bárbaros, que por todas partes los cercaban, tenían puestas las cosas de los cristianos en gran aprieto y peligro. Balduino, tercero de este nombre, hijo de Fulcon, rey de Jerusalén, por sus pocas fuerzas y por la flaqueza de su edad no era suficiente para tan grande carga. El pontífice Eugenio, movido de este peligro y encendido del amor de la cristiana religión, en Francia, donde para esto fue en persona, no cesaba de animar a los príncipes cristianos y exhortólos acudiesen con sus fuerzas a la guerra sagrada. Movió al emperador Conrado y a Luis, rey de Francia, para que con muy buenas gentes partiesen camino de la Tierra Santa. Para salir mejor con su intento y adelantar estas prácticas, convocó concilio de todos los obispos del mundo para Reims, ciudad principal de Francia, el año 1148.

 

A este concilio partió don Ramón, arzobispo de Toledo, desde España. Llegado que fue a París, que caía en el mismo camino, por devoción quiso visitar la iglesia de San Dionisio, que está dos leguas francesas de aquella ciudad, en un pueblo del mismo apellido del Santo; y por estar en ella las reliquias de san Dionisio es de no menor devoción que célebre con las sepulturas de los reyes de Francia, y asaz embarazada. Allí, como mirase con curiosidad el edificio del templo y su hermosura, y con atención pusiese la vista en cada una de las cosas que se ofrecían, acaso o advertido de los que le acompañaban, consideró en cierta capilla estas palabras grabadas en un mármol:

 

Aquí yace Eugenio Mártir primer Arzobispo de Toledo

 

Maravillóse primero de este letrero, por estar en España perdida del todo la memoria de san Eugenio y no quedar rastro de cosa tan grande; revolvió diligentemente los libros de aquella iglesia y memorias antiguas; halló que todo concordaba con la verdad. Hecho esto, muy alegre con nueva tan buena pasó al concilio de Reims, el cual despedido y acabadas a su voluntad todas las cosas que pretendía, volvió a España con la alegre nueva de cosa tan importante, que hinchó de muy grande gozo los ánimos del rey y de los grandes y de toda la muchedumbre del pueblo.

 

De esta manera sucedió entonces este negocio: El monasterio Broniense, que está en los estados de Flandes, en tierra de Namur y tiene

 

 

 

 

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advocación de San Pedro, pretende tener el cuerpo de san Eugenio. Refieren aquellos monjes benitos que fue llevado el año 920, a 18 de agosto, por engaño o a ruegos de Gerardo, su fundador, desde San Dionisio a Bronio, do está aquel monasterio. Lo que se entiende es que le dieron una parte del sagrado cuerpo, que fue causa de persuadirse le tenían en su poder todo entero, como es muy ordinario en cosas semejantes.

 

Comenzóse por entonces a procurar que las sagradas cenizas de san Eugenio volviesen a Toledo; pero estas prácticas se estorbaron por las muertes que casi en un mismo tiempo sobrevinieron de la reina doña Berenguela y del arzobispo. La Reina falleció el año siguiente de 1149, y fue sepultada en la iglesia de Santiago, con quien en vida tuvo particular devoción. Este año, desgraciado por la muerte de la reina, fue más señalado por una lluvia de sangre que cayó en parte de Portugal y en el señorío de los moros. El año adelante de 1150, miércoles, a 9 días de agosto, pasó de esta vida el arzobispo Raimundo, quebrantado con la edad y con los trabajos de camino tan largo. Créese, más por conjeturas que por cierta memoria que haya, le enterraron en la misma iglesia mayor de Toledo. Sucedió en el arzobispado don Juan, primero de este nombra, obispo a la sazón de Segovia, varón de grande ánimo y de conocida bondad. De esta manera procedían las cosas de Castilla.

 

Por otra parte, el pontífice Eugenio confirmó el nombre y autoridad de rey a don Alfonso, que ya se intitulaba rey de Portugal, y a su ejemplo, pasados algunos años, Alejandro, tercero de este nombre, hizo lo mismo por una bula que promulgó Alberto, cardenal y chanciller de la santa Iglesia romana; ambos pontífices por esta gracia le mandaron pagar cierto tributo a los papas en cada un año: Eugenio cuatro libras de oro, Alejandro dos marcos; tributo que no se sabe si en los primeros tiempos le pagó Portugal; en nuestra era y de nuestros antepasados siempre aquel reino se ha tenido por libre de todo punto y exento de semejante carga y pensión.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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LIBRO UNDÉCIMO

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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I. Cómo los almohades vinieron a España

 

Una nueva entrada que los almohades hicieron en España, gente bárbara y fiera, hemos de contar. Un nuevo reino que en África y en España se fundó por estos tiempos, nuevas asonadas de guerras sangrientas, con cuyas olas la república cristiana fue trabajada; maravillosos y extraordinarios juegos de la fortuna mudable hasta tanto que ganada una victoria señalada, y la más ilustre que en aquella sazón hubo en el mundo, las fuerzas de los moros mucho se enflaquecieron y quebrantaron.

 

Tenía el imperio de los moros en África y en España Albohalí, príncipe del linaje de los almorávides, como arriba queda declarado, en el cual tiempo un cierto hombre, llamado Tumerto, en África, muy docto, así bien en las demás partes de astrología como señalado en pronosticar por el nacimiento de cada uno la vida, ingenio, costumbres y accidentes que había de tener, que es una ciencia vanísima, considerado el rostro de un mozo llamado Abdelmon, de cuerpo membrudo y muy animoso y por el aspecto de las estrellas, sin embargo que era de muy bajo suelo, tanto, que su padre era ollero, le pronosticó sería rey de su nación; que así lo mostraba el cielo y tales eran sus hados, cuya fuerza no poderse quebrantar la gente y nación de los moros está muy persuadida. Abríanse las zanjas de una fábrica muy grande.

 

Sucedió muy a propósito para sus intentos que un gran predicador de la ley mahometana, en aquella sazón tenido por hombre de santa vida y de doctrina singular, llamado Almohades, introduciendo y publicando nuevas declaraciones de la ley, despertaba y alborotaba los ánimos de la muchedumbre, mudable de ingenio, principalmente en África, y deseosa grandemente de novedades. A este como quier que Tumerto persuadiese su pronóstico, y él, o de verdad lo creyese así, o lo mostrase, trataron entre sí de mudar el estado de aquel reino. No hay trama más engañosa en la apariencia que el pretexto y capa de la mala religión cuando se usa de ella para dar cubierta a otras maldades; ni hay cosa más perjudicial en la república que alterar la fe y religión que los mayores abrazaron. Así de todo tiempo consideramos haberse destruido grandes imperios por la diferencia en la religión, porque dividido el pueblo en parcialidades, de la

 

 

 

 

 

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contienda y de las palabras se pasa a enemistades descubiertas; y la una parte y la otra defiende sus opiniones con las armas, sin parar hasta arruinarlo todo; lo que sucedió al presente, ca Almohades por la mucha autoridad que tenía persuadió a los que le seguían tomasen las armas debajo la conducta de Abdelmon, atropellasen y destruyesen el reino de los almorávides, pues era ilegítimo el señorío que se fundara por fuerza destruyendo a los alavecinos, linaje que descendía de Fátima, hija mayor de Mahoma, su profeta. Demás de esto, que si no sacudían de sí el imperio de los almorávides, no podrían las opiniones que de la religión tenían abrazadas pasar adelante, que los intentos impíos e insultos de aquella ralea de gente era justo fuesen castigados y vengados con toda diligencia.

 

Movidos por estas razones los del pueblo, se determinaron a tomar las armas; pero como no fuesen diestros en la guerra, al principio quedaron vencidos en batalla por las armas y poder del rey Albohali. Sobrepujó el esfuerzo a la muchedumbre y canalla. Mas en breve juntadas nuevas fuerzas, volvieron a la guerra, y no pararon hasta que, vencidos los almorávides, dieron la muerte al rey Albohali. Abdelmon sucedió en su lugar. En tiempo de este rey los que seguían a Almohades, de quien se tomó el nombre de los almohades, se apoderaron de aquel reino y mudaron en él las leyes y costumbres antiguas. Demás de esto, dado asiento en las cosas de África, volvieron sus pensamientos a España. Tumerto se quedó en África con intento que sus enemigos no tuviesen lugar de alterarse; el nuevo rey Abdelmon y el profeta Almohades con mucha y muy buena gente pasaron a España, al principio sin hacer daño, porque no desconfiaban que los de su nación voluntariamente se les rendirían; que si entretenían su esperanza y tomaban consejo diferente, venían determinados no excusar ninguna cosa de las que se pudiesen padecer o temer, en fin usar de fuerza. Sucedióles como deseaban, que sin dificultad se persuadieron todos los moros que quedaban en España de acomodarse con el tiempo y recibir públicamente las nuevas opiniones y ritos que aquella gente abrazaba, esto con tanta afición y con tanto odio, así de su antigua superstición como de la religión cristiana, que todas las cosas ordenadas por los reyes moros pasados las trastrocaban y forzaban a las reliquias de los cristianos, que mezclados con los moros como las estrellas en las tinieblas de la noche resplandecían, y vulgarmente los llamaban mozárabes, con tormentos que les daban de todas maneras para que dejasen la religión de sus padres.

 

 

 

 

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Muchos por este miedo se huyeron a tierras de cristianos; entre los demás Clemente, prelado de Sevilla, llegado a Talavera, falleció algunos años adelante por este tiempo en aquel lugar, persona santa y muy ejercitado en la lengua arábiga. Otros muchos, oprimidos con el peso de los males, obedecieron a los vencedores, de tal suerte, que desde este tiempo pocos quedaron entre los moros que de nombre y de profesión fuesen cristianos. Los almohades, contentos con sujetar a su imperio los moros de España, no les pareció por entonces hacer guerra a los cristianos, que eran poderosos por tierra y por mar, antes acordaron dar la vuelta a África, donde tenían las principales fuerzas de aquella secta y parcialidad. Falleció el profeta Almohades en breve después que volvieron, y cerca de Marruecos, silla de aquel reino, por mandado del rey le edificaron un magnífico sepulcro; la muchedumbre, engañada con la muestra fingida de santidad y con la fama, comenzó a le honrar y hacer romerías a él por devoción. Vinieron a España los almohades año de nuestra salvación de 1150, del imperio de los árabes 545. El arzobispo don Rodrigo pone seis años menos al fin de la Historia de los árabes, pero sin duda lleva la razón de los años errada en esta parte.

 

 

 

 

II. Como murió don García, rey de Navarra

 

En el mismo año que salió el emperador don Alfonso al encuentro a los almohades, y talados los campos de Andalucía, puso cerco a Córdoba después que Abdelmon era vuelto a África, como yo sospecho; don García, rey de Navarra, cerca de Lorca, pueblo de su señorío, de una caída de un caballo que dio en la caza sobre una peña, murió a los 21 de noviembre, víspera de santa Cecilia. Iba a la sazón de Estella a Pamplona mal enojado con no muy grande causa contra aquellos ciudadanos y con resolución de castigarlos; más este accidente le atajó los pasos y pensamientos. Reinó dieciséis años; los hijos que dejó fueron estos: don Sancho, que luego le sucedió en el reino y se coronó en la iglesia mayor de Pamplona, do hizo enterrar a su padre; doña Blanca, nuera del emperador, y doña Margarita, que casó con Guillermo, rey de Sicilia, por sobrenombre el Malo. Hijos otrosí legítimos del rey don García fueron don Alfonso

 

 

 

 

 

 

 

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Ramírez, señor de Castro el Viejo, y doña Sancha, que casó primero con Gastón, vizconde de Bearne, después con don Gonzalo, conde de Molina.

 

La muerte de don García dio ocasión a los otros príncipes de nuevas alteraciones, en especial a don Ramón, príncipe de Barcelona, y al emperador don Alfonso, no obstante los muchos vínculos de afinidad que con el muerto y con sus hijos tenía. Es así que los reyes en más estiman ensanchar su señorío que ser alabados de humanos y de modestos; no hacen caso con el deseo de mandar de lo que la fama puede hablar de ellos y pensar los venideros, como si con el poder presente se pudiese también apagar la memoria del tiempo adelante. Estos dos príncipes se juntaron en Tudelín, pueblo de Navarra, cerca de los baños que allí hay; hallóse asimismo presente don Sancho, ya días antes declarado rey de Castilla por el emperador, su padre. Hicieron dos acuerdos y conveniencia con estas condiciones: que todo lo que de nuevo se quitara a Castilla se restituyese enteramente a don Alfonso; lo que de Aragón a don Ramón; y que el antiguo señorío de Navarra, luego que juntadas las fuerzas le hubiesen quitado al nuevo rey, le dividiesen entre sí por partes iguales, a cada cual lo que más le estuviese a cuenta, en particular que Pamplona quedase por don Ramón, Estella por el emperador, Tudela fuese de ambos, y cada uno pusiese en su parte quien la gobernase; que don Ramón por los pueblos y ciudades que adquiriese en Navarra fuese feudatario de Castilla, renovando en esto la confederación de don Sancho y don Pedro, reyes de Aragón.

 

Añadióse demás de esto que pues el principal cuidado era de hacer guerra a los moros, luego que Valencia con todo lo que hay desde Tortosa hasla Júcar, y también Murcia, se ganase de moros, quedase por los aragoneses, como obligados eso mismo y feudatarios a los reyes de Castilla. Juraron los reyes estas condiciones; diéronse las manos entre sí, que conforme a las costumbres de España es una grande atadura de la fe dada y recibida; púsose término y señalóse tiempo para comenzar la guerra de Navarra, pasado el mes de septiembre. La liga se hizo a 27 de enero, que tuvo no buen principio, y fue adelante de ningún efecto, porque el nuevo rey, avisado de lo que pasaba, se apercibió con mucha diligencia, y aunque era de pequeña edad, estaba muy fortalecido, no más de socorros de fuera que de la benevolencia de los suyos, en que sobrepujó a su padre, príncipe que fue a sus vasallos pesado y comúnmente de los mismos aborrecido. Entre los señores de Navarra, don Ladrón de Guevara, de

 

 

 

 

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antigua nobleza y señor de Aivar, tenía muy grande autoridad, tanto, que por pasar a los otros muy adelante en riquezas y poder, le llamaron príncipe de Navarra.

 

Al emperador y a don Ramón entretuvieron otros cuidados para que no pudiesen con todas sus fuerzas acudir a la nueva guerra, si bien los aragoneses con entradas que hicieron y correrías comenzaron a trabajar lo de Valderroncal, las gentes de Castilla a lo que de Navarra les caía cerca; los unos y los otros sin hacer cosa notable, mayormente que don Ramón se partió para Narbona contra Trencavello, vizconde de Carcasona, con quien filialmente se concertó por el mes de noviembre tuviese en feudo a Carcasona y Rodes. El emperador don Alfonso se hallaba ocupado en concertar nuevos parentescos y casamientos, ca Luis, rey de Francia, repudiado que hubo a Leonor, condesa de Poitiers, en quien tenía dos hijas, en su lugar se casó con hija del emperador don Alfonso, que unos llaman doña Isabel, y otros doña Constanza, y pudo tener entrambos nombres. El emperador por el mismo tiempo casó con Rica, hija de Uladislao, duque de Polonia, que es parte de la antigua Sarmacia, habida en Berta, hermana de Otón, obispo frisingense, como lo dice Radevico en lo que añadió a la historia que escribió el mismo Otón. Entre tan grandes regocijos y aparatos de bodas como se hicieron no podían las armas tener lugar, fuera de que los navarros estaban confederados con los franceses, por lo cual pensamos que el emperador se amansó más y comenzó a divertir su ánimo de aquella empresa, que condenaban las leyes de la amistad y los juicios de los hombres.

 

Además que a don Sancho, rey de Navarra, favorecían todos ordinariamente por el excelente natural que en su pequeña edad mostraba; y el mismo don Alfonso era muy amigo de justicia, aborrecedor de toda insolencia y demasía; virtud que por este tiempo mostró con un ejemplo digno de memoria. Un cierto soldado de sangre noble y del número de los que vulgarmente en España llaman infanzones, en Galicia, confiado en que aquella tierra caía lejos y en la revuelta de los tiempos, despojó a un labrador de todos sus bienes. Amonestado por el rey y gobernador de la provincia hiciese satisfacción de lo que tomara injustamente, no quiso obedecer. Disimuló el rey por entonces, y pospuestas todas las demás cosas, en hábito disfrazado para que la cosa fuese más secreta, desde la ciudad de Toledo fue por la dicha causa a lo postrero de Galicia. Llegado, cercó de sobresalto las casas del soldado, que huyó por miedo del castigo,

 

 

 

 

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más él le mandó prender y ahorcar delante de las mismas casas. Con este hecho el rey ganó autoridad y la inocencia quedó valida, y aquel hombre castigado como su desatino y soberbia merecía. Valeroso príncipe, que ni en paz ni en guerra estaba ocioso, antes vuelto a la guerra contra los moros, este año puso cerco a Jaén, el siguiente de 1152 a Guadix, ciudad de Andalucía, que los antiguos llamaron Accí, pero no parece salió con estas empresas.

 

Doña Petronila, reina de Aragón, parió un hijo, que en vida de su padre se llamó don Ramón, y después de él muerto, don Alfonso. Es cosa notable que, estando para parir, a 4 días del mes de abril, otorgó su testamento, en que dejaba el reino paterno al preñado, si naciese varón; pero si fuese hembra, nombraba por heredero a su marido don Ramón; que fue ejemplo bien extraordinario. Nombró por sus albaceas a tres obispos, Guillelmo, de Barcelona; Bernardo, de Zaragoza; Dodo, de Huesca; y junto con ellos otros hombres principales. Dice en él en particular que deja el reino a sus herederos libre como su tío don Alfonso le tuvo, es a saber, pospuesta la confederación y asiento que poco antes se tomó con Castilla.

 

Por el mismo tiempo falleció don Pedro de Atarés, señor de Borja; sepultáronlo en el monasterio de Veruela, que no lejos de Zaragoza él mismo fundara. Borja quedó por el rey; a los templarios, a quien el difunto la dejó en su testamento, dio en trueque y recompensa a Ambela y otros pueblos. Ítem, lo que los moros poseían a las riberas de Segre y Cinca, o por fuerza o por voluntad se ganó por los aragoneses. Demás de esto, ciertos castillos que caían entre Tarragona y Tortosa en bosques y lugares altos, y por tanto era difícil conquistados, en fin se venció la dificultad y vinieron a poder del rey. Lo mismo Miravete, a la ribera de Ebro, pueblo muy fuerte, que se dio a los templarios para que le poseyesen y tuviesen en él guarnición. En estas guerras se señalaron entre los demás en esfuerzo y diligencia el conde de Urgel y Ramón de Moncada y Poncio Hugón, conde de Ampurias, que falleció el mismo año. La tercera parte de Tortosa, que conforme a lo asentado cuando se ganó era de los genoveses, el rey al presente la compró de ellos y la rescató con dinero.

 

Con estas cosas el nombre de don Ramón comenzó en toda España y también acerca de las naciones extrañas a ser muy célebre, si bien él por su modestia o porque el reino de Aragón le tenía en dote, nunca en toda su vida se quiso llamar rey; solamente se intitulaba príncipe de Aragón, y contento con este apellido, lo gobernaba todo él sólo a su voluntad en

 

 

 

 

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guerra y en paz. Es cierto que desde este tiempo las armas antiguas de los reyes de Aragón se trocaron en las de los condes de Barcelona, que eran cuatro fajas o bandas rojas, que a iguales espacios de arriba abajo dividen un campo o escudo dorado.

 

Don Sancho, el que adelante sucedió en el reino de Portugal a don Alfonso, su padre, nació a 11 de noviembre del año 1154, en Coimbra, donde la reina de buena gana moraba. Hermanas de don Sancho, doña Urraca, que casó en León, y doña Teresa, en Flandes. El nacimiento de este infante don Sancho fue la cosa más señalada que sucedió este año, y juntamente la venida de Luis, rey de Francia, a España, de que se hablará luego.

 

 

 

 

III. De la venida a España de Luis, rey de Francia

 

Tenía Luis, rey de Francia, llamado el más Mozo, un gran deseo de ver a España y visitar a su suegro. Era menester buscar algún color para tan larga jornada; pareció el más a propósito ir en romería a Santiago por voto que el tiempo pasado había hecho. Ésta era la voz que se decía en público; de secreto otra puridad le aguijoneaba más, como lo dice el arzobispo don Rodrigo, que los escritores franceses no hablan de esto. Ésta era informarse y saber en presencia si su mujer era nacida de legítimo matrimonio, porque algunos malsines, hombres malos, cuales tienen muchos los palacios de los príncipes, que todo lo tuercen, afirmaban al rey que la reina, su mujer, era bastarda, y por el mismo caso con aquel casamiento se disminuía y afeaba la majestad real de Francia. No dejaba él de dar oídos a estos chismes, porque a ejemplo de madama Leonor, su primera mujer, parece buscaba ocasión de repudiarla, por haber también ella parido dos hijas y ningún hijo varón. Que Felipe, por sobrenombre Augusto, hijo de este rey Luis, nació de Alisa, hija que fue del señor de Bles, con quien este rey se casó últimamente después de la muerte de doña Isabel.

 

El emperador, su suegro, sin saber lo que pasaba, acompañado de sus dos hijos y de don Sancho, rey de Navarra, salió al encuentro a su yerno hasta Burgos. Acudieron de toda España de las partes comarcanas, de las que caían lejos y de las postreras, así señores como gran muchedumbre de

 

 

 

 

 

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hombres, a ver tantos reyes en unas mismas casas y morada. Sacaban arreos, galas, libreas, finalmente, todo lo que en España era hermoso y magnífico, como para hacer alarde y muestra de su grandeza acerca de los franceses, que tenían por pobreza todo lo de acá. Con este aparato llegaron desde Burgos a Santiago, y cumplidos enteramente sus votos, volvieron a la ciudad de Toledo para donde de las dos naciones, moros y cristianos, que obedecían al emperador, tenía convocadas Cortes con intento de hacer ostentación de mayor grandeza y poderío. Vino entre otros a la fama y al llamado don Ramón, príncipe de Aragón, con muy lucido acompañamiento. El rey Luis, considerado el arreo, atuendo y atavío, así de los grandes como del pueblo, que acudió en tan gran número cuanto nunca en la ciudad real se vio antes; demás de esto, sabida la verdad del negocio porque era venido, dijo no haber en Europa ni en Asia visto corte más lucida ni arreada; provincias en que se hallara en el tiempo que fue a la guerra de la Tierra Santa. Que daba gracias a Dios por tener por mujer hija del emperador don Alfonso, sobrina de don Ramón, príncipe de Aragón. Hiciéronse juegos con gran magnificencia y presentes al rey, huésped de gran estima; más no quiso tomar cosa alguna, fuera de un carbunco muy grande y de gran valor, y con tanto se volvió alegre a su tierra. Acompañóle don Ramón hasta Jaca, en que los recibieron con aparato real y toda muestra de alegría, como testifican las historias de Aragón.

 

Falleció el conde de Urgel a 28 días del mes de agosto; fue nieto de don Peranzules; y del lugar donde se crió y para diferenciarle de otros del mismo nombre, lo llamaron Armengol de Castilla.

El año siguiente 1155, a 11 de noviembre, viernes, como dicen los Anales Toledanos, nació a don Sancho, rey de Castilla, de doña Blanca, su mujer, un hijo, llamado don Alfonso, heredero que fue adelante del reino de su padre y abuelo. Habíase tratado en la alianza que se hizo en Tudelín de repudiar a esta doña Blanca por no ser aún de edad para casarse; pero las leyes de la equidad, el amor del marido y la inocencia de aquella señora prevalecieron para que no se le hiciese tal agravio.

 

Siguióse una guerra en aquella parte de la Galia Narbonense que se llama la Provenza por esta ocasión; Hugón Baucio y sus hermanos, hijos que eran de Raimundo Baucio y nietos de Gilberto, ganaron el tiempo pasado un privilegio de los emperadores alemanes Conrado y Federico, en que les concedían todo lo que el conde Gilberto, su abuelo, había poseído.

 

 

 

 

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Fundados en este privilegio, pretendían toda la Provenza; y fortificándose en el pueblo Trencatayo, trabajaban todos los lugares comarcanos. Don Ramón, con el cuidado que tenía de su sobrino, marchó para allá con un grueso ejército, con que abatió el atrevimiento y orgullo de los Baucios y en breve los redujo a obediencia.

 

En el mismo tiempo el cardenal Jacinto, legado en España, sosegaba las contiendas y daba asiento en el estado de las iglesias, en particular a instancia de Juan, arzobispo de Toledo, pronunció sentencia en Nájera en favor del primado de Toledo contra los arzobispos de Santiago y de Braga. Fue esta legacía de Jacinto muy señalada y famosa en esta era. Envióle Anastasio IV, pero llegó a España en tiempo que era ya pontífice el que le sucedió, que fue Adriano IV.

 

En el tiempo que Luis, rey de Francia, estaba en Toledo, sucedió hacerse mención de san Eugenio, primer arzobispo de Toledo, cuyas reliquias poco antes se dijo tenían en la iglesia de San Dionisio cerca de París; pedían que los sagrados huesos se trasladasen a España; llevaban mal los franceses esta demanda; alcanzóse solamente que les enviasen una parte. El rey Luis, vuelto a su patria, hizo esto y lo cumplió enteramente, que envió el abad de aquel monasterio a su suegro con el brazo derecho del mártir. Ya que llegaba cerca de Toledo, salieron en procesión a recibirle el emperador don Alfonso, los dos reyes, sus hijos, los grandes, el pueblo y varones sagrados. La sagrada arca fue en hombros del emperador y de sus dos hijos llevada a la iglesia mayor, y puesta en el sagrario de ella a 12 días de febrero el año de nuestra salud de 1156. Los demás huesos del sagrado cuerpo se trujeron a Toledo a instancia de don Felipe II, rey de las Españas, y por diligencia de don Pedro Manrique, canónigo de Toledo, que para este efecto fue enviado por embajador a Carlos IX, rey de Francia, cuatrocientos nueve años, nueve meses y seis días más adelante, con igual ejemplo de piedad, pompa y aparato el mayor que se vio en España; y se pusieron en el mismo templo debajo del altar mayor en capilla particular y devota.

 

 

 

 

IV. De la muerte del emperador don Alfonso

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Con las vistas de estos príncipes parecía ser acabadas las guerras civiles entre cristianos; pero el haberse apartado y desmembrado el reino de Navarra del de Aragón, como se hizo los años pasados, tenía puesto en mayor cuidado a don Ramón, príncipe de Aragón, que fácilmente lo pudiese olvidar. Solicitó al emperador para que, renovado el asiento y liga hecha en Tudelín, juntas las fuerzas acometan a don Sancho, rey de Navarra, enemigo común. Como prendas de este concierto y para mayor seguridad se concertó casamiento entre doña Sancha, hija del emperador, habida en Rica, su mujer, y el hijo de don Ramón. Acordóse esto por entonces sin pasar adelante a causa de la poca edad de los dos. En esta confederación comprendieron a los hijos del emperador, don Sancho y don Fernando.

 

Verdad es que don Alfonso el emperador deseaba más ser medianero en la paz que movedor de la guerra, y aún estaba más inclinado al rey de Navarra, de do se mostraba igual esperanza y partido, esto es, de casar con él otra hija, llamada doña Beatriz, habida en su mujer doña Berengaria o Berenguela, lo cual se efectuó adelanto, y entonces se movió este tratado, que no era de menospreciar; por esto con diferentes excusas se entretenía de día en día, y alegaba, ya una, ya otra causa de la tardanza para no juntar, como lo tenían concertado, sus armas con los aragoneses; decía que se debía primero de acudir a la guerra sagrada y atajar las pretensiones de los moros, antes que el imperio de los almohades con el tiempo se amigase más en España, en especial que por muerte de Abdelmon, su hijo y sucesor Jacob, que otros llaman Yusuf, hombre muy soberbio y de grande experiencia en las cosas de la guerra, asentadas las cosas de África, con sesenta mil de a caballo y mucho mayor número de infantes era pasado con grande espanto de los fieles en España, llamado de los moros que en ella estaban para ayudar a su gente y vengarla.

 

Aquejábale este cuidado y riesgo; rogó grandemente a don Ramiro, príncipe de Aragón, que juntado un grueso ejército se aparejaba para entrar por tierras de Navarra, que no comenzase la guerra antes de la fiesta de san Martín. Hízose así, que se dilató aquella empresa; solamente por entonces se confirmó con nuevos homenajes en Toledo la confederación pasada por el mes de febrero del año 1187. Llevó esla tardanza don Ramón con ánimo más igual a causa que en el mismo tiempo los movimientos de Francia le forzaron a ir de nuevo a Narbona con esta ocasión: Hermengarda, vizcondesa de aquella ciudad, trabajada por las armas de los comarcanos,

 

 

 

 

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fue forzada entregarse a sí y a su señorío en la fe y amparo de don Ramón, su tío. El que dio este consejo, Berengario, arzobispo de Narbona, dejada la Francia, la acompañó hasta Perpiñán, donde todas estas pláticas se trataron y concluyeron.

 

El emperador don Alfonso, determinado de hacer guerra a los moros, convocó a sus dos hijos, a los prelados y señores de todo su estado, y formando un grueso campo, rompió por el Andalucía, taló los campos y quemó los lugares, robólos y saqueólos por todas partes. Era miserable aquella parte de España en este tiempo, por ser trabajada y afligida de la una gente y de la otra, moros y cristianos. Ganóse la ciudad de Baeza, que había vuelto a poder de moros, Andújar y Quesada; y porque los calores del estío eran grandes y los lugares mal sanos, determinado el emperador de volver a Castilla, dejó en el gobierno de aquellas ciudades al rey don Sancho, su hijo, porque si quedaban sin tal amparo no volviesen a poder de moros como otras muchas veces. La mayor parte del ejército quedó con don Sancho. Él con don Fernando, su hijo, y con los demás volvieron atrás. En este camino, en el mismo bosque de Cazlona y Sierra Morena, el emperador cayó enfermo, y como no pudiese sufrir ni disimular más tiempo la fuerza de la dolencia, por tener el cuerpo quebrantado con tantos trabajos más que por su edad, cerca del lugar de Fresneda mandó debajo de una encina le armasen una tienda; hacíale compañía don Juan, arzobispo de Toledo, que le confesó y comulgó; dio la postrera boqueada a 21 del mes de agosto; vivió cincuenta y un años, cinco meses, veintiún días; dignísimo príncipe de más larga vida.

 

No hubo persona más santa que él siendo mozo, ni vio España cosa más justa, fuerte y modesta siendo varón; reinó treinta y cinco años, poco mas o menos; tuvo título y majestad de emperador veintidós años y seis meses; fue príncipe colmado de todo género de virtudes, y su memoria fue muy agradable a la posteridad por la voluntad que mostró perpetuamente de ayudar a la religión cristiana. Tuvo tres mujeres, doña Berenguela, doña Beatriz y doña Rica. En doña Beatriz no parece tuvo hijos; de doña Rica hubo a doña Sancha; doña Berenguela parió a don Sancho y don Fernando, que sucedieron a su padre, y a doña Isabel y doña Beatriz; demás de estos, a don Alfonso y don Fernando, como parece por un privilegio de la iglesia mayor de Toledo. Este don Fernando murió niño, y su padre le hizo sepultar en el monasterio de San Clemente que hay de monjas en aquella ciudad, que él edificó; el letrero de la sepultura decía:

 

 

 

 

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Aquí está el muy ilustre D. Fernando, hijo del emperador D. Alonso, que hizo este Monesterio.

 

Púsole aquí por honralle.

 

 

 

 

 

V. Cómo don Sancho y don Fernando sucedieron

 

a su padre

 

Don Sancho y don Fernando, hijos del difunto emperador, mozos el uno y el otro muy escogidos y aventajados, como su padre lo dejó señalado y dispuesto, así dividieron sus estados. El reino de León y los gallegos quedaron por don Fernando; don Sancho, que era el hermano mayor, poseyó a Castilla y a las demás provincias que andaban con ella; ambos fueron buenos príncipes en tiempo de paz y diestros en la guerra, de tal manera, que parece querían imitar a porfía las virtudes de su padre. Don Sancho era más amado del pueblo, por ser de condición blanda y benigna; por esto y porque murió antes de tiempo le llamaron don Sancho el Deseado; don Fernando daba orejas a los malsines, que tienen por costumbre torcer las palabras y los servicios de otros, con que se enajenó las voluntades de los grandes. Era otrosí sospechoso naturalmente, enfermedad que si no se reprime con la razón, acarrea mal y daño. Por esta causa, como no se fiase de su hermano, antes que hiciesen las honras a su padre y antes que le sepultasen, acudió a León para tomar la posesión de aquel reino. Al contrario don Sancho, sabida la muerte de su padre, a grandes jornadas llegó a Fresneda, donde, acompañado de los prelados y grandes llevó el cuerpo de su padre difunto a Toledo, do le sepultaron con aparato real, y muy célebre por las lágrimas de todo el pueblo, en la iglesia mayor de aquella ciudad.

 

A esta sazón don Sancho, rey de Navarra, a quien con la edad por la grandeza de las cosas que hizo y por la erudición de su ingenio dieron sobrenombre de Sabio, por parecerle tenía buena ocasión de vengar las injurias pasadas, juntado el ejército de los suyos que tenía apercibido para defenderse, pisó hasta Burgos haciendo mal y daño. Parecía haber con esto hecho lo que bastaba para sustentar el crédito y opinión, pues acometía a sus contrarios el que apenas se entendía sería bastante para defenderse de

 

 

 

 

 

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los intentos de tan grandes reyes que le pretendían derribar. Para muestra de lo cual traía este rey por blasón en campo rojo una banda dorada con dos leones, que por una parte y otra la despedazaban a porfía. Hecha pues esta entrada, con la misma presteza dio la vuelta para su tierra.

 

Los moros de Andalucía, por quedar las plazas, que en la guerra pasada les habían sido tomadas, desamparadas de la ayuda de don Sancho, sin dilación las tornaron a recobrar. Era necesario acudir a entrambas partes; pareció reprimir primero el atrevimiento del rey de Navarra, porque disimulando la injuria, no se disminuyese la autoridad y majestad del nuevo rey, dado que de su condición se inclinaba más a la paz que a la guerra. Hacía sus apercibimientos de armas, dinero y soldados. Sucedió muy a propósito que Ponce, conde de la Minerva, el más principal de los señores leoneses, y que fue paje de armas del emperador don Alfonso, agraviado por el rey don Fernando que le despojó de su estado, dejado León, se pasó a Castilla. Era grande el crédito de su esfuerzo, y muy aventajado el ejercicio que en las armas tenía. Por esto y porque don Sancho estaba ocupado en dar asiento en las cosas del reino, recibido que hubo benignamente al conde, y dádole esperanza de alcanzarle perdón de su señor, le hizo general y le dio cuidado de la guerra de Navarra. Aceptó el cargo, y con un grueso ejército que llevaba, por tierra de Briviesca llegó a la Rioja en busca del enemigo.

 

Hay una llanura no lejos del lugar de Bañares, llamada Valpiedra, en que se dio la batalla. Los navarros ordenaron sus huestes de esta manera. Don Lope de Haro iba en la vanguardia, don Ladrón de Guevara en la retaguardia, el mismo rey don Sancho en el cuerpo de la batalla. Las gentes de Castilla, como en número así en valor sobrepujaban; ordenaron también ellos sus haces, y presentaron la batalla al enemigo; cerraron los escuadrones con igual denuedo. Los castellanos al principio fueron echados de su lugar, después mudándose la fortuna de la pelea, quedaron con la victoria. Los navarros volvieron las espaldas desapoderadamente. La matanza fue menor que conforme a la victoria. Muchos se acogieron y salvaron en los pueblos y castillos comarcanos, que eran suyos. Hizoles daño no esperar los socorros que de franceses les venían. Sin embargo, luego que llegaron, cobrado el rey ánimo de nuevo, no temió ponerse al trance de la batalla. En el mismo lugar y en el mismo llano tornaron a pelear. La batalla fue muy brava, ca los unos peleaban como vencedores, los otros por vencer. Finalmente, los navarros, atemorizados con la

 

 

 

 

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matanza pasada y daño recibido, quedaron vencidos, y el campo por los contrarios. Muchos de los más nobles quedaron presos, que trató don Ponce benignamente. Decía no era venido a hacer guerra con los prisioneros y con su miseria, sino a vengar solamente la temeridad del rey. Soltólos demás de esto, y dejólos ir libres; humanidad que fue entonces muy alabada, en especial que, no sólo dio libertad a los navarros, sino también a los franceses.

 

Ganada esta victoria, volvió a Burgos; el rey, después de alabar el esfuerzo de los soldados y hacerles mercedes según los méritos de cada cual, más que a todos honró con todo género de cortesía al general Ponce. El agrado llegó a tanto, que con deseo de restituirle en su patria y en su estado, como lo tenía prometido, revolvió contra las tierras de León, y llegó con su ejército y con sus gentes hasta Sahagún, determinado hacer la guerra a don Fernando, su hermano, si no venía en lo que parecía justo y él quería. El rey don Fernando, visto el peligro que corría, vino desarmado a verse con su hermano el rey don Sancho; con estas vistas se acabaron los desabrimientos, mayormente que don Fernando, no solo prometía de restituir al conde don Ponce su estado y perdonarle, sino de hacerle mucho mayores honras y mercedes. Ofrecía otrosí para mayor muestra de humildad de hacer pleito homenaje a su hermano y ponerse en su poder y en sus manos; cortesía que don Sancho, trocado el enojo en humanidad, como acontece sosegada la contienda, dijo que no sufriría que el hijo del emperador fuese sujeto ni reconociese homenaje a imperio de ningún príncipe ni monarca.

 

 

 

 

VI. De los principios de la caballería de Calatrava

 

El lugar de Calatrava está puesto en los oretanos, cerca de Almagro, en un sitio fuerte y a la ribera de Guadiana. En el tiempo que se ganó de los moros le entregaron para fortificarle y guardarle a los templarios, soldados de cuyo esfuerzo y valentía se tenía grande crédito; pretendían que sirviese como de fuerte para reprimir las correrías de los bárbaros; pero ellos, por aviso que tuvieron que los moros con grande esfuerzo en muy gran número le querían poner cerco, perdida la esperanza de poderle defender, le volvieron al rey. No se hallaba entre los grandes alguno que de su

 

 

 

 

 

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voluntad o convidado por el rey se ofreciese y atreviese a ponerse al peligro de la defensa; solos dos monjes del Císter, que venidos por otras causas a la corte, se hallaban a la sazón en Toledo, se atrevieron a esta empresa; estos eran fray Raimundo, abad de Fitero, junto al río de Pisuerga (yerran los que atribuyen esta loa a otro monasterio de Fitero que está en Navarra cerca de Tudela, pues consta que no estaba edificado en este tiempo), y el compañero que traía, llamado fray Diego Velázquez; éste había sido soldado viejo del emperador don Alfonso, afamado por muchas cosas que en la guerra hiciera, después cansado y por menosprecio de las cosas humanas se metió monje, y al presente, como era de gran corazón, con muchas y buenas razones persuadió al abad se encargase de la defensa de aquella plaza; consejo, al parecer, temerario, pero en efecto inspirado de Dios, como yo pienso, porque contra tantas dificultades como se presentaban, ninguna razón ni prudencia era bastante. Fue esta oferta muy agradable, primero al rey, después a don Juan, arzobispo de Toledo, que estaban antes tristes y faltos de consejo en aquel aprieto tan grande. El dicho arzobispo demás de esto, porque Calatrava era de su diócesis, ayudó con sus dineros, y desde el púlpito persuadió así a los nobles como a los del pueblo que debajo de la conducta del Abad se ofreciesen al peligro y a la defensa, porque no pareciese que desamparaban en aquel trance y faltaban al deber y a las cosas de los cristianos; cuanto menos perdonasen a sí y a sus haciendas, tanto estarían y serían más seguros; perdido aquel pueblo, que era como baluarte, la llama y el fuego pasaría a las haciendas particulares y tierras de cada cual. Sucedieron estas cosas al principio del año 1158.

 

El rey hizo donación del señorío de Calatrava y de su tierra a Santa María, de la orden del Císter, y en su nombre al abad Raimundo y compañeros para siempre. Es de grande momento la fama para cualquier negocio; que las más veces es mayor que la verdad. Así, como se divulgase el ruido de este apercibimiento que se hacía para defender aquel pueblo, los moros, perdida la esperanza de ganarle o embarazados en otras cosas, no vinieron sobre Calatrava. Éste fue el principio dichoso y bienaventurado de aquella milicia y orden, porque muchos soldados siguieron al abad y tomaron el hábito que él les dio, señalado y a propósito para no impedir el uso de las armas; y luego vuelto a Toledo, hinchó al rey y a los ciudadanos y corte de alegría por lo que acometiera y hiciera; juntamente de su monasterio, do era prelado, trajo gran copia de ganado, y

 

 

 

 

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de los lugares comarcanos hasta veinte mil personas, a quien repartió los campos y pueblos cercanos a Calatrava para que en ellos poblasen y viviesen, por estar yermos de moradores. Con esta diligencia el pueblo de Calatrava quedó muy bien fortificado para cualquier cosa que sucediese. El abad Raimundo falleció algunos años después en Ciruelos, aldea en que también estuvo sepultado. La gente de aquel lugar, por la diligencia que usó en defender a Calatrava, le hace tanta honra, que se persuade haber hecho milagros, y le ponen en el número de los santos. Desde allí fue trasladado el año 1471 a Nuestra Señora de Monte Sion, monasterio de bernardos, junto a Toledo, por bula de Paulo II, expedida a instancia del doctor Luis Núñez de Toledo, arcediano de Madrid y canónigo de Toledo. Diego Velázquez, después que vivió muchos años adelante, falleció en Gumiel en el monasterio de San Pedro, en que está enterrado.

 

De estos principios la sagrada milicia y orden de Calatrava ha llegado al lustre que hoy tiene y vemos. Alejandro III la confirmó con su bula, siendo un caballero, llamado don García, el primer maestre de aquella orden, que fue el año 1164; a don García sucedió Fernando Escaza, a éste don Martín Pérez, a don Martín Nuño Pérez de Quiñones, a estos otros. El convento que la primera vez fue puesto en Calatrava, después le pasaron a Ciruelos, y más adelante a Bujeda, y de allí a Córcoles y a Salvatierra, últimamente a Covos en tiempo de Nuño Fernández, el maestre duodécimo de aquella orden. Hay otros menores conventos de aquella orden fundados en otros lugares, pero este es el principal. Esta milicia adquirió adelante riquezas, autoridad y señorío de muchos lugares por sus servicios y por la gran liberalidad de los reyes. Estos lugares y encomiendas se daban antiguamente a los soldados viejos de aquella orden para que con aquellas rentas sustentasen honestamente la vida, sin que los pudiesen dejar en su testamento a los herederos; al presente con la paz, mudadas de lo antiguo las cosas, sirven por voluntad de los reyes a los deleites, estado y regalo de los cortesanos; así ordinariamente las cosas de la tierra de buenos principios suelen trocarse con el tiempo y alterarse.

 

 

 

 

VII. Cómo el rey don Sancho de Castilla falleció

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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A este tiempo don Ramón, príncipe de Aragón, por entender que con la muerte del emperador expiró la confederación pasada, en cuya virtud tenía como en feudo la parte de Aragón que cae de esta parte del río Ebro, acordó de verse con el rey don Sancho. Señalaron para estas vistas un pueblo llamado Nasama; allí en presencia de los grandes y de don Juan, primado de Toledo, se trató de esta diferencia. El aragonés pretendía que Zaragoza, Calatayud y otros pueblos y ciudades quedaban libres de toda jurisdicción de Castilla; más como quier que no pudiese alcanzar esto, por conclusión se concertaron que el de Castilla no poseyese en aquella comarca algunos castillos o lugares, y sin embargo, los reyes de Aragón les hiciesen homenaje por aquellas ciudades y fuesen obligados cuando los llamasen de venir a las Cortes del reino de Castilla; demás de esto, la liga que tantas veces se hiciera contra el rey de Navarra se renovó y confirmó, sin que fuese de mayor efecto que antes, dado que la fresca memoria de la guerra pasada estimulaba a don Sancho, a don Ramón el dolor de haberle quitado a sin razón aquel reino.

 

Acabadas estas vistas, que fueron por el mes de febrero, los aragoneses movieron guerra contra el rey de Navarra. Las armas de Castilla no pudieron acudir, como quedó concertado, a causa de las muertes, que sucedieron casi a un mismo tiempo del rey y de la reina. La reina falleció a 24 de junio el año 1158 de Cristo. Fue sepultada en Nájera en el monasterio real de Santa María, en que estaban los sepulcros de los reyes de Navarra; y ella poco antes le había hecho donación de un pueblo llamado Nestar, por la cual causa todos los años le hacen allí un aniversario el día de su muerte. El rey, aquejado del dolor que recibió muy grande por la muerte de su mujer o de otra dolencia que le sobrevino, falleció en Toledo, postrero de agosto luego siguiente, en sazón que se apercibía para la guerra sagrada, que juntados socorros y gentes de todas partes, con todo su poder pensaba hacer contra los moros. Sepultáronle junto al sepulcro de su padre en la iglesia mayor de la misma ciudad, a la cual iglesia dejó a Illescas y Hazaña. Reinó un año y once días; fue esclarecido en la guerra y en la paz, y que se igualara con la gloria de sus antepasados si tuviera más larga vida. Dejó sin duda increíble deseo de sí, que parece encendieron más las desventuras y alteraciones del reino, que por su muerte resultaron y se siguieron.

 

Con todo esto, las gentes que tenía apercibidas, con la divisa que cada uno llevaba de la cruz, y por tanto espantosas a los enemigos de la religión

 

 

 

 

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cristiana, aunque el rey era fallecido, luego que entraron por el Andalucía, vencieron en una grande batalla a Jacob, miramamolin, que iba la vuelta de Sevilla. Fue grande el destrozo de la morisma; el moro, pasado este peligro, rehaciéndose de fuerzas, acometió a otros reyes moros que no le querían obedecer, y dando la vuelta, hizo guerra al rey de Valencia y de Murcia; mas no pudo salir con su intento, porque le defendió don Ramón, príncipe de Aragón y Barcelona, a cuya devoción estaba. Desde allí, vueltas sus fuerzas contra Alhagio, rey de Mérida, le puso en término, que se le rindió, aparejado a hacer lo que se le mandase y ayudar y servirle en todas las cosas. Pusieron sus asientos, con que dos hijos de Alhagio, rey de Mérida, llamados Fadala y Ornar, ayudados de la gente de Jacob, en una entrada que hicieron por tierra de cristianos, se metieron por las comarcas de Plasencia y de Ávila; y dada la vuelta hacia tierra de Talavera, como por todas partes hubiesen puesto espanto, cargados de despojos se volvían a Mérida. En esto las gentes de Ávila y sus capitanes, Sancho y Gómez, hijos de don Jimeno, que eran de la más principal nobleza de Ávila, los alcanzaron, y en una batalla que les dieron en un lugar que se llama Siete Vados, los vencieron y desbarataron, quitáronles otrosí toda la presa y cautivos que llevaban.

 

Diestros y grandes capitanes en este tiempo fueron los ya dichos Sancho y Gómez, pues cuatro años adelante con una entrada que hicieron por aquella parte de Extremadura en que están los campos de la Serena, tierra de abundosos pastos, robaron muchos ganados y vencieron en un encuentro los moros que salieron contra ellos; con que trujeron a sus casas muy grandes despojos. Del linaje de estos capitanes vienen los señores de Villatoro y los marqueses de Velada, caballeros en riquezas, aliados y deudos; demás de esto, en la privanza de los príncipes esclarecidos y señalados, en especial en nuestra era y la de nuestros padres.

 

El rey don Sancho cuando estaba a la muerte encomendó su hijo don Alfonso, que era de cuatro años, a don Gutierre Fernández de Castro, que otro tiempo fue su ayo. Los demás señores mandó que tuviesen en su poder las ciudades y castillos que a su cargo estaban, hasta tanto que el rey fuese de quince años cumplidos, acuerdo y consejo en lo uno y en lo otro poco acertado; pero la prudencia humana es corta para prevenir los inconvenientes todos, y muchas veces lo que parecía estar saludablemente determinado, reveses que suceden lo desbaratan. Diose sin duda con esto ocasión y fuerzas para revolver el hato a los que mal pensaban. Los demás

 

 

 

 

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señores, no menos nobles que don Gutierre, llevaron mal que el peso del gobierno fuese puesto en los hombros de uno solo, y que en su poder quedase el rey en aquella edad flaca y deleznable.

 

 

 

 

VIII. De nuevos movimientos que se levantaron

 

en Castilla

 

Entre los grandes y ricos hombres de Castilla por este tiempo dos casas se aventajaban a las otras, las más principales en estados, riquezas y aliados; los Castros y los de Lara. Estos tuvieron por largo tiempo la primera voz y voto en las Cortes del reino. Entre los Castros, don Gutierre, a quien se encomendó la crianza del rey, alcanzaba grande autoridad, que le daba su larga edad y la grandeza de las cosas que por él pasaron. Carecía de hijos y sucesión. Su hermano menor, por nombre don Rodrigo, tenía cuatro, que eran don Fernando, don Álvaro, don Pedro y don Gutierre, una hija, por nombre doña Sancha, que casó con don Álvaro de Guzmán, por donde era de poco menos autoridad y poder que su hermano. Los de Lara eran tres hermanos; don Enrique, don Álvaro y don Nuño; a las riberas del río Duero tenían grandes heredamientos y lugares. Fue padre de todos estos el conde Pedro de Lara, de quien arriba se ha hecho mención y dijimos fue muerto en el cerco de Bayona. Madre de los mismos era una señora, llamada doña Aba, que estuvo casada la primera vez con don García, conde de Cabra; y por haber nacido de este matrimonio don García Acia, heredero de aquel estado, era ocasión que el poder de los tres hermanos se aumentase mucho más.

 

Estos mostraron llevar mal que siéndoles antepuesto por juicio del rey don Sancho don Gutierre de Castro, se hubiese oscurecido el lustre y resplandor de su casa. Extrañábanlo en público y en secreto; decían que los Castros quedaban por reyes; que esto solamente entre las cosas que el rey don Sancho mandó no se debía ejecutar; ni sufrirían ellos que al albedrío de uno se revolviese el estado del reino, ni otro alguno reinase fuera de aquel que era rey natural. Esto decían con tanta porfía, que mostraban deseo de llevar el negocio por las armas y llegar a las puñadas. Don Gutierre, con deseo del bien común y con ejemplo señalado de modestia más que de prudencia, fácilmente se dejó persuadir que entregase

 

 

 

 

 

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el rey en poder de don García Acia, hombre sin duda templado, pero de más sencillo ánimo que parece requería el estado de las cosas, en tanto grado, que con excusa de los gastos que le era forzoso hacer en la crianza del rey, por no estar las rentas reales del todo desembarazadas, entregó el rey niño a don Manrique de Lara, su hermano de madre, para que él le criase, que era concederle todo lo que en esta porfía pretendía y deseaba. Quejábase don Gutierre que con esto le quebrantaban la palabra; y por el testamento del rey don Sancho pretendía tornarse a encargar de la crianza del rey. Burlábanse los contrarios; y claramente por esta vía se tramaban alteraciones y bullicios de guerra.

 

Don Fernando, rey de León, movido por esta discordia con que todo el reino se dividía en parcialidades y pretendiendo se le hizo injuria en no le nombrar para el gobierno y crianza de su sobrino, tomadas las armas, entró por las tierras de Castilla muy pujante, principalmente hacía mal y daño en aquella parte por do corre Duero y donde la casa de Lara tenía muy grande señorío. Don Manrique y sus hermanos por miedo de don Fernando llevaron el rey a Soria para que estuviese muy lejos y más seguro del peligro de la guerra. Falleció a la sazón don Gutierre de Castro; sepultáronle en el monasterio de Encas, que tiene nombre de San Cristóbal. Don Manrique de Lara, hecho más insolente con el poder, requirió a los herederos del difunto, sobrinos suyos, le entregasen las ciudades y castillos que tenían encomendadas. Excusábanse ellos con el testamento del rey don Sancho. Decían que antes de la legítima edad del rey niño no podían licitamente hacer lo que les demandaban. Con esto el cuerpo de don Gutierre por mandado de don Manrique fue desenterrado, como de traidor y que había cometido crimen contra la majestad. Nombráronse jueces sobre esta diferencia, que dieron sentencia en favor de don Gutierre, por ser cosa inhumana embravecerse y mostrar saña contra los muertos; así por su mandado fue vuelto a la sepultura y a enterrar.

 

Entre tanto que esto pasaba, las armas de don Fernando, rey de León, volaban libremente por toda la provincia, sin que se juntase para resistir algún ejército señalado en número o en esfuerzo, por no tener capitán y estar el reino dividido en bandos. No se puede pensar género de trabajo que los naturales no padeciesen, cansados no más con el sentimiento de los males presentes que con el miedo de los que amenazaban, en tanto grado, que el mismo don Manrique, perdida la esperanza de poderse defender y

 

 

 

 

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movido por el peligro que sus cosas corrían, fue forzado hacer homenaje al rey don Fernando que le entregaría el gobierno del reino y las rentas reales, que las tuviese por espacio de doce años juntamente con la crianza del rey. Para que esto se confirmase con común consentimiento del reino llamaron Cortes para la ciudad de Soria, do guardaban al rey niño.

 

En este peligro que amenazaba mayores males, la resolución y esfuerzo de un hombre noble, llamado Nuño Almejir, sustentó y defendió el partido de Castilla. Éste, viendo llevar el niño a su tío, le arrebató a los que le llevaban, y cubierto con su manto le llevó al castillo de San Esteban de Gormaz, con la cual diligencia quedaron burlados los intentos del rey don Fernando, porque los tres hermanos de Lara, con muestra de querer seguir y alcanzar al niño rey, despedidos de don Fernando, hicieron para mayor seguridad fuese el niño llevado a Atienza, plaza muy fuerte. Según esto, arrepentidos del consejo y asiento que tomaran, últimamente andando con él huyendo por diversas partes, pararon en Ávila, ciudad muy fuerte. Allí con grande lealtad los ciudadanos le defendieron hasta el año onceno de su edad. Por este hecho los de Ávila se comenzaron a llamar vulgarmente los fieles.

 

El rey don Fernando, burlada su esperanza, con que se prometía el reino de Castilla, y por esta razón movido a furor, acusó primero a don Nuño de Lara, después a don Manrique, su hermano, de haberle quebrantado la fe y palabra; envió para esto reyes de armas para desafiarlos; pero la revuelta de los tiempos no dio lugar a que defendiesen por las armas su inocencia ni se purgasen en el palenque de lo que les era impuesto, como era de costumbre. Recelábanse que si les sucedía alguna desgracia, se pondría en cuentos y peligro todo el reino. Solamente respondieron a don Fernando que la conciencia de lo hecho y lealtad que guardaron con el rey niño, si no a los otros, a lo menos a sí mismos daban satisfacción bastante. Era grande el regocijo que tenía todo el reino por ver el rey niño escapado de las asechanzas de su tío; pero en breve toda aquella alegría se desvaneció, porque toda Castilla fue trabajada con las armas del rey don Fernando. Las ciudades y los lugares, o por fuerza o de grado, a cada paso se ponían en su poder y le hacían homenaje, en tanto grado, que fuera de una pequeña parte del reino que perseveró en la fe del niño, todo lo demás quedó por el vencedor.

 

Toledo, también ciudad real, y don Juan, su prelado, siguieron las partes de don Fernando, creo por algún desabrimiento que tenían o por

 

 

 

 

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acomodarse al tiempo. Hay un privilegio del rey don Fernando dado en Atienza, a 1 de febrero, año 1162, en que entre los otros grandes y ricos hombres y obispos firma también el arzobispo don Juan; demás de esto, consta de los Anales de Toledo que el rey don Fernando entró en Toledo a 9 del mes de agosto luego siguiente.

 

Allegóse a estas desgracias una nueva guerra que hicieron los navarros, porque el rey don Sancho de Navarra después de grandes alteraciones se concertó con el aragonés. Hecho esto, por entender que era buena ocasión para vengar las injurias pasadas y recobrar por las armas lo que los reyes de Castilla le tomaron en la Rioja y en lo de Bureva, con un grueso ejército que de los suyos juntó se apoderó de Logroño, de Entrena, de Briviesca y de otros lugares por aquellas partes. Tenía soldados muy buenos y ejercitados en muchas guerras. Los señores de Navarra eran personas muy escogidas. Entre los demás se cuentan los Dávalos, casa muy noble y poderosa, como lo muestran las escrituras y memorias de aquel tiempo. Con esto no tenían fin ni término las guerras ni los males, todo andaba muy revuelto y alterado.

 

 

 

 

IX. De la muerte de don Ramón, príncipe de

 

Aragón

 

Estaba Castilla encendida con alteraciones civiles en un tiempo muy fuera de propósito por quedar en la provincia gran número de gente bárbara; sólo con las armas de Portugal y de Aragón eran los moros apretados; más en el Andalucía, donde tenían mayor señorío, vivían con todo sosiego, y el poder de aquella nueva gente de los almohades con el tiempo se arraigaba más de lo que fuera razón.

En este tiempo Italia era trabajada con no menores males y discordias que lo de España. Dos se tenían en Roma por pontífices, y cada cual pretendía que él era el verdadero, y el contrario no tenía razón ni derecho alguno. Estos eran Alejandro III, natural de Sena, y Víctor IV, ciudadano romano; a este ayudaba mucho el emperador Federico Barbarroja por la grande amistad que con él tenía. A Alejandro nombró por pontífice la mayor y más sana parte de los cardenales; pero como no tuviese bastantes fuerzas para resistir al emperador, que se apoderaba de las ciudades y

 

 

 

 

 

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lugares de la Iglesia, en una armada de Guillermo, rey de Sicilia, se huyó a Francia, y en ella para sosegar estas discordias y este cisma juntó en Tours, el año 1163, un concilio muy principal. Acudieron a su llamado ciento cincuenta obispos, y entre ellos don Juan, primado de Toledo.

 

Por el mismo tiempo don Ramón, aragonés, era muy nombrado por la fama de las cosas que acabó y su perpetua felicidad, tanto, que tenía por sujeto en España a Lope, rey moro de Murcia, y a los Baucios en Francia, que movían guerra en la Provenza, los trabajaba con muchos daños que les hacía, porque, no solamente defendió la Provenza sobre que contendían, sino también les quitó de su estado antiguo treinta castillos, y la villa de Trencatayo, que era muy fuerte, tomado que la hubo por fuerza, la allanó y arrasó el año 1161. Con aquella victoria quedaron de todo punto quebrantadas las fuerzas de los Baucios. El emperador Federico, que parecía favorecer a los enemigos y contrarios, con nueva confederación que con él hizo quedó muy su amigo. Trajo don Ramón de Castilla a Aragón a Rica, viuda del emperador don Alfonso, y a su hija doña Sancha, que estaba desposada con el hijo del mismo don Ramón. A instancia pues del emperador Federico se concertó que Rica, que era deuda suya, casase con don Ramón Berengario o Berenguel, conde de la Provenza; y que los aragoneses y provenzales jurasen por pontífice y diesen la obediencia al que él ayudaba. Con esto les hacía merced que, no solo quedasen con el principado de la Provenza, que se comprendía y extendía desde el río Druenza hasta el mar, y desde el río Ródano basta los Alpes, sino demás de estode la ciudad de Arles con toda su tierra. Para que todo esto fuese más firme, se decretó y concertó que ambos los don Ramones, el aragonés y el provenzal, fuesen a Turín, ciudad de Italia, a verse con el emperador. Señalóse el primer día de agosto para estas vistas del año 1162.

 

En este camino, en San Dalmacio, que es un pueblo a las raíces de los Alpes hacía Italia, adoleció don Ramón, príncipe de Aragón, y falleció de aquella enfermedad a 6 días de aquel mismo mes. Parecía que aquella muerte sucedía en muy mala sazón, dado que don Ramón, conde de la Provenza, fácilmente alcanzó del emperador todas las cosas por que eran idos, luego que se vio con él en Turín, como tenían concertado; y aún el emperador dice en sus letras que se expidieron sobre el caso gratificar al difunto porque había tratado muy honradamente a la reina Rica y mirado por la honra de aquella matrona viuda. De aquí tomaron ocasión los escritores catalanes de fingir que don Ramón, príncipe de Aragón, en

 

 

 

 

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Alemania defendió en un desafío y campo que hizo, la fama de una reina viuda que la acusaban haber hecho lo que no debía, y que el premio de defender la honestidad de aquella señora fue darle el principado de la Provenza. Nosotros, siguiendo la verdad de la historia, contamos la cosa como pasó. El cuerpo del difunto traído a su tierra sepultaron en el monasterio de Ripol, como él mismo a la muerte lo dejó ordenado.

 

Hiciéronse Cortes del reino en Huesca, y refirióse el testamento de aquel príncipe, que hizo a la hora de su muerte solo de palabra, en que nombró por su heredero a don Ramón, su hijo, que trocado este nombre en el de don Alfonso, entró en posesión del principado, de su padre. A don Pedro, hijo segundo, mandó a Cerdaña, Carcasona y Narbona con el mismo derecho que él las tenía. Don Sancho, que era el menor de todos, quedó nombrado en lugar de don Pedro para que le sucediese si muriese sin hijos. De doña Dulce, su hija, que adelante fue reina de Portugal, no hizo mención alguna; tampoco de don Berengario o Berenguel, que fue obispo de Tarazona y de Lérida y abad de Montearagón, al cual el príncipe hubo fuera de matrimonio.

 

La edad del nuevo rey don Alfonso no era bastante para el gobierno, porque apenas tenía once años. Esto y la flaqueza y pocas fuerzas de la reina, su madre, pareció a propósito a los amigos de novedades para revolver el reino. Un cierto embaidor se hizo caudillo de los que mal pensaban con afirmar públicamente era el rey don Alfonso, aquel que veintiocho años antes de éste fue muerto en la batalla de Fraga, como de suso queda dicho. Decía que cansado de las cosas humanas estuvo por tanto tiempo disfrazado en Asia, y se halló en muchas guerras que los cristianos hicieron contra los moros en la Tierra Santa. Su larga edad hacía que muchos le creyesen, y las facciones del rostro no de todo punto desemejable; el vulgo, amigo de fábulas, acrecentaba estas mismas cosas, por donde el gobierno de la reina, como de mujer, era de muchos menospreciado. Grandes males se aparejaban por esta causa, si el embaidor no fuera preso en Zaragoza y no le dieran la muerte en los mismos principios del alboroto. Éste fue el pago de la invención y fin de toda esta tragedia mal trazada.

 

El año próximo de 1163 se tuvieron otrosí Cortes del reino de Aragón en Barcelona. En ellas la reina doña Petronila, a persuasión de los grandes, dio y renunció el reino a su hijo, que andaba ya en trece años. Don Ramón, conde de la Provenza, que un poco de tiempo gobernara a Cataluña por el

 

 

 

 

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rey su primo, dejado el gobierno, se volvió a su tierra, que andaba alborotada otra vez y trabajada por las armas de los Baucios. Para fortificarse contra aquella familia y linaje y apercibirse de socorros de fuera procuró hacer liga con el conde de Tolosa y concertar casamiento de su hija, una sola que tenía, con el hijo de aquel conde; pláticas que se impidieron por su muerte, que sucedió el año 1166. El rey de Aragón, que se hallaba a la sazón en Gerona, avisado que su primo era muerto, a ejemplo de su padre y a persuasión de los grandes, se llamó marqués de la Provenza. Así pretendían estar decretado por el privilegio del emperador Federico, que aquel principado, no sólo se daba al conde de la Provenza, sino asimismo a don Ramón, príncipe de Aragón, y sus descendientes; ocasión de nuevos movimientos y alteraciones que sucedieron en Francia.

 

 

 

 

X. Cómo don Alfonso, rey de Castilla, visitó el

 

reino

 

Gran mudanza de las cosas se hizo en Castilla; porque los naturales, cansados del gobierno del rey de León, aficionados al mozo rey don Alfonso, como es cosa natural y lo merecía la memoria agradable del rey don Sancho, su padre, no cesaban de moverle con cartas y embajadores para que tomase el cetro y mando del reino paterno. Ofrecíanle que no le fallarían las voluntades de los suyos ni sus fuerzas, que siempre de secreto estuvieron por él, dado que por acomodarse al tiempo y forzados suportaban el señorío forastero. El rey a la sazón andaba en el año undécimo de su edad; a los grandes que le tenían en su poder parecía aquella edad bastante, especial que les movía el ejemplo fresco de los aragoneses, que entregaron el gobierno a su rey, que tenía poca más edad.

 

A persuasión pues de ellos y por su consejo determinó partir de Ávila para visitar el reino y hacer entrada en cada una de las ciudades, el año de nuestra salvación de 1168, como algunos dicen; nosotros de la razón de estos años y de este número quitamos dos años con fundamento bastante y cierto, pues cuando murió su padre se sabe era este rey de cuatro años, y ahora once no cumplidos. No le engañó su esperanza; muchas ciudades y pueblos en toda la provincia, como lo tenían ofrecido, abrían con gran voluntad las puertas al rey y le ayudaban con dinero, provisión y todas las

 

 

 

 

 

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demás cosas. Al principio pocos eran los que acompañaban al rey, que fueron algunos grandes de Castilla que perseveraran con él o de nuevo se le juntaron. Demás de estos, una compañía de guarda de ciento cincuenta de a caballo, que los de Ávila le dieron para que le acompañasen; poca gente para acabar cosas tan grandes y para recobrar el reino, parte del cual tenían los grandes, parte estaba en poder de los leoneses con guarniciones que tenían puestas por todas partes. No hay cosa más segura en las revueltas civiles que apresurarse. Al rey parecía que todas las cosas le serían fáciles; y así, determinaron de probar a Toledo, cabeza del reino, y experimentar cuánta lealtad hubiese en sus ciudadanos.

 

Poca esperanza tenían que don Fernando Ruiz de Castro, que la tenía en su poder, la entregase de su voluntad. El color que tomaba era no ser lícito, como él decía, entregar aquella ciudad a alguno antes de la edad que por el rey difunto quedó señalada. Lo que principalmente le movía era que tenía pena de que le hubiesen quitado la tutela del rey y sus contrarios estuviesen apoderados del gobierno del reino. Don Esteban Illán, ciudadano principal de aquella ciudad, en la parte más alta de ella a sus expensas edificara la iglesia de San Román, y a ella pegada una torre, que servía de ornato y fortaleza. Era este caballero contrario por particulares disgustos de don Fernando y de sus intentos. Salió secretamente de la ciudad, y trajo al rey en hábito disfrazado con cierta esperanza de apoderarle de todo. Para esto le metió en la torre susodicha de San Román; campearon los estandartes reales en aquella torre y avisaron al pueblo que el rey estaba presente. Los moradores, alterados con cosa tan repentina, corren a las armas, unos en favor de don Fernando, los más acudían a la majestad real; parecía que si con presteza no se apagaba aquella discordia, que se encendería una grande llama y revuelta en la ciudad; pero como suele suceder en los alborotos y ruidos semejantes, por quien acudían los más, casi todos los otros siguieron la autoridad real.

 

Don Fernando, perdida la esperanza de defender la ciudad por ver los ánimos tan inclinados al rey, salido de ella, se fue a Huete, ciudad en aquel tiempo, por ser frontera de moros y raya del reino, muy fuerte, así por el sitio como por los muros y baluartes. Los de Toledo librados del peligro a voces y por muestra de amor decían: «Viva el rey». Esto hacían no más los que habían estado por él, que la parcialidad contraria entraban donde estaba a besarle la mano, y cuanto más fingido era lo que algunos hacían, tanto daban mayores muestras de voluntad y le adulaban con más cuidado.

 

 

 

 

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A don Esteban en gratificación de aquel servicio le hizo el rey mucha honra y le encomendó el cuidado de la ciudad. Después de su muerte, los ciudadanos, para memoria de tan gran varón, en la iglesia catedral, en lo más alto de la bóveda, detrás del altar mayor, hicieron pintar su imagen a caballo como está hoy.

 

Entró el rey en Toledo a 20 de agosto, día viernes. Luego el día de san Miguel, don Juan, arzobispo de Toledo, falleció cansado de la pesadumbre de tantos males o por su larga edad. La letra dominical muestra que la entrada del rey no pudo ser sino el año 1166. Conforman los Anales de Toledo y el letrero del sagrario de aquella iglesia, que señalan la muerte del arzobispo, era 1204, que es el año dicho puntualmente, y así se debe tener. Gobernó aquella iglesia loablemente como dieciséis años; su cuerpo se entiende fue allí mismo sepultado. Algunos dicen que renunció y que de su voluntad dejó el arzobispado, y de él explican la ley pontificia y canon promulgado por Alejandro III, pontífice romano, que es el primer capítulo en el título de las órdenes hechas después de renunciado el obispado, enderezado al arzobispo de Toledo, como se contiene en su título. La verdad es que en las decretales de mano antiguas no reza aquel título al arzobispo de Toledo, sino al coloniense; así, lo de la renunciación no se debe tener por verdadero.

 

Sucedió don Cerebruno o Cenebruno, persona de igual ánimo y prudencia, agradable al rey don Alfonso, ca fue su maestro y le enseñé las primeras letras. Fue arcediano de Toledo antes, y obispo de Sigüenza, y aún se sospecha era francés de nación. A este prelado parece se enderezó sin duda la epístola decretal del mismo Alejandro III, que es el capítulo 11 en el título de Simonia, sobre la que se cometió en la elección del obispo de Osma. Conforma con esto lo que ordenó el mismo rey don Alfonso en su testamento, su fecha en Fuentidueña, a 8 de diciembre, era 1242; dice que sus tutores, el conde don Nuño y don Pedro, por elegir al obispo de Osma, recibieron cinco mil maravedíes; manda que se restituyan. Era por el mismo tiempo prelado de Tarragona Hugo Cervellon, que sucedió a Bernardo Torte.

 

El rey de Castilla, sosegado que tuvo a Toledo, a persuasión del conde don Manrique, salió contra don Fernando de Castro, ca ayudado de las gentes de Huete, que le eran aficionadas y muy leales, salió al encuentro al ejército del rey. Diose la batalla dos leguas de aquel pueblo junto a Garcinaharro; era grande la fama del esfuerzo de don Manrique; era tenido

 

 

 

 

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por gran defensor de la autoridad real, tales eran las muestras, si bien muchos pensaban que en nombre ajeno quería mandarlo todo, por ser, como era, atrevido, astuto, presto y conforme a los negocios y ocurrencias, cuándo seguía la virtud, cuándo lo malo. Don Fernando, por recelarse en la pelea de sus fuerzas, entró en la batalla, quitadas las sobrevistas y disfrazado. Don Manrique, por yerro, con todas sus fuerzas embistió y mató a un caballero ordinario, el cual, porque llevaba vestidura de general, creyó era su contrario. Quedó cansado de aquella pelea y a propósito para ser agraviado; así fue él mismo muerto; uno de los que acompañaban a don Fernando le metió por el cuerpo la espada. Con la muerte del general los del rey, parte se pusieron en huida, parte fueron muertos en la pelea.

 

Sabido el engaño y astucia, don Nuño, hermano de don Manrique, acusaba a don Fernando de aleve. No paró en esto, sino que le desafió a pelear de persona a persona y hacer campo, como se acostumbraba en casos semejantes. Intervinieron varones santos y personas graves, por cuyo medio por entonces la diferencia se sosegó algún tanto, pero el odio entre aquellas dos casas quedó muy más arraigado que antes, con grande daño muchas veces de las cosas y del reino, por anteponer cada cual de las partes sus particulares pasiones y debates al bien común. Verdad es que la guerra que hizo el rey por entonces no fue muy grande ni continuada, y muchas ciudades y castillos, por estar obligados con beneficios que recibieran, quedaron en poder de don Fernando de Castro, con que el rey desistió del intento y esperanza de atropellarle, y vuelto hacía otras partes, no dejaba de sujetar a su señorío las ciudades y castillos que hallaba sin guarnición.

 

Demás de esto, pareció por la comodidad del lugar probar el castillo de Zurita, que está puesto en un collado empinado, cuyas raíces y faldas baña el río Tajo. Tenía la guarda de esta fuerza Lope de Arenas como teniente de don Fernando de Castro. Convidado a que se rindiese, se excusó con la edad del rey, como otros muchos, que él no era señor, sino lugarteniente, y como tal tenía jurado a don Fernando; que si no fuese con su licencia, no entregaría el castillo a persona alguna; que no sufriría que con color y voz de la autoridad real se burlasen de los demás aquellos que por la flaca edad del rey le tenían en su poder y le aconsejaban lo que les parecía. Como los del rey perdiesen la esperanza que el alcaide haría por su voluntad lo que pretendían, determinaron de usar de fuerza y apretar el cerco de aquel castillo. Convocaron para este efecto socorros de todas partes. Don Lope

 

 

 

 

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de Haro, avisado de lo que el rey pretendía, de lo postrero de Vizcaya, en que tenía grande estado, sin ser llamado, a causa que él y el conde don Nuño tenían diferencias particulares y andaban torcidos, de su voluntad vino a servir en aquel cerco. Llegado, miró el sitio del castillo, y se encargó de acometerle por aquella parte que parecía más agria y de que mayor peligro se mostraba; cosa propia de la nación vizcaína. Iba adelante el cerco. Los del rey no tenían esperanza de salir con su intento. Los cercados padecían falta de mantenimientos; por esta causa usaron de engaño, y con dar esperanza de rendirse, convidado que hubieron y recibido dentro para tratar de esto a los condes don Nuño y don Suero, los prendieron a traición, por entender que el rey, movido de su peligro, se apartaría del propósito que tenía de combatir el castillo, por lo menos vendría en algún buen partido. En lo que pensaron consistía su remedio estuvo su destrucción.

 

Hallábase en los reales del rey un cierto hombre, llamado Domingo, que salió del castillo no se dice por qué causa; este, si le diesen algún premio, prometió haría entregar aquella fuerza. Aceptado el partido, en cierto ruido hechizo dio una herida a Pedro Ruiz, ciudadano de Toledo; él mismo vino en ello y con voluntad del rey; hecho esto, Domingo se puso en huida. Con esta ficción las guardas le recibieron en el castillo. Era criado del alcaide, mañoso, servicial, y por aquella nueva hazaña le ganó más la voluntad; trataba con él muy familiarmente sin recelo de lo que le sobrevino. El traidor, hallada ocasión a propósito para ejecutar su intento, a tiempo que el alcaide se afeitaba la barba le mató; tras esto se huyó a los reales. El pueblo sin dilación, muerto su caudillo, sin grande dificultad vino en poder del rey y se rindió luego; perdonó el rey a los soldados, y el lugar no fue puesto a saco; solo a Domingo hizo sacar los ojos, que fue ejemplo señalado de castigo contra los traidores, dado que le señalaron sustento bastante para pasar la vida, porque no pareciese que el rey quebrantaba su palabra. Este sustento no mucho después por mandado del mismo le quitaron junto con la vida, porque maguer que ciego y castigado se alababa de aquella maldad; doblada alevosía que cometió en matar a su señor y hacer traición a los cercados. Esto del traidor.

 

Los soldados, alegres con la victoria, se partieron para sus casas. Don Lope de Haro, que entre todos se señaló de animoso, alabado con palabras muy honrosas, se volvió a su tierra, sin querer aceptar los dones que le ofrecían, por saber muy bien cuánta falta y pobreza padecía el tesoro real.

 

 

 

 

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Este caballero dicen edificó en la Rioja la villa de Haro, no lejos del río Ebro, y que de aquel pueblo y de su nombre, así él como sus descendientes, tomaron este apellido.

 

El rey se fue a Toledo a las Cortes del reino, para donde tenía convocados los grandes y ciudades de toda la provincia. Tratóse en ellas de componer el estado del reino, que por la revuelta de los tiempos andaba muy alterado, y de recobrar las ciudades y pueblos que aún no se querían entregar. Fue esto año memorable por las muchas lluvias y grandes crecientes, en particular en Toledo el río Tajo salió de madre y llegó hasta la iglesia de San Isidro, a 20 de febrero; el año luego siguiente de 1169, a 8 de febrero, tembló la tierra en aquella ciudad; cosa que sucede pocas veces y que puso en cuidado a los ciudadanos, por pensar que aquel temblor era pronóstico de algunos nuevos y mayores trabajos.

 

 

 

 

XI. De las bodas de don Alfonso, rey de Castilla

 

Don Fernando, rey de León, los años pasados casó con doña Urraca, hija de don Alfonso, rey de Portugal; de este casamiento nació don Alfonso, el que sucedió a su padre en el reino de León, dado que la misma doña Urraca, por el parentesco que tenía con su marido, fue de él repudiada y apartada. Este camino hallaban para deshacer los casamientos cuando nacían desabrimientos entre los casados; que aún no estaba introducida la costumbre de dispensar en las leyes matrimoniales, ni los pontífices comenzaban a usar de semejantes dispensaciones. De este repudio resultaron grandes enemistades entre el suegro y el yerno, y de ellas muchos daños que se hicieron y recibieron de una parte y de otra.

 

Don Fernando andaba ocupado en reedificar las ciudades y pueblos que por la revuelta de los tiempos pasados estaban destruidas, otros edificaba de nuevo. Cerca de Salamanca reparó la antigua Bletisa con nombre de Ledesma, a Granada cerca de Coria, demás de esto Benavente, Valencia de Oviedo, Villalpando, Mansilla, Mayorga. Fuera de estas poblaciones, por consejo de un forajido portugués edificó en los confines del reino, por do se divide de Portugal, a Ciudad Rodrigo, que antiguamente se llamó Mirobriga, para que fuese como firme baluarte en que se quebrantasen los ímpetus de los portugueses y para hacer desde allí

 

 

 

 

 

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correrías y cabalgadas por los lugares comarcanos. El desabrimiento que comenzó de estos principios entre leoneses y portugueses se encendió después y paró en graves enemistades. Era don Fernando príncipe de grande corazón y bravo; y aunque de costumbres muy suaves, condición simple, liberal y manso, no dudaba hacer rostro a las armas y poder de los dos reyes de Castilla y de Portugal.

Don Alfonso, rey de Castilla, al principio del año de nuestra salvación de 1170 fue a Burgos para tener Cortes del reino, en las cuales, porque el rey era entrado en los quince años de su edad, que era el tiempo señalado por el testamento de su padre, y legal para que le entregasen las ciudades, se trató de que se ejecutase así; y con grande voluntad de los grandes y de todos salió decretado se hiciese guerra, así a los señores si no obedeciesen ala voluntad del rey, como al rey don Fernando, su tío, que tenía todavía con guarniciones ocupada una parte no pequeña del reino; pero esta guerra, a causa de otras dificultades, se dilató mucho. Los grandes, interesados por no ser acusados de traidores y porque no les quedaba excusa alguna para no hacerlo, entregaron al rey los castillos, fuerzas y lugares que tenían en su poder. Entre los primeros hizo esto don Fernando de Castro; dado que desconfiado de la voluntad del rey por estar muchos grandes irritados contra él y la parcialidad contraria apoderada del gobierno, determinó dejar la tierra; y públicamente renunciada la patria, conforme a lo que entonces los españoles usaban, se retiró a tierra de moros, ca decía que el destierro sería tolerable, principalmente al que se hallaba inocente y no había hecho vileza alguna; pero que él haría que al que no querían por amigo experimentasen serles enemigo muy grave. Muchas veces la paciencia ofendida se muda en furor; así, don Fernando, agraviado con muchas injurias como él se quejaba, no dejaba de hacer muchos daños en tierras de cristianos.

 

Tratóse demás de esto en las Cortes de Burgos del casamiento del rey por ser la edad a propósito y tener todos grande cuidado de que quedase de él sucesión. Enrique, segundo de este nombre, rey de Inglaterra, muy poderoso a la sazón, abrazaba debajo de su señorío lo de Angers y Normandía en Francia y toda Inglaterra; y su mujer doña Leonor en dote le ayuntó a los demás estados lo de Guyena y Poitiers, como arriba queda dicho. Parecíales a los grandes que sería a propósito Leonor, hija de estos príncipes, doncella muy escogida, para casarla con su rey, si su padre viniese en ello. Don Alfonso, rey de Aragón, con deseo de verse con el rey

 

 

 

 

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de Castilla, su primo, y que era casi de la misma edad, vino a Sahagún; allí se puso confederación entre aquellas dos naciones. Hecho esto, los dos reyes, mediado el mes de julio, fueron a Zaragoza; desde allí se envió una embajada muy principal a Francia para tratar lo del casamiento del rey. La cabeza de esta embajada era don Cerebruno, arzobispo de Toledo; acompañábale don Ramón, obispo de Palencia, con otros prelados y caballeros en gran número. Llegados a Burdeos, do estaba la reina de Inglaterra con su hija, fácilmente alcanzaron lo que pretendían. Concertáronse las bodas, la doncella vino a España, y en su compañía, no sólo los que envió el rey don Alfonso, sino también se juntaron con ellos Bernardo, prelado de Burdeos, y otros señores de Francia.

 

Entretanto que esto pasaba en Francia, en España entre los dos reyes de Castilla y de Aragón se hizo liga y avenencia en que se juntaban las fuerzas de los dos reinos contra todos los príncipes, sacado sólo el de Inglaterra, en que se tuvo respeto al nuevo parentesco. Para confirmar este concierto y palabra de una parte y otra se dieron algunos pueblos para que en poder del otro estuviesen como en rehenes y en tercería: al de Aragón dieron a Nájera y Biguera, a don Alfonso, rey de Castilla, Ariza y Daroca, que por aquel tiempo también, como ahora, pertenecían al reino de Aragón.

La doncella esposa del rey de Castilla llegó finalmente a Tarazona. Allí, como antes tenían concertado, se hicieron los desposorios con grandes regocijos por el mes de septiembre. El rey de Aragón fue el padrino; las arras que dieron a la esposa fue gran parte de Castilla, Burgos, Medina del Campo con otros lugares en gran número; fuera de esto, le consignaron la mitad de todo lo que se ganase de los moros. El rey, aficionado a la hermosura de su esposa, que era apuesta y agraciada, como era de poca edad, parecía querer en liberalidad demasiada aventajarse a los reyes pasados.

Lope, rey moro de Murcia, tenía confederación y amistad con el rey de Castilla, porque hallo también que por estos años vino a Toledo. Estaba el rey de Aragón ofendido del mismo, y pretendía hncerle guerra, porque rehusaba de pagar las parias que acostumbraba dar a don Ramón, su padre. Concertóse que aquel rey bárbaro le quedase sujeto a tal que él desistiese de favorecer a los macemutes, bando entre los moros contrario al rey Lope. Ibase por estos tiempos despeñando el imperio de los moros en

 

 

 

 

 

 

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España, por estar dividido en parcialidades, en especial la ciudad de Murcia muchas veces andaba alborotada con discordias civiles.

 

Despedidos entre sí los dos reyes y concluidas las fiestas de Tarazona, las bodas se celebraron en Burgos con aparato increíble, y concurso de gentes no menor. Acabadas las fiestas, se dio licencia a la compañía de a caballo de los de Ávila que hasta entonces acompañaron y guardaron al rey. A la ciudad de Ávila, por la fidelidad que guardó muy grande en tiempos tan ásperos, otorgó el rey grandes y señalados privilegios. Concluidas estas cosas, el rey y reina se partieron para Toledo.

En el mismo tiempo el rey de Aragón procuró e hizo que la cabeza del mártir san Valero, obispo que fue de Zaragoza, desde Roda do estaba fuese llevada a Zaragoza. Vino en ello, por dar contento al rey, don Guillén Pérez, obispo de Lérida y de Roda.

Doña Garsendis, princesa de Bearne, muertos su padre y hermano, a ejemplo de sus antepasados, hizo su homenaje al rey de Aragón; y en particular renovó la confederación hecha antes, en que se mandaba no se pudiese casar sin voluntad del rey. Los obispos Bernardo, de Oleron, y Guillelmo, de Lescar, fueron los que hicieron los conciertos en su nombre. Algunos piensan que casó, y fue mujer de Guillén de Moncada, hombre principal en Cataluña y senescal; cosa que no se puede probar con bastantes fundamentos, y que nos pareció sería mejor dejarla sin resolver que poner por cierto en lo que dudamos.

 

 

 

 

XII. De la confederación que se hizo contra don

 

Pedro Ruiz de Azagra

 

Entre las ocupaciones y ejercicios de la paz no se dejaba el cuidado de la guerra, en especial las reliquias de los moros eran trabajadas por las armas de los aragoneses de tal guisa, que apenas les quedaba por aquella parte lugar en que pudiesen estar seguros. En Edetania la Vieja, a las riberas del río Alga, los pueblos Favara, Maella, Fresneda y otros muchos fueron con el próspero suceso de las guerras quitados a los moros; demás de esto, Caspe, villa muy fuerte junto al rio Ebro. Quedaba por conquistar una parte del monte Idubeda en los confines de la Edetania y de la Celtiberia, porque gran número de moros, confiados en la fortaleza y fragura de los

 

 

 

 

 

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lugares, se habían retirado a aquella parte. A los fieles, por la aspereza de los montes era dificultosa la empresa y la entrada; con el esfuerzo vencieron todas las dificultades y echaron de aquellos lugares a los enemigos, juntamente se apoderaron de la ciudad de Teruel, que es lo postrero de Aragón. Así el señorío de los moros por aquella parte desde allí adelante tuvo por término y lindero la tierra y reino de Valencia.

 

En el mismo tiempo Pero Ruiz Azagra, hijo de Rodrigo Azagra, señor que era de Estella, como arriba queda dicho, por cierta ayuda que dio a Lope, rey de Murcia, le obligó de tal suerte, que alcanzó de él que le hiciese donación de Albarracín, ciudad puesta en un monte áspero y fragoso a las fuentes del río Tajo. Poco después para que aquella ciudad tuviese más autoridad, Jacinto, cardenal y legado del papa, y por su orden Cerebruno, prelado de Toledo, pusieron el año 1171 en ella por obispo a uno, llamado don Martín, con orden que la nueva iglesia fuese sufragánea de Toledo; llamaron el nuevo obispado arcabicense. A este obispado después por voluntad de Inocencio IV, pontífice máximo, y de Alejandro IV, su sucesor, aplicaron la ciudad de Segorbe en el tiempo que volvió a poder de cristianos y la hicieron cabeza de aquella diócesis. Estaban los reyes de Castilla y de Aragón ofendidos contra Pedro de Azagra, por causa que el rey de Aragón pretendía que la ciudad de Albarracín le pertenecía como de su conquista. Don Pedro, como se tuviese por libre y exento, no quería hacer homenaje a ningún príncipe. Quejábase el rey de Castilla que en sus tierras el dicho don Pedro se apoderara de algunos castillos; decía era justo con las armas de los dos y por voluntad de entrambos domar la soberbia e insolencia de aquel hombre y sus demasías. Para confirmar este concierto se dieron los dos reyes en rehenes algunos lugares de ambas partes; al rey de Aragón entregaron a Agreda, Cervera y Aguilar; al rey de Castilla Aranda, Borja y Argueda. Concertaron otrosí que Ariza con su castillo fuese entregada al rey de Castilla, según que en la confederación pasada quedó concertado. El ánimo era diferente, y no eran llanos estos tratos, porque como fuese entregada por industria de Nuño Sánchez sin que el rey de Aragón en particular lo mandase, fue ocasión de grandes discordias. Verdad es que solamente se alteraron los ánimos y no se pasó a más que palabras. Esta discordia fue ocasión de confirmar las fuerzas de Pedro de Azagra, ca ninguno de los dos le hizo guerra, y el rey de Aragón, menospreciada la afinidad de Castilla y casamiento que su padre dejó concertado, comenzó a

 

 

 

 

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tratar de hacer un nuevo casamiento, de que se agradaba más. Envió sus embajadores a Emanuel Comneno, emperador de Constantinopla, para pedirle a su hija por mujer.

 

Hallábase demás de esto alterada Aragón por la muerte de Hugo Cervellón, prelado de Tarragona, al cual, porque defendía los derechos de su iglesia, dio la muerte Guillén Aguilón. Era este Guillén hijo de Roberto, persona noble y que por donación de Ondegario, prelado de aquella ciudad, alcanzó el señorío de Tarragona, y a causa de tener pocas fuerzas la entregara a don Ramón, conde de Barcelona y padre del rey de Aragón, con retención para sí de parte de las rentas. Su hijo Guillén, ensoberbecido por esta causa más de lo que pedía el estado y fuerzas que tenía, se atrevió hacer tan gran maldad. Por la muerte de Hugo sucedió Pedro Tarrogio, que era obispo de Zaragoza. La muerte de Hugo fue a 22 de abril del año ya dicho, que fue otrosí año señalado por la muerte de santo Tomás, cantuariense, que por la misma causa mataron ciertos sacomanos malamente en Inglaterra dentro de su iglesia; canonizóle y púsole en el número de los santos Alejandro III como a mártir muerto injustamente. Y parece que en España se le comenzó a hacer luego honra como a santo, pues consta de antiguas memorias que en la iglesia mayor de Toledo no más de seis años adelante hubo altar con nombre de Santo Tomás, que el conde don Nuño y su mujer doña Teresa dotaron de los heredamientos que tenían en Alcabón. Devoción que yo entiendo se hizo por respeto de la santidad del mártir y por agradar de camino a la reina, que era natural de aquella tierra, y hermana del rey Enrique III, que le hizo matar. Hay grandes razones para entender que aquel altar estuvo donde al presente se ve la capilla de Santiago, en que está magníficamente sepultado el condestable don Alvaro de Luna.

 

Lope, rey de Murcia, falleció el año 1172. Su muerte dio ocasión y despertó al rey de Aragón para que hiciese guerra a los moros de aquella comarca. Pensaba que por faltarles aquel príncipe tan señalado podría fácilmente destruir a los demás. Comenzó primero por Valencia, cuyo Rey por temer las fuerza del aragonés, su contrario, fue forzado a comprar la paz por dineros y prometer que las parias que acostumbraba antes pagar los daría para adelante dobladas. Desde allí pasó la guerra a Murcia, y se puso sobre la ciudad de Játiva, que era principal en aquel tiempo. Estaba casi para tomarla cuando fue forzado a dar la vuelta a su tierra, porque los de Navarra le movían guerra en muy mala sazón, pues le apartaban de una

 

 

 

 

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empresa tan santa; pero los hombres suelen tener más cuenta con su interés particular que con la religión ni con hacer lo que deben. Solamente se hicieron treguas con el nuevo rey de Murcia a tal que pagase el tributo que su padre acostumbraba a pagar.

 

Hecho esto, el rey de Aragón dio la vuelta hacía Navarra sañudo asaz; no se vino a las manos y al trance de la batalla, porque cada una de las partes rehusaba de aventurar todo lo que era en el suceso de una pelea; sólo el rey de Aragón por la parte de Tudela entró en Navarra talando los campos y robando lo que hallaba, y redujo a su poder la villa de Argueda. Esto se hizo al fin de este año, el cual pasado y venido el siguiente, que se contaba de Cristo 1173, de nuevo volvieron a las armas y a la guerra, en que los aragoneses destruyeron y abatieron la villa de Milagro, puesta entre Calahorra y Alfaro; porque desde allí como desde frontera se hacían muchos daños en tierra de Aragón. Debió adelante este pueblo reedificarse, pues el día de hoy vemos quu está en pie.

 

Falleció doña Petronilla, madre del rey de Aragón, en Barcelona a 13 días del mes de octubre. Al principio del siguiente año, 18 días andados del mes de enero, en Zaragoza se hicieron en fin las bodas del rey de Aragón y de doña Sancha, que el padre del rey dejó concertadas; y aunque el esposo estaba arrepentido y mudado, todavía mudada de nuevo la voluntad, antepuso la afinidad y deudo de los reyes de Castilla, en que se contenían muchos parentescos de otros reyes y comodidades, al casamiento y parentesco forastero del emperador, de donde poca ayuda se podía esperar. Efectuó, como yo creo, todo esto Jacinto, legado del papa, ca no hay duda sino que se halló presente en la solemnidad de las bodas. La hija del emperador griego casi en este mismo tiempo y sazón llegó a Montpellier, ciudad de la Galia Narbonense; allí, por hallarse burlada y por no poder más, casó con el señor de aquella ciudad, que fue un trueco muy desigual de reina en particular.

 

 

 

 

XIII. Del principio de la caballería de Santiago

 

Por estos tiempos comenzaron a ser nombrados los caballeros que tienen el apellido de Santiago, que nos da ocasión para tratar brevemente de los principios de esta milicia y orden y en qué manera de bajos principios ha

 

 

 

 

 

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crecido y llegado a la grandeza que hoy tiene, poco menos que real, y que algún tiempo se hizo temer de los reyes. En el tiempo que se descubrió el sepulcro del apóstol Santiago comenzó la devoción de aquel lugar a extenderse, no solamente por toda España, sino también acerca de las naciones extrañas; muchos de todas partes del mundo concurrían a visitarle, a otros muchos espantaban la dificultad del camino por la aspereza y esterilidad de aquellos lugares y las correrías de los moros, que se decía cautivaban a muchos de los peregrinos. Los canónigos de San Eloy, no se sabe puntualmente en qué tiempo, los años siguientes, con deseo de remediar estos males, edificaron en muchas partes por todo aquel camino que llega hasta Francia hospitales para recibir a los peregrinos. Entre estos el que se edificó en el arrabal de León, con nombro de San Marcos, fue el de más cuenta, y tuvo el más principal lugar. Con este oficio de piedad, no sólo ganaron los ánimos del pueblo, sino también las voluntades de los principales, tanto, que les dieron por entonces grandes riquezas y rentas; y adelante por su ejemplo algunos en Castilla, ejercitados en la guerra, personas nobles y ricas, con el celo que tenían de ensanchar el señorío de cristianos, juntaron en común los bienes particulares de cada uno a manera de religiosos. Estos, por industria del cardenal Jacinto y a su persuasión, por estos tiempos determinaron de unirse y juntar sus fuerzas con los canónigos de San Eloy, que tienen su convento fuera de Santiago. Con este acuerdo se partieron para Roma para alcanzar aprobación del pontífice Alejandro de su instituto y manera de vida, que querían ordenar conforme a la regla de san Agustín, que abrazaban los dichos canónigos.

 

Pero Fernández de Puente Encalada, que fue el principal en esta embajada, a persuasión de Cerebruno, arzobispo de Toledo, ganó una bula del pontífice, su data a 5 de julio, año de 1175, en que se señala a los soldados la manera de vivir, poniéndoles leyes muy buenas; a la cual manera de vida se reciben también mujeres, con tal que no se puedan casar, sino fuere con consentimiento del maestre. Mandóse que de todo el número de los caballeros señalasen trece que nunca se apartasen del lado del maestre, y juntamente con él todos los años en un lugar señalado hiciesen su capítulo general. Demás de esto, otros muchas cosas se ordenaron, que sería largo relatarlas. El mismo Pero Fernández fue creado por maestre de aquella milicia y orden, y así fue el primero de los maestres; las insignias de los soldados en manto blanco una cruz roja

 

 

 

 

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hecha a manera de espada. Señalóseles por convento el hospital de San Márcos, que estaba en León. Tenían por este mismo tiempo en Castilla y en León grandes heredamientos, no pocos castillos y lugares, entre los demás se cuentan Uclés, Mora, Estriana, Almodóvar, Larunda, Santacruz de la Zarza, que así se llama en la bula del papa un lugar que antiguamente se llamó Vicus Cuminarius cerca de Ocaña.

 

Sucedió el año siguiente de 1176 que don Alfonso, rey de Castilla, siendo de mayor edad y estando determinado de vengar los agravios que los navarros y leoneses le hicieron los años pasados, se aparejaba para la guerra. Hizo sus votos en Toledo antes que se pusiese en camino y saliese en campaña; hizo donación de Illescas, que parece había vuelto a ser del rey, y de Hazaña a la iglesia mayor de Toledo por el mes de julio, para alcanzar de los santos patrones de aquel la ciudad que la guerra que trataba de hacer tuviese próspero fin. Hecho esto, entró por la Rioja con grandes gentes hasta la ribera de Ebro. Lo demás que sucedió en esta guerra no se sabe, sino que después de maltratados los navarros, consta dio la vuelta contra el reino de León, taló los campos, tomó y saqueó y abrasó los lugares; y esto a causa que el rey, su tío, era de menores fuerzas y rehusaba de venir a las manos con aquel bravo y mozo príncipe.

 

Pero la ira del rey de León se volvió contra los nuevos soldados de Santiago, por sospechar favorecían al rey de Castilla como a su antiguo señor, tanto, que los echó a todos del reino y los forzó a retirarse a Castilla. Arrepintióse presto el rey don Fernando de lo que hizo, por despojar sin bastante causa su reino de una ayuda tan grande como era la de estos caballeros; más no lo pudo remediar, dado que por intercesión de prelados y grandes y otras buenas personas, con cierta manera de treguas por entonces se dejaron las armas y se apaciguaron estos bullicios. Esto nos pareció referir y poner por escrito de los principios de aquella orden, que parecerá corto si se mira a su dignidad, si la brevedad que llevamos en esta obra, lo que basta. No ignoramos que algunos le señalan más alto principio; unos de don Alfonso el Casto, otros del rey don Ramiro; engañó sin duda a los unos y a los otros el deseo de ilustrar aquella milicia y un privilegio que alegan en esta razón de don Fernando el Magno, primer rey de Castilla, con data y antigüedad de más de cien años antes de este tiempo, que dicen concedió al monasterio de monjas de Salamanca, que se llama de Sancti Spiritus; pero los más eruditos le tienen por falso. Las razones que les mueven no hay para qué declararlas; la misma cosa se da a

 

 

 

 

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entender, ora se considere el estilo diferente del que en aquellos tiempos tan groseros se usaba, ora la cuenta que sigue de los años por el nacimiento de Cristo; cuenta por estos tiempos aún no recibida en España.

 

Dejado esto aparte, en Francia entre el rey de Aragón y el conde de Tolosa, después de grandes alteraciones se hicieron paces. Estaba el de Tolosa sentido que el matrimonio de su hijo, que dejó antes de su muerte concertado el conde de la Provenza, don Ramón Berenguel, que falleció diez años antes de éste, con su hija y heredera, habida en Rica, la emperatriz, el rey de Aragón le hubiese impedido. Pretendía con las armas el condado de la Provenza, así por el derecho antiguo que mostraba tener, como nuevamente por tocar a su hijo como dote de aquella doncella. Concertó el rey y prometió de darle tres mil marcos de plata porque se apartase de aquella querella. Con esto una hermana de Trencavello, vizconde de Carcasona, llamada doña Beatriz, casó con el hijo del conde de Tolosa; que no se pudo alcanzar del rey de Aragón le diese, como él lo pretendía, por mujer la hija del conde de la Provenza. Hízose esta confederación principalmente por diligencia y autoridad de Hugo Jofre, maestre de los templarios, que intervino en todo esto.

 

 

 

 

XIV. Cómo los de Castilla ganaron la ciudad de

 

Cuenca

 

Comenzaba Castilla después de largas miserias a alzar cabeza por el esfuerzo del rey don Alfonso, y como de unas tinieblas muy profundas a mirar la luz. Las fuerzas de los moros se iban enflaqueciendo y envejeciendo. Los almohades ocupados con los movimientos de África, no podían cuidar de las cosas de España; tanto más, que por muerte de Abdelmon, fundador de aquel nuevo imperio, su hijo Abenjacob los años pasados se encargó del imperio de aquella gente, puesto que hombre animoso, pero ni de igual esfuerzo ni de igual felicidad a su padre. Por lo uno y por lo otro se ofrecía buena ocasión de volver con mayor esfuerzo a la guerra sagrada. Los fieles hasta ahora impedidos o por la flaca edad de los reyes, o por los movimientos civiles de la provincia, no parece miraban bastantemente por la dignidad del nombre cristiano. Don Alfonso, rey de Castilla, venido d mayor edad, fue el primero a tomar aquel cuidado, y

 

 

 

 

 

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después que en la guerra pasada se satisfizo de los navarros y de los leoneses, se determinó de tratar con el rey de Aragón de acometer la guerra contra los moros.

 

Juntáronse para esto a vistas; trataron en ellas por qué parte sería bien hacer la guerra e los moros. Ofrecióse la ciudad de Cuenca, puesta en los limes de la Celtiberia, edificada por los moros (que en el imperío romano ni en la historia de los godos no hay mención alguna de aquella ciudad) y asentada en un collado áspero y empinado, que a manderecha y a mano izquierda estrechan los ríos Júcar y Huécar con las riberas y hoces muy alias, de tal guisa, que es inexpugnable por la naturaleza del lugar. La subida dificultosa, las calles estrechas y tan agrias, que muchas veces no se pueden andar a caballo, y apenas se andan a pie. No tenían en aquel tiempo fuentes ni pozos dentro de la ciudad; mas en nuestra era han traído de los montes cercanos fuentes y caños perpetuos, que corren por todas las partes; así, que podíanle quitar el agua, más no la podían ceñir con cerco por la aspereza de los lugares y sitio. Pareció a los reyes de combatir primero esta ciudad, porque era como un fortísimo baluarte de los moros y de su señorío, hiciéronse grandes juntas de gentes en la una provincia y en la otra; capitanes muy señalados en sangre y en hazañas, prelados y grandes en buen número acompañaban a los reyes, como fueron: Pedro, obispo de Burgos; Jocelin, de Sigüenza; Sancho, de Ávila; Raimundo, de Palencia; sin estos Pedro, arcediano de Toledo, y Gonzalo, arcediano de Talavera; don Gonzalo Marañón, paje de armas del rey de Castilla; Ordoño Garcés y Garci Garcés. Entre todos, don Pedro de Azagra, ya reconciliado con los dos reyes, fue el primero de todos que con su particular escuadrón se presentó delante de aquella ciudad.

 

Comenzóse el cerco al principio del año; el sitio del lugar no sufría que acometiesen la ciudad, ni se aprovechasen de los ingenios. Y los moros, así por su esfuerzo como con la esperanza que tenían de ser socorridos de África, se defendían valientemente; duraba el cerco mucho tiempo, y no padecían mucho menor falta de mantenimientos en los reales que dentro de la ciudad. Erales forzoso sustentarse con lo que robaban, y de las presas, de que tenían poca comodidad por la esterilidad de los lugares; faltaba el dinero para pagar el sueldo, que es lo que convida a los obligados y hace a los regatones traer provisiones a los reales.

Movido el rey de Castilla por estas dificultades, se partió para Burgos con intento de juntar dineros. Hiciéronse Cortes del reino y procuróse que,

 

 

 

 

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no solo los pecheros y gente popular, sino también los francos, que en España llamamos hidalgos, cada año pagasen al rey cinco maravedíes de oro, y esto a causa que el pueblo, gastado con tantas imposiciones, no podía llevar los gastos de la guerra; que era justo moviese a los demás el amor de la patria y la falta del tesoro real, para que cediesen en parte a su derecho y a su antigua libertad; daño que se podía recompensar adelante con mayores provechos. Daba este consejo don Diego de Haro, señor de Vizcaya, hombre poderoso por sus fuerzas y por el parentesco del rey de León, de grande presunción y ánimo; porque don Fernando, rey de León, repudiado que hubo la reina doña Urraca, como arriba queda dicho, casó con doña Teresa, hija de don Nuño, conde de Lara; por cuya muerte, que fue en breve, casó de nuevo con doña Urraca, hija de don Lope de Haro y hermana de este don Diego. De este casamiento nacieron don Sancho y don García. Opúsose a los intentos de don Diego don Pedro, conde de Lara. Arrimósele gran número de nobles, que arrebatadamente se salieron de las Cortes, determinados de defender por las armas la franqueza ganada por las armas y esfuerzo de los antepasados. Decía que en ninguna manera sufriría que en su vida se abriese aquella puerta, y se hiciese aquel principio para oprimir la nobleza y trabajarla con nuevas imposiciones, bien que fuese necesario dejar el cerco de Cuenca. El rey, movido por el peligro, desistió de aquel pensamiento. A don Pedro, por lo que hizo y por el valor que mostró, acordaron los nobles entre sí que cada año a él y a sus sucesores le hiciesen un gran convite para que quedase memoria de aquel hecho y los descendientes fuesen por aquella manera amonestados a no sufrir por cualquiera ocasión que se presente les sea menoscabado el derecho de la antigua libertad.

 

Entre tanto que estas cosas pasaban en Burgos, pasados nueve meses que duraba el cerco, fue Cuenca por el esfuerzo de los fieles ganada por el mes de septiembre el mismo día de San Mateo, año de 1177. El cual año, no solamente fue señalado por la memoria de esta jornada y empresa, sino eso mismo dichoso por la virtud y felicidad del pontífice Alejandro y haberse acabado la discordia y cisma que en Roma duraba, a causa que Inocencio, sucesor de Víctor, de su voluntad renunció el pontificado. Fue también alegre a los navarros por el nacimiento de don Fernando, que le parió la reina doña Beatriz, abundante en sucesión, porque antes de esto tuvo estos hijos: don Sancho, don Ramón, doña Berenguela, doña Teresa y doña Blanca. Los vencedores, concluida aquella empresa, con intento de

 

 

 

 

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ennoblecer la ciudad de Cuenca, ganada de nuevo, trataron de hacerla catedral y trasladar a ella los derechos de Valera, en que hubo silla obispal en tiempo de los godos. Vino en esto el pontífice romano y en que su primero obispo fuese un varón señalado por nombre Juan. A los ciudadanos fue concedido que tuviesen voto en las Cortes del reino. A los aragoneses en premio de su esfuerzo alzaron la sujeción, con que solían obedecer y hacer homenaje a los reyes de Castilla como sus feudatarios y que eran forzados a jurarles fidelidad. Hízose confederación entre los dos reyes contra todos los príncipes, excepto solamente el rey de León; hízosele aquella honra por ser pariente tan cercano.

 

Ganada que fue Cuenca, la villa de Alarcón, de asiento y sitio no menos fuerte, se ganó, ca continuaron la guerra contra los moros por aquella parte los años siguientes. Demás de esto, la villa de Iniesta vino a poder de cristianos, pueblo en aquella comarca, más conocido por las minas que tiene de sal a manera de piedras trasparentes y espejadas, que por la fertilidad de los campos. A los caballeros de Santiago se ordenó que para que mejor pudiesen hacer la guerra a los moros, pusiesen su asiento y convento en Uclés, de donde, como don Fernando, rey de León, arrepentido de lo hecho, pretendiese volverlos a su antigua morada, después de muchos debates sobre el caso, se hizo concierto que cuatro sacerdotes de aquella orden se enviasen a León; con tal condición que quedasen sujetos al convento de Uclés: sujeción que ellos adelante por ser diferentes los reyes rehusaron constantemente de sufrir. Tratóse mucho tiempo el pleito, hasta tanto que las diferencias se sosegaron por autoridad de Urbano V, que mandó ambos conventos fuesen exentos el uno del otro y que obedeciesen solamente al maestre de la orden. No mucho después recibieron a estos caballeros en Portugal, y en él les dieron riquezas y lugares, obedecieron largo tiempo al maestre de toda la orden, hasta tanto que don Dionisio, rey de Portugal, puéstoles diferente cabeza, los eximió de la sujeción y la obediencia de Castilla. Estas cosas, aunque sucedieron en muchos y diferentes años, las juntamos aquí para ayudar la memoria.

 

Volvamos al orden de los tiempos. Cuando el rey don Alfonso hizo donación de diversas rentas a estos caballeros, a los principios de su orden les dio a Ocaña y a Colmenar de Oreja, que está a la ribera del Tajo, con otros pueblos. Maqueda, Azeca, Cogolludo, Zorita, asimismo fueron por el mismo rey dados a los caballeros de Calatrava. Edificó él mismo a la frontera del reino la ciudad de Plasencia, y quiso que fuese obispal, donde

 

 

 

 

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antes se veía una aldea llamada Ambroz; este nombre quiso mudar en el de Plasencia para pronosticar que sería agradable y daría placer a los santos y a los hombres y también por la frescura del sitio, bien que el cielo que tiene no es muy saludable. Reparáronse los muros de Toledo, y el pueblo de Alarcos se edificó, y pobló en los oretanos, no lejos de Almagro, en un sitio alto.

 

Estas cosas se hacían en el año del Señor de 1178, en el tiempo que don Alfonso, rey de Aragón, se apoderó del condado de Rosellón por muerte del conde Giraldo, que no dejó sucesión. Así comenzó a intitularse en escrituras públicas rey de Aragón, conde de Barcelona y Rosellón y marqués de la Provenza. El año siguiente de 1179, a 20 del mes de marzo, partió de Perpiñán y fue al lugar de Cazola, donde tenían señaladas vistas entre él y el rey de Castilla. En esta habla, porque tenían diferencia sobre la manera cómo se debía hacer la guerra a los moros y qué parte de aquella conquista a cada cual de los dos tocaba, se acordó que a la conquista de Aragón perteneciesen Valencia, Játiva, Denia con todas sus tierras; los demás pueblos y ciudades que se contenían en los contestanos, que eran el reino de Murcia, fuesen de la conquista de Castilla. Hicieron liga contra don Sancho, rey de Navarra, en gran perjuicio suyo, porque con las armas de Castilla fueron ganados y quedaron por aquellos reyes Briviesca, Cerezo, Logroño y los demás pueblos que hay desde los montes Doca hasta Calahorra. El arzobispo don Rodrigo pone también en este cuento a Navarrete, pueblo que otros dicen aún no era edificado en aquel tiempo; pero más caso se debe hacer de la autoridad y testimonio de don Rodrigo.

 

Desde allí revolvieron las armas de Castilla contra los leoneses, talaron los campos, tomaron y saquearon los lugares y robaron todo lo que pudieron. El rey de León, como quier que no tuviese fuerzas bastantes, no desistía de mover al rey de Aragón, y con cartas y mensajeros avisarle que el rey de Castilla había quebrado la confederación hecha en Cuenca; que pertenecía a su dignidad quebrantar la soberbia de aquel fiero mozo, porque, aumentado su poder, no destruyese a los demás, que siempre es bien contrapesar las potencias. Daba el de Aragón oídos a esto; más era menester algún color nuevo para romper. Envió a don Berenguel, obispo de Lérida, y don Ramón de Moncada al de Castilla para pedir el pueblo de Ariza y su castillo, que por los conciertos pasados quedó como en tercería, con orden que si no alcanzasen por bien lo que pretendían, le denunciasen la guerra. Grande espanto y muestra de una grande guerra se representaba

 

 

 

 

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a toda España, por revolverse entre sí en un mismo tiempo tantos reyes. La modestia del rey de Castilla lo allanó todo, ca entregó Ariza a los aragoneses y se la restituyó. Dejó otrosí y alzó mano de la guerra de León, pareciéndole con lo hecho dejaba vengadas bastantemente las injurias y excesos pasados.

 

 

 

 

XV. Cómo don Alfonso, rey de Portugal, fue preso

 

por el de León

 

Los ánimos de los leoneses estaban adversos de don Femando, su rey, y parece que si se ofrecía ocasión, mostrarían el odio que tanto tiempo tenían en sus pechos encubierto. Causados con nuevas imposiciones que les cargaba, llevaban mal la aspereza del rey y su condición. A otros movían otras causas particulares; en particular los de Salamanca sentían que habiendo el rey reedificado a Ledesma, les hubiese, para darle término, quitado parte de su tierra. Así, en sazón que el rey se hallaba embarazado en la guerra sobredicha, fueron los primeros a declararse y se levantaron contra él. El principal movedor de este alboroto, llamado Nuño Ravía, fue elegido por capitán; don Lucas de Tuy dice que le llamaron rey. Los de Ávila, con quien tenían antigua amistad, avisados de todo el negocio, les enviaron ayudas. El rey don Fernando, porque el mal no cundiese, acudió luego a sosegar estos alborotos. Juntáronse los campos; diose la batalla junto a Valdemusa, en que fueron vencidos y desbaratados los rebeldes; forzáronles asimismo y ganáronles los reales. El mismo capitán Nuño Ravía fue preso y justiciado conforme a las leyes de la guerra. Los demás, de feroces que poco antes eran, luego quedaron humildes y obedientes; que ninguna cosa hay en el vulgo templada y mediana; o espantan o temen. La misma ciudad de Salamanca volvió a la obediencia. Desde allí partió el rey para Zamora, porque le avisaban que también aquella ciudad con deseo de novedades andaba alterada; pero ella fácilmente se sosegó; el ejemplo y trabajo ajeno la hizo más recatada. En esta sazón el cuerpo del rey don Ramiro, tercero de este nombre, fue trasladado del lugar de Destriana a Astorga y puesto en la iglesia mayor en un sepulcro más cómodo que antes.

 

 

 

 

 

 

 

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Sosegados estos movimientos, al rey aquejaba el cuidado de defender a Ciudad Rodrigo, que la tenía cercada don Fernando de Castro con gran número de moros. La ayuda de san Isidro, al cual los leoneses tenían por patrón particular, les asistió para que los bárbaros quedasen por el rey don Fernando vencidos en batalla, muertos y desbaratados. Con esta victoria cobraron los leoneses orgullo, pasaron adelante y trabajaron las tierras de Portugal comarcanas con talas y con robos. Lo que más era a propósito y muchos grandemente deseaban, el mismo don Fernando de Castro por diligencia de este rey se redujo a mejor consejo; ca le exhortó que le ayudase a él contra el rey de Castilla antes que a los enemigos del nombre cristiano. Aceptó él este partido que le ofrecían, y como era de gran corazón y en las cosas de la guerra señalado entre pocos, con deseo de mostrarse entró luego por las tierras de Castilla con gentes de León. En tierra de Campos, junto a un lugar llamado Lubrical, venció en una batalla las gentes contrarias que le salieron al encuentro. Muchos señores quedaron presos, y entre ellos el mismo don Nuño de Lara, su enemigo capital. Mas él los trató benigna y cortesmente, y con grande loa de modestia y de humanidad los dejó ir libres a sus tierras, solamente les hizo jurar que le serían amigos fieles. Él mismo, repudiada su primera mujer, casó con doña Estefanía, hermana del rey don Fernando; y el que por sangre y hazañas era esclarecido, quedó más ennoblecido por el parentesco real. De este matrimonio nació don Pedro de Castro, de quien adelante se hará mención.

 

Siguióse otra guerra, que se hizo contra Portugal por esta ocasión: Don Alfonso, rey de Portugal, puesto que de grande edad y muy viejo, nunca aflojaba en el cuidado de la guerra. Tenía el ánimo muy fuerte, si bien el cuerpo era flaco. Llevaba mal que el rey don Fernando con haber reedificado a Ciudad Rodrigo a la raya de su reino hubiese por el mismo caso puesto como grillos a Portugal y edificado una fuerza, de donde los campos de aquella provincia pudiesen libremente, como poco antes lo hicieran, ser maltratados. Juntó un grueso ejército y mandó a don Sancho, su hijo, que con aquellas gentes se pusiese sobre aquella ciudad. Prometíase seguramente la victoria, a causa que el rey de León en el mismo tiempo se hallaba apretado con la guerra de Castilla, como poco antes se ha dicho, y los suyos alborotados. El rey don Fernando en aquel peligro no se olvidó de la honra y reputación, además que no ignoraba cuánto se disminuirían sus fuerzas si perdiese aquella ciudad. Salió pues

 

 

 

 

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con parte de sus gentes al encuentro a los portugueses. Pelearon cerca del lugar llamado Arraganal; los portugueses fueron vencidos, unos muertos y desbaratados, otros presos, que dejó todos ir libres a sus tierras. Don Alfonso, rey de Portugal, avisado de aquella pérdida, juntadas sus gentes, entró por las tierras de Galicia, apoderóse de Limia, de Turonia y otros lugares por aquella comarca. Después de esto, rehaciéndose de nuevas gentes, con deseo devengarse, determinó acometer a Badajoz, ciudad que aunque era de moros, estaba a devoción del rey don Fernando. Por esto, juzgando él que pertenecía a su autoridad no desamparó la en aquel peligro, acudió a socorrerla. El portugués tenía ya tomada gran parte de la ciudad; más como se atreviese a dar la batalla a los leoneses, fue en ella vencido y forzado a retirarse a la misma ciudad de do saliera. No era la recogida segura; apretaban al vencido de una parte los moros, que tenían en su poder lo más alto del pueblo, y de la otra los leoneses; intentó de salvarse por los pies y huir; al salir se hirió malamente en el cerrojo de la puerta de la ciudad y cayó del caballo. Así, preso de los enemigos, vino en poder del rey don Fernando, que le trató humanísimamente, y le hizo curarla herida, no con menos cuidado que si fuera su padre. Fuera de esto, luego que estuvo sano, le dejó ir a su tierra; si bien el portugués, movido de esta humanidad, se mostraba aparejado a poner en su poder todo su reino y obedecerle como a señor. Mas no quiso aceptar el rey don Fernando, contento solo con recobrar los lugares que poco antes le tomara en Galicia. Tenía otrosí por bastante fruto de la victoria usar de templanza y humanidad.

 

En Cuenca por la muerte de Juan I, obispo de aquella ciudad, fue puesto en su lugar Julián, hombre santo, maravilloso por la vida y la erudición. Era natural de Burgos, y aún se halla en los papeles de la iglesia de Toledo que fue arcediano de Toledo; con sus predicaciones en la mayor parte de Castilla tenía hecho gran provecho en los moros y cristianos y ganado gran renombre y fama en el oficio de predicar, que fue el escalón por donde subió al obispado, y después en el número de los santos le pusieron ésta y otras virtudes.

Doña Urraca, reina de Navarra, hija del emperador, después de la muerte del primer marido, casó los años pasados con don Álvaro Rodríguez, persona principal en Castilla, y sin tener hijos de este matrimonio, falleció este año por el mes de agosto. Su cuerpo yace en Palencia en la iglesia mayor con este letrero:

 

 

 

 

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Aquí reposa doña Urraca, reina de Navarra, mujer de don Garci Ramírez,

 

la cual fue hija del serenísimo don Alfonso Emperador de España, que ganó a Almería.

Falleció a 12 de octubre, año del Señor del 1189.

 

Así dice el letrero. Nos en la razón de los tiempos seguimos los Anales de Toledo, y por ellos quitamos diez años de esta cuenta.

 

El año luego siguiente de 1180, a 5 de octubre, Luis, rey de Francia, seteno de este nombre, falleció en París; dejó por su sucesor a su hijo Felipe, por sobrenombre Augusto. Por el mismo tiempo en aquella parte de Vizcaya que se llama Álava edificaron por mandado de don Sancho, rey de Navarra, la ciudad de Vitoria, cabeza de aquella provincia, do antes estaba una aldea llamada Gasteiso. La causa de mudarle el nombre antiguo y ponerle éste no se sabe, aunque no debió faltar.

 

En Tarragona otrosí se tuvo un concilio de obispos, en que se trató, así de otras muchas cosas, como también se estableció por ley que en adelanto mudada la antigua costumbre que los catalanes guardaban, se dejase, y no escribiesen en las escrituras públicas el nombre de los reyes de Francia ni pusiesen en ellas el año de su reinado, como lo acostumbraban.

 

Siguióse el año 1181 y en él la muerte de don Cerebruno, arzobispo de Toledo, a 12 de mayo. Sepultáronle en su iglesia en la capilla de San Andrés. Sucedióle don Gonzalo, primero de este nombre, varón de grande y excelente virtud. Quién pone antes de don Gonzalo a Pedro de Cardona, quién después de él; debió ser electo y no consagrado, y aún hay memoria en Toledo que le hace cardenal; los más le pasan en silencio en este cuento de los prelados de Toledo.

 

 

 

 

XVI. Cómo murieron los reyes de Portugal y de

 

León

 

La jornada que don Alfonso, rey de Portugal, hizo contra los moros, dado que le sucedió mal, fue ocasión que los nuestros entendiesen se podrían apoderar de Badajoz; por esto don Fernando, rey de León, a cuya conquista pertenecía, juzgó que no se debía dejar pasar aquella ocasión,

 

 

 

 

 

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como príncipe que era de suyo enemigo de ocio y de condición bulliciosa y más aventajado en la disciplina militar que en las artes de la paz. De Zamora, donde se retiró después que soltó al rey de Portugal, apercibido de nuevas gentes, marchó para aquella guerra y ganó la dicha ciudad de Badajoz. Era habitada de moros, y no podía por entonces llevar nueva población de cristianos ni poner en ella guarnición bastante de soldados. Acordó dejar por gobernador a un moro, llamado Abenabel. Los bárbaros no guardan la fe, la palabra ni juramento sino cuando no pueden más. En breve pues se rebeló contra don Femando y llamó en socorro suyo a los almohades. Pasó adelante, que no contento con la posesión de aquella ciudad, formado un buen ejército, acometió primeramente las tierras de León, en que taló, saqueó y robó todo lo que por aquella parte se le puso delante; luego dio la vuelta a Portugal, cercó al rey don Alfonso dentro de Santarem, que halló descuidado y desapercibido de todo lo necesario. Don Fernando, rey de León, encendido en deseo de vengar sus injurias y movido por el peligro del rey, su suegro, de cuya defensa ya una vez se encargó, juntadas de presto sus gentes, salió al encuentro a los moros que estaban feroces por lo hecho. Pero ellos luego se pusieron en huida por no sentirse iguales a las fuerzas de ambas naciones. El rey de Portugal, como al principio sospechase que don Fernando venía mudado de voluntad contra él y no menos se recelase de su poder que de las armas de los moros, sabida la verdad, se alegró y cobró ánimo.

 

Don Fernando, ganada muy gran gloria y cargado de los despojos de moros, volvió a su tierra el mismo año, que fue el de nuestra salud de 1181, en que comenzó a gobernar la Iglesia de Roma Lucio, tercero de este nombre, natural de Luca, sucesor de Alejandro III. De este pontífice dicen que envió cierto cardenal, cuyo nombre no se refiere, por su legado y con grandes poderes a España para asentar las paces entre los reyes cristianos, que, divididos en gran daño del común, contendían entre sí con odios muy grandes, muchas veces sin muy grande ocasión, por donde dejaban pasar grandes ocasiones que se ofrecían y comodidades para oprimir la morisma, gente bárbara. El rey de Aragón, por estar determinado de ir en romería a Santiago, hizo compañía al legado hasta Castilla, en particular por el deseo que tenía de interponer su autoridad para que se hiciesen las paces. Parecíale cosa muy honrosa que por su medio se estableciese la concordia deseada entre los reyes y se dejasen las armas. Sucedió como lo pensaba, que a su instancia se concertó la paz, y a cada uno de los reyes señalaron

 

 

 

 

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los términos hasta donde llegasen sus estados. De lo que quedaba en poder de los moros, al tanto determinaron las ciudades, lugares y castillos que pertenecían a la conquista de cada cual de estos príncipes, sobre lo cual tenían antes de esto no pequeño debate. En estas pláticas, no solo ganó el rey de Aragón loa de pacificador, sino también de modestia; ca se contentó con lo que le señalaron para su conquista, que fue sola aquella comarca que desde Aragón llega hasta Valencia, dado que por agraviarse el rey don Pedro, su hijo, que en esta confederación y concordia se le hizo sinrazón, alcanzó que los términos de la conquista de Aragón llegasen y se extendiesen hasta Alicante. Los demás reyes con los términos y rayas que se les señalaren terminaron de buena gana su señorío.

 

Solamente el rey de Navarra quedaba sentido y extrañaba los grandes agravios que le tenía hechos don Alfonso, rey de Castilla. Por esta causa no se pudo persuadir a venir en aquella común confederación y corte que se dio entre los demás. Todavía después de este asiento duró algún tiempo la paz entre los cristianos; por lo menos hubo pocas revueltas y de poca consideración. Hacíase la guerra a los moros, mayormente el rey de Portugal se señalaba en esto; demás que entre los alborotos de la guerra, cuidadoso de acrecentar la piedad cristiana y culto divino, él mismo desde el promontorio Sacro, que por este respeto y para con su presencia considerar el lugar fue allá por dos veces, procuró e hizo que los huesos de san Vicente mártir, se trasladasen a la iglesia mayor de Lisboa, que fue el año 1183. Él se ocupaba en ésta y semejantes obras de piedad.

 

A su hijo don Sancho envió de la otra parte de Tajo para que tuviese cuidado de la frontera e hiciese rostro a los moros. Él, como mozo y fervoroso por la edad y con deseo de ganar honra, con buen número de los suyos entró en el Andalucía y taló las tierras de los moros por todas partes hasta llegar a Sevilla. Asimismo a los sevillanos, que con intento de vengar aquella afrenta le salieron al encuentro, los desbarató en batalla, puso cerco sobre Ilipa, que hoy se llama Niebla, pero no la pudo ganar, porque vino nueva que grandes gentes de moros tenían puesto cerco sobre Beja, en los confines de Portugal. Así don Sancho, movido por el peligro de los suyos y porque no pareciese que por pretender lo ajeno dejaba perder lo que era suyo y cayese en reprensión de lo que pretendía honrarse, alzado el cerco de Niebla, acudió a Portugal. Con su venida los bárbaros fueron vencidos y forzados a partirse de aquella ciudad. Don Sancho, esclarecido con tantas victorias, entró en Santarem a manera de triunfante.

 

 

 

 

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Al mismo tiempo vino aviso que los almohades con su caudillo el rey Abenjacob apercibían grandes gentes contra Portugal. La diligencia de que usaron fue grande; más presto que se pensaba pusieron cerco sobre aquella villa de Santarem. Don Alfonso, rey de Portugal, dado que se hallaba muy pesado por la edad y por haber quedado cojo de una pierna después que en Badajoz se le quebró, de tal manera, que usaba de coche por no poder andar a caballo, convocados soldados de todo su reino, se apresuró para ir a Santarem. Diose la batalla, en que los moros no fueron iguales a los portugueses, porque el padre por frente, y el hijo, que salió de la villa, por las espaldas los apretaron; fue grande la matanza y muchos los que se pusieron en huida; al mismo rey bárbaro dieron en la batalla una herida mortal, y como quier que pretendiese para escapar pasar a Tajo, que por aquella parte va muy arrebatado y lleva mucha agua, se ahogó en el río, que fue el año de 1184. Sucedióle en los dos imperios de África y de España Abenjuzef, su hermano. Esta victoria se tuvo por muy señalada, y por ella se hicieron grandes regocijos en toda España.

 

Verdad es que la muerte de Armengaudo o Armengol, conde de Urgel, aguó algún tanto esta alegría; era hijo de Armengaudo Castilla, conde de Barcelona, y tenía por mujer una hermana del rey de Aragón; y no solo poseía gran estado en Cataluña y Aragón, sino también en Castilla era señor de Valladolid, por ser bisnieto de don Peranzules, de quien en su lugar se hizo mención, que fue un gran personaje. Este príncipe, con deseo de adelantar el partido de los cristianos, con sus gentes particulares rompió por la tierra de Valencia; pero después de algunos buenos sucesos que tuvo fue muerto por los moros junto a la villa de Requena en una celada que le pararon y con engaño. Otros dicen que los castellanos le dieron la muerte; la pública voz y fama fue que los moros le mataron; que parece más probable y es más justo que se tenga por verdad. Lo cierto es que este desastre sucedió a 11 días de agosto; dejó un hijo de su mismo nombre por heredero de sus estados.

 

En otra parte don Sancho, rey de Navarra, se metió por tierras de Castilla, y llegado hasta el lugar de Atapuerca, como llevase gran presa robada por aquellos lugares, el abad de San Pedro de Cardeña, movido por el trabajo y lágrimas de los comarcanos, fue apresuradamente en busca del rey que se volvía a su tierra; alcanzóle y pidióle restituyese la presa a los que padecieron el daño, pues parecía cosa injusta que los agravios hechos por los reyes los pagase la gente miserable y sobre ellos descargase la

 

 

 

 

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saña. Condescendió el rey a los ruegos del abad por ser tan justificado lo que le pedía, demás del particular respeto que tuvo al estandarte del Cid, que el abad y los monjes del templo do le tenían le tomaron y le llevaban delante para moverle más. Lo cual hizo tal impresión en su ánimo y en tanto grado, que él mismo acompañó el dicho estandarte hasta dejarle en el lugar en que antes le tenían. Sucedieron estas cosas el año de 1185.

 

En este año los reyes de Portugal, padre e hijo, fueron primero a Coimbra, desde allí se partieron para la ciudad de Oporto. Allí celebraron las bodas entre Felipe, conde de Flandes, y doña Teresa, hija del mismo rey don Alfonso, a quien los flamencos llaman Matilde. Concluidas las fiestas, volvieron a Coimbra; allí el rey, agravado de enfermedad y de los años, falleció a 6 del mes de diciembre en edad de noventa y un años. Su cuerpo, según que él ordenó en su testamento, sepultaron en la iglesia de Santa Cruz, que él mismo fundó, en una sepultura humilde; de donde por mandado del rey don Manuel, en tiempo de nuestros abuelos, le pasaron a otro sepulcro de mármol blanco de labor muy prima. Fue varón admirable, acabado en todo género de virtudes, del reino de Portugal no sólo fundador, sino conquistador en gran parte. Pasó su larga edad y reinado casi sin ningún tropiezo. En las cosas de la guerra y en las artes de la paz se señaló igualmente, junto con el celo que tenía a la religión, de que dan muestra muchos templos que en Lisboa y en Ébora y en otros lugares edificó. Corría a las parejas en piedad y devoción su mujer doña Malfada, hacía en todo el reino edificar a sus expensas muchos monasterios y iglesias; señales muy manifiestas de la virtud que ambos tenían. Hallábase España en sosiego después que entre los reyes se concertaron las paces y por la muerte del rey Jacob de los almohades. Sólo comenzaba por otra parte una nueva guerra y un nuevo miedo, que ponía a muchos en cuidado.

 

Era cosa muy honrosa a don Pedro Ruiz de Azagra que en los ojos de tan grandes reyes conservase un tan pequeño estado como el que tenía sin reconocer a nadie vasallaje. Acudía él de buena gana a ayudar a los reyes en la guerra contra los moros, y arriba queda dicho lo mucho que hizo cuando se ganó la ciudad de Cuenca; pero no se podía persuadir a hacer homenaje a ninguno, y para mostrar su exención se llamaba vasallo de Santa María, que era el nombre de la iglesia mayor de Albarracín. La causa de conservarse tanto tiempo, cuanto no sé si alguno de los capitanes antiguos, entiendo fue la fortaleza del sitio y la emulación y contienda que los reyes tenían entre sí por desear cada cual la presa, hacerle su vasallo y

 

 

 

 

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que no lo fuese del otro. El año pues luego siguiente de 1186, por el mes de enero, los reyes de Castilla y de Aragón se juntaron para tomar acuerdo sobro este caso en Agreda. En las vistas de común consentimiento hicieron una ley en que desterraban de los dos reinos a todos los deudos y aliados del dicho don Pedro que siguiesen su partido; con este principio de rompimiento se contentaron por entonces.

 

En el principio del año siguiente Gastón, vizconde de Bearne, a ejemplo de sus mayores, hizo en Huesca homenaje al rey de Aragón, año desgraciado por la prisión de Guidon, rey de Jerusalén. Saladino, grande enemigo de cristianos, le prendió a él y al maestre de los templarios en la ciudad de Tiberíades; y se apoderó por concierto de la misma ciudad de Jerusalén a 2 días del mes de octubre, que fue un daño y mengua notable y sin reparo.

En Castilla el rey don Alfonso, vuelto el pensamiento a las cosas de la paz, con muy buenas leyes y estatutos ordenaba y enderezaba la milicia y orden de Calatrava en el mismo tiempo que don Fernando, su tío, rey de León, falleció en Benavente el año que se contó de 1188; reinó por espacio de treinta y un años. Sepultáronle en Santiago en la capilla real. Fue tenido por más aventajado y más a propósito para la guerra que para el gobierno. Las señaladas partes que tuvo de cuerpo y ánimo pareció estragar la insaciable sed de reinar que mostró, mayormente en la menor edad del rey de Castilla, su sobrino. Por lo al sufría mucho los trabajos, su ingenio agudo, prudente y próvido, y en los peligros tuvo corazón animoso y grande.

 

Martín, presbítero de León, por estos tiempos florecía por la erudición y por la su vida muy santa que hacía. Ocupábase en escribir muchos libros, si bien era persona idiota y sin letras; más de repente le hizo muy aventajado en letras una extraordinaria visión en que san Isidro, en cuyo monasterio vivía, entre sueños le dio a comer un libro en señal de la mucha doctrina que por aquel medio le comunicaba; desde entonces comenzó a señalarse en el conocimiento de las divinas letras y escritura sagrada. A nuestras manos no ha venido cosa alguna de aquellos sus libros. Dícese que los canónigos de aquella iglesia y convento los guardan con grande cuidado como un precioso tesoro y para testimonio muy claro de lo que sucedió y de aquel milagro.

 

 

 

 

 

 

 

 

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XVII. De varias confederaciones que se hicieron

 

entre los reyes

 

Los hijos sucedieron a sus padres, don Sancho a don Alfonso, rey de Portugal; a don Fernando, rey de León, don Alfonso, noveno de este nombre, que se volvió con la nueva de la muerte de su padre del camino que llevaba, porque se quería ausentar y se iba para su tío el nuevo rey de Portugal por miedo del odio y asechanzas de su madrastra. Llevaba ella mal que don Alfonso, hijo bastardo, como ella decía, sólo por ser de más edad y porque se le antojaba a su padre, fuese preferido a sus hijos, y tratado como quien había de suceder en aquella corona. De aquí resultaron desabrimientos perpetuos, de que avino que dado que el rey, su antenado, al principio le dejó los lugares de su dote por respeto y contemplación de su padre, pero en fin la puso en necesidad de retirarse a Nájera, do pasó lo restante de su vida. En el monasterio de Santa María el Real de aquella ciudad están en una capilla, que se llama de Santa Cruz, dentro del claustro, las sepulturas de esta señora y de sus hermanos, que fueron don Lope, obispo de Segovia, y don Martín de Haro. Don Alfonso, rey de León, fue casado dos veces: la primera con doña Teresa, hija de don Sancho, rey de Portugal, en quien tuvo tres hijos: a doña Sancha, a don Fernando, que vivió poco, y a doña Dulce; después, por mandado de los pontífices, se apartó de doña Teresa a causa que era su parienta, y casó con doña Berenguela, hija de don Alfonso, su primo, rey de Castilla.

 

Don Sancho, rey de Portugal, primero de este nombre, que llamaron el Poblador y el Gordo, casó los años pasados con doña Aldonza Dulce, hermana del rey de Aragón. De este matrimonio tuvo muchos hijos, es a saber, a don Alfonso, el mayorazgo, a don Fernando, don Pedro, don Enrique, que murió mozo; cinco hijas, doña Teresa, doña Malfada, doña Sancha, doña Blanca, doña Berenguela. Y muerta la mujer, tuvo en otras dos concubinas seis hijos, parte varones, parte hembras: de la primera, por nombre Juana, a doña Urraca y a don Martín; de la otra, que se llamó María, a doña Teresa, don Egidio, doña Constanza y don Rodrigo. Doña Teresa casó con Alfonso Tello, el que fundó y pobló la villa de Alburquerque; tales eran las costumbres de aquel siglo, que no tenían por torpe cualquier antojo de los reyes, en que don Alfonso, rey de Castilla, fue muy más medido y juntamente dichoso en sucesión, porque de un solo matrimonio tuvo once hijos; entre los demás doña Blanca fue la más

 

 

 

 

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dichosa, porque casada con Luis, rey de Francia, octavo de este nombre, con dichoso parto dio al mundo un hijo del mismo nombre de su padre, el que por la conocida bondad de su vida y por su piedad muy señalada alcanzó renombre de santo y se llamó san Luis. Después de doña Blanca se siguieron doña Berenguela, don Sancho, doña Urraca y don Fernando, que consta haber nacido el año 1189, a 29 de noviembre, día miércoles. Después de él se siguieron doña Malfada y doña Constanza, y luego adelante dos o tres hermanas, cuyos nombres no se saben; demás de estos doña Leonor y el menor de todos don Enrique, que con maravillosa variedad de las cosas vino a suceder en el reino a su padre, como se mostrará en otro lugar.

 

Fuera de los muchos hijos que el rey de Castilla tuvo, se aventajaba a los demás príncipes sus vecinos en la grandeza del señorío, muy mayor que el de los otros, por do ponía espanto a todas las provincias de España. Él, aunque se vía rodeado de tantas riquezas y ayudas, no se daba al ocio ni a la flojedad, antes extendía con las armas los términos da su señorío y los dilataba; en que asimismo sobrepujaba a los demás reyes de su tiempo; y en ingenio y maña y en riquezas, gracia y destreza igualaba a sus antepasados. Con esto sustentaba la autoridad real y se hacía temer. Nunca el poder de los príncipes es seguro a los comarcanos, por ser cosa natural buscar cada uno ocasión de acrecentar sus estados, sea justa, sea injustamente. Por esta causa los demás reyes de España se hermanaban contra el rey de Castilla, y se confederaban y prometían que tendrían los mismos por amigos y por enemigos. Procuraban traer a esta confederación al rey de León, si bien pareció estar más aficionado y obligado al rey de Castilla, don Alfonso, su primo. Y es así que luego que tomó la posesión del reino paterno, con deseo de ganar su amistad, de su voluntad fue a las Cortes de Castilla, que se tenían en Carrión, el año 1188. Armóle allí caballero a la manera que entonces se usaba; y para muestra de darle la obediencia le besó la mano; cortesía en que pareció diminuir la majestad de su reino y reconocer a su primo por más principal, como lo era. Halláronse en aquellas Cortes Conrado, hijo del emperador Federico, llamado Barbarroja, que aportó a España en peregrinación, y Raimundo Flacada, conde de Tolosa; el uno y el otro tuvieron por cosa honrosa que el rey los armase caballeros con las ceremonias que en España so usaban. Fuera de esto, se concertó casamiento entre Conrado y doña Berenguela, hija del rey; pero no vino a efecto por esquivarla doncella de ir a

 

 

 

 

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Alemania, sea por aborrecerlas costumbres de aquella nación, sea por el largo y trabajoso camino, porque, ¿a qué propósito mudar la templanza de España y el arreo de su patria y trocarle por el cielo áspero de Alemania y otras condiciones asaz diferentes de sus naturales? Finalmente, este desposorio se apartó por autoridad de don Gonzalo, primado de Toledo, y de Gregorio, cardenal de Santangel.

 

Los demás reyes, entre tanto que esto pasaba, consultaban entre si por sus embajadores qué era lo que debían hacer, en especial el de Aragón, que llevaba mal que todas las cosas estuviesen en el albedrío de su cuñado, el rey de Castilla, y don Sancho, rey de Navarra, que pretendía recobrar por las armas lo que por fuerza le quitaron los años pasados. Con este intento el año de Cristo 1190 se juntaron de propósito en Borja por el mes de septiembre; en esta habla hicieron entre sí confederación y asiento contra las fuerzas de Castilla. Los leoneses otrosí y los portugueses entraron en esta liga, atraídos a ella por industria de los dos reyes. En Huesca se hallaron los embajadores de los otros reyes. Tratóse del negocio con el rey de Aragón, que hacía sus veces y las del navarro. Allí, no sólo se concertó paz entre los cuatro reyes y se ligaron para las guerras, sino demás de esto se añadió expresamente que ninguno en particular sin que los otros lo supiesen y viniesen en ello por sus particulares intereses hiciese paz o tregua con el enemigo, ni aún tuviese licencia sin el tal consentimiento de hacer guerra a nadie ni comenzarla.

 

Estas cosas se concluyeron por el mes de mayo, año de 1191, en que falleció en Roma Clemente, tercero de este nombre, a 25 de marzo. Sucedió en su lugar cuatro días después Celestino III, llamado antes que fuese papa Jacinto Bobo. Fue natural de Roma, y en España mucho tiempo legado de los pontífices pasados. Don Gonzalo, arzobispo de Toledo, pasó asimismo de esta vida a 29 del mes de agosto luego siguiente. En su tiempo el rey don Alfonso dio a él y a su iglesia de Toledo a Talamanca y Esquivias. En su lugar fue puesto don Martín López, que por la grandeza de su ánimo, y por las excelentes cosas que hizo, tuvo por sobrenombre y se llamó el Grande; tuvo antes el obispado de Sigüenza; su patria se llamó Pisonea; sus virtudes, don Rodrigo que le sucedió en la dignidad, las celebró y contó muy en particular. Este mismo año el río Tajo se heló en Toledo; cosa que por la templanza de la región y del aire suele acontecer muy pocas veces.

 

 

 

 

 

 

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XVIII. Cómo se perdió la jornada de Alarcos

 

En el mismo tiempo del arzobispo don Martín vivía Diego López de Haro, señor de Vizcaya; en riquezas, prudencia y autoridad sobrepujaba claramente a los demás grandes de Castilla. Tenía en nombre del rey de Castilla y por su mandado el gobierno de Briviesca, Nájera y Soria, como se muestra por las escrituras de aquellos tiempos. Éste persuadió al rey que se hiciesen Cortes de todo el reino de Castilla en Carrión, el año de nuestra salvación de 1192, para resolverse en hacer guerra a los moros, que por la flojedad de los nuestros confirmaban sus fuerzas y eran espantosos a los cristianos. Impedía estos excelentes intentos y empecía la discordia y enemiga que andaba entre el rey de Castilla y los leoneses y navarros; temían que si por aquellas partes acometían a Castilla como por las espaldas, forzarían a dejar las armas contra los moros y volver atrás; parecía sería lo más acertado primeramente asentar amistad con aquellos reyes; con embajadas que de una parte y de otra se enviaron, al fin se hizo y se concluyeron las paces.

 

Después se mandó a don Martín, arzobispo de Toledo, que con buen número de soldados hiciese guerra en el Andalucía, que fue el principio de otra más grande guerra que se siguió y emprendió por aquella parte. Entretanto que se tenían las Cortes en Carrión, se tiene por fama, confirmada por el testimonio de muchos, que el rey de Castilla a la raya de su reino edificó a Navarrete, pueblo bien conocido. Yo entiendo que le reedificó o aumentó, porque el arzobispo don Rodrigo hace mención de aquel lugar antes de este tiempo.

 

En Aragón el conde de Urgel, que después de la muerte de su padre anduvo fuera de aquel reino por enemistad particular que tenía con Ponce de Cabrera, hombre poderoso, en fin, en este tiempo volvió a la obediencia de su rey y a sosegarse. Con don Gastón, conde de Bearne, casó una hija de Bernardo, conde de Cominges, y con ella hubo en dote el señorío de Bigorra, como feudatario y vasallo del rey de Aragón; asimismo don Berengario o Berenguel, arzobispo de Tarragona, fue muerto a 16 de febrero, año de nuestra salvación de 1194. Dícese que le mató don Guillén de Moncada, dado que no se saben las causas de aquellas enemistades.

En Pamplona también don Sancho, séptimo de este nombre, rey de Navarra, siendo ya de larga edad y muy esclarecido por sus hazañas y grande prudencia, por lo cual y por ser en las letras más que medianamente

 

 

 

 

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ejercitado, tuvo renombre de Sabio, falleció a 27 del mes de junio. Su cuerpo sepultaron en la iglesia mayor de aquella noble ciudad con enterramiento y honras y aparato real. Reinó por tiempo de cuarenta y tres años, siete meses y seis días. De su mujer doña Sancha, tía que era del rey de Castilla, dejó a don Fernando, don Ramiro, doña Berenguela, doña Teresa, doña Blanca, sus hijos, y sin estos el mayor de todos, que le sucedió en el reino, conviene a saber, don Sancho, rey de Navarra, octavo de este nombre, el que por la grandeza de su ánimo y por sus excelentes hazañas en la guerra tuvo sobrenombre de Fuerte. También le llamaron don Sancho el Encerrado, porque en lo último de su vida, por causa de una cruel dolencia que padecía de cáncer, se estuvo retirado en el castillo de Tudela del trato y conversación de los hombres, sin dar lugar a que ninguno le visitase o hablase. Hay grandes rastros y muestras de su magnificencia y liberalidad, en particular sacó a Ebro de su madre antigua para que pasase por Tudela, y edificó sobre él un puente para comodidad de los moradores. Fundó a su costa dos monasterios del Císter, llamados de Fitero y de la Oliva; demás de esto, en Roncesvalles una iglesia con nombre de Santa María, donde él y sus descendientes se enterrasen. Casó con doña Clemencia, hija de Raimundo, conde de Tolosa, cuarto de este nombre. En ella tuvo a don Fernando, que en vida de su padre murió de una caída que dio de un caballo andando a caza. Su cuerpo enterraron en Tudela en la iglesia de Santa María.

 

En el tiempo que este don Sancho comenzó a reinar toda España estaba suspensa por el temor de una grande guerra que la amenazaba. Don Martín, arzobispo de Toledo, como le era mandado, rompió por los campos de Andalucía, destruyó por todas partes todo lo que se le puso delante; muchos hombres, ganados y otras cosas fueron robadas, quemados los edificios, los lugares y los campos destrozados; y por no salirle al encuentro algún ejército de moros, se volvió con el suyo a su tierra sano y salvo y rico.

Los moros, mondos por el dolor de esta afrenta y daño, hicieron grandes juntas de soldados en toda la provincia. El mismo miramamolín Abenjuzef Mazemuto, avisado de lo que pasaba, con gran número de gentes y con deseo de venganza pasó en España; no solo los almohades, sino también los etíopes y alárabes con la esperanza de la presa de España seguían sus reales. Con esta muchedumbre pasaron a Sierra Morena y llegaron al lugar de Alarcos, que poco antes los nuestros edificaran.

 

 

 

 

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Don Alfonso, rey de Castilla, avisado del apercibimiento de los moros y del peligro de los suyos, en ninguna manera perdió el ánimo; antes avisado que hubo a los reyes de Navarra y de León que le acudiesen, con los cuales poco antes se concertó, él primero que nadie con su ejército particular acudió a Alarcos y puso sus reales cerca de los enemigos, cuya muchedumbre era tan grande, que con sus tiendas ocupaban todos aquellos campos y collados; por esto algunos juzgaban que se debían reportar y con astucia y maña entretener al enemigo hasta tanto que los otros reyes viniesen, que se decía llegarían muy presto. Otros eran de parecer que se viniese luego a las manos, porque los navarros y leoneses no tuviesen parte en la victoria y en la presa, que arrojada y temerariamente al cierto se prometían. Este parecer prevaleció como el que era el más honrado, dado que el rey no ignoraba que aquellos consejos en la guerra son más saludables que más seguros, y que menospreciar al enemigo y confiar en si mismos es daño igualmente perjudicial a los grandes reyes, como el suceso de esta batalla le dio a entender. Ordenaron los reyes sus gentes. Diose la batalla junto a Alarcos, a 19 de julio, que fue miércoles, el año de 1195. Fue grande el coraje y denuedo de entrambas las partes; pero el esfuerzo de los nuestros fue vencido por la muchedumbre de los enemigos, porque mereciéndolo así los pecados del pueblo y por voluntad de Dios amedrentados los nuestros, les faltó el ánimo y corazón en la pelea. Muchos, así en la batalla como en la huida, fueron muertos, entre ellos Martín Martínez, maestre de Calatrava. Quién dice que don Martín, arzobispo de Toledo, se halló en esta batalla. De don Diego de Haro, que fuera el principal movedor de esta guerra, se decía mostró cobardía, ca se retiró de la pelea y volvió a Alarcos al principio de la batalla, sea por no tener confianza de salir con la victoria, sea, como hubo fama, por estar agraviado del rey, que en cierta ocasión igualó los caballeros del Andalucía con los nobles de Castilla en esfuerzo y destreza del pelear.

 

Los moros, ensoberbecidos con tan grande victoria, no sólo se apoderaron de Alarcos, que luego se les rindió, sino pasaron adelante, y metiéronse por las tierras del reino de Toledo. Llegaron hasta Yébenes, que está seis leguas de aquella ciudad; desde allí, hechos muchos daños, volvieron atrás. En nuestra edad solamente restan algunos paredones de Alarcos y un templo bien antiguo, con nombre de Santa María, con que los comarcanos tienen mucha devoción. Entiéndese que el rey bárbaro hizo echar por tierra aquel pueblo y abatir sus murallas.

 

 

 

 

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Túvose por cierto que con aquel desastre tan grande castigó Dios en particular un pecado del rey, y fue que en Toledo, menospreciada su mujer, se enamoró de cierta judía, que fuera de la hermosura, ninguna otra cosa tenía de estimar. Era este trato, no sólo deshonesto, sino también afrentoso a la cristiandad. Los grandes, movidos por tan grande indignidad y porque no se esperaba enmienda, hicieron matar aquella mujer. Andaba el rey furioso por el amor y deseo. Un ángel que de noche le apareció en Illescas le apartó de aquel mal próposito; mostrósele en aquella forma que tenía en una pintura e imagen del mismo rey, a manera de mancebo con rostro hermoso, más grave, que le amenazaba si no volviese en sí, y le apercibía esperase el premio de la castidad si la guardase, y temiese el castigo si la menospreciase. En la iglesia de Illescas, a la mano derecha del altar mayor, hay una capilla, llamada del Ángel, con un letrero que declara ser aquel el lugar en que se apareció el ángel al rey don Alfonso el Bueno, que así le llaman.

 

La verdad es que sabido el desastre de Alarcos, los reyes de León y de Navarra desistieron del propósito de ayudar en aquella empresa. El rey de León acudió a visitar al rey don Alfonso, sea con ánimo llano, sea fingidamente; don Sancho, rey de Navarra, sin saludar al rey se volvió a su tierra. La memoria de esta descortesía quedó en el pecho del rey de Castilla fijada más altamente que ninguno pudiera pensar; y desde aquel tiempo, congojado con la saña y con el miedo, comenzó a tratar y aparejarse para vengar el agravio y satisfacer aquel su sentimiento, no sólo contra los moros, sino también contra los navarros.

 

 

 

 

XIX. De lo que sucedía en Portugal

 

El año luego siguiente, que se contaba de Cristo 1196, fue desgraciado en España por la muerte del rey don Alfonso de Aragón, que entre los reyes de España tenía el segundo lugar en autoridad y señorío, y en esfuerzo no daba ventaja a ninguno. Falleció en Perpiñán, a 25 de abril, en tiempo que todo su señorío gozaba de gran paz y el reino de Aragón florecía en gente, riquezas y fama. Nombró por heredero a don Pedro, su hijo mayor, segundo de este nombre; a don Alfonso mandó en su testamento el condado de la Provenza y los demás estados que de él dependen. A don

 

 

 

 

 

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Fernando, el menor de todos, mandó que en el monasterio de Poblet del Císter, que su padre comenzó y él le dejó acabado, y está puesto entre Tarragona y Lérida, en que pensaba hacer el enterramiento suyo y de sus sucesores, tomado el hábito, se ocupase en rogar a Dios por las ánimas de sus antepasados. Las tres hijas infantas, doña Constanza, doña Leonor y doña Dulce, nombró y sustituyó a la sucesión del reino, si sus hermanos muriesen sin herederos, mudada en esta parte y corregida la voluntad de doña Petronila, su madre, que excluyó las hembras de la herencia de aquellos estados, como arriba queda señalado.

 

Este año, en que sucedió la muerte del rey de Aragón, fue también desgraciado por la hambre y peste, males que Cataluña principalmente padeció. Demás de esto, con una nueva entrada que hizo el rey bárbaro; Cáceres y Plasencia fueron tomadas, talados los campos de Talavera y puesto fuego a los olivares, que se dan allí muy buenos. La villa no pudo ser entrada por la fortaleza de los adarves y esfuerzo de los moradores, echó por tierra empero los lugares de Santolalla y Escalona, que están más adelante. La misma ciudad de Toledo estuvo cercada espacio de diez días. En Castilla la silla obispal de Nájera, en que hasta entonces estuvo, se trasladó a la iglesia de Santo Domingo de la Calzada, la cual de una excelente fábrica se comenzara dieciséis años antes, y a la sazón se acabó, de tanta grandeza y anchura, que compite con las principales de España. Lo uno y lo otro se hizo por diligencia de don Rodrigo, obispo de Calahorra. El año siguiente de 1197 hubo nuevos movimientos en Cataluña, por estar la provincia dividida en parcialidades; unos seguían a Armengaudo, conde de Urgel; otros favorecían a Raimundo Rogerio, conde de Foix; por la cual parcialidad la ciudad de Urgel fue cercada y tomada por fuerza.

 

El moro Abenjuzef, soberbio por la victoria pasada y la prueba que hizo de sus fuerzas y fortuna, con orgullo se prometía en su pensamiento el señorío de toda España. Rehaciéndose pues de fuerzas y juntadas más gentes, volvió otra vez a Toledo; no tenía esperanza de apoderarse de la ciudad por la fortaleza del sitio; taló los campos, saqueó los lugares comarcanos, hizo grandes robos, llegó con las talas hasta Madrid y Alcalá, y a mano izquierda hasta Ocaña, Uclés, Huele y Cuenca, destrozando todo lo que encontraba. Los nuestros por los daños del año pasado y por el miedo presente estaban sin consejo y sin saber qué partido tomarían para defender la patria. Era extremo el peligro en que las cosas de los cristianos

 

 

 

 

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se hallaban, porque el moro, efectuadas tan grandes cosas, se volvió al Andalucía con su ejército sano y salvo, determinado de tornar a la guerra el año siguiente con mayor furia.

 

Don Alfonso, rey de Castilla, rodeado de tantos males, por no tener fuerzas iguales al enemigo, trataba de buscar socorros y ayudas de fuera. Poca esperanza tenía que los leoneses y navarros hiciesen cosa de provecho, pues demás del desacato pasado, en tiempo tan trabajoso acometían por diversas partes las tierras de Castilla, sin tener cuenta con la cristiandad ni considerar lo que la fama diría de ellos. Fue así, que el rey de Navarra trabajó las tierras de Soria y Almazán, por do entró a robar con sus soldados; el rey de León, puesta confederación y alianza con los bárbaros que moraban en Extremadura en las tierras que caen entre Tajo y Guadiana, se metió por tierra de Campos, en que taló toda la campaña. En solo don Pedro, rey de Aragón, llamado el Católico, quedaba alguna esperanza. Convidóle el rey de Castilla para hacer confederación y juntar las fuerzas contra los enemigos comunes. Vino el aragonés en ello. Hecho este concierto, pareció primero vengar las injurias del rey de León, después los agravios que hicieron los navarros; con esto de primera instancia fueron tomados del rey de León los pueblos de Bolaños, Castroverde, Valencia y el Carpio. Contra los navarros no se pudo hacer la guerra como lo tenían acordado, a causa que Abenjuzef se apercibía para hacer nueva guerra, como aquel que estaba acostumbrado demasiadamente a hacer entradas por nuestras tierras; con todo esto, los castellanos y aragoneses con la gente que fuera justo acometer a los bárbaros, sin ningún cuidado de la cristiandad, revolvieron contra el rey de León, causa de todos los males, como ellos decían; tornaron o entrar por sus tierras el año de 1198 y llegaron hasta Astorga; destrozaron la tierra de Salamanca, apoderáronse de la una y de la otra Álava, y de Monterrey con otros lugares; después de esto tornaron a tratar de vengarse del rey de Navarra, que no menos agravios tenía hechos, y esto con tanta voluntad de los reyes de Castilla y Aragón, que olvidados de su reputación y sin moverse por el peligro de la cristiandad, se determinaron hacer concierto con Abenjuzef, común enemigo de cristianos, y no tuvieron por cosa fea ser los primeros a convidarle con la confederación.

 

El bárbaro no dejaba de dar orejas a esta plática, por tener gran deseo de volver sus fuerzas contra el rey de Portugal, que tenía hecho en los bárbaros grande estrago, fuera de que estaba con cuidado de las cosas de

 

 

 

 

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África. Asentáronse treguas con los moros por diez años. En este tiempo don Sancho, rey de Portugal, parte de su cuidado y pensamiento ocupaba en reparar o edificar de nuevo diferentes pueblos, de donde ganó el renombre y fue llamado don Sancho el Poblador; en este número se cuentan Valencia de Miño, Montemayor el Nuevo, Vallelas, Peñamacor, Sortella y Penella con otros, parte de los cuales por donación del rey se dieron a los caballeros de Santiago, parte a los de Avis, que por este tiempo comenzaron en Portugal a tener fama. El mayor cuidado que tenía era de echar los moros de toda aquella provincia; y así, se apoderó de la ciudad de Silves, que está al promontorio Sacro o cabo de San Vicente, ayudado de una gruesa armada que vino de Francia y Inglaterra. En particular el conde Felipe, cuñado del rey, envió en su ayuda veintisiete naves, y en ellas muy escogidos soldados de Flandes. En la razón del tiempo en que esto sucedió no concuerdan los escritores; algunos señalan el año de 1199, otros lo ponen diez años antes, que fue en el tiempo que los reyes Enrique de Inglaterra, y Felipe de Francia, con deseo de promover y sustentar la cristiandad que estaba para perderse, se determinaron de pasar por mar a la Tierra Santa, después que tuvieron primero vistas en los vellocases, donde está la villa de Gisors, cabeza que es de los pueblos que llaman vergasins; pero el inglés, mudada la voluntad, se quedó en su tierra y envió en su lugar a su hijo Ricardo. Hizo compañía a los reyes Enrique, a la sazón conde de Campaña, en Francia; después por casar con doña Isabel, hija del rey Amalarico, fue rey de Jerusalén. Hijo de este Enrique, de la primera mujer, fue Teobaldo, conde de Campaña, con quien por estos tiempos casó doña Blanca, hermana de don Sancho, rey de Navarra, madre de otro Teobaldo que el tiempo adelante vino a ser rey de Navarra. Los corazones de los mortales, trabajados con tantos males y aquejados de miedos, tenían otrosí atemorizados muchos prodigios, que se veían como anuncios de grandes males.

 

En Portugal hubo peste y hambre gravísima, y en el cielo se vieron otras señales; el vulgo, inclinado a pensar lo peor y dado a supersticiones, decía ser venganza del cielo y ira de Dios, porque el matrimonio de don Alfonso, rey de León, y de doña Teresa, infanta de Portugal, si bien era ilegítimo y por las leyes ninguno, no se apartaba; dado que Inocencio, pontífice tercero de este nombre, sucesor de Celestino, que había comenzado a gobernar la Iglesia romana, lo procuraba con todo cuidado de tal suerte, que puso entredicho en todo Portugal y pena de excomunión a

 

 

 

 

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todos los que no obedeciesen a su mandato. Acrecentóse este miedo por perderse, como se perdió a la sazón, la ciudad de Silves, destruidos y talados los lugares y campos de aquella comarca; lo uno y lo otro por las armas y esfuerzo de Abenjuzef, que pretendía por esta manera satisfacerse de las injurias y daños que el rey de Portugal le tenía hechas el tiempo pasado.

 

 

 

 

XX. De la guerra que se hizo contra Navarra

 

Apartóse aquel matrimonio del rey de León por causa del parentesco que tenían él y su mujer con dificultad y tarde; pero en fin, se apartó el año de nuestra salvación de 1200, y luego se comenzó a poner en plática de pedir a la infanta doña Berenguela, hija de don Alfonso, rey de Castilla, de la cual se dijo poco antes que estaba concertada de casar con Conrado, duque de Suabia, más ella se excusaba por las costumbres de los alemanes y por el largo camino, puesto que no menos aborrecía el matrimonio de León por el parentesco que con él tenía, causa que el primero se apartase; pero los reyes muchas veces posponen la honestidad y religión a sus particulares. Los halagos de la madre ablandaron el corazón de la doncella, y a su padre parecía que los casamientos de diversas naciones muchas veces suelen ser desgraciados, y que no se debía dejar la ocasión de ganar al rey de León que les hacía tantos daños, demás de apartarle de la amistad del rey de Navarra, de quien principalmente deseaba satisfacerse y vengarse, y entendía que desamparado del rey de León, no tendría fuerzas bastantes para resistir. Por una epístola de Inocencio III enderezada al de Compostela, se ve que el de Toledo fue a Roma el año pasado para alcanzar dispensación del papa sobre este matrimonio que se trataba, y no la quiso dar.

 

Entre tanto, pues, que estas causas se trataban y maduraban, el rey de Castilla don Alfonso, con grande deseo de vengarse, se apercibía con todo cuidado para aquella guerra; a don Pedro, rey de Aragón, para no poder venir luego, como en la confederación quedó asentado, impidió la discordia que tenía con su madre la reina doña Sancha; ca teniéndola por sospechosa y creyendo que trataba de volverse a Castilla, procuró quitarle los lugares de su dote. Pero a instancia del rey de Castilla se asentó la

 

 

 

 

 

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concordia entre la madre y el hijo; juntáronse los dos reyes en Ariza, pueblo asentado a la raya de los dos reinos, donde por medio y diligencia del rey don Alfonso y por su voluntad, se determinó que a trueco de Tortosa y de Azcona y de otros pueblos, la reina diese al rey de Aragón los de Ariza, Épila y Embite, que le pertenecían a ella; en que pretendía el aragonés quitar la entrada por aquella parte al rey de Castilla, si en algún tiempo quisiese acometer las tierras de Aragón; consideraba que las voluntades de los hombres, y más las de los reyes, son varias y mudables, y por ningún respeto de parentesco se mueven cuando se les muestra esperanza de ensanchar su estado. Don Pero Ruiz de Azagra, señor de Albarracín, se halló en aquellas vistas de los reyes por estar, es a saber, ya reconciliado con ambos. Hízose esta confederación a 30 de noviembre. En el mismo año doña Berenguela, hermana del rey don Sancho de Navarra, casó con Ricardo, rey de lngalaterra; así lo dicen las historias de España. Los escritores ingleses refieren que sucedió esto el año pasado, y afirman que en éste falleció el mismo Ricardo.

 

El rey don Alfonso, con la comodidad de las treguas que tenía con los moros, deseaba reparar los daños que el tiempo pasado se recibieran, y para esto procuraba reparar a Plasencia y a Béjar, y a Mirabel y a Segura en el monte Argentario, a Monfredo y a Moya en la Mancha de Aragón, a Aguilar en Tierra de Campos. Estas cosas hacía, y no aflojaba con eso el cuidado de la guerra que pensaba hacer a los navarros, ni cesaba de amonestar al rey de Aragón que juntase con él las fuerzas y las armas. Así en un tiempo las gentes de Aragón y Castilla se movieron contra los navarros.

El rey don Sancho, vista la tempestad que cargaba sobre él y que no tenía fuerzas bastantes, como quier que esperase poca ayuda de los príncipes cristianos, que sentía estar enajenados por industria y maña del rey de Castilla, tanto, que se comenzaba a tratar del casamiento entre Luis, hijo de Felipe, rey de Francia, y la infanta doña Blanca, hija de don Alfonso, rey de Castilla; determinó por el mar pasarse a África para pedir ayuda al miramamolin Abenjuzef; grande afrenta y notable maldad, mayormente que se entendía no dejaría él, como era soberbio, pasar la ocasión que la discordia de los nuestros le presentaba de acometer de nuevo a España. Los historiadores navarros no conforman con lo que de verdad pasó, sino con deseo de excusar aquella jornada, fingen que don Sancho pasó en África con intento de socorrer al rey moro de Tremecén

 

 

 

 

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contra el de Túnez; la invención por si misma se manifiesta, por no haber entonces reyes en África de aquellas ciudades; así, no me pareció era menester refutarla con más palabras.

 

La verdad es que pasado el rey don Sancho en África, los reyes de Castilla y de Aragón se metieron por Navarra como por tierra sin dueño y sin valedor. Aivar y lo de Valderroncal tomó el rey de Aragón. Los pueblos de Miranda y Inzula se dieron al rey de Castilla, que puso también cerco sobre Vitoria, cabeza de Álava; y porque se defendían los ciudadanos valientemente y el cerco se dilataba, dejando en su lugar a don Diego de Haro para apretarlos, el rey se partió a Guipúzcoa, una de las tres provincias de Vizcaya, la cual, irritada por los agravios de los navarros, estaba aparejada a entregársele, como lo hicieron luego, ca rindieron al rey todas las fuerzas de la provincia; lo que también al fin hizo Vitoria, perdida la esperanza de poderse defender, y por su autoridad todas las demás villas de Álava. Solamente sacaron por condición que no les pudiese el rey dar leyes ni poner gobernadores, excepto en Vitoria solamente y Treviño, lugares y plazas en que se permitía que el rey pusiese quien los gobernase. Todo era fácil a los reyes de Castilla y de Aragón, por estar toda la provincia de Navarra desamparada de todo socorro y sin fuerzas, fuera de que de nuevo se divulgó por la fama que el rey don Sancho comenzara a estar enfermo de cáncer que le nació en una pierna, sin esperanza de poder sanar. La melancolía, que por la poca esperanza que tenía de remedio se le engendró, fue causa de aquella mala dolencia. Las marinas de Vizcaya, que importaba mucho para conservar el señorío de aquella provincia, fueron fortificadas, reparados los lugares de San Sebastián, Fuenterrabía, Guetaria y Motrico; los pueblos de Laredo, Santander y San Vicente de nuevo se fundaron en las riberas cercanas.

 

Entre tanto que el rey don Alfonso de Castilla se ocupaba en hacer estas cosas, don Sancho, rey de Navarra, sin hacer ningún efecto, volvió afrentado a su patria y reino, que halló disminuido y falto en muchas partes, muchos pueblos enajenados. Envió sobre estos agravios a los dos reyes embajadores con toda humildad; pero no alcanzaron cosa alguna fuera de buenas palabras, por no poderse persuadir a restituir lo que tenían adquirido por el derecho de la guerra, ni les podían faltar razones y títulos con que colorear su codicia y paliarla.

 

 

 

 

 

 

 

 

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XXI. Cómo el rey de Aragón fue a Roma

 

Estas cosas sucedían en España en el tiempo que Ricardo, rey de Inglaterra, en prosecución de la guerra que emprendió en Francia, conque mucho tiempo trabajó aquella provincia, en el cerco que tenía sobre Limoges, ciudad muy fuerte, fue muerto con una saeta que le tiraron desde los adarves. Sucedió en el reino su hermano de padre y madre, llamado Juan. Felipe, por sobrenombre Augusto, rey de Francia, con intento de derribar al nuevo rey y desbaratar sus intentos antes que cobrase fuerzas, hizo grandes juntas de gentes. Acometió a la Normandía, a la Bretaña y a los de Anjou, estados que eran de los ingleses en Francia; apoderóse de las ciudades, de unas por fuerza, de otras de grado. Contra su poder no tenía el nuevo rey ni le quedaba alguna esperanza, por ser desigual en fuerzas y no hallar camino para defenderse de contrario tan bravo y ejecutivo. Enviáronse el uno al otro embajadas, y por este medio, para que los reyes se viesen, señalaron a Butavento, pueblo de Normandía. Hízose allí confederación y alianza, más necesaria que honrosa para los ingleses, en que dejaban al francés las ciudades de que se apoderara, sólo con una condición y gravamen, que una hija del rey de Castilla casase con Luis, hijo de Felipe, rey de Francia, sin llevar otra dote alguna. Este color se tomó y esta capa por ser sobrina del inglés, hija de su hermana. Sólo lo de Anjou se restituyó a los ingleses.

 

Enviáronse embajadores al rey de Castilla de todo lo que pasaba. Él, alegre con la nueva y con el concierto que demás del bien común le traía a él tanto provecho, vino en lo que le pedían. Tenía el rey don Alfonso cuatro hijas, las tres en edad de casarse; éstas eran doña Berenguela, doña Urraca, doña Blanca. Doña Berenguela por este mismo tiempo casó con el rey de León. A los embajadores que de Francia vinieron sobre el caso dieron a escoger entre las dos que restaban. Doña Urraca era más apuesta y de más edad. Sin embargo, ellos ofendidos del nombre doña Urraca, escogieron a doña Blanca. En Burgos se hicieron los desposorios, dende acompañada del padre fue la doncella llevada a la Guyena, por estar en poder de los ingleses; de allí con acompañamiento de grandes de Francia pasó adonde estaba su esposo. Los ingleses quedaron muy sentidos de que con aquella confederación se hubiese oscurecido la majestad de aquel reino, en tanto grado, que pasado el rey a Inglaterra, le miraban de mala gana y con malos ojos, y al entrar en las ciudades no le hacían las

 

 

 

 

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aclamaciones que suelen y acostumbran. Sucedieron estas cosas el año de 1201.

 

En el mismo año falleció Teobaldo, conde de Campaña; dejó por heredero el preñado de su mujer doña Blanca; parió después de la muerte de su marido un hijo del mismo nombre. Doña Berenguela, hija de don Alfonso, rey de Castilla, últimamente casó con don Alfonso, rey de León. Era cosa muy honrosa para don Alfonso, rey de Castilla, casar dos hijas casi en un mismo tiempo con dos reyes sin dote ninguna, porque a doña Berenguela dio solamente los lugares que por las armas quitó poco antes a su marido, restituyéndoselos por las condiciones del casamiento. Celebráronse las bodas en Valladolid, do los reyes se juntaron, con grandes fiestas y muestras de alegría.

 

Entre don Alfonso, conde de la Provenza, en Francia, y don Guillén, conde de Focalquer, aunque era tío de doña Garsenda, mujer del mismo don Alfonso, se levantó guerra, que forzó a don Pedro, rey de Aragón, para ponerlos en paz de pasaren Francia. En Aguasmuertas, pueblo en las marinas de la Galia Narbonense, que los antiguos llamaron Fosas Marianas, por la diligencia del rey se trató de la concordia, y hechas sus avenencias, se apartaron de las armas.

 

Deseaba el rey de Aragón con cuidado de hacer la guerra a los mallorquines, por estar aquellas islas en poder de moros. Para este efecto era menester ganar la voluntad de los genoveses y pisanos, que en aquella sazón eran poderosos por el mar. La autoridad de Inocencio III, pontífice máximo, era muy grande, y no menor el deseo de ayudar a los aragoneses, como lo mostraba en muchas ocasiones. Partido pues el rey de la Provenza, en una flota se fue a Roma a verse con el pontífice; recibióle él con grande aparato, y para honrarle más en la iglesia de San Pancracio, que está de la otra parte del Tíber, el año de nuestra salvación de 1204, a 21 de noviembre fue ungido por Pedro, obispo portuense, y por la misma mano del pontífice con solemne ceremonia recibió la corona y las demás insignias reales. Concedió otrosí para adelante que los reyes de Aragón pudiesen ser coronados en sus tierras y que hiciese el oficio y toda la ceremonia el arzobispo de Tarragona, como vicario del pontífice romano. Hay bula de todo esto, más no pareció ponerla en este lugar. Aún no se acostumbraba en aquel tiempo que los reyes de Aragón luego después de la muerte de sus padres tomasen las insignias reales, sino cuando a la manera usada entre los españoles los armaban caballeros o se casaban;

 

 

 

 

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entonces, finalmente, usaban del nombre y insignias reales. Por esta merced que hizo a Aragón el papa, el rey de Aragón hizo su reino feudatario a los pontífices romanos, concertó y prometió de pagar cada año cierta cantidad de oro; cosa que llevaron mal los naturales que se menoscabase con aquel color y capa el derecho de la libertad y se diese a los pontífices poder y ocasión y entrada con esto para intentar mayores cosas en Aragón. Este sentimiento se aumentó por un tributo que el año siguiente el rey impuso sobre el reino muy pesado, que vulgarmente se llamaba monetal. En Huesca al fin del mes de noviembre se promulgaron los tales edictos, en que no solamente el vulgo, sino también todos los nobles e hidalgos se comprendían sin sacar a nadie. Reprendían al rey y extrañaban que en particular fuese pródigo y en público codicioso para suplir con tales imposiciones públicas y comunes lo que derramaba sin propósito.

 

No se había el rey casado por este tiempo, y estaban con cuidado que dejase sucesión para heredar el reino. Procuró el pontífice romano Inocencio que madama María, hija de Isabel, reina de Jerusalén, que venía a suceder en aquel reino, casase con el rey de Aragón. Tenían este negocio para concluirse, cuando el rey, a persuasión de sus grandes, casó con madama María, hija y heredera de Guillén, señor de Montpellier, por la comodidad de aquel estado. Con esto los deseos piadosos del pontífice quedaron burlados, que con aquel casamiento pretendía hacer que las fuerzas de Aragón se empleasen en la guerra de la Tierra Santa. Doña Urraca, tercera hija de don Alfonso, rey de Castilla, que pretendía antes casar con el aragonés, perdida esta esperanza, casó el año 1206 con don Alfonso, hijo primogénito de don Sancho, rey de Portugal.

 

Esteaño, postrero de febrero, hubo grande eclipse del sol, tanto, que por espacio de seis horas el día se mudó en escura noche. A 1 de julio dio el rey al arzobispo de Toledo don Martín el oficio de chanciller mayor de Castilla. Los ríos con las continuas lluvias crecieron tanto, que Tajo en Toledo, a 27 de diciembre, principio del año siguiente, sobrepujó la puerta del Almofala un estado de hombre. Esto dicen los Anales de Toledo. La puerta del Almofala puede ser que fuese la que hoy se llama de San Isidoro.

El rey de Navarra, perdida la esperanza de rehacerse, vino a verse con el rey de Castilla a Guadalajara, donde hicieron treguas por cinco años. Para mayor seguridad se dieron como en rehenes algunos pueblos de la

 

 

 

 

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una parte y de la otra; y en particular se concertó que el rey don Alfonso procurase que el de Aragón entrase en la misma confederación.

 

El año adelante de 1208 fue señalado por la muerte de muchos príncipes y señores. A 28 de agosto murió don Martín, arzobispo de Toledo; sucedióle algo adelante don Rodrigo Jiménez, navarro de nación, natural de Puente de Rada, su padre Jimeno Pérez de Rada, su madre doña Eva. Tuvo por hermana a doña Guiomar de Rada, por sobrino a don Gil de Rada, a quien él mismo dio la tenencia de algunos castillos. Todo consta de papeles de la su iglesia de Toledo, y fue primero obispo de Osma; de allí le trasladaron a Toledo. Las raras virtudes y buena vida, y la erudición, singular para en aquellos tiempos, hicieron que, sin embargo que era extranjero, subiese a aquel grado de honra y a aquella dignidad tan grande; y porque las treguas entre los reyes se concluyeron en gran parte por su diligencia, tenía ganada la gracia de los príncipes y las voluntades de la una y de la otra nación. Por el mes de noviembre falleció doña Sancha, madre del rey de Aragón, en el monasterio de Sijena, que era de monjas, y ella le fundó a su costa debajo de la obediencia y gobierno de los comendadores de San Juan, y en el mismo, cansada de las cosas del mundo y con deseo de vida más perfecta, había tomado aquel hábito. En Toledo el mismo día de San Martín falleció don Esteban Illán; fue enterrado en la iglesia de San Román; persona señalada en todo género de virtud y que tenía el gobierno de la ciudad y la tenencia de los alcázares en premio del servicio que hizo los años pasados al rey cuando le apoderó de Toledo. Fue piadoso para con Dios, de ánimo liberal con los pobres; las riquezas que alcanzó igualaron a su ánimo. Demás de esto, falleció el conde de Urgel; de su mujer doña Elvira dejó una sola hija, llamada Aurembiasis. Esta doncella, Gerardo de Cabrera, hijo de Ponce, despertadas diferencias y pleitos pasados, como quier que por ser mujer la trabajase y tratase de despojarla, por voluntad de doña Elvira, su madre, dio el estado de Urgel y le entregó al rey, y ellas se pusieron debajo de su amparo. Con esto la sucesión del gran Borello, antiguamente conde de Barcelona y de Urgel, cayó del señorío de aquella ciudad, si bien su padre mandó y dejó en su testamento la mitad de su villa de Valladolid al pontífice Inocencio con intento que amparase a su hija en lo demás; pero no entiendo que el papa entró en posesión de aquella manda y legado.

 

 

 

 

 

 

 

 

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XXII. De las paces que se hicieron entre los reyes

 

Expiraba el tiempo de las treguas asentadas con los moros, y el deseo de volver a hacerles guerra tenía a todos puestos en cuidado, más que a todos al rey de Castilla, coma el que caía más cercano al peligro. Era menester sosegar las diferencias entre los cristianos y los movimientos, y concertar los reyes entre sí para que de buena gana hiciesen liga contra el común enemigo, poderoso con la junta de tantos reinos, feroz con tantas victorias y que amenazaba a nuestras tierras. Los reinos comarcanos, mayormente si los reyes son bulliciosos, no pueden largamente estar sosegados, por nacer cada día entre ellos nuevas causas de guerras y pleitos trabadas unas de otras.

 

Don Alfonso, rey de León, fue el primero que por acometer los lugares que tenía en dote su madrastra turbó el reposo común. Reprendía a su padre y quejábase que por ser liberal con sus mujeres diminuyó la majestad del reino y enflaqueció las fuerzas. Don Diego de Haro, por ser hermano de la reina viuda, como hiciese rostro a los intentos del rey, despertó contra sí las armas de León y de Castilla de tal guisa, que ni pudo defender el estado y derecho de su hermana, y él, ofendidas las voluntades de los dos reyes, fue forzado a retirarse a Navarra. Hacía desde allí ordinariamente correrías en los campos de Castilla; sobrevinieron los reyes, que le vencieron cerca de la ciudad de Estella y le forzaron a meterse dentro de aquel pueblo, que era muy fuerte, por las murallas y baluartes; así, no trataron de combatirle todavía los cuatro reyes de Castilla, León, Navarra y Aragón, con seguridad que entre sí se dieron, se juntaron a vistas en Alfaro, en que hicieron entre sí las paces; don Diego de Haro, desamparado de todos y desconfiado de sus fuerzas, se fue a Valencia a valerse de los moros.

 

Avino que el rey de Aragón, con el cuidado que tenía de la guerra contra los moros y porque así quedó en la habla concertado, entró por las tierras de Valencia. Matáronle el caballo en cierto encuentro, y sin duda viniera en poder de los moros si don Diego de Haro, que se halló con ellos, movido de su humanidad y olvidado de las injurias, no le diera un caballo, con que se libró del peligro; cosa que a él fue causa de grande odio, y le fue muy contado entre los bárbaros, tanto, que para purgarse y aplacarlos le fue necesario pasar a África y dar razón de sí al Miramomolin y defender por derecho y por las leyes su inocencia. Concluido el pleito por

 

 

 

 

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una parte, y por otra aplacados los reyes cristianos, volvió desde allí a Castilla el año, como yo pienso, de 1209. Sea lícito en la razón de los tiempos a veces andar a tiento, porque otros dicen que la confederación de los reyes en Alfaro se hizo dos años antes de éste, a instancia y por grande diligencia de doña Sancha, madre del rey de Aragón, que aún no era difunta a la sazón, según dicen.

 

La verdad es que los dos reyes don Sancho de Navarra, y don Pedro de Aragón, que tenían entre sí mayores diferencias, se juntaron a vistas y habla este mismo año en una llanura cerca del lugar llamado Mallén. En aquel lugar, a 4 del mes de junio, se hicieron las paces, y por muestra de amistad don Sancho prestó al rey de Aragón veinte mil ducados, con prendas de cuatro lugares que consignó el aragonés para que los tuviese en tercería don Jimeno de Rada, que sospecho era pariente de don Rodrigo, arzobispo de Toledo, que tenía el mismo sobrenombre, ca se llamó don Rodrigo Jiménez de Rada. Pusieron por condición que si al tiempo señalado no se pagase la deuda, él entregase aquellos lugares en poder del rey de Navarra. Don Alfonso, rey de Castilla, fue el principal movedor y causa de estas paces, que se asentaron entre los reyes por el miedo que de fuera amenazaba, que suele entre ciudadanos y parientes muchas veces quitar grandes diferencias.

 

Procuraba también hacer venir socorros de Francia; pero impidió estos intentos y pláticas la guerra que entre ingleses y franceses, más brava que antes, andaba de nuevo encendida, dado que con deseo de pacificar aquellos reyes entró armado en la Guyena con intento de emplear sus fuerzas contra la parte y nación que no quisiese venir en las paces. Su trabajo fue en balde, porque toda la Francia ardía en guerras y discordias, sin mostrarse alguna esperanza de paz. Además que los apercibimientos que hacían los moros para la guerra le pusieron en necesidad de dar la vuelta para España.

 

En el tiempo que las treguas duraron con los moros, a persuasión del arzobispo don Rodrigo, se fundó una universidad en Palencia por mandado del rey y a sus expensas para la enseñanza de la juventud en letras y humanidad; ayuda y ornamento de que sólo hasta entonces España carecía, a causa de las muchas guerras que los tenían ocupados. De Italia y de Francia, con grandes premios y salarios que les prometieron, trajeron catedráticos para enseñar las facultades y ciencias.

 

 

 

 

 

 

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En las Huelgas otrosí, cerca de la ciudad de Burgos, se edificó a costa del rey un monasterio muy grande de monjas con nombre de Santa María, para que fuese enterramiento de los reyes, y junto con él un hospital. Doña Constanza, hermana del rey de Aragón, que quedara viuda de Eimerico, rey de Hungría, del cual parió un hijo, llamado Ladislao, a persuasión del pontífice Inocencio III, casó con don Fadrique, rey de Sicilia, y esto mismo año en una flota la llevaron a su marido. Festejaron los sicilianos asaz estas bodas, si bien fueron desgraciadas por la muerte del conde de la Provenza y de otros grandes que acompañaron la casada hasta Sicilia, que fallecieron en Palermo. El cielo y aire de España y Francia son muy sanos; aquellos lugares de Sicilia no tan saludables, a lo menos para extraños; esta mudanza les acarreó este daño.

 

 

 

 

XXIII. Cómo se comenzó la guerra contra loa

 

moros

 

Éste era el estado de las cosas en España. Las paces hechas entre los príncipes cristianos después de tantas discordias henchían los ánimos de los naturales de esperanza muy grande y alegría. Que todos consideraban cuánta ayuda y fuerzas hay en la agradable compañía y alianza entre los príncipes comarcanos; dado que don Alfonso, rey de León, en sazón por cierto muy mala, repudió a doña Berenguela, su mujer, por causa del parentesco y por mandado del pontífice Inocencio, y la enviara a su padre. Hay una carta del mismo Inocencio sobro esto a don Alfonso, rey de Castilla, que hacía contradicción al divorcio, grave y llena de amenazas. Por otra del mismo se entiende puso entredicho en el reino de León, porque no se apartaba aquel matrimonio, y tuvo excomulgado aquel rey sobre el caso.

 

Los moros con su rey Mahomad, el cual los años pasados sucediera en lugar do Abenjuzef, su hermano, entraron en grande esperanza de apoderarse de toda España, que determinaban de seguir hasta el cabo y deshacer el nombre cristiano y desarraigarle de toda ella. A los fieles no les faltaba ánimo ni brío para defender lo que tenían ganado, ni voluntad de echar los moros de la tierra. Los unos y los otros con gran resolución y igual esperanza se movieron a las armas y entraron en este debate. Los

 

 

 

 

 

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cristianos se aventajaban en esfuerzo y en la prudencia del capitán; los moros sobrepujaban en muchedumbre, y con grande diligencia juntaban en uno para aquella guerra las fuerzas de África y de España.

 

En el mismo tiempo las armas de Castilla y de Aragón se movieron contra los moros. En el reino de Valencia se apoderó el rey don Pedro de Aragón de Adamuz y de otros lugares. Hizo donación de Tortosa a los templarios en premio de lo que trabajaron y sirvieron en las guerras pasadas. Entrególa al maestre de aquella orden, que se llamaba don Pedro de Montagudo. Don Fernando, hijo de don Alfonso, rey de Castilla, por mandado de su padre acometió las tierras de Andalucía, taló las campañas de Baeza, da Andújar y de Jaén por todas partes, cautivó hombres, hizo robos de ganados.

En el mismo tiempo que Mahomad, rey de los moros, que llamaron el Verde, del turbante o bonete que acostumbraba a traer de esta color, se apoderó por fuerza del lugar de Salvatierra; los moradores, parte fueron pasados a cuchillo, parte tomados por esclavos. Por el mes de junio del año de Cristo de 1210 sitiaron el lugar y el mes de septiembre le tomaron; iba don Alfonso, rey de Castilla, con gente escogida de los suyos a socorrer los cercados; más llegado que hubo a Talavera, don Fernando, su hijo, que volvía de la empresa del Andalucía, le hizo tornar del camino dándole a entender el peligro en que se ponía y que era menester mayor ejército para hacer rostro a los enemigos.

 

Los intentos del rey que tenía concebidos en favor de la religión cristiana no poco alteró y entretuvo la muerte del mismo infante don Fernando, que se siguió el año luego adelante, día viernes, a 14 del mes de octubre. Fue tanto mayor el sentimiento de su padre y el lloro de toda la provincia, que daba ya asaz claras muestras de un grande y valeroso príncipe. Su cuerpo llevaron desde Madrid, donde falleció, a las Huelgas, acompañóle el arzobispo don Rodrigo y su hermana la reina doña Berenguela para honrarle más. Ésta fue la causa por qué la empresa contra los moros se dilató hasta el año siguiente. Solamente se hicieron por entonces Cortes del reino en la ciudad de Toledo para aprestar las cosas que eran necesarias para la guerra. En estas Cortes se hicieron premáticas contra los demasiados gastos, porque las costumbres se iban estragando con los deleites.

 

Mandóse que en todo el reino se hiciesen procesiones para aplacar a Dios. A los reyes despacharon embajadores para requerirles no faltasen de

 

 

 

 

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acudir con sus gentes al peligro común. Don Rodrigo, arzobispo de Toledo, fue a Roma por mandado de su rey para alcanzar indulgencia y cruzada para todos los que conforme a la costumbre de aquellos tiempos, tomada la señal de la cruz, acudiesen a sus expensas a la guerra sagrada. Él mismo con grande cuidado se apercibía de caballos, armas, dineros y vituallas. Los moros al contrario, avisados de tan grandes apercibimientos y de la determinación delos cristianos, fortificaban con muros y baluartes cuanto el tiempo daba lugar, y ponían guarniciones en los lugares de su señorío, que tenían en el reino de Toledo y en el Andalucía y hacia el cabo de San Vicente, por tener entendido que el primer golpe de la guerra descargaría sobre aquellas partes. Demás de esto llamaban nuevas gentes de socorro desde África.

 

Don Alfonso, rey de Castilla, en tanto que se juntaban todas las gentes, con deseo de poner espanto al enemigo, rompió por las tierras de los moros, y a la ribera de Júcar les ganó algunas plazas. Con tanto dio la vuelta a la ciudad de Cuenca, que cae por aquellas partes. Allí se vio con el rey de Aragón, y comunicó con él sus haciendas, todo lo que a la guerra tocaba. Don Sancho, rey de Navarra, por sus embajadores que envió, avisó que no faltaría de hallarse en la jornada. El arzobispo don Rodrigo dejó en su lugar para el gobierno del arzobispado e iglesia de Toledo a don Adam, obispo de Palencia; y él en Italia y en Francia, con esperanza de la indulgencia que alcanzó del pontífice Inocencio III, y mostrando el peligro si no socorrían a España, no cesaba de despertar a los grandes y prelados para la empresa sagrada, asimismo a la gente popular. Decía ser tan grande la soberbia del bárbaro, que a todos los que adoraban la cruz por todo el mundo amenazaba guerra, muerte y destrucción: afrenta del nombre cristiano intolerable y que no se debía disimular; hízose gran fruto con esta diligencia. Tan grande era el deseo de pelear contra los enemigos de la religión cristiana y en tanto grado, que dicen se juntaron de las naciones extranjeras cien mil infantes y diez mil caballos, gran número y que apenas se puede creer; la verdad ¿quién la podrá averiguar? Como quier que en otra parte hallé que fueron doce mil caballos, cincuenta mil peones los que de fuera vinieron.

 

A todos estos, porque con la junta y avenida de tantas naciones no se alterase Toledo, donde se hacía la masa, señalaron la huerta del rey, que es de muy grande frescura, y con ella otros lugares cerca de la ciudad a la ribera de Tajo para sus alojamientos. Comenzaron estas gentes a venir a

 

 

 

 

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Toledo por el mes de febrero, año de nuestra salvación de 1212. Levantóse un alboroto de los soldados y pueblo en aquella ciudad contra los judíos. Todos pensaban hacían servicio e Dios en maltratarlos. Estaba la ciudad para ensangrentarse, y corrierran gran peligro si no resistieran los nobles a la canalla, y ampararan con las armas y autoridad aquella miserable gente. Don Pedro, rey de Aragón, acudió y fue recibido en la ciudad con pública alegría de todos y con procesión la misma fiesta de la Trinidad. Venían con él desde Aragón veinte mil infantes, tres mil quinientos caballos.

Don Sancho, rey de Portugal, no pudo hallarse en la guerra sagrada, porque falleció en este mismo tiempo en Coimbra; hízose allí el enterramiento en el monasterio de Santa Cruz en un humilde sepulcro, de donde en tiempo del rey don Manuel le trasladaron a otro más magnifico. Sucedióle don Alfonso, su hijo, segundo de este nombre, que ya tenía dos hijos infantes en su mujer doña Urraca, llamados don Sancho y don Alfonso; don Fernando, tío del nuevo rey, hermano del difunto don Sancho, el año pasado casó con madama Juana, condesa de Flandes, hija y heredera de Balduino, emperador de Constantinopla. Todavía de Portugal vino un buen golpe de soldados movidos de sí mismos o enviados de socorro por su rey.

 

A toda la muchedumbre de soldados señaló el rey de Castilla sueldo para cada día, a cada uno de los infantes cinco sueldos, a los hombres de a caballo veinte; a los príncipes conforme a cada cual era y a su dignidad se hicieron presentes muy grandes. Tenían apercibidas vituallas en abundancia y almacén para que no faltase alguna cosa necesaria a tan grande ejército, en tanto grado, que sólo para llevar el bagaje tenían juntados sesenta mil carros, como lo testifica el arzobispo don Rodrigo, que fue testigo de vista en toda la empresa, y puso por escrito para memoria de los venideros todo lo que en ella pasó; otros dicen que fueron bestias de carga hasta aquel número. Lo uno y lo otro fue cosa de gran maravilla en tan grande apretura de tiempos y pobreza de los tesoros reales; pero no hay cosa tan dificultosa que con diligencia no se alcance, y las naciones y príncipes extranjeros a porfía enviaban caballos, mulos y dinero.

 

Partieron de Toledo a 21 de junio. Regía la vanguardia don Diego de Haro, en que iban las naciones extranjeras. En el segundo escuadrón el rey de Aragón, y por caudillo de la retaguardia el rey de Castilla don Alfonso, en que se contaban catorce mil de a caballo. La infantería apenas se podía

 

 

 

 

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contar, porque de toda Castilla los que eran de edad a propósito eran forzados todos a tomar las armas. El tercero día llegaron a Malagón, lugar que tenía guarnición de moros y está distante de Toledo catorce leguas. Los bárbaros por miedo de tan grande muchedumbre fueron forzados a desamparar el lugar y recogerse a la fortaleza que tenían en un cerro agrio; pero por el esfuerzo e ímpetu de las naciones extranjeras, tomado el castillo por fuerza a 23 días de junio, todos sin faltar ninguno fueron degollados; tan grande era el deseo que tenían de destruir aquella nación impía. A 1 de junio, Calatrava, lugar muy fuerte puesto de la otra parte del río Guadiana, se ganó por entrega que de él hicieron los moradores y vecinos que consideraban el extremo peligro que sus cosas corrían y que no tenían esperanza alguna de socorro.

 

Los soldados extranjeros, conforme a su condición, querían pasar a cuchillo los rendidos, y apenas se pudo alcanzar que se amansasen por intercesión de los nuestros, que decían cuán justo era y razonable se guardase la fe y seguridad dada a aquella gente, bien que infiel; y que no era razón con la desesperación, que suele ser la más fuerte arma de todas, exasperar más y embravecer los ánimos de los enemigos. El pueblo se restituyó a los caballeros de Calatrava, a quien los moros le habían tomado; los despojos se dieron a los aragoneses y soldados extraños, a los cuales los desacostumbrados calores, ciclo malsano y falta de todas cosas, según ellos decían, forzaban, dejada aquella empresa, a volverse a sus tierras. Amoldo, obispo de Narbona, y Teobaldo Blazon, natural de Poitiers, como más aficionado a nuestras cosas por ser castellano de nación de parte de su madre, el uno y el otro con sus compañías particulares perseveraron en los reales. Acusaban la cobardía de su nación, determinados de ponerse a cualquier peligro antes de faltar al deber.

 

La partida de los extraños, puesto que causó miedo y tristeza en los ánimos del resto, fue provechosa por dos razones: la una, porque los extranjeros no tuviesen parte en la honra y prez de tan grande victoria; la otra, que con aquella ocasión Mahomad, que estaba en Jaén en balanzas y aún sin voluntad de pelear, se determinó a dar la batalla. Así que los nuestros con sus reales llegaron a Alarcos, el cual lugar porque pocos años antes fue destruido y desmantelado por los moros, desampararon los moradores que quedaban, y vino a poder de los cristianos. En este lugar, don Sancho, rey de Navarra, con un buen escuadrón de los suyos alcanzó a los reyes, y se juntó con los demás. Fue su venida muy alegre; con ella la

 

 

 

 

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tristeza que por el suceso pasado de la partida de los extranjeros recibieran, se trocó en regocijo. Algunos castillos en aquella comarca se entraron por fuerza. En tierra de Salvatierra se hizo reseña; pasaron alarde gran número de a pie y de a caballo. Esto hecho, con todas las gentes llegaron al pie de Sierra Morena. El moro, avisado de lo que pasaba, marchó para Baeza, determinado de, alzadas las vituallas, atajar el paso de aquellos montes y particularmente guardar el pueblo de la Losa, por donde era forzoso pasasen los nuestros. Si pasaban adelante, prometíase el moro la victoria; si se detenían, se persuadía por cierto perecerían todos por falta de bastimentos; si volviesen atrás, sería grande la mengua y la pérdida de reputación forzosa. Sus consejos, aunque prudentes, desbarató otro más alto poder.

 

Hízose junta de capitanes para resolver por qué parte pasarían los montes y lo que debían hacer. Los más eran de parecer volviesen atrás; decían que rodeando algo más por camino más llano se podrían meter en los campos del Andalucía; que debían de excusar aquellas estrechuras de que el enemigo estaba apoderado. Por el contrario, el rey de Castilla don Alfonso tenía por grande inconveniente la vuelta, por ser la fama de tan gran momento en semejantes empresas, que conforme a los principios sería lo demás; con volver los reyes atrás se daría muestra de huir torpemente, con que a los enemigos crecería el ánimo, los suyos se acobardarían, que de suyo parecía estar inclinados a desamparar los reales, como poco antes por la partida de los extranjeros se entendió. Contra las dificultades que se presentaban, invocasen el auxilio y socorro de Dios, cuyo negocio trataban, que les asistiría sin duda, si ellos no fallaban a sí mismos; muchas veces a los valerosos se hacen fáciles las cosas que a los cobardes parecían imposibles. Esta resolución se tomó y este consejo. Con esto don Lope, hijo de don Diego de Haro, enviado por su padre con buen número de gente, en lo más alto de los montes se apoderó del lugar de Ferral e hizo con escaramuzas arredrar algún tanto a los moros. No se atrevió a pasar el puerto de la Losa ni acometerle, por parecerle cosa áspera y temeraria pelear juntamente con la estrechura y fragura del lugar y paso, y con los enemigos que le guardaban.

 

 

 

 

XXIV. Cómo la victoria quedó por los cristianos

 

 

 

 

 

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Toda muchedumbre, especial de soldados, se rige por ímpetu y más por la opinión se mueve que por las mismas cosas y por la verdad, como sucedió en este negocio y trance; que los más de los soldados, perdida la esperanza de salir con la demanda, trataban de desamparar los reales parecíales corrían igual peligro, ora los reyes pasasen adelante, ora volviesen atrás; lo uno daría muestra de temeridad, lo otro sería cosa afrentosa. Ponían mala voz en la empresa, cundía el miedo por todo el campo.

 

La ayuda de Dios y de los santos valió para que se sustentasen en pie las cosas casi perdidas de todo punto. Un cierto villano, que tenía grande noticia de aquellos lugares por haber en ellos largo tiempo pastoreado sus ganados (algunos creyeron ser ángel, movidos de que mostrado que hubo el camino, no se vio más), prometió a los reyes que si de él se fiasen, por senderos que él sabía, todo el ejército y gente llegarían sin peligro a encumbrar lo más alto de los montes. Dar crédito en cosa tan grande a un hombre que no conocían no era seguro, ni de personas prudentes no hacer de todo punto caso en aquella apretura de lo que ofrecía. Pareció que don Diego de Haro y Garci Romero, como adalides, viesen por los ojos lo que decía aquel pastor. Era el camino al revés de lo que pretendían, y parecía iban a otra parte diferente, tanto, que los moros, considerada la vuelta que los nuestros hacían, pensaron que por falta de vituallas huían y se retiraban a lo más adentro de la provincia. Conveníales subir por la ladera del monte, pasar valles en muchos lugares, peñascos empinados que embarazaban el camino. Pero no rehusaban algún trabajo con la esperanza cierta que tenían de la victoria si llegasen a las cumbres de los montes y a lo más alto; el mayor cuidado que tenían era de apresurarse por recelo que los enemigos no se apoderasen antes del camino y les atajasen la subida.

 

Pasadas pues aquellas fraguras, los reyes en un llano que hallaron fortificaron sus reales. Apercibióse el enemigo a la pelea y ordenó sus haces repartidas en cuatro escuadrones, quedóse el rey mismo en el collado más alto rodeado de la gente de su guarda. Los fieles, por estar cansados con el trabajo de tan largo y mal camino, así hombres como jumentos, determinaron de esquivar la pelea; lo mismo el día siguiente, con tan grande alegría de los moros, que entendían era por miedo; que el Miramamolin con embajadores que envió y despachó a todas partes y muy arrogantes palabras, prometía que dentro de tres días pondría en su poder los tres reyes que tenía cercados como con redes. La fama iba en aumento

 

 

 

 

 

 

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como suele, cada uno añadía algo a lo que oía para que la cosa fuese más agradable.

 

El día tercero, que fue lunes, a 16 del mes de julio, los nuestros, resueltos de presentar la batalla, al amanecer, confesados y comulgados, ordenaron sus batallas en guisa de pelear. En la vanguardia iba por capitán don Diego de Haro. Del escuadrón de en medio tenía cuidado don Gonzalo Núñez y con él otros caballeros templarios y de las demás órdenes y milicias sagradas. En la retaguardia quedaban el rey don Alfonso, el arzobispo don Rodrigo y otros prelados. Los reyes de Aragón y de Navarra con sus gentes fortificaban los lados, el navarro a la derecha, a la izquierda el aragonés. El Moro, al contrario, con el mismo orden de antes puso sus gentes en ordenanza. La parte de los reales en que armaron la tienda real cerraron con cadenas de hierro, y por guarda los más fuertes moros y más esclarecidos en linaje y en hazañas; los demás eran en tan gran número, que parecía cubrían los valles y los collados. Exhortaron los unos y los otros y animaban los suyos a la pelea. Los obispos andaban de compañía en compañía, y con la esperanza de ganar la indulgencia animaban a los nuestros. El rey don Alfonso desde un lugar alto para que le pudiesen oír dijo en sustancia estas razones:

 

«Los moros, salteadores y rebeldes al emperador Cristo, antiguamente ocuparon a España sin ningún derecho, ahora a manera de ladrones la maltratan. Muchas veces gran número de ellos fueron vencidos de pocos, gran parte de su señorío les hemos quitado, y apenas les queda donde poner el pie en España. Si en esta batalla fueren vencidos, lo que promete el ayuda de Dios y se puede pronosticar por la alegría y buen talante que todos tenéis, habremos acabado con esta gente malvada. Nosotros peleamos por la razón y por la justicia; ellos por ninguna república, porque no están entre sí atados con algunas leyes. No hay a do se recojan los vencidos, ni queda alguna esperanza salvo en los brazos. Comenzad pues la pelea con grande ánimo. Confiados en Dios tomasteis las armas, confiados en el mismo arremeted a los enemigos y cerrad».

 

El moro, el contrario, avisó a los suyos y les dijo que aquel día debían pelear con extremo esfuerzo, que sería el fin de la guerra, quier venciesen, quier fuesen vencidos. Si venciesen, toda España sería el premio de la victoria, por tener juntadas los enemigos para aquella batalla con suma diligencia todas las fuerzas de ella; si fuesen vencidos, el imperio de los moros quedaba acabado en España; no era justo que en aquel peligro

 

 

 

 

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perdonasen a sí o a sus cosas. Su ejército constaba de una nación, el de los cristianos de una avenida de muchas gentes, diferentes en leyes, lengua y costumbres; la mayor parte había desamparado las banderas, los demás no pelearían constantemente por ser de unos el peligro, el provecho y premio particular de otros.

 

Dichas estas razones, por una y por otra parte se comenzó la pelea con grande ánimo y coraje. La victoria por largo espacio estuvo dudosa de ambas partes; peleaban todos conforme al peligro con grande esfuerzo. La vista de los capitanes y su presencia no sufría que la cobardía ni el valor se ocultasen, y encendía a todos a pelear. Los del escuadrón de en medio y cuerpo de la batalla fueron los primeros a acometer, siguiéronles los navarros y aragoneses sin mejorarse al principio, dado que por tres veces dieron carga a los contrarios; antes, al contrario, nuestros escuadrones algún poco desalojados parece ciaban y se querían poner en huida. En esto el rey don Alfonso, movido juntamente del peligro y de la afrenta, se quería meter por lo más espeso de los enemigos, si no le detuviera el arzobispo don Rodrigo, que tenía a su lado. Advirtióle que en su vida consistía la suma de la victoria y esperanza de los cristianos; que perseverase, como comenzara, a confiar del favor de Dios y no se metiese en el peligro. Con esto el postrer escuadrón se adelantó, y por su esfuerzo y el de los demás se mejoró la pelea. Los que parecía titubeaban, por no quedar afrentados, vueltos a la ordenanza, tornaron a la batalla con mayor ferocidad. Los moros, cansados con el continuo trabajo de todo el día, no pudieron sufrir la carga de los que estaban de respeto los postreros y de nuevo entraban en la pelea. Fue muy grande la huida, la matanza no menor que tan grande victoria pedía.

 

Perecieron en aquella batalla doscientos mil moros, y entre ellos la mitad fueron hombres de a caballo, otros quitan la mitad de este número. La mayor maravilla que de los fieles no perecieron más de veinticinco, como lo testifica el arzobispo don Rodrigo; otros afirman que fueron ciento y quince; pequeño número el uno y el otro para tan ilustre victoria. Otra maravilla, que con quedar muerta tan grande muchedumbre de moros, que no se acordaban de mayor, en todo el campo no se vio rastro de sangre, según que lo atestigua el mismo don Rodrigo. El rey moro, por amonestación de Zeit, su hermano, se salvó en un mulo, con que huyó hasta Baeza; desde allí, mudada la cabalgadura, no paró hasta llegar aquella misma noche a Jaén.

 

 

 

 

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A puesta de sol fueron tomados los reales de los enemigos, que robaron los aragoneses, porque los demás siguieron y ejecutaron el alcance. Las preseas del rey moro y sus alhajas, que solas quedaron enteras, fueron por don Diego de Haro dadas por iguales partes a los reyes de Navarra y de Aragón. En particular la tienda de seda roja y carmesí en que alojaba el rey bárbaro se dio al rey de Aragón por orden de don Alfonso, rey de Castilla; el cual, como quier que deseoso solamente de honra se quedase con la mayor loa de la guerra y con el prez de la victoria, de buena gana dejó lo demás a sus compañeros. Lo restante de la presa y despojos no pareció sacarlo en público y repartirlo, como era razón, conforme a los méritos de cada cual, antes dejaron que cada uno se quedase con lo que tomó, porque tenían recelo de algún alboroto y entendían que a los particulares sería más agradable lo que por su mano tomaron que si de la presa común se lo restituyesen mejorado y multiplicado.

 

Algunos escriben que ayudó mucho para la victoria la señal de la cruz que de varios colores se vio en el aire ya que querían pelear. Otros refutan esto por no hacer el arzobispo don Rodrigo mención de cosa tan grande, ni aún el rey en la carta que escribió del suceso y prosecución de esta guerra al pontífice Inocencio. Verdad es que todos concuerdan que Pascual, a la sazón canónigo de Toledo, y que después fue deán y aún arzobispo, cuya sepultura está en la capilla de Santa Lucía de la iglesia mayor de Toledo, con la cruz y guión que llevaba, como es de costumbre, delante el arzobispo don Rodrigo, pasó por los escuadrones de los enemigos dos veces sin recibir algún daño, dado que todos le pretendían herir con sus dardos, y muchas saetas que le tiraban quedaron hincadas en el asta de la cruz; cosa que a los nuestros dio mucho ánimo y puso grande espanto en los moros. Fue tan grande la muchedumbre que hallaron de lanzas y saetas de los enemigos, que en dos días enteros que allí se detuvieron los nuestros, aunque para los fuegos no usaban de otra leña y de propósito procuraban acallarlas, no lo pudieron hacer.

 

La victoria se divulgó por todas partes, primero por la fama, después por mensajeros que venían unos en pos de otros. Fue grande el lloro y sentimiento de los moros, no sólo por el mal y daño presente, sino porque temían para adelante mayores inconvenientes y peligros. Entre los cristianos se hacían grandes fiestas, juegos, convites con toda magnificencia y regocijos y alegrías, no sólo en España, sino también las

 

 

 

 

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naciones extrañas, con tanta mayor voluntad cuanto el miedo fue mayor. Nunca la gloria del nombre cristiano pareció mayor ni las naciones cristianas estuvieron en algún tiempo más gloriosamente aliadas. Los españoles asimismo parecía igualar en valor la gloria de los antiguos; el mismo rey don Alfonso comenzó a ser tenido como príncipe venido del cielo y más que hombre mortal.

 

El rey de Navarra para memoria de tan grande victoria al escudo bermejo de que usaban sus antepasados añadió por orla unas cadenas, y en medio del escudo una esmeralda por señal que fue el primero a romper las cadenas con que tenían los enemigos fortificada aquella parte de los reales en que el rey bárbaro estaba. El mismo don Alfonso, a las insignias antiguas de los reyes de Castilla añadió un castillo dorado en escudo rojo, como lo afirman algunos varones de erudición y diligencia muy grande; otros lo niegan movidos de los privilegios antiguos, en cuyos sellos se ve puesta antes de estos tiempos en las insignias y armas de los reyes de Castilla la figura de torre o castillo. De algo más crédito es lo que hallo de algunos afirmado por testimonio de cierto historiador, que desde este tiempo se introdujo en España la costumbre que se guarda de no comer carne los sábados, sino solamente los menudos de los animales, y que se mudó, es a saber, por esta manera y templó lo que antiguamente se usaba, que era comer los tales días carne; costumbre que los godos sin duda trajeron de Grecia y la tomaron cuando se hicieron cristianos.

 

La verdad es que esta victoria nobilísima y la más ilustre que hubo en España se alcanzó, no por fuerzas humanas, sino por la ayuda de Dios y de los santos. Las plegarias y oraciones con que los procuraron aplacar por todo el mundo fueron muchas, principalmente en Roma, donde se hicieron procesiones y rogativas asaz. En que se debe notar que para aumento de la devoción y que no hubiese confusión y otros desórdenes, se ordenó fuesen a diversas iglesias los varones, las mujeres, el clero y los demás del pueblo. Hallábase presente el pontífice, que movía a los demás con su ejemplo. De todo hay una carta suya al rey don Alfonso, muy grave y muy elegante, la respuesta otrosí del rey al papa en que refiere todo el discurso de esta empresa y batalla, pero muy larga para ponerla en este lugar.

 

 

 

 

XXV. Del fin de esta guerra

 

 

 

 

 

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Halláronse en esta guerra los obispos Tello de Palencia; Rodrigo de Sigüenza; Meneado de Osma; Pedro de Ávila; Domingo de Plasencia; García Frontino de Tarazona; Berengario de Barcelona. El número de los grandes no se podía contar; los maestres de las órdenes Arias, de Santiago; Rodrigo Díaz, de Calatrava; Gómez Ramírez, de los templarios; demás de estos, Juan Gelmírez, prior de San Juan. De Castilla Gómez Manrique, Alfonso de Meneses, Gonzalo Girón, Íñigo de Mendoza, caballero vizcaíno y pariente de don Diego de Haro, que es la primera vez que en la historia de España se hace mención de la casa de Mendoza; fuera de estos, se halló con los demás el conde don Fernando de Lara, de alto linaje, y él por su persona señalado, poderoso en grande estado y muchos aliados; estos fueron de Castilla. De Aragón Garci Romero, Jimeno Coronel, Aznar Pardo, Guillén de Peralta y otras personas principales que iban en compañía de su rey. Ante todos se señaló Dalmacio Cresel, natural de las Ampurias, de quien dicen los historiadores de Aragón que por el grande conocimiento que tenía de las cosas de la guerra y singular prudencia ordenó las haces para la batalla. Entre los navarros Garcés Argoncillo, García Almoravides, Pedro Leet, Pedro Arroniz, Fernando de Montagudo, Jimeno Aivar fueron los más señalados que en esfuerzo, industria y ejercicio de guerra vinieron a esta empresa.

 

En conclusión, el tercero día después de la victoria se movieron los reales de los fieles, ganaron de los moros el lugar de Ferral, que había vuelto a poder de moros, Bilche, Baños, Tolosa, de la cual tomó nombre esta batalla, que vulgarmente se llama de las Navas de Tolosa. Todo era fácil a los vencedores, y por el contrario a los vencidos. La ciudad de Baeza, desamparada de sus ciudadanos, que perdida la esperanza de tenerse, se recogieron a Úbeda, vino en poder de los vencedores. Algunos pocos que confiados en la fortaleza de la mezquita mayor no se querían rendir, con fuego que les pusieron, los quemaron dentro de ella misma.

El octavo día después de la victoria la ciudad de Úbeda fue entrada por fuerza, ca sin embargo que los ciudadanos ofrecían a los reyes cantidad de oro porque los dejasen en paz, los obispos fueron de parecer que no era justo perdonar aquella gente malvada. Conforme a este parecer se hizo grande matanza sin distinción de personas de aquella miserable gente. Una parte de los vecinos fue tomada por esclavos; toda la presa se dejó a los soldados, con que se puso miedo a los moros y se ganaron las voluntades del ejército, que estaba cansado con el largo trabajo. Las enfermedades los

 

 

 

 

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afligían y no podían sufrir la destemplanza del cielo; por esto los reyes fueron forzados en un tiempo muy fuera de propósito volver con sus gentes a tierras más templadas.

 

A la vuelta, cerca de Calatrava, llegó el duque de Austria con doscientos de a caballo, que para muestra de su esfuerzo y ayudar en aquella santa guerra traía en su compañía. El rey de Aragón, por ser su pariente, a la vuelta para su tierra le acompañó hasta lo postrero de España. Al rey de Navarra restituyó el de Castilla catorce lugares sobre que tenían diferencia, y porque poco antes se ganaron por los de Castilla, la memoria de sus antiguos señores hacía que no se asegurasen de su lealtad; este fue el principal premio de su trabajo.

 

Don Alfonso, rey da Castilla, despedidos los dos reyes, entró en Toledo a manera de triunfador con grande aplauso, aclamaciones y regocijo de los ciudadanos y del pueblo. Lo primero que hizo fue dar gracias a Dios por la merced recibida; después se mandó y estableció que para siempre se renovase la memoria de aquella victoria y se celebrase por toda España a 10 de julio; en Toledo más en particular sacan aquel día las banderas de los moros, y con toda muestra de alegría festejan aquella solemnidad; ca se ordenó fuese de guardar aquella fiesta con nombre del Triunfo de la Santa Cruz.

El rey, por ser enemigo del ocio y con el deseo que tenía de seguir la victoria y ejecutarla, al principio del año siguiente de nuevo se metió por tierras de moros. Ganó el lugar de Dueñas de los moros, que dio a la orden de Calatrava, e la de Santiago el castillo de Eznavejor. Alcaraz, pequeña ciudad, y que está metida dentro de los montes Marianos y asentada en un collado áspero y empinado, con cerco de dos meses se ganó por el rey y se entró por fuerza a 22 de mayo, día miércoles, vigilia y víspera de la Ascensión; demás de esto, algunos otros lugares de menos cuenta se tomaron por aquella comarca, entre los demás Lezuza, que se tiene por la antigua Libisosu.

 

Concluidas estas cosas, el rey don Alfonso, ganada mayor fama que ninguno de los príncipes de Europa, dio vuelta a Toledo, donde las reinas doña Leonor, su mujer, doña Berenguela, su hija, y su hijo don Enrique, que le sucedió en sus estados y a la sazón era de diez años, aguardaban su venida. Toda la ciudad llena de juegos y de regocijos y fiestas, dada que el año fue muy falto de mantenimientos a causa de la sequedad, en especial en el reino de Toledo, dicen que en nueve meses continuos nunca llovió,

 

 

 

 

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tanto, que los labradores cuyo era el daño principal, eran forzados a desamparar las tierras, dejarlas yermas y irse a otras partes para sustentarse; gravísima miseria y trabajo memorable.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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LIBRO DUODÉCIMO.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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I. Cómo los albigenses alteraron a Francia

 

Ganada aquella noble victoria de los moros, las cosas de España procedían bien y prósperamente a causa que los almohades, trabajados con una pérdida tan grande, no se rebullían, y los nuestros se hallaban con grande ánimo de sujetar todo lo que de aquella nación restaba en España, cuando por el mismo tiempo los reinos de Francia y de Aragón se alteraron grandemente y recibieron graves daños. Estas alteraciones tuvieron principio en la ciudad de Tolosa, muy principal entre las de Francia y que cae no lejos de la raya de España. La ocasión fueron ciertas opiniones nuevas que en materia de religión se levantaron en aquellas partes, con que los de Aragón y los de Francia se revolvieron entre sí y se ensangrentaron. En los tiempos pasados todas las naciones del cristianismo se conformaban en un mismo parecer en las cosas de la fe, todos seguían y profesaban una misma doctrina. No se diferenciaban el alemán del español, no el francés del italiano, ni el inglés del siciliano en lo que debían creer de Dios y de la inmortalidad y de los demás misterios; en todos se veía un mismo corazón y un mismo lenguaje.

 

Los valdenses, gente perversa y abominable, comenzaron los años pasados a inquietar la paz de la Iglesia con opiniones nuevas y extravagantes que enseñaron; y al presente los albigenses o albienses, secta no menos aborrecible, apellido y nombre odioso acerca de los antiguos, siguieron las mismas pisadas y camino, con que grandemente alteraron el pueblo cristiano. Enseñaban que los sacerdotes, ministros de Dios y de la Iglesia, no tenían poder para perdonar los pecados. Que el verdadero cuerpo de Jesucristo no está en el santo Sacramento del altar. Que el agua del bautismo no tiene fuerza para lavar el alma de los pecados. Que las oraciones que se acostumbran a hacer por los muertos no les prestaban; todas opiniones nuevas y malas y acerca de los antiguos nunca oídas. Decían otrosí contra la Virgen, madre de Dios, blasfemias y denuestos, que no se refieren por no ofender al piadoso lector; dejólas escritas Guillermo Nangiaco, francés de nación, y que vivió poco adelante. Llegaba su desatino a poner lengua en la familiaridad de Cristo con la Madalena. Así lo refiere Pedro, monje del Císter, en una historia que

 

 

 

 

 

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escribió de los albigenses, intitulada al papa Inocencio III, en que depone como testigo de vista de las cosas en que él mismo se halló. Sería muy largo cuento declarar por menudo todos los desvaríos de estos herejes y secta; y es así, que la mentira es de muchas maneras, la verdad una y sencilla.

 

La verdad es que en aquella parte de Francia donde está asentada la ciudad de Cahors, muy nombrada, se ve otra ciudad llamada Albis, que en otro tiempo tuvo nombre de Alba Augusta; y aún se entiende que César en los Comentarios de la guerra de Francia llamó helvios los moradores de aquella comarca. Riega sus campos el río Tarnis, que son de los más fértiles de Francia, de grandes cosechas y esquilmos, de trigo, vino, pastel y azafrán; por donde el obispo de aquella ciudad tiene más gruesas rentas que alguno otro obispo en toda la Francia. La iglesia catedral, grande y hermosa, está pegada con el muro de la ciudad, su advocación de Santa Cecilia. Los moradores de la ciudad y de la tierra son gente llana, da condición apacible y mansa, virtudes que pueden acarrear perjuicio si no hay el recato conveniente para no dar lugar a gente mala que las pervierta y estrague. Los más se sustentan de sus labranzas y de los frutos de la tierra; el comercio y trato de mercaderes es pequeño por estar en medio de Francia y caer lejos el mar.

 

De esta ciudad, en que tuvo su primer principio esta nueva locura y secta, tomó el nombre de albigense, y desde allí se derramó por toda la Francia y aún por parte de España, puesto que el fuego emprendió en Tolosa más que en otra parte alguna; y aún de aquí procedió que algunos atribuyeron la primera origen de este error y secta a aquella ciudad. Otros dicen que nació primeramente en la Provenza, parte de la Galia Narbonense. Don Lucas de Tuy, que por su devoción y por hacerse más erudito pasó a Roma, y de allí a Constantinopla y a Jerusalén, vuelto a su patria, entre otras cosas que escribió no menos docta que píamente, publicó una larga disputa contra todos estos errores, en que, como testigo de vista, relata lo que pasó en León, ciudad muy conocida en España y cabeza de aquel reino; cuyas palabras será bien poner aquí para mayor claridad y para que mejor se entienda la condición de los herejes, sus invenciones y trazas.

 

«Después de la muerte del reverendo don Rodrigo, obispo de León, no se conformaron los votos del clero en la elección del sucesor; ocasión que tomaron los herejes, enemigos de la verdad y que gustan de semejantes

 

 

 

 

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discordias, para entrar en aquella ciudad, que se hallaba sin pastor, y acometer las ovejas de Cristo. Para salir con esto se armaron, como suelen, de invenciones. Publicaron que en cierto lugar muy sucio y que servía de muladar se hacían milagros y señales. Estaban allí sepultados dos hombres facinerosos, uno hereje, otro que por la muerte que dio alevosamente a un su tío le mandaron enterrar vivo. Manaba también en aquel lugar una fuente, que los herejes ensuciaron con sangre a propósito que las gentes tuviesen aquella conversión por milagro. Cundió la fama, como suele, por ligeras ocasiones; acudían gentes de muchas partes, tenían algunos sobornados de secreto con dinero que les daban para que se fingiesen ciegos, cojos, endemoniados y trabajados de diversas enfermedades, y que bebida aquel agua, publicasen que quedaban sanos.

 

De estos principios pasó el embuste a que desenterraron los huesos de aquel hereje, que se llamaba Arnaldo, y había dieciséis años que le enterraron en aquel lugar; decían y publicaban que eran de un santísimo mártir. Muchos de los clérigos simples con color de devoción ayudaban en esto a la gente seglar. Llegó la invención a levantar sobre la fuente una muy fuerte casa y querer colocar los huesos del traidor homiciano en lugar alto para que el pueblo los acatase, con voz que fue un abad en su tiempo muy santo. No es menester más sino que los herejes después que pusieron las cosas en estos términos, entre los suyos declaraban la invención y por ella burlaban de la Iglesia, como si los demás milagros que en ella se hacen por virtud de los cuerpos santos fuesen semejantes invenciones; y aún no faltaba quien en esto diese crédito a sus palabras y se apartase de la verdadera creencia.

 

Finalmente, el embuste vino a noticia de los frailes de la santa predicación, que son los dominicos, y en sus sermones procuraban desengañar el pueblo. Acudieron a lo mismo los frailes menores, y los clérigos que no se dejaron engañar ni enredar en aquella sucia adoración. Pero los ánimos del pueblo tanto más se encendían para llevar adelante aquel culto del demonio, hasta llamar herejes a los frailes predicadores y menores porque los contradecían y les iban a la mano. Gozábanse los enemigos de la verdad y triunfaban, decían públicamente que los milagros que en aquel todo se hacían eran más ciertos que todos los que en lo restante de la Iglesia hacen los cuerpos santos que veneran los cristianos. Los obispos comarcanos publicaban cartas de excomunión contra los que acudían a aquella veneración maldita; no aprovechaba su diligencia, por

 

 

 

 

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estar apoderado el demonio de los corazones de muchos, y tener aprisionados los hijos de inobediencia.

 

»Un diácono, que aborrecía mucho la herejía, en Roma, do estaba, supo lo que pasaba en Lyon, de que tuvo gran sentimiento, y se resolvió con presteza de dar la vuelta a su tierra para hacer rostro a aquella maldad tan grave. Llegado a León, se informó más enteramente del caso, y como fuera de sí comenzó en público y en secreto a afear negocio tan malo; reprendía a sus ciudadanos, cargábalos de ser fautores de herejes. No se podía ir a la mano, dado que sus amigos le avisaban se templase, por parecerle que aquella ciudad se apartaba de la ley de Dios. Entró en el ayuntamiento, díjoles que aquel caso tenía afrentada a toda España; que de donde salían en otro tiempo leyes justas, por ser cabeza del reino, allí se forjaban herejías y maldades nunca oídas. Avisóles que no les daría Dios agua ni les acudiría con los frutos de la tierra hasta tanto que echasen por el suelo aquella iglesia, y aquellos huesos que honraban los arrojasen. Era así, que desde el tiempo que se dio principio a aquel embuste y veneración, por espacio de diez meses nunca llovió y todos los campos estaban secos. Preguntó el juez al dicho diácono en presencia de todos: “Derribada la iglesia, ¿aseguraisnos que lloverá y nos dará Dios agua?”. El diácono lleno de fe: “Dadme, dijo, licencia para abatir por tierra aquella casa, que yo prometo en el nombre de nuestro Señor Jesucristo, so pena de la vida y perdimiento de bienes, que dentro de ocho días acudirá nuestro Señor con el agua necesaria y abundante”. Dieron los presentes crédito a sus palabras; acudió con gente que le dieron y ayuda de muchos ciudadanos, allanó prestamente la iglesia y echó por los muladares aquellos huesos. Acaeció con grande maravilla de todos que al tiempo que derribaban la iglesia entre la madera se oyó un sonido como de trompeta para muestra de que el demonio desamparaba aquel lugar.

 

»El día siguiente se quemó una gran parte de la ciudad a causa que el fuego por el gran viento que hacía no se pudo atajar que no se extendiese mucho. Alteróse el pueblo, acudieron a buscar el diácono para matarle; decían que en lugar del agua fue causa de aquel fuego tan grande. Acudían los herejes, que se burlaban de los clérigos, y decían que el diácono merecía la muerte y que no se cumpliría lo que prometió; mas el Señor todopoderoso se apiadó de su pueblo, ca a los ocho días señalados envió agua muy abundante, de tal suerte, que los frutos se remediaron y la cosecha da aquel año fue aventajada. Animado con esto el diácono, pasó

 

 

 

 

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adelante en perseguir a los herejes, hasta tanto que los hizo desembarazar la ciudad».

 

Hasta aquí son palabras de este autor, por las cuales se entiende que la pestilencia de esta herejía cundió por España, si bien la mayor fuerza de este mal cargó sobre la ciudad de Tolosa, de que le resultaron graves daños, y al rey de Aragón, que la quiso ayudar, la desastrada muerte, como luego se dirá.

 

 

 

 

II. Cómo murió el rey de Aragón

 

La secta de los albigenses se hacía temer y cobraba mayores fuerzas de cada día, no sólo por las que el pueblo le daba, que mucho se le arrimaba, sino más principalmente por los príncipes y grandes personajes que con su favor le acudían, sin hacer caso ni de la autoridad del papa, ni de lo que por el mundo de ellos se diría. Éstos eran los condes el de Tolosa, el de Foix, el de Besiers y el de Cominges. Acudíales asimismo el rey de Aragón, a causa que estas ciudades estaban a su devoción y aún eran feudos suyos, como en otro lugar queda apuntado; además que tenía deudo en particular con el conde de Tolosa, que casó tercera vez con doña Leonor, hermana del rey de Aragón; y aún el mismo hijo y heredero del conde, que se llamaba don Ramón como su padre, tenía por mujer otra hermana del mismo rey, por nombre doña Sancha. Esta fue la verdadera causa de declararse por los albigenses y tomar las armas en su favor; que por lo demás fue príncipe muy católico, como se puede fácilmente entender en que entregó su hijo don Jaime a Simón, conde de Monforte, para que le criase y amaestrase, el que por este tiempo acaudillaba los católicos y era duro martillo contra los herejes.

 

El negocio era de tal condición, que tenía puestos en cuidado los católicos de Francia, y más en particular al papa, que se recelaba no se arraigase de cada día más aquel mal y con tantas ayudas cobrasen mayores fuerzas, especial que el vulgo, como amigo de novedades, engañado con los embustes de aquellos herejes, fácilmente se apartaba de la creencia de sus mayores y abrazaba aquellas opiniones extravagantes. Buscaban algún medio para atajar aquel daño. Pareció intentar el camino de la paz y blandura, si con diligencia y buenos ministros que predicasen la verdad se

 

 

 

 

 

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podrían reducir los descaminados. Don Diego, obispo de Osma, camino de Roma, donde iba enviado por el rey de Castilla, pasó por aquella parte de Francia; y visto lo que pasaba y el riesgo que corrían aquellos si no se acudía en breve con remedio, hizo al papa relación de todo aquel daño y del peligro que se mostraba mayor. Llevaba en su compañía al glorioso padre santo Domingo, entonces canónigo reglar de San Agustín, y adelante de estos principios fundador de la orden de los predicadores; era natural de Caleruega, tierra de Osma, nacido de noble linaje. Avisado el papa de lo que pasaba, acordó acudir al remedio de aquellos daños. Despachó al obispo y a su compañero con poderes bastantes para que apagasen aquel fuego. Nombró también un legado de entre los cardenales con toda la autoridad necesaria.

 

Llegados a Francia, juntaron consigo doce abades de la orden de San Bernardo, naturales de la tierra, para que con sus predicaciones y ejemplo redujesen a los descaminados; pero cuanto provecho se hacía con esto por convertirse muchos de su error, especialmente con la predicacion de santo Domingo y milagros que en muchas partes obró, tanto por otra parte crecían en número los pervertidos de los herejes. Porque ¿quién pondrá en razón un vulgo incitado a mal? ¿Quién bastará a hacer que tengan seso los hombres perdidos y obstinados en su error? Débese cortar con hierro lo que con medicinas no se puede curar, y no hay medio más saludable que usar de rigor con tiempo en semejantes males.

Mudado pues el parecer y la paz en guerra, acordaron de usar de rigor y miedo; juntóse gran multitud de soldados de Italia, Alemania, Francia, con la esperanza de la indulgencia de la Sede Apostólica concedida por Inocencio III a los que tomasen la insignia y divisa de la cruz, como era de costumbre en casos semejantes y acudiesen a la guerra. Estos soldados tomaron primeramente a Besiers, ciudad antigua de los volcas cabe el río Obris. Pasaron en ella siete mil hombres de los alborotados a cuchillo. Algunos decían era castigo del cielo por la muerte que cuarenta y dos años antes ellos dieron a Trencavelo, señor de aquella ciudad, y con él hirieron al mismo obispo. Con el miedo de este rigor la ciudad de Carcasona, que era de herejes, se entregó a los católicos, y los culpados fueron muertos. Estos principios daban alguna esperanza que se podrían reparar aquellos daños.

 

No tenían los católicos capitán que los acaudillase y a quien todos obedeciesen. Acordaron de elegir para este cargo a Simón, conde de

 

 

 

 

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Monforte, pueblo conocido en el distrito de la ciudad de Chartres, por ser aventajado en las cosas de la guerra y señalarse mucho en la piedad y amor de la religión católica. Aceptó aquel oficio por servir a Dios y a la Iglesia. Juntó las gentes que pudo, con que ganó de los herejes el castillo de Minerva, la ciudad de Albis y otro pueblo, llamado Vauro, cerca de Tolosa, demás de otros muchos lugares. Pasaron adelante, pusieron cerco sobre Tolosa, no la pudieron tomar a causa que los condes el de Tolosa y el de Fozy el de Cominges se hallaban dentro y se la defendieron con mucho valor. Desde allí revolvieron sobre el condado de Foix e hicieron la guerra por aquella comarca.

 

El rey de Aragón cuidaba del peligro que estos príncipes corrían, sus amigos y confederados. Recelábase otrosí de Simón de Monforte, que so color de piedad, que es un engaño muy perjudicial, no pretendiese para si y para los suyos adquirir nuevos estados. Movido de estas razones, luego que se ganó aquella memorable jornada de las Navas de Tolosa, en que se halló presente, volvió su pensamiento a las cosas de la Francia, tanto, que se halla que por el mes de enero, principio del año de 1213, estaba en Tolosa, ciudad de Francia, para tomar acuerdo, es a saber, de lo que debía hacer, y el mes siguiente de mayo hacía gente en Lérida y otras partes para volver a aquella guerra. Luego que allá llegó, le acudieron aquellos príncipes parciales. Con sus gentes y con su venida se formó un ejército tan grande, que llegaba a cien mil hombres de pelea; gran número y que apenas se puede creer.

 

Simón de Monforte, por el contrario, se apercibía para resistir contra fuerzas tan grandes. Acordó ribera de la Garona fortificar el castillo de Murello, plaza muy importante, para reprimir el orgullo de los enemigos. Acudieron aquellos príncipes confederados con sus gentes con intento de apoderarse de aquella fuerza. Acudió asimismo a la defensa Simón de Monforte con poca gente, pero escogida y arriscada. Iban en su compañía siete obispos, el padre santo Domingo y tres abades. Estos varones intentaron al principio medios de paz, porque no se llegase a rompimiento, de que se temían graves daños. En especial avisaron al rey y le requirieron de parte de Dios no se juntase con los herejes, gente maldita y excomulgada por el padre santo; que temiese el castigo de Dios a quien ofendía, por lo menos excusase la infamia con que acerca de todo el mundo quedaría su buen nombre amancillado y el odio que contra su persona resultaría. El rey se hizo sordo a consejos tan saludables y buenos.

 

 

 

 

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Diéronse vista los dos campos y los dos caudillos adelantaron sus haces con resolución de venir a las manos. En el ejército de los católicos no pasaban de ochocientos caballos y mil infantes; pequeño número para la muchedumbre de los contrarios. Sin embargo, fiados en la buena querella que seguían, se determinaron de probar ventura. Embistieron de ambas partes y cerraron, trabóse la pelea, que fue muy brava y sangrienta. Los católicos se dieron tal maña y mostraron tal esfuerzo, que los herejes no pudieron sufrir su ímpetu, y en un punto se desbarataron y pusieron en huida. Los condes se salvaron por los pies. El rey quedó tendido en el campo con otros muchos de los suyos, caballeros de cuenta, en particular Aznar Pardo y su hijo Pedro Pardo, don Gómez de Luna, don Miguel de Luesia, gente toda de la principal de Aragón. El número de los otros muertos no fue grande para victoria tan señalada.

 

Todos comúnmente juzgaban al rey por merecedor de aquel desastre, así por el favor que dio a los herejes, si bien de corazón era y de apellido católico, ca entre los reyes de Aragón se llamó don Pedro el Católico, como por la soltura que tuvo en materia de honestidad, con que amancilló las demás virtudes y partes, en que fue muy aventajado. Pasó en esto tan adelante, que repudió a la reina, su mujer, hembra de mucha bondad. El color que tomó fue que era deuda suya y que estuvo antes casada con el conde de Cominges, matrimonio que no fue válido, antes contra derecho, según que por su sentencia lo pronunciaron los jueces nombrados sobre esta diferencia por el papa Inocencio III. Verdad es que de aquel matrimonio nacieron dos hijas, Matilde y Petrona, como parece por el testamento de la misma reina. Hallábase esta señora en Roma, do era ida a seguir este pleito, y sustanciado el proceso, se esperaba en breve sentencia, cuando llegó la nueva de aquella jornada y de la muerte del rey, que fue viernes, a los 13 de septiembre de este año. Su cuerpo entregaron a los caballeros de San Juan, que le hicieron enterrar en el monasterio de Sijena, en que su madre la reina doña Sancha estaba asimismo sepultada.

 

 

 

 

III. Que el rey don Alfonso de Castilla falleció

 

Dejó el rey de Aragón un solo hijo habido en su mujer, que se llamó don Jaime, en edad de solos cuatro años. Quedaron otrosí dos tíos del niño, don

 

 

 

 

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Fernando, hermano del muerto y abad de Montearagón, y por el mismo caso monje profeso, y don Sancho, conde de Rosellón, persona de mucha edad, ca era tío del muerto, hermano de su padre. Estos dos señores, sin embargo el uno de su edad, y el otro de su profesión, entraron en pensamiento de apoderarse del reino. Para salir con esto, cada cual por su parte procuraban ganar las voluntades del pueblo, y conquistar por todas las vías posibles a la gente principal. Alegaban para esto que don Jaime era hijo bastardo, y que excluido el niño como tal, entraban ellos en el derecho de la corona como deudos más cercanos, por razones que cada cual proponía en su favor y para excluir al otro competidor.

 

Los prelados, los señores y ricos hombres del reino llevaban mal la ambición de estos dos personajes y sus pláticas. En especial Pero Fernández de Azagra, señor de Albarracín, sentía mucho que se tratase de excluir aquel niño de la sucesión y privarle del reino de su padre, y mucho más que en tal coyuntura estuviese como cautivo en poder de Simón de Monforte. Comunicóse con los demás; acordaron despachar una embajada al papa Inocencio, en que le suplicaban interpusiese su autoridad y mandase a Simón de Monforte les restituyese el niño para ponerle en lugar de su padre y alzarle por su rey, que tal era la voluntad de los de aquel reino, grandes y menores. Oyó el pontífice benignamente esta embajada; parecióle la demanda muy justificada; despachó sus breves enderezados a su legado el cardenal Pedro Beneventano, que en su nombre asistía a la guerra contra los herejes. Encargábale diese todo contento a los de Aragón, si juzgase todavía que pedían razón.

 

Entre tanto que se trataba de esto, Simón de Monforte se apoderó de la ciudad de Tolosa, nido y guarida principal de los alborotados y rebeldes. Juntó el legado un concilio en Montpellier para resolver lo que se debía hacer. Acordaron los padres entre otras cosas de nombrar por príncipe y señor de todo lo conquistado al mismo conde de Monforte en premio de sus trabajos. Para que el papa confirmase este su decreto le enviaron por embajador al obispo ebredunense o de Ambrun. En este término se hallaban las cosas de Francia.

En España se padecía grande hambre por causa de la sequedad. Tras la hambre, como es ordinario, se siguió gran mortandad, ocasionada de los malos manjares de que la gente se sustentaba. Por la una y por la otra causa muchos pueblos y aldeas se yermaron, y más en el reino de Toledo, como más sujeto a esta calamidad, por ser lo más alto de España. Acudió

 

 

 

 

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al remedio don Rodrigo Jiménez, arzobispo de Toledo; repartió gruesas limosnas de su hacienda, y con sus sermones animó al pueblo para que todos ayudasen, cada cual conforme a su posibilidad.

 

Esta diligencia y el fruto que de ella se siguió, que fue notable, agradó tanto al rey don Alfonso, que en lo postrero de su edad estando en Burgos, hizo donación a la iglesia de Toledo de muchos pueblos hasta en número de veinte aldeas, por parecerle se empleaban muy bien las riquezas y mando en quien usaba bien de ellas, y que era ponerlas como en un depósito común para acorrer a las necesidades. En particular concedió al arzobispo de Toledo que por tiempo fuese el oficio y preeminencia de chanciller mayor de Castilla, que en las cosas del gobierno era la mayor dignidad y autoridad después de la del rey; privilegio que siete años antes se dio al arzobispo don Martín, pero por tiempo limitado; al presente para siempre a don Rodrigo y sus sucesores. Este oficio ejercían los arzobispos en lo de adelante cuando andaban en la corte; si se ausentaban, nombraban con el beneplácito del rey un teniente que supliese sus veces y despachase los negocios. Esto se continuó hasta el tiempo del arzobispo don Gil de Albornoz, cuando por su ausencia y por la revuelta de los tiempos se comenzó a dar aquel oficio a diferentes personas sin consentimiento de los arzobispos, que, sin embargo, todavía se intitulan chancilleres mayores de Castilla; por lo demás, ninguna otra preeminencia de aquel oficio les queda, ni tienen en su poder los sellos reales, ni acuden a ellos los negociantes.

 

Hallábase el rey en Burgos, deseaba reconciliarse con su primo el rey de León, de quien se mostraba muy sentido después que repudió a su hija doña Berenguela, y todavía duraba la enemiga. Concertaron vistas para Valladolid, y allí asentaron sus haciendas; en particular se acordó echasen por tierra y despoblasen al Carpio y Monterrey, sobre que tenían diferencias, y los de Castilla los tomaran a los de León. Tomado este asiento, se partió el rey de León para su tierra, y con licencia del rey de Castilla llevó en su compañía a don Diego López de Haro para ocuparle en la guerra que por aquellas partes hacía contra moros. Era don Diego famoso capitán en aquel tiempo, amado de los príncipes, agradable a los soldados; así, demás de su hijo don Lope, le siguió un buen golpe de los soldados castellanos, por el deseo que todos tenían de ejercitarse en aquella guerra debajo de la conducta de caudillo tan principal. El rey de Castilla, aunque viejo y muy cansado, no tenía menos deseo de proseguir

 

 

 

 

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por su parte la guerra contra moros, que quedaron amedrentados por la pérdida pasada y a pique de perderse, por estar divididos entre sí y alborotados con bandos y parcialidades.

 

Adelantóse el rey de León; rompió por aquella parte de la antigua Lusitania que confinaba con su reino y hoy se llama Extremadura. Talóles los campos, quemóles y saqueóles los pueblos y las aldeas, hizo grandes presas de hombres y de ganados. En particular a la ribera del río Tajo ganó de los moros una villa antigua y fuerte, que se llama Alcántara. Para que la defendiesen, hizo de ella gracia a los caballeros de la orden de Calatrava, que pusieron allí buena guarnición de soldados, que de ordinario salían a correr la tierra de los moros y a hacer sus cabalgadas. Éste fue el principio que tuvo la caballería de Alcántara, pequeño y flaco, como suele ser en las cosas grandes que se levantan de pequeños principios. De aquí vino que esta nueva caballería al principio fue sujeta a la de Calatrava; al presente se tiene por exenta, en especial después que estos caballeros ganaron una bula en este propósito del papa Julio II, en ninguna cosa quieren reconocer esta mayoría. El hábito de Calatrava antiguamente fue un escapulario con una capilla que de él salía sobre el vestido a manera de los frailes; más por concesión del papa, que en tiempo del cisma se llamó Benedicto XIII, el año de 1397 dejaron la capilla y tomaron la cruz roja florlisada de la forma que hoy la usan, que se remata en cuatro flores de lis. Los de Alcántara en sus principios usaron por hábito de un capirote y una chía roja, ancha cuatro dedos, y larga una tercia; pero el mismo papa les concedió por su bula trocasen aquellas insignias en la cruz verde florlisada de que usan en manto blanco de la misma forma y remates que la de Calatrava, que fue el año adelante de 1411. Los unos y los otros militan debajo de la regla de San Bernardo y son sujetos a la orden del Císter. Este fin tuvo y este efecto hizo la guerra que el rey de León movió contra los moros por este tiempo, algo más próspero que la que se hizo de parte de Castilla.

 

Fue así, que el rey don Alfonso de Castilla dio vuelta al reino de Toledo. Seguíale mucha gente, que hizo levantar en todas partes, con que llegó hasta Consuegra y hasta Calatrava, que eran las fronteras por aquella parte de su reino. Pasó adelante, rompió por las tierras de los moros hasta llegar a Baeza, que era vuelta a poder de moros. Hizo grandes talas por aquella comarca, robos y sacomanos, finalmente se puso sobre aquella ciudad con intento de rendirla. Acudió a servirle en este cerco, entre otros, Diego López de Haro, después que se dio fin a la guerra de Extremadura.

 

 

 

 

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Hicieron todo el esfuerzo posible, más no pudieron salir con su intento a causa que el año era muy falto de mantenimiento y no se podían proveer de vituallas. Hicieron treguas con los moros, y con tanto dieron la vuelta para proveerse de lo necesario y poderse sustentar.

 

Por lo demás, se presentaba buena ocasión de sujetar los moros, por estar divididos y tener entre sí guerras civiles. La cosa pasó de esta manera. El rey Mahomad, por sobrenombre el Verde, después que perdió aquella memorable jornada de las Navas de Tolosa, acordó para rehacerse de fuerzas pasar en África. Entre los moros, más que entre otras gentes, ningún respeto se guardan de lealtad y parentesco. Zeyt Abenzeyt, su hermano, tomó ocasión de aquella ausencia para apoderarse de la ciudad de Valencia y de Monviedro con toda aquella comarca. Lo mismo hizo un su primo, por nombre Mahomad Zeyt, en las ciudades de Córdoba y de Baeza, que se alzó con ellas con color que era nieto de Abdelmon de parte de un hijo suyo llamado Abdalla, y por esta causa le pertenecían los reinos de África y de España, que fueron de su abuelo. Demás de esto, otro moro, por nombre Albullali, muy principal en riquezas y vasallos, movido por el ejemplo de los moros ya dichos y convidado de la ocasión que se le presentaba, sin otro mejor derecho se apoderó de Sevilla, de Écija y de Jerez. De esta manera las fuerzas de los moros, que de suyo no eran muy grandes, se dividieron en muchas partes y por el mismo caso se enflaquecieron. Buena ocasión era esta; más el rey don Alfonso, que era el más poderoso príncipe de España, no pudo acudir a esta guerra, no sólo por falta de vituallas, sino por dar socorro a los ingleses, con quien tenía deudo y amistad, y cuyo partido en las partes de Francia andaba muy de caída, a causa que los franceses, contra lo que tenían asentado, de repente les movieron una guerra muy cruel y sangrienta.

 

Por el mismo tiempo el rey de Portugal, don Alfonso el Segundo, por sobrenombre el Gordo, andaba ocupado en recobrar por las armas los estados que en aquel reino su padre dejó en su testamento a sus hermanas: causas que alegar para lo que quieren nunca a los príncipes faltan. Acudieron aquellas señoras al amparo del rey de León, que era su deudo, y les caía más cerca para valerse de sus fuerzas. No fue él mismo en persona; pero envió a su hijo don Fernando, el cual con las armas ganó de los portugueses algunos pueblos, que adelante se volvieron por mandado del papa Inocencio, que interpuso su autoridad para sosegar estos bullicios y componer todas aquellas diferencias.

 

 

 

 

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El rey de Castilla a la misma sazón deseaba verse con el rey de Portugal, su yerno, para comunicar con él cosas muy graves. Convidóles por sus embajadores que se llegase a Plasencia; y porque entendió que la venida del portugués se dilataría algún tiempo, pasó a Burgos con intento de acudir a lo de Francia y enviar en favor de los ingleses gente de socorro. La muerte atajó todas estas trazas. Daba la vuelta desde Burgos por el deseo que tenía de verse con el rey de Portugal, cuando en Garcimuñoz, pueblo conocido, le sobrevino una dolencia mortal, que se le aumentó con cierto aviso que le llegó de que aquel rey se excusaba de llegar hasta Plasencia, y sólo venía en que si aquellas vistas importaban tanto, se hiciesen a la raya de los dos reinos. Esto es la condición de muchos príncipes, que por no reconocer ni dar ventaja a nadie, sea deudo, sea superior, sea más anciano, dejan pasar muchas ocasiones de concluir negocios muy importantes. Puédese también sospechar que aquel príncipe no se fió mucho del de Castilla, si bien era su suegro, por ser astuto y mañoso y muy atento a sus particulares. Agravóse la dolencia tanto, que los médicos le desahuciaron. Asistióle en aquel último trance el arzobispo de Toledo, que desde Calatrava, donde residió algún tiempo para remediar el hambre, como queda dicho, concluido aquel negocio, acudió a Burgos y hacía compañía al rey. Él mismo le confesó e hizo que recibiese los demás sacramentos como suelen los cristianos, ordenase y otorgase su testamento. Esto hecho, rindió el alma, lunes, a 6 de octubre, día de santa Fides, virgen, del año que se contaba de 1214. Conforme a esto se ha de corregir la letra del arzobispo don Rodrigo, que muchas veces por culpa de los impresores y de los escribientes está muy estragada. Este fin tuvo el rey don Alfonso, el más esclarecido príncipe en guerra y en paz de cuantos en aquel siglo florecieron. Él solo acabó muchas cosas y salió con grandes empresas; los otros reyes de España sin él y sin su ayuda apenas hicieron cosa alguna que fuese de mucha consideración. Falleció en edad de cincuenta y siete años y más veintidós días; de ellos reinó por espacio de los cincuenta y cinco. Sepultaron su cuerpo en las Huelgas de Burgos, acompañáronle la reina doña Leonor, su hija doña Berenguela, el arzobispo don Rodrigo con otros principales del reino.

 

Fallecieron asimismo este año la reina de Castilla, viuda, doña Leonor, y don Fernando, el hijo mayor del rey de León, habido en su primera mujer; y demás de estos don Diego López de Haro, don Pedro de Castro, hijo de Fernando de Castro, todos personajes muy principales. La muerte

 

 

 

 

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de la reina fue en Burgos, viernes, último de octubre. El dolor que recibió por ver muerto su marido, que le quería mucho, le aceleró su fin; como fueron muy conformes en la vida, así sepultaron su cuerpo junto al de su marido.

 

Don Fernando, hijo del rey de León y de su mujer doña Teresa, era mozo de aventajadas partes y que daba muy buenas muestras, si la muerte antes de tiempo no le atajara los pasos y cortara las esperanzas que tales virtudes y la apostura de su cuerpo prometían; enterráronle en el templo de Santiago de Galicia. Quedó otro hermano suyo de su mismo nombre, pero nacido de otra madre, que fue doña Berenguela, y que adelante sucedió en el reino de Castilla y también a su padre, como se verá en sus lugares.

 

Don Pedro de Castro ayudó y sirvió muy bien al rey de León en las guerras que hizo contra moros. Su muerte fue en Marruecos, ciudad de Berbería. La causa por qué pasó en África no se sabe; por ventura algún disgusto o la amistad que tenía trabada con los moros desde el tiempo de su padre. Falleció a 18 de agosto de este mismo año en que vamos.

 

 

 

 

IV. Cómo en Castilla y Aragón hubo revueltas y

 

guerras

 

Después de la muerte de don Pedro, rey de Aragón, y de don Alfonso, rey de Castilla, resultaron en el un reino y en el otro bullicios y alteraciones muy graves, a causa de la poca edad de los nuevos reyes don Enrique y don Jaime, que sucedieron a sus padres. Los señores, a cuyo cargo estaba mirar por el bien y pro común, todos tenían más atención a sus particulares. Muchos en Castilla pretendían apoderarse del gobierno, y en nombre de otro, que era el rey, mandarlo ellos todo, quitar y poner a su voluntad. Algunos en Aragón pasaban más adelante, ca pretendían coronarse y gobernar en su nombre todo aquel reino. ¡Cuán desapoderado y perjudicial es el apetito de reinar y la ambición! Todo lo revuelve y lo trueca sin tener cuenta con la infamia ni lo que la modestia y templanza piden.

 

Entre estas tempestades, el gobierno y la gente andaba como nave sin gobernalle azotada de los vientos y de las olas del mar, especialmente en Aragón se veían estos daños por la ambición perjudicial de don Sancho y

 

 

 

 

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de don Fernando, tíos de aquel rey, que, según queda dicho, pretendía cada cual para sí aquella corona: No les faltaba brío para salir con su intento, ni maña para granjear las voluntades del pueblo. Alegaban que el rey don Jaime no podía heredar a su padre por no ser de legítimo matrimonio. Demás de esto, don Sancho contra su competidor se valía de que era monje profeso y por el mismo caso incapaz de la corona; don Fernando, del ejemplo del rey don Ramiro, que sin embargo que era monje y de mucha edad, sucedió en aquel reino a su hermano; y que quitado este impedimento, él era de los trasversales el pariente más cercano. Con esto el reino se dividió en tres parcialidades; pocos, pero los mejores y más poderosos, seguían el partido del verdadero rey. El pueblo, sin cuidar mucho de lo que era justo, se arrimaba a los que de presente con dádivas y con promesas los granjeaban.

 

Enviáronse sobre el caso embajadores al papa Inocencio, como arriba queda dicho, para pedir a su rey, el cual en compañía del obispo ebredunense con muy buenas palabras los remitió a Francia enderezados al cardenal beneventano, su legado, con orden que al conde de Monforte entregase lo que tenían ganado en Francia contra los herejes, a tal que él mismo pusiese en libertad al niño rey de Aragón y le entregase a sus vasallos. Sabida la voluntad del papa, el legado y el conde de Monforte obedecieron sin dificultad. Hallábanse en Carcasona, desde donde acompañaron al rey, que tenía sólos seis años y cuatro meses, hasta la ciudad de Narbona; en su compañía don Ramón, conde de la Provenza, su primo hermano y de la misma edad del rey, para que se criase en Aragón entre tanto que las guerras de Francia se apaciguaban. Acudieron a aquella ciudad por estar a la raya de los dos reinos muchos señores de la corona de Aragón para recibir, servir y acompañar a su rey, todos con gran muestra de alegría y grandes regocijos y recibimientos; que todos los pueblos por do pasaba le hacían procesiones y rogativas por su salud y larga vida. Tenía el niño para aquella edad buena presencia, y la estatura del cuerpo mayor que pedían aquellos años; muestra de lo que fue adelante, de su valor y grandeza. El conde de Monforte se quedó para proseguir la guerra.

 

El legado, que en todo tenía mano, hizo convocar Cortes para la ciudad de Lérida con atención a dar asiento en todas las cosas. Juntáronse a su llamado los señores, ricos hombres, los prelados y procuradores para el día que les señalaron. Los infantes don Sancho y don Fernando no quisieron acudir por ver el pleito mal parado. En aquellas Cortes todos los que

 

 

 

 

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presentes se hallaron de los tres brazos del reino juraron al nuevo rey; cosa nueva en Aragón, pero que de este principio quedó asentado para adelante, y así se acostumbra de jurar aquellos reyes. Nombraron por ayo del niño para que le amaestrase a don Guillén Monredon, maestre y superior de los templarios en aquel reino y el principal de los embajadores que se enviaron al papa. Señalaron otrosí la fortaleza de Monzón para que allí se criase el nuevo rey, hasta tanto que las parcialidades se compusiesen, y que él tuviese edad para encargarse del gobierno.

 

Entre los ciudadanos de Zaragoza y la gente de Navarra se abrió la contratación que, según parece, tenían impedida por causa de las alteraciones de Aragón o por otras diferencias, que siempre resultan entre los reinos comarcanos, mayormente que el rey don Sancho de Navarra por su edad y poca salud poco podía acudir al gobierno y al amparo de sus vasallos, antes vivía retirado en el castillo de Tudela sin atender ni a las cosas de la guerra ni a las del gobierno.

Esto pasaba al fin de este año, en que cerca de la ciudad de Tornay, principal en los estados de Flandes, y puesta a la ribera del río Escalda, el emperador Otón y Felipe, rey de Francia, tuvieron una sangrienta batalla. Estaba de parte del emperador don Fernando, infante de Portugal, casado con la condesa propietaria de Flandes, que vencidos y desbaratados los de su parte y los imperiales, quedó preso por largo tiempo en poder de los franceses. Ésta fue la famosa batalla de Bovinas, así dicha de un puente junto al cual se dio.

En Aragón todavía continuaban en procurar algún medio de paz; parecióles sería conveniente para contentar a don Sancho, conde de Rosellón, encargarle el gobierno del reino de Aragón, como se hizo el año siguiente de 1215. Lo que pensaban sería ocasión de sosiego sucedió muy al revés; que como persona deseosa de mandar, con la mano que le dieron, se encendió en mayor deseo de coronarse por rey; de que resultaron mayores revueltas y bullicios, como se verá adelante.

 

Las cosas de Castilla no estaban en mejor estado. Era el nuevo rey don Enrique de once años, cuando por muerte de su padre y por haber faltado sus hermanos mayores sucedió en aquella corona. Encargóse su madre del gobierno, como era razón, que duró poco, por la muerte que muy en breve le sobrevino. En su testamento nombró para el gobierno en su lugar y para la tutela del rey a doña Berenguela, su hija, reina de León, aunque apartada de su marido. Esta señora por ser de ánimo varonil y muy poderosa en

 

 

 

 

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vasallos, ca tenía por suyas las villas de Valladolid, Muñoz, Curiel y Santisteban de Gormaz por merced y donación que de ellas le hizo el rey, su padre, cuando volvió a Castilla, sustentaba el peso de todo y aún ayudaba con su hacienda a los gastos que forzosamente en el gobierno se hacían. ¿Quién podrá bastantemente encarecer las virtudes de esta señora, su prudencia en los negocios, su piedad y devoción para con Dios, el favor que daba a los virtuosos y letrados, el celo de la justicia con que enfrenaba a los malos, el cuidado en sosegar algunos señores que gustaban de bullicios, y que el rey, su hermano, se criase en las costumbres que pertenecen a estado tan alto? Sólo la aquejaba la muchedumbre de los negocios y el deseo que tenía de su recogimiento y quietud.

 

Olieron esto algunos que tienen por costumbre de calar las aficiones y desvíos de los príncipes para por aquel medio encaminar sus particulares; en especial los de la casa de Lara, como acostumbrados a mandar, procuraron aprovecharse de aquella ocasión para apoderarse ellos del gobierno. Eran tres hermanos, Álvaro, Fernando y Gonzalo, hijos de don Nuño, conde de Lara, poderosos en riquezas y en aliados. Éstos hacían poco caso del rey, por ser niño, y de su hermana, por ser mujer. Pretendían salir con su intento, quier fuese con buenos medios, quier con malos. Ofreciéronse dos ocasiones muy a su propósito: la una, que un hombre particular, llamado Garci Lorenzo, natural de Palencia, tenía mucha cabida con doña Berenguela. De la industria de este hombre y de su maña, que era muy grande, se pretendieron valer, y para esto le prometieron, si terciaba bien y les acudía conforme a su deseo, de darle en premio la villa de Tablada, que él mucho deseaba. Ésta fue la primera ocasión. La segunda y de menos importancia fue la ausencia que a la sazón hizo don Rodrigo, arzobispo de Toledo, que sólo por su mucha autoridad y prudencia pudiera descubrir y desbaratar estas trazas.

 

Partióse para Roma para hallarse con los demás prelados en el concilio laterano, que por sus edictos tenía convocado el papa Inocencio. Juntáronse a su llamado cuatrocientos y doce prelados, y entre ellos los setenta y uno eran arzobispos, el patriarca de Jerusalén y el de Constantinopla. El Alejandrino y el Antioqueno no acudieron, pero enviaron sus tenientes que supliesen sus veces. Los demás sacerdotes que acudieron apenas se podían contar. Los negocios que en este concilio se trataron fueron muchos y muy graves. Sobre todo pretendían renovar la guerra de la Tierra Santa y apaciguar las alteraciones de Francia, que los

 

 

 

 

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herejes traían revuelta. Abrióse el concilio por el mes de noviembre en la iglesia de San Juan de Letrán. Entre los demás padres se señaló mucho el arzobispo don Rodrigo; hizo una oración a los del concilio en lengua latina, pero mezcladas sentencias y como flores de las otras lenguas italiana, alemana, inglesa, francesa, como el que bien las sabía, que puso admiración a los padres hasta decir que desde el tiempo de los apóstoles nunca se vio cosa semejante.

 

En particular se trató de la primacía de Toledo, a causa que los arzobispos de Tarragona, Braga, Santiago y Narbona no le querían reconocer ventaja por razones que cada cual en su defensa alegaba. Presentáronse por la iglesia de Toledo las bulas de los pontífices romanos más antiguos, sus sentencias y determinaciones, los decretos de los concilios, argumentos y probanzas tomadas de la antigüedad, que en los hombres es venerable y en las ciudades se tiene por cosa sagrada. Salieron a la causa el arzobispo de Braga y el de Santiago, que presentes se hallaron, y el obispo de Vic, como lugarteniente del de Tarragona. Pretendían alegar, y alegaron de su derecho, y responder a los argumentos y razones que por el de Toledo militaban. No se procedió a sentencia a causa que algunos de los interesados se hallaban ausentes y era necesario oírlos. Sólo concedió el papa al arzobispo don Rodrigo que por espacio de diez años tuviese autoridad de legado en toda España, y que si la ciudad de Sevilla viniese a poder de cristianos, como esperaban que sería en breve por la flaqueza de los almohades, que en tal caso quedase sujeta al arzobispo de Toledo como a primado, sin que pudiese contradecir ni apelar de este decreto. Concedióle demás de esto facultad de dispensar y de legitimar trescientos hijos bastardos, y que en todas las iglesias de España, en las ciudades que se ganasen de moros pudiese nombrar y poner los obispos y sacerdotes que en ellas faltasen.

 

Grande fue el crédito que el dicho arzobispo ganó en aquel concilio, no sólo por las muchas lenguas que sabía, sino por sus muchas letras y erudición, que para aquel tiempo fue grande. Dejó dos libros escritos, uno de la historia de España, el otro de las cosas de los moros, fuera de otro tratado que anda suyo en defensa de la primacía de su iglesia de Toledo.

Tocante a la guerra de la Tierra Santa se acordó y decretó en el mismo Concilio que todos los eclesiásticos ayudasen para los gastos y para llevarla adelante con cierta parte de sus rentas. Con este subsidio enviaron gente de socorro, y por su general a Pelagio, cardenal y obispo albanense,

 

 

 

 

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de nación español, según que lo testifica don Lucas de Tuy; y que con este socorro se ganó la muy famosa ciudad de Damiata, puesta en lo postrero de Egipto.

 

Cuanto a las revueltas de Francia, los dos Raimundos o Ramones, padre e hijo, condes de Tolosa, acudieron al concilio para pleitear contra Simón de Monforte, que los tenía despojados de su estado. La resolución fue que los condenaron como a herejes, y adjudicaron a Simón de Monforte la ciudad de Tolosa con todo aquel condado, y los demás pueblos y ciudades que había ganado a los herejes con su valor y buena maña. En virtud de lo cual fue a verse con el rey de Francia para hacerle sus homenajes, como feudatario suyo, por aquellos estados, como lo hizo, y juntamente asentó con aquel rey confederación y perpetua amistad. Pero como quier que no se fiase de los vasallos, que todavía se inclinaban a sus señores antiguos, hizo desmantelar las ciudades de Tolosa, Carcasona y Narbona, por donde y por los tributo s muy graves que derramó sobre aquellos estados incurrió en grave odio de los vasallos, de tal manera, que muchos pueblos a la ribera del río Ródano se le rebelaron y se entregaron a Raimundo el más Mozo, hijo del despojado, y aún poco adelante se perdió la misma ciudad de Tolosa. Para todo ayudó mucho que diversos señores de Francia y de Cataluña, sin embargo de lo decretado por el papa y por el concilio, acudieron con sus fuerzas o aquellos príncipes despojados y pobres. El de Monforte pretendía con sus gentes recobrar aquella ciudad de Tolosa, y se puso con este intento sobre ella, y aún saliera con la empresa si no le mataran con una piedra que dispararon los cercados de un trabuco; hombre dignísimo de más larga vida y de mejor fin por sus muchas virtudes y valor, y que a la destreza en las armas igualaba su piedad y amor de la religión católica. Dejó dos hijos en edad muy florida: el uno se llamó Aimerico, el otro Simón. El Aimerico, luego que mataron a su padre, alzó el cerco, y perdida grande parte de aquellos estados, desistió de la guerra. No se igualaba a su padre en grandeza de ánimo, en hazañas y valor; así, desconfiado de poder sosegar aquellos vasallos y contrastar con tantos príncipes como le hacían resistencia, se resolvió de renunciar aquellos pueblos y entregarlos al rey de Francia, que en recompensa le nombró por su condestable; trueco muy desigual. Esto pasó tres años adelante; volvamos a la orden de los tiempos que poco arriba dejamos.

 

 

 

 

 

 

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V. Cómo los de la casa de Lara se apoderaron del

 

gobierno de Castilla

 

Los de la casa de Lara todavía continuaban en su pretensión y solicitaban a Garci Lorenzo para que les ayudase. Él, engolosinado con las promesas que le hacían, y porque no se le pasase aquella ocasión de adelantarse, se ofreció de hacer todo lo que le pedían. Sólo esperaba alguna buena coyuntura, y hallada, dijo un día a la reina gobernadora, que muy descuidada estaba de aquellas tramas, que la carga de aquel gobierno era muy pesada y sobre las fuerzas mayormente de mujer; encareció mucho las dificultades, los peligros, la diversidad de aficiones y parcialidades que entre los señores y entre los del pueblo andaban. La reina, que mucho deseaba su quietud, fácilmente se dejó persuadir y llevar de aquellas engañosas palabras. «¿Quién, dijo, me podrá descargar de este cuidado? Quién os parece a propósito para encargarle el gobierno y la crianza del rey?». Respondió: «Ninguno en el reino en poder y en riquezas se iguala a los de la casa de Lara, que podrán acudir a todo y reprimir los intentos de los mal intencionados».

 

Parecióle bien este consejo a la reina y esta traza. Acordó juntar los obispos, los ricos hombres y los señores para consultar el negocio. Los más, preguntado su parecer, se allegaron al de Garci Lorenzo y se conformaron con la voluntad de la reina, unos por no entender el engaño, otros por estar negociados, otros por aborrecer el gobierno presente como de mujer y ser cosa natural de nuestra naturaleza perversa creer de ordinario que lo venidero será mejor que lo presente. Salió por resolución que la reina dejase el gobierno del reino y le renunciase en los tres hermanos y señores de Lara. Volvió en esta sazón de Roma el arzobispo don Rodrigo con poder y autoridad de legado del papa, no le plugo nada que la reina renunciase; pero el negocio le tenían tan adelante, que no se atrevió a contradecir. Solo hizo que aquellos señores de Lara en sus manos hiciesen juramento que mirarían por el bien común y por el pro de todo el reino, en particular que no darían ni quitarían tenencias y gobiernos de pueblos y castillos sin consulta de la reina y sin su voluntad; que no harían guerra a los comarcanos ni derramarían nuevos pechos sobre los vasallos; finalmente, que a la reina doña Berenguela tendrían el respeto que se debía y era razón tenerle a la que era hermana, hija y mujer de reyes. Con este homenaje les parecía se cautelaban y aseguraban que todo procedería bien

 

 

 

 

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y a contento, como si pudiese cosa alguna enfrenar a los ambiciosos, y si el poder adquirido por los malos medios tuviese de ordinario mejores los remates.

 

Fue así que, luego que don Álvaro, el mayor de los hermanos, se apoderó del gobierno, partió de Burgos, do se hizo la renunciación y todos estos conciertos. Lo primero desterró del reino a ciertos señores por causas ya verdaderas, ya falsas. Apoderóse de los bienes públicos y particulares, sin perdonar a las mismas rentas de las iglesias. A los patrones legos, que tenían derecho y costumbre de presentar para los beneficios de las iglesias, quitó aquella libertad con color que no eran de orden sacro y de reparar el culto divino, que en muchas maneras andaba menoscabado. En todo procedía por vía de fuerza, sin cuidar de las leyes ni de la revuelta que los tiempos amenazaban. Pasó tan adelante en esta rotura, que puso en necesidad a don Rodrigo, deán de Toledo y vicario del arzobispo, de pronunciar sentencia de excomunión contra el dicho don Álvaro, gobernador. Enfrenóse algún tanto por este castigo e hizo alguna restitución y satisfacción de los daños pasados; pero no se mudó del todo su condición y nial ánimo. Juntó Cortes en Valladolid. Acudieron a su llamado y a su persuasión por la mayor parte los de su parcialidad y de su valía, que socolor del bien público y con voz de todo el reino, ayudaron sus intentos de arraigarse en el gobierno y pertrecharse con todo cuidado para todo lo que pudiese resultar. Éste fue el principal efecto de aquellas Cortes.

 

A gran parte de la nobleza pesaba mucho que don Álvaro con aquellas trazas se apoderase de todo sin que nadie le pudiese ir a la mano, y que uno solo tuviese más fuerza y autoridad que todos los demás. En especial don Lope de Haro, hijo de don Diego de Haro, y don Gonzalo Ruiz Girón, mayordomo de la casa real, y sus hermanos, que todos eran de los más principales, sentían mucho el desorden. Comunicaron entre sí el negocio; acordaron hacer recurso a doña Berenguela y querellarse de la renunciación que hizo del gobierno. Pusiéronle delante el peligro que todo corría si prestamente no se acudía con remedio. Que bien estaban satisfechos del buen ánimo e intención que tuvo, en renunciar el gobierno; mas pues las cosas sucedían al revés de lo que se pensó, era forzoso mudar propósito y volver al oficio y cuidado que dejó para que aquellos hombres locos y sin término no acabasen de hundirlo todo. «¿Por ventura será razón que antepongáis vuestro descanso y quietud al bien común y pro de

 

 

 

 

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todo el reino, permitir que todos nos despeñemos y nos perdamos? ¿Porqué no quitaréis el oficio y cargo que sin darnos parte renunciasteis a un hombre sin juicio y desatinado? Librad pues a nos y al reino de las tempestades que a todos amenazan; que si en este trance no nos acudís, será forzoso remediar los daños con las armas. Mirad, señora, no se diga que por el deseo de vuestro particular descanso fuisteis causa que el reino se revolviese y alterase, como será necesario».

 

Movían estas razones a la reina. Conocía el yerro que hizo; todavía como era mujer y flaca no se atrevía a contrastar con los que tenían en su poder las fuerzas y los armas del reino. Temía que si intentaba de despojarlos del gobierno resultarían mayores males; tomó por expediente avisar a los de Lara de la jura que hicieron de gobernar el reino con todo cuidado sin hacer agravios ni demasías, en que parecía haberse desmandado. Sirvió este aviso muy poco; antes, irritado don Álvaro, se apoderó del estado y pueblos de la misma reina, y no contento con esto, la mandó salir de todo el reino; grande atrevimiento y afrenta notable, bien fuera de lo que sus obras merecían y de lo que la nobleza y agradecimiento pedía. La reina, por excusar mayores inconvenientes, en compañía de su hermana la infanta doña Leonor se retiró al castillo de Otella, cerca de Palencia, por ser una plaza muy fuerte; muchos de los grandes tomaron su voz, en que perseveraron hasta la muerte del rey, su hermano. Todo era principio de algún gran rompimiento, mayormente que a don Gonzalo Girón removieron de| oficio de mayordomo mayor, y se dio a don Fernando de Lara, hermano de don Álvaro.

 

Al rey, aunque de poca edad, no contentaban estas tramas; deseaba hallar ocasión para librarse de los que en su poder le tenían e irse para su hermana. Era por demás tratar de esto, porque don Álvaro le tenía puestas guardas y tomados los pasos. Demás de esto, por asegurarse más y ganarle la voluntad con deleites fuera de tiempo, trató de casarle. Despachó embajadores para pedir por mujer del rey a doña Malfada, hermana del rey de Portugal, don Alfonso. Concertóse el casamiento y trajeron la novia a Palencia, do se celebraron las bodas. Recibió de esto mucha pesadumbre doña Berenguela por los daños que podían resultar a causa de la edad del rey, que era muy poca. Escribió sobre el caso al papa Inocencio, avisólo del deudo que tenían entre sí los desposados. El papa, informado de todo, por un breve suyo remitió el negocio a los obispos don Tello, de Palencia y don Mauricio, de Burgos, para que examinasen lo que la reina decía, y si

 

 

 

 

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se averiguase el impedimento, apartasen aquel casamiento, so graves penas y censuras si no obedeciesen a sus mandatos. Los obispos, luego que recibieron el breve, procedieron en el caso como les era mandado, y averiguado el parentesco que se alegaba, dieron sentencia de divorcio; con que la desposada, a lo que se cree, doncella y sin perjuicio de su virginidad, dio la vuelta a Portugal. Allí fundó el monasterio de Rucha, y en él pasó lo que le restó de la vida santa y religiosamente, aunque muy sentida no sólo de aquella mengua, sino en especial contra don Álvaro, que no contento de haberle sido causa de aquel daño, trató de casarse con ella; que fuera un trueco muy desigual y de reina sujetarse a su mismo vasallo.

 

Todo esto pasaba en Castilla el año que se contó de Cristo 1216, en que a 16 de julio falleció en Roma el papa Inocencio III, persona de aventajadas prendas y virtudes, y que pocos en el número de los pontífices se le igualaron, en particular fue muy elocuente y muy sabio en letras divinas y humanas. Sucedió en su lugar Honorio III, natural de Roma, en cuyo tiempo y pontificado falleció en aquella ciudad la reina de Aragón doña María, madre del rey don Jaime; sepultaron su cuerpo en el Vaticano, cerca del sepulcro de santa Petronila. Allí reposaron sus huesos de los muchos trabajos que padeció por toda su vida, desterrada de su reino y de su patria, pobre y apartada de su marido. En su testamento dejó encomendado su hijo y el reino de Aragón al pontífice, para que como padre universal los recibiese debajo de su protección y amparo. La edad del rey tenía necesidad de semejante favor, y por estar los del reino divididos en parcialidades, de que se temían revueltas y guerras, era menester que la prudencia del pontífice los enfrenase, lo que él hizo con todo cuidado por cuanto le duró la vida.

 

En esta sazón don Ramón, conde de la Provenza, por cartas que sus vasallos le enviaban, se determinó de huirse secretamente de Monzón, do le tenían como preso en compañía del rey de Aragón, su primo. Embarcóse en una galera que en el puerto de Salou, cerca de Tarragona, le tenían aprestada. Con su llegada a su estado se apaciguaron graves diferencias que andaban entre los principales de aquella tierra, como los que estaban sin cabeza, y cada cual pretendía poner mano en el gobierno. Tomás, conde de Mauriena, cepa de los duques de Saboya, tenía una hija, por nombre Beatriz, que casó con este don Ramón, conde de la Provenza. De este matrimonio nacieron cuatro hijas, que casaron las tres con otros tantos reyes, y la cuarta con el emperador; rara felicidad y notable.

 

 

 

 

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La huida de don Ramón fue ocasión de poner en libertad al rey de Aragón. Don Guillén Monredón, maestre del Temple, comenzó a recelarse por este ejemplo no le sacasen con semejante maña de su poder al rey, que sería ganar otros las gracias de ponerle en libertad y quedar él cargado de haberle tenido tanto tiempo como preso. Con este cuidado y para dar corte en lo que se debía hacer, se comunicó con don Pedro de Azagra, señor de Albarracín, y con don Pedro Ahones, ambos personajes de mucho poder y nobleza. Acordaron de llamar a Monzón a don Aspargo, que de obispo de Pamplona lo era a la sazón de Tarragona, y a don Guillén, obispo de Tarazona. Juntos que fueron, de común acuerdo se resolvieron de poner al rey en libertad y entregarle el gobierno del reino, si bien no pasaba de nueve años. Tomaron este acuerdo por el mes de septiembre, y se juramentaron entre sí de llevar adelante esta resolución.

 

No hay cosa secreta en las casas reales, mayormente en tiempo que reinan pasiones y parcialidades. Don Sancho, tío del rey, que tenía el gobierno del reino, sabido lo que pasaba, con intento de conservarse en el mando, llevaba muy mal aquel acuerdo. Desmandábase en palabras y fieros en tanto grado, que llegó a amenazar cubriría de grana el camino por do el rey pasase, que era tanto como decir le regaría con sangre de los que le acompañasen. Su soberbia era tan grande, que nunca pensó se atrevieran a lo que hicieron, y todavía se fue con buen golpe de gente a Selga, que es un pueblo puesto en el mismo camino por do habían de pasar. El rey, cuando esto supo, tuvo miedo, tanto, que sin embargo de su poca edad, se puso una cota de malla con intento de pelear, si fuese necesario. Valió que don Sancho, aunque tenía en las manos la victoria por ser muy pocos los que acompañaban al rey, bien que de los más ilustres y principales, no se determinó a acometerlos; la causa no se sabe, parece que le cegó Dios para que no viese la caída que de este principio muy en breve le esperaba.

 

El rey, libre de este peligro, pasó a Huesca, de allí a Zaragoza. Allí y por todo el camino se hicieron grandes fiestas y alegrías y recibimientos por verle puesto en libertad, ca todos esperaban y tenían por cierto que para adelante el gobierno procedería mejor que hasta allí y los daños del reino se remediarían. Convenía dar asiento en negocios muy graves que tenían represados, sosegar las voluntades y parcialidades, alentar a los buenos y cortar los pasos a los no tales. Para todo tenían necesidad de recoger dineros, de que se padecía gran falta, a causa de los gastos que los años pasados se hicieran y de los bandos y pasiones que continuaban y

 

 

 

 

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todo lo tenían consumido. Los catalanes acudieron a esta necesidad con mucha voluntad; otorgaron que se cobrase el tributo que vulgarmente llaman bovático, por repartirse por las yuntas de bueyes y las demás cabezas de ganados. Este tributo se concede pocas veces y sólo en tiempo de graves necesidades; y sin embargo de que le otorgaron al rey don Pedro los años pasados por tres veces, al presente se le concedieron al rey don Jaime, su hijo, que fue el año 1217. Fue esta concesión de grande momento; de que se recogió tanto dinero cuanto era menester para el sustento de la casa real y para apercibirse de gente que enfrenase las demasías de cualquiera que se desmandase.

 

 

 

 

VI. De lo restante hasta la muerte del rey don

 

Enrique de Castilla

 

La división y enemiga entre don Álvaro de Lara y la reina doña Berenguela traía alborotado el reino, pequeños y grandes; unos acudían a una parte, otros a la contraria, de que resultaban muertes y robos y otros géneros de maldades. Sucedió un nuevo embuste de don Álvaro con que echó el sello a los demás desórdenes y trazas. Pasó el rey al reino de Toledo, y entreteníase en Maqueda, villa poco distante de aquella ciudad. Doña Berenguela, su hermana, cuidadosa de su salud le despachó un hombre para que de secreto le visitase de su parte y le llevase nuevas de todo lo que pasaba. Tuvo don Álvaro de esto aviso; prendió al hombre con achaque que traía cartas que él mismo contrahizo con el sello de la reina, en que persuadía a los de palacio diesen hierbas al rey, su señor. Para dar mayor color a esta invención y para hacer sospechosa a la reina y que el rey se recatase de la que era su amparo, hizo dar garrote al mensajero, que sin culpa alguna estaba. Con este hecho tan atroz se enconaron más las voluntades; los mismos vecinos de Maqueda, sabido el embuste, con mano armada pretendieron dar la muerte a hombre tan malo; y salieran con ello, si con tiempo no se retirara y en compañía del rey se partiera camino de Huete.

 

A aquella ciudad envió de nuevo la reina doña Berenguela, a instancia del mismo rey, otro hombre, que se llamaba Rodrigo González de Valverde, para comunicar con él la manera que tendría para retirarse donde

 

 

 

 

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la reina estaba. A éste también prendieron y enviaron a Alarcón para que allí le guardasen; no se atrevieron a darle la muerte por no indignar más la gente. La tempestad empero que con estas nubes se armaba revolvió sobre los señores que seguían el partido de la reina. Tuvo el rey la Cuaresma en Valladolid; desde allí envió don Álvaro buen golpe de gente para cercar a Montalegre, en que se tenía don Suero Téllez Girón, caballero de muy antiguo y noble linaje, y bien apercibido de soldados para defender aquella plaza; demás que tenía dos hermanos, el uno don Fernando Ruiz, y el otro don Alfonso Téllez, que le pudieran acudir, y no lo hicieron por respeto del rey; antes don Suero, luego que en nombre del rey le requirieron entregase aquella fuerza, lo hizo, si bien se pudiera entretener largamente. Mas los nobles antiguamente en España sobre todo se esmeraban en guardar a sus príncipes el respeto y la debida lealtad. Después de esto corrieron los campos comarcanos, y el rey mismo con su gente se puso sobre Carrión. Desde a poco pasó sobre Villalva, dentro de la cual fuerza se hallaba Alfonso de Meneses, no menos ilustre que los Girones, pero no tan comedido como ellos. La venida del rey fue de sobresalto, y don Alfonso a la sazón se hallaba fuera del pueblo; para entrar dentro le fue forzoso hacerse camino con la espada, en que estuvo a punto de perderse y quedó herido, y muertos muchos de sus criados y algunos caballos que le tomaron en la refriega. Sin embargo, defendió aquella plaza obstinadamente hasta tanto que el rey, perdida la esperanza de salir con la empresa, dio la vuelta para la ciudad de Palencia, en sazón que por otra parte se hacía la guerra contra don Rodrigo y don Álvaro de los Cameros, en cuyo poder estaba la ciudad de Calahorra.

 

Acudió el rey a esta empresa, con que fácilmente se apoderó de aquella ciudad por entrega que Garci Zapata le hizo del castillo, cuyo alcaide era, sea por acomodarse al tiempo, o por juzgar le sería mal contado si hacía resistencia a su rey, que se hallaba presente. Tomada aquella ciudad, marcharon contra don Lope de Haro, señor de Vizcaya. La tierra es áspera y la gente muy aficionada a sus señores, que fue causa que la guerra se alargase y el rey diese la vuelta. Esto dio ánimo a don Lope para con la gente que tenía junta para su defensa hacer entrada por las tierras del rey y correr los campos sin reparar hasta la villa de Miranda de Ebro. Salióle al encuentro don Gonzalo, hermano del gobernador don Álvaro. Asentaron sus reales los unos a la vista de los otros con intento de pelear. Excusóse la batalla por la diligencia de varones graves y religiosos que se pusieron de

 

 

 

 

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por medio y les persuadieron desistiesen de aquel intento, de que resultarían graves daños por cualquiera de las partes que quedase la victoria. Con esto don Gonzalo se partió para do el rey estaba, y don Lope se fue a Otella para verse con la reina doña Berenguela y asistirla, ca se temía no la cercasen dentro de aquel castillo, y aún refieren que el rey con su gente, más por engaño de don Álvaro que por su voluntad, lo intentó; sin hacer empero efecto dio la vuelta a Palencia. Añaden que se trató de casar de nuevo el rey con doña Sancha, hija del rey don Alfonso de León y de su primera mujer, y que estuvieron muy adelante los conciertos con tal que la infanta heredase el reino de su padre, sin embargo que tenía en doña Berenguela a su hijo don Fernando; la verdad ¿quién la podrá averiguar? Que la historia de este tiempo no menos revueltas y perplejidades tiene que las mismas cosas del reino.

 

Concuerdan en que como el rey estuviese aposentado en las casas del obispo y jugase con otros sus iguales en el patio, fue muerto por un caso repentino y desgracia extraordinaria; una teja que cayó le descalabró la cabeza, de que desde a once días murió, martes a 6 de junio, año de 1217. Gran burla de las cosas del mundo, grande la miseria; pues muere un rey joven en la flor de su edad en la entrada del reino, que apenas había probado qué cosa es vivir y reinar. Hay fama, aunque sin autores bastantes, que un mancebo del linaje de los Mendozas tiró una piedra desde una torre que estaba cerca, y con ella quebró la teja que cayó sobre la cabeza del rey y le mató. El cuerpo el tiempo adelante enterraron junto a la sepultura de su hermano don Fernando en las Huelgas de Burgos, en que cada año el día de su muerte le hacen aniversario en aquel mismo tiempo. Vivió menos de catorce años; de ellos reinó los dos y más nueve meses.

 

Este mismo año en Portugal se ganó de los moros un pueblo principal, que se llama Alcázar de Sal, y antiguamente se llamó Salacia, y era colonia de romanos. El autor y movedor principal de esta empresa fue Mateo, obispo de Lisboa. Él juntó para ello mucha gente de Portugal y persuadió a los caballeros templarios que ayudasen; y lo que más hizo al caso, una armada de más de cien velas, en que gran número de ingleses, flamencos y franceses, tomada la señal de la cruz por lo que se trató en el Concilio lateranense, pretendían, rodeado el mar Océano y Mediterráneo, pasar a las partes de levante y a la Siria en defensa de la Tierra Santa, y para dar calor a aquella guerra sagrada, aportó a Lisboa y echó anclas en aquel puerto. Estos, a persuasión de aquel prelado, se juntaron con los

 

 

 

 

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demás para combatir aquel pueblo. Acudió a la defensa y a dar socorro a los cercados gran morisma de Sevilla, Córdoba y otras partes. Vinieron a batalla, en que murieron más de sesenta mil moros; gran matanza. Diose la batalla a los 25 de septiembre, y a los 18 de octubre se ganó la plaza.

 

 

 

 

VII. Cómo alzaron por rey de Castilla a don

 

Fernando, llamado el Santo

 

El rey don Enrique tenía dos hermanas mayores que él; doña Blanca y doña Berenguela. Doña Blanca casó con Luis, hijo mayor de Felipe Augusto, rey de Francia. Doña Berenguela a su marido don Alfonso, rey de León, durante el matrimonio le parió cuatro hijos, que fueron don Fernando, don Alfonso, doña Constanza y doña Berenguela. Doña Blanca se aventajaba en la edad, ca era mayor que su hermana, y parecía justo sucediese en el reino de su hermano difunto, si el derecho de reinar se gobernara por las leyes y por los libros de juristas, y no más aína por la voluntad del pueblo, por las fuerzas, diligencia y felicidad de los pretensores, como sucedió en este caso. Juntáronse muchos donde la reina estaba con toda brevedad para consultar este punto. Salió por resolución de común acuerdo, sin hacer mención de doña Blanca, que el reino y la coronase diesen a su hermana doña Berenguela. Aborrecían, como es ordinario, el gobierno de extranjeros, y recelábanse que si Castilla se juntaba con Francia, podrían de ello resultar alteraciones y daños. Antes que esta resolución se tomase, la reina doña Berenguela, para evitar inconvenientes, despachó a don Lope de Haro y a Gonzalo Ruiz Girón para que alcanzasen del rey de León le enviase a su hijo don Fernando, para que la asistiese contra las fuerzas y embustes de don Álvaro Núñez de Lara, el gobernador, que a la sazón la tenía cercada dentro de Otella, como queda dicho. Desistió por entonces de pretender contra los de Lara, porque alzaron el cerco; al presente, sabida la desgracia del rey, su hermano, volvió a su primera demanda. Era menester usar de presteza antes que la muerte del rey llegase a noticia del rey de León, del cual se recelaban no intentase de apoderarse del reino de Castilla como dote de su mujer, si bien el matrimonio estaba apartado. El recelo, por lo que se vio adelante, no era sin propósito. Los embajadores se dieron tal prisa y usaron de tal

 

 

 

 

 

 

 

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diligencia, que antes que el rey de León supiese nada de lo que pasaba, alcanzaron de él lo que pretendían. Fue cosa fácil encubrir la muerte del rey, por causa que el conde don Álvaro ponía en esto gran cuidado; el cual, aunque de repente se vio apeado del gran poder que tenía, no se olvidó de sus mañas, antes llevó el cuerpo del difunto a Tariego. Desde allí echaba fama que vivía, y despachaba en su nombre muchos recados y negocios, dando diversas causas por qué no salía en público ni comunicaba con nadie. Bien veía él que semejante invención no podía ir a la larga; más procuraba en este medio pertrecharse y asegurarse lo más que podía.

 

Llegó pues el infante don Fernando a Otella, donde estaba su madre, bien ignorante de lo que pasaba y ella pretendía; que fue renunciarle luego, como lo hizo, el reino y la corona. La ceremonia que se acostumbra a hacer cuando alzan a alguno por rey se hizo en la ciudad de Nájera debajo de un gran olmo; tal era la llaneza de aquellos tiempos. Alzaron los estandartes por el nuevo rey y hiciéronse las demás solemnidades. De Nájera volvieron a Palencia con intento de visitar el reino. Recibiéronlos los ciudadanos con muestra de mucha voluntad y alegría a persuasión de su obispo don Tello, que con su autoridad y diligencia los allanó y quitó todas las dificultades. Pasaron adelante, llegaron a la villa de Dueñas, que les cerró las puertas; pero como quier que el pueblo no es grande ni muy fuerte, fácilmente le entraron por fuerza. Allí comenzaron algunos de los grandes y ricos hombres a mover tratos de paz con los de la casa de Lara y los demás de su valía. El conde don Álvaro de buena gana daba oídos a los que de esto trataban. Todavía como el que estaba acostumbrado a mandar pretendía llevado adelante, y para esto quería le encargasen la tutela del nuevo rey; gran soberbia y temeridad. Tenía don Fernando a la sazón dieciocho años, si bien otros dicen que no eran más de diez y seis; edad no muy fuera de propósito para encargarse del gobierno. Las cosas amenazaban rompimiento y guerra. Los reyes pasaron a Valladolid, pueblo grande y abundante en Castilla. Juntáronse en aquella villa Cortes generales del reino, en que por voto de todos los que en ellas se hallaron se decretó que la reina doña Berenguela era la legítima heredera de los reinos de su hermano, según que por dos veces lo tenían determinado en vida del rey, su padre. Así lo refiere el arzobispo don Rodrigo; añade luego que era la mayor de sus hermanas, que lo tengo por más verosímil, si bien algunos otros autores son de otro parecer. Lo cierto es que la reina, por el deseo que siempre tuvo de su quietud, tornó segunda

 

 

 

 

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vez con la aprobación de las Cortes a renunciar el reino a su hijo; y en esta conformidad le alzaron de nuevo por rey en una plaza grande que está en el arrabal de aquella villa. Desde allí con gran acompañamiento le llevaron a la iglesia mayor para que él jurase los privilegios del reino y los demás le hiciesen sus homenajes acostumbrados en semejantes solemnidades.

 

Por otra parte, el rey de León, su padre, luego que supo lo que pasaba y cómo la reina le engañó, se dolía grandemente de verse burlado. No le pareció que podría por bien alcanzar lo que deseaba, que era entregarse del nuevo reino de Castilla; acordó acudir a la fuerza, envió delante a su hermano don Sancho para que rompiese por las fronteras, y él mismo con otro grueso ejército entró por tierra de Campos haciendo todo el mal y daño que pudo. La reina, aquejada del temor que le causaba aquella nueva tempestad, envió dos obispos, Mauricio, de Burgos, y Domingo, de Ávila, para que con su prudencia y buenas razones amansasen al rey y le persuadiesen alzase mano de aquella su pretensión tan fuera de camino y de sazón. Esta diligencia no fue de provecho alguno, antes el pecho del rey se encendió en mayor saña, mayormente que el conde don Álvaro y sus parciales le daban grandes esperanzas que saldría con su intento; y a la verdad, la guerra para ellos era de provecho, y la paz les acarreara mal y daño. Despedidos los obispos, prosiguió el rey con su gente en las talas que hacía, en las presas y quemas muy grandes. Intentó apoderarse de Burgos, ciudad real y cabeza de Castilla; más don Lope de Haro y otros caballeros le salieron al encuentro y le forzaron a dar la vuelta más de prisa que viniera. Las ciudades de Segovia y Ávila, que por estar prevenidas del conde don Álvaro no vinieron en la elección del nuevo rey, al presente, mudado parecer, enviaron embajadores a la reina para disculparse de lo pasado y para adelante ofrecerse a su servicio, que cumplieron muy enteramente, y nadie les hizo ventaja en obedecer al nuevo rey y en hacer resistencia a los alborotados. Por otra parte, el conde don Álvaro, visto lo poco que le prestaban sus mañas, vino en que el cuerpo difunto del rey don Enrique, que todavía le tenía en Turiego sin darle sepultura, le llevasen a enterrar. Acudieron a esto dos obispos, el de Burgos y el de Palencia, que acompañaron el cuerpo hasta la ciudad de Palencia. La reina doña Berenguela que los esperaba, desde allí junto con los obispos acompañó el cuerpo y le hizo enterrar en las Huelgas de Burgos, como arriba se tocó. No acudió el rey don Fernando por tener cercado a Muñón, pueblo fuerte y que no quería obedecer; pero en fin le

 

 

 

 

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ganó por fuerza y prendió dentro de él los soldados que tenía de guarnición, en sazón que la reina, su madre, concluidas las honras y enterramiento, dio la vuelta para verse con su hijo.

 

De allí fueron a Burgos para asistir en las Cortes que tenían aplazadas para aquella ciudad. Tras esto se apoderaron de las villas de Lerma y de Lara, y se las quitaron a don Álvaro. Vueltos a Burgos, hicieron su entrada con representación de majestad a manera de triunfo. Pasaron a la Rioja, do sujetaron a Villorado, Nájera y a Navarrete; todo se le allanaba al nuevo rey, porque demás que tenía de su parte la justicia, y por el mismo caso el favor del cielo, con su noble condición y con la apostura de su cuerpo granjeaba las voluntades y todo el mundo se le aficionaba. Solos los señores de Lara y sus aliados no acababan de sosegar, ni los daños y males rendían sus corazones obstinados, en que pasaron tan adelante, que con golpe de gente que juntaron de todas partes, se pusieron en un lugar llamado Herreruela, puesto en el mismo camino por do el rey había de pasar a Palencia. La mayor parte de los soldados alojaban dentro del pueblo, don Álvaro en un cortijo allí cerca acompañado de poca gente. Este descuido o sea menosprecio de sus contrarios fue causa de su perdición, porque avisados los del rey, dieron sobre él de repente, y aunque pretendió defenderse, y apeado del caballo, y aún después caído en tierra, se cubría con el escudo de los golpes que sobre él cargaban, al fin le rindieron y quedó preso; con que se pudiera poner fin a los males y revueltas del reino si no se aseguraran demasiadamente. Fue así, que don Álvaro, como se vio preso, rindió al rey luego todos los pueblos y castillos que de la corona le quedaban en su poder; estos fueron Alarcón, Amaya, Tariego, Villafranca, Villorado, Nájera, Pancorvo. Esto hecho, no sólo le dieron libertad, sino que el rey le recibió en su gracia y amistad. La misma facilidad usó con don Fernando, hermano de don Álvaro, que tenía en su poder a Castrojeriz y Orejón; y como no los quisiese rendir, confiado en los muchos soldados y provisión que dentro de ellos tenía, por excusar la guerra finalmente se concertaron que los dichos pueblos quedasen en su poder, pero que los tuviese en nombre y como teniente del rey, y para esto hiciese los homenajes acostumbrados. La revuelta de los tiempos forzaba a venir en semejantes conciertos, puesto que parecía menoscabo de la majestad real, y no faltaba quien murmurase de tanta facilidad.

 

A la verdad, la paz no fue duradera, ni los que estaban acostumbrados a gobernar y mandar se podían contentar de vida particular y retirada,

 

 

 

 

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antes en breve se declararon en deservicio del rey, y con gente que juntaron, corrieron la Tierra de Campos haciendo todo el mal y daño que podían. Armóse el rey contra ellos y apretóles de manera, que fueron forzados a desembarazar la tierra. Recogiéronse a lo del rey de León, que se mostraba sentido por el reino y corona que no le daban, a él debida según su parecer; y se aprestaba para de nuevo con mayor fuerza que antes hacer guerra en las tierras de Castilla, a que le incitaban con mayor calor los de la casa de Lara luego que se retiraron a su reino. Algunos caballeros de Castilla quisieron ganar por la mano, y con golpe de gente se metieron por las tierras del reino de León. No eran tan fuertes que pudiesen contrastar a las fuerzas de los contrarios, ni su entrada fue muy considerada. Sobrevino el rey de León de rebato, dio sobre ellos y cercólos en un pueblo en que se hicieron fuertes, llamado Castellón, puesto entre Medina del Campo y Salamanca. Acudieron gentes de ambas partes, unos a socorrer los cercados, otros para apretarlos. Tratóse de medios de paz, y finalmente se asentaron treguas entre los dos reyes padre e hijo.

 

Hallábase presente el conde don Alvar Núñez de Lara, a la sazón enfermo de una dolencia que se le agravó mucho con la pena que tomó por ver los reyes concertados; que a los revoltosos la paz y el sosiego suele ser odioso y contrario a sus intentos. Hízose llevar en hombros a la ciudad de Toro, con el camino se le agravó más la enfermedad, de suerte que en breve pasó de esta vida; cuya muerte fue muy saludable para todo el reino, así bien que su vida fue inquieta y perjudicial. Al tiempo de la muerte tomó el hábito de la caballería de Santiago; que así se acostumbraba en aquel tiempo para con aquella ceremonia y las indulgencias concedidas a los que tomaban la cruz aplacar a Dios en aquel trance y alcanzar perdón de sus pecados. El cuerpo enterraron en Uclés, convento el más principal de aquella orden. Su hermano don Fernando, que de su voluntad se había desterrado en África, con licencia de miramamolin hacía su residencia en Elbora, población de cristianos, cerca de la ciudad de Marruecos. Allí enfermó de una dolencia mortal, y a ejemplo de su hermano, poco antes de expirar, se hizo vestir el hábito de San Juan. Su mujer doña Mayor y sus hijos don Fernando y don Álvaro procuraron que su cuerpo se trajese a Castilla, y le hicieron enterrar en la Puente de Fitero, convento y casa de aquella orden, en tierra de Palencia. Comenzó con esto a mostrarse una nueva luz en Castilla, muertos los que la alborotaban, y una grande

 

 

 

 

 

 

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esperanza que las treguas puestas con León se trocarían en una paz perpetua, como todos lo deseaban.

 

En particular pretendían volver las fuerzas contra los moros; concedió el papa sus indulgencias para los que armados de la señal de la cruz se hallasen en aquella guerra. Juntóse gran gentío, más por deseo de robar que por alcanzar perdón de sus pecados. Dieron sobre Extremadura, talaron los campos, quemaron los pueblos, hicieron presas de hombres y de ganados, finalmente, se pusieron sobre la villa de Cáceres con intento de forzarla o rendirla. Engañóles su esperanza a causa de las muchas aguas que sobrevinieron y el tiempo contrario que les forzó, sin pasar adelante, dar la vuelta para sus casas al fin del año, que se contaba de nuestra salvación de 1218.

 

 

 

 

VIII. En España se fundaron monasterios de

 

diversas religiones

 

En este estado se hallaban las cosas de España; los reinos comarcanos eso mismo tenían guerras civiles. De las guerras siempre suelen venir otros males y pérdidas grandes, muchos vicios y maldades. La licencia y costumbre de pecar casi había apagado la luz de la razón; los vicios eran tenidos por virtudes, y las virtudes por vicios: gravísimo mal y daño. En tantas tinieblas y tan espesas de ignorancia despertó Dios hombres, como siempre ha hecho, señalados en santidad y admirables, los cuales no dejaban de encaminar los hombres a la vida eterna y mostrarles el sendero que Cristo enseñó y abrió, que habían cegado en gran parte los vicios. Allegáronse a estos santos varones otros muchos que, con deseo de imitar su virtud, renunciaban las cosas del mundo; conque por este tiempo muchas familias y congregaciones santas se levantaron.

 

Entre todos tuvo muy principal lugar el padre santo Domingo. Nació en tierra de Osma en un lugar llamado Caleruega, entre Osma y Aranda. Siendo mozo, fue canónigo reglar de San Agustín. Llegado a mayor edad, trabajó mucho en desarraigar la herejía de los albigenses en Francia, como de suso se dijo. Ocupado en esto, como viese cuán pocos predicadores se hallaban de la palabra de Dios, que con buen celo y ejemplo de vida y buena doctrina enseñasen a los hombres engañados la verdad y santidad,

 

 

 

 

 

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pensó y trazó en su pensamiento y comunicó con otros un modo de vida, cuyos seguidores se ocupasen en predicar el santo Evangelio por todo el mundo. Ofreció este modo de vivir y regla al papa Honorio, y su Santidad la aprobó el año primero de su pontificado. De allí a dos años se vino a España y publicó la bula que traía de su aprobación a los reyes y príncipes; con cuya licencia y beneplácito fundó algunos monasterios en ciudades principales. El primero fue en Segovia, otro en Madrid, el tercero en Zaragoza. Hecho esto en España, y vuelto a Italia, finó en Bolonia, ciudad de la Lombardía; ilustre varón en virtud y santidad de vida, fundador de su orden muy principal, de donde como de un alcázar de sabiduría han salido y salen muchos varones admirables en toda virtud y letras.

 

El mismo año que santo Domingo vino a España se ordenó otra religión en Barcelona, llamada de Nuestra Señora de la Merced. La ocasión fue que muchos cristianos por mar y por tierra venían en poder de infieles hechos esclavos, y para librarse de la mala vida que les daban sus amos renegaban y se apartaban de Jesucristo y de su fe, con grande afrenta de la religión cristiana. Para procurar el remedio y rescate de estos cautivos se ordenó esta religión, cuyos frailes con limosnas allegadas de todas partes rescatasen los cautivos antes que apostatasen de la fe. Don Jaime, rey de Aragón, fue el primer inventor de esta orden y manera de vivir por voto, como algunos escriben, que hizo a nuestra Señora de instituir esta orden cuando estuvo en Monzón encerrado a modo de cautivo y probó en sí cuánto mal es carecer de libertad. El primero después del rey que se ofreció a ser guia de los que le quisieron imitar fue un Pedro Nolasco, francés de nación. Éste hizo muy buenas reglas y constituciones para que los religiosos se gobernasen por ellas. Tienen por insignia sobre el hábito blanco y capilla las armas del rey de Aragón con una cruz encima en campo colorado. El mismo Nolasco, de mano de san Raimundo de Peñafuerte, que fue después general de la orden de Santo Domingo, tomó con mucha solemnidad el hábito en la iglesia de Santa Cruz, en presencia del rey y de muchos caballeros del reino.

 

Siguióse tras estos dos san Francisco, ciudadano de Asís en la Umbría o condado de Espoleto, parte de Italia; varón de singular inocencia, virtud y santidad. Aprobó su instituto y modo de vivir el papa Honorio. Él mismo, después de aprobado su instituto y regla, vino a España, donde llegó hasta Portugal y Compostela. En poco tiempo se fundaron en estos reinos muchos monasterios de su orden, como en Barcelona, Zaragoza y

 

 

 

 

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otras ciudades y villas de España. Movían estos religiosos a devoción y al menosprecio del mundo con la aspereza de su vida y con el vestido pobre y humilde de que usaban. En Portugal se juntó con san Francisco san Antonio de Padua, excelente predicador adelante y muy santo. Para tomar el hábito de los menores dejó el de los canónigos reglares de San Agustín, cuyo instituto abrazara desde niño, y entró en aquel orden en la ciudad de Lisboa, de donde era natural, en el convento de San Vicente, que es de canónigos reglares. Allí pasó algunos años; después en el convento de la misma orden de Santa Cruz de Coímbra, en que vivía cuando se pasó a la religión de San Francisco. Junto con la mudanza de vida trocó el nombre de Fernando, que recibió en el bautismo, en el de Antonio, del apellido y nombre del monasterio en que tomó aquel nuevo hábito. Muchas ciudades de Italia, por sus predicaciones santas y fervorosas, se reformaron; gran número de gente por su medio dejaron la mala vida y se trocaron en nuevos hombres. Finalmente, después que padeció muchos trabajos por Dios, falleció en Padua lleno de virtudes y de milagros. Su santo cuerpo es allí acatado en propia iglesia, que por mucha devoción del pueblo fundaron en su nombre; que tal honra se debe a la virtud y al autor y fuente de toda santidad, Dios, que es el que hace los santos. A san Francisco y a santo Domingo, algunos años después de su muerte, canonizó el papa Gregorio IX, y puso sus nombres en el número de los santos.

 

En Castilla, a instancia del arzobispo don Rodrigo, prelado ferviente y enemigo de estar ocioso, se hizo nueva jornada contra los moros. Juntáronse con la divisa de la cruz doscientos mil hombres, los más número, con los cuales se hizo la guerra por el mes de agosto del año 1219, en la Mancha y en tierra de Murcia. Ganáronse algunos pueblos de poca cuenta. Pusieron sitio sobre Requena; más no la pudieron forzar ni rendir, como quiera que hicieron todo el esfuerzo posible. El cerco se puso a 29 de octubre, y se alzó a los 11 de noviembre. Finalmente, el suceso de esta empresa no fue como se esperaba y conforme al grande aparato que se hizo; solamente se ganaron muchos despojos de moros, con que los soldados dieron vuelta a sus casas.

 

 

 

 

IX. Cómo se casaron los dos reyes don Fernando

 

de Castilla y don Jaime de Aragón

 

 

 

 

 

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Por el mismo tiempo trataba el rey de Aragón don Jaime de quitar el gobierno a don Sancho, su tío, y porque se enmendaba y prometía proceder de otra manera le tornó a recibir en su gracia y perdonarle. Esto era el año de 1219, cuando en España se padeció una muy grande hambre y mortandad. El rey, aunque niño, que apenas tenía once años, comenzaba a dar claras muestras de valor y ensayarse en los ejercicios de las armas y de la guerra. Sucedió que don Rodrigo de Lizana, hombre poderoso, tenía diferencias con un deudo suyo, que se llamaba don Lope Albero, y de grandes amigos que eran, había resultado entre ellos grande enemistad. Esperó buena ocasión, y a tiempo que el contrario estaba descuidado, le prendió y llevó al castillo de Lizana. Avisóle el rey no pasase adelante en aquella vía de fuerza y que se contentase con el mal hecho a su contrario. No quiso apaciguarse ni obedecer a este mandato. Como el rey era de poca edad no le estimaban, antes cada cual con tanto se quería salir cuanto era su poder y fuerzas. Desdeñóse por esta causa; tomó las armas con deseo de defender al preso y ponerle en libertad y para conservar por el mismo camino su autoridad y hacerse respetar. Juntó en Huesca buen número de gente, y con ella se encaminó la vuelta de Albero, pueblo de que se había apoderado el Rodrigo Lizana, y dentro de dos días hizo que los de dentro se le rindiesen. Revolvió sobre el castillo de Lizana, patrimonio de aquel caballero alzado; y porque los soldados y moradores no querían hacer virtud, dio orden que de Huesca le trajesen una máquina o trabuco, en aquel tiempo muy famoso por tirar entre día y noche mil quinientas piedras, con que aportilló los muros y hacía grande estrago en los soldados que los defendían; llamaban esta máquina fundíbulo. Rindiéronse los cercados, y Lope Albero fue restituido en su libertad.

 

Su contrario, perdido el castillo, por entender que en ninguna parte de Aragón estaría seguro, se fue a guarecer a Albarracín, por tener con don Pedro Fernández de Azagra, señor de aquella ciudad, amistad de años atrás. Desde allí, según la costumbre de aquellos tiempos, renunció por escrito la naturaleza de Aragón y la obediencia que debía al rey como su vasallo; con que comenzó a hacer cabalgadas en las tierras comarcanas de aquel reino. No quiso disimular el rey estas insolencias, antes animado con el buen principio que tuvo en esta guerra, revolvió sobre Albarracín, ciudad puesta en aquella parte por do antiguamente partían mojones los contestanos y los celtíberos, de poca vecindad, pero por su sitio muy fuerte, que está por todas partes cercada de peñas y riscos muy altos, y

 

 

 

 

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alderredor casi por todas partes la rodea el río Turia, que vulgarmente se llama Guadalaviar. Púsose el rey sobre ella, levantó sus máquinas e ingenios, que como no podían llegar al muro por ser el sitio tan áspero, no hacían efecto alguno ni los soldados se podían arrimar a la muralla por las saetas y dardos que por las troneras y travesías y desde las almenas les tiraban. Lo que hizo más al caso, que como suele acontecer en guerras civiles, de todos los intentos del rey tenían aviso los cercados y tiempo para apercibirse. Dos meses se gastaron en el cerco, en lo más recio del estío, hasta tanto que el rey perdió la esperanza de salir con la empresa, a causa que cierta noche los de dentro dieron al improviso sobre las máquinas y quemaron el mejor trabuco. Hallábase otrosí poco guarnecido de gente, y restaban en el cerco pocos soldados, en tanto grado, que los de a caballo no llegaban a ciento cincuenta; el número de los peones no señalan, pero no debía ser grande. Alzaron pues el cerco, y sin embargo, en breve don Pedro Fernández de Azagra volvió en gracia del rey. Los caballeros del reino, con quien tenía grande amistad, hicieron mucha instancia sobre ello, y sus servicios de tiempo atrás eran muy notables, por donde tenía oficio de mayordomo de la casa real, además que el rey entendía muy bien cuánto le importaba tener por amigo y en su servicio un personaje tan valeroso y principal. Esto pasaba en Aragón el año que se contaba de 1220.

 

En el mismo en Castilla se celebraron las bodas, día de San Andrés, apóstol, del rey don Fernando con doña Beatriz, hija de Felipe, emperador que fue de Alemania. La edad del rey era bastante, y la madre se recelaba no se estragase con deleites dañosos y malos. Acordó despachar a Mauricio, obispo de Burgos, y a fray Pedro, abad de San Pedro de Arlanza, para que concertasen el casamiento con el emperador Federico II, primo de la doncella; tardóse más tiempo de lo que pensaron; en fin, con sufrimiento de cuatro meses que residieron en aquella corte acabaron todo lo que deseaban. Encamináronse por la vía de Francia; en París el rey Felipe de Francia festejó la novia y la trató con mucha liberalidad. Salió otrosí para recibirla doña Berenguela hasta la raya de Vizcaya, y a cabo de un año que gastaron en ida y vuelta, llegaron a Burgos, ciudad que tenían señalada para las bodas. Veló a los reyes el obispo Mauricio de aquella ciudad en la iglesia mayor con las solemnidades y ceremonias acostumbradas, y el día antes él mismo celebró misa de pontifical en el monasterio de las Huelgas, en que el rey se armó a sí caballero, por no

 

 

 

 

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hallarse otro más digno que hiciese aquella ceremonia, conforme a lo que en aquellos tiempos se usaba. Este casamiento fue en generación abundante; de él nacieron siete hijos por el orden que aquí se ponen: don Alfonso, don Fadrique, don Felipe, don Sancho, don Manuel, doña Leonor, que murió niña, y doña Berenguela, que en las Huelgas de Burgos tomó el hábito.

 

A los aragoneses por el mismo tiempo aquejaba el deseo de tener sucesión de su rey don Jaime. Parecíales que por este medio se aplacarían los bandos, que todavía continuaban entre los dos tíos del rey, don Sancho y don Fernando, por la esperanza que cada cual tenía de la corona, si el que la tenía faltase. De todo resultaban males y daños. La edad del rey era poca, en que mucho reparaban para casarle; más prevaleció el deseo grande que de hacerlo tenían. Tomado este acuerdo y pospuesto todo lo al, despacharon embajadores a la reina doña Berenguela para pedir a su hermana la infanta doña Leonor. No se podía ofrecer mejor casamiento para aquella doncella; así, hechas las capitulaciones, señalaron la villa de Ágreda, que es de Castilla, a la raya de Aragón, para que allí se hiciesen los desposorios. Acudió primero doña Berenguela en compañía de su hermana; después vino el rey don Jaime con lucido acompañamiento de suyos. Los desposorios se hicieron allí a 6 de febrero del año de Cristo de 1221, las bodas poco después en Tarazona, en la iglesia de Santa María de la Vega, si bien por la poca edad del rey la desposada se estuvo doncella por espacio de año y medio, según él mismo lo relata en la historia que dejó escrita de sus cosas y de su vida.

 

En la ciudad de Toledo el arzobispo don Rodrigo consagró la iglesia de San Román, puesta a guisa de atalaya en lo más alto de la ciudad, día domingo, a 20 de junio. Por el mes de noviembre, a los 23, martes, día de San Clemente, nació allí mismo el hijo mayor del rey don Fernando, por nombre don Alfonso. Luego por principio de diciembre un gran temblor de tierra maltrató gran parte de los edificios, y con las muchas aguas y vientos que se siguieron, en gran parte cayeron por tierra los adarves y casas particulares. El miedo por esta causa fue tanto mayor cuanto más segura está aquella ciudad de accidentes semejantes por su sitio, que es muy empinado y sobre peñas; y lo que hace mucho al caso para no padecer temblores de tierra, que le cae muy lejos el mar.

 

 

 

 

 

 

 

 

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X. El rey don Fernando apaciguó otras nuevas

 

alteraciones

 

Quietos estaban y pacíficos por una parte los navarros, y por otra los portugueses y los leoneses. Los moros se abrasaban entre sí en guerras civiles. En Castilla y en Aragón continuaban las alteraciones, bien que no eran de mucha consideración. Don Rodrigo, señor de los Cameros, de antiguo linaje y que tenía mucha autoridad entre los principales de Castilla por su estado y sus tenencias de diversas villas y castillos del patrimonio real, confiado en sus fuerzas y poder y más en la revuelta de los tiempos, se atrevió a hacer mal y daño en las tierras comarcanas. Citóle el rey para que en presencia se descargase de lo que le acusaban. Respondió que había tomado la cruz para ir a la guerra de la Tierra Santa; excusa de que muchos se valían para declinar jurisdicción y no poder ser convenidos delante los jueces ordinarios, por los muchos privilegios y exenciones que el papa concedía a los tales. En particular les otorgaba no los pudiesen citar delante jueces seglares, sino que sus causas solamente se ventilasen en los tribunales eclesiásticos. No le valió este recurso; hiciéronle comparecer en Valladolid, do la corte de Burgos se había pasado, hiciéronle cargos graves y feos, acordó de ausentarse y huir, condenáronle en rebeldía en privación de todo su estado. Él, que era hombre determinado, se hizo fuerte dentro de los pueblos y castillos que tenía más fortalecidos con resolución de hacer resistencia. Mas porque de aquellos principios no resultasen guerras más graves, acordaron tomar asiento con él, y demás del perdón darle catorce mil ducados por que alzase mano de los pueblos y castillos, cuya tenencia por el rey tenía a su cargo.

 

Sosegada esta alteración, resultó otra nueva. Don Gonzalo Núñez de Lara, que era el que solo quedaba de los tres hermanos, conforme a la costumbre que tenía este linaje de gustar de alborotos, persuadió a don Gonzalo Pérez, señor de Molina, que hiciese mal y daño a las tierras comarcanas. Nunca a semejantes personajes faltan quejas y causas para tomar las armas. En particular don Gonzalo de Lara por medio de estas revueltas pretendía y esperaba restituirse en su patria, ca después de la muerte de su hermano don Fernando se quedó en Berbería, donde era ido juntamente con él. Vinieron a las manos y a rompimiento; la guerra no fue de mucha consideración a causa que el señor de Molina, conocido el engaño y el riesgo que sus cosas corrían, pidió perdón y le alcanzó por

 

 

 

 

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medio de la reina doña Berenguela. Con esto, don Gonzalo de Lara, desconfiado de poder salir con sus intentos, se pasó o los moros del Andalucía, y en Baeza dio fin a lo restante de su vida, ni muy santa ni muy honradamente. Tal fin tuvieron estos tres hermanos bien conforme a sus obras, de quien desciende el linaje de los Manriques, bien conocido en España.

 

Corría en esta sazón el año de Cristo de 1222, en que el rey de León juntó un grueso ejército, parte de los que levantó a su sueldo, y en especial de los que, tomada la señal de la cruz, a su costa se querían hallar en aquella empresa. Con estas gentes corrió las tierras de Extremadura y se puso sobre la villa de Cáceres. Los moros por librarse del cerco concertaron de dar cierta cantidad de dineros que esperaban de África. Alzado el cerco, no cumplieron lo asentado, ni los nuestros pudieron por entonces revolver sobre ellos.

Por este mismo tiempo Mauricio, obispo de Burgos, inglés que era de nación, abrió los cimientos de la iglesia mayor que hoy se ve en aquella ciudad, y no solo la comenzó a edificar, sino la acabó; antes de este tiempo la iglesia de San Lorenzo era la catedral, y junto a ella las casas del obispo y su habitación. No sólo en Burgos, sino en otras muchas partes del reino se levantaban fábricas suntuosas y templos; que parece los prelados a porfía pretendían señalarse en aumentar el culto divino. En particular once años antes de este en que vamos se dio principio a la iglesia mayor de Talavera, villa bien conocida en el reino de Toledo. Su fundador, don Rodrigo Jiménez, arzobispo de Toledo, puso en ella doce canónigos y cuatro dignidades, que mandó fuesen sujetos a los de Toledo, y en señal de este reconocimiento cada un año, el día de la Asunción de Nuestra Señora, les acudiesen con cinco maravedíes de tributo. Don Juan, chanciller del rey, edificó a su costa dos iglesias, primero la mayor de Valladolid, y después, siendo obispo de Osma, levantó la que hoy se ve en aquella ciudad. Don Nuño, obispo de Astorga, sus casas obispales y el claustro de aquella su iglesia. Don Lorenzo, jurista que fue muy nombrado, en Orense, donde era obispo, edificó la puente sobre el río Miño, que por allí pasa, la iglesia mayor y las casas obispales. Finalmente, don Esteban, obispo de Tuy, y don Martín, obispo de Zamora, se esmeraban y gastaban sus rentas en semejantes edificios. La piedad del rey y de su madre, y la liberalidad grande con que acudían a estas obras y a proveer de ornamentos y todo lo

 

 

 

 

 

 

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necesario por cuanto la estrechura de los tiempos daba lugar, despertaba a todos los prelados para que los imitasen en gastar bien sus haciendas.

 

Volvamos al orden de la historia. Por el mes de julio falleció Rogerio, conde de Foix; el que le sucedió en el estado fue su hijo Rogerio Bernardo, y luego por el mes de agosto falleció Ramón, conde de Tolosa; el uno y el otro por el favor que dieron a los albigenses incurrieron en mal caso y en las censuras que el papa fulminó contra ellos; por esto el hijo y sucesor del conde de Tolosa, que se llamó también Ramón, nunca pudo alcanzar licencia para enterrar en sagrado el cuerpo de su padre; tal era la fuerza de los eclesiásticos en aquellos tiempos y la constancia y severidad de que usaban contra los malos.

 

En Aragón el rey, a 21 de diciembre, otorgó perdón y recibió en su gracia a Gerardo, vizconde de Cabrera, hombre poderoso en rentas y vasallos; teníale ofendido por causa que en tiempo de la vacante del reino con mano armada se apoderó del condado de Urgel y despojó a Aurembiase del estado que su padre, el conde Armengol, le dejara. Púsole por condición estuviese a juicio con aquella señora y pasase por lo que los jueces determinasen. En esta sazón vivía todavía don Sancho, conde de Rosellón y tío del rey. Gobernaba aquel estado don Nuño, su hijo, contra el cual don Guillén de Moncada, señor de Bearne, como quier que antes fuesen muy amigos, por ligera ocasión se indignó en tanto grado, que con su gente entró por las tierras de Rosellón haciendo todo mal y daño. Don Nuño se hallaba con pocas fuerzas para resistir a las de su contrario, que demás de lo de Bearne tenía en Cataluña un grande estado. Acordó valerse de las fuerzas del rey y de su sombra; ofrecía de estar a derecho y satisfacer cualquier cargo que contra él resultase. Amonestó el rey al Moncada que siguiese su derecho y dejase las armas, y porque no quiso obedecer, antes pasaba adelante en los daños que hacía, revolvió contra él con tal furia, que le despojó a él y a sus aliados de ciento y treinta, parte torres, parte castillos, de que se apoderó de unos por fuerza, y de otros que se rindieron de su voluntad, en particular el pueblo de Cervellón cerca de Barcelona; con que se entendió cuán peligrosa cosa es enojar a los que pueden más y a los reyes. No pudo hacer lo mismo del castillo de Moncada a causa de estar muy fortalecido y dentro con buena guarnición el mismo Guillén de Moncada. Ponerle cerco fuera cosa larga, mayormente que muchos de los que seguían al rey favorecían y daban aviso, y aún proveían a los que guardaban aquella plaza.

 

 

 

 

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Esto pasaba el año que se contó de Cristo de 1223, en que a los 15 de julio, en Medun falleció de cuartanas Felipe, rey de Francia. Sucedióle en el reino su hijo Ludovico, octavo de esto nombre, marido de doña Blanca, y padre de Ludovico, al que por sus muchas virtudes y piedad llamaron el Santo. En Coimbra asimismo el año adelante pasó de esta vida el rey de Portugal don Alfonso el segundo, por sobrenombre el Gordo. Sepultáronle en el monasterio de Alcobaza junto a su mujer la reina doña Urraca en una sepultura llana y grosera, cuales en aquel tiempo se usaban. Dejó tres hijos, los infantes don Sancho, que le sucedió en el reino, llamado vulgarmente Capelo; don Alfonso, que casó con Matilde, condesa de Boulogne en los Morinos, pueblos de la Picardía, cerca del mar de Bretaña en Francia; don Fernando, señor de Serpa, que casó con doña Sancha, hija de don Fernando de Lara; finalmente, dejó una hija, por nombre doña Leonor, que casó con el rey de Dacia, según que lo refieren las historias de Portugal, si con verdad o de otra manera, aquí no lo averiguamos.

 

 

 

 

XI. De la guerra que se hizo a los moros

 

Reprimidas las parcialidades de Castilla y las alteraciones, el rey don Fernando para que la paz fuese durable dio perdón general a los que le habían deservido, y mandó que los demás hiciesen lo mismo y pusiesen en olvido los desabrimientos que entre si tenían y los agravios. Para el gobierno de las ciudades nombraba a los que en virtud y prudencia se adelantaban a los demás y los que entendía serían más agradables a los vasallos. De los herejes era tan enemigo, que no contento con hacerlos castigar a sus ministros, él mismo con su propia mano les arrimaba la leña y les pegaba fuego. Ya se dijo que por estos tiempos la secta de los albigenses andaba valida y que vinieron y entraron en España. Con estas virtudes tenía tan ganados o los naturales cuanto ningún otro príncipe. Mas por aprovecharse de esta buena voluntad y porque no se estragasen los soldados con la ociosidad y con los vicios que de ella resultan, acordó renovar la guerra contra moros. Mandó arbolar banderas y tocar atambores por todas partes para juntar un grueso campo. Los de Cuenca, Huete, Moya y Alarcón con los demás de aquella comarca, entendida la voluntad del rey, se apellidaron unos a otros; y junto buen golpe de gente,

 

 

 

 

 

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rompieron por el reino de Valencia, talaron los campos, quemaron y saquearon los pueblos, y con una grande cabalgada, volvieron ricos y contentos a sus casas.

 

Por otra parte, el rey, alegre con tan buen principio, que era como pronóstico de lo restante de aquella guerra, con un grueso ejército que juntó se enderezó contra los moros de Andalucía. Hacíanlo compañía entre los más principales el arzobispo don Rodrigo, persona de gran valor y brío y que no podía estar ocioso, los maestres de las órdenes, don Lope de Haro, don Rodrigo Girón, don Alfonso de Meneses, sin otros ricos hombres y caballeros de menor cuenta. Luego que pasaron la Sierra Morena, vinieron embajadores de parte de Mahomad, rey de Baeza, para ofrecer la obediencia, que estaba presto de rendir la ciudad y ayudar con dineros y vituallas. El miedo hacía cobardes a los moros, los deleites los tenían estragados, y por las discordias que entre sí tenían a punto de perderse. Hiciéronse los asientos y capitulaciones en Guadalimar; desde allí pasaron nuestras gentes sobre Quesada, villa principal en lo que hoy es adelantamiento de Cazorla. Los moradores, fiados en la fortaleza de sus murallas y en que eran muchos, al principio se pusieron en defensa; pero al fin el lugar se entró por fuerza. Pasaron a cuchillo todos los que podían tomar armas, los demás tomaron por esclavos en número de siete mil. Con el castigo y destrozo de este pueblo se dio aviso a los demás para que no se atreviesen a hacer resistencia. Sería largo cuento relatar por menudo todo lo que sucedió en esta jornada. La suma de todo es que muchos pueblos por aquella comarca quedaron yermos de gente, huidos los moradores, otros se rindieron por no desamparar sus casas; algunos quedaron destruidos del todo, y en otros pusieron guarniciones de soldados con intento de conservarlos. Don Lope de Haro y los maestres de las órdenes militares con parte de la gente acometieron un pueblo llamado Víboras, de que se apoderaron sin embargo que tenían dentro mil quinientos árabes, de los cuales unos mataron y otros se huyeron. En estas empresas pasaron los meses del estío y parte del otoño; y porque cargaba el tiempo, por el mes de noviembre del año 1224 dieron la vuelta a Toledo, donde las reinas, madre y nuera, esperaban la venida del rey. Gastáronse algunos días en fiestas y regocijos que se hicieron en aquella ciudad para alegrar la gente, procesiones y rogativas para dar gracias a Dios por mercedes tan grandes.

 

Hecho esto, luego que el tiempo dio lugar y las fiestas, mandó el rey a la gente se enderezase la vuelta de Cuenca con intento de acometer por

 

 

 

 

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aquella parte a los moros del reino de Valencia; más aquel rey, por nombre Zeit, acordó ganar por la mano. Los daños que le hicieron la vez pasada y el miedo de mayores males le aquejaban de suerte, que vino a la ciudad de Cuenca a ponerse en las manos del rey don Fernando y concertarse con él como fuese su voluntad y merced. Los aragoneses se quejaron de aquellos tratos, por pretender que el reino de Valencia era de su conquista, y que los castellanos no tenían en él parte ni derecho alguno. Despacharon embajadores para querellarse de aquel agravio, y juntamente para mostrar sus fuerzas y valor hicieron entrada en las tierras de Castilla por la parte de Soria. No pudieron llevar adelante esta demanda por entonces, a causa de nuevas alteraciones que en Aragón resultaron.

 

Fue así, que don Guillén de Moncada y don Pedro Aliones se juntaron con el infante don Fernando, tío del rey. La junta fue en Tauste, cuya tenencia estaba a cargo del dicho don Pedro. Tomaron su acuerdo, y quedó resuelto que se apoderasen de la persona del rey. La voz era ser así necesario y cumplidero para el bien del reino, que decían se estragaba a causa de los malos consejeros que tenía al lado y a las orejas el rey; mas a la verdad cada cual de los tres tenía sus pretensiones particulares. El Moncada estaba sentido del estado que le quitaron, don Fernando, aunque monje y abad del monasterio de Montearagón, no tenía perdida la esperanza ni el deseo de la corona; que la dolencia de ambición es mala de sanar. A don Pedro Aliones daba pesadumbre verse descaído de la privanza que solía tener, con que todo lo gobernaba a su voluntad, y pretendía convertir la gracia en fuerza y por aquel camino conservarse. Para más fortificar su partido acordaron por medio de Lope Jiménez de Luesia ganar a don Nuño, hijo del infante don Sancho, conde de Rosellón, para que, olvidadas las enemistades que ya tocamos, les asistiese en aquella demanda. Tomado este acuerdo, se enderezaron la vuelta de Alagón, en que a la sazón se hallaba el rey descuidado de aquellos tratos. Entraron de tropel, y con buenas palabras le persuadieron se fuese a Zaragoza para tomaren aquella ciudad acuerdo sobre algunos puntos de importancia que pertenecían a su servicio y al bien del reino. El rey, si bien los semblantes eran buenos, como quier que la mentira sea más artificiosa que la verdad, todavía echó de ver que procedían con engaño y que su pretensión era mala.

 

No hay arma más fuerte que la necesidad; otorgó con lo que le pedían, demás que para todo lo que resultase le venía mejor estar en aquella

 

 

 

 

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ciudad que en algún otro pueblo pequeño; acompañaron al rey hasta Zaragoza, aposentáronle en su casa real, que llaman Zuda. Pusiéronle guardas para que no se pudiese comunicar con nadie ni de palabra ni por escrito. Los capitanes de estas guardas eran Guillén Boy y Pero Sánchez Martel, que para mayor recato de noche dormían muy junto al lecho del rey; gran infamia y mengua de la gente aragonesa y de su acostumbrada lealtad. Por espacio de veinte días tuvieron al rey encerrado, sin darle libertad alguna hasta tanto que condescendió con muchas demandas que le hirieron; en particular a don Guillén de Moncada hizo restituir los lugares y castillos que le quitó en Cataluña, demás de veinte mil ducados que por los daños prometió de darle. Tomado este asiento, todavía el infante don Fernando continuaba en el gobierno del reino, de que por fuerza con aquella ocasión se apoderara. Excusábase con la poca edad del rey y otras diversas causas que para ello alegaba. Para vencer tan graves dificultades no bastaba prudencia humana; solo ponía el rey su fiducia en Dios, que con paciencia y disimulación le libraría de aquella apretura y trabajo, y que las cosas se trocarían de manera que alcanzase su libertad.

 

Las cosas de Castilla por el contrario, conforme a los buenos principios iban en prosperidad y, en aumento. El rey don Fernando, porque los moros no se rehiciesen de fuerzas si los dejaba descansar, entrado el verano del año 1225, salió con sus gentes en campaña, y con nuevas compañías que levantó de soldados reforzó su ejército, y con él se encaminó la vuelta del Andalucía. Llevó en su compañía a don Rodrigo, arzobispo de Toledo, sin el cual veo que ninguna cosa de importancia acometían. Acudióles el rey moro de Baeza, ayudóles con bastimentos y recibiólos dentro de su ciudad; lealtad poco acostumbrada entre aquella gente. De esta vez ganaron a Andújar y a Martos, pueblos principales. Martos quedó por los caballeros de Calatrava, para que desde allí hiciesen frontera a los moros y correrías en sus tierras. Sin estos ganaron la villa de Jódar y otros muchos pueblos de menor cuenta, demás de las talas que dieron a los campos y de las grandes presas que hicieron de hombres y ganados; con que los soldados ricos y alegres volvieron a sus tierras pasado el verano. Esto mismo se continuó los años adelante, por el deseo y esperanza que todos tenían de acabar por aquel camino con lo restante de la morisma de España.

 

Las cosas de Aragón asimismo comenzaron a mejorarse, y los parciales y alborotados aflojaron algún tanto; con que el rey partió de Zaragoza la vía de Tortosa, ciudad puesta a la marina por la parte que el

 

 

 

 

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río Ebro desagua en el mar, y no lejos de los pueblos llamados antiguamente ilergavones, que se extendían largamente por las riberas de aquel río. Iban en su compañía aquellos caballeros conjurados con muestra de quererle servir, como quier que a la verdad pretendiesen continuar en lo comenzado. Para este intento se les juntaron otros muchos de los ricos hombres y principales, en particular don Sancho, obispo de Zaragoza, por respeto de su hermano don Pedro Abones y para asistirle, y con él don Eril, obispo de Lérida; que todos, así eclesiásticos como seglares, se mezclaban en esta trama. Deseaba el rey librarse de esta opresión a sí y a su reino y satisfacerse del agravio que le hacían, y de aquel tan notable desacato; mas hacía poca confianza de los que tenía a su lado, de sus cortesanos y criados, por ser muchos de ellos parciales. Acordó partirse sin darles parte y recogerse en Huerta, pueblo de los caballeros templarios. Desde allí despachó sus cartas en que mandaba a los señores y a la demás gente que con sus armas acudiesen a la ciudad de Teruel para hacer guerra en el reino de Valencia, empresa que los de Aragón mucho deseaban. Con que de un camino pensaba ganar las voluntades de la gente y acreditarse, si, como confiaba, saliese con aquella demanda.

 

Los señores y gente principal hacían burla de este acometimiento. Parecíales era juego de niños, si bien al llamado del rey para el día que señaló en sus cartas se juntaron en aquella ciudad algunos pocos aragoneses y algo mayor número de los catalanes. Con esta gente, aunque era poca, rompió por aquella parte donde se tendían los ilergavones, y hecho mucho daño en aquella comarca, se puso sobre Peñíscola, plaza fuerte, y que tomó aquel nombre por estar asentada sobre un peñol empinado a modo de pirámide, cercado del mar casi por todas partes, y que tiene por frente la isla de Mallorca. En lo bajo del peñasco hay muchas cavernas y calas, con una fuente de agua dulce que luego entra en el mar; el circuito es de una milla, la subida agria en demasía y muy áspera, sino es por la parte que están edificadas las casas. El rey Zeit, con la nueva que le vino de esta entrada, cobró grande miedo, y los de Valencia se turbaron de suerte, que ya les parecía tener a los enemigos a las puertas de aquella ciudad. Despacharon sus embajadores para requerir de paz al rey de Aragón; él se la otorgó de buena voluntad, a tal que cada un año le pagasen la quinta parte de las rentas reales que se recogían de los reinos de Valencia y de Murcia. Tomado este asiento, sin pasar adelante dieron los aragoneses la vuelta para Teruel, y desde allí se fueron a Zaragoza.

 

 

 

 

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En el camino encontraron junto a una aldea llamada Calamocha a don Pedro Abones, que a su costa y del obispo, su hermano, llevaba golpe de gente para hacer entrada en el reino de Valencia. Quisiera el rey estorbarle aquella entrada, por guardar la palabra, que dio y concierto que hizo con aquella gente. Como él se excusase con la mucha costa que hiciera en las pagas y sustento de su gente, y porque le querían echar mano se huyese, los soldados que en compañía del mismo rey le seguían, sin poder irles a la mano, le mataron; indigno de tal suerte por su mucho valor y maña, si los servicios que tenía hechos y su privanza, que alcanzó otro tiempo muy grande, no la trocara en deslealtad y en conjurarse con los demás; sin embargo, todo el reino sintió su muerte de suerte que, excepto Calatayud que se conservó por el rey, todas las otras ciudades tomaron la voz de su tío don Fernando; cosa que al rey puso en mucho cuidado, que por una parte deseaba apaciguar la gente por bien, y por otra le parecía que si no era por fuerza y con las armas en puño, no podría sujetar a sus contrarios.

 

Vinieron pues a las manos, y la guerra se continuaba con varios sucesos y trances el año que se contó de Cristo de 1226; en el cual año el rey Luis VIII de Francia hacía la guerra contra los albigenses, y en el discurso de ella tomó por fuerza la ciudad de Aviñón, y le abatió las murallas porque los herejes no se tornasen a afirmar en ella. Cortó la muerte sus buenos intentos, que le sobrevino en Montpellier a los 13 de noviembre. Dejó, entre otros, su hijo mayor de su mismo nombre, que lo sucedió en la corona, y por su gran piedad y sus obras muy santas alcanzó adelante renombre de santo. Su hermano Alfonso, conde de Poitiers, casó con la hija y heredera de Ramón, el postrero conde de Tolosa, que fue escalón para que aquel estado los años adelante recayese por los conciertos que hicieron y capitulaciones nupciales en la corona de Francia. Tuvo otrosí otros dos hermanos; el uno se llamó Roberto y fue conde de Arras y de Picardía, estados que confinan con Flandes y son partes de la Galia Bélgica; el otro se llamó Carlos, que fue duque de Anjou y conde de la Provenza, después rey de Sicilia y de Nápoles, como se dirá en su lugar.

 

 

 

 

XII. Que el rey don Fernando volvió a la guerra

 

del Andalucía

 

 

 

 

 

 

 

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El señorío de los moros y su poder iba muy de caída en España, lo cual sabía muy bien el rey don Fernando. El arzobispo de Toledo, que tenía la mayor autoridad entre todos (como él lo merecía), persuadió al rey hiciese de nuevo jornada contra moros, aunque no le pudo acompañar como solía en las guerras, porque cayó enfermo de una dolencia que le puso en aprieto en Guadalajara, donde se quedó. Envió en su lugar a don Domingo, obispo de Palencia. Tomaron los nuestros de esta vez algunos pueblos de poca suerte; pusieron cerco a la ciudad de Jaén, que tenía buena guarnición de soldados y buenos pertrechos, por donde no se pudo tomar, y porque allende de su fortaleza don Alvar Pérez de Castro, que algunos días antes, renunciada su patria, se pasara a los moros y estaba dentro, con otros ciento setenta que le siguieron animaron a los cercados para que no se diesen. Este don Álvaro era hijo de don Fernando de Castro, de quien dijimos murió en la ciudad de Marruecos. A la verdad muchos de los Castros por estos tiempos con facilidad se pasaban a la parte de los moros. No les faltaban ocasiones y excusas con que colorear su poca lealtad, si alguna causa fuese bastante para excusar tal inconstancia.

 

Revolvió el rey sobre Priego, pueblo tan fuerte, que los moros tenían en él recogidas sus haciendas para mayor seguridad. Todavía le entraron por fuerza con muerte de muchos de los que dentro hallaron y prisión de los demás, fuera de los que se retiraron al castillo, que se rindieron a partido y condición que los dejasen ir libres. Desde allí pasaron a la ciudad de Loja, que tomaron al tanto por fuerza, si bien los ciudadanos se recogieron al castillo y se hicieron fuertes en él; y porque parecía que con buenas palabras y esperanza de rendirse se pretendían entretener, los combatieron de suerte, que a escala vista entraron el castillo, y pasados a cuchillo los que el él hallaron, le abatieron las murallas; aviso para los demás, que no experimentasen la saña de los vencedores, ni se pusiesen en defensa. Así los de Alhambra, pueblo fuerte y asentado sobre peñas no muy lejos de Granada, por miedo le desampararon, y aún, dejando buena parte de sus bastimentos y menaje, se fueron a la ciudad de Granada. En ella para su habitacion les señalaron lo alto de aquella ciudad, que por esta causa, según se entiende, se llamó y se llama el Alhambra; si bien algunos son de parecer que aquel nombre se tomó de la tierra roja que hay en aquella parte, y la significa en arábigo aquella palabra alhambra. Siguieron los nuestros a los que huían sin parar hasta dar vista a la misma ciudad, en cuya vega, que es muy deleitosa, quemaron y asolaron los jardines y

 

 

 

 

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campos. Los ciudadanos cobraron tanto miedo, que acordaron requerir al rey de paz. Entre los embajadores que para esto despacharon fue uno el ya nombrado don Alvar Pérez de Castro. Tenía el rey deseo de ganarle y reducirle a su servicio por la fama que tenía de valor y prudencia, demás que le ofrecían de dar libertad a mil y trescientos cautivos cristianos. Por esto, tomado asiento con los de Granada y reducido don Álvaro a su servicio, revolvió sobre Montejo, y del cual pueblo se apoderó y le echó por tierra por estar tan adentro, que no se pudiera conservar.

 

Demás de esto, se halla que por este tiempo en las partes de Extremadura se ganó Capilla, pueblo que antiguamente se llamó Miróbriga, como se averigua por los letreros de mármoles que en él se han hallado; verdad es que en breve volvió a poder de moros, o sea que le entregaron al rey de Baeza. En estas cosas se pasaron los calores del estío, y el tiempo comenzaba a cargar; el rey por este respeto acordó que el maestre de Calatrava quedase en guarda de Andújar y de Mártos, y en su compañía don Alvar Pérez de Castro, por la mucha noticia que tenía de aquella tierra y de las cosas de los moros; que de su lealtad y constancia no dudaban, antes confiaban que pretendería con su esfuerzo y valor recompensar la falta pasada.

 

Con tanto dio la vuelta para Toledo, do la reina le esperaba, sin descuidarse en apercibirse de todo lo necesario para llevar adelante la guerra comenzada. Asimismo los soldados que quedaron de guarnición en el Andalucía, por no estar ociosos, acordaron de correr la campiña de Sevilla, ciudad de las más principales de España. Indignados los ciudadanos por ver delante sus ojos abrasarse sus cortijos y olivares, salieron con su rey Abulali contra los cristianos. El número era grande, la destreza y valentía de los moros no tanto. Vinieron a las manos, en que murieron de los moros en la pelea y en el alcance hasta en número de veinte mil, que fue un destrozo muy grande. Sin embargo, por otra parte los moros se pusieron sobre el castillo de Garcés, y le apretaron con tal rabia, que ni por el mucho daño que los de dentro les hicieron, ni por entender que el rey don Fernando, pasado el invierno, volvía con gente a continuar la guerra, desistieron de su intento hasta tanto que forzaron aquella plaza, que fue alguna mengua para los nuestros; la pérdida no fue muy grande, mayormente que se recompensó bastantemente aquel daño con lo que de nuevo se hizo en el Andalucía.

 

 

 

 

 

 

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Luego que llegó el rey don Fernando le salió a recibir el rey moro de Baeza, y en su compañía tres mil de a caballo y gran gente de a pie con intento, no sólo de hacer alarde de sus fuerzas, sino de servirle en la guerra, si fuese necesario. Dio este ofrecimiento mucho contento; rogáronle llevase adelante su buena voluntad, y en particular concertaron viniese en que en Salvatierra y en Capilla y en Burgalhimar, tres plazas importantes, residiesen soldados de guarnición para su seguridad; demás que como en rehenes, para cumplimiento de lo concertado, entregó la fortaleza de la misma ciudad de Baeza para que el maestre de Calatrava la tuviese en fidelidad. Los moros de Capilla, por ser aquella plaza muy fuerte, su sitio áspero y empinado, no quisieron pasar por este concierto ni recibir los soldados que les enviaban de guarnición; de que resultó que el castillo de Baeza quedó en propriedad por los cristianos, y sin embargo, el rey con todo su campo se fue a poner sobre Capilla con intento de rendirla o forzarla. Era esta buena ocasión para adelantarse los nuestros y mejorar su partido; pero era necesario, porque la gente era poca, afirmarla con nuevas compañías.

 

Por esta causa acordó el rey dejar su gente en el cerco y volver él atrás, muy dudoso en lo que debía hacer, si continuar la guerra del Andalucía, si acudir a Francia al socorro de su tía, lar reina doña Blanca, que por sus cartas y embajadas le hacía instancia la ayudase para apaciguar las alteraciones de aquel reino y sujetar a los señores, que por ser el rey de pocos años, que no pasaba de doce, y ella mujer y extranjera, se les atrevían y los desestimaban. Parecióle al rey cosa fea desamparar aquellos reyes, sus deudos, mayormente en aquel aprieto y trance; pero sucedieron dos cosas que le impidieron aquella empresa: la una, que los soldados que quedaron sobre Capilla, sin embargo de su ausencia, tomaron aquella plaza, a que era necesario acudir para que no se tornase a perder; la segunda, que camino de Almodóvar su misma gente dio la muerte al rey de Baeza, que se huía por miedo de los suyos, que tenía muy irritados por la amistad y asiento que puso con los cristianos; con que la guarnición del castillo de Baeza quedaba a mucho riesgo, si con presteza no le acorrían. Por estas dos causas el rey se determinó de sobreseer en lo de Francia y proseguir la empresa del Andalucía, pues era no menos justo y honroso vengar la muerte de aquel rey, su amigo y confederado, que ayudar a sosegar las pasiones de Francia; en especial que con aquella ocasión pretendió, si pudiese, lanzar toda la morisma de toda España. A la verdad

 

 

 

 

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la reina doña Blanca con la ayuda de Dios y su buena maña y prudencia, sin socorro de su sobrino sosegó los alborotos de su reino, de que se temían graves daños.

 

Todo esto pasaba el año de nuestra salvación de 1227; en él se abrieron los cimientos de la iglesia mayor de Toledo, tan célebre edificio y de tanta majestad como hoy se ve, en el mismo sitio en que estaba la antigua, aunque mudada la traza. El rey y el arzobispo se hallaron a poner la primera piedra, debajo de la cual echaron medallas de oro y plata, conforme a la costumbre antigua de los romanos. Otros templos se podrán aventajar a éste en la hermosura y primor de la traza, en la grandeza y capacidad; más en la muchedumbre y riqueza de sus preseas y de su ornato, en la grandeza de las rentas, en el número de los ministros, en la majestad de ceremonias y culto divino, ninguno en toda la cristiandad se le iguala; muestra muy ilustre de la cristiandad y piedad de España, en especial de la dicha ciudad. Falleció a los 18 de julio el papa Honorio III; sucedióle en el pontificado Gregorio IX, natural de la ciudad de Anagni.

 

Floreció otrosí en España don Lucas, primero diácono de León, y después obispo de Tuy. Deseoso de adelantarse en virtud y letras y por visitar los lugares santos, cuando era más mozo pasó a Italia y a Roma y desde allí a las partes de Levante. Fue contemporáneo de don Rodrigo, arzobispo de Toledo, y ejercitóse en los mismos estudios, porque compuso una Historia de las cosas de España, en cuyo principio ingirió el Cronicón de San Isidoro; que dio ocasión a algunos de tener y citar la primera parte de aquella historia por del mismo santo. Escribió demás de la historia la vida del dicho san Isidoro y otro libro grande de sus milagros; obra en que de la mitad adelante confuta la secta de los albigenses y sus errores, que son los mismos de los luteranos. De la confutación consta que estos herejes entraron en España, según que arriba se mostró por un pedazo que de este libro tomamos. Escribió estas obras, como él mismo lo testifica, por mandado de la reina doña Berenguela, señora muy devota y favorecedora de los hombres virtuosos y letrados.

 

 

 

 

XIII. Que se volvió de nuevo a la guerra de los

 

moros

 

 

 

 

 

 

 

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Los moros de Baeza tenían apretado el castillo de aquella ciudad, que, como se dijo, quedó en poder de cristianos; que si bien eran en pequeño número, por estar proveídos de vituallas, se defendieron y entretuvieron hasta tanto que el rey don Femando sobrevino con un grueso ejército. Con su venida los moros, visto que no tenían fuerzas bastantes para resistir, no solo desistieron del cerco, sino desamparada la ciudad, se retiraron a lo más dentro del Andalucía. Quedó por gobernador de aquella ciudad nuevamente ganada don Lope de Haro; merced debida a sus servicios, pues en todas las empresas de importancia se hallaba. El cuidado de Martos se encargó a Alvar Pérez de Castro y a Tello de Meneses. No se hizo alguna otra cosa que sea digna de memoria en esta jornada, salvo que después que el rey dio la vuelta a Toledo, don Tello con sus soldados entró a correr los campos de Baena y de Lucena, sin parar hasta dar vista a la campiña de Sevilla y hacer por todas partes grandes talas y presas. Por el contrario, el rey de Sevilla, para divertirle con su gente, llegó a la ciudad de Baeza y le corrió sus campos. Los moros que se ausentaron de aquella ciudad, por ser restituidos en su patria, le incitaron a emprender esta jornada; pero visto que no tenía fuerzas bastantes para salir con la empresa, trató de hacer paces con los cristianos y se concertó de pagar cada un año de tributo trescientos mil maravedíes, en especial que de su misma gente se le armaba otra mayor tempestad; y fue que los moros de Murcia por este tiempo alzaron por rey un moro, por nombre Abenhut, que venía del linaje de los reyes de Zaragoza, y era grande enemigo de los almohades.

 

Decía públicamente que la causa de los males y calamidades pasadas y de hallarse su nación en aquel término y tan sin fuerzas eran las novedades que aquella secta introdujo en España. No hay cosa más poderosa para mover al pueblo que la capa de religión, debajo de la cual se suelen encubrir grandes engaños. Arrimósele pues gran morisma por esta causa, gran muchedumbre de gentes, en especial en la comarca de Granada y en lo restante de Andalucía, con esperanza en que todos entraban, que por medio de este moro se mejoraría y adelantaría su partido, que iba muy de caída. Los demás de aquella nación, y aún los príncipes cristianos, estaban con cuidado no resultase de aquella centella y de aquel principio algún fuego con que todo se abrasase. Esto pasaba en España el año que se contó de Cristo 1228.

 

 

 

 

 

 

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En Francia, el mismo año, Ramón, postrer conde de Tolosa, apretado con la guerra que el rey Luis le hacía por causa de su herejía, se redujo y se reconcilió con la Iglesia. Las condiciones y cargas que el mismo rey y Romano, cardenal de San Angel, como legado del papa, le impusieron, fueron las siguientes: que el conde con todo cuidado procurase desterrar de su tierra la secta de los albigenses; que su hija y heredera, por nombre Juana, casase con uno de los hermanos de aquel rey, el que más le agradase; si de este matrimonio no quedase sucesión, el condado de Tolosa se juntase con la corona de Francia. La ignorancia suele acarrear grandes daños; para la enseñanza del pueblo mandaron que en la ciudad de Tolosa asalariase a su costa cuatro lectores de teología, dos juristas, seis maestros de las artes liberales y dos gramáticos. Para seguridad que cumpliría todo esto puso en poder del rey y le entregó cinco castillos y su misma hija. Tomóse este asiento en la ciudad de París; y hechas las capitulaciones, por el mes de abril compareció el conde en la iglesia mayor de aquella ciudad desnudo, fuera de la camisa; allí le absolvió el legado de las censuras incurridas por los excesos pasados; juntamente le dio la divisa de la cruz, como se acostumbraba, para que dentro de cierto tiempo pasase a la guerra de la Tierra Santa y en ella residiese por espacio y término de cinco años, que era una de las condiciones que se capitularon; tan grande autoridad tenían por estos tiempos los papas, tanta fuerza la Iglesia, ayudada del favor y asistencia de los reyes, para castigar los rebeldes y malos y escarmentar a los demás.

 

Fallecieron otrosí en España algunos grandes personajes, y entre ellos don Ramiro, obispo de Pamplona, de la nobilísima alcurnia de los reyes de Navarra. Sucedióle en el obispado don Pedro Ramírez, en cuyo tiempo el papa Gregorio IV tomó debajo de su protección aquella iglesia y sus prelados; que era eximirla de la jurisdicción de los metropolitanos de España.

En Aragón el rey con su buena maña conquistaba aquellos caballeros parciales para que se le rindiesen. Recibió en su gracia a su tío el infante don Fernando, sin embargo de las revueltas pasadas, y púsole por condición diese orden como los conjurados se alzasen entre sí unos a otros los homenajes y la palabra que se tenían dada. Don Sancho, obispo de Zaragoza, pretendía le restituyesen los pueblos que eran de su hermano don Pedro Ahones, de que el rey se apoderó luego que le mataron. Otorgóle que estuviese a derecho y que pasasen por lo que los jueces

 

 

 

 

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determinasen. Hízose así, y oídas las partes, pronunciaron que los pueblos que tenían en tenencia quedasen por el rey; los demás heredados de sus padres, se restituyesen al Obispo, pues no era justo que por la falta de uno padeciese todo el linaje. Parecía con esto quedar el reino sosegado.

 

Los de la casa de Cabrera no acababan de apaciguarse. Aurembiase, hija de Armengol, conde de Urgel, según que se concertara, pretendía en juicio que le restituyesen el estado de su padre, de que los Cabreras se apoderaron por fuerza. Ellos, no solo no hacían caso de aquella demanda, más aún mostraban burlarse de la autoridad real, y no querían dejar el estado que poseían de años atrás. Vinieron a rompimiento y a las manos; el rey, que hacía las partes de aquella señora, quitó a los Cabreras muchos de aquellos pueblos, unos por fuerza, otros que se rindieron de su voluntad, en especial la ciudad de Balaguer, cabeza de aquel estado de Urgel. Hecho esto, acordó casar aquella doncella Aurembiase, para que nadie se le atreviese, con don Pedro, infante de Portugal, tío suyo, primo hermano de su padre, que a la sazón andaba huido en la corte de Aragón. Gerardo Cabrera el desposeído tomó el hábito de los templarios, quién sabe si por devoción, si por otro respeto; lo cierto es que los años adelante don Ponce, su hijo, por el derecho que su padre pretendía, alcanzó el condado de Urgel a causa que Aurembiase no dejó sucesión alguna de su marido el infante don Pedro, como se dirá en otro lugar; con tanto tuvieron fin aquellos debates.

 

El deudo del rey y del infante era de esta manera. El infante don Pedro fue hijo de don Sancho, rey de Portugal, habido en la reina doña Aldonza, hermana que fue de don Alfonso, rey de Aragón, abuelo del rey don Jaime; de suerte que el infante era tío del rey, primo hermano de su padre el rey don Pedro, que mataron en Francia.

 

 

 

 

XIV. Que el rey de Aragón ganó la isla de

 

Mallorca

 

En un mismo tiempo en Castilla y en Aragón se hacía guerra contra los moros. Los aragoneses adelantaron mucho sus cosas, los de Castilla no hicieron de presente grande progreso. El nuevo rey Abenhut tenía puesto en cuidado al rey don Fernando por verle de nuevo apoderado de Granada,

 

 

 

 

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ciudad populosa y principal. Juntó sus huestes y llegó con ellas hasta dar vista a aquella ciudad y pasó adelante hasta Almería; más no hizo otro efecto de importancia, a causa que el enemigo, escarmentado en cabeza ajena, se excusó de venir a las manos. Con esto se pasó lo restante de este año y del luego siguiente 1229, en el cual tiempo se tuvo aviso de Alemania que los caballeros teutónicos, que por espacio de muchos años mostraron mucho valor en las guerras de la Tierra Santa, con la cruz negra que traían por divisa sobre manto blanco, luego que se perdió la ciudad de Ptolemaide, se volvieron a su patria, que eran naturales de Alemania, y con licencia del emperador Federico II, hicieron su asiento en la Prusia, provincia áspera e inculta, puesta entre Sajonia y Polonia, cuyos moradores aún no eran cristianos. Aumentáronse poco adelante estos caballeros en poder y fuerzas con apoderarse y conquistar la provincia de Livonia, que se cuenta entre los sármatas y cae sobre el reino de Polonia. Mantuviéronse por muchos años e hicieron buenos efectos hasta tanto que Alberto, último maestre de aquella caballería, se inficionó con la herejía luterana, y con la libertad de aquella secta dejó el hábito y renunció, por casarse, aquellas provincias y las entregó al rey de Polonia.

 

Volvamos al rey don Jaime de Aragón. Luego que vio apaciguado su reino, comenzó a tratar de qué manera podría emplear sus fuerzas contra los enemigos de Cristo. Acaeció que cierto día un hombre principal de Tarragona, por nombre Pedro Martello, le convidó a comer en su casa; las ventanas de la sala en que era el convite caían sobre la mar, y por frente la isla de Mallorca. Con esta ocasión, de una plática en otra vinieron a tratar de la fertilidad, frescura y riqueza de aquella isla y de las demás que caen en aquel paraje. Tomó la mano Pedro Martello, como el que tenía larga experiencia de todo lo que pasaba en este caso. Encareció con muchas palabras las excelencias de Mallorca, su fertilidad y abundancia, los grandes daños que desde allí se hacían en las costas de Cataluña y las otras comarcanas de España.

 

Sucedió muy a propósito que pocos días antes aquellos moros tomaron ciertas naves catalanas; y al embajador que enviaron para requerir que las restituyesen, como hiciese su demanda en nombre del rey don Jaime de Aragón, respondió el rey moro, que se llamaba Retabohihes, con grande arrogancia: «¿Qué rey me nombráis aquí?». El embajador: «Al hijo, dijo, del rey de Aragón, que en las Navas de Tolosa desbarató y destrozó un grande ejército de vuestra nación». Indignóse el moro de suerte con esta

 

 

 

 

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respuesta tan resoluta, que poco faltó no pusiesen la mano en el embajador; mas en fin prevaleció el derecho de las gentes; sólo le hicieron luego salir de la isla. Alteróse el rey de Aragón oídas estas cosas, y resolvióse de emprender aquella guerra, en que tantas comodidades se representaban. Para apercibirse de todo lo necesario juntó Cortes en Barcelona, dio cuenta de la empresa que pensaba tomar; de que los presentes recibieron tanto gusto, que con grande voluntad para este efecto le otorgaron segunda vez el boyático, tributo que se solía dar a los reyes una vez solamente. Con esto despachó sus cartas, en que mandó que para mediado el mes de mayo los soldados y las compañías se juntasen en el puerto de Salou, cerca de Tarragona, do se aprestaba la armada y se hacía toda la masa de la gente para pasar a Mallorca.

 

En este medio vino de Roma a Aragón por legado del papa, Juan, monje de Cluny y cardenal sabinense, sobre negocios muy graves. Acudió el rey a Calatayud para verse con el legado. Vino asimismo a aquella ciudad Zeit, rey de Valencia, despojado de aquel reino y de aquella ciudad por otro moro llamado Zaen. El amistad que tenía con los cristianos le acarreó este daño y este revés tan grande, demás que se rugía quería hacerse cristiano. Por esto el rey don Jaime se resolvió de recibirle debajo de su protección, no solo a él, sino también a su hijo Abahomat, y para restituirlos en su estado, hacer guerra a aquel tirano, como lo cumplió adelante. El negocio principal sobre que vino el legado era el casamiento del rey, que pretendía apartarse de la reina, y para ello alegaba el impedimento de consanguinidad, si bien tenía ya un hijo, por nombre don Alfonso, para suceder en la corona y estados de su padre. Para averiguar este pleito el rey y el legado pasaron a Tarazona. Acudieron allí don Rodrigo, arzobispo de Toledo, y Aspargo, arzobispo de Tarragona, con otros muchos obispos de Castilla y de Aragón para hallarse a la determinación de aquel negocio tan grave y que a todos tocaba. Alegaron las partes de su justicia, formóse el proceso, y por conclusión se pronunció que el casamiento era ninguno y que al rey y la reina quedaban libres para disponer de sí; y sin embargo, determinaron que el hijo, como legítimo, heredase el reino de su padre. Dada la sentencia, la reina doña Leonor, ya ni viuda ni casada, se partió de buena gana para hacer compañía a su hermana doña Berenguela y consolarse con ella en aquella su soledad. Dejáronle los pueblos que tenía en Aragón como en arras y parte de dote, llevó otrosí muchas preseas de paños ricos, oro, plata y pedrería.

 

 

 

 

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Despedida la junta, el rey acudió a Tarragona para hallarse al tiempo señalado. Lo restante del estío gastó en aprestar la flota y en juntar los soldados, que de cada día le venían en gran número con gran voluntad de tener parte en aquella empresa. Luego que todo estuvo a punto se embarcó la gente, y por el mes de septiembre, con buen tiempo, se hicieron a la vela y se alargaron a la mar. El número de la gente, quince mil infantes y mil quinientos caballos. Ciento y treinta y cinco velas entre naves de alto borde, que eran veinticinco, doce galeras, y los demás bergantines y vasos pequeños; iban otrosí algunos bajeles, que servían para llevar los caballos. La navegación es corta; así en breve llegaron a vista de Mallorca. Allí de súbito les sobrevino tal tempestad y les cargó el tiempo de suerte, que la armada se derrotó en gran parte y estuvieron a riesgo de no pasar adelante. Fue Dios servido que a puesta de sol el viento leste o levante, que traía desasosegado el mar y sopla de ordinario por aquellas partes, calmó y se trocó en cierzo, muy a propósito para proseguir su navegación y acabarla. En todo este peligro mostró el rey grande constancia y ánimo; con que todos se animaron y se remediaron los daños.

 

La figura de Mallorca es cuadrada, con cuatro cabos y remates, que miran a las cuatro partes del mundo. A la parte de poniente tiene el puerto de Palumbaria, y por frente la isla llamada Dragonera, el cabo o promontorio de las Salinas cae a mediodía, y en medio del puerto y de este cabo, casi a igual distancia, está asentada la principal ciudad, que tiene el mismo nombre de la isla, ca se llama Mallorca; los cabos de la Piedra y de San Vicente miran a las partes de levante y de septentrión. Cerca del cabo de la Piedra está situado un pequeño lugar, pero que tiene buen puerto y abrigo para las naves; llámase Polencia, y antiguamente fue colonia de romanos. Quisiera el rey tomar este puerto; pero el viento contrario le forzó a surgir en el de Palumbaria, distante de la ciudad treinta millas. La galera capitana, en que el rey iba, fue la primera a entrar en el puerto y tras ella lo restante de la armada, sin que faltase bajel alguno de toda ella. Acudió gran morisma para impedir que no saltasen en tierra; por esto les fue forzoso pasarse al puerto de Santa Poncia, que está más adelante entre poniente y mediodía. Allí echaron anclas, y a pesar de los moros, saltaron en tierra.

 

Hubo algunas escaramuzas al desembarcar, en que siempre los cristianos llevaron lo mejor. El intento era enderezarse la vuelta de la ciudad de Mallorca; porque ella tomada, lo demás de la isla se rendiría con

 

 

 

 

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mucha facilidad. No ignoraba esto el rey moro, antes para su defensa tenía hechas sus estancias en el monte Portopí, que está a vista de la ciudad. La gente que tenía era más en número que en fuerzas señalada. Acordó valerse de maña y parar una celada en el camino entre unas quebradas y bosques para tomar a los enemigos descuidados y de sobresalto. Sucedióle como lo pensaba, que los cristianos se descuidaron como si caminaran por tierra segura. Visto el desorden, los moros cargaron con tal denuedo, que los pusieron en grande aprieto. Murieron en la refriega, entre otros muchos, don Guillén de Moncada, vizconde de Bearne, y don Ramón de Moncada, personajes de gran cuenta y que iban en la vanguardia, y fueron los primeros a hacer rostro en aquel trance, que fue una pérdida muy grande y notable desgracia. Bajaban del monte, que cerca está, los moros en gran número para ayudar a los suyos, de suerte que de una parte y de otra se trabó una reñida batalla, y los fieles se vieron en gran peligro y cercados de todas partes. El esfuerzo y valor del rey y su buena dicha venció estas dificultades; ca sin saber el daño que los suyos recibieron al principio, peleó valientemente y forzó a los moros, primero a retirarse poco a poco, después a huir y recogerse en sus reales. La pelea fue con poca orden a fuer de África, de tropel, y que ya acometen, yo vuelven las espaldas, aquí se retiran, allí cargan. Los cristianos siguieron el alcance, subieron al monte al son de sus cajas y entraron los reales de los moros, con que la victoria y el campo quedó de todo punto por ellos.

 

No pasaron adelante ni se curaron de ejecutar la victoria y de seguir a los vencidos, porque tenían la guarida cerca y más noticia de toda aquella tierra. Contentáronse con lo hecho y con asentar sus reales a vista de la ciudad para combatirla, por entender que los de dentro estaban muy proveídos y de su voluntad no se rendirían. Los días adelante pusieron diligencia en levantar todo género de máquinas, trabucos, torres y mantas para batir y arrimarse a las murallas. Cegaron el foso de la ciudad, que era ancho y hondo, con hornija y otros materiales. Salían los moros de rebato para desbaratar e impedir estos ingenios, pero las más veces volvían con las manos en la cabeza. Finalmente, los soldados se arrimaron al muro, y con picos arrancaron las piedras de los cimientos de cuatro torres, que apuntalaron con vigas, y después les pegaron fuego; con que las dichas cuatro torres dieron en tierra, y en el muro quedó abierta una grande entrada.

 

 

 

 

 

 

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Los moros, visto el peligro que corrían si la ciudad se entraba por fuerza de ser muertos y saqueadas sus casas, vinieron en pedir concierto. Pretendían les dejasen las vidas y las haciendas y que con su rey se pudiesen pasar en África. A muchos parecía bueno este partido y que se debía venir en lo que pedían. De este parecer era don Nuño, conde de Rosellón, que era el medianero en estos tratos; los amigos y deudos del príncipe de Bearne, con deseo de vengarse, pretendían que era afrenta e infamia acabar la guerra antes de tomar venganza de tantos y tan buenos caballeros como aquellos bárbaros mataron. Los cercados, perdida la esperanza de concierto, tornaron con furia rabiosa a la pelea y con mayor ímpetu que antes a defender la ciudad. La desesperación es una muy fuerte arma; hicieron mucho daño en los nuestros, tanto, que ya se arrepentían los que estorbaron el concierto y holgaran se admitiera de nuevo. Finalmente, derribada gran parte del muro, era forzoso a los nuestros que por las piedras y ruinas procurasen hacer camino. Algunos decían convenía acometer la ciudad de noche cuando las centinelas están cansadas; el rey, por excusar la libertad y desórdenes que trae consigo la noche, mandó que se guardasen las puertas y portillos con todo cuidado porque no huyesen los enemigos. Al alba concertó y puso en orden los suyos para dar el asalto, y de parte que pudo ser oído les habló en esta manera:

 

«Bien conozco, amigos, que para premiar vuestros trabajos y vuestro valor no tengo fuerzas bastantes; el reconocimiento y estima será perpetua por cuanto la vida durare. La ocasión que de presente se ofrece de hacer un nuevo servicio a Dios, a vuestra patria y a mi corona, y para vos ganar prez y honra inmortal es, cual veis, la mejor que se pudiera pensar. Con la toma de esta ciudad y con sus despojos quedaréis ricos y bien parados; con su sangre vengaréis la de vuestros deudos y hermanos, y yo por vuestro trabajo conquistaré un nuevo reino y estado. Los de dentro son pocos en número, sin aliento por la hambre que padecen, enfermedades, trabajos. ¿Quién será tan de tan poco ánimo que no arremeta y cierre con los enemigos y por aquellos muros aportillados no se haga camino con la espada para entrar en la ciudad? A Dios tenéis favorable, por cuyo nombre peleáis; éste será el remate de vuestros largos trabajos y fatigas, principio de alegría y de descanso. Los flacos y temerosos, si alguno hubiese, correrán más peligro; en el ánimo y osadía consiste la seguridad de los que valientemente pelearen».

 

 

 

 

 

 

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Dichas estas razones, mandó dar señal de acometer y cerrar por una, dos y tres veces. Los soldados se detenían; no sé qué miedo y espanto los tenía casi pasmados. El rey, «¿qué esperáis, dice, soldados? ¿Qué hacéis? Acometed y embestid con vuestro ánimo acostumbrado; los enemigos son los mismos que hasta aquí; ¿qué dudáis?». Despertados con estas palabras como de un sueño, arremeten de golpe y de tropel con gran grita y alarido; los moros acuden a todas partes con gran coraje para defender la entrada; hacen el último esfuerzo. Encendióse la batalla y la refriega en diversos lugares. Por conclusión, muertos y heridos muchos de los enemigos, se entró la ciudad, que saquearon los soldados a toda su voluntad, en que los unos y los otros se ensangrentaron. El rey moro, perdida toda esperanza, se escondió en cierto lugar secreto. De allí le sacaron; el rey don Jaime, como lo tenía jurado, para mayor afrenta le tomó por la barba, si bien con palabras corteses le animó y prometió que todo se haría bien. Tomada la ciudad, sin dilación se entregó la fortaleza, en que hallaron un hijo de aquel rey, en edad de trece años, que adelante bautizaron y se llamó don Jaime. Heredóle el rey en tierra de Valencia, y diole por juro de heredad la villa de Gotor, de que toman su apellido sus descendientes, caballeros principales de aquel reino; así bien como de otro caballero por nombre Currocio, natural de Alemania, noble, y que sirvió muy bien en esta guerra, y en recompensa de sus trabajos le dieron el lugar de Rebolledo, descienden los Carrocios, gente noble y principal, y que dura hasta nuestros tiempos, en el misma reino de Valencia.

 

Ganóse la ciudad de Mallorca, postrero día de diciembre, entrante el año de Cristo de 1230. Acordó el rey hacerla catedral y poner en ella obispo, si bien los canónigos de Barcelona pretendían pertenecerles aquel obispado por escrituras que alegaban, del todo olvidadas y desusadas; así no salieron con su pretensión. Los demás castillos y pueblos de toda la isla con facilidad vinieron a poder de cristianos; más ¿cómo pudieran sustentarse perdida la ciudad principal? Apaciguada la tierra y dado asiento en las cosas del nuevo reino, los más soldados dieron vuelta para sus casas y el rey pasó a Cataluña.

 

En este mismo año la religión de nuestra Señora de la Merced, que se instituyó pocos años antes, según que de suso queda apuntado, su modo de vivir y la regla que profesan, fue aprobada por el papa Gregorio IX, como parece por su bula, dada en Perosa, ciudad de Toscana, a 17 de enero de

 

 

 

 

 

 

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este mismo año, según que rezan las constituciones de esta orden al principio.

 

 

 

 

XV. Que el reino de León se unió con el de

 

Castilla

 

En el mismo tiempo que los de Aragón emprendieron la conquista de Mallorca y la ganaron, el rey don Alfonso de León con sus huestes y las de su hijo hizo una nueva entrada en tierra de moros. Púsose con sus gentes sobre Cáceres, villa principal de Extremadura y que otras veces había intentado de tomarla y no pudo salir con ello. Era príncipe brioso y denodado, las fuerzas que llevaba eran mayores que antes, y así pudo salir con la empresa, y aún pasó adelante animado con este principio a poner sitio sobre la ciudad de Mérida, que en otro tiempo fue la más principal de aquellas partes y de presente era populosa y grande.

 

El rey moro Abenhut, sabido lo que pasaba, por ganar reputación entre su gente acordó de ir con su hueste en socorro de los cercados. Su venida y determinación puso en cuidado al rey don Alfonso; por una parte se recelaba de ponerse al trance de una batalla por la poca gente que tenía, por otra el miedo de la infamia, si se retiraba, le aquejaba mucho más; que a tales personajes la afrenta suele ser más pesada que la misma muerte. Para resolverse juntó a consejo los capitanes, los pareceres fueron diferentes, como es ordinario. Los más en número y de mayor prudencia querían se excusase la batalla con aquel enemigo que venía poderoso y bravo; más el rey todavía se arrimó al parecer contrario de los que se mostraban más animosos y honrados. Tomada esta resolución, ordenó sus haces en guisa de pelear; lo mismo hicieron los moros, que ya tenían allí cerca sus estancias. Diose la señal de acometer; resonaban las trompetas, las cajas, los atabales por todas partes. Cerraron con grande ánimo los unos y los otros. La batalla por algún espacio fue muy herida y sangrienta, pero en fin, el valor de los cristianos sobrepujó la muchedumbre de los paganos. La victoria fue tan señalada y el destrozo de los enemigos de Cristo tan grande, que de miedo muchos pueblos de aquella comarca quedaron yermos por huirse sus moradores por diversas partes. Díjose por cosa cierta que el apóstol Santiago y en su compañía otros santos con

 

 

 

 

 

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ropas blancas en lo más recio de la batalla esforzaron a los nuestros y amedrentaron a los contrarios; y aún en Zamora no faltaron personas que publicaron haber visto a san Isidoro, que con otros santos se apresuraba para hallarse en aquella batalla en favor de los cristianos. La verdad ¿quién la podrá averiguar? La alegría de victorias semejantes suele dar ocasión a que se tengan por ciertos cualquier suerte de milagros.

 

Después de esta rota los de Mérida, por no tener esperanza les vendría otro socorro, abrieron las puertas a los vencedores, que fue el fruto principal de la victoria. Demás que de esta vez se ganó y vino a poder de cristianos la ciudad de Badajoz, puesta en aquella parte por do parten términos Extremadura, Andalucía y Portugal. El rey don Alfonso, que en el cuento de los reyes de Castilla y de León se pone por noveno de aquel nombre, acabadas cosas tan grandes y porque el tiempo cargaba, despidió su gente para que se fuese a invernar, resuelto de revolver con mayores fuerzas sobre los moros luego que el tiempo diese lugar. Atajó la muerte sus buenos intentos, que le sobrevino en Villanueva de Sarriá, de una dolencia aguda que allí le acabó al fin de este año, yendo a visitar el sepulcro del apóstol Santiago, para en él cumplir sus votos y dar gracias a Dios por mercedes tan señaladas; su cuerpo sepultaron en aquella iglesia de Santiago.

 

De doña Teresa, su primera mujer, dejó dos hijas, doña Sancha y doña Dulce; de la reina doña Berenguela quedaron don Fernando, que ya era rey de Castilla, y don Alfonso, que fue señor de Molina, y doña Berenguela, que casó con Juan de Brena, rey de Jerusalén. Tuvo otro hijo fuera de matrimonio, que se llamó don Rodrigo de León. Reinó por espacio de cuarenta y dos años, fue valeroso y esforzado en la guerra, tan amigo de justicia, que a los jueces, porque no recibiesen de las partes ni se dejasen negociar, señaló salarios públicos, y los castigaba con todo rigor si en esto excedían. Verdad es que oscureció y amancilló las demás virtudes de que fue dotado con dar orejas a chismes y reportes de los que andaban a su lado; falta muy perjudicial en los grandes príncipes. El odio que tuvo a su hijo don Fernando, de cuya virtud y santidad se debiera honrar más que de otra cosa, fue grande, y le duró por toda la vida, tanto que en su testamento nombró por sus herederas a las dos infantas, sus hijas mayores.

 

Por esta causa, para prevenir inconvenientes y pasiones, era forzoso que el rey don Fernando, pospuesto todo lo al, se apresurase para tomar posesión de aquel reino, si bien a la sazón se hallaba ocupado en la guerra

 

 

 

 

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que hacía en Andalucía; príncipe esforzado y valeroso y que no sabía reposar ni miraba por su salud a trueque de adelantar el partido de los cristianos. Puso cerco sobro Jaén, pero aunque la apretó con todo su poder, teníanla tan pertrechada de gente y de todo lo demás, que no pudo ganarla. Pasó con su campo sobre Daralherza. En este cerco estaba ocupado cuando le vinieron nuevas de la muerte de su padre. Aconsejábanle los que con él estaban, y entre ellos don Rodrigo, arzobispo de Toledo, diese la vuelta. Solicitábale sobre todos su madre, y cada día cargaban mensajes de todas partes en esta misma razón. Bien entendía él que le aconsejaban lo que era bueno y que la dilación le podría empecer más que todo; pero aquejábale en contrario el deseo de llevar adelante la empresa del Andalucía.

 

Su madre, con el cuidado que el amor de hijo le daba y por los miedos que él mismo le ocasionaba, acordó partirse para hablarle. En Orgaz, que está cinco leguas de Toledo, camino del Andalucía, se encontraron madre e hijo. Allí tomaron su acuerdo, que fue sin más dilación apresurar el camino para el reino de León, sin detenerse ni en Toledo ni en otra parte alguna. Hízose así, y el rey luego que llegó al reino de León, le halló más llano de lo que se pensaba. Los pueblos le abrían las puertas y le festejaban. Llamábanle rey pío y bienaventurado, con otros muchos títulos y renombres que le daban. Coronóse en Toro, honra debida a aquella ciudad por ser la primera que le ofreció la obediencia por sus cartas. Los ricos hombres no estaban del todo llanos, antes algunos seguían la voz de las infantas, con algunos pueblos que se les arrimaban. Pudiera resultar de esta división algún grande inconveniente, si los prelados de aquel reino no ganaran por la mano, cuyo oficio es no solo predicar, al pueblo y administrarle las cosas sagradas, sino mirar por el bien y pro común; y así, visto por quién estaba la justicia, enfrenaron sus particulares aficiones con la razón y dieron de su mano el reino a quien venía de derecho. Los principales en este número fueron Juan, obispo de Oviedo; Nuño, de Astorga; Rodrigo, de León; Miguel, de Lugo; Martín, de Mondoñedo; Miguel, de Ciudad-Rodrigo; Sancho, de Coria.

 

Doña Teresa, madre de las infantas, acudió de Portugal para darles como a hijas el ayuda y consejo necesario. Parecióle sería más acertado concertarse con su antenado, y para esto se vio con doña Berenguela, madre del rey, en Valencia la de Galicia; en esta vista y habla se acordaron que las infantas cediesen a su hermano el derecho que pretendían tener al reino, y que él les acudiese cada un año con treinta mil ducados para sus

 

 

 

 

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alimentos. Tomado este asiento, el rey de León, do estaba, partió para Valencia, las infantas fueron a Benavente para visitarle y verse con él. Al arzobispo don Rodrigo, en premio del trabajo que tomó en todos estos tratos y caminos tan largos y tan continuos que hacía sin cansarse jamás, dio el rey en aquella tierra la villa de Cascata. Por esta manera el reino de León tornó a juntarse con el de Castilla a cabo de setenta y tres años que andaba dividido, no sin perjuicio y daño de todos. La unión y atadura que en el rey don Fernando y sus descendientes se hizo y se ha continuado hasta nuestros tiempos fue principio y como pronóstico de la grandeza que hoy tienen los reyes de España.

 

 

 

 

XVI. De algunas vistas que diversos reyes

 

tuvieron entre sí

 

Don Sancho, rey de Navarra, por sobrenombre llamado el Fuerte, título que en su mocedad le dieron sus hazañas, mudado el modo de vivir y la traza en esta sazón a causa de su mucha grosura y de la poca salud que tenía, se estaba retirado en el castillo de Tudela sin cuidar mucho del gobierno. De este retiramiento los vasallos tomaron ocasión de atreverse y de alterarse, en especial en Pamplona, que diversas veces se alborotó por este tiempo. La falta del castigo hace a los hombres osados, y la dolencia de la cabeza redunda en los demás miembros. Asimismo don Lope Díaz de Haro, señor de Vizcaya, con golpe de gente por la parte de la Rioja hizo entrada en las tierras de Navarra, y en ella se apoderó de algunos pueblos y castillos. Sospechóse que el rey don Fernando tenía en esto parte, y que por su consejo y con sus fuerzas se encaminaban estas tramas. Lo que hacía más al caso que Teobaldo, conde de Campaña en Francia, sobrino de aquel rey por ser hijo de su hermana doña Blanca, infanta de Navarra, y que si tuviera paciencia había de heredar aquella corona por no tener el rey hijos, con demasiada prisa traía sus inteligencias con los señores de aquel reino para desposeer a su tío; grande crueldad y que le puso en condición de perder lo que tenía en la mano. Porque el rey don Sancho, avisado de lo que pasaba y punzadodel dolor que estos desórdenes le acarreaban, visto que porsí no tenía fuerzas bastantes para contrastar con los suyos y con los

 

 

 

 

 

 

 

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extraños, acordó buscar socorros de fuera y de camino vengarse de aquellos ultrajes y deslealtad.

 

El rey don Jaime, acabada la empresa de Mallorca, ganara renombre de esforzado y valeroso en tanto grado, que los demás príncipes a porfía pretendían su amistad y buena gracia. Acordó enviarle sus embajadores para rogarle se fuese a ver con él en Tudela para comunicarle algunos negocios muy graves y que no se podían tratar en ausencia por terceros. Hallábase el rey don Jaime en Zaragoza, donde por la vía de Poblet y de Lérida era venido después de la conquista de Mallorca. No le pareció dejar pasar aquella ocasión, que, según él imaginaba, se le presentaba de acrecentar su estado; así, sin pedir otra seguridad, se vino para el rey don Sancho. Mostráronse mucho amor de la una parte y de la otra. Acabados los comedimientos y cortesías, entraron en materia y trataron de lo que importaba. Querellóse don Sancho de su sobrino el conde Teobaldo, que sin respeto al deudo ni tener paciencia para esperar su muerte, con sus malas mañas le alteraba los vasallos. Del rey don Fernando dijo que, sin embargo que tenía tantas provincias, era su ambición tan grande, que con los nuevos ditados le crecía el apetitode mandar, mal desasosegado e incurable. Que tenía pensado valerse de sus fuerzas, de su dicha y de su maña, recobrar lo de Vizcaya, que le tenían contra derecho usurpado, y reprimir los insultos e intentos de Francia, y juntamente sosegar los naturales para que no se atreviesen. En recompensa de su trabajo le quería dejar aquel reino para después de sus días, y para más asegurarle desde luego nombrarle por su sucesor y adoptarle por hijo, como lo hizo por estas palabras: «Yo os nombro por mi heredero por vía de adopción para que hayáis y poseáis esta corona. Prospere Dios, nuestro Señor, y ayude esta nuestra voluntad; que bien entiendo después de mis días miraréis por mis vasallos, y mientras viviere haréis lo que de un buen hijo puede su padre esperar».

 

Aceptó el rey don Jaime esta adopción y la buena suerte que se lo presentaba. Para dar mejor color a todo concertaron que la adopción fuese recíproca, de suerte que cualquiera de los dos que faltase, el otro le sucediese en el reino. Era cosa ridícula y juego que un mozo y que se hallaba en lo mejor de su edad, además que tenía hijo y heredero, prohijase un viejo doliente y que estaba en lo postrero de su vida. Puédese sospechar que el navarro por su edad y dolencia no estuviese muy entero. A los 4 de abril se otorgaron las escrituras de este concierto, que confirmaron los

 

 

 

 

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señores que de Aragón y Navarra se hallaron presentes. Demás de esto, el navarro dio al de Aragón prestados para los gastos de la guerra cien mil sueldos, y en prendas recibió para seguridad de la deuda ciertos pueblos de Aragón. En esto vino nueva que el rey de Túnez aprestaba una gruesa armada pan recobrar la isla de Mallorca, que hizo despedir las vistas y abreviar, y forzó al rey don Jaime a dar la vuelta a Zaragoza para acudir a la defensa, si necesaria fuese.

 

En este tiempo falleció Aurembiase, dejó en su testamento el condado de Urgel, y Valladolid en Castilla al infante don Pedro, su marido, por no tener hijos; de que resultaron nuevos inconvenientes a causa que don Ponce de Cabrera acudió a los derechos y pretensiones antiguas de su casa, resuelto, si no le hacían razón, de valerse de las armas y de la fuerza. Atajó el rey con su prudencia la tempestad que se armaba. Concertó que al nuevo pretensor se diese aquel condado, fuera de la ciudad de Balaguer, que retuvo para sí, y al infante mientras que viviese entregó la isla de Mallorca para que la gobernase en su lugar y como teniente suyo. Tomado este acuerdo, el rey del puerto de Salou se hizo a la vela y aportó a Mallorca. Supo que el rey de Túnez por aquel año no venía; por esto sin hacer otra cosa dio la vuelta para su casa.

 

El rey don Fernando se ocupaba en visitar el nuevo reino de León a propósito de granjear las voluntades de la gente con todo género de buenas obras y mercedes que les hacía. En el entre tanto encargó el cuidado de la guerra contra moros al arzobispo don Rodrigo, y en recompensa le hizo merced de la villa de Quesada, a tal que echase de ella los moros, a cuyo poder era vuelta. Venido pues el verano, el arzobispo con gente rompió por aquella parte, corrió los campos, hizo presas, quemó las mieses que ya estaban sazonadas, y no sólo ganó de los moros a Quesada y Cazorla, villas puestas en los pueblos que antiguamente se llamaron bastetanos, sino también les tomó a Cuenca, Chelis, Niebla, que llamaron los romanos Elepla, con otros pueblos comarcanos de menor cuenta. Éste fue el principio del adelantamiento de Cazorla, que por largos tiempos por merced y gracia de los reyes poseyeron los arzobispos de Toledo, que nombraban como lugarteniente suyo al adelantado, hasta tanto que en nuestros días don Juan Tavera, cardenal y arzobispo de Toledo, le dio por juro de heredad para sus descendientes a don Francisco de los Cobos, comendador mayor de León, al cual de secretario suyo levantó a grande estado y dignidad el favor y privanza que alcanzó con el emperador

 

 

 

 

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Carlos V, rey de España. Verdad es que don Juan Silíceo, sucesor del dicho Cardenal, pretendió por pleito revocar aquella donación, como hecha en notable perjuicio de su iglesia; pero ni él ni sus sucesores salieron con su pretensión hasta que don Bernardo de Rojas y Sandoval, cardenal de Toledo, concertó la diferencia y restituyó a su iglesia aquella dignidad. Quesada, porque volvió a poder de moros y adelante la recobró con sus armas el rey don Fernando, se quedó por los reyes de Castilla.

 

Por estos tiempos Juan de Brena, rey de Jerusalén, perdido casi todo aquel reino, pasó por mar en Italia. Era francés de nación, solicitó a los príncipes de Europa que le ayudasen con sus gentes para recobrar su reino. De camino casó a Violante, única hija suya, con el emperador Federico II, que por este casamiento tomó título de rey de Jerusalén, y de él se quedó en los reyes de Sicilia, sus sucesores en aquel reino, hasta pasar con él y continuarse en los reyes de Aragón y de España sucesivamente. Solemnizadas estas bodas, el rey Juan de Brena pasó en España y aportó por mar a Barcelona, año de 1232. Hospedóle el rey de Aragón con mucho amor y regalo y le tuvo consigo algún tiempo. Fuese desde allí a Santiago de Galicia por voto que tenía hecho de visitar aquel santuario. Honróle mucho el rey don Fernando, y para mayor muestra de amor, si bien era extranjero y su estado en balanzas, le dio por mujer a su hermana la infanta doña Berenguela a la vuelta de su romería. Concluidas las bodas, dio aquel príncipe vuelta a Italia para, con los socorros que juntó, pasar a la guerra de la Tierra Santa. El suceso no fue conforme a sus esperanzas ni trabajos que por fuerza sufrió en viaje tan largo. Los Anales de Toledo, a quien damos mucho crédito, señalan la venida de este rey a España ocho años antes de esto, y que el rey don Fernando le recibió solemnemente en Toledo, día viernes, a 12 de abril. La verdad es que vuelto a Italia, perdida la esperanza de recobrar su reino, por orden del papa se encargó del imperio de Constantinopla, por ser de poca edad el emperador Balduino y estar aquel imperio que tenían los franceses a punto de perderse. Casó el mozo emperador con María, hija de aquel rey y de su mujer doña Berenguela. Éste quiso fuese el premio de los trabajos que pasó en aquel gobierno y tutela.

 

En Castilla los soldados de las órdenes militares se juntaron con el obispo de Plasencia, y de consuno ganaron de los moros a Trujillo, pueblo principal de la Extremadura. La toma fue a los 25 de enero.

 

 

 

 

 

 

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El rey don Jaime pasó tercera vez a Mallorca, y se apoderó de la isla de Menorca, que la de Ibiza, una de las Pitiusas y la mayor en el mar Ibérico, se conquistó el año adelante de 1234. Guillén Mongrio, prelado de Tarragona, sucesor de Aspargo, ya difunto, envió sus gentes para este efecto, y por esta causa quedó aquella isla sujeta a su diócesis y obispado, como era razón.

 

Este año, a los 7 de abril falleció en Tudela el rey don Sancho de Navarra. Su cuerpo enterraron en Nuestra Señora de Roncesvalles, convento de canónigos reglares, que él mismo edificó a su costa y le dotó de buenas rentas. Traen en el pecho una cruz azul en forma de cayado o de báculo, por lo demás el hábito es de clérigos ordinarios. Los navarros, luego que murió su rey, llamaron a Teobaldo, conde de Campaña, como a pariente más cercano. Coronóse por el mes de mayo en Pamplona. Un autor dice que el rey de Aragón, si bien tuvo aviso de todo, disimuló y no quiso irles a la mano ni seguir su derecho; que por ventura la conciencia le remordía para no pretender lo que no era suyo. Las guerras que emprendió adelante dan a entender que si disimuló fue por un poco de tiempo hasta desembarazarse y aprestarse para seguir su derecho de adopción, que le tenía por bien fundado; mas la esperanza de salir con su intento era poca por la aversión que mostraban los naturales.

 

Teníale otrosí puesto en cuidado un nuevo casamiento que trataba para sí con doña Violante, hija del rey de Hungría, que procuraba estorbar con todas sus fuerzas el rey don Fernando, porque todavía deseaba reconciliarle con su tía doña Leonor, que repudió los años pasados. Andaban embajadas sobre el caso; y porque por vía de terceros no se concluía nada, acordaron los dos reyes de verse en el monasterio de Huerta, puesto a la raya de los dos reinos. Allí se hablaron a los 17 de septiembre. No se hizo efecto alguno en el negocio principal por razones que el aragonés alegó en su defensa; sólo demás de los pueblos que antes tenía dio a la reina doña Leonor la villa de Ariza, en que pasase su soledad; y para mayor entretenimiento vino en que su hijo quedase en su compañía hasta tanto que fuese de más edad.

 

Empleaba esta señora su tiempo y sus rentas en obras de piedad; en particular a su costa, cerca de Almazán, fundó un monasterio de Premostre, orden cuyo fundador no muchos años antes de este tiempo fue Humberto, natural de Lorena en Francia. El nombre de premostratenses

 

 

 

 

 

 

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tomaron estos religiosos del primer monasterio que edificaron en el bosque de Premostre.

 

 

 

 

XVII. El principio que tuvieron las conquistas de

 

Córdoba y Valencia

 

Acabada la habla y las vistas, los dos reyes de Aragón y Castilla volvieron a proseguir la guerra santa contra los moros. Los aragoneses, feroces con la victoria de Mallorca y con odio que tenían al rey Zaen, que estaba por fuerza apoderado del reino de Valencia y había entrado por las tierras de Aragón robando y quemando aldeas y villas hasta llegar a Amposta y Tortosa, determinaban intentar la guerra de Valencia. Los castellanos proseguían la guerra comenzada en el Andalucía. La división que a esta sazón tenían entre sí los moros daba esperanza de buen suceso a los fieles, porque entre ellos andaban todos estos bandos: almohades, almorávides, benimerines, benadalodes. Era de tal manera la división y desconcierto, que aunque nadie les diera empellón, el mismo reino se cayera de suyo y se fuera a tierra. Concedieron los de Cataluña al Rey el tributo que llaman bovático para la guerra de Valencia, que no suelen conceder sino en el último aprieto y extrema necesidad.

 

Muchos de los cristianos comenzaron a hacer entradas en las tierras de los moros; talaban y robaban lo que podían, especialmente don Blasco de Alagón, que tomó de los moros a Morella, pueblo fuerte. Este buen agüero y pronóstico para la guerra siguiente, que una persona particular hiciese tan buen efecto, al rey dio pesadumbre; sentía que ninguno se le adelantase en dar principio a esta guerra. El castigo fue que tomó aquella villa para sí y dio a don Blasco en recompensa la villa de Sástago, que fue el principio de la guerra de Valencia y de los condes de Sástago, principal casa de aquel reino. Después de tomado Morella, otro pueblo llamado Burriana, pasados dos meses de cerco, se entregó al rey con condición que a los moradores les concediese la vida y libertad. Salieron de este pueblo siete mil personas entre hombres y mujeres. Grave daño fue para los moros la pérdida de estos dos pueblos, que con la fertilidad de sus campos sustentaban en aquella comarca otras muchas villas y castillos, a los cuales fue asimismo forzoso rendirse. De los primeros fue Peñíscola, a quien

 

 

 

 

 

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llama Ptolemeo Quersoneso, y con ella Castellón y Buñol. Don Jimeno de Urrea tomó a Alcalaten; por esto se hizo merced de aquel lugar y señorío a la nobilísima familia de los Urreas continuado hasta este tiempo. Más adentro, en medio del reino de los moros, a la ribera del río Júcar, conquistaron la villa de Almazora; entráronla los nuestros de noche, y así los moros huyeron sin ponerse en defensa.

En este tiempo el rey don Fernando, apaciguadas las cosas de León, dejó allí la reina para ganar más con esto las voluntades de aquella gente. Hecho esto, en Castilla se guarneció de un grande ejército con determinación de proseguir la guerra del Andalucía, que por algún tiempo forzosamente se había dejado. Puso cerco sobre Úbeda y combatióla con todo género de máquinas, y aunque por ser de suyo ciudad principal y estar cerca de Baeza no más de una legua, la tenían fortalecida de muchos valientes soldados de guarnición, baluartes y vituallas para entretenerse mucho tiempo; pero la fortaleza y constancia del rey venció todas las dificultades y se entregaron los moradores, salvas solamente las vidas. Por otra parte las órdenes tomaron a Medellín, Alfanges y Santa Cruz.

 

La alegría de estas victorias se mezcló y turbó con nueva pérdida, como es muy usado en esta vida mortal y llena de mudanzas. La reina, mientras el rey andaba ocupado y contento con el buen suceso que Dios le daba en la guerra, falleció en la ciudad de Toro. Llevaron su cuerpo al monasterio de las Huelgas de Burgos; las exequias se le hicieron muy solemnes y el entierro. De allí fue trasladado su cuerpo o la ciudad de Sevilla después de algunos años, donde junto con su marido la sepultaron y yace, con quien vivió muy unida en amor y voluntad. Tomada Úbeda, el rey se volvió a Toledo, determinado de visitar otra vez las ciudades y villas del reino de León; con estos halagos pretendía ganar las voluntades de los nuevos vasallos. Los soldados que quedaron en el presidio de Úbeda hicieron una entrada en tierra de Córdoba, quemaron y talaron aquella campiña.

 

Algunos de los moros, llamados vulgarmente almogárabes, fueron presos en esta cabalgada. Almogárabes se llamaban los soldados viejos y que estaban puestos en los castillos de guarnición. Estos cautivos dieron aviso que se ofrecía buena coyuntura para tomar a Córdoba, sea que pretendiesen ganar la gracia de sus señores o que estuviesen mal con los de aquella ciudad. El arrabal de Córdoba, que llaman Ajarquía, está pegado con las murallas, y le tenían a su cargo este género de soldados,

 

 

 

 

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que dieron lugar a los cristianos para que de noche por aquella parte escalasen la ciudad y la entrasen; que fue el año de nuestra salvación de 1235, a los 23 de diciembre. El número de los soldados que entraron era pequeño para salir con empresa tan grave. Tomaron solamente algunas torres y apoderáronse de la puerta de Martos con intento y esperanza que les acudirían socorros de todas partes; así, despacharon a toda prisa mensajeros que avisasen de lo hecho y del aprieto en que quedaban, si no les acorrían con toda presteza. A la verdad, los moros luego que amaneció, sabido lo que pasaba y que la ciudad era entrada, se pusieron a punto para combatir aquellas torres y lanzar por fuerza a los que en ellas estaban. Don Alvar Pérez de Castro, cuya lealtad y valor fue muy conocido después que se redujo, desde Martos, do se hallaba, fue el primero que acudió a lo de Córdoba. Lo mismo hizo el rey; luego que llegó el aviso, partió de la ciudad de León, y aunque la distancia era grande y el tiempo del año muy contrario, acudió con buen golpe de soldados allegados de presto; dejó otrosí mandado a los caballeros y ayuntamientos de las ciudades que fuesen en su seguimiento. Está en el camino un castillo, que se dice Bienquerencia, pareciólos probar si le podrían rendir. El alcaide del castillo sirvió al rey con vituallas; pero en lo que tocaba a entregarse, dijo no lo podía hacer hasta ver lo que se hacía de Córdoba, cuya autoridad seguía; que rendida la ciudad, prometía hacer lo mismo. Dejada pues esta fuerza pasaron con presteza adelante. Halló el rey que de muchas partes habían acudido al socorro muchos soldados, si bien todos ellos no llegaban a hacer bastante ejército.

 

El rey Abenhut se hallaba en esta sazón en la ciudad de Écija, aprestado para cualquiera ocasión que se le presentase con un poderoso campo. Don Lorenzo Suárez por andar desterrado seguía el partido y reales de este rey. El moro no estaba determinado si acudiría a los moros de Valencia, si a los de Córdoba, por estar la una ciudad y la otra en un mismo peligro y hacerle instancia de ambas partes por socorro. La conquista de Valencia se encaminó de esta suerte. El rey de Aragón probó a conquistar a Cullera, mas cesó de la conquista por la falta de piedras que halló en aquel campo, para tirar con los trabucos; cosas pequeñas en las guerras tienen grande vez y son de mucha importancia; verdad es que en la llanura de Valencia fue tomado el castillo de Moncada por los aragoneses, y luego le echaron por tierra porque los demás moros escarmentasen con aquel ejemplo y castigo. Todo esto supó en un mismo tiempo el rey

 

 

 

 

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Abenhut. Estaba confuso, que no sabía en qué determinarse ni qué consejo tomase. Envió a don Lorenzo Suárez para que espiase lo que pasaba; él, deseando con algún señalado servicio volver a la gracia del rey don Fernando, comunicóle en secreto el intento de los moros y el estado de sus cosas. Avisado de lo que debía hacer, volvió al rey moro, engrandecióle nuestras fuerzas mucho más de lo que eran; díjole que el aparato y ejército era muy grande, mostraba en el rostro tristeza y miedo, mentiroso es a saber, y fingido. Esta maña y artificio fue causa que el rey moro no tratase de socorrer a Córdoba en gran pro de los cristianos; que si el moro viniera, no fueran bastantes para resistir y hacer contraste a los de la ciudad y a los de fuera. La alegría que los nuestros recibieron por esta causa aumentó una nueva cierta que vino que el rey moro pocos días después que pasó esto en la ciudad de Almería, en que estaba a punto para ir al socorro de Valencia, fue muerto por los suyos. Avino esta muerte muy a buen tiempo, porque el moro era diligente y valeroso príncipe, elocuente en hablar, diestro en persuadir lo que quería, sosegar y amotinar la gente según que le venía más a cuento, robaba lo ajeno y daba de lo suyo francamente. En fin, en aquel tiempo, ni en paz ni en guerra, ninguno le hacía ventaja, y fuera gran parte si viviera para que las cosas de los moros se restauraran en España.

 

 

 

 

XVIII. Cómo la ciudad de Córdoba se ganó de los

 

moros

 

En el medio casi de la Andalucía, en la parte que antiguamente se tendían los pueblos llamados túrdulos, está edificada la ciudad de Córdoba. Su asiento en un llano a las faldas de Sierra Morena, que se levanta a la parte de septentrión o norte, forma algunos recuestos y collados. A la mano izquierda la baña el río famoso Guadalquivir, que por entrar en él muchos ríos es tan grande que se puede navegar. La figura y forma de la ciudad es cuadrada; extiéndese por la ribera del río, y así es más larga que ancha. El tiempo que los moros la tuvieron en su poder asentaron en ella los reyes su casa y silla real, y le quitaron mucho de su hermosura y gentileza, como gente que ni sabe de arquitectura ni de edificios ni se precia de algún primor. Antiguamente tenía cinco puertas, ahora tiene siete; los arrabales de fuera son tan grandes como una entera ciudad, especialmente el que

 

 

 

 

 

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dijimos se llama de Ajarquía, a la ribera del río, a la parte de levante, que está todo cercado de muro y pegado con la ciudad.

 

El alcázar del rey y su casa está a la parte del poniente cercada con su muro particular; una puente muy hermosa puesta sobre el río, cuya cepa comienza desde la iglesia mayor. Antiguamente se llamó Colonia Patricia, porque en sus principios la habitaban los príncipes y escogidos de los romanas y de la tierra, como lo dice Estrabón; fue siempre madre da grandes ingenios, excelentes en las artes de la guerra y de la paz; los campos de la ciudad son hermosos y fértiles; danse toda manera de frutos y esquilmos, alegres por su mucha frescura y arboleda. No sólo tienen esto en la llanura, sino los mismos montes con las copiosas fuentes crían viñas y olivares y toda manera de árboles. En estos montes, una legua de la ciudad, está edificado un monasterio de frailes de San Jerónimo, en que parecen rastros de Córdoba la Vieja, que edificó Marco Marcelo desde sus principios, o sea que la aumentó y adornó en el tiempo, es a saber, que fue pretor en España. Este sitio se entiende que por ser malsano le trocaron en el lugar en que al presente está.

 

La toma de esta ciudad fue de esta suerte: los cristianos se apoderaron de una parte de los muros, el rey don Femando luego que llegó puso cerco sobre lo demás. Corría el año 1236. Defendiéronse los moros con grande esfuerzo como los que se hallaban en el último aprieto, que suele hacer a los hombres esforzados. El gran número de gente que dentro tenían y los socorros que de fuera esperaban, los hacía asimismo confiados. Muchas veces por las plazas y por las calles peleaban valientemente los unos por salir con la empresa, los otros por la patria y por la libertad. Gastóse algún tiempo en esto, hasta tanto que por la fama y por dicho de algunos cautivos que prendieron los de dentro supieron lo que pasaba acerca de la muerte de Abenhut, rey de Granada, y juntamente que don Lorenzo Suárez se era pasado a la parte de los cristianos y se hallaba con los demás en aquel cerco. Con esto, perdida la esperanza de poderse defender con sus fuerzas y de ser socorridos de fuera, acordaron da rendirse.

 

Tuvieron plática sobro ello personas señaladas de ambas partes; los del rey encarecían sus fuerzas para sujetar los rebeldes, su clemencia para con los que se rendían; los moros, si bien entendían el aprieto en que estaban, no venían en lo que era razón. Pasábase el tiempo en demandas y respuestas, en proponer condiciones y en reformarlas. Los cristianos, vista su porfía y que de cada día los cercados se hallaban en mayor aprieto, se

 

 

 

 

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aprovechaban de la dilación para agravar las capitulaciones, y a los moros era forzoso pasar por lo que antes desechaban, como suele acontecer a los duros y porfiados. Finalmente, de grado en grado se redujeron a término de entregar la ciudad, con sólo que les concedieron las vidas y libertad para irse cada cual donde mejor le estuviese.

 

Hízose la entrega en 29 de junio, día de San Pedro y San Pablo; en señal de la victoria en lo más alto de la iglesia mayor levantaron una cruz y con ella el estandarte real, que se podía ver de todas partes. La iglesia, con las ceremonias acostumbradas, de mezquita que era, la más famosa de España, la consagraron diversos obispos que seguían la guerra y se hallaron en la toma. Señalaron por primer obispo de aquella ciudad a fray Lope, monje de Fitero, convento situado cerca del río de Pisuerga. Conformóse en todo esto con la voluntad del rey, y puso en todo la mano don Juan, obispo de Osma, que suplía las veces por su comisión del primado don Rodrigo, arzobispo de Toledo, que a la sazón estaba ausente y era ido a Roma. Juntamente le dejó los sellos reales para ejercitar en su lugar el oficio de chanciller mayor, dado por los reyes los años pasados a los arzobispos de Toledo en la persona del mismo don Rodrigo. No se contentó el rey con lo hecho, antes por acordarse y saber que doscientos y sesenta años antes de éste en que vamos, los moros hicieron traer las campanas de Santiago de Galicia en hombros de cristianos, mandó que de la misma manera las llevasen los moros hasta ponerlas en su lugar; recompensa bastante y enmienda de aquella befa y afrenta.

 

Idos los moros, quedaba la ciudad sola y yerma; prometió el rey por sus cartas muchos privilegios a los que viniesen a poblar, con que acudieron muchos, y entre ellos repartieron las casas y heredades. Quedó por gobernador de aquella ciudad don Alfonso de Meneses, y don Álvaro de Castro por general de aquellas fronteras, el uno y el otro con todo el poder y autoridad necesaria. A los títulos reales se añadió el de rey de Córdoba y de Baeza, según que consta por los privilegios y cartas reales que de aquel tiempo y del de adelante se hallan.

 

La silla obispal de Calahorra por este tiempo se trasladó a Santo Domingo de la Calzada, a instancia de don Juan Pérez, obispo de aquella ciudad. Pleitearon adelante las dos ciudades sobre este punto y preeminencia por algún tiempo, concertóse finalmente el debate, en que las hicieron iguales, de tal suerte, que ambas iglesias fuesen, como lo son hoy, catedrales.

 

 

 

 

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XIX. Cómo se gano la ciudad de Valencia

 

El rey de Aragón no cesaba de acosar los moros del reino de Valencia por todas partes y con toda manera de guerra. El rey Zeit andaba fuera de Valencia desterrado. Estaba de antes aficionado a mudar religión, y con la comunicación de los cristianos finalmente se bautizó. Así lo habían profetizado en Valencia algunos años antes dos frailes de San Francisco, fray Juan y fray Pedro, los cuales él mismo por esta causa mandó matar. Instruido pues en la fe, le bautizaron y llamaron don Vicente. Esto se hizo secretamente; porque sabido por los moros, no cobrasen más odio y indignación contra él, que no tenía perdida la esperanza de recobrar su reino. Don Sancho Ahones, arzobispo de Zaragoza, procuró se casase conformo al uso de la Iglesia católica, porque con la mala costumbre y soltura que tenía antigua y con la mucha torpeza de su vida y deshonestidad, parecía que hacía burla de la religión cristiana que profesaba. La mujer que casó con él se llamó Dominga López, natural de Zaragoza. De ella nació una hija, llamada Alda Hernández, mujer que fue después de don Blasco Jiménez, señor de Arenos, que sucedió en otros muchos lugares que eran del rey, su suegro, y los heredaron después los de Arenos.

El rey de Aragón para continuar la empresa comenzada, destruyó los campos de Ejerica, quemó las mieses que ya se veían sazonadas. Don Bernardo Guillén, tío del rey de parte de madre, que tenía gran fama de valiente y había hecho hazañas en las guerras señaladas, fue nombrado por general de la frontera de los moros de Valencia para que resistiese y enfrenase sus acometimientos y entradas.

 

El mes de octubre siguiente hubo Cortes en la villa de Monzón, en que se trató de continuar y llevar adelante la guerra de Valencia y de ponerla cerco. Acordaron otrosí por parecer de todos no se vedase por entonces cierta manera de moneda, llamada jaquesa, que tenía mucha mezcla de cobre, y los que se hallaban con ella temían que si la prohibían recibirían daño notable. Por esta causa se le concedió al rey que cada casa de siete a siete años pagase al Fisco Real un maravedí.

 

El castillo que se llamaba el Poyo de Santa María, con las guerras de los moros destruido, los cristianos le repararon, y don Bernardo Guillén le tenía con fuerte guarnición. Zaen, rey de Valencia, emprendió con la gente que tenía, que se contaban seiscientos de a caballo y cuarenta mil peones,

 

 

 

 

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de combatir este castillo; los nuestros con increíble ánimo y esfuerzo determinaron de salir de la fortaleza a pelear con los que en número de soldados les hacían ventaja; la cosa llegó al último aprieto, pero en fin la multitud y gran número de moros se rindió al esfuerzo y valentía, de suerte que los enemigos fueron maltratados, vencidos y ahuyentados. Publicóse por cierto que san Jorge ayudó a los cristianos y que se halló en la pelea. Acostumbran los hombres cuando las cosas suceden sobre todas las fuerzas y esperanza, atribuirlo a Dios y a sus santos, autores de todo bien. Acrecentó la fe del milagro una imagen de nuestra Señora que se halló debajo de la campana que tenían en el castillo. Los moradores de la comarca hicieron luego una iglesia para acatarla, muy devota, y en que se hacen muchos milagros, como lo dicen los de aquella tierra. La batalla se dio el mes de agosto, año de 1237. Murió en ella don Rodrigo Luesia, caballero principal.

 

El rey don Jaime, sabida la victoria y el peligro que los suyos corrían, partió luego para allá, especialmente que le vinieron nuevas, aunque falsas, que los moros volvían con nuevos soldados de refresco a la empresa. Con mayor ánimo y esfuerzo que prudencia, con solos ciento treinta de a caballo, llegó hasta más adelante del Poyo y de Monviedro. Allí se encontró con un valiente escuadrón de moros, que llegó hasta aquellos lugares a hacer rostro a los nuestros. Traía por capitán a don Artal de Alagón, que andaba desterrado entre los moros y era hijo de don Blasco. El peligro era grande; la constancia y fortaleza del rey y su buena dicha remediaron el daño que se pudiera temer; sobre todo Dios, que proveyó se fuesen los moros por otra parte sin dar la batalla ni encontrarse con los fieles.

 

El castillo del Poyo, por estar cerca de Valencia y lejos de Aragón, no se podía conservar sin mucha costa y peligro, especialmente que aquellos días falleciera don Bernardo Guillén, tío del rey, a cuyo cargo quedó la guarda de aquella plaza; que fue la causa que el rey saliese de Zaragoza, en que tuvo el invierno, y se pusiese al riesgo ya dicho. Hizo merced a don Guillén Eutenza, hijo del difunto, de todo lo que él poseía, oficios y tenencias, merced debida a los méritos y servicios de su padre. La tenencia del castillo se encomendó a don Berenguel Eutenza, si bien los caballeros del reino eran de perecer se debía desamparar. Perseveró el rey en sustentar aquel castillo por ser de mucha comodidad para la conquista de Valencia. Y porque los soldados trataban de huir y dejarle secretamente,

 

 

 

 

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los juntó en la capilla del castillo, y juró en el ara consagrada solemnemente de no volver a su casa sin tomar a Valencia. Con esta resolución los ánimos de los soldados que allí tenían se esforzaron y quedaron allí de buena gana; los de los contrarios de tal manera desmayaron, que Zaen envió a requerirle de paz, y ofreció que daría muchos castillos y fortalezas y cierta cantidad de oro de tributo cada un año. El rey, con la esperanza que tenía de ganar la ciudad, aunque contra el parecer de los suyos, todo lo desechó; mayormente que Almenara, Betera, Bulla y otros castillos muy importantes se le entregaron de su voluntad. Con esto se aumentaron los ánimos y la esperanza de los soldados. No tenía el rey a esta sazón más que mil peones y trescientos y sesenta hombres de a caballo. ¿Qué era esta gente para una empresa tan grande? ¿Qué osadía y temeridad aventurarse con fuerzas tan pequeñas? Mas los consejos atrevidos por tales se tienen comúnmente cuales son los remates; tal es el juicio de los hombres.

 

Con tan poca gente, pasado el río Guadalaviar, se atrevió a poner sitio a una ciudad tan grande y tan populosa. Asentaron los reales y los barrearon entre el Grao, que así se llama aquella parte del mar por ser a manera de escalones, y entre la ciudad, a iguales distancias, una milla de cada una de estas dos partes. Valencia está situada en aquella parte de España que se llamó Tarraconense, en la comarca que habitaron antiguamente los edetanos. Su asiento en una gran llanura, fértil y abastada de todo lo necesario a la vida y al regalo, aunque el trigo le viene de acarreo y de fuera del reino para sustentarse. Es rica de armas y de soldados, abundante de mercadurías de toda suerte; de tan alegre suelo y cielo, que ni padece frío de invierno, y el estío hacen muy templado los embates y los aires del mar. Sus edificios magníficos y grandes, sus ciudadanos honrados, de suerte que vulgarmente se dice hace a los extranjeros poner en olvido sus mismas patrias y sus naturales. Las huertas y jardines muchos y muy frescos, viciosos en demasía; los árboles por su orden concertados, en especial todo género de agrura y de cidrales, cuyos ramos entretejen de manera, que ya representan diversas figuras de aves y de animales y diversos instrumentos, ya los enlazan a manera de aposentos y retretes, cuya entrada impide la fuerte trabazón de los ramos, la vista la muchedumbre y espesura de las hojas, que todo lo cubren y lo tapan a manera de una graciosa enramada que siempre está verde y fresca. Tales eran los campos Elisios, paraíso y morada de los bienaventurados, según

 

 

 

 

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que los fingieron los poetas antiguos. Tal y tan grande la hermosura de esta ciudad, dada por beneficio del cielo, que puede competir en esto con las más principales de Europa. A mano izquierda la baña el río Guadalaviar, que pasa entre el muro y el palacio del rey, que llaman el Real, y está por la parte de levante pegado con la ciudad con una puente por do se pasa de la una parte a la otra. Sangran el río con diversas acequias para regar la huerta y para beber los ciudadanos. Junto al mar cae la Albufera, distante por espacio de tres millas, de aire no muy sano, pero que compensa este daño con la abundancia de toda suerte de peces que cría y da.

 

Los muros de la ciudad eran entonces de figura redonda, mil pasos en contorno, cuatro puertas por donde se entraba. La primera, Boatelana, entre levante y mediodía; la segunda, Baldina, a septentrión; la tercera, Templaria, que tomó este nombre de una iglesia que allí edificaron los templarios, a la parte de levante; la cuarta, Jareana, entre la cual y la Boatelana fortificó el rey sus estancias, por ser el lugar más cómodo para la batería y para los asaltos, a causa de cierto ángulo o esconce que el muro hacía por aquella parte. Dábanse los cristianos toda diligencia en levantar y plantar sus máquinas y trabucos, de que entonces se usaba, para combatir las murallas.

 

El rey Zaen, el primer día que los cristianos llegaron, antes de fortificarse, sacó sus gentes al campo con muestra de querer pelear. Excusaron los cristianos la batalla por ser en pequeño número y porque de cada día les acudían nuevas compañías. Halláronse presentes muchos prelados, ricos hombres y caballeros, un escuadrón de franceses escogidos debajo la conducta de Aimillio, obispo de Narbona, socorros y gente de Inglaterra que vinieron a la fama. Trabáronse los días siguientes algunas escaramuzas, en que los contrarios llevaron siempre lo peor; que los enfrenó para no hacer en adelante tan de ordinario salidas. Arrimáronse al muro los del rey; sacaron algunas piedras con picos y palancas, con que por tres partes aportillaron la muralla de suerte, que podía pasar un soldado por cada parte. Acudían los cercados a este daño y peligro con todo cuidado, según el tiempo les daba.

 

En el entre tanto Pedro Rodríguez de Azagra y Jimeno de Urrea con golpe de gente de la otra parte de Valencia rindieron la villa de Cilla. Descubrióse asimismo en la mar la armada del rey de Túnez, que venía en favor de los cercados, en número de dieciocho galeras y naves. Surgió a vista de la ciudad, con que los moros cobraron ánimo y entraron en

 

 

 

 

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esperanza de poderse defender. Más fue el ruido y el cuidado que el efecto, porque avisados los africanos que en Tortosa se aprestaba otra armada contra la suya, desancoraron, y sin poder dar socorro a la ciudad ni forzar a Peñíscola, que está en aquellas riberas de Valencia, y asimismo lo intentaron, dieron la vuelta. Comenzaron con esto a enflaquecer los de la ciudad, y por la gran falta de bastimentos y almacén, que cada día se aumentaba, como suele, no sólo por la estrechura presente, sino por el miedo de mayor falta. En nuestros reales, por el contrario, gran alegría, mucha abundancia de todo, si bien la gente era ya tanta, que llegaban a sesenta mil infantes y mil de a caballo. En todo se mostraba la prudencia del rey, no menor que el esfuerzo y destreza en el pelear, tanto, que no se contentaba con hacer oficio de caudillo y mandar, sino que metía en todo las manos, tanto, que un día por adelantarse mucho le hirieron con una saeta en la frente; la herida ni fue muy grave ni tampoco muy ligera; solos cinco días estuvo retirado, que no salió en público.

 

Vinieron a esta sazón embajadores del papa Gregorio y de las ciudades de Lombardía para pedir les enviase socorros contra el emperador Federico II, que gravemente los apretaba. Ofrecían, si los librada de aquella tiranía gravísima, que los de aquellas ciudades se le darían por vasallos. Oyó esta embajada a 13 de junio de 1238 años, y en los mismos reales puso su amistad con aquella gente, según que lo demandaban y la reina doña Violante aconsejaba, que tenía gran parte en los negocios y podía mucho con su marido a causa de sus aventajadas partes, y que tenía en ella una hija del mismo nombre de su madre. Verdad es que el socorro no tuvo efecto por estar el rey ocupado en las cosas de España, mayormente que el emperador, aunque fingidamente, se reconcilió con el papa; además que no era justo cuidar de los males ajenos el que tenía entre las manos guerras tan importantes.

 

Los de Valencia, rodeados de los males que acarrea un largo cerco y perdida la esperanza de ser socorridos ni de África ni de España, acordaron de rendirse. Para tratar de conciertos salió un moro, por nombre Halialbata, persona de cuenta y muy privado de aquel rey; después enviaron otro, que era sobrino del mismo rey y se llamaba Abulhamalet; movieron diversos partidos. Todos deseaban concluir y toda tardanza les era pesada, los unos por el deseo que tenían de poseer aquella noble ciudad, los otros aquejados de la necesidad y peligro que corrían. Finalmente, se tomó asiento debajo de las condiciones siguientes: el rey

 

 

 

 

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moro entregue la ciudad de Valencia con los demás castillos y villas aquende el río Júcar; los moros puedan ir libres a Cullera y a Denia con seguridad y debajo la fe y palabra real; los mismos, sin que nadie los cate, puedan llevar consigo todo su oro y plata y las demás preseas que quisieren y pudieren; haya treguas entre los dos reyes por término de ocho años que se guarden enteramente. Para el cumplimiento de estas capitulaciones pusieron término de cinco días; pero antes que se llegase el plazo y se cerrase, los moros acordaron dejar la ciudad en número cincuenta mil entre hombres, mujeres y niños. Pasaron por medio de los soldados cristianos que para su seguridad pusieron de la una y de la otra parte, pues era justo cumplir lo que les prometieron y usar de clemencia con los que se rendían y les dejaban sus casas.

 

Víspera de San Miguel, por el fin de septiembre, hicieron los vencedores su entrada en Valencia y se apoderaron de aquel reino. Limpiaron la ciudad, reconciliaron y consagraron en templos de Dios las mezquitas. Quedó por primer obispo Ferrer de San Martín, preboste de la iglesia de Tarragona, quién dice era de la orden de los predicadores. Vinieron a poblar nuevos moradores, los más catalanes de Gerona, Tarragona, Tortosa. Los campos de la ciudad y las huertas se repartieron por iguales partes entre los obispos y los caballeros y los ayuntamientos de las ciudades que ayudaron en la conquista. Cupo eso mismo su parte a los caballeros templarios y a los de San Juan. Entre los conquistadores señalaron trescientos y ochenta de a caballo, que mejoraron en el repartimiento, a tal que se encargasen de guardar las fronteras de aquel reino, repartido el trabajo de manera que cada cuatro meses por turno guardaban los ciento de ellos. El sitio de la ciudad no es muy fuerte, y sus murallas eran flacas, mayormente que quedaban maltratadas y aportilladas por causa de la guerra. Acordó el rey fortificarla de nuevos muros, mudada la primera forma y traza de suerte, que quedases más anchos y la figura cuadrada, con doce puertas que de tres en tres miran a las cuatro partes del cielo. Ordenáronse nuevas leyes, constituciones y fueros para el gobierno y sentenciar los pleitos.

 

Por esta manera el rey moro Zaen perdió en breve el reino que malamente usurpó; que el poder adquirido contra justicia prestamente desfallece. Verdad es que él se preciaba de venir de linaje de reyes, porque era hijo de Modef, nieto de Lope, rey de Murcia, como arriba queda declarado. Las alegrías que en toda España se hicieron por la toma de

 

 

 

 

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Valencia fueron extraordinarias, mayormente que en esta conquista no se mezcló, como en otras, ningún revés ni desastre. El ejército quedó entero, que apenas faltó caballero de cuenta; solo don Artal de Alagón, que por estar las cosas de los moros tan caídas se había reducido al servicio de su rey, y en compañía del vizconde de Cardona don Ramón Folch fue sobre Villena, y tomada aquella ciudad, en una refriega que tuvieron con los moros junto a Saix, pueblo de aquella comarca, le mataron de una pedrada. No faltó quien dijese se le empleaba bien aquel desastre al que ayudó a los moros y estuvo de su parte en el tiempo de su prosperidad. Éste fue el remate de la guerra y de la conquista muy afamada de Valencia.

 

Mientras los aragoneses estuvieron ocupados en esta guerra, los navarros no se desmandaron en cosa alguna. Reinaba en aquella parte Teobaldo, conde de Campaña, como queda dicho; el obispo de Pamplona se llamaba Pero Jiménez de Gazolaz, sucesor poco antes de Pedro Ramírez de Piedrola. Este rey, con deseo de gloria y alabanza y por servicio de Dios, con la paz de que gozaba su reino, emprendió guerras extrañas y fuera de España. Fue así, que el rey Teobaldo y los condes Enrique de Bari, Pedro de Bretaña y Aimerico de Monforte, se concertaron de pasar con sus huestes a la guerra de la Tierra Santa. Apercibido el ejército y puestas las demás cosas a punto para un tan largo viaje, los genoveses no les acudieron con la armada necesaria para su pasaje. Encamináronse forzosamente por tierra; pasaron por Alemania y Hungría y Constantinopla y el estrecho de mar que se llama Bósforo Tracio. En Cilicia, junto a las hoces y estrechuras del monte Tauro corrieron gran peligro, y perecieron muchos de los suyos a causa del gran número de turcos que sobre ellos cargaron, en tanto grado, que apenas la tercera parte de la gente que sacaron, y esos enfermos, mal parados, llegaron a la ciudad de Antioquía en aquellas partes de la Siria. El remate y efecto fue conforme y semejable a los principios y medios. Siempre en tierra de Palestina les fue mal. Dieron la vuelta para sus casas muy pocos. Tal fue la voluntad de Dios, tal el castigo que merecían los pecados. Los historiadores franceses ponen esta jornada del rey Teobaldo diez años adelante, cuando el rey san Luis de Francia pasó a aquella empresa, y en su compañía el rey ya dicho de Navarra. Contra esto hace que el arzobispo don Rodrigo al fin de su historia refiere esta jornada de Teobaldo, y no pudo alcanzar la de san Luis; que era ya muerto, y puso fin a su escritora cinco años, y no más, después de este año en que los de Aragón conquistaron a Valencia.

 

 

 

 

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LIBRO DÉCIMOTERCIO

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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I. Cómo muchos pueblos fueron ganados por los

 

nuestros

 

Los dos reyes de España don Jaime y don Fernando, como quier que antes fuesen esclarecidos y excelentes entre los demás por sus grandes virtudes y valor, comenzaron a ser más nobles y afamados después que ganaron a Córdoba y a Valencia. Los pueblos y las ciudades daban gracias inmortales a los santos por las cosas que dichosamente se habían acabado, trocaban en pública alegría el cuidado y congoja que tenían del suceso y remate de las guerras pasadas. Los capitanes y soldados con tanto mayor vigilancia ejecutaban la victoria y de todas maneras apretaban a los vencidos; recatábanse otrosí no les sucediese alguna cosa contraria y algún revés, ca no ignoraban que muchas veces después de la victoria el suceso de las guerras se trueca y se muda todo en contrario. Los príncipes extranjeros, do era llegada la fama de tan grandes hazañas, con embajadas que enviaron daban el parabién de la buenandanza a los reyes y exhortaban a los nuestros que por el camino comenzado no dejasen de apretar a los moros que se iban a despeñar y acabar.

 

Todavía por un poco de tiempo se dejaron las armas y se aflojó en la guerra a causa que el rey de Aragón concedió por un tiempo treguas a los moros, y poco después paso a Montpellier. Asimismo el rey don Fernando en Burgos se ocupaba en celebrar un su nuevo casamiento. Doña Berenguela con el cuidado que tenía, como madre, no estragase el rey con deleites deshonestos el vigor de su edad en que estaba, dado que al juicio de todos no había persona ni más santa ni más honesta que él, procuró se hiciese el dicho matrimonio. Doña Juana, hija de Simón, conde de Poitiers, y de Adeloide, su mujer, nieta de Luis, rey de Francia, y de doña Isabel, hija de don Alfonso el emperador, vino traída de Francia para casarla con el rey don Fernando. De este matrimonio nació don Fernando, por sobrenombre de Poitiers, y sus hermanos doña Leonor y don Luis.

 

El rey, concluidas las fiestas y con deseo de visitar el reino, trujo a la nueva casada por las principales ciudades de León y de Castilla; visitaba con esto sus estados. Tenía costumbre de sentenciar los pleitos y oírlos y defender los más flacos del poder y agravio de los más poderosos. Era

 

 

 

 

 

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muy fácil a dar entrada a quien le quería hablar, y de muy grande suavidad de costumbres. Sus orejas abiertas a las querellas de todos. Ninguno por pobre, o por solo que fuese, dejaba de tener cabida y lugar, no solo en el tribunal público y en la audiencia ordinaria, sino aún en el retrete del rey le dejaban entrar. Entendía, es a saber, que el oficio de los reyes es mirar por el bien de sus súbditos, defender la inocencia, dar salud, conservar y con toda suerte de bienes enriquecer el reino: como sea no sólo del que manda a los hombres, sino también del que tiene cuidado de los ganados, procurar el provecho y utilidad de aquellos cuyo gobierno tiene encomendado. Con este estilo y manera de proceder no cesaba de granjear la gracia y voluntades, así de los de León como de los castellanos. Llegó a Toledo, de donde envió suma de dinero a Córdoba, por tener aviso que los nuevos moradores de aquella ciudad por falta de la labranza de los campos y por la dificultad de los tiempos padecían mengua de mantenimientos y por esta causa corrían peligro. Costaba una hanega de trigo doce maravedíes, la hanega de cebada cuatro; lo cual en aquel tiempo se tenía por grandísima carestía.

 

Fueron estos tiempos extraordinarios, pues sin duda se halla en las historias que el año siguiente de 1239 hubo dos eclipses del sol. El uno a 3 de junio, que fue viernes, se oscureció el sol a medio día como si fuera de noche; eclipse que fue muy señalado. El segundo a 35 del mes de junio, como lo dice y lo afirma Bernardo Guidon, historiador de Aragón. Mas parece hubo engaño en este segundo eclipse, y no va conforme a los movimientos de las estrellas, pues no pudo caer la conjunción de la luna y del sol en aquellos días, sin la cual nunca sucede el eclipse del sol; ni aún la luna después que se aparta del medio del zodiaco y de la línea eclíptica por do el sol discurre y en que es necesario estén las luminarias cuando hay eclipse (de que tomó el nombre de eclíptica) no torna a la misma antes de pasados seis meses, poco más o menos. Plinio señala en particular que el eclipse de la luna no vuelve antes del quinto mes, ni el del sol antes del seteno.

 

Demás de esto, fue aquel año desgraciado para Castilla por la muerte de dos varones muy esclarecidos. Éstos son don Lope de Haro, a quien sucedió su hijo don Diego, y don Álvaro de Castro, por cuyo esfuerzo se mantuvieron los nuestros en el Andalucía. Este caballero, visto el aprieto en que se hallaban las cosas, se partió para Toledo a verse con el rey, que con otros cuidados parecía descuidarse de lo que tocaba a la guerra.

 

 

 

 

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Concluido esto, ya que se volvía, en el mismo camino murió en Orgaz. A la sazón que don Álvaro se ausentó, cincuenta soldados, que quedaron de guarnición en el castillo de Martos, salieron de él a robar, y por su capitán Alfonso de Meneses, pariente de don Álvaro. Alhamar, que en lugar de Abenhut nombraron por rey de Arjona, como entendiese lo que pasaba y la buena ocasión que se le ofrecía, puso cerco a aquel castillo. La mujer de don Álvaro, que dentro se hallaba, en aquel peligro tan de repente hizo armar a sus mujeres y criadas y que tirasen de los adarves piedras contra los moros y diesen muestra de que eran soldados. Con este ardid se entretuvieron hasta tanto que Alfonso de Meneses y sus compañeros, avisados del peligro, acudieron luego. Era dificultosa la entrada en el castillo por tenerle los enemigos rodeado. Animóles Diego Pérez de Vargas, ciudadano de Toledo, y por su orden apretado su escuadrón y cerrado, pasaron por medio de sus enemigos con pérdida de pocos. Entrados en el castillo, fueron causa que se salvase, porque los que estaban cercados se animaron con su ayuda y con esperanza de mayor socorro que entendían les acudiría. El rey moro, por salirle vana su esperanza y forzado de no menos falta de vituallas, alzó el cerco. Pusieron estos negocios en gran cuidado al rey, que consideraba cuántas fuerzas le faltaban por la muerte de dos capitanes tan señalados, cuánto atrevimiento habían cobrado los moros. Por esta causa desde Burgos, donde era ido con intento de llegar dinero para la guerra, a grandes jornadas se partió para Córdoba. Llevó consigo a sus hijos don Alfonso y don Fernando, mozos de excelentes naturales y de edad a propósito para tomar las armas. El padre, como sagaz, pretendía que los primeros principios y ensayes de su milicia fuesen en la guerra contra los infieles, enemigos de los cristianos. Pretendía otrosí con el uso de las armas despertar su esfuerzo y hacerlos hábiles para todo.

 

En el mismo tiempo el rey don Jaime fue a Montpellier para ver si podía juntar algún dinero de aquellos ciudadanos para la guerra; de que tenía no menos falta que la que en Castilla se padecía. Deseaba asimismo sosegar los moradores de aquella ciudad, que andaban divididos en bandos, castigando a los culpados: lo uno y lo otro se hizo.

 

El rey moro Alhamar juntó a los demás estados que tenía el señorío de Granada con voluntad de aquellos ciudadanos; ciudad poderosa en armas y en varones y que por la fertilidad de sus campos no tiene mengua de cosa alguna. Éste fue el principio del reino de Granada, que duró desde

 

 

 

 

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entonces hasta el tiempo y memoria de nuestros abuelos. En Murcia, por odio que tenían a Alhamar, los ciudadanos alzaron por su rey a uno llamado Hudiel; ocasión de que se comenzaron las enemistades graves y para aquella gente perjudiciales, que largo tiempo se continuaron entre aquellas dos ciudades. Los moros de Andalucía cansaban a los nuestros con rebates, valíanse de engaños y celadas sin querer venir a batalla. Al contrario, diversas compañías de soldados enviados por el rey don Fernando en tierra de los enemigos se apoderaban de castillos, pueblos y ciudades, cuando por fuerza, cuando por rendirse de su voluntad; en particular sujetaron al señorío de cristianos a Écija, Estepa, Lucena, Porcuna, Marchena (los antiguos la llamaron Martia), Cabra, Osuna, Baena. Los pueblos menores que se ganaron no se pueden contar, ni aún entonces se pudiera hacer cuando la memoria estaba fresca; parte de ellos se dio a las órdenes de Santiago y de Calatrava y a los obispos que acompañaban al rey para ellos y sus sucesores, parte también se entregaron en particular a los grandes y caballeros. Los moros por estas pérdidas cobraron tanto miedo cuanto nunca tuvieran antes.

 

Un cierto moro, del linaje de los almohades, avisado en África del peligro que su gente corría, con esperanza de fundar un nuevo estado y deseoso de acaudillar las reliquias y fuerzas de los moros de España, pasó ultra mar. La voz era vengar por las armas la afrenta de su nación y las injurias que se hacían a la religión de sus padres. Pudiera este acometimiento ser de consideración, si no atajaran sus intentos la inteligencia de los nuestros y la buena dicha del rey, que le prendió y hubo a las manos; con qué industria o en qué lugar no se escribe, ni aún refieren el nombre que el moro tenía, ni lo que de él se hizo; en el caso no se duda.

 

A Alhamar, rey de Granada, otorgó treguas por un año el rey don Femando; con que gastados no menos de trece meses en aquella empresa y jornada, dio la vuelta a Toledo, do su madre y mujer le esperaban alegres con las victorias presentes. De allí pasó a Burgos y trasladó la universidad de Palencia, que fundó el rey don Alfonso, su abuelo, a la ciudad da Salamanca. Convidóle a hacer este trueco la comodidad del lugar, por ser aquella ciudad muy a propósito para el ejercicio de las letras. El río Tormes que por ella pasa la hace abundante; su cielo saludable y apacible; finalmente, proprio albergue de las letras y erudición. Pretendía otrosí con este beneficio ganar las voluntades del reino de León, en que está Salamanca; y aún don Alfonso, su padre, rey de León, los años pasados

 

 

 

 

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para que sus vasallos no tuviesen necesidad de ir a Castilla a estudiar, enderezó en aquella ciudad cierto principio de Universidad, pequeña a la sazón y pobre, al presente por el cuidado y liberalidad de don Fernando, su hijo, y más adelante por la franqueza de don Alfonso, su nieto, como de príncipe muy aficionado a los estudios y a las letras, se aumentó de tal suerte, que en ninguna parte del mundo hay mayores premios para la virtud ni más crecidos salarios para los profesores de las ciencias y artes.

 

Don Diego de Haro, señor de Vizcaya, primera y segunda vez, no se sabe la causa, pero anduvo por este tiempo alborotado; la blandura del rey don Fernando y su buena manera y el cuidado que en ello puso don Alfonso, su hijo, le hicieron sosegase con darle mayores honras y hacerles más crecidas mercedes que antes, en que se tuvo consideración a los servicios de sus antepasados; además que era mala sazón para ocuparse en alteraciones domésticas por la buena ocasión que se ofrecía de desarraigar el nombre y nación de los moros de España.

Sucedieron estas cosas el año de 1240; el cual año, no sólo para Castilla fue dichoso, sino también señalado y de mucha devoción para los aragoneses, por el milagro que sucedió en el castillo de Chio. Por la ausencia del rey, los soldados que quedaron de guarnición en Valencia, salieron en compañía de Guillén Aguilón y de otros caballeros a correr y robar las tierras de moros. Cargaron sobre el territorio de Játiva y tomaron a Rebolledo de sobresalto. En aquellos montes estaba el castillo de Chio, como llave de un valle muy fresco y abundante. Pusiéronse sobre él; los cercados con ahumadas apellidaron en su ayuda los moros de la comarca, que se juntaron en número de veinte mil, y asentaron sus reales a vista del castillo. Los cristianos eran pocos, más valientes y animosos. Determinados de pelear con aquella morisma, con el sol se pusieron a oír misa, a que querían comulgar seis de los capitanes. En esto oyeron tal alarido en los reales por causa de los moros, que de repente los acometieron, que les fue forzoso, dejada la misa, acudir a las armas. El preste envolvió y escondió las seis formas consagradas en los corporales, que, vencidos los moros, hallaron bañados en la sangre que de las formas salió. Ganada la victoria, forzaron luego y abatieron aquel castillo. Los corporales se guardan en Daroca con mucha devoción. La hijuela en un convento de dominicos de Carboneras, puesta allí por su fundador don Andrés de Cabrera, marqués de Moya, ca la hubo por el mucho favor que alcanzó con los Reyes Católicos.

 

 

 

 

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Vuelto el rey don Jaime, los moros se le querellaron de aquella entrada fuera de sazón, y él les hizo enmienda de los daños. Verdad es que luego que espiraron las treguas, con mejor orden rompió por sus tierras, en que tomó el castillo de Bairén, puesto en un valle en que se da muy bien el azúcar y arroz, como en toda aquella campaña de Gandía; ganóse también Villena. Cercaron a Játiva, más no se pudo tomar, si bien rindieron a Castellón, que está una legua solamente de aquella ciudad. Hallábase el rey don Jaime ocupado en esta guerra, con que pretendía desarraigar la morisma de aquel la comarca toda, cuando otros mayores cuidados le hicieron alzar la mano para acudir a las cosas de Francia que le llamaban.

 

 

 

 

II. Cómo el reino de Murcia se entregó

 

Compuestas pues y ordenadas las cosas conforme al tiempo y al lugar en la una provincia y en la otra, es a saber, en Castilla y en Aragón, en un mismo tiempo el rey don Jaime trataba de la jornada de Francia, y el rey don Fernando de volver a la empresa de Andalucía. Sin embargo, una grande enfermedad, de que el rey don Fernando cayó en la cama, fue causa que no pudiese salir de Burgos. Así don Alfonso, su hijo mayor, fue forzosamente enviado delante a aquella guerra, a causa que el tiempo de las treguas concertadas con el rey de Granada expiraba, y era menester acudir a los nuestros y que no les faltase el socorro necesario. Llegado don Alfonso a Toledo, se le ofreció ocasión de otra cosa más importante, y fue que los embajadores de Hudiel, rey de Murcia, venían a ofrecer en su nombre aquel reino con estas condiciones: que el rey Hudiel, recibido en la protección de los reyes de Castilla, fuese defendido por las armas de los nuestros de toda fuerza y agravio, así doméstico como de fuera, y en particular le ayudasen contra las fuerzas del rey Alhamar, al cual conocía no poder resistir bastantemente; que en tanto que él viviese, para sustentar su vida quedasen por él la mitad de las rentas reales. Estas condiciones parecieron al infante don Alfonso muy aventajadas, y la fortuna, cierto Dios, ofrecía una buena ocasión de una grande empresa y prosperidad. Era menester apresurarse, porque si se detenía, todos o la mayor parte no mudasen de parecer; tan grande es la inconstancia y mutabilidad que tiene la gente de los moros. Por esta causa sin esperar a dar parte a su padre,

 

 

 

 

 

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como a cosa cierta, se partió luego tras los embajadores que envió delante. Llegado, sin dificultad se apoderó de todo y puso guarniciones en el reino, que de su voluntad se le entregaba, en especial en el mismo castillo de la ciudad de Murcia. Los señores moros, conforme a la autoridad de cada uno, fueron premiados con señalarles ciertas rentas cada un año.

 

La ciudad de Lorca, que de los antiguos fue llamada Eliocrota, la de Cartagena y Mula no quisieron sujetarse al señorío de los cristianos ni seguir el común acuerdo de los demás. Era cosa larga usar de fuerza, y don Alfonso no venía bien apercibido para hacer guerra como el que vino de paz; por esto, contento con lo demás de que se apoderó, volvió por la posta a su padre, que ya convalecido, era llegado a Toledo, y alegre con tan buen suceso y deseoso de confirmar los ánimos de los moros en aquel buen propósito, determinó de pasar adelante y visitar en persona aquel nuevo reino. Hállase un privilegio suyo dado en Murcia al templo de Santa María de Valpuesta en aquella sazón. Desde allí fue necesario que el rey don Fernando y don Alfonso, su hijo, volviesen a Burgos por cosas que se ofrecían de grande importancia. En el mismo tiempo doña Berenguela, hija del rey, se metió monja y consagró a Dios su virginidad en el monasterio de las Huelgas. Don Juan, obispo de Osma, le puso el velo sagrado sobro la cabeza, como era de costumbre.

 

Don Jaime, rey de Aragón, se entretenía en Montpellier, donde después de asentadas las cosas de Aragón, y dejando para el gobierno en su lugar a don Jimeno, obispo de Tarazona, era ido. Viniéronle a visitar los condes de la Provenza y de Tolosa; la voz y color era que estos príncipes querían hacer reverencia al rey y visitarle; pero de secreto se trató que el conde de Tolosa hiciese divorcio con doña Sancha, tía del rey don Jaime. Es cosa ordinaria que ningún respeto ni parentesco es bastante para enfrenar a los príncipes cuando se trata del derecho de reinar. Doña Juana, como nacida de aquel matrimonio, por no tener hermanos varones, había de llevar como en dote a don Alfonso, su marido, conde de Poitiers y hermano de Luis, rey de Francia, la sucesión del principado de su padre. Esto llevaba mal el rey don Jaime que a los franceses se les allegase un estado tan principal; buscaban algún color para que repudiada la primera mujer, el conde se casase con otra, y por este orden tuviese esperanza de tener hijos varones. Era esto contravenir a lo concertado en París, como se dijo arriba. Acordóse que para este efecto y para prevenirse contra el poder de Francia

 

 

 

 

 

 

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los tres príncipes hiciesen liga entre sí; efectuóse y tomóse este asiento a 5 del mes de junio, año de 1241.

 

En el mismo año, a 22 de agosto, murió Gregorio IX, pontífice romano. Sucedió Celestino IV, por cuya muerte, que fue dentro de diecisiete días después de su elección, Inocencio, cuarto de este nombre, natural de Génova, después de una vacante de veinte meses se encargó del gobierno de la Iglesia romana. En tiempo de estos pontífices, Hugón, fraile dominico y cardenal, natural de Barcelona, famoso por su mucha erudición y letras, escribía largamente comentarios sobre los libros casi todos de la Escritura sagrada. Este famoso varón fue el primero que acometió, con ánimo sin duda muy grande, de hacer las concordancias de la Biblia, obra casi infinita; la cual traza puso en ejecución y salió con ella ayudado de quinientos monjes. La diligencia de Hugon imitaron después los hebreos y también los griegos; con que no poco todos ayudaron los intentos de los personas dadas a los estudios y letras.

 

 

 

 

III.    Cómo el rey don Fernando partió para el Andalucía

 

Entre tanto que en Francia pasaba lo que se ha dicho, en el Andalucía, concluido el tiempo de las treguas que se concertó, se hacía la guerra, ni con grande esfuerzo y pujanza por estar el rey don Fernando embarazado en otros cuidados, ni con suceso alguno digno de memoria por la una ni por la otra parte. Bien que don Rodrigo Alfonso, por sobrenombre de León, hermano bastardo del rey Fernando, en una entrada que hizo en las tierras de Granada con intento de robar, quedó vencido en una pelea por los moros, que en mayor número se juntaron. Murieron en la pelea don Isidro, comendador de Martos, que ya era aquella villa de los caballeros de Calatrava, y Martín Ruiz Argote con otras personas nobles y de cuenta y soldados en gran número; que fue una gran pérdida para los nuestros, así de gente como mengua de reputación; por lo cual, más que por la verdad y realidad de las cosas, se suelen gobernar los sucesos de la guerra. El rey moro, ensoberbecido con esta victoria, talaba nuestras tierras sin que ninguno le fuese a la mano, mudada la fortuna de la guerra y trocado en atrevimiento el temor y miedo que los moros tenían antes.

 

 

 

 

 

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El rey don Fernando, avisado del peligro y del daño, mandó en Burgos a su hijo don Alfonso se apresurase para asegurar con su presencia el nuevo reino de Murcia, por estar él determinado de partirse para el Andalucía. Luego pues que llegó a Andújar, dio el gasto a los campos de Arjona y de Jaén, ciudades que se tenían en poder de los moros. Arjona no mucho después se ganó de los moros con otros pequeños lugares que se tomaron por aquella comarca. Desde allí envió el rey a otro su hermano, don Alfonso, señor de Molina, a lo mismo con un grueso ejército que le seguía, con que hizo entrada en los campos y tierra de Granada sin parar hasta ponerse sobre aquella ciudad. El rey don Fernando, por sospechar lo que podría suceder, a causa que de todas partes acudirían los moros a dar socorro a los cercados y con deseo de apretar el cerco, sobrevino él mismo con mayor golpe de gente. Con su venida y ayuda, el ejército que acudió de los moros, aunque era muy grande, fue vencido en la pelea y desbaratado; pero no pudieron los nuestros ganar la ciudad por estar muy fortalecida, así por el sitio y baluartes como por la muchedumbre que tenía de los ciudadanos, especial que en el mismo tiempo vino aviso que los moros gazules, nombre de parcialidad entre aquella gente, tenían apretado a Martos con cerco que le pusieron. Movido el rey por esta nueva, envió adelante a don Alfonso, su hermano, y al maestre de Calatrava para socorrer a los cercados, cuya venida no esperaron los moros. Pareció al rey se había hecho lo que bastaba para conservar su reputación con la rota que dieron al enemigo, no menor de la que los suyos antes recibieron, además que se les tomaron muchos lugares. Volvió con su ejército salvo a Córdoba, año de 1242.

 

Don Alfonso, su hijo, por otra parte se gobernaba en lo de Murcia, no con menor prosperidad, porque de los tres pueblos que se dijo no querían sujetarse a los cristianos, por fuerza hizo que Mula se rindiese a su voluntad. Dio otrosí el gasto a los campos de Lorca y de Cartagena y les hizo todo mal y daño tanto, que perdido de todo punto el brío, trataban entre sí de entregarse. A Sancho Mazuelos por lo mucho que en esta guerra sirvió le dio el infante don Alfonso la villa de Alcaudete, que está cerca de Bugarra, tronco y cepa de los condes de Alcaudete, asaz nobles y conocidos en Castilla.

El rey, venido el invierno, se fue al Pozuelo, do su madre doña Berenguela era llegada con deseo de verlo y comunicarle algunas puridades, por ser ya de muchos años y estar en lo postrero de su edad.

 

 

 

 

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Detúvose con ella y por su causa en aquel lugar cuarenta y cinco días. Estos pasados, doña Berenguela se volvió a Toledo, el rey a Andújar al principio del año de 1243; la reina, su mujer, que le hacía compañía, se quedó en Córdoba. Las tierras de los moros debajo de la conducta del mismo rey don Fernando maltrataron los cristianos por todas partes, las de Jaén y las de Alcalá, por sobrenombre Benzaide; Íllora fue quemada; llegaron con las armas hasta dar vista a la misma ciudad de Granada. Don Pelayo Correa, maestre de Santiago, que acompañó al infante don Alfonso en la guerra de Murcia y fue gran parte en todo lo que se hizo, por este tiempo pasó al Andalucía y persuadió al rey, que dudoso estaba, con muchas razones pusiese cerco con todas sus fuerzas sobre la ciudad de Jaén, que tantas veces en balde acometieran a ganar; ofrecíanse grandes dificultades en esta demanda: dentro de la ciudad gran copia de hombres y de armas y muchas vituallas, la aspereza del sitio y fortaleza de los muros, además que no era a propósito el lugar para levantar máquinas y aprovecharse de otros ingenios de guerra. Está aquella ciudad puesta al lado de un monte áspero, tendida en largo entre levante y mediodía, es menos ancha que larga, tiene mucha agua y bastante por las fuentes perpetuas y muy frías de que goza, el río Guadalquivir corre a tres leguas de distancia; los moros los años pasados para que sirviese de muy fuerte baluarte, la tenían proveída de municiones, soldados y de todas las cosas; ella por sí misma era de sitio muy áspero, las fortificaciones y soldados la hacían inexpugnable. Venció todo esto la autoridad y constancia de don Pelayo para que se pusiese cerco a aquella ciudad; proveyéronse todas las cosas necesarias, y el cerco se comenzó y apretó con todo cuidado, que en muchos días y con muchos trabajos poco parecía se adelantaba.

 

Sucedió que en Granada se alborotó la parcialidad y bando de los Oisimeles, gente poderosa. Corría aquel rey moro por esta causa peligro de perder la vida y el reino; suspenso y congojado con este cuidado, deseaba buscar socorros contra aquellas alteraciones; ninguna cosa hallaba segura fuera de la ayuda de los cristianos. Acordó, con seguridad que le dieron, venir a los reales a verse con el rey don Fernando. Tuvieron su habla y trataron de sus haciendas. El moro prometía que ayudaría al rey don Fernando y le serviría fuerte y lealmente, si le recibiese en su fe y protección, y en señal de sujeción de primera llegada le besó la mano. Tomóse con él asiento e hízose confederación y aianza con estas capitulaciones: Jaén se rinda luego, las rentas reales de Granada se dividan

 

 

 

 

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en iguales partes entre los dos reyes, que llegaban por año en aquella sazón a ciento setenta mil ducados; el rey moro como feudatario todas las veces que fuere llamado sea obligado a venir a las Cortes del reino; los mismos enemigos sean comunes a entrambos y también los amigos. Era cosa muy honrosa para el rey don Fernando que hombres de diversa religión hiciesen de él confianza y pretendiesen su amistad y compañía con tan ardiente deseo y partidos tan desaventajados.

 

Con esto, hecha la confederación, se rindió la ciudad; el rey entró dentro con una solemne procesión. Mandó rehacer los muros, y limpiado el templo, procuró fuese consagrado a la manera de los cristianos por don Gutierre, obispo de Córdoba; y para que la devoción y veneración fuese mayor, le hizo catedral y puso propio obispo en aquella ciudad. Sobre el tiempo en que se ganó Jaén no concuerdan los autores; los más doctos y diligentes señalan el año 1243; los Anales de Toledo añaden a este cuento tres años, y señalan que se tomó mediado abril. Duró el cerco ocho meses; y aunque el invierno fue muy recio, siempre los nuestros perseveraron en los reales. En este año puso fin a su historia el arzobispo don Rodrigo, que dice fue de su pontificado el trigésimotercio.

 

En el siguiente hallo que, los catalanes y aragoneses anduvieron alborotados entro sí y contrastaron sobre los términos de cada uno de aquellos estados, porque entrambos pretendían que Lérida era de su jurisdicción. Los aragoneses alegaban que sus tierras y sus aledaños llegaban hasta el río Segre; los catalanes señalaban por término común al río Cinca. El rey don Jaime se mostraba más aficionado a los catalanes, porque, dividido el reino, pretendía dejar a don Alfonso, su hijo mayor, por heredero de Aragón, y el principado de Cataluña quería mandar a don Pedro, hijo menor y más amado, habido en doña Violante, su segunda mujer. Nombraron jueces para que señalasen la raya y los términos, alegaron las partes de su derecho; finalmente, cerrado el proceso en unas Cortes que se juntaron en Barcelona, dio el rey sentencia en favor de los catalanes, a cuyo principado adjudicó todo aquel pedazo de tierra que ciñen los ríos Segre y Cinca, resolución que ofendió los ánimos de don Alfonso, su hijo, y de muchos señores de Aragón y aún de los catalanes.

 

Lo que principalmente les daba disgusto era que, dividido el reino en partes, era necesario se enflaqueciesen las fuerzas de los cristianos. Por esto el infante don Alfonso claramente se apartó de su padre, y sentido de él se estaba en Calatayud y con él los que seguían su voz. Estos eran don

 

 

 

 

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Fernando, tío del rey, abad de Montearagón, don Pedro Rodríguez de Azagra, don Pedro, infante de Portugal, y otras personas principales y de grandes estados, de la una nación y de la otra, aragoneses y catalanes, que a todos comúnmente alteraba aquella novedad y acuerdo del rey muy errado.

 

 

 

 

IV. Que don Sancho, rey de Portugal, fue echado

 

del reino

 

Los portugueses andaban divididos en bandos y alterados con revueltas domésticas y alborotos por la ocasión que se dirá. Don Sancho, segundo de este nombre, llamado Capelo, de la forma y sombrero de que usaba, tenía aquel reino, que gobernó al principio no de todo punto mal, porque se halla que trabajó los moros comarcanos con guerras y que hizo donación a los caballeros y orden de Santiago de Mertola y otros lugares que ganó a los moros; en lo demás fue de condición tan mansa, que parece degeneraba en descuido y flojedad. Su mujer doña Mencia, hija de don Lope de Haro, señor de Vizcaya, en tanto grado se apoderó de su marido, que no parecía ser ni ella mujer, sino rey, ni él príncipe, sino ministro de los antojos de la reina. Con ella en privanza y autoridad podían mucho los que menos de todos debieran, con estos solos comunicaba sus consejos y puridades; sin ellos ni en la casa real ni fuera de ella se hacía cosa que de algún momento fuese. Por el antojo y para sus aprovechamientos de estos daba el rey las honras y cargos, perdonaba los delitos y el castigo las más veces, sin saber lo que se hacía ni ordenaba. Esto acarreó al rey su perdición, como suele acontecer que los excesos de los criados redundan en daño de sus príncipes y señores, y también al contrario.

 

Los grandes llevaban mal que la república se gobernase por voluntad y consejo de hombres bajos y particulares. Tratado el negocio entre sí, pretendieron lo primero que aquel matrimonio se apartase con color de parentesco y porque la reina era estéril. Propúsose el negociado al romano pontífice; personas religiosas otrosí acometieron a poner sobre el caso escrúpulo al rey, que, fuera de ser descuidado, no era persona de mala conciencia. No aprovechó cosa alguna esta diligencia por no ser fácil negociar con el papa y estar el rey de tal manera prendado con los halagos

 

 

 

 

 

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de la reina, que el vulgo entendía y decía que le tenía enhechizado y, fuera de sí; dado que el ánimo prendado del amor no tiene necesidad de bebedizos para que parezca desvariar. Tenía don Sancho un hermano menor que él, de excelente natural, por nombre don Alfonso, casado con Matilde, condesa de Boulogne, en Francia. Acordaron los grandes de Portugal que los obispos de Braga y de Coimbra fuesen a informar al pontífice Inocencio sobre el caso, el cual en este tiempo, con deseo de renovar la guerra sagrada de la Tierra Santa, celebraba concilio en Lyon de Francia. Avisado el pontífice de lo que pasaba y de las causas de la embajada que traían de tan lejos, sin embargo no pudieron alcanzar que don Sancho fuese echado del reino; solamente les concedió que su hermano don Alfonso en su nombre, en tanto que viviese, los gobernase. De que hay una carta decretal del mismo Inocencio a los grandes de Portugal con data de este mismo año, que es el capítulo segundo de supplenda negligentia praelatorvm, en el libro sexto de las Epístolas decretales.

 

Don Alfonso acudió primero a verse con el pontífice; tras esto juró en París las leyes y condiciones que entre los principales de su nación tenían acordadas, que en sustancia eran miraría por el bien público y pro común. Hecho esto, pasó a Portugal. Los nobles le estaban aficionados; del rey poca resistencia se podía temer, y poca esperanza tenían de su enmienda. Así, sin dilación y sin que ninguno le fuese a la mano, se apoderó de todo. De que todavía resultaron nuevas reyertas, en que anduvieron también revueltos los reyes de Castilla don Fernando y don Alfonso, su hijo. Lo primero el rey don Sancho se retiró a Galicia, donde la reina estaba, forzada a huir de la misma tempestad; después, como quier que lo que pretendía de ser restituido en el reino no le sucediese, se fue a Toledo al rey don Alfonso, que a la sazón sucediera a don Fernando, su padre. Pensó recobrar el reino con las fuerzas de Castilla. Impidió sus trazas la diligencia de don Alfonso, su hermano, que prometió, repudiada la primera mujer, casarse con doña Beatriz, hija bastarda del rey don Alfonso, y salir a pagar tributo y parias por el reino de Portugal cada un año, según que antiguamente se acostumbraba. Esta comodidad prevaleció contra lo que parecía más honesto y justificado. Allegóse el decreto del pontífice, que dio sentencia por don Alfonso y le juzgó por libre del primer matrimonio. Tomado este asiento, sin dilación las nuevas bodas se celebraron. El dote fueron ciertos lugares en aquella parte de Portugal por

 

 

 

 

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do el río Guadiana desagua en el mar, que poco antes de esto por las armas de Castilla se conquistaran de los moros, y los portugueses pretendían que eran de su conquista y que les pertenecían. Algunos entienden que de esta ocasión la tomaron los reyes de Portugal de añadir a las armas antiguas y a las quinas, por orla los castillos que hoy se pintan en sus escudos.

 

El rey don Sancho, perdida toda la esperanza de recobrar su reino, pasó lo demás de su vida en Toledo, con rentas que el rey de Castilla liberalmente le señaló para sustentar su casa y corte. Muerto, le hicieron honras como a rey, y su cuerpo sepultaron en la misma iglesia mayor y en el mismo lugar en que el emperador don Alfonso y don Sancho, su hijo, detrás del altar mayor, estaban enterrados. Del tiempo en que murió no concuerdan los autores; quién dice que trece años adelante del en que la historia va, y que tuvo nombre de rey por espacio de treinta y cuatro años, primero con poca autoridad, después con ninguna, por haberle quitado su estado; otros que sólos tres años, que tengo por más acertado.

A la sazón que don Sancho falleció tenía don Alfonso cercada a Coimbra, ca se mantenía todavía en la fe del rey don Sancho; apretábala grandemente; los cercados, aunque: tenían grande falta de todas las cosas, obstinadamente perseveraban en su propósito. Flectio, alcaide de la fortaleza y gobernador de la ciudad, avisado de la muerte de don Sancho, su señor, y no se asegurando de todo punto fuese verdad, pidió licencia de ir a Toledo para informarse mejor de lo que pasaba. Diósela don Alfonso de buena gana, y entre tanto hicieron treguas con los cercados. Flectio, llegado a Toledo y sabida la verdad, abierto el sepulcro del rey muerto, le puso en las manos las llaves de Coimbra, con estas palabras que le dijo. «En tanto, rey y señor, que entendí érades vivo, sufrí extremos trabajos, sustenté la hambre con comer cueros, bebí orina para apagar la sed; los ánimos de los ciudadanos que trataban de rendirse animé y conforté para que sufriesen todos estos males. Todo lo que se podía esperar de un hombre leal y constante, y que os tenía jurada fidelidad, he cumplido. Al presente que estáis muerto, yo vos entrego las llaves de vuestra ciudad, que es el postrer oficio que puedo hacer; con tanto, habida vuestra licencia, avisaré a los ciudadanos que he cumplido con el debido homenaje, que pues sois fallecido, no hagan más resistencia a don Alfonso, vuestro hermano».

 

Lealtad y constancia digna de ser pregonada en todos los siglos, loa propria de la sangre y gente de Portugal.

 

 

 

 

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V. Principio de la guerra de Sevilla

 

Con el concierto que el rey don Femando hizo con el de Granada comenzó a tener grande esperanza de apoderarse de la ciudad de Sevilla. Quinientos caballos ligeros, debajo de la conducta del mismo rey de Granada, fueron delante en tanto que se apercibía lo demás para talar los campos de Carmona, que fue antiguamente pueblo muy principal. Alcalá, por sobrenombre Guadaira, a persuasión del rey de Granada se rindió. Desde allí un grueso escuadrón pasó a Sevilla y puso fuego a las mieses, que ya estaban sazonadas, a las viñas y olivares, que tiene muy principales; de tal manera, que por todo aquel campo se veían los fuegos y humo con que las heredades y cortijos se quemaban. Iba por capitán de esta gente don Pelayo Correa, maestre de Santiago. Otro buen golpe de soldados maltrataba de la misma manera y hacía los mismos daños en los campos de Jerez; los capitanes, el rey de Granada y el maestre de Calatrava. El mismo rey don Fernando se quedó en Alcalá de Guadaira con intento de proveer todo lo necesario y acudir a todas partes. Lo que principalmente pretendía era no aflojar en la guerra, porque no tuviese el enemigo tiempo y comodidad de fortificarse; que fue causa de no poderse hallar a las honras y enterramiento de doña Berenguela, su madre, que falleció por el mismo tiempo. Siguióse la muerte de don Rodrigo, arzobispo de Toledo; quién dice a 9 días del mes de agosto del año de 1245, quién del año 1247, a 10 de junio, con lo cual va el letrero da su sepulcro. Hace maravillar que en fallecimiento de persona tan señalada no recuerden los autores ni las memorias, sin que se pueda averiguar la verdad.

 

Ambas muertes fueron sin duda en grave daño de la república por las señaladas virtudes que en ellos resplandecían. La reina era de grande edad; don Rodrigo, demás de estar muy apesgado con los años, se hallaba quebrantado con muchos trabajos, en especial de un nuevo viaje que hizo últimamente a Lyon de Francia, do se celebraba el concilio lugdunense. Pretendía, demás de hallarse en el concilio y acudir a las necesidades universales de la Iglesia, allanar a los aragoneses en lo tocante a su primacía. Los años pasados los prelados de aquella corona en un Concilio valentino provincial publicaron una constitución, en que mandaban que el arzobispo de Toledo no llevase guión delante en aquella su provincia, pena de entredicho al pueblo que lo consintiese. Don Rodrigo en cierta ocasión, por el derecho de su primacía, continuó a llevar su cruz delante alzada,

 

 

 

 

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como lo tenía de costumbre. Don Pedro de Albalale, arzobispo de Tarragona, principal atizador de aquella constitución y de todo este pleito, le declaró por excomulgado y transgresor de aquel su decreto. Acudieron a Gregorio IX, sumo pontífice, que pronunció sentencia por Toledo y en favor de su primacía. No acababan de rendirse los de Aragón, que fue la causa de emprender en aquella edad jornada tan larga, a lo que yo entiendo. Concluidos los negocios, en una barca por el Ródano abajo daba la vuelta, cuando le salteó una dolencia, de que falleció en Francia. Su cuerpo, según que él lo dejó dispuesto, trajeron a España y le sepultaron en Huerta, monasterio de bernardos, a la raya de Aragón. Junto al altar mayor se ve su sepulcro con un letrero en dos versos latinos, grosero asaz como de aquel tiempo y sin primor, cuyo sentido es:

 

Navarra me engendra, Castilla de crías:

 

Mi escuela París, Toledo es mi Silla:

 

En Huerta mi entierro: Tú al Cielo alma guía.

 

Su cuerpo murió, la fama de sus virtudes durará por muchos siglos. Fundó en su iglesia doce capellanías para mayor servicio del coro y con cargo de misas que se le dicen. Sucedióle don Juan, segundo de este nombre entre aquellos arzobispos. Hállanse papeles en que le llaman don Juan de Medina, creo por ser natural de aquella villa.

 

Por el mismo tiempo don Ramón, conde de la Provenza, pasó de esta vida, muy digno de loa por el amor que tuvo a las letras y afición a la poesía. Sólo se nota en él una señalada ingratitud de que usó con Romeo, mayordomo de su casa, cuya industria, con buenos medios, hizo que valiesen al tresdoble las rentas de aquel estado; más como a la virtud acompaña la envidia, fue acusado y forzado a que diese cuenta del recibo y del gasto. Hízosole el cargo, dio su descargo; y conocida su fidelidad, se partió como peregrino con su bordón y talega, como al principio vino de Santiago, sin que jamás se pudiese entender quién era ni dónde se fue. De cuatro hijas que tuvo don Ramón, Margarita casó con san Luis, rey de Francia; Leonor con Enrique, rey de Inglaterra; Sancha con Ricardo, hermano del dicho Enrique; Carlos, conde de Anjou, casó con doña Beatriz; con la cual, dado que era la menor de todas, por la grande afición que le tenían los provenzales y con la ayuda que le dio Luis, rey de Francia, su hermano, por la muerte de su suegro heredó aquel principado.

 

 

 

 

 

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En este medio el rey don Fernando se tenía en Córdoba con resolución de combatir a Sevilla y cercarla con todas sus fuerzas; envió a Ramón Bonifaz, ciudadano de Burgos, muy ejercitado en las cosas de la mar, para que en Vizcaya pusiese a punto una armada por la comodidad de los bosques, y ser los de aquella nación señalados en la industria y ejercicios de navegar. En tanto que esta armada se aprestaba, puso el cerco sobre Carmona con la más gente que pudo, el año 1246, poco más o menos, villa fuerte y que estaba apercibida para todo lo que podía suceder, fortificada contra los enemigos de muros, municionada de armas, fuerzas y vituallas; no la pudieron tomar, solamente la forzaron a pagar de presente la cantidad de dineros que le fue impuesta, y para adelante las parias que se señalaron cada un año. Constantina, Reina, Lora, pueblos que antiguamente se llamaron el primero Iporcense municipium, el segundo Regina, el tercero Axalita, sin estos Cantillana y Guilléna se ganaron, unos por fuerza, otros se rindieron por su voluntad. Reina fue dada al orden de Santiago, Constantina a la ciudad y ayuntamiento de Córdoba, Lora a los caballeros de San Juan. Todo sucedía prósperamente a los nuestros; solo se recelaban del rey de Aragón no les fuese impedimento en aquella tan buena ocasión, por estar disgustado contra el infante don Alfonso, que residía en el reino de Murcia. Pretendía el aragonés que el infante no guardaba los términos y la raya de la conquista de aquellos reinos que antiguamente señalaron. Temíase alguna revuelta por esta causa.

 

Algunas personas principales y de autoridad, que para concertar esto señalaron de la una y de la otra parte, buscaban algún camino para componer estas diferencias. Pareció el mejor que don Alfonso casase con doña Violante, hija del rey don Jaime; partido y traza que venía a cuento a ambas naciones y provincias, que tan grandes reyes se trabasen de nuevo entre sí con vínculo de parentesco. Moviéronse estas pláticas, vinieron en ello las partes, las bodas se celebraron en Valladolid por el mes de noviembre con aparato real y toda muestra de alegría, puesto que el rey don Fernando no se halló presente. El cuidado que tenía de la guerra de Sevilla le impidió, que pretendía hacer con tanto mayor ánimo, que Ramón Bonifaz con una armada de trece naves que puso a punto en Vizcaya, costeadas aquellas marinas y doblado el cabo de Finisterre, aportó a la boca de Guadalquivir por la parte que descarga en la mar. Venció otrosí allí en una batalla naval la armada de los enemigos. Los moros de Tánger y Ceuta habían concurrido para socorrer a Sevilla, avisados de la venida de

 

 

 

 

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los nuestros. Salieron pues con sus bajeles del puerto, que llegaban a número de veinte entre galeras y naves; pelearon con gran porfía; los de África no reconocían mucha ventaja a los de Vizcaya, por ser hombros de guerra, ejercitados en las armas, y que sobrepujaban en el número de la armada. Los vizcaínos, confiados en la ligereza de sus navíos y en la destreza de los pilotos, burlaban los acometimientos de los enemigos, y cuando hallaban ocasión de venir a las manos, aferraban con sus naves y pasaban muchos de ellos a cuchillo; tres naves de los moros se tomaron, dos echaron a fondo, a una pusieron fuego, las demás fueron forzadas a huir. Envió el rey en socorro de su armada buen número de caballos, movido por el peligro de los suyos; pero ¿qué podían prestar? Antes que llegasen a la ribera tenían los nuestros desbaratados los enemigos y ganada la victoria. Tanto más creció el deseo que todos tenían de acometer aquella empresa, en particular el rey, dejados los demás cuidados aparte, sólo en este pensamiento días y noches se ocupaba.

 

 

 

 

VI. Que en Aragón se puso entredicho general

 

A esta sazón en Aragón estaba puesto entredicho y tenían cerrados todos los templos de la provincia; triste silencio y suspensión del culto divino, castigo de que los pontífices suelen usar contra los excesos de los príncipes y para curarlos, como el postrero remedio, saludable a las veces y eficaz medicina como entonces aconteció. Fue así, que don Jaime, rey de Aragón, cuando era más mozo, tuvo conversación con doña Teresa Vidaura, la cual le puso pleito delante del romano pontífice y le pedía por marido; alegaba la palabra que la dio, contra la cual no se pudo con otra casar. No tenía bastantes testigos para probar aquel matrimonio por ser negocio clandestino. Así, se dio sentencia en el pleito contra doña Teresa y en favor de la reina doña Violante. Sólo el obispo de Gerona, a quien hay fama de secreto le comunicó el rey toda esta puridad, no se sabe con qué intento, pero en fin, dio aviso al pontífice Inocencio IV que el rey no hacía lo que debía en no guardar la palabra que tenía dada; que el postrer matrimonio se debía apartar como inválido, y parecía justo que doña Teresa fuese tenida por verdadera mujer; que el rey se lo había así confesado en secreto, y su conciencia no sufría que con tan grande pecado

 

 

 

 

 

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dejase enredar al rey, al pueblo y a sí mismo si callaba, de que resultasen después graves castigos; que esto lo avisaba por aquella carta escrita en cifra para que en todo se guardase más recato.

Ninguna cosa se pasa por alto a los príncipes, por ser ordinario que muchos con derribar a otros por medio de acusaciones verdaderas o falsas y de chismes pretenden alcanzar el primer lugar de privanza y de poder en los palacios de los reyes. Pues como el rey tuviese aviso que en Roma, mudados de parecer, ordinariamente favorecían la causa de doña Teresa, y que el pontífice manifiestamente se inclinaba a lo mismo, quier fuese que le dieron aviso del que le descubrió, o que por su mala conciencia sospechase lo que era, hizo venir al obispo de Gerona a la corte. Venido, luego que le tuvo en su presencia, le mandó cortar la lengua; cruel carnicería y torpe venganza de un desorden con otro mayor, y con nueva impiedad colmar el pecado pasado; si bien el Obispo era merecedor de cualquier daño, si descubrió el sigilo de la confesión y la religión de aquel secreto; cosa que nunca se permite. Luego que el pontífice Inocencio, que a la sazón en León celebraba un concilio general, como poco antes se dijo, fue avisado de lo que pasaba, cuánto dolor haya concebido en su ánimo, con cuán grandes llamas de saña se abrasase, no hay para qué declararlo; basta decir que puso entredicho en todo el reino, como de ordinario los excesos de los príncipes se pagan con el daño de la muchedumbre y de los particulares, y al rey declaró públicamente por excomulgado.

 

Conoció el rey su yerro, y por medio de Andrés Albalate, obispo de Valencia, que envió por su embajador sobre el caso, pidió humildemente penitencia y absolución. Decía que le pesaba de lo hecho; pero pues no podía ser otra cosa, que como padre y pontífice diese perdón a su indignación, la cual fue si no justo, a lo menos arrebatada; que estaba presto a satisfacer con la pena y penitencia que fuese servido imponerle. Oída la embajada, el Pontífice envió por sus embajadores al obispo de Camarino y a Desiderio, presbítero, para que en Aragón se informasen de todo lo que pasaba. Dioles otrosí poder muy lleno de reconciliar al rey con la Iglesia, si les pareciese que su penitencia lo merecía. Hízose en Lérida junta de obispos y de señores; halláronse en particular presentes los obispos de Tarragona, de Zaragoza, de Urgel, de Huesca, de Elna. En presencia de estos prelados el rey, puestas en tierra las rodillas, después de una grave reprensión que se le dio, fue absuelto de aquel exceso. La penitencia fue que acabase a sus expensas de edificar el monasterio

 

 

 

 

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bonifaciano, que con advocación de Nuestra Señora en los montes de Tortosa veinte años antes de esto, luego que se tomó el pueblo de Morella se comenzara, y se edificaba poco a poco, y acabada la fábrica, le diese de renta para en cada un año doscientos marcos de plata, con que los monjes del Císter se pudiesen sustentar en el dicho monasterio. En Valencia tenían comenzado a edificar un hospital para albergar los pobres y peregrinos. A este hospital señalaron mayores rentas, es a saber, seiscientos marcos de plata cada un año, con que los pobres y peregrinos se sustentasen, y juntamente algunos capellanes para que dijesen misa y ayudasen al buen tratamiento y regalo de los pobres. Añadióse a esto que en Gerona, en la iglesia mayor fundase una capellanía para que perpetuamente se hiciesen sacrificios y sufragios por el rey y por sus sucesores.

 

El pontífice expidió su bula a los 22 de septiembre, año de 1240, en que da poder a los dos nuncios para reconciliar al rey con la Iglesia, que se hizo el mes siguiente a 19 de octubre. En Lérida con solemne ceremonia fue el rey absuelto de las censuras en que incurrió por aquel caso. Del obispo de Gerona no refieren más de lo dicho, ni aún declaran qué nombre tuvo. De los archivos y becerro del monasterio bonifaciano se tomó todo este cuento; dado que los más de los historíadores no hicieron de él mención, pareció no pasarle en silencio. El lector le dé el crédito que la cosa misma merece. De aquí sin duda y de estos papeles se tomó ocasión para la fama que vulgarmente anduvo de este rey y anda sobre este caso.

 

 

 

 

VII. Que Sevilla se ganó

 

En lo postrero de España, hacía el poniente, está asentada Sevilla, cabeza del Andalucía, noble y rica ciudad entre las primeras de Europa, fuerte por las murallas, por las armas y gente que tiene; los edificios públicos y particulares a manera de casas reales son en gran número, la hermosura y arreo de todos los ciudadanos muy grande. Entre la ciudad, que está a mano izquierda, y un arrabal llamado Triana pasa el río Guadalquivir acanalado con grandes reparos y de hondo bastante para naves gruesas, y por la misma razón muy a propósito para la contratación y comercio de los dos mares Océano y Mediterráneo. Con una puente de madera fundada sobre barcas se junta el arrabal con la ciudad y se pasa de una parte a otra.

 

 

 

 

 

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En la ciudad está la casa real en que los antiguos reyes moraban; en el arrabal un alcázar de obra muy firme, que mira el nacimiento del sol. Una torre está levantada cerca del río, que por el primor de su edificio la llaman de Oro vulgarmente. Otra torre edificada de ladrillo, que está cerca de la iglesia mayor, sobrepuja la grandeza de las demás obras por ser de sesenta varas en ancho y cuatro tanto más alta; sobre la cual se levanta otra torre menor, pero de bastante grandeza, que al presente de nuevo está toda blanqueada y al rededor adornada de variedad de pinturas, hermosas a maravilla a los que la miran. ¿Qué necesidad hay de relatar por menudo todas las cosas y grandezas de esta ciudad tan vaga y llena de primores y grandezas? Hay en la ciudad en este tiempo más de veinticuatro mil vecinos, divididos en veintiocho parroquias o colaciones. La primera y principal es de Santa María, que es la iglesia mayor, con el cual templo en anchura de edificio y en grandeza ninguno de toda España se le iguala. Vulgarmente se dice de las iglesias de Castilla: la de Toledo la rica, la de Salamanca la fuerte, la de León la bella, la de Sevilla la grande. Tiene su fábrica de renta treinta mil ducados en cada un año, la del arzobispo llega a ciento veinte mil, las canongías y dignidades, así en número como en lo demás, responden a esta grandeza. Los campos son muy fértiles, llanos y muy alegres por todas partes, por la mayor parte plantados de olivas, que en Sevilla se dan muy bien, y el esquilmo es muy provechoso; de allí se llevan aceitunas adobadas, muy gruesas, de muy buen sabor, a todas las demás partes. El trato es tan grande y la granjería tal, que en los olivares llamados Aljarafe, en tiempo de los moros se contaban cien mil, parte cortijos, parte trapiches o molinos de aceite; y dado que parece gran número, la autoridad y testimonio de la Historia del rey don Alfonso el Sabio lo atestigua. El número de extranjeros y muchedumbre de mercaderes que concurren es increíble, mayormente en este tiempo, de todas partes a la fama de las riquezas, que por el trato de las Indias y flotas de cada un año se juntan allí muy grandes.

 

El rey don Fernando tenía por todas estas causas un encendido deseo de apoderarse de esta ciudad; así por su nobleza como porque, ella tomada, era forzoso que el imperio de los moros de todo punto menguase, tanto más, que los aragoneses con gran gloria y honra suya se habían apoderado de Valencia, de sitio muy semejante y no de mucho menor número de ciudadanos. El rey de Sevilla, por nombre Ajatafe, no ignoraba el peligro que corrían sus cosas; tenía juntados socorros de los lugares comarcanos,

 

 

 

 

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hasta desde la misma África, gran copia de trigo traída de los lugares comarcanos, proveídose de caballos, armas, naves y galeras, determinado de sufrir cualquier afán antes de ser despojado del señorío de ciudad tan principal. El rey don Femando juntaba asimismo de todas partes gente para aumentar el ejército que tenía, trigo y todos los más pertrechos que para la guerra eran necesarios. La diligencia era grande, por entender que duraría mucho tiempo y sería muy dificultosa, y para que ninguna cosa necesaria falleciese a los soldados. En Alcalá por algún tiempo se entretuvo el rey don Fernando; pasada ya gran parte y lo más recio del verano, movió con todas sus gentes, púsose sobre Sevilla y comenzó a sitiarla a 20 del mes de agosto, año de nuestra salvación de 1247; los reales del rey se asentaron en aquella parte que está el campo de Tablada tendido a la ribera del río, más abajo de la ciudad. Don Pelayo Pérez Correa, maestre de Santiago, de la otra parte del río hizo su alojamiento en una aldea, llamada Aznalfarache; caudillo de gran corazón y de grande experiencia en las armas. Pretendía hacer rostro a Abenjafón, rey de Niebla, que con otros muchos moros estaba apoderado de todos los lugares por aquella parte; tanto mayor era el peligro, las dificultades; pero todo lo vencía la constancia y esfuerzo de este caballero. El rey barreaba sus reales; los moros, con salidas que hacían de la ciudad, pugnaban impedir las obras y fortificaciones. Hubo algunas escaramuzas, varios sucesos y trances, pero sin efecto alguno digno de memoria, sino que los cristianos las más veces llevaban lo mejor y forzaban a los enemigos con daño a retirarse a la ciudad. Por el mar y río se ponía mayor cuidado para impedir que no entrasen vituallas. Los soldados que tenían en tierra hacían lo mismo, y velaban para que ninguna de las cosas necesarias les pudiesen meter por aquella parte. Muchos escuadrones asimismo salían a robar la tierra; talaban losfrutosque hallaban sazonados, el vino y el trigo todo lo robaban.

 

Carmona, que está a seis leguas, forzada por estos males, como seis meses antes lo tenían concertado, sin probar a defenderse ni pelear se rindió, con tanto mayor maravilla, que los bárbaros pocas veces guardan los asientos. No se descuidaban los moros ni se dormían; el mayor deseo que tenían era de quemar nuestra armada, cosa que muchas veces intentaron con fuego de alquitrán, que arde en la misma agua. La vigilancia del general Bonifaz hacía que todos estos intentos saliesen en vano, y cada cual de los capitanes por tierra y por mar procuraban diligentemente no se recibiese algún daño por la parte que tenían a sn

 

 

 

 

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cargo. Señalábanse, entre los demás, don Pelayo Correa, maestre de Santiago, y don Lorenzo Suárez, cuyo esfuerzo e industria en todo el tiempo de este cerco fue muy señalada, sobre todos Garci Pérez de Vargas, natural de Toledo, de cuyo esfuerzo se refieren cosas grandes y casi increíbles. Al principio del cerco, a la ribera del río, do tenían soldados de guarda para reprimir los rebates y salidas de los moros, Garci Pérez y un compañero, apartados de los demás, iban no sé a qué parte; en esto al improviso ven cerca de sí siete moros a caballo; el compañero era de parecer que se retirasen; replicó Garci Pérez que, aunque se perdiese, no pensaba volver atrás ni con torpe huida dar muestra de cobardía. Junto con esto, ido el compañero, toma sus armas, cala la visera y pone en el ristre su lanza; los enemigos, sabido quien era, no quisieron pelear. Caminado que hubo adelante algún tanto, advirtió que al enlazar la capellina y ponerse la celada se le cayó la escofia; vuelve por las mismas pisadas a buscarla. Maravillóse el rey, que acaso desde los reales le miraba, pensaba volvía a pelear; más él, tomada su escofia, porque los moros todavía esquivaron el encuentro, paso ante paso se volvió sano y salvo a los suyos por el camino comenzado. Fue tanto mayor la honra y prez de este hecho, que nunca quiso declarar quién era su compañero, si bien muchas veces le hicieron instancia sobre ello; a la verdad, ¿a qué propósito con infamia ajena buscar para sí enemigo y afrenta para su compañero sin ninguna loa suya? Como quier que al contrario con el silencio demás del esfuerzo dio muestra de la modestia y noble término de que usaba.

 

Entre tanto que con esta porfía se peleaba en Sevilla, el infante don Alfonso, hijo del rey don Fernando, intentó de apoderarse de Játiva en el reino de Valencia, convidado por los ciudadanos. Tomó a Enguerra, pueblo en tierra de Játiva, que se le entregaron los moradores. Cuanto cada uno alcanza de poder, tanto derecho se atribuye en la guerra. El rey don Jaime, avisado de los intentos del infante don Alfonso y alterado, como era razón, se apoderó de Villena y de seis pueblos comprendidos en el distrito de Castilla, por dádivas que dio al que los tenía a cargo. Demás de esto, en la misma comarca, principio del año 1248, tomó de los moros otro pueblo llamado Bugarra. De estos principios parecía que los disgustos pasarían adelante y pararían en alguna nueva guerra que desbaratase la empresa de Sevilla y acarrease otros daños. Don Alfonso, como quier que era de condición sosegada, se determinó de tratar en presencia con el rey de Aragón y resolver todas estas diferencias, y para esto se juntaron a vistas y

 

 

 

 

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habla en. Almizra, pueblo del rey de Aragón. Allí por medio de la reina de Aragón, y por la buena industria de don Diego de Haro y otros grandes que se pusieron de por medio se compuso esta diferencia; con que de una y de otra parte se restituyeron los pueblos que injustamente tomaron, y se señaló la raya de la jurisdicción y conquista de ambas las partes. Quedaron en particular en virtud de esta concordia por el reino de Murcia Almansa, Sarasulla y el mismo río Cabriolo; por los de Valencia Biara, Sajona, Alarca, Finestrato. Asentadas las cosas de esta manera, los príncipes se despidieron. El rey don Jaime revolvió luego contra Játiva, envió delante sus gentes con intento de cercarla; apoderóse finalmente de ella, pasada ya gran parte del verano, por entrega que hicieron los mismos ciudadanos. Está asentada esta ciudad en un sitio asaz apacible a la parte que el río Júcar entra en el mar; su campiña muy fértil y fresca, la tierra muy gruesa.

 

El infante don Alfonso y en su compañía don Diego de Haro se apresuraron para hallarse en el cerco de Sevilla. Alhamar, ese mismo rey de Granada, vino a juntarse con el rey don Fernando, acompañado de buen número de soldados, en tiempo sin duda muy a propósito, en que los soldados cristianos, cansados de la tardanza y con la dificultad de aquella empresa, comenzaban a tratar de desamparar los reales y las banderas, además de las enfermedades que sobrevinieron y los tenían muy amedrentados. Era pasado el invierno sin hacer efecto de algún momento. El mismo rey, aquejado de tantos trabajos y de las dificultades que se ofrecían muy grandes, dudaba si alzaría el cerco, o esperaría que las cosas se encaminasen mejor y el remate fuese más apacible que los principios, como otras veces lo tenía probado. Los cercados desbarataron en cierta salida los ingenios de los nuestros y les quemaron las máquinas. Alentados con el buen suceso, no sólo se defendían con la fortaleza de la ciudad, sino desde los adarves se burlaban de la pretensión de los contrarios, que llamaban desatino. Amenazaban a los nuestros con la muerte y ultrajábanlos de palabra.

 

El cerco, sin embargo, se continuaba y se llevaba adelante con tanto mayor ventaja de los fieles, que de cada día les llegaban nuevos socorros. Acudieron los obispos don Juan Arias, de Santiago, bien que poco efecto hizo; su poca salud le forzó en breve con licencia del rey a dar la vuelta. Don García, prelado de Córdoba; don Sancho, de Coria; los maestres de Calatrava y de Alcántara; los infantes don Fadrique y don Enrique; fuera de estos, don Pedro de Guzmán, don Pedro Ponce de León, don Gonzalo

 

 

 

 

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Girón, con otro gran número de grandes y ricos hombres que vinieron de refresco. A los cercados, por ser la ciudad tan grande, no se podían de todo punto atajar los mantenimientos, dado que se ponía en esto todo cuidado. El general de la armada, Bonifaz, ardía en deseo de quebrar la puente, para que no pudiendo comunicarse los del arrabal y la ciudad, fuesen conquistados aparte los que juntos hacían tanta resistencia. Era negocio muy dificultoso por estar la puente puesta sobre barcas que con cadenas de hierro están entre si trabadas; todavía pareció hacer la prueba, que la maña y la ocasión pueden mucho. Apercibió para esto dos naves, esperó el tiempo en que ayudase la creciente del mar y juntamente un recio viento que del poniente soplaba. Con esta ayuda, alzadas y hinchadas las velas, la una de las naves con tal ímpetu embistió en la puente, cuanto no pudieron sufrir las ataduras de hierro. Quebróse la puente el tercero día de mayo con grande alegría de los nuestros y no menos comodidad. Los soldados con la esperanza de la victoria con grande denuedo acometieron a entrar en la ciudad, escalar los muros por unas partes, y por otras derribarlos con los trabucos y máquinas, con tanta porfía, que los cercados estaban a punto de perder la esperanza de se defender. El mayor combate era contra Triana; los moros se defendían valientemente, y la fortaleza de los muros causaba a los nuestros dificultad.

 

Cierto soldado en secreto murmuraba de Garci Pérez de Vargas; cargábale que el escudo ondeado que traía era de diferente linaje. Ningunos oyen con mayor paciencia las murmuraciones que los que no se sienten culpados. Disimuló él por entonces la ira; después cierto día que acometieron los nuestros a Triana, se mantuvo tanto tiempo en la pelea, que con la lluvia de piedras, saetas y dardos que le tiraban, abolladas las armas y el escudo, apenas él pudo escapar con la vida. Entonces vuelto a su contrario, que estaba en lugar seguro: «Con razón, dice, nos quitáis las armas del linaje, pues las ponemos a tan graves peligros y trances; vos las merecéis mejor, que como más recatado las tenéis mejor guardadas». Él, avergonzado, conoció su yerro; pidió perdón, que le dio a la hora de buena gana, contento de satisfacerse de su injuria con la muestra de su valor y esfuerzo; manera de venganza muy noble.

 

Comenzaban en la ciudad a sentir gran falta de vituallas; los ciudadanos, visto que la felicidad de nuestra gente se igualaba con su esfuerzo, y que al contrario a ellos no quedaba alguna esperanza, acordaron tratar de rendir la ciudad, primero en secreto, y después en los

 

 

 

 

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corrillos y plazas. Pidieron desde el adarve les diesen lugar de hablar con el rey. Luego que les fue concedido, enviaron embajadores, que avisaron querían tratar de concierto con tal que las condiciones fuesen tolerables, en particular que quedase en su poder la ciudad. Decían que quebrantados con los males pasados, ni los cuerpos podían sufrir el trabajo, ni los ánimos la pesadumbre; que todavía en la ciudad quedaban compañías de soldados, que no era justo irritarlas ni hacerles perder de todo punto la esperanza; muchas veces la necesidad de medrosos hace fuertes, por lo menos que la victoria sería sangrienta y llorosa, si se allegase a lo último y no se tomaba algún medio. A esto respondió el rey que él no ignoraba el estado en que estaban sus cosas. Tiempo hubo en que se pudiera tratar de concierto; más que al presente por su obstinación se hallaban en tal término, que sería cosa fea partirse sin tomar la ciudad, y que si no fuese con rendirla, no daría lugar a que se tratase de concierto ni de concordia. Entre tanto que se trataba de las condiciones y del asienta hicieron treguas y cesó la batería. Prometían acudir con las rentas reales y tributos todos los que acostumbraban antes a pagar a los miramamolines. Desechada esta condición, dijeron que darían la tercera parte de la ciudad demás de las dichas rentas; después la mitad, dividida con una muralla de lo demás que quedase por los moros. Parecían estas condiciones a los nuestros muy aventajadas y honrosas. El rey, a menos de entregarle la ciudad, no hacía caso de estas promesas ni estimaba todos sus partidos. En conclusión, se asentó que el rey moro y los ciudadanos con todas sus alhajas y preseas se fuesen salvos donde quisiesen, y que fuera de Sanlúcar, Aznalfarache y Niebla, que quedaban por los moros, rindiesen los demás pueblos y castillos dependientes de Sevilla. Diose de término un mes pan cumplir todas estas capitulaciones.

 

El castillo luego se entregó, y a 27 de noviembre salieron de la ciudad entre varones y mujeres y niños cien mil moros; parte de ellos pasó en África, parte se repartió por otros lugares y ciudades de España. Gastáronse en el cerco dieciséis meses, en el cual tiempo los reales a manera de ciudad estaban divididos en barrios, con sns tiendas en que se vendían las cosas necesarias, herrerías para forjar armas, los pabellones puestos por su orden con sus calles y plazas en lugares convenientes. A los 22 de diciembre, con pública procesión y aparato entró el rey en la ciudad, oyó misa en la iglesia mayor, que para este propósito estaba bendecida y aparejada; bendíjola con gran majestad don Gutierre, electo arzobispo de

 

 

 

 

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Toledo, que poco antes señalaron por sucesor en aquella iglesia de don Juan, que falleció a los 23 del mes de julio. Don Ramón de Losana fue elegido por arzobispo de la nueva ciudad. Este prelado andando a la escuela, con un cuchillo de plumas sacó otro tiempo un ojo a un su hermano; para absolverse de esta irregularidad y para alcanzar dispensación ya que era de más edad pasó a Roma; viaje que le fue ocasión de hacerse muy erudito y letrado.

 

Quedaba Sevilla muy falta de moradores; la franqueza que el rey prometió de tributos a los que viniesen a poblar hizo que gran número de gente acudiese de toda España, determinados de hacer allí su asiento y morada; con esto, en breve volvió a tener aquella ciudad nobilísima la hermosura de antes y número de gente asaz.

 

 

 

 

VIII. De la muerte del rey don Fernando

 

En el mismo tiempo que Sevilla estaba cercada, san Luis, rey de Francia, enriquecía con reliquias santísimas que envió a Toledo y aumentaba la devoción de la iglesia mayor de aquella ciudad; juntamente ganaba las voluntades de nuestra nación. En el Sagrario de aquella iglesia hasta hoy con gran devoción se muestran y guardan las dichas reliquias con la misma carta original del rey, cuyo traslado nos pareció poner en este lugar para memoria de la piedad de príncipe tan señalado y devoto: «Luis, por la gracia de Dios rey de Francia, a los amados varones en Cristo, canónigos y todo el clero de la iglesia de Toledo, salud y dilección. Queriendo adornar vuestra iglesia con un excelente don por medio de nuestro amado Juan, venerable arzobispo de Toledo, y a su instancia os enviamos algunas preciosas partecicas de los venerables y señalados nuestros santuarios, que hube del tesoro del imperio constantinopolitano, conviene a saber: del madero de la cruz del Señor, una de las espinas de la sacrosanta corona de espinas del mismo Señor, de la leche de la gloriosa virgen María, de la vestidura de púrpura del Señor con que fue vestido, del lienzo con que se ciñó el Señor cuando lavó y limpió los pies de sus discípulos, de la sábana con que su cuerpo estuvo sepultado en el sepulcro, de los paños de la infancia del Salvador. Rogamos pues, y requerimos en el Señor a vuestra caridad, que las sobredischas reliquias recibáis y guardéis en vuestra

 

 

 

 

 

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iglesia con la reverencia debida; asimismo que en vuestras misas y oraciones tengáis memoria benigna de nos. Fecha en Estampas, año del Señor de 1248 por el mes de mayo».

 

Después que el rey Luis hubo enviado esta carta, de Marsella se hizo a la vela y navegó a la Tierra Santa con deseo de reparar en aquellas partes la guerra sagrada. El suceso no fue conforme a su santa intención, porque apoderado que se hubo en las marinas de Egipto de Pelusio, ciudad que hoy se llama Damiata, toda la prosperidad se volvió en contrario. De tres hermanos del rey, Roberto murió en una batalla, Alfonso y Carlos fueron presos con el rey el año 1249. La libertad costó mucho haber, sin que en la Tierra Santa a la cual desde allí pasaron, hiciesen cosa de muy gran momento. Verdad es que las ciudades de Sidón, Cesarea y Joppe fueron recobradas por las armas de Francia año del Señor 1250, pero ninguna otra cosa se hizo.

 

En el mismo año por muerte de don Gutierre, arzobispo de Toledo, que finó en Atienza a los 9 de agosto, como se ve en los Anales toledanos, en su lugar fue puesto don Sancho, hijo del rey don Fernando, a quien algunos llaman don Pedro, otros don Juan, por engaño sin duda. El arzobispo don Rodrigo por orden de la reina doña Berenguela crió en Toledo a sus nietos los infantes don Felipe y don Sancho; proveyóles en aquella su iglesia sendos canonicatos. Estudiaron ambos en los estudios de París; en particular don Felipe tuvo por maestro a Alberto Magno, gran filósofo y teólogo. Todo esto y más el favor de su padre fue ocasión de poner en esta vacante los ojos en don Sancho. Aprobó la elección el papa Inocencio IV; más el electo no parece se consagró por su poca edad, que era el penúltimo de sus hermanos. Por su contemplación dio su padre a la iglesia de Toledo a Uceda y a Iznatoraf, esto a trueco de Baza, que se la diera cuando conquistó a Jaén.

 

Vivió por este tiempo un hombre señalado, por nombre Pero González, que dejada la corte y palacio, en que tenía buen lugar, gastó lo postrero de su vida en doctrinar a los gallegos y asturianos, predicador de fama. Su contemporáneo Bernardo, canónigo de Santiago, por el gran conocimiento que alcanzó de los derechos, fue muy familiar al pontífice Inocencio, y es el que escribió la glosa sobre las epistolas decretales.

En el mismo tiempo los aragoneses, divididos en parcialidades, se abrasaban con discordias civiles. Tenía el rey don Jaime de doña Violante, su mujer, estos hijos: don Pedro, don Jaime, don Femando, don Sancho;

 

 

 

 

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otras tantas hijas, doña Violante, doña Constanza, doña Sancha, doña María. La reina estaba apoderada del rey, y así, le persuadió que dividiese los estados del reino entre sus hijos, consejo muy perjudicial a la república por enflaquecerse por esta manera las fuerzas, y muy pesado en particular a don Alfonso, su hijo mayor, en cuyo perjuicio se enderezaban estas prácticas. Por esta causa los más de los grandes siguieron la voz del infante, y por su autoridad públicamente se apartaron del rey. Con cuidado de componer estas diferencias, que amenazaban mayores males, por el mes de febrero se tuvieron Cortes generales en Alcañices, pueblo de Aragón. Señaláronse jueces sobre el caso, personas principales, eclesiásticas y seglares; dieron por sentencia que el hijo debía obedecer a su padre. De ningún provecho fue esta diligencia, por estar los vasallos mal contentos y el rey constante en su parecer y propósito, tanto, que en vida hizo donación al infante don Pedro del principado de Cataluña, con que la otra parte se desabrió mucho más. Esto en Aragón.

 

Las cosas del rey don Fernando se hallaban muy en mejor estado, porque compuestas y asentadas las cosas en Sevilla, en que determinaba hacer su asiento, acometió a Jerez, y ganó de los moros a Medina Sidonia, Begel, Alpechín, Aznalfarache; fuera de esto, a la ribera del mar, en parte abatió, en parte tomó muchos castillos de moros. Pretendía que los demás, escarmentados con aquel daño y castigo, se rindiesen o reprimiesen, Hiciéronse correrías por los campos de Nebrija; algunos pocos pueblos de moros, por estar fortificados de sitio o de murallas, se atrevían y estaban determinados de sufrir el cerco, no solo como cosa más honesta, sino también como más segura, ni por el daño de los otros se movían a rendirse.

 

Tratóse de pasar la guerra a África; y con este intento en las marinas de Vizcaya por mandado del rey don Fernando se apercibía una nueva y más gruesa armada, cuando una recia dolencia le sobrevino, de que finó en Sevilla a 30 de mayo el año que se contaba de 1252. Reinó en Castilla por espacio de treinta y cuatro años, once meses, veintitrés días; en León veintidós años, poco más o menos. Fue varón dotado de todas las partes de ánima y de cuerpo que se podían desear, de costumbres tan buenas, que por ellas ganó el renombre de Santo, título que le dio, no más el favor del pueblo que el merecimiento de su vida y obras excelentes; muchos dudaron si fuese más fuerte o más santo o más afortunado. Era severo consigo, exorable para los otros, en todas las partes de la vida templado, y

 

 

 

 

 

 

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que, en conclusión, cumplió con todos los oficios de un varón y príncipe justo y bueno.

 

En ningún tiempo dio mayor muestra de santidad que a la muerte. Comulgóle don Ramón, arzobispo de Sevilla. Al entrar el Sacramento por la sala se dejó caer de la cama, y puestos los hinojos en tierra, con un dogal al cuello y la cruz delante, como reo pecador pidió perdón de sus pecados a Dios con palabras de grande humildad. Ya que quería rendir el alma, demandó perdón a cuantos allí estaban. Espectáculo para quebrar los corazones y con que todos se resolvían en lágrimas. Tomó la candela con ambas las manos, y puestos en el cielo los ojos: «El reino, dijo, Señor, que me diste, y la honra mayor que yo merecía, te le vuelvo; desnudo salí del vientre de mi madre, y desnudo me ofrezco a la tierra; recibe, Señor mio, mi ánima, y por los méritos de tu santísima pasión ten por bien de la colocar entre los tus siervos». Dicho esto, mandó a la clerecía cantasen las letanías, y el Te Deum laudamus, y rindió el espíritu bienaventurado.

 

A su hijo don Alfonso, que nombró por heredero, poco antes de morir dio muchos avisos, y juntamente le encomendó con mucho cuidado a la reina doña Juana y sus hijos, de los cuales se hallaron a su muerte don Fadrique, don Enrique y don Felipe, que era electo prelado de Sevilla, y don Manuel. Don Sancho, electo de Toledo, no se halló por estar en su iglesia. Luego el día siguiente le hicieron el enterramiento y honras con aparato real. Su cuerpo fue sepultado en la iglesia mayor de Sevilla.

Dícese que este rey inventó e introdujo el Consejo Real, que hoy en Castilla tiene la suprema autoridad para determinar los pleitos. Señaló doce oidores, a cuyo conocimiento perteneciesen los negocios mayores y los pleitos que en los otros tribunales se tratasen, por vía de apelación con las mil quinientas doblas que deposita el que apela, y las pierde en caso que se dé sentencia contra él. Como las cautelas y engaños poco a poco iban creciendo, y los pleitos eran muchos por la malicia del tiempo, fue necesario establecer este nuevo tribunal; que antes las ciudades, contentas con los juicios y sentencias que sus jueces daban, y con apelar a las audiencias de su distrito, tenían por cosa fea y sin propósito pasar adelante e implorar el auxilio real.

 

Demás de esto, encargó a personas principales y doctas el cuidado de hacer nuevas leyes y recoger las antiguas en un volumen, que hoy se llama vulgarmente las Partidas, obra de inmenso trabajo, y que se comenzó por este tiempo, y últimamente se puso en perfección y se publicó en tiempo

 

 

 

 

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del rey don Alfonso, hijo de este don Fernando. Hasta la muerte del rey don Fernando llegó don Lucas de Tuy con su historia.

 

 

 

 

IX. De los principios de don Alfonso el Décimo,

 

rey de Castilla

 

El reino de don Fernando por derecho de herencia vino al rey don Alfonso, deceno de este nombre, cuya vida y obras pretendemos declarar, ilustres sin duda por la variedad de los sucesos y juego de la fortuna variable, pero que tienen más de maravilla que de honra y loa. ¿Qué cosa más maravillosa que un príncipe, criado en la guerra y ejercitado en las armas desde su primera edad, haya tenido tanta noticia de la astrología, de la filosofía y de las historias, cuan grande apenas los hombres ociosos y ocupados solamente en sus estudios pocas veces alcanzan? Sus libros que publicó y sacó a luz de astrología y de la historia de España dan muestra de su grande ingenio y estudio increíble. ¿Qué cosa eso mismo más afrentosa que con tales letras y estudios, con que otro particular pudiera alcanzar gran poder, no saber él conservar y defender ni el imperio que los extraños le ofrecieron ni el reino que su padre le dejó? Vio aquella edad y siglo hasta dónde podía llegar la libertad y arrogancia del pueblo, pues redujo un rey tan poderoso casi a vida particular; vio él mismo lo postrero de la desventura, que fue ser despojado de sus riquezas y mando. ¡Qué juegos hace la fortuna o poder más alto! ¡Cómo parece que gusta en burlarse de las cosas humanas! El sobrenombre de Sabio, que ganó por las letras, o por la injuria de sus enemigos, o por la malicia de los tiempos, o él por la flojedad de su ingenio, parece le amancilló; pues con el crédito que tenía de ser tan sabio, no supo mirar por sí y prevenirse.

 

En Sevilla, do se halló a la muerte de su padre, le alzaron por rey. Lo primero que hizo después de esto fue renovar el concierto con Alhamar, rey de Granada, demás que le hizo suelta de la sexta parte del tributo que tenía costumbre de pagar, en que se tuvo respeto a los buenos servicios que hiciera y a despertarle para que de nuevo hiciese otros; que sin duda por algún tiempo fueron muy grandes y señalados. Era tanto lo que este príncipe amaba al rey don Fernando y érale tan agradable su memoria, que con ser moro, todos los años enviaba a Sevilla buen número de los suyos

 

 

 

 

 

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con cien antorchas de cera blanca para que se hiciesen al rey las exequias y aniversarios.

 

La falta que tenían de dineros era grande, por estar gastados todos con las guerras de tantos años. Tratóse de buscar algún camino para allegar moneda y remediar este daño; pareció lo mas a propósito que en lugar de los pepiones, que era cierta moneda así llamada de buena ley, se usase de burgaleses, moneda muy baja mezclada de otros metales. Era cosa injusta abajar de quilates la moneda y que fuese del mismo valor que la de antes. Desorden por donde las cosas encarecieron y no se remedió la necesidad del rey; porque fue necesario aumentar los salarios de los jueces y de los demás oficiales con tanta mayor indignación del pueblo, que poco después se inventó otro género de moneda, que se llamaba negra, es a saber, por tener mucho cobre. Quince monedas de este género valían una dobla o escudo; un burgalés valía dos pepiones, noventa un escudo o un maravedí de oro. Este camino de allegar dinero, bien que intentado muchas veces de grandes reyes, que sea muy engañoso y perjudicial, el tiempo y la experiencia y desastrados sucesos lo han bastantemente declarado. Sin duda fue la principal causa por que el rey don Alfonso en breve se hizo muy malquisto y odioso a sus vasallos. De esta manera, si no hay gran tiento, de honestos principios y causas se siguen efectos muy perniciosos y malos. Ésta fue la primera semilla de la discordia civil; de la guerra de fuera hubo otras causas.

 

Estaba el rey don Alfonso congojado por la esterilidad de la reina doña Violante, por el gran deseo que tenía de dejar sucesión. Los aduladores, de que siempre hay gran número en las casas de los príncipes, pretendían que aquel matrimonio se podía apartar; no les faltaban razones para colorear este engaño, como a gente de grande ingenio; el rey fácilmente se dejó persuadir en lo que deseaba. Envió embajadores al rey de Dinamarca a pedir por mujer una hija suya, llamada Cristina. Era cosa fácil por la grande distancia de los lugares engañar aquella gente. Concertado el casamiento, la doncella fue enviada en España. Estos intentos del rey don Alfonso dieron mucha pena, como era razón, al rey don Jaime. Procuróse dar algún corte con embajadas que se enviaron; pero como no se efectuase nada, vino el negocio a rompimiento y a las armas. Hiciéronse correrías y cabalgadas de una parte y de otra, robos de hombres y ganados, y esto al principio de aquella diferencia.

 

 

 

 

 

 

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Por el mismo tiempo Teobaldo, rey de Navarra, primero de este nombre, falleció a 8 de julio, año de nuestra salvación de 1253; digno de ser alabado por el deseo que mostró de ayudar a la guerra de la Tierra Santa, cuanto reprehensible y manchado por el intento que tuvo de oprimir los derechos y libertad eclesiástica, por la cual causa se dice que hubo entredicho general en todo aquel reino por espacio de tres años enteros. Este tiempo pasado, don Pedro Remigio, o Gazolaz, obispo de Pamplona, alzado el destierro en que le tenían, se reconcilió con el rey a instancia de personas principales que en ello trabajaron y con muy grande alegría y regocijo de todo el pueblo. Teobaldo merece sin duda ser alabado por otras cosas y partes de que fue dotado, en especial por los estudios de las artes liberales, ejercicio y conocimiento de la música y de la poesía tan grande, que acostumbraba componer versos y cantarlos a la vihuela; las poesías que hacía, proponerlas en público en su palacio para ser de todos juzgadas. Tuvo tres mujeres. De la primera, que fue hija del conde de Lorena, no tuvo hijos algunos. Dejada ésta por mandado de los pontífices, casó con Sibila, hija de Filipo, conde de Flandes. De este matrimonio nació Blanca, que casó con Juan, duque de Bretaña, por sobrenombre el Bermejo. De la tercera mujer, que fue hija de Arquimbaudo, conde de Foix, tuvo a Teobaldo y a Enrique y una hija, llamada Leonor. Teobaldo sucedió a su padre después de su muerte; era menor de edad, que no tenía quince años cumplidos, de excelente natural y que daba muestras de grandes virtudes.

 

La reina Margarita, su madre, cuidadosa de lo que a su hijo tocaba, estaba con temor, en especial de don Alfonso, rey de Castilla, que, vencidos y domados los moros, se entendía quería revolver contra Navarra y despertar el derecho antiguo que pretendían los reyes de Castilla a aquella corona; cuidaba ayudarse del socorro del rey de Aragón y de su sombra. Tratóse por sus embajadores de aliarse; y para que la cosa se concluyese más fácilmente, con seguridad de ambas partes se juntaron a vistas. Al principio del mes de agosto en Tudela se hizo confederación entre los dos reyes, en que se concertó tuviesen los mismos por amigos y por enemigos. Asentaron otrosí que una de las dos hijas que tenía el rey don Jaime se diese por mujer a Teobaldo, y en particular se proveyó que ninguna de las dos casase con alguno de los hermanos del rey de Castilla sin voluntad de la reina Margarita y sin que ella viniese en ello. Al rey de Aragón, sin embargo, le quedó su derecho a salvo, que pretendía tener a aquel reino por la adopción del rey don Sancho de Navarra. Esta

 

 

 

 

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confederación para que fuese más fuerte se procuró que el romano Pontífice la aprobase; las fuerzas de los dos reinos claramente se movían y enderezaban contra las de don Alfonso, rey de Castilla. El cuidado de esta guerra y miedo que resultó por esta causa, que suele ser muy gran atadura de concordia, hizo que los aragoneses padre e hijo se concertasen, cosa que tanto se deseaba. Así hallo que lo que el rey de Aragón había donado a don Pedro y don Jaime, sus hijos, lo aprobó con juramento en Barcelona don Alfonso, el hijo mayor del mismo rey don Jaime.

Ofrecióse demás de esto ocasión de nueva guerra. Alasarco, moro de ingenio sagaz, prometió entregar y rendir el castillo de Reguara, que tenía en su poder. El rey de Aragón, como el que era arriscado, creyóse fácilmente que le trataba verdad. Acudió con poca gente como a cosa hecha. Hubiera de caer en el lazo y quedar preso; más quiso Dios que le avisaron del engaño y de lo que pasaba, con que se puso en cobro. El moro, burlada su esperanza, se declaró por enemigo y persuadió a los moros de Valencia que tomasen las armas y que se levantasen. El rey, movido por el peligro, acudió a Valencia; tratóse en aquella ciudad de echar aquella gente de todo el reino. Los señores, por la ganancia que de aquella gente les venía, hacían contradicción; los prelados y el pueblo otorgaban con el rey, que fue el parecer que prevaleció en las Cortes. Mandaron pues a todos los moros que saliesen del reino de Valencia y de todo su distrito dentro de cierto término. Ellos, aunque estaban en armas sesenta mil de ellos, obedecieron a lo que les fue mandado. Repartiéronse por tierra de Murcia y de Granada, gran parte hizo asiento en la Mancha, que al presente se llama de Aragón, antiguamente de Montearagón, de un pueblo de este nombre que por allí caía. Era comarca áspera y no cultivada en aquel tiempo, al presente de señalada fertilidad en la cosecha de pan, con que provee a otras muchas partes. Llamóse antiguamente campo Spartanario del mucho esparto que tiene. De esta resolución sacó gran interés don Fadrique, que residía en Villena, y la tenía en gobierno en nombre del rey don Alfonso, su hermano. Era por allí el paso; hizo que por él los miserables cada uno pagase un escudo de oro.

 

El rey de Aragón, embarazado con estos alborotos, no pudo luego volver las armas contra Castilla. Esta tardanza hizo que las sospechas de una gran guerra se trocaron en muy alegre fln y remate. En el mismo tiempo que Cristina, después de tan largo viajo últimamente aportó a Toledo, que fue el año de nuestra salvación de 1254, se entendió que la

 

 

 

 

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reina estaba ocupada. El rey, movido con una cosa tan fuera de lo que se esperaba, trocó el odio en amor. Los mismos que antes le persuadían que la dejase trataron que se reconciliase con la reina; y hallaban razones en favor del matrimonio que antes tenían por inválido; tales son las adulaciones de cortesanos. Don Felipe, hermano del rey, sin embargo que era abad de Valladolid y electo arzobispo de Sevilla, renunció el hábito clerical con voluntad del rey, su hermano, para casar con Cristina, que aceptó aquel partido, perdida la esperanza de ser reina; matrimonio que, como mal trabado, en breve se apartó por la muerte de Cristina, que le sobrevino por la pena de la afrenta y por el desabrimiento que recibió por un trueque semejante; así lo entendía la gente vulgar. La esterilidad de la reina doña Violante se mudó en fecundidad, tanto, que parió muchos hijos a su marido. Estos fueron doña Berenguela, doña Beatriz, don Fernando, por sobrenombre de la Cerda, por causa de una muy señalada y larga con que nació en las espaldas, don Sancho, don Pedro, don Juan, don Diego, doña Isabel y doña Leonor. Todos estos tuvo el rey don Alfonso en la reina. En otra madre de bajo linaje a don Alfonso Fernández; en doña Mayor de Guzmán, hija de Pedro de Guzmán, a doña Beatriz, que fueron el uno y el otro hijos bastardos.

 

El año siguiente de 1255, Eduardo, hijo mayor de Enrique, rey de Inglaterra, vino a España. Las causas de su venida no se dicen; podemos sospechar ¿quién lo veda? que movido del agravio de Cristina hizo aquel viaje por ser primos hermanos. Su viaje cuánto haya aprovechado el suceso de las cosas lo declara; lo cierto es que en Burgos fue recibido benignamente del rey, y de su mano le armó caballero, ceremonia que en aquel tiempo se usaba, halagos con que se pretendía aplacar el ánimo de aquel príncipe mozo y bravo.

 

 

 

 

X. El rey don Alfonso fue elegido por emperador

 

El rey don Alfonso no tenía la misma fama en todas las partes y acerca de todas las naciones. En España, en su reino sin duda era aborrecido del pueblo, a los reyes comarcanos no era nada agradable, dado que con cierta muestra de paz o por miedo de su poder se detenían de tomar contra él las armas. Entre las naciones extrañas volaba la fama de su grande erudición.

 

 

 

 

 

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Decíase que era elocuente, sagaz, instructo igualmente en las artes de la paz y de la guerra. Esto movió a algunos príncipes de Alemania para que en la dieta del imperio, en que se trataba de elegir emperador, le nombrasen en lugar de Guillermo César, que a la sazón murió, y se tuviese cuenta con él, bien que no fue una la voluntad, ni los votos de todos se conformaron en uno; el arzobispo de Colonia en su nombre y en el del arzobispo de Maguncia, cuyo lugar y voz traía, y el conde Palatino nombraron por emperador a Ricardo, conde de Cornubia, hermano de Enrique, rey de Inglaterra. Hízose este nombramiento a 6 de enero, día de los Reyes, año que se contó del Señor de 1256; algunos señalan dos años adelante. El arzobispo de Tréveris y el duque de Sajonia, teniendo por inválida la elección de Ricardo, por sus votos eligieron a don Alfonso, rey de Castilla, el postrer día de marzo luego siguiente.

 

Enviáronse embajadores a entrambos, y cada cual se tenía por legítimo emperador, y a su competidor al contrario; con tanto más ventaja de Ricardo, que sin dilación, dejadas todas las demás cosas, acudió a Alemania, y de mano del arzobispo de Colonia, a quien esto toca, tomó la corona primera del imperio en Aquisgrán, a 2 días del mes de mayo. Don Alfonso, embarazado con las alteraciones domésticas y desconfiado de la voluntad de sus vasallos, y principalmente por la edad de sus hijos, que era pequeña, dilató su ida, puesto que los obispos de Constancia y de Espira vinieron por embajadores en esta razón, y con nuevas embajadas que le enviaban de cada día le importunaban fuese a tomar el imperio. Esta tardanza entibió la afición de su parcialidad y fortificó los intentos de la parte contraria. Favorecían a don Alfonso, fuera del crédito de su virtud, porque de parte de madre venía de los emperadores de Alemania, como hijo que era de doña Beatriz, y por ella nieto de Felipe, que fue el tiempo pasado emperador.

 

A Ricardo ayudaba mucho la semejanza de la lengua, que no es pequeña entre ingleses y alemanes, grandes y antiguas alianzas entre aquellas dos naciones, las costumbres semejantes, además del parentesco que entre sí tenían, para que le juzgasen por idóneo y digno del imperio, en tanto grado, que en negocio dudoso parecía aventajarse algún tanto su derecho. Porque dentro de un año después de la muerte del emperador Guillermo fue puesto en su lugar en el mismo día que, de común consentimiento, los electores señalaron para la elección; dentro de otro año, de mano del arzobispo de Colonia, a quien esto pertenece, fue en

 

 

 

 

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Aquisgrán coronado y tomó las demás insignias del imperio, y se sentó en la silla de Carlomagno en señal de la posesión que tomaba. En conclusión, así los príncipes como los que tenían a cargo los fortalezas, le hicieron sus homenajes; las cuales cosas todas, como quier que estuviesen establecidas por las leyes que hablan en razón de elegir los emperadores, don Alfonso no las cumplió. Contra Ricardo, que a su tiempo las había todas guardado, no se podía alegar cosa alguna; así lo decían grandes letrados, fuera de que en discordia de los electores, cuando no se conforman en uno, el conde Palatino es el legítimo juez de la diferencia; por lo menos el rey de Bohemia, cuando los votos se dividen igualmente, a la parte que él se allega aquella elección es tenida por válida. Alegaban que lo uno y lo otro hacían por Ricardo, pues el conde Palatino votó por él en su nombre y del rey de Bohemia, cuyas veces tenía; y luego que él mismo supo la elección, de nuevo la aprobó.

 

Don Alfonso, al contrario, alegaba que su elección fue hecha en Francfordia, dentro de los muros de la ciudad, que era el lugar señalado de común consentimiento de los electores para aquella elección. Que el de Colonia y el Palatino vinieron acompañados de gran número de soldados, no como a elección, sino como a guerra, y porque ponían espanto y parecía que querían hacer fuerza, fueron amonestados que desistiesen de aquel camino, y a ejemplo de los otros príncipes, con acompañamiento ordinario y competente entrasen en la ciudad. Cargábanles que no quisieron conformarse, antes por nueva manera y perjudicial se juntaron aparte, cosa de grandes inconvenientes, y fuera de la ciudad, como en los reales hicieron su elección. Ésta era la principal nulidad en la elección de Ricardo. Que los príncipes que estaban en la ciudad aguardaron hasta tanto que hubo esperanza que se podrían reducir a mejor consejo, y dejada aquella porfía, concordarse con la razón y con los demás; perdida la esperanza, a postrero de marzo, por voto del arzobispo de Tréveris y del duque de Sajorna, que tenía otrosí el voto del marqués de Brandemburg, que ausente estaba, como su vicario y también por voto del rey de Bohemia, cuyo embajador con derecho de votar estuvo presente en la dieta, fue elegido por rey de romanos don Alfonso, rey de Castilla.

 

Éstos eran los principales fundamentos de la una parte y de la otra: otros alegaban de menor cuantía, como delitos y excesos que los unos oponían contra los otros, sin que ellos se engañasen; mayormente contra el arzobispo de Tréveris se alegaba estar excomulgado, y por tanto privado

 

 

 

 

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de voto, a causa de nuevas y extraordinarias imposiciones que derramaba sobre sus vasallos. La otra parte contraponía que el arzobispo de Colonia hirió al cardenal de San Jorge, legado del pontífice romano, y prendió un obispo. Asimismo que el conde Palatino maltrataba en muchas maneras las personas eclesiásticas, lo cual no era lícito. Mas, que contra la sacrosanta majestad de los pontífices y de la Iglesia, en las revueltas pasadas se allegó al emperador Federico y a su hijo Conrado.

 

Este pleito comenzó en tiempo del papa Alejandro IV; no se pudo componer por su autoridad y juicio, como fuera justo, y los que mejor lo sentían lo deseaban, a causa que cada cual de las partes, como quier que pretendiese ser de su derecho cierto, no quería, mal pecado, pasar por juicio ni sentencia de alguno ni comprometer la diferencia, porque no pareciese con esto hacían dudosa su causa; más aína cuidaban poner el negocio en el trance de una batalla y pleitear con las armas, así suyas como de los príncipes de Alemania, sus valedores y aliados. Gran mal por esta causa se aparejaba a la cristiandad, si a ambos príncipes no detuvieran y enfrenaran otros negocios domésticos. A don Alfonso le fue impedimento estar tan lejos España; y unas dificultades que nacían y se trababan de otras le detuvieron en su reino; demás que naturalmente era irresoluto, y tenía esperanza que con artificio y maña se podría dar conclusión a aquel debate. Ricardo no pudo tomar las armas a causa que las cosas de Inglaterra andaban muy alteradas con la guerra que se hacía en Francia con todas las fuerzas de la una y de la otra nación, en especial que falleció el sexto año después que se llamó emperador. El fin en que paró toda esta contienda y su remate se declarará en otra parte más adelante.

 

 

 

 

XI. Los grandes de Castilla se alteraron contra el

 

rey don Alfonso

 

Tenía el rey don Alfonso condición mansa, ánimo grande, más deseoso de gloria que de deleites; era dado al sosiego de las letras y no ajeno de los negocios, pero poco recatado y de maravillosa inconstancia en su manera de proceder; codicioso de allegar dinero, vicio que si no se mira bien, causa muy graves daños, como entonces sucedió, que perdió las

 

 

 

 

 

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voluntades del pueblo y no supo ganar las de los grandes. Con deseo pues de huir el ocio, que es muy a propósito para sembrar chismes y levantar murmuraciones, tomó las armas contra el Andalucía, y divididas sus gentes, trataba con diversas bandas de apoderarse de los pueblos que quedaron en poder de moros. Él mismo ganó a Jerez; don Enrique, su hermano, a Arcos y a Nebrija, pueblo situado en los esteros de Guadalquivir por aquella parte que con grandes acogidas de agua se derrama en el Océano. En Jerez fue puesto por gobernador don Nuño de Lara, hombre de antiguo y noble linaje, más ya casi acabado por la flojedad o contumacia de sus antepasados. Ofrecíase muy buena ocasión de desarraigar por toda aquella comarca las reliquias de los moros, si no fuera que otro nuevo cuidado de una nueva guerra forzó al rey a retirarse y dejar aquella empresa.

 

Esto fue que Teobaldo, rey de Navarra, segundo de este nombre, ya que era mayor de edad, confiado en la ayuda del rey de Aragón, con quien poco antes renovara sus confederaciones en Montagudo, con sus gentes que juntó de todas partes trataba de acometer las tierras de Castilla. Pretendía que lo de Guipúzcoa, Álava, la Rioja y Briviesca, tierras de sus antepasados, les quitaron a tuerto los años antes y que de derecho le pertenecían. Muchos grandes de Castilla, disgustados con su rey, se pasaron a Navarra y a Aragón, renunciada primero por público instrumento la naturalidad, que era el camino que en los tiempos antiguos hallaron para que no fuesen tenidos por traidores los que se ausentaban de su patria. Estos despertaban la llama, y a aquel príncipe, mozo y feroz por la edad, instigaban para que tomase las armas. Entre estos grandes el más principal era don Diego de Haro, varón muy constante y de notables prendas en lo demás, pero que no sufría se le hiciese ningún agravio ni demasía, y que se mostraba muy ofendido por ver oprimida la libertad de la patria. La muerte cortó sus intentos, que le sobrevino en el lugar de Bañares, do era ido para curarse; mas su hijo don Lope de Haro, aunque era de pequeña edad, con grande acompañamiento de los suyos se fue a Estella, ciudad en que a la sazón se hallaba el rey de Aragón. Lo mismo hizo el infante don Enrique, disgustado de todo punto con su hermano el rey don Alfonso. Hicieron estos señoras entre sí liga contra el poder y armas de todos los príncipes.

 

El pueblo de Castilla y muchos grandes, dado que aún no se declaraban, sentían lo mismo de secreto. Llevaban mal que la moneda se

 

 

 

 

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hubiese abajado de ley, de que se siguió mayor carestía de los mantenimientos; y pretendiendo poner remedio a este daño, resultó otro mayor. Puso el rey tasa y precio a todas las cosas que se vendían y a todas las mercadurías, de que se siguió gran falta de vituallas y provisión, por no querer los que las tenían vender por aquel precio. De esta manera suelen muchas veces acarrear mayor daño las cosas que parecían haberse ordenado con mucha prudencia.

 

El rey don Alfonso, como era de grande ingenio y que no ignoraba cuán grande era el peligro que le amenazaba, trató de hacer asiento y pacificarse con el rey de Aragón, que sabía no estaba muy lejos de ello por andar envuelto otra vez, aunque era de grande edad, en los amores de doña Teresa Vidaura, tanto, que parecía estar olvidado de sí y de la majestad real. Viéronse en Soria; en aquella habla concertaron paces por el mes de marzo, año de nuestra salvación de 1256, en el mismo tiempo que Margarita, madre de Teobaldo, rey de Navarra, en Francia, do estaba ocupada en asentar las cosas de Campaña, falleció a 11 del mes de abril en Pervino. Fue enterrada en el monasterio de Claravalle, muy noble y conocido en aquella sazón por el crédito que tenían aquellos monjes de santidad.

 

El año siguiente en Toledo murió don Sancho Capelo, rey de Portugal, como se tocó arriba. El reino que por espacio de trece años había gobernado como teniente don Alfonso, su hermano, le gobernó de allí adelante con nombre de rey. Tuvo de doña Beatriz, hija del rey don Alfonso, a su hijo mayor don Dionisio, y a don Alfonso, conde de Portalegre, y demás de estos a doña Blanca, cuyo cuerpo está sepultado en las Huelgas de Burgos, donde por largo tiempo fue abadesa, y a doña Costanza, que murió de poca edad.

En este comedio don Enrique, hermano del rey, en Nebrija, do se retirara, movía, así moros como a cristianos, a levantarse. Don Nuño de Lara, alterado por estas pláticas, como era razón, y para prevenir los intentos de don Enrique, acudió a Nebrija desde Sevilla. Avisado de esto don Enrique, como no tuviese fuerzas bastantes ni ganadas del todo las voluntades de los de aquella comarca, fue forzado huirse a Valencia por mar. El rey don Jaime estaba allí ocupado en dar asiento en las cosas de aquel reino; recibióle al principio con benignidad; más por no contravenir, si le amparaba, a la alianza puesta con su hermano poco antes, le puso en necesidad de pasar en África. Desde allí, gastados cuatro años en la corte

 

 

 

 

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del rey de Túnez y en su compañía, pobre y miserable, dio la vuelta, primero a Francia, y después a Italia con deseo de mover guerra a su hermano, si en alguna parte hallase acogida y socorros bastantes.

El rey de Aragón, asentadas las cosas de Valencia, se fue a Montpellier con deseo de verse con el rey de Francia. Señalaron para las vistas un pueblo llamado Carbolio, en que a 11 días de mayo, año de 1258, tratadas todas sus diferencias, se reconciliaron enteramente con hacer suelta el uno al otro de todo lo que hasta aquel día cada cual poseía y se habían tomado. En particular los de Barcelona y los catalanes quedaron exentos de todo punto del antiguo señorío y jurisdicción de los reyes de Francia; homenaje usado y continuado desde el tiempo en que aquellas tierras se ganaron de los moros, dado que de muchos años atrás, fuera del nombre de estar sujetos y poner en las escrituras públicas el nombre del rey de Francia que a la sazón era y el año de su reinado, ninguna cosa podían allí ni hacían los reyes de Francia. Para que esta confederación fuese más firme se concertó desposorio entre doña Isabel, la menor de las hijas del rey de Aragón, con Felipe, hijo mayor y heredero del rey de Francia, y con ella, en nombre de dote, quedaron por los franceses Carcasona y Besiers.

 

Hubo este año grandes crecientes con las aguas, que continuaron desde antes del mes de agosto hasta 26 de diciembre; los ríos se hincharon y salieron de madre, con gran daño de las labranzas y de los campos. Muchas puentes cayeron en España, entre ellas la de Toledo, que se llama de Alcántara; más el siguiente año de 1259, que fue de los árabes el año 657, se reparó y reedificó. El letrero que está a la entrada de la puente sobre el arco de la puente, grabado en una piedra, de letra francesa y en lengua vulgar castellana lo declara.

 

 

 

 

XII. Que se puso entredicho en Portugal

 

Las cosas en España estaban sosegadas para tanta muchedumbre de príncipes como en ella reinaban, diferentes en leyes, costumbres, aficiones y voluntades. Algunas desgracias sucedieron. Doña Violante, reina de Aragón, y el infante don Alfonso, su entenado, fallecieron; los desórdenes del rey aceleraron la muerte al uno y al otro, a lo que parece. Don Alfonso llevaba mal el tratamiento que su padre le hacía y la poca estima que

 

 

 

 

 

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parecía hacer de él; como si fuera menos que los demás hermanos, ninguna mano por entonces le daba en el gobierno del reino; y para adelante con la partición que quería hacer de los estados disminuía la majestad del reino que le dejaba. Este diseño, no solo desabría en particular a don Alfonso, sino en común a los más de los grandes, en tanto grado, que dejado el rey, públicamente seguían la voz y las partes de su hijo. Para reducirlos y sosegarlos el viejo astuto poco antes de la muerte del hijo, revocada la primera donación, le entregó y puso en su poder a Valencia, que mandó anduviese siempre unida con Aragón.

 

La reina doña Violante llevaba mal el poder de doña Teresa Vidaura, en cuyos amores el rey desde su primera edad estuvo enredado, y dejados por algún tiempo, de nuevo era vuelto a ellos con tan grande afición, que parecía estar enhechizado con bebedizos. Por el albedrío de esta mujer y por su antojo gobernaba las cosas particulares y públicas. A la verdad este príncipe fue dado a deshonestidad y maltrato hasta la postrera edad; olvidado de su deber, no consideraba lo que por la fama se decía de él. Llegó el desorden a que así el tiempo pasado como adelante, muerta la reina doña Violante, la tuvo con la majestad y estado poco menos que si fuera reina. Ella misma una y dos veces puso al rey pleito delante del romano pontífice sobre la corona. Acusábale la palabra que decía le dio de casamiento, como arriba queda dicho. Nacieron de doña Teresa don Pedro, que fue señor de Ayerbe, y don Jaime, señor de Ejerica.

 

La reina doña Violante fue sepultada en Valbuena en un monasterio de monjas de la orden de San Bernardo, que está en Cataluña; don Alfonso en Valencia, en la iglesia mayor en la capilla de Santiago. Zurita, noble escritor de la historia de Aragón, dice que en el monasterio de Veruela del Císter.

Teobaldo, rey de Navarra, después que su madre murió en Francia, conservó y defendió el principado de Campaña, que muchos señores de Francia pretendían con las armas tomar para sí. Hecho esto, casó con doña Isabel, hija menor de san Luis, rey de Francia, que le dio su padre por mujer de buena gana. En Melun, pueblo de los senones, puesto en una isla pequeña que hace el río Secana, y de la una parte y de la otra del río, donde también hay edificios, se celebraron las bodas, más alegres en los principios que en lo de adelante por la esterilidad de la reina. Tuvo este rey en doña Marquesa de Rada fuera de matrimonio una hija, que tuvo el

 

 

 

 

 

 

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mismo nombre que su madre, y adelante casó con don Pedro, hijo del rey de Aragón, habido en doña Teresa, como queda dicho.

 

Matilde, condesa de Boulogne, sabida la muerte de don Sancho, rey de Portugal, acudió por mar a aquella provincia para pretender el derecho de su antiguo matrimonio, si por ventura don Alfonso, su marido, pudiese últimamente mudar su dañada intención. Llegó a Cascaes muy cerca de Lisboa; dende sin que el rey le diese lugar para poderle hablar, fue forzada a dar la vuelta. Escribióle empero una carta de este tenor:

«Llegara más cerca y reprendiera en tu presencia tu felonía, que fuera bastante recompensa del afán que en el viaje he tomado; pero pues no me das lugar para esto, y como ingrato y cruel no pudiste sufrir nuestra presencia o por estar herido de los aguijones de la conciencia y poseído del demonio, no dejaré en ausencia de hacer esto, y dar testimonio con esta carta a todo el mundo del justo dolor que tengo y del agravio que me haces, que será una perpetua memoria de tu deslealtad e impiedad. Son ordinariamente ásperos los remedios que para las enfermedades son saludables; yo también escribo con gemidos y contra mi voluntad estas cosas. Mas si va a decir verdad, yo te recibí cuando eras pobre, sin tierra, sin bienes, sin esperanza, estoy por decir un hombre bárbaro; y esto en mi casa y por marido. ¡Oh demasía mía, diré, o de los míos, o de los unos y de los otros y necia credulidad! Nuestra opinión y el crédito que de tu lealtad teníamos nos engañó para que, en cambio de que te dimos más de lo que pedías y mayores cosas que esperabas, hicieses burla de nos. Acuérdome cuando jurabas que no podías vivir sin mí no más que sin tu ánima. ¿Ésta es la religión? ¿Esta es la constancia? ¿Qué es esto? Con el reino sin duda has perdido el juicio y te has fementido, mudado en otro varón. Olvidado de mí y sin memoria del beneficio recibido, estás ocupado en nuevos amores de la que es forzoso se llame combleza, pues el primer matrimonio dura, y el nuevo es ninguno. ¿Descontentáronte nuestro linaje, la hermosura, la edad, las riquezas? O lo que es más cierto, ¿los reyes tenéis por santo y por honesto lo que os viene más a cuento para reinar? Yo todavía soy viva, y viviré hasta tanto que mueva contra ti las armas de los príncipes y los odios de todas las naciones; como bestia fiera perecerás agarrochado de todos. El corazón me da que la divina venganza está sobre tu cabeza, y que muy presto llegará. El que al presente, feroz con la maldad y muy contento desprecias nuestras lágrimas, en breve, afligido con todos los tormentos, pagarás justísimamente la pena de

 

 

 

 

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nuestro dolor y de tu impiedad. Con esta sola esperanza en estos trabajos me sustentaré, la cual cumplida o perdida, de buena gana dejaré la vida; más de tal manera la dejaré, que claramente se entienda faltó tu deslealtad a lo que era razón y a lo que pensábamos, más aina que a nos la virtud y esfuerzo necesario».

 

No se movió el ánimo obstinado del rey don Alfonso por esta carta, antes públicamente se gloriaba que el día siguiente se tornaría a casar y celebraría nuevo matrimonio, si entendiese era a propósito para conservar su reino. Matilde dio la vuelta mal enojada contra el rey; echaba sobre su cabeza grandes maldiciones. En Francia se fue a ver con el santo rey Luis para tratar de vengar aquel agravio. Al pontífice romano Alejandro IV envió sobre el caso sus embajadores. En el francés halló poca ayuda por estar su reino tan lejos. El padre santo amonestó a don Alfonso y le protestó que volviese al primer matrimonio, y recibiese en su gracia y se reconciliase con Matilde, su primera mujer. Advirtióle cuánto peligro corría su salvación; que no debía con obras tan malas irritar a Dios. A estas voces y amonestaciones las orejas del rey estaban tapadas, obstinado el ánimo; la codicia y ambición, consejeros malos, le ponían telarañas delante los ojos para que no viese la luz. El pontífice, porque no quería obedecer, le excomulgó, puso entredicho en todo el reino de Portugal, que dicen duró doce años, porque ni el rey se quería enmendar, ni los pontífices que se siguieron aflojar en la justa indignación y castigo. Los pueblos inocentes pagan la pena de los excesos que hacen los reyes; así van las cosas humanas, así lo lleva la condición de nuestra mortalidad.

 

Por lo demás, el rey don Alfonso era de condición mansa y tratable, muy amigo de justicia. Quitó en toda la provincia los salteadores y libertad de hacer mal, ca por la revuelta de los tiempos y por la flojedad del rey don Sancho prevalecían en todas partes los males. Ordenó leyes, estableció fueros, tuvo con cierta igualdad trabados entre sí los mayores con los medianos, y con estos los más bajos del pueblo. Esto en su casa y en el gobierno. En la guerra no tuvo menor esfuerzo; con sus armas y por su diligencia se ensancharon los términos de su estado. Ganó de los moros a Faro, Algeciras, Albufera y otros pueblos por la comarca de Silves. Fundó y pobló de nuevo a Castro, Portalegre, Estremoz. La ciudad de Beja y otros muchos pueblos y castillos, que por la revuelta del tiempo pasado estaban por tierra o maltratados, los reparó y reedificó.

 

 

 

 

 

 

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Hay también muestras de su piedad; en Lisboa un excelente monasterio, que por estos tiempos fundó y llevó al cabo, del orden de Santo Domingo. En Santaren otra de monjas de Santa Clara, que edificó a sus expensas desde los cimientos. La liberalidad que usaba con los pobres era tan grande, que muchas veces, consumidos los tesoros, para juntar dinero y remediarlos empeñaba las alhajas y joyas de su casa.

 

A don Alfonso, rey de Castilla, cuya fama volaba por todo el mundo, vinieron por el mismo tiempo embajadores del sultán de Egipto; traíanle mucha ropa, preciosos tapices y alfombras que le presentaron; demás de esto, animales muy extraordinarios y nunca vistos en España. Fue esto el año de 1260; en este año una villa de Guipúzcoa, parte de lo que llamamos Vizcaya, mudó el nombre antiguo de Arrasata en el de Mondragon, como se ve por un privilegio del mismo rey don Alfonso de los más antiguos que se hallan escritos en lengua española; porque fue el primer rey de España que en lugar de la lengua latina, en que se escribían las escrituras públicas, mandó se usase la española.

 

Hay otrosí una bula del papa Alejandro IV, duda en Anagni a 18 de marzo, el quinto año de su pontificado, en que manda que la ciudad de Segorbe, que por este tiempo se ganó, esté sujeta al obispo de Albarracín, que se llamaba obispo de Segorbe aún antes que aquella ciudad fuese de los moros ganada. Hay otra bula del mismo pontífice, dada el sexto año de su pontificado, que es el en que vamos, en que mandaba que el obispo de Segorbe, que lo era en aquel tiempo también de Albarracín, sea sufragáneo de la iglesia de Toledo. Opúsose don Arnaldo de Peralta, obispo de Zaragoza; alegaba que parte de aquella diócesis era de su iglesia. El pontífice, vista la resistencia, moderó la primera concesión con otra bula, en que declara ser su voluntad que a los obispos de Zaragoza, no obstante lo susodicho, quedasen salvos sus derechos. El punto de esta diferencia consistía principalmente sobre la palabra Segóbriga. Constaba que una ciudad de este nombre fue antiguamente sufragánea de Toledo; pero la tal ciudad estaba en la Celtiberia; la Segóbriga, es a saber, Segorbe, de que se trataba y sobre que andaba el pleito, alegaban los aragoneses estar en los edetanos, bien apartada de la otra. Este parecer, contra lo que tenían antes determinado, prevaleció finalmente los años adelante.

 

El de 1261, a los 27 de octubre, falleció don Sancho, arzobispo de Toledo. Entró en su lugar Pascual o Pascasio, que era deán de aquella iglesia, el mismo que llevó la cruz delante el arzobispo don Rodrigo en las

 

 

 

 

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Navas de Tolosa. Fue natural de Almoguera, pueblo del Alcarria. Debía ser muy viejo, y así parece murió electo por junio luego siguiente. Su sepultura está en la capilla de Santa Lucía, iglesia mayor de la misma ciudad.

 

 

 

 

XIII. Cómo los reyes de Aragón y de Sicilia

 

emparentaron

 

Falleció en Tarento, ciudad en lo postrero de Italia, algunos años antes de este tiempo el emperador Federico, aquel cuyo nombre por haber perseguido a los pontífices romanos fue aborrecido en los siglos adelante y siempre tenido por infame. Su hijo Conrado, que le sucedió en sus estados, cuatro años adelante, como de Suabia hubiese pasado en Italia y en Sicilia, dio fin a sus días de su muerte natural, o lo que se dijo por la fama, con hierbas que le dio Manfredo, su hermano bastardo. Éste, no obstante que el difunto nombró por su heredero a Conradino, su hijo, habido en una hija del duque de Baviera, que por ser de pequeña edad le dejara en Suabia, provincia de Alemania, encendido en deseo de reinar, y no haciendo caso por su pequeña edad de su sobrino, se apoderó con las armas y por fuerza de Sicilia y del reino de Nápoles contra derecho y contra voluntad de los pontífices romanos, cuyo feudo eran aquellos reinos desde su primera institución, y que por esta causa claramente amenazaban, si no desistía, le harían todo mal y daño; más él no hacía caso ni se movía por estas palabras, ni temía las censuras eclesiásticas, ni aún hacía caso ni tenía cuenta con la fama que de sus cosas corría; el deseo que tenía de reinar lo atropellaba todo. Antes hizo guerra en Toscana, donde era grande el poder de los güelfos, parcialidad aficionada a los papas, de la cual provincia fácilmente, vencidos los contrarios, se apoderó. Con estos principios y aumento las cosas de Manfredo se aseguraron de tal guisa, que con dificultad se pudieran mudar en contrario, si el señorío y estado ganado por malas mañas pudiera ser duradero. Los papas intentaban todos los caminos para abatir aquel reino que contra justicia y contra razón se fundara. Enviaron predicadores por todas las partes, que no cesaban de reprenderle en sus sermones, como impío y enemigo de la religión

 

 

 

 

 

 

 

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cristiana. Poca ayuda tenía el papa en los demás príncipes y poco le prestaban todas aquellas diligencias.

 

Carlos, hermano legítimo de san Luis de Francia, y él por sí conde de Anjou y de la Provenza, fue convidado a pasar a Italia con esperanza que se le dio de hacerle rey de Sicilia. Manfredo, avisado de estas pláticas e intentos y visto, si esto se hacía, cuán gran riesgo corrían sus cosas, trataba para afirmarse de buscar socorros de todas partes, y porque los cercanos le faltaban, determinó acudir a los de lejos.

 

En primer lugar acometió a aliarse con don Jaime, rey de Aragón, cuya fama de sus hazañas y la gloria de las cosas por él hechas volaba de tiempo atrás por todas partes. Parecióle para más obligarle trabar con él parentesco. Ofreció a Costanza, su hija, para que casase con don Pedro, su hijo mayor y heredero. Envió sobre el caso embajadores a Barcelona. Al rey de Aragón no le parecía aquel partido de menospreciar, mayormente que con la doncella de presente le ofrecían de dote ciento veinte mil ducados, suma muy grande para aquel tiempo, demás de la esperanza cierta de heredar el reino de Sicilia y juntarle con el de Aragón a causa que Manfredo no tenía hijos varones.

 

Asentado el negocio y concertado, despachó en embajada al pontífice Alejandro fray Raimundo de Peñafuerte, de la orden de Santo Domingo, varón prudente, erudito y santo, para que con la mucha autoridad que tenía reconciliase con el pontífice a Manfredo y se compusiesen las diferencias pasadas. El pontífice no se movió por las palabras ni razones de fray Raimundo, antes hizo grandes amenazas contra Manfredo. Cargóle que no sólo contra justicia tenía usurpados aquellos estados, sino que era bastardo y hombre impío; avisábale de muchos excesos, en particular que publicó fingidamente que era muerto Conradino, su sobrino; por engaño y por este camino se apoderó del reino y tomó las armas contra la Iglesia. «No se puede, dice, ni se debe conceder alguna cosa al que hace guerra y tiene empuñadas las armas; por ventura se podría condescender en algo, si con humildad rogase. Esto dirás a tu rey, y amonéstale de mi parte que no mezcle sus cosas con un hombre tan malvado; que de otra manera podrá temer la venganza de Dios y nuestra indignación, que en la tierra tenemos sus veces».

 

Esta respuesta tuvo dudoso y suspenso el ánimo del rey de Aragón; pero prevaleció el provecho y útil contra lo que fuera razón y honesto. Hiciéronse los desposorios en Montpellier en la iglesia de Santa María el

 

 

 

 

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año 1262 con toda muestra de alegría, juegos y regocijos. De allí, vuelto el rey a Barcelona, a 21 del mes de agosto dividió entre sus hijos sus reinos y estados en esta forma. Cataluña desde el Cabo de Creus, que los antiguos llamaban promontorio de Venus, y todo Aragón y Valencia se adjudicó a don Pedro, su hijo; a don Jaime lo de Rosellón, lo de Cerdaña, Colibre, Confluencia, Valespira, a tal que por las dichas ciudades fuese sujeto al rey de Aragón y le hiciese homenaje. Demás de esto, que todas ellas se gobernasen por las leyes de Cataluña, y no pudiesen en particular y por su autoridad batir moneda. Demás de esto le dio a Mallorca con título de rey y a Montpellier en la Francia. Por esta manera puso el padre en paz a los dos hermanos, que comenzaban a tener diferencias sobre la sucesión y juntamente alborotarse. Los grandes, divididos en bandos, sin cuidado ninguno de hacer el deber, antes con deseo cada cual de adelantarse y mejorar sus haciendas, avivaban el fuego y la llama de la discordia entre aquellos dos príncipes, mozos y hermanos.

 

 

 

 

XIV. Que los merinos se apoderaron de África

 

Entre tanto que estas cosas se hacían en España, una nueva guerra muy grave y la mayor de todas las pasadas parecía de presente amenazarla, a causa de un nuevo imperio que se fundó estos años en África. Vencidos los almohades y muertos, el linaje de los merinos levantaba por las armas y despertaba el antiguo esfuerzo de su nación, que parecía estar abatido y flaco por la flojedad de los reyes pasados. Trataban otrosí de pasar la guerra en España con esperanza cierta de reparar en ella la antigua gloria y el imperio de su nación, que casi estaba acabado. Después que Mahomad, por sobrenombre el Verde, fue por las armas de los cristianos vencido en las Navas de Tolosa, y después que murió de su enfermedad, sucedió en su lugar Arrasio, su nieto, hijo de Busafo, que finó en vida del rey, su padre, en tiempo que el imperio de los almohades se extendía en África desde el mar Atlántico, que es el Océano, hasta la provincia de Egipto. Pusieron por gobernador de Tremecén, ciudad puesta a las marinas del mar Mediterráneo, en nombre del nuevo rey un moro, llamado Gomaranza, del linaje de los moros abdalveses, muy noble y poderoso en aquellas partes.

 

 

 

 

 

 

 

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Éste, por hacer poco caso de su rey o por fiarse mucho de sus fuerzas, fue el primero que se determinó de empuñar las armas contra él. Arrasio acudió con su ejército a aquellas alteraciones, pero fue muerto a traición. Ningunas asechanzas hay más perjudiciales que las que se arman debajo de muestra de amistad; un pariente de Gomaranza, que salió del castillo con muestra de dar aviso al rey de lo que pasaba, fue el que le dio la muerte y el ejecutor de tan grave maldad. Muerto el rey, las gentes que le seguían fueron vencidas y desbaratadas con una salida que el traidor levantado hizo del castillo Tremesesir, en que el rey le tenía cercado. Los que escaparon de la matanza se recogieron a Fez, que caía cerca de aquella parte de África que se llama el Algarve, que es lo mismo que tierra llana. Recogió y acaudilló estas gentes Búcar Merino, gobernador que era de Fez, confiado y deseoso de vengar a su señor; con que en una nueva batalla deshizo a los traidores, y en premio de su trabajo y porque no pareciese hacía la guerra con su riesgo y en provecho de otro, se determinó mudar el nombre de gobernador en apellido de rey y apoderarse para sí y para sus descendientes, como lo hizo, del imperio de África. Por esta manera, no vengada la traición, sino trocado el traidor, Búcar Merino se hizo fundador de un nuevo imperio en África. Porque Almorcanda, que era del linaje de los Almohades, y en Marruecos sucediera en lugar de Arrasio, como saliese en busca de Búcar, fue vencido en una batalla cerca de un pueblo llamado Merquesona, que está una jornada de la ciudad de Fez. Resultó que de un imperio en África se hicieron dos, que duraron por algún tiempo, el de Marruecos y el de Fez.

 

A Búcar sucedió su hijo Hiaya. Por muerte de éste, que falleció en su pequeña edad, su tío Jacob Abenjuzef, que gobernaba el reino en su nombre, hombre de gran ingenio y de gran experiencia en las armas, no sólo quedó por señor de lo de Fez, sino con facilidad increíble ganó para su familia y descendientes el imperio de Marruecos y casi de toda la África. Ninguna nación hay en el mundo más mudable que la africana, que es la causa porque ningún imperio ni estado puede entre aquella gente durar largo tiempo.

Budebusio, que era del linaje de los almohades, moro de grande poder, por estar sentido que Almorcanda le hubiese sido preferido para ser rey de Marruecos (que no era más pariento que él ni tenía deudo más cercano con los reyes almohades difuntos), se determinó probar ventura si podía salir con aquel imperio, y como le faltasen las demás ayudas, acudió a Jacob,

 

 

 

 

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rey de Fez. Prometióle, si le ayudaba, más tierras de las que tenía y en particular todo lo que hay desde tierra de Fez hasta el río Nadabo. No era de desechar este partido, en especial que se ofrecía ocasión por la discordia de los almohades de apoderarse él de todo el imperio de África, bastante motivo para intentar la nueva guerra. Así que, juntadas sus gentes, marcharon contra el enemigo. Almorcanda, que no estaba bien arraigado en el imperio ni tenía fuerzas bastantes, desamparada la ciudad de Marruecos, dejó también el reino a su contrario.

 

Con esta victoria apoderado de aquel estado, no quiso pasar por lo que concertó con Jacob, aunque muchas veces le hizo sobre ello instancia, y ordinariamente los que en el peligro se muestran más humildes, en la prosperidad usan de mayor ingratitud, en tanto grado, que el nuevo rey Budebusio daba muestras de querer acometer con las armas la ciudad de Fez. Por esta manera una nueva guerra se despertó y se hizo por espacio de tres años. El pago de quebrantar la palabra fue que Jacob, ganado que hubo una victoria de su enemigo y contrario, se apoderó de Marruecos; después de esto, como quier que todo le sucediese prósperamente, quedó por rey de toda África, sacadas dos ciudades, la de Tremecén y la de Túnez. En aquella revuelta dos señores del linaje y secta de los almohades las tomaron, y con las fuerzas de su parcialidad y por caer lejos, así ellos como sus descendientes las defendieron con nombre de reyes, bien que de poco poder y fuerzas. De este linaje sin que faltase la línea descendió Mulease, rey de Túnez, aquel que pocos años ha echado de su reino, si con justicia o sin ella no hay para qué tratarlo aquí, pero ahuyentado y que andaba desterrado sin casa y sin ayuda, el emperador Carlos V con las armas y poder de España le restituyó en el reino de sus padres después que echó de Túnez con una presteza admirable a Aradieno Barbarroja, gran corsario, por merced de Solimán, emperador de los turcos, y en su nombre señor de aquella ciudad y reino; ocasión, a lo que parecía, para hacer que toda África volviese al señorío da cristianos.

 

 

 

 

XV. Que se renovó la guerra de los moros

 

Estos eran los linajes de los moros que estaban apoderados de África. En España Mahomad Alhamar era rey de Granada, de Murcia Hudiel;

 

 

 

 

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pequeñas sus fuerzas, muy menoscabada la majestad de su estado, y el uno y el otro eran tributarios de don Alfonso, rey de Castilla. Estos, cansados de la amistad de los nuestros y con esperanza del socorro de África a causa que el nombre de Jacob, rey de Marruecos, comenzaba a cobrar gran fama, trataron entre sí de levantarse. Los que poco antes eran competidores y enemigos muy grandes, al presente se confederaron e hicieron alianza, como suele acontecer que muchas veces grandes enemistades con deseo de hacer mal a otros se truecan en benevolencia y amor; quejábanse de los agravios que se les hacían, de los tributos muy graves que pagaban, de la miseria de su nación; que se hallaban reducidos a grande estrechura y a un rincón de España los que poco antes eran espantosos y bienaventurados. Que no les quedaba sino el nombre de reyes, vano y sin reputación; miserable estado, servidumbre intolerable estar sujetos a las leyes de aquellos a quien antes las daban. Además, que cuidaban no pararían los cristianos hasta tanto que, con el odio que les tenían, echasen de España las reliquias que de su gente quedaban. Menguado y envejecido el esfuerzo con que sus antepasados vinieron a España, lo que ellos ganaron no lo podipían sustentar sus descendientes; falta y afrenta notable. Concluían que el linaje de los merinos nuevamente se despertara en África, y allí prevalecían; que sería a propósito hacerlos pasar en España, pues ellos solos podían dar remedio y reparar sus pérdidas y trabajos. Trataban estas cosas en secreto y por embajadores, porque si el negocio fuese descubierto, no les acarrease su perdición, por no estar aún apercibidos de fuerzas bastantes.

 

El rey don Alfonso, o por no ignorar estas pláticas e intentos, o con deseo de desarraigar los moros de todo punto de España, de día y de noche pensaba cómo volvería a la guerra contra ellos. Pretendía con las armas en el Andalucía sujetar algunas ciudades y castillos que rehusaban obedecer y no se le querían entregar, y era razón sujetarlos. Para este efecto el pontífice máximo Alejandro IV dio la cruzada, que era indulgencia plenaria para todos los que, tomada la señal de la cruz, fuesen a aquella guerra y la ayudasen a sus expensas.

 

Tratóse con los reyes comarcanos que enviasen socorros, y en particular por sus embajadores pidió al rey de Aragón, con quien tenía más parentesco que con los demás, diese licencia a sus vasallos para tomar las armas y con ellas ayudar intentos tan santos, pues constaba que en la confederación hecha en Soria poco antes quedó este punto asentado. El rey

 

 

 

 

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de Aragón, ni precisamente negó lo que se le pedía, ni otorgó con ello absolutamente; sólo sacó de esta cuenta a los señores que por sus estados o por tirar gajes de él los tenía obligados; pero concedió que, así los vasallos de éstos como los demás del pueblo, si quisiesen, pudiesen tomar para el dicho efecto las armas y alistarse. Pretendía en esto este príncipe, como viejo y astuto, que los grandes, de cuya voluntad no estaba muy asegurado, si pasaban a Castilla, no se apercibiesen de fuerzas y ayudas contra él. Con esta respuesta el rey don Alfonso se irritó en tanta manera, que dejada la guerra de los moros, trataba de emplear sus fuerzas contra Aragón; detúvole de romper el respeto del provecho público y el deseo que tenía de dar principio a la empresa contra los moros. Con esta determinación los castillos que en la confederación de Soria quedó concertado diese para seguridad, y hasta entonces se dilatara, sin embargo, por la instancia que sobre ello le hacían, los entregó a don Alfonso López de Haro; para que los tuviese en fidelidad le alzó el homenaje, como era necesario, con que estaba obligado a los reyes de Castilla. Los castillos eran Cervera, Ágreda, Aguilar, Arnedo, Autol.

 

Entre tanto que con estas contiendas se pasaba la buena ocasión de comenzar la guerra, los moros, que no ignoraban dónde iban a parar tantos apercibimientos, acordaron ganar por la mano y se apoderaron del castillo de Murcia y de otros pueblos por aquella comarca en que tenían puestas guarniciones de cristianos. Sobornaron otrosí a los moros de Sevilla que con engaño o por fuerza dentro del palacio real matasen al rey. Como este intento se estorbase porque los santos patrones de España apartaron tanto mal, ellos con gentes que de todas partes juntaron, por otra parte acometieron las tierras de cristianos con tal denuedo y prisa, que la ciudad de Jerez, Arcos, Béjar, Medina Sidonia, Roda, Sanlúcar, todos estos pueblos volvieron en un punto a poder de moros. En esta guerra se señaló mucho el esfuerzo y lealtad de Garci Gómez, alcaide de la fortaleza de Jerez, que, muertos o heridos todos los soldados que tenía de guarnición, no quiso todavía entregar la fortaleza ni le pudieron persuadir a hacerlo por ningún partido que le ofreciesen, puesto que ninguna esperanza le quedaba de poderla defender; hombre señalado y excelente. Los moros, maravillados de tan grande esfuerzo, sin mirar que era enemigo, con deseo que tenían de salvar la vida al que de su voluntad con tanta obstinación se ofrecía a la muerte, con un garfio de hierro que le echaron le asieron, y

 

 

 

 

 

 

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derribado del adarve, con gran diligencia y humanidad le hicieron curar las heridas y le salvaron la vida.

 

El rey don Alfonso, que era ido a lo más dentro de España con intento de aprestar lo necesario para la guerra, el año siguiente acudió con gentes a aquel peligro. En este viaje no lejos de las ruinas de Alarcos, en una aldea que se llamaba el Pozuelo de San Gil, en los oretanos, una legua del río Guadiana, en un muy buen sitio rodeado de muy fértiles campos y apacibles, por la comodidad del sitio fundó un pueblo bien grande con nombre de Villarreal, nombre que adelante don Juan el Segundo, rey de Castilla, le mudó en el que hoy tiene de Ciudad Real. Pretendía en esto el rey que, por estar este pueblo asentado en la raya del Andalucía, sirviese como de un fuerte baluarte para impedir las entradas de los bárbaros y para que desde allí los nuestros hiciesen correrías y cabalgadas. De aquel lugar pasó a tierra de moros; con su entrada todos los pueblos y campos por do pasaba fueron trabajados; en especial el año 1263 los moros en todos los lugares padecieron mucho mal y daños sin cuento. En este año gran número de soldados aventureros acudieron, convidados de la franqueza que les prometían de un tributo que se llamaba martiniega, a tal que con armas y caballo cada un año por espacio de tres meses a su costa siguiesen la guerra y los reales del rey.

 

Los reyes moros por entender que no podrían ser bastantes para tan grande avenida de los nuestros, tan gran pujanza y tantos apercibimientos, lo que antes intentaron y lo tenían acordado, de nuevo y con mayor instancia importunaron al rey de Marruecos para que les ayudase en la guerra. Declaráronle por sus embajadores el riesgo grande en que se hallaban si no les acudía brevemente. Oyó aquel rey su demanda y otorgó con ellos; envióles mil caballos ligeros de África, los cuales con cierto motín que levantaron pusieron en peor estado las cosas de los moros, tanto, que Jerez con todos los demás pueblos que antes se perdieron volvieron a poder del rey don Alfonso. Junto al puerto de Santa María, que los antiguos llamaron puerto de Mnesteo, se edificó un pueblo de aquel nombre, reparados los edificios antiguos, cuyas ruinas y paredones todavía quedaban como rastros de su grandeza y antigüedad. En Toledo otrosí a expensas del rey se edificó la iglesia de Santa Leocadia detrás del alcázar.

 

Concluidas estas cosas, el año de 1264 volvió el rey a Sevilla; las gentes, porque se llegaba el invierno, parte enviaron a invernar, los más con licencia que les dieron se volvieron a sus casas. La fama, que suele

 

 

 

 

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hacer todas las cosas mayores, corría a la sazón, y por dicho de muchos se divulgaba que los enemigos llamaban de África, no ya socorros, sino ejército formado, cuidadosos de la guerra que los fieles les hacían y con esperanza cierta de reparar su antiguo imperio en España. Estas nuevas y rumores pusieron en grande cuidado a los castellanos y aragoneses, que estaban más cercanos al peligro y eran los primeros en quien descargaría aquella tempestad y contra quien se enderezaban las fuerzas de los contrarios. El rey don Alfonso, aquejado del recelo de esta guerra, fue el primero que convidó al rey don Jaime de Aragón para que juntase con él sus fuerzas. Que pues el peligro era común y aquellas gentes amenazaban a ambas naciones y coronas, era justo que de entrambas partes se acudiese al reparo. Que si no le movía el parentesco y amistad, a lo menos le despertase el peligro y afrenta de la religión cristiana. Don Pedro Yáñez, maestre de Calatrava, enviado con esta embajada, en Zaragoza a los 7 de marzo propuso lo que por su rey le fue mandado; llevaba cartas de la reina doña Violante, en que suplicaba a su padre con grande instancia ayudase a la cristiandad, a ella, que era su hija, y a sus nietos en aquel aprieto. Era cosa muy honrosa al rey don Jaime que un rey tan poderoso se adelantase a pedirle socorro y a convidarle que hiciesen liga.

 

Las cosas de Aragón no estaban sosegadas ni sus hijos bastantemente apaciguados en la discordia que entre sí tenían; los grandes del reino divididos en estas parcialidades, y el pueblo otro que tal; de que resultaban latrocinios y libertad para toda suerte de maldades y desafueros tan grandes, que forzó a las ciudades puestas en las montañas de Aragón a ordenar entre sí hermandades para reprimir aquellos insultos, y con nuevas leyes y severas que se ordenaron hacer rostro al atrevimiento de los hombres facinerosos; la grandeza de los castigos que daban a los culpados hacía que todos escarmentasen. Por cualquier delito, puesto que no muy grande, daban pena de muerte. Los pecados ligeros castigaban con azotes o con otra afrenta, con que los malhechores quedaban castigados, y la grandeza de la pena avisaba a los demás que se guardasen de pecar.

 

Demás de esto, las voluntades de los grandes estaban enajenadas del rey; extrañaban mucho que las honras y cargos se daban a hombres extraños o bajos; que los fueros no se guardaban ni la autoridad del justicia de Aragón, que está por guarda de su libertad y leyes; que con los tributos, no sólo el pueblo, sino también los nobles y hidalgos, se hallaban cargados y oprimidos; que antes sufrirían la muerte que pasar por que les

 

 

 

 

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quebrantasen sus fueros y derecho de libertad. Éstas eran las quejas comunes. Demás de esto, cada cual donde le apretaba el calzado tenía su particular dolor y desabrimiento. Por esta causa como el rey en Barcelona para juntar dinero pidiese en las Cortes le concediesen el bovático, don Ramón Folch, vizconde de Cardona, hizo contradicción con grande resolución y porfía. Afirmaba que si el rey no mudaba estilo y desistía de aquellos agravios, no mudaría él de parecer ni se apartaría de aquel intento. Hiciéralo como lo decía, si los otros caballeros no le avisaran que en mala sazón alborotaba la gente, que era mejor aguardar un poco de tiempo que dejar pasar aquella buena coyuntura de ayudar al común, principalmente que con el ejemplo de los catalanes convenía mover a los aragoneses, gente más determinada y más constante en defender sus libertades.

 

Tuviéronse Cortes en Zaragoza pon el mismo intento de juntar dinero; pero gran parte de los señores y nobleza hicieron contradicción a la voluntad del rey. Fernán Sánchez, hijo del rey, y don Simón de Urrea, su suegro, fueron los que más se señalaron como caudillos de los alterados. Pasaron tan adelante, que dejadas las Cortes, se aliaron entre sí en Alagón contra las pretensiones y fuerzas del rey. La cosa amenazaba guerra y mayores males, si no fuera que personas religiosas se pusieron de por medio para que la diferencia se compusiese por las leyes y tela de juicio sin que se pasase a las manos y a rompimiento. El mismo rey, fuese de corazón o fingidamente, no rehusaba, a lo que decía, enmendar todo aquello en que hasta entonces le cargaban; como prudente que era y mañoso consideraba que la furia de la muchedumbre es a manera de arroyo, cuya creciente al principio es muy brava y arrebatada, pero luego se amansa. Hiciéronse treguas. Señaláronse jueces sobre el caso, que fueron los prelados de Huesca y de Zaragoza, que con su prudencia compusieron aquellos debates; sobre todo la astucia de rey, que daba la palabra de hacer todo aquello que pretendían y sobre que aquellos nobles andaban alborotados.

 

Sosegado el alboroto, se hicieron levas de soldados para comenzar por aquella parte la guerra, año de nuestra salvación de 1265. El rey don Alfonso con sus gentes entró por las tierras de Granada muy pujante. El rey don Jaime se encargó de hacer la guerra contra el rey de Murcia. Todo lo hallaron más fácil que pensaban, ca no hallo que de África viniese algún número de gente señalado; la causa no se sabe, sino que no hay que fiar en

 

 

 

 

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los moros ni en sus promesas, que tienen la fe colgada de la fortuna y de lo que sucede. El rey don Jaime, por la parte del reino de Valencía entrado que hubo en las tierras de Castilla, ganó a Villena de los moros, y se la restituyó a don Manuel, hermano del rey don Alfonso de Castilla, que era yerno tuyo, casado con doña Constanza, su hija; después de esto sujetó a Elda, Orcelis y a Elche con otros muchos lugares que por aquella comarca quitó a los moros, parte por fuerza, parte que se le entregaron. Demás de esto, pasado el río de Segura, atajó las vituallas que llevaban los moros a Murcia en dos mil bestias de carga con buena guarda de soldados. En el entretanto el rey don Alfonso no se descuidaba en la guerra contra los moros de Granada, y en hacer todo el mal y daño a los pueblos y campos circunstantes, tanto, que los puso en necesidad de pedir a los nuestros se renovase la antigua confederación.

 

Los reyes don Jaime y don Alfonso para tomar su acuerdo en presencia sobre lo que a la guerra tocaba de propósito por la comodidad del lugar se juntaron en la ciudad de Alcaraz. Estuvo presente a estas vistas la reina doña Violante. Detuviéronse algunos días; y concertado lo que pretendían y hechas sus avenencias, volvieron a la guerra. Las gentes de Aragón, como apercibidas de todo lo necesario, de Orcelis marcharon la vía de Murcia y se pusieron sobre ella por el mes de enero del año 1266. Está aquella ciudad asentada en un llano en comarca muy fresca por do pasa el río de Segura, y sangrado con acequias, riega así bien los campos como la ciudad, que está en gran parte plantada de moreras, cidros y de naranjos y de toda suerte de agrura, y representa un paraíso en la tierra. En nuestro tiempo el principal esquilmo y provecho es el que se saca de la seda, fruto de que se sustenta casi toda la ciudad. Estaba entonces muy pertrechada y fortificada; no sólo tenían aquellos ciudadanos cuenta con la recreación, sino se pertrechaban para la guerra, en particular tenían muy buena guarnición de soldados, así temían menos al enemigo; por el mismo caso los aragoneses sospechaban que el cerco duraría largo tiempo. Al principio se hicieron algunas escaramuzas con salidas que hacían los moros, en que siempre los cristianos se aventajaban. No pasó mucho tiempo que los moros por la buena maña del rey de Aragón, perdida la esperanza de poderse defender, se rindieron a partido y entregaron la ciudad.

 

Por otra parte, entre el rey don Alfonso y los de Granada en una junta que tuvieron en Alcalá de Benzaide se hizo confederación y concierto debajo de estas condiciones: el rey de Granada se aparte de la liga y

 

 

 

 

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amistad del rey Hudiel de Murcia; pague en cada un año cincuenta mil ducados, como antes acostumbraba; al contrario el rey don Alfonso alce la mano de amparar en su daño los señores moros de Guadix y de Málaga, a tal empero que el rey moro les otorgue treguas por espacio de un año; al rey de Murcia, si acaso viniese a poder de cristianos, se le haga gracia de la vida.

 

Tomado este asiento, el rey don Alfonso, con deseo de tomar la posesión de la ciudad de Murcia, vuelto ya el rey don Jaime, luego que la rindió, a su tierra, se apresuró para ir allá. En este viaje, en el lugar de Santisteban, Hudiel, rey de Murcia, le salió al encuentro, y echado a sus pies, pidió perdón delo pasado. Confesaba su yerro y su locura que le despeñó en aquellos males. Pedía tuviese misericordia de su trabajo y de tantas miserias como eran las en que se hallaba. Por esta manera fue recibido en gracia y perdonado; más que de allí adelante no fuese ni se llamase rey, y se contentase con las heredades y rentas que le señalaron para sustentar la vida. El nombre de rey se dio a Mahomad, hermano de aquel Abenhut, de quien arriba se dijo fue muerto en Almería. Dejáronle solamente la tercera parte de las rentas reales, y que con lo demás acudiese al fisco real de Castilla. Éste fue el remate de esta guerra, que tenía puesta la gente en gran recelo y cuidado.

 

 

 

 

XVI. Que la emperatriz de Grecia vino a España

 

En el mismo tiempo que el Andalucía y reino de Murcia estaban encendidos con la guerra contra los moros, lo demás de España gozaba de sosiego, por lo menos las alteraciones eran de poco momento, cosa de maravilla por la diversidad de principados y la grande libertad de los caballeros y del pueblo. Sólo Gonzalo Yáñez Bazán, persona principal entre los navarros, renunciado que hubo por públicas escrituras la naturalidad, como en aquel tiempo se acostumbraba, en la frontera de Aragón con voluntad del rey don Jaime edificó un castillo, llamado Boeta, desde donde trabajaba y hacía daño en los campos comarcanos de Navarra. La pesadumbre que por esta causa recibía aquella gente se mudó en grande alegría por traer en el mismo tiempo a Navarra para poner entre las demás reliquias de la iglesia mayor de Pamplona una parte no pequeña de la

 

 

 

 

 

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corona de espinas que fue puesta en la cabeza de Cristo, Hijo de Dios. San Luis, rey de Francia, les hizo donación de ella; Balduino, emperador de Constantinopla, ya que iba de caída el poder de los franceses en aquel imperio, por la falta de dineros que padecía, se la empeñó por cierta cantidad, con que le socorrió. Esto le hizo aborrecible a sus ciudadanos por atreverse a privar aquella ciudad de una reliquia y prenda tan grande y tan santa. Esta corona se ve hasta el día de hoy y se conserva con gran devoción en París en la capilla santa y real de los reyes de Francia. Es a manera de un turbante, y de ella se tomó la parte que al presente se trajo a Navarra. Esto en España.

 

De Italia venían nuevas que el año pasado el rey Manfredo fue despojado del reino y de la vida por Carlos, hermano de san Luis, rey de Francia, y que, como vencedor, en su lugar se apoderó de aquellos estados. Urbano y después Clemente IV, pontífices romanos, con esperanza y promesa de darle aquel reino le llamaron a Italia, y llegado que fue a Roma, le coronaron por rey de Sicilia y de Nápoles. La batalla, que fue brava y famosa, se dio cerca de Benevento, con que el poder y riquezas de los normandos, que tantos años florecieron en aquellas partes, quedaron por tierra. Concertó el nuevo rey y obligóse de pagar cada un año a la Iglesia romana en reconocimiento del feudo cuarenta mil ducados, y que no pudiese ser emperador, puesto que sin pretenderlo él le ofreciesen el imperio. El rey don Jaime, alterado como era razón por el desastre y caída de Manfredo, su consuegro, revolvía en su pensamiento en qué manera tomaría enmienda de aquel daño. Así apenas hubo dado fin a la guerra de Murcia, cuando se partió a lo postrero de Cataluña para si en alguna manera pudiese ayudar a lo que quedaba de los normandos y apoderarse del reino, que por la afinidad contraída con Manfredo pretendía ser de su hijo.

 

En el entretanto don Alfonso, rey de Castilla, se ocupaba en asentar las cosas de Murcia, llevar nuevas gentes para que poblasen en aquella comarca, edificar castillos por todo el distrito para mayor seguridad. No bastaba Castilla para proveer de tanta multitud como se requería para poblar tantas ciudades y pueblos. De Cataluña hizo llamar y vinieron muchos que asentaron en el nuevo reino. No dejaba asimismo, no obstante lo concertado, de ayudar de secreto a los de Guadix y a los de Málaga. Para quejarse de este agravio y que el rey don Alfonso no guardaba lo concertado, el rey de Granada en persona vino a Murcia. La respuesta que

 

 

 

 

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se le dio no fue a su gusto; volvióse más enojado que vino, ocasión con que algunos señores, que de tiempo atrás ofendidos del rey don Alfonso se tenían por agraviados, hablaron en secreto con el moro y le persuadieron a que de nuevo tomase las armas. El principal en este trato fue don Nuño González de Lara, hombre de gran ingenio, de grandes riquezas y que tenía muchos aliados. Pretendía que el rey tenía hechos muchos agravios a don Nuño, su padre, y a don Juan, su hermano. De este principio resultaron nuevas alteraciones a tiempo que el rey se prometía paz muy larga y estaba asaz seguro de lo que se trataba, tanto, que era ido a Villarreal para ver los edificios y fábricas que en el nuevo pueblo se levantaban. Desde allí despachó sus embajadores a Francia el año de 1267 al rey san Luis para pedirle su hija doña Blanca por mujer para el infante don Fernando, su hijo mayor. Hecho esto, él se fue a la ciudad de Vitoria, para donde el rey de Inglaterra le tenía aplazadas vistas, y prometido que en breve sería con él para tratar cosas y negocios muy graves. Todavía no vino, sea mudado de voluntad, o por no tener lugar para ello; envió empero a Eduardo, su hijo mayor, a tiempo que ya el rey don Alfonso era vuelto a Burgos, y en sazón que la emperatriz de Constantinopla, huida de su casa y echada de su imperio, vino a verse con el rey.

 

Balduino, su marido, y Justiniano, patriarca, echados que fueron de Grecia por las armas de Miguel Paleólogo, en el camino, según se entiende, cayeron en manos del sultán de Egipto. La emperatriz, por nombre Marta, con el deseo que tenía de librar a su marido, concertó su rescate en treinta mil marcos de plata. Para juntar esta suma tan grande fue primero a verse con el Padre Santo y rey de Francia; últimamente, llegada a Burgos el año del Señor 68 de este centenario, suplicó al rey, su primo, solamente por la tercera parte de esta suma. El rey se la dio toda entera, que fue una liberalidad de mayor fama que prudencia, por estar los tesoros tan gastados. Lo que principalmente los señores le cargaban era que con vano deseo de alabanza consumió en esto los subsidios y ayudas del reino, y para suplir sus desórdenes desaforaba los vasallos. Los ánimos, una vez alterados, las mismas buenas obras las toman en mala parte. Algunos historiadores tienen por falsa esta narración, y dicen que Balduino nunca fue preso del sultán de Egipto. Nos en esto seguimos la autoridad conforme de nuestras historias, puesto que no ignoramos muchas veces ser mayor el ruido y la fama que la verdad. El emperador Balduino, recobrada la libertad, por no poder volver a su imperio pasó a Francia, y en Namur,

 

 

 

 

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ciudad suya y de los sus estados de Flandes, pasó su vida. Por do parece que los condes de Flandes se pueden intitular emperadores de Constantinopla, no con menos razón que los reyes de Sicilia pretenden el reino de Jerusalén.

 

Por un privilegio dado a los caballeros de Calatrava, era 1302, de Cristo 1264, a 17 de octubre, se comprueba bastantemente que la iglesia de Toledo estaba vacante, y se convence, si los números allí no están estragados, cosa que suele acontecer muchas veces. En lugar sin duda de don Pascual, arzobispo de Toledo, o este año, o lo que más creo, algunos años antes fue puesto otro don Sancho, hijo de don Jaime, rey de Aragón. Sospecho que el nuevo prelado, sea por su poca edad, sea por otras causas, se detuvo en Aragón antes de arrancar para venir a su iglesia, que dio ocasión a algunos para poner antes de su elección una vacante de no menos que cuatro años. Queríale mucho su padre, que fue causa de venir por este tiempo a Toledo, como luego se dirá.

 

 

 

 

XVII. Que don Jaime, rey de Aragón, vino a

 

Toledo

 

Por el mismo tiempo en Italia andaban muy grandes alteraciones y revueltas a causa que Corradino, suabo, pretendía por las armas contra la voluntad y mandado da los pontífices restituirse en los reinos de su padre. Seguíale y acompañábale desde Alemania Federico, duque de Austria. Don Enrique, hermano del rey de Castilla, desde Roma se fue con él, donde tenía cargo de senador o gobernador; su nobleza suplía, a lo que yo creo, la falta de otras partes y de su inquieto natural. Demás de estos señores los gibelinos por toda Italia tomaron su voz y en su favor las armas. Con esta gente y pujanza rompió por el reino de Nápoles; en los Marsos, parte del Abruzo, cerca del lago Fucino, hoy el lago de Talliacozo, dio la batalla Corradino al nuevo rey Carlos, que salió al encuentro. Vencieron los franceses, más por maña que por verdadero esfuerzo; fueron presos en la pelea Federico y don Enrique, Corradino en la huida y alcance, que ejecutaron los franceses con crueldad. A Corradino y Federico en juicio cortaron en Nápoles las cabezas, nuevo y cruel ejemplo,

 

 

 

 

 

 

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que tan grandes príncipes, a los cuales perdonó la fortuna dudosa y trance de la batalla, después de ella en juicio los ejecutasen.

 

En el entretanto en Aragón se levantó una liviana alteración a causa que Gerardo de Cabrera pretendía el condado de Urgel, con color que los hijos de su hermano don Álvaro, poco antes difunto, no eran legítimos. Don Ramón Folch, tío de los infantes de parte de madre, y otras personas principales por compasión de su edad y por otras prendas que con ellos tenían se encargaron de ampararlos. El rey don Jaime parecía aprobar la pretensión de Gerardo, mayormente que traspasara su derecho en el mismo rey por no confiar en sus fuerzas.

 

El rey de Granada por otra parte trataba de hacer guerra a los de Guadix y a los de Málaga en prosecución de su derecho y por lo que poco antes se concertó en la confederación que puso con el rey don Alfonso, de quien extrañaba que de secreto ayudase a sus contrarios. Don Nuño de Lara y don Lope de Haro, por estar desabridos con su rey y enajenados, atizaban el fuego. Prometían que si de nuevo tomaba las armas se pasarían a él públicamente, no sólo ellos, sino otros muchos señores que estaban asimismo disgustados. Andaba fama de estas prácticas y se rugía lo que pasaba, que pocas cosas grandes de todo punto se encubren, pero no se podían probar bastantemente con testigos. Forzado pues el rey de la necesidad se partió para el Andalucía. Hállase que este año a 30 de julio dio el rey don Alfonso y expidió un privilegio en Sevilla, en que hizo villa a Vergara, pueblo de Guipúzcoa a la ribera del río Deva, y le mudó el nombre que antes tenía de San Pedro de Ariznoa en el que hoy le llaman.

 

Compuestas en alguna manera las cosas del Andalucía, entrado ya el invierno, fue forzado a dar la vuelta para recibir y festejar al rey don Jaime, su suegro, que venía a Toledo a instancia de don Sancho, su hijo, para hallarse presente a su misa nueva, que quería cantar el mismo día de Navidad. El día señalado don Sancho dijo su misa de pontifical; halláronse presentes para honrarle los dos reyes de Castilla y Aragón, padre y cuñado, la reina su hermana, y el infante don Fernando. Detuviéronse en Toledo ocho días no más, porque el rey de Aragón, aunque se hallaba en lo postrero de su edad, ardía en deseo de abreviar y comenzar la jornada que pretendía hacer para la guerra de la Tierra Santa, sin perdonar a trabajo ni hacer caso de los negocios de su reino, que le tenían embarazado, muchos y graves, por la gran gana de ensanchar el nombre cristiano e ilustrar en la Siria la gloria antigua de los cristianos, que parecía estar anublada. Gran

 

 

 

 

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príncipe y valeroso, digno que le sucediera más a propósito aquella jornada.

 

 

 

 

XVIII. Que el rey de Aragón partió para la Tierra

 

Santa

 

Las cosas de la Tierra Santa estaban reducidas a lo postrero de los males y apretura. El reino que fundó el esfuerzo de los antepasados, la cobardía y flojedad de los que en él sucedieron le tenían en aquel estado. Además que los príncipes cristianos, ocupados en las guerras que se hacían entre sí por cumplir sus apetitos particulares, poco cuidaban del bien público y de la afrenta de la cristiana religión. El vigor y ánimo con que tan grandes cosas se acabaron por la inconstancia de las cosas humanas se envejecía; y porque tantas veces los príncipes sin provecho alguno por mar y por tierra en gran número acudieran para ayudar a los cristianos los años pasados, la esperanza de mejoría era muy poca y todos desalentados. A la sazón se ofrecía una buena ocasión que casi en un mismo tiempo despertó para volver a las armas a España, Inglaterra y Francia. Ésta fue que los tártaros, salidos de aquella parte de Escitia, como algunos piensan, en que Plinio antiguamente demarcó los tártaros, hecha liga con los de Armenia, habían acometido con las armas aquella parte de la Siria que estaba en poder de los sarracenos, con gran esperanza al principio de los fieles que podrían recobrar las riquezas y poder pasado; pero después todo fue de ningún efecto y se fue en flor lo que pensaban.

 

En el tiempo que Inocencio IV celebraba un concilio general en Lyon de Francia, fueron por él enviados cuatro predicadores de la sagrada orden de Santo Domingo, cuya fama en aquella sazón era muy grande, a la tierra de los tártaros para acometer si por ventura aquella gente áspera en su trato, dada a las armas, sin ninguna religión o engañada, se pudiese persuadir a abrazar la cristiana. Con esta diligencia se ganó aquella gente; humanáronse aquellos bárbaros con la predicación, y comenzaron a cobrar afición a los cristianos más que a las otras naciones. El rey de aquella gente, que vulgarmente llamaban el Gran Kan, que quiere decir rey de los reyes, no cesaba con embajadores que enviaba a todas partes de despertar los príncipes de Europa para que tomasen las armas. Acusábalos y dábales

 

 

 

 

 

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en cara que parecía no hacían caso de la gloria del nombre cristiano. Esta instancia que hizo los años pasados y no se dejó los de adelante, en este tiempo se continuó con mayor porfía y cuidado; en particular envió al rey de Aragón en compañía de Juan Alarico, natural de Perpiñán (al cual el rey antes movido por otra embajada despachó para que fuese a los tártaros), nuevos embajadores, que en nombre de su rey prometían todo favor, si se persuadiese de tomar las armas y juntar en uno con ellos las fuerzas.

 

Estos embajadores repararon en Barcelona; Alarico pasó a Toledo, y en una junta de los principales dio larga cuenta de lo que vio y de toda su embajada; palabras y razones con que los ánimos de los príncipes no de una manera se movieron. El rey don Jaime se determinó ir a la guerra, maguer que era de tanta edad. Don Alfonso, su yerno, y la reina alegaban la deslealtad de los griegos, la fiereza de los tártaros, todo con intento de quitarle de aquel propósito, para lo cual usaban y se valían de muchos ruegos y aún de lágrimas que se derramaban sobre el caso. Prevaleció empero la constancia de don Jaime; decía que no era justo, pues tenía paz en su casa y reino, darse al ocio, ni perdonar a ningún afán, ni a la vida que poco después se había de acabar, en tan gran peligro como corrían los cristianos. El rey don Alfonso, por verle tan determinado, le prometió cien mil ducados para ayuda de los gastos de la guerra. Algunos señores de Castilla asimismo se ofrecieron a hacerle compañía en aquella jornada, entre ellos el maestre de Santiago y el prior de San Juan don Gonzalo Pereira. Concluidas las fiestas de Toledo, él se partió; en la ciudad de Valencia oyó los embajadores de los tártaros, y fuera de ellos otro embajador del emperador Paleólogo, que le prometía, si tomaba aquella empresa, de proveerle bastantemente de vituallas y todo lo necesario.

 

En Barcelona se ponía en orden y estaba a la cola una buena armada apercibida de soldados y de todo lo demás. Antes que se pusiese en camino, a ruego de su hija doña Violante, volvió desde Valencia al monasterio de Huerta. Despedido de sus hijos y de sus nietos, sin dar oídos a los ruegos con que pretendían de nuevo apartarle de aquel propósito, volvió donde surgía la armada, en que se contaban treinta naves gruesas y algunas galeras. A 4 de septiembre, día miércoles, año de 1269, hechas sus plegarias y rogativas como es de costumbre, alzó anclas y se hizo a la vela; era el tiempo poco a propósito y sujeto a tormentas. En tres días llegaron a vista de Menorca; más no pudieron tomar puerto a causa que cargó mucho el tiempo y una recia tempestad de vientos desrotó las naves y la armada;

 

 

 

 

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dejáronse llevar del viento, que las echó a diversas partes. El rey arribó a Marsella en la ribera de Francia, y desde allí por mudarse el viento aportó al golfo agatense o de Agde. Algunas de las naves que pudieron seguir el rumbo que llevaban, llegaron a Acre, pueblo de Palestina, entre las demás las naves de Fernán Sánchez, hijo del rey. Movido por las amonestaciones de los suyos, el rey se rehizo en Montpellier por algunos días del trabajo del mar; y arrepentido de su propósito, a que parecía hacer contradicción el cielo ofendido y enojado contra los hombres y sus pecados, puesto que menospreciaba cosas semejantes como casuales, ni miraba en agüeros, volvió a Cataluña sin hacer otro efecto.

 

En Castilla el rey don Alfonso llegó hasta Logroño; en su compañía Eduardo, hijo del rey de Inglaterra, para recibir a su nuera, que concertado el casamiento en Francia, por Navarra venía a verse con su esposo. Las bodas se celebraron en Burgos con aparato el mayor y más real que los hombres vieron jamás; don Jaime, rey de Aragón, abuelo del desposado, a persuasión del rey don Alfonso, y junto con él don Pedro, su hijo mayor, Felipe, hijo mayor del rey de Francia, Eduardo, príncipe y heredero de Inglaterra, el rey de Granada, el mismo rey don Alfonso, sus hermanos e hijos y su tío don Alfonso, señor de Molina, se hallaron presentes. De Italia, Francia y España acudieron muchos señores, entre ellos Guillén, marqués de Monferrat, de quien dice Jovio era yerno del rey don Fernando. Hallóse otrosí el arzobispo de Toledo don Sancho; quién dice que veló a los desposados. Con estas bodas se pretendía que el rey san Luis en su nombre y de sus hijos se apartase del derecho que se entendía tenía a la corona de Castilla, como hijo que era de doña Blanca, hermana mayor del rey don Enrique, como arriba queda dicho y juntamente refutado. Concluidas las fiestas, el rey don Alfonso acompañó al rey don Jaime, su suegro, para honrarle más hasta la ciudad de Tarazona.

 

 

 

 

XIX. San Luis, rey de Francia, falleció

 

Los ingleses y franceses pasaron más adelante que los aragoneses en lo que tocaba a la guerra de la Tierra Santa; pero el remate no fue nada mejor, salvo que por esta razón se hizo confederación entre Inglaterra y Francia. En París, en una grande junta de príncipes, compusieron todas sus

 

 

 

 

 

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diferencias antiguas; éste fue el principal fruto de tantos apercibimientos. Señaláronse de común consentimiento en Francia los términos y aledaños de las tierras de los franceses y ingleses. Púsose por la principal condición que en tanto que san Luis combatía a Túnez, do pretendía pasar a persuasión de Carlos, su hermano, rey de Nápoles, que decía convenir en primer lugar hacer la guerra a los de África, que siempre hacían daño en Italia y en Sicilia y en la Provenza y a todos ponían espanto; que en el entre tanto el inglés con su armada, que era buena, pasase a la conquista de la Tierra Santa.

 

Hízose como lo concertaron, que Eduardo, hijo mayor del inglés, con buen número de bajeles, rodeadas y costeadas las riberas de España y de Italia, a cabo de una larga navegación surgió en aquellas riberas y saltó con su gente en tierra de Ptolemaide. Los primeros días la ayuda de Dios le guardó de un peligro muy grande; un hombre en su aposento le acometió y le dio antes que le acudiesen una o dos heridas. Mataron aquel mal hombre allí luego. No se pudo averiguar quién era el que le enviara; díjose que los Asesinos, que era cierto género de hombres atrevidos y aparejados para casos semejantes.

 

San Luis, con tres hijos suyos, 1 de marzo, año de 1270, desde Marsella se hizo a la vela. Teobaldo, rey de Navarra, puesto a su hermano don Enrique en el gobierno del reino, con deseo de mostrar su valor y ayudar en tan santa empresa, acompañó al rey, su suegro. Padecieron tormenta en el mar y recios temporales; finalmente, desembarcaron en Túnez. Asentaron sus ingenios, con que comenzaron a combatir aquella ciudad. Los bárbaros, que se atrevieron a pelear, por dos veces quedaron vencidos; después de esto, como se estuviesen dentro de los muros, llegó el cerco a seis meses. Los calores son extremos, la comodidad de los soldados poca. Encendióse una peste en los reales, de que murieron muchos; entre los demás, primero Juan, hijo de san Luis, y poco después el mismo rey, de cámaras que le dieron, falleció a 25 de agosto. Esta grande cuita y afán se acrecentara, y hubieran los demás de partir de África y dejar la demanda con gran mengua y daño, en tanta manera tenían enflaquecidas las fuerzas, si no sobreviniera Carlos, rey de Sicilia, que dio ánimo a los caídos. Hízose concierto con los bárbaros que cada un año pagasen de tributo al mismo rey Carlos cuarenta mil ducados, que era el que él debía por Sicilia y Nápoles a la Iglesia romana y al papa; con esto, embarcadas sus gentes, pasaron a Sicilia.

 

 

 

 

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No aflojaron los males; en la ciudad de Trapana, que es en lo postrero de aquella isla, Teobaldo, rey de Navarra, falleció a 5 días de diciembre. Ésta fue la ocasión que forzó a dejar la empresa de la Tierra Santa, que tantas veces infelizmente se acometiera, y de dar la vuelta a sus tierras y naturales. Las entrañas de san Luis sepultaron en la ciudad de Monreal en Sicilia; el cuerpo llevaron a San Dionisio, sepultura de aquellos reyes cerca de París. El cuerpo del rey Teobaldo, embalsamado, llevarón a Pervino, ciudad de Campaña en Francia, y pusieron en los sepulcros de sus antepasados. Su mujer, la reina, doña Isabel, el año luego siguiente, a 25 de abril, falleció en Hiera, pueblo de la Provenza; enterráronla en el monasterio llamado Barra. A todos se les hicieron las honras y exequias como a reyes, con grande aparato, como se acostumbra entre los cristianos. Volvamos la pluma y el cuento a Castilla.

 

 

 

 

XX.  De la conjuración que hicieron los grandes contra el rey don Alfonso de Castilla

 

El ánimo del rey don Alfonso se hallaba en un mismo tiempo suspenso y aquejado de diversos cuidados. El deseo de tomar la posesión del imperio de Alemania le punzaba, a que las cartas de muchos con extraordinaria instancia le llamaban. Los grandes y ricos hombres del reino andaban alterados y desabridos por las ásperas costumbres y demasiada severidad del rey, a que no estaban acostumbrados. Rugíase demás de esto por nuevas que venían que de África se aparejaba una nueva guerra con mayores apercibimientos y gentes que en ninguno de los tiempos pasados. Dado que Pedro Martínez, almirante del mar, el año pasado acometió y sujetó los moros de Cádiz, que halló descuidados. Era dificultoso mantener con guarnición y soldados aquellas ciudad e isla; por esta causa la dejaron al rey de Marruecos, de cuyo señorío antes era; resolución a propósito de ganar la voluntad de aquel bárbaro y sosegarle.

 

El rey don Alfonso de Portugal envió a don Dionisio, su hijo, que era de ocho años, a su abuelo el rey de Castilla para que alcanzase de él libertad y exención para el reino de Portugal, y que le alzase la palabra que dio los años pasados y los homenajes. Tratóse de este negocio en una junta de grandes; callaban los demás, y aún venían en lo que se pedía por no

 

 

 

 

 

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contrastar con la voluntad del rey, que a ello se mostraba inclinado. Don Nuño González de Lara, cabeza de la conjuración y de los desabridos y mal contentos, se atrevió a hacer rostro y contradicción. Decía que no parecía cosa razonable diminuir la majestad del reino con cualquier color, y mucho menos en gracia de un infante. Sin embargo, prevaleció en la junta el parecer del rey, que Portugal fuese exento; y con todo esto la libertad de don Nuño se le asentó más altamente en el corazón y memoria que ninguno pensara.

 

Juntado este desabrimiento con los demás, fue causa que don Nuño y don Lope de Haro y don Felipe, hermano del rey, se determinasen a mover pláticas perjudiciales al reino y al rey. Quejábanse de sus desafueros y de los muchos desaguisados que hacía; no tenían fuerzas bastantes para entrar en la liza; resolviéronse de acudir a las ayudas de fuera y extrañas. Así en el tiempo que el rey Teobaldo se ocupaba en la guerra sagrada solicitó a don Enrique, gobernador de Navarra, el infante don Felipe que se fuese a ver con él y hermanarse y hacer liga con aquellos grandes. Él, como más recatado, por no despertar contra sí el peso de una gravísima guerra, dio por excusa la ausencia del rey, su hermano. Los grandes, perdida esta esperanza, convidaron a los otros reyes, al de Portugal, al de Granada y al mismo emperador de Marruecos por sus cartas a juntarse con ellos y hacer guerra a Castilla, sin mirar, por el gran deseo que tenían de satisfacerse, cuán perjudicial intento era aquel y cuán infames aquellas tramas.

 

Don Alfonso, rey de Castilla, era persona de alto ingenio, pero poco recatado, sus orejas soberbias, su lengua desenfrenada, más a propósito para las letras que para el gobierno de los vasallos; contemplaba al cielo y miraba las estrellas; más en el entretanto perdió la tierra y el reino. Avisado pues de lo que pasaba por Hernán Pérez, que los conjurados pretendieron tirar a su partido y atraer a su parcialidad, atónito por la grandeza del peligro, que en fin no dejaba de conocer, volvió todos sus pensamientos a sosegar aquellos movimientos y alteraciones. Con este intento desde Murcia, do a la sazón estaba, envió a Enrique de Arana por su embajador a los grandes, que se juntaron en Palencia con intento de apercibirse para la guerra, por ver si en alguna manera pudiese con destreza e industria apartarlos de aquel propósito.

 

Él y la reina, su mujer, fueron a Valencia para tratar con el rey don Jaime y tomar acuerdo sobre todas estas cosas. Él, como quier que por la larga experiencia fuese muy astuto y avisado, cuando vino a Burgos para

 

 

 

 

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hallarse a las bodas del infante don Fernando, antevista la tempestad que amenazaba a Castilla a causa de estar los grandes desabridos, reprendió a don Alfonso con gravísimas palabras y le dio consejos muy saludables. Estos eran que quisiese antes ser amado de sus vasallos que temido; la salud de la república consiste en el amor y benevolencia de los ciudadanos con su cabeza; el aborrecimiento acarrea la total ruina; que procurase granjear todos los estados del reino; si esto no fuese posible, por lo menos abrazase los prelados y el pueblo, con cuyo arrimo hiciese rostro a la insolencia de los nobles; que no hiciese justicia de ninguno secretamente por ser muestra de miedo y menoscabo de la majestad; el que sin oír las partes da sentencia, puesto que ella sea justa, todavía hace agravio. Estas eran las faltas principales que en don Alfonso se notaban, y si con tiempo se remediaran, el reino y él mismo se libraran de grandes afanes. En la junta de los reyes y con las vistas ninguna cosa de momento se efectuó.

 

Al rey don Alfonso fue por tanto forzoso el año siguiente volver de nuevo a Alicante para verse con el rey, su suegro, y rogarle enfrenase los nobles de Aragón para que no se juntasen con los rebeldes de Castilla, como lo pretendían hacer; y porque el rey de Granada continuaba en hacer guerra contra los de Guadix y los de Málaga, le diese consejo a cuál de las partes sería más conveniente acudir. En este punto el rey don Jaime fue de parecer que guardase la confederación antigua; que no debía de su voluntad irritar a los de Granada ni hacerles guerra. La embajada de Arana no fue de provecho alguno; antes el rey de Granada a persuasión de los alborotados, quebrantada la avenencia que tenían puesta, fue el primero que se metió por tierras de cristianos talando y destruyendo, y metiendo a fuego y a sangre los campos comarcanos. Tenía consigo un número de caballos africanos que Jacob Abenjucef, rey de Marruecos, le envió delante. Sabidas estas cosas, el rey don Alfonso mandó por sus cartas a don Fernando, su hijo, que a la sazón se hallaba en Sevilla y se apercibía para la nueva guerra, que con todas sus gentes marchase contra el rey de Granada; él se partió para Burgos por ver si en alguna manera pudiese apaciguar los ánimos de los rebeldes.

 

En aquella ciudad se hicieron Cortes de todo el reino, y en particular fueron llamados los alborotados con seguridad pública que les ofrecieron; y para que estuviesen más sin peligro se señaló fuera de la ciudad el Hospital Real en que se tuviesen las juntas. Habláronse el rey y los señores en diferentes lugares, con que quedaron las voluntades más desabridas.

 

 

 

 

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Llegaron los disgustos a término, que renunciada la fidelidad con que estaban obligados al rey, en gran número se pasaron a Granada el año 1272. Don Nuño, don Lope de Haro, el infante don Felipe eran las tres cabezas de la conjuración. Fuera de estos, don Fernando de Castro, Lope de Mendoza, Gil de Roa, Rodrigo de Saldaña; de la nobleza menor tan gran número que apenas se pueden contar. Al partirse con sus gentes quemaron pueblos, talaron los campos y dieron en todo muestra de la enemiga que llevaban. El rey a grandes jornadas pasó a Toledo, de allí a Almagro; y porque no tenía esperanza de que se podrían reducir los grandes a su servicio, pretendía avenirse y sosegar al rey de Granada. Esto sobre todo deseaba; si no salía con ello, se resolvió de hacerle la guerra con todas sus fuerzas y con la más gente que pudiese juntar.

 

 

 

 

XXI. De nuevas alteraciones que sucedieron en

 

Aragón

 

En el tiempo que estas cosas pasaban en Castilla, Felipe, rey de Francia, que sucedió a su padre san Luis, allegaba a su corona nuevos estados por muerte de Alfonso, su tío, y de Juana, su mujer, que murieron a la sazón sin hijos, y eran condes de Poitiers y de Tolosa. Y no mucho después Rogerio Bernardo, conde de Foix, fue despojado de su estado no por otra causa más de que en cierta ocasión no quiso obedecer a los jueces reales; por lo cual las armas aragonesas, a causa que parte del estado de aquel príncipe era feudo de Aragón, estuvieron para revolverse contra Francia. La prudencia del rey don Jaime atajó el daño; a su persuasión el de Foix puso su persona y todo su estado en manos del rey de Francia, con que se sosegaron aquellos debates.

 

Dentro del reino de Aragón tenían sospechas de nuevas alteraciones a causa que el infante don Pedro, hijo primero y heredero del rey de Aragón, estaba desabrido con Fernán Sánchez, su hermano bastardo, por entender, entre otras cosas, que cuando volvió de la Tierra Santa fue recibido con gran honra y festejado de Carlos, rey de Nápoles, y por esto sospechaba había con él tratado cosas perjudiciales al reino. Hallábase el dicho don Femando en Burriana; allí don Pedro con buen número de soldados le tomó de sobresalto, y después que por fuerza entró en la casa y buscó en

 

 

 

 

 

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todos los lugares a su hermano, escudriñó los escondrijos, quebró cerraduras, hinchólo todo de ruido y de alboroto. En el entre tanto don Fernando y doña Aldonza, su mujer, se pusieron en salvo. Estos fueron principios de grandes alteraciones, ca los nobles del reino con esta ocasión de la enemistad de los dos hermanos se dividieron en dos bandos con tan grande obstinación, que, juntadas las fuerzas, no dudaron los que seguían la parcialidad de don Fernando de mover guerra contra el mismo rey; de que no resultó otro provecho sino que el vizconde de Cardona y otros señores parciales fueron por esta causa despojados de sus estados. El mismo Fernán Sánchez, cercado en el castillo de Pomar por su hermano, luego que le tuvo en su poder, le hizo ahogar con un lazo y despeñar en el río Cinca, que por allí pasa, unos decían con razón, otros que injustamente; lo cierto que, quitado el capitán y cabeza, los demás se sosegaron. Este fue el fruto de aquel parricidio; pero la muerte de Fernán Sánchez sucedió tres años adelante. Dejó un hijo de pequeña edad, llamado don Felipe, de quien desciende el linaje de los Castros en Aragón.

 

A Rugerio de Lauria hizo donación el rey don Jaime en tierra de Valencia de dos heredades, que se llaman Raelo y Abricat, en premio de su trabajo, porque de lo último de Italia acompañó los años pasados a doña Constanza, su nuera. Fue este caballero en lo de adelante persona de grande ingenio y excelente capitán, mayormente por el mar. Con don Enrique, rey de Navarra, que por morir su hermano el rey Teobaldo sin hijos sucedió en aquel reino, y con quien los aragoneses tenían diferencia por pretender que les quitaran aquel reino injustamente, como en su lugar queda dicho, todavía se concertaron treguas por muchos años.

El rey don Jaime veía los suyos alborotados, más inclinados a las armas que a la paz y a la concordia; y por las diferencias que andaban temía que la una de las partes, juntados con los navarros, no le diesen en qué entender. Ésta fue la causa de tomar asiento con Navarra; y aún otro cuidado le aquejaba más de volver las fuerzas contra los moros, de donde una cruel tempestad se aparejaba para España si no se acudía al remedio con tiempo, como los hombres prudentes lo sospechaban y comúnmente se decía no sin causa.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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XXII. El rey don Alfonso partió para tomar

 

posesión del imperio

 

Ardía el rey don Alfonso en deseo de ir a Alemania a tomar la corona e insignias del imperio; tanto más y con mayor prisa, que por autoridad del papa Gregorio X los señores de Alemania, cansados de los males que en aquella vacante se padecieron, muchos, muy graves y muy largos, y porque de años atrás era muerto Ricardo, el otro competidor, se aparejaban para hacer nueva elección, sin tener cuenta con el rey don Alfonso. Alterado él con esta nueva, como era razón, pretendía recompensar la tardanza pasada con abreviar; y por esto, aunque muy fuera de sazón, comenzó a tratar muy de veras de su ida a Alemania. A las personas prudentes parecía se debía anteponer a esto el sosiego y el cuidado de la república. Los hombres más livianos y de poca experiencia, hinchados de vana esperanza, le exhortaban a la jornada, sin faltar quien blasonase y dijese era bien aparejar armas, caballos y las demás cosas necesarias para hacer la guerra en Alemania y para sujetar a los que contrastasen a sus intentos. Algunos tomaban por mal agüero que tantas veces se le hubiese al rey don Alfonso desbaratado aquel viaje que tanto deseaba. Era este rey de su natural irresoluto y tardo, las cosas del reino embarazadas; y si hallara algún buen color, de buena gana desistiera de aquella pretensión; pero por miedo de la infamia y mengua de reputación se resolvió pasar adelante. Con este intento procuró con cualquier partido apaciguar los de Granada y los grandes.

 

En esto, el rey de Granada Alhamar falleció al principio del año 1273. Fue hombre atrevido, astuto y muy contrario a nuestras cosas. Hubo diferencia sobre la sucesión; prevaleció aquella parcialidad con la cual se juntaron los forajidos y grandes de Castilla, y diéronse las insignias reales a Mahomad, por sobrenombre Miralmutio Leminio, hijo mayor del difunto. Este príncipe, puesto que era de suyo contrario a nuestras cosas y muchos le movían a hacer guerra; porque las fuerzas de su nuevo reino andaban en balanzas, el rey don Alfonso entendía que se inclinaba a la paz y que fácilmente se podría efectuar. Demás de esto, algunos de los grandes se reducían a mejor partido y más sanos propósitos. En particular don Fernando de Castro y Rodrigo de Saldaña sobre seguro vinieron a verse con él a Ávila, do se hacían Cortes del reino por el mismo tiempo que en Alemania procedieron a nueva elección apresuradamente; en que Rodolfo,

 

 

 

 

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conde de Ausburg, por voto de todos los electores, fue nombrado por rey de romanos. Señor, bien que de poca renta y estado pequeño, pero que descendía del nobilísimo linaje de los antiguos reyes franceses y era en todas virtudes acabado. Los embajadores del rey don Alfonso que so hallaron a la sazón en Francfordia, aunque hicieron contradicción y sus protestaciones, no fue de efecto alguno; la afición de antes la tenían ya trocada en desabrimiento y odio que todos le cobraran.

 

Despedidas las Cortes de Ávila, se fue el rey a Requena para tomar acuerdo con el rey, su suegro, en presencia sobre la guerra de los moros. Allí, por el trabajo del camino, o por el desabrimiento y disgusto con que andaba, adoleció de una enfermedad no ligera. Y porque las demás cosas no sucedían a propósito y la misma prisa por el gran deseo le parecía tardanza, juzgó sería lo mejor intentar de hacer las paces por industria de la reina y por la autoridad del primado don Sancho. Ellos para tratar de esto sin dilación se partieron para Córdoba. Al pontífice Gregorio X despachó a Aimaro, fraile dominico, que después fue obispo de Ávila, y a Fernando de Zamora, canónigo de Ávila y chanciller del rey. Estos en Civitavieja, en que a la sazón estaba el pontífice, en consistorio declararon las causas por que la elección de Rodolfo pretendían ser inválida. Que no debía el pontífice moverse por los dichos de aquellos que ponían asechanzas y redes a sus orejas y con engaños pretendían ganar gracias con otros, sino conservarse neutral, como lo pedía la persona y lugar sacrosanto que representaba, y con esto ganar ambas las partes a ejemplo de sus antecesores Urbano y Clemente, que con igual honra y título, por no perjudicar a nadie, dieron a Ricardo y a don Alfonso título de rey de romanos. A los electores de Alemania fue don Fernando, obispo de Segovia, para ponerlos en razón y procurar repusiesen lo atentado. Con estas embajadas no se hizo efecto alguno por estar todos cansados de tan larga tardanza.

 

Sólo el año siguiente de 1274 desde Lyon de Francia, donde, presente el pontífice, se hacía el concilio general de los obispos para reformar la disciplina eclesiástica, renovar la guerra de la Tierra Santa y unir la Iglesia griega con la latina, Frédulo fue enviado por nuncio al rey don Alfonso para que le ofreciese los diezmos de las rentas eclesiásticas en nombre del pontífice para la guerra contra moros, a tal que desistiese de la pretensión y esperanza vana que tenía de ser emperador; que parecía cosa injusta con

 

 

 

 

 

 

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deseo de imperio forastero alterar la paz de la Iglesia, que tan sosegada estaba.

 

En este medio don Enrique, rey de Navarra, muy apesgado y disforme por la mucha gordura de su cuerpo, falleció en Pamplona a 22 de julio. De su mujer doña Juana, hija de Roberto, conde de Artesia y hermano del rey san Luis, dejó una hija, llamada también doña Juana, en edad apenas de tres años, que, sin embargo, fue heredera de aquellos estados, así porque el reino la jurara antes, como por testamento de su padre, que lo dejó así dispuesto; de que resultaron nuevas diferencias y discordias, y el reino de Navarra finalmente se juntó con el de Francia.

La embajada de Frédulo no fue desagradable al rey don Alfonso; respondió que se pondría a sí y toda aquella diferencia en manos del pontífice para que él la determinase como mejor le fuese visto. Con esta respuesta el pontífice sin detenerse más aprobó en público consistorio la elección de Rodolfo, a 6 de septiembre, que hasta entonces por respeto de don Alfonso se entretuvo; luego escribió cartas a todos los príncipes en aquella sustancia. Al mismo Rodolfo mandó que lo más presto que pudiese se apresurase a pasar en Italia para coronarse.

 

Al concilio que se tenía en Lyon se partió don Jaime, rey de Aragón, aunque en lo postrero de su edad, por ser deseoso de honra y por otros negocios. Desde allí, sin hacer cosa de momento, dio la vuelta a su tierra, desabrido claramente con el pontífice porque rehusó de coronarle si no pagaba el tributo que su padre el rey don Pedro concertó de pagar cada un año en el tiempo que en Roma se coronó, como queda dicho en su lugar. Al rey don Jaime le parecía cosa indigna que el reino ganado por el esfuerzo de sus antepasados fuese tributario a algún extraño.

En este comedio el rey de Granada y los grandes forajidos, por diligencia de la reina se redujeron al deber; para sosegar a los grandes les prometieron todas las cosas que pedían; el rey de Granada quedó que pagase cada año de tributo trescientos mil maravedíes de oro, y de presente gran suma de dineros, en pena de los daños y gastos. Demás de esto, se concertaron treguas por un año entre los de Guadix y de Málaga con aquel rey, por estar el rey don Alfonso encargado del amparo de aquellas dos ciudades. Fue en aquella edad hombre señalado en España Gonzalo Ruiz de Atienza, privado del rey, por cuya diligencia en gran parte y buena maña se concluyó aquel concierto. El rey de Granada y los grandes desde Córdoba partieron en compañía del infante don Fernando,

 

 

 

 

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que se halló en todas estas cosas; llegados a Sevilla, el rey don Alfonso los acogió benignamente. Ellos, cotejado el un tiempo con el otro, juzgaron les estaba más a cuento y mejor obedecer a su príncipe con seguridad que la contumacia con peligro y daño.

 

Concluido esto, las armas de Castilla debajo la conducta del infante don Fernando y por mandado de su padre se movieron contra Navarra para conquistar aquel reino. Don Jaime, rey de Aragón, envió al tanto a don Pedro, su hijo mayor, al cual renunció el derecho que pretendía tener a aquel reino, a ganar las voluntades de los navarros, que de suyo se inclinaban más a los aragoneses que a Castilla. Ni las mañas de Aragón ni las fuerzas de Castilla hicieron efecto, a causa que la reina viuda se recogió a Francia con su hija al amparo del rey, su primo, por temer no le hiciesen fuerza si se quedaba en Navarra en tiempos tan revueltos. Sólo don Fernando acometió a tomar a Viana; y rechazado de allí por la fortaleza de aquella plaza y por el esfuerzo de los cercados, se apoderó de Mendavía y de otros menores pueblos. Todo lo halló más dificultoso que pensaba, dado que ningún ejército bastante le salió al encuentro, que era causa de mayor tardanza; si bien las cosas de aquel reino estaban tan revueltas, que los señores, divididos en parcialidades y aficiones, no podían conformarse para acudir a la defensa. Los más se aficionaban a los aragoneses, en especial Armengaudo, obispo de Pamplona, y Pero Sánchez de Montagudo, hombre principal y gobernador del reino.

 

Don Pedro, infante de Aragón, llegó hasta Sos, pueblo a la raya de los dos reinos; allí alegó de su derecho que por la adopción del rey don Sancho y por otros títulos más antiguos se le debía el reino, por lo menos le debían acudir con sesenta mil marcos de plato, que poco antes el rey Teobaldo concertara de pagar. Tratóse el negocio por muchos días; los nobles acordaron desposar a la niña heredera del reino en ausencia con don Pedro, y por dote señalaron la posesión del reino. Añadióse que si aquello no surtiese efecto, pagarían doscientos mil marcos de plata para los gastos de la guerra que pretendían hacer de consuno contra las fuerzas de Castilla, si todavía perseverasen en el propósito de darles molestia. Estas cosas se asentaron en Olite por el mes de noviembre.

 

El rey don Alfonso, determinado de todo punto de hacer el viaje de Francia, tenía a la misma sazón Cortes del reino en Toledo para, asentadas las cosas, ponerse luego en camino. Encomendó el gobierno del reino a don Fernando, su hijo, a los otros señores repartió diversos cargos, a don

 

 

 

 

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Nuño de Lara dio la mayor autoridad, determinó dejarle por frontero contra los moros por si acaso se alterasen. Con estas caricias pretendía ganar a los parciales. Acabadas las Cortes, a lo postrero del año el rey, la reina, sus hijos menores y don Manuel, hermano del rey, comenzaron su viaje.

 

Era grande el repuesto y representación de majestad; por tanto hacían las jornadas pequeñas. Pasaron a Valencia, de allí a Tortosa y a Tarragona, ca el rey don Jaime desde Barcelona partió para recibirlos y festejarlos en aquella ciudad. Tuvieron las fiestas de Navidad en Barcelona al principio del año de 1275. Halláronse presentes los dos reyes al enterramiento y honras de fray Raimundo de Peñafuerte, de la orden de Santo Domingo, que finó por aquellos días en aquella ciudad, persona señalada en piedad y erudición.

El mismo año pasó de esta vida don Pelayo Pérez Correa, maestre de Santiago, de mucha edad, muy esclarecido por las grandes cosas que hizo en guerra y en paz. Su cuerpo enterraron en Talavera en la iglesia de Santiago, que está en el arrabal; así lo tienen y afirman comúnmente los moradores de aquella villa; otros dicen que en Santa María de Tudía, templo que él edificó desde sus cimientos, a las faldas de Sierra Morena, en memoria de una batalla que los años pasados ganó de los moros en aquel lugar, muy señalada, tanto, que vulgarmente se dijo y entendió que el sol se paró y detuvo su carrera para que el día fuese más largo y mayor el destrozo de los enemigos y mejor se ejecutase el alcance. Dicen otrosí que aquella iglesia se llamó al principio de Tentudía, por las palabras que el maestre dijo vuelto a la Madre de Dios: «Señora, ten tu día». A la verdad, alterados los sentidos con el peligro de la batalla y entre el miedo y la esperanza ¿quién pudo medir el tiempo? Una hora parece muchas por el deseo, aprieto y cuidado. Demás de esto, muchas cosas fácilmente se creen en el tiempo del peligro y se fingen con libertad.

 

El rey don Jaime no aprobaba los intentos de don Alfonso, su yerno, y con muchas razones pretendió apartarle de aquel propósito. La principal, que sentenciado el pleito y pasado ya en cosa juzgada, no quedaba alguna esperanza que el pontífice mudaría de parecer; así con tantos trabajos no alcanzaría más de andar entre las naciones extrañas afrentado por el agravio recibido. Estos consejos saludables rechazó la resolución de don Alfonso. Dejados pues su mujer e hijos en Perpiñán, pasó a la primavera por Francia hasta Belcaire, pueblo de la Provenza, asentado a la ribera del

 

 

 

 

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Ródano, y por tanto de grande frescura, y que le tenían señalado para verse con el pontífice, que despedido el concilio que de los obispos tuvo en Lyon, todavía se detenía en Francia. Allí, en día señalado en presencia del pontífice y de los cardenales que le acompañaban el rey les hizo un razonamiento de esta sustancia:

 

«Si por alguna diligencia y cuidado mío yo hubiera alcanzado el imperio, muy honrosa cosa era para mí que dejados tantos príncipes, se conformasen en un hombre extraño las voluntades de Alemania; ¿cuánto menos razón tendrá nadie de cargarme que defienda el lugar en que, sin yo pretenderle, Dios y los hombres me han puesto? Como quier que sea antes cosa torpe no poder conservar los dones de Dios, y de corazón ingrato no responder en el amor a aquellos que en voluntad se han anticipado. Por tanto, es forzoso que sea tanto más grave mi sentimiento, que por engaño de pocos he oído que deslumbrados los príncipes de Alemania, ¡oh hombres poco constantes! Se han conformado en elegir un nuevo príncipe sin oírnos y sin que nuestra pretensión y pleito esté sentenciado; en que, si en algún tiempo hubo duda, muerto el contrario era justo se quitase. Que no nos debe empecer la dilación, a que algunos dan nombre de tardanza y flojedad, como más verdaderamente haya sido deseo de reposo y de sosegar las alteraciones de algunos, amor y celo de la religión cristiana, prevención contra los moros, que de ordinario hacen en nuestras tierras entradas. Al presente que dejamos nuestro hijo en el gobierno, que ya tiene dos hijos, con vuestra licencia y ayuda, padre santo, tomaremos el imperio, apellido sin duda sin sustancia y sin provecho; pero somos forzados a volver por la honra pública de España, y en particular rechazar nuestra afrenta; lo cual ojalá podamos alcanzar sin las armas y sin rompimiento, ca de otra manera determinados estamos por conservar nuestra reputación y volver por ella ponernos a cualquier riesgo y afán. Yo, padres, ninguna cosa ni mayor ni más amada tengo en la tierra que vuestra autoridad; desde mis primeros años de tal manera procedí, que todos los buenos me aprobasen y ganase yo fama con buenas obras. Con este camino agradé a los pontífices pasados; por el mismo sin pretenderlo y sin procurarlo me llamaron al imperio. Sería grave afrenta y mengua intolerable quitarme por engaño en esta edad lo que granjeé en mi mocedad y amancillar nuestra gloria con perpetua infamia. Razón es, beatísimo Padre, que vuestra santidad y todos los demás prelados que estáis presentes ayudéis a nuestros intentos en negocio que no se puede

 

 

 

 

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pensar otro alguno ni mayor ni más justificado. Procurad con efecto y haced entienda el mundo lo que las particulares aficiones y lo que la entereza y justicia pueden y hasta dónde cada una de estas cosas allega; por lo menos, ahora que es tiempo, prevenid que la república cristiana con nuevas discordias que resultaran no reciba algún daño irreparable».

 

A esto replicó el pontífice en pocas palabras: declaró las causas por que con buen título pudieron crear nuevo emperador; que la muerte de Ricardo ningún nuevo derecho le dio; que él mismo prometió de ponerse en sus manos, resolución saludable para todos en común, y en particular no afrentosa para él mismo, pues no era más razón que los españoles mandasen a los alemanes que a España los de aquella nación; que los caminos de Alemania son ásperos y embarazados, las ciudades fuertes, la gente feroz, las aficiones antiguas trocadas, ningunas fuerzas se podrían igualar a las de los alemanes, si se conformasen; la infamia, si se perdiese la empresa, sería notable; si venciese, pequeño el provecho; que era mejor conservar lo suyo que pretender lo ajeno; la gloria ganada con lo que obrara era tan grande, que en ningún tiempo su nombre y con ninguna afrenta se podría escurecer. Hiciese a Dios, hiciese a la religión este servicio de disimular por su respeto, si en alguna cosa no se guardó el orden debido y se cometió algún yerro. Dichas estas palabras, abrazóle y dióle paz en el rostro, como persona que era el papa de su condición amoroso, y por la larga experiencia enseñado a sosegar con semejantes caricias las voluntades de los hombres alterados.

 

Con esto se dejó aquella pretensión: intentó, empero, otras esperanzas. Pretendía en primer lugar que era suyo el señorío de Suabia después de la muerte de Corradino, por venir de parte de madre de los príncipes de Suabia; que Rodolfo, demás de quitarle el imperio, en tomarle para sí le hacía otro nuevo agravio. Alegaba eso mismo que el reino de Navarra era suyo por derechos antiguos de que se valía; que los franceses hacían mal en apoderarse del gobierno de aquel reino; por conclusión, pedía que por mandado del Pontífice el infante don Enrique, su hermano, fuese puesto en libertad; que Carlos, rey de Sicilia, se excusaba para no hacerlo con la voluntad del pontífice, que no lo quería. Sin embargo, como quier que el pontífice y los cardenales se hiciesen sordos a estas sus demandas tan justas a su parecer, bufaba de coraje. Finalmente, mal enojado se partió de Francia en sazón que el estío estaba adelante y cerca el otoño.

 

 

 

 

 

 

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Vuelto en España, no dejó de llamarse emperador ni las insignias imperiales, hasta tanto que el arzobispo de Sevilla, por mandado del papa con censuras que le puso, hizo que desistiese; solamente le otorgaron los diezmos de las iglesias para ayuda a los gastos de la guerra de los moros. Vulgarmente las llamamos tercias a causa que la tercera parte de los diezmos, que acostumbraban gastar en las fábricas de las iglesias, le dieron para que de ella se aprovechase; y aún, como yo creo, y es así, no se las concedieron para siempre, sino por entonces por tiempo determinado y cierto número de años que señalaron. Éste fue el principio que los reyes de Castilla tuvieron de aprovecharse de las rentas sagradas de los templos; éste el fruto que don Alfonso sacó de aquel viaje tan largo y de tan grandes afanes; ésta la recompensa del imperio que a sinrazón le quitaron, alcanzado sin duda sin soborno y sin dinero, de fin y remate desgraciado.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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LIBRO DECIMOCUARTO

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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I. Cómo el rey de Marruecos pasó en España

 

A esta misma sazón el rey de Marruecos Jacob Abenjuzef, como se viese enseñoreado de África, sabidas las cosas de España, es a saber, que por la partida del rey don Alfonso el Andalucía quedaba desapercibida y sin fuerzas, estaba dudoso y perplejo en lo que debía hacer. Por una parte le punzaba el deseo de vengar las injurias de su nación, tantas veces por los nuestros maltratada, por otra le detenía la grandeza del peligro; demás que de su natural era considerado y recatado, mayormente que para asegurar su imperio, que por ser nuevo andaba en balanzas, se hallaba embarazado con muchas guerras en África, cuando una nueva embajada que le vino de España le hizo tomar resolución y aprestarse para aquella empresa.

 

Fue así que Mahomad, rey de Granada, como quien tenía más cuenta con su provecho que con lo que había jurado ni con la lealtad, conforme a la costumbre de aquella nación, luego que se partió de la presencia del rey don Alfonso, con quien se confederó en Sevilla, vuelto a su tierra, sin dilación propuso en sí de abrir la guerra y apoderarse de toda el Andalucía, hazaña que sobrepujaba su poder y fuerzas. Quejábase que lo que de su gente quedaba estaba reducido en tanta estrechura, que apenas tenía en qué poner el pie en España, y eso a merced de sus enemigos y con carga de parias que les hacían pagar cada un año. Que los de Málaga y Guadix, confiados de las espaldas que el rey don Alfonso les hacía, nunca cesaban de maquinar cosas en daño suyo, y que no dudarían de moverle nueva guerra luego que el tiempo de las treguas fuese pasado. Puesto en estos cuidados, veía que no tenía fuerzas bastantes contra la grandeza y riquezas del rey don Alfonso, puesto que ausente. Resolvióse con una embajada de convidar al rey de Marruecos para que se juntase con él y le ayudase, príncipe poderoso en aquel tiempo y muy señalado en las armas. Decía ser llegado el tiempo de vengar las injurias y agravios recibidos de los cristianos; que los grandes imperios no se mantienen y conservan con pereza y descuido, sino con ejercitar los soldados y entretenerlos siempre con nuevas empresas; que el derecho de los reinos y la justicia para apoderarse de nuevos estados consiste en las fuerzas y en el poder; mantener sus estados es loa de poco momento; conquistar los ajenos oficio

 

 

 

 

 

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da grandes príncipes; que si ellos no acometían y amparaban las reliquias de la gente mahometana en España, forzosamente serían acometidos en África; en cuanto se debía estimar con sujetar una provincia poner casi en otro mundo los trofeos de sus victorias y de su gloria, y en un punto juntar lo de Europa con lo de África.

 

Movido por esta embajada el rey de Marruecos determinó hacer guerra a España. Mandó levantar gente por todas sus tierras. No se oía por todas partes sino ruido de naves, soldados, armas, caballos y todo lo al. Ninguna cosa le aquejaba tanto como la falta del dinero y el cuidado de encubrir sus intentos, por temor que si los nuestros fuesen sabidores de ellos, los hallaría apercibidos para la defensa y para rechazar los contrarios. Por el uno y por el otro respeto con embajadores que envió el rey don Jaime de Aragón le pidió dineros prestados, con color que se le había rebelado un señor moro, su vasallo, y entrado en Ceuta, cosa que por el sitio de aquella plaza, que está cerca del estrecho de Gibraltar, era de consideración, y si no se prevenía con tiempo, podría acarrear daño a las marinas de África y de España. Cuanto mayor era el cuidado de encubrir estos diseños, tanto la mal enfrenada fama se aumentaba más, como acontece en las cosas grandes, que fue la causa para que ni el rey de Aragón le enviase dineros ni los de Castilla se descuidasen en apercibirse de lo necesario. Verdad es que todo procedía de espacio por la ausencia del rey don Alfonso y porque su hijo don Fernando se detenía en Burgos, donde aportó después que visitó el reino.

 

Envió pues el moro en primer lugar desde África alcaides que se apoderasen y tuviesen en su nombre las ciudades de Algeciras y Tarifa, según concertó que se las entregaría el rey de Granada para que sirviesen como de baluartes, asiento y reparo de la guerra que se aparejaba. Después de esto echó en España gran gente africana, en número diecisiete mil caballos, y dado que no se refiere el número de los infantes, bien se entiende fueron muchos, conforme a la hazaña que se emprendía y al diseño que llevaban. Lo primero que procuró fue de reconciliar todos los moros entre sí y hacer olvidasen las discordias pasadas; lo cual con la autoridad del rey de Marruecos y a su persuasión se efectuó, que se avinieron los de Málaga y Guadix con el rey de Granada. Tuvieron junta en Málaga para resolver en qué forma se haría la guerra. Fueron de acuerdo que la gente se dividiese en dos partes, porque no se embarazasen con la multitud y para con más provecho acometer las tierras de cristianos.

 

 

 

 

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Con esta resolución el rey de Marruecos tomó cargo de correr la campaña de Sevilla. El de Granada se encargó de hacer entrada por las fronteras de Jaén.

 

Era don Nuño de Lara frontero contra los moros. Avisó al infante don Fernando que con toda presteza enviase toda la más gente que pudiese, porque el peligro no sufría dilación. Él mismo arrebatadamente con la gente que pudo se metió en Écija, por do era forzoso pasase el rey de Marruecos, ciudad bien fuerte y que no se podía tomar con facilidad. Concurrió otrosí gran nobleza de las ciudades cercanas, movidos por la fama del peligro y convidados por las cartas que don Nuño les enviara. Confiado pues en la mucha gente y porque los bárbaros no cobrasen mayor esfuerzo si los nuestros daban muestras de miedo, salió de la ciudad, do se pudiera entretener, y puestos sus escuadrones en ordenanza, no dudó de encontrarse con el enemigo. Trabóse la pelea, en que si bien los moros al principio iban de caída, en fin vencieron por su muchedumbre y los fieles fueron desbaratados y puestos en huida. El mismo don Nuño murió en la pelea, y con él doscientos cincuenta de a caballo y cuatro mil infantes. Los demás se recogieron a la ciudad, que caía cerca, como a guarida; lo que también dio a algunos ocasión para que no hiciesen el postrer esfuerzo. La cabeza de don Nuño, varón tan esforzado y valiente, enviaron al rey de Granada en presente, que le dio poco gusto por acordarse de la antigua amistad y que por su medio alcanzó aquel reino que tenía. Así la envió a Córdoba para que junto con el cuerpo fuese sepultada.

 

Esta desgracia tan señalada, que sucedió el año de 1275 por el mes de mayo, causó gran tristeza en todo el reino, no tanto por el daño presente cuanto por el miedo de mayor peligro que amenazaba. Algún consuelo y principio de mejor esperanza fue que el bárbaro, aunque victorioso y feroz, no se pudo apoderar de la ciudad de Écija; pero sucedió otra nueva desgracia. Ésta fue que don Sancho, arzobispo de Toledo, con el triste aviso de esta jornada, juntado que hubo toda la caballería que pudo en Toledo, Madrid, Guadalajara y Talavera, se partió a gran prisa para el Andalucía. Los moros de Granada talaban los campos de Jaén, robaban los ganados, mataban y cautivaban hombres, ponían fuego a los poblados, finalmente, no perdonaban a cosa ninguna que pudiese dañar su furor y saña. A estos pues procuró de acometer el arzobispo con mayor osadía que consejo; hervíale la sangre con la mocedad, deseaba imitar la valentía del rey, su padre, pretendía quitar a los moros la presa que llevaban, y dado

 

 

 

 

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que los más cuerdos eran de parecer que debían de esperar a don Lope de Haro, que sabían marchaba a toda furia, y en breve llegaría con buen escuadrón de gente; que no era justo ni acertado acometer con tan poca gente todo el ejército enemigo; prevaleció el parecer de aquellos que decían, si le esperaban, a juicio de todos sería suya la gloria de la victoria. So color de honra buscaron su daño; trabada la batalla, que se dio cerca de Martos, a los 21 de octubre, fácilmente fueron los fieles vencidos, así por ser menos en número como por ser soldados nuevos, los moros muy ejercitados en el arte militar. La huida fue vergonzosa, los muertos pocos para victoria tan señalada. Prendieron al arzobispo don Sancho, y como quier que hubiese diferencia entre los bárbaros sobre de cuál de los reyes sería aquella presa y estuviesen a punto de venir a las manos, Atar, señor de Málaga, con la espada desnuda le pasó de parte a parte, diciendo: «No es justo que sobre la cabeza de este perro haya contienda entre caballeros tan principales». Muerto que fue, le cortaron la cabeza y la mano izquierda, en que tenía el anillo pontifical. Este estrago fue tanto de mayor compasión y lástima, que pudieran los bárbaros ser destruidos en aquella pelea, si los nuestros tuvieran un poco de paciencia y no fueran tan amigos de su honra; porque don Lope de Haro sobrevino poco después, y con su propio escuadrón volvió a la pelea, y con maravillosa osadía forzó los moros a retirarse, pero no pudo vencerlos a causa de la oscuridad de la noche, que sobrevino. El cuerpo, mano y cabeza del arzobispo don Sancho, todo rescatado a precio de mucho oro, enterraron en la capilla real de Toledo, título de Santa Cruz, en que estaban sepultados el emperador don Alfonso y su hijo don Sancho el Deseado. Sucedióle don Hernando, abad de Covarrubias, en el arzobispado; y amovido éste a cabo de seis años por mandado del Padre Santo, que nunca quiso confirmar ni aprobar esta elección, antes él mismo renunció al arzobispado, sucedió en la silla de Toledo por elección del papa don Gonzalo, segundo de este nombre, que primero fue obispo de Cuenca y después de Burgos. Este dicen que fue cardenal y Onufrio lo afirma; en Santa María la Mayor en Roma hay un sepulcro de mármol, suyo según se dice, con esta letra:

 

Hic depositus fuit quondam dominus Gonsalvus episcopus albanensis.

 

Obit anno Domini MCCLXXXXVIIII.

 

 

 

 

 

 

 

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Quiere decir: «Aquí yace don Gonzalo, obispo que ya fue albanense. Finó año del Señor 1299». Fue natural de Toledo, del linaje de los Gudieles, a lo que se entiende. El año en que vamos, por estos desastres aciago, le hizo más notable la muerte del infante don Fernando; murió de enfermedad en Villarreal por el mes de agosto. Iba a la guerra de los moros, y esperaba en aquella villa las compañías de gente que se habían levantado, cuando la muerte le sobrevino. No es menos sino que todo el reino sintió mucho este desmán y falta, endechas y lutos asaz; su cuerpo enterraron en las Huelgas.

 

Su muerte causó al presente gran tristeza, y adelante fue ocasión de graves discordias, como quiera que el infante don Sancho, su hermano, porfiase que le venía a él la sucesión del reino por ser hijo segundo del rey don Alfonso, que todavía vivía; si bien don Fernando dejó dos hijos de su mujer la infanta doña Blanca, llamados don Alfonso y don Fernando, encarecidamente encomendados al tiempo de su muerte a don Juan de Lara, que fue hijo mayor de don Nuño de Lara. El infante don Sancho, como mozo que era de ingenio agudo y de grande industria para cualquier cosa que se aplicase, en aquel peligro de la república se hizo capitán contra los moros, y con su valor y diligencia refrenó la osadía de los enemigos. Puso guarniciones en muchos lugares, y excusó la pelea con intento que el ímpetu con que los bárbaros venían se fuese resfriando con la tardanza, que fue un consejo saludable.

 

También se alteraron los moros de Valencia, que nunca fueron fieles; y entonces, perdido el miedo por la vejez del rey don Jaime y llenos de confianza por lo que pasaba en el Andalucía, al principio de aquella guerra se estuvieron quedos y a la mira de lo que sucedía. Como supieron que los suyos vencían, se resolvieron juntar con ellos sus fuerzas, y a cada paso en tierra de Valencia se hacían conjuraciones de moros, si bien don Pedro, infante de Aragón, por mandado de su padre era ido con un escuadrón de soldados a las fronteras de Murcia, y destruía los campos de Almería con quemas y robos.

Las cosas de los navarros no andaban más sosegadas en aquel tiempo. Como Felipe, rey de Francia, hubiese concertado a doña Juana, heredera de aquel reino, con su hijo Felipe, que le sucedió después y tuvo sobrenombre de Hermoso, envió por virrey de Navarra a Esteban de Belmarca, de nación francés, quitado aquel cargo a Pedro de Montagudo. No tenía bastante autoridad un hombre forastero para apaciguar los

 

 

 

 

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alborotos que andaban y aquellas parcialidades tan enconadas, mayormente que Pedro de Montagudo, movido de la afrenta que se le hizo en removerle del gobierno, y García Almoravides, que siempre se mostró aficionado a los reyes de Castilla, se declararon por caudillos de los alborotados. Dentro de la misma ciudad de Pamplona se trabaron pasiones y vinieron a las manos el un bando con el otro. La porfía y crueldad fue tal, que se quemaban las mieses y batían a las paredes los hijos pequeños con mayor daño del bando que seguía a los franceses. Al mismo Pedro de Montagudo que, pasado el primer disgusto, inclinaba al bando francés, y que ora fuese por deseo de quietud, ora a persuasión de otros, ya tenía pensado de pasarse a su parte; como lo entendiesen los del bando contrario le mataron. Indigno de tal desastre por su; muchas virtudes, de que ningún ciudadano de su tiempo era más adornado, varón noble, rico, de buena presencia, prudente y de grandes fuerzas corporales.

 

 

 

 

II. De la muerte del rey don Jaime de Aragón

 

El año siguiente, que del nacimiento de Cristo se contaba 1276, fue señalado por la muerte de tres pontífices romanos; estos fueron Gregorio X, Inocencio V y Adriano V. El pontificado de Inocencio fue muy breve, es a saber, de cinco meses y dos días; el de Adriano de solos treinta y siete días, en cuyo lugar sucedió Juan, vigésimo primero de este nombre, natural de Lisboa, hombre de grande ingenio, de muchas letras y doctrina, mayormente de dialéctica y medicina, como dan testimonio los libros que dejó escritos en nombre de Pedro Hispano, que tuvo antes que fuese papa. Hay un libro suyo de medicina, que se llama Tesoro de pobres. Su vida no fue mucho más larga que la de sus antecesores. A los ocho meses y ocho días de su pontificado en Viterbo murió por ocasión que el techo del aposento en que estaba se hundió. Sucedióle Nicolás III, natural de Roma y de la casa Ursina.

 

En este mismo tiempo en Castilla se abrían las zanjas y echaban los cimientos de guerras civiles, que mucho la trabajaron. Fue así, que el infante don Sancho granjeaba con diligencia las voluntades de la nobleza y del pueblo, usaba de halagos, cortesía y liberalidad con todos, como quiera que todo esto faltase en el rey, su padre, por do el pueblo había comenzado

 

 

 

 

 

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a desgraciarse. Aumentó este disgusto la jornada de Francia tan fuera de sazón y propósito, y casi siempre acontece que a quien la fortuna es contraria le falta el aplauso de los hombres. Deseaba el vulgo novedades, y juntamente, como acontece, las temía; algunos de los principales a punto de alborotarse, otros por ser más recatados se entretenían, disimulaban y estaban a la mira. Don Lope de Haro, que era de tanta autoridad y prendas, se había reconciliado en Córdoba con el infante don Sancho.

 

Con los moros, cuya furia algún tanto amansaba, se asentaron treguas por espacio de dos años. El rey de Marruecos, hecho este concierto, desde Algeciras, do tenía sus reales y su gente, pasó en África. Don Sancho a gran prisa se fue a Toledo con color de visitar al rey, su padre, que poco antes de Francia por el camino de Valencia y de Cuenca. Era llegado a aquella ciudad, fuera de que publicaba tener negocios del reino que comunicar con él. Ésta era la voz; el cuidado que más le aquejaba era de asentar el derecho de su sucesión, que pretendía encaminar con voluntad de su padre y de los grandes. Comenzóse a tratar este negocio; encargóse don Lope de Haro de dar principio a esta plática, que dio mucho enojo al rey don Alfonso. Llevaba mal se tratase en su vida tan fuera de sazón de la sucesión del reino, junto con que se persuadía que conforme a derecho sus nietos no podían ser excluidos, y por el amor que en particular les tenía pesábale grandemente que se tratase de hacer novedad. Mas por consejo del infante don Manuel, su hermano, ya grande amigo de don Sancho, se determinó que se llamasen y juntasen Cortes en Segovia, con intento que allí se determinase esta diferencia. Tratóse el negocio en aquellas Cortes, y ventiladas las razones por la una y por la otra parte, en fin se vino a pronunciar sentencia en favor de don Sancho; si con razón y conforme a derecho o contra él, no se sabe ni hay para qué aquí tratarlo. Lo cierto es que prevaleció el respeto del pro común y el deseo del sosiego del reino. Todos se persuadían que si don Sancho no alcanzara lo que pretendía no reposaría ni dejaría a los otros que reposasen. Su edad era a propósito para el gobierno, su ingenio, industria y condición muy aventajadas, el amor que muchos le tenían grande, su valor muy señalado.

 

Esto pasaba en Castilla; en Aragón el rey don Jaime usaba de toda diligencia para sosegar el alboroto de los moros, si pudiese por maña, y si no por fuerza. Con este intento discurría por las ciudades, villas y lugares del reino de Valencia; hubo en diversas partes muchos encuentros. Cuándo, los unos vencían; cuándo, los otros. En particular al tiempo que el

 

 

 

 

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rey estaba en Játiva, los suyos fueron destrozados en Lujen; el estrado fue tal y la matanza, que desde entonces comenzó el vulgo a llamar aquel día, que era martes, de mal agüero y aciago. Murió en la batalla Garci Ruiz de Azagra, hijo de Pedro de Azagra, señor de Albarracín, noble príncipe en aquel tiempo; fue preso el comendador mayor de los templarios. La causa principal de aquel daño fue el poco caso que hicieron del enemigo, cosa que siempre en la guerra es muy perjudicial. El rey, por la tristeza que sintió de aquella desgracia, y por tener ya quebrantado el cuerpo con los muchos trabajos, a que se llegó una nueva enfermedad que le sobrevino, dejó el cuidado de la guerra al infante don Pedro, su hijo, y él se fue a Algeciras, que es una villa en tierra de Valencia. Allí, aquejado del mal y desahuciado de los médicos, entregó de su mano el reino a su hijo, que presente estaba; diole asimismo consejos muy saludables para saberse gobernar. Esto hecho, él se vistió el hábito de san Bernardo con intento de pasar lo que le quedaba de vida en el monasterio de Poblet, en que quería ser enterrado. No le dio la dolencia tanto lugar, falleció en Valencia a 27 de julio. Príncipe de renombre inmortal por la grandeza de sus hazañas, y no sólo valiente y esforzado, sino de singular piedad y devoción, pues afirman de él edificó dos mil iglesias; yo entiendo que las hizo consagrar o dedicar conforme al rito y ceremonia cristiana, y de mezquitas de Mahoma las convirtió en templos de Dios. En las cosas de la guerra se puede comparar con cualquiera de los famosos capitanes antiguos; treinta veces entró en batalla con los moros y siempre salió vencedor, por donde tuvo sobrenombre y se llamó el rey don Jaime el Conquistador. Reinó por espacio de sesenta y tres años; fue demasiadamente dado a la sensualidad, cosa que no poco oscureció su fama.

 

De la reina doña Violante tuvo estos hijos: don Pedro, don Jaime, don Sancho, el arzobispo, ya muerto; doña Isabel, reina de Francia; doña Violante, reina de Castilla; doña Costanza, mujer del infante don Manuel; otras dos hijas, María y Leonor, murieron niñas; todos estos fueron hijos legítimos. De doña Teresa Egidia Vidaura tuvo a don Jaime, señor de Ejerica, y a don Pedro, señor de Ayerbe, que a la muerte declaró por hijos legítimos, y llamó a la sucesión del reino caso que los hijos de doña Violante no tuviesen sucesión. De otra mujer de la casa de Antillón hubo a Fernán Sánchez, el que arriba contamos que fue muerto por su hermano. De éste descienden los de la casa de Castro, que se llamaron así a causa de la baronía de Castro que tuvo en heredamiento. De Berenguela Fernández

 

 

 

 

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dejó otro hijo, llamado Pero Fernández, a quien dio la villa de Híjar; de todos descendieron muy nobles familias en el reino de Aragón. Lo que más es de considerar que en la sucesión del reino sustituyó los hijos varones de doña Violante, doña Costanza y doña Isabel, sus hijas, después de los cuatro hijos arriba nombrados y declarados por legítimos; pero con tal condición que ni sus madres ni ninguna otra mujer pudiese jamás heredar aquella corona. Dejó mandado a su hijo echase los moros del reino, por ser gente que no se puede jamás fiar de ellos, mandamiento que si en aquella edad y aún en la nuestra y de nuestros padres se hubiera puesto en ejecución se excusaran muchos daños, porque la obstinación de esta gente no se puede vencer ni ablandar con ninguna arte, ni su deslealtad amansar con ningunas buenas obras; no hacen caso de argumentos y razones ni estiman la autoridad de nadie.

 

El infante don Pedro, dado que su padre ora muerto, no se llamó luego rey; sólo se nombraba heredero del reino en sus provisiones y cartas hasta tanto que se coronase, que se hizo en Zaragoza después de apaciguados los alborotos de Valencia, y fue a 16 de noviembre. Esta honra se guardó para aquella nobilísima y hermosísima ciudad; la reina también fue coronada; y los caballeros principales, hecho su pleito homenaje, juraron a don Alfonso, su hijo, que entonces era niño, por heredero de aquellos estados. A don Jaime, hermano del nuevo rey, se dieron las islas de Mallorca y Menorca con título de rey, como su padre lo dejó mandado en su testamento y como arriba queda dicho que lo tenía determinado; diéronle otrosí el condado de Rosellón y lo de Montpellier en Francia. Tuvo este príncipe por hijos a don Jaime, don Sancho, don Fernando, don Felipe. Esta división del reino fue causa de desabrimientos y sospechas que nacieron entre los hermanos, que adelante pararon en enemistades y guerras. Quejábase don Jaime que le quitaron el reino de Valencia, del cual le hizo tiempo atrás donación su padre, y que por el nuevo corte que se dio quedaba por feudatario y vasallo de su hermano, cosa que le parecía no se podía sufrir. Su cólera y su ambición sin propósito le aguijonaban y aún le despeñaban, sin reparar hasta tanto que le despojaron de su estado.

 

 

 

 

III. Que las discordias de Navarra se apaciguaron

 

 

 

 

 

 

 

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Lo de Navarra no andaba más sosegado que las otras partes de España, antes ardía en alborotos y discordias civiles; cada cual acudía al uno de los bandos. Felipe, rey de Francia, como se viese encargado de la defensa y amparo del nuevo reino, determinó de ir en persona a sosegar aquellas revueltas con mucha gente de guerra que consigo llevaba. Era el tiempo muy áspero, y las cumbres del monte Pirineo por donde era el paso cargadas y cubiertas de nieve; allegábase a esto la falta de los bastimentos, a causa de la esterilidad de la tierra. Movido por estas dificultades, él se volvió del camino, pero envió en su lugar a Carlos, conde de Arras, con la mayor parte y más escogida de su gente. Era este caballero persona de grande autoridad por ser tío de la reina Juana; así, con su llegada hizo mucho efecto. El bando contrario, maltratado por los franceses junto a un pueblo llamado Reniega, se retiró a un barrio de Pamplona, que se llama Navarrería; íbanles los franceses a los alcances y apretábanles por todas partes. Por esto García de Almorávides, caudillo de aquella gente, y en su compañía sus parientes y aliados con la oscuridad de la noche por entre las centinelas contrarias se fueron por la parte que cada cual pudo, por poblados y despoblados, y se salieron de toda la tierra. Algunos de ellos fueron a parar a Cerdeña, en que por haber hecho allí su morada, hay generación de ellos el día de hoy. Pamplona fue tomada de los enemigos, y le echaron fuego. Los que quedaron después de este estrago, escarmentados con el ejemplo de los otros, tuvieron por bien de sosegarse; otros, acusados por rebeldes y alborotadores del reino, llamados, como no compareciesen, fueron en ausencia condenados de crimen laesae majestatis, y se ausentaron de su patria.

 

El general francés, apaciguada que fue la discordia de los navarros y fundada la paz de la república, pasó en Castilla al llamado del rey don Alfonso, y de él fue muy bien recibido y tratado magnífica y espléndidamente, como pariente muy cercano que era. Con la mucha familiaridad y conversación el rey don Alfonso se adelantó a decir que no le faltaban a él cortesanos de la misma casa del rey de Francia que le diesen aviso y descubriesen los secretos del rey y de sus grandes. Esto, quier fuese verdad o fingido para tentar el ánimo del francés, él lo tomó tan de veras, que desde entonces Broquio, camarero del rey de Francia, comenzó a ser tenido por sospechoso. Acrecentaron la sospecha unas cartas suyas que enviaba al rey don Alfonso en cifra, que vinieron en poder de los que le calumniaban, por haberse muerto en el camino el

 

 

 

 

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correo que las llevaba. Pasó el negocio tan adelante, que fue condenado en juicio y pagó con la cabeza; pero esto avino algún tiempo adelante.

 

Doña Violante, reina de Castilla, como viese que la edad de sus nietos, que ella mucho quería, era menospreciada, y que anteponían a don Sancho, y que ella no estaba muy segura, en tanta manera pervierte todos los derechos la execrable codicia del reinar, pensó de huirse; con este intento hizo que el rey de Aragón, su hermano, viniese al monasterio de Huerta, so color de quererle allí hablar. Acompañaban a la reina sus nietos por manera de honrarla, y así con ellos se entró en Aragón; procuró de estorbárselo el rey don Alfonso desde que supo lo que pasaba, pero fue por demás. El pesar que con esto recibió fue tal y el coraje, que ninguna pérdida suya ni de su reino le pudiera entristecer más. El enojo y saña del rey se volvió contra aquellos que creyó ayudaron y tuvieron parte en la partida de la reina; mandó prender en Burgos, donde el rey y don Sancho eran idos de Segovia, al infante don Fadrique, su hermano, y a don Simón Ruiz de Haro, señor de los Cameros, varón de alto linaje y de muy antigua nobleza. Ardía la casa real y la corte en discordias, y eran muchos los que favorecían a los nietos del rey. Simón Ruiz fue quemado en Treviño por mandado de don Sancho; a don Fadrique hizo cortar la cabeza en Burgos con grande odio del nuevo principado, pues eran estas las primeras señales y muestra que daba, mayormente que sin ser oídos los condenaron. Los más extrañaban este hecho, conforme como a cada cual le tocaban los muertos en parentesco o amistad, pero el odio estaba secreto y disfrazado con la disimulación. Enviáronse embajadores el un rey al otro.

 

El rey de Castilla pedía que se le enviase su mujer y que aprobase la elección de don Sancho. Excusábase el rey de Aragón con que no estaba aún del todo determinado el negocio, y alegaba que en su reino tenían refugio y amparo cuantos a él se acogiesen, cuanto más su misma hermana. Pasaron tan adelante, que hubiera el de Aragón movido guerra a Castilla, como algunos pensaban, si la rebelión de los moros de Valencia no le embarazara; los cuales, confiados en la venida del rey de Marruecos, con las armas se apoderaron de Montesa; pero estos movimientos tuvieron más fácil fin de lo que se pensaba. Los moros, despedidos de la esperanza del socorro de África que esperaban, entregaron al rey el mes de agosto, año de nuestra salvación 1277, a Montesa y otros muchos castillos que tomaran.

 

 

 

 

 

 

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En este tiempo el rey don Alfonso era venido de Burgos a Sevilla; de allí envió grande armada y mucha gente de guerra a cercar a Algeciras por mar y por tierra. Aquella guerra ante todas cosas tenía los ánimos de los fieles puestos en cuidado; temían que los africanos, por la vecindad de los lugares y por tener ya asiento en España y guarida propria, no acudiesen muchas veces a nuestras riberas. Sin embargo, las discordias civiles por otra parte les tenían los ánimos tan ocupados, que no se les daba mucho de todo lo al; todavía intentaron de quitarles aquel nido. El verano fue don Pedro, hijo del rey don Alfonso, con poderoso ejército a la conquista de aquella ciudad. Dio la vuelta sin hacer algún efecto, con mucha deshonra y pérdida de su gente, y nuestra armada por estar falta de marineros y de soldados con la venida del rey de Marruecos fue desbaratada y presa. Deshízose el campo; los soldados unos se fueron a una parte, otros a otra. Hay quien diga que en aquel tiempo el rey de Marruecos edificó otra nueva Algeciras, poco distante de la primera.

 

El cuerpo del rey don Jaime se llevó de Valencia, donde le depositaron en un sepulcro junto al altar mayor de la iglesia catedral, y se trasladó al monasterio de Poblet, entrado ya el verano. Las exequias del difunto se celebraron espléndidamente con gran concurso de caballeros principales, que se juntaron en Tarragona por mandado del nuevo rey.

 

 

 

 

IV. De diversas hablas que tuvieron los reyes

 

Con la partida de la reina doña Violante los reyes de Castilla y Francia comenzaron a estar muy cuidadosos por respeto de los niños infantes. El cuidado por entrambas partes era igual, los intentos diferentes y aún contrarios. El de Castilla quisiera estorbar que no se pasasen en Francia, do para su inocente y tierna edad tenían muy cierta la acogida y el amparo, en especial que don Sancho, su hijo, le ponía en esto con el deseo que tenía de asegurarse, sin descuidarse de continuar en granjear las voluntades de grandes y pequeños con la nobleza de su condición, agudeza de ingenio y agradables costumbres, y con valor y diligencia apercibirse para todo lo que podía suceder. El de Francia temía que si venían a manos y poder de su tío correrían peligro de las vidas, por lo menos de perder la libertad. Sabía muy bien cuán deseosos son los hombres naturalmente de

 

 

 

 

 

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mando, y que la ambición es madre de crueldad y fiereza. Habíanse enviado sobre esta razón diversas veces de parte de Castilla y de Francia muy solemnes embajadas al rey de Aragón, cosa muy honrosa para aquel príncipe, que fuese como juez árbitro para concertar dos reyes tan poderosos, muy a propósito para sus intentos tener suspensos aquellos príncipes y en su poder los infantes. Ventilado el negocio, finalmente se acordó que doña Violante tornase con su marido y que los infantes quedasen en Aragón sin libertad de poder ausentarse; lleváronlos al castillo de Játiva y allí los pusieron a recado.

 

Esta resolución dio mucha pena a doña Blanca, su madre, por parecerle que en quien fuera justo hallar amparo allí se les armaba celada, y con nuevos engaños les quitaban la libertad. Partióse pues para Aragón, mas no alcanzó cosa alguna, porque las orejas del rey las halló sordas a sus ruegos y lágrimas; no hacía caso de todo lo que se podía decir y pensar a trueco de enderezar sus particulares. Desde allí muy enojada pasó en Francia a hablar al rey, su hermano, y moverle a hacer la guerra contra Castilla y Aragón, si no condescendían con lo que era razón y ella pretendía. Era muy a propósito el reino de Navarra, que se tenía por los franceses, para estos intentos, por confinar con Castilla y Aragón por diversas partes. Puso esto en cuidado al rey de Aragón y al infante don Sancho; para tomar acuerdo de lo que se debía hacer, determinaron venir a habla. Señalaron para ello cierto lugar entre Requena y Buñol, acudieron allí, y se juntaron el día aplazado a 14 de septiembre del año del Señor de 1279. En esta junta y habla, echados aparte todos los desabrimientos y enojos pasados, trabaron entre sí amistad y pusieron confederación para valerse al tiempo de necesidad.

 

Concluida esta habla, el rey de Aragón tomó el camino de Cataluña, que estaba alterada por las discordias de la gente principal. Armengol de Cabrera era el principal atizador de estas revueltas, hijo de Álvaro de Cabrera, al cual el rey poco antes diera el condado de Urgel, como a su feudatario y por respeto del conde de Foix; todo esto no bastó para ganarle. El rey, visto lo que pasaba, se puso sobre la ciudad de Balaguer, cabecera de aquel estado; prendió al dicho Armengol y a su tío Rogerio Bernardo, conde de Foix, con otros señores que dentro halló; túvolos presos largo tiempo, en especial al de Foix, que se rebelara más veces y más feroz se mostraba; con tanto calmaron las alteraciones de los catalanes.

 

 

 

 

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Don Sancho se encaminó a Badajoz, donde su padre estaba, que era venido desde Sevilla a verse con don Dionisio, su nieto, rey de Portugal, con intento de hacer las paces entre él y don Alfonso, su hermano, al cual pretendía por fuerza de armas echar del estado que su padre le dejó en Portugal. Alegaba diversas razones para dar color a esta su pretensión, de que recibían mucho descontento las gentes de Portugal, por ver que entraba con tan mal pie en el reino, y que apenas era muerto su padre cuando pretendía despojar a su hermano y trabar con él enemistad. Falleció en Lisboa al principio de este mismo año el rey don Alfonso de Portugal, padre de don Dionisio. Vivió setenta años, reinó treinta y dos; en el monasterio de Santo Domingo de aquella ciudad que él edificó, enterraron su cuerpo.

 

Don Sancho, luego que se hubo visto con su padre, fue por su orden a hacer levas de gente por todo el reino y apercibirse de soldados contra el rey de Granada, que a la sazón sabía estar ocupado en la obra del alcázar de aquella ciudad, llamado el Alhambra, fábrica de gran primor y en que gastó gran tesoro, ca era este rey moro no menos diestro en semejantes primores que en el arte militar. Para moverle guerra no podían faltar achaques, y siempre los hay entre los príncipes cuyos estados alindan. Lo que yo sospecho es que el rey de Granada en la guerra de Algeciras dio favor al de Marruecos, de lo cual por estar agraviados los nuestros, en el asiento que se tomó poco antes de esto con los africanos no fueron comprendidos los de Granada.

 

Dionisio, rey de Portugal, sea por no fiarse de su abuelo, como quier que sean dudosas e inconstantes las voluntades de los hombres, sea por pensar se inclinaba más a su hermano (como de ordinario siempre favorecemos la parte más flaca, y aún el que es más poderoso, en cualquier diferencia puesto que tenga mejor derecho, siempre parece que hace agravio), si bien había llegado a Yelves, que está tres leguas de Badajoz, repentinamente mudado de parecer volvió atrás. Fue grande el enojo que el rey don Alfonso recibió por esta liviandad; así, perdida la esperanza de verse con su nieto, muy desabrido dio la vuelta para Sevilla.

En este tiempo Conrado Lanza, general de la mar por el rey de Aragón, persona de grande autoridad para con todos por ser pariente cercano de la reina doña Costanza, con una armada que aprestó de diez galeras corrió las marinas de África, mayormente las de Túnez y Tremecén, en castigo de que aquellas ciudades no querían pagar el tributo que algunos años antes

 

 

 

 

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concertaron. Cierto autor afirma que esta empresa fue y se enderezó para meter en posesión del reino de Túnez a Miracusar, a quien su hermano le echara de él. Todos concuerdan que la presa que de allí llevaron los aragoneses fue grande, y que en el estrecho de Gibraltar de diez galeras que encontraron del rey de Marruecos y las vencieron, parte tomaron, parte echaron a fondo.

 

El rey de Aragón en Valencia, donde se entretenía muy de ordinario, hizo donación a don Jaime, su hijo, habido fuera de matrimonio, del estado de Segorbe por el mes de noviembre. En Castilla de cada día se aumentaba la afición que los naturales tenían al infante don Sancho, y aún a muchos parecía que trataba de cosas mayores de lo que ni presente mostraba, y que luego que concluyese con los sobrinos, menospreciaría a su padre, que ya por su edad iba de caída, y le quitaría el mando y la corona. El padre por su gran descuido de ninguna cosa menos se recataba que de esto, sin saber las pláticas de su hijo, así las públicas como las secretas. Partió pues don Sancho el año luego siguiente de 1280 a la primavera con el ejército que tenía levantado la vuelta de Jaén; y con nuevas compañías que su padre le envió desde Sevilla, aumentado su ejército, entró muy pujante por las fronteras de Granada, taló y robó toda la campaña, sin parar hasta ponerse a vista de la misma ciudad, quemó muchas aldeas y pueblos, recogió gran presa de gente y de ganados, con que volvió a Córdoba, desde allí acompañó a su padre hasta Sevilla. Con el buen suceso de esta guerra ganó mayor autoridad y granjeó del todo las voluntades de la gente, cosa que él estimaba en más que todas las demás ganancias, por asegurarse en la sucesión del reino, que era el cuidado que más le aquejaba.

 

Principalmente que Felipe, rey de Francia, con la afición que tenía a los dos infantes, sus sobrinos, hacía instancia que fuesen puestos en libertad, y que en lugar de su abuelo que los pedía, se los entregasen a él. Envió pues sobre esta razón embajadores a los dos reyes; llevaron orden que al principio tratasen el negocio amigablemente, ca no tenía perdida la esperanza que hubiesen de dar oidos a tan justa demanda; si no se allanasen como deseaba, les diesen a entender que tendrían en los franceses enemigos mortales; que él estaba resuelto de amparar la inocente edad de aquellos mozos por toda las vías y maneras que pudiese. Como los nuestros no se moviesen por amenazas ni por ruegos, se trató y acordó que para tomar algún medio, y en presencia componer todas las diferencias, los tres reyes se juntasen a habla, para lo cual se dieron unos a otros la palabra

 

 

 

 

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y seguridad bastante. Con esta determinación el rey de Francia llegó a Salvatierra, el rey de Castilla a Bayona, ciudad que está en los pueblos dichos antiguamente tarbellos en los confines de Guyena. No se juntaron los reyes para tratar de las condiciones y del asiento. El infante don Sancho desbarató la junta con su astucia y con sus mañas, por temer no alcanzasen de su padre, que claramente veía estar aficionado a los nietos, alguna cosa que le empeciese a él. Lo que solamente se pudo alcanzar fue que Carlos, príncipe de Tarento, hijo del rey de Sicilia, interviniese entre los reyes y llevase los recados de la una parte a la otra; y sin embargo, no se concluyó cosa ninguna, porque todos los intentos de los príncipes desbarataba con sus mañas don Sancho, si bien lo que los franceses pedían parecía muy justificado, esto es, que se le diese al infante don Alfonso la ciudad de Jaén con nombre de rey, y como a feudatario y dependiente de los reyes de Castilla.

 

Desbaratada que fue la junta, todavía los reyes de Francia y Aragón se vieron en Tolosa para tratar de este negocio entre si. El fruto de esta habla no fue mayor que el de antes, en tanto grado, que parecía hacían burla del rey de Francia. Sólo se sacó de esta junta que el rey de Francia prometió debajo de juramento dejaría el estado de Montpellier a don Jaime, rey de Mallorca, porque antes de esto pretendía ser suyo y quitársele. Muy alegre quedó el infante don Sancho de que con todo el esfuerzo que aquel rey hizo y con tantas porfías no se había alcanzado de los reyes cosa alguna que fuese en pro de los infantes, sus sobrinos. Solo se recelaba de la inconstancia de su padre, por la compasión que mostraba tener de aquella tierna edad, no viniese a favorecer los nietos, ca de estar mudado de parecer se veían manifiestas señales. Y muchos que con diligencia y cuidado consideran los enojos de los príncipes y sus inclinaciones, por entender esto no cesaban de irritar al rey don Alfonso contra su hijo, y contarle y encarecerle sus desacatos. Decían que estaba apoderado de todo el gobierno, que todo lo trastornaba y revolvía conforme a su antojo, que no estimaba en nada su real autoridad y grandeza. Era el rey don Alfonso de ingenio vario, mudable, doblado, tenía en sus acciones una maravillosa inconstancia, falta que con la edad suele tomar más fuerza.

 

Don Sancho, por entender estas cosas, determinó ayudarse de socorros extraños y de fuera, y hacerse amigo del rey de Aragón y prendarle, en que puso mucha diligencia. Envióle sobre esta razón y con este intento sus embajadores, primero a don Gonzalo Girón, maestre de Santiago, después

 

 

 

 

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al marqués de Monferrat. La suma de la embajada era que se juntasen para tratar de sus haciendas y de cosas de mucha importancia. Acordado esto, los reyes don Alfonso, don Pedro y también el infante don Sancho se juntaron entre Agreda y Tarazona en un pueblo que se llama el Campillo. Fue esta junta a 27 de marzo del año de 1281. Asentóse confederación entre aquellos dos reinos de tal guisa, que los que fuesen amigos, del uno fuesen amigos del otro, y lo mismo de los enemigos, sin exceptuar a persona alguna; que el que primero quebrantase este concierto, pagase de pena dieciséis mil libras de plata. Dieron al rey de Aragón en esta junta a Palazuelos, Teresa, Jera, Ayora, y a don Manuel, hermano del rey don Alfonso, cuyas eran estas villas, dieron en recompensa la villa de Escalona. Esto fue lo que se trató en público; de secreto se acordó que los dos reyes acometiesen el reino de Navarra y se enseñoreasen de él; señalaron otrosí la parte que a cada cual había de pertenecer acabada la conquista. Ultra de esto, se le concedió a don Sancho que los infantes estuviesen en el castillo de Játiva a buen recado. El cual, despedida la junta, en Agreda donde fue con los dos reyes, para obligar más al rey de Aragón y ganarle más la voluntad, le prometió y aseguró muy de veras que como su padre falleciese, le dejaría todo el reino de Navarra para que le incorporase en la corona de Aragón, y ultra de esto le daría en Castilla la villa de Requena con todos los lugares de su jurisdicion, que están hacía el reino de Murcia y a la raya del de Valencia. Andaba su partido en balanzas, y su ánimo dudoso entre el miedo y la esperanza; por esto no le parecía vergonzoso y feo comprar su seguridad a costa de tantas promesas.

 

Don Juan Núñez de Lara, en aquellos tiempos varón grave y poderoso, según se ve en las historias, era señor de Albarracín por vía de dote con doña Teresa, hija de don Álvaro de Azagra, que fue señor de Albarracín, y por consiguiente nieta de don Pedro Rodríguez de Azagra. Desde allí por la fortaleza del lugar y por estar a las rayas de Aragón y Castilla tenía costumbre de hacer correrías en ambas partes y solía llevarse muchos despojos, además que recibía debajo de su amparo y protección a todos aquellos que de los dos reinos acudían a él por delitos que hubiesen cometido. Particularmente don Lope Díaz de Haro, señor tan poderoso, se vino y metió en aquella ciudad, por estar muy mal enojado con don Sancho y con el rey de Castilla a causa de la muerte del infante don Fadrique y del señor de los Cameros. Trataron entre sí don Sancho y el rey de Aragón en Tarazona de dar orden de conquistar aquella ciudad, y

 

 

 

 

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deshacer a don Juan de Lara. El rey don Alfonso se fue a Burgos a celebrar las bodas de sus hijos don Pedro y don Juan. A don Pedro dio por mujer una hija del señor de Narbona, y a don Juan una hija del marqués de Monferrat, que fue lo más que se sacó y se efectuó con tantas juntas y coloquios y vistas de reyes, tantos gastos y trabajos.

 

España a esta sazón sosegaba, si bien parecía que la amenazaba alguna cruel tempestad, a causa de estar todas las voluntades, así bien de los grandes como de los pequeños, muy alteradas y desabridas, y la pretensión que andaba sobre la sucesión del reino.

 

 

 

 

V. Cómo don Sancho se rebeló contra su padre

 

Las vehementes sospechas que entre don Sancho y su padre el rey don Alfonso se despertaron de pequeños principios poco a poco, como acontece, vinieron a parar en discordia manifiesta y en guerra. Llevaba mal el rey don Alfonso verse a causa de su vejez poco estimado de muchos; dábale pena el deseo que sentía en sus vasallos de cosas nuevas. Para acudir a este daño tan grande y ganar reputación entre los suyos, con gente de guerra que juntó se determinó hacer una nueva entrada en tierra de moros, con que les robó y taló la campaña y les hizo otros daños, dado que su edad era mucha y el cuerpo tenía quebrantado por los muchos trabajos y pesadumbres. Ninguna cosa más le aquejaba que la falta del dinero, cosa que desbarata los grandes intentos de los príncipes. Trataba de hallar algún medio para recogerlo. Parecióle que el camino más fácil sería batir un nuevo género de moneda, así de cobre como de plata, de menor peso que lo ordinario y más baja de ley y que tuviese el mismo valor que la de antes, mal arbitrio, y que no se sufre hacer sino en tiempos muy apretados y en necesidad extrema. Resultó pues de esta traza un nuevo daño, es a saber, que se encendió más el odio que públicamente los pueblos tenían concebido contra el rey, mayormente que se decía por cosa cierta que en las causas civiles y criminales y en castigar los delitos no tenía tanta cuenta con la justicia, como con las riquezas que las partes tenían, y que a muchos despojaba de sus haciendas por cargos y acusaciones fingidas que les imponían, cosa que no se puede excusar con ningún género de necesidad, y con ninguna cosa se ganan más las

 

 

 

 

 

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voluntades de los vasallos para con su príncipe que con una entereza y igualdad en hacer a todos justicia.

 

Envió por embajador a Francia a Fredulo, obispo de Oviedo, francés que era de nación. Echaron fama que para visitar al rey Filipo y por su medio alcanzar del sumo pontífice la indulgencia de la cruzada para los que fuesen a la guerra de los moros. El principal intento era comunicar y tratar con él la manera cómo pondrían en libertad a sus nietos, fuese por la compasión que tenía de aquella inocente edad y por la afición que tenía a los infantes como a sus nietos, o lo que yo más creo, por el aborrecimiento que había cobrado a don Sancho, su hijo, por cuyo miedo los años pasados, más que por su voluntad, los privó de la sucesión del reino. No se le encubrieron a don Sancho las pretensiones de su padre, como quiera que no pueda haber secreto en semejantes discordias domésticas. Acordó de prevenirse; en particular para ayudarse del socorro de los moros se partió para Córdoba; allí asentó confederación con el rey de Granada, y para ganarle más le soltó las dos partes del tributo que pagaba, partido que poco antes pretendió el moro del rey don Alfonso y él no lo quiso aceptar. Demás de esto por negociación del infante don Juan, que ya era del bando del infante don Sancho, su hermano, los grandes de Castilla y de León, que muy de atrás andaban desabridos por la severidad del rey y su aspereza, se declararon por su hijo. La memoria fresca del triste suceso del señor de los Cameros y del infante don Fadrique atizaba más estos desabrimientos.

 

Tratábanse estas cosas al principio del año 1282 del nacimiento de Cristo nuestro Señor. En el mismo año por el mes de agosto en la villa de Troncoso se celebraron las bodas entre Dionisio, rey de Portugal, y doña Isabel, hija mayor del rey de Aragón. Ésta es aquella reina doña Isabel que por sus grandes virtudes y notable piedad es contada entre los santos del cielo, y su memoria se celebra en aquel reino con fiesta particular. Este rey, sin tener respeto a su abuelo, atraído con la destreza y mañas de don Sancho, se juntó con él y se declaró por su amigo y aliado, sea por algún enojo que tenía con su abuelo, sea por tener por esta vía esperanza de mejor partido y remuneración.

 

El rey don Alfonso miraba poco las cosas por venir, así por su larga edad como por la común tacha de nuestra naturaleza, que en sus propios negocios cada cual es menos prudente que en los ajenos; estorba el miedo, la codicia y el amor proprio, y ciega para que no se vea la verdad. Hizo llamar a Cortes para la ciudad de Toledo, por ver si en alguna manera se

 

 

 

 

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pudieran sosegar las voluntades de su hijo y de la gente principal sin poner mano a las armas. Por seguir el camino más blando, que era apaciguarlos amigablemente, ni se apercibió como fuera menester, ni usó de bastante recato.

 

Don Sancho por otra parte, confiado en el favor y ayuda de la nobleza y por estorbar la traza y ardid de su padre, llamó asimismo a Cortes para Valladolid; acudió a su llamado mucha más gente que a Toledo. Tenía deseo de dejar sucesión; casó con doña María, hija de Alfonso, señor de Molina, que era su pariente en tercero grado. De este matrimonio le nacieron don Fernando, su primogénito, y otros hijos. En aquellas Cortes todo lo que se hizo fue conforme al parecer de los grandes que allí se juntaron, porque don Sancho les otorgó todo aquello que se atrevieron a pedir, así en pro de cada cual de ellos como para el público, además de muy mayores mercedes que les prometió para adelante, camino que le pareció el mejor de todos para ganar las voluntades de grandes y pequeños. Proveyéronse nuevos oficios y cargos, hiciéronse nuevas leyes; cuanto cada uno tenía de fuerza y autoridad, tanta mano metía en el gobierno del reino. Cundió el deseo de cosas nuevas y de levantarse contra su rey, y llegó hasta la gente vulgar. Tal era la disposición de los corazones en aquella sazón, que hazaña tan grande como quitar el cetro a su rey unos se atreviesen a intentarla, muchos la deseasen y casi todos la sufriesen, sin faltar quien en medio del aplauso y vocería llamase rey a don Sancho y le diese nombre de padre de la patria con todos los demás títulos de príncipe. Mas él constantemente lo desechó con decir que mientras su padre fuese vivo no sufriría le quitasen el nombre y honra de rey, ora fuese por mostrarse modesto y despreciar un vano apellido, pues en efecto todo lo mandaba, o por encender más las voluntades del pueblo con entretenerlos.

 

Pasó el negocio tan adelante, que sin embargo el infante don Manuel, tío de don Sancho, en nombre suyo y de los grandes, por sentencia pública que se pronunció en las Cortes, privó al rey don Alfonso de la corona. Castigo del cielo sin duda, merecido por otras causas y por haberse atrevido con lengua desmandada y suelta, confiado en su ingenio y habilidad a reprender y poner tacha en las obras de la divina Providencia y en la fábrica y compostura del cuerpo humano; tal es la fama y voz del vulgo desde tiempo antiguo continuada de padres a hijos. Este atrevimiento castigó Dios con tratarle de esta manera, revés que dicen él había alcanzado por el arte de astrología, en que era muy ejercitado, si arte

 

 

 

 

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se puede llamar, y no antes engaño y burla, que siempre será reprendida y siempre tendrá valedores. Añaden que de este conocimiento procedieron sospechas y que con el miedo se hizo cruel, de que resultó el odio que le tenían, y del odio procedió su perdición y caída.

 

Las bodas del infante don Sancho se celebraron en Toledo; el aparato no fue muy grande, por estar en víspera de la guerra civil todo revuelto. El rey don Alfonso, reducido a estos términos por verse desamparado de los suyos, acudió a pedir socorro y dineros prestados al rey de Marruecos. Envióle en prendas su real corona, que era de gran valor. Alfonso de Guzmán, señor de Sanlúcar, por desabrimientos que tuvo con el rey don Alfonso, residía a la sazón en Marruecos; la causa en particular no se sabe; lo cierto es que era estimado en mucho de aquel rey moro y que le hizo capitán de sus gentes. Hoy día se muestra una carta del rey don Alfonso, para él muy humilde por el aprieto en que se hallaba, que fue la mayor miseria estar forzado a rogar y humillarse a su mismo vasallo que le tenía ofendido. Por la carta le ruega se acuerde de la amistad antigua que entre ellos había y de su nobleza; ponga en olvido los disgustos y cosas pasadas y le favorezca en aquel aprieto; sea parte para que se le envíen dineros y gente de guerra, pues puede y alcanza tanto con el rey moro. Prométele que tendrá perpetua memoria de este beneficio y servicio, y que en efecto podrá esperar de su benignidad cualquier cosa, por grande y dificultosa que sea, que corresponderá en todo a su deseo.

 

El rey bárbaro lleno de esperanzas y por parecerle se le ofrecía buena ocasión de mejorar su partido a causa de las discordias de Castilla, hizo aún más de lo que se le pedía. Con acuerdo del rey don Alfonso pasó en Algeciras; y en Zahara, villa del reino de Granada, se vio con él. Usaron entre los dos de grandes comedimientos y cortesías. Diósele al rey don Alfonso más alto lugar y silla, honra que se le hizo por ser huésped y porque el de Marruecos ganó el reino que tenía; don Alfonso procedía de casta de reyes y desde su niñez fue criado como quien había de ser rey, por tanto era mayor en dignidad, que fueron todas razones del mismo bárbaro. Tratóse en esta habla de la forma que se debía tener en hacer la guerra, pues la esperanza de hacer y asentar paces con su hijo era ninguna, aunque de esto también se movió plática.

 

De las ciudades de la Andalucía, Sevilla se tenía por el rey don Alfonso, Córdoba por don Sancho, su hijo. Los moros tomaron a su cargo de cercar aquella ciudad, como lo hicieron después de talar y robar los

 

 

 

 

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campos comarcanos. Acudió el rey don Alfonso desde Sevilla al cerco con la gente de guerra que allí pudo ayuntar. Córdoba se defendió valerosamente por el esfuerzo de los ciudadanos y la buena diligencia de don Sancho, que se previno con presteza contra la venida de los enemigos. Así el rey moro a los veinte días que puso el cerco le alzó; para la prisa que traía, cualquier dilación le era pesada. Todavía con voluntad del rey don Alfonso pasó por Sierra Morena y llegó hasta Montiel; hizo gran daño en toda aquella tierra y grandes despojos con que se volvió a Écija. Este fue el fruto de la discordia civil y no otro. Acudió allí el rey don Alfonso, pero luego se retiró secretamente y se fue a Sevilla, de donde era venido, por aviso que le dieron que el rey moro trataba de le prender; si fue verdad o mentira no se sabe. Lo que consta es que el moro mostró gran sentimiento y pesar de que en su lealtad se pusiese duda, en tanto grado que, dejada España, se pasó en África; restituyó empero a don Alfonso mil caballos escogidos que con su licencia tiraban sueldo del rey moro, que fue señal de no ir de todo punto desabrido. Era caudillo de esta gente Hernán Ponce; cuéntase que como junto a Córdoba se encontrasen con diez mil caballos de los enemigos, fue tan brava la carga que les dieron, que los rompieron y pusieron en huida: tan grande era su valor y esfuerzo, tan señalada su destreza, conocida y probada en muchas guerras.

 

En Sevilla el rey don Alfonso en una solemne junta que tuvo privó a su hijo don Sancho de la sucesión del reino con palabras muy sentidas y graves y mil denuestos y maldiciones que descargó sobre su cabeza, como se puede pensar de padre tan ofendido. Pasó esto a 8 días del mes de noviembre. El infante don Sancho hacía poco caso de aquellas maldiciones y saña; renovó la confederación con el rey de Granada, y en la comarca de Córdoba, donde estaba, se apercibía para todo lo que pudiese suceder; la gente de guerra para que invernasen repartió por aquellos lugares.

 

 

 

 

VI. De la conjuración que hizo Juan Prochita

 

contra los franceses en Sicilia

 

Este año fue notable, no solamente por el desafuero que hicieron al rey don Alfonso y las discordias de Castilla, sino mucho más por la conjuración muy famosa de Juan Prochita. Éste fue señor de la isla de

 

 

 

 

 

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Prochita, que cae junto a Sicilia, varón de grande ingenio, y que fue muy estimado y grande amigo del rey Manfredo; los años pasados por no ser maltratado de los franceses, que entonces tenían el mando y buscaban todas las ocasiones de descomponer la gente poderosa, se recogió a Aragón. Los reyes de Aragón don Jaime y don Pedro holgaron de su venida por ser persona de tanto valor, por medio del cual podrían cobrar los reinos de Sicilia y Nápoles, que pretendían contra derecho les quitaron. No solo le recogieron con mucha alegría y muestras de amor, sino le heredaron de grandes posesiones conque pudiese sustentar su vida, particularmente le dio el rey don Pedro en tierra de Valencia a Lujen y a Bonizan y a Palma. Los gibelinos, oprimidos por el mando que los franceses tenían en toda Italia, gente feroz y soberbia, así lo publicaban ellos, comenzaron a volver los ojos a los aragoneses, ca tenían esperanza que con su ayuda podrían desechar aquel pesadísimo yugo e imperio. Vio Italia en aquella sazón lo que en el más misero cautiverio se puede esperar, que les vedasen el poder hablar libremente; señorío insufrible y que se extendía hasta Roma, donde el rey de Nápoles, puesto allí un su vicario o teniente, tenía el gobierno de todo con nombre de senador.

 

Nicolás, pontífice romano, procuraba con todas veras librar a Roma de aquella sujeción. Para esto lo primero que hizo fue declarar por un edicto o bula que ninguno en Roma pudiese ser senador más que por un año; quitó otrosí la facultad a los reyes y a sus parientes de poder tener y ejercitar aquel gobierno o magistrado. A Carlos, rey de Sicilia, le privó del nombre y autoridad de vicario, nombre de que usaba en Italia, como lugarteniente de los emperadores, con color que esta era la voluntad del emperador Rodolfo. Todo esto aunque iba encaminado a enflaquecer las fuerzas del rey Carlos, pero como era conforme a razón lo que se ordenaba, aún no se movían las armas ni se llegaba a rompimiento. Lo que algunos autores defienden o porfían, que el papa Nicolás tenía determinado hacer de la familia y casa Ursina, de que él descendía, dos reyes en Italia, el uno en Lombardía, y el otro en Toscana, para estorbar a los tramontanos la entrada de Italia, la más frecuente fama y casi el común consentimiento de todos lo condena como falso.

 

De cualquier manera que esto sea, Carlos, viudo de la primera mujer, casó con hija del emperador Balduino, desposeido; con esto trataba de volver a aquella pretensión y ayudar con sus fuerzas a Filipo, su cuñado, para recobrar el imperio de Constantinopla. Procuraba para salir con este

 

 

 

 

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intento de hacerse amigo de don Alfonso, rey de Castilla. Para más prendarle procuró que le diese su hija doña Violante para casarla con el emperador Filipo. Estas pretensiones se deshicieron con las artes de los aragoneses, y aún expresamente se estableció en el Campillo, donde, como dicho es, los reyes se hablaron, que el rey de Castilla no emparentase con franceses. A doña Beatriz, hija del rey Manfredo, hermana de doña Constanza, reina de Aragón, la tenía el rey Carlos presa sin quererla en manera alguna poner en su libertad, aunque sobre ello había sido importunado. Esto se juntaba con otras causas y razones de discordias y enojos.

 

Juan Prochita con la ocasión de estas disensiones y disgustos intentó de cobrar su patria y estado; fue una y segunda vez a Constantinopla en hábito desconocido. Puso al emperador Paleólogo, que ya antes tenía recelo de sus cosas, en mayor sospecha y cuidado. Avisóle que el rey Carlos de Nápolos, juntadas sus fuerzas con las de Francia, tenía una poderosa armada puesta en orden pare ir contra él; que los franceses tenían sus fuerzas enteras; a los griegos enflaquecían los bandos que entre ellos andaban, demás de otras desgracias, de tal manera, que no podrían resistir al poder de aquellos dos reyes. «Los sucesos de las guerras pasadas, dice, os pueden servir de aviso. Séame lícito decir la verdad; en vos no cabe soberbia, y es cosa muy loable y magnífica saberse el hombre gobernar en el enojo y peligro. Por ventura con estaros en vuestra casa entorpecido ¿esperaréis que os acometan con la guerra y que acrecentados con sus fuerzas y las de vuestros vasallos, que andan disgustados y revueltos, lo que me pone temor decirlo, os echen de vuestro estado? Gran carga tenéis sobre los hombros, tal, que si no la regís con maña, os oprimirá con su peso; mejor sería que a vuestros enemigos les diésedes en qué entender en sus casas, porque los sicilianos con la memoria del antiguo gobierno y por el aborrecimiento que tienen al nuevo están disgustados de suerte, que más les falta cabeza a quien seguir que deseo de rebelarse. No cesan de importunar a los reyes de Aragón que les den socorro y se apoderen de toda la isla. Fuera de esto, el pontífice romano está muy disgustado con los franceses; si ayudáredes sus pretensiones, sin duda con poco trabajo y costa ahorraréis de grandes tempestades y revolveréis sobre ellos el daño que contra vos procuran. Finalmente, os persuadid que los franceses jamás os serán amigos. El poder y fuerzas que alcanzan ¿quién no lo sabe?».

 

 

 

 

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El emperador tenía por cierto era verdad todo lo que Prochita le decía; más no quería empeñarse mucho en el negocio ni del todo declararse. Prometió que él ayudaría las pretensiones del rey de Aragón con dineros de secreto, porque estas pláticas no se entendiesen. Concertado esto, el Prochita se volvió a Italia; fuése a ver con el papa, que estaba en Roca Suriana junto a Viterbo. Avisóle de todo lo que pasaba, y con tanto dio la vuelta a Sicilia a tratar con los principales de la isla que se rebelasen. Fue el descuido o seguridad de los franceses tal y el silencio de los conjurados, que jamás se entendió cosa alguna.

 

Falleció en esta sazón el papa Nicolás; por su muerte fue puesto en su lugar Martín IV, natural de Turon de Francia, que favorecía el partido del rey Carlos de tal manera, que a contemplación suya declaró por excomulgado al emperador griego, como a cismático y que no quería obedecer a la Iglesia romana. El rey de Aragón envió al nuevo sumo pontífice por su embajador un varón en aquel tiempo muy señalado y de gran prudencia, llamado Hugo Metaplana, para que procurase entender sus intentos, dado que la voz era para hacer canonizar a fray Raimundo de Peñafuerte. El pontífice no quiso otorgar con esta demanda; decía que no se debía conceder cosa alguna a quien rehusaba de pagar el tributo que debía a la Iglesia romana; antes revocó la concesión que de los diezmos eclesiásticos hicieron sus antecesores al rey don Jaime, su padre. Lo que pudiera atemorizar al aragonés le encendió más para aprestar la jornada, porque si se detenía no sucediese alguna cosa que la estorbase; apercibió una grande armada en las costas de Aragón con voz de pasar en África, en que dos hijos del rey de Túnez, despojado por Conrado Lanza, como arriba se tocó, de aquel reino, competían entre sí sobre el señorío de Constantina y Rugia, ciudades que quedaron en poder de su padre. Esta era la fama; el mayor y más verdadero cuidado de acudir a lo de Sicilia. El pontífice envió a saber por sus embajadores la causa de aquel aparato, y como no cesasen de preguntar lo que les era mandado, el rey encendido en cólera les respondió: «Quemaría yo mi camisa si pensase era sabidora de mis puridades». La misma respuesta dio al rey de Francia, que a entrambos tenían puestos en cuidado las cosas del rey Carlos, tanto más que sabían muy bien la enemiga que los aragoneses tenían contra él. El emperador griego, según que lo tenía prometido, acudió con buena suma de dinero.

 

La conjuración de los sicilianos se vino a ejecutar en el más santo tiempo de todo el año, que parecía gran maldad, es a saber, el tercero día

 

 

 

 

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de la Pascua de Resurrección, que fue a treinta y un días del mes de marzo, cuando por todas partes se hacían juegos y alegrías, muestras más de seguridad y contento que de temor y matanza. Al mismo tiempo y hora que al son de las campanas después de comer llamaban los pueblos a vísperas se ejecutó la matanza de los franceses, que bien descuidados estaban, en toda la isla en un momento; de que vino el proverbio de las Vísperas Sicilianas. Apoderáronse otrosí los sicilianos de toda la armada que en los puertos de Sicilia tenían aprestada contra el emperador griego, ya declarado por enemigo por el papa Nicolás IV. De esta manera pasó este hecho, según que lo divulgó la fama y lo dejaron escrito muchos autores.

 

Otros afirman que este estrago tuvo principio en Palermo, donde como la gente en aquel día señalado fuese a visitar la iglesia de Sancti Spiritus, que está en Monreal, una legua distante, un cierto francés, llamado Droqueto, quiso con soltura catar a una mujer para ver si llevaba armas. Aquel desaguisado tomó por ocasión el pueblo para levantarse. En el campo, en la ciudad y en el castillo se hizo gran matanza de franceses, sin tener respeto a mujeres, niños ni viejos, con tan grande furia y deseo de satisfacer su saña, que aún las mujeres que entendían estar preñadas de los franceses, porque de ellos no quedase rastro alguno las pasaban a cuchillo. La misma ciudad de Palermo fue saqueada coma si fuera de enemigos; que el pueblo alborotado no tiene término ni orden, y cualquier grande hazaña casi es forzoso vaya mezclada con muchos agravios y sinrazones. Las demás ciudades y pueblos en muchas partes con el ejemplo de los palermitanos acudieron asimismo a las armas; sólo Mesina por algún tiempo estuvo sosegada a causa de hallarse presente Herberto, aurelianense, gobernador de toda la isla por los franceses; miedo y respeto que no fue bastante ni duró mucho tiempo, antes en breve los mecineses, a ejemplo de las otras ciudades, tomadas las armas, echaron fuera la guarnición de los soldados y al mismo Gobernador. Solo Guillén Porceleto, provenzal de nación y que tenía el gobierno de Calatafimia, en lo más recio del alboroto le dejaron ir libremente, porque la opinión de su bondad y modestia le amparó para que no se le hiciese algún agravio. Este fue el suceso y la manera de la conjuración de Juan Prochita, más famosa que loable. Los sicilianos, amansado aquel primer ímpetu, puesto que entendían el peligro en que quedaban y que algunos se comenzaban a arrepentir de lo hecho, todavía determinados de antes morir que tornar a

 

 

 

 

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poder de los franceses, acordaron de acudir de nuevo al rey de Aragón para pedirle los ayudase.

 

A la sazón que esto pasaba en Sicilia estaba él en Tortosa con su armada aprestada. Pensaba antes que llegase la nueva de Sicilia de pasar en África. Hízolo así. Desde allí robadas y destruidas todas aquellas marinas, volvió repentinamente las velas, y mudado el camino, llegó a Córcega. Allí tuvo aviso de todo lo sucedido en Sicilia y que el rey Carlos a gran prisa era partido de Toscana, y con gente de guerra que juntara de todas partes tenía puesto sitio sobre Mesina, tan apretado, que de muchos años a aquella parte no se dio a ciudad ninguna batería más recia ni más brava. Todos hacían el postrer esfuerzo; los franceses ardian en deseo de vengarse, y con la sangre de los sicilianos pretendían hacerlas exequias de sus ciudadanos y amigos muertos; los cercados, por entender esto, se defendían valerosamente con tanto coraje, que, hasta las mujeres, niños y viejos acudían a todas partes, no esquivaban ni trabajo ni peligro.

 

A esta sazón llegó el rey de Aragón a Palermo; en aquella ciudad se coronó, y fue de todos saludado por rey, que era meter nuevas prendas; acrecentó su armada con las naves que los sicilianos tomaron al principio de este alboroto, y las tenían apercibidas para ir contra los griegos. Los cercados, con la esperanza del socorro que les venía a buen tiempo, cobraron mayor ánimo, tanto, que el rey Carlos fue forzado de alzar el cerco de Mesina, y con tristeza y vergüenza, pasado el Faro, darla vuelta a Italia. Fue este para los aragoneses un principio de grandes desabrimientos, y de gloria y honra no menor. Enviáronse los reyes cartas llenas de saña y denuestos, con quemasse irritaron las voluntades hasta llegar a declararse la guerra por ambas las partes. El aragonés esperaba nuevo ejército de España, el rey Carlos de la Provenza y de Marsella; todo les era a los aragoneses llano en Sicilia, a los franceses dificultoso. Los reales de estos, puestos junto al estrecho de Mesina a la vista de Sicilia, los soldados aragoneses repartidos en muchas partes y enviados a las ciudades para más asegurarlas y defenderlas; el rey don Pedro, con recelo de perder lo adquirido por ser el enemigo tan poderoso y los socorros que él esperaba muy lejos, acordó de valerse de ardid y maña.

 

Era el rey Carlos muy valiente por su persona, de grandes fuerzas y destreza, de que él mucho se preciaba. Envióle el de Aragón a desafiar con un rey de armas; que si confiaba en sus fuerzas y valor, saliese a hacer campo con él; perdonasen a tantos inocentes como de fuerza morirían en

 

 

 

 

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aquella demanda; que por quien quedase el campo fuese señor de todo lo demás, y cesaría la causa de la guerra que tenían entre manos. Así lo cuentan los historiadores franceses. Los aragoneses, al contrario, afirman que primero fue desafiado el rey don Pedro del francés, y que el mensajero fue Simón Leontino, de la orden de los Predicadores; lo que se sabe de cierto es que aceptado el riepto, se concertaron que peleasen los dos reyes con cada cien caballeros. Altercóse sobre señalar la parte en que se haría el campo. Al fin se escogió Bordeaux, cabeza de la provincia de Guyena en Francia, que pareció a propósito por estar entonces en poder de Eduardo, rey de Inglaterra; señalóse el día de la pelea y juraron las condiciones de una parte y otra.

 

El padre santo, como supiese todas estas cosas y lo que en Sicilia pasaba, amonestó al rey de Aragón dejase aquella empresa; que no perturbase la paz pública con desenfrenada ambición. Finalmente, porque no quiso obedecer, a los 9 días del mes de noviembre le declaró por excomulgado; en Montefiascon se pronunció la sentencia. Al rey de Inglaterra le envió a mandar con palabras muy graves que no diese campo a los reyes ni lugar para pelear en su tierra. No aprovechó esta diligencia. La reina doña Constanza por mandado de su marido se fue a Sicilia por ser la señora natural y porque con la ausencia del rey no se mudasen los sicilianos. Llegó a Mesina a 22 días del mes de abril del año del Señor de 1283. Acompañóla don Jaime, su hijo, a quien el padre pensaba dar el reino de Sicilia. Los reyes se aprestaban para su desafío. El rey Carlos pasó en Francia, do tenía cierta la ayuda y favor de su gente, y las voluntades aficionadas. El rey don Pedro con su armada pasó en España.

 

A 1 de junio, que era el día aplazado para la batalla, el rey don Carlos con el escuadrón de sus caballeros se presentó en Bordeaux. El rey don Pedro no pareció. Los escritores franceses atribuyen este hecho a cobardía, y que quisieron engañar los ánimos sencillos de los franceses con aquella muestra de honra que les ofrecieron, como quier que el rey de Aragón en aquel medio tiempo pretendiese fortalecerse, juntar armas y gente. Nuestros historiadores le excusan; dicen que fue avisado el rey don Pedro del gobernador de Bordeaux se guardase de las asechanzas de los franceses, que le tenían armada una zalagarda, y que el rey de Francia venía con grande ejército. Por ende hiciese cuenta que los cien caballeros aragoneses habían de combatir contra todo el poder de Francia. A la verdad los franceses más cercano tenían el socorro que los aragoneses.

 

 

 

 

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Con este aviso dicen que el rey de Aragón entregó al gobernador de Bordeaux el yelmo, el escudo, la lanza y la espada de su mano a la suya en señal que era venido al tiempo señalado; y por la posta se libró de aquel peligro, y se pasó a Vizcaya, que cae cerca. Dejó por lo menos materia a muchos discursos, opiniones y dichos; ocasión y aparejo para nuevas guerras y largas.

 

 

 

 

VII. De la muerte de don Alfonso, rey de Castilla

 

Luego que el rey de Aragón volvió a su tierra trató en un mismo tiempo de efectuar dos cosas: la una era echar a don Juan Núñez de Lara de Albarracín, a causa que por la fortaleza de aquella ciudad muchas veces corría libremente las fronteras de Aragón; la otra apaciguar los señores aragoneses y catalanes, que en tiempo tan trabajoso, en que tenían entre manos tantas guerras con los forasteros y tan fuera de sazón, andaban alborotados. Quejábanse que eran maltratados del rey, casi como si fueran esclavos; que no se tenía cuenta con las leyes, antes les quebrantaban todos sus fueros y libertad, finalmente, que los desaforaba. No faltaban entre ellos lenguas sueltas para alborotar los pueblos so color de defender la libertad de la patria. Para acudir a estas revueltas se juntaron Cortes, primero en Tarazona, después en Zaragoza, y últimamente en Barcelona; ofreció el rey de enmendar los daños y desórdenes pasados y expedir en esta razón nuevas provisiones, con que la gente se apaciguó. Fuéronles muy agradables aquellos halagos y blandura, si bien sospechaban que otro tenía en el pecho, y que no procedían tanto de voluntad cuanto del aprieto en que el rey se hallaba. La guerra con los franceses, que era de tanta importancia, le tenía puesto en cuidado; y el recelo que si se ocupaba en las cosas de Italia y Sicilia no se alborotasen en Aragón sus vasallos le hizo ablandar. Demás de esto, la excomunión que contra él fulminó el papa, como poco antes se dijo, le tenía muy congojado, y más en particular una nueva sentencia que en 21 del mes de marzo pronunció en Civita Vieja, en que como inobediente a sus mandamientos le privaba de los reinos de su padre, y daba la conquista de ellos a Carlos de Valois, hijo menor del rey de Francia. Rigor que a muchos pareció demasiado, y que no era bastante causa para esto haberse apoderado de Sicilia, pues los

 

 

 

 

 

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mismos sicilianos puestos en aquel aprieto le llamaron y convidaron con aquel reino para que los ayudase; demás que le pertenecía el derecho del rey Manfredo, ultra de la voluntad y consentimiento que tenía por su parte del pontífice Nicolás III, que se allegaba a lo demás.

 

Si los negocios de Aragón andaban apretados, en Castilla no tenían mejor término por las alteraciones que prevalecían entre el rey don Alfonso y su hijo. La mayor parte seguía a don Sancho; don Alfonso por verse desamparado de los suyos acudía a socorros extraños; segunda vez hizo venir al rey de Marruecos en España, si bien porque la sonada no fuese tan mala, dio a entender que era contra el rey de Granada, que favorecía a sus contrarios y tenía hecha liga con don Sancho. Esta empresa no fue de efecto memorable a causa que los africanos hallaron a los contrarios más apercibidos de lo que pensaban; y el rey de Granada, con tener puesta guarnición en sus ciudades y plazas, huía de encontrarse con el enemigo, y no quería ponerlo todo al trance de una batalla. Con tanto el de Marruecos dio la vuelta para África. El rey don Alfonso, ya que esta traza no la salió como pensaba, acudió a otra diferente, solicitó al francés para que le acudiese contra su hijo; demás de esto, procuró ayudarse de la sombra de religión y cristiandad. Fue así, que por sus embajadores acusó a don Sancho, delante el pontífice Martín IV, de impío, desobediente e ingrato, y que en vida de su padre le usurpaba toda la autoridad real sin querer esperar los pocos años que le podían quedar de vida, por su mucha ambición y deseo de reinar. Dio oídos el pontífice a estas quejas. Expidió su bula en que excomulgó todos aquellos que contra el rey don Alfonso siguiesen a su hijo don Sancho. Nombró jueces sobre el caso, los cuales en todas las ciudades y villas que le seguían, pusieron entredicho, como se acostumbra entre los cristianos; de suerte que en un mismo tiempo, aunque no por una misma causa, en Aragón y Castilla estuvo puesto entredicho y tuvieron los templos cerrados, cosa que dio gran pesadumbre a los naturales, y todavía se pasó en esto adelante, sin embargo que don Sancho amenazaba de dar la muerte a los jueces y comisarios del papa, si los hubiese a las manos. Todo esto y el escrúpulo y miedo de las censuras fue causa que muchos se apartaron de don Sancho. Entre los primeros sus hermanos los infantes don Pedro y don Juan, conforme a la inclinación natural, comenzaron a condolerse de su padre. Entendió esto don Sancho, entretuvo a don Pedro con promesa de darle el reino de Murcia. Don Juan, dado que dio muestras de estar mudado de voluntad, de secreto se partió, y

 

 

 

 

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por el reino de Portugal se fue a Sevilla, do su padre estaba. Muchos pueblos, arrepentidos de la poca lealtad que a su rey tuvieron, buscaban manera para alcanzar perdón y salir de la excomunión en que los enlazaron; y luego que lo alcanzaron, se le rindieron con todas sus haciendas. En este número fueron Agreda y Treviño, y muchos caballeros principales, como don Juan Núñez de Lara y don Juan Alfonso de Haro y el infante don Diego, se juntaron con el campo de Filipo, rey de Francia, que venía en ayuda del rey don Alfonso, y con él entraron por tierras de Castilla, robaron y talaron los campos hasta Toledo sin hallar resistencia.

 

Tenía el rey Filipo un hijo, llamado también Filipo, por sobrenombre el Hermoso, que este presente año, otros dicen el siguiente, casó con la reina de Navarra doña Juana, y por este casamiento en dote hubo aquel reino. Este príncipe, conforme al desordenado apetito de los hombres, comenzó a alegar el derecho de los reyes sus antecesores, y por él pretendía ensanchar los términos de aquel nuevo reino, para el cual intento no poco ayudaban las discordias delos nuestros. Don Sancho, cuanto le era concedido en tantas revueltas y avenidas de cosas, acudía a todas partes con diligencia; sosegó la ciudad de Toro, que se le quería rebelar, salió al encuentro a don Juan Núñez de Lara, que con su gente y un escuadrón de navarros destruía los campos de Calahorra, Osma y Sigüenza y sus distritos, hízole retirar a Albarracín más que de paso.

 

Después de esto, por embajadores que en esta razón se enviaron se acordó que el padre y el hijo se viesen y hablasen con seguridad que se dieron de ambas partes. Con esta resolución el rey don Alfonso fue a Constantina, don Sancho a Guadalcaná. Grande era la esperanza que todos tenían que por medio de esta habla se podría todo apaciguar, ca muchas veces después de las injurias se suelen con el buen término soldar las quiebras y agravios. Ayudaba para esto que don Sancho, fuera de usurpar el reino, en lo demás se mostraba muy cortés, y hablaba con mucho respeto de su padre, sin jamás usar de denuestos o desacatos. Lo que se enderezaba saludablemente a bien lo estorbaron y desbarataron personas muy familiares de don Sancho, que tenían mala voluntad a su padre. Pusiéronle muchas sospechas delante para que no se fiase ni asegurase.

 

La verdad era que de las discordias de los reyes y trabajo de la república muchos pretendían sacar para sí provecho; que fue causa que sin verse ni hablarse se partieron el rey don Alfonso para Sevilla, y don Sancho para Salamanca, si bien de consentimiento de ambos doña Beatriz,

 

 

 

 

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reina de Portugal, viuda a la sazón, y doña María, mujer de don Sancho, en Toro, en que a la sazón parió una hija, que se llamó doña Isabel, se juntaron con intento de componer estas diferencias. Pusieron todo su esfuerzo en ello, más no pudieron efectuar cosa alguna, antes cada día se enconaban más los odios y enemistades y se aumentaba el afán y miseria del reino.

 

En este estado se hallaban las cosas cuando al rey don Alfonso poco después de esto sobrevino la muerte, que fue algún alivio de tan grandes males. Falleció en Sevilla de enfermedad, recibidos los santos sacramentos de la penitencia y eucaristía como se acostumbra, quién dice a 5, quién a 21 días del mes de abril, a lo menos fue el año de 1284. Por su testamento, que otorgó el mes de noviembre próximo pasado, nombró por herederos del reino, primero a don Alfonso, y luego a don Fernando, sus nietos; caso que los dos muriesen sin sucesión, llama a Filipo, rey de Francia, ca traía origen de los antiguos reyes de Castilla, como nieto que era de la reina doña Blanca y bisnieto del rey don Alfonso el de las Navas. De sus hijos y hermanos no hizo mención alguna por odio de don Sancho; antes por aquel testamento pretendía mover contra él las fuerzas de Francia. Verdad es que a la hora de su muerte a instancia de su hijo el infante don Juan le mandó a Sevilla y a Badajoz, y al infante don Diego el reino de Murcia, a ambos con nombre de reyes, pero como feudatarios y movientes de los reyes de Castilla. Su corazón mandó se enterrase en el monte Calvario, movido de la santidad de aquel lugar, su cuerpo en Sevilla o en Murcia. No se cumplió su voluntad enteramente; el corazón y entrañas están en Murcia junto al altar mayor de la iglesia catedral, el cuerpo está enterrado en Sevilla cerca del túmulo de su padre y madre. El sepulcro y lucillo no es muy rico ni era necesario, porque su vida, si bien tuvo faltas, y las cosas que por él pasaron, merecían que su memoria durase y su nombre fuese inmortal. Grande y prudentísimo rey, si hubiera aprendido a saber para si, y dichoso, si en su postrimería no fuera aquejado de tantos trabajos y no hubiere mancillado las dotes excelentes de su ánimo y cuerpo con la avaricia y severidad extraordinaria de que usó.

 

Él fue el primero de los reyes de España que mandó que las cartas de ventas y contratos e instrumentos todos so celebrasen en lengua española, con deseo que aquella lengua, que era grosera se puliese y enriqueciese. Con el mismo intento hizo que los sagrados libros de la Biblia se tradujesen en lengua castellana. Así desde aquel tiempo se dejó de usar la

 

 

 

 

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lengua latina en las provisiones y privilegios reales y en los públicos instrumentos, como antes se solía usar; ocasión de una profunda ignorancia de letras que se apoderó de nuestra gente y nación, así bien eclesiásticos como seglares.

 

 

 

 

VIII. De los principios del rey don Sancho

 

Por la muerte del rey don Alfonso, si bien el derecho de su hijo don Sancho era dudoso, sin contradicción sucedió en el reino y estados de su padre. Estaba a la sazón en Ávila apenas convalecido de una dolencia que poco antes tuvo en Salamanca, tan peligrosa, que casi le desahuciaron los médicos. Mucho le hizo al caso la edad entera para que el cuerpo con medicinas saludables se alentase. Tomó el nombre de rey, de que hasta entonces se había abstenido por respeto y reverencia de su padre. El sobrenombre de Fuerte que le dieron le ganó por la grandeza de su ánimo y sus hazañas, hasta entonces más dichosas que honrosas; y es así que por la mayor parte los títulos magníficos más se granjean por favor de la fortuna que por virtud. La honra verdadera no consiste en el resplandor de los nombres y apellidos, sino en la equidad, inocencia y modestia. Era sin duda osado, diestro, astuto y de industria singular en cualquier cosa a que se aplicase. Reinó por espacio de once años y algunos días. Su memoria quedó amancillada por la manera cómo trató a su padre; cuanto a lo demás se puede contar en el número de los buenos príncipes. El reino que con malas mañas adquirió, le mantuvo y gobernó con buenas artes. En Ávila hizo las honras de su padre magnífica y suntuosamente. En Toledo tomó las insignias y ornamentos reales, mudado el luto en purpura y manto real. Los caballeros principales del bando contrario venían a porfía a saludar al nuevo rey, muestra de querer recompensar los disgustos pasados con mayores servicios y lealtad; cuanto más fingido era lo que hacían algunos, tanto mostraban más alegría y contento en el rostro y talante, que suele muchas veces engañar. Don Sancho con una profunda disimulación pasaba por todo, si bien tenía propósito de derramar la ira concebida en su ánimo y vengarse luego que hubiese asegurado su reino. Los pueblos, los grandes, toda la gente de guerra le juraron por rey; y doña Isabel, hija del nuevo rey, de edad de dos años, fue declarada y jurada por heredera del

 

 

 

 

 

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reino de consentimiento de todos los estados, caso que su padre no tuviese hijo varón. Esta prevención se enderezaba contra los Cerdas, de quien algunos decían públicamente, y muchos eran de este parecer, que se les hacía notable injuria y agravio en despojarlos del reino de su abuelo. Muchos, si bien en lo público callaban, de secreto estaban por ellos.

 

El mayor cuidado que tenía don Sancho era de granjear con nuevos regalos y buenas obras al rey de Aragón, en cuyo poder los infantes quedaron; y a la sazón trataba de ir a cercar y apoderarse de Albarracín, no pudiendo ya llevar en paciencia los disgustos que cada día le daba don Juan de Lara, confiado en la fortaleza del sitio y en el socorro que tenía cierto de los navarros. Era este caballero muy diestro, bien hablado, de grande maña para sembrar envidias y rencores entre los reyes, poderoso en revolver la gente y que acostumbraba vivir de rapiña y cabalgadas, con que tenía trabajadas las fronteras de Castilla y Aragón. Esto convidó al nuevo rey don Sancho, ya que él no podía ir en persona por estar ocupado con los cuidados del nuevo reino, a enviar un buen escuadrón en ayuda del rey de Aragón y contra el común enemigo. Hecho esto, él se dio prisa a ir a Sevilla, a causa que su hermano don Juan procuraba apoderarse de aquella ciudad, conforme a lo que su padre dejó mandado en su testamento. Tenía el infante sus valedores y aliados; los ciudadanos no venían en ello, y claramente decían que aquella cláusula del testamento del rey don Alfonso en ninguna manera se debía cumplir. Ayudábanse y alegaban la mucha edad del difunto, la fuerza de la enfermedad, la importunidad del infante para muestra que no tenía a la sazón su entero juicio; que no era justo oscurecer la majestad del reino con quitarle una ciudad tan principal como aquella. Ayudaba a los ciudadanos, que ya se aprestaban para tomar las armas, Alvar Núñez de Lara como cabeza de los demás. Todos estos debates cesaron con la venida del nuevo rey don Sancho, que hizo desistir a su hermano.

 

Llegaron a aquella ciudad embajadores del rey de Marruecos para asentar con él nueva amistad; mas muy fuera de sazón y imprudentemente fueron despedidos con palabras afrentosas, de que resultó ocasión a los moros de pasar de nuevo en España y emprender una nueva guerra. Don Sancho para hacerles resistencia, por estar arrepentido de lo hecho, o porque de suyo estaba resuelto en hacer guerra a los bárbaros, aprestó una grande armada. Eran en aquel tiempo los genoveses muy poderosos en el mar y diestros y experimentados en el arte del navegar; llamó pues desde

 

 

 

 

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Génova y convidó con grandes ofertas a Benito Zacarías para que viniese a servirle. Hízolo así y trujo consigo doce galeras. Nombróle el rey por su almirante, el cual oficio le dio por tiempo señalado; y por juro de heredad le hizo merced del puerto de Santa María, con cargo de traer a su costa una galera armada y sustentada perpetuamente.

 

Juntáronse Cortes en Sevilla. Tratóse de reformar el gobierno del reino, que con una creciente y avenida de males y vicios a causa de las revueltas pasadas andaba muy estragado. Demás de esto, en estas Cortes se revocaron los decretos y ordenanzas que por la necesidad y revuelta de los tiempos más se habían violentamente alcanzado que graciosamente concedido, así por el rey don Alfonso como por el mismo don Sancho. Despedidas las Cortes se apresuró para ir a Castilla, por tener nueva que todavía algunos pretendían defender el bando contrario y que trataban entre si secretamente de restituir la corona a los hermanos Cerdas; pretensiones que todas se desbarataron con la venida de don Sancho. Parte de ellos mudaron de parecer, parte pagaron con las cabezas, con cuyo ejemplo y castigo los demás quedaron escarmentados para no continuar en porfías semejantes. Esto pasaba en España.

 

En el mismo tiempo Rogerio Lauria, general de la armada de los aragoneses en el reino de Sicilia, después que venció junto a Malta veinte galeras francesas, muerto el general, por nombre Guillermo Coralito, francés de nación, en la batalla que se dio a 8 de junio, como diese la vuelta hacía Nápoles, presentó la batalla a Carlos, llamado el Cojo, príncipe de Salerno, hijo del rey Carlos, que halló apercibido para ir sobre Sicilia con una gruesa armada a vengar las injurias y daños pasados. Muchos le avisaron del peligro que corría, y en particular el legado del papa que iba en su compañía; más él con el brío de su edad se resolvió de pelear con el enemigo; acuerdo perjudicial. Fue muy bravo el combate; en fin, el francés quedó vencido y preso con otros muchos. Sobre el número de los bajeles que pelearon de la una y de la otra parte no concuerdan los autores, sin que se pueda del todo averiguar la verdad. La opinión más ordinaria es que las galeras aragonesas eran cuarenta y dos, las de los enemigos setenta; y lo más cierto que se dio la batalla a 23 de junio. Ejecutaron la victoria los aragoneses, ganaron muchas plazas en Italia, todo se les allanaba como a vencedores; a los vencidos todas las cosas les eran contrarias. Pareció aquella desgracia tanto mayor, que el rey Carlos tres días después de la pelea surgió en el puerto de Gaeta con veinte

 

 

 

 

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galeras que traía de la Provenza. Allí supo que a su hijo llevado a Sicilia condenaron a muerte los sicilianos en la ciudad de Mesina, do le tenían preso, con intento de vengar la muerte que los franceses dieron los años pasados a Corradino, preso después que le vencieron en otra batalla. La prudencia de la reina le valió, porque con mostrarse muy airada, le mandó guardar para dar parte al rey, como era necesario, y para que con el largo cautiverio y tormentos, los cuales si faltan, la muerte a lo último es el remate de los males, el castigo fuese mayor. Verdad es que no fue parte para que los del pueblo, con el odio mortal que teman a la gente francesa, no quebrantasen las cárceles y pasasen a cuchillo otros sesenta compañeros que con el príncipe tenían presos.

 

A la misma sazón el rey de Aragón, como si le fallara guerra con los extraños, tenía puesto cerco a la ciudad de Albarracín, y con todo su poder y diligencia la combatía. Ofrecíanse grandes dificultades; las murallas de la ciudad eran muy altas, las torres de piedra de buena estofa, las puertas de hierro con gruesos y fuertes cerrojos, el sitio muy áspero y inaccesible. Demás de esto, los soldados que dentro la defendían, acostumbrados a trabajos y hambre, no enflaquecidos con alguna discordia ni afeminados con deleites, muchos en número, y que tenían grande uso en la guerra por andar cada día las armas en la mano, gran valor y osadía, eran doscientos hombres de a caballo y buen número de infantes. Solamente tenían falta de mantenimientos; no se proveyeron antes a causa que jamás pensaron que aquella ciudad pudiera ser cercada. Pasaron algunos días y con el tiempo crecía la falta. Don Juan Núñez de Lara, visto el peligro en que se hallaba, dijo en una junta que quería ir a Navarra, do tenía cierta la guarida y el socorro. Amonestóles no desfalleciesen, antes defendiesen la ciudad con el esfuerzo y valor que de ellos se esperaba. Era todo esto fingido, y él tenía determinado de huirse y no volver; su semblante no conformaba con las palabras; sin embargo, le dejaron partir. Después de su ida se sustentó la ciudad algún tiempo, hasta tanto que, perdida la esperanza de ser socorridos, la rindieron el mismo día de San Miguel. Eran los soldados por la mayor parte franceses y navarros; dejáronlos ir libremente, y de los lugares comarcanos trajeron gente para poblar aquella ciudad, así de sus antiguos moradores como de otros que de nuevo poblaron y labraron la tierra. Tenía el rey un hijo en doña Inés Zapata, que se llamaba don Hernando, al cual antes de esto diera en el reino de Valencia a Algeciras y

 

 

 

 

 

 

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a Liria; a este hizo merced de la ciudad de Albarracín luego que vino a su poder.

 

Con tanto se dio fin a esta empresa y a aquel estado y principado, que por muchos años estuvo en poder de los Azagras, caballeros de los más nobles y señalados de aquella era, cuya genealogía y descendencia pareció poner en este lugar. Pedro Rodríguez de Azagra, el fundador que fue de este estado, siendo ya viejo dejó por su heredero a Hernán Rodríguez de Azagra, su hermano, por ventura por no tener él sucesión. Este Hernando de Azagra otorgó su testamento, que se ha conservado hasta el día de hoy, a 22 de junio, era de 1231; por el testamento se entiende que tuvo dos hijos, uno legítimo en su mujer doña Teresa Ibáñez, heredero de aquel estado, otro bastardo, que fue comendador de Santiago; el uno y el otro se llamó Pero Fernández. He visto asimismo el testamento de este Pero Fernández, señor de Albarracín, su fecha a 2 de abril, año del Señor de 1241, asaz breve; dechado y muestra muy verdadera de las costumbres, llaneza y simplicidad de aquel siglo. Tuvo estos hijos legítimos: Pero Fernández, Garci Fernández, doña Teresa y don Álvaro. Este le sucedió en aquel estado y tuvo una sola hija, llamada doña Teresa, que casó con don Juan Núñez de Lara, hijo de don Nuño de Lara, y en dote llevó aquel estado, que le quitó el rey de Aragón. De don Juan Núñez de Lara y de doña Teresa de Azagra nacieron don Álvaro y don Juan; de ambos se tornará a hacer mención adelante en su lugar.

 

 

 

 

IX. De las muertes de tres reyes

 

Concluida aquella empresa de Albarracín, restaba otro mayor cuidado al rey de Aragón, es a saber, la tempestad que le amenazaba de Francia, la más brava, grave y memorable de cuantas en aquellos tiempos sucedieron, así por ser grandes las fuerzas de aquella nación como la autoridad con que se hacía, que era a instancia del sumo pontífice, que encendía los corazones de los contrarios y los alentaba. El rey de Aragón no tenía fuerzas bastantes para contrastar a Francia, mayormente que se le allegaba lo de Navarra y de Nápoles. Acudió a buscar socorros de fuera, en particular envió embajadores a Alemania para dar un tiento al emperador Rodolfo si por ventura, movido a compasión del bando gibelino, que era

 

 

 

 

 

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maltrado por los franceses en Italia, quisiese favorecerle y para este efecto bajar a Italia. Era el emperador de su naturaleza considerado y recatado, y que se agradaba más de los consejos seguros que de las empresas peligrosas, demás que a la sazón le tenía embarazado la guerra que hacía a los esguízaros. Así esta diligencia no fue de efecto alguno, ni los embajadores fuera de buenas palabras trajeron cosa alguna en que se pudiese estribar.

 

El rey don Sancho, a ruego del rey de Aragón, que se deseaba ver con él, partió para Soria; en aquella comarca tuvieron su habla en Ciria y Borobia, que son pueblos cerca el uno del otro. Allí con nueva confederación que asentaron confirmaron la amistad que de antes tenían y prometieron de no faltarse el uno al otro en los peligros y ocurrencias. El rey de Marruecos, como enemigo que era ordinario y muy pesado de España, pretendía hacer la guerra de nuevo por la parte del Andalucía. Los franceses corrían las fronteras de Aragón con tanto mayor peligro de aquel reino, que don Jaime, rey de Mallorca, que de razón debiera acudir a los aragoneses, se había, juntado con Francia. En todas partes se veía mucho peligro y nuevas muestras de trabajos. Cercaron los moros a Jerez de la Frontera en número dieciocho mil hombres de a caballo, que corrían la campaña hasta Sevilla con robos que hacían en gran cantidad de hombres y ganados. Acudió con presteza el rey don Sancho a Toledo, do le esperaba Carlos, conde de Artois, embajador que era venido de parte del rey de Francia. La suma de la embajada contenía dos cosas: que por su medio los hermanos Cerdas fuesen puestos en libertad, y que no tuviese comunicación con el rey de Aragón, que estaba excomulgado por el papa. Respondió a esto el rey don Sancho que dentro de muy pocos días enviaría sus embajadores con poderes muy bastantes al rey de Francia para asentar aquellas haciendas. Esta respuesta dio en público; de secreto rogó ahincadamente al embajador que le hiciese muy amigo de su rey. Hay quien asimismo escriba que este tiempo fue cuando el rey don Sancho le tentó para que le descubriese los secretos del reino de Francia, y que Broquio, por entenderse que era espía, fue justiciado, como de suso queda dicho.

 

El rey de Aragón, juntadas sus huestes contra las de Francia, se puso sobre Tudela, que está en la frontera de Navarra, y la combatía con todas sus fuerzas; todo con intento de divertir los franceses, que entendía pretendían acometer por la parte de Rosellón, y para darles en qué

 

 

 

 

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entender en su misma casa con aquella nueva guerra. Defendióse aquel pueblo, sobre todo por el valor y diligencia de don Juan Núñez de Lara, persona más venturosa en las cosas ajenas que en sus haciendas y estado. Solamente destruyeron la campaña y abastecieron las fronteras de Aragón con soldados y municiones para que pudiesen resistir a la furia del enemigo. Hecho esto, ya que sobrevenía el invierno, el rey de Aragón dio vuelta para Zaragoza, en que estuvo al fin de este año y principio del siguiente de 1285 del nacimiento de Cristo, cuando a 7 días del mes de enero Carlos, rey de Nápoles, pasó de esta vida en Fogia, pueblo de la Pulla, cansado de las desgracias y aquejado con el dolor de la prisión y cautiverio de su hijo. Fuera este príncipe esclarecido, así en la guerra como en la paz, si los fines correspondieran con los principios. La larga edad le entregó a la fortuna mudable como a otros muchos. Demás que el vigor y gallardía que los franceses trajeron a Italia se trocara y perdiera del todo con el mucho regalo y vicio de aquella tierra y con los deleites demasiados; de tal forma, que para con los extraños eran flacos, sólo para con los vasallos y naturales mostraban ferocidad. Los gobernadores de las ciudades y pueblos hacían odioso a su príncipe con cuidar solamente de su ganancia, cohechar la gente y mirar poco por el bien común. Esta muerte del rey de Nápoles hinchó de buenas esperanzas y alegría al rey de Aragón; al contrario, al rey de Francia fue muy pesada. Para aliviar la tristeza con causarla a sus enemigos hizo levas de gente por todas partes. Juntó un gran ejército, en que se contaron veinte mil de a caballo y ochenta mil de a pie; tenía aprestada una armada en las fosas Marianas, que hoy se llaman Aguas Muertas, en que se contaban ciento veinte bajeles, parte galeras reales, parte naves gruesas, y otros vasos pequeños. Determinó ir en persona a esta jornada y en su compañía Filipo y Carlos, sus hijos, y don Jaime, rey de Mallorca, que seguía al francés por grandes disgustos que tenía contra el aragonés, su hermano. Hallóse otrosí con los demás el cardenal Gervasio, que envió por su legado el papa Martín IV; por cuya muerte, que sucedió en Perosa a 29 días del mes de marzo, fue puesto en su lugar Honorio IV, ciudadano romano de casa Sabela, no menos aficionado a los franceses que lo fue el pasado. Hízose la masa del ejército en Narbona, desde allí marcharon la vuelta de Perpiñán. Este lugar se entregó al rey don Jaime, y recibieron a los franceses dentro de las murallas. Lo mismo por su ejemplo hicieron los demás lugares de Rosellón y de aquella comarca, fuera de uno que se llama Génova, ca con

 

 

 

 

 

 

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esperanza que sería presto socorrido y por el aborrecimiento que tenía al rey don Jaime y por no volver a su poder determinó de hacer resistencia. Engañóle su esperanza, porque el lugar fue tomado por fuerza y todos los moradores pasados a cuchillo, hasta encruelecerse contra las mismas casas y edificios, que abatieron y quemaron. El bastardo de Rosellón, hombre de noble linaje y atrevido, que dentro se halló, entrado el pueblo se subió a la torre de la iglesia; valiéronle para escapar de la muerte más los ruegos del rey don Jaime que la fortaleza y santidad del lugar en que estaba. Sin embargo, se mostró agradecido a los franceses, porque como quier que el rey de Aragón estuviese apoderado de la entrada y estrechuras de los montes Pirineos de tal suerte, que los enemigos no tenían esperanza de poder pasar por allí, los guió por unos senderos que él sabía, por donde con cierto rodeo subieron a las cumbres del monte sin peligro ninguno y se pusieron sobre el mismo campo de los aragoneses.

 

Con esto y con el espanto que ellos de esto cobraron, los reyes con seguridad pasaron adelante hasta llegar a la comarca de Ampurias. Allí con facilidad se apoderaron de algunas plazas, en particular de Peralada y Figueras, sin reparar hasta ponerse sobre Gerona, que es una ciudad muy noble y grande en los pueblos que antiguamente se llamaron ausetanos. Está puesta en un sitio cuesta abajo, al pie del sitio el río llamado antes Tici, y ahora Ter, tiene comidas aquellas riberas junte a la ciudad de suerte, que le hace gran reparo. Los muros son de buena estofa, las torres de piedra y fuertes; en lo más alto de la ciudad está la iglesia mayor, que es silla episcopal, y junto a ella las casas obispales, de muy buen edificio y grande. Más arriba de la iglesia mayor hay una torre a manera de alcázar, que llaman Gironella. El vizconde de Cardona don Ramón, que tenía por capitán aquella ciudad, la fortaleció con nuevos reparos; echó por tierra todas las casas del arrabal; solo perdonó a la iglesia de San Félix por su mucha devoción y antigüedad. El valor y diligencia de que usó fue grande, con que muchas veces desbarató y pegó fuego a los ingenios, máquinas y pertrechos de los franceses. El rey de Aragón otrosí con buen golpe de gente que consigo tenía andaba por allí cerca. No eran sus fuerzas bastantes para acometer al enemigo y darle la batalla; pero buscaba alguna ocasión para arma lle alguna celada y meter socorro en la ciudad. Había ya tres meses que la tenían cercada, cuando don Sancho, rey de Castilla, envió por sus embajadores a don Martín, obispo de Calahorra, y a Gómez García da Toledo, abad de Valladolid, para acordar, si pudiese, estas

 

 

 

 

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diferencias. No hicieron efecto alguno, antes fueron forzados a dar la vuelta cargados de muchos baldones y palabras injuriosas que les dijeron, casi sip darles lugar para hablar al rey de Francia. La ocasión debió ser la grande confianza que tenían de salir con la victoria, o por sospechar que so color de embajadores venían a espiar las fuerzas e intentos de los franceses.

 

Era fama que al rey don Sancho no le faltaba voluntad de juntar sus fuerzas con las de Aragón, y que se entretenía a causa de la guerra que traía muy encendida en el Andalucía con los moros de algunos meses atrás, ca tenían puesto sitio sobre Jerez de la Frontera, de la cual ciudad con todo su esfuerzo pretendían apoderarse, porque les venía muy a propósito para sus intentos. Esquivaba el rey don Sancho la batalla por no poner a riesgo de lo que podía suceder todo lo demás; por esto a veces estaba en Sevilla, otras iba a Nebrija, siempre apercibido para todas las ocasiones y para estorbar las correrías y cabalgadas de los moros.

Con este ardid y por esta forma a cabo de seis meses que los moros tenían cercada a Jerez alzaron el cerco forzados de la falta de todas las cosas necesarias y por miedo del rey don Sancho, si mudado de propósito les quisiese dar la batalla. Preguntó uno a la vuelta al rey bárbaro después que pasó el río Guadalete con tanta prisa, que más parecía huida que retirada, cuál fuese la causa de aquella resolución y del miedo que mostraba. Respondió: «Yo fui el primero que entronicé y honré la familia y linaje de Barramedo con título y majestad real; mi enemigo trae descendencia de más de cuarenta reyes, cuya memoria tiene gran fuerza, y en el combate a mí pusiera temor y espanto, a él diera atrevimiento y esfuerzo, si llegáramos a las manos. Parecía que el cielo ofrecía muy buena ocasión de hacer efecto y destruir al enemigo, si le siguiera en aquella retirada; pero al rey más agradaban los prudentes consejos con razón que los arriscados, aunque honrosos, y no todas veces de provecho».

 

Así, contento de fortificar y bastecer aquella ciudad, se tornó a Sevilla, sin embargo que los soldados se quejaban porque dejaban ir el enemigo de entre manos, y con ansia pedían los dejasen seguirle, hasta amenazar que si perdían esta ocasión, no tomarían más las armas para pelear; más el rey, inclinado a la paz, no hacía caso de aquellas palabras. Enviáronse embajadores de una parte y otra sobre estas cosas, y viniéronse a hablar los reyes a los esteros de Guadalquivir; otros dicen que fue en un lugar

 

 

 

 

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llamado Rocaferrada; allí hicieron sus avenencias. Acordaron que el rey moro pagase para los gastos de la guerra dos cuentos de maravedíes (este era un género de moneda usada en España que no tenía siempre un valor); y con este concierto se dejaron las armas. Mucha gente principal se desabrió por esta causa, en particular el infante don Juan, hermano del rey, y don Lope Díaz de Haro, en tanto grado, que por el disgusto desde Sevilla se fue cada uno a los lugares de su señorío, sin mirar que a los grandes capitanes más veces fue provechosa la tardanza y detenimiento que la temeridad y osadía. A ellos pertenece mirar lo que conviene; a los demás les es dado el obedecer y la gana de pelear, que así se reparten los oficios de la guerra. De allí a poco murió el rey bárbaro de Marruecos; dejó por su sucesor a su hijo Jusef.

 

Volvamos a Gerona y a su cerco. El rey de Aragón, con deseo de atajar el bastimento que del puerto de Rosas, donde se tenía la armada de los enemigos, traían para sus reales, trataba de armarles alguna celada en los lugares que para ello le parecían más a propósito. Entendido esto por las espías, el condestable de Francia, llamado Rodolfo, y Juan Ancurt o Haricurt, mariscal, que es como maestre de campo, varones muy fuertes y arriscados, comunicado el caso entre sí y con el conde de la Marcha, se fueron al lugar de la celada con trescientos caballos escogidos, y no más. Pretendían que los aragoneses por ser tan poca su gente no rehusasen la batalla. Pelearon a 13 de agosto. Fue este encuentro y esta batalla muy reñida. Los aragoneses eran más en número; los franceses no les daban ventaja ni en el esfuerzo ni en la arte de pelear. El rey de Aragón hizo aquí todo lo que en un prudente capitán y valeroso soldado se podía desear. Hiriéronle malamente en la cara, y como procurase salir de la batalla, un caballero francés le asió las riendas del caballo y le prendiera fácilmente si el rey en aquel peligro no las cortara con la espada que tenía en la mano desnuda, y así se escapó a uña de caballo; así lo escribe Villaneo, que hizo errar a los demás, porque los historiadores aragoneses afirman que el rey salió sano y salvo de la pelea y que murieron tantos de una parte como de otra, aunque el campo quedó por los franceses. Si el caso pasó de esta manera o se mudó por la afición de los escritores no se sabe. Lo que consta es que por la gran calor y las inmundicias y el tiempo, que era el más peligroso de todo el año, sobrevino peste en el campo de los franceses; y sin embargo, los cercados con las nuevas de este encuentro, perdida la esperanza de defenderse, se dieron a los franceses a partido que entregada

 

 

 

 

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la ciudad pudiesen los cercados irse donde quisiesen y sacar consigo toda la ropa y hacienda que pudiesen llevar.

 

Muchos ejemplos de crueldad se usaron en los rendidos, y hasta las iglesias de los santos fueron violadas. El sepulcro de san Narciso, que es patrón y abogado de aquella ciudad y tenido y reverenciado con gran devoción y estima, fue desbaratado de los soldados, que robaron todas las riquezas, votos y donativos de los fieles, que allí hallaron en gran cantidad; tal es la condición de la guerra. Castigó el Santo bienaventurado en venganza de su morada aquel desacato con aumentarles la pestilencia; así se tuvo por cierto entre todos. Quitó otrosí el entendimiento a los capitanes, porque tomada que fue la ciudad, como quier que determinasen de irse por tierra desde allí a Francia, venido el otoño, mal pecado, despidieron muchas naves de particulares que tenían en el puerto de Rosas por ahorrar de costa y desembarazarse; muy mal acuerdo, como lo mostró el suceso.

 

Fue así que Roger de Lauria, tomado que hubo la ciudad de Tarento en lo postrero de Italia, a gran prisa costeó todas aquellas marinas para venir a dar socorro al rey de Aragón. Llegado a España y vista tan buena ocasión, presentó ta batalla al armada de los franceses, que se hallaba fuera del puerto maltratada y en pequeño número, y valerosamente la venció. Prendió a Juan Escoto, general de la armada francesa, y tomó quince galeras; otras doce se retiraron y se metieron en el puerto de Rosas, de que salieron; las cuales quemaron los soldados que iban en ellas y juntamente el lugar, tal era el miedo que cobraron, y de esta manera se fueron al campo del rey de Francia con la nueva del daño recibido. El francés, por ver que todas las cosas le salían más dificultosas de lo que él pensaba y afligido por la poca salud que tenía, reparó y fortaleció la ciudad de Gerona y puso en ella buena guarnición de soldados. Con tanto dio la vuelta hacía Rosellón con lo que del ejército le quedaba.

 

Al pasar los montes Pirineos tuvieron él y los suyos grande afán y corrieron gran riesgo, a causa que los aragoneses tenían tomados todos los pasos y hacían lo posible por prender al rey de Francia, que por su enfermedad llevaban en hombros en una litera sus soldados. Grande fue el daño que recibieron, gran cantidad da bagaje y carruaje les tomaron en este camino. Lo que fue más pesado, que del movimiento del camino al rey se agravó la enfermedad de suerte, que en Perpiñán a 6 de octubre pasó

 

 

 

 

 

 

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de esta vida. Su cuerpo, como lo dejó mandado, llevaron su mujer e hijos a la iglesia de San Dionisio, que está junto a París.

 

Sucedióle en el reino Filipo, su hijo, que ya era rey de Navarra; llamóse por sobrenombre el Hermoso por su extremada gracia y donaire. La partida de los franceses fue causa que en breve tornaron a poder de los aragoneses todas las tierras que les tomaran. Demás de esto, el infante don Alfonso, enviado por su padre, se apoderó de la isla de Mallorca en pago del favor que aquel príncipe dio al rey de Francia y de la amistad que con él trabó contra su mismo hermano. Pretendía el aragonés seguir la fortuna, que se le mostraba risueña; procuraba ir adelante y mejorar su partido, trazaba nuevas empresas cuando la muerte asimismo le atajó los pasos, que le sobrevino en Villafranca a 8 de noviembre en lo mejor de sus días y en el mayor vigor de su edad, que no tenía más de cuarenta y seis años. Ganó sobrenombre de Grande por dejar acrecentado su reino con el de Sicilia y por las cosas señaladas que hizo. Asentábale bien el estado real por ser de buena presencia, de cuerpo grande, de ánimo generoso, muy diestro en las armas, particularmente en jugar de la maza. En ganar las voluntades de los hombres con buenas palabras, cortesía y liberalidad fue muy señalado; sólo dejó nota de sí por la excomunión en que estuvo enlazado hasta el fin de su vida, cuya imaginación se dice que le aquejó mucho y se le ponía delante a la hora de su muerte; por lo menos es bien y provecho para todos que así se entienda. Puesto que de aquel escrúpulo y congoja en el artículo de la muerte le absolvió el arzobispo de Tarragona, tomándole primero juramento sería obediente a la santa Iglesia romana, a la cual antes se mostró inobediente. Su cuerpo sepultaron en el monasterio de Santa Cruz, que está allí cerca.

 

Sus hijos fueron don Alfonso, el mayor, que en su testamento nombró por heredero de sus reinos sin hacer mención alguna del reino de Sicilia; demás de este don Jaime, don Fadrique, don Pedro, doña Isabel, doña Costanza, todos habidos en la reina doña Costanza, su mujer. Hallóse a su muerte Arnaldo de Villanova, que vino de Barcelona para asistirle y curarle, médico muy nombrado y docto en aquellos tiempos, bien que de mayor fama que aprobación por dejar amancillado su noble ingenio y sus grandes letras con supersticiones y opiniones reprobadas que tuvo, tanto, que poco adelante fue condenado por los inquisidores, y sus libros, que compuso y sacó a luz en gran número, juntamente reprobados. Hay quien diga, por lo menos el Tostado lo testifica, que intentó con simiente de

 

 

 

 

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hombre y otros simples que mezcló en cierto vaso de formar un cuerpo humano, y que aunque no salió con ello, lo llevó muy adelante. Si fue verdad o mentira, poca necesidad hay aquí de averiguarlo.

 

 

 

 

X. De cierta habla que hubo entre los reyes de

 

Francia y Castilla

 

La desgracia de este año, por la muerte de tantos príncipes aciago, alivió en alguna manera el parto de la reina de Castilla. En ausencia del rey, que era ido a Badajoz a dar órdenes en cosas del reino y apaciguar los alborotos que allí andaban, parió a los 6 de diciembre un hijo en Sevilla, por nombre don Hernando, que poco después muy niño sucedió a su padre en el reino. El cuidado de criarle y amaestrarle se encargó a Hernán Ponce de León, caballero principal, y para ello señalaron la ciudad de Zamora por el saludable cielo de que goza, la fertilidad y regalo de sus campos y comarca. Demás de esto, el año próximo siguiente de 1286 le juraron en Cortes por heredero del reino, todo a propósito de asegurar la sucesión, que era el mayor cuidado que aquejaba a su padre, así por los hermanos Cerdas, como por ser cosa manifiesta que a causa del parentesco entre él y la reina el casamiento no era válido. Deseaba alcanzar dispensación de los sumos pontífices sobre el dicho parentesco; pero nunca pudo salir con ello por la contradicción que los reyes de Francia le hacían. La causa es de creer era el dolor de que hubiese usurpado el reino y despojado a los Cerdas, deudos tan cercanos de aquella corona.

 

Por tanto, procuraba el rey don Sancho por todas las vías y maneras posibles ganarle la voluntad, con el cual intento segunda vez envió sus embajadores, que fueron los mismos que el año pasado, es a saber, don Martín, obispo de Calahorra, y don García, abad de Valladolid, a Francia, donde a 6 días de enero el nuevo rey Filipo se coronó y ungió por rey de Francia y de Navarra en la ciudad de Reims con las ceremonias y solemnidades acostumbradas. En tiempo de este rey y por su mandado se edificó en París en la isla de Secana o Seine el palacio real que allí se ve a manera de un grande alcázar, en que poco adelante se asentó la audiencia o parlamento; y la administración de la justicia que antes seguía la corte sin tener asiento estable se puso en lugar determinado y tribunales conocidos.

 

 

 

 

 

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Labróse otrosí en la misma ciudad a expensas de la reina el colegio que llaman de Navarra, de los más insignes que hay en el mundo, así por la grandeza del edificio como por el gran número que tiene de maestros y concurso de estudiantes. Dícese por cierto que en los buenos tiempos de Francia moraban dentro de él setecientos estudiantes ocupados en sus estudios; mudadas las cosas y alteradas, a la sazón que profesamos la teología en aquella Universidad, apenas en el dicho colegio se contaban quinientos entre oyentes y maestros. De este número algunos sustentaba el colegio a su costa, los demás viven a la suya y de sus padres. Tuvieron estos reyes muchos hijos, es a saber, Luis, Filipo, Carlos, Isabel y otra hija, que murió en tierna edad. Esto en Francia.

 

En Sicilia el infante don Jaime, luego que supo la muerte de su padre, tomó las insignias de rey en Mesina a 2 de febrero, y se llamó rey de Sicilia, príncipe de la Pulla y de Capua, como aquel que poseía parte del reino de Nápoles, y tenía esperanza de apoderarse de las demás ciudades y fuerzas del reino; dado que todas las tierras y partes de aquel reino estaban pertrechadas y fortificadas contra los intentos de los sicilianos, y esto por el mucho valor y diligencia de Roberto, conde de Artois, a quien el rey de Francia, muerto el rey Carlos, encargó el gobierno de Nápoles.

Don Alfonso el Tercero, rey de Aragón, por estar algunos meses ocupado en aprestar una armada para ir sobre Mallorca y Menorca, cosa que su padre a la hora de su muerte dejó muy encomendada, dilató su coronación. Finalmente, a los 14 días del mes de abril, el mismo día de Pascua Florida de Resurrección, tomó la corona en Zaragoza y las demás insignias reales. Hizo la ceremonia don Jaime, obispo de Huesca, por estar a la sazón vaca la silla arzobispal de Tarragona, cuya era aquella preeminencia por antigua costumbre. Juró el rey de guardar todos los privilegios, fueros y libertades de aquel reino. Tratóse con muchas veras y gran porfía de reformar los gastos de la casa real, particularmente en las Cortes que de allí a pocos días se tuvieron en Huesca, concedió a los señores y caballeros de Aragón a su instancia que los valencianos, poco antes de este tiempo incorporados en aquella corona, se gobernasen conforme a las leyes de Aragón.

 

Fallecieron este mismo año grandes personas eclesiásticas, entre otros don Miguel Vincastrio, obispo de Pamplona. Sucedióle en la silla don Miguel Legaría. La iglesia de Toledo gobernaba todavía el arzobispo don Gonzalo, varón de grande autoridad y que podía mucho con los reyes;

 

 

 

 

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acompañó al rey don Sancho, que iba a los confines de Francia, ca quedó concertado por medio de la embajada, de que se hizo mención, que los dos reyes de Castilla y Francia se juntasen en Bayona para se hablar y tratar allí en presencia de todas sus haciendas y concordar sus diferencias. Nunca los reyes se vieron; no se sabe qué fuese la causa; puédese sospechar que nacieron, como es ordinario, algunas sospechas de una parte y otra o por otros respetos y puntos. Así se detuvieron el rey don Sancho en San Sebastián, y el rey de Francia en Montemarsano. Hóbose de tratar del concierto por terceros. Por parte del rey don Sancho, don Gonzalo, arzobispo de Toledo, fue a Bayona, y por parte del rey de Francia el duque de Borgoña. Trataron de hacer las amistades con grande ahínco de entrambas partes. Los franceses no venían en ningún acuerdo de concordia si el rey don Sancho no repudiaba la reina, pues de derecho por razón del parentesco no podía estar casado con ella, y se casaba con una de dos hermanas del rey de Francia, es a saber, Margarita, que después casó con Eduardo, rey de Inglaterra, o con Blanca, que vino a casar con el duque de Austria. Don Sancho sintió esto gravemente. Parecíale cosa pesada dejar una mujer tan esclarecida y en quien tenía un hijo y una hija. Así llamados los terceros, sin concluir cosa alguna tomó el camino para Vitoria, do se quedara la reina.

 

Lo que resultó fue enojarse malamente con el abad de Valladolid por saber que muy fuera de tiempo y sazón movió plática de este nuevo casamiento, que dio ocasión a los franceses para hacer en ello instancia. Revolvía en su pensamiento cómo podría satisfacerse de aquel enojo. Comunicólo con la reina, que de estas nuevas estaba con grandísimo pesar. Parecióles muy a propósito pedirle cuenta de las rentas reales que estuvieron a su cargo, y achacarle algún crimen de no las haber administrado bien. Encomendaron a don Gonzalo, arzobispo de Toledo, que tomase estas cuentas. El rey don Sancho, o por cumplir algún voto que hubiese hecho, o por su devoción, se fue a Santiago de Galicia. En el camino en el monasterio de Sahagún halló que los huesos del rey don Alfonso el Sexto y de doña Isabel y doña María, sus mujeres, estaban enterrados pobremente; procuró se pasasen a mejor lugar con sus túmulos y en ellos sus letreros. Vuelto a Valladolid, honró a don Lope Díaz de Haro, señor de Vizcaya, a quien él tenía grande obligación, y por quien principalmente tenía el reino; hízole mayordomo de la casa real y su alférez mayor. Diole asimismo en tenencia muchos castillos y muy fuertes

 

 

 

 

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en todo el reino; y ultra de esto, a 1 de enero le engrandeció con título y honra de conde; para que esta merced fuese más señalada le dio privilegio y cédula real en que declaraba ser su voluntad que todas estas honras, privilegios y prerrogativas las heredase don Diego Lope de Haro, su hijo, muerto que fuese el padre. Al hermano de don Lope de Haro, que se llamaba don Diego de Haro, le hizo capitán de la frontera contra los moros.

 

De aquí vino a crecer grandemente la autoridad y poder de aquella familia en estado y renta. En particular comenzó don Lope de Haro a tener mucha privanza y favor con el rey y atropellar a quien a él se le antojaba, de que muchos se quejaban y murmuraban, movidos algunos de buen celo, otros de envidia que pudiese más uno solo que toda la demás nobleza; y claramente decían que los tenía oprimidos como si propiamente fueran esclavos; que don Lope de Haro era el que reinaba en nombra de don Sancho. En especial llevaban mal esto los gallegos y los de León, y acusaban a don Lope de Haro, entre otras cosas, que siendo muy áspero y severo con los demás, solamente favorecía y daba todos los provechos y honras a sus parientes y amigos. No dura mucho el poder de los privados cuando no se templan y humanan. Andaba don Lope muy ufano porque demás de lo dicho emparentó con la casa real por medio de su hija doña María, que casó con el infante don Juan. Al mismo rey pretendía apartar de su mujer por casarla con Guillelma, su prima, hija que era de Gastón, vizconde de Bearne. Para salir con esto no cesaba de poner mala voz en el casamiento primero y acusarle.

 

Llevaba el rey muy mal estas pláticas, mayormente que a la misma sazón le nació otro infante de la reina, por nombre don Alfonso. Deseaba descomponer a don Lope; pero la revuelta de temporales tan turbios no daban para ello lugar, ni aún se atrevía a declararse y dar muestra de su enojo y desabrimiento, antes le traía en su compañía en el mismo lugar de autoridad que antes; y visitado que hubo el reino de Toledo, se partió para Astorga, y en su compañía don Lope. La voz era para hallarse a la misa nueva de don Merino, obispo de aquella ciudad, y honrarle con su presencia por ser de nobilísimo linaje y deudo del rey de Francia. Su intento principal era apaciguar a los gallegos, que andaban alborotados, y reprimir las entradas y correrías de portugueses que hacían por aquellas comarcas el infante don Alfonso, hermano del rey de Portugal, y en su compañía don Alvar Núñez de Lara, hijo de don Juan de Lara, como

 

 

 

 

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hombre feroz que era y desasosegado y acostumbrado a vivir de rapiña. Eran a propósito para esto los pueblos de Portalegre y de Ronca, que don Alfonso poseía en las fronteras de Portugal y a la raya de Castilla. El cuidado de sosegar los gallegos encargó a don Lope de Haro; sobre lo de Portugal se comunicó con aquel rey, con que, juntadas sus fuerzas y hecha liga, se puso sobre la villa de Ronca; talaron los campos, pusieron fuego a las alquerías y edificios que estaban fuera del pueblo; movidos de este daño los de dentro y por miedo de mayor mal se riudieron.

 

Halláronse presentes en aquel cerco los dos reyes; don Dionisio, el de Portugal, aconsejó a don Sancho que si quería ver su reino sosegado procurase abatir a don Lope de Haro, y para este efecto recibiese en su gracia y autorízase a don Alvar Núñez de Lara, porque a causa de las grandes riquezas y poder de aquel linaje, igual a su nobleza, era a propósito para contraponerle y amansar el orgullo de aquel personaje. Hízolo así; don Lope, que bien entendía dónde iban encaminadas estas mañas y cautelas, como hombre altivo y que no podía sufrir igual, resentido de esta injuria buscó ocasión para recogerse a Navarra. Dio a entender que iba a visitar a Gastón, vizconde de Bearne, como quier que a la verdad se tenía por agraviado del rey, que con aquel desvío y mal tratamiento desdoraba las mercedes pasadas. La privanza y poder acerca de los reyes nunca es segura, mayormente cuando es demasiada. Con su ida los navarros, a quien no faltaba voluntad de hacer guerra a Castilla por los desabrimientos pasados y por lo que pretendían que de aquel reino les tenían malamente usurpado, tomaron las armas. Era virrey en aquella sazón de Navarra Clemente Luneo, francés de nación. Muchas veces salieron loa navarros a correr las fronteras, así de Castilla como de Aragón, sin suceder cosa alguna memorable, salvo que tomaron a los aragoneses la villa de Salvatierra y pusieron en ella guarnición de soldados navarros.

 

Con más próspera fortuna hacían los aragoneses la guerra en Italia. Roger de Lauria, bravo caudillo y señalado por las victorias pasadas, acometió de improviso la armada de los enemigos, que tenían muy poderosa por el gran número de bajeles, junto a Nápoles. Fue muy reñida y sangrienta la batalla, que se dio a 16 días del mes de junio. La victoria quedó por los aragoneses; tomaron cuarenta y dos bajeles; los cautivos fueron cinco mil, y entre ellos muchos por su linaje y hazañas muy señalados. Los más de ellos se rescataron por dinero, solo a Guido de

 

 

 

 

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Monforte ni por ruegos ni por algún rescate quisieron dar libertad. Esto por dar contento a los reyes de Aragón y de Inglaterra, sus enemigos capitales, a causa que este caballero era bisnieto de Simón, conde de Monforte, aquel que, como arriba se dijo, venció en batalla y mató a don Pedro, rey de Aragón, en la guerra de Tolosa. El nieto de este Simón, llamado asimismo Simón, prendió al emperador Ricardo (que fue elegido en competencia de don Alfonso el Sabio, y era hermano del rey Enrique de Inglaterra) los años pasados en la batalla de Leuvis, que hubo entre los franceses y ingleses, do estuvo un monasterio famoso de San Pancracio. Este Guido en venganza de su padre Simón, que poco después fue por los ingleses muerto en otra batalla que se dio cerca de Vigomia en Inglaterra, el tiempo que Eduardo, rey de Inglaterra, volvía de la guerra, de la Tierra Santa, mató con grande impiedad y crueldad a Enrique, hijo del emperador Ricardo, en Viterbo en la iglesia mayor, donde oía misa. Esto hecho, con las armas se hizo camino para huir y se fue a valer a su suegro el conde del Anguilara, llamado Rubro. Comúnmente cargaban a Carlos, rey que era a la sazón de Nápoles y Sicilia, de que no vengó esta muerte como vicario que era en aquel tiempo del imperio, y como tal tenía puesto al dicho Guido en el gobierno de Toscana. Los historiadores ingleses y franceses afirman que Guido, después que fue preso en la batalla naval susodicha, fue entregado en poder del rey de Inglaterra. Un historiador siciliano de aquel tiempo porfía que falleció en Sicilia de una enfermedad, de que sólo a juicio de los médicos le pudiera sanar la comunicación con mujer, y que él no quiso venir en ello por no hacer injuria al matrimonio y por no sujetarse a la deshonestidad; que si fue así, es tanto más de loar este caballero, que su mujer Margarita, después que del enviudó, se dice hizo poco caso de lo que debiera y vivió con poco recato. Dejó este caballero una hija llamada Anastasia, que casó con Romano Ursino, pariente cercano del papa Nicolás III y conde de Nola. La nobilísima sucesión que procedió de este casamiento se continuó en aquella casa y estado hasta nuestros tiempos, cuando últimamente faltó y la ciudad de Nola volvió a la corona real.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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XI. Que se trato de librar los hermanos Cerdas, y Carlos, príncipe de Salerno, fue puesto en libertad

 

Sosegados estaban los aragoneses y muy pujantes en fuerzas, riquezas y gloria por sus hazañas grandes y memorables. Solamente en la costa de Cataluña inquietaba a los naturales con sus armas don Jaime, rey de Mallorca, bien que no hizo cosa alguna digna de memoria. El nombre del rey don Alfonso de Aragón era célebre. Tenía en su mano puesta la paz y la guerra a causa de los grandes príncipes que tenía en su poder detenidos; los hermanos Cerdas en el castillo de Morela, el príncipe de Salerno en el de Siurana, ambos muy fuertes y con buena guarda. Cansados pues estos príncipes de tan larga prisión y movidos por miedo de mayor mal, se inclinaban a la paz con las condiciones que él quisiese; tenían grandes reyes por intercesores; muchas embajadas de Francia y de Castilla venían al rey de Aragón sobre el caso; la autoridad de Eduardo, rey de Inglaterra, que se interpuso con los demás por medianero, era de más peso y eficacia a causa que el aragonés pretendía tomarle por suegro y casarse con su hija Leonor.

 

Acordaron pues estos reyes de verse y hablarse en la ciudad de Oloron, que se llamó antiguamente Lugduno, y está en los confines de Francia en los pueblos llamados coquenos (hoy está en el principado de Bearne a las faldas de los montes Pirineos; el emperador Antonino la llamó Illuro). En aquella junta y habla por grande instancia del rey de Inglaterra se alcanzó que dentro de un año Carlos, príncipe de Salerno, fuese puesto en libertad con estas condiciones: que el reino de Sicilia quedase por don Jaime; que el preso alcanzase del papa consentimiento para esto, junto con alzar las censuras puestas contra los aragoneses; item, que pagase treinta mil marcos de plata; últimamente, que Carlos de Valois se apartase de la pretensión que tenía al reino de Aragón que le adjudicara el pontífice Martín; que dentro de tres años, si todo esto no se cumplía, fuese aquel príncipe obligado a tornarse a la prisión, y sin embargo, diese en rehenes a sus tres hijos Roberto, Carlos y Luis, ultra de esto, sesenta caballeros de los más nobles de la Provenza. Graves condiciones eran estas; pero como al vencedor eran estos conciertos provechosos, así a los vencidos era forzoso aceptarlos de cualquiera manera que fuesen, que una vez puestos en libertad, confiaban no les faltaría ocasión de mejorar su partido.

 

 

 

 

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Carlos, príncipe de Salerno, puesto que fue, según lo asentado, en libertad el año del Señor de 1288, desde Aragón pasó a Francia, desde allí a Toscana; apaciguados ende los alborotos de los gibelinos, en Roma finalmente le declaró por rey de Pulla y de Sicilia el papa Nicolás IV, el que al principio de este año sucedió en lugar de Honorio. Púsole la corona real en su cabeza con todas las demás insignias y vestiduras reales. Pretendía el pontífice no ser válido el concierto pasado, como hecho sin su licencia, de un reino que de tiempo antiguo era feudatario de la Iglesia romana. Esto alteró grandemente el ánimo del rey de Aragón, tanto más que entendía y le avisaban que el rey don Sancho quería dejar su amistad y avenirse con el rey de Francia a persuasión del sumo pontífice, parecer que aprobaban la reina y don Gonzalo, arzobispo de Toledo, aunque muchos grandes juzgaban debía ser preferida la amistad del rey de Aragón, así por la vecindad de los reinos como por tener en su poder los hermanos Cerdas. De estos principios se alteraron algunos, y por la muerte de don Lope de Haro, como luego se contará, sus parientes y amigos se pasaron a Aragón, y fueron causa de nuevas y largas guerras; pretendían y procuraban satisfacerse de sus particulares disgustos con las discordias y males comunes. El rey don Sancho por el mismo caso se vio puesto en necesidad de darse prisa a hacer la confederación con el rey de Francia. Enviaron los dos reyes sus embajadores a Lyon de Francia, do los esperaba el cardenal Juan Cauleto, enviado por legado del sumo pontífice para este efecto. Por el rey de Francia vinieron Mornay y Lamberto, caballeros principales de su corte; el rey don Sancho envió a don Merino, obispo de Astorga. El concierto se hizo de esta manera: el rey don Sancho prometía de dar a don Alfonso de la Cerda el reino de Murcia, a tal que no se intitulase en ninguna manera rey de Castilla, y el reino de Murcia le tuviese como moviente y feudatario de Castilla; que si don Alfonso muriese sin hijos, sucediese don Hernando, su hermano menor; el de Castilla enviase mil caballos en ayuda al rey de Francia, que quería mover guerra a Aragón, y si fuese necesario, diese paso y entrada segura por sus tierras al ejército francés; item, que los hermanos Cerdas, luego que alcanzasen libertad con el poder e industria de los dos reyes, se entregasen en poder del rey de Francia.

 

Este concierto dio mucho disgusto a doña Blanca, madre de los infantes, en tanto grado, que dejado su hermano, se fue a Portugal. Como mujer varonil pretendía buscar nuevos socorros contra las fuerzas de

 

 

 

 

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Castilla, puesto que más fue el trabajo que en esto tomó que el fruto que sacó. El rey Dionisio de Portugal, echados los moros de toda su tierra, gozaba de una tranquila paz, ni le podían convencer a que la alterase en pro de otros y daño suyo. ¿Qué prudencia fuera ponerse en peligro cierto con esperanza incierta, y escurecer la gloria ganada y alterar la quietud y reposo de su reino con mover las armas fuera de tiempo? Tuvo este rey muy buenas partes, y en especial muy noble generación de hijos y hijas. De doña Isabel, su mujer, tuvo antes de esto una hija, llamada doña Isabel, y este año le nació otra, que se llamó doña Costanza; de allí a dos años otro hijo, que se llamó don Alfonso, que fue heredero del reino. De mujeres solteras tuvo estos hijos: a don Alfonso de Alburquerque, de quien trae su descendencia una familia de este sobrenombre, nobilísima en Portugal, y a don Pedro, que fue dado a los estudios de las letras, como da testimonio un libro que compuso de los linajes y de la nobleza de España; y a don Juan y a don Fernando, y ultra de estos dos hijas, que la una casó con don Juan de la Cerda, y la otra se metió monja.

 

 

 

 

XII. De nuevas alteraciones que se levantaron en

 

Castilla

 

Castilla, por lo que tocaba a los moros, sosegaba a causa de la amistad que tenían con el rey de Granada; con África poco antes se asentaron treguas con Jusef, rey de Marruecos. La guerra civil y doméstica tenía a todos puestos en mayor cuidado. Sucedió este daño por la muerte de don Lope de Haro, que le dieron dentro de palacio y en presencia del mismo rey; si con razón o sin ella, no se averigua bastantemente. Para que todo esto mejor se entienda será bien relatar los principios por do se encaminó esta desgracia. Por muerte de don Alvar Núñez de Lara, que falleció poco después que tornó en gracia del rey don Sancho, don Lope de Haro, su competidor, volvió a Castilla y a la corte con esperanza de recobrar la cabida y autoridad que antes tenía, pues era muerto su contrario; pero la naturaleza, que no permite viva alguno sin competidor y sin contraste, en el mismo punto que murió, hizo que don Juan, hermano del difunto, subiese al mismo grado de dignidad y al favor y gracia del príncipe que su hermano tuvo, con mucho gusto del pueblo y no menor pesar y dolor de

 

 

 

 

 

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don Lope de Haro. Quejábase que con aquellas artes y mañas se le hacía notable agravio, y que todo se encaminaba a disminuir su autoridad y menoscabarla. Era el sentimiento en tanto grado, que no temía de dar muestras de él al mismo rey y formar quejas en su presencia. Como el infante don Juan, su yerno, con un escuadrón de gente corriese la campaña de Salamanca, y con sus ordinarias correrías llegase hasta Ciudad-Rodrigo y el rey se quejase de esto con don Lope de Haro, tuvo atrevimiento de confesar que todo aquello se hacía por su consejo y voluntad, hasta añadir que si el rey iba a Valladolid, su yerno vendría a Cigales, que es un pueblo allí cerca, y era tanto como amenazarle. Soltar la rienda a la mala condición y irritar con esto la ira de los reyes, cosa es muy perjudicial. Verdad es que por entonces el rey tuvo sufrimiento y disimuló lo mejor que pudo hasta que se ofreciese ocasión para castigar tan gran locura y desacato. Fue el rey a Valladolid, habló con don Juan, su hermano, diose orden como aquellos alborotos algún tanto sosegasen. Partido de Valladolid, fue primero a Roa, y de allí a Berlanga y a Soria.

 

Después tomó el camino para Tarazona para verse con el rey de Aragón y alcanzar de él que le entregase los hermanos Cerdas. Estorbóse esta vista de los reyes por las malas mañas de don Lope de Haro, que como tercero iba de una parte a otra, y a cada cual de las partes refería en nombre del otro condiciones para asentar la paz muy pesadas y muy contrarias de lo que los mismos príncipes pretendían. Todo iba enderezado a derribar por medio de los hermanos Cerdas al rey don Sancho, de quien tenía de todo punto el ánimo enajenado, que fue la causa de no efectuarse cosa alguna y de volverse el rey a Alfaro, que es una villa de Castilla puesta a los confines de Aragón y de Navarra. Acudieron el infante don Juan y don Lope de Haro, su suegro, a hacer reverencia y compañía al rey sin guarda bastante con que se asegurasen. Halláronse presentes don Gonzalo, arzobispo de Toledo, y don Juan Alfonso, obispo de Plasencia, el obispo de Calahorra, el de Osma y el de Tuy; allende de estos el deán de Sevilla, que era chanciller mayor, y el abad de Valladolid, todos llamados a consejo para tratar de cosas importantes. Llegados don Juan y don Lope a besar al rey la mano, mandóles le volviesen a la hora todos los castillos y plazas que tenían en su poder, y para esto alzasen el juramento a los soldados que tenían de guarnición y diesen las contraseñas por do entendiesen por cierto que era tal su voluntad. Fueles este mandato muy pesado, excusábanse de obedecer, mandólos prender; don Lope de Haro,

 

 

 

 

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puesta mano a la espada y revuelto el manto al brazo, con palabras muy injuriosas y llamar al rey tirano, fementido, cruel, con todo lo demás que se le vino a la boca y que el furor y rabia le daban, se fue para él con intento de matarle. Locura grande y demasiado atrevimiento, que le acarreó su perdición; los que estaban presentes pusieron asimismo mano a sus espadas, y del primer golpe le cortaron la mano derecha y consiguientemente le acabaron. Caballero que fue arriscado y fuerte, más su arrogancia y poder demasiado, junto con la envidia que muchos le tenían, redujeron a estos términos. Don Juan, su yerno, después que hirió a algunos de los criados del rey, como vio muerto a su suegro, se huyó y acogió al aposento de la reina, que se puso delante para ampararle del rey, que venía en su seguimiento con la espada desnuda, y por sus ruegos y lágrimas hizo tanto, que le libró de la muerte. Pusiéronle en prisiones para estar a juicio, y dar razón de este y de los demás desacatos.

 

Forzosa cosa es pasar muchas cosas en silencio por seguir la brevedad que llevamos. Mas ¿quién podría contar por menudo y a la larga todas las tramas que en esto hubo de traición y deslealtad? ¿Quién decir todo lo que pasó en tan grande ruido y alboroto y encarecer la turbación y desasosiego de toda la casa real? La suma es que, quitadas delante las cabezas, los alborotos se apaciguaron por entonces, y con el ejemplo fresco de aquella culpa y de aquel castigo los demás se tuvieron a raya para que luego no se alterasen. Pero como se hubieron un poco sosegado, en secreto y públicamente en corrillos comenzaron a murmurar de este hecho del rey. Decían que con muestra de amor engañó a tan grandes príncipes; los parientes y aliados de los dos unos se salían de la corte, otros, de que hubo gran número, se fueron del reino. Por todo esto bien se dejaba entender que se armaba alguna gran tempestad, que fue la causa principal de abreviar la confederación y liga con el rey de Francia en León, como arriba queda dicho.

 

Doña Juana, mujer del difunto don Lope de Haro e hija de don Alfonso, señor de Molina, toda cubierta de luto, se fue a ver con la reina, su hermana, en Santo Domingo de la Calzada, donde estaba la corte. Pretendía con esto recoger las reliquias del naufragio de su casa. Hizo tanto, que con sus lágrimas y a ruego de la reina se amansó el rey para que no despojase a su hijo del señorío de Vizcaya, como lo pretendía hacer, y ya por fuerza se había apoderado de la villa de Haro y del castillo de Treviño. Demás de esto, con deseo de sosiego y de apaciguarlo todo la

 

 

 

 

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reina prometió a su hermana que si su hijo don Diego de Haro, como era forzoso, llevase en paciencia la muerte de su padre y se pusiese en manos del rey, le haría dar el lugar y autoridad que su padre tenía. Doña Juana, como mujer inconstante, pensó que estas promesas procedían de miedo; así, mudó luego de parecer y trocó la humildad pasada en cólera, tanto, que con deseo de vengarse atizaba a su hijo, y le aconsejaba que, renunciada la fe y lealtad que al rey tenía prometida, se desnaturalizase y se pasase a Aragón. Doña María, mujer del infante don Juan, que tenían preso, se pasó a Navarra, cerca de la cual estaba. En su compañía se salieron otrosí de Castilla muchos de sus aliados, dado que la mayor parte, como suele acontecer en estas revueltas, dudosos y suspensos se estuvieron en sus casas para tomar consejo conforme al tiempo y como las cosas se rodeasen.

 

Gastón, vizconde de Bearne, sabido lo que pasaba, vino a gran prisa a Aragón en favor de sus deudos, resuelto de poner a cualquier riesgo su persona y estados por los amparar. A instancia de todos estos señores el rey de Aragón puso en libertad a los hermanos Cerdas. Y para hacer mayor pesar al rey don Sancho, por el mes de septiembre en Jaca, donda hizo traer a los infantes, nombró a don Alfonso, el mayor de ellos, por rey de Castilla y de León, de que resultaron nuevas guerras y grande ocasión para discordias; y es cosa forzosa que los grandes reinos sean muchas veces combatidos de nuevas y grandes tempestades. Por medio de los Cerdas y con el favor de los aragoneses se movió guerra a Castilla. El pueblo estaba no más deseoso que medroso de cosas nuevas. Los caballeros principales de Castilla no eran de un mismo parecer; los más prudentes con deseo de sosiego seguían el partido del rey don Sancho, y querían agradarle a él, pues tenía el mando y señorío.

 

Él en aquellos días fue a Vitoria, que es en Álava; allí la reina parió un hijo que se llamó don Enrique. La ida se enderezaba, así para verse en Bayona con el rey de Francia, según que lo tenían determinado por sus embajadores, como para acabar de conquistar los lugares y tierras de Vizcaya y ponerlos debajo de su señorío. Esta guerra fue más dificultosa de lo que se pensó por la aspereza de los lugares, la falta de bastimento y la condición de la gente, constante en guardar la fe y lealtad a sus señores. Teníase esperanza por medio del maestre de Calatrava, don Ruy Pérez Ponce, de poder ganar a don Diego de Haro, hermano de don Lope, al cual antes de este tiempo el rey hizo capitán de la frontera, y al presente le

 

 

 

 

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ofrecía mucho mayores honras y premios, hasta darle intención que le daría el señorío de Vizcaya. Pero él, sin hacer caso de todo esto, quiso más irse desterrado a Aragón. Decía no se debía confiar de quien so color de amistad maltrató de tal manera a tales príncipes, sus parientes y amigos. Así, se partió determinado de favorecer y amparar con su consejo y hacienda y diligencia a su sobrino. Todo parecía estar a punto de romper; los pueblos resonaban con aparatos y pertrechos de guerra, cuando, al mismo punto que querían acometer las fronteras de Castilla, falleció de enfermedad don Diego de Haro, hijo de don Lope, en gran pro y beneficio del rey don Sancho y de sus cosas. Con su muerte so resfriaron las voluntades de los que seguían su bando; y Vizcaya, que hasta entonces hacía resistencia, toda ella vino en poder del rey por el esfuerzo y valor de Diego López de Salcedo, a quien se cometiera todo el peso de aquella conquista, y de quien, así en guerra como en paz, se hacía mucho caso.

 

 

 

 

XIII. De algunas hablas que tuvieron los reyes

 

El rey don Sancho, dado que hubo fin a las cosas de Vizcaya, y que las vistas con el rey de Francia se remitieron para otro tiempo, dejó a su hermano el infante don Juan con buena guarda preso en el alcázar de Burgos, y después le pasaron a Curiel; y él con el cuidado que tenía de la guerra de Aragón y de su reino, que de nuevo andaba en balanzas, se partió para Sabugal, que es una villa a la raya de Portugal. Allí se juntaron él y el rey de Portugal para tratar entre los dos de sus haciendas; hicieron liga contra los aragoneses y los desterrados de Castilla, que se apercibían para la guerra so color de poner en posesión a don Alfonso de la Cerda, que ya se intitulaba rey de Castilla, en el reino de su abuelo. Apartados los reyes y vueltos de estas vistas, don Sancho, recogidas sus fuerzas por todas partes y la gente de guerra que tenía, se fue a encontrar con los aragoneses a la villa de Almazán. En el mes de abril del año del Señor de 1289 se juntaron los dos campos; más no sucedió cosa digna de memoria; sólo la villa de Morón fue tomada por los aragoneses por fuerza de armas, y Almazán fue cercado. De la otra parte del rey don Sancho con una entrada que hizo por las fronteras de Aragón destruía la campaña, robaba ganados y ponía a fuego villas y lugares. Don Diego López de Haro de la misma

 

 

 

 

 

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manera con sus correrías talaba todos los campos y términos de Cuenca y Huete, demás de un escuadrón de enemigos con quien se encontró y los venció y puso en huida junto a la villa de Pajarón. En esta refriega murió Rodrigo de Sotomayor, capitán de los castellanos. Las banderas que les tomó envió don Diego a la ciudad de Teruel. La estrechura del lugar fue causa de este revés; los aragoneses peleaban mejorados de lugar, y por todas partes estaban sobre los enemigos.

 

En ninguna parte podían reposar, unos daños sucedían a otros, como si anduvieran en rueda; los que con su daño pagaban las discordias de los príncipes eran los inocentes. Verdad es que las más ciudades y villas tenían la voz de don Sancho, unas por miedo, otras por voluntad. Sólo en Badajoz se encendió una revuelta muy grande; estaban aquellos ciudadanos de tiempo antiguo divididos en dos bandos, es a saber, los Bejaranos y los Portugaleses. Fueron los Bejaranos despojados de sus haciendas por los contrarios y forzados a ausentarse de la ciudad. Hicieron recurso al rey para que deshiciese el agravio. Mandólo así; los dañadores no quisieron obedecer a este mandato. Acudieron los Bejaranos a las armas, y con gente que tenían apercibida mataron gran número del otro bando y echaron los que quedaban de la ciudad. A este atrevimiento de quererse vengar por sus manos añadieron otro mayor, y fue que como se hubiesen fortificado en lo más alto de la ciudad, apellidaron por rey a don Alfonso de la Cerda. Dio esto grande pesadumbre al rey don Sancho; el daño que resultó a aquella ciudad fue notable. Grande es la furia del pueblo puesto en armas; las fuerzas de los reyes son mayores. Viose por experiencia que luego que el rey envió su campo sobre ellos la osadía se les trocó en miedo. Rindiéronse a partido, salvas las vidas. No les guardaron el concierto; todos los Bejaranos fueron pasados a cuchillo en número de cuatro mil entre hombres y mujeres. El mismo trabajo corrió Talavera, villa principal en el reino de Toledo; por seguir la voz de don Alfonso de la Cerda hasta cuatrocientos de los más nobles fueron justiciados y descuartizados públicamente a la puerta, que desde aquel tiempo comenzó el vulgo a llamarla la puerta de Cuartos. Así lo testifican los de aquel lugar como cosa recibida de mano en mano de sus antepasados, sin que haya autor ni testimonio más bastante. Lo cierto es que con el castigo de estos dos pueblos quedaron avisados los demás para no se desmandar; y es así, que todo grande ejemplo y hazaña es casi forzoso tenga mezcla de algunos

 

 

 

 

 

 

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agravios; pero lo que se peca contra los particulares se recompensa con el provecho y sosiego común.

 

El año próximo siguiente de 1290 se trató de nuevo que los reyes de Francia y de Castilla se viesen y hablasen. Acordado esto, llegaron en un mismo día a Bayona, pueblo de la Guyena, señalado para esta junta. Lo más principal que entre los reyes se resolvió fue que el de Francia alzó la mano de ayudar a los hermanos Cerdas, renunció otrosí el derecho, si alguno tenía, al reino de Castilla, como bisnieto de la reina doña Blanca, que no faltaba quien le pusiese en seguir esta demanda. Demás de esto, se resolvió de hacer por ambas partes la guerra al reino de Aragón. Al mismo tiempo Tolosa, Segura y Villa franca, que se comenzaran a edificar en la parte de Vizcaya en tiempo del rey don Alfonso, se acabaron en éste por la diligencia del rey don Sancho, de que hay hoy día públicos instrumentos despachados en esta razón en Vitoria y en Valladolid, donde se vino desde Bayona.

 

El rey de Aragón, sabida la confederación de los dos reyes y visto que no tenía fuerzas para contrastar con Castilla, Francia e Italia, mucho se inclinaba a la paz, sin embargo que Carlos, rey de Nápoles, no cumplía lo que se asentó en el concierto pasado; de que el rey de Inglaterra, por cuya instancia fue puesto en libertad, se sentía muy agraviado que hiciese burla de su fe y palabra.

Acudieron por todas partes al papa o poner en sus manos estas diferencias. Respondió enviaría sus legados, que oídas las partes, con condiciones honestas acordasen todos estos debates. Nombró para esto dos cardenales, es a saber, Benito Colona y Gerardo de Parma para que fuesen a Francia, y lo compusiesen todo.

En este comedio Carlos, rey de Nápoles, y el rey de Aragón, con seguro que se dieron el uno al otro, se vinieron a hablar en Junquera, pueblo de Cataluña. Allí platicaron sobre muchas cosas y asentaron treguas por algunos meses mientras que los legados tomasen algún buen medio para asentar con firmeza la paz, cosa que a todos venía bien y a que todos se inclinaban, Carlos con esperanza de recobrar el reino de Sicilia, el aragonés porque se alzase el entredicho que tanto duraba en su reino y por excusar la guerra que de Francia le amenazaba, demás del deseo que le punzaba, apaciguadas estas diferencias, de volver sus armas contra Castilla.

 

 

 

 

 

 

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XIV. Que don Juan de Lara se pasó a Aragón

 

Don Juan Núñez de Lara, personaje de gran reputación, poder y riquezas, comenzaba de nuevo a aficionarse al partido de Aragón, así por su poca constancia como por la intención que le daban de restituirle la ciudad de Albarracín; cosa muy ordinaria, que los hombres hacen más caso de su interés que de lo que es justo y loable. El rey don Sancho, por tener entendido sería de grande importancia para todo su ida o su quedada, hizo todo lo posible para sosegarle hasta nombrarle por general de las fronteras de Aragón y hacerle otros regalos. No aprovechó nada todo esto, mayormente que en Burgos, donde la corte estaba, un paje le dio ciertas cartas en que le avisaban mirase por sí, que le tenían armada celada. Corrió la fama que fue así verdad; yo más creo fue mentira, como lo afirman autores de crédito; que aquellas cartas fueron echadizas por personas que les pesaba que un caballero tan valeroso hubiese vuelto a la gracia del rey, como hombres que tenían más cuenta con sus intentos particulares que con el bien común. Don Juan, que de su naturaleza era sospechoso, dio crédito a lo que las cartas decían, y a gran furia salió de la corte, y por el reino de Navarra se pasó a Aragón, sin que fuese parte para estorbarlo la diligencia que el rey puso por medio de la reina y con ir él mismo en pos de él hasta Valladolid. Sentía mucho su partida por ver que le amenazaba una grave tempestad si caballero tan poderoso y de tantos amigos se juntase con los demás forajidos. No era este recelo fuera de propósito; que luego con mucha gente entró por las fronteras de Castilla hasta Cuenca y Alarcón, taló y robó toda la campaña, hizo todo el mal y daño que pudo. Acudieron las gentes del rey don Sancho; pero en un encuentro las desbarató y les tomó muchas banderas, rindió y sujetó la villa de Moya, y con gran número de cautivos y ganados dio la vuelta para Valencia. Desde donde el rey de Aragón, don Diego de Haro y don Juan de Lara con gente que tenían aprestada todos juntos volvieron a entrar por la parte de Molina, Sigüenza, Berlanga y Almazán, sin hallar quien les fuese a la mano, destruyeron toda la tierra.

 

Aquejaba este daño mucho al rey don Sancho, deseaba acudir con sus gentes desde Cuenca, do era venido para remediar los daños. Poco efecto hizo; unas cuartanas que muy fuera de sazón le tenían trabajado, le embarazaban y debilitaban de suerte, que no podía hacer cosa alguna ni dar orden en lo que convenía, de que recibía más pesadumbre que de la

 

 

 

 

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misma enfermedad. Llegó a términos de estar desahuciado de los médicos. La reina, que en Valladolid aquellos días parió un hijo, que se llamó don Pedro, aún no bien convalecida del parto, con el aviso se puso en camino para visitar al rey. Su venida dio al doliente mucho contento, y fue muy provechosa para el bien común su llegada. Con su buena maña redujo a don Juan de Lara, que ya estaba arrepentido de su liviandad por salirle vana la esperanza de recobrar a Albarracín. Concertaron que doña Isabel, hija de doña Blanca y del hermano de la reina, doncella de muy excelentes partes, casase con el hijo de don Juan de Lara, que tenía el mismo nombre que su padre. Era la dote el señorío de Molina, porque el padre de la novia no tenía hijo varón. Asentado esto, se celebraron las bodas en Cuenca con grande majestad y aparato.

 

Concluidas las fiestas, el rey y la reina se fueron para Toledo y en su compañía don Juan Núñez de Lara. Aposentáronle en el monasterio de San Pablo, que era de la orden de Santo Domingo, fuera de los muros de la ciudad, a la ribera de Tajo. Un día muy noche se entretenía enjugar a los dados con un judío muy rico. Vino al improviso un su criado, llamado Nuño Churuchao; avisóle se pusiese en cobro, porque tenían ordenado de matarle; que la noche pasada metieron muchas armas dentro de palacio. Dio él luego crédito a este aviso; quisiera huir, pero no le fue posible por estar cerradas las puertas de la ciudad y dentro las cabalgaduras y criados. Pasó la noche con este miedo y cuidado, que se le hizo muy larga.

Al alba del día, llamados sus criados y caballeros, les dijo el peligro en que se hallaba; ellos, sin embargo, le aconsejaron que no hiciese movimiento, que pues la noche se pasó sin muestra ninguna de tales asechanzas, que entendiese era mentira; porque ¿a qué propósito dilatarlo, si tal pensaran? ¿Para qué esperar a que viniese el día? ¿Por ventura para que fuese testigo de la traición? ¿Qué más querían sus contrarios que verlo ido de la corte, en que tenía tanto poder y mando, que a todos causaba envidia, y sus riquezas les hacían temblar? Que en la ciudad todo lo veían sosegado, que se acordase del engaño pasado; y finalmente, que aquel su consejo, o sería para él saludable, o si todavía fuese necesario huir el peligro, que era lo peor que se podía esperar, que esto sería la noche siguiente; que de día al seguro no se atreverían a acometer tal hazaña.

 

Con estas razones se mitigó su miedo. Avisado el rey de aquel recelo y sobresalto, sintió mucho que se pusiese duda en su fe y palabra. Cuidaba cómo le quitaría aquella sospecha; cuanto más el rey procuraba darle

 

 

 

 

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satisfacción, él sospechaba que no debían engañarle los que le avisaron; y que aunque la verdad no se podía averiguar, que se la querían encubrir con artificio y maña. En este tiempo se asentó de nuevo la confederación con el rey de Granada a tal que pechase el tributo que debía conforme a los conciertos pasados. Fue necesario acudir a esto porque andaba en balanzas, como es la costumbre de aquella gente ser poco constantes. Hernán Ponce de León, que era frontero de los moros, fue el principal medio para que estos reyes se conservasen en paz y amistad. De Toledo fueron los reyes primero a Burgos, y de allí a Palencia, donde se hacía capítulo general de la orden de Santo Domingo.

 

Don Juan de Lara no se podía sosegar con ningunos beneficios y buenas obras; y no se contentaba con maquinar él solo revueltas, sino que atizaba y persuadía a los grandes de la corte que procurasen de intentar cosas nuevas; con esto andaban muchas voluntades torcidas y enajenadas del rey. Para remedio de esto sacaron de la prisión en que estaba a don Juan, hermano del rey, que era muy bienquisto de grandes y pequeños. Hizo él su juramento y pleito homenaje de ser fiel al rey y al príncipe don Fernando, su hijo, y besó la mano del niño, como heredero del reino, conforme a la costumbre que se guarda en Castilla. Demás de esto, por su medio muchos mudaron parecer y abrazaron los consejos más saludables. Por industria del rey, que fue a Santiago de Galicia so color de devoción y visitar aquella santa casa, se redujo asimismo a mejor partido y a que dejase las armas don Juan Alfonso de Alburquerque, caballero principal, que en Galicia andaba alborotado a persuasión de don Juan de Lara.

 

Estas cosas pasaban en Castilla el año de 1291, cuando al principio del mes de febrero los cardenales que el sumo pontífice enviara a Francia por legados, como arriba dijimos, en Tarascón, pueblo de la Galia Narbonense, compusieron las diferencias que resultaban entre los reyes de Aragón y Francia. Estuvo presente Carlos, rey de Nápoles, y los dos reyes enviaron sus embajadores con amplios poderes para venir en el concierto. Las condiciones de la paz fueron estas: el rey de Aragón envíe a Roma sus embajadores e humildemente pida perdón de la contumacia e inobediencia pasada. Peche en cada un año a la Iglesia romana treinta onzas de oro en razón de tributo y feudo, como su bisabuelo lo prometió. Con una buena armada pase en favor de la Tierra Santa. A la vuelta aconseje a su madre y hermano y procure partan mano de las cosas de Sicilia. Por conclusión, publique un edicto riguroso en que mande a todos los aragoneses, soldados

 

 

 

 

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y caballeros, salgan de aquella isla. Carlos de Valois renuncie el derecho que el papa le dio sobre el reino de Aragón. Demás de esto, se añadió que el padre santo recibiría en su gracia al aragonés y enviaría un prelado a quitar el entredicho que tenía puesto en todo aquel reino; al cual el rey de Aragón entregaría los rehenes que de parte del rey Carlos de Nápoles tenía en su poder. Al concluir estos conciertos no se hallaron los embajadores de Sicilia, y esto por industria del rey de Aragón con intento que no les desbaratasen todo, ca sabía cierto no vendrían en aquellas condiciones; maña de que el rey don Jaime y toda Sicilia se agraviaron en gran manera.

 

Quejábanse los hubiese engañado y desamparado quien más que todos los debiera favorecer. Sin embargo, querían llevar adelante lo comenzado y poner las vidas y la sangre en la demanda antes que volver al señorío de franceses. La resolución fue tal y tan grande, que al fin salieron con su intento. Por esta causa la esperanza que tenían de recobrar a Sicilia salió vana a los franceses; y aún la ida del rey de Aragón a la Tierra Santa no se efectué a causa que a la misma sazón vino nueva que Elpis, emperador de Egipto, y su hijo Melesaite con un cerco muy apretado que pusieron sobre Ptolemaide, ciudad que sólo quedaba allí en poder de cristianos, la combatieron de suerte, que la entraron por fuerza, y todos los moradores y soldados pasaron a cuchillo, los edificios al tanto los abatieron por tierra hasta no dejar rastro ni señal alguna de ciudad. Este fue el remate de la guerra sagrada y de aquella empresa de la Tierra Santa. Tal fue la voluntad de Dios. La pereza y poquedad de los fieles vergonzosa acarreó esta mengua y daño.

 

Viéronse segunda vez los reyes el de Aragón y el de Nápoles en Junquera; tornaron a tratar de la paz, a que el uno y el otro mucho se inclinaban por estar cantados de los trabajos pasados y temerosos de lo por venir. Por esta causa luego que se despidió esta junta, el rey Carlos casó su hija mayor, llamada Clemencia, con Carlos de Valois, y por dote el condado de Anjou y el estado de Maine; con tal condición empero que partiese mano de la pretensión de Aragón. Estaba al tanto muy resuelto el rey de Aragón en cumplir todo lo puesto y concertado, cuando la muerte, muy fuera de lo que pensaba, le atajó los pasos, que le sobrevino en Barcelona en sazón que se aprestaba para hacer traer a doña Leonor, su esposa, y todo andaba lleno de fiestas y contento. Falleció en la flor de su juventud en edad de veintisiete años a 18 días del mes de junio. Si tuviera más larga vida fuera muy señalado príncipe, conforme a las grandes

 

 

 

 

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muestras que daba de valor y de virtud. Ante todas cosas merece ser alabado por mostrar, como mostró, la paz al mundo, bien que no se la pudo dar. Su cuerpo enterraron en el monasterio de San Francisco de aquella ciudad y en el hábito de la misma orden. Las exequias y honras, como era razón, con grande aparato y muy solemnes.

 

 

 

 

XV. Cómo los tres reyes de España emparentaron

 

entre sí

 

Con el aviso de la muerte del rey de Aragón, porque no dejaba hijos su hermano don Jaime, luego desde Sicilia acudió y vino a Aragón a tomar posesión de aquel reino que le pertenecía, así por el derecho de parentesco como por el testamento de su hermano, ca le nombró por su sucesor. Así, sin contradicción en Zaragoza, a 24 días del mes de septiembre, fue ungido y coronado en la iglesia de San Salvador con las ceremonias acostumbradas. Tocante al testamento de su hermano, en que dejaba por heredero del reino de Sicilia a don Fadrique, su hermano menor, no quiso pasar por esta cláusula ni consentir que saliese de su poder el reino que los sicilianos le dieron con mucha voluntad y a instancia de su mismo padre.

 

Pretendían a la misma sazón su amistad don Alfonso de la Cerda, que presente se halló, y el rey don Sancho por sus embajadores, ambos con muchas veras. En esta competencia pareció inclinarse más el aragonés a la parte de don Sancho, y aficionarse más a la fortuna que a la justicia de las partes, sin memoria de la voluntad que su padre y hermano mostraron en aquel caso. A la verdad las fuerzas de los Cerdas, que con presteza y calor por ventura prevalecieran, con la tardanza estaban flacas; las del bando contrario de cada día se acrecentaban más y prevalecían, mayormente después que don Juan Núñez de Lara, por industria de la reina, como ya se dijo, trocó parecer y partido; tanto más, que en aquel mismo tiempo el rey don Sancho, puesta su alianza y amistad con Portugal, concertó a don Fernando, su hijo mayor y heredero de sus estados, con doña Costanza, hija del portugués. Para seguridad de que se efectuaría el casamiento entregó algunos castillos y villas de Castilla para que hasta tanto que se celebrase estuviesen como en tercería. Asentaron pues los reyes de Aragón y Castilla su amistad por medio de sus embajadores; y para que fuese más

 

 

 

 

 

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firme acordaron de verse en Montagudo, villa a propósito para esta habla por estar a la raya de los dos reinos. Allí a 29 de noviembre se concertaron los reyes de tal guisa, que los mismos tuviesen por amigos y por enemigos, y que en ninguno de los dos reinos se diese acogida, favor ni ayuda a los forajidos del otro, antes los entregasen a su señor. Demás de esto, porque a la sazón el rey de Marruecos, sin embargo de las treguas, tenía cercada a Beja, pueblo que algunos tienen que Ptolemeo y Tito Livio llaman Bigerra en la comarca de los bastetanos, en particular se acordó que para ayuda de aquella guerra, si fuese necesario, acudiese el aragonés con veinte galeras.

 

Para que todo fuese más firme concertaron que doña Isabel, hija del de Castilla, si bien no pasaba de nueve años, casase con el de Aragón. Los desposorios se celebraron en Soria a 1 de diciembre, y la niña fue entregada en poder de su esposo con esperanza de alcanzar dispensación sobre el parentesco de los novios; la prisa que los reyes tenían no sufría más dilación. Celebrados los desposorios, los reyes pasaron a Calatayud; allí se hicieron grandes regocijos, fiestas y convites. Hubo justas y torneos, en que Roger de Lauria, que en compañía del rey de Aragón era venido desde Sicilia, se señaló entre todos y se aventajó por la gran destreza que tenía en las armas.

 

Los grandes de Aragón desde los años pasados andaban alborotados, así entre sí como contra los reyes, en tanto grado, que pretendieron reformar los gastos de la casa real en tiempo del rey don Alfonso, y porfiaban en hacer mudar las leyes y magistrados y dar una nueva traza en el gobierno. Todas estas porfías eran demasiadas, como sea verdad que así la libertad como el señorío y mando tienen su tasa y medida no menos que las demás cosas del mundo. Estos caballeros por medio del rey don Sancho se reconciliaron y alcanzaron perdón de lo pasado. Los reyes se despidieron a la salida del año, cuando el rey bárbaro, alzado el cerco que tenía puesto, dio la vuelta para África por recelo de una grande armada que Benito Zacarías aprestaba en la coste de Galicia, demás que la villa por su fortaleza y por el valor de los nuestros hacía grande resistencia.

 

Con tantas cosas como en un tiempo se acabaron tornó la paz a España después de tan largo tiempo y quedaron apaciguados los enemigos domésticos y extraños. Sólo don Juan de Lara no sabía sosegar, y parece que maquinaba novedades; ni se fiaba del rey ni del todo dejaba las armas; por lo cual la guerra se volvió contra él, y por fuerza le quitaron a Moya y Cañete, pueblos de que el rey le hizo merced cuando se tornó de Aragón y

 

 

 

 

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se concertó el casamiento de su hijo. Don Juan, desconfiado de sus fuerzas y por no quedar en España a quien acudir a causa de los conciertos pasados, se fue desterrado a Francia. En su seguimiento partió luego don Gonzalo, arzobispo de Toledo, enviado por embajador del rey don Sancho para aplacar aquel rey y prevenirle que por medio de don Juan y por sus siniestras informaciones no diese lugar a que se enturbiase la amistad antigua. En particular llevaba orden de dar razón de la concordia que se asentara con los aragoneses; que dijese fue pura necesidad para sosegar a los suyos y excusar las guerras civiles quede nuevo amenazaban. Respondió a esto el francés que no recibía disgusto, antes que su hermano Carlos renunciaría de voluntad el derecho que tenía al reino de Aragón, a tal que por su medio el aragonés restituyese la isla de Sicilia a la Iglesia romana.

 

Entre tanto que esto pasaba, al principio del año de 1292 el almirante de Castilla, Benito Zacarías, peleó en la costa de África con veinte galeras de moros, desbaratólas y tomó las trece. Esta pérdida desbarató el propósito que el de Marruecos tenía de pasar de nuevo en España con grandes gentes que para este efecto tenía juntas en Tánger. Convidó asimismo al rey don Sancho esta victoria para que se pusiese con su gente sobre Tarifa, que después de un largo cerco ganó a 21 de septiembre. El rey de Portugal, dado que sobre ello le hicieron instancia, no envió algún socorro para aquella empresa por razones que debió tener bastantes.

 

La reina de Castilla, a la sazón en Sevilla, parió un hijo, que se llamó don Felipe.

Tomada que fue Tarifa, primero quedó en ella por gobernador don Rodrigo, maestre de Calatrava; después Alfonso Pérez de Guzmán se ofreció de defender aquella plaza con solo que le diesen la tercera parte de lo que a otros se solía dar. Era rico de dinero, que tenía allegado, no solo en España, sino en África, en el tiempo que sirvió al rey de Marruecos en muchas guerras contra otros moros. Con el dinero compró muchos lugares en el Andalucía, y los incorporó en el estado que le dejó su padre de Sanlúcarde Barrameda. Hacia otrosí grandes limosnas, por donde le dieron sobrenombre de Bueno, título que mantienen los de su casa, más ilustre que los que otros príncipes toman con soberbia y arrogancia. De este caballero descienden los duques de Medina Sidonia, señores de los principales de España, así en renta como en vasallos y nobleza.

 

 

 

 

 

 

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Tuvo don Alfonso un hijo, llamado don Juan, y un nieto del mismo nombre, que casó con doña Beatriz, hija bastarda del rey don Enrique el Segundo. Diole en dote la villa de Niebla con título de conde, por lo cual a su hijo y heredero en aquel estado llamó don Enrique. A este sucedió don Juan, su hijo, el que por merced del rey don Enrique el Cuarto se intituló duque de Medina Sidonia. Don Juan tuvo un hijo, llamado don Enrique, y un nieto, que se llamó don Juan, al cual el rey don Fernando el Católico dio el marquesado de Casasa en recompensa del trabajo y diligencia que puso en la conquista de la ciudad de Melilla y castillo de Casasa en la costa de África. A este don Juan sucedieron dos hijos que dejó, uno en pos de otro, es a saber, don Alfonso, que no tuvo muy entero juicio, y después de él don Juan, cuyo hijo mayor, que tenía el mismo nombre, murió en vida de su padre; por esta razón al dicho don Juan en nuestros días sucedió un nieto suyo, por nombre don Alfonso, que hoy día vive y tiene aquel estado. Esto cuanto a los señores y duques de Medina Sidonia. Volvamos con nuestro cuento a los reyes.

 

 

 

 

XVI. De la muerte del rey don Sancho

 

Con gran cuidado y diligencia procuraban a un mismo tiempo componer las diferencias entre Francia y Aragón y concertar aquellos príncipes, por una parte el papa Nicolás IV, y por otra el rey de Castilla don Sancho. Envió el pontífice a Aragón sobre el caso a Bonifacio Calamandra, caballero de San Juan; la muerte atajó sus intentos, que fue a 4 de abril. Grave daño y el mayor, que por diferencias que resultaron entre los cardenales estuvo aquella silla vaca más de dos años. Suplió la falta que el pontífice hizo, cuanto a las cosas de Aragón, la buena diligencia del rey don Sancho, que movido por la buena respuesta que le dio el rey de Francia, envió a convidar al rey de Aragón que se llegase a Guadalajara, ca esperaba otorgaría con lo que le pidiese. Tratóse allí delas condiciones de la paz; no se concluyó por entonces cosa alguna, sólo acordaron que de nuevo se viesen. Señalaron para la habla la ciudad de Logroño. Convidaron otrosí a Carlos, rey de Nápoles, para que se hallase en la junta y terciase. Al cual en esta sazón el aragonés, conforme a lo que su hermano asentó, restituyó sus hijos, que tenía en rehenes.

 

 

 

 

 

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No vino Carlos; la causa no se sabe; pero el año próximo siguiente 1293, los reyes de Castilla y Aragón se juntaron en Logroño. En aquella junta nacieron entre ellos nuevas sospechas; este fue el fruto de la habla. El suegro trataba a su yerno muy ásperamente y encaminaba como artero las cosas a su provecho y comodidad. Desde aquel tiempo el rey de Aragón comenzó a tener poca afición a doña Isabel, su esposa, y poner los ojos en otro nuevo casamiento. Era menester algún color; achacaba el deudo en que el papa aún no había dispensado. Pasó el negocio o que por medio y a instancia de Calamandra se vino a ver con Carlos, rey de Nápoles, en Junquera. En esta junta trataron de sus haciendas y de emparentar, todo con mucho secreto porque no se divulgase. El tiempo, que descubre las puridades, dio a entender que sus vistas se enderezaron sobre la restitución de Sicilia y sobre casarse de nuevo el rey de Aragón con Blanca, hija del rey Carlos.

 

Esto fue en sazón que en Castilla el rey don Sancho por un su privilegio dado en Valladolid, que hoy está entre los papeles de la iglesia de Toledo, otorga haya escuelas en Alcalá de Henares con las mismas prerrogativas que la Universidad de Valladolid. Asimismo por muerte de doña Isabel, mujer de don Juan de Lara, el mozo, el señorío de Molina recayó en poder de los reyes como deudos más cercanos. Don Juan de Lara, el mozo, o por el sentimiento de la pérdida de aquel estado, o por imitar la inconstancia y ejemplo de su padre, y juntamente con él el infante don Juan, hermano del rey, habido su acuerdo de consuno, comenzaron a alborotarse. El rey, como sagaz, con intento de atajar la guerra que amenazaba, si aquellos disgustos pasaban adelante, procuró de ablandarlos y sosegarlos con tanto cuidado, que en breve tiempo se amansó aquella tempestad.

 

Don Juan de Lara y su padre, que por este tiempo volvió de Francia, se reconciliaron con su rey y mostraron mudar propósito. El infante don Juan, hermano del rey, en Portugal, do se retiró, junto con Juan Alfonso de Alburquerque hacían correrías por la campaña de León. Envió el rey a don Juan de Lara, el viejo, con gente para que los reprimiese; que con estos halagos y hacer de él confianza pretendía finalmente le fuese fiel, y que con la destreza de su ingenio y maña apaciguase aquellos movimientos. Sucedió al revés la traza, porque fue vencido en una refriega y vino en poder de los enemigos. Desde allí, puesto que fue en libertad, se vino para el rey, que estaba en Toro muy regocijado, porque le nació a la sazón una

 

 

 

 

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hija en aquella ciudad, que se llamó doña Beatriz. Corría nueva que el rey de Granada trataba de hacer guerra y que el rey de Marruecos quería tornar a pasar en España; envió el rey a don Juan de Lara con sus dos hijos, don Juan y don Nuño, a las fronteras del Andalucía. Todo este aparato se deshizo a causa que los reyes moros se estuvieron sosegados y don Juan de Lara, capitán de nuestra gente, murió en Córdoba en aquel mismo tiempo. Sosegada esta tormenta, levantó de nuevo otra el infante don Juan, hermano del rey, al cual como quier que el rey de Portugal, por no dar muestra con tenerle en su tierra quería perturbar la paz, mandase salir de su reino, en una nave se pasó a Tánger. El rey de Marruecos, por pensar era a propósito su venida para por su medio hacer guerra a España, después de recibirle muy cortesmente y tratarle con grande honra y regalo, le envió con cinco mil jinetes a combatir a Tarifa. Pasó pues en España y combatió aquella plaza con grande porfía y con todos los ingenios que se puede pensar. Los de dentro, confiados en las buenas murallas y animados por su caudillo y cabeza Alfonso Pérez de Guzmán, resistian con valor y ánimo.

 

Aconteció que un solo hijo que este caballero tenía vino a poder del infante y de los moros; sácanle a vista de los cercados, amenazan si no se rinden de degollarle. No se mudó el padre por aquel lastimoso espectáculo, antes decía que cien hijos que tuviera era justo aventurarlos todos por no mancillar su honra con hecho tan feo como rendir la plaza que tenía encomendada. A las palabras añade obras. Échales desde el adarve una espada con que ejecutasen su saña, si tanta les importaba. Esto hecho, se fue a yantar. Desde a poco dio la vuelta por el grande alarido que levantaran los soldados por ver degollar delante sus ojos aquel niño inocente, que fue extraño caso y crueldad más que de bárbaros. Hizo más atroz el caso ejecutarse por mandado del infante don Juan. Acudió pues el padre a ver lo que era, y sabida la causa, dijo con mesurado semblante: «Cuidaba que los enemigos habían entrado la ciudad»; y con tanto se volvió a comer con su mujer sin dar muestra alguna de ánimo alterado. En tanto grado pudo aquel caballero enfrenar el afecto paterno y las lágrimas; digno de ser comparado con los varones entre los antiguos más señalados. Considerado esto, los bárbaros, que por ningunas artes ni fuerza podría ser vencido el que por amor de su único hijo no quiso torcer un punto ni apartarse del deber, desconfiados de la victoria se volvieron a África; demás que de su voluntad restituyeron al rey de Granada la ciudad de

 

 

 

 

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Algeciras con gran contento de los nuestros, que se recelaban de aquella entrada y paso que los de África tenían, podría resultar algún grave daño de España.

 

Por este tiempo, puesto en libertad, aportó a España el infante don Enrique, tío del rey don Sancho, que muchos años estuvo preso en Nápoles. Holgó el rey mucho con él, y juntos se fueron desde Burgos a Vizcaya contra Diego López de Haro, que con ayuda de Aragón pretendía recobrar aquella provincia. Apaciguados aquellos movimientos y echado don Diego de aquella tierra, se tornaron a Valladolid, y desde allí a Alcalá de Henares. Allí llegó la nueva al rey de lo sucedido en Tarifa, por lo cual el mes de enero del año de 1290 escribió a Alfonso Pérez de Guzmán una carta en que alaba mucho su constancia y su lealtad, pues por ella pospuso la salud y vida de su hijo; compárale al santo Abraham, y el sobrenombre de Bueno que por sus virtudes y favor de la gente ganara, manda se le ponga entre sus títulos y se lo llamen; promete de gratificar tantos servicios y tantos trabajos; convídale a que le venga a ver, que su vista le dará gran contento; que él, por estar impedido de enfermedad, no lo podía hacer, puesto que mucho lo deseaba. Esta carta original conservan los duques de Medina Sidonia para memoria y en testimonio de la fe y lealtad de sus antepasados; tesoro de más estima que el oro y las perlas de Levante.

 

Tres meses después de esto, a 25 días del mes de abril, el rey, recibidos los sacramentos, falleció en la ciudad de Toledo. Sobrevínole en Alcalá la dolencia de que finó; por ver si mejoraría se hizo llevar en hombros a Toledo con gente que de trecho en trecho se mudaba; poco presta la mudanza del cielo y del aire. Reinó once años y cuatro días. Fue igual a los príncipes más señalados en fortaleza, justicia y prudencia; grandemente astuto y sagaz; en muchas cosas y en muchas partes dejó rastros y muestras de crueldad, falta que le hizo odioso a los presentes, y su memoria poco agradable a los de adelante. Declaró por su sucesor a su hijo don Fernando, el cuarto de este nombre, y señaló a la reina por su tutora y para el gobierno del reino, sin embargo que no era su legítima mujer por el impedimento del parentesco, en que nunca se dispensó. Después de la reina mandó que tuviese el segundo lugar en todo don Juan de Lara, cláusula que puso contra su voluntad por acordarse de las revueltas pasadas; pero era forzoso ganarle con hacer de él confianza y aplacarle con buenas obras como quien echaba bien de ver cuántos males amenazaban al

 

 

 

 

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reino por su muerte. Su cuerpo fue sepultado en aquella ciudad en la capilla real, que en aquel tiempo estaba detrás del altar mayor. Enterróle y dijo la misa el arzobispo don Gonzalo; las honras fueron muy solemnes, grandes alabanzas se dijeron del difunto. Sin duda tuvo valor para sobrepujar la fuerza de una recia tempestad y hacer rostro a la fortuna; y que si bien su derecho para la corona no era muy cierto y que los pareceres no se conformaban con tas armas, en que al fin suele consistir el derecho de reinar, aseguró el reino para si y para sus descendientes.

 

En tiempo del rey don Sancho florecieron dos juristas muy famosos, Guillén Galván, en Aragón, y en Castilla García Hispano, que compuso comentarios sobre las epístolas decretales.

 

 

 

 

XVII. Cómo alzaron a don Fadrique por rey de

 

Sicilia

 

Tenía a la sazón la silla de san Pedro Bonifacio VIII, sucesor de Celestino V, aquel que traído del yermo por voto de todos los cardenales y puesto en el gobierno de la Iglesia, como el peso fuese mayor que sus fuerzas, a cabo de seis meses después que entró en el pontificado voluntariamente le renunció, ejemplo de que los venideros se maravillasen, todos le alabasen, y ninguno le imitase. Tanto más digno de reprensión fue su sucesor, que tornándose al yermo para gozar de la acostumbrada soledad, le estorbó su camino y le hizo poner en prisión. Recelábase no se levantase algún alboroto a causa que muchos no tenían por válida ni legal aquella renunciación; murió en la prisión año y medio adelante. Canonizóle el papa Clemente V y púsole en el número de los santos. Lo mismo este presente año hizo también Bonifacio de san Luis, rey de Francia. Hay un elogio de Petrarca en el libro segundo de la Vida Solitaria en alabanza del papa Celestino por estas palabras:

 

«¿Quién, dice, hubo jamás de tan admirable corazón, que menospreciase el papado? La más alta dignidad que hay en la tierra, cosa tan deseada y tan admirable, que quieren decir que este nombre de papa se deriva de pape, palabra de admiración en latín. ¿Quién jamás, en especial desde que comenzó a ser tenido en tanta estima, hizo tan poco caso de él como Celestino? Aquel Celestino digo que con tanta codicia

 

 

 

 

 

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apetecía el antiguo nombre y lugar de ermitaño y la mansa pobreza, amiga de las buenas costumbres. A muchos oí que contaban haberle visto huir con tanto gozo y con tales muestras de alegría espiritual, que daba con los ojos y con todo el rostro, cuando salido del consistorio finalmente vuelto en sí se vio libre, como si verdaderamente no hubiera librado sus hombros de un liviano peso, sino su cuello de un cruel alfanje». Hasta aquí Petrarca.

 

Por la buena maña de Bonifacio, que era muy ejercitado en negocios, de muchas letras y doctrina, lo que tantas veces se había intentado en vano, se concertó la paz entre los aragoneses y franceses. En Anagni para concluirlo se juntaron con el papa Carlos, rey de Nápoles, y los embajadores de Francia y Aragón, personajes de gran cuenta. Las capitulaciones fueron estas: Blanca, hija del rey de Nápoles, caso con el rey de Aragón; lleve en dote setenta mil libras de plata; Sicilia y todo lo demás de que los aragoneses están apoderados en Calabria vuelva y se restituya a la Iglesia romana; si los sicilianos no vinieren en este asiento, el rey de Aragón acuda con tanto número de gente para sujetarlos cuanto los jueces árbitros señalaren; Carlos de Valois renuncie el derecho que pretende a la corona de Aragón; el pontífice quite el entredicho y censuras a todos los que por razón de estas diferencias están en ellas enlazados; los rehenes se pongan en libertad. Tratóse del rey de Mallorca, y a grande instancia del pontífice y del rey de Francia se alcanzó que fuese restituido en su reino. Esto fue lo que se dijo en público; de secreto el pontífice dio intención al rey de Aragón de entregarle las islas de Cerdeña y Córcega, que por estar y caer más cerca de España eran muy a propósito para las cosas de Aragón. Hay hoy día bula de Bonifacio sobre este concierto, su data a 27 de junio.

 

Esta nueva, luego que se publicó por la fama, hinchó de alegría todas las demás partes de la cristiandad; solo a los sicilianos fue muy pesada, ca tenían por lo último de los males tornar al señorío de franceses. El mismo infante don Fadrique, a quien el rey, su hermano, cuantioso partió dejó el gobierno de Sicilia, y con él Roger de Lauria, Juan Prochita y Manfredo Lanza, todos caballeros principales, por mandarlo así el pontífice y por el cuidado en que aquellas capitulaciones los tenían puestos, fueron a hacerle reverencia en una armada que aportó a las marinas de Roma. Prometía el pontífice a don Fadrique de casarle con Catalina, hija de Filipo y nieta de Balduino, emperador que fue de Constantinopla, con tal que no

 

 

 

 

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contradijese a lo que tenían asentado; y en dote le ofrecían el imperio de Grecia, que pensaban recobrar todos juntos con sus armas y poder. No era este partido de desechar, si las obras se conformaran con las palabras. El rey de Aragón, desde que una y segunda vez fue requerido por los sicilianos no los desamparase en aquel aprieto, como no les acudiese por el deseo que tenía de la paz y por parecerle no era lícito hacerlo, finalmente en la ciudad de Palermo sobre esta razón juntaron Cortes generales, en que alzaron los estandartes de aquel reino por el infante don Fadrique. Sin embargo, don Jaime, su hermano, casó con la nueva esposa; las bodas se celebraron en Villabeltrán por el mes de octubre. Doña Isabel, con quien antes se desposara, fue enviada a Castilla.

 

Publicóse un edicto en que mandó a los soldados aragoneses y a los caballeros que en Sicilia se hallaban la desamparasen y volviesen a sus casas. De esta manera vinieron a tener alegre y agradable remate aquellos principios de cosas tan grandes y aquellas alteraciones, que tanto tiempo duraron. Volvió la paz a Aragón, y no se perdió de todo punto el reino de Sicilia, contra la cual claramente se armaba una nueva tempestad de guerra.

Los navarros sosegaban debajo el señorío de Francia; tenían por su virrey a Hugon Confluencio, francés de nación y mariscal de Campaña en Francia. Los gobiernos y tenencias de las ciudades y castillos de aquel reino se daban indiferentemente a personas de ambas naciones, navarros y franceses, lo que era algún alivio para que la gente de la tierra disimulase el disgusto que tenían concebido en sus pechos, pues aunque eran señoreados y gobernados por extraños, no usurpaban para sí todas las honras y cargos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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LIBRO DECIMOQUINTO

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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I. De nuevos alborotos que sucedieron en Castilla

 

En Castilla no podían las cosas tener sosiego: los nobles divididos en parcialidades, cada cual se tomaba tanta mano en el gobierno y pretendía tener tanta autoridad cuantas eran sus fuerzas. El pueblo, como sin gobernalle, temeroso, descuidado, deseoso de cosas nuevas, conforme al vicio de nuestra naturaleza, que siempre piensa será mejor lo que está por venir que lo presente. Cualquier hombre inquieto tenía grande ocasión para revolverlo todo, como acontece en las discordias civiles. Por las ciudades, villas y lugares, en poblados y despoblados cometían a cada paso mil maldades, robos, latrocinios y muertes, quién con deseo de vengarse de sus enemigos, quién por codicia, que se suele ordinariamente acompañar con crueldad. Quebrantaban las casas, saqueaban los bienes, robaban los ganados, todo andaba lleno de tristeza y llanto, miserable avenida de males y daños. La reina era menospreciada por ser mujer; el rey por su tierna edad no tenía autoridad ni fuerzas, puesto que luego el siguiente día después que su padre falleció en Toledo le alzaron por rey con todo aquel homenaje y ceremonias que se suelen hacer a los príncipes. La reina mandó luego franquear la gente de cierta imposición puesta sobre los mantenimientos, que los españoles llaman sisa, la cual imposición fue harta parte para la mala satisfacción y disgusto que todos tenían contra su marido el rey don Sancho. Con este regalo se amansó el pueblo, y fue causa que se mostrase constante en la fe y lealtad que juraron, si bien los príncipes comarcanos por su gran codicia y ambición casi todos estaban con las armas a punto para correr a la presa, sin que hubiese quien se lo estorbase.

 

Ocasiones y títulos para mover la guerra no les podían faltar en tiempos tan revueltos y desasosegados. Juan Núñez de Lara, que quedó más obligado a guardar lealtad, conforme a su natural inconstancia, claramente inclinaba a favorecer a los enemigos. Acordábase que en tiempo del rey don Sancho corrió riesgo de la vida; esto y la esperanza de acrecentar a río vuelto su estado y cobrar las villas que los días pasados le quitaron le convidaban a ser parte en las revueltas. El infante don Enrique, por su larga prisión más mal acondicionado y desabrido de lo que de suyo

 

 

 

 

 

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era, inconstante y usado a malas mañas, como tal pretendía apoderarse del gobierno. Teníase por agraviado del rey porque en su testamento no hizo de él mención ni le encomendó alguna parte de las cosas. Con esta pretensión en Berlanga lo primero tuvo particulares juntas, poco después divulgada la fama, muchos lugares de aquella comarca se le allegaron; en particular la real ciudad de Burgos más que todos favorecía éstas sus pretensiones. Por este mismo respeto se juntaron de todo el reino Cortes en Valladolid, en que los nobles se mostraron tan de parte de don Enrique, que aunque el rey y la reina acudieron para hallarse presentes, no les dieron entrada en la villa hasta ya tarde y haciéndoles dejar su acompañamiento y cortesanos para tener más libertad de determinar lo que les pluguiese. Acordóse en aquellas Cortes que don Enrique tuviese el gobierno del reino; el cuidado de criar al rey se quedó a la reina, y sin embargo, todos los presentes de nuevo hicieron pleito homenaje al niño rey.

 

Dejó el rey don Sancho en su testamento a su hijo el infante don Enrique el señorío de Vizcaya como adquirido por las armas. Diego López de Haro por la parta de Navarra entró con grande furia en aquella provincia, y se apoderó de todos los pueblos de ella, parte por fuerza, parte por voluntad, fuera de Balmaseda y Orduña. Favorecían estas pretensiones de don Diego de Haro los hermanos Laras, porque sin acordarse de los antiguos bandos y diferencias que solían tener entre sí estos dos linajes, se hicieron a una en odio de don Enrique, al cual les pesaba en el alma le encargasen el gobierno del reino, alterado en esta parte el testamento del rey don Sancho y contra su voluntad.

 

El infante don Juan, tío del rey, desde África, donde hasta esta sazón se detuvo, dio la vuelta a Granada para pretender el reino de Castilla. Parecíale seguía en esto el ejemplo del rey don Sancho, su hermano, y aún se le aventajaba en el derecho a causa que el nuevo rey don Fernando no era nacido de legítimo matrimonio. Fue cosa maravillosa los muchos que por esta causa se alborotaron, con que tuvo comodidad de apoderarse de Alcántara y algunos otros lugares a la raya de Portugal. El rey Dionisio de Portugal le favorecía, y estaba declarado por su parte, tanto, que al tiempo que se hacían las Cortes en Valladolid, envió por sus reyes de armas a denunciar la guerra a Castilla.

Gran miedo se mostraba por todas partes, grandes revueltas y tempestades de guerras. Todos, empero, estos trabajos se pudieran

 

 

 

 

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disimular, si como nunca las desgracias paran en poco, no se levantara otro mayor torbellino por la parte de Aragón. En Bordalúa, que es en el distrito de Ariza, se juntaron el rey de Aragón y don Alfonso de la Cerda, que se intitulaba rey de Castilla y de León. Hicieron allí sus conciertos a 21 de enero, año del Señor de 1296. Las capitulaciones fueron estas: que juntasen sus fuerzas para que don Alfonso recobrase el reino de su abuelo; el reino de Murcia se diese al rey de Aragón; al infante don Juan el reino de León, Galicia y Sevilla; la ciudad de Cuenca, Alarcón, Moya y Cañete fuesen para el infante don Pedro de Aragón en premio del trabajo que en aquella empresa tomaba, como general que señalaron para aquella guerra. Entraban en aquel concierto la reina doña Violante, abuela de don Alfonso, los reyes de Francia, Portugal y Granada, y poco después se les allegó don Juan de Lara, por el deseo que tenía de recobrar a Albarracín.

 

Al contrario don Diego de Haro, por la buena industria de la reina, se reconcilió con el rey; hiciéronle merced del estado de don Juan de Lara, que se pasara a los aragoneses, para que le tuviese juntamente con el señorío de Vizcaya. De estos principios y por esta forma granjearon otros muchos grandes, particularmente a don Juan Alfonso de Haro con hacerle merced de los Cameros, estado que pretendía él serle debido. Por todas partes se procuraban ayudas contra los tempestades de guerras que amenazaban.

El campo de los aragoneses debajo de la conducta de don Alfonso de la Cerda y del infante don Pedro entró en Castilla por el mes de abril; en Baltanas se le juntaron el infante don Juan y don Juan Núñez de Lara. No pararon hasta llegar a León, ciudad que fue antiguamente rica y grande, a la sazón de pequeño número de moradores, pobre de armas y de gente, que fue la causa de rendirse a los enemigos con facilidad, principalmente que tenían inteligencias secretas con algunos ciudadanos. En aquella ciudad fue alzado el infante don Juan por rey de León, Galicia y Sevilla. Poco después en Sahagún dieron a don Alfonso de la Cerda título de rey de Castilla, y alzaron por él los pendones con la misma facilidad y prisa, en cumplimiento todo de lo que tenían concertado. De allí pasaron a ponerse sobre Mayorga, que está a cinco leguas de Sahagún. Defendióse la villa valerosamente por tener buenas murallas y estar guarnecida de gente y armas; el cerco duró hasta el mes de agosto.

 

Mandaron a la sazón juntar en Valladolid todos los grandes del reino y los procuradores de las ciudades. Acudió el primero don Enrique; y luego

 

 

 

 

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que se apeó, vestido como estaba de camino, se fue a ver con la reina, que en el castillo oía misa. Hecha la acostumbrada mesura, con muestra fingida de gran sentimiento le declaró el peligro que todo corría:

 

«Tres reyes se han conjurado en nuestro daño; a estos sigue gran parte de los grandes del reino; contra tanta potencia y tempestad ¿qué reparo es una mujer, un viejo y un niño? Paréceme, Señora, que las fuerzas se ayuden con maña».

«Injustamente, respondió ella, y con malos medios procuran despojar a mi hijo del reino de su padre; espero en Dios tendrá cuidado de defender su inocente edad. Este es el refugio más cierto y la esperanza que tengo».

«Está bien; no se remedian los males, dijo don Enrique, ni los santos se granjean con votos y lágrimas femeniles. Los peligros se han de remediar con velar, cuidar y rodear el pensamiento por todas partes; así se ha conservado la república en los grandes peligros. En el sueño y descuido está cierta la ruina y perdición; mi parecer es que os caséis, señora, con don Pedro, infante de Aragón, él soltero y vos viuda. Deseo os agradase este mi consejo cuanto sería saludable. Poned, Señora, los ojos y las mientes en matronas asaz principales, que por este camino sin tacha y sin amancillar su buen nombre mantuvieron a sí y a sus hijos en sus estados, de suerte que ni a ellas ser mujeres empeció, ni a los infantes su tierna edad».

 

Turbóse la reina con estas razones. Respondióle con libertad y con el rostro torcido y aún demudado:

«Afuera, Señor, tal mengua; no me mentéis cosa de tanta deshonra e infamia; nunca me podré persuadir de conservar el reino a mi hijo con agraviar a su padre, ni tengo para qué imitar ejemplos de señoras forasteras, pues hay tantos de mujeres ilustres de nuestra nación que conservaron la integridad de su fama, y con vida casta y limpia en su viudez mantuvieron en pie los estados de sus hijos en el tiempo de su tierna edad. No faltarán socorros y fuerzas, no fallecerá la divina clemencia, y una inocente vida prestará más que todas las artes. Cuando todo corra turbio y el peligro sea cierto, yo tengo de perseverar en este buen propósito; no quiero amancillar la majestad de mi hijo con flaqueza semejante».

 

De esta manera se desbarató el intento de don Enrique. Hacían levas de gente para acudir al peligro. Juntáronse hasta cuatro mil caballos; más no pudieron persuadir a don Enrique que fuese con ellos a desbaratar el cerco

 

 

 

 

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que sobre Mayorga tenían puesto. Daba por excusa que era forzoso acudir a la guerra del Andalucía. Solamente fueron a Zamora por sosegarla y asegurarla en la fe y lealtad de su rey, que andaba en balanzas. Las cosas casi desiertas y desamparadas, los santos patrones y abogados de Castilla las sustentaron.

 

Con la tardanza del cerco se resfrió la furia con que los enemigos al principio vinieron. Asimismo el excesivo calor del verano, la destemplanza del cielo y la falta que de todas las cosas se padecía en el ejército causó grandes enfermedades. Esto y la muerte que sucedió del infante don Pedro, su general, los forzaron de tornarse a su tierra sin hacer cosa alguna memorable. Muchos de ellos faltaron en esta jornada; el campo, en que se contaban mil hombres de armas y cincuenta mil soldados, volvieron asaz menoscabados en número, menguados de fuerzas y contento. El rey de Aragón en el mismo tiempo por las fronteras de Murcia, por donde entró, tuvo mejor suceso, que tomó a Murcia y todos los lugares y villas a la redonda, y lo metió en su reino, excepto la ciudad de Lorca y las villas de Alcalá y Mula, que se mantuvieron por el rey don Fernando.

 

En tantas turbaciones y peligros de Castilla, don Enrique, en cuyo poder estaba el gobierno de todo el reino, no hacía grande esfuerzo para favorecer a alguna de las partes, antes se mostraba neutral, y parecía que llevaba mira de allegarse a aquella parte que mejor suceso y fortuna tuviese. Por donde ni los enemigos tuvieron que agradecerle, e incurrió en gravísimo odio de todos los naturales y en gran sospecha que la guerra que se hacía era por su voluntad, y que todo el mal y daño recibido no fue por falta de nuestros soldados ni por valor de los enemigos, sino por engaño suyo y maña. La reina contra estas mañas de don Enrique usaba de semejante disimulación, no se daba por entendida; otros caballeros principales a las claras se lo daban en rostro.

 

En este número Alfonso Pérez de Guzmán, a dicho y por confesión de todos, tuvo el primer lugar, porque defendió las fronteras de Andalucía contra las insolencias y correrías de los moros; y lo que era más dificultoso, contrastó con grande ánimo y más que todos a las pretensiones del infante don Enrique, ca por no dar tanto que decir a las gentes y por no parecer qua se estaba ocioso, con gente de guerra que juntó marchó la vuelta del Andalucía para refrenar los insultos de los moros. Tuvo con ellos una refriega junto a Arjona, en que fue vencido, y su persona corrió

 

 

 

 

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mucho riesgo a causa que le cortaron las riendas del caballo, y por no tener con que regirle, estuvo en términos de ser preso, si Alfonso Pérez de Guzmán no le proveyera en aquel aprieto de otro caballo, con que se pudo salvar. Después de este encuentro se trató de renovar las paces con los moros. Pedía el rey de Granada a Tarifa, y ofrecía en trueco otros veintidós castillos, demás que daría de presente veinte mil escudos, y contaría adelantado todo el tributo de cuatro años que acostumbraba a pagar. Este partido parecía bien a don Enrique por el aprieto en que las cosas se hallaban y falta que tenían de dinero. Alfonso Pérez de Guzmán era de contrario parecer, y mostraba con razones bastantes sería cosa muy perjudicial, así fiarse de aquel bárbaro como entregarle a Tarifa. Esta diferencia estaba encendida, y amenazaba nueva guerra. Llegaron a término que los moros con su gente y con la nuestra, cosa asaz vergonzosa, se pusieron sobre aquella ciudad.

 

Hallábase Alfonso de Guzmán sin fuerzas bastantes; los suyos le desamparaban, y le eran contrarios los que debieron ayudar; acordó de buscar ayuda en los extraños. El rey de Portugal era enemigo declarado, y movía las armas contra Castilla. Parecióle dar un tiento al rey de Aragón si por ventura se moviese a favorecerle, vista la afrenta de los cristianos y el peligro que todos corrían. Escribiólo una carta de este tenor: «Mucha pena me da ser cargoso antes de hacer algún servicio. El deseo de la salud y bien de la patria común, el respeto de la religión me fuerzan acudir a vuestro amparo y protección, lo cual hago no por mi particular, que de buena gana acabaría con la vida, si en esto hubiese de parar el daño, y esperaría la muerte como fin de estas miserias y desgracias. Lo que toca a la república, siento en grande manera que no sea tan trabajada y maltratada por los moros cuanto por la deslealtad de algunos de los nuestros. ¡Oh gran maldad! Porque, ¿qué cosa puede ser más grave que encaminar aquellos mismos el daño que tenían obligación de desviarle? Qué cosa más peligrosa que en muestra de procurar el bien común, armar la celada? Quieren y mandan que Tarifa, ciudad que nos está encomendada, sea entregada a los moros. Y dado que usan de otros colores, la verdad es que, quitada esta defensa y baluarte fortísimo contra las fuerzas de África, pretenden que España quede desnuda y flaca en medio de tantos torbellinos, y por este medio reinar ellos solos, y adelantar sus estados con la destrucción de la patria común. Valerosos caballeros por cierto y esforzados, esclarecidos defensores de España, yo

 

 

 

 

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tengo determinado con la misma fe y constancia por que menosprecié los días pasados la vida de mi único hijo de mantenerme en la lealtad sin mancilla con mi propria sangre y vida, que es lo que sólo me resta. Si me enviáredes, señor, algún dinero y algún socorro por el mar, desde aquí vos juro de tener esta plaza por vuestra hasta tanto que llegado el rey, mi señor, a mayor edad seáis enteramente pagado de todos los gastos, Los enojos pasados, si algunos hay de por medio, la caridad y amor que debéis a la patria los amanse. Tened por cierto que será cosa muy honrosa para vos defender la tierna edad de un rey huérfano de las injurias y daños de los extraños, y mucho más delos engaños y embustes de sus mismos vasallos». La respuesta que a esta carta dio el rey de Aragón fue loar mucho su lealtad y constancia, pero que por haber puesto poco antes confederación con los moros no podía faltar a su palabra; que si ellos la quebrantasen, él no faltaría de acudir a la esperanza que de él tenía a favorecer la causa común.

 

Movíase a la misma sazón otra guerra de parte de Portugal; aquel rey con toda su gente entró hasta Salamanca. Acudiéronle luego el infante don Juan, tío del rey don Fernando, y don Juan Núñez de Lara, después que el campo de los aragoneses dio la vuelta a su tierra. Entraron en consulta sobre lo que se debía hacer en esta jornada; parecióles poner sitio sobre Valladolid, en que tenían al rey don Fernando. Con este acuerdo llegaron a Simancas, que está dos leguas de aquella villa. Allí muchos caballeros se partieron del campo de los portugueses por tener por cosa muy fea que un rey fuese perseguido y cercado de sus mismos vasallos. El rey portugués, con recelo que los demás no hiciesen otro tanto, y que después tomados los caminos no le fuese la vuelta dificultosa, mayormente que entraba ya el invierno, se partió a mucha prisa, primero a Medina del Campo, y desde allí a Portugal, despedido y desbaratado su ejército.

 

La gente que la reina tenía aprestada para acudir a esta guerra fue por su mandado a cercar la villa de Paredes. No se hizo efecto alguno a causa que don Enrique con la gente que tenía levantada en el reino de Toledo y en Castilla desbarató aquella empresa. Decía no era razón estorbar las Cortes que tenían llamadas para Valladolid con aquella guerra por caer aquella villa muy cerca. Éste era el color que tomó, como quier que de secreto estaba desabrido con el rey don Fernando e inclinado a la parte de los contrarios. La reina con paciencia y disimulación pasaba por aquellos embustes, y con muestra de amor pretendía ganarle, y en aquel misma

 

 

 

 

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tiempo le hizo merced de Santisteban de Gormaz y Calecantor. Con la misma maña atrajo a don Juan de Lara a su voluntad, puesto que no se podían asegurar de él, ca si le dieran a Albarracín, fácilmente se pasara a los aragoneses.

 

Tuviéronse pues las Cortes en Valladolid a la entrada del año 1297. En ellas por la gran falta que tenían de dinero prometieron los pueblos de acudir con gran cantidad para los gastos de la guerra, y así lo cumplieron poco después. En el mismo tiempo por el valor y diligencia de Juan Alfonso de Haro, fueron los navarros puestos en huida, los cuales de rebate se apoderaran de parte de la ciudad de Nájera; su intento era recobrar el distrito antiguo de aquel reino, y en particular toda la Rioja.

Don Jaime, rey de Aragón, en Roma, donde era ido llamado del papa, fue declarado por rey de Cerdeña y Córcega. Acudieron desde Sicilia doña Costanza, su madre, y doña Violante, su hermana, Roger de Lauria, general del mar, y Juan Prochita. Estaba concertada, por medio de embajadores, doña Violante con Roberto, duque de Calabria, heredero que había de ser del reino de Nápoles. Celebróse este casamiento, y el mismo pontífice Bonifacio veló a los nuevos casados; las fiestas y regocijos fueron muy grandes. El rey don Fadrique se apercibía para defender el reino que le dieron con tanta voluntad. Declaróse la guerra contra él como contra quien alteraba la paz común de toda la cristiandad; nombraron por general de esta guerra a su mismo hermano el rey de Aragón; resolución la más extraña que se pudo pensar, armar un hermano contra otro y quebrantar el derecho natural, pero tanto pudo la fe y el escrúpulo y el mandato del resoluto pontífice. Ordenadas pues las cosas de esta manera, el rey don Jaime se partió para Aragón con intento de aprestarse para la guerra. Roger de Lauria fue enviado a Nápoles para servir a aquellos príncipes en aquella demanda. La reina doña Costanza y Juan Prochita se quedaron en Roma movidos por la devoción y santidad de aquella ciudad, cansados de tantos trabajos y por compasión del miserable estado en que veían puesta a Sicilia. No falta quien diga que murieron en Roma; la más verdadera opinión, con que concuerdan autores muy graves, es que la reina doña Costanza cinco años adelante falleció en Barcelona, y que fue allí sepultada en el monasterio de San Francisco, en que hoy se ve un túmulo suyo con su letrero y nombre de esta señora grabado en la piedra.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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II.     Que el rey don Fernando de Castilla se desposó

 

Vuelto que fue el rey de Aragón a su tierra, le tornaron los navarros los pueblos Lerda, Ulia, Filera y Salvatierra, como se decretó en los conciertos que en Anagni se hicieron, y hasta este tiempo no se había efectuado. El año próximo siguiente, que fue de 1298, era virrey de Navarra por los franceses Alfonso Roneo, de nación francés. Don Fernando, hermano bastardo del rey de Aragón, por voluntad del mismo rey y por su mandado fue despojado de la ciudad de Albarracín, y la entregaron a Juan Núñez de Lara, que parecía tener mejor derecho y se sabía claramente que se hizo agravio a su padre en quitársela, a lo menos se decía así. Éste era el color que se tomó; lo que pretendía a la verdad el rey de Aragón con esto era tornar en su amistad un caballero tan poderoso y tenerle de su bando. Don Juan de Lara hizo su juramento y pleito homenaje en la ciudad de Valencia a los 7 días del mes de abril de guardar a aquel rey fe y lealtad, mayor es a saber que solía. Estas prevenciones hacía el rey de Aragón porque pensaba de acometer en un mismo tiempo con sus armas los reinos de Castilla y de Sicilia; pretensiones más arduas de lo que su estado ni riquezas podían llevar. El rey de Sicilia, por haberle todos desamparado, estaba más cercano al naufragio.

 

El rey de Castilla se reconcilió con don Dionisio, rey de Portugal, por medio de dos casamientos que se concertaron. El uno fue de doña Costanza, hija de don Dionisio, bien que no era de edad para casarse, con el rey don Fernando, como antes lo tenían tratado. En Alcañiz, que es un lugar cerca de Zamora a la raya de Portugal, en que los reyes se juntaron a vistas para tratar de las paces, se celebró con solemnidad el desposorio. Las muestras de alegría pública, por la esperanza cierta que todos tenían de perpetua concordia, fueron tanto mayores, que doña Beatriz, hermana del rey don Fernando, se desposó también a trueco, que fue el otro matrimonio, con el infante don Alfonso, hijo de don Dionisio y heredero de su reino, aunque no tenía él más de ocho años. Para mayor seguridad la reina, madre de la doncella, la entregó a su suegro, y así la llevaron a Portugal. Era tan grande el deseo de efectuar y establecer esta paz y concordia, que aunque no se dio en dote cosa alguna a doña Costanza, al de Portugal le dieron con su esposa a Olivenza y Congüela y otro pueblo, que se llama el Campo de Moya, con alguna nota de la grandeza de

 

 

 

 

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Castilla y grandísima señal de miedo; pero tal era el estado de las cosas y la revuelta de los tiempos, que no se avergonzaron de rescatar la paz con su deshonra y menoscabo. Lo que el rey de Portugal hizo cuando se tornó a su tierra solamente fue dar trescientos hombres de a caballo escogidos, y por capitán de ellos a Juan Alfonso de Alburquerque para que estuviesen en servicio del rey de Castilla contra don Juan, tío del rey don Fernando, que se intitulaba rey de León, como arriba dijimos. Esta ayuda de Portugal y toda esta costa fue de más ruido que provecho, y así, los caballeros se tornaron a Portugal sin dejar hecha cosa alguna.

 

Por otra parte, don Alfonso de la Cerda había tomado a Almazán y otros lugares que están allí a la redonda a la raya de Aragón y puesto allí soldados de guarnición. Sigüenza fue acometida por los soldados de don Juan de Lora, que cae cerca de la misma raya; pero por el gran valor de los ciudadanos se defendió y estuvo constante en su fe. Los conjurados tenían gran falta de dineros, que lo demás parecía que les era fácil y favorable; y porque no faltase para las provisiones y pagas, batieron moneda con las insignias y nombre de rey, baja de ley de manera tal, que si la ensayaban y hundían, se perdía gran parte del valor. Don Dionisio, rey de Portugal, a ruego de su yerno, vino con buen escuadrón de gente de guerra en su favor y ayuda por la parte de Ciudad-Rodrigo, pero con mayor sosiego y gana de paz que las cosas tan revueltas requerían. Así, sin hacer efecto alguno casi como enojado se tornó a Portugal. La causa de su enojo fue querer que al infante don Juan, que usurpaba título de rey, le dejasen, para él y sus herederos y sucesores la provincia de Galicia, de que por fuerza de armas estaba apoderado, y que la ciudad de León la gozase por sus días. La reina y los grandes de Castilla no eran de este parecer, porque debajo de aquella muestra de paz se encerraban deshonor, daño y menoscabo del reino, cuya autoridad se disminuía, y cuyas fuerzas se enflaquecían con quitarle una provincia tan principal. Con la vuelta del rey de Portugal algunos grandes de Castilla, que hasta entonces por miedo estuvieron sosegados, comenzaron muy fuera de tiempo a alborotarse. Parece que de la revuelta del reino querían tomar ocasión unos para vengar sus injurias, otros para acrecentar sus estados. El sufrimiento de la reina fue maravilloso y su disimulación, porque de su voluntad acudía a sus codicias, y les daba las villas y castillos que ellos pretendían, a trueco de conservar la paz; que es gran prudencia en tiempos revueltos acomodarse a la necesidad, y no hay

 

 

 

 

 

 

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ninguno tan amigo de las armas que no quiera más alcanzar lo que desea con sosiego que poner su persona al peligro.

 

Sobre el reino de Sicilia andaba la guerra muy brava. El crédito de Roger de Lauria era grande, mucho lo que ayudaba a la parte de Francia, que parece llevaba consigo la victoria y buenandanza a la parte que se acostaba y allegaba. Por su buena diligencia se ganaron muchas plazas que estaban por los sicilianos en lo postrero de Italia, que fue la causa de que en Sicilia le acusaron de aleve; y como fuese por sentencia condenado, le despojaron de un gran estado que en aquella isla tenía, merced de los reyes pasados en premio de sus grandes méritos y servicios. Desde a poco, como se hubiese apoderado en la Calabria de la ciudad de Cantanzaro y pretendiese ganar el castillo, que todavía se tenía por los contrarios, fue vencido en una batalla por menor número de soldados que los que él tenía. El hacer poco caso de sus enemigos fue ocasión de este daño, que el popar al enemigo siempre es peligroso, demás que se dice peleó con el sol de cara, otro daño no menor. Muchos fueron los muertos; los más se salvaron por la oscuridad de la noche. El mismo capitán Roger con algunas heridas que le dieron en la batalla se estuvo escondido en unos lugares allí cerca hasta tanto que se pudo escapar, y pasó en Aragón con gran deseo de vengarse. Fue tanto mayor la pesadumbre que recibió de esta desgracia, que nunca tal le aconteció, como el que siempre salió victorioso en las demás batallas.

 

Desde Aragón el rey y Roger, caudillos de aquella empresa, señalados por los príncipes confederados de común consentimiento, se hicieron a la vela con una gruesa armada que ya tenían aprestada, en que se contaban no menos de ochenta galeras. Llegaron con buen tiempo a Roma; el sumo pontífice les bendijo el estandarte real, y a ellos echó su bendición. En Nápoles se les juntó Roberto, duque de Calabria, con otra armada que tenía a punto. Corrieron las marinas de Sicilia, donde todo al principio lo hallaron más fácil de lo que pensaban. Apoderáronse de la ciudad de Pati, que se entiende Ptolemeo llamó Agalirion, y de otros castillos por aquella comarca. Desde allí, doblado el promontorio Peloro, que es el cabo de Melazo cerca de Mesina, y pasado el estrecho, no pararon hasta ponerse sobre la ciudad de Siracusa. El cerco fue muy apretado por mar y por tierra, y sin embargo, duró muchos días; esto, y por estarlos lugares tan distantes, convidó a los ciudadanos de Pati para que, echada la guarnición que tenían, volviesen al poder del rey don Fabrique. Trataban de combatir

 

 

 

 

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el castillo, que todavía se tenía por Aragón. Acudió por mandado del rey de Aragón Juan Lauria con veinte galeras para socorrer los cercados; proveyó el castillo de vituallas y lo demás necesario para la defensa; a la vuelta empero fue preso él y dieciséis galeras de las que llevaba por los de Mesina, que, puesta su armada en orden, le salieron al encuentro y le vencieron. Es aquel estrecho muy peligroso a causa de las grandes corrientes y remolinos que tiene; altéranse las olas sin orden, y a manera de vientos combaten entre sí y corren a fuer de un arrebatado raudal, ora hacía una parte, ora hacía la contraria, de que resultan remolinos y peligros muy grandes para los que navegan. La experiencia que de esto tenían ayudó mucho a los sicilianos, y fue causa que los aragoneses se perdiesen por saber poco de aquel paso. La ciudad de Siracusa en el entre tanto se defendía valerosamente; ayudaba mucho la presencia del rey don Fadrique, que se puso en los lugares cercanos, y estaba alerta para aprovecharse de la ocasión. Por estas dificultades los aragoneses fueron forzados a alzar el cerco, en especial que el ejército le tenían muy menoscabado, muertos más de dieciocho mil hombres, que perecieron a causa de los grandes calores, a que no estaban acostumbrados; y de la falta de las cosas necesarias procedieron graves enfermedades.

 

Pusieron acusación a Juan Lauria en Mesina; mandáronle que desde la cárcel hiciese su descargo; finalmente se vino a sentencia, y le cortaron la cabeza como a traidor. Fue increíble el dolor que Roger de Lauria, su tío, recibió de este caso; bufaba de coraje y de pesar, que bien entendió aquella afrenta y aquel daño se hacía a su persona propia. No pudo acudir luego a la venganza porque en compañía del rey de Aragón era pasado en España. Desde, allí pasados los fríos del invierno, ambos volvieron sobre Sicilia con mucho mayor armada que antes. Juntáronseles en el camino dos hijos del rey de Nápoles, es a saber, Roberto y Filipo. Llegaron todos juntos al cabo de Orlando, que está cerca de la ciudad de Pati; el número de las galeras era cincuenta y seis sin otros muchos bajeles. El rey don Fadrique, como viese animada su gente por la victoria pasada, acordó de representar la batalla a sus enemigos, dado que su armada era mucho menor, que no pasaba de hasta cuarenta galeras. Peleó valerosamente, más al fin fue desbaratado; sus galeras, parte tomadas por los contrarios, parte se pusieron en huida. Fue grande la crueldad de que el general Roger de Lauria usó con los cautivos; hizo morir gran número de ellos con deseo de vengarse; entre los otros degollaron a Conrado Lanza, hombre muy

 

 

 

 

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principal, de que resultó grande odio contra la gente catalana. El mismo don Fadrique estuvo en gran riesgo de ser preso, porque como quier que hubiese defendido su galera por largo espacio, ya que la iban a tomar, cayó desmayado; los suyos sacaron la galera de la batalla, con la cual y otras pocas se retiraron a Mesina. Con tanto el rey de Aragón, a instancia que le hicieron desde España y causas que alegaban y razones verdaderas o aparentes, sin pasar adelante dio la vuelta, no sin queja del papa y del rey de Nápoles. Verdad es que los más cuerdos aprobaban este acuerdo; que sin duda era cosa recia por negocios ajenos poner los suyos en balanzas y su persona a riesgo; fuera de que ganada aquella victoria, no dejaba de condolerse del rey don Fadrique, que en fin era su hermano. Diose aquella batalla memorable y de las más señaladas de aquel tiempo un día sábado a 4 del mes de julio, año de 1299.

 

En el mismo año falleció en Roma don Gonzalo, cardenal y arzobispo de Toledo, como lo reza la letra de su sepultura en Santa María la Mayor de aquella ciudad. Sucedióle su sobrino don Gonzalo III. Su padre, Dia Sánchez Palomeque; su madre, doña Teresa Gudiel, hermana del cardenal, ciudadanos de Toledo. Sobre el tiempo en que le eligieron hay dificultad; quién dice que algunos años antes, cuando su tío después de la muerte del rey don Sancho partió para Roma, a lo que se entiende, a negociar dispensase el papa en aquel su casamiento; quién que cuando el papa Bonifacio VIII le hizo cardenal por el mes de diciembre del año próximo pasado de 1298, por ser aquellas dignidades incompatibles y costumbre que el obispo a quien daban capelo dejase el obispado; quién que subió a aquella silla por muerte del Cardenal. Esto nos parece más probable por hallarse en papeles, que este año por el mes de agosto se llama electo de Toledo; así los años antes tuvo por su tío el gobierno de aquella iglesia, más no la dignidad.

 

Volvamos a Sicilia, donde los franceses se quedaron para llevar su intento adelante, seguir la victoria y ejecutarla; pero hicieron un yerro manifiesto, que dividieron el ejército en dos partes. Roberto y Roger de Lauria se encargaron de cercar a Rendazo, que es una plaza muy fuerte, puesta entre Pati y Catania casi a la mitad del camino. Filipo, duque de Tarento, fue con parte de la armada a correr las marinas del cabo de Trapana. Acudió a aquella parte el rey don Fadrique, tomó a los contrarios de sobresalto, y con su arrebatada venida se dio la batalla, en que fueron vencidos los franceses, y Filipo, su general, preso; que fue una buena

 

 

 

 

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ocasión para hacer las paces y confederarse aquellas dos naciones con una alianza que se hizo, tan dichosa y acertada cuanto la guerra era desgraciada.

 

 

 

 

III. Del año del jubileo

 

Corria a la sazón el año postrero de este siglo, es a saber, el de nuestra salvación de 1300, año muy señalado por una ley que hizo y publicó para que se guardase perpetuamente el pontífice Bonifacio, tomada en parte de la costumbre antigua de la ciudad de Roma, que celebraba su fundación con ciertos juegos y fiestas cada cien años, en parte de la usanza y ley del pueblo judaico, donde cada cincuenta años había jubileo. Ordenó pues que al fin de cada cien años se concediese plenaria indulgencia y remisión de todos los pecados a todos los que en aquel año devotamente visitasen las iglesias de Roma, iglesias llenas de devoción, de sagradas reliquias y antigüedad. Esta ley era a propósito y se enderezaba para ennoblecer la majestad de Roma y para aumentar el culto de la religión. La cual Clemente VI redujo a cada cincuenta años; y más adelante Sixto IV, con otra nueva ley y constitución que hizo, atenta la humana flaqueza y la brevedad de la vida, mandó que se guardase y celebrase el jubileo cada veinticinco años. Fue grande el concurso de gente que aquel año acudió a la ciudad de Roma a fama de este jubileo. Entre otros vino Carlos de Valois, casado en segundo matrimonio con madama Catarina, hija de Filipo, nieta del emperador Balduino; y así pretendía cobrar el imperio de Grecia, a él debido como en dote de su mujer. Si salía con la empresa, publicaba renovar la guerra de la Tierra Santa, que tenían olvidada de tantos años atrás. Cosa honrosa para el sumo pontífice, que en su tiempo y con su favor se tornasen e tomar las armas para la guerra sagrada. Venía el papa bien en esto; prometía que no saldrían vanas las esperanzas de Carlos, con tal que desde Francia tornase a Italia a la primavera con ejército bastante.

 

En Vizcaya, que estaba en poder de Diego López de Haro, hermano de don Lope Díaz de Haro, aquel que dijimos fue muerto en Alfaro en tiempo del rey don Sancho, se edificó la villa de Bilbao, la más noble de toda aquella provincia a la ribera del río Nervio; los moradores por la mucha

 

 

 

 

 

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anchura que lleva le llaman Ibaisabelo. Está dos leguas del mar, y porque allí se traen muchas mercadurías que de las naves se descargan, hay gran comercio y concurso de gente. Los mercaderes de Bermeo, por la comodidad del lugar, los más de ellos se pagaron a morar y hacer su asiento en aquella poblacion nueva. A los moradores se les concedió que viviesen conforme a los fueros de Logroño.

 

En Lérida otrosí fundó el rey de Aragón universidad, y le concedió los privilegios acostumbrados; llamaron maestros que leyesen en ella todas las ciencias con salarios que les señalaron.

En aquel tiempo era virrey de Navarra por los franceses Alfonso Roleedo, sin que sucediese cosa en aquella provincia por entonces que de contar sea, sino que gozaban de una paz y sosiego grande, que es lo más principal que se puede desear, como quier que las otras provincias de España estuviesen continuamente atormentadas con guerras y desasosiegos. Este envió a Valladolid un embajador a la reina, que era la que tenía en pie las cosas entonces con su valor y prudencia, a pedirle restituyese todo el término desde Atapuerca, que es una villa así llamada junto a Burgos, hasta las fronteras de Navarra; alegaba que les pertenecía, y que antiguamente lo quitaron a gran tuerto los reyes de Castilla a los navarros sin otro derecho más del que consiste en la fuerza. La reina mandó fuesen muy bien tratados los embajadores y que espléndidamente los hospedasen. La respuesta que les dio fue que bien entendía no se pedía aquello de orden ni por voluntad del rey de Francia, y que el derecho de reinar más consiste en la posesión fresca y nueva y en el uso de ella que en títulos y papeles viejos y olvidados.

 

Los embajadores, visto el mal despacho que les daban, acudieron a don Alfonso de la Cerda y a don Juan Núñez de Lara, ca pensaban por aquel camino alcanzar más fruto de su embajada. Estos señores, acometido que bebieron a Palencia, que casi estuvieron a pique de tomarla por traición de algunos ciudadanos, como no les salió bien la empresa, estaban retirados en Dueñas. Allí, oídos los embajadores, hicieron mercedes con larga mano del señorío ajeno, y fue don Juan de Lara a Francia para que en presencia de aquel rey tratase de todas las condiciones y incitase a los franceses a que con brevedad les acudiesen con el socorro da gente necesario. Poco fruto sacaron de toda aquella diligencia, si bien los mismos hermanos Cerdas fueron asimismo a Francia en pos de don Juan Núñez de Lara; pero ni los unos ni los otros sacaron de su trabajo más que buenas y corteses

 

 

 

 

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palabras, como quiera que al francés le fuese más en la guerra de Flandes, que andaba trabada entre aquellas dos naciones, que en la que tan lejos les caía y les era de menos importancia. Solamente, hecha su confederación, Filipo, rey de Francia, les dio licencia para que pudiesen hacer gente en Navarra. Hiciéronlo así, y un escuadrón de soldados entró por aquella parte en el distrito de Calahorra. Salióles al encuentro don Juan Alfonso de Haro, señor de los Cameros, y en un rebate que tuvo con ellos los venció y prendió a su caudillo don Juan Núñez de Lara, al cual no quiso poner en libertad hasta tanto que restituyese todos los castillos y pueblos del reino que le entregaran en tenencia. Ultra de esto, juró que guardaría lealtad al rey don Fernando y le sería buen vasallo.

 

De esto mismo tomó ocasión el rey de Aragón para poner debajo de su corona la ciudad de Albarracín, que antes restituyó al dicho don Juan. Junto con esto el infante don Juan, tío del rey don Fernando, dejadas las armas, en que tenía poco remedio contra las fuerzas de su sobrino, que de cada día iban en aumento, se resolvió de seguir mejor partido. Tratóse de ello, y el concierto se hizo el año del Señor de 1301. Las capitulaciones del asiento fueron estas: que ante todas cosas dejase el nombre de rey que usurpara; que restituyese todas las ciudades y pueblos de que se apoderó en el tiempo de la guerra; que el principado de Vizcaya, que pretendía ser dote de su mujer, le dejase a don Diego López de Haro, y a él diesen en trueco a Medina de Ruiseco, Castronuño, Mansilla, Paredes y Cebreros, lugares de que le hicieron merced la reina y el rey, su hijo, por excusar nuevas alteraciones y para que tuviese con qué sustentar su vida como persona que era tan principal.

 

 

 

 

IV. De Raimundo Lullo

 

Dos cosas sucedieron este año, ni muy pequeñas ni muy señaladas, de que pareció todavía hacer mención en este lugar. La una fue la muerte de Raimundo Lullo, persona que tuvo gran fama de santidad y de doctrina; la otra el agravio que se hizo a don Garci López de Padilla, maestre de Calatrava, en deponerlede aquella dignidad.

 

Raimundo fue catalán de nación, nacido en la isla de Mallorca. Ocupóse siendo más mozo en negocios y mercadurías con pretensión de

 

 

 

 

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adelantarse en riquezas y seguir en esto las pisadas de sus antepasados, gente de honra y principal. Llegado a mayor edad se recogió al yermo, cansado de las cosas de este mundo y con deseo de huir la conversación de los hombres. En aquella soledad escribió un arte, que por nuevos atajos y senderos en breve introduce al lector en conocimiento de las artes liberales, de la filosofía y aún también de las cosas divinas. Cosa de tan grande maravilla, que persona tan ignorante de letras, que aún no sabía la lengua latina, sacase, como sacó a luz, más de veinte libros, algunos no pequeños, en lengua catalana, en que trata de cosas, así divinas como humanas, de suerte empero que apenas con industria y trabajo los hombres muy doctos pueden entender lo que pretende enseñar, tanto, que más parecen deslumbramientos y trampantojos, con que la vista se engaña y deslumbra, burla y escarnio de las ciencias, que verdaderas artes y ciencias. Puesto que él testifica alcanzó lo que enseña por divina revelación en un monte en que se le apareció Cristo, nuestro Dios y Señor, como enclavado en la cruz.

 

Lo que en él merece sin duda ser alabado es que con deseo de extender la religión cristiana y convertir los moros pasó en África, y llegado a Bugía en la costa de Mauritania, como quier que no cesase de amonestar y reprehender aquella gente bárbara, de dos veces que allá fue, la primera le prendieron y maltrataron, la segunda le mataron a pedradas. Su cuerpo, traído a Mallorca, de aquellos isleños es tenido en grande veneración, dado que no está canonizado ni su nombre puesto en el número de los santos.

 

Sobre sus libros hay diversas opiniones. Muchos los tachan como sin provecho y aún dañosos, otros los alaban como venidos del cielo para remedio de nuestra ignorancia. A la verdad quinientas proposiciones sacadas de aquellos libros fueron condenadas en Aviñón por el papa Gregorio XI a instancia de Aimerico, fraile de la orden de los Predicadores y inquisidor que era en España, ciento de las cuales proposiciones puso Pedro, arzobispo de Tarragona, en la segunda parte del Directorio de los Inquisidores. Si va a decir verdad, muchas de ellas son muy duras y malsonantes, y que al parecer no concuerdan con lo que siente y enseña la santa madre Iglesia. Esto nos parece; debe ser por nuestra rudeza y grosería, que impide no alcancemos y penetremos aquellas sutilezas en que los aficionados de Raimundo hallan sentidos maravillosos y misterios muy altos como los que tienen ojos más claros, o por ventura adivinan y fingen que ven o sueñan lo que no ven, y procuran mostrarnos con el dedo

 

 

 

 

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lo que no hay. De los cuales hay en este tiempo gran número, y cátedras en Barcelona, Mallorca y Valencia para declarar los dichos libros, buscados con gran cuidado y estimados después que fueron reprobados; que si no se hiciera de ellos caso, el tiempo por ventura los hubiera sepultado en el olvido. Esto de Raimundo Lullo.

 

Sus discípulos dicen que fue de noble linaje y que falleció en edad de setenta y cinco años, el de Cristo de 1315. Sospecho que en esto se engañan por lo que de los libros del mismo se saca. Lo cierto que fue casado y que dejó mujer e hijos pobres, por donde se ve que no fue tan grande alquimista como algunos le hacen.

Al maestre de Calatrava derribó el desabrimiento que contra él tenían los caballeros de su orden, causado de su severidad y recia condición. Ofrecióseles buena ocasión para ejecutar su saña, y fue que los nuestros no tenían fuerzas para reprimir a los moros por ser los tiempos tan revueltos y turbios, y aún hallo que el año pasado los moros se apoderaron de la villa de Alcaudete y la quitaron a los caballeros de Calatrava. Acometieron a Baena, pero ya que tenían ganada buena parte de aquella villa, fueron lanzados por el valor y esfuerzo de los soldados que dentro tenía. Pusieron cerco a Jaén y la combatían con todo su poder. Imputaron todo este daño al Maestre, y en particular le achacaron que por su culpa se perdió Alcaudete; demás que decían de secreto tenía inteligencias y favorecía a don Alfonso de la Cerda. Esta era la voz y el color, como quier que, mal pecado, aborreciesen su áspera condición y su severidad; su valor y esfuerzo y gran destreza en las armas los atemorizaba, y por el miedo le aborrecían. Juntaron capítulo, en que absolvieron del maestrazgo a don Garci López de Padilla, y pusieron en su lugar a don Alemán, comendador de Zorita, a sinrazón y contra justicia, como poco después lo sentenciaron los jueces que sobre este caso señaló el papa, es a saber, los padres de la orden del Císter.

 

Volvió pues a su dignidad al fin de este año y gobernó mucho tiempo aquella orden; más como el aborrecimiento que le tenían los caballeros quedase más reprimido que remediado, adelante al cabo de su vejez le tornaron a poner nuevos capítulos y acusaciones, con que de nuevo le depusieron, y en su lugar eligieron al maestre don Juan Núñez de Prado, no con mejor derecho que al pasado. Verdad es que, como quier que don García por la vejez se hallase muy cansado y sin fuerzas, no solo para los trabajos de la guerra, sino aún para las cosas del gobierno, de su voluntad

 

 

 

 

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dejó a su contrario el maestrazgo, que tan contra justicia y sin razón le quitaron. Solo se reservó algunos pueblos en Aragón con que pasar su vejez; caballero de gran valor, no solo por sus grandes hazañas, sino en particular por menospreciar aquella dignidad y honra con deseo de la paz y sosiego, perdonando con ánimo muy generoso el agravio recibido de sus contrarios. Volvamos con nuestro cuento al camino y orden que llevamos.

 

 

 

 

V. De las bodas del rey don Fernando

 

Tratábase con gran cuidado de alcanzar dispensación del papa para efectuar los casamientos que entre Portugal y Castilla tenían concertados, ca eran prohibidos por derecho a causa del parentesco entre los desposados. Tenían esperanza otorgaría con lo que pretendían, porque, demás de ser el negocio muy justificado, el pontífice Bonifacio se preciaba traer su origen y descendencia de España, con que parecía favorecer a los españoles, y aún comenzaba a desabrirse con los franceses. Los reyes de Castilla y de Portugal sobre esta razón se juntaron en Plasencia; acordaron de enviar sus embajadores a Roma, por cuyo medio consiguieron lo que deseaban. Demás de esto, dispensó también el pontífice en el casamiento de la reina doña María y del rey don Sancho, que tenía la misma falta, si bien don Sancho era ya muerto, y muchos decían no poderse revalidar los casamientos de difuntos que de derecho eran nulos, como gente que ignoraba cuán grande sea la autoridad de los sumos pontífices, cuyos términos extienden algunas veces por respetos que tienen y consideraciones, otras por el bien y en pro común. Como vino la dispensación, con nuevo gozo y alegría se hizo el casamiento del rey don Fernando y doña Costanza en Valladolid, y se celebraron las solemnidades de las bodas, que dilataran hasta entonces, así por la edad del rey como por el parentesco que lo impedía. Ordenaron la casa real, y el rey se encargó del gobierno. Don Juan Núñez de Lara fue nombrado por mayordomo de palacio. Al infante don Enrique, tío del rey, dieron a Atienza y a Santisteban de Gormaz en recompensa del gobierno del reino que le quitaban. Todas estas caricias no bastaban para sanar su mal pecho, porque se halla que a un mismo tiempo con trato doble y muestras fingidas de amistad tenía suspensos a los aragoneses y a los moros. Era su condición y

 

 

 

 

 

 

 

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costumbre estar siempre a la mira de lo que sucediese y seguir el partido que le pareciese estarle mejor, que fue la causa de hacer se alzase el cerco que tenía sobre Almazán, villa que se tenía por los Cerdas; y la gente de guerra de Castilla que estaba sobre ella fue enviada a otras partes. En Ariza se vio con el rey de Aragón sobre sus haciendas y aliarse, todo con la misma llaneza que tenía de costumbre con los demás. Tuvo el rey de Aragón cercada mucho tiempo a Lorca, ciudad bien fuerte en el reino de Murcia, y al principio del año del Señor de 1302 la vino a ganar.

 

Hay una villa muy noble en Castilla la Vieja a la ribera del río Duero, que se llama Peñafiel; allí se celebró concilio de los obispos y prelados de la provincia de Toledo. Abrióse al primer día del mes de abril. Presidió en este concilio don Gonzalo, arzobispo de Toledo. Entre otras constituciones mandaron que los clérigos no tuviesen concubinas públicamente, pena de ser por ello castigados. Tales eran las costumbres de aquel siglo, que les parecía hacían harto en castigar los pecados públicos. Esto contiene el tercer canon. El sexto manda que al sacerdote que revelare los pecados sabidos en confesión se le dé cárcel perpetua, y para su sustento solamente pan y agua. El octavo canon manda que se paguen a la Iglesia los diezmos de todas aquellas cosas que la tierra produce, aunque no sea cultivada. Prohíbese en el nono que las hostias con que se ha de decir misa no se hagan sino por mano de los sacerdotes o en su presencia. Demás de esto, se determinaron otras muchas cosas provechosas para aumento del culto divino.

 

El mes de mayo siguiente murió Mahomad Miro, rey de Granada; sucedióle su hijo mayor Mahomad Alhamar. Dio este trueco mucho contento a los nuestros por dos respetos, el uno que hubiese faltado el padre, que era valeroso y de grande industria; el otro por suceder su hijo, que era ciego. Verdad es que Farraquen, señor de Málaga, que era su cuñado, hombre de valor y lealtad para con el nuevo rey, se encargó del gobierno público, así de las cosas de la guerra como de la paz.

 

En Sicilia por el mismo tiempo a cabo de tantas alteraciones y guerras en fin se asentó la paz. Fue así, que junto a la isla de Ponza en una batalla naval fueron vencidos los sicilianos y preso Conrado Doria, genovés, general que era de la armada. Los sicilianos por esta rota comenzaron a temer, y los franceses cobraron esperanza de mejorar su partido, tanto, que sin tardar se pusieron sobre Mesina, que es el baluarte y fuerza principal de toda la isla. Llegó a peligro de perderse, defendióse empero por la

 

 

 

 

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constancia y valor de los ciudadanos y la buena diligencia del rey don Fadrique, que sabía muy bien cuánto le importaba aquella ciudad. La reina doña Violante acompañó a Roberto, su marido, en aquella jornada, que a la sazón estaba en Catania. A su instancia y por sus ruegos los dos príncipes se juntaron para verse y tratar de sus cosas en las marinas de Siracusa, en la torre llamada de Maniaco. Procuraron asentar las paces; solo pudieron acordar treguas por algunos días con esperanza que se dieron que en breve se concluiría lo que todos deseaban. Hizose así, sin embargo que sobrevinieron a mala sazón dos cosas, que pudieran entibiar y aún desbaratar todas estas pláticas, es a saber, la muerte de doña Violante, que falleció en Termini, ciudad que se tenía por los franceses, no lejos de Palermo; el otro inconveniente fue la venida de Carlos de Valois, que con intento de recobrar el imperio de los griegos abajó a Italia, y por hallar en Toscana las cosas muy alteradas pasó en Sicilia. Contra este peligro proveyó el rey don Fadríque que alzasen todos los bastimentos y los recogiesen en las plazas más fuertes, y los que no pudiesen recoger los echasen a mal; todo esto con intento de excusar de venir a batalla con los enemigos. Con esto y con que se resfrió aquella furia con que los franceses vinieron, los redujo a términos de mover ellos mismos tratos de paz, que también él mucho deseaba.

 

Finalmente, entre Jaca y Calatabelota, plaza en que don Fadríque se hallaba, por ser lugar muy fuerte, los tres príncipes se juntaron. Hubo muchos dares y tomares sobre asentar el concierto; por conclusión, las paces se asentaron con las capitulaciones siguientes: Filipo, príncipe de Tarento, sea puesto en libertad, asimismo todos los cautivos de la una y de la otra parte; el rey don Fadríque deje todo lo que tiene en la tierra firme de Italia, y al contrario, los franceses las ciudades y fuerzas de que en Sicilia están apoderados; doña Leonor, hermana de Roberto, case con don Fadrique, con retención de Sicilia en nombre de dote hasta tanto que por permisión y con ayuda del papa conquiste a Cerdeña o otro cualquiera reino; si esto no sucediere, sus herederos dejen a Sicilia luego que los reyes de Nápoles contaren doscientos cincuenta mil escudos; a los forajidos y desterrados de Sicilia y de Italia sea perdonada su poca lealtad por la una y por la otra parte.

 

Hiciéronse estos conciertos el postrer día del mes de agosto, con que todos dejaron las armas. Juan Villaneo, que se halló en esta guerra, y Dante Aligerio, poeta de aquellos tiempos, en extremo elegante y grave,

 

 

 

 

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tachan a Carlos de Valois, y le cargan de que en Toscana lo alborotó todo con discordias y guerras civiles, y en Sicilia concertó una paz infame; finalmente, que con tanto estruendo y aparato en efecto no hizo nada.

 

Fue este año muy estéril, en especial en España, por la grande sequedad y a causa que las tierras se quedaron por arar por haberse consumido, como se decía comúnmente y lo afirman graves autores, en aquellas alteraciones la cuarta parte por lo menos de los labradores y gente del campo.

 

 

 

 

VI. De la muerte del pontífice Bonifacio

 

Por este tiempo el hijo mayor de don Jaime, rey de Mallorca, que tenía el mismo nombre de su padre, renunciado el derecho que tenía a la herencia de aquellos estados, se metió fraile francisco, con que sucedió por muerte de aquel rey, su hijo menor don Sancho; y como estaba obligado, hizo homenaje por aquellos estados y juró de ser leal al rey de Aragón.

 

En Castilla no estaban las cosas muy sosegadas; en particular se padeció grande falta de dineros. Tuviéronse Cortes en Burgos y en Zamora, en que se reformaron los gastos públicos, y las ciudades sirvieron con gran suma de dineros. Demás de esto, el papa Bonifacio concedió a la reina madre una bula, en que le perdonaba las tercias de las iglesias que cobraron los reyes don Alfonso, don Sancho y el mismo don Fernando sin licencia de la Sede Apostólica hasta entonces, y de nuevo se las daba y hacía gracia de ellas por término de tres años.

 

Los ánimos de los grandes andaban muy desabridos con la reina madre; quejábanse que las cosas se gobernaban por su antojo sin razón ni orden. Los infantes don Enrique y don Juan, tíos del rey, y con ellos don Juan, hijo del infante don Manuel, don Juan de Lara y don Diego de Haro, con otros caballeros principales, buscaban traza y orden para poner con artificio y maña mal a la reina con su hijo y desavenirlos. Para dar principio a esto apremiaron al abad de Santander, que era chanciller mayor, diese cuentas del patrimonio real, cuya administración tuvo a su cargo, maña que se enderezaba contra la reina, por cuya instancia le encomendaron aquellos cargos y honras. Poco aprovecharon por este

 

 

 

 

 

 

 

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camino, porque conocida su inocencia e integridad, cayeron por tierra todas estas tramas.

 

Filipo, rey de Francia, al principio del año 1303 envió sus embajadores para pedir aquellos pueblos de Navarra sobre que tenían diferencias; fueron despedidos sin alcanzar cosa alguna. El rey de Aragón envió a ofrecer condiciones de paz, que también desecharon. Prometía que volvería toda la tierra de Murcia, de que estaba apoderado, a tal que le entregasen a Alicante. Esto no le pareció a propósito a la reina, antes a don Juan de Lara, que comenzaba a privar con el rey, hizo quitar el cargo que tenía y poner en su lugar al infante don Enrique para que fuese mayordomo mayor de la casa real. No le duró mucho el mando, que poco después le dejó, si de grado o contra su voluntad no se sabe.

Lo cierto es que de estas cosas y principios procedieron entre el rey y su madre algunas sospechas y división entre los grandes. En particular don Juan de Lara y el infante don Juan, olvidadas las diferencias y disgustos pasados, hechos a una, tenían grande mano y privanza acerca del rey. Los ruines y gente de malas mañas con chismes y decir mal de otros, que suele ser camino muy ordinario, eran antepuestos a los buenos y modestos. El infante don Enrique y don Juan, hijo del infante don Manuel, y don Diego de Haro llevaban mal que la reina madre fuese maltratada, a quien ellos se tenían por muy obligados por muchos respetos, principalmente se quejaban que las cosas se trastornasen al albedrío y antojo de dos hombres semejantes. Pasaron en este sentimiento tan adelante, que comunicado el negocio entre sí, enviaron a llamará don Alfonso de la Cerda para concertarse con él. Fue con esta embajada Gonzalo Ruiz a Almazán para mover estas pláticas y procurar que los aragoneses hiciesen entrada en Castilla, sin tener cuenta con la fe y lealtad que debían, a trueco de llevar adelante sus pasiones y bandos.

 

Esto pasaba en Castilla al mismo tiempo que con increíble osadía e impiedad fue amancillada la sacrosanta majestad de la Iglesia romana con poner mano en el papa Bonifacio. El caso, por ser tan exorbitante, será bien contar por menudo. Estaban los franceses por una parte, y por otra los de casa Colona, caballeros de Roma, en un mismo tiempo desabridos con el papa Bonifacio por agravios que pretendían les hiciera. Las causas del disgusto al principio eran diferentes; más a la postre se aliaron para satisfacerse del común enemigo. Parecía que el papa hizo burla de Carlos

 

 

 

 

 

 

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de Valois, por no acordarse de las promesas que le tenía hechas. El rey de Francia se entregaba en los bienes de las iglesias y en sus rentas.

 

Apamea es una ciudad que cae en la Galia Narbonense; antes era de la diócesis de Tolosa, y el papa Bonifacio la hizo catedral. El rey tenía preso al obispo de esta ciudad, porque claramente reprendía aquel sacrilegio; lo uno y lo otro llevaba el pontífice muy mal; enviáronse embajadores de una parte y de otra sobre el caso. Lo que resultó fue quedar más desabridas las voluntades. Paró el debate en que se pronunció contra el rey sentencia de excomunión, que es el más grave castigo que a los rebeldes se suele dar. Demás de esto, los obispos de Francia fueron llamados a Roma para proceder contra el rey. Grande es la autoridad de los sumos pontífices, pero las fuerzas de los reyes son más grandes; así fue que por orden del rey Filipo de Francia, para hacer rostro al pontífice, se juntaron muchos obispos y tuvieron concilio en París. En él se decretó que el papa Bonifacio era intruso y que la renunciación de Celestino no fue válida. Hubo denuestos sobre el caso de la una y de la otra parte. Hoy día hay cartas que se escribieron llenas de vituperios y ultrajes; si verdaderas, si fingidas, no se puede averiguar; mejor es que sean tenidas por falsas. Los de casa Colona fueron perseguidos y forzados a andar huidos de Roma, desterrados y despojados de sus haciendas por espacio de diez años, como el Petrarca lo atestigua, y encarece lo mucho que padecieron. Estos señores desde tiempo antiguo fueron capitanes del bando de los gibelinos, contrarios de los pontífices romanos, de quien se hicieron mucho tiempo temer por su nobleza, riquezas y parentelas. A Pedro y Jacobo, que eran cardenales y de aquel linaje y familia, por edicto público los privó del capelo. Estéfano Colona, cabeza de aquella familia, fue forzado a irse a Francia. Lo mismo hizo Sarra Colona, que era enemigo capital de Bonifacio; nuevos daños y desastres que en esta huida se le recrecieron le acrecentaron la saña, porque un capitán de corsarios le prendió y puso al remo.

 

El rey dio cargo a Guillelmo Nogarelo, natural de Tolosa, hombre atrevido, de apelar de la sentencia de Bonifacio para la santa Sede Apostólica romana, privada entonces de legítimo pastor. Estos dos comunicaron entre sí cómo podrían desbaratar los intentos del pontífice; si fue con consentimiento del rey o por su mandado, aún entonces no se pudo averiguar; en fin, ellos vinieron a Toscana y se estuvieron en un pueblo llamado Stagia, mientras que fuesen avisados por espías encubiertas y

 

 

 

 

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tuviesen oportunidad para acometer la maldad que tenían ordenada. El papa se hallaba en Anagni. Cecano y Supino, personas principales, hijos de Mallo, caballero de la misma ciudad de Anagni, fueron corrompidos a poder de dinero para que ayudasen a poner en efecto esta maldad. Ya que todo lo tenían bien trazado, metieron dentro de Anagni trescientos caballos ligeros y un buen escuadrón de soldados. Sarra Colona era el principal capitán. Al alba del día se levantó un estruendo y vocería de soldados, que con clamores y voces apellidaban el nombre del rey Filipo. Los criados del papa todos huyeron. Bonifacio, conocido el peligro, revestido con sus ornamentos pontificales, se sentó en su sacra cátedra. En aquel hábito que estaba llegó Sarra Colona y le prendió. Escarneciendo de él Nogareto y haciéndole mil amenazas, le respondió Bonifacio con grande constancia: «No hago yo caso de amenazas de Paterino». Este fue abuelo de Nogareto, y convencido de la herejía e impiedad de los albigenses, murió quemado. Con aquella voz del pontífice cayó la ferocidad de Nogareto. Pusieron guardas al Pontífice y saqueáronle su palacio. Dos cardenales solamente estuvieron perseverantes con el pontífice, el cardenal de España Pedro Hispani y el cardenal de Ostia; todos los demás se pusieron en huida.

 

Desde allí a tres días los ciudadanos de Anagni, por compasión que tuvieron de su pastor y por miedo que no fuesen imputados de ser traidores contra el sumo pontífice, su ciudadano, con las armas echaron de la ciudad a los conjurados. El pontífice se tornó luego a Roma, y del pesar y enojo que recibió le dio una enfermedad, de que con grandes bascas, a manera de hombre furioso, falleció a los 12 días de octubre y a los treinta y cinco de su prisión. Dichoso pontífice, si cuan fácilmente acostumbraba a burlarse de las amenazas, tan fácilmente pudiera evitar las asechanzas de sus enemigos. Con su desastre se dio aviso que los imperios y mandos de los eclesiásticos más se conservan con el buen crédito que de ellos tienen y con buena fama, que deben ellos procurar con buenas obras y con la reverencia de la religión, que con las fuerzas y el poder. Villaneo dice en su historia que Bonifacio era muy docto y varón muy excelente por la grande experiencia que tenía de las cosas del mundo; pero que era muy cruel, ambicioso, y que le amancilló grandemente la abominable avaricia por enriquecer los suyos, que es un grandísimo daño y torpeza afrentosa. Hizo veintidós obispos y dos condes de su linaje. Por el sexto libro de los

 

 

 

 

 

 

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Decretales que sacó a luz mereció gran loa cerca de los hombres sabios y eruditos.

 

Fue en su lugar elegido por sumo pontífice en el próximo cónclave Nicolás, natural de la Marca Trevisana, general que fue antes de la orden de los Predicadores. En su pontificado se llamó Benedicto XI, en memoria de Bonifacio, que tuvo este nombre antes de ser papa y era criatura suya, ca le hizo antes cardenal. Fue este papa para con los franceses demasiadamente blando, porque les alzó el entredicho que tenían puesto y revocó todos los decretos que su predecesor fulminó contra ellos. Verdad es que Sarra Colona y Nogareto fueron citados para estar a juicio, y porque no acudieron al tiempo señalado, los condenaron por reos del crimen laesae majestatis y fulminaron contra ellos sentencia de excomunión. A Pedro y Jacobo Colona, bien que los admitió en su gracia, no les permitió usasen del capelo y insignias de cardenales, conforme a lo que por su antecesor quedó decretado.

 

 

 

 

VII. De la paz que entre los reyes de España se

 

hizo en el Campillo

 

Los españoles, cansados de trabajos y alteraciones tan largas, gozaban de algún sosiego; más les fallaban las fuerzas que la voluntad ni ocasión para alborotarse. Las diferencias que aquellos príncipes tenían entre sí eran grandes y necesario apaciguarlas. Los reyes de Castilla y de Aragón altercaban sobre el reino de Murcia. Don Alfonso de la Cerda se intitulaba rey de Castilla, sombra vana y apellido sin mando. El nuevo rey de Granada, conforme a la enemiga que con los fieles tenía, hizo entrada por las tierras que poseía el rey de Aragón; demás de esto, tomó a Bedmar, que es una villa no lejos de Baeza. Éstas eran las discordias públicas y comunes; otra particular, de no menos importancia, andaba entre la casa de Haro y el infante don Juan, tío del rey. Pretendía el infante el señorío de Vizcaya como dote de su mujer; cuidaba salir con su intento a causa del deudo y cabida que con el rey tenía. Los de la casa de Haro por lo mismo andaban muy desabridos, y parece que se inclinaban a tomar las armas. El rey don Fernando, como a quien la edad hacía más recatado, por el mucho

 

 

 

 

 

 

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peligro que de esta discordia podía resultar, deseaba con todo cuidado componer estas diferencias.

 

La autoridad del rey de Aragón a esta sazón era muy grande, y parece que tenía puestas en sus manos las esperanzas y fuerzas de toda España. Enviáronle pues por embajador a don Juan, tío del rey, para que con él y por su medio se tratase de tomar algún buen medio y dar algún corte en todos estos debates. En Calatayud por el mes de marzo, año del Señor de 1304, después de muchos dares y tomares, por conclusión acordaron que de consentimiento de las partes se señalasen jueces para tomar asiento en todas estas diferencias, y que para que esto se efectuase, mientras se trataba, hubiese treguas. Señalaron tiempo y lugar para que los reyes se viesen.

En el entre tanto el rey don Femando, con el cuidado en que le ponían las cosas del Andalucía, partió de Burgos, do a la sazón estaba, y por el mes de abril llegó a Badajoz con intento de visitar al rey, sn suegro, con quien eso mismo tenía algunas diferencias, y pretendía cobrar ciertos lugares que en su menor edad le empeñaron. Lo que resultó de estas vistas, fue lo que suele, desabrimientos y faltar poco para quedar del todo enemigos. Solamente se pudo alcanzar del portugués ayudase a su yerno con algunos dineros que le prestó, con que se partió la vuelta del Andalucía. No se llegó a rompimiento con los moros, antes a pedimento del mismo rey de Granada el rey don Fernando envió embajadores a aquella ciudad, y él se detuvo en Córdoba. Por medio de esta embajada se tomó asiento con el rey moro; concertóse y prometió de nuevo de pagar el mismo tributo que se pagaba en tiempo de su padre, con que deshicieron los campos.

 

El infante don Enrique cargado de años falleció por este tiempo en Roa; tu cuerpo enterraron en el monasterio de San Francisco de Valladolid. Tuvo este príncipe ingenio vario y desasosegado, extraordinaria inconstancia en sus costumbres, y basta lo postrero de su edad grande apetito de gloria y mando, codicia desenfrenada y la postrera camisa de que se despojan aún los hombres sabios. Muy grande contento fue el que recibió todo el reino con la muerte de este caballero, ca todos se recelaban no desbaratase todas las pláticas que se comenzaban de paz. No dejó hijos, que nunca se casó; así las villas de su estado se repartieron entre otros caballeros, y la mayor parte cupo a Juan Núñez de Lara por la mucha privanza que con el rey a la sazón alcanzaba.

 

 

 

 

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En prosecución de lo concertado en Calatayud de consentimiento de las partes fue nombrado por juez árbitro pura componer aquellas diferencias Dionisio, rey de Portugal, y por sus acompañados el infante don Juan de la parte de Castilla, y por la de Aragón don Jimeno de Luna, obispo de Zaragoza. Los reyes de Portugal y Aragón tuvieron primero habla en Torrellas, que es una villa a la raya de Aragón y a las faldas de Moncayo, puesta en un sitio muy deleitoso. Allí los jueces, oído lo que por las partes se alegaba, pronunciaron sentencia, y fue que el río de Segura partiese término entre los reinos de Aragón y Castilla, cosa de grande comodidad y ventaja para el aragonés, porque se le añadió lo de Alicante con otros pueblos de aquella comarca, y de su bella gracia le otorgaron lo que él con tanto ahínco antes deseaba. Pronuncióse la sentencia a los 8 del mes de agosto, y luego el día siguiente los tres reyes se juntaron en el Campillo, que está allí cerca, y por la memoria del concierto que en aquel lugar se hiciera veintitrés años antes de esto entre don Alfonso, rey de Castilla, y don Pedro, rey de Aragón, parecía de buen agüero. Confirmóse allí lo asentado; desde allí los reyes fueron a Agreda, y pasaron a Tarazona. Grandes regocijos y recibimientos les hicieron; muy señalada fue esta junta, porque fuera de los tres reyes se hallaron asimismo presentes tres reinas, las dos de Castilla, suegra y nuera, y doña Isabel, reina de Portugal, persona muy santa, demás de la infanta doña Isabel, hermana del rey don Fernando, la que estuvo primero desposada con el rey de Aragón. El acompañamiento y corte era conforme a la calidad de príncipes tan grandes, en particular el rey de Portugal se señaló más que todos, conforme a la condición de aquella nación, por ser deseoso de honra, y a causa de la larga paz rico de dineros; se dice que trajo en su compañía de Portugal mil hombres de a caballo, y que en todo el camino no quiso alojar en los lugares, sino en tiendas y pabellones que hacía armar en el campo.

 

En lo que tocaba a la pretensión de los Cerdas, los reyes de Aragón y Portugal, nombrados por jueces árbitros, llegado el negocio a sentencia, mandaron que don Alfonso en adelante no se llamase rey; que restituyese todas las plazas y castillos de que estaba apoderado. Señaláronle a Alba, Béjar, Valdecorneja, Gibraleón, Sarriá, con otros lugares y tierras para que pudiese sustentar su vida y estado, recompensa muy ligera de tantos reinos. Pocas veces los hombres guardan razón, principalmente con los caídos; todos les faltan y se olvidan. El rey de Francia no acudía, sólo el

 

 

 

 

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rey de Aragón sustentaba el peso de la guerra contra Castilla; deseaba por tanto concertar aquellos debates de cualquier manera que fuese. Esta sentencia dio tanta pesadumbre a don Alfonso de la Cerda, que aún no se quiso hallar presente para oírla, antes se partió echando mil maldiciones a los reyes.

 

Restaba de acordar la diferencia del infanta don Juan y Diego López de Haro. El rey tenía prometido al infante que, efectuadas las paces, él mismo le pondría en posesión del señorío de Vizcaya. Concluida pues y despedida la junta de los reyes, don Diego de Haro fue citado para que en cierto día que le señalaron pareciese en Medina del Campo, para donde tenían convocadas las Cortes del reino. Señaláronse jueces árbitros que determinasen la causa. Don Diego López de Haro, sea por fiar poco de su justicia y entender tenía usurpado aquel estado, o por sospechar que el rey no le era nada favorable, sin pedir licencia para partirse se salió de las Cortes, las cuales acabadas que fueron, como entendiesen que don Diego de Haro no haría por bien cosa ninguna, y el infante don Juan, que siempre andaba al lado del rey, diese prisa a que el negocio se concluyese, en Valladolid, vistas sus probanzas, se sentenció en su favor, solamente se difirió la ejecución para otro tiempo, en que se pretendía que con alguna manera de concierto entre las partes se atajase la tempestad de la guerra que podía de esto resultar.

 

En el año del Señor de 1305 estaban las cosas de esta manera en Castilla, unas diferencias soldadas, otras para quebrar; y a 17 días del mes de enero Roger de Lauria, general del mar, murió en Cataluña, capitán sin segundo y sin par en aquel tiempo, determinado en sus consejos, diestro por sus manos, querido y amado de los reyes, en especial del rey don Pedro, que con su ayuda y por su valor sujetó a Sicilia. Él solo dio fin a grandes hazañas con próspero suceso; los reyes nunca hicieron cosa memorable sin él; su cuerpo sepultaron en el monasterio de Santa Cruz con su túmulo y letra junto al enterramiento del rey don Pedro en señal del grande amor que le tuvo.

 

A los 6 días del mes de abril murió doña Juana, reina de Navarra, en París; su cuerpo enterraron en el monasterio de San Francisco con real pompa y célebre aparato; está de presente metido este monasterio dentro del colegio de Navarra. Sucedió luego a su madre difunta en el reino Luis, que tuvo por sobrenombre Hutino; tomó la corona real en Pamplona; después fue también él rey de Francia por muerte de su padre. Dejó la

 

 

 

 

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reina doña Juana allende de este otros hijos, a Filipo, que tuvo por sobrenombre el Largo, a Carlos, que tuvo por sobrenombre el Hermoso, que adelante vinieron a ser todos reyes de Francia y Navarra. Dejó otrosí dos hijas; la una murió siendo niña, la otra, por nombre madama Isabel, casó con Eduardo, rey de Inglaterra, la más hermosa doncella que se halló en su tiempo.

 

 

 

 

VIII. Clemente V, pontífice máximo

 

El pontificado de Benedicto no duró más de ocho meses y seis días. Siguióse una vacante larga de diez meses y veintiocho días. Grandes disensiones anduvieron en este cónclave, muy encontrados los votos de los cardenales, así italianos como franceses, que eran en gran número, porque a devoción de los reyes de Nápoles los papas criaron los años pasados muchos cardenales de la nación francesa. En fin, se concertaron de esta suerte: que los italianos nombrasen tres cardenales franceses para el pontificado, y que de estos eligiese el bando contrario uno que fuese papa. Salieron tres arzobispos nombrados, que estaban muy obligados a la memoria de Bonifacio como criaturas suyas. De estos tres en ausencia fue elegido Raimundo Gotro, arzobispo de Burdeos, primero comunicado el negocio con Filipo, rey de Francia. Procuró el rey de Francia que se viniese antes de aceptar a ver con él en la villa de Angelina, que cae en la provincia de Xantoigne, donde dicen hizo que debajo de juramento le prometiese de poner en ejecución las cosas siguientes: que condenaría y anatematizaría la memoria de Bonifacio VIII; que restituiría en su grado y dignidad cardenalicia a Pedro y a Jacobo de casa Colona, que por Bonifacio fueron privados del capelo; que le concedería los diezmos de las iglesias por cinco años, y conforme a esto otras cosas feas y abominables a la dignidad pontifical; pero tanto puede el deseo de mandar.

 

Con esto a los 5 días del mes de junio fue declarado por pontífice, y tomó nombre de Clemente V. Mandó luego llamar todos los cardenales que viniesen a Francia, y en Lyon tomó las insignias pontificales a 11 de noviembre. Acudió increíble concurso de gente. Aguó la fiesta y destempló el alegría un caso de mal agüero, como muchos lo interpretaron. El mismo día que se celebraba esta solemnidad, mientras el nuevo

 

 

 

 

 

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pontífice hacía el paseo con grande acompañamiento y pompa, le derribó del caballo una gran pared que cayó por ser muy vieja y carcomida y por el peso de la muchedumbre de gente que sobre ella cargó a ver la fiesta. Cayósele la tiara que llevaba en la cabeza, y se perdió de ella un carbunco de gran valor. El rey de Francia, que iba a su lado, se vio en gran peligro; Juan, duque de Bretaña, pereció allí; los reyes de Inglaterra y Aragón escaparon con mucho trabajo. Fue grande el número de los que murieron, parte por tomarles la pared debajo, parte por el aprieto de la mucha gente.

 

Con estos principios se conformó lo demás; todo andaba puesto en venta, así lo honesto como lo que no lo era. Crió doce cardenales a contemplación y por respeto del rey Filipo de Francia. Todavía como le hiciese instancia sobre condenar la memoria del papa Bonifacio, según que lo tenía prometido, dio por respuesta que negocio tan grave no se podía resolver sino era con junta de un concilio general. Por este camino se desbarató la pretensión de aquel rey, y esta dicen fue la principal causa para juntar el concilio de Viena, que se celebró como poco adelante se dirá. Trasladó la silla pontifical desde Roma a Francia, que fue principio de grandes males; ca todo el orbe cristiano se alteró con aquella novedad, y en particular toda Italia, de que resultaron todas las demás desgracias y un gran torbellino de tempestades. Lo que se proveyó para el gobierno de Italia y del patrimonio que allí la Iglesia tiene fue enviar tres cardenales por legados para con poderes bastantes gobernar aquel estado, así en tiempo de guerra como de paz.

 

En Castilla por el mismo tiempo se despertaron nuevas alteraciones. No hay cosa más deleznable que la cabida y privanza con los reyes. Don Juan Núñez de Lara comenzó a ir de caída por estar el rey don Fernando cansado de él. Quitóle el oficio de mayordomo de la casa real, y puso en su lugar a don Lope, hijo de don Diego López de Haro. El color que se dio fue que don Juan de Lara era general de la frontera contra los moros y no podía servir ambos cargos, como quier que a la verdad el rey pretendiese sobro todo con aquella honra ganar la casa de Haro y apartarla de la amistad que tenía trabada muy grande a la sazón con los de Lara. Entendiéronse fácilmente estas mañas, como suela acontecer, que en las cosas de palacio no hay nada secreto; por donde estos dos caballeros se unieron y ligaron con mayor cuidado y determinación que tenían de desbaratar aquellos intentos. Parecía que el negocio amenazaba rompimiento; acudieron Alfonso Pérez de Guzmán y la reina madre, y con

 

 

 

 

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su prudencia hicieron tanto, que estos caballeros se apaciguaron, ca volvieron a cada cual de ellos las honras y cargos que solían tener. Demás de esto, se tomó asiento entre el infante don Juan y la casa de Haro con estas condiciones: que don Diego de Haro por sus días gozase el señorío da Vizcaya, y después de su muerte tornase al infante don Juan; que Orduña y Balmaseda quedasen por don Lope, hijo de don Diego de Haro, por juro de heredad, y de nuevo se le hizo merced de Miranda de Ebro y Villalva de Losa en recompensa de lo que de Vizcaya les quitaban.

 

El deseo que el rey tenía de apaciguar las diferencias de estos grandes, con que todo el reino andaba alborotado, era tan grande, que ninguna cosa se le hacía de mal a trueco de concordarlos. El alegría que todos recibieron por esta causa fue grande; sólo don Juan de Lara recibió pesadumbre, así por parecerle le habían agraviado en tomar asiento con su suegro don Diego de Haro sin darle a él parte, como por tener costumbre de aprovecharse de los trabajos ajenos y sacar ganancia de las alteraciones que sucedían entre los grandes. Esto fue en tanto grado, que por parecerle forzoso correr él fortuna después de tomado aquel asiento, y que no le quedaba esperanza de escapar si no se valía de alguna nueva trama, renunciada la fe y lealtad que al rey tenía jurada, se retiró a Tordehumos, plaza muy fuerte, así por su sitio como por sus murallas y reparos, donde con sus fuerzas y las de sus aliados pensaba defenderse del rey, que sabía tenía muy ofendido.

 

Acudieron en breve los del rey, pusieron cerco sobre aquel lugar; pero como quier que no faltasen muchos de secreto aficionados a don Juan de Lara, la guerra se proseguía con mucho descuido, y el cerco duró mucho tiempo. Llegaron o tratar de concierto, y porque el rey se hacía sordo a esto, los soldados se desbandaron y se fueron, unos a una parte, otros a otra. Entre los demás que favorecían a don Juan de Lara era el infante don Juan. Pasó el negocio tan adelante, que al rey fue forzoso perdonarle; solamente por cierta muestra de castigo le quitó las villas de Moya y Cañete, que, como arriba queda dicho, se las diera el rey don Sancho.

Poco duró este sosiego, porque como don Juan de Lara y el infante don Juan entendiesen y tuviesen aviso que el rey pretendía vengarse de ellos, si fue verdad o mentira no se sabe, pero, en fin, por pensar los quería matar, se concertaron entre sí y resolutamente se rebelaron. El infante don Juan brevemente se aplacó con las satisfacciones que le dio el rey; sosegar a don Juan de Lara era muy dificultoso, que de cada día se mostraba más

 

 

 

 

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obstinado. A esta sazón don Alfonso de la Cerda, como quier que se hallase desamparado de todos y juzgase que era mejor sujetarse a la necesidad que andar toda la vida descarriado y pobre, despojado del reino que pretendía y perdido el estado que le señalaron, envió a Martín Ruiz para que en su nombre tomase posesión de los pueblos que los jueces úrbitros le adjudicaron. Así, perdida la esperanza de cobrar el reino, en lo de adelante comúnmente le llamaron don Alfonso el Desheredado.

 

 

 

 

IX. Que la guerra de Granada se renovó

 

El vulgo de ordinario, y más entre los moros, de su natural es inconstante, alborotado, amigo de cosas nuevas, enemigo de la paz y sosiego. Así en este tiempo comenzaron los moros de Granada a alborotarse en gran daño suyo y riesgo de perderse, como quiera que por todas partes estuviesen rodeados de enemigos y aquel reino de Granada reducido a gran estrechura y puesto en balanzas. La ocasión de alborotarse fue que el rey era inútil para el gobierno, y como ciego pasaba en descuido su vida; su cuñado, el señor de Málaga era el que lo mandaba todo, y en efecto, era el que en nombre de otro reinaba. Parecíales cosa pesada tener dos reyes en lugar de uno, porque, fuera de los demás inconvenientes, se doblaba el gasto de la casa real a causa que el de Málaga no tenía menos corte, acompañamiento y casa que si fuera verdadero rey, puesto que el nombre le dejaba a su cuñado. Decían sería mucho mejor nombrar otro rey que fuese hombre que los gobernase, a quien todos tuviesen respeto, obedeciesen a sus mandamientos y con su autoridad se defendiesen y vengasen de sus enemigos. Al vulgo, que andaba alterado, atizaban los principales; mayormente Aborrabes, un caballero que venía de los reyes de Marruecos, con su gente y la de sus aficionados se apoderó de la ciudad de Almería y se intuló rey de ella. La mayor parte del pueblo se inclinaba a favorecer a Mahomad Azar, hermano que era menor del rey ciego, que daba muestras de valor y se veían en él señales de otras virtudes. Fue Aborrabes echado por el bando contrario de Almería; él, con deseo de apoderarse de Ceuta, ciudad que los granadinos tenían en la frontera de África, intentó ayudarse de los cristianos.

 

 

 

 

 

 

 

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Por todo esto se ofrecía buena ocasión para hacer la guerra a los moros y echarlos de todo punto de España. Comunicaron entre sí este negocio por cartas los reyes de Aragón y Castilla; acordaron de juntarse en el monasterio de Huerta, que está a la raya de los dos reinos. Hizóse la junta al principio del año de 1309. Allí y en Monreal, do los reyes pasaron, lo primero que se trató fue de apaciguar a don Alfonso de la Cerda, templada en alguna manera la sentencia que los jueces árbitros dieron; recelábanse que mientras los dos reyes estaban ocupados en la guerra de los moros, no alborotase a Castilla con ayuda de sus parciales y aficionados. Tomada esta resolución, acordaron emprender la guerra de Granada, y para apretar más a los moros acometerlos por dos partes, y en un mismo tiempo poner cerco sobre Algeciras y sobre Almería. Demás de esto, concertaron que la infanta doña Leonor, hermana del rey don Fernando, casase con don Jaime, hijo mayor del rey de Aragón. Por dote le señalaron la sexta parte de todo lo que en aquella guerra se ganase, y en particular la misma ciudad de Almería.

 

Concluida la junta y despedidos los reyes, todo comenzó a resonar con el estruendo de las armas, provisión de dinero, juntas de soldados y gente de a caballo, de bastimento y bagaje necesario. Tenían los dos príncipes soldados muy diestros, muy unidos entre sí, no inficionados con las discordias civiles; en especial los aragoneses ponían miedo a los moros por la fama que corría de haber sujetado sus enemigos y alcanzado tantas victorias. El rey don Fernando, a ruego de su madre, fue a Toledo para hallarse presente a trasladar los huesos del rey don Sancho, su padre, en un sepulcro muy honroso que la reina tenía apercibido con todo lo demás necesario y conveniente a las exequias y honras de su marido. Tenía el rey don Fernando condición apacible, una honestidad natural, como acostumbraba decir Gutierre de Toledo, que se crió con él desde su niñez, gran modestia en su rostro, su cuerpo bien proporcionado y apuesto, de grande ánimo, muy clemente.

 

Aconteció que el mismo día de Navidad un caballero muy principal, a quien él tenía señalado para el gobierno de Castilla, se vino a despedir de él para ir a su cargo. El rey, dejados los dados con que acaso se entretenía, le advirtió que en Galicia hallaría muchos caballeros nobles que andaban alborotados; que aunque mereciesen pena de muerte, le encargaba se guardase de ejecutar el castigo, solamente se los enviase, que se quería servir de ellos en la guerra de los moros. Engrandeció el caballero el

 

 

 

 

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acuerdo tan clemente del rey, que, aunque pareció a muchos blando en demasía y temerario, la experiencia mostró ser muy acertado. No hubo en toda la guerra contra los moros quien se señalase más que aquellos hidalgos. Estimulábalos grandemente el deseo de borrar la deshonra pasada, y la voluntad de servir al rey la clemencia de que con ellos usara; sus valerosas hazañas no se podían encubrir; en todas partes y ocasiones peleaban contra los moros con odio implacable, y entre sí tenían competencia de aventajarse en valor y ánimo.

 

Finalmente, desde Toledo partieron al Andalucía. El campo de los castellanos llegó sobre Algeciras a 27 días del mes de julio. A mediado el siguiente mes de agosto puso su cerco sobre Almería el rey de Aragón. Con los aragoneses vinieron don Fernando, hijo de don Sancho, rey de Mallorca, mancebo de los fuertes y valerosos que en su tiempo se hallaban; don Guillén de Rocaberti, arzobispo de Tarragona; don Ramón, obispo de Valencia y chanciller del rey; don Artal de Luna, gobernador de Aragón, con otros prelados y caballeros. Al rey don Fernando seguían los caballeros de la casa y familia de Haro; don Juan de Lara, poco antes vuelto en amistad del rey; don Juan, tío del rey, y el arzobispo de Sevilla y otros muchos caballeros principales. Gisberto, vizconde de Castelnovo, fue con parte de la armada de los aragoneses sobre Ceuta, que está en la frontera y riberas de África, y la tomó. Los despojos hubieron los aragoneses; la ciudad se dejó a Aborrabes, como lo tenían con él capitulado. Los de Granada, habido sobre ello su acuerdo, porque si venían a repartir su gente no serían bastantes para sustentar ambas guerras, determinaron de defender la ciudad de Almería, fuese por la confianza que hacían de la fortaleza de Algeciras, demás que tenía harta gente de defensa y las provisiones necesarias, o por rabia de que los aragoneses les hubiesen ganado a Ceuta y se hubiesen entremetido en aquella guerra sin pretender contra ellos algún derecho ni haber recibido agravio.

 

El mismo día de la festividad de San Bartolomé los moros con toda su gente se presentaron a vista de aquella ciudad. Los aragoneses, visto que les representaban la batalla, de buena gana fueron a acometerlos. A los principios no se conoció ventaja en ninguno de los campos, porque los moros peleaban con grandísimo esfuerzo; pero en fin, fueron vencidos y puestos en huida con gran daño y matanza. Los bosques que allí cerca estaban dieron a muchos la vida, que se metieron por aquellas espesuras y escaparon. No hay alegría cumplida en las cosas humanas. Mientras que

 

 

 

 

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los nuestros con demasiada codicia y poco recato iban en seguimiento de los bárbaros y ejecutaban el alcance, los de Almería salen de la ciudad y acometen el real de los aragoneses, que tenía poca defensa y por capitán a don Femando de Mallorca. Ganaron el baluarte y trincheras y saquearon y robaron algunas tiendas. Acudieron los nuestros, y aunque con mucha dificultad, en fin lanzaron los moros y los forzaron a retirarse dentro de la ciudad. Esto hizo que el contento de la victoria ganada no se les aguase tanto si perdieran los reales; demás que aquel peligro fue aviso para que en adelante tuviesen mayor recato. Todo era menester, porque segunda vez a los 15 de octubre grande morisma, que llegaban a más de cuarenta mil, acometieron las estancias de los aragoneses, pero sucedióles lo mismo que en el rebate pasado.

 

No con menos esfuerzo apretaban los de Castilla por mar y por tierra el cerco de Algeciras; más las fuertes murallas y los muchos soldados que dentro tenían impedían a los cristianos para que sus asaltos no hiciesen efecto. Como se detuviesen muchos meses, acordaron de acometer a Gibraltar, villa puesta sobre el monte Calpe, con esperanza de apoderarse de ella, porque no tenía tanta defensa. Fueron para este efecto el arzobispo de Sevilla y don Juan Núñez de Lara con parte del ejército. Alfonso Pérez de Guzmán, caballero el más señalado que se conocía en aquellos tiempos e iba en compañía de los demás, en un rebate que tuvieron con los moros en el monte Gausin quedó muerto, daño que fue muy notable, dolor y sentimiento de todo el reino. Verdad es que la villa de Gibraltar se entregó al mismo rey don Fernando, que acudió para este efecto, como lo concertaron para que los cercados se rindiesen con más reputación y fuese del rey la honra de ganar aquella plaza. Diose libertad a los moros para pasar en África y llevar consigo sus bienes. Entre los demás un moro muy viejo ya, que quería partirse, habló, según dicen, al rey de esta manera:

 

«¿Qué desdicha es esta mía, por mi mal hado o por mis pecados causada, que toda mi vida ande desterrado y a cada paso me sea forzoso mudar de lugar y hacer alarde de mi desventura por todas las ciudades? Don Fernando, tu bisabuelo, me echó de Sevilla, fuime a Jerez de la Frontera. Esta ciudad conquistó tu abuelo don Alfonso, y a mí fue necesario recogerme a Tarifa. Ganó esta plaza tu padre el rey don Sancho, a mí por la misma razón fue forzoso pasar a Gibraltar. Cuidaba con tanto poner fin a mis trabajos, y esperaba la muerte como puerto seguro de todas estas desgracias. Engañóme el pensamiento; al presente de nuevo

 

 

 

 

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soy forzado a buscar otra tierra. Yo me resuelvo pasar en África por ver si con tan largo destierro puedo amparar lo postrero de mi triste vejez y pasar en sosiego este poco de vida que me puede quedar».

Los soldados que estaban sobre Algeciras, dado que era gente feroz y denodada, cansados con los trabajos y malparados con los fríos del invierno, a cada paso desamparaban las banderas, no sólo la gente baja, sino también la principal y los señores, que demás de lo dicho andaban desabridos porque el rey daba oído a gente baja y de intenciones dañadas. El infante don Juan y don Juan Manuel fueron de poco provecho en esta guerra, antes ocasión de mucho daño, porque partidos ellos, con su ejemplo muchos se salieron del campo y desampararon los reales. Don Diego López da Haro murió en la demanda de enfermedad. Su cuerpo llevaron a Burgos y enterraron en el monasterio de San Francisco. El señorío de Vizcaya, según que lo tenían capitulado, recayó en doña María, mujer del infante don Juan; cosa nueva que en aquel estado sucediese mujer, en que hasta entonces se continuó la sucesión por línea de varón. La muerte de este caballero y las continuas lluvias que sobrevinieron, por ser el tiempo más áspero de todo el año, forzaron a que el cerco de Algeciras se alzase. Capitularon empero que los moros restituyesen, como lo hicieron, las villas de Quesada y Bedmar, que tomaron el tiempo pasado a los nuestros, y para los gastos de la guerra pagasen cuarenta mil escudos. La villa de Quesada poco adelante dio el rey a la iglesia de Toledo, cuya solía ser. Éste fue el fruto que de tanto ruido, tantas pérdidas y trabajos se sacó.

 

Los aragoneses, si bien tenían en sus reales grande abundancia de todas las cosas necesarias, asimismo por la poca esperanza de salir con la empresa, como les restituyesen los aragoneses que allí tenían cautivos, se partieron de sobre Almería, que fue a los 26 días del mes de febrero, año de 1310, sin suceder otra cosa digna de memoria, salvo que en el mayor calor de esta guerra el ciego rey moro fue despojado del reino por su hermano Azar, y en Almuñécar puesto en prisiones con buena guarda; grande desgracia y caída, el que era rey ser privado de la libertad, mal que se pudiera llevar en paciencia sino pasara adelante. Poco después en Granada, do le hizo volver, sin respeto de lo que se diría ni compasión del que era su hermano, por asegurarse le mandó cruelmente matar; así pervierte todas las leyes de naturaleza el deseo desenfrenado de reinar.

 

 

 

 

 

 

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Don Juan Núñez de Lara al fin de la guerra pasada fue por embajador a Francia, y cumplido con su cargo, tornó al rey de Castilla, que era venido a Sevilla, despedido que hubo su ejército. Llevaba orden de impetrar, como lo hizo, los diezmos de las rentas eclesiásticas para ayuda a los gastos de la guerra contra moros; demás de esto de avisar al pontífice Clemente que no debía en manera alguna proceder contra la memoria del papa Bonifacio, por los grandes inconvenientes que de hacer lo contrario resultarían, contra lo que pretendía el rey de Francia, y que el pontífice no estaba fuera de hacerlo, según avisaban personas de autoridad.

 

En Vizcaya, en aquella parte que llaman Guipúzcoa, por mandado del rey y a costa de los de aquella provincia se fundó la villa de Azpeitia, como se entiende por la provisión real que en esta razón se despachó en Sevilla al principio de este año, desde donde el rey don Fernando se partió para Burgos para celebrar las bodas de la infanta doña Isabel, su hermana, aquella que repudió el rey de Aragón, y de nuevo la tenían concertada con Juan, duque de Bretaña. El cargo de mayordomo de la casa real se dio a don Juan Manuel, sin que el infante don Pedro, hermano del rey, que tenía aquel oficio, mostrase sentimiento alguno. Demás de esto, el mismo don Juan era frontero de Murcia contra los moros, dado que en su lugar servía este cargo Pero López de Ayala. Todo esto se enderezaba a obligar más a aquel caballero, que era muy poderoso, y fue tan dichoso en sus cosas, que dos hijas suyas, doña Costanza, habida en su primera mujer, fue reina de Portugal, y doña Juana lo fue de Castilla, la cual hubo en doña Blanca, hija de Fernando de la Cerda y de doña Juana de Lara.

 

En este viaje pasó el rey por Toledo en sazón que por muerte de don Gonzalo, que finó este mismo año, vacaba aquella iglesia. Sucedióle don Gutierre II, natural y arcediano de Toledo. Su padre, Gómez Pérez de Lampar, alguacil mayor de Toledo. Su madre, Horabuena Gutiérrez. Su hermano, Fernán Gómez de Toledo, camarero mayor y muy privado del rey, que por su respeto acudió a su hermano con su favor, y obró tanto, que los canónigos apresuraron la elección y dieron sus votos a don Gutierre, mayormente que se recelaban no se entremetiese el papa y les diese prelado de su mano. Partió el rey de Toledo para Burgos a las bodas, que se festejaron como se puede pensar. Del infante don Juan, tío del rey, no se tenía bastante seguridad por ser de su condición mudable y por cosas que de él se decían, y claramente se dejaba entender que de tal manera haría el deber, que no duraría más el respeto de lo que le fuese necesario. Por esta

 

 

 

 

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causa en Burgos, ca acudió a las fiestas de aquellas bodas de la infanta, aunque con seguridad que le dieron, trataban por orden del rey de darle la muerte. Don Juan Núñez de Lara, como de ello tuviese noticia, procuró estorbarlo, afeando en gran manera aquel intento; y sin embargo, el infante don Juan, luego que supo lo que pasaba, se salió secretamente de la corte. Muchos caballeros, movidos de caso tan feo, sin tener cuenta con el rey y con su autoridad ni con la solemnidad de las bodas, le hicieron compañía. Pero todas estas alteraciones, que amenazaban mayores males, apaciguó la reina madre con su prudencia, sin cesar hasta reconciliar el infante don Juan con el rey, su hijo.

 

En Palencia sobrevino al rey una tan grave enfermedad, que no pensaron escapara. La buena diligencia de los médicos, la fuerza de la edad y la mudanza del aire le sanaron, porque luego que pudo se fue a Valladolid.

En Barcelona murió doña Blanca, reina de Aragón, a 14 días del mes de octubre, señora dotada de grande honestidad y de todo género de virtudes. Dejó noble generación, es a saber, los infantes don Jaime, don Alfonso, don Juan, don Pedro, don Ramón Berenguel. Las hijas fueron doña María, doña Costanza, doña Isabel, doña Blanca, doña Violante. Doña Blanca pasó su vida en el monasterio de Sigena, en que fue abadesa; las demás casaron con grandes príncipes, y por sus casamientos muchos linajes nobilísimos emparentaron con la casa real de Aragón. El cuerpo de la reina sepultaron en Santa Cruz, que es un monasterio muy noble en Cataluña. Las exequias se hicieron con toda la solemnidad que era justo y se puede pensar.

 

 

 

 

X. Cómo extinguieron los caballeros templarios

 

Los obispos de toda la cristiandad se juntaban por este tiempo llamados por edictos de Clemente, pontífice, para asistir al concilio de Viena, ciudad bien conocida en el Delfinado de Francia. A las demás causas públicas que concurrían para juntar este concilio se allegaba una, la más nueva y sobre todas urgentísima, que era tratar de los caballeros templarios, cuyo nombre se comenzara a amancillar con grandes fealdades y torpezas, y era a todos aborrecible. Querían que todos los prelados diesen su voto y determinasen

 

 

 

 

 

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lo que en ello se debía de hacer, pues la causa a todos tocaba. El principio de esta tempestad comenzó en Francia. Achacábanles delitos nunca oídos, no tan solamente a algunos en particular, sino en común a todos ellos y a toda su religión.

 

Las cabezas eran infinitas, las más graves estas: que lo primero que hacían cuando entraban en aquella religión era renegar de Cristo y de la Virgen, su madre, y de todos los santos y santas del cielo; negaban que por Cristo habían de ser salvos y que fuese Dios; decían que en la cruz pagó las penas de sus pecados mediante la muerte; ensuciaban la señal de la cruz y la imagen de Cristo con saliva, con orina y con los pies, en especial, porque fuese mayor el vituperio y afrenta, en aquel sagrado tiempo de la Semana Santa, cuando el pueblo cristiano con tanta veneración celebra la memoria de la pasión y muerte de Cristo; que en la santísima Eucaristía no está el cuerpo de Cristo, el cual y los demás sacramentos de la santa madre Iglesia los negaban y repudiaban; los sacerdotes de aquella religión no proferían las místicas palabras de la consagración cuando parecía que decían misa, porque decían que eran cosas ficticias e invenciones de los hombres, y que no eran de provecho alguno; que el maestre general de su religión, y todos los demás comendadores que presidían en cualquiera casa o convento suyo, aunque no fuesen sacerdotes, tenían potestad de perdonar todos los pecados; solía venir un gato a sus juntas; a este acostumbraban arrodillarse y hacerle gran veneración como cosa venida del cielo y llena de divinidad; ultra de esto tenían un ídolo, unas veces de tres cabezas, otras de una sola, algunas también con una calavera y cubierto de una piel de un hombre muerto; de éste reconocían las riquezas, la salud y todos los demás bienes, y le daban gracias por ellos. Tocaban unos cordones a este ídolo, y como cosa sagrada los traían revueltos al cuerpo por devoción y buen agüero. Desenfrenados en la torpeza del pecado nefando, hacían y padecían indiferentemente. Besábanse los unos a los otros las partes más sucias y pudendas de sus cuerpos, seguían sus apetitos sin diferencia, y esto con color de honestidad como cosa concedida por derecho y conforme a razón. Juraban de procurar con todas sus fuerzas la amplificación de su orden, así en número de religiosos como en riquezas, sin tener respeto a cosa honesta y deshonesta. Referir otras cosas de ellos da pesadumbre y causa horror.

 

¿Qué dirá aquí el que esto leyere? ¿Por ventura no parecen estos cargos impuestos y semejables a consejas que cuentan las viejas? Villaneo

 

 

 

 

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sin duda y san Antonino y otros los defienden de esta calumnia; la fama y la común opinión de todos los condena. Necesario es que confesemos que las riquezas con que se engrandecieron sobremanera fueron causa de su perdición, sea por haberse con tanta sobra de deleites amortiguado en ellos aquella nobleza de virtudes y valor con que dieron cabo a tan esclarecidas hazañas así en el mar como en la tierra, sea que el pueblo ardiese de envidia por ver su pujanza, y los príncipes por esta vía quisiesen gozar de aquellas riquezas. Apenas se podría creer que tan presto hubiesen estos caballeros degenerado en común en todo género de maldad, si no tuviéramos el testimonio de las bulas plomadas del papa Clemente, que el día de hoy están en los archivos de la iglesia mayor de Toledo, que afirma no era vana la fama que corría; antes que en presencia del mismo papa fueron examinados sesenta y dos caballeros de aquella orden, que confesado que hubieron las maldades susodichas, pidieron humildemente perdón. Los primeros denunciadores fueron dos caballeros de aquella orden, es a saber, el prior de Monfalcon, que es en tierra de Tolosa, y Nofo, forajido de Florencia, testigos, al parecer de muchos, no tan abonados como negocio tan grave pedía. Arrimáronseles otros, y entre ellos un camarero del mismo papa que de edad de once años tomó aquel hábito, y como testigo de vista deponía de las culpas susodichas. Las cabezas de estas acusaciones se enviaron al rey de Francia a Poitiers, do estaba con el pontífice Clemente, por cuyo orden a un mismo tiempo, como si tocaran al arma, todos los templarios que se hallaban en Francia fueron presos a los 13 días de octubre, tres años antes de éste en que va la historia. Pusiéronlos a cuestión de tormento; muchos o todos por no perder la vida, o porque así era verdad, confesaron de plano; muchos fueron condenados y los quemaron vivos. Entre otros, el gran maestre de la orden Jacobo Mola, borgoñón de nación, ya que le llevaban a la hoguera, puesto que le daban esperanza de la vida y que le darían por libre si públicamente pedía perdón, habló de esta manera, como lo afirman autores de mucho crédito:

 

«Como quiera que al fin de la vida no sea tiempo de mentir sin provecho, yo niego y juro por todo lo que puedo jurar que es falso todo lo que antes de ahora se ha acriminado contra los templarios y lo que de presente se ha referido en la sentencia dada contra mí, porque aquella orden es santa, justa y católica; yo soy el que merezco la muerte por haber levantado falso testimonio a mi orden, que antes ha servido mucho y sido

 

 

 

 

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muy provechosa a la religión cristiana, y imputándoles estos delitos y maldades contra toda verdad a persuasión del sumo pontífice y del rey de Francia; lo que ojalá yo no hubiera hecho. Sólo me resta rogar, como ruego a Dios, si mis maldades dan lugar, me perdone; y juntamente suplico que el castigo y tormento sea más grave, si por ventura por este medio se aplacase la ira divina contra mí y pudiese mover con mi paciencia a los hombres a misericordia. La vida ni la quiero ni la he menester, principalmente amancillada con tan grande maldad como me convidan a que cometa de nuevo».

 

De otros muchos se cuenta que dijeron lo mismo, y que uno de ellos fue un hermano del delfín de Viena, persona nobilísima, cuyo nombre no se sabe, dado que consta del hecho.

El año próximo siguiente expidió el papa sus letras apostólicas a postrero de julio, en que comete a los arzobispos de Toledo y Santiago y les manda procedan contra los templarios en Castilla. Dioles por acompañado a Aimerico, inquisidor y fraile dominico, por ventura aquel que compuso el Directorio de los Inquisidores que tenemos, y junto con él otros prelados. En Aragón se dio la misma orden a los obispos don Ramón, de Valencia, y don Jimeno, de Zaragoza; lo mismo se hizo en las demás provincias de España y de toda la cristiandad. Diose a todos orden que, formado el proceso y tomada la información, no se procediese a sentencia sino fuese en los concilios provinciales. Gran turbación y tristeza fue esta para los templarios y todos sus aliados; nuevas esperanzas para otros, que les resultaban de su desgracia y trabajo. En Aragón acudieron a las armas para defenderse en sus castillos; los más se hicieron fuertes en Monzón por ser la plaza a propósito. Acudió mucha gente de parte del rey, y por conclusión los templarios fueron vencidos y presos.

 

En Castilla Rodrigo Ibáñez, comendador mayor o maestre de aquella orden, y los demás templarios fueron citados por don Gonzalo, arzobispo de Toledo, para estar a juicio. El rey los mandó a todos prender, y todos sus bienes pusieron en tercería en poder de los obispos hasta tanto que se averiguase su causa. Juntóse concilio en Salamanca, en que se hallaron Rodrigo, arzobispo de Santiago; Juan, obispo de Lisboa; Vasco, obispo de la Guardia; Gonzalo, de Zamora; Pedro, de Ávila; Alfonso, de Ciudad-Rodrigo; Domingo, de Plasencia; Rodrigo, de Mondoñedo; Alfonso, de Astorga, y Juan, de Tuy, y otro Juan, obispo de Lugo. Formóse el proceso contra los presos, tomáronles sus confesiones, y conforme a lo que

 

 

 

 

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hallaron, de parecer de todos los prelados fueron dados por libres, sin embargo que la final determinación se remitió al sumo pontífice, cuyo decreto y sentencia prevaleció contra el voto de todos aquellos padres, y toda aquella orden fue extinguida. En virtud de este decreto el rey don Fernando se apoderó de todo lo que los templarios poseían en Castilla, así bienes como pueblos. En Galicia tenían a Ponferrada y el Faro; en tierra de León Balduerna, Tavara, Almansa, Alcañices; en Extremadura a la raya de Portugal Valencia, Alconeta, Jerez de Badajoz, Frejenal, Nertóbriga, Capilla y Caracuel; en el Andalucía Palma; en Castilla la Vieja Villalpando; en la comarca de Murcia Caravaca y Alconchel; en el reino de Toledo Montalbán; demás de estos, a San Pedro de la Zarza y a Burguillos, sin otros pueblos, posesiones y casas por todo el reino, que no se pueden por menudo contar.

 

Refieren que los templarios tenían en España doce conventos, de los cuales en una bula del papa Alejandro III se nombran cinco, que son estos: el de Montalbán, el de San Juan de Valladolid, el de San Benito de Torija, el de San Salvador de Toro y el de San Juan de Otero en la diócesis de Osma. En los archivos de la iglesia mayor de Toledo está la citación que el arzobispo don Gonzalo hizo a los templarios conforme a la comisión que tenía del papa Clemente, su data en Tordesillas a los 15 de abril del mismo año que murió, de 1310. En esta citación se cuentan veinticuatro bailías de los templarios, todas en Castilla, que eran como encomiendas, esá saber, la bailía de Faro, la de Amotiro, la de Goya, la de San Félix, la de Canabal, la de Neya, la de Villapalma, la de Mayorga, la de Santa María de Villasirga, la de Vilardig, la de Serafines, la de Alcanadre, la de Caravaca, la de Capella, la de Villalpando, la de San Pedro, la de Zamora, la de Medina de Luitosas, la de Salamanca, la de Alconcitar, la de Ejares, la de Cidad, la de Ventoso, las casas de Sevilla, las de Córdoba, la bailía de Calvarzaes, la de Benavente, la de Juneo, la de Montalbán, con las casas de Cebolla y de Villalva que le pertenecen. Hasta aquí la citacion. Otras casas, heredades y lugares que tenían debíanse reducir y ser miembros de las bailías susodichas.

 

En la ciudad de Maguncia en Alemania, como se tratase de este negocio en un concilio de prelados conforme al orden del papa, cuentan que uno llamado Hugón con otros veinte caballeros de aquella orden entró denodamente en la sala en que se hacía la junta, y a altas voces protestó que si alguna cosa allí se decretase contra su religión, que desde entonces

 

 

 

 

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apelaba para el sumo pontífice, sucesor de Clemente. Los prelados, atemorizados con aquella ferocidad, dijeron que no tuviesen pena, que todo se haría bien y se miraría por su justicia. Dieron noticia de lo que pasaba al papa, que cometió al mismo arzobispo de Maguncia de nuevo tomase información y procediese a sentencia. Hiciéronselas diligencias necesarias, y considerado el proceso y cerrado, los dieron por libres de todo lo que les achacaban.

 

Finalmente, el concilio vienense se abrió el año de 1311 a 16 días del mes de octubre. Muchas cosas se ventilaron. Por lo que tocaba al papa Bonifacio, se acordó no era lícito condenarle ni imputarle el crimen de herejía, como pretendían. Tratóse con muchas veras de renovar la guerra de la Tierra Santa, pero fue de poco efecto. Acerca de los templarios se decretó que su nombre y orden de todo punto se extinguiese; decreto que a muchos pareció muy recio, ni se puede creer que aquellos delitos se hubiesen extendido por todas las provincias, y que todos en general y cada cual en particular estuviesen tocados de aquel contagio. Verdad es que el naufragio y desastre de estos caballeros dio a todos aviso para huir semejantes delitos, mayormente a los eclesiásticos, cuyas fuerzas más consisten en una entera y loable opinión de virtud y bondad que en otra cosa alguna.

 

Los bienes y haciendas de los templarios adjudicaron a los caballeros de la orden de San Juan, que en aquella sazón ganaron a los turcos la isla de Rodas; conquista con que se adelantaron en gracia y reputación, y aún esperaban que se podría por medio de ellos renovar la guerra de la Tierra Santa. Sola España no admitió esta adjudicación por las grandes guerras que tenían contre los moros por este tiempo, y cada día se esperaban más. Halláronse en este concilio Filipo, rey de Francia, y tres hijos suyos, Carlos de Valois, su hermano, y gran número de embajadores de los otros reyes y príncipes. Asistieron trescientos obispos, otros dicen ciento catorce, dos patriarcas, el de Alejandría y el de Antioquia, y el romano pontífice, que sobrepujaba a todos los demás en autoridad y preeminencia. La divisa de los templarios era una cruz roja con dos traviesas como la de Caravaca en manto blanco; al contrario, los caballeros de San Juan traían y traen cruz blanca de la forma que vemos en manto negro.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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XI. De la muerte de don Fernando el Cuarto, rey

 

de Castilla

 

Todo el orbe cristiano estaba alterado con el desastre y caída de los templarios. Los culpados fueron castigados, los que no tenían culpa quedaron libres, y por decreto de los prelados de Viena se les señalaron pensiones en cada un año de las rentas de los mismos conventos, con que pudiesen pasar su vida; solamente les quitaron el hábito y insignia de aquella orden.

 

En Castilla todo lleno de fiestas y regocijos con el nacimiento del infante don Alfonso, que la reina doña Costanza parió a 3 días del mes de agosto, el cual poco después sucedió en el reino de su padre. Fue tanto mayor la alegría, que hasta entonces tenían poca esperanza de sucesión, porque la reina no se había hecho preñada y daba muestras de estéril. Tenían concertado casamiento por medio de embajadores entre don Pedro, hermano del rey don Fernando, y doña María, hija del rey de Aragón; para efectuarle vinieron los reyes el de Castilla y el de Aragón a verse en Calatayud. Hallóse al tanto allí la reina doña Costanza, ya convalecida del parto, y gran número de caballeros, así castellanos como aragoneses, ilustres por sus hazañas y por su nobleza. Celebráronse las bodas la misma Pascua de Navidad, grandes fiestas, justas y torneos, con que el pueblo se alegró asaz. Doña Leonor, hermana del rey don Fernando, que antes de ahora estaba tratado de casarla con don Jaime, hijo del rey de Aragón, se desposó asimismo con él, y fue entregada en poder de su suegro.

 

Trataron de renovar la guerra contra los moros a la primavera. Tenían cierta diferencia los reyes de Portugal y Castilla, y aún llegaban a términos de venir sobre ello a las puñadas. El rey don Fernando pretendía cobrar las villas de Mora y de Serpa, que caen en los confines de Portugal junto al cabo de San Vicente, que siendo él niño, entregaron al rey de Portugal contra toda justicia y razón. Para concertar esta diferencia nombraron por juez árbitro al rey de Aragón, que tenía grande industria y buena mano para cosas semejantes. Hecho esto, se despidieron unos de otros, y don Juan, hermano del rey de Aragón, fue sobre el caso por embajador a Portugal.

El rey don Fernando se vino a Valladolid, adonde llamó a Cortes a todos los de su reino para tratar de las provisiones que pretendía hacer para la guerra contra los moros. Pidió ser favorecido de dineros; los

 

 

 

 

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procuradores de las ciudades se los concedieron de muy pronta voluntad, porque de buena gana sufrían el menoscabo de dinero y la graveza de los tributos los pueblos y toda la gente común por el gran deseo que tenían de desarraigar aquella nación de España; no echaban al cierto de ver que muchas veces con honestas ocasiones se quebrantan y pierden los derechos de la libertad; que lo que se concede en los tiempos trabajosos, pasado el peligro, se queda perpetuo y se cobra, aún cuando el peligro es pasado.

 

El infante don Pedro, hermano del rey, nombrado por general contra los moros, llegada la primavera del año de 1312, aprestado su ejército, fue sobre Alcaudete, que, como dijimos arriba, se perdió y le tomaron los moros. El rey fue en pos de él hasta Martos. Allí sucedió una cosa muy notable. Por su mandado dos hermanos Carvajales, Pedro y Juan, fueron presos. Achacábanles la muerte de un caballero de la casa de los Benavides, que mataron en Palencia al salir del palacio real. No se podía averiguar quién fuese el matador; por indicios muchos fueron maltratados. En particular estos caballeros, oído su descargo, fueron condenados de haber cometido aquel crimen contra la majestad, sin ser convencidos en juicio ni confesar ellos el delito; cosa muy peligrosa en semejantes casos. Mandáronlos despeñar de un peñasco que allí hay, sin que ninguno fuese parte para aplacar al rey, por ser intratable cuando se enojaba y no saber refrenarse en la saña. Los cortesanos, por saber muy bien esta su condición, se aprovechaban de ella a propósito de malsinar y derribar a los que se les antojaba. Al tiempo que los llevaban a justiciar, a voces se quejaban que morían injustamente y a gran tuerto; ponían a Dios por testigo, al cielo y a todo el mundo; decían que pues las orejas del rey estaban sordas a sus quejas y descargos, que ellos apelaban para delante el divino tribunal, y citaban al rey para que en él pareciese dentro de treinta días. Estas palabras, que al principio fueron tenidas por vanas, por un notable suceso, que por ventura fue acaso, hicieron después reparar y pensar diferentemente. El rey, muy descuidado de lo hecho, se partió para Alcaudete, donde su ejército alojaba; allí le sobrevino una enfermedad tan grande, que fue forzado dar la vuelta a Jaén, bien que los moros movían plática de entregar la villa. Aumentábase el mal de cada día y agravábase la dolencia de suerte, que el rey no podía por sí negociar. Todavía alegre por la nueva que le vino que la villa era tomada, revolvía en su pensamiento nuevas conquistas, cuando un jueves, que se contaron 7 días del mes de septiembre, como después de comer se retirase a dormir, a cabo

 

 

 

 

 

 

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de rato le hallaron muerto. Falleció en la flor de su edad, que era de veinticuatro años y nueve meses, en sazón que sus negocios se encaminaban prósperamente. Tuvo el reino por espacio de diecisiete años, cuatro meses y diecinueve días, y fue el cuarto de su nombre. Entendióse que su poco orden en el comer y beber, le acarrearon la muerte; otros decían que era castigo de Dios, porque desde el día que fue citado hasta la hora de su muerte, cosa maravillosa y extraordinaria, se contaban precisamente treinta días. Por esto entre los reyes de Castilla fue llamado don Fernando el Emplazado. Su cuerpo depositaron en Córdoba, porque a causa de los calores, que todavía duraban, no pudo ser llevado a Sevilla ni a Toledo, do tenían los enterramientos reales.

 

Acrecentóse la fama y opinión susodicha, concebida en los ánimos del vulgo, por la muerte de dos grandes príncipes, que por semejante razón fallecieron en los dos años próximos siguientes; estos fueron Filipo, rey de Francia, y el papa Clemente, ambos citados por los templarios para delante el divino tribunal al tiempo que con fuego y todo género de tormentos los mandaban castigar y perseguían toda aquella religión. Tal era la fama que corría, si verdadera si falsa no se sabe; más es de creer que fuese falsa; en lo que sucedió al rey don Fernando nadie pone duda.

No se sabe lo que determinó el rey de Aragón sobre la diferencia entre los reyes de Castilla y Portugal; bien se entendía empero favorecía más al portugués, y le parecía que el rey don Fernando no tenía razón, lo cual con su muerte y la turbación de los tiempos que se siguió luego en Castilla prevaleció; y aquellos pueblos sobre que era la diferencia se quedaron todavía y están en posesión y debajo del señorío de Portugal.

 

 

 

 

XII. De los principios del reinado de don Alfonso

 

el Onceno, rey de Castilla

 

Por la muerte del rey don Fernando se siguieron en Castilla grandes torbellinos de tempestades y discordias civiles, como era forzoso, por ser el rey niño, que no tenía más de un año y veintiséis días; lo mismo que estar el reino sin reparo y sin gobernalle. Este es el inconveniente que resulta de heredarse los reinos; más que se recompensa con otros muchos bienes y provechos que de ello nacen, como lo persuaden personas muy

 

 

 

 

 

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doctas y sabias, si con razones aparentes o con verdad, aquí no lo disputamos.

 

Luego que falleció el rey, alzaron a don Alfonso, su hijo, por rey de Castilla a instancia y por diligencia del infante don Pedro, su tío, que estaba en Jaén, donde acudió luego que Alcaudete se entregó. Alzáronse allí los estandartes reales por el nuevo rey, como es de costumbre, y el infante por lo que hizo movido por la obligación y fidelidad que debía, adelante fue más amado de todos, y las voluntades del pueblo le quedaron más aficionadas. El niño rey estaba a la sazón en Ávila; nombraron por su aya para criarle y dotrinarle a Vataza, una señora nobilísima, nieta de Teodoro Lascaro, emperador que fue de Grecia, que vino de Portugal en compañía de la reina doña Costanza y por su aya. Volvió adelante a Portugal; allí murió; yace en la iglesia mayor de Coimbra con su letrero que así lo reza. La reina doña María, abuela del niño, residía en Valladolid retirada del gobierno, sea por voluntad, sea por habérsele quitado. La reina doña Costanza, que acompañó a su marido cuando fue a la guerra, se hallaba en Martos cargada de tristeza, luto y lágrimas, como la que perdió su marido en la flor de su mocedad, y no sabía lo que sucedería para adelante. El infante don Juan era ido a Valencia, don Juan de Lara a Portugal; el uno y el otro en desgracia del rey don Fernando por disgustos que sucedieron poco antes de su muerte.

 

Era forzoso proveer quien ayudase a la tierna edad del rey y de presente gobernase las cosas; persona que fuese señalada en valor y nobleza. Muchos se entremetían sin ser llamados. Era negocio peligroso anteponer uno a los demás. La desordenada codicia de mandar salía de madre por no señalarse alguno a quien los demás tuviesen respeto; muchos no tenían vergüenza ni temor ni cuenta con las cosas divinas ni con las humanas, a trueco de salir con su pretensión. Don Alfonso, señor de Molina, hermano de la reina doña María, el infante don Felipe, tío del rey, y don Juan Manuel echaban sus redes para apoderarse del gobierno, bien que secretamente y con modestia. Los infantes tío y sobrino, es a saber, don Juan y don Pedro, más a la rasa. Don Pedro iba más adelante, así por ser el deudo más cercano del rey como por la afición que todos le tenían. Don Juan por su edad era más a propósito, si no fuera de condición inquieta y mudable, tanto, que a muchos parecía nació solamente para revolver el reino. No se veía amor ni lealtad; el deseo de acrecentar cada cual su estado les tenía ocupadas las voluntades. Las reinas, por ser

 

 

 

 

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mujeres, no eran bastantes para cosas tan graves, bien que todos entendían su autoridad y favor sería de gran momento a cualquiera parte que se arrimasen, dado que no se concertaban entre sí, como nuera y suegra.

 

Las cosas del Andalucía quedaron a cargo del infante don Pedro, hizo paces con el rey moro, que a entrambas partes estuvieron bien, en especial que el infante no podía atender a la guerra por estar ocupado en sus pretensiones. Por otra parte, Farraquen, señor de Málaga, procuraba vengar la cruel muerte del rey Alhamar, no tanto confiado en sus fuerzas cuanto en la mala satisfacción que los moros tenían con su rey, así por otras causas como por la muerte que diera a su hermano. Asentada pues esta confederación, el infante don Pedro y la reina doña Costanza comunicaron entre sí en qué forma se gobernaría el reino y sobre la crianza del rey. Acordaron de ir luego a Ávila con esperanza que los ciudadanos no les negarían su demanda, y si hiciesen resistencia, valerse contra ellos de las armas.

 

Por otra parte, don Juan, tío del rey don Fernando, y don Juan de Lara hicieron entre sí liga. La semejanza de las costumbres y el peligro que ambos corrían los hacían conformes en las voluntades. Procuraban pues con todo cuidado y diligencia de traer a su bando a la reina doña María con esperanzas que le darían a criar su nieto. Don Juan de Lara fue el primero que llegó a Ávila, pero no pudo haber a las manos al rey, porque el obispo don Sancho le metió dentro de la iglesia mayor, y allí se hizo fuerte con él y le defendió. Vinieron luego don Pedro y la reina doña Costanza; sucedióles lo mismo que a don Juan de Lara. Tratóse de medios; acordaron que el rey no se entregase a ninguna de las partes, si primero en Cortes no se acordase a quién se debía de entregar. Sobre que esto así se cumpliría, todos los ciudadanos de Ávila se hermanaron. Dio este consejo don Juan de Lara con esperanza de excluir al infante don Pedro.

 

Hiciéronse Cortes del reino en Palencia a la entrada de la primavera. Torpes sobornos, grandes cautelas y trazas. Los que mejor sentían nombraban a don Pedro y a la reina doña María, su madre, que mucho inclinaba en favor de su hijo para el gobierno del reino. Otros anteponían a don Juan y a la reina doña Costanza, que por mañas del bando contrario estaba ya encontrada con el infante don Pedro. De aquí nació ocasión de nuevos alborotos. Los grandes y las ciudades andaban muy disconformes, y cada cual seguía diverso parecer, y por un gobierno tenían dos; triste y miserable estado. Don Pedro, confiado en su poder, y en la benevolencia y

 

 

 

 

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favor que el vulgo le mostraba y en la ayuda que de fuera le podría venir, hizo avenencia con don Juan Manuel de esta manera: que si salía con la empresa le dejaría el gobierno de los reinos de Toledo y de Murcia; así se ponía en almoneda el mando, y la majestad del reino era tenida por cosa de burla. Fuese a ver con el rey de Aragón, su suegro, a Calatayud al principio del año de 1313. Cuéntale por extenso los engaños de los contrarios, sus cautelas y mañas y el peligro si esta disensión pasaba adelante, que forzosamente pararía en guerra perjudicial; que debía moverse por su justa demanda y favorecer a su yerno, mayormente en cosa tan puesta en razón. Así, de consentimiento de los dos despacharon a Miguel Arbe por embajador al rey de Portugal, por ver si con su autoridad se refrenasen las pretensiones de los revoltosos y pudiesen hacer que el gobierno del reino quedase en poder del infante don Pedro, y que a la reina doña Costanza se le encargase el cuidado de criar su hijo, que de esta forma les parecía se satisfacía a las partes. Los ciudadanos de Ávila, que eran tanta parte en este negocio, no se llegaban con calor a ninguna de las partes; a ambas henchían de esperanzas unas veces, otras amenazaban con miedos. Finalmente, vinieron a seguir el partido de don Pedro y de la reina doña María, su madre. Esto agradó a los más principales de la ciudad y al pueblo, con tal condición que no sacasen al rey de la ciudad.

 

En este tiempo Azar, rey de Granada, fue forzado a retirarse dentro del Alhambra por miedo de los ciudadanos que se rebelaron contra él. Ismael, hijo de Farraquen, fue el autor de esta rebelión y el capitán. El infante don Pedro, que se hallaba en Sevilla, movido de la injuria que se hacía al rey de Granada, su aliado, y del peligro que corría, pospuesto todo lo al, determinó de ir allá. Llegó tarde, ya que las cosas estaban perdidas, porque Azar vino a concierto con su enemigo, en que hizo dejación del reino y del nombre de rey, con retención de Guadix para su habitación, ciudad puesta en los deleitosos campos y bosques de los túrdulos, pueblos antiguos de España. Verdad es que el infante, ya que no le pudo favorecer en tiempo, procuró vengarle, porque tomó a los moros un castillo muy fuerte en la comarca de Granada, llamado Rute; hizo otrosí grandes correrías por toda aquella campaña. Había reinado Azar cuatro años y siete meses cuando fue despojado de aquel estado, más dichoso y más modesto en el tiempo que reinó su hermano que en el que él mismo tuvo el mando. Sucedióle su competidor Ismael, hijo de su hermana y de Farraquen. Con la toma de Rute el crédito del infante don Pedro se aumentó mucho, y ganó

 

 

 

 

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grandemente las voluntades de todos por acabar en tres días con lo que los reyes pasados no pudieron salir, que era ganar aquella fuerza, que muchas veces acometieron a tomar. No pasó adelante en la guerra de los moros por las revueltas que dentro del reino andaban, a que era forzoso acudir, sin cuidar mucho de las cosas de fuera.

 

Los grandes del reino y los procuradores de las ciudades se juntaron en el monasterio de Sahagún por ver si podrían concordar aquellos debates. Durante la congregación y junta la reina doña Costanza por el mes de noviembre pasó de esta vida. Fue gran parte para su muerte la pesadumbre que tenía de ver a su hijo fuera de su poder y la necesidad y pobreza que padecía, tan grande, que para pagar sus deudas y el gasto de su casa aún el oro y joyas que tenía para su persona no bastaban, como ella misma lo declaró en el testamento que otorgó a la hora de su muerte. La falta de la reina doña Costanza obró que se pudieron encaminar mejor los negocios a causa que el infante don Juan, desamparado que se vio de este arrimo, acudió a la reina doña María y a su hijo el infante don Pedro. Concertáronse en esta forma: que la crianza del rey estuviese a cargo de la reina, su abuela; los infantes gobernasen el reino, cada cual en aquella parte y aquellas ciudades que le siguieron en las Cortes que poco antes se tuvieran en la ciudad de Palencia; manera de gobierno bien extraordinaria y sujeta a grandes inconvenientes; pero era forzoso conformarse con el tiempo y llegar hasta lo que las cosas daban lugar. Al rey llevaron a Toro, ciudad muy apacible y de cielo muy saludable. Lo que principalmente pretendieron fue sacarle de poder de los de Ávila y vengarse de las afrentas que a todos antes hicieron.

 

Corría a esta sazón el año de 1314 cuando en el reino de Toledo se despertaron nuevos alborotos y bandos, y aún donde quiera se cometían mil maldades, robos, fuerzas y muertes; grande era la avenida de miserias, sin que hubiese fuerzas bastantes para atajar tantos daños. Acordaron buscar otra mejor manera de gobierno; juntaron Cortes en Burgos, en que se determinó que el gobierno supremo del reino estuviese en poder del Consejo Real, al cual se suele apelar de todos los tribunales con las mil quinientas que ha de pagar el que apela en caso que sea condenado. Ordenaron otrosí que el Consejo siguiese siempre la Corte do quiera que el rey y la reina estuviesen. Que los dos infantes determinasen los negocios de menor cuantía, sin darles facultad para enajenar las rentas reales, ni

 

 

 

 

 

 

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poder nombrar otro en su lugar, caso que alguno de los tres infantes y reina falleciese.

 

A la misma sazón fallecieron de su enfermedad tres grandes personajes, es a saber, don Pedro, hermano de la reina, que murió poco antes de este tiempo, y don Tello, su hijo, que venía a gran prisa para hallarse en las Cortes. En las mismas Cortes falleció sin hijos don Juan Núñez de Lara, mayordomo que a la sazón era de la casa real. El cargo por su muerte se proveyó a don Alfonso, hijo del infante don Juan. Tenía don Juan Núñez de Lara una hermana, por nombre doña Juana, que casó con don Fernando de la Cerda; de este matrimonio nacieron dos hijos, que fueron doña Blanca y don Juan de Lara, que tomó este apellido porque finalmente heredó el estado de la casa de Lara. Esto en Castilla.

El rey de Aragón por el mes de noviembre envió a Alemania a doña Isabel, su hija, que tenía concertada con Federico, duque de Austria, para que se efectuase el casamiento, al cual a la sazón los tres electores, el de Colonia, el de Sajonia y el Palatino nombraran por rey de romanos; los otros tres electores señalaron a Ludovico, bávaro; a estos se llegó Wenceslao, rey de Bohemia. Por donde este partido pareció tener mejor derecho, por lo menos tuvo más dicha; en una batalla que se dio de poder a poder, venció y prendió a su competidor. Mas este Ludovico se hizo adelante muy aborrecible por perseguir a los pontífices romanos, y en prosecución de esto elegir un nuevo y falso papa, de que resultaron grandes males.

 

 

 

 

XIII. Del principio que tuvieron los turcos

 

Tenía por este tiempo el imperio de Grecia Andrónico, hijo de Miguel Paleólogo, hombre impío y mal cristiano, ca renunció la santa fe católica romana que los griegos de común consentimiento recibieran los años pasados. Pasó en esto tan adelante, que publicó a su padre por excomulgado, y no permitió que a su cuerpo diesen sepultura y le hiciesen las honras acostumbradas. Tal fue el principio que dio a su imperio, desdichado y desgraciado. El odio que con los romanos tenían era tan grande, que no eran tenidos por legítimos los matrimonios que se hacían entre griegos y latinos, si la una de las partes no renunciaba la creencia de

 

 

 

 

 

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sus antepasados. Muchos por ser católicos, que era tenido por el más grave delito, hacía condenar por herejes.

 

Fue castigo del cielo que en este mismo tiempo los turcos comenzaron a tener nombre; gente hasta entonces no conocida, adelante muy encumbrada por nuestras pérdidas y daños, que de ellos se han recibido muy grandes y ordinarios, más por el descuido de los príncipes, que pudieran al principio atajar el fuego, que por su valor e industria. En aquella parte de Escitia por do corre el río Volga tuvo antiguamente esta gente su asiento. De allí un gran número se derramó en las partes de Europa el año del Señor de 760. Tuvieron una batalla con los húngaros, gente entonces muy poderosa, en la cual, como quedasen muy maltratados, se retiraron a Asia convidados de la fertilidad de la tierra y del poco valor de los naturales, ca con los deleites y regalo los tenían muy estragados. En aquella tierra los turcos se hicieron fuertes en las montañas, con cuya aspereza más que con las armas se mantuvieron largo tiempo. Su nombre no era muy conocido ni tuvieron caudillo muy señalado. Sustentábanse de robos y correrías; en las guerras asentaban al sueldo de la parte que les hacía mejor partido, cuando los príncipes comarcanos los convidaban para ayudarse de ellos, en especial acudían al sultán de Egipto. Fuera muy fácil deshacerlos, si alguno tuviera celo del bien común; pero lo pasado más se puede llorar que enmendar.

 

En la guerra de la Tierra Santa que emprendió Jofre de Bullon, príncipe señalado en valor y religión, comenzaron los turcos a ganar alguna fama por las rotas que dieron y recibieron muchas veces que con los fíeles vinieron a las manos. Estaban divididos debajo de muchos señores y caudillos hasta tanto que en tiempo del emperador Andrónico un cierto Otomán, hijo de Zico, hombre, bien que de baja suerte, de grandes fuerzas y ánimo, con dar la muerte a muchos de aquellos señores y maltratar a otros, se hizo señor de todos los turcos, que andaban esparcidos a manera de alárabes. Éste fue el primer fundador del imperio de los turcos, tan extendido en nuestro tiempo, y de quien la familia de los Otomanos tomó este apellido. De este por continua sucesión traen su descendencia aquellos emperadores, en que los hijos muchas veces han heredado el estado de los padres, por lo menos los hermanos se han sucedido uno a otro, como se ve por el árbol de su genealogía, que pareció poner en este lugar.

 

 

 

 

 

 

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Otomán tuvo un hijo que le sucedió en el imperio, por nombre Orcanes, al cual sucedió su hijo Amurates; a este Bayacete, su hijo, muy nombrado porla jornada que tuvo con el Taborlan y por su grande desgracia, que fue vencido y preso en aquella batalla. Bayacete tuvo un hijo, por nombre Calapino, que le sucedió, y a Calapino dos hijos suyos, uno en pos de otro, que se llamaron el primero Moisés, el segundo Mahomad; hijo de este Mahomad fue Amurates, aquel que, cansado de las cosas del mundo, renunció el imperio y se retiró a hacer vida sosegada en lo mejor de su edad y cuando su imperio llegaba a la cumbre, cosa que le dio más nombradía que todas las otras hazañas que acabó, bien que fueron muy grandes; bienaventurado si por la verdadera y católica religión menospreciara las riquezas y grandeza de aquel estado. En lugar de Amurates fue puesto su hijo Mahomad, el que, pasados más de cien años adelante de este en que vamos, se apoderó por fuerza de armas de la gran ciudad de Constantinopla. A Mahomad sucedió Bayacete; luego Selim; tras este Solimán; después otro Selim; últimamente Amurates, y otro Selim, y al presente Mahomad, abuelo, padre e hijo que por su orden heredaron aquel imperio.

De esta manera y por estos grados y de tan flacos principios se ha extendido el imperio de los turcos, acrecentado y engrandecido por descuido y poquedad de los nuestros, mayormente por las discordias que entre sí han tenido, sin saberse conformar ni juntar las fuerzas contra el común enemigo de la cristiandad.

 

 

 

 

XIV. Que los catalanes acometieron el imperio de

 

Grecia

 

Luego que los turcos se hubieron enseñoreado de gran parte de la Asia Menor, comenzaron a poner sus pensamientos en lo de Europa y en la Rumanía, que antiguamente se llamó Tracia. Enfrenólos por algún tiempo y reprimió sus intentos el estrecho del mar, aledaño de estas dos provincias; que por lo demás los griegos estaban tan sin fuerzas y ánimo, que fácilmente pudieran salir con su pretensión; los regalos y deportes de todas suertes tenían abatido el valor de aquella gente. En la paz eran revoltosos, blasonaban largo; pero para la guerra eran muy flacos, propias

 

 

 

 

 

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condiciones de gente cobarde. Considerado pues el gran peligro que las cosas corrían, el emperador Andrónico determinó de ampararse a sí y a su imperio y valerse de ayudas y socorros de fuera.

Los catalanes, después que se asentó en Sicilia la paz entre los príncipes, según arriba queda contado, por no sufrir el reposo como gente acostumbrada a andar siempre en la guerra, dieron en ser corsarios por el mar, y en esto se ejercitaban. Fue llamado de Grecia Roger de Bríndez, el principal capitán de los catalanes, debajo de grandes promesas que aquel Emperador le hizo. Era este varón muy insigne en el arte militar, y que tenía adquirida gran fama por sus grandes proezas. Traía su origen de Alemania, su padre Ricardo Floro, familiar y continuo del emperador Federico; tuvo en Bríndez muchos posesiones, y en servicio de Coradino fue muerto en la batalla de Manfredonia. Su hijo fue primero caballero de la orden de los templarios, después sirvió a don Fadrique, rey de Sicilia, en las guerras pasadas, en que mostró su esfuerzo y valentía en muchas ocasiones, y ganó fama y gloria de guerrero, y su nombre fue conocido aún acerca de los extranjeros. Con licencia pues de su rey fue al llamado de los griegos a Constantinopla con una armada de treinta y ocho velas, en que se contaban dieciocho galeras, mil quinientos caballos y hasta cuatro mil infantes; pequeño ejército para tan grande empresa; pero todos eran de extremado valor, soldados viejos de grande experiencia y los que mantuvieron todo el peso de la guerra de Sicilia y ganaron tantas victorias.

 

Llegada que fue esta armada a Constantinopla, dieron a Roger por mujer una hija del emperador de Zaura y de una hermana de Andrónico y el primer lugar y autoridad después del emperador; añadiéronle a esto título y nombre de Gran Capitán, que llamaban Megaduque. Con estos halagos ganaron las voluntades de los catalanes, encendieron sus ánimos en deseo de verse ya con los enemigos, pasaron con su armada lo más cercano de la Asia. En la primera batalla que dieron pasaron a cuchillo tres mil hombres de a caballo de los turcos y diez mil infantes. Tras esto en la Frigia, y en la Meonia, donde se adelantaron, tuvieron otro encuentro con los turcos junto a Filadelfia, ciudad señalada por el río Pactolo que con hermosas y deleitables riberas la riega; sucedióles tan prósperamente como en la batalla pasada; no fue menor el estrago y matanza de los enemigos. Finalmente, junto a Dania, ciudad de la provincia de Cilicia, no lejos de la nombrada Éfeso, en el estrecho del monte Tauro, que llaman Puerta de Hierro, trabaron una batalla con los turcos con el mismo esfuerzo y

 

 

 

 

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ventura. Estas victorias de presente muy señaladas para adelante fueron muy provechosas, porque se mejoraron de armas, de caballos y dineros, de que se hallaban necesitados. La fama que ganaron fue grande, tanto, que los naturales cobraron esperanza de destruir por su medio aquella nación de turcos y poner la cristiana en su libertad. Verdad es que a mala coyuntura falleció el suegro de Roger, por cuya muerte los hijos del difunto fueron despojados del estado de su padre por un tío suyo, que se apoderó injustamente por fuerza de aquel imperio.

 

Esto puso en necesidad a Roger de dar la vuelta, mayormente que el emperador Andrónico le mandaba tornar. Con su venida en breva sosegó aquella tempestad muy a su gusto; para esto y para todo el progreso de la guerra hizo mucho al caso Berenguel Entenza, caballero catalán, el cual, sabido lo que en levante pasaba, acudió con trescientos hombres deá caballo y mil infantes, toda gente escogida. Diéronle luego títulos de Gran Capitán y a Roger nombre de César, que era la dignidad de mayor autoridad en tiempo de paz y de guerra que en aquel imperio se podía dar después del mismo emperador; tan grande, que no la dieran a nadie por espacio de cuatrocientos años. Hasta aquí todo procedía muy prósperamente, si la fortuna o desgracia supiera estar queda sin dar la vuelta que suele de ordinario.

 

Fue así, que los griegos tomaron ocasión de aborrecerlos, así bien por envidia de estas preeminencias que les dieron como porque los soldados, que invernaban en Calipolí, comenzaron a alborotarse con color que no les pagaban. Derramábanse por la comarca, cometían robos, violencias y adulterios, todo lo ensuciaban con maldades en gran daño de la tierra y peligro suyo y de sus capitanes. La indignación que de esto concibió el emperador fue grande; para vengarse procuraron que Roger viniese a Adrianópoli con muestras de querer comunicar con él cosas de grande importancia. Llegado que fue, descuidado de semejante traición, le mataron sin respeto de sus muchas hazañas; así es, más fuerza tiene una injuria para mover a venganza que muchos servicios para sosegar el disgusto, porque la obligación nos es carga pesada, la venganza descarga de cuidados, además que ordinariamente los grandes servicios se suelen recompensar con alguna notable deslealtad. Muerto que fue Roger, grande multitud de griegos se puso sobre la ciudad de Calipoli; los catalanes se defendieron con gran valor, y no contentos con esto, ganaron de los contrarios muchas victorias, particularmente en una batalla les degollaron

 

 

 

 

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seis mil de a caballo y veinte mil infantes. Los demás huyeron; ganáronles los reales; cosa maravillosa y que apenas se pudiera creer, si Ramón Montaner, que se halló en estos hechos, no lo afirmara en su historia como testigo de vista. Pasó tan adelante Berenguel Entenza en vengar la muerte de Roger, que llegó con su armada a vista de Constantinopla; taló aquellas marinas, hizo robos de ganados, mató cuantos se le pusieron delante, puso fuego a las alquerías y cortijos de aquella ciudad. A Calojuan, hijo del emperador Andrónico, que le salió al encuentro, venció y desbarató en una batalla. Llevaban los catalanes con tanto muy bien encaminados sus negocios.

 

En esto una armada de genoveses debajo la conducta de Eduardo Doria llegó a aquellas partes, que fue causa que el partido de los griegos se mejorase y empeorase el de los catalanes. Con muestra de amistad y confederación los genoveses se apoderaron de la armada catalana y prendieron a su general Entenza, digno al parecer de aquella desgracia por haber llamado a los turcos en su favor, cosa que siempre se ha tenido por fea entre los cristianos. Quedaba Roberto de Rocafort, que estaba en guarda de Calipoli, con cuyo amparo y debajo de su gobierno los catalanes hacían grandes correrías, ganaban muchas victorias, así delos griegos como de los genoveses. Ensoberbecido Rocafort con estos sucesos, no quería reconocer a ninguno por superior; cometía todo género de maldades sin que nadie le fuese a la mano. Entenza, después que a cabo de mucho tiempo fue puesto en libertad, acudió a Cataluña, donde vendidos muchos lugares heredados de su padre, con el dinero que allegó aprestó una armada, en que otra vez pasó en Grecia. Llegado que fue, Rocafort no le quiso reconocer por superior, de que resultaron entre ellos discordias y armarse el uno al otro celadas.

 

Sabido el peligro que las cosas corrían por la discordia de estos dos capitanes, el rey de Sicilia don Fadrique, por cuyo orden pasaron primeramente a levante, envió a don Fernando, hijo menor del rey de Mallorca, para si por ventura con su autoridad y buena maña pudiese concertar aquellas diferencias. Poco aprovechó esta diligencia; sólo les persuadió que, pues la comarca de Calipoli la tenían destruida, juntadas sus fuerzas, marchasen la vuelta de Nápoles, ciudad que es de la Tracia a los confines de Macedonia, muy principal por su fertilidad y por dos caudalosos ríos que junto a ella pasan, es a saber, Neso y Estrimon. En este camino los dos capitanes vinieron a las manos; Berenguel Entenza fue

 

 

 

 

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muerto en la pelea con otros muchos. Al infante don Fernando fue forzoso dar la vuelta a Sicilia. En el camino fue preso junto a la isla de Negroponte por ciertas galeras francesas que por allí andaban. Con esta armada puso confederación Rocafort, como el que tenía entendido no podría alcanzar perdón de los aragoneses ni de los sicilianos; más era tanta su soberbia, que puesta esta amistad, menospreciaba a los franceses y hacía de ellos poco caso. Por esta causa prendieron a él y a un hermano suyo, y vueltos a Italia, los entregaron en poder de Roberto, rey de Nápoles, su capital enemigo, y él los mandó encerrar en Aversa. Allí estuvieron con buena guarda hasta tanto que del mal tratamiento murieron; castigo muy merecido por sus maldades.

 

Don Fernando de Mallorca andaba más libre, porque su prisión no era tan estrecha, y poco después a instancia de los reyes de Aragón y Sicilia fue puesto en libertad. Llegó a Mesina, donde casó con doña Isabel, nieta de Luis, el postrer príncipe de la Morea, francés de nación, y que poco antes falleció sin dejar hijo varón. Partidos que fueron de levante los franceses, los catalanes, que todavía quedaban algunos, por do quiera que iban, todo lo asolaban. Sucedió que Gualtero de Brena, duque de Atenas, del linaje de los franceses, tenía guerra con algunos señores comarcanos. Éste convidó a los catalanes para que le ayudasen. Poco les duró la amistad; y con color que no les pagaba, se amotinaron y en cierta refriega, muerto el duque, con la misma furia se apoderaron de la ciudad y la pusieron a saco. Verdad es que el nombre de duque de aquella ciudad reservaron para don Fadrique, rey de Sicilia. Deseaban que les acudiese, como los que sabían muy bien el riesgo que corrían si no les venía socorro de otra parte. Aceptó pues el rey don Fadrique aquella oferta y envió gobernadores para las ciudades y capitanes para la guerra, que todavía se continuó con diversos trances que sucedieron. Este estado mandó él después en su testamento a don Guillén, su hijo menor; a este sucedió don Juan, su hermano; a don Juan don Fadrique, su hijo, por cuya muerte, que falleció sin dejar sucesión, recayó este principado en el rey de Sicilia don Fadrique, bisnieto del primer don Fadrique, por cuyo mandado fueron los catalanes a Grecia la primera vez. De aquí los reyes de Aragón se intitulan, como reyes que son de Sicilia, duques de Atenas y Neopatria hasta nuestra edad; estados de título solo y sin renta. Fue esta guerra muy señalada por el esfuerzo de los soldados, por las batallas que se dieron, por los diversos

 

 

 

 

 

 

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trances y sucesos, finalmente, por los muchos años que duró, que llegaron a doce no menos.

 

Cosa maravillosa que se pudiese mantener tan poca gente tan lejos de su tierra, rodeada de tantos enemigos y dividida entre sí con parcialidades y bandos perpetuos. Esto movió al papa Clemente para que el mismo año que falleció escribiese al rey de Aragón muy apretadamente forzase a los catalanes por sus edictos a salir de Grecia. Hizo instancia sobre esto a ruego de Carlos de Valois, que poseía en la Morea algunas ciudades en dote con su mujer, demás de las lágrimas y quejas ordinarias que le venían de los naturales de aquella tierra, que se quejaban y plañían ser maltratados con todo género de molestias ellos y sus haciendas, hijos y mujeres por un pequeño número de ladrones, gente mala y desmandada.

 

 

 

 

XV. Del pontífice Juan XXII

 

Los dos años siguientes fueron señalados por los nuevos reyes que en Francia hubo y por la vacante de Roma, que duró dos años y casi cuatro meses.

 

Fue así, que el rey Luis Hutin de una grave dolencia que le sobrevino falleció en el bosque de Vincena, que es cuatro millas de la ciudad de París, a los 5 días del mes de junio, año del Señor de 1315. De su primera mujer Margarita, hija del duque de Borgoña, tuvo una hija, que se llamó Juana. La dicha Margarita fue convencida de adulterio; así dentro de la prisión donde la tenían la mandó ahogar. A todos les pareció esta justa causa de dolor y tristeza; y es cosa de admiración que en un mismo tiempo fueron acusadas de adulterio tres nueras del rey Filipo el Hermoso; demasiada licencia, deshonestidad y soltura notable para unas señoras tan principales. Las dos de ellas, es a saber, las mujeres de Luis y de Carlos fueron convencidas en juicio. A los adúlteros cortaron sus partes vergonzosas, y desollados vivos, los arrastraron por las calles y plazas públicas, finalmente los ahorcaron. Casó la segunda vez con Clemencia, hija del rey de Hungría, que quedó preñada al tiempo que su marido falleció, y parió un hijo, que se llamó Juan, con esperanza heredaría el reino de su padre; pero muerto el niño dentro de veinte días, Filipo, su tío, que tenía por sobrenombre el Largo, y hasta entonces era gobernador del

 

 

 

 

 

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reino, de consentimiento de todos los estados se coronó y tomó las insignias reales. A la infanta doña Juana excluyeron de la herencia y reino de su hermano por la ley sálica, ora fuese verdadera, ora de nuevo fingida o ampliada en favor y gracia del más poderoso. Las palabras de la ley son estas: «En la tierra Sálica, quiere decir de los francos, no sucedan las mujeres». Del reino de Navarra no podía ser despojada, por considerar que su abuela del mismo nombre le hubo pocos años antes por razón de herencia.

 

Mayor alteración resultó sobre el pontificado romano. Los cardenales italianos procuraban con todas sus fuerzas que se eligiese un pontífice de su nación y que la silla pontifical se tornase a Roma. Sobrepujaban en número los franceses, y salieron finalmente con su pretensión. En Carpentraz, ciudad de la Francia Narbonense y del condado de Aviñón, do Clemente pontífice falleció, mientras estaban en cónclave sobre la elección del nuevo pontífice, se alborotó gran número de la gente de la tierra, y comenzaron a quebrantar las casas de los italianos y a robarlas, apoderáronse de la ciudad y pusieron en huida a los cardenales de ambas naciones. Las cosas amenazaban seísmo.

 

De allí a mucho tiempo se tornaron a juntar en Lyon de Francia. En aquella ciudad Jacobo Osa, de nación francés, cardenal y obispo portuense, fue elegido por sumo pontífice a los 7 días del mes de agosto el año 16 de aquel siglo y centuria. Tomó por nombre en su pontificado Juan XXII. Hizo a Tolosa y a Zaragoza sillas metropolitanas con deseo de hacerse grato a los franceses y aragoneses. A Zaragoza le dio por sufragáneas las iglesias de Pamplona, Calahorra, Huesca, Tarazona, que todas y la misma Zaragoza eran sufragáneas de Tarragona. A Cahors, ciudad de Francia, hizo silla obispal; esta honra quiso hacer a su patria. Canonizó a santo Tomas de Aquino, teólogo prestantísimo de la orden de los Predicadores, y a san Luis, obispo de Tolosa. Éste fue hijo de Carlos, el más Mozo, rey de Nápoles, cuñado del rey de Aragón. Estas cosas ilustraron más que otra alguna el largo pontificado de este Papa, demás de las anatas que impuso primeramente sobre los beneficios eclesiásticos.

 

En Castilla no tenían las cosas sosiego, y sin embargo, acudían a hacer la guerra contra los moros. Azar, no pudiendo sufrir la gran caída que había dado y la vida particular en que vivía, aunque harto más dichosa de la que antes tenía, usurpaba el título de rey contra el concierto antes hecho. Éste, como más flaco de fuerzas, y que no tenía poder bastante para

 

 

 

 

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contrastar con su enemigo, pretendía valerse de los cristianos. A los nuestros no estaba mal acudir a aquel rey, que era su confederado, demás de la ocasión que se ofrecía de sujetar por medio de aquellas revueltas toda aquella nación. Acordaron pues de hacer guerra a los moros; el cuidado se encomendó al infante don Pedro, así por tener edad a propósito como por estar de su parte muchos de entre los moros a causa de la confederación que poco antes con ellos asentó. Demás que el infante don Juan, su tío, se hallaba embarazado y triste por la muerte de don Alfonso, su hijo mayor, que le sobrevino al principio de esta guerra en un pueblo llamado Morales cerca de la ciudad de Toro. Su cuerpo sepultaron en la ciudad de León en la iglesia de Santa María de Regla.

 

Por el mismo tiempo don Fernando de Mallorca, como en la Morea pretendiese recobrar el estado y dote de su mujer, y para esto ayudarse de los catalanes, pasó de esta vida en lo más recio de la guerra. Su cuerpo traído a España le enterraron en Perpiñán en el monasterio de Santo Domingo. Este fin tuvo aquel caballero, persona de las más señaladas que en aquel tiempo se hallaban. Dejó de su mujer un hijo muy pequeño, llamado don Jaime como su abuelo.

El infante don Pedro, llegado al Andalucía, no cesaba de apercibirse de todo lo necesario para la guerra. Estaba la ciudad de Guadix muy falta de bastimentos; que los moros habían talado todos aquellos campos. Deseaban los cristianos proveerles de lo necesario, pero los bastimentos y recua que tenían juntado era necesario que pasase por tierras de los enemigos, y por esta causa que llevase mucha escolta. Acudieron los maestres de Santiago y Calatrava, juntóse gran golpe de gente y el mismo infante por caudillo principal. Saliéronles al encuentro hasta un pueblo llamado Alaten la gente de a caballo de Granada en gran número y muy gallarda, y por su caudillo Ozmín, soldado muy señalado. Acometieron los de la una y de la otra parte con grande ánimo; trabóse la batalla, que fue muy reñida y al principio dudosa. Mas al fin el campo quedó por los fieles con muerte de mil quinientos jinetes moros que perecieron en la refriega y en la huida, entre ellos cuarenta de los más nobles de Granada, por donde aquella rota fue para los moros de gran tristeza y dolor. Ganada esta victoria, todo lo demos se allanó. Guadix quedó bastecida; y dos fuerzas, es a saber, Cambil y Algabardos, se ganaron de los moros por fuerza de armas.

 

 

 

 

 

 

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Este buen suceso, que debiera ser parte para ganar las voluntades y favor de todos, fue ocasión en muchos de envidia y de buscar maneras para desbaratar los intentos del infante; su tío don Juan de secreto atizaba a los demás. Buscaban algún color para salir con lo que pretendían. Parecióles el más a propósito pedir a los gobernadores diesen fiadores y pusiesen en tercería algunos pueblos de sus estados para seguridad que gobernarían bien el reino y las rentas reales. Juntáronse sobre esta razón Cortes, primero en Burgos, y después en Carrión. Salieron con todo lo que pretendían, prueba con que se descubrió más el valor y virtud del infante don Pedro. Tratóse demás de esto de recoger algún dinero por la gran falta que de él tenían. Los naturales no podían oír que se tratase de nuevas derramas, por ser muchos los pechos que el pueblo pagaba; pero todo se consumía en la guerra contra los moros y en sosegar las revueltas que en el reino andaban. Pareció buena traza acudir al pontífice nuevo, y por sus embajadores suplicarle concediese las décimas de las rentas eclesiásticas para proseguir la guerra contra los moros. Demás de esto, otorgase indulgencia y la cruzada a todos los que a sus expensas para aquella guerra tomasen las armas. Lo uno y lo otro concedió el pontífice benignamente. Los pueblos al tanto acudieron con alguna suma de dineros. Con esto nuestro ejército se aumentó, y por tres veces hicieron entradas en tierra de moros, con que trabajaron aquella comarca y trajeron presas de gente y de ganado, en que pasaban tan adelante, que llegaban a vista de la misma ciudad de Granada. Los moros esquivaban de venir a batalla, la cual mucho deseaban los nuestros. Trataron los moros de cercar a Gibraltar, pero previnieron sus intentos, ca la abastecieron muy bien de gente y vituallas; por esto los bárbaros desistieron de aquella demanda, y al contrario, la villa y castillo de Belmes se ganó de los moros.

 

Corría en esta sazón el año del Señor de 1316, en que por muerte de Rocaberti, arzobispo de Tarragona, por votos de aquel cabildo, como entonces se acostumbraba, salió elegido el infante don Juan, hijo tercero del rey de Aragón. Acudieron al padre santo para que confirmase la elección; nunca lo quiso hacer; no refieren las causas que para ello tuvo; puédese sospechar que por alguna simonía, o lo más cierto por no tener el infante edad bastante. No se usaba entonces tan de ordinario dispensar en las leyes eclesiásticas a contemplación de los príncipes. Los pontífices tenían cierta entereza y grandeza de corazón para contrastar a las codicias desordenadas de los más poderosos reyes y emperadores. En fin, hubieron

 

 

 

 

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de desistir de aquella pretensión y pasar a don Jimeno de Luna, que era arzobispo de Zaragoza, a la iglesia de Tarragona. Don Pedro de Luna fue proveído en el arzobispado de Zaragoza, y al infante don Juan dieron el abadía de Montearagón, que vacó por la promoción del nuevo arzobispo don Pedro.

 

 

 

 

XVI. Los infantes don Pedro y don Juan

 

murieron en la guerra de Granada

 

El año siguiente de 1317, con diversas embajadas que el rey de Aragón envió sobre el caso, alcanzó últimamente del sumo pontífice que de los bienes que los templarios solían tener en el reino de Valencia se fundase una nueva caballería debajo la regla del Císter y sujeta a la orden de Calatrava, aunque con su maestre particular. Señaláronle por hábito y por divisa una cruz roja simple y llana en manto blanco. El principal asiento y convento se fundó en Montesa, de donde tomó el apellido. La renta no era mucha; en las hazañas contra los moros, que corrían aquellas marinas de Valencia, no se señalaron menos que las otras órdenes. Desde a poco, eso mismo en Portugal por concesión del mismo pontífice se fundó otra milicia, que llaman de Cristo, la más señalada de aquel reino. La insignia que traen es una cruz roja con unos torzales blancos por en medio. Aplicaron a esta milicia los bienes y tierras que en aquel reino tenían los templarios. Su principal asiento y convento al principio fue en Castro Marín; adelante se pasaron a Tomar.

 

Todo esto iba bien encaminado, si el sosiego de que los portugueses gozaban de mucho tiempo atrás no se comenzara a enturbiar con alborotos que dentro del reino resultaron. El infante don Alfonso estaba disgustado con el rey Dionisio, su padre; lo que le desasosegaba era la ambición y deseo de reinar, enfermedad mala de curar; dado que se publicaban otras quejas, es a saber, que don Alfonso Sánchez, hijo bastardo del rey, tenía más cabida con su padre de lo que la razón pedía; que era mayordomo de la casa real; que se hallaba en las consultas de los negocios más importantes; finalmente, que todo colgaba de su parecer y voluntad; lo más áspero de todo que a su persuasión trataban de desheredar al mismo don Alfonso. Estas quejas y colores, fuesen verdaderos o falsos, luego que se

 

 

 

 

 

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divulgaron dieron ocasión a muchos de apartarse del rey, los que hacían más caso de sus particulares esperanzas que del respeto y lealtad que debían a su señor. Los grandes y ricos hombres divididos. Don Alfonso se apoderó de las ciudades de Coimbra y de Oporto; todos los forajidos, ladrones, homicianos y facinerosos hallaban en él acogida y amparo. La paciencia del rey fue muy señalada, que pasaba por todo por ver si por buena vía se podría apartar su hijo del camino que llevaba. Entendía muy bien que si venían a las manos, de cualquiera manera que sucediese, alcanzaría tanta parte del daño y de la desgracia a los unos como a los otros. Esto cuanto a Portugal.

 

En Aragón falleció en este tiempo la reina doña María. Esta señora era hermana del rey de Chipre, y el año próximo pasado la trajeron de aquella isla para que casase con el rey de Aragón. Las bodas se celebraron en Gerona, y las honras de su enterramiento en Tortosa, do en el año del Señor de 1318 al fin del mes de marzo murió. Enterróse en el monasterio de San Francisco de aquella ciudad.

 

El año próximo 1319 fue muy señalado por dos cosas notables que en él acaecieron: la una el desastrado fin delos dos infantes don Juan y don Pedro, gobernadores de Castilla; la otra fue la renunciación de don Jaime, heredero de Aragón. El infante don Juan sentía en el alma que su competidor don Pedro fuese creciendo cada día más en poder y autoridad; sus esclarecidas hazañas se la daban y virtudes sin par. No podía llevar en paciencia que todos los negocios, así de paz como de guerra, le acudiesen. Lo que más le punzaba era que don Pedro sólo administraba las décimas que se concedieron por el papa de las rentas eclesiásticas sin darle parte. Don Pedro, cuanto las cosas por él hechas eran de más valor y estima, tanto menos le parecía que era justo sufrir agravios e injurias de nadie. Si iba adelante esta competencia, se echaba de ver que vendrían sin duda a rompimiento y a las manos. A fama y color de la guerra con los moros tenía levantada don Juan mucha gente en toda Tierra de Campos y Castilla la Vieja. La reina con su industria y saber puso fin a estas pasiones; en Valladolid, donde a la sazón se tenían Cortes del reino, los concordaron de esta manera: que ambos acometiesen la morisma por dos partes, dividido el ejército y el dinero al tanto para las pagas. Lo que prudentemente se ordenó desbarató otro más alto poder.

 

En estas Cortes don fray Berenguel, poco antes instituido en arzobispo de Santiago por el pontífice Juan, por comisión suya y en su nombre

 

 

 

 

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propuso el negocio de don Alfonso de la Cerda, y amenazó que procedería con censuras y todo rigor si no obedecían a demanda tan justa. Hacia lástima ver un caballero como aquel, nacido con esperanza de reinar, derrocado de su grandeza, pobre, ahuyentado, vagabundo. Es perversa la naturaleza de los hombres, que muchas veces y con grande ahínco torna a desear lo que antes desechaba y menospreciaba, con igual desatino en lo uno y en lo otro y temeridad. Así le acaeció a don Alfonso de la Cerda, que ahora tornaba a pedir la posesión de aquellos lugares que los años pasados le fueron adjudicados y él los menospreció. Los grandes daban sus excusas; decían estar juramentados, y que conforme al pleito homenaje que hicieron, no podían en ninguna manera consentir en cosa que fuese en daño y disminución del patrimonio real, entre tanto que el rey no tuviese edad competente. Lo que se pudo alcanzar fue que a don Fernando, hermano de don Alfonso, le diesen cargo de mayordomo de la casa real, frívola recompensa de tantos daños. Con tanto, la reina se fue a Ciudad-Rodrigo para verse con el infante don Alfonso de Portugal, su yerno, y hacer las amistades entre él y su padre. Todo el trabajo que en esto se tomó fue perdido.

 

Los infantes don Pedro y don Juan se partieron para el Andalucía cada uno por su parte. Ismael, rey de Granada, determinó de apercibirse contra esta tempestad de la ayuda de los africanos; para esto dio al rey de Marruecos a Algeciras y Ronda con todos los lugares de su contorno, cosa que era a propósito para los intentos de ambas las partes, dado que el de Granada compraba caro la amistad de la gente africana. Don Pedro ganó por fuerza de armas la villa de Tiscar, que está en un sitio muy áspero y fuerte de su naturaleza, y que tenía gran copia de gente. El castillo rindió Mahomad Andon, cuya era la villa. Parecía que con esta victoria se mejoraba mucho nuestro partido, que la guerra y todo lo demás sucedería muy bien; más el infante don Juan con desordenada ambición de loa la desbarató todo y acarreó la ruina y perdición para sí y todos los demás y gran pérdida para toda España. Estaba en Baena muy codicioso de mostrar su gallardía; determinó de pasar adelante con su gente hasta ponerse a la vista de Granada. Desatinado acuerdo por el tiempo tan trabajoso del año y los grandes calores que hacía. Verdad es que en Alcaudete se juntaron los dos infantes con toda su gente, en que se contaban nueve mil de a caballo y gran número de infantes. Entran por las tierras de los moros, destruyen y talan cuanto topaban. Don Juan regía la vanguardia, deseoso grandemente

 

 

 

 

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de señalarse; don Pedro la retaguardia, y en su compañía los maestres de Santiago, Calatrava y Alcántara y los arzobispos de Toledo y Sevilla, la flor de Castilla en nobleza y en hazañas. Tomaron la villa de Alora; pero por la prisa que llevaban quedó el castillo por ganar. Un sábado, víspera de San Juan Bautista, llegaron a vista de Granada; estuviéronse en sus estancias aquel día y el siguiente sin hacer cosa de momento.

 

El día tercero, vistas las dificultades en todo, comenzaron a retirarse, don Pedro en la vanguardia, y don Juan en el postrer escuadrón con el bagaje. Avisados los moros de esta retirada, salieron de la ciudad hasta cinco mil jinetes y gran multitud de gente de a pie mal ordenada; su caudillo era Ozmín. No llevaban esperanza de victoria ni intento de pelear, sino solamente como quien tenía noticia de la tierra, pretendían ir picando nuestra retaguardia. Hallábanse los nuestros alejados del río al tiempo que el sol más ardía, sin ir apercibidos de agua, cosa que a los moros presentaba ocasión de acometer alguna facción señalada. Embistieron pues con ellos, trabóse la pelea por todas partes, no se oía sino vocería y alaridos de los que morían, de los que mataban, unos que exhortaban, otros que se alegraban, otros que gemían, ruido de armas y de caballos. Don Pedro, oídas aquellas voces, revolvió con su escuadrón para dar socorro a los que peleaban. Los soldados despartidos y cansados apenas podían sustentar las armas, no había quien rigiese ni quien se dejase gobernar. Empuñada pues la espada y desnuda, como quier que el infante don Pedro animase su gente, con el trabajo y pesadumbre que sentía y la demasiada calor que le aquejaba, mal pecado, cayó repentinamente desmayado, y sin poderle acudir rindió el alma. Lo mismo sucedió al infante don Juan, salvo que privado de sentido llegó hasta la noche. Publicada esta triste nueva por el ejército, los soldados la mejor que pudieron se cerraron entre sí y se remolinaron. Los moros por entender que pretendían volver a la pelea, robado el bagaje, se retiraron. Esto y la oscuridad de la noche que sobrevino fue ocasión que muchos de los fieles se pusieron en salvo. Los cuerpos de los infantes llevaron a Burgos y allí los sepultaron. Don Juan dejó un hijo de su mismo nombre, al cual por la falta natural que tenía llamaron vulgarmente don Juan el Tuerto; las costumbres no hicieron a la presencia ventaja. Doña María, mujer del infante don Pedro, en Córboba, do quedó muy cargada, parió una hija, por nombre doña Blanca, de cuya tutela y del gobierno del estado, que por muerte de su padre heredara, se

 

 

 

 

 

 

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encargó Garci Laso de la Vega, merino mayor de Castilla, y que tuvo grande familiaridad y privanza con el difunto.

 

Tras esta desgracia tan grande se siguieron nuevas disensiones, causadas de las competencias que nacieron entre las grandes de Castilla sobre el gobierno del reino, que cada cual pretendía y todos deseaban salir con él, ora fuese por buenas vías, ora por malas.

A la misma sazón Aragón se alteró por un caso muy extraordinario. Fue así, que don Jaime, hijo mayor de aquel rey, estaba determinado de renunciar su mayorazgo y herencia. Las causas que le movieron para tomar esta resolución no se saben. Sus costumbres mal compuestas y la severidad de su padre pudieron dar ocasión a cosa tan nueva. Recibió el rey gran pena de esta determinación; rogóle y mandóle como a hijo no hiciese cosa con que amancillase su fama y fuese ocasión a su patria y a su padre de perpetua tristeza. Hablóle cierto día en esta sustancia:

«Mi vejez, dice, no puede ya dar a mis vasallos cosa más provechosa que un buen sucesor, ni tu mocedad les puede ayudar mejor que con serles buen príncipe. Con este intento procuré fueses enseñado desde tu primera edad en costumbres reales; no parecía faltarte natural para ser digno del cetro, aunque no fueras hijo del rey como lo eres. Teníate aparejada para mujer una nobilísima doncella, que ha sido de mí tratada como quien es, con casa y estado muy principal. Si a esto se puede añadir algo, yo soy presto de lo hacer; pero veo que mi esperanza me ha burlado, y a ti ha estragado el sobrado regalo para que en esa edad rehuses tomar sobre tus hombros el gobierno que yo sustento en lo postrero de la mía. ¿Por ventura es justo anteponer tu particular reposo al pro común, a la obediencia que debes a tu padre y al juramento con que nos obligamos que doña Leonor, tu esposa, de quien tú debieras tener compasión, ha de ser tu mujer y reina de Aragón? ¿Por ventura te cansa esperar la muerte de este triste viejo, que ya según orden natural no le pueden quedar muchos días? Puesto que alegues otras causas, la codicia de reinar es la que te punza y reduce a estos términos. Nadie puede poner ley a la voluntad de Dios, de quien dependen los años y la vida; lo que es de mi parte, yo desde luego de muy buena gana te renuncio el reino. Sólo te ruego te apartes de ese propósito, que no puede dejar de ser enojoso a mí y a nuestra común patria. Así le lo pido por Dios y por todos los santos que están en el cielo, te lo amonesto y te lo aconsejo; y advierte que con

 

 

 

 

 

 

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esa acelerada prisa no te despeñes de suerte, que cuando quieras no tengas reparo ni te quede remedio de volver atrás».

 

A todas estas razones el determinado mancebo respondió en pocas palabras que él estaba resuelto de seguir aquel su parecer y trocar la vida de rey, sujeta a tantas miserias, con el reposo de la particular y bienaventurada. Con esto en la ciudad de Tarragona en las Cortes que allí se juntaron hizo renunciación en pública forma del derecho que tenía a la sucesión a los 23 días del mes de diciembre. Halláronse presentes a este auto muchos grandes y prelados, entre los demás el infante don Juan de Aragón, electo de Toledo por muerte del arzobispo don Gutierre II, que finó a los 4 de septiembre. Su mucha virtud y la diligencia de don Juan Manuel, su cuñado, le ayudaron a subir a aquella dignidad. Hecha la renunciación, don Jaime luego tomó el hábito de Calatrava, después se pasó a la orden de Montesa. Doña Leonor, su esposa, fue enviada doncella a Castilla. Sobre este hecho hubo diversas opiniones, unos le alababan, otros le reprendían; sus costumbres y torpeza y la vida suelta que después hizo dieron muestra que, no por deseo de darse a la virtud y piedad renunciaba el reino, sino por su liviandad y ligereza.

 

Por la cesión de don Jaime entró en aquel derecho de la sucesión don Alfonso, su hermano, hijo segundo del rey, que a la sazón en doña Teresa, su mujer, tenía un hijo sietemesino, niño de pocos días, llamado don Pedro. El dote de esta señora fue el condado de Urgel, que le dejó en su testamento don Armengol, su tío, hermano de su abuela. De esta forma en un mismo tiempo los reinos de Portugal y Aragón fueron trabajados con desabrimientos domésticos de padres a hijos, y dado que los propósitos de los dos hijos de aquellos reyes eran diferentes, pero la tristeza y daño de los padres corrieron a las parejas y fueron iguales.

 

 

 

 

XVII. De la muerte de la reina doña María

 

El daño que los nuestros recibieron en Granada fue ocasión que los moros soberbios y pujantes y deseosos de seguir la victoria ganaron a Huéscar en el adelantamiento de Cazorla, y a Orés y a Galera, pueblos que eran de los caballeros de Santiago. Por otra parte, se apoderaron por fuerza de Martos, villa fuerte y buena, en cuyos moradores ejecutaron todo género de

 

 

 

 

 

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crueldad sin respeto alguno ni hacer diferencia de mujeres, niños ni viejos, salvo que muchos escaparon en el peñasco que allí cerca está y en la fortaleza.

 

En Castilla andaban grandes alborotos, nuevas esperanzas de muchos; todos los que en nobleza y estado se adelantaban pretendían apoderarse del gobierno del reino. La reina doña María, por lo que se capituló los años pasados, pretendía tocarle todo el gobierno, y con deseo de apaciguar estas alteraciones despachó sus cartas a todas las ciudades, en que les amonestaba no se dejasen engañar de nadie en menoscabo de su honra y de la lealtad a que eran obligados. Sin embargo, por ser mujer era de muchos tenida en poco; parecíales no tenía fuerzas bastantes para peso tan grande. Muchos de los grandes en un mismo tiempo pretendían apoderarse de todo; los principales, entre otros, eran el infante don Felipe, tío del rey, don Juan Manuel y el otro don Juan el Tuerto, señor de Vizcaya; todos muy poderosos y que poseían grandes riquezas y nobilísimos por la real prosapia de que descendían. A estos se entregó el cuidado y mando del reino, no de común consentimiento de los pueblos, antes andaban divisos en bandos y pareceres; todas las cosas se hacían inconsideradamente y como a tiento. Juntáronse las ciudades y villas, no todas en uno, sino según las comarcas y provincias; grandes miedos se representaban y peligros. Resultó de estas juntas que a don Felipe señaló el Andalucía para que los gobernase; el reino de Toledo y la Extremadura a don Juan Manuel; la mayor parte de Castilla la Vieja seguían a don Juan, señor de Vizcaya. Dentro de las ciudades se veían mil contiendas por los bandos que cada uno seguía. Mudábanse a cada paso los gobiernos; los mismos se aficionaban, ora a una parte, ora a otra, conforme como a cada cual le agradaba. El vulgo con la esperanza del interés se vendía al que más le daba, vario como suele e inconstante en sus propósitos. De aquí se seguía libertad para cometer todo género de maldades, muertes, robos y latrocinios; miserable avenida de calamidades. Los más poderosos atropellaban a los pequeños. Los que regían la república y la gente principal usurpaban para sí las rentas y patrimonio real; infame latrocinio y torpísimo robo. Finalmente, ningún género de desventura se puede pensar que no padeciese aquella provincia. Don Fernando de la Cerda tenía pocas fuerzas y era tenido de todos por sospechoso, y por las antiguas competencias del reino no hacían cuenta de él; determinó de

 

 

 

 

 

 

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allegarse a don Juan, señor de Vizcaya. A los 1320 años iban las cosas por esta orden en Castilla.

 

Este año se consagró en le ciudad de Lérida don Juan, hijo del rey de Aragón, en arzobispo de Toledo, con grande alegría de ambos reinos, grandes esperanzas y grande aplauso por pronosticar que aquel pontificado sería próspero, justo y dichoso. La reina doña María todavía no dejaba de recelarse que la venida de un príncipe como aquel podría enconar más los ánimos de su gente que sanarlos. Estas sospechas cesaron con las cartas que el papa envió a la reina doña María, y se le quitó del todo aquel miedo, porque la prometió que todo estaría sosegado y muy en su favor. Con los prelados de Aragón tuvo el nuevo Arzobispo grandes diferencias sobre la preeminencia de la iglesia de Toledo. Llevaba su cruz delante, que es prerrogativa de aquella dignidad. Esto pretendía él serle concedido como a primado de las Españas, así por derecho y costumbre antigua como por nueva confirmación y privilegio de los sumos pontífices. Los prelados de Tarragona y de Zaragoza que se hallaron a su consagración lo contradecían. Alegaban que estaba este negocio en litispendencia, y aún no por sentencia determinado. Andando en estos debates, como quiera que el arzobispo de Toledo no mudase de propósito, determinado de conservar la dignidad de su iglesia y confiado en el favor de su padre, el obispo de Zaragoza, donde entonces hacía el rey de Aragón Cortes de su reino y estos prelados acudieron, pronunció contra el de Toledo sentencia de excomunión; mandó cerrar todas las iglesias y puso entredicho público; increíble osadía, confianza singular. El color que se tomó fue una constitución que hicieron los prelados de aquella corona los años pasados, en que, so pena de excomunión, se mandaba ningún prelado en provincia ajena llevase cruz delante; éste era el color y la capa pura aquella determinación. Grande fue el enojo que de esto recibió el rey de Aragón por ver a su hijo maltratado dentro de su reino y delante de sus ojos. Envió sobre ello cartas al sumo pontífice llenas de acedia y de mil amenazas; según la saña hiciera algún sentimiento si los suyos no le metieran por camino con decir que en aquello se trataba de la dignidad de sus iglesias y reino, y que no era justo, por favorecer un particular negocio de su hijo, defraudase y atrepellase los públicos. Con esto parece que se amansó el furor que en su ánimo tenía concebido. La respuesta que dio el sumo pontífice fue ambigua, con que tuvo suspensas entrambas las partes; porque de tal manera reprendió el atrevimiento que el de Zaragoza tuvo y

 

 

 

 

 

 

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mandó reponer lo hecho, que ordenó otrosí fuese absuelto el arzobispo de Toledo de la excomunión, por si acaso fue justa. Partido el nuevo Prelado de Aragón y llegado a Toledo, de tal manera se hubo con don Juan Manuel, su cuñado, casado con su hermana mayor doña Costanza, que el recelo que tenían no le favoreciese demasiadamente de todo punto se quitó. De primera llegada no quiso que en su arzobispado cobrase las rentas reales, cuya administración él pretendía pertenecerle, de donde resultó entre ellos un odio inmortal.

 

A la misma sazón los navarros, que todavía estaban sujetos a Francia, fueron muy maltratados en Vizcaya. Falleció Felipe el Largo, rey de Francia, a 2 de junio, año de 1321 sin dejar sucesión; heredó el reino su hermano Carlos, por sobrenombre el Hermoso, que fue igual a sus hermanos en valor; en la liberalidad, fortaleza y apostura sin par. En tiempo de este rey los vizcaínos de rebato se apoderaron del castillo de Gorricia, que cae en aquella parte que llaman Guipúzcoa. Pretendían que aquel castillo era suyo y que los navarros le poseían a sinrazón. Acudieron de Navarra sesenta mil hombres, si los números o la fama no están errados, llegaron a los 19 de septiembre a Beotivara. Los vizcaínos hasta ochocientos en número, como quier que se apoderasen de las estrechuras y hoces de aquellos montes, dende con galgas y cubas llenas de piedras que dejaban rodar sobre los navarros los maltrataron de manera, que los desbarataron e hicieron huir con muerte de más gente que se pudiera pensar de número tan pequeño, demás que cautivaron a muchos. Caudillo de los vizcaínos era Gil Oñiz, de los navarros Ponce Morentaina, francés de nación y gobernador de Navarra por el rey de Francia. Dan muestra que esta victoria fue de las más señaladas de aquel tiempo las coplas que hasta hoy día se cantan y los romances en las dos lenguas castellana y vizcaína compuestos en esta razón.

 

El papa envió por su legado a Castilla al cardenal Guillelmo Bayonense, obispo sabino, por ver si con su diligencia y con la autoridad pontificia se pudiere poner fin a tantos males. Procuró el legado se juntasen Cortes en la ciudad de Palencia en el mismo tiempo que la reina doña María, amparo que fue de todo en tiempo de tres reyes y honra de Castilla, cargada de años, falta de salud, llena de congojas por los trabajos tan grandes como se padecían, de una enfermedad que le sobrevino en Valladolid pasó de esta vida, a 1 de junio, año de 1322. Muestras de su piedad y religión son el monasterio de las Huelgas, que a su costa fundó en

 

 

 

 

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aquella ciudad y ennobleció, do ella misma se mandó enterrar, y otros dos monasterios que fundó, uno en Burgos, y otro en Toro, sin otros que hizo en diversas partes del reino. Les Cortes de Palencia no parece fueron de efecto. Juntáronse por mandado del legado Guillelmo los obispos de toda Castilla en Valladolid para tener un concilio, que fue muy señalado. En él, a 2 días del mes de agosto, se promulgaron muchas constituciones saludables; entre otros, descomulga a todos aquellos que en tiempo de Cuaresma o de las Cuatro Témporas comieren carne y a los que en tales días la vendieren públicamente; que mientras se celebran los divinos oficios, los que no fueren cristianos no se puedan hallar presentes; pero si los tales se bautizaren, puedan ser ordenados y tener beneficios para remedio de su pobreza; repruébase la purgación vulgar de que se usaba de ordinario en España. Demás de esto, hasta hoy día se conservan las constituciones que por el mismo tiempo estableció el arzobispo de Toledo don Juan, en que, entre otras cosas, se manda que si los judíos y moros no se salieren de las iglesias al tiempo que se celebran los divinos oficios, no se pase adelante; que el dinero que se recogiere de la Cruzada se le entregue al Prelado para efecto de emplearle en la redención de cautivos y remedio de los pobres; que los sacerdotes digan misa por lo menos cuatro veces al año, y que no la digan sin primero rezar los maitines; que los bienes adquiridos por vía de la Iglesia no se puedan dar ni mandar a los hijos, dado que sean habidos de legítimo matrimonio. ¿Quién dice que los sacerdotes y obispos son señores de estos bienes y que los pueden dispensar a su voluntad y albedrío?

 

El mismo año el rey de Granada Ismael fue muerto en el Alhambra por los suyos, que se hermanaron contra él; cabeza de los matadores fue el señor de Algeciras y Ozmín participante, por estar el uno y el otro muy indignados desde el tiempo que tomaron a Martos, a causa que al señor de Algeciras quitó una cautiva muy hermosa, y a Ozmín mataron un sobrino que él mucho quería en aquel combate. Apenas se sabía la muerte de este rey cuando Mahomad, su hijo, de edad de doce años, fue puesto en una silla y en hombros llevado por todas las calles de la ciudad y saludado por rey. El gobernador de la ciudad con esta presteza dio muestra de su amor y fidelidad, y hizo que los contrarios quedaron atónitos, como acontece cuando toman al pueblo de sobresalto; que si no hubiera ganado por la mano, los conjurados pensaban poner rey a su voluntad; más con esta

 

 

 

 

 

 

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presteza fueron forzados a salirse de la ciudad, y por miedo de ser castigados se desterraron y esparcieron, unos a una parte, y otros a otra.

 

 

 

 

XVIII. Que el rey don Alfonso el Onceno de

 

Castilla se encargó del gobierno de su reino

 

Por la muerte de la reina doña María se doblaron los trabajos, todo era alborotos, muertes y robos. La esperanza de remedio tenían todos puesta en el rey, si llegase a edad de poder gobernar. En aquella su edad daba ya tales muestras, que parecía sería príncipe muy señalado; los hombres fácilmente favorecen a sus deseos y de buena gana creen lo que querrían. Como llegase pues a edad de quince años, acordó en Valladolid encargarse del gobierno; aunque la edad era flaca para tan grande carga, las cosas no daban lugar a mayor tardanza. Era prudente más que conforme a su edad; los vasallos, por la natural afición que tienen a sus reyes, deseaban grandemente que este negocio se apresurase. En particular Garci Laso de la Vega y Alvar Núñez Osorio, caballeros de mucha prudencia, por la larga experiencia que tenían y por su grande ingenio y maña, procuraban adelantarse en la gracia y favor del rey con intento de alcanzar perdón de los desafueros que en la larga vacante se habían cometido, de acrecentar sus estados y también de ayudar al común. Recibiólos en su casa, y comenzó o darles tanta cabida, que en gran parte se gobernaba por su consejo. Con los dos se juntó otro tercero, es a saber, un Jusef, judío, natural de Écija; después de estos dos caballeros tenía el primer lugar en privanza por ser hombre muy rico y como cabeza de los alcabaleros y arrendadores. Sabía muy bien los caminos de allegar dinero, cosa muy a propósito en aquella apretura, y aún que siempre suelo ser ocasión de hacer a hombres semejantes muy agradables a los príncipes.

 

Despachó el rey sus cartas para los gobernadores del reino, que acudieron con mucha presteza a Valladolid, cada cual con intento de adelantarse y ser el primero en ganarle la voluntad con servicios acomodados al tiempo, bien que los corazones no estaban muy llanos, como se echó luego de ver; porque, quedando sólo el infante don Felipe con el rey, don Juan Manuel y don Juan el Tuerto sin pedir licencia se salieron de la corte. Mostrábanse muy desabridos con color que traían al

 

 

 

 

 

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rey engañado con malos consejos. Para prevenirse juntaron sus fuerzas contra todo lo que les podía suceder. Hicieron solemne juramento y pleitesía entre sí en esta razón en Cigales; y para que esta confederación fuese más firme, se trató de casar a don Juan, señor de Vizcaya, a la sazón viudo por muerte de su primera mujer, con doña Costanza, hija de su compañero don Juan Manuel. La manera con que entre los grandes de Castilla se hacía esta pleitesía antiguamente era esta. Leídas las capitulaciones de la confederación, uno de los caballeros que se hallaban al concierto, en nombre de los concertados decía estas palabras: «Juro por Dios omnipotente y por su gloriosísima Madre que todo lo que se ha declarado por su orden en el instrumento y escritura pública que se ha leído lo cumpliremos cada uno de nos sin intervenir en ello fraude ni engaño. Que no iremos el uno sin el otro contra nuestros enemigos, ni contravendremos en alguna guisa a lo que aquí se ha establecido. El que primero a sabiendas lo quebrantare, en aquel mismo día vos, Dios todopoderoso, le quitad en este mundo la vida, y en el otro atormentad su ánima con crueles y eternas penas; haced que le falten las fuerzas y las palabras, y en la batalla el caballo, las armas, las espuelas y sus vasallos cuando más lo hubiere menester». Dicho esto, los que estaban presentes respondían: «Amen». Otras veces se dividía una hostia consagrada en dos partes, y a cada uno de ellos se daba la mitad, y luego se añadían los juramentos y maldiciones. Esta era la más célebre solemnidad y rito para hacer amistades y alianzas entre los grandes y caballeros, que se guardó por largos años. Tenía puestos en gran cuidado a todos los cortesanos y criados del rey la avenencia de estos dos príncipes; temían que de ella podrían recrecerse nuevas guerras, quisieran desbaratarla. Buscaban para ello alguna ocasión; parecióles la mejor que el rey pidiese a don Juan Manuel su hija doña Costanza por mujer. Suelen los príncipes procurar antes el provecho que tener cuenta con su palabra ni con el deber, y allí vuelven la proa de su pensamiento donde más esperanza se muestra de interés, sin tener cuenta con lo que de ellos publicará la fama.

 

Don Juan Manuel con esto se fue secretamente a Peñafiel, villa de su estado, y se entregó todo al rey, y su hija, puesto que no era de edad para casarse, la puso en su poder. El otro don Juan, muy triste por salirle vana su esperanza y verse cogido con sus mismas mañas, determinó de procurar el casamiento de doña Blanca, hija del infante don Pedro, que murió en la guerra de Granada, convidado por la gran dote que tenía, porque era

 

 

 

 

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señora de Almazán y Alcocer y las demás villas a la redonda que caen a la raya de Aragón, muy a propósito para las novedades que él maquinaba. Para estorbar estas pretensiones persuadieron al rey que despojase a doña Blanca del estado de su padre y de todas sus riquezas. Todas las grandes hazañas tienen mezcla de agravios; pero dícese que las injurias que se hacen a los particulares se recompensan con el público provecho. El principal autor de esto fue Garci Laso para mostrarse muy aficionado del rey con darle un consejo tan atroz, olvidado de los beneficios y mercedes que del infante don Pedro recibió. Rara es la fe y amistad con los muertos. Don Juan Manuel, vuelto en gracia del rey, trazaba cómo vengarse del arzobispo de Toledo y armarle alguna celada. Fue así, que el rey pidió cuenta al arzobispo de Toledo de las rentas y tributos reales; él agravióse mucho de esto por entender se encaminaba todo por engaño de su émulo. Dio su satisfacción al rey de todo lo por él hecho y las causas que a ello le movieron. Hecho esto, y vuelto a don Juan Manuel, que acaso se halló presente, le maltrató con palabras muy injuriosas; dijéronse el uno al otro grandes baldones y vituperios, segnn que la cólera y enojo les atizaba.

 

Apaciguóse por entonces aquella cuestion; y don Juan Manuel, por la preeminencia y autoridad que acerca del rey tenía, para vengar su afrenta persuadió al rey que hiciese muchas cosas a disgusto del arzobispo, en particular que le quitase el cargo de chanciller mayor, que después de la persona real era el supremo magistrado y honra, y desde tiempo antiguo se daba siempre a los arzobispos de Toledo. No pudo sufrir esta afrenta su ánimo, poco acostumbrado a recibir injurias; y así, mal enojado se partió de la corte y se salió de Castilla, y por medio del rey, su padre, alcanzó que le mudasen a la iglesia de Tarragona con nombre de patriarca de Alejandría, dignidad de solo apellido. Don Jimeno de Luna era arzobispo de Tarragona; permutaron las iglesias, que fue trueco muy desigual. Con tanto, don Jimeno comenzó a ser arzobispo de Toledo como cuatro años adelante del en que vamos. Garci Laso tuvo cargo de chanciller. Desde allí comenzó a caer aquel oficio y preeminencia y oscurecerse con los bajos ministros a quien se daba. En nuestro tiempo ha venido a disminuirse aquella autoridad y casi a no servir más que de nombre. Duró mucho tiempo aún después de esto, que o los arzobispos mismos hacían aquel oficio, o por lo menos nombraban otro en su lugar que le ejercitase, hasta tanto que en tiempo del rey don Pedro por su mucha severidad se desbarató todo esto, y a los dichos arzobispos en adelante sólo quedó el

 

 

 

 

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título de chanciller mayor de Castilla. El arzobispo don Juan, entre otras cosas buenas que estableció en Toledo, fue una que el número de trece pobres que todos los días se sustentaban en las casas arzobispales los llegó a treinta, como hoy se guarda. Esto pasaba en Castilla este año y algunos adelante.

 

El rey de Aragón, conforme a lo que el papa Bonifacio le concedió, pretendía apoderarse de la isla de Cerdeña, que poseía el común de Pisa sin derecho bastante, en menoscabo de la Iglesia romana, debajo de cuyo amparo de largo tiempo atrás estuvo aquella isla. Envió para este efecto una gruesa armada debajo la conducta de don Alfonso, su hijo, que en espacio de dos años la sujetó, y en diversas batallas y encuentros venció siempre a los pisanos. Verdad es que gran parte de los aragoneses pereció de enfermedades, causadas de los aires malsanos de aquella tierra. De que resultó al infante don Pedro esperanza, si su hermano don Alfonso falleciese, excluidos sus hijos, de suceder en aquel reino. Ayudaba para esto el fresco ejemplo de Castilla, el favor de muchos grandes que a porfía se le ofrecían, que fue causa de apresurar las paces con los pisanos. Asentáronse por el mes de junio, año de 1324, con estas capitulaciones: que los cautivos de una y de otra parte fuesen puestos en libertad; volviese el trato y comercio acostumbrado en aquellas naciones; por los pisanos quedase el castillo de Caller con los pueblos y territorio a él sujeto; todo lo demás de la isla fuese de los aragoneses. Hecho este concierto y tomada la posesión de la isla, el infante don Alfonso, vuelto a España, negoció con su padre que declarase por herederos a sus hijos, caso que él faltase y falleciese, para quitar debates, y los antepusiese al infante don Pedro, su hermano. Hízose así, y en Zaragoza, donde se juntaron Cortes del reino, los infantes fueron jurados por herederos de su abuelo, puesto que su padre muriese antes de él; así varían y se alteran las constituciones y opiniones de los hombres.

 

El año siguiente de 1325, lunes, a 7 de enero, falleció en Santarem Dionisio, rey de Portugal, príncipe muy señalado, así por el mucho tiempo que reinó, es a saber, cuarenta y cinco años, nueve meses y cinco días, como por la grandeza de su ánimo y por la felicidad que siempre tuvo; sólo las discordias de su cosa y debates que hubo entre padre e hijo en su postrimería aguaron este contento. Su cuerpo enterraron en el monasterio de San Bernardo, legua y media de Lisboa, que él mismo fundó a su costa, en que se muestra su piedad y religión; la liberalidad y magnificencia se

 

 

 

 

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entienden por muchos pueblos que edificó, y otros que cercó, reparó y fortificó. Su mujer doña Isabel, reina de vida y costumbres muy santas, vivió once años adelante; sus virtudes fueron tan señaladas y tan grande el celo del culto divino, el cuidado de remediar los pobres en tiempo de hambre, amparar las viudas y gente flaca, su inocencia y mansedumbre, que después de muerta la canonizaron, y su cuerpo, que está en Coimbra en la iglesia de Santa Claro, fundación suya, y de la otra parte del río Mondego, es reverenciado en toda aquella provincia con gran devoción. Fue tanta la humildad de esta señora, que en su viudez andaba vestida del hábito de Santa Clara, y servía a las monjas de aquel monasterio en el refectorio, en que algunas veces le hacía compañía su nuera la reina doña Beatriz. Tenía por su devoción junto al dicho monasterio las casas de su morada; falleció a 4 de julio del año 1332. Los papas León X y Paulo IV concedieron, el primero que se rezase de ella en el obispado de Coimbra, Paulo que se le hiciese fiesta con altar, oficio e imagen en todo el reino de Portugal. Al rey Dionisio sucedió don Alfonso, su hijo mayor; tuvo sobrenombre de Fuerte por su condición y inclinación a las armas. De seis hijos que tuvo en su mujer, don Alfonso, don Dionisio y don Juan murieron niños sin dejar en vida ni en muerte cosa digna de memoria; doña María, don Pedro y doña Leonor alcanzaron de días a sus padres.

 

Este año en Cerdaña falleció don Sancho, rey de Mallorca, y por morir sin hijos nombró por su heredero a don Jaime, hijo de don Fernando, su hermano. El rey de Aragón pretendía ser suyo aquel reino por el testamento de don Jaime, su abuelo, que fue el primero que le instituyó y dejó a su hijo menor. No faltaban razones por ambas partes. El niño don Jaime se aventajaba en la posesión y en la compasión que le tenían por su tierna edad y por la memoria de su padre; el rey de Aragón era más poderoso. Interpúsose don Felipe, tío del niño, persona eclesiástica, a quien el rey don Sancho nombró en su testamento por gobernador del reino y tutor del nuevo rey hasta tanto que llegase a edad bastante, por cuya diligencia se concertaron de esta manera: que doña Costanza, nieta del rey de Aragón, casase con don Jaime, rey de Mallorca, y por dote llevase el derecho que pretendían sus abuelo y padre para que su marido quedase con el reino sin que nadie le fuese a la mano.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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XIX. De la muerte del rey de Aragón

 

Aun no sosegaba Castilla; la soltura pasada, los grandes odios y enemistades traían todavía alborotada la gente principal, a la manera que después de una brava tempestad no luego se sosiegan las olas del mar ni luego se sigue bonanza; que fue ocasión al rey don Alfonso para que, sin embargo de su condición, que era mansa, castigase algunos revoltosos, de donde fue llamado don Alfonso el Vengador.

 

El primero entre los castigados fue don Juan, señor de Vizcaya, que procuraba por malas mañas casar con doña Blanca, la cual y su madre se retiraran a Aragón. Encendía en él este deseo el grande estado de aquella señora; si no salía con su pretensión, revolvía en su pensamiento de traer de Francia a don Alfonso de la Cerda y renovar las competencias pasadas; todo se enderezaba a dar pesadumbre al rey, que sabía cualquiera de estas cosas le serían pesadas. Era forzoso atajar estos intentos; usar de fuerza, cosa peligrosa; de engaño y maña, mal sonante. ¿Qué se podía hacer? Venció el provecho a la honestidad; así, con color de la guerra que apercibía el rey contra los moros, llamó a don Juan para que se viese con él en la ciudad de Toro, con intención que le dieron de casarlo con la infanta doña Leonor, hermana del mismo rey; partido más honrado que lo que él pretendía. Para allanar el camino despidieron de la corte a Garci Laso, de quien don Juan se quejaba le era enemigo capital; que fue todo vencer una arte con otra. A la hora pues vino al llamado del rey; fue bien recibido y convidado para comer en palacio el mismo día de Todos Santos, año del Señor de 1327. La fiesta y el convite más daban muestra de regocijo y seguridad que de temor ni sospecha; así, desarmado y desapercebido, como estaba en el banquete, fue muerto por mandado del rey. Los delitos por él cometidos parecían merecer cualquier castigo; pero quebrantar el derecho del hospedaje y debajo de seguridad matar persona tan principal a todos pareció cosa fea, puesto que no faltaba quien con razones aparentes pretendiese colorear aquel hecho. Una sola hija que quedó de don Juan, y estaba a criar en poder de su ama, fue llevada a Bayona, ciudad a la raya de Francia, y entonces sujeta a los ingleses. La madre del muerto, doña María, que estaba recogida de tiempo atrás en un monasterio de monjas de Perales, con el aviso del caso y con estas tristes nuevas bien se puede pensar cuán grande congoja recibió. Dícese que a instancia de Garci Laso vendió al rey todo el señorío de Vizcaya, si de

 

 

 

 

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miedo o de su voluntad, no se sabe. Basta entender que era peligroso contrastar a la voluntad del rey en aquel trance, pero de mala sonada y contra derecho, por ser viva su nieta; que adelante, aplacado el enojo del rey, casó con don Juan de Lara, como se referirá en su lugar, y vino a ser señora de Vizcaya. Los pueblos y castillos que don Juan heredó de su padre, y eran más de ochenta, parte se ganaron por fuerza, parte se rindieron de su voluntad, y quedaron incorporados en la corona real.

 

Don Juan Manuel era frontero contra los moros; y dado que amedrentado con aquel caso y que echaba de ver lo poco que se podía fiar del rey, pues a son de bodas quitó la vida a un príncipe y deudo suyo tan cercano, todavía con gran cuidado y diligencia acudía a la guerra contra los moros, que poco antes de sobresalto ganaron el castillo de Rute, y pretendían con su caudillo Ozmín, que ya parece estaba en gracia de aquel rey, hacer entrada por las fronteras del Andalucía. Vino con ellos a las manos junto al río Guadalhorza, donde los venció y mató gran número de ellos. Don Juan Manuel, habida esta victoria, se fue a las tierras de su estado, dejada la guerra y mal indignado contra el rey, de quien se publicaba tenía propósito de repudiar a doña Costanza, su hija, y emparentaren Portugal, todo encaminado a su perdición. No era su miedo vano, ca se trató de aquel nuevo casamiento; y en efecto, doña María, hija del rey de Portugal, entró en lugar de doña Costanza. Autor de este consejo y mudanza fue Alvar Núñez Osorio. El pesar que de esto sintió don Juan Manuel fue cual se puede pensar; lo mismo el rey de Aragón, tío de doña Costanza.

 

Reinaba a la sazón don Alfonso el Cuarto en Aragón por muerte de su padre el rey don Jaime el Segundo, que falleció en Barcelona un día después de la muerte de don Juan el Tuerto, do se hizo su enterramiento en la iglesia de Santa Cruz con real pompa y aparato. Doña Teresa, su nuera, murió cinco días antes del suegro en Zaragoza, y se sepultó en el monasterio de San Francisco de aquella ciudad. El luto y llanto de toda la provincia fue doblado a causa que en un mismo tiempo quedó huérfana de dos príncipes que mucho amaba. Sucedió pues al rey don Jaime su hijo don Alfonso; tuvo en doña Teresa, su mujer, estos hijos: don Pedro, don Jaime y doña Costanza; porque otros cuatro hijos que tuvieron murieron en su niñez. Lo que hay mucho que loar en el rey don Jaime fue que los principados de Aragón, Cataluña y Valencia ordenó anduviesen siempre unidos sin dividirse. Fue tan enemigo de pleitos, que en aquella era eran

 

 

 

 

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asaz, que desterró perpetuamente de su reino como a prevaricador a Jimeno Rada, un abogado señalado de aquellos tiempos, por cuyas mañas muchos fueron despojados de sus haciendas.

 

Carlos, rey de Francia y Navarra, por sobrenombre el Hermoso, falleció de enfermedad en el bosque de Vincena primer día de febrero, año de 1328; al cual el papa Juan XXII otorgó los diezmos de las rentas eclesiásticas en toda la Francia, con tal condición que hiciese la guerra al emperador Luis, bávaro, tan grande enemigo de la Iglesia, que el año antes de éste hizo papa en Roma en competencia del verdadero pontífice y en su perjuicio a Pedro Corbara con nombre de Nicolás V. Demás de esto, le mandó acudir a él con parte de aquel interés, según que lo publicaba la fama. Esta misma concesión se hizo antes a instancia del rey Filipo el Largo, pero con esta modificación y palabras expresas: «Si los obispos del reino juzgasen ser conveniente»; condición muy honesta, de que ojalá usasen los demás pontífices contra las importunidades de los príncipes. La mujer del rey Carlos, por quedar preñada, a cabo de tres meses después de la muerte de su marido parió una hija, que se llamó Blanca. No podía conforme a las leyes y costumbres de Francia suceder en aquella corona. Así un hijo de Carlos de Valois, que falleció dos años antes del rey, por nombre Felipe, primo hermano de los tres reyes pasados por una parte, y Eduardo, rey de Inglaterra, como hijo de madama Isabel, hermana de los mismos tres reyes, comenzaron a pretender aquel reino. Los estados del reino, conforme a la ley sálica, se conformaron en dar la corona a Felipe de Valois, de que resultaron enemistades y guerras muy largas y graves entre aquellas dos naciones, y los reyes de Inglaterra tomaron apellido de reyes de Francia, y pusieron las flores de lis en sus escudos.

 

A los navarros sucedió mejor, que quedaron libres del yugo de Francia, porque Juana, hija del rey Luis Hutin, casó con el conde de Evreux, que se llamaba Filipo, y en Pamplona fueron declarados por reyes de Navarra de conformidad de todos los estados por el derecho que aquella señora tenía de parte de su madre; en que por ser cosa tan justificada fácilmente vino el nuevo rey de Francia, demás que el dicho conde era su deudo muy cercano por ser, como era, bisnieto de san Luis, rey de Francia. En esta sazón los navarros, por tener los reyes flacos, se alborotaron, y como gente sin dueño, se encarnizaron en los judíos que moraban en aquel reino; en particular en Estella cargó tanto la tempestad, que degollaron diez mil de ellos, si ya el número o las memorias no van errados.

 

 

 

 

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XX. Nuevos casamientos de reyes

 

A la misma sazón en Castilla se hacían apercibimientos muy grandes para la guerra contra los moros, nuevas levas de gente que se alistaba en el reino, socorros que pretendían de los reyes comarcanos. La tierna edad del rey moro y las discordias que los suyos entre sí tenían presentaban ocasión para hacer algún buen efecto; mayormente que se pasó a los nuestros un hijo de Ozmín, llamado Abraham el Borracho por el mucho vino que bebía. Seguíale un buen escuadrón de soldados; acordó el rey don Alfonso de ir a Sevilla con toda presteza, dende corría las fronteras de los enemigos y les hacía notables daños. Tomóles a Olvera, Pruna y Ayamontes. En esto se gastó el verano, y pasado el otoño, los soldados, cargados de despojos y alegres, dieron la vuelta para invernar en Sevilla. Don Alfonso Jofre, almirante que era del mar, acudió al tanto para dar al rey aviso de una victoria señalada que alcanzó en una batalla naval que trabó con los moros, en que de veintidós galeras que traían les tomó tres, y cuatro echaron a fondo. Eran estas galeras, parte del reino de Granada, y parte africanas; mataron y cautivaron más de mil doscientos moros, por los cuales causas todos estaban muy gozosos, y aquella nobilísima ciudad resonaba con fiestas y regocijos. Enviáronse embajadores para tratar del casamiento del rey.

 

Don Juan Manuel, vista la resolución de dejar a su hija, renunciada por sus reyes de armas la fe y lealtad que tenía jurada, se confederó con los reyes de Aragón y de Granada; junto con esto desde Chinchilla y Almansa, por ser plazas muy fuertes, hacía entradas por las tierras de Castilla; robaba y talaba por do quiera que pasaba con gran daño en especial de los labradores, a la misma sazón que el rey en Sevilla dio título de conde de Trastámara, Lemos y Sarriá a Alvar Núñez Osorio, que era su mayor privado, cosa muy nueva; que hasta entonces en Castilla no se diera de mucho tiempo atrás a ninguno título de conde. La ceremonia que se hizo fue muy tosca, como entre gente en aquella sazón falta de todo género de policía y primor. Echaron tres sopas en una taza de vino y pusiéronselas delante, convidáronse por tres veces el rey y el conde sobre cuál de ellos tomaría primero; finalmente, el rey tomó la una, y el conde la otra. Concediósele que en los reales tuviese caldera y cocina aparte para su mesnada, y en la guerra propia y particular bandera con sus divisas y armas. Hiciéronse las escrituras y privilegios; y leídos, todos los presentes

 

 

 

 

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aclamaron con gran aplauso: «viva el conde». Tal fue la costumbre y ceremonia con que se creaban los condes en aquella era.

 

En la ciudad de Córdoba usó el rey de una severidad extraordinaria, y fue que hizo cortar la cabeza a Juan Ponce porque no obedeció a su mandato, en que le ordenaba restituyese el castillo de Cabra, que tomara a los caballeros de Calatrava al tiempo que las cosas del reino andaban alborotadas, demás que le achacaban y cargaban de hombre sedicioso y pernicioso para la república. El mismo castigo se dio a otros muchos ciudadanos de Córdoba, sea por ser de la misma parcialidad, o porque fueron convencidos de otros delitos muy graves.

 

En Soria en el monasterio de San Francisco fue muerto a puñaladas Garci Laso sin respeto del lugar sagrado y que estaba oyendo misa. El sentimiento del rey fue grande; poco antes de este desastre le enviara desde Sevilla para atajar los intentos y pretensiones de don Juan Manuel. El aborrecimiento que los caballeros le tenían muy grande, por entender trataba de destruir con sus malas mañas y descomponer toda la nobleza, fue causa de esta desgracia. Escalona, una villa pequeña en el reino y tierra de Toledo, andaba alborotada y pretendía juntarse con los rebeldes y amotinados.

 

De Castilla la Vieja asimismo avisaban que la gente se alborotaba; en particular Toro, Zamora y Valladolid estaban alzados contra el rey. El principal movedor de estos alborotos era don Hernán Rodríguez de Balboa, prior de San Juan, confiado en sus riquezas y en los muchos aliados y deudos que tenía en aquella provincia de los más nobles y ricos. El color que tomaron era quejarse que el nuevo conde Álvaro Osorio y un judío, llamado Jusef, gobernaban todo el reino y le trastornaban a su voluntad; que tenían rendido al rey como si les fuera esclavo y como si le hubieran dado bebedizos. Acudió el rey a Escalona; pero con las nuevas de Castilla alzó el cerco por acudir al mayor peligro y necesidad. Llegó a Valladolid; no le quisieron dar entrada hasta tanto que despidiese de palacio y de su corte al dicho Osorio. Hízose así, que es forzoso sujetarse a la necesidad. Sin embargo, fue tan grande el sentimiento de este caballero, como persona acostumbrada a todo favor y privanza, que, quitada la máscara, se rebeló contra el rey, y trató de juntar sus fuerzas con don Juan Manuel, causa de su total perdición. Ramiro Flores de Guzmán con muestra que huía del rey se hizo su amigo; y como un día estuviese desapercibido y descuidado, le dio de puñaladas. Por su muerte el rey a la

 

 

 

 

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hora se entregó en sus castillos y tesoros, que tenía allegados muy grandes en el tiempo que tuvo el reino a su mandar y lo robaba todo sin reparo. Pusiéronle acusación, hiciéronle cargos muchos y muy graves; no salió persona ninguna a la causa y defensa, y así, fue convencido en juicio y dado por rebelde y traidor; pronunció la sentencia el mismo rey en la villa de Tordehumos. Tal fue la fin de estos dos caballeros, que en aquel tiempo tuvieron tanta grandeza y pujanza. A Jusef defendió su bajeza y el menosprecio en que es comúnmente tenida aquella nación; lo que pudiera acarrear a otro su perdición, eso le valió.

 

Celebráronse las bodas del rey en Ciudad Rodrigo. Tratóse entre los dos reyes de Castilla y Portugal de aplacar al rey don Alfonso de Aragón y apartarle de la amistad de don Juan Manuel. Pareció buen medio ofrecerle la infanta doña Leonor, hermana del rey de Castilla, para que casase con ella, ca se hallaba viudo y libre del primer matrimonio por muerte de su primera mujer doña Teresa. Aceptado este partido y hechas las escrituras y conciertos, llevaron la doncella a Aragón. Salió don Juan, el patriarca, arzobispo de Tarragona, hasta Alfaro a recibirla y acompañarla. Efectuáronse las bodas en la ciudad de Tarazona, hallóse presente con el de Aragón el rey de Castilla; las alegrías y regocijos fueron grandes. Sucedió esto al principio del año de 1329.

 

Para que la amistad entre los reyes fuese más firme, y meter prendas de todas partes trataron de casar a doña Blanca, hija del infante don Pedro, el que, como queda dicho, murió en la guerra de Granada, con el hijo mayor del rey de Portugal, llamado don Pedro. Hechas las capitulaciones, la doncella fue entregada en poder de la reina de Castilla para que la enviase a Portugal. Junto con esto los dichos tres reyes asentaron liga entre sí contra los moros para, juntadas sus fuerzas, desarraigar de todo punto las reliquias de aquella gente malvada. Asentóse demás de esto para mayor sosiego y paz de todos que los rebeldes del un reino no tuviesen acogida en el otro. Quedó por este camino don Juan Manuel despojado del amparo del rey de Aragón; trató de valerse como pudiese, y para este efecto casó segunda vez con doña Blanca, hija de don Fernando de la Cerda. Asimismo don Juan de Lara casó con doña María, hija de don Juan, llamado el Tuerto, con esperanza que le dieron de juntar todos tres sus fuerzas para recobrar el señorío de Vizcaya, que de derecho pertenecía a aquella doncella, y el rey por fuerza y contra razón se le tenía usurpado. Don Juan Manuel y don Juan de Lara llanamente estaban declarados

 

 

 

 

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contra el rey, otros de secreto y con sagacidad le eran contrarios, como eran don Pedro de Castro y don Juan Alfonso de Alburquerque, hijo de Hernán Sánchez y nieto del rey Dionisio de Portugal. El principal y cabeza de los demás era don Juan de Haro, señor de los Cameros. Estos todos llevaban tras sí gran parte del reino.

 

Los nuevos reyes de Navarra este mismo año vinieron a Pamplona. Allí les fue dada la posesión de aquel reino, pero debajo de estas condiciones: que por espacio de doce años no se batiese nuevo género de moneda, a causa que en aquel tiempo era muy ordinario falsear la moneda y bajarla de ley, costumbre perjudicial y mala, contra la cual hay un decreto del pontífice Juan, que se promulgó en aquel tiempo y anda en las Extravagantes. La segunda condición que en los oficios de la casa real no se admitiesen forasteros, lo mismo cuanto a las tenencias de los castillos. Que no pudiesen vender ni trocar el reino ni enajenar el patrimonio real. Que el primer hijo varón que tuviesen, luego que llegase a edad de veintiún años cumplidos, fuese rey de Navarra y tuviese el mando y gobierno; y que a Filipo, su padre, acudiesen con cien mil coronas para los gastos. Si falleciesen sin hijos, que los tres estados del reino nombrasen rey a su voluntad. De esta suerte los navarros para recibir leyes las dieron al que los había de gobernar. Juraron los reyes estas condiciones, y con tanto fueron coronados y ungidos en la iglesia mayor de aquella ciudad a los 5 días del mes de marzo. Todos los presentes de cualquier suerte, estado y edad, en señal de alegría y regocijo, a voces pedían para sus reyes larga vida y toda buenandanza. Las calles tenían cubiertas de flores y verdura, las paredes vestidas de ricos paños. No quedó género de contento que allí no se mostrase. Parecíales salir de unas escuras tinieblas a una luz muy resplandeciente y clara, y que toda aquella provincia con la venida de sus propios reyes, como después de un largo destierro y a cabo de cincuenta y cinco años que faltaban, era restituida en su antigua grandeza, sosiego y prosperidad. Fueron estos reyes muy dichosos en sucesión. Los hijos Carlos, Felipe y Luis alcanzaron adelante grandes estados; las hijas Juana, María, Blanca y Inés casaron asimismo muy principalmente.

 

Los flamencos a esta misma sazón andaban alterados, ca puesto primeramente en prisión Luis, su conde y señor, después que se libró, le cercaron en Gante. Huyó también del cerco, y acudió al amparo del rey de Francia. Envió él sus embajadores a Flandes sobre el caso, pero no hicieron efecto alguno; llegó el negocio a las armas y a las manos.

 

 

 

 

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Acudieron a esta guerra muchos príncipes, y entre los demás Felipe, rey de Navarra. Juntáronse los dos campos no lejos de la villa de Casel. Hubo algunas escaramuzas, y por el mes de agosto, un día en lo más recio del calor, a tiempo que las guardas y centinelas estaban descuidadas, los flamencos dieron de rebato sobre los reales de Francia, ganaron los baluartes y trincheras sin que les pudiesen ir a la mano, acometieron la tienda del rey, y antes que se pudiesen armar ni subir a caballo, muchos de los franceses fueron pasados a cuchillo. El rey mismo se vio en grande aprieto hasta tanto que acudió gente de la otra parte de los reales. Con esto los flamencos, y por el peso de las armas y calor, que hacía muy grande, desmayaron; y muertos muchos de ellos, los lanzaron de los reales y huyeron. Después de esta victoria todo quedó llano, y el Conde fue restituido en su estado.

 

El de Navarra, concluida la guerra, dio vuelta a su reino, que halló lleno de latrocinios y maldades, a causa de la libertad que por la larga ausencia de los reyes la gente había tomado. Tratóse del remedio; por consejo y parecer de personas principales y de letras se ordenaron y establecieron nuevas leyes con que el pueblo fuese regido y mantenido en justicia y en paz. Estas leyes son las que vulgarmente se llaman del Fuero Nuevo. Dado que hubieron asiento en las cosas de aquel reino, los nuevos reyes se volvieron a Francia con voz de favorecer al rey francés, su deudo y amigo, contra los ingleses, que tornaban con las armas a la demanda del reino. La verdad era que el amor de la patria los aquejaba; las riquezas otrosí de Francia, trajes, vestidos y abundancia les hacía menospreciar la pobreza de Navarra. Dejaron para gobierno del reino a Enrique Soliberto, de nación francés, gran dolor de los naturales por durarles tan poco su alegría y considerar cuán tarde caían en la cuenta y cómo les engañaba su esperanza. ¡Cuán breves son y engañosos los contentos de este mundo! ¡La buenandanza, cuán presto se pasa!

 

 

 

 

XXI. Que la guerra contra los moros se renovó

 

Aquejaban a Castilla por una parte las discordias civiles, por otra el cuidado de la guerra contra los moros. Lo que sobre todo apretaba era la falta de dineros para hacer las provisiones y pagar a los soldados.

 

Juntáronse Cortes del reino en Madrid. En estas Cortes se establecieron algunas notables leyes: una, que en la casa real ninguno tuviese más que un oficio; otra, que sin llamar Cortes no se impusiesen nuevos pechos; tercera, que no se diesen beneficios a los extranjeros. Los pueblos otrosí ofrecieron el dinero necesario para la guerra tanto con mayor voluntad, que los moros por el mismo tiempo se apoderaran de la villa de Priego, que está a la raya de los dos reinos, y era de la orden de Calatrava. No fue necesario derramar sangre, porque el mismo alcaide que la tenía en guarda la entregó.

 

Buscaban algún medio para sosegar a don Juan Manuel y sus consortes, y demás de esto para granjear al rey de Aragón y hacer que acudiese con sus fuerzas en ayuda de esta guerra. Lo uno y lo otro se efectuó, y en particular para reducir a don Juan le restituyeron a doña Costanza, su hija, que hasta entonces la detuvieron en la ciudad de Toro, con que la cuita y la afrenta se doblaba; repudiarla y tenerla como presa. Por otra parte apretaron a Jusef, el judío de Écija, de quien se ha hablado, para que diese cuenta de las rentas reales que tenía a su cargo, todo a propósito de hallar ocasión para derribarle, que no podía faltar. Fue así, que no hizo su descargo bastantemente; con esta color le privaron del cargo de tesorero general. Demás de esto, para adelante ordenaron que a ninguno que no fuese cristiano se encargase aquel oficio. Asimismo que el tesorero no se llamase almojarife, apellido que por ser arábigo era odioso, sino que adelante se nombrase tesorero general; ordenanza que dio satisfacción a todo el reino.

 

El rey de Portugal envió quinientos caballos de socorro; el de Aragón y don Juan Manuel prometieron de hacer entrada en tierra de moros por otra parte. Era don Juan Manuel frontero por la parte de Murcia, y por su teniente Pero López de Ayala. El rey de Castilla, juntado que tuvo su ejército, rompió por la parte del Andalucía en tierra de Granada; puso cerco sobre Teba de Ardales, villa muy fuerte, que fue el año de 1330. Ozmín con seis mil jinetes que su rey le dio estaba alojado en Turrón, tres leguas de Teba, desde donde hacía gran daño a nuestra gente, mayormente cuando salían a hacer forraje o dar agua a los caballos, que por lo demás no se atrevía venir a batalla. En este medio los cristianos ganaron la villa de Pruna; Ozmín cautelosamente envió tres mil caballos al río que allí cerca pasa para dar vista a los enemigos, y por otra parte, cuando la batalla estuviese más trabada apoderarse él de nuestros reales. Fue el rey avisado de este intento. Envió adelante un grueso escuadrón de gente contra los moros, y él con los demás a punto se quedó en el real, que fue engañar una astucia con otra; además que los moros fueron puestos en huida, y los nuestros en su seguimiento con el mismo ímpetu que llevaban entraron por los reales contrarios, que no tenían defensa, saquearon y robaron todas las tiendas y bagaje. Con esto los de Teba, perdida la esperanza de defenderse, por el mes de agosto rindieron la villa, salvas solamente las vidas. Cañete otrosí y Priego sin dilación hicieron lo mismo sin otros muchos castillos y fortalezas.

 

Fue tanto mayor la honra que ganó el rey don Alfonso, que ni el rey de Aragón ni don Juan Manuel ayudaron, como prometieron, por su parte. El uno aún no andaba bien llano, el otro se excusaba con los genoveses, que le alborotaban la isla de Cerdeña, a que le era forzoso acudir; demás de esto el socorro de Portugal se era tornado a su tierra. Todo esto fue ocasión de nuevo desabrimiento, en especial contra don Juan Manuel y sus aliados, y de tomar asiento con los moros, como se hizo a la primavera, debajo que cada un año pagasen de tributo doce mil ducados. Esto asentado, se dio lugar al comercio y trato de una parte a otra y saca a los moros de trigo y otras provisiones de Castilla.

 

Todo lo cual se efectuó con tanta mayor voluntad, que el rey en Sevilla, do se concertaron las paces, se comenzaba a entregar a doña Leonor de Guzmán de tal suerte, que la tenía y trataba como si fuera su legítima mujer. Esta señora en linaje, apostura y riquezas se pudiera tener por dichosa; su padre fue Pero Núñez de Guzmán, su marido Juan de Velasco, que poco antes falleciera; con la conversación del rey más fama ganó que loa. De este trato tuvo mucha generación, y en particular un hijo, que después de su muerte y después de grandes trances últimamente vino a ser rey.

El capitán Ozmín falleció en la ciudad de Granada; dejó dos hijos, Abraham y Abucebet. El rey moro, privado de tal amparo y consejo y con deseo de intentar nuevas esperanzas, pasó en Berbería para traer dende nuevas gentes y dar principio a una nueva guerra, brava y sangrienta, cual fue la que adelante se encendió en España, según que en el libro siguiente se declara.

 

 

 

 

 

 

 

 

JUAN DE MARIANA (Talavera de la Reina, España, 1536 - Toledo, España, 1624) fue jesuita, teólogo e historiador. Hijo ilegítimo, estudió Artes y Teología en Alcalá de Henares y muy pronto entró en la Compañía de Jesús.

 

Fue un escritor brillante y un profesor admirado, dando clases en Roma y París antes de retirarse a Toledo para dedicarse a su obra, que fue extensa y polémica.

 

Escribió una Historia general de España, publicada en latín en 1592 y posteriormente traducida por el propio autor al castellano, que se convirtió en un gran éxito y en la obra de referencia sobre la historia española durante siglos.

 

En 1598 publicó De rege et regis institutione, un controvertido tratado político que fue quemado en París por su defensa del tiranicidio.

 

La publicación del Tratado y discurso sobre la moneda de vellón, en 1609, le supuso la persecución por parte de las autoridades españolas. En él, denunciaba la costumbre de disminuir el contenido de metal noble en las monedas para poder aumentar el número de éstas en circulación y proporcionar así más recursos al Estado.

 

Por sus escritos y por la influencia de éstos, se lo considera uno de los padres fundadores del liberalismo económico.

 

 

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Sigue TOMO II



FIN

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