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HISTORIA GENERAL DE ESPAÑA
Tomo I
Parte 2
Juan De Mariana
Historia
General De España, Tomo I Parte 2
Juan De Mariana
LIBRO OCTAVO
I. De los principios del reino de Navarra
Después de aquel memorable y triste estrago con que
casi toda España quedó asolada y sujeta por los moros, gente feroz y
desapiadada, de las ruinas del imperio gótico, no de otra manera que de los
materiales y pertrechos de algún grande edificio cuando cae, muchos señoríos se
levantaron, pequeños al principio, de estrechos términos y flacas fuerzas, mas
el tiempo adelante reparadores de la libertad de la patria y excelentes
restauradores de la república trabajada y caída. Poner por escrito el origen y
progreso de todos estos estados y señoríos sería cosa dificultosa y más largo
cuento de lo que sufre la medida y traza de la presente obra. Declarar en breve
los principios, aumentos y sucesos que tuvieron los más principales y más
señalados entre los demás, téngolo por cosa necesaria por andar de aquí
adelante mezcladas sus cosas con las de los reyes de León. En particular será
necesario tratar de los principados de Navarra, de Aragón, de Barcelona y de
los condes de Castilla.
Las reliquias de los españoles que escaparon de
aquel fuego y de aquel naufragio común y miserable, echadas de sus moradas
antiguas, parte se recogieron a las Asturias, de que resultó el reino de León,
de que hasta aquí se ha hablado. Otra parte se encerró en los montes Pirineos
en sus cumbres y aspereza, do moran y tienen su asiento los vizcaínos y
navarros, los jacetanos, urgelitanos y los ceretanos, que son al presente
Ribagorza, Sobrarbe, Urgel y Cerdaña. Éstos, confiados en la fortaleza y
fragura de aquellos lugares, no sólo defendieron su libertad, sino trataron y
acometieron también de ayudar a lo demás de España; varones sin duda excelentes
y de mayor ánimo que fuerzas. Los tales creo yo pusieron su confianza en la
ayuda de Dios, pues contra tantas dificultades ninguna prudencia era bastante.
La ocasión para intentarlo no fue muy grande. Un
cierto hombre religioso y ermitaño, por nombre Juan, con deseo de vida más
sosegada, hizo su morada en el monte de Oroel, no lejos de la ciudad de Jaca, y
para los oficios divinos levantó en un peñol una capilla con advocación de san
Juan Bautista. La fama de la santidad de este hombre comenzó a volar por todas
partes. Juntáronsele cuatro compañeros, deseosos de imitar y seguir
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la vida que hacía. Asimismo muchas gentes de los
lugares comarcanos acudían a visitarle con intento de aplacar a Dios por medio
de las oraciones de este santo varón, al cual, mientras que vivió, ayudaron con
muchas buenas obras y limosnas que le hacían, y después de muerto se juntaron
los de aquella comarca a hacerle las honras. Acudió gran número de gente; entre
estos, seiscientos hombres nobles de propósito se juntaron, o convidados de la
soledad del lugar, comenzaron a tratar y consultar entre sí del remedio de la
república y de sacudir la pesada servidumbre de los moros. La fortaleza de los
lugares y sitio les ponía ánimo, y confiaban que si intentaban cosa tan
gloriosa, no les faltarían socorros de Francia; convidábales el ejemplo de los
asturianos, que, con tomar al infante don Pelayo por rey y por caudillo, no
dudaron de tratar cómo ayudarían a la patria ni de irritar las armas de los
moros; cosa que aunque al principio pareció temeridad, el efecto y remate fue
muy saludable.
Habiendo tratado mucho y consultado sobre esto,
pareció sería lo más acertado escoger de entre sí alguna cabeza, con cuya
obediencia y autoridad atados, mejor pudiesen acometer empresa tan grande. Con
esta resolución nombraron a Garci Jiménez por acuerdo común de todos para esto;
porque si bien no era de la sangre de los godos, lo que se entiende por el
nombre que parece más de españoles que de godos, pero sin duda fue muy noble,
de grande y antiguo solar y linaje, señor de Amescua y Abarsusa. Su mujer era doña
Íñiga, de igual nobleza. En el tiempo que sucedió esto no concuerdan los
autores, ni aún consta qué nombre tuviese el reino para que le nombraron ni qué
apellido le dieron. Algunos dicen que se llamó rey de Sobrarbe, otros de
Navarra, los unos y los otros sin argumentos bastantes; y es toda antigüedad
escura, principalmente la de España, a la manera que las corrientes de los ríos
son conocidas, los nacimientos y las fuentes de que proceden y salen no tanto.
Las armas e insignias del nuevo rey, un escudo rojo sin alguna otra pintura.
Ganó algunos pueblos de los moros, y entre ellos a
Aínsa, principal villa de Sobrarbe. La capilla del ermitaño Juan, aumentada y
ensanchada con nuevos edificios que le arrimaron, poco a poco vino a ser
semejable a un edificio real, señalada y noble por los sepulcros de los reyes
antiguos que allí se enterraron. Por los milagros y antigüedad y mucha devoción
de aquella casa de San Juan de la Peña, el rey Garci Jiménez y sus sucesores la
escogieron para su sepultura. Murió este rey el año 758. Sucedióle Garci
Íñiguez, dicho así de los nombres de su padre y de su madre, príncipe
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verdaderamente grande y de felicidad señalada, pues
por el esfuerzo de este rey de Navarra, que entre las armas e imperio de los
franceses y moros andaba en balanzas, fue sujetada y quedó en perpetua posesión
de estos reyes. Pasó con las armas hasta aquella parte de Vizcaya que se llama
Álava.
En tiempo de este rey otrosí tuvieron principio los
condados de Aragón y Barcelona. El de Aragón con esta ocasión. Aznar, hijo de
Eudón el Grande, venido que fue a aquellos lugares que bañan los ríos Aragón o
Arga y Subordán, y ganado que hubo algunos pueblos de los moros, con voluntad
del rey don García se llamó conde de Aragón, comarca por entonces sujeta a los
reyes de Navarra, después exenta, como en su lugar se declarará. Su hijo se
dijo también Aznar; su nieto Galindo, de cuyos hechos no hay cosa que de contar
sea. Muerto Galindo, sucedió en aquel condado Jimeno Aznar. Lo de Barcelona
sucedió de esta manera. Ganóse Barcelona por las armas de Ludovico Pío, que
adelante fue emperador, y a la sazón era vivo Carlomagno, su padre. Dejó por
gobernador de aquella ciudad a Bernardo, de nación francés, el año de 801. De
aquí tuvo principio el señorío de Barcelona y los condes, que en aquella parte
de España alcanzaron gran poder.
Este año pasado, y venido el siguiente, falleció el
rey de Navarra Garci Íñiguez. Sucedióle Fortún García, su hijo, de cuyas
hazañas los historiadores navarros cuentan grandes cosas y casi increíbles. Lo
que se tiene por cierto es que se halló en aquella batalla memorable de
Roncesvalles, do la nobleza de Francia pereció a manos de los nuestros y quedó
vencido en la pelea Carlomagno, emperador y general en aquella jornada. De la
alegría de aquella victoria no poco se quitó por la muerte de Jimeno Aznar, conde
de Aragón, que en aquella batalla pereció por haberse adelantado y con deseo de
mostrar su esfuerzo metióse muy adelante entre los enemigos sin hacer caso de
la muerte. Fue tanto mayor el lloro, que su hermana Teuda estaba casada con el
rey Fortún. Al conde Jimeno Aznar sucedió Jimeno García o Garcés, su tío, sin
hacer cuenta de Endregoto, hermano del difunto, que parece tenía mejor derecho
que el tío para heredar aquel estado; la causa no se sabe; por ventura la edad
no era a propósito para encargarle el gobierno. Murió el rey Fortún el año 815;
dejó por sucesor suyo a Sancho García, su hijo, que tenía en su mujer. En
tiempo de este rey los de Valderroncal, por lo mucho que trabajaron en la
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guerra de los moros, fueron libertados de tributos,
como se ve por un privilegio que muestran de este tiempo y de este rey.
Bernardo, conde de Barcelona, a quien algunos
llaman marqués, como fuese acusado por aquellos que eran tutores de Bernardo,
nieto de Carlomagno, hijo de su hijo Pipino, de cometer adulterio con la
Emperatriz, mujer del emperador Ludovico, y por tanto haber caído en alevosía,
movido del dolor de esta calumnia, de Francia, do era ido, se volvió en España,
do tenía grande autoridad y muchos aliados que en el tiempo pasado ganara.
Falleció el año 839; y por su muerte Wifredo, primero de este nombre entre los
condes de Barcelona, hubo aquel principado por merced de Ludovico Pío, no por
juro de heredad por entonces, sino a voluntad del Emperador y por tiempo
determinado o mientras que viviese, como se usaba en los demás gobiernos.
Era señor de Aragón por el mismo tiempo García
Aznar, sucesor de su padre Jimeno García o Garcés, que por este tiempo había
fallecido, en la misma sazón que con las armas del rey Sancho García los
navarros, que de la otra parte de los Pirineos estaban sujetos al imperio
francés, fueron trabajados, y no los dejó antes sosegar que jurasen de guardar
y tener perpetua amistad con los reyes de Sobrarbe. Dícese que le mataron en la
guerra de Muza, aquel de quien arriba se dijo haberse rebelado contra Mahomad,
rey de Córdoba, que fue por los años del Señor de 853.
Después del rey don Sancho cierto autor nombra a
don Jimeno García, su hijo. En los archivos del monasterio de San Salvador de
Leire, que está en Navarra, metido y situado dentro en los montes Pirineos, se
dice que está allí sepultado con su mujer Munia, sin decir otra cosa. A estos
papeles, comoquier que carezcan de mayor luz de historia y seguridad, cuánta fe
se haya de dar, cada uno por sí mismo lo juzgue; que no nos pareció
determinarnos por la una ni por la otra parte. Muertos estos reyes, faltó la
línea de la familia real, por donde se siguió una vacante de cuatro años; en el
cual tiempo, antes que las voluntades de los naturales viniesen y se
conformasen en uno, a quien nombrasen por rey y le pusiesen por gobernador de
la república, los más escritores navarros dicen que, comunicado el negocio con
el pontífice romano, que parece fue León, cuarto de este nombre, con los
franceses y los lombardos, por su consejo tomaron de las leyes de aquellas
naciones lo que juzgaron ser a propósito para mantenerse en libertad. El mayor
cuidado era que en ningún tiempo los reyes pudiesen usar mal del poder que les
daban para oprimir los
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vasallos. Escribiéronse las leyes que vulgarmente
se llaman los Fueros de Sobrarbe, cuya fuerza principalmente está y se endereza
a que, pues ellos pensaban dar al nuevo rey lo que de moros se ganara, que
tomado el poder y mando, ninguna cosa de mayor momento pensase que le era
lícito determinar sin consejo y voluntad de doce hombres nobles que para este
propósito se nombraron, ni disminuyese el derecho de la libertad, y que lo que
se ganase de los moros fielmente lo dividiese con la nobleza. Para que todo esto
fuese más firme, pareció crear un magistrado a la manera de los tribunos de
Roma, que en este tiempo se llama vulgarmente el justicia de Aragón; cargo que,
armado de las leyes, autoridad y afición del pueblo, hasta ahora ha tenido el
poder del rey cerrado dentro de ciertos límites para que no viniese en demasía;
y a los nobles principalmente se dio por entonces que no les fuese imputado a
mal si alguna vez hiciesen entre sí juntas para defender su libertad sin que el
rey lo supiese. Mas estos y otros privilegios del rey don Alfonso el Tercero en
este propósito, fueron por Cortes generales revocados en tiempo del rey don
Pedro, el postrero de Aragón.
Ordenadas las cosas en esta forma, Íñigo Sánchez,
conde de Bigorra, señorío que está en la Aquitania o Guyena, llamado por su
ligereza por sobrenombre Arista, fue nombrado por rey por voto de trecientos
nobles que se juntaron; y como hubiese en Pamplona, en la iglesia de San
Victorián, jurado los derechos, leyes y libertad de sus vasallos, le fue dado
el gobierno y el mando. Añaden que dio poder a sus vasallos que si quebrantase
lo que tenía prometido pudiesen llamar y llamasen en defensa de su libertad al rey
que quisiesen, moro o cristiano; pero que el pueblo, lo que tocaba llamar a los
moros, por ser cosa torpe no lo aceptó. Todas estas cosas, que no sólo el
vulgo, sino algunos hombres eruditos las tienen por averiguadas, otros las
tienen por fábulas, y piensan antes que el rey Arista sucedió a su padre el rey
pasado. Porque ¿qué causa bastante hubo para hacer nuevas leyes y establecer
aquel nuevo magistrado? O ¿cómo pudieron comunicar esto con los lombardos, cuya
nación años antes sujetó y oprimió el poder de Carlomagno? No hay para qué
adivinar en cosa tan dudosa; por ventura lo que sucedió en la elección de don
Garci Jiménez, primer rey de Sobrarbe, el vulgo de los historiadores, por
ignorancia de los tiempos, lo aplicó al rey Íñigo Arista, que pensaban ser el
primero de aquellos reyes.
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Esto consta, que el rey don Íñigo Arista por este
tiempo tuvo el reino en los montes Pirineos, y por mujer a doña Íñiga, hija del
conde Gonzalo, de la sangre de los reyes de Oviedo. También se casó con Teuda,
hija de Zenón, duque de Vizcaya, como se tocó en otro lugar. Tuvo un solo hijo,
no se sabe de qué matrimonio; pero llamóse Garci Íñiguez, y sucedióle en el
reino. El monasterio de San Salvador de Leire, asentado entre los montes
Pirineos, y que por su devoción, majestad de edificio y por sus gruesas rentas
es muy principal, se tiene por obra y fundación del rey Arista. En aquel
monasterio están los cuerpos de las vírgenes Nunilón y Alodia, que no muchos
años después de este tiempo fueron muertas por la fe en un lugar llamado Bosca,
cerca de Nájera; otros dicen en Huéscar, la que está cerca de Baza. Verdad es
que la ciudad de Bolonia, en la Lombardía, se atribuye la posesión de estas
santas reliquias; pero hace contra esto un privilegio que se guarda en los
archivos de aquel monasterio; y la vecindad de los lugares donde fueron muertas
ayuda a esta opinión y a creer que sus reliquias están en aquel convento, a lo
menos grande parte. Extendió el rey Arista los términos de su reino, añadió a
lo que antes tenía, y ganó lo llano de Navarra, como quier que los reyes
pasados se hubiesen estado hasta este tiempo dentro los montes. Pamplona y
Álava, que con la revuelta de los tiempos volvieran a poder de los moros, por
sus armas se recobraron. Así, se llamó rey de Pamplona, como se muestra por los
privilegios de estos reyes.
En el mismo tiempo Wifredo, llamado el Velloso,
hijo del otro Wifredo, alcanzó el condado de Barcelona por juro de heredad por
merced de Carlos, emperador, llamado el Craso, con retención solamente para sí
del derecho de las apelaciones, que fue el año de 884, después que por mandado
del emperador Ludovico II, a causa de la tierna edad de este Wifredo, Salomón,
conde de Cerdaña, gobernó aquella ciudad y estado por espacio de diez y nueve
años. Hijos de este Wifredo, entre otros, fueron Miro, conde de Barcelona, y
Seniofredo, conde de Urgel, que adelante en estos estados sucedieron a su
padre.
Por el mismo tiempo falleció García Aznar, conde de
Aragón. Sucedióle su hijo Jimeno García. Del año en que murió el rey Íñigo
Arista hay diferencia entre los autores, sin que se pueda averiguar la verdad
con seguridad. Sospechamos, empero, lo que parece pedir la razón de los
tiempos, que falleció en el que reinó en las Asturias don Alfonso, rey de
Oviedo, llamado el Magno, cerca de los años del Señor de 888. Sucedióle
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su hijo Garci Jiménez, que era menor de edad y
tenía a la sazón solos diecisiete años; pero en grandeza de ánimo y en las
cosas que hizo en tiempo de paz y de guerra no reconoció ventaja a ninguno de
los reyes sus antepasados; porque, llegado a mayor edad, ganó grande
reputación, y la conservó con muchas victorias que ganó de los enemigos del
nombre cristiano y batallas que dio, que la brevedad que llevamos no sufre que
se relaten por menudo. Su mujer se llamó Urraca, hija o hermana de Fortún
Jiménez, conde de Aragón. Digo esto porque los autores asimismo no van
conformes en esto, en tanto grado, que algunos la hacen sólo parienta de
Fortún, nieta de Galindo e hija de Endregoto, aquel de quien se dijo que su tío
Jimeno García le usurpó el señorío de Aragón. Lo que se averigua es que este
rey de Navarra tuvo en su mujer dos hijos, que se llamaron, el uno Fortún y el
otro Sancho, por sobrenombre Abarca, y una hija, llamada Sanctiva, que casó con
don Ordoño, rey de León, siendo ya viejo, y que estuvo antes casado otras dos
veces, como queda dicho en el libro pasado. Este rey de Navarra murió a manos
de los moros en un encuentro que con ellos tuvo en el valle de Aivar (el
arzobispo don Rodrigo le llama Larumbe), ca hizo muchas veces entradas en
tierra de moros con intento de ensanchar su reino y deseo muy encendido que
tenía de extirpar toda la morisma de España. Fue su muerte el año de 903, como
se entiende del Cronicón albeldense.
Sucediéronle en el reinado sus dos hijos, primero
Fortún, y después don Sancho, en cuyo tiempo, según que se dijo al fin del
libro pasado, los nuestros perdieron aquella famosa jornada del valle de
Junquera. El monasterio de San Salvador de Leire pretende que el rey don Garci
Íñiguez está allí sepultado; contradicen los de San Juan de la Peña por causa
de un sepulcro o lucillo que allí se ve entre los otros sepulcros de los reyes
pasados con nombre del rey Garci Íñiguez. Para determinar este pleito ni tenemos
tiempo ni lugar, ni creo yo que nadie podría averiguar la verdad. Sospecho que
la ocasión de esta y semejantes diversidades se tomó de diferentes sepulcros
que pusieron a estos reyes por memoria en diversos lugares sin tener allí sus
cuerpos, aquellos que a hacerlo se tenían por obligados por alguna merced de
ellos recibida, como se acostumbra también en nuestro tiempo. Esto baste por el
presente de los principios del reino de Navarra.
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II. De los condes de Castilla
Los romanos antiguamente llamaban Vaceos por la
mayor parte a aquella comarca de España que llamamos Castilla la Vieja y parte
términos con el reino de León por los ríos Carrión, Pisuerga, Heva y Regamón;
por otra parte toca las tierras de Asturias, Vizcaya y Rioja; hacia mediodía
tiene por aledaños los montes de Segovia y Ávila, do casi por estos tiempos se
remataba el señorío de los moros por una parte, y por la otra el de los
cristianos. Los campos son fértiles de pan llevar, producen vino muy bueno, son
a propósito para los ganados; pero por la mayor parte tienen falta de aceite,
alguna más abundancia de agua que en lo demás de España, así de lluvias como de
fuentes y ríos. La gente de mansos y grandes ingenios, buenos y sin doblez, de
cuerpos sanos, de rostros hermosos; demás de esto, son sufridores de trabajo.
En aquella provincia, dado que al principio no la
poseyeron toda, algunos señores, poderosos en riquezas y vasallos, comenzaron a
defender sus fronteras de los moros con esfuerzo y con las armas y de cada día
ensanchar más su señorío. Llamábanse condes por permisión, a lo que se
entiende, de los reyes de Oviedo; verdad es que no se sabe si el tal apellido
era nombre de principado o solamente significaba gobierno. Por lo menos tenían
obligación de acudir a los dichos reyes, si se levantaba alguna guerra, con sus
armas y vasallos; y si se juntaban Cortes del reino, de hallarse en ellas
presentes. En los tiempos antiguos se acostumbró llamar condes a los
gobernadores de las provincias, y aún les señalaban el número de los años que
les había de durar el mando. El tiempo adelante, por merced o franqueza de los
reyes, comenzó aquella honra y mando a continuarse por toda la vida del que
gobernaba, y últimamente a pasar a sus descendientes por juro de heredad. Algún
rastro de esta antigüedad queda en España, en que los señores titulados,
después de la muerte de sus padres, no toman los apellidos de sus casas ni se
firman duques, marqueses o condes antes que el rey se lo llame y venga en ello,
fuera de pocas casas que por especial privilegio hacen lo contrario de esto.
Como quier que todo esto sea averiguado, así bien no se sabe en qué forma ni
por cuánto tiempo los condes de Castilla al principio tuviesen el señorío, mas
es verosímil que su principado tuvo los mismos principios, progresos y aumentos
que los demás sus semejantes tuvieron por todas las provincias de cristianos, a
los cuates no reconocía ventaja ni en grandeza ni aún casi
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en antigüedad, porque hay muy antigua mención de
condes de Castilla, y en este número por los privilegios de los reyes antigues
se puede contar por primero el conde don Rodrigo, que floreció en el tiempo del
rey don Alfonso el Casto.
En el númera de los años y de las datas no hay para
qué cansarse, porque tengo por averiguado está estragado en los más de los
privilegios antiguos. Después de don Rodrigo las personas más diligentes en
rastrear las antigüedades de España ponen a don Diego Porcellos, hijo que fue
del pasado, como lo señala en particular el Cronicón albeldense. Éste vivió en
tiempo de don Alfonso el Magno, rey de Oviedo, por cuanto se puede conjeturar
de memorias antiguas. Dio por mujer una hija suya, llamada Sulla Bella, a Nuño
Belchides, que era de nación alemán, y por su devoción era venido en romería a
España y a Santiago. Este caballero, con deseo de adelantar las cosas de los
cristianos, habiéndose emparentado con el conde don Diego, junto con él fundó
la nobilísima ciudad de Burgos para que la gente que estaba esparcida y
derramada por las aldeas hiciese un cuerpo y forma de ciudad; de que tomó el
nombre de Burgos, porque los alemanes llaman burgos a las aldeas.
Había demás de don Diego Porcellos en el mismo
tiempo otros condes de Castilla, por estar, a lo que parece, aquella provincia
dividida en muchos señores, como fueron Fernando Anzules, Almondar (llamado el
Blanco), y su hijo de este, llamado don Diego. Mas entre todos el de mayor
autoridad y poder era Nuño Fernández, en tanto grado, que vino a tener por
yerno al hermano de don Ordoño, el segundo rey de León, por nombre don García,
que fue también rey. Por esto, y porque por las armas forzó a don Alfonso el Magno,
su consuegro, a renunciar el reino, tenía más presunción que don Ordoño pudiese
sufrir, como enemigo que era de toda insolencia y altivez. Fuera de esto,
malsines atizaban el fuego y avivaban el disgusto, cuales hay muchos en las
casas de los príncipes, que tienen costumbre de subir a los más altos grados,
no por alguna virtud suya, sino derribando los que les están delante, maña muy
mala, pero hollada y seguida por los prósperos sucesos que por este camino
muchos han tenido.
Con los aguijones de este odio movido el Rey, llamó
los condes a su corte. Fingió que quería con ellos comunicar los negocios más
graves del reino. Señalóse para la junta un pueblo llamado Regular, situado en
medio del camino y a los confines de los señoríos de Castilla y de León.
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Acudieron el día señalado los condes sin guarda
bastante de soldados, por venir sobre seguro y confiados en la buena conciencia
que tenían. Echáronles deslealmente mano por mandado del rey, y fueron enviados
en prisiones a la ciudad de León. El dolor que las ciudades y lugares de
Castilla concibieron, gravísimo por esta causa, se acrecentó grandemente con el
aviso que dentro de pocos días sobrevino de la muerte impía y cruel dada a los
condes. Temía el rey don Ordoño nuevas alteraciones y que aquellas gentes se
resolverían de acudir a las armas para tomar enmienda de aquel agravio;
apercebíase para la guerra, juntaba soldados, armas y caballos cuando sobrevino
su fin. Falleció en Zamora de su enfermedad año de nuestra salvación de 923;
fue sepultado en León en la iglesia de Nuestra Señora, que él mismo hiciera
consagrar, como queda arriba apuntado, hiciéronle las exequias como a rey con
grande solemnidad y aparato.
En este tiempo, por muerte de Sisnando, obispo de
Compostela, sucedió en aquella iglesia Gündesindo, hombre principal, hijo de
cierto conde, pero que oscurecía con sus malas costumbres y afeaba la nobleza
de su linaje. Muerto este, fue puesto en su lugar Ermigildo, igual en la
nobleza al pasado y muy semejable en las costumbres y vida. De Nuño Belchides y
de Sulla Bella, su mujer, nacieron dos hijos, Nuño Rasura y Gustio González.
Nuño Rasura fue abuelo del conde Fernán González, a quien nuestras historias suben
hasta las nubes por sus muchas hazañas y valor muy conocido; de Gustio fueron
nietos los infantes de Lara; con que la sangre de don Diego Porcellas, mezclada
con la real, como se dirá en su lugar, anda asimismo ingerida en muchas casas y
linajes principales de España y de fuera de ella, sin que haya faltado sucesión
y linea de sus nietos y descendientes hasta esta nuestra era.
III. De don Fruela el Segundo, rey de León
Muerto que fue el rey don Ordoño, su hermano don
Fruela, segundo de este nombre, sucedió en el reino de León, no por alguna
virtud que en él hubiese ni por voluntad de los grandes o conforme a las leyes,
sino por las armas en que muchos ponen el derecho de reinar. Conforme a los
principios fueron los medios y los cabos. No le duró mucho el poder, reinó
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solos catorce meses. Señalóse solamente en
afrentas, torpeza y crueldad, por lo cual le pusieron el nombre de Cruel.
Forzosa cosa es tema a muchos, a quien muchos temen. La seguridad de los reyes
está en el amor de sus vasallos, y en el odio su perdición. Dio la muerte a los
hijos de un hombre principal, llamado Olmundo, cuyo hermano, llamado Fruminio,
obispo de León, fue forzado a salir en destierro; que por ser persona
eclesiástica no quiso el rey poner en él las manos, dado que no era nada
escrupuloso ni templado.
Tuvo en su mujer Munia a don Alfonso, don Ordoño,
don Ramiro; y fuera de matrimonio a don Fruela, padre de don Pelayo, llamado el
Diácono, con quien casó el tiempo adelante doña Aldonza o Alfonsa, nieta del
rey don Bermudo, llamado el Gotoso. Sepultóse don Fruela en León. Su memoria y
fama quedó afeada, no más por la enfermedad de lepra, de que murió, que por la
cobardía de toda su vida, y por la rebelión y enajenamiento de Castilla que en
su tiempo sucedió. Había alterado las voluntades de los naturales la muerte
indigna de los condes que el rey don Ordoño mandó hacer. Esta pena se
acrecentaba de cada día con nuevos agravios que les hacían, ca les forzaban a
ir a pedir justicia y seguir sus pleitos delante los jueces de León, y cuando
se tenían Cortes generales acudir a ellas. Así, lo que trataban en sus ánimos y
no era fácil ponerlo en ejecución, que era levantarse, tuvieron buena ocasión
de apresurarlo por la poquedad del rey don Fruela; quitáronle públicamente la
obediencia y se le rebelaron. Para dar orden en las cosas y para el gobierno
escogieron dos personas de entre toda la nobleza que tuviesen cargo de todo con
suprema autoridad. Diéronles nombre de jueces, y no títulos de otros
principados más grandes, porque no tomasen ocasión del apellido para oprimir la
libertad.
Fueron nombrados para esto Nuño Rasura y Laín
Calvo, dos varones en aquel tiempo muy nobles y poderosos. Laín era de menos
edad y casado con Nuña Bella, hija de su compañero. A este se dio cuidado de la
guerra por su mucho esfuerzo. A Nuño Rasura, que era persona de grande
experiencia y de prudencia aventajada, encargaron principalmente las cosas del
gobierno y de la justicia, que administraba estando en Burgos, ciudad
principal, las más veces solo, y también en otros pueblos de la provincia. Dos
leguas de Medina de Pomar hay un pueblo llamado Bijudico, y en él un tribunal
de obra muy vieja, en que los naturales, por
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tradición antigua, dicen que estos jueces
acostumbraban a publicar sus leyes y determinar sus pleitos.
Gobernábanse, es a saber, por un antiguo libro y
fuero que contenía las antiguas leyes de Castilla, cuya mención se halla muy
ordinaria en los papeles y memorias de este tiempo, y que tuvo fuerza hasta el
tiempo del rey don Alfonso el Sabio, que le derogó, y en su lugar ordenó las
leyes de Las Partidas. Cuánto tiempo hayan vivido estos jueces no se sabe, ni
aún se tiene bastante noticia de sus hechos. Del linaje de estos dos jueces sin
duda sucedieron hombres muy nobles, muy valientes y señalados, porque Laín
Calvo fue quinto abuelo del Cid Ruy Díaz; hijo de Nuño Rasura fue Gonzalo Nuño,
que tuvo el cargo de su padre, no con menor gloria que él, por ser de ingenio
fácil, de suavidad de costumbres y afabilidad singular, en todas sus cosas muy
curioso. Demás de esto, acordó e hizo que los hijos de los nobles se criasen y
amaestrasen en su palacio, que era como un seminario y plantel de varones
señalados en paz y en guerra; por la cual liberalidad ganó grandemente las
voluntades de toda la provincia. Su mujer se llamó doña Jimena, hija del conde
Nuño Fernández, que fue con los demás condes de Castilla muerto por el rey don
Ordoño.
De este matrimonio nació el conde Fernán González,
por la gloria de sus virtudes y proezas, y en particular por la grande
constancia que mostró en tanta variedad de cosas como por él pasaron, igual a
cualquiera de los antiguos caudillos y príncipes. Pero del conde Fernán
González se tratará luego en su lugar. Volvamos al cuento de los reyes.
IV. De don Sancho Abarca, rey de Navarra
Cosa averiguada y cierta es que las historias de
Navarra están llenas de muchas fábulas y consejas, en tanto grado, que ninguna
persona lo podrá negar que tenga alguna noticia de la antigüedad. Paréceme a mi
que los historiadores de aquella nación siguieron el afecto e inclinación
vulgar que muchos tienen de hermosear su narración con monstruosas mentiras de
cosas increíbles y con patrañas. Por donde la historia, cuya principal virtud
consiste en la verdad, viene a hacerse y ser semejante a los libros de caballerías,
compuestos de fábulas y mentiras, en que hombres ociosos y vanos se entretienen
y en ellos gastan su tiempo, falta que en todo lo
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demás de la historia se echa de ver, mas en lo que
toca a este tiempo son las invenciones más evidentes y claras, cuando muerto
por los moros en un rebato el rey Garci Íñiguez, fingen que sucedió lo mismo a
su mujer doña Urraca, que estaba preñada, y dicen quedó en el campo muerta, o
en el mismo o en diferente trance y tiempo; que es cosa mas fácil maravillarse
que los autores se diferencien en la mentira que entender y averiguar la
verdad.
Concuerdan empero en que un caballero, por nombre
Sancho de Guevara, como sobreviniese y mirase lo que pasaba, vio al infante que
sacaba el brazo por una de las heridas de la madre que muerta quedó; acordó de
abrir el vientre de la madre y sacar de él al niño; crióle secretamente en su
casa hasta tanto que tuvo buena edad. No sé qué espantajos se temía, pues para
mayor secreto dicen que le traía vestido de aldeano, y por calzado unas
abarcas, de donde le dieron el sobrenombre de Abarca. Añaden últimamente que
pasados diez y nueve años de vacante, como la gente tratase de nombrar rey, le
trajo a las Cortes. Allí, averiguado el caso y sabida la verdad, con grande
voluntad de todos le fue dado el reino y la corona, teniendo todos por muy
alegre agüero y pronóstico para adelante que Dios le hubiese guardado de tantos
peligros, y persuadiéndose que conforme a tan maravillosos principios serían
los medios y fines. Pero esto, que muy hermosamente se dice, muchos lo tienen
por falso, personas de mayor prudencia y erudición, y no concuerdan las
memorias y privilegios antiguos; ni aún la razón de los tiempos da lugar a que
don Sancho Abarca naciese después de la muerte de su padre, pues tuvo por
yernos a don Alfonso y don Ramiro, reyes de León, que vivieron y reinaron poco
adelante; antes entiendo que era ya de buena edad cuando murió su padre, y que
tomó luego la corona; dado que de los archivos y papeles del monasterio de San
Salvador de Leire aquellos monjes sacan que Fortún, hermano mayor de este rey
don Sancho, tuvo primero que él aquel reino por algún poco de tiempo. Si es
verdad o mentira no lo sabría decir; pero afirman que, dejado el reino, creo
por estar cansado de las cosas del mundo, tomó el hábito de monje en aquel
monasterio.
La verdad es que este don Sancho tuvo en su mujer
Teuda a Garci Sánchez el mayorazgo, y después de él a Ramiro y a Gonzalo y a
Fernando, demás de esto cinco hijas, que fueron sus nombres Urraca, Teresa,
María, Sancha y Blanca. Esta postrera dicen algunos que casó con
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don Nuño, señor de Vizcaya; otros lo contradicen,
movidos de que por aquel tiempo no se halla que ninguno de aquel nombre haya
tenido aquel señorío y estado. Fue este príncipe dichoso, no sólo por los
muchos hijos que tuvo, sino esclarecido por las armas, porque con su valor y
esfuerzo todo lo que por la revuelta de los tiempos se perdió en Sobrarbe y
Ribagorza, se recobró de los moros; y no sólo hizo esto, mas ensanchó mucho los
antiguos términos de aquel señorío hasta ganar y sujetar a su corona la Vizcaya
o Cantabria y todo lo que se extiende por las riberas del río Duero hasta su
nacimiento y los montes Doca, y hacia mediodía hasta Tudela y Huesca. Demás de
esto, da muestra que llegó con el discurso de sus victorias a Zaragoza un
castillo que está situado cerca de aquella ciudad, con nombre de Sancho Abarca;
y aún no contento con los términos de España, pasados los Pirineos, en Francia
sujetó aquella parte de los vascones y Navarra que largo tiempo poseyeron
aquellos reyes, y hoy es la tierra de vascos.
Estaba el Rey embarazado en esta guerra de la otra
parte de los montes; los moros, por pensar que por los fríos del invierno no
podría venir al socorro, se pusieron sobre Pamplona. Don Sancho, avisado del
peligro, hizo pasar los montes a los soldados con abarcas por causa del frío; y
ésta fue la verdadera causa de haberle llamado Abarca, a la manera que sucedió
en los nombres de Calígula y Caracalla, emperadores romanos, por semejante
ocasión. Fue cosa fácil al que venció la naturaleza y el tiempo vencer también
en batalla a los enemigos y forzarlos a que alzasen el cerco, como lo hizo. En
todas estas guerras se alaba sobre todos la valentía de un capitán llamado
Centullo, hombre sagaz, animoso y denodado.
Había con esto el rey don Sancho ganado gran
gloria, si no afeara en gran parte su nombre con volver las armas contra
Castilla, cosa que demás de la nota a él acarreó mal y daño, como se verá poco
adelante.
V. De don Alfonso el Cuarto y don Ramiro el
Segundo, reyes de León
Don Alfonso, cuarto de este nombre, llamado el
Monje, el reino que don Fruela a tuerto le quitara, después de su muerte le
recobró, año de 924.
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Don Lucas de Tuy dice que don Alfonso fue hijo del
mismo rey don Fruela, contra lo que sienten otras personas de mayor diligencia
y autoridad, que dicen fue hijo del rey don Ordoño el Segundo.
En tiempo de este rey partió de esta vida Juan,
prelado de Toledo, año del Señor de 926, sucesor que fue de Wistremiro y de
Bonito, y él por si ilustre ejemplo de la santidad antigua. En su lugar no
sucedió algún otro, por vedar, como se entiende, los bárbaros que alguno en
aquellas revueltas fuese elegido y puesto en lugar que pudiese gobernar y
ayudar las cosas de los cristianos. Sólo los demás sacerdotes, con deseo de
tener paz entre sí por una manera de concordia, daban el primer lugar al cura
de Santa Justa y obedecían a sus mandatos; estado en que se conservaron hasta
tanto que Toledo volvió a poder de cristianos.
En el mismo tiempo volaba por el mundo la fama de
Fernán González, conde de Castilla. El nombre y título de conde, porque su
padre solamente tuvo nombre de juez, no se sabe si lo tomó con consentimiento
de los reyes de León, o lo que parece mas verosímil, por voluntad de sus
vasallos, que le quisieron honrar por esta manera, maravillados de las
excelentes virtudes de tan gran varón. Señalóse en la justicia y mansedumbre,
celo de la religión y en el gran ejercicio que tuvo y larga experiencia en las
cosas de la guerra, virtudes con que no sólo defendió los antiguos términos de
su señorío, sino demás de esto hizo que los del reino de León se estrechasen y
retrajesen de la otra parte del río de Pisuerga. Ganó de los moros ciudades y
pueblos, castigó la insolencia de los navarros con la muerte de su rey don
Sancho Abarca.
Tenían los navarros costumbre de hacer mal y daño
en las tierras de Castilla; no contentos con esto, maltrataron de palabra con
amenazas y denuestos a los embajadores que les envió a pedir enmienda de lo
hecho. Pasaron en esto tan adelante y las demasías fueron tales, que se tuvo
por abierta la guerra. El conde, que no sufría insolencias ni demasías, hizo
con sus gentes entrada y rompió por las tierras del navarro; las talas y presas
eran grandes. Acudió el enemigo a la defensa; juntáronse las fuerzas y gentes
de ambas partes cerca de un lugar llamado Gollanda. Diose la batalla de poder a
poder, en que perecieron muchos de los unos y de los otros, sin declararse la
victoria por gran espacio. Finalmente, en lo más recio de la pelea los
generales se desafiaron y combatieron entre sí. Encontráronse con las lanzas;
los golpes fueron tan grandes, que ambos cayeron en tierra; el rey con una
mortal herida, el conde aunque
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gravemente herido, pero sin peligro de la vida.
Animáronse con esto los soldados de Castilla, y con tal denuedo cargaron sobre
los enemigos, que en breve quedó por ellos el campo. Sobrevino a la sazón el
conde de Tolosa con sus gentes en socorro de los navarros. Recogió a los que
huían, y vueltos a las puñadas, tornóse a encender la batalla. Sucedió lo mismo
que antes, que los condes se encontraron entre sí de persona a persona; cayó de
un bote de lanza en aquel combate muerto el de Tolosa, con que los navarros
quedaron de todo punto vencidos y puestos en huida.
Los cuerpos del rey y del conde, con licencia del
vencedor fueron llevados a sus tierras y honradamente sepultados. Sobre la
sepultara de don Sancho Abarca hay pleito entre los monjes de San Juan de la
Peña y los de San Salvador de Leire, que cada cual de las dos partes pretende
le sepultaron en su monasterio, el cual no hoy para qué determinar en este
lugar. Sólo entiendo que don Sancho Abarca murió al principio del reinado del
rey don Alfonso el Magno, año de nuestra salvación de 926, después que reinó por
espacio de veinte años enteros.
Sucedió en el reino don Garci Sánchez, su hijo, de
quien hallo que se llamaba rey de Pamplona y de Nájera. Reinó cuarenta años; su
mujer se llamó doña Teresa. Esto en Navarra.
El rey don Alfonso de León fue en sus costumbres
más semejante a don Fruela que a su padre. Ninguna virtud se cuenta de él,
ninguna empresa, ninguna provincia sujetada por guerra y allegada a su señorío.
El odio de los suyos por esta misma causa se encendió contra el de tal suerte,
que, cansado con el peso del gobierno, se determinó de renunciar el reino a su
hermano don Ramiro. Llamóle con este intento a Zamora el año del Señor de 931 y
de su reinado seis y medio. Diole el cetro de su mano, resuelto de descargarse
de cuidados y de mudar la vida de príncipe con la de particular y de monje. En
el monasterio de Sahagún, puesto a la ribera del río Cea, tomó el hábito sin
cuidar ni de lo que las gentes podían pensar de aquel hecho, ni de su hijo don
Ordoño, habido en doña Urraca Jiménez, hija de don Sancho Abarca, rey de
Navarra, que quedaba en su tierna edad desamparado de ayuda y a propósito para
que le hiciesen cualquier agravio. El principio bueno fue; el tiempo, que
aclara los intentos, dio a entender que más se movió por liviandad que por otro
buen respeto.
Doña Teresa, hermana de la reina doña Urraca, casó
con el nuevo rey don Ramiro; de ella nacieron don Bermudo, don Ordoño, don
Sancho y doña Elvira. Don Ramiro, encargado que se hubo del reino, luego tornó
a
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renovar la guerra de los moros. Entendía como varón
prudente que con ninguna cosa más podía ganar las voluntades de los suyos ni
hacer mayor servicio a Dios que en perseguir a los enemigos del nombre
cristiano; pero la inconstancia de don Alfonso puso impedimento a tan santos
intentos, porque con la misma ligereza con que la había tomado dejó aquella
manera de vida y se comenzó a llamar rey. Para atajar los males que podían
resultar de estos principios, don Ramiro a la hora revolvió contra León, do su
hermano estaba. Allí le cercó, y vencido de la hambre y de la falta de todas
las cosas le forzó a rendirse. En aquella ciudad fue puesto en prisión, sin por
entonces hacer en él mayor castigo, a causa que los hijos del rey don Fruela,
segundo de este nombre, andaban alterados en Asturias, y forzaban a don Ramiro
a ir allá.
La ocasión de alterarse no era la misma a los
capitanes y al pueblo. Los hijos de don Fruela se quejaban de haber sido
despreciados por el Rey, pues no los llamó a las Cortes en que don Alfonso
renunció el reino. Los asturianos se alteraron por afición que tenían a don
Alfonso y llevar mal que tratase de dejar el gobierno. Eran muchos los
levantados, y más por miedo del castigo que por voluntad o esperanza de salir
con la victoria, tomaron por cabezas a los hijos de don Fruela; pero conocido
el peligro que corrían, acordaron de enviar embajadores a don Ramiro para
avisarlo que estaban aparejados a hacer lo que les fuese mandado, recibirle en
las ciudades y pueblos, servirle con todas sus fuerzas con tal que se
determinase de venir sin ejército, de paz y sin hacer mal a nadie; que esto
tomarían por señal que su ánimo estaba aplacado. Él, sospechando algún engaño o
teniendo por cosa indigna que sus vasallos para obedecerle le pusiesen
condiciones, entró con grueso ejército y domó a sus enemigos. Perdonó a la muchedumbre,
tomó castigo de los más culpados. A los hijos de don Fruela luego que los tuvo
en su poder los privó de la vista. El mismo castigo se dio a don Alfonso,
hermano del Rey. No lejos de la ciudad de León estaba un monasterio con nombre
de San Julián, edificado a costa de este rey don Ramiro; en él fueron guardados
por toda la vida, y después de muertos sepultados, así todos estos como doña
Urraca, mujer de don Alfonso. Con esto aquellas grandes alteraciones que tenían
suspensos los ánimos de los naturales tuvieron más fácil salida que se pensaba.
Concluidas estas revueltas, el rey, como antes lo
pretendió, volvió las armas contra los moros. Entró por el reino de Toledo,
tomó por fuerza en
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aquella comarca, saqueó y quemó a Madrid, pueblo
principal, derribóle los muros. En el entre tanto los moros encendidos en deseo
de vengarse, juntas sus gentes, entraron por tierra de cristianos. Lo primero
se metieron por los campos de Castilla. El conde, como quier que por la guerra
pasada de Navarra se hallase flaco de fuerzas, movido por el peligro que los
cosas corrían, envió embajadores al rey don Ramiro para rogarle no permitiese
que el nombre cristiano recibiese afrenta ni que los bárbaros se fuesen sin
castigo; que él forzado tomó las armas contra el rey, su suegro, y que el
suceso de las guerras no está en manos de los hombres; si algún agravio o enojo
recibió por lo hecho, que era justo perdonarle por respecto de la patria; que
le aseguraba no pondría en olvido el beneficio y cortesía que le hiciese en
este trance. El peligro común ablandó el ánimo del rey. Acudió luego con sus
gentes deseoso de ayudar al conde. Juntáronse las huestes y los campos. Diose
la batalla cerca de la ciudad de Osma, en que gran número de los bárbaros
fueron muertos, los demás puestos en huida. Los soldados cristianos cargados de
oro y de preseas volvieron a sus casas. Algunos sospechan que desde este tiempo
volvieron los condes de Castilla a estar a devoción y ser feudatarios y
vasallos de los reyes de León, porque les parece que un rey tan amigo de honra
como don Ramiro no juntara de otra manera sus fuerzas, ni perdonara las
injurias y desacatos que le habían hecho, sin que primero se le allanasen.
Siguióse una nueva guerra contra los moros. El rey
don Ramiro, encendido en deseo de oprimirlos con sus gentes, movió la vuelta de
Zaragoza. Tenía el principado de aquella ciudad Abenaya, señor de pocas
fuerzas, feudatario de Abderramán, rey de Córdoba. Acompañó a don Ramiro en
esta jornada el conde Fernán González. El moro, pareciéndole que no podría
resistir a dos enemigos tan fuertes, tomó por partido sujetarse al rey don
Ramiro y pagarle parias. Con este concierto se hicieron paces y cesó la guerra.
No guardan los moros la fe más de cuanto les es forzoso. Así, partidos los
nuestros, y también por miedo de Abderramán, que tenía aviso se aprestaba
contra él, mudado partido y tomado nuevo asiento, de consuno acometieron los
dos las tierras de los cristianos. Llegaron a Simancas; llevaban los moros mal
que los cristianos les pusiesen leyes y forzasen a pagar parias los a quien
tenían antes por sus tributarios. Acudió luego el Rey y salió al encuentro a
los enemigos. Diose la batalla, que fue muy brava y de las más señaladas y
reñidas de aquel tiempo; murieron treinta mil moros, otros dicen setenta mil.
Los despojos
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fueron muchos y ricos, grande el número de los
cautivos. El mismo Abenaya también fue preso. Abderramán con veinte de a
caballo escapó por los pies.
El conde Fernán González, por no haberse hallado en
la batalla, el porqué no se sabe, pero habiéndose encontrado con los que huían,
hizo en ellos no menor matanza. Da muestra de esto un privilegio del monasterio
de San Millán de la Cogolla, puesto en los montes de Oca, que se llamó
antiguamente de San Félix, que concedió el conde por memoria del beneficio
recibido y de esta victoria que ganó de los moros. En aquel privilegio se manda
que muchas villas y pueblos de Castilla contribuyan por casas cada uno para los
gastos y servicios de aquel monasterio, bueyes, carneros, trigo, vino, lienzo,
conforme a lo que en cada tierra se daba, por voto que el conde hizo cuando iba
a esta guerra; de donde también se entiende que de aquella parte de Vizcaya que
se llama Álava fueron gentes de socorro al rey, y que todos estuvieron
persuadidos que dos ángeles en dos caballos blancos pelearon en la vanguardia,
y que por su ayuda se ganó la victoria; cosa que no suele acontecer ni aún
inventarse sino en victorias muy señaladas cual fue ésta.
El alfaquí mayor de los moros, que es como obispo
entre ellos, vino en poder del conde. Con esto, la provincia y la gente pareció
alentarse del grande espanto causado del aparato que los contrarios hicieron
para aquella guerra, además de muchas señales que en el cielo se vieron y
muchos prodigios; porque en el mismo año que fue la pelea, es a saber, el de
934 (otros a este número añaden cuatro años), siendo reyes don Ramiro en León,
y don Garci Sánchez en Pamplona, hubo un eclipse del sol o los 19 de julio (más
quisiera a los 18, porque dicen fue viernes) por espacio de una hora entera a
las dos de la tarde, tan grande y cerrado, que se mudó el día en muy espesas
tinieblas. Segunda vez a 15 de octubre, que fue miércoles, la luz del sol se
volvió amarilla, en el cielo apareció una abertura, cometas de extraordinaria
forma, que caían a la parte de mediodía; las tierras fueron abrasadas por
oculta fuerza de las estrellas, sin otras cosas que daban a entender la ira de
Dios y su saña. Todo esto se contiene en el privilegio del conde Fernán
González. Otros dicen que en el mismo día de la batalla se eclipsó el sol a 6
de agosto, día de los santos Justo y Pastor, que fue lunes. Estas señales
tenían a todos muy congojados; pero ganada la victoria, se trocó el temor en
alegría y se entendió que no amenazaban a los fieles, sino a sus enemigos.
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Falleció por este tiempo Mirón, conde de Barcelona;
dejó tres hijos menores de edad. Éstos fueron Seniofredo, que le sucedió en el
estado; Oliva, por sobrenombre Cabreta, al cual mandó el señorío de Besalu y de
Cerdaña, y Mirón, que en los años adelante fue obispo y conde de Gerona. El
gobierno por la tierna edad del nuevo príncipe estuvo mucho tiempo en poder de
Seniofredo, su tío, conde de Urgel, que fue escalón para que sus descendientes
poco adelante se apoderasen de todo. A la sazón que gobernaba este Seniofredo
aquel estado, se tuvo un concilio de obispos en un pueblo llamado
Fuentecubierta, tierra de Narbona. En este concilio se determinó un pleito que
andaba entre los obispos Antigiso, de Urgel, y Adulfo, pallaríense, sobre los
términos y mojones de los obispados, o por mejor decir, sobre toda la diócesis
del pallariense, que el de Urgel pretendía ser toda suya. Así fue determinado
por los obispos, que en pasando de esta vida Adulfo, la ciudad de Pallars
quedase sujeta al obispo de Urgel, porque se probaba por instrumentos muy
ciertos que antiguamente lo fue. Presidió en el concilio Arnusto, prelado
narbonense, por estar a la sazón Tarragona en poder de moros, a cuyo obispo
pertenecia concertar los pleitos entre los obispos comarcanos y sufragáneos suyos.
Por muerte de Seniofredo, conde de Barcelona, que
falleció adelante sin dejar hijos, bien que estuvo casado con doña María, hija
del rey don Sancho Abarca, Borello, conde de Urgel e hijo del otro Seniofredo,
se apoderó del señorío de Barcelona. La fuerza prevaleció contra la razón; que
de otra suerte ¿qué derecho podía tener ni alegar para excluir a Oliva, hermano
del difunto? Tuvo Borello un hermano, llamado Armengaudo o Armengol, de grande
santidad de vida, y por esto puesto en el número de los santos y en los
calendarios; pero esto fue algún tiempo adelante.
El rey don Ramiro, llegado a mayor edad y vuelto su
pensamiento a las artes de la paz y al culto de la religión, de los despojos de
los moros edificó en León un monasterio de monjas con advocación de San
Salvador, do hizo que doña Elvira, su hija única, tomaso el hábito y el velo
como se acostumbra. Otro monasterio hizo con nombre de San Andrés. El tercero
de San Cristóbal, a la ribera del río Cea cerca de Duero. El cuarto con nombre
de Santa María Virgen. En conclusión, en el valle Ornense levantó otro monasterio
con advocación del arcángel San Miguel.
Estaba el Rey ocupado en estas cosas cuando nuevas
y domésticas alteraciones le hicieron volver a las armas. Fernán González y
Diego Núñez, hombres principales, con deseo de novedades, o por alguna causa
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agraviados del Rey, se rebelaron contra él. No
tenían bastantes fuerzas, llamaron a los moros y a su capitán Accifa.
Destruyeron el territorio de Salamanca que baña el río Tormes. En otra parte
por las armas de don Rodrigo, que entiendo era uno de los conjurados o aliado
con ellos, las tierras de Amaya y parte de las Asturias eran maltratadas. No
era fácil determinarse a qué parte primeramente se hubiese de acudir. En igual
peligro pareció que debían de hacer guerra a los moros por ser enemigos
públicos; así se hizo, y los echaron de toda la tierra con gran estrago que en
ellos se hizo. Demás de esto, los autores y moveduras del alboroto vinieron en
poder del rey, pero no mucho después fueron sin otro castigo sueltos de la
prisión en que los tenían en León encerrados; solamente les hicieron jurar de
nuevo la obediencia al Rey y prestarle sus homenajes; muestra que el delito no
fue tan grave o que el rey usó de la victoria con mucha templanza. Concluida
esta guerra, entiendo que de suyo se sosegaron las alteraciones de las
Asturias, en especial qne la clemencia del rey les convidó a que se redujesen.
El conde de Castilla Fernán González tenía en doña
Urraca, su mujer, una hija del mismo nombre. Importaba mucho para el buen
suceso de las cosas que entre las dos provincias y señoríos de Castilla y de
León hubiese confederación y avenencia, lo cual don Ramiro no ignoraba. Con
deseo pues que la paz se asegurase, trató con el Conde y hizo que su hijo don
Ordoño, que le debía suceder en el reino, casase con la dicha doña Urraca.
Concluido todo esto, el Rey, como enemigo que era
de la ociosidad, a lo postrero de su edad hizo una nueva entrada en tierra de
moros; metióse por el reino de Toledo y llegó hasta Talavera. Venció en batalla
a los que venían a socorrer o los suyos, en que murieron doce mil moros, los
presos llegaron a siete mil. Con esta victoria hizo que su autoridad y
reputación se mantuviese, que junto con la edad se suele envejecer y menguar.
Vuelto a sus tierras, envió a sus casas el ejército cargado de despojos de moros,
y él se fue en romería a Oviedo a honrar los cuerpos de los muchos santos que
allí estaban y dar a Dios gracias por tantas mercedes. En aquella ciudad, por
ser la tierra malsana, adoleció de una enfermedad mortal. Sin embargo, dio
vuelta a León, y ordenadas las cosas de su casa, renunció el reino y lo dio de
su mano a su hijo. Hecho esto, tomados los sacramentos de la Penitencia y de la
Eucaristía de mano de los obispos y abades que a su muerte se hallaron,
falleció en el año de nuestra salvación de 950 a 5 días
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del mes de enero. Sepultáronle en el monasterio de
San Salvador, edificio y fundación suya.
Fue este año muy señalado por muchos pueblos que en
él, o se edificaron de nuevo, o se repararon, conviene a saber, Osma, Ron,
Rinza, Clunia en los arévacos, que hoy es Coruña. A Sepúlveda también en un
sitio fuerte edificó por este tiempo el conde Fernán González, por cuyo
esfuerzo en particular el partido de los fieles en aquel tiempo se conservaba y
aún mejoraba.
VI. De don Ordoño, tercero de este nombre, rey
de León
Muerto el rey don Ramiro, don Ordoño, su hijo,
heredó el reino de León. Era hombre de gran corazón, tenía gran ejercicio en
las armas, prudencia singular en el gobierno. La brevedad de la vida, ca
solamente reinó cinco años y siete meses, hizo que no pudiese ejercitar por
largo tiempo las virtudes de que su buen natural daba muestras.
Al principio don Sancho, su hermano, o por deseo de
reinar, o irritado por algún agravio, como es mas verosímil, fue causa que las
armas de Garci Sánchez, rey de Navarra, su tío, y las del conde Fernán González
a su persuasión se moviesen en daño de don Ordoño, sin, tener ninguna cuenta
con el amor que a su hermano debía. El deseo de reinar y el dolor del agravio,
ambos males tienen gran fuerza. Juntas las gentes de Navarra y de Castilla,
entraron por las tierras del rey de León, que por estar desapercibido y poco
confiado de la voluntad de los suyos en aquella discordia civil, determinó de
fortificarse en algunas plazas fuertes por su sitio o por las murallas, sin
venir a la batalla. Los enemigos, sosegado el furor con que entraron y juzgando
que era sin propósito hacer la guerra tanto tiempo en provecho ajeno y con su
peligro, sin hacer efecto de momento se volvieron a sus tierras.
Don Ordoño, con deseo de satisfacerse del conde,
que sin tener respeto al deudo había juntado sus fuerzas con su hermano y tío
para su daño, sin dilación repudió a doña Urraca, hija del conde, y casó con
doña Elvira; que tales eran las costumbres de aquella era. De este nuevo
matrimonio nació don Bermudo, el que algunos años adelante, mudadas las cosas y
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trocadas, finalmente alcanzó el reino de su padre.
Las alteraciones de los gallegos, movidos a lo que se entiende por afición que
tenían a don Sancho, fueron en breve por las armas y diligencia de don Ordoño
sosegadas. Y para que el provecho fuese mayor, con sus gentes entró dando por
todas partes el gasto a los campos en aquella parte de la Lusitania que estaba
sujeta a los moros, llegó hasta Lisboa, desde allí se volvió a su tierra. Por
el mismo tiempo Fernán González, conde de Castilla, con una entrada que hizo
por tierra de moros, se apoderó del castillo de Carranzo, echada de allí la
guarnición morisca que tenía.
No con menor diligencia Abderramán, rey de Córdoba,
aunque de grande edad, enemigo de toda insolencia, juntado un grueso ejército
en que se contaban ochenta mil combatientes, mandó a Almanzor Alagib, que es
tanto como virrey, capitán de gran nombre, acometiese con gran furia las
tierras de cristianos. Recelóse el conde de aparejos tan grandes; llamó la
gente de todo su estado a la guerra, y alistó todos los que tenían edad a
propósito para tomar armas; y como quier que todavía el ejército fuese menor que
el peligro que amenazaba, cuidadoso del suceso de la guerra, en una junta de
capitanes que tuvo en el pueblo de Muñón, consultó lo que se debía hacer. Los
pareceres fueron varios, como acontece que en grande peligro y miedo,
ordinariamente cada uno habla conforme a quien es. Los más atrevidos querían
que se hiciese la guerra, otros que, recogidas las provisiones y alzadas en
lugares seguros, se entretuviesen hasta tanto que las fuerzas de los bárbaros,
que tienen grande ímpetu, con la tardanza so enflaqueciesen. Gonzalo Díaz,
hombre principal, pretendía que aún sería bien comprar de los moros las treguas
por dineros sin cuidar de la honra, como suele acontecer cuando prevalece el
miedo; que la sabia cobardía puede más que la honrada vergüenza:
«Por ventura, dice, a tan grande ejército y tan
experimentado ¿opondremos el pequeño número de los nuestros, y locamente nos
despeñaremos en tan clara perdición? ¿No miras que en el suceso y trance de una
batalla consiste el peligro de toda la cristiandad, pues en tu tierra se hace
la guerra? Si venciéremos el provecho será poco; si fuéremos vencidos, será
forzoso que la provincia desnuda de fuerzas y vencida del miedo venga, lo que
Dios no quiera, en poder de los enemigos. Mira no sea perder en un punto y en
un momento las ciudades y pueblos ganados en tantos siglos y con tanta sangre
de cristianos; lo que los venideros digan: no fue esfuerzo, sino locura; como
ordinariamente los consejos
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atrevidos tienen la fama según lo que de ellos
resulta, y conforme a sus remates se juzga de ellos. Considera otrosí que
muchas veces es de mayor esfuerzo refrenar el ánimo con la razón, que con las
armas vencer a los enemigos. En esto tiene gran parte la fortuna, el recato es
oficio muy propio de grandes varones. Y ¿qué cosa puede ser mas temeraria que
por un vano deseo de alabanza y honra poner en cierto y grave peligro las cosas
sagradas, la patria, las mujeres e hijos y toda la religión? Tú haz lo que juzgares
ser mejor, que también yo no rehusaré de ponerme a cualquier trance por tu
mandado; pero de mi parecer, nunca con tan grande peligro y riesgo de todo te
pondrás, señor, al trance de la batalla».
El conde no ignoraba que el parecer de Gonzalo Díaz
era de otros muchos que hablaban por la boca de uno; pero prevaleció el deseo
de la honra y reputación. Así, como razonase largamente de las fuerzas de los
suyos, de la ayuda divina, de la gloria ganada, que tenía por más grave que la
muerte amancillarla con alguna muestra de cobardía, y los demás, quién de
verdad, quién fingidamente, alabasen su parecer y se conformasen con él, hechos
sus votos y plegarias, movieron contra el enemigo, que tenía sus reales cerca
de la villa de Lara.
No vinieron luego a las manos; el conde cierto día
salió por su recreación a caza, y en seguimiento de un jabalí se apartó de la
gente que le acompañaba. En el monte cerca de allí, una ermita de obra antigua
se veía cubierta de hiedra, y un altar con nombre del apóstol San Pedro. Un
hombre santo, llamado Pelagio o Pelayo, con dos compañeros, deseoso de vida
sosegada, había escogido aquel lugar para su morada. La subida era agría, el
camino estrecho, la fiera acosada como a sagrado se recogió a la ermita. El
conde, movido de la devoción del lugar, no la quiso herir, y puesto de rodillas
pedía con grande humildad el ayuda de Dios. Vino luego Pelayo, hizo su mesura
al conde; él por ser ya tarde hizo allí noche, y cenado que hubo lo poco que le
dieron, la pasó en oración y lágrimas. Con el sol le avisó Pelayo, su huésped,
del suceso de la guerra; que saldría con la victoria, y en señal de esto antes
de la pelea se vería un extraño caso.
Volvió con tanto alegre a los suyos, que estaban
cuidadosos de la salud, declaró todo lo que pasaba. Encendiéronse los ánimos de
los soldados a la pelea, que estaban atemorizados. Ordenaron sus haces para
pelear. Al punto que querían acometer, un caballero, que algunos llaman Pero
González, de la Puente de Fitero, dio de espuelas al caballo para adelantarse.
Abrióse la tierra y tragóle sin que pareciese más. Alborotóse
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la gente espantada de aquel milagro. Avisóles el
conde que aquella era la señal de la victoria que le diera el ermitaño, que si
la tierra no los sufría, menos los sufrirían los contrarios; con estas palabras
volvieron todos en sí.
Diose luego la batalla de poder a poder, en que por
pequeño número de cristianos fue destrozada aquella gran muchedumbre de
enemigos. El general con los que pudieron escapar salió huyendo de la matanza.
Con esta victoria las cosas de los cristianos, que estaban para caer, se
repararon. Los nuestros alegres y cargados de despojos de moros se volvieron a
sus casas. Diose parte de la presa al santo varón Pelayo, y con el tiempo a
costa del conde se edificó de los despojos de la guerra un magnifico monasterio
a la ribera del río Arlanza con advocación de San Pedro, en que fueron puestos
los huesos de don Gonzalo, padre del Conde. En nuestra edad se muestra la
ermita de Pelayo en una peña que está cerca de aquel monasterio. El cuerpo de
san Vicente, mártir, menos solamente la cabeza, y los de las santas Sabina y
Cristeta, sus hermanas, dicen los monjes de San Benito de aquel monasterio de
San Pedro de Arlanza que los tienen allí, otros que están en otras partes. Un
sepulcro sin duda se muestra en aquel lugar de García, abad que fue
antiguamente de aquel convento, que ponen en el número de los santos.
Los moros, sin perder en alguna manera el ánimo por
aquel destrozo y desmán trataban de acometer a Castilla; y por otra parte el
rey don Ordoño, después de la entrada que hizo en la Lusitania, encendido
todavía en deseo de vengarse del conde, se aparejaba para le hacer cruel
guerra. Hallábanse las cosas en gran peligro; el ánimo del rey don Ordoño, como
de príncipe modesto, fácilmente se amansó con una embajada del conde, en que le
pedía perdón con toda humildad, que no por su voluntad le había errado, sino
antes por engaño de aquellos que usaran mal de su facilidad; que estaba
aparejado para hacer lo que le mandase y recompensar con nuevos servicios la
ofensa pasada. Avisóle otrosí que grandes gentes de moros se aparejaban para
daño de cristianos; no era justo antepusiese sus particulares afectos y dolor a
la causa común del nombre y religión cristiana.
Con esta embajada, no sólo el rey se aplacó, sino
le envió tanta gente de socorro cuanta era menester para rebatir la furia de
los moros, que eran llegados a Santisteban de Gormaz haciendo mal y daño.
Diéronse vista los campos, y tras esto la batalla, que fue herida y brava. La
victoria quedó por los nuestros, el estrago de los bárbaros fue grande. El rey
don Ordoño,
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con la nueva alegre de tan grande victoria y lleno
de nuevas esperanzas, se aparejaba para hacer otra vez guerra a los moros,
cuando en Zamora murió de su enfermedad, el año de 955. Su cuerpo fue sepultado
con reales exequias y aparato en León, en San Salvador, do estaba enterrado su
padre.
VII. De don Sancho el Gordo, rey de León
En vida del rey don Ordoño no se sabe en qué parte
haya estado don Sancho, su hermano, y si tuviese alguna mano en el gobierno del
reino; ni aún hay noticia, si los dos hermanos hicieron amistad entre sí, o si
duró siempre la enemiga que al principio tuvieron. El vergonzoso descuido de
los cronistas de estos tiempos, fuerza a que la historia muchas veces vaya sin
claridad; concuerdan empero que después de la muerte de don Ordoño, don Sancho
sin contradicción fue hecho rey de León. Tuvo sobrenombre de Gordo porque lo
era en demasía, y por la misma razón de cuerpo inútil para el trabajo. Verdad
es que tuvo muy buen natural y admirable constancia en las adversidades, no
nada malicioso, antes muy noble en sus cosas y condición.
El segundo año de su reinado, que se contó de
Cristo 956, por alterarse el ejército a causa de las parcialidades que aún no
sosegaban de todo punto, fue forzado a recogerse y hacer recurso a su tío, el
rey de Navarra, y desamparar el reino por dudar de las voluntades de los amigos
y estar contra él declarados muchos enemigos, que se inclinaban en favor de don
Ordoño, hijo del rey don Alfonso, llamado el Monje; el cual con la ida de don
Sancho, su competidor, se apoderó fácilmente de todo, y para tener más autoridad
casó con doña Urraca, repudiada del rey don Ordoño, su primo, casamiento en que
vino el conde, padre de ella. Era este don Ordoño de malo y perverso natural,
tanto, que le llamaron el Malo; y como soltase las riendas a sus inclinaciones
malas (cosa siempre muy perjudicial a los que tienen gran poder y mando) cayó
en odio de la gente, y por el odio en menosprecio. No dejaba don Suncho de
advertir la ocasión que se presentaba por este respeto para recobrar el reino,
sino que primero para adelgazar el cuerpo por consejo del rey de Navarra, su
tío, fue a Córdoba, do se decía por la fama había grandes médicos, en
particular a propósito para curar aquella enfermedad. Abderramán le recibió
benignamente,
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púsose en cura, y por virtud de cierta hierba, cuyo
nombre no se refiere, deshecha la gordura, quedó el cuerpo en un medio
conveniente. Para que el beneficio fuese mas colmado, le dio a la partida
buenas ayudas de moros para que recobrase su reino. Era al Rey bárbaro cosa muy
honrosa que se entendiese tenía en su mano la paz y la guerra, hacer y deshacer
reyes.
Venido don Sancho, su contrario don Ordoño sin
tratar de defenderse se fue a las Asturias; tan grande era el temor que le vino
repentinamente. De allí con la misma desconfianza pasó a las tierras del conde,
su suegro. A los miserables todos los desamparan, y las piedras se levantan
contra el que huye. Donde pensaba hallar refugio, allí, quitándole la mujer por
su cobardía, fue desechado. Recogióse a los moros, en cuya tierra pasó su
triste vida pobre y desterrado, y últimamente falleció cerca de Córdoba.
En el mismo tiempo las armas de Castilla se
alteraron con guerras domésticas. Don Vela, uno de los nietos y descendientes
del otro Vela que dijimos, tuvo el señorío de Álava, allí y en la parte
comarcana de Castilla tenía grande jurisdicción. Éste, feroz por la edad y
confiado por los parientes, riquezas y aliados, que tenía muchos, tomó las
armas contra el conde Fernán González. El conde no sufría ninguna demasía,
acudió asimismo a las armas. Venció a Vela y a sus aliados y consortes, y
siguiólos por todas partes sin dejarlos reposar en ninguna, hasta tanto que los
puso en necesidad de hacer recurso a los moros, dejada la patria; que fue
ocasión de grandes movimientos y desgracias. El Alhagib Almanzor, o a ruegos y
persuasión de estos forajidos, o con deseo de satisfacerse de la afrenta
pasada, juntado que tuvo un grueso ejército, entró por tierras de Castilla,
espantoso y airado contra los nuestros. El conde con los suyos le salió al
encuentro; pero primero que se viese con los enemigos, con deseo de visitar a
Pelayo, su huésped, de camino pasó por su ermita; halló que era ya muerto.
Aquejado con el cuidado de lo que lo sucedería, entre sueños le apareció
Pelayo, y le certificó que sería vencedor; confiado por ende en la ayuda de
Dios fuese a la guerra sin recelo, y en pudiendo diese a los moros la batalla.
La pelea se trabó cerca de Piedrahita con tan
grande denuedo y porfía de las partes cuanto nunca antes mayor; los bárbaros
confiaban en su muchedumbre; los nuestros en la justicia, esfuerzo y buen
talante de la gente, sobre todo en la ayuda de Dios, dado que eran pocos para
tan grande morisma, conviene a saber: cuatrocientos y cincuenta de a caballo,
quince mil infantes, pero muy valientes en el pelear y arriscados. Dicen
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que duró la pelea por espacio de tres días sin
cesar hasta que cerraba la noche, lo que era menester para reposar. El día
postrero el apóstol Santiago fue visto entre las haces dar la victoria a los
fieles. De los enemigos en la pelea y huida perecieron mayor número que jamás;
por espacio de dos días siguieron los nuestros el alcance y ejecutaron la
victoria en los que huían.
Acabada esta guerra, vinieron de toda Castilla
embajadores, los principales de las ciudades, eso mismo de las otras naciones,
a dar el parabién al conde por beneficio tan señalado, confesando que por su
esfuerzo los cristianos eran librados de presente de un grave peligro, y para
adelante de no menos miedo. En particular don Sancho, rey de León, con una muy
noble embajada que le envió, después de alegrarse con él, le pedía que por
cuanto trataba de juntar Cortes de todo su reino para consultar cosas muy graves,
no se excusase de venir a León y hallarse en ellas. Fue esta demanda pesada al
conde por temer asechanzas en aquella muestra de amistad, y que con color de
las Cortes no fuese engañado de aquel rey astuto, ca sospechaba no debía estar
olvidado de las diferencias pasadas; mas no se ofrecía alguna bastante causa
para rehusar lo que le era mandado. Prometió de ir allá, y cumpliólo el día
señalado, acompañado de gran número de sus grandes. Supo el Rey su venida, y
para mas honrarle le salió a recibir. Tuviéronse estas Cortes el año 959, en
las cuales no se sabe qué cosas se tratasen. Sólo refieren que el conde vendió
al rey por gran precio un caballo y un azor de grande excelencia, por no querer
recibirlos de gracia como se los ofrecía, y que se puso una condición en la
venta que, caso que no se pagase el dinero el día señalado, por cada día que
pasase se doblase la paga. Demás de esto, por astucia de la reina viuda, doña
Teresa, que deseaba vengar la muerte de su padre, se concertó que doña Sancha,
su hermana, casase con el conde; la cual estaba en poder de don García, hermano
de las dos, rey de Navarra; era ya doña Urraca muerta, la primera mujer del
conde. Entendía que por fuerza no aprovecharía nada, y el rey don Sancho no
quería abiertamente faltar en su fe; determinaron de poner asechanzas al Conde
y usar en lugar de armas de la deslealtad de los navarros.
No sabía estos meneos y tramas el rey Garci
Sánchez; y así, con deseo de vengar las injurias pasadas, no cesaba de hacer
cabalgadas, talar y maltratar las tierras de Castilla. El conde, vuelto a su
tierra, le amonestó por sus embajadores hiciese enmienda de los daños hechos;
que de otra guisa no podría excusarse de mirar por les suyos y satisfacerles
sus
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agravios. Con esta embajada parece se abría la
guerra; de lance en lance vinieron a las armas. Juntaron sus huestes, diose en
breve la batalla, en que el conde salió vencedor. En esta guerra Lope Díaz,
señor de Vizcaya, como cuentan las historias de aquella gente, ayudó al conde
en esta jornada. Dicen fue hijo de Íñigo Ezquerra, biznieto de Zuria, que fue
antiguamente señor de Vizcaya.
Después de esta victoria, hechas las paces, el
conde Fernán González, conforme a lo que se capituló, fue a Navarra con
acompañamiento de gente desarmada como para bodas y fiestas. La cosa daba
muestra de alegría y seguridad más que de miedo; con todo eso fue preso por el
rey desleal, que se halló en el lugar aplazado con gente y con armas. De esta
prisión fue librado por astucia de doña Sancha, por cuyo amor cayera en aquel
trabajo, y con ella huyó a su tierra. Encontraron con él los soldados
castellanos en la frontera de Castilla y en aquella parte de la Rioja do
después se edificó el pueblo de Villorado; que iban juramentados de no volver a
sus casas antes que el conde recobrase su libertad. Fueron grandes las muestras
de alegría y regocijo de ambas partes, del conde y de sus buenos vasallos.
Llegados a Burgos, se celebraron las bodas. El rey de Navarra, engañado por la
astucia de su hermana, se apercibía para la guerra. El conde no rehusó la
batalla, que se dio a las fronteras de Castilla y de Navarra. Fue el rey
vencido, y vino en poder de su enemigo el año 959.
El mismo año, que fue el de los árabes 350,
Abderramán, rey de Córdoba, murió siendo muy viejo; poco antes que muriese le
envió una magnifica embajada el rey don Sancho de León. El principal de los
embajadores, que era Velasco, obispo de León, le pidió por el derecho de la
amistad que antes tenían asentada entre los dos le enviase el cuerpo del mártir
Pelagio, que lo tendría por singular beneficio. Abderramán no quiso venir en lo
que se le pedía, pero no mucho después lo concedió Alhaca, su hijo y sucesor, el
cual por la muerte de su padre reinó diez y siete años y dos meses; y con deseo
de la paz, a que era inclinado, pretendía hacer placer y cortesía a los
príncipes comarcanos.
Don García, rey de Navarra, después que estuvo
preso en Burgos trece meses, fue restituido en su libertad. Las lágrimas de
doña Sancha y los ruegos de los otros príncipes aplacaron el ánimo airado del
conde. La reina doña Teresa, mujer de ánimo feroz, por no haberle sucedido como
pretendía el engaño que tenía urdido contra el conde de Castilla, se
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determinó armarle nuevos lazos. Persuadió a don
Sancho, su hijo, rey de León, llamase el conde a las Cortes generales del reino
con voz que quería en ellas tratar de los negocios más graves de su estado. Fue
él contra su voluntad, porque sospechaba engaño; el Rey no le salió a recibir
como antes, y puesto de rodillas para besar como era de costumbre su real mano,
con palabras afrentosas desechándole de sí, mandó ponerle ca prisión. Por esta
causa gran tristeza y lloro entró en los ánimos de los buenos vasallos del
conde.
Doña Sancha, hembra varonil y de ingenio astuto,
con deseo de librar a su marido, se aprovechó de esta maña. Finge que quiere ir
en romería a Santiago; era el camino por León donde tenían el conde preso; el
rey, avisado de su venida, como a tan noble dueña y tía suya, la salió a
recibir y la hospedó amorosamente. Ella con grandes ruegos pidió licencia para
visitar a su marido; no podía ser cosa más honesta ni más justa que el deseo
que mostraba de consolarle. Permitió el Rey que aquella noche se quedase con
él; a la mañana, antes que fuese bien claro, el conde, vestido de las ropas de
su mujer, como si ella fuera, salió de la cárcel, y en un caballo que para esto
tenían aprestado se fue a su tierra. Doña Sancha desde la cárcel, en que se
quedó en vez de su marido, avisó al Rey cómo el conde era huido; que perdonase
a ella como a persona de sangre real y deuda suya, que no era justo rehusar
algún peligro por causa de su marido y por salvarle; lo que por esta causa
había hecho era digno, si no de loa, a lo menos de perdón; que la principal
virtud de los reyes consiste en levantar a los miserables y caídos. El rey
dolióse al principio del engaño; después sosegada la saña con la razón, alabó
la piedad y el valor de aquella señora, su astucia y la constancia de su ánimo;
en conclusión, honrándola con muchas palabras, mandó fuese llevada a su marido
con grande acompañamiento.
El Conde, alegre por lo sucedido, dado que pudiera
romper la guerra contra aquel rey como contra enemigo, contentóse con pedirle
lo que por el caballo y el azor se le debía. Había crecido grandemente la deuda
por la dilación. Como no le pagasen, talaba los campos de los leoneses sin
desistir de hacer mal y daño hasta tanto que el Rey envió sus contadores para
hacer la paga enteramente. Llegados a cuenta, hallaron que no bastaban los
tesoros reales para pagar. Concertóse que en recompensa de la deuda Castilla
quedase libre sin reconocer adelante vasallaje a los reyes de León. Este
asiento dicen que se tomó año de nuestra salvación de 965.
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En el mismo año un grueso ejército de moros rompió
por el reino y puso cerco a León; mas fueron por el esfuerzo de la guarnición y
ciudadanos rechazados con grave daño. Del Océano grandes llamas, causadas, a lo
que se entiende, de algún aspecto maligno de las estrellas, se derramaron sobre
las tierras cercanas y hasta Zamora (tanto cundieron), abrasaron muchos pueblos
y campos; anuncio de mayores males, según que el pueblo lo pronosticaba. Don
Garci Sánchez, rey de Navarra, falleció el año siguiente de 966; dejó de su
mujer, doña Teresa, a don Sancho y don Ramiro, asimismo tres hijas: a doña
Urraca, doña Hermenesilda y doña Teresa. En qué parte haya sido enterrado no se
sabe; algunos sospechan que en el monasterio de San Salvador de Leire. El
Cronicón albeldense dice que en el castillo de Santisteban, lo cual tengo por
mas cierto.
El reino se dio a don Sancho García, hijo del
difunto, y junto con él a don Ramiro, su hermano; si dividido o como a
compañeros y de igual poder, no se declara; lo que se averigua por el dicho
Cronicón albeldense, que se escribió por este mismo tiempo, es que reinó don
Ramiro más de diez años; no parece fue casado, por lo menos que murió sin
sucesión hay grandes conjeturas, certidumbre ninguna. Don Sancho, que se
intitulaba, como se ve por los privilegios antiguos, rey de Pamplona, Nájera y
Álava, tuvo el reino veinte y siete años, sin saberse de él otra cosa digna de
memoria por descuido de los escritores de aquel tiempo. Sólo consta que añadió
a su reino el señorío de Vizcaya y a Nájera, que en aquel tiempo era la ciudad
principal y silla de aquel estado. Da muestra que fue amigo do aumentar el
culto divino la grande liberalidad con que dio diversos campos y pueblos al
monasterio de San Salvador de Leire, al de San Millán en Nájera, y al de San
Juan de la Peña. Su mujer se llamó doña Urraca, de quien tuvo a don Garci
Sánchez, su hijo, llamado Trémulo, porque solía al principio de la pelea
temblar, más que parece sufría el grande ejercicio que tenía de las armas y la
dignidad real, vicio y falta de su natural, que solía recompensar con notables
hazañas; luego que entraba en la pelea y en calor cumplía con lo que debía a
buen soldado y prudente capitán.
En Galicia hubo nuevos bullicios por estar aquella
provincia dividida en parcialidades muy fuera de sazón, pues tenían tanto que
hacer en la guerra de los moros. La causa de estos alborotos no se refiere,
sólo dicen que por diligencia del rey fueron en breve sosegados estos
movimientos; castigó algunos de los alborotados; otros fueron echados y
desterrados a aquella parte de la Lusitania que estaba en poder del rey, como a
frontera.
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Tenía el gobierno de aquella tierra un cierto
conde, llamado Gonzalo, hombre mal intencionado. Éste, en defensa de los
desterrados, por ser de su parcialidad, tomó las armas contra el rey, y llegó
con ellas hasta la ribera de Duero. Allí, desconfiado de las fuerzas, acordó
valerse de engaño; alcanzó perdón de lo hecho por ruegos muy grandes. Había
sido muy familiar del rey en otro tiempo; recibióle en el mismo lugar y grado
que antes; con que tuvo comodidad de dar al rey una manzana emponzoñada con
hierbas mortales; la fuerza del veneno, luego que la comió, se derramó por las
venas y comenzó a apoderarse de las partes vitales. Mandóse llevar a León, pero
desahuciado de los médicos, rindió el alma antes de llegar, cerca de aquella
ciudad, tres días después que le emponzoñaron, el año de 967. Su cuerpo
enterraron en la iglesia de San Salvador de León. Reinó por espacio de doce
años.
VIII. De don Ramiro el Tercero, rey de León
Averiguado es que el rey don Sancho casó con doña
Teresa, asimismo que don Ramiro era de cinco años cuado su padre murió. Tuvo el
reino por espacio de quince años, pero por su tierna edad el gobierno estuvo en
poder de la reina, su madre, y de doña Elvira, su tía, que otros llaman
Geloira, hembras muy señaladas y de singular prudencia, si bien por ser el rey
pequeño y ellas mujeres se levantaron grandes alteraciones.
El sucesor de Ermigildo, prelado de Compostela, que
se llamaba Sisnando y era hijo del conde Menendo, porque confiado en su nobleza
gastaba torpemente las rentas eclesiásticas y la hacienda, el rey don Sancho le
removió y puso en prisión, eligiendo en su lugar a Rodesindo, que fue primero
obispo dumiense y después monje de San Benito en el monasterio de Celanova. Era
de sangre real e hijo del conde Gutierre Arias y de Aldora, su mujer. Sisnando
por la muerte del rey don Sancho fue puesto en libertad, y salido que hubo de
la cárcel, se apoderó por este tiempo de la iglesia compostelana, y forzó a su
sucesor por miedo de la muerte a que renunciase, y se volviese a su monasterio,
en que pasó lo más de su edad muy contento de verse libre. Allí acabó
santísimamente; y en diversas partes celebran su fiesta a 1 de marzo, que es el
día que falleció, año de 976.
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Tenían los de León puesta amistad con el rey de
Córdoba, y de nuevo se confirmó por causa que el rey de Córdoba, Alhaca, en
gracia del nuevo rey don Ramiro le concedió el cuerpo del mártir Pelagio.
Pusiéronle en el monasterio que a sus expensas en León edificara el rey don
Sancho, y deseaba aumentar la devoción de aquella iglesia con las sagradas
reliquias de este mártir. Éste monasterio se llamó antiguamente de San Juan
Bautista, después de San Pelagio o Pelayo; al presente tiene la advocación de
San Isidoro. La causa de mudar los apellidos fue la translación que a él en
diversos tiempos se hizo de los cuerpos de aquellos dos santos.
Alteróse la paz y avenencia con esta ocasión a
persuasión de don Vela, el cual dijimos haber huido a Córdoba, y por su
importunidad los moros deseaban hacer guerra contra el conde de Castilla y
satisfacerse de tantos agravios como de él tenían recibidos. El rey Alhaca,
dado que era más inclinado a la paz que a la guerra, movido por la instancia
que en esta razón le hicieron los suyos, con un grueso ejército que juntó
rompió por las tierras de Castilla; apoderóse de Sepúlveda, Gormaz, Simancas y
Dueñas, y animado con el buen suceso, menospreciada la confederación que tenía
con el rey de León, se metió y rompió por su reino, tomó en aquellas partes por
fuerza a Zamora y la echó por tierra.
La molestia que el conde Fernán González recibió de
estas cosas le acarreó su fin el año siguiente, que se contó de nuestra
salvación 968. Falleció en Burgos, fue sepultado a la ribera de Arlanza. En
aquel monasterio de San Pedro, junto al altar mayor se ven las sepulturas de él
y de su mujer doña Sancha con sus letreros, que declaran cuyos son. Las
exequias fueron célebres, no más por el aparato, quebranto y lutos de los suyos
que por las lágrimas de toda la provincia, que lloraba la muerte de tan bueno y
tan fuerte príncipe, por cuyo esfuerzo las cosas de los cristianos se
conservaron por tanto tiempo. Tuvo de dos mujeres estos hijos: Gonzalo, Sancho,
Garci Fernández, otros añaden a Pedro y a Balduino. Lo que consta es que Garci
Fernández sucedió a su padre por ser los demás muertos en tierna edad, o si
eran vivos, lo antepusieron en la sucesión a causa de su buen natural y
principios que mostraba de grandes virtudes, que en breve se aumentaron y
dieron colmado fruto. Dejó asimismo una hija, llamada doña Urraca, de quien
poco antes diversas veces se ha hecho mención.
Por el mismo tiempo los normandos, que tenían su
asiento en aquella parte de Francia que antiguamente se llamó Neustria, ahora
Normandía, y
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por diligencia de Herveo, obispo de Reims, algunos
años antes de éste se hicieron cristianos, como estuviesen acostumbrados a
robar las riberas de España, juntaron este año una gruesa armada con que
maltrataron las tierras de Galicia, quemaron aldeas, castillos y lugares,
cautivaron muchos hombres, robaron asimismo todo lo que hallaban; duró dos años
esta plaga. El rey por su tierna edad no podía acudir a la defensa. Sisnando,
prelado de Compostela, hombre más para soldado que para obispo, juntado que hubo
un número de los naturales, en un rebate que dio al enemigo cerca de un pueblo
llamado Fomellos fue muerto con una saeta que le tiraron. Sucedió esto a 29 de
marzo, año de 979; el fin fue conforme a la vida. Lo que con razón se puede en
él alabar es que procuró diligentemente de cercar a Santiago de murallas a
propósito de poner en defensa aquel tan santo lugar que no le pudiesen forzar
los enemigos.
El conde Gonzalo Sánchez, nombrado por capitán para
aquella guerra, se gobernó mejor. Acometió de sobresalto cerca de la mar a los
normandos, que cargados de despojos marchaban sin orden y sin recelo, e hizo en
ellos gran matanza. Pereció en la refriega el mismo general de aquella gente,
llamado Gunderedo; quitóles la presa y los cautivos; las naves otrosí sin
faltar una les fueron, unas tomadas; quemadas otras, con que quedó libre España
de gran peligro y cuidado.
En Córdoba por el mismo tiempo falleció el rey
Alhaca el año de 976, de los árabes 366. Este año el moro Rasis envió sus
Comentarios, que escribió en arábigo de las cosas de España, a Balharab,
miramamolín de África, a cuya persuasión y por cuyo mandado los compuso. Dejó
Alhaca ocho hijos, todos de pequeña edad y muy niños. Los moros no se
concertaban en el que debía suceder; remitiéronse al miramamolín de África, por
cuyo orden Hisem fue antepuesto a sus hermanos, aunque no tenía más que diez
años y cuatro meses. Reinó treinta años y cuatro meses sólo de nombre, porque
el gobierno y poder tenía Mahomad, hombre sagaz, que se llamó Alhagib, que
quiere decir virrey, por voluntad de los grandes, y tenía mano en todo. Él
mismo después se llamó Almanzor, que quiere decir vencedor, por las muchas
victorias que ganó de los enemigos. De aquí nacieron entre aquella gente
alteraciones civiles, como es ordinario cuando el rey pasa la vida en
ociosidad, en deleites y deportes, y reinan otros en su nombre. Además que con la
abundancia de España, templanza del cielo, blandura de los naturales, ya la
ferocidad de los ánimos, con que aquella gente vino a España, se había menguado
y
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quitado mucho de las fuerzas del cuerpo. No pararon
estas discordias hasta que Hisem fue despojado del reino paterno.
El estado de nuestras cosas no era mejor, a causa
que por haberse el rey criado en regalo y entre mujeres tenía las costumbres
estragadas y en el ánimo poco valor. Demás de esto, la reina doña Urraca, con
quien el rey don Ramiro casó el año 981, estaba apoderada de su marido.
Menospreciaba los consejos de su madre y de su tía doña Elvira, virgen
consagrada a Dios, por cuyo respeto algún tanto al principio se solía enfrenar.
Daba audiencia de mala gana, las respuestas ásperas; con esto irritó los nobles
de Galicia, hombres de feroz natural. De estos principios cayó en menosprecio
de los suyos, y se dio ocasión a los revoltosos de alterar el reino. Los
primeros que se alteraron fueron los gallegos, como los más desabridos. Don
Bermudo, primo del rey e hijo del rey don Ordoño, tercero de este nombre, se
hizo capitán y cabeza de los alterados con esperanza de recobrar por las armas
el reino de su padre, que pretendía le quitaron a gran tuerto. El rey don
Ramiro, por este peligro al cabo despierto del sueño, acudió a la necesidad.
Hizose la guerra dos años con diferentes sucesos y trances. Estaban divididas
las voluntades del reino entre los dos. Últimamente, se dio la batalla cerca de
un lugar llamado Portela Arenaria, no lejos de Monterroso. Murieron muchos de ambas
partes sin que la victoria se declarase.
Después de esta batalla de tal manera se dejaron
las armas, que Galicia quedó por don Bermudo, que puso en Compostela el asiento
y silla de su nuevo reino. Fue hecho obispo de aquella ciudad, por voluntad de
don Bermudo, Pelayo, obispo que era de Lugo, hijo del conde Rodrigo, hombre de
malas costumbres, por donde adelante le quitaron el obispado, y pusieron en su
lugar a Pedro Mansorio, monje y abad de conocida virtud. En tiempo de este buen
prelado volvieron a la iglesia compostelana todas las cosas y heredades que por
las revueltas de los tiempos pasados le quitaron. El conde don Rodrigo, con
deseo do restituir a su hijo en aquella dignidad, llamó los moros en su ayuda.
Miserable era el estado de las cosas, y grande la afrenta de la religión
cristiana. Con el ímpetu y armas de los bárbaros fue Galicia muy maltratada; la
misma ciudad de Compostela fue tomada, y una pared del templo de Santiago
echada por tierra. No tocaron en el sepulcro del Apóstol, no se sabe la causa,
sólo consta que Santiago volvió por su silla y su templo y castigó gravemente
aquel desacato; porque con una enfermedad de cámaras que anduvo por todo el
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ejército, pereció con muchos dolores gran parte de
aquella morisma. El mismo Almanzor, como preguntase la causa de tan grande
estrago, y cierto hombre le respondiese que uno de los discípulos del Hijo de
María tenían allí sepultado, determinó dejar aquella empresa. No pudo llegar a
su tierra, ca murió de la misma enfermedad en Medinaceli, pueblo conocido en
los celtíberos, a la raya de Aragón.
Por otra parte, con nuevas entradas que hicieron
los moros, ganaron muchos lugares de los nuestros, esto es, a Gormaz cerca de
Osma, y a Atienza; en Castilla la Vieja Simancas después de un largo cerco fue
tomada, y vencido el rey don Ramiro, que vino a socorrer los cercados. Nunca se
vio España en mayor peligro después que comenzó a levantar cabeza; los nuestros
divididos entre sí, grave daño; el Alhagib, capitán de gran nombre y que le
gobernaba todo por los reyes de Córdoba, ardía en odio implacable del nombre
cristiano.
Partidos los moros, la pared de la iglesia de
Santiago se reedificó por diligencia del rey don Bermudo y de su prelada Pedro
Mansorio; y fue el templo reconciliado con solemne ceremonia, como se
acostumbra, por quedar profanado con la suciedad de la superstición morisca. A
Pedro sucedió en aquella iglesia Pelayo Díaz, de juez seglar repentinamente
mudado en obispo por malas mañas y fuerza de que usó. Fue pues depuesto este
prelado porque era de costumbres insolentes y no daba orejas a nadie. En su
lugar sucedió su hermano Vimara, de vida semejante, que, o acaso, o por
traición de alguno, murió ahogado en el río Miño.
Eran aquellos tiempos muy estragados; las
costumbres de los sacerdotes muy livianas, no sólo en España, sino al tanto en
las otras partes del orbe cristiano. La misma Roma, cabeza de la Iglesia y
albergue de la santidad, padecía un grave cisma. Bonifacio y Benedicto y Juan
pleiteaban sobre el pontificado; cada cual tenía sus valedores y razones que en
su favor alegaba. Cuánta fuese la corrupción de las costumbres, de Liutprando,
diácono ticinense, que escribió como testigo lo que veía y pasaba, se puede entender.
A Vimara sucedió otro del mismo linaje, cuyo nombre no se refiere; algunos
códices le llaman Iscuaria; sospecho que la letra está errada. Éste, como no
fuese nada mejor que sus dos parientes, por mandado del rey fue preso.
Volvamos a don Ramiro, que pasaba en ociosidad y
descuido toda la vida; gran perjuicio en los príncipes, cuyo oficio principal
es por sí mismos acudir a las armas; en este estado le tomó la muerte; falleció
en
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León el año 982. Sepultaron su cuerpo en el
monasterio de Destriana, que, como se dijo arriba, le edificó el rey don
Ramiro, su abuelo, en el valle Ornense con advocación y en nombre de San
Miguel. De allí por mandado del rey don Fernando, segundo de este nombre, como
doscientos años adelante le trasladaron a la iglesia mayor de Astorga. Sampiro,
obispo de Astorga, de quien hemos tomado muchas cosas en lo pasado, hizo fin a
su escritura e historia en este lugar. Pasa adelante Pelagio, obispo de Oviedo,
que vivió en tiempo de don Alfonso el Emperador. El crédito de entrambos, por
haberse hallado en muchas de las cosas que cuentan, es grande, aunque el de
Sampiro se tiene por mayor, y él mismo por autor más grave.
IX. De don Bermudo el Gotoso, rey de León
Por la muerte de don Ramiro la sucesión tornó y
recayó en don Bermudo, segundo de este nombre, así por derecho de
consanguinidad, que era primo hermano del rey muerto, como por estar por fuerza
apoderado de parte del reino. Tuvo el reino diez y siete años, fue enfermo y
sujeto a la gota, por la cual causa fue llamadlo el Gotoso. Confirmó con nuevo
edicto que publicó las leyes antiguas de los godos, y mandó que los cánones de
los pontífices romanos tuviesen vigor y fuerza en los juicios y pleitos seglares,
que fue una ordenación santísima.
Pero antes de comenzar las cosas de este rey
conviene tratar de Garci Fernández, conde de Castilla, del cual consta que al
principio que tomó el gobierno peleó con los moros cerca de Santisteban de
Gormaz a la ribera del río Duero. Murió gran número de moros, los demás se
salvaron por los pies. Aconteció en aquella batalla una cosa digna de memoria.
Fernán Antolínez, hombre noble y muy devoto, oía misa al tiempo que se dio
señal de acometer, costumbre ordinaria suya antes de la pelea; por no dejarla
comenzada, se quedó en el templo cuando se tocó al arma; esta piedad cuán
agradable fuese a Dios se entendió por un milagro. Estábase primero en la
iglesia, después escondido en su casa temía no le afrentasen como a cobarde. En
tanto otro a él semejante, es a saber, su ángel bueno, peleaba entre los
primeros tan valientemente, que la victoria de aquel día se atribuyó en gran
parte al valor del dicho Antolínez. Confirmaron el
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milagro las señales de los golpes y los manchas de
la sangre que se hallaron frescas en sus armas y caballo. Así publicado el caso
y sabido lo que pasaba, quedó más conocida la inocencia y esfuerzo de
Antolínez.
El conde Garci Fernández, después de esta guerra y
jornada, se dice casó con dos mujeres; la una se llamó Argentina, de cuya
apostura se enamoró al tiempo que su padre, hombre noble y franco de nación, la
traía en romería juntamente con su madre a Santiago. Seis años después, estando
el conde, su marido, enfermo en la cama, o por aborrecimiento que le tenía, o
con deseo de la patria, se volvió a Francia con cierto francés que tornaba de
la misma romería; así lo dicen nuestras historias. El Conde, recobrada la salud
y dejando en el gobierno de su estado a Egidio y a Femando, hombres
principales, en traje disfrazado se fue a aquella parte de Francia donde
entendía que Argentina moraba. Tenía Argentina una entenada, llamada Sancha,
que, como suele acontecer, estaba mal con su madrastra. Ésta, con esperanza que
la dieron de casar con el conde o por liviandad, como mujer, le dio entrada en
la casa. Mató el conde en la cama a Argentina y al adúltero, y con tanto llevó
a la dicha Sancha consigo a España. Hiciéronse las bodas de los dos con grande
aparato y regocijo en Burgos. Muchos tienen todo esto por falso, y afirman que
la mujer de este conde se llamó Oña, movidos por el monasterio de San Salvador
de Oña, que dicen el conde Garci Fernández edificó en Castilla del nombre de su
mujer. Otros afirman que se llamó Ablia, como lo muestran los letreros antiguos
de los sepulcros de estos condes que hay en Arlanza y en Cardeña; la verdad
¿quién la averiguará? Más podemos sin duda maravillarnos de tanta variedad, que
determinar lo que se debe seguir.
No tiene mejor fundamento lo que se dice que en una
entrada que hicieron los moros en el tiempo que el conde se ausentó, llegaron
hasta Burgos y destruyeron el monasterio de San Pedro de Cardeña con muerte de
los monjes; otros dicen que esto sucedió cien años antes de este tiempo, si por
ventura no se padeció este daño dos veces.
En la Rioja y en un pueblo llamado Bosca, Nunilón y
Alodia, hermanas, fueron muertas por la fe. Sus cuerpos dicen algunos que
fueron llevados a Bolonia, ciudad de Lombardia; otros lo contradicen, como
queda arriba dicho. Demás de esto, Víctor, natural del lugar de Cereso, tierra
de Burgos, y Eurosia, virgen, padecieron por la mismo causa. El cuerpo de
Eurosia está en la ciudad de Jaca; el sepulcro de san Víctor en el lugar de
Villorado es honrado con fiesta que cada año le hacen. Los
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bárbaros en este tiempo no solo con los hombres
parecía que traían guerra, sino que peleaban asimismo con el cielo y con la
santidad cristiana. No faltaron hombres y mujeres de ánimos excelentes y
grandes que se ofreciesen a la pelea por la religión de sus padres, y con su
sangre diesen excelente testimonio de la verdad de la fe de Cristo. Dios
asimismo a veces castigaba severísimamente la crueldad y arrogancia de aquella
gente fiera; ordinariamente con la impiedad se acompañaba la severidad en la
venganza para espantar a los malos y animar a los buenos, como por el mismo
tiempo aconteció a Alcorrejí, rey de Sevilla. En tiempo del rey don Bermudo,
con una entrada que hizo por la parte de Lusitania en Galicia, forzó y destruyó
la ciudad de Compostela, que es la más principal de aquella tierra, venerable
por la santidad del lugar y su devoción. Este impío atrevimiento fue luego
castigado por Dios, porque una peste repentinamente se levantó y extendió por
los moros de manera tal, que consumió todo el ejército; muy pocos volvieron
salvos a sus tierras para ser pregoneros de la divina venganza y verdaderos
testigos del estrago miserable.
Pasado este peligro, hubo en España nuevos
trabajos, tanto, que ningunos mayores después que ella comenzó a volver en sí.
La causa de estos males fue la discordia obstinada de los dos príncipes, el rey
don Bermudo y el conde don García, que fuera más justo se acordaran en ayudar a
la república. Gobernaba en Córdoba las cosas de los moros a su voluntad en
nombre del rey Hisem el Alhagib Mahomad, capitán de gran nombre, de singular
prudencia en guerra y en paz. Tenía este moro gran deseo de destruir los cristianos;
llevaba muy mal que su imperio en España se dilatase y que se envejeciesen las
fuerzas de los moros, y su nación se menoscabase, su crédito y sus fuerzas.
Ponía leña al fuego y atizábale don Vela, aquel de quien se dijo que en tiempo
del conde Fernán González se huyó a tierra de moros. No tenía algún respeto a
la religión de sus padres por deseo de su provecho particular y de vengarse.
Juntadas pues las gentes de los moros, con un
escuadrón de cristianos que acompañaban a don Vela acometió las tierras de
cristianos, y pasado el río Duero, que por largo tiempo fue frontera entre las
dos naciones (de que se dijo aquella parte Extremadura, apellido que adelante
se trasladó y trasfirió a otra comarca, si bien está lejos del río Duero, del
cual al principio se forjó el nombre de Extremadura), asentó sus reales a la
ribera del rio Astura o Estola, que pasa por León. El rey don Bermudo, dado que
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en fuerzas era más flaco, juntado arrebatadamente
su ejército, acometió de sobresalto a los enemigos, que estaban sin centinelas,
y de ninguna cosa menos cuidaban que de la venida de los nuestros, que entraron
los reales enemigos. La pelea fue sin orden ni concierto a manera de rebato;
muchos por estar sin armas fueron muertos; los demás moros, como acaso cada uno
se juntaba, peleaban, o delante de los reales, o entre el mismo bagaje; unos
huían, otros tomaban las armas, gran parte fueron heridos y muertos. En este
estado y en este peligro el capitán moro reparó el daño con su prudencia;
recogió los que pudo, púsolos en otra parte en ordenanza, y con ellos cargó
contra los cristianos, que no fueron bastantes a resistir en aquel trance, por
ser pocos en número, estar esparcidos por todos los reales y cansados con el
largo trabajo de la pelea. Finalmente, en un instante se trocó la fortuna de la
batalla; los que parecía haber vencido se pusieron en huida; siguiéronlos los
bárbaros, y ejecutaron el alcance de guisa que pocos de los nuestros sanos,
gran parte mal heridos, volvieron a León. Fuera aquella ciudad tomada por los
enemigos si no les forzara el invierno y el trabajo del frío y de las lluvias a
partirse del cerco con gran honra que ganaron en esta jornada y cargados de
despojos y presa, determinados otrosí de volver a la guerra luego que el tiempo
abriese y les diese lugar.
El rey don Bermudo, por el peligro que amenazaba y
por la poca fortaleza de la ciudad, hizo trasladar a Oviedo las reliquias de
los santos y los cuerpos de los reyes que allí yacían, porque no fuesen
escarnecidos de los enemigos si la tomaban. Él mismo se fue a aquella ciudad;
el cuidado de fortificar y defender a León dejó encargado al conde Guillén
González.
Concurrió esta batalla de Asturias con el año 984,
en el cual Mirón, obispo de Gerona, hijo de Mirón, conde de Barcelona,
falleció. Demás de esto, un grueso ejército de moros que andaba por aquella
comarca, tan grande era el coraje que tenían, vencieron en batalla cerca del
castillo de Moneada a Borello, primo del obispo Mirón; más de quinientos de los
fieles perecieron, los demás con el conde Borello se retiraron huyendo a
Barcelona.
El año siguiente de 985 fue señalado por el
desastre que avino a dos principales ciudades, León y Barcelona. A Barcelona
sitiaron los moros primero día de julio, que fue miércoles, indicción tercera,
aquellos mismos que en batalla vencieron a Borello; tomáronla a 6 de aquel mes;
muchos de los ciudadanos fueron llevados a Córdoba por esclavos, mas en breve
la ciudad volvió al señorío de los cristianos. Salióse Borello antes que la
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tomasen para juntar gente de socorro; levantó
gentes en Manresa y en los lugares comarcanos, con que formó un buen ejército y
con él recobró la ciudad. Murió el buen conde Borello ocho años adelante; dejó
de dos mujeres, llamadas Ledgardi y Aimerudí, dos hijos, que fueron Raimundo y
Armengaudo; el mayor quedó con el principado de Barcelona, a Armengaudo nombró
y hizo por su testamento conde de Urgel, y fue principio de la familia
nobilísima en Cataluña de los Armengaudos o Armengoles, que el tiempo adelante
dio muchos y excelentes capitanes para la guerra.
Por otra parte, el Alhagib Mahomad, juntado que
hubo un grueso ejército de nuevo, hecho más insolente y feroz por lo que
sucedió en la guerra pasada, volvió sobre León con voluntad determinada de
tomarla. Casi un año estuvo aquella ciudad cercada; batían ordinaríamente los
muros con las máquinas y ingenios, hicieron entradas por la parte de poniente y
mediodía. De cuánto momento sea el esfuerzo de un valeroso caudillo se echó
bien de ver por lo que el conde Guillén González, que era el capitán, hizo. Por
el continuo trabajo de tantos meses, quebrantadas las fuerzas, yacía en su
lecho enfermo; avisáronle del peligro en que en cierto aprieto se hallaban;
hízose llevar en una silla a aquella parte del muro donde era mayor el trabajo
y el combate más recio; amonesta a los suyos que resistan con grande ánimo, que
lugar de huir no quedaba ni aún para los cobardes; por tanto con las armas
defendiesen las vidas, patria, religión, libertad, mujeres e hijos, que de otra
suerte ninguna esperanza les restaba, por estar los enemigos irritados con tan
largo trabajo y ellos sin acogida ninguna; muchas veces gran muchedumbre de
moros en batalla quedaron vencidos por pocos cristianos; llamasen el ayuda de
los santos, que a su tiempo sin duda no faltaría.
Con estas palabras animados los soldados tres días
impidieron la entrada a los enemigos; estos pasados, como el capitán viese
entrada la ciudad y que él con pocos no podía resistir, no olvidado de su
esfuerzo pasado y de lo que debía a buen cristiano, se metió en lo más recio de
la pelea y murió con las armas en la mano. Los bárbaros, irritados por la
muerte de los suyos y largura de aquel cerco, sin tener cuenta ni hacer
diferencia entre hombres, niños y mujeres, todos los pasaron a cuchillo; la
ciudad fue saqueada, abatidas las murallas y todas las fortificaciones y
baluartes echados por tierra. El mismo desastre padecieron Astorga, Valencia
del Campo, el monasterio de Sahagún, Gordon, Alba, Luna y
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otros lugares y aldeas, que fueron unos quemados y
destruidos, parte tomados por fuerza y saqueados. Revolvieron contra Castilla,
y en ella asimismo tomaron, quemaron y saquearon a Osma, Berlanga, Atienza; no
se podía resistir en parte alguna.
Sin embargo, era tan grande el furor y locura que
se apoderara de los ánimosde los cristianos, que sin respeto de tan gran guerra
como tenían de fuera, vueltas contra sí las armas, como locos y sandios no
miraban el peligro que todo corría por causa de sus disgustos y diferencias.
Fue así, que luego el siguiente año siete nobilísimos hermanos, que vulgarmente
llaman los Infantes de Lara, fueron muertos por alevosía de Ruy Velázquez, su
tío, sin tener cuenta con el parentesco, que eran hijos de su hermana doña
Sancha, y de parte de padre venían de los condes de Castilla y del conde don
Diego Porcellos; de cuya hija, como de suso queda dicho, y de Nuño Belchides
nacieron Nuño Rasura, bisabuelo del conde Garci Fernández, y otro hijo llamado
Gustio González. Este caballero fue padre de Gonzalo Gustio, señor de Salas de
Lara, y sus hijos estos siete hermanos conocidos en la historia de España, no
más por la fama de sus proezas que por la desastrada muerte que tuvieron. En un
mismo día los armó caballeros el conde don García conforme a la costumbre en
aquellos tiempos recibida, en particular en España.
Aconteció que Ruy Velázquez, señor de Villaren,
celebraba sus bodas en Burgos con doña Lambra, natural de tierra de Briviesca,
mujer principal, y aún prima carnal del conde Garci Fernández. Las fiestas
fueron grandes y el concurso a ellas de gente principal. Halláronse presentes
el conde Garci Fernández y los siete hermanos con su padre Gonzalo Gustio;
encendióse una cuestión por pequeña ocasión entre Gonzalo, el menor de los
siete hermanos, y un pariente de doña Lambra, que se decía Alvar Sánchez, sin que
sucediese algún daño notable, salvo que Lambra, como la que se tenía por
agraviada con aquella riña, para vengar su saña en el lugar de Barbadillo,
hasta donde los hermanos por honrarla la acompañaron, mandó a un esclavo que
tirase a Gonzalo un cohombro mojado o lleno de sangre; grave injuria y ultraje
conforme a la costumbre de España. El esclavo se quiso valer de su señora doña
Lambra; no le prestó, que en su mismo regazo le quitaron la vida. Ruy
Velázquez, que a la sazón se hallaba ausente ocupado en cosas de importancia,
luego que volvió, alterado por aquella injuria, y agraviado por la afrenta de
su mujer, comenzó a tratar de vengarse de los hermanos. Parecióle
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conveniente con muestra de paz y benevolencia, cosa
la más perjudicial, armar sus lazos a los que pretendía matar.
Primeramente dio orden que Gonzalo Gustio fuese a
Córdoba; la voz era para cobrar ciertos dineros que el rey bárbaro había
prometido; la verdad, para que fuese muerto lejos de su patria, como Ruy
Velázquez rogaba al rey que hiciese, con cartas que le escribió en esta razón
en arábigo. El moro, o por compasión que tuvo a las canas de hombre tan
principal, o por dar muestra de su benignidad, no le quiso matar; contentóse
con ponerle en la cárcel. Era la prisión algo libre, con que cierta hermana del
rey tuvo entrada para comunicarle. De esta conversación dicen que nació Mudarra
González, principio y fundador del linaje nobilísimo en España de los
Manriques. No se contentó el feroz ánimo de Ruy Velázquez con el trabajo de
Gonzalo Gustio; llevó adelante su rabia. Cerca de Almenara, en los campos de
Araviano, o las faldas de Moncayo, metió con muestra de hacer entrada en la
tierra de los moros en una celada a los siete hermanos, bien descuidados de
semejante traición. Bien que Nuño Salido, su ayo, por sospechar el engaño,
procuró apartarlos para que no corriesen a su perdición; pero fue en vano,
porque así lo quiso o lo permitió Dios. Iban con ellos docientos de a caballo,
pocos para el gran número de los moros que cargaron. Descubierta la celada, los
siete hermanos pelearon como buenos, dieron la muerte a muchos, pretendían
vencer si pudiesen o por lo menos vender sus vidas muy caro y dejar a los
enemigos la victoria a costa de mucha sangre, resueltos de no dejarse prender
ni afear con el cautiverio la gloria y nobleza de su linaje y sus hazañas
pasadas. Murieron todos siete y juntamente Salido, su ayo.
Las cabezas enviaron a Córdoba en presente
agradable para aquel rey; pero muy triste para su padre viejo, ca se las
hicieron mirar y reconocer sin embargo que llegaron podridas y desfiguradas.
Verdad es que sucedió en provecho suyo en alguna manera, ca el rey, por
compasión que le tuvo, le dejó ir libre a su tierra. Mudarra, habido en la
hermana del rey fuera de matrimonio, ya que era de catorce años, por persuasión
de su madre se fue para su padre, y adelante vengó las muertes de sus hermanos
con darla a Ruy Velázquez, causa de aquel daño. Doña Lambra, su mujer, ocasión
de todos estos males, fue apedreada y quemada. Con esta venganza que tomó de
las muertes de sus hermanos ganó las voluntades de su madrastra doña Sancha y
de todo su linaje de tal guisa, que heredó el señorío de su padre. Prohijóle
otrosí doña Sancha, su madrastra; la adopción se hizo en esta
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manera, aunque grosera, pero memorable. El mismo
día que se bautizó y fue armado caballero por el conde de Castilla Garci
Fernández, su madrastra, resuelta de tomarle por hijo, usó de esta ceremonia:
metióle por la manga de una muy ancha camisa, y sacóle la cabeza por el
cabezón; diole paz en el rostro, con que le pasó a su familia y recibió por su
hijo. De esta costumbre salió el refrán vulgar: entra por la manga y sale por
el cabezón; dícese del que siendo recibido a trato familiar cada día se ensancha
más.
Hijo de Mudarra fue Ordoño, y nieto Diego Ordóñez
de Lara, aquel con quien los hijos de Arias Gonzalo, para librar a su patria de
la infamia de traición que le cargaban por la muerte del rey don Sancho, que le
mató con un venablo Vellido Dolfo, pelearon en desafío e hicieron con él campo.
De este Diego Ordóñez fue hijo el conde don Pedro, conocido por los amores y
afición que la reina doña Urraca le mostró. Su nieto fue Amalarico de Lara,
señor de Molina, de quien procedió el linaje de los Manriques y aún de los
reyes de Portugal de parte de madre, por haber casado Malfada, hija de
Amalarico, con don Alfonso, primero de este nombre y primer rey de Portugal, si
bien hay quien diga que Malfada fue de la casa de Saboya; pero de estas cosas
se tornará a hablar adelante. En el claustro del monasterio de San Pedro de
Arlanza se muestra el sepulcro de Mudarra. Sobre el lugar en que los siete
hermanos fueron sepultados, hay contienda entre los monjes de aquel monasterio
y de San Millán de la Cogolla; ¿qué juez los podrá poner en paz?
Estaba sosegada España cansada de tantos males, y
más faltaban fuerzas que voluntad de alterarse. Duró este sosiego hasta tanto
que el séptimo año después que fueron muertos los infantes de Lara, que fue el
año 993 de nuestra salvación, los moros, tomadas de nuevo las armas,
destruyeron las tierras de la Lusitania; y por aquella comarca entrados en
Galicia, tomaron de nuevo por fuerza y pusieron fuego a la ciudad de
Compostela. Grande era la enemiga que tenían con aquel santo lugar. No
perdonara aquella malvada gente al sepulcro del apóstol Santiago si un
resplandor que de repente fue visto no reprimiera por voluntad de Dios sus
dañados intentos. Verdad es que las campanas, para que fuesen como trofeo y
memoria de aquella victoria, fueron en hombros de cristianos llevadas a
Córdoba, do por largo tiempo sirvieron de lámparas en la mezquita mayor de los
moros. Siguióse luego la divina venganza; muchos perecieron, parte con
enfermedad de cámaras, parte con peste que les
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sobrevino, parte también porque el rey don Bermudo,
tomadas las armas, les iba picando por las espaldas, y en todas partes los
trabajaba; los daños fueron de suerte, que pocos volvieron salvos a su tierra.
El capitán de toda esta jornada, Mahomad Alliagib, que tantas veces libremente
acometió las tierras de los cristianos, fue uno de los que escaparon.
El mismo año falleció el rey de Navarra don García.
Sucedió en su lugar su hijo Garci Sánchez, llamado el Trémulo, como y por la
causa que arriba queda tocado. Reinó por espacio de siete años, muy esclarecido
por las victorias que ganó en las guerras; fue liberal, o por mejor decir,
pródigo en dar, en que si no hay templanza, suele acarrear daño por agotar la
fuente de la misma liberalidad, que son los tesoros públicos, como sucedió a
este Rey, y entrar en necesidad de inventar nuevas imposiciones para suplir
esta falta. En los archivos de San Millán hay privilegios de este rey; mas
cuánto crédito se les haya de dar, cada uno por sí mismo lo podrá juzgar. Allí
se dice que tuvo un hermano llamado Gonzalo, y que junto con su madre doña
Urraca tuvo el reino de Aragón; lo que si fue verdad, o aquel estado y
principado duró poco tiempo, o por morir él sin hijos recayó el señorío en su
hermano y descendientes.
Alegre don Bermudo, rey de León, y ufano por el
destrozo que hizo de los moros, entró en pensamiento que si los cristianos, de
cuyas discordias tantos males resultaban, se confederasen y juntasen en uno sus
fuerzas, podrían aprovecharse de los moros y deshacer su poder. Despachó en
este propósito sus embajadores al rey de Navarra y al conde de Castilla don
García para amonestarles hiciesen liga con él. Decíales que debían moverse por
el común peligro de los cristianos, y si en particular tenían algunos disgustos
perdonarlos por el bien de la patria; que con las armas comunes, juntos todos,
vengasen y enfrenasen los intentos impíos de aquella bárbara gente. A estas
embajadas y justísimas demandas fácilmente se acordaron aquellos príncipes.
Con esto, de todas las tres naciones formaron un
ejército muy grueso. El rey de Navarra no se halló presente por estar ocupado,
a lo que se entiende, en concertar las cosas de su nuevo reino. El rey don
Bermudo, dado que enfermo de gota, en una litera, y con él el conde don García
movieron contra los moros, de quien tenían aviso que, con deseo de rehacerse
del daño pasado, levantaban nuevas gentes y eran salidos de Córdoba, y que
talado que hubieron los campos de Galicia y saqueado los pueblos, revolvian hacia
Castilla. Cerca de un pueblo llamado Calatañazor,
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situado en la frontera de Castilla y de León, se
dieron vista y juntaron las huestes. Diose la batalla, que fue muy reñida,
hasta que cerró la noche; cayeron muchos de la una parte y de la otra sin
quedar declarada la victoria; sólo por partirse los moros aquella noche a
cencerros tapados dieron muestra que llevaron lo peor y que fueron vencidos por
el esfuerzo de los nuestros, especial que la partida fue a manera de huida,
como se entendió por los despojos que dejaron en los reales y cosas que por el
camino con deseo de apresurarse arrojaban.
El pesar que de este revés recibió el Alhagib,
general de los moros, fue tal, que de coraje se dice murió en el valle
Begalcorax sin querer comer bocado, lo cual sucedió el año 998. Gobernó este
capitán las cosas de los moros por espacio de veinte y cinco años por su rey,
que vivía ocioso sin cuidar más que de sus deportes. Fue hombre animoso,
enemigo del ocio, acometió las tierras de los cristianos cincuenta y dos veces,
y muchas de ellas quedó vencedor. El día mismo que en Calatañazor se dio la
batalla, uno en traje de pescador en Córdoba a la ribera de Guadalquivir, con
ser tan grande la distancia de los lugares, se dice que cantó en voz llorosa
algunas voces en metros arábigos, otras en españoles: «En Calatañazor Almanzor
perdió el tambor»; por donde sospecharon que el demonio en figura de hombre
publicó la victoria, en especial que, como pretendiesen los de Córdoba echarle
mano, se desapareció y se les fue como sombra. El cuerpo del general difunto
llevaron a Medinaceli.
Sucedió en el gobierno de aquel reino su hijo
Abdelmelic el mismo año que murió su padre, que se contaba de los árabes 393;
tuvo aquel cargo y mando por espacio de seis años y ocho meses. Desde este
tiempo el reino de los moros, que por esfuerzo de Mahomad se conservara (de tan
grande momento es muchas veces una buena cabeza), comenzó manifiestamente a
declinar e ir de caída. Las discordias domésticas, peste de los grandes
imperios, y el poco gobierno fueron causa de este mal. Abdelmelic, más amigo de
ocio que de guerra, mostró no hacer caso de las semillas y principios de
aquella discordia, que debiera al momento alejar. Verdad es que luego que murió
su padre acometió a hacer guerra a los cristianos y puso grande espanto;
mayormente en la ciudad de León, todo lo que quedaba entero de la destrucción
pasada o de nuevo se reedificara, lo echó Abdelmelic por tierra y lo abatió.
Todavía los principios de esta guerra fueron para los moros más alegres que el
remate, porque acudió el conde don García, y con su venida forzó los moros a
volver las espaldas, y
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muertos muchos de ellos, tornar en pequeño número a
su tierra. La desconfianza y miedo que les entró después de este daño fue tan
grande, que no trataron más de hacer guerra en tanto que Abdelmelic tuvo aquel
cargo.
La alegría de este buen suceso no fue pura, antes
se aguó y destempló con la carestía de mantenimientos que causó la falta de las
lluvias. Gudesteo, obispo de Oviedo, estaba preso por mandado del Rey, iba en
tres años. Acostumbraba este príncipe a dar oídos a los chismes de hombres
malos. Esto se persuadía el pueblo era la causa del daño, y los hombres santos
decían ser la hambre castigo del cielo por el agravio que se hacía al Obispo
inocente, y anunciaban que si no había enmienda se seguiría alguna grave peste.
Temíase algún alboroto, porque la muchedumbre, cuando se mueve por escrúpulo y
opinión de religión, más fácilmente obedece a los sacerdotes que a los reyes;
fue pues Gudesteo sacado de la cárcel.
Este mismo año, que se contó del nacimiento de
Cristo 999, y fue apretado por la dicha carestía grande y falta extraordinaria,
se hizo también señalado por la muerte que sucedió en él del rey don Bermudo.
En un pueblo llamado Beritio falleció de los dolores de la gota, que mucho
tiempo le trabajaron. Fue sepultado en Villabuena o Valbuena, desde allí
pasados ventitrés años le trasladaron a la iglesia de San Juan Bautista de la
ciudad de León. Tuvo dos mujeres, llamadas, la una Velasquita, la otra doña Elvira.
A la primera repudió más por la libertad de aquellos tiempos que porque lo
permitiese la ley cristiana; tuvo en ella una hija, llamada Cristina. De doña
Elvira tuvo dos hijos, que fueron don Alfonso y doña Teresa. Demás de esto, de
dos hermanas, con quien más mozo tuvo conversación, dejó fuera de matrimonio a
don Ordoño y a doña Elvira y a doña Sancha. Cristina, la hija mayor del rey don
Bermudo, casó con otro don Ordoño, llamado el Ciego, que era de sangre real. De
este matrimonio nacieron don Alfonso, don Ordoño, don Pelayo, y fuera de estos
doña Aldonza, que casó con don Pelayo, llamado el Diácono, nieto del rey don
Fruela, segundo de este nombre, hijo de don Fruela, su hijo bastardo. De don
Pelayo y de doña Aldonza nacieron Pedro, Ordoño, Pelayo, Nuño y Teresa; de
estos procedieron los condes de Carrión, varones señalados en la guerra, de
valor y de prudencia, como se declara en otro lugar.
Volvamos a la razón de los tiempos. Pelagio,
ovetense, y don Lucas de Tuy atribuyen a este rey don Bermudo lo que arriba
queda dicho de
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Ataúlfo, obispo de Compostela, del toro feroz y
bravo que soltaron contra él sin que le hiciese daño alguno. Nos damos más
crédito en esta parte a la Historia Compostelana, que dice lo que de suyo
relatamos; y es bastante muestra de estar mudados los tiempos en los que esto
dicen, y del engaño no hallarse por estos años algún obispo de Compostela que
se llamase Ataúlfo.
X. De don Alfonso el quinto, rey de León
Ayos del rey don Alfonso en su menor edad, por
mandado del rey don Bermudo, su padre, fueron Melendo González, conde de
Galicia, y su mujer, llamada doña Mayor. Los mismos, por quedar don Alfonso de
cinco años, gobernaron asimismo el reino con grande fidelidad y prudencia,
conforme a lo que dejó en su testamento el rey muerto mandado, en que vinieron
todos los estados del reino. Llegado el nuevo rey a mayor edad, para que los
ayos tuviesen más autoridad y en recompensa de lo que en su crianza y en el gobierno
del reino trabajaron, le casaron con una hija que tenían, llamada doña Elvira.
Tuvo de este matrimonio dos hijos, don Bermudo y doña Sancha. Reinó por espacio
de veintinueve años.
El segundo año de su reinado, que fue de Cristo el
1000 justamente, por muerte del rey de Navarra don Garci Sánchez, el Trémulo o
Temblador, sucedió en aquel estado un hijo que tenía en doña Jimena, su mujer
(no aciertan los que la llaman Elvira o Constancia o Estefanía), por nombre don
Sancho. Este príncipe en su menor edad tuvo por maestro a Sancho, abad de San
Salvador de Leire, que le enseñó todo lo que un príncipe debe saber, y amaestró
en todas buenas costumbres. Reinó treinta y cuatro años; fue tan señalado en
todo género de virtudes, que le dieron sobrenombre de Mayor, y alcanzó tan
buena suerte, que todo lo que en España poseían los cristianos casi lo redujo
debajo de su imperio y mando; bien que no acertó ni fue buen consejo dividirlo
y repartirlo entre sus hijos, como lo hizo, menguando las fuerzas y majestad
del reino.
Cuán quietos estaban los dos reinos cristianos por
la buena maña de los que los gobernaban, no menos se alteraron por este tiempo
las armas de Castilla primero, después las de los moros. Los unos y los otros
por las diferencias domésticas se iban despeñando en su perdición. Don Sancho
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García se apartó de la autoridad del conde Garci
Fernández, su padre, y de su obediencia; no se sabe por cuál causa, sino que
nunca faltan, en las casas reales mayormente, hombres de dañada intención que
con chismes y reportes encienden la llama de la discordia entre hijos y padres.
Puede ser que don Sancho, cansado de lo mucho que vivía su padre, acometió tan
grave maldad, por serle cosa pesada esperar los pocos años que, conforme a la
edad que tenía, le podrían quedar. Vinieron a las armas, y divididas las
voluntades de los vasallos entre el padre y el hijo, las fuerzas de aquel
estado se enflaquecieron; no estuvo esto encubierto a los moros, que la
provincia estaba en armas, dividida la nobleza, alborotado el pueblo con sus
valedores de la una y de la otra parte. Acordaron aprovecharse de la ocasión
que la dicha discordia les presentaba. Con esta venida de los moros y entrada
que hicieron, la ciudad de Ávila, que poco a poco se iba reparando, de nuevo
fue destruida, y La Coruña y Santisteban de Gormaz, en el territorio de Osma,
padecieron el mismo estrago. Grande era el peligro en que las cosas estaban, y
aún con el miedo de fuera no se sosegaban las alteraciones y parcialidades, si
bien se entretuvieron para no llegar del todo a rompimiento y a las puñadas. El
conde Garci Fernández, movido por el daño que los moros hacían, con los que
pudo juntar salió al enemigo al encuentro. Alcanzólos por aquellas comarcas y
presentóles la batalla. Fue brava la pelea; el conde, que llevaba poca gente,
quedó vencido y preso con tales heridas, que de ellas en breve murió. Tuvo el
señorío de Castilla como treinta y ocho años; quién dice cuarenta y nueve. No
fue desigual a su padre en la grandeza y gloria de sus hazañas. Los enemigos le
quitaron la vida; la fama de su valor dura y durará. Su cuerpo, rescatado por
gran dinero, le sepultaron en el convento de San Pedro de Cardeña. Diose esta
desgraciada batalla el año 1006.
El año luego siguiente, 1007, en Toledo una grande
creciente abatió el famoso monasterio agaliense; los monjes se pasaron al de
San Pedro de Sahelices. Así lo dice el arcipreste Juliano.
Dejó el conde una hija, llamada doña Urraca, que
fue monja en el monasterio de San Cosme y San Damián del lugar de Covarrubias.
Este monasterio edificó el conde, su padre, desde los cimientos, y le dotó de
grandes heredades y gruesas rentas, diole muchas alhajas y preseas. Puso por
condición que si alguna doncella de su descendencia no quisiese casarse,
sustentase la vida con las rentas de aquol monasterio. Sucedió en el señorío y
condado de Castilla al padre muerto su hijo don Sancho,
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afeado y amancillado por haberse levantado contra
su padre, y por el consiguiente dado ocasión a aquel desastre. Por lo demás fue
piadoso, dotado de grandes virtudes y partes de cuerpo y ánima.
Falleció por el mismo tiempo en Córdoba el Alhagib
Abdelmelic; sucedióle en el cargo Abderramán, hombre malo y cobarde; por
afrenta le llamaban vulgarmente Sanciolo. Muerto este dentro de cinco meses,
Mahomad Almahadio, que debía ser del linaje de los Aben Humeyas, tomadas las
armas, se apoderó del rey Hisem, que con el ocio y con los deleites estaba sin
fuerzas y sin prudencia, y no se conservaba por su esfuerzo, sino con la ayuda
de otros. Publicó que le quitara la vida, degollando otro que le era muy semejante;
maña con que Almahadio quedó apoderado del reino de Córdoba y Hisem vivo, que
le pareció guardarle para lo que aviniese. Esto pasó el año que se contaba de
los árabes 400 justamente. Acudió desde África un pariente de Hisem, llamado
Zalema; éste con los de su valía y gente que se le arrimó, además de las
fuerzas de don Sancho, conde de Castilla, que le asistió en esta empresa y con
él hizo liga, en una batalla muy herida que se dio cerca de Córdoba venció al
tirano Almahadio. Murieron en esta pelea treinta y cinco mil moros, que era
toda la fuerza y nervio del ejército morisco y de aquel reino; por donde
adelante comenzaron los moros a ir claramente de caída. Señalóse sobre todos el
conde don Sancho, su valor, esfuerzo e industria, y fue la principal causa que
se ganase la jornada.
Almahadio después de esta rota se retiró y encerró
dentro de la ciudad; y lo que tenía apercibido para los mayores peligros, sacó
a Hisem de donde le tenía escondido y preso. Puesto a los ojos de todos y en
público, amonestó al pueblo antepusiesen a su señor natural al extranjero y
enemigo. Los ciudadanos, turbados con el temor que tenían del vencedor, no
hacían caso de sus pulabras y amonestaciones; en ocasiones semejantes cada cual
cuida mas de asegurarse que de otros respetos. Así le fue forzoso, dejada la
ciudad a su contrario, retirarse a Toledo. Llevó consigo, a lo que se entiende,
a Hisem, o sea que le escondió segunda vez. Era Alhagib de Almahadio, y como
virrey suyo otro moro, llamado Almahadio. Éste, con deseo de fortificarse
contra las fuerzas e intenciones de los contrarios y para ayudarse de socorros
de cristianos, pasó a Cataluña para con toda humildad rogar a aquellos señores
le acudiesen con sus gentes. Propúsoles grandes intereses, ofrecióles partidos
aventajados. Los condes don Ramón de Barcelona y Armengol de Urgel, persuadidos
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de aquel bárbaro, con buen número de los suyos, se
juntaron con las gentes que en aquel intermedio el tirano Almahadio tenía
levantadas en Toledo y su comarca, que eran en gran número y fuertes.
Contábanse en aquel ejército nueve mil cristianos y treinta y cuatro mil moros.
Juntáronse las huestes de una parte y de otra en
Acanatalhacar, que era un lugar cuarenta millas de Córdoba, al presente un
pueblo llamado Alhacar está o cuatro leguas de aquella ciudad. Trabóse la
batalla, que fue muy reñida y dudosa, ca los cuernos y costados izquierdos de
ambas partes vencieron, los de manderecha al contrario. Zulema y el conde don
Sancho al principio mataron gran número de los contrarios. Entre éstos, a los
primeros golpes y encuentros murieron los obispos Amulfo, de Vic, Aecio, de Barcelona,
Otón, de Gerona; cosa torpe y afrentosa que tales varones tomasen las armas en
favor de infieles. El mismo conde de Urgel fue asimismo muerto. Almahadio con
su esfuerzo reparó la pelea, y animando a los suyos, quitó a los enemigos la
victoria de las manos. Zulema, como se vio vencido y desbaratados los suyos, se
huyó primero a Azafra, después desconfiado de la fortaleza de aquel lugar,
determinó de irse mas lejos, que fue todo el año de los árabes de 404, de
Cristo 1010.
Quedó el reino por Almahadio, si bien Almahario, su
Alhagib, lo gobernaba todo a su voluntad, conforme a la calamidad de aquellos
tiempos aciagos; en que pasó tan adelante, que después de la partida de don
Ramón, conde de Barcelona, sin ningún temor ni respeto alevosamente dio la
muerte a su señor; una traición contra otra. Con esto Hisem, el verdadero rey,
fue restituido en su reino. La cabeza de Almahadio el tirano enviaron a Zulema,
su competidor, que en un lugar llamado Citava se entretenía por ver en qué
pararían aquellas revoluciones tan grandes. Pretendían y deseaban los moros que
el dicho Zulema se sujetase a Hisem como a verdadero rey y deudo suyo, por
quien al principio mostró tomar las armas. Él, encendido en deseo de reinar,
cuya dulzura es grande, aunque engañosa, y que con muestra de blandura encubre
grandes males, juntaba fuerzas de todas partos, y hacia de ordinario correrías
en las tierras comarcanas. La parcialidad de los Aben Humeyas, de que todavía
quedaban rastros en Córdoba, era aficionada a Zulema, y por su respeto trataba
de dar la muerte a Hisem. No salieron con su intento, a causa que el dicho Rey,
avisado del peligro, usó en lo de adelante de más recato y vigilancia. Zulema,
perdida esta esperanza, solicitó al conde don Sancho para que con respeto de la
amistad pasada de
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nuevo le ayudase. El conde, después de haberlo todo
considerado, se resolvió de confederarse con Hisem, de quien esperaba mayor
ganancia, y en particular asentó que le restituyese seis castillos que el
Alhagib Mahomad por fuerza de armas los años pasados quitara a los cristianos,
lo cual él hizo forzado de la necesidad, por no faltar a tales esperanzas de
ser socorrido en aquella apretura, y privar a su contrario de aquel arrimo.
En el entre tanto Obeidalla, hijo de Almahadio, con
ayuda de sus parciales se hizo rey de Toledo. Otros le llaman Abdalá, y afirman
que tuvo por mujer a doña Teresa con voluntad de don Alfonso, su hermano, rey
de León; gran desorden y mengua notable. Lo que pretendía con aquel casamiento
era que las fuerzas del uno y del otro reino quedasen más firmes con aquella
alianza; demás que se presentaba ocasión de ensanchar la religión cristiana, si
el moro se bautizaba según lo mostraba querer hacer. Con esto, engañada la
doncella, fue llevada a Toledo, celebráronse las bodas con grande aparato, con
juegos y regocijos y convite, que duró hasta gran parte de la noche. Quitadas
las mesas, la doncella fue llevada a reposar. Vino el Moro encendido en su
apetito carnal. «Ella afuera, dice, tan grave maldad, tanta torpeza. Una de dos
cosas has de hacer: o tú con los tuyos te bautizas y con tanto goza de nuestro
amor; si esto no haces, no me toques. De otra manera, teme la venganza de los
hombres, que no disimularán nuestra afrenta y tu engaño, y la de Dios, que
vuelve por la honestidad sin duda y castidad de los cristianos. De la una y de
la otra parte te apercibo serás castigado. Mira que la lujuria, peste blanda,
no te lleve a despeñar». Ésto dijo ella. Las orejas del Moro con la fuerza del
apetito desentrenado estaban cerradas; hizole fuerza contra su voluntad.
Siguióse la divina venganza, que de repente le sobrevino una grave dolencia;
entendió lo que era y la causa de su mal. Envió a doña Teresa en casa de su
hermano con grandes dones que le dio. Ella se hizo monja en el monasterio de
San Pelagio de León, en que pasó lo restante de la vida en obras pías y de
devoción, con que se consolaba de la afrenta recibida. A Obeidalla no le duró
mucho el reino; venciéronle las gentes del rey Hisem, y preso fue puesto en su
poder.
Continuaban las revueltas entre los moros y lus
alteraciones en todas las partes de aquel reino. A los cristianos se ofrecía
muy hermosa ocasión para deshacer toda aquella gente, si juntadas las fuerzas
quisieran antes mirar por la religión que servir a las pasiones de los moros y
ayudarlos. Mas ésta fue la desgracia de todos los tiempos; siempre las
aficiones
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particulares se anteponen al bien común, y ninguna
cosa de ordinario menos mueve que el celo de la religión cristiana. Las tierras
de los moros, no sólo eran trabajadas con la llama de la guerra, sino también
de gravísima hambre por haberse tanto tiempo dejado la labor de los campos.
Zulema, visto que el conde don Sancho no lo
ayudaba, hizo sus avenencias con los reyes moros de Zaragoza y Guadalajara. Con
estas ayudas se apoderó de Córdoba por fuerza; y como Hisem se huyese a África,
tornó Zulema a recobrar todo aquel reino de nuevo. Entre los que seguían a
Hisem, uno, llamado Haitan, tenía el primer lugar en autoridad y poder. Éste se
apoderó de Orihuela, ciudad asentada a la ribera del mar Mediterráneo, y por la
comodidad de aquel lugar hizo venir a España, con la intención que le dio de
hacerle rey, a Alí Abenhamit, que tenía por Hisem el gobierno de Ceuta. Zulema
no era igual en fuerzas a los dos enemigos. Así fue en batalla vencido cerca de
Córdoba, y por los ciudadanos entregado al vencedor, y muerto por mano del
mismo Alí con palabras afrentosas y ultrajes que le dijo, ca le dio en cara
haber sido el primero que contra el rey Hisem, su legítimo señor, tomó las
armas.
No hay fidelidad entre los compañeros del reino;
quejábase Haitan que Alí, el nuevo rey, no guardaba lo con él capitulado; hizo
conjuración y liga con Mundar, hijo de Hiaya, rey de Zaragoza; juntaron de cada
parte sus huestes, diose la batalla cerca de Córdoba, en que Haitan fue
vencido. Tras esto por ocasión de la muerte de Alí, quería Haitan hacer rey a
Abderramán Almortada. La muerte de Alí fue de esta manera: salió de Córdoba en
seguimiento de Haitan, llegó a Guadix, y allí sus mismos eunucos le mataron en
un baño en que se lavaba, año de los árabes 408.
Sucedió por voto de los soldados en aquella parte
del reino y en Córdoba un hermano de Alí, llamado Cazin, que hicieron los de
aquella parcialidad venir de Sevilla, do en aquella sazón moraba. Tuvo el reino
por espacio de tres años, cuatro meses, ventiséis días con desasosiego, a causa
que el Almortada ya dicho, con asistencia de Haitan y de Mundar, se apoderó de
Murcia y de toda aquella comarca y se llamó rey. Era hombre soberbio Almortada,
y que ni daba grata audiencia ni recibía bien a los que venían a negociar, y a
los que le dieron el reino, como si fueran sus acreedores, los miraba con ojos
torcidos y sobrecejo, que fue causa de su perdición. En Granada por conjuración
de los suyos y con voluntad del señor de aquella ciudad, fue muerto. Cazin con
la muerte de Almortada le pareció quedaba de todo punto por rey, en especial
que con deseo de
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ganarle la voluntad, los de Granada le enviaron los
despojos del enemigo muerto. En breve empero aquella alegría le salió vana, se
regaló y se mudó en nuevo cuidado. Los ánimos de la muchedumbre alterada nunca
paran en poco; así los ciudadanos de Córdoba, con ocasión de que Cazin se
partió a Sevilla, alzaron por rey a Hiaya, sobrino del mismo, hijo de su
hermano Alí, hombre manso y liberal, de que mucho se paga la muchedumbre y el
pueblo. Pero como éste se fuese y partiese a Málaga, de que antes era señor, Cazin
tornó por las armas a hacerse señor de Córdoba, año de los árabes de 414. Este
nuevo señorío que tuvo de aquella ciudad le duró poco, solos siete meses y tres
días. Por causa de un alboroto que ocasionó en la ciudad la insolencia de los
soldados que maltrataban a los ciudadanos, fue forzado a huir a Sevilla, en que
asimismo no pudo detenerse mucho tiempo por tener su contrario ganadas las
voluntades de aquella ciudad. Después de esto, anduvo vagabundo y descarriado,
hasta tanto que al fin vino a poder de Hiaya, y fue puesto por él en prisión.
Eran los más de estos reyes del linaje de los Alavecinos, bando muy poderoso en
aquel tiempo en fuerzas y en autoridad.
Los ciudadanos del bando contrario, es a saber, de
los Aben Humeyas, se juntaron, y hechos más fuertes, alzaron por rey a
Abderramán, hermano de Mahomad (creo de aquel Mahomad Almahadio que fue el
primero que tomó las armas contra Hisem), pero con la misma liviandad fue
muerto dentro de dos meses. La severidad que él mostraba, y la inconstancia de
aquella gente fueron causa de su perdición. Con tanto, un cierto Mahomad fue
puesto en su lugar; tuvo el reino un año, cuatro meses y veinte y dos días;
éste al tanto murió a manos de los ciudadanos. Lo mismo sucedió al hijo de Alí,
llamado Hiaya, que era del bando contrario, y el tiempo pasado fue alzado por
rey, ca con la misma deslealtad del pueblo le mataron eu Málaga, en que, como
queda dicho, estaba retirado. Reinó en Córdoba solos tres meses y veinte días.
Por su muerte Idricio, hermano de Alí y tío de Hiaya, fue llamado para ser rey
desde África, do era señor de Ceuta.
Éste, llegado que fue a España, por el derecho que
tenía del parentesco con los dos príncipes susodichos y por las armas, se
apoderó del reino de Granada, de Sevilla, de Almería y de otras ciudades
comarcanas. Lo mediterráneo quedó por Hisem, ca después de la muerte de Hiaya
los de Córdoba le habían vuelto al reino, o era otro del mismo nombre, que
aquellos ciudadanos de nuevo levantaron por rey, que en todo esto hay
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poca claridad. Los desórdenes de los que gobiernan
suelen redundar en daño de sus señores, como sucedió a Hisem; que su alhagib,
que era como virrey, que lo gobernaba todo, por ser cruel y apoderarse de los
bienes públicos y particulares, acostumbrado a sacar ganancia de los daños
ajenos y desgracias, fue causa que la ciudad se alborotó de suerte que el
Alhagib fue muerto y el rey echado del reino.
En aquella revuelta un cierto Humeya, ayudado de
una cuadrilla de mozos desbaratados y revoltosos, entró en el alcázar y pidió a
los soldados que le alzasen por rey. Excusábanse ellos por la deslealtad de los
ciudadanos, revuelta y desgracia de los tiempos. Decíanle que escarmentase en
cabeza ajena, y por el ejemplo de los otros entendiese claramente que
semejantes intentos no salían bien. «A esto, hoy, dijo él, me llamad rey, y
matadme mañana»; tan poderoso es el deseo de mandar, tan grande la dulzura de ser
señores. Todavía por orden de los ciudadanos fueron echados de la ciudad a un
mismo tiempo este Humeya y el Hisem ya dicho, y con ellos todos los Aben
Humeyas, como causa de tan graves daños.
Hisem, trabajado con tanta variedad de cosas como
por él pasaron, últimamente paró en Zaragoza; recibióle benignamente el rey de
aquella ciudad, llamado Zulema Abenhut. Diole un castillo, llamado Alzuela, en
que pasó como particular lo restante de su vida. De Idricio no dice en qué
parase el arzobispo don Rodrigo, que refiere esta cuenta de los postreros reyes
de Córdoba con alguna mayor oscuridad de la que aquí llevamos; mas ¿cómo se
puede relatar con claridad revuelta tan confusa y tan grande?
Resta decir que desde este tiempo el señorío de los
moros, que por tantos años tuvo tan gran poder en España, se enflaqueció de
guisa, que se dividió en muchos señoríos; cada cual de los que tenían el
gobierno se llamaron reyes de las ciudades que tenían a su cargo, sin que nadie
en aquellas revueltas les fuese a la mano. Así, en lo de adelante se cuentan
muchos reyes en diversas partes; en Córdoba Jahuar, en Sevilla Albucacín y su
hijo Habeth, en Toledo Haitan, el que ayudó a Alí, rey de Córdoba, al principio,
y después fue su contrario. Hijo de este rey de Toledo fue otro Hisem, nieto
Almenon, bien que algunos dan más antiguo principio que éste a los reyes moros
de Toledo. La verdad es que aquella ciudad con sus reyes que tenía o tomaba,
muchas veces se rebeló contra los reyes de Córdoba. Los moradores de ella se
atribuían el primer lugar entre las
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ciudades de España, y por esta causa no podían
llevar que les hiciesen demasías. En otras ciudades remanecieron otrosí nuevos
reyes, mas no hay para qué contarlos aquí, ni aún se podría hacer con
certidumbre y claridad. Basta saber que estos señoríos se conservaron y
permanecieron hasta tanto que los Almorávides, linaje y gente muy poderosa, de
África pasaron en España con su rey y caudillo Tesefin, que fue el año de los
árabes de 484, año que concurre con el de 1091 de Cristo, y en otro lugar mas a
propósito se relatará. Al presente volvamos atrás al cuento de las cosas que
los cristianos, el conde don Sancho y el rey don Alfonso, obraron.
XI. De lo demás que sucedió en tiempo del rey
don Alfonso
Don Sancho, conde de Castilla, deseoso de vengar la
muerte de su padre con ayuda de los leoneses y navarros, con quien el año
pasado puso confederación, entró por tierra de Toledo metiendo a fuego y a
sangre todo lo que topaba. El mismo estrago hizo en tierra de Córdoba, hasta
donde los nuestros entraron animados con el buen suceso; en ambas partes
hicieron presas de hombres y de ganados. Si los daños fueron grandes, mayor era
el miedo y quebranto de los moros, que divididos en bandos y por las discordias
civiles apenas se conservaban, tanto, que los que poco antes ponían espanto al
nombre cristiano, fueron forzados de comprar por gran dinero la paz. Sepúlveda,
asentada en la frontera, se ganó de moros, y con ella Osma, Santisteban de
Gormaz, y otros pueblos por aquella comarca, que en la guerra pasada se
perdieran, volvieron a poder de cristianos. Desde este tiempo se otorgó a la
nobleza de Castilla, como dicen muchos autores, que no fuesen forzados a hacer
la guerra a su costa sólo con esperanza de la presa, según acostumbraban a
hacer antes, sino que les señalasen sueldo a la manera que en las otras
naciones estaba recibido de todo tiempo.
La reputación y gloria que el conde don Sancho ganó
por este camino oscureció grandemente la muerte que dio a su madre con esta
ocasión. Aficionóse ella a cierto moro principal, hombre muy dado a
deshonestidades y membrudo. Dudaba de casarse con él, no tanto por el escrúpulo
como por miedo de su hijo; recelábase de la saña que el dolor y
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afrenta le causarían; determinó con darle la
muerte, hacer lugar y camino a aquellas bodas malvadas; aparejábale ciertos
bebedizos y ponzoña mortal. El conde, avisado de todo, forzó a su madre con
muestra de honrarla, aunque lo rehusaba y contradecía, de hacerle la salva y
gustar la bebida que le daba. Principio de que algunos sospechan nació la
costumbre recibida y muy usada en algunas partes de España que las mujeres
beban antes que los varones. Otros refieren que una camarera de la condesa, que
la vio destemplar las hierbas, dio aviso a su marido (no falta quien le llame
Sancho del Valle de Espinosa), y él al conde, y que por este servicio tan
señalado desde entonces ganó el privilegio que hasta hoy tienen los de su
tierra, los Monteros de Espinosa, de guardar de noche la persona y la casa
real. Verdad es que para dar este cuento por cierto yo no hallo fundamentos
bastantes, y todavía la Valeriana lo refiere en el libro IX, título I, capítulo
V, y los naturales de aquella villa lo tienen y afirman así como cosa sin duda.
Dicen más, que el conde, con deseo de satisfacer este mal caso y por amansar el
odio que contra él acerca del pueblo resultara por un delito tan feo, edificó
un monasterio de monjas, y del nombre de su madre le llamó de Oña, que el
tiempo adelante don Sancho, rey de Navarra, llamado el Mayor, dio a los monjes
de Cluny, y en nuestra era tiene el primer lugar entre los demás monasterios de
aquella comarca.
Hubo don Sancho en su mujer doña Urraca a su hijo
don García, y tres hijas, que fueron doña Nuña, doña Teresa, doña Tigrida; las
dos primeras fueron casadas con grandes señores, Tigrida, abadesa en el
monasterio de Oña. Por el mismo tiempo se abrió y allanó, a costa del conde don
Sancho, nuevo camino para que los extranjeros pasasen a la ciudad o iglesia de
Santiago, es a saber, por Navarra, la Rioja, Briviesca y tierra de Burgos, como
quier que antes, por ser el señorío de los cristianos más estrecho, los peregrinos
de Francia acostumbrasen a hacer su camino con grande trabajo por Vizcaya y los
montes de Asturias, lugares faltos de todo, ásperos y montuosos.
El rey don Alfonso, eso mesmo por beneficio de la
larga paz que resultaba, así de las discordias de los moros como de la
confederación hecha entre los príncipes cristianos, vuelto su cuidado a las
artes de la paz y al gobierno, hacía Cortes generales de su reino en Oviedo el
año de nuestra salvación de 1020. En estas Cortes se reformaron las antiguas
leyes de los godos. Asimismo la ciudad de León, que por las entradas de los
moros quedó asolada y hecha caserías, por diligencia del rey y a su
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costa se reparó, y en ella levantó un templo con
advocación de San Juan Bautista, obra de barro y de ladrillo; allí trasladaron
los huesos de su padre, don Bermudo, y de los otros reyes de León, que por
miedo de los moros andaban mudando lugares, con que quedaron puestos en
sepulcros ciertos y estables. El monasterio otrosí de San Pelagio se reedificó,
en que doña Constanza, hermana del Rey, virgen consagrada a Dios, vivió mucho
tiempo.
Los intentos y acometimientos de don Vela contra
los condes de Castilla, de quien por particulares intereses y agravios se tenía
por injuriado, cuán grandes hayan sido arriba queda declarado. A tres hijos de
este caballero, es a saber, Rodrigo, Diego y Íñigo, el conde don Sancho, no
sólo los perdonó, sino les volvió las honras y cargos de su padre; mas ellos,
sin embargo de esto, tornaron en breve a sus mañas y a lo acostumbrado. Y aún
sobre las desórdenes pasadas añadieron una nueva deslcaltad, que, dejado el
conde don Sancho, se pasaron a don Alfonso, rey de León; de los moros poca
ayuda podían esperar por estar tan revueltas sus cosas y por la mudanza de
tantos príncipes, como queda dicho. Recibiólos benignamente don Alfonso, dioles
a la falda de las montañas estado no pequeño, con que se sustentasen como
señores; pareció por algún poco de tiempo estar sosegados, como quier que a la
verdad esperaban ocasión de mostrar nueva deslealtad, según se entendió por lo
que en breve pasó, de la suerte que poco después se dirá.
El rey don Alfonso, deseoso de ensanchar su estado,
rompió por la Lusitania; púsose sobre la ciudad de Viseo, que pretendía ganar
de los moros. Avino que cierto día, desarmado y con poco recato se llegó mucho
a la ciudad. Tiráronle de los adarves una saeta con que le mataron. Los suyos
por esta desgracia alzaron luego el cerco; y el cuerpo del difunto los obispos
que fueron a aquella guerra le acompañaron hasta León, y le enterraron en la
iglesia de San Juan, que él mismo edificara para poner allí los sepulcros de
sus padres. Sucedió esto el año de nuestra salvación, de 1028. Dejó un hijo y
una hija: don Bermudo, que le sucedió en el reino, y doña Sancha, de pequeña
edad.
En aquel tiempo florecieron por santidad de vida
dos obispos: Froilano, de León, y Atilano, de Zamora. Froilano fue natural de
Lugo, Atilano de Tarragona. De monjes de San Benito, que lo eran en el
monasterio de Moreruela, no lejos de León, los sacaron para obispos y los
consagraron en un dia. Fue Atilano, de menos edad, discípulo de Froilano,
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mas igualóle en virtud, vida y milagros. Algunos a
estos varones santos los ponen más de cien años antes de este tiempo; nosotros
seguimos lo que nos pareció más probable.
Tenía el principado de Barcelona de tiempo atrás un
hijo de don Ramón, que se decía don Berenguer, y del nombre de su abuelo le
llamaron por sobrenombre Borello, mas conocido por su ociosidad y poco valor
que por alguna virtud. La falta de este príncipe, con que las cosas de los
cristianos amenazaban ruina, reparó en gran parte Bernardo Tallaferro, conde de
Besalú, que hacía rostro con valor a los moros. Y muerto él, que se ahogó en el
Ródano en ocasión que pasaba a Francia, suplió sus veces Wifredo, conde de
Cerdaña, hasta alanzar los moros de aquella comarca, que no cesaban de hacer
correrías y cabalgadas en las tierras de cristianos. A la muerte de don
Berenguer le quedaron tres hijos: don Ramón, conde de Barcelona; don Guillén,
conde de Manresa por testamento de su padre, y don Sancho, monje que fue
benito.
XII. De don Bermudo el Tercero, rey de León
Don Bermudo, tercero de este nombre, aunque era de
pocos años cuando su padre le faltó, fue alzado y coronado por rey, presentes
los grandes del reino y los obispos, el año de 1028, en que falleció otrosí don
Sancho, conde de Castilla, después que tuvo el gobierno de Castilla por espacio
de veinte y dos años. En el monasterio de Oña, que edificó a su costa, como
queda arriba dicho, cerca del altar mayor, a mano izquierda se muestran tres
sepulcros con sus letreros, el uno del conde don Sancho, el otro de su mujer
doña Urraca, y el tercero de don García, su hijo, el cual, muerto su padre,
sucedió en aquel estado. Daba de si grandes esperanzas por las muestras de sus
virtudes; mas todo se fue en flor por su muerte, que le dieron alevosamente
dentro el primer año de su gobierno los que menos fuera razón, y lo que es más
notable, en la misma alegría de sus bodas. Tenía don García dos hermanas, doña
Nuña y doña Teresa. Doña Nuña (a quien otros llaman Elvira, y otros Mayor, creo
por la edad) casó sin duda con don Sancho, rey de Navarra, y de él tenía ya por
este tiempo estos hijos: don García, don Fernando y don Gonzalo. Doña Teresa, o
en vida de su padre, o luego después de su muerte, casó con don Bermudo, rey de
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León; de este matrimonio tuvieron un hijo, llamado
don Alfonso, que murió muy niño.
Don García, conde de Castilla, aunque de poca edad,
ca no tenía más de trece años, se desposó a trueco con doña Sancha, hermana del
rey don Bermudo. Procurábase con estos parentescos que el concierto fuese
adelante, que pocos años antes se asentara entre los príncipes cristianos, con
que parecía las cosas comunes y particulares alzaban cabeza, y no se turbase la
paz. Señalaron la ciudad de León para celebrar estas bodas o desposorios.
Llevaba el conde don García grande atuendo y acompañamiento de gente principal,
así de sus vasallos como del reino de Navarra. El mismo rey don Sancho con sus
hijos don García y don Fernando para honrarle más le acompañaron, y con ellos
muchedumbre de soldados, que representaban un ejército entero. Estos soldados
ganaron de camino a Monzón, castillo asentado no lejos de Palencia; al tanto
hicieron de otros pueblos por aquella comarca, que los quitaron al conde Fernán
Gutiérrez, que por desprecio del nuevo y mozo príncipe se levantara con ellos;
sin embargo, por rendirse de su voluntad y sin dificultad sujetarse a la
obediencia, le fue dado perdón. Hacían las jornadas pequeñas, como era
necesario por ser tanta la multitud de gente que llevaban. Don García, con
deseo de apresurarse por ver a su esposa, dejó al rey don Sancho en Sahagún, y
él con pocos a la ligera se adelantó sin algún recelo de lo que sucedió, como
quien iba a fiestas y regocijos sin sospecha de trama semejante.
A los hijos de don Vela por el mismo caso pareció
aquella buena coyuntura para satisfacerse de los agravios que pretendían les
hiciera el conde don Sancho a sinrazón. Eran hombres, por la larga experiencia
de cosas, arteros y sagaces; comunicaron su intento con los que les parecieron
más a propósito para ayudarles a ejecutar la traición, hombres homicianos, de
malas mañas. Las asechanzas que se paran en muestra de amistad son más
perjudiciales. Salieron a recibir entre los demás al príncipe, su señor, que venía
bien descuidado. Puestos los hinojos en tierra y pedida la mano, le hicieron la
salva y reverencia entre los españoles acostumbrada. Juntamente con muestra de
arrepentimiento le pidieron perdón. Otro tenían en su pecho desleal, como en
breve lo mostraron. ¿Quién sospechara debajo de aquella representación malicia
y engaño? ¿Quién creyera que, alcanzado el perdón, no pretendieran recompensar
las culpas pasadas con mayores servicios? No fue así, antes se apresuraron en
ejecutar la maldad
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y dar la muerte a aquel príncipe, por su edad de
sencillo corazón, y que por todos respetos no se recataba de nadie. El tiempo,
las alegrías, el hospedaje, el acompañamiento, todo le aseguraba.
Salió a oir misa a la iglesia de San Salvador,
cuando a la misma puerta de la iglesia los traidores le sobresaltaron y
acometieron con las espadas desnudas. Rodrigo, el mayor de los hermanos, sin
embargo que le sacara de pila cuando le bautizaron, le dio la primera herida
como traidor y parricida malvado. Los demás acudieron y secundaron con sus
golpes hasta acabarle. Doña Sancha, antes viuda que casada, perdió el sentido y
se desmayó con la nueva cruel de aquel caso. Luego que volvió en sí acudió a
aquel triste espectáculo, abrazóse con el muerto, henchía el cielo y la tierra
de alaridos, como se deja entender, de sollozos y de lágrimas, miserable
mudanza de las cosas, pues la mayor alegría se trocó repentinamente en
gravísimo quebranto. Apenas la pudieron tener que no se hiciese enterrar
juntamente con su esposo. Depositaron el cuerpo en la iglesia de San Juan,
después le trasladaron al monasterio de Oña, hoy en ambos lugares se ve su
sepulcro.
Mudóse con esto el estado de las cosas y trocóse
toda España. Don Sancho, rey de Navarra, que en los arrabales de León se estaba
con sus tiendas que tenía levantadas a manera de reales, heredó el principado
de Castilla, cuyo título y armas de conde mudó él en nombre e insignias reales,
por donde su poder comenzó a ser sospechoso y poner espanto al rey de León. Los
traidores se huyeron y se metieron en Monzón, por ventura con esperanza que
Fernán Gutiérrez, ofendido contra los príncipes don García y el rey don Sancho
por las plazas que le quitaron, fácilmente se juntaría con ellos y aprobaría lo
hecho. Pero, o que él los entregase, o por diligencia del rey don Sancho que
los siguió por todas partes, fueron presos y quemados; justicia con que
castigaron su delito y quedaron escarmentados los demás, y muestra que los
atrevimientos desleales no quedan sin castigo.
El rey don Bermudo, escarmentado por la muerte de
su padre, se mostraba amigo de la quietud; y por el nuevo desastre del príncipe
don García, avisado de la inconstancia de las cosas, volvió su ánimo y
pensamiento al culto de la religión y a las artos de la paz. Primeramente con
deseo de reformar las costumbres del pueblo, que la libertad de los tiempos
estragara y por la malicia de los hombres, dio orden como se hiciese justicia a
todos, promulgó leyes a propósito de esto, y no con
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menos diligencia quitó de todo su reino los robos y
salteadores, y con la grandeza de castigos hizo que ninguno se atreviese a
pecar. Con estas obras ganó las voluntades de los naturales, y su reino parecía
florecer con los bienes de una grande paz.
No es duradera la prosperidad; don Sancho, rey de
Navarra, con ambición fuera de tiempo, la alteró por esta causa. Don Bermudo no
tenía hijos, y entendíase que la sucesión del reino, conforme a las leyes,
forzosamente recaía en doña Sancha, su hermana. Recelábanse los de León que por
esta vía, como suele acontecer cuando las hembras heredan, no entrase a reinar
algún príncipe forastero. Deseaba el rey, deseaban los naturales acudir a este
daño y peligro que amenazaba. Sintió esto don Sancho, rey de Navarra, como era
fácil. Atreviéndose, engañando, moviendo y enlazando unas guerras de otras
suelen los reyes hacerse grandes. Una y la más principal causa de mover guerra
es la mala codicia de mando, poder y riquezas. Juntó pues un grueso ejército de
sus dos estados, con que entró haciendo daño por el reino de don Bermudo.
Tomóle todo lo que poseía pasado el río Cea, y parecía que con el progreso
próspero de las victorias sojuzgaría toda la provincia y tierras de León. Don
Bermudo, avisado por estos daños, y a persuasión de los grandes, que querían
más la paz que la guerra, se inclinó a concierto y pleitesía.
Las condiciones fueron estas: doña Sancha case con
don Fernando, hijo segundo del rey de Navarra. Désele en dote de presente todo
lo que en aquella guerra quedaba ganado; para adelante quede su esposa nombrada
por sucesora en el reino. Partido desaventajado para los leoneses, pero de que
en toda España resultó una paz muy firme entre todos los cristianos, y casi
todo lo que en ella poseían vino a poder y señorío de una familia. Demás de
esto, cosa notable, en un mismo tiempo los dos señoríos, el de Castilla y el de
León, recayeron en hembras, y por el mismo caso en mando y gobierno de
extraños; accidente y cosa que todos suelen aborrecer asaz, pero diversas veces
antes de este tiempo vista y usada en el reino de León; si dañosa, si
saludable, no es de este lugar disputarlo ni determinarlo. A la verdad, muchas
naciones del mundo, fuera de España, nunca la recibieron ni aprobaron de todo
punto.
XIII. De don Sancho el Mayor, rey de Navarra
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Era don Sancho hombre de buenos años cuando hubo
para sí el señorío de Castilla, y a su hijo don Fernando abrió camino para
suceder en el reino de León. Las cosas que hizo en toda su vida muy
esclarecidas, no sólo le dieron nombre de don Sancho el Mayor, sino también
vulgarmente le llamaron emperador de España, como acostumbra el pueblo sin muy
grande ocasión adular a sus príncipes y darles títulos soberanos. Puso su
asiento y morada en la ciudad de Nájera por estar a las fronteras y raya de
Castilla y de Navarra. Cuidaba del gobierno de sus estados y de las cosas de la
paz, mas de manera que nunca se olvidaba de la guerra.
Lo primero movió con sus gentes contra los moros,
que por estar alborotados con discordias entre sí podían más fácilmente recibir
daño. Tenía soldados viejos y provisiones apercibidas de antes. Las talas y
daños que hizo fueron muy grandes sin parar hasta llegar a Córdoba; ninguno de
los moros se atrevió a salirle al encuentro. Pero al mismo tiempo que el rey
ponía con la guerra espanto, destruía y saqueaba pueblos, campos y castillos,
una desgracia que sucedió en su casa le hizo dejar la empresa. El caso pasó de
esta manera.
Cuando se iba a la guerra encomendó a la reina
grandemente un caballo, el mejor y más castizo que tenía, que en aquel tiempo
ninguna cosa más estimaban los españoles que sus caballos y armas. Don García,
hijo mayor del rey, pidió a su madre la reina le diese aquel caballo. Estaba
para contentarle, sino que le avisó Pedro Sesé, hombre noble y caballerizo
mayor, que el rey recibiría de ello pesadumbre. Don García, como fuera de sí
por haberle negado lo que pedía, sea por creer de veras que no sin causa las palabras
de Pedro Sesé podían más con la reina que su demanda, o falsamente y con deseo
de vengarse, determinó acusar a su madre de adulterio. La prosecución de esto
no la trató con ímpetu de mozo, antes para dar más color al hecho, mañosamente
convidó y atrajo a don Fernando, su hermano, para que le ayudase en aquella
empresa. Parecióle a don Fernando al principio impío aquel intento y
desatinado; después de tal manera disimuló con aquel enredo, que con juramento
prometió de estar a la mira sin allegarse a ninguna de las partes.
La acusación de don García alteró grandemente el
ánimo del rey, luego que supo lo que pasaba. Acudió a su reino. Extrañaba mucho
lo que cargaban a la reina. Movíale por una parte su conocida honestidad y la
buena fama que siempre tuvo, por otra parte no podía pensar que su hijo sin
tener grandes fundamentos se hubiese empeñado en aquella demanda.
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Don Fernando, preguntado de lo que sentía, con su
respuesta dudosa le puso en mayor cuidado. Llegó el negocio a que la reina fue
puesta en prisión en el castillo de Nájera. Pareció que se tratase aquel
negocio por ser tan grave en una junta de la nobleza y de los grandes. Salió
por decreto que si no hubiese alguno que por las armas hiciese campo en defensa
de la honestidad de la reina, pasase ella por la pena del fuego y la quemasen.
Tenía el rey un hijo bastardo, llamado don Ramiro,
habido de una mujer noble de Navarra, que unos llaman Urraca, otros Caya. Este,
por compasión que tenía a la reina y por haber olido la malicia de don García,
reptó, como se usaba entonces entre los españoles, y salió a hacer campo con
don García para volver por la honra de la reina contra la calumnia que a su
inocencia se urdia. Gran mal para el rey por cualquiera de las partes que
quedase la victoria.
Acudió Dios a la mayor necesidad, que un hombre
santo con su diligencia y buena maña atajó el daño y deshizo la maraña con sus
amonestaciones, con que puso en razón a los dos hermanos. Decíales que la
afrenta de la reina, no solo tocaba a ella, sino al rey, a ellos y a toda
España; mirasen que en acusar a su madre (la cual cuando estuviese culpada
debieran defender y cubrir) no incurriesen en la ira de Dios y provocasen
contra sí los gravísimos castigos que semejantes impiedades merecen. Con estas
y otras razones los trajo a tal estado, que primero confesaron la maraña,
después postrados a los pies de su padre, le pidieron perdón. Respondió el rey
que tan grande delito no era de perdonar si primero no aplacasen a la reina:
«Así, dice, ¿tan gran maldad contra nos y tal
afrenta contra nuestra casa real os atrevisteis a concebir en vuestros ánimos e
intentar, malos hijos y perversos, si sois dignos de este nombre los que
amancillasteis con tan gran mancha nuestro linaje y casa? Fuera justo defender
a vuestra madre, aunque estuviera culpada, y cubrir la torpeza, aunque
manifiesta, con vuestra vida y sangre; pues ¿qué será, cuán grave maldad,
imputar a la inocente un delito tan torpe? Perdonad, santos del cielo, tan
grande locura. En este pecado se encierran todas las maldades, impiedad,
crueldad, traición; contentáos con algún castigo tolerable. Perdonen los
hombres; en un delito todos, grandes, pequeños y medianos, han sido ofendidos.
Las naciones extrañas do llegare la fama de esta mengua no juzguen de nuestras
costumbres por un caso tan feo y atroz. Perdonad, compañía muy santa, no más a
los hijos que al padre. No puedo tener las
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lágrimas, y apenas irme a la mano para no daros la
muerte, y con ella mostrar al mundo cómo se deben honrar los padres. Mas en mi
enojo y saña quiero tener más cuenta con lo que es razón que yo haga que con lo
que vos merecéis, y no cometer por donde el primer llanto sea ocasión de nuevas
lágrimas y daños. Dese esto a la edad, dese a vuestra locura. El mucho regalo,
don García, te ha estragado para que, siendo el primero en la traición,
metieses a tu hermano en el mismo lazo. No quiero al presente castigaros, ni
para adelante os perdono. Todo lo remito al juicio y parecer de vuestra madre.
Lo que fuere su voluntad y merced, eso se haga y no al; yo mismo de mi
facilidad y credulidad le pediré perdón con todo cuidado».
De esta manera fueron los hijos despedidos del
padre. La reina, vencida por los ruegos de los grandes, y ablandada por las
lágrimas de sus hijos, se dice les dio el perdón a tal que a don Ramiro en
premio de su trabajo y de su lealtad y valor le diesen el reino de Aragón; en
quien la falta del nacimiento suplía la señalada virtud y su piedad. Don
García, que fue la principal causa y atizador de esta tragedia, fuese privado
del señorío materno que por leyes y juro de heredad se le debía. Vino en lo uno
y en lo otro el rey don Sancho, su padre, para que se hiciese todo como la
reina lo deseaba.
Algunos, ponen en duda esta narración, y creen
antes que la división de los estados se hizo por testamento y voluntad del rey
don Sancho, ejemplo que don Fernando, su hijo, asimismo imitó adelante, que
repartió entre sus hijos sus reinos. A la verdad, ni lo uno ni lo otro se puede
bastantemente averiguar, si bien nos parece tiene color de invención. Sea lo
que fuere, a lo menos si así fue, sucedió algunos años antes de este en que
vamos.
De don García otrosí se refiere que, sea por
alcanzar perdón de su pecado, o por voto que tenía hecho, se partió para Roma a
visitar los lugares santos.
XIV. De la muerte del rey don Sancho
Estaban las cosas en el estado que queda dicho, y
concluido el desasosiego de que se ha tratado, el rey don Sancho en el tiempo
siguiente volvió su
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ánimo al celo de la religión y deseo que fuese su
culto aumentado. Era en aquella sazón famoso el monasterio de los monjes de
Cluny, que está situado en Borgoña, como en el que se reformara con leyes más
severas la religión de San Benito, que por causa de los tiempos se había
relajado. Para que el fruto fuese mayor, desde allí enviaban colonias y
poblaciones a diversas partes de Francia y de España, en que edificaban
diversos conventos. El rey don Sancho, movido por la fama de esta gente, los
hizo venir al monasterio de San Salvador de Leire, antiguamente edificado por
la liberalidad de sus predecesores los reyes de Navarra. Lo mismo hizo en el
monasterio de Oña, ca las monjas que en él vivían, pasó al pueblo de Bailén, y
en su lugar puso monjes de Cluny. El primer abad de este monasterio fue uno
llamado García, que con los otros monjes vino de Francia después de García
Íñigo. De la vida solitaria que hacía en los montes de Aragón, el rey lo sacó y
forzó a tomar el cargo de aquel nuevo monasterio. Su virtud fue tal, que
después de muerto, aquellos monjes de Oña le honraron con fiesta cada año y le
hicieron poner en el número de los santos. El monasterio de San Juan de la
Peña, que dijimos está cerca de Jaca, famoso por los sepulcros de los antiguos
reyes de Sobrarbe, fue también entregado a los mismos monjes de Cluny para que
morasen en él, y porque no fuese necesario hacer venir de Francia tanta
muchedumbre de monjes como era menester para poblar tantos monasterios, el rey
con su providencia envió a Francia a Paterno, sacerdote, y doce compañeros para
que acostumbrados y amaestrados a la manera de vida del monasterio de Cluny y
cultivados con aquellas leyes, trajesen a España aquella forma de instituto.
No pararon en esto los pensamientos de este buen
príncipe, antes considerando que por la revuelta de los tiempos, hombres
seglares por ser poderosos se entraran en los derechos y posesiones de las
iglesias, las puso en su libertad. Hállase un privilegio del rey don Sancho, en
que con autoridad de Juan XIX, pontífice romano, dio poder a los monjes de
Leire, el año de nuestra salvación de 1032, para elegir en aquel monasterio el
obispo de Pamplona. Las ordinarias correrías de los moros y el peligro forzaron
a que los obispos de Pamplona pasasen su silla al dicho monasterio de Leire por
estar puesto entre las cumbres de los Pirineos, y por el consiguiente ser más
segura morada que la de la ciudad. Al presente con la paz de que gozaban por el
esfuerzo y buena dicha del rey don Sancho se tuvo en Pamplona un concilio de
obispos sobre el caso.
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Juntáronse estos prelados: Poncio, arzobispo de
Oviedo; los obispos García, de Nájera; Nuño, de Álava; Arnulfo, de Ribagorza;
Sancho, de Aragón (es a saber, de Jaca); Juliano, de Castilla (es a saber, de
Auca). En este concilio lo primero de que se trató fue de la pretensión de don
fray Sancho, abad que era de Leire y juntamente obispo de Pamplona, que por
tener gran cabida con el rey, causada de que fue su maestro, procuraba se
restituyese la antigua silla al obispo de Pamplona y volviese a residir en la ciudad.
Dilatóse por entonces su pretensión, que ordinariamente los hombres quieren
perseverar en las costumbres antiguas, y las nuevas, como se desechan de todos,
dificultosamente se reciben y mal se pueden encaminar; mas en tiempo de su
sucesor, don Pedro de Roda, se puso esto que se pretendía en ejecución.
A lo último de su vida hizo el rey que se
reedificase la ciudad de Palencia por una ocasión no muy grande. Estaba de años
atrás por tierra a causa de las guerras, sólo quedaban algunos paredones,
montones de piedras y rastros de los edificios que allí hubo antiguamente;
demás de esto, un templo muy viejo y grosero con advocación de San Antolín. El
rey don Sancho, cuando no tenía en qué entender, acostumbraba ocuparse en la
caza por no parecer que no hacía nada; demás que el ejercicio de montería es a
propósito para la salud y para hacerse los hombres diestros en tas armas.
Sucedió cierto día que en aquellos lugares fue en seguimiento de un jabalí,
tanto, que llegó hasta el mismo templo a que la fiera se recogió, por servir en
aquella soledad de albergue y morada de fieras. El rey, sin tener respeto a la
santidad y devoción del lugar, pretendía con el venablo herirle, sin mirar que
estaba cerca del altar, cuando acaso echó de ver que el brazo de repente se le
había entumecido y faltádole las fuerzas. Entendió que era castigo de Dios por
el poco respeto que tuvo al lugar santo, y movido de este escrúpulo y temor,
invocó con humildad la ayuda de san Antolín; pidió perdón de la culpa que por
ignorancia cometiera. Oyó el santo sus clamores; sintió a la hora que el brazo
volvió en su primera fuerza y vigor. Movido otrosí del milagro, acordó
desmontar el bosque y los matorrales a propósito de edificar de nuevo la
ciudad, levantar las murallas y las casas particulares. Lo mismo se hizo del
templo, que le fabricaron magníficamente, con su obispo para el gobierno y
cuidado de aquella nueva ciudad.
Parece que escribo tragedias y fábulas; a la verdad
en las mismas historias y crónicas de España se cuentan muchas cosas de este
jaez, no
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como fingidas, sino como verdaderas. De las cuales
no hay para qué disputar, ni aprobarlas ni desecharlas; el lector por sí mismo
las podrá aquilatar y dar el crédito que merece cada cual.
Concluyamos con este rey con decir que acabadas
tantas cosas en guerra y en paz, ganó para sí gran renombre, para sus
descendientes estados muy grandes. Sus hechos ilustran grandemente su nombre, y
mucho más la gravedad en sus acciones, la constancia y grandeza de ánimo, la
bondad y excelencia en todo género de virtudes. El fin de la vida fue
desgraciado y triste; camino de Oviedo, donde iba con deseo de visitar los
sagrados cuerpos de los santos, por cuyo respeto y con cuya posesión aquella
ciudad siempre se ha tenido por muy devota y llena de majestad, fue muerto con
asechanzas que le pararon en el camino. Quién fuese el matador, ni se refiere
en las historias ni aún por ventura entonces se pudo saber ni averiguar.
Sospéchase que algún príncipe de los muchos que envidiaban su felicidad le hizo
poner la celada. Su cuerpo enterraron en Oviedo. Las exequias le hicieron,
según la costumbre, magníficamente. Pasados algunos años, por mandado de su
hijo don Fernando, rey de Castilla, le trasladaron a León y sepultaron en la
iglesia de San Isidoro. La letra de su sepulcro dice:
Aquí yace Sancho, rey de los Montes Pirineos y de
Tolosa, varón católico y por la Iglesia.
Letra harto notable. Fue muerto a 18 de octubre,
año de nuestra salvación de 1035. Dejó a sus hijos grandes contiendas, y al
reino materia de grandes males por la división sin propósito que entre ellos
hizo de sus estados, como ordinariamente los pecados y desórdenes de los
príncipes suelen redundar en perjuicio del pueblo y pagarse con daño de sus
vasallos.
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LIBRO NONO
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I. Del estado de las cosas de España
Los temporales que se siguieron turbios y
alborotados, sus calamidades y desgracias y las guerras crueles que se
emprendieron entre los que eran deudos y hermanos, serán bastante aviso para
los que vinieren adelante cuánto importa que el reino, en especial cuando es
pequeño y su distrito no es ancho, no se divida en muchas partes ni entre
diversos herederos. Buen recuerdo y doctrina saludable es que la naturaleza del
señorío y del mando no sufre compañía, y que la ambición es un vicio
desapoderado, cruel, sospechoso, desasosegado, que ni por respeto de amistad ni
de parentesco, por estrecho que sea, se enfrena para no revolver y trastornar
lo alto con lo bajo. No hay gente en el mundo ni tan avisada y política, ni tan
fiera y salvaje, que no entienda y confiese ser verdad lo que se ha dicho; y
sin embargo, vemos que muchos, olvidados de esto y vencidos del amor de padres,
o movidos de otras consideraciones y recatos sin propósito, dividieron a su
muerte entre muchos sus estados; en lo cual haber errado grandemente los
tristes y desastrados sucesos que por esta causa resultaron lo mostraron
bastantemente; y todavía los que adelante sucedieron no dudaron de imitar en
este yerro a sus antepasados. Es así, que muchas veces las opiniones caídas y
olvidadas se levantan y prevalecen, y los hombres de ordinario tienen esta mala
condición de juzgar y tener por mejor lo pasado que lo presente, además que
cada cual demasiadamente se fía de sus esperanzas, y halla razones para aprobar
lo que desea.
Esto le aconteció al rey don Sancho, cuya vida y
hechos quedan relatados en el libro pasado. Estaba la cristiandad, cuan
anchamente se extendía en España, casi toda reducida y puesta debajo del mando
de un príncipe; merced grande y providencia del cielo para que el señorío de
los moros que de sí mismo se despeñaba en su perdición, con las fuerzas de
todos los cristianos juntas en uno, se desarraigase de todo punto en España.
Pero desbarató estos intentos la división que este rey hizo entre sus hijos y herederos
de todos sus estados; acuerdo perjudicial y errado. Entramos en una nueva selva
de cosas, y la narración de aquí adelante irá algo más extendida que hasta
aquí. Por esto será bien en primer lugar relatar el estado en que España y sus
cosas se hallaban después de la
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muerte del ya dicho rey don Sancho. Dividió sus
reinos entre sus hijos en esta forma: don García, el hijo mayor, llevó lo de
Navarra y el ducado de Vizcaya, con todo lo que hay desde la ciudad de Nájera
hasta los montes Doca. A don Fernando, hijo segundo, dieron en vida su padre y
madre doña Nuña a Castilla, trocado el nombre de conde que antes solía tener
aquel estado en apellido de rey. A don Gonzalo, el menor de los tres hermanos
legítimos, cupieron Sobrarbe y Ribagorza, con los castillos de Loarre y San
Emeterio. A don Ramiro, hijo fuera de matrimonio, aunque de madre principal y
noble, dio su padre el reino de Aragón, fuera de algunos castillos que quedaron
en aquella parte en poder de don García, y se le adjudicaron en la partición;
traza enderezada a que los hermanos estuviesen trabados entre sí y por esta
forma se conservasen en paz. Todos se llamaron reyes, y usaban de corte y
aparato real, de que resultaron guerras perjudiciales y sangrientas. Cada cual
ponía los ojos en la grandeza de su padre, y pretendían en todo igualarle.
Llevaban otrosí mal que los términos de sus estados fuesen tan cortos y
limitados.
En León reinaba a la misma sazón don Bermudo,
tercero de este nombre, cuñado de don Fernando, ya rey de Castilla. En el reino
de León se comprehendían las provincias de Galicia y de Portugal y parte de
Castilla la Vieja hasta el río de Pisuerga.
Conde de Barcelona era don Ramón, por sobrenombre
el Viejo; falleció el mismo año que el rey don Sancho, que se contaba de
nuestra salvación 1035. Sucedióle don Berenguer Borello, su hijo, aunque
pequeño de cuerpo, en ánimo y esfuerzo no menos señalado que sus antepasados. A
la verdad ganó por las armas a Manresa y otro pueblo, que llaman Prados del rey
Galafre. Ganó otrosí e hizo que volviesen a poder de los cristianos Tarragona y
Cervera, demás de otros pueblos comarcanos, que por negligencia de su padre o
por no poder más se perdieron los años pasados. Muchos señores moros que tenían
sus estados por aquellas partes los sujetó con las armas y forzó a que le
pagasen parias. Casó con dos mujeres: la una se llamó Radalmuri, la otra
Almodi. De la primera tuvo dos hijos, don Pedro y don Berenguer. La segunda
parió a don Ramón Bereguel, que se llamó Cabeza de Estopa por causa de los
cabellos espesos, blandos y rubios que tenía.
Éste era el estado y disposición en que se hallaban
por este tiempo las cosas de los cristianos en España. Los reinos de los moros,
como de suso se dijo, eran tantos en número cuantas las ciudades principales
que
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poseían. El reino de Córdoba todavía se adelantaba
a los demás con autoridad y fuerzas por ser el más antiguo y más extendido, si
bien los bandos domésticos y alborotos le traían puesto en balanzas. El segundo
lugar tenía el de Sevilla, luego Toledo, Zaragoza, Huesca, sin otros reyezuelos
moros, en fuerzas, riquezas y valor de menor cuenta que los demás, y que
fácilmente los pudieran atropellar y derribar si los nuestros se juntaran para
acometerlos y conquistarlos. Las discordias que de repente y sin propósito
resultaron entre los príncipes, dado que eran hermanos y deudos, estorbaron que
no se tomase esta empresa tan santa.
Don García, rey de Navarra, por voto que tenía
hecho de ello, o sea por alcanzar perdón del pecado que cometió en acusar
falsamente, como está dicho, a su madre, era ido a Roma a la sazón que su padre
falleció a visitar las iglesias de San Pedro y San Pablo, según que lo
acostumbraban los cristianos de aquel tiempo. Don Ramiro, su hermano, quiso
aprovecharse de aquella ocasión de la ausencia de don García para acrecentar su
estado; que en materia de reinar ningún parentesco ni ley divina ni humana
puede bastantemente asegurar. Para salir con su intento puso liga y amistad con
los reyes de Zaragoza, Huesca, Tudela, si bien eran moros; juntó con ellos sus
fuerzas, rompió por las tierras de Navarra, y en ella puso sitio sobre Tafalla,
villa principal en aquellas partes. Sucedió que el rey don García volvió a la
sazón de su romería, y avisado de lo que pasaba, con golpe de gente que juntó
arrebatadamente de los suyos dio de sobresalto sobre su hermano y su hueste con
tal ímpetu y furia, que le hizo huir de todo su reino de Aragón sin parar hasta
Sobrarbe y Ribagorza. El sobresalto fue tal y la priesa de huir tan arrebatada,
que le fue forzado saltar en un caballo que halló a mano sin freno y sin silla
por escapar de la muerte y salvarse. Principios fueron estos de grandes
revueltas y desmanes, que se siguieron adelante.
Los del reino de León no estaban bien con el rey de
Castilla don Fernando. Los cortesanos, falsos y engañosos aduladores, que ni
son buenos para la paz ni para la guerra, atizaban contra él al rey don
Bermudo. Él de suyo se mostraba lastimado, así bien por la mengua de haberle
tomado su hermana por mujer contra su voluntad como por el menoscabo de su
reino por la parte que conquistaron los reyes don Sancho y don Fernando, padre
y hijo, y los desaguisados que en aquella guerra le hicieron, según queda arriba
declarado. Ofrecíase buena ocasión para satisfacerse de estos agravios por la
discordia que comenzaba entre los
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hermanos, en especial por ser flacas las fuerzas
del rey don Fernando y su estado no muy grande; acordó pues de juntar su gente,
salió a la guerra y acometió las fronteras de Castilla. Don Fernando, avisado
del peligro que sus cosas corrían, llamó en su socorro a su hermano don García,
rey más poderoso que los demás por el grande estado que alcanzaba y que de
nuevo estaba ufano y pujante por la victoria que ganó contra don Ramiro, su
hermano; vino por ende de buena gana en lo que don Fernando le pedía. Juntaron
las fuerzas, marcharon con sus huestes en busca del enemigo, y a vista suya
asentaron sus reales a la ribera del río Carrión en el valle de Tamarón y cerca
de un pueblo llamado Lantada. Tenían grande gana de pelear; ordenaron las haces
por la una y por la otra parte; la batalla fue reñida y sangrienta; muchos de
los unos y de los otros quedaron tendidos en el campo. En lo más recio de la
pelea don Bermudo, confiado en su edad, que era mozo, y en la destreza que
tenía en las armas grande, y en su caballo, que era muy castizo, y le llamaban
por nombro Pelayuelo, con gran denuedo rompió por los escuadrones de los
contrarios en busca de don Fernando con intento de pelear con él, sin miedo
alguno del peligro tan claro en que se ponía. En esta demanda le hirieron de un
bote de lanza, de que cayó muerto del caballo.
Con su muerte se puso fin a su reino y juntamente a
la guerra, a causa que don Fernando, ganada la victoria, se entró por el reino
de León, que por derecho le venía, para apoderarse de él, de sus castillos y
ciudades; cosa muy fácil por estar los ánimos de aquella gente amedrentados y
cobardes por la muerte de su rey y la pérdida tan fresca, si bien por el común
afecto de todas las naciones aborrecían el gobierno y mando extranjero, por
donde, y más por obedecer a su rey, tomaran primero las armas, y de presente
pretendían hacer resistencia a los vencedores. La osadía y ánimo sin fuerzas,
poco presta. Cerraron pues los de León al principio las puertas de su ciudad al
ejército victorioso, que acudió sin tardanza; mas como quier que no estuviese
reparada después que los moros abatieron sus murallas ni tuviese soldados,
municiones, almacén y bastimentos para sufrir el cerco a la larga, mudados
luego de parecer, acordaron de rendirse.
Llevaron los ciudadanos al rey con muestra de
grande alegría a la iglesia de Santa María de Regla, donde a voz de pregonero
alzaron los estandartes por él y le coronaron por su rey. Hizo la ceremonia don
Servando, obispo de León, que fue el año de Cristo de 1038. Reinó don
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Fernando en León veintiocho años, seis meses y doce
días; en Castilla otros doce años más, parte de ellos en vida de su padre,
parte después de sus días. Era entonces Castilla de estrechos términos, pero de
cielo sano, templado y agradable; la campiña fresca, y en todo género de
esquilmos abundante.
II. De las
guerras que hizo el rey don Fernando contra moros
Con el nuevo reino que se juntó al rey don Fernando
se hizo el más poderoso rey de los que a la sazón eran en España. Con la
grandeza y poder igualaba el grande celo que este príncipe tenía de aumentar la
religión cristiana, demás de las muchas y muy grandes virtudes en que fue muy
acabado; y en la gloria militar tan señalado, que por esta causa cerca del
pueblo ganó renombre de grande, como se ve por las historias y memorias
antiguas de aquel tiempo, en que el favor o sea adulación de la gente, pasó tan
adelante, que le llamaron emperador o igual a emperador. Fue otrosí dichoso por
la sucesión que tuvo de muchos hijos e hijas. La primera, que le nació antes de
ser rey, fue doña Urraca; después de ella don Sancho, que le sucedió en sus
reinos; luego doña Elvira, que casó adelante con el conde de Cabra; demás de
estos, don Alfonso, en quien después vino a parar todo, y don García, el menor
de sus hermanos; todos nacidos de un matrimonio. De cuya crianza tuvo el
cuidado que era razón, que los hijos en su tierna edad fuesen amaestrados y
enseñados en todo género de virtud, buena crianza y apostura, las hijas se
criasen en toda cristiandad y en los demás ejercicios que a mujeres pertenecen.
Gozaba en su reino de una paz muy sosegada, las
cosas del gobierno las tenía muy asentadas; mas por no estar ocioso acordó
hacer guerra a los moros. Parecíale que por ningún camino se podía más
acreditar con la gente ni agradar más a Dios que con volver sus fuerzas a
aquella guerra sagrada. Los moros, que habitaban hacia aquella parte que hoy
llamamos Portugal, se tendían largamente a las riberas del río Duero; por donde
aquella comarca se llamó entonces Extremadura, y de allí con el tiempo pasó
aquel apellido a aquella parte de la antigua Lusitania que cae entre los ríos
Guadiana y Tajo, y hasta hoy conserva aquel nombre. Caíanle
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aquellos moros más cerca que los demás, y por esta
causa, aumentado que hubo su ejército con nuevas levas de soldados, marchó
contra los que acostumbraban a hacer cabalgadas y grande estrago en las tierras
de los cristianos, y a la sazón con una grande entrada que hicieron robaran
muchos hombres y ganados. Diose el rey tan buena maña, y siguió los contrarios
con tanta diligencia, que vencidos y maltratados les quitó lo primero la presa
que llevaban, después, alentado con tan buen principio, pasó adelante. Dio el
gasto a los campos de Mérida y Badajoz, sin perdonar a cosa alguna que se le
pusiese delante; los ganados y cautivos que tomó fueron muchos, ganó otrosí dos
pueblos llamados, el uno Sena, y el otro Gani. Dentro de lo que hoy es Portugal
rindió la ciudad de Viseo con cerco muy apretado que le puso, si bien los moros
que dentro tenía pelearon valerosa y esforzadamente, como los que en el último
aprieto y peligro se hallaban. La toma de esta ciudad dio mucho contento al
rey, no sólo por lo que en ella se interesaba, que era pueblo tan principal,
sino porque hubo a las manos el moro, de quien se dijo arriba que mató al rey
don Alfonso, su suegro, con una saeta que le tiró desde el adarve. La cual
muerte el rey vengó con darla al matador después que le sacaron los ojos y le
cortaron las manos y un pie, que fue género de castigo muy ejemplar. En la
prosecución de esta guerra se ganaron asimismo de los moros los castillos de
San Martín y de Taranzo.
Cae cerca de aquella comarca la iglesia del apóstol
Santiago, patrón y amparo de España, cuyo favor muchas veces experimentaran los
nuestros en las batallas. Acordó el Rey de ir a visitarla para hacer en ella
sus rogativas, cumplir los votos que tenía hechos y hacer otros de nuevo para
suplicarle no alzase la mano del socorro con que la asistía y no se le trocase
aquella prosperidad y buenandanza ni se le añublase, ca tenía determinado de no
parar ni reposar hasta tanto que desterrase de España aquella secta malvada de
los moros. Esto pasaba el año segundo después que se apoderó del reino de León.
El siguiente, que se contaba de Cristo 1040, tornó
de nuevo con mayor ánimo y brío a la guerra. Puso cerco sobre la ciudad de
Coimbra, y aunque con dificultad, al fin la ganó por entrega que los moros le
hicieron con tal solamente que les concediese las vidas. Los trabajos largos
del cerco, falta de vituallas y almacén les forzó a tomar este acuerdo. Algunos
dicen que el cerco duró por espacio de siete años; pero es yerro, que no fueron
sino siete meses, y por descuido mudaron en años el número de los meses. Era
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en aquel tiempo aquella ciudad de las más nobles y
señaladas que tenía Portugal; al presente en nuestros tiempos la ennoblecen
mucho mas los estudios de todas las artes y ciencias que con muy gruesos
salarios fundó el rey don Juan el Tercero de Portugal para que fuese una de las
universidades más principales de España. Los monjes de un monasterio que se
decía Lormano se refiere ayudaron mucho al rey don Fernando para proseguir este
cerco con vituallas que le dieron, las que con el trabajo de sus manos tenían
recogidas en cantidad, sin que los moros, en cuyo distrito moraban, lo
supiesen. No se sabe qué gratificación les hizo el Rey por este servicio, pero
sin duda debió de ser grande. Con la toma de esta ciudad los términos del reino
de León se extendieron hasta el río Mondego, que pasa por ella y riega sus
campos, y en latín se llama Monda. Puso el Rey por gobernador de Coimbra, de
los pueblos y castillos que se ganaron en aquella comarca un varón principal,
por nombre Sisnando, que era muy inteligente de las cosas de los moros, de sus
fuerzas y manera de pelear, a causa que en otro tiempo sirvió a Benabet, rey de
Sevilla, en la guerra que hacia a los cristianos que moraban en Portugal; tales
eran las costumbres de aquellos tiempos.
Mientras duraba el cerco de Coimbra, un obispo
griego, por nombre Esteban, según en el libro del papa Calixto II se refiere,
que viniera a visitar la iglesia de Santiago, como oyese decir que muchas veces
el Apóstol en lo más recio de las batallas se aparecía y ayudaba a los
cristianos, dijo: «Santiago no fue soldado, sino pescador». Esto dijo él. La
noche siguiente vio entre sueños cómo el mismo apóstol ayudaba a los cristianos
que estaban sobre Coimbra para que tomasen aquella ciudad. Averiguóse que a la misma
hora que aquel obispo vio aquella visión se tomó la ciudad de Coimbra; con que
el griego y los demás quedaron satisfechos que el sueño fue verdadero y no
vano.
El rey, dado que hubo asiento en todas las cosas,
acudió de nuevo a visitar la iglesia de Santiago y darle parte de las riquezas
y presa que en la guerra se ganaron, en reconocimiento de las mercedes
recibidas y por prenda de las que para adelante esperaba por su favor alcanzar.
Concluido con esta visita y devoción, dio la vuelta para visitar a manera de
triunfador las ciudades de sus reinos de Castilla y de León. Daba en todas
partes asiento en las cosas del gobierno, y de camino recogía de sus vasallos
subsidios y ayudas para la guerra que el año siguiente pretendía hacer con
mayor diligencia contra los moros que moraban descuidados a las riberas
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del río Ebro, y sabía eran ricos de mucho ganado
que robaran a los cristianos.
Tocaba esta conquista y pertenecía más propiamente
a los reyes de Navarra y Aragón; mas la guerra que entre sí se hacían muy brava
no les daba lugar a cuidar de otra cosa alguna. Don Ramiro acrecentó por este
tiempo su reino con los estados de Sobrarbe y Ribagorza, en que sucedió por
muerte de su hermano don Gonzalo. Algunos, por escrituras antiguas que para
ello citan, pretenden que don Gonzalo falleció en vida de su padre; otros que
uno llamado Ramoneto de Gascuña, en una zalagarda que le armó junto a la puente
de Monclús, le dio muerte volviendo de caza; lo cierto es que enterraron su
cuerpo en la iglesia de San Victorián. El rey don Ramiro, aumentado que hubo
por esta manera su reino, daba guerra a los navarros que le tenían usurpado
parto de su reino de Aragón. No se les igualaba en las fuerzas ni en el número
de la gente por ser estrecho su estado; pero demás de ser por sí mismo muy
diestro en las armas y de mucho valor, tenía socorros de Francia, que le
acudían por estar casado con Gisberga o, como otros la llaman, Hermesenda, hija
de Bernardo Rogerio, conde de Bigorra, y de su mujer Garsenda. En ella tuvo a
don Ramiro, a don Sancho, a don García y a doña Sancha, que casó con el conde
de Tolosa, y a doña Teresa, que fue mujer de Beltrán, conde de la Provenza.
Fuera de matrimonio tuvo asimismo otro hijo, por nombre don Sancho, a quien
hizo donación de Aivar, Javier, Latrés y Ribagorza con título de conde; no dejó
sucesión, y así volvió este estado a la corona de los reyes de Aragón. Las
armas de don Ramiro fueron una cruz de plata en campo azul, que adelante
mudaron sus descendientes, y las trocaron, como se apuntará en su lugar.
Volvamos al rey don Fernando, que con intento de
hacer guerra a los moros ya dichos y revolver contra los del reino de Toledo,
que con cabalgadas ordinarias hacían mucho daño en tierra de cristianos,
tomadas las armas sujetó a Santisteban de Gormaz, Vadoregio, Aguilar,
Valeranica, que al presente se dice Berlanga. Pasó adelante, puso a fuego y a
sangre el territorio de Tarazona, corrió toda la tierra hasta Medinaceli, en
que abatió todas las atalayas, que había muchas en España, y de ellas hacían
los moros señas con ahumadas para que los suyos se apercibiesen contra los
cristianos. Desde allí, pasados los puertos, frontera a la sazón entre moros y
cristianos, revolvió sobre el reino de Toledo. Taló los campos de
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Talamanca y Uceda. Lo mismo hizo en los de
Guadalajara y Alcalá, que están puestas a la ribera del río Henares, sin parar
hasta dar vista a Madrid.
El rey Almenon de Toledo, movido por estos daños y
con recelo de que serían mayores adelante, compró, a costa de gran cantidad do
oro y plata que ofreció, las paces y amistad que puso con el rey don Fernando.
Lo mismo hicieron los reyes de Zaragoza, Portugal y Sevilla, demás que
prometieron acudirle con parias cada un año. Lo cual todo, no menos honra
acarreaba a los cristianos y reputación que mengua a los moros, que de tanto
poder y pujanza como poco antes tenían, se veían de repente tan flacos y abatidos,
que ni sus fuerzas les prestaban, ni las de África que tan cerca les caía; y
eran forzados a guardar las leyes de los que antes tenían por súbditos y los
mandaban. Mudanza que no se debe tanto atribuir a la prudencia y fuerzas
humanas cuanto al favor de Dios, que quiso ayudar y dar la mano a la
cristiandad, que muy abatida estaba. Mayormente quiso gratificar la grande
devoción que en toda la gente se veía, así grandes como menores, con que todos,
movidos del ejemplo de su rey, se ejercitaban en todo género de virtudes y
obras de piedad. Tal era la virtud y vida de los cristianos, que muchos de su
voluntad se les aficionaban, y dejada la secta de Mahoma, se bautizaban y se
hacían cristianos. Otros, si bien eran moros, estimaban en tanto los cuerpos de
los santos que tenían en su tierra, por ver que los cristianos los honraban y
estar persuadidos que su ayuda para todo era de grande importancia, que ningún
oro ni plata ni joyas preciosas tenían en tanto, según que por el capítulo
siguiente se entenderá.
III. Cómo
trasladaron los huesos de san Isidoro, de Sevilla a León
En la ciudad de León tenían una iglesia muy
principal, sepultura de los reyes antiguos de aquel reino; su advocación de San
Juan Bautista. Estaba maltratada; que las guerras, y cuando éstas faltan, el
tiempo y la antigüedad todo lo gastan. La reina doña Sancha era una muy devota
señora; persuadió al rey, su marido, la reparase, y para más ennoblecerla la
escogiese para su sepultura y de sus descendientes; que antes tenía pensamiento
de enterrarse en el monasterio de Sahagún. El rey, que no era
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menos pío y devoto que la reina, y más aína la
excedía en fervor, fácilmente otorgó con su voluntad. Para dar principio a lo
que tenía acordado, ya que el edificio iba muy alto, hicieron traer de Oviedo,
donde yacían, los huesos del rey don Sancho de Navarra, padre del rey; y para
aumentar la devoción del pueblo trataron de juntar en aquel templo diversas
reliquias de santos de los muchos que en España se hallaban, en especial en
Sevilla, ciudad la más principal del Andalucía, que si bien estaba en poder de
los moros, todavía se conservaban en ella muchos cuerpos de los santos que
antiguamente murieron en aquella ciudad.
Era cosa dificultosa alcanzar lo que pretendían.
Acordó el Rey valerse de las armas y hacer guerra a Benabet rey de Sevilla.
Parecióle que por este camino saldría con su pretensión. Corrióle la tierra;
muchos pueblos del Andalucía y de la Lusitania, que eran de este príncipe, a
unos taló los campos, otros tomó por fuerza o de grado. El rey moro, acosado de
estos daños tan graves, deseaba tomar asiento con los cristianos. Ofrecía
cantidad de oro y plata de presente, y para adelante acudir cada un año con ciertas
parias. El rey don Fernando aceptó aquellos partidos y la amistad del moro a
tal, empero, que sin dilación le enviase el cuerpo de santa Justa, que fue la
ocasión de emprender aquella guerra. Otorgó fácilmente el moro con lo que se le
pedía. Hicieron sus juras y homenajes de cumplir lo que ponían, con que se alzó
mano de las armas.
Para traer el santo cuerpo despachó el Rey al
obispo de León Alvito, y al de Astorga, por nombre Ordoño, y en su compañía por
sus embajadores al conde don Nuño, don Fernando y don Gonzalo, personas
principales de su reino; dioles otrosí para su seguridad soldados y gente de
guarda. Los ciudadanos de Sevilla, avisados de lo que se pretendía, sea movidos
de sí mismos por entender cuánto importan a los pueblos la asistencia y ayuda
de los santos por medio de sus santas reliquias, o lo que más creo, a persuasión
de los cristianos que en Sevilla moraban, se pusieron en armas resueltos de no
permitir les llevasen de su ciudad aquellos huesos sagrados. Los embajadores se
hallaban confusos sin saber qué partido tomasen. Por una parte les parecía
peligroso apretar al rey moro; por otra tenían que sería mengua suya y de la
cristiandad si volviesen sin la santa reliquia.
Acudióles nuestro Señor en este aprieto; san
Isidoro, arzobispo que fue de aquella ciudad, apareció en sueños al obispo
Alvito, principal de aquella embajada, y con rostro ledo y semblante de gran
majestad le
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amonestó llevase su cuerpo a la ciudad de León a
trueco del de santa Justa, que ellos pretendían. Avisóle el lugar en que le
hallaría con señas ciertas que le dio, y que en confirmación de aquella visión
y para certificarlos de la voluntad de Dios, él mismo dentro de pocos días
pasaría de esta vida mortal. Cumplióse puntualmente lo uno y lo otro con grande
admiración de todos. Hallóse el cuerpo de san Isidoro en Sevilla la Vieja,
según que el Santo lo avisara, y el obispo Alvito enfermó luego da una dolencia
mortal, que sin poderle acorrer médicos ni medicinas le acabó al seteno.
Despidiéronse con tanto los demás embajadores del rey moro. Llevaron el cuerpo
de san Isidoro y el del obispo Alvito con el acompañamiento y majestad que era
razón.
El rey don Fernando, avisado de todo lo que pasaba,
como llegaban cerca, acompañado de sus hijos salió hasta el río Duero con mucha
devoción a recibir y festejar la santa reliquia. Salió asimismo todo el pueblo
y el clero en procesión, grandes y pequeños con mucho gozo, aplauso y alegría.
Fue tanta la devoción del Rey, que él mismo y sus hijos a pies descalzos
tomaron las andas sobre sus hombros y las llevaron hasta entrar en la iglesia
de San Juan de León. En Sevilla antes que saliese el cuerpo y por todo el
camino hizo Dios para honrarle muchos milagros: los ciegos cobraron la vista,
los sordos el oído, y los cojos y contrahechos se soltaron para andar;
maravilloso Dios y grande en sus santos. El cuerpo del obispo Alvito sepultaron
en la iglesia mayor de aquella ciudad; el de san Isidoro fue colocado en la de
San Juan en un sepulcro muy costoso y de obra muy prima, que para este efecto
le tenían aparejado y presto; que fue ocasión de que aquella iglesia, que de
tiempo antiguo tenía advocación de san Juan Bautista, en adelante se llamase,
como hoy se llama, de San Isidoro. Refieren otrosí que el jumento que traía la
caja de san Isidoro, sin que nadie le guiase, tomó el camino de aquella iglesia
de señor San Juan, y el en que venía el cuerpo del Obispo se enderezó a la
iglesia mayor; que si es verdad, fue otro nuevo y mayor milagro. Bien veo que
esto no concuerda del todo con lo que queda dicho, y que cosas semejantes se
toman en diversas maneras; pero pues no referimos cosas nuevas, sino lo que
otros testifican, quedará a su cuenta el abonarlas y hacer fe de ellas, en
especial de don Lucas de Tuy, que compuso un libro de todo esto bien grande, y
de los milagros que Dios obró por virtud de este santo, muchos y notables.
Nuestro oficio no es poner en disputa lo que los antiguos afirmaron, sino
relatarlo con entera verdad.
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Por el mismo tiempo, como lo escribe don Pelayo,
obispo de Oviedo, trasladaron de la ciudad de Ávila los cuerpos de los santos
Vicente, Sabina y Cristeta, sus hermanas. El de san Vicente fue llevado a León,
el de santa Sabina a Palencia, el de santa Cristeta al monasterio de San Pedro
de Arlanza.
En Coyanza, que al presente se llama Valencia, en
tierra de Oviedo, se celebró un concilio en presencia de este rey don Fernando
y de la reina, su mujer. En él se juntaron los grandes del reino y nueve
obispos, que fue año del Señor de 1050. En los decretos de este Concilio se
mandó al pueblo que asistiese a las horas canónicas que se cantan en la iglesia
de día y de noche, y que todos los viernes del año se ayunase de la manera que
en otros tiempos, y días de ayuno que obligan por discurso del año.
Por este tiempo asimismo dos hijas de dos reyes
moros se tornaron cristianas y se bautizaron. La una fue Casilda, hija de
Almenon, rey de Toledo; la otra Zaida, hija del rey Benabet, de Sevilla. La
ocasión de hacerse cristianas fue de esta manera. Casilda era muy piadosa y
compasiva de los cautivos cristianos que tenían aherrojados en casa de su
padre, de su gran necesidad y miseria; acudíales secretamente con el regalo y
sustento que podía. Su padre, avisado de lo que pasaba y mal enojado por el
caso, acechó a su hija. Encontróla una vez que llevaba la comida para aquellos
pobres; alterado preguntóle lo que llevaba, respondió ella que rosas; y abierta
la falda las mostró a su padre, por haberse en ellas convertido la vianda. Este
milagro tan claro fue ocasión que la doncella se quisiese tornar cristiana; que
de esta manera suele Dios pagar las obras de piedad que con los pobres se
hacen, y fruto de la misericordia suele ser el conocimiento do la verdad.
Padecía esta doncella flujo de sangre, avisáronla (fuese por revelación o de
otra manera) que si quería sanar de aquella dolencia tan grande se bañase en el
lago de San Vicente, que está en tierra de Briviesca. Su padre, que era amigo
de los cristianos, por el deseo que tenía de ver sana a su hija, la envió al
rey Fernando para que la hiciese curar. Cobró ella en breve la salud con
bañarse en aquel lago, después recibió el bautismo según lo tenía pensado, y en
reconocimiento de tales mercedes, olvidada de su patria, en una ermita, que
hizo edificar junto al lago pasó muchos años santamente. En vida y en muerte
fue esclarecida con milagros que Dios obró por su intercesión; la Iglesia la
pone en el número de los santos que reinan con Cristo en el cielo, y en muchas
iglesias de España se le hace fiesta a 13 de abril.
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La Zaida, quier fuese por el ejemplo de santa
Casilda o por otra ocasión, se movió a hacerse cristiana, en especial que en
sueños le apareció san Isidoro, y con dulces y amorosas palabras la persuadió
pusiese en ejecución con brevedad aquel santo propósito. Dio ella parte de este
negocio al rey, su padre; él estaba perplejo sin saber qué partido debería
tomar. Por una parte no podía resistir a los ruegos de su hija; por otra parte
temía la indignación de los suyos si le daba licencia para que se bautizase. Acordó
finalmente comunicar el negocio con don Alfonso, hijo del rey don Fernando.
Concertaron que con muestra de dar guerra a los moros hiciese con golpe de
gente entrada en Sevilla, y con esto cautivase a la Zaida, que estaría de
propósito puesta en cierto pueblo que para este efecto señalaron. Sucedió todo
como lo tenían trazado; que los moros no entendieron la traza, y la Zaida,
llevada a León, fue instruida en las cosas que pertenece saber a un buen
cristiano. Bautizada se llamó doña Isabel, si bien el arzobispo don Rodrigo
dice que se llamó doña María. Los más testifican que esta señora adelante casó
con el mismo don Alfonso en sazón que era ya rey de Castilla, como se apuntará
en otro lugar. Don Pelayo, el de Oviedo, dice que no fue su mujer, sino su
amiga. La verdad ¿quién la podrá averiguar, ni quién resolver las muchas
dificultades que en esta historia se ofrecen a cada paso? Lo que consta es que
esta conversión de Zaida sucedió algunos años adelante.
IV. Cómo don García, rey de Navarra, fue muerto
El mismo año que el rey don Fernando hizo trasladar
a León el cuerpo de san Isidoro, que fue el de 1053, don García, rey de
Navarra, murió en la guerra. Fue hombre de ánimo feroz, diestro en las armas; y
no sólo era capitán prudente, sino soldado valeroso. Los principios de
discordias entre los hermanos, que los años pasados se comenzaron, en este
tiempo vinieron de todo punto a madurarse, como suele acontecer, en grave daño
de don García.
Don Fernando decía que era suya la comarca de
Briviesca y parte de la Rioja, por antiguas escrituras que así lo declaraban.
Al contrario, se quejaba don García haber recibido notable agravio e injuria en
la división del reino, y en aquel particular defendía su derecho con el uso y
nueva
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costumbre y testamento de su padre. La demasiada
codicia de mandar despeñaba estos hermanos, por pensar cada uno que era poca
cosa lo que tenía para la grandeza del reino que deseaba en su imaginación.
Ésta es una gran miseria que mucho agua la felicidad humana.
Enfermó don García en Nájera, visitóle don
Fernando, su hermano, como la razón lo pedía; quísole prender hasta tanto que
le satisfaciese en aquella su demanda. Entendió la zalagarda don Fernando, huyó
y púsose en cobro. Mostró don García mucha pesadumbre de aquella mala sospecha
que de él se tuvo; procuraba remediar el odio y malquerencia que por aquella
causa resultó contra él. Supo que su hermano estaba doliente en Burgos; fuese
para allá en son de visitarle y pagarle la visita pasada. No se aplacó el rey
don Femando con aquella cortesía y máscara de amistad. Echó mano de su hermano,
y preso, le envió con buena guarda al castillo de Ceya. Sobornó él las guardas
que le tenían puestas, y huyóse a Navarra, resuelto de vengar por las armas
aquella injuria y agravio.
Juntó la gente de su reino, llamó ayudas de los
moros, sus aliados, y formado un buen ejército, rompió por las tierras de
Castilla, y pasados los montes Doca, hizo mucho estrago por todas aquellas
comarcas. El rey don Fernando, que no era lerdo ni descuidado, por el
contrario, juntó su ejército, que era muy bueno, de soldados viejos,
ejercitados en todas las guerras pasadas. Marchó con estas gentes la vuelta de
su hermano, resuelto de hacerle todo aquel mal y daño a que el dolor y el odio
le estimulaban. Diéronse vista los unos a los otros como cuatro leguas de la
ciudad de Burgos, cerca de un pueblo que se llama Atapuerca. Asentaron sus
reales, y barreáronse según el tiempo les daba; ordenaron tras esto sus haces
en guisa de pelear.
Las condiciones de estos dos hermanos eran muy
diferentes; la de don Fernando blanda, afable, cortés; además que en las armas
y destreza del pelear ninguno se le igualaba. Don García era hombre feroz,
arrebatado, hablador, por la cual causa los soldados estaban con él desabridos,
y porque a muchos de sus reinos con achaques, ya verdaderos, ya falsos, tenía
despojados de sus haciendas, suplicáronle al tiempo que se quería dar la
batalla mandase satisfacer a los agraviados. No quiso dar oídos a tan justa demanda.
Parecíale fuera de sazón, y que tomaban aquel torcedor y ocasión para salir con
lo que deseaban. Muchos temían no le empeciese aquella aspereza y el
desabrimiento de los suyos, y se recelaban no quisiese Dios castigar aquellas
sus arrogancias e injusticias. En especial un
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hombre noble y principal, cuyo nombre no se sabe,
mas en el hecho todos concuerdan, viejo, anciano, prudente, y que tenía cabida
con aquel príncipe porque fue su ayo en su niñez, visto el grande riesgo que
corría, movió tratos de paz con deseo que no se diese la batalla.
Don Fernando se mostraba fácil y venía bien en
ello; acudió a don García, púsole delante los varios sucesos de la guerra y el
riesgo a que se ponía; suplicóle se concertase con su hermano y le perdonase
los yerros pasados, pues no hay persona que no falte y peque en algo; que se
moviese por el bien común, que no era justo vengar su particular sentimiento
con daño de toda la cristiandad y a costa de la sangre de aquellos que en nada
le habían errado; ofrecíale de parte de su hermano le haría la satisfacción que
los jueces señalados por las partes en esta diferencia mandasen, que, aunque
como hermano menor, era el primero que movía tratos de paz, pero que se
guardase de pasarle por el pensamiento lo hacía por cobardía o falta de ánimo,
que le certificaba le sería muy dañosa aquella imaginación; pues como él sabia,
tenía don Fernando escogidos y diestros soldados en su campo; sólo con esta
embajada quería justificar su causa con todo el mundo, vencer en modestia, y
que todos entendiesen eran muy fuera de su voluntad las muertes, destrucción y
pérdidas que se aparejaban. Con estas buenas razones se juntaron los ruegos y
lágrimas del ayo. No se movió don García; sus pecados le llevaban a la muerte;
ni la privanza del que le rogaba ni su autoridad ni el peligro presente fueron
parte para ablandarle.
Diose pues de ambas partes la señal para la
batalla; encontráronse los dos ejércitos con gran furia. El ayo de don García,
vista la flaqueza de los soldados de su parte, cuán pocos eran, cuán
desabridos, sin esperanza de victoria, por no ver la perdición de su patria,
con sola su espada y lanza se metió entre los enemigos do era la mayor carga, y
así murió como bueno. Los demás no pudieron sufrir el ímpetu que traía don
Fernando; la turbación y el miedo grande y la sospecha de aquel gran daño
trabajaba a los navarros; dos soldados, que poco antes se habían pasado al
ejército contrario, hendiendo y pasando por el escuadrón de su guarda con mucha
violencia, llegaron hasta don García y le mataron a lanzadas; caído el rey,
todos los suyos huyeron. El rey don Fernando, alegre con la victoria, y por
otra parte triste por la muerte de su hermano, mandó a los soldados que
reparasen, no diesen la muerte a los cristianos que quedaban. Hízose así; sólo
en el alcance a los moros que iban desbaratados y huyendo por los campos, unos
mataron, otros cautivaron.
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El cuerpo de don García, con voluntad del vencedor,
llevaron sus soldados a Nájera, y allí le enterraron en la iglesia de Santa
María, que él mismo había levantado desde sus cimientos. De doña Estefanía, su
mujer, francesa de nación, con quien casó en vida de su padre, dejó cuatro
hijos y otras tantas hijas, que fueron: don Sancho, el mayorazgo, que le
sucedió en la corona, y don Ramiro, a quien había dado el señorío de Calahorra,
como ganada de los moros por las armas; los demás hijos se llamaron don Fernando
y don Ramón; las hijas, Ermesenda, Jimena, Mayor y doña Urraca. Esta casó con
el conde don García, de quien se tratará después.
Con la muerte de don García, su estado fue por sus
hermanos destrozado y menoscabado. El rey don Fernando tomó para si los pueblos
y ciudades sobre que era el pleito, sin que nadie le fuese a la mano ni se lo
osase estorbar, que son: Briviesca, Montes Doca y parte de la Rioja, que es la
parte por do pasa el río Oja, que da el nombre a la tierra; nace este río de
los montes en que está Santo Domingo de la Calzada, y junto a la villa de Haro
entra en Ebro. La otra parte de la Rioja, Navarra y el ducado de Vizcaya,
Nájera, Logroño y otros pueblos y ciudades quedaron en poder de don Sancho,
hijo de don García. Por causa de esta guerra y con esta ocasión cobró don
Ramiro a Aragón por las armas, y aún entró en esperanza de hacerse también
señor de lo demás del reino de Navarra, que era de su hermano muerto; porque en
este tiempo, como se ve por escrituras antiguas, se llamaba rey de Aragón, de
Sobrarbe, de Ribagorza y Pamplona. Demás que, animado con estos principios,
quitó a los moros que habían quedado en Ribagorza y su tierra un pueblo llamado
Benavarrio.
Por conclusión, entre don Ramiro y don Sancho, el
nuevo rey de Navarra, después de algunos debates y refriegas se hicieron paces
con tal condición, que el uno al otro para seguridad se diesen ciertos
castillos en rehenes. Ruesta y Pitilla dieron a don Sancho. Sangüesa, Lerdo,
Ondusio dieron a don Ramiro. Recelábanse los dos, tío y sobrino, que en tanto
que en aquellas revueltas andaban, don Fernando, cuyas armas eran temidas, no
los maltratase con guerra; por esta causa se juntaron y hicieron pacto y concierto
de tener los mismos por amigos y por enemigos, valerse el uno al otro y
ayudarse en todas las ocurrencias.
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V. Que España quedó libre del imperio de
Alemania
En el tiempo que España ardía en guerras civiles,
tenía el imperio de Alemania, do los años pasados se trasladara de Francia,
Enrique, segundo de este nombre. La Iglesia universal gobernaba el papa León
IX. A León sucedió Víctor II, que con intento de reformar el estado
eclesiástico, relajado por la licencia y anchura de los tiempos, juntó concilio
en Florencia, ciudad y cabeza de la Toscana, el año de 1055. Despachó desde
allí a Hildebrando, que de monje cluniacense era subdiácono cardenal, grado a
que subió por su virtud, letras y talento para negocios, para que fuese a
Francia y Alemania a tratar por una parte con el Emperador de renovar y poner
en su punto la antigua disciplina eclesiástica, por otra para apaciguar en
Turon de Francia las revueltas y alteraciones que causaban ciertas opiniones
nuevas, que contra la fe enseñaba Berengario, diácono de aquella iglesia.
Añaden nuestras historias que en aquel concilio se
hallaron embajadores de parte del Emperador susodicho, y que en su nombre
propusieron a los obispos ciertas querellas y demandas. En especial extrañaron
que el rey don Fernando de Castilla, contra lo establecido por las leyes y
guardado por la costumbre inmemorial, se tenía por exento del imperio de
Alemania, y aún llegaba a tanto su liviandad y arrogancia, que se llamaba
emperador. «Yo, decía él, si no mirara el pro común y bien de todos, fácilmente
pasara por el agravio que a mi dignidad se hace; pero en este negocio es
necesario poner los ojos en toda la cristiandad, cuán anchamente se extiende
por todo el mundo, la cual ninguna seguridad puede tener si todos no reconocen
y respetan y se sujetan a una cabeza que los acaudille y gobierne. La autoridad
otrosí de los sumos pontífices y su mando será muy flaco si les falla el brazo
y asistencia de los emperadores, que por esta causa tienen el segundo lugar en
mando y autoridad en toda la Iglesia cristiana. Reprimid pues esta arrogancia y
soberbia en sus principios, y no permitáis que el daño pase adelante, ni que
este mal ejemplo por mi descuido y vuestra disimulación se extienda a las otras
naciones y provincias, ca con el dulce y engañoso color de libertad fácilmente
se dejarán engañar, y la sacra majestad del imperio y pontificado vendrán a ser
una sombra vana y nombre solo, sin sustancia de autoridad. Poned entredicho a
España, descomulgad al rey soberbio y
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sandio. Si así lo hacéis, yo me ofrezco no faltar a
la honra y pro de la Iglesia y juntar con vos mis fuerzas para mirar por el
bien común; que si por algunos respetos disimuláis, yo estoy resuelto de volver
por el honor del imperio y por mi particular».
A este razonamiento respondieron los padres del
Concilio que tendrían cuidado de lo que el Emperador pedía. Hicieron sus
consultas, y considerado el negocio, el papa Víctor pronunció en favor del
Emperador que pedía razón y justicia. Era el papa alemán de nación, natural de
Suabia, por donde naturalmente se inclinaba a favorecer más la causa de aquel
imperio. Despacharon embajadores al rey don Fernando para que le dijesen de
parte del papa y del concilio que en adelante se allanase y reconociese al imperio,
y no se intitulase más emperador; pues por ninguna razón le pertenecía.
Llevaban orden de ponerle pena de excomunión si no obedeciese a lo que se le
mandaba.
El rey, oída esta embajada, se halló perplejo sin
resolverse en lo que debía hacer. De la una parte y de la otra se le
representaban grandes inconvenientes, no menores en obedecer que en hacer
resistencia. Acordó juntar Cortes del reino para tratar en ellas, como era
razón, un negocio tan grave y que a todos tocaba. Los pareceres no se
conformaron. Los que eran de mejor conciencia aconsejaban que luego obedeciese,
porque no indignase al Papa y se revolviese España y alterase, como era
forzoso; que las guerras se debían evitar con cuidado por estar España dividida
en muchos reinos, y estos gastados con guerras civiles y quedar dentro de la
provincia tantos moros enemigos de la cristiandad. Otros, más arriscados y de
mayor ánimo, decían que si obedecía se ponía sobre España un gravísimo yugo,
que jamás se podría quitar; que era mejor morir con las armas en la mano que
sufrir tal desaguisado en su república y tal mengua en su dignidad.
Rodrigo Díaz de Vivar, que adelante llamaron el
Cid, estaba a la sazón en la flor de su edad, que no pasaba de treinta años,
estimado en mucho por su gran esfuerzo, destreza en las armas, viveza de
ingenio, muy acertado en sus consejos. Había pocos días antes hecho campo con
don Gómez, conde de Gormaz; vencióle y diole la muerte. Lo que resultó de este
caso fue que casó con doña Jimena, hija y heredera del mismo Conde. Ella misma
requirió al Rey que se le diese por marido, ca estaba muy prendada de sus partes,
o le castigase conforme a las leyes por la muerte que dio a su padre. Hízose el
casamiento, que a todos estaba a cuento; con
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que por el grande dote de su esposa, que se allegó
al estado que él tenía de su padre, se aumentó en poder y riquezas de tal
suerte, que con sus gentes se atrevía a correr las tierras comarcanas de los
moros; en especial venció en batalla cinco reyes moros que, pasados los montes
Doca, hacían daños por las tierras de la Rioja. Quitóles la presa que llevaban
y a ellos mismos los hubo a las manos; soltólos empero sobre pleitesía que le
hicieron de acudir cada un año con ciertas parias que concertaron.
El rey don Fernando en esta sazón se ocupaba en
reparar la ciudad de Zamora, que después que los moros la destruyeron en tiempo
del rey don Ramiro no la habían reedificado. Otorgó a los moradores que
quisiesen en ella poblar que se gobernasen conforme a las leyes antiguas de
aquella ciudad, que eran las mismas de los godos.
Sucedió que en aquella coyuntura los mensajeros de
los moros trajeron a Rodrigo Díaz las parias que concertaron; llamáronle Cid,
que en lengua arábiga quiere decir señor; lo uno y lo otro en presencia del Rey
y de sus cortesanos, de que tomaron ocasión muchos para envidiarle y
aborrecerle, como quiera que sea cosa muy natural llevar de mala gana la
prosperidad de los otros, mayormente si es extraordinaria, y ninguno se debe
más recatar en el subir que el que poco antes se igualaba o era menos que los
demás. Sin embargo, el Rey, maravillado de su valor, mandó que de allí adelante
le llamasen el Cid; y así fue que, casi olvidado el propio nombre que tenía de
pila y de su linaje, toda la vida le dieron aquel nuevo y honroso apellido.
Algunos añaden que en cierta diferencia que resultó
entre los reyes don Fernando de Castilla y don Ramiro de Aragón sobre cuya
fuese la ciudad de Calahorra, puesta a la ribera del río Ebro, acordaron que
dos caballeros uno de cada parte hiciesen campo sobre aquel caso, y que por
quien quedase la victoria, su rey hubiese la ciudad sobre que se pleiteaba.
Dicen otrosí que don Ramiro, señaló por su parte a Martín Gómez, y por don
Fernando tomó la demanda el Cid, que venció y mató a su contrario Martín Gómez,
que quieren que sea cabeza y tronco del linaje y casa de Luna, muy antiguo y
noble solar en España. Pero los más doctos tienen todo esto por falso, a causa
que el rey don García de Navarra ganó de los moros aquella ciudad, como arriba
se dijo, y así no pudo el rey de Aragón pretender sobre ella derecho alguno.
Estaba el Cid entretenido con el nuevo casamiento,
y ocupado en negocios tocantes a su casa, por esto no se halló en las Cortes
cuando se
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trató de lo que el emperador pedía y el Papa
mandaba tocante al reconocimiento que pretendían debía hacer al imperio de
Alemania. El rey de su condición y por su edad se inclinaba mas a la paz, y no
quisiera la guerra, si bien entendía que de aquel principio, si disimulaba, se
podría menoscabar en gran parte la libertad de España. Pero antes que en
negocio tan grave se tomase resolución, hizo llamar al Cid para consultarle y
que dijese su parecer. Vino al llamado del rey, y preguntado sobre el caso, respondió
que no era negocio de consulta, sino que por las armas defendiesen la libertad
que con las armas ganaron. Que no era razón pretendiese nadie gozar de lo que
en el tiempo del aprieto no ayudó a ganar en manera alguna.
«¿No será mejor y más acertado morir como buenos,
que perder la libertad que nuestros mayores con tanto afán nos dejaron, y que
estos bárbaros hagan burla y escarnio de nuestra nación? Gente que en su
comparación no estiman a nadie. Sus palabras afrentosas, sus soberbias y
arrogancias, sus desdenes con los que los tratan, sus embriagueces y demasías
no se pueden sufrir. Apenas hemos sacudido el yugo de la sujeción que los moros
tenían puesto sobre nuestras cervices, ¿será bien que nos dejemos avasallar y
hacer esclavos de otros cristianos? Hacen sin duda burla de nuestras cosas,
como si todo el mundo y toda la cristiandad prestase obediencia y reconociese
vasallaje a los emperadores de Alemania. Toda la autoridad, poder, honra,
riquezas que se ganaron con la sangre de nuestros mayores serán suyas; y ¿para
nos quedarán sólo trabajos, peligros, cautiverios y pobreza? El yugo pesado del
imperio romano que sacudieron de sí nuestros antepasados ¿nos le tornarán a
poner ahora los alemanes? ¿Seremos por ventura como canalla sin juicio y sin
prudencia, sin autoridad y señorío, sujetos a los que, si tuviéramos ánimo,
temblaran en pensarlo? Recia cosa es, dirá alguno, hacer resistencia a las
fuerzas y poder del emperador bravo, y dura no obedecer al mandato del papa. De
ánimos cobardes y viles es por temor de una guerra incierta sujetarse a daños
manifiestos y grandes. El valor y brío vence muchas veces las dificultades que
hacen desmayar a los perezosos y flojos. Muchos, a lo que veo, se dejan llevar
de esta pusilanimidad, que ni se mueven por honra, ni los enfrena el miedo de
la afrenta, que parece tienen por bastante libertad no ser azotados y pringados
como esclavos. No creo yo que el sumo pontífice nos tenga tan cerradas las
orejas que no dé lugar a nuestros justísimos ruegos, y le mueva la razón y
justicia que
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hace por nuestra parte. Envíense personas que con
valor defiendan nuestra libertad en su presencia y declaren cuán fuera de
camino va lo que pretenden los alemanes. Cuanto a mí, resuelto estoy de
defender con la espada en el puño contra todo el mundo la honra, la libertad
que mis mayores me dejaron y todo lo al. Con esta espada haré bueno que cometen
traición contra su patria todos aquellos que por escrúpulo de conciencia o por
cualquiera otra consideración y recato se apartaren de este mi parecer, y no
desecharen con mayor cuidado que ellos la pretenden la sujeción y servidumbre
de España. Cuanto cada cual se mostrare en defensa de la libertad en el mismo
grado le tendré por amigo o por enemigo capital».
Este parecer del Cid Ruy Díaz dio a todos contento;
hasta los mismos que al principio flaqueaban le aprobaron, y conforme a esto se
dio la respuesta al papa. Para hacer rostro a los intentos del emperador
levantaron gente por todo el reino hasta número de diez mil hombres, demás de
los socorros que acudieron de los moros que les pagaban parias y les eran
tributarios. Nombraron por general de toda esta gente al mismo Cid para que el
que dio principio a la empresa la llevase adelante y la acabase. Acordó para
dar muestra de las fuerzas y valor de España de pasar los montes Pirineos.
Entró por Francia hasta llegar a Tolosa, ciudad que, según yo entiendo, en
aquel tiempo estaba a devoción o era sujeta a España. Por lo cual hace la letra
y lucillo del rey don Sancho el Mayor puesta de suso. Desde allí despacharon
una embajada muy principal al Papa, en que le suplicaban enviase personas a
propósito que oyesen las razones que por parte de España militaban. Los
principales y cabezas de esta embajada, que fueron el conde don Rodrigo,
diferente del Cid, y don Alvar Yáñez Minaya, alcanzaron del pontífice que
enviase a España sobre el caso por su legado a Ruperto, cardenal sabinense, y
que juntamente viniesen embajadores del emperador para que el pleito, oídas las
partes, se ventilase y concluyese.
En el entretanto, el rey don Fernando de Francia
dio la vuelta a España. El legado y los embajadores repararon en Tolosa. Allí
se trató el negocio, y finalmente, sustanciado el proceso con lo que de la una
parte y de la otra se alegó, y cerrado, vinieron a sentencia, que fue en favor
de España, y que para adelante los emperadores de Alemana no pretendiesen tener
algún derecho sobre aquellos reinos. De este principio quedó muy asentado lo
que se confirmó por la costumbre del pueblo, por la
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aprobación de las otras naciones, por el parecer y
común opinión de los juristas que adelante florecieron, que España no era
sujeta al imperio ni le reconocía ni reconoce algún vasallaje; tanto importa
para semejantes negocios el valor de un hombre prudente y arriscado.
Verdad es que los papas asimismo pretendieron que
España les pagase tributo, como parece por una bula de Gregorio VII, que está
entre las de su registro, enderezada a los reyes, condes y los demás príncipes
de España, en que dice que el tal tributo se solía pagar antes que los moros de
ella se apoderasen. Pero no salió con esta pretensión; debieron todos hacer
rostro a esta demanda, y la costumbre inmemorial muestra claramente que España
ha sido siempre tenida por libre, y nunca ha pagado tributo a ningún príncipe
extranjero.
El linaje y descendencia del Cid se debe tomar de
Laín Calvo, juez que fue de Castilla, como arriba queda dicho, porque este juez
tuvo en doña Elvira Nuña Bella a Fernán Nuño. De éste y de su mujer doña
Egilona fue hijo Laín Nuño; cuyo hijo fue Diego Laínez, marido que fue de
Teresa Nuña, y padre de Rodrigo Díaz, por sobrenombre el Cid. Del Cid y su
mujer doña Jimena nació Diego Rodríguez de Vivar, que en vida de su padre murió
en la guerra contra moros. Tuvo asimismo el Cid dos hijas, doña Elvira y doña
Sol, de quien se hará mención adelante.
Algunos concilios de obispos se tuvieron en este
tiempo. El primero en Compostela, año de 1056. Presidió en él Cresconio, obispo
Compostelano, que se llama obispo de la sede apostólica. Halláronse con él
Suero, obispo dumiense; Vistrario, electo metropolitano de Lugo, demás de otros
sacerdotes, diáconos y clérigos y abades. Ordenáronse en este Concilio muchas
cosas muy buenas. Que los obispos y los prestes dijesen misa cada día; que los
canónigos tuviesen un cilicio, y se le pusiesen los días de ayuno, y todas las
veces que se hiciesen letanías por alguna necesidad.
En Jaca, tierra del rey don Ramiro, se hizo otro
concilio año de 1060. Halláronse en él los obispos Sancho, de Aragón; Paterno,
de Zaragoza; Arnulfo, rotense; Guillermo, de Urgel; Eraclio, de los bigerrones;
Estéban, clorense; Gomecio, de Calahorra; Juan, lectorense. Presidió Austindo,
arzobispo auxitano en Francia. Reformáronse las ceremonias de la misa que se
habían estragado con el tiempo, y también las costumbres de los clérigos, y
mandóse que los oficios divinos se hiciesen conforme al uso romano. Ordenóse
otrosí que en Jaca estuviese la silla obispal que solía estar en Huesca, pero
con condición que, ganada Huesca de los moros, se
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le volviese la silla, quedando en su diócesis la
misma ciudad de Jaca, y así se hizo adelante.
Dos años después de esto se celebró concilio en San
Juan de la Peña, presente el rey don Ramiro, a 21 de Junio. Halláronse en él
los obispos don Sancho, de Aragón; don Sancho, de Pamplona; don García, de
Nájera; Arnulfo, de Ribagorza; Julián, castellense, y otros muchos obispos;
Poncio, arzobispo de Oviedo, que sospecho yo fue el presidente, aunque se
nombra el postrero. En este concilio se ordenó por común acuerdo de los padres
que un decreto que los años pasados se hizo por el rey don Sancho el Mayor, es a
saber, que los obispos de Aragón fuesen elegidos por los monjes de aquel
monasterio, se guardase como en él se contenía.
Por el mismo tiempo, si bien en el año no
conciertan los autores sin que se pueda averiguar la verdad puntualmente, el
cardenal Hugo, legado que era del papa en España, en cierta junta de obispos y
caballeros que se tuvo en Barcelona por orden y con voluntad del conde don
Ramón, revocó y dio por ningunas las leyes de los godos, de que los catalanes
hasta entonces usaban, y ordenó otras nuevas, que se guardan hasta nuestros
tiempos.
Éste entiendo yo es aquel Hugo, cardenal llamado
por sobrenombre Cándido, que el año de 1064 vino de Roma por legado a España,
en tiempo que sobre el pontificado contendían dos que ambos se llamaban papas,
y cada cual pretendía ser legítimo pontífice. El uno se llamó Alejandro II, el
otro Honorio II. Los reyes de España seguían la obediencia del papa Alejandro,
cuyo legado era este cardenal, por tener más fundado su derecho que el
competidor y contrario. Procuró este legado, demás de lo ya dicho, que en España
se dejase el oficio gótico o mozárabe, mas no pudo por entonces salir con ello.
Antes tres obispos de España fueron enviados a Mantua, ciudad de la Galia
Cisalpina o Lombardía, para donde tenían convocado concilio, con intento de
sosegar aquel cisma tan perjudicial; llevaron asimismo consigo los libros
góticos e hicieron que el concilio y los demás obispos los aprobasen y diesen
por buenos y católicos. Estos obispos eran Munio, de Calahorra; Eximio, de
Auca; Fortunio, de Álava; que debieron ser en aquella sazón de los más
principales y doctos de estas partes.
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VI. Lo restante del rey don Fernando
De los movimientos y diferencias que resultaron por
la pretensión de los emperadores de Alemania, tomaron los moros ocasión y
avilenteza para sacudir el yugo que los años pasados les pusiera el rey don
Fernando. A un mismo tiempo, casi como de común acuerdo de todos, en diversos
lugares tomaron las armas, en especial en el reino de Toledo y en los
celtíberos, que es parte de Aragón. El rey estaba ya pesado con los años,
cansado de guerras tantas y tan molestas como por toda la vida tuvo; por el
mismo caso las rentas reales consumidas, los vasallos cansados con los muchos
tributos que pagaban. La reina doña Sancha, como hembra que era de ánimo
varonil, deseosa que la cristiandad fuese adelante, ofreció de su voluntad para
ayuda de los gastos de la guerra, que no se excusaba, todo el oro y joyas de su
persona y recámara. Alentado el rey con esta ayuda, juntó un buen ejército, con
que acometió a los moros por la parte que corre el río Ebro; hizo gran estrago
y matanza en ellos. Pasó más adelante hasta llegar a los catalanes y
valencianos, de donde vino cargado de buenos despojos. Con la misma prosperidad
hizo guerra a los del reino de Toledo, y a todos ellos puso leyes e hizo jurar
pagarían siempre los tributos acostumbrados. Esto hecho, con aparato y gloria
de triunfador se volvió a su casa.
Quién dice que cerca de Valencia se le apareció san
Isidoro, cuyo devoto fue siempre, y le dijo moriría presto; por tanto, que se
confesase y ordenase con brevedad las cosas de su alma. La enfermedad que luego
sobrevino al rey confirmó esto ser verdad; por lo cual, hecho concierto con los
moros y recobrados los cautivos que tenían cristianos y recogidos los despojos
que les ganara, sujetas aquellas comarcas y alzados los reales, marchó con su
gente para León. Llevábanle en una litera militar como silla de mano, mudábanse
por su orden los soldados y gente principal a porfía quién se aventajaría en el
trabajo; tanto era el amor que le tenían chicos y grandes. El año de 1065, a 24
de diciembre, día sábado, entró en León, y como lo tenía de costumbre, visitó los
cuerpos de los santos postrado por el suelo; con muchas lágrimas pidióles con
su intercesión le alcanzasen buena muerte; y aunque parecía que la enfermedad
iba en aumento, todavía estuvo presente a los maitines de Navidad; el día
siguiente oyó misa y comulgó.
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Otro día en la iglesia de San Isidoro, puesto
delante de su sepulcro, a grandes voces, que todos le oían, dijo a nuestro
Señor: «Vuestro es el poder, vuestro es el mando, Señor; vos sois sobre todos
los reyes, y todo está sujeto a vuestra merced. El reino que recibí de vuestra
mano vos restituyo. Sólo pido a vuestra clemencia que mi ánima se halle en
vuestra eterna luz». Dicho esto, se quitó la corona, ropa y reales insignias
con que viniera, recibió el óleo de mano de los obispos muchos que allí asistían,
y vestido de cilicio y cubierto de ceniza, día tercero de Pascua, fiesta de san
Juan Evangelista, a hora de sexta finó. Pusieron su cuerpo en la misma iglesia
junto a la sepultura de su padre. Las exequias fueron más señaladas por las
lágrimas del pueblo que por el aparato y solemnidad, aunque tampoco faltó esta,
como era razón, en la muerte de tan gran príncipe. Esto dicen don Rodrigo y
Lucas de Tuy; dado que hay quien diga que murió en Cabezón, pueblo junto a
Valladolid, y ni aún en el tiempo de su tránsito conciertan los autores. Nos
seguimos lo que pareció más probable, sin atrevernos a interponer nuestro
parecer y juicio en cosas semejantes y de tanta oscuridad.
La vida del rey don Fernando fue señalada en
cristiandad y toda virtud en tanto grado, que en la ciudad de León cada año se
le hace fiesta como a los demás que están puestos en el número de los santos.
Muchas iglesias de su reino hizo de nuevo, otras reparó con mucha liberalidad y
franqueza. Especialmente en León fundó las iglesias de San Isidro y de Santa
María de Regla, y el monasterio de Sahagún en Castilla, donde ya que era viejo,
cuando más se dio a la oración y devoción, residía muy de ordinario y cantaba
muchas veces en el coro y comía en el refectorio con los frailes lo que estaba
aderezado para ellos. Una vez se le cayó de las manos un vidrio que el abad le
daba, como cuenta don Rodrigo, y luego se le restituyó de oro. Dice más, que
como viese andar descalzos los que servían en la iglesia mayor de León por la
mucha pobreza, tan menguados eran aquellos tiempos y la pobreza tan apretada,
mandó se les señalase renta para calzado. Item, que señaló de sus rentas a los
monjes de Cluny mil ducados en cada un año. La reina doña Sancha no fue de
menor cristiandad que su marido; murió dos años adelante; en toda la vida, y
más en su viudez, se ejercitó en toda virtud y devoción. Su muerte fue a 15 de
diciembre. Su cuerpo sepultaron junto al del rey en la iglesia ya dicha de San
Isidro.
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VII. Que murió don Ramiro, rey de Aragón
El rey don Fernando por su testamento entre sus
tres hijos dividió el reino en otras tantas partes: a don Sancho el mayor
señaló el reino de Castilla, como se extiende desde el río Ebro hasta el de
Pisuerga, ca todo lo que se quitó a Navarra por muerte de don García se añadió
a Castilla. El reino de León quedó a don Alfonso con tierra de Campos y la
parte de Asturias que llega hasta el río Deva, que pasa por Oviedo, demás de
algunas ciudades de Galicia que le cupieron en su parte. A don García el menor dio
lo demás del reino de Galicia y la parte del reino de Portugal que dejó ganada
de los moros. Todos tres se llamaron reyes. A doña Urraca dejó la ciudad de
Zamora; a doña Elvira la de Toro. Estas ciudades se llamaron el Infantado,
vocablo usado a la sazón para significar la hacienda que señalaban para
sustento de los infantes, hijos menores de los reyes.
No era posible haber paz, dividido el reino en
tantas parles. Estaba suspensa España. Temían que con la muerte de don Fernando
resultarían nuevos intentos, grandes revueltas y alteraciones. Para prevenir y
poner remedio a esto, algunos grandes del reino rogaban al rey don Fernando y
le procuraron persuadir algunas veces no dividiese su reino en tantas partes, y
de esto mismo trataron en las Cortes. El que más trabajó en esto fue Arias
Gonzalo, hombre viejo y de experiencia y que había tenido con los reyes grande
autoridad y cabida por su valor en las armas, prudencia y fidelidad, en que no
tenía par. El amor de padre para con los hijos, la fortuna o fuerza más alta,
no dieron lugar a sus buenos consejos.
Asentábale bien la corona a don Sancho por ser de
buena presencia y gentil hombre, de muchas fuerzas, más diestro en los negocios
de guerra que de paz. Por esto se llamó don Sancho el Fuerte. Pelagio,
ovetense, dice que era muy bello y muy diestro en la guerra. Era de buena
condición, manso y tratable, si no le irritaban con algún enojo y si falsos
amigos so color de bien no le estragaran. Muerto el padre, se querellaba que en
la división del reino se le hizo conocido agravio; que todo el reino se le debía
a él por ser el mayor, y que le enflaquecieron las fuerzas con dividirle en
tantas partes; trataba esto en secreto con sus amigos, y en su mismo semblante
lo mostraba. La madre mientras vivió le detuvo con su autoridad que luego no
hiciese guerra a sus hermanos, mayormente que por la muerte del rey don
Fernando, lo de León, como dote suya, quedaba a su disposición y gobierno.
Reinó don Sancho por espacio de seis años,
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ocho meses y veinticinco días. Al principio que
comenzó a reinar se le ofreció una guerra contra los moros, y luego tras
aquella, otra con el rey de Aragón; así suelen las guerras trabarse y eslabonar
unas de otras, y los alborotos y revueltas nunca paran en poco.
El rey don Ramiro de Aragón, con deseo de ensanchar
su reino con las armas vencedoras, perseguía y echaba de Aragón las reliquias
de moros que quedaban. A Almuctadir, rey de Zaragoza, y Almudafar, rey de
Lérida, forzó le diesen parias cada un año. Al rey de Huesca venció en algunos
encuentros. Con los carpetanos confinan los celtíberos, y con estos los
edetanos, distrito en que está Zaragoza; a estos venció el rey don Fernando en
otro tiempo, y le pagaban cada año cierto tributo; al presente, confiados en la
mudanza de los reyes y en la ayuda de don Ramiro, determinaron de no pagarle
las parias.
El rey don Sancho, visto lo que pasaba, acordó de
ir contra ellos con un buen ejército, que la presteza en revueltas semejables
suele ser muy importante. Los carpetanos, que es el reino de Toledo, con la
venida del rey luego sosegaron y se pusieron en razón. Los celtíberos o
aragoneses dieron más en que entender, como gente que era más brava. Corrióles
los campos, saqueóles las aldeas y pueblos por toda aquella comarca;
finalmente, se puso sobre Zaragoza, cabeza del reino, y de tal manera apretó el
cerco, que la rindió a partido, que pues por el mismo caso que le prestaba
obediencia, se apartaba de la amistad que tenía con el rey de Aragón, fuese él
tenido a defenderlos de cualquiera que los molestase con guerra, quier fuese
cristiano, quier moro; concierto con que se abría la guerra claramente contra
el rey de Aragón.
Extrañaba el rey don Sancho que el de Aragón se
juntara con los navarros, sus enemigos, que de ordinario hacían entradas y
cabalgadas en las tierras de Castilla. Demás que a los celtíberos, que caían en
la conquista de Castilla, los tenía por sus tributarios. Estaba el aragonés
puesto sobre el castillo de Grados, que edificaron los moros ribera del río
Esera para que les sirviese de baluarte muy fuerte contra los intentos y
fuerzas de los cristianos. El rey don Sancho, en conformidad de lo que
concertara con los moros, acudió a dar favor a los cercados y hacer que se
levantase aquel cerco. Los aragoneses, alterados con aquella venida tan
repentina y apretados de los castellanos por frente y de los moros que salieron
del castillo por las espaldas, en breve quedaron vencidos y desbaratados; unos
se salvaron por los pies, otros que acudieron a la pelea
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quedaron tendidos en el campo; el mismo rey de
Aragón murió en aquella pelea, que sucedió el año poco más o menos de 1067.
Tuvo la corona por espacio de treinta y un años; sepultaron su cuerpo en San
Juan de la Peña, iglesia principal y entierro de otros muchos reyes que allí
yacían sepultados. Esta victoria fue triste y desabrida para los cristianos y
de mal pronóstico para lo de adelante por dar el rey don Sancho principio a sus
hazañas con la muerte de su mismo tío.
Del papa Gregorio VII, que gobernó la Iglesia por
estos tiempos, se halla una bula en que alaba al rey don Ramiro, y dice fue el
primero de los reyes de España que dio de mano a la superstición de Toledo, que
así llamaba él al Breviario y Misal de los godos, la cual superstición tenía
con una persuasión muy necia deslumbrados los entendimientos, y que con la luz
de las ceremonias romanas dio un muy grande lustre a España. A la verdad, este
príncipe fue muy devoto de la Sede Apostólica en tanto grado, que estableció
por ley perpetua para él y sus descendientes que fuesen siempre tributarios al
sumo pontífice; grande resolución y muestra de piedad.
Sucedióle en el reino don Sancho Ramírez, el mayor
de sus hijos, que era de edad de diez y ocho años, muy semejable en la virtud a
su padre. En tiempo de este príncipe, el año que se contaba de 1068, Guinardo,
conde de Rosellón, edificó y pobló la villa de Perpiñán en los confines de
Francia, cerca de donde estuvo asentada la antigua ciudad de Rosellón, cabeza
de aquel estado. El nombre de Perpiñán se tomó de dos mesones que en aquel
sitio poseia un hombre llamado Bernardo de Perpiñán. Dícese otrosí de este rey
don Sancho que abrogó las leyes góticas a imitación de la ciudad de Barcelona,
que hizo lo mismo, como queda dicho, y mandó se siguiesen las imperiales, y
conforme a ellas se administrase justicia y sentenciasen los pleitos. Casó con
doña Felicia, hija de Armengol, conde de Urgel, en quien tuvo tres hijos, don
Pedro, don Alfonso y don Ramiro, que todos consecutivamente fueron reyes de
Aragón. Otro su hijo bastardo, por nombre don García, fue adelante obispo de
Jaca.
Por este tiempo era obispo de Compostela o de
Santiago Cresconio, prelado de mucha virtud y conocida prudencia. Sucedióle en
aquella iglesia otro de su mismo linaje, llamado Gudesteo; a este a cabo de dos
años que gobernaba su iglesia, de noche en su lecho mató un tío suyo, llamado
Froila, no por otra causa sino porque pretendía recobrar los pueblos de su
diócesis, de que malamente y contra razón él se apoderaba;
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tanto puede la codicia demasiada de mandar y tener.
A este prelado sucedió otro, llamado Pelayo, en cuyo tiempo se recibió la ley
toledana y romana, que así lo dice la Historia Compostelana. Por ley toledana
entiendo yo el orden de decir la misa y las horas canónicas que de Francia vino
a Toledo, y de allí se extendió por las otras partes, quitado el oficio de los
godos, como se dirá en su lugar. La ley romana era la de continencia de los
clérigos, que tenían muy estragada y mudada de lo antiguo la disciplina
eclesiástica en esta parte, y los romanos pontífices pugnaban por todas las
vías posibles que en Alemania, Francia, y España en particular, se reparase
este daño.
VIII. Cómo don Sancho, rey de Castilla, hizo
guerra a sus hermanos
En un mismo tiempo reinaban en España tres reyes,
primos hermanos, que tenían un mismo nombre, aunque no igual poder y fuerzas;
hasta en la manera de muerte fueron todos tres muy semejables. Don Sancho, rey
de Castilla, que era el mas poderoso, demás de la muerte que dio a su tío el
rey don Ramiro, con que mucho amancilló el principio de su reinado, hecho más
feroz de cada día, se iba a despeñar en mayores males, si bien por su mucho
poder y destreza ponía miedo a los demás. Don Sancho, rey de Navarra, el pequeño
estado y reino que alcanzaba y sus pocas fuerzas ayudaba con la confederación
que tenía puesta con el otro don Sancho, rey de Aragón; traza para asegurarse
los dos contra el poder de Castilla y proseguir contra él la enemiga que
heredaron de sus padres.
No ignoraba el de Castilla estos intentos y artes.
Acordó ganar por la mano y anticiparse. Rompió con su gente por las tierras de
Navarra hasta dar vista a la villa de Viana. Acudieron los dos reyes, y en
aquel lugar se vino a batalla, en que el de Castilla fue roto, y con pérdida de
mucha gente dio vuelta a su casa. Los vencedores, determinados de seguir y
ejecutar la victoria, rompieron por la Rioja y por la comarca de Briviesca, do
cobraron por las armas todo lo que el rey don Fernando ganara por aquellas
partes. Por esta manera se trabaron con guerras entre si aquellos tres
príncipes, sin acordarse de la que restaba contra moros.
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El rey don Sancho de Castilla no pudo por entonces
satisfacerse de los dos reyes, sus primos, a causa de otra nueva guerra que
emprendió en esta misma coyuntura contra sus hermanos. Era codicioso de
estados, arrojado, atrevido y ejecutivo, feroz por las fuerzas y poder que
alcanzaba. Pretendía que todo lo que fue de su padre le pertenecía, demás de
otras querellas particulares que nunca faltan. La flaqueza de sus hermanos le
animaba, su poca concordia y recato, pues no se hacían a una para acudir con las
fuerzas de ambos al peligro que al uno y al otro amenazaba. Hizo levas de
gentes, juntó un ejército, el mayor que pudo, resuelto de llevar aquella
empresa hasta el cabo. Don Alfonso, que era el primero a quien aquella
tempestad amenazaba, si bien despachó embajadores a su hermano don García y a
sus primos de Aragón y Navarra para que le acudiesen con sus fuerzas y ayudasen
a rebatir el orgullo del enemigo común y perseguir aquella bestia fiera y
salvaje, por la apretura del tiempo juntó sus soldados, que los tenía muchos y
buenos, y fue en busca del enemigo. Diéronse vista junto a un pueblo que se
llamaba Plantaca, ordenaron sus haces, diose la batalla con gran coraje y
esfuerzo. La victoria quedó por los castellanos, y el rey don Alfonso, vencida
y destrozada su hueste, se retiró a la ciudad de León. Después procuró reparar
y rehacer su ejército, y tornóse a encontrar con el enemigo cabe el pueblo que
se llamaba Golpelara, como dice don Pelayo, obispo de Oviedo (o como dice el
arzobispo don Rodrigo, Vulpecularia), pueblo asentado en la ribera del río
Carrión; trocóse la fortuna y fue vencido el rey de Castilla. Con la
prosperidad suelen descuidarse los vencedores. El Cid iba en compañía del rey
don Sancho en todas las guerras, como la razón lo pedía; era, como está dicho,
hombre de grande esfuerzo, sagaz y muy diestro en el pelear. Sospechó lo que
fue. Recogió los soldados huidos, y muy de mañana con el sol acometió los
reales de los enemigos, que, cargados de sueño y vino, se hallaban muy lejos de
pensar cosa semejante. En el miedo y peligro repentino cada cual muestra quién
es; unos huían, otros tomaban las armas, todos mandaban, y ninguno obedecía ni
hacia lo que era menester; así en breve espacio quedaron vencidos.
Don Alfonso se retiró a la iglesia de Carrión, en
que tenía puestos soldados de guarnición. Allí le prendieron y enviaron a
Burgos para que estuviese en buena guarda dentro del castillo de aquella
ciudad. Pusiéronse de por medio la infanta doña Urraca, hermana de los reyes,
que quería mucho a don Alfonso por su buena condición, y el conde don
Peranzules,
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que en toda aquella adversidad nunca le desamparó.
Dieron traza que con licencia del rey don Sancho fuese al monasterio de
Sahagún, que está ribera del río Cea, y que allí tomase el hábito de monje,
renunciando el estado de seglar. Esperaban que las cosas se trocarían y no
faltaría alguna buena ocasión para que aquel príncipe despojado volviese a su
reino.
Tomó el hábito el año que se contaba de Cristo
1071. Pasó algún tiempo en aquella vida, que tomó por fuerza. Los mismos
exhortaron a don Alfonso que, renunciado el hábito, se fuese a Toledo y se
pusiese debajo el amparo del rey moro Almenon, que fue grande amigo do su
padre. Hízose así; huyó como le aconsejaban y entróse por las puertas de aquel
rey. Pidióle audiencia, y en día señalado le habló en esta sustancia:
«¡Cuánto quisiera, rey Almenon, ya que no se me
excusaba esta necesidad de acudir a tu socorro y amparo, yo, que poco antes era
rey poderoso y al presente me hallo desterrado, pobre y cercado de miserias,
tener con algún servicio señalado granjeada tu amistad y tu gracia! Pero ni mi
edad, que no es mucha, ni la diferente religión que profesamos me han dado a
ello lugar, y para los príncipes magnánimos, cual tú eres, bastante causa debe
ser para dar la mano y levantar a los caídos su grandeza y benignidad. Que como
yo en mis males huelgo de acudir a tus puertas antes que a las de otro, movido
de la fama de tus virtudes, así te debe dar contento se haya ofrecido ocasión
para hacer bien a un hijo del gran rey don Fernando. Mas ¿qué podía yo hacer?
¿A quién acogerme en mis cuitas? Todas mis ayudas me faltan; de mis bienes y de
mi reino estoy despojado por mi mismo hermano don Sancho, si hermano se debe
llamar el que no guarda lealtad y parentesco y que tiene por bastante causa el
apetito de mandar para atropellar los hijos de su padre. Mis deudos ¿qué me
podían prestar? Pues pretende también embestir con mi hermano don García, y los
reyes nuestros primos están poco sabrosos con nuestra casa. Finalmente, no me
quedó otro remedio sino desterrarme, ni hallé otro amparo sino en tu sombra. No
pretendo que por mi causa ni para restituirme en mi reino emprendas alguna
guerra, si bien los grandes príncipes se suelen encargar de deshacer semejantes
agravios. Sólo te suplico me des lugar en tu casa para pasar mi destierro, que
será algún alivio de cuita tan grande y de entretenerme en tu reino sólo con la
esperanza de que el causador de estos daños, feroz al presente y ufano,
trocadas las cosas, será en breve castigado de la crueldad que ha usado contra
sus hermanos y contra sus deudos. Cosa que si sucediere y Dios
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otorgare con mi deseo y me sacare de estos males,
puedes estar cierto que nunca pondré en olvido el acogimiento y gracia que me
hicieres».
El rey Almenon, como quier que tenía a mucha honra
que aquel poco antes rey poderoso acudiese a su amparo con tanta humildad, y
confiaba que en algún tiempo le podría ser de provecho aquella su venida,
respondió con semblante alegre y en pocas palabras a este razonamiento. Dijo
que la pesaba de su desgracia, pero que debía llevar aquel revés con buen
talante, pues su conciencia no le acusaba de culpa alguna. Que las cosas de
esta vida son sujetas a mudanzas; por tanto, de presente se sufriese y para adelante
se entretuviese con aquella buena esperanza que decía. En su reino podría estar
todo el tiempo que le pluguiese; que ninguna cosa le faltaría para el sustento
de su casa, y que fuera de su reino y de su patria ninguna otra cosa echaría
menos; finalmente, que le tendría como a hijo y le trataría como a tal.
Señalóle casa para su morada junto a su palacio, que estaba donde ahora el
monasterio de la Concepción y caía cerca un templo de cristianos, que se
entiende era el que hoy tienen los carmelitas. Con esto tenía aparejo para oír
misa y los oficios divinos y para hablar al rey cuando le parecía. Hizo su
pleito homenaje que guardaría lealtad al moro y acudiría a su servicio como era
razón. Era don Alfonso muy apuesto y agraciado, modesto, prudente, liberal y de
costumbres muy suaves, con que en breve ganó las voluntades de aquella gente y
todos se le aficionaban.
Su hermana, doña Urraca, cuidaba de sus cosas.
Pidió licencia al rey don Sancho, y con ella le envió para que le hiciesen
compañía al conde Peranzules y otros dos hermanos suyos, Gonzalo y Hernando,
para que le sirviesen y él se aconsejase con ellos. En compañía de los tres
vinieron otros muchos; todos quiso el rey Moro ganasen su sueldo porque
tuviesen con que sustentarse, y cuando fuese menester le sirviesen en la guerra
que de ordinario tenía contra otros moros comarcanos. En esto pasaba aquel
príncipe desterrado su vida; cuando cesaba la guerra dábase a la caza y a la
montería, y para mayor comodidad de sus monteros edificó una alquería, que
después creció en vecindad, y hoy se llama Brihuega, pueblo conocido en el
reino de Toledo. Su ordinaria residencia era en Toledo; trataba mucho con el
rey, y de cada día con su buen término le ganaba más la voluntad, y el moro
gustaba mucho de su conversación y compañía.
Aconteció que cierto día fueron a tomar deporte y
recreación en una huerta cerca de la ciudad por do pasa el río Tajo, con cuyo
riego y agua,
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que de él sacan muchas azudas, se hace muy fértil y
de mucho provecho, y hoy se llama la Huerta del Rey. Adormecióse con la
frescura don Alfonso. El rey y sus cortesanos que cerca estaban recostados a la
sombra de un árbol comenzaron a tratar del sitio inexpugnable de Toledo, de sus
murallas y fortaleza. Uno de ellos, el más avisado, replicó: por sólo un camino
se podría esta ciudad conquistar; si por espacio de siete años continuados le
pusiesen cerco, y cada un año para quitarle el mantenimiento le talasen los
campos y quemasen las mieses, sin duda se perdería. Don Alfonso, que del todo
no dormia, o acaso despertó, oyó con mucho gusto aquella plática y la encomendó
a la memoria. Añaden a esto algunos que el rey moro, advertido del peligro y
del descuido, para ver si dormía le mandó echar plomo derretido en la mano, y
que por esta causa le llamaron don Alfonso el de la mano horadada. Invención y
hablilla de viejas, porque ¿cómo podían tener tan a mano plomo derretido, ni el
que mostraba dormir disimular tan grave dolor y peligro? La verdad, que le
llamaron así por su franqueza y liberalidad extraordinaria.
Otro día refieren que estando en presencia del rey
se le levantó el cabello y se le erizó de manera, que, aunque el rey por dos o
tres veces se le allanó, todavía se tornaba a levantar. Los moros, como gente
que miran mucho en estos agüeros, avisaron que aquello era pronóstico de grande
mal, que se apoderaría de aquel reino si no ganaban por la mano con darle la
muerte para asegurarse. ¿Quién podrá desbaratar los consejos de Dios? El rey
era de suyo muy humano y tenía buena voluntad a don Alfonso; por esto no se
dejó persuadir de los agoreros ni vino en quebrantar por su causa las leyes del
hospedaje; contentóle con que don Alfonso le hiciese de nuevo pleito homenaje
que le sería amigo verdadero y leal. Esto pasaba en Toledo.
Por otra porte el rey don Sancho, feroz y ufano por
la victoria que ganó, tomaba posesión del reino de León, en que unas ciudades
se le rendían de voluntad, de otras se apoderó por fuerza de armas. En
particular la ciudad de León al principio le cerró las puertas; pero al fin con
un cerco que tuvo sobre ella muy apretado, a ejemplo de las demás ciudades, se
allanó.
Concluido esto a su voluntad, revolvió contra
Galicia, do el otro hermano reinaba con pocas fuerzas, por tener el reino
dividido en bandos y estar disgustados contra él los naturales, a causa de los
muchos tributos que les imponía, de cada día mayores y más graves. El mayor
daño, que se
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dejaba gobernar a sí y a todas sus cosas públicas y
particulares de un criado que tenía con él gran cabida; que suele ser un grave
daño en los príncipes. De ordinario las mercedes que los príncipes hacen se
atribuyen a ellos mismos, y si en alguna cosa se yerra, cargan a los ministros
y a los que tienen a su lado, que suelen pagar con la vida la demasiada
privanza, como sucedió en este caso; ca los caballeros, indignados por aquella
causa, dieron la muerte a aquel su criado en su misma presencia, y aún pasaron
tan adelante, que por sospecharse de muchos eran participantes en aquel delito,
para asegurarse tomaron las armas y alborotaron el reino. Menospreciaban, es a
saber, al que veían dejarse gobernar por hombre semejante, y sin duda es señal
que el príncipe no es grande cuando sus criados son más poderosos. En este
estado se hallaba Galicia al tiempo que el rey don Sancho acometió a tomarla.
Don García, visto que por estar los suyos
alborotados no podría contrastar a las fuerzas de su hermano, con solos
trecientos soldados que le siguieron, desamparada la tierra, acudió a los moros
de Portugal. Persuadíales le ayudasen con sus fuerzas, que si bien andaba fuera
de su casa, todavía le acudirían sus vasallos; que se apiadasen de su trabajo e
hiciesen rostro a la ambición de su hermano, siquiera por asegurar sus cosas y
no tener por vecino enemigo tan poderoso, que si salía con aquella pretensión no
pararía hasta enseñorearse de todo. Representábales los intereses que podían
esperar de aquella guerra, que todos serían para ellos mismos, y él se
contentaría con recobrar su estado y vengar aquel agravio. A estas razones
respondieron los moros que les pesaba de su mal, pero que no les venía a cuento
meter en peligro sus cosas para ayudarle, y mucho menos fiar de promesas de
hombre que no se supo conservar eu lo que tenía. Despedido de este socorro,
todavía quiso probar ventura alentado con otros muchos que le acudieron, unos
por odio del rey don Sancho, otros por tener parte en la presa, parte moros,
parte cristianos. Con esta gente rompió por las tierras de su reino; los
pueblos y ciudades de Portugal fácilmente se le rendían.
Acudió el rey don Sancho para atajar esta llama.
Llegó con su gente hasta Santarem, que antiguamente fue Scalabis. Juntáronse
los dos campos, diose la batalla de poder a poder, el campo quedó por el rey de
Castilla, el estrago y matanza de los contrarios fue grande, muchos
prisioneros, y entre los demás el mismo don García, que llevaron al castillo de
Luna en Galicia, donde pasó en prisiones lo que restó de la
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vida, pobre y despojado de su estado. Era de suyo
hombre descuidado y flojo, suelto de lengua y no bastante para tan grandes olas
y tormenta como contra él se levantaron.
IX. Cómo el rey don Sancho murió sobre Zamora
Concluido que hubo el rey don Sancho con los dos
hermanos, luego que se vio señor de todo lo que su padre poseía, quedó más
soberbio que antes y más orgulloso. No se acordaba de la justicia de Dios, que
suele vengar demasías semejantes y volver por los que injustamente padecen, ni
consideraba cuánta sea la inconstancia de nuestra felicidad, en especial la que
por malos medios se alcanza. Prometíase una larga vida, muchos y alegres años,
sin recelo alguno de la muerte que muy presto por aquel mismo camino se le
aparejaba. Despojados los hermanos, sólo quedaban las dos hermanas, que
pretendía también desposeer de los estados que su padre les dejó. El color que
para esto tomaba era el mismo del agravio que pretendía se le hizo en dividir
el reino en tantas partes; la facilidad era mayor a causa de tener ya él
mayores fuerzas, y aquellas señoras ser mujeres y flacas.
La ciudad de Zamora estaba muy pertrechada de
muros, municiones, vituallas y soldados que tenían apercibidos para todo lo que
pudiese suceder. Los moradores era gente muy esforzada y muy leal y aparejados
a ponerse a cualquier riesgo por defenderse de cualquiera que los quisiese
acometer. Acaudillábalos Arias Gonzalo, caballero muy anciano, de mucho valor y
prudencia, y de cuyos consejos se valía la infanta doña Urraca para las cosas
del gobierno y de la guerra. El rey, visto que por voluntad no vendrían en
ningún partido, ni se le querían entregar, acordó usar de fuerza. Juntó sus
huestes y con ellas se puso sobre aquella ciudad, resuelto de no alzar la mano
hasta salir con aquella empresa. El cerco se apretaba; combatían la ciudad con
toda suerte de ingenios. Los ciudadanos comenzaban a sentir los daños del
cerco, y el riesgo que todos corrían los espantaba y hacía blandear para tratar
de partidos.
En este estado se hallaban cuando un hombre astuto,
llamado Vellido Dolfos, si comunicado el negocio con otros, si de su solo
motivo no se sabe, lo cierto es que salió de la ciudad con determinación de dar
la muerte
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al rey, y por este camino desbaratar aquel cerco.
Negoció que le diesen entrada para hablar al rey; decía le quería declarar los
secretos y intentos de los ciudadanos y aún mostrar la parte más flaca del muro
y más a propósito para darle el asalto y forzarla. Creen los hombres fácilmente
lo que desean; salió el Rey acompañado de solo aquel hombre para mirar si era
verdad lo que prometía. Hizo de él más confianza de lo que fuera razón, que fue
causa de su muerte; porque estando descuidado y sin recelo de semejante
traición, Vellido Dolfos le tiró un venablo que traía en la mano, con que le
pasó el cuerpo de parte a parte; extraño atrevimiento y desgraciada muerte, mas
que se le empleaba bien por sus obras y vida desconcertada. Vellido, luego que
hizo el golpe, se encomendó a los pies con intento de recogerse a la ciudad.
Los soldados que oyeron las voces y gemidos del Rey que se revolcaba en su
sangre fueron en pos del matador, y entre los demás el Cid, que se hallaba en
aquel cerco. La distancia era grande, y no le pudieron alcanzar, que las
guardas le abrieron la puerta más cercana, y por ella se entró en la ciudad.
Esto dio ocasión para que los de la parte del rey
se persuadiesen fue aquel caso pensado, y que los demás ciudadanos o muchos de
ellos eran en él participantes. Los soldados de León y de Galicia no sentían
bien del rey muerto, ni les agradaban sus empresas; y así, sin detenerse más
tiempo, desampararon las banderas y se fueron a sus casas. Los de Castilla,
como más obligados y más antiguos vasallos, parte de ellos con gran sentimiento
llevaron el cuerpo muerto al monasterio de Oña, do le sepultaron y hicieron sus
honras, que no fueron de mucha solemnidad y aparato; la mayor parte se quedaron
sobre Zamora, resueltos de vengar aquella traición. Amenazaban de asolar la
ciudad y dar la muerte a todos los moradores como a traidores y participantes
en aquel trato y aleve.
En particular don Diego Ordóñez, de la casa de
Lara, mozo de grandes fuerzas y brío, salió a la causa. Presentóse delante de
la ciudad armado de todas armas y en su caballo, y desde un lugar alto para que
lo pudiesen oír henchía los aires de voces y fieros; amenazaba de destruir y
asolar los hombres, las aves, las bestias, los peces, las hierbas y los
árboles, sin perdonar a cosa alguna. Los ciudadanos, entre el miedo que les
representaba y la vergüenza de lo que de ellos dirían, no se atrevían a chistar.
El miedo podía más que la mengua y quiebra de la honra. Sólo Arias Gonzalo, si
bien su larga edad le pudiera excusar, determinó de salir a la demanda, y
ofreció a sí y a sus hijos para hacer campo con aquel
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caballero por el bien de su patria. Tenían en
Castilla costumbre que el que retase de aleve alguna ciudad fuese obligado para
probar su intención hacer campo con cinco, cada uno de por sí.
Salieron al palenque y a la liza tres hijos de
Arias Gonzalo por su orden: Pedro, Diego y Rodrigo. Todos tres murieron a manos
de Diego Ordóñez, que peleaba con esfuerzo muy grande. Sólo el tercero, bien
que herido de muerte, alzó la espada, con que por herir al contrario le hirió
el caballo y le cortó las riendas; espantado el caballo se alborotó de manera,
que sin poderle detener salió y sacó a don Diego de la palizada, lo que no se
puede hacer conforme a las leyes del desafío, y el que sale se tiene por vencido.
Acudieron a los jueces que tenían señalados; los de Zamora alegaban la
costumbre recibida; el retador se defendía con que aquello sucedió acaso y que
salió del palenque contra su voluntad. Los jueces no se resolvían, y con aquel
silencio parecía favorecían a los ciudadanos. De esta manera se acabó aquel
debate, que sin duda fue muy señalado, como se entiende por las crónicas de
España y lo dan a entender los romances viejos que andan en este propósito y se
suelen cantar a la vihuela en España, de sonada apacible y agradable.
X. Como volvió el rey don Alfonso a su reino
Esto pasaba en Zamora. Doña Urraca, cuidadosa de lo
que podría resultar en el reino después de la muerte de su hermano y por el
amor que tenía a don Alfonso, que deseaba sucediese en su lugar y recobrase su
reino, acordó despacharle un mensajero a Toledo para avisarle de todo, y en
particular de la desastrada muerte de su hermano. Dio al mensajero señas
secretas para que se certificase que ella misma le enviaba las cartas en cifra
por lo que pudiese suceder, que nadie las entendiese, dado caso que se las tomasen.
Lo que contenían en suma era: Que no hay en el mundo alegría pura que no vaya
destemplada con tristeza; que el rey don Sancho era muerto por traición de
Vellido Dolfos; que si bien tenía merecida la muerte y los tenía a todos
agraviados, en fin era hijo de sus padres, y fuerza se doliesen de su triste
suerte; que muy presto se alzaría el cerco de Zamora, si bien don Diego Ordóñez
cargaba a los ciudadanos de traidores como participantes en aquel caso, y los
retaba resuelto de probarles en
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campo y por las armas aquel aleve; lo que hacía al
caso, y ella siempre deseara y lo suplicara a Dios, era que él, como deudo más
cercano, era llamado a la corona para que recobrase su reino y sucediese en lo
demás; por tanto, que abreviase para prevenir los intentos de gente no bien
intencionada, granjear y conquistar las voluntades de todos los vasallos;
finalmente, que se guardase de gastar el tiempo en demandas y respuestas,
consultas y dudas fuera de sazón, pues en casos semejantes no hay cosa más saludable
que la presteza. Esto contenía la carta.
Muchas escuchas de moros que andaban mezclados
entre los cristianos avisaron primero al rey moro de lo que pasaba y la fama
que en casos semejantes siempre se adelanta y vuela. Peranzules, que por
conjeturas que para ello tenía cada día esperaba algún trueco y mudanza, salía
cada día en son de caza de la ciudad de Toledo por espacio de una legua para
informarse de los caminantes y saber lo que pasaba. Con este cuidado hubo a las
manos una o dos espías de los moros que venían con aquel aviso, y sacados del camino,
por encubrir las nuevas si pudiera, les dio la muerte. Finalmente encontró con
el mensajero de la infanta, informóse en particular de todo, y con tanto dio
vuelta para la ciudad y avisó a don Alfonso de lo que venía en las cartas y el
mensajero decía. Aconsejábale que con todo el secreto posible sin dar parte al
rey moro se partiese prestamente. A la verdad parecía recia cosa fiarse de los
moros, que como tales poca lealtad suelen guardar, además de otros
inconvenientes que podían resultar, que el miedo y el amor suelen hacer mayores
de lo que son.
Don Alfonso estaba perplejo sin saber cuál partido
debía seguir y qué consejo tomar. Parecíale bien lo que aquel caballero le
decía; mas por otra parte se le hacía de mal mostrarse descortés con quien le
tenía tan obligado. Resolvióse, finalmente, de seguir lo que parecía más seguro
y más honesto. Habló con el rey Almenon; avisóle de todo lo que ya él mismo
sabía, aunque disimulaba; pidióle licencia para tomar posesión del reino, a que
los suyos le convidaban; que no le pareció justo partirse sin su voluntad y sin
que lo supiese, de quien tantos regalos tenía recibidos. El bárbaro, vencido
con esta cortesía y lealtad, respondió se holgaba mucho que le ofreciesen el
reino, y mucho más que con aquella cortesía le quitase la ocasión de trocar las
buenas obras que le hiciera, menores que él merecía y él mismo deseaba, en
algún desabrimiento si se pretendiera ir sin que él lo supiese, y sin darle
parte de lo que por otra vía muy bien
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sabía; y aún le tenía tomados los pasos, y en los
caminos puestas guardas para que no se le pudiese escapar, si por ventura lo
intentase; que muy en buen hora fuese a tomar la corona que le ofrecía; solo
quería que, para seguridad de la amistad que tenían puesta, le hiciese de nuevo
el juramento que le tenía hecho de ser verdadero amigo, así suyo como de su
hijo Hisem, para no faltar jamás en la fe y palabra que se daban, pues ponían a
Dios por juez y por testigo de aquella confederación y amistad.
Hízose todo como el Moro lo pedía; ayudóle con
dineros para el camino, y aún para más honrarle, al partirse le acompañó por
algún buen espacio; ejemplo singular de fidelidad y templanza en un rey bárbaro
como aquel. Lo que se ha dicho tengo por más cierto que lo que refiere don
Lucas de Tuy, es a saber, que sin que el rey lo supiese, se descolgó por los
adarves, y se huyó en postas que le tenían aprestadas. De cualquier manera que
ello fuese, él enderezó su camino a Zamora, donde la infanta le esperaba, y a
quien siempre tuvo en lugar de madre. Consultó con ella lo que debía hacer,
despachó sus correos por todas partes para avisar de su venida. Los de León no
mostraron dificultad alguna, antes con gran voluntad le recibieron y alzaron
por su rey. Lo de Galicia andaba en balanzas a causa que su hermano don García,
por la mudanza de los tiempos, escapó de la prisión y pretendía restituirse en
el reino que antes tenía. Acordó don Alfonso, por excusar alteraciones,
enviarle personas nobles y principales que le requiriesen de paz; los cuales,
por ser él de buena condición y sencillo, fácilmente le persuadieron lo que
deseaban; antes sin recelarse de alguna celada ni pedir otra seguridad, se vino
para su hermano, confiado alcanzaría de él por bien lo que pretendía. Engañóle
su esperanza, ca luego le echaron las manos y le quitaron la libertad y
volvieron a la prisión, que le duró todo el tiempo de la vida. El recelo que de
su condición se tenía, no muy sosegada, que sería ocasión de alborotos y
alteraciones, excusan en parte este desaguisado que se le hizo, demás del buen
tratamiento que tuvo en la prisión, si la falta de la libertad y el reino que
le quitaban se pudieran recompensar con alguna otra comodidad y regalo. Con
esto quedó llano lo de Galicia.
Los caballeros de Castilla se juntaron en la ciudad
de Burgos para acordar lo que se debía hacer. La resolución fue de recibir a
don Alfonso por rey de Castilla, a tal que jurase por expresas palabras no tuvo
parte ni arte en la muerte de su hermano. Don Alfonso, avisado de esto, se
partió para aquella ciudad. Los más de los presentes se recelaban de tomarle la
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jura por pensar lo tendría por desacato y para
adelante se satisfaría de cualquiera que lo intentase. Sólo el Cid, como era de
grande ánimo, se atrevió a tomar aquel cargo y ponerse al riesgo de cualquier
desabrimiento. En la iglesia de Santa Gadea de Burgos le tomó el juramento, que
en suma era no tuvo parte en la muerte de su hermano ni fue de ella sabidor; si
no era así, viniesen sobre su cabeza gran número de maldiciones que allí se
expresaron. Acabada esta ceremonia, a voz de pregonero alzaron por don Alfonso
los pendones de Castilla, y le declararon por rey con grande muestra de alegría
y muchas fiestas que por aquella causa se hicieron. Disimuló el Rey por
entonces el desacato; mostróse alegre y cortés con todos como el tiempo lo
pedía; pero quedó en su pecho ofendido gravemente contra el Cid, como los
efectos adelante claramente lo mostraron. Además que algunos cortesanos, que
suelen con su mal término atizar los disgustos de los príncipes y mirar con
malos ojos la prosperidad de los que les van delante, no cesaban con chismes y
reportes de aumentar la indignación del rey.
Tenía don Alfonso treinta y siete años cuando
volvió al reino. Fue diestro en la guerra; por esta causa le llamaron don
Alfonso el Bravo. Era prudente y templado en el gobierno, de noble condición y
modesto; virtudes a que de suyo era inclinado, y las adversidades y trabajos
que padeció mucho le afinaron más. Su franqueza y liberalidad fue extremada,
tanto, que parecía en hacer mercedes consumir las riquezas y tesoros reales. La
muerte del rey don Sancho y la restitución de don Alfonso sucedió el año que se
contaba de Cristo de 1073. En el mismo el cardenal Hildebrando entró en el
pontificado por muerte de Alejandro II, y se llamó Gregorio VII; persona de
singular virtud, grandeza de ánimo y constancia, como lo mostró en la enemiga
que por toda la vida tuvo con el emperador Enrique, tercero de este nombre,
sobre defender la libertad de la Iglesia, que aquel príncipe pretendía
atropellar.
En España, este mismo año, santo Domingo de Silos,
monje cluniacense, varón de conocida santidad, finó a 20 de diciembre, día
viernes. Su fiesta se celebra cada año en España. Nació este santo en la Rioja,
en un pueblo llamado Cañas; de pastor que fue entró monje en San Millán de la
Cogolla; con el tiempo vino a ser allí abad; mandóle desterrar el rey don
García de Navarra porque defendía con mucha fuerza las exenciones de sus monjes
y sus privilegios; de donde tomó el nombre en latín, como yo creo, que se dijo
Exiliensis, Silos en romance. El
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monasterio, que a la sazón se llamaba de San
Sebastián, le reparó este santo los años pasados con ayuda del rey don
Fernando, y adelante mudó el nombre y se llamó de Santo Domingo de Silos, no
sólo el monasterio, sino el pueblo que está junto a él en el valle de
Tablatello, diez leguas de Burgos, en unos ásperos riscos, camino derecho de
Santisteban de Gormaz. No quise dejar esto por la noticia de la antigüedad y
por ser este monasterio muy nombrado. Volvamos a los hechos de los reyes y al
orden de la historia como iba antes.
XI. De los principios del rey don Alfonso el Sexto
En los principios del reinado del rey don Alfonso
no faltaron turbaciones y revueltas, que con el tiempo se apaciguaron y
tuvieron buen suceso y alegre. El año siguiente después que entró en su reino,
que fue el de 1074, los reyes de Córdoba y de Toledo traían guerra sobre los
términos de sus reinos. Don Alfonso, por lo mucho que debía al de Toledo, juntó
un buen ejército con intento de ayudarle y acudirle. Temió el rey Almenon de
primera instancia que venía contra él; pero luego se desengañó y supo el buen
intento que traía en su favor. Juntaron los dos sus campos, e hicieron muy gran
daño en las tierras del reino de Córdoba; destruyeron los sembrados, aldeas y
cortijos y quemaron los pueblos; hicieron grandes presas de hombres cautivos y
de ganados. No se vino a las manos porque el de Córdoba esquivaba entrar en
batalla con Almenon y con los demás que de su parte venían. Los soldados
volvieron alegres con las victorias, ricos y cargados de despojos.
Por este tiempo falleció la primera mujer del rey
don Alfonso, por nombre doña Inés. Casó después con otra señora, llamada
Constancia, natural de Francia. De este segundo matrimonio tuvo una hija sola,
que se llamó doña Urraca, y adelante heredó el reino y todos los estados de su
padre, como se verá en otro lugar. A instancia de esta reina, según yo pienso,
despacharon una embajada a Roma para suplicar al Papa enviase un legado a
España con plena potestad para reparar y reformar por todas las vías posibles las
costumbres de los eclesiásticos, que por la soltura de los tiempos andaban muy
estragadas y perdidas. Parecióle al papa
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Gregorio VII ser muy justa esta demanda; despachó
para este efecto a Ricardo, cardenal y abad de San Víctor de Marsella.
Este legado, llegado a España, juntó en Burgos,
ciudad cabeza de Castilla, el año de 1076, un concilio de obispos de todo el
reino; en él, por conformarse con la voluntad del Rey y con lo que era razón,
confirmó en todo su reino el ministerio romano, que son las mismas palabras de
don Pelayo, obispo de Oviedo. Yo entiendo que mandó ejecutar y poner en
práctica las leyes antiguas de la Iglesia, olvidadas y desusadas en gran parte,
señaladamente que los clérigos de orden sacro no se casasen ni tuviesen mujeres,
según que lo mismo se hiciera en Alemania, aunque con mucho alboroto y
revueltas que sobre el caso se levantaron, tanto, que públicamente se dijeron
muchas cosas contra la honra y reputación del pontífice Gregorio, libelos
famosos, cantarcillos y versos muy descomedidos en este propósito; tan pesada
cosa es dejar las costumbres viejas y reformar las vidas estragadas. A la
verdad, los más de los clérigos, olvidados de lo que pedía la antigua
disciplina eclesiástica y vencidos del deleite, se hallaban enlazados en el
casamiento, cargados de mujeres y de hijos. Demás de esto, a ejemplo de Aragón,
abrogaron en aquella junta el Breviario y Misal gótico de que usaban en España,
y se mandó introducir el romano. Esto cuanto a lo eclesiástico.
El Cid asimismo por mandado del Rey partió para la
Andalucía a poner en razón a los reyes moros de Sevilla y de Córdoba, que no
querían acudir con las parias y con los tributos acostumbrados. Traían entre sí
guerra muy reñida los reyes de Granada y de Sevilla; el de Granada estaba más
orgulloso a causa que algunos cristianos seguían sus banderas y ganaban de él
sueldo; púsose el Cid de por medio para concertarlos y ponerlos en paz; y
porque el de Granada no quería venir en ningún partido, le hizo guerra, y vencido,
le forzó a tomar el asiento que primero desechaba. Hiciéronse pues las paces
entre aquellos moros, y el Cid volvió con los tributos cobrados y sus soldados
ricos con las presas que en aquella guerra hicieron; los cuales y toda la demás
gente, por las victorias que ganó en esta jornada, lo dieron un nuevo apellido
y muy honroso, ca le llamaron el Cid Campeador, en que se muestra el grande
amor que le tenían y gran crédito que había ganado. Por el mismo camino los
nobles y caballeros se encendieran contra él en una nueva envidia; procuraban
abatir al que más aína debieran imitar, armábanse para esto de calumnias y
cargos falsos que le hacían, torcían sus servicios y sus palabras. No era
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dificultoso salir con su intento por estar el rey
de tiempo atrás disgustado; demás que de nuevo se les ofreció otra ocasión muy
a propósito para llevar adelante esta trama.
Los moros de Andalucía no acababan de sosegar y
allanarse; determinó el rey hacerles guerra en persona. En esta sazón, un buen
golpe de moros de los que en Aragón moraban, sea a persuasión de los andaluces,
sea por no perder aquella ocasión, por Medinaceli hicieron entrada en las
tierras de Castilla. Corrieron y talaron los campos de Santisteban de Gormaz.
El Cid se hallaba retirado en su casa con achaque de su poca salud, como a la
verdad pretendiese con ausentarse aplacar la envidia de sus émulos para que no
le empeciesen; pero avisado de lo que pasaba y visto que el rey estaba ausente,
con las gentes que pudo recoger prestamente acudió al peligro. Su valor y
diligencia corrían a las parejas; así muy en breve forzó a los moros a
retirarse y desembarazar la tierra. No contento con esto, por aprovecharse de
la ocasión y aprovechar sus soldados, revolvió a manderecha sobre las tierras
del reino de Toledo, sin parar hasta dar vista a la misma ciudad. En el camino
saqueó los pueblos, taló los campos, ganó gran presa y siete mil esclavos entre
hombres y mujeres.
Los que le aborrecían acudieron al rey para
cargarle de haber quebrantado el asiento puesto con aquel rey de Toledo. Decían
no convenía disimular ni dar rienda a un hombre loco y sandio para hacer
semejantes desatinos; que era bien castigarle y hacer que no se tuviese en más
que los otros caballeros, ni pretendiese salir con lo que se le antojase.
Tratóse el negocio en una junta de grandes y ricos hombres. Acordaron saliese
desterrado del reino, sin darle más término de nueve días para cumplir el
destierro; no se atrevió el Cid a contrastar con aquella tempestad. Encomendó
su mujer e hijos al abad de San Pedro de Cardeña, monasterio con que tuvo toda
su vida mucha devoción, y él se fue a cumplir su destierro acompañado de muy
buena y lucida gente. Iba resuelto de no pasar el tiempo en ociosidad, antes
hacer de allí adelante con más brío guerra a los moros, y con el resplandor de
sus virtudes deshacer las tinieblas de las calumnias que le armaban. Los moros
por este tiempo, con las comidas y regalos de España y con la abundancia, fruto
de la victoria, habían perdido en gran parte las fuerzas y valor con que
vinieron de África.
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Salió el Cid con poca gente, aunque escogida, y
otros muchos deudos e hijosdalgo que se le allegaron, que todos deseaban
tenerle por caudillo y militar debajo de su conducta. Rompió lo primero por el
reino de Toledo; y el río de Henares arriba no paró hasta llegar a aquella
parte de Aragón en que está Alhama y el río Jalón, que riega con diversas
acequias que de él sacan gran parte de aquellos campos; en particular combatió
y ganó de los moros el castillo de Alcocer, muy fuerte por su sitio, puesto en
lugar alto y enriscado. Desde este castillo hacía salidas y cabalgadas por
todas aquellas tierras comarcanas, y aún desbarató dos capitanes que el rey de
Valencia envió con gente para impedir aquellos daños. La presa que hizo en
todos estos encuentros y jornada fue muy rica; acordó enviar en presente al rey
don Alfonso treinta caballos escogidos con otros tantos alfanjes fiados de los
arzones y treinta cautivos moros vestidos ricamente que los llevasen de
diestro. Recibió el rey esta embajada y presente con muy buen talante y toda
muestra de contento y alegría.
El pueblo no cesaba de engrandecer al Cid y subir
sus hazañas hasta las nubes; llamábanle libertador de la patria, terror y
espanto de los moros, defensor y amparador de la cristiandad. Decían que era
tanta su grandeza, que con buenas obras pretendía vencer los agravios que le
hacían; y su mansedumbre y gentileza se aventajaba a las injusticias e injurias
de sus contrarios. Que no debía nada a los caballeros antiguos, antes se les
adelantaba en todo género de virtud. Despidió el rey los embajadores muy cortésmente;
pero no alzó por entonces el destierro a su señor por no alterar a los moros,
si tan en breve le perdonaba; sólo dio licencia a todos los que quisiesen para
seguirle y militar debajo de sus banderas; en lo cual se tuvo respeto, no sólo
a honrar al Cid, sino a descargar el reino de muchos hombres bulliciosos, que,
apaciguada el Andalucía, por estar criados en las armas llevaban mal la
ociosidad. Estas cosas, si bien pasaron en muchos años, las juntamos en este
lugar por no perturbar la memoria si se dividieran en muchas partes. Advertido
esto, volveremos con nuestro cuento atrás, y a referir lo que pasó en España el
año que se contaba de Cristo 1076.
XII. Cómo el rey don Sancho de Navarra fue
muerto por su hermano
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El rey don Sancho de Navarra tenía un hermano,
llamado don Ramón; los dos, aunque eran hijos de un padre y de una madre, en
las condiciones y costumbres mucho diferenciaban. Don Ramón era de suyo
bullicioso, amigo de contiendas y de novedades, ninguna cuenta tenía con lo que
era bueno y honesto a trueque de ejecutar sus antojos. Arrimábansele otros
muchos de su misma ralea, gente perdida y que consumidas sus haciendas no les
quedaba esperanza de alzar cabeza sino era con levantar alborotos y revueltas. Con
la ayuda de estos pretendía don Ramón apoderarse del reino; ambición mala y que
le traía desasosegado.
El rey era amigo de sosiego, muy dado a la virtud y
devoción, como consta de escrituras antiguas en que a diversos monasterios de
su reino hizo donaciones de campos, dehesas y pueblos. Tenía en su mujer doña
Placencia un hijo, por nombre don Ramiro, de poca edad, que le había de suceder
en el reino, y no falta quien diga tuvo otros dos hijos hasta llamar al uno don
García, y al menor de todos no le señalan nombre.
De lo uno y de lo otro tomó ocasión don Ramón para
alzarse contra el Rey; decía que con su mucha liberalidad, que él llamaba
prodigalidad y demasía, disminuía las rentas reales y enflaquecía las fuerzas
del reino, como de ordinario los malos a las virtudes ponen nombres de los
vicios a ellas semejantes; gran perversidad. Demás de esto, el rey era viejo,
los hijos que tenía de poca edad; esto dio ánimo al que ya estaba determinado
de declararse, y con la ayuda de sus aliados se alzó con algunos castillos, principio
de mayores males. Acudió el Rey a ponerlo en razón; mas visto que por bien no
se podía acabar cosa ninguna, le pusieron acusación, y en ausencia, por los
cargos que contra él resultaban, le declararon por enemigo público y le
condenaron a muerte. Con esto quedaron por enemigos declarados, y cada cual da
los dos procuraba dar la muerte al contrario. Los malos de ordinario son más
diligentes y recatados por no fiarse en otra cosa sino en sus mañas; por el
contrario, los buenos, confiados en su buena conciencia, se suelen descuidar.
El rey estaba en la villa de Roda; el traidor
secretamente se fue allá bien acompañado, y hallado el aparejo que buscaba,
alevosamente le dio la muerte. El arzobispo don Rodrigo no hace mención de todo
esto, puede ser que por no manchar su nación y patria con la memoria de caso
tan feo. Los hijos del muerto acudieron a favorecerse, don Ramiro (el mayor) al
Cid, y los dos menores al rey de Castilla don Alfonso. Su edad y fuerzas no
eran
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bastantes para contrastar a las del tirano, que
quedó muy pertrechado, y luego con el favor de sus valedores se llamó rey.
Por esto los principales del reino se juntaron para
acordar lo que convenía. No les pareció disimular ni recibir por señor al que
tales muestras daba de lo que sería adelante. Los infantes eran flacos y
estaban ausentes. Resolviéronse de convidar con aquel reino y corona a don
Sancho, rey de Aragón, primo hermano del muerto, y valerse de sus fuerzas
contra las del tirano. Acudió él sin tardanza, encargóse del reino que le
ofrecían y apoderóse de la mayor parte de él. Otra parte, que fue lo de
Briviesca y la Rioja, se entregó al rey don Alfonso, que pretendía tener mejor
derecho a lo de Navarra por causa de la bastardía de don Ramiro, padre del rey
de Aragón; en particular se entregó la ciudad de Nájera, do en la iglesia de
Santa María la Real sepultaron los cuerpos del rey muerto y de la reina, su
mujer. Vino otrosí el aragonés en acudir cada un año al de Castilla por lo de
Navarra, por no venir con él a rompimiento, con cierto tributo; este
reconocimiento se halla por escrituras antiguas que pagaron los reyes don
Sancho y don Pedro.
El tirano homiciano, vista la voluntad con que la
gente recibía el nuevo rey y perdida la esperanza de poder contrastar así a sus
fuerzas como al odio que todos como a malo y aleve le tenían, acordó
ausentarse. Huyó a Zaragoza, donde el rey moro le dio casa en que morase, y le
heredó en ciertos campos y tierras con que pasase su pobre y lacerada vida.
Esta herencia de mano en mano recayó en una su nieta, llamada Marquesa, que
casó con Aznar López, y afirman que en su testamento la dejó a la iglesia mayor
de Santa María de Zaragoza, en tiempo de don Alfonso, rey de Aragón, primero de
este nombre.
XIII. Que Almenon, rey de Toledo, y don Ramón,
conde de Barcelona, fallecieron
El año luego siguiente, que se contó de 1077,
pasaron de esta vida dos príncipes muy señalados; Almenon, rey de Toledo, y don
Ramón, conde de Barcelona, por sobrenombre el Viejo; en que el dicho año fue
más señalado que en otra cosa que en él sucediese.
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En el reino de Toledo sucedió Hisem, hijo mayor del
rey difunto. Todo el tiempo que reinó, que fue por espacio de un año, se
conservó con todo cuidado en la amistad del rey don Alfonso, a ejemplo de su
padre y por su mandado, que se lo dejó muy encomendado. Muerto Hisem, le
sucedió su hermano menor, por nombre Hiaya Aldirbil, muy diferente de su padre
y hermano. Era cobarde en la guerra, en el gobierno desconcertado, de vida muy
torpe, dado a comidas y deshonestidades, sin perdonar a las hijas y mujeres de sus
vasallos; con que se hizo muy aborrecible, así a los moros como a los
cristianos que moraban en Toledo. Era inhumano y cruel, propia condición de
medrosos y cobardes.
Por la muerte de Hisem quedó el rey don Alfonso
libre del homenaje que hizo en Toledo los años pasados de guardar amistad a
aquellos príncipes, padre y hijo. Los cristianos y moros de aquella ciudad,
cansados con la tiranía que padecían y no pudiendo llevar los vicios de aquel
príncipe, hacían grande instancia por sus cartas al rey don Alfonso para que
los librase de aquella opresión tan grande y se apoderase de aquella ciudad tan
principal, que era como un baluarte muy fuerte de casi todo el señorío de los
moros. Decíanle no perdiese aquella ocasión tan buena como se le presentaba por
estar desabridos los ciudadanos, y la poca industria del rey, que no tendría
ánimo ni fuerzas para hacer resistencia a los cristianos. Estos fueron los
primeros principios y como las primeras zanjas que se abrían para emprender la
conquista de aquella nobilísima ciudad, cabeza do todo aquel reino.
El conde don Ramón falleció en Barcelona, en cuya
iglesia mayor le sepultaron, que él mismo desde los cimientos levantó los años
pasados. El entierro y las honras fueron cuales se puede pensar con toda
muestra de majestad y solemnidad. Dejó dividido su estado entre dos hijos
suyos; el mayor se llamó don Berenguer, el segundo don Ramón Cabeza do Estopa;
la causa de tal apellido de suso queda declarada; su gentileza y apostura y las
costumbres, muy compuestas y agradables, fueron ocasión de ganar las voluntades,
así del pueblo como de su padre en tanto grado, que sin embargo que era hijo
menor, quedó nombrado por conde de Barcelona; mejoría que le fue perjudicial y
le acarreó la muerte, como luego se dirá. Este príncipe casó con una señora,
hembra de mucha virtud y que fue hija de Roberto Guiscardo, normando de nación
y gran señor en Italia, según que lo refiere cierto autor. Esta gente de los
normandos en aquel tiempo era muy nombrada. La fama de su valor volaba por
todas partes, y estaban
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apoderados de lo postrero de Italia y de Sicilia.
Fundó esta condesa dos monasterios, el uno con advocación de San Daniel, en el
valle de Santa María, tierra de Cabrera; el otro cerca de Gerona, donde después
de la muerte de su marido, renunciado el siglo y sus comodidades, pasó muy
santamente lo restante de su vida. En el un monasterio y en el otro puso
religiosas de san Benito.
Hijo de esta señora fue don Ramón Arnaldo o
Berenguer, que sucedió a su padre en el condado de Barcelona. Por este mismo
tiempo Armengol, conde de Urgel, hacía guerra a los moros que quedaban por
aquellas comarcas, y Guillén Jordán, conde de Cerdaña, perseguía los herejes
arrianos, que a cabo de tantos años tornaban a brotar por aquellas partes. Éste
castigaba aquella mala gente con destierros, confiscación de bienes, con
infamia y con muertes que daba a los pertinaces. Por el esfuerzo de Armengol se
ganaron de los moros muchos pueblos ribera del río Segre; en especial la ciudad
de Balaguer, cabeza del condado de Urgel, volvió a poder de cristianos.
XIV. Cómo los normandos fueron a Italia
El nombre de los normandos fue muy conocido los
años pasados por los grandes daños que hicieron en las costas de España y de
Francia; mas por estos tiempos se hicieron más famosos cuando extendieron la
gloria de su esfuerzo en las partes de Italia, y por fuerza de armas fundaron
en ella un nuevo reino y señorío, que dura hasta nuestros tiempos, aunque
mudada diversas veces la sucesión de los príncipes que le han poseído y poseen.
Dará mucha luz a esta historia saber la origen de esta gente y la ocasión que tuvieron
para pasar en Italia, a causa de estar sus cosas en lo de adelante muy
mezcladas con las de España.
Normandos, que es lo mismo que hombres
septentrionales, se llamaron en particular todos aquellos que entre la
provincia de Dania y la Címbrica Quersoneso, se extendían por todas aquellas
marinas del mar Germánico y poseían las islas que por allí caen; hombres fieros
y bárbaros, en el vestido y manera de vida salvajes, de costumbres
extraordinarias, pero muy diestros en el arte de navegar por el ejercicio
ordinario que tenían de ser corsarios. Luitprando, que floreció por estos
tiempos, dice que los
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normandos eran los mismos que los rusos o rutenos.
La verdad es que, en un mismo tiempo, estas gentes se derramaron como dos ríos
arrebatados, los rusos por las provincias de oriente, de donde vienen los de
Polonia, los normandos por las de occidente, en que hicieron grandes efectos.
En particular en tiempo de Carlos el Simple, rey de Francia, asentaron en
aquella parte de aquel reino que antiguamente llamaron Neustria, y después, del
apellido de esta gente, se llamó y se llama Normandía, como se dijo en otro
lugar.
Traían por capitán a uno llamado Rolon;
naturalmente tenían grande apetito de mandar, eran acostumbrados a fingir y
disimular, dados al estudio de la elocuencia y ejercicio de la caza, fuertes
para sufrir todo trabajo, hambre, calor y frío; preciábanse de andar bien
vestidos y arreados; en lo demás eran de condición soberbia y desapoderada.
Éstas eran las virtudes y vicios de los normandos y su natural; con la
comunicación de los franceses, cuya condición es mansa, se mitigó en parte su
fiereza y se amansaron sus costumbres. Del linaje de Rolon hubo uno llamado
Guillermo Noto, séptimo duque de Neustria o Normandía; éste, por testamento del
rey Eduardo el Santo, juntó al ducado de Normandía el reino de Inglaterra en el
tiempo que se hacia la guerra de la Tierra Santa. Para apoderarse de aquel
reino pasó en una flota a Inglaterra, y en la primera batalla venció o Haroldo,
su competidor, y le quitó la vida y el reino. De allí, por tener aquellos reyes
buena parte de la Francia, resultaron perpetuas guerras entre franceses y
ingleses, que comenzaron poco antes de los tiempos en que va nuestra historia.
De Francia pasó a Italia un ejército de los
normandos con esta ocasión. Hay en Normandía una ciudad, que so llamó en otro
tiempo Constancia Castra; en su comarca poseía un pueblo, que se llama
Altavilla, uno llamado Tancredo, príncipe de noble y antiguo linaje, dichoso en
sucesión, porque de dos matrimonios tuvo no menos que doce hijos. Guillermo
(por sobrenombre Brazos de Hierro), Drogo, Wifredo, Gaufredo, Serlo, nacieron
de la primera mujer, cuyo nombre no se sabe. La segunda mujer, llamada
Fransendis, tuvo estos: Roberto Guiscardo, Malegerio, Guillermo, Alveredo,
Humberto, Tancredo y el menor de todos Rogerio, que hizo a todos ventaja en
hazañas y en mayor poder y señorío. La madre cuidaba de los ainados como de los
hijos propios, y así ellos se querían bien, sin que tuviesen entre sí
diferencias ni envidias. El padre los crió y amaestró en las armas y en las
otras artes que pertenecían a gente noble. Eran denodados,
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de buen consejo, con que enfrenaban la temeridad;
la osadía no los dejaba ser cobardes. Lo que el padre tenía era poco; temían
que si lo dividían no resultasen de ello riñas y contiendas; determinaron irse
a otra parte a vivir y heredarse.
Italia estaba dividida en muchos señoríos, ardía en
bandos y guerras. Los moros tenían a Sicilia y las otras islas del mar
Mediterráneo. Por la una causa y la otra se les ofrecía buena ocasión para
mostrar su valor y esfuerzo. Los hermanos mayores pasaron en Italia. Siguiólos
un buen golpe de gente; ejercitáronse en las armas y ganaron honra, primero en
las guerras de Lombardía y de Toscana, después pasaron a tierra de Lavor, parte
del reino de Nápoles, do los príncipes, el de Salerno y el de Capua, se hacían
guerra muy reñida por diferencias que tenían entre sí. Asentaron primero con el
capuano, después siguieron al salernitano, que les hizo más aventajado partido,
y con esta ayuda quedó con la victoria.
Concluida esta guerra, a instancia de Maníaco,
gobernador de la Pulla y de Calabria por el emperador de Grecia, emprendieron
la conquista de Sicilia contra los moros que de ella estaban apoderados.
Hicieron en breve buen efecto, ca muchas ciudades volvieron a poder de
cristianos, y en diversos encuentros desbarataron los moros y los corrieron por
toda la tierra hasta lanzarlos de aquella isla. Tras esto, como es ordinario,
resultaron sospechas y disgustos entre los griegos, que pretendían quedar
señores de aquella isla, y los normandos, que aspiraban a lo mismo. De las
palabras vinieron a los manos; quedaron los griegos vencidos y privados de
aquella su pretensión.
De estos principios comenzaron los vencedores a
fundar y poner los cimientos de un nuevo estado en Italia y en Sicilia, que en
breve llegó a ser muy poderoso y rico, porque a la fama de lo que pasaba, los
hermanos menores que quedaban en Francia, fuera de solos dos que perseveraron
en casa de su padre, cuyos nombres no se saben, acudieron con nuevos socorros
de gente en ayuda de sus hermanos mayores, con que mucho se adelantaron en
poder y señorío. Todo lo que se ganó por aquellas partes se dividió entre los
mismos que lo conquistaron; pero muertos los demás, finalmente quedaron por
señores de todo Roberto Guiscardo y Rogerio.
Roberto se llamó duque de Calabria y de la Pulla;
Rogerio fue conde de Sicilia, estado ganado de los moros y griegos por las
armas suyas y de su hermano. Roberto, de dos mujeres que tuvo, Alberada y
Sigelgaita, hija del príncipe de Salerno, dejó estos hijos: Boamundo, Rogerio y
una hija (si
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es verdad lo que dicen los catalanes), que casó con
don Ramón, conde de Barcelona, como ya dijimos. De Rogerio, conde de Sicilia,
nació otro Rogerio, que mudó el apellido de conde en el de rey, y acabados los
demás deudos, parte que fallecieron, parte por haberles él quitado lo que
tenían, quedó solo con todo lo que los normandos en Italia y en Sicilia
poseían; demás de esto, África y Grecia le pagaban tributo; tan grande era su
poder.
Esto se tomó de Gaufredo, monje, que escribió los
hechos de los normandos en Italia, a instancia del mismo conde Rogerio en
historia particular que de ellos compuso; pero dejada Italia, volvamos a España
y a nuestro cuento.
XV. Que se emprendió la guerra contra Toledo
De esta manera procedían las cosas de los normandos
prósperamente en Italia. En España, los ciudadanos de Toledo no cesaban con
cartas y mensajeros de solicitar a los nuestros para que emprendiesen aquella
conquista y se pusiesen sobre aquella ciudad; que el rey Hiaya, ni se mejoraba
con el tiempo, ni por el riesgo que corría enfrenaba sus apetitos, antes por no
irle nadie a la mano, de cada día crecía en atrevimiento y crueldad;
finalmente, que pasaban una vida muy desgraciada, rodeada de miserias y de angustia,
y que solo se entretenían con la esperanza de vengarse; que si los cristianos
no les acudían, se determinaban de pedir a los moros que los acorriesen, pues
cualquiera sujeción era tolerable a trueque de librarse de aquella tiranía.
Toda servidumbre es miserable, pero intolerable servir a un loco y desatinado.
El rey don Alfonso andaba perplejo sin saber qué
partido debía tomar; combatíanle por una parte el recelo de lo que se podría
pensar y decir, por otra la esperanza del gran provecho si ganaba aquella
ciudad. Acordó tratar el negocio en una junta de caballeros, gente principal y
grave. Los pareceres fueron diferentes, como suele acontecer en semejantes
consultas. Los más osados y valientes eran de parecer se emprendiese luego la
guerra, que decían sería de mucho interés y honra, así para los particulares
como en común para toda la cristiandad. Encarecían la grande presa y los
despojos con que se animarían los soldados, la importancia de quitar una ciudad
tan principal a los moros, la buena ocasión que se les presentaba de
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salir fácilmente con la empresa, que si se pasaba,
por ventura no volvería tan presto; que en el suceso de aquella guerra se ponía
en balanzas todo el poder de los moros en España. Los mas recatados extrañaban
esto; decían que en ninguna manera se debía emprender aquella conquista, pues
era contra conciencia y razón quebrantar la confederación y amistad que tenían
alentada con aquellos reyes. En conformidad de esto, uno de los caballeros que
seguían este parecer, hombre anciano y de mucha prudencia, habló en esta
manera:
«¿Con qué justicia, oh rey, o con qué cara haréis
guerra a una ciudad que en el tiempo de vuestro destierro, cuando os hallaste
pobre, desamparado y sin remedio, os recibió cortesmente y trató con mucho
regalo, principio que fue y escalón para subir al reino que ahora tenéis? ¿Qué
razón sufre dar guerra al hijo, sea cuan malo le quisiéredes pintar, del que
con su hacienda y con su poder os ayudó a volver al reino que os quitó vuestro
hermano? Hospedóos amorosamente, y tratóos no de otra manera que si fuérades su
hijo para obligaros al cierto que a sus sucesores los tuviésedes en lugar de
hermanos; que no debe ser menor la unión que resulta del agradecimiento y amor
que la que causa la naturaleza y parentesco. Dificultosa cosa es persuadir a un
príncipe lo que conviene; la adulación y conformarse con su voluntad carece de
dificultad y peligro. Si va a decir la verdad, cuanto uno es más cobarde, tanto
es más libre en el blasonar de guerras y de armas. A las veces, por parecer de
los más cobardes se emprende la guerra, que se prosigue después con el esfuerzo
y riesgo de los esforzados. ¿Quién no sabe cuánta sea la fortaleza de aquella
ciudad que queréis acometer, cuán grandes sus pertrechos, sus municiones, sus
reparos? Diréis: Los ciudadanos nos llaman y convidan. Como si hubiese que fiar
de una comunidad liviana e inconstante, y que volverá la proa a la parte de
donde soplare el viento más favorable. Destruir la tiranía y librar los
oprimidos es cosa muy honrosa. Es así, si juntamente y por el mismo camino no
se quebrantasen las leyes de la piedad y agradecimiento y de toda humanidad.
Dirá otro: No hay que hacer caso del juramento, pues su obligación cesó con la
muerte de los reyes pasados. Verdad es; pero ¿quién podrá engañar a Dios,
testigo de la intención y de la perpetua amistad que asentaste? Mas aína se
puede temer no quiera vengar semejante desacato y fraude. No decimos esto, oh
rey, por esquivar el trabajo ni el peligro; con el mismo ánimo que otras veces
estamos aparejados y prestos para seguiros, si
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fuere menester, desarmados, desnudos y flacos; pero
para tomar consejo es justo que nuestras lenguas tengan libertad y vuestras
orejas se muestren a todo lo que se dijere favorables».
Movieron estas razones al Rey, tanto más, que por
boca de uno le parecía hablaba gran parte de los que allí estaban; finalmente,
venció el deseo que tenía de hacer aquella guerra y conquistar aquella
nobilísima ciudad, en que tantas comodidades se le representaban. Con esta
determinación les habló en esta sustancia:
«Bien sé, nobles varones, las muchas dificultades
que en esta guerra se ofrecen y que estos días se han dicho muchas cosas a
propósito de poneros espanto y miedo. Mas ¿quién no sabe cuántas mentiras y
cuán vanas se suelen sembrar en ocasiones semejantes? La cobardía y el miedo
todo lo acrecientan y hacen mayor de lo que es en hecho de verdad. No diré nada
del cargo de conciencia que nos hacen ni del juramento y nota de ingratitud que
nos acusan; las maldades de Hiaya nos descargarán bastantemente. Al que su
mismo padre, si fuera vivo, castigara con todo rigor, ¿será razón que por su
respeto le dejemos continuar en ellas y en su tiranía tan grave? Alegan con la
fortaleza de aquella ciudad el gran número de sus ciudadanos. La verdad es que
al esfuerzo y valor ninguna cosa habrá dificultosa. Los que debajo la conducta
de mi hermano don Sancho y mía allanastes gran parte de España y ganastes de
los moros muchas batallas campales, ¿por ventura serán parte estas hablillas
para espantaros? Que si los enemigos son muchos, no será ésta la primera vez
que peleáis con semejante canalla, gente allegadiza, sin concierto y sin orden,
y que cuanto son más en número tanto se embarazarán más al tiempo del menester.
Gente flaca es la que acometemos, y que por la larga ociosidad y el mucho
regalo no podrán sufrir el trabajo y el peso de las armas. Ganado Toledo, mis
soldados, ¿quién será parte, quién os irá a la mano para que con las manos
victoriosas no lleguéis a los últimos términos de España, remate de todos
vuestros trabajos, premio y gloría inmortal, que con poco trabajo alcanzaréis
para vos, para nuestros reinos y para toda la cristiandad? Parad mientes no se
nos pase el tiempo en consultas y recatos, y lo que suele acontecer cuando los
buenos intentos se dilatan, no nos parezca mejor consejo aquel cuya sazón fue
ya pasada».
Estas razones tan concertadas encendieron los
ánimos de todos los presentes para que con toda voluntad se decretare la guerra
contra los moros. El rey, tomada esta resolución, se encargó de juntar armas,
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caballos, vituallas, dineros, municiones y todo lo
demás necesario. Mandó levantar banderas y hacer gente por todas partes, en
particular llamó y convidó con nuevos premios y ventajas los soldados viejos
que estaban derramados por el reino. En todo esto se ponía mayor diligencia por
entender que los moros, avisados de todo lo que pasaba, llamaban en su ayuda al
rey moro de Badajoz, que a toda furia se aprestaba para acudirles con toda
brevedad.
La priesa fue de manera, que las unas gentes y las
otras, los moros y los cristianos, llegaron a un mismo tiempo a Toledo; pero
visto que el rey don Alfonso iba acompañado de un campo muy lucido, soldados
diestros y muy bravos, los moros dieron la vuelta sin pasar adelante en aquella
demanda. Sin embargo, no se pudo por entonces ganar aquella ciudad, a causa que
el rey moro de Toledo se hallaba a la sazón muy apercibido y pertrechado de
todo lo necesario, demás de la fortaleza grande de la ciudad, que ponía a todos
espanto por ser muy enriscada. Talaron los campos, quemaron las mieses,
hicieron presas de hombres y de ganados, y con tanto se volvieron a sus casas.
Comenzóse la tala el año que se contaba de 1079, continuóse el año siguiente,
el tercero y el cuarto, sin alzar mano algunos otros años adelante. Tomaron a
los moros los pueblos de Canales y de Olmos, que caían cerca de aquella ciudad,
y en ellos dejaron guarnición de soldados, que nunca cesaban de hacer correrías
y cabalgadas por toda aquella comarca.
Con estos daños comenzaron los de Toledo a padecer
falta de trigo y de otras cosas necesarias para la vida. Susténtase la ciudad
de Toledo comúnmente de acarreo, a causa que la tierra de su contorno es muy
falta por ser de suyo delgada y arenisca y por las muchas piedras y peñas que
en ella hay; las fuentes son pocas, y sus manantiales cortos; llueve pocas
veces por caerle lejos la mar y ser la tierra la más alta de España. Sólo por
la vega por do pasa el río Tajo hay una llanura y valle no muy ancho, pero muy
fértil y alegre.
En el mismo tiempo que se dio principio a la
conquista de Toledo, el Cid continuaba la guerra en Aragón con mucha
prosperidad; ganó de los moros diversos castillos y pueblos por toda aquella
tierra; sólo para ser colmada su felicidad le faltaba la gracia de su rey, que
él mucho deseaba.
Sucedió muy a propósito que el año de 1080 se
levantaron ciertas revueltas entre los moros del Andalucía, a causa que un
hombre principal de aquella nación, por nombre Almofala, tomó por fuerza el
castillo de
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Grados. El moro cuyo era, acudió al rey don Alfonso
para valerse de su ayuda y recobrar aquella plaza. Llamábase este moro Adosir.
Al rey le pareció condescender con esta demanda y aprovecharse de aquella
ocasión que para adelantar su partido se le presentaba. Envió golpe de gente
adelante, y él poco después con mayor número acudió en persona. El moro
contrario era astuto y mañoso; la guerra iba a la larga. Temía el rey no se le
pasase la sazón de volver, como lo tenía comenzado, a la conquista de Toledo. Acordó
llamar al Cid, que en Aragón se hallaba, y encargarle aquella empresa, por ser
caudillo de tanto nombre y en todo aventajado y sin par. Venido, le acogió muy
bien y trató muy amorosamente, como príncipe que de suyo era afable y que sabía
con buenas palabras granjear las voluntades. Alzóle el destierro, y para más
muestra de amor a su instancia, estableció una ley perpetua en que se mandó que
todas las veces que condenasen en destierro algún hijodalgo no fuese tenido a
cumplir la sentencia antes de pasados treinta días, como quier que antes no les
señalasen de término más que nueve días. Volvió el rey a su empresa, y el Cid
concluyó aquella guerra del Andalucía a mucho contento, ca recobró el castillo
de Grados, sobre que era el debate, y prendió al moro que lo tomara, que envió
al rey para que hiciese de él lo que su voluntad fuese y por bien tuviese.
Esto pasó en el Andalucía aquel año; el siguiente
de 1081, don García, hermano del Rey, pasó de esta vida. Hízose desangrar
rompidas las venas en la prisión en que le tenían; tan grande era su disgusto y
su rabia por verse privado del reino y de la libertad. Temía el rey don Alfonso
que como era bullicioso y de no mucha capacidad no alterase los naturales y el
reino. Esta entiendo yo fue la causa de no quererle soltar en tanto tiempo, más
que la ambición y deseo de reinar. Verdad es que después de la muerte del rey
don Sancho tuvo la prisión más libre y toda abundancia de comodidades y
regalos. Y aún no falta quien dice que poco antes de su muerte le convidaron
con la libertad y no la aceptó, sea por estar cansado de vivir, sea por aplacar
a Dios con aquella penitencia y afán, de que da muestra no querer le quitasen
los grillos en toda su vida, antes mandó le enterrasen con ellos, y así se
hizo. Llevaron su cuerpo a la ciudad de León, y allí le sepultaron muy
honoríficamente en la iglesia de San Isidro. Halláronse presentes al
enterramiento y exequias sus dos hermanas las infantas, muchos obispos y otros
grandes del reino. Su muerte fue a los diez años de su prisión y a los quince
después que comenzó a reinar.
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El Cid, sosegadas las revueltas del Andalucía,
tornó a la guerra de Aragón, donde en una batalla venció al rey moro de Denia,
por nombre Alfagio, y junto con él al rey de Aragón don Sancho, que viniera en
su favor. Esta victoria fue muy señalada, tanto, que el rey don Alfonso le
llamó para honrarle y hacerle mercedes, según que sus trabajos y virtudes lo
merecían. Venido que fue, le hizo donación por juro de heredad de tres villas,
es a saber, Briviesca, Berlanga, Arcejona.
Por otra parte, el moro Alfagio se rehizo de gente,
y con deseo de satisfacerse corrió las tierras de Castilla hasta dar vista a
Consuegra, villa principal de la Mancha. El rey, si bien estaba ocupado en la
conquista de Toledo, acudió contra esta tempestad para rebatir el orgullo de
aquel moro. Juntáronse los campos, adelantáronse las haces de una parte y de
otra, diose la batalla, en que pereció mucha morisma, y el rey Moro se salvó
por los pies y se retiró a cierto castillo. La alegría de esta victoria se aguó
mucho a los cristianos con la muerte lastimosa, que sucedió en la pelea, de
Diego Rodríguez de Vivar, hijo del Cid, mozo de grandes esperanzas y que
comenzaba ya a seguir la huella y las virtudes de su padre. Su cuerpo
enterraron en San Pedro de Cardeña, y allí se muestra su lucillo. Alfagio, el
moro, aunque vencido en las dos batallas susodichas, no acababa de sosegar;
antes, recogida más gente, rompió otra vez por tierras de Castilla sin reparar
hasta Medina del Campo, pueblo bien conocido y principal. Salió en su busca
Alvar Yáñez Minaya, deudo del Cid, persona de valor, y llegado a aquellas
partes tuvo con él un encuentro en que tercera vez quedó vencido y desbaratada
su gente.
Esto pasó el año de Cristo 1082, en el cual año don
Ramón Cabeza de Estopa, conde de Barcelona, cerca de un pueblo llamado Percha,
puesto entre Ostarlito y Gerona, fue muerto alevosamente. Su mismo hermano don
Berenguer le paró aquella celada yendo camino de Gerona, y le hizo matar.
Estaba mal enojado contra él después que su padre, sin embargo que era hijo
menor, se le antepuso en el estado de Barcelona. Disimulólo al principio y
mostró sentimiento por la muerte de su hermano; pero como quier que semejantes
maldades pocas veces se encubran, sabido el caso, cayó en aborrecimiento de la
gente, tan grande, que no solo no alcanzó lo que pretendía, antes por fuerza le
privaron de lo que era suyo. Lo que le quedó de la vida pasó miserablemente,
pobre, desterrado y vagabundo, y aún se dice que de repente perdió la habla en
Jerusalén, do los años
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adelante fue a la conquista de la Tierra Santa, y
allí le sobrevino la muerte.
El cuerpo de don Ramón sepultaron en la iglesia
mayor de Gerona.
Sucedióle don Ramón Arnaldo, su hijo de tan poca
edad, que aún no tenía año cumplido; pero fue muy señalado por el largo tiempo
que gozó de aquel estado, igual a cualquiera de sus antepasados por la grandeza
y gloria de sus hazañas, demás que ensanchó mucho su señorío, no sólo con la
parte que quitaron al matador de su padre, sino porque en su tiempo faltaron
legítimos descendientes a los condes de Urgel y de Besalú, por donde aquellos
estados recayeron en él como movientes del condado de Barcelona y feudos suyos.
Y aún en la parte de Francia que se llamó la Galia Narbonense se le juntó los
años adelante el condado de la Provenza por vía de casamiento y en dote, porque
casó con doña Aldonza, que otros llaman doña Dulce, hija de Gilberto, conde de
la Provenza. De este matrimonio nacieron dos hijos, don Ramón y don Berenguer,
y tres hijas; la una de ellas se llamó doña Berenguela, que casó con don
Alfonso el Emperador; los nombres de las otras dos no se saben, mas es cierto
que casaron en Francia muy principalmente. Tuvo este príncipe contienda y aún
guerra muy reñida con Alfonso, conde de Tolosa, señor muy principal y muy
vecino a su estado; pero después de largos debates se concertaron en que
reciprocamente se prohijasen el uno al otro de tal guisa, que en cualquier
tiempo que a cualquiera de aquellas casas faltase sucesión hubiese aquel estado
el otro o sus descendientes. Pero esto pasó mucho tiempo adelante. Volvamos a
la guerra de Toledo en que estábamos.
XVI. Cómo se ganó la ciudad de Toledo
Las continuas correrías y entradas que los fieles
hacían por las tierras de Toledo, las talas, las quemas, los robos traían tan
cansados a los moros de aquella ciudad, que no sabían qué partido tomar ni
dónde acudir. Los cristianos que allí moraban, alentados con la esperanza de la
libertad, no cesaban de solicitar al rey don Alfonso para que, juntadas todas
sus fuerzas, se pusiese sobre aquella ciudad. Prometían si lo hiciese de
abrirle luego las puertas y entregársela. Las fuerzas de los nuestros y las haciendas
estaban gastadas, los ánimos cansados de guerra tan larga. Estas dificultades y
otras muchas que se representaban, grandes trabajos y
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peligros, venció y allanó la constancia del rey y
el deseo que todos tenían de llevar al cabo aquella conquista; hiciéronse
nuevas y grandes levas de gente, juntaron los pertrechos y municiones
necesarias con determinación de no desistir ni alzar la mano hasta tanto que se
apoderasen de aquella ciudad. Su asiento y aspereza es de tal suerte, que para
cercarla por todas partes era fuerza dividir el ejército en diversas escuadras
y estancias, y que para esto el número de los soldados fuese muy crecido. Es
muy importante la amistad y buena correspondencia entre los príncipes
comarcanos; grandes efectos se hacen cuando se ligan entre sí y se ayudan, cosa
que pocas veces sucede, como se vio en esta guerra.
Demás de los castellanos, leoneses, vizcaínos,
gallegos, asturianos, todos vasallos del rey don Alfonso, acudieron en primer
lugar el rey don Sancho de Aragón y Navarra con golpe de gente; asimismo
socorros de Italia y de Alemania, movidos de la fama de esta empresa, que
volaba por todo el mundo. De los franceses, por estar más cerca, vino mayor
número; gente muy alegre y animosa para tomar las armas, no tan sufridora de
trabajos. Mas porque en ésta y otras guerras contra los moros sirvieron muy
bien, a los que de ellos se quedaron en España para avencindarse y poblar en
ella, los reyes les otorgaron muchas exenciones y franquezas, ocasión, según yo
pienso, de que procedió llamar en la lengua castellana comúnmente francos, así
a los hombres generosos como a los hidalgos y que no pagan pechos; lo cual todo
se saca de escrituras antiguas y privilegios que por estos tiempos se
concedieron a los ciudadanos de Toledo. De todas estas gentes y naciones se
formó un campo muy grueso, que sin dilación marchó la vía de Toledo, muy alegre
y con grandes esperanzas de dar fin a aquella demanda.
El rey moro, avisado del intento de los enemigos,
de sus apercibimientos y aparato, y movido del peligro que le amenazaba, se
aprestaba para hacer resistencia. Tenía soldados, vituallas y municiones;
faltábale el más fuerte baluarte, que es el amor de los vasallos. Todavía,
aunque no ignoraba esto, tenía confianza de poderse defender por la fortaleza y
sitio natural de aquella ciudad, que es en demasía alto y enriscado. De todas
partes le cercan peñas muy altas y barrancas, por medio de las cuales con grande
maravilla de la naturaleza rompe el río Tajo y da vuelta a toda la ciudad de
tal suerte, que por tierra deja sola una entrada para ella a la parte del
septentrión y del norte de subida empinada
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y agria, y que está fortificada con dos murallas,
una por lo alto, y otra tirada por lo más bajo.
Para cercar la ciudad por todas partes fue
necesario dividir la gente en siete escuadrones con otras tantas estancias, que
fortificaron a ciertos espacios, a propósito de cortar todos los pasos, que ni
los de dentro saliesen, ni les entrasen de fuera socorros ni vituallas. El rey
con la mayor parte de la gente, asentó sus reales, y los fortificó y barreó por
todas partes en la vega que se tiende a las faldas del monte sobre que está
asentada la ciudad.
Todos, así moros como cristianos, mostraban grande
ánimo y deseo de venir a las manos. Cerca de los muros se trabaron algunas
escaramuzas, en que no sucedió cosa señalada que sea de contar; sólo se echaba
de ver que los moros en la pelea de a pie no igualaban a los cristianos en la
ligereza, fuerzas y ánimo; mas en las escaramuzas a caballo les hacían ventaja
en la destreza que tenían por larga costumbre de acometer y retirarse, volver y
revolver sus caballos para desordenar los contrarios. Levantaron los nuestros
torres de madera, hicieron trabucos, otras máquinas e ingenios para batir y
arrimarse a la muralla, y con picos y palancas abrir entrada. La diligencia era
grande, los ingenios, dado que ponían espanto y hacían maravillar a los moros
por no estar acostumbrados a ver semejantes máquinas, no eran de provecho
alguno; porque si bien derribaron alguna parte del muro, la subida era muy
agria, las calles estrechas, los edificios altos, y muchos que la defendían.
El cerco con tanto iba a la larga, y por el poco
progreso que se hacia se cansaban los cristianos de suerte, que deseaban tomar
algún asiento para levantar el cerco sin perder reputación. Apretábalos la
falta que padecían de todo, que por estar la tierra talada y alzados los
mantenimientos, eran forzados proveerse de muy lejos de vituallas para los
hombres y forraje para los caballos. Los calores del verano comenzaban; por
esto y por el mucho trabajo y poco mantenimiento, como es ordinario, picaban
enfermedades, de que moría mucha gente.
Hallábanse en este aprieto cuando san Isidoro se
apareció entre sueños a Cipriano, obispo de León, y con semblante ledo y grave
y lleno de majestad le avisó no alzasen el cerco, que dentro de quince días
saldrían con la empresa, porque Dios tenía escogida aquella ciudad para que
fuese asiento y silla de su gloria y de su servicio. Acudió el obispo al rey,
diole parte de aquella visión tan señalada; con que los soldados se animaron
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para pasar cualquier mengua y trabajo por
esperanzas tan ciertas que les daban de la victoria.
Era así, que los cercados padecían a la misma sazón
mayor necesidad y falta de todo, tanto, que se sustentaban de jumentos y otras
cosas sucias por tener consumidas las vituallas; hallábanse finalmente en lo
último de la miseria y necesidad, ellos flacos y cansados, los enemigos
pujantes, que ni excusaban trabajo ni temían de ponerse a cualquier riesgo.
Acordaron persuadir al rey moro tratase de conciertos. Apellidáronse los
ciudadanos unos a otros y de tropel entraron por la casa real, y con grandes alaridos
requieren al rey moro ponga fin a trabajos y cuitas tan grandes antes que todos
juntos pereciesen y se consumiesen de pena, tristeza y necesidad. Alteróse el
rey moro con aquella demanda y vocería de los suyos, que más parecía motín y
fuerza. Sosegóse empero, y hablóles en esta sustancia:
«Bueno es el nombre de la paz, sus frutos gustosos
y saludables; pero advertid so color de paz no nos hagamos esclavos. A la paz
acompañan el reposo y la libertad, la servidumbre es el mayor de los males, y
que se debe rechazar con todo cuidado con las armas y con la vida, si fuere
necesario. Gran mengua y muestra de flaqueza no poder sufrir la necesidad y
falta por un poco de tiempo. Más fácil cosa es hallar quien se ofrezca a la
muerte y a perder la libertad que quien sufra la hambre. Yo os aseguro que si
os entretenéis por pocos días y no desmayáis, que saldréis de este aprieto; ca
los enemigos forzosamente se irán, pues padecen no menos necesidad que vos, y
por ella y otras incomodidades cada día se les desbandan los soldados y se les
van. Además que muy en breve nos acudirán socorros de los nuestros, que cuidan
grandemente de nuestro trabajo».
No se quietaron los moros con aquellas razones, el
semblante no se conformaba con las esperanzas que daba. Parecía usarían de
fuerza, y que todos juntos, si no otorgaba con ellos, irían a abrir al enemigo
las puertas de la ciudad; grande aprieto y congoja. Así; forzado el moro vino
en que se tratase de conciertos, como lo pedían sus vasallos. Salieron
comisarios de la ciudad, que dado que afligidos y humildes, en presencia del
rey don Alfonso le representaron sus quejas; acusáronle el juramento que les hizo,
la palabra que les dio, la amistad que asentó con ellos y las buenas obras que
en tiempo de su necesidad recibió de aquella ciudad y de sus moradores; después
de esto, le dijeron que si bien entendían no era menor la falta que padecían,
en los reales que dentro de la ciudad, todavía
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vendrían en hacer algún concierto como fuese
tolerable hasta pagar las parias y tributo que se asentase. A esto respondió el
rey que fue tiempo en que se pudiera tratar de medios; que al presente las
cosas estaban en término que a menos de entregarle la ciudad, no daría oídos a
concierto ninguno. Sobre esto fueron y vinieron diversas veces, en que se
gastaron algunos días.
La falta crecía en la ciudad y la hambre, que de
cada día era mayor. Los nuestros estaban animados de antes, y de nuevo más,
porque los enemigos fueron los primeros a tratar de concierto. Finalmente, los
moros vinieron en rendir la ciudad con las condiciones siguientes: El alcázar,
las puertas de la ciudad, las puentes, la Huerta del Rey (heredad muy fresca a
la, ribera del río Tajo) se entreguen al rey don Alfonso; el rey moro se vaya
libre a la ciudad de Valencia o donde él más quisiere; la misma libertad tengan
los moros que le quisieren acompañar, y lleven consigo sus haciendas y menaje;
a los que se quedaren en la ciudad no les quiten sus haciendas y heredades, y
la mezquita mayor quede en su poder para hacer en ella sus ceremonias; no les
puedan poner más tributos de los que pagaban antes a sus reyes; los jueces,
para que los gobiernen conforme a sus fueros y leyes, sean de su misma nación,
y no de otra. Hiciéronse los juramentos de la una parte y de la otra como se
acostumbra en casos semejantes, y para seguridad se entregaron por rehenes
personas principales, moros y cristianos.
Hecho esto y tomado este asiento en la forma
susodicha, el rey don Alfonso, alegro cuanto se puede pensar por ver concluida
aquella empresa y ganada ciudad tan principal, acompañado de los suyos a manera
de triunfador, hizo su entrada, y se fue a apear al alcázar, a 25 de mayo, día
de san Urbano, papa y mártir, el año que se contaba de nuestra salvación de
1085. Algunos de este cuento quitan dos años por escrituras antiguas y
privilegios reales, en que por aquel tiempo el rey don Alfonso se llamaba rey de
Toledo.
Lo cierto es que aquella ciudad estuvo en poder de
moros por espacio como de trecientos y sesenta y nueve años (Juliano dice
trecientos y sesenta y seis, y que los moros la tomaron año 719, el mismo día
de san Urbano), en que por ser los moros poco curiosos en su manera de edificar
y en todo género de primor perdió mucho de su lustre y hermosura antigua. Las
calles angostas y torcidas, los edificios y casas mal trazadas, hasta el mismo
palacio real era de tapiería, que estaba situado en la parte
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en que al presente un hospital muy principal que
los años pasados se levantó y fundó a costa de don Pedro González de Mendoza,
cardenal de España, arzobispo de Toledo. La mezquita mayor se levantaba en
medio de la ciudad en un sitio que va un poco cuesta abajo, de edificio por
entonces ni grande ni hermoso, poco adelante la consagraron en iglesia, y
después desde los cimientos la labraron muy hermosa y muy ancha.
La fama de esta victoria se derramó luego por todo
el mundo, que fue muy alegre para todos los cristianos, por haber quitado a los
moros aquella plaza, que era como un baluarte muy fuerte de todo lo que poseían
en España. Acudieron embajadores de todas partes a dar el parabién y alegrarse
con el rey, así por lo hecho como por la esperanza que se mostraba de concluir
con todo lo demás que quedaba por ganar. Partióse el rey moro conforme al
asiento que se tomó, acompañado de soldados para Valencia, que era suya, en que
conservó el nombre de rey.
Por otra parte, diversas compañías de soldados por
orden de su rey se derramaron por toda la comarca y reino de Toledo para
allanar lo que restaba, que les fue muy fácil por estar los moros amedrentados
y por ver que perdida aquella ciudad tan principal no se podían conservar.
Ganaron pues muchas villas y lugares; los de más cuenta fueron: Maqueda,
Escalona, Illescas, Talavera, Guadalajara, Mora, Consuegra, Madrid, Berlanga,
Buitrago, Mendinacelí, Coria, pueblos muchos de ellos antiguos y que caían cerca
de Toledo, fuertes y de campiña fresca, en que se dan muy bien toda suerte de
mieses y frutales.
Los moros de Toledo, unos acompañaron a su rey, los
más se quedaron en sus casas. El número era grande, y por consiguiente, el
peligro de que con alguna ocasión se levantasen, que fuera nuevo y notable
daño. Para evitar este inconveniente acordó el Rey hacer allí su asiento de
propósito, sin mudar la corte hasta tanto que se poblase bien de cristianos y
que con nuevos reparos quedase bastantemente fortificada y segura. Convidó por
sus edictos a todos los que quisiesen venir a poblar, con casas y posesiones;
con esto acudió gran gente para hacer asiento en aquella ciudad. Entre los
demás nuevos moradores cuentan a don Pedro, griego de nación, de la casa y
sangre de los Paleólogos, familia imperial en Constantinopla, de quien refieren
se halló en este cerco, y que el rey, en recompensa de sus servicios, después
de ganada la ciudad, le heredó en ella y dio casas y heredades con que pasase.
De este caballero se precian descender los de la casa de Toledo, gente muy
noble y poderosa en estados
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y aliados. Hijo de este don Pedro fue Illán Pérez,
nieto Pedro Illán, biznieto Esteban Illán, cuyo retrato a caballo se ve pintado
en lo alto de la bóveda de la iglesia mayor, detrás de la capilla y altar más
principal. Don Esteban fue padre de don Juan y abuelo de don Gonzalo, aquel
cuyo sepulcro muy señalado y conocido se ve en la parroquia de San Román.
Añaden que desde este tiempo se comenzó a llamar así el barrio del Rey en
Toledo, a causa que a los nuevos moradores que acudían a poblar señaló el Rey aquella
parte de la ciudad para su morada. Diose otrosí principio a la fábrica de un
nuevo alcázar en lo más alto de la ciudad, todo a propósito de enfrenar a los
moros que no se desmandasen.
Demás de esto, se halla que el rey don Alfonso en
adelante se comenzó a intitular emperador, si con razón o sin ella no hay para
qué disputarlo. Hallábase sin duda muy ufano con aquel nuevo reino que
conquistara, y como se veía señor de la mayor parte de España, y el rey de
Aragón y otros reyes moros tributarios, ningún título le parecía demasiado.
Destempláselo aquel contento por la muerte de la
infanta doña Urraca, que finó por este tiempo, y él la tenía en lugar de madre,
porque sus virtudes y prudencia lo merecían, demás que su padre se la dejó
mucho encomendada. Quedaba la otra hermana, doña Elvira, que él mismo casó con
el conde de Cabra. La causa de este casamiento fue cierta palabra áspera que le
dijo, y para aplacarle y que no se levantase algún alboroto, acordó casarle con
su misma hermana. Así lo cuenta la Historia general que anda en nombre del rey
don Alfonso el Sabio.
XVII. Cómo don Bernardo fue elegido por
arzobispo de Toledo
Ninguna cosa más deseaba el rey que volver en su
antiguo lustre y resplandor y honrar de todas maneras aquella nobilísima
ciudad, columna que era de España, y alcázar en otro tiempo de santidad y silla
del imperio de los godos. Comenzó luego a dar muestras que quería poner
arzobispo en ella, sin el cual estuvo tantos años por la turbación de los
tiempos. Al principio no puso mucha fuerza, porque los moros, aún no bien
domados, lo contradecían. Pasado más de un año, ya que muchos cristianos
moraban en la ciudad, y de los moros se tenía más noticia de cuáles se debían
temer
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y de cuáles se podían fiar; para hacerlo con más
autoridad, y que los moros tuviesen menos lugar de alborotarse, procuró se
celebrase concilio.
Los grandes y los obispos se juntaron a 18 de
diciembre, año de 1086. En aquella junta lo primero dieron gracias a la divina
bondad, por cuyo favor la cristiandad recobró tan principal ciudad. Cada uno,
según el caudal que tenía, autoridad y elocuencia, lo encarecía con las mayores
palabras que podía. Luego se trató de elegir arzobispo de Toledo. Salió por
voto de todos nombrado don Bernardo, abad que era de Sahagún, hombre de muy
buenas costumbres y suaves, de muy buen ingenio, de doctrina aventajada, entereza
y rectitud probada en muchas cosas y en quien resplandecía un ejemplo y dechado
de la virtud antigua. Esto fue causa de ganar las voluntades de todos para que
quisiesen por su prelado a un hombre extranjero, nacido en Francia.
Pasa el río Garona por la ciudad de Aagen en
Aquitania, hoy Guyena; cerca de esta ciudad está un pueblo, llamado Salvitat.
De este pueblo fue natural don Bernardo, nacido de noble linaje; su padre se
llamaba Guillermo, su madre Neimiro, personas tan pías, que ambos, según que se
saca de memorias de la iglesia de Toledo, acabaron sus días en religión. El
hijo en su mocedad anduvo en la guerra; ya que era de más edad entró en el
monasterio de San Aurancio Auxitano o de Aux. Allí tomó el hábito y cogulla con
gran deseo que tenía de la perfección. Parece que aquel monasterio era de
cluniacenses, porque de allí le llamó Hugo abad cluniacense, y por el mismo fue
enviado a España al rey don Alfonso para que reformase con nuevos estatutos y
leyes el monasterio de Sahagún, que pretendía el rey hacer cabeza de los demás
monasterios de benitos de sus reinos; por esta causa pidió a Hugo le enviase un
varón a propósito desde Francia; y como fuese enviado don Bernardo, tomó cargo
de aquel monasterio y fue en él abad algún tiempo.
Dende subió a la dignidad amplísima de arzobispo de
Toledo; y para que tuviese más autoridad, porque tanto es uno honrado y tenido
cuanto tiene de mando y hacienda (la dignidad y oficio sin fuerzas se suele
tener en poco), hizo el rey donación a la iglesia de Toledo de castillos,
villas y aldeas en gran número, que fue el postrero acto del concilio ya dicho.
Diole la villa de Brihuega, que fue del rey don Alfonso en el tiempo de su
destierro por donación que el rey moro le hizo de ella, a Rodillas, Cínales,
Cavaños, Coveja, Barriles, Alcolea, Melgar, Almonacír, Alpobrega. Así lo
escribe don Rodrigo; la Historia del rey don Alfonso el Sabio añade a
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Alcalá y Talavera, las cuales dice que dio con lo
demás al Arzobispo; pero los más doctos tienen esto por falso. De estos pueblos
algunos son conocidos, de otros ni aún los nombres quedan; todo lo consume y
hace olvidar la antigüedad. Yo no quise ponerme a adivinar los sitios y rastros
de cada uno de estos pueblos, ni tenía espacio para averiguarlo. Hizo otrosí
donación el rey a la iglesia de Toledo de muchas huertas, molinos, casas en
gran número y tiendas para que con la renta que de estas posesiones se sacase
se sustentasen los sacerdotes y ministros de la iglesia mayor. Así, por memoria
de todo esto, le hacen en ella al rey don Alfonso cada año un aniversario por
el mes de junio. Hecho esto, se acabó y despidió el concilio.
El rey, dado que hubo orden en las cosas de la
ciudad, se partió para León por respetos que a ello le forzaban. La reina doña
Constanza y el nuevo arzobispo de Toledo quedaron en la ciudad con gente de
guarnicion. Los cristianos eran muy pocos en comparación de los moros, si bien
para el poco tiempo eran hartos. Parecía con estos apercibimientos y recaudo
quedaba la ciudad segura para todo lo que podía suceder. Lo que prudentemente
quedaba dispuesto, la temeridad, digamos, del nuevo prelado o imprudencia, o lo
uno y lo otro, por lo menos su demasiada prisa, lo desconcertó y puso la ciudad
en condición de perderse. La silla del arzobispo por entonces estaba en la
iglesia de Nuestra Señora, que agora es monasterio del Carmen, como han
averiguado personas curiosas. Los moros tenían la iglesia mayor, y en ella
hacían las ceremonias de su ley. Parecía mengua y afrentoso para los cristianos
y cosa fea que en una ciudad ganada de moros, los enemigos poseyesen la mejor
iglesia y de más autoridad, y los cristianos la peor. Lo que alguna buena
ocasión hiciera fácil, por la prisa de don Bernardo se hubiera de desbaratar.
Comunicado el negocio con la reina, determina con un escuadrón de soldados
tomarles una noche su mezquita. Los carpinteros que iban con los soldados abatieron
las puertas, después los peones limpiaron el templo y quitaron todo lo que allí
había de los moros; hiciéronse altares a la manera de los cristianos, en la
torre pusieron una campana, con el son llamaron al pueblo y le convocaron para
que se hallase a los oficios divinos.
Alborotáronse los bárbaros con esta novedad, y por
la mengua de su religión y ritos de su secta furiosos, apenas se pudieron
enfrenar de no tomar las armas y con ellas vengar aquel agravio tan grande. Día
fuera aquel triste y aciago, si nuestro Señor Dios no estorbara el daño que los
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moros pudieran hacer, porque eran muchos más que
los fieles. Entretuviéronse por pensar que aquello se había hecho sin que el
rey lo supiese; esto les era algún consuelo y alivio; unos se refrenaron con
esperanza que serían vengados, otros por no ponerse a riesgo si venían a las
manos. Al rey, luego que supo el caso, le pesó mucho que el arzobispo con su
demasiada prisa hubiese quebrantado el asiento puesto con los moros y hecho
poco caso de su fe y palabra real. Representábasele cuánto peligro podían correr
las cosas por estar tan enojados los moros; temía no sucediese algún daño a la
ciudad. Poníasele delante la inconstancia de las cosas del mundo, cuán presto
se mudan en contrario. Vino muy de prisa a Toledo y con tanta velocidad, que
desde el monasterio de Sahagún, do estaba y donde recibió la nueva de lo que
pasaba, se puso en tres días en Toledo mal enojado en gran manera; hacía
grandes amenazas contra el arzobispo y contra la reina, no admitía ruegos de
nadie, con ninguna diligencia se aplacaba su muy encendida saña, venía con
determinación de hacer un señalado castigo por tal osadía, con que los moros
quedasen satisfechos y todos escarmentasen.
Los principales de Toledo, sabida la venida del rey
y su intento, le salieron al encuentro cubiertos de luto, el clero en forma de
procesión. Llegados a su presencia, con lágrimas que derramaban le suplicaron
por el perdón; ningún efecto hicieron por venir muy indignado y resuelto de
castigar aquel desacato. Proveyó Dios a tanto mal como se temía por otro camino
no pensado. Los principales de los moros, mitigado algún tanto el dolor y saña
que les causó aquel agravio, cayeron en la cuenta que no les venía bien si el
rey llevaba adelante su saña. Advertían que él podía faltar, y el odio contra
ellos quedaría para siempre fijado en los pechos de los cristianos. Acordaron
salir al encuentro al rey y suplicarle diese perdón a los culpados en aquel
caso. Llegaron a Magán, que es una aldea cerca de la ciudad, con semblantes
tristes y los ojos puestos en el suelo. Combatíanlos diversas olas de
pensamientos contrarios, el dolor de la injuria presente, el miedo para
adelante. Arrodilláronse luego que el rey llegó, con intento de aplacarle con
sus razones y ruegos; mas él los previno; díjoles que aquella injuria no era de
ellos, sino desacato de su real persona, que por el castigo entenderían ellos y
los venideros que la palabra real se debe guardar, y ninguno ser tan osado que
por su antojo la quebrante. A esto los moros en alta voz comenzaron a pedir
perdón, que ellos de corazón perdonaban a los que los agraviaron. Reparó el rey
algún tanto, por ser aquella demanda tan
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fuera de lo que pensaba. Entonces el que era de más
autoridad entre aquella gente, le habló en esta manera:
«Cuán grande, rey y señor, haya sido el dolor que
recibimos por la mezquita que por fuerza nos quitaron contra lo que teníamos
capitulado, cada uno lo podrá por sí mismo pensar, no será necesario detenerme
en declararlo. La devoción del lugar y su estima nos movía, pero mucho más el
recelo que de este principio no menoscabasen la libertad y nos quebrantasen lo
que con nos tenéis asentado. ¿Quién nos podrá asegurar que lo que hicieron con
nuestra mezquita no lo ejecuten en nuestras casas particulares y las saqueen
con todas nuestras haciendas? ¿Qué conciencia ni escrúpulo enfrenará a los que
no enfrenó el juramento y la palabra real, y los que tienen por cierto que en
tratarnos mal hacen un agradable servicio a Dios? Esto conviene asegurar para
adelante, que no nos maltraten ni nos quebranten nuestros privilegios. Por lo
demás, de buena voluntad perdonamos a la reina y al arzobispo el agravio que
nos han hecho; lo mismo os suplicamos hagáis, porque el castigo que tomáredes
no nos acarree mayores daños, ca los que vinieren adelante después de vos
muerto no sufrirán que tales personajes, si les sucede algún daño, queden sin
venganza. Por la mano real y palabra que nos distes os pedimos troquéis la saña
que por nuestra causa tenéis concebida en clemencia, que demás que nos damos
por contentos y os certificamos la tendremos por merced muy singular, si no
otorgáis con nuestra petición, resueltos estamos de no volver a la ciudad,
antes de buscar otras tierras en que sin peligro vivamos. No es razón que por
dar lugar al sentimiento y por hacernos favor y vengarnos acarreéis a nos
mayores daños, a vos perpetua tristeza y llanto, a vuestra ley mengua y afrenta
tan señalada».
En tanto que el moro decía estas razones, los demás
arrodillados, puestas las manos, y con lágrimas que de los ojos vertían, con el
semblante y meneos suplicaban lo mismo. En el pecho del rey combatían diversos
sentimientos y contrarios, como se echaba de ver en el rostro demudado, ya
triste, ya alegre. Finalmente, la razón venció el ímpetu de su ánimo.
Consideraba que Dios es el que rige los consejos de los hombres y los endereza;
que muchas veces de los males que permite resultan bienes muy grandes. Vencido
pues de los ruegos de los moros, les agradeció aquella voluntad, y prometió que
para siempre tendría memoria de aquel día. Pasó adelante en su camino, llegó a
la ciudad, halló a la reina y al arzobispo alegres por la esperanza que tenían
de alcanzar perdón, con que aquel día,
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de turbio y desgraciado, se trocó en mucha
serenidad. La ciudad hizo de presente regocijos y fiestas por tan señalada
merced, y para adelante se ordenó que en memoria de ella se hiciese fiesta
particular cada un año a 24 de enero, con nombre de Nuestra Señora de la Paz y
por memoria de un beneficio tan grande como en tal día todos recibieron. Si
bien no sólo aquel día se hace fiesta y memoria de esto, sino eso mismo de la
casulla que a san Ildefonso trajo del cielo la sagrada Virgen.
XVIII. Cómo se quitó el Breviario mozárabe
Arriba se dijo cómo Ricardo, abad de Marsella, fue
enviado del papa Gregorio VII por su legado en España, y que en Burgos juntó
concilio de obispos y en él ordenó las sagradas ceremonias y modo de rezar que
se debía tener y guardar. Hacía en lo demás muchas cosas sin orden, y usaba mal
de la potestad amplísima que tenía, y enderezaba sus cosas a su particular
ganancia. La gente andaba revuelta y aún escandalizada con el desorden del
legado, hasta murmurar del poder y autoridad del papa. El arzobispo don Bernardo
recibía congoja de esto por el oficio que tenía, mas por ser tanta la autoridad
del legado no le podía ir a la mano.
Había entonces costumbre introducida, a lo que yo
creo, en España desde el concilio octavo general que fue el postrero
constantinopolitano, y por ley estaba mandado que antes de ser consagrados los
metropolitanos se diese noticia al Papa de la elección para averiguar que era
legítima y buena, y no tenía falta alguna, para que la confirmase con su
autoridad. Antes que esto se hiciese no era lícito al arzobispo electo ni
consagrarse ni hacer cosa alguna de su oficio. Era otrosí costumbre que
impetrasen del papa el palio, de que suelen usar cuando dicen misa, en señal de
su consentimiento y aprobación. Esta ordenación recibida desde este principio,
con el tiempo se extendió a los obispos inferiores. No hay para qué nos
detengamos en decir las causas de esto. De aquí nació que al presente ninguna
elección de obispos se tiene por válida si no es confirmada por el papa. Por
estas dos causas don Bernardo determinó de ir a Roma. El camino era largo y de
mucho trabajo y peligro; antes de ponerse en camino con beneplácito del Rey
consagró la iglesia mayor que se quitó a los moros, como queda dicho.
Juntáronse a concilio los obispos
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que eran necesarios para esto, e hízose la
ceremonia día de san Crispin y san Crispiniano, a 25 de octubre, año de nuestra
salvación de 1087. Dedicóse la iglesia en nombre de Santa María, de San Pedro y
San Pablo, de San Esteban y Santa Cruz. En el altar mayor pusieron muchas
reliquias de santos. Don Rodrigo dice que esto se hizo después que volvió de
Roma don Bernardo. Lo cierto es que, muertos ya los papas Gregorio y Víctor,
tercero de este nombre, que le sucedió, siendo sumo pontífice Urbano II, que fue
elegido a 4 de marzo de 1088, llegado a Roma Bernardo, alcanzó todo aquello que
a pretender había ido, conviene a saber, que el legado fuese absuelto de aquel
cargo y volviese a Roma, que él usase del palio, y más, que fuese primado en
España y en la parte de Francia que llamaban la Galia Gótica.
Por causa de esta potestad a la vuelta de Roma en
Tolosa juntó concilio de los obispos cercanos, con que y con su buena maña y
uso de la lengua francesa, en que desde niño se criara, por ser natural de la
tierra, como la gente es buena y sin doblez, fácilmente los persuadió que le
reconociesen por superior. Asentó que irían a Toledo cada y cuando que fuesen
llamados a concilio.
Llegado a Toledo, antes que el legado desistiese de
su oficio, de común consentimiento se trató de quitar el Misal y Breviario
gótico, de que vulgarmente usaban en España desde muy antiguos tiempos por
autoridad de los santos Isidoro, Ildefonso y Juliano. Habíase procurado muchas
veces esto mismo, pero no tuvo efecto, porque la gente más gustaba de lo
antiguo, y no hay cosa que con más firmeza se defienda que lo que tiene color
de religión. En este tiempo pusieron tanta fuerza el primado y el legado, y la
reina que se juntó con ellos, que dado que resistían los naturales, en fin
vencieron y salieron con su pretensión.
Verdad es que antes que el pueblo se allanase, como
gente guerrera, quisieron esta diferencia se determinase por las armas. El día
señalado dos soldados escogidos de ambas partes lidiaron sobre esta querella en
un palenque e hicieron campo; venció el que defendía el Breviario antiguo,
llamado Juan Ruiz, del linaje de los Matanzas, que moraban cerca del río
Pisuerga, cuyos descendientes viven hasta el día de hoy, nobles y señalados por
la memoria de este desafío. Sin embargo, como quier que los de la parte contraria
no se rindiesen, ni vencidos se dejasen vencer, parecióles que por el fuego se
averiguase esta contienda; que echasen en él los dos breviarios, y el que
quedase sin lesión se tuviese y usase. Tales
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eran las costumbres de aquellos tiempos groseros y
salvajes, y no muy medidos con la regla de piedad cristiana. Encendióse una
hoguera en la plaza, y el Breviario romano y gótico se echaron en el fuego. El
romano salió del fuego, pero chamuscado. Apellidaba el pueblo victoria a causa
que el otro, aunque estuvo por gran espacio en el fuego, salió sin lesión
alguna, principalmente que el arzobispo don Rodrigo dice que saltó el romano,
pero chamuscado. Advierto que en el texto del arzobispo los puntos se deben
reformar conforme a este sentido. Todavía el rey, como juez, pronunció
sentencia en que se declaraba que el un Breviario y el otro agradaban a Dios,
pues ambos salieron sanos y sin daño de la hoguera; lo cual el pueblo se dejó
persuadir.
Concluyóse el pleito, y concertaron que en las
iglesias antiguas que llaman mozárabes se conservase el Breviario antiguo.
Concordia que se guarda hoy día en ciertas fiestas del año, que se hacen en los
dichos templos los oficios a la manera de los mozárabes. También hay una
capilla dentro de la iglesia mayor, en la cual hay cierto número de capellanes
mozárabes, que dotó de su hacienda el cardenal fray Francisco Jiménez, porque
no se perdiese la memoria de cosa tan señalada y de rezo tan antiguo. Estos rezan
y dicen misa conforme al Misal y Breviario antiguo. En los demás templos hechos
de nuevo en Toledo se ordenó se rezase y dijese misa conforme al uso romano. De
aquí nació en España aquel refrán muy usado: «Allá van leyes do quieren reyes».
Acabóse esta contienda, y Toledo volvía en su
antiguo lustre y hermosura; levantáronse nuevos edificios, y gran número de
cristianos acudían de cada día. Los moros se iban a menudo, unos a una parte, y
otros a otra, y en su lugar sucedían otros moradores, a los cuales se les
concedía toda franqueza de tributos y otros privilegios, como parece por las
provisiones reales que hasta hoy día se guardan en los archivos de Toledo.
La diligencia y celo que tenía del bien y pro de
todos don Bernardo no cesaba, ni sosegó hasta que fue con el rey a Castilla la
Vieja, y en León, principal ciudad, juntó concilio de obispos, año de 1091,
como dice don Lucas de Tuy. Hallóse en él Rainerio, que de fraile cluniacense
le crió cardenal el papa Urbano, y después le envió por su legado a España para
que sucediese en lugar de Ricardo, cardenal asimismo y abad de Marsella. En
aquel concilio se establecieron nuevos decretos a propósito de reformar las
costumbres de los eclesiásticos, a la sazón muy relajadas. Mandaron
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otrosí que en las escrituras públicas de allí
adelante no usasen de letras góticas, sino de las francesas. Ulfilas, obispo de
los godos, antes que ellos viniesen a España, inventó las letras góticas, de
que usaron por largo tiempo los godos, así bien como los longobardos, los
vándalos, los esclavones, los franceses; cada nación de éstas tenía sus letras
y caracteres propios, diferentes entre sí y de los latinos. Los franceses y los
esclavones hasta el día de hoy se conservan en su manera antigua de escribir;
las otras naciones con el tiempo han dejado sus letras y su manera y trocádola
en la que hoy tienen y usan, que es la común y latina, por acomodarse con las
otras naciones, y para mayor comodidad del comercio y trato que tienen con los
demás.
XIX. De los principios del primado de Toledo
El lugar pide que tratemos de los principios que
tuvo el primado que los arzobispos de Toledo pretenden tener y tienen sobre las
demás iglesias de España, y por qué camino esta dignidad de pequeña llegó a la
grandeza que hoy tiene. Los principios de las cosas, especialmente grandes, son
oscuros; todos los hombres pretenden llegarse lo más que pueden a la
antigüedad, como la que tiene algún sabor de cierta divinidad, y se llega más a
los primeros y mejores tiempos del mundo. Así los más toman la origen de su
nación lo más alto que pueden, sin mirar a las veces si va bien fundado lo que
dicen. Esto mismo sucedió en el caso presente, que muchos quieren tomar el
principio del primado de Toledo desde el mismo tiempo de los apóstoles. Alegan
para esto que san Eugenio, mártir, fue el primero que vino a España para
predicar el Evangelio y que fue el primer arzobispo de aquella ciudad. Añaden
que los primeros que se tornaron cristianos en España y los primeros que
tuvieron obispo fueron los de Toledo, y que por estas causas se les debe esta
preeminencia.
Pero lo que con tanta seguridad afirman acerca del
primado, no tienen escritor alguno más antiguo de este tiempo que testifique la
venida de san Eugenio a España. El mismo Gregorio, turonense, que escribió la
historia de Francia, de donde vino san Eugenio y donde padeció por la fe, como
se tiene por cierto, ninguna mención hace de esto. Esto decimos, no para poner
en disputa la venida de san Eugenio, que es cierta, sino para que en
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lo que toca a fundar el primado nadie reciba lo que
es dudoso por averiguado y sin duda. Porque ¿qué harán los tales si los de
Compostela para apoderarse del primado se quieren valer de semejante argumento?
Pues es cierto y se comprueba por escrituras muy antiguas que el apóstol
Santiago fue el primero que trajo a España la luz del Evangelio, y que
sepultaron su santo cuerpo traído en un navío, y rodeadas las marinas del uno y
del otro mar en aquella ciudad. Bien holgara de poder ilustrar la dignidad de
esta ciudad en que esta historia se escribe de las cosas de España, en el medio
y centro de ella, y cerca de la cual ciudad nací y aprendí las primeras letras;
pero las leyes de la historia nos fuerzan a no seguir los dichos y opiniones
del vulgo, ni es justo que por ningún respeto tropecemos en lo que reprendemos
en otros escritores.
Prueba bastante que el primado de Toledo no es tan
antiguo como algunos pretenden, hacen los concilios de obispos que se
celebraron en España en tiempo primero de los romanos y después de los godos,
en los cuales se hallará que el prelado de Toledo, ni en el asiento, ni en las
firmas, tenía el primer lugar entre los demás. En particular en el concilio
elibertino, antiquísimo, después de seis obispos, firma Melancío, prelado de
Toledo, en el seteno lugar; de donde se saca que en aquella sazón Toledo no era
arzobispado; y más claramente de la división de los obispados hecha por
Constantino, en que pone a Toledo por sufragánea de Cartagena. En los mismos
concilios toledanos en que más se debía mirar por la autoridad de la iglesia de
Toledo, por tener de su parte el favor del pueblo y de los reyes, no pocas
veces se pone el postrero entre los metropolitanos.
Para sacar pues la autoridad del primado de Toledo
de los tiempos más antiguos digo de esta manera. En España hubo antiguamente
cinco arzobispos, que unas veces se llamaban metropolitanos y otras primados
con diverso nombre, pero el sentido es el mismo. Éstos son el tarraconense, el
bracarense, el de Mérida, el de Sevilla y el de Toledo. Allende de estos se
contaba con los demás el arzobispo narbonense en la Galia Gótica, que en tiempo
de los godos era sujeta a España. Todos estos eran iguales, y a ningún superior
reconocían, sacado el papa. En los concilios tenían el lugar que les daba su
antigüedad y consagración. La causa de ser tantos los metropolitanos fue la
antigua división de España, que se dividió en cinco provincias, que eran éstas:
Andalucía, Portugal, Tarragona, Cartagena, Galicia, y otros tantas audiencias y
chancillerías
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supremas en que se hacía justicia; o como yo
pienso, las gentes bárbaras fueron causa de esto, porque luego que entraron en
España, divididas las provincias de ella, fundaron muchos imperios y estados.
El metropolitano narbonense presidía en Francia. El de Tarragona en la parte de
España, que en aquella turbación estuvo mucho tiempo sujeta a los romanos. Los
vándalos tuvieron a Sevilla; los alanos y suevos la Lusitania y Galicia, do
están Mérida y Braga; los godos tenían a Toledo, la cual gente venció y se adelantó
a las otras naciones bárbaras en multitud y mando.
De aquí comenzó la autoridad de Toledo a ser mayor
que la de las demás, en especial cuando, mudado el estado de la república, los
godos se hicieron señores de toda España, y mudadas las leyes y fueros,
pusieron la silla de su imperio en Toledo; poco a poco, trocadas las cosas,
comenzaron a crecer y mejorarse en autoridad los prelados de Toledo. En el
concilio toledano séptimo se pusieron claros fundamentos de la autoridad que
adelante tuvo, cuyo canon último es éste: «que los obispos vecinos de esta ciudad,
avisados del metropolitano, vengan a Toledo cada uno su mes, si no fuere en
tiempo de agosto y vendimias»; decreto que dicen se concede por respeto del rey
y por honra de la ciudad en que él moraba, y por consuelo del metropolitano. De
estos principios comenzó a crecer la autoridad de los arzobispos de Toledo de
tal manera, que los padres que se hallaron en el concilio toledano duodécimo en
tiempo del rey Ervigio, determinaron en el canon sexto que las elecciones de
los obispos de España, que solía aprobar el rey, se confirmasen con la voluntad
y aprobación del arzobispo de Toledo. Desde este tiempo los otros obispos
reconocieron al de Toledo, y le daban el primer lugar en todo, y se tenía por
más principal autoridad la suya que la de los demás; en particular en el
asiento y firmar los concilios era el primero. Estos fueron los principios de
esta autoridad y como cimientos, sin pasar por entonces más adelante, porque no
tuvo por entonces los otros derechos de primados, que son los mismos que
patriarcas, y sólo difieren en el nombre, como parece en los cánones y leyes de
la Iglesia, ni tenían especiales insignias de dignidad ni poder mayor sobre los
obispos para corregirlos, para visitarlos, para por vía de apelación alterar
sus sentencias.
Después que se mudaron las cosas y España padeció
aquella tan grande plaga, y todo lo mandaron los moros, cesó la dignidad y
majestad toda que tenían estos prelados, y llegó a tanto la turbación en aquel
tiempo, que aún obispos consagrados como se acostumbra, por muchos
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años faltaron en Toledo. En fin, vuelta aquella
ciudad a poder de cristianos, el arzobispo de Toledo, no sólo alcanzó la honra
y grado de metropolitano, sino asimismo de primado. Procurólo don Bernardo,
primer arzobispo, y concedióselo el papa Urbano II, no sin queja de los otros
obispos y contradicción, que pretendían por preferir a uno hacerse injuria a
todos los demás. La bula de Urbano que habla de esto se pondrá en otro lugar.
El primero que puso pleito sobre esta dignidad de
primado fue don Berengario, a quien el mismo don Bernardo había traslado de
Vic, donde era obispo, a Tarragona; pero fue vencido en el pleito, porque el
papa Urbano quiso que la autoridad, una vez dada al arzobispo de Toledo, fuese
cierta y para siempre se conservase. Esta determinación de Urbano confirmaron
con sus bulas el papa Pascual y el papa Gelasio, sus sucesores. Calixto II
pareció diminuir esta autoridad con dar, como dio por su bula a don Diego Gelmírez,
obispo de Compostela, los derechos de metropolitano, trasladados de la ciudad
de Mérida, si bien estaba en poder de moros. Otorgóle otrosí autoridad de
legado del Papa sobre las provincias de Mérida y Braga, y señaladamente le hizo
exento de la obediencia y poder de don Bernardo, arzobispo de Toledo; todo a
propósito de honrar a don Ramón, su hermano, que estaba enterrado en
Compostela, y por la mucha devoción que siempre mostró con la iglesia y
sepulcro do Santiago. Mas siendo arzobispo don Raimundo, sucesor de don
Bernardo, los papas Honorio, Celestino, Inocencio, Lucio, Eugenio III,
determinaron y ratificaron lo que hallaron estar antes concedido, que el
arzobispo de Toledo fuese primado de España.
A don Raimundo, o Ramón, sucedió don Juan, en cuyo
tiempo lo primero Adriano IV confirmó el primado de Toledo con nueva bula que
expidió, en que revoca el privilegio de Compostela; lo segundo, don Juan,
obispo de Braga, que había puesto pleito sobre el título de primado, vino a la
ciudad de Toledo, y fue forzado a jurar de obedecer al que no quería reconocer
ventaja. Don Cerebruno sucedió a don Juan, en cuyo tiempo Alejandro III revocó
un privilegio de Anastasio concedido en esta razón a Pelagio, obispo de Compostela.
Esto fue a la sazón que el cardenal Jacinto Bobo, muy nombrado, vino a España
con autoridad de legado, y entre otras cosas que sapientísimamente ordenó, puso
fin en este pleito, según parece en las escrituras de la iglesia de Toledo, ca
dio sentencia por Cerebruno contra el de Santiago, que le inquietaba. Bien será
aquí poner la
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bula de Alejandro III, porque confirma en ella lo
que sus predecesores determinaron. La bula dice así:
«Alejandro, obispo, siervo de los siervos de Dios,
al venerable hermano Cerebruno, arzobispo de Toledo, salud y bendición
apostólica. Como nos enviásedes un mensajero por causa de los negocios que
tenéis a cargo de vuestra iglesia a la Sede Apostólica, que suele siempre
admitir los deseos de los que piden cosas justas, nos suplicaste con humildad
con el mismo mensajero que renovásemos las bulas de nuestros antecesores
Pascual, Calixto, Honorio y Eugenio, en que conceden la primacía de las Españas
a la iglesia de Toledo. Nos, porque sinceramente os amamos en el Señor, y
tenemos propósito de honrar vuestra persona de todas las maneras que convenga,
por ser estable fundamento y columna de la cristiandad, juzgamos convenía
admitir vuestra demanda, y que vuestro deseo no fuese defraudado. Y comunicado
este negocio con nuestros hermanos a imitación de nuestro predecesor, de buena
memoria, Adriano, papa, por la autoridad de la Sede Apostólica determinamos que
debíamos renovar el privilegio junto con aquel breve, conforme a vuestra
petición. Que así como vuestra iglesia de tiempo antiguo ha tenido el primado
en toda la región de España, así vos y la iglesia de Toledo, que gobernáis por
la ordenación de Dios, tengáis el mismo primado sobre todos para siempre;
añadiendo que al privilegio que Pelagio, arzobispo, en tiempos pasados dicen
que impetró de nuestro predecesor, de buena memoria, Anastasio, papa, que por
derecho de primado no debía estar sujeto a vuestra iglesia; declaramos que el
privilegio de dicho nuestro antecesor, de santa memoria, Eugenio, papa,
concedido a vuestro predecesor sobre la concesión del primado, juzgamos que le
perjudica totalmente, en especial que lo concedido por Anastasio no fue
concedido ni por la mayor ni más sana parte de nuestros hermanos. Determinamos
pues que el arzobispo compostelano, como los demás obispos de España, os tengan
sujeción y obediencia de aquí adelante como a su primado y a vuestros
sucesores; y la dignidad misma sea firme e inviolable para vos y vuestros
sucesores para siempre jamás. Ninguno pues de todos los hombres ose quebrantar
o contradecir de alguna manera esta bula de nuestra confirmación y concesión
con temeraria osadía. Y si alguno presumiera intentarlo, sepa que incurrirá la
indignación de Dios todopoderoso y de los bienaventurados apóstoles san Pedro y
san Pablo. Dada en Benevento por mano de Gerardo, notario de la santa Iglesia
romana, a 24 de
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noviembre, en la indicción tercera, año de la
Encarnación del Señor de 1170, del pontificado de Alejandro, papa tercero, año
onceno».
Larga cosa sería referir en este propósito todo lo
que se pudiera alegar. El papa Urbano III confirmó la misma autoridad de
primado a don Gonzalo, sucesor de don Cerebruno. A don Gonzalo sucedió don
Pedro de Cardona. A este, don Martín, al cual Celestino III por el parentesco y
amistad que había entre él y nuestros reyes, al tiempo que fue legado y se
llamaba el cardenal Jacinto Bobo, concedió que las dignidades de la iglesia de
Toledo usasen de mitras como obispos mientras la misa se celebrase, y acrecentó
aquel privilegio después que fue elegido papa. Siguióse en la iglesia de Toledo
don Rodrigo Jiménez, varón de grande ánimo y singular doctrina, cosa en aquel
tiempo semejable a milagro; trató en el concilio lateranense primero delante
los cardenales y de Inocencio III la causa de su iglesia en este punto como
orador elocuente, y venció a los demás metropolitanos de España; y porque el
arzobispo de Braga pretendía no estarle sujeto, Honorio III le hizo legado
suyo. Gregorio IX, sucesor de Honorio, revocó cierta ley que se promulgó en
Tarragona contra la dignidad del arzobispo de Toledo, en que establecieran no
usasen los tales arzobispos de las prerrogativas de primado en aquella su
provincia, en especial no llevasen cruz delante. A don Rodrigo sucedió don
Juan, luego don Gutierre, y dos don Sanchos, ambos de linaje real, casi el uno
tras el otro. Después de los dichos fue arzobispo don Juan de Contreras, en
tiempo de Martino V, y se halló en el concilio basiliense. Item, don Juan de
Cerezuela, hermano del maestre don Álvaro de Luna y sucesor de don Juan de
Contreras. Todos alcanzaron bulas de los papas en que confirmaban lo mismo,
cuyas copias están guardadas con toda fidelidad, en el archivo de la iglesia de
Toledo y recogidas en un libro de pergamino.
El tiempo adelante por agraviarse don Alfonso de
Cartagena, obispo de Burgos, que el arzobispo de Toledo don Alfonso Carrillo
llevase guión levantado en su obispado, que era señal de superioridad y de ser
primado, don Juan el Segundo, rey de Castilla, tomó aquel negocio por suyo, y
por sus provisiones, en que da a Toledo título de ciudad imperial, determina y
establece que se guarde el privilegio y autoridad que Toledo tenía sobre las
otras ciudades de su señorío, por entender, como era verdad, que la autoridad
del arzobispo de Toledo da mucho lustre a todo el reino y aún a toda España.
Muchos otros arzobispos, antes y después de don Alfonso Carrillo, hicieron lo
mismo, y por toda España llevaron siempre su cruz
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levantada. Entre éstos se cuentan los cardenales
arzobispos don Pedro González de Mendoza y fray Francisco Jiménez; que es
argumento de la primacía que los arzobispos de Toledo han tenido, después que
Toledo se recobró de los moros, puesto que nunca ha faltado quien contradiga y
no quiera estarles sujeto. Al presente, fuera del nombre y asiento, que se les
da el primero, ninguna otra cosa ejercitan sobre las otras provincias de España
tocante a la primacía; por lo menos ni para ellos se apela en los pleitos ni
castigan delitos ni promulgan leyes fuera de la provincia, que como a
metropolitanos les está sujeta.
XX. De las mujeres e hijos del rey don Alfonso
Arriba queda dicho como el rey don Alfonso tuvo dos
mujeres, doña Inés y doña Constanza, y que de esta segunda hubo a su hija la
infanta doña Urraca. Doña Constanza murió después de ganado Toledo, y en el
mismo tiempo su cuñada la infanta doña Elvira, hermana del rey, falleció;
enterráronla en León con doña Urraca, su hermana. Después de doña Constanza
casó don Alfonso con la hija de Benabet, rey moro de Sevilla, que se volvió
cristiana, mudado el nombre de Zaida que tenía en doña María; otros dicen se llamó
doña Isabel. De este casamiento nació don Sancho; créese fuera un gran príncipe
si se lograra, y que igualara la gloria de su padre, como lo mostraban las
señales de virtud que daba en su tierna edad; parece que no quiso Dios gozase
España de tan aventajadas partes. El rey adelante cuarta y quinta y sexta vez
casó con doña Berta, traída de Toscana; con doña Isabel, de Francia; y con doña
Beatriz, que no se sabe de qué nación fuese. De doña Isabel tuvo dos hijas, a
doña Sancha, que fue mujer del conde don Rodrigo, y doña Elvira, que casó con
Rogerio, rey de Sicilia, hijo de Rogerio, conde de Sicilia. De ella nació
Rogerio el hijo mayor, duque de Pulla, y Anfuso, príncipe de Capua, llamado
así, a lo que se entiende, del nombre de su abuelo materno. Item, a Guillermo,
que por muerte de sus hermanos fue rey de Sicilia, y a Constanza, que casó con
el emperador Enrique VI. Así lo refiere el abad Alejandro Celesino, que
escribió la vida y los hechos del dicho rey Rogerio, su contemporáneo, y Hugo
Falcando.
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Tuvo don Alfonso de una manceba, llamada Jimena,
otras dos hijas, doña Elvira y doña Teresa; doña Elvira casó con Ramón, conde
de Tolosa, que tuvo dos hijos en esta señora; estos fueron Beltrán y Alfonso
Jordán. Doña Teresa casó con Enrique de Lorena, cepa que fue y cabeza de do
procedieron los reyes de Portugal. De otra concubina, cuyo nombre no se sabe,
con quien el rey don Alfonso tuvo trato, no engendró hijo alguno. A doña
Urraca, la hija mayor, casó con Ramón o Raimundo, hermano del conde de Borgoña
y de Guido, arzobispo de Viena, que fue adelante papa y se llamó Calixto II. De
Ramón y doña Urraca nació doña Sancha primero, y luego don Alfonso, el que por
los muchos reinos que juntó tuvo nombre de emperador. Todo esto se ha recogido
de gravísimos autores. Pero mejor será oír a Pelagio, obispo de Oviedo, cercano
de aquellos tiempos, que concluye su Historia de esta manera:
«Este rey don Alfonso tuvo cinco mujeres legítimas,
la primera Inés, la segunda Constanza, de la cual tuvo a la reina doña Urraca,
mujer del conde Ramón; de ella tuvo el conde a doña Sancha y al rey don
Alfonso; la tercera doña Berta, venida de Toscana; la cuarta doña Isabel, de
ésta tuvo a doña Sancha, mujer del conde don Rodrigo, y a Geloira, que casó con
Rogerio, duque de Sicilia; la quinta se llamó doña Beatriz, la cual, muerto el
marido, se volvió a su patria. Tuvo dos mancebas muy nobles, la primera Jimena
Muñón, de quien nació doña Geloira, mujer del conde de Tolosa Ramón, que tuvo
por hijo a Alfonso Jordán. En la misma Jimena hubo el rey don Alfonso a doña
Teresa, mujer que fue del conde don Enrique, y de este matrimonio nacieron
Urraca y Geloira y Alfonso. La otra concubina se llamó Zaida, hija de Benabet,
rey de Sevilla, que se bautizó y se llamó Isabel, y de ella nació don Sancho,
que murió en la batalla de Uclés».
Todo lo susodicho es de Pelagio. Éstas fueron las
mujeres del rey don Alfonso, éstos sus hijos; príncipe más venturoso en la
guerra que en el tiempo de la paz y en sucesión, no menos admirable en las
borrascas que cuando soplaba el viento favorable y todo se le hacía a su
voluntad. Bien es verdad que la fortuna o fuerza más alta conforme a sus
ordinarias mudanzas y vueltas, en lo de adelante se le mostró contraria, y
acarreó así a él como a sus reinos gran muchedumbre de trabajos y reveses,
según que por lo que se sigue se podrá claramente entender.
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LIBRO DÉCIMO
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I. De nuevas guerras que hubo en España y en la
Siria
Los reinos de levante y de poniente casi en un
mismo tiempo se alteraron con nuevas asonadas y tempestades de guerras. De las
extrañas se dirá luego; las de España sucedieron con esta ocasión. Los
almorávides, gente mahometana, habiendo sobrepujado a los alavecinos, que hasta
este tiempo tuvieron el imperio de África, fundaron primeramente su imperio en
aquella parte de la Mauritania que al estrecho de Gibraltar se tiende por las
riberas del uno y del otro mar, es a saber, del Mediterráneo y del Océano; después
en gran parte de España se metieron y derramaron a manera de raudal arrebatado
y espantoso. La ocasión de pasar en España fue ésta. El rey don Alfonso tenía
por mujer una hija del rey moro de Sevilla, como poco ha queda dicho. Entró
aquel rey en esperanza de apoderarse de todo lo que su gente en España tenía,
si fuese de África ayudado con nuevas gentes y fuerzas; pidió a su yerno, por
lo que al parentesco debía, le ayudase con sus cartas para llamar a Yusuf
Tefin, rey de los almorávides, poderoso en fuerzas y gentes y espantoso por la
perpetua prosperidad que había tenido en sus cosas, y convidarle a pasar en
España. Pretendía a riesgo ajeno y con su trabajo, conforme a la ambición que
le aguijaba, ensanchar él su señorío; tal era su pensamiento y sus trazas.
Escribió don Alfonso las cartas que le pidió, por
estar con la edad aficionado y sujeto a su mujer; consejo errado, perjudicial y
que a ninguno fue más dañoso que al mismo que lo inventaba. A Yusuf no le
parecía dejar aquella ocasión de volver las armas contra España; consideraba
que de pequeños principios suelen resultar cosas muy grandes; que la guerra se
podía comenzar en nombre de otro y con su infamia y acabarse en su pro. Él
mismo o no quiso o no pudo venir por entonces; envió empero a Alí Abenaja, capitán
de gran nombre, esclarecido por su esfuerzo y hazañas, hombre de consejo,
astuto, atrevido para comenzar y constante para llevar al cabo y concluir
prósperamente sus intentos; diole un buen ejército que le acompañase. Con estas
gentes, como le era mandado, se juntó con el rey de Sevilla; no duró mucho la
amistad, ni es muy seguro el poder cuando es
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demasiado. Por ligera ocasión y de repente se
levantó diferencia y debate entre las dos naciones y caudillos moros; pasaron a
las armas y a las manos, pelearon moros con moros; los españoles no eran
iguales a los africanos por estar debilitados con el largo ocio y con el cebo
de los deleites. El rey de Sevilla, suegro de don Alfonso, fue vencido y muerto
en la batalla, con tanto menor compasión y pena de los suyos y menor odio de su
enemigo, que se entendía de secreto favorecía a nuestra religión y era cristiano.
Llamábase el que le mató Abdalá. Con su muerte sin dilación todo su estado
quedó por los vencedores. Fue esto el año de los moros 484, como lo dice don
Rodrigo en la historia de los árabes, que se contaba de Cristo el de 1091.
Todas las gentes y ciudades de los moros que quedaban en España, movidos de
nuevas esperanzas o de miedo, se pusieron debajo de su mando, algunas por
fuerza, las más de grado por entender que las cosas de los moros, que estaban
para caer, podrían sustentarse y mejorarse con el esfuerzo y ayuda de Alí.
Ninguna fe hay en los bárbaros, en especial si
tienen armas y fuerza. Así el capitán africano, confiado en las fuerzas de un
señorío tan grande como era el de los moros de España, quiso más ser señor en
su nombre y alzarse con todo que gobernar en el de otro y como teniente. Tenía
ganadas las voluntades de la gente, y si algunos sentían lo contrario,
guardaban secreto el odio, y en público le adulaban; que tal es la condición de
los hombres. Con esto llamóse miramamolín de España, nombre entre los moros y apellido
de autoridad real. Demás de esto, los reyes moros, que por toda España eran
tributarios del rey don Alfonso, confiados en el nuevo Rey, como quitada la
servidumbre y la máscara y despertados con la esperanza que se les presentaba
de la libertad, no querían pagar las parias, como acostumbraban cada un año.
Éste era el estado de las cosas de España.
En la Siria por el esfuerzo de los cristianos se
comenzó la guerra sagrada, famosísima por la gloria y grandeza de las cosas que
sucedieron y por la conspiración de todas las naciones de Europa contra los más
belicosos reyes y emperadores del oriente. Jerusalén, ciudad famosa por su
antigua nobleza, y muy santa por el nacimiento, vida y muerte de Cristo, hijo
de Dios, estaba en poder de gente bárbara, fiera y cruel; padecía por esta
causa una servidumbre de cada día más grave. Un hombre, llamado Pedro, de noble
linaje, natural de Amiens en Francia, y que en su menor edad con el ejercicio
de las armas había endurecido el cuerpo, llegado a
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edad de varón, por desprecio de las cosas humanas
pasaba su vida en el yermo. Éste fue por su devoción a Jerusalén para visitar
aquellos lugares, y asegurado entre los bárbaros por su pobreza, mal vestido,
su rostro contentible y pequeña estatura, tuvo lugar de mirarlo todo y calar
los secretos de la tierra; consideró cuán atroces y cuán crueles trabajos los
nuestros en aquellas partes padecían. Era en aquella sazón obispo de Jerusalén
Simón; trataron el negocio entre los dos, y con cartas que le dio para el sumo
pontífice y amplísima comisión, dio la vuelta para Europa.
El papa Urbano, oído que hubo a Pedro y leído las
cartas del patriarca, afligióse gravemente. Abrasábale la afrenta de la
religión cristiana; que aquella tierra en que quedaron impresas las pisadas del
Hijo de Dios, origen de la religión, y en otro tiempo albergue de la santidad,
estuviese yerma de moradores, falta de sacerdotes y de todo lo al. Que los
bárbaros, no sólo contra los hombres, sino contra la santidad de los lugares
sagrados, hiciesen la guerra con odio perpetuo y gravísimo de la cristiana religión
sin que nadie les fuese a la mano. Esta mengua le aquejaba y le parecía
intolerable. Los emperadores griegos, que debieran ayudar por caerles esto más
cerca, y por el miedo y peligro que corrían a causa de los turcos, que los
tenían a las puertas, gente bárbara y cruel, con el cuidado de sus cosas y
otros embarazos poco se curaban de las ajenas y comunes. Los reinos de
occidente, por estar lejos sin sospecha y sin recelo, no hacían caso del daño
común, y de ninguna cosa menos cuidaban que de la injuria y afrenta de la
religión y del cristianismo. El pontífice Urbano, aunque congojado con estos
cuidados y dificultades, en ninguna manera se desanimó; determinóse intentar
una cosa dificultosa en la apariencia, pero en efecto saludable. Convocó a los
señores y prelados de todo el occidente para hacer concilio y tratar en él lo
que a la religión y a la cristiandad tocaba. Desde allí como con trompeta
pensaba tocar al arma, despertar e inflamar los ánimos de todos los cristianos
a la guerra sagrada, confiado que a tan buena empresa no faltaría el ayuda de
Dios. Señaló para el concilio a Claramonte, ciudad principal en Alvernia y en
Francia.
Entre tanto que estas cosas se movían en Italia y
en Francia, y con embajadas que el pontífice enviaba a todas las naciones, las
convidaba para juntar sus fuerzas, ayudar a la querella común con consejo y con
lo demás, y que con el aparato de esta guerra ardían las demás provincias, en
España las cosas de los cristianos empeoraban, y parece andaban cercanas a la
caída por la venida y armas de los almorávides. Nunca ni con mayor
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ímpetu se hizo la guerra, ni con mayor peligro de
España. Ensoberbecida aquella gente fiera y bárbara con el progreso de las
victorias y próspero suceso de sus empresas y con el imperio que se les
juntara, fortificados y arraigados en España, volvieron contra los nuestros las
armas. Entran por el reino de Toledo, meten a fuego y a sangre toda aquella
comarca, robando y saqueando todo lo que se les ponía delante. En particular se
apoderaron de las ciudades y pueblos que en aquella parte y en los celtíberos había
dado a Zaida su padre en dote, es a saber, Cuenca, Uclés, Huete.
Envió el rey don Alfonso a hacer rostro a los moros
dos condes, que fueron don García, su cuñado, casado con su hermana, y don
Rodrigo con un buen ejército que les dio. Vinieron a las manos con los moros;
fueron los nuestros vencidos en batalla y desbaratados cerca de un pueblo
llamado Roda, que se entiende llama Plinio Virgao, puesto entre el río
Guadalquivir y el mar Océano. El rey don Alfonso, movido de tantos daños y por
el recelo del peligro mayor que amenazaba, entendió finalmente el grave yerro que
hizo en llamar a los moros. Acudió con nueva diligencia a reparar el mal pasado
y los males; hizo en todo su reino levantar mucha gente, y juntados socorros de
todas partes, formar un grueso ejército. Muchos de su voluntad vinieron de las
provincias comarcanas a ayudar, movidos por el peligro que las cosas de los
cristianos corrían. Cerca de Cazalla, pueblo que cae no lejos de Badajoz, se
dio de nuevo la batalla de poder a poder; los cristianos quedaron asimismo
vencidos (grande lástima y mengua) y muchos de ellos muertos en el campo. Sin
embargo, don Alfonso no perdió en manera alguna el ánimo, como el que ni por
las cosas prósperas se ensoberbecía, ni por las adversas se espantaba.
Con gran presteza se rehizo de fuerzas, y con
nuevos socorros aumentado su ejercito, rompió y entró por fuerza hasta Córdoba,
hizo estragos de hombres y ganados, sin perdonar a los edificios ni a los
campos. El tirano, desconfiado de sus fuerzas por habérsele desbandado el
ejército que tenía, fortificóse dentro de Córdoba, ciudad grande y muy fuerte;
sólo hubo algunas escaramuzas y rebates. Aconteció que Abdalá, de noche, con
número de soldados, hizo contra los nuestros una encamisada; mas los moros fueron
rechazados y muertos, preso el capitán, y el día siguiente en presencia de los
moros que desde los adarves miraban lo que pasaba, fue hecho pedazos y quemado
vivo y con él otros sus
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compañeros: castigo cruel; pero la desgracia de su
suegro Benabet y la pena que de ella el rey tomó excusa y alivia aquella
crueldad, y aún hizo que fuese la alegría de la victoria más colmada. El moro
Alí, cansado del largo cerco, se rindió presto a todo lo que le fuese mandado.
De presente le condenaron en gran suma de dinero, y que para adelante en cada
un año pagase cierto tributo y parias. Con esto le dejaron lo que lo tomaran,
como a feudatario de los reyes de Castilla. Principio muy honroso para el rey
don Alfonso y muy saludable para la provincia, por entenderse con tanto, que
las armas y fuerzas de aquellos bárbaros podían ser vencidas, domados sus
bríos.
Ordenadas las cosas de Andalucía, la guerra
revolvió contra la Celtiberia, parte de Aragón. Cercaron a Zaragoza y con
grandes ingenios la combatieron. Los ciudadanos no rehusaban de pagar cada un
año algunas parias, a tal empero que el rey los recibiese debajo de su amparo,
y que luego sin hacer daño se partiese de aquella comarca. Era honroso este
asiento para el rey; mas para no alzar el cerco prevaleció el deseo y esperanza
de apoderarse de aquella ciudad, dado que por pretender cosas grandes y no contentarse
con lo razonable se perdió lo uno y lo otro. Porque Yusuf, apercibido de nuevo
ejército de almorávides, dinero, infantería, caballería y de todo lo al para la
guerra necesario, de África pasó a España espantoso y feroz con intento de
reprimir los diseños de Alí y castigar su deslealtad y de camino rebatir las
fuerzas de los cristianos. Su venida se supo en un mismo tiempo en la ciudad y
en los reales; a los moros con esperanza de mejor fortuna puso ánimo; al rey
don Alfonso forzó por miedo del peligro y de mayor mal, alzado el cerco, volver
atrás.
Las armas de Yusuf procedían prósperamente, porque
de primera llegada se apoderó de Sevilla, do el tirano Alí estaba, al cual
cortó la cabeza; tras esto, luego Córdoba se le rindió. A ejemplo de estas dos
ciudades, todas las demás del Andalucía y aún todas las que en España restaban
en poder de los moros, en breve se pusieron debajo de su obediencia y tomaron
su voz, unas de voluntad, otras por fuerza. Algunas asimismo, confiadas en el
esfuerzo y prosperidad del nuevo rey, sacudían de sí el yugo del imperio
cristiano, y no querían hacer los homenajes acostumbrados.
No parecía el rey don Alfonso debía disimular
aquellos desaguisados ni descuidarse en el peligro que amenazaba, por juntarse
de nuevo a cabo de tanto tiempo las fuerzas de los moros de África con las de
los de
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España en perjuicio de los cristianos. Acordó,
pues, ganar por la mano y darles guerra con todas sus fuerzas. Mandó hacer
todos los apercibimientos necesarios; juntar armas, caballos, vituallas,
dineros; acudir a la guerra, no sólo los legos, sino los eclesiásticos; alistar
soldados nuevos y viejos, procurar socorros de fuera. Muchos extranjeros,
movidos por el peligro de España y encendidos en deseo de ayudar en aquella
guerra, de su voluntad vinieron, en especial de Francia; entre estos Raimundo o
Ramón, hermano del conde de Borgoña, y su deudo Enrique, el cual, dado que era
natural de Besanzon, ciudad antiguamente la mayor de los secuanos en Borgoña,
de donde le llamaron Enrique de Besanzon o Besontino; pero era de la casa y
linaje de Lorena, y adelante fundó la gente y reino de Portugal. Vino asimismo
otro pariente de Enrique, llamado Raimundo, conde de Tolosa y de San Egidio.
Seguía a estos señores buen golpe de gente francesa; soldados valientes, de
grande e increíble prontitud para acometer la guerra. Acudió demás de estos don
Sancho, rey de Aragón, el cual bien que era de grande edad, tenía brío y ánimo
de mozo y muy aventajada destreza, adquirida con el continuo uso de las guerras
que hizo contra los moros.
De todas estas gentes se juntó y formó un ejército
muy lucido y grande, tanto, que no dudaron acometer las fronteras de los
enemigos; entraron adentro en el Andalucía, hicieron estragos, sacos y robos en
todos los lugares. No se descuidaron los moros de hacer sus diligencias. Cerca
de un lugar llamado Alagueto se juntaron los reales y se dieron vista los unos
a los otros. Yusuf, por no ser igual en fuerzas, como caudillo recatado y
prudente, excusó la batalla; su partida fue semejante a huida, lo que dio a entender
la priesa en el retirarse y desamparar gran parte del fardaje. Pareció al rey
don Alfonso que con la huida del moro se debía contentar y no aventurar la
reputación que con esto se ganara; además que su ejército, como compuesto de
tantas gentes diferentes en lenguas, costumbres y leyes, no se podía entretener
largo tiempo. Acordó dar la vuelta a la patria con sus soldados cargados de
despojos y alegres por el buen principio.
Las armas de los almorávides, después de esta
afrenta y desmán, sosegaron por algún tiempo, demás que a Yusuf fue forzoso
acudir a África y ocuparse en asentar el estado de su nuevo reino. El rey don
Alfonso no se descuidaba en el entre tanto de aparejarse, por tener entendido
que muy presto volvería la guerra con mayor fuerza que antes. Determinó hacer
nuevas alianzas y ganar con esto y obligarse las
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voluntades de los príncipes extraños; en particular
con aquellos tres señores que vinieron de Francia, para mas prendarlos y en
premio de la ayuda que le dieron y de sus servicios, casó otras tantas hijas
suyas. Con Ramón, conde de Tolosa, casó doña Elvira; con Enrique de Lorena doña
Teresa, ambas habidas fuera de matrimonio, como arriba se ha dicho, pero
criadas con regalo y con aparato real y con esperanza de gran estado. A Ramón
el de Borgoña dio por mujer a doña Urraca, su legítima hija; de este príncipe
se dice que reedificó y pobló la ciudad de Salamanca por mandado del rey, su
suegro. Demás de esto, con el conde don Rodrigo casó doña Sancha, hija del rey
y de doña Isabel, su mujer; de éste dicen que descienden los Girones, señores
de grande y antigua nobleza en España.
A don Enrique señaló en dote todo lo que en
Portugal tenía ganado de los moros, con título de conde y con condición que
fuese vasallo de los reyes de Castilla y viniese a las Cortes del reino y a la
guerra con sus armas y gentes todas las veces que fuese avisado. Estos fueron
los principios y las zanjas de aquel nuevo reino de Portugal, apellido que tomó
poco adelante de este tiempo, y le conservó por más de cuatrocientos años, en
que tuvo reyes propios, descendientes de este príncipe y primer fundador suyo.
A don Ramón de Borgoña dio el gobierno de Galicia con título de conde, nombre
de que solían usar los gobernadores de las provincias, y en dote la esperanza
de suceder en el reino si faltase acaso el infante don Sancho, hijo del rey. Al
conde de Tolosa dieron en dote muchas preseas y joyas, gran cantidad de oro y
de plata, ningún estado en España, por tratar de volverse a Francia, do poseía
grandes tierras y gran dictado. Puédese sospechar que la misma Tolosa se le dio
en dote como sujeta a estos reyes, según de suso dos veces queda apuntado.
Quién dice que por las armas de don Alfonso el año
1093 se ganó la ciudad de Lisboa. Si fue así o de otra manera, no lo sabría
determinar. A la verdad, no pocas veces aquella ciudad se ganó y se perdió como
prevalecían las armas, ya de moros, ya de cristianos, y últimamente se ganó de
los moros pocos años adelante, desde el cual tiempo permaneció perpetuamente en
la posesión y señorío de los cristianos.
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II. Cómo
don Sancho Ramírez, rey de Aragón, fue muerto
El año siguiente, que se contaba del nacimiento de
Cristo 1094, fue señalado por nacer en él don Alfonso, hijo de don Enrique, el
de Lorena, y de su mujer doña Teresa, el cual con sus armas y valor dio lustre
al nombre de Portugal. Extendió su señorío, y fue el primero de aquellos
príncipes que tomó nombre de rey por permisión de los pontífices romanos, en
que se mantuvo contra la voluntad de los reyes de Castilla.
Pero el mismo año fue desgraciado por lo desastrada
muerte que sobrevino a don Sancho, rey de Aragón, a quien asimismo deben los
aragoneses la loa, no sólo de haber bien gobernado y conservado aquel reino
como lo hicieron sus antepasados, sino de le dejar acrecentado y colmado de
todos los bienes. Él fue el primero que de los montes ásperos y encumbrados, do
los reyes pasados defendían su imperio y señorío, no menos confiados en la
maleza de los lugares que en las armas, abajó a los campos rasos y a la llanura,
y ganó por las armas gran número de ciudades y lugares. Dio guerra continua a
los reyes moros de Balaguer, de Lérida, de Monzón, de Barbastro y de Fraga; y
vencidos, los forzó primeramente que le pagasen parias, después con un largo y
trabajoso cerco tomó a Barbastro, noble ciudad puesta junto al río Vero, de
gran frescura y deleitosos campos. La fortaleza de las murallas espantaba; mas
la constancia del rey y de los suyos venció todas las dificultades; como de
todas partes arremetiesen, y la furia no amansase ni aflojase de los que
olvidados de las heridas y menospreciada la muerte pretendían apoderarse de
aquella plaza, fue entrada por fuerza y puesta a saco. Salomón era a la sazón
obispo de Roda; otros le llaman Arnulfo; lo más cierto que a los tales obispos
de Roda quedó desde entonces sujeta la iglesia de Barbastro. Item, que en aquel
cerco murió Armengaudo o Armengol, conde de Urgel, por donde le llamaron
Armengol de Basbastro, que fue la causa por el deseo de vengar aquel desastre y
satisfacerse (ca era suegro del rey, padre de la reina doña Felicia) de
maltratar los moradores de aquella ciudad, al tomarla y que la matanza fuese
grande.
Bolea, que es un pueblo a la raya de Navarra en los
ilérgetes, a la ribera del río Cinca, do duró mucho la guerra, se ganó de los
moros. Al tanto Monzón, villa fuerte en aquella comarca por su asiento y por el
alcázar que tenía, con otros pueblos y castillos que sería largo contarlos.
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Fundóse y poblóse Estella por este tiempo en
Navarra, pequeño lugar entonces, al presente ciudad noble en aquel reino; y
porque el rey don Sancho trataba de ir sobre Zaragoza, cinco leguas más arriba
de aquella ciudad a la ribera de Ebro edificó un castillo, llamado Castellar,
para efecto de reprimir las correrías de los moros; demás de esto, para con
ordinarias salidas y cabalgadas que desde allí quería se hiciesen tener todos
los alrededores trabajados; en que pasaron tan adelante los soldados que puso
en aquella plaza, que quitados los bastimentos a la misma ciudad, muchas veces
parecía tenerla cercada.
En los pueblos dichos antiguamente vascetanos se
edificó la villa de Luna, en ninguna cosa más señalada que en dar principio al
linaje y familia de los Lunas, muy ilustre y muy antiguo en Aragón. La cabeza y
fundador de este linaje fue Bacalla, hombre principal, a quien don Sancho hizo
donación de aquel pueblo; rey que fue verdaderamente grande, y con el lustre de
todas las virtudes esclarecido, y sobre todo señalado en piedad y devoción.
Alcanzó de Alejandro II, sumo pontífice, que el
monasterio de San Juan de la Peña con los demás de su reino fuesen exentos de
la jurisdicción de los obispos. Alegaban por causa de esta exención y para
alcanzarla la codicia de los obispos, que se entregaban libremente en los
bienes de los monasterios. A la verdad las costumbres de los monjes en aquel
tiempo, de que san Bernardo se queja, y sus deseos, se inclinaban demasiado a
pretender libertad, tanto, que de ordinario sus abades impetraban privilegio para
usar de las insignias de los obispos, mitra, báculo, muceta, en señal que
tenían autoridad obispal; camino inventado y traza para ser exentos de los
ordinarios. El pecado de codicia que se imputaba a los obispos también alcazaba
al rey; esto fue lo que principalmente en sus costumbres se nota, que
libremente metió la mano en los bienes eclesiásticos y preseas de los templos.
Parecía excusarle en parte la falta de dinero que tenía, la pobreza y los
grandes gastos de la guerra, además de una bula que ganó de Gregorio VII, sumo
pontífice, en que le concedió facultad para que a su voluntad trocase, mudase y
diese a quien por bien tuviese los diezmos y rentas de las iglesias que, o de
nuevo fuesen edificadas, o ganadas de los moros. Sin embargo, él con ilustre ejemplo
de modestia y santidad, algunos años antes de este, afligido del escrúpulo que
de aquel hecho le resultó y para sosegar la murmuración del pueblo, causada por
aquella libertad, en Roda en la iglesia de San Victorián, delante el altar de
San
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Vicente, con grande humildad, gemidos y lágrimas
pidió de lo hecho públicamente perdón, aparejado a enmendarse. Hallóse presente
Raimundo Dalmacio, obispo de aquella ciudad, al cual mandó restituir
enteramente todo lo que le fuera quitado. Los príncipes que en nuestra edad
siguen las pisadas de este rey en apoderarse de los bienes eclesiásticos
deberían imitar su penitencia, por lo menos temer su fin, que fue de la manera
que se dirá.
Continuaba en su costumbre de trabajar con guerra
continua a los moros, en particular a Abderramán, rey de Huesca; habíase
apoderado por las armas de todos los lugares de aquella comarca, y tomado que
hubo también a Montearagón, pueblo que está una legua de aquella ciudad,
procuraba fortificarlo con grandes pertrechos para desde allí molestar
continuamente aquellos ciudadanos de Huesca. No paró aquí, sino que
últimamente, juntadas sus gentes, puso sitio sobre aquella ciudad. En los
collados alrededor repartió sus guarniciones con intento que nadie pudiese
salir ni entrar. Los reales principales puso en un montecillo o recuesto, que
desde aquel tiempo, del nombre del rey, llamaron Poyo de Sancho. Era la ciudad
muy fuerte y como reparo por aquella parte de todo el señorío de los moros, no
de otra manera que lo fue en tiempo de los romanos, cuando por muestra de su
fortaleza la llamaron antiguamente ciudad vencedora. El cerco iba a la larga, y
no se podía ganar por fuerza. Los de Huesca trataron con don Alfonso, rey de
Castilla, que los socorriese. Acostumbran los reyes, cuando se muestra
esperanza de provecho, procurar más sus particulares intereses, que tener
cuenta con el deber, con la religión y con la fama. Otorgó con su petición; era
cosa afrentosa ayudar a los moros al descubierto. Parecióle buen consejo
acometer por la parte de Vizcaya las tierras de Navarra, y con esto divertir
las fuerzas de Aragón y hacer que no fuesen bastantes para la una y para la
otra guerra; envió para este efecto al conde don Sancho. Saliéronle al
encuentro los infantes de Aragón, don Pedro y don Alfonso, por mandado de su
padre el rey don Sancho, que forzaron a los enemigos sin hacer algún efecto
volver atrás y dejar lo comenzado.
El cerco iba adelante y se apretaba de cada día
más, cuando sucedió una grande desgracia. El rey don Sancho, cansado del largo
cerco, andaba mirando los muros de la ciudad, y como advirtiese un lugar a
propósito por do le pareció se podría acometer y entrar, extendió el brazo para
le mostrar a los que le acompañaban; flecharon una saeta del adarve al mismo
punto,
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que le hirió debajo del mismo brazo; la herida fue
mortal; los naturales decían ser castigo y venganza de Dios por los bienes de
las iglesias en que puso en otro tiempo la mano. Murió a 4 del mes de junio; su
cuerpo llevaron a Montearagón, y le depositaron en el monasterio de Jesús
Nazareno, que él mismo edificó. Desde allí, ganada la ciudad, fue trasladado a
San Juan de la Peña, donde por lo menos se muestra el sepulcro de doña Felicia,
su mujer, con su letrero, que falleció los años pasados.
Sin embargo, los hijos, como les fue mandado por su
padre, llevaron adelante el cerco, determinados de no partirse de allí antes de
vengar aquel desastre y destruir aquella ciudad. Don Pedro en vida de su padre
se llamaba rey de Ribagorza y Sobrarbe, y de Berta, su mujer, a quien otros
llaman doña Inés, tenía un hijo de su mismo nombre; otros le dan nombre de don
Sancho. Al presente él mismo por la muerte de su padre heredó todos los demás
estados; a don Alfonso quedaron algunos pueblos. El menor de sus hermanos, que
se llamó don Ramiro, en el monasterio de San Ponce de Tomer, puesto en el
territorio de Narbona, a las riberas del río Jauro, tomara el hábito de monje
con menosprecio de las cosas humanas y por mandado de su padre, como se
entiende por un privilegio que el año pasado el mismo rey dio al abad de aquel
convento, llamado Frotardo, en que le hace donación por este respeto para
sustento de los monjes de grandes posesiones, dehesas y heredades.
El cerco de Huesca duró mucho, no menos que seis
meses, como dicen algunos; otros pretenden que pasó de dos años. Los cercados,
cansados de tantos males y reducidos a extrema falta de mantenimientos,
llamaron en su ayuda a Almozabén, rey de Zaragoza, y a don García, conde de
Cabra, y a otro señor principal, que se decía don Gonzalo; ca en aquella
revuelta de tiempos y estrago de costumbres no se tenía por escrúpulo que
cristianos ayudasen a los moros contra otros cristianos. Don Gonzalo no fue
allá; pero un buen número de los suyos que envió y el conde don García se
juntaron con el rey moro, que con gran diligencia tenía levantada una grande
morisma, y partieron con estas gentes de Zaragoza. Estaba el negocio en grande
riesgo y casi extremo. El mismo don García, quier con buen ánimo, o con muestra
fingida de amistad, amonestó al nuevo rey don Pedro, y le avisó que si no
quería perderse, alzado el cerco, diese luego vuelta a su tierra.
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Prevaleció contra el miedo el deseo de la honra y
el homenaje con que los hermanos se obligaron a su padre a la hora de su
muerte, de no desistir antes de tomar la ciudad. Extiéndese junto a la ciudad
una llanura, llamada Alcoraz, muy conocida por el suceso de esta batalla. En
aquel llano se determinaron los cristianos de encomendarse a sus brazos y a
Dios, y para lo tener más favorable por medio de sus santos, trajeron a los
reales el cuerpo de san Victorián. Demás de esto, la noche antes le apareció al
rey una visión de persona más que humana, que le amonestaba con grande ánimo
diese la batalla, seguro de la victoria. En la vanguardia iba el infante don
Alfonso, en la retaguardia el mismo rey, el cuerpo de la batalla encomendó a
Lisana y Bacalla, hombres muy nobles y valientes; la caballería puso por
frente. Estos comenzaron la pelea, siguiéronles los estandartes de la
infantería. Los bárbaros con su muchedumbre henchían los campos y valles
comarcanos. Cerraron los escuadrones; la pelea fue muy brava; ninguna en aquel
tiempo ni de mayor peligro, ni de más dichoso fin. No se oía por todo el campo
sino gemidos de los que caían, vocería de los que peleaban, estruendo y ruido
de las armas. Era cosa digna de ver los hombres y las mujeres que desde los
adarves miraban la pelea y cómo iban las cosas de los moros; a veces se
mostraban alegres, a veces medrosos. Duró la pelea hasta que cerró la noche sin
entenderse del todo ni declararse la victoria por ninguna de las partes. Los
nuestros sobrepujaban en la causa, esfuerzo y destreza del pelear; el número de
los enemigos era mayor. Estuvieron armados hasta que amaneció el día siguiente;
tan grande era el deseo de volver a la pelea, y aún el miedo no menor que
entrara en el ánimo de los cristianos. Con el sol se supo que los moros,
desamparados los reales, con su rey Almozabén, a toda prisa se retiraban a
Zaragoza.
Siguieron luego el alcance por la huella, sin cesar
de matar y prender a todos los que hallaban; en la pelea y en el alcance
llegaron los muertos a cuarenta mil. De los nuestros apenas faltaron mil, pocos
en número para tan señalada victoria, y personas no de mucha cuenta, ni por su
linaje ni hazañas. El conde don García fue preso; después de la pelea
recogieron los despojos; los campos cubiertos de cuerpos muertos, armas, ropa,
caballos, miembros cortados, pechos atravesados con hierro, la tierra teñida y bañada
de sangre. Algunos dicen que san Jorge fue visto andar entre las haces, y que
con su ayuda se ganó aquella victoria; otros que un cierto del linaje de los
Moncadas, que había estado el mismo día en la Siria y ciudad
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de Antioquia, anduvo en un caballo en esta batalla.
El vulgo, amigo de milagros y para hacer más alegre lo que se cuenta, suele
añadir fábulas a la victoria; bastará a nuestro cuento que lo que es verosímil
se reciba por verdad. Concuerdan los autores en que en adelante las armas de
los reyes de Aragón fueron una cruz en campo plateado, en los cuarteles del
escudo cuatro cabezas rojas con la sangre de otros tantos reyes y capitanes que
murieron en esta batalla, que se dio a 18 de noviembre, y el noveno día adelante
aquella muy noble ciudad, perdida toda esperanza de defenderse, se rindió.
El siguiente mes, a 17 de diciembre, consagraron la
mezquita mayor en iglesia. Halláronse a esta consagración los obispos
Berengario, el que Bernardo, arzobispo de Toledo, de Vic le pasó a Tarragona,
como se dirá luego; Amato, prelado de Burdeos; Folch, de Barcelona; Pedro, de
Pamplona; Sancho, de Lascar, y con los demás otro Pedro, que se intitulaba
obispo de Aragón y de Jaca, y tomada esta ciudad, se llamó obispo de Huesca. En
el lugar de la batalla mandó el rey edificar una iglesia de San Jorge, patrón de
la caballería cristiana.
Por el mismo tiempo se dio principio en Pamplona a
la nueva fábrica de la iglesia mayor, cuyos rastros todavía se ven. Mandóse que
los canónigos viviesen como religiosos conforme a la regla de san Agustín;
estatuto que de aquel principio se guarda también el día de hoy, que son
canónigos regulares y siguen vida común. En el mismo tiempo que Pedro era
obispo de Pamplona fue también Gomesano obispo de Burgos, sucesor de Jimeno,
aquel en cuyo tiempo la silla obispal desde Oca, do hasta entonces de muy antiguo
tiempo estuvo, se trasladó a Burgos. Los arzobispos de Tarragona y Toledo
pretendían cada cual que la iglesia de Burgos le era sufragánea; el pleito duró
tiempo y fue ocasión que los pontífices romanos, por no poderlos conformar ni
concertar, mandasen que aquel obispado quedase exento sin reconocer a la una
iglesia ni a la otra por metropolitana; lo cual se guardó por largos años hasta
que poco ha la erigieron en arzobispal.
III. Cómo
don Bernardo, arzobispo de Toledo, se partió para la guerra de la Tierra-Santa
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En el tiempo que estas cosas que se han dicho
sucedieron en Aragón y en otras partes de España, las demás provincias de
cristianos andaban ocupadas en los aparejos que se hacían para la guerra de la
Tierra Santa; caballos, armas, libreas, ruido de atambores y sonido de
trompetas, asonadas de guerra por todas partes. Los mares, tierras, campos,
pueblos con mezcla y revolución de todas las gentes y rumores de la guerra
andaban alborotados. El mismo pontífice Urbano, en Claramonte, ciudad que
Sidonio y los antiguos llamaron Arverno, celebraba concilio general de prelados
y señores seglares, que de todas las provincias acudieron a su llamado el año
de 1096. Desde allí despertó como con trompeta a todas las naciones cuan
anchamente se extendían los términos del imperio cristiano. Leyéronse en el
concilio las cartas de Simón, obispo de Jerusalén; refirióse la embajada y
comisión que Pedro, natural de Amiens, traía. Muchos ciudadanos de Jerusalén y
de Antioquía, hombres santos y nobles, huidos de sus casas, con lágrimas,
gemidos y maltratamiento que representaban en su traje movían a compasión los
ánimos de todos los que presentes estaban. El pontífice con esta ocasión a
manera de orador en la junta hizo un razonamiento de esto tenor:
«Oído habéis, hijos carísimos, los males que
vuestros hermanos padecen en Asia; sus desastres son afrenta nuestra, mengua y
deshonra de la religión cristiana, digna, si fuésemos hombres, de que se
remediase con la vida y con la sangre. Ninguno puede escapar de la muerte por
ser cosa natural. El mayor de los males es con deseo de la vida sufrir torpezas
y fealdades y disimularlas. Justo es que restituyamos el espíritu, salud y vida
a Cristo que nos la dio; la virtud y el valor, propia excelencia del nombre y
linaje cristiano, suele rechazar la afrenta. Las fuerzas y ejércitos que hasta
aquí, mal pecado, habéis gastado en las guerras civiles, empleadlas por Dios en
empresa tan honrosa y de tanta gloria. Vengad las afrentas de Cristo, Hijo de
Dios, que cada día y tantas veces es herido, azotado y muerto de la impía y
bárbara gente cuantas sus siervos son oprimidos, afligidos y ultrajados, y
profanan aquella tierra, y la ensucian, que Cristo consagró con sus pisadas.
¿Por ventura puede haber causa más justa de hacer la guerra que volver por la
religión, librar los cristianos de servidumbre, cuales Dios inmortal quiso
fuesen señores de todas las gentes? Si de las guerras se pretende y desea
interés, ¿de dónde le podéis esperar mayor que en hacerla a una gente sin
fuerzas y que más trae a la guerra despojos que armas? Nunca Asia fue igual en
fuerzas a
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Europa; allí las riquezas, oro, plata, piedras
preciosas, de que los hombres hacen tanta estima. Si se busca la gloria, ¿por
ventura puédese pensar cosa mas honrosa que dejar a los hijos y descendientes
tal ejemplo de virtud, ser llamados libertadores del mundo, conquistadores del
oriente, vengadores de las afrentas de la religión cristiana? Riquezas no
faltan para los gastos, gente y soldados excelentes en la edad, fuerza,
consejo, ejercitados en las armas. ¿Por ventura, apercibidos de tantas ayudas,
dejaremos que la gente malvada y sucia haga burla de la majestad de la religión
cristiana? Cristo será el capitán, el estandarte la cruz, ninguna cosa hará
constraste a la virtud y piedad. Sola vuestra vista les pondrá espanto, no la
podrán sufrir. Yo a lo menos lo que debo a Dios, lo que a la religión
cristiana, por la cual puesto como en atalaya y centinela estoy determinado de
velar días y noches, cuanto pudiere con cuidado, trabajo, vigilias, autoridad y
consejo, todo lo emplearé en esta demanda. Que si otros no me siguieren, estoy
determinado meterme por las espadas de los enemigos y procurar con nuestra
sangro el remedio de tan grandes cuitas, desventuras y desastres como padecen
nuestros hermanos. Ningún trabajo en tanto que viviere, ningún afán, ningún riesgo
rehusaré de acometer por el bien de la república y honra de la religión».
Con este razonamiento del pontífice inflamados
todos los presentes, los mayores, medianos y menores, se encendieron a tomar
las armas; toda tardanza les era pesada. Ademaro, obispo de Anicio, de los
vellaunos, de Puis por otro nombre, y Guillermo, obispo de Oranges, fueron los
primeros que postrados a los pies del pontífice tomaron la señal de la cruz,
que era la divisa y blasón de la guerra; después de ellos hicieron lo mismo
nobilísimos príncipes de Francia, Italia y España, y por su ejemplo un infinito
número de otra gente menuda. Hugon, hermano de Felipe, rey de Francia, fue el
más principal; tras de él Gotifredo o Jofré, hijo de Eustacio, conde de Boloña
y duque de Lorena, al cual, tomado que hubieron la ciudad de Jerusalén, porque
fue el primero a la entrada, por votos libres de todos nombraron por rey de
Jerusalén; honra perpetua de Francia y de Boloña, su patria, ciudad puesta en
la Galia Bélgica cerca del mar Océano. Demás de estos, se ofrecieron para
aquella empresa los hermanos del Gotifredo o Jofré, Eustacio y Balduino, los
condes Roberto, de Flandes; Esteban, de Bles; Alpino, de Burges; Ramón, de
Tolosa; en cuya compañía fue doña Teresa, su mujer, y parió en la Siria el
segundo hijo, que se llamó Alfonso Jordán, por haber sido bautizado en el río
Jordán. De España
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otrosí acudieron a la empresa los condes Guillén,
de Cerdaña, que murió en aquella jornada de una saeta con que le hirieron en la
ciudad de Trípoli de la Siria, por donde asimismo le llamaron por sobrenombre
Jordán; Guitardo, de Rosellón, y Guillén, conde canetense. En Italia Boamundo,
príncipe de la Pulla, dejado a su hermano Rogerio su estado, sobre que traían
diferencias, acompañado de doce mil combatientes, siguió a los demás príncipes
en aquella sagrada jornada. Bernardo, arzobispo de Toledo, como quier que era
de gran corazón, dado que hubo asiento en las cosas de aquella su diócesis, y
puesto en la iglesia mayor de Toledo para su servicio treinta canónigos y otros
tantos racioneros, tomada la señal y divisa de la cruz se partió para esta
guerra.
De su partida resultó un gran desorden. Apenas era
salido de la ciudad, cuando los canónigos que dejó, sea por odio que le
tuviesen por ser extranjero, o entender que no volvería, arrebatadamente se
juntaron y nombraron nuevo prelado en lugar de Bernardo. Defendían algunos la
razón; pero los más votos, como muchas veces acontece, prevalecieron contra los
menos, aunque sintiesen mejor, y los echaron de la ciudad. Bernardo, avisado de
lo que pasaba, con aquella mala nueva tornó a Toledo y allanó la revuelta; echados
aquellos sacerdotes que fueron autores y ejecutores de aquel mal consejo, puso
en su lugar monjes del monasterio de Sahagún, en que él fuera antes abad;
ocasión, según dicen algunos, que muchas maneras de hablar y vocablos propios
de monjes y ceremonias se pegaron a la iglesia mayor de Toledo, que de mano en
mano se han conservado y usado hasta el día de hoy. Hecho esto, se puso de
nuevo en camino.
Llegado a Roma, fue forzado por el pontífice Urbano
a volver atrás, por quedar en España tanta guerra y porque Toledo por ser de
nuevo ganada parecía tener necesidad de la ayuda, presencia y diligencia de
quien la gobernase. Absolvióle del voto que tenía hecho de ir a la
Tierra-Santa, a tal que los gastos y dinero que tenía apercibido para aquella
guerra emplease en reedificar a Tarragona, ciudad que por el esfuerzo y armas
del conde de Barcelona en esta sazón era vuelta a poder de cristianos. Era muy
noble antiguamente y poderosa por su antigüedad y ser silla del imperio romano
en España; mas en aquel tiempo se hallaba reducida a caserías y era un pueblo
pequeño. Reparóla pues don Bernardo, y en ella puso por arzobispo a Berengario,
obispo de Vic, ciudad que quiso asimismo fuese sufragánea de Tarragona, para
mas autorizarla. La verdad
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es que el nuevo arzobispo Berengario, olvidado de
este beneficio, puso después pleito a Bernardo, que le había entronizado, sobre
el de la primacía, por antiguas historias, ejemplos y escrituras desusadas de
que se valía para defender los derechos y libertad de su iglesia; como quier
que el de Toledo, por concesión muy fresca del pontífice Urbano, no sólo
alcanzó para sí y para siempre el primado de toda España, sino de presente como
legado del pontífice romano tenía superioridad sobre todas las iglesias y poder
de ordenar sus cosas y enderezarlas, darles prelados y reformarlas.
Con este intento de ejecutar lo que lo ordenó el
Papa, de Francia, cuando por aquella provincia volvía a España, trajo consigo a
Toledo algunas personas de grande erudición y bondad; honrólos de presente con
cargos y gruesos beneficios que les dio, y su virtud el tiempo adelante los
promovió a mayores cosas. Estos fueron Gerardo de Mosiaco, que luego le hizo
primiclerio o chantre de Toledo, después arzobispo de Braga; Pedro, natural de
Burges, de arcediano de Toledo pasó a ser obispo de Osma. Al uno y al otro la
santidad de la vida y excelente virtud puso en el número de los santos. Fuera
de estos vinieron Bernardo y Pedro, naturales de Aagen; Bernardo, de
primiclerio de Toledo fue obispo de Sigüenza y después de Santiago; Pedro, de
arcediano de Toledo subió a ser prelado de Segovia. Otro Pedro, obispo de
Palencia. Jerónimo, natural de Periguex, que a instancia del Cid tuvo cuidado
de la iglesia de Valencia luego que la ganó de los moros; y después que se
perdió, hizo oficio de vicario de obispo en Zamora. Muerto éste, otro Bernardo,
del mismo número, fue el primer obispo de aquella ciudad. En este mismo rebaño,
bien que de diferentes costumbres entre sí, se cuentan Raimundo y Burdino;
Raimundo, natural de la misma patria del arzobispo Bernardo, después de Pedro,
de suso nombrado, fue obispo de Osma, y adelante prelado de Toledo por muerte y
en lugar de dicho Bernardo. Burdino, natural de Limoges, de arcediano de Toledo
pasó a ser obispo de Coimbra y de Braga; últimamente se hizo falso pontífice
romano, de que resultó discordia sin propósito y cisma en el pueblo cristiano,
y él por el mismo caso se mostró ser indigno del número y compañía de los
varones excelentes que de Francia vinieron en compañía de Bernardo, como en
otro lugar mas a propósito se declarará.
IV. Cómo el Cid ganó a Valencia.
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En este medio no estaban en ocio las armas de
Rodrigo de Vivar, por sobrenombre el Cid, varón grande en obras, consejo,
esfuerzo y en el deseo increíble que siempre tuvo de adelantar las cosas de los
cristianos, y a cualquiera parte que se volviese, por aquellos tiempos el más
afortunado de todos. No podía tener sosiego, antes con licencia del rey don
Alfonso en el tiempo que él andaba ocupado en la guerra del Andalucía, como
desuso queda dicho, con particular compañía de los suyos revolvió sobre los celtíberos,
que eran donde ahora los confines de Aragón y Castilla, con esperanza de hacer
allí algún buen efecto, por estar aquella gente con la fama de su valor
amedrentada. Todos los señores moros de aquella tierra, sabida su venida,
deseaban a porfía su amistad. El señor de Albarracín, ciudad que los antiguos
llamaron, quién dice Lobeto, quién Turia, fue el primero a quien el Cid admitió
a vistas y luego a conciertos; después el de Zaragoza, al cual por la grandeza
de la ciudad fue el Cid en persona a visitar. Recibióle el Moro muy bien, como
quier que tenía grande esperanza de hacerse señor de Valencia con ayuda suya y
de los cristianos que llevaba.
La ciudad de Valencia está situada en los pueblos
llamados antiguamente edetanos, a la ribera del mar en lugares de regadío y muy
frescos y fértiles, y por el mismo caso de sitio muy alegre. Demás de esto, así
en nuestra era como en aquel tiempo, era muy conocida por el trato de naciones
forasteras que allí acudían a feriar sus mercadurías y por la muchedumbre,
arreo y apostura de sus ciudadanos. Hiaya, que dijimos fue rey de Toledo, tenía
el señorío de aquella ciudad por herencia y derecho de su padre, ca fue sujeta
a Almenon. El rey don Alfonso otrosí, como se concertó en el tiempo que Toledo
se entregó, le ayudó con sus armas para mantenerse en aquel estado. El señor de
Denia, que lo era también de Játiva y de Tortosa, quier por particulares
disgustos, quier con deseo de mandar, era enemigo de Hiaya y trabajaba con
cerco aquella ciudad. El rey de Zaragoza pretendía del trabajo ajeno y
discordia sacar ganancia. Los de Valencia le llamaron en su ayuda y él deseaba
luego ir, por entender se le presentaría por aquel camino ocasión de apoderarse
de los unos y de los otros.
Concertóse con el Cid, y juntadas sus fuerzas con
él, fue allá. El señor de Denia, por no ser igual a tanto poder, luego que le
vino el aviso de aquel apercibimiento, alzó el cerco concertándose con los de
Valencia. Quisiera el de Zaragoza apoderarse de Valencia, que al que quiere
hacer
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mal nunca le falta ocasión. El Cid nunca quiso dar
guerra al rey de Valencia; excusóse con que estaba debajo del amparo del rey
don Alfonso, su señor, y le sería mal contratado si combatiese aquella ciudad
sin licencia o le hiciese cualquier desaguisado. Con esto el de Zaragoza se
volvió a su tierra. El Cid, con voz de defender el partido del rey de Valencia,
sacó para sí hacer, como hizo, sus tributarios a todos los señores moros de
aquella comarca y forzar a los lugares y castillos que le pagasen parias cada
un año. Con esta ayuda y con las presas, que por ser los campos fértiles eran
grandes, sustentó por algún tiempo los gastos de la guerra.
El rey Hiaya, como fuese antes aborrecido, de nuevo
por la amistad de los cristianos lo fue más; y el odio se aumentó en tanto
grado, que los ciudadanos llamaron a los almorávides, que a la sazón habían
extendido mucho su imperio, y con su venida fue el rey muerto, la ciudad
tomada. El movedor de este consejo y trato, llamado Abenjafa, como por premio
se quedó por señor de Valencia. El Cid, deseoso de vengar la traición, y alegre
por tener ocasión y justa causa de apoderarse de aquella ciudad nobilísima, con
todo su poder se determinó de combatir a los contrarios. Tenía aquella ciudad
grande abundancia de todo lo que era a propósito para la guerra, guarnición de
soldados, gran muchedumbre de ciudadanos, mantenimientos para muchos meses,
almacén de armas y otras municiones, caballos asaz; la constancia del Cid y la
grandeza de su ánimo lo venció todo. Acometió con gran determinación aquella
empresa; duró el sitio muchos días. Los de dentro, cansados con el largo cerco
y reducidos a extrema necesidad de mantenimientos, demás que no tenían alguna
esperanza de socorro, finalmente se le entregaron.
El Cid, con el mismo esfuerzo que comenzó aquella
demanda, pretendió pasar adelante; lo que parecía locura, se resolvió de
conservar aquella ciudad; hazaña atrevida y que pusiera espanto aún a los
grandes reyes por estar rodeada de tanta morisma. Determinado pues en esto, lo
primero llamó a Jerónimo, uno de los compañeros del arzobispo don Bernardo,
desde Toledo para que fuese obispo de aquella ciudad. Demás de esto, hizo venir
a su mujer y dos hijas, que, como arriba se dijo, las dejó en poder del abad de
San Pedro de Cardeña. Al rey, por haber consentido benignamente con sus deseos,
y en especial dado licencia que su mujer y hijas se fuesen para él, envió del
botín y presa de los moros docientos
Página 767
caballos escogidos y otros tantos alfanjes moriscos
colgados de los arzones, que fue un presente real. En este estado estaban las
cosas del Cid.
Los infantes de Carrión, Diego y Fernando, personas
en aquella sazón en España por sangre y riquezas nobilísimos, bien que de
corazones cobardes, por parecerles que con las riquezas y haberes del Cid
podrían hartar su codicia, por no tener hijo varón que le heredase, acudieron
al rey y le suplicaron les hiciese merced de procurar y mandar les diesen por
mujeres las hijas del Cid, doña Elvira y doña Sol. Vino el Rey en ello, y a su
instancia y por su mandado se juntaron a vistas el Cid y los infantes en Requena,
pueblo no lejos de Valencia, hicieron las capitulaciones, con que los infantes
de Carrión en compañía del Cid pasaron a Valencia para efectuar lo que
deseaban. Las bodas se hicieron con grandes regocijos y aparato real.
Los principios alegres tuvieron diferentes remates.
Los mozos, como quier que eran más apuestos y galanes que fuertes y guerreros,
no contentaban en sus costumbres a su suegro y cortesanos, criados y curtidos
en las armas. Una vez avino que un león, si acaso, si de propósito, no se sabe;
pero en fin, como se soltase de la leonera, ellos de miedo se escondieron en un
lugar poco decente. Otro día en una escaramuza que se trabó con los moros que
eran venidos de África, dieron muestra de rehusar la pelea y volver las
espaldas como medrosos y cobardes. Estas afrentas y menguas, que debieran
remediar con esfuerzo, trataron de vengarlas torpemente; y es así, que
ordinariamente la cobardía es hermana de la crueldad. Suero, tío de los mozos,
en quien por la edad era justo hubiera algo más de consejo y de prudencia,
atizaba el fuego en sus ánimos enconados.
Concertado lo que pretendían hacer, dieron muestra
de desear volver a la patria. Dioles el suegro licencia para hacerlo.
Concertada la partida, acompañado que hubo a sus hijas y yernos por algún
espacio, se despidió triste de las que muchas lágrimas derramaban y como de
callada adivinaban lo que aparejado les esperaba. Con buen acompañamiento
llegaron a las fronteras de Castilla, y pasado el río Duero, en tierra de
Berlanga, les parecieron a propósito para ejecutar su mal intento los
robledales, llamados Corpesios, que estaban en aquella comarca. Enviaron los
que les acompañaban con achaques diferentes a unas y a otras partes, a sus
mujeres sacaron del camino real, y dentro del bosque, donde las metieron,
desnudas, las azotaron cruelmente sin que les valiesen los
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alaridos y voces con que invocaban la fe y ayuda de
los hombres y de los santos. No cesaron de herirlas hasta tanto que cansados
las dejaron por muertas, desmayadas y revolcadas en su misma sangre. De esta
suerte las halló Ordoño, el cual, por mandado del Cid que se recelaba de algún
engaño, en traje disimulado los siguió. Llevólas de allí, y en el aldea que
halló más cerca las hizo curar y regalar con medicinas y comida. La injuria era
atroz, la inhumanidad intolerable; y divulgado el caso, los infantes de Carrión
cayeron comúnmente en gran desgracia. Todos juzgaban por cosa indigna que
hubiesen trocado beneficios tan grandes con tan señalada afrenta y deslealtad.
Finalmente, los que antes sabían poco, comenzaron a ser en adelante tenidos por
de seso menguado y sandios.
El Cid, con deseo de satisfacerse de aquel caso y
volver por su honra, fue a verse con el rey. Teníanse a la sazón en Toledo
Cortes generales, y hallábanse presentes los infantes de Carrión, bien que
afeados e infames por hecho tan malo. Tratóse el caso, y a pedimento del Cid
señaló el rey jueces para determinar lo que se debía hacer. Entre los demás era
el principal don Ramón, borgoñón, yerno del rey. Ventilóse el negocio; oídas
las partes, se cerró el proceso. Fue la sentencia primeramente que los infantes
volviesen al Cid enteramente todo lo que de él tenían recibido en dote, piedras
preciosas, vasos de oro y de plata y todas las demás preseas de grande valor.
Acordaron otrosí que para descargo del agravio combatiesen e hiciesen armas y
campo, como era la costumbre de aquel tiempo, los dos infantes y el principal
movedor de aquella trama, Suero, su tío. Ofreciéronse al combate de parte del
Cid tres soldados suyos, hombres principales, Bermudo, Antolín y Gustio. Los
infantes, acosados de su mala conciencia, no se atrevían a lo que no podían
excusar, dijeron no estar por entonces apercibidos, y pidieron se alargase el
plazo.
El Cid se fue a Valencia, ellos a sus tierras. No
paró el rey hasta tanto que hizo que la estacada y pelea se hiciese en Carrión,
y esto por tener entendido que no volverían a Toledo. Fueron todos en el
palenque vencidos, y por las armas quedó averiguado haber cometido mal caso.
Hecho esto, los vencedores se volvieron para su señor a Valencia. Las hijas del
Cid casaron: doña Elvira con don Ramiro, hijo del rey don Sancho García de
Navarra, al que mató su hermano don Ramón, como queda arriba dicho; y doña Sol
con don Pedro, hijo del rey de Aragón, llamado también don Pedro, que por sus
embajadores las pidieron y alcanzaron de su padre. De don Ramiro y doña Elvira
nació Garci Ramírez, rey que fue
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adelante de Navarra. Don Pedro falleció en vida de
su padre sin dejar sucesión. Con estas bodas y con su alegría se olvidó la
memoria de la afrenta e injuria pasada, y se aumentó en gran manera el contento
que recibiera el Cid muy grande por la venganza que tomó de sus primeros
yernos.
La fama de las hazañas del Cid, derramada por todo
el mundo, movió en esta sazón al rey de Persia a enviarle sus embajadores. Esto
hizo mayor y más colmado el regocijo de las fiestas, que un rey tan poderoso,
de su voluntad, desde tan lejos pretendiese confederarse y tener por amigo un
caballero particular. A vista de Valencia por dos veces, en diversos tiempos,
se dio batalla al rey Búcar, que de África pasara en España, y por el esfuerzo
del Cid y su buena dicha fueron vencidos los bárbaros, y se conservó la
posesión de aquella ciudad por toda su vida, que fueron cinco años después que
la ganó. Llegó la hora de su muerte en sazón que estaba el mismo Búcar con un
nuevo ejército de moros sobre la ciudad. Visto el Cid que muerto él no quedaban
bastantes fuerzas para defenderla, mandó en su testamento que todos hechos un
escuadrón se saliesen de Valencia y volviesen a Castilla. Hízose así; salieron
varones, mujeres, niños y gran carruaje y los estandartes enarbolados.
Entendieron los moros que era un grueso ejército que salía a darles le batalla,
temieron del suceso y volvieron las espaldas. Debíase a la buena dicha de varón
tan señalado que a los que tantas veces en vida venció, después de finado
también les pusiese espanto y los sobrepujase.
Los cristianos continuaron su camino sin reparar
hasta llegar a la raya de Castilla. Con tanto, Valencia, por quedar sin alguna
guarnición, volvió al momento a poder de moros. Al partirse llevaron consigo
los que se retiraban el cuerpo del Cid, que enterraron en San Pedro de Cardeña,
monasterio que está cerca de Burgos. Las exequias fueron reales; halláronse en
ellas el rey don Alfonso y los dos yernos del Cid; cosa muy honrosa, pero
debida a tan grandes merecimientos y hazañas. Algunos tienen por fabulosa gran
parte de esta narración; yo también muchas más cosas traslado que creo, porque
ni me atrevo a pasar en silencio lo que otros afirman, ni quiero poner por
cierto en lo que tengo duda, por razones que a ello me mueven y otros las
ponen. En el templo de San Pedro de Cardeña se muestran cinco lucillos del Cid,
de doña Jimena, su mujer, de sus hijos, don Diego, doña Elvira y doña Sol. Si
por ventura no son sepulcros vacíos, que en griego se llaman cenotafios, a lo
menos algunos
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de ellos, que adelante los hayan puesto en señal de
amor y para perpetuar sus memorias, como suele acontecer muchas veces, que
levantan algunos sepulcros en nombre de los que allí no están enterrados.
V. Como fallecieron el papa Urbano, el rey Yusuf
y el infante don Sancho
Gran daño recibieron con la muerte del Cid las
cosas de los cristianos por faltar aquel noble caudillo, con cuyo esfuerzo se
conservaron en tiempo tan trabajoso y en tan grande revuelta de temporales. La
virtud del difunto, la gravedad, la constancia, la fe, el cuidado de defender
la religión cristiana y ensancharla ponen admiración a todo el mundo. Del año
en que murió no concuerdan los autores, ni es fácil anteponer los unos ni la
una opinión a la otra; parece más probable que su muerte cayó en el año del
Señor de 1098.
En el mismo año, el pontífice Urbano, trabajado con
olas de diferentes cuidados por el cisma que Giberto, falso pontífice, levantó
en tan mala sazón, para llegar ayudas de todas partes fue a Salerno con deseo
de verse con Rogerio, conde de Sicilia, y valerse de él, cuya piedad y
reverencia para con los romanos pontífices se alaba mucho por aquel tiempo,
demás que por sus hazañas era muy esclarecido. Por estas obras y servicios que
a la Iglesia hizo le concedió a él y a sus herederos que en Sicilia tuviesen las
veces de legado apostólico y toda la autoridad que hoy llaman monarquía. Docta
bula, porque es muy notable y provechoso que públicamente se sepa, y porque
sobre este derecho han resultado grandes controversias a los reyes de España,
pondremos aquí un traslado en lengua castellana, que dice así:
«Urbano, obispo, siervo de los siervos de Dios, al
carísimo hijo Rogerio, conde de Calabria y de Sicilia, salud y apostólica
bendición. Porque la dignación de la majestad soberana te ha exaltado con
muchos triunfos y honras, y tu bondad en las tierras de los sarracenos ha
dilatado mucho la Iglesia de Dios, y a la santa Silla Apostólica se ha mostrado
siempre en muchas maneras devota, te hemos recibido por especial y carísimo
hijo de la misma universal Iglesia. Por tanto, confiados de la sinceridad de tu
bondad, como lo prometimos de palabra, así bien lo
Página 771
confirmamos con autoridad de estas letras, que por
todo el tiempo de tu vida o de tu hijo Simón o de otro que fuere tu legítimo
heredero, no pondremos en la tierra de vuestro señorío sin vuestra voluntad y
consejo, legado de la Iglesia romana; antes lo que hubiéremos de hacer por
legado, queremos que por vuestra industria, en lugar de legado, se haga todas
las veces que os enviáremos de nuestro lado para salud, es a saber, de las
iglesias que estuvieren debajo de vuestro señorío, a honra de san Pedro y de su
santa Sede Apostólica, a la cual devotamente hasta aquí has obedecido, y a la
cual en sus necesidades has fuerte y fielmente acorrido. Si se celebrare otrosí
concilio, y te mandare que envíes los obispos y abades de tu tierra, queremos
envíes cuántos y cuáles quisieres, los demás retengas para servicio y defensa
de las iglesias. El omnipotente Dios enderece tus obras en su beneplácito, y
perdonados tus pecados, te lleve a la vida eterna. Dado en Salerno por mano de
Juan, diácono de la santa Iglesia romana, a 3 de las nonas de julio, indicción
siete, del pontificado del señor Urbano II, año onceno».
Gaufredo, monje que trae esta bula, escribió su
historia a petición del mismo conde Rogerio. La indicción ha de ser seis para
que concierte con el año que pone del pontificado y con el de Cristo que
señalamos. Esto en Italia.
En España, por concesión del mismo pontífice, la
silla y nombre episcopal de Iria, que es el Padrón, se mudó en el nombre y
cátedra Compostelana o de Santiago, y en particular la eximió de la
jurisdicción del arzobispo de Braga. Lo uno y lo otro se impetró por diligencia
de Dalmaquio, obispo de aquella ciudad, que por esta causa es contado por
primero en el número de los obispos de Compostela.
El rey don Alfonso, aunque agravado con la edad, de
tal manera se ocupaba en el gobierno, que nunca se olvidaba del cuidado de la
guerra; antes por estos tiempos algunas veces hizo entradas en tierras de moros
y correrías por los campos de Andalucía, mayormente que Yusuf, dado que hubo
orden en las cosas del nuevo imperio de España, se volvió a África, y con su
ausencia pareció que los cristianos por algún espacio cobraron aliento.
De este sosiego se aprovechó el rey para hermosear
y ensanchar el culto de la religión en diversos lugares y de muchas maneras. En
Toledo edificó a los monjes de San Benito un monasterio con título de los
santos Servando y Germano en un montecillo o ribazo de piedra que está enfrente
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de la ciudad, no lejos de do al presente se ve el
edificio de un castillo viejo del mismo nombre. Otros dicen que le reparó, y
que en tiempo de los godos fue primero edificado. La verdad es que le sujetó al
monasterio de San Víctor de Marsella, de do vino para morarle entonces aquella
nueva colonia y población de monjes. Dentro de la ciudad, a costa del rey, se
edificaron dos monasterios de monjas, uno con nombre de San Pedro, en el sitio
en que al presente está el hospital del cardenal don Pero González de Mendoza;
el otro con advocación de Santo Domingo de Silos, que en este tiempo se llama
Santo Domingo el Antiguo. En la ciudad de Burgos edificó fuera de los muros
otro nuevo monasterio con nombre de San Juan; hoy se llama San Juan de Burgos.
Dio asimismo licencia a Fortún, abad de otro monasterio, que por aquel tiempo
se llamaba de San Sebastián, y era muy principal en Castilla la Vieja; después
se llamó de Santo Domingo de Silos, por haber este Santo en él vivido y muerto
santísimamente, de edificar un pueblo cerca del dicho monasterio, que en
nuestro tiempo es de ciento setenta vecinos, aunque los muros tienen anchura y
capacidad para más, y es del duque de Frias, hoy condestable de Castilla.
El año siguiente de 1099 fue señalado por la muerte
del pontífice Urbano y por la toma de la ciudad de Jerusalén, que la ganaron
los soldados cristianos. Sucedió por la muerte de Urbano el cardenal Rainerio,
persona de grande bondad y experiencia, que por su predecesor fue enviado por
legado en España. Tomó nombre de Pascual II. Éste en el tiempo de su
pontificado concedió a la iglesia de Santiago que, a imitación de la majestad
romana, tuviese siete canónigos cardenales, y los obispos de aquella iglesia usasen
del palio, insignia de mayor autoridad que la ordinaria de los otros obispos.
El año que luego siguió, es a saber, el de 1100,
fue no menos alegre para los cristianos por la muerte de Yusuf, que por espacio
de doce años tuvo el imperio de los moros en España, y el de África como
treinta y dos, que aciago y desgraciado por la muerte que en él sucedió del
infante don Sancho. Era su ayo, por mandado del rey don Alfonso, su padre, don
García, conde de Cabra; criábale como a sucesor que había de ser de reino tan
principal. La desgracia sucedió de esta manera. Alí, sucesor de Yusuf, deseando
comenzar el nuevo imperio y ganar autoridad con alguna excelente hazaña y
empresa, pasado el mar con un grueso ejército de moros que juntó eu África, de
más de otros que en España se le allegaron, entró por el reino de Toledo y
llegó haciendo mal y daño hasta la misma
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ciudad; metió a fuego y a sangre sembrados,
árboles, lugares, cautivó hombres y ganados. El rey don Alfonso, por su gran
vejez y por estar indispuesto, demás de esto cansado de tantas cosas como había
hecho, no pudo salir al encuentro al enemigo bravo y feroz. Envió en su lugar
sus gentes, y por general al conde don García; y para que tuviese más
autoridad, quiso fuese en su compañía el infante don Sancho, su hijo, dado que
era de pequeña edad. Él se quedó en Toledo, donde en lo postrero de su edad
residía muy de ordinario.
Cerca de Uclés se dieron vista y juntaron los dos
campos; ordenaron sin dilación las haces; diose la batalla de poder a poder,
que fue grandemente desgraciada. Derribaron los moros al Infante. Amparábale el
conde don García con su escudo, y con la espada arredraba y aún detuvo por buen
espacio los moros que los rodeaban y acometían por todas partes. Su esfuerzo
era tal, que los contrarios desde lejos le combatían, mas ninguno se atrevía a
llegársele. El amor singular que tenía al Infante y el despecho, grande arma en
la necesidad, le animaban. Finalmente, enflaquecido con las muchas heridas que
le dieron los enemigos por ser tantos, cayó muerto sobre el que defendía.
Este miserable desastre y muerte desgraciada dio
luego a los bárbaros la victoria. Cuánto haya sido el dolor del rey por tan
gran pérdida no hay para qué relatarlo; no le afligía más la desgracia y
pérdida del hijo que el daño de la república cristiana por faltar el heredero
de imperio tan grande, que era un retrato de las virtudes de su padre, y
parecía haber nacido para hacer cosas honradas. Preguntó el Rey cuál fuese la
causa de tantos daños como de los moros tenían recibidos; fuele respondido por
cierta persona sabia que el esfuerzo de los corazones estaba en los soldados
apagado con la abundancia de los regalos, holguras y ociosidad, los cuerpos
enflaquecidos con el ocio, y los ánimos con la deshonestidad, fruto ordinario
de la prosperidad. Mandó pues quitar los instrumentos de los deleites, en
particular derribar los baños, que eran muy usados a la sazón en España, a
imitación y conforme a la costumbre de los moros. Alguna esperanza quedaba en
don Alfonso, nieto del rey, que en doña Urraca, hija del mismo rey, dejó don
Ramón, su marido; mas era pequeño alivio del dolor por la flaqueza de la madre
y la edad deleznable del niño, en ninguna manera bastantes para acudir a cosas
tan grandes. Con estos cuidados se hallaba suspenso el ánimo del rey; de día y de
noche le aquejaba el dolor y el deseo de poner remedio en tantos daños.
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VI. De don Diego Gelmírez, obispo de Santiago
La iglesia de Santiago anduvo trabajada por este
tiempo; grandes tempestades la combatían, no de otra manera que la nave sin
piloto, ni gobernalle; llegó últimamente al puerto y a salvamento con la
elección que se hizo de un nuevo prelado, por nombre don Diego Gelmírez, hombre
en aquella era prudente en gran manera, de grande ánimo y de singular destreza.
Don Diego Pelayo, en tiempo del rey don Sancho de
Castilla, fue elegido por prelado de la iglesia de Compostela, como queda dicho
en otro lugar; era persona muy noble, mas bullicioso, inquieto y amigo de
parcialidades. Hízole prender el rey don Alfonso, que fue grande resolución y
notable poner las manos en hombre consagrado. Deseaba demás de esto privarle
del obispado; era menester quien para esto tuviese autoridad; el cardenal
Ricardo, que dijimos haberle el pontífice enviado a España por su legado, llamó
los obispos para tener concilio en Santiago, con intento que en presencia de
todos se determinase aquel negocio. Presentado que fue Pelayo en el concilio,
por miedo o de grado renunció aquella dignidad; y para muestra que aquella era
su determinada voluntad, hizo entrega en presencia del Cardenal del anillo y
báculo pontifical. Con esto fue puesto en su lugar Pedro, abad cardinense.
El pontífice Urbano, avisado de lo que pasaba, tuvo
a mal la demasiada temeridad y priesa con que en aquel hecho procedieron. Al
legado cardenal escribió y reprendió con gravísimas palabras. Para el Rey
despachó un breve y carta de este tenor:
«Urbano, obispo, siervo de los siervos de Dios, al
rey Alfonso de Galicia. Dos cosas hay, rey don Alfonso, con que principalmente
este mundo se gobierna: la dignidad sacerdotal y la potestad real. Pero la
dignidad sacerdotal, hijo carísimo, en tanto grado precede a la potestad real,
que de los mismos reyes hemos de dar razón al rey de todos. Por ende el cuidado
pastoral nos compele, no sólo a tener cuenta con la salud de los menores, sino
también de los mayores en cuanto pudiéremos, para que podamos restituir al
Señor sin daño, cuanto en nosotros fuere, su rebaño, que él mismo nos ha
encomendado. Principalmente debemos mirar por tu bien, pues Cristo ta ha hecho
defensor de la fe cristiana y propagador de su Iglesia. Acuérdate pues,
acuérdate, hijo mío muy amado, cuánta gloria te ha dado la gracia de la divina
Majestad; y como
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Dios ha ennoblecido tu reino sobre los otros, así
tú has de procurar servirle entre todos más devota y familiarmente, pues el
mismo Señor dice por el Profeta: A los que me honran honraré, los que me
desprecian serán abatidos. Gracias pues damos a Dios, que por tus trabajos la
iglesia toledana ha sido librada del poder de los sarracenos; y a nuestro
hermano el venerable Bernardo, prelado de la misma ciudad, convidado por tus
amonestaciones recibimos digna y honradamente, y dándole el palio, le
concedimos también el privilegio de la antigua majestad de la iglesia toledana,
porque ordenamos que fuese primado en todos los reinos de las Españas; y todo
lo que la iglesia de Toledo se sabe haber tenido antiguamente, ahora también
por liberalidad de la Sede Apostólica hemos determinado que para adelante lo
tenga. Tú le oirás como a padre carísimo, y procura obedecer a todo lo que te
dijere de parte de Dios, y no dejarás de exaltar su Iglesia con ayuda y
beneficios temporales. Pero entre los demás pregones de tus alabanzas ha venido
a nuestras orejas lo que sin grave dolor no hemos podido oír, esto es, que el
obispo de Santiago ha sido por ti preso, y en la prisión depuesto de la
dignidad episcopal; desorden que, por ser de todo punto contrario a los
cánones, y que las orejas católicas no lo sufren, tanto más nos ha contristado
cuanto es mayor la afición que te tenemos. Pues, rey gloriosísimo don Alfonso,
en lugar de Dios y de los apóstoles, rogándotelo mandamos que restituyas
enteramente por el arzobispo de Toledo al mismo obispo en su dignidad, y no te
excuses con que por Ricardo, cardenal de la Sede Apostólica, se hizo la
deposición, porque es contrario de todo punto a los cánones, y Ricardo por
entonces no tenía autoridad de legado de la Sede Apostólica; lo que él pues
hizo entonces que Víctor, papa de santa memoria, tercero, le tenía privado de
la legacía, nos lo damos por de ningún valor. En remisión pues de los pecados y
obediencia de la Sede Apostólica, restituye el obispo a su dignidad, venga él
con tus embajadores a nuestra presencia para ser juzgado canónicamente, que de
otra manera nos forzarás a hacer con tu caridad lo que no querríamos. Acuérdate
del religioso príncipe Constantino, que ni aún oír quiso el juicio de los
sacerdotes, teniendo por cosa indigna que los dioses fuesen juzgados de los
hombres. Oye pues en nosotros a Dios y a sus apóstoles, si quieres ser oído de
ellos y de nos en lo que pidieres. El rey de los reyes, Señor, alumbre tu
corazón con el resplandor de su gracia, te dé victorias, ensalce tu reino, y de
tal manera
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conceda que siempre vivas, y de tal suerte del
reino temporal goces felizmente, que en el eterno para siempre te alegres,
amén».
Sucedió todo esto el año primero del pontificado de
Urbano II, que cayó en el año del Señor de 1088. En lugar de Ricardo vino el
cardenal Rainerio por legado en España; éste juntó un concilio en León, en que
depuso a Pedro de la dignidad en que fue puesto contra las leyes y por mal
orden, pero no se pudo alcanzar que Pelayo fuese restituido en su libertad y en
su iglesia; solamente por medio de don Ramón, yerno del rey, que a la sazón
vivía, se dio traza que a Dalmaquio, monje de Cluny, y por el mismo caso grato
al pontífice, que era de la misma orden, se diese el obispado de la iglesia de
Compostela.
Este prelado fue al concilio general que se celebró
en Claramonte en razón de emprender la guerra de la Tierra Santa. Allí alcanzó
que la iglesia de Compostela fuese exenta de la de Braga y quedase sujeta
solamente a la romana; en señal del privilegio se ordenó que los obispos de
Santiago no por otro que por el romano pontífice fuesen consagrados. No se pudo
alcanzar por entonces del papa que le diese el palio, aunque para salir con
esto el mismo Dalmaquio usó de todas las diligencias posibles. La luz y alegría
que con esto comenzó a resplandecer en aquella iglesia en breve se oscureció,
porque con la muerte de Dalmaquio hubo nuevos debates.
Pelayo, suelto de la prisión, se fue a Roma para
pedir en juicio la dignidad de que injustamente, como él decía, fuera
despojado. Duró este pleito cuatro años hasta tanto que Pascual, romano
pontífice, pronunció sentencia contra Pelayo. Con esto, los canónigos de
Santiago trataron de hacer nueva elección. Vínose a votos. Diego Gelmírez, en
sede vacante, hizo el oficio de vicario; en él dio tal muestra de sus virtudes,
que ninguno dudaba sino que si vivía era a propósito para hacerle obispo. Fue
así, que sin tener cuenta con los demás canónigos, por voluntad de todos salió
electo el primer día de julio. Alcanzó otrosí del Papa que a causa de las
alteraciones de la guerra y de los trabajos pasados y que amenazaban por causa
de los moros, se consagrase en España. Demás de esto, con nueva bula concedió
que en Santiago hubiese, como arriba se dijo, siete canónigos cardenales a
imitación de la Iglesia romana, éstos solos pudiesen decir misa en el altar
mayor y acompañar al prelado en las procesiones y misa con mitras.
Don Diego Gelmírez, animado con este principio, con
deseo de acrecentar con nuevas honras la iglesia que le habían encargado, fue a
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Roma, y aunque muchos lo contradijeron, últimamente
alcanzó del Pontifico el uso del palio; escalón para impetrar la dignidad,
nombre y honra de arzobispado que le concedió a él y a su iglesia Calixto,
pontífice romano, algunos años adelante, como se verá en otro lugar. Estas
cosas, dado que sucedieron en muchos años, me pareció juntarlas en uno, tomadas
todas de la Historia Compostelana.
VII. De la muerte de los reyes don Pedro el Primero
de Aragón, y don Alfonso el Sexto de Castilla
La perpetua felicidad del rey de Aragón y su valor
hizo que los moros no se pudiesen mucho, por aquellas partes, alegrar con la
fama del estrago que se hizo de cristianos en Castilla. A la verdad, las armas
de los aragoneses en aquella parte de España prevalecían, y los moros no les
eran iguales. Habíanles quitado un castillo cerca de Bolea, llamado Calasanz, y
a Pertusa, muy antiguo pueblo en los ilérgetes, a la ribera del río Alcanadre.
Demás de esto, recobraron la ciudad de Barbastro, que era vuelta a poder de
moros. Poncío, obispo de Roda, enviado por el rey a Roma, alcanzó del pontífice
que él y sus sucesores, mudado el apellido y la silla obispal, con retención de
lo que antes tenía, se intitulasen obispos de Barbastro. La principal fuerza de
los cristianos y de la guerra se enderezaba contra los de Zaragoza, la cual
ciudad, quitada a los descendientes de los reyes antiguos, era venida a poder
de los almorávides. Los reyes que en aquella ciudad antes de esto reinaron,
eran estos: El primero Mundir, después Hiaya, el tercero Almudafar; y de otro
linaje, Zulema, Hamas, Yusuf, Almazacin, Abdelmelich y su hijo Hamas, por
sobrenombre Almuzacaito, a quien los almorávides quitaron el reino. Esto en
España.
En la Francia Ato, que después de la muerte de don
Ramón, conde de Barcelona, padre de Arnaldo, se había apoderado como desleal de
la ciudad de Carcasona, cuyo gobierno tenía, sin reconocer al verdadero señor,
fue por conjuración de los ciudadanos lanzado de la ciudad, y ella reducida a
la obediencia de sus señores antiguos el año de 1102. En el mismo año Armengol,
conde de Urgel, fue por los moros muerto en
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Mallorca, do pasó con deseo de mostrar su valor,
por donde le dieron renombre de Baleárico, que es en castellano mallorquín. Era
señor (en Castilla la Vieja) de Valladolid, pueblo que se cree los antiguos
romanos llamaron Pincia, Peranzules, persona en riquezas, aliados y linaje muy
principal, aunque vasallo del rey don Alfonso; su mujer se llamó Elo. Casó
Armengol con doña María, hija de Perauzules; y de ella dejó un hijo, cuya
tierna edad y su estado gobernó su abuelo Peranzules, y a su tiempo le casó con
una señora principal, llamada Arsenda.
El año cuarto de este siglo y centuria, de Cristo
1104, fue desgraciado por la muerte de tres personajes muy grandes. Don Pedro,
hijo del rey de Aragón, y su hermana doña Isabel murieron, en un mismo día, a
18 de agosto; el mismo Rey, sea por la pena que recibió y dolor de la muerte de
sus hijos, o por otra enfermedad y accidente que le sobrevino, falleció el mes
siguiente a 28 de septiembre. Fue sepultado en San Juan de la Peña. El
pontífice Urbano concedió a este rey don Pedro y a sus sucesores y grandes del
reino, a principio de la guerra de la Tierra Santa, que llevasen los diezmos y
rentas de las iglesias que de nuevo se edificasen o quitasen a los moros,
sacadas solamente aquellas iglesias en que estuviesen las sillas de los
obispos; tan grande era el deseo de desarraigar aquella gente impía, que no
parece consideraban bastantemente cuántos inconvenientes para adelante podría
traer aquella liberalidad.
La tristeza que en Aragón por aquellas tres muertes
toda la provincia recibió, muy grande y casi sin par, en gran parte la alivió
la esperanza que de don Alfonso, hermano del Rey difunto, tenían concebida en
sus ánimos, que luego le sucedió en el reino y en la corona. Su reinado fue
largo, la fama de las cosas que hizo grande, su buenandanza, gravedad,
constancia, fe, destreza en la guerra, y el señorío que alcanzó muy más ancho
que el de sus pasados. En particular el segundo año de su reinado casó con doña
Urraca, hija del rey don Alfonso de Castilla.
Hizo el rey este casamiento en desgracia de los
grandes del reino que lo llevaban mal, y pretendieron desbaratarle y persuadir
al Rey, que se hallaba flaco por la vejez y enfermedades, y que apenas podía
vivir, que sería más acertado la diese por mujer a don Gómez, conde de
Candespina, que en riquezas y poder se aventajaba a los demás señores de
Castilla. Todos extrañaban mucho, como es ordinario, llamar algún príncipe
extranjero. Esto deseaban y trataban entre sí; mas cada uno temía de decirlo al
rey y llevarle este mensaje por no caer en su desgracia.
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Encomendáronse a un cierto médico judío, de quien
el rey se servía mucho y familiarmente con ocasión que le curaba sus
enfermedades. Mandáronle que esperase buena coyuntura y que propusiese esta
demanda con las mejores palabras que supiese. El rey para desenfadarse se salió
a la sazón de Toledo, y se entretenía en Magán, aldea cerca de aquella ciudad;
otros dicen que en Mascaraque. El judío, hallada buena ocasión, hizo lo que le
era mandado. Alteróse el rey en gran manera, que los grandes tomasen tanta autoridad
y mano, que pretendiesen casar a su hija a su albedrío. Fue en tanto grado este
disgusto, que mandó al médico que para siempre no entrase en su casa ni le
viese más; y luego por amonestación del arzobispo don Bernardo, que no se
apartaba de su lado, dio prisa a las bodas de su hija y de don Alfonso, rey de
Aragón, que se hicieron en Toledo con aparato real y maravillosa pompa el año
de 1106.
El rey, un poco recreado con esta alegría y con
deseo de vengar el dolor que recibió por la muerte de su hijo; demás de esto,
porque no quedase aquella afrenta y mengua del ejército cristiano sin enmienda,
maguer que era de aquella edad, tomó de nuevo las armas. Entró por las tierras
de Andalucía matando hombres y animales, sin perdonar a las casas, sembrados y
arboledas. Toda la provincia fue trabajada, y padeció todos los daños que la
guerra suele causar. Hecho esto, lo que le quedó de la vida se estuvo en
reposo, sin tratar de otras empresas, a que le convidaba su larga edad, la
grandeza del reino y la gloría de sus hazañas. Retiróse, no sólo de las cosas
de la guerra, sino asimismo del gobierno, por cuanto le era lícito en tan gran
peso de cuidados. Procuraba empero que la ciudad de Salamanca y de Segovia,
como lo dice don Lucas de Tuy, maltratadas por las guerras pasadas y yermas de
moradores, fuesen reparadas, fortificadas y adornadas.
Perenzules, que en aquella edad fue persona muy
grave y muy sabia, fue ayo de doña Urraca en su menor edad, y al presente tenía
el primer lugar en autoridad y privanza con el rey. Era el que gobernaba los
consejos de la paz y de la guerra; y sólo entre todos parecía que con virtud y
prudencia sustentaba el peso de todo el gobierno en el mismo tiempo que al rey,
cargado de años, ca vivió setenta y nueve, le apretó una enfermedad que le duró
un año y siete meses; puesto que para mejorar cada día por orden de los médicos
salía a caballo a ejercitar el cuerpo y avivar el calor que faltaba. No prestó
algún remedio por estar la virtud tan caída y la dolencia tan arraigada, que
vencía todo lo al, sin bastar medicinas algunas
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para darle salud. Agravasele finalmente de suerte,
que falleció en Toledo, jueves 1 de julio del año de nuestra salvación de 1109,
como lo testifica Pelagio, ovetense, que pudo deponer de vista conforme al
tiempo en que él vivió. Reinó después de la muerte de su padre por espacio de
cuarenta y tres años; fue modesto en las cosas prósperas, en las adversidades
constante. Sufrió fuerte y pacientemente los ímpetus de la fortuna; grande loa
y la mayor de todas llevar lo que no se puede excusar, y estar apercibido para
todo lo que a un hombre puede acontecer. Prudencia es proveer que no suceda; de
ánimo constante sufrir fuertemente las mudanzas de las cosas humanas.
La muchedumbre, en especial popular, se suele
amedrentar fácilmente, y no son mayores los principios del temor que los
remedios. Muerto pues el rey don Alfonso, con cuya vida parece se conservaba
todo, los ciudadanos de Toledo, que por la mayor parte constaban de avenida de
muchas gentes, trataron de desamparar la ciudad. Entre tanto que este miedo se
pasaba y para asegurar los ánimos, entretuvieron el cuerpo del Rey veinte días
en la ciudad. Sosegado el alboroto y perdido el miedo en parte, le llevaron a sepultar
al monasterio de Sahagún, junto al río Cea. Acompañáronle Bernardo, arzobispo
de Toledo, y otros señores principales. El aparato del entierro fue magnífico
por sí mismo, y más por las muy verdaderas lágrimas de todo el reino, que
lloraban, no más la muerte del rey que su pérdida tan grande. Estas lágrimas y
los desastres que se siguieron por la muerte de tan gran rey las mismas piedras
en León parece dieron a entender y las pronosticaron. Junto al altar de San
Isidro, en la peana donde el sacerdote suele poner los pies cuando dice misa,
las piedras, no por las junturas, sino por el medio, manaron de suyo agua en
espacio de ocho días antes de la muerte del rey, los tres de ellos, es a saber,
interpoladamente, con grande maravilla de todos los que presentes estaban.
Pelagio dice aconteció en tres días continuos, jueves, viernes y sábado, y que
los obispos y sacerdotes hicieron procesión para aplacar a Dios; y que se
significó por aquel milagro el lloro de toda España y las lágrimas que todos
despedían en abundancia por la muerte de tan buen príncipe.
En tiempo de este rey vivió en Burgos con gran
crédito de santidad Lesmes, de nación francés, hombre de grande caridad; en
particular se ejercitaba en hospedar los peregrinos; su memoria se celebra en
aquella ciudad con fiesta que se le hace cada un año y templo que hay en su
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nombre. A cuatro leguas de Nájera hacia vida muy
santa un cierto hombre, llamado Domingo, español de nación, o como otros
quieren italiano; ocupábase en el mismo oficio de piedad, y más especialmente
en abrir caminos y hacer calzadas por las partes que los romeros iban a
Santiago; así vulgarmente le llaman santo Domingo de la Calzada. De la
industria de este varón entiendo yo que se ayudó el rey don Alfonso para
fabricar las puentes que, como arriba se dijo, procuró se levantasen desde
Logroño hasta Santiago. Hay un templo edificado en nombre de este santo varón,
muy ancho, hermoso y magnífico, con una población allí junto, que después vino
a hacerse ciudad, que al principio fue de los obispos de Calahorra, después de
los reyes de España; hay un privilegio en esta razón del rey don Fernando el
Santo.
Demás de esto, cierto judío, llamado Moisés, de
mucha erudición y que sabía muchas lenguas, en lo postrero del reinado de don
Alfonso, abjurada la superstición de sus padres, se hizo cristiano. El rey
mismo fue su padrino en el bautismo, que fue ocasión de llamarle Pedro Alfonso;
impugnó por escrito las sectas de los judíos y de los moros, y muchos de la una
y de la otra nación por su diligencia se redujeron a la verdad. Famosa debió de
ser y notable la conversión de este judío, pues los historiadores de Aragón la
atribuyen a don Alfonso, rey de Aragón. Dicen que en Huesca, a 29 de junio, se
bautizó, el año de 1106; que don Esteban, obispo de aquella ciudad, hizo la
ceremonia, y el padrino fue el rey mismo de Aragón. En este debate no queremos,
ni aún podríamos, dar sentencia por ninguna de las partes; cada cual por sí
mismo siga lo que le pareciere más probable.
VIII. Del reinado de doña Urraca
A la sazón que falleció don Alfonso, rey de
Castilla, doña Urraca, su hija, a quien por derecho venía el reino, estaba
ausente en compañía de su marido, que no se fiaba de todo punto de las
voluntades de los grandes de Castilla. Sabía bien le fueron contrarios y
procuraron desbaratar aquel casamiento. No quería meterse entre ellos, si no
era acompañado de un buen número de los suyos para todo lo que pudiese suceder;
además que diversos negocios de su reino le entretenían para que no tomase
posesión del nuevo y muy ancho reino que heredaba. Todas las cosas empero se
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enderezaban a la majestad del nuevo señorío;
templábanse en los deleites; las deshonestidades de la Reina con disimulación
se tapaban y cubrían, en que no sin grave mengua suya y de su marido andaba más
suelta de lo que sufría el estado de su persona. Pusiéronse en las ciudades y
castillos guarniciones de aragoneses, todo con intento que los castellanos no
se pudiesen mover ni intentar cosas nuevas. Verdad es que a Peranzules, por
tener grandes alianzas con entrambas naciones, en el entre tanto se le encomendó
el gobierno de Castilla. Él tenía todo el cuidado universal, y gobernaba todas
las cosas, así las de la guerra como las de la paz; por sus consejos y
prudencia parecía que todo se encaminaba bien.
El poder no le duró mucho; la reina, mujer recia de
condición y brava, luego que llegó a Castilla, que su marido la envió delante,
al que fuera razón tener en lugar de padre, le maltrató a sinrazón, quitóle el
gobierno y juntamente le despojó de su estado propio. No hay cosa más
deleznable que la gracia de los príncipes; más presto acuden a satisfacerse de
sus disgustos que a pagar los servicios que les han hecho. La ocasión que tomó
para hacer este desaguisado no fue más de que en sus letras daba a don Alfonso,
su marido, título de rey de Castilla. Esto se decía en público; la verdad era
que a la reina pesaba de haberse casado, porque el casamiento enfrenaba sus
apetitos desapoderados y sin término, y como yo sospecho, no podía sufrir las
reprensiones que aquel varón gravísimo le daba por sus mal encubiertas
deshonestidades. Esto dolía, aunque se tomó otra capa. Pesóle al rey que varón
tan señalado fuese maltratado; que su inocencia y servicios y virtudes, porque
se le debía antes galardón, fuesen tan mal recompensadas; restituyóle el estado
que le había sido quitado y sus pueblos y hacienda. Él, por temer la ira de la
reina, se retiró al condado de Urgel, cuyo gobierno, como queda dicho, tenía a
su cargo. Estos fueron principios de grandes alteraciones, y no podían las
cosas estar sosegadas en tanta diversidad de voluntades y deseos, en especial
estando la Reina tan desabrida y viviendo con tanta libertad.
Del Andalucía se movió nueva guerra, y nuevo
peligro sobrevino. Fue así, que Alí, rey moro, avisado de la muerto del rey don
Alfonso, como quitado el freno, entró por tierras de cristianos feroz y
espantoso; llegó hasta Toledo, y cerca de él en los ojos y a vista de los
ciudadanos abatió el castillo de Azeca y el monasterio de San Servando. Los
campos y alquerías humeaban con el fuego que todo lo abrasaba. Pasó tan
adelante, que puso sitio sobre la misma ciudad, y por espacio de ocho días la
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combatió con toda suerte de ingenios. Libróla de
aquel peligro su sitio fuerte y una nueva muralla que el rey don Alfonso a lo
más bajo de la ciudad dejó levantada; demás de esto, el esfuerzo de Álvar
Fáñez, varón en aquel tiempo muy poderoso y muy diestro en las armas, cuyo
sepulcro se ve hoy día en el campo sicuendense, que es parte de la Celtiberia,
en que tenía el señorío de muchos pueblos. Los moros, perdida la esperanza de
apoderarse de aquella ciudad, a la vuelta que dieron a sus tierras, saquearon a
Madrid y a Talavera, y les abatieron los muros; de todas partes llevaron grande
presa y despojos.
El rey de Aragón hacía prósperamente en sus tierras
la guerra a los moros; ganó a Ejea, pueblo principal de Navarra, el año 1110.
Demás de esto, cerca de Valterra venció en batalla a Abuhasalem, que se llamaba
rey de Zaragoza. Hechas estas cosas, don Alfonso, a ejemplo de su suegro, se
llamó emperador de España; título que, si se mira la anchura del señorío que
tenía, no parece fuera de propósito, por ser a la sazón el más poderoso de los
reyes que España, después de su destrucción, había tenido; pero imprudentemente,
por tomar ocasión para aquel dictado del señorío ajeno y poco durable. En fin,
ordenadas las cosas de Aragón, vino a Castilla el año siguiente, en que con
afabilidad y clemencia procuraba conquistar las voluntades de los naturales. Él
por sí mismo oía los pleitos y hacía justicia, amparaba las viudas, huérfanos y
pobres para que los más poderosos no les hiciesen agravio. Honraba a los
señores y acrecentábalos conforme a los méritos de cada cual; adornaba y
enriquecía el reino de todas las maneras que él podía. Por este camino los
vasallos se le aficionaban; sólo el endurecido corazón de la reina no se
domeñaba. Dio orden como se poblasen Villorado, Berlanga, Soria, Almazán,
pueblos yermos y abatidos por causa de las guerras. Dio la vuelta a Aragón con
intento, pues todo le sucedía prósperamente, de hacer la guerra de nuevo y con
mayor atuendo a los moros.
Sabía bien que debemos ayudarnos de la fama y de
las ocasiones que se presentan, y que conforme a los principios sucede lo
demás, cuando las cosas en Castilla se alteraron en muy mala sazón. Don Alfonso
era pariente de doña Urraca, su mujer, en tercer grado de parte de padres, ca
fue bisabuelo de ambos don Sancho el Mayor, rey de Navarra. No estaba aún por
este tiempo introducida la costumbre que, por dispensación de los papas, se
pudiesen casar los deudos; y así, consideramos que diversos casamientos de príncipes
se apartaron muchas veces como ilegítimos e
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ilícitos por este solo respeto. Esta causa pienso
yo hizo que este rey don Alfonso no se contase en el número de los reyes de
Castilla acerca los escritores antiguos; que no es justo con nuevas opiniones
alterar lo que antiguamente tenían recibido y asentado, como lo hacen los que
cuentan a este rey por seteno de este nombre entre los de Castilla, como quier
que ningún derecho ni título pudo tener sobre aquel reino, por quedar legítimo
heredero del primer matrimonio, y ser el segundo ninguno contra las leyes
eclesiásticas.
Los disgustos pasaron tan adelante, que la reina
por su mala vida y torpe fue puesta en prisión en el castillo llamado
Castellar, de que con ayuda de los suyos salió, y se volvió a Castilla. No
halló la acogida que cuidaba, antes de nuevo los grandes la enviaron a su
marido, y él la tornó a poner en la cárcel. En este medio los señores de
Galicia, do se criaba don Alfonso, hijo de doña Urraca, y por el testamento de
su abuelo tenía el mando, hacían juntas y ligas entre si para desbaratar lo que
los aragoneses pretendían. Holgaban en particular haber hallado ocasión de
apartar y dirimir aquel casamiento desgraciado, que contra la voluntad de la
nobleza e injustamente se hizo. Ponían por esta causa escrúpulos al pueblo;
decían no ser lícito obedecer al que no era legítimo rey. Enviaron una embajada
a Pascual II, pontífice romano, en que le daban cuenta de todo lo que pasaba.
Ganaron de él un breve, en que cometió el conocimiento de la causa a don Diego
Gelmírez, obispo de Santiago; un pedazo del cual pareció se podía ingerir en
este lugar: «Pascual, siervo de los siervos de Dios, al venerable hermano
Diego, obispo compostelano, salud y apostólica bendición. Para esto ordenó el
omnipotente Dios que presidieses a su pueblo, para que corrijas sus pecados y
anuncies la voluntad del Señor. Procura pues, según las fuerzas que Dios te da,
corregir con conveniente castigo tan grande maldad de incesto que ha cometido
la hija del rey, para que desista de tan gran presunción o sea privada de la
comunión de la Iglesia y del señorío seglar».
Qué hayan establecido los jueces señalados para
remediar, o por decir mejor, para castigar aquel exceso, no hay de ello
memoria; sólo consta que desde aquel tiempo el rey don Alfonso comenzó a tener
acedia y embravecerse contra los obispos. El de Burgos y el de León fueron
echados de sus iglesias, el de Palencia preso, el abad de Sahagún despojado de
aquella dignidad, y en su lugar puesto fray Ramiro, hermano del rey, por su
nombramiento y con su ayuda. Don Bernardo, arzobispo de
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Toledo, fue forzado a andar desterrado dos años
fuera de su diócesis, no obstante la majestad sacrosanta y autoridad que
representaba de legado apostólico y de primado de España. En el cual tiempo
juntó y tuvo el concilio palentino, cuya copia se conserva hasta hoy, y el
legionense con otros obispos y grandes; en particular se halló en estas juntas
presente don Diego Gelmírez, el de Santiago. Todos andaban con cuidado de
sosegar y pacificar la provincia, porque las armas de Aragón y de Navarra se
movían contra los gallegos, en que tomaron por fuerza el castillo de
Monterroso. Verdad es que a instancia y persuasión de varones santos que se
interpusieron se apartó el rey de Aragón de esta demanda y desistió de las
armas. Todo procedía arrebatada y tumultuariamente sin considerar lo que las
leyes permitían; los unos y los otros buscaban ayudas para salir con su
intento. A los castellanos y gallegos se les hacía de mal ser gobernados por
los aragoneses. El rey de Aragón pretendía a derecho o a tuerto conservar el
reino de que se apoderara. Los que hacían resistencia eran echados de sus
dignidades, despojados de sus bienes. Los gallegos, pasado aquel primer miedo,
hicieron liga con don Enrique, conde de Portugal. Pasaron con esto tan
adelante, que si bien el infante don Alfonso era de pequeña edad, le alzaron
por rey. En Compostela en la iglesia mayor se hizo el auto; ungióle con el óleo
sagrado el prelado don Diego Gelmírez, ceremonia desusada en aquel reino, pero
a propósito de dar más autoridad a lo que hicieron. Pedro, conde de Trava, ayo
de don Alfonso, fue el principal movedor de todas estas tramas.
Alteró mucho esta nueva trama y este hecho al rey
de Aragón; hizo divorcio con la reina, y con tanto la dejó libre y la soltó de
Soria, en cuyo castillo la tenía arrestada. Sin embargo, atraído de la dulzura
del mandar, no dejaba el señorío que en dote tenía, demasía que a todos parecía
mal. Los gobernadores de las ciudades y castillos, como no les soltase el
homenaje que le tenían hecho, quitado el escrúpulo y la obligación, a cada paso
se pasaban a la reina y le juraban fidelidad. Lo mismo hizo Peranzules, varón
de aprobadas costumbres; y no obstante que todos aprobaban lo que hizo,
cuidadoso de la fe que antes dio al rey de Aragón, se fue para él con un dogal
al cuello, para que, puesto que imprudentemente se había obligado a quien no
debiera, le castigase por el homenaje que le quebrantara en entregar los
castillos que de él tenía en guarda. Alteróse al principio el rey con aquel
espectáculo; después, amonestado de los suyos, que en lo uno y en lo otro aquel
caballero
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cumplía muy bien con lo que debía, y que no le
debía empecer su lealtad, al fin con mucha humanidad que le mostró y con
palabras muy honradas le perdonó aquella ofensa. Los demás grandes de toda
Castilla se comunaban y ligaban por la salud y libertad de la patria,
aparejados a padecer antes cualquier afán y menoscabo que sufrir el señorío y
gobierno aragonés.
Don Gómez, conde de Candespina, el que antes
pretendió casar con la reina, y entonces por estar en la flor de su edad tenía
más cabida con ella de lo que sufría la majestad real y la honestidad de mujer,
se ofrecía el primero de todos a defender la tierra y hacer la guerra a los de
Aragón; blasonaba antes del peligro. Don Pedro, conde de Lara, su competidor en
los amores de la reina, tenía el segundo lugar en autoridad y poderío.
Discordes los capitanes, ni la paz pública se podía conservar, ni hacerse la guerra
como convenía. Don Alfonso, rey de Aragón, con un grueso ejército que juntó de
los suyos, se metió en Castilla por parte de Soria y de Osma, do se tendían
antiguamente los arevacos. Acudieron a la defensa los grandes y ricos hombres y
el ejército de Castilla.
Asentaron los unos y los otros sus reales cerca de
Sepúlveda. Resueltos de encontrarse, ordenaron las haces en esta forma: la
vanguardia de los castellanos regía el conde de Lara, la retaguardia el conde
don Gómez, el cuerpo de la batalla gobernaban otros grandes. El rey de Aragón
formó un escuadrón cuadrado de toda su gente. Diose la señal de arremeter y
cerrar. En el campo llamado de la Espina se trabó la pelea, que fue de las mas
nombradas de aquel tiempo. El conde de Lara, como quier que no pudiese sufrir
el primer ímpetu y carga de los contrarios, volvió las espaldas y se huyó a
Burgos, do la reina se hallaba con cuidado del suceso; hombre no menos
afeminado que cobarde. Don Gómez con algo mayor ánimo sufrió solo la fuerza de
los enemigos y peso de la batalla, y desbaratados los suyos murió él mismo
noblemente sin volver las espaldas; esta postrera muestra dio de su esfuerzo.
Ni fue de menor constancia un caballero de la casa de Olea, alférez de don
Gómez, que como le hubiesen muerto el caballo y cortado las manos, abrazado el
estandarte con los brazos, y a voces repitiendo muchas veces el nombre de Olea,
cayó muerto de muchas heridas que le dieron. Don Enrique, conde de Portugal,
más por odio de la torpeza de la reina que por aprobar la causa del rey don
Alfonso, desamparado el partido de Castilla, se juntara con los aragoneses;
ayuda que fue de gran momento para alcanzar la victoria. La confianza que de
estos principios los aragoneses cobraron fue tan grande, que, pasado el río
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Duero, por tierra de Palencia llegaron hasta León.
Los campos, pueblos, aldeas eran maltratados con todo el mal y daño que hacer
podían.
Los principales de Galicia se rehicieron de
fuerzas, determinados de probar otra vez la suerte de la batalla. Pelearon con
todo su poder en un lugar entre León y Astorga, llamado Fuente de Culebras.
Sucedió la batalla de la misma manera que la pasada, prósperamente a los
aragoneses, al contrario a los castellanos. Fue preso en la pelea don Pedro,
conde de Trava, persona de grande autoridad y poder, y que estaba casado con
una hija de Armengol, conde de Urgel, llamada doña Mayor. El mozo rey don
Alfonso no se halló en esta pelea, que el obispo don Diego Gelmírez le sacó de
aquel peligro y puso en parte segura; perdida la jornada, se fue al castillo de
Orsilon, do estaba la reina, su madre. Ninguna batalla en aquella era fue más
señalada ni más memorable que ésta por el daño y estrago que de ella resultó a
Castilla.
Las ciudades de Nájera, Burgos, Palencia, León se
rindieron al vencedor. Sin embargo, por no tener dinero para pagar los
soldados, por consejo del conde de Portugal, metió la mano en los tesoros de
los templos, que fue grave exceso, y aún le fue muy mal contado. San Isidro y
otros santos con graves castigos que de él tomaron adelante vengaron aquella
injuria; juntóse el odio del pueblo, y palabras con que murmuraban de aquella
libertad; decían que merecían ser severamente castigados los que metieron mano
en los vasos sagrados y tesoros de las iglesias. La verdad es que desde este
tiempo de repente se trocó la fortuna de la guerra. Trabajaron los aragoneses
primero el reino de Toledo, después pasaron a cercar la ciudad de Astorga,
porque fueron avisados que la reina con toda su gente se aparejaba para hacer
la guerra por aquella parte.
Traía Martín Muñoz al rey de Aragón trescientos
caballos aragoneses de socorro. Cayó en una emboscada de enemigos que le
pararon, en que muertos y huidos los demás, él mesmo fue preso. El rey, movido
por este daño y con miedo de mayor peligro por el poco número de gente que
tenía, a causa de los muchos que eran muertos y por estar los demás repartidos
en las guarniciones de los pueblos que ganara, se retiró a Carrión confiado en
la fortificación de aquella plaza. Allí fue cercado de los enemigos por algún tiempo,
hasta tanto que el abad clusense, enviado por el pontífice para componer
aquellas diferencias, con su venida alcanzó de los de la reina treguas de
algunos días, y no mucho después que se levantase el cerco. Los soldados de
Castilla asimismo, como levantados y juntados
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arrebatadamente y sin concierto y capitán a quien
todos reconociesen, ni sabían las cosas de la milicia ni los podían detener en
los reales largo tiempo. Pasado este peligro, las armas de Aragón revolvieron
contra la casa de Lara, contra sus pueblos y castillos. Por otra parte, las
gentes de la reina, con un largo cerco que tuvieron sobre el castillo de Burgos
se apoderaron de él, y echaron desde entonces la guarnición que tenía de
aragoneses.
El conde don Pedro de Lara, como pretendiese casar
con la Reina y se tratase no de otra suerte que si fuera rey, con la soberbia
de sus costumbres y su arrogancia tenía alterados los corazones de muchos, que
públicamente le odiaban. Andaban su nombre y el de la reina puestos
afrentosamente en cantares y coplas. Pasó tan adelante esto, que en el castillo
de Mansilla fue preso y puesto a recado por Gutierre Fernández de Castro.
Soltóse de la prisión, pero fuele forzoso, por no asegurarse de los de Castilla
que tanto le aborrecían, huirse muy lejos y no parar hasta Barcelona. Fue hijo
de don Diego Ordóñez, el que retó a Zamora sobre la muerte del rey don Sancho,
y sobre el caso hizo campo con los tres hijos do de Arias Gonzalo.
Después de esto, el infante don Alfonso, ya rey de
Galicia, con gran voluntad de todos los estados fue alzado por rey de Castilla.
Érale necesario recobrar por las armas el reino, que halló dividido en tres
parcialidades y bandos; no menos tenía que hacer contra su madre que contra el
padrastro, ni menos dolor ella recibió que su marido de que su hijo hubiese
sido alzado por rey, por tener entendido que en su acrecentamiento consistía la
caída de ambos; juicio en que no se engañaban.
Doña Urraca, por miedo de la indignación de su hijo
y por verse aborrecida de los suyos, determinó fortificarse en el castillo de
León, confiada que por ser muy fuerte podría en él mantener el nombre de reina
y la dignidad real, sin embargo del odio grande que el pueblo la tenía. Pero
como quier que el hijo se pusiese sobre aquel castillo, se concertaron que la
reina dejase a su hijo el reino, dándole con gran voluntad de los grandes y del
pueblo, y a ella señalasen rentas con que pudiese pasar. La razón de los
tiempos no se puede fácilmente señalar a cada cual de estas cosas, por la
diversidad que hay de opiniones; es maravilla en cosas no muy antiguas cuan a
tienta paredes andan los escritores, que hace ser muy dificultoso determinar la
verdad, tanto, que aún no se sabe en qué año murió la reina doña Urraca; los
más dicen que como diez y siete años después de la
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muerte de su padre. La verdad es que en tanto que
vivió tuvo poca cuenta con la honestidad. Algunos afirman que en el castillo de
Saldaña falleció de parto; gran mengua y afrenta de España. Otros dicen que en
León, tomado que hubo los tesoros de san Isidro, que no era lícito tocarlos,
reventó en el mismo umbral del templo; manifiesto castigo de Dios. Menos
probabilidad tiene cierta hablilla que anda entre gente vulgar, es a saber, que
de la reina y del conde de Candespina nació un hijo, por nombre don Fernando,
al cual por su nacimiento y ser bastardo llamaron Hurtado. Añaden otrosí que
fue principio del linaje que en España usa de este apellido, en nobleza muy
ilustre, poderoso en rentas y en vasallos.
IX. De la Guerra de Mallorca
De esta manera procedían las cosas en Castilla en
el tiempo que a los moros de Mallorca y de Zaragoza, acometieron las armas de
muchas naciones que contra ellos se juntaron. Había fallecido Giberto, conde de
la Provenza y de Aimillan en Francia; dejó a doña Dulce, su hija, por heredera.
Don Ramón Berenguer, conde de Barcelona, marido de doña Dulce, príncipe
poderoso y de grande señorío por lo que antes tenía, y por aquel estado de su
suegro que por su muerte heredó tan principal, determinó con las fuerzas de
ambas naciones apoderarse de las islas Baleares, que son Mallorca y Menorca,
desde donde los moros ejercitados en ser cosarios hacían robos y correrías en
las riberas de España, que está cercana, y también de Francia. Para llevar
adelante este intento tenía necesidad de una gruesa y grande armada. Juntó en
sus riberas la que pudo, principio de donde las armas de los catalanes
comenzaron a ser famosas por la mar, cuyos señores por algún tiempo fueron con
gran interés y fama. Pero como su armada no fuese bastante, él mismo pasó en
persona a Génova y a Pisa, ciudades en aquella sazón poderosas por la mar.
Convidóles a hacerle compañía en aquella guerra que trataba; púsoles delante
los premios de la victoria, la inmortalidad del nombre, si por su esfuerzo los
bárbaros fuesen echados de aquellas islas, de do, como de un castillo roquero,
amenazaban y hacían daño a las tierras de los cristianos. Prometiéronle
soldados y naves, y enviáronlos al tiempo señalado.
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Juntados estos socorros con el ejército de los
catalanes, pasaron a las islas. Fue la guerra brava y dificultosa y larga,
porque los moros, desconfiados de sus fuerzas, con astucia alzadas las
vituallas y tomados los pasos, parte se fortificaron en los pueblos y
castillos, parte se enriscaron en los montes sin querer meterse al peligro de
la batalla. Consideraban los varios y dudosos trances que traen consigo las
guerras, y que los enemigos se podrían quebrantar con la falta de lo necesario,
con enfermedades, con la tardanza, cosas que de ordinario suelen sobrevenir o
los soldados. La constancia de los nuestros venció todas las dificultades, y la
ciudad principal por fuerza y a escala vista se entró en la isla de Mallorca el
año 1115. Murió en aquella jornada Raimundo o Ramón, prelado de Barcelona.
Sucedió en su lugar Oldegario, al cual poco después por muerte de Berengario,
arzobispo de Tarragona, pasaron a aquella iglesia.
Ganada la ciudad, parecía sería fácil lo que
restaba de conquistar. En esto vino aviso que los moros en tierra firme, quier
con intento de robar, quier por forzar al conde se retirase de las islas, con
gente que echaron en tierra de Barcelona, habían henchido toda aquella comarca
de miedo, temblor y lloro, tanto, que sitiaron la misma ciudad. Esta nueva puso
en grande cuidado al conde sobre lo que debía hacer y en mucha duda; por una
parte el temor de perder lo suyo, por otra el deseo de concluir aquella guerra,
le aquejaban y traían en balanzas; venció empero el miedo del peligro y los
ruegos de los suyos. Dejó encargadas las islas a los genoveses, y él pasó a
tierra firme. Los bárbaros sin dilación alzaron el cerco; siguiéronlos,
venciéronlos y desbaratáronlos cerca de Martorel; fue la pelea más a manera de
escaramuza y de tropel que ordenadas las haces. La alegría de esta victoria
hicieron que fuese menor dos incomodidades: la una, que los genoveses con el
oro que les dieron los moros se partieron de las islas y se las dejaron, como
afirman los escritores catalanes, que en las historias de los genoveses ninguna
mención hay de esta jornada; la otra, que en la Galia Narbonense se perdió la
ciudad de Carcasona.
Poco antes de este tiempo Aton se apoderó de
aquella ciudad sin otro derecho más de la fuerza. Era en su gobierno cruel y
feroz. Movidos de esto los ciudadanos, se conjuraron contra él, y echado,
restituyeron el señorío de la ciudad al conde de Barcelona, cuya era de tiempo
antiguo, como antes queda mostrado. Aton con el ayuda de Guillén, conde de
Poitiers, forzó a los ciudadanos que se le rindiesen. Rugerio, hijo mayor de
Aton, entrado que hubo en la ciudad, hizo que todos rindiesen las armas.
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Como obedeciesen y las dejasen, mandóles a todos
matar. La crueldad que en los miserables se ejercitó, fue extraordinaria con
toda muestra de fiereza y soberbia inhumana. Muchos que pudieron salvarse se
fueron a Barcelona. A ruego de ellos el conde Ramón Arnaldo Berenguer con
ejército se metió por la Francia. Pusiéronse de por media varones buenos y
santos; pesábales que las fuerzas de este buen príncipe con aquella guerra
civil se divirtiesen de la guerra sagrada. Concertóse la paz de esta manera.
Que lo que Aton había prometido a Guillén, conde de Poitiers, de serle él y sus
descendientes sus feudatarios, mudado el concierto, poseyesen aquella ciudad,
pero como en feudo de los condes de Barcelona.
Fue este Guillén, conde de Poitiers, hombre que
procuraba ocasión de aumentar su señorío, trabar unas guerras de otras, aunque
fuesen con daño ajeno, sin ningún cuidado de lo que era honesto y de la fama.
Así, después que Ramón, conde de Tolosa, partió a la guerra de la Tierra Santa,
como arriba queda dicho, se apoderó con las armas de todo lo que aquel príncipe
tenía en Francia; hombre desapoderado y que no temía a Dios ni los juicios de
los hombres.
Beltrán, hijo de don Ramón, por este tiempo,
después de gastados tantos años en la guerra, desde la Tierra Santa, en que
tenía el señorío de Trípoli, y en cuyo cerco le mataron a su padre con una
saeta que del adarve le tiraron, dio la vuelta a su patria. No tenía esperanza
que el de Poitiers vendría en lo que era razón. Comenzó a tratar con los
príncipes comarcanos cómo podría recobrar el antiguo estado de su padre. En los
demás no halló ayuda bastante. Acordó acudir a don Alfonso, rey de Aragón, de
cuyas proezas y virtudes se decían grandes cosas; demás que la amistad trabada
de tiempo atrás entre aquellas dos casas y el deudo le obligaba a no
desampararle. ¡Qué grande maldad! El que perdido su padre y la flor de su edad
en la guerra sagrada tan lejos de su patria se pusiera a tantos trabajos y
peligros, sin embargo despojado de su tierra y de su estado, fue forzado a
pedir ayuda y acudir y hacer recurso a la misericordia de otros. Recibióle
aquel rey benignamente en Barbastro. Allí tuvieron su acuerdo; y el conde se
hizo feudatario de Aragón por los estados de Rodes, de Agde o Agatense, de
Cahors, de Albí, de Narbona y de Tolosa y otras ciudades comarcanas a las
sobredichas, a tal empero que por las armas de Aragón él y sus descendientes
fuesen restituidos y amparados en los estados de que estaban despojados.
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Hízose esta avenencia el año del Señor de 1116;
bien que don Beltrán no fue restituido a causa que el poder de los condes de
Poitiers era grande, y las fuerzas de Aragón estaban divididas, parte en la
guerra civil contra Castilla, parte en la que con mejor acuerdo se hacía contra
los moros. Verdad es que, pasados algunos años, don Alfonso Jordán, hermano de
don Beltrán, del castillo de Tolosa, en que le tenía preso el conde de
Poitiers, fue por aquellos ciudadanos sacado para hacerle señor de aquella ciudad,
y echado de ella por fuerza Guillén Morello, que tenía aquel gobierno por el
dicho conde de Poitiers. Los descendientes de don Alfonso fueron su hijo
Raimundo o Ramón, su nieto Raimundo y su biznieto y tataranieto, que se
llamaron también Raimundos y tuvieron el señorío de aquella ciudad hasta tanto
que Juana, hija del postrer Raimundo, por falta de hijos varones, casó con
Alfonso, conde de Poitiers. De este casamiento no quedó sucesión alguna, por
donde san Luis, rey de Francia, hermano del dicho conde de Poitiers, por su
muerte juntó con lo demás de su reino los estados y condados de Poitiers y de
Tolosa, según que en el casamiento de aquella señora lo capitularan.
X. De la Guerra de Zaragoza
Confinaban con el señorío de don Alfonso, rey de
Aragón, las tierras de Zaragoza, muy poderosa y fuerte ciudad por su nobleza,
riqueza y grandeza. Los moradores de ella hacían ordinarias correrías y
cabalgadas en los campos comarcanos de los cristianos, sin dejar de hacer todo
el mal y daño que de hombres bárbaros y enemigos del nombre cristiano se podía
esperar. El rey de Aragón, movido por estos males, sin embargo que la guerra de
Castilla no la tenía del todo acabada, se determinó con todas sus fuerzas y
gentes de combatir aquella ciudad. Representábanse grandes dificultades,
trabajos y peligros, que la constancia del invencible rey fácilmente
menospreciaba.
Tauste, villa principal a la ribera del río Ebro,
se ganó a esta sazón por el valor e industria de un caballero principal,
llamado Bacalla. Asimismo ganaron a Borja, a la raya de Navarra, Magallona y
otros pueblos y castillos por aquella comarca. A los almogávares (así se
llamaban los soldados viejos de gran experiencia y valor) se dio orden que
estuviesen de
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guarnición en el Castellar, plaza fundada, como
desuso queda dicho, sobre Zaragoza en un altozano. Proveyéronles de
mantenimientos, armas y municiones a propósito de hacer salidas y correrías por
los lugares al derredor, y que si necesario fuese, pudiesen sufrir un largo
cerco. Este fue el principio que se dio a la guerra y conquista de Zaragoza: a
la fama acudieron de diversas partes grandes personajes, entre otros vinieron
los condes Gastón, de Bearne; Rotron, de Alperche, y Centullo, de los bigerrones.
Formaron un grueso ejército de diversas gentes y naciones, con que se pusieron
sobre aquella ciudad el año que se contaba de nuestra salvación 1118, por el
mes de mayo. Al octavo día ganaron el arrabal que está de la otra parte del
rio. Rotron, conde de Alperche, en el mismo tiempo que se continuaba el cerco,
con seiscientos caballos que le dieron, se apoderó de Tudela, ciudad principal
en el reino de Navarra, puesta en un sitio fuerte a la ribera del río Ebro; con
la cual se quedó en premio de su trabajo.
Los moros de España, como quier que conociesen bien
de cuánta importancia era para sus cosas e intentos la ciudad de Zaragoza, y el
riesgo que corría todo lo demás si se perdiese, acudieron en gran número para
socorrer a los cercados. Vino otrosí de África un famoso caudillo, por nombre
Temin, con un grueso ejército de moros berberiscos; tenía puestos sus reales en
un lugar aventajado a la ribera de Huerva, más arriba de Zaragoza y junto al
castillo de María, que se tenía por los moros. Pero visto que los nuestros le
hacían ventaja en muchedumbre y esfuerzo, dio vuelta a lo más adentro de la
Celtiberia. Los cercados padecían falta de vituallas, y no tenían esperanza de
socorro, que era el mayor de los males. A los cristianos cansaba la tardanza.
Aprestaban nuevos ingenios para batir las murallas y entrar por fuerza la
ciudad, cuando fueron avisados que un sobrino de Temin, otros dicen era hijo
del rey de Córdoba, venía y llegaba ya cerca con resolución de meterse en la
ciudad como por su tío le era mandado. Alteróse el rey don Alfonso con este
aviso, tuvo su acuerdo, y determinó salir al encuentro a los que venían de
socorro, ca bien entendía que si entrasen en la ciudad, a él sería forzoso
partirse del cerco con poca reputación y mengua. Marchó pues con sus gentes,
dio vista a los enemigos, juntáronse las huestes no lejos de Daroca en un lugar
llamado Cutanda, diose la batalla, en que los moros fueron vencidos y muertos,
y preso su general.
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Los de Zaragoza, avisados de aquella desgracia, por
no quedarles esperanza alguna de poderse defender, después de ocho meses de
cerco a 18 de diciembre rindieron sobre pleitesía la ciudad. Fue aquel día muy
alegre para los cristianos, no sólo por el provecho presente, puesto que era
muy grande, sino mucho más por la esperanza que cobraron de desarraigar el
señorío de los moros de todo punto, quitádoles aquel fortísimo baluarte.
Estaban los nuestros tan ciertos que tomarían la ciudad, que tenían antes de
tomarla consagrado en obispo de ella a Pedro Librana, que consagró la iglesia y
se encargó del gobierno espiritual. A los condes Gastón de Bearne, y Rotron de
Alperche, en premio de su trabajo dio el Rey por juro de heredad sendos barrios
en aquella ciudad. Tales eran las costumbres de aquel tiempo; no tenían por
inconveniente poner muchos señores en un pueblo y en una ciudad.
A la ribera de Ebro, nueve leguas de Zaragoza,
estuvo antiguamente una noble colonia de romanos, llamada Julia Celsa, ahora es
un lugar desierto, y a una legua tiene un pueblo, que el día de hoy llaman
Jelsa, que es el solo rastro que queda de aquella antigüedad. A esta comarca
pasó el rey con sus gentes luego que la sazón del tiempo dio para ello lugar.
Por allí hicieron correrías en los campos de los moros alrededor. Desde allí
pasaron a la Celtiberia, provincia por la aspereza de los lugares y esfuerzo de
los naturales de todo tiempo muy poderosa y fuerte, cuyos linderos
antiguamente, unas veces se ensanchaban y otras se estrechaban, como sucedían
las cosas. Pero propiamente los celtíberos corrían de oeste al este desde las
fuentes del río Jalón, que tienen su nacimiento en Medinacelí, que algunos
tienen, aunque con engaño, fue la antigua Ecelesta, hasta Nertóbriga, que hoy
es Ricla. Por la banda de septentrión tenían por aledaño a Moncayo, y a la
parte de mediodía las fuentes de Tajo cerca de Albarracín, ciudad que en otro
tiempo se llamó Lobeto; en aquella comarca la guerra sucedió a los nuestros
como suele a los vencedores, todo se les rendía y allanaba. Ganaron de esta vez
a Tarazona, a Alavona y a Épila, que se tiene llamaron antiguamente Segoncia. Asimismo
Calatayud vino a poder de los cristianos, población que fue de moros y de su
capitán Ayub, que la fundó no lejos de la antigua famosa Bílbilis, de que queda
rastro en un monte que cerca de aquella ciudad se empina y hasta el día de hoy
se llama Bombola. Ariza también y Daroca corrieron la misma fortuna; adelante
de la cual villa el rey hizo edificar un pueblo, que
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llamó Monreal, en un sitio muy a propósito para
enfrenar las correrías y los intentos de los moros de Valencia.
Los monjes cartujos y los del Císter, nuevamente
fundados, tenían gran fama y crédito por todas las partes de la cristiandad.
Demás de estas órdenes, en Jerusalén los caballeros templarios y los
hospitalarios, conforme a su santo y religioso instituto, inventado por el
mismo tiempo, se empleaban con todas sus fuerzas en adelantar por aquellas
partes el partido de los cristianos. Los templarios en vestidura blanca traían
cruz roja a la manera de la de Caravaca con dos traviesas. Los hospitalarios,
que también se llamaban de San Juan, en capa negra cruz blanca. San Bernardo,
principal fundador de la orden del Císter, que vivía por estos tiempos, y aún
se sabe vino a España, persuadió al rey entregase aquel pueblo a los
templarios. Hízose así, edificáronles allí un convento, diéronles asimismo
otras rentas, en particular se les señaló la quinta parte de los despojos qua
se ganasen en la guerra, todo a propósito que tuvieses con que sustentar los
gastos, y por aquella parte fuesen fronteros de los moros. Guillén, prelado de
Aux en la Guyena, y los demás obispos de Aragón con sus sermones encendían los
corazones de la gente a tomar la cruz y ayudar con sus personas y haciendas los
intentos de aquellos caballeros. Ésta fue la primera entrada que los templarios
tuvieron en España, éste el principio de las grandes rentas que adelante
poseyeron, y aún, como se tuvo por cierto, últimamente fueron causa de su total
ruina.
XI. Del cisma de Burdino, natural de Limoges
Gobernaba por este tiempo la Iglesia de Roma
Gelasio, segundo de este nombre, al cual poco antes pusieron en la silla de san
Pedro por la muerte del pontífice Pascual. Fue persona de gran corazón, pues no
dudó proseguir las enemistades de sus antecesores contra el emperador Enrique,
cuarto de este nombre, en defensa de la libertad de la Iglesia y de la majestad
pontificia, en que pasó tan adelante, que, como el emperador viniese a Roma y
él no se hallase con fuerzas para reprimir sus intentos, en una barca por el
Tíber se fue primero a Gaeta, de donde era natural, y de allí pasó en Francia
con intento de celebrar un concilio de obispos que tenía convocado para la
ciudad de Reims. La muerte atajó sus intentos, que
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le tomó en el camino en el monasterio de Cluny.
Tuvo el pontificado pocos días más de un año. En este tiempo dejó concedida una
indulgencia a los soldados que estaban sobre Zaragoza y a todos los demás que
acudiesen con alguna ayuda para edificar el templo de aquella ciudad. La bula,
por ser muy señalada y porque por ella se entiende cómo se concedían las
indulgencias antiguamente, pondré aquí vuelta en romance:
«Gelasio, obispo, siervo de los siervos de Dios, al
ejército de los cristianos que tiene cercada la ciudad de Zaragoza y a todos
los que tienen la fe cristiana, salud y apostólica bendición. Hemos visto las
letras de vuestra devoción, y de buena gana dimos favor a la petición que
enviaste a la Sede Apostólica por el electo de Zaragoza. Tornando pues a enviar
al dicho electo, consagrado por la gracia de Dios por nuestras manos como si
por las del apóstol san Pedro lo fuera, os damos la bendición de la visitación
apostólica, implorando la justa misericordia del omnipotente Dios para que por
los ruegos y merecimientos de los santos os haga obrar su obra a honra suya y
dilatación de su Iglesia. Y porque habéis determinado de poner a vos y a
vuestras cosas a extremos peligros; si alguno de vos, recibida la penitencia de
sus pecados muriere en esta jornada, nos, por los merecimientos de todos y
ruegos de la Iglesia católica, le absolvemos de las ataduras de sus pecados. De
más de esto, los que por el mismo servicio de Dios o trabajaren o han
trabajado, y los que donan alguna cosa o hubieren donado a la iglesia de la
dicha ciudad, destruida por los sarracenos y moabitas, para ayuda a su reparo,
y a los clérigos que allí sirven a Dios para su sustento, conforme a la
cantidad de sus trabajos o buenas obras que hicieren a la Iglesia, y a juicio
de los obispos en cuyas parroquias viven, alcancen remisión de sus penitencias
e indulgencia. Dado en Aleste a 4 de los idus de diciembre. Yo, Bernardo,
arzobispo de la silla toledana, hago y confirmo esta absolución. Yo, el obispo
de Huesca, hago y confirmo esta absolución. Yo, Sancho, obispo de Calahorra,
hago y confirmo esta absolución. Yo Guido, obispo lascurrense, hago y confirmo
esta absolución. Yo Boso, cardenal de la santa Iglesia romana, hago y confirmo
esta absolución».
En lugar del papa Gelasio, por voto de los
cardenales que a su muerte se hallaron, el año de 1119 a 1 de febrero, fue
elegido Guido, de nación borgoñón, hermano de don Ramón, y tío de don Alfonso,
rey de Castilla. Era a la sazón arzobispo de Viena de Francia; llamóse en el
pontificado Calixto II, dado que no aceptó la elección hecha por los cardenales
en su
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persona hasta tanto que el clero de Roma viniese en
lo mismo; y así, no se coronó hasta los 15 de octubre. En el concilio remense,
en que se halló presente, promulgó sentencia de excomunión contra el emperador;
estableció otrosí nuevas leyes contra el pecado de la simonía, que era muy
ordinario, tanto, que ni bautizaban los niños ni enterraban los muertos sino
por dineros. Procuró que los presbíteros, diáconos y subdiáconos se apartasen
de las concubinas, las cuales en tiempos tan revueltos ellos tenían con el
repuesto y libertad como si fueran sus mujeres; en España en particular todavía
se continuaba la mala costumbre que introdujo el perverso rey Witiza, en
especial en Galicia, sin poderla extirpar del todo, bien que se ponía en ello
diligencia, de que da muestra un breve que pocos años antes de este tiempo
envió el papa Pascual a don Diego Gelmírez, obispo de Santiago, cuyo tenor es
el que se sigue:
«Pascual, obispo, siervo de los siervos de Dios, al
venerable Diego, obispo de Compostela, salud y apostólica bendición. La iglesia
que por Voluntad de Dios has recibido para gobernar, mucho ha que, aún
pareciendo que tenía pastor, carece del consuelo de pastor. Por ende con mayor
cuidado debes procurar que todas las cosas en ella se dispongan legalmente
conforme a la regla de la Sede Apostólica. Pon en tu iglesia tales cardenales,
presbíteros o diáconos, que puedan dignamente sustentar las cargas cometidas a
ellos del gobierno eclesiástico. Allende de esto, lo que toca a los
presbíteros, se encomiende a los presbíteros, lo que es de los diáconos a los
diáconos se encargue, para que ninguno se entremeta en oficio ajeno. Si algunos
ciertamente antes que fuese recibida la ley romana, según la común costumbre de
la tierra, contrajeron matrimonios, los hijos nacidos de ellos no los excluimos
ni de la dignidad seglar ni de la eclesiástica. Aquello de todo punto es
indecente que en vuestra provincia, según somos informados, moran juntamente
los monjes y las monjas. Lo cual debe procurar estorbar tu experiencia, para
que los que al presente están juntos, sean apartados en moradas muy diversas
conforme al juicio de personas religiosas; y para adelante no se use de semejante
libertad. Dado en el Laterano, año de la encarnación del Señor 1103, de nuestro
pontificado el cuarto».
La ley romana de que se hace mención en este breve,
según yo entiendo, era la ley de la continencia impuesta a los del clero. La
causa de excomulgar al emperador en el concilio remense fue que luego que el
papa Gelasio se salió de Roma, como queda dicho, el Emperador procuró e hizo
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que en su lugar fuese nombrado por romano pontífice
el obispo de Braga, llamado Burdino, con nombre de Gregorio VIII. Principio y
ocasión con que, por la discordia de dos que se llamaban pontífices, se alteró
la paz de la Iglesia en muy mala sazón. Cada cual de los dos pretendía ser el
verdadero papa, y ponía dolo en la elección de su contrario, como es ordinario
en semejantes casos.
Era Burdino natural de Limoges, en Francia; vino a
España en compañía de Bernardo, arzobispo de Toledo, como queda dicho de suso.
Después con ayuda del mismo alcanzó el obispado de Coimbra. En él trocó el
nombre de Burdino y se llamó Mauricio; pero no se despojó de sus malas mañas y
dañadas costumbres. De Coimbra con la misma ayuda de Bernardo fue promovido al
arzobispado de Braga. A todos estos beneficios no correspondió con el
agradecimiento debido; antes con dineros que de todas partes juntó, en que llevaba
más confianza que en la justicia de lo que pretendía, se partió para Roma con
intento de alcanzar del pontífice Pascual absolviese a Bernardo y le quitase la
dignidad que tenía, con color que por su vejez no era bastante para el gobierno
de aquella iglesia, y esto hecho, le pusiese a él en su lugar y le hiciese
arzobispo de Toledo. Acometió el negocio por todos los medios que supo; pero,
perdida la esperanza que el pontífice vendría en cosa tan fuera de razón, como
era sagaz y doblado, acordó tomar otro camino para su acrecentamiento. Supo la
discordia y diferencias que tenían el emperador y el papa; fuese para el
emperador, y con sus mañas le ganó la voluntad de tal suerte, que con su ayuda
se apoderó de la Iglesia de Roma y se hizo falso pontífice. Hay un breve del
papa Gelasio para Bernardo, arzobispo de Toledo, en que le avisa que Burdino
por sus excesos fue anatematizado por el pontífice Pascual, y le ordena que en
su lugar haga poner otro prelado en la iglesia de Braga.
Grandes fueron las alteraciones que por causa de
este cisma de Burdino se siguieron. Remediólo Dios; que el verdadero papa usó
de diligencia, y el falso pontífice, tres años después que usurpó aquel
apellido, fue en Sutrio preso, y en Roma traído como en triunfo en un camello
por las calles y por las plazas; últimamente, le desterraron a lo postrero de
Italia, y en el destierro murió en el monasterio de la Cava, llamado de la
Trinidad, en que por sentencia y en pago de sus deméritos le tenían recluso. Éste
fue el premio de la ambición de aquel hombre sin
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mesura; éste el fin de grandes movimientos,
sospechas y miedos, que tenían suspenso y con cuidado a todo el mundo.
XII. De las paces que se asentaron entre Aragón y
Castilla
La elección del papa Calixto dio mucho contento a
su sobrino el rey de Castilla, y para toda España fue muy saludable, ca todos
entendían favorecería sus cosas con muchas veras, mayormente las de Castilla,
por el deudo que en ella tenía; donde a la sazón las principales ciudades y
castillos más fuertes se tenían por Aragón con guarniciones que en ellas
ponían, sin otro mejor derecho que el que los reyes suelen poner en las armas y
en la fuerza. Los castellanos comúnmente, unos por la larga costumbre de servir
y obedecer, otros por diversos respetos y obligaciones que tenían a los
aragoneses, poco caso hacían del menoscabo y afrenta de todo el reino, y muy
poco les movía el deseo de la libertad.
Era el rey de Castilla, aunque de pocos años, igual
en grandeza de ánimo a cualquiera de sus antepasados; no podía sufrir los
agravios que su padrastro le hacía y la mengua de su reino. Enviáronse de una
parte a otra embajadas sobre el caso. El de Aragón ni claramente rehusaba de
hacer lo que se le pedía, ni venía luego en ello. Sólo de día en día, con
varias excusas que alegaba, dilataba la ejecución y entretenía a su antenado.
Llegóse a los postreros plazos y términos, que fue enviar reyes de armas para pedir
los castillos y plazas; y caso que no se hiciese así, denunciar y romper la
guerra a los contrarios. El de Aragón, por la continua prosperidad que en sus
cosas tenía y por la pequeña edad de su antenado, hacía poco caso de estas
amenazas, y parecía estar olvidado de la poca firmeza que tienen las cosas de
la tierra.
Vinieron a las armas, juntaron grandes huestes por
la una y por la otra parte. El rey de Aragón, como se hallaba más apercibido de
todas las cosas necesarias, fue el primero que salió en campo, rompió por la
parte de Navarra y entró por los campos de la Rioja. Dicen que el que acomete
vence. Parecíale otrosí más a propósito para ganar reputación y salir con la
victoria ofender que defenderse, y forzar a los enemigos en sus mismas tierras
a poner a riesgo sus haciendas, sus casas, hijos y mujeres y todas las
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demás cosas que suelen estimar los hombres más que
la misma vida. Grandes males y estragos amenazaban a España por cualquiera de
las partes que la victoria quedase. Acudieron personas de buena vida y prelados
del uno y del otro reino, pusiéronse de por medio a mover tratos de paz, bien
que poca esperanza tenían de salir con ello por las muchas veces que en balde
se intentara. Mas como quier que los corazones de los príncipes están en las
manos de Dios, todo sucedió mejor que pensaban, porque el rey de Aragón dio
oídos a estas pláticas y se dejó persuadir de las razones que le pusieron
delante.
Éstas eran que el de Castilla pedía justicia en sus
pretensiones; ofrecían tendría al aragonés en lugar de padre sin le enojar en
cosa alguna. Por el contrario, los aragoneses no harían bien ni razón si más
tiempo detuviesen los castillos y ciudades de Castilla, pues la excusa que
alegaban de la pequeña edad del rey y el derecho que pretendían por el
casamiento de doña Urraca, su madre, de todo punto cesaban; pues por una parte
aquel matrimonio era ninguno, y como tal estaba apartado, y por otra don Alfonso
era ya rey y señor de todo con beneplácito de su madre y voluntad de todo el
reino. Que por sola fuerza sin razón ni derecho tener oprimido el reino ajeno,
sus amigos y deudos, era cosa de mala sonada, y que no se podría tolerar.
Finalmente, le advirtieron que los sucesos de la guerra suelen ser
desgraciados, por lo menos muy dudoso su remate, mayormente que está a cuenta
de Dios el amparar la inocencia y la justicia contra los que a tuerto la
atropellan.
Vinieron pues a concierto; las condiciones fueron
que por los aragoneses quedase todo lo que hay desde Villorado a Calahorra, a
que pretendían tener derecho por razones y escrituras que declaraban pertenecía
aquella comarca a los reyes de Navarra. Demás de esto, que en Vizcaya quedase
por los mismos lo que se llama Guipúzcoa y Álava, provincias que pocos años
antes el rey don Alfonso el Sexto quitara por fuerza a los navarros. Cuanto a
las demás ciudades y fuerzas de Castilla, acordaron se quitasen las guarniciones
que tenían de aragoneses, y nombradamente de Toledo. Bien entiendo que en todo
esto se tuvo respeto a dar contento al pontífice Calixto; y todavía no sabría
determinar a cuál de estos dos príncipes se deba mayor loa y prez en este caso.
Parece que cada cual de los dos se señaló y se la ganó al otro en modestia y en
blandura. El aragonés se mostró muy liberal por dejar lo que tenía, sin embargo
de razones aparentes que para continuar no faltaban, como es
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ordinario. El de Castilla se señaló en paciencia y
en prudencia más que llevaba su edad, pues con parte de su reino quiso comprar
la paz tan deseada de todos. Concertadas estas diferencias, que avino el año de
Cristo 1122, si bien algunos añaden a este cuento más años, en adelante estos
dos reyes, como si fueran dos hermanos o padre e hijo, se mantuvieron en grande
concordia y se gobernaron con gran prudencia; defendieron sus reinos de las
tormentas y guerras que amenazaban de diversas partes.
Lo primero sin dilación revolvieron contra los
moros. El de Aragón rompió por aquella parte que bañan y abrazan los ríos Cinca
y Segre, donde el pueblo de Alcolea, que era vuelto a poder de moros, se
recobró. Pasaron al reino de Valencia, y de la otra parte del río Júcar
entraron asimismo por la comarca de Murcia. Revolvieron sobre la ciudad de
Alcaraz, pero aunque la combatieron, no pudieron salir con ella por la
fortaleza de su sitio. De allí pasaron a lo más adentro de Andalucía, en que
los pueblos y ciudades a porfía se les rendían, y se ofrecían a pagar cierto
tributo cada un año porque no les talasen los campos ni les robasen ni quemasen
la tierra. Vinieron a batalla con el rey de Córdoba y otros diez señores moros,
que se dio junto a un pueblo llamado Arenzol el año 1123. La victoria y el
campo quedó por los nuestros. Por otra parte, el año luego siguiente ganaron
por fuerza de los moros a Medinaceli, villa puesta en un collado empinado en
aquella parte por do partían términos la Celtiberia y la Carpetania. De esta
manera procedían las cosas de Aragón.
El rey de Castilla, con el mismo deseo de hacer mal
a los moros y huir la ociosidad, con que las fuerzas se enflaquecen y
marchitan, acometió las tierras de Extremadura. Allí recobró la ciudad de
Coría, que después de la muerte del rey don Alfonso, su abuelo, volviera a
poder de moros. Dio el rey orden y asiento en las cosas de aquella ciudad. Don
Bernardo, por la autoridad que tenía de primado y legado apostólico, concertó
lo que tocaba a la religión y culto divino. Desde allí corrieron todas las
tierras que se extienden largamente entre los dos ríos Guadiana y Tajo, y son
parte de la antigua Lusitania. Las talas de los campos y las presas de hombres
y ganados fueron muy grandes, con que el ejército, alegre por el buen suceso,
rico y cargado de despojos, dio la vuelta y se fueron los soldados a descansar
a sus casas. Con estos principios ganó el rey reputación, y dio bastante prueba
de aquellas virtudes, fe, liberalidad, constancia, culto muy puro de la
religión, en que apenas tuvo par.
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Era muy devoto de Bernardo, abad a la sazón de
Claravalle, al cual la conocida bondad de su vida y los grandes trabajos que
sufrió por la religión puso adelante en el número de los santos. Era de nación
borgoñón, como el rey lo era de parte de su padre, y así por su consejo hizo
edificar muchos monasterios de cistercienses, que son casi los mismos que en
este tiempo en toda aquella parte de España se ven fundados con magníficos
edificios y heredados de gruesas rentas y posesiones. Contentábanse con poco al
principio aquellos religiosos por el menosprecio que profesaban de las cosas
humanas; después en poco tiempo, por la ayuda que muchos a porfía les dieron,
persuadidos que con esto servían mucho a Dios, juntaron grandes riquezas. Que
san Bernardo viniese a España a lo postrero de su vida se entiende por una
carta suya a Pedro, abad de Cluny. Aumentó otrosí el rey con gran liberalidad
los demás templos y monasterios que por todo su señorío estaban fundados, como
lo muestran escrituras antiguas y privilegios, que por toda España fielmente se
guardan en los archivos antiguos de Santo Domingo de la Calzada, de San Millán
de la Cogolla, de San Miguel del Pedroso, de Santo Domingo de Silos; templos en
aquella sazón muy célebres por su devoción y por el concurso de la gente que a
ellos acudía. Alcanzó del pontífice, su tío, que la ciudad de Zamora y su
iglesia fuese catedral. Bernardo, arcediano de Toledo, de nación francés, como
arriba queda declarado, fue puesto por prelado el primero en aquella ciudad.
Sucedióle Esteban, en cuyo tiempo por dicho de un
pastor que tuvo de ello revelación, se descubrió y conoció el lugar en que el
cuerpo de san Ildefonso, arzobispo de Toledo, yacía del todo olvidado por la
perturbación de los tiempos. Verdad es que sus palabras por entonces fueron
menospreciadas por ser él persona tan baja; mas en tiempo del rey don Alfonso
VIII se averiguó la verdad de aquella revelación, y que el pastor no andaba
deslumbrado, cuando en tiempo de don Severo, obispo de aquella ciudad, la iglesia
de San Pedro, que se caía y estaba maltratada, se comenzó a reedificar; en
cuyos cimientos al abrirlos hallaron un sepulcro de mármol con el nombre de san
Ildefonso, de que salió un olor de maravillosa fragancia. Averiguado todo el
negocio, los sagrados huesos fueron puestos en una caja junto al mismo altar de
San Pedro.
La iglesia otrosí de Santiago, a la misma sazón por
concesión del mismo pontífice y a instancia del rey fue hecha arzobispal; y
para este efecto y para que tuviese mayor autoridad trasladaron a ella los
derechos y
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privilegios de la iglesia de Mérida, que estaba
todavía en poder de moros, como consta todo esto por un privilegio que el rey
otorgó en esta razón. Señalaron doce obispos que fuesen sufragáneos del nuevo
arzobispo: los de Salamanca, Ávila, Zamora, Ciudad Rodrigo, Coria, Badajoz,
Lugo, Astorga, Orense, Mondoñedo, Tuy; el tiempo adelante añadieron el de
Plasencia. El arcediano de Ronda dice que los obispados de Zamora, Ávila y
Salamanca en tiempo del arzobispo don Bernardo eran sufragáneos de Toledo, y que
al presente los pasaron a Santiago; no sé cuánta verdad tenga esto. El nuevo
arzobispo don Diego Gelmírez fue nombrado por legado apostólico en las
provincias de Braga y de Mérida; de que hay breve de este Papa en el libro
segundo de la Historia Compostelana, su data a 28 de febrero, año 1120,
indicción trece, año segundo de su pontificado, cosa que sintió mucho el
arzobispo de Toledo don Bernardo.
Hízole contradicción, pero salió con el pleito su
contrario, y por el poder que tenía, celebró un concilio en la ciudad de
Santiago; acudieron a su llamado los obispos y abades de las dos provincias
emeritense y bracarense. Por esta manera y con estos principios se echaban los
cimientos de la grandeza que hoy tiene la iglesia de Santiago; en todo esto se
tuvo respeto a la grandeza de aquel santuario, y a que don Ramón de Borgoña,
padre del rey y hermano del pontífice, estaba allí sepultado. Sucedió esto por
los años del Señor de 1124.
En el mismo año por el mes de diciembre pasó de
esta vida el mismo papa Calixto. Sucedióle en el pontificado Honorio, segundo
de este nombre.
El año siguiente hubo guerras civiles en Francia
por causa que Alfonso, conde de Tolosa, primo hermano que era del rey de
Castilla, y su mujer, la condesa Faidida, pretendían tener derecho al condado
de la Provenza y apoderarse de él por las armas. El conde de Barcelona defendía
con todas sus fuerzas aquel estado, como dote que era de doña Dulce, su mujer.
Resultó que después de grandes diferencias y debates se vino a concierto;
acordaron que Argencia y Belicadro, pueblos sobre que la duda era mayor a cuál de
las partes pertenecían, y aquella parte de la Provenza que está entre los ríos
Druencia e Isara, quedasen por el conde de Tolosa; los demás pueblos y ciudades
y la mayor parte de Aviñón, ciudad puesta a la otra parte del río Ródano,
populosa y rica, se adjudicaron a los condes de Barcelona. Concertaron otrosí
que, así ellos como sus descendientes, a
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trueco se prohijasen unos a otros para efecto de
sucederse, caso que alguna de las partes muriese sin dejar hijos.
XIII. De los principios del reino de Portugal
En la parte de España que hoy se llama Portugal, y
casi es la misma que la antigua Lusitania, un nuevo reino se fundaba por estos
tiempos en su distrito no muy ancho, en el tiempo el postrero entre los reinos
de España, en hazañas y valor muy noble y muy dichoso; pues no sólo
antiguamente pudo echar de toda aquella tierra los moros enemigos de
cristianos, sino los años adelante en tiempo de nuestros abuelos y de nuestros
padres mostraron tanto valor los portugueses, que con increíble esfuerzo y
buena dicha abrieron camino para pasar a todas las partes del mundo, y sujetar
en la África y en la Asia muchos reyes y provincias, y hacerlas tributarias a
su imperio. La luz de la verdadera religión y del Evangelio la llevaron y la
mostraron entre naciones y gentes muy apartadas y bárbaras; gran gloria de su
nación y acrecentamiento de la religión cristiana. Tiéndese la provincia de
Portugal largamente por las riberas del mar Océano occidental en lo postrero de
España; tiene por sus aledaños a mediodía y a septentrión los ríos Guadiana y
Miño; es larga más de cien leguas, la anchura es mucho menor; por la parte que
se tiende más pasa de treinta y cinco leguas, por la que más se estrecha tiene
más de veinte. Divídese en tres partes, los de aquende y allende Tajo, y la
comarca que está entre Duero y Miño, que es la mas fértil y alegre, do está
situada la antigua ciudad de Braga; de la una parte de Tajo está Lisboa, de la
otra Ébora, todas tres ciudades arzobispales. El terreno por la mayor parte es
estéril y delgado, tanto, que de ordinario se sustentan de acarreo o por la
mar. La gente es muy deseosa de honra y muy valiente entre todas las de España,
señalada en la templanza del comer y del vestido, dada a la piedad y a los
estudios de sabiduría, de toda humanidad y policía.
Una parte pequeña de esta provincia, que los reyes
de Castilla tenían ganada de moros, se dio a don Enrique de Lorena, como queda
dicho de suso, con nombre de conde y en dote con doña Teresa, su mujer, que fue
hija, bien que fuera de matrimonio, del rey don Alfonso el Sexto. Sus hijos,
don Alfonso, doña Elvira y doña Sancha; don Enrique, su padre,
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teniendo ya estos hijos después de la muerte de
Jofré, rey de Jerusalén, encendido en deseo de ayudar a Balduino, hermano del
difunto, que era de su nación y aún su deudo, como algunos piensan, pasó por
mar a la Tierra Santa, consejo y acuerdo, si se miran las razones humanas, ni
prudente ni recatado, por dejar a su mujer e hijos en peligro y tener tanto que
hacer en su tierra contra los moros. Su ida no fue de algún efecto notable en
levante; así, dio la vuelta a España. Vuelto, trató con el arzobispo de Toledo
don Bernardo, a cuyo cargo por ser primado estaba el estado de las cosas
eclesiásticas, que las ciudades de Braga, Coimbra, Viseo, Lamego y Porto, que
caían todas en su distrito, volviesen a su antigua dignidad y pusiesen en ellas
obispos. La reparación de Braga y qué ciudades tenía sujetas mejor se entenderá
por una bula de Calixto II, cuyo fragmento me pareció ingerir en este lugar,
que dice así:
«Que la iglesia de Braga haya antiguamente sido
insigne en los reinos de España por muchos títulos de dignidad y gloria
esclarecida, así los indicios de su antigua nobleza como los testimonios de
antiguas escrituras lo comprueban. Pero porque quiso Dios castigar los pecados
del pueblo que en ella vivía con la entrada de los moros o moabitas, así la
dignidad arzobispal fue disminuida, como confundidos los términos de sus
parroquias. Mas después de largos espacios de tiempos, la divina misericordia
de nuevo se ha dignado restituir la metrópoli y librar en gran parte las
parroquias de la tiranía de los infieles. Por donde nuestro predecesor, de
santa memoria, el papa Pascual, la restituyó enteramente en su antigua dignidad
y la tornó a juntar todos sus miembros por el privilegio de la Sede Apostólica.
Nosotros pues, siguiendo sus pisadas, hermano carísimo y coepíscopo nuestro de
la iglesia de Braga, Pelagio, do por voluntad de Dios presides, por la
escritura de este presente privilegio confirmamos la misma ciudad de Braga toda
con el coto o término entero que a la misma iglesia dieron el conde don Enrique
y doña Teresa, su mujer, como se contiene en la descripción del sobredicho
señor. Y a la misma metrópoli de Braga restituimos la provincia de Galicia, y
en ella las ciudades catedrales; item Astorga, Lugo, Tuy, Mondoñedo, Orense,
Porto, Columbria y los pueblos que hoy tienen nombre de obispales, que son:
Viseo, Lamego, Egitania, Britonia, con todas sus parroquias». Hasta aquí son
palabras de Calixto.
Catorce años antes de este tiempo en que vamos pasó
de esta vida don Enrique en Astorga, ciudad de Galicia, donde era ido para
sosegar las
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guerras civiles de Castilla y Aragón. Su cuerpo
sepultaron en Braga en una capilla humilde; que la grandeza o locura de los
sepulcros que hoy se usan y de los gastos intolerables que en esto se hacen no
se había introducido en aquella edad. La condesa doña Teresa, su mujer, después
de muerto su marido, no tuvo mucha más cuenta con la honestidad que su hermana
doña Urraca, porque casó con el conde de Trastámara Fernán Páez, casamiento por
lo menos humilde, si ya no fue del todo ilícito por ser clandestino. Dicen
otrosí que tuvo conversación con un hermano del mismo, llamado Bermudo, y que,
sin embargo, le dio por mujer a doña Elvira, su hija; y la otra hija, llamada
doña Sancha, casó con Fernando de Meneses. Pudo ser que por odio se impusiesen
falsamente algunas cosas de las sobredichas contra la honestidad de esta
señora.
La verdad es que Fernán Páez alcanzó mucha cabida
con la condesa, y gobernaba lo más alto y lo más bajo, y lo trastrocaba todo a
su voluntad. Él hacía la guerra, él gobernaba en tiempo de paz sin hacer caso
de su antenado. Sufrió él con paciencia este desaguisado y la mengua de su casa
por la poca edad que tenía; pero adelante, como quier que por el odio y torpeza
de su madre se le arrimase mucha gente, determinó de tomar las armas. No se
descuidó su padrastro, hicieron levas de gente, diéronse vista y juntáronse los
campos. Diose la batalla en la vega de Santibáñez, cerca de Guimaranes, que se
entiende fue la antigua Aradura, asentada do se juntan los ríos Avo y Viscella.
Quedó la victoria por don Alfonso, y con ella hubo en su poder a Fernán Páez y
a doña Teresa, su madre. Al padrastro soltó sobre pleitesía que saldría de todo
Portugal, a su madre puso en una estrecha prisión. Ella, embravecida por aquel
desacato, envió a convidar y rogar al rey de Castilla, su sobrino, la ayudase
contra los intentos crueles de su hijo. Prometióle de darle el condado de
Portugal, que era muy justo quitar a su hijo por su inobediencia. Condescendió
el de Castilla a los ruegos de su tía, sea por compasión y lástima que la
tenía, o con deseo de ensanchar su señorío.
Juntó un buen ejército, con que se metió por las
tierras de Portugal; acudió su primo, diose la batalla, que fue muy herida, en
la vega de Valdeves, puesta entre Monzón y la puente de Limia. Fueron los
castellanos vencidos y forzados a retirarse a León. El orgullo que por causa de
esta victoria cobraron los portugueses fue tan grande, que sin mirar lo de
adelante y sin tener cuenta con sus pocas fuerzas, se tenían y publicaban por
libres y exentos del señorío de Castilla. El rey don Alfonso,
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con deseo de satisfacerse y reprimir la lozanía de
los contrarios, juntado que hubo más fuerzas, revolvió sobre Portugal con mayor
furia que antes. Los portugueses, por no tener fuerzas bastantes, se encerraron
dentro de Guimaranes para con la fortaleza de aquella plaza defenderse del
enemigo poderoso y bravo. Pusiéronse los castellanos sobre ella, determinados
de no partirse de allí antes de tomarla y vengar la afrenta pasada. Estaba
dentro con el Infante, que otros llaman duque de Portugal, Egas Núñez, su ayo,
persona de mucha prudencia, y que con su buena crianza cultivó maravillosamente
el buen natural de aquel príncipe, y fue causa que sus buenas inclinaciones se
mejorasen y diesen el fruto de virtudes aventajadas. Este caballero, habida
licencia, salió a verse y hablar con el rey; díjole tales razones, que le
ablandó e inclinó a que se hiciesen paces. Las condiciones fueron las que el
mismo Egas quiso otorgar; con tanto se alzó el cerco.
Añaden los historiadores de Portugal, a cuya cuenta
se pongan estas cosas, que pasados algunos años, como don Alfonso el de
Portugal mostrase estar olvidado y no querer cumplir lo que su ayo en su nombre
asentara, que se partió para Toledo, y llegado a la presencia del rey, con un
dogal al cuello se le presentó delante. Díjole: «Tomad señor, con mi muerte,
enmienda de la palabra y homenaje que contra mi voluntad os han quebrantado».
Reparó el rey con espectáculo tan extraordinario, movióse a misericordia por
las lágrimas y aquel traje de persona tan venerable, perdonóle lo hecho, dado
que no le quiso honrar, por sospechar algunos que debajo de aquella apariencia
podía haber algún trato doble y engaño.
XIV. De las guerras que el rey de Castilla hizo
contra los moros
Este fue el fin que tuvo por entonces la guerra de
Portugal; los que tienen mayor cuidado en rastrear y ajustar los tiempos,
piensan que concurrió con el año de nuestra salvación de 1126, en el cual año
la reina doña Urraca y el arzobispo de Toledo, don Bernardo, fallecieron casi
en un mismo tiempo. La Reina en el castillo de Saldaña o en León, como antes se
dijo, reventó en la iglesia de San Isidro. Concuerdan las historias en el día
de su
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muerte, que fue a 7 de marzo; la Historia
compostelana dice a 10, sexto de los idus, y que finó en Tierra de Campos. Su
cuerpo sepultaron magníficamente en León. Don Bernardo, como se saca de
diversos papeles de la iglesia de Toledo, si bien señalan un año antes de este,
falleció en Toledo a los 3 de abril, cargado de años y de edad, asaz
esclarecido por las cosas que hizo y por él pasaron. Sepultáronle en la misma
ciudad en la iglesia mayor con una letra, conforme al tiempo algo grosera, que
comenzaba por estas palabras:
Primero Bernardo fue aquí Primado Venerando.
Verdad es que el arcediano de Alcor dice que está
enterrado en el monasterio de Sahagún junto al lucillo del rey don Alfonso el
Sexto. Fue arzobispo por espacio de cuarenta años. Doce años antes que
falleciese (los Anales de Sevilla dicen ocho), con sus gentes y a sus expensas
ganó de moros la villa de Alcalá, en aquella sazón puesta de la otra parte del
río de Henares en un recuesto áspero que se levanta sobre la misma ribera. Los
reales del Arzobispo se asentaron en un collado más alto y como padrastro, que
al presente se llama de la Vera Cruz. Desde allí los fieles apretaron a los
moros y los trabajaron de tal guisa, que fueron forzados a desamparar el lugar,
maguer que era muy fuerte. Por esta causa desde aquel tiempo quedó cuanto a lo
temporal y espiritual por los arzobispos de Toledo.
Sucedió a don Bernardo don Raimundo o Ramón, obispo
a la sazón de Osma; vinieron en su elección, primero el clero de Toledo que la
votó, después el papa Honorio. En cuyo tiempo los obispos, abades y señores del
reino se juntaron en Palencia, y con ellos el nuevo prelado de Toledo, que se
llamaba primado y aún legado de la Sede Apostólica, según que se halla en la
Historia Compostelana. Debió de ser de sólo nombre, porque el que presidió y
por cuya autoridad se juntó este concilio fue don Diego Gelmírez, arzobispo de
Santiago, por título de legado, ca la legacía que tuvo don Bernardo, como lo
nota el arcediano de Ronda, no se dio a su sucesor, sino a este don Diego
Gelmírez, y después de él a Juan, arzobispo de Braga, el cual muerto, dice no
se dio a otro ninguno. En Palencia se hallaron presentes el rey y la reina.
Abrióse el concilio al principio de la cuaresma del año 1129. En él, demás de
otras cosas, hallo que se establecieron dos muy notables: la primera, que no se
recibieran ofrendas
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ni diezmos de los excomulgados; la segunda, que no
se diesen las iglesias a los legos, quier fuese con color de prestimonio, quier
de vilicación, de donde se puede entender el principio y origen que los
beneficios llamados préstamos tuvieron en España, que eran como mayordomos de
las iglesias. Expidió eso mismo el rey un privilegio, en que a ejemplo de su
tío el pontífice Calixto, dice que traslada de Mérida, luego que fuere
recobrada de moros, los derechos reales a la ciudad de Santiago.
Poco después el cardenal Humberto, que vino a
España por legado, juntó en León otro concilio de obispos para tratar del
matrimonio del rey, que algunos pretendían era inválido. Casóse el rey don
Alfonso el segundo año después de la muerte de su madre, con doña Berenguela,
hija de Ramón Berenguer, conde de Barcelona. Celebráronse las bodas en Saldaña
por el mes de noviembre; tuvo en ella los años siguientes a sus hijos don
Sancho, don Fernando, doña Isabel y doña Sancha. Constaba que doña Berenguela
tenía deudo con su marido por la línea de los reyes de Castilla y asimismo por
la de los condes de Barcelona. Tratóse el negocio, e hiciéronse los autos
acostumbrados; venidos a sentencia, los obispos pronunciaron que aquel
parentesco no era en alguno de los grados prohibidos por la Iglesia y por
derecho. El emperador don Alfonso era bisnieto de don Fernando, rey de
Castilla. Doña Berenguela, tercera nieta de su hermano don Ramiro, rey de
Aragón, por vía de su hija doña Teresa, que casó en la Provenza, y fue madre del
conde Gilberto, padre de doña Dulce, que casó con Ramón Berenguer, conde de
Barcelona ya dicho. Conforme a esto el deudo era en cuarto y quinto grado y no
más.
Concluido este pleito, las fuerzas del reino se
enderezaron contra moros. Hizo el rey entrada en las tierras de los infieles
por la parte del reino de Toledo. Púsose sobre Calatrava, cuyos moradores
hacían grandes daños en los campos comarcanos, apretóse el cerco, que fue
largo; en fin, se ganó, y el rey la entregó al arzobispo de Toledo para que
fuese señor de ella y la tuviese a su cargo. El crédito y fama de los
caballeros templarios, de su valor y esfuerzo no tenía par; por esta causa el
arzobispo les entregó aquella plaza. Así lo afirman los más autores, puesto que
algunos piensen que estos caballeros no fueron los templarios, sino otros que,
tomada la señal de la cruz a imitación de la guerra que se hacía en la Tierra
Santa, seguían a sus expensas los reales de los cristianos con celo de hacer
daño a los moros e intento de ganar la indulgencia a los tales concedida por
los papas. Ganáronse de esta vez por aquella comarca Alarcos, Caracuel, que
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Antonino en su Itinerario llama Carcuvio, Mestanza,
Alcudia, Almodóvar del Campo, y en la misma Sierra Morena ganaron el lugar de
Pedroche. Lo demás parecía sería fácil de conquistar por el gran miedo que se
apoderara de aquella gente infiel; pero la sazón del tiempo, que era tarde,
reprimió los intentos del rey.
Pasado el invierno, sacó las gentes de sus
alojamientos, con que por los desiertos de Cazlona, que es parte de Sierra
Morena, rompió por el Andalucía talando, saqueando y robando por todas las
partes. Cercaron a Jaén, mas no la pudieron tomar; dado que por todo el tiempo
del invierno estuvieron sobre aquella ciudad; la fortaleza de los muros y
esfuerzo de los cercados hizo que no se pudiese entrar. Tenía por aquella sazón
el imperio de los almorávides en África y en España Albohalí, hijo de Alí,
nieto de Yusuf, príncipe de menor poder y fuerzas que sus antepasados por causa
de las guerras civiles que andaban encendidas entre los moros. Era esta buena
ocasión para dañarle y hacerle guerra.
El suegro del rey don Alfonso, conde de Barcelona,
falleció el año de 1131; dejó por señor de Barcelona y de Carcosona y de Rodes,
ciudades de Francia que eran de su señorío, a su hijo mayor don Ramón. A don
Berenguer, su hijo segundo, mandó los condados de la Provenza y de Aymillan.
Doña Cecilia, su hija, casó con don Bernardo, conde de Foix; con Aimerico,
conde de Narbona, casó otra su hija, cuyo nombre no se sabe. Las demás hijas
que tenía, quedaron encomendadas a don Berenguer, su hermano, que casaron en
Francia con otros grandes personajes.
El año que se siguió no tuvo cosa que de contar
sea, salvo que el rey don Alfonso volvió de la guerra de Andalucía alzado el
cerco de Jaén; y don Sancho, hijo del Rey, fue armado caballero el mismo día
del apóstol san Matías en Valladolid con la ceremonia muy solemne que en
aquellos tiempos se acostumbraba. Su mismo padre le armó de todas armas y le
ciñó la espada, que era muestra de darle por mayor de edad y emanciparle;
servía otrosí de espuelas para que con grande ánimo remedase las virtudes y
valor de sus antepasados, y a su ejemplo pretendiese ganar honra, prez y
renombre inmortal en servicio de Dios y de su patria.
XV. Cómo don Alfonso, rey de Aragón, fue
muerto
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Éste era el estado de las cosas en Castilla y en
Portugal. En Aragón, como habían comenzado tenían buen progreso. Los pueblos y
castillos, cercanos de los moros se ganaban, y el señorío de aquella gente
infiel iba cuesta abajo. Toda la Celtiberia quedó por los nuestros; asimismo
Molina en la misma comarca, que ya era tributaria a los cristianos, fue forzada
a rendirse. A la ciudad de Pamplona se añadió el arrabal llamado de San
Saturnino, en que pusieron franceses con derecho que se les dio de naturales y
ciudadanos. Concedióseles otrosí que tuviesen por leyes el fuero de Jaca, y
conforme a él en particular y en común se gobernasen y sentenciasen los
pleitos.
Estaban los moros muy extendidos y enseñoreados de
las riberas del mar por la parte que en ella desagua el río Ebro; desde allí
hacían daño con correrías y cabalgadas en los pueblos y campos comarcanos. Para
reprimirlos tenían necesidad de flota, y así, el rey mandó hacer muchas barcas
y bajeles en Zaragoza; y consta que antiguamente en el imperio de Vespasiano y
de sus hijos, reparadas y enderezadas y acanaladas las riberas de Ebro, se
navegaba aquel río hasta un pueblo llamado Vario, que demarcan no lejos de do
al presente está la ciudad de Logroño, sesenta y cinco leguas de la mar; grande
comodidad para los tratos y comercio.
Mequinenza, que se entiende es la que César llamó
Octogesa, pueblo fuerte por su sitio y por las murallas, está asentado en la
parte en que los ríos Cinca y Segre se juntan en una madre. De este pueblo al
presente se apoderó el rey de Aragón, echada de él la guarnición de moros que
dentro tenía. Toda esta prosperidad y alegría se trocó en lloro y se añubló por
una desgracia, que sucedió sin pensar, muy grande. Es así que de ordinario las
cosas de la tierra tienen poca firmeza, y el alegría muchas veces se nos agua,
porque de la prosperidad, unos toman ocasión de descuidarse, otros de atreverse
demasiado; lo uno y lo otro hace que se trueque la buenandanza en contrario. El
caso pasó de esta manera.
Fraga, pueblo de los ilérgetes (a la cual Ptolemeo
llama Gallica Flavia) mas conocido por el desastre de esta guerra que por otra
cosa alguna que en él haya, está asentado en un altozano y monte de tierra, que
por delante, comido con las corrientes y crecientes del río Cinca, hace que la
entrada sea áspera, de guisa que pocos se la pueden a muchos defender. Por las
espaldas se levantan unos collados no ásperos y todos cultivados, pero tan
pegados con el pueblo, que impiden no se pueda batir con los ingenios ni
aprovecharse de la artillería. El rey, después que tomó a Mequinenza,
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animado con aquel suceso, con intento de pasar
adelante en sus conquistas, se metió por la tierra de los ilérgetes el río de
Segre arriba, en que entra el río Cinca; quedaba por aquellas partes lo más
dificultoso de la guerra, por ser los pueblos muy fuertes y por que los moros
en gran número se retiraran a aquellos lugares para salvarse. Los reyes de
Lérida y de Fraga con tan gran concurso de gente cobraron por esta causa muchas
fuerzas, y comenzaban a poner espanto a los cristianos.
Los reales del rey se asentaron sobre Fraga el mes
de agosto del año de Cristo de 1133. La esperanza y aparato fue mayor que el
provecho; el tiempo del año, que comenzaba el invierno, y por tanto las
ordinarias lluvias, forzaron a despedir el ejército, y enviarle a invernar, con
orden que de nuevo se juntasen al principio del verano. Volvieron al cerco por
el mes de febrero, no con menor esfuerzo ni con menor ejército que antes.
Gastáronse en él los meses de marzo y abril, sin hacer efecto que de contar sea,
por estar los moradores apercibidos de todas las cosas, almacén y municiones
contra la tempestad que les amenazaba; y con la esperanza que tenían de ser
socorridos llevaban en paciencia los daños de la guerra y los trabajos del
cerco.
Abengamia, rey de Lérida, con gentes que juntó de
todas partes, vino al socorro de los cercados. Diose la batalla cerca de Fraga
el día de las santas Justa y Rufina. Los fieles se hallaban cansados con la
guerra, y eran en pequeño número, por quedar buena parte en guarda de los
reales, ca temían no fuesen de los de dentro acometidos por las espaldas; los
moros entraban en la pelea de refresco y muy feroces. Perecieron muchos
cristianos en aquella batalla. Esta pérdida no fue parte para que el cerco se alzase
a causa que el daño de los moros no fue mucho menor.
El rey, todavía temeroso de mayor peligro, se
partió a la raya de Castilla para juntar nuevas gentes en Soria y su comarca.
Con esta traza y socorro corrió los campos de los enemigos, sin parar hasta dar
vista a Monzón. Iba en pos de los demás no muy lejos el mismo rey con una
compañía de trescientos de a caballo. Este escuadrón encontró acaso con un gran
número de la caballería enemiga, que le rodeó por todas partes. El rey, visto
el peligro en que se hallaba, con pocas palabras que dijo animó a los suyos a
hacer el deber. Que se acordasen que eran cristianos, y con su acostumbrado
esfuerzo acometiesen a los enemigos; que el atrevimiento les serviría de
reparo, y en el miedo estaría su perdición. «Con el hierro, dice, y con la
fortaleza saldréis de este aprieto, no pongáis en al vuestra
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esperanza; y si a vuestra valentía la fortuna no
ayudare, y Dios que lo puede todo y acorre a los suyos en semejantes aprietos,
procurad a lo menos de vender caras vuestras vidas, y no hagáis con rendiros
afrenta a vuestro valor y fama; antes, con las armas en las manos y con el
esfuerzo que convien, morid como buenos si fuere necesario».
Vínose luego a las manos. Los fieles, conforme al
aprieto en que estaban, peleaban valientemente. El rey andaba entre los
primeros; señalábase por su esfuerzo, por la sobreveste y lucidas armas que
llevaba; así, los golpes y tiros de los moros se enderezaban contra él.
Diéronle tanta priesa, que en fin le mataron. Los demás, perdido su caudillo,
parte como buenos murieron en la demanda, parte se salvaron por los pies. De
esta manera pasó aquel encuentro tan desgraciado, si bien de la muerte del rey
se levantaron después diversos rumores. El vulgo en casos semejantes suele
trovar e inventar varias consejas; los unos de buena gana creen lo que desean,
los otros a lo que oyen añaden siempre algo para que las nuevas sean más
alegres o menos pesadas. Algunos decían que cansado de vivir, perdida aquella
batalla, se fue a Jerusalén; otros escribieron que el cuerpo, comprado por
dineros, fue sepultado en el monasterio de Montearagón. El más acertado
parecer, que cayó en aquel desastre por poner las manos con codicia en los
tesoros de las iglesias, dado que el arzobispo don Rodrigo y las historias de
Aragón alaban a este rey de religioso, pío y manso. Lo que yo entiendo, y tiene
más probabilidad, es que su cuerpo no se pudo hallar por ser grande el número
de los muertos, y que ésta fue la causa de las varias opiniones que resultaron.
Lo cierto, que aquella desgracia sucedió cerca del lugar de Sariñena, a 7 de
septiembre del año que se contó 1134.
Fue este príncipe gran capitán, en ánimo, valor,
fortaleza sin par, gran gloria y honra de España. Trabó batalla con sus
enemigos por veintinueve veces, como lo afirma un autor antiguo, y las más
salió vencedor; reinó por espacio de treinta años. Otorgó su testamento tres
años antes de su muerte, en sazón que tenía sitio sobre Bayona de Francia, que
dicen nuestras historias la tomó, y que en aquel cerco el conde don Pedro de
Lara hizo campo con Alfonso Jordán, conde de Tolosa, y que el de Lara quedó allí
muerto.
Aquel testamento fue muy notable y que dio mucho
que decir, y aún ocasión a muchas revueltas y debates. Hizo en él mandas de
muchos pueblos y castillos a los templos y monasterios de casi toda España;
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porque no tenía hijos dejó por herederos de todos
sus estados a los templarios y a los hospitalarios y también a los que
guardaban el santo sepulcro de Jerusalén, para que aquellas tres órdenes de
caballería los repartiesen entre sí; ejemplo de liberalidad, murmurada mucho de
los presentes, y de que no menos se maravillaron los de adelante. Era tan
grande el deseo que todos tenían de ayudar a la guerra que se hacía en la
Tierra Santa para que se conservase y aumentase lo ganado, que a porfía varones
y mujeres, príncipes y particulares, daban para este efecto pueblos, castillos,
heredades. Remata el dicho testamento con graves maldiciones que echa contra
los que intentasen innovar algo en lo que dejaba mandado.
Pero sin embargo, los aragoneses y navarros se
juntaron en Borja, puesta a la raya de Navarra, para nombrar rey. Era señor de
aquella ciudad, por merced del rey muerto, don Pedro de Atarés, varón muy
ilustre, y como algunos sospechan más que prueban, descendía de la casa real.
Sus partes sin duda eran muy aventajadas y muy grande la voluntad que el pueblo
le tenía. Parecía que sin contradicción le alzarían por rey, y fuera así si no
se desabriera, con la soberbia y arrogancia de que comenzó a usar, gran parte
de los señores y ricos hombres. El apresurarse es a muchos ocasión de perder lo
que tenían en la mano. Los varones prudentes consideraban cuál sería hecho rey,
el que siendo particular era intolerable. Atizaba a los demás en esta razón un
hombre muy noble y de grande ingenio, por nombre Pedro Tizón, cuya autoridad y
consejos como siguiesen los otros y en este parecer se conformaren, sin
concluir se partieron de las Cortes.
Los navarros aborrecían el señorío de los
aragoneses, y juzgaban que siempre a los despojados fue lícito recobrar de los
tiranos o de sus sucesores lo qué injustamente les tomaron. Por esto hicieron
sus juntas aparte, y a persuasión de Sancho Rosa, obispo de Pamplona, alzaron
por su rey a don García, que venía de sus antiguos reyes, ca era hijo de don
Ramiro, nieto del rey don Sancho, que dijimos fue muerto por su hermano don
Ramón. Así, por voto común de la gente fue nombrado por rey en Pamplona.
Al contrario, los aragoneses en Monzón, do se
juntaron, declararon por rey a don Ramiro, hermano del rey muerto, aunque
monje, y de abad de Sahagún electo obispo primero de Burgos, después de
Pamplona, y últimamente de Roda y Barbastro. La corona que le dieron en Huesca
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juntó con la cogulla, y con la mitra la púrpura
real, cosa en todo tiempo de grande maravilla. Conformáronse en este acuerdo, a
lo que sospecho, por no poderlo escusar, no solo por ser el más cercano en
deudo a que el pueblo se inclinaba, sino por evitar la guerra que amenazaba, si
contrastaran al que desde que se supo la muerte de su hermano se llamó luego
rey: hay escritura e instrumento original en que se halla que luego por el mes
do octubre se llama rey y sacerdote, su data en Barbastro.
No pararon en esto las aficiones del pueblo; maguer
que era de mucha edad, tanto, que más de cuarenta años eran pasados después que
tomó el hábito en el monasterio de Tomer, le forzaron para tener sucesión a
casarse con dispensación, como se debe creer y lo dicen autores, del romano
pontífice Inocencio II. De donde resultó otra maravilla, ser uno mismo monje,
sacerdote, obispo, casado y rey. Casó con doña Inés, hermana de Guillén, conde
de Poitiers y de Guyena; el cual dos años adelante murió en Santiago de
Galicia, do vino por su devoción en romería.
Su hija mayor, por nombre Leonor, casó por mandado
de su padre con Luis, rey de Francia, llamado el más Mozo. De esta señora
después de tener dos hijas se apartó por decreto del papa Eugenio III, a causa
que eran parientes. Hecho este divorcio, casó de nuevo el francés con doña
Isabel, hija de don Alfonso el Seteno, emperador y rey de Castilla. Doña Leonor
casó con Enrique, duque de Anjou y Normandía, que adelante fue rey de
Inglaterra, y juntó lo de Poitiers y Guyena o Aquitania con aquel reino; ocasión
de que resultaron largas y crueles guerras que se hicieron aquellas dos
naciones, para toda la Francia perjudiciales, feas y malas para toda la
cristiandad.
XVI. De nuevas guerras que hubo en España
entre los príncipes cristianos
Por la elección de los reyes don García y don
Ramiro resultaron grandes alteraciones, levantóse cruel tormenta de guerras, y
los reinos de Navarra y Aragón, como la nave en el mar alterado, cuando mayor
necesidad tenían de piloto y gobernalle, entonces se hallaban más desamparados
y faltos de toda ayuda, a causa de las pocas fuerzas que tenía don García y por
la mucha edad y vejez de don Ramiro.
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El rey de Castilla pretendía y publicaba que el uno
y el otro reino pertenecían a su corona. El derecho que para esto alegaba se
tomaba de su tercer abuelo don Sancho, rey de Navarra, por sobrenombre el
Mayor; pretensión no muy fuera de camino, que las órdenes militares, a las
cuales don Alfonso, rey de Aragón, nombró por sus herederos, de todos eran
excluidas, pues no era razón ni conforme a las leyes que alguno subiese a la
cumbre del reino que no fuese de la alcurnia y sangre de los reyes antiguos. Estas
razones y otras semejantes ventilaban los legistas en sus rincones y por las
plazas; los mejores y más fuertes derechos de reinar, que son de ordinario las
fuerzas y poder, estaban claramente por el de Castilla, sin que le faltasen
aficionados en el un reino y en el otro en tiempo tan revuelto y tanta
diversidad de pareceres. Pues porque no pareciese faltaba a la ocasión, con
todas sus gentes rompió por la Rioja, y por aquella parte se apoderó de las
plazas y castillos que don Alfonso, su padrastro, desde Villorado hasta
Calahorra, primero por fuerza, y después por virtud del asiento que últimamente
tomaron, le tenía usurpados; estos fueron las ciudades de Nájera y Logroño,
Arnedo y Viguera, sin otros lugares de menor cuantía. Demás de esto, en Vizcaya
y en aquella parte que se llama Álava puso sitio sobre Vitoria, que le
defendieron valientemente los naturales de manera que no la pudo entrar, si
bien alrededor de ella se apoderó de otros pueblos. Con esto el río Ebro quedó
de esta vez por raya entre los dos reinos de Castilla y de Navarra.
Grande era la alteración de las cosas; muchos, así
señores seglares como obispos, seguían el campo del rey; en este número se
contaban Bernardo, obispo de Sigüenza; Sancho, de Nájera; Beltrán, de Osma.
Ayudaban otrosí con sus gentes don Ramón, conde de Barcelona; Armengol, conde
de Urgel; Alfonso Jordán, de Tolosa; Rogerio, de Foix; Miro, de Pallars, sin
otro gran número de señores extraños, que todos estaban a su devoción. Con
tantas ayudas que de todas partes acudían, el rey, concluido lo de la Rioja y
Vizcaya, revolvió luego sobre Aragón con tanto denuedo y presteza, que el
próximo mes de diciembre estaba apoderado de todo lo que de aquel reino está de
esta parte de Ebro. El rey don Ramiro no se hallaba apercibido para contrastar
a tan grande poder, y no menos se recelaba de sus pocas fuerzas que de las
voluntades de algunos de sus vasallos. Acordó retirarse a lo de Sobrarbe para
con la fragura y maleza de aquellos lugares entretenerse y esperar mejores
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temporales o que se viniese a concierto, a que él
mucho se inclinaba, a tal que fuese honesto y tolerable.
Andaba de por medio para concertar estas
diferencias Oldegario, arzobispo de Tarragona, persona de grandes prendas y
mucha autoridad. El trabajo era grande, pequeña la esperanza de hacer efecto,
por las grandes dificultades que se ofrecían, y la mayor, que ninguno se
contentaba con la parte por la codicia y esperanza que tenía de salir con el
todo. El de Navarra, resuelto de concertarse y tomar algún asiento por lo que
le tocaba, sobre seguro vino a Castilla. En una junta y Cortes muy grandes que
se tuvieron en la ciudad de León, se hallaron presentes el rey don Alfonso de
Castilla, doña Berenguela, su mujer, y doña Sancha, su hermana, y el mismo don
García, rey de Navarra, sin otros grandes señores y personas de cuenta. En
estas Cortes se acordó que el de Castilla tomase título y armas de emperador.
Parecíales pues tenía por sujetos y feudatarios los aragoneses, los navarros,
los catalanes con parte de la Francia, que bien le cuadraba aquella corona y
majestad.
Coronóle el arzobispo de Toledo. Tenía a manderecha
al rey de Navarra, y al otro lado el obispo de León, llamado Arriano. Dio su
consentimiento el papa, según que lo testifican nuestras historias, es a saber,
Inocencio II, que en aquella sazón tenía el gobierno de la Iglesia, dado que
apenas se puede creer quisiese hacer tan grande befa a Alemania; si ya no fue
que con nombrar nuevo emperador en España quiso castigar y satisfacerse de las
insolencias y desacatos muy grandes y ordinarios de aquellos emperadores.
Hízose este auto tan solemne en Santa María de León, el mismo día de la Pascua
de Espíritu Santo del año de 1135, como lo testifica un escritor de aquel
tiempo y se entiende por los actos de aquellas Cortes.
Después de esto, el nuevo emperador se tornó a
coronar en Toledo, bien que no se sabe en qué día ni año. De estas dos
coronaciones resultó, a lo que se entiende, la diversidad de opiniones y que
unos escribiesen que se coronó en Toledo, otros que en León. En los archivos de
Toledo hay un privilegio que concedió el rey don Alfonso a esta ciudad; allí
dice que tomó la primera corona del imperio en León, palabras de que con razón
se saca que a imitación de los emperadores de Alemania, que se coronan por tres
veces, quiso el nuevo Emperador coronarse primera y segunda vez en diversas
partes. Autor de aquel tiempo dice que se coronó tres veces; la primera en
Toledo, día de Navidad; la segunda en León, y que la corona de
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oro la tomó en Compostela; todo a imitación de los
emperadores de Alemania. Lo cierto es que si bien algunos otros reyes de España
acometieron antes de este tiempo a tomar apellido de emperador, este príncipe,
entre todos ellos, conserva este sobrenombre, que vulgarmente le llamamos don
Alfonso el Emperador.
Asimismo se tiene por cosa averiguada que la ciudad
de Toledo desde este tiempo comenzó a usar de las armas que hoy tiene, que es
un emperador asentado en su trono con vestidura rozagante, el globo del mundo
en la mano siniestra, y en la derecha una espada desnuda. Antes de esto tenía
dos estrellas por armas, y después un león rampante. Comenzóse otrosí a llamar
ciudad imperial, como se tiene comúnmente por tradición; demás que del rey don
Juan el Segundo hay una escritura o cédula real en que le da ese apellido. San
Bernardo en una carta que escribe a la infanta doña Sancha la llama hermana del
emperador de España. Fue esta señora muy pía; murió sin casarse; llamábase
reina porque su hermano le dio este apellido desde el principio de su reinado.
Demás de esto Pedro, abad cluniacense, en una carta que escribe al mismo papa
Inocencio II, usa de este principio: «El emperador de España, gran príncipe del
pueblo cristiano, devoto hijo de vuestra majestad, etc». Ruégale en aquella
carta venga en que el obispo de Salamanca se traslade a Santiago de Galicia y
que condescienda en esto con el deseo del clero y pueblo de aquella ciudad que
lo pedía. Este obispo era Berengario, que cuatro años adelante, por muerte de
don Diego Gelmírez, fue elegido en segundo arzobispo de la iglesia de Santiago.
Volvamos al Emperador. Luego que tomó aquel título,
nombró a sus hijos por reyes; a don Sancho, el hijo mayor, señaló el reino de
Castilla, y a don Fernando, el menor, el de León, con que dejó divididos sus
estados; resolución poco acertada, que siempre se tachará, y sin embargo, se
usará muchas veces por tener los padres más cuenta con la comodidad de sus
hijos que del bien común. No se descuidaban los prelados y señores que tomaran
la mano en concertar las diferencias susodichas de apretar y llevar adelante
estas prácticas.
Lo de Aragón aún no estaba sazonado; concertaron
después de mucho trabajo que los reyes don Alfonso y don García se juntasen de
nuevo para tratar de sus haciendas en el lugar de Pradilla, puesto a la ribera
del río Ebro. Allí se vieron el día señalado, que fue a 27 de septiembre.
Hallóse presente la reina doña Berenguela, ya emperatriz. Concertóse la paz con
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esta condición: Que por don García quedase el reino
de Navarra y demás de él todo lo que el Emperador tenía conquistado del reino
de Aragón, a tal que tuviese todo su estado como feudatario y moviente de
Castilla. Demás de esto, se asentó que los dos juntasen sus fuerzas contra don
Ramiro para quitarle el reino que tenía a tuerto usurpado, como ellos decían.
Con este concierto los aragoneses y navarros quedaron revueltos entre sí, y se
hicieron graves daños.
Acudieron a atajar estas diferencias los señores y
obispos de aquellas dos naciones. Acordaron se nombrasen tres jueces por cada
una de las partes para componer estos debates. Juntáronse en una aldea llamada
Vadoluengo, por Aragón, don Cajal y Ferriz de Huesca y don Pedro de Atarés; por
Navarra, don Ladrón, don Guillén Aznar y don Jimeno Aznar. Concertaron que se
dejasen las armas; que los términos de Aragón y Navarra fuesen los mismos que
el rey don Sancho el Mayor dejó señalados, es a saber, los ríos Sarazaso, Ida y
Aragón hasta que mezclan sus aguas con las de Ebro. Lo de Val de Roncal y
Biozal con otros lugares comarcanos, dado que caían en la parte que adjudicaban
a los aragoneses, quedaron en poder de don García por todo el tiempo de su
vida; que tendría empero todo su reino y estado como sujeto y feudatario de
Aragón, que era lo mismo que tenía concertado y prometido al de Castilla; tan
poca firmeza tenía lo que por estos tiempos se concertaba. Para que todo esto
fuese más firme se juntaron los dos reyes en Pamplona.
Con esto parecía que las cosas se encaminarían como
se deseaba, cuando un caso no pensado lo desbarató todo. Íñigo Aivar, quier por
ser así verdad, quier porque le pesaba de las paces, avisó al rey don Ramiro
que los navarros trataban de secreto de matarle. Como el rey diese crédito al
reporte, disfrazado y de noche se salió de Pamplona, sin parar hasta llegar al
monasterio de San Salvador de Leire; de allí se partió más ofendido que vino, y
quitada (mal pecado) toda esperanza de concierto, de nuevo volvieron a
rompimiento.
Don Ramiro por su edad, no solo de los príncipes,
sino también del pueblo, parece era menospreciado en tanto grado, que
vulgarmente le llamaban el rey Cogulla, y le ponían otros nombres de desprecio.
Es el vulgo una bestia indómita, y que ni con beneficios ni por miedo enfrena
las lenguas. A ejemplo pues de Periandro, tirano de Corinto, y de Tarquinio,
último rey de los romanos, se dice acometió una hazaña digna de memoria para la
posteridad, pero cruel y fea para una persona
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consagrada. Llamó a Cortes los grandes del reino
para Huesca, el año 1136. La voz era que quería allí tratar negocios muy
graves. Acudieron a su llamado muchos, de los cuales hizo luego matar quince
señores, que parecían serle más contrarios, los cinco de la casa de Luna, los
demás de la principal nobleza del reino, cuyos nombres no me pareció era
necesario relatarlos en particular. El abad del monasterio de Tomer, con quien
comunicó todo esto, refieren le dio este consejo, ca preguntado por los embajadores
que el rey le despachó en esta razón, lo que debía hacer en tan grande revuelta
como la en que las cosas andaban, en presencia de ellos con una hoz derribó lo
más alto de las coles que en su huerta plantara, sin dar otra respuesta más que
ésta, que fue avisarle de lo que hizo.
Lo que se dice de don Ramiro y de su atamiento y
poca maña no parece creíble; que era tan para poco y de tan poca habilidad, que
en la guerra, por llevar el escudo embrazado en la izquierda y en la derecha la
lanza, regía el caballo y las riendas con los dientes; parece fábula sin
propósito. Lo que consta es que fue tenido por hombre poco a propósito para el
gobierno, y de menos valor que pedía peso tan grande; de que se tomó ocasión
para tramar estas consejas. Por conclusión, como ni a sí mismo satisficiese ni
a los otros, enfadado del gobierno, determinado de dejarle, porque ya tenía una
hija, que se llamó doña Petronila, en aquellas Cortes de Huesca dio intención
de lo que pretendía hacer, y amonestó a los presentes que pospuesto todo lo al,
debían con mucha instancia procurar la amistad del emperador don Alfonso, sin
hacer mención alguna de vengar las injurias de los navarros, quier fuese por
deseo de la paz, quier por haberse ellos purgado bastantemente de lo que les
levantaron, haber puesto asechanzas a su vida.
Don Ramón, conde de Barcelona, fue el que
principalmente se puso de por medio para concertar las diferencias entre
Castilla y Aragón, como persona que tenia grandes alianzas con el un príncipe y
con el otro, demás que le dieron intención, por medio de don Cajal, hombre
principal, de casarle con la infanta doña Petronila y hacerle rey de Aragón.
A la ribera de Ebro, tres leguas arriba de
Zaragoza, está Alagón; este pueblo señalaron para que los dos reyes se viesen.
Acudieron el día señalado, que fue a 24 del mes de agosto. Acordóse que la
ciudad de Zaragoza fuese restituida al señorío de Aragón; quedaron por Castilla
Calatayud y Alagón, con los demás pueblos que están de esta parte de
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Ebro. Para mayor seguridad de este concierto, el
rey don Ramiro dio su hija en rehenes, dado que no se pudo alcanzar casase con
don Sancho, hijo mayor del Emperador, por estar prometida al conde de
Barcelona, que les venía más a cuenta, por ser gran señor y caerles lo de
Cataluña muy cerca. Además, que se entendía alcanzaría del emperador todo lo
que quisiese por el estrecho deudo y amistad que con él tenía. En todo esto, no
sólo no se hizo caso de la confederación que por entrambas partes tenían puesta
con el rey de Navarra; antes uno de los principales capítulos de esta nueva
avenencia fue que juntarían las armas de Castilla y Aragón para hacer la guerra
al navarro; mas él, avisado de lo que pasaba, se apercebía de todo lo
necesario: príncipe de gran corazón y brío, pues contra las armas de los dos
reyes tan poderosos, se atrevió, no solo a mantenerse en su reino, sino a
procurar de ensancharlo.
Casó con doña Mergelina o Margarita, hija de
Rotron, conde de Alperche, y con ella hubo en dote la ciudad de Tudela. Los
privilegios y escrituras de aquel tiempo rezan que reinaba en Pamplona, en
Nájera, en Álava, en Vizcaya y Guipúzcoa. Ayudáronle mucho los franceses con
sus fuerzas, porque Luis, rey de Francia, tuvo por cosa honrosa tomar debajo su
amparo y favorecer este nuevo y flaco rey, ayuda con que el navarro prevaleció,
si bien, según lo tenían concertado, sin dilación de todas partes sus contrarios
acudieron a las armas. Los campos de Castilla y de Navarra se asentaron cerca
de los pueblos Gallur y Cortes; no se vino a batalla por rehusar los unos y los
otros de ponerse a semejante peligro. Esto es más verosímil que lo que se
publicó por la fama, es a saber, que por reverencia de la Pascua de
Resurrección, que cayó en aquellos días, dejaron de pelear.
Concertóse el casamiento entre don Ramón, conde de
Barcelona, y la infanta doña Petronila, a 11 del mes de agosto del mismo año,
que se contaba de 1137. Hecho esto, el rey don Ramiro, renunciado el cuidado y
gobierno del reino, se recogió en la iglesia de San Pedro de Huesca, deseoso de
vida más sosegada. Reservóse solamente el nombre de rey y el poder usar de su
autoridad cada y cuando que quisiese. A los alcaides de los castillos y pueblos
de todo el reino envió orden para que hiciesen de nuevo homenaje al conde de
Barcelona. Y porque en aquellas revueltas y alborotos, como es ordinario, los
señores vendieran el servicio que hacían al viejo rey lo más caro que podían,
por pueblos y castillos que les dio en tan gran número, que divididas las
fuerzas del reino y menoscabadas, parecía que al rey no le quedaba más que la
vana sombra de aquel nombre;
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se hizo una ley en que todas aquellas donaciones,
como ganadas fuera de tiempo, se revocaron y dieron por ningunas y de ningún
valor, mayormente aquellas que se impetraron después que aquel rey tomó por
yerno al conde de Barcelona.
En lo tocante a Navarra se determinó que los
linderos de los dos reinos fuesen los que se señalaron en Pamplona y en
Vadoluengo en la confederación que allí se hizo. Don Ramón, luego que se
encargó del gobierno de aquel reino y dio asiento en las cosas de él, se fue a
ver con el emperador don Alfonso; con él en Carrión, pueblo de Castilla la
Vieja, trató de reformar las condiciones de la paz que poco antes entre
Castilla y Aragón se asentaron. Hizo grande efecto su venida; otorgáronle que
todas las tierras de Aragón que están de esta parte del río Ebro quedasen por
aquellos reyes como antes las tenían, mas que por ellas fuesen feudatarios de
Castilla. Con esto, por el mes próximo de octubre, don Ramón hizo su entrada en
Zaragoza; fueron grandes los regocijos y el aplauso del pueblo, que le llamaba
padre de la patria, autor de la paz y felicidad del reino. Dio asiento en las
cosas de aquella ciudad y de todo lo demás, con que fundó el sosiego tan
deseado de todos. En acabar todas estas cosas se señaló mucho Guillén Ramón,
senescal de Cataluña, que era lo que ahora llamamos mayordomo mayor; y como tal
tenía gran cabida y privanza con el rey don Ramiro. Por sus servicios el conde
de Barcelona le hizo merced en Cataluña de la villa de Moncada, principio de
donde como de tronco salió y se fundó en aquella provincia la muy noble casa y
linaje de los Moncadas.
XVII. Que don Alfonso, príncipe de Portugal, se
llamó rey
De la alteración ajena tomaron los portugueses
ocasión de aumentar su señorío y ganar mayor renombre. Don Alfonso, quién dice
infante o príncipe, quién duque de Portugal, por ser, como era, no menos
ilustre en la guerra que en la paz, no cesaba de ennoblecer su estado,
acrecentarle y hermosearle de todas las maneras que podía. En la ciudad de
Coimbra fundó el monasterio de Santa Cruz, obra muy principal, que escogió para
su sepultura. Hízole donación de Leira, pueblo que por este tiempo se ganó
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de moros. Principios fueron estos de grandes cosas,
porque el año de nuestra salvación de 1139, con muchas gentes que juntó de todo
su estado hizo entrada en tierra de moros, y pasado el río Tajo, movió guerra a
Ismar, rey moro que tenía el señorío de aquellas comarcas. En esta jornada,
antes que se viniese a las manos, falleció Egas Núñez, ayo del mismo don
Alfonso, por cuyos consejos hasta entonces se conservaron y gobernaron aquel
príncipe y sus cosas. En la ciudad de Porto hay un monasterio de benitos, llamado
vulgarmente de Sosa, fundación del mismo don Egas, en que se ven las sepulturas
de este caballero y de sus hijos. La de doña Teresa, su mujer, está en el
monasterio de Cereceda de la orden del Císter, que asimismo ella fundó a dos
leguas de Lamego, a lo que yo entiendo el uno y el otro de los despojos do la
guerra.
Ismar, avisado del intento que don Alfonso llevaba,
a toda diligencia levantó y alistó gente en su tierra. Acudiéronle otros cuatro
reyes o señores moros, con que formaron un grueso ejército. Llegaron a vista
unos de otros cerca de Castroverde, en una llanura que a la sazón se llamaba
Uriquio, y al presente Cabezas de Reyes, y pareció a propósito para dar la
batalla. Riega aquellos campos el río de Palma, llamado otro tiempo Chalibs;
por tierra de Beja, do tiene su nacimiento, lleva poca agua; pero con otros
ríos que se le juntan, poco a poco se engruesa de tal suerte, que cuando llega
al mar y al golfo Salaciense, cerca de Alcázar de Sal, tiene hondo bastante
para navegarse. Don Alfonso, vista la muchedumbre de los enemigos, al principio
estuvo congojado; por una parte se le representaba el riesgo a que ponía todo
su estado, por otra la afrenta y mengua suya y de los suyos, si volvía atrás,
más pesada que la misma muerte. Venció el deseo de la honra al recato cobarde,
en especial que sus soldados dos días antes que la batalla se diese, que fue a
23 de julio, día del apóstol Santiago de aquel mismo año, con grande resolución
y regocijo, tan animados estaban, en los reales dieron al príncipe don Alfonso
nombre de rey. Esto le hizo de todo punto resolverse y probar la suerte de la
batalla, por no parecer, si la excusaba, que amancillaba aquella nueva dignidad
y ditado. Llegado pues el día, ordenadas sus haces en guisa de pelear, les
habló en esta sustancia:
«Las palabras, amigos míos, no hacen a los hombres
valientes. Los corazones que se avivan con el razonamiento del capitán, luego
que se viene a las manos vuelven a su natural. El esfuerzo de cada cual en el
peligro le descubre. El estado en que todos nos hallamos, bien así como yo, lo
veis todos. La muchedumbre de los enemigos y el sitio en que
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estamos no da lugar para que ninguno pueda volver
atrás. Vuestro esfuerzo, valientes soldados, os servirá de reparo. ¿Qué cosa
hay más torpe que poner en los pies la esperanza quien tiene empuñadas las
armas? ¿Qué volver las espaldas a los que no se atreverán a mirar vuestros
rostros y denuedo? Afuera el miedo y cobardía. La alegría que veo en vos da
bastante muestra de vuestro esfuerzo y valor. Yo, determinado estoy de cumplir
con lo que debo, sea con la muerte, sea con la victoria; lo primero no lo permitirá
Dios ni sus santos, lo al en vuestras manos está. Contra esta canalla que
tantas veces vencisteis al presente habéis de pelear. Los ánimos pues de los
enemigos y vuestros será como de vencidos a vencedores; el de ellos bajo,
medroso y cobarde, el vuestro alegre y denodado. De mí no esperéis solamente el
gobierno, sino el ejemplo en el pelear. Parad mientes no parezca me distes el
apellido de rey para afrentarme en este trance».
Dichas estas palabras, dio señal de acometer, mandó
que los estandartes se adelantasen; lo mismo hicieron los enemigos. Trabóse una
brava pelea, como de los que contendían por la honra, por la vida y por el
imperio de todo Portugal. Últimamente, la muchedumbre de los moros fue vencida
por la fortaleza de los cristianos; muchos quedaron muertos, y no pocos presos.
Los cinco estandartes de los reyes vinieron en poder de los vencedores.
Principio y ocasión de las armas de que usaron en adelante los reyes de Portugal,
en escudo y campo azul cinco menores escudos. Otros dan diversa interpretación,
y pretenden que significan las cinco plagas de Cristo, hijo de Dios; pero no sé
si con fundamento bastante. En tiempo de don Sancho, segundo de este nombre,
rey de Portugal, a las armas antiguas añadieron castillos por orla, no siempre
en un mismo número, al presente ponen siete.
Esta fue aquella batalla tan celebrada con razón
por los historiadores portugueses, de las más memorables que se vieron en
aquella era, después de la cual en breve el poder y fuerzas de Portugal se
aumentaron en grande manera.
Verdad es que todo lo oscurecía y afeaba la prisión
tan larga de su madre. Avisado de esto el pontífice Inocencio II, que todavía
lo era por estos tiempos, procuró apartarle de aquel propósito y hacer que se
reconciliasen. Con este intento envió desde Roma con muy grandes poderes al
obispo de Coimbra, cuyo nombre no se dice. Él no cesó de amonestar al rey que
hiciese oficio de hijo para con su madre; esquivase la
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mala voz que corría de aquel hecho; que era cosa de
muy mala sonada tenerla, no sólo despojada de su estado y dote, sino privada de
la libertad; ninguna causa bastante se podía alegar para hacer tan grande
injuria y tal desacato a la que le engendró. Las orejas del rey estaban sordas
a estas palabras; tanta vez tiene la indignación concebida contra a lo que
obliga la ley natural. El obispo, puesto entredicho en aquella su ciudad, se
salió de Portugal. Por esta misma causa vino de Roma cierto cardenal, mas no
hizo efecto alguno, antes forzado por las amenazas del rey, alzó el entredicho
que en todo el reino tenía puesto.
Era en aquella sazón don Manrique o Amalarico de
Lora muy principal en riquezas y en nobleza, y por merced de los reyes de
Castilla era señor de Molina. Don Alfonso, rey de Portugal, procuró casarse con
una hija de este caballero, que se llamaba Malfada. Quién hace a doña Malfada
hija o hermana de Amadeo, conde de Mauriena y de Saboya; y aún debe ser lo más
cierto, atento que el arzobispo don Rodrigo dice que casó con Malfada, hija del
conde de Mauriena. Nacieron de este matrimonio don Sancho, doña Urraca y doña
Teresa, aquella que casó adelante con Felipe, conde de Flandes. Demás de estos
hijos tuvo este rey otro hijo bastardo, llamado don Pedro. Hecho los regocijos
de estas bodas, volvieron los portugueses a la guerra. Santarem, villa
principal de aquel reino, está a la ribera de Tajo. Llegaron de improviso los
nuestros, y antes de amanecer sin ser sentidos la escalaron y echaron de ella
los moros. De los despojos de esta guerra fundó aquel rey el monasterio de
Alcobaza de monjes bernardos, por voto que hizo al pasar por donde está de
hacerlo así, caso que ganase aquella plaza.
Sobre el imperio de África contendían con gran
porfía Albohalí, que era del linaje de los almorávides, y Abdelmon de los
almohades, nuevo linaje y secta que entre los moros se levantaba. Estas
diferencias dieron ocasión que los moros de España fuesen por los nuestros
maltratados; a la verdad en esta sazón más se conservaban por estar los
cristianos ocupados en guerras civiles que por su mismo esfuerzo. Y aún por
este tiempo en algunas partes gozaban los moros de tanto sosiego, que tenían
lugar para darse muy de propósito al estudio de las letras, en especial en
Córdoba, madre que siempre fue de buenos ingenios, hubo en esta sazón varones
esclarecidos y excelentes en todo género de filosofia. Avicena fue uno, al cual
algunos tienen por hombre principal e hijo de rey, otros pretenden que no fue
español, ni jamás aportó en España. Averroes fue otro nobilísimo
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comentador de Aristóteles, él mismo dice de sí que
escribía los Comentarios sobre los libros De Coelo de Aristóteles el año 530 de
los árabes, que concurre con el año de Cristo de 1135. Avenzoar asimismo fue
señalado en aquella ciudad en los estudios de matemáticas y astrología. Esto en
Córdoba.
En Portugal, con gentes que juntaron ganaron los
cristianos por fuerza de armas la villa de Sintra, asentada junto al
promontorio que los antiguos llamaron Ártabro y no lejos de aquella parte por
donde el río Tajo desagua en el mar. Era el lugar muy a propósito para llamar
socorros extraños. Por esta causa, a persuasión del rey, vinieron gruesas
armadas de Francia, Inglaterra y Flandes. Las ayudas fueron tales, que se
determinó de poner cerco sobre Lisboa, ciudad en aquella comarca muy populosa y
lo más principal de Portugal. Pero antes que declaremos el fin que tuvo este
cerco muy famoso, volveremos la pluma a lo que se queda atrás.
XVIII. Cómo los fieles ganaron a Almería
Entre tanto que estas cosas pasaban en Portugal,
los navarros y aragoneses traían guerras entre sí. Don Alfonso el Emperador
tenía en su mano la guerra y la paz; el que de los dos reyes fuese el primero a
ganar su amistad se prometía seguramente la victoria de su contrario; así, a
porfía los unos y los otros la pretendían. El primero, don Ramón, conde de
Barcelona, encargado que se vio del nuevo reino de Aragón, y por el mismo caso
envuelto en graves dificultades, con intento de granjearle la voluntad y atraerle
a su parecer, fue a Carrión, villa de Castilla, como queda dicho. La ida no fue
en vano, porque alcanzó que Zaragoza, Tarazona, Calatayud y los demás pueblos
de la corona de Aragón que están de esta parte del Ebro, y a la sazón tenían
guarnición de castellanos, se le entregasen como a feudatario de los reyes de
Castilla.
De don García, rey de Navarra, dado que con
ordinarias entradas que hacía molestaba los aragoneses por toda la comarca que
hay desde Tudela a Zaragoza, por entonces no se hizo mención alguna; pero dos
años adelante, que fue el de 1140, don Ramón, movido por aquellos desaguisados,
y confiado en la amistad de don Alfonso, vino segunda vez a verse con él en el
mismo lugar de Carrión, donde entre aragoneses y
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castellanos se hizo liga contra el de Navarra, y se
concertó que los pueblos de la corona de Aragón que tenían usurpados los
navarros volviesen a los aragoneses, asimismo que los que del señorío de
Castilla poseían de esta parte de Ebro, luego que fuesen ganados del común
enemigo, se restituyesen fielmente a Castilla. Tocante al reino mismo de
Navarra, acordaron que la tercera parte quedase por el Emperador, las otras dos
partes se adjudicaron a don Ramón con nombre otrosí por ellas de feudatario de
Castilla. Repartían los despojos antes de matar la caza. Despedidas estas
vistas, como si hubieran tocado al arma, acudieron por ambas partes a la
guerra.
A don Ramón entretenían otros cuidados; así don
Alfonso el Emperador fue el primero que, ido a Burgos, con un grueso ejército
que levantó y juntó de todas partes, pasados los montes Doca, rompió por
tierras de navarros. El ruido y el espanto fue mayor que el efecto que se hizo;
con embajadas que de una y de otra parte se enviaron y por medio de los
prelados que acompañaban a los reyes, finalmente se hicieron paces entre
aquellas dos naciones. Para concluir, acordaron que los dos príncipes se
hablasen; las vistas fueron a la ribera de Ebro, entre Calahorra y Alfaro.
Hallóse presente en esta junta doña Berenguela, mujer del Emperador; allí, no
sólo se concertaron las paces, sino también para mayor firmeza acordaron que
don Sancho, hijo mayor del Emperador, casase con doña Blanca, hija del navarro.
La infanta, bien que de muy poca edad para que estuviese como en rehenes, fue
desde luego entregada a su suegro. Hízose esta confederación a 24 del mes de
octubre del año susodicho. De esta mudanza tan repentina del emperador don
Alfonso no hallo bastante causa, ni que satisfaga del todo, si bien entiendo
que no fue inconstancia ni liviandad, porque ¿qué príncipe hubo en aquel tiempo
ni más grave ni más santo? A la verdad era muy fuera de propósito que los
aragoneses, ocupados en otros negocios, y que poco le podían ayudar, se
llevasen el fruto del peligro ajeno y de su trabajo; así determinó en
particular mirar por lo que le estaba bien, ca gravísimos cuidados dentro y
fuera de su estado apartaban a don Ramón y le impedían de la guerra de Navarra.
Primeramente tenía mucho en que entender con los
moros de su distrito, de quien en esta sazón los capitanes y fronteros de
Aragón ganaron, a las riberas del río Cinca los pueblos de Chalamera y Alcolea.
Demás de esto, los caballeros jerosolimitanos, por el testamento de don
Alfonso, rey de Aragón, que fue muerto los años pasados, todavía
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pretendían tener derecho al reino; y era razón
contentarlos en alguna manera y dar algún corte en esto, mayormente que
Raimundo, maestre de la caballería de San Juan, era venido por este respeto a
España. Por cuya diligencia, después de largos debates sobre el caso,
últimamente se asentó que los caballeros jerosolimitanos en Zaragoza,
Calatayud, Huesca, Barbastro y Daroca, con todos los demás pueblos que se
ganasen de moros, tuviesen de cada una de las tres naciones, cristianos, moros
y judíos, un vecino por vasallo, que les acudiesen con sus tributos y a su
llamado y debajo de su conducta cuando se hiciese guerra con sus personas y
armas. Fuera de esto, en todo el reino les señalaron otras rentas y
heredamientos muy grandes con que sustentasen la vida y los gastos de la
guerra, si bien fuesen muy grandes. En Jaca y en otros lugares les dieron
sitios para hacer sus conventos. Púsose otra condición muy principal, que si
don Ramón muriese sin hijos, el reino volviese a los caballeros.
En estas prácticas y en asentar estos conciertos
pasaron algunos años. El asiento, Guillermo, patriarca de Jerusalén, y los
demás caballeros de San Juan interesados, aprobaron en Jerusalén, a 29 de
agosto del año de 1141, y de todo otorgaron escritura pública. Vino también en
ello y dio su consentimiento Fulcon, rey de Jerusalén, y últimamente aprobó
todo esto el papa Adriano IV, que algunos años adelante comenzó a gobernar la
Iglesia de Roma. En esta avenencia comprendieron eso mismo las otras dos órdenes
militares, y en particular los templarios, a los cuales don Ramón tenía más
devoción por causa que su padre, don Ramón Berenguer, tomó el hábito de aquella
religión y la profesó los años pasados. Por esto fueron aventajados a los
demás, ca les consignó a Monzón y otro gran número de pueblos y castillos, la
décima parte de las rentas reales y la quinta de todo lo que se ganase en la
guerra de los moros. Finalmente, todos los caballeros quedaron exentos de
tributos y de la jurisdicción real. En particular se concertó y juró por
expresas palabras que sin su consentimiento no se harían en tiempo alguno paces
con los moros. Estos conciertos se hicieron en Gerona, presente el cardenal
Guidon, legado del pontífice romano, que interpuso su autoridad en ello, y fue
a 27 de noviembre, año de 1143.
Siguióse una nueva guerra en Francia contra los
Baucios, linaje en aquel tiempo muy poderoso en riquezas y aliados. La causa
fue que Raimundo Baucio estaba casado con doña Estefanía, hija de Gilberto,
conde que fue de Aimillan y de la Provenza, hermana de doña Dulce,
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madre de don Ramón y de don Berenguer, como arriba
se ha mostrado. Éste, pues, por el derecho de su mujer pretendía apoderarse de
una parte de la Provenza, si no pudiese por bien y por vía jurídica, a lo menos
por las armas. No le faltaban entre aquella gente aficionados, por la aversión
que tenían a don Berenguer como a príncipe extranjero, además que la gente
popular, como suele, pensaba que las cosas nuevas serían mejores que las
presentes. Esta guerra se comenzó en tiempo del susodicho don Berenguer, y por
su muerte se encendió más contra su hijo, que se llamó don Ramón Berenguer. La
edad de este príncipe era poca, las fuerzas no bien aseguradas, en tanto grado,
que don Ramón, conde de Barcelona, se determinó, pospuesto todo lo al, tomar el
amparo de aquel mozo, su sobrino; y aún, a lo que yo creo, para tener mayor
autoridad, se llamó marqués de la Provenza. La guerra se comenzó, que fue
brava; con ella los contrarios se vieron apretados de manera, que Raimundo
Baucio, despojado de casi todo su estado paterno, de su voluntad vino a
Barcelona para entregar a sí y a sus cosas a la voluntad y merced de aquel
príncipe. Hiciéronse las paces entre estas dos casas con buenas condiciones;
con que Baucio fue restituido en todo lo que le quitaron en el discurso de la
guerra. Demás de esto le dieron a Trencatayo, que es un pueblo principal en
aquella comarca, a tal que fuese por él feudatario de los condes de la
Provenza.
Éstas fueron las dificultades y negocios que tenían
embarazado a don Ramón; con que don García, rey de Navarra, tuvo comodidad y
espacio de reforzarse; y en particular, con intento de granjear al emperador
don Alfonso, que tenía el mando de todo y mayor poder que los demás, por ser
muerta doña Mergerina, su primera mujer, casó el navarro con doña Urraca, hija
bastarda del Emperador. El año 1144, a 24 de junio, se celebraron las bodas con
real magnificencia en la ciudad de León. Hubo justas y torneos, corriéronse
toros. Entre los otros juegos que hicieron era uno de mucho gusto: en un lugar
cerrado soltaban un puerco, seguíanle por el gruñido dos ciegos armados con
sendos bastones, y sus celadas en las cabezas; el que le mataba era suyo.
Avenía que por herirle muchas veces el golpe del un ciego por yerro descargaba
sobre el otro, con grande risa de los que se hallaban presentes. La madre de
doña Urraca se llamó Gontroda, mujer muy noble en las Asturias, cuyo sepulcro
con su letrero está en Oviedo en un monasterio de monjas, llamado de Vegua, que
ella edificó a sus expensas y en que pasó lo más de su vida; del rey don García
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y de doña Urraca fue hija doña Sancha, que casó dos
veces; la primera con Gastón, vizconde de Bearne; la segunda, muerto éste sin
hijos, casó con don Pedro, conde de Molina; de este matrimonio nació Aimerico,
que el tiempo adelante fue señor de Narbona.
En esta sazón África andaba alborotada con guerras
civiles. En España, asimismo se levantaron entre los moros grandes alteraciones
por estar divididos en tres parcialidades. Zefadola, señor de Rota, pueblo
asentado a la boca del río Guadalquivir, sin embargo que era de la antigua
sangre de los reyes moros, favorecía a los cristianos por sus respetos, que
debajo de su conducta hicieron entrada hasta dar vista a Sevilla. Azuel,
gobernador de Córdoba, y Abengamia, gobernador de Valencia, tenían entre sí diferencias;
pero Abengamia era más poderoso en fuerzas, y no paró hasta echar de Córdoba a
su contrario.
Entre los cristianos parece había más sosiego; solo
don Ramón y el rey don García no tenían del todo compuestas sus diferencias.
Tocaban ambos al emperador don Alfonso en estrecho parentesco demás de la
alianza que con ellos tenía puesta. Porque no se pasase tan buena ocasión de
hacer la guerra a los moros, que estaban muy apoderados del Andalucía, los
convidó y rogó por sus letras y embajadores para que se viesen con él en
Santisteban de Gormaz. Hiciéronse estas vistas el año 1146, por el mes de
noviembre; en ellas, si bien no se pudieron concertar paces perpetuas,
negocióse que entre las dos naciones, aragoneses y navarros, se hiciesen
treguas. Añadieron que por cuanto el emperador don Alfonso pretendía hacer
guerra a los moros, y para este efecto tenía apercibido un ejército muy
escogido, don García por tierra y don Ramón por mar con una gruesa armada suya
y de genoveses, ayudasen sus intentos.
A la primavera del año siguiente los tres reyes
hicieron guerra en el Andalucía, saquearon y quemaron los pueblos, talaron los
campos, pasaron hasta Córdoba, ciudad muy principal y muy grande a la ribera de
Guadalquivir, asentada en un llano, poderosa en armas y riquezas, demás de esto
muy señalada por haber tenido no mucho tiempo antes el imperio de casi toda
Espeña cuanto se extendía el señorío de los moros. Los campos son muy fértiles
en todo género de esquilmos cuanto los mejores de España. Tenía el gobierno de
esta ciudad Abengamia en nombre del rey de Marruecos. Éste, espantado de tan
grande aparato de guerra, entregó luego la ciudad, ofreciéndose a obedecer y
ayudar a los cristianos con mantenimientos y dinero. Raimundo, arzobispo de
Toledo, por mandado
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del rey, consagró con las ceremonias acostumbradas
la mezquita mayor, que era la más rica y vistosa de España. Resolución
apresurada y antes de tiempo, pues se partieron sin dejar en la ciudad alguna
guarnición de soldados. Recelábanse que si dividían el ejército se diminuirían
las fuerzas y no les quedarían gentes bastantes para guerra tan grande como
pretendían hacer, ni la ciudad por su grandeza se podía guarnecer sin mucha
gente, ni era tanta la que tenían que se pudiese acudir a todo, mayormente que
la gente de la tierra se apellidaba para hacerles rostro. Acordaron pues de
dejar aquella ciudad sin guarda; sólo hicieron que Abengamia, tocado el
Alcorán, que es la ceremonia más grave qne los moros usan en sus juras, hiciese
homenaje que tendría aquella ciudad por el emperador, y en su nombre la
gobernaría con toda lealtad.
El miedo no es maestro duradero de virtud, ni es
acertado hacer confianza de los desleales a Dios. Apenas los nuestros se
partieron de aquella ciudad cuando el gobernador moro faltó en la fe y palabra.
Pasó el campo de los cristianos a Baeza, donde tenían los moros juntadas las
fuerzas de toda la tierra con determinación de venir a batalla. El peligro era
grande; aquejaba el cuidado y recelo al emperador don Alfonso. Aparecióle san
Isidoro entre sueños con muestra de majestad más que humana, así se tuvo por
cierto, y le animó y quitó la duda y el miedo. El suceso dio a entender que la
revelación no fue vana. El día siguiente con el sol se trabó la pelea, en que
los moros fueron destrozados y puestos en huida; la ciudad se rindió, y en
ella, mudado parecer, dejaron guarnición de soldados, porque a ejemplo de los
de Córdoba no se rebelasen, además que no convenía dejar a las espaldas algún
pueblo enemigo. En la toma y cerco de esta ciudad se señaló entre todos el
esfuerzo y diligencia de Rodrigo de Azagra, señor que era de Estella de
Navarra. Pedro Rodríguez de Azagra fue su hijo; y entre los de aquel linaje de
Azagras el primer señor de la ciudad de Albarracín.
En aquella sazón Almería era tenida por ciudad muy
fuerte. Está asentada a la ribera del mar Mediterráneo, a los confines del
Andalucía y del reino de Murcia; llamóse antiguamente Abdera o Puerto Grande.
De ella se derramaban muchas fustas a robar. Esta ciudad pretendieron ganar los
nuestros, y con este intento se adelantaron con todas sus gentes, en el mismo
tiempo que los de Génova y los de Barcelona, conforme al orden que llevaban que
costeasen aquellas riberas poco a poco con su armada, doblado el cabo de Gatas,
dieron vista a la ciudad. Asentados los reales,
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combatieron los muros por mar y por tierra, y
después de algunas salidas y escaramuzas que se hicieron, con la batería
abrieron entrada y forzaron algunas torres; desde allí lo demás de la ciudad se
ganó por fuerza a 17 de octubre del año 1147. Veinte mil moros, que tomada la
ciudad se retiraron al castillo, fueron forzados a comprar sus vidas por
dineros.
De esta manera se quitó aquel nido de cosarios, que
ponía espanto a las riberas cercanas y distantes de España, Francia e Italia,
que fue la causa principal de apresurar esta empresa. Los despojos se
repartieron entre los soldados. A los genoveses se dio en premio un plato de
esmeralda muy grande, que ellos entonces juzgaron debían preferir a toda la
demás presa, y al presente le guardan entre sus tesoros. Otros escriben se
halló en la Siria cuando por fuerza se tomó Cesarea. El vulgo dice que Cristo,
Hijo de Dios, cenó en él la postrera vez con sus discípulos; opinión sin autor
ni fundamento. Clemente alejandrino, por lo menos, dice que Cristo cenó en un
plato de poca estima. La sazón del tiempo se acercaba al invierno; los soldados
por ende dieron vuelta a sus tierras, no menos alegres por la venganza que
tomaron de los moros, que por el interés que de la victoria sacaron.
Con ocasión de aquella armada gruesa que trajeron
los genoveses, en aquel tiempo muy poderosos por el mar, don Ramón príncipe de
Barcelona se concertó con ellos que a la vuelta le ayudasen contra los moros
que tenían parte de Aragón con las islas Baleares, hoy Mallorca y Menorca.
Prometió para más animarlos, de darles la tercera parte de lo que en la guerra
se ganase, demás que en todos los pueblos que se tomasen de los moros tendrían
los genoveses templo y juzgado aparte; lo que era más, que todos los mercaderes
de aquella nación serían libres de tributos. Eran estas condiciones
aventajadas; acordaron da aceptarlas.
Revolvieron sobre las marinas de Cataluña, y con su
buena maña ganaron de consuno a Tortosa, ciudad muy noble, y que por estar
asentada a la boca del río Ebro era muy a propósito para las contrataciones y
comercio del mar. Estas cosas sucedieron el año siguiente, y luego el año
adelante Lérida y Fraga vinieron a poder de cristianos, pueblos muy conocidos,
el primero por la victoria que antiguamente cerca de él ganó Julio César y por
el cerco que sobre él tuvo; el otro por el desastre fresco y muerte desgraciada
de don Alfonso, rey de Aragón. Lérida se dio al conde de Urgel en premio de lo
mucho que en aquella guerra hizo y trabajó. A Guillén Pérez, obispo de Roda,
nombraron por obispo de Lérida con
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retención de las ciudades Roda y Barbastro, que
ordenaron se comprendiesen en aquella diócesis; y aún se halla que algunos
obispos de Lérida en el tiempo adelante se intitulaban obispos de Roda y de
Barbastro.
XIX. Cómo la ciudad de Lisboa se ganó de los
moros
Las cosas de los moros iban de caída, las de los
cristianos en pujanza, y su nación en España florecía en riquezas, caballos,
armas y toda prosperidad. A cada paso se apoderaban de nuevos castillos,
pueblos y ciudades. Casi en medio de Portugal, a la boca del río Tajo, por do
descarga con sus corrientes en el mar Océano, está un puerto contrapuesto al
viento de poniente; la barra tiene angosta y peligrosa, dentro es muy ancho y
capaz. A la ribera de este puerto, a la parte del norte, se extiende grandemente
Lisboa, ciudad la más noble y más rica de Portugal. A las espaldas se levantan
poco a poco unos collados, que tienen la subida fácil, y están cubiertos de los
edificios de la ciudad. Su anchura es menor que conforme a su longura. El ruedo
de los muros antiguos no es muy grande; la población de los arrabales es mucho
mayor, en especial en este tiempo, en que por la mucha gente que acude al trato
de las Indias Orientales y a feriar la especiería que de levante viene todos
los años, se ha mucho acrecentado. Los barrios y las calles en gran parte son
mal trazadas, angostas y no tiradas a cordel, sea por la desigualdad del sitio,
que tiene altos y bajos, sea por el descuido en edificar, mayormente en el
tiempo que estuvo en poder de moros, gente poco curiosa en esta parte. Los
edificios nuevos y las calles son mucho más hermosas. Los ciudadanos, gente
principal y honrada, los mercaderes ricos, las ganancias grandes, el sustento y
arreo de los naturales muy templado. Goza de campos muy buenos, aldeas y
alquerías que tiene por todas partes; muchas quintas o casas de recreación, que
parecen edificios reales.
Don Alfonso, rey de Portugal, deseaba por todas
estas causas apoderarse de aquella ciudad, y en especial por ser como castillo
y reparo del señorío de los moros de aquella comarca. No tenía fuerzas
bastantes para salir con su intento; los demás reyes de España no le podían
acudir
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por estar ocupados, unos en unas guerras, y otros
en otras; convínole buscar ayudas de fuera. Por esto luego que ganó la villa de
Sintra, como poco antes se tocó, movido por la comodidad de aquel lugar,
convidó a los de Alemania, Inglaterra y Flandes con grandes partidos que les
hizo para que en aquella guerra le acudiesen con sus armadas. Grande es la
ayuda que consiste para todo en la amistad de los príncipes y alianza de las
provincias cristianas entre sí, como se vio en este caso, ca por el esfuerzo de
don Alfonso y con las ayudas de fuera aquella muy poderosa ciudad el mismo mes
puntualmente se ganó que Almería en el Andalucía. Las armadas se pusieron a la
boca del puerto para que no pudiesen por el mar entrar vituallas ni socorros a
los cercados. Los reales de los naturales barrearon do al presente está el
convento de San Vicente. En los de los extranjeros después se edificó el
monasterio de San Francisco; sitios que en nuestra edad están el uno y el otro
comprendidos dentro de la ciudad. Hubo muchos encuentros y varios trances. Los
nuestros peleaban fuertemente por extender su imperio, los enemigos por las
vidas. Batieron los muros de la ciudad por muchas partes; alargábase el cerco;
últimamente, el día de san Crispín y Crispinián, resueltos de dar asalto
general, con grande esperanza de forzar aquella ciudad, ordenadas las haces,
habló el rey don Alfonso a los suyos de esta manera:
«No penséis, amigos, que esta empresa se endereza a
combatir una sola ciudad, antes os persuadid que en una plaza tomáis a todo
Portugal. Aquí está el dinero de los enemigos, que nos será de grande
importancia para la guerra; aquí los trabucos, ingenios y toda suerte de armas.
Ésta es su fortaleza, su granero, su tesoro, en que tienen recogidas todas sus
preseas y almacén. Los enemigos son los mismos que tantas veces vencisteis en
las guerras pasadas, del mismo esfuerzo e industria, sino que las compañías de
ciudadanos son más a propósito para los ejercicios de la paz y para sus
granjerías que para menear las armas; ellos mismos se embarazarán en la pelea.
Soldados en la ciudad hay pocos, y esos con el cerco continuo de cinco meses
muy cansados y en pequeño número. Atreveos pues a vencer, y con el denuedo y
esfuerzo a vos acostumbrado, acometed los muros de la ciudad, derribados por
tantas partes. Entrad por las ruinas y piedras; ninguno podrá hacer contraste a
vuestro valor».
Dicho esto, todos a una voz pidieron la señal de
acometer; dada, arremetieron a la ciudad y a las murallas; lo que hacía mucho
al caso para inflamar los soldados, el mismo rey estaba presente como testigo y
juez
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del esfuerzo de cada cual. El combate fue bravo y
sangriento; los nuestros pretendían arrimarse a los muros y forzarlos, los
cercados tiraban todo género de armas y piedras, sin que alguna cayese en
balde, por estar tan cerrados los soldados. Por conclusión, quebrantada la
puerta que se llama del Alhama, entraron en la ciudad; la matanza fue grande y
la sangre que se derramó; los que se rindieron tomaron por esclavos. El saco se
dio a los soldados, que fue mayor de lo que se pensaba. Consagraron la mezquita
mayor, según que era de costumbre, y nombraron por obispo a Gilberto, hombre,
aunque forastero, pero de mucha erudición y conocida virtud. Tomóse la ciudad
de Lisboa a 25 de octubre, otros dicen a 21.
En el lugar mismo en que tenían los reales, el rey
a sus expensas edificó un monasterio de canónigos regulares de San Agustín, con
nombre de San Vicente, por tener particular devoción a este santo y para que
juntamente por el nombre fuese memoria a los venideros de aquella tan señalada
victoria. Gran número de los soldados extraños se aficionaron a la abundancia
de Portugal y a la hermosura, templanza del aire, que tiene el invierno
templado, y el estío por los continuos embates del mar no muy caluroso. Estos,
determinados de hacer su morada en aquella provincia y trocar sus patrias con
Portugal, se dice que por permisión del rey don Alfonso edificaron a Almada,
Villaverde, Arruda, Zambuya, Castañeda con otros pueblos.
El rey, en prosecución de esta victoria con
increíble felicidad ganó de los moros a Alanquer, Obidos, Ébora, Yelves, Mura,
Serpa, Beja y otros pueblos y villas por toda aquella comarca; todo se allanaba
y parecía ser fácil a su esfuerzo y valor; verdad es que la mayor parte de
estas cosas sucedieron algunos años adelante. Volvamos a nuestro camino y al
orden dela historia que llevamos.
XX. Cómo se halló el cuerpo de san Eugenio
En el tiempo que estas cosas se hacían en España,
Eugenio, pontífice tercero de este nombre, sucesor de Lucio II, natural de Pisa
y de la orden del Císter, gobernaba bien y prudentemente la Iglesia romana.
Las cosas de los cristianos en la Tierra Santa
parecían empeorarse. Estaba en gran parte apagada y menguada la fortaleza
militar de los de
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Lorena. Como algunos animales y semillas, así bien
los ingenios de los hombres con el cielo y tierra diferentes, y en particular
con la longura del tiempo, degeneran y se estragan. Los bárbaros, que por todas
partes los cercaban, tenían puestas las cosas de los cristianos en gran aprieto
y peligro. Balduino, tercero de este nombre, hijo de Fulcon, rey de Jerusalén,
por sus pocas fuerzas y por la flaqueza de su edad no era suficiente para tan
grande carga. El pontífice Eugenio, movido de este peligro y encendido del amor
de la cristiana religión, en Francia, donde para esto fue en persona, no cesaba
de animar a los príncipes cristianos y exhortólos acudiesen con sus fuerzas a
la guerra sagrada. Movió al emperador Conrado y a Luis, rey de Francia, para
que con muy buenas gentes partiesen camino de la Tierra Santa. Para salir mejor
con su intento y adelantar estas prácticas, convocó concilio de todos los
obispos del mundo para Reims, ciudad principal de Francia, el año 1148.
A este concilio partió don Ramón, arzobispo de
Toledo, desde España. Llegado que fue a París, que caía en el mismo camino, por
devoción quiso visitar la iglesia de San Dionisio, que está dos leguas
francesas de aquella ciudad, en un pueblo del mismo apellido del Santo; y por
estar en ella las reliquias de san Dionisio es de no menor devoción que célebre
con las sepulturas de los reyes de Francia, y asaz embarazada. Allí, como
mirase con curiosidad el edificio del templo y su hermosura, y con atención pusiese
la vista en cada una de las cosas que se ofrecían, acaso o advertido de los que
le acompañaban, consideró en cierta capilla estas palabras grabadas en un
mármol:
Aquí yace Eugenio Mártir primer Arzobispo de Toledo
Maravillóse primero de este letrero, por estar en
España perdida del todo la memoria de san Eugenio y no quedar rastro de cosa
tan grande; revolvió diligentemente los libros de aquella iglesia y memorias
antiguas; halló que todo concordaba con la verdad. Hecho esto, muy alegre con
nueva tan buena pasó al concilio de Reims, el cual despedido y acabadas a su
voluntad todas las cosas que pretendía, volvió a España con la alegre nueva de
cosa tan importante, que hinchó de muy grande gozo los ánimos del rey y de los
grandes y de toda la muchedumbre del pueblo.
De esta manera sucedió entonces este negocio: El
monasterio Broniense, que está en los estados de Flandes, en tierra de Namur y
tiene
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advocación de San Pedro, pretende tener el cuerpo
de san Eugenio. Refieren aquellos monjes benitos que fue llevado el año 920, a
18 de agosto, por engaño o a ruegos de Gerardo, su fundador, desde San Dionisio
a Bronio, do está aquel monasterio. Lo que se entiende es que le dieron una
parte del sagrado cuerpo, que fue causa de persuadirse le tenían en su poder
todo entero, como es muy ordinario en cosas semejantes.
Comenzóse por entonces a procurar que las sagradas
cenizas de san Eugenio volviesen a Toledo; pero estas prácticas se estorbaron
por las muertes que casi en un mismo tiempo sobrevinieron de la reina doña
Berenguela y del arzobispo. La Reina falleció el año siguiente de 1149, y fue
sepultada en la iglesia de Santiago, con quien en vida tuvo particular
devoción. Este año, desgraciado por la muerte de la reina, fue más señalado por
una lluvia de sangre que cayó en parte de Portugal y en el señorío de los moros.
El año adelante de 1150, miércoles, a 9 días de agosto, pasó de esta vida el
arzobispo Raimundo, quebrantado con la edad y con los trabajos de camino tan
largo. Créese, más por conjeturas que por cierta memoria que haya, le
enterraron en la misma iglesia mayor de Toledo. Sucedió en el arzobispado don
Juan, primero de este nombra, obispo a la sazón de Segovia, varón de grande
ánimo y de conocida bondad. De esta manera procedían las cosas de Castilla.
Por otra parte, el pontífice Eugenio confirmó el
nombre y autoridad de rey a don Alfonso, que ya se intitulaba rey de Portugal,
y a su ejemplo, pasados algunos años, Alejandro, tercero de este nombre, hizo
lo mismo por una bula que promulgó Alberto, cardenal y chanciller de la santa
Iglesia romana; ambos pontífices por esta gracia le mandaron pagar cierto
tributo a los papas en cada un año: Eugenio cuatro libras de oro, Alejandro dos
marcos; tributo que no se sabe si en los primeros tiempos le pagó Portugal; en
nuestra era y de nuestros antepasados siempre aquel reino se ha tenido por
libre de todo punto y exento de semejante carga y pensión.
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LIBRO UNDÉCIMO
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I. Cómo los almohades vinieron a España
Una nueva entrada que los almohades hicieron en
España, gente bárbara y fiera, hemos de contar. Un nuevo reino que en África y
en España se fundó por estos tiempos, nuevas asonadas de guerras sangrientas,
con cuyas olas la república cristiana fue trabajada; maravillosos y
extraordinarios juegos de la fortuna mudable hasta tanto que ganada una
victoria señalada, y la más ilustre que en aquella sazón hubo en el mundo, las
fuerzas de los moros mucho se enflaquecieron y quebrantaron.
Tenía el imperio de los moros en África y en España
Albohalí, príncipe del linaje de los almorávides, como arriba queda declarado,
en el cual tiempo un cierto hombre, llamado Tumerto, en África, muy docto, así
bien en las demás partes de astrología como señalado en pronosticar por el
nacimiento de cada uno la vida, ingenio, costumbres y accidentes que había de
tener, que es una ciencia vanísima, considerado el rostro de un mozo llamado
Abdelmon, de cuerpo membrudo y muy animoso y por el aspecto de las estrellas,
sin embargo que era de muy bajo suelo, tanto, que su padre era ollero, le
pronosticó sería rey de su nación; que así lo mostraba el cielo y tales eran
sus hados, cuya fuerza no poderse quebrantar la gente y nación de los moros
está muy persuadida. Abríanse las zanjas de una fábrica muy grande.
Sucedió muy a propósito para sus intentos que un
gran predicador de la ley mahometana, en aquella sazón tenido por hombre de
santa vida y de doctrina singular, llamado Almohades, introduciendo y
publicando nuevas declaraciones de la ley, despertaba y alborotaba los ánimos
de la muchedumbre, mudable de ingenio, principalmente en África, y deseosa
grandemente de novedades. A este como quier que Tumerto persuadiese su
pronóstico, y él, o de verdad lo creyese así, o lo mostrase, trataron entre sí
de mudar el estado de aquel reino. No hay trama más engañosa en la apariencia
que el pretexto y capa de la mala religión cuando se usa de ella para dar
cubierta a otras maldades; ni hay cosa más perjudicial en la república que
alterar la fe y religión que los mayores abrazaron. Así de todo tiempo
consideramos haberse destruido grandes imperios por la diferencia en la
religión, porque dividido el pueblo en parcialidades, de la
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contienda y de las palabras se pasa a enemistades
descubiertas; y la una parte y la otra defiende sus opiniones con las armas,
sin parar hasta arruinarlo todo; lo que sucedió al presente, ca Almohades por
la mucha autoridad que tenía persuadió a los que le seguían tomasen las armas
debajo la conducta de Abdelmon, atropellasen y destruyesen el reino de los
almorávides, pues era ilegítimo el señorío que se fundara por fuerza
destruyendo a los alavecinos, linaje que descendía de Fátima, hija mayor de
Mahoma, su profeta. Demás de esto, que si no sacudían de sí el imperio de los
almorávides, no podrían las opiniones que de la religión tenían abrazadas pasar
adelante, que los intentos impíos e insultos de aquella ralea de gente era
justo fuesen castigados y vengados con toda diligencia.
Movidos por estas razones los del pueblo, se
determinaron a tomar las armas; pero como no fuesen diestros en la guerra, al
principio quedaron vencidos en batalla por las armas y poder del rey Albohali.
Sobrepujó el esfuerzo a la muchedumbre y canalla. Mas en breve juntadas nuevas
fuerzas, volvieron a la guerra, y no pararon hasta que, vencidos los
almorávides, dieron la muerte al rey Albohali. Abdelmon sucedió en su lugar. En
tiempo de este rey los que seguían a Almohades, de quien se tomó el nombre de los
almohades, se apoderaron de aquel reino y mudaron en él las leyes y costumbres
antiguas. Demás de esto, dado asiento en las cosas de África, volvieron sus
pensamientos a España. Tumerto se quedó en África con intento que sus enemigos
no tuviesen lugar de alterarse; el nuevo rey Abdelmon y el profeta Almohades
con mucha y muy buena gente pasaron a España, al principio sin hacer daño,
porque no desconfiaban que los de su nación voluntariamente se les rendirían;
que si entretenían su esperanza y tomaban consejo diferente, venían
determinados no excusar ninguna cosa de las que se pudiesen padecer o temer, en
fin usar de fuerza. Sucedióles como deseaban, que sin dificultad se
persuadieron todos los moros que quedaban en España de acomodarse con el tiempo
y recibir públicamente las nuevas opiniones y ritos que aquella gente abrazaba,
esto con tanta afición y con tanto odio, así de su antigua superstición como de
la religión cristiana, que todas las cosas ordenadas por los reyes moros
pasados las trastrocaban y forzaban a las reliquias de los cristianos, que
mezclados con los moros como las estrellas en las tinieblas de la noche
resplandecían, y vulgarmente los llamaban mozárabes, con tormentos que les
daban de todas maneras para que dejasen la religión de sus padres.
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Muchos por este miedo se huyeron a tierras de
cristianos; entre los demás Clemente, prelado de Sevilla, llegado a Talavera,
falleció algunos años adelante por este tiempo en aquel lugar, persona santa y
muy ejercitado en la lengua arábiga. Otros muchos, oprimidos con el peso de los
males, obedecieron a los vencedores, de tal suerte, que desde este tiempo pocos
quedaron entre los moros que de nombre y de profesión fuesen cristianos. Los
almohades, contentos con sujetar a su imperio los moros de España, no les
pareció por entonces hacer guerra a los cristianos, que eran poderosos por
tierra y por mar, antes acordaron dar la vuelta a África, donde tenían las
principales fuerzas de aquella secta y parcialidad. Falleció el profeta
Almohades en breve después que volvieron, y cerca de Marruecos, silla de aquel
reino, por mandado del rey le edificaron un magnífico sepulcro; la muchedumbre,
engañada con la muestra fingida de santidad y con la fama, comenzó a le honrar
y hacer romerías a él por devoción. Vinieron a España los almohades año de
nuestra salvación de 1150, del imperio de los árabes 545. El arzobispo don
Rodrigo pone seis años menos al fin de la Historia de los árabes, pero sin duda
lleva la razón de los años errada en esta parte.
II. Como murió don García, rey de Navarra
En el mismo año que salió el emperador don Alfonso
al encuentro a los almohades, y talados los campos de Andalucía, puso cerco a
Córdoba después que Abdelmon era vuelto a África, como yo sospecho; don García,
rey de Navarra, cerca de Lorca, pueblo de su señorío, de una caída de un
caballo que dio en la caza sobre una peña, murió a los 21 de noviembre, víspera
de santa Cecilia. Iba a la sazón de Estella a Pamplona mal enojado con no muy
grande causa contra aquellos ciudadanos y con resolución de castigarlos; más
este accidente le atajó los pasos y pensamientos. Reinó dieciséis años; los
hijos que dejó fueron estos: don Sancho, que luego le sucedió en el reino y se
coronó en la iglesia mayor de Pamplona, do hizo enterrar a su padre; doña
Blanca, nuera del emperador, y doña Margarita, que casó con Guillermo, rey de
Sicilia, por sobrenombre el Malo. Hijos otrosí legítimos del rey don García
fueron don Alfonso
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Ramírez, señor de Castro el Viejo, y doña Sancha,
que casó primero con Gastón, vizconde de Bearne, después con don Gonzalo, conde
de Molina.
La muerte de don García dio ocasión a los otros
príncipes de nuevas alteraciones, en especial a don Ramón, príncipe de
Barcelona, y al emperador don Alfonso, no obstante los muchos vínculos de
afinidad que con el muerto y con sus hijos tenía. Es así que los reyes en más
estiman ensanchar su señorío que ser alabados de humanos y de modestos; no
hacen caso con el deseo de mandar de lo que la fama puede hablar de ellos y
pensar los venideros, como si con el poder presente se pudiese también apagar
la memoria del tiempo adelante. Estos dos príncipes se juntaron en Tudelín,
pueblo de Navarra, cerca de los baños que allí hay; hallóse asimismo presente
don Sancho, ya días antes declarado rey de Castilla por el emperador, su padre.
Hicieron dos acuerdos y conveniencia con estas condiciones: que todo lo que de
nuevo se quitara a Castilla se restituyese enteramente a don Alfonso; lo que de
Aragón a don Ramón; y que el antiguo señorío de Navarra, luego que juntadas las
fuerzas le hubiesen quitado al nuevo rey, le dividiesen entre sí por partes
iguales, a cada cual lo que más le estuviese a cuenta, en particular que
Pamplona quedase por don Ramón, Estella por el emperador, Tudela fuese de
ambos, y cada uno pusiese en su parte quien la gobernase; que don Ramón por los
pueblos y ciudades que adquiriese en Navarra fuese feudatario de Castilla,
renovando en esto la confederación de don Sancho y don Pedro, reyes de Aragón.
Añadióse demás de esto que pues el principal
cuidado era de hacer guerra a los moros, luego que Valencia con todo lo que hay
desde Tortosa hasla Júcar, y también Murcia, se ganase de moros, quedase por
los aragoneses, como obligados eso mismo y feudatarios a los reyes de Castilla.
Juraron los reyes estas condiciones; diéronse las manos entre sí, que conforme
a las costumbres de España es una grande atadura de la fe dada y recibida;
púsose término y señalóse tiempo para comenzar la guerra de Navarra, pasado el
mes de septiembre. La liga se hizo a 27 de enero, que tuvo no buen principio, y
fue adelante de ningún efecto, porque el nuevo rey, avisado de lo que pasaba,
se apercibió con mucha diligencia, y aunque era de pequeña edad, estaba muy
fortalecido, no más de socorros de fuera que de la benevolencia de los suyos,
en que sobrepujó a su padre, príncipe que fue a sus vasallos pesado y
comúnmente de los mismos aborrecido. Entre los señores de Navarra, don Ladrón
de Guevara, de
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antigua nobleza y señor de Aivar, tenía muy grande
autoridad, tanto, que por pasar a los otros muy adelante en riquezas y poder,
le llamaron príncipe de Navarra.
Al emperador y a don Ramón entretuvieron otros
cuidados para que no pudiesen con todas sus fuerzas acudir a la nueva guerra,
si bien los aragoneses con entradas que hicieron y correrías comenzaron a
trabajar lo de Valderroncal, las gentes de Castilla a lo que de Navarra les
caía cerca; los unos y los otros sin hacer cosa notable, mayormente que don
Ramón se partió para Narbona contra Trencavello, vizconde de Carcasona, con
quien filialmente se concertó por el mes de noviembre tuviese en feudo a
Carcasona y Rodes. El emperador don Alfonso se hallaba ocupado en concertar
nuevos parentescos y casamientos, ca Luis, rey de Francia, repudiado que hubo a
Leonor, condesa de Poitiers, en quien tenía dos hijas, en su lugar se casó con
hija del emperador don Alfonso, que unos llaman doña Isabel, y otros doña
Constanza, y pudo tener entrambos nombres. El emperador por el mismo tiempo
casó con Rica, hija de Uladislao, duque de Polonia, que es parte de la antigua
Sarmacia, habida en Berta, hermana de Otón, obispo frisingense, como lo dice
Radevico en lo que añadió a la historia que escribió el mismo Otón. Entre tan
grandes regocijos y aparatos de bodas como se hicieron no podían las armas
tener lugar, fuera de que los navarros estaban confederados con los franceses,
por lo cual pensamos que el emperador se amansó más y comenzó a divertir su
ánimo de aquella empresa, que condenaban las leyes de la amistad y los juicios
de los hombres.
Además que a don Sancho, rey de Navarra, favorecían
todos ordinariamente por el excelente natural que en su pequeña edad mostraba;
y el mismo don Alfonso era muy amigo de justicia, aborrecedor de toda
insolencia y demasía; virtud que por este tiempo mostró con un ejemplo digno de
memoria. Un cierto soldado de sangre noble y del número de los que vulgarmente
en España llaman infanzones, en Galicia, confiado en que aquella tierra caía
lejos y en la revuelta de los tiempos, despojó a un labrador de todos sus bienes.
Amonestado por el rey y gobernador de la provincia hiciese satisfacción de lo
que tomara injustamente, no quiso obedecer. Disimuló el rey por entonces, y
pospuestas todas las demás cosas, en hábito disfrazado para que la cosa fuese
más secreta, desde la ciudad de Toledo fue por la dicha causa a lo postrero de
Galicia. Llegado, cercó de sobresalto las casas del soldado, que huyó por miedo
del castigo,
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más él le mandó prender y ahorcar delante de las
mismas casas. Con este hecho el rey ganó autoridad y la inocencia quedó valida,
y aquel hombre castigado como su desatino y soberbia merecía. Valeroso
príncipe, que ni en paz ni en guerra estaba ocioso, antes vuelto a la guerra
contra los moros, este año puso cerco a Jaén, el siguiente de 1152 a Guadix,
ciudad de Andalucía, que los antiguos llamaron Accí, pero no parece salió con
estas empresas.
Doña Petronila, reina de Aragón, parió un hijo, que
en vida de su padre se llamó don Ramón, y después de él muerto, don Alfonso. Es
cosa notable que, estando para parir, a 4 días del mes de abril, otorgó su
testamento, en que dejaba el reino paterno al preñado, si naciese varón; pero
si fuese hembra, nombraba por heredero a su marido don Ramón; que fue ejemplo
bien extraordinario. Nombró por sus albaceas a tres obispos, Guillelmo, de
Barcelona; Bernardo, de Zaragoza; Dodo, de Huesca; y junto con ellos otros
hombres principales. Dice en él en particular que deja el reino a sus herederos
libre como su tío don Alfonso le tuvo, es a saber, pospuesta la confederación y
asiento que poco antes se tomó con Castilla.
Por el mismo tiempo falleció don Pedro de Atarés,
señor de Borja; sepultáronlo en el monasterio de Veruela, que no lejos de
Zaragoza él mismo fundara. Borja quedó por el rey; a los templarios, a quien el
difunto la dejó en su testamento, dio en trueque y recompensa a Ambela y otros
pueblos. Ítem, lo que los moros poseían a las riberas de Segre y Cinca, o por
fuerza o por voluntad se ganó por los aragoneses. Demás de esto, ciertos
castillos que caían entre Tarragona y Tortosa en bosques y lugares altos, y por
tanto era difícil conquistados, en fin se venció la dificultad y vinieron a
poder del rey. Lo mismo Miravete, a la ribera de Ebro, pueblo muy fuerte, que
se dio a los templarios para que le poseyesen y tuviesen en él guarnición. En
estas guerras se señalaron entre los demás en esfuerzo y diligencia el conde de
Urgel y Ramón de Moncada y Poncio Hugón, conde de Ampurias, que falleció el
mismo año. La tercera parte de Tortosa, que conforme a lo asentado cuando se
ganó era de los genoveses, el rey al presente la compró de ellos y la rescató
con dinero.
Con estas cosas el nombre de don Ramón comenzó en
toda España y también acerca de las naciones extrañas a ser muy célebre, si
bien él por su modestia o porque el reino de Aragón le tenía en dote, nunca en
toda su vida se quiso llamar rey; solamente se intitulaba príncipe de Aragón, y
contento con este apellido, lo gobernaba todo él sólo a su voluntad en
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guerra y en paz. Es cierto que desde este tiempo
las armas antiguas de los reyes de Aragón se trocaron en las de los condes de
Barcelona, que eran cuatro fajas o bandas rojas, que a iguales espacios de
arriba abajo dividen un campo o escudo dorado.
Don Sancho, el que adelante sucedió en el reino de
Portugal a don Alfonso, su padre, nació a 11 de noviembre del año 1154, en
Coimbra, donde la reina de buena gana moraba. Hermanas de don Sancho, doña
Urraca, que casó en León, y doña Teresa, en Flandes. El nacimiento de este
infante don Sancho fue la cosa más señalada que sucedió este año, y juntamente
la venida de Luis, rey de Francia, a España, de que se hablará luego.
III. De la venida a España de Luis, rey de Francia
Tenía Luis, rey de Francia, llamado el más Mozo, un
gran deseo de ver a España y visitar a su suegro. Era menester buscar algún
color para tan larga jornada; pareció el más a propósito ir en romería a
Santiago por voto que el tiempo pasado había hecho. Ésta era la voz que se
decía en público; de secreto otra puridad le aguijoneaba más, como lo dice el
arzobispo don Rodrigo, que los escritores franceses no hablan de esto. Ésta era
informarse y saber en presencia si su mujer era nacida de legítimo matrimonio,
porque algunos malsines, hombres malos, cuales tienen muchos los palacios de
los príncipes, que todo lo tuercen, afirmaban al rey que la reina, su mujer,
era bastarda, y por el mismo caso con aquel casamiento se disminuía y afeaba la
majestad real de Francia. No dejaba él de dar oídos a estos chismes, porque a
ejemplo de madama Leonor, su primera mujer, parece buscaba ocasión de
repudiarla, por haber también ella parido dos hijas y ningún hijo varón. Que
Felipe, por sobrenombre Augusto, hijo de este rey Luis, nació de Alisa, hija
que fue del señor de Bles, con quien este rey se casó últimamente después de la
muerte de doña Isabel.
El emperador, su suegro, sin saber lo que pasaba,
acompañado de sus dos hijos y de don Sancho, rey de Navarra, salió al encuentro
a su yerno hasta Burgos. Acudieron de toda España de las partes comarcanas, de
las que caían lejos y de las postreras, así señores como gran muchedumbre de
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hombres, a ver tantos reyes en unas mismas casas y
morada. Sacaban arreos, galas, libreas, finalmente, todo lo que en España era
hermoso y magnífico, como para hacer alarde y muestra de su grandeza acerca de
los franceses, que tenían por pobreza todo lo de acá. Con este aparato llegaron
desde Burgos a Santiago, y cumplidos enteramente sus votos, volvieron a la
ciudad de Toledo para donde de las dos naciones, moros y cristianos, que
obedecían al emperador, tenía convocadas Cortes con intento de hacer ostentación
de mayor grandeza y poderío. Vino entre otros a la fama y al llamado don Ramón,
príncipe de Aragón, con muy lucido acompañamiento. El rey Luis, considerado el
arreo, atuendo y atavío, así de los grandes como del pueblo, que acudió en tan
gran número cuanto nunca en la ciudad real se vio antes; demás de esto, sabida
la verdad del negocio porque era venido, dijo no haber en Europa ni en Asia
visto corte más lucida ni arreada; provincias en que se hallara en el tiempo
que fue a la guerra de la Tierra Santa. Que daba gracias a Dios por tener por
mujer hija del emperador don Alfonso, sobrina de don Ramón, príncipe de Aragón.
Hiciéronse juegos con gran magnificencia y presentes al rey, huésped de gran
estima; más no quiso tomar cosa alguna, fuera de un carbunco muy grande y de
gran valor, y con tanto se volvió alegre a su tierra. Acompañóle don Ramón
hasta Jaca, en que los recibieron con aparato real y toda muestra de alegría,
como testifican las historias de Aragón.
Falleció el conde de Urgel a 28 días del mes de
agosto; fue nieto de don Peranzules; y del lugar donde se crió y para
diferenciarle de otros del mismo nombre, lo llamaron Armengol de Castilla.
El año siguiente 1155, a 11 de noviembre, viernes,
como dicen los Anales Toledanos, nació a don Sancho, rey de Castilla, de doña
Blanca, su mujer, un hijo, llamado don Alfonso, heredero que fue adelante del
reino de su padre y abuelo. Habíase tratado en la alianza que se hizo en
Tudelín de repudiar a esta doña Blanca por no ser aún de edad para casarse;
pero las leyes de la equidad, el amor del marido y la inocencia de aquella
señora prevalecieron para que no se le hiciese tal agravio.
Siguióse una guerra en aquella parte de la Galia
Narbonense que se llama la Provenza por esta ocasión; Hugón Baucio y sus
hermanos, hijos que eran de Raimundo Baucio y nietos de Gilberto, ganaron el
tiempo pasado un privilegio de los emperadores alemanes Conrado y Federico, en
que les concedían todo lo que el conde Gilberto, su abuelo, había poseído.
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Fundados en este privilegio, pretendían toda la
Provenza; y fortificándose en el pueblo Trencatayo, trabajaban todos los
lugares comarcanos. Don Ramón, con el cuidado que tenía de su sobrino, marchó
para allá con un grueso ejército, con que abatió el atrevimiento y orgullo de
los Baucios y en breve los redujo a obediencia.
En el mismo tiempo el cardenal Jacinto, legado en
España, sosegaba las contiendas y daba asiento en el estado de las iglesias, en
particular a instancia de Juan, arzobispo de Toledo, pronunció sentencia en
Nájera en favor del primado de Toledo contra los arzobispos de Santiago y de
Braga. Fue esta legacía de Jacinto muy señalada y famosa en esta era. Envióle
Anastasio IV, pero llegó a España en tiempo que era ya pontífice el que le
sucedió, que fue Adriano IV.
En el tiempo que Luis, rey de Francia, estaba en
Toledo, sucedió hacerse mención de san Eugenio, primer arzobispo de Toledo,
cuyas reliquias poco antes se dijo tenían en la iglesia de San Dionisio cerca
de París; pedían que los sagrados huesos se trasladasen a España; llevaban mal
los franceses esta demanda; alcanzóse solamente que les enviasen una parte. El
rey Luis, vuelto a su patria, hizo esto y lo cumplió enteramente, que envió el
abad de aquel monasterio a su suegro con el brazo derecho del mártir. Ya que
llegaba cerca de Toledo, salieron en procesión a recibirle el emperador don
Alfonso, los dos reyes, sus hijos, los grandes, el pueblo y varones sagrados.
La sagrada arca fue en hombros del emperador y de sus dos hijos llevada a la
iglesia mayor, y puesta en el sagrario de ella a 12 días de febrero el año de
nuestra salud de 1156. Los demás huesos del sagrado cuerpo se trujeron a Toledo
a instancia de don Felipe II, rey de las Españas, y por diligencia de don Pedro
Manrique, canónigo de Toledo, que para este efecto fue enviado por embajador a
Carlos IX, rey de Francia, cuatrocientos nueve años, nueve meses y seis días
más adelante, con igual ejemplo de piedad, pompa y aparato el mayor que se vio
en España; y se pusieron en el mismo templo debajo del altar mayor en capilla
particular y devota.
IV. De la muerte del emperador don Alfonso
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Con las vistas de estos príncipes parecía ser
acabadas las guerras civiles entre cristianos; pero el haberse apartado y
desmembrado el reino de Navarra del de Aragón, como se hizo los años pasados,
tenía puesto en mayor cuidado a don Ramón, príncipe de Aragón, que fácilmente
lo pudiese olvidar. Solicitó al emperador para que, renovado el asiento y liga
hecha en Tudelín, juntas las fuerzas acometan a don Sancho, rey de Navarra,
enemigo común. Como prendas de este concierto y para mayor seguridad se concertó
casamiento entre doña Sancha, hija del emperador, habida en Rica, su mujer, y
el hijo de don Ramón. Acordóse esto por entonces sin pasar adelante a causa de
la poca edad de los dos. En esta confederación comprendieron a los hijos del
emperador, don Sancho y don Fernando.
Verdad es que don Alfonso el emperador deseaba más
ser medianero en la paz que movedor de la guerra, y aún estaba más inclinado al
rey de Navarra, de do se mostraba igual esperanza y partido, esto es, de casar
con él otra hija, llamada doña Beatriz, habida en su mujer doña Berengaria o
Berenguela, lo cual se efectuó adelanto, y entonces se movió este tratado, que
no era de menospreciar; por esto con diferentes excusas se entretenía de día en
día, y alegaba, ya una, ya otra causa de la tardanza para no juntar, como lo
tenían concertado, sus armas con los aragoneses; decía que se debía primero de
acudir a la guerra sagrada y atajar las pretensiones de los moros, antes que el
imperio de los almohades con el tiempo se amigase más en España, en especial
que por muerte de Abdelmon, su hijo y sucesor Jacob, que otros llaman Yusuf,
hombre muy soberbio y de grande experiencia en las cosas de la guerra,
asentadas las cosas de África, con sesenta mil de a caballo y mucho mayor
número de infantes era pasado con grande espanto de los fieles en España,
llamado de los moros que en ella estaban para ayudar a su gente y vengarla.
Aquejábale este cuidado y riesgo; rogó grandemente
a don Ramiro, príncipe de Aragón, que juntado un grueso ejército se aparejaba
para entrar por tierras de Navarra, que no comenzase la guerra antes de la
fiesta de san Martín. Hízose así, que se dilató aquella empresa; solamente por
entonces se confirmó con nuevos homenajes en Toledo la confederación pasada por
el mes de febrero del año 1187. Llevó esla tardanza don Ramón con ánimo más
igual a causa que en el mismo tiempo los movimientos de Francia le forzaron a
ir de nuevo a Narbona con esta ocasión: Hermengarda, vizcondesa de aquella
ciudad, trabajada por las armas de los comarcanos,
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fue forzada entregarse a sí y a su señorío en la fe
y amparo de don Ramón, su tío. El que dio este consejo, Berengario, arzobispo
de Narbona, dejada la Francia, la acompañó hasta Perpiñán, donde todas estas
pláticas se trataron y concluyeron.
El emperador don Alfonso, determinado de hacer
guerra a los moros, convocó a sus dos hijos, a los prelados y señores de todo
su estado, y formando un grueso campo, rompió por el Andalucía, taló los campos
y quemó los lugares, robólos y saqueólos por todas partes. Era miserable
aquella parte de España en este tiempo, por ser trabajada y afligida de la una
gente y de la otra, moros y cristianos. Ganóse la ciudad de Baeza, que había
vuelto a poder de moros, Andújar y Quesada; y porque los calores del estío eran
grandes y los lugares mal sanos, determinado el emperador de volver a Castilla,
dejó en el gobierno de aquellas ciudades al rey don Sancho, su hijo, porque si
quedaban sin tal amparo no volviesen a poder de moros como otras muchas veces.
La mayor parte del ejército quedó con don Sancho. Él con don Fernando, su hijo,
y con los demás volvieron atrás. En este camino, en el mismo bosque de Cazlona
y Sierra Morena, el emperador cayó enfermo, y como no pudiese sufrir ni
disimular más tiempo la fuerza de la dolencia, por tener el cuerpo quebrantado
con tantos trabajos más que por su edad, cerca del lugar de Fresneda mandó
debajo de una encina le armasen una tienda; hacíale compañía don Juan,
arzobispo de Toledo, que le confesó y comulgó; dio la postrera boqueada a 21
del mes de agosto; vivió cincuenta y un años, cinco meses, veintiún días;
dignísimo príncipe de más larga vida.
No hubo persona más santa que él siendo mozo, ni
vio España cosa más justa, fuerte y modesta siendo varón; reinó treinta y cinco
años, poco mas o menos; tuvo título y majestad de emperador veintidós años y
seis meses; fue príncipe colmado de todo género de virtudes, y su memoria fue
muy agradable a la posteridad por la voluntad que mostró perpetuamente de
ayudar a la religión cristiana. Tuvo tres mujeres, doña Berenguela, doña
Beatriz y doña Rica. En doña Beatriz no parece tuvo hijos; de doña Rica hubo a
doña Sancha; doña Berenguela parió a don Sancho y don Fernando, que sucedieron
a su padre, y a doña Isabel y doña Beatriz; demás de estos, a don Alfonso y don
Fernando, como parece por un privilegio de la iglesia mayor de Toledo. Este don
Fernando murió niño, y su padre le hizo sepultar en el monasterio de San
Clemente que hay de monjas en aquella ciudad, que él edificó; el letrero de la
sepultura decía:
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Aquí está el muy ilustre D. Fernando, hijo del
emperador D. Alonso, que hizo este Monesterio.
Púsole aquí por honralle.
V. Cómo don Sancho y don Fernando sucedieron
a su padre
Don Sancho y don Fernando, hijos del difunto
emperador, mozos el uno y el otro muy escogidos y aventajados, como su padre lo
dejó señalado y dispuesto, así dividieron sus estados. El reino de León y los
gallegos quedaron por don Fernando; don Sancho, que era el hermano mayor,
poseyó a Castilla y a las demás provincias que andaban con ella; ambos fueron
buenos príncipes en tiempo de paz y diestros en la guerra, de tal manera, que
parece querían imitar a porfía las virtudes de su padre. Don Sancho era más amado
del pueblo, por ser de condición blanda y benigna; por esto y porque murió
antes de tiempo le llamaron don Sancho el Deseado; don Fernando daba orejas a
los malsines, que tienen por costumbre torcer las palabras y los servicios de
otros, con que se enajenó las voluntades de los grandes. Era otrosí sospechoso
naturalmente, enfermedad que si no se reprime con la razón, acarrea mal y daño.
Por esta causa, como no se fiase de su hermano, antes que hiciesen las honras a
su padre y antes que le sepultasen, acudió a León para tomar la posesión de
aquel reino. Al contrario don Sancho, sabida la muerte de su padre, a grandes
jornadas llegó a Fresneda, donde, acompañado de los prelados y grandes llevó el
cuerpo de su padre difunto a Toledo, do le sepultaron con aparato real, y muy
célebre por las lágrimas de todo el pueblo, en la iglesia mayor de aquella
ciudad.
A esta sazón don Sancho, rey de Navarra, a quien
con la edad por la grandeza de las cosas que hizo y por la erudición de su
ingenio dieron sobrenombre de Sabio, por parecerle tenía buena ocasión de
vengar las injurias pasadas, juntado el ejército de los suyos que tenía
apercibido para defenderse, pisó hasta Burgos haciendo mal y daño. Parecía
haber con esto hecho lo que bastaba para sustentar el crédito y opinión, pues
acometía a sus contrarios el que apenas se entendía sería bastante para
defenderse de
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los intentos de tan grandes reyes que le pretendían
derribar. Para muestra de lo cual traía este rey por blasón en campo rojo una
banda dorada con dos leones, que por una parte y otra la despedazaban a porfía.
Hecha pues esta entrada, con la misma presteza dio la vuelta para su tierra.
Los moros de Andalucía, por quedar las plazas, que
en la guerra pasada les habían sido tomadas, desamparadas de la ayuda de don
Sancho, sin dilación las tornaron a recobrar. Era necesario acudir a entrambas
partes; pareció reprimir primero el atrevimiento del rey de Navarra, porque
disimulando la injuria, no se disminuyese la autoridad y majestad del nuevo
rey, dado que de su condición se inclinaba más a la paz que a la guerra. Hacía
sus apercibimientos de armas, dinero y soldados. Sucedió muy a propósito que
Ponce, conde de la Minerva, el más principal de los señores leoneses, y que fue
paje de armas del emperador don Alfonso, agraviado por el rey don Fernando que
le despojó de su estado, dejado León, se pasó a Castilla. Era grande el crédito
de su esfuerzo, y muy aventajado el ejercicio que en las armas tenía. Por esto
y porque don Sancho estaba ocupado en dar asiento en las cosas del reino,
recibido que hubo benignamente al conde, y dádole esperanza de alcanzarle
perdón de su señor, le hizo general y le dio cuidado de la guerra de Navarra.
Aceptó el cargo, y con un grueso ejército que llevaba, por tierra de Briviesca
llegó a la Rioja en busca del enemigo.
Hay una llanura no lejos del lugar de Bañares,
llamada Valpiedra, en que se dio la batalla. Los navarros ordenaron sus huestes
de esta manera. Don Lope de Haro iba en la vanguardia, don Ladrón de Guevara en
la retaguardia, el mismo rey don Sancho en el cuerpo de la batalla. Las gentes
de Castilla, como en número así en valor sobrepujaban; ordenaron también ellos
sus haces, y presentaron la batalla al enemigo; cerraron los escuadrones con
igual denuedo. Los castellanos al principio fueron echados de su lugar, después
mudándose la fortuna de la pelea, quedaron con la victoria. Los navarros
volvieron las espaldas desapoderadamente. La matanza fue menor que conforme a
la victoria. Muchos se acogieron y salvaron en los pueblos y castillos
comarcanos, que eran suyos. Hizoles daño no esperar los socorros que de
franceses les venían. Sin embargo, luego que llegaron, cobrado el rey ánimo de
nuevo, no temió ponerse al trance de la batalla. En el mismo lugar y en el
mismo llano tornaron a pelear. La batalla fue muy brava, ca los unos peleaban
como vencedores, los otros por vencer. Finalmente, los navarros, atemorizados
con la
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matanza pasada y daño recibido, quedaron vencidos,
y el campo por los contrarios. Muchos de los más nobles quedaron presos, que
trató don Ponce benignamente. Decía no era venido a hacer guerra con los
prisioneros y con su miseria, sino a vengar solamente la temeridad del rey.
Soltólos demás de esto, y dejólos ir libres; humanidad que fue entonces muy
alabada, en especial que, no sólo dio libertad a los navarros, sino también a
los franceses.
Ganada esta victoria, volvió a Burgos; el rey,
después de alabar el esfuerzo de los soldados y hacerles mercedes según los
méritos de cada cual, más que a todos honró con todo género de cortesía al
general Ponce. El agrado llegó a tanto, que con deseo de restituirle en su
patria y en su estado, como lo tenía prometido, revolvió contra las tierras de
León, y llegó con su ejército y con sus gentes hasta Sahagún, determinado hacer
la guerra a don Fernando, su hermano, si no venía en lo que parecía justo y él
quería. El rey don Fernando, visto el peligro que corría, vino desarmado a
verse con su hermano el rey don Sancho; con estas vistas se acabaron los
desabrimientos, mayormente que don Fernando, no solo prometía de restituir al
conde don Ponce su estado y perdonarle, sino de hacerle mucho mayores honras y
mercedes. Ofrecía otrosí para mayor muestra de humildad de hacer pleito
homenaje a su hermano y ponerse en su poder y en sus manos; cortesía que don
Sancho, trocado el enojo en humanidad, como acontece sosegada la contienda,
dijo que no sufriría que el hijo del emperador fuese sujeto ni reconociese
homenaje a imperio de ningún príncipe ni monarca.
VI. De los principios de la caballería de Calatrava
El lugar de Calatrava está puesto en los oretanos,
cerca de Almagro, en un sitio fuerte y a la ribera de Guadiana. En el tiempo
que se ganó de los moros le entregaron para fortificarle y guardarle a los
templarios, soldados de cuyo esfuerzo y valentía se tenía grande crédito;
pretendían que sirviese como de fuerte para reprimir las correrías de los
bárbaros; pero ellos, por aviso que tuvieron que los moros con grande esfuerzo
en muy gran número le querían poner cerco, perdida la esperanza de poderle defender,
le volvieron al rey. No se hallaba entre los grandes alguno que de su
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voluntad o convidado por el rey se ofreciese y
atreviese a ponerse al peligro de la defensa; solos dos monjes del Císter, que
venidos por otras causas a la corte, se hallaban a la sazón en Toledo, se
atrevieron a esta empresa; estos eran fray Raimundo, abad de Fitero, junto al
río de Pisuerga (yerran los que atribuyen esta loa a otro monasterio de Fitero
que está en Navarra cerca de Tudela, pues consta que no estaba edificado en
este tiempo), y el compañero que traía, llamado fray Diego Velázquez; éste había
sido soldado viejo del emperador don Alfonso, afamado por muchas cosas que en
la guerra hiciera, después cansado y por menosprecio de las cosas humanas se
metió monje, y al presente, como era de gran corazón, con muchas y buenas
razones persuadió al abad se encargase de la defensa de aquella plaza; consejo,
al parecer, temerario, pero en efecto inspirado de Dios, como yo pienso, porque
contra tantas dificultades como se presentaban, ninguna razón ni prudencia era
bastante. Fue esta oferta muy agradable, primero al rey, después a don Juan,
arzobispo de Toledo, que estaban antes tristes y faltos de consejo en aquel
aprieto tan grande. El dicho arzobispo demás de esto, porque Calatrava era de
su diócesis, ayudó con sus dineros, y desde el púlpito persuadió así a los
nobles como a los del pueblo que debajo de la conducta del Abad se ofreciesen
al peligro y a la defensa, porque no pareciese que desamparaban en aquel trance
y faltaban al deber y a las cosas de los cristianos; cuanto menos perdonasen a
sí y a sus haciendas, tanto estarían y serían más seguros; perdido aquel
pueblo, que era como baluarte, la llama y el fuego pasaría a las haciendas
particulares y tierras de cada cual. Sucedieron estas cosas al principio del
año 1158.
El rey hizo donación del señorío de Calatrava y de
su tierra a Santa María, de la orden del Císter, y en su nombre al abad
Raimundo y compañeros para siempre. Es de grande momento la fama para cualquier
negocio; que las más veces es mayor que la verdad. Así, como se divulgase el
ruido de este apercibimiento que se hacía para defender aquel pueblo, los
moros, perdida la esperanza de ganarle o embarazados en otras cosas, no
vinieron sobre Calatrava. Éste fue el principio dichoso y bienaventurado de
aquella milicia y orden, porque muchos soldados siguieron al abad y tomaron el
hábito que él les dio, señalado y a propósito para no impedir el uso de las
armas; y luego vuelto a Toledo, hinchó al rey y a los ciudadanos y corte de
alegría por lo que acometiera y hiciera; juntamente de su monasterio, do era
prelado, trajo gran copia de ganado, y
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de los lugares comarcanos hasta veinte mil
personas, a quien repartió los campos y pueblos cercanos a Calatrava para que
en ellos poblasen y viviesen, por estar yermos de moradores. Con esta
diligencia el pueblo de Calatrava quedó muy bien fortificado para cualquier
cosa que sucediese. El abad Raimundo falleció algunos años después en Ciruelos,
aldea en que también estuvo sepultado. La gente de aquel lugar, por la
diligencia que usó en defender a Calatrava, le hace tanta honra, que se
persuade haber hecho milagros, y le ponen en el número de los santos. Desde
allí fue trasladado el año 1471 a Nuestra Señora de Monte Sion, monasterio de
bernardos, junto a Toledo, por bula de Paulo II, expedida a instancia del
doctor Luis Núñez de Toledo, arcediano de Madrid y canónigo de Toledo. Diego
Velázquez, después que vivió muchos años adelante, falleció en Gumiel en el
monasterio de San Pedro, en que está enterrado.
De estos principios la sagrada milicia y orden de
Calatrava ha llegado al lustre que hoy tiene y vemos. Alejandro III la confirmó
con su bula, siendo un caballero, llamado don García, el primer maestre de
aquella orden, que fue el año 1164; a don García sucedió Fernando Escaza, a
éste don Martín Pérez, a don Martín Nuño Pérez de Quiñones, a estos otros. El
convento que la primera vez fue puesto en Calatrava, después le pasaron a
Ciruelos, y más adelante a Bujeda, y de allí a Córcoles y a Salvatierra, últimamente
a Covos en tiempo de Nuño Fernández, el maestre duodécimo de aquella orden. Hay
otros menores conventos de aquella orden fundados en otros lugares, pero este
es el principal. Esta milicia adquirió adelante riquezas, autoridad y señorío
de muchos lugares por sus servicios y por la gran liberalidad de los reyes.
Estos lugares y encomiendas se daban antiguamente a los soldados viejos de
aquella orden para que con aquellas rentas sustentasen honestamente la vida,
sin que los pudiesen dejar en su testamento a los herederos; al presente con la
paz, mudadas de lo antiguo las cosas, sirven por voluntad de los reyes a los
deleites, estado y regalo de los cortesanos; así ordinariamente las cosas de la
tierra de buenos principios suelen trocarse con el tiempo y alterarse.
VII. Cómo el rey don Sancho de Castilla falleció
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A este tiempo don Ramón, príncipe de Aragón, por
entender que con la muerte del emperador expiró la confederación pasada, en
cuya virtud tenía como en feudo la parte de Aragón que cae de esta parte del
río Ebro, acordó de verse con el rey don Sancho. Señalaron para estas vistas un
pueblo llamado Nasama; allí en presencia de los grandes y de don Juan, primado
de Toledo, se trató de esta diferencia. El aragonés pretendía que Zaragoza,
Calatayud y otros pueblos y ciudades quedaban libres de toda jurisdicción de
Castilla; más como quier que no pudiese alcanzar esto, por conclusión se
concertaron que el de Castilla no poseyese en aquella comarca algunos castillos
o lugares, y sin embargo, los reyes de Aragón les hiciesen homenaje por
aquellas ciudades y fuesen obligados cuando los llamasen de venir a las Cortes
del reino de Castilla; demás de esto, la liga que tantas veces se hiciera
contra el rey de Navarra se renovó y confirmó, sin que fuese de mayor efecto
que antes, dado que la fresca memoria de la guerra pasada estimulaba a don
Sancho, a don Ramón el dolor de haberle quitado a sin razón aquel reino.
Acabadas estas vistas, que fueron por el mes de
febrero, los aragoneses movieron guerra contra el rey de Navarra. Las armas de
Castilla no pudieron acudir, como quedó concertado, a causa de las muertes, que
sucedieron casi a un mismo tiempo del rey y de la reina. La reina falleció a 24
de junio el año 1158 de Cristo. Fue sepultada en Nájera en el monasterio real
de Santa María, en que estaban los sepulcros de los reyes de Navarra; y ella
poco antes le había hecho donación de un pueblo llamado Nestar, por la cual
causa todos los años le hacen allí un aniversario el día de su muerte. El rey,
aquejado del dolor que recibió muy grande por la muerte de su mujer o de otra
dolencia que le sobrevino, falleció en Toledo, postrero de agosto luego
siguiente, en sazón que se apercibía para la guerra sagrada, que juntados
socorros y gentes de todas partes, con todo su poder pensaba hacer contra los
moros. Sepultáronle junto al sepulcro de su padre en la iglesia mayor de la
misma ciudad, a la cual iglesia dejó a Illescas y Hazaña. Reinó un año y once
días; fue esclarecido en la guerra y en la paz, y que se igualara con la gloria
de sus antepasados si tuviera más larga vida. Dejó sin duda increíble deseo de
sí, que parece encendieron más las desventuras y alteraciones del reino, que
por su muerte resultaron y se siguieron.
Con todo esto, las gentes que tenía apercibidas,
con la divisa que cada uno llevaba de la cruz, y por tanto espantosas a los
enemigos de la religión
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cristiana, aunque el rey era fallecido, luego que
entraron por el Andalucía, vencieron en una grande batalla a Jacob,
miramamolin, que iba la vuelta de Sevilla. Fue grande el destrozo de la
morisma; el moro, pasado este peligro, rehaciéndose de fuerzas, acometió a
otros reyes moros que no le querían obedecer, y dando la vuelta, hizo guerra al
rey de Valencia y de Murcia; mas no pudo salir con su intento, porque le
defendió don Ramón, príncipe de Aragón y Barcelona, a cuya devoción estaba.
Desde allí, vueltas sus fuerzas contra Alhagio, rey de Mérida, le puso en
término, que se le rindió, aparejado a hacer lo que se le mandase y ayudar y
servirle en todas las cosas. Pusieron sus asientos, con que dos hijos de
Alhagio, rey de Mérida, llamados Fadala y Ornar, ayudados de la gente de Jacob,
en una entrada que hicieron por tierra de cristianos, se metieron por las
comarcas de Plasencia y de Ávila; y dada la vuelta hacia tierra de Talavera,
como por todas partes hubiesen puesto espanto, cargados de despojos se volvían
a Mérida. En esto las gentes de Ávila y sus capitanes, Sancho y Gómez, hijos de
don Jimeno, que eran de la más principal nobleza de Ávila, los alcanzaron, y en
una batalla que les dieron en un lugar que se llama Siete Vados, los vencieron
y desbarataron, quitáronles otrosí toda la presa y cautivos que llevaban.
Diestros y grandes capitanes en este tiempo fueron
los ya dichos Sancho y Gómez, pues cuatro años adelante con una entrada que
hicieron por aquella parte de Extremadura en que están los campos de la Serena,
tierra de abundosos pastos, robaron muchos ganados y vencieron en un encuentro
los moros que salieron contra ellos; con que trujeron a sus casas muy grandes
despojos. Del linaje de estos capitanes vienen los señores de Villatoro y los
marqueses de Velada, caballeros en riquezas, aliados y deudos; demás de esto,
en la privanza de los príncipes esclarecidos y señalados, en especial en
nuestra era y la de nuestros padres.
El rey don Sancho cuando estaba a la muerte
encomendó su hijo don Alfonso, que era de cuatro años, a don Gutierre Fernández
de Castro, que otro tiempo fue su ayo. Los demás señores mandó que tuviesen en
su poder las ciudades y castillos que a su cargo estaban, hasta tanto que el
rey fuese de quince años cumplidos, acuerdo y consejo en lo uno y en lo otro
poco acertado; pero la prudencia humana es corta para prevenir los
inconvenientes todos, y muchas veces lo que parecía estar saludablemente
determinado, reveses que suceden lo desbaratan. Diose sin duda con esto ocasión
y fuerzas para revolver el hato a los que mal pensaban. Los demás
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señores, no menos nobles que don Gutierre, llevaron
mal que el peso del gobierno fuese puesto en los hombros de uno solo, y que en
su poder quedase el rey en aquella edad flaca y deleznable.
VIII. De nuevos movimientos que se levantaron
en Castilla
Entre los grandes y ricos hombres de Castilla por
este tiempo dos casas se aventajaban a las otras, las más principales en
estados, riquezas y aliados; los Castros y los de Lara. Estos tuvieron por
largo tiempo la primera voz y voto en las Cortes del reino. Entre los Castros,
don Gutierre, a quien se encomendó la crianza del rey, alcanzaba grande
autoridad, que le daba su larga edad y la grandeza de las cosas que por él
pasaron. Carecía de hijos y sucesión. Su hermano menor, por nombre don Rodrigo,
tenía cuatro, que eran don Fernando, don Álvaro, don Pedro y don Gutierre, una
hija, por nombre doña Sancha, que casó con don Álvaro de Guzmán, por donde era
de poco menos autoridad y poder que su hermano. Los de Lara eran tres hermanos;
don Enrique, don Álvaro y don Nuño; a las riberas del río Duero tenían grandes
heredamientos y lugares. Fue padre de todos estos el conde Pedro de Lara, de
quien arriba se ha hecho mención y dijimos fue muerto en el cerco de Bayona.
Madre de los mismos era una señora, llamada doña Aba, que estuvo casada la
primera vez con don García, conde de Cabra; y por haber nacido de este
matrimonio don García Acia, heredero de aquel estado, era ocasión que el poder
de los tres hermanos se aumentase mucho más.
Estos mostraron llevar mal que siéndoles antepuesto
por juicio del rey don Sancho don Gutierre de Castro, se hubiese oscurecido el
lustre y resplandor de su casa. Extrañábanlo en público y en secreto; decían
que los Castros quedaban por reyes; que esto solamente entre las cosas que el
rey don Sancho mandó no se debía ejecutar; ni sufrirían ellos que al albedrío
de uno se revolviese el estado del reino, ni otro alguno reinase fuera de aquel
que era rey natural. Esto decían con tanta porfía, que mostraban deseo de
llevar el negocio por las armas y llegar a las puñadas. Don Gutierre, con deseo
del bien común y con ejemplo señalado de modestia más que de prudencia,
fácilmente se dejó persuadir que entregase
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el rey en poder de don García Acia, hombre sin duda
templado, pero de más sencillo ánimo que parece requería el estado de las
cosas, en tanto grado, que con excusa de los gastos que le era forzoso hacer en
la crianza del rey, por no estar las rentas reales del todo desembarazadas,
entregó el rey niño a don Manrique de Lara, su hermano de madre, para que él le
criase, que era concederle todo lo que en esta porfía pretendía y deseaba.
Quejábase don Gutierre que con esto le quebrantaban la palabra; y por el testamento
del rey don Sancho pretendía tornarse a encargar de la crianza del rey.
Burlábanse los contrarios; y claramente por esta vía se tramaban alteraciones y
bullicios de guerra.
Don Fernando, rey de León, movido por esta
discordia con que todo el reino se dividía en parcialidades y pretendiendo se
le hizo injuria en no le nombrar para el gobierno y crianza de su sobrino,
tomadas las armas, entró por las tierras de Castilla muy pujante,
principalmente hacía mal y daño en aquella parte por do corre Duero y donde la
casa de Lara tenía muy grande señorío. Don Manrique y sus hermanos por miedo de
don Fernando llevaron el rey a Soria para que estuviese muy lejos y más seguro
del peligro de la guerra. Falleció a la sazón don Gutierre de Castro;
sepultáronle en el monasterio de Encas, que tiene nombre de San Cristóbal. Don
Manrique de Lara, hecho más insolente con el poder, requirió a los herederos
del difunto, sobrinos suyos, le entregasen las ciudades y castillos que tenían
encomendadas. Excusábanse ellos con el testamento del rey don Sancho. Decían
que antes de la legítima edad del rey niño no podían licitamente hacer lo que
les demandaban. Con esto el cuerpo de don Gutierre por mandado de don Manrique
fue desenterrado, como de traidor y que había cometido crimen contra la
majestad. Nombráronse jueces sobre esta diferencia, que dieron sentencia en
favor de don Gutierre, por ser cosa inhumana embravecerse y mostrar saña contra
los muertos; así por su mandado fue vuelto a la sepultura y a enterrar.
Entre tanto que esto pasaba, las armas de don
Fernando, rey de León, volaban libremente por toda la provincia, sin que se
juntase para resistir algún ejército señalado en número o en esfuerzo, por no
tener capitán y estar el reino dividido en bandos. No se puede pensar género de
trabajo que los naturales no padeciesen, cansados no más con el sentimiento de
los males presentes que con el miedo de los que amenazaban, en tanto grado, que
el mismo don Manrique, perdida la esperanza de poderse defender y
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movido por el peligro que sus cosas corrían, fue
forzado hacer homenaje al rey don Fernando que le entregaría el gobierno del
reino y las rentas reales, que las tuviese por espacio de doce años juntamente
con la crianza del rey. Para que esto se confirmase con común consentimiento
del reino llamaron Cortes para la ciudad de Soria, do guardaban al rey niño.
En este peligro que amenazaba mayores males, la
resolución y esfuerzo de un hombre noble, llamado Nuño Almejir, sustentó y
defendió el partido de Castilla. Éste, viendo llevar el niño a su tío, le
arrebató a los que le llevaban, y cubierto con su manto le llevó al castillo de
San Esteban de Gormaz, con la cual diligencia quedaron burlados los intentos
del rey don Fernando, porque los tres hermanos de Lara, con muestra de querer
seguir y alcanzar al niño rey, despedidos de don Fernando, hicieron para mayor
seguridad fuese el niño llevado a Atienza, plaza muy fuerte. Según esto,
arrepentidos del consejo y asiento que tomaran, últimamente andando con él
huyendo por diversas partes, pararon en Ávila, ciudad muy fuerte. Allí con
grande lealtad los ciudadanos le defendieron hasta el año onceno de su edad.
Por este hecho los de Ávila se comenzaron a llamar vulgarmente los fieles.
El rey don Fernando, burlada su esperanza, con que
se prometía el reino de Castilla, y por esta razón movido a furor, acusó
primero a don Nuño de Lara, después a don Manrique, su hermano, de haberle
quebrantado la fe y palabra; envió para esto reyes de armas para desafiarlos;
pero la revuelta de los tiempos no dio lugar a que defendiesen por las armas su
inocencia ni se purgasen en el palenque de lo que les era impuesto, como era de
costumbre. Recelábanse que si les sucedía alguna desgracia, se pondría en cuentos
y peligro todo el reino. Solamente respondieron a don Fernando que la
conciencia de lo hecho y lealtad que guardaron con el rey niño, si no a los
otros, a lo menos a sí mismos daban satisfacción bastante. Era grande el
regocijo que tenía todo el reino por ver el rey niño escapado de las asechanzas
de su tío; pero en breve toda aquella alegría se desvaneció, porque toda
Castilla fue trabajada con las armas del rey don Fernando. Las ciudades y los
lugares, o por fuerza o de grado, a cada paso se ponían en su poder y le hacían
homenaje, en tanto grado, que fuera de una pequeña parte del reino que
perseveró en la fe del niño, todo lo demás quedó por el vencedor.
Toledo, también ciudad real, y don Juan, su
prelado, siguieron las partes de don Fernando, creo por algún desabrimiento que
tenían o por
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acomodarse al tiempo. Hay un privilegio del rey don
Fernando dado en Atienza, a 1 de febrero, año 1162, en que entre los otros
grandes y ricos hombres y obispos firma también el arzobispo don Juan; demás de
esto, consta de los Anales de Toledo que el rey don Fernando entró en Toledo a
9 del mes de agosto luego siguiente.
Allegóse a estas desgracias una nueva guerra que
hicieron los navarros, porque el rey don Sancho de Navarra después de grandes
alteraciones se concertó con el aragonés. Hecho esto, por entender que era
buena ocasión para vengar las injurias pasadas y recobrar por las armas lo que
los reyes de Castilla le tomaron en la Rioja y en lo de Bureva, con un grueso
ejército que de los suyos juntó se apoderó de Logroño, de Entrena, de Briviesca
y de otros lugares por aquellas partes. Tenía soldados muy buenos y ejercitados
en muchas guerras. Los señores de Navarra eran personas muy escogidas. Entre
los demás se cuentan los Dávalos, casa muy noble y poderosa, como lo muestran
las escrituras y memorias de aquel tiempo. Con esto no tenían fin ni término
las guerras ni los males, todo andaba muy revuelto y alterado.
IX. De la muerte de don Ramón, príncipe de
Aragón
Estaba Castilla encendida con alteraciones civiles
en un tiempo muy fuera de propósito por quedar en la provincia gran número de
gente bárbara; sólo con las armas de Portugal y de Aragón eran los moros
apretados; más en el Andalucía, donde tenían mayor señorío, vivían con todo
sosiego, y el poder de aquella nueva gente de los almohades con el tiempo se
arraigaba más de lo que fuera razón.
En este tiempo Italia era trabajada con no menores
males y discordias que lo de España. Dos se tenían en Roma por pontífices, y
cada cual pretendía que él era el verdadero, y el contrario no tenía razón ni
derecho alguno. Estos eran Alejandro III, natural de Sena, y Víctor IV,
ciudadano romano; a este ayudaba mucho el emperador Federico Barbarroja por la
grande amistad que con él tenía. A Alejandro nombró por pontífice la mayor y
más sana parte de los cardenales; pero como no tuviese bastantes fuerzas para resistir
al emperador, que se apoderaba de las ciudades y
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lugares de la Iglesia, en una armada de Guillermo,
rey de Sicilia, se huyó a Francia, y en ella para sosegar estas discordias y
este cisma juntó en Tours, el año 1163, un concilio muy principal. Acudieron a
su llamado ciento cincuenta obispos, y entre ellos don Juan, primado de Toledo.
Por el mismo tiempo don Ramón, aragonés, era muy
nombrado por la fama de las cosas que acabó y su perpetua felicidad, tanto, que
tenía por sujeto en España a Lope, rey moro de Murcia, y a los Baucios en
Francia, que movían guerra en la Provenza, los trabajaba con muchos daños que
les hacía, porque, no solamente defendió la Provenza sobre que contendían, sino
también les quitó de su estado antiguo treinta castillos, y la villa de
Trencatayo, que era muy fuerte, tomado que la hubo por fuerza, la allanó y arrasó
el año 1161. Con aquella victoria quedaron de todo punto quebrantadas las
fuerzas de los Baucios. El emperador Federico, que parecía favorecer a los
enemigos y contrarios, con nueva confederación que con él hizo quedó muy su
amigo. Trajo don Ramón de Castilla a Aragón a Rica, viuda del emperador don
Alfonso, y a su hija doña Sancha, que estaba desposada con el hijo del mismo
don Ramón. A instancia pues del emperador Federico se concertó que Rica, que
era deuda suya, casase con don Ramón Berengario o Berenguel, conde de la
Provenza; y que los aragoneses y provenzales jurasen por pontífice y diesen la
obediencia al que él ayudaba. Con esto les hacía merced que, no solo quedasen
con el principado de la Provenza, que se comprendía y extendía desde el río Druenza
hasta el mar, y desde el río Ródano basta los Alpes, sino demás de estode la
ciudad de Arles con toda su tierra. Para que todo esto fuese más firme, se
decretó y concertó que ambos los don Ramones, el aragonés y el provenzal,
fuesen a Turín, ciudad de Italia, a verse con el emperador. Señalóse el primer
día de agosto para estas vistas del año 1162.
En este camino, en San Dalmacio, que es un pueblo a
las raíces de los Alpes hacía Italia, adoleció don Ramón, príncipe de Aragón, y
falleció de aquella enfermedad a 6 días de aquel mismo mes. Parecía que aquella
muerte sucedía en muy mala sazón, dado que don Ramón, conde de la Provenza,
fácilmente alcanzó del emperador todas las cosas por que eran idos, luego que
se vio con él en Turín, como tenían concertado; y aún el emperador dice en sus
letras que se expidieron sobre el caso gratificar al difunto porque había
tratado muy honradamente a la reina Rica y mirado por la honra de aquella
matrona viuda. De aquí tomaron ocasión los escritores catalanes de fingir que
don Ramón, príncipe de Aragón, en
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Alemania defendió en un desafío y campo que hizo,
la fama de una reina viuda que la acusaban haber hecho lo que no debía, y que
el premio de defender la honestidad de aquella señora fue darle el principado
de la Provenza. Nosotros, siguiendo la verdad de la historia, contamos la cosa
como pasó. El cuerpo del difunto traído a su tierra sepultaron en el monasterio
de Ripol, como él mismo a la muerte lo dejó ordenado.
Hiciéronse Cortes del reino en Huesca, y refirióse
el testamento de aquel príncipe, que hizo a la hora de su muerte solo de
palabra, en que nombró por su heredero a don Ramón, su hijo, que trocado este
nombre en el de don Alfonso, entró en posesión del principado, de su padre. A
don Pedro, hijo segundo, mandó a Cerdaña, Carcasona y Narbona con el mismo
derecho que él las tenía. Don Sancho, que era el menor de todos, quedó nombrado
en lugar de don Pedro para que le sucediese si muriese sin hijos. De doña Dulce,
su hija, que adelante fue reina de Portugal, no hizo mención alguna; tampoco de
don Berengario o Berenguel, que fue obispo de Tarazona y de Lérida y abad de
Montearagón, al cual el príncipe hubo fuera de matrimonio.
La edad del nuevo rey don Alfonso no era bastante
para el gobierno, porque apenas tenía once años. Esto y la flaqueza y pocas
fuerzas de la reina, su madre, pareció a propósito a los amigos de novedades
para revolver el reino. Un cierto embaidor se hizo caudillo de los que mal
pensaban con afirmar públicamente era el rey don Alfonso, aquel que veintiocho
años antes de éste fue muerto en la batalla de Fraga, como de suso queda dicho.
Decía que cansado de las cosas humanas estuvo por tanto tiempo disfrazado en
Asia, y se halló en muchas guerras que los cristianos hicieron contra los moros
en la Tierra Santa. Su larga edad hacía que muchos le creyesen, y las facciones
del rostro no de todo punto desemejable; el vulgo, amigo de fábulas,
acrecentaba estas mismas cosas, por donde el gobierno de la reina, como de
mujer, era de muchos menospreciado. Grandes males se aparejaban por esta causa,
si el embaidor no fuera preso en Zaragoza y no le dieran la muerte en los
mismos principios del alboroto. Éste fue el pago de la invención y fin de toda
esta tragedia mal trazada.
El año próximo de 1163 se tuvieron otrosí Cortes
del reino de Aragón en Barcelona. En ellas la reina doña Petronila, a
persuasión de los grandes, dio y renunció el reino a su hijo, que andaba ya en
trece años. Don Ramón, conde de la Provenza, que un poco de tiempo gobernara a
Cataluña por el
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rey su primo, dejado el gobierno, se volvió a su
tierra, que andaba alborotada otra vez y trabajada por las armas de los
Baucios. Para fortificarse contra aquella familia y linaje y apercibirse de
socorros de fuera procuró hacer liga con el conde de Tolosa y concertar
casamiento de su hija, una sola que tenía, con el hijo de aquel conde; pláticas
que se impidieron por su muerte, que sucedió el año 1166. El rey de Aragón, que
se hallaba a la sazón en Gerona, avisado que su primo era muerto, a ejemplo de su
padre y a persuasión de los grandes, se llamó marqués de la Provenza. Así
pretendían estar decretado por el privilegio del emperador Federico, que aquel
principado, no sólo se daba al conde de la Provenza, sino asimismo a don Ramón,
príncipe de Aragón, y sus descendientes; ocasión de nuevos movimientos y
alteraciones que sucedieron en Francia.
X. Cómo don Alfonso, rey de Castilla, visitó el
reino
Gran mudanza de las cosas se hizo en Castilla;
porque los naturales, cansados del gobierno del rey de León, aficionados al
mozo rey don Alfonso, como es cosa natural y lo merecía la memoria agradable
del rey don Sancho, su padre, no cesaban de moverle con cartas y embajadores
para que tomase el cetro y mando del reino paterno. Ofrecíanle que no le
fallarían las voluntades de los suyos ni sus fuerzas, que siempre de secreto
estuvieron por él, dado que por acomodarse al tiempo y forzados suportaban el
señorío forastero. El rey a la sazón andaba en el año undécimo de su edad; a
los grandes que le tenían en su poder parecía aquella edad bastante, especial
que les movía el ejemplo fresco de los aragoneses, que entregaron el gobierno a
su rey, que tenía poca más edad.
A persuasión pues de ellos y por su consejo
determinó partir de Ávila para visitar el reino y hacer entrada en cada una de
las ciudades, el año de nuestra salvación de 1168, como algunos dicen; nosotros
de la razón de estos años y de este número quitamos dos años con fundamento
bastante y cierto, pues cuando murió su padre se sabe era este rey de cuatro
años, y ahora once no cumplidos. No le engañó su esperanza; muchas ciudades y
pueblos en toda la provincia, como lo tenían ofrecido, abrían con gran voluntad
las puertas al rey y le ayudaban con dinero, provisión y todas las
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demás cosas. Al principio pocos eran los que
acompañaban al rey, que fueron algunos grandes de Castilla que perseveraran con
él o de nuevo se le juntaron. Demás de estos, una compañía de guarda de ciento
cincuenta de a caballo, que los de Ávila le dieron para que le acompañasen;
poca gente para acabar cosas tan grandes y para recobrar el reino, parte del
cual tenían los grandes, parte estaba en poder de los leoneses con guarniciones
que tenían puestas por todas partes. No hay cosa más segura en las revueltas
civiles que apresurarse. Al rey parecía que todas las cosas le serían fáciles;
y así, determinaron de probar a Toledo, cabeza del reino, y experimentar cuánta
lealtad hubiese en sus ciudadanos.
Poca esperanza tenían que don Fernando Ruiz de
Castro, que la tenía en su poder, la entregase de su voluntad. El color que
tomaba era no ser lícito, como él decía, entregar aquella ciudad a alguno antes
de la edad que por el rey difunto quedó señalada. Lo que principalmente le
movía era que tenía pena de que le hubiesen quitado la tutela del rey y sus
contrarios estuviesen apoderados del gobierno del reino. Don Esteban Illán,
ciudadano principal de aquella ciudad, en la parte más alta de ella a sus expensas
edificara la iglesia de San Román, y a ella pegada una torre, que servía de
ornato y fortaleza. Era este caballero contrario por particulares disgustos de
don Fernando y de sus intentos. Salió secretamente de la ciudad, y trajo al rey
en hábito disfrazado con cierta esperanza de apoderarle de todo. Para esto le
metió en la torre susodicha de San Román; campearon los estandartes reales en
aquella torre y avisaron al pueblo que el rey estaba presente. Los moradores,
alterados con cosa tan repentina, corren a las armas, unos en favor de don
Fernando, los más acudían a la majestad real; parecía que si con presteza no se
apagaba aquella discordia, que se encendería una grande llama y revuelta en la
ciudad; pero como suele suceder en los alborotos y ruidos semejantes, por quien
acudían los más, casi todos los otros siguieron la autoridad real.
Don Fernando, perdida la esperanza de defender la
ciudad por ver los ánimos tan inclinados al rey, salido de ella, se fue a
Huete, ciudad en aquel tiempo, por ser frontera de moros y raya del reino, muy
fuerte, así por el sitio como por los muros y baluartes. Los de Toledo librados
del peligro a voces y por muestra de amor decían: «Viva el rey». Esto hacían no
más los que habían estado por él, que la parcialidad contraria entraban donde
estaba a besarle la mano, y cuanto más fingido era lo que algunos hacían, tanto
daban mayores muestras de voluntad y le adulaban con más cuidado.
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A don Esteban en gratificación de aquel servicio le
hizo el rey mucha honra y le encomendó el cuidado de la ciudad. Después de su
muerte, los ciudadanos, para memoria de tan gran varón, en la iglesia catedral,
en lo más alto de la bóveda, detrás del altar mayor, hicieron pintar su imagen
a caballo como está hoy.
Entró el rey en Toledo a 20 de agosto, día viernes.
Luego el día de san Miguel, don Juan, arzobispo de Toledo, falleció cansado de
la pesadumbre de tantos males o por su larga edad. La letra dominical muestra
que la entrada del rey no pudo ser sino el año 1166. Conforman los Anales de
Toledo y el letrero del sagrario de aquella iglesia, que señalan la muerte del
arzobispo, era 1204, que es el año dicho puntualmente, y así se debe tener.
Gobernó aquella iglesia loablemente como dieciséis años; su cuerpo se entiende
fue allí mismo sepultado. Algunos dicen que renunció y que de su voluntad dejó
el arzobispado, y de él explican la ley pontificia y canon promulgado por
Alejandro III, pontífice romano, que es el primer capítulo en el título de las
órdenes hechas después de renunciado el obispado, enderezado al arzobispo de
Toledo, como se contiene en su título. La verdad es que en las decretales de
mano antiguas no reza aquel título al arzobispo de Toledo, sino al coloniense;
así, lo de la renunciación no se debe tener por verdadero.
Sucedió don Cerebruno o Cenebruno, persona de igual
ánimo y prudencia, agradable al rey don Alfonso, ca fue su maestro y le enseñé
las primeras letras. Fue arcediano de Toledo antes, y obispo de Sigüenza, y aún
se sospecha era francés de nación. A este prelado parece se enderezó sin duda
la epístola decretal del mismo Alejandro III, que es el capítulo 11 en el
título de Simonia, sobre la que se cometió en la elección del obispo de Osma.
Conforma con esto lo que ordenó el mismo rey don Alfonso en su testamento, su
fecha en Fuentidueña, a 8 de diciembre, era 1242; dice que sus tutores, el
conde don Nuño y don Pedro, por elegir al obispo de Osma, recibieron cinco mil
maravedíes; manda que se restituyan. Era por el mismo tiempo prelado de
Tarragona Hugo Cervellon, que sucedió a Bernardo Torte.
El rey de Castilla, sosegado que tuvo a Toledo, a
persuasión del conde don Manrique, salió contra don Fernando de Castro, ca
ayudado de las gentes de Huete, que le eran aficionadas y muy leales, salió al
encuentro al ejército del rey. Diose la batalla dos leguas de aquel pueblo
junto a Garcinaharro; era grande la fama del esfuerzo de don Manrique; era
tenido
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por gran defensor de la autoridad real, tales eran
las muestras, si bien muchos pensaban que en nombre ajeno quería mandarlo todo,
por ser, como era, atrevido, astuto, presto y conforme a los negocios y
ocurrencias, cuándo seguía la virtud, cuándo lo malo. Don Fernando, por
recelarse en la pelea de sus fuerzas, entró en la batalla, quitadas las
sobrevistas y disfrazado. Don Manrique, por yerro, con todas sus fuerzas
embistió y mató a un caballero ordinario, el cual, porque llevaba vestidura de
general, creyó era su contrario. Quedó cansado de aquella pelea y a propósito
para ser agraviado; así fue él mismo muerto; uno de los que acompañaban a don
Fernando le metió por el cuerpo la espada. Con la muerte del general los del
rey, parte se pusieron en huida, parte fueron muertos en la pelea.
Sabido el engaño y astucia, don Nuño, hermano de
don Manrique, acusaba a don Fernando de aleve. No paró en esto, sino que le
desafió a pelear de persona a persona y hacer campo, como se acostumbraba en
casos semejantes. Intervinieron varones santos y personas graves, por cuyo
medio por entonces la diferencia se sosegó algún tanto, pero el odio entre
aquellas dos casas quedó muy más arraigado que antes, con grande daño muchas
veces de las cosas y del reino, por anteponer cada cual de las partes sus particulares
pasiones y debates al bien común. Verdad es que la guerra que hizo el rey por
entonces no fue muy grande ni continuada, y muchas ciudades y castillos, por
estar obligados con beneficios que recibieran, quedaron en poder de don
Fernando de Castro, con que el rey desistió del intento y esperanza de
atropellarle, y vuelto hacía otras partes, no dejaba de sujetar a su señorío
las ciudades y castillos que hallaba sin guarnición.
Demás de esto, pareció por la comodidad del lugar
probar el castillo de Zurita, que está puesto en un collado empinado, cuyas
raíces y faldas baña el río Tajo. Tenía la guarda de esta fuerza Lope de Arenas
como teniente de don Fernando de Castro. Convidado a que se rindiese, se excusó
con la edad del rey, como otros muchos, que él no era señor, sino
lugarteniente, y como tal tenía jurado a don Fernando; que si no fuese con su
licencia, no entregaría el castillo a persona alguna; que no sufriría que con color
y voz de la autoridad real se burlasen de los demás aquellos que por la flaca
edad del rey le tenían en su poder y le aconsejaban lo que les parecía. Como
los del rey perdiesen la esperanza que el alcaide haría por su voluntad lo que
pretendían, determinaron de usar de fuerza y apretar el cerco de aquel
castillo. Convocaron para este efecto socorros de todas partes. Don Lope
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de Haro, avisado de lo que el rey pretendía, de lo
postrero de Vizcaya, en que tenía grande estado, sin ser llamado, a causa que
él y el conde don Nuño tenían diferencias particulares y andaban torcidos, de
su voluntad vino a servir en aquel cerco. Llegado, miró el sitio del castillo,
y se encargó de acometerle por aquella parte que parecía más agria y de que
mayor peligro se mostraba; cosa propia de la nación vizcaína. Iba adelante el
cerco. Los del rey no tenían esperanza de salir con su intento. Los cercados
padecían falta de mantenimientos; por esta causa usaron de engaño, y con dar
esperanza de rendirse, convidado que hubieron y recibido dentro para tratar de
esto a los condes don Nuño y don Suero, los prendieron a traición, por entender
que el rey, movido de su peligro, se apartaría del propósito que tenía de
combatir el castillo, por lo menos vendría en algún buen partido. En lo que
pensaron consistía su remedio estuvo su destrucción.
Hallábase en los reales del rey un cierto hombre,
llamado Domingo, que salió del castillo no se dice por qué causa; este, si le
diesen algún premio, prometió haría entregar aquella fuerza. Aceptado el
partido, en cierto ruido hechizo dio una herida a Pedro Ruiz, ciudadano de
Toledo; él mismo vino en ello y con voluntad del rey; hecho esto, Domingo se
puso en huida. Con esta ficción las guardas le recibieron en el castillo. Era
criado del alcaide, mañoso, servicial, y por aquella nueva hazaña le ganó más
la voluntad; trataba con él muy familiarmente sin recelo de lo que le
sobrevino. El traidor, hallada ocasión a propósito para ejecutar su intento, a
tiempo que el alcaide se afeitaba la barba le mató; tras esto se huyó a los
reales. El pueblo sin dilación, muerto su caudillo, sin grande dificultad vino
en poder del rey y se rindió luego; perdonó el rey a los soldados, y el lugar
no fue puesto a saco; solo a Domingo hizo sacar los ojos, que fue ejemplo
señalado de castigo contra los traidores, dado que le señalaron sustento
bastante para pasar la vida, porque no pareciese que el rey quebrantaba su
palabra. Este sustento no mucho después por mandado del mismo le quitaron junto
con la vida, porque maguer que ciego y castigado se alababa de aquella maldad;
doblada alevosía que cometió en matar a su señor y hacer traición a los
cercados. Esto del traidor.
Los soldados, alegres con la victoria, se partieron
para sus casas. Don Lope de Haro, que entre todos se señaló de animoso, alabado
con palabras muy honrosas, se volvió a su tierra, sin querer aceptar los dones
que le ofrecían, por saber muy bien cuánta falta y pobreza padecía el tesoro
real.
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Este caballero dicen edificó en la Rioja la villa
de Haro, no lejos del río Ebro, y que de aquel pueblo y de su nombre, así él
como sus descendientes, tomaron este apellido.
El rey se fue a Toledo a las Cortes del reino, para
donde tenía convocados los grandes y ciudades de toda la provincia. Tratóse en
ellas de componer el estado del reino, que por la revuelta de los tiempos
andaba muy alterado, y de recobrar las ciudades y pueblos que aún no se querían
entregar. Fue esto año memorable por las muchas lluvias y grandes crecientes,
en particular en Toledo el río Tajo salió de madre y llegó hasta la iglesia de
San Isidro, a 20 de febrero; el año luego siguiente de 1169, a 8 de febrero,
tembló la tierra en aquella ciudad; cosa que sucede pocas veces y que puso en
cuidado a los ciudadanos, por pensar que aquel temblor era pronóstico de
algunos nuevos y mayores trabajos.
XI. De las bodas de don Alfonso, rey de Castilla
Don Fernando, rey de León, los años pasados casó
con doña Urraca, hija de don Alfonso, rey de Portugal; de este casamiento nació
don Alfonso, el que sucedió a su padre en el reino de León, dado que la misma
doña Urraca, por el parentesco que tenía con su marido, fue de él repudiada y
apartada. Este camino hallaban para deshacer los casamientos cuando nacían
desabrimientos entre los casados; que aún no estaba introducida la costumbre de
dispensar en las leyes matrimoniales, ni los pontífices comenzaban a usar de
semejantes dispensaciones. De este repudio resultaron grandes enemistades entre
el suegro y el yerno, y de ellas muchos daños que se hicieron y recibieron de
una parte y de otra.
Don Fernando andaba ocupado en reedificar las
ciudades y pueblos que por la revuelta de los tiempos pasados estaban
destruidas, otros edificaba de nuevo. Cerca de Salamanca reparó la antigua
Bletisa con nombre de Ledesma, a Granada cerca de Coria, demás de esto
Benavente, Valencia de Oviedo, Villalpando, Mansilla, Mayorga. Fuera de estas
poblaciones, por consejo de un forajido portugués edificó en los confines del
reino, por do se divide de Portugal, a Ciudad Rodrigo, que antiguamente se
llamó Mirobriga, para que fuese como firme baluarte en que se quebrantasen los
ímpetus de los portugueses y para hacer desde allí
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correrías y cabalgadas por los lugares comarcanos.
El desabrimiento que comenzó de estos principios entre leoneses y portugueses
se encendió después y paró en graves enemistades. Era don Fernando príncipe de
grande corazón y bravo; y aunque de costumbres muy suaves, condición simple,
liberal y manso, no dudaba hacer rostro a las armas y poder de los dos reyes de
Castilla y de Portugal.
Don Alfonso, rey de Castilla, al principio del año
de nuestra salvación de 1170 fue a Burgos para tener Cortes del reino, en las
cuales, porque el rey era entrado en los quince años de su edad, que era el
tiempo señalado por el testamento de su padre, y legal para que le entregasen
las ciudades, se trató de que se ejecutase así; y con grande voluntad de los
grandes y de todos salió decretado se hiciese guerra, así a los señores si no
obedeciesen ala voluntad del rey, como al rey don Fernando, su tío, que tenía
todavía con guarniciones ocupada una parte no pequeña del reino; pero esta
guerra, a causa de otras dificultades, se dilató mucho. Los grandes,
interesados por no ser acusados de traidores y porque no les quedaba excusa
alguna para no hacerlo, entregaron al rey los castillos, fuerzas y lugares que
tenían en su poder. Entre los primeros hizo esto don Fernando de Castro; dado
que desconfiado de la voluntad del rey por estar muchos grandes irritados
contra él y la parcialidad contraria apoderada del gobierno, determinó dejar la
tierra; y públicamente renunciada la patria, conforme a lo que entonces los
españoles usaban, se retiró a tierra de moros, ca decía que el destierro sería
tolerable, principalmente al que se hallaba inocente y no había hecho vileza
alguna; pero que él haría que al que no querían por amigo experimentasen serles
enemigo muy grave. Muchas veces la paciencia ofendida se muda en furor; así,
don Fernando, agraviado con muchas injurias como él se quejaba, no dejaba de
hacer muchos daños en tierras de cristianos.
Tratóse demás de esto en las Cortes de Burgos del
casamiento del rey por ser la edad a propósito y tener todos grande cuidado de
que quedase de él sucesión. Enrique, segundo de este nombre, rey de Inglaterra,
muy poderoso a la sazón, abrazaba debajo de su señorío lo de Angers y Normandía
en Francia y toda Inglaterra; y su mujer doña Leonor en dote le ayuntó a los
demás estados lo de Guyena y Poitiers, como arriba queda dicho. Parecíales a
los grandes que sería a propósito Leonor, hija de estos príncipes, doncella muy
escogida, para casarla con su rey, si su padre viniese en ello. Don Alfonso,
rey de Aragón, con deseo de verse con el rey
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de Castilla, su primo, y que era casi de la misma
edad, vino a Sahagún; allí se puso confederación entre aquellas dos naciones.
Hecho esto, los dos reyes, mediado el mes de julio, fueron a Zaragoza; desde
allí se envió una embajada muy principal a Francia para tratar lo del
casamiento del rey. La cabeza de esta embajada era don Cerebruno, arzobispo de
Toledo; acompañábale don Ramón, obispo de Palencia, con otros prelados y
caballeros en gran número. Llegados a Burdeos, do estaba la reina de Inglaterra
con su hija, fácilmente alcanzaron lo que pretendían. Concertáronse las bodas,
la doncella vino a España, y en su compañía, no sólo los que envió el rey don
Alfonso, sino también se juntaron con ellos Bernardo, prelado de Burdeos, y
otros señores de Francia.
Entretanto que esto pasaba en Francia, en España
entre los dos reyes de Castilla y de Aragón se hizo liga y avenencia en que se
juntaban las fuerzas de los dos reinos contra todos los príncipes, sacado sólo
el de Inglaterra, en que se tuvo respeto al nuevo parentesco. Para confirmar
este concierto y palabra de una parte y otra se dieron algunos pueblos para que
en poder del otro estuviesen como en rehenes y en tercería: al de Aragón dieron
a Nájera y Biguera, a don Alfonso, rey de Castilla, Ariza y Daroca, que por
aquel tiempo también, como ahora, pertenecían al reino de Aragón.
La doncella esposa del rey de Castilla llegó
finalmente a Tarazona. Allí, como antes tenían concertado, se hicieron los
desposorios con grandes regocijos por el mes de septiembre. El rey de Aragón
fue el padrino; las arras que dieron a la esposa fue gran parte de Castilla,
Burgos, Medina del Campo con otros lugares en gran número; fuera de esto, le
consignaron la mitad de todo lo que se ganase de los moros. El rey, aficionado
a la hermosura de su esposa, que era apuesta y agraciada, como era de poca edad,
parecía querer en liberalidad demasiada aventajarse a los reyes pasados.
Lope, rey moro de Murcia, tenía confederación y
amistad con el rey de Castilla, porque hallo también que por estos años vino a
Toledo. Estaba el rey de Aragón ofendido del mismo, y pretendía hncerle guerra,
porque rehusaba de pagar las parias que acostumbraba dar a don Ramón, su padre.
Concertóse que aquel rey bárbaro le quedase sujeto a tal que él desistiese de
favorecer a los macemutes, bando entre los moros contrario al rey Lope. Ibase
por estos tiempos despeñando el imperio de los moros en
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España, por estar dividido en parcialidades, en
especial la ciudad de Murcia muchas veces andaba alborotada con discordias
civiles.
Despedidos entre sí los dos reyes y concluidas las
fiestas de Tarazona, las bodas se celebraron en Burgos con aparato increíble, y
concurso de gentes no menor. Acabadas las fiestas, se dio licencia a la
compañía de a caballo de los de Ávila que hasta entonces acompañaron y
guardaron al rey. A la ciudad de Ávila, por la fidelidad que guardó muy grande
en tiempos tan ásperos, otorgó el rey grandes y señalados privilegios.
Concluidas estas cosas, el rey y reina se partieron para Toledo.
En el mismo tiempo el rey de Aragón procuró e hizo
que la cabeza del mártir san Valero, obispo que fue de Zaragoza, desde Roda do
estaba fuese llevada a Zaragoza. Vino en ello, por dar contento al rey, don
Guillén Pérez, obispo de Lérida y de Roda.
Doña Garsendis, princesa de Bearne, muertos su
padre y hermano, a ejemplo de sus antepasados, hizo su homenaje al rey de
Aragón; y en particular renovó la confederación hecha antes, en que se mandaba
no se pudiese casar sin voluntad del rey. Los obispos Bernardo, de Oleron, y
Guillelmo, de Lescar, fueron los que hicieron los conciertos en su nombre.
Algunos piensan que casó, y fue mujer de Guillén de Moncada, hombre principal
en Cataluña y senescal; cosa que no se puede probar con bastantes fundamentos,
y que nos pareció sería mejor dejarla sin resolver que poner por cierto en lo
que dudamos.
XII. De la confederación que se hizo contra don
Pedro Ruiz de Azagra
Entre las ocupaciones y ejercicios de la paz no se
dejaba el cuidado de la guerra, en especial las reliquias de los moros eran
trabajadas por las armas de los aragoneses de tal guisa, que apenas les quedaba
por aquella parte lugar en que pudiesen estar seguros. En Edetania la Vieja, a
las riberas del río Alga, los pueblos Favara, Maella, Fresneda y otros muchos
fueron con el próspero suceso de las guerras quitados a los moros; demás de
esto, Caspe, villa muy fuerte junto al rio Ebro. Quedaba por conquistar una
parte del monte Idubeda en los confines de la Edetania y de la Celtiberia,
porque gran número de moros, confiados en la fortaleza y fragura de los
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lugares, se habían retirado a aquella parte. A los
fieles, por la aspereza de los montes era dificultosa la empresa y la entrada;
con el esfuerzo vencieron todas las dificultades y echaron de aquellos lugares
a los enemigos, juntamente se apoderaron de la ciudad de Teruel, que es lo
postrero de Aragón. Así el señorío de los moros por aquella parte desde allí
adelante tuvo por término y lindero la tierra y reino de Valencia.
En el mismo tiempo Pero Ruiz Azagra, hijo de
Rodrigo Azagra, señor que era de Estella, como arriba queda dicho, por cierta
ayuda que dio a Lope, rey de Murcia, le obligó de tal suerte, que alcanzó de él
que le hiciese donación de Albarracín, ciudad puesta en un monte áspero y
fragoso a las fuentes del río Tajo. Poco después para que aquella ciudad
tuviese más autoridad, Jacinto, cardenal y legado del papa, y por su orden
Cerebruno, prelado de Toledo, pusieron el año 1171 en ella por obispo a uno,
llamado don Martín, con orden que la nueva iglesia fuese sufragánea de Toledo;
llamaron el nuevo obispado arcabicense. A este obispado después por voluntad de
Inocencio IV, pontífice máximo, y de Alejandro IV, su sucesor, aplicaron la
ciudad de Segorbe en el tiempo que volvió a poder de cristianos y la hicieron
cabeza de aquella diócesis. Estaban los reyes de Castilla y de Aragón ofendidos
contra Pedro de Azagra, por causa que el rey de Aragón pretendía que la ciudad
de Albarracín le pertenecía como de su conquista. Don Pedro, como se tuviese
por libre y exento, no quería hacer homenaje a ningún príncipe. Quejábase el
rey de Castilla que en sus tierras el dicho don Pedro se apoderara de algunos
castillos; decía era justo con las armas de los dos y por voluntad de entrambos
domar la soberbia e insolencia de aquel hombre y sus demasías. Para confirmar
este concierto se dieron los dos reyes en rehenes algunos lugares de ambas
partes; al rey de Aragón entregaron a Agreda, Cervera y Aguilar; al rey de
Castilla Aranda, Borja y Argueda. Concertaron otrosí que Ariza con su castillo
fuese entregada al rey de Castilla, según que en la confederación pasada quedó
concertado. El ánimo era diferente, y no eran llanos estos tratos, porque como
fuese entregada por industria de Nuño Sánchez sin que el rey de Aragón en
particular lo mandase, fue ocasión de grandes discordias. Verdad es que
solamente se alteraron los ánimos y no se pasó a más que palabras. Esta
discordia fue ocasión de confirmar las fuerzas de Pedro de Azagra, ca ninguno de
los dos le hizo guerra, y el rey de Aragón, menospreciada la afinidad de
Castilla y casamiento que su padre dejó concertado, comenzó a
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tratar de hacer un nuevo casamiento, de que se
agradaba más. Envió sus embajadores a Emanuel Comneno, emperador de
Constantinopla, para pedirle a su hija por mujer.
Hallábase demás de esto alterada Aragón por la
muerte de Hugo Cervellón, prelado de Tarragona, al cual, porque defendía los
derechos de su iglesia, dio la muerte Guillén Aguilón. Era este Guillén hijo de
Roberto, persona noble y que por donación de Ondegario, prelado de aquella
ciudad, alcanzó el señorío de Tarragona, y a causa de tener pocas fuerzas la
entregara a don Ramón, conde de Barcelona y padre del rey de Aragón, con
retención para sí de parte de las rentas. Su hijo Guillén, ensoberbecido por esta
causa más de lo que pedía el estado y fuerzas que tenía, se atrevió hacer tan
gran maldad. Por la muerte de Hugo sucedió Pedro Tarrogio, que era obispo de
Zaragoza. La muerte de Hugo fue a 22 de abril del año ya dicho, que fue otrosí
año señalado por la muerte de santo Tomás, cantuariense, que por la misma causa
mataron ciertos sacomanos malamente en Inglaterra dentro de su iglesia;
canonizóle y púsole en el número de los santos Alejandro III como a mártir
muerto injustamente. Y parece que en España se le comenzó a hacer luego honra
como a santo, pues consta de antiguas memorias que en la iglesia mayor de
Toledo no más de seis años adelante hubo altar con nombre de Santo Tomás, que
el conde don Nuño y su mujer doña Teresa dotaron de los heredamientos que tenían
en Alcabón. Devoción que yo entiendo se hizo por respeto de la santidad del
mártir y por agradar de camino a la reina, que era natural de aquella tierra, y
hermana del rey Enrique III, que le hizo matar. Hay grandes razones para
entender que aquel altar estuvo donde al presente se ve la capilla de Santiago,
en que está magníficamente sepultado el condestable don Alvaro de Luna.
Lope, rey de Murcia, falleció el año 1172. Su
muerte dio ocasión y despertó al rey de Aragón para que hiciese guerra a los
moros de aquella comarca. Pensaba que por faltarles aquel príncipe tan señalado
podría fácilmente destruir a los demás. Comenzó primero por Valencia, cuyo Rey
por temer las fuerza del aragonés, su contrario, fue forzado a comprar la paz
por dineros y prometer que las parias que acostumbraba antes pagar los daría
para adelante dobladas. Desde allí pasó la guerra a Murcia, y se puso sobre la
ciudad de Játiva, que era principal en aquel tiempo. Estaba casi para tomarla
cuando fue forzado a dar la vuelta a su tierra, porque los de Navarra le movían
guerra en muy mala sazón, pues le apartaban de una
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empresa tan santa; pero los hombres suelen tener
más cuenta con su interés particular que con la religión ni con hacer lo que
deben. Solamente se hicieron treguas con el nuevo rey de Murcia a tal que
pagase el tributo que su padre acostumbraba a pagar.
Hecho esto, el rey de Aragón dio la vuelta hacía
Navarra sañudo asaz; no se vino a las manos y al trance de la batalla, porque
cada una de las partes rehusaba de aventurar todo lo que era en el suceso de
una pelea; sólo el rey de Aragón por la parte de Tudela entró en Navarra
talando los campos y robando lo que hallaba, y redujo a su poder la villa de
Argueda. Esto se hizo al fin de este año, el cual pasado y venido el siguiente,
que se contaba de Cristo 1173, de nuevo volvieron a las armas y a la guerra, en
que los aragoneses destruyeron y abatieron la villa de Milagro, puesta entre
Calahorra y Alfaro; porque desde allí como desde frontera se hacían muchos
daños en tierra de Aragón. Debió adelante este pueblo reedificarse, pues el día
de hoy vemos quu está en pie.
Falleció doña Petronilla, madre del rey de Aragón,
en Barcelona a 13 días del mes de octubre. Al principio del siguiente año, 18
días andados del mes de enero, en Zaragoza se hicieron en fin las bodas del rey
de Aragón y de doña Sancha, que el padre del rey dejó concertadas; y aunque el
esposo estaba arrepentido y mudado, todavía mudada de nuevo la voluntad,
antepuso la afinidad y deudo de los reyes de Castilla, en que se contenían
muchos parentescos de otros reyes y comodidades, al casamiento y parentesco forastero
del emperador, de donde poca ayuda se podía esperar. Efectuó, como yo creo,
todo esto Jacinto, legado del papa, ca no hay duda sino que se halló presente
en la solemnidad de las bodas. La hija del emperador griego casi en este mismo
tiempo y sazón llegó a Montpellier, ciudad de la Galia Narbonense; allí, por
hallarse burlada y por no poder más, casó con el señor de aquella ciudad, que
fue un trueco muy desigual de reina en particular.
XIII. Del principio de la caballería de Santiago
Por estos tiempos comenzaron a ser nombrados los
caballeros que tienen el apellido de Santiago, que nos da ocasión para tratar
brevemente de los principios de esta milicia y orden y en qué manera de bajos
principios ha
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crecido y llegado a la grandeza que hoy tiene, poco
menos que real, y que algún tiempo se hizo temer de los reyes. En el tiempo que
se descubrió el sepulcro del apóstol Santiago comenzó la devoción de aquel
lugar a extenderse, no solamente por toda España, sino también acerca de las
naciones extrañas; muchos de todas partes del mundo concurrían a visitarle, a
otros muchos espantaban la dificultad del camino por la aspereza y esterilidad
de aquellos lugares y las correrías de los moros, que se decía cautivaban a
muchos de los peregrinos. Los canónigos de San Eloy, no se sabe puntualmente en
qué tiempo, los años siguientes, con deseo de remediar estos males, edificaron
en muchas partes por todo aquel camino que llega hasta Francia hospitales para
recibir a los peregrinos. Entre estos el que se edificó en el arrabal de León,
con nombro de San Marcos, fue el de más cuenta, y tuvo el más principal lugar.
Con este oficio de piedad, no sólo ganaron los ánimos del pueblo, sino también
las voluntades de los principales, tanto, que les dieron por entonces grandes
riquezas y rentas; y adelante por su ejemplo algunos en Castilla, ejercitados
en la guerra, personas nobles y ricas, con el celo que tenían de ensanchar el
señorío de cristianos, juntaron en común los bienes particulares de cada uno a
manera de religiosos. Estos, por industria del cardenal Jacinto y a su
persuasión, por estos tiempos determinaron de unirse y juntar sus fuerzas con
los canónigos de San Eloy, que tienen su convento fuera de Santiago. Con este acuerdo
se partieron para Roma para alcanzar aprobación del pontífice Alejandro de su
instituto y manera de vida, que querían ordenar conforme a la regla de san
Agustín, que abrazaban los dichos canónigos.
Pero Fernández de Puente Encalada, que fue el
principal en esta embajada, a persuasión de Cerebruno, arzobispo de Toledo,
ganó una bula del pontífice, su data a 5 de julio, año de 1175, en que se
señala a los soldados la manera de vivir, poniéndoles leyes muy buenas; a la
cual manera de vida se reciben también mujeres, con tal que no se puedan casar,
sino fuere con consentimiento del maestre. Mandóse que de todo el número de los
caballeros señalasen trece que nunca se apartasen del lado del maestre, y juntamente
con él todos los años en un lugar señalado hiciesen su capítulo general. Demás
de esto, otros muchas cosas se ordenaron, que sería largo relatarlas. El mismo
Pero Fernández fue creado por maestre de aquella milicia y orden, y así fue el
primero de los maestres; las insignias de los soldados en manto blanco una cruz
roja
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hecha a manera de espada. Señalóseles por convento
el hospital de San Márcos, que estaba en León. Tenían por este mismo tiempo en
Castilla y en León grandes heredamientos, no pocos castillos y lugares, entre
los demás se cuentan Uclés, Mora, Estriana, Almodóvar, Larunda, Santacruz de la
Zarza, que así se llama en la bula del papa un lugar que antiguamente se llamó
Vicus Cuminarius cerca de Ocaña.
Sucedió el año siguiente de 1176 que don Alfonso,
rey de Castilla, siendo de mayor edad y estando determinado de vengar los
agravios que los navarros y leoneses le hicieron los años pasados, se aparejaba
para la guerra. Hizo sus votos en Toledo antes que se pusiese en camino y
saliese en campaña; hizo donación de Illescas, que parece había vuelto a ser
del rey, y de Hazaña a la iglesia mayor de Toledo por el mes de julio, para
alcanzar de los santos patrones de aquel la ciudad que la guerra que trataba de
hacer tuviese próspero fin. Hecho esto, entró por la Rioja con grandes gentes
hasta la ribera de Ebro. Lo demás que sucedió en esta guerra no se sabe, sino
que después de maltratados los navarros, consta dio la vuelta contra el reino
de León, taló los campos, tomó y saqueó y abrasó los lugares; y esto a causa
que el rey, su tío, era de menores fuerzas y rehusaba de venir a las manos con
aquel bravo y mozo príncipe.
Pero la ira del rey de León se volvió contra los
nuevos soldados de Santiago, por sospechar favorecían al rey de Castilla como a
su antiguo señor, tanto, que los echó a todos del reino y los forzó a retirarse
a Castilla. Arrepintióse presto el rey don Fernando de lo que hizo, por
despojar sin bastante causa su reino de una ayuda tan grande como era la de
estos caballeros; más no lo pudo remediar, dado que por intercesión de prelados
y grandes y otras buenas personas, con cierta manera de treguas por entonces se
dejaron las armas y se apaciguaron estos bullicios. Esto nos pareció referir y
poner por escrito de los principios de aquella orden, que parecerá corto si se
mira a su dignidad, si la brevedad que llevamos en esta obra, lo que basta. No
ignoramos que algunos le señalan más alto principio; unos de don Alfonso el
Casto, otros del rey don Ramiro; engañó sin duda a los unos y a los otros el
deseo de ilustrar aquella milicia y un privilegio que alegan en esta razón de
don Fernando el Magno, primer rey de Castilla, con data y antigüedad de más de
cien años antes de este tiempo, que dicen concedió al monasterio de monjas de
Salamanca, que se llama de Sancti Spiritus; pero los más eruditos le tienen por
falso. Las razones que les mueven no hay para qué declararlas; la misma cosa se
da a
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entender, ora se considere el estilo diferente del
que en aquellos tiempos tan groseros se usaba, ora la cuenta que sigue de los
años por el nacimiento de Cristo; cuenta por estos tiempos aún no recibida en
España.
Dejado esto aparte, en Francia entre el rey de
Aragón y el conde de Tolosa, después de grandes alteraciones se hicieron paces.
Estaba el de Tolosa sentido que el matrimonio de su hijo, que dejó antes de su
muerte concertado el conde de la Provenza, don Ramón Berenguel, que falleció
diez años antes de éste, con su hija y heredera, habida en Rica, la emperatriz,
el rey de Aragón le hubiese impedido. Pretendía con las armas el condado de la
Provenza, así por el derecho antiguo que mostraba tener, como nuevamente por
tocar a su hijo como dote de aquella doncella. Concertó el rey y prometió de
darle tres mil marcos de plata porque se apartase de aquella querella. Con esto
una hermana de Trencavello, vizconde de Carcasona, llamada doña Beatriz, casó
con el hijo del conde de Tolosa; que no se pudo alcanzar del rey de Aragón le
diese, como él lo pretendía, por mujer la hija del conde de la Provenza. Hízose
esta confederación principalmente por diligencia y autoridad de Hugo Jofre,
maestre de los templarios, que intervino en todo esto.
XIV. Cómo los de Castilla ganaron la ciudad de
Cuenca
Comenzaba Castilla después de largas miserias a
alzar cabeza por el esfuerzo del rey don Alfonso, y como de unas tinieblas muy
profundas a mirar la luz. Las fuerzas de los moros se iban enflaqueciendo y
envejeciendo. Los almohades ocupados con los movimientos de África, no podían
cuidar de las cosas de España; tanto más, que por muerte de Abdelmon, fundador
de aquel nuevo imperio, su hijo Abenjacob los años pasados se encargó del
imperio de aquella gente, puesto que hombre animoso, pero ni de igual esfuerzo
ni de igual felicidad a su padre. Por lo uno y por lo otro se ofrecía buena
ocasión de volver con mayor esfuerzo a la guerra sagrada. Los fieles hasta
ahora impedidos o por la flaca edad de los reyes, o por los movimientos civiles
de la provincia, no parece miraban bastantemente por la dignidad del nombre
cristiano. Don Alfonso, rey de Castilla, venido d mayor edad, fue el primero a
tomar aquel cuidado, y
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después que en la guerra pasada se satisfizo de los
navarros y de los leoneses, se determinó de tratar con el rey de Aragón de
acometer la guerra contra los moros.
Juntáronse para esto a vistas; trataron en ellas
por qué parte sería bien hacer la guerra e los moros. Ofrecióse la ciudad de
Cuenca, puesta en los limes de la Celtiberia, edificada por los moros (que en
el imperío romano ni en la historia de los godos no hay mención alguna de
aquella ciudad) y asentada en un collado áspero y empinado, que a manderecha y
a mano izquierda estrechan los ríos Júcar y Huécar con las riberas y hoces muy
alias, de tal guisa, que es inexpugnable por la naturaleza del lugar. La subida
dificultosa, las calles estrechas y tan agrias, que muchas veces no se pueden
andar a caballo, y apenas se andan a pie. No tenían en aquel tiempo fuentes ni
pozos dentro de la ciudad; mas en nuestra era han traído de los montes cercanos
fuentes y caños perpetuos, que corren por todas las partes; así, que podíanle
quitar el agua, más no la podían ceñir con cerco por la aspereza de los lugares
y sitio. Pareció a los reyes de combatir primero esta ciudad, porque era como
un fortísimo baluarte de los moros y de su señorío, hiciéronse grandes juntas
de gentes en la una provincia y en la otra; capitanes muy señalados en sangre y
en hazañas, prelados y grandes en buen número acompañaban a los reyes, como
fueron: Pedro, obispo de Burgos; Jocelin, de Sigüenza; Sancho, de Ávila;
Raimundo, de Palencia; sin estos Pedro, arcediano de Toledo, y Gonzalo,
arcediano de Talavera; don Gonzalo Marañón, paje de armas del rey de Castilla;
Ordoño Garcés y Garci Garcés. Entre todos, don Pedro de Azagra, ya reconciliado
con los dos reyes, fue el primero de todos que con su particular escuadrón se
presentó delante de aquella ciudad.
Comenzóse el cerco al principio del año; el sitio
del lugar no sufría que acometiesen la ciudad, ni se aprovechasen de los
ingenios. Y los moros, así por su esfuerzo como con la esperanza que tenían de
ser socorridos de África, se defendían valientemente; duraba el cerco mucho
tiempo, y no padecían mucho menor falta de mantenimientos en los reales que
dentro de la ciudad. Erales forzoso sustentarse con lo que robaban, y de las
presas, de que tenían poca comodidad por la esterilidad de los lugares; faltaba
el dinero para pagar el sueldo, que es lo que convida a los obligados y hace a
los regatones traer provisiones a los reales.
Movido el rey de Castilla por estas dificultades,
se partió para Burgos con intento de juntar dineros. Hiciéronse Cortes del
reino y procuróse que,
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no solo los pecheros y gente popular, sino también
los francos, que en España llamamos hidalgos, cada año pagasen al rey cinco
maravedíes de oro, y esto a causa que el pueblo, gastado con tantas
imposiciones, no podía llevar los gastos de la guerra; que era justo moviese a
los demás el amor de la patria y la falta del tesoro real, para que cediesen en
parte a su derecho y a su antigua libertad; daño que se podía recompensar
adelante con mayores provechos. Daba este consejo don Diego de Haro, señor de
Vizcaya, hombre poderoso por sus fuerzas y por el parentesco del rey de León,
de grande presunción y ánimo; porque don Fernando, rey de León, repudiado que
hubo la reina doña Urraca, como arriba queda dicho, casó con doña Teresa, hija
de don Nuño, conde de Lara; por cuya muerte, que fue en breve, casó de nuevo
con doña Urraca, hija de don Lope de Haro y hermana de este don Diego. De este
casamiento nacieron don Sancho y don García. Opúsose a los intentos de don
Diego don Pedro, conde de Lara. Arrimósele gran número de nobles, que
arrebatadamente se salieron de las Cortes, determinados de defender por las
armas la franqueza ganada por las armas y esfuerzo de los antepasados. Decía
que en ninguna manera sufriría que en su vida se abriese aquella puerta, y se
hiciese aquel principio para oprimir la nobleza y trabajarla con nuevas
imposiciones, bien que fuese necesario dejar el cerco de Cuenca. El rey, movido
por el peligro, desistió de aquel pensamiento. A don Pedro, por lo que hizo y
por el valor que mostró, acordaron los nobles entre sí que cada año a él y a
sus sucesores le hiciesen un gran convite para que quedase memoria de aquel
hecho y los descendientes fuesen por aquella manera amonestados a no sufrir por
cualquiera ocasión que se presente les sea menoscabado el derecho de la antigua
libertad.
Entre tanto que estas cosas pasaban en Burgos,
pasados nueve meses que duraba el cerco, fue Cuenca por el esfuerzo de los
fieles ganada por el mes de septiembre el mismo día de San Mateo, año de 1177.
El cual año, no solamente fue señalado por la memoria de esta jornada y
empresa, sino eso mismo dichoso por la virtud y felicidad del pontífice
Alejandro y haberse acabado la discordia y cisma que en Roma duraba, a causa
que Inocencio, sucesor de Víctor, de su voluntad renunció el pontificado. Fue
también alegre a los navarros por el nacimiento de don Fernando, que le parió
la reina doña Beatriz, abundante en sucesión, porque antes de esto tuvo estos
hijos: don Sancho, don Ramón, doña Berenguela, doña Teresa y doña Blanca. Los
vencedores, concluida aquella empresa, con intento de
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ennoblecer la ciudad de Cuenca, ganada de nuevo,
trataron de hacerla catedral y trasladar a ella los derechos de Valera, en que
hubo silla obispal en tiempo de los godos. Vino en esto el pontífice romano y
en que su primero obispo fuese un varón señalado por nombre Juan. A los
ciudadanos fue concedido que tuviesen voto en las Cortes del reino. A los
aragoneses en premio de su esfuerzo alzaron la sujeción, con que solían
obedecer y hacer homenaje a los reyes de Castilla como sus feudatarios y que
eran forzados a jurarles fidelidad. Hízose confederación entre los dos reyes
contra todos los príncipes, excepto solamente el rey de León; hízosele aquella
honra por ser pariente tan cercano.
Ganada que fue Cuenca, la villa de Alarcón, de
asiento y sitio no menos fuerte, se ganó, ca continuaron la guerra contra los
moros por aquella parte los años siguientes. Demás de esto, la villa de Iniesta
vino a poder de cristianos, pueblo en aquella comarca, más conocido por las
minas que tiene de sal a manera de piedras trasparentes y espejadas, que por la
fertilidad de los campos. A los caballeros de Santiago se ordenó que para que
mejor pudiesen hacer la guerra a los moros, pusiesen su asiento y convento en
Uclés, de donde, como don Fernando, rey de León, arrepentido de lo hecho,
pretendiese volverlos a su antigua morada, después de muchos debates sobre el
caso, se hizo concierto que cuatro sacerdotes de aquella orden se enviasen a
León; con tal condición que quedasen sujetos al convento de Uclés: sujeción que
ellos adelante por ser diferentes los reyes rehusaron constantemente de sufrir.
Tratóse mucho tiempo el pleito, hasta tanto que las diferencias se sosegaron
por autoridad de Urbano V, que mandó ambos conventos fuesen exentos el uno del
otro y que obedeciesen solamente al maestre de la orden. No mucho después
recibieron a estos caballeros en Portugal, y en él les dieron riquezas y
lugares, obedecieron largo tiempo al maestre de toda la orden, hasta tanto que
don Dionisio, rey de Portugal, puéstoles diferente cabeza, los eximió de la
sujeción y la obediencia de Castilla. Estas cosas, aunque sucedieron en muchos
y diferentes años, las juntamos aquí para ayudar la memoria.
Volvamos al orden de los tiempos. Cuando el rey don
Alfonso hizo donación de diversas rentas a estos caballeros, a los principios
de su orden les dio a Ocaña y a Colmenar de Oreja, que está a la ribera del
Tajo, con otros pueblos. Maqueda, Azeca, Cogolludo, Zorita, asimismo fueron por
el mismo rey dados a los caballeros de Calatrava. Edificó él mismo a la
frontera del reino la ciudad de Plasencia, y quiso que fuese obispal, donde
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antes se veía una aldea llamada Ambroz; este nombre
quiso mudar en el de Plasencia para pronosticar que sería agradable y daría
placer a los santos y a los hombres y también por la frescura del sitio, bien
que el cielo que tiene no es muy saludable. Reparáronse los muros de Toledo, y
el pueblo de Alarcos se edificó, y pobló en los oretanos, no lejos de Almagro,
en un sitio alto.
Estas cosas se hacían en el año del Señor de 1178,
en el tiempo que don Alfonso, rey de Aragón, se apoderó del condado de Rosellón
por muerte del conde Giraldo, que no dejó sucesión. Así comenzó a intitularse
en escrituras públicas rey de Aragón, conde de Barcelona y Rosellón y marqués
de la Provenza. El año siguiente de 1179, a 20 del mes de marzo, partió de
Perpiñán y fue al lugar de Cazola, donde tenían señaladas vistas entre él y el
rey de Castilla. En esta habla, porque tenían diferencia sobre la manera cómo
se debía hacer la guerra a los moros y qué parte de aquella conquista a cada
cual de los dos tocaba, se acordó que a la conquista de Aragón perteneciesen
Valencia, Játiva, Denia con todas sus tierras; los demás pueblos y ciudades que
se contenían en los contestanos, que eran el reino de Murcia, fuesen de la
conquista de Castilla. Hicieron liga contra don Sancho, rey de Navarra, en gran
perjuicio suyo, porque con las armas de Castilla fueron ganados y quedaron por
aquellos reyes Briviesca, Cerezo, Logroño y los demás pueblos que hay desde los
montes Doca hasta Calahorra. El arzobispo don Rodrigo pone también en este
cuento a Navarrete, pueblo que otros dicen aún no era edificado en aquel
tiempo; pero más caso se debe hacer de la autoridad y testimonio de don
Rodrigo.
Desde allí revolvieron las armas de Castilla contra
los leoneses, talaron los campos, tomaron y saquearon los lugares y robaron
todo lo que pudieron. El rey de León, como quier que no tuviese fuerzas
bastantes, no desistía de mover al rey de Aragón, y con cartas y mensajeros
avisarle que el rey de Castilla había quebrado la confederación hecha en
Cuenca; que pertenecía a su dignidad quebrantar la soberbia de aquel fiero
mozo, porque, aumentado su poder, no destruyese a los demás, que siempre es
bien contrapesar las potencias. Daba el de Aragón oídos a esto; más era
menester algún color nuevo para romper. Envió a don Berenguel, obispo de
Lérida, y don Ramón de Moncada al de Castilla para pedir el pueblo de Ariza y
su castillo, que por los conciertos pasados quedó como en tercería, con orden
que si no alcanzasen por bien lo que pretendían, le denunciasen la guerra.
Grande espanto y muestra de una grande guerra se representaba
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a toda España, por revolverse entre sí en un mismo
tiempo tantos reyes. La modestia del rey de Castilla lo allanó todo, ca entregó
Ariza a los aragoneses y se la restituyó. Dejó otrosí y alzó mano de la guerra
de León, pareciéndole con lo hecho dejaba vengadas bastantemente las injurias y
excesos pasados.
XV. Cómo don Alfonso, rey de Portugal, fue preso
por el de León
Los ánimos de los leoneses estaban adversos de don
Femando, su rey, y parece que si se ofrecía ocasión, mostrarían el odio que
tanto tiempo tenían en sus pechos encubierto. Causados con nuevas imposiciones
que les cargaba, llevaban mal la aspereza del rey y su condición. A otros
movían otras causas particulares; en particular los de Salamanca sentían que
habiendo el rey reedificado a Ledesma, les hubiese, para darle término, quitado
parte de su tierra. Así, en sazón que el rey se hallaba embarazado en la guerra
sobredicha, fueron los primeros a declararse y se levantaron contra él. El
principal movedor de este alboroto, llamado Nuño Ravía, fue elegido por
capitán; don Lucas de Tuy dice que le llamaron rey. Los de Ávila, con quien
tenían antigua amistad, avisados de todo el negocio, les enviaron ayudas. El
rey don Fernando, porque el mal no cundiese, acudió luego a sosegar estos
alborotos. Juntáronse los campos; diose la batalla junto a Valdemusa, en que
fueron vencidos y desbaratados los rebeldes; forzáronles asimismo y ganáronles
los reales. El mismo capitán Nuño Ravía fue preso y justiciado conforme a las
leyes de la guerra. Los demás, de feroces que poco antes eran, luego quedaron
humildes y obedientes; que ninguna cosa hay en el vulgo templada y mediana; o
espantan o temen. La misma ciudad de Salamanca volvió a la obediencia. Desde
allí partió el rey para Zamora, porque le avisaban que también aquella ciudad
con deseo de novedades andaba alterada; pero ella fácilmente se sosegó; el
ejemplo y trabajo ajeno la hizo más recatada. En esta sazón el cuerpo del rey
don Ramiro, tercero de este nombre, fue trasladado del lugar de Destriana a
Astorga y puesto en la iglesia mayor en un sepulcro más cómodo que antes.
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Sosegados estos movimientos, al rey aquejaba el
cuidado de defender a Ciudad Rodrigo, que la tenía cercada don Fernando de
Castro con gran número de moros. La ayuda de san Isidro, al cual los leoneses
tenían por patrón particular, les asistió para que los bárbaros quedasen por el
rey don Fernando vencidos en batalla, muertos y desbaratados. Con esta victoria
cobraron los leoneses orgullo, pasaron adelante y trabajaron las tierras de
Portugal comarcanas con talas y con robos. Lo que más era a propósito y muchos
grandemente deseaban, el mismo don Fernando de Castro por diligencia de este
rey se redujo a mejor consejo; ca le exhortó que le ayudase a él contra el rey
de Castilla antes que a los enemigos del nombre cristiano. Aceptó él este
partido que le ofrecían, y como era de gran corazón y en las cosas de la guerra
señalado entre pocos, con deseo de mostrarse entró luego por las tierras de
Castilla con gentes de León. En tierra de Campos, junto a un lugar llamado
Lubrical, venció en una batalla las gentes contrarias que le salieron al
encuentro. Muchos señores quedaron presos, y entre ellos el mismo don Nuño de
Lara, su enemigo capital. Mas él los trató benigna y cortesmente, y con grande
loa de modestia y de humanidad los dejó ir libres a sus tierras, solamente les
hizo jurar que le serían amigos fieles. Él mismo, repudiada su primera mujer,
casó con doña Estefanía, hermana del rey don Fernando; y el que por sangre y
hazañas era esclarecido, quedó más ennoblecido por el parentesco real. De este
matrimonio nació don Pedro de Castro, de quien adelante se hará mención.
Siguióse otra guerra, que se hizo contra Portugal
por esta ocasión: Don Alfonso, rey de Portugal, puesto que de grande edad y muy
viejo, nunca aflojaba en el cuidado de la guerra. Tenía el ánimo muy fuerte, si
bien el cuerpo era flaco. Llevaba mal que el rey don Fernando con haber
reedificado a Ciudad Rodrigo a la raya de su reino hubiese por el mismo caso
puesto como grillos a Portugal y edificado una fuerza, de donde los campos de
aquella provincia pudiesen libremente, como poco antes lo hicieran, ser maltratados.
Juntó un grueso ejército y mandó a don Sancho, su hijo, que con aquellas gentes
se pusiese sobre aquella ciudad. Prometíase seguramente la victoria, a causa
que el rey de León en el mismo tiempo se hallaba apretado con la guerra de
Castilla, como poco antes se ha dicho, y los suyos alborotados. El rey don
Fernando en aquel peligro no se olvidó de la honra y reputación, además que no
ignoraba cuánto se disminuirían sus fuerzas si perdiese aquella ciudad. Salió
pues
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con parte de sus gentes al encuentro a los
portugueses. Pelearon cerca del lugar llamado Arraganal; los portugueses fueron
vencidos, unos muertos y desbaratados, otros presos, que dejó todos ir libres a
sus tierras. Don Alfonso, rey de Portugal, avisado de aquella pérdida, juntadas
sus gentes, entró por las tierras de Galicia, apoderóse de Limia, de Turonia y
otros lugares por aquella comarca. Después de esto, rehaciéndose de nuevas
gentes, con deseo devengarse, determinó acometer a Badajoz, ciudad que aunque
era de moros, estaba a devoción del rey don Fernando. Por esto, juzgando él que
pertenecía a su autoridad no desamparó la en aquel peligro, acudió a
socorrerla. El portugués tenía ya tomada gran parte de la ciudad; más como se
atreviese a dar la batalla a los leoneses, fue en ella vencido y forzado a
retirarse a la misma ciudad de do saliera. No era la recogida segura; apretaban
al vencido de una parte los moros, que tenían en su poder lo más alto del
pueblo, y de la otra los leoneses; intentó de salvarse por los pies y huir; al
salir se hirió malamente en el cerrojo de la puerta de la ciudad y cayó del
caballo. Así, preso de los enemigos, vino en poder del rey don Fernando, que le
trató humanísimamente, y le hizo curarla herida, no con menos cuidado que si
fuera su padre. Fuera de esto, luego que estuvo sano, le dejó ir a su tierra;
si bien el portugués, movido de esta humanidad, se mostraba aparejado a poner
en su poder todo su reino y obedecerle como a señor. Mas no quiso aceptar el
rey don Fernando, contento solo con recobrar los lugares que poco antes le
tomara en Galicia. Tenía otrosí por bastante fruto de la victoria usar de
templanza y humanidad.
En Cuenca por la muerte de Juan I, obispo de
aquella ciudad, fue puesto en su lugar Julián, hombre santo, maravilloso por la
vida y la erudición. Era natural de Burgos, y aún se halla en los papeles de la
iglesia de Toledo que fue arcediano de Toledo; con sus predicaciones en la
mayor parte de Castilla tenía hecho gran provecho en los moros y cristianos y
ganado gran renombre y fama en el oficio de predicar, que fue el escalón por
donde subió al obispado, y después en el número de los santos le pusieron ésta
y otras virtudes.
Doña Urraca, reina de Navarra, hija del emperador,
después de la muerte del primer marido, casó los años pasados con don Álvaro
Rodríguez, persona principal en Castilla, y sin tener hijos de este matrimonio,
falleció este año por el mes de agosto. Su cuerpo yace en Palencia en la
iglesia mayor con este letrero:
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Aquí reposa doña Urraca, reina de Navarra, mujer de
don Garci Ramírez,
la cual fue hija del serenísimo don Alfonso
Emperador de España, que ganó a Almería.
Falleció a 12 de octubre, año del Señor del 1189.
Así dice el letrero. Nos en la razón de los tiempos
seguimos los Anales de Toledo, y por ellos quitamos diez años de esta cuenta.
El año luego siguiente de 1180, a 5 de octubre,
Luis, rey de Francia, seteno de este nombre, falleció en París; dejó por su
sucesor a su hijo Felipe, por sobrenombre Augusto. Por el mismo tiempo en
aquella parte de Vizcaya que se llama Álava edificaron por mandado de don
Sancho, rey de Navarra, la ciudad de Vitoria, cabeza de aquella provincia, do
antes estaba una aldea llamada Gasteiso. La causa de mudarle el nombre antiguo
y ponerle éste no se sabe, aunque no debió faltar.
En Tarragona otrosí se tuvo un concilio de obispos,
en que se trató, así de otras muchas cosas, como también se estableció por ley
que en adelanto mudada la antigua costumbre que los catalanes guardaban, se
dejase, y no escribiesen en las escrituras públicas el nombre de los reyes de
Francia ni pusiesen en ellas el año de su reinado, como lo acostumbraban.
Siguióse el año 1181 y en él la muerte de don
Cerebruno, arzobispo de Toledo, a 12 de mayo. Sepultáronle en su iglesia en la
capilla de San Andrés. Sucedióle don Gonzalo, primero de este nombre, varón de
grande y excelente virtud. Quién pone antes de don Gonzalo a Pedro de Cardona,
quién después de él; debió ser electo y no consagrado, y aún hay memoria en
Toledo que le hace cardenal; los más le pasan en silencio en este cuento de los
prelados de Toledo.
XVI. Cómo murieron los reyes de Portugal y de
León
La jornada que don Alfonso, rey de Portugal, hizo
contra los moros, dado que le sucedió mal, fue ocasión que los nuestros
entendiesen se podrían apoderar de Badajoz; por esto don Fernando, rey de León,
a cuya conquista pertenecía, juzgó que no se debía dejar pasar aquella ocasión,
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como príncipe que era de suyo enemigo de ocio y de
condición bulliciosa y más aventajado en la disciplina militar que en las artes
de la paz. De Zamora, donde se retiró después que soltó al rey de Portugal,
apercibido de nuevas gentes, marchó para aquella guerra y ganó la dicha ciudad
de Badajoz. Era habitada de moros, y no podía por entonces llevar nueva
población de cristianos ni poner en ella guarnición bastante de soldados.
Acordó dejar por gobernador a un moro, llamado Abenabel. Los bárbaros no guardan
la fe, la palabra ni juramento sino cuando no pueden más. En breve pues se
rebeló contra don Femando y llamó en socorro suyo a los almohades. Pasó
adelante, que no contento con la posesión de aquella ciudad, formado un buen
ejército, acometió primeramente las tierras de León, en que taló, saqueó y robó
todo lo que por aquella parte se le puso delante; luego dio la vuelta a
Portugal, cercó al rey don Alfonso dentro de Santarem, que halló descuidado y
desapercibido de todo lo necesario. Don Fernando, rey de León, encendido en
deseo de vengar sus injurias y movido por el peligro del rey, su suegro, de
cuya defensa ya una vez se encargó, juntadas de presto sus gentes, salió al
encuentro a los moros que estaban feroces por lo hecho. Pero ellos luego se
pusieron en huida por no sentirse iguales a las fuerzas de ambas naciones. El
rey de Portugal, como al principio sospechase que don Fernando venía mudado de
voluntad contra él y no menos se recelase de su poder que de las armas de los
moros, sabida la verdad, se alegró y cobró ánimo.
Don Fernando, ganada muy gran gloria y cargado de
los despojos de moros, volvió a su tierra el mismo año, que fue el de nuestra
salud de 1181, en que comenzó a gobernar la Iglesia de Roma Lucio, tercero de
este nombre, natural de Luca, sucesor de Alejandro III. De este pontífice dicen
que envió cierto cardenal, cuyo nombre no se refiere, por su legado y con
grandes poderes a España para asentar las paces entre los reyes cristianos,
que, divididos en gran daño del común, contendían entre sí con odios muy grandes,
muchas veces sin muy grande ocasión, por donde dejaban pasar grandes ocasiones
que se ofrecían y comodidades para oprimir la morisma, gente bárbara. El rey de
Aragón, por estar determinado de ir en romería a Santiago, hizo compañía al
legado hasta Castilla, en particular por el deseo que tenía de interponer su
autoridad para que se hiciesen las paces. Parecíale cosa muy honrosa que por su
medio se estableciese la concordia deseada entre los reyes y se dejasen las
armas. Sucedió como lo pensaba, que a su instancia se concertó la paz, y a cada
uno de los reyes señalaron
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los términos hasta donde llegasen sus estados. De
lo que quedaba en poder de los moros, al tanto determinaron las ciudades,
lugares y castillos que pertenecían a la conquista de cada cual de estos
príncipes, sobre lo cual tenían antes de esto no pequeño debate. En estas
pláticas, no solo ganó el rey de Aragón loa de pacificador, sino también de
modestia; ca se contentó con lo que le señalaron para su conquista, que fue
sola aquella comarca que desde Aragón llega hasta Valencia, dado que por
agraviarse el rey don Pedro, su hijo, que en esta confederación y concordia se
le hizo sinrazón, alcanzó que los términos de la conquista de Aragón llegasen y
se extendiesen hasta Alicante. Los demás reyes con los términos y rayas que se
les señalaren terminaron de buena gana su señorío.
Solamente el rey de Navarra quedaba sentido y
extrañaba los grandes agravios que le tenía hechos don Alfonso, rey de
Castilla. Por esta causa no se pudo persuadir a venir en aquella común
confederación y corte que se dio entre los demás. Todavía después de este
asiento duró algún tiempo la paz entre los cristianos; por lo menos hubo pocas
revueltas y de poca consideración. Hacíase la guerra a los moros, mayormente el
rey de Portugal se señalaba en esto; demás que entre los alborotos de la
guerra, cuidadoso de acrecentar la piedad cristiana y culto divino, él mismo
desde el promontorio Sacro, que por este respeto y para con su presencia
considerar el lugar fue allá por dos veces, procuró e hizo que los huesos de
san Vicente mártir, se trasladasen a la iglesia mayor de Lisboa, que fue el año
1183. Él se ocupaba en ésta y semejantes obras de piedad.
A su hijo don Sancho envió de la otra parte de Tajo
para que tuviese cuidado de la frontera e hiciese rostro a los moros. Él, como
mozo y fervoroso por la edad y con deseo de ganar honra, con buen número de los
suyos entró en el Andalucía y taló las tierras de los moros por todas partes
hasta llegar a Sevilla. Asimismo a los sevillanos, que con intento de vengar
aquella afrenta le salieron al encuentro, los desbarató en batalla, puso cerco
sobre Ilipa, que hoy se llama Niebla, pero no la pudo ganar, porque vino nueva
que grandes gentes de moros tenían puesto cerco sobre Beja, en los confines de
Portugal. Así don Sancho, movido por el peligro de los suyos y porque no
pareciese que por pretender lo ajeno dejaba perder lo que era suyo y cayese en
reprensión de lo que pretendía honrarse, alzado el cerco de Niebla, acudió a
Portugal. Con su venida los bárbaros fueron vencidos y forzados a partirse de
aquella ciudad. Don Sancho, esclarecido con tantas victorias, entró en Santarem
a manera de triunfante.
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Al mismo tiempo vino aviso que los almohades con su
caudillo el rey Abenjacob apercibían grandes gentes contra Portugal. La
diligencia de que usaron fue grande; más presto que se pensaba pusieron cerco
sobre aquella villa de Santarem. Don Alfonso, rey de Portugal, dado que se
hallaba muy pesado por la edad y por haber quedado cojo de una pierna después
que en Badajoz se le quebró, de tal manera, que usaba de coche por no poder
andar a caballo, convocados soldados de todo su reino, se apresuró para ir a Santarem.
Diose la batalla, en que los moros no fueron iguales a los portugueses, porque
el padre por frente, y el hijo, que salió de la villa, por las espaldas los
apretaron; fue grande la matanza y muchos los que se pusieron en huida; al
mismo rey bárbaro dieron en la batalla una herida mortal, y como quier que
pretendiese para escapar pasar a Tajo, que por aquella parte va muy arrebatado
y lleva mucha agua, se ahogó en el río, que fue el año de 1184. Sucedióle en
los dos imperios de África y de España Abenjuzef, su hermano. Esta victoria se
tuvo por muy señalada, y por ella se hicieron grandes regocijos en toda España.
Verdad es que la muerte de Armengaudo o Armengol,
conde de Urgel, aguó algún tanto esta alegría; era hijo de Armengaudo Castilla,
conde de Barcelona, y tenía por mujer una hermana del rey de Aragón; y no solo
poseía gran estado en Cataluña y Aragón, sino también en Castilla era señor de
Valladolid, por ser bisnieto de don Peranzules, de quien en su lugar se hizo
mención, que fue un gran personaje. Este príncipe, con deseo de adelantar el
partido de los cristianos, con sus gentes particulares rompió por la tierra de
Valencia; pero después de algunos buenos sucesos que tuvo fue muerto por los
moros junto a la villa de Requena en una celada que le pararon y con engaño.
Otros dicen que los castellanos le dieron la muerte; la pública voz y fama fue
que los moros le mataron; que parece más probable y es más justo que se tenga
por verdad. Lo cierto es que este desastre sucedió a 11 días de agosto; dejó un
hijo de su mismo nombre por heredero de sus estados.
En otra parte don Sancho, rey de Navarra, se metió
por tierras de Castilla, y llegado hasta el lugar de Atapuerca, como llevase
gran presa robada por aquellos lugares, el abad de San Pedro de Cardeña, movido
por el trabajo y lágrimas de los comarcanos, fue apresuradamente en busca del
rey que se volvía a su tierra; alcanzóle y pidióle restituyese la presa a los
que padecieron el daño, pues parecía cosa injusta que los agravios hechos por
los reyes los pagase la gente miserable y sobre ellos descargase la
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saña. Condescendió el rey a los ruegos del abad por
ser tan justificado lo que le pedía, demás del particular respeto que tuvo al
estandarte del Cid, que el abad y los monjes del templo do le tenían le tomaron
y le llevaban delante para moverle más. Lo cual hizo tal impresión en su ánimo
y en tanto grado, que él mismo acompañó el dicho estandarte hasta dejarle en el
lugar en que antes le tenían. Sucedieron estas cosas el año de 1185.
En este año los reyes de Portugal, padre e hijo,
fueron primero a Coimbra, desde allí se partieron para la ciudad de Oporto.
Allí celebraron las bodas entre Felipe, conde de Flandes, y doña Teresa, hija
del mismo rey don Alfonso, a quien los flamencos llaman Matilde. Concluidas las
fiestas, volvieron a Coimbra; allí el rey, agravado de enfermedad y de los
años, falleció a 6 del mes de diciembre en edad de noventa y un años. Su
cuerpo, según que él ordenó en su testamento, sepultaron en la iglesia de Santa
Cruz, que él mismo fundó, en una sepultura humilde; de donde por mandado del
rey don Manuel, en tiempo de nuestros abuelos, le pasaron a otro sepulcro de
mármol blanco de labor muy prima. Fue varón admirable, acabado en todo género
de virtudes, del reino de Portugal no sólo fundador, sino conquistador en gran
parte. Pasó su larga edad y reinado casi sin ningún tropiezo. En las cosas de
la guerra y en las artes de la paz se señaló igualmente, junto con el celo que
tenía a la religión, de que dan muestra muchos templos que en Lisboa y en Ébora
y en otros lugares edificó. Corría a las parejas en piedad y devoción su mujer
doña Malfada, hacía en todo el reino edificar a sus expensas muchos monasterios
y iglesias; señales muy manifiestas de la virtud que ambos tenían. Hallábase
España en sosiego después que entre los reyes se concertaron las paces y por la
muerte del rey Jacob de los almohades. Sólo comenzaba por otra parte una nueva
guerra y un nuevo miedo, que ponía a muchos en cuidado.
Era cosa muy honrosa a don Pedro Ruiz de Azagra que
en los ojos de tan grandes reyes conservase un tan pequeño estado como el que
tenía sin reconocer a nadie vasallaje. Acudía él de buena gana a ayudar a los
reyes en la guerra contra los moros, y arriba queda dicho lo mucho que hizo
cuando se ganó la ciudad de Cuenca; pero no se podía persuadir a hacer homenaje
a ninguno, y para mostrar su exención se llamaba vasallo de Santa María, que
era el nombre de la iglesia mayor de Albarracín. La causa de conservarse tanto
tiempo, cuanto no sé si alguno de los capitanes antiguos, entiendo fue la
fortaleza del sitio y la emulación y contienda que los reyes tenían entre sí
por desear cada cual la presa, hacerle su vasallo y
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que no lo fuese del otro. El año pues luego
siguiente de 1186, por el mes de enero, los reyes de Castilla y de Aragón se
juntaron para tomar acuerdo sobro este caso en Agreda. En las vistas de común
consentimiento hicieron una ley en que desterraban de los dos reinos a todos
los deudos y aliados del dicho don Pedro que siguiesen su partido; con este
principio de rompimiento se contentaron por entonces.
En el principio del año siguiente Gastón, vizconde
de Bearne, a ejemplo de sus mayores, hizo en Huesca homenaje al rey de Aragón,
año desgraciado por la prisión de Guidon, rey de Jerusalén. Saladino, grande
enemigo de cristianos, le prendió a él y al maestre de los templarios en la
ciudad de Tiberíades; y se apoderó por concierto de la misma ciudad de
Jerusalén a 2 días del mes de octubre, que fue un daño y mengua notable y sin
reparo.
En Castilla el rey don Alfonso, vuelto el
pensamiento a las cosas de la paz, con muy buenas leyes y estatutos ordenaba y
enderezaba la milicia y orden de Calatrava en el mismo tiempo que don Fernando,
su tío, rey de León, falleció en Benavente el año que se contó de 1188; reinó
por espacio de treinta y un años. Sepultáronle en Santiago en la capilla real.
Fue tenido por más aventajado y más a propósito para la guerra que para el
gobierno. Las señaladas partes que tuvo de cuerpo y ánimo pareció estragar la insaciable
sed de reinar que mostró, mayormente en la menor edad del rey de Castilla, su
sobrino. Por lo al sufría mucho los trabajos, su ingenio agudo, prudente y
próvido, y en los peligros tuvo corazón animoso y grande.
Martín, presbítero de León, por estos tiempos
florecía por la erudición y por la su vida muy santa que hacía. Ocupábase en
escribir muchos libros, si bien era persona idiota y sin letras; más de repente
le hizo muy aventajado en letras una extraordinaria visión en que san Isidro,
en cuyo monasterio vivía, entre sueños le dio a comer un libro en señal de la
mucha doctrina que por aquel medio le comunicaba; desde entonces comenzó a
señalarse en el conocimiento de las divinas letras y escritura sagrada. A nuestras
manos no ha venido cosa alguna de aquellos sus libros. Dícese que los canónigos
de aquella iglesia y convento los guardan con grande cuidado como un precioso
tesoro y para testimonio muy claro de lo que sucedió y de aquel milagro.
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XVII. De varias confederaciones que se hicieron
entre los reyes
Los hijos sucedieron a sus padres, don Sancho a don
Alfonso, rey de Portugal; a don Fernando, rey de León, don Alfonso, noveno de
este nombre, que se volvió con la nueva de la muerte de su padre del camino que
llevaba, porque se quería ausentar y se iba para su tío el nuevo rey de
Portugal por miedo del odio y asechanzas de su madrastra. Llevaba ella mal que
don Alfonso, hijo bastardo, como ella decía, sólo por ser de más edad y porque
se le antojaba a su padre, fuese preferido a sus hijos, y tratado como quien
había de suceder en aquella corona. De aquí resultaron desabrimientos
perpetuos, de que avino que dado que el rey, su antenado, al principio le dejó
los lugares de su dote por respeto y contemplación de su padre, pero en fin la
puso en necesidad de retirarse a Nájera, do pasó lo restante de su vida. En el
monasterio de Santa María el Real de aquella ciudad están en una capilla, que
se llama de Santa Cruz, dentro del claustro, las sepulturas de esta señora y de
sus hermanos, que fueron don Lope, obispo de Segovia, y don Martín de Haro. Don
Alfonso, rey de León, fue casado dos veces: la primera con doña Teresa, hija de
don Sancho, rey de Portugal, en quien tuvo tres hijos: a doña Sancha, a don
Fernando, que vivió poco, y a doña Dulce; después, por mandado de los
pontífices, se apartó de doña Teresa a causa que era su parienta, y casó con
doña Berenguela, hija de don Alfonso, su primo, rey de Castilla.
Don Sancho, rey de Portugal, primero de este
nombre, que llamaron el Poblador y el Gordo, casó los años pasados con doña
Aldonza Dulce, hermana del rey de Aragón. De este matrimonio tuvo muchos hijos,
es a saber, a don Alfonso, el mayorazgo, a don Fernando, don Pedro, don
Enrique, que murió mozo; cinco hijas, doña Teresa, doña Malfada, doña Sancha,
doña Blanca, doña Berenguela. Y muerta la mujer, tuvo en otras dos concubinas
seis hijos, parte varones, parte hembras: de la primera, por nombre Juana, a doña
Urraca y a don Martín; de la otra, que se llamó María, a doña Teresa, don
Egidio, doña Constanza y don Rodrigo. Doña Teresa casó con Alfonso Tello, el
que fundó y pobló la villa de Alburquerque; tales eran las costumbres de aquel
siglo, que no tenían por torpe cualquier antojo de los reyes, en que don
Alfonso, rey de Castilla, fue muy más medido y juntamente dichoso en sucesión,
porque de un solo matrimonio tuvo once hijos; entre los demás doña Blanca fue
la más
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dichosa, porque casada con Luis, rey de Francia,
octavo de este nombre, con dichoso parto dio al mundo un hijo del mismo nombre
de su padre, el que por la conocida bondad de su vida y por su piedad muy
señalada alcanzó renombre de santo y se llamó san Luis. Después de doña Blanca
se siguieron doña Berenguela, don Sancho, doña Urraca y don Fernando, que
consta haber nacido el año 1189, a 29 de noviembre, día miércoles. Después de
él se siguieron doña Malfada y doña Constanza, y luego adelante dos o tres hermanas,
cuyos nombres no se saben; demás de estos doña Leonor y el menor de todos don
Enrique, que con maravillosa variedad de las cosas vino a suceder en el reino a
su padre, como se mostrará en otro lugar.
Fuera de los muchos hijos que el rey de Castilla
tuvo, se aventajaba a los demás príncipes sus vecinos en la grandeza del
señorío, muy mayor que el de los otros, por do ponía espanto a todas las
provincias de España. Él, aunque se vía rodeado de tantas riquezas y ayudas, no
se daba al ocio ni a la flojedad, antes extendía con las armas los términos da
su señorío y los dilataba; en que asimismo sobrepujaba a los demás reyes de su
tiempo; y en ingenio y maña y en riquezas, gracia y destreza igualaba a sus antepasados.
Con esto sustentaba la autoridad real y se hacía temer. Nunca el poder de los
príncipes es seguro a los comarcanos, por ser cosa natural buscar cada uno
ocasión de acrecentar sus estados, sea justa, sea injustamente. Por esta causa
los demás reyes de España se hermanaban contra el rey de Castilla, y se
confederaban y prometían que tendrían los mismos por amigos y por enemigos.
Procuraban traer a esta confederación al rey de León, si bien pareció estar más
aficionado y obligado al rey de Castilla, don Alfonso, su primo. Y es así que
luego que tomó la posesión del reino paterno, con deseo de ganar su amistad, de
su voluntad fue a las Cortes de Castilla, que se tenían en Carrión, el año
1188. Armóle allí caballero a la manera que entonces se usaba; y para muestra
de darle la obediencia le besó la mano; cortesía en que pareció diminuir la
majestad de su reino y reconocer a su primo por más principal, como lo era.
Halláronse en aquellas Cortes Conrado, hijo del emperador Federico, llamado
Barbarroja, que aportó a España en peregrinación, y Raimundo Flacada, conde de
Tolosa; el uno y el otro tuvieron por cosa honrosa que el rey los armase
caballeros con las ceremonias que en España so usaban. Fuera de esto, se
concertó casamiento entre Conrado y doña Berenguela, hija del rey; pero no vino
a efecto por esquivarla doncella de ir a
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Alemania, sea por aborrecerlas costumbres de
aquella nación, sea por el largo y trabajoso camino, porque, ¿a qué propósito
mudar la templanza de España y el arreo de su patria y trocarle por el cielo
áspero de Alemania y otras condiciones asaz diferentes de sus naturales?
Finalmente, este desposorio se apartó por autoridad de don Gonzalo, primado de
Toledo, y de Gregorio, cardenal de Santangel.
Los demás reyes, entre tanto que esto pasaba,
consultaban entre si por sus embajadores qué era lo que debían hacer, en
especial el de Aragón, que llevaba mal que todas las cosas estuviesen en el
albedrío de su cuñado, el rey de Castilla, y don Sancho, rey de Navarra, que
pretendía recobrar por las armas lo que por fuerza le quitaron los años
pasados. Con este intento el año de Cristo 1190 se juntaron de propósito en
Borja por el mes de septiembre; en esta habla hicieron entre sí confederación y
asiento contra las fuerzas de Castilla. Los leoneses otrosí y los portugueses
entraron en esta liga, atraídos a ella por industria de los dos reyes. En
Huesca se hallaron los embajadores de los otros reyes. Tratóse del negocio con
el rey de Aragón, que hacía sus veces y las del navarro. Allí, no sólo se
concertó paz entre los cuatro reyes y se ligaron para las guerras, sino demás
de esto se añadió expresamente que ninguno en particular sin que los otros lo
supiesen y viniesen en ello por sus particulares intereses hiciese paz o tregua
con el enemigo, ni aún tuviese licencia sin el tal consentimiento de hacer
guerra a nadie ni comenzarla.
Estas cosas se concluyeron por el mes de mayo, año
de 1191, en que falleció en Roma Clemente, tercero de este nombre, a 25 de
marzo. Sucedió en su lugar cuatro días después Celestino III, llamado antes que
fuese papa Jacinto Bobo. Fue natural de Roma, y en España mucho tiempo legado
de los pontífices pasados. Don Gonzalo, arzobispo de Toledo, pasó asimismo de
esta vida a 29 del mes de agosto luego siguiente. En su tiempo el rey don
Alfonso dio a él y a su iglesia de Toledo a Talamanca y Esquivias. En su lugar
fue puesto don Martín López, que por la grandeza de su ánimo, y por las
excelentes cosas que hizo, tuvo por sobrenombre y se llamó el Grande; tuvo
antes el obispado de Sigüenza; su patria se llamó Pisonea; sus virtudes, don
Rodrigo que le sucedió en la dignidad, las celebró y contó muy en particular.
Este mismo año el río Tajo se heló en Toledo; cosa que por la templanza de la
región y del aire suele acontecer muy pocas veces.
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XVIII. Cómo se perdió la jornada de Alarcos
En el mismo tiempo del arzobispo don Martín vivía
Diego López de Haro, señor de Vizcaya; en riquezas, prudencia y autoridad
sobrepujaba claramente a los demás grandes de Castilla. Tenía en nombre del rey
de Castilla y por su mandado el gobierno de Briviesca, Nájera y Soria, como se
muestra por las escrituras de aquellos tiempos. Éste persuadió al rey que se
hiciesen Cortes de todo el reino de Castilla en Carrión, el año de nuestra
salvación de 1192, para resolverse en hacer guerra a los moros, que por la flojedad
de los nuestros confirmaban sus fuerzas y eran espantosos a los cristianos.
Impedía estos excelentes intentos y empecía la discordia y enemiga que andaba
entre el rey de Castilla y los leoneses y navarros; temían que si por aquellas
partes acometían a Castilla como por las espaldas, forzarían a dejar las armas
contra los moros y volver atrás; parecía sería lo más acertado primeramente
asentar amistad con aquellos reyes; con embajadas que de una parte y de otra se
enviaron, al fin se hizo y se concluyeron las paces.
Después se mandó a don Martín, arzobispo de Toledo,
que con buen número de soldados hiciese guerra en el Andalucía, que fue el
principio de otra más grande guerra que se siguió y emprendió por aquella
parte. Entretanto que se tenían las Cortes en Carrión, se tiene por fama,
confirmada por el testimonio de muchos, que el rey de Castilla a la raya de su
reino edificó a Navarrete, pueblo bien conocido. Yo entiendo que le reedificó o
aumentó, porque el arzobispo don Rodrigo hace mención de aquel lugar antes de este
tiempo.
En Aragón el conde de Urgel, que después de la
muerte de su padre anduvo fuera de aquel reino por enemistad particular que
tenía con Ponce de Cabrera, hombre poderoso, en fin, en este tiempo volvió a la
obediencia de su rey y a sosegarse. Con don Gastón, conde de Bearne, casó una
hija de Bernardo, conde de Cominges, y con ella hubo en dote el señorío de
Bigorra, como feudatario y vasallo del rey de Aragón; asimismo don Berengario o
Berenguel, arzobispo de Tarragona, fue muerto a 16 de febrero, año de nuestra
salvación de 1194. Dícese que le mató don Guillén de Moncada, dado que no se
saben las causas de aquellas enemistades.
En Pamplona también don Sancho, séptimo de este
nombre, rey de Navarra, siendo ya de larga edad y muy esclarecido por sus
hazañas y grande prudencia, por lo cual y por ser en las letras más que
medianamente
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ejercitado, tuvo renombre de Sabio, falleció a 27
del mes de junio. Su cuerpo sepultaron en la iglesia mayor de aquella noble
ciudad con enterramiento y honras y aparato real. Reinó por tiempo de cuarenta
y tres años, siete meses y seis días. De su mujer doña Sancha, tía que era del
rey de Castilla, dejó a don Fernando, don Ramiro, doña Berenguela, doña Teresa,
doña Blanca, sus hijos, y sin estos el mayor de todos, que le sucedió en el
reino, conviene a saber, don Sancho, rey de Navarra, octavo de este nombre, el
que por la grandeza de su ánimo y por sus excelentes hazañas en la guerra tuvo
sobrenombre de Fuerte. También le llamaron don Sancho el Encerrado, porque en
lo último de su vida, por causa de una cruel dolencia que padecía de cáncer, se
estuvo retirado en el castillo de Tudela del trato y conversación de los
hombres, sin dar lugar a que ninguno le visitase o hablase. Hay grandes rastros
y muestras de su magnificencia y liberalidad, en particular sacó a Ebro de su
madre antigua para que pasase por Tudela, y edificó sobre él un puente para
comodidad de los moradores. Fundó a su costa dos monasterios del Císter,
llamados de Fitero y de la Oliva; demás de esto, en Roncesvalles una iglesia
con nombre de Santa María, donde él y sus descendientes se enterrasen. Casó con
doña Clemencia, hija de Raimundo, conde de Tolosa, cuarto de este nombre. En
ella tuvo a don Fernando, que en vida de su padre murió de una caída que dio de
un caballo andando a caza. Su cuerpo enterraron en Tudela en la iglesia de
Santa María.
En el tiempo que este don Sancho comenzó a reinar
toda España estaba suspensa por el temor de una grande guerra que la amenazaba.
Don Martín, arzobispo de Toledo, como le era mandado, rompió por los campos de
Andalucía, destruyó por todas partes todo lo que se le puso delante; muchos
hombres, ganados y otras cosas fueron robadas, quemados los edificios, los
lugares y los campos destrozados; y por no salirle al encuentro algún ejército
de moros, se volvió con el suyo a su tierra sano y salvo y rico.
Los moros, mondos por el dolor de esta afrenta y
daño, hicieron grandes juntas de soldados en toda la provincia. El mismo
miramamolín Abenjuzef Mazemuto, avisado de lo que pasaba, con gran número de
gentes y con deseo de venganza pasó en España; no solo los almohades, sino
también los etíopes y alárabes con la esperanza de la presa de España seguían
sus reales. Con esta muchedumbre pasaron a Sierra Morena y llegaron al lugar de
Alarcos, que poco antes los nuestros edificaran.
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Don Alfonso, rey de Castilla, avisado del
apercibimiento de los moros y del peligro de los suyos, en ninguna manera
perdió el ánimo; antes avisado que hubo a los reyes de Navarra y de León que le
acudiesen, con los cuales poco antes se concertó, él primero que nadie con su
ejército particular acudió a Alarcos y puso sus reales cerca de los enemigos,
cuya muchedumbre era tan grande, que con sus tiendas ocupaban todos aquellos
campos y collados; por esto algunos juzgaban que se debían reportar y con astucia
y maña entretener al enemigo hasta tanto que los otros reyes viniesen, que se
decía llegarían muy presto. Otros eran de parecer que se viniese luego a las
manos, porque los navarros y leoneses no tuviesen parte en la victoria y en la
presa, que arrojada y temerariamente al cierto se prometían. Este parecer
prevaleció como el que era el más honrado, dado que el rey no ignoraba que
aquellos consejos en la guerra son más saludables que más seguros, y que
menospreciar al enemigo y confiar en si mismos es daño igualmente perjudicial a
los grandes reyes, como el suceso de esta batalla le dio a entender. Ordenaron
los reyes sus gentes. Diose la batalla junto a Alarcos, a 19 de julio, que fue
miércoles, el año de 1195. Fue grande el coraje y denuedo de entrambas las
partes; pero el esfuerzo de los nuestros fue vencido por la muchedumbre de los
enemigos, porque mereciéndolo así los pecados del pueblo y por voluntad de Dios
amedrentados los nuestros, les faltó el ánimo y corazón en la pelea. Muchos,
así en la batalla como en la huida, fueron muertos, entre ellos Martín
Martínez, maestre de Calatrava. Quién dice que don Martín, arzobispo de Toledo,
se halló en esta batalla. De don Diego de Haro, que fuera el principal movedor
de esta guerra, se decía mostró cobardía, ca se retiró de la pelea y volvió a
Alarcos al principio de la batalla, sea por no tener confianza de salir con la
victoria, sea, como hubo fama, por estar agraviado del rey, que en cierta
ocasión igualó los caballeros del Andalucía con los nobles de Castilla en
esfuerzo y destreza del pelear.
Los moros, ensoberbecidos con tan grande victoria,
no sólo se apoderaron de Alarcos, que luego se les rindió, sino pasaron
adelante, y metiéronse por las tierras del reino de Toledo. Llegaron hasta
Yébenes, que está seis leguas de aquella ciudad; desde allí, hechos muchos
daños, volvieron atrás. En nuestra edad solamente restan algunos paredones de
Alarcos y un templo bien antiguo, con nombre de Santa María, con que los
comarcanos tienen mucha devoción. Entiéndese que el rey bárbaro hizo echar por
tierra aquel pueblo y abatir sus murallas.
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Túvose por cierto que con aquel desastre tan grande
castigó Dios en particular un pecado del rey, y fue que en Toledo,
menospreciada su mujer, se enamoró de cierta judía, que fuera de la hermosura,
ninguna otra cosa tenía de estimar. Era este trato, no sólo deshonesto, sino
también afrentoso a la cristiandad. Los grandes, movidos por tan grande
indignidad y porque no se esperaba enmienda, hicieron matar aquella mujer.
Andaba el rey furioso por el amor y deseo. Un ángel que de noche le apareció en
Illescas le apartó de aquel mal próposito; mostrósele en aquella forma que
tenía en una pintura e imagen del mismo rey, a manera de mancebo con rostro
hermoso, más grave, que le amenazaba si no volviese en sí, y le apercibía
esperase el premio de la castidad si la guardase, y temiese el castigo si la
menospreciase. En la iglesia de Illescas, a la mano derecha del altar mayor,
hay una capilla, llamada del Ángel, con un letrero que declara ser aquel el
lugar en que se apareció el ángel al rey don Alfonso el Bueno, que así le
llaman.
La verdad es que sabido el desastre de Alarcos, los
reyes de León y de Navarra desistieron del propósito de ayudar en aquella
empresa. El rey de León acudió a visitar al rey don Alfonso, sea con ánimo
llano, sea fingidamente; don Sancho, rey de Navarra, sin saludar al rey se
volvió a su tierra. La memoria de esta descortesía quedó en el pecho del rey de
Castilla fijada más altamente que ninguno pudiera pensar; y desde aquel tiempo,
congojado con la saña y con el miedo, comenzó a tratar y aparejarse para vengar
el agravio y satisfacer aquel su sentimiento, no sólo contra los moros, sino
también contra los navarros.
XIX. De lo que sucedía en Portugal
El año luego siguiente, que se contaba de Cristo
1196, fue desgraciado en España por la muerte del rey don Alfonso de Aragón,
que entre los reyes de España tenía el segundo lugar en autoridad y señorío, y
en esfuerzo no daba ventaja a ninguno. Falleció en Perpiñán, a 25 de abril, en
tiempo que todo su señorío gozaba de gran paz y el reino de Aragón florecía en
gente, riquezas y fama. Nombró por heredero a don Pedro, su hijo mayor, segundo
de este nombre; a don Alfonso mandó en su testamento el condado de la Provenza
y los demás estados que de él dependen. A don
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Fernando, el menor de todos, mandó que en el
monasterio de Poblet del Císter, que su padre comenzó y él le dejó acabado, y
está puesto entre Tarragona y Lérida, en que pensaba hacer el enterramiento
suyo y de sus sucesores, tomado el hábito, se ocupase en rogar a Dios por las
ánimas de sus antepasados. Las tres hijas infantas, doña Constanza, doña Leonor
y doña Dulce, nombró y sustituyó a la sucesión del reino, si sus hermanos
muriesen sin herederos, mudada en esta parte y corregida la voluntad de doña Petronila,
su madre, que excluyó las hembras de la herencia de aquellos estados, como
arriba queda señalado.
Este año, en que sucedió la muerte del rey de
Aragón, fue también desgraciado por la hambre y peste, males que Cataluña
principalmente padeció. Demás de esto, con una nueva entrada que hizo el rey
bárbaro; Cáceres y Plasencia fueron tomadas, talados los campos de Talavera y
puesto fuego a los olivares, que se dan allí muy buenos. La villa no pudo ser
entrada por la fortaleza de los adarves y esfuerzo de los moradores, echó por
tierra empero los lugares de Santolalla y Escalona, que están más adelante. La
misma ciudad de Toledo estuvo cercada espacio de diez días. En Castilla la
silla obispal de Nájera, en que hasta entonces estuvo, se trasladó a la iglesia
de Santo Domingo de la Calzada, la cual de una excelente fábrica se comenzara
dieciséis años antes, y a la sazón se acabó, de tanta grandeza y anchura, que
compite con las principales de España. Lo uno y lo otro se hizo por diligencia
de don Rodrigo, obispo de Calahorra. El año siguiente de 1197 hubo nuevos
movimientos en Cataluña, por estar la provincia dividida en parcialidades; unos
seguían a Armengaudo, conde de Urgel; otros favorecían a Raimundo Rogerio,
conde de Foix; por la cual parcialidad la ciudad de Urgel fue cercada y tomada
por fuerza.
El moro Abenjuzef, soberbio por la victoria pasada
y la prueba que hizo de sus fuerzas y fortuna, con orgullo se prometía en su
pensamiento el señorío de toda España. Rehaciéndose pues de fuerzas y juntadas
más gentes, volvió otra vez a Toledo; no tenía esperanza de apoderarse de la
ciudad por la fortaleza del sitio; taló los campos, saqueó los lugares
comarcanos, hizo grandes robos, llegó con las talas hasta Madrid y Alcalá, y a
mano izquierda hasta Ocaña, Uclés, Huele y Cuenca, destrozando todo lo que encontraba.
Los nuestros por los daños del año pasado y por el miedo presente estaban sin
consejo y sin saber qué partido tomarían para defender la patria. Era extremo
el peligro en que las cosas de los cristianos
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se hallaban, porque el moro, efectuadas tan grandes
cosas, se volvió al Andalucía con su ejército sano y salvo, determinado de
tornar a la guerra el año siguiente con mayor furia.
Don Alfonso, rey de Castilla, rodeado de tantos
males, por no tener fuerzas iguales al enemigo, trataba de buscar socorros y
ayudas de fuera. Poca esperanza tenía que los leoneses y navarros hiciesen cosa
de provecho, pues demás del desacato pasado, en tiempo tan trabajoso acometían
por diversas partes las tierras de Castilla, sin tener cuenta con la
cristiandad ni considerar lo que la fama diría de ellos. Fue así, que el rey de
Navarra trabajó las tierras de Soria y Almazán, por do entró a robar con sus soldados;
el rey de León, puesta confederación y alianza con los bárbaros que moraban en
Extremadura en las tierras que caen entre Tajo y Guadiana, se metió por tierra
de Campos, en que taló toda la campaña. En solo don Pedro, rey de Aragón,
llamado el Católico, quedaba alguna esperanza. Convidóle el rey de Castilla
para hacer confederación y juntar las fuerzas contra los enemigos comunes. Vino
el aragonés en ello. Hecho este concierto, pareció primero vengar las injurias
del rey de León, después los agravios que hicieron los navarros; con esto de
primera instancia fueron tomados del rey de León los pueblos de Bolaños,
Castroverde, Valencia y el Carpio. Contra los navarros no se pudo hacer la
guerra como lo tenían acordado, a causa que Abenjuzef se apercibía para hacer
nueva guerra, como aquel que estaba acostumbrado demasiadamente a hacer
entradas por nuestras tierras; con todo esto, los castellanos y aragoneses con
la gente que fuera justo acometer a los bárbaros, sin ningún cuidado de la
cristiandad, revolvieron contra el rey de León, causa de todos los males, como
ellos decían; tornaron o entrar por sus tierras el año de 1198 y llegaron hasta
Astorga; destrozaron la tierra de Salamanca, apoderáronse de la una y de la
otra Álava, y de Monterrey con otros lugares; después de esto tornaron a tratar
de vengarse del rey de Navarra, que no menos agravios tenía hechos, y esto con
tanta voluntad de los reyes de Castilla y Aragón, que olvidados de su
reputación y sin moverse por el peligro de la cristiandad, se determinaron
hacer concierto con Abenjuzef, común enemigo de cristianos, y no tuvieron por
cosa fea ser los primeros a convidarle con la confederación.
El bárbaro no dejaba de dar orejas a esta plática,
por tener gran deseo de volver sus fuerzas contra el rey de Portugal, que tenía
hecho en los bárbaros grande estrago, fuera de que estaba con cuidado de las
cosas de
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África. Asentáronse treguas con los moros por diez
años. En este tiempo don Sancho, rey de Portugal, parte de su cuidado y
pensamiento ocupaba en reparar o edificar de nuevo diferentes pueblos, de donde
ganó el renombre y fue llamado don Sancho el Poblador; en este número se
cuentan Valencia de Miño, Montemayor el Nuevo, Vallelas, Peñamacor, Sortella y
Penella con otros, parte de los cuales por donación del rey se dieron a los
caballeros de Santiago, parte a los de Avis, que por este tiempo comenzaron en
Portugal a tener fama. El mayor cuidado que tenía era de echar los moros de
toda aquella provincia; y así, se apoderó de la ciudad de Silves, que está al
promontorio Sacro o cabo de San Vicente, ayudado de una gruesa armada que vino
de Francia y Inglaterra. En particular el conde Felipe, cuñado del rey, envió
en su ayuda veintisiete naves, y en ellas muy escogidos soldados de Flandes. En
la razón del tiempo en que esto sucedió no concuerdan los escritores; algunos
señalan el año de 1199, otros lo ponen diez años antes, que fue en el tiempo
que los reyes Enrique de Inglaterra, y Felipe de Francia, con deseo de promover
y sustentar la cristiandad que estaba para perderse, se determinaron de pasar
por mar a la Tierra Santa, después que tuvieron primero vistas en los
vellocases, donde está la villa de Gisors, cabeza que es de los pueblos que
llaman vergasins; pero el inglés, mudada la voluntad, se quedó en su tierra y
envió en su lugar a su hijo Ricardo. Hizo compañía a los reyes Enrique, a la
sazón conde de Campaña, en Francia; después por casar con doña Isabel, hija del
rey Amalarico, fue rey de Jerusalén. Hijo de este Enrique, de la primera mujer,
fue Teobaldo, conde de Campaña, con quien por estos tiempos casó doña Blanca,
hermana de don Sancho, rey de Navarra, madre de otro Teobaldo que el tiempo
adelante vino a ser rey de Navarra. Los corazones de los mortales, trabajados
con tantos males y aquejados de miedos, tenían otrosí atemorizados muchos
prodigios, que se veían como anuncios de grandes males.
En Portugal hubo peste y hambre gravísima, y en el
cielo se vieron otras señales; el vulgo, inclinado a pensar lo peor y dado a
supersticiones, decía ser venganza del cielo y ira de Dios, porque el
matrimonio de don Alfonso, rey de León, y de doña Teresa, infanta de Portugal,
si bien era ilegítimo y por las leyes ninguno, no se apartaba; dado que
Inocencio, pontífice tercero de este nombre, sucesor de Celestino, que había
comenzado a gobernar la Iglesia romana, lo procuraba con todo cuidado de tal
suerte, que puso entredicho en todo Portugal y pena de excomunión a
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todos los que no obedeciesen a su mandato.
Acrecentóse este miedo por perderse, como se perdió a la sazón, la ciudad de
Silves, destruidos y talados los lugares y campos de aquella comarca; lo uno y
lo otro por las armas y esfuerzo de Abenjuzef, que pretendía por esta manera
satisfacerse de las injurias y daños que el rey de Portugal le tenía hechas el
tiempo pasado.
XX. De la guerra que se hizo contra Navarra
Apartóse aquel matrimonio del rey de León por causa
del parentesco que tenían él y su mujer con dificultad y tarde; pero en fin, se
apartó el año de nuestra salvación de 1200, y luego se comenzó a poner en
plática de pedir a la infanta doña Berenguela, hija de don Alfonso, rey de
Castilla, de la cual se dijo poco antes que estaba concertada de casar con
Conrado, duque de Suabia, más ella se excusaba por las costumbres de los
alemanes y por el largo camino, puesto que no menos aborrecía el matrimonio de León
por el parentesco que con él tenía, causa que el primero se apartase; pero los
reyes muchas veces posponen la honestidad y religión a sus particulares. Los
halagos de la madre ablandaron el corazón de la doncella, y a su padre parecía
que los casamientos de diversas naciones muchas veces suelen ser desgraciados,
y que no se debía dejar la ocasión de ganar al rey de León que les hacía tantos
daños, demás de apartarle de la amistad del rey de Navarra, de quien
principalmente deseaba satisfacerse y vengarse, y entendía que desamparado del
rey de León, no tendría fuerzas bastantes para resistir. Por una epístola de
Inocencio III enderezada al de Compostela, se ve que el de Toledo fue a Roma el
año pasado para alcanzar dispensación del papa sobre este matrimonio que se
trataba, y no la quiso dar.
Entre tanto, pues, que estas causas se trataban y
maduraban, el rey de Castilla don Alfonso, con grande deseo de vengarse, se
apercibía con todo cuidado para aquella guerra; a don Pedro, rey de Aragón,
para no poder venir luego, como en la confederación quedó asentado, impidió la
discordia que tenía con su madre la reina doña Sancha; ca teniéndola por
sospechosa y creyendo que trataba de volverse a Castilla, procuró quitarle los
lugares de su dote. Pero a instancia del rey de Castilla se asentó la
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concordia entre la madre y el hijo; juntáronse los
dos reyes en Ariza, pueblo asentado a la raya de los dos reinos, donde por
medio y diligencia del rey don Alfonso y por su voluntad, se determinó que a
trueco de Tortosa y de Azcona y de otros pueblos, la reina diese al rey de
Aragón los de Ariza, Épila y Embite, que le pertenecían a ella; en que
pretendía el aragonés quitar la entrada por aquella parte al rey de Castilla,
si en algún tiempo quisiese acometer las tierras de Aragón; consideraba que las
voluntades de los hombres, y más las de los reyes, son varias y mudables, y por
ningún respeto de parentesco se mueven cuando se les muestra esperanza de
ensanchar su estado. Don Pero Ruiz de Azagra, señor de Albarracín, se halló en
aquellas vistas de los reyes por estar, es a saber, ya reconciliado con ambos.
Hízose esta confederación a 30 de noviembre. En el mismo año doña Berenguela,
hermana del rey don Sancho de Navarra, casó con Ricardo, rey de lngalaterra;
así lo dicen las historias de España. Los escritores ingleses refieren que
sucedió esto el año pasado, y afirman que en éste falleció el mismo Ricardo.
El rey don Alfonso, con la comodidad de las treguas
que tenía con los moros, deseaba reparar los daños que el tiempo pasado se
recibieran, y para esto procuraba reparar a Plasencia y a Béjar, y a Mirabel y
a Segura en el monte Argentario, a Monfredo y a Moya en la Mancha de Aragón, a
Aguilar en Tierra de Campos. Estas cosas hacía, y no aflojaba con eso el
cuidado de la guerra que pensaba hacer a los navarros, ni cesaba de amonestar
al rey de Aragón que juntase con él las fuerzas y las armas. Así en un tiempo
las gentes de Aragón y Castilla se movieron contra los navarros.
El rey don Sancho, vista la tempestad que cargaba
sobre él y que no tenía fuerzas bastantes, como quier que esperase poca ayuda
de los príncipes cristianos, que sentía estar enajenados por industria y maña
del rey de Castilla, tanto, que se comenzaba a tratar del casamiento entre
Luis, hijo de Felipe, rey de Francia, y la infanta doña Blanca, hija de don
Alfonso, rey de Castilla; determinó por el mar pasarse a África para pedir
ayuda al miramamolin Abenjuzef; grande afrenta y notable maldad, mayormente que
se entendía no dejaría él, como era soberbio, pasar la ocasión que la discordia
de los nuestros le presentaba de acometer de nuevo a España. Los historiadores
navarros no conforman con lo que de verdad pasó, sino con deseo de excusar
aquella jornada, fingen que don Sancho pasó en África con intento de socorrer
al rey moro de Tremecén
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contra el de Túnez; la invención por si misma se
manifiesta, por no haber entonces reyes en África de aquellas ciudades; así, no
me pareció era menester refutarla con más palabras.
La verdad es que pasado el rey don Sancho en
África, los reyes de Castilla y de Aragón se metieron por Navarra como por
tierra sin dueño y sin valedor. Aivar y lo de Valderroncal tomó el rey de
Aragón. Los pueblos de Miranda y Inzula se dieron al rey de Castilla, que puso
también cerco sobre Vitoria, cabeza de Álava; y porque se defendían los
ciudadanos valientemente y el cerco se dilataba, dejando en su lugar a don
Diego de Haro para apretarlos, el rey se partió a Guipúzcoa, una de las tres
provincias de Vizcaya, la cual, irritada por los agravios de los navarros,
estaba aparejada a entregársele, como lo hicieron luego, ca rindieron al rey
todas las fuerzas de la provincia; lo que también al fin hizo Vitoria, perdida
la esperanza de poderse defender, y por su autoridad todas las demás villas de
Álava. Solamente sacaron por condición que no les pudiese el rey dar leyes ni
poner gobernadores, excepto en Vitoria solamente y Treviño, lugares y plazas en
que se permitía que el rey pusiese quien los gobernase. Todo era fácil a los
reyes de Castilla y de Aragón, por estar toda la provincia de Navarra
desamparada de todo socorro y sin fuerzas, fuera de que de nuevo se divulgó por
la fama que el rey don Sancho comenzara a estar enfermo de cáncer que le nació
en una pierna, sin esperanza de poder sanar. La melancolía, que por la poca
esperanza que tenía de remedio se le engendró, fue causa de aquella mala
dolencia. Las marinas de Vizcaya, que importaba mucho para conservar el señorío
de aquella provincia, fueron fortificadas, reparados los lugares de San
Sebastián, Fuenterrabía, Guetaria y Motrico; los pueblos de Laredo, Santander y
San Vicente de nuevo se fundaron en las riberas cercanas.
Entre tanto que el rey don Alfonso de Castilla se
ocupaba en hacer estas cosas, don Sancho, rey de Navarra, sin hacer ningún
efecto, volvió afrentado a su patria y reino, que halló disminuido y falto en
muchas partes, muchos pueblos enajenados. Envió sobre estos agravios a los dos
reyes embajadores con toda humildad; pero no alcanzaron cosa alguna fuera de
buenas palabras, por no poderse persuadir a restituir lo que tenían adquirido
por el derecho de la guerra, ni les podían faltar razones y títulos con que
colorear su codicia y paliarla.
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XXI. Cómo el rey de Aragón fue a Roma
Estas cosas sucedían en España en el tiempo que
Ricardo, rey de Inglaterra, en prosecución de la guerra que emprendió en
Francia, conque mucho tiempo trabajó aquella provincia, en el cerco que tenía
sobre Limoges, ciudad muy fuerte, fue muerto con una saeta que le tiraron desde
los adarves. Sucedió en el reino su hermano de padre y madre, llamado Juan.
Felipe, por sobrenombre Augusto, rey de Francia, con intento de derribar al
nuevo rey y desbaratar sus intentos antes que cobrase fuerzas, hizo grandes juntas
de gentes. Acometió a la Normandía, a la Bretaña y a los de Anjou, estados que
eran de los ingleses en Francia; apoderóse de las ciudades, de unas por fuerza,
de otras de grado. Contra su poder no tenía el nuevo rey ni le quedaba alguna
esperanza, por ser desigual en fuerzas y no hallar camino para defenderse de
contrario tan bravo y ejecutivo. Enviáronse el uno al otro embajadas, y por
este medio, para que los reyes se viesen, señalaron a Butavento, pueblo de
Normandía. Hízose allí confederación y alianza, más necesaria que honrosa para
los ingleses, en que dejaban al francés las ciudades de que se apoderara, sólo
con una condición y gravamen, que una hija del rey de Castilla casase con Luis,
hijo de Felipe, rey de Francia, sin llevar otra dote alguna. Este color se tomó
y esta capa por ser sobrina del inglés, hija de su hermana. Sólo lo de Anjou se
restituyó a los ingleses.
Enviáronse embajadores al rey de Castilla de todo
lo que pasaba. Él, alegre con la nueva y con el concierto que demás del bien
común le traía a él tanto provecho, vino en lo que le pedían. Tenía el rey don
Alfonso cuatro hijas, las tres en edad de casarse; éstas eran doña Berenguela,
doña Urraca, doña Blanca. Doña Berenguela por este mismo tiempo casó con el rey
de León. A los embajadores que de Francia vinieron sobre el caso dieron a
escoger entre las dos que restaban. Doña Urraca era más apuesta y de más edad.
Sin embargo, ellos ofendidos del nombre doña Urraca, escogieron a doña Blanca.
En Burgos se hicieron los desposorios, dende acompañada del padre fue la
doncella llevada a la Guyena, por estar en poder de los ingleses; de allí con
acompañamiento de grandes de Francia pasó adonde estaba su esposo. Los ingleses
quedaron muy sentidos de que con aquella confederación se hubiese oscurecido la
majestad de aquel reino, en tanto grado, que pasado el rey a Inglaterra, le
miraban de mala gana y con malos ojos, y al entrar en las ciudades no le hacían
las
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aclamaciones que suelen y acostumbran. Sucedieron
estas cosas el año de 1201.
En el mismo año falleció Teobaldo, conde de
Campaña; dejó por heredero el preñado de su mujer doña Blanca; parió después de
la muerte de su marido un hijo del mismo nombre. Doña Berenguela, hija de don
Alfonso, rey de Castilla, últimamente casó con don Alfonso, rey de León. Era
cosa muy honrosa para don Alfonso, rey de Castilla, casar dos hijas casi en un
mismo tiempo con dos reyes sin dote ninguna, porque a doña Berenguela dio
solamente los lugares que por las armas quitó poco antes a su marido, restituyéndoselos
por las condiciones del casamiento. Celebráronse las bodas en Valladolid, do
los reyes se juntaron, con grandes fiestas y muestras de alegría.
Entre don Alfonso, conde de la Provenza, en
Francia, y don Guillén, conde de Focalquer, aunque era tío de doña Garsenda,
mujer del mismo don Alfonso, se levantó guerra, que forzó a don Pedro, rey de
Aragón, para ponerlos en paz de pasaren Francia. En Aguasmuertas, pueblo en las
marinas de la Galia Narbonense, que los antiguos llamaron Fosas Marianas, por
la diligencia del rey se trató de la concordia, y hechas sus avenencias, se
apartaron de las armas.
Deseaba el rey de Aragón con cuidado de hacer la
guerra a los mallorquines, por estar aquellas islas en poder de moros. Para
este efecto era menester ganar la voluntad de los genoveses y pisanos, que en
aquella sazón eran poderosos por el mar. La autoridad de Inocencio III,
pontífice máximo, era muy grande, y no menor el deseo de ayudar a los
aragoneses, como lo mostraba en muchas ocasiones. Partido pues el rey de la
Provenza, en una flota se fue a Roma a verse con el pontífice; recibióle él con
grande aparato, y para honrarle más en la iglesia de San Pancracio, que está de
la otra parte del Tíber, el año de nuestra salvación de 1204, a 21 de noviembre
fue ungido por Pedro, obispo portuense, y por la misma mano del pontífice con
solemne ceremonia recibió la corona y las demás insignias reales. Concedió
otrosí para adelante que los reyes de Aragón pudiesen ser coronados en sus
tierras y que hiciese el oficio y toda la ceremonia el arzobispo de Tarragona,
como vicario del pontífice romano. Hay bula de todo esto, más no pareció
ponerla en este lugar. Aún no se acostumbraba en aquel tiempo que los reyes de
Aragón luego después de la muerte de sus padres tomasen las insignias reales,
sino cuando a la manera usada entre los españoles los armaban caballeros o se
casaban;
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entonces, finalmente, usaban del nombre y insignias
reales. Por esta merced que hizo a Aragón el papa, el rey de Aragón hizo su
reino feudatario a los pontífices romanos, concertó y prometió de pagar cada
año cierta cantidad de oro; cosa que llevaron mal los naturales que se
menoscabase con aquel color y capa el derecho de la libertad y se diese a los
pontífices poder y ocasión y entrada con esto para intentar mayores cosas en
Aragón. Este sentimiento se aumentó por un tributo que el año siguiente el rey
impuso sobre el reino muy pesado, que vulgarmente se llamaba monetal. En Huesca
al fin del mes de noviembre se promulgaron los tales edictos, en que no
solamente el vulgo, sino también todos los nobles e hidalgos se comprendían sin
sacar a nadie. Reprendían al rey y extrañaban que en particular fuese pródigo y
en público codicioso para suplir con tales imposiciones públicas y comunes lo
que derramaba sin propósito.
No se había el rey casado por este tiempo, y
estaban con cuidado que dejase sucesión para heredar el reino. Procuró el
pontífice romano Inocencio que madama María, hija de Isabel, reina de
Jerusalén, que venía a suceder en aquel reino, casase con el rey de Aragón.
Tenían este negocio para concluirse, cuando el rey, a persuasión de sus
grandes, casó con madama María, hija y heredera de Guillén, señor de
Montpellier, por la comodidad de aquel estado. Con esto los deseos piadosos del
pontífice quedaron burlados, que con aquel casamiento pretendía hacer que las
fuerzas de Aragón se empleasen en la guerra de la Tierra Santa. Doña Urraca,
tercera hija de don Alfonso, rey de Castilla, que pretendía antes casar con el
aragonés, perdida esta esperanza, casó el año 1206 con don Alfonso, hijo
primogénito de don Sancho, rey de Portugal.
Esteaño, postrero de febrero, hubo grande eclipse
del sol, tanto, que por espacio de seis horas el día se mudó en escura noche. A
1 de julio dio el rey al arzobispo de Toledo don Martín el oficio de chanciller
mayor de Castilla. Los ríos con las continuas lluvias crecieron tanto, que Tajo
en Toledo, a 27 de diciembre, principio del año siguiente, sobrepujó la puerta
del Almofala un estado de hombre. Esto dicen los Anales de Toledo. La puerta
del Almofala puede ser que fuese la que hoy se llama de San Isidoro.
El rey de Navarra, perdida la esperanza de
rehacerse, vino a verse con el rey de Castilla a Guadalajara, donde hicieron
treguas por cinco años. Para mayor seguridad se dieron como en rehenes algunos
pueblos de la
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una parte y de la otra; y en particular se concertó
que el rey don Alfonso procurase que el de Aragón entrase en la misma
confederación.
El año adelante de 1208 fue señalado por la muerte
de muchos príncipes y señores. A 28 de agosto murió don Martín, arzobispo de
Toledo; sucedióle algo adelante don Rodrigo Jiménez, navarro de nación, natural
de Puente de Rada, su padre Jimeno Pérez de Rada, su madre doña Eva. Tuvo por
hermana a doña Guiomar de Rada, por sobrino a don Gil de Rada, a quien él mismo
dio la tenencia de algunos castillos. Todo consta de papeles de la su iglesia
de Toledo, y fue primero obispo de Osma; de allí le trasladaron a Toledo. Las
raras virtudes y buena vida, y la erudición, singular para en aquellos tiempos,
hicieron que, sin embargo que era extranjero, subiese a aquel grado de honra y
a aquella dignidad tan grande; y porque las treguas entre los reyes se
concluyeron en gran parte por su diligencia, tenía ganada la gracia de los
príncipes y las voluntades de la una y de la otra nación. Por el mes de
noviembre falleció doña Sancha, madre del rey de Aragón, en el monasterio de
Sijena, que era de monjas, y ella le fundó a su costa debajo de la obediencia y
gobierno de los comendadores de San Juan, y en el mismo, cansada de las cosas
del mundo y con deseo de vida más perfecta, había tomado aquel hábito. En
Toledo el mismo día de San Martín falleció don Esteban Illán; fue enterrado en
la iglesia de San Román; persona señalada en todo género de virtud y que tenía
el gobierno de la ciudad y la tenencia de los alcázares en premio del servicio
que hizo los años pasados al rey cuando le apoderó de Toledo. Fue piadoso para
con Dios, de ánimo liberal con los pobres; las riquezas que alcanzó igualaron a
su ánimo. Demás de esto, falleció el conde de Urgel; de su mujer doña Elvira
dejó una sola hija, llamada Aurembiasis. Esta doncella, Gerardo de Cabrera,
hijo de Ponce, despertadas diferencias y pleitos pasados, como quier que por
ser mujer la trabajase y tratase de despojarla, por voluntad de doña Elvira, su
madre, dio el estado de Urgel y le entregó al rey, y ellas se pusieron debajo
de su amparo. Con esto la sucesión del gran Borello, antiguamente conde de
Barcelona y de Urgel, cayó del señorío de aquella ciudad, si bien su padre
mandó y dejó en su testamento la mitad de su villa de Valladolid al pontífice
Inocencio con intento que amparase a su hija en lo demás; pero no entiendo que
el papa entró en posesión de aquella manda y legado.
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XXII. De las paces que se hicieron entre los reyes
Expiraba el tiempo de las treguas asentadas con los
moros, y el deseo de volver a hacerles guerra tenía a todos puestos en cuidado,
más que a todos al rey de Castilla, coma el que caía más cercano al peligro.
Era menester sosegar las diferencias entre los cristianos y los movimientos, y
concertar los reyes entre sí para que de buena gana hiciesen liga contra el
común enemigo, poderoso con la junta de tantos reinos, feroz con tantas
victorias y que amenazaba a nuestras tierras. Los reinos comarcanos, mayormente
si los reyes son bulliciosos, no pueden largamente estar sosegados, por nacer
cada día entre ellos nuevas causas de guerras y pleitos trabadas unas de otras.
Don Alfonso, rey de León, fue el primero que por
acometer los lugares que tenía en dote su madrastra turbó el reposo común.
Reprendía a su padre y quejábase que por ser liberal con sus mujeres diminuyó
la majestad del reino y enflaqueció las fuerzas. Don Diego de Haro, por ser
hermano de la reina viuda, como hiciese rostro a los intentos del rey, despertó
contra sí las armas de León y de Castilla de tal guisa, que ni pudo defender el
estado y derecho de su hermana, y él, ofendidas las voluntades de los dos reyes,
fue forzado a retirarse a Navarra. Hacía desde allí ordinariamente correrías en
los campos de Castilla; sobrevinieron los reyes, que le vencieron cerca de la
ciudad de Estella y le forzaron a meterse dentro de aquel pueblo, que era muy
fuerte, por las murallas y baluartes; así, no trataron de combatirle todavía
los cuatro reyes de Castilla, León, Navarra y Aragón, con seguridad que entre
sí se dieron, se juntaron a vistas en Alfaro, en que hicieron entre sí las
paces; don Diego de Haro, desamparado de todos y desconfiado de sus fuerzas, se
fue a Valencia a valerse de los moros.
Avino que el rey de Aragón, con el cuidado que
tenía de la guerra contra los moros y porque así quedó en la habla concertado,
entró por las tierras de Valencia. Matáronle el caballo en cierto encuentro, y
sin duda viniera en poder de los moros si don Diego de Haro, que se halló con
ellos, movido de su humanidad y olvidado de las injurias, no le diera un
caballo, con que se libró del peligro; cosa que a él fue causa de grande odio,
y le fue muy contado entre los bárbaros, tanto, que para purgarse y aplacarlos
le fue necesario pasar a África y dar razón de sí al Miramomolin y defender por
derecho y por las leyes su inocencia. Concluido el pleito por
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una parte, y por otra aplacados los reyes
cristianos, volvió desde allí a Castilla el año, como yo pienso, de 1209. Sea
lícito en la razón de los tiempos a veces andar a tiento, porque otros dicen
que la confederación de los reyes en Alfaro se hizo dos años antes de éste, a
instancia y por grande diligencia de doña Sancha, madre del rey de Aragón, que
aún no era difunta a la sazón, según dicen.
La verdad es que los dos reyes don Sancho de
Navarra, y don Pedro de Aragón, que tenían entre sí mayores diferencias, se
juntaron a vistas y habla este mismo año en una llanura cerca del lugar llamado
Mallén. En aquel lugar, a 4 del mes de junio, se hicieron las paces, y por
muestra de amistad don Sancho prestó al rey de Aragón veinte mil ducados, con
prendas de cuatro lugares que consignó el aragonés para que los tuviese en
tercería don Jimeno de Rada, que sospecho era pariente de don Rodrigo, arzobispo
de Toledo, que tenía el mismo sobrenombre, ca se llamó don Rodrigo Jiménez de
Rada. Pusieron por condición que si al tiempo señalado no se pagase la deuda,
él entregase aquellos lugares en poder del rey de Navarra. Don Alfonso, rey de
Castilla, fue el principal movedor y causa de estas paces, que se asentaron
entre los reyes por el miedo que de fuera amenazaba, que suele entre ciudadanos
y parientes muchas veces quitar grandes diferencias.
Procuraba también hacer venir socorros de Francia;
pero impidió estos intentos y pláticas la guerra que entre ingleses y
franceses, más brava que antes, andaba de nuevo encendida, dado que con deseo
de pacificar aquellos reyes entró armado en la Guyena con intento de emplear
sus fuerzas contra la parte y nación que no quisiese venir en las paces. Su
trabajo fue en balde, porque toda la Francia ardía en guerras y discordias, sin
mostrarse alguna esperanza de paz. Además que los apercibimientos que hacían
los moros para la guerra le pusieron en necesidad de dar la vuelta para España.
En el tiempo que las treguas duraron con los moros,
a persuasión del arzobispo don Rodrigo, se fundó una universidad en Palencia
por mandado del rey y a sus expensas para la enseñanza de la juventud en letras
y humanidad; ayuda y ornamento de que sólo hasta entonces España carecía, a
causa de las muchas guerras que los tenían ocupados. De Italia y de Francia,
con grandes premios y salarios que les prometieron, trajeron catedráticos para
enseñar las facultades y ciencias.
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En las Huelgas otrosí, cerca de la ciudad de
Burgos, se edificó a costa del rey un monasterio muy grande de monjas con
nombre de Santa María, para que fuese enterramiento de los reyes, y junto con
él un hospital. Doña Constanza, hermana del rey de Aragón, que quedara viuda de
Eimerico, rey de Hungría, del cual parió un hijo, llamado Ladislao, a
persuasión del pontífice Inocencio III, casó con don Fadrique, rey de Sicilia,
y esto mismo año en una flota la llevaron a su marido. Festejaron los
sicilianos asaz estas bodas, si bien fueron desgraciadas por la muerte del
conde de la Provenza y de otros grandes que acompañaron la casada hasta
Sicilia, que fallecieron en Palermo. El cielo y aire de España y Francia son
muy sanos; aquellos lugares de Sicilia no tan saludables, a lo menos para
extraños; esta mudanza les acarreó este daño.
XXIII. Cómo se comenzó la guerra contra loa
moros
Éste era el estado de las cosas en España. Las
paces hechas entre los príncipes cristianos después de tantas discordias
henchían los ánimos de los naturales de esperanza muy grande y alegría. Que
todos consideraban cuánta ayuda y fuerzas hay en la agradable compañía y
alianza entre los príncipes comarcanos; dado que don Alfonso, rey de León, en
sazón por cierto muy mala, repudió a doña Berenguela, su mujer, por causa del
parentesco y por mandado del pontífice Inocencio, y la enviara a su padre. Hay
una carta del mismo Inocencio sobro esto a don Alfonso, rey de Castilla, que
hacía contradicción al divorcio, grave y llena de amenazas. Por otra del mismo
se entiende puso entredicho en el reino de León, porque no se apartaba aquel
matrimonio, y tuvo excomulgado aquel rey sobre el caso.
Los moros con su rey Mahomad, el cual los años
pasados sucediera en lugar do Abenjuzef, su hermano, entraron en grande
esperanza de apoderarse de toda España, que determinaban de seguir hasta el
cabo y deshacer el nombre cristiano y desarraigarle de toda ella. A los fieles
no les faltaba ánimo ni brío para defender lo que tenían ganado, ni voluntad de
echar los moros de la tierra. Los unos y los otros con gran resolución y igual
esperanza se movieron a las armas y entraron en este debate. Los
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cristianos se aventajaban en esfuerzo y en la
prudencia del capitán; los moros sobrepujaban en muchedumbre, y con grande
diligencia juntaban en uno para aquella guerra las fuerzas de África y de
España.
En el mismo tiempo las armas de Castilla y de
Aragón se movieron contra los moros. En el reino de Valencia se apoderó el rey
don Pedro de Aragón de Adamuz y de otros lugares. Hizo donación de Tortosa a
los templarios en premio de lo que trabajaron y sirvieron en las guerras
pasadas. Entrególa al maestre de aquella orden, que se llamaba don Pedro de
Montagudo. Don Fernando, hijo de don Alfonso, rey de Castilla, por mandado de
su padre acometió las tierras de Andalucía, taló las campañas de Baeza, da Andújar
y de Jaén por todas partes, cautivó hombres, hizo robos de ganados.
En el mismo tiempo que Mahomad, rey de los moros,
que llamaron el Verde, del turbante o bonete que acostumbraba a traer de esta
color, se apoderó por fuerza del lugar de Salvatierra; los moradores, parte
fueron pasados a cuchillo, parte tomados por esclavos. Por el mes de junio del
año de Cristo de 1210 sitiaron el lugar y el mes de septiembre le tomaron; iba
don Alfonso, rey de Castilla, con gente escogida de los suyos a socorrer los
cercados; más llegado que hubo a Talavera, don Fernando, su hijo, que volvía de
la empresa del Andalucía, le hizo tornar del camino dándole a entender el
peligro en que se ponía y que era menester mayor ejército para hacer rostro a
los enemigos.
Los intentos del rey que tenía concebidos en favor
de la religión cristiana no poco alteró y entretuvo la muerte del mismo infante
don Fernando, que se siguió el año luego adelante, día viernes, a 14 del mes de
octubre. Fue tanto mayor el sentimiento de su padre y el lloro de toda la
provincia, que daba ya asaz claras muestras de un grande y valeroso príncipe.
Su cuerpo llevaron desde Madrid, donde falleció, a las Huelgas, acompañóle el
arzobispo don Rodrigo y su hermana la reina doña Berenguela para honrarle más.
Ésta fue la causa por qué la empresa contra los moros se dilató hasta el año
siguiente. Solamente se hicieron por entonces Cortes del reino en la ciudad de
Toledo para aprestar las cosas que eran necesarias para la guerra. En estas
Cortes se hicieron premáticas contra los demasiados gastos, porque las
costumbres se iban estragando con los deleites.
Mandóse que en todo el reino se hiciesen
procesiones para aplacar a Dios. A los reyes despacharon embajadores para
requerirles no faltasen de
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acudir con sus gentes al peligro común. Don
Rodrigo, arzobispo de Toledo, fue a Roma por mandado de su rey para alcanzar
indulgencia y cruzada para todos los que conforme a la costumbre de aquellos
tiempos, tomada la señal de la cruz, acudiesen a sus expensas a la guerra
sagrada. Él mismo con grande cuidado se apercibía de caballos, armas, dineros y
vituallas. Los moros al contrario, avisados de tan grandes apercibimientos y de
la determinación delos cristianos, fortificaban con muros y baluartes cuanto el
tiempo daba lugar, y ponían guarniciones en los lugares de su señorío, que
tenían en el reino de Toledo y en el Andalucía y hacia el cabo de San Vicente,
por tener entendido que el primer golpe de la guerra descargaría sobre aquellas
partes. Demás de esto llamaban nuevas gentes de socorro desde África.
Don Alfonso, rey de Castilla, en tanto que se
juntaban todas las gentes, con deseo de poner espanto al enemigo, rompió por
las tierras de los moros, y a la ribera de Júcar les ganó algunas plazas. Con
tanto dio la vuelta a la ciudad de Cuenca, que cae por aquellas partes. Allí se
vio con el rey de Aragón, y comunicó con él sus haciendas, todo lo que a la
guerra tocaba. Don Sancho, rey de Navarra, por sus embajadores que envió, avisó
que no faltaría de hallarse en la jornada. El arzobispo don Rodrigo dejó en su
lugar para el gobierno del arzobispado e iglesia de Toledo a don Adam, obispo
de Palencia; y él en Italia y en Francia, con esperanza de la indulgencia que
alcanzó del pontífice Inocencio III, y mostrando el peligro si no socorrían a
España, no cesaba de despertar a los grandes y prelados para la empresa
sagrada, asimismo a la gente popular. Decía ser tan grande la soberbia del
bárbaro, que a todos los que adoraban la cruz por todo el mundo amenazaba
guerra, muerte y destrucción: afrenta del nombre cristiano intolerable y que no
se debía disimular; hízose gran fruto con esta diligencia. Tan grande era el
deseo de pelear contra los enemigos de la religión cristiana y en tanto grado,
que dicen se juntaron de las naciones extranjeras cien mil infantes y diez mil
caballos, gran número y que apenas se puede creer; la verdad ¿quién la podrá
averiguar? Como quier que en otra parte hallé que fueron doce mil caballos,
cincuenta mil peones los que de fuera vinieron.
A todos estos, porque con la junta y avenida de
tantas naciones no se alterase Toledo, donde se hacía la masa, señalaron la
huerta del rey, que es de muy grande frescura, y con ella otros lugares cerca
de la ciudad a la ribera de Tajo para sus alojamientos. Comenzaron estas gentes
a venir a
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Toledo por el mes de febrero, año de nuestra
salvación de 1212. Levantóse un alboroto de los soldados y pueblo en aquella
ciudad contra los judíos. Todos pensaban hacían servicio e Dios en
maltratarlos. Estaba la ciudad para ensangrentarse, y corrierran gran peligro
si no resistieran los nobles a la canalla, y ampararan con las armas y
autoridad aquella miserable gente. Don Pedro, rey de Aragón, acudió y fue
recibido en la ciudad con pública alegría de todos y con procesión la misma
fiesta de la Trinidad. Venían con él desde Aragón veinte mil infantes, tres mil
quinientos caballos.
Don Sancho, rey de Portugal, no pudo hallarse en la
guerra sagrada, porque falleció en este mismo tiempo en Coimbra; hízose allí el
enterramiento en el monasterio de Santa Cruz en un humilde sepulcro, de donde
en tiempo del rey don Manuel le trasladaron a otro más magnifico. Sucedióle don
Alfonso, su hijo, segundo de este nombre, que ya tenía dos hijos infantes en su
mujer doña Urraca, llamados don Sancho y don Alfonso; don Fernando, tío del
nuevo rey, hermano del difunto don Sancho, el año pasado casó con madama Juana,
condesa de Flandes, hija y heredera de Balduino, emperador de Constantinopla.
Todavía de Portugal vino un buen golpe de soldados movidos de sí mismos o
enviados de socorro por su rey.
A toda la muchedumbre de soldados señaló el rey de
Castilla sueldo para cada día, a cada uno de los infantes cinco sueldos, a los
hombres de a caballo veinte; a los príncipes conforme a cada cual era y a su
dignidad se hicieron presentes muy grandes. Tenían apercibidas vituallas en
abundancia y almacén para que no faltase alguna cosa necesaria a tan grande
ejército, en tanto grado, que sólo para llevar el bagaje tenían juntados
sesenta mil carros, como lo testifica el arzobispo don Rodrigo, que fue testigo
de vista en toda la empresa, y puso por escrito para memoria de los venideros
todo lo que en ella pasó; otros dicen que fueron bestias de carga hasta aquel
número. Lo uno y lo otro fue cosa de gran maravilla en tan grande apretura de
tiempos y pobreza de los tesoros reales; pero no hay cosa tan dificultosa que
con diligencia no se alcance, y las naciones y príncipes extranjeros a porfía
enviaban caballos, mulos y dinero.
Partieron de Toledo a 21 de junio. Regía la
vanguardia don Diego de Haro, en que iban las naciones extranjeras. En el
segundo escuadrón el rey de Aragón, y por caudillo de la retaguardia el rey de
Castilla don Alfonso, en que se contaban catorce mil de a caballo. La
infantería apenas se podía
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contar, porque de toda Castilla los que eran de
edad a propósito eran forzados todos a tomar las armas. El tercero día llegaron
a Malagón, lugar que tenía guarnición de moros y está distante de Toledo
catorce leguas. Los bárbaros por miedo de tan grande muchedumbre fueron
forzados a desamparar el lugar y recogerse a la fortaleza que tenían en un
cerro agrio; pero por el esfuerzo e ímpetu de las naciones extranjeras, tomado
el castillo por fuerza a 23 días de junio, todos sin faltar ninguno fueron
degollados; tan grande era el deseo que tenían de destruir aquella nación
impía. A 1 de junio, Calatrava, lugar muy fuerte puesto de la otra parte del
río Guadiana, se ganó por entrega que de él hicieron los moradores y vecinos
que consideraban el extremo peligro que sus cosas corrían y que no tenían
esperanza alguna de socorro.
Los soldados extranjeros, conforme a su condición,
querían pasar a cuchillo los rendidos, y apenas se pudo alcanzar que se
amansasen por intercesión de los nuestros, que decían cuán justo era y
razonable se guardase la fe y seguridad dada a aquella gente, bien que infiel;
y que no era razón con la desesperación, que suele ser la más fuerte arma de
todas, exasperar más y embravecer los ánimos de los enemigos. El pueblo se
restituyó a los caballeros de Calatrava, a quien los moros le habían tomado;
los despojos se dieron a los aragoneses y soldados extraños, a los cuales los
desacostumbrados calores, ciclo malsano y falta de todas cosas, según ellos
decían, forzaban, dejada aquella empresa, a volverse a sus tierras. Amoldo,
obispo de Narbona, y Teobaldo Blazon, natural de Poitiers, como más aficionado
a nuestras cosas por ser castellano de nación de parte de su madre, el uno y el
otro con sus compañías particulares perseveraron en los reales. Acusaban la
cobardía de su nación, determinados de ponerse a cualquier peligro antes de
faltar al deber.
La partida de los extraños, puesto que causó miedo
y tristeza en los ánimos del resto, fue provechosa por dos razones: la una,
porque los extranjeros no tuviesen parte en la honra y prez de tan grande
victoria; la otra, que con aquella ocasión Mahomad, que estaba en Jaén en
balanzas y aún sin voluntad de pelear, se determinó a dar la batalla. Así que
los nuestros con sus reales llegaron a Alarcos, el cual lugar porque pocos años
antes fue destruido y desmantelado por los moros, desampararon los moradores que
quedaban, y vino a poder de los cristianos. En este lugar, don Sancho, rey de
Navarra, con un buen escuadrón de los suyos alcanzó a los reyes, y se juntó con
los demás. Fue su venida muy alegre; con ella la
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tristeza que por el suceso pasado de la partida de
los extranjeros recibieran, se trocó en regocijo. Algunos castillos en aquella
comarca se entraron por fuerza. En tierra de Salvatierra se hizo reseña;
pasaron alarde gran número de a pie y de a caballo. Esto hecho, con todas las
gentes llegaron al pie de Sierra Morena. El moro, avisado de lo que pasaba,
marchó para Baeza, determinado de, alzadas las vituallas, atajar el paso de
aquellos montes y particularmente guardar el pueblo de la Losa, por donde era forzoso
pasasen los nuestros. Si pasaban adelante, prometíase el moro la victoria; si
se detenían, se persuadía por cierto perecerían todos por falta de bastimentos;
si volviesen atrás, sería grande la mengua y la pérdida de reputación forzosa.
Sus consejos, aunque prudentes, desbarató otro más alto poder.
Hízose junta de capitanes para resolver por qué
parte pasarían los montes y lo que debían hacer. Los más eran de parecer
volviesen atrás; decían que rodeando algo más por camino más llano se podrían
meter en los campos del Andalucía; que debían de excusar aquellas estrechuras
de que el enemigo estaba apoderado. Por el contrario, el rey de Castilla don
Alfonso tenía por grande inconveniente la vuelta, por ser la fama de tan gran
momento en semejantes empresas, que conforme a los principios sería lo demás;
con volver los reyes atrás se daría muestra de huir torpemente, con que a los
enemigos crecería el ánimo, los suyos se acobardarían, que de suyo parecía
estar inclinados a desamparar los reales, como poco antes por la partida de los
extranjeros se entendió. Contra las dificultades que se presentaban, invocasen
el auxilio y socorro de Dios, cuyo negocio trataban, que les asistiría sin
duda, si ellos no fallaban a sí mismos; muchas veces a los valerosos se hacen
fáciles las cosas que a los cobardes parecían imposibles. Esta resolución se
tomó y este consejo. Con esto don Lope, hijo de don Diego de Haro, enviado por
su padre con buen número de gente, en lo más alto de los montes se apoderó del
lugar de Ferral e hizo con escaramuzas arredrar algún tanto a los moros. No se
atrevió a pasar el puerto de la Losa ni acometerle, por parecerle cosa áspera y
temeraria pelear juntamente con la estrechura y fragura del lugar y paso, y con
los enemigos que le guardaban.
XXIV. Cómo la victoria quedó por los cristianos
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Toda muchedumbre, especial de soldados, se rige por
ímpetu y más por la opinión se mueve que por las mismas cosas y por la verdad,
como sucedió en este negocio y trance; que los más de los soldados, perdida la
esperanza de salir con la demanda, trataban de desamparar los reales parecíales
corrían igual peligro, ora los reyes pasasen adelante, ora volviesen atrás; lo
uno daría muestra de temeridad, lo otro sería cosa afrentosa. Ponían mala voz
en la empresa, cundía el miedo por todo el campo.
La ayuda de Dios y de los santos valió para que se
sustentasen en pie las cosas casi perdidas de todo punto. Un cierto villano,
que tenía grande noticia de aquellos lugares por haber en ellos largo tiempo
pastoreado sus ganados (algunos creyeron ser ángel, movidos de que mostrado que
hubo el camino, no se vio más), prometió a los reyes que si de él se fiasen,
por senderos que él sabía, todo el ejército y gente llegarían sin peligro a
encumbrar lo más alto de los montes. Dar crédito en cosa tan grande a un hombre
que no conocían no era seguro, ni de personas prudentes no hacer de todo punto
caso en aquella apretura de lo que ofrecía. Pareció que don Diego de Haro y
Garci Romero, como adalides, viesen por los ojos lo que decía aquel pastor. Era
el camino al revés de lo que pretendían, y parecía iban a otra parte diferente,
tanto, que los moros, considerada la vuelta que los nuestros hacían, pensaron
que por falta de vituallas huían y se retiraban a lo más adentro de la
provincia. Conveníales subir por la ladera del monte, pasar valles en muchos
lugares, peñascos empinados que embarazaban el camino. Pero no rehusaban algún
trabajo con la esperanza cierta que tenían de la victoria si llegasen a las
cumbres de los montes y a lo más alto; el mayor cuidado que tenían era de
apresurarse por recelo que los enemigos no se apoderasen antes del camino y les
atajasen la subida.
Pasadas pues aquellas fraguras, los reyes en un
llano que hallaron fortificaron sus reales. Apercibióse el enemigo a la pelea y
ordenó sus haces repartidas en cuatro escuadrones, quedóse el rey mismo en el
collado más alto rodeado de la gente de su guarda. Los fieles, por estar
cansados con el trabajo de tan largo y mal camino, así hombres como jumentos,
determinaron de esquivar la pelea; lo mismo el día siguiente, con tan grande
alegría de los moros, que entendían era por miedo; que el Miramamolin con embajadores
que envió y despachó a todas partes y muy arrogantes palabras, prometía que
dentro de tres días pondría en su poder los tres reyes que tenía cercados como
con redes. La fama iba en aumento
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como suele, cada uno añadía algo a lo que oía para
que la cosa fuese más agradable.
El día tercero, que fue lunes, a 16 del mes de
julio, los nuestros, resueltos de presentar la batalla, al amanecer, confesados
y comulgados, ordenaron sus batallas en guisa de pelear. En la vanguardia iba
por capitán don Diego de Haro. Del escuadrón de en medio tenía cuidado don
Gonzalo Núñez y con él otros caballeros templarios y de las demás órdenes y
milicias sagradas. En la retaguardia quedaban el rey don Alfonso, el arzobispo
don Rodrigo y otros prelados. Los reyes de Aragón y de Navarra con sus gentes
fortificaban los lados, el navarro a la derecha, a la izquierda el aragonés. El
Moro, al contrario, con el mismo orden de antes puso sus gentes en ordenanza.
La parte de los reales en que armaron la tienda real cerraron con cadenas de
hierro, y por guarda los más fuertes moros y más esclarecidos en linaje y en
hazañas; los demás eran en tan gran número, que parecía cubrían los valles y
los collados. Exhortaron los unos y los otros y animaban los suyos a la pelea.
Los obispos andaban de compañía en compañía, y con la esperanza de ganar la
indulgencia animaban a los nuestros. El rey don Alfonso desde un lugar alto
para que le pudiesen oír dijo en sustancia estas razones:
«Los moros, salteadores y rebeldes al emperador
Cristo, antiguamente ocuparon a España sin ningún derecho, ahora a manera de
ladrones la maltratan. Muchas veces gran número de ellos fueron vencidos de
pocos, gran parte de su señorío les hemos quitado, y apenas les queda donde
poner el pie en España. Si en esta batalla fueren vencidos, lo que promete el
ayuda de Dios y se puede pronosticar por la alegría y buen talante que todos
tenéis, habremos acabado con esta gente malvada. Nosotros peleamos por la razón
y por la justicia; ellos por ninguna república, porque no están entre sí atados
con algunas leyes. No hay a do se recojan los vencidos, ni queda alguna
esperanza salvo en los brazos. Comenzad pues la pelea con grande ánimo.
Confiados en Dios tomasteis las armas, confiados en el mismo arremeted a los
enemigos y cerrad».
El moro, el contrario, avisó a los suyos y les dijo
que aquel día debían pelear con extremo esfuerzo, que sería el fin de la
guerra, quier venciesen, quier fuesen vencidos. Si venciesen, toda España sería
el premio de la victoria, por tener juntadas los enemigos para aquella batalla
con suma diligencia todas las fuerzas de ella; si fuesen vencidos, el imperio
de los moros quedaba acabado en España; no era justo que en aquel peligro
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perdonasen a sí o a sus cosas. Su ejército constaba
de una nación, el de los cristianos de una avenida de muchas gentes, diferentes
en leyes, lengua y costumbres; la mayor parte había desamparado las banderas,
los demás no pelearían constantemente por ser de unos el peligro, el provecho y
premio particular de otros.
Dichas estas razones, por una y por otra parte se
comenzó la pelea con grande ánimo y coraje. La victoria por largo espacio
estuvo dudosa de ambas partes; peleaban todos conforme al peligro con grande
esfuerzo. La vista de los capitanes y su presencia no sufría que la cobardía ni
el valor se ocultasen, y encendía a todos a pelear. Los del escuadrón de en
medio y cuerpo de la batalla fueron los primeros a acometer, siguiéronles los
navarros y aragoneses sin mejorarse al principio, dado que por tres veces dieron
carga a los contrarios; antes, al contrario, nuestros escuadrones algún poco
desalojados parece ciaban y se querían poner en huida. En esto el rey don
Alfonso, movido juntamente del peligro y de la afrenta, se quería meter por lo
más espeso de los enemigos, si no le detuviera el arzobispo don Rodrigo, que
tenía a su lado. Advirtióle que en su vida consistía la suma de la victoria y
esperanza de los cristianos; que perseverase, como comenzara, a confiar del
favor de Dios y no se metiese en el peligro. Con esto el postrer escuadrón se
adelantó, y por su esfuerzo y el de los demás se mejoró la pelea. Los que
parecía titubeaban, por no quedar afrentados, vueltos a la ordenanza, tornaron
a la batalla con mayor ferocidad. Los moros, cansados con el continuo trabajo
de todo el día, no pudieron sufrir la carga de los que estaban de respeto los
postreros y de nuevo entraban en la pelea. Fue muy grande la huida, la matanza
no menor que tan grande victoria pedía.
Perecieron en aquella batalla doscientos mil moros,
y entre ellos la mitad fueron hombres de a caballo, otros quitan la mitad de
este número. La mayor maravilla que de los fieles no perecieron más de
veinticinco, como lo testifica el arzobispo don Rodrigo; otros afirman que
fueron ciento y quince; pequeño número el uno y el otro para tan ilustre
victoria. Otra maravilla, que con quedar muerta tan grande muchedumbre de
moros, que no se acordaban de mayor, en todo el campo no se vio rastro de
sangre, según que lo atestigua el mismo don Rodrigo. El rey moro, por
amonestación de Zeit, su hermano, se salvó en un mulo, con que huyó hasta
Baeza; desde allí, mudada la cabalgadura, no paró hasta llegar aquella misma
noche a Jaén.
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A puesta de sol fueron tomados los reales de los
enemigos, que robaron los aragoneses, porque los demás siguieron y ejecutaron
el alcance. Las preseas del rey moro y sus alhajas, que solas quedaron enteras,
fueron por don Diego de Haro dadas por iguales partes a los reyes de Navarra y
de Aragón. En particular la tienda de seda roja y carmesí en que alojaba el rey
bárbaro se dio al rey de Aragón por orden de don Alfonso, rey de Castilla; el
cual, como quier que deseoso solamente de honra se quedase con la mayor loa de
la guerra y con el prez de la victoria, de buena gana dejó lo demás a sus
compañeros. Lo restante de la presa y despojos no pareció sacarlo en público y
repartirlo, como era razón, conforme a los méritos de cada cual, antes dejaron
que cada uno se quedase con lo que tomó, porque tenían recelo de algún alboroto
y entendían que a los particulares sería más agradable lo que por su mano
tomaron que si de la presa común se lo restituyesen mejorado y multiplicado.
Algunos escriben que ayudó mucho para la victoria
la señal de la cruz que de varios colores se vio en el aire ya que querían
pelear. Otros refutan esto por no hacer el arzobispo don Rodrigo mención de
cosa tan grande, ni aún el rey en la carta que escribió del suceso y
prosecución de esta guerra al pontífice Inocencio. Verdad es que todos
concuerdan que Pascual, a la sazón canónigo de Toledo, y que después fue deán y
aún arzobispo, cuya sepultura está en la capilla de Santa Lucía de la iglesia
mayor de Toledo, con la cruz y guión que llevaba, como es de costumbre, delante
el arzobispo don Rodrigo, pasó por los escuadrones de los enemigos dos veces
sin recibir algún daño, dado que todos le pretendían herir con sus dardos, y
muchas saetas que le tiraban quedaron hincadas en el asta de la cruz; cosa que
a los nuestros dio mucho ánimo y puso grande espanto en los moros. Fue tan
grande la muchedumbre que hallaron de lanzas y saetas de los enemigos, que en
dos días enteros que allí se detuvieron los nuestros, aunque para los fuegos no
usaban de otra leña y de propósito procuraban acallarlas, no lo pudieron hacer.
La victoria se divulgó por todas partes, primero
por la fama, después por mensajeros que venían unos en pos de otros. Fue grande
el lloro y sentimiento de los moros, no sólo por el mal y daño presente, sino
porque temían para adelante mayores inconvenientes y peligros. Entre los
cristianos se hacían grandes fiestas, juegos, convites con toda magnificencia y
regocijos y alegrías, no sólo en España, sino también las
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naciones extrañas, con tanta mayor voluntad cuanto
el miedo fue mayor. Nunca la gloria del nombre cristiano pareció mayor ni las
naciones cristianas estuvieron en algún tiempo más gloriosamente aliadas. Los
españoles asimismo parecía igualar en valor la gloria de los antiguos; el mismo
rey don Alfonso comenzó a ser tenido como príncipe venido del cielo y más que
hombre mortal.
El rey de Navarra para memoria de tan grande
victoria al escudo bermejo de que usaban sus antepasados añadió por orla unas
cadenas, y en medio del escudo una esmeralda por señal que fue el primero a
romper las cadenas con que tenían los enemigos fortificada aquella parte de los
reales en que el rey bárbaro estaba. El mismo don Alfonso, a las insignias
antiguas de los reyes de Castilla añadió un castillo dorado en escudo rojo,
como lo afirman algunos varones de erudición y diligencia muy grande; otros lo
niegan movidos de los privilegios antiguos, en cuyos sellos se ve puesta antes
de estos tiempos en las insignias y armas de los reyes de Castilla la figura de
torre o castillo. De algo más crédito es lo que hallo de algunos afirmado por
testimonio de cierto historiador, que desde este tiempo se introdujo en España
la costumbre que se guarda de no comer carne los sábados, sino solamente los
menudos de los animales, y que se mudó, es a saber, por esta manera y templó lo
que antiguamente se usaba, que era comer los tales días carne; costumbre que
los godos sin duda trajeron de Grecia y la tomaron cuando se hicieron
cristianos.
La verdad es que esta victoria nobilísima y la más
ilustre que hubo en España se alcanzó, no por fuerzas humanas, sino por la
ayuda de Dios y de los santos. Las plegarias y oraciones con que los procuraron
aplacar por todo el mundo fueron muchas, principalmente en Roma, donde se
hicieron procesiones y rogativas asaz. En que se debe notar que para aumento de
la devoción y que no hubiese confusión y otros desórdenes, se ordenó fuesen a
diversas iglesias los varones, las mujeres, el clero y los demás del pueblo.
Hallábase presente el pontífice, que movía a los demás con su ejemplo. De todo
hay una carta suya al rey don Alfonso, muy grave y muy elegante, la respuesta
otrosí del rey al papa en que refiere todo el discurso de esta empresa y
batalla, pero muy larga para ponerla en este lugar.
XXV. Del fin de esta guerra
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Halláronse en esta guerra los obispos Tello de
Palencia; Rodrigo de Sigüenza; Meneado de Osma; Pedro de Ávila; Domingo de
Plasencia; García Frontino de Tarazona; Berengario de Barcelona. El número de
los grandes no se podía contar; los maestres de las órdenes Arias, de Santiago;
Rodrigo Díaz, de Calatrava; Gómez Ramírez, de los templarios; demás de estos,
Juan Gelmírez, prior de San Juan. De Castilla Gómez Manrique, Alfonso de
Meneses, Gonzalo Girón, Íñigo de Mendoza, caballero vizcaíno y pariente de don
Diego de Haro, que es la primera vez que en la historia de España se hace
mención de la casa de Mendoza; fuera de estos, se halló con los demás el conde
don Fernando de Lara, de alto linaje, y él por su persona señalado, poderoso en
grande estado y muchos aliados; estos fueron de Castilla. De Aragón Garci
Romero, Jimeno Coronel, Aznar Pardo, Guillén de Peralta y otras personas
principales que iban en compañía de su rey. Ante todos se señaló Dalmacio
Cresel, natural de las Ampurias, de quien dicen los historiadores de Aragón que
por el grande conocimiento que tenía de las cosas de la guerra y singular
prudencia ordenó las haces para la batalla. Entre los navarros Garcés
Argoncillo, García Almoravides, Pedro Leet, Pedro Arroniz, Fernando de
Montagudo, Jimeno Aivar fueron los más señalados que en esfuerzo, industria y
ejercicio de guerra vinieron a esta empresa.
En conclusión, el tercero día después de la
victoria se movieron los reales de los fieles, ganaron de los moros el lugar de
Ferral, que había vuelto a poder de moros, Bilche, Baños, Tolosa, de la cual
tomó nombre esta batalla, que vulgarmente se llama de las Navas de Tolosa. Todo
era fácil a los vencedores, y por el contrario a los vencidos. La ciudad de
Baeza, desamparada de sus ciudadanos, que perdida la esperanza de tenerse, se
recogieron a Úbeda, vino en poder de los vencedores. Algunos pocos que confiados
en la fortaleza de la mezquita mayor no se querían rendir, con fuego que les
pusieron, los quemaron dentro de ella misma.
El octavo día después de la victoria la ciudad de
Úbeda fue entrada por fuerza, ca sin embargo que los ciudadanos ofrecían a los
reyes cantidad de oro porque los dejasen en paz, los obispos fueron de parecer
que no era justo perdonar aquella gente malvada. Conforme a este parecer se
hizo grande matanza sin distinción de personas de aquella miserable gente. Una
parte de los vecinos fue tomada por esclavos; toda la presa se dejó a los
soldados, con que se puso miedo a los moros y se ganaron las voluntades del
ejército, que estaba cansado con el largo trabajo. Las enfermedades los
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afligían y no podían sufrir la destemplanza del
cielo; por esto los reyes fueron forzados en un tiempo muy fuera de propósito
volver con sus gentes a tierras más templadas.
A la vuelta, cerca de Calatrava, llegó el duque de
Austria con doscientos de a caballo, que para muestra de su esfuerzo y ayudar
en aquella santa guerra traía en su compañía. El rey de Aragón, por ser su
pariente, a la vuelta para su tierra le acompañó hasta lo postrero de España.
Al rey de Navarra restituyó el de Castilla catorce lugares sobre que tenían
diferencia, y porque poco antes se ganaron por los de Castilla, la memoria de
sus antiguos señores hacía que no se asegurasen de su lealtad; este fue el principal
premio de su trabajo.
Don Alfonso, rey da Castilla, despedidos los dos
reyes, entró en Toledo a manera de triunfador con grande aplauso, aclamaciones
y regocijo de los ciudadanos y del pueblo. Lo primero que hizo fue dar gracias
a Dios por la merced recibida; después se mandó y estableció que para siempre
se renovase la memoria de aquella victoria y se celebrase por toda España a 10
de julio; en Toledo más en particular sacan aquel día las banderas de los
moros, y con toda muestra de alegría festejan aquella solemnidad; ca se ordenó
fuese de guardar aquella fiesta con nombre del Triunfo de la Santa Cruz.
El rey, por ser enemigo del ocio y con el deseo que
tenía de seguir la victoria y ejecutarla, al principio del año siguiente de
nuevo se metió por tierras de moros. Ganó el lugar de Dueñas de los moros, que
dio a la orden de Calatrava, e la de Santiago el castillo de Eznavejor.
Alcaraz, pequeña ciudad, y que está metida dentro de los montes Marianos y
asentada en un collado áspero y empinado, con cerco de dos meses se ganó por el
rey y se entró por fuerza a 22 de mayo, día miércoles, vigilia y víspera de la
Ascensión; demás de esto, algunos otros lugares de menos cuenta se tomaron por
aquella comarca, entre los demás Lezuza, que se tiene por la antigua Libisosu.
Concluidas estas cosas, el rey don Alfonso, ganada
mayor fama que ninguno de los príncipes de Europa, dio vuelta a Toledo, donde
las reinas doña Leonor, su mujer, doña Berenguela, su hija, y su hijo don
Enrique, que le sucedió en sus estados y a la sazón era de diez años,
aguardaban su venida. Toda la ciudad llena de juegos y de regocijos y fiestas,
dada que el año fue muy falto de mantenimientos a causa de la sequedad, en
especial en el reino de Toledo, dicen que en nueve meses continuos nunca
llovió,
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tanto, que los labradores cuyo era el daño
principal, eran forzados a desamparar las tierras, dejarlas yermas y irse a
otras partes para sustentarse; gravísima miseria y trabajo memorable.
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LIBRO DUODÉCIMO.
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I. Cómo los albigenses alteraron a Francia
Ganada aquella noble victoria de los moros, las
cosas de España procedían bien y prósperamente a causa que los almohades,
trabajados con una pérdida tan grande, no se rebullían, y los nuestros se
hallaban con grande ánimo de sujetar todo lo que de aquella nación restaba en
España, cuando por el mismo tiempo los reinos de Francia y de Aragón se
alteraron grandemente y recibieron graves daños. Estas alteraciones tuvieron
principio en la ciudad de Tolosa, muy principal entre las de Francia y que cae
no lejos de la raya de España. La ocasión fueron ciertas opiniones nuevas que
en materia de religión se levantaron en aquellas partes, con que los de Aragón
y los de Francia se revolvieron entre sí y se ensangrentaron. En los tiempos
pasados todas las naciones del cristianismo se conformaban en un mismo parecer
en las cosas de la fe, todos seguían y profesaban una misma doctrina. No se
diferenciaban el alemán del español, no el francés del italiano, ni el inglés
del siciliano en lo que debían creer de Dios y de la inmortalidad y de los
demás misterios; en todos se veía un mismo corazón y un mismo lenguaje.
Los valdenses, gente perversa y abominable,
comenzaron los años pasados a inquietar la paz de la Iglesia con opiniones
nuevas y extravagantes que enseñaron; y al presente los albigenses o albienses,
secta no menos aborrecible, apellido y nombre odioso acerca de los antiguos,
siguieron las mismas pisadas y camino, con que grandemente alteraron el pueblo
cristiano. Enseñaban que los sacerdotes, ministros de Dios y de la Iglesia, no
tenían poder para perdonar los pecados. Que el verdadero cuerpo de Jesucristo no
está en el santo Sacramento del altar. Que el agua del bautismo no tiene fuerza
para lavar el alma de los pecados. Que las oraciones que se acostumbran a hacer
por los muertos no les prestaban; todas opiniones nuevas y malas y acerca de
los antiguos nunca oídas. Decían otrosí contra la Virgen, madre de Dios,
blasfemias y denuestos, que no se refieren por no ofender al piadoso lector;
dejólas escritas Guillermo Nangiaco, francés de nación, y que vivió poco
adelante. Llegaba su desatino a poner lengua en la familiaridad de Cristo con
la Madalena. Así lo refiere Pedro, monje del Císter, en una historia que
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escribió de los albigenses, intitulada al papa
Inocencio III, en que depone como testigo de vista de las cosas en que él mismo
se halló. Sería muy largo cuento declarar por menudo todos los desvaríos de
estos herejes y secta; y es así, que la mentira es de muchas maneras, la verdad
una y sencilla.
La verdad es que en aquella parte de Francia donde
está asentada la ciudad de Cahors, muy nombrada, se ve otra ciudad llamada
Albis, que en otro tiempo tuvo nombre de Alba Augusta; y aún se entiende que
César en los Comentarios de la guerra de Francia llamó helvios los moradores de
aquella comarca. Riega sus campos el río Tarnis, que son de los más fértiles de
Francia, de grandes cosechas y esquilmos, de trigo, vino, pastel y azafrán; por
donde el obispo de aquella ciudad tiene más gruesas rentas que alguno otro
obispo en toda la Francia. La iglesia catedral, grande y hermosa, está pegada
con el muro de la ciudad, su advocación de Santa Cecilia. Los moradores de la
ciudad y de la tierra son gente llana, da condición apacible y mansa, virtudes
que pueden acarrear perjuicio si no hay el recato conveniente para no dar lugar
a gente mala que las pervierta y estrague. Los más se sustentan de sus
labranzas y de los frutos de la tierra; el comercio y trato de mercaderes es
pequeño por estar en medio de Francia y caer lejos el mar.
De esta ciudad, en que tuvo su primer principio
esta nueva locura y secta, tomó el nombre de albigense, y desde allí se derramó
por toda la Francia y aún por parte de España, puesto que el fuego emprendió en
Tolosa más que en otra parte alguna; y aún de aquí procedió que algunos
atribuyeron la primera origen de este error y secta a aquella ciudad. Otros
dicen que nació primeramente en la Provenza, parte de la Galia Narbonense. Don
Lucas de Tuy, que por su devoción y por hacerse más erudito pasó a Roma, y de
allí a Constantinopla y a Jerusalén, vuelto a su patria, entre otras cosas que
escribió no menos docta que píamente, publicó una larga disputa contra todos
estos errores, en que, como testigo de vista, relata lo que pasó en León,
ciudad muy conocida en España y cabeza de aquel reino; cuyas palabras será bien
poner aquí para mayor claridad y para que mejor se entienda la condición de los
herejes, sus invenciones y trazas.
«Después de la muerte del reverendo don Rodrigo,
obispo de León, no se conformaron los votos del clero en la elección del
sucesor; ocasión que tomaron los herejes, enemigos de la verdad y que gustan de
semejantes
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discordias, para entrar en aquella ciudad, que se
hallaba sin pastor, y acometer las ovejas de Cristo. Para salir con esto se
armaron, como suelen, de invenciones. Publicaron que en cierto lugar muy sucio
y que servía de muladar se hacían milagros y señales. Estaban allí sepultados
dos hombres facinerosos, uno hereje, otro que por la muerte que dio
alevosamente a un su tío le mandaron enterrar vivo. Manaba también en aquel
lugar una fuente, que los herejes ensuciaron con sangre a propósito que las
gentes tuviesen aquella conversión por milagro. Cundió la fama, como suele, por
ligeras ocasiones; acudían gentes de muchas partes, tenían algunos sobornados
de secreto con dinero que les daban para que se fingiesen ciegos, cojos,
endemoniados y trabajados de diversas enfermedades, y que bebida aquel agua,
publicasen que quedaban sanos.
De estos principios pasó el embuste a que
desenterraron los huesos de aquel hereje, que se llamaba Arnaldo, y había
dieciséis años que le enterraron en aquel lugar; decían y publicaban que eran
de un santísimo mártir. Muchos de los clérigos simples con color de devoción
ayudaban en esto a la gente seglar. Llegó la invención a levantar sobre la
fuente una muy fuerte casa y querer colocar los huesos del traidor homiciano en
lugar alto para que el pueblo los acatase, con voz que fue un abad en su tiempo
muy santo. No es menester más sino que los herejes después que pusieron las
cosas en estos términos, entre los suyos declaraban la invención y por ella
burlaban de la Iglesia, como si los demás milagros que en ella se hacen por
virtud de los cuerpos santos fuesen semejantes invenciones; y aún no faltaba
quien en esto diese crédito a sus palabras y se apartase de la verdadera
creencia.
Finalmente, el embuste vino a noticia de los
frailes de la santa predicación, que son los dominicos, y en sus sermones
procuraban desengañar el pueblo. Acudieron a lo mismo los frailes menores, y
los clérigos que no se dejaron engañar ni enredar en aquella sucia adoración.
Pero los ánimos del pueblo tanto más se encendían para llevar adelante aquel
culto del demonio, hasta llamar herejes a los frailes predicadores y menores
porque los contradecían y les iban a la mano. Gozábanse los enemigos de la
verdad y triunfaban, decían públicamente que los milagros que en aquel todo se
hacían eran más ciertos que todos los que en lo restante de la Iglesia hacen
los cuerpos santos que veneran los cristianos. Los obispos comarcanos
publicaban cartas de excomunión contra los que acudían a aquella veneración
maldita; no aprovechaba su diligencia, por
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estar apoderado el demonio de los corazones de
muchos, y tener aprisionados los hijos de inobediencia.
»Un diácono, que aborrecía mucho la herejía, en
Roma, do estaba, supo lo que pasaba en Lyon, de que tuvo gran sentimiento, y se
resolvió con presteza de dar la vuelta a su tierra para hacer rostro a aquella
maldad tan grave. Llegado a León, se informó más enteramente del caso, y como
fuera de sí comenzó en público y en secreto a afear negocio tan malo; reprendía
a sus ciudadanos, cargábalos de ser fautores de herejes. No se podía ir a la
mano, dado que sus amigos le avisaban se templase, por parecerle que aquella
ciudad se apartaba de la ley de Dios. Entró en el ayuntamiento, díjoles que
aquel caso tenía afrentada a toda España; que de donde salían en otro tiempo
leyes justas, por ser cabeza del reino, allí se forjaban herejías y maldades
nunca oídas. Avisóles que no les daría Dios agua ni les acudiría con los frutos
de la tierra hasta tanto que echasen por el suelo aquella iglesia, y aquellos
huesos que honraban los arrojasen. Era así, que desde el tiempo que se dio
principio a aquel embuste y veneración, por espacio de diez meses nunca llovió
y todos los campos estaban secos. Preguntó el juez al dicho diácono en
presencia de todos: “Derribada la iglesia, ¿aseguraisnos que lloverá y nos dará
Dios agua?”. El diácono lleno de fe: “Dadme, dijo, licencia para abatir por
tierra aquella casa, que yo prometo en el nombre de nuestro Señor Jesucristo,
so pena de la vida y perdimiento de bienes, que dentro de ocho días acudirá
nuestro Señor con el agua necesaria y abundante”. Dieron los presentes crédito
a sus palabras; acudió con gente que le dieron y ayuda de muchos ciudadanos,
allanó prestamente la iglesia y echó por los muladares aquellos huesos. Acaeció
con grande maravilla de todos que al tiempo que derribaban la iglesia entre la
madera se oyó un sonido como de trompeta para muestra de que el demonio
desamparaba aquel lugar.
»El día siguiente se quemó una gran parte de la
ciudad a causa que el fuego por el gran viento que hacía no se pudo atajar que
no se extendiese mucho. Alteróse el pueblo, acudieron a buscar el diácono para
matarle; decían que en lugar del agua fue causa de aquel fuego tan grande.
Acudían los herejes, que se burlaban de los clérigos, y decían que el diácono
merecía la muerte y que no se cumpliría lo que prometió; mas el Señor
todopoderoso se apiadó de su pueblo, ca a los ocho días señalados envió agua muy
abundante, de tal suerte, que los frutos se remediaron y la cosecha da aquel
año fue aventajada. Animado con esto el diácono, pasó
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adelante en perseguir a los herejes, hasta tanto
que los hizo desembarazar la ciudad».
Hasta aquí son palabras de este autor, por las
cuales se entiende que la pestilencia de esta herejía cundió por España, si
bien la mayor fuerza de este mal cargó sobre la ciudad de Tolosa, de que le
resultaron graves daños, y al rey de Aragón, que la quiso ayudar, la desastrada
muerte, como luego se dirá.
II. Cómo murió el rey de Aragón
La secta de los albigenses se hacía temer y cobraba
mayores fuerzas de cada día, no sólo por las que el pueblo le daba, que mucho
se le arrimaba, sino más principalmente por los príncipes y grandes personajes
que con su favor le acudían, sin hacer caso ni de la autoridad del papa, ni de
lo que por el mundo de ellos se diría. Éstos eran los condes el de Tolosa, el
de Foix, el de Besiers y el de Cominges. Acudíales asimismo el rey de Aragón, a
causa que estas ciudades estaban a su devoción y aún eran feudos suyos, como en
otro lugar queda apuntado; además que tenía deudo en particular con el conde de
Tolosa, que casó tercera vez con doña Leonor, hermana del rey de Aragón; y aún
el mismo hijo y heredero del conde, que se llamaba don Ramón como su padre,
tenía por mujer otra hermana del mismo rey, por nombre doña Sancha. Esta fue la
verdadera causa de declararse por los albigenses y tomar las armas en su favor;
que por lo demás fue príncipe muy católico, como se puede fácilmente entender
en que entregó su hijo don Jaime a Simón, conde de Monforte, para que le criase
y amaestrase, el que por este tiempo acaudillaba los católicos y era duro
martillo contra los herejes.
El negocio era de tal condición, que tenía puestos
en cuidado los católicos de Francia, y más en particular al papa, que se
recelaba no se arraigase de cada día más aquel mal y con tantas ayudas cobrasen
mayores fuerzas, especial que el vulgo, como amigo de novedades, engañado con
los embustes de aquellos herejes, fácilmente se apartaba de la creencia de sus
mayores y abrazaba aquellas opiniones extravagantes. Buscaban algún medio para
atajar aquel daño. Pareció intentar el camino de la paz y blandura, si con
diligencia y buenos ministros que predicasen la verdad se
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podrían reducir los descaminados. Don Diego, obispo
de Osma, camino de Roma, donde iba enviado por el rey de Castilla, pasó por
aquella parte de Francia; y visto lo que pasaba y el riesgo que corrían
aquellos si no se acudía en breve con remedio, hizo al papa relación de todo
aquel daño y del peligro que se mostraba mayor. Llevaba en su compañía al
glorioso padre santo Domingo, entonces canónigo reglar de San Agustín, y
adelante de estos principios fundador de la orden de los predicadores; era
natural de Caleruega, tierra de Osma, nacido de noble linaje. Avisado el papa
de lo que pasaba, acordó acudir al remedio de aquellos daños. Despachó al
obispo y a su compañero con poderes bastantes para que apagasen aquel fuego.
Nombró también un legado de entre los cardenales con toda la autoridad
necesaria.
Llegados a Francia, juntaron consigo doce abades de
la orden de San Bernardo, naturales de la tierra, para que con sus
predicaciones y ejemplo redujesen a los descaminados; pero cuanto provecho se
hacía con esto por convertirse muchos de su error, especialmente con la
predicacion de santo Domingo y milagros que en muchas partes obró, tanto por
otra parte crecían en número los pervertidos de los herejes. Porque ¿quién
pondrá en razón un vulgo incitado a mal? ¿Quién bastará a hacer que tengan seso
los hombres perdidos y obstinados en su error? Débese cortar con hierro lo que
con medicinas no se puede curar, y no hay medio más saludable que usar de rigor
con tiempo en semejantes males.
Mudado pues el parecer y la paz en guerra,
acordaron de usar de rigor y miedo; juntóse gran multitud de soldados de
Italia, Alemania, Francia, con la esperanza de la indulgencia de la Sede
Apostólica concedida por Inocencio III a los que tomasen la insignia y divisa
de la cruz, como era de costumbre en casos semejantes y acudiesen a la guerra.
Estos soldados tomaron primeramente a Besiers, ciudad antigua de los volcas
cabe el río Obris. Pasaron en ella siete mil hombres de los alborotados a
cuchillo. Algunos decían era castigo del cielo por la muerte que cuarenta y dos
años antes ellos dieron a Trencavelo, señor de aquella ciudad, y con él
hirieron al mismo obispo. Con el miedo de este rigor la ciudad de Carcasona,
que era de herejes, se entregó a los católicos, y los culpados fueron muertos.
Estos principios daban alguna esperanza que se podrían reparar aquellos daños.
No tenían los católicos capitán que los acaudillase
y a quien todos obedeciesen. Acordaron de elegir para este cargo a Simón, conde
de
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Monforte, pueblo conocido en el distrito de la
ciudad de Chartres, por ser aventajado en las cosas de la guerra y señalarse
mucho en la piedad y amor de la religión católica. Aceptó aquel oficio por
servir a Dios y a la Iglesia. Juntó las gentes que pudo, con que ganó de los
herejes el castillo de Minerva, la ciudad de Albis y otro pueblo, llamado
Vauro, cerca de Tolosa, demás de otros muchos lugares. Pasaron adelante,
pusieron cerco sobre Tolosa, no la pudieron tomar a causa que los condes el de
Tolosa y el de Fozy el de Cominges se hallaban dentro y se la defendieron con
mucho valor. Desde allí revolvieron sobre el condado de Foix e hicieron la
guerra por aquella comarca.
El rey de Aragón cuidaba del peligro que estos
príncipes corrían, sus amigos y confederados. Recelábase otrosí de Simón de
Monforte, que so color de piedad, que es un engaño muy perjudicial, no
pretendiese para si y para los suyos adquirir nuevos estados. Movido de estas
razones, luego que se ganó aquella memorable jornada de las Navas de Tolosa, en
que se halló presente, volvió su pensamiento a las cosas de la Francia, tanto,
que se halla que por el mes de enero, principio del año de 1213, estaba en Tolosa,
ciudad de Francia, para tomar acuerdo, es a saber, de lo que debía hacer, y el
mes siguiente de mayo hacía gente en Lérida y otras partes para volver a
aquella guerra. Luego que allá llegó, le acudieron aquellos príncipes
parciales. Con sus gentes y con su venida se formó un ejército tan grande, que
llegaba a cien mil hombres de pelea; gran número y que apenas se puede creer.
Simón de Monforte, por el contrario, se apercibía
para resistir contra fuerzas tan grandes. Acordó ribera de la Garona fortificar
el castillo de Murello, plaza muy importante, para reprimir el orgullo de los
enemigos. Acudieron aquellos príncipes confederados con sus gentes con intento
de apoderarse de aquella fuerza. Acudió asimismo a la defensa Simón de Monforte
con poca gente, pero escogida y arriscada. Iban en su compañía siete obispos,
el padre santo Domingo y tres abades. Estos varones intentaron al principio
medios de paz, porque no se llegase a rompimiento, de que se temían graves
daños. En especial avisaron al rey y le requirieron de parte de Dios no se
juntase con los herejes, gente maldita y excomulgada por el padre santo; que
temiese el castigo de Dios a quien ofendía, por lo menos excusase la infamia
con que acerca de todo el mundo quedaría su buen nombre amancillado y el odio
que contra su persona resultaría. El rey se hizo sordo a consejos tan
saludables y buenos.
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Diéronse vista los dos campos y los dos caudillos
adelantaron sus haces con resolución de venir a las manos. En el ejército de
los católicos no pasaban de ochocientos caballos y mil infantes; pequeño número
para la muchedumbre de los contrarios. Sin embargo, fiados en la buena querella
que seguían, se determinaron de probar ventura. Embistieron de ambas partes y
cerraron, trabóse la pelea, que fue muy brava y sangrienta. Los católicos se
dieron tal maña y mostraron tal esfuerzo, que los herejes no pudieron sufrir su
ímpetu, y en un punto se desbarataron y pusieron en huida. Los condes se
salvaron por los pies. El rey quedó tendido en el campo con otros muchos de los
suyos, caballeros de cuenta, en particular Aznar Pardo y su hijo Pedro Pardo,
don Gómez de Luna, don Miguel de Luesia, gente toda de la principal de Aragón.
El número de los otros muertos no fue grande para victoria tan señalada.
Todos comúnmente juzgaban al rey por merecedor de
aquel desastre, así por el favor que dio a los herejes, si bien de corazón era
y de apellido católico, ca entre los reyes de Aragón se llamó don Pedro el
Católico, como por la soltura que tuvo en materia de honestidad, con que
amancilló las demás virtudes y partes, en que fue muy aventajado. Pasó en esto
tan adelante, que repudió a la reina, su mujer, hembra de mucha bondad. El
color que tomó fue que era deuda suya y que estuvo antes casada con el conde de
Cominges, matrimonio que no fue válido, antes contra derecho, según que por su
sentencia lo pronunciaron los jueces nombrados sobre esta diferencia por el
papa Inocencio III. Verdad es que de aquel matrimonio nacieron dos hijas,
Matilde y Petrona, como parece por el testamento de la misma reina. Hallábase
esta señora en Roma, do era ida a seguir este pleito, y sustanciado el proceso,
se esperaba en breve sentencia, cuando llegó la nueva de aquella jornada y de
la muerte del rey, que fue viernes, a los 13 de septiembre de este año. Su
cuerpo entregaron a los caballeros de San Juan, que le hicieron enterrar en el
monasterio de Sijena, en que su madre la reina doña Sancha estaba asimismo
sepultada.
III. Que el rey don Alfonso de Castilla falleció
Dejó el rey de Aragón un solo hijo habido en su
mujer, que se llamó don Jaime, en edad de solos cuatro años. Quedaron otrosí
dos tíos del niño, don
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Fernando, hermano del muerto y abad de Montearagón,
y por el mismo caso monje profeso, y don Sancho, conde de Rosellón, persona de
mucha edad, ca era tío del muerto, hermano de su padre. Estos dos señores, sin
embargo el uno de su edad, y el otro de su profesión, entraron en pensamiento
de apoderarse del reino. Para salir con esto, cada cual por su parte procuraban
ganar las voluntades del pueblo, y conquistar por todas las vías posibles a la
gente principal. Alegaban para esto que don Jaime era hijo bastardo, y que
excluido el niño como tal, entraban ellos en el derecho de la corona como
deudos más cercanos, por razones que cada cual proponía en su favor y para
excluir al otro competidor.
Los prelados, los señores y ricos hombres del reino
llevaban mal la ambición de estos dos personajes y sus pláticas. En especial
Pero Fernández de Azagra, señor de Albarracín, sentía mucho que se tratase de
excluir aquel niño de la sucesión y privarle del reino de su padre, y mucho más
que en tal coyuntura estuviese como cautivo en poder de Simón de Monforte.
Comunicóse con los demás; acordaron despachar una embajada al papa Inocencio,
en que le suplicaban interpusiese su autoridad y mandase a Simón de Monforte
les restituyese el niño para ponerle en lugar de su padre y alzarle por su rey,
que tal era la voluntad de los de aquel reino, grandes y menores. Oyó el
pontífice benignamente esta embajada; parecióle la demanda muy justificada;
despachó sus breves enderezados a su legado el cardenal Pedro Beneventano, que
en su nombre asistía a la guerra contra los herejes. Encargábale diese todo
contento a los de Aragón, si juzgase todavía que pedían razón.
Entre tanto que se trataba de esto, Simón de
Monforte se apoderó de la ciudad de Tolosa, nido y guarida principal de los
alborotados y rebeldes. Juntó el legado un concilio en Montpellier para
resolver lo que se debía hacer. Acordaron los padres entre otras cosas de
nombrar por príncipe y señor de todo lo conquistado al mismo conde de Monforte
en premio de sus trabajos. Para que el papa confirmase este su decreto le
enviaron por embajador al obispo ebredunense o de Ambrun. En este término se
hallaban las cosas de Francia.
En España se padecía grande hambre por causa de la
sequedad. Tras la hambre, como es ordinario, se siguió gran mortandad,
ocasionada de los malos manjares de que la gente se sustentaba. Por la una y
por la otra causa muchos pueblos y aldeas se yermaron, y más en el reino de
Toledo, como más sujeto a esta calamidad, por ser lo más alto de España. Acudió
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al remedio don Rodrigo Jiménez, arzobispo de
Toledo; repartió gruesas limosnas de su hacienda, y con sus sermones animó al
pueblo para que todos ayudasen, cada cual conforme a su posibilidad.
Esta diligencia y el fruto que de ella se siguió,
que fue notable, agradó tanto al rey don Alfonso, que en lo postrero de su edad
estando en Burgos, hizo donación a la iglesia de Toledo de muchos pueblos hasta
en número de veinte aldeas, por parecerle se empleaban muy bien las riquezas y
mando en quien usaba bien de ellas, y que era ponerlas como en un depósito
común para acorrer a las necesidades. En particular concedió al arzobispo de
Toledo que por tiempo fuese el oficio y preeminencia de chanciller mayor de
Castilla, que en las cosas del gobierno era la mayor dignidad y autoridad
después de la del rey; privilegio que siete años antes se dio al arzobispo don
Martín, pero por tiempo limitado; al presente para siempre a don Rodrigo y sus
sucesores. Este oficio ejercían los arzobispos en lo de adelante cuando andaban
en la corte; si se ausentaban, nombraban con el beneplácito del rey un teniente
que supliese sus veces y despachase los negocios. Esto se continuó hasta el
tiempo del arzobispo don Gil de Albornoz, cuando por su ausencia y por la
revuelta de los tiempos se comenzó a dar aquel oficio a diferentes personas sin
consentimiento de los arzobispos, que, sin embargo, todavía se intitulan
chancilleres mayores de Castilla; por lo demás, ninguna otra preeminencia de
aquel oficio les queda, ni tienen en su poder los sellos reales, ni acuden a
ellos los negociantes.
Hallábase el rey en Burgos, deseaba reconciliarse
con su primo el rey de León, de quien se mostraba muy sentido después que
repudió a su hija doña Berenguela, y todavía duraba la enemiga. Concertaron
vistas para Valladolid, y allí asentaron sus haciendas; en particular se acordó
echasen por tierra y despoblasen al Carpio y Monterrey, sobre que tenían
diferencias, y los de Castilla los tomaran a los de León. Tomado este asiento,
se partió el rey de León para su tierra, y con licencia del rey de Castilla llevó
en su compañía a don Diego López de Haro para ocuparle en la guerra que por
aquellas partes hacía contra moros. Era don Diego famoso capitán en aquel
tiempo, amado de los príncipes, agradable a los soldados; así, demás de su hijo
don Lope, le siguió un buen golpe de los soldados castellanos, por el deseo que
todos tenían de ejercitarse en aquella guerra debajo de la conducta de caudillo
tan principal. El rey de Castilla, aunque viejo y muy cansado, no tenía menos
deseo de proseguir
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por su parte la guerra contra moros, que quedaron
amedrentados por la pérdida pasada y a pique de perderse, por estar divididos
entre sí y alborotados con bandos y parcialidades.
Adelantóse el rey de León; rompió por aquella parte
de la antigua Lusitania que confinaba con su reino y hoy se llama Extremadura.
Talóles los campos, quemóles y saqueóles los pueblos y las aldeas, hizo grandes
presas de hombres y de ganados. En particular a la ribera del río Tajo ganó de
los moros una villa antigua y fuerte, que se llama Alcántara. Para que la
defendiesen, hizo de ella gracia a los caballeros de la orden de Calatrava, que
pusieron allí buena guarnición de soldados, que de ordinario salían a correr la
tierra de los moros y a hacer sus cabalgadas. Éste fue el principio que tuvo la
caballería de Alcántara, pequeño y flaco, como suele ser en las cosas grandes
que se levantan de pequeños principios. De aquí vino que esta nueva caballería
al principio fue sujeta a la de Calatrava; al presente se tiene por exenta, en
especial después que estos caballeros ganaron una bula en este propósito del
papa Julio II, en ninguna cosa quieren reconocer esta mayoría. El hábito de
Calatrava antiguamente fue un escapulario con una capilla que de él salía sobre
el vestido a manera de los frailes; más por concesión del papa, que en tiempo
del cisma se llamó Benedicto XIII, el año de 1397 dejaron la capilla y tomaron
la cruz roja florlisada de la forma que hoy la usan, que se remata en cuatro
flores de lis. Los de Alcántara en sus principios usaron por hábito de un
capirote y una chía roja, ancha cuatro dedos, y larga una tercia; pero el mismo
papa les concedió por su bula trocasen aquellas insignias en la cruz verde florlisada
de que usan en manto blanco de la misma forma y remates que la de Calatrava,
que fue el año adelante de 1411. Los unos y los otros militan debajo de la
regla de San Bernardo y son sujetos a la orden del Císter. Este fin tuvo y este
efecto hizo la guerra que el rey de León movió contra los moros por este
tiempo, algo más próspero que la que se hizo de parte de Castilla.
Fue así, que el rey don Alfonso de Castilla dio
vuelta al reino de Toledo. Seguíale mucha gente, que hizo levantar en todas
partes, con que llegó hasta Consuegra y hasta Calatrava, que eran las fronteras
por aquella parte de su reino. Pasó adelante, rompió por las tierras de los
moros hasta llegar a Baeza, que era vuelta a poder de moros. Hizo grandes talas
por aquella comarca, robos y sacomanos, finalmente se puso sobre aquella ciudad
con intento de rendirla. Acudió a servirle en este cerco, entre otros, Diego
López de Haro, después que se dio fin a la guerra de Extremadura.
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Hicieron todo el esfuerzo posible, más no pudieron
salir con su intento a causa que el año era muy falto de mantenimiento y no se
podían proveer de vituallas. Hicieron treguas con los moros, y con tanto dieron
la vuelta para proveerse de lo necesario y poderse sustentar.
Por lo demás, se presentaba buena ocasión de
sujetar los moros, por estar divididos y tener entre sí guerras civiles. La
cosa pasó de esta manera. El rey Mahomad, por sobrenombre el Verde, después que
perdió aquella memorable jornada de las Navas de Tolosa, acordó para rehacerse
de fuerzas pasar en África. Entre los moros, más que entre otras gentes, ningún
respeto se guardan de lealtad y parentesco. Zeyt Abenzeyt, su hermano, tomó
ocasión de aquella ausencia para apoderarse de la ciudad de Valencia y de Monviedro
con toda aquella comarca. Lo mismo hizo un su primo, por nombre Mahomad Zeyt,
en las ciudades de Córdoba y de Baeza, que se alzó con ellas con color que era
nieto de Abdelmon de parte de un hijo suyo llamado Abdalla, y por esta causa le
pertenecían los reinos de África y de España, que fueron de su abuelo. Demás de
esto, otro moro, por nombre Albullali, muy principal en riquezas y vasallos,
movido por el ejemplo de los moros ya dichos y convidado de la ocasión que se
le presentaba, sin otro mejor derecho se apoderó de Sevilla, de Écija y de
Jerez. De esta manera las fuerzas de los moros, que de suyo no eran muy
grandes, se dividieron en muchas partes y por el mismo caso se enflaquecieron.
Buena ocasión era esta; más el rey don Alfonso, que era el más poderoso
príncipe de España, no pudo acudir a esta guerra, no sólo por falta de
vituallas, sino por dar socorro a los ingleses, con quien tenía deudo y
amistad, y cuyo partido en las partes de Francia andaba muy de caída, a causa
que los franceses, contra lo que tenían asentado, de repente les movieron una
guerra muy cruel y sangrienta.
Por el mismo tiempo el rey de Portugal, don Alfonso
el Segundo, por sobrenombre el Gordo, andaba ocupado en recobrar por las armas
los estados que en aquel reino su padre dejó en su testamento a sus hermanas:
causas que alegar para lo que quieren nunca a los príncipes faltan. Acudieron
aquellas señoras al amparo del rey de León, que era su deudo, y les caía más
cerca para valerse de sus fuerzas. No fue él mismo en persona; pero envió a su
hijo don Fernando, el cual con las armas ganó de los portugueses algunos
pueblos, que adelante se volvieron por mandado del papa Inocencio, que
interpuso su autoridad para sosegar estos bullicios y componer todas aquellas
diferencias.
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El rey de Castilla a la misma sazón deseaba verse
con el rey de Portugal, su yerno, para comunicar con él cosas muy graves.
Convidóles por sus embajadores que se llegase a Plasencia; y porque entendió
que la venida del portugués se dilataría algún tiempo, pasó a Burgos con
intento de acudir a lo de Francia y enviar en favor de los ingleses gente de
socorro. La muerte atajó todas estas trazas. Daba la vuelta desde Burgos por el
deseo que tenía de verse con el rey de Portugal, cuando en Garcimuñoz, pueblo
conocido, le sobrevino una dolencia mortal, que se le aumentó con cierto aviso
que le llegó de que aquel rey se excusaba de llegar hasta Plasencia, y sólo
venía en que si aquellas vistas importaban tanto, se hiciesen a la raya de los
dos reinos. Esto es la condición de muchos príncipes, que por no reconocer ni
dar ventaja a nadie, sea deudo, sea superior, sea más anciano, dejan pasar
muchas ocasiones de concluir negocios muy importantes. Puédese también
sospechar que aquel príncipe no se fió mucho del de Castilla, si bien era su
suegro, por ser astuto y mañoso y muy atento a sus particulares. Agravóse la
dolencia tanto, que los médicos le desahuciaron. Asistióle en aquel último
trance el arzobispo de Toledo, que desde Calatrava, donde residió algún tiempo
para remediar el hambre, como queda dicho, concluido aquel negocio, acudió a
Burgos y hacía compañía al rey. Él mismo le confesó e hizo que recibiese los
demás sacramentos como suelen los cristianos, ordenase y otorgase su
testamento. Esto hecho, rindió el alma, lunes, a 6 de octubre, día de santa
Fides, virgen, del año que se contaba de 1214. Conforme a esto se ha de
corregir la letra del arzobispo don Rodrigo, que muchas veces por culpa de los
impresores y de los escribientes está muy estragada. Este fin tuvo el rey don
Alfonso, el más esclarecido príncipe en guerra y en paz de cuantos en aquel
siglo florecieron. Él solo acabó muchas cosas y salió con grandes empresas; los
otros reyes de España sin él y sin su ayuda apenas hicieron cosa alguna que
fuese de mucha consideración. Falleció en edad de cincuenta y siete años y más
veintidós días; de ellos reinó por espacio de los cincuenta y cinco. Sepultaron
su cuerpo en las Huelgas de Burgos, acompañáronle la reina doña Leonor, su hija
doña Berenguela, el arzobispo don Rodrigo con otros principales del reino.
Fallecieron asimismo este año la reina de Castilla,
viuda, doña Leonor, y don Fernando, el hijo mayor del rey de León, habido en su
primera mujer; y demás de estos don Diego López de Haro, don Pedro de Castro,
hijo de Fernando de Castro, todos personajes muy principales. La muerte
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de la reina fue en Burgos, viernes, último de
octubre. El dolor que recibió por ver muerto su marido, que le quería mucho, le
aceleró su fin; como fueron muy conformes en la vida, así sepultaron su cuerpo
junto al de su marido.
Don Fernando, hijo del rey de León y de su mujer
doña Teresa, era mozo de aventajadas partes y que daba muy buenas muestras, si
la muerte antes de tiempo no le atajara los pasos y cortara las esperanzas que
tales virtudes y la apostura de su cuerpo prometían; enterráronle en el templo
de Santiago de Galicia. Quedó otro hermano suyo de su mismo nombre, pero nacido
de otra madre, que fue doña Berenguela, y que adelante sucedió en el reino de
Castilla y también a su padre, como se verá en sus lugares.
Don Pedro de Castro ayudó y sirvió muy bien al rey
de León en las guerras que hizo contra moros. Su muerte fue en Marruecos,
ciudad de Berbería. La causa por qué pasó en África no se sabe; por ventura
algún disgusto o la amistad que tenía trabada con los moros desde el tiempo de
su padre. Falleció a 18 de agosto de este mismo año en que vamos.
IV. Cómo en Castilla y Aragón hubo revueltas y
guerras
Después de la muerte de don Pedro, rey de Aragón, y
de don Alfonso, rey de Castilla, resultaron en el un reino y en el otro
bullicios y alteraciones muy graves, a causa de la poca edad de los nuevos
reyes don Enrique y don Jaime, que sucedieron a sus padres. Los señores, a cuyo
cargo estaba mirar por el bien y pro común, todos tenían más atención a sus
particulares. Muchos en Castilla pretendían apoderarse del gobierno, y en
nombre de otro, que era el rey, mandarlo ellos todo, quitar y poner a su voluntad.
Algunos en Aragón pasaban más adelante, ca pretendían coronarse y gobernar en
su nombre todo aquel reino. ¡Cuán desapoderado y perjudicial es el apetito de
reinar y la ambición! Todo lo revuelve y lo trueca sin tener cuenta con la
infamia ni lo que la modestia y templanza piden.
Entre estas tempestades, el gobierno y la gente
andaba como nave sin gobernalle azotada de los vientos y de las olas del mar,
especialmente en Aragón se veían estos daños por la ambición perjudicial de don
Sancho y
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de don Fernando, tíos de aquel rey, que, según
queda dicho, pretendía cada cual para sí aquella corona: No les faltaba brío
para salir con su intento, ni maña para granjear las voluntades del pueblo.
Alegaban que el rey don Jaime no podía heredar a su padre por no ser de
legítimo matrimonio. Demás de esto, don Sancho contra su competidor se valía de
que era monje profeso y por el mismo caso incapaz de la corona; don Fernando,
del ejemplo del rey don Ramiro, que sin embargo que era monje y de mucha edad,
sucedió en aquel reino a su hermano; y que quitado este impedimento, él era de
los trasversales el pariente más cercano. Con esto el reino se dividió en tres
parcialidades; pocos, pero los mejores y más poderosos, seguían el partido del
verdadero rey. El pueblo, sin cuidar mucho de lo que era justo, se arrimaba a
los que de presente con dádivas y con promesas los granjeaban.
Enviáronse sobre el caso embajadores al papa
Inocencio, como arriba queda dicho, para pedir a su rey, el cual en compañía
del obispo ebredunense con muy buenas palabras los remitió a Francia
enderezados al cardenal beneventano, su legado, con orden que al conde de
Monforte entregase lo que tenían ganado en Francia contra los herejes, a tal
que él mismo pusiese en libertad al niño rey de Aragón y le entregase a sus
vasallos. Sabida la voluntad del papa, el legado y el conde de Monforte
obedecieron sin dificultad. Hallábanse en Carcasona, desde donde acompañaron al
rey, que tenía sólos seis años y cuatro meses, hasta la ciudad de Narbona; en
su compañía don Ramón, conde de la Provenza, su primo hermano y de la misma
edad del rey, para que se criase en Aragón entre tanto que las guerras de
Francia se apaciguaban. Acudieron a aquella ciudad por estar a la raya de los
dos reinos muchos señores de la corona de Aragón para recibir, servir y
acompañar a su rey, todos con gran muestra de alegría y grandes regocijos y recibimientos;
que todos los pueblos por do pasaba le hacían procesiones y rogativas por su
salud y larga vida. Tenía el niño para aquella edad buena presencia, y la
estatura del cuerpo mayor que pedían aquellos años; muestra de lo que fue
adelante, de su valor y grandeza. El conde de Monforte se quedó para proseguir
la guerra.
El legado, que en todo tenía mano, hizo convocar
Cortes para la ciudad de Lérida con atención a dar asiento en todas las cosas.
Juntáronse a su llamado los señores, ricos hombres, los prelados y procuradores
para el día que les señalaron. Los infantes don Sancho y don Fernando no
quisieron acudir por ver el pleito mal parado. En aquellas Cortes todos los que
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presentes se hallaron de los tres brazos del reino
juraron al nuevo rey; cosa nueva en Aragón, pero que de este principio quedó
asentado para adelante, y así se acostumbra de jurar aquellos reyes. Nombraron
por ayo del niño para que le amaestrase a don Guillén Monredon, maestre y
superior de los templarios en aquel reino y el principal de los embajadores que
se enviaron al papa. Señalaron otrosí la fortaleza de Monzón para que allí se
criase el nuevo rey, hasta tanto que las parcialidades se compusiesen, y que él
tuviese edad para encargarse del gobierno.
Entre los ciudadanos de Zaragoza y la gente de
Navarra se abrió la contratación que, según parece, tenían impedida por causa
de las alteraciones de Aragón o por otras diferencias, que siempre resultan
entre los reinos comarcanos, mayormente que el rey don Sancho de Navarra por su
edad y poca salud poco podía acudir al gobierno y al amparo de sus vasallos,
antes vivía retirado en el castillo de Tudela sin atender ni a las cosas de la
guerra ni a las del gobierno.
Esto pasaba al fin de este año, en que cerca de la
ciudad de Tornay, principal en los estados de Flandes, y puesta a la ribera del
río Escalda, el emperador Otón y Felipe, rey de Francia, tuvieron una
sangrienta batalla. Estaba de parte del emperador don Fernando, infante de
Portugal, casado con la condesa propietaria de Flandes, que vencidos y
desbaratados los de su parte y los imperiales, quedó preso por largo tiempo en
poder de los franceses. Ésta fue la famosa batalla de Bovinas, así dicha de un
puente junto al cual se dio.
En Aragón todavía continuaban en procurar algún
medio de paz; parecióles sería conveniente para contentar a don Sancho, conde
de Rosellón, encargarle el gobierno del reino de Aragón, como se hizo el año
siguiente de 1215. Lo que pensaban sería ocasión de sosiego sucedió muy al
revés; que como persona deseosa de mandar, con la mano que le dieron, se
encendió en mayor deseo de coronarse por rey; de que resultaron mayores
revueltas y bullicios, como se verá adelante.
Las cosas de Castilla no estaban en mejor estado.
Era el nuevo rey don Enrique de once años, cuando por muerte de su padre y por
haber faltado sus hermanos mayores sucedió en aquella corona. Encargóse su
madre del gobierno, como era razón, que duró poco, por la muerte que muy en
breve le sobrevino. En su testamento nombró para el gobierno en su lugar y para
la tutela del rey a doña Berenguela, su hija, reina de León, aunque apartada de
su marido. Esta señora por ser de ánimo varonil y muy poderosa en
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vasallos, ca tenía por suyas las villas de
Valladolid, Muñoz, Curiel y Santisteban de Gormaz por merced y donación que de
ellas le hizo el rey, su padre, cuando volvió a Castilla, sustentaba el peso de
todo y aún ayudaba con su hacienda a los gastos que forzosamente en el gobierno
se hacían. ¿Quién podrá bastantemente encarecer las virtudes de esta señora, su
prudencia en los negocios, su piedad y devoción para con Dios, el favor que
daba a los virtuosos y letrados, el celo de la justicia con que enfrenaba a los
malos, el cuidado en sosegar algunos señores que gustaban de bullicios, y que
el rey, su hermano, se criase en las costumbres que pertenecen a estado tan
alto? Sólo la aquejaba la muchedumbre de los negocios y el deseo que tenía de
su recogimiento y quietud.
Olieron esto algunos que tienen por costumbre de
calar las aficiones y desvíos de los príncipes para por aquel medio encaminar
sus particulares; en especial los de la casa de Lara, como acostumbrados a
mandar, procuraron aprovecharse de aquella ocasión para apoderarse ellos del
gobierno. Eran tres hermanos, Álvaro, Fernando y Gonzalo, hijos de don Nuño,
conde de Lara, poderosos en riquezas y en aliados. Éstos hacían poco caso del
rey, por ser niño, y de su hermana, por ser mujer. Pretendían salir con su intento,
quier fuese con buenos medios, quier con malos. Ofreciéronse dos ocasiones muy
a su propósito: la una, que un hombre particular, llamado Garci Lorenzo,
natural de Palencia, tenía mucha cabida con doña Berenguela. De la industria de
este hombre y de su maña, que era muy grande, se pretendieron valer, y para
esto le prometieron, si terciaba bien y les acudía conforme a su deseo, de
darle en premio la villa de Tablada, que él mucho deseaba. Ésta fue la primera
ocasión. La segunda y de menos importancia fue la ausencia que a la sazón hizo
don Rodrigo, arzobispo de Toledo, que sólo por su mucha autoridad y prudencia
pudiera descubrir y desbaratar estas trazas.
Partióse para Roma para hallarse con los demás
prelados en el concilio laterano, que por sus edictos tenía convocado el papa
Inocencio. Juntáronse a su llamado cuatrocientos y doce prelados, y entre ellos
los setenta y uno eran arzobispos, el patriarca de Jerusalén y el de
Constantinopla. El Alejandrino y el Antioqueno no acudieron, pero enviaron sus
tenientes que supliesen sus veces. Los demás sacerdotes que acudieron apenas se
podían contar. Los negocios que en este concilio se trataron fueron muchos y muy
graves. Sobre todo pretendían renovar la guerra de la Tierra Santa y apaciguar
las alteraciones de Francia, que los
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herejes traían revuelta. Abrióse el concilio por el
mes de noviembre en la iglesia de San Juan de Letrán. Entre los demás padres se
señaló mucho el arzobispo don Rodrigo; hizo una oración a los del concilio en
lengua latina, pero mezcladas sentencias y como flores de las otras lenguas
italiana, alemana, inglesa, francesa, como el que bien las sabía, que puso
admiración a los padres hasta decir que desde el tiempo de los apóstoles nunca
se vio cosa semejante.
En particular se trató de la primacía de Toledo, a
causa que los arzobispos de Tarragona, Braga, Santiago y Narbona no le querían
reconocer ventaja por razones que cada cual en su defensa alegaba.
Presentáronse por la iglesia de Toledo las bulas de los pontífices romanos más
antiguos, sus sentencias y determinaciones, los decretos de los concilios,
argumentos y probanzas tomadas de la antigüedad, que en los hombres es
venerable y en las ciudades se tiene por cosa sagrada. Salieron a la causa el
arzobispo de Braga y el de Santiago, que presentes se hallaron, y el obispo de
Vic, como lugarteniente del de Tarragona. Pretendían alegar, y alegaron de su
derecho, y responder a los argumentos y razones que por el de Toledo militaban.
No se procedió a sentencia a causa que algunos de los interesados se hallaban
ausentes y era necesario oírlos. Sólo concedió el papa al arzobispo don Rodrigo
que por espacio de diez años tuviese autoridad de legado en toda España, y que
si la ciudad de Sevilla viniese a poder de cristianos, como esperaban que sería
en breve por la flaqueza de los almohades, que en tal caso quedase sujeta al
arzobispo de Toledo como a primado, sin que pudiese contradecir ni apelar de
este decreto. Concedióle demás de esto facultad de dispensar y de legitimar
trescientos hijos bastardos, y que en todas las iglesias de España, en las
ciudades que se ganasen de moros pudiese nombrar y poner los obispos y
sacerdotes que en ellas faltasen.
Grande fue el crédito que el dicho arzobispo ganó
en aquel concilio, no sólo por las muchas lenguas que sabía, sino por sus
muchas letras y erudición, que para aquel tiempo fue grande. Dejó dos libros
escritos, uno de la historia de España, el otro de las cosas de los moros,
fuera de otro tratado que anda suyo en defensa de la primacía de su iglesia de
Toledo.
Tocante a la guerra de la Tierra Santa se acordó y
decretó en el mismo Concilio que todos los eclesiásticos ayudasen para los
gastos y para llevarla adelante con cierta parte de sus rentas. Con este
subsidio enviaron gente de socorro, y por su general a Pelagio, cardenal y
obispo albanense,
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de nación español, según que lo testifica don Lucas
de Tuy; y que con este socorro se ganó la muy famosa ciudad de Damiata, puesta
en lo postrero de Egipto.
Cuanto a las revueltas de Francia, los dos
Raimundos o Ramones, padre e hijo, condes de Tolosa, acudieron al concilio para
pleitear contra Simón de Monforte, que los tenía despojados de su estado. La
resolución fue que los condenaron como a herejes, y adjudicaron a Simón de
Monforte la ciudad de Tolosa con todo aquel condado, y los demás pueblos y
ciudades que había ganado a los herejes con su valor y buena maña. En virtud de
lo cual fue a verse con el rey de Francia para hacerle sus homenajes, como feudatario
suyo, por aquellos estados, como lo hizo, y juntamente asentó con aquel rey
confederación y perpetua amistad. Pero como quier que no se fiase de los
vasallos, que todavía se inclinaban a sus señores antiguos, hizo desmantelar
las ciudades de Tolosa, Carcasona y Narbona, por donde y por los tributo s muy
graves que derramó sobre aquellos estados incurrió en grave odio de los
vasallos, de tal manera, que muchos pueblos a la ribera del río Ródano se le
rebelaron y se entregaron a Raimundo el más Mozo, hijo del despojado, y aún
poco adelante se perdió la misma ciudad de Tolosa. Para todo ayudó mucho que
diversos señores de Francia y de Cataluña, sin embargo de lo decretado por el
papa y por el concilio, acudieron con sus fuerzas o aquellos príncipes despojados
y pobres. El de Monforte pretendía con sus gentes recobrar aquella ciudad de
Tolosa, y se puso con este intento sobre ella, y aún saliera con la empresa si
no le mataran con una piedra que dispararon los cercados de un trabuco; hombre
dignísimo de más larga vida y de mejor fin por sus muchas virtudes y valor, y
que a la destreza en las armas igualaba su piedad y amor de la religión
católica. Dejó dos hijos en edad muy florida: el uno se llamó Aimerico, el otro
Simón. El Aimerico, luego que mataron a su padre, alzó el cerco, y perdida
grande parte de aquellos estados, desistió de la guerra. No se igualaba a su
padre en grandeza de ánimo, en hazañas y valor; así, desconfiado de poder
sosegar aquellos vasallos y contrastar con tantos príncipes como le hacían
resistencia, se resolvió de renunciar aquellos pueblos y entregarlos al rey de
Francia, que en recompensa le nombró por su condestable; trueco muy desigual.
Esto pasó tres años adelante; volvamos a la orden de los tiempos que poco
arriba dejamos.
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V. Cómo los de la casa de Lara se apoderaron del
gobierno de Castilla
Los de la casa de Lara todavía continuaban en su
pretensión y solicitaban a Garci Lorenzo para que les ayudase. Él, engolosinado
con las promesas que le hacían, y porque no se le pasase aquella ocasión de
adelantarse, se ofreció de hacer todo lo que le pedían. Sólo esperaba alguna
buena coyuntura, y hallada, dijo un día a la reina gobernadora, que muy
descuidada estaba de aquellas tramas, que la carga de aquel gobierno era muy
pesada y sobre las fuerzas mayormente de mujer; encareció mucho las dificultades,
los peligros, la diversidad de aficiones y parcialidades que entre los señores
y entre los del pueblo andaban. La reina, que mucho deseaba su quietud,
fácilmente se dejó persuadir y llevar de aquellas engañosas palabras. «¿Quién,
dijo, me podrá descargar de este cuidado? Quién os parece a propósito para
encargarle el gobierno y la crianza del rey?». Respondió: «Ninguno en el reino
en poder y en riquezas se iguala a los de la casa de Lara, que podrán acudir a
todo y reprimir los intentos de los mal intencionados».
Parecióle bien este consejo a la reina y esta
traza. Acordó juntar los obispos, los ricos hombres y los señores para
consultar el negocio. Los más, preguntado su parecer, se allegaron al de Garci
Lorenzo y se conformaron con la voluntad de la reina, unos por no entender el
engaño, otros por estar negociados, otros por aborrecer el gobierno presente
como de mujer y ser cosa natural de nuestra naturaleza perversa creer de
ordinario que lo venidero será mejor que lo presente. Salió por resolución que
la reina dejase el gobierno del reino y le renunciase en los tres hermanos y
señores de Lara. Volvió en esta sazón de Roma el arzobispo don Rodrigo con
poder y autoridad de legado del papa, no le plugo nada que la reina renunciase;
pero el negocio le tenían tan adelante, que no se atrevió a contradecir. Solo
hizo que aquellos señores de Lara en sus manos hiciesen juramento que mirarían
por el bien común y por el pro de todo el reino, en particular que no darían ni
quitarían tenencias y gobiernos de pueblos y castillos sin consulta de la reina
y sin su voluntad; que no harían guerra a los comarcanos ni derramarían nuevos
pechos sobre los vasallos; finalmente, que a la reina doña Berenguela tendrían
el respeto que se debía y era razón tenerle a la que era hermana, hija y mujer
de reyes. Con este homenaje les parecía se cautelaban y aseguraban que todo
procedería bien
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y a contento, como si pudiese cosa alguna enfrenar
a los ambiciosos, y si el poder adquirido por los malos medios tuviese de
ordinario mejores los remates.
Fue así que, luego que don Álvaro, el mayor de los
hermanos, se apoderó del gobierno, partió de Burgos, do se hizo la renunciación
y todos estos conciertos. Lo primero desterró del reino a ciertos señores por
causas ya verdaderas, ya falsas. Apoderóse de los bienes públicos y
particulares, sin perdonar a las mismas rentas de las iglesias. A los patrones
legos, que tenían derecho y costumbre de presentar para los beneficios de las
iglesias, quitó aquella libertad con color que no eran de orden sacro y de reparar
el culto divino, que en muchas maneras andaba menoscabado. En todo procedía por
vía de fuerza, sin cuidar de las leyes ni de la revuelta que los tiempos
amenazaban. Pasó tan adelante en esta rotura, que puso en necesidad a don
Rodrigo, deán de Toledo y vicario del arzobispo, de pronunciar sentencia de
excomunión contra el dicho don Álvaro, gobernador. Enfrenóse algún tanto por
este castigo e hizo alguna restitución y satisfacción de los daños pasados;
pero no se mudó del todo su condición y nial ánimo. Juntó Cortes en Valladolid.
Acudieron a su llamado y a su persuasión por la mayor parte los de su
parcialidad y de su valía, que socolor del bien público y con voz de todo el
reino, ayudaron sus intentos de arraigarse en el gobierno y pertrecharse con todo
cuidado para todo lo que pudiese resultar. Éste fue el principal efecto de
aquellas Cortes.
A gran parte de la nobleza pesaba mucho que don
Álvaro con aquellas trazas se apoderase de todo sin que nadie le pudiese ir a
la mano, y que uno solo tuviese más fuerza y autoridad que todos los demás. En
especial don Lope de Haro, hijo de don Diego de Haro, y don Gonzalo Ruiz Girón,
mayordomo de la casa real, y sus hermanos, que todos eran de los más
principales, sentían mucho el desorden. Comunicaron entre sí el negocio;
acordaron hacer recurso a doña Berenguela y querellarse de la renunciación que
hizo del gobierno. Pusiéronle delante el peligro que todo corría si prestamente
no se acudía con remedio. Que bien estaban satisfechos del buen ánimo e
intención que tuvo, en renunciar el gobierno; mas pues las cosas sucedían al
revés de lo que se pensó, era forzoso mudar propósito y volver al oficio y
cuidado que dejó para que aquellos hombres locos y sin término no acabasen de
hundirlo todo. «¿Por ventura será razón que antepongáis vuestro descanso y
quietud al bien común y pro de
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todo el reino, permitir que todos nos despeñemos y
nos perdamos? ¿Porqué no quitaréis el oficio y cargo que sin darnos parte
renunciasteis a un hombre sin juicio y desatinado? Librad pues a nos y al reino
de las tempestades que a todos amenazan; que si en este trance no nos acudís,
será forzoso remediar los daños con las armas. Mirad, señora, no se diga que
por el deseo de vuestro particular descanso fuisteis causa que el reino se
revolviese y alterase, como será necesario».
Movían estas razones a la reina. Conocía el yerro
que hizo; todavía como era mujer y flaca no se atrevía a contrastar con los que
tenían en su poder las fuerzas y los armas del reino. Temía que si intentaba de
despojarlos del gobierno resultarían mayores males; tomó por expediente avisar
a los de Lara de la jura que hicieron de gobernar el reino con todo cuidado sin
hacer agravios ni demasías, en que parecía haberse desmandado. Sirvió este
aviso muy poco; antes, irritado don Álvaro, se apoderó del estado y pueblos de
la misma reina, y no contento con esto, la mandó salir de todo el reino; grande
atrevimiento y afrenta notable, bien fuera de lo que sus obras merecían y de lo
que la nobleza y agradecimiento pedía. La reina, por excusar mayores
inconvenientes, en compañía de su hermana la infanta doña Leonor se retiró al
castillo de Otella, cerca de Palencia, por ser una plaza muy fuerte; muchos de
los grandes tomaron su voz, en que perseveraron hasta la muerte del rey, su
hermano. Todo era principio de algún gran rompimiento, mayormente que a don
Gonzalo Girón removieron de| oficio de mayordomo mayor, y se dio a don Fernando
de Lara, hermano de don Álvaro.
Al rey, aunque de poca edad, no contentaban estas
tramas; deseaba hallar ocasión para librarse de los que en su poder le tenían e
irse para su hermana. Era por demás tratar de esto, porque don Álvaro le tenía
puestas guardas y tomados los pasos. Demás de esto, por asegurarse más y
ganarle la voluntad con deleites fuera de tiempo, trató de casarle. Despachó
embajadores para pedir por mujer del rey a doña Malfada, hermana del rey de
Portugal, don Alfonso. Concertóse el casamiento y trajeron la novia a Palencia,
do se celebraron las bodas. Recibió de esto mucha pesadumbre doña Berenguela
por los daños que podían resultar a causa de la edad del rey, que era muy poca.
Escribió sobre el caso al papa Inocencio, avisólo del deudo que tenían entre sí
los desposados. El papa, informado de todo, por un breve suyo remitió el
negocio a los obispos don Tello, de Palencia y don Mauricio, de Burgos, para
que examinasen lo que la reina decía, y si
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se averiguase el impedimento, apartasen aquel
casamiento, so graves penas y censuras si no obedeciesen a sus mandatos. Los
obispos, luego que recibieron el breve, procedieron en el caso como les era
mandado, y averiguado el parentesco que se alegaba, dieron sentencia de
divorcio; con que la desposada, a lo que se cree, doncella y sin perjuicio de
su virginidad, dio la vuelta a Portugal. Allí fundó el monasterio de Rucha, y
en él pasó lo que le restó de la vida santa y religiosamente, aunque muy
sentida no sólo de aquella mengua, sino en especial contra don Álvaro, que no
contento de haberle sido causa de aquel daño, trató de casarse con ella; que
fuera un trueco muy desigual y de reina sujetarse a su mismo vasallo.
Todo esto pasaba en Castilla el año que se contó de
Cristo 1216, en que a 16 de julio falleció en Roma el papa Inocencio III,
persona de aventajadas prendas y virtudes, y que pocos en el número de los
pontífices se le igualaron, en particular fue muy elocuente y muy sabio en
letras divinas y humanas. Sucedió en su lugar Honorio III, natural de Roma, en
cuyo tiempo y pontificado falleció en aquella ciudad la reina de Aragón doña
María, madre del rey don Jaime; sepultaron su cuerpo en el Vaticano, cerca del
sepulcro de santa Petronila. Allí reposaron sus huesos de los muchos trabajos
que padeció por toda su vida, desterrada de su reino y de su patria, pobre y
apartada de su marido. En su testamento dejó encomendado su hijo y el reino de
Aragón al pontífice, para que como padre universal los recibiese debajo de su
protección y amparo. La edad del rey tenía necesidad de semejante favor, y por
estar los del reino divididos en parcialidades, de que se temían revueltas y
guerras, era menester que la prudencia del pontífice los enfrenase, lo que él
hizo con todo cuidado por cuanto le duró la vida.
En esta sazón don Ramón, conde de la Provenza, por
cartas que sus vasallos le enviaban, se determinó de huirse secretamente de
Monzón, do le tenían como preso en compañía del rey de Aragón, su primo.
Embarcóse en una galera que en el puerto de Salou, cerca de Tarragona, le
tenían aprestada. Con su llegada a su estado se apaciguaron graves diferencias
que andaban entre los principales de aquella tierra, como los que estaban sin
cabeza, y cada cual pretendía poner mano en el gobierno. Tomás, conde de Mauriena,
cepa de los duques de Saboya, tenía una hija, por nombre Beatriz, que casó con
este don Ramón, conde de la Provenza. De este matrimonio nacieron cuatro hijas,
que casaron las tres con otros tantos reyes, y la cuarta con el emperador; rara
felicidad y notable.
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La huida de don Ramón fue ocasión de poner en
libertad al rey de Aragón. Don Guillén Monredón, maestre del Temple, comenzó a
recelarse por este ejemplo no le sacasen con semejante maña de su poder al rey,
que sería ganar otros las gracias de ponerle en libertad y quedar él cargado de
haberle tenido tanto tiempo como preso. Con este cuidado y para dar corte en lo
que se debía hacer, se comunicó con don Pedro de Azagra, señor de Albarracín, y
con don Pedro Ahones, ambos personajes de mucho poder y nobleza. Acordaron de
llamar a Monzón a don Aspargo, que de obispo de Pamplona lo era a la sazón de
Tarragona, y a don Guillén, obispo de Tarazona. Juntos que fueron, de común
acuerdo se resolvieron de poner al rey en libertad y entregarle el gobierno del
reino, si bien no pasaba de nueve años. Tomaron este acuerdo por el mes de
septiembre, y se juramentaron entre sí de llevar adelante esta resolución.
No hay cosa secreta en las casas reales, mayormente
en tiempo que reinan pasiones y parcialidades. Don Sancho, tío del rey, que
tenía el gobierno del reino, sabido lo que pasaba, con intento de conservarse
en el mando, llevaba muy mal aquel acuerdo. Desmandábase en palabras y fieros
en tanto grado, que llegó a amenazar cubriría de grana el camino por do el rey
pasase, que era tanto como decir le regaría con sangre de los que le
acompañasen. Su soberbia era tan grande, que nunca pensó se atrevieran a lo que
hicieron, y todavía se fue con buen golpe de gente a Selga, que es un pueblo
puesto en el mismo camino por do habían de pasar. El rey, cuando esto supo,
tuvo miedo, tanto, que sin embargo de su poca edad, se puso una cota de malla
con intento de pelear, si fuese necesario. Valió que don Sancho, aunque tenía
en las manos la victoria por ser muy pocos los que acompañaban al rey, bien que
de los más ilustres y principales, no se determinó a acometerlos; la causa no
se sabe, parece que le cegó Dios para que no viese la caída que de este
principio muy en breve le esperaba.
El rey, libre de este peligro, pasó a Huesca, de
allí a Zaragoza. Allí y por todo el camino se hicieron grandes fiestas y
alegrías y recibimientos por verle puesto en libertad, ca todos esperaban y
tenían por cierto que para adelante el gobierno procedería mejor que hasta allí
y los daños del reino se remediarían. Convenía dar asiento en negocios muy
graves que tenían represados, sosegar las voluntades y parcialidades, alentar a
los buenos y cortar los pasos a los no tales. Para todo tenían necesidad de recoger
dineros, de que se padecía gran falta, a causa de los gastos que los años
pasados se hicieran y de los bandos y pasiones que continuaban y
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todo lo tenían consumido. Los catalanes acudieron a
esta necesidad con mucha voluntad; otorgaron que se cobrase el tributo que
vulgarmente llaman bovático, por repartirse por las yuntas de bueyes y las
demás cabezas de ganados. Este tributo se concede pocas veces y sólo en tiempo
de graves necesidades; y sin embargo de que le otorgaron al rey don Pedro los
años pasados por tres veces, al presente se le concedieron al rey don Jaime, su
hijo, que fue el año 1217. Fue esta concesión de grande momento; de que se
recogió tanto dinero cuanto era menester para el sustento de la casa real y
para apercibirse de gente que enfrenase las demasías de cualquiera que se
desmandase.
VI. De lo restante hasta la muerte del rey don
Enrique de Castilla
La división y enemiga entre don Álvaro de Lara y la
reina doña Berenguela traía alborotado el reino, pequeños y grandes; unos
acudían a una parte, otros a la contraria, de que resultaban muertes y robos y
otros géneros de maldades. Sucedió un nuevo embuste de don Álvaro con que echó
el sello a los demás desórdenes y trazas. Pasó el rey al reino de Toledo, y
entreteníase en Maqueda, villa poco distante de aquella ciudad. Doña
Berenguela, su hermana, cuidadosa de su salud le despachó un hombre para que de
secreto le visitase de su parte y le llevase nuevas de todo lo que pasaba. Tuvo
don Álvaro de esto aviso; prendió al hombre con achaque que traía cartas que él
mismo contrahizo con el sello de la reina, en que persuadía a los de palacio
diesen hierbas al rey, su señor. Para dar mayor color a esta invención y para
hacer sospechosa a la reina y que el rey se recatase de la que era su amparo,
hizo dar garrote al mensajero, que sin culpa alguna estaba. Con este hecho tan
atroz se enconaron más las voluntades; los mismos vecinos de Maqueda, sabido el
embuste, con mano armada pretendieron dar la muerte a hombre tan malo; y
salieran con ello, si con tiempo no se retirara y en compañía del rey se
partiera camino de Huete.
A aquella ciudad envió de nuevo la reina doña
Berenguela, a instancia del mismo rey, otro hombre, que se llamaba Rodrigo
González de Valverde, para comunicar con él la manera que tendría para
retirarse donde
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la reina estaba. A éste también prendieron y
enviaron a Alarcón para que allí le guardasen; no se atrevieron a darle la
muerte por no indignar más la gente. La tempestad empero que con estas nubes se
armaba revolvió sobre los señores que seguían el partido de la reina. Tuvo el
rey la Cuaresma en Valladolid; desde allí envió don Álvaro buen golpe de gente
para cercar a Montalegre, en que se tenía don Suero Téllez Girón, caballero de
muy antiguo y noble linaje, y bien apercibido de soldados para defender aquella
plaza; demás que tenía dos hermanos, el uno don Fernando Ruiz, y el otro don
Alfonso Téllez, que le pudieran acudir, y no lo hicieron por respeto del rey;
antes don Suero, luego que en nombre del rey le requirieron entregase aquella
fuerza, lo hizo, si bien se pudiera entretener largamente. Mas los nobles
antiguamente en España sobre todo se esmeraban en guardar a sus príncipes el
respeto y la debida lealtad. Después de esto corrieron los campos comarcanos, y
el rey mismo con su gente se puso sobre Carrión. Desde a poco pasó sobre
Villalva, dentro de la cual fuerza se hallaba Alfonso de Meneses, no menos
ilustre que los Girones, pero no tan comedido como ellos. La venida del rey fue
de sobresalto, y don Alfonso a la sazón se hallaba fuera del pueblo; para
entrar dentro le fue forzoso hacerse camino con la espada, en que estuvo a
punto de perderse y quedó herido, y muertos muchos de sus criados y algunos
caballos que le tomaron en la refriega. Sin embargo, defendió aquella plaza
obstinadamente hasta tanto que el rey, perdida la esperanza de salir con la
empresa, dio la vuelta para la ciudad de Palencia, en sazón que por otra parte
se hacía la guerra contra don Rodrigo y don Álvaro de los Cameros, en cuyo
poder estaba la ciudad de Calahorra.
Acudió el rey a esta empresa, con que fácilmente se
apoderó de aquella ciudad por entrega que Garci Zapata le hizo del castillo,
cuyo alcaide era, sea por acomodarse al tiempo, o por juzgar le sería mal
contado si hacía resistencia a su rey, que se hallaba presente. Tomada aquella
ciudad, marcharon contra don Lope de Haro, señor de Vizcaya. La tierra es
áspera y la gente muy aficionada a sus señores, que fue causa que la guerra se
alargase y el rey diese la vuelta. Esto dio ánimo a don Lope para con la gente
que tenía junta para su defensa hacer entrada por las tierras del rey y correr
los campos sin reparar hasta la villa de Miranda de Ebro. Salióle al encuentro
don Gonzalo, hermano del gobernador don Álvaro. Asentaron sus reales los unos a
la vista de los otros con intento de pelear. Excusóse la batalla por la
diligencia de varones graves y religiosos que se pusieron de
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por medio y les persuadieron desistiesen de aquel
intento, de que resultarían graves daños por cualquiera de las partes que
quedase la victoria. Con esto don Gonzalo se partió para do el rey estaba, y
don Lope se fue a Otella para verse con la reina doña Berenguela y asistirla,
ca se temía no la cercasen dentro de aquel castillo, y aún refieren que el rey
con su gente, más por engaño de don Álvaro que por su voluntad, lo intentó; sin
hacer empero efecto dio la vuelta a Palencia. Añaden que se trató de casar de
nuevo el rey con doña Sancha, hija del rey don Alfonso de León y de su primera
mujer, y que estuvieron muy adelante los conciertos con tal que la infanta
heredase el reino de su padre, sin embargo que tenía en doña Berenguela a su
hijo don Fernando; la verdad ¿quién la podrá averiguar? Que la historia de este
tiempo no menos revueltas y perplejidades tiene que las mismas cosas del reino.
Concuerdan en que como el rey estuviese aposentado
en las casas del obispo y jugase con otros sus iguales en el patio, fue muerto
por un caso repentino y desgracia extraordinaria; una teja que cayó le
descalabró la cabeza, de que desde a once días murió, martes a 6 de junio, año
de 1217. Gran burla de las cosas del mundo, grande la miseria; pues muere un
rey joven en la flor de su edad en la entrada del reino, que apenas había
probado qué cosa es vivir y reinar. Hay fama, aunque sin autores bastantes, que
un mancebo del linaje de los Mendozas tiró una piedra desde una torre que
estaba cerca, y con ella quebró la teja que cayó sobre la cabeza del rey y le
mató. El cuerpo el tiempo adelante enterraron junto a la sepultura de su
hermano don Fernando en las Huelgas de Burgos, en que cada año el día de su
muerte le hacen aniversario en aquel mismo tiempo. Vivió menos de catorce años;
de ellos reinó los dos y más nueve meses.
Este mismo año en Portugal se ganó de los moros un
pueblo principal, que se llama Alcázar de Sal, y antiguamente se llamó Salacia,
y era colonia de romanos. El autor y movedor principal de esta empresa fue
Mateo, obispo de Lisboa. Él juntó para ello mucha gente de Portugal y persuadió
a los caballeros templarios que ayudasen; y lo que más hizo al caso, una armada
de más de cien velas, en que gran número de ingleses, flamencos y franceses,
tomada la señal de la cruz por lo que se trató en el Concilio lateranense,
pretendían, rodeado el mar Océano y Mediterráneo, pasar a las partes de levante
y a la Siria en defensa de la Tierra Santa, y para dar calor a aquella guerra
sagrada, aportó a Lisboa y echó anclas en aquel puerto. Estos, a persuasión de
aquel prelado, se juntaron con los
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demás para combatir aquel pueblo. Acudió a la
defensa y a dar socorro a los cercados gran morisma de Sevilla, Córdoba y otras
partes. Vinieron a batalla, en que murieron más de sesenta mil moros; gran
matanza. Diose la batalla a los 25 de septiembre, y a los 18 de octubre se ganó
la plaza.
VII. Cómo alzaron por rey de Castilla a don
Fernando, llamado el Santo
El rey don Enrique tenía dos hermanas mayores que
él; doña Blanca y doña Berenguela. Doña Blanca casó con Luis, hijo mayor de
Felipe Augusto, rey de Francia. Doña Berenguela a su marido don Alfonso, rey de
León, durante el matrimonio le parió cuatro hijos, que fueron don Fernando, don
Alfonso, doña Constanza y doña Berenguela. Doña Blanca se aventajaba en la
edad, ca era mayor que su hermana, y parecía justo sucediese en el reino de su
hermano difunto, si el derecho de reinar se gobernara por las leyes y por los
libros de juristas, y no más aína por la voluntad del pueblo, por las fuerzas,
diligencia y felicidad de los pretensores, como sucedió en este caso.
Juntáronse muchos donde la reina estaba con toda brevedad para consultar este
punto. Salió por resolución de común acuerdo, sin hacer mención de doña Blanca,
que el reino y la coronase diesen a su hermana doña Berenguela. Aborrecían,
como es ordinario, el gobierno de extranjeros, y recelábanse que si Castilla se
juntaba con Francia, podrían de ello resultar alteraciones y daños. Antes que
esta resolución se tomase, la reina doña Berenguela, para evitar
inconvenientes, despachó a don Lope de Haro y a Gonzalo Ruiz Girón para que
alcanzasen del rey de León le enviase a su hijo don Fernando, para que la asistiese
contra las fuerzas y embustes de don Álvaro Núñez de Lara, el gobernador, que a
la sazón la tenía cercada dentro de Otella, como queda dicho. Desistió por
entonces de pretender contra los de Lara, porque alzaron el cerco; al presente,
sabida la desgracia del rey, su hermano, volvió a su primera demanda. Era
menester usar de presteza antes que la muerte del rey llegase a noticia del rey
de León, del cual se recelaban no intentase de apoderarse del reino de Castilla
como dote de su mujer, si bien el matrimonio estaba apartado. El recelo, por lo
que se vio adelante, no era sin propósito. Los embajadores se dieron tal prisa
y usaron de tal
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diligencia, que antes que el rey de León supiese
nada de lo que pasaba, alcanzaron de él lo que pretendían. Fue cosa fácil
encubrir la muerte del rey, por causa que el conde don Álvaro ponía en esto
gran cuidado; el cual, aunque de repente se vio apeado del gran poder que
tenía, no se olvidó de sus mañas, antes llevó el cuerpo del difunto a Tariego.
Desde allí echaba fama que vivía, y despachaba en su nombre muchos recados y
negocios, dando diversas causas por qué no salía en público ni comunicaba con nadie.
Bien veía él que semejante invención no podía ir a la larga; más procuraba en
este medio pertrecharse y asegurarse lo más que podía.
Llegó pues el infante don Fernando a Otella, donde
estaba su madre, bien ignorante de lo que pasaba y ella pretendía; que fue
renunciarle luego, como lo hizo, el reino y la corona. La ceremonia que se
acostumbra a hacer cuando alzan a alguno por rey se hizo en la ciudad de Nájera
debajo de un gran olmo; tal era la llaneza de aquellos tiempos. Alzaron los
estandartes por el nuevo rey y hiciéronse las demás solemnidades. De Nájera
volvieron a Palencia con intento de visitar el reino. Recibiéronlos los ciudadanos
con muestra de mucha voluntad y alegría a persuasión de su obispo don Tello,
que con su autoridad y diligencia los allanó y quitó todas las dificultades.
Pasaron adelante, llegaron a la villa de Dueñas, que les cerró las puertas;
pero como quier que el pueblo no es grande ni muy fuerte, fácilmente le
entraron por fuerza. Allí comenzaron algunos de los grandes y ricos hombres a
mover tratos de paz con los de la casa de Lara y los demás de su valía. El
conde don Álvaro de buena gana daba oídos a los que de esto trataban. Todavía
como el que estaba acostumbrado a mandar pretendía llevado adelante, y para
esto quería le encargasen la tutela del nuevo rey; gran soberbia y temeridad.
Tenía don Fernando a la sazón dieciocho años, si bien otros dicen que no eran
más de diez y seis; edad no muy fuera de propósito para encargarse del
gobierno. Las cosas amenazaban rompimiento y guerra. Los reyes pasaron a
Valladolid, pueblo grande y abundante en Castilla. Juntáronse en aquella villa
Cortes generales del reino, en que por voto de todos los que en ellas se
hallaron se decretó que la reina doña Berenguela era la legítima heredera de
los reinos de su hermano, según que por dos veces lo tenían determinado en vida
del rey, su padre. Así lo refiere el arzobispo don Rodrigo; añade luego que era
la mayor de sus hermanas, que lo tengo por más verosímil, si bien algunos otros
autores son de otro parecer. Lo cierto es que la reina, por el deseo que
siempre tuvo de su quietud, tornó segunda
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vez con la aprobación de las Cortes a renunciar el
reino a su hijo; y en esta conformidad le alzaron de nuevo por rey en una plaza
grande que está en el arrabal de aquella villa. Desde allí con gran
acompañamiento le llevaron a la iglesia mayor para que él jurase los
privilegios del reino y los demás le hiciesen sus homenajes acostumbrados en
semejantes solemnidades.
Por otra parte, el rey de León, su padre, luego que
supo lo que pasaba y cómo la reina le engañó, se dolía grandemente de verse
burlado. No le pareció que podría por bien alcanzar lo que deseaba, que era
entregarse del nuevo reino de Castilla; acordó acudir a la fuerza, envió
delante a su hermano don Sancho para que rompiese por las fronteras, y él mismo
con otro grueso ejército entró por tierra de Campos haciendo todo el mal y daño
que pudo. La reina, aquejada del temor que le causaba aquella nueva tempestad,
envió dos obispos, Mauricio, de Burgos, y Domingo, de Ávila, para que con su
prudencia y buenas razones amansasen al rey y le persuadiesen alzase mano de
aquella su pretensión tan fuera de camino y de sazón. Esta diligencia no fue de
provecho alguno, antes el pecho del rey se encendió en mayor saña, mayormente
que el conde don Álvaro y sus parciales le daban grandes esperanzas que saldría
con su intento; y a la verdad, la guerra para ellos era de provecho, y la paz
les acarreara mal y daño. Despedidos los obispos, prosiguió el rey con su gente
en las talas que hacía, en las presas y quemas muy grandes. Intentó apoderarse
de Burgos, ciudad real y cabeza de Castilla; más don Lope de Haro y otros
caballeros le salieron al encuentro y le forzaron a dar la vuelta más de prisa
que viniera. Las ciudades de Segovia y Ávila, que por estar prevenidas del
conde don Álvaro no vinieron en la elección del nuevo rey, al presente, mudado
parecer, enviaron embajadores a la reina para disculparse de lo pasado y para
adelante ofrecerse a su servicio, que cumplieron muy enteramente, y nadie les
hizo ventaja en obedecer al nuevo rey y en hacer resistencia a los alborotados.
Por otra parte, el conde don Álvaro, visto lo poco que le prestaban sus mañas,
vino en que el cuerpo difunto del rey don Enrique, que todavía le tenía en
Turiego sin darle sepultura, le llevasen a enterrar. Acudieron a esto dos
obispos, el de Burgos y el de Palencia, que acompañaron el cuerpo hasta la
ciudad de Palencia. La reina doña Berenguela que los esperaba, desde allí junto
con los obispos acompañó el cuerpo y le hizo enterrar en las Huelgas de Burgos,
como arriba se tocó. No acudió el rey don Fernando por tener cercado a Muñón,
pueblo fuerte y que no quería obedecer; pero en fin le
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ganó por fuerza y prendió dentro de él los soldados
que tenía de guarnición, en sazón que la reina, su madre, concluidas las honras
y enterramiento, dio la vuelta para verse con su hijo.
De allí fueron a Burgos para asistir en las Cortes
que tenían aplazadas para aquella ciudad. Tras esto se apoderaron de las villas
de Lerma y de Lara, y se las quitaron a don Álvaro. Vueltos a Burgos, hicieron
su entrada con representación de majestad a manera de triunfo. Pasaron a la
Rioja, do sujetaron a Villorado, Nájera y a Navarrete; todo se le allanaba al
nuevo rey, porque demás que tenía de su parte la justicia, y por el mismo caso
el favor del cielo, con su noble condición y con la apostura de su cuerpo
granjeaba las voluntades y todo el mundo se le aficionaba. Solos los señores de
Lara y sus aliados no acababan de sosegar, ni los daños y males rendían sus
corazones obstinados, en que pasaron tan adelante, que con golpe de gente que
juntaron de todas partes, se pusieron en un lugar llamado Herreruela, puesto en
el mismo camino por do el rey había de pasar a Palencia. La mayor parte de los
soldados alojaban dentro del pueblo, don Álvaro en un cortijo allí cerca
acompañado de poca gente. Este descuido o sea menosprecio de sus contrarios fue
causa de su perdición, porque avisados los del rey, dieron sobre él de repente,
y aunque pretendió defenderse, y apeado del caballo, y aún después caído en
tierra, se cubría con el escudo de los golpes que sobre él cargaban, al fin le
rindieron y quedó preso; con que se pudiera poner fin a los males y revueltas
del reino si no se aseguraran demasiadamente. Fue así, que don Álvaro, como se
vio preso, rindió al rey luego todos los pueblos y castillos que de la corona
le quedaban en su poder; estos fueron Alarcón, Amaya, Tariego, Villafranca,
Villorado, Nájera, Pancorvo. Esto hecho, no sólo le dieron libertad, sino que
el rey le recibió en su gracia y amistad. La misma facilidad usó con don
Fernando, hermano de don Álvaro, que tenía en su poder a Castrojeriz y Orejón;
y como no los quisiese rendir, confiado en los muchos soldados y provisión que
dentro de ellos tenía, por excusar la guerra finalmente se concertaron que los
dichos pueblos quedasen en su poder, pero que los tuviese en nombre y como
teniente del rey, y para esto hiciese los homenajes acostumbrados. La revuelta
de los tiempos forzaba a venir en semejantes conciertos, puesto que parecía
menoscabo de la majestad real, y no faltaba quien murmurase de tanta facilidad.
A la verdad, la paz no fue duradera, ni los que
estaban acostumbrados a gobernar y mandar se podían contentar de vida
particular y retirada,
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antes en breve se declararon en deservicio del rey,
y con gente que juntaron, corrieron la Tierra de Campos haciendo todo el mal y
daño que podían. Armóse el rey contra ellos y apretóles de manera, que fueron
forzados a desembarazar la tierra. Recogiéronse a lo del rey de León, que se
mostraba sentido por el reino y corona que no le daban, a él debida según su
parecer; y se aprestaba para de nuevo con mayor fuerza que antes hacer guerra
en las tierras de Castilla, a que le incitaban con mayor calor los de la casa
de Lara luego que se retiraron a su reino. Algunos caballeros de Castilla
quisieron ganar por la mano, y con golpe de gente se metieron por las tierras
del reino de León. No eran tan fuertes que pudiesen contrastar a las fuerzas de
los contrarios, ni su entrada fue muy considerada. Sobrevino el rey de León de
rebato, dio sobre ellos y cercólos en un pueblo en que se hicieron fuertes,
llamado Castellón, puesto entre Medina del Campo y Salamanca. Acudieron gentes
de ambas partes, unos a socorrer los cercados, otros para apretarlos. Tratóse
de medios de paz, y finalmente se asentaron treguas entre los dos reyes padre e
hijo.
Hallábase presente el conde don Alvar Núñez de
Lara, a la sazón enfermo de una dolencia que se le agravó mucho con la pena que
tomó por ver los reyes concertados; que a los revoltosos la paz y el sosiego
suele ser odioso y contrario a sus intentos. Hízose llevar en hombros a la
ciudad de Toro, con el camino se le agravó más la enfermedad, de suerte que en
breve pasó de esta vida; cuya muerte fue muy saludable para todo el reino, así
bien que su vida fue inquieta y perjudicial. Al tiempo de la muerte tomó el
hábito de la caballería de Santiago; que así se acostumbraba en aquel tiempo
para con aquella ceremonia y las indulgencias concedidas a los que tomaban la
cruz aplacar a Dios en aquel trance y alcanzar perdón de sus pecados. El cuerpo
enterraron en Uclés, convento el más principal de aquella orden. Su hermano don
Fernando, que de su voluntad se había desterrado en África, con licencia de
miramamolin hacía su residencia en Elbora, población de cristianos, cerca de la
ciudad de Marruecos. Allí enfermó de una dolencia mortal, y a ejemplo de su
hermano, poco antes de expirar, se hizo vestir el hábito de San Juan. Su mujer
doña Mayor y sus hijos don Fernando y don Álvaro procuraron que su cuerpo se
trajese a Castilla, y le hicieron enterrar en la Puente de Fitero, convento y
casa de aquella orden, en tierra de Palencia. Comenzó con esto a mostrarse una
nueva luz en Castilla, muertos los que la alborotaban, y una grande
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esperanza que las treguas puestas con León se
trocarían en una paz perpetua, como todos lo deseaban.
En particular pretendían volver las fuerzas contra
los moros; concedió el papa sus indulgencias para los que armados de la señal
de la cruz se hallasen en aquella guerra. Juntóse gran gentío, más por deseo de
robar que por alcanzar perdón de sus pecados. Dieron sobre Extremadura, talaron
los campos, quemaron los pueblos, hicieron presas de hombres y de ganados,
finalmente, se pusieron sobre la villa de Cáceres con intento de forzarla o
rendirla. Engañóles su esperanza a causa de las muchas aguas que sobrevinieron
y el tiempo contrario que les forzó, sin pasar adelante, dar la vuelta para sus
casas al fin del año, que se contaba de nuestra salvación de 1218.
VIII. En España se fundaron monasterios de
diversas religiones
En este estado se hallaban las cosas de España; los
reinos comarcanos eso mismo tenían guerras civiles. De las guerras siempre
suelen venir otros males y pérdidas grandes, muchos vicios y maldades. La
licencia y costumbre de pecar casi había apagado la luz de la razón; los vicios
eran tenidos por virtudes, y las virtudes por vicios: gravísimo mal y daño. En
tantas tinieblas y tan espesas de ignorancia despertó Dios hombres, como
siempre ha hecho, señalados en santidad y admirables, los cuales no dejaban de encaminar
los hombres a la vida eterna y mostrarles el sendero que Cristo enseñó y abrió,
que habían cegado en gran parte los vicios. Allegáronse a estos santos varones
otros muchos que, con deseo de imitar su virtud, renunciaban las cosas del
mundo; conque por este tiempo muchas familias y congregaciones santas se
levantaron.
Entre todos tuvo muy principal lugar el padre santo
Domingo. Nació en tierra de Osma en un lugar llamado Caleruega, entre Osma y
Aranda. Siendo mozo, fue canónigo reglar de San Agustín. Llegado a mayor edad,
trabajó mucho en desarraigar la herejía de los albigenses en Francia, como de
suso se dijo. Ocupado en esto, como viese cuán pocos predicadores se hallaban
de la palabra de Dios, que con buen celo y ejemplo de vida y buena doctrina
enseñasen a los hombres engañados la verdad y santidad,
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pensó y trazó en su pensamiento y comunicó con
otros un modo de vida, cuyos seguidores se ocupasen en predicar el santo
Evangelio por todo el mundo. Ofreció este modo de vivir y regla al papa
Honorio, y su Santidad la aprobó el año primero de su pontificado. De allí a
dos años se vino a España y publicó la bula que traía de su aprobación a los
reyes y príncipes; con cuya licencia y beneplácito fundó algunos monasterios en
ciudades principales. El primero fue en Segovia, otro en Madrid, el tercero en
Zaragoza. Hecho esto en España, y vuelto a Italia, finó en Bolonia, ciudad de
la Lombardía; ilustre varón en virtud y santidad de vida, fundador de su orden
muy principal, de donde como de un alcázar de sabiduría han salido y salen
muchos varones admirables en toda virtud y letras.
El mismo año que santo Domingo vino a España se
ordenó otra religión en Barcelona, llamada de Nuestra Señora de la Merced. La
ocasión fue que muchos cristianos por mar y por tierra venían en poder de
infieles hechos esclavos, y para librarse de la mala vida que les daban sus
amos renegaban y se apartaban de Jesucristo y de su fe, con grande afrenta de
la religión cristiana. Para procurar el remedio y rescate de estos cautivos se
ordenó esta religión, cuyos frailes con limosnas allegadas de todas partes rescatasen
los cautivos antes que apostatasen de la fe. Don Jaime, rey de Aragón, fue el
primer inventor de esta orden y manera de vivir por voto, como algunos
escriben, que hizo a nuestra Señora de instituir esta orden cuando estuvo en
Monzón encerrado a modo de cautivo y probó en sí cuánto mal es carecer de
libertad. El primero después del rey que se ofreció a ser guia de los que le
quisieron imitar fue un Pedro Nolasco, francés de nación. Éste hizo muy buenas
reglas y constituciones para que los religiosos se gobernasen por ellas. Tienen
por insignia sobre el hábito blanco y capilla las armas del rey de Aragón con
una cruz encima en campo colorado. El mismo Nolasco, de mano de san Raimundo de
Peñafuerte, que fue después general de la orden de Santo Domingo, tomó con
mucha solemnidad el hábito en la iglesia de Santa Cruz, en presencia del rey y
de muchos caballeros del reino.
Siguióse tras estos dos san Francisco, ciudadano de
Asís en la Umbría o condado de Espoleto, parte de Italia; varón de singular
inocencia, virtud y santidad. Aprobó su instituto y modo de vivir el papa
Honorio. Él mismo, después de aprobado su instituto y regla, vino a España,
donde llegó hasta Portugal y Compostela. En poco tiempo se fundaron en estos
reinos muchos monasterios de su orden, como en Barcelona, Zaragoza y
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otras ciudades y villas de España. Movían estos
religiosos a devoción y al menosprecio del mundo con la aspereza de su vida y
con el vestido pobre y humilde de que usaban. En Portugal se juntó con san
Francisco san Antonio de Padua, excelente predicador adelante y muy santo. Para
tomar el hábito de los menores dejó el de los canónigos reglares de San
Agustín, cuyo instituto abrazara desde niño, y entró en aquel orden en la
ciudad de Lisboa, de donde era natural, en el convento de San Vicente, que es
de canónigos reglares. Allí pasó algunos años; después en el convento de la
misma orden de Santa Cruz de Coímbra, en que vivía cuando se pasó a la religión
de San Francisco. Junto con la mudanza de vida trocó el nombre de Fernando, que
recibió en el bautismo, en el de Antonio, del apellido y nombre del monasterio
en que tomó aquel nuevo hábito. Muchas ciudades de Italia, por sus
predicaciones santas y fervorosas, se reformaron; gran número de gente por su
medio dejaron la mala vida y se trocaron en nuevos hombres. Finalmente, después
que padeció muchos trabajos por Dios, falleció en Padua lleno de virtudes y de
milagros. Su santo cuerpo es allí acatado en propia iglesia, que por mucha
devoción del pueblo fundaron en su nombre; que tal honra se debe a la virtud y al
autor y fuente de toda santidad, Dios, que es el que hace los santos. A san
Francisco y a santo Domingo, algunos años después de su muerte, canonizó el
papa Gregorio IX, y puso sus nombres en el número de los santos.
En Castilla, a instancia del arzobispo don Rodrigo,
prelado ferviente y enemigo de estar ocioso, se hizo nueva jornada contra los
moros. Juntáronse con la divisa de la cruz doscientos mil hombres, los más
número, con los cuales se hizo la guerra por el mes de agosto del año 1219, en
la Mancha y en tierra de Murcia. Ganáronse algunos pueblos de poca cuenta.
Pusieron sitio sobre Requena; más no la pudieron forzar ni rendir, como quiera
que hicieron todo el esfuerzo posible. El cerco se puso a 29 de octubre, y se
alzó a los 11 de noviembre. Finalmente, el suceso de esta empresa no fue como
se esperaba y conforme al grande aparato que se hizo; solamente se ganaron
muchos despojos de moros, con que los soldados dieron vuelta a sus casas.
IX. Cómo se casaron los dos reyes don Fernando
de Castilla y don Jaime de Aragón
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Por el mismo tiempo trataba el rey de Aragón don
Jaime de quitar el gobierno a don Sancho, su tío, y porque se enmendaba y
prometía proceder de otra manera le tornó a recibir en su gracia y perdonarle.
Esto era el año de 1219, cuando en España se padeció una muy grande hambre y
mortandad. El rey, aunque niño, que apenas tenía once años, comenzaba a dar
claras muestras de valor y ensayarse en los ejercicios de las armas y de la
guerra. Sucedió que don Rodrigo de Lizana, hombre poderoso, tenía diferencias
con un deudo suyo, que se llamaba don Lope Albero, y de grandes amigos que
eran, había resultado entre ellos grande enemistad. Esperó buena ocasión, y a
tiempo que el contrario estaba descuidado, le prendió y llevó al castillo de
Lizana. Avisóle el rey no pasase adelante en aquella vía de fuerza y que se
contentase con el mal hecho a su contrario. No quiso apaciguarse ni obedecer a
este mandato. Como el rey era de poca edad no le estimaban, antes cada cual con
tanto se quería salir cuanto era su poder y fuerzas. Desdeñóse por esta causa;
tomó las armas con deseo de defender al preso y ponerle en libertad y para
conservar por el mismo camino su autoridad y hacerse respetar. Juntó en Huesca
buen número de gente, y con ella se encaminó la vuelta de Albero, pueblo de que
se había apoderado el Rodrigo Lizana, y dentro de dos días hizo que los de
dentro se le rindiesen. Revolvió sobre el castillo de Lizana, patrimonio de
aquel caballero alzado; y porque los soldados y moradores no querían hacer
virtud, dio orden que de Huesca le trajesen una máquina o trabuco, en aquel
tiempo muy famoso por tirar entre día y noche mil quinientas piedras, con que
aportilló los muros y hacía grande estrago en los soldados que los defendían;
llamaban esta máquina fundíbulo. Rindiéronse los cercados, y Lope Albero fue
restituido en su libertad.
Su contrario, perdido el castillo, por entender que
en ninguna parte de Aragón estaría seguro, se fue a guarecer a Albarracín, por
tener con don Pedro Fernández de Azagra, señor de aquella ciudad, amistad de
años atrás. Desde allí, según la costumbre de aquellos tiempos, renunció por
escrito la naturaleza de Aragón y la obediencia que debía al rey como su
vasallo; con que comenzó a hacer cabalgadas en las tierras comarcanas de aquel
reino. No quiso disimular el rey estas insolencias, antes animado con el buen
principio que tuvo en esta guerra, revolvió sobre Albarracín, ciudad puesta en
aquella parte por do antiguamente partían mojones los contestanos y los
celtíberos, de poca vecindad, pero por su sitio muy fuerte, que está por todas
partes cercada de peñas y riscos muy altos, y
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alderredor casi por todas partes la rodea el río
Turia, que vulgarmente se llama Guadalaviar. Púsose el rey sobre ella, levantó
sus máquinas e ingenios, que como no podían llegar al muro por ser el sitio tan
áspero, no hacían efecto alguno ni los soldados se podían arrimar a la muralla
por las saetas y dardos que por las troneras y travesías y desde las almenas
les tiraban. Lo que hizo más al caso, que como suele acontecer en guerras
civiles, de todos los intentos del rey tenían aviso los cercados y tiempo para
apercibirse. Dos meses se gastaron en el cerco, en lo más recio del estío,
hasta tanto que el rey perdió la esperanza de salir con la empresa, a causa que
cierta noche los de dentro dieron al improviso sobre las máquinas y quemaron el
mejor trabuco. Hallábase otrosí poco guarnecido de gente, y restaban en el
cerco pocos soldados, en tanto grado, que los de a caballo no llegaban a ciento
cincuenta; el número de los peones no señalan, pero no debía ser grande.
Alzaron pues el cerco, y sin embargo, en breve don Pedro Fernández de Azagra
volvió en gracia del rey. Los caballeros del reino, con quien tenía grande
amistad, hicieron mucha instancia sobre ello, y sus servicios de tiempo atrás
eran muy notables, por donde tenía oficio de mayordomo de la casa real, además
que el rey entendía muy bien cuánto le importaba tener por amigo y en su
servicio un personaje tan valeroso y principal. Esto pasaba en Aragón el año
que se contaba de 1220.
En el mismo en Castilla se celebraron las bodas,
día de San Andrés, apóstol, del rey don Fernando con doña Beatriz, hija de
Felipe, emperador que fue de Alemania. La edad del rey era bastante, y la madre
se recelaba no se estragase con deleites dañosos y malos. Acordó despachar a
Mauricio, obispo de Burgos, y a fray Pedro, abad de San Pedro de Arlanza, para
que concertasen el casamiento con el emperador Federico II, primo de la
doncella; tardóse más tiempo de lo que pensaron; en fin, con sufrimiento de cuatro
meses que residieron en aquella corte acabaron todo lo que deseaban.
Encamináronse por la vía de Francia; en París el rey Felipe de Francia festejó
la novia y la trató con mucha liberalidad. Salió otrosí para recibirla doña
Berenguela hasta la raya de Vizcaya, y a cabo de un año que gastaron en ida y
vuelta, llegaron a Burgos, ciudad que tenían señalada para las bodas. Veló a
los reyes el obispo Mauricio de aquella ciudad en la iglesia mayor con las
solemnidades y ceremonias acostumbradas, y el día antes él mismo celebró misa
de pontifical en el monasterio de las Huelgas, en que el rey se armó a sí
caballero, por no
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hallarse otro más digno que hiciese aquella
ceremonia, conforme a lo que en aquellos tiempos se usaba. Este casamiento fue
en generación abundante; de él nacieron siete hijos por el orden que aquí se
ponen: don Alfonso, don Fadrique, don Felipe, don Sancho, don Manuel, doña
Leonor, que murió niña, y doña Berenguela, que en las Huelgas de Burgos tomó el
hábito.
A los aragoneses por el mismo tiempo aquejaba el
deseo de tener sucesión de su rey don Jaime. Parecíales que por este medio se
aplacarían los bandos, que todavía continuaban entre los dos tíos del rey, don
Sancho y don Fernando, por la esperanza que cada cual tenía de la corona, si el
que la tenía faltase. De todo resultaban males y daños. La edad del rey era
poca, en que mucho reparaban para casarle; más prevaleció el deseo grande que
de hacerlo tenían. Tomado este acuerdo y pospuesto todo lo al, despacharon
embajadores a la reina doña Berenguela para pedir a su hermana la infanta doña
Leonor. No se podía ofrecer mejor casamiento para aquella doncella; así, hechas
las capitulaciones, señalaron la villa de Ágreda, que es de Castilla, a la raya
de Aragón, para que allí se hiciesen los desposorios. Acudió primero doña
Berenguela en compañía de su hermana; después vino el rey don Jaime con lucido
acompañamiento de suyos. Los desposorios se hicieron allí a 6 de febrero del
año de Cristo de 1221, las bodas poco después en Tarazona, en la iglesia de
Santa María de la Vega, si bien por la poca edad del rey la desposada se estuvo
doncella por espacio de año y medio, según él mismo lo relata en la historia
que dejó escrita de sus cosas y de su vida.
En la ciudad de Toledo el arzobispo don Rodrigo
consagró la iglesia de San Román, puesta a guisa de atalaya en lo más alto de
la ciudad, día domingo, a 20 de junio. Por el mes de noviembre, a los 23,
martes, día de San Clemente, nació allí mismo el hijo mayor del rey don
Fernando, por nombre don Alfonso. Luego por principio de diciembre un gran
temblor de tierra maltrató gran parte de los edificios, y con las muchas aguas
y vientos que se siguieron, en gran parte cayeron por tierra los adarves y
casas particulares. El miedo por esta causa fue tanto mayor cuanto más segura
está aquella ciudad de accidentes semejantes por su sitio, que es muy empinado
y sobre peñas; y lo que hace mucho al caso para no padecer temblores de tierra,
que le cae muy lejos el mar.
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X. El rey don Fernando apaciguó otras nuevas
alteraciones
Quietos estaban y pacíficos por una parte los
navarros, y por otra los portugueses y los leoneses. Los moros se abrasaban
entre sí en guerras civiles. En Castilla y en Aragón continuaban las
alteraciones, bien que no eran de mucha consideración. Don Rodrigo, señor de
los Cameros, de antiguo linaje y que tenía mucha autoridad entre los
principales de Castilla por su estado y sus tenencias de diversas villas y
castillos del patrimonio real, confiado en sus fuerzas y poder y más en la
revuelta de los tiempos, se atrevió a hacer mal y daño en las tierras
comarcanas. Citóle el rey para que en presencia se descargase de lo que le
acusaban. Respondió que había tomado la cruz para ir a la guerra de la Tierra
Santa; excusa de que muchos se valían para declinar jurisdicción y no poder ser
convenidos delante los jueces ordinarios, por los muchos privilegios y
exenciones que el papa concedía a los tales. En particular les otorgaba no los
pudiesen citar delante jueces seglares, sino que sus causas solamente se
ventilasen en los tribunales eclesiásticos. No le valió este recurso;
hiciéronle comparecer en Valladolid, do la corte de Burgos se había pasado,
hiciéronle cargos graves y feos, acordó de ausentarse y huir, condenáronle en
rebeldía en privación de todo su estado. Él, que era hombre determinado, se
hizo fuerte dentro de los pueblos y castillos que tenía más fortalecidos con
resolución de hacer resistencia. Mas porque de aquellos principios no
resultasen guerras más graves, acordaron tomar asiento con él, y demás del perdón
darle catorce mil ducados por que alzase mano de los pueblos y castillos, cuya
tenencia por el rey tenía a su cargo.
Sosegada esta alteración, resultó otra nueva. Don
Gonzalo Núñez de Lara, que era el que solo quedaba de los tres hermanos,
conforme a la costumbre que tenía este linaje de gustar de alborotos, persuadió
a don Gonzalo Pérez, señor de Molina, que hiciese mal y daño a las tierras
comarcanas. Nunca a semejantes personajes faltan quejas y causas para tomar las
armas. En particular don Gonzalo de Lara por medio de estas revueltas pretendía
y esperaba restituirse en su patria, ca después de la muerte de su hermano don
Fernando se quedó en Berbería, donde era ido juntamente con él. Vinieron a las
manos y a rompimiento; la guerra no fue de mucha consideración a causa que el
señor de Molina, conocido el engaño y el riesgo que sus cosas corrían, pidió
perdón y le alcanzó por
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medio de la reina doña Berenguela. Con esto, don
Gonzalo de Lara, desconfiado de poder salir con sus intentos, se pasó o los
moros del Andalucía, y en Baeza dio fin a lo restante de su vida, ni muy santa
ni muy honradamente. Tal fin tuvieron estos tres hermanos bien conforme a sus
obras, de quien desciende el linaje de los Manriques, bien conocido en España.
Corría en esta sazón el año de Cristo de 1222, en
que el rey de León juntó un grueso ejército, parte de los que levantó a su
sueldo, y en especial de los que, tomada la señal de la cruz, a su costa se
querían hallar en aquella empresa. Con estas gentes corrió las tierras de
Extremadura y se puso sobre la villa de Cáceres. Los moros por librarse del
cerco concertaron de dar cierta cantidad de dineros que esperaban de África.
Alzado el cerco, no cumplieron lo asentado, ni los nuestros pudieron por
entonces revolver sobre ellos.
Por este mismo tiempo Mauricio, obispo de Burgos,
inglés que era de nación, abrió los cimientos de la iglesia mayor que hoy se ve
en aquella ciudad, y no solo la comenzó a edificar, sino la acabó; antes de
este tiempo la iglesia de San Lorenzo era la catedral, y junto a ella las casas
del obispo y su habitación. No sólo en Burgos, sino en otras muchas partes del
reino se levantaban fábricas suntuosas y templos; que parece los prelados a
porfía pretendían señalarse en aumentar el culto divino. En particular once
años antes de este en que vamos se dio principio a la iglesia mayor de
Talavera, villa bien conocida en el reino de Toledo. Su fundador, don Rodrigo
Jiménez, arzobispo de Toledo, puso en ella doce canónigos y cuatro dignidades,
que mandó fuesen sujetos a los de Toledo, y en señal de este reconocimiento
cada un año, el día de la Asunción de Nuestra Señora, les acudiesen con cinco
maravedíes de tributo. Don Juan, chanciller del rey, edificó a su costa dos
iglesias, primero la mayor de Valladolid, y después, siendo obispo de Osma,
levantó la que hoy se ve en aquella ciudad. Don Nuño, obispo de Astorga, sus
casas obispales y el claustro de aquella su iglesia. Don Lorenzo, jurista que
fue muy nombrado, en Orense, donde era obispo, edificó la puente sobre el río
Miño, que por allí pasa, la iglesia mayor y las casas obispales. Finalmente,
don Esteban, obispo de Tuy, y don Martín, obispo de Zamora, se esmeraban y
gastaban sus rentas en semejantes edificios. La piedad del rey y de su madre, y
la liberalidad grande con que acudían a estas obras y a proveer de ornamentos y
todo lo
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necesario por cuanto la estrechura de los tiempos
daba lugar, despertaba a todos los prelados para que los imitasen en gastar
bien sus haciendas.
Volvamos al orden de la historia. Por el mes de
julio falleció Rogerio, conde de Foix; el que le sucedió en el estado fue su
hijo Rogerio Bernardo, y luego por el mes de agosto falleció Ramón, conde de
Tolosa; el uno y el otro por el favor que dieron a los albigenses incurrieron
en mal caso y en las censuras que el papa fulminó contra ellos; por esto el
hijo y sucesor del conde de Tolosa, que se llamó también Ramón, nunca pudo
alcanzar licencia para enterrar en sagrado el cuerpo de su padre; tal era la fuerza
de los eclesiásticos en aquellos tiempos y la constancia y severidad de que
usaban contra los malos.
En Aragón el rey, a 21 de diciembre, otorgó perdón
y recibió en su gracia a Gerardo, vizconde de Cabrera, hombre poderoso en
rentas y vasallos; teníale ofendido por causa que en tiempo de la vacante del
reino con mano armada se apoderó del condado de Urgel y despojó a Aurembiase
del estado que su padre, el conde Armengol, le dejara. Púsole por condición
estuviese a juicio con aquella señora y pasase por lo que los jueces
determinasen. En esta sazón vivía todavía don Sancho, conde de Rosellón y tío
del rey. Gobernaba aquel estado don Nuño, su hijo, contra el cual don Guillén
de Moncada, señor de Bearne, como quier que antes fuesen muy amigos, por ligera
ocasión se indignó en tanto grado, que con su gente entró por las tierras de
Rosellón haciendo todo mal y daño. Don Nuño se hallaba con pocas fuerzas para
resistir a las de su contrario, que demás de lo de Bearne tenía en Cataluña un
grande estado. Acordó valerse de las fuerzas del rey y de su sombra; ofrecía de
estar a derecho y satisfacer cualquier cargo que contra él resultase. Amonestó
el rey al Moncada que siguiese su derecho y dejase las armas, y porque no quiso
obedecer, antes pasaba adelante en los daños que hacía, revolvió contra él con
tal furia, que le despojó a él y a sus aliados de ciento y treinta, parte
torres, parte castillos, de que se apoderó de unos por fuerza, y de otros que
se rindieron de su voluntad, en particular el pueblo de Cervellón cerca de
Barcelona; con que se entendió cuán peligrosa cosa es enojar a los que pueden
más y a los reyes. No pudo hacer lo mismo del castillo de Moncada a causa de
estar muy fortalecido y dentro con buena guarnición el mismo Guillén de
Moncada. Ponerle cerco fuera cosa larga, mayormente que muchos de los que
seguían al rey favorecían y daban aviso, y aún proveían a los que guardaban
aquella plaza.
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Esto pasaba el año que se contó de Cristo de 1223,
en que a los 15 de julio, en Medun falleció de cuartanas Felipe, rey de
Francia. Sucedióle en el reino su hijo Ludovico, octavo de esto nombre, marido
de doña Blanca, y padre de Ludovico, al que por sus muchas virtudes y piedad
llamaron el Santo. En Coimbra asimismo el año adelante pasó de esta vida el rey
de Portugal don Alfonso el segundo, por sobrenombre el Gordo. Sepultáronle en
el monasterio de Alcobaza junto a su mujer la reina doña Urraca en una sepultura
llana y grosera, cuales en aquel tiempo se usaban. Dejó tres hijos, los
infantes don Sancho, que le sucedió en el reino, llamado vulgarmente Capelo;
don Alfonso, que casó con Matilde, condesa de Boulogne en los Morinos, pueblos
de la Picardía, cerca del mar de Bretaña en Francia; don Fernando, señor de
Serpa, que casó con doña Sancha, hija de don Fernando de Lara; finalmente, dejó
una hija, por nombre doña Leonor, que casó con el rey de Dacia, según que lo
refieren las historias de Portugal, si con verdad o de otra manera, aquí no lo
averiguamos.
XI. De la guerra que se hizo a los moros
Reprimidas las parcialidades de Castilla y las
alteraciones, el rey don Fernando para que la paz fuese durable dio perdón
general a los que le habían deservido, y mandó que los demás hiciesen lo mismo
y pusiesen en olvido los desabrimientos que entre si tenían y los agravios.
Para el gobierno de las ciudades nombraba a los que en virtud y prudencia se
adelantaban a los demás y los que entendía serían más agradables a los
vasallos. De los herejes era tan enemigo, que no contento con hacerlos castigar
a sus ministros, él mismo con su propia mano les arrimaba la leña y les pegaba
fuego. Ya se dijo que por estos tiempos la secta de los albigenses andaba
valida y que vinieron y entraron en España. Con estas virtudes tenía tan
ganados o los naturales cuanto ningún otro príncipe. Mas por aprovecharse de
esta buena voluntad y porque no se estragasen los soldados con la ociosidad y
con los vicios que de ella resultan, acordó renovar la guerra contra moros.
Mandó arbolar banderas y tocar atambores por todas partes para juntar un grueso
campo. Los de Cuenca, Huete, Moya y Alarcón con los demás de aquella comarca,
entendida la voluntad del rey, se apellidaron unos a otros; y junto buen golpe
de gente,
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rompieron por el reino de Valencia, talaron los
campos, quemaron y saquearon los pueblos, y con una grande cabalgada, volvieron
ricos y contentos a sus casas.
Por otra parte, el rey, alegre con tan buen
principio, que era como pronóstico de lo restante de aquella guerra, con un
grueso ejército que juntó se enderezó contra los moros de Andalucía. Hacíanlo
compañía entre los más principales el arzobispo don Rodrigo, persona de gran
valor y brío y que no podía estar ocioso, los maestres de las órdenes, don Lope
de Haro, don Rodrigo Girón, don Alfonso de Meneses, sin otros ricos hombres y
caballeros de menor cuenta. Luego que pasaron la Sierra Morena, vinieron embajadores
de parte de Mahomad, rey de Baeza, para ofrecer la obediencia, que estaba
presto de rendir la ciudad y ayudar con dineros y vituallas. El miedo hacía
cobardes a los moros, los deleites los tenían estragados, y por las discordias
que entre sí tenían a punto de perderse. Hiciéronse los asientos y
capitulaciones en Guadalimar; desde allí pasaron nuestras gentes sobre Quesada,
villa principal en lo que hoy es adelantamiento de Cazorla. Los moradores,
fiados en la fortaleza de sus murallas y en que eran muchos, al principio se
pusieron en defensa; pero al fin el lugar se entró por fuerza. Pasaron a
cuchillo todos los que podían tomar armas, los demás tomaron por esclavos en
número de siete mil. Con el castigo y destrozo de este pueblo se dio aviso a
los demás para que no se atreviesen a hacer resistencia. Sería largo cuento
relatar por menudo todo lo que sucedió en esta jornada. La suma de todo es que
muchos pueblos por aquella comarca quedaron yermos de gente, huidos los
moradores, otros se rindieron por no desamparar sus casas; algunos quedaron
destruidos del todo, y en otros pusieron guarniciones de soldados con intento
de conservarlos. Don Lope de Haro y los maestres de las órdenes militares con
parte de la gente acometieron un pueblo llamado Víboras, de que se apoderaron
sin embargo que tenían dentro mil quinientos árabes, de los cuales unos mataron
y otros se huyeron. En estas empresas pasaron los meses del estío y parte del
otoño; y porque cargaba el tiempo, por el mes de noviembre del año 1224 dieron
la vuelta a Toledo, donde las reinas, madre y nuera, esperaban la venida del
rey. Gastáronse algunos días en fiestas y regocijos que se hicieron en aquella
ciudad para alegrar la gente, procesiones y rogativas para dar gracias a Dios
por mercedes tan grandes.
Hecho esto, luego que el tiempo dio lugar y las
fiestas, mandó el rey a la gente se enderezase la vuelta de Cuenca con intento
de acometer por
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aquella parte a los moros del reino de Valencia;
más aquel rey, por nombre Zeit, acordó ganar por la mano. Los daños que le
hicieron la vez pasada y el miedo de mayores males le aquejaban de suerte, que
vino a la ciudad de Cuenca a ponerse en las manos del rey don Fernando y
concertarse con él como fuese su voluntad y merced. Los aragoneses se quejaron
de aquellos tratos, por pretender que el reino de Valencia era de su conquista,
y que los castellanos no tenían en él parte ni derecho alguno. Despacharon embajadores
para querellarse de aquel agravio, y juntamente para mostrar sus fuerzas y
valor hicieron entrada en las tierras de Castilla por la parte de Soria. No
pudieron llevar adelante esta demanda por entonces, a causa de nuevas
alteraciones que en Aragón resultaron.
Fue así, que don Guillén de Moncada y don Pedro
Aliones se juntaron con el infante don Fernando, tío del rey. La junta fue en
Tauste, cuya tenencia estaba a cargo del dicho don Pedro. Tomaron su acuerdo, y
quedó resuelto que se apoderasen de la persona del rey. La voz era ser así
necesario y cumplidero para el bien del reino, que decían se estragaba a causa
de los malos consejeros que tenía al lado y a las orejas el rey; mas a la
verdad cada cual de los tres tenía sus pretensiones particulares. El Moncada estaba
sentido del estado que le quitaron, don Fernando, aunque monje y abad del
monasterio de Montearagón, no tenía perdida la esperanza ni el deseo de la
corona; que la dolencia de ambición es mala de sanar. A don Pedro Aliones daba
pesadumbre verse descaído de la privanza que solía tener, con que todo lo
gobernaba a su voluntad, y pretendía convertir la gracia en fuerza y por aquel
camino conservarse. Para más fortificar su partido acordaron por medio de Lope
Jiménez de Luesia ganar a don Nuño, hijo del infante don Sancho, conde de
Rosellón, para que, olvidadas las enemistades que ya tocamos, les asistiese en
aquella demanda. Tomado este acuerdo, se enderezaron la vuelta de Alagón, en
que a la sazón se hallaba el rey descuidado de aquellos tratos. Entraron de
tropel, y con buenas palabras le persuadieron se fuese a Zaragoza para tomaren
aquella ciudad acuerdo sobre algunos puntos de importancia que pertenecían a su
servicio y al bien del reino. El rey, si bien los semblantes eran buenos, como
quier que la mentira sea más artificiosa que la verdad, todavía echó de ver que
procedían con engaño y que su pretensión era mala.
No hay arma más fuerte que la necesidad; otorgó con
lo que le pedían, demás que para todo lo que resultase le venía mejor estar en
aquella
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ciudad que en algún otro pueblo pequeño;
acompañaron al rey hasta Zaragoza, aposentáronle en su casa real, que llaman
Zuda. Pusiéronle guardas para que no se pudiese comunicar con nadie ni de
palabra ni por escrito. Los capitanes de estas guardas eran Guillén Boy y Pero
Sánchez Martel, que para mayor recato de noche dormían muy junto al lecho del
rey; gran infamia y mengua de la gente aragonesa y de su acostumbrada lealtad.
Por espacio de veinte días tuvieron al rey encerrado, sin darle libertad alguna
hasta tanto que condescendió con muchas demandas que le hirieron; en particular
a don Guillén de Moncada hizo restituir los lugares y castillos que le quitó en
Cataluña, demás de veinte mil ducados que por los daños prometió de darle.
Tomado este asiento, todavía el infante don Fernando continuaba en el gobierno
del reino, de que por fuerza con aquella ocasión se apoderara. Excusábase con
la poca edad del rey y otras diversas causas que para ello alegaba. Para vencer
tan graves dificultades no bastaba prudencia humana; solo ponía el rey su
fiducia en Dios, que con paciencia y disimulación le libraría de aquella
apretura y trabajo, y que las cosas se trocarían de manera que alcanzase su
libertad.
Las cosas de Castilla por el contrario, conforme a
los buenos principios iban en prosperidad y, en aumento. El rey don Fernando,
porque los moros no se rehiciesen de fuerzas si los dejaba descansar, entrado
el verano del año 1225, salió con sus gentes en campaña, y con nuevas compañías
que levantó de soldados reforzó su ejército, y con él se encaminó la vuelta del
Andalucía. Llevó en su compañía a don Rodrigo, arzobispo de Toledo, sin el cual
veo que ninguna cosa de importancia acometían. Acudióles el rey moro de Baeza,
ayudóles con bastimentos y recibiólos dentro de su ciudad; lealtad poco
acostumbrada entre aquella gente. De esta vez ganaron a Andújar y a Martos,
pueblos principales. Martos quedó por los caballeros de Calatrava, para que
desde allí hiciesen frontera a los moros y correrías en sus tierras. Sin estos
ganaron la villa de Jódar y otros muchos pueblos de menor cuenta, demás de las
talas que dieron a los campos y de las grandes presas que hicieron de hombres y
ganados; con que los soldados ricos y alegres volvieron a sus tierras pasado el
verano. Esto mismo se continuó los años adelante, por el deseo y esperanza que
todos tenían de acabar por aquel camino con lo restante de la morisma de
España.
Las cosas de Aragón asimismo comenzaron a
mejorarse, y los parciales y alborotados aflojaron algún tanto; con que el rey
partió de Zaragoza la vía de Tortosa, ciudad puesta a la marina por la parte
que el
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río Ebro desagua en el mar, y no lejos de los
pueblos llamados antiguamente ilergavones, que se extendían largamente por las
riberas de aquel río. Iban en su compañía aquellos caballeros conjurados con
muestra de quererle servir, como quier que a la verdad pretendiesen continuar
en lo comenzado. Para este intento se les juntaron otros muchos de los ricos
hombres y principales, en particular don Sancho, obispo de Zaragoza, por
respeto de su hermano don Pedro Abones y para asistirle, y con él don Eril, obispo
de Lérida; que todos, así eclesiásticos como seglares, se mezclaban en esta
trama. Deseaba el rey librarse de esta opresión a sí y a su reino y
satisfacerse del agravio que le hacían, y de aquel tan notable desacato; mas
hacía poca confianza de los que tenía a su lado, de sus cortesanos y criados,
por ser muchos de ellos parciales. Acordó partirse sin darles parte y recogerse
en Huerta, pueblo de los caballeros templarios. Desde allí despachó sus cartas
en que mandaba a los señores y a la demás gente que con sus armas acudiesen a
la ciudad de Teruel para hacer guerra en el reino de Valencia, empresa que los
de Aragón mucho deseaban. Con que de un camino pensaba ganar las voluntades de
la gente y acreditarse, si, como confiaba, saliese con aquella demanda.
Los señores y gente principal hacían burla de este
acometimiento. Parecíales era juego de niños, si bien al llamado del rey para
el día que señaló en sus cartas se juntaron en aquella ciudad algunos pocos
aragoneses y algo mayor número de los catalanes. Con esta gente, aunque era
poca, rompió por aquella parte donde se tendían los ilergavones, y hecho mucho
daño en aquella comarca, se puso sobre Peñíscola, plaza fuerte, y que tomó
aquel nombre por estar asentada sobre un peñol empinado a modo de pirámide, cercado
del mar casi por todas partes, y que tiene por frente la isla de Mallorca. En
lo bajo del peñasco hay muchas cavernas y calas, con una fuente de agua dulce
que luego entra en el mar; el circuito es de una milla, la subida agria en
demasía y muy áspera, sino es por la parte que están edificadas las casas. El
rey Zeit, con la nueva que le vino de esta entrada, cobró grande miedo, y los
de Valencia se turbaron de suerte, que ya les parecía tener a los enemigos a
las puertas de aquella ciudad. Despacharon sus embajadores para requerir de paz
al rey de Aragón; él se la otorgó de buena voluntad, a tal que cada un año le
pagasen la quinta parte de las rentas reales que se recogían de los reinos de
Valencia y de Murcia. Tomado este asiento, sin pasar adelante dieron los
aragoneses la vuelta para Teruel, y desde allí se fueron a Zaragoza.
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En el camino encontraron junto a una aldea llamada
Calamocha a don Pedro Abones, que a su costa y del obispo, su hermano, llevaba
golpe de gente para hacer entrada en el reino de Valencia. Quisiera el rey
estorbarle aquella entrada, por guardar la palabra, que dio y concierto que
hizo con aquella gente. Como él se excusase con la mucha costa que hiciera en
las pagas y sustento de su gente, y porque le querían echar mano se huyese, los
soldados que en compañía del mismo rey le seguían, sin poder irles a la mano,
le mataron; indigno de tal suerte por su mucho valor y maña, si los servicios
que tenía hechos y su privanza, que alcanzó otro tiempo muy grande, no la
trocara en deslealtad y en conjurarse con los demás; sin embargo, todo el reino
sintió su muerte de suerte que, excepto Calatayud que se conservó por el rey,
todas las otras ciudades tomaron la voz de su tío don Fernando; cosa que al rey
puso en mucho cuidado, que por una parte deseaba apaciguar la gente por bien, y
por otra le parecía que si no era por fuerza y con las armas en puño, no podría
sujetar a sus contrarios.
Vinieron pues a las manos, y la guerra se
continuaba con varios sucesos y trances el año que se contó de Cristo de 1226;
en el cual año el rey Luis VIII de Francia hacía la guerra contra los
albigenses, y en el discurso de ella tomó por fuerza la ciudad de Aviñón, y le
abatió las murallas porque los herejes no se tornasen a afirmar en ella. Cortó
la muerte sus buenos intentos, que le sobrevino en Montpellier a los 13 de
noviembre. Dejó, entre otros, su hijo mayor de su mismo nombre, que lo sucedió
en la corona, y por su gran piedad y sus obras muy santas alcanzó adelante
renombre de santo. Su hermano Alfonso, conde de Poitiers, casó con la hija y
heredera de Ramón, el postrero conde de Tolosa, que fue escalón para que aquel
estado los años adelante recayese por los conciertos que hicieron y
capitulaciones nupciales en la corona de Francia. Tuvo otrosí otros dos
hermanos; el uno se llamó Roberto y fue conde de Arras y de Picardía, estados
que confinan con Flandes y son partes de la Galia Bélgica; el otro se llamó
Carlos, que fue duque de Anjou y conde de la Provenza, después rey de Sicilia y
de Nápoles, como se dirá en su lugar.
XII. Que el rey don Fernando volvió a la guerra
del Andalucía
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El señorío de los moros y su poder iba muy de caída
en España, lo cual sabía muy bien el rey don Fernando. El arzobispo de Toledo,
que tenía la mayor autoridad entre todos (como él lo merecía), persuadió al rey
hiciese de nuevo jornada contra moros, aunque no le pudo acompañar como solía
en las guerras, porque cayó enfermo de una dolencia que le puso en aprieto en
Guadalajara, donde se quedó. Envió en su lugar a don Domingo, obispo de
Palencia. Tomaron los nuestros de esta vez algunos pueblos de poca suerte;
pusieron cerco a la ciudad de Jaén, que tenía buena guarnición de soldados y
buenos pertrechos, por donde no se pudo tomar, y porque allende de su fortaleza
don Alvar Pérez de Castro, que algunos días antes, renunciada su patria, se
pasara a los moros y estaba dentro, con otros ciento setenta que le siguieron
animaron a los cercados para que no se diesen. Este don Álvaro era hijo de don
Fernando de Castro, de quien dijimos murió en la ciudad de Marruecos. A la
verdad muchos de los Castros por estos tiempos con facilidad se pasaban a la
parte de los moros. No les faltaban ocasiones y excusas con que colorear su
poca lealtad, si alguna causa fuese bastante para excusar tal inconstancia.
Revolvió el rey sobre Priego, pueblo tan fuerte,
que los moros tenían en él recogidas sus haciendas para mayor seguridad.
Todavía le entraron por fuerza con muerte de muchos de los que dentro hallaron
y prisión de los demás, fuera de los que se retiraron al castillo, que se
rindieron a partido y condición que los dejasen ir libres. Desde allí pasaron a
la ciudad de Loja, que tomaron al tanto por fuerza, si bien los ciudadanos se
recogieron al castillo y se hicieron fuertes en él; y porque parecía que con buenas
palabras y esperanza de rendirse se pretendían entretener, los combatieron de
suerte, que a escala vista entraron el castillo, y pasados a cuchillo los que
el él hallaron, le abatieron las murallas; aviso para los demás, que no
experimentasen la saña de los vencedores, ni se pusiesen en defensa. Así los de
Alhambra, pueblo fuerte y asentado sobre peñas no muy lejos de Granada, por
miedo le desampararon, y aún, dejando buena parte de sus bastimentos y menaje,
se fueron a la ciudad de Granada. En ella para su habitacion les señalaron lo
alto de aquella ciudad, que por esta causa, según se entiende, se llamó y se
llama el Alhambra; si bien algunos son de parecer que aquel nombre se tomó de
la tierra roja que hay en aquella parte, y la significa en arábigo aquella
palabra alhambra. Siguieron los nuestros a los que huían sin parar hasta dar
vista a la misma ciudad, en cuya vega, que es muy deleitosa, quemaron y
asolaron los jardines y
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campos. Los ciudadanos cobraron tanto miedo, que
acordaron requerir al rey de paz. Entre los embajadores que para esto
despacharon fue uno el ya nombrado don Alvar Pérez de Castro. Tenía el rey
deseo de ganarle y reducirle a su servicio por la fama que tenía de valor y
prudencia, demás que le ofrecían de dar libertad a mil y trescientos cautivos
cristianos. Por esto, tomado asiento con los de Granada y reducido don Álvaro a
su servicio, revolvió sobre Montejo, y del cual pueblo se apoderó y le echó por
tierra por estar tan adentro, que no se pudiera conservar.
Demás de esto, se halla que por este tiempo en las
partes de Extremadura se ganó Capilla, pueblo que antiguamente se llamó
Miróbriga, como se averigua por los letreros de mármoles que en él se han
hallado; verdad es que en breve volvió a poder de moros, o sea que le
entregaron al rey de Baeza. En estas cosas se pasaron los calores del estío, y
el tiempo comenzaba a cargar; el rey por este respeto acordó que el maestre de
Calatrava quedase en guarda de Andújar y de Mártos, y en su compañía don Alvar
Pérez de Castro, por la mucha noticia que tenía de aquella tierra y de las
cosas de los moros; que de su lealtad y constancia no dudaban, antes confiaban
que pretendería con su esfuerzo y valor recompensar la falta pasada.
Con tanto dio la vuelta para Toledo, do la reina le
esperaba, sin descuidarse en apercibirse de todo lo necesario para llevar
adelante la guerra comenzada. Asimismo los soldados que quedaron de guarnición
en el Andalucía, por no estar ociosos, acordaron de correr la campiña de
Sevilla, ciudad de las más principales de España. Indignados los ciudadanos por
ver delante sus ojos abrasarse sus cortijos y olivares, salieron con su rey
Abulali contra los cristianos. El número era grande, la destreza y valentía de
los moros no tanto. Vinieron a las manos, en que murieron de los moros en la
pelea y en el alcance hasta en número de veinte mil, que fue un destrozo muy
grande. Sin embargo, por otra parte los moros se pusieron sobre el castillo de
Garcés, y le apretaron con tal rabia, que ni por el mucho daño que los de
dentro les hicieron, ni por entender que el rey don Fernando, pasado el
invierno, volvía con gente a continuar la guerra, desistieron de su intento
hasta tanto que forzaron aquella plaza, que fue alguna mengua para los
nuestros; la pérdida no fue muy grande, mayormente que se recompensó
bastantemente aquel daño con lo que de nuevo se hizo en el Andalucía.
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Luego que llegó el rey don Fernando le salió a
recibir el rey moro de Baeza, y en su compañía tres mil de a caballo y gran
gente de a pie con intento, no sólo de hacer alarde de sus fuerzas, sino de
servirle en la guerra, si fuese necesario. Dio este ofrecimiento mucho
contento; rogáronle llevase adelante su buena voluntad, y en particular
concertaron viniese en que en Salvatierra y en Capilla y en Burgalhimar, tres
plazas importantes, residiesen soldados de guarnición para su seguridad; demás
que como en rehenes, para cumplimiento de lo concertado, entregó la fortaleza
de la misma ciudad de Baeza para que el maestre de Calatrava la tuviese en
fidelidad. Los moros de Capilla, por ser aquella plaza muy fuerte, su sitio
áspero y empinado, no quisieron pasar por este concierto ni recibir los
soldados que les enviaban de guarnición; de que resultó que el castillo de
Baeza quedó en propriedad por los cristianos, y sin embargo, el rey con todo su
campo se fue a poner sobre Capilla con intento de rendirla o forzarla. Era esta
buena ocasión para adelantarse los nuestros y mejorar su partido; pero era
necesario, porque la gente era poca, afirmarla con nuevas compañías.
Por esta causa acordó el rey dejar su gente en el
cerco y volver él atrás, muy dudoso en lo que debía hacer, si continuar la
guerra del Andalucía, si acudir a Francia al socorro de su tía, lar reina doña
Blanca, que por sus cartas y embajadas le hacía instancia la ayudase para
apaciguar las alteraciones de aquel reino y sujetar a los señores, que por ser
el rey de pocos años, que no pasaba de doce, y ella mujer y extranjera, se les
atrevían y los desestimaban. Parecióle al rey cosa fea desamparar aquellos reyes,
sus deudos, mayormente en aquel aprieto y trance; pero sucedieron dos cosas que
le impidieron aquella empresa: la una, que los soldados que quedaron sobre
Capilla, sin embargo de su ausencia, tomaron aquella plaza, a que era necesario
acudir para que no se tornase a perder; la segunda, que camino de Almodóvar su
misma gente dio la muerte al rey de Baeza, que se huía por miedo de los suyos,
que tenía muy irritados por la amistad y asiento que puso con los cristianos;
con que la guarnición del castillo de Baeza quedaba a mucho riesgo, si con
presteza no le acorrían. Por estas dos causas el rey se determinó de sobreseer
en lo de Francia y proseguir la empresa del Andalucía, pues era no menos justo
y honroso vengar la muerte de aquel rey, su amigo y confederado, que ayudar a
sosegar las pasiones de Francia; en especial que con aquella ocasión pretendió,
si pudiese, lanzar toda la morisma de toda España. A la verdad
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la reina doña Blanca con la ayuda de Dios y su
buena maña y prudencia, sin socorro de su sobrino sosegó los alborotos de su
reino, de que se temían graves daños.
Todo esto pasaba el año de nuestra salvación de
1227; en él se abrieron los cimientos de la iglesia mayor de Toledo, tan
célebre edificio y de tanta majestad como hoy se ve, en el mismo sitio en que
estaba la antigua, aunque mudada la traza. El rey y el arzobispo se hallaron a
poner la primera piedra, debajo de la cual echaron medallas de oro y plata,
conforme a la costumbre antigua de los romanos. Otros templos se podrán
aventajar a éste en la hermosura y primor de la traza, en la grandeza y
capacidad; más en la muchedumbre y riqueza de sus preseas y de su ornato, en la
grandeza de las rentas, en el número de los ministros, en la majestad de
ceremonias y culto divino, ninguno en toda la cristiandad se le iguala; muestra
muy ilustre de la cristiandad y piedad de España, en especial de la dicha
ciudad. Falleció a los 18 de julio el papa Honorio III; sucedióle en el
pontificado Gregorio IX, natural de la ciudad de Anagni.
Floreció otrosí en España don Lucas, primero
diácono de León, y después obispo de Tuy. Deseoso de adelantarse en virtud y
letras y por visitar los lugares santos, cuando era más mozo pasó a Italia y a
Roma y desde allí a las partes de Levante. Fue contemporáneo de don Rodrigo,
arzobispo de Toledo, y ejercitóse en los mismos estudios, porque compuso una
Historia de las cosas de España, en cuyo principio ingirió el Cronicón de San
Isidoro; que dio ocasión a algunos de tener y citar la primera parte de aquella
historia por del mismo santo. Escribió demás de la historia la vida del dicho
san Isidoro y otro libro grande de sus milagros; obra en que de la mitad
adelante confuta la secta de los albigenses y sus errores, que son los mismos
de los luteranos. De la confutación consta que estos herejes entraron en
España, según que arriba se mostró por un pedazo que de este libro tomamos.
Escribió estas obras, como él mismo lo testifica, por mandado de la reina doña
Berenguela, señora muy devota y favorecedora de los hombres virtuosos y
letrados.
XIII. Que se volvió de nuevo a la guerra de los
moros
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Los moros de Baeza tenían apretado el castillo de
aquella ciudad, que, como se dijo, quedó en poder de cristianos; que si bien
eran en pequeño número, por estar proveídos de vituallas, se defendieron y
entretuvieron hasta tanto que el rey don Femando sobrevino con un grueso
ejército. Con su venida los moros, visto que no tenían fuerzas bastantes para
resistir, no solo desistieron del cerco, sino desamparada la ciudad, se
retiraron a lo más dentro del Andalucía. Quedó por gobernador de aquella ciudad
nuevamente ganada don Lope de Haro; merced debida a sus servicios, pues en
todas las empresas de importancia se hallaba. El cuidado de Martos se encargó a
Alvar Pérez de Castro y a Tello de Meneses. No se hizo alguna otra cosa que sea
digna de memoria en esta jornada, salvo que después que el rey dio la vuelta a
Toledo, don Tello con sus soldados entró a correr los campos de Baena y de
Lucena, sin parar hasta dar vista a la campiña de Sevilla y hacer por todas
partes grandes talas y presas. Por el contrario, el rey de Sevilla, para
divertirle con su gente, llegó a la ciudad de Baeza y le corrió sus campos. Los
moros que se ausentaron de aquella ciudad, por ser restituidos en su patria, le
incitaron a emprender esta jornada; pero visto que no tenía fuerzas bastantes
para salir con la empresa, trató de hacer paces con los cristianos y se
concertó de pagar cada un año de tributo trescientos mil maravedíes, en
especial que de su misma gente se le armaba otra mayor tempestad; y fue que los
moros de Murcia por este tiempo alzaron por rey un moro, por nombre Abenhut,
que venía del linaje de los reyes de Zaragoza, y era grande enemigo de los
almohades.
Decía públicamente que la causa de los males y
calamidades pasadas y de hallarse su nación en aquel término y tan sin fuerzas
eran las novedades que aquella secta introdujo en España. No hay cosa más
poderosa para mover al pueblo que la capa de religión, debajo de la cual se
suelen encubrir grandes engaños. Arrimósele pues gran morisma por esta causa,
gran muchedumbre de gentes, en especial en la comarca de Granada y en lo
restante de Andalucía, con esperanza en que todos entraban, que por medio de
este moro se mejoraría y adelantaría su partido, que iba muy de caída. Los
demás de aquella nación, y aún los príncipes cristianos, estaban con cuidado no
resultase de aquella centella y de aquel principio algún fuego con que todo se
abrasase. Esto pasaba en España el año que se contó de Cristo 1228.
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En Francia, el mismo año, Ramón, postrer conde de
Tolosa, apretado con la guerra que el rey Luis le hacía por causa de su
herejía, se redujo y se reconcilió con la Iglesia. Las condiciones y cargas que
el mismo rey y Romano, cardenal de San Angel, como legado del papa, le
impusieron, fueron las siguientes: que el conde con todo cuidado procurase
desterrar de su tierra la secta de los albigenses; que su hija y heredera, por
nombre Juana, casase con uno de los hermanos de aquel rey, el que más le
agradase; si de este matrimonio no quedase sucesión, el condado de Tolosa se
juntase con la corona de Francia. La ignorancia suele acarrear grandes daños;
para la enseñanza del pueblo mandaron que en la ciudad de Tolosa asalariase a
su costa cuatro lectores de teología, dos juristas, seis maestros de las artes
liberales y dos gramáticos. Para seguridad que cumpliría todo esto puso en
poder del rey y le entregó cinco castillos y su misma hija. Tomóse este asiento
en la ciudad de París; y hechas las capitulaciones, por el mes de abril
compareció el conde en la iglesia mayor de aquella ciudad desnudo, fuera de la
camisa; allí le absolvió el legado de las censuras incurridas por los excesos
pasados; juntamente le dio la divisa de la cruz, como se acostumbraba, para que
dentro de cierto tiempo pasase a la guerra de la Tierra Santa y en ella
residiese por espacio y término de cinco años, que era una de las condiciones
que se capitularon; tan grande autoridad tenían por estos tiempos los papas,
tanta fuerza la Iglesia, ayudada del favor y asistencia de los reyes, para
castigar los rebeldes y malos y escarmentar a los demás.
Fallecieron otrosí en España algunos grandes
personajes, y entre ellos don Ramiro, obispo de Pamplona, de la nobilísima
alcurnia de los reyes de Navarra. Sucedióle en el obispado don Pedro Ramírez,
en cuyo tiempo el papa Gregorio IV tomó debajo de su protección aquella iglesia
y sus prelados; que era eximirla de la jurisdicción de los metropolitanos de
España.
En Aragón el rey con su buena maña conquistaba
aquellos caballeros parciales para que se le rindiesen. Recibió en su gracia a
su tío el infante don Fernando, sin embargo de las revueltas pasadas, y púsole
por condición diese orden como los conjurados se alzasen entre sí unos a otros
los homenajes y la palabra que se tenían dada. Don Sancho, obispo de Zaragoza,
pretendía le restituyesen los pueblos que eran de su hermano don Pedro Ahones,
de que el rey se apoderó luego que le mataron. Otorgóle que estuviese a derecho
y que pasasen por lo que los jueces
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determinasen. Hízose así, y oídas las partes,
pronunciaron que los pueblos que tenían en tenencia quedasen por el rey; los
demás heredados de sus padres, se restituyesen al Obispo, pues no era justo que
por la falta de uno padeciese todo el linaje. Parecía con esto quedar el reino
sosegado.
Los de la casa de Cabrera no acababan de
apaciguarse. Aurembiase, hija de Armengol, conde de Urgel, según que se
concertara, pretendía en juicio que le restituyesen el estado de su padre, de
que los Cabreras se apoderaron por fuerza. Ellos, no solo no hacían caso de
aquella demanda, más aún mostraban burlarse de la autoridad real, y no querían
dejar el estado que poseían de años atrás. Vinieron a rompimiento y a las
manos; el rey, que hacía las partes de aquella señora, quitó a los Cabreras
muchos de aquellos pueblos, unos por fuerza, otros que se rindieron de su
voluntad, en especial la ciudad de Balaguer, cabeza de aquel estado de Urgel.
Hecho esto, acordó casar aquella doncella Aurembiase, para que nadie se le
atreviese, con don Pedro, infante de Portugal, tío suyo, primo hermano de su
padre, que a la sazón andaba huido en la corte de Aragón. Gerardo Cabrera el
desposeído tomó el hábito de los templarios, quién sabe si por devoción, si por
otro respeto; lo cierto es que los años adelante don Ponce, su hijo, por el
derecho que su padre pretendía, alcanzó el condado de Urgel a causa que
Aurembiase no dejó sucesión alguna de su marido el infante don Pedro, como se
dirá en otro lugar; con tanto tuvieron fin aquellos debates.
El deudo del rey y del infante era de esta manera.
El infante don Pedro fue hijo de don Sancho, rey de Portugal, habido en la
reina doña Aldonza, hermana que fue de don Alfonso, rey de Aragón, abuelo del
rey don Jaime; de suerte que el infante era tío del rey, primo hermano de su
padre el rey don Pedro, que mataron en Francia.
XIV. Que el rey de Aragón ganó la isla de
Mallorca
En un mismo tiempo en Castilla y en Aragón se hacía
guerra contra los moros. Los aragoneses adelantaron mucho sus cosas, los de
Castilla no hicieron de presente grande progreso. El nuevo rey Abenhut tenía
puesto en cuidado al rey don Fernando por verle de nuevo apoderado de Granada,
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ciudad populosa y principal. Juntó sus huestes y
llegó con ellas hasta dar vista a aquella ciudad y pasó adelante hasta Almería;
más no hizo otro efecto de importancia, a causa que el enemigo, escarmentado en
cabeza ajena, se excusó de venir a las manos. Con esto se pasó lo restante de
este año y del luego siguiente 1229, en el cual tiempo se tuvo aviso de
Alemania que los caballeros teutónicos, que por espacio de muchos años
mostraron mucho valor en las guerras de la Tierra Santa, con la cruz negra que
traían por divisa sobre manto blanco, luego que se perdió la ciudad de
Ptolemaide, se volvieron a su patria, que eran naturales de Alemania, y con
licencia del emperador Federico II, hicieron su asiento en la Prusia, provincia
áspera e inculta, puesta entre Sajonia y Polonia, cuyos moradores aún no eran
cristianos. Aumentáronse poco adelante estos caballeros en poder y fuerzas con
apoderarse y conquistar la provincia de Livonia, que se cuenta entre los
sármatas y cae sobre el reino de Polonia. Mantuviéronse por muchos años e
hicieron buenos efectos hasta tanto que Alberto, último maestre de aquella
caballería, se inficionó con la herejía luterana, y con la libertad de aquella
secta dejó el hábito y renunció, por casarse, aquellas provincias y las entregó
al rey de Polonia.
Volvamos al rey don Jaime de Aragón. Luego que vio
apaciguado su reino, comenzó a tratar de qué manera podría emplear sus fuerzas
contra los enemigos de Cristo. Acaeció que cierto día un hombre principal de
Tarragona, por nombre Pedro Martello, le convidó a comer en su casa; las
ventanas de la sala en que era el convite caían sobre la mar, y por frente la
isla de Mallorca. Con esta ocasión, de una plática en otra vinieron a tratar de
la fertilidad, frescura y riqueza de aquella isla y de las demás que caen en
aquel paraje. Tomó la mano Pedro Martello, como el que tenía larga experiencia
de todo lo que pasaba en este caso. Encareció con muchas palabras las
excelencias de Mallorca, su fertilidad y abundancia, los grandes daños que
desde allí se hacían en las costas de Cataluña y las otras comarcanas de
España.
Sucedió muy a propósito que pocos días antes
aquellos moros tomaron ciertas naves catalanas; y al embajador que enviaron
para requerir que las restituyesen, como hiciese su demanda en nombre del rey
don Jaime de Aragón, respondió el rey moro, que se llamaba Retabohihes, con
grande arrogancia: «¿Qué rey me nombráis aquí?». El embajador: «Al hijo, dijo,
del rey de Aragón, que en las Navas de Tolosa desbarató y destrozó un grande
ejército de vuestra nación». Indignóse el moro de suerte con esta
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respuesta tan resoluta, que poco faltó no pusiesen
la mano en el embajador; mas en fin prevaleció el derecho de las gentes; sólo
le hicieron luego salir de la isla. Alteróse el rey de Aragón oídas estas
cosas, y resolvióse de emprender aquella guerra, en que tantas comodidades se
representaban. Para apercibirse de todo lo necesario juntó Cortes en Barcelona,
dio cuenta de la empresa que pensaba tomar; de que los presentes recibieron
tanto gusto, que con grande voluntad para este efecto le otorgaron segunda vez
el boyático, tributo que se solía dar a los reyes una vez solamente. Con esto
despachó sus cartas, en que mandó que para mediado el mes de mayo los soldados
y las compañías se juntasen en el puerto de Salou, cerca de Tarragona, do se
aprestaba la armada y se hacía toda la masa de la gente para pasar a Mallorca.
En este medio vino de Roma a Aragón por legado del
papa, Juan, monje de Cluny y cardenal sabinense, sobre negocios muy graves.
Acudió el rey a Calatayud para verse con el legado. Vino asimismo a aquella
ciudad Zeit, rey de Valencia, despojado de aquel reino y de aquella ciudad por
otro moro llamado Zaen. El amistad que tenía con los cristianos le acarreó este
daño y este revés tan grande, demás que se rugía quería hacerse cristiano. Por
esto el rey don Jaime se resolvió de recibirle debajo de su protección, no solo
a él, sino también a su hijo Abahomat, y para restituirlos en su estado, hacer
guerra a aquel tirano, como lo cumplió adelante. El negocio principal sobre que
vino el legado era el casamiento del rey, que pretendía apartarse de la reina,
y para ello alegaba el impedimento de consanguinidad, si bien tenía ya un hijo,
por nombre don Alfonso, para suceder en la corona y estados de su padre. Para
averiguar este pleito el rey y el legado pasaron a Tarazona. Acudieron allí don
Rodrigo, arzobispo de Toledo, y Aspargo, arzobispo de Tarragona, con otros
muchos obispos de Castilla y de Aragón para hallarse a la determinación de
aquel negocio tan grave y que a todos tocaba. Alegaron las partes de su
justicia, formóse el proceso, y por conclusión se pronunció que el casamiento
era ninguno y que al rey y la reina quedaban libres para disponer de sí; y sin
embargo, determinaron que el hijo, como legítimo, heredase el reino de su
padre. Dada la sentencia, la reina doña Leonor, ya ni viuda ni casada, se
partió de buena gana para hacer compañía a su hermana doña Berenguela y
consolarse con ella en aquella su soledad. Dejáronle los pueblos que tenía en
Aragón como en arras y parte de dote, llevó otrosí muchas preseas de paños
ricos, oro, plata y pedrería.
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Despedida la junta, el rey acudió a Tarragona para
hallarse al tiempo señalado. Lo restante del estío gastó en aprestar la flota y
en juntar los soldados, que de cada día le venían en gran número con gran
voluntad de tener parte en aquella empresa. Luego que todo estuvo a punto se
embarcó la gente, y por el mes de septiembre, con buen tiempo, se hicieron a la
vela y se alargaron a la mar. El número de la gente, quince mil infantes y mil
quinientos caballos. Ciento y treinta y cinco velas entre naves de alto borde,
que eran veinticinco, doce galeras, y los demás bergantines y vasos pequeños;
iban otrosí algunos bajeles, que servían para llevar los caballos. La
navegación es corta; así en breve llegaron a vista de Mallorca. Allí de súbito
les sobrevino tal tempestad y les cargó el tiempo de suerte, que la armada se
derrotó en gran parte y estuvieron a riesgo de no pasar adelante. Fue Dios
servido que a puesta de sol el viento leste o levante, que traía desasosegado
el mar y sopla de ordinario por aquellas partes, calmó y se trocó en cierzo,
muy a propósito para proseguir su navegación y acabarla. En todo este peligro
mostró el rey grande constancia y ánimo; con que todos se animaron y se
remediaron los daños.
La figura de Mallorca es cuadrada, con cuatro cabos
y remates, que miran a las cuatro partes del mundo. A la parte de poniente
tiene el puerto de Palumbaria, y por frente la isla llamada Dragonera, el cabo
o promontorio de las Salinas cae a mediodía, y en medio del puerto y de este
cabo, casi a igual distancia, está asentada la principal ciudad, que tiene el
mismo nombre de la isla, ca se llama Mallorca; los cabos de la Piedra y de San
Vicente miran a las partes de levante y de septentrión. Cerca del cabo de la
Piedra está situado un pequeño lugar, pero que tiene buen puerto y abrigo para
las naves; llámase Polencia, y antiguamente fue colonia de romanos. Quisiera el
rey tomar este puerto; pero el viento contrario le forzó a surgir en el de
Palumbaria, distante de la ciudad treinta millas. La galera capitana, en que el
rey iba, fue la primera a entrar en el puerto y tras ella lo restante de la
armada, sin que faltase bajel alguno de toda ella. Acudió gran morisma para
impedir que no saltasen en tierra; por esto les fue forzoso pasarse al puerto
de Santa Poncia, que está más adelante entre poniente y mediodía. Allí echaron
anclas, y a pesar de los moros, saltaron en tierra.
Hubo algunas escaramuzas al desembarcar, en que
siempre los cristianos llevaron lo mejor. El intento era enderezarse la vuelta
de la ciudad de Mallorca; porque ella tomada, lo demás de la isla se rendiría
con
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mucha facilidad. No ignoraba esto el rey moro,
antes para su defensa tenía hechas sus estancias en el monte Portopí, que está
a vista de la ciudad. La gente que tenía era más en número que en fuerzas
señalada. Acordó valerse de maña y parar una celada en el camino entre unas
quebradas y bosques para tomar a los enemigos descuidados y de sobresalto.
Sucedióle como lo pensaba, que los cristianos se descuidaron como si caminaran
por tierra segura. Visto el desorden, los moros cargaron con tal denuedo, que los
pusieron en grande aprieto. Murieron en la refriega, entre otros muchos, don
Guillén de Moncada, vizconde de Bearne, y don Ramón de Moncada, personajes de
gran cuenta y que iban en la vanguardia, y fueron los primeros a hacer rostro
en aquel trance, que fue una pérdida muy grande y notable desgracia. Bajaban
del monte, que cerca está, los moros en gran número para ayudar a los suyos, de
suerte que de una parte y de otra se trabó una reñida batalla, y los fieles se
vieron en gran peligro y cercados de todas partes. El esfuerzo y valor del rey
y su buena dicha venció estas dificultades; ca sin saber el daño que los suyos
recibieron al principio, peleó valientemente y forzó a los moros, primero a
retirarse poco a poco, después a huir y recogerse en sus reales. La pelea fue
con poca orden a fuer de África, de tropel, y que ya acometen, yo vuelven las
espaldas, aquí se retiran, allí cargan. Los cristianos siguieron el alcance,
subieron al monte al son de sus cajas y entraron los reales de los moros, con
que la victoria y el campo quedó de todo punto por ellos.
No pasaron adelante ni se curaron de ejecutar la
victoria y de seguir a los vencidos, porque tenían la guarida cerca y más
noticia de toda aquella tierra. Contentáronse con lo hecho y con asentar sus
reales a vista de la ciudad para combatirla, por entender que los de dentro
estaban muy proveídos y de su voluntad no se rendirían. Los días adelante
pusieron diligencia en levantar todo género de máquinas, trabucos, torres y
mantas para batir y arrimarse a las murallas. Cegaron el foso de la ciudad, que
era ancho y hondo, con hornija y otros materiales. Salían los moros de rebato
para desbaratar e impedir estos ingenios, pero las más veces volvían con las
manos en la cabeza. Finalmente, los soldados se arrimaron al muro, y con picos
arrancaron las piedras de los cimientos de cuatro torres, que apuntalaron con
vigas, y después les pegaron fuego; con que las dichas cuatro torres dieron en
tierra, y en el muro quedó abierta una grande entrada.
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Los moros, visto el peligro que corrían si la
ciudad se entraba por fuerza de ser muertos y saqueadas sus casas, vinieron en
pedir concierto. Pretendían les dejasen las vidas y las haciendas y que con su
rey se pudiesen pasar en África. A muchos parecía bueno este partido y que se
debía venir en lo que pedían. De este parecer era don Nuño, conde de Rosellón,
que era el medianero en estos tratos; los amigos y deudos del príncipe de
Bearne, con deseo de vengarse, pretendían que era afrenta e infamia acabar la
guerra antes de tomar venganza de tantos y tan buenos caballeros como aquellos
bárbaros mataron. Los cercados, perdida la esperanza de concierto, tornaron con
furia rabiosa a la pelea y con mayor ímpetu que antes a defender la ciudad. La
desesperación es una muy fuerte arma; hicieron mucho daño en los nuestros,
tanto, que ya se arrepentían los que estorbaron el concierto y holgaran se
admitiera de nuevo. Finalmente, derribada gran parte del muro, era forzoso a
los nuestros que por las piedras y ruinas procurasen hacer camino. Algunos
decían convenía acometer la ciudad de noche cuando las centinelas están
cansadas; el rey, por excusar la libertad y desórdenes que trae consigo la
noche, mandó que se guardasen las puertas y portillos con todo cuidado porque no
huyesen los enemigos. Al alba concertó y puso en orden los suyos para dar el
asalto, y de parte que pudo ser oído les habló en esta manera:
«Bien conozco, amigos, que para premiar vuestros
trabajos y vuestro valor no tengo fuerzas bastantes; el reconocimiento y estima
será perpetua por cuanto la vida durare. La ocasión que de presente se ofrece
de hacer un nuevo servicio a Dios, a vuestra patria y a mi corona, y para vos
ganar prez y honra inmortal es, cual veis, la mejor que se pudiera pensar. Con
la toma de esta ciudad y con sus despojos quedaréis ricos y bien parados; con
su sangre vengaréis la de vuestros deudos y hermanos, y yo por vuestro trabajo
conquistaré un nuevo reino y estado. Los de dentro son pocos en número, sin
aliento por la hambre que padecen, enfermedades, trabajos. ¿Quién será tan de
tan poco ánimo que no arremeta y cierre con los enemigos y por aquellos muros
aportillados no se haga camino con la espada para entrar en la ciudad? A Dios
tenéis favorable, por cuyo nombre peleáis; éste será el remate de vuestros
largos trabajos y fatigas, principio de alegría y de descanso. Los flacos y
temerosos, si alguno hubiese, correrán más peligro; en el ánimo y osadía
consiste la seguridad de los que valientemente pelearen».
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Dichas estas razones, mandó dar señal de acometer y
cerrar por una, dos y tres veces. Los soldados se detenían; no sé qué miedo y
espanto los tenía casi pasmados. El rey, «¿qué esperáis, dice, soldados? ¿Qué
hacéis? Acometed y embestid con vuestro ánimo acostumbrado; los enemigos son
los mismos que hasta aquí; ¿qué dudáis?». Despertados con estas palabras como
de un sueño, arremeten de golpe y de tropel con gran grita y alarido; los moros
acuden a todas partes con gran coraje para defender la entrada; hacen el último
esfuerzo. Encendióse la batalla y la refriega en diversos lugares. Por
conclusión, muertos y heridos muchos de los enemigos, se entró la ciudad, que
saquearon los soldados a toda su voluntad, en que los unos y los otros se
ensangrentaron. El rey moro, perdida toda esperanza, se escondió en cierto
lugar secreto. De allí le sacaron; el rey don Jaime, como lo tenía jurado, para
mayor afrenta le tomó por la barba, si bien con palabras corteses le animó y
prometió que todo se haría bien. Tomada la ciudad, sin dilación se entregó la
fortaleza, en que hallaron un hijo de aquel rey, en edad de trece años, que
adelante bautizaron y se llamó don Jaime. Heredóle el rey en tierra de
Valencia, y diole por juro de heredad la villa de Gotor, de que toman su apellido
sus descendientes, caballeros principales de aquel reino; así bien como de otro
caballero por nombre Currocio, natural de Alemania, noble, y que sirvió muy
bien en esta guerra, y en recompensa de sus trabajos le dieron el lugar de
Rebolledo, descienden los Carrocios, gente noble y principal, y que dura hasta
nuestros tiempos, en el misma reino de Valencia.
Ganóse la ciudad de Mallorca, postrero día de
diciembre, entrante el año de Cristo de 1230. Acordó el rey hacerla catedral y
poner en ella obispo, si bien los canónigos de Barcelona pretendían
pertenecerles aquel obispado por escrituras que alegaban, del todo olvidadas y
desusadas; así no salieron con su pretensión. Los demás castillos y pueblos de
toda la isla con facilidad vinieron a poder de cristianos; más ¿cómo pudieran
sustentarse perdida la ciudad principal? Apaciguada la tierra y dado asiento en
las cosas del nuevo reino, los más soldados dieron vuelta para sus casas y el
rey pasó a Cataluña.
En este mismo año la religión de nuestra Señora de
la Merced, que se instituyó pocos años antes, según que de suso queda apuntado,
su modo de vivir y la regla que profesan, fue aprobada por el papa Gregorio IX,
como parece por su bula, dada en Perosa, ciudad de Toscana, a 17 de enero de
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este mismo año, según que rezan las constituciones
de esta orden al principio.
XV. Que el reino de León se unió con el de
Castilla
En el mismo tiempo que los de Aragón emprendieron
la conquista de Mallorca y la ganaron, el rey don Alfonso de León con sus
huestes y las de su hijo hizo una nueva entrada en tierra de moros. Púsose con
sus gentes sobre Cáceres, villa principal de Extremadura y que otras veces
había intentado de tomarla y no pudo salir con ello. Era príncipe brioso y
denodado, las fuerzas que llevaba eran mayores que antes, y así pudo salir con
la empresa, y aún pasó adelante animado con este principio a poner sitio sobre
la ciudad de Mérida, que en otro tiempo fue la más principal de aquellas partes
y de presente era populosa y grande.
El rey moro Abenhut, sabido lo que pasaba, por
ganar reputación entre su gente acordó de ir con su hueste en socorro de los
cercados. Su venida y determinación puso en cuidado al rey don Alfonso; por una
parte se recelaba de ponerse al trance de una batalla por la poca gente que
tenía, por otra el miedo de la infamia, si se retiraba, le aquejaba mucho más;
que a tales personajes la afrenta suele ser más pesada que la misma muerte.
Para resolverse juntó a consejo los capitanes, los pareceres fueron diferentes,
como es ordinario. Los más en número y de mayor prudencia querían se excusase
la batalla con aquel enemigo que venía poderoso y bravo; más el rey todavía se
arrimó al parecer contrario de los que se mostraban más animosos y honrados.
Tomada esta resolución, ordenó sus haces en guisa de pelear; lo mismo hicieron
los moros, que ya tenían allí cerca sus estancias. Diose la señal de acometer;
resonaban las trompetas, las cajas, los atabales por todas partes. Cerraron con
grande ánimo los unos y los otros. La batalla por algún espacio fue muy herida
y sangrienta, pero en fin, el valor de los cristianos sobrepujó la muchedumbre
de los paganos. La victoria fue tan señalada y el destrozo de los enemigos de
Cristo tan grande, que de miedo muchos pueblos de aquella comarca quedaron
yermos por huirse sus moradores por diversas partes. Díjose por cosa cierta que
el apóstol Santiago y en su compañía otros santos con
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ropas blancas en lo más recio de la batalla
esforzaron a los nuestros y amedrentaron a los contrarios; y aún en Zamora no
faltaron personas que publicaron haber visto a san Isidoro, que con otros
santos se apresuraba para hallarse en aquella batalla en favor de los
cristianos. La verdad ¿quién la podrá averiguar? La alegría de victorias
semejantes suele dar ocasión a que se tengan por ciertos cualquier suerte de
milagros.
Después de esta rota los de Mérida, por no tener
esperanza les vendría otro socorro, abrieron las puertas a los vencedores, que
fue el fruto principal de la victoria. Demás que de esta vez se ganó y vino a
poder de cristianos la ciudad de Badajoz, puesta en aquella parte por do parten
términos Extremadura, Andalucía y Portugal. El rey don Alfonso, que en el
cuento de los reyes de Castilla y de León se pone por noveno de aquel nombre,
acabadas cosas tan grandes y porque el tiempo cargaba, despidió su gente para
que se fuese a invernar, resuelto de revolver con mayores fuerzas sobre los
moros luego que el tiempo diese lugar. Atajó la muerte sus buenos intentos, que
le sobrevino en Villanueva de Sarriá, de una dolencia aguda que allí le acabó
al fin de este año, yendo a visitar el sepulcro del apóstol Santiago, para en
él cumplir sus votos y dar gracias a Dios por mercedes tan señaladas; su cuerpo
sepultaron en aquella iglesia de Santiago.
De doña Teresa, su primera mujer, dejó dos hijas,
doña Sancha y doña Dulce; de la reina doña Berenguela quedaron don Fernando,
que ya era rey de Castilla, y don Alfonso, que fue señor de Molina, y doña
Berenguela, que casó con Juan de Brena, rey de Jerusalén. Tuvo otro hijo fuera
de matrimonio, que se llamó don Rodrigo de León. Reinó por espacio de cuarenta
y dos años, fue valeroso y esforzado en la guerra, tan amigo de justicia, que a
los jueces, porque no recibiesen de las partes ni se dejasen negociar, señaló
salarios públicos, y los castigaba con todo rigor si en esto excedían. Verdad
es que oscureció y amancilló las demás virtudes de que fue dotado con dar
orejas a chismes y reportes de los que andaban a su lado; falta muy perjudicial
en los grandes príncipes. El odio que tuvo a su hijo don Fernando, de cuya
virtud y santidad se debiera honrar más que de otra cosa, fue grande, y le duró
por toda la vida, tanto que en su testamento nombró por sus herederas a las dos
infantas, sus hijas mayores.
Por esta causa, para prevenir inconvenientes y
pasiones, era forzoso que el rey don Fernando, pospuesto todo lo al, se
apresurase para tomar posesión de aquel reino, si bien a la sazón se hallaba
ocupado en la guerra
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que hacía en Andalucía; príncipe esforzado y
valeroso y que no sabía reposar ni miraba por su salud a trueque de adelantar
el partido de los cristianos. Puso cerco sobro Jaén, pero aunque la apretó con
todo su poder, teníanla tan pertrechada de gente y de todo lo demás, que no
pudo ganarla. Pasó con su campo sobre Daralherza. En este cerco estaba ocupado
cuando le vinieron nuevas de la muerte de su padre. Aconsejábanle los que con
él estaban, y entre ellos don Rodrigo, arzobispo de Toledo, diese la vuelta. Solicitábale
sobre todos su madre, y cada día cargaban mensajes de todas partes en esta
misma razón. Bien entendía él que le aconsejaban lo que era bueno y que la
dilación le podría empecer más que todo; pero aquejábale en contrario el deseo
de llevar adelante la empresa del Andalucía.
Su madre, con el cuidado que el amor de hijo le
daba y por los miedos que él mismo le ocasionaba, acordó partirse para
hablarle. En Orgaz, que está cinco leguas de Toledo, camino del Andalucía, se
encontraron madre e hijo. Allí tomaron su acuerdo, que fue sin más dilación
apresurar el camino para el reino de León, sin detenerse ni en Toledo ni en
otra parte alguna. Hízose así, y el rey luego que llegó al reino de León, le
halló más llano de lo que se pensaba. Los pueblos le abrían las puertas y le
festejaban. Llamábanle rey pío y bienaventurado, con otros muchos títulos y
renombres que le daban. Coronóse en Toro, honra debida a aquella ciudad por ser
la primera que le ofreció la obediencia por sus cartas. Los ricos hombres no
estaban del todo llanos, antes algunos seguían la voz de las infantas, con
algunos pueblos que se les arrimaban. Pudiera resultar de esta división algún
grande inconveniente, si los prelados de aquel reino no ganaran por la mano,
cuyo oficio es no solo predicar, al pueblo y administrarle las cosas sagradas,
sino mirar por el bien y pro común; y así, visto por quién estaba la justicia,
enfrenaron sus particulares aficiones con la razón y dieron de su mano el reino
a quien venía de derecho. Los principales en este número fueron Juan, obispo de
Oviedo; Nuño, de Astorga; Rodrigo, de León; Miguel, de Lugo; Martín, de
Mondoñedo; Miguel, de Ciudad-Rodrigo; Sancho, de Coria.
Doña Teresa, madre de las infantas, acudió de
Portugal para darles como a hijas el ayuda y consejo necesario. Parecióle sería
más acertado concertarse con su antenado, y para esto se vio con doña
Berenguela, madre del rey, en Valencia la de Galicia; en esta vista y habla se
acordaron que las infantas cediesen a su hermano el derecho que pretendían
tener al reino, y que él les acudiese cada un año con treinta mil ducados para
sus
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alimentos. Tomado este asiento, el rey de León, do
estaba, partió para Valencia, las infantas fueron a Benavente para visitarle y
verse con él. Al arzobispo don Rodrigo, en premio del trabajo que tomó en todos
estos tratos y caminos tan largos y tan continuos que hacía sin cansarse jamás,
dio el rey en aquella tierra la villa de Cascata. Por esta manera el reino de
León tornó a juntarse con el de Castilla a cabo de setenta y tres años que
andaba dividido, no sin perjuicio y daño de todos. La unión y atadura que en el
rey don Fernando y sus descendientes se hizo y se ha continuado hasta nuestros
tiempos fue principio y como pronóstico de la grandeza que hoy tienen los reyes
de España.
XVI. De algunas vistas que diversos reyes
tuvieron entre sí
Don Sancho, rey de Navarra, por sobrenombre llamado
el Fuerte, título que en su mocedad le dieron sus hazañas, mudado el modo de
vivir y la traza en esta sazón a causa de su mucha grosura y de la poca salud
que tenía, se estaba retirado en el castillo de Tudela sin cuidar mucho del
gobierno. De este retiramiento los vasallos tomaron ocasión de atreverse y de
alterarse, en especial en Pamplona, que diversas veces se alborotó por este
tiempo. La falta del castigo hace a los hombres osados, y la dolencia de la
cabeza redunda en los demás miembros. Asimismo don Lope Díaz de Haro, señor de
Vizcaya, con golpe de gente por la parte de la Rioja hizo entrada en las
tierras de Navarra, y en ella se apoderó de algunos pueblos y castillos.
Sospechóse que el rey don Fernando tenía en esto parte, y que por su consejo y
con sus fuerzas se encaminaban estas tramas. Lo que hacía más al caso que
Teobaldo, conde de Campaña en Francia, sobrino de aquel rey por ser hijo de su
hermana doña Blanca, infanta de Navarra, y que si tuviera paciencia había de
heredar aquella corona por no tener el rey hijos, con demasiada prisa traía sus
inteligencias con los señores de aquel reino para desposeer a su tío; grande
crueldad y que le puso en condición de perder lo que tenía en la mano. Porque
el rey don Sancho, avisado de lo que pasaba y punzadodel dolor que estos
desórdenes le acarreaban, visto que porsí no tenía fuerzas bastantes para
contrastar con los suyos y con los
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extraños, acordó buscar socorros de fuera y de
camino vengarse de aquellos ultrajes y deslealtad.
El rey don Jaime, acabada la empresa de Mallorca,
ganara renombre de esforzado y valeroso en tanto grado, que los demás príncipes
a porfía pretendían su amistad y buena gracia. Acordó enviarle sus embajadores
para rogarle se fuese a ver con él en Tudela para comunicarle algunos negocios
muy graves y que no se podían tratar en ausencia por terceros. Hallábase el rey
don Jaime en Zaragoza, donde por la vía de Poblet y de Lérida era venido
después de la conquista de Mallorca. No le pareció dejar pasar aquella ocasión,
que, según él imaginaba, se le presentaba de acrecentar su estado; así, sin
pedir otra seguridad, se vino para el rey don Sancho. Mostráronse mucho amor de
la una parte y de la otra. Acabados los comedimientos y cortesías, entraron en
materia y trataron de lo que importaba. Querellóse don Sancho de su sobrino el
conde Teobaldo, que sin respeto al deudo ni tener paciencia para esperar su
muerte, con sus malas mañas le alteraba los vasallos. Del rey don Fernando dijo
que, sin embargo que tenía tantas provincias, era su ambición tan grande, que
con los nuevos ditados le crecía el apetitode mandar, mal desasosegado e
incurable. Que tenía pensado valerse de sus fuerzas, de su dicha y de su maña,
recobrar lo de Vizcaya, que le tenían contra derecho usurpado, y reprimir los
insultos e intentos de Francia, y juntamente sosegar los naturales para que no
se atreviesen. En recompensa de su trabajo le quería dejar aquel reino para
después de sus días, y para más asegurarle desde luego nombrarle por su sucesor
y adoptarle por hijo, como lo hizo por estas palabras: «Yo os nombro por mi
heredero por vía de adopción para que hayáis y poseáis esta corona. Prospere
Dios, nuestro Señor, y ayude esta nuestra voluntad; que bien entiendo después
de mis días miraréis por mis vasallos, y mientras viviere haréis lo que de un
buen hijo puede su padre esperar».
Aceptó el rey don Jaime esta adopción y la buena
suerte que se lo presentaba. Para dar mejor color a todo concertaron que la
adopción fuese recíproca, de suerte que cualquiera de los dos que faltase, el
otro le sucediese en el reino. Era cosa ridícula y juego que un mozo y que se
hallaba en lo mejor de su edad, además que tenía hijo y heredero, prohijase un
viejo doliente y que estaba en lo postrero de su vida. Puédese sospechar que el
navarro por su edad y dolencia no estuviese muy entero. A los 4 de abril se
otorgaron las escrituras de este concierto, que confirmaron los
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señores que de Aragón y Navarra se hallaron
presentes. Demás de esto, el navarro dio al de Aragón prestados para los gastos
de la guerra cien mil sueldos, y en prendas recibió para seguridad de la deuda
ciertos pueblos de Aragón. En esto vino nueva que el rey de Túnez aprestaba una
gruesa armada pan recobrar la isla de Mallorca, que hizo despedir las vistas y
abreviar, y forzó al rey don Jaime a dar la vuelta a Zaragoza para acudir a la
defensa, si necesaria fuese.
En este tiempo falleció Aurembiase, dejó en su
testamento el condado de Urgel, y Valladolid en Castilla al infante don Pedro,
su marido, por no tener hijos; de que resultaron nuevos inconvenientes a causa
que don Ponce de Cabrera acudió a los derechos y pretensiones antiguas de su
casa, resuelto, si no le hacían razón, de valerse de las armas y de la fuerza.
Atajó el rey con su prudencia la tempestad que se armaba. Concertó que al nuevo
pretensor se diese aquel condado, fuera de la ciudad de Balaguer, que retuvo
para sí, y al infante mientras que viviese entregó la isla de Mallorca para que
la gobernase en su lugar y como teniente suyo. Tomado este acuerdo, el rey del
puerto de Salou se hizo a la vela y aportó a Mallorca. Supo que el rey de Túnez
por aquel año no venía; por esto sin hacer otra cosa dio la vuelta para su
casa.
El rey don Fernando se ocupaba en visitar el nuevo
reino de León a propósito de granjear las voluntades de la gente con todo
género de buenas obras y mercedes que les hacía. En el entre tanto encargó el
cuidado de la guerra contra moros al arzobispo don Rodrigo, y en recompensa le
hizo merced de la villa de Quesada, a tal que echase de ella los moros, a cuyo
poder era vuelta. Venido pues el verano, el arzobispo con gente rompió por
aquella parte, corrió los campos, hizo presas, quemó las mieses que ya estaban
sazonadas, y no sólo ganó de los moros a Quesada y Cazorla, villas puestas en
los pueblos que antiguamente se llamaron bastetanos, sino también les tomó a
Cuenca, Chelis, Niebla, que llamaron los romanos Elepla, con otros pueblos
comarcanos de menor cuenta. Éste fue el principio del adelantamiento de
Cazorla, que por largos tiempos por merced y gracia de los reyes poseyeron los
arzobispos de Toledo, que nombraban como lugarteniente suyo al adelantado,
hasta tanto que en nuestros días don Juan Tavera, cardenal y arzobispo de
Toledo, le dio por juro de heredad para sus descendientes a don Francisco de
los Cobos, comendador mayor de León, al cual de secretario suyo levantó a
grande estado y dignidad el favor y privanza que alcanzó con el emperador
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Carlos V, rey de España. Verdad es que don Juan
Silíceo, sucesor del dicho Cardenal, pretendió por pleito revocar aquella
donación, como hecha en notable perjuicio de su iglesia; pero ni él ni sus
sucesores salieron con su pretensión hasta que don Bernardo de Rojas y
Sandoval, cardenal de Toledo, concertó la diferencia y restituyó a su iglesia
aquella dignidad. Quesada, porque volvió a poder de moros y adelante la recobró
con sus armas el rey don Fernando, se quedó por los reyes de Castilla.
Por estos tiempos Juan de Brena, rey de Jerusalén,
perdido casi todo aquel reino, pasó por mar en Italia. Era francés de nación,
solicitó a los príncipes de Europa que le ayudasen con sus gentes para recobrar
su reino. De camino casó a Violante, única hija suya, con el emperador Federico
II, que por este casamiento tomó título de rey de Jerusalén, y de él se quedó
en los reyes de Sicilia, sus sucesores en aquel reino, hasta pasar con él y
continuarse en los reyes de Aragón y de España sucesivamente. Solemnizadas
estas bodas, el rey Juan de Brena pasó en España y aportó por mar a Barcelona,
año de 1232. Hospedóle el rey de Aragón con mucho amor y regalo y le tuvo
consigo algún tiempo. Fuese desde allí a Santiago de Galicia por voto que tenía
hecho de visitar aquel santuario. Honróle mucho el rey don Fernando, y para
mayor muestra de amor, si bien era extranjero y su estado en balanzas, le dio
por mujer a su hermana la infanta doña Berenguela a la vuelta de su romería.
Concluidas las bodas, dio aquel príncipe vuelta a Italia para, con los socorros
que juntó, pasar a la guerra de la Tierra Santa. El suceso no fue conforme a
sus esperanzas ni trabajos que por fuerza sufrió en viaje tan largo. Los Anales
de Toledo, a quien damos mucho crédito, señalan la venida de este rey a España
ocho años antes de esto, y que el rey don Fernando le recibió solemnemente en
Toledo, día viernes, a 12 de abril. La verdad es que vuelto a Italia, perdida
la esperanza de recobrar su reino, por orden del papa se encargó del imperio de
Constantinopla, por ser de poca edad el emperador Balduino y estar aquel
imperio que tenían los franceses a punto de perderse. Casó el mozo emperador
con María, hija de aquel rey y de su mujer doña Berenguela. Éste quiso fuese el
premio de los trabajos que pasó en aquel gobierno y tutela.
En Castilla los soldados de las órdenes militares
se juntaron con el obispo de Plasencia, y de consuno ganaron de los moros a
Trujillo, pueblo principal de la Extremadura. La toma fue a los 25 de enero.
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El rey don Jaime pasó tercera vez a Mallorca, y se
apoderó de la isla de Menorca, que la de Ibiza, una de las Pitiusas y la mayor
en el mar Ibérico, se conquistó el año adelante de 1234. Guillén Mongrio,
prelado de Tarragona, sucesor de Aspargo, ya difunto, envió sus gentes para
este efecto, y por esta causa quedó aquella isla sujeta a su diócesis y
obispado, como era razón.
Este año, a los 7 de abril falleció en Tudela el
rey don Sancho de Navarra. Su cuerpo enterraron en Nuestra Señora de
Roncesvalles, convento de canónigos reglares, que él mismo edificó a su costa y
le dotó de buenas rentas. Traen en el pecho una cruz azul en forma de cayado o
de báculo, por lo demás el hábito es de clérigos ordinarios. Los navarros,
luego que murió su rey, llamaron a Teobaldo, conde de Campaña, como a pariente
más cercano. Coronóse por el mes de mayo en Pamplona. Un autor dice que el rey
de Aragón, si bien tuvo aviso de todo, disimuló y no quiso irles a la mano ni
seguir su derecho; que por ventura la conciencia le remordía para no pretender
lo que no era suyo. Las guerras que emprendió adelante dan a entender que si
disimuló fue por un poco de tiempo hasta desembarazarse y aprestarse para
seguir su derecho de adopción, que le tenía por bien fundado; mas la esperanza
de salir con su intento era poca por la aversión que mostraban los naturales.
Teníale otrosí puesto en cuidado un nuevo
casamiento que trataba para sí con doña Violante, hija del rey de Hungría, que
procuraba estorbar con todas sus fuerzas el rey don Fernando, porque todavía
deseaba reconciliarle con su tía doña Leonor, que repudió los años pasados.
Andaban embajadas sobre el caso; y porque por vía de terceros no se concluía
nada, acordaron los dos reyes de verse en el monasterio de Huerta, puesto a la
raya de los dos reinos. Allí se hablaron a los 17 de septiembre. No se hizo efecto
alguno en el negocio principal por razones que el aragonés alegó en su defensa;
sólo demás de los pueblos que antes tenía dio a la reina doña Leonor la villa
de Ariza, en que pasase su soledad; y para mayor entretenimiento vino en que su
hijo quedase en su compañía hasta tanto que fuese de más edad.
Empleaba esta señora su tiempo y sus rentas en
obras de piedad; en particular a su costa, cerca de Almazán, fundó un
monasterio de Premostre, orden cuyo fundador no muchos años antes de este
tiempo fue Humberto, natural de Lorena en Francia. El nombre de premostratenses
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tomaron estos religiosos del primer monasterio que
edificaron en el bosque de Premostre.
XVII. El principio que tuvieron las conquistas de
Córdoba y Valencia
Acabada la habla y las vistas, los dos reyes de
Aragón y Castilla volvieron a proseguir la guerra santa contra los moros. Los
aragoneses, feroces con la victoria de Mallorca y con odio que tenían al rey
Zaen, que estaba por fuerza apoderado del reino de Valencia y había entrado por
las tierras de Aragón robando y quemando aldeas y villas hasta llegar a Amposta
y Tortosa, determinaban intentar la guerra de Valencia. Los castellanos
proseguían la guerra comenzada en el Andalucía. La división que a esta sazón tenían
entre sí los moros daba esperanza de buen suceso a los fieles, porque entre
ellos andaban todos estos bandos: almohades, almorávides, benimerines,
benadalodes. Era de tal manera la división y desconcierto, que aunque nadie les
diera empellón, el mismo reino se cayera de suyo y se fuera a tierra.
Concedieron los de Cataluña al Rey el tributo que llaman bovático para la
guerra de Valencia, que no suelen conceder sino en el último aprieto y extrema
necesidad.
Muchos de los cristianos comenzaron a hacer
entradas en las tierras de los moros; talaban y robaban lo que podían,
especialmente don Blasco de Alagón, que tomó de los moros a Morella, pueblo
fuerte. Este buen agüero y pronóstico para la guerra siguiente, que una persona
particular hiciese tan buen efecto, al rey dio pesadumbre; sentía que ninguno
se le adelantase en dar principio a esta guerra. El castigo fue que tomó
aquella villa para sí y dio a don Blasco en recompensa la villa de Sástago, que
fue el principio de la guerra de Valencia y de los condes de Sástago, principal
casa de aquel reino. Después de tomado Morella, otro pueblo llamado Burriana,
pasados dos meses de cerco, se entregó al rey con condición que a los moradores
les concediese la vida y libertad. Salieron de este pueblo siete mil personas
entre hombres y mujeres. Grave daño fue para los moros la pérdida de estos dos
pueblos, que con la fertilidad de sus campos sustentaban en aquella comarca
otras muchas villas y castillos, a los cuales fue asimismo forzoso rendirse. De
los primeros fue Peñíscola, a quien
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llama Ptolemeo Quersoneso, y con ella Castellón y
Buñol. Don Jimeno de Urrea tomó a Alcalaten; por esto se hizo merced de aquel
lugar y señorío a la nobilísima familia de los Urreas continuado hasta este
tiempo. Más adentro, en medio del reino de los moros, a la ribera del río
Júcar, conquistaron la villa de Almazora; entráronla los nuestros de noche, y
así los moros huyeron sin ponerse en defensa.
En este tiempo el rey don Fernando, apaciguadas las
cosas de León, dejó allí la reina para ganar más con esto las voluntades de
aquella gente. Hecho esto, en Castilla se guarneció de un grande ejército con
determinación de proseguir la guerra del Andalucía, que por algún tiempo
forzosamente se había dejado. Puso cerco sobre Úbeda y combatióla con todo
género de máquinas, y aunque por ser de suyo ciudad principal y estar cerca de
Baeza no más de una legua, la tenían fortalecida de muchos valientes soldados de
guarnición, baluartes y vituallas para entretenerse mucho tiempo; pero la
fortaleza y constancia del rey venció todas las dificultades y se entregaron
los moradores, salvas solamente las vidas. Por otra parte las órdenes tomaron a
Medellín, Alfanges y Santa Cruz.
La alegría de estas victorias se mezcló y turbó con
nueva pérdida, como es muy usado en esta vida mortal y llena de mudanzas. La
reina, mientras el rey andaba ocupado y contento con el buen suceso que Dios le
daba en la guerra, falleció en la ciudad de Toro. Llevaron su cuerpo al
monasterio de las Huelgas de Burgos; las exequias se le hicieron muy solemnes y
el entierro. De allí fue trasladado su cuerpo o la ciudad de Sevilla después de
algunos años, donde junto con su marido la sepultaron y yace, con quien vivió
muy unida en amor y voluntad. Tomada Úbeda, el rey se volvió a Toledo,
determinado de visitar otra vez las ciudades y villas del reino de León; con
estos halagos pretendía ganar las voluntades de los nuevos vasallos. Los
soldados que quedaron en el presidio de Úbeda hicieron una entrada en tierra de
Córdoba, quemaron y talaron aquella campiña.
Algunos de los moros, llamados vulgarmente
almogárabes, fueron presos en esta cabalgada. Almogárabes se llamaban los
soldados viejos y que estaban puestos en los castillos de guarnición. Estos
cautivos dieron aviso que se ofrecía buena coyuntura para tomar a Córdoba, sea
que pretendiesen ganar la gracia de sus señores o que estuviesen mal con los de
aquella ciudad. El arrabal de Córdoba, que llaman Ajarquía, está pegado con las
murallas, y le tenían a su cargo este género de soldados,
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que dieron lugar a los cristianos para que de noche
por aquella parte escalasen la ciudad y la entrasen; que fue el año de nuestra
salvación de 1235, a los 23 de diciembre. El número de los soldados que
entraron era pequeño para salir con empresa tan grave. Tomaron solamente
algunas torres y apoderáronse de la puerta de Martos con intento y esperanza
que les acudirían socorros de todas partes; así, despacharon a toda prisa
mensajeros que avisasen de lo hecho y del aprieto en que quedaban, si no les
acorrían con toda presteza. A la verdad, los moros luego que amaneció, sabido
lo que pasaba y que la ciudad era entrada, se pusieron a punto para combatir
aquellas torres y lanzar por fuerza a los que en ellas estaban. Don Alvar Pérez
de Castro, cuya lealtad y valor fue muy conocido después que se redujo, desde
Martos, do se hallaba, fue el primero que acudió a lo de Córdoba. Lo mismo hizo
el rey; luego que llegó el aviso, partió de la ciudad de León, y aunque la
distancia era grande y el tiempo del año muy contrario, acudió con buen golpe
de soldados allegados de presto; dejó otrosí mandado a los caballeros y
ayuntamientos de las ciudades que fuesen en su seguimiento. Está en el camino
un castillo, que se dice Bienquerencia, pareciólos probar si le podrían rendir.
El alcaide del castillo sirvió al rey con vituallas; pero en lo que tocaba a
entregarse, dijo no lo podía hacer hasta ver lo que se hacía de Córdoba, cuya
autoridad seguía; que rendida la ciudad, prometía hacer lo mismo. Dejada pues
esta fuerza pasaron con presteza adelante. Halló el rey que de muchas partes
habían acudido al socorro muchos soldados, si bien todos ellos no llegaban a
hacer bastante ejército.
El rey Abenhut se hallaba en esta sazón en la
ciudad de Écija, aprestado para cualquiera ocasión que se le presentase con un
poderoso campo. Don Lorenzo Suárez por andar desterrado seguía el partido y
reales de este rey. El moro no estaba determinado si acudiría a los moros de
Valencia, si a los de Córdoba, por estar la una ciudad y la otra en un mismo
peligro y hacerle instancia de ambas partes por socorro. La conquista de
Valencia se encaminó de esta suerte. El rey de Aragón probó a conquistar a
Cullera, mas cesó de la conquista por la falta de piedras que halló en aquel
campo, para tirar con los trabucos; cosas pequeñas en las guerras tienen grande
vez y son de mucha importancia; verdad es que en la llanura de Valencia fue
tomado el castillo de Moncada por los aragoneses, y luego le echaron por tierra
porque los demás moros escarmentasen con aquel ejemplo y castigo. Todo esto
supó en un mismo tiempo el rey
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Abenhut. Estaba confuso, que no sabía en qué
determinarse ni qué consejo tomase. Envió a don Lorenzo Suárez para que espiase
lo que pasaba; él, deseando con algún señalado servicio volver a la gracia del
rey don Fernando, comunicóle en secreto el intento de los moros y el estado de
sus cosas. Avisado de lo que debía hacer, volvió al rey moro, engrandecióle
nuestras fuerzas mucho más de lo que eran; díjole que el aparato y ejército era
muy grande, mostraba en el rostro tristeza y miedo, mentiroso es a saber, y
fingido. Esta maña y artificio fue causa que el rey moro no tratase de socorrer
a Córdoba en gran pro de los cristianos; que si el moro viniera, no fueran
bastantes para resistir y hacer contraste a los de la ciudad y a los de fuera.
La alegría que los nuestros recibieron por esta causa aumentó una nueva cierta
que vino que el rey moro pocos días después que pasó esto en la ciudad de
Almería, en que estaba a punto para ir al socorro de Valencia, fue muerto por
los suyos. Avino esta muerte muy a buen tiempo, porque el moro era diligente y
valeroso príncipe, elocuente en hablar, diestro en persuadir lo que quería,
sosegar y amotinar la gente según que le venía más a cuento, robaba lo ajeno y
daba de lo suyo francamente. En fin, en aquel tiempo, ni en paz ni en guerra,
ninguno le hacía ventaja, y fuera gran parte si viviera para que las cosas de
los moros se restauraran en España.
XVIII. Cómo la ciudad de Córdoba se ganó de los
moros
En el medio casi de la Andalucía, en la parte que
antiguamente se tendían los pueblos llamados túrdulos, está edificada la ciudad
de Córdoba. Su asiento en un llano a las faldas de Sierra Morena, que se
levanta a la parte de septentrión o norte, forma algunos recuestos y collados.
A la mano izquierda la baña el río famoso Guadalquivir, que por entrar en él
muchos ríos es tan grande que se puede navegar. La figura y forma de la ciudad
es cuadrada; extiéndese por la ribera del río, y así es más larga que ancha. El
tiempo que los moros la tuvieron en su poder asentaron en ella los reyes su
casa y silla real, y le quitaron mucho de su hermosura y gentileza, como gente
que ni sabe de arquitectura ni de edificios ni se precia de algún primor.
Antiguamente tenía cinco puertas, ahora tiene siete; los arrabales de fuera son
tan grandes como una entera ciudad, especialmente el que
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dijimos se llama de Ajarquía, a la ribera del río,
a la parte de levante, que está todo cercado de muro y pegado con la ciudad.
El alcázar del rey y su casa está a la parte del
poniente cercada con su muro particular; una puente muy hermosa puesta sobre el
río, cuya cepa comienza desde la iglesia mayor. Antiguamente se llamó Colonia
Patricia, porque en sus principios la habitaban los príncipes y escogidos de
los romanas y de la tierra, como lo dice Estrabón; fue siempre madre da grandes
ingenios, excelentes en las artes de la guerra y de la paz; los campos de la
ciudad son hermosos y fértiles; danse toda manera de frutos y esquilmos,
alegres por su mucha frescura y arboleda. No sólo tienen esto en la llanura,
sino los mismos montes con las copiosas fuentes crían viñas y olivares y toda
manera de árboles. En estos montes, una legua de la ciudad, está edificado un
monasterio de frailes de San Jerónimo, en que parecen rastros de Córdoba la
Vieja, que edificó Marco Marcelo desde sus principios, o sea que la aumentó y
adornó en el tiempo, es a saber, que fue pretor en España. Este sitio se
entiende que por ser malsano le trocaron en el lugar en que al presente está.
La toma de esta ciudad fue de esta suerte: los
cristianos se apoderaron de una parte de los muros, el rey don Femando luego
que llegó puso cerco sobre lo demás. Corría el año 1236. Defendiéronse los
moros con grande esfuerzo como los que se hallaban en el último aprieto, que
suele hacer a los hombres esforzados. El gran número de gente que dentro tenían
y los socorros que de fuera esperaban, los hacía asimismo confiados. Muchas
veces por las plazas y por las calles peleaban valientemente los unos por salir
con la empresa, los otros por la patria y por la libertad. Gastóse algún tiempo
en esto, hasta tanto que por la fama y por dicho de algunos cautivos que
prendieron los de dentro supieron lo que pasaba acerca de la muerte de Abenhut,
rey de Granada, y juntamente que don Lorenzo Suárez se era pasado a la parte de
los cristianos y se hallaba con los demás en aquel cerco. Con esto, perdida la
esperanza de poderse defender con sus fuerzas y de ser socorridos de fuera,
acordaron da rendirse.
Tuvieron plática sobro ello personas señaladas de
ambas partes; los del rey encarecían sus fuerzas para sujetar los rebeldes, su
clemencia para con los que se rendían; los moros, si bien entendían el aprieto
en que estaban, no venían en lo que era razón. Pasábase el tiempo en demandas y
respuestas, en proponer condiciones y en reformarlas. Los cristianos, vista su
porfía y que de cada día los cercados se hallaban en mayor aprieto, se
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aprovechaban de la dilación para agravar las
capitulaciones, y a los moros era forzoso pasar por lo que antes desechaban,
como suele acontecer a los duros y porfiados. Finalmente, de grado en grado se
redujeron a término de entregar la ciudad, con sólo que les concedieron las
vidas y libertad para irse cada cual donde mejor le estuviese.
Hízose la entrega en 29 de junio, día de San Pedro
y San Pablo; en señal de la victoria en lo más alto de la iglesia mayor
levantaron una cruz y con ella el estandarte real, que se podía ver de todas
partes. La iglesia, con las ceremonias acostumbradas, de mezquita que era, la
más famosa de España, la consagraron diversos obispos que seguían la guerra y
se hallaron en la toma. Señalaron por primer obispo de aquella ciudad a fray
Lope, monje de Fitero, convento situado cerca del río de Pisuerga. Conformóse en
todo esto con la voluntad del rey, y puso en todo la mano don Juan, obispo de
Osma, que suplía las veces por su comisión del primado don Rodrigo, arzobispo
de Toledo, que a la sazón estaba ausente y era ido a Roma. Juntamente le dejó
los sellos reales para ejercitar en su lugar el oficio de chanciller mayor,
dado por los reyes los años pasados a los arzobispos de Toledo en la persona
del mismo don Rodrigo. No se contentó el rey con lo hecho, antes por acordarse
y saber que doscientos y sesenta años antes de éste en que vamos, los moros
hicieron traer las campanas de Santiago de Galicia en hombros de cristianos,
mandó que de la misma manera las llevasen los moros hasta ponerlas en su lugar;
recompensa bastante y enmienda de aquella befa y afrenta.
Idos los moros, quedaba la ciudad sola y yerma;
prometió el rey por sus cartas muchos privilegios a los que viniesen a poblar,
con que acudieron muchos, y entre ellos repartieron las casas y heredades.
Quedó por gobernador de aquella ciudad don Alfonso de Meneses, y don Álvaro de
Castro por general de aquellas fronteras, el uno y el otro con todo el poder y
autoridad necesaria. A los títulos reales se añadió el de rey de Córdoba y de
Baeza, según que consta por los privilegios y cartas reales que de aquel tiempo
y del de adelante se hallan.
La silla obispal de Calahorra por este tiempo se
trasladó a Santo Domingo de la Calzada, a instancia de don Juan Pérez, obispo
de aquella ciudad. Pleitearon adelante las dos ciudades sobre este punto y
preeminencia por algún tiempo, concertóse finalmente el debate, en que las
hicieron iguales, de tal suerte, que ambas iglesias fuesen, como lo son hoy,
catedrales.
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XIX. Cómo se gano la ciudad de Valencia
El rey de Aragón no cesaba de acosar los moros del
reino de Valencia por todas partes y con toda manera de guerra. El rey Zeit
andaba fuera de Valencia desterrado. Estaba de antes aficionado a mudar
religión, y con la comunicación de los cristianos finalmente se bautizó. Así lo
habían profetizado en Valencia algunos años antes dos frailes de San Francisco,
fray Juan y fray Pedro, los cuales él mismo por esta causa mandó matar.
Instruido pues en la fe, le bautizaron y llamaron don Vicente. Esto se hizo secretamente;
porque sabido por los moros, no cobrasen más odio y indignación contra él, que
no tenía perdida la esperanza de recobrar su reino. Don Sancho Ahones,
arzobispo de Zaragoza, procuró se casase conformo al uso de la Iglesia
católica, porque con la mala costumbre y soltura que tenía antigua y con la
mucha torpeza de su vida y deshonestidad, parecía que hacía burla de la
religión cristiana que profesaba. La mujer que casó con él se llamó Dominga
López, natural de Zaragoza. De ella nació una hija, llamada Alda Hernández,
mujer que fue después de don Blasco Jiménez, señor de Arenos, que sucedió en
otros muchos lugares que eran del rey, su suegro, y los heredaron después los
de Arenos.
El rey de Aragón para continuar la empresa
comenzada, destruyó los campos de Ejerica, quemó las mieses que ya se veían
sazonadas. Don Bernardo Guillén, tío del rey de parte de madre, que tenía gran
fama de valiente y había hecho hazañas en las guerras señaladas, fue nombrado
por general de la frontera de los moros de Valencia para que resistiese y
enfrenase sus acometimientos y entradas.
El mes de octubre siguiente hubo Cortes en la villa
de Monzón, en que se trató de continuar y llevar adelante la guerra de Valencia
y de ponerla cerco. Acordaron otrosí por parecer de todos no se vedase por
entonces cierta manera de moneda, llamada jaquesa, que tenía mucha mezcla de
cobre, y los que se hallaban con ella temían que si la prohibían recibirían
daño notable. Por esta causa se le concedió al rey que cada casa de siete a
siete años pagase al Fisco Real un maravedí.
El castillo que se llamaba el Poyo de Santa María,
con las guerras de los moros destruido, los cristianos le repararon, y don
Bernardo Guillén le tenía con fuerte guarnición. Zaen, rey de Valencia,
emprendió con la gente que tenía, que se contaban seiscientos de a caballo y
cuarenta mil peones,
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de combatir este castillo; los nuestros con
increíble ánimo y esfuerzo determinaron de salir de la fortaleza a pelear con
los que en número de soldados les hacían ventaja; la cosa llegó al último
aprieto, pero en fin la multitud y gran número de moros se rindió al esfuerzo y
valentía, de suerte que los enemigos fueron maltratados, vencidos y
ahuyentados. Publicóse por cierto que san Jorge ayudó a los cristianos y que se
halló en la pelea. Acostumbran los hombres cuando las cosas suceden sobre todas
las fuerzas y esperanza, atribuirlo a Dios y a sus santos, autores de todo
bien. Acrecentó la fe del milagro una imagen de nuestra Señora que se halló
debajo de la campana que tenían en el castillo. Los moradores de la comarca
hicieron luego una iglesia para acatarla, muy devota, y en que se hacen muchos
milagros, como lo dicen los de aquella tierra. La batalla se dio el mes de
agosto, año de 1237. Murió en ella don Rodrigo Luesia, caballero principal.
El rey don Jaime, sabida la victoria y el peligro
que los suyos corrían, partió luego para allá, especialmente que le vinieron
nuevas, aunque falsas, que los moros volvían con nuevos soldados de refresco a
la empresa. Con mayor ánimo y esfuerzo que prudencia, con solos ciento treinta
de a caballo, llegó hasta más adelante del Poyo y de Monviedro. Allí se
encontró con un valiente escuadrón de moros, que llegó hasta aquellos lugares a
hacer rostro a los nuestros. Traía por capitán a don Artal de Alagón, que andaba
desterrado entre los moros y era hijo de don Blasco. El peligro era grande; la
constancia y fortaleza del rey y su buena dicha remediaron el daño que se
pudiera temer; sobre todo Dios, que proveyó se fuesen los moros por otra parte
sin dar la batalla ni encontrarse con los fieles.
El castillo del Poyo, por estar cerca de Valencia y
lejos de Aragón, no se podía conservar sin mucha costa y peligro, especialmente
que aquellos días falleciera don Bernardo Guillén, tío del rey, a cuyo cargo
quedó la guarda de aquella plaza; que fue la causa que el rey saliese de
Zaragoza, en que tuvo el invierno, y se pusiese al riesgo ya dicho. Hizo merced
a don Guillén Eutenza, hijo del difunto, de todo lo que él poseía, oficios y
tenencias, merced debida a los méritos y servicios de su padre. La tenencia del
castillo se encomendó a don Berenguel Eutenza, si bien los caballeros del reino
eran de perecer se debía desamparar. Perseveró el rey en sustentar aquel
castillo por ser de mucha comodidad para la conquista de Valencia. Y porque los
soldados trataban de huir y dejarle secretamente,
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los juntó en la capilla del castillo, y juró en el
ara consagrada solemnemente de no volver a su casa sin tomar a Valencia. Con
esta resolución los ánimos de los soldados que allí tenían se esforzaron y
quedaron allí de buena gana; los de los contrarios de tal manera desmayaron,
que Zaen envió a requerirle de paz, y ofreció que daría muchos castillos y
fortalezas y cierta cantidad de oro de tributo cada un año. El rey, con la
esperanza que tenía de ganar la ciudad, aunque contra el parecer de los suyos,
todo lo desechó; mayormente que Almenara, Betera, Bulla y otros castillos muy
importantes se le entregaron de su voluntad. Con esto se aumentaron los ánimos
y la esperanza de los soldados. No tenía el rey a esta sazón más que mil peones
y trescientos y sesenta hombres de a caballo. ¿Qué era esta gente para una
empresa tan grande? ¿Qué osadía y temeridad aventurarse con fuerzas tan
pequeñas? Mas los consejos atrevidos por tales se tienen comúnmente cuales son
los remates; tal es el juicio de los hombres.
Con tan poca gente, pasado el río Guadalaviar, se
atrevió a poner sitio a una ciudad tan grande y tan populosa. Asentaron los
reales y los barrearon entre el Grao, que así se llama aquella parte del mar
por ser a manera de escalones, y entre la ciudad, a iguales distancias, una
milla de cada una de estas dos partes. Valencia está situada en aquella parte
de España que se llamó Tarraconense, en la comarca que habitaron antiguamente
los edetanos. Su asiento en una gran llanura, fértil y abastada de todo lo necesario
a la vida y al regalo, aunque el trigo le viene de acarreo y de fuera del reino
para sustentarse. Es rica de armas y de soldados, abundante de mercadurías de
toda suerte; de tan alegre suelo y cielo, que ni padece frío de invierno, y el
estío hacen muy templado los embates y los aires del mar. Sus edificios
magníficos y grandes, sus ciudadanos honrados, de suerte que vulgarmente se
dice hace a los extranjeros poner en olvido sus mismas patrias y sus naturales.
Las huertas y jardines muchos y muy frescos, viciosos en demasía; los árboles
por su orden concertados, en especial todo género de agrura y de cidrales,
cuyos ramos entretejen de manera, que ya representan diversas figuras de aves y
de animales y diversos instrumentos, ya los enlazan a manera de aposentos y
retretes, cuya entrada impide la fuerte trabazón de los ramos, la vista la
muchedumbre y espesura de las hojas, que todo lo cubren y lo tapan a manera de
una graciosa enramada que siempre está verde y fresca. Tales eran los campos
Elisios, paraíso y morada de los bienaventurados, según
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que los fingieron los poetas antiguos. Tal y tan
grande la hermosura de esta ciudad, dada por beneficio del cielo, que puede
competir en esto con las más principales de Europa. A mano izquierda la baña el
río Guadalaviar, que pasa entre el muro y el palacio del rey, que llaman el
Real, y está por la parte de levante pegado con la ciudad con una puente por do
se pasa de la una parte a la otra. Sangran el río con diversas acequias para
regar la huerta y para beber los ciudadanos. Junto al mar cae la Albufera,
distante por espacio de tres millas, de aire no muy sano, pero que compensa
este daño con la abundancia de toda suerte de peces que cría y da.
Los muros de la ciudad eran entonces de figura
redonda, mil pasos en contorno, cuatro puertas por donde se entraba. La
primera, Boatelana, entre levante y mediodía; la segunda, Baldina, a
septentrión; la tercera, Templaria, que tomó este nombre de una iglesia que
allí edificaron los templarios, a la parte de levante; la cuarta, Jareana,
entre la cual y la Boatelana fortificó el rey sus estancias, por ser el lugar
más cómodo para la batería y para los asaltos, a causa de cierto ángulo o
esconce que el muro hacía por aquella parte. Dábanse los cristianos toda
diligencia en levantar y plantar sus máquinas y trabucos, de que entonces se
usaba, para combatir las murallas.
El rey Zaen, el primer día que los cristianos
llegaron, antes de fortificarse, sacó sus gentes al campo con muestra de querer
pelear. Excusaron los cristianos la batalla por ser en pequeño número y porque
de cada día les acudían nuevas compañías. Halláronse presentes muchos prelados,
ricos hombres y caballeros, un escuadrón de franceses escogidos debajo la
conducta de Aimillio, obispo de Narbona, socorros y gente de Inglaterra que
vinieron a la fama. Trabáronse los días siguientes algunas escaramuzas, en que
los contrarios llevaron siempre lo peor; que los enfrenó para no hacer en
adelante tan de ordinario salidas. Arrimáronse al muro los del rey; sacaron
algunas piedras con picos y palancas, con que por tres partes aportillaron la
muralla de suerte, que podía pasar un soldado por cada parte. Acudían los
cercados a este daño y peligro con todo cuidado, según el tiempo les daba.
En el entre tanto Pedro Rodríguez de Azagra y
Jimeno de Urrea con golpe de gente de la otra parte de Valencia rindieron la
villa de Cilla. Descubrióse asimismo en la mar la armada del rey de Túnez, que
venía en favor de los cercados, en número de dieciocho galeras y naves. Surgió
a vista de la ciudad, con que los moros cobraron ánimo y entraron en
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esperanza de poderse defender. Más fue el ruido y
el cuidado que el efecto, porque avisados los africanos que en Tortosa se
aprestaba otra armada contra la suya, desancoraron, y sin poder dar socorro a
la ciudad ni forzar a Peñíscola, que está en aquellas riberas de Valencia, y
asimismo lo intentaron, dieron la vuelta. Comenzaron con esto a enflaquecer los
de la ciudad, y por la gran falta de bastimentos y almacén, que cada día se
aumentaba, como suele, no sólo por la estrechura presente, sino por el miedo de
mayor falta. En nuestros reales, por el contrario, gran alegría, mucha
abundancia de todo, si bien la gente era ya tanta, que llegaban a sesenta mil
infantes y mil de a caballo. En todo se mostraba la prudencia del rey, no menor
que el esfuerzo y destreza en el pelear, tanto, que no se contentaba con hacer
oficio de caudillo y mandar, sino que metía en todo las manos, tanto, que un
día por adelantarse mucho le hirieron con una saeta en la frente; la herida ni
fue muy grave ni tampoco muy ligera; solos cinco días estuvo retirado, que no
salió en público.
Vinieron a esta sazón embajadores del papa Gregorio
y de las ciudades de Lombardía para pedir les enviase socorros contra el
emperador Federico II, que gravemente los apretaba. Ofrecían, si los librada de
aquella tiranía gravísima, que los de aquellas ciudades se le darían por
vasallos. Oyó esta embajada a 13 de junio de 1238 años, y en los mismos reales
puso su amistad con aquella gente, según que lo demandaban y la reina doña
Violante aconsejaba, que tenía gran parte en los negocios y podía mucho con su
marido a causa de sus aventajadas partes, y que tenía en ella una hija del
mismo nombre de su madre. Verdad es que el socorro no tuvo efecto por estar el
rey ocupado en las cosas de España, mayormente que el emperador, aunque
fingidamente, se reconcilió con el papa; además que no era justo cuidar de los
males ajenos el que tenía entre las manos guerras tan importantes.
Los de Valencia, rodeados de los males que acarrea
un largo cerco y perdida la esperanza de ser socorridos ni de África ni de
España, acordaron de rendirse. Para tratar de conciertos salió un moro, por
nombre Halialbata, persona de cuenta y muy privado de aquel rey; después
enviaron otro, que era sobrino del mismo rey y se llamaba Abulhamalet; movieron
diversos partidos. Todos deseaban concluir y toda tardanza les era pesada, los
unos por el deseo que tenían de poseer aquella noble ciudad, los otros aquejados
de la necesidad y peligro que corrían. Finalmente, se tomó asiento debajo de
las condiciones siguientes: el rey
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moro entregue la ciudad de Valencia con los demás
castillos y villas aquende el río Júcar; los moros puedan ir libres a Cullera y
a Denia con seguridad y debajo la fe y palabra real; los mismos, sin que nadie
los cate, puedan llevar consigo todo su oro y plata y las demás preseas que
quisieren y pudieren; haya treguas entre los dos reyes por término de ocho años
que se guarden enteramente. Para el cumplimiento de estas capitulaciones
pusieron término de cinco días; pero antes que se llegase el plazo y se cerrase,
los moros acordaron dejar la ciudad en número cincuenta mil entre hombres,
mujeres y niños. Pasaron por medio de los soldados cristianos que para su
seguridad pusieron de la una y de la otra parte, pues era justo cumplir lo que
les prometieron y usar de clemencia con los que se rendían y les dejaban sus
casas.
Víspera de San Miguel, por el fin de septiembre,
hicieron los vencedores su entrada en Valencia y se apoderaron de aquel reino.
Limpiaron la ciudad, reconciliaron y consagraron en templos de Dios las
mezquitas. Quedó por primer obispo Ferrer de San Martín, preboste de la iglesia
de Tarragona, quién dice era de la orden de los predicadores. Vinieron a poblar
nuevos moradores, los más catalanes de Gerona, Tarragona, Tortosa. Los campos
de la ciudad y las huertas se repartieron por iguales partes entre los obispos
y los caballeros y los ayuntamientos de las ciudades que ayudaron en la
conquista. Cupo eso mismo su parte a los caballeros templarios y a los de San
Juan. Entre los conquistadores señalaron trescientos y ochenta de a caballo,
que mejoraron en el repartimiento, a tal que se encargasen de guardar las
fronteras de aquel reino, repartido el trabajo de manera que cada cuatro meses
por turno guardaban los ciento de ellos. El sitio de la ciudad no es muy
fuerte, y sus murallas eran flacas, mayormente que quedaban maltratadas y
aportilladas por causa de la guerra. Acordó el rey fortificarla de nuevos
muros, mudada la primera forma y traza de suerte, que quedases más anchos y la
figura cuadrada, con doce puertas que de tres en tres miran a las cuatro partes
del cielo. Ordenáronse nuevas leyes, constituciones y fueros para el gobierno y
sentenciar los pleitos.
Por esta manera el rey moro Zaen perdió en breve el
reino que malamente usurpó; que el poder adquirido contra justicia prestamente
desfallece. Verdad es que él se preciaba de venir de linaje de reyes, porque
era hijo de Modef, nieto de Lope, rey de Murcia, como arriba queda declarado.
Las alegrías que en toda España se hicieron por la toma de
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Valencia fueron extraordinarias, mayormente que en
esta conquista no se mezcló, como en otras, ningún revés ni desastre. El
ejército quedó entero, que apenas faltó caballero de cuenta; solo don Artal de
Alagón, que por estar las cosas de los moros tan caídas se había reducido al
servicio de su rey, y en compañía del vizconde de Cardona don Ramón Folch fue
sobre Villena, y tomada aquella ciudad, en una refriega que tuvieron con los
moros junto a Saix, pueblo de aquella comarca, le mataron de una pedrada. No faltó
quien dijese se le empleaba bien aquel desastre al que ayudó a los moros y
estuvo de su parte en el tiempo de su prosperidad. Éste fue el remate de la
guerra y de la conquista muy afamada de Valencia.
Mientras los aragoneses estuvieron ocupados en esta
guerra, los navarros no se desmandaron en cosa alguna. Reinaba en aquella parte
Teobaldo, conde de Campaña, como queda dicho; el obispo de Pamplona se llamaba
Pero Jiménez de Gazolaz, sucesor poco antes de Pedro Ramírez de Piedrola. Este
rey, con deseo de gloria y alabanza y por servicio de Dios, con la paz de que
gozaba su reino, emprendió guerras extrañas y fuera de España. Fue así, que el
rey Teobaldo y los condes Enrique de Bari, Pedro de Bretaña y Aimerico de
Monforte, se concertaron de pasar con sus huestes a la guerra de la Tierra
Santa. Apercibido el ejército y puestas las demás cosas a punto para un tan
largo viaje, los genoveses no les acudieron con la armada necesaria para su
pasaje. Encamináronse forzosamente por tierra; pasaron por Alemania y Hungría y
Constantinopla y el estrecho de mar que se llama Bósforo Tracio. En Cilicia,
junto a las hoces y estrechuras del monte Tauro corrieron gran peligro, y
perecieron muchos de los suyos a causa del gran número de turcos que sobre
ellos cargaron, en tanto grado, que apenas la tercera parte de la gente que
sacaron, y esos enfermos, mal parados, llegaron a la ciudad de Antioquía en
aquellas partes de la Siria. El remate y efecto fue conforme y semejable a los
principios y medios. Siempre en tierra de Palestina les fue mal. Dieron la
vuelta para sus casas muy pocos. Tal fue la voluntad de Dios, tal el castigo
que merecían los pecados. Los historiadores franceses ponen esta jornada del
rey Teobaldo diez años adelante, cuando el rey san Luis de Francia pasó a
aquella empresa, y en su compañía el rey ya dicho de Navarra. Contra esto hace
que el arzobispo don Rodrigo al fin de su historia refiere esta jornada de
Teobaldo, y no pudo alcanzar la de san Luis; que era ya muerto, y puso fin a su
escritora cinco años, y no más, después de este año en que los de Aragón
conquistaron a Valencia.
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LIBRO DÉCIMOTERCIO
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I. Cómo muchos pueblos fueron ganados por los
nuestros
Los dos reyes de España don Jaime y don Fernando,
como quier que antes fuesen esclarecidos y excelentes entre los demás por sus
grandes virtudes y valor, comenzaron a ser más nobles y afamados después que
ganaron a Córdoba y a Valencia. Los pueblos y las ciudades daban gracias
inmortales a los santos por las cosas que dichosamente se habían acabado,
trocaban en pública alegría el cuidado y congoja que tenían del suceso y remate
de las guerras pasadas. Los capitanes y soldados con tanto mayor vigilancia ejecutaban
la victoria y de todas maneras apretaban a los vencidos; recatábanse otrosí no
les sucediese alguna cosa contraria y algún revés, ca no ignoraban que muchas
veces después de la victoria el suceso de las guerras se trueca y se muda todo
en contrario. Los príncipes extranjeros, do era llegada la fama de tan grandes
hazañas, con embajadas que enviaron daban el parabién de la buenandanza a los
reyes y exhortaban a los nuestros que por el camino comenzado no dejasen de
apretar a los moros que se iban a despeñar y acabar.
Todavía por un poco de tiempo se dejaron las armas
y se aflojó en la guerra a causa que el rey de Aragón concedió por un tiempo
treguas a los moros, y poco después paso a Montpellier. Asimismo el rey don
Fernando en Burgos se ocupaba en celebrar un su nuevo casamiento. Doña
Berenguela con el cuidado que tenía, como madre, no estragase el rey con
deleites deshonestos el vigor de su edad en que estaba, dado que al juicio de
todos no había persona ni más santa ni más honesta que él, procuró se hiciese
el dicho matrimonio. Doña Juana, hija de Simón, conde de Poitiers, y de
Adeloide, su mujer, nieta de Luis, rey de Francia, y de doña Isabel, hija de
don Alfonso el emperador, vino traída de Francia para casarla con el rey don
Fernando. De este matrimonio nació don Fernando, por sobrenombre de Poitiers, y
sus hermanos doña Leonor y don Luis.
El rey, concluidas las fiestas y con deseo de
visitar el reino, trujo a la nueva casada por las principales ciudades de León
y de Castilla; visitaba con esto sus estados. Tenía costumbre de sentenciar los
pleitos y oírlos y defender los más flacos del poder y agravio de los más
poderosos. Era
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muy fácil a dar entrada a quien le quería hablar, y
de muy grande suavidad de costumbres. Sus orejas abiertas a las querellas de
todos. Ninguno por pobre, o por solo que fuese, dejaba de tener cabida y lugar,
no solo en el tribunal público y en la audiencia ordinaria, sino aún en el
retrete del rey le dejaban entrar. Entendía, es a saber, que el oficio de los
reyes es mirar por el bien de sus súbditos, defender la inocencia, dar salud,
conservar y con toda suerte de bienes enriquecer el reino: como sea no sólo del
que manda a los hombres, sino también del que tiene cuidado de los ganados,
procurar el provecho y utilidad de aquellos cuyo gobierno tiene encomendado.
Con este estilo y manera de proceder no cesaba de granjear la gracia y
voluntades, así de los de León como de los castellanos. Llegó a Toledo, de
donde envió suma de dinero a Córdoba, por tener aviso que los nuevos moradores
de aquella ciudad por falta de la labranza de los campos y por la dificultad de
los tiempos padecían mengua de mantenimientos y por esta causa corrían peligro.
Costaba una hanega de trigo doce maravedíes, la hanega de cebada cuatro; lo
cual en aquel tiempo se tenía por grandísima carestía.
Fueron estos tiempos extraordinarios, pues sin duda
se halla en las historias que el año siguiente de 1239 hubo dos eclipses del
sol. El uno a 3 de junio, que fue viernes, se oscureció el sol a medio día como
si fuera de noche; eclipse que fue muy señalado. El segundo a 35 del mes de
junio, como lo dice y lo afirma Bernardo Guidon, historiador de Aragón. Mas
parece hubo engaño en este segundo eclipse, y no va conforme a los movimientos
de las estrellas, pues no pudo caer la conjunción de la luna y del sol en
aquellos días, sin la cual nunca sucede el eclipse del sol; ni aún la luna
después que se aparta del medio del zodiaco y de la línea eclíptica por do el
sol discurre y en que es necesario estén las luminarias cuando hay eclipse (de
que tomó el nombre de eclíptica) no torna a la misma antes de pasados seis
meses, poco más o menos. Plinio señala en particular que el eclipse de la luna
no vuelve antes del quinto mes, ni el del sol antes del seteno.
Demás de esto, fue aquel año desgraciado para
Castilla por la muerte de dos varones muy esclarecidos. Éstos son don Lope de
Haro, a quien sucedió su hijo don Diego, y don Álvaro de Castro, por cuyo
esfuerzo se mantuvieron los nuestros en el Andalucía. Este caballero, visto el
aprieto en que se hallaban las cosas, se partió para Toledo a verse con el rey,
que con otros cuidados parecía descuidarse de lo que tocaba a la guerra.
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Concluido esto, ya que se volvía, en el mismo
camino murió en Orgaz. A la sazón que don Álvaro se ausentó, cincuenta
soldados, que quedaron de guarnición en el castillo de Martos, salieron de él a
robar, y por su capitán Alfonso de Meneses, pariente de don Álvaro. Alhamar,
que en lugar de Abenhut nombraron por rey de Arjona, como entendiese lo que
pasaba y la buena ocasión que se le ofrecía, puso cerco a aquel castillo. La
mujer de don Álvaro, que dentro se hallaba, en aquel peligro tan de repente
hizo armar a sus mujeres y criadas y que tirasen de los adarves piedras contra
los moros y diesen muestra de que eran soldados. Con este ardid se
entretuvieron hasta tanto que Alfonso de Meneses y sus compañeros, avisados del
peligro, acudieron luego. Era dificultosa la entrada en el castillo por tenerle
los enemigos rodeado. Animóles Diego Pérez de Vargas, ciudadano de Toledo, y
por su orden apretado su escuadrón y cerrado, pasaron por medio de sus enemigos
con pérdida de pocos. Entrados en el castillo, fueron causa que se salvase,
porque los que estaban cercados se animaron con su ayuda y con esperanza de
mayor socorro que entendían les acudiría. El rey moro, por salirle vana su
esperanza y forzado de no menos falta de vituallas, alzó el cerco. Pusieron
estos negocios en gran cuidado al rey, que consideraba cuántas fuerzas le
faltaban por la muerte de dos capitanes tan señalados, cuánto atrevimiento
habían cobrado los moros. Por esta causa desde Burgos, donde era ido con
intento de llegar dinero para la guerra, a grandes jornadas se partió para
Córdoba. Llevó consigo a sus hijos don Alfonso y don Fernando, mozos de
excelentes naturales y de edad a propósito para tomar las armas. El padre, como
sagaz, pretendía que los primeros principios y ensayes de su milicia fuesen en
la guerra contra los infieles, enemigos de los cristianos. Pretendía otrosí con
el uso de las armas despertar su esfuerzo y hacerlos hábiles para todo.
En el mismo tiempo el rey don Jaime fue a
Montpellier para ver si podía juntar algún dinero de aquellos ciudadanos para
la guerra; de que tenía no menos falta que la que en Castilla se padecía.
Deseaba asimismo sosegar los moradores de aquella ciudad, que andaban divididos
en bandos, castigando a los culpados: lo uno y lo otro se hizo.
El rey moro Alhamar juntó a los demás estados que
tenía el señorío de Granada con voluntad de aquellos ciudadanos; ciudad
poderosa en armas y en varones y que por la fertilidad de sus campos no tiene
mengua de cosa alguna. Éste fue el principio del reino de Granada, que duró
desde
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entonces hasta el tiempo y memoria de nuestros
abuelos. En Murcia, por odio que tenían a Alhamar, los ciudadanos alzaron por
su rey a uno llamado Hudiel; ocasión de que se comenzaron las enemistades
graves y para aquella gente perjudiciales, que largo tiempo se continuaron
entre aquellas dos ciudades. Los moros de Andalucía cansaban a los nuestros con
rebates, valíanse de engaños y celadas sin querer venir a batalla. Al
contrario, diversas compañías de soldados enviados por el rey don Fernando en
tierra de los enemigos se apoderaban de castillos, pueblos y ciudades, cuando
por fuerza, cuando por rendirse de su voluntad; en particular sujetaron al
señorío de cristianos a Écija, Estepa, Lucena, Porcuna, Marchena (los antiguos
la llamaron Martia), Cabra, Osuna, Baena. Los pueblos menores que se ganaron no
se pueden contar, ni aún entonces se pudiera hacer cuando la memoria estaba
fresca; parte de ellos se dio a las órdenes de Santiago y de Calatrava y a los
obispos que acompañaban al rey para ellos y sus sucesores, parte también se
entregaron en particular a los grandes y caballeros. Los moros por estas
pérdidas cobraron tanto miedo cuanto nunca tuvieran antes.
Un cierto moro, del linaje de los almohades,
avisado en África del peligro que su gente corría, con esperanza de fundar un
nuevo estado y deseoso de acaudillar las reliquias y fuerzas de los moros de
España, pasó ultra mar. La voz era vengar por las armas la afrenta de su nación
y las injurias que se hacían a la religión de sus padres. Pudiera este
acometimiento ser de consideración, si no atajaran sus intentos la inteligencia
de los nuestros y la buena dicha del rey, que le prendió y hubo a las manos; con
qué industria o en qué lugar no se escribe, ni aún refieren el nombre que el
moro tenía, ni lo que de él se hizo; en el caso no se duda.
A Alhamar, rey de Granada, otorgó treguas por un
año el rey don Femando; con que gastados no menos de trece meses en aquella
empresa y jornada, dio la vuelta a Toledo, do su madre y mujer le esperaban
alegres con las victorias presentes. De allí pasó a Burgos y trasladó la
universidad de Palencia, que fundó el rey don Alfonso, su abuelo, a la ciudad
da Salamanca. Convidóle a hacer este trueco la comodidad del lugar, por ser
aquella ciudad muy a propósito para el ejercicio de las letras. El río Tormes
que por ella pasa la hace abundante; su cielo saludable y apacible; finalmente,
proprio albergue de las letras y erudición. Pretendía otrosí con este beneficio
ganar las voluntades del reino de León, en que está Salamanca; y aún don
Alfonso, su padre, rey de León, los años pasados
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para que sus vasallos no tuviesen necesidad de ir a
Castilla a estudiar, enderezó en aquella ciudad cierto principio de
Universidad, pequeña a la sazón y pobre, al presente por el cuidado y
liberalidad de don Fernando, su hijo, y más adelante por la franqueza de don
Alfonso, su nieto, como de príncipe muy aficionado a los estudios y a las
letras, se aumentó de tal suerte, que en ninguna parte del mundo hay mayores
premios para la virtud ni más crecidos salarios para los profesores de las
ciencias y artes.
Don Diego de Haro, señor de Vizcaya, primera y
segunda vez, no se sabe la causa, pero anduvo por este tiempo alborotado; la
blandura del rey don Fernando y su buena manera y el cuidado que en ello puso
don Alfonso, su hijo, le hicieron sosegase con darle mayores honras y hacerles
más crecidas mercedes que antes, en que se tuvo consideración a los servicios
de sus antepasados; además que era mala sazón para ocuparse en alteraciones
domésticas por la buena ocasión que se ofrecía de desarraigar el nombre y nación
de los moros de España.
Sucedieron estas cosas el año de 1240; el cual año,
no sólo para Castilla fue dichoso, sino también señalado y de mucha devoción
para los aragoneses, por el milagro que sucedió en el castillo de Chio. Por la
ausencia del rey, los soldados que quedaron de guarnición en Valencia, salieron
en compañía de Guillén Aguilón y de otros caballeros a correr y robar las
tierras de moros. Cargaron sobre el territorio de Játiva y tomaron a Rebolledo
de sobresalto. En aquellos montes estaba el castillo de Chio, como llave de un
valle muy fresco y abundante. Pusiéronse sobre él; los cercados con ahumadas
apellidaron en su ayuda los moros de la comarca, que se juntaron en número de
veinte mil, y asentaron sus reales a vista del castillo. Los cristianos eran
pocos, más valientes y animosos. Determinados de pelear con aquella morisma,
con el sol se pusieron a oír misa, a que querían comulgar seis de los
capitanes. En esto oyeron tal alarido en los reales por causa de los moros, que
de repente los acometieron, que les fue forzoso, dejada la misa, acudir a las
armas. El preste envolvió y escondió las seis formas consagradas en los
corporales, que, vencidos los moros, hallaron bañados en la sangre que de las
formas salió. Ganada la victoria, forzaron luego y abatieron aquel castillo.
Los corporales se guardan en Daroca con mucha devoción. La hijuela en un
convento de dominicos de Carboneras, puesta allí por su fundador don Andrés de
Cabrera, marqués de Moya, ca la hubo por el mucho favor que alcanzó con los
Reyes Católicos.
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Vuelto el rey don Jaime, los moros se le
querellaron de aquella entrada fuera de sazón, y él les hizo enmienda de los
daños. Verdad es que luego que espiraron las treguas, con mejor orden rompió
por sus tierras, en que tomó el castillo de Bairén, puesto en un valle en que
se da muy bien el azúcar y arroz, como en toda aquella campaña de Gandía;
ganóse también Villena. Cercaron a Játiva, más no se pudo tomar, si bien
rindieron a Castellón, que está una legua solamente de aquella ciudad.
Hallábase el rey don Jaime ocupado en esta guerra, con que pretendía
desarraigar la morisma de aquel la comarca toda, cuando otros mayores cuidados
le hicieron alzar la mano para acudir a las cosas de Francia que le llamaban.
II. Cómo el reino de Murcia se entregó
Compuestas pues y ordenadas las cosas conforme al
tiempo y al lugar en la una provincia y en la otra, es a saber, en Castilla y
en Aragón, en un mismo tiempo el rey don Jaime trataba de la jornada de
Francia, y el rey don Fernando de volver a la empresa de Andalucía. Sin
embargo, una grande enfermedad, de que el rey don Fernando cayó en la cama, fue
causa que no pudiese salir de Burgos. Así don Alfonso, su hijo mayor, fue
forzosamente enviado delante a aquella guerra, a causa que el tiempo de las
treguas concertadas con el rey de Granada expiraba, y era menester acudir a los
nuestros y que no les faltase el socorro necesario. Llegado don Alfonso a
Toledo, se le ofreció ocasión de otra cosa más importante, y fue que los
embajadores de Hudiel, rey de Murcia, venían a ofrecer en su nombre aquel reino
con estas condiciones: que el rey Hudiel, recibido en la protección de los
reyes de Castilla, fuese defendido por las armas de los nuestros de toda fuerza
y agravio, así doméstico como de fuera, y en particular le ayudasen contra las
fuerzas del rey Alhamar, al cual conocía no poder resistir bastantemente; que
en tanto que él viviese, para sustentar su vida quedasen por él la mitad de las
rentas reales. Estas condiciones parecieron al infante don Alfonso muy aventajadas,
y la fortuna, cierto Dios, ofrecía una buena ocasión de una grande empresa y
prosperidad. Era menester apresurarse, porque si se detenía, todos o la mayor
parte no mudasen de parecer; tan grande es la inconstancia y mutabilidad que
tiene la gente de los moros. Por esta causa sin esperar a dar parte a su padre,
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como a cosa cierta, se partió luego tras los
embajadores que envió delante. Llegado, sin dificultad se apoderó de todo y
puso guarniciones en el reino, que de su voluntad se le entregaba, en especial
en el mismo castillo de la ciudad de Murcia. Los señores moros, conforme a la
autoridad de cada uno, fueron premiados con señalarles ciertas rentas cada un
año.
La ciudad de Lorca, que de los antiguos fue llamada
Eliocrota, la de Cartagena y Mula no quisieron sujetarse al señorío de los
cristianos ni seguir el común acuerdo de los demás. Era cosa larga usar de
fuerza, y don Alfonso no venía bien apercibido para hacer guerra como el que
vino de paz; por esto, contento con lo demás de que se apoderó, volvió por la
posta a su padre, que ya convalecido, era llegado a Toledo, y alegre con tan
buen suceso y deseoso de confirmar los ánimos de los moros en aquel buen propósito,
determinó de pasar adelante y visitar en persona aquel nuevo reino. Hállase un
privilegio suyo dado en Murcia al templo de Santa María de Valpuesta en aquella
sazón. Desde allí fue necesario que el rey don Fernando y don Alfonso, su hijo,
volviesen a Burgos por cosas que se ofrecían de grande importancia. En el mismo
tiempo doña Berenguela, hija del rey, se metió monja y consagró a Dios su
virginidad en el monasterio de las Huelgas. Don Juan, obispo de Osma, le puso
el velo sagrado sobro la cabeza, como era de costumbre.
Don Jaime, rey de Aragón, se entretenía en
Montpellier, donde después de asentadas las cosas de Aragón, y dejando para el
gobierno en su lugar a don Jimeno, obispo de Tarazona, era ido. Viniéronle a
visitar los condes de la Provenza y de Tolosa; la voz y color era que estos
príncipes querían hacer reverencia al rey y visitarle; pero de secreto se trató
que el conde de Tolosa hiciese divorcio con doña Sancha, tía del rey don Jaime.
Es cosa ordinaria que ningún respeto ni parentesco es bastante para enfrenar a
los príncipes cuando se trata del derecho de reinar. Doña Juana, como nacida de
aquel matrimonio, por no tener hermanos varones, había de llevar como en dote a
don Alfonso, su marido, conde de Poitiers y hermano de Luis, rey de Francia, la
sucesión del principado de su padre. Esto llevaba mal el rey don Jaime que a
los franceses se les allegase un estado tan principal; buscaban algún color
para que repudiada la primera mujer, el conde se casase con otra, y por este
orden tuviese esperanza de tener hijos varones. Era esto contravenir a lo
concertado en París, como se dijo arriba. Acordóse que para este efecto y para
prevenirse contra el poder de Francia
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los tres príncipes hiciesen liga entre sí;
efectuóse y tomóse este asiento a 5 del mes de junio, año de 1241.
En el mismo año, a 22 de agosto, murió Gregorio IX,
pontífice romano. Sucedió Celestino IV, por cuya muerte, que fue dentro de
diecisiete días después de su elección, Inocencio, cuarto de este nombre,
natural de Génova, después de una vacante de veinte meses se encargó del
gobierno de la Iglesia romana. En tiempo de estos pontífices, Hugón, fraile
dominico y cardenal, natural de Barcelona, famoso por su mucha erudición y
letras, escribía largamente comentarios sobre los libros casi todos de la
Escritura sagrada. Este famoso varón fue el primero que acometió, con ánimo sin
duda muy grande, de hacer las concordancias de la Biblia, obra casi infinita;
la cual traza puso en ejecución y salió con ella ayudado de quinientos monjes.
La diligencia de Hugon imitaron después los hebreos y también los griegos; con
que no poco todos ayudaron los intentos de los personas dadas a los estudios y
letras.
III. Cómo
el rey don Fernando partió para el Andalucía
Entre tanto que en Francia pasaba lo que se ha
dicho, en el Andalucía, concluido el tiempo de las treguas que se concertó, se
hacía la guerra, ni con grande esfuerzo y pujanza por estar el rey don Fernando
embarazado en otros cuidados, ni con suceso alguno digno de memoria por la una
ni por la otra parte. Bien que don Rodrigo Alfonso, por sobrenombre de León,
hermano bastardo del rey Fernando, en una entrada que hizo en las tierras de
Granada con intento de robar, quedó vencido en una pelea por los moros, que en
mayor número se juntaron. Murieron en la pelea don Isidro, comendador de
Martos, que ya era aquella villa de los caballeros de Calatrava, y Martín Ruiz
Argote con otras personas nobles y de cuenta y soldados en gran número; que fue
una gran pérdida para los nuestros, así de gente como mengua de reputación; por
lo cual, más que por la verdad y realidad de las cosas, se suelen gobernar los
sucesos de la guerra. El rey moro, ensoberbecido con esta victoria, talaba
nuestras tierras sin que ninguno le fuese a la mano, mudada la fortuna de la
guerra y trocado en atrevimiento el temor y miedo que los moros tenían antes.
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El rey don Fernando, avisado del peligro y del
daño, mandó en Burgos a su hijo don Alfonso se apresurase para asegurar con su
presencia el nuevo reino de Murcia, por estar él determinado de partirse para
el Andalucía. Luego pues que llegó a Andújar, dio el gasto a los campos de
Arjona y de Jaén, ciudades que se tenían en poder de los moros. Arjona no mucho
después se ganó de los moros con otros pequeños lugares que se tomaron por
aquella comarca. Desde allí envió el rey a otro su hermano, don Alfonso, señor
de Molina, a lo mismo con un grueso ejército que le seguía, con que hizo
entrada en los campos y tierra de Granada sin parar hasta ponerse sobre aquella
ciudad. El rey don Fernando, por sospechar lo que podría suceder, a causa que
de todas partes acudirían los moros a dar socorro a los cercados y con deseo de
apretar el cerco, sobrevino él mismo con mayor golpe de gente. Con su venida y
ayuda, el ejército que acudió de los moros, aunque era muy grande, fue vencido
en la pelea y desbaratado; pero no pudieron los nuestros ganar la ciudad por
estar muy fortalecida, así por el sitio y baluartes como por la muchedumbre que
tenía de los ciudadanos, especial que en el mismo tiempo vino aviso que los
moros gazules, nombre de parcialidad entre aquella gente, tenían apretado a
Martos con cerco que le pusieron. Movido el rey por esta nueva, envió adelante
a don Alfonso, su hermano, y al maestre de Calatrava para socorrer a los
cercados, cuya venida no esperaron los moros. Pareció al rey se había hecho lo
que bastaba para conservar su reputación con la rota que dieron al enemigo, no
menor de la que los suyos antes recibieron, además que se les tomaron muchos
lugares. Volvió con su ejército salvo a Córdoba, año de 1242.
Don Alfonso, su hijo, por otra parte se gobernaba
en lo de Murcia, no con menor prosperidad, porque de los tres pueblos que se
dijo no querían sujetarse a los cristianos, por fuerza hizo que Mula se
rindiese a su voluntad. Dio otrosí el gasto a los campos de Lorca y de
Cartagena y les hizo todo mal y daño tanto, que perdido de todo punto el brío,
trataban entre sí de entregarse. A Sancho Mazuelos por lo mucho que en esta
guerra sirvió le dio el infante don Alfonso la villa de Alcaudete, que está
cerca de Bugarra, tronco y cepa de los condes de Alcaudete, asaz nobles y
conocidos en Castilla.
El rey, venido el invierno, se fue al Pozuelo, do
su madre doña Berenguela era llegada con deseo de verlo y comunicarle algunas
puridades, por ser ya de muchos años y estar en lo postrero de su edad.
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Detúvose con ella y por su causa en aquel lugar
cuarenta y cinco días. Estos pasados, doña Berenguela se volvió a Toledo, el
rey a Andújar al principio del año de 1243; la reina, su mujer, que le hacía
compañía, se quedó en Córdoba. Las tierras de los moros debajo de la conducta
del mismo rey don Fernando maltrataron los cristianos por todas partes, las de
Jaén y las de Alcalá, por sobrenombre Benzaide; Íllora fue quemada; llegaron
con las armas hasta dar vista a la misma ciudad de Granada. Don Pelayo Correa,
maestre de Santiago, que acompañó al infante don Alfonso en la guerra de Murcia
y fue gran parte en todo lo que se hizo, por este tiempo pasó al Andalucía y
persuadió al rey, que dudoso estaba, con muchas razones pusiese cerco con todas
sus fuerzas sobre la ciudad de Jaén, que tantas veces en balde acometieran a
ganar; ofrecíanse grandes dificultades en esta demanda: dentro de la ciudad
gran copia de hombres y de armas y muchas vituallas, la aspereza del sitio y
fortaleza de los muros, además que no era a propósito el lugar para levantar
máquinas y aprovecharse de otros ingenios de guerra. Está aquella ciudad puesta
al lado de un monte áspero, tendida en largo entre levante y mediodía, es menos
ancha que larga, tiene mucha agua y bastante por las fuentes perpetuas y muy
frías de que goza, el río Guadalquivir corre a tres leguas de distancia; los
moros los años pasados para que sirviese de muy fuerte baluarte, la tenían
proveída de municiones, soldados y de todas las cosas; ella por sí misma era de
sitio muy áspero, las fortificaciones y soldados la hacían inexpugnable. Venció
todo esto la autoridad y constancia de don Pelayo para que se pusiese cerco a
aquella ciudad; proveyéronse todas las cosas necesarias, y el cerco se comenzó
y apretó con todo cuidado, que en muchos días y con muchos trabajos poco
parecía se adelantaba.
Sucedió que en Granada se alborotó la parcialidad y
bando de los Oisimeles, gente poderosa. Corría aquel rey moro por esta causa
peligro de perder la vida y el reino; suspenso y congojado con este cuidado,
deseaba buscar socorros contra aquellas alteraciones; ninguna cosa hallaba
segura fuera de la ayuda de los cristianos. Acordó, con seguridad que le
dieron, venir a los reales a verse con el rey don Fernando. Tuvieron su habla y
trataron de sus haciendas. El moro prometía que ayudaría al rey don Fernando y
le serviría fuerte y lealmente, si le recibiese en su fe y protección, y en
señal de sujeción de primera llegada le besó la mano. Tomóse con él asiento e
hízose confederación y aianza con estas capitulaciones: Jaén se rinda luego,
las rentas reales de Granada se dividan
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en iguales partes entre los dos reyes, que llegaban
por año en aquella sazón a ciento setenta mil ducados; el rey moro como
feudatario todas las veces que fuere llamado sea obligado a venir a las Cortes
del reino; los mismos enemigos sean comunes a entrambos y también los amigos.
Era cosa muy honrosa para el rey don Fernando que hombres de diversa religión
hiciesen de él confianza y pretendiesen su amistad y compañía con tan ardiente
deseo y partidos tan desaventajados.
Con esto, hecha la confederación, se rindió la
ciudad; el rey entró dentro con una solemne procesión. Mandó rehacer los muros,
y limpiado el templo, procuró fuese consagrado a la manera de los cristianos
por don Gutierre, obispo de Córdoba; y para que la devoción y veneración fuese
mayor, le hizo catedral y puso propio obispo en aquella ciudad. Sobre el tiempo
en que se ganó Jaén no concuerdan los autores; los más doctos y diligentes
señalan el año 1243; los Anales de Toledo añaden a este cuento tres años, y
señalan que se tomó mediado abril. Duró el cerco ocho meses; y aunque el
invierno fue muy recio, siempre los nuestros perseveraron en los reales. En
este año puso fin a su historia el arzobispo don Rodrigo, que dice fue de su
pontificado el trigésimotercio.
En el siguiente hallo que, los catalanes y
aragoneses anduvieron alborotados entro sí y contrastaron sobre los términos de
cada uno de aquellos estados, porque entrambos pretendían que Lérida era de su
jurisdicción. Los aragoneses alegaban que sus tierras y sus aledaños llegaban
hasta el río Segre; los catalanes señalaban por término común al río Cinca. El
rey don Jaime se mostraba más aficionado a los catalanes, porque, dividido el
reino, pretendía dejar a don Alfonso, su hijo mayor, por heredero de Aragón, y
el principado de Cataluña quería mandar a don Pedro, hijo menor y más amado,
habido en doña Violante, su segunda mujer. Nombraron jueces para que señalasen
la raya y los términos, alegaron las partes de su derecho; finalmente, cerrado
el proceso en unas Cortes que se juntaron en Barcelona, dio el rey sentencia en
favor de los catalanes, a cuyo principado adjudicó todo aquel pedazo de tierra
que ciñen los ríos Segre y Cinca, resolución que ofendió los ánimos de don
Alfonso, su hijo, y de muchos señores de Aragón y aún de los catalanes.
Lo que principalmente les daba disgusto era que,
dividido el reino en partes, era necesario se enflaqueciesen las fuerzas de los
cristianos. Por esto el infante don Alfonso claramente se apartó de su padre, y
sentido de él se estaba en Calatayud y con él los que seguían su voz. Estos
eran don
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Fernando, tío del rey, abad de Montearagón, don
Pedro Rodríguez de Azagra, don Pedro, infante de Portugal, y otras personas
principales y de grandes estados, de la una nación y de la otra, aragoneses y
catalanes, que a todos comúnmente alteraba aquella novedad y acuerdo del rey
muy errado.
IV. Que don Sancho, rey de Portugal, fue echado
del reino
Los portugueses andaban divididos en bandos y
alterados con revueltas domésticas y alborotos por la ocasión que se dirá. Don
Sancho, segundo de este nombre, llamado Capelo, de la forma y sombrero de que
usaba, tenía aquel reino, que gobernó al principio no de todo punto mal, porque
se halla que trabajó los moros comarcanos con guerras y que hizo donación a los
caballeros y orden de Santiago de Mertola y otros lugares que ganó a los moros;
en lo demás fue de condición tan mansa, que parece degeneraba en descuido y
flojedad. Su mujer doña Mencia, hija de don Lope de Haro, señor de Vizcaya, en
tanto grado se apoderó de su marido, que no parecía ser ni ella mujer, sino
rey, ni él príncipe, sino ministro de los antojos de la reina. Con ella en
privanza y autoridad podían mucho los que menos de todos debieran, con estos
solos comunicaba sus consejos y puridades; sin ellos ni en la casa real ni
fuera de ella se hacía cosa que de algún momento fuese. Por el antojo y para
sus aprovechamientos de estos daba el rey las honras y cargos, perdonaba los
delitos y el castigo las más veces, sin saber lo que se hacía ni ordenaba. Esto
acarreó al rey su perdición, como suele acontecer que los excesos de los
criados redundan en daño de sus príncipes y señores, y también al contrario.
Los grandes llevaban mal que la república se
gobernase por voluntad y consejo de hombres bajos y particulares. Tratado el
negocio entre sí, pretendieron lo primero que aquel matrimonio se apartase con
color de parentesco y porque la reina era estéril. Propúsose el negociado al
romano pontífice; personas religiosas otrosí acometieron a poner sobre el caso
escrúpulo al rey, que, fuera de ser descuidado, no era persona de mala
conciencia. No aprovechó cosa alguna esta diligencia por no ser fácil negociar
con el papa y estar el rey de tal manera prendado con los halagos
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de la reina, que el vulgo entendía y decía que le
tenía enhechizado y, fuera de sí; dado que el ánimo prendado del amor no tiene
necesidad de bebedizos para que parezca desvariar. Tenía don Sancho un hermano
menor que él, de excelente natural, por nombre don Alfonso, casado con Matilde,
condesa de Boulogne, en Francia. Acordaron los grandes de Portugal que los
obispos de Braga y de Coimbra fuesen a informar al pontífice Inocencio sobre el
caso, el cual en este tiempo, con deseo de renovar la guerra sagrada de la
Tierra Santa, celebraba concilio en Lyon de Francia. Avisado el pontífice de lo
que pasaba y de las causas de la embajada que traían de tan lejos, sin embargo
no pudieron alcanzar que don Sancho fuese echado del reino; solamente les
concedió que su hermano don Alfonso en su nombre, en tanto que viviese, los
gobernase. De que hay una carta decretal del mismo Inocencio a los grandes de
Portugal con data de este mismo año, que es el capítulo segundo de supplenda
negligentia praelatorvm, en el libro sexto de las Epístolas decretales.
Don Alfonso acudió primero a verse con el
pontífice; tras esto juró en París las leyes y condiciones que entre los
principales de su nación tenían acordadas, que en sustancia eran miraría por el
bien público y pro común. Hecho esto, pasó a Portugal. Los nobles le estaban
aficionados; del rey poca resistencia se podía temer, y poca esperanza tenían
de su enmienda. Así, sin dilación y sin que ninguno le fuese a la mano, se
apoderó de todo. De que todavía resultaron nuevas reyertas, en que anduvieron
también revueltos los reyes de Castilla don Fernando y don Alfonso, su hijo. Lo
primero el rey don Sancho se retiró a Galicia, donde la reina estaba, forzada a
huir de la misma tempestad; después, como quier que lo que pretendía de ser
restituido en el reino no le sucediese, se fue a Toledo al rey don Alfonso, que
a la sazón sucediera a don Fernando, su padre. Pensó recobrar el reino con las
fuerzas de Castilla. Impidió sus trazas la diligencia de don Alfonso, su
hermano, que prometió, repudiada la primera mujer, casarse con doña Beatriz,
hija bastarda del rey don Alfonso, y salir a pagar tributo y parias por el
reino de Portugal cada un año, según que antiguamente se acostumbraba. Esta
comodidad prevaleció contra lo que parecía más honesto y justificado. Allegóse el
decreto del pontífice, que dio sentencia por don Alfonso y le juzgó por libre
del primer matrimonio. Tomado este asiento, sin dilación las nuevas bodas se
celebraron. El dote fueron ciertos lugares en aquella parte de Portugal por
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do el río Guadiana desagua en el mar, que poco
antes de esto por las armas de Castilla se conquistaran de los moros, y los
portugueses pretendían que eran de su conquista y que les pertenecían. Algunos
entienden que de esta ocasión la tomaron los reyes de Portugal de añadir a las
armas antiguas y a las quinas, por orla los castillos que hoy se pintan en sus
escudos.
El rey don Sancho, perdida toda la esperanza de
recobrar su reino, pasó lo demás de su vida en Toledo, con rentas que el rey de
Castilla liberalmente le señaló para sustentar su casa y corte. Muerto, le
hicieron honras como a rey, y su cuerpo sepultaron en la misma iglesia mayor y
en el mismo lugar en que el emperador don Alfonso y don Sancho, su hijo, detrás
del altar mayor, estaban enterrados. Del tiempo en que murió no concuerdan los
autores; quién dice que trece años adelante del en que la historia va, y que
tuvo nombre de rey por espacio de treinta y cuatro años, primero con poca
autoridad, después con ninguna, por haberle quitado su estado; otros que sólos
tres años, que tengo por más acertado.
A la sazón que don Sancho falleció tenía don
Alfonso cercada a Coimbra, ca se mantenía todavía en la fe del rey don Sancho;
apretábala grandemente; los cercados, aunque: tenían grande falta de todas las
cosas, obstinadamente perseveraban en su propósito. Flectio, alcaide de la
fortaleza y gobernador de la ciudad, avisado de la muerte de don Sancho, su
señor, y no se asegurando de todo punto fuese verdad, pidió licencia de ir a
Toledo para informarse mejor de lo que pasaba. Diósela don Alfonso de buena gana,
y entre tanto hicieron treguas con los cercados. Flectio, llegado a Toledo y
sabida la verdad, abierto el sepulcro del rey muerto, le puso en las manos las
llaves de Coimbra, con estas palabras que le dijo. «En tanto, rey y señor, que
entendí érades vivo, sufrí extremos trabajos, sustenté la hambre con comer
cueros, bebí orina para apagar la sed; los ánimos de los ciudadanos que
trataban de rendirse animé y conforté para que sufriesen todos estos males.
Todo lo que se podía esperar de un hombre leal y constante, y que os tenía
jurada fidelidad, he cumplido. Al presente que estáis muerto, yo vos entrego
las llaves de vuestra ciudad, que es el postrer oficio que puedo hacer; con
tanto, habida vuestra licencia, avisaré a los ciudadanos que he cumplido con el
debido homenaje, que pues sois fallecido, no hagan más resistencia a don
Alfonso, vuestro hermano».
Lealtad y constancia digna de ser pregonada en
todos los siglos, loa propria de la sangre y gente de Portugal.
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V. Principio de la guerra de Sevilla
Con el concierto que el rey don Femando hizo con el
de Granada comenzó a tener grande esperanza de apoderarse de la ciudad de
Sevilla. Quinientos caballos ligeros, debajo de la conducta del mismo rey de
Granada, fueron delante en tanto que se apercibía lo demás para talar los
campos de Carmona, que fue antiguamente pueblo muy principal. Alcalá, por
sobrenombre Guadaira, a persuasión del rey de Granada se rindió. Desde allí un
grueso escuadrón pasó a Sevilla y puso fuego a las mieses, que ya estaban sazonadas,
a las viñas y olivares, que tiene muy principales; de tal manera, que por todo
aquel campo se veían los fuegos y humo con que las heredades y cortijos se
quemaban. Iba por capitán de esta gente don Pelayo Correa, maestre de Santiago.
Otro buen golpe de soldados maltrataba de la misma manera y hacía los mismos
daños en los campos de Jerez; los capitanes, el rey de Granada y el maestre de
Calatrava. El mismo rey don Fernando se quedó en Alcalá de Guadaira con intento
de proveer todo lo necesario y acudir a todas partes. Lo que principalmente
pretendía era no aflojar en la guerra, porque no tuviese el enemigo tiempo y
comodidad de fortificarse; que fue causa de no poderse hallar a las honras y
enterramiento de doña Berenguela, su madre, que falleció por el mismo tiempo.
Siguióse la muerte de don Rodrigo, arzobispo de Toledo; quién dice a 9 días del
mes de agosto del año de 1245, quién del año 1247, a 10 de junio, con lo cual
va el letrero da su sepulcro. Hace maravillar que en fallecimiento de persona
tan señalada no recuerden los autores ni las memorias, sin que se pueda
averiguar la verdad.
Ambas muertes fueron sin duda en grave daño de la
república por las señaladas virtudes que en ellos resplandecían. La reina era
de grande edad; don Rodrigo, demás de estar muy apesgado con los años, se
hallaba quebrantado con muchos trabajos, en especial de un nuevo viaje que hizo
últimamente a Lyon de Francia, do se celebraba el concilio lugdunense.
Pretendía, demás de hallarse en el concilio y acudir a las necesidades
universales de la Iglesia, allanar a los aragoneses en lo tocante a su
primacía. Los años pasados los prelados de aquella corona en un Concilio
valentino provincial publicaron una constitución, en que mandaban que el
arzobispo de Toledo no llevase guión delante en aquella su provincia, pena de
entredicho al pueblo que lo consintiese. Don Rodrigo en cierta ocasión, por el
derecho de su primacía, continuó a llevar su cruz delante alzada,
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como lo tenía de costumbre. Don Pedro de Albalale,
arzobispo de Tarragona, principal atizador de aquella constitución y de todo
este pleito, le declaró por excomulgado y transgresor de aquel su decreto.
Acudieron a Gregorio IX, sumo pontífice, que pronunció sentencia por Toledo y
en favor de su primacía. No acababan de rendirse los de Aragón, que fue la
causa de emprender en aquella edad jornada tan larga, a lo que yo entiendo.
Concluidos los negocios, en una barca por el Ródano abajo daba la vuelta, cuando
le salteó una dolencia, de que falleció en Francia. Su cuerpo, según que él lo
dejó dispuesto, trajeron a España y le sepultaron en Huerta, monasterio de
bernardos, a la raya de Aragón. Junto al altar mayor se ve su sepulcro con un
letrero en dos versos latinos, grosero asaz como de aquel tiempo y sin primor,
cuyo sentido es:
Navarra me engendra, Castilla de crías:
Mi escuela París, Toledo es mi Silla:
En Huerta mi entierro: Tú al Cielo alma guía.
Su cuerpo murió, la fama de sus virtudes durará por
muchos siglos. Fundó en su iglesia doce capellanías para mayor servicio del
coro y con cargo de misas que se le dicen. Sucedióle don Juan, segundo de este
nombre entre aquellos arzobispos. Hállanse papeles en que le llaman don Juan de
Medina, creo por ser natural de aquella villa.
Por el mismo tiempo don Ramón, conde de la
Provenza, pasó de esta vida, muy digno de loa por el amor que tuvo a las letras
y afición a la poesía. Sólo se nota en él una señalada ingratitud de que usó
con Romeo, mayordomo de su casa, cuya industria, con buenos medios, hizo que
valiesen al tresdoble las rentas de aquel estado; más como a la virtud acompaña
la envidia, fue acusado y forzado a que diese cuenta del recibo y del gasto.
Hízosole el cargo, dio su descargo; y conocida su fidelidad, se partió como peregrino
con su bordón y talega, como al principio vino de Santiago, sin que jamás se
pudiese entender quién era ni dónde se fue. De cuatro hijas que tuvo don Ramón,
Margarita casó con san Luis, rey de Francia; Leonor con Enrique, rey de
Inglaterra; Sancha con Ricardo, hermano del dicho Enrique; Carlos, conde de
Anjou, casó con doña Beatriz; con la cual, dado que era la menor de todas, por
la grande afición que le tenían los provenzales y con la ayuda que le dio Luis,
rey de Francia, su hermano, por la muerte de su suegro heredó aquel principado.
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En este medio el rey don Fernando se tenía en
Córdoba con resolución de combatir a Sevilla y cercarla con todas sus fuerzas;
envió a Ramón Bonifaz, ciudadano de Burgos, muy ejercitado en las cosas de la
mar, para que en Vizcaya pusiese a punto una armada por la comodidad de los
bosques, y ser los de aquella nación señalados en la industria y ejercicios de
navegar. En tanto que esta armada se aprestaba, puso el cerco sobre Carmona con
la más gente que pudo, el año 1246, poco más o menos, villa fuerte y que estaba
apercibida para todo lo que podía suceder, fortificada contra los enemigos de
muros, municionada de armas, fuerzas y vituallas; no la pudieron tomar,
solamente la forzaron a pagar de presente la cantidad de dineros que le fue
impuesta, y para adelante las parias que se señalaron cada un año. Constantina,
Reina, Lora, pueblos que antiguamente se llamaron el primero Iporcense
municipium, el segundo Regina, el tercero Axalita, sin estos Cantillana y
Guilléna se ganaron, unos por fuerza, otros se rindieron por su voluntad. Reina
fue dada al orden de Santiago, Constantina a la ciudad y ayuntamiento de
Córdoba, Lora a los caballeros de San Juan. Todo sucedía prósperamente a los
nuestros; solo se recelaban del rey de Aragón no les fuese impedimento en aquella
tan buena ocasión, por estar disgustado contra el infante don Alfonso, que
residía en el reino de Murcia. Pretendía el aragonés que el infante no guardaba
los términos y la raya de la conquista de aquellos reinos que antiguamente
señalaron. Temíase alguna revuelta por esta causa.
Algunas personas principales y de autoridad, que
para concertar esto señalaron de la una y de la otra parte, buscaban algún
camino para componer estas diferencias. Pareció el mejor que don Alfonso casase
con doña Violante, hija del rey don Jaime; partido y traza que venía a cuento a
ambas naciones y provincias, que tan grandes reyes se trabasen de nuevo entre
sí con vínculo de parentesco. Moviéronse estas pláticas, vinieron en ello las
partes, las bodas se celebraron en Valladolid por el mes de noviembre con
aparato real y toda muestra de alegría, puesto que el rey don Fernando no se
halló presente. El cuidado que tenía de la guerra de Sevilla le impidió, que
pretendía hacer con tanto mayor ánimo, que Ramón Bonifaz con una armada de
trece naves que puso a punto en Vizcaya, costeadas aquellas marinas y doblado
el cabo de Finisterre, aportó a la boca de Guadalquivir por la parte que
descarga en la mar. Venció otrosí allí en una batalla naval la armada de los
enemigos. Los moros de Tánger y Ceuta habían concurrido para socorrer a
Sevilla, avisados de la venida de
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los nuestros. Salieron pues con sus bajeles del
puerto, que llegaban a número de veinte entre galeras y naves; pelearon con
gran porfía; los de África no reconocían mucha ventaja a los de Vizcaya, por
ser hombros de guerra, ejercitados en las armas, y que sobrepujaban en el
número de la armada. Los vizcaínos, confiados en la ligereza de sus navíos y en
la destreza de los pilotos, burlaban los acometimientos de los enemigos, y
cuando hallaban ocasión de venir a las manos, aferraban con sus naves y pasaban
muchos de ellos a cuchillo; tres naves de los moros se tomaron, dos echaron a
fondo, a una pusieron fuego, las demás fueron forzadas a huir. Envió el rey en
socorro de su armada buen número de caballos, movido por el peligro de los
suyos; pero ¿qué podían prestar? Antes que llegasen a la ribera tenían los
nuestros desbaratados los enemigos y ganada la victoria. Tanto más creció el
deseo que todos tenían de acometer aquella empresa, en particular el rey,
dejados los demás cuidados aparte, sólo en este pensamiento días y noches se
ocupaba.
VI. Que en Aragón se puso entredicho general
A esta sazón en Aragón estaba puesto entredicho y
tenían cerrados todos los templos de la provincia; triste silencio y suspensión
del culto divino, castigo de que los pontífices suelen usar contra los excesos
de los príncipes y para curarlos, como el postrero remedio, saludable a las
veces y eficaz medicina como entonces aconteció. Fue así, que don Jaime, rey de
Aragón, cuando era más mozo, tuvo conversación con doña Teresa Vidaura, la cual
le puso pleito delante del romano pontífice y le pedía por marido; alegaba la
palabra que la dio, contra la cual no se pudo con otra casar. No tenía
bastantes testigos para probar aquel matrimonio por ser negocio clandestino.
Así, se dio sentencia en el pleito contra doña Teresa y en favor de la reina
doña Violante. Sólo el obispo de Gerona, a quien hay fama de secreto le
comunicó el rey toda esta puridad, no se sabe con qué intento, pero en fin, dio
aviso al pontífice Inocencio IV que el rey no hacía lo que debía en no guardar
la palabra que tenía dada; que el postrer matrimonio se debía apartar como
inválido, y parecía justo que doña Teresa fuese tenida por verdadera mujer; que
el rey se lo había así confesado en secreto, y su conciencia no sufría que con
tan grande pecado
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dejase enredar al rey, al pueblo y a sí mismo si
callaba, de que resultasen después graves castigos; que esto lo avisaba por
aquella carta escrita en cifra para que en todo se guardase más recato.
Ninguna cosa se pasa por alto a los príncipes, por
ser ordinario que muchos con derribar a otros por medio de acusaciones
verdaderas o falsas y de chismes pretenden alcanzar el primer lugar de privanza
y de poder en los palacios de los reyes. Pues como el rey tuviese aviso que en
Roma, mudados de parecer, ordinariamente favorecían la causa de doña Teresa, y
que el pontífice manifiestamente se inclinaba a lo mismo, quier fuese que le
dieron aviso del que le descubrió, o que por su mala conciencia sospechase lo
que era, hizo venir al obispo de Gerona a la corte. Venido, luego que le tuvo
en su presencia, le mandó cortar la lengua; cruel carnicería y torpe venganza
de un desorden con otro mayor, y con nueva impiedad colmar el pecado pasado; si
bien el Obispo era merecedor de cualquier daño, si descubrió el sigilo de la
confesión y la religión de aquel secreto; cosa que nunca se permite. Luego que
el pontífice Inocencio, que a la sazón en León celebraba un concilio general,
como poco antes se dijo, fue avisado de lo que pasaba, cuánto dolor haya
concebido en su ánimo, con cuán grandes llamas de saña se abrasase, no hay para
qué declararlo; basta decir que puso entredicho en todo el reino, como de
ordinario los excesos de los príncipes se pagan con el daño de la muchedumbre y
de los particulares, y al rey declaró públicamente por excomulgado.
Conoció el rey su yerro, y por medio de Andrés
Albalate, obispo de Valencia, que envió por su embajador sobre el caso, pidió
humildemente penitencia y absolución. Decía que le pesaba de lo hecho; pero
pues no podía ser otra cosa, que como padre y pontífice diese perdón a su
indignación, la cual fue si no justo, a lo menos arrebatada; que estaba presto
a satisfacer con la pena y penitencia que fuese servido imponerle. Oída la
embajada, el Pontífice envió por sus embajadores al obispo de Camarino y a Desiderio,
presbítero, para que en Aragón se informasen de todo lo que pasaba. Dioles
otrosí poder muy lleno de reconciliar al rey con la Iglesia, si les pareciese
que su penitencia lo merecía. Hízose en Lérida junta de obispos y de señores;
halláronse en particular presentes los obispos de Tarragona, de Zaragoza, de
Urgel, de Huesca, de Elna. En presencia de estos prelados el rey, puestas en
tierra las rodillas, después de una grave reprensión que se le dio, fue
absuelto de aquel exceso. La penitencia fue que acabase a sus expensas de
edificar el monasterio
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bonifaciano, que con advocación de Nuestra Señora
en los montes de Tortosa veinte años antes de esto, luego que se tomó el pueblo
de Morella se comenzara, y se edificaba poco a poco, y acabada la fábrica, le
diese de renta para en cada un año doscientos marcos de plata, con que los
monjes del Císter se pudiesen sustentar en el dicho monasterio. En Valencia
tenían comenzado a edificar un hospital para albergar los pobres y peregrinos.
A este hospital señalaron mayores rentas, es a saber, seiscientos marcos de
plata cada un año, con que los pobres y peregrinos se sustentasen, y juntamente
algunos capellanes para que dijesen misa y ayudasen al buen tratamiento y
regalo de los pobres. Añadióse a esto que en Gerona, en la iglesia mayor
fundase una capellanía para que perpetuamente se hiciesen sacrificios y
sufragios por el rey y por sus sucesores.
El pontífice expidió su bula a los 22 de
septiembre, año de 1240, en que da poder a los dos nuncios para reconciliar al
rey con la Iglesia, que se hizo el mes siguiente a 19 de octubre. En Lérida con
solemne ceremonia fue el rey absuelto de las censuras en que incurrió por aquel
caso. Del obispo de Gerona no refieren más de lo dicho, ni aún declaran qué
nombre tuvo. De los archivos y becerro del monasterio bonifaciano se tomó todo
este cuento; dado que los más de los historíadores no hicieron de él mención,
pareció no pasarle en silencio. El lector le dé el crédito que la cosa misma
merece. De aquí sin duda y de estos papeles se tomó ocasión para la fama que
vulgarmente anduvo de este rey y anda sobre este caso.
VII. Que Sevilla se ganó
En lo postrero de España, hacía el poniente, está
asentada Sevilla, cabeza del Andalucía, noble y rica ciudad entre las primeras
de Europa, fuerte por las murallas, por las armas y gente que tiene; los
edificios públicos y particulares a manera de casas reales son en gran número,
la hermosura y arreo de todos los ciudadanos muy grande. Entre la ciudad, que
está a mano izquierda, y un arrabal llamado Triana pasa el río Guadalquivir
acanalado con grandes reparos y de hondo bastante para naves gruesas, y por la
misma razón muy a propósito para la contratación y comercio de los dos mares
Océano y Mediterráneo. Con una puente de madera fundada sobre barcas se junta
el arrabal con la ciudad y se pasa de una parte a otra.
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En la ciudad está la casa real en que los antiguos
reyes moraban; en el arrabal un alcázar de obra muy firme, que mira el
nacimiento del sol. Una torre está levantada cerca del río, que por el primor
de su edificio la llaman de Oro vulgarmente. Otra torre edificada de ladrillo,
que está cerca de la iglesia mayor, sobrepuja la grandeza de las demás obras
por ser de sesenta varas en ancho y cuatro tanto más alta; sobre la cual se
levanta otra torre menor, pero de bastante grandeza, que al presente de nuevo
está toda blanqueada y al rededor adornada de variedad de pinturas, hermosas a
maravilla a los que la miran. ¿Qué necesidad hay de relatar por menudo todas
las cosas y grandezas de esta ciudad tan vaga y llena de primores y grandezas?
Hay en la ciudad en este tiempo más de veinticuatro mil vecinos, divididos en
veintiocho parroquias o colaciones. La primera y principal es de Santa María,
que es la iglesia mayor, con el cual templo en anchura de edificio y en
grandeza ninguno de toda España se le iguala. Vulgarmente se dice de las
iglesias de Castilla: la de Toledo la rica, la de Salamanca la fuerte, la de
León la bella, la de Sevilla la grande. Tiene su fábrica de renta treinta mil
ducados en cada un año, la del arzobispo llega a ciento veinte mil, las canongías
y dignidades, así en número como en lo demás, responden a esta grandeza. Los
campos son muy fértiles, llanos y muy alegres por todas partes, por la mayor
parte plantados de olivas, que en Sevilla se dan muy bien, y el esquilmo es muy
provechoso; de allí se llevan aceitunas adobadas, muy gruesas, de muy buen
sabor, a todas las demás partes. El trato es tan grande y la granjería tal, que
en los olivares llamados Aljarafe, en tiempo de los moros se contaban cien mil,
parte cortijos, parte trapiches o molinos de aceite; y dado que parece gran
número, la autoridad y testimonio de la Historia del rey don Alfonso el Sabio
lo atestigua. El número de extranjeros y muchedumbre de mercaderes que
concurren es increíble, mayormente en este tiempo, de todas partes a la fama de
las riquezas, que por el trato de las Indias y flotas de cada un año se juntan
allí muy grandes.
El rey don Fernando tenía por todas estas causas un
encendido deseo de apoderarse de esta ciudad; así por su nobleza como porque,
ella tomada, era forzoso que el imperio de los moros de todo punto menguase,
tanto más, que los aragoneses con gran gloria y honra suya se habían apoderado
de Valencia, de sitio muy semejante y no de mucho menor número de ciudadanos.
El rey de Sevilla, por nombre Ajatafe, no ignoraba el peligro que corrían sus
cosas; tenía juntados socorros de los lugares comarcanos,
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hasta desde la misma África, gran copia de trigo
traída de los lugares comarcanos, proveídose de caballos, armas, naves y
galeras, determinado de sufrir cualquier afán antes de ser despojado del
señorío de ciudad tan principal. El rey don Femando juntaba asimismo de todas
partes gente para aumentar el ejército que tenía, trigo y todos los más
pertrechos que para la guerra eran necesarios. La diligencia era grande, por
entender que duraría mucho tiempo y sería muy dificultosa, y para que ninguna
cosa necesaria falleciese a los soldados. En Alcalá por algún tiempo se
entretuvo el rey don Fernando; pasada ya gran parte y lo más recio del verano,
movió con todas sus gentes, púsose sobre Sevilla y comenzó a sitiarla a 20 del
mes de agosto, año de nuestra salvación de 1247; los reales del rey se
asentaron en aquella parte que está el campo de Tablada tendido a la ribera del
río, más abajo de la ciudad. Don Pelayo Pérez Correa, maestre de Santiago, de
la otra parte del río hizo su alojamiento en una aldea, llamada Aznalfarache;
caudillo de gran corazón y de grande experiencia en las armas. Pretendía hacer
rostro a Abenjafón, rey de Niebla, que con otros muchos moros estaba apoderado
de todos los lugares por aquella parte; tanto mayor era el peligro, las
dificultades; pero todo lo vencía la constancia y esfuerzo de este caballero.
El rey barreaba sus reales; los moros, con salidas que hacían de la ciudad,
pugnaban impedir las obras y fortificaciones. Hubo algunas escaramuzas, varios
sucesos y trances, pero sin efecto alguno digno de memoria, sino que los
cristianos las más veces llevaban lo mejor y forzaban a los enemigos con daño a
retirarse a la ciudad. Por el mar y río se ponía mayor cuidado para impedir que
no entrasen vituallas. Los soldados que tenían en tierra hacían lo mismo, y
velaban para que ninguna de las cosas necesarias les pudiesen meter por aquella
parte. Muchos escuadrones asimismo salían a robar la tierra; talaban
losfrutosque hallaban sazonados, el vino y el trigo todo lo robaban.
Carmona, que está a seis leguas, forzada por estos
males, como seis meses antes lo tenían concertado, sin probar a defenderse ni
pelear se rindió, con tanto mayor maravilla, que los bárbaros pocas veces
guardan los asientos. No se descuidaban los moros ni se dormían; el mayor deseo
que tenían era de quemar nuestra armada, cosa que muchas veces intentaron con
fuego de alquitrán, que arde en la misma agua. La vigilancia del general
Bonifaz hacía que todos estos intentos saliesen en vano, y cada cual de los capitanes
por tierra y por mar procuraban diligentemente no se recibiese algún daño por
la parte que tenían a sn
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cargo. Señalábanse, entre los demás, don Pelayo
Correa, maestre de Santiago, y don Lorenzo Suárez, cuyo esfuerzo e industria en
todo el tiempo de este cerco fue muy señalada, sobre todos Garci Pérez de
Vargas, natural de Toledo, de cuyo esfuerzo se refieren cosas grandes y casi
increíbles. Al principio del cerco, a la ribera del río, do tenían soldados de
guarda para reprimir los rebates y salidas de los moros, Garci Pérez y un
compañero, apartados de los demás, iban no sé a qué parte; en esto al improviso
ven cerca de sí siete moros a caballo; el compañero era de parecer que se
retirasen; replicó Garci Pérez que, aunque se perdiese, no pensaba volver atrás
ni con torpe huida dar muestra de cobardía. Junto con esto, ido el compañero,
toma sus armas, cala la visera y pone en el ristre su lanza; los enemigos,
sabido quien era, no quisieron pelear. Caminado que hubo adelante algún tanto,
advirtió que al enlazar la capellina y ponerse la celada se le cayó la escofia;
vuelve por las mismas pisadas a buscarla. Maravillóse el rey, que acaso desde
los reales le miraba, pensaba volvía a pelear; más él, tomada su escofia,
porque los moros todavía esquivaron el encuentro, paso ante paso se volvió sano
y salvo a los suyos por el camino comenzado. Fue tanto mayor la honra y prez de
este hecho, que nunca quiso declarar quién era su compañero, si bien muchas
veces le hicieron instancia sobre ello; a la verdad, ¿a qué propósito con
infamia ajena buscar para sí enemigo y afrenta para su compañero sin ninguna
loa suya? Como quier que al contrario con el silencio demás del esfuerzo dio
muestra de la modestia y noble término de que usaba.
Entre tanto que con esta porfía se peleaba en
Sevilla, el infante don Alfonso, hijo del rey don Fernando, intentó de
apoderarse de Játiva en el reino de Valencia, convidado por los ciudadanos.
Tomó a Enguerra, pueblo en tierra de Játiva, que se le entregaron los
moradores. Cuanto cada uno alcanza de poder, tanto derecho se atribuye en la
guerra. El rey don Jaime, avisado de los intentos del infante don Alfonso y
alterado, como era razón, se apoderó de Villena y de seis pueblos comprendidos
en el distrito de Castilla, por dádivas que dio al que los tenía a cargo. Demás
de esto, en la misma comarca, principio del año 1248, tomó de los moros otro
pueblo llamado Bugarra. De estos principios parecía que los disgustos pasarían
adelante y pararían en alguna nueva guerra que desbaratase la empresa de
Sevilla y acarrease otros daños. Don Alfonso, como quier que era de condición
sosegada, se determinó de tratar en presencia con el rey de Aragón y resolver
todas estas diferencias, y para esto se juntaron a vistas y
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habla en. Almizra, pueblo del rey de Aragón. Allí
por medio de la reina de Aragón, y por la buena industria de don Diego de Haro
y otros grandes que se pusieron de por medio se compuso esta diferencia; con
que de una y de otra parte se restituyeron los pueblos que injustamente
tomaron, y se señaló la raya de la jurisdicción y conquista de ambas las
partes. Quedaron en particular en virtud de esta concordia por el reino de
Murcia Almansa, Sarasulla y el mismo río Cabriolo; por los de Valencia Biara,
Sajona, Alarca, Finestrato. Asentadas las cosas de esta manera, los príncipes
se despidieron. El rey don Jaime revolvió luego contra Játiva, envió delante
sus gentes con intento de cercarla; apoderóse finalmente de ella, pasada ya
gran parte del verano, por entrega que hicieron los mismos ciudadanos. Está
asentada esta ciudad en un sitio asaz apacible a la parte que el río Júcar
entra en el mar; su campiña muy fértil y fresca, la tierra muy gruesa.
El infante don Alfonso y en su compañía don Diego
de Haro se apresuraron para hallarse en el cerco de Sevilla. Alhamar, ese mismo
rey de Granada, vino a juntarse con el rey don Fernando, acompañado de buen
número de soldados, en tiempo sin duda muy a propósito, en que los soldados
cristianos, cansados de la tardanza y con la dificultad de aquella empresa,
comenzaban a tratar de desamparar los reales y las banderas, además de las
enfermedades que sobrevinieron y los tenían muy amedrentados. Era pasado el invierno
sin hacer efecto de algún momento. El mismo rey, aquejado de tantos trabajos y
de las dificultades que se ofrecían muy grandes, dudaba si alzaría el cerco, o
esperaría que las cosas se encaminasen mejor y el remate fuese más apacible que
los principios, como otras veces lo tenía probado. Los cercados desbarataron en
cierta salida los ingenios de los nuestros y les quemaron las máquinas.
Alentados con el buen suceso, no sólo se defendían con la fortaleza de la
ciudad, sino desde los adarves se burlaban de la pretensión de los contrarios,
que llamaban desatino. Amenazaban a los nuestros con la muerte y ultrajábanlos
de palabra.
El cerco, sin embargo, se continuaba y se llevaba
adelante con tanto mayor ventaja de los fieles, que de cada día les llegaban
nuevos socorros. Acudieron los obispos don Juan Arias, de Santiago, bien que
poco efecto hizo; su poca salud le forzó en breve con licencia del rey a dar la
vuelta. Don García, prelado de Córdoba; don Sancho, de Coria; los maestres de
Calatrava y de Alcántara; los infantes don Fadrique y don Enrique; fuera de
estos, don Pedro de Guzmán, don Pedro Ponce de León, don Gonzalo
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Girón, con otro gran número de grandes y ricos
hombres que vinieron de refresco. A los cercados, por ser la ciudad tan grande,
no se podían de todo punto atajar los mantenimientos, dado que se ponía en esto
todo cuidado. El general de la armada, Bonifaz, ardía en deseo de quebrar la
puente, para que no pudiendo comunicarse los del arrabal y la ciudad, fuesen
conquistados aparte los que juntos hacían tanta resistencia. Era negocio muy
dificultoso por estar la puente puesta sobre barcas que con cadenas de hierro
están entre si trabadas; todavía pareció hacer la prueba, que la maña y la
ocasión pueden mucho. Apercibió para esto dos naves, esperó el tiempo en que
ayudase la creciente del mar y juntamente un recio viento que del poniente
soplaba. Con esta ayuda, alzadas y hinchadas las velas, la una de las naves con
tal ímpetu embistió en la puente, cuanto no pudieron sufrir las ataduras de
hierro. Quebróse la puente el tercero día de mayo con grande alegría de los
nuestros y no menos comodidad. Los soldados con la esperanza de la victoria con
grande denuedo acometieron a entrar en la ciudad, escalar los muros por unas
partes, y por otras derribarlos con los trabucos y máquinas, con tanta porfía,
que los cercados estaban a punto de perder la esperanza de se defender. El
mayor combate era contra Triana; los moros se defendían valientemente, y la
fortaleza de los muros causaba a los nuestros dificultad.
Cierto soldado en secreto murmuraba de Garci Pérez
de Vargas; cargábale que el escudo ondeado que traía era de diferente linaje.
Ningunos oyen con mayor paciencia las murmuraciones que los que no se sienten
culpados. Disimuló él por entonces la ira; después cierto día que acometieron
los nuestros a Triana, se mantuvo tanto tiempo en la pelea, que con la lluvia
de piedras, saetas y dardos que le tiraban, abolladas las armas y el escudo,
apenas él pudo escapar con la vida. Entonces vuelto a su contrario, que estaba
en lugar seguro: «Con razón, dice, nos quitáis las armas del linaje, pues las
ponemos a tan graves peligros y trances; vos las merecéis mejor, que como más
recatado las tenéis mejor guardadas». Él, avergonzado, conoció su yerro; pidió
perdón, que le dio a la hora de buena gana, contento de satisfacerse de su
injuria con la muestra de su valor y esfuerzo; manera de venganza muy noble.
Comenzaban en la ciudad a sentir gran falta de
vituallas; los ciudadanos, visto que la felicidad de nuestra gente se igualaba
con su esfuerzo, y que al contrario a ellos no quedaba alguna esperanza,
acordaron tratar de rendir la ciudad, primero en secreto, y después en los
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corrillos y plazas. Pidieron desde el adarve les
diesen lugar de hablar con el rey. Luego que les fue concedido, enviaron
embajadores, que avisaron querían tratar de concierto con tal que las
condiciones fuesen tolerables, en particular que quedase en su poder la ciudad.
Decían que quebrantados con los males pasados, ni los cuerpos podían sufrir el
trabajo, ni los ánimos la pesadumbre; que todavía en la ciudad quedaban
compañías de soldados, que no era justo irritarlas ni hacerles perder de todo
punto la esperanza; muchas veces la necesidad de medrosos hace fuertes, por lo
menos que la victoria sería sangrienta y llorosa, si se allegase a lo último y
no se tomaba algún medio. A esto respondió el rey que él no ignoraba el estado
en que estaban sus cosas. Tiempo hubo en que se pudiera tratar de concierto;
más que al presente por su obstinación se hallaban en tal término, que sería
cosa fea partirse sin tomar la ciudad, y que si no fuese con rendirla, no daría
lugar a que se tratase de concierto ni de concordia. Entre tanto que se trataba
de las condiciones y del asienta hicieron treguas y cesó la batería. Prometían
acudir con las rentas reales y tributos todos los que acostumbraban antes a
pagar a los miramamolines. Desechada esta condición, dijeron que darían la
tercera parte de la ciudad demás de las dichas rentas; después la mitad,
dividida con una muralla de lo demás que quedase por los moros. Parecían estas
condiciones a los nuestros muy aventajadas y honrosas. El rey, a menos de
entregarle la ciudad, no hacía caso de estas promesas ni estimaba todos sus
partidos. En conclusión, se asentó que el rey moro y los ciudadanos con todas
sus alhajas y preseas se fuesen salvos donde quisiesen, y que fuera de
Sanlúcar, Aznalfarache y Niebla, que quedaban por los moros, rindiesen los
demás pueblos y castillos dependientes de Sevilla. Diose de término un mes pan
cumplir todas estas capitulaciones.
El castillo luego se entregó, y a 27 de noviembre
salieron de la ciudad entre varones y mujeres y niños cien mil moros; parte de
ellos pasó en África, parte se repartió por otros lugares y ciudades de España.
Gastáronse en el cerco dieciséis meses, en el cual tiempo los reales a manera
de ciudad estaban divididos en barrios, con sns tiendas en que se vendían las
cosas necesarias, herrerías para forjar armas, los pabellones puestos por su
orden con sus calles y plazas en lugares convenientes. A los 22 de diciembre,
con pública procesión y aparato entró el rey en la ciudad, oyó misa en la
iglesia mayor, que para este propósito estaba bendecida y aparejada; bendíjola
con gran majestad don Gutierre, electo arzobispo de
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Toledo, que poco antes señalaron por sucesor en
aquella iglesia de don Juan, que falleció a los 23 del mes de julio. Don Ramón
de Losana fue elegido por arzobispo de la nueva ciudad. Este prelado andando a
la escuela, con un cuchillo de plumas sacó otro tiempo un ojo a un su hermano;
para absolverse de esta irregularidad y para alcanzar dispensación ya que era
de más edad pasó a Roma; viaje que le fue ocasión de hacerse muy erudito y
letrado.
Quedaba Sevilla muy falta de moradores; la
franqueza que el rey prometió de tributos a los que viniesen a poblar hizo que
gran número de gente acudiese de toda España, determinados de hacer allí su
asiento y morada; con esto, en breve volvió a tener aquella ciudad nobilísima
la hermosura de antes y número de gente asaz.
VIII. De la muerte del rey don Fernando
En el mismo tiempo que Sevilla estaba cercada, san
Luis, rey de Francia, enriquecía con reliquias santísimas que envió a Toledo y
aumentaba la devoción de la iglesia mayor de aquella ciudad; juntamente ganaba
las voluntades de nuestra nación. En el Sagrario de aquella iglesia hasta hoy
con gran devoción se muestran y guardan las dichas reliquias con la misma carta
original del rey, cuyo traslado nos pareció poner en este lugar para memoria de
la piedad de príncipe tan señalado y devoto: «Luis, por la gracia de Dios rey
de Francia, a los amados varones en Cristo, canónigos y todo el clero de la
iglesia de Toledo, salud y dilección. Queriendo adornar vuestra iglesia con un
excelente don por medio de nuestro amado Juan, venerable arzobispo de Toledo, y
a su instancia os enviamos algunas preciosas partecicas de los venerables y
señalados nuestros santuarios, que hube del tesoro del imperio
constantinopolitano, conviene a saber: del madero de la cruz del Señor, una de
las espinas de la sacrosanta corona de espinas del mismo Señor, de la leche de
la gloriosa virgen María, de la vestidura de púrpura del Señor con que fue
vestido, del lienzo con que se ciñó el Señor cuando lavó y limpió los pies de
sus discípulos, de la sábana con que su cuerpo estuvo sepultado en el sepulcro,
de los paños de la infancia del Salvador. Rogamos pues, y requerimos en el
Señor a vuestra caridad, que las sobredischas reliquias recibáis y guardéis en
vuestra
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iglesia con la reverencia debida; asimismo que en
vuestras misas y oraciones tengáis memoria benigna de nos. Fecha en Estampas,
año del Señor de 1248 por el mes de mayo».
Después que el rey Luis hubo enviado esta carta, de
Marsella se hizo a la vela y navegó a la Tierra Santa con deseo de reparar en
aquellas partes la guerra sagrada. El suceso no fue conforme a su santa
intención, porque apoderado que se hubo en las marinas de Egipto de Pelusio,
ciudad que hoy se llama Damiata, toda la prosperidad se volvió en contrario. De
tres hermanos del rey, Roberto murió en una batalla, Alfonso y Carlos fueron
presos con el rey el año 1249. La libertad costó mucho haber, sin que en la Tierra
Santa a la cual desde allí pasaron, hiciesen cosa de muy gran momento. Verdad
es que las ciudades de Sidón, Cesarea y Joppe fueron recobradas por las armas
de Francia año del Señor 1250, pero ninguna otra cosa se hizo.
En el mismo año por muerte de don Gutierre,
arzobispo de Toledo, que finó en Atienza a los 9 de agosto, como se ve en los
Anales toledanos, en su lugar fue puesto don Sancho, hijo del rey don Fernando,
a quien algunos llaman don Pedro, otros don Juan, por engaño sin duda. El
arzobispo don Rodrigo por orden de la reina doña Berenguela crió en Toledo a
sus nietos los infantes don Felipe y don Sancho; proveyóles en aquella su
iglesia sendos canonicatos. Estudiaron ambos en los estudios de París; en
particular don Felipe tuvo por maestro a Alberto Magno, gran filósofo y
teólogo. Todo esto y más el favor de su padre fue ocasión de poner en esta
vacante los ojos en don Sancho. Aprobó la elección el papa Inocencio IV; más el
electo no parece se consagró por su poca edad, que era el penúltimo de sus
hermanos. Por su contemplación dio su padre a la iglesia de Toledo a Uceda y a
Iznatoraf, esto a trueco de Baza, que se la diera cuando conquistó a Jaén.
Vivió por este tiempo un hombre señalado, por
nombre Pero González, que dejada la corte y palacio, en que tenía buen lugar,
gastó lo postrero de su vida en doctrinar a los gallegos y asturianos,
predicador de fama. Su contemporáneo Bernardo, canónigo de Santiago, por el
gran conocimiento que alcanzó de los derechos, fue muy familiar al pontífice
Inocencio, y es el que escribió la glosa sobre las epistolas decretales.
En el mismo tiempo los aragoneses, divididos en
parcialidades, se abrasaban con discordias civiles. Tenía el rey don Jaime de
doña Violante, su mujer, estos hijos: don Pedro, don Jaime, don Femando, don
Sancho;
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otras tantas hijas, doña Violante, doña Constanza,
doña Sancha, doña María. La reina estaba apoderada del rey, y así, le persuadió
que dividiese los estados del reino entre sus hijos, consejo muy perjudicial a
la república por enflaquecerse por esta manera las fuerzas, y muy pesado en
particular a don Alfonso, su hijo mayor, en cuyo perjuicio se enderezaban estas
prácticas. Por esta causa los más de los grandes siguieron la voz del infante,
y por su autoridad públicamente se apartaron del rey. Con cuidado de componer
estas diferencias, que amenazaban mayores males, por el mes de febrero se
tuvieron Cortes generales en Alcañices, pueblo de Aragón. Señaláronse jueces
sobre el caso, personas principales, eclesiásticas y seglares; dieron por
sentencia que el hijo debía obedecer a su padre. De ningún provecho fue esta
diligencia, por estar los vasallos mal contentos y el rey constante en su
parecer y propósito, tanto, que en vida hizo donación al infante don Pedro del
principado de Cataluña, con que la otra parte se desabrió mucho más. Esto en
Aragón.
Las cosas del rey don Fernando se hallaban muy en
mejor estado, porque compuestas y asentadas las cosas en Sevilla, en que
determinaba hacer su asiento, acometió a Jerez, y ganó de los moros a Medina
Sidonia, Begel, Alpechín, Aznalfarache; fuera de esto, a la ribera del mar, en
parte abatió, en parte tomó muchos castillos de moros. Pretendía que los demás,
escarmentados con aquel daño y castigo, se rindiesen o reprimiesen, Hiciéronse
correrías por los campos de Nebrija; algunos pocos pueblos de moros, por estar
fortificados de sitio o de murallas, se atrevían y estaban determinados de
sufrir el cerco, no solo como cosa más honesta, sino también como más segura,
ni por el daño de los otros se movían a rendirse.
Tratóse de pasar la guerra a África; y con este
intento en las marinas de Vizcaya por mandado del rey don Fernando se apercibía
una nueva y más gruesa armada, cuando una recia dolencia le sobrevino, de que
finó en Sevilla a 30 de mayo el año que se contaba de 1252. Reinó en Castilla
por espacio de treinta y cuatro años, once meses, veintitrés días; en León
veintidós años, poco más o menos. Fue varón dotado de todas las partes de ánima
y de cuerpo que se podían desear, de costumbres tan buenas, que por ellas ganó
el renombre de Santo, título que le dio, no más el favor del pueblo que el
merecimiento de su vida y obras excelentes; muchos dudaron si fuese más fuerte
o más santo o más afortunado. Era severo consigo, exorable para los otros, en
todas las partes de la vida templado, y
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que, en conclusión, cumplió con todos los oficios
de un varón y príncipe justo y bueno.
En ningún tiempo dio mayor muestra de santidad que
a la muerte. Comulgóle don Ramón, arzobispo de Sevilla. Al entrar el Sacramento
por la sala se dejó caer de la cama, y puestos los hinojos en tierra, con un
dogal al cuello y la cruz delante, como reo pecador pidió perdón de sus pecados
a Dios con palabras de grande humildad. Ya que quería rendir el alma, demandó
perdón a cuantos allí estaban. Espectáculo para quebrar los corazones y con que
todos se resolvían en lágrimas. Tomó la candela con ambas las manos, y puestos
en el cielo los ojos: «El reino, dijo, Señor, que me diste, y la honra mayor
que yo merecía, te le vuelvo; desnudo salí del vientre de mi madre, y desnudo
me ofrezco a la tierra; recibe, Señor mio, mi ánima, y por los méritos de tu
santísima pasión ten por bien de la colocar entre los tus siervos». Dicho esto,
mandó a la clerecía cantasen las letanías, y el Te Deum laudamus, y rindió el
espíritu bienaventurado.
A su hijo don Alfonso, que nombró por heredero,
poco antes de morir dio muchos avisos, y juntamente le encomendó con mucho
cuidado a la reina doña Juana y sus hijos, de los cuales se hallaron a su
muerte don Fadrique, don Enrique y don Felipe, que era electo prelado de
Sevilla, y don Manuel. Don Sancho, electo de Toledo, no se halló por estar en
su iglesia. Luego el día siguiente le hicieron el enterramiento y honras con
aparato real. Su cuerpo fue sepultado en la iglesia mayor de Sevilla.
Dícese que este rey inventó e introdujo el Consejo
Real, que hoy en Castilla tiene la suprema autoridad para determinar los
pleitos. Señaló doce oidores, a cuyo conocimiento perteneciesen los negocios
mayores y los pleitos que en los otros tribunales se tratasen, por vía de
apelación con las mil quinientas doblas que deposita el que apela, y las pierde
en caso que se dé sentencia contra él. Como las cautelas y engaños poco a poco
iban creciendo, y los pleitos eran muchos por la malicia del tiempo, fue necesario
establecer este nuevo tribunal; que antes las ciudades, contentas con los
juicios y sentencias que sus jueces daban, y con apelar a las audiencias de su
distrito, tenían por cosa fea y sin propósito pasar adelante e implorar el
auxilio real.
Demás de esto, encargó a personas principales y
doctas el cuidado de hacer nuevas leyes y recoger las antiguas en un volumen,
que hoy se llama vulgarmente las Partidas, obra de inmenso trabajo, y que se
comenzó por este tiempo, y últimamente se puso en perfección y se publicó en
tiempo
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del rey don Alfonso, hijo de este don Fernando.
Hasta la muerte del rey don Fernando llegó don Lucas de Tuy con su historia.
IX. De los principios de don Alfonso el Décimo,
rey de Castilla
El reino de don Fernando por derecho de herencia
vino al rey don Alfonso, deceno de este nombre, cuya vida y obras pretendemos
declarar, ilustres sin duda por la variedad de los sucesos y juego de la
fortuna variable, pero que tienen más de maravilla que de honra y loa. ¿Qué
cosa más maravillosa que un príncipe, criado en la guerra y ejercitado en las
armas desde su primera edad, haya tenido tanta noticia de la astrología, de la
filosofía y de las historias, cuan grande apenas los hombres ociosos y ocupados
solamente en sus estudios pocas veces alcanzan? Sus libros que publicó y sacó a
luz de astrología y de la historia de España dan muestra de su grande ingenio y
estudio increíble. ¿Qué cosa eso mismo más afrentosa que con tales letras y
estudios, con que otro particular pudiera alcanzar gran poder, no saber él
conservar y defender ni el imperio que los extraños le ofrecieron ni el reino
que su padre le dejó? Vio aquella edad y siglo hasta dónde podía llegar la
libertad y arrogancia del pueblo, pues redujo un rey tan poderoso casi a vida
particular; vio él mismo lo postrero de la desventura, que fue ser despojado de
sus riquezas y mando. ¡Qué juegos hace la fortuna o poder más alto! ¡Cómo
parece que gusta en burlarse de las cosas humanas! El sobrenombre de Sabio, que
ganó por las letras, o por la injuria de sus enemigos, o por la malicia de los
tiempos, o él por la flojedad de su ingenio, parece le amancilló; pues con el
crédito que tenía de ser tan sabio, no supo mirar por sí y prevenirse.
En Sevilla, do se halló a la muerte de su padre, le
alzaron por rey. Lo primero que hizo después de esto fue renovar el concierto
con Alhamar, rey de Granada, demás que le hizo suelta de la sexta parte del
tributo que tenía costumbre de pagar, en que se tuvo respeto a los buenos
servicios que hiciera y a despertarle para que de nuevo hiciese otros; que sin
duda por algún tiempo fueron muy grandes y señalados. Era tanto lo que este
príncipe amaba al rey don Fernando y érale tan agradable su memoria, que con ser
moro, todos los años enviaba a Sevilla buen número de los suyos
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con cien antorchas de cera blanca para que se
hiciesen al rey las exequias y aniversarios.
La falta que tenían de dineros era grande, por
estar gastados todos con las guerras de tantos años. Tratóse de buscar algún
camino para allegar moneda y remediar este daño; pareció lo mas a propósito que
en lugar de los pepiones, que era cierta moneda así llamada de buena ley, se
usase de burgaleses, moneda muy baja mezclada de otros metales. Era cosa
injusta abajar de quilates la moneda y que fuese del mismo valor que la de
antes. Desorden por donde las cosas encarecieron y no se remedió la necesidad del
rey; porque fue necesario aumentar los salarios de los jueces y de los demás
oficiales con tanta mayor indignación del pueblo, que poco después se inventó
otro género de moneda, que se llamaba negra, es a saber, por tener mucho cobre.
Quince monedas de este género valían una dobla o escudo; un burgalés valía dos
pepiones, noventa un escudo o un maravedí de oro. Este camino de allegar
dinero, bien que intentado muchas veces de grandes reyes, que sea muy engañoso
y perjudicial, el tiempo y la experiencia y desastrados sucesos lo han
bastantemente declarado. Sin duda fue la principal causa por que el rey don
Alfonso en breve se hizo muy malquisto y odioso a sus vasallos. De esta manera,
si no hay gran tiento, de honestos principios y causas se siguen efectos muy
perniciosos y malos. Ésta fue la primera semilla de la discordia civil; de la
guerra de fuera hubo otras causas.
Estaba el rey don Alfonso congojado por la
esterilidad de la reina doña Violante, por el gran deseo que tenía de dejar
sucesión. Los aduladores, de que siempre hay gran número en las casas de los
príncipes, pretendían que aquel matrimonio se podía apartar; no les faltaban
razones para colorear este engaño, como a gente de grande ingenio; el rey
fácilmente se dejó persuadir en lo que deseaba. Envió embajadores al rey de
Dinamarca a pedir por mujer una hija suya, llamada Cristina. Era cosa fácil por
la grande distancia de los lugares engañar aquella gente. Concertado el
casamiento, la doncella fue enviada en España. Estos intentos del rey don
Alfonso dieron mucha pena, como era razón, al rey don Jaime. Procuróse dar
algún corte con embajadas que se enviaron; pero como no se efectuase nada, vino
el negocio a rompimiento y a las armas. Hiciéronse correrías y cabalgadas de
una parte y de otra, robos de hombres y ganados, y esto al principio de aquella
diferencia.
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Por el mismo tiempo Teobaldo, rey de Navarra,
primero de este nombre, falleció a 8 de julio, año de nuestra salvación de
1253; digno de ser alabado por el deseo que mostró de ayudar a la guerra de la
Tierra Santa, cuanto reprehensible y manchado por el intento que tuvo de
oprimir los derechos y libertad eclesiástica, por la cual causa se dice que
hubo entredicho general en todo aquel reino por espacio de tres años enteros.
Este tiempo pasado, don Pedro Remigio, o Gazolaz, obispo de Pamplona, alzado el
destierro en que le tenían, se reconcilió con el rey a instancia de personas
principales que en ello trabajaron y con muy grande alegría y regocijo de todo
el pueblo. Teobaldo merece sin duda ser alabado por otras cosas y partes de que
fue dotado, en especial por los estudios de las artes liberales, ejercicio y
conocimiento de la música y de la poesía tan grande, que acostumbraba componer
versos y cantarlos a la vihuela; las poesías que hacía, proponerlas en público
en su palacio para ser de todos juzgadas. Tuvo tres mujeres. De la primera, que
fue hija del conde de Lorena, no tuvo hijos algunos. Dejada ésta por mandado de
los pontífices, casó con Sibila, hija de Filipo, conde de Flandes. De este
matrimonio nació Blanca, que casó con Juan, duque de Bretaña, por sobrenombre
el Bermejo. De la tercera mujer, que fue hija de Arquimbaudo, conde de Foix,
tuvo a Teobaldo y a Enrique y una hija, llamada Leonor. Teobaldo sucedió a su
padre después de su muerte; era menor de edad, que no tenía quince años
cumplidos, de excelente natural y que daba muestras de grandes virtudes.
La reina Margarita, su madre, cuidadosa de lo que a
su hijo tocaba, estaba con temor, en especial de don Alfonso, rey de Castilla,
que, vencidos y domados los moros, se entendía quería revolver contra Navarra y
despertar el derecho antiguo que pretendían los reyes de Castilla a aquella
corona; cuidaba ayudarse del socorro del rey de Aragón y de su sombra. Tratóse
por sus embajadores de aliarse; y para que la cosa se concluyese más
fácilmente, con seguridad de ambas partes se juntaron a vistas. Al principio del
mes de agosto en Tudela se hizo confederación entre los dos reyes, en que se
concertó tuviesen los mismos por amigos y por enemigos. Asentaron otrosí que
una de las dos hijas que tenía el rey don Jaime se diese por mujer a Teobaldo,
y en particular se proveyó que ninguna de las dos casase con alguno de los
hermanos del rey de Castilla sin voluntad de la reina Margarita y sin que ella
viniese en ello. Al rey de Aragón, sin embargo, le quedó su derecho a salvo,
que pretendía tener a aquel reino por la adopción del rey don Sancho de
Navarra. Esta
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confederación para que fuese más fuerte se procuró
que el romano Pontífice la aprobase; las fuerzas de los dos reinos claramente
se movían y enderezaban contra las de don Alfonso, rey de Castilla. El cuidado
de esta guerra y miedo que resultó por esta causa, que suele ser muy gran
atadura de concordia, hizo que los aragoneses padre e hijo se concertasen, cosa
que tanto se deseaba. Así hallo que lo que el rey de Aragón había donado a don
Pedro y don Jaime, sus hijos, lo aprobó con juramento en Barcelona don Alfonso,
el hijo mayor del mismo rey don Jaime.
Ofrecióse demás de esto ocasión de nueva guerra.
Alasarco, moro de ingenio sagaz, prometió entregar y rendir el castillo de
Reguara, que tenía en su poder. El rey de Aragón, como el que era arriscado,
creyóse fácilmente que le trataba verdad. Acudió con poca gente como a cosa
hecha. Hubiera de caer en el lazo y quedar preso; más quiso Dios que le
avisaron del engaño y de lo que pasaba, con que se puso en cobro. El moro,
burlada su esperanza, se declaró por enemigo y persuadió a los moros de
Valencia que tomasen las armas y que se levantasen. El rey, movido por el
peligro, acudió a Valencia; tratóse en aquella ciudad de echar aquella gente de
todo el reino. Los señores, por la ganancia que de aquella gente les venía,
hacían contradicción; los prelados y el pueblo otorgaban con el rey, que fue el
parecer que prevaleció en las Cortes. Mandaron pues a todos los moros que
saliesen del reino de Valencia y de todo su distrito dentro de cierto término.
Ellos, aunque estaban en armas sesenta mil de ellos, obedecieron a lo que les
fue mandado. Repartiéronse por tierra de Murcia y de Granada, gran parte hizo
asiento en la Mancha, que al presente se llama de Aragón, antiguamente de
Montearagón, de un pueblo de este nombre que por allí caía. Era comarca áspera
y no cultivada en aquel tiempo, al presente de señalada fertilidad en la
cosecha de pan, con que provee a otras muchas partes. Llamóse antiguamente
campo Spartanario del mucho esparto que tiene. De esta resolución sacó gran
interés don Fadrique, que residía en Villena, y la tenía en gobierno en nombre
del rey don Alfonso, su hermano. Era por allí el paso; hizo que por él los
miserables cada uno pagase un escudo de oro.
El rey de Aragón, embarazado con estos alborotos,
no pudo luego volver las armas contra Castilla. Esta tardanza hizo que las
sospechas de una gran guerra se trocaron en muy alegre fln y remate. En el
mismo tiempo que Cristina, después de tan largo viajo últimamente aportó a
Toledo, que fue el año de nuestra salvación de 1254, se entendió que la
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reina estaba ocupada. El rey, movido con una cosa
tan fuera de lo que se esperaba, trocó el odio en amor. Los mismos que antes le
persuadían que la dejase trataron que se reconciliase con la reina; y hallaban
razones en favor del matrimonio que antes tenían por inválido; tales son las
adulaciones de cortesanos. Don Felipe, hermano del rey, sin embargo que era
abad de Valladolid y electo arzobispo de Sevilla, renunció el hábito clerical
con voluntad del rey, su hermano, para casar con Cristina, que aceptó aquel
partido, perdida la esperanza de ser reina; matrimonio que, como mal trabado,
en breve se apartó por la muerte de Cristina, que le sobrevino por la pena de
la afrenta y por el desabrimiento que recibió por un trueque semejante; así lo
entendía la gente vulgar. La esterilidad de la reina doña Violante se mudó en
fecundidad, tanto, que parió muchos hijos a su marido. Estos fueron doña
Berenguela, doña Beatriz, don Fernando, por sobrenombre de la Cerda, por causa
de una muy señalada y larga con que nació en las espaldas, don Sancho, don
Pedro, don Juan, don Diego, doña Isabel y doña Leonor. Todos estos tuvo el rey
don Alfonso en la reina. En otra madre de bajo linaje a don Alfonso Fernández;
en doña Mayor de Guzmán, hija de Pedro de Guzmán, a doña Beatriz, que fueron el
uno y el otro hijos bastardos.
El año siguiente de 1255, Eduardo, hijo mayor de
Enrique, rey de Inglaterra, vino a España. Las causas de su venida no se dicen;
podemos sospechar ¿quién lo veda? que movido del agravio de Cristina hizo aquel
viaje por ser primos hermanos. Su viaje cuánto haya aprovechado el suceso de
las cosas lo declara; lo cierto es que en Burgos fue recibido benignamente del
rey, y de su mano le armó caballero, ceremonia que en aquel tiempo se usaba,
halagos con que se pretendía aplacar el ánimo de aquel príncipe mozo y bravo.
X. El rey don Alfonso fue elegido por emperador
El rey don Alfonso no tenía la misma fama en todas
las partes y acerca de todas las naciones. En España, en su reino sin duda era
aborrecido del pueblo, a los reyes comarcanos no era nada agradable, dado que
con cierta muestra de paz o por miedo de su poder se detenían de tomar contra
él las armas. Entre las naciones extrañas volaba la fama de su grande
erudición.
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Decíase que era elocuente, sagaz, instructo
igualmente en las artes de la paz y de la guerra. Esto movió a algunos
príncipes de Alemania para que en la dieta del imperio, en que se trataba de
elegir emperador, le nombrasen en lugar de Guillermo César, que a la sazón
murió, y se tuviese cuenta con él, bien que no fue una la voluntad, ni los
votos de todos se conformaron en uno; el arzobispo de Colonia en su nombre y en
el del arzobispo de Maguncia, cuyo lugar y voz traía, y el conde Palatino
nombraron por emperador a Ricardo, conde de Cornubia, hermano de Enrique, rey
de Inglaterra. Hízose este nombramiento a 6 de enero, día de los Reyes, año que
se contó del Señor de 1256; algunos señalan dos años adelante. El arzobispo de
Tréveris y el duque de Sajonia, teniendo por inválida la elección de Ricardo,
por sus votos eligieron a don Alfonso, rey de Castilla, el postrer día de marzo
luego siguiente.
Enviáronse embajadores a entrambos, y cada cual se
tenía por legítimo emperador, y a su competidor al contrario; con tanto más
ventaja de Ricardo, que sin dilación, dejadas todas las demás cosas, acudió a
Alemania, y de mano del arzobispo de Colonia, a quien esto toca, tomó la corona
primera del imperio en Aquisgrán, a 2 días del mes de mayo. Don Alfonso,
embarazado con las alteraciones domésticas y desconfiado de la voluntad de sus
vasallos, y principalmente por la edad de sus hijos, que era pequeña, dilató su
ida, puesto que los obispos de Constancia y de Espira vinieron por embajadores
en esta razón, y con nuevas embajadas que le enviaban de cada día le
importunaban fuese a tomar el imperio. Esta tardanza entibió la afición de su
parcialidad y fortificó los intentos de la parte contraria. Favorecían a don
Alfonso, fuera del crédito de su virtud, porque de parte de madre venía de los
emperadores de Alemania, como hijo que era de doña Beatriz, y por ella nieto de
Felipe, que fue el tiempo pasado emperador.
A Ricardo ayudaba mucho la semejanza de la lengua,
que no es pequeña entre ingleses y alemanes, grandes y antiguas alianzas entre
aquellas dos naciones, las costumbres semejantes, además del parentesco que
entre sí tenían, para que le juzgasen por idóneo y digno del imperio, en tanto
grado, que en negocio dudoso parecía aventajarse algún tanto su derecho. Porque
dentro de un año después de la muerte del emperador Guillermo fue puesto en su
lugar en el mismo día que, de común consentimiento, los electores señalaron
para la elección; dentro de otro año, de mano del arzobispo de Colonia, a quien
esto pertenece, fue en
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Aquisgrán coronado y tomó las demás insignias del
imperio, y se sentó en la silla de Carlomagno en señal de la posesión que
tomaba. En conclusión, así los príncipes como los que tenían a cargo los
fortalezas, le hicieron sus homenajes; las cuales cosas todas, como quier que
estuviesen establecidas por las leyes que hablan en razón de elegir los
emperadores, don Alfonso no las cumplió. Contra Ricardo, que a su tiempo las
había todas guardado, no se podía alegar cosa alguna; así lo decían grandes
letrados, fuera de que en discordia de los electores, cuando no se conforman en
uno, el conde Palatino es el legítimo juez de la diferencia; por lo menos el
rey de Bohemia, cuando los votos se dividen igualmente, a la parte que él se
allega aquella elección es tenida por válida. Alegaban que lo uno y lo otro
hacían por Ricardo, pues el conde Palatino votó por él en su nombre y del rey
de Bohemia, cuyas veces tenía; y luego que él mismo supo la elección, de nuevo
la aprobó.
Don Alfonso, al contrario, alegaba que su elección
fue hecha en Francfordia, dentro de los muros de la ciudad, que era el lugar
señalado de común consentimiento de los electores para aquella elección. Que el
de Colonia y el Palatino vinieron acompañados de gran número de soldados, no
como a elección, sino como a guerra, y porque ponían espanto y parecía que
querían hacer fuerza, fueron amonestados que desistiesen de aquel camino, y a
ejemplo de los otros príncipes, con acompañamiento ordinario y competente entrasen
en la ciudad. Cargábanles que no quisieron conformarse, antes por nueva manera
y perjudicial se juntaron aparte, cosa de grandes inconvenientes, y fuera de la
ciudad, como en los reales hicieron su elección. Ésta era la principal nulidad
en la elección de Ricardo. Que los príncipes que estaban en la ciudad
aguardaron hasta tanto que hubo esperanza que se podrían reducir a mejor
consejo, y dejada aquella porfía, concordarse con la razón y con los demás;
perdida la esperanza, a postrero de marzo, por voto del arzobispo de Tréveris y
del duque de Sajorna, que tenía otrosí el voto del marqués de Brandemburg, que
ausente estaba, como su vicario y también por voto del rey de Bohemia, cuyo
embajador con derecho de votar estuvo presente en la dieta, fue elegido por rey
de romanos don Alfonso, rey de Castilla.
Éstos eran los principales fundamentos de la una
parte y de la otra: otros alegaban de menor cuantía, como delitos y excesos que
los unos oponían contra los otros, sin que ellos se engañasen; mayormente
contra el arzobispo de Tréveris se alegaba estar excomulgado, y por tanto
privado
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de voto, a causa de nuevas y extraordinarias
imposiciones que derramaba sobre sus vasallos. La otra parte contraponía que el
arzobispo de Colonia hirió al cardenal de San Jorge, legado del pontífice
romano, y prendió un obispo. Asimismo que el conde Palatino maltrataba en
muchas maneras las personas eclesiásticas, lo cual no era lícito. Mas, que
contra la sacrosanta majestad de los pontífices y de la Iglesia, en las
revueltas pasadas se allegó al emperador Federico y a su hijo Conrado.
Este pleito comenzó en tiempo del papa Alejandro
IV; no se pudo componer por su autoridad y juicio, como fuera justo, y los que
mejor lo sentían lo deseaban, a causa que cada cual de las partes, como quier
que pretendiese ser de su derecho cierto, no quería, mal pecado, pasar por
juicio ni sentencia de alguno ni comprometer la diferencia, porque no pareciese
con esto hacían dudosa su causa; más aína cuidaban poner el negocio en el
trance de una batalla y pleitear con las armas, así suyas como de los príncipes
de Alemania, sus valedores y aliados. Gran mal por esta causa se aparejaba a la
cristiandad, si a ambos príncipes no detuvieran y enfrenaran otros negocios
domésticos. A don Alfonso le fue impedimento estar tan lejos España; y unas
dificultades que nacían y se trababan de otras le detuvieron en su reino; demás
que naturalmente era irresoluto, y tenía esperanza que con artificio y maña se
podría dar conclusión a aquel debate. Ricardo no pudo tomar las armas a causa
que las cosas de Inglaterra andaban muy alteradas con la guerra que se hacía en
Francia con todas las fuerzas de la una y de la otra nación, en especial que
falleció el sexto año después que se llamó emperador. El fin en que paró toda
esta contienda y su remate se declarará en otra parte más adelante.
XI. Los grandes de Castilla se alteraron contra el
rey don Alfonso
Tenía el rey don Alfonso condición mansa, ánimo
grande, más deseoso de gloria que de deleites; era dado al sosiego de las
letras y no ajeno de los negocios, pero poco recatado y de maravillosa
inconstancia en su manera de proceder; codicioso de allegar dinero, vicio que
si no se mira bien, causa muy graves daños, como entonces sucedió, que perdió
las
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voluntades del pueblo y no supo ganar las de los
grandes. Con deseo pues de huir el ocio, que es muy a propósito para sembrar
chismes y levantar murmuraciones, tomó las armas contra el Andalucía, y
divididas sus gentes, trataba con diversas bandas de apoderarse de los pueblos
que quedaron en poder de moros. Él mismo ganó a Jerez; don Enrique, su hermano,
a Arcos y a Nebrija, pueblo situado en los esteros de Guadalquivir por aquella
parte que con grandes acogidas de agua se derrama en el Océano. En Jerez fue
puesto por gobernador don Nuño de Lara, hombre de antiguo y noble linaje, más
ya casi acabado por la flojedad o contumacia de sus antepasados. Ofrecíase muy
buena ocasión de desarraigar por toda aquella comarca las reliquias de los
moros, si no fuera que otro nuevo cuidado de una nueva guerra forzó al rey a
retirarse y dejar aquella empresa.
Esto fue que Teobaldo, rey de Navarra, segundo de
este nombre, ya que era mayor de edad, confiado en la ayuda del rey de Aragón,
con quien poco antes renovara sus confederaciones en Montagudo, con sus gentes
que juntó de todas partes trataba de acometer las tierras de Castilla.
Pretendía que lo de Guipúzcoa, Álava, la Rioja y Briviesca, tierras de sus
antepasados, les quitaron a tuerto los años antes y que de derecho le
pertenecían. Muchos grandes de Castilla, disgustados con su rey, se pasaron a
Navarra y a Aragón, renunciada primero por público instrumento la naturalidad,
que era el camino que en los tiempos antiguos hallaron para que no fuesen
tenidos por traidores los que se ausentaban de su patria. Estos despertaban la
llama, y a aquel príncipe, mozo y feroz por la edad, instigaban para que tomase
las armas. Entre estos grandes el más principal era don Diego de Haro, varón
muy constante y de notables prendas en lo demás, pero que no sufría se le
hiciese ningún agravio ni demasía, y que se mostraba muy ofendido por ver
oprimida la libertad de la patria. La muerte cortó sus intentos, que le
sobrevino en el lugar de Bañares, do era ido para curarse; mas su hijo don Lope
de Haro, aunque era de pequeña edad, con grande acompañamiento de los suyos se
fue a Estella, ciudad en que a la sazón se hallaba el rey de Aragón. Lo mismo
hizo el infante don Enrique, disgustado de todo punto con su hermano el rey don
Alfonso. Hicieron estos señoras entre sí liga contra el poder y armas de todos
los príncipes.
El pueblo de Castilla y muchos grandes, dado que
aún no se declaraban, sentían lo mismo de secreto. Llevaban mal que la moneda
se
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hubiese abajado de ley, de que se siguió mayor
carestía de los mantenimientos; y pretendiendo poner remedio a este daño,
resultó otro mayor. Puso el rey tasa y precio a todas las cosas que se vendían
y a todas las mercadurías, de que se siguió gran falta de vituallas y
provisión, por no querer los que las tenían vender por aquel precio. De esta
manera suelen muchas veces acarrear mayor daño las cosas que parecían haberse
ordenado con mucha prudencia.
El rey don Alfonso, como era de grande ingenio y
que no ignoraba cuán grande era el peligro que le amenazaba, trató de hacer
asiento y pacificarse con el rey de Aragón, que sabía no estaba muy lejos de
ello por andar envuelto otra vez, aunque era de grande edad, en los amores de
doña Teresa Vidaura, tanto, que parecía estar olvidado de sí y de la majestad
real. Viéronse en Soria; en aquella habla concertaron paces por el mes de
marzo, año de nuestra salvación de 1256, en el mismo tiempo que Margarita, madre
de Teobaldo, rey de Navarra, en Francia, do estaba ocupada en asentar las cosas
de Campaña, falleció a 11 del mes de abril en Pervino. Fue enterrada en el
monasterio de Claravalle, muy noble y conocido en aquella sazón por el crédito
que tenían aquellos monjes de santidad.
El año siguiente en Toledo murió don Sancho Capelo,
rey de Portugal, como se tocó arriba. El reino que por espacio de trece años
había gobernado como teniente don Alfonso, su hermano, le gobernó de allí
adelante con nombre de rey. Tuvo de doña Beatriz, hija del rey don Alfonso, a
su hijo mayor don Dionisio, y a don Alfonso, conde de Portalegre, y demás de
estos a doña Blanca, cuyo cuerpo está sepultado en las Huelgas de Burgos, donde
por largo tiempo fue abadesa, y a doña Costanza, que murió de poca edad.
En este comedio don Enrique, hermano del rey, en
Nebrija, do se retirara, movía, así moros como a cristianos, a levantarse. Don
Nuño de Lara, alterado por estas pláticas, como era razón, y para prevenir los
intentos de don Enrique, acudió a Nebrija desde Sevilla. Avisado de esto don
Enrique, como no tuviese fuerzas bastantes ni ganadas del todo las voluntades
de los de aquella comarca, fue forzado huirse a Valencia por mar. El rey don
Jaime estaba allí ocupado en dar asiento en las cosas de aquel reino; recibióle
al principio con benignidad; más por no contravenir, si le amparaba, a la
alianza puesta con su hermano poco antes, le puso en necesidad de pasar en
África. Desde allí, gastados cuatro años en la corte
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del rey de Túnez y en su compañía, pobre y
miserable, dio la vuelta, primero a Francia, y después a Italia con deseo de
mover guerra a su hermano, si en alguna parte hallase acogida y socorros
bastantes.
El rey de Aragón, asentadas las cosas de Valencia,
se fue a Montpellier con deseo de verse con el rey de Francia. Señalaron para
las vistas un pueblo llamado Carbolio, en que a 11 días de mayo, año de 1258,
tratadas todas sus diferencias, se reconciliaron enteramente con hacer suelta
el uno al otro de todo lo que hasta aquel día cada cual poseía y se habían
tomado. En particular los de Barcelona y los catalanes quedaron exentos de todo
punto del antiguo señorío y jurisdicción de los reyes de Francia; homenaje
usado y continuado desde el tiempo en que aquellas tierras se ganaron de los
moros, dado que de muchos años atrás, fuera del nombre de estar sujetos y poner
en las escrituras públicas el nombre del rey de Francia que a la sazón era y el
año de su reinado, ninguna cosa podían allí ni hacían los reyes de Francia.
Para que esta confederación fuese más firme se concertó desposorio entre doña
Isabel, la menor de las hijas del rey de Aragón, con Felipe, hijo mayor y
heredero del rey de Francia, y con ella, en nombre de dote, quedaron por los
franceses Carcasona y Besiers.
Hubo este año grandes crecientes con las aguas, que
continuaron desde antes del mes de agosto hasta 26 de diciembre; los ríos se
hincharon y salieron de madre, con gran daño de las labranzas y de los campos.
Muchas puentes cayeron en España, entre ellas la de Toledo, que se llama de
Alcántara; más el siguiente año de 1259, que fue de los árabes el año 657, se
reparó y reedificó. El letrero que está a la entrada de la puente sobre el arco
de la puente, grabado en una piedra, de letra francesa y en lengua vulgar
castellana lo declara.
XII. Que se puso entredicho en Portugal
Las cosas en España estaban sosegadas para tanta
muchedumbre de príncipes como en ella reinaban, diferentes en leyes,
costumbres, aficiones y voluntades. Algunas desgracias sucedieron. Doña
Violante, reina de Aragón, y el infante don Alfonso, su entenado, fallecieron;
los desórdenes del rey aceleraron la muerte al uno y al otro, a lo que parece.
Don Alfonso llevaba mal el tratamiento que su padre le hacía y la poca estima
que
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parecía hacer de él; como si fuera menos que los
demás hermanos, ninguna mano por entonces le daba en el gobierno del reino; y
para adelante con la partición que quería hacer de los estados disminuía la
majestad del reino que le dejaba. Este diseño, no solo desabría en particular a
don Alfonso, sino en común a los más de los grandes, en tanto grado, que dejado
el rey, públicamente seguían la voz y las partes de su hijo. Para reducirlos y
sosegarlos el viejo astuto poco antes de la muerte del hijo, revocada la
primera donación, le entregó y puso en su poder a Valencia, que mandó anduviese
siempre unida con Aragón.
La reina doña Violante llevaba mal el poder de doña
Teresa Vidaura, en cuyos amores el rey desde su primera edad estuvo enredado, y
dejados por algún tiempo, de nuevo era vuelto a ellos con tan grande afición,
que parecía estar enhechizado con bebedizos. Por el albedrío de esta mujer y
por su antojo gobernaba las cosas particulares y públicas. A la verdad este
príncipe fue dado a deshonestidad y maltrato hasta la postrera edad; olvidado
de su deber, no consideraba lo que por la fama se decía de él. Llegó el
desorden a que así el tiempo pasado como adelante, muerta la reina doña
Violante, la tuvo con la majestad y estado poco menos que si fuera reina. Ella
misma una y dos veces puso al rey pleito delante del romano pontífice sobre la
corona. Acusábale la palabra que decía le dio de casamiento, como arriba queda
dicho. Nacieron de doña Teresa don Pedro, que fue señor de Ayerbe, y don Jaime,
señor de Ejerica.
La reina doña Violante fue sepultada en Valbuena en
un monasterio de monjas de la orden de San Bernardo, que está en Cataluña; don
Alfonso en Valencia, en la iglesia mayor en la capilla de Santiago. Zurita,
noble escritor de la historia de Aragón, dice que en el monasterio de Veruela
del Císter.
Teobaldo, rey de Navarra, después que su madre
murió en Francia, conservó y defendió el principado de Campaña, que muchos
señores de Francia pretendían con las armas tomar para sí. Hecho esto, casó con
doña Isabel, hija menor de san Luis, rey de Francia, que le dio su padre por
mujer de buena gana. En Melun, pueblo de los senones, puesto en una isla
pequeña que hace el río Secana, y de la una parte y de la otra del río, donde
también hay edificios, se celebraron las bodas, más alegres en los principios que
en lo de adelante por la esterilidad de la reina. Tuvo este rey en doña
Marquesa de Rada fuera de matrimonio una hija, que tuvo el
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mismo nombre que su madre, y adelante casó con don
Pedro, hijo del rey de Aragón, habido en doña Teresa, como queda dicho.
Matilde, condesa de Boulogne, sabida la muerte de
don Sancho, rey de Portugal, acudió por mar a aquella provincia para pretender
el derecho de su antiguo matrimonio, si por ventura don Alfonso, su marido,
pudiese últimamente mudar su dañada intención. Llegó a Cascaes muy cerca de
Lisboa; dende sin que el rey le diese lugar para poderle hablar, fue forzada a
dar la vuelta. Escribióle empero una carta de este tenor:
«Llegara más cerca y reprendiera en tu presencia tu
felonía, que fuera bastante recompensa del afán que en el viaje he tomado; pero
pues no me das lugar para esto, y como ingrato y cruel no pudiste sufrir
nuestra presencia o por estar herido de los aguijones de la conciencia y
poseído del demonio, no dejaré en ausencia de hacer esto, y dar testimonio con
esta carta a todo el mundo del justo dolor que tengo y del agravio que me
haces, que será una perpetua memoria de tu deslealtad e impiedad. Son ordinariamente
ásperos los remedios que para las enfermedades son saludables; yo también
escribo con gemidos y contra mi voluntad estas cosas. Mas si va a decir verdad,
yo te recibí cuando eras pobre, sin tierra, sin bienes, sin esperanza, estoy
por decir un hombre bárbaro; y esto en mi casa y por marido. ¡Oh demasía mía,
diré, o de los míos, o de los unos y de los otros y necia credulidad! Nuestra
opinión y el crédito que de tu lealtad teníamos nos engañó para que, en cambio
de que te dimos más de lo que pedías y mayores cosas que esperabas, hicieses
burla de nos. Acuérdome cuando jurabas que no podías vivir sin mí no más que
sin tu ánima. ¿Ésta es la religión? ¿Esta es la constancia? ¿Qué es esto? Con
el reino sin duda has perdido el juicio y te has fementido, mudado en otro
varón. Olvidado de mí y sin memoria del beneficio recibido, estás ocupado en
nuevos amores de la que es forzoso se llame combleza, pues el primer matrimonio
dura, y el nuevo es ninguno. ¿Descontentáronte nuestro linaje, la hermosura, la
edad, las riquezas? O lo que es más cierto, ¿los reyes tenéis por santo y por
honesto lo que os viene más a cuento para reinar? Yo todavía soy viva, y viviré
hasta tanto que mueva contra ti las armas de los príncipes y los odios de todas
las naciones; como bestia fiera perecerás agarrochado de todos. El corazón me
da que la divina venganza está sobre tu cabeza, y que muy presto llegará. El
que al presente, feroz con la maldad y muy contento desprecias nuestras
lágrimas, en breve, afligido con todos los tormentos, pagarás justísimamente la
pena de
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nuestro dolor y de tu impiedad. Con esta sola
esperanza en estos trabajos me sustentaré, la cual cumplida o perdida, de buena
gana dejaré la vida; más de tal manera la dejaré, que claramente se entienda
faltó tu deslealtad a lo que era razón y a lo que pensábamos, más aina que a
nos la virtud y esfuerzo necesario».
No se movió el ánimo obstinado del rey don Alfonso
por esta carta, antes públicamente se gloriaba que el día siguiente se tornaría
a casar y celebraría nuevo matrimonio, si entendiese era a propósito para
conservar su reino. Matilde dio la vuelta mal enojada contra el rey; echaba
sobre su cabeza grandes maldiciones. En Francia se fue a ver con el santo rey
Luis para tratar de vengar aquel agravio. Al pontífice romano Alejandro IV
envió sobre el caso sus embajadores. En el francés halló poca ayuda por estar su
reino tan lejos. El padre santo amonestó a don Alfonso y le protestó que
volviese al primer matrimonio, y recibiese en su gracia y se reconciliase con
Matilde, su primera mujer. Advirtióle cuánto peligro corría su salvación; que
no debía con obras tan malas irritar a Dios. A estas voces y amonestaciones las
orejas del rey estaban tapadas, obstinado el ánimo; la codicia y ambición,
consejeros malos, le ponían telarañas delante los ojos para que no viese la
luz. El pontífice, porque no quería obedecer, le excomulgó, puso entredicho en
todo el reino de Portugal, que dicen duró doce años, porque ni el rey se quería
enmendar, ni los pontífices que se siguieron aflojar en la justa indignación y
castigo. Los pueblos inocentes pagan la pena de los excesos que hacen los
reyes; así van las cosas humanas, así lo lleva la condición de nuestra
mortalidad.
Por lo demás, el rey don Alfonso era de condición
mansa y tratable, muy amigo de justicia. Quitó en toda la provincia los
salteadores y libertad de hacer mal, ca por la revuelta de los tiempos y por la
flojedad del rey don Sancho prevalecían en todas partes los males. Ordenó
leyes, estableció fueros, tuvo con cierta igualdad trabados entre sí los
mayores con los medianos, y con estos los más bajos del pueblo. Esto en su casa
y en el gobierno. En la guerra no tuvo menor esfuerzo; con sus armas y por su diligencia
se ensancharon los términos de su estado. Ganó de los moros a Faro, Algeciras,
Albufera y otros pueblos por la comarca de Silves. Fundó y pobló de nuevo a
Castro, Portalegre, Estremoz. La ciudad de Beja y otros muchos pueblos y
castillos, que por la revuelta del tiempo pasado estaban por tierra o
maltratados, los reparó y reedificó.
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Hay también muestras de su piedad; en Lisboa un
excelente monasterio, que por estos tiempos fundó y llevó al cabo, del orden de
Santo Domingo. En Santaren otra de monjas de Santa Clara, que edificó a sus
expensas desde los cimientos. La liberalidad que usaba con los pobres era tan
grande, que muchas veces, consumidos los tesoros, para juntar dinero y
remediarlos empeñaba las alhajas y joyas de su casa.
A don Alfonso, rey de Castilla, cuya fama volaba
por todo el mundo, vinieron por el mismo tiempo embajadores del sultán de
Egipto; traíanle mucha ropa, preciosos tapices y alfombras que le presentaron;
demás de esto, animales muy extraordinarios y nunca vistos en España. Fue esto
el año de 1260; en este año una villa de Guipúzcoa, parte de lo que llamamos
Vizcaya, mudó el nombre antiguo de Arrasata en el de Mondragon, como se ve por
un privilegio del mismo rey don Alfonso de los más antiguos que se hallan escritos
en lengua española; porque fue el primer rey de España que en lugar de la
lengua latina, en que se escribían las escrituras públicas, mandó se usase la
española.
Hay otrosí una bula del papa Alejandro IV, duda en
Anagni a 18 de marzo, el quinto año de su pontificado, en que manda que la
ciudad de Segorbe, que por este tiempo se ganó, esté sujeta al obispo de
Albarracín, que se llamaba obispo de Segorbe aún antes que aquella ciudad fuese
de los moros ganada. Hay otra bula del mismo pontífice, dada el sexto año de su
pontificado, que es el en que vamos, en que mandaba que el obispo de Segorbe,
que lo era en aquel tiempo también de Albarracín, sea sufragáneo de la iglesia
de Toledo. Opúsose don Arnaldo de Peralta, obispo de Zaragoza; alegaba que
parte de aquella diócesis era de su iglesia. El pontífice, vista la
resistencia, moderó la primera concesión con otra bula, en que declara ser su
voluntad que a los obispos de Zaragoza, no obstante lo susodicho, quedasen
salvos sus derechos. El punto de esta diferencia consistía principalmente sobre
la palabra Segóbriga. Constaba que una ciudad de este nombre fue antiguamente
sufragánea de Toledo; pero la tal ciudad estaba en la Celtiberia; la Segóbriga,
es a saber, Segorbe, de que se trataba y sobre que andaba el pleito, alegaban
los aragoneses estar en los edetanos, bien apartada de la otra. Este parecer,
contra lo que tenían antes determinado, prevaleció finalmente los años adelante.
El de 1261, a los 27 de octubre, falleció don
Sancho, arzobispo de Toledo. Entró en su lugar Pascual o Pascasio, que era deán
de aquella iglesia, el mismo que llevó la cruz delante el arzobispo don Rodrigo
en las
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Navas de Tolosa. Fue natural de Almoguera, pueblo
del Alcarria. Debía ser muy viejo, y así parece murió electo por junio luego
siguiente. Su sepultura está en la capilla de Santa Lucía, iglesia mayor de la
misma ciudad.
XIII. Cómo los reyes de Aragón y de Sicilia
emparentaron
Falleció en Tarento, ciudad en lo postrero de
Italia, algunos años antes de este tiempo el emperador Federico, aquel cuyo
nombre por haber perseguido a los pontífices romanos fue aborrecido en los
siglos adelante y siempre tenido por infame. Su hijo Conrado, que le sucedió en
sus estados, cuatro años adelante, como de Suabia hubiese pasado en Italia y en
Sicilia, dio fin a sus días de su muerte natural, o lo que se dijo por la fama,
con hierbas que le dio Manfredo, su hermano bastardo. Éste, no obstante que el
difunto nombró por su heredero a Conradino, su hijo, habido en una hija del
duque de Baviera, que por ser de pequeña edad le dejara en Suabia, provincia de
Alemania, encendido en deseo de reinar, y no haciendo caso por su pequeña edad
de su sobrino, se apoderó con las armas y por fuerza de Sicilia y del reino de
Nápoles contra derecho y contra voluntad de los pontífices romanos, cuyo feudo
eran aquellos reinos desde su primera institución, y que por esta causa
claramente amenazaban, si no desistía, le harían todo mal y daño; más él no
hacía caso ni se movía por estas palabras, ni temía las censuras eclesiásticas,
ni aún hacía caso ni tenía cuenta con la fama que de sus cosas corría; el deseo
que tenía de reinar lo atropellaba todo. Antes hizo guerra en Toscana, donde
era grande el poder de los güelfos, parcialidad aficionada a los papas, de la
cual provincia fácilmente, vencidos los contrarios, se apoderó. Con estos
principios y aumento las cosas de Manfredo se aseguraron de tal guisa, que con
dificultad se pudieran mudar en contrario, si el señorío y estado ganado por
malas mañas pudiera ser duradero. Los papas intentaban todos los caminos para
abatir aquel reino que contra justicia y contra razón se fundara. Enviaron
predicadores por todas las partes, que no cesaban de reprenderle en sus
sermones, como impío y enemigo de la religión
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cristiana. Poca ayuda tenía el papa en los demás
príncipes y poco le prestaban todas aquellas diligencias.
Carlos, hermano legítimo de san Luis de Francia, y
él por sí conde de Anjou y de la Provenza, fue convidado a pasar a Italia con
esperanza que se le dio de hacerle rey de Sicilia. Manfredo, avisado de estas
pláticas e intentos y visto, si esto se hacía, cuán gran riesgo corrían sus
cosas, trataba para afirmarse de buscar socorros de todas partes, y porque los
cercanos le faltaban, determinó acudir a los de lejos.
En primer lugar acometió a aliarse con don Jaime,
rey de Aragón, cuya fama de sus hazañas y la gloria de las cosas por él hechas
volaba de tiempo atrás por todas partes. Parecióle para más obligarle trabar
con él parentesco. Ofreció a Costanza, su hija, para que casase con don Pedro,
su hijo mayor y heredero. Envió sobre el caso embajadores a Barcelona. Al rey
de Aragón no le parecía aquel partido de menospreciar, mayormente que con la
doncella de presente le ofrecían de dote ciento veinte mil ducados, suma muy
grande para aquel tiempo, demás de la esperanza cierta de heredar el reino de
Sicilia y juntarle con el de Aragón a causa que Manfredo no tenía hijos
varones.
Asentado el negocio y concertado, despachó en
embajada al pontífice Alejandro fray Raimundo de Peñafuerte, de la orden de
Santo Domingo, varón prudente, erudito y santo, para que con la mucha autoridad
que tenía reconciliase con el pontífice a Manfredo y se compusiesen las
diferencias pasadas. El pontífice no se movió por las palabras ni razones de
fray Raimundo, antes hizo grandes amenazas contra Manfredo. Cargóle que no sólo
contra justicia tenía usurpados aquellos estados, sino que era bastardo y hombre
impío; avisábale de muchos excesos, en particular que publicó fingidamente que
era muerto Conradino, su sobrino; por engaño y por este camino se apoderó del
reino y tomó las armas contra la Iglesia. «No se puede, dice, ni se debe
conceder alguna cosa al que hace guerra y tiene empuñadas las armas; por
ventura se podría condescender en algo, si con humildad rogase. Esto dirás a tu
rey, y amonéstale de mi parte que no mezcle sus cosas con un hombre tan
malvado; que de otra manera podrá temer la venganza de Dios y nuestra
indignación, que en la tierra tenemos sus veces».
Esta respuesta tuvo dudoso y suspenso el ánimo del
rey de Aragón; pero prevaleció el provecho y útil contra lo que fuera razón y
honesto. Hiciéronse los desposorios en Montpellier en la iglesia de Santa María
el
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año 1262 con toda muestra de alegría, juegos y
regocijos. De allí, vuelto el rey a Barcelona, a 21 del mes de agosto dividió
entre sus hijos sus reinos y estados en esta forma. Cataluña desde el Cabo de
Creus, que los antiguos llamaban promontorio de Venus, y todo Aragón y Valencia
se adjudicó a don Pedro, su hijo; a don Jaime lo de Rosellón, lo de Cerdaña,
Colibre, Confluencia, Valespira, a tal que por las dichas ciudades fuese sujeto
al rey de Aragón y le hiciese homenaje. Demás de esto, que todas ellas se
gobernasen por las leyes de Cataluña, y no pudiesen en particular y por su
autoridad batir moneda. Demás de esto le dio a Mallorca con título de rey y a
Montpellier en la Francia. Por esta manera puso el padre en paz a los dos
hermanos, que comenzaban a tener diferencias sobre la sucesión y juntamente
alborotarse. Los grandes, divididos en bandos, sin cuidado ninguno de hacer el
deber, antes con deseo cada cual de adelantarse y mejorar sus haciendas,
avivaban el fuego y la llama de la discordia entre aquellos dos príncipes,
mozos y hermanos.
XIV. Que los merinos se apoderaron de África
Entre tanto que estas cosas se hacían en España,
una nueva guerra muy grave y la mayor de todas las pasadas parecía de presente
amenazarla, a causa de un nuevo imperio que se fundó estos años en África.
Vencidos los almohades y muertos, el linaje de los merinos levantaba por las
armas y despertaba el antiguo esfuerzo de su nación, que parecía estar abatido
y flaco por la flojedad de los reyes pasados. Trataban otrosí de pasar la
guerra en España con esperanza cierta de reparar en ella la antigua gloria y el
imperio de su nación, que casi estaba acabado. Después que Mahomad, por
sobrenombre el Verde, fue por las armas de los cristianos vencido en las Navas
de Tolosa, y después que murió de su enfermedad, sucedió en su lugar Arrasio,
su nieto, hijo de Busafo, que finó en vida del rey, su padre, en tiempo que el
imperio de los almohades se extendía en África desde el mar Atlántico, que es
el Océano, hasta la provincia de Egipto. Pusieron por gobernador de Tremecén,
ciudad puesta a las marinas del mar Mediterráneo, en nombre del nuevo rey un
moro, llamado Gomaranza, del linaje de los moros abdalveses, muy noble y
poderoso en aquellas partes.
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Éste, por hacer poco caso de su rey o por fiarse
mucho de sus fuerzas, fue el primero que se determinó de empuñar las armas
contra él. Arrasio acudió con su ejército a aquellas alteraciones, pero fue
muerto a traición. Ningunas asechanzas hay más perjudiciales que las que se
arman debajo de muestra de amistad; un pariente de Gomaranza, que salió del
castillo con muestra de dar aviso al rey de lo que pasaba, fue el que le dio la
muerte y el ejecutor de tan grave maldad. Muerto el rey, las gentes que le seguían
fueron vencidas y desbaratadas con una salida que el traidor levantado hizo del
castillo Tremesesir, en que el rey le tenía cercado. Los que escaparon de la
matanza se recogieron a Fez, que caía cerca de aquella parte de África que se
llama el Algarve, que es lo mismo que tierra llana. Recogió y acaudilló estas
gentes Búcar Merino, gobernador que era de Fez, confiado y deseoso de vengar a
su señor; con que en una nueva batalla deshizo a los traidores, y en premio de
su trabajo y porque no pareciese hacía la guerra con su riesgo y en provecho de
otro, se determinó mudar el nombre de gobernador en apellido de rey y
apoderarse para sí y para sus descendientes, como lo hizo, del imperio de
África. Por esta manera, no vengada la traición, sino trocado el traidor, Búcar
Merino se hizo fundador de un nuevo imperio en África. Porque Almorcanda, que
era del linaje de los Almohades, y en Marruecos sucediera en lugar de Arrasio,
como saliese en busca de Búcar, fue vencido en una batalla cerca de un pueblo
llamado Merquesona, que está una jornada de la ciudad de Fez. Resultó que de un
imperio en África se hicieron dos, que duraron por algún tiempo, el de
Marruecos y el de Fez.
A Búcar sucedió su hijo Hiaya. Por muerte de éste,
que falleció en su pequeña edad, su tío Jacob Abenjuzef, que gobernaba el reino
en su nombre, hombre de gran ingenio y de gran experiencia en las armas, no
sólo quedó por señor de lo de Fez, sino con facilidad increíble ganó para su
familia y descendientes el imperio de Marruecos y casi de toda la África.
Ninguna nación hay en el mundo más mudable que la africana, que es la causa
porque ningún imperio ni estado puede entre aquella gente durar largo tiempo.
Budebusio, que era del linaje de los almohades,
moro de grande poder, por estar sentido que Almorcanda le hubiese sido
preferido para ser rey de Marruecos (que no era más pariento que él ni tenía
deudo más cercano con los reyes almohades difuntos), se determinó probar
ventura si podía salir con aquel imperio, y como le faltasen las demás ayudas,
acudió a Jacob,
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rey de Fez. Prometióle, si le ayudaba, más tierras
de las que tenía y en particular todo lo que hay desde tierra de Fez hasta el
río Nadabo. No era de desechar este partido, en especial que se ofrecía ocasión
por la discordia de los almohades de apoderarse él de todo el imperio de
África, bastante motivo para intentar la nueva guerra. Así que, juntadas sus
gentes, marcharon contra el enemigo. Almorcanda, que no estaba bien arraigado
en el imperio ni tenía fuerzas bastantes, desamparada la ciudad de Marruecos,
dejó también el reino a su contrario.
Con esta victoria apoderado de aquel estado, no
quiso pasar por lo que concertó con Jacob, aunque muchas veces le hizo sobre
ello instancia, y ordinariamente los que en el peligro se muestran más
humildes, en la prosperidad usan de mayor ingratitud, en tanto grado, que el
nuevo rey Budebusio daba muestras de querer acometer con las armas la ciudad de
Fez. Por esta manera una nueva guerra se despertó y se hizo por espacio de tres
años. El pago de quebrantar la palabra fue que Jacob, ganado que hubo una victoria
de su enemigo y contrario, se apoderó de Marruecos; después de esto, como quier
que todo le sucediese prósperamente, quedó por rey de toda África, sacadas dos
ciudades, la de Tremecén y la de Túnez. En aquella revuelta dos señores del
linaje y secta de los almohades las tomaron, y con las fuerzas de su
parcialidad y por caer lejos, así ellos como sus descendientes las defendieron
con nombre de reyes, bien que de poco poder y fuerzas. De este linaje sin que
faltase la línea descendió Mulease, rey de Túnez, aquel que pocos años ha
echado de su reino, si con justicia o sin ella no hay para qué tratarlo aquí,
pero ahuyentado y que andaba desterrado sin casa y sin ayuda, el emperador
Carlos V con las armas y poder de España le restituyó en el reino de sus padres
después que echó de Túnez con una presteza admirable a Aradieno Barbarroja,
gran corsario, por merced de Solimán, emperador de los turcos, y en su nombre
señor de aquella ciudad y reino; ocasión, a lo que parecía, para hacer que toda
África volviese al señorío da cristianos.
XV. Que se renovó la guerra de los moros
Estos eran los linajes de los moros que estaban
apoderados de África. En España Mahomad Alhamar era rey de Granada, de Murcia
Hudiel;
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pequeñas sus fuerzas, muy menoscabada la majestad
de su estado, y el uno y el otro eran tributarios de don Alfonso, rey de
Castilla. Estos, cansados de la amistad de los nuestros y con esperanza del
socorro de África a causa que el nombre de Jacob, rey de Marruecos, comenzaba a
cobrar gran fama, trataron entre sí de levantarse. Los que poco antes eran
competidores y enemigos muy grandes, al presente se confederaron e hicieron
alianza, como suele acontecer que muchas veces grandes enemistades con deseo de
hacer mal a otros se truecan en benevolencia y amor; quejábanse de los agravios
que se les hacían, de los tributos muy graves que pagaban, de la miseria de su
nación; que se hallaban reducidos a grande estrechura y a un rincón de España
los que poco antes eran espantosos y bienaventurados. Que no les quedaba sino
el nombre de reyes, vano y sin reputación; miserable estado, servidumbre
intolerable estar sujetos a las leyes de aquellos a quien antes las daban.
Además, que cuidaban no pararían los cristianos hasta tanto que, con el odio
que les tenían, echasen de España las reliquias que de su gente quedaban.
Menguado y envejecido el esfuerzo con que sus antepasados vinieron a España, lo
que ellos ganaron no lo podipían sustentar sus descendientes; falta y afrenta
notable. Concluían que el linaje de los merinos nuevamente se despertara en
África, y allí prevalecían; que sería a propósito hacerlos pasar en España,
pues ellos solos podían dar remedio y reparar sus pérdidas y trabajos. Trataban
estas cosas en secreto y por embajadores, porque si el negocio fuese
descubierto, no les acarrease su perdición, por no estar aún apercibidos de
fuerzas bastantes.
El rey don Alfonso, o por no ignorar estas pláticas
e intentos, o con deseo de desarraigar los moros de todo punto de España, de
día y de noche pensaba cómo volvería a la guerra contra ellos. Pretendía con
las armas en el Andalucía sujetar algunas ciudades y castillos que rehusaban
obedecer y no se le querían entregar, y era razón sujetarlos. Para este efecto
el pontífice máximo Alejandro IV dio la cruzada, que era indulgencia plenaria
para todos los que, tomada la señal de la cruz, fuesen a aquella guerra y la
ayudasen a sus expensas.
Tratóse con los reyes comarcanos que enviasen
socorros, y en particular por sus embajadores pidió al rey de Aragón, con quien
tenía más parentesco que con los demás, diese licencia a sus vasallos para
tomar las armas y con ellas ayudar intentos tan santos, pues constaba que en la
confederación hecha en Soria poco antes quedó este punto asentado. El rey
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de Aragón, ni precisamente negó lo que se le pedía,
ni otorgó con ello absolutamente; sólo sacó de esta cuenta a los señores que
por sus estados o por tirar gajes de él los tenía obligados; pero concedió que,
así los vasallos de éstos como los demás del pueblo, si quisiesen, pudiesen
tomar para el dicho efecto las armas y alistarse. Pretendía en esto este
príncipe, como viejo y astuto, que los grandes, de cuya voluntad no estaba muy
asegurado, si pasaban a Castilla, no se apercibiesen de fuerzas y ayudas contra
él. Con esta respuesta el rey don Alfonso se irritó en tanta manera, que dejada
la guerra de los moros, trataba de emplear sus fuerzas contra Aragón; detúvole
de romper el respeto del provecho público y el deseo que tenía de dar principio
a la empresa contra los moros. Con esta determinación los castillos que en la
confederación de Soria quedó concertado diese para seguridad, y hasta entonces
se dilatara, sin embargo, por la instancia que sobre ello le hacían, los
entregó a don Alfonso López de Haro; para que los tuviese en fidelidad le alzó
el homenaje, como era necesario, con que estaba obligado a los reyes de
Castilla. Los castillos eran Cervera, Ágreda, Aguilar, Arnedo, Autol.
Entre tanto que con estas contiendas se pasaba la
buena ocasión de comenzar la guerra, los moros, que no ignoraban dónde iban a
parar tantos apercibimientos, acordaron ganar por la mano y se apoderaron del
castillo de Murcia y de otros pueblos por aquella comarca en que tenían puestas
guarniciones de cristianos. Sobornaron otrosí a los moros de Sevilla que con
engaño o por fuerza dentro del palacio real matasen al rey. Como este intento
se estorbase porque los santos patrones de España apartaron tanto mal, ellos
con gentes que de todas partes juntaron, por otra parte acometieron las tierras
de cristianos con tal denuedo y prisa, que la ciudad de Jerez, Arcos, Béjar,
Medina Sidonia, Roda, Sanlúcar, todos estos pueblos volvieron en un punto a
poder de moros. En esta guerra se señaló mucho el esfuerzo y lealtad de Garci
Gómez, alcaide de la fortaleza de Jerez, que, muertos o heridos todos los
soldados que tenía de guarnición, no quiso todavía entregar la fortaleza ni le
pudieron persuadir a hacerlo por ningún partido que le ofreciesen, puesto que
ninguna esperanza le quedaba de poderla defender; hombre señalado y excelente.
Los moros, maravillados de tan grande esfuerzo, sin mirar que era enemigo, con
deseo que tenían de salvar la vida al que de su voluntad con tanta obstinación
se ofrecía a la muerte, con un garfio de hierro que le echaron le asieron, y
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derribado del adarve, con gran diligencia y
humanidad le hicieron curar las heridas y le salvaron la vida.
El rey don Alfonso, que era ido a lo más dentro de
España con intento de aprestar lo necesario para la guerra, el año siguiente
acudió con gentes a aquel peligro. En este viaje no lejos de las ruinas de
Alarcos, en una aldea que se llamaba el Pozuelo de San Gil, en los oretanos,
una legua del río Guadiana, en un muy buen sitio rodeado de muy fértiles campos
y apacibles, por la comodidad del sitio fundó un pueblo bien grande con nombre
de Villarreal, nombre que adelante don Juan el Segundo, rey de Castilla, le
mudó en el que hoy tiene de Ciudad Real. Pretendía en esto el rey que, por
estar este pueblo asentado en la raya del Andalucía, sirviese como de un fuerte
baluarte para impedir las entradas de los bárbaros y para que desde allí los
nuestros hiciesen correrías y cabalgadas. De aquel lugar pasó a tierra de
moros; con su entrada todos los pueblos y campos por do pasaba fueron
trabajados; en especial el año 1263 los moros en todos los lugares padecieron
mucho mal y daños sin cuento. En este año gran número de soldados aventureros
acudieron, convidados de la franqueza que les prometían de un tributo que se
llamaba martiniega, a tal que con armas y caballo cada un año por espacio de
tres meses a su costa siguiesen la guerra y los reales del rey.
Los reyes moros por entender que no podrían ser
bastantes para tan grande avenida de los nuestros, tan gran pujanza y tantos
apercibimientos, lo que antes intentaron y lo tenían acordado, de nuevo y con
mayor instancia importunaron al rey de Marruecos para que les ayudase en la
guerra. Declaráronle por sus embajadores el riesgo grande en que se hallaban si
no les acudía brevemente. Oyó aquel rey su demanda y otorgó con ellos; envióles
mil caballos ligeros de África, los cuales con cierto motín que levantaron
pusieron en peor estado las cosas de los moros, tanto, que Jerez con todos los
demás pueblos que antes se perdieron volvieron a poder del rey don Alfonso.
Junto al puerto de Santa María, que los antiguos llamaron puerto de Mnesteo, se
edificó un pueblo de aquel nombre, reparados los edificios antiguos, cuyas
ruinas y paredones todavía quedaban como rastros de su grandeza y antigüedad.
En Toledo otrosí a expensas del rey se edificó la iglesia de Santa Leocadia
detrás del alcázar.
Concluidas estas cosas, el año de 1264 volvió el
rey a Sevilla; las gentes, porque se llegaba el invierno, parte enviaron a
invernar, los más con licencia que les dieron se volvieron a sus casas. La
fama, que suele
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hacer todas las cosas mayores, corría a la sazón, y
por dicho de muchos se divulgaba que los enemigos llamaban de África, no ya
socorros, sino ejército formado, cuidadosos de la guerra que los fieles les
hacían y con esperanza cierta de reparar su antiguo imperio en España. Estas
nuevas y rumores pusieron en grande cuidado a los castellanos y aragoneses, que
estaban más cercanos al peligro y eran los primeros en quien descargaría
aquella tempestad y contra quien se enderezaban las fuerzas de los contrarios.
El rey don Alfonso, aquejado del recelo de esta guerra, fue el primero que
convidó al rey don Jaime de Aragón para que juntase con él sus fuerzas. Que
pues el peligro era común y aquellas gentes amenazaban a ambas naciones y
coronas, era justo que de entrambas partes se acudiese al reparo. Que si no le
movía el parentesco y amistad, a lo menos le despertase el peligro y afrenta de
la religión cristiana. Don Pedro Yáñez, maestre de Calatrava, enviado con esta
embajada, en Zaragoza a los 7 de marzo propuso lo que por su rey le fue
mandado; llevaba cartas de la reina doña Violante, en que suplicaba a su padre
con grande instancia ayudase a la cristiandad, a ella, que era su hija, y a sus
nietos en aquel aprieto. Era cosa muy honrosa al rey don Jaime que un rey tan
poderoso se adelantase a pedirle socorro y a convidarle que hiciesen liga.
Las cosas de Aragón no estaban sosegadas ni sus
hijos bastantemente apaciguados en la discordia que entre sí tenían; los
grandes del reino divididos en estas parcialidades, y el pueblo otro que tal;
de que resultaban latrocinios y libertad para toda suerte de maldades y
desafueros tan grandes, que forzó a las ciudades puestas en las montañas de
Aragón a ordenar entre sí hermandades para reprimir aquellos insultos, y con
nuevas leyes y severas que se ordenaron hacer rostro al atrevimiento de los
hombres facinerosos; la grandeza de los castigos que daban a los culpados hacía
que todos escarmentasen. Por cualquier delito, puesto que no muy grande, daban
pena de muerte. Los pecados ligeros castigaban con azotes o con otra afrenta,
con que los malhechores quedaban castigados, y la grandeza de la pena avisaba a
los demás que se guardasen de pecar.
Demás de esto, las voluntades de los grandes
estaban enajenadas del rey; extrañaban mucho que las honras y cargos se daban a
hombres extraños o bajos; que los fueros no se guardaban ni la autoridad del
justicia de Aragón, que está por guarda de su libertad y leyes; que con los
tributos, no sólo el pueblo, sino también los nobles y hidalgos, se hallaban
cargados y oprimidos; que antes sufrirían la muerte que pasar por que les
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quebrantasen sus fueros y derecho de libertad.
Éstas eran las quejas comunes. Demás de esto, cada cual donde le apretaba el
calzado tenía su particular dolor y desabrimiento. Por esta causa como el rey
en Barcelona para juntar dinero pidiese en las Cortes le concediesen el
bovático, don Ramón Folch, vizconde de Cardona, hizo contradicción con grande
resolución y porfía. Afirmaba que si el rey no mudaba estilo y desistía de
aquellos agravios, no mudaría él de parecer ni se apartaría de aquel intento.
Hiciéralo como lo decía, si los otros caballeros no le avisaran que en mala
sazón alborotaba la gente, que era mejor aguardar un poco de tiempo que dejar
pasar aquella buena coyuntura de ayudar al común, principalmente que con el
ejemplo de los catalanes convenía mover a los aragoneses, gente más determinada
y más constante en defender sus libertades.
Tuviéronse Cortes en Zaragoza pon el mismo intento
de juntar dinero; pero gran parte de los señores y nobleza hicieron
contradicción a la voluntad del rey. Fernán Sánchez, hijo del rey, y don Simón
de Urrea, su suegro, fueron los que más se señalaron como caudillos de los
alterados. Pasaron tan adelante, que dejadas las Cortes, se aliaron entre sí en
Alagón contra las pretensiones y fuerzas del rey. La cosa amenazaba guerra y
mayores males, si no fuera que personas religiosas se pusieron de por medio para
que la diferencia se compusiese por las leyes y tela de juicio sin que se
pasase a las manos y a rompimiento. El mismo rey, fuese de corazón o
fingidamente, no rehusaba, a lo que decía, enmendar todo aquello en que hasta
entonces le cargaban; como prudente que era y mañoso consideraba que la furia
de la muchedumbre es a manera de arroyo, cuya creciente al principio es muy
brava y arrebatada, pero luego se amansa. Hiciéronse treguas. Señaláronse
jueces sobre el caso, que fueron los prelados de Huesca y de Zaragoza, que con
su prudencia compusieron aquellos debates; sobre todo la astucia de rey, que
daba la palabra de hacer todo aquello que pretendían y sobre que aquellos
nobles andaban alborotados.
Sosegado el alboroto, se hicieron levas de soldados
para comenzar por aquella parte la guerra, año de nuestra salvación de 1265. El
rey don Alfonso con sus gentes entró por las tierras de Granada muy pujante. El
rey don Jaime se encargó de hacer la guerra contra el rey de Murcia. Todo lo
hallaron más fácil que pensaban, ca no hallo que de África viniese algún número
de gente señalado; la causa no se sabe, sino que no hay que fiar en
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los moros ni en sus promesas, que tienen la fe
colgada de la fortuna y de lo que sucede. El rey don Jaime, por la parte del
reino de Valencía entrado que hubo en las tierras de Castilla, ganó a Villena
de los moros, y se la restituyó a don Manuel, hermano del rey don Alfonso de
Castilla, que era yerno tuyo, casado con doña Constanza, su hija; después de
esto sujetó a Elda, Orcelis y a Elche con otros muchos lugares que por aquella
comarca quitó a los moros, parte por fuerza, parte que se le entregaron. Demás
de esto, pasado el río de Segura, atajó las vituallas que llevaban los moros a
Murcia en dos mil bestias de carga con buena guarda de soldados. En el
entretanto el rey don Alfonso no se descuidaba en la guerra contra los moros de
Granada, y en hacer todo el mal y daño a los pueblos y campos circunstantes,
tanto, que los puso en necesidad de pedir a los nuestros se renovase la antigua
confederación.
Los reyes don Jaime y don Alfonso para tomar su
acuerdo en presencia sobre lo que a la guerra tocaba de propósito por la
comodidad del lugar se juntaron en la ciudad de Alcaraz. Estuvo presente a
estas vistas la reina doña Violante. Detuviéronse algunos días; y concertado lo
que pretendían y hechas sus avenencias, volvieron a la guerra. Las gentes de
Aragón, como apercibidas de todo lo necesario, de Orcelis marcharon la vía de
Murcia y se pusieron sobre ella por el mes de enero del año 1266. Está aquella
ciudad asentada en un llano en comarca muy fresca por do pasa el río de Segura,
y sangrado con acequias, riega así bien los campos como la ciudad, que está en
gran parte plantada de moreras, cidros y de naranjos y de toda suerte de
agrura, y representa un paraíso en la tierra. En nuestro tiempo el principal
esquilmo y provecho es el que se saca de la seda, fruto de que se sustenta casi
toda la ciudad. Estaba entonces muy pertrechada y fortificada; no sólo tenían
aquellos ciudadanos cuenta con la recreación, sino se pertrechaban para la
guerra, en particular tenían muy buena guarnición de soldados, así temían menos
al enemigo; por el mismo caso los aragoneses sospechaban que el cerco duraría
largo tiempo. Al principio se hicieron algunas escaramuzas con salidas que
hacían los moros, en que siempre los cristianos se aventajaban. No pasó mucho
tiempo que los moros por la buena maña del rey de Aragón, perdida la esperanza
de poderse defender, se rindieron a partido y entregaron la ciudad.
Por otra parte, entre el rey don Alfonso y los de
Granada en una junta que tuvieron en Alcalá de Benzaide se hizo confederación y
concierto debajo de estas condiciones: el rey de Granada se aparte de la liga y
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amistad del rey Hudiel de Murcia; pague en cada un
año cincuenta mil ducados, como antes acostumbraba; al contrario el rey don
Alfonso alce la mano de amparar en su daño los señores moros de Guadix y de
Málaga, a tal empero que el rey moro les otorgue treguas por espacio de un año;
al rey de Murcia, si acaso viniese a poder de cristianos, se le haga gracia de
la vida.
Tomado este asiento, el rey don Alfonso, con deseo
de tomar la posesión de la ciudad de Murcia, vuelto ya el rey don Jaime, luego
que la rindió, a su tierra, se apresuró para ir allá. En este viaje, en el
lugar de Santisteban, Hudiel, rey de Murcia, le salió al encuentro, y echado a
sus pies, pidió perdón delo pasado. Confesaba su yerro y su locura que le
despeñó en aquellos males. Pedía tuviese misericordia de su trabajo y de tantas
miserias como eran las en que se hallaba. Por esta manera fue recibido en gracia
y perdonado; más que de allí adelante no fuese ni se llamase rey, y se
contentase con las heredades y rentas que le señalaron para sustentar la vida.
El nombre de rey se dio a Mahomad, hermano de aquel Abenhut, de quien arriba se
dijo fue muerto en Almería. Dejáronle solamente la tercera parte de las rentas
reales, y que con lo demás acudiese al fisco real de Castilla. Éste fue el
remate de esta guerra, que tenía puesta la gente en gran recelo y cuidado.
XVI. Que la emperatriz de Grecia vino a España
En el mismo tiempo que el Andalucía y reino de
Murcia estaban encendidos con la guerra contra los moros, lo demás de España
gozaba de sosiego, por lo menos las alteraciones eran de poco momento, cosa de
maravilla por la diversidad de principados y la grande libertad de los
caballeros y del pueblo. Sólo Gonzalo Yáñez Bazán, persona principal entre los
navarros, renunciado que hubo por públicas escrituras la naturalidad, como en
aquel tiempo se acostumbraba, en la frontera de Aragón con voluntad del rey don
Jaime edificó un castillo, llamado Boeta, desde donde trabajaba y hacía daño en
los campos comarcanos de Navarra. La pesadumbre que por esta causa recibía
aquella gente se mudó en grande alegría por traer en el mismo tiempo a Navarra
para poner entre las demás reliquias de la iglesia mayor de Pamplona una parte
no pequeña de la
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corona de espinas que fue puesta en la cabeza de
Cristo, Hijo de Dios. San Luis, rey de Francia, les hizo donación de ella;
Balduino, emperador de Constantinopla, ya que iba de caída el poder de los
franceses en aquel imperio, por la falta de dineros que padecía, se la empeñó
por cierta cantidad, con que le socorrió. Esto le hizo aborrecible a sus
ciudadanos por atreverse a privar aquella ciudad de una reliquia y prenda tan
grande y tan santa. Esta corona se ve hasta el día de hoy y se conserva con
gran devoción en París en la capilla santa y real de los reyes de Francia. Es a
manera de un turbante, y de ella se tomó la parte que al presente se trajo a
Navarra. Esto en España.
De Italia venían nuevas que el año pasado el rey
Manfredo fue despojado del reino y de la vida por Carlos, hermano de san Luis,
rey de Francia, y que, como vencedor, en su lugar se apoderó de aquellos
estados. Urbano y después Clemente IV, pontífices romanos, con esperanza y
promesa de darle aquel reino le llamaron a Italia, y llegado que fue a Roma, le
coronaron por rey de Sicilia y de Nápoles. La batalla, que fue brava y famosa,
se dio cerca de Benevento, con que el poder y riquezas de los normandos, que tantos
años florecieron en aquellas partes, quedaron por tierra. Concertó el nuevo rey
y obligóse de pagar cada un año a la Iglesia romana en reconocimiento del feudo
cuarenta mil ducados, y que no pudiese ser emperador, puesto que sin
pretenderlo él le ofreciesen el imperio. El rey don Jaime, alterado como era
razón por el desastre y caída de Manfredo, su consuegro, revolvía en su
pensamiento en qué manera tomaría enmienda de aquel daño. Así apenas hubo dado
fin a la guerra de Murcia, cuando se partió a lo postrero de Cataluña para si
en alguna manera pudiese ayudar a lo que quedaba de los normandos y apoderarse
del reino, que por la afinidad contraída con Manfredo pretendía ser de su hijo.
En el entretanto don Alfonso, rey de Castilla, se
ocupaba en asentar las cosas de Murcia, llevar nuevas gentes para que poblasen
en aquella comarca, edificar castillos por todo el distrito para mayor
seguridad. No bastaba Castilla para proveer de tanta multitud como se requería
para poblar tantas ciudades y pueblos. De Cataluña hizo llamar y vinieron
muchos que asentaron en el nuevo reino. No dejaba asimismo, no obstante lo
concertado, de ayudar de secreto a los de Guadix y a los de Málaga. Para
quejarse de este agravio y que el rey don Alfonso no guardaba lo concertado, el
rey de Granada en persona vino a Murcia. La respuesta que
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se le dio no fue a su gusto; volvióse más enojado
que vino, ocasión con que algunos señores, que de tiempo atrás ofendidos del
rey don Alfonso se tenían por agraviados, hablaron en secreto con el moro y le
persuadieron a que de nuevo tomase las armas. El principal en este trato fue
don Nuño González de Lara, hombre de gran ingenio, de grandes riquezas y que
tenía muchos aliados. Pretendía que el rey tenía hechos muchos agravios a don
Nuño, su padre, y a don Juan, su hermano. De este principio resultaron nuevas
alteraciones a tiempo que el rey se prometía paz muy larga y estaba asaz seguro
de lo que se trataba, tanto, que era ido a Villarreal para ver los edificios y
fábricas que en el nuevo pueblo se levantaban. Desde allí despachó sus
embajadores a Francia el año de 1267 al rey san Luis para pedirle su hija doña
Blanca por mujer para el infante don Fernando, su hijo mayor. Hecho esto, él se
fue a la ciudad de Vitoria, para donde el rey de Inglaterra le tenía aplazadas
vistas, y prometido que en breve sería con él para tratar cosas y negocios muy
graves. Todavía no vino, sea mudado de voluntad, o por no tener lugar para
ello; envió empero a Eduardo, su hijo mayor, a tiempo que ya el rey don Alfonso
era vuelto a Burgos, y en sazón que la emperatriz de Constantinopla, huida de
su casa y echada de su imperio, vino a verse con el rey.
Balduino, su marido, y Justiniano, patriarca,
echados que fueron de Grecia por las armas de Miguel Paleólogo, en el camino,
según se entiende, cayeron en manos del sultán de Egipto. La emperatriz, por
nombre Marta, con el deseo que tenía de librar a su marido, concertó su rescate
en treinta mil marcos de plata. Para juntar esta suma tan grande fue primero a
verse con el Padre Santo y rey de Francia; últimamente, llegada a Burgos el año
del Señor 68 de este centenario, suplicó al rey, su primo, solamente por la
tercera parte de esta suma. El rey se la dio toda entera, que fue una
liberalidad de mayor fama que prudencia, por estar los tesoros tan gastados. Lo
que principalmente los señores le cargaban era que con vano deseo de alabanza
consumió en esto los subsidios y ayudas del reino, y para suplir sus desórdenes
desaforaba los vasallos. Los ánimos, una vez alterados, las mismas buenas obras
las toman en mala parte. Algunos historiadores tienen por falsa esta narración,
y dicen que Balduino nunca fue preso del sultán de Egipto. Nos en esto seguimos
la autoridad conforme de nuestras historias, puesto que no ignoramos muchas
veces ser mayor el ruido y la fama que la verdad. El emperador Balduino,
recobrada la libertad, por no poder volver a su imperio pasó a Francia, y en
Namur,
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ciudad suya y de los sus estados de Flandes, pasó
su vida. Por do parece que los condes de Flandes se pueden intitular
emperadores de Constantinopla, no con menos razón que los reyes de Sicilia
pretenden el reino de Jerusalén.
Por un privilegio dado a los caballeros de
Calatrava, era 1302, de Cristo 1264, a 17 de octubre, se comprueba
bastantemente que la iglesia de Toledo estaba vacante, y se convence, si los
números allí no están estragados, cosa que suele acontecer muchas veces. En
lugar sin duda de don Pascual, arzobispo de Toledo, o este año, o lo que más
creo, algunos años antes fue puesto otro don Sancho, hijo de don Jaime, rey de
Aragón. Sospecho que el nuevo prelado, sea por su poca edad, sea por otras
causas, se detuvo en Aragón antes de arrancar para venir a su iglesia, que dio
ocasión a algunos para poner antes de su elección una vacante de no menos que
cuatro años. Queríale mucho su padre, que fue causa de venir por este tiempo a
Toledo, como luego se dirá.
XVII. Que don Jaime, rey de Aragón, vino a
Toledo
Por el mismo tiempo en Italia andaban muy grandes
alteraciones y revueltas a causa que Corradino, suabo, pretendía por las armas
contra la voluntad y mandado da los pontífices restituirse en los reinos de su
padre. Seguíale y acompañábale desde Alemania Federico, duque de Austria. Don
Enrique, hermano del rey de Castilla, desde Roma se fue con él, donde tenía
cargo de senador o gobernador; su nobleza suplía, a lo que yo creo, la falta de
otras partes y de su inquieto natural. Demás de estos señores los gibelinos por
toda Italia tomaron su voz y en su favor las armas. Con esta gente y pujanza
rompió por el reino de Nápoles; en los Marsos, parte del Abruzo, cerca del lago
Fucino, hoy el lago de Talliacozo, dio la batalla Corradino al nuevo rey
Carlos, que salió al encuentro. Vencieron los franceses, más por maña que por
verdadero esfuerzo; fueron presos en la pelea Federico y don Enrique, Corradino
en la huida y alcance, que ejecutaron los franceses con crueldad. A Corradino y
Federico en juicio cortaron en Nápoles las cabezas, nuevo y cruel ejemplo,
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que tan grandes príncipes, a los cuales perdonó la
fortuna dudosa y trance de la batalla, después de ella en juicio los
ejecutasen.
En el entretanto en Aragón se levantó una liviana
alteración a causa que Gerardo de Cabrera pretendía el condado de Urgel, con
color que los hijos de su hermano don Álvaro, poco antes difunto, no eran
legítimos. Don Ramón Folch, tío de los infantes de parte de madre, y otras
personas principales por compasión de su edad y por otras prendas que con ellos
tenían se encargaron de ampararlos. El rey don Jaime parecía aprobar la
pretensión de Gerardo, mayormente que traspasara su derecho en el mismo rey por
no confiar en sus fuerzas.
El rey de Granada por otra parte trataba de hacer
guerra a los de Guadix y a los de Málaga en prosecución de su derecho y por lo
que poco antes se concertó en la confederación que puso con el rey don Alfonso,
de quien extrañaba que de secreto ayudase a sus contrarios. Don Nuño de Lara y
don Lope de Haro, por estar desabridos con su rey y enajenados, atizaban el
fuego. Prometían que si de nuevo tomaba las armas se pasarían a él
públicamente, no sólo ellos, sino otros muchos señores que estaban asimismo disgustados.
Andaba fama de estas prácticas y se rugía lo que pasaba, que pocas cosas
grandes de todo punto se encubren, pero no se podían probar bastantemente con
testigos. Forzado pues el rey de la necesidad se partió para el Andalucía.
Hállase que este año a 30 de julio dio el rey don Alfonso y expidió un
privilegio en Sevilla, en que hizo villa a Vergara, pueblo de Guipúzcoa a la
ribera del río Deva, y le mudó el nombre que antes tenía de San Pedro de
Ariznoa en el que hoy le llaman.
Compuestas en alguna manera las cosas del
Andalucía, entrado ya el invierno, fue forzado a dar la vuelta para recibir y
festejar al rey don Jaime, su suegro, que venía a Toledo a instancia de don
Sancho, su hijo, para hallarse presente a su misa nueva, que quería cantar el
mismo día de Navidad. El día señalado don Sancho dijo su misa de pontifical;
halláronse presentes para honrarle los dos reyes de Castilla y Aragón, padre y
cuñado, la reina su hermana, y el infante don Fernando. Detuviéronse en Toledo
ocho días no más, porque el rey de Aragón, aunque se hallaba en lo postrero de
su edad, ardía en deseo de abreviar y comenzar la jornada que pretendía hacer
para la guerra de la Tierra Santa, sin perdonar a trabajo ni hacer caso de los
negocios de su reino, que le tenían embarazado, muchos y graves, por la gran
gana de ensanchar el nombre cristiano e ilustrar en la Siria la gloria antigua
de los cristianos, que parecía estar anublada. Gran
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príncipe y valeroso, digno que le sucediera más a
propósito aquella jornada.
XVIII. Que el rey de Aragón partió para la Tierra
Santa
Las cosas de la Tierra Santa estaban reducidas a lo
postrero de los males y apretura. El reino que fundó el esfuerzo de los
antepasados, la cobardía y flojedad de los que en él sucedieron le tenían en
aquel estado. Además que los príncipes cristianos, ocupados en las guerras que
se hacían entre sí por cumplir sus apetitos particulares, poco cuidaban del
bien público y de la afrenta de la cristiana religión. El vigor y ánimo con que
tan grandes cosas se acabaron por la inconstancia de las cosas humanas se envejecía;
y porque tantas veces los príncipes sin provecho alguno por mar y por tierra en
gran número acudieran para ayudar a los cristianos los años pasados, la
esperanza de mejoría era muy poca y todos desalentados. A la sazón se ofrecía
una buena ocasión que casi en un mismo tiempo despertó para volver a las armas
a España, Inglaterra y Francia. Ésta fue que los tártaros, salidos de aquella
parte de Escitia, como algunos piensan, en que Plinio antiguamente demarcó los
tártaros, hecha liga con los de Armenia, habían acometido con las armas aquella
parte de la Siria que estaba en poder de los sarracenos, con gran esperanza al
principio de los fieles que podrían recobrar las riquezas y poder pasado; pero
después todo fue de ningún efecto y se fue en flor lo que pensaban.
En el tiempo que Inocencio IV celebraba un concilio
general en Lyon de Francia, fueron por él enviados cuatro predicadores de la
sagrada orden de Santo Domingo, cuya fama en aquella sazón era muy grande, a la
tierra de los tártaros para acometer si por ventura aquella gente áspera en su
trato, dada a las armas, sin ninguna religión o engañada, se pudiese persuadir
a abrazar la cristiana. Con esta diligencia se ganó aquella gente; humanáronse
aquellos bárbaros con la predicación, y comenzaron a cobrar afición a los
cristianos más que a las otras naciones. El rey de aquella gente, que
vulgarmente llamaban el Gran Kan, que quiere decir rey de los reyes, no cesaba
con embajadores que enviaba a todas partes de despertar los príncipes de Europa
para que tomasen las armas. Acusábalos y dábales
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en cara que parecía no hacían caso de la gloria del
nombre cristiano. Esta instancia que hizo los años pasados y no se dejó los de
adelante, en este tiempo se continuó con mayor porfía y cuidado; en particular
envió al rey de Aragón en compañía de Juan Alarico, natural de Perpiñán (al
cual el rey antes movido por otra embajada despachó para que fuese a los
tártaros), nuevos embajadores, que en nombre de su rey prometían todo favor, si
se persuadiese de tomar las armas y juntar en uno con ellos las fuerzas.
Estos embajadores repararon en Barcelona; Alarico
pasó a Toledo, y en una junta de los principales dio larga cuenta de lo que vio
y de toda su embajada; palabras y razones con que los ánimos de los príncipes
no de una manera se movieron. El rey don Jaime se determinó ir a la guerra,
maguer que era de tanta edad. Don Alfonso, su yerno, y la reina alegaban la
deslealtad de los griegos, la fiereza de los tártaros, todo con intento de
quitarle de aquel propósito, para lo cual usaban y se valían de muchos ruegos y
aún de lágrimas que se derramaban sobre el caso. Prevaleció empero la
constancia de don Jaime; decía que no era justo, pues tenía paz en su casa y
reino, darse al ocio, ni perdonar a ningún afán, ni a la vida que poco después
se había de acabar, en tan gran peligro como corrían los cristianos. El rey don
Alfonso, por verle tan determinado, le prometió cien mil ducados para ayuda de
los gastos de la guerra. Algunos señores de Castilla asimismo se ofrecieron a
hacerle compañía en aquella jornada, entre ellos el maestre de Santiago y el
prior de San Juan don Gonzalo Pereira. Concluidas las fiestas de Toledo, él se
partió; en la ciudad de Valencia oyó los embajadores de los tártaros, y fuera
de ellos otro embajador del emperador Paleólogo, que le prometía, si tomaba
aquella empresa, de proveerle bastantemente de vituallas y todo lo necesario.
En Barcelona se ponía en orden y estaba a la cola
una buena armada apercibida de soldados y de todo lo demás. Antes que se
pusiese en camino, a ruego de su hija doña Violante, volvió desde Valencia al
monasterio de Huerta. Despedido de sus hijos y de sus nietos, sin dar oídos a
los ruegos con que pretendían de nuevo apartarle de aquel propósito, volvió
donde surgía la armada, en que se contaban treinta naves gruesas y algunas
galeras. A 4 de septiembre, día miércoles, año de 1269, hechas sus plegarias y
rogativas como es de costumbre, alzó anclas y se hizo a la vela; era el tiempo
poco a propósito y sujeto a tormentas. En tres días llegaron a vista de
Menorca; más no pudieron tomar puerto a causa que cargó mucho el tiempo y una
recia tempestad de vientos desrotó las naves y la armada;
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dejáronse llevar del viento, que las echó a
diversas partes. El rey arribó a Marsella en la ribera de Francia, y desde allí
por mudarse el viento aportó al golfo agatense o de Agde. Algunas de las naves
que pudieron seguir el rumbo que llevaban, llegaron a Acre, pueblo de
Palestina, entre las demás las naves de Fernán Sánchez, hijo del rey. Movido
por las amonestaciones de los suyos, el rey se rehizo en Montpellier por
algunos días del trabajo del mar; y arrepentido de su propósito, a que parecía
hacer contradicción el cielo ofendido y enojado contra los hombres y sus
pecados, puesto que menospreciaba cosas semejantes como casuales, ni miraba en
agüeros, volvió a Cataluña sin hacer otro efecto.
En Castilla el rey don Alfonso llegó hasta Logroño;
en su compañía Eduardo, hijo del rey de Inglaterra, para recibir a su nuera,
que concertado el casamiento en Francia, por Navarra venía a verse con su
esposo. Las bodas se celebraron en Burgos con aparato el mayor y más real que
los hombres vieron jamás; don Jaime, rey de Aragón, abuelo del desposado, a
persuasión del rey don Alfonso, y junto con él don Pedro, su hijo mayor,
Felipe, hijo mayor del rey de Francia, Eduardo, príncipe y heredero de Inglaterra,
el rey de Granada, el mismo rey don Alfonso, sus hermanos e hijos y su tío don
Alfonso, señor de Molina, se hallaron presentes. De Italia, Francia y España
acudieron muchos señores, entre ellos Guillén, marqués de Monferrat, de quien
dice Jovio era yerno del rey don Fernando. Hallóse otrosí el arzobispo de
Toledo don Sancho; quién dice que veló a los desposados. Con estas bodas se
pretendía que el rey san Luis en su nombre y de sus hijos se apartase del
derecho que se entendía tenía a la corona de Castilla, como hijo que era de
doña Blanca, hermana mayor del rey don Enrique, como arriba queda dicho y
juntamente refutado. Concluidas las fiestas, el rey don Alfonso acompañó al rey
don Jaime, su suegro, para honrarle más hasta la ciudad de Tarazona.
XIX. San Luis, rey de Francia, falleció
Los ingleses y franceses pasaron más adelante que
los aragoneses en lo que tocaba a la guerra de la Tierra Santa; pero el remate
no fue nada mejor, salvo que por esta razón se hizo confederación entre
Inglaterra y Francia. En París, en una grande junta de príncipes, compusieron
todas sus
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diferencias antiguas; éste fue el principal fruto
de tantos apercibimientos. Señaláronse de común consentimiento en Francia los
términos y aledaños de las tierras de los franceses y ingleses. Púsose por la
principal condición que en tanto que san Luis combatía a Túnez, do pretendía
pasar a persuasión de Carlos, su hermano, rey de Nápoles, que decía convenir en
primer lugar hacer la guerra a los de África, que siempre hacían daño en Italia
y en Sicilia y en la Provenza y a todos ponían espanto; que en el entre tanto
el inglés con su armada, que era buena, pasase a la conquista de la Tierra
Santa.
Hízose como lo concertaron, que Eduardo, hijo mayor
del inglés, con buen número de bajeles, rodeadas y costeadas las riberas de
España y de Italia, a cabo de una larga navegación surgió en aquellas riberas y
saltó con su gente en tierra de Ptolemaide. Los primeros días la ayuda de Dios
le guardó de un peligro muy grande; un hombre en su aposento le acometió y le
dio antes que le acudiesen una o dos heridas. Mataron aquel mal hombre allí
luego. No se pudo averiguar quién era el que le enviara; díjose que los
Asesinos, que era cierto género de hombres atrevidos y aparejados para casos
semejantes.
San Luis, con tres hijos suyos, 1 de marzo, año de
1270, desde Marsella se hizo a la vela. Teobaldo, rey de Navarra, puesto a su
hermano don Enrique en el gobierno del reino, con deseo de mostrar su valor y
ayudar en tan santa empresa, acompañó al rey, su suegro. Padecieron tormenta en
el mar y recios temporales; finalmente, desembarcaron en Túnez. Asentaron sus
ingenios, con que comenzaron a combatir aquella ciudad. Los bárbaros, que se
atrevieron a pelear, por dos veces quedaron vencidos; después de esto, como se
estuviesen dentro de los muros, llegó el cerco a seis meses. Los calores son
extremos, la comodidad de los soldados poca. Encendióse una peste en los
reales, de que murieron muchos; entre los demás, primero Juan, hijo de san
Luis, y poco después el mismo rey, de cámaras que le dieron, falleció a 25 de
agosto. Esta grande cuita y afán se acrecentara, y hubieran los demás de partir
de África y dejar la demanda con gran mengua y daño, en tanta manera tenían
enflaquecidas las fuerzas, si no sobreviniera Carlos, rey de Sicilia, que dio
ánimo a los caídos. Hízose concierto con los bárbaros que cada un año pagasen
de tributo al mismo rey Carlos cuarenta mil ducados, que era el que él debía
por Sicilia y Nápoles a la Iglesia romana y al papa; con esto, embarcadas sus
gentes, pasaron a Sicilia.
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No aflojaron los males; en la ciudad de Trapana,
que es en lo postrero de aquella isla, Teobaldo, rey de Navarra, falleció a 5
días de diciembre. Ésta fue la ocasión que forzó a dejar la empresa de la
Tierra Santa, que tantas veces infelizmente se acometiera, y de dar la vuelta a
sus tierras y naturales. Las entrañas de san Luis sepultaron en la ciudad de
Monreal en Sicilia; el cuerpo llevaron a San Dionisio, sepultura de aquellos
reyes cerca de París. El cuerpo del rey Teobaldo, embalsamado, llevarón a Pervino,
ciudad de Campaña en Francia, y pusieron en los sepulcros de sus antepasados.
Su mujer, la reina, doña Isabel, el año luego siguiente, a 25 de abril,
falleció en Hiera, pueblo de la Provenza; enterráronla en el monasterio llamado
Barra. A todos se les hicieron las honras y exequias como a reyes, con grande
aparato, como se acostumbra entre los cristianos. Volvamos la pluma y el cuento
a Castilla.
XX. De la
conjuración que hicieron los grandes contra el rey don Alfonso de Castilla
El ánimo del rey don Alfonso se hallaba en un mismo
tiempo suspenso y aquejado de diversos cuidados. El deseo de tomar la posesión
del imperio de Alemania le punzaba, a que las cartas de muchos con
extraordinaria instancia le llamaban. Los grandes y ricos hombres del reino
andaban alterados y desabridos por las ásperas costumbres y demasiada severidad
del rey, a que no estaban acostumbrados. Rugíase demás de esto por nuevas que
venían que de África se aparejaba una nueva guerra con mayores apercibimientos
y gentes que en ninguno de los tiempos pasados. Dado que Pedro Martínez,
almirante del mar, el año pasado acometió y sujetó los moros de Cádiz, que
halló descuidados. Era dificultoso mantener con guarnición y soldados aquellas
ciudad e isla; por esta causa la dejaron al rey de Marruecos, de cuyo señorío
antes era; resolución a propósito de ganar la voluntad de aquel bárbaro y
sosegarle.
El rey don Alfonso de Portugal envió a don
Dionisio, su hijo, que era de ocho años, a su abuelo el rey de Castilla para
que alcanzase de él libertad y exención para el reino de Portugal, y que le
alzase la palabra que dio los años pasados y los homenajes. Tratóse de este
negocio en una junta de grandes; callaban los demás, y aún venían en lo que se
pedía por no
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contrastar con la voluntad del rey, que a ello se
mostraba inclinado. Don Nuño González de Lara, cabeza de la conjuración y de
los desabridos y mal contentos, se atrevió a hacer rostro y contradicción.
Decía que no parecía cosa razonable diminuir la majestad del reino con
cualquier color, y mucho menos en gracia de un infante. Sin embargo, prevaleció
en la junta el parecer del rey, que Portugal fuese exento; y con todo esto la
libertad de don Nuño se le asentó más altamente en el corazón y memoria que ninguno
pensara.
Juntado este desabrimiento con los demás, fue causa
que don Nuño y don Lope de Haro y don Felipe, hermano del rey, se determinasen
a mover pláticas perjudiciales al reino y al rey. Quejábanse de sus desafueros
y de los muchos desaguisados que hacía; no tenían fuerzas bastantes para entrar
en la liza; resolviéronse de acudir a las ayudas de fuera y extrañas. Así en el
tiempo que el rey Teobaldo se ocupaba en la guerra sagrada solicitó a don
Enrique, gobernador de Navarra, el infante don Felipe que se fuese a ver con él
y hermanarse y hacer liga con aquellos grandes. Él, como más recatado, por no
despertar contra sí el peso de una gravísima guerra, dio por excusa la ausencia
del rey, su hermano. Los grandes, perdida esta esperanza, convidaron a los
otros reyes, al de Portugal, al de Granada y al mismo emperador de Marruecos
por sus cartas a juntarse con ellos y hacer guerra a Castilla, sin mirar, por
el gran deseo que tenían de satisfacerse, cuán perjudicial intento era aquel y
cuán infames aquellas tramas.
Don Alfonso, rey de Castilla, era persona de alto
ingenio, pero poco recatado, sus orejas soberbias, su lengua desenfrenada, más
a propósito para las letras que para el gobierno de los vasallos; contemplaba
al cielo y miraba las estrellas; más en el entretanto perdió la tierra y el
reino. Avisado pues de lo que pasaba por Hernán Pérez, que los conjurados
pretendieron tirar a su partido y atraer a su parcialidad, atónito por la
grandeza del peligro, que en fin no dejaba de conocer, volvió todos sus pensamientos
a sosegar aquellos movimientos y alteraciones. Con este intento desde Murcia,
do a la sazón estaba, envió a Enrique de Arana por su embajador a los grandes,
que se juntaron en Palencia con intento de apercibirse para la guerra, por ver
si en alguna manera pudiese con destreza e industria apartarlos de aquel
propósito.
Él y la reina, su mujer, fueron a Valencia para
tratar con el rey don Jaime y tomar acuerdo sobre todas estas cosas. Él, como
quier que por la larga experiencia fuese muy astuto y avisado, cuando vino a
Burgos para
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hallarse a las bodas del infante don Fernando,
antevista la tempestad que amenazaba a Castilla a causa de estar los grandes
desabridos, reprendió a don Alfonso con gravísimas palabras y le dio consejos
muy saludables. Estos eran que quisiese antes ser amado de sus vasallos que
temido; la salud de la república consiste en el amor y benevolencia de los
ciudadanos con su cabeza; el aborrecimiento acarrea la total ruina; que
procurase granjear todos los estados del reino; si esto no fuese posible, por
lo menos abrazase los prelados y el pueblo, con cuyo arrimo hiciese rostro a la
insolencia de los nobles; que no hiciese justicia de ninguno secretamente por
ser muestra de miedo y menoscabo de la majestad; el que sin oír las partes da
sentencia, puesto que ella sea justa, todavía hace agravio. Estas eran las
faltas principales que en don Alfonso se notaban, y si con tiempo se
remediaran, el reino y él mismo se libraran de grandes afanes. En la junta de
los reyes y con las vistas ninguna cosa de momento se efectuó.
Al rey don Alfonso fue por tanto forzoso el año
siguiente volver de nuevo a Alicante para verse con el rey, su suegro, y
rogarle enfrenase los nobles de Aragón para que no se juntasen con los rebeldes
de Castilla, como lo pretendían hacer; y porque el rey de Granada continuaba en
hacer guerra contra los de Guadix y los de Málaga, le diese consejo a cuál de
las partes sería más conveniente acudir. En este punto el rey don Jaime fue de
parecer que guardase la confederación antigua; que no debía de su voluntad
irritar a los de Granada ni hacerles guerra. La embajada de Arana no fue de
provecho alguno; antes el rey de Granada a persuasión de los alborotados,
quebrantada la avenencia que tenían puesta, fue el primero que se metió por
tierras de cristianos talando y destruyendo, y metiendo a fuego y a sangre los
campos comarcanos. Tenía consigo un número de caballos africanos que Jacob
Abenjucef, rey de Marruecos, le envió delante. Sabidas estas cosas, el rey don
Alfonso mandó por sus cartas a don Fernando, su hijo, que a la sazón se hallaba
en Sevilla y se apercibía para la nueva guerra, que con todas sus gentes
marchase contra el rey de Granada; él se partió para Burgos por ver si en
alguna manera pudiese apaciguar los ánimos de los rebeldes.
En aquella ciudad se hicieron Cortes de todo el
reino, y en particular fueron llamados los alborotados con seguridad pública
que les ofrecieron; y para que estuviesen más sin peligro se señaló fuera de la
ciudad el Hospital Real en que se tuviesen las juntas. Habláronse el rey y los
señores en diferentes lugares, con que quedaron las voluntades más desabridas.
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Llegaron los disgustos a término, que renunciada la
fidelidad con que estaban obligados al rey, en gran número se pasaron a Granada
el año 1272. Don Nuño, don Lope de Haro, el infante don Felipe eran las tres
cabezas de la conjuración. Fuera de estos, don Fernando de Castro, Lope de
Mendoza, Gil de Roa, Rodrigo de Saldaña; de la nobleza menor tan gran número
que apenas se pueden contar. Al partirse con sus gentes quemaron pueblos,
talaron los campos y dieron en todo muestra de la enemiga que llevaban. El rey
a grandes jornadas pasó a Toledo, de allí a Almagro; y porque no tenía
esperanza de que se podrían reducir los grandes a su servicio, pretendía
avenirse y sosegar al rey de Granada. Esto sobre todo deseaba; si no salía con
ello, se resolvió de hacerle la guerra con todas sus fuerzas y con la más gente
que pudiese juntar.
XXI. De nuevas alteraciones que sucedieron en
Aragón
En el tiempo que estas cosas pasaban en Castilla,
Felipe, rey de Francia, que sucedió a su padre san Luis, allegaba a su corona
nuevos estados por muerte de Alfonso, su tío, y de Juana, su mujer, que
murieron a la sazón sin hijos, y eran condes de Poitiers y de Tolosa. Y no
mucho después Rogerio Bernardo, conde de Foix, fue despojado de su estado no
por otra causa más de que en cierta ocasión no quiso obedecer a los jueces
reales; por lo cual las armas aragonesas, a causa que parte del estado de aquel
príncipe era feudo de Aragón, estuvieron para revolverse contra Francia. La
prudencia del rey don Jaime atajó el daño; a su persuasión el de Foix puso su
persona y todo su estado en manos del rey de Francia, con que se sosegaron
aquellos debates.
Dentro del reino de Aragón tenían sospechas de
nuevas alteraciones a causa que el infante don Pedro, hijo primero y heredero
del rey de Aragón, estaba desabrido con Fernán Sánchez, su hermano bastardo,
por entender, entre otras cosas, que cuando volvió de la Tierra Santa fue
recibido con gran honra y festejado de Carlos, rey de Nápoles, y por esto
sospechaba había con él tratado cosas perjudiciales al reino. Hallábase el
dicho don Femando en Burriana; allí don Pedro con buen número de soldados le
tomó de sobresalto, y después que por fuerza entró en la casa y buscó en
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todos los lugares a su hermano, escudriñó los
escondrijos, quebró cerraduras, hinchólo todo de ruido y de alboroto. En el
entre tanto don Fernando y doña Aldonza, su mujer, se pusieron en salvo. Estos
fueron principios de grandes alteraciones, ca los nobles del reino con esta
ocasión de la enemistad de los dos hermanos se dividieron en dos bandos con tan
grande obstinación, que, juntadas las fuerzas, no dudaron los que seguían la
parcialidad de don Fernando de mover guerra contra el mismo rey; de que no resultó
otro provecho sino que el vizconde de Cardona y otros señores parciales fueron
por esta causa despojados de sus estados. El mismo Fernán Sánchez, cercado en
el castillo de Pomar por su hermano, luego que le tuvo en su poder, le hizo
ahogar con un lazo y despeñar en el río Cinca, que por allí pasa, unos decían
con razón, otros que injustamente; lo cierto que, quitado el capitán y cabeza,
los demás se sosegaron. Este fue el fruto de aquel parricidio; pero la muerte
de Fernán Sánchez sucedió tres años adelante. Dejó un hijo de pequeña edad,
llamado don Felipe, de quien desciende el linaje de los Castros en Aragón.
A Rugerio de Lauria hizo donación el rey don Jaime
en tierra de Valencia de dos heredades, que se llaman Raelo y Abricat, en
premio de su trabajo, porque de lo último de Italia acompañó los años pasados a
doña Constanza, su nuera. Fue este caballero en lo de adelante persona de
grande ingenio y excelente capitán, mayormente por el mar. Con don Enrique, rey
de Navarra, que por morir su hermano el rey Teobaldo sin hijos sucedió en aquel
reino, y con quien los aragoneses tenían diferencia por pretender que les
quitaran aquel reino injustamente, como en su lugar queda dicho, todavía se
concertaron treguas por muchos años.
El rey don Jaime veía los suyos alborotados, más
inclinados a las armas que a la paz y a la concordia; y por las diferencias que
andaban temía que la una de las partes, juntados con los navarros, no le diesen
en qué entender. Ésta fue la causa de tomar asiento con Navarra; y aún otro
cuidado le aquejaba más de volver las fuerzas contra los moros, de donde una
cruel tempestad se aparejaba para España si no se acudía al remedio con tiempo,
como los hombres prudentes lo sospechaban y comúnmente se decía no sin causa.
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XXII. El rey don Alfonso partió para tomar
posesión del imperio
Ardía el rey don Alfonso en deseo de ir a Alemania
a tomar la corona e insignias del imperio; tanto más y con mayor prisa, que por
autoridad del papa Gregorio X los señores de Alemania, cansados de los males
que en aquella vacante se padecieron, muchos, muy graves y muy largos, y porque
de años atrás era muerto Ricardo, el otro competidor, se aparejaban para hacer
nueva elección, sin tener cuenta con el rey don Alfonso. Alterado él con esta
nueva, como era razón, pretendía recompensar la tardanza pasada con abreviar; y
por esto, aunque muy fuera de sazón, comenzó a tratar muy de veras de su ida a
Alemania. A las personas prudentes parecía se debía anteponer a esto el sosiego
y el cuidado de la república. Los hombres más livianos y de poca experiencia,
hinchados de vana esperanza, le exhortaban a la jornada, sin faltar quien
blasonase y dijese era bien aparejar armas, caballos y las demás cosas
necesarias para hacer la guerra en Alemania y para sujetar a los que
contrastasen a sus intentos. Algunos tomaban por mal agüero que tantas veces se
le hubiese al rey don Alfonso desbaratado aquel viaje que tanto deseaba. Era
este rey de su natural irresoluto y tardo, las cosas del reino embarazadas; y
si hallara algún buen color, de buena gana desistiera de aquella pretensión;
pero por miedo de la infamia y mengua de reputación se resolvió pasar adelante.
Con este intento procuró con cualquier partido apaciguar los de Granada y los
grandes.
En esto, el rey de Granada Alhamar falleció al
principio del año 1273. Fue hombre atrevido, astuto y muy contrario a nuestras
cosas. Hubo diferencia sobre la sucesión; prevaleció aquella parcialidad con la
cual se juntaron los forajidos y grandes de Castilla, y diéronse las insignias
reales a Mahomad, por sobrenombre Miralmutio Leminio, hijo mayor del difunto.
Este príncipe, puesto que era de suyo contrario a nuestras cosas y muchos le
movían a hacer guerra; porque las fuerzas de su nuevo reino andaban en balanzas,
el rey don Alfonso entendía que se inclinaba a la paz y que fácilmente se
podría efectuar. Demás de esto, algunos de los grandes se reducían a mejor
partido y más sanos propósitos. En particular don Fernando de Castro y Rodrigo
de Saldaña sobre seguro vinieron a verse con él a Ávila, do se hacían Cortes
del reino por el mismo tiempo que en Alemania procedieron a nueva elección
apresuradamente; en que Rodolfo,
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conde de Ausburg, por voto de todos los electores,
fue nombrado por rey de romanos. Señor, bien que de poca renta y estado
pequeño, pero que descendía del nobilísimo linaje de los antiguos reyes
franceses y era en todas virtudes acabado. Los embajadores del rey don Alfonso
que so hallaron a la sazón en Francfordia, aunque hicieron contradicción y sus
protestaciones, no fue de efecto alguno; la afición de antes la tenían ya
trocada en desabrimiento y odio que todos le cobraran.
Despedidas las Cortes de Ávila, se fue el rey a
Requena para tomar acuerdo con el rey, su suegro, en presencia sobre la guerra
de los moros. Allí, por el trabajo del camino, o por el desabrimiento y
disgusto con que andaba, adoleció de una enfermedad no ligera. Y porque las
demás cosas no sucedían a propósito y la misma prisa por el gran deseo le
parecía tardanza, juzgó sería lo mejor intentar de hacer las paces por
industria de la reina y por la autoridad del primado don Sancho. Ellos para
tratar de esto sin dilación se partieron para Córdoba. Al pontífice Gregorio X
despachó a Aimaro, fraile dominico, que después fue obispo de Ávila, y a
Fernando de Zamora, canónigo de Ávila y chanciller del rey. Estos en
Civitavieja, en que a la sazón estaba el pontífice, en consistorio declararon
las causas por que la elección de Rodolfo pretendían ser inválida. Que no debía
el pontífice moverse por los dichos de aquellos que ponían asechanzas y redes a
sus orejas y con engaños pretendían ganar gracias con otros, sino conservarse
neutral, como lo pedía la persona y lugar sacrosanto que representaba, y con
esto ganar ambas las partes a ejemplo de sus antecesores Urbano y Clemente, que
con igual honra y título, por no perjudicar a nadie, dieron a Ricardo y a don
Alfonso título de rey de romanos. A los electores de Alemania fue don Fernando,
obispo de Segovia, para ponerlos en razón y procurar repusiesen lo atentado.
Con estas embajadas no se hizo efecto alguno por estar todos cansados de tan
larga tardanza.
Sólo el año siguiente de 1274 desde Lyon de
Francia, donde, presente el pontífice, se hacía el concilio general de los
obispos para reformar la disciplina eclesiástica, renovar la guerra de la
Tierra Santa y unir la Iglesia griega con la latina, Frédulo fue enviado por
nuncio al rey don Alfonso para que le ofreciese los diezmos de las rentas
eclesiásticas en nombre del pontífice para la guerra contra moros, a tal que
desistiese de la pretensión y esperanza vana que tenía de ser emperador; que
parecía cosa injusta con
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deseo de imperio forastero alterar la paz de la
Iglesia, que tan sosegada estaba.
En este medio don Enrique, rey de Navarra, muy
apesgado y disforme por la mucha gordura de su cuerpo, falleció en Pamplona a
22 de julio. De su mujer doña Juana, hija de Roberto, conde de Artesia y
hermano del rey san Luis, dejó una hija, llamada también doña Juana, en edad
apenas de tres años, que, sin embargo, fue heredera de aquellos estados, así
porque el reino la jurara antes, como por testamento de su padre, que lo dejó
así dispuesto; de que resultaron nuevas diferencias y discordias, y el reino de
Navarra finalmente se juntó con el de Francia.
La embajada de Frédulo no fue desagradable al rey
don Alfonso; respondió que se pondría a sí y toda aquella diferencia en manos
del pontífice para que él la determinase como mejor le fuese visto. Con esta
respuesta el pontífice sin detenerse más aprobó en público consistorio la
elección de Rodolfo, a 6 de septiembre, que hasta entonces por respeto de don
Alfonso se entretuvo; luego escribió cartas a todos los príncipes en aquella
sustancia. Al mismo Rodolfo mandó que lo más presto que pudiese se apresurase a
pasar en Italia para coronarse.
Al concilio que se tenía en Lyon se partió don
Jaime, rey de Aragón, aunque en lo postrero de su edad, por ser deseoso de
honra y por otros negocios. Desde allí, sin hacer cosa de momento, dio la
vuelta a su tierra, desabrido claramente con el pontífice porque rehusó de
coronarle si no pagaba el tributo que su padre el rey don Pedro concertó de
pagar cada un año en el tiempo que en Roma se coronó, como queda dicho en su
lugar. Al rey don Jaime le parecía cosa indigna que el reino ganado por el
esfuerzo de sus antepasados fuese tributario a algún extraño.
En este comedio el rey de Granada y los grandes
forajidos, por diligencia de la reina se redujeron al deber; para sosegar a los
grandes les prometieron todas las cosas que pedían; el rey de Granada quedó que
pagase cada año de tributo trescientos mil maravedíes de oro, y de presente
gran suma de dineros, en pena de los daños y gastos. Demás de esto, se
concertaron treguas por un año entre los de Guadix y de Málaga con aquel rey,
por estar el rey don Alfonso encargado del amparo de aquellas dos ciudades. Fue
en aquella edad hombre señalado en España Gonzalo Ruiz de Atienza, privado del
rey, por cuya diligencia en gran parte y buena maña se concluyó aquel
concierto. El rey de Granada y los grandes desde Córdoba partieron en compañía
del infante don Fernando,
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que se halló en todas estas cosas; llegados a
Sevilla, el rey don Alfonso los acogió benignamente. Ellos, cotejado el un
tiempo con el otro, juzgaron les estaba más a cuento y mejor obedecer a su
príncipe con seguridad que la contumacia con peligro y daño.
Concluido esto, las armas de Castilla debajo la
conducta del infante don Fernando y por mandado de su padre se movieron contra
Navarra para conquistar aquel reino. Don Jaime, rey de Aragón, envió al tanto a
don Pedro, su hijo mayor, al cual renunció el derecho que pretendía tener a
aquel reino, a ganar las voluntades de los navarros, que de suyo se inclinaban
más a los aragoneses que a Castilla. Ni las mañas de Aragón ni las fuerzas de
Castilla hicieron efecto, a causa que la reina viuda se recogió a Francia con
su hija al amparo del rey, su primo, por temer no le hiciesen fuerza si se
quedaba en Navarra en tiempos tan revueltos. Sólo don Fernando acometió a tomar
a Viana; y rechazado de allí por la fortaleza de aquella plaza y por el
esfuerzo de los cercados, se apoderó de Mendavía y de otros menores pueblos.
Todo lo halló más dificultoso que pensaba, dado que ningún ejército bastante le
salió al encuentro, que era causa de mayor tardanza; si bien las cosas de aquel
reino estaban tan revueltas, que los señores, divididos en parcialidades y
aficiones, no podían conformarse para acudir a la defensa. Los más se
aficionaban a los aragoneses, en especial Armengaudo, obispo de Pamplona, y
Pero Sánchez de Montagudo, hombre principal y gobernador del reino.
Don Pedro, infante de Aragón, llegó hasta Sos,
pueblo a la raya de los dos reinos; allí alegó de su derecho que por la
adopción del rey don Sancho y por otros títulos más antiguos se le debía el
reino, por lo menos le debían acudir con sesenta mil marcos de plato, que poco
antes el rey Teobaldo concertara de pagar. Tratóse el negocio por muchos días;
los nobles acordaron desposar a la niña heredera del reino en ausencia con don
Pedro, y por dote señalaron la posesión del reino. Añadióse que si aquello no
surtiese efecto, pagarían doscientos mil marcos de plata para los gastos de la
guerra que pretendían hacer de consuno contra las fuerzas de Castilla, si
todavía perseverasen en el propósito de darles molestia. Estas cosas se
asentaron en Olite por el mes de noviembre.
El rey don Alfonso, determinado de todo punto de
hacer el viaje de Francia, tenía a la misma sazón Cortes del reino en Toledo
para, asentadas las cosas, ponerse luego en camino. Encomendó el gobierno del
reino a don Fernando, su hijo, a los otros señores repartió diversos cargos, a
don
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Nuño de Lara dio la mayor autoridad, determinó
dejarle por frontero contra los moros por si acaso se alterasen. Con estas
caricias pretendía ganar a los parciales. Acabadas las Cortes, a lo postrero
del año el rey, la reina, sus hijos menores y don Manuel, hermano del rey,
comenzaron su viaje.
Era grande el repuesto y representación de
majestad; por tanto hacían las jornadas pequeñas. Pasaron a Valencia, de allí a
Tortosa y a Tarragona, ca el rey don Jaime desde Barcelona partió para
recibirlos y festejarlos en aquella ciudad. Tuvieron las fiestas de Navidad en
Barcelona al principio del año de 1275. Halláronse presentes los dos reyes al
enterramiento y honras de fray Raimundo de Peñafuerte, de la orden de Santo
Domingo, que finó por aquellos días en aquella ciudad, persona señalada en
piedad y erudición.
El mismo año pasó de esta vida don Pelayo Pérez
Correa, maestre de Santiago, de mucha edad, muy esclarecido por las grandes
cosas que hizo en guerra y en paz. Su cuerpo enterraron en Talavera en la
iglesia de Santiago, que está en el arrabal; así lo tienen y afirman comúnmente
los moradores de aquella villa; otros dicen que en Santa María de Tudía, templo
que él edificó desde sus cimientos, a las faldas de Sierra Morena, en memoria
de una batalla que los años pasados ganó de los moros en aquel lugar, muy señalada,
tanto, que vulgarmente se dijo y entendió que el sol se paró y detuvo su
carrera para que el día fuese más largo y mayor el destrozo de los enemigos y
mejor se ejecutase el alcance. Dicen otrosí que aquella iglesia se llamó al
principio de Tentudía, por las palabras que el maestre dijo vuelto a la Madre
de Dios: «Señora, ten tu día». A la verdad, alterados los sentidos con el
peligro de la batalla y entre el miedo y la esperanza ¿quién pudo medir el
tiempo? Una hora parece muchas por el deseo, aprieto y cuidado. Demás de esto,
muchas cosas fácilmente se creen en el tiempo del peligro y se fingen con
libertad.
El rey don Jaime no aprobaba los intentos de don
Alfonso, su yerno, y con muchas razones pretendió apartarle de aquel propósito.
La principal, que sentenciado el pleito y pasado ya en cosa juzgada, no quedaba
alguna esperanza que el pontífice mudaría de parecer; así con tantos trabajos
no alcanzaría más de andar entre las naciones extrañas afrentado por el agravio
recibido. Estos consejos saludables rechazó la resolución de don Alfonso.
Dejados pues su mujer e hijos en Perpiñán, pasó a la primavera por Francia
hasta Belcaire, pueblo de la Provenza, asentado a la ribera del
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Ródano, y por tanto de grande frescura, y que le
tenían señalado para verse con el pontífice, que despedido el concilio que de
los obispos tuvo en Lyon, todavía se detenía en Francia. Allí, en día señalado
en presencia del pontífice y de los cardenales que le acompañaban el rey les
hizo un razonamiento de esta sustancia:
«Si por alguna diligencia y cuidado mío yo hubiera
alcanzado el imperio, muy honrosa cosa era para mí que dejados tantos
príncipes, se conformasen en un hombre extraño las voluntades de Alemania;
¿cuánto menos razón tendrá nadie de cargarme que defienda el lugar en que, sin
yo pretenderle, Dios y los hombres me han puesto? Como quier que sea antes cosa
torpe no poder conservar los dones de Dios, y de corazón ingrato no responder
en el amor a aquellos que en voluntad se han anticipado. Por tanto, es forzoso que
sea tanto más grave mi sentimiento, que por engaño de pocos he oído que
deslumbrados los príncipes de Alemania, ¡oh hombres poco constantes! Se han
conformado en elegir un nuevo príncipe sin oírnos y sin que nuestra pretensión
y pleito esté sentenciado; en que, si en algún tiempo hubo duda, muerto el
contrario era justo se quitase. Que no nos debe empecer la dilación, a que
algunos dan nombre de tardanza y flojedad, como más verdaderamente haya sido
deseo de reposo y de sosegar las alteraciones de algunos, amor y celo de la
religión cristiana, prevención contra los moros, que de ordinario hacen en
nuestras tierras entradas. Al presente que dejamos nuestro hijo en el gobierno,
que ya tiene dos hijos, con vuestra licencia y ayuda, padre santo, tomaremos el
imperio, apellido sin duda sin sustancia y sin provecho; pero somos forzados a
volver por la honra pública de España, y en particular rechazar nuestra
afrenta; lo cual ojalá podamos alcanzar sin las armas y sin rompimiento, ca de
otra manera determinados estamos por conservar nuestra reputación y volver por
ella ponernos a cualquier riesgo y afán. Yo, padres, ninguna cosa ni mayor ni
más amada tengo en la tierra que vuestra autoridad; desde mis primeros años de
tal manera procedí, que todos los buenos me aprobasen y ganase yo fama con
buenas obras. Con este camino agradé a los pontífices pasados; por el mismo sin
pretenderlo y sin procurarlo me llamaron al imperio. Sería grave afrenta y
mengua intolerable quitarme por engaño en esta edad lo que granjeé en mi
mocedad y amancillar nuestra gloria con perpetua infamia. Razón es, beatísimo
Padre, que vuestra santidad y todos los demás prelados que estáis presentes
ayudéis a nuestros intentos en negocio que no se puede
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pensar otro alguno ni mayor ni más justificado.
Procurad con efecto y haced entienda el mundo lo que las particulares aficiones
y lo que la entereza y justicia pueden y hasta dónde cada una de estas cosas
allega; por lo menos, ahora que es tiempo, prevenid que la república cristiana
con nuevas discordias que resultaran no reciba algún daño irreparable».
A esto replicó el pontífice en pocas palabras:
declaró las causas por que con buen título pudieron crear nuevo emperador; que
la muerte de Ricardo ningún nuevo derecho le dio; que él mismo prometió de
ponerse en sus manos, resolución saludable para todos en común, y en particular
no afrentosa para él mismo, pues no era más razón que los españoles mandasen a
los alemanes que a España los de aquella nación; que los caminos de Alemania
son ásperos y embarazados, las ciudades fuertes, la gente feroz, las aficiones
antiguas trocadas, ningunas fuerzas se podrían igualar a las de los alemanes,
si se conformasen; la infamia, si se perdiese la empresa, sería notable; si
venciese, pequeño el provecho; que era mejor conservar lo suyo que pretender lo
ajeno; la gloria ganada con lo que obrara era tan grande, que en ningún tiempo
su nombre y con ninguna afrenta se podría escurecer. Hiciese a Dios, hiciese a
la religión este servicio de disimular por su respeto, si en alguna cosa no se
guardó el orden debido y se cometió algún yerro. Dichas estas palabras,
abrazóle y dióle paz en el rostro, como persona que era el papa de su condición
amoroso, y por la larga experiencia enseñado a sosegar con semejantes caricias
las voluntades de los hombres alterados.
Con esto se dejó aquella pretensión: intentó,
empero, otras esperanzas. Pretendía en primer lugar que era suyo el señorío de
Suabia después de la muerte de Corradino, por venir de parte de madre de los
príncipes de Suabia; que Rodolfo, demás de quitarle el imperio, en tomarle para
sí le hacía otro nuevo agravio. Alegaba eso mismo que el reino de Navarra era
suyo por derechos antiguos de que se valía; que los franceses hacían mal en
apoderarse del gobierno de aquel reino; por conclusión, pedía que por mandado
del Pontífice el infante don Enrique, su hermano, fuese puesto en libertad; que
Carlos, rey de Sicilia, se excusaba para no hacerlo con la voluntad del
pontífice, que no lo quería. Sin embargo, como quier que el pontífice y los
cardenales se hiciesen sordos a estas sus demandas tan justas a su parecer,
bufaba de coraje. Finalmente, mal enojado se partió de Francia en sazón que el
estío estaba adelante y cerca el otoño.
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Vuelto en España, no dejó de llamarse emperador ni
las insignias imperiales, hasta tanto que el arzobispo de Sevilla, por mandado
del papa con censuras que le puso, hizo que desistiese; solamente le otorgaron
los diezmos de las iglesias para ayuda a los gastos de la guerra de los moros.
Vulgarmente las llamamos tercias a causa que la tercera parte de los diezmos,
que acostumbraban gastar en las fábricas de las iglesias, le dieron para que de
ella se aprovechase; y aún, como yo creo, y es así, no se las concedieron para
siempre, sino por entonces por tiempo determinado y cierto número de años que
señalaron. Éste fue el principio que los reyes de Castilla tuvieron de
aprovecharse de las rentas sagradas de los templos; éste el fruto que don
Alfonso sacó de aquel viaje tan largo y de tan grandes afanes; ésta la
recompensa del imperio que a sinrazón le quitaron, alcanzado sin duda sin
soborno y sin dinero, de fin y remate desgraciado.
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LIBRO DECIMOCUARTO
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I. Cómo el rey de Marruecos pasó en España
A esta misma sazón el rey de Marruecos Jacob
Abenjuzef, como se viese enseñoreado de África, sabidas las cosas de España, es
a saber, que por la partida del rey don Alfonso el Andalucía quedaba
desapercibida y sin fuerzas, estaba dudoso y perplejo en lo que debía hacer.
Por una parte le punzaba el deseo de vengar las injurias de su nación, tantas
veces por los nuestros maltratada, por otra le detenía la grandeza del peligro;
demás que de su natural era considerado y recatado, mayormente que para asegurar
su imperio, que por ser nuevo andaba en balanzas, se hallaba embarazado con
muchas guerras en África, cuando una nueva embajada que le vino de España le
hizo tomar resolución y aprestarse para aquella empresa.
Fue así que Mahomad, rey de Granada, como quien
tenía más cuenta con su provecho que con lo que había jurado ni con la lealtad,
conforme a la costumbre de aquella nación, luego que se partió de la presencia
del rey don Alfonso, con quien se confederó en Sevilla, vuelto a su tierra, sin
dilación propuso en sí de abrir la guerra y apoderarse de toda el Andalucía,
hazaña que sobrepujaba su poder y fuerzas. Quejábase que lo que de su gente
quedaba estaba reducido en tanta estrechura, que apenas tenía en qué poner el
pie en España, y eso a merced de sus enemigos y con carga de parias que les
hacían pagar cada un año. Que los de Málaga y Guadix, confiados de las espaldas
que el rey don Alfonso les hacía, nunca cesaban de maquinar cosas en daño suyo,
y que no dudarían de moverle nueva guerra luego que el tiempo de las treguas
fuese pasado. Puesto en estos cuidados, veía que no tenía fuerzas bastantes
contra la grandeza y riquezas del rey don Alfonso, puesto que ausente.
Resolvióse con una embajada de convidar al rey de Marruecos para que se juntase
con él y le ayudase, príncipe poderoso en aquel tiempo y muy señalado en las
armas. Decía ser llegado el tiempo de vengar las injurias y agravios recibidos
de los cristianos; que los grandes imperios no se mantienen y conservan con
pereza y descuido, sino con ejercitar los soldados y entretenerlos siempre con
nuevas empresas; que el derecho de los reinos y la justicia para apoderarse de
nuevos estados consiste en las fuerzas y en el poder; mantener sus estados es
loa de poco momento; conquistar los ajenos oficio
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da grandes príncipes; que si ellos no acometían y
amparaban las reliquias de la gente mahometana en España, forzosamente serían
acometidos en África; en cuanto se debía estimar con sujetar una provincia
poner casi en otro mundo los trofeos de sus victorias y de su gloria, y en un
punto juntar lo de Europa con lo de África.
Movido por esta embajada el rey de Marruecos
determinó hacer guerra a España. Mandó levantar gente por todas sus tierras. No
se oía por todas partes sino ruido de naves, soldados, armas, caballos y todo
lo al. Ninguna cosa le aquejaba tanto como la falta del dinero y el cuidado de
encubrir sus intentos, por temor que si los nuestros fuesen sabidores de ellos,
los hallaría apercibidos para la defensa y para rechazar los contrarios. Por el
uno y por el otro respeto con embajadores que envió el rey don Jaime de Aragón
le pidió dineros prestados, con color que se le había rebelado un señor moro,
su vasallo, y entrado en Ceuta, cosa que por el sitio de aquella plaza, que
está cerca del estrecho de Gibraltar, era de consideración, y si no se prevenía
con tiempo, podría acarrear daño a las marinas de África y de España. Cuanto
mayor era el cuidado de encubrir estos diseños, tanto la mal enfrenada fama se
aumentaba más, como acontece en las cosas grandes, que fue la causa para que ni
el rey de Aragón le enviase dineros ni los de Castilla se descuidasen en
apercibirse de lo necesario. Verdad es que todo procedía de espacio por la
ausencia del rey don Alfonso y porque su hijo don Fernando se detenía en
Burgos, donde aportó después que visitó el reino.
Envió pues el moro en primer lugar desde África
alcaides que se apoderasen y tuviesen en su nombre las ciudades de Algeciras y
Tarifa, según concertó que se las entregaría el rey de Granada para que
sirviesen como de baluartes, asiento y reparo de la guerra que se aparejaba.
Después de esto echó en España gran gente africana, en número diecisiete mil
caballos, y dado que no se refiere el número de los infantes, bien se entiende
fueron muchos, conforme a la hazaña que se emprendía y al diseño que llevaban.
Lo primero que procuró fue de reconciliar todos los moros entre sí y hacer
olvidasen las discordias pasadas; lo cual con la autoridad del rey de Marruecos
y a su persuasión se efectuó, que se avinieron los de Málaga y Guadix con el
rey de Granada. Tuvieron junta en Málaga para resolver en qué forma se haría la
guerra. Fueron de acuerdo que la gente se dividiese en dos partes, porque no se
embarazasen con la multitud y para con más provecho acometer las tierras de
cristianos.
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Con esta resolución el rey de Marruecos tomó cargo
de correr la campaña de Sevilla. El de Granada se encargó de hacer entrada por
las fronteras de Jaén.
Era don Nuño de Lara frontero contra los moros.
Avisó al infante don Fernando que con toda presteza enviase toda la más gente
que pudiese, porque el peligro no sufría dilación. Él mismo arrebatadamente con
la gente que pudo se metió en Écija, por do era forzoso pasase el rey de
Marruecos, ciudad bien fuerte y que no se podía tomar con facilidad. Concurrió
otrosí gran nobleza de las ciudades cercanas, movidos por la fama del peligro y
convidados por las cartas que don Nuño les enviara. Confiado pues en la mucha
gente y porque los bárbaros no cobrasen mayor esfuerzo si los nuestros daban
muestras de miedo, salió de la ciudad, do se pudiera entretener, y puestos sus
escuadrones en ordenanza, no dudó de encontrarse con el enemigo. Trabóse la
pelea, en que si bien los moros al principio iban de caída, en fin vencieron
por su muchedumbre y los fieles fueron desbaratados y puestos en huida. El
mismo don Nuño murió en la pelea, y con él doscientos cincuenta de a caballo y
cuatro mil infantes. Los demás se recogieron a la ciudad, que caía cerca, como
a guarida; lo que también dio a algunos ocasión para que no hiciesen el postrer
esfuerzo. La cabeza de don Nuño, varón tan esforzado y valiente, enviaron al
rey de Granada en presente, que le dio poco gusto por acordarse de la antigua
amistad y que por su medio alcanzó aquel reino que tenía. Así la envió a
Córdoba para que junto con el cuerpo fuese sepultada.
Esta desgracia tan señalada, que sucedió el año de
1275 por el mes de mayo, causó gran tristeza en todo el reino, no tanto por el
daño presente cuanto por el miedo de mayor peligro que amenazaba. Algún
consuelo y principio de mejor esperanza fue que el bárbaro, aunque victorioso y
feroz, no se pudo apoderar de la ciudad de Écija; pero sucedió otra nueva
desgracia. Ésta fue que don Sancho, arzobispo de Toledo, con el triste aviso de
esta jornada, juntado que hubo toda la caballería que pudo en Toledo, Madrid,
Guadalajara y Talavera, se partió a gran prisa para el Andalucía. Los moros de
Granada talaban los campos de Jaén, robaban los ganados, mataban y cautivaban
hombres, ponían fuego a los poblados, finalmente, no perdonaban a cosa ninguna
que pudiese dañar su furor y saña. A estos pues procuró de acometer el
arzobispo con mayor osadía que consejo; hervíale la sangre con la mocedad,
deseaba imitar la valentía del rey, su padre, pretendía quitar a los moros la
presa que llevaban, y dado
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que los más cuerdos eran de parecer que debían de
esperar a don Lope de Haro, que sabían marchaba a toda furia, y en breve
llegaría con buen escuadrón de gente; que no era justo ni acertado acometer con
tan poca gente todo el ejército enemigo; prevaleció el parecer de aquellos que
decían, si le esperaban, a juicio de todos sería suya la gloria de la victoria.
So color de honra buscaron su daño; trabada la batalla, que se dio cerca de
Martos, a los 21 de octubre, fácilmente fueron los fieles vencidos, así por ser
menos en número como por ser soldados nuevos, los moros muy ejercitados en el
arte militar. La huida fue vergonzosa, los muertos pocos para victoria tan
señalada. Prendieron al arzobispo don Sancho, y como quier que hubiese
diferencia entre los bárbaros sobre de cuál de los reyes sería aquella presa y
estuviesen a punto de venir a las manos, Atar, señor de Málaga, con la espada
desnuda le pasó de parte a parte, diciendo: «No es justo que sobre la cabeza de
este perro haya contienda entre caballeros tan principales». Muerto que fue, le
cortaron la cabeza y la mano izquierda, en que tenía el anillo pontifical. Este
estrago fue tanto de mayor compasión y lástima, que pudieran los bárbaros ser
destruidos en aquella pelea, si los nuestros tuvieran un poco de paciencia y no
fueran tan amigos de su honra; porque don Lope de Haro sobrevino poco después,
y con su propio escuadrón volvió a la pelea, y con maravillosa osadía forzó los
moros a retirarse, pero no pudo vencerlos a causa de la oscuridad de la noche,
que sobrevino. El cuerpo, mano y cabeza del arzobispo don Sancho, todo
rescatado a precio de mucho oro, enterraron en la capilla real de Toledo,
título de Santa Cruz, en que estaban sepultados el emperador don Alfonso y su
hijo don Sancho el Deseado. Sucedióle don Hernando, abad de Covarrubias, en el
arzobispado; y amovido éste a cabo de seis años por mandado del Padre Santo,
que nunca quiso confirmar ni aprobar esta elección, antes él mismo renunció al
arzobispado, sucedió en la silla de Toledo por elección del papa don Gonzalo,
segundo de este nombre, que primero fue obispo de Cuenca y después de Burgos.
Este dicen que fue cardenal y Onufrio lo afirma; en Santa María la Mayor en
Roma hay un sepulcro de mármol, suyo según se dice, con esta letra:
Hic depositus fuit quondam dominus Gonsalvus
episcopus albanensis.
Obit anno Domini MCCLXXXXVIIII.
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Quiere decir: «Aquí yace don Gonzalo, obispo que ya
fue albanense. Finó año del Señor 1299». Fue natural de Toledo, del linaje de
los Gudieles, a lo que se entiende. El año en que vamos, por estos desastres
aciago, le hizo más notable la muerte del infante don Fernando; murió de
enfermedad en Villarreal por el mes de agosto. Iba a la guerra de los moros, y
esperaba en aquella villa las compañías de gente que se habían levantado,
cuando la muerte le sobrevino. No es menos sino que todo el reino sintió mucho este
desmán y falta, endechas y lutos asaz; su cuerpo enterraron en las Huelgas.
Su muerte causó al presente gran tristeza, y
adelante fue ocasión de graves discordias, como quiera que el infante don
Sancho, su hermano, porfiase que le venía a él la sucesión del reino por ser
hijo segundo del rey don Alfonso, que todavía vivía; si bien don Fernando dejó
dos hijos de su mujer la infanta doña Blanca, llamados don Alfonso y don
Fernando, encarecidamente encomendados al tiempo de su muerte a don Juan de
Lara, que fue hijo mayor de don Nuño de Lara. El infante don Sancho, como mozo
que era de ingenio agudo y de grande industria para cualquier cosa que se
aplicase, en aquel peligro de la república se hizo capitán contra los moros, y
con su valor y diligencia refrenó la osadía de los enemigos. Puso guarniciones
en muchos lugares, y excusó la pelea con intento que el ímpetu con que los
bárbaros venían se fuese resfriando con la tardanza, que fue un consejo
saludable.
También se alteraron los moros de Valencia, que
nunca fueron fieles; y entonces, perdido el miedo por la vejez del rey don
Jaime y llenos de confianza por lo que pasaba en el Andalucía, al principio de
aquella guerra se estuvieron quedos y a la mira de lo que sucedía. Como
supieron que los suyos vencían, se resolvieron juntar con ellos sus fuerzas, y
a cada paso en tierra de Valencia se hacían conjuraciones de moros, si bien don
Pedro, infante de Aragón, por mandado de su padre era ido con un escuadrón de soldados
a las fronteras de Murcia, y destruía los campos de Almería con quemas y robos.
Las cosas de los navarros no andaban más sosegadas
en aquel tiempo. Como Felipe, rey de Francia, hubiese concertado a doña Juana,
heredera de aquel reino, con su hijo Felipe, que le sucedió después y tuvo
sobrenombre de Hermoso, envió por virrey de Navarra a Esteban de Belmarca, de
nación francés, quitado aquel cargo a Pedro de Montagudo. No tenía bastante
autoridad un hombre forastero para apaciguar los
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alborotos que andaban y aquellas parcialidades tan
enconadas, mayormente que Pedro de Montagudo, movido de la afrenta que se le
hizo en removerle del gobierno, y García Almoravides, que siempre se mostró
aficionado a los reyes de Castilla, se declararon por caudillos de los
alborotados. Dentro de la misma ciudad de Pamplona se trabaron pasiones y
vinieron a las manos el un bando con el otro. La porfía y crueldad fue tal, que
se quemaban las mieses y batían a las paredes los hijos pequeños con mayor daño
del bando que seguía a los franceses. Al mismo Pedro de Montagudo que, pasado
el primer disgusto, inclinaba al bando francés, y que ora fuese por deseo de
quietud, ora a persuasión de otros, ya tenía pensado de pasarse a su parte;
como lo entendiesen los del bando contrario le mataron. Indigno de tal desastre
por su; muchas virtudes, de que ningún ciudadano de su tiempo era más adornado,
varón noble, rico, de buena presencia, prudente y de grandes fuerzas
corporales.
II. De la muerte del rey don Jaime de Aragón
El año siguiente, que del nacimiento de Cristo se
contaba 1276, fue señalado por la muerte de tres pontífices romanos; estos
fueron Gregorio X, Inocencio V y Adriano V. El pontificado de Inocencio fue muy
breve, es a saber, de cinco meses y dos días; el de Adriano de solos treinta y
siete días, en cuyo lugar sucedió Juan, vigésimo primero de este nombre,
natural de Lisboa, hombre de grande ingenio, de muchas letras y doctrina,
mayormente de dialéctica y medicina, como dan testimonio los libros que dejó escritos
en nombre de Pedro Hispano, que tuvo antes que fuese papa. Hay un libro suyo de
medicina, que se llama Tesoro de pobres. Su vida no fue mucho más larga que la
de sus antecesores. A los ocho meses y ocho días de su pontificado en Viterbo
murió por ocasión que el techo del aposento en que estaba se hundió. Sucedióle
Nicolás III, natural de Roma y de la casa Ursina.
En este mismo tiempo en Castilla se abrían las
zanjas y echaban los cimientos de guerras civiles, que mucho la trabajaron. Fue
así, que el infante don Sancho granjeaba con diligencia las voluntades de la
nobleza y del pueblo, usaba de halagos, cortesía y liberalidad con todos, como
quiera que todo esto faltase en el rey, su padre, por do el pueblo había
comenzado
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a desgraciarse. Aumentó este disgusto la jornada de
Francia tan fuera de sazón y propósito, y casi siempre acontece que a quien la
fortuna es contraria le falta el aplauso de los hombres. Deseaba el vulgo
novedades, y juntamente, como acontece, las temía; algunos de los principales a
punto de alborotarse, otros por ser más recatados se entretenían, disimulaban y
estaban a la mira. Don Lope de Haro, que era de tanta autoridad y prendas, se
había reconciliado en Córdoba con el infante don Sancho.
Con los moros, cuya furia algún tanto amansaba, se
asentaron treguas por espacio de dos años. El rey de Marruecos, hecho este
concierto, desde Algeciras, do tenía sus reales y su gente, pasó en África. Don
Sancho a gran prisa se fue a Toledo con color de visitar al rey, su padre, que
poco antes de Francia por el camino de Valencia y de Cuenca. Era llegado a
aquella ciudad, fuera de que publicaba tener negocios del reino que comunicar
con él. Ésta era la voz; el cuidado que más le aquejaba era de asentar el derecho
de su sucesión, que pretendía encaminar con voluntad de su padre y de los
grandes. Comenzóse a tratar este negocio; encargóse don Lope de Haro de dar
principio a esta plática, que dio mucho enojo al rey don Alfonso. Llevaba mal
se tratase en su vida tan fuera de sazón de la sucesión del reino, junto con
que se persuadía que conforme a derecho sus nietos no podían ser excluidos, y
por el amor que en particular les tenía pesábale grandemente que se tratase de
hacer novedad. Mas por consejo del infante don Manuel, su hermano, ya grande
amigo de don Sancho, se determinó que se llamasen y juntasen Cortes en Segovia,
con intento que allí se determinase esta diferencia. Tratóse el negocio en
aquellas Cortes, y ventiladas las razones por la una y por la otra parte, en
fin se vino a pronunciar sentencia en favor de don Sancho; si con razón y
conforme a derecho o contra él, no se sabe ni hay para qué aquí tratarlo. Lo
cierto es que prevaleció el respeto del pro común y el deseo del sosiego del
reino. Todos se persuadían que si don Sancho no alcanzara lo que pretendía no
reposaría ni dejaría a los otros que reposasen. Su edad era a propósito para el
gobierno, su ingenio, industria y condición muy aventajadas, el amor que muchos
le tenían grande, su valor muy señalado.
Esto pasaba en Castilla; en Aragón el rey don Jaime
usaba de toda diligencia para sosegar el alboroto de los moros, si pudiese por
maña, y si no por fuerza. Con este intento discurría por las ciudades, villas y
lugares del reino de Valencia; hubo en diversas partes muchos encuentros.
Cuándo, los unos vencían; cuándo, los otros. En particular al tiempo que el
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rey estaba en Játiva, los suyos fueron destrozados
en Lujen; el estrado fue tal y la matanza, que desde entonces comenzó el vulgo
a llamar aquel día, que era martes, de mal agüero y aciago. Murió en la batalla
Garci Ruiz de Azagra, hijo de Pedro de Azagra, señor de Albarracín, noble
príncipe en aquel tiempo; fue preso el comendador mayor de los templarios. La
causa principal de aquel daño fue el poco caso que hicieron del enemigo, cosa
que siempre en la guerra es muy perjudicial. El rey, por la tristeza que sintió
de aquella desgracia, y por tener ya quebrantado el cuerpo con los muchos
trabajos, a que se llegó una nueva enfermedad que le sobrevino, dejó el cuidado
de la guerra al infante don Pedro, su hijo, y él se fue a Algeciras, que es una
villa en tierra de Valencia. Allí, aquejado del mal y desahuciado de los
médicos, entregó de su mano el reino a su hijo, que presente estaba; diole
asimismo consejos muy saludables para saberse gobernar. Esto hecho, él se
vistió el hábito de san Bernardo con intento de pasar lo que le quedaba de vida
en el monasterio de Poblet, en que quería ser enterrado. No le dio la dolencia
tanto lugar, falleció en Valencia a 27 de julio. Príncipe de renombre inmortal
por la grandeza de sus hazañas, y no sólo valiente y esforzado, sino de
singular piedad y devoción, pues afirman de él edificó dos mil iglesias; yo
entiendo que las hizo consagrar o dedicar conforme al rito y ceremonia
cristiana, y de mezquitas de Mahoma las convirtió en templos de Dios. En las
cosas de la guerra se puede comparar con cualquiera de los famosos capitanes
antiguos; treinta veces entró en batalla con los moros y siempre salió
vencedor, por donde tuvo sobrenombre y se llamó el rey don Jaime el
Conquistador. Reinó por espacio de sesenta y tres años; fue demasiadamente dado
a la sensualidad, cosa que no poco oscureció su fama.
De la reina doña Violante tuvo estos hijos: don
Pedro, don Jaime, don Sancho, el arzobispo, ya muerto; doña Isabel, reina de
Francia; doña Violante, reina de Castilla; doña Costanza, mujer del infante don
Manuel; otras dos hijas, María y Leonor, murieron niñas; todos estos fueron
hijos legítimos. De doña Teresa Egidia Vidaura tuvo a don Jaime, señor de
Ejerica, y a don Pedro, señor de Ayerbe, que a la muerte declaró por hijos
legítimos, y llamó a la sucesión del reino caso que los hijos de doña Violante
no tuviesen sucesión. De otra mujer de la casa de Antillón hubo a Fernán
Sánchez, el que arriba contamos que fue muerto por su hermano. De éste
descienden los de la casa de Castro, que se llamaron así a causa de la baronía
de Castro que tuvo en heredamiento. De Berenguela Fernández
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dejó otro hijo, llamado Pero Fernández, a quien dio
la villa de Híjar; de todos descendieron muy nobles familias en el reino de
Aragón. Lo que más es de considerar que en la sucesión del reino sustituyó los
hijos varones de doña Violante, doña Costanza y doña Isabel, sus hijas, después
de los cuatro hijos arriba nombrados y declarados por legítimos; pero con tal
condición que ni sus madres ni ninguna otra mujer pudiese jamás heredar aquella
corona. Dejó mandado a su hijo echase los moros del reino, por ser gente que no
se puede jamás fiar de ellos, mandamiento que si en aquella edad y aún en la
nuestra y de nuestros padres se hubiera puesto en ejecución se excusaran muchos
daños, porque la obstinación de esta gente no se puede vencer ni ablandar con
ninguna arte, ni su deslealtad amansar con ningunas buenas obras; no hacen caso
de argumentos y razones ni estiman la autoridad de nadie.
El infante don Pedro, dado que su padre ora muerto,
no se llamó luego rey; sólo se nombraba heredero del reino en sus provisiones y
cartas hasta tanto que se coronase, que se hizo en Zaragoza después de
apaciguados los alborotos de Valencia, y fue a 16 de noviembre. Esta honra se
guardó para aquella nobilísima y hermosísima ciudad; la reina también fue
coronada; y los caballeros principales, hecho su pleito homenaje, juraron a don
Alfonso, su hijo, que entonces era niño, por heredero de aquellos estados. A don
Jaime, hermano del nuevo rey, se dieron las islas de Mallorca y Menorca con
título de rey, como su padre lo dejó mandado en su testamento y como arriba
queda dicho que lo tenía determinado; diéronle otrosí el condado de Rosellón y
lo de Montpellier en Francia. Tuvo este príncipe por hijos a don Jaime, don
Sancho, don Fernando, don Felipe. Esta división del reino fue causa de
desabrimientos y sospechas que nacieron entre los hermanos, que adelante
pararon en enemistades y guerras. Quejábase don Jaime que le quitaron el reino
de Valencia, del cual le hizo tiempo atrás donación su padre, y que por el
nuevo corte que se dio quedaba por feudatario y vasallo de su hermano, cosa que
le parecía no se podía sufrir. Su cólera y su ambición sin propósito le aguijonaban
y aún le despeñaban, sin reparar hasta tanto que le despojaron de su estado.
III. Que las discordias de Navarra se apaciguaron
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Lo de Navarra no andaba más sosegado que las otras
partes de España, antes ardía en alborotos y discordias civiles; cada cual
acudía al uno de los bandos. Felipe, rey de Francia, como se viese encargado de
la defensa y amparo del nuevo reino, determinó de ir en persona a sosegar
aquellas revueltas con mucha gente de guerra que consigo llevaba. Era el tiempo
muy áspero, y las cumbres del monte Pirineo por donde era el paso cargadas y
cubiertas de nieve; allegábase a esto la falta de los bastimentos, a causa de
la esterilidad de la tierra. Movido por estas dificultades, él se volvió del
camino, pero envió en su lugar a Carlos, conde de Arras, con la mayor parte y
más escogida de su gente. Era este caballero persona de grande autoridad por
ser tío de la reina Juana; así, con su llegada hizo mucho efecto. El bando
contrario, maltratado por los franceses junto a un pueblo llamado Reniega, se
retiró a un barrio de Pamplona, que se llama Navarrería; íbanles los franceses
a los alcances y apretábanles por todas partes. Por esto García de Almorávides,
caudillo de aquella gente, y en su compañía sus parientes y aliados con la
oscuridad de la noche por entre las centinelas contrarias se fueron por la
parte que cada cual pudo, por poblados y despoblados, y se salieron de toda la
tierra. Algunos de ellos fueron a parar a Cerdeña, en que por haber hecho allí
su morada, hay generación de ellos el día de hoy. Pamplona fue tomada de los
enemigos, y le echaron fuego. Los que quedaron después de este estrago,
escarmentados con el ejemplo de los otros, tuvieron por bien de sosegarse;
otros, acusados por rebeldes y alborotadores del reino, llamados, como no
compareciesen, fueron en ausencia condenados de crimen laesae majestatis, y se
ausentaron de su patria.
El general francés, apaciguada que fue la discordia
de los navarros y fundada la paz de la república, pasó en Castilla al llamado
del rey don Alfonso, y de él fue muy bien recibido y tratado magnífica y
espléndidamente, como pariente muy cercano que era. Con la mucha familiaridad y
conversación el rey don Alfonso se adelantó a decir que no le faltaban a él
cortesanos de la misma casa del rey de Francia que le diesen aviso y
descubriesen los secretos del rey y de sus grandes. Esto, quier fuese verdad o
fingido para tentar el ánimo del francés, él lo tomó tan de veras, que desde
entonces Broquio, camarero del rey de Francia, comenzó a ser tenido por
sospechoso. Acrecentaron la sospecha unas cartas suyas que enviaba al rey don
Alfonso en cifra, que vinieron en poder de los que le calumniaban, por haberse
muerto en el camino el
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correo que las llevaba. Pasó el negocio tan
adelante, que fue condenado en juicio y pagó con la cabeza; pero esto avino
algún tiempo adelante.
Doña Violante, reina de Castilla, como viese que la
edad de sus nietos, que ella mucho quería, era menospreciada, y que anteponían
a don Sancho, y que ella no estaba muy segura, en tanta manera pervierte todos
los derechos la execrable codicia del reinar, pensó de huirse; con este intento
hizo que el rey de Aragón, su hermano, viniese al monasterio de Huerta, so
color de quererle allí hablar. Acompañaban a la reina sus nietos por manera de
honrarla, y así con ellos se entró en Aragón; procuró de estorbárselo el rey
don Alfonso desde que supo lo que pasaba, pero fue por demás. El pesar que con
esto recibió fue tal y el coraje, que ninguna pérdida suya ni de su reino le
pudiera entristecer más. El enojo y saña del rey se volvió contra aquellos que
creyó ayudaron y tuvieron parte en la partida de la reina; mandó prender en
Burgos, donde el rey y don Sancho eran idos de Segovia, al infante don
Fadrique, su hermano, y a don Simón Ruiz de Haro, señor de los Cameros, varón
de alto linaje y de muy antigua nobleza. Ardía la casa real y la corte en
discordias, y eran muchos los que favorecían a los nietos del rey. Simón Ruiz
fue quemado en Treviño por mandado de don Sancho; a don Fadrique hizo cortar la
cabeza en Burgos con grande odio del nuevo principado, pues eran estas las
primeras señales y muestra que daba, mayormente que sin ser oídos los
condenaron. Los más extrañaban este hecho, conforme como a cada cual le tocaban
los muertos en parentesco o amistad, pero el odio estaba secreto y disfrazado
con la disimulación. Enviáronse embajadores el un rey al otro.
El rey de Castilla pedía que se le enviase su mujer
y que aprobase la elección de don Sancho. Excusábase el rey de Aragón con que
no estaba aún del todo determinado el negocio, y alegaba que en su reino tenían
refugio y amparo cuantos a él se acogiesen, cuanto más su misma hermana.
Pasaron tan adelante, que hubiera el de Aragón movido guerra a Castilla, como
algunos pensaban, si la rebelión de los moros de Valencia no le embarazara; los
cuales, confiados en la venida del rey de Marruecos, con las armas se apoderaron
de Montesa; pero estos movimientos tuvieron más fácil fin de lo que se pensaba.
Los moros, despedidos de la esperanza del socorro de África que esperaban,
entregaron al rey el mes de agosto, año de nuestra salvación 1277, a Montesa y
otros muchos castillos que tomaran.
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En este tiempo el rey don Alfonso era venido de
Burgos a Sevilla; de allí envió grande armada y mucha gente de guerra a cercar
a Algeciras por mar y por tierra. Aquella guerra ante todas cosas tenía los
ánimos de los fieles puestos en cuidado; temían que los africanos, por la
vecindad de los lugares y por tener ya asiento en España y guarida propria, no
acudiesen muchas veces a nuestras riberas. Sin embargo, las discordias civiles
por otra parte les tenían los ánimos tan ocupados, que no se les daba mucho de
todo lo al; todavía intentaron de quitarles aquel nido. El verano fue don
Pedro, hijo del rey don Alfonso, con poderoso ejército a la conquista de
aquella ciudad. Dio la vuelta sin hacer algún efecto, con mucha deshonra y
pérdida de su gente, y nuestra armada por estar falta de marineros y de
soldados con la venida del rey de Marruecos fue desbaratada y presa. Deshízose
el campo; los soldados unos se fueron a una parte, otros a otra. Hay quien diga
que en aquel tiempo el rey de Marruecos edificó otra nueva Algeciras, poco
distante de la primera.
El cuerpo del rey don Jaime se llevó de Valencia,
donde le depositaron en un sepulcro junto al altar mayor de la iglesia
catedral, y se trasladó al monasterio de Poblet, entrado ya el verano. Las
exequias del difunto se celebraron espléndidamente con gran concurso de
caballeros principales, que se juntaron en Tarragona por mandado del nuevo rey.
IV. De diversas hablas que tuvieron los reyes
Con la partida de la reina doña Violante los reyes
de Castilla y Francia comenzaron a estar muy cuidadosos por respeto de los
niños infantes. El cuidado por entrambas partes era igual, los intentos
diferentes y aún contrarios. El de Castilla quisiera estorbar que no se pasasen
en Francia, do para su inocente y tierna edad tenían muy cierta la acogida y el
amparo, en especial que don Sancho, su hijo, le ponía en esto con el deseo que
tenía de asegurarse, sin descuidarse de continuar en granjear las voluntades de
grandes y pequeños con la nobleza de su condición, agudeza de ingenio y
agradables costumbres, y con valor y diligencia apercibirse para todo lo que
podía suceder. El de Francia temía que si venían a manos y poder de su tío
correrían peligro de las vidas, por lo menos de perder la libertad. Sabía muy
bien cuán deseosos son los hombres naturalmente de
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mando, y que la ambición es madre de crueldad y
fiereza. Habíanse enviado sobre esta razón diversas veces de parte de Castilla
y de Francia muy solemnes embajadas al rey de Aragón, cosa muy honrosa para
aquel príncipe, que fuese como juez árbitro para concertar dos reyes tan
poderosos, muy a propósito para sus intentos tener suspensos aquellos príncipes
y en su poder los infantes. Ventilado el negocio, finalmente se acordó que doña
Violante tornase con su marido y que los infantes quedasen en Aragón sin libertad
de poder ausentarse; lleváronlos al castillo de Játiva y allí los pusieron a
recado.
Esta resolución dio mucha pena a doña Blanca, su
madre, por parecerle que en quien fuera justo hallar amparo allí se les armaba
celada, y con nuevos engaños les quitaban la libertad. Partióse pues para
Aragón, mas no alcanzó cosa alguna, porque las orejas del rey las halló sordas
a sus ruegos y lágrimas; no hacía caso de todo lo que se podía decir y pensar a
trueco de enderezar sus particulares. Desde allí muy enojada pasó en Francia a
hablar al rey, su hermano, y moverle a hacer la guerra contra Castilla y
Aragón, si no condescendían con lo que era razón y ella pretendía. Era muy a
propósito el reino de Navarra, que se tenía por los franceses, para estos
intentos, por confinar con Castilla y Aragón por diversas partes. Puso esto en
cuidado al rey de Aragón y al infante don Sancho; para tomar acuerdo de lo que
se debía hacer, determinaron venir a habla. Señalaron para ello cierto lugar
entre Requena y Buñol, acudieron allí, y se juntaron el día aplazado a 14 de
septiembre del año del Señor de 1279. En esta junta y habla, echados aparte
todos los desabrimientos y enojos pasados, trabaron entre sí amistad y pusieron
confederación para valerse al tiempo de necesidad.
Concluida esta habla, el rey de Aragón tomó el
camino de Cataluña, que estaba alterada por las discordias de la gente
principal. Armengol de Cabrera era el principal atizador de estas revueltas,
hijo de Álvaro de Cabrera, al cual el rey poco antes diera el condado de Urgel,
como a su feudatario y por respeto del conde de Foix; todo esto no bastó para
ganarle. El rey, visto lo que pasaba, se puso sobre la ciudad de Balaguer,
cabecera de aquel estado; prendió al dicho Armengol y a su tío Rogerio
Bernardo, conde de Foix, con otros señores que dentro halló; túvolos presos
largo tiempo, en especial al de Foix, que se rebelara más veces y más feroz se
mostraba; con tanto calmaron las alteraciones de los catalanes.
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Don Sancho se encaminó a Badajoz, donde su padre
estaba, que era venido desde Sevilla a verse con don Dionisio, su nieto, rey de
Portugal, con intento de hacer las paces entre él y don Alfonso, su hermano, al
cual pretendía por fuerza de armas echar del estado que su padre le dejó en
Portugal. Alegaba diversas razones para dar color a esta su pretensión, de que
recibían mucho descontento las gentes de Portugal, por ver que entraba con tan
mal pie en el reino, y que apenas era muerto su padre cuando pretendía despojar
a su hermano y trabar con él enemistad. Falleció en Lisboa al principio de este
mismo año el rey don Alfonso de Portugal, padre de don Dionisio. Vivió setenta
años, reinó treinta y dos; en el monasterio de Santo Domingo de aquella ciudad
que él edificó, enterraron su cuerpo.
Don Sancho, luego que se hubo visto con su padre,
fue por su orden a hacer levas de gente por todo el reino y apercibirse de
soldados contra el rey de Granada, que a la sazón sabía estar ocupado en la
obra del alcázar de aquella ciudad, llamado el Alhambra, fábrica de gran primor
y en que gastó gran tesoro, ca era este rey moro no menos diestro en semejantes
primores que en el arte militar. Para moverle guerra no podían faltar achaques,
y siempre los hay entre los príncipes cuyos estados alindan. Lo que yo sospecho
es que el rey de Granada en la guerra de Algeciras dio favor al de Marruecos,
de lo cual por estar agraviados los nuestros, en el asiento que se tomó poco
antes de esto con los africanos no fueron comprendidos los de Granada.
Dionisio, rey de Portugal, sea por no fiarse de su
abuelo, como quier que sean dudosas e inconstantes las voluntades de los
hombres, sea por pensar se inclinaba más a su hermano (como de ordinario
siempre favorecemos la parte más flaca, y aún el que es más poderoso, en
cualquier diferencia puesto que tenga mejor derecho, siempre parece que hace
agravio), si bien había llegado a Yelves, que está tres leguas de Badajoz,
repentinamente mudado de parecer volvió atrás. Fue grande el enojo que el rey
don Alfonso recibió por esta liviandad; así, perdida la esperanza de verse con
su nieto, muy desabrido dio la vuelta para Sevilla.
En este tiempo Conrado Lanza, general de la mar por
el rey de Aragón, persona de grande autoridad para con todos por ser pariente
cercano de la reina doña Costanza, con una armada que aprestó de diez galeras
corrió las marinas de África, mayormente las de Túnez y Tremecén, en castigo de
que aquellas ciudades no querían pagar el tributo que algunos años antes
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concertaron. Cierto autor afirma que esta empresa
fue y se enderezó para meter en posesión del reino de Túnez a Miracusar, a
quien su hermano le echara de él. Todos concuerdan que la presa que de allí
llevaron los aragoneses fue grande, y que en el estrecho de Gibraltar de diez
galeras que encontraron del rey de Marruecos y las vencieron, parte tomaron,
parte echaron a fondo.
El rey de Aragón en Valencia, donde se entretenía
muy de ordinario, hizo donación a don Jaime, su hijo, habido fuera de
matrimonio, del estado de Segorbe por el mes de noviembre. En Castilla de cada
día se aumentaba la afición que los naturales tenían al infante don Sancho, y
aún a muchos parecía que trataba de cosas mayores de lo que ni presente
mostraba, y que luego que concluyese con los sobrinos, menospreciaría a su
padre, que ya por su edad iba de caída, y le quitaría el mando y la corona. El
padre por su gran descuido de ninguna cosa menos se recataba que de esto, sin
saber las pláticas de su hijo, así las públicas como las secretas. Partió pues
don Sancho el año luego siguiente de 1280 a la primavera con el ejército que
tenía levantado la vuelta de Jaén; y con nuevas compañías que su padre le envió
desde Sevilla, aumentado su ejército, entró muy pujante por las fronteras de
Granada, taló y robó toda la campaña, sin parar hasta ponerse a vista de la
misma ciudad, quemó muchas aldeas y pueblos, recogió gran presa de gente y de
ganados, con que volvió a Córdoba, desde allí acompañó a su padre hasta
Sevilla. Con el buen suceso de esta guerra ganó mayor autoridad y granjeó del
todo las voluntades de la gente, cosa que él estimaba en más que todas las
demás ganancias, por asegurarse en la sucesión del reino, que era el cuidado
que más le aquejaba.
Principalmente que Felipe, rey de Francia, con la
afición que tenía a los dos infantes, sus sobrinos, hacía instancia que fuesen
puestos en libertad, y que en lugar de su abuelo que los pedía, se los
entregasen a él. Envió pues sobre esta razón embajadores a los dos reyes;
llevaron orden que al principio tratasen el negocio amigablemente, ca no tenía
perdida la esperanza que hubiesen de dar oidos a tan justa demanda; si no se
allanasen como deseaba, les diesen a entender que tendrían en los franceses enemigos
mortales; que él estaba resuelto de amparar la inocente edad de aquellos mozos
por toda las vías y maneras que pudiese. Como los nuestros no se moviesen por
amenazas ni por ruegos, se trató y acordó que para tomar algún medio, y en
presencia componer todas las diferencias, los tres reyes se juntasen a habla,
para lo cual se dieron unos a otros la palabra
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y seguridad bastante. Con esta determinación el rey
de Francia llegó a Salvatierra, el rey de Castilla a Bayona, ciudad que está en
los pueblos dichos antiguamente tarbellos en los confines de Guyena. No se
juntaron los reyes para tratar de las condiciones y del asiento. El infante don
Sancho desbarató la junta con su astucia y con sus mañas, por temer no
alcanzasen de su padre, que claramente veía estar aficionado a los nietos,
alguna cosa que le empeciese a él. Lo que solamente se pudo alcanzar fue que Carlos,
príncipe de Tarento, hijo del rey de Sicilia, interviniese entre los reyes y
llevase los recados de la una parte a la otra; y sin embargo, no se concluyó
cosa ninguna, porque todos los intentos de los príncipes desbarataba con sus
mañas don Sancho, si bien lo que los franceses pedían parecía muy justificado,
esto es, que se le diese al infante don Alfonso la ciudad de Jaén con nombre de
rey, y como a feudatario y dependiente de los reyes de Castilla.
Desbaratada que fue la junta, todavía los reyes de
Francia y Aragón se vieron en Tolosa para tratar de este negocio entre si. El
fruto de esta habla no fue mayor que el de antes, en tanto grado, que parecía
hacían burla del rey de Francia. Sólo se sacó de esta junta que el rey de
Francia prometió debajo de juramento dejaría el estado de Montpellier a don
Jaime, rey de Mallorca, porque antes de esto pretendía ser suyo y quitársele.
Muy alegre quedó el infante don Sancho de que con todo el esfuerzo que aquel rey
hizo y con tantas porfías no se había alcanzado de los reyes cosa alguna que
fuese en pro de los infantes, sus sobrinos. Solo se recelaba de la inconstancia
de su padre, por la compasión que mostraba tener de aquella tierna edad, no
viniese a favorecer los nietos, ca de estar mudado de parecer se veían
manifiestas señales. Y muchos que con diligencia y cuidado consideran los
enojos de los príncipes y sus inclinaciones, por entender esto no cesaban de
irritar al rey don Alfonso contra su hijo, y contarle y encarecerle sus
desacatos. Decían que estaba apoderado de todo el gobierno, que todo lo
trastornaba y revolvía conforme a su antojo, que no estimaba en nada su real
autoridad y grandeza. Era el rey don Alfonso de ingenio vario, mudable,
doblado, tenía en sus acciones una maravillosa inconstancia, falta que con la
edad suele tomar más fuerza.
Don Sancho, por entender estas cosas, determinó
ayudarse de socorros extraños y de fuera, y hacerse amigo del rey de Aragón y
prendarle, en que puso mucha diligencia. Envióle sobre esta razón y con este
intento sus embajadores, primero a don Gonzalo Girón, maestre de Santiago,
después
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al marqués de Monferrat. La suma de la embajada era
que se juntasen para tratar de sus haciendas y de cosas de mucha importancia.
Acordado esto, los reyes don Alfonso, don Pedro y también el infante don Sancho
se juntaron entre Agreda y Tarazona en un pueblo que se llama el Campillo. Fue
esta junta a 27 de marzo del año de 1281. Asentóse confederación entre aquellos
dos reinos de tal guisa, que los que fuesen amigos, del uno fuesen amigos del
otro, y lo mismo de los enemigos, sin exceptuar a persona alguna; que el que
primero quebrantase este concierto, pagase de pena dieciséis mil libras de
plata. Dieron al rey de Aragón en esta junta a Palazuelos, Teresa, Jera, Ayora,
y a don Manuel, hermano del rey don Alfonso, cuyas eran estas villas, dieron en
recompensa la villa de Escalona. Esto fue lo que se trató en público; de
secreto se acordó que los dos reyes acometiesen el reino de Navarra y se
enseñoreasen de él; señalaron otrosí la parte que a cada cual había de
pertenecer acabada la conquista. Ultra de esto, se le concedió a don Sancho que
los infantes estuviesen en el castillo de Játiva a buen recado. El cual,
despedida la junta, en Agreda donde fue con los dos reyes, para obligar más al
rey de Aragón y ganarle más la voluntad, le prometió y aseguró muy de veras que
como su padre falleciese, le dejaría todo el reino de Navarra para que le
incorporase en la corona de Aragón, y ultra de esto le daría en Castilla la
villa de Requena con todos los lugares de su jurisdicion, que están hacía el
reino de Murcia y a la raya del de Valencia. Andaba su partido en balanzas, y
su ánimo dudoso entre el miedo y la esperanza; por esto no le parecía
vergonzoso y feo comprar su seguridad a costa de tantas promesas.
Don Juan Núñez de Lara, en aquellos tiempos varón
grave y poderoso, según se ve en las historias, era señor de Albarracín por vía
de dote con doña Teresa, hija de don Álvaro de Azagra, que fue señor de
Albarracín, y por consiguiente nieta de don Pedro Rodríguez de Azagra. Desde
allí por la fortaleza del lugar y por estar a las rayas de Aragón y Castilla
tenía costumbre de hacer correrías en ambas partes y solía llevarse muchos
despojos, además que recibía debajo de su amparo y protección a todos aquellos
que de los dos reinos acudían a él por delitos que hubiesen cometido.
Particularmente don Lope Díaz de Haro, señor tan poderoso, se vino y metió en
aquella ciudad, por estar muy mal enojado con don Sancho y con el rey de
Castilla a causa de la muerte del infante don Fadrique y del señor de los
Cameros. Trataron entre sí don Sancho y el rey de Aragón en Tarazona de dar
orden de conquistar aquella ciudad, y
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deshacer a don Juan de Lara. El rey don Alfonso se
fue a Burgos a celebrar las bodas de sus hijos don Pedro y don Juan. A don
Pedro dio por mujer una hija del señor de Narbona, y a don Juan una hija del
marqués de Monferrat, que fue lo más que se sacó y se efectuó con tantas juntas
y coloquios y vistas de reyes, tantos gastos y trabajos.
España a esta sazón sosegaba, si bien parecía que
la amenazaba alguna cruel tempestad, a causa de estar todas las voluntades, así
bien de los grandes como de los pequeños, muy alteradas y desabridas, y la
pretensión que andaba sobre la sucesión del reino.
V. Cómo don Sancho se rebeló contra su padre
Las vehementes sospechas que entre don Sancho y su
padre el rey don Alfonso se despertaron de pequeños principios poco a poco,
como acontece, vinieron a parar en discordia manifiesta y en guerra. Llevaba
mal el rey don Alfonso verse a causa de su vejez poco estimado de muchos;
dábale pena el deseo que sentía en sus vasallos de cosas nuevas. Para acudir a
este daño tan grande y ganar reputación entre los suyos, con gente de guerra
que juntó se determinó hacer una nueva entrada en tierra de moros, con que les
robó y taló la campaña y les hizo otros daños, dado que su edad era mucha y el
cuerpo tenía quebrantado por los muchos trabajos y pesadumbres. Ninguna cosa
más le aquejaba que la falta del dinero, cosa que desbarata los grandes
intentos de los príncipes. Trataba de hallar algún medio para recogerlo.
Parecióle que el camino más fácil sería batir un nuevo género de moneda, así de
cobre como de plata, de menor peso que lo ordinario y más baja de ley y que
tuviese el mismo valor que la de antes, mal arbitrio, y que no se sufre hacer
sino en tiempos muy apretados y en necesidad extrema. Resultó pues de esta
traza un nuevo daño, es a saber, que se encendió más el odio que públicamente
los pueblos tenían concebido contra el rey, mayormente que se decía por cosa cierta
que en las causas civiles y criminales y en castigar los delitos no tenía tanta
cuenta con la justicia, como con las riquezas que las partes tenían, y que a
muchos despojaba de sus haciendas por cargos y acusaciones fingidas que les
imponían, cosa que no se puede excusar con ningún género de necesidad, y con
ninguna cosa se ganan más las
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voluntades de los vasallos para con su príncipe que
con una entereza y igualdad en hacer a todos justicia.
Envió por embajador a Francia a Fredulo, obispo de
Oviedo, francés que era de nación. Echaron fama que para visitar al rey Filipo
y por su medio alcanzar del sumo pontífice la indulgencia de la cruzada para
los que fuesen a la guerra de los moros. El principal intento era comunicar y
tratar con él la manera cómo pondrían en libertad a sus nietos, fuese por la
compasión que tenía de aquella inocente edad y por la afición que tenía a los
infantes como a sus nietos, o lo que yo más creo, por el aborrecimiento que
había cobrado a don Sancho, su hijo, por cuyo miedo los años pasados, más que
por su voluntad, los privó de la sucesión del reino. No se le encubrieron a don
Sancho las pretensiones de su padre, como quiera que no pueda haber secreto en
semejantes discordias domésticas. Acordó de prevenirse; en particular para
ayudarse del socorro de los moros se partió para Córdoba; allí asentó
confederación con el rey de Granada, y para ganarle más le soltó las dos partes
del tributo que pagaba, partido que poco antes pretendió el moro del rey don
Alfonso y él no lo quiso aceptar. Demás de esto por negociación del infante don
Juan, que ya era del bando del infante don Sancho, su hermano, los grandes de
Castilla y de León, que muy de atrás andaban desabridos por la severidad del
rey y su aspereza, se declararon por su hijo. La memoria fresca del triste
suceso del señor de los Cameros y del infante don Fadrique atizaba más estos
desabrimientos.
Tratábanse estas cosas al principio del año 1282
del nacimiento de Cristo nuestro Señor. En el mismo año por el mes de agosto en
la villa de Troncoso se celebraron las bodas entre Dionisio, rey de Portugal, y
doña Isabel, hija mayor del rey de Aragón. Ésta es aquella reina doña Isabel
que por sus grandes virtudes y notable piedad es contada entre los santos del
cielo, y su memoria se celebra en aquel reino con fiesta particular. Este rey,
sin tener respeto a su abuelo, atraído con la destreza y mañas de don Sancho,
se juntó con él y se declaró por su amigo y aliado, sea por algún enojo que
tenía con su abuelo, sea por tener por esta vía esperanza de mejor partido y
remuneración.
El rey don Alfonso miraba poco las cosas por venir,
así por su larga edad como por la común tacha de nuestra naturaleza, que en sus
propios negocios cada cual es menos prudente que en los ajenos; estorba el
miedo, la codicia y el amor proprio, y ciega para que no se vea la verdad. Hizo
llamar a Cortes para la ciudad de Toledo, por ver si en alguna manera se
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pudieran sosegar las voluntades de su hijo y de la
gente principal sin poner mano a las armas. Por seguir el camino más blando,
que era apaciguarlos amigablemente, ni se apercibió como fuera menester, ni usó
de bastante recato.
Don Sancho por otra parte, confiado en el favor y
ayuda de la nobleza y por estorbar la traza y ardid de su padre, llamó asimismo
a Cortes para Valladolid; acudió a su llamado mucha más gente que a Toledo.
Tenía deseo de dejar sucesión; casó con doña María, hija de Alfonso, señor de
Molina, que era su pariente en tercero grado. De este matrimonio le nacieron
don Fernando, su primogénito, y otros hijos. En aquellas Cortes todo lo que se
hizo fue conforme al parecer de los grandes que allí se juntaron, porque don
Sancho les otorgó todo aquello que se atrevieron a pedir, así en pro de cada
cual de ellos como para el público, además de muy mayores mercedes que les
prometió para adelante, camino que le pareció el mejor de todos para ganar las
voluntades de grandes y pequeños. Proveyéronse nuevos oficios y cargos,
hiciéronse nuevas leyes; cuanto cada uno tenía de fuerza y autoridad, tanta
mano metía en el gobierno del reino. Cundió el deseo de cosas nuevas y de
levantarse contra su rey, y llegó hasta la gente vulgar. Tal era la disposición
de los corazones en aquella sazón, que hazaña tan grande como quitar el cetro a
su rey unos se atreviesen a intentarla, muchos la deseasen y casi todos la
sufriesen, sin faltar quien en medio del aplauso y vocería llamase rey a don
Sancho y le diese nombre de padre de la patria con todos los demás títulos de
príncipe. Mas él constantemente lo desechó con decir que mientras su padre
fuese vivo no sufriría le quitasen el nombre y honra de rey, ora fuese por
mostrarse modesto y despreciar un vano apellido, pues en efecto todo lo
mandaba, o por encender más las voluntades del pueblo con entretenerlos.
Pasó el negocio tan adelante, que sin embargo el
infante don Manuel, tío de don Sancho, en nombre suyo y de los grandes, por
sentencia pública que se pronunció en las Cortes, privó al rey don Alfonso de
la corona. Castigo del cielo sin duda, merecido por otras causas y por haberse
atrevido con lengua desmandada y suelta, confiado en su ingenio y habilidad a
reprender y poner tacha en las obras de la divina Providencia y en la fábrica y
compostura del cuerpo humano; tal es la fama y voz del vulgo desde tiempo
antiguo continuada de padres a hijos. Este atrevimiento castigó Dios con
tratarle de esta manera, revés que dicen él había alcanzado por el arte de
astrología, en que era muy ejercitado, si arte
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se puede llamar, y no antes engaño y burla, que
siempre será reprendida y siempre tendrá valedores. Añaden que de este
conocimiento procedieron sospechas y que con el miedo se hizo cruel, de que
resultó el odio que le tenían, y del odio procedió su perdición y caída.
Las bodas del infante don Sancho se celebraron en
Toledo; el aparato no fue muy grande, por estar en víspera de la guerra civil
todo revuelto. El rey don Alfonso, reducido a estos términos por verse
desamparado de los suyos, acudió a pedir socorro y dineros prestados al rey de
Marruecos. Envióle en prendas su real corona, que era de gran valor. Alfonso de
Guzmán, señor de Sanlúcar, por desabrimientos que tuvo con el rey don Alfonso,
residía a la sazón en Marruecos; la causa en particular no se sabe; lo cierto
es que era estimado en mucho de aquel rey moro y que le hizo capitán de sus
gentes. Hoy día se muestra una carta del rey don Alfonso, para él muy humilde
por el aprieto en que se hallaba, que fue la mayor miseria estar forzado a
rogar y humillarse a su mismo vasallo que le tenía ofendido. Por la carta le
ruega se acuerde de la amistad antigua que entre ellos había y de su nobleza;
ponga en olvido los disgustos y cosas pasadas y le favorezca en aquel aprieto;
sea parte para que se le envíen dineros y gente de guerra, pues puede y alcanza
tanto con el rey moro. Prométele que tendrá perpetua memoria de este beneficio
y servicio, y que en efecto podrá esperar de su benignidad cualquier cosa, por
grande y dificultosa que sea, que corresponderá en todo a su deseo.
El rey bárbaro lleno de esperanzas y por parecerle
se le ofrecía buena ocasión de mejorar su partido a causa de las discordias de
Castilla, hizo aún más de lo que se le pedía. Con acuerdo del rey don Alfonso
pasó en Algeciras; y en Zahara, villa del reino de Granada, se vio con él.
Usaron entre los dos de grandes comedimientos y cortesías. Diósele al rey don
Alfonso más alto lugar y silla, honra que se le hizo por ser huésped y porque
el de Marruecos ganó el reino que tenía; don Alfonso procedía de casta de reyes
y desde su niñez fue criado como quien había de ser rey, por tanto era mayor en
dignidad, que fueron todas razones del mismo bárbaro. Tratóse en esta habla de
la forma que se debía tener en hacer la guerra, pues la esperanza de hacer y
asentar paces con su hijo era ninguna, aunque de esto también se movió plática.
De las ciudades de la Andalucía, Sevilla se tenía
por el rey don Alfonso, Córdoba por don Sancho, su hijo. Los moros tomaron a su
cargo de cercar aquella ciudad, como lo hicieron después de talar y robar los
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campos comarcanos. Acudió el rey don Alfonso desde
Sevilla al cerco con la gente de guerra que allí pudo ayuntar. Córdoba se
defendió valerosamente por el esfuerzo de los ciudadanos y la buena diligencia
de don Sancho, que se previno con presteza contra la venida de los enemigos.
Así el rey moro a los veinte días que puso el cerco le alzó; para la prisa que
traía, cualquier dilación le era pesada. Todavía con voluntad del rey don
Alfonso pasó por Sierra Morena y llegó hasta Montiel; hizo gran daño en toda aquella
tierra y grandes despojos con que se volvió a Écija. Este fue el fruto de la
discordia civil y no otro. Acudió allí el rey don Alfonso, pero luego se retiró
secretamente y se fue a Sevilla, de donde era venido, por aviso que le dieron
que el rey moro trataba de le prender; si fue verdad o mentira no se sabe. Lo
que consta es que el moro mostró gran sentimiento y pesar de que en su lealtad
se pusiese duda, en tanto grado que, dejada España, se pasó en África;
restituyó empero a don Alfonso mil caballos escogidos que con su licencia
tiraban sueldo del rey moro, que fue señal de no ir de todo punto desabrido.
Era caudillo de esta gente Hernán Ponce; cuéntase que como junto a Córdoba se
encontrasen con diez mil caballos de los enemigos, fue tan brava la carga que
les dieron, que los rompieron y pusieron en huida: tan grande era su valor y
esfuerzo, tan señalada su destreza, conocida y probada en muchas guerras.
En Sevilla el rey don Alfonso en una solemne junta
que tuvo privó a su hijo don Sancho de la sucesión del reino con palabras muy
sentidas y graves y mil denuestos y maldiciones que descargó sobre su cabeza,
como se puede pensar de padre tan ofendido. Pasó esto a 8 días del mes de
noviembre. El infante don Sancho hacía poco caso de aquellas maldiciones y
saña; renovó la confederación con el rey de Granada, y en la comarca de
Córdoba, donde estaba, se apercibía para todo lo que pudiese suceder; la gente
de guerra para que invernasen repartió por aquellos lugares.
VI. De la conjuración que hizo Juan Prochita
contra los franceses en Sicilia
Este año fue notable, no solamente por el desafuero
que hicieron al rey don Alfonso y las discordias de Castilla, sino mucho más
por la conjuración muy famosa de Juan Prochita. Éste fue señor de la isla de
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Prochita, que cae junto a Sicilia, varón de grande
ingenio, y que fue muy estimado y grande amigo del rey Manfredo; los años
pasados por no ser maltratado de los franceses, que entonces tenían el mando y
buscaban todas las ocasiones de descomponer la gente poderosa, se recogió a
Aragón. Los reyes de Aragón don Jaime y don Pedro holgaron de su venida por ser
persona de tanto valor, por medio del cual podrían cobrar los reinos de Sicilia
y Nápoles, que pretendían contra derecho les quitaron. No solo le recogieron
con mucha alegría y muestras de amor, sino le heredaron de grandes posesiones
conque pudiese sustentar su vida, particularmente le dio el rey don Pedro en
tierra de Valencia a Lujen y a Bonizan y a Palma. Los gibelinos, oprimidos por
el mando que los franceses tenían en toda Italia, gente feroz y soberbia, así
lo publicaban ellos, comenzaron a volver los ojos a los aragoneses, ca tenían
esperanza que con su ayuda podrían desechar aquel pesadísimo yugo e imperio.
Vio Italia en aquella sazón lo que en el más misero cautiverio se puede
esperar, que les vedasen el poder hablar libremente; señorío insufrible y que
se extendía hasta Roma, donde el rey de Nápoles, puesto allí un su vicario o
teniente, tenía el gobierno de todo con nombre de senador.
Nicolás, pontífice romano, procuraba con todas
veras librar a Roma de aquella sujeción. Para esto lo primero que hizo fue
declarar por un edicto o bula que ninguno en Roma pudiese ser senador más que
por un año; quitó otrosí la facultad a los reyes y a sus parientes de poder
tener y ejercitar aquel gobierno o magistrado. A Carlos, rey de Sicilia, le
privó del nombre y autoridad de vicario, nombre de que usaba en Italia, como
lugarteniente de los emperadores, con color que esta era la voluntad del emperador
Rodolfo. Todo esto aunque iba encaminado a enflaquecer las fuerzas del rey
Carlos, pero como era conforme a razón lo que se ordenaba, aún no se movían las
armas ni se llegaba a rompimiento. Lo que algunos autores defienden o porfían,
que el papa Nicolás tenía determinado hacer de la familia y casa Ursina, de que
él descendía, dos reyes en Italia, el uno en Lombardía, y el otro en Toscana,
para estorbar a los tramontanos la entrada de Italia, la más frecuente fama y
casi el común consentimiento de todos lo condena como falso.
De cualquier manera que esto sea, Carlos, viudo de
la primera mujer, casó con hija del emperador Balduino, desposeido; con esto
trataba de volver a aquella pretensión y ayudar con sus fuerzas a Filipo, su
cuñado, para recobrar el imperio de Constantinopla. Procuraba para salir con
este
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intento de hacerse amigo de don Alfonso, rey de
Castilla. Para más prendarle procuró que le diese su hija doña Violante para
casarla con el emperador Filipo. Estas pretensiones se deshicieron con las
artes de los aragoneses, y aún expresamente se estableció en el Campillo,
donde, como dicho es, los reyes se hablaron, que el rey de Castilla no
emparentase con franceses. A doña Beatriz, hija del rey Manfredo, hermana de
doña Constanza, reina de Aragón, la tenía el rey Carlos presa sin quererla en
manera alguna poner en su libertad, aunque sobre ello había sido importunado.
Esto se juntaba con otras causas y razones de discordias y enojos.
Juan Prochita con la ocasión de estas disensiones y
disgustos intentó de cobrar su patria y estado; fue una y segunda vez a
Constantinopla en hábito desconocido. Puso al emperador Paleólogo, que ya antes
tenía recelo de sus cosas, en mayor sospecha y cuidado. Avisóle que el rey
Carlos de Nápolos, juntadas sus fuerzas con las de Francia, tenía una poderosa
armada puesta en orden pare ir contra él; que los franceses tenían sus fuerzas
enteras; a los griegos enflaquecían los bandos que entre ellos andaban, demás
de otras desgracias, de tal manera, que no podrían resistir al poder de
aquellos dos reyes. «Los sucesos de las guerras pasadas, dice, os pueden servir
de aviso. Séame lícito decir la verdad; en vos no cabe soberbia, y es cosa muy
loable y magnífica saberse el hombre gobernar en el enojo y peligro. Por
ventura con estaros en vuestra casa entorpecido ¿esperaréis que os acometan con
la guerra y que acrecentados con sus fuerzas y las de vuestros vasallos, que
andan disgustados y revueltos, lo que me pone temor decirlo, os echen de
vuestro estado? Gran carga tenéis sobre los hombros, tal, que si no la regís
con maña, os oprimirá con su peso; mejor sería que a vuestros enemigos les
diésedes en qué entender en sus casas, porque los sicilianos con la memoria del
antiguo gobierno y por el aborrecimiento que tienen al nuevo están disgustados
de suerte, que más les falta cabeza a quien seguir que deseo de rebelarse. No
cesan de importunar a los reyes de Aragón que les den socorro y se apoderen de
toda la isla. Fuera de esto, el pontífice romano está muy disgustado con los
franceses; si ayudáredes sus pretensiones, sin duda con poco trabajo y costa
ahorraréis de grandes tempestades y revolveréis sobre ellos el daño que contra
vos procuran. Finalmente, os persuadid que los franceses jamás os serán amigos.
El poder y fuerzas que alcanzan ¿quién no lo sabe?».
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El emperador tenía por cierto era verdad todo lo
que Prochita le decía; más no quería empeñarse mucho en el negocio ni del todo
declararse. Prometió que él ayudaría las pretensiones del rey de Aragón con
dineros de secreto, porque estas pláticas no se entendiesen. Concertado esto,
el Prochita se volvió a Italia; fuése a ver con el papa, que estaba en Roca
Suriana junto a Viterbo. Avisóle de todo lo que pasaba, y con tanto dio la
vuelta a Sicilia a tratar con los principales de la isla que se rebelasen. Fue el
descuido o seguridad de los franceses tal y el silencio de los conjurados, que
jamás se entendió cosa alguna.
Falleció en esta sazón el papa Nicolás; por su
muerte fue puesto en su lugar Martín IV, natural de Turon de Francia, que
favorecía el partido del rey Carlos de tal manera, que a contemplación suya
declaró por excomulgado al emperador griego, como a cismático y que no quería
obedecer a la Iglesia romana. El rey de Aragón envió al nuevo sumo pontífice
por su embajador un varón en aquel tiempo muy señalado y de gran prudencia,
llamado Hugo Metaplana, para que procurase entender sus intentos, dado que la
voz era para hacer canonizar a fray Raimundo de Peñafuerte. El pontífice no
quiso otorgar con esta demanda; decía que no se debía conceder cosa alguna a
quien rehusaba de pagar el tributo que debía a la Iglesia romana; antes revocó
la concesión que de los diezmos eclesiásticos hicieron sus antecesores al rey
don Jaime, su padre. Lo que pudiera atemorizar al aragonés le encendió más para
aprestar la jornada, porque si se detenía no sucediese alguna cosa que la
estorbase; apercibió una grande armada en las costas de Aragón con voz de pasar
en África, en que dos hijos del rey de Túnez, despojado por Conrado Lanza, como
arriba se tocó, de aquel reino, competían entre sí sobre el señorío de
Constantina y Rugia, ciudades que quedaron en poder de su padre. Esta era la fama;
el mayor y más verdadero cuidado de acudir a lo de Sicilia. El pontífice envió
a saber por sus embajadores la causa de aquel aparato, y como no cesasen de
preguntar lo que les era mandado, el rey encendido en cólera les respondió:
«Quemaría yo mi camisa si pensase era sabidora de mis puridades». La misma
respuesta dio al rey de Francia, que a entrambos tenían puestos en cuidado las
cosas del rey Carlos, tanto más que sabían muy bien la enemiga que los
aragoneses tenían contra él. El emperador griego, según que lo tenía prometido,
acudió con buena suma de dinero.
La conjuración de los sicilianos se vino a ejecutar
en el más santo tiempo de todo el año, que parecía gran maldad, es a saber, el
tercero día
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de la Pascua de Resurrección, que fue a treinta y
un días del mes de marzo, cuando por todas partes se hacían juegos y alegrías,
muestras más de seguridad y contento que de temor y matanza. Al mismo tiempo y
hora que al son de las campanas después de comer llamaban los pueblos a
vísperas se ejecutó la matanza de los franceses, que bien descuidados estaban,
en toda la isla en un momento; de que vino el proverbio de las Vísperas
Sicilianas. Apoderáronse otrosí los sicilianos de toda la armada que en los puertos
de Sicilia tenían aprestada contra el emperador griego, ya declarado por
enemigo por el papa Nicolás IV. De esta manera pasó este hecho, según que lo
divulgó la fama y lo dejaron escrito muchos autores.
Otros afirman que este estrago tuvo principio en
Palermo, donde como la gente en aquel día señalado fuese a visitar la iglesia
de Sancti Spiritus, que está en Monreal, una legua distante, un cierto francés,
llamado Droqueto, quiso con soltura catar a una mujer para ver si llevaba
armas. Aquel desaguisado tomó por ocasión el pueblo para levantarse. En el
campo, en la ciudad y en el castillo se hizo gran matanza de franceses, sin
tener respeto a mujeres, niños ni viejos, con tan grande furia y deseo de satisfacer
su saña, que aún las mujeres que entendían estar preñadas de los franceses,
porque de ellos no quedase rastro alguno las pasaban a cuchillo. La misma
ciudad de Palermo fue saqueada coma si fuera de enemigos; que el pueblo
alborotado no tiene término ni orden, y cualquier grande hazaña casi es forzoso
vaya mezclada con muchos agravios y sinrazones. Las demás ciudades y pueblos en
muchas partes con el ejemplo de los palermitanos acudieron asimismo a las
armas; sólo Mesina por algún tiempo estuvo sosegada a causa de hallarse
presente Herberto, aurelianense, gobernador de toda la isla por los franceses;
miedo y respeto que no fue bastante ni duró mucho tiempo, antes en breve los
mecineses, a ejemplo de las otras ciudades, tomadas las armas, echaron fuera la
guarnición de los soldados y al mismo Gobernador. Solo Guillén Porceleto,
provenzal de nación y que tenía el gobierno de Calatafimia, en lo más recio del
alboroto le dejaron ir libremente, porque la opinión de su bondad y modestia le
amparó para que no se le hiciese algún agravio. Este fue el suceso y la manera
de la conjuración de Juan Prochita, más famosa que loable. Los sicilianos,
amansado aquel primer ímpetu, puesto que entendían el peligro en que quedaban y
que algunos se comenzaban a arrepentir de lo hecho, todavía determinados de
antes morir que tornar a
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poder de los franceses, acordaron de acudir de
nuevo al rey de Aragón para pedirle los ayudase.
A la sazón que esto pasaba en Sicilia estaba él en
Tortosa con su armada aprestada. Pensaba antes que llegase la nueva de Sicilia
de pasar en África. Hízolo así. Desde allí robadas y destruidas todas aquellas
marinas, volvió repentinamente las velas, y mudado el camino, llegó a Córcega.
Allí tuvo aviso de todo lo sucedido en Sicilia y que el rey Carlos a gran prisa
era partido de Toscana, y con gente de guerra que juntara de todas partes tenía
puesto sitio sobre Mesina, tan apretado, que de muchos años a aquella parte no
se dio a ciudad ninguna batería más recia ni más brava. Todos hacían el postrer
esfuerzo; los franceses ardian en deseo de vengarse, y con la sangre de los
sicilianos pretendían hacerlas exequias de sus ciudadanos y amigos muertos; los
cercados, por entender esto, se defendían valerosamente con tanto coraje, que,
hasta las mujeres, niños y viejos acudían a todas partes, no esquivaban ni
trabajo ni peligro.
A esta sazón llegó el rey de Aragón a Palermo; en
aquella ciudad se coronó, y fue de todos saludado por rey, que era meter nuevas
prendas; acrecentó su armada con las naves que los sicilianos tomaron al
principio de este alboroto, y las tenían apercibidas para ir contra los
griegos. Los cercados, con la esperanza del socorro que les venía a buen
tiempo, cobraron mayor ánimo, tanto, que el rey Carlos fue forzado de alzar el
cerco de Mesina, y con tristeza y vergüenza, pasado el Faro, darla vuelta a
Italia. Fue este para los aragoneses un principio de grandes desabrimientos, y
de gloria y honra no menor. Enviáronse los reyes cartas llenas de saña y
denuestos, con quemasse irritaron las voluntades hasta llegar a declararse la
guerra por ambas las partes. El aragonés esperaba nuevo ejército de España, el
rey Carlos de la Provenza y de Marsella; todo les era a los aragoneses llano en
Sicilia, a los franceses dificultoso. Los reales de estos, puestos junto al
estrecho de Mesina a la vista de Sicilia, los soldados aragoneses repartidos en
muchas partes y enviados a las ciudades para más asegurarlas y defenderlas; el
rey don Pedro, con recelo de perder lo adquirido por ser el enemigo tan
poderoso y los socorros que él esperaba muy lejos, acordó de valerse de ardid y
maña.
Era el rey Carlos muy valiente por su persona, de
grandes fuerzas y destreza, de que él mucho se preciaba. Envióle el de Aragón a
desafiar con un rey de armas; que si confiaba en sus fuerzas y valor, saliese a
hacer campo con él; perdonasen a tantos inocentes como de fuerza morirían en
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aquella demanda; que por quien quedase el campo
fuese señor de todo lo demás, y cesaría la causa de la guerra que tenían entre
manos. Así lo cuentan los historiadores franceses. Los aragoneses, al
contrario, afirman que primero fue desafiado el rey don Pedro del francés, y
que el mensajero fue Simón Leontino, de la orden de los Predicadores; lo que se
sabe de cierto es que aceptado el riepto, se concertaron que peleasen los dos
reyes con cada cien caballeros. Altercóse sobre señalar la parte en que se haría
el campo. Al fin se escogió Bordeaux, cabeza de la provincia de Guyena en
Francia, que pareció a propósito por estar entonces en poder de Eduardo, rey de
Inglaterra; señalóse el día de la pelea y juraron las condiciones de una parte
y otra.
El padre santo, como supiese todas estas cosas y lo
que en Sicilia pasaba, amonestó al rey de Aragón dejase aquella empresa; que no
perturbase la paz pública con desenfrenada ambición. Finalmente, porque no
quiso obedecer, a los 9 días del mes de noviembre le declaró por excomulgado;
en Montefiascon se pronunció la sentencia. Al rey de Inglaterra le envió a
mandar con palabras muy graves que no diese campo a los reyes ni lugar para
pelear en su tierra. No aprovechó esta diligencia. La reina doña Constanza por
mandado de su marido se fue a Sicilia por ser la señora natural y porque con la
ausencia del rey no se mudasen los sicilianos. Llegó a Mesina a 22 días del mes
de abril del año del Señor de 1283. Acompañóla don Jaime, su hijo, a quien el
padre pensaba dar el reino de Sicilia. Los reyes se aprestaban para su desafío.
El rey Carlos pasó en Francia, do tenía cierta la ayuda y favor de su gente, y
las voluntades aficionadas. El rey don Pedro con su armada pasó en España.
A 1 de junio, que era el día aplazado para la
batalla, el rey don Carlos con el escuadrón de sus caballeros se presentó en
Bordeaux. El rey don Pedro no pareció. Los escritores franceses atribuyen este
hecho a cobardía, y que quisieron engañar los ánimos sencillos de los franceses
con aquella muestra de honra que les ofrecieron, como quier que el rey de
Aragón en aquel medio tiempo pretendiese fortalecerse, juntar armas y gente.
Nuestros historiadores le excusan; dicen que fue avisado el rey don Pedro del gobernador
de Bordeaux se guardase de las asechanzas de los franceses, que le tenían
armada una zalagarda, y que el rey de Francia venía con grande ejército. Por
ende hiciese cuenta que los cien caballeros aragoneses habían de combatir
contra todo el poder de Francia. A la verdad los franceses más cercano tenían
el socorro que los aragoneses.
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Con este aviso dicen que el rey de Aragón entregó
al gobernador de Bordeaux el yelmo, el escudo, la lanza y la espada de su mano
a la suya en señal que era venido al tiempo señalado; y por la posta se libró
de aquel peligro, y se pasó a Vizcaya, que cae cerca. Dejó por lo menos materia
a muchos discursos, opiniones y dichos; ocasión y aparejo para nuevas guerras y
largas.
VII. De la muerte de don Alfonso, rey de Castilla
Luego que el rey de Aragón volvió a su tierra trató
en un mismo tiempo de efectuar dos cosas: la una era echar a don Juan Núñez de
Lara de Albarracín, a causa que por la fortaleza de aquella ciudad muchas veces
corría libremente las fronteras de Aragón; la otra apaciguar los señores
aragoneses y catalanes, que en tiempo tan trabajoso, en que tenían entre manos
tantas guerras con los forasteros y tan fuera de sazón, andaban alborotados.
Quejábanse que eran maltratados del rey, casi como si fueran esclavos; que no
se tenía cuenta con las leyes, antes les quebrantaban todos sus fueros y
libertad, finalmente, que los desaforaba. No faltaban entre ellos lenguas
sueltas para alborotar los pueblos so color de defender la libertad de la
patria. Para acudir a estas revueltas se juntaron Cortes, primero en Tarazona,
después en Zaragoza, y últimamente en Barcelona; ofreció el rey de enmendar los
daños y desórdenes pasados y expedir en esta razón nuevas provisiones, con que
la gente se apaciguó. Fuéronles muy agradables aquellos halagos y blandura, si
bien sospechaban que otro tenía en el pecho, y que no procedían tanto de
voluntad cuanto del aprieto en que el rey se hallaba. La guerra con los
franceses, que era de tanta importancia, le tenía puesto en cuidado; y el recelo
que si se ocupaba en las cosas de Italia y Sicilia no se alborotasen en Aragón
sus vasallos le hizo ablandar. Demás de esto, la excomunión que contra él
fulminó el papa, como poco antes se dijo, le tenía muy congojado, y más en
particular una nueva sentencia que en 21 del mes de marzo pronunció en Civita
Vieja, en que como inobediente a sus mandamientos le privaba de los reinos de
su padre, y daba la conquista de ellos a Carlos de Valois, hijo menor del rey
de Francia. Rigor que a muchos pareció demasiado, y que no era bastante causa
para esto haberse apoderado de Sicilia, pues los
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mismos sicilianos puestos en aquel aprieto le
llamaron y convidaron con aquel reino para que los ayudase; demás que le
pertenecía el derecho del rey Manfredo, ultra de la voluntad y consentimiento
que tenía por su parte del pontífice Nicolás III, que se allegaba a lo demás.
Si los negocios de Aragón andaban apretados, en
Castilla no tenían mejor término por las alteraciones que prevalecían entre el
rey don Alfonso y su hijo. La mayor parte seguía a don Sancho; don Alfonso por
verse desamparado de los suyos acudía a socorros extraños; segunda vez hizo
venir al rey de Marruecos en España, si bien porque la sonada no fuese tan
mala, dio a entender que era contra el rey de Granada, que favorecía a sus
contrarios y tenía hecha liga con don Sancho. Esta empresa no fue de efecto memorable
a causa que los africanos hallaron a los contrarios más apercibidos de lo que
pensaban; y el rey de Granada, con tener puesta guarnición en sus ciudades y
plazas, huía de encontrarse con el enemigo, y no quería ponerlo todo al trance
de una batalla. Con tanto el de Marruecos dio la vuelta para África. El rey don
Alfonso, ya que esta traza no la salió como pensaba, acudió a otra diferente,
solicitó al francés para que le acudiese contra su hijo; demás de esto, procuró
ayudarse de la sombra de religión y cristiandad. Fue así, que por sus
embajadores acusó a don Sancho, delante el pontífice Martín IV, de impío,
desobediente e ingrato, y que en vida de su padre le usurpaba toda la autoridad
real sin querer esperar los pocos años que le podían quedar de vida, por su
mucha ambición y deseo de reinar. Dio oídos el pontífice a estas quejas.
Expidió su bula en que excomulgó todos aquellos que contra el rey don Alfonso
siguiesen a su hijo don Sancho. Nombró jueces sobre el caso, los cuales en
todas las ciudades y villas que le seguían, pusieron entredicho, como se
acostumbra entre los cristianos; de suerte que en un mismo tiempo, aunque no
por una misma causa, en Aragón y Castilla estuvo puesto entredicho y tuvieron
los templos cerrados, cosa que dio gran pesadumbre a los naturales, y todavía
se pasó en esto adelante, sin embargo que don Sancho amenazaba de dar la muerte
a los jueces y comisarios del papa, si los hubiese a las manos. Todo esto y el
escrúpulo y miedo de las censuras fue causa que muchos se apartaron de don
Sancho. Entre los primeros sus hermanos los infantes don Pedro y don Juan,
conforme a la inclinación natural, comenzaron a condolerse de su padre.
Entendió esto don Sancho, entretuvo a don Pedro con promesa de darle el reino
de Murcia. Don Juan, dado que dio muestras de estar mudado de voluntad, de
secreto se partió, y
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por el reino de Portugal se fue a Sevilla, do su
padre estaba. Muchos pueblos, arrepentidos de la poca lealtad que a su rey
tuvieron, buscaban manera para alcanzar perdón y salir de la excomunión en que
los enlazaron; y luego que lo alcanzaron, se le rindieron con todas sus
haciendas. En este número fueron Agreda y Treviño, y muchos caballeros
principales, como don Juan Núñez de Lara y don Juan Alfonso de Haro y el
infante don Diego, se juntaron con el campo de Filipo, rey de Francia, que
venía en ayuda del rey don Alfonso, y con él entraron por tierras de Castilla,
robaron y talaron los campos hasta Toledo sin hallar resistencia.
Tenía el rey Filipo un hijo, llamado también
Filipo, por sobrenombre el Hermoso, que este presente año, otros dicen el
siguiente, casó con la reina de Navarra doña Juana, y por este casamiento en
dote hubo aquel reino. Este príncipe, conforme al desordenado apetito de los
hombres, comenzó a alegar el derecho de los reyes sus antecesores, y por él
pretendía ensanchar los términos de aquel nuevo reino, para el cual intento no
poco ayudaban las discordias delos nuestros. Don Sancho, cuanto le era
concedido en tantas revueltas y avenidas de cosas, acudía a todas partes con
diligencia; sosegó la ciudad de Toro, que se le quería rebelar, salió al
encuentro a don Juan Núñez de Lara, que con su gente y un escuadrón de navarros
destruía los campos de Calahorra, Osma y Sigüenza y sus distritos, hízole
retirar a Albarracín más que de paso.
Después de esto, por embajadores que en esta razón
se enviaron se acordó que el padre y el hijo se viesen y hablasen con seguridad
que se dieron de ambas partes. Con esta resolución el rey don Alfonso fue a
Constantina, don Sancho a Guadalcaná. Grande era la esperanza que todos tenían
que por medio de esta habla se podría todo apaciguar, ca muchas veces después
de las injurias se suelen con el buen término soldar las quiebras y agravios.
Ayudaba para esto que don Sancho, fuera de usurpar el reino, en lo demás se
mostraba muy cortés, y hablaba con mucho respeto de su padre, sin jamás usar de
denuestos o desacatos. Lo que se enderezaba saludablemente a bien lo estorbaron
y desbarataron personas muy familiares de don Sancho, que tenían mala voluntad
a su padre. Pusiéronle muchas sospechas delante para que no se fiase ni
asegurase.
La verdad era que de las discordias de los reyes y
trabajo de la república muchos pretendían sacar para sí provecho; que fue causa
que sin verse ni hablarse se partieron el rey don Alfonso para Sevilla, y don
Sancho para Salamanca, si bien de consentimiento de ambos doña Beatriz,
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reina de Portugal, viuda a la sazón, y doña María,
mujer de don Sancho, en Toro, en que a la sazón parió una hija, que se llamó
doña Isabel, se juntaron con intento de componer estas diferencias. Pusieron
todo su esfuerzo en ello, más no pudieron efectuar cosa alguna, antes cada día
se enconaban más los odios y enemistades y se aumentaba el afán y miseria del
reino.
En este estado se hallaban las cosas cuando al rey
don Alfonso poco después de esto sobrevino la muerte, que fue algún alivio de
tan grandes males. Falleció en Sevilla de enfermedad, recibidos los santos
sacramentos de la penitencia y eucaristía como se acostumbra, quién dice a 5,
quién a 21 días del mes de abril, a lo menos fue el año de 1284. Por su
testamento, que otorgó el mes de noviembre próximo pasado, nombró por herederos
del reino, primero a don Alfonso, y luego a don Fernando, sus nietos; caso que
los dos muriesen sin sucesión, llama a Filipo, rey de Francia, ca traía origen
de los antiguos reyes de Castilla, como nieto que era de la reina doña Blanca y
bisnieto del rey don Alfonso el de las Navas. De sus hijos y hermanos no hizo
mención alguna por odio de don Sancho; antes por aquel testamento pretendía
mover contra él las fuerzas de Francia. Verdad es que a la hora de su muerte a
instancia de su hijo el infante don Juan le mandó a Sevilla y a Badajoz, y al
infante don Diego el reino de Murcia, a ambos con nombre de reyes, pero como
feudatarios y movientes de los reyes de Castilla. Su corazón mandó se enterrase
en el monte Calvario, movido de la santidad de aquel lugar, su cuerpo en
Sevilla o en Murcia. No se cumplió su voluntad enteramente; el corazón y
entrañas están en Murcia junto al altar mayor de la iglesia catedral, el cuerpo
está enterrado en Sevilla cerca del túmulo de su padre y madre. El sepulcro y
lucillo no es muy rico ni era necesario, porque su vida, si bien tuvo faltas, y
las cosas que por él pasaron, merecían que su memoria durase y su nombre fuese
inmortal. Grande y prudentísimo rey, si hubiera aprendido a saber para si, y
dichoso, si en su postrimería no fuera aquejado de tantos trabajos y no hubiere
mancillado las dotes excelentes de su ánimo y cuerpo con la avaricia y
severidad extraordinaria de que usó.
Él fue el primero de los reyes de España que mandó
que las cartas de ventas y contratos e instrumentos todos so celebrasen en
lengua española, con deseo que aquella lengua, que era grosera se puliese y
enriqueciese. Con el mismo intento hizo que los sagrados libros de la Biblia se
tradujesen en lengua castellana. Así desde aquel tiempo se dejó de usar la
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lengua latina en las provisiones y privilegios
reales y en los públicos instrumentos, como antes se solía usar; ocasión de una
profunda ignorancia de letras que se apoderó de nuestra gente y nación, así
bien eclesiásticos como seglares.
VIII. De los principios del rey don Sancho
Por la muerte del rey don Alfonso, si bien el
derecho de su hijo don Sancho era dudoso, sin contradicción sucedió en el reino
y estados de su padre. Estaba a la sazón en Ávila apenas convalecido de una
dolencia que poco antes tuvo en Salamanca, tan peligrosa, que casi le
desahuciaron los médicos. Mucho le hizo al caso la edad entera para que el
cuerpo con medicinas saludables se alentase. Tomó el nombre de rey, de que
hasta entonces se había abstenido por respeto y reverencia de su padre. El
sobrenombre de Fuerte que le dieron le ganó por la grandeza de su ánimo y sus
hazañas, hasta entonces más dichosas que honrosas; y es así que por la mayor
parte los títulos magníficos más se granjean por favor de la fortuna que por
virtud. La honra verdadera no consiste en el resplandor de los nombres y
apellidos, sino en la equidad, inocencia y modestia. Era sin duda osado,
diestro, astuto y de industria singular en cualquier cosa a que se aplicase.
Reinó por espacio de once años y algunos días. Su memoria quedó amancillada por
la manera cómo trató a su padre; cuanto a lo demás se puede contar en el número
de los buenos príncipes. El reino que con malas mañas adquirió, le mantuvo y
gobernó con buenas artes. En Ávila hizo las honras de su padre magnífica y
suntuosamente. En Toledo tomó las insignias y ornamentos reales, mudado el luto
en purpura y manto real. Los caballeros principales del bando contrario venían
a porfía a saludar al nuevo rey, muestra de querer recompensar los disgustos
pasados con mayores servicios y lealtad; cuanto más fingido era lo que hacían
algunos, tanto mostraban más alegría y contento en el rostro y talante, que
suele muchas veces engañar. Don Sancho con una profunda disimulación pasaba por
todo, si bien tenía propósito de derramar la ira concebida en su ánimo y
vengarse luego que hubiese asegurado su reino. Los pueblos, los grandes, toda
la gente de guerra le juraron por rey; y doña Isabel, hija del nuevo rey, de
edad de dos años, fue declarada y jurada por heredera del
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reino de consentimiento de todos los estados, caso
que su padre no tuviese hijo varón. Esta prevención se enderezaba contra los
Cerdas, de quien algunos decían públicamente, y muchos eran de este parecer,
que se les hacía notable injuria y agravio en despojarlos del reino de su
abuelo. Muchos, si bien en lo público callaban, de secreto estaban por ellos.
El mayor cuidado que tenía don Sancho era de
granjear con nuevos regalos y buenas obras al rey de Aragón, en cuyo poder los
infantes quedaron; y a la sazón trataba de ir a cercar y apoderarse de
Albarracín, no pudiendo ya llevar en paciencia los disgustos que cada día le
daba don Juan de Lara, confiado en la fortaleza del sitio y en el socorro que
tenía cierto de los navarros. Era este caballero muy diestro, bien hablado, de
grande maña para sembrar envidias y rencores entre los reyes, poderoso en revolver
la gente y que acostumbraba vivir de rapiña y cabalgadas, con que tenía
trabajadas las fronteras de Castilla y Aragón. Esto convidó al nuevo rey don
Sancho, ya que él no podía ir en persona por estar ocupado con los cuidados del
nuevo reino, a enviar un buen escuadrón en ayuda del rey de Aragón y contra el
común enemigo. Hecho esto, él se dio prisa a ir a Sevilla, a causa que su
hermano don Juan procuraba apoderarse de aquella ciudad, conforme a lo que su
padre dejó mandado en su testamento. Tenía el infante sus valedores y aliados;
los ciudadanos no venían en ello, y claramente decían que aquella cláusula del
testamento del rey don Alfonso en ninguna manera se debía cumplir. Ayudábanse y
alegaban la mucha edad del difunto, la fuerza de la enfermedad, la importunidad
del infante para muestra que no tenía a la sazón su entero juicio; que no era
justo oscurecer la majestad del reino con quitarle una ciudad tan principal
como aquella. Ayudaba a los ciudadanos, que ya se aprestaban para tomar las
armas, Alvar Núñez de Lara como cabeza de los demás. Todos estos debates
cesaron con la venida del nuevo rey don Sancho, que hizo desistir a su hermano.
Llegaron a aquella ciudad embajadores del rey de
Marruecos para asentar con él nueva amistad; mas muy fuera de sazón y
imprudentemente fueron despedidos con palabras afrentosas, de que resultó
ocasión a los moros de pasar de nuevo en España y emprender una nueva guerra.
Don Sancho para hacerles resistencia, por estar arrepentido de lo hecho, o
porque de suyo estaba resuelto en hacer guerra a los bárbaros, aprestó una
grande armada. Eran en aquel tiempo los genoveses muy poderosos en el mar y
diestros y experimentados en el arte del navegar; llamó pues desde
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Génova y convidó con grandes ofertas a Benito
Zacarías para que viniese a servirle. Hízolo así y trujo consigo doce galeras.
Nombróle el rey por su almirante, el cual oficio le dio por tiempo señalado; y
por juro de heredad le hizo merced del puerto de Santa María, con cargo de
traer a su costa una galera armada y sustentada perpetuamente.
Juntáronse Cortes en Sevilla. Tratóse de reformar
el gobierno del reino, que con una creciente y avenida de males y vicios a
causa de las revueltas pasadas andaba muy estragado. Demás de esto, en estas
Cortes se revocaron los decretos y ordenanzas que por la necesidad y revuelta
de los tiempos más se habían violentamente alcanzado que graciosamente
concedido, así por el rey don Alfonso como por el mismo don Sancho. Despedidas
las Cortes se apresuró para ir a Castilla, por tener nueva que todavía algunos
pretendían defender el bando contrario y que trataban entre si secretamente de
restituir la corona a los hermanos Cerdas; pretensiones que todas se
desbarataron con la venida de don Sancho. Parte de ellos mudaron de parecer,
parte pagaron con las cabezas, con cuyo ejemplo y castigo los demás quedaron
escarmentados para no continuar en porfías semejantes. Esto pasaba en España.
En el mismo tiempo Rogerio Lauria, general de la
armada de los aragoneses en el reino de Sicilia, después que venció junto a
Malta veinte galeras francesas, muerto el general, por nombre Guillermo
Coralito, francés de nación, en la batalla que se dio a 8 de junio, como diese
la vuelta hacía Nápoles, presentó la batalla a Carlos, llamado el Cojo,
príncipe de Salerno, hijo del rey Carlos, que halló apercibido para ir sobre
Sicilia con una gruesa armada a vengar las injurias y daños pasados. Muchos le
avisaron del peligro que corría, y en particular el legado del papa que iba en
su compañía; más él con el brío de su edad se resolvió de pelear con el
enemigo; acuerdo perjudicial. Fue muy bravo el combate; en fin, el francés
quedó vencido y preso con otros muchos. Sobre el número de los bajeles que
pelearon de la una y de la otra parte no concuerdan los autores, sin que se
pueda del todo averiguar la verdad. La opinión más ordinaria es que las galeras
aragonesas eran cuarenta y dos, las de los enemigos setenta; y lo más cierto
que se dio la batalla a 23 de junio. Ejecutaron la victoria los aragoneses,
ganaron muchas plazas en Italia, todo se les allanaba como a vencedores; a los
vencidos todas las cosas les eran contrarias. Pareció aquella desgracia tanto
mayor, que el rey Carlos tres días después de la pelea surgió en el puerto de
Gaeta con veinte
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galeras que traía de la Provenza. Allí supo que a
su hijo llevado a Sicilia condenaron a muerte los sicilianos en la ciudad de
Mesina, do le tenían preso, con intento de vengar la muerte que los franceses
dieron los años pasados a Corradino, preso después que le vencieron en otra
batalla. La prudencia de la reina le valió, porque con mostrarse muy airada, le
mandó guardar para dar parte al rey, como era necesario, y para que con el
largo cautiverio y tormentos, los cuales si faltan, la muerte a lo último es el
remate de los males, el castigo fuese mayor. Verdad es que no fue parte para
que los del pueblo, con el odio mortal que teman a la gente francesa, no
quebrantasen las cárceles y pasasen a cuchillo otros sesenta compañeros que con
el príncipe tenían presos.
A la misma sazón el rey de Aragón, como si le
fallara guerra con los extraños, tenía puesto cerco a la ciudad de Albarracín,
y con todo su poder y diligencia la combatía. Ofrecíanse grandes dificultades;
las murallas de la ciudad eran muy altas, las torres de piedra de buena estofa,
las puertas de hierro con gruesos y fuertes cerrojos, el sitio muy áspero y
inaccesible. Demás de esto, los soldados que dentro la defendían, acostumbrados
a trabajos y hambre, no enflaquecidos con alguna discordia ni afeminados con
deleites, muchos en número, y que tenían grande uso en la guerra por andar cada
día las armas en la mano, gran valor y osadía, eran doscientos hombres de a
caballo y buen número de infantes. Solamente tenían falta de mantenimientos; no
se proveyeron antes a causa que jamás pensaron que aquella ciudad pudiera ser
cercada. Pasaron algunos días y con el tiempo crecía la falta. Don Juan Núñez
de Lara, visto el peligro en que se hallaba, dijo en una junta que quería ir a
Navarra, do tenía cierta la guarida y el socorro. Amonestóles no
desfalleciesen, antes defendiesen la ciudad con el esfuerzo y valor que de
ellos se esperaba. Era todo esto fingido, y él tenía determinado de huirse y no
volver; su semblante no conformaba con las palabras; sin embargo, le dejaron
partir. Después de su ida se sustentó la ciudad algún tiempo, hasta tanto que,
perdida la esperanza de ser socorridos, la rindieron el mismo día de San
Miguel. Eran los soldados por la mayor parte franceses y navarros; dejáronlos
ir libremente, y de los lugares comarcanos trajeron gente para poblar aquella
ciudad, así de sus antiguos moradores como de otros que de nuevo poblaron y
labraron la tierra. Tenía el rey un hijo en doña Inés Zapata, que se llamaba
don Hernando, al cual antes de esto diera en el reino de Valencia a Algeciras y
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a Liria; a este hizo merced de la ciudad de
Albarracín luego que vino a su poder.
Con tanto se dio fin a esta empresa y a aquel
estado y principado, que por muchos años estuvo en poder de los Azagras,
caballeros de los más nobles y señalados de aquella era, cuya genealogía y
descendencia pareció poner en este lugar. Pedro Rodríguez de Azagra, el
fundador que fue de este estado, siendo ya viejo dejó por su heredero a Hernán
Rodríguez de Azagra, su hermano, por ventura por no tener él sucesión. Este
Hernando de Azagra otorgó su testamento, que se ha conservado hasta el día de
hoy, a 22 de junio, era de 1231; por el testamento se entiende que tuvo dos
hijos, uno legítimo en su mujer doña Teresa Ibáñez, heredero de aquel estado,
otro bastardo, que fue comendador de Santiago; el uno y el otro se llamó Pero
Fernández. He visto asimismo el testamento de este Pero Fernández, señor de
Albarracín, su fecha a 2 de abril, año del Señor de 1241, asaz breve; dechado y
muestra muy verdadera de las costumbres, llaneza y simplicidad de aquel siglo.
Tuvo estos hijos legítimos: Pero Fernández, Garci Fernández, doña Teresa y don
Álvaro. Este le sucedió en aquel estado y tuvo una sola hija, llamada doña
Teresa, que casó con don Juan Núñez de Lara, hijo de don Nuño de Lara, y en
dote llevó aquel estado, que le quitó el rey de Aragón. De don Juan Núñez de
Lara y de doña Teresa de Azagra nacieron don Álvaro y don Juan; de ambos se
tornará a hacer mención adelante en su lugar.
IX. De las muertes de tres reyes
Concluida aquella empresa de Albarracín, restaba
otro mayor cuidado al rey de Aragón, es a saber, la tempestad que le amenazaba
de Francia, la más brava, grave y memorable de cuantas en aquellos tiempos
sucedieron, así por ser grandes las fuerzas de aquella nación como la autoridad
con que se hacía, que era a instancia del sumo pontífice, que encendía los
corazones de los contrarios y los alentaba. El rey de Aragón no tenía fuerzas
bastantes para contrastar a Francia, mayormente que se le allegaba lo de Navarra
y de Nápoles. Acudió a buscar socorros de fuera, en particular envió
embajadores a Alemania para dar un tiento al emperador Rodolfo si por ventura,
movido a compasión del bando gibelino, que era
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maltrado por los franceses en Italia, quisiese
favorecerle y para este efecto bajar a Italia. Era el emperador de su
naturaleza considerado y recatado, y que se agradaba más de los consejos
seguros que de las empresas peligrosas, demás que a la sazón le tenía
embarazado la guerra que hacía a los esguízaros. Así esta diligencia no fue de
efecto alguno, ni los embajadores fuera de buenas palabras trajeron cosa alguna
en que se pudiese estribar.
El rey don Sancho, a ruego del rey de Aragón, que
se deseaba ver con él, partió para Soria; en aquella comarca tuvieron su habla
en Ciria y Borobia, que son pueblos cerca el uno del otro. Allí con nueva
confederación que asentaron confirmaron la amistad que de antes tenían y
prometieron de no faltarse el uno al otro en los peligros y ocurrencias. El rey
de Marruecos, como enemigo que era ordinario y muy pesado de España, pretendía
hacer la guerra de nuevo por la parte del Andalucía. Los franceses corrían las
fronteras de Aragón con tanto mayor peligro de aquel reino, que don Jaime, rey
de Mallorca, que de razón debiera acudir a los aragoneses, se había, juntado
con Francia. En todas partes se veía mucho peligro y nuevas muestras de
trabajos. Cercaron los moros a Jerez de la Frontera en número dieciocho mil
hombres de a caballo, que corrían la campaña hasta Sevilla con robos que hacían
en gran cantidad de hombres y ganados. Acudió con presteza el rey don Sancho a
Toledo, do le esperaba Carlos, conde de Artois, embajador que era venido de
parte del rey de Francia. La suma de la embajada contenía dos cosas: que por su
medio los hermanos Cerdas fuesen puestos en libertad, y que no tuviese
comunicación con el rey de Aragón, que estaba excomulgado por el papa. Respondió
a esto el rey don Sancho que dentro de muy pocos días enviaría sus embajadores
con poderes muy bastantes al rey de Francia para asentar aquellas haciendas.
Esta respuesta dio en público; de secreto rogó ahincadamente al embajador que
le hiciese muy amigo de su rey. Hay quien asimismo escriba que este tiempo fue
cuando el rey don Sancho le tentó para que le descubriese los secretos del
reino de Francia, y que Broquio, por entenderse que era espía, fue justiciado,
como de suso queda dicho.
El rey de Aragón, juntadas sus huestes contra las
de Francia, se puso sobre Tudela, que está en la frontera de Navarra, y la
combatía con todas sus fuerzas; todo con intento de divertir los franceses, que
entendía pretendían acometer por la parte de Rosellón, y para darles en qué
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entender en su misma casa con aquella nueva guerra.
Defendióse aquel pueblo, sobre todo por el valor y diligencia de don Juan Núñez
de Lara, persona más venturosa en las cosas ajenas que en sus haciendas y
estado. Solamente destruyeron la campaña y abastecieron las fronteras de Aragón
con soldados y municiones para que pudiesen resistir a la furia del enemigo.
Hecho esto, ya que sobrevenía el invierno, el rey de Aragón dio vuelta para
Zaragoza, en que estuvo al fin de este año y principio del siguiente de 1285
del nacimiento de Cristo, cuando a 7 días del mes de enero Carlos, rey de
Nápoles, pasó de esta vida en Fogia, pueblo de la Pulla, cansado de las
desgracias y aquejado con el dolor de la prisión y cautiverio de su hijo. Fuera
este príncipe esclarecido, así en la guerra como en la paz, si los fines
correspondieran con los principios. La larga edad le entregó a la fortuna
mudable como a otros muchos. Demás que el vigor y gallardía que los franceses
trajeron a Italia se trocara y perdiera del todo con el mucho regalo y vicio de
aquella tierra y con los deleites demasiados; de tal forma, que para con los
extraños eran flacos, sólo para con los vasallos y naturales mostraban
ferocidad. Los gobernadores de las ciudades y pueblos hacían odioso a su
príncipe con cuidar solamente de su ganancia, cohechar la gente y mirar poco
por el bien común. Esta muerte del rey de Nápoles hinchó de buenas esperanzas y
alegría al rey de Aragón; al contrario, al rey de Francia fue muy pesada. Para
aliviar la tristeza con causarla a sus enemigos hizo levas de gente por todas
partes. Juntó un gran ejército, en que se contaron veinte mil de a caballo y
ochenta mil de a pie; tenía aprestada una armada en las fosas Marianas, que hoy
se llaman Aguas Muertas, en que se contaban ciento veinte bajeles, parte
galeras reales, parte naves gruesas, y otros vasos pequeños. Determinó ir en
persona a esta jornada y en su compañía Filipo y Carlos, sus hijos, y don
Jaime, rey de Mallorca, que seguía al francés por grandes disgustos que tenía
contra el aragonés, su hermano. Hallóse otrosí con los demás el cardenal
Gervasio, que envió por su legado el papa Martín IV; por cuya muerte, que
sucedió en Perosa a 29 días del mes de marzo, fue puesto en su lugar Honorio
IV, ciudadano romano de casa Sabela, no menos aficionado a los franceses que lo
fue el pasado. Hízose la masa del ejército en Narbona, desde allí marcharon la
vuelta de Perpiñán. Este lugar se entregó al rey don Jaime, y recibieron a los
franceses dentro de las murallas. Lo mismo por su ejemplo hicieron los demás
lugares de Rosellón y de aquella comarca, fuera de uno que se llama Génova, ca
con
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esperanza que sería presto socorrido y por el
aborrecimiento que tenía al rey don Jaime y por no volver a su poder determinó
de hacer resistencia. Engañóle su esperanza, porque el lugar fue tomado por
fuerza y todos los moradores pasados a cuchillo, hasta encruelecerse contra las
mismas casas y edificios, que abatieron y quemaron. El bastardo de Rosellón,
hombre de noble linaje y atrevido, que dentro se halló, entrado el pueblo se
subió a la torre de la iglesia; valiéronle para escapar de la muerte más los ruegos
del rey don Jaime que la fortaleza y santidad del lugar en que estaba. Sin
embargo, se mostró agradecido a los franceses, porque como quier que el rey de
Aragón estuviese apoderado de la entrada y estrechuras de los montes Pirineos
de tal suerte, que los enemigos no tenían esperanza de poder pasar por allí,
los guió por unos senderos que él sabía, por donde con cierto rodeo subieron a
las cumbres del monte sin peligro ninguno y se pusieron sobre el mismo campo de
los aragoneses.
Con esto y con el espanto que ellos de esto
cobraron, los reyes con seguridad pasaron adelante hasta llegar a la comarca de
Ampurias. Allí con facilidad se apoderaron de algunas plazas, en particular de
Peralada y Figueras, sin reparar hasta ponerse sobre Gerona, que es una ciudad
muy noble y grande en los pueblos que antiguamente se llamaron ausetanos. Está
puesta en un sitio cuesta abajo, al pie del sitio el río llamado antes Tici, y
ahora Ter, tiene comidas aquellas riberas junte a la ciudad de suerte, que le
hace gran reparo. Los muros son de buena estofa, las torres de piedra y
fuertes; en lo más alto de la ciudad está la iglesia mayor, que es silla
episcopal, y junto a ella las casas obispales, de muy buen edificio y grande.
Más arriba de la iglesia mayor hay una torre a manera de alcázar, que llaman
Gironella. El vizconde de Cardona don Ramón, que tenía por capitán aquella
ciudad, la fortaleció con nuevos reparos; echó por tierra todas las casas del
arrabal; solo perdonó a la iglesia de San Félix por su mucha devoción y
antigüedad. El valor y diligencia de que usó fue grande, con que muchas veces
desbarató y pegó fuego a los ingenios, máquinas y pertrechos de los franceses.
El rey de Aragón otrosí con buen golpe de gente que consigo tenía andaba por allí
cerca. No eran sus fuerzas bastantes para acometer al enemigo y darle la
batalla; pero buscaba alguna ocasión para arma lle alguna celada y meter
socorro en la ciudad. Había ya tres meses que la tenían cercada, cuando don
Sancho, rey de Castilla, envió por sus embajadores a don Martín, obispo de
Calahorra, y a Gómez García da Toledo, abad de Valladolid, para acordar, si
pudiese, estas
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diferencias. No hicieron efecto alguno, antes
fueron forzados a dar la vuelta cargados de muchos baldones y palabras
injuriosas que les dijeron, casi sip darles lugar para hablar al rey de
Francia. La ocasión debió ser la grande confianza que tenían de salir con la
victoria, o por sospechar que so color de embajadores venían a espiar las
fuerzas e intentos de los franceses.
Era fama que al rey don Sancho no le faltaba
voluntad de juntar sus fuerzas con las de Aragón, y que se entretenía a causa
de la guerra que traía muy encendida en el Andalucía con los moros de algunos
meses atrás, ca tenían puesto sitio sobre Jerez de la Frontera, de la cual
ciudad con todo su esfuerzo pretendían apoderarse, porque les venía muy a
propósito para sus intentos. Esquivaba el rey don Sancho la batalla por no
poner a riesgo de lo que podía suceder todo lo demás; por esto a veces estaba
en Sevilla, otras iba a Nebrija, siempre apercibido para todas las ocasiones y
para estorbar las correrías y cabalgadas de los moros.
Con este ardid y por esta forma a cabo de seis
meses que los moros tenían cercada a Jerez alzaron el cerco forzados de la
falta de todas las cosas necesarias y por miedo del rey don Sancho, si mudado
de propósito les quisiese dar la batalla. Preguntó uno a la vuelta al rey
bárbaro después que pasó el río Guadalete con tanta prisa, que más parecía
huida que retirada, cuál fuese la causa de aquella resolución y del miedo que
mostraba. Respondió: «Yo fui el primero que entronicé y honré la familia y
linaje de Barramedo con título y majestad real; mi enemigo trae descendencia de
más de cuarenta reyes, cuya memoria tiene gran fuerza, y en el combate a mí
pusiera temor y espanto, a él diera atrevimiento y esfuerzo, si llegáramos a
las manos. Parecía que el cielo ofrecía muy buena ocasión de hacer efecto y
destruir al enemigo, si le siguiera en aquella retirada; pero al rey más
agradaban los prudentes consejos con razón que los arriscados, aunque honrosos,
y no todas veces de provecho».
Así, contento de fortificar y bastecer aquella
ciudad, se tornó a Sevilla, sin embargo que los soldados se quejaban porque
dejaban ir el enemigo de entre manos, y con ansia pedían los dejasen seguirle,
hasta amenazar que si perdían esta ocasión, no tomarían más las armas para
pelear; más el rey, inclinado a la paz, no hacía caso de aquellas palabras.
Enviáronse embajadores de una parte y otra sobre estas cosas, y viniéronse a
hablar los reyes a los esteros de Guadalquivir; otros dicen que fue en un lugar
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llamado Rocaferrada; allí hicieron sus avenencias.
Acordaron que el rey moro pagase para los gastos de la guerra dos cuentos de
maravedíes (este era un género de moneda usada en España que no tenía siempre
un valor); y con este concierto se dejaron las armas. Mucha gente principal se
desabrió por esta causa, en particular el infante don Juan, hermano del rey, y
don Lope Díaz de Haro, en tanto grado, que por el disgusto desde Sevilla se fue
cada uno a los lugares de su señorío, sin mirar que a los grandes capitanes más
veces fue provechosa la tardanza y detenimiento que la temeridad y osadía. A
ellos pertenece mirar lo que conviene; a los demás les es dado el obedecer y la
gana de pelear, que así se reparten los oficios de la guerra. De allí a poco
murió el rey bárbaro de Marruecos; dejó por su sucesor a su hijo Jusef.
Volvamos a Gerona y a su cerco. El rey de Aragón,
con deseo de atajar el bastimento que del puerto de Rosas, donde se tenía la
armada de los enemigos, traían para sus reales, trataba de armarles alguna
celada en los lugares que para ello le parecían más a propósito. Entendido esto
por las espías, el condestable de Francia, llamado Rodolfo, y Juan Ancurt o
Haricurt, mariscal, que es como maestre de campo, varones muy fuertes y
arriscados, comunicado el caso entre sí y con el conde de la Marcha, se fueron
al lugar de la celada con trescientos caballos escogidos, y no más. Pretendían
que los aragoneses por ser tan poca su gente no rehusasen la batalla. Pelearon
a 13 de agosto. Fue este encuentro y esta batalla muy reñida. Los aragoneses
eran más en número; los franceses no les daban ventaja ni en el esfuerzo ni en
la arte de pelear. El rey de Aragón hizo aquí todo lo que en un prudente
capitán y valeroso soldado se podía desear. Hiriéronle malamente en la cara, y
como procurase salir de la batalla, un caballero francés le asió las riendas
del caballo y le prendiera fácilmente si el rey en aquel peligro no las cortara
con la espada que tenía en la mano desnuda, y así se escapó a uña de caballo;
así lo escribe Villaneo, que hizo errar a los demás, porque los historiadores
aragoneses afirman que el rey salió sano y salvo de la pelea y que murieron
tantos de una parte como de otra, aunque el campo quedó por los franceses. Si
el caso pasó de esta manera o se mudó por la afición de los escritores no se
sabe. Lo que consta es que por la gran calor y las inmundicias y el tiempo, que
era el más peligroso de todo el año, sobrevino peste en el campo de los
franceses; y sin embargo, los cercados con las nuevas de este encuentro,
perdida la esperanza de defenderse, se dieron a los franceses a partido que
entregada
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la ciudad pudiesen los cercados irse donde
quisiesen y sacar consigo toda la ropa y hacienda que pudiesen llevar.
Muchos ejemplos de crueldad se usaron en los
rendidos, y hasta las iglesias de los santos fueron violadas. El sepulcro de
san Narciso, que es patrón y abogado de aquella ciudad y tenido y reverenciado
con gran devoción y estima, fue desbaratado de los soldados, que robaron todas
las riquezas, votos y donativos de los fieles, que allí hallaron en gran
cantidad; tal es la condición de la guerra. Castigó el Santo bienaventurado en
venganza de su morada aquel desacato con aumentarles la pestilencia; así se tuvo
por cierto entre todos. Quitó otrosí el entendimiento a los capitanes, porque
tomada que fue la ciudad, como quier que determinasen de irse por tierra desde
allí a Francia, venido el otoño, mal pecado, despidieron muchas naves de
particulares que tenían en el puerto de Rosas por ahorrar de costa y
desembarazarse; muy mal acuerdo, como lo mostró el suceso.
Fue así que Roger de Lauria, tomado que hubo la
ciudad de Tarento en lo postrero de Italia, a gran prisa costeó todas aquellas
marinas para venir a dar socorro al rey de Aragón. Llegado a España y vista tan
buena ocasión, presentó ta batalla al armada de los franceses, que se hallaba
fuera del puerto maltratada y en pequeño número, y valerosamente la venció.
Prendió a Juan Escoto, general de la armada francesa, y tomó quince galeras;
otras doce se retiraron y se metieron en el puerto de Rosas, de que salieron;
las cuales quemaron los soldados que iban en ellas y juntamente el lugar, tal
era el miedo que cobraron, y de esta manera se fueron al campo del rey de
Francia con la nueva del daño recibido. El francés, por ver que todas las cosas
le salían más dificultosas de lo que él pensaba y afligido por la poca salud
que tenía, reparó y fortaleció la ciudad de Gerona y puso en ella buena
guarnición de soldados. Con tanto dio la vuelta hacía Rosellón con lo que del
ejército le quedaba.
Al pasar los montes Pirineos tuvieron él y los
suyos grande afán y corrieron gran riesgo, a causa que los aragoneses tenían
tomados todos los pasos y hacían lo posible por prender al rey de Francia, que
por su enfermedad llevaban en hombros en una litera sus soldados. Grande fue el
daño que recibieron, gran cantidad da bagaje y carruaje les tomaron en este
camino. Lo que fue más pesado, que del movimiento del camino al rey se agravó
la enfermedad de suerte, que en Perpiñán a 6 de octubre pasó
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de esta vida. Su cuerpo, como lo dejó mandado,
llevaron su mujer e hijos a la iglesia de San Dionisio, que está junto a París.
Sucedióle en el reino Filipo, su hijo, que ya era
rey de Navarra; llamóse por sobrenombre el Hermoso por su extremada gracia y
donaire. La partida de los franceses fue causa que en breve tornaron a poder de
los aragoneses todas las tierras que les tomaran. Demás de esto, el infante don
Alfonso, enviado por su padre, se apoderó de la isla de Mallorca en pago del
favor que aquel príncipe dio al rey de Francia y de la amistad que con él trabó
contra su mismo hermano. Pretendía el aragonés seguir la fortuna, que se le
mostraba risueña; procuraba ir adelante y mejorar su partido, trazaba nuevas
empresas cuando la muerte asimismo le atajó los pasos, que le sobrevino en
Villafranca a 8 de noviembre en lo mejor de sus días y en el mayor vigor de su
edad, que no tenía más de cuarenta y seis años. Ganó sobrenombre de Grande por
dejar acrecentado su reino con el de Sicilia y por las cosas señaladas que
hizo. Asentábale bien el estado real por ser de buena presencia, de cuerpo
grande, de ánimo generoso, muy diestro en las armas, particularmente en jugar
de la maza. En ganar las voluntades de los hombres con buenas palabras,
cortesía y liberalidad fue muy señalado; sólo dejó nota de sí por la excomunión
en que estuvo enlazado hasta el fin de su vida, cuya imaginación se dice que le
aquejó mucho y se le ponía delante a la hora de su muerte; por lo menos es bien
y provecho para todos que así se entienda. Puesto que de aquel escrúpulo y
congoja en el artículo de la muerte le absolvió el arzobispo de Tarragona,
tomándole primero juramento sería obediente a la santa Iglesia romana, a la
cual antes se mostró inobediente. Su cuerpo sepultaron en el monasterio de
Santa Cruz, que está allí cerca.
Sus hijos fueron don Alfonso, el mayor, que en su
testamento nombró por heredero de sus reinos sin hacer mención alguna del reino
de Sicilia; demás de este don Jaime, don Fadrique, don Pedro, doña Isabel, doña
Costanza, todos habidos en la reina doña Costanza, su mujer. Hallóse a su
muerte Arnaldo de Villanova, que vino de Barcelona para asistirle y curarle,
médico muy nombrado y docto en aquellos tiempos, bien que de mayor fama que
aprobación por dejar amancillado su noble ingenio y sus grandes letras con supersticiones
y opiniones reprobadas que tuvo, tanto, que poco adelante fue condenado por los
inquisidores, y sus libros, que compuso y sacó a luz en gran número, juntamente
reprobados. Hay quien diga, por lo menos el Tostado lo testifica, que intentó con
simiente de
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hombre y otros simples que mezcló en cierto vaso de
formar un cuerpo humano, y que aunque no salió con ello, lo llevó muy adelante.
Si fue verdad o mentira, poca necesidad hay aquí de averiguarlo.
X. De cierta habla que hubo entre los reyes de
Francia y Castilla
La desgracia de este año, por la muerte de tantos
príncipes aciago, alivió en alguna manera el parto de la reina de Castilla. En
ausencia del rey, que era ido a Badajoz a dar órdenes en cosas del reino y
apaciguar los alborotos que allí andaban, parió a los 6 de diciembre un hijo en
Sevilla, por nombre don Hernando, que poco después muy niño sucedió a su padre
en el reino. El cuidado de criarle y amaestrarle se encargó a Hernán Ponce de
León, caballero principal, y para ello señalaron la ciudad de Zamora por el
saludable cielo de que goza, la fertilidad y regalo de sus campos y comarca.
Demás de esto, el año próximo siguiente de 1286 le juraron en Cortes por
heredero del reino, todo a propósito de asegurar la sucesión, que era el mayor
cuidado que aquejaba a su padre, así por los hermanos Cerdas, como por ser cosa
manifiesta que a causa del parentesco entre él y la reina el casamiento no era
válido. Deseaba alcanzar dispensación de los sumos pontífices sobre el dicho
parentesco; pero nunca pudo salir con ello por la contradicción que los reyes
de Francia le hacían. La causa es de creer era el dolor de que hubiese usurpado
el reino y despojado a los Cerdas, deudos tan cercanos de aquella corona.
Por tanto, procuraba el rey don Sancho por todas
las vías y maneras posibles ganarle la voluntad, con el cual intento segunda
vez envió sus embajadores, que fueron los mismos que el año pasado, es a saber,
don Martín, obispo de Calahorra, y don García, abad de Valladolid, a Francia,
donde a 6 días de enero el nuevo rey Filipo se coronó y ungió por rey de
Francia y de Navarra en la ciudad de Reims con las ceremonias y solemnidades
acostumbradas. En tiempo de este rey y por su mandado se edificó en París en la
isla de Secana o Seine el palacio real que allí se ve a manera de un grande
alcázar, en que poco adelante se asentó la audiencia o parlamento; y la
administración de la justicia que antes seguía la corte sin tener asiento
estable se puso en lugar determinado y tribunales conocidos.
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Labróse otrosí en la misma ciudad a expensas de la
reina el colegio que llaman de Navarra, de los más insignes que hay en el
mundo, así por la grandeza del edificio como por el gran número que tiene de
maestros y concurso de estudiantes. Dícese por cierto que en los buenos tiempos
de Francia moraban dentro de él setecientos estudiantes ocupados en sus
estudios; mudadas las cosas y alteradas, a la sazón que profesamos la teología
en aquella Universidad, apenas en el dicho colegio se contaban quinientos entre
oyentes y maestros. De este número algunos sustentaba el colegio a su costa,
los demás viven a la suya y de sus padres. Tuvieron estos reyes muchos hijos,
es a saber, Luis, Filipo, Carlos, Isabel y otra hija, que murió en tierna edad.
Esto en Francia.
En Sicilia el infante don Jaime, luego que supo la
muerte de su padre, tomó las insignias de rey en Mesina a 2 de febrero, y se
llamó rey de Sicilia, príncipe de la Pulla y de Capua, como aquel que poseía
parte del reino de Nápoles, y tenía esperanza de apoderarse de las demás
ciudades y fuerzas del reino; dado que todas las tierras y partes de aquel
reino estaban pertrechadas y fortificadas contra los intentos de los
sicilianos, y esto por el mucho valor y diligencia de Roberto, conde de Artois,
a quien el rey de Francia, muerto el rey Carlos, encargó el gobierno de
Nápoles.
Don Alfonso el Tercero, rey de Aragón, por estar
algunos meses ocupado en aprestar una armada para ir sobre Mallorca y Menorca,
cosa que su padre a la hora de su muerte dejó muy encomendada, dilató su
coronación. Finalmente, a los 14 días del mes de abril, el mismo día de Pascua
Florida de Resurrección, tomó la corona en Zaragoza y las demás insignias
reales. Hizo la ceremonia don Jaime, obispo de Huesca, por estar a la sazón
vaca la silla arzobispal de Tarragona, cuya era aquella preeminencia por antigua
costumbre. Juró el rey de guardar todos los privilegios, fueros y libertades de
aquel reino. Tratóse con muchas veras y gran porfía de reformar los gastos de
la casa real, particularmente en las Cortes que de allí a pocos días se
tuvieron en Huesca, concedió a los señores y caballeros de Aragón a su
instancia que los valencianos, poco antes de este tiempo incorporados en
aquella corona, se gobernasen conforme a las leyes de Aragón.
Fallecieron este mismo año grandes personas
eclesiásticas, entre otros don Miguel Vincastrio, obispo de Pamplona. Sucedióle
en la silla don Miguel Legaría. La iglesia de Toledo gobernaba todavía el
arzobispo don Gonzalo, varón de grande autoridad y que podía mucho con los
reyes;
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acompañó al rey don Sancho, que iba a los confines
de Francia, ca quedó concertado por medio de la embajada, de que se hizo
mención, que los dos reyes de Castilla y Francia se juntasen en Bayona para se
hablar y tratar allí en presencia de todas sus haciendas y concordar sus
diferencias. Nunca los reyes se vieron; no se sabe qué fuese la causa; puédese
sospechar que nacieron, como es ordinario, algunas sospechas de una parte y
otra o por otros respetos y puntos. Así se detuvieron el rey don Sancho en San
Sebastián, y el rey de Francia en Montemarsano. Hóbose de tratar del concierto
por terceros. Por parte del rey don Sancho, don Gonzalo, arzobispo de Toledo,
fue a Bayona, y por parte del rey de Francia el duque de Borgoña. Trataron de
hacer las amistades con grande ahínco de entrambas partes. Los franceses no
venían en ningún acuerdo de concordia si el rey don Sancho no repudiaba la
reina, pues de derecho por razón del parentesco no podía estar casado con ella,
y se casaba con una de dos hermanas del rey de Francia, es a saber, Margarita,
que después casó con Eduardo, rey de Inglaterra, o con Blanca, que vino a casar
con el duque de Austria. Don Sancho sintió esto gravemente. Parecíale cosa
pesada dejar una mujer tan esclarecida y en quien tenía un hijo y una hija. Así
llamados los terceros, sin concluir cosa alguna tomó el camino para Vitoria, do
se quedara la reina.
Lo que resultó fue enojarse malamente con el abad
de Valladolid por saber que muy fuera de tiempo y sazón movió plática de este
nuevo casamiento, que dio ocasión a los franceses para hacer en ello instancia.
Revolvía en su pensamiento cómo podría satisfacerse de aquel enojo. Comunicólo
con la reina, que de estas nuevas estaba con grandísimo pesar. Parecióles muy a
propósito pedirle cuenta de las rentas reales que estuvieron a su cargo, y
achacarle algún crimen de no las haber administrado bien. Encomendaron a don
Gonzalo, arzobispo de Toledo, que tomase estas cuentas. El rey don Sancho, o
por cumplir algún voto que hubiese hecho, o por su devoción, se fue a Santiago
de Galicia. En el camino en el monasterio de Sahagún halló que los huesos del
rey don Alfonso el Sexto y de doña Isabel y doña María, sus mujeres, estaban
enterrados pobremente; procuró se pasasen a mejor lugar con sus túmulos y en
ellos sus letreros. Vuelto a Valladolid, honró a don Lope Díaz de Haro, señor
de Vizcaya, a quien él tenía grande obligación, y por quien principalmente
tenía el reino; hízole mayordomo de la casa real y su alférez mayor. Diole
asimismo en tenencia muchos castillos y muy fuertes
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en todo el reino; y ultra de esto, a 1 de enero le
engrandeció con título y honra de conde; para que esta merced fuese más
señalada le dio privilegio y cédula real en que declaraba ser su voluntad que
todas estas honras, privilegios y prerrogativas las heredase don Diego Lope de
Haro, su hijo, muerto que fuese el padre. Al hermano de don Lope de Haro, que
se llamaba don Diego de Haro, le hizo capitán de la frontera contra los moros.
De aquí vino a crecer grandemente la autoridad y
poder de aquella familia en estado y renta. En particular comenzó don Lope de
Haro a tener mucha privanza y favor con el rey y atropellar a quien a él se le
antojaba, de que muchos se quejaban y murmuraban, movidos algunos de buen celo,
otros de envidia que pudiese más uno solo que toda la demás nobleza; y
claramente decían que los tenía oprimidos como si propiamente fueran esclavos;
que don Lope de Haro era el que reinaba en nombra de don Sancho. En especial
llevaban mal esto los gallegos y los de León, y acusaban a don Lope de Haro,
entre otras cosas, que siendo muy áspero y severo con los demás, solamente
favorecía y daba todos los provechos y honras a sus parientes y amigos. No dura
mucho el poder de los privados cuando no se templan y humanan. Andaba don Lope
muy ufano porque demás de lo dicho emparentó con la casa real por medio de su
hija doña María, que casó con el infante don Juan. Al mismo rey pretendía
apartar de su mujer por casarla con Guillelma, su prima, hija que era de
Gastón, vizconde de Bearne. Para salir con esto no cesaba de poner mala voz en
el casamiento primero y acusarle.
Llevaba el rey muy mal estas pláticas, mayormente
que a la misma sazón le nació otro infante de la reina, por nombre don Alfonso.
Deseaba descomponer a don Lope; pero la revuelta de temporales tan turbios no
daban para ello lugar, ni aún se atrevía a declararse y dar muestra de su enojo
y desabrimiento, antes le traía en su compañía en el mismo lugar de autoridad
que antes; y visitado que hubo el reino de Toledo, se partió para Astorga, y en
su compañía don Lope. La voz era para hallarse a la misa nueva de don Merino,
obispo de aquella ciudad, y honrarle con su presencia por ser de nobilísimo
linaje y deudo del rey de Francia. Su intento principal era apaciguar a los
gallegos, que andaban alborotados, y reprimir las entradas y correrías de
portugueses que hacían por aquellas comarcas el infante don Alfonso, hermano
del rey de Portugal, y en su compañía don Alvar Núñez de Lara, hijo de don Juan
de Lara, como
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hombre feroz que era y desasosegado y acostumbrado
a vivir de rapiña. Eran a propósito para esto los pueblos de Portalegre y de
Ronca, que don Alfonso poseía en las fronteras de Portugal y a la raya de
Castilla. El cuidado de sosegar los gallegos encargó a don Lope de Haro; sobre
lo de Portugal se comunicó con aquel rey, con que, juntadas sus fuerzas y hecha
liga, se puso sobre la villa de Ronca; talaron los campos, pusieron fuego a las
alquerías y edificios que estaban fuera del pueblo; movidos de este daño los de
dentro y por miedo de mayor mal se riudieron.
Halláronse presentes en aquel cerco los dos reyes;
don Dionisio, el de Portugal, aconsejó a don Sancho que si quería ver su reino
sosegado procurase abatir a don Lope de Haro, y para este efecto recibiese en
su gracia y autorízase a don Alvar Núñez de Lara, porque a causa de las grandes
riquezas y poder de aquel linaje, igual a su nobleza, era a propósito para
contraponerle y amansar el orgullo de aquel personaje. Hízolo así; don Lope,
que bien entendía dónde iban encaminadas estas mañas y cautelas, como hombre
altivo y que no podía sufrir igual, resentido de esta injuria buscó ocasión
para recogerse a Navarra. Dio a entender que iba a visitar a Gastón, vizconde
de Bearne, como quier que a la verdad se tenía por agraviado del rey, que con
aquel desvío y mal tratamiento desdoraba las mercedes pasadas. La privanza y
poder acerca de los reyes nunca es segura, mayormente cuando es demasiada. Con
su ida los navarros, a quien no faltaba voluntad de hacer guerra a Castilla por
los desabrimientos pasados y por lo que pretendían que de aquel reino les
tenían malamente usurpado, tomaron las armas. Era virrey en aquella sazón de
Navarra Clemente Luneo, francés de nación. Muchas veces salieron loa navarros a
correr las fronteras, así de Castilla como de Aragón, sin suceder cosa alguna
memorable, salvo que tomaron a los aragoneses la villa de Salvatierra y
pusieron en ella guarnición de soldados navarros.
Con más próspera fortuna hacían los aragoneses la
guerra en Italia. Roger de Lauria, bravo caudillo y señalado por las victorias
pasadas, acometió de improviso la armada de los enemigos, que tenían muy
poderosa por el gran número de bajeles, junto a Nápoles. Fue muy reñida y
sangrienta la batalla, que se dio a 16 días del mes de junio. La victoria quedó
por los aragoneses; tomaron cuarenta y dos bajeles; los cautivos fueron cinco
mil, y entre ellos muchos por su linaje y hazañas muy señalados. Los más de ellos
se rescataron por dinero, solo a Guido de
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Monforte ni por ruegos ni por algún rescate
quisieron dar libertad. Esto por dar contento a los reyes de Aragón y de
Inglaterra, sus enemigos capitales, a causa que este caballero era bisnieto de
Simón, conde de Monforte, aquel que, como arriba se dijo, venció en batalla y
mató a don Pedro, rey de Aragón, en la guerra de Tolosa. El nieto de este
Simón, llamado asimismo Simón, prendió al emperador Ricardo (que fue elegido en
competencia de don Alfonso el Sabio, y era hermano del rey Enrique de
Inglaterra) los años pasados en la batalla de Leuvis, que hubo entre los
franceses y ingleses, do estuvo un monasterio famoso de San Pancracio. Este
Guido en venganza de su padre Simón, que poco después fue por los ingleses
muerto en otra batalla que se dio cerca de Vigomia en Inglaterra, el tiempo que
Eduardo, rey de Inglaterra, volvía de la guerra, de la Tierra Santa, mató con
grande impiedad y crueldad a Enrique, hijo del emperador Ricardo, en Viterbo en
la iglesia mayor, donde oía misa. Esto hecho, con las armas se hizo camino para
huir y se fue a valer a su suegro el conde del Anguilara, llamado Rubro.
Comúnmente cargaban a Carlos, rey que era a la sazón de Nápoles y Sicilia, de
que no vengó esta muerte como vicario que era en aquel tiempo del imperio, y
como tal tenía puesto al dicho Guido en el gobierno de Toscana. Los
historiadores ingleses y franceses afirman que Guido, después que fue preso en
la batalla naval susodicha, fue entregado en poder del rey de Inglaterra. Un
historiador siciliano de aquel tiempo porfía que falleció en Sicilia de una
enfermedad, de que sólo a juicio de los médicos le pudiera sanar la
comunicación con mujer, y que él no quiso venir en ello por no hacer injuria al
matrimonio y por no sujetarse a la deshonestidad; que si fue así, es tanto más
de loar este caballero, que su mujer Margarita, después que del enviudó, se
dice hizo poco caso de lo que debiera y vivió con poco recato. Dejó este
caballero una hija llamada Anastasia, que casó con Romano Ursino, pariente
cercano del papa Nicolás III y conde de Nola. La nobilísima sucesión que
procedió de este casamiento se continuó en aquella casa y estado hasta nuestros
tiempos, cuando últimamente faltó y la ciudad de Nola volvió a la corona real.
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XI. Que se trato de librar los hermanos Cerdas, y
Carlos, príncipe de Salerno, fue puesto en libertad
Sosegados estaban los aragoneses y muy pujantes en
fuerzas, riquezas y gloria por sus hazañas grandes y memorables. Solamente en
la costa de Cataluña inquietaba a los naturales con sus armas don Jaime, rey de
Mallorca, bien que no hizo cosa alguna digna de memoria. El nombre del rey don
Alfonso de Aragón era célebre. Tenía en su mano puesta la paz y la guerra a
causa de los grandes príncipes que tenía en su poder detenidos; los hermanos
Cerdas en el castillo de Morela, el príncipe de Salerno en el de Siurana, ambos
muy fuertes y con buena guarda. Cansados pues estos príncipes de tan larga
prisión y movidos por miedo de mayor mal, se inclinaban a la paz con las
condiciones que él quisiese; tenían grandes reyes por intercesores; muchas
embajadas de Francia y de Castilla venían al rey de Aragón sobre el caso; la
autoridad de Eduardo, rey de Inglaterra, que se interpuso con los demás por
medianero, era de más peso y eficacia a causa que el aragonés pretendía tomarle
por suegro y casarse con su hija Leonor.
Acordaron pues estos reyes de verse y hablarse en
la ciudad de Oloron, que se llamó antiguamente Lugduno, y está en los confines
de Francia en los pueblos llamados coquenos (hoy está en el principado de
Bearne a las faldas de los montes Pirineos; el emperador Antonino la llamó
Illuro). En aquella junta y habla por grande instancia del rey de Inglaterra se
alcanzó que dentro de un año Carlos, príncipe de Salerno, fuese puesto en
libertad con estas condiciones: que el reino de Sicilia quedase por don Jaime;
que el preso alcanzase del papa consentimiento para esto, junto con alzar las
censuras puestas contra los aragoneses; item, que pagase treinta mil marcos de
plata; últimamente, que Carlos de Valois se apartase de la pretensión que tenía
al reino de Aragón que le adjudicara el pontífice Martín; que dentro de tres
años, si todo esto no se cumplía, fuese aquel príncipe obligado a tornarse a la
prisión, y sin embargo, diese en rehenes a sus tres hijos Roberto, Carlos y
Luis, ultra de esto, sesenta caballeros de los más nobles de la Provenza.
Graves condiciones eran estas; pero como al vencedor eran estos conciertos
provechosos, así a los vencidos era forzoso aceptarlos de cualquiera manera que
fuesen, que una vez puestos en libertad, confiaban no les faltaría ocasión de
mejorar su partido.
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Carlos, príncipe de Salerno, puesto que fue, según
lo asentado, en libertad el año del Señor de 1288, desde Aragón pasó a Francia,
desde allí a Toscana; apaciguados ende los alborotos de los gibelinos, en Roma
finalmente le declaró por rey de Pulla y de Sicilia el papa Nicolás IV, el que
al principio de este año sucedió en lugar de Honorio. Púsole la corona real en
su cabeza con todas las demás insignias y vestiduras reales. Pretendía el
pontífice no ser válido el concierto pasado, como hecho sin su licencia, de un
reino que de tiempo antiguo era feudatario de la Iglesia romana. Esto alteró
grandemente el ánimo del rey de Aragón, tanto más que entendía y le avisaban
que el rey don Sancho quería dejar su amistad y avenirse con el rey de Francia
a persuasión del sumo pontífice, parecer que aprobaban la reina y don Gonzalo,
arzobispo de Toledo, aunque muchos grandes juzgaban debía ser preferida la
amistad del rey de Aragón, así por la vecindad de los reinos como por tener en
su poder los hermanos Cerdas. De estos principios se alteraron algunos, y por
la muerte de don Lope de Haro, como luego se contará, sus parientes y amigos se
pasaron a Aragón, y fueron causa de nuevas y largas guerras; pretendían y
procuraban satisfacerse de sus particulares disgustos con las discordias y
males comunes. El rey don Sancho por el mismo caso se vio puesto en necesidad
de darse prisa a hacer la confederación con el rey de Francia. Enviaron los dos
reyes sus embajadores a Lyon de Francia, do los esperaba el cardenal Juan
Cauleto, enviado por legado del sumo pontífice para este efecto. Por el rey de
Francia vinieron Mornay y Lamberto, caballeros principales de su corte; el rey
don Sancho envió a don Merino, obispo de Astorga. El concierto se hizo de esta
manera: el rey don Sancho prometía de dar a don Alfonso de la Cerda el reino de
Murcia, a tal que no se intitulase en ninguna manera rey de Castilla, y el
reino de Murcia le tuviese como moviente y feudatario de Castilla; que si don
Alfonso muriese sin hijos, sucediese don Hernando, su hermano menor; el de
Castilla enviase mil caballos en ayuda al rey de Francia, que quería mover
guerra a Aragón, y si fuese necesario, diese paso y entrada segura por sus
tierras al ejército francés; item, que los hermanos Cerdas, luego que
alcanzasen libertad con el poder e industria de los dos reyes, se entregasen en
poder del rey de Francia.
Este concierto dio mucho disgusto a doña Blanca,
madre de los infantes, en tanto grado, que dejado su hermano, se fue a
Portugal. Como mujer varonil pretendía buscar nuevos socorros contra las
fuerzas de
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Castilla, puesto que más fue el trabajo que en esto
tomó que el fruto que sacó. El rey Dionisio de Portugal, echados los moros de
toda su tierra, gozaba de una tranquila paz, ni le podían convencer a que la
alterase en pro de otros y daño suyo. ¿Qué prudencia fuera ponerse en peligro
cierto con esperanza incierta, y escurecer la gloria ganada y alterar la
quietud y reposo de su reino con mover las armas fuera de tiempo? Tuvo este rey
muy buenas partes, y en especial muy noble generación de hijos y hijas. De doña
Isabel, su mujer, tuvo antes de esto una hija, llamada doña Isabel, y este año
le nació otra, que se llamó doña Costanza; de allí a dos años otro hijo, que se
llamó don Alfonso, que fue heredero del reino. De mujeres solteras tuvo estos
hijos: a don Alfonso de Alburquerque, de quien trae su descendencia una familia
de este sobrenombre, nobilísima en Portugal, y a don Pedro, que fue dado a los
estudios de las letras, como da testimonio un libro que compuso de los linajes
y de la nobleza de España; y a don Juan y a don Fernando, y ultra de estos dos
hijas, que la una casó con don Juan de la Cerda, y la otra se metió monja.
XII. De nuevas alteraciones que se levantaron en
Castilla
Castilla, por lo que tocaba a los moros, sosegaba a
causa de la amistad que tenían con el rey de Granada; con África poco antes se
asentaron treguas con Jusef, rey de Marruecos. La guerra civil y doméstica
tenía a todos puestos en mayor cuidado. Sucedió este daño por la muerte de don
Lope de Haro, que le dieron dentro de palacio y en presencia del mismo rey; si
con razón o sin ella, no se averigua bastantemente. Para que todo esto mejor se
entienda será bien relatar los principios por do se encaminó esta desgracia.
Por muerte de don Alvar Núñez de Lara, que falleció poco después que tornó en
gracia del rey don Sancho, don Lope de Haro, su competidor, volvió a Castilla y
a la corte con esperanza de recobrar la cabida y autoridad que antes tenía,
pues era muerto su contrario; pero la naturaleza, que no permite viva alguno
sin competidor y sin contraste, en el mismo punto que murió, hizo que don Juan,
hermano del difunto, subiese al mismo grado de dignidad y al favor y gracia del
príncipe que su hermano tuvo, con mucho gusto del pueblo y no menor pesar y
dolor de
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don Lope de Haro. Quejábase que con aquellas artes
y mañas se le hacía notable agravio, y que todo se encaminaba a disminuir su
autoridad y menoscabarla. Era el sentimiento en tanto grado, que no temía de
dar muestras de él al mismo rey y formar quejas en su presencia. Como el
infante don Juan, su yerno, con un escuadrón de gente corriese la campaña de
Salamanca, y con sus ordinarias correrías llegase hasta Ciudad-Rodrigo y el rey
se quejase de esto con don Lope de Haro, tuvo atrevimiento de confesar que todo
aquello se hacía por su consejo y voluntad, hasta añadir que si el rey iba a
Valladolid, su yerno vendría a Cigales, que es un pueblo allí cerca, y era
tanto como amenazarle. Soltar la rienda a la mala condición y irritar con esto
la ira de los reyes, cosa es muy perjudicial. Verdad es que por entonces el rey
tuvo sufrimiento y disimuló lo mejor que pudo hasta que se ofreciese ocasión
para castigar tan gran locura y desacato. Fue el rey a Valladolid, habló con
don Juan, su hermano, diose orden como aquellos alborotos algún tanto
sosegasen. Partido de Valladolid, fue primero a Roa, y de allí a Berlanga y a
Soria.
Después tomó el camino para Tarazona para verse con
el rey de Aragón y alcanzar de él que le entregase los hermanos Cerdas.
Estorbóse esta vista de los reyes por las malas mañas de don Lope de Haro, que
como tercero iba de una parte a otra, y a cada cual de las partes refería en
nombre del otro condiciones para asentar la paz muy pesadas y muy contrarias de
lo que los mismos príncipes pretendían. Todo iba enderezado a derribar por
medio de los hermanos Cerdas al rey don Sancho, de quien tenía de todo punto el
ánimo enajenado, que fue la causa de no efectuarse cosa alguna y de volverse el
rey a Alfaro, que es una villa de Castilla puesta a los confines de Aragón y de
Navarra. Acudieron el infante don Juan y don Lope de Haro, su suegro, a hacer
reverencia y compañía al rey sin guarda bastante con que se asegurasen.
Halláronse presentes don Gonzalo, arzobispo de Toledo, y don Juan Alfonso,
obispo de Plasencia, el obispo de Calahorra, el de Osma y el de Tuy; allende de
estos el deán de Sevilla, que era chanciller mayor, y el abad de Valladolid,
todos llamados a consejo para tratar de cosas importantes. Llegados don Juan y
don Lope a besar al rey la mano, mandóles le volviesen a la hora todos los
castillos y plazas que tenían en su poder, y para esto alzasen el juramento a
los soldados que tenían de guarnición y diesen las contraseñas por do
entendiesen por cierto que era tal su voluntad. Fueles este mandato muy pesado,
excusábanse de obedecer, mandólos prender; don Lope de Haro,
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puesta mano a la espada y revuelto el manto al
brazo, con palabras muy injuriosas y llamar al rey tirano, fementido, cruel,
con todo lo demás que se le vino a la boca y que el furor y rabia le daban, se
fue para él con intento de matarle. Locura grande y demasiado atrevimiento, que
le acarreó su perdición; los que estaban presentes pusieron asimismo mano a sus
espadas, y del primer golpe le cortaron la mano derecha y consiguientemente le
acabaron. Caballero que fue arriscado y fuerte, más su arrogancia y poder
demasiado, junto con la envidia que muchos le tenían, redujeron a estos
términos. Don Juan, su yerno, después que hirió a algunos de los criados del
rey, como vio muerto a su suegro, se huyó y acogió al aposento de la reina, que
se puso delante para ampararle del rey, que venía en su seguimiento con la
espada desnuda, y por sus ruegos y lágrimas hizo tanto, que le libró de la
muerte. Pusiéronle en prisiones para estar a juicio, y dar razón de este y de
los demás desacatos.
Forzosa cosa es pasar muchas cosas en silencio por
seguir la brevedad que llevamos. Mas ¿quién podría contar por menudo y a la
larga todas las tramas que en esto hubo de traición y deslealtad? ¿Quién decir
todo lo que pasó en tan grande ruido y alboroto y encarecer la turbación y
desasosiego de toda la casa real? La suma es que, quitadas delante las cabezas,
los alborotos se apaciguaron por entonces, y con el ejemplo fresco de aquella
culpa y de aquel castigo los demás se tuvieron a raya para que luego no se
alterasen. Pero como se hubieron un poco sosegado, en secreto y públicamente en
corrillos comenzaron a murmurar de este hecho del rey. Decían que con muestra
de amor engañó a tan grandes príncipes; los parientes y aliados de los dos unos
se salían de la corte, otros, de que hubo gran número, se fueron del reino. Por
todo esto bien se dejaba entender que se armaba alguna gran tempestad, que fue
la causa principal de abreviar la confederación y liga con el rey de Francia en
León, como arriba queda dicho.
Doña Juana, mujer del difunto don Lope de Haro e
hija de don Alfonso, señor de Molina, toda cubierta de luto, se fue a ver con
la reina, su hermana, en Santo Domingo de la Calzada, donde estaba la corte.
Pretendía con esto recoger las reliquias del naufragio de su casa. Hizo tanto,
que con sus lágrimas y a ruego de la reina se amansó el rey para que no
despojase a su hijo del señorío de Vizcaya, como lo pretendía hacer, y ya por
fuerza se había apoderado de la villa de Haro y del castillo de Treviño. Demás de
esto, con deseo de sosiego y de apaciguarlo todo la
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reina prometió a su hermana que si su hijo don
Diego de Haro, como era forzoso, llevase en paciencia la muerte de su padre y
se pusiese en manos del rey, le haría dar el lugar y autoridad que su padre
tenía. Doña Juana, como mujer inconstante, pensó que estas promesas procedían
de miedo; así, mudó luego de parecer y trocó la humildad pasada en cólera,
tanto, que con deseo de vengarse atizaba a su hijo, y le aconsejaba que,
renunciada la fe y lealtad que al rey tenía prometida, se desnaturalizase y se
pasase a Aragón. Doña María, mujer del infante don Juan, que tenían preso, se
pasó a Navarra, cerca de la cual estaba. En su compañía se salieron otrosí de
Castilla muchos de sus aliados, dado que la mayor parte, como suele acontecer
en estas revueltas, dudosos y suspensos se estuvieron en sus casas para tomar
consejo conforme al tiempo y como las cosas se rodeasen.
Gastón, vizconde de Bearne, sabido lo que pasaba,
vino a gran prisa a Aragón en favor de sus deudos, resuelto de poner a
cualquier riesgo su persona y estados por los amparar. A instancia de todos
estos señores el rey de Aragón puso en libertad a los hermanos Cerdas. Y para
hacer mayor pesar al rey don Sancho, por el mes de septiembre en Jaca, donda
hizo traer a los infantes, nombró a don Alfonso, el mayor de ellos, por rey de
Castilla y de León, de que resultaron nuevas guerras y grande ocasión para discordias;
y es cosa forzosa que los grandes reinos sean muchas veces combatidos de nuevas
y grandes tempestades. Por medio de los Cerdas y con el favor de los aragoneses
se movió guerra a Castilla. El pueblo estaba no más deseoso que medroso de
cosas nuevas. Los caballeros principales de Castilla no eran de un mismo
parecer; los más prudentes con deseo de sosiego seguían el partido del rey don
Sancho, y querían agradarle a él, pues tenía el mando y señorío.
Él en aquellos días fue a Vitoria, que es en Álava;
allí la reina parió un hijo que se llamó don Enrique. La ida se enderezaba, así
para verse en Bayona con el rey de Francia, según que lo tenían determinado por
sus embajadores, como para acabar de conquistar los lugares y tierras de
Vizcaya y ponerlos debajo de su señorío. Esta guerra fue más dificultosa de lo
que se pensó por la aspereza de los lugares, la falta de bastimento y la
condición de la gente, constante en guardar la fe y lealtad a sus señores. Teníase
esperanza por medio del maestre de Calatrava, don Ruy Pérez Ponce, de poder
ganar a don Diego de Haro, hermano de don Lope, al cual antes de este tiempo el
rey hizo capitán de la frontera, y al presente le
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ofrecía mucho mayores honras y premios, hasta darle
intención que le daría el señorío de Vizcaya. Pero él, sin hacer caso de todo
esto, quiso más irse desterrado a Aragón. Decía no se debía confiar de quien so
color de amistad maltrató de tal manera a tales príncipes, sus parientes y
amigos. Así, se partió determinado de favorecer y amparar con su consejo y
hacienda y diligencia a su sobrino. Todo parecía estar a punto de romper; los
pueblos resonaban con aparatos y pertrechos de guerra, cuando, al mismo punto
que querían acometer las fronteras de Castilla, falleció de enfermedad don
Diego de Haro, hijo de don Lope, en gran pro y beneficio del rey don Sancho y
de sus cosas. Con su muerte so resfriaron las voluntades de los que seguían su
bando; y Vizcaya, que hasta entonces hacía resistencia, toda ella vino en poder
del rey por el esfuerzo y valor de Diego López de Salcedo, a quien se cometiera
todo el peso de aquella conquista, y de quien, así en guerra como en paz, se
hacía mucho caso.
XIII. De algunas hablas que tuvieron los reyes
El rey don Sancho, dado que hubo fin a las cosas de
Vizcaya, y que las vistas con el rey de Francia se remitieron para otro tiempo,
dejó a su hermano el infante don Juan con buena guarda preso en el alcázar de
Burgos, y después le pasaron a Curiel; y él con el cuidado que tenía de la
guerra de Aragón y de su reino, que de nuevo andaba en balanzas, se partió para
Sabugal, que es una villa a la raya de Portugal. Allí se juntaron él y el rey
de Portugal para tratar entre los dos de sus haciendas; hicieron liga contra
los aragoneses y los desterrados de Castilla, que se apercibían para la guerra
so color de poner en posesión a don Alfonso de la Cerda, que ya se intitulaba
rey de Castilla, en el reino de su abuelo. Apartados los reyes y vueltos de
estas vistas, don Sancho, recogidas sus fuerzas por todas partes y la gente de
guerra que tenía, se fue a encontrar con los aragoneses a la villa de Almazán.
En el mes de abril del año del Señor de 1289 se juntaron los dos campos; más no
sucedió cosa digna de memoria; sólo la villa de Morón fue tomada por los
aragoneses por fuerza de armas, y Almazán fue cercado. De la otra parte del rey
don Sancho con una entrada que hizo por las fronteras de Aragón destruía la
campaña, robaba ganados y ponía a fuego villas y lugares. Don Diego López de
Haro de la misma
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manera con sus correrías talaba todos los campos y
términos de Cuenca y Huete, demás de un escuadrón de enemigos con quien se
encontró y los venció y puso en huida junto a la villa de Pajarón. En esta
refriega murió Rodrigo de Sotomayor, capitán de los castellanos. Las banderas
que les tomó envió don Diego a la ciudad de Teruel. La estrechura del lugar fue
causa de este revés; los aragoneses peleaban mejorados de lugar, y por todas
partes estaban sobre los enemigos.
En ninguna parte podían reposar, unos daños
sucedían a otros, como si anduvieran en rueda; los que con su daño pagaban las
discordias de los príncipes eran los inocentes. Verdad es que las más ciudades
y villas tenían la voz de don Sancho, unas por miedo, otras por voluntad. Sólo
en Badajoz se encendió una revuelta muy grande; estaban aquellos ciudadanos de
tiempo antiguo divididos en dos bandos, es a saber, los Bejaranos y los
Portugaleses. Fueron los Bejaranos despojados de sus haciendas por los contrarios
y forzados a ausentarse de la ciudad. Hicieron recurso al rey para que
deshiciese el agravio. Mandólo así; los dañadores no quisieron obedecer a este
mandato. Acudieron los Bejaranos a las armas, y con gente que tenían apercibida
mataron gran número del otro bando y echaron los que quedaban de la ciudad. A
este atrevimiento de quererse vengar por sus manos añadieron otro mayor, y fue
que como se hubiesen fortificado en lo más alto de la ciudad, apellidaron por
rey a don Alfonso de la Cerda. Dio esto grande pesadumbre al rey don Sancho; el
daño que resultó a aquella ciudad fue notable. Grande es la furia del pueblo
puesto en armas; las fuerzas de los reyes son mayores. Viose por experiencia
que luego que el rey envió su campo sobre ellos la osadía se les trocó en
miedo. Rindiéronse a partido, salvas las vidas. No les guardaron el concierto;
todos los Bejaranos fueron pasados a cuchillo en número de cuatro mil entre
hombres y mujeres. El mismo trabajo corrió Talavera, villa principal en el
reino de Toledo; por seguir la voz de don Alfonso de la Cerda hasta
cuatrocientos de los más nobles fueron justiciados y descuartizados
públicamente a la puerta, que desde aquel tiempo comenzó el vulgo a llamarla la
puerta de Cuartos. Así lo testifican los de aquel lugar como cosa recibida de
mano en mano de sus antepasados, sin que haya autor ni testimonio más bastante.
Lo cierto es que con el castigo de estos dos pueblos quedaron avisados los
demás para no se desmandar; y es así, que todo grande ejemplo y hazaña es casi
forzoso tenga mezcla de algunos
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agravios; pero lo que se peca contra los
particulares se recompensa con el provecho y sosiego común.
El año próximo siguiente de 1290 se trató de nuevo
que los reyes de Francia y de Castilla se viesen y hablasen. Acordado esto,
llegaron en un mismo día a Bayona, pueblo de la Guyena, señalado para esta
junta. Lo más principal que entre los reyes se resolvió fue que el de Francia
alzó la mano de ayudar a los hermanos Cerdas, renunció otrosí el derecho, si
alguno tenía, al reino de Castilla, como bisnieto de la reina doña Blanca, que
no faltaba quien le pusiese en seguir esta demanda. Demás de esto, se resolvió
de hacer por ambas partes la guerra al reino de Aragón. Al mismo tiempo Tolosa,
Segura y Villa franca, que se comenzaran a edificar en la parte de Vizcaya en
tiempo del rey don Alfonso, se acabaron en éste por la diligencia del rey don
Sancho, de que hay hoy día públicos instrumentos despachados en esta razón en
Vitoria y en Valladolid, donde se vino desde Bayona.
El rey de Aragón, sabida la confederación de los
dos reyes y visto que no tenía fuerzas para contrastar con Castilla, Francia e
Italia, mucho se inclinaba a la paz, sin embargo que Carlos, rey de Nápoles, no
cumplía lo que se asentó en el concierto pasado; de que el rey de Inglaterra,
por cuya instancia fue puesto en libertad, se sentía muy agraviado que hiciese
burla de su fe y palabra.
Acudieron por todas partes al papa o poner en sus
manos estas diferencias. Respondió enviaría sus legados, que oídas las partes,
con condiciones honestas acordasen todos estos debates. Nombró para esto dos
cardenales, es a saber, Benito Colona y Gerardo de Parma para que fuesen a
Francia, y lo compusiesen todo.
En este comedio Carlos, rey de Nápoles, y el rey de
Aragón, con seguro que se dieron el uno al otro, se vinieron a hablar en
Junquera, pueblo de Cataluña. Allí platicaron sobre muchas cosas y asentaron
treguas por algunos meses mientras que los legados tomasen algún buen medio
para asentar con firmeza la paz, cosa que a todos venía bien y a que todos se
inclinaban, Carlos con esperanza de recobrar el reino de Sicilia, el aragonés
porque se alzase el entredicho que tanto duraba en su reino y por excusar la guerra
que de Francia le amenazaba, demás del deseo que le punzaba, apaciguadas estas
diferencias, de volver sus armas contra Castilla.
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XIV. Que don Juan de Lara se pasó a Aragón
Don Juan Núñez de Lara, personaje de gran
reputación, poder y riquezas, comenzaba de nuevo a aficionarse al partido de
Aragón, así por su poca constancia como por la intención que le daban de
restituirle la ciudad de Albarracín; cosa muy ordinaria, que los hombres hacen
más caso de su interés que de lo que es justo y loable. El rey don Sancho, por
tener entendido sería de grande importancia para todo su ida o su quedada, hizo
todo lo posible para sosegarle hasta nombrarle por general de las fronteras de
Aragón y hacerle otros regalos. No aprovechó nada todo esto, mayormente que en
Burgos, donde la corte estaba, un paje le dio ciertas cartas en que le avisaban
mirase por sí, que le tenían armada celada. Corrió la fama que fue así verdad;
yo más creo fue mentira, como lo afirman autores de crédito; que aquellas
cartas fueron echadizas por personas que les pesaba que un caballero tan
valeroso hubiese vuelto a la gracia del rey, como hombres que tenían más cuenta
con sus intentos particulares que con el bien común. Don Juan, que de su
naturaleza era sospechoso, dio crédito a lo que las cartas decían, y a gran
furia salió de la corte, y por el reino de Navarra se pasó a Aragón, sin que
fuese parte para estorbarlo la diligencia que el rey puso por medio de la reina
y con ir él mismo en pos de él hasta Valladolid. Sentía mucho su partida por
ver que le amenazaba una grave tempestad si caballero tan poderoso y de tantos
amigos se juntase con los demás forajidos. No era este recelo fuera de
propósito; que luego con mucha gente entró por las fronteras de Castilla hasta
Cuenca y Alarcón, taló y robó toda la campaña, hizo todo el mal y daño que
pudo. Acudieron las gentes del rey don Sancho; pero en un encuentro las
desbarató y les tomó muchas banderas, rindió y sujetó la villa de Moya, y con
gran número de cautivos y ganados dio la vuelta para Valencia. Desde donde el
rey de Aragón, don Diego de Haro y don Juan de Lara con gente que tenían
aprestada todos juntos volvieron a entrar por la parte de Molina, Sigüenza,
Berlanga y Almazán, sin hallar quien les fuese a la mano, destruyeron toda la
tierra.
Aquejaba este daño mucho al rey don Sancho, deseaba
acudir con sus gentes desde Cuenca, do era venido para remediar los daños. Poco
efecto hizo; unas cuartanas que muy fuera de sazón le tenían trabajado, le
embarazaban y debilitaban de suerte, que no podía hacer cosa alguna ni dar
orden en lo que convenía, de que recibía más pesadumbre que de la
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misma enfermedad. Llegó a términos de estar
desahuciado de los médicos. La reina, que en Valladolid aquellos días parió un
hijo, que se llamó don Pedro, aún no bien convalecida del parto, con el aviso
se puso en camino para visitar al rey. Su venida dio al doliente mucho
contento, y fue muy provechosa para el bien común su llegada. Con su buena maña
redujo a don Juan de Lara, que ya estaba arrepentido de su liviandad por
salirle vana la esperanza de recobrar a Albarracín. Concertaron que doña
Isabel, hija de doña Blanca y del hermano de la reina, doncella de muy
excelentes partes, casase con el hijo de don Juan de Lara, que tenía el mismo
nombre que su padre. Era la dote el señorío de Molina, porque el padre de la
novia no tenía hijo varón. Asentado esto, se celebraron las bodas en Cuenca con
grande majestad y aparato.
Concluidas las fiestas, el rey y la reina se fueron
para Toledo y en su compañía don Juan Núñez de Lara. Aposentáronle en el
monasterio de San Pablo, que era de la orden de Santo Domingo, fuera de los
muros de la ciudad, a la ribera de Tajo. Un día muy noche se entretenía enjugar
a los dados con un judío muy rico. Vino al improviso un su criado, llamado Nuño
Churuchao; avisóle se pusiese en cobro, porque tenían ordenado de matarle; que
la noche pasada metieron muchas armas dentro de palacio. Dio él luego crédito a
este aviso; quisiera huir, pero no le fue posible por estar cerradas las
puertas de la ciudad y dentro las cabalgaduras y criados. Pasó la noche con
este miedo y cuidado, que se le hizo muy larga.
Al alba del día, llamados sus criados y caballeros,
les dijo el peligro en que se hallaba; ellos, sin embargo, le aconsejaron que
no hiciese movimiento, que pues la noche se pasó sin muestra ninguna de tales
asechanzas, que entendiese era mentira; porque ¿a qué propósito dilatarlo, si
tal pensaran? ¿Para qué esperar a que viniese el día? ¿Por ventura para que
fuese testigo de la traición? ¿Qué más querían sus contrarios que verlo ido de
la corte, en que tenía tanto poder y mando, que a todos causaba envidia, y sus
riquezas les hacían temblar? Que en la ciudad todo lo veían sosegado, que se
acordase del engaño pasado; y finalmente, que aquel su consejo, o sería para él
saludable, o si todavía fuese necesario huir el peligro, que era lo peor que se
podía esperar, que esto sería la noche siguiente; que de día al seguro no se
atreverían a acometer tal hazaña.
Con estas razones se mitigó su miedo. Avisado el
rey de aquel recelo y sobresalto, sintió mucho que se pusiese duda en su fe y
palabra. Cuidaba cómo le quitaría aquella sospecha; cuanto más el rey procuraba
darle
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satisfacción, él sospechaba que no debían engañarle
los que le avisaron; y que aunque la verdad no se podía averiguar, que se la
querían encubrir con artificio y maña. En este tiempo se asentó de nuevo la
confederación con el rey de Granada a tal que pechase el tributo que debía
conforme a los conciertos pasados. Fue necesario acudir a esto porque andaba en
balanzas, como es la costumbre de aquella gente ser poco constantes. Hernán
Ponce de León, que era frontero de los moros, fue el principal medio para que
estos reyes se conservasen en paz y amistad. De Toledo fueron los reyes primero
a Burgos, y de allí a Palencia, donde se hacía capítulo general de la orden de
Santo Domingo.
Don Juan de Lara no se podía sosegar con ningunos
beneficios y buenas obras; y no se contentaba con maquinar él solo revueltas,
sino que atizaba y persuadía a los grandes de la corte que procurasen de
intentar cosas nuevas; con esto andaban muchas voluntades torcidas y enajenadas
del rey. Para remedio de esto sacaron de la prisión en que estaba a don Juan,
hermano del rey, que era muy bienquisto de grandes y pequeños. Hizo él su
juramento y pleito homenaje de ser fiel al rey y al príncipe don Fernando, su hijo,
y besó la mano del niño, como heredero del reino, conforme a la costumbre que
se guarda en Castilla. Demás de esto, por su medio muchos mudaron parecer y
abrazaron los consejos más saludables. Por industria del rey, que fue a
Santiago de Galicia so color de devoción y visitar aquella santa casa, se
redujo asimismo a mejor partido y a que dejase las armas don Juan Alfonso de
Alburquerque, caballero principal, que en Galicia andaba alborotado a
persuasión de don Juan de Lara.
Estas cosas pasaban en Castilla el año de 1291,
cuando al principio del mes de febrero los cardenales que el sumo pontífice
enviara a Francia por legados, como arriba dijimos, en Tarascón, pueblo de la
Galia Narbonense, compusieron las diferencias que resultaban entre los reyes de
Aragón y Francia. Estuvo presente Carlos, rey de Nápoles, y los dos reyes
enviaron sus embajadores con amplios poderes para venir en el concierto. Las
condiciones de la paz fueron estas: el rey de Aragón envíe a Roma sus embajadores
e humildemente pida perdón de la contumacia e inobediencia pasada. Peche en
cada un año a la Iglesia romana treinta onzas de oro en razón de tributo y
feudo, como su bisabuelo lo prometió. Con una buena armada pase en favor de la
Tierra Santa. A la vuelta aconseje a su madre y hermano y procure partan mano
de las cosas de Sicilia. Por conclusión, publique un edicto riguroso en que
mande a todos los aragoneses, soldados
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y caballeros, salgan de aquella isla. Carlos de
Valois renuncie el derecho que el papa le dio sobre el reino de Aragón. Demás
de esto, se añadió que el padre santo recibiría en su gracia al aragonés y
enviaría un prelado a quitar el entredicho que tenía puesto en todo aquel
reino; al cual el rey de Aragón entregaría los rehenes que de parte del rey
Carlos de Nápoles tenía en su poder. Al concluir estos conciertos no se
hallaron los embajadores de Sicilia, y esto por industria del rey de Aragón con
intento que no les desbaratasen todo, ca sabía cierto no vendrían en aquellas
condiciones; maña de que el rey don Jaime y toda Sicilia se agraviaron en gran
manera.
Quejábanse los hubiese engañado y desamparado quien
más que todos los debiera favorecer. Sin embargo, querían llevar adelante lo
comenzado y poner las vidas y la sangre en la demanda antes que volver al
señorío de franceses. La resolución fue tal y tan grande, que al fin salieron
con su intento. Por esta causa la esperanza que tenían de recobrar a Sicilia
salió vana a los franceses; y aún la ida del rey de Aragón a la Tierra Santa no
se efectué a causa que a la misma sazón vino nueva que Elpis, emperador de
Egipto, y su hijo Melesaite con un cerco muy apretado que pusieron sobre
Ptolemaide, ciudad que sólo quedaba allí en poder de cristianos, la combatieron
de suerte, que la entraron por fuerza, y todos los moradores y soldados pasaron
a cuchillo, los edificios al tanto los abatieron por tierra hasta no dejar
rastro ni señal alguna de ciudad. Este fue el remate de la guerra sagrada y de
aquella empresa de la Tierra Santa. Tal fue la voluntad de Dios. La pereza y
poquedad de los fieles vergonzosa acarreó esta mengua y daño.
Viéronse segunda vez los reyes el de Aragón y el de
Nápoles en Junquera; tornaron a tratar de la paz, a que el uno y el otro mucho
se inclinaban por estar cantados de los trabajos pasados y temerosos de lo por
venir. Por esta causa luego que se despidió esta junta, el rey Carlos casó su
hija mayor, llamada Clemencia, con Carlos de Valois, y por dote el condado de
Anjou y el estado de Maine; con tal condición empero que partiese mano de la
pretensión de Aragón. Estaba al tanto muy resuelto el rey de Aragón en cumplir
todo lo puesto y concertado, cuando la muerte, muy fuera de lo que pensaba, le
atajó los pasos, que le sobrevino en Barcelona en sazón que se aprestaba para
hacer traer a doña Leonor, su esposa, y todo andaba lleno de fiestas y
contento. Falleció en la flor de su juventud en edad de veintisiete años a 18
días del mes de junio. Si tuviera más larga vida fuera muy señalado príncipe,
conforme a las grandes
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muestras que daba de valor y de virtud. Ante todas
cosas merece ser alabado por mostrar, como mostró, la paz al mundo, bien que no
se la pudo dar. Su cuerpo enterraron en el monasterio de San Francisco de
aquella ciudad y en el hábito de la misma orden. Las exequias y honras, como
era razón, con grande aparato y muy solemnes.
XV. Cómo los tres reyes de España emparentaron
entre sí
Con el aviso de la muerte del rey de Aragón, porque
no dejaba hijos su hermano don Jaime, luego desde Sicilia acudió y vino a
Aragón a tomar posesión de aquel reino que le pertenecía, así por el derecho de
parentesco como por el testamento de su hermano, ca le nombró por su sucesor.
Así, sin contradicción en Zaragoza, a 24 días del mes de septiembre, fue ungido
y coronado en la iglesia de San Salvador con las ceremonias acostumbradas.
Tocante al testamento de su hermano, en que dejaba por heredero del reino de
Sicilia a don Fadrique, su hermano menor, no quiso pasar por esta cláusula ni
consentir que saliese de su poder el reino que los sicilianos le dieron con
mucha voluntad y a instancia de su mismo padre.
Pretendían a la misma sazón su amistad don Alfonso
de la Cerda, que presente se halló, y el rey don Sancho por sus embajadores,
ambos con muchas veras. En esta competencia pareció inclinarse más el aragonés
a la parte de don Sancho, y aficionarse más a la fortuna que a la justicia de
las partes, sin memoria de la voluntad que su padre y hermano mostraron en
aquel caso. A la verdad las fuerzas de los Cerdas, que con presteza y calor por
ventura prevalecieran, con la tardanza estaban flacas; las del bando contrario
de cada día se acrecentaban más y prevalecían, mayormente después que don Juan
Núñez de Lara, por industria de la reina, como ya se dijo, trocó parecer y
partido; tanto más, que en aquel mismo tiempo el rey don Sancho, puesta su
alianza y amistad con Portugal, concertó a don Fernando, su hijo mayor y
heredero de sus estados, con doña Costanza, hija del portugués. Para seguridad
de que se efectuaría el casamiento entregó algunos castillos y villas de
Castilla para que hasta tanto que se celebrase estuviesen como en tercería.
Asentaron pues los reyes de Aragón y Castilla su amistad por medio de sus
embajadores; y para que fuese más
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firme acordaron de verse en Montagudo, villa a
propósito para esta habla por estar a la raya de los dos reinos. Allí a 29 de
noviembre se concertaron los reyes de tal guisa, que los mismos tuviesen por
amigos y por enemigos, y que en ninguno de los dos reinos se diese acogida,
favor ni ayuda a los forajidos del otro, antes los entregasen a su señor. Demás
de esto, porque a la sazón el rey de Marruecos, sin embargo de las treguas,
tenía cercada a Beja, pueblo que algunos tienen que Ptolemeo y Tito Livio llaman
Bigerra en la comarca de los bastetanos, en particular se acordó que para ayuda
de aquella guerra, si fuese necesario, acudiese el aragonés con veinte galeras.
Para que todo fuese más firme concertaron que doña
Isabel, hija del de Castilla, si bien no pasaba de nueve años, casase con el de
Aragón. Los desposorios se celebraron en Soria a 1 de diciembre, y la niña fue
entregada en poder de su esposo con esperanza de alcanzar dispensación sobre el
parentesco de los novios; la prisa que los reyes tenían no sufría más dilación.
Celebrados los desposorios, los reyes pasaron a Calatayud; allí se hicieron
grandes regocijos, fiestas y convites. Hubo justas y torneos, en que Roger de
Lauria, que en compañía del rey de Aragón era venido desde Sicilia, se señaló
entre todos y se aventajó por la gran destreza que tenía en las armas.
Los grandes de Aragón desde los años pasados
andaban alborotados, así entre sí como contra los reyes, en tanto grado, que
pretendieron reformar los gastos de la casa real en tiempo del rey don Alfonso,
y porfiaban en hacer mudar las leyes y magistrados y dar una nueva traza en el
gobierno. Todas estas porfías eran demasiadas, como sea verdad que así la
libertad como el señorío y mando tienen su tasa y medida no menos que las demás
cosas del mundo. Estos caballeros por medio del rey don Sancho se reconciliaron
y alcanzaron perdón de lo pasado. Los reyes se despidieron a la salida del año,
cuando el rey bárbaro, alzado el cerco que tenía puesto, dio la vuelta para
África por recelo de una grande armada que Benito Zacarías aprestaba en la
coste de Galicia, demás que la villa por su fortaleza y por el valor de los
nuestros hacía grande resistencia.
Con tantas cosas como en un tiempo se acabaron
tornó la paz a España después de tan largo tiempo y quedaron apaciguados los
enemigos domésticos y extraños. Sólo don Juan de Lara no sabía sosegar, y
parece que maquinaba novedades; ni se fiaba del rey ni del todo dejaba las
armas; por lo cual la guerra se volvió contra él, y por fuerza le quitaron a
Moya y Cañete, pueblos de que el rey le hizo merced cuando se tornó de Aragón y
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se concertó el casamiento de su hijo. Don Juan,
desconfiado de sus fuerzas y por no quedar en España a quien acudir a causa de
los conciertos pasados, se fue desterrado a Francia. En su seguimiento partió
luego don Gonzalo, arzobispo de Toledo, enviado por embajador del rey don
Sancho para aplacar aquel rey y prevenirle que por medio de don Juan y por sus
siniestras informaciones no diese lugar a que se enturbiase la amistad antigua.
En particular llevaba orden de dar razón de la concordia que se asentara con
los aragoneses; que dijese fue pura necesidad para sosegar a los suyos y
excusar las guerras civiles quede nuevo amenazaban. Respondió a esto el francés
que no recibía disgusto, antes que su hermano Carlos renunciaría de voluntad el
derecho que tenía al reino de Aragón, a tal que por su medio el aragonés
restituyese la isla de Sicilia a la Iglesia romana.
Entre tanto que esto pasaba, al principio del año
de 1292 el almirante de Castilla, Benito Zacarías, peleó en la costa de África
con veinte galeras de moros, desbaratólas y tomó las trece. Esta pérdida
desbarató el propósito que el de Marruecos tenía de pasar de nuevo en España
con grandes gentes que para este efecto tenía juntas en Tánger. Convidó
asimismo al rey don Sancho esta victoria para que se pusiese con su gente sobre
Tarifa, que después de un largo cerco ganó a 21 de septiembre. El rey de Portugal,
dado que sobre ello le hicieron instancia, no envió algún socorro para aquella
empresa por razones que debió tener bastantes.
La reina de Castilla, a la sazón en Sevilla, parió
un hijo, que se llamó don Felipe.
Tomada que fue Tarifa, primero quedó en ella por
gobernador don Rodrigo, maestre de Calatrava; después Alfonso Pérez de Guzmán
se ofreció de defender aquella plaza con solo que le diesen la tercera parte de
lo que a otros se solía dar. Era rico de dinero, que tenía allegado, no solo en
España, sino en África, en el tiempo que sirvió al rey de Marruecos en muchas
guerras contra otros moros. Con el dinero compró muchos lugares en el
Andalucía, y los incorporó en el estado que le dejó su padre de Sanlúcarde Barrameda.
Hacia otrosí grandes limosnas, por donde le dieron sobrenombre de Bueno, título
que mantienen los de su casa, más ilustre que los que otros príncipes toman con
soberbia y arrogancia. De este caballero descienden los duques de Medina
Sidonia, señores de los principales de España, así en renta como en vasallos y
nobleza.
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Tuvo don Alfonso un hijo, llamado don Juan, y un
nieto del mismo nombre, que casó con doña Beatriz, hija bastarda del rey don
Enrique el Segundo. Diole en dote la villa de Niebla con título de conde, por
lo cual a su hijo y heredero en aquel estado llamó don Enrique. A este sucedió
don Juan, su hijo, el que por merced del rey don Enrique el Cuarto se intituló
duque de Medina Sidonia. Don Juan tuvo un hijo, llamado don Enrique, y un
nieto, que se llamó don Juan, al cual el rey don Fernando el Católico dio el
marquesado de Casasa en recompensa del trabajo y diligencia que puso en la
conquista de la ciudad de Melilla y castillo de Casasa en la costa de África. A
este don Juan sucedieron dos hijos que dejó, uno en pos de otro, es a saber,
don Alfonso, que no tuvo muy entero juicio, y después de él don Juan, cuyo hijo
mayor, que tenía el mismo nombre, murió en vida de su padre; por esta razón al
dicho don Juan en nuestros días sucedió un nieto suyo, por nombre don Alfonso,
que hoy día vive y tiene aquel estado. Esto cuanto a los señores y duques de
Medina Sidonia. Volvamos con nuestro cuento a los reyes.
XVI. De la muerte del rey don Sancho
Con gran cuidado y diligencia procuraban a un mismo
tiempo componer las diferencias entre Francia y Aragón y concertar aquellos
príncipes, por una parte el papa Nicolás IV, y por otra el rey de Castilla don
Sancho. Envió el pontífice a Aragón sobre el caso a Bonifacio Calamandra,
caballero de San Juan; la muerte atajó sus intentos, que fue a 4 de abril.
Grave daño y el mayor, que por diferencias que resultaron entre los cardenales
estuvo aquella silla vaca más de dos años. Suplió la falta que el pontífice hizo,
cuanto a las cosas de Aragón, la buena diligencia del rey don Sancho, que
movido por la buena respuesta que le dio el rey de Francia, envió a convidar al
rey de Aragón que se llegase a Guadalajara, ca esperaba otorgaría con lo que le
pidiese. Tratóse allí delas condiciones de la paz; no se concluyó por entonces
cosa alguna, sólo acordaron que de nuevo se viesen. Señalaron para la habla la
ciudad de Logroño. Convidaron otrosí a Carlos, rey de Nápoles, para que se
hallase en la junta y terciase. Al cual en esta sazón el aragonés, conforme a
lo que su hermano asentó, restituyó sus hijos, que tenía en rehenes.
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No vino Carlos; la causa no se sabe; pero el año
próximo siguiente 1293, los reyes de Castilla y Aragón se juntaron en Logroño.
En aquella junta nacieron entre ellos nuevas sospechas; este fue el fruto de la
habla. El suegro trataba a su yerno muy ásperamente y encaminaba como artero
las cosas a su provecho y comodidad. Desde aquel tiempo el rey de Aragón
comenzó a tener poca afición a doña Isabel, su esposa, y poner los ojos en otro
nuevo casamiento. Era menester algún color; achacaba el deudo en que el papa
aún no había dispensado. Pasó el negocio o que por medio y a instancia de
Calamandra se vino a ver con Carlos, rey de Nápoles, en Junquera. En esta junta
trataron de sus haciendas y de emparentar, todo con mucho secreto porque no se
divulgase. El tiempo, que descubre las puridades, dio a entender que sus vistas
se enderezaron sobre la restitución de Sicilia y sobre casarse de nuevo el rey
de Aragón con Blanca, hija del rey Carlos.
Esto fue en sazón que en Castilla el rey don Sancho
por un su privilegio dado en Valladolid, que hoy está entre los papeles de la
iglesia de Toledo, otorga haya escuelas en Alcalá de Henares con las mismas
prerrogativas que la Universidad de Valladolid. Asimismo por muerte de doña
Isabel, mujer de don Juan de Lara, el mozo, el señorío de Molina recayó en
poder de los reyes como deudos más cercanos. Don Juan de Lara, el mozo, o por
el sentimiento de la pérdida de aquel estado, o por imitar la inconstancia y ejemplo
de su padre, y juntamente con él el infante don Juan, hermano del rey, habido
su acuerdo de consuno, comenzaron a alborotarse. El rey, como sagaz, con
intento de atajar la guerra que amenazaba, si aquellos disgustos pasaban
adelante, procuró de ablandarlos y sosegarlos con tanto cuidado, que en breve
tiempo se amansó aquella tempestad.
Don Juan de Lara y su padre, que por este tiempo
volvió de Francia, se reconciliaron con su rey y mostraron mudar propósito. El
infante don Juan, hermano del rey, en Portugal, do se retiró, junto con Juan
Alfonso de Alburquerque hacían correrías por la campaña de León. Envió el rey a
don Juan de Lara, el viejo, con gente para que los reprimiese; que con estos
halagos y hacer de él confianza pretendía finalmente le fuese fiel, y que con
la destreza de su ingenio y maña apaciguase aquellos movimientos. Sucedió al
revés la traza, porque fue vencido en una refriega y vino en poder de los
enemigos. Desde allí, puesto que fue en libertad, se vino para el rey, que
estaba en Toro muy regocijado, porque le nació a la sazón una
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hija en aquella ciudad, que se llamó doña Beatriz.
Corría nueva que el rey de Granada trataba de hacer guerra y que el rey de
Marruecos quería tornar a pasar en España; envió el rey a don Juan de Lara con
sus dos hijos, don Juan y don Nuño, a las fronteras del Andalucía. Todo este
aparato se deshizo a causa que los reyes moros se estuvieron sosegados y don
Juan de Lara, capitán de nuestra gente, murió en Córdoba en aquel mismo tiempo.
Sosegada esta tormenta, levantó de nuevo otra el infante don Juan, hermano del
rey, al cual como quier que el rey de Portugal, por no dar muestra con tenerle
en su tierra quería perturbar la paz, mandase salir de su reino, en una nave se
pasó a Tánger. El rey de Marruecos, por pensar era a propósito su venida para
por su medio hacer guerra a España, después de recibirle muy cortesmente y
tratarle con grande honra y regalo, le envió con cinco mil jinetes a combatir a
Tarifa. Pasó pues en España y combatió aquella plaza con grande porfía y con
todos los ingenios que se puede pensar. Los de dentro, confiados en las buenas
murallas y animados por su caudillo y cabeza Alfonso Pérez de Guzmán, resistian
con valor y ánimo.
Aconteció que un solo hijo que este caballero tenía
vino a poder del infante y de los moros; sácanle a vista de los cercados,
amenazan si no se rinden de degollarle. No se mudó el padre por aquel lastimoso
espectáculo, antes decía que cien hijos que tuviera era justo aventurarlos
todos por no mancillar su honra con hecho tan feo como rendir la plaza que
tenía encomendada. A las palabras añade obras. Échales desde el adarve una
espada con que ejecutasen su saña, si tanta les importaba. Esto hecho, se fue a
yantar. Desde a poco dio la vuelta por el grande alarido que levantaran los
soldados por ver degollar delante sus ojos aquel niño inocente, que fue extraño
caso y crueldad más que de bárbaros. Hizo más atroz el caso ejecutarse por
mandado del infante don Juan. Acudió pues el padre a ver lo que era, y sabida
la causa, dijo con mesurado semblante: «Cuidaba que los enemigos habían entrado
la ciudad»; y con tanto se volvió a comer con su mujer sin dar muestra alguna
de ánimo alterado. En tanto grado pudo aquel caballero enfrenar el afecto
paterno y las lágrimas; digno de ser comparado con los varones entre los
antiguos más señalados. Considerado esto, los bárbaros, que por ningunas artes
ni fuerza podría ser vencido el que por amor de su único hijo no quiso torcer
un punto ni apartarse del deber, desconfiados de la victoria se volvieron a
África; demás que de su voluntad restituyeron al rey de Granada la ciudad de
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Algeciras con gran contento de los nuestros, que se
recelaban de aquella entrada y paso que los de África tenían, podría resultar
algún grave daño de España.
Por este tiempo, puesto en libertad, aportó a
España el infante don Enrique, tío del rey don Sancho, que muchos años estuvo
preso en Nápoles. Holgó el rey mucho con él, y juntos se fueron desde Burgos a
Vizcaya contra Diego López de Haro, que con ayuda de Aragón pretendía recobrar
aquella provincia. Apaciguados aquellos movimientos y echado don Diego de
aquella tierra, se tornaron a Valladolid, y desde allí a Alcalá de Henares.
Allí llegó la nueva al rey de lo sucedido en Tarifa, por lo cual el mes de enero
del año de 1290 escribió a Alfonso Pérez de Guzmán una carta en que alaba mucho
su constancia y su lealtad, pues por ella pospuso la salud y vida de su hijo;
compárale al santo Abraham, y el sobrenombre de Bueno que por sus virtudes y
favor de la gente ganara, manda se le ponga entre sus títulos y se lo llamen;
promete de gratificar tantos servicios y tantos trabajos; convídale a que le
venga a ver, que su vista le dará gran contento; que él, por estar impedido de
enfermedad, no lo podía hacer, puesto que mucho lo deseaba. Esta carta original
conservan los duques de Medina Sidonia para memoria y en testimonio de la fe y
lealtad de sus antepasados; tesoro de más estima que el oro y las perlas de
Levante.
Tres meses después de esto, a 25 días del mes de
abril, el rey, recibidos los sacramentos, falleció en la ciudad de Toledo.
Sobrevínole en Alcalá la dolencia de que finó; por ver si mejoraría se hizo
llevar en hombros a Toledo con gente que de trecho en trecho se mudaba; poco
presta la mudanza del cielo y del aire. Reinó once años y cuatro días. Fue
igual a los príncipes más señalados en fortaleza, justicia y prudencia;
grandemente astuto y sagaz; en muchas cosas y en muchas partes dejó rastros y
muestras de crueldad, falta que le hizo odioso a los presentes, y su memoria
poco agradable a los de adelante. Declaró por su sucesor a su hijo don
Fernando, el cuarto de este nombre, y señaló a la reina por su tutora y para el
gobierno del reino, sin embargo que no era su legítima mujer por el impedimento
del parentesco, en que nunca se dispensó. Después de la reina mandó que tuviese
el segundo lugar en todo don Juan de Lara, cláusula que puso contra su voluntad
por acordarse de las revueltas pasadas; pero era forzoso ganarle con hacer de
él confianza y aplacarle con buenas obras como quien echaba bien de ver cuántos
males amenazaban al
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reino por su muerte. Su cuerpo fue sepultado en
aquella ciudad en la capilla real, que en aquel tiempo estaba detrás del altar
mayor. Enterróle y dijo la misa el arzobispo don Gonzalo; las honras fueron muy
solemnes, grandes alabanzas se dijeron del difunto. Sin duda tuvo valor para
sobrepujar la fuerza de una recia tempestad y hacer rostro a la fortuna; y que
si bien su derecho para la corona no era muy cierto y que los pareceres no se
conformaban con tas armas, en que al fin suele consistir el derecho de reinar,
aseguró el reino para si y para sus descendientes.
En tiempo del rey don Sancho florecieron dos
juristas muy famosos, Guillén Galván, en Aragón, y en Castilla García Hispano,
que compuso comentarios sobre las epístolas decretales.
XVII. Cómo alzaron a don Fadrique por rey de
Sicilia
Tenía a la sazón la silla de san Pedro Bonifacio
VIII, sucesor de Celestino V, aquel que traído del yermo por voto de todos los
cardenales y puesto en el gobierno de la Iglesia, como el peso fuese mayor que
sus fuerzas, a cabo de seis meses después que entró en el pontificado
voluntariamente le renunció, ejemplo de que los venideros se maravillasen,
todos le alabasen, y ninguno le imitase. Tanto más digno de reprensión fue su
sucesor, que tornándose al yermo para gozar de la acostumbrada soledad, le estorbó
su camino y le hizo poner en prisión. Recelábase no se levantase algún alboroto
a causa que muchos no tenían por válida ni legal aquella renunciación; murió en
la prisión año y medio adelante. Canonizóle el papa Clemente V y púsole en el
número de los santos. Lo mismo este presente año hizo también Bonifacio de san
Luis, rey de Francia. Hay un elogio de Petrarca en el libro segundo de la Vida
Solitaria en alabanza del papa Celestino por estas palabras:
«¿Quién, dice, hubo jamás de tan admirable corazón,
que menospreciase el papado? La más alta dignidad que hay en la tierra, cosa
tan deseada y tan admirable, que quieren decir que este nombre de papa se
deriva de pape, palabra de admiración en latín. ¿Quién jamás, en especial desde
que comenzó a ser tenido en tanta estima, hizo tan poco caso de él como
Celestino? Aquel Celestino digo que con tanta codicia
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apetecía el antiguo nombre y lugar de ermitaño y la
mansa pobreza, amiga de las buenas costumbres. A muchos oí que contaban haberle
visto huir con tanto gozo y con tales muestras de alegría espiritual, que daba
con los ojos y con todo el rostro, cuando salido del consistorio finalmente
vuelto en sí se vio libre, como si verdaderamente no hubiera librado sus
hombros de un liviano peso, sino su cuello de un cruel alfanje». Hasta aquí
Petrarca.
Por la buena maña de Bonifacio, que era muy
ejercitado en negocios, de muchas letras y doctrina, lo que tantas veces se
había intentado en vano, se concertó la paz entre los aragoneses y franceses.
En Anagni para concluirlo se juntaron con el papa Carlos, rey de Nápoles, y los
embajadores de Francia y Aragón, personajes de gran cuenta. Las capitulaciones
fueron estas: Blanca, hija del rey de Nápoles, caso con el rey de Aragón; lleve
en dote setenta mil libras de plata; Sicilia y todo lo demás de que los aragoneses
están apoderados en Calabria vuelva y se restituya a la Iglesia romana; si los
sicilianos no vinieren en este asiento, el rey de Aragón acuda con tanto número
de gente para sujetarlos cuanto los jueces árbitros señalaren; Carlos de Valois
renuncie el derecho que pretende a la corona de Aragón; el pontífice quite el
entredicho y censuras a todos los que por razón de estas diferencias están en
ellas enlazados; los rehenes se pongan en libertad. Tratóse del rey de
Mallorca, y a grande instancia del pontífice y del rey de Francia se alcanzó
que fuese restituido en su reino. Esto fue lo que se dijo en público; de
secreto el pontífice dio intención al rey de Aragón de entregarle las islas de
Cerdeña y Córcega, que por estar y caer más cerca de España eran muy a
propósito para las cosas de Aragón. Hay hoy día bula de Bonifacio sobre este
concierto, su data a 27 de junio.
Esta nueva, luego que se publicó por la fama,
hinchó de alegría todas las demás partes de la cristiandad; solo a los
sicilianos fue muy pesada, ca tenían por lo último de los males tornar al
señorío de franceses. El mismo infante don Fadrique, a quien el rey, su
hermano, cuantioso partió dejó el gobierno de Sicilia, y con él Roger de
Lauria, Juan Prochita y Manfredo Lanza, todos caballeros principales, por
mandarlo así el pontífice y por el cuidado en que aquellas capitulaciones los
tenían puestos, fueron a hacerle reverencia en una armada que aportó a las
marinas de Roma. Prometía el pontífice a don Fadrique de casarle con Catalina,
hija de Filipo y nieta de Balduino, emperador que fue de Constantinopla, con
tal que no
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contradijese a lo que tenían asentado; y en dote le
ofrecían el imperio de Grecia, que pensaban recobrar todos juntos con sus armas
y poder. No era este partido de desechar, si las obras se conformaran con las
palabras. El rey de Aragón, desde que una y segunda vez fue requerido por los
sicilianos no los desamparase en aquel aprieto, como no les acudiese por el
deseo que tenía de la paz y por parecerle no era lícito hacerlo, finalmente en
la ciudad de Palermo sobre esta razón juntaron Cortes generales, en que alzaron
los estandartes de aquel reino por el infante don Fadrique. Sin embargo, don
Jaime, su hermano, casó con la nueva esposa; las bodas se celebraron en
Villabeltrán por el mes de octubre. Doña Isabel, con quien antes se desposara,
fue enviada a Castilla.
Publicóse un edicto en que mandó a los soldados
aragoneses y a los caballeros que en Sicilia se hallaban la desamparasen y
volviesen a sus casas. De esta manera vinieron a tener alegre y agradable
remate aquellos principios de cosas tan grandes y aquellas alteraciones, que
tanto tiempo duraron. Volvió la paz a Aragón, y no se perdió de todo punto el
reino de Sicilia, contra la cual claramente se armaba una nueva tempestad de
guerra.
Los navarros sosegaban debajo el señorío de
Francia; tenían por su virrey a Hugon Confluencio, francés de nación y mariscal
de Campaña en Francia. Los gobiernos y tenencias de las ciudades y castillos de
aquel reino se daban indiferentemente a personas de ambas naciones, navarros y
franceses, lo que era algún alivio para que la gente de la tierra disimulase el
disgusto que tenían concebido en sus pechos, pues aunque eran señoreados y
gobernados por extraños, no usurpaban para sí todas las honras y cargos.
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LIBRO DECIMOQUINTO
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I. De nuevos alborotos que sucedieron en Castilla
En Castilla no podían las cosas tener sosiego: los
nobles divididos en parcialidades, cada cual se tomaba tanta mano en el
gobierno y pretendía tener tanta autoridad cuantas eran sus fuerzas. El pueblo,
como sin gobernalle, temeroso, descuidado, deseoso de cosas nuevas, conforme al
vicio de nuestra naturaleza, que siempre piensa será mejor lo que está por
venir que lo presente. Cualquier hombre inquieto tenía grande ocasión para
revolverlo todo, como acontece en las discordias civiles. Por las ciudades, villas
y lugares, en poblados y despoblados cometían a cada paso mil maldades, robos,
latrocinios y muertes, quién con deseo de vengarse de sus enemigos, quién por
codicia, que se suele ordinariamente acompañar con crueldad. Quebrantaban las
casas, saqueaban los bienes, robaban los ganados, todo andaba lleno de tristeza
y llanto, miserable avenida de males y daños. La reina era menospreciada por
ser mujer; el rey por su tierna edad no tenía autoridad ni fuerzas, puesto que
luego el siguiente día después que su padre falleció en Toledo le alzaron por
rey con todo aquel homenaje y ceremonias que se suelen hacer a los príncipes.
La reina mandó luego franquear la gente de cierta imposición puesta sobre los
mantenimientos, que los españoles llaman sisa, la cual imposición fue harta
parte para la mala satisfacción y disgusto que todos tenían contra su marido el
rey don Sancho. Con este regalo se amansó el pueblo, y fue causa que se
mostrase constante en la fe y lealtad que juraron, si bien los príncipes
comarcanos por su gran codicia y ambición casi todos estaban con las armas a
punto para correr a la presa, sin que hubiese quien se lo estorbase.
Ocasiones y títulos para mover la guerra no les
podían faltar en tiempos tan revueltos y desasosegados. Juan Núñez de Lara, que
quedó más obligado a guardar lealtad, conforme a su natural inconstancia,
claramente inclinaba a favorecer a los enemigos. Acordábase que en tiempo del
rey don Sancho corrió riesgo de la vida; esto y la esperanza de acrecentar a
río vuelto su estado y cobrar las villas que los días pasados le quitaron le
convidaban a ser parte en las revueltas. El infante don Enrique, por su larga prisión
más mal acondicionado y desabrido de lo que de suyo
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era, inconstante y usado a malas mañas, como tal
pretendía apoderarse del gobierno. Teníase por agraviado del rey porque en su
testamento no hizo de él mención ni le encomendó alguna parte de las cosas. Con
esta pretensión en Berlanga lo primero tuvo particulares juntas, poco después
divulgada la fama, muchos lugares de aquella comarca se le allegaron; en
particular la real ciudad de Burgos más que todos favorecía éstas sus
pretensiones. Por este mismo respeto se juntaron de todo el reino Cortes en
Valladolid, en que los nobles se mostraron tan de parte de don Enrique, que
aunque el rey y la reina acudieron para hallarse presentes, no les dieron
entrada en la villa hasta ya tarde y haciéndoles dejar su acompañamiento y
cortesanos para tener más libertad de determinar lo que les pluguiese. Acordóse
en aquellas Cortes que don Enrique tuviese el gobierno del reino; el cuidado de
criar al rey se quedó a la reina, y sin embargo, todos los presentes de nuevo
hicieron pleito homenaje al niño rey.
Dejó el rey don Sancho en su testamento a su hijo
el infante don Enrique el señorío de Vizcaya como adquirido por las armas.
Diego López de Haro por la parta de Navarra entró con grande furia en aquella
provincia, y se apoderó de todos los pueblos de ella, parte por fuerza, parte
por voluntad, fuera de Balmaseda y Orduña. Favorecían estas pretensiones de don
Diego de Haro los hermanos Laras, porque sin acordarse de los antiguos bandos y
diferencias que solían tener entre sí estos dos linajes, se hicieron a una en
odio de don Enrique, al cual les pesaba en el alma le encargasen el gobierno
del reino, alterado en esta parte el testamento del rey don Sancho y contra su
voluntad.
El infante don Juan, tío del rey, desde África,
donde hasta esta sazón se detuvo, dio la vuelta a Granada para pretender el
reino de Castilla. Parecíale seguía en esto el ejemplo del rey don Sancho, su
hermano, y aún se le aventajaba en el derecho a causa que el nuevo rey don
Fernando no era nacido de legítimo matrimonio. Fue cosa maravillosa los muchos
que por esta causa se alborotaron, con que tuvo comodidad de apoderarse de
Alcántara y algunos otros lugares a la raya de Portugal. El rey Dionisio de Portugal
le favorecía, y estaba declarado por su parte, tanto, que al tiempo que se
hacían las Cortes en Valladolid, envió por sus reyes de armas a denunciar la
guerra a Castilla.
Gran miedo se mostraba por todas partes, grandes
revueltas y tempestades de guerras. Todos, empero, estos trabajos se pudieran
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disimular, si como nunca las desgracias paran en
poco, no se levantara otro mayor torbellino por la parte de Aragón. En
Bordalúa, que es en el distrito de Ariza, se juntaron el rey de Aragón y don
Alfonso de la Cerda, que se intitulaba rey de Castilla y de León. Hicieron allí
sus conciertos a 21 de enero, año del Señor de 1296. Las capitulaciones fueron
estas: que juntasen sus fuerzas para que don Alfonso recobrase el reino de su
abuelo; el reino de Murcia se diese al rey de Aragón; al infante don Juan el reino
de León, Galicia y Sevilla; la ciudad de Cuenca, Alarcón, Moya y Cañete fuesen
para el infante don Pedro de Aragón en premio del trabajo que en aquella
empresa tomaba, como general que señalaron para aquella guerra. Entraban en
aquel concierto la reina doña Violante, abuela de don Alfonso, los reyes de
Francia, Portugal y Granada, y poco después se les allegó don Juan de Lara, por
el deseo que tenía de recobrar a Albarracín.
Al contrario don Diego de Haro, por la buena
industria de la reina, se reconcilió con el rey; hiciéronle merced del estado
de don Juan de Lara, que se pasara a los aragoneses, para que le tuviese
juntamente con el señorío de Vizcaya. De estos principios y por esta forma
granjearon otros muchos grandes, particularmente a don Juan Alfonso de Haro con
hacerle merced de los Cameros, estado que pretendía él serle debido. Por todas
partes se procuraban ayudas contra los tempestades de guerras que amenazaban.
El campo de los aragoneses debajo de la conducta de
don Alfonso de la Cerda y del infante don Pedro entró en Castilla por el mes de
abril; en Baltanas se le juntaron el infante don Juan y don Juan Núñez de Lara.
No pararon hasta llegar a León, ciudad que fue antiguamente rica y grande, a la
sazón de pequeño número de moradores, pobre de armas y de gente, que fue la
causa de rendirse a los enemigos con facilidad, principalmente que tenían
inteligencias secretas con algunos ciudadanos. En aquella ciudad fue alzado el
infante don Juan por rey de León, Galicia y Sevilla. Poco después en Sahagún
dieron a don Alfonso de la Cerda título de rey de Castilla, y alzaron por él
los pendones con la misma facilidad y prisa, en cumplimiento todo de lo que
tenían concertado. De allí pasaron a ponerse sobre Mayorga, que está a cinco
leguas de Sahagún. Defendióse la villa valerosamente por tener buenas murallas
y estar guarnecida de gente y armas; el cerco duró hasta el mes de agosto.
Mandaron a la sazón juntar en Valladolid todos los
grandes del reino y los procuradores de las ciudades. Acudió el primero don
Enrique; y luego
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que se apeó, vestido como estaba de camino, se fue
a ver con la reina, que en el castillo oía misa. Hecha la acostumbrada mesura,
con muestra fingida de gran sentimiento le declaró el peligro que todo corría:
«Tres reyes se han conjurado en nuestro daño; a
estos sigue gran parte de los grandes del reino; contra tanta potencia y
tempestad ¿qué reparo es una mujer, un viejo y un niño? Paréceme, Señora, que
las fuerzas se ayuden con maña».
«Injustamente, respondió ella, y con malos medios
procuran despojar a mi hijo del reino de su padre; espero en Dios tendrá
cuidado de defender su inocente edad. Este es el refugio más cierto y la
esperanza que tengo».
«Está bien; no se remedian los males, dijo don
Enrique, ni los santos se granjean con votos y lágrimas femeniles. Los peligros
se han de remediar con velar, cuidar y rodear el pensamiento por todas partes;
así se ha conservado la república en los grandes peligros. En el sueño y
descuido está cierta la ruina y perdición; mi parecer es que os caséis, señora,
con don Pedro, infante de Aragón, él soltero y vos viuda. Deseo os agradase
este mi consejo cuanto sería saludable. Poned, Señora, los ojos y las mientes
en matronas asaz principales, que por este camino sin tacha y sin amancillar su
buen nombre mantuvieron a sí y a sus hijos en sus estados, de suerte que ni a
ellas ser mujeres empeció, ni a los infantes su tierna edad».
Turbóse la reina con estas razones. Respondióle con
libertad y con el rostro torcido y aún demudado:
«Afuera, Señor, tal mengua; no me mentéis cosa de
tanta deshonra e infamia; nunca me podré persuadir de conservar el reino a mi
hijo con agraviar a su padre, ni tengo para qué imitar ejemplos de señoras
forasteras, pues hay tantos de mujeres ilustres de nuestra nación que
conservaron la integridad de su fama, y con vida casta y limpia en su viudez
mantuvieron en pie los estados de sus hijos en el tiempo de su tierna edad. No
faltarán socorros y fuerzas, no fallecerá la divina clemencia, y una inocente vida
prestará más que todas las artes. Cuando todo corra turbio y el peligro sea
cierto, yo tengo de perseverar en este buen propósito; no quiero amancillar la
majestad de mi hijo con flaqueza semejante».
De esta manera se desbarató el intento de don
Enrique. Hacían levas de gente para acudir al peligro. Juntáronse hasta cuatro
mil caballos; más no pudieron persuadir a don Enrique que fuese con ellos a
desbaratar el cerco
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que sobre Mayorga tenían puesto. Daba por excusa
que era forzoso acudir a la guerra del Andalucía. Solamente fueron a Zamora por
sosegarla y asegurarla en la fe y lealtad de su rey, que andaba en balanzas.
Las cosas casi desiertas y desamparadas, los santos patrones y abogados de
Castilla las sustentaron.
Con la tardanza del cerco se resfrió la furia con
que los enemigos al principio vinieron. Asimismo el excesivo calor del verano,
la destemplanza del cielo y la falta que de todas las cosas se padecía en el
ejército causó grandes enfermedades. Esto y la muerte que sucedió del infante
don Pedro, su general, los forzaron de tornarse a su tierra sin hacer cosa
alguna memorable. Muchos de ellos faltaron en esta jornada; el campo, en que se
contaban mil hombres de armas y cincuenta mil soldados, volvieron asaz menoscabados
en número, menguados de fuerzas y contento. El rey de Aragón en el mismo tiempo
por las fronteras de Murcia, por donde entró, tuvo mejor suceso, que tomó a
Murcia y todos los lugares y villas a la redonda, y lo metió en su reino,
excepto la ciudad de Lorca y las villas de Alcalá y Mula, que se mantuvieron
por el rey don Fernando.
En tantas turbaciones y peligros de Castilla, don
Enrique, en cuyo poder estaba el gobierno de todo el reino, no hacía grande
esfuerzo para favorecer a alguna de las partes, antes se mostraba neutral, y
parecía que llevaba mira de allegarse a aquella parte que mejor suceso y
fortuna tuviese. Por donde ni los enemigos tuvieron que agradecerle, e incurrió
en gravísimo odio de todos los naturales y en gran sospecha que la guerra que
se hacía era por su voluntad, y que todo el mal y daño recibido no fue por falta
de nuestros soldados ni por valor de los enemigos, sino por engaño suyo y maña.
La reina contra estas mañas de don Enrique usaba de semejante disimulación, no
se daba por entendida; otros caballeros principales a las claras se lo daban en
rostro.
En este número Alfonso Pérez de Guzmán, a dicho y
por confesión de todos, tuvo el primer lugar, porque defendió las fronteras de
Andalucía contra las insolencias y correrías de los moros; y lo que era más
dificultoso, contrastó con grande ánimo y más que todos a las pretensiones del
infante don Enrique, ca por no dar tanto que decir a las gentes y por no
parecer qua se estaba ocioso, con gente de guerra que juntó marchó la vuelta
del Andalucía para refrenar los insultos de los moros. Tuvo con ellos una refriega
junto a Arjona, en que fue vencido, y su persona corrió
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mucho riesgo a causa que le cortaron las riendas
del caballo, y por no tener con que regirle, estuvo en términos de ser preso,
si Alfonso Pérez de Guzmán no le proveyera en aquel aprieto de otro caballo,
con que se pudo salvar. Después de este encuentro se trató de renovar las paces
con los moros. Pedía el rey de Granada a Tarifa, y ofrecía en trueco otros
veintidós castillos, demás que daría de presente veinte mil escudos, y contaría
adelantado todo el tributo de cuatro años que acostumbraba a pagar. Este partido
parecía bien a don Enrique por el aprieto en que las cosas se hallaban y falta
que tenían de dinero. Alfonso Pérez de Guzmán era de contrario parecer, y
mostraba con razones bastantes sería cosa muy perjudicial, así fiarse de aquel
bárbaro como entregarle a Tarifa. Esta diferencia estaba encendida, y amenazaba
nueva guerra. Llegaron a término que los moros con su gente y con la nuestra,
cosa asaz vergonzosa, se pusieron sobre aquella ciudad.
Hallábase Alfonso de Guzmán sin fuerzas bastantes;
los suyos le desamparaban, y le eran contrarios los que debieron ayudar; acordó
de buscar ayuda en los extraños. El rey de Portugal era enemigo declarado, y
movía las armas contra Castilla. Parecióle dar un tiento al rey de Aragón si
por ventura se moviese a favorecerle, vista la afrenta de los cristianos y el
peligro que todos corrían. Escribiólo una carta de este tenor: «Mucha pena me
da ser cargoso antes de hacer algún servicio. El deseo de la salud y bien de la
patria común, el respeto de la religión me fuerzan acudir a vuestro amparo y
protección, lo cual hago no por mi particular, que de buena gana acabaría con
la vida, si en esto hubiese de parar el daño, y esperaría la muerte como fin de
estas miserias y desgracias. Lo que toca a la república, siento en grande
manera que no sea tan trabajada y maltratada por los moros cuanto por la
deslealtad de algunos de los nuestros. ¡Oh gran maldad! Porque, ¿qué cosa puede
ser más grave que encaminar aquellos mismos el daño que tenían obligación de
desviarle? Qué cosa más peligrosa que en muestra de procurar el bien común,
armar la celada? Quieren y mandan que Tarifa, ciudad que nos está encomendada,
sea entregada a los moros. Y dado que usan de otros colores, la verdad es que,
quitada esta defensa y baluarte fortísimo contra las fuerzas de África,
pretenden que España quede desnuda y flaca en medio de tantos torbellinos, y
por este medio reinar ellos solos, y adelantar sus estados con la destrucción
de la patria común. Valerosos caballeros por cierto y esforzados, esclarecidos
defensores de España, yo
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tengo determinado con la misma fe y constancia por
que menosprecié los días pasados la vida de mi único hijo de mantenerme en la
lealtad sin mancilla con mi propria sangre y vida, que es lo que sólo me resta.
Si me enviáredes, señor, algún dinero y algún socorro por el mar, desde aquí
vos juro de tener esta plaza por vuestra hasta tanto que llegado el rey, mi
señor, a mayor edad seáis enteramente pagado de todos los gastos, Los enojos
pasados, si algunos hay de por medio, la caridad y amor que debéis a la patria
los amanse. Tened por cierto que será cosa muy honrosa para vos defender la
tierna edad de un rey huérfano de las injurias y daños de los extraños, y mucho
más delos engaños y embustes de sus mismos vasallos». La respuesta que a esta
carta dio el rey de Aragón fue loar mucho su lealtad y constancia, pero que por
haber puesto poco antes confederación con los moros no podía faltar a su
palabra; que si ellos la quebrantasen, él no faltaría de acudir a la esperanza
que de él tenía a favorecer la causa común.
Movíase a la misma sazón otra guerra de parte de
Portugal; aquel rey con toda su gente entró hasta Salamanca. Acudiéronle luego
el infante don Juan, tío del rey don Fernando, y don Juan Núñez de Lara,
después que el campo de los aragoneses dio la vuelta a su tierra. Entraron en
consulta sobre lo que se debía hacer en esta jornada; parecióles poner sitio
sobre Valladolid, en que tenían al rey don Fernando. Con este acuerdo llegaron
a Simancas, que está dos leguas de aquella villa. Allí muchos caballeros se partieron
del campo de los portugueses por tener por cosa muy fea que un rey fuese
perseguido y cercado de sus mismos vasallos. El rey portugués, con recelo que
los demás no hiciesen otro tanto, y que después tomados los caminos no le fuese
la vuelta dificultosa, mayormente que entraba ya el invierno, se partió a mucha
prisa, primero a Medina del Campo, y desde allí a Portugal, despedido y
desbaratado su ejército.
La gente que la reina tenía aprestada para acudir a
esta guerra fue por su mandado a cercar la villa de Paredes. No se hizo efecto
alguno a causa que don Enrique con la gente que tenía levantada en el reino de
Toledo y en Castilla desbarató aquella empresa. Decía no era razón estorbar las
Cortes que tenían llamadas para Valladolid con aquella guerra por caer aquella
villa muy cerca. Éste era el color que tomó, como quier que de secreto estaba
desabrido con el rey don Fernando e inclinado a la parte de los contrarios. La
reina con paciencia y disimulación pasaba por aquellos embustes, y con muestra
de amor pretendía ganarle, y en aquel misma
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tiempo le hizo merced de Santisteban de Gormaz y
Calecantor. Con la misma maña atrajo a don Juan de Lara a su voluntad, puesto
que no se podían asegurar de él, ca si le dieran a Albarracín, fácilmente se
pasara a los aragoneses.
Tuviéronse pues las Cortes en Valladolid a la
entrada del año 1297. En ellas por la gran falta que tenían de dinero
prometieron los pueblos de acudir con gran cantidad para los gastos de la
guerra, y así lo cumplieron poco después. En el mismo tiempo por el valor y
diligencia de Juan Alfonso de Haro, fueron los navarros puestos en huida, los
cuales de rebate se apoderaran de parte de la ciudad de Nájera; su intento era
recobrar el distrito antiguo de aquel reino, y en particular toda la Rioja.
Don Jaime, rey de Aragón, en Roma, donde era ido
llamado del papa, fue declarado por rey de Cerdeña y Córcega. Acudieron desde
Sicilia doña Costanza, su madre, y doña Violante, su hermana, Roger de Lauria,
general del mar, y Juan Prochita. Estaba concertada, por medio de embajadores,
doña Violante con Roberto, duque de Calabria, heredero que había de ser del
reino de Nápoles. Celebróse este casamiento, y el mismo pontífice Bonifacio
veló a los nuevos casados; las fiestas y regocijos fueron muy grandes. El rey
don Fadrique se apercibía para defender el reino que le dieron con tanta
voluntad. Declaróse la guerra contra él como contra quien alteraba la paz común
de toda la cristiandad; nombraron por general de esta guerra a su mismo hermano
el rey de Aragón; resolución la más extraña que se pudo pensar, armar un
hermano contra otro y quebrantar el derecho natural, pero tanto pudo la fe y el
escrúpulo y el mandato del resoluto pontífice. Ordenadas pues las cosas de esta
manera, el rey don Jaime se partió para Aragón con intento de aprestarse para
la guerra. Roger de Lauria fue enviado a Nápoles para servir a aquellos
príncipes en aquella demanda. La reina doña Costanza y Juan Prochita se
quedaron en Roma movidos por la devoción y santidad de aquella ciudad, cansados
de tantos trabajos y por compasión del miserable estado en que veían puesta a
Sicilia. No falta quien diga que murieron en Roma; la más verdadera opinión,
con que concuerdan autores muy graves, es que la reina doña Costanza cinco años
adelante falleció en Barcelona, y que fue allí sepultada en el monasterio de
San Francisco, en que hoy se ve un túmulo suyo con su letrero y nombre de esta
señora grabado en la piedra.
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II. Que el
rey don Fernando de Castilla se desposó
Vuelto que fue el rey de Aragón a su tierra, le
tornaron los navarros los pueblos Lerda, Ulia, Filera y Salvatierra, como se
decretó en los conciertos que en Anagni se hicieron, y hasta este tiempo no se
había efectuado. El año próximo siguiente, que fue de 1298, era virrey de
Navarra por los franceses Alfonso Roneo, de nación francés. Don Fernando,
hermano bastardo del rey de Aragón, por voluntad del mismo rey y por su mandado
fue despojado de la ciudad de Albarracín, y la entregaron a Juan Núñez de Lara,
que parecía tener mejor derecho y se sabía claramente que se hizo agravio a su
padre en quitársela, a lo menos se decía así. Éste era el color que se tomó; lo
que pretendía a la verdad el rey de Aragón con esto era tornar en su amistad un
caballero tan poderoso y tenerle de su bando. Don Juan de Lara hizo su
juramento y pleito homenaje en la ciudad de Valencia a los 7 días del mes de
abril de guardar a aquel rey fe y lealtad, mayor es a saber que solía. Estas
prevenciones hacía el rey de Aragón porque pensaba de acometer en un mismo
tiempo con sus armas los reinos de Castilla y de Sicilia; pretensiones más
arduas de lo que su estado ni riquezas podían llevar. El rey de Sicilia, por
haberle todos desamparado, estaba más cercano al naufragio.
El rey de Castilla se reconcilió con don Dionisio,
rey de Portugal, por medio de dos casamientos que se concertaron. El uno fue de
doña Costanza, hija de don Dionisio, bien que no era de edad para casarse, con
el rey don Fernando, como antes lo tenían tratado. En Alcañiz, que es un lugar
cerca de Zamora a la raya de Portugal, en que los reyes se juntaron a vistas
para tratar de las paces, se celebró con solemnidad el desposorio. Las muestras
de alegría pública, por la esperanza cierta que todos tenían de perpetua
concordia, fueron tanto mayores, que doña Beatriz, hermana del rey don
Fernando, se desposó también a trueco, que fue el otro matrimonio, con el
infante don Alfonso, hijo de don Dionisio y heredero de su reino, aunque no
tenía él más de ocho años. Para mayor seguridad la reina, madre de la doncella,
la entregó a su suegro, y así la llevaron a Portugal. Era tan grande el deseo
de efectuar y establecer esta paz y concordia, que aunque no se dio en dote
cosa alguna a doña Costanza, al de Portugal le dieron con su esposa a Olivenza
y Congüela y otro pueblo, que se llama el Campo de Moya, con alguna nota de la
grandeza de
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Castilla y grandísima señal de miedo; pero tal era
el estado de las cosas y la revuelta de los tiempos, que no se avergonzaron de
rescatar la paz con su deshonra y menoscabo. Lo que el rey de Portugal hizo
cuando se tornó a su tierra solamente fue dar trescientos hombres de a caballo
escogidos, y por capitán de ellos a Juan Alfonso de Alburquerque para que
estuviesen en servicio del rey de Castilla contra don Juan, tío del rey don
Fernando, que se intitulaba rey de León, como arriba dijimos. Esta ayuda de Portugal
y toda esta costa fue de más ruido que provecho, y así, los caballeros se
tornaron a Portugal sin dejar hecha cosa alguna.
Por otra parte, don Alfonso de la Cerda había
tomado a Almazán y otros lugares que están allí a la redonda a la raya de
Aragón y puesto allí soldados de guarnición. Sigüenza fue acometida por los
soldados de don Juan de Lora, que cae cerca de la misma raya; pero por el gran
valor de los ciudadanos se defendió y estuvo constante en su fe. Los conjurados
tenían gran falta de dineros, que lo demás parecía que les era fácil y
favorable; y porque no faltase para las provisiones y pagas, batieron moneda
con las insignias y nombre de rey, baja de ley de manera tal, que si la
ensayaban y hundían, se perdía gran parte del valor. Don Dionisio, rey de
Portugal, a ruego de su yerno, vino con buen escuadrón de gente de guerra en su
favor y ayuda por la parte de Ciudad-Rodrigo, pero con mayor sosiego y gana de
paz que las cosas tan revueltas requerían. Así, sin hacer efecto alguno casi
como enojado se tornó a Portugal. La causa de su enojo fue querer que al
infante don Juan, que usurpaba título de rey, le dejasen, para él y sus
herederos y sucesores la provincia de Galicia, de que por fuerza de armas
estaba apoderado, y que la ciudad de León la gozase por sus días. La reina y
los grandes de Castilla no eran de este parecer, porque debajo de aquella
muestra de paz se encerraban deshonor, daño y menoscabo del reino, cuya
autoridad se disminuía, y cuyas fuerzas se enflaquecían con quitarle una
provincia tan principal. Con la vuelta del rey de Portugal algunos grandes de
Castilla, que hasta entonces por miedo estuvieron sosegados, comenzaron muy
fuera de tiempo a alborotarse. Parece que de la revuelta del reino querían
tomar ocasión unos para vengar sus injurias, otros para acrecentar sus estados.
El sufrimiento de la reina fue maravilloso y su disimulación, porque de su
voluntad acudía a sus codicias, y les daba las villas y castillos que ellos
pretendían, a trueco de conservar la paz; que es gran prudencia en tiempos
revueltos acomodarse a la necesidad, y no hay
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ninguno tan amigo de las armas que no quiera más
alcanzar lo que desea con sosiego que poner su persona al peligro.
Sobre el reino de Sicilia andaba la guerra muy
brava. El crédito de Roger de Lauria era grande, mucho lo que ayudaba a la
parte de Francia, que parece llevaba consigo la victoria y buenandanza a la
parte que se acostaba y allegaba. Por su buena diligencia se ganaron muchas
plazas que estaban por los sicilianos en lo postrero de Italia, que fue la
causa de que en Sicilia le acusaron de aleve; y como fuese por sentencia
condenado, le despojaron de un gran estado que en aquella isla tenía, merced de
los reyes pasados en premio de sus grandes méritos y servicios. Desde a poco,
como se hubiese apoderado en la Calabria de la ciudad de Cantanzaro y
pretendiese ganar el castillo, que todavía se tenía por los contrarios, fue
vencido en una batalla por menor número de soldados que los que él tenía. El
hacer poco caso de sus enemigos fue ocasión de este daño, que el popar al
enemigo siempre es peligroso, demás que se dice peleó con el sol de cara, otro
daño no menor. Muchos fueron los muertos; los más se salvaron por la oscuridad
de la noche. El mismo capitán Roger con algunas heridas que le dieron en la
batalla se estuvo escondido en unos lugares allí cerca hasta tanto que se pudo
escapar, y pasó en Aragón con gran deseo de vengarse. Fue tanto mayor la
pesadumbre que recibió de esta desgracia, que nunca tal le aconteció, como el
que siempre salió victorioso en las demás batallas.
Desde Aragón el rey y Roger, caudillos de aquella
empresa, señalados por los príncipes confederados de común consentimiento, se
hicieron a la vela con una gruesa armada que ya tenían aprestada, en que se
contaban no menos de ochenta galeras. Llegaron con buen tiempo a Roma; el sumo
pontífice les bendijo el estandarte real, y a ellos echó su bendición. En
Nápoles se les juntó Roberto, duque de Calabria, con otra armada que tenía a
punto. Corrieron las marinas de Sicilia, donde todo al principio lo hallaron más
fácil de lo que pensaban. Apoderáronse de la ciudad de Pati, que se entiende
Ptolemeo llamó Agalirion, y de otros castillos por aquella comarca. Desde allí,
doblado el promontorio Peloro, que es el cabo de Melazo cerca de Mesina, y
pasado el estrecho, no pararon hasta ponerse sobre la ciudad de Siracusa. El
cerco fue muy apretado por mar y por tierra, y sin embargo, duró muchos días;
esto, y por estarlos lugares tan distantes, convidó a los ciudadanos de Pati
para que, echada la guarnición que tenían, volviesen al poder del rey don
Fabrique. Trataban de combatir
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el castillo, que todavía se tenía por Aragón.
Acudió por mandado del rey de Aragón Juan Lauria con veinte galeras para
socorrer los cercados; proveyó el castillo de vituallas y lo demás necesario
para la defensa; a la vuelta empero fue preso él y dieciséis galeras de las que
llevaba por los de Mesina, que, puesta su armada en orden, le salieron al
encuentro y le vencieron. Es aquel estrecho muy peligroso a causa de las
grandes corrientes y remolinos que tiene; altéranse las olas sin orden, y a
manera de vientos combaten entre sí y corren a fuer de un arrebatado raudal,
ora hacía una parte, ora hacía la contraria, de que resultan remolinos y
peligros muy grandes para los que navegan. La experiencia que de esto tenían
ayudó mucho a los sicilianos, y fue causa que los aragoneses se perdiesen por
saber poco de aquel paso. La ciudad de Siracusa en el entre tanto se defendía
valerosamente; ayudaba mucho la presencia del rey don Fadrique, que se puso en
los lugares cercanos, y estaba alerta para aprovecharse de la ocasión. Por
estas dificultades los aragoneses fueron forzados a alzar el cerco, en especial
que el ejército le tenían muy menoscabado, muertos más de dieciocho mil
hombres, que perecieron a causa de los grandes calores, a que no estaban
acostumbrados; y de la falta de las cosas necesarias procedieron graves
enfermedades.
Pusieron acusación a Juan Lauria en Mesina;
mandáronle que desde la cárcel hiciese su descargo; finalmente se vino a
sentencia, y le cortaron la cabeza como a traidor. Fue increíble el dolor que
Roger de Lauria, su tío, recibió de este caso; bufaba de coraje y de pesar, que
bien entendió aquella afrenta y aquel daño se hacía a su persona propia. No
pudo acudir luego a la venganza porque en compañía del rey de Aragón era pasado
en España. Desde, allí pasados los fríos del invierno, ambos volvieron sobre Sicilia
con mucho mayor armada que antes. Juntáronseles en el camino dos hijos del rey
de Nápoles, es a saber, Roberto y Filipo. Llegaron todos juntos al cabo de
Orlando, que está cerca de la ciudad de Pati; el número de las galeras era
cincuenta y seis sin otros muchos bajeles. El rey don Fadrique, como viese
animada su gente por la victoria pasada, acordó de representar la batalla a sus
enemigos, dado que su armada era mucho menor, que no pasaba de hasta cuarenta
galeras. Peleó valerosamente, más al fin fue desbaratado; sus galeras, parte
tomadas por los contrarios, parte se pusieron en huida. Fue grande la crueldad
de que el general Roger de Lauria usó con los cautivos; hizo morir gran número
de ellos con deseo de vengarse; entre los otros degollaron a Conrado Lanza,
hombre muy
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principal, de que resultó grande odio contra la
gente catalana. El mismo don Fadrique estuvo en gran riesgo de ser preso,
porque como quier que hubiese defendido su galera por largo espacio, ya que la
iban a tomar, cayó desmayado; los suyos sacaron la galera de la batalla, con la
cual y otras pocas se retiraron a Mesina. Con tanto el rey de Aragón, a
instancia que le hicieron desde España y causas que alegaban y razones
verdaderas o aparentes, sin pasar adelante dio la vuelta, no sin queja del papa
y del rey de Nápoles. Verdad es que los más cuerdos aprobaban este acuerdo; que
sin duda era cosa recia por negocios ajenos poner los suyos en balanzas y su
persona a riesgo; fuera de que ganada aquella victoria, no dejaba de condolerse
del rey don Fadrique, que en fin era su hermano. Diose aquella batalla
memorable y de las más señaladas de aquel tiempo un día sábado a 4 del mes de
julio, año de 1299.
En el mismo año falleció en Roma don Gonzalo,
cardenal y arzobispo de Toledo, como lo reza la letra de su sepultura en Santa
María la Mayor de aquella ciudad. Sucedióle su sobrino don Gonzalo III. Su
padre, Dia Sánchez Palomeque; su madre, doña Teresa Gudiel, hermana del
cardenal, ciudadanos de Toledo. Sobre el tiempo en que le eligieron hay
dificultad; quién dice que algunos años antes, cuando su tío después de la
muerte del rey don Sancho partió para Roma, a lo que se entiende, a negociar
dispensase el papa en aquel su casamiento; quién que cuando el papa Bonifacio
VIII le hizo cardenal por el mes de diciembre del año próximo pasado de 1298,
por ser aquellas dignidades incompatibles y costumbre que el obispo a quien
daban capelo dejase el obispado; quién que subió a aquella silla por muerte del
Cardenal. Esto nos parece más probable por hallarse en papeles, que este año
por el mes de agosto se llama electo de Toledo; así los años antes tuvo por su
tío el gobierno de aquella iglesia, más no la dignidad.
Volvamos a Sicilia, donde los franceses se quedaron
para llevar su intento adelante, seguir la victoria y ejecutarla; pero hicieron
un yerro manifiesto, que dividieron el ejército en dos partes. Roberto y Roger
de Lauria se encargaron de cercar a Rendazo, que es una plaza muy fuerte,
puesta entre Pati y Catania casi a la mitad del camino. Filipo, duque de
Tarento, fue con parte de la armada a correr las marinas del cabo de Trapana.
Acudió a aquella parte el rey don Fadrique, tomó a los contrarios de sobresalto,
y con su arrebatada venida se dio la batalla, en que fueron vencidos los
franceses, y Filipo, su general, preso; que fue una buena
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ocasión para hacer las paces y confederarse
aquellas dos naciones con una alianza que se hizo, tan dichosa y acertada
cuanto la guerra era desgraciada.
III. Del año del jubileo
Corria a la sazón el año postrero de este siglo, es
a saber, el de nuestra salvación de 1300, año muy señalado por una ley que hizo
y publicó para que se guardase perpetuamente el pontífice Bonifacio, tomada en
parte de la costumbre antigua de la ciudad de Roma, que celebraba su fundación
con ciertos juegos y fiestas cada cien años, en parte de la usanza y ley del
pueblo judaico, donde cada cincuenta años había jubileo. Ordenó pues que al fin
de cada cien años se concediese plenaria indulgencia y remisión de todos los
pecados a todos los que en aquel año devotamente visitasen las iglesias de
Roma, iglesias llenas de devoción, de sagradas reliquias y antigüedad. Esta ley
era a propósito y se enderezaba para ennoblecer la majestad de Roma y para
aumentar el culto de la religión. La cual Clemente VI redujo a cada cincuenta
años; y más adelante Sixto IV, con otra nueva ley y constitución que hizo,
atenta la humana flaqueza y la brevedad de la vida, mandó que se guardase y
celebrase el jubileo cada veinticinco años. Fue grande el concurso de gente que
aquel año acudió a la ciudad de Roma a fama de este jubileo. Entre otros vino
Carlos de Valois, casado en segundo matrimonio con madama Catarina, hija de
Filipo, nieta del emperador Balduino; y así pretendía cobrar el imperio de
Grecia, a él debido como en dote de su mujer. Si salía con la empresa,
publicaba renovar la guerra de la Tierra Santa, que tenían olvidada de tantos
años atrás. Cosa honrosa para el sumo pontífice, que en su tiempo y con su
favor se tornasen e tomar las armas para la guerra sagrada. Venía el papa bien
en esto; prometía que no saldrían vanas las esperanzas de Carlos, con tal que
desde Francia tornase a Italia a la primavera con ejército bastante.
En Vizcaya, que estaba en poder de Diego López de
Haro, hermano de don Lope Díaz de Haro, aquel que dijimos fue muerto en Alfaro
en tiempo del rey don Sancho, se edificó la villa de Bilbao, la más noble de
toda aquella provincia a la ribera del río Nervio; los moradores por la mucha
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anchura que lleva le llaman Ibaisabelo. Está dos
leguas del mar, y porque allí se traen muchas mercadurías que de las naves se
descargan, hay gran comercio y concurso de gente. Los mercaderes de Bermeo, por
la comodidad del lugar, los más de ellos se pagaron a morar y hacer su asiento
en aquella poblacion nueva. A los moradores se les concedió que viviesen
conforme a los fueros de Logroño.
En Lérida otrosí fundó el rey de Aragón
universidad, y le concedió los privilegios acostumbrados; llamaron maestros que
leyesen en ella todas las ciencias con salarios que les señalaron.
En aquel tiempo era virrey de Navarra por los
franceses Alfonso Roleedo, sin que sucediese cosa en aquella provincia por
entonces que de contar sea, sino que gozaban de una paz y sosiego grande, que
es lo más principal que se puede desear, como quier que las otras provincias de
España estuviesen continuamente atormentadas con guerras y desasosiegos. Este
envió a Valladolid un embajador a la reina, que era la que tenía en pie las
cosas entonces con su valor y prudencia, a pedirle restituyese todo el término desde
Atapuerca, que es una villa así llamada junto a Burgos, hasta las fronteras de
Navarra; alegaba que les pertenecía, y que antiguamente lo quitaron a gran
tuerto los reyes de Castilla a los navarros sin otro derecho más del que
consiste en la fuerza. La reina mandó fuesen muy bien tratados los embajadores
y que espléndidamente los hospedasen. La respuesta que les dio fue que bien
entendía no se pedía aquello de orden ni por voluntad del rey de Francia, y que
el derecho de reinar más consiste en la posesión fresca y nueva y en el uso de
ella que en títulos y papeles viejos y olvidados.
Los embajadores, visto el mal despacho que les
daban, acudieron a don Alfonso de la Cerda y a don Juan Núñez de Lara, ca
pensaban por aquel camino alcanzar más fruto de su embajada. Estos señores,
acometido que bebieron a Palencia, que casi estuvieron a pique de tomarla por
traición de algunos ciudadanos, como no les salió bien la empresa, estaban
retirados en Dueñas. Allí, oídos los embajadores, hicieron mercedes con larga
mano del señorío ajeno, y fue don Juan de Lara a Francia para que en presencia
de aquel rey tratase de todas las condiciones y incitase a los franceses a que
con brevedad les acudiesen con el socorro da gente necesario. Poco fruto
sacaron de toda aquella diligencia, si bien los mismos hermanos Cerdas fueron
asimismo a Francia en pos de don Juan Núñez de Lara; pero ni los unos ni los
otros sacaron de su trabajo más que buenas y corteses
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palabras, como quiera que al francés le fuese más
en la guerra de Flandes, que andaba trabada entre aquellas dos naciones, que en
la que tan lejos les caía y les era de menos importancia. Solamente, hecha su
confederación, Filipo, rey de Francia, les dio licencia para que pudiesen hacer
gente en Navarra. Hiciéronlo así, y un escuadrón de soldados entró por aquella
parte en el distrito de Calahorra. Salióles al encuentro don Juan Alfonso de
Haro, señor de los Cameros, y en un rebate que tuvo con ellos los venció y
prendió a su caudillo don Juan Núñez de Lara, al cual no quiso poner en
libertad hasta tanto que restituyese todos los castillos y pueblos del reino
que le entregaran en tenencia. Ultra de esto, juró que guardaría lealtad al rey
don Fernando y le sería buen vasallo.
De esto mismo tomó ocasión el rey de Aragón para
poner debajo de su corona la ciudad de Albarracín, que antes restituyó al dicho
don Juan. Junto con esto el infante don Juan, tío del rey don Fernando, dejadas
las armas, en que tenía poco remedio contra las fuerzas de su sobrino, que de
cada día iban en aumento, se resolvió de seguir mejor partido. Tratóse de ello,
y el concierto se hizo el año del Señor de 1301. Las capitulaciones del asiento
fueron estas: que ante todas cosas dejase el nombre de rey que usurpara; que
restituyese todas las ciudades y pueblos de que se apoderó en el tiempo de la
guerra; que el principado de Vizcaya, que pretendía ser dote de su mujer, le
dejase a don Diego López de Haro, y a él diesen en trueco a Medina de Ruiseco,
Castronuño, Mansilla, Paredes y Cebreros, lugares de que le hicieron merced la
reina y el rey, su hijo, por excusar nuevas alteraciones y para que tuviese con
qué sustentar su vida como persona que era tan principal.
IV. De Raimundo Lullo
Dos cosas sucedieron este año, ni muy pequeñas ni
muy señaladas, de que pareció todavía hacer mención en este lugar. La una fue
la muerte de Raimundo Lullo, persona que tuvo gran fama de santidad y de
doctrina; la otra el agravio que se hizo a don Garci López de Padilla, maestre
de Calatrava, en deponerlede aquella dignidad.
Raimundo fue catalán de nación, nacido en la isla
de Mallorca. Ocupóse siendo más mozo en negocios y mercadurías con pretensión
de
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adelantarse en riquezas y seguir en esto las
pisadas de sus antepasados, gente de honra y principal. Llegado a mayor edad se
recogió al yermo, cansado de las cosas de este mundo y con deseo de huir la
conversación de los hombres. En aquella soledad escribió un arte, que por
nuevos atajos y senderos en breve introduce al lector en conocimiento de las
artes liberales, de la filosofía y aún también de las cosas divinas. Cosa de
tan grande maravilla, que persona tan ignorante de letras, que aún no sabía la lengua
latina, sacase, como sacó a luz, más de veinte libros, algunos no pequeños, en
lengua catalana, en que trata de cosas, así divinas como humanas, de suerte
empero que apenas con industria y trabajo los hombres muy doctos pueden
entender lo que pretende enseñar, tanto, que más parecen deslumbramientos y
trampantojos, con que la vista se engaña y deslumbra, burla y escarnio de las
ciencias, que verdaderas artes y ciencias. Puesto que él testifica alcanzó lo
que enseña por divina revelación en un monte en que se le apareció Cristo,
nuestro Dios y Señor, como enclavado en la cruz.
Lo que en él merece sin duda ser alabado es que con
deseo de extender la religión cristiana y convertir los moros pasó en África, y
llegado a Bugía en la costa de Mauritania, como quier que no cesase de
amonestar y reprehender aquella gente bárbara, de dos veces que allá fue, la
primera le prendieron y maltrataron, la segunda le mataron a pedradas. Su
cuerpo, traído a Mallorca, de aquellos isleños es tenido en grande veneración,
dado que no está canonizado ni su nombre puesto en el número de los santos.
Sobre sus libros hay diversas opiniones. Muchos los
tachan como sin provecho y aún dañosos, otros los alaban como venidos del cielo
para remedio de nuestra ignorancia. A la verdad quinientas proposiciones
sacadas de aquellos libros fueron condenadas en Aviñón por el papa Gregorio XI
a instancia de Aimerico, fraile de la orden de los Predicadores y inquisidor
que era en España, ciento de las cuales proposiciones puso Pedro, arzobispo de
Tarragona, en la segunda parte del Directorio de los Inquisidores. Si va a
decir verdad, muchas de ellas son muy duras y malsonantes, y que al parecer no
concuerdan con lo que siente y enseña la santa madre Iglesia. Esto nos parece;
debe ser por nuestra rudeza y grosería, que impide no alcancemos y penetremos
aquellas sutilezas en que los aficionados de Raimundo hallan sentidos
maravillosos y misterios muy altos como los que tienen ojos más claros, o por
ventura adivinan y fingen que ven o sueñan lo que no ven, y procuran mostrarnos
con el dedo
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lo que no hay. De los cuales hay en este tiempo
gran número, y cátedras en Barcelona, Mallorca y Valencia para declarar los
dichos libros, buscados con gran cuidado y estimados después que fueron
reprobados; que si no se hiciera de ellos caso, el tiempo por ventura los
hubiera sepultado en el olvido. Esto de Raimundo Lullo.
Sus discípulos dicen que fue de noble linaje y que
falleció en edad de setenta y cinco años, el de Cristo de 1315. Sospecho que en
esto se engañan por lo que de los libros del mismo se saca. Lo cierto que fue
casado y que dejó mujer e hijos pobres, por donde se ve que no fue tan grande
alquimista como algunos le hacen.
Al maestre de Calatrava derribó el desabrimiento
que contra él tenían los caballeros de su orden, causado de su severidad y
recia condición. Ofrecióseles buena ocasión para ejecutar su saña, y fue que
los nuestros no tenían fuerzas para reprimir a los moros por ser los tiempos
tan revueltos y turbios, y aún hallo que el año pasado los moros se apoderaron
de la villa de Alcaudete y la quitaron a los caballeros de Calatrava.
Acometieron a Baena, pero ya que tenían ganada buena parte de aquella villa,
fueron lanzados por el valor y esfuerzo de los soldados que dentro tenía.
Pusieron cerco a Jaén y la combatían con todo su poder. Imputaron todo este
daño al Maestre, y en particular le achacaron que por su culpa se perdió
Alcaudete; demás que decían de secreto tenía inteligencias y favorecía a don
Alfonso de la Cerda. Esta era la voz y el color, como quier que, mal pecado,
aborreciesen su áspera condición y su severidad; su valor y esfuerzo y gran
destreza en las armas los atemorizaba, y por el miedo le aborrecían. Juntaron
capítulo, en que absolvieron del maestrazgo a don Garci López de Padilla, y
pusieron en su lugar a don Alemán, comendador de Zorita, a sinrazón y contra
justicia, como poco después lo sentenciaron los jueces que sobre este caso
señaló el papa, es a saber, los padres de la orden del Císter.
Volvió pues a su dignidad al fin de este año y
gobernó mucho tiempo aquella orden; más como el aborrecimiento que le tenían
los caballeros quedase más reprimido que remediado, adelante al cabo de su
vejez le tornaron a poner nuevos capítulos y acusaciones, con que de nuevo le
depusieron, y en su lugar eligieron al maestre don Juan Núñez de Prado, no con
mejor derecho que al pasado. Verdad es que, como quier que don García por la
vejez se hallase muy cansado y sin fuerzas, no solo para los trabajos de la guerra,
sino aún para las cosas del gobierno, de su voluntad
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dejó a su contrario el maestrazgo, que tan contra
justicia y sin razón le quitaron. Solo se reservó algunos pueblos en Aragón con
que pasar su vejez; caballero de gran valor, no solo por sus grandes hazañas,
sino en particular por menospreciar aquella dignidad y honra con deseo de la
paz y sosiego, perdonando con ánimo muy generoso el agravio recibido de sus
contrarios. Volvamos con nuestro cuento al camino y orden que llevamos.
V. De las bodas del rey don Fernando
Tratábase con gran cuidado de alcanzar dispensación
del papa para efectuar los casamientos que entre Portugal y Castilla tenían
concertados, ca eran prohibidos por derecho a causa del parentesco entre los
desposados. Tenían esperanza otorgaría con lo que pretendían, porque, demás de
ser el negocio muy justificado, el pontífice Bonifacio se preciaba traer su
origen y descendencia de España, con que parecía favorecer a los españoles, y
aún comenzaba a desabrirse con los franceses. Los reyes de Castilla y de Portugal
sobre esta razón se juntaron en Plasencia; acordaron de enviar sus embajadores
a Roma, por cuyo medio consiguieron lo que deseaban. Demás de esto, dispensó
también el pontífice en el casamiento de la reina doña María y del rey don
Sancho, que tenía la misma falta, si bien don Sancho era ya muerto, y muchos
decían no poderse revalidar los casamientos de difuntos que de derecho eran
nulos, como gente que ignoraba cuán grande sea la autoridad de los sumos
pontífices, cuyos términos extienden algunas veces por respetos que tienen y
consideraciones, otras por el bien y en pro común. Como vino la dispensación,
con nuevo gozo y alegría se hizo el casamiento del rey don Fernando y doña
Costanza en Valladolid, y se celebraron las solemnidades de las bodas, que
dilataran hasta entonces, así por la edad del rey como por el parentesco que lo
impedía. Ordenaron la casa real, y el rey se encargó del gobierno. Don Juan
Núñez de Lara fue nombrado por mayordomo de palacio. Al infante don Enrique,
tío del rey, dieron a Atienza y a Santisteban de Gormaz en recompensa del
gobierno del reino que le quitaban. Todas estas caricias no bastaban para sanar
su mal pecho, porque se halla que a un mismo tiempo con trato doble y muestras
fingidas de amistad tenía suspensos a los aragoneses y a los moros. Era su
condición y
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costumbre estar siempre a la mira de lo que
sucediese y seguir el partido que le pareciese estarle mejor, que fue la causa
de hacer se alzase el cerco que tenía sobre Almazán, villa que se tenía por los
Cerdas; y la gente de guerra de Castilla que estaba sobre ella fue enviada a
otras partes. En Ariza se vio con el rey de Aragón sobre sus haciendas y
aliarse, todo con la misma llaneza que tenía de costumbre con los demás. Tuvo
el rey de Aragón cercada mucho tiempo a Lorca, ciudad bien fuerte en el reino
de Murcia, y al principio del año del Señor de 1302 la vino a ganar.
Hay una villa muy noble en Castilla la Vieja a la
ribera del río Duero, que se llama Peñafiel; allí se celebró concilio de los
obispos y prelados de la provincia de Toledo. Abrióse al primer día del mes de
abril. Presidió en este concilio don Gonzalo, arzobispo de Toledo. Entre otras
constituciones mandaron que los clérigos no tuviesen concubinas públicamente,
pena de ser por ello castigados. Tales eran las costumbres de aquel siglo, que
les parecía hacían harto en castigar los pecados públicos. Esto contiene el
tercer canon. El sexto manda que al sacerdote que revelare los pecados sabidos
en confesión se le dé cárcel perpetua, y para su sustento solamente pan y agua.
El octavo canon manda que se paguen a la Iglesia los diezmos de todas aquellas
cosas que la tierra produce, aunque no sea cultivada. Prohíbese en el nono que
las hostias con que se ha de decir misa no se hagan sino por mano de los
sacerdotes o en su presencia. Demás de esto, se determinaron otras muchas cosas
provechosas para aumento del culto divino.
El mes de mayo siguiente murió Mahomad Miro, rey de
Granada; sucedióle su hijo mayor Mahomad Alhamar. Dio este trueco mucho
contento a los nuestros por dos respetos, el uno que hubiese faltado el padre,
que era valeroso y de grande industria; el otro por suceder su hijo, que era
ciego. Verdad es que Farraquen, señor de Málaga, que era su cuñado, hombre de
valor y lealtad para con el nuevo rey, se encargó del gobierno público, así de
las cosas de la guerra como de la paz.
En Sicilia por el mismo tiempo a cabo de tantas
alteraciones y guerras en fin se asentó la paz. Fue así, que junto a la isla de
Ponza en una batalla naval fueron vencidos los sicilianos y preso Conrado
Doria, genovés, general que era de la armada. Los sicilianos por esta rota
comenzaron a temer, y los franceses cobraron esperanza de mejorar su partido,
tanto, que sin tardar se pusieron sobre Mesina, que es el baluarte y fuerza
principal de toda la isla. Llegó a peligro de perderse, defendióse empero por
la
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constancia y valor de los ciudadanos y la buena
diligencia del rey don Fadrique, que sabía muy bien cuánto le importaba aquella
ciudad. La reina doña Violante acompañó a Roberto, su marido, en aquella
jornada, que a la sazón estaba en Catania. A su instancia y por sus ruegos los
dos príncipes se juntaron para verse y tratar de sus cosas en las marinas de
Siracusa, en la torre llamada de Maniaco. Procuraron asentar las paces; solo
pudieron acordar treguas por algunos días con esperanza que se dieron que en breve
se concluiría lo que todos deseaban. Hizose así, sin embargo que sobrevinieron
a mala sazón dos cosas, que pudieran entibiar y aún desbaratar todas estas
pláticas, es a saber, la muerte de doña Violante, que falleció en Termini,
ciudad que se tenía por los franceses, no lejos de Palermo; el otro
inconveniente fue la venida de Carlos de Valois, que con intento de recobrar el
imperio de los griegos abajó a Italia, y por hallar en Toscana las cosas muy
alteradas pasó en Sicilia. Contra este peligro proveyó el rey don Fadríque que
alzasen todos los bastimentos y los recogiesen en las plazas más fuertes, y los
que no pudiesen recoger los echasen a mal; todo esto con intento de excusar de
venir a batalla con los enemigos. Con esto y con que se resfrió aquella furia
con que los franceses vinieron, los redujo a términos de mover ellos mismos
tratos de paz, que también él mucho deseaba.
Finalmente, entre Jaca y Calatabelota, plaza en que
don Fadríque se hallaba, por ser lugar muy fuerte, los tres príncipes se
juntaron. Hubo muchos dares y tomares sobre asentar el concierto; por
conclusión, las paces se asentaron con las capitulaciones siguientes: Filipo,
príncipe de Tarento, sea puesto en libertad, asimismo todos los cautivos de la
una y de la otra parte; el rey don Fadríque deje todo lo que tiene en la tierra
firme de Italia, y al contrario, los franceses las ciudades y fuerzas de que en
Sicilia están apoderados; doña Leonor, hermana de Roberto, case con don
Fadrique, con retención de Sicilia en nombre de dote hasta tanto que por
permisión y con ayuda del papa conquiste a Cerdeña o otro cualquiera reino; si
esto no sucediere, sus herederos dejen a Sicilia luego que los reyes de Nápoles
contaren doscientos cincuenta mil escudos; a los forajidos y desterrados de
Sicilia y de Italia sea perdonada su poca lealtad por la una y por la otra
parte.
Hiciéronse estos conciertos el postrer día del mes
de agosto, con que todos dejaron las armas. Juan Villaneo, que se halló en esta
guerra, y Dante Aligerio, poeta de aquellos tiempos, en extremo elegante y
grave,
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tachan a Carlos de Valois, y le cargan de que en
Toscana lo alborotó todo con discordias y guerras civiles, y en Sicilia
concertó una paz infame; finalmente, que con tanto estruendo y aparato en
efecto no hizo nada.
Fue este año muy estéril, en especial en España,
por la grande sequedad y a causa que las tierras se quedaron por arar por
haberse consumido, como se decía comúnmente y lo afirman graves autores, en
aquellas alteraciones la cuarta parte por lo menos de los labradores y gente
del campo.
VI. De la muerte del pontífice Bonifacio
Por este tiempo el hijo mayor de don Jaime, rey de
Mallorca, que tenía el mismo nombre de su padre, renunciado el derecho que
tenía a la herencia de aquellos estados, se metió fraile francisco, con que
sucedió por muerte de aquel rey, su hijo menor don Sancho; y como estaba
obligado, hizo homenaje por aquellos estados y juró de ser leal al rey de
Aragón.
En Castilla no estaban las cosas muy sosegadas; en
particular se padeció grande falta de dineros. Tuviéronse Cortes en Burgos y en
Zamora, en que se reformaron los gastos públicos, y las ciudades sirvieron con
gran suma de dineros. Demás de esto, el papa Bonifacio concedió a la reina
madre una bula, en que le perdonaba las tercias de las iglesias que cobraron
los reyes don Alfonso, don Sancho y el mismo don Fernando sin licencia de la
Sede Apostólica hasta entonces, y de nuevo se las daba y hacía gracia de ellas
por término de tres años.
Los ánimos de los grandes andaban muy desabridos
con la reina madre; quejábanse que las cosas se gobernaban por su antojo sin
razón ni orden. Los infantes don Enrique y don Juan, tíos del rey, y con ellos
don Juan, hijo del infante don Manuel, don Juan de Lara y don Diego de Haro,
con otros caballeros principales, buscaban traza y orden para poner con
artificio y maña mal a la reina con su hijo y desavenirlos. Para dar principio
a esto apremiaron al abad de Santander, que era chanciller mayor, diese cuentas
del patrimonio real, cuya administración tuvo a su cargo, maña que se
enderezaba contra la reina, por cuya instancia le encomendaron aquellos cargos
y honras. Poco aprovecharon por este
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camino, porque conocida su inocencia e integridad,
cayeron por tierra todas estas tramas.
Filipo, rey de Francia, al principio del año 1303
envió sus embajadores para pedir aquellos pueblos de Navarra sobre que tenían
diferencias; fueron despedidos sin alcanzar cosa alguna. El rey de Aragón envió
a ofrecer condiciones de paz, que también desecharon. Prometía que volvería
toda la tierra de Murcia, de que estaba apoderado, a tal que le entregasen a
Alicante. Esto no le pareció a propósito a la reina, antes a don Juan de Lara,
que comenzaba a privar con el rey, hizo quitar el cargo que tenía y poner en su
lugar al infante don Enrique para que fuese mayordomo mayor de la casa real. No
le duró mucho el mando, que poco después le dejó, si de grado o contra su
voluntad no se sabe.
Lo cierto es que de estas cosas y principios
procedieron entre el rey y su madre algunas sospechas y división entre los
grandes. En particular don Juan de Lara y el infante don Juan, olvidadas las
diferencias y disgustos pasados, hechos a una, tenían grande mano y privanza
acerca del rey. Los ruines y gente de malas mañas con chismes y decir mal de
otros, que suele ser camino muy ordinario, eran antepuestos a los buenos y
modestos. El infante don Enrique y don Juan, hijo del infante don Manuel, y don
Diego de Haro llevaban mal que la reina madre fuese maltratada, a quien ellos
se tenían por muy obligados por muchos respetos, principalmente se quejaban que
las cosas se trastornasen al albedrío y antojo de dos hombres semejantes.
Pasaron en este sentimiento tan adelante, que comunicado el negocio entre sí,
enviaron a llamará don Alfonso de la Cerda para concertarse con él. Fue con
esta embajada Gonzalo Ruiz a Almazán para mover estas pláticas y procurar que
los aragoneses hiciesen entrada en Castilla, sin tener cuenta con la fe y
lealtad que debían, a trueco de llevar adelante sus pasiones y bandos.
Esto pasaba en Castilla al mismo tiempo que con
increíble osadía e impiedad fue amancillada la sacrosanta majestad de la
Iglesia romana con poner mano en el papa Bonifacio. El caso, por ser tan
exorbitante, será bien contar por menudo. Estaban los franceses por una parte,
y por otra los de casa Colona, caballeros de Roma, en un mismo tiempo
desabridos con el papa Bonifacio por agravios que pretendían les hiciera. Las
causas del disgusto al principio eran diferentes; más a la postre se aliaron
para satisfacerse del común enemigo. Parecía que el papa hizo burla de Carlos
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de Valois, por no acordarse de las promesas que le
tenía hechas. El rey de Francia se entregaba en los bienes de las iglesias y en
sus rentas.
Apamea es una ciudad que cae en la Galia
Narbonense; antes era de la diócesis de Tolosa, y el papa Bonifacio la hizo
catedral. El rey tenía preso al obispo de esta ciudad, porque claramente
reprendía aquel sacrilegio; lo uno y lo otro llevaba el pontífice muy mal;
enviáronse embajadores de una parte y de otra sobre el caso. Lo que resultó fue
quedar más desabridas las voluntades. Paró el debate en que se pronunció contra
el rey sentencia de excomunión, que es el más grave castigo que a los rebeldes
se suele dar. Demás de esto, los obispos de Francia fueron llamados a Roma para
proceder contra el rey. Grande es la autoridad de los sumos pontífices, pero
las fuerzas de los reyes son más grandes; así fue que por orden del rey Filipo
de Francia, para hacer rostro al pontífice, se juntaron muchos obispos y
tuvieron concilio en París. En él se decretó que el papa Bonifacio era intruso
y que la renunciación de Celestino no fue válida. Hubo denuestos sobre el caso
de la una y de la otra parte. Hoy día hay cartas que se escribieron llenas de
vituperios y ultrajes; si verdaderas, si fingidas, no se puede averiguar; mejor
es que sean tenidas por falsas. Los de casa Colona fueron perseguidos y
forzados a andar huidos de Roma, desterrados y despojados de sus haciendas por
espacio de diez años, como el Petrarca lo atestigua, y encarece lo mucho que
padecieron. Estos señores desde tiempo antiguo fueron capitanes del bando de
los gibelinos, contrarios de los pontífices romanos, de quien se hicieron mucho
tiempo temer por su nobleza, riquezas y parentelas. A Pedro y Jacobo, que eran
cardenales y de aquel linaje y familia, por edicto público los privó del
capelo. Estéfano Colona, cabeza de aquella familia, fue forzado a irse a
Francia. Lo mismo hizo Sarra Colona, que era enemigo capital de Bonifacio;
nuevos daños y desastres que en esta huida se le recrecieron le acrecentaron la
saña, porque un capitán de corsarios le prendió y puso al remo.
El rey dio cargo a Guillelmo Nogarelo, natural de
Tolosa, hombre atrevido, de apelar de la sentencia de Bonifacio para la santa
Sede Apostólica romana, privada entonces de legítimo pastor. Estos dos
comunicaron entre sí cómo podrían desbaratar los intentos del pontífice; si fue
con consentimiento del rey o por su mandado, aún entonces no se pudo averiguar;
en fin, ellos vinieron a Toscana y se estuvieron en un pueblo llamado Stagia,
mientras que fuesen avisados por espías encubiertas y
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tuviesen oportunidad para acometer la maldad que
tenían ordenada. El papa se hallaba en Anagni. Cecano y Supino, personas
principales, hijos de Mallo, caballero de la misma ciudad de Anagni, fueron
corrompidos a poder de dinero para que ayudasen a poner en efecto esta maldad.
Ya que todo lo tenían bien trazado, metieron dentro de Anagni trescientos
caballos ligeros y un buen escuadrón de soldados. Sarra Colona era el principal
capitán. Al alba del día se levantó un estruendo y vocería de soldados, que con
clamores y voces apellidaban el nombre del rey Filipo. Los criados del papa
todos huyeron. Bonifacio, conocido el peligro, revestido con sus ornamentos
pontificales, se sentó en su sacra cátedra. En aquel hábito que estaba llegó
Sarra Colona y le prendió. Escarneciendo de él Nogareto y haciéndole mil
amenazas, le respondió Bonifacio con grande constancia: «No hago yo caso de
amenazas de Paterino». Este fue abuelo de Nogareto, y convencido de la herejía
e impiedad de los albigenses, murió quemado. Con aquella voz del pontífice cayó
la ferocidad de Nogareto. Pusieron guardas al Pontífice y saqueáronle su
palacio. Dos cardenales solamente estuvieron perseverantes con el pontífice, el
cardenal de España Pedro Hispani y el cardenal de Ostia; todos los demás se pusieron
en huida.
Desde allí a tres días los ciudadanos de Anagni,
por compasión que tuvieron de su pastor y por miedo que no fuesen imputados de
ser traidores contra el sumo pontífice, su ciudadano, con las armas echaron de
la ciudad a los conjurados. El pontífice se tornó luego a Roma, y del pesar y
enojo que recibió le dio una enfermedad, de que con grandes bascas, a manera de
hombre furioso, falleció a los 12 días de octubre y a los treinta y cinco de su
prisión. Dichoso pontífice, si cuan fácilmente acostumbraba a burlarse de las
amenazas, tan fácilmente pudiera evitar las asechanzas de sus enemigos. Con su
desastre se dio aviso que los imperios y mandos de los eclesiásticos más se
conservan con el buen crédito que de ellos tienen y con buena fama, que deben
ellos procurar con buenas obras y con la reverencia de la religión, que con las
fuerzas y el poder. Villaneo dice en su historia que Bonifacio era muy docto y
varón muy excelente por la grande experiencia que tenía de las cosas del mundo;
pero que era muy cruel, ambicioso, y que le amancilló grandemente la abominable
avaricia por enriquecer los suyos, que es un grandísimo daño y torpeza
afrentosa. Hizo veintidós obispos y dos condes de su linaje. Por el sexto libro
de los
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Decretales que sacó a luz mereció gran loa cerca de
los hombres sabios y eruditos.
Fue en su lugar elegido por sumo pontífice en el
próximo cónclave Nicolás, natural de la Marca Trevisana, general que fue antes
de la orden de los Predicadores. En su pontificado se llamó Benedicto XI, en
memoria de Bonifacio, que tuvo este nombre antes de ser papa y era criatura
suya, ca le hizo antes cardenal. Fue este papa para con los franceses
demasiadamente blando, porque les alzó el entredicho que tenían puesto y revocó
todos los decretos que su predecesor fulminó contra ellos. Verdad es que Sarra
Colona y Nogareto fueron citados para estar a juicio, y porque no acudieron al
tiempo señalado, los condenaron por reos del crimen laesae majestatis y
fulminaron contra ellos sentencia de excomunión. A Pedro y Jacobo Colona, bien
que los admitió en su gracia, no les permitió usasen del capelo y insignias de
cardenales, conforme a lo que por su antecesor quedó decretado.
VII. De la paz que entre los reyes de España se
hizo en el Campillo
Los españoles, cansados de trabajos y alteraciones
tan largas, gozaban de algún sosiego; más les fallaban las fuerzas que la
voluntad ni ocasión para alborotarse. Las diferencias que aquellos príncipes
tenían entre sí eran grandes y necesario apaciguarlas. Los reyes de Castilla y
de Aragón altercaban sobre el reino de Murcia. Don Alfonso de la Cerda se
intitulaba rey de Castilla, sombra vana y apellido sin mando. El nuevo rey de
Granada, conforme a la enemiga que con los fieles tenía, hizo entrada por las tierras
que poseía el rey de Aragón; demás de esto, tomó a Bedmar, que es una villa no
lejos de Baeza. Éstas eran las discordias públicas y comunes; otra particular,
de no menos importancia, andaba entre la casa de Haro y el infante don Juan,
tío del rey. Pretendía el infante el señorío de Vizcaya como dote de su mujer;
cuidaba salir con su intento a causa del deudo y cabida que con el rey tenía.
Los de la casa de Haro por lo mismo andaban muy desabridos, y parece que se
inclinaban a tomar las armas. El rey don Fernando, como a quien la edad hacía
más recatado, por el mucho
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peligro que de esta discordia podía resultar,
deseaba con todo cuidado componer estas diferencias.
La autoridad del rey de Aragón a esta sazón era muy
grande, y parece que tenía puestas en sus manos las esperanzas y fuerzas de
toda España. Enviáronle pues por embajador a don Juan, tío del rey, para que
con él y por su medio se tratase de tomar algún buen medio y dar algún corte en
todos estos debates. En Calatayud por el mes de marzo, año del Señor de 1304,
después de muchos dares y tomares, por conclusión acordaron que de
consentimiento de las partes se señalasen jueces para tomar asiento en todas estas
diferencias, y que para que esto se efectuase, mientras se trataba, hubiese
treguas. Señalaron tiempo y lugar para que los reyes se viesen.
En el entre tanto el rey don Femando, con el
cuidado en que le ponían las cosas del Andalucía, partió de Burgos, do a la
sazón estaba, y por el mes de abril llegó a Badajoz con intento de visitar al
rey, sn suegro, con quien eso mismo tenía algunas diferencias, y pretendía
cobrar ciertos lugares que en su menor edad le empeñaron. Lo que resultó de
estas vistas, fue lo que suele, desabrimientos y faltar poco para quedar del
todo enemigos. Solamente se pudo alcanzar del portugués ayudase a su yerno con
algunos dineros que le prestó, con que se partió la vuelta del Andalucía. No se
llegó a rompimiento con los moros, antes a pedimento del mismo rey de Granada
el rey don Fernando envió embajadores a aquella ciudad, y él se detuvo en
Córdoba. Por medio de esta embajada se tomó asiento con el rey moro; concertóse
y prometió de nuevo de pagar el mismo tributo que se pagaba en tiempo de su
padre, con que deshicieron los campos.
El infante don Enrique cargado de años falleció por
este tiempo en Roa; tu cuerpo enterraron en el monasterio de San Francisco de
Valladolid. Tuvo este príncipe ingenio vario y desasosegado, extraordinaria
inconstancia en sus costumbres, y basta lo postrero de su edad grande apetito
de gloria y mando, codicia desenfrenada y la postrera camisa de que se despojan
aún los hombres sabios. Muy grande contento fue el que recibió todo el reino
con la muerte de este caballero, ca todos se recelaban no desbaratase todas las
pláticas que se comenzaban de paz. No dejó hijos, que nunca se casó; así las
villas de su estado se repartieron entre otros caballeros, y la mayor parte
cupo a Juan Núñez de Lara por la mucha privanza que con el rey a la sazón
alcanzaba.
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En prosecución de lo concertado en Calatayud de
consentimiento de las partes fue nombrado por juez árbitro pura componer
aquellas diferencias Dionisio, rey de Portugal, y por sus acompañados el
infante don Juan de la parte de Castilla, y por la de Aragón don Jimeno de
Luna, obispo de Zaragoza. Los reyes de Portugal y Aragón tuvieron primero habla
en Torrellas, que es una villa a la raya de Aragón y a las faldas de Moncayo,
puesta en un sitio muy deleitoso. Allí los jueces, oído lo que por las partes
se alegaba, pronunciaron sentencia, y fue que el río de Segura partiese término
entre los reinos de Aragón y Castilla, cosa de grande comodidad y ventaja para
el aragonés, porque se le añadió lo de Alicante con otros pueblos de aquella
comarca, y de su bella gracia le otorgaron lo que él con tanto ahínco antes
deseaba. Pronuncióse la sentencia a los 8 del mes de agosto, y luego el día
siguiente los tres reyes se juntaron en el Campillo, que está allí cerca, y por
la memoria del concierto que en aquel lugar se hiciera veintitrés años antes de
esto entre don Alfonso, rey de Castilla, y don Pedro, rey de Aragón, parecía de
buen agüero. Confirmóse allí lo asentado; desde allí los reyes fueron a Agreda,
y pasaron a Tarazona. Grandes regocijos y recibimientos les hicieron; muy
señalada fue esta junta, porque fuera de los tres reyes se hallaron asimismo
presentes tres reinas, las dos de Castilla, suegra y nuera, y doña Isabel,
reina de Portugal, persona muy santa, demás de la infanta doña Isabel, hermana
del rey don Fernando, la que estuvo primero desposada con el rey de Aragón. El
acompañamiento y corte era conforme a la calidad de príncipes tan grandes, en
particular el rey de Portugal se señaló más que todos, conforme a la condición
de aquella nación, por ser deseoso de honra, y a causa de la larga paz rico de
dineros; se dice que trajo en su compañía de Portugal mil hombres de a caballo,
y que en todo el camino no quiso alojar en los lugares, sino en tiendas y
pabellones que hacía armar en el campo.
En lo que tocaba a la pretensión de los Cerdas, los
reyes de Aragón y Portugal, nombrados por jueces árbitros, llegado el negocio a
sentencia, mandaron que don Alfonso en adelante no se llamase rey; que
restituyese todas las plazas y castillos de que estaba apoderado. Señaláronle a
Alba, Béjar, Valdecorneja, Gibraleón, Sarriá, con otros lugares y tierras para
que pudiese sustentar su vida y estado, recompensa muy ligera de tantos reinos.
Pocas veces los hombres guardan razón, principalmente con los caídos; todos les
faltan y se olvidan. El rey de Francia no acudía, sólo el
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rey de Aragón sustentaba el peso de la guerra
contra Castilla; deseaba por tanto concertar aquellos debates de cualquier
manera que fuese. Esta sentencia dio tanta pesadumbre a don Alfonso de la
Cerda, que aún no se quiso hallar presente para oírla, antes se partió echando
mil maldiciones a los reyes.
Restaba de acordar la diferencia del infanta don
Juan y Diego López de Haro. El rey tenía prometido al infante que, efectuadas
las paces, él mismo le pondría en posesión del señorío de Vizcaya. Concluida
pues y despedida la junta de los reyes, don Diego de Haro fue citado para que
en cierto día que le señalaron pareciese en Medina del Campo, para donde tenían
convocadas las Cortes del reino. Señaláronse jueces árbitros que determinasen
la causa. Don Diego López de Haro, sea por fiar poco de su justicia y entender
tenía usurpado aquel estado, o por sospechar que el rey no le era nada
favorable, sin pedir licencia para partirse se salió de las Cortes, las cuales
acabadas que fueron, como entendiesen que don Diego de Haro no haría por bien
cosa ninguna, y el infante don Juan, que siempre andaba al lado del rey, diese
prisa a que el negocio se concluyese, en Valladolid, vistas sus probanzas, se
sentenció en su favor, solamente se difirió la ejecución para otro tiempo, en
que se pretendía que con alguna manera de concierto entre las partes se atajase
la tempestad de la guerra que podía de esto resultar.
En el año del Señor de 1305 estaban las cosas de
esta manera en Castilla, unas diferencias soldadas, otras para quebrar; y a 17
días del mes de enero Roger de Lauria, general del mar, murió en Cataluña,
capitán sin segundo y sin par en aquel tiempo, determinado en sus consejos,
diestro por sus manos, querido y amado de los reyes, en especial del rey don
Pedro, que con su ayuda y por su valor sujetó a Sicilia. Él solo dio fin a
grandes hazañas con próspero suceso; los reyes nunca hicieron cosa memorable sin
él; su cuerpo sepultaron en el monasterio de Santa Cruz con su túmulo y letra
junto al enterramiento del rey don Pedro en señal del grande amor que le tuvo.
A los 6 días del mes de abril murió doña Juana,
reina de Navarra, en París; su cuerpo enterraron en el monasterio de San
Francisco con real pompa y célebre aparato; está de presente metido este
monasterio dentro del colegio de Navarra. Sucedió luego a su madre difunta en
el reino Luis, que tuvo por sobrenombre Hutino; tomó la corona real en
Pamplona; después fue también él rey de Francia por muerte de su padre. Dejó la
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reina doña Juana allende de este otros hijos, a
Filipo, que tuvo por sobrenombre el Largo, a Carlos, que tuvo por sobrenombre
el Hermoso, que adelante vinieron a ser todos reyes de Francia y Navarra. Dejó
otrosí dos hijas; la una murió siendo niña, la otra, por nombre madama Isabel,
casó con Eduardo, rey de Inglaterra, la más hermosa doncella que se halló en su
tiempo.
VIII. Clemente V, pontífice máximo
El pontificado de Benedicto no duró más de ocho
meses y seis días. Siguióse una vacante larga de diez meses y veintiocho días.
Grandes disensiones anduvieron en este cónclave, muy encontrados los votos de
los cardenales, así italianos como franceses, que eran en gran número, porque a
devoción de los reyes de Nápoles los papas criaron los años pasados muchos
cardenales de la nación francesa. En fin, se concertaron de esta suerte: que
los italianos nombrasen tres cardenales franceses para el pontificado, y que de
estos eligiese el bando contrario uno que fuese papa. Salieron tres arzobispos
nombrados, que estaban muy obligados a la memoria de Bonifacio como criaturas
suyas. De estos tres en ausencia fue elegido Raimundo Gotro, arzobispo de
Burdeos, primero comunicado el negocio con Filipo, rey de Francia. Procuró el
rey de Francia que se viniese antes de aceptar a ver con él en la villa de
Angelina, que cae en la provincia de Xantoigne, donde dicen hizo que debajo de
juramento le prometiese de poner en ejecución las cosas siguientes: que
condenaría y anatematizaría la memoria de Bonifacio VIII; que restituiría en su
grado y dignidad cardenalicia a Pedro y a Jacobo de casa Colona, que por
Bonifacio fueron privados del capelo; que le concedería los diezmos de las
iglesias por cinco años, y conforme a esto otras cosas feas y abominables a la
dignidad pontifical; pero tanto puede el deseo de mandar.
Con esto a los 5 días del mes de junio fue
declarado por pontífice, y tomó nombre de Clemente V. Mandó luego llamar todos
los cardenales que viniesen a Francia, y en Lyon tomó las insignias
pontificales a 11 de noviembre. Acudió increíble concurso de gente. Aguó la
fiesta y destempló el alegría un caso de mal agüero, como muchos lo
interpretaron. El mismo día que se celebraba esta solemnidad, mientras el nuevo
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pontífice hacía el paseo con grande acompañamiento
y pompa, le derribó del caballo una gran pared que cayó por ser muy vieja y
carcomida y por el peso de la muchedumbre de gente que sobre ella cargó a ver
la fiesta. Cayósele la tiara que llevaba en la cabeza, y se perdió de ella un
carbunco de gran valor. El rey de Francia, que iba a su lado, se vio en gran
peligro; Juan, duque de Bretaña, pereció allí; los reyes de Inglaterra y Aragón
escaparon con mucho trabajo. Fue grande el número de los que murieron, parte
por tomarles la pared debajo, parte por el aprieto de la mucha gente.
Con estos principios se conformó lo demás; todo
andaba puesto en venta, así lo honesto como lo que no lo era. Crió doce
cardenales a contemplación y por respeto del rey Filipo de Francia. Todavía
como le hiciese instancia sobre condenar la memoria del papa Bonifacio, según
que lo tenía prometido, dio por respuesta que negocio tan grave no se podía
resolver sino era con junta de un concilio general. Por este camino se
desbarató la pretensión de aquel rey, y esta dicen fue la principal causa para
juntar el concilio de Viena, que se celebró como poco adelante se dirá.
Trasladó la silla pontifical desde Roma a Francia, que fue principio de grandes
males; ca todo el orbe cristiano se alteró con aquella novedad, y en particular
toda Italia, de que resultaron todas las demás desgracias y un gran torbellino
de tempestades. Lo que se proveyó para el gobierno de Italia y del patrimonio
que allí la Iglesia tiene fue enviar tres cardenales por legados para con
poderes bastantes gobernar aquel estado, así en tiempo de guerra como de paz.
En Castilla por el mismo tiempo se despertaron
nuevas alteraciones. No hay cosa más deleznable que la cabida y privanza con
los reyes. Don Juan Núñez de Lara comenzó a ir de caída por estar el rey don
Fernando cansado de él. Quitóle el oficio de mayordomo de la casa real, y puso
en su lugar a don Lope, hijo de don Diego López de Haro. El color que se dio
fue que don Juan de Lara era general de la frontera contra los moros y no podía
servir ambos cargos, como quier que a la verdad el rey pretendiese sobro todo
con aquella honra ganar la casa de Haro y apartarla de la amistad que tenía
trabada muy grande a la sazón con los de Lara. Entendiéronse fácilmente estas
mañas, como suela acontecer, que en las cosas de palacio no hay nada secreto;
por donde estos dos caballeros se unieron y ligaron con mayor cuidado y
determinación que tenían de desbaratar aquellos intentos. Parecía que el
negocio amenazaba rompimiento; acudieron Alfonso Pérez de Guzmán y la reina
madre, y con
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su prudencia hicieron tanto, que estos caballeros
se apaciguaron, ca volvieron a cada cual de ellos las honras y cargos que
solían tener. Demás de esto, se tomó asiento entre el infante don Juan y la
casa de Haro con estas condiciones: que don Diego de Haro por sus días gozase
el señorío da Vizcaya, y después de su muerte tornase al infante don Juan; que
Orduña y Balmaseda quedasen por don Lope, hijo de don Diego de Haro, por juro
de heredad, y de nuevo se le hizo merced de Miranda de Ebro y Villalva de Losa
en recompensa de lo que de Vizcaya les quitaban.
El deseo que el rey tenía de apaciguar las
diferencias de estos grandes, con que todo el reino andaba alborotado, era tan
grande, que ninguna cosa se le hacía de mal a trueco de concordarlos. El
alegría que todos recibieron por esta causa fue grande; sólo don Juan de Lara
recibió pesadumbre, así por parecerle le habían agraviado en tomar asiento con
su suegro don Diego de Haro sin darle a él parte, como por tener costumbre de
aprovecharse de los trabajos ajenos y sacar ganancia de las alteraciones que sucedían
entre los grandes. Esto fue en tanto grado, que por parecerle forzoso correr él
fortuna después de tomado aquel asiento, y que no le quedaba esperanza de
escapar si no se valía de alguna nueva trama, renunciada la fe y lealtad que al
rey tenía jurada, se retiró a Tordehumos, plaza muy fuerte, así por su sitio
como por sus murallas y reparos, donde con sus fuerzas y las de sus aliados
pensaba defenderse del rey, que sabía tenía muy ofendido.
Acudieron en breve los del rey, pusieron cerco
sobre aquel lugar; pero como quier que no faltasen muchos de secreto
aficionados a don Juan de Lara, la guerra se proseguía con mucho descuido, y el
cerco duró mucho tiempo. Llegaron o tratar de concierto, y porque el rey se
hacía sordo a esto, los soldados se desbandaron y se fueron, unos a una parte,
otros a otra. Entre los demás que favorecían a don Juan de Lara era el infante
don Juan. Pasó el negocio tan adelante, que al rey fue forzoso perdonarle; solamente
por cierta muestra de castigo le quitó las villas de Moya y Cañete, que, como
arriba queda dicho, se las diera el rey don Sancho.
Poco duró este sosiego, porque como don Juan de
Lara y el infante don Juan entendiesen y tuviesen aviso que el rey pretendía
vengarse de ellos, si fue verdad o mentira no se sabe, pero, en fin, por pensar
los quería matar, se concertaron entre sí y resolutamente se rebelaron. El
infante don Juan brevemente se aplacó con las satisfacciones que le dio el rey;
sosegar a don Juan de Lara era muy dificultoso, que de cada día se mostraba más
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obstinado. A esta sazón don Alfonso de la Cerda,
como quier que se hallase desamparado de todos y juzgase que era mejor
sujetarse a la necesidad que andar toda la vida descarriado y pobre, despojado
del reino que pretendía y perdido el estado que le señalaron, envió a Martín
Ruiz para que en su nombre tomase posesión de los pueblos que los jueces
úrbitros le adjudicaron. Así, perdida la esperanza de cobrar el reino, en lo de
adelante comúnmente le llamaron don Alfonso el Desheredado.
IX. Que la guerra de Granada se renovó
El vulgo de ordinario, y más entre los moros, de su
natural es inconstante, alborotado, amigo de cosas nuevas, enemigo de la paz y
sosiego. Así en este tiempo comenzaron los moros de Granada a alborotarse en
gran daño suyo y riesgo de perderse, como quiera que por todas partes
estuviesen rodeados de enemigos y aquel reino de Granada reducido a gran
estrechura y puesto en balanzas. La ocasión de alborotarse fue que el rey era
inútil para el gobierno, y como ciego pasaba en descuido su vida; su cuñado, el
señor de Málaga era el que lo mandaba todo, y en efecto, era el que en nombre
de otro reinaba. Parecíales cosa pesada tener dos reyes en lugar de uno,
porque, fuera de los demás inconvenientes, se doblaba el gasto de la casa real
a causa que el de Málaga no tenía menos corte, acompañamiento y casa que si
fuera verdadero rey, puesto que el nombre le dejaba a su cuñado. Decían sería
mucho mejor nombrar otro rey que fuese hombre que los gobernase, a quien todos
tuviesen respeto, obedeciesen a sus mandamientos y con su autoridad se
defendiesen y vengasen de sus enemigos. Al vulgo, que andaba alterado, atizaban
los principales; mayormente Aborrabes, un caballero que venía de los reyes de
Marruecos, con su gente y la de sus aficionados se apoderó de la ciudad de Almería
y se intuló rey de ella. La mayor parte del pueblo se inclinaba a favorecer a
Mahomad Azar, hermano que era menor del rey ciego, que daba muestras de valor y
se veían en él señales de otras virtudes. Fue Aborrabes echado por el bando
contrario de Almería; él, con deseo de apoderarse de Ceuta, ciudad que los
granadinos tenían en la frontera de África, intentó ayudarse de los cristianos.
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Por todo esto se ofrecía buena ocasión para hacer
la guerra a los moros y echarlos de todo punto de España. Comunicaron entre sí
este negocio por cartas los reyes de Aragón y Castilla; acordaron de juntarse
en el monasterio de Huerta, que está a la raya de los dos reinos. Hizóse la
junta al principio del año de 1309. Allí y en Monreal, do los reyes pasaron, lo
primero que se trató fue de apaciguar a don Alfonso de la Cerda, templada en
alguna manera la sentencia que los jueces árbitros dieron; recelábanse que
mientras los dos reyes estaban ocupados en la guerra de los moros, no
alborotase a Castilla con ayuda de sus parciales y aficionados. Tomada esta
resolución, acordaron emprender la guerra de Granada, y para apretar más a los
moros acometerlos por dos partes, y en un mismo tiempo poner cerco sobre
Algeciras y sobre Almería. Demás de esto, concertaron que la infanta doña
Leonor, hermana del rey don Fernando, casase con don Jaime, hijo mayor del rey
de Aragón. Por dote le señalaron la sexta parte de todo lo que en aquella
guerra se ganase, y en particular la misma ciudad de Almería.
Concluida la junta y despedidos los reyes, todo
comenzó a resonar con el estruendo de las armas, provisión de dinero, juntas de
soldados y gente de a caballo, de bastimento y bagaje necesario. Tenían los dos
príncipes soldados muy diestros, muy unidos entre sí, no inficionados con las
discordias civiles; en especial los aragoneses ponían miedo a los moros por la
fama que corría de haber sujetado sus enemigos y alcanzado tantas victorias. El
rey don Fernando, a ruego de su madre, fue a Toledo para hallarse presente a
trasladar los huesos del rey don Sancho, su padre, en un sepulcro muy honroso
que la reina tenía apercibido con todo lo demás necesario y conveniente a las
exequias y honras de su marido. Tenía el rey don Fernando condición apacible,
una honestidad natural, como acostumbraba decir Gutierre de Toledo, que se crió
con él desde su niñez, gran modestia en su rostro, su cuerpo bien proporcionado
y apuesto, de grande ánimo, muy clemente.
Aconteció que el mismo día de Navidad un caballero
muy principal, a quien él tenía señalado para el gobierno de Castilla, se vino
a despedir de él para ir a su cargo. El rey, dejados los dados con que acaso se
entretenía, le advirtió que en Galicia hallaría muchos caballeros nobles que
andaban alborotados; que aunque mereciesen pena de muerte, le encargaba se
guardase de ejecutar el castigo, solamente se los enviase, que se quería servir
de ellos en la guerra de los moros. Engrandeció el caballero el
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acuerdo tan clemente del rey, que, aunque pareció a
muchos blando en demasía y temerario, la experiencia mostró ser muy acertado.
No hubo en toda la guerra contra los moros quien se señalase más que aquellos
hidalgos. Estimulábalos grandemente el deseo de borrar la deshonra pasada, y la
voluntad de servir al rey la clemencia de que con ellos usara; sus valerosas
hazañas no se podían encubrir; en todas partes y ocasiones peleaban contra los
moros con odio implacable, y entre sí tenían competencia de aventajarse en
valor y ánimo.
Finalmente, desde Toledo partieron al Andalucía. El
campo de los castellanos llegó sobre Algeciras a 27 días del mes de julio. A
mediado el siguiente mes de agosto puso su cerco sobre Almería el rey de
Aragón. Con los aragoneses vinieron don Fernando, hijo de don Sancho, rey de
Mallorca, mancebo de los fuertes y valerosos que en su tiempo se hallaban; don
Guillén de Rocaberti, arzobispo de Tarragona; don Ramón, obispo de Valencia y
chanciller del rey; don Artal de Luna, gobernador de Aragón, con otros prelados
y caballeros. Al rey don Fernando seguían los caballeros de la casa y familia
de Haro; don Juan de Lara, poco antes vuelto en amistad del rey; don Juan, tío
del rey, y el arzobispo de Sevilla y otros muchos caballeros principales.
Gisberto, vizconde de Castelnovo, fue con parte de la armada de los aragoneses
sobre Ceuta, que está en la frontera y riberas de África, y la tomó. Los
despojos hubieron los aragoneses; la ciudad se dejó a Aborrabes, como lo tenían
con él capitulado. Los de Granada, habido sobre ello su acuerdo, porque si
venían a repartir su gente no serían bastantes para sustentar ambas guerras,
determinaron de defender la ciudad de Almería, fuese por la confianza que
hacían de la fortaleza de Algeciras, demás que tenía harta gente de defensa y
las provisiones necesarias, o por rabia de que los aragoneses les hubiesen
ganado a Ceuta y se hubiesen entremetido en aquella guerra sin pretender contra
ellos algún derecho ni haber recibido agravio.
El mismo día de la festividad de San Bartolomé los
moros con toda su gente se presentaron a vista de aquella ciudad. Los
aragoneses, visto que les representaban la batalla, de buena gana fueron a
acometerlos. A los principios no se conoció ventaja en ninguno de los campos,
porque los moros peleaban con grandísimo esfuerzo; pero en fin, fueron vencidos
y puestos en huida con gran daño y matanza. Los bosques que allí cerca estaban
dieron a muchos la vida, que se metieron por aquellas espesuras y escaparon. No
hay alegría cumplida en las cosas humanas. Mientras que
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los nuestros con demasiada codicia y poco recato
iban en seguimiento de los bárbaros y ejecutaban el alcance, los de Almería
salen de la ciudad y acometen el real de los aragoneses, que tenía poca defensa
y por capitán a don Femando de Mallorca. Ganaron el baluarte y trincheras y
saquearon y robaron algunas tiendas. Acudieron los nuestros, y aunque con mucha
dificultad, en fin lanzaron los moros y los forzaron a retirarse dentro de la
ciudad. Esto hizo que el contento de la victoria ganada no se les aguase tanto
si perdieran los reales; demás que aquel peligro fue aviso para que en adelante
tuviesen mayor recato. Todo era menester, porque segunda vez a los 15 de
octubre grande morisma, que llegaban a más de cuarenta mil, acometieron las
estancias de los aragoneses, pero sucedióles lo mismo que en el rebate pasado.
No con menos esfuerzo apretaban los de Castilla por
mar y por tierra el cerco de Algeciras; más las fuertes murallas y los muchos
soldados que dentro tenían impedían a los cristianos para que sus asaltos no
hiciesen efecto. Como se detuviesen muchos meses, acordaron de acometer a
Gibraltar, villa puesta sobre el monte Calpe, con esperanza de apoderarse de
ella, porque no tenía tanta defensa. Fueron para este efecto el arzobispo de
Sevilla y don Juan Núñez de Lara con parte del ejército. Alfonso Pérez de Guzmán,
caballero el más señalado que se conocía en aquellos tiempos e iba en compañía
de los demás, en un rebate que tuvieron con los moros en el monte Gausin quedó
muerto, daño que fue muy notable, dolor y sentimiento de todo el reino. Verdad
es que la villa de Gibraltar se entregó al mismo rey don Fernando, que acudió
para este efecto, como lo concertaron para que los cercados se rindiesen con
más reputación y fuese del rey la honra de ganar aquella plaza. Diose libertad
a los moros para pasar en África y llevar consigo sus bienes. Entre los demás
un moro muy viejo ya, que quería partirse, habló, según dicen, al rey de esta
manera:
«¿Qué desdicha es esta mía, por mi mal hado o por
mis pecados causada, que toda mi vida ande desterrado y a cada paso me sea
forzoso mudar de lugar y hacer alarde de mi desventura por todas las ciudades?
Don Fernando, tu bisabuelo, me echó de Sevilla, fuime a Jerez de la Frontera.
Esta ciudad conquistó tu abuelo don Alfonso, y a mí fue necesario recogerme a
Tarifa. Ganó esta plaza tu padre el rey don Sancho, a mí por la misma razón fue
forzoso pasar a Gibraltar. Cuidaba con tanto poner fin a mis trabajos, y
esperaba la muerte como puerto seguro de todas estas desgracias. Engañóme el
pensamiento; al presente de nuevo
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soy forzado a buscar otra tierra. Yo me resuelvo
pasar en África por ver si con tan largo destierro puedo amparar lo postrero de
mi triste vejez y pasar en sosiego este poco de vida que me puede quedar».
Los soldados que estaban sobre Algeciras, dado que
era gente feroz y denodada, cansados con los trabajos y malparados con los
fríos del invierno, a cada paso desamparaban las banderas, no sólo la gente
baja, sino también la principal y los señores, que demás de lo dicho andaban
desabridos porque el rey daba oído a gente baja y de intenciones dañadas. El
infante don Juan y don Juan Manuel fueron de poco provecho en esta guerra,
antes ocasión de mucho daño, porque partidos ellos, con su ejemplo muchos se salieron
del campo y desampararon los reales. Don Diego López da Haro murió en la
demanda de enfermedad. Su cuerpo llevaron a Burgos y enterraron en el
monasterio de San Francisco. El señorío de Vizcaya, según que lo tenían
capitulado, recayó en doña María, mujer del infante don Juan; cosa nueva que en
aquel estado sucediese mujer, en que hasta entonces se continuó la sucesión por
línea de varón. La muerte de este caballero y las continuas lluvias que
sobrevinieron, por ser el tiempo más áspero de todo el año, forzaron a que el
cerco de Algeciras se alzase. Capitularon empero que los moros restituyesen,
como lo hicieron, las villas de Quesada y Bedmar, que tomaron el tiempo pasado
a los nuestros, y para los gastos de la guerra pagasen cuarenta mil escudos. La
villa de Quesada poco adelante dio el rey a la iglesia de Toledo, cuya solía
ser. Éste fue el fruto que de tanto ruido, tantas pérdidas y trabajos se sacó.
Los aragoneses, si bien tenían en sus reales grande
abundancia de todas las cosas necesarias, asimismo por la poca esperanza de
salir con la empresa, como les restituyesen los aragoneses que allí tenían
cautivos, se partieron de sobre Almería, que fue a los 26 días del mes de
febrero, año de 1310, sin suceder otra cosa digna de memoria, salvo que en el
mayor calor de esta guerra el ciego rey moro fue despojado del reino por su
hermano Azar, y en Almuñécar puesto en prisiones con buena guarda; grande desgracia
y caída, el que era rey ser privado de la libertad, mal que se pudiera llevar
en paciencia sino pasara adelante. Poco después en Granada, do le hizo volver,
sin respeto de lo que se diría ni compasión del que era su hermano, por
asegurarse le mandó cruelmente matar; así pervierte todas las leyes de
naturaleza el deseo desenfrenado de reinar.
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Don Juan Núñez de Lara al fin de la guerra pasada
fue por embajador a Francia, y cumplido con su cargo, tornó al rey de Castilla,
que era venido a Sevilla, despedido que hubo su ejército. Llevaba orden de
impetrar, como lo hizo, los diezmos de las rentas eclesiásticas para ayuda a
los gastos de la guerra contra moros; demás de esto de avisar al pontífice
Clemente que no debía en manera alguna proceder contra la memoria del papa
Bonifacio, por los grandes inconvenientes que de hacer lo contrario resultarían,
contra lo que pretendía el rey de Francia, y que el pontífice no estaba fuera
de hacerlo, según avisaban personas de autoridad.
En Vizcaya, en aquella parte que llaman Guipúzcoa,
por mandado del rey y a costa de los de aquella provincia se fundó la villa de
Azpeitia, como se entiende por la provisión real que en esta razón se despachó
en Sevilla al principio de este año, desde donde el rey don Fernando se partió
para Burgos para celebrar las bodas de la infanta doña Isabel, su hermana,
aquella que repudió el rey de Aragón, y de nuevo la tenían concertada con Juan,
duque de Bretaña. El cargo de mayordomo de la casa real se dio a don Juan
Manuel, sin que el infante don Pedro, hermano del rey, que tenía aquel oficio,
mostrase sentimiento alguno. Demás de esto, el mismo don Juan era frontero de
Murcia contra los moros, dado que en su lugar servía este cargo Pero López de
Ayala. Todo esto se enderezaba a obligar más a aquel caballero, que era muy
poderoso, y fue tan dichoso en sus cosas, que dos hijas suyas, doña Costanza,
habida en su primera mujer, fue reina de Portugal, y doña Juana lo fue de
Castilla, la cual hubo en doña Blanca, hija de Fernando de la Cerda y de doña
Juana de Lara.
En este viaje pasó el rey por Toledo en sazón que
por muerte de don Gonzalo, que finó este mismo año, vacaba aquella iglesia.
Sucedióle don Gutierre II, natural y arcediano de Toledo. Su padre, Gómez Pérez
de Lampar, alguacil mayor de Toledo. Su madre, Horabuena Gutiérrez. Su hermano,
Fernán Gómez de Toledo, camarero mayor y muy privado del rey, que por su
respeto acudió a su hermano con su favor, y obró tanto, que los canónigos
apresuraron la elección y dieron sus votos a don Gutierre, mayormente que se recelaban
no se entremetiese el papa y les diese prelado de su mano. Partió el rey de
Toledo para Burgos a las bodas, que se festejaron como se puede pensar. Del
infante don Juan, tío del rey, no se tenía bastante seguridad por ser de su
condición mudable y por cosas que de él se decían, y claramente se dejaba
entender que de tal manera haría el deber, que no duraría más el respeto de lo
que le fuese necesario. Por esta
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causa en Burgos, ca acudió a las fiestas de
aquellas bodas de la infanta, aunque con seguridad que le dieron, trataban por
orden del rey de darle la muerte. Don Juan Núñez de Lara, como de ello tuviese
noticia, procuró estorbarlo, afeando en gran manera aquel intento; y sin
embargo, el infante don Juan, luego que supo lo que pasaba, se salió
secretamente de la corte. Muchos caballeros, movidos de caso tan feo, sin tener
cuenta con el rey y con su autoridad ni con la solemnidad de las bodas, le
hicieron compañía. Pero todas estas alteraciones, que amenazaban mayores males,
apaciguó la reina madre con su prudencia, sin cesar hasta reconciliar el
infante don Juan con el rey, su hijo.
En Palencia sobrevino al rey una tan grave
enfermedad, que no pensaron escapara. La buena diligencia de los médicos, la
fuerza de la edad y la mudanza del aire le sanaron, porque luego que pudo se
fue a Valladolid.
En Barcelona murió doña Blanca, reina de Aragón, a
14 días del mes de octubre, señora dotada de grande honestidad y de todo género
de virtudes. Dejó noble generación, es a saber, los infantes don Jaime, don
Alfonso, don Juan, don Pedro, don Ramón Berenguel. Las hijas fueron doña María,
doña Costanza, doña Isabel, doña Blanca, doña Violante. Doña Blanca pasó su
vida en el monasterio de Sigena, en que fue abadesa; las demás casaron con
grandes príncipes, y por sus casamientos muchos linajes nobilísimos emparentaron
con la casa real de Aragón. El cuerpo de la reina sepultaron en Santa Cruz, que
es un monasterio muy noble en Cataluña. Las exequias se hicieron con toda la
solemnidad que era justo y se puede pensar.
X. Cómo extinguieron los caballeros templarios
Los obispos de toda la cristiandad se juntaban por
este tiempo llamados por edictos de Clemente, pontífice, para asistir al
concilio de Viena, ciudad bien conocida en el Delfinado de Francia. A las demás
causas públicas que concurrían para juntar este concilio se allegaba una, la
más nueva y sobre todas urgentísima, que era tratar de los caballeros
templarios, cuyo nombre se comenzara a amancillar con grandes fealdades y
torpezas, y era a todos aborrecible. Querían que todos los prelados diesen su
voto y determinasen
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lo que en ello se debía de hacer, pues la causa a
todos tocaba. El principio de esta tempestad comenzó en Francia. Achacábanles
delitos nunca oídos, no tan solamente a algunos en particular, sino en común a
todos ellos y a toda su religión.
Las cabezas eran infinitas, las más graves estas:
que lo primero que hacían cuando entraban en aquella religión era renegar de
Cristo y de la Virgen, su madre, y de todos los santos y santas del cielo;
negaban que por Cristo habían de ser salvos y que fuese Dios; decían que en la
cruz pagó las penas de sus pecados mediante la muerte; ensuciaban la señal de
la cruz y la imagen de Cristo con saliva, con orina y con los pies, en
especial, porque fuese mayor el vituperio y afrenta, en aquel sagrado tiempo de
la Semana Santa, cuando el pueblo cristiano con tanta veneración celebra la
memoria de la pasión y muerte de Cristo; que en la santísima Eucaristía no está
el cuerpo de Cristo, el cual y los demás sacramentos de la santa madre Iglesia
los negaban y repudiaban; los sacerdotes de aquella religión no proferían las
místicas palabras de la consagración cuando parecía que decían misa, porque
decían que eran cosas ficticias e invenciones de los hombres, y que no eran de
provecho alguno; que el maestre general de su religión, y todos los demás
comendadores que presidían en cualquiera casa o convento suyo, aunque no fuesen
sacerdotes, tenían potestad de perdonar todos los pecados; solía venir un gato
a sus juntas; a este acostumbraban arrodillarse y hacerle gran veneración como
cosa venida del cielo y llena de divinidad; ultra de esto tenían un ídolo, unas
veces de tres cabezas, otras de una sola, algunas también con una calavera y
cubierto de una piel de un hombre muerto; de éste reconocían las riquezas, la
salud y todos los demás bienes, y le daban gracias por ellos. Tocaban unos
cordones a este ídolo, y como cosa sagrada los traían revueltos al cuerpo por
devoción y buen agüero. Desenfrenados en la torpeza del pecado nefando, hacían
y padecían indiferentemente. Besábanse los unos a los otros las partes más
sucias y pudendas de sus cuerpos, seguían sus apetitos sin diferencia, y esto
con color de honestidad como cosa concedida por derecho y conforme a razón.
Juraban de procurar con todas sus fuerzas la amplificación de su orden, así en
número de religiosos como en riquezas, sin tener respeto a cosa honesta y
deshonesta. Referir otras cosas de ellos da pesadumbre y causa horror.
¿Qué dirá aquí el que esto leyere? ¿Por ventura no
parecen estos cargos impuestos y semejables a consejas que cuentan las viejas?
Villaneo
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sin duda y san Antonino y otros los defienden de
esta calumnia; la fama y la común opinión de todos los condena. Necesario es
que confesemos que las riquezas con que se engrandecieron sobremanera fueron
causa de su perdición, sea por haberse con tanta sobra de deleites amortiguado
en ellos aquella nobleza de virtudes y valor con que dieron cabo a tan
esclarecidas hazañas así en el mar como en la tierra, sea que el pueblo ardiese
de envidia por ver su pujanza, y los príncipes por esta vía quisiesen gozar de aquellas
riquezas. Apenas se podría creer que tan presto hubiesen estos caballeros
degenerado en común en todo género de maldad, si no tuviéramos el testimonio de
las bulas plomadas del papa Clemente, que el día de hoy están en los archivos
de la iglesia mayor de Toledo, que afirma no era vana la fama que corría; antes
que en presencia del mismo papa fueron examinados sesenta y dos caballeros de
aquella orden, que confesado que hubieron las maldades susodichas, pidieron
humildemente perdón. Los primeros denunciadores fueron dos caballeros de
aquella orden, es a saber, el prior de Monfalcon, que es en tierra de Tolosa, y
Nofo, forajido de Florencia, testigos, al parecer de muchos, no tan abonados
como negocio tan grave pedía. Arrimáronseles otros, y entre ellos un camarero
del mismo papa que de edad de once años tomó aquel hábito, y como testigo de
vista deponía de las culpas susodichas. Las cabezas de estas acusaciones se
enviaron al rey de Francia a Poitiers, do estaba con el pontífice Clemente, por
cuyo orden a un mismo tiempo, como si tocaran al arma, todos los templarios que
se hallaban en Francia fueron presos a los 13 días de octubre, tres años antes
de éste en que va la historia. Pusiéronlos a cuestión de tormento; muchos o
todos por no perder la vida, o porque así era verdad, confesaron de plano;
muchos fueron condenados y los quemaron vivos. Entre otros, el gran maestre de
la orden Jacobo Mola, borgoñón de nación, ya que le llevaban a la hoguera,
puesto que le daban esperanza de la vida y que le darían por libre si
públicamente pedía perdón, habló de esta manera, como lo afirman autores de
mucho crédito:
«Como quiera que al fin de la vida no sea tiempo de
mentir sin provecho, yo niego y juro por todo lo que puedo jurar que es falso
todo lo que antes de ahora se ha acriminado contra los templarios y lo que de
presente se ha referido en la sentencia dada contra mí, porque aquella orden es
santa, justa y católica; yo soy el que merezco la muerte por haber levantado
falso testimonio a mi orden, que antes ha servido mucho y sido
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muy provechosa a la religión cristiana, y
imputándoles estos delitos y maldades contra toda verdad a persuasión del sumo
pontífice y del rey de Francia; lo que ojalá yo no hubiera hecho. Sólo me resta
rogar, como ruego a Dios, si mis maldades dan lugar, me perdone; y juntamente
suplico que el castigo y tormento sea más grave, si por ventura por este medio
se aplacase la ira divina contra mí y pudiese mover con mi paciencia a los
hombres a misericordia. La vida ni la quiero ni la he menester, principalmente amancillada
con tan grande maldad como me convidan a que cometa de nuevo».
De otros muchos se cuenta que dijeron lo mismo, y
que uno de ellos fue un hermano del delfín de Viena, persona nobilísima, cuyo
nombre no se sabe, dado que consta del hecho.
El año próximo siguiente expidió el papa sus letras
apostólicas a postrero de julio, en que comete a los arzobispos de Toledo y
Santiago y les manda procedan contra los templarios en Castilla. Dioles por
acompañado a Aimerico, inquisidor y fraile dominico, por ventura aquel que
compuso el Directorio de los Inquisidores que tenemos, y junto con él otros
prelados. En Aragón se dio la misma orden a los obispos don Ramón, de Valencia,
y don Jimeno, de Zaragoza; lo mismo se hizo en las demás provincias de España y
de toda la cristiandad. Diose a todos orden que, formado el proceso y tomada la
información, no se procediese a sentencia sino fuese en los concilios
provinciales. Gran turbación y tristeza fue esta para los templarios y todos
sus aliados; nuevas esperanzas para otros, que les resultaban de su desgracia y
trabajo. En Aragón acudieron a las armas para defenderse en sus castillos; los
más se hicieron fuertes en Monzón por ser la plaza a propósito. Acudió mucha
gente de parte del rey, y por conclusión los templarios fueron vencidos y
presos.
En Castilla Rodrigo Ibáñez, comendador mayor o
maestre de aquella orden, y los demás templarios fueron citados por don
Gonzalo, arzobispo de Toledo, para estar a juicio. El rey los mandó a todos
prender, y todos sus bienes pusieron en tercería en poder de los obispos hasta
tanto que se averiguase su causa. Juntóse concilio en Salamanca, en que se
hallaron Rodrigo, arzobispo de Santiago; Juan, obispo de Lisboa; Vasco, obispo
de la Guardia; Gonzalo, de Zamora; Pedro, de Ávila; Alfonso, de Ciudad-Rodrigo;
Domingo, de Plasencia; Rodrigo, de Mondoñedo; Alfonso, de Astorga, y Juan, de
Tuy, y otro Juan, obispo de Lugo. Formóse el proceso contra los presos,
tomáronles sus confesiones, y conforme a lo que
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hallaron, de parecer de todos los prelados fueron
dados por libres, sin embargo que la final determinación se remitió al sumo
pontífice, cuyo decreto y sentencia prevaleció contra el voto de todos aquellos
padres, y toda aquella orden fue extinguida. En virtud de este decreto el rey
don Fernando se apoderó de todo lo que los templarios poseían en Castilla, así
bienes como pueblos. En Galicia tenían a Ponferrada y el Faro; en tierra de
León Balduerna, Tavara, Almansa, Alcañices; en Extremadura a la raya de Portugal
Valencia, Alconeta, Jerez de Badajoz, Frejenal, Nertóbriga, Capilla y Caracuel;
en el Andalucía Palma; en Castilla la Vieja Villalpando; en la comarca de
Murcia Caravaca y Alconchel; en el reino de Toledo Montalbán; demás de estos, a
San Pedro de la Zarza y a Burguillos, sin otros pueblos, posesiones y casas por
todo el reino, que no se pueden por menudo contar.
Refieren que los templarios tenían en España doce
conventos, de los cuales en una bula del papa Alejandro III se nombran cinco,
que son estos: el de Montalbán, el de San Juan de Valladolid, el de San Benito
de Torija, el de San Salvador de Toro y el de San Juan de Otero en la diócesis
de Osma. En los archivos de la iglesia mayor de Toledo está la citación que el
arzobispo don Gonzalo hizo a los templarios conforme a la comisión que tenía
del papa Clemente, su data en Tordesillas a los 15 de abril del mismo año que
murió, de 1310. En esta citación se cuentan veinticuatro bailías de los
templarios, todas en Castilla, que eran como encomiendas, esá saber, la bailía
de Faro, la de Amotiro, la de Goya, la de San Félix, la de Canabal, la de Neya,
la de Villapalma, la de Mayorga, la de Santa María de Villasirga, la de
Vilardig, la de Serafines, la de Alcanadre, la de Caravaca, la de Capella, la
de Villalpando, la de San Pedro, la de Zamora, la de Medina de Luitosas, la de
Salamanca, la de Alconcitar, la de Ejares, la de Cidad, la de Ventoso, las
casas de Sevilla, las de Córdoba, la bailía de Calvarzaes, la de Benavente, la
de Juneo, la de Montalbán, con las casas de Cebolla y de Villalva que le
pertenecen. Hasta aquí la citacion. Otras casas, heredades y lugares que tenían
debíanse reducir y ser miembros de las bailías susodichas.
En la ciudad de Maguncia en Alemania, como se
tratase de este negocio en un concilio de prelados conforme al orden del papa,
cuentan que uno llamado Hugón con otros veinte caballeros de aquella orden
entró denodamente en la sala en que se hacía la junta, y a altas voces protestó
que si alguna cosa allí se decretase contra su religión, que desde entonces
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apelaba para el sumo pontífice, sucesor de
Clemente. Los prelados, atemorizados con aquella ferocidad, dijeron que no
tuviesen pena, que todo se haría bien y se miraría por su justicia. Dieron
noticia de lo que pasaba al papa, que cometió al mismo arzobispo de Maguncia de
nuevo tomase información y procediese a sentencia. Hiciéronselas diligencias
necesarias, y considerado el proceso y cerrado, los dieron por libres de todo
lo que les achacaban.
Finalmente, el concilio vienense se abrió el año de
1311 a 16 días del mes de octubre. Muchas cosas se ventilaron. Por lo que
tocaba al papa Bonifacio, se acordó no era lícito condenarle ni imputarle el
crimen de herejía, como pretendían. Tratóse con muchas veras de renovar la
guerra de la Tierra Santa, pero fue de poco efecto. Acerca de los templarios se
decretó que su nombre y orden de todo punto se extinguiese; decreto que a
muchos pareció muy recio, ni se puede creer que aquellos delitos se hubiesen
extendido por todas las provincias, y que todos en general y cada cual en
particular estuviesen tocados de aquel contagio. Verdad es que el naufragio y
desastre de estos caballeros dio a todos aviso para huir semejantes delitos,
mayormente a los eclesiásticos, cuyas fuerzas más consisten en una entera y
loable opinión de virtud y bondad que en otra cosa alguna.
Los bienes y haciendas de los templarios
adjudicaron a los caballeros de la orden de San Juan, que en aquella sazón
ganaron a los turcos la isla de Rodas; conquista con que se adelantaron en
gracia y reputación, y aún esperaban que se podría por medio de ellos renovar
la guerra de la Tierra Santa. Sola España no admitió esta adjudicación por las
grandes guerras que tenían contre los moros por este tiempo, y cada día se
esperaban más. Halláronse en este concilio Filipo, rey de Francia, y tres hijos
suyos, Carlos de Valois, su hermano, y gran número de embajadores de los otros
reyes y príncipes. Asistieron trescientos obispos, otros dicen ciento catorce,
dos patriarcas, el de Alejandría y el de Antioquia, y el romano pontífice, que
sobrepujaba a todos los demás en autoridad y preeminencia. La divisa de los
templarios era una cruz roja con dos traviesas como la de Caravaca en manto
blanco; al contrario, los caballeros de San Juan traían y traen cruz blanca de
la forma que vemos en manto negro.
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XI. De la muerte de don Fernando el Cuarto, rey
de Castilla
Todo el orbe cristiano estaba alterado con el
desastre y caída de los templarios. Los culpados fueron castigados, los que no
tenían culpa quedaron libres, y por decreto de los prelados de Viena se les
señalaron pensiones en cada un año de las rentas de los mismos conventos, con
que pudiesen pasar su vida; solamente les quitaron el hábito y insignia de
aquella orden.
En Castilla todo lleno de fiestas y regocijos con
el nacimiento del infante don Alfonso, que la reina doña Costanza parió a 3
días del mes de agosto, el cual poco después sucedió en el reino de su padre.
Fue tanto mayor la alegría, que hasta entonces tenían poca esperanza de
sucesión, porque la reina no se había hecho preñada y daba muestras de estéril.
Tenían concertado casamiento por medio de embajadores entre don Pedro, hermano
del rey don Fernando, y doña María, hija del rey de Aragón; para efectuarle vinieron
los reyes el de Castilla y el de Aragón a verse en Calatayud. Hallóse al tanto
allí la reina doña Costanza, ya convalecida del parto, y gran número de
caballeros, así castellanos como aragoneses, ilustres por sus hazañas y por su
nobleza. Celebráronse las bodas la misma Pascua de Navidad, grandes fiestas,
justas y torneos, con que el pueblo se alegró asaz. Doña Leonor, hermana del
rey don Fernando, que antes de ahora estaba tratado de casarla con don Jaime,
hijo del rey de Aragón, se desposó asimismo con él, y fue entregada en poder de
su suegro.
Trataron de renovar la guerra contra los moros a la
primavera. Tenían cierta diferencia los reyes de Portugal y Castilla, y aún
llegaban a términos de venir sobre ello a las puñadas. El rey don Fernando
pretendía cobrar las villas de Mora y de Serpa, que caen en los confines de
Portugal junto al cabo de San Vicente, que siendo él niño, entregaron al rey de
Portugal contra toda justicia y razón. Para concertar esta diferencia nombraron
por juez árbitro al rey de Aragón, que tenía grande industria y buena mano para
cosas semejantes. Hecho esto, se despidieron unos de otros, y don Juan, hermano
del rey de Aragón, fue sobre el caso por embajador a Portugal.
El rey don Fernando se vino a Valladolid, adonde
llamó a Cortes a todos los de su reino para tratar de las provisiones que
pretendía hacer para la guerra contra los moros. Pidió ser favorecido de
dineros; los
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procuradores de las ciudades se los concedieron de
muy pronta voluntad, porque de buena gana sufrían el menoscabo de dinero y la
graveza de los tributos los pueblos y toda la gente común por el gran deseo que
tenían de desarraigar aquella nación de España; no echaban al cierto de ver que
muchas veces con honestas ocasiones se quebrantan y pierden los derechos de la
libertad; que lo que se concede en los tiempos trabajosos, pasado el peligro,
se queda perpetuo y se cobra, aún cuando el peligro es pasado.
El infante don Pedro, hermano del rey, nombrado por
general contra los moros, llegada la primavera del año de 1312, aprestado su
ejército, fue sobre Alcaudete, que, como dijimos arriba, se perdió y le tomaron
los moros. El rey fue en pos de él hasta Martos. Allí sucedió una cosa muy
notable. Por su mandado dos hermanos Carvajales, Pedro y Juan, fueron presos.
Achacábanles la muerte de un caballero de la casa de los Benavides, que mataron
en Palencia al salir del palacio real. No se podía averiguar quién fuese el
matador; por indicios muchos fueron maltratados. En particular estos
caballeros, oído su descargo, fueron condenados de haber cometido aquel crimen
contra la majestad, sin ser convencidos en juicio ni confesar ellos el delito;
cosa muy peligrosa en semejantes casos. Mandáronlos despeñar de un peñasco que
allí hay, sin que ninguno fuese parte para aplacar al rey, por ser intratable
cuando se enojaba y no saber refrenarse en la saña. Los cortesanos, por saber
muy bien esta su condición, se aprovechaban de ella a propósito de malsinar y
derribar a los que se les antojaba. Al tiempo que los llevaban a justiciar, a
voces se quejaban que morían injustamente y a gran tuerto; ponían a Dios por
testigo, al cielo y a todo el mundo; decían que pues las orejas del rey estaban
sordas a sus quejas y descargos, que ellos apelaban para delante el divino
tribunal, y citaban al rey para que en él pareciese dentro de treinta días.
Estas palabras, que al principio fueron tenidas por vanas, por un notable
suceso, que por ventura fue acaso, hicieron después reparar y pensar
diferentemente. El rey, muy descuidado de lo hecho, se partió para Alcaudete,
donde su ejército alojaba; allí le sobrevino una enfermedad tan grande, que fue
forzado dar la vuelta a Jaén, bien que los moros movían plática de entregar la
villa. Aumentábase el mal de cada día y agravábase la dolencia de suerte, que
el rey no podía por sí negociar. Todavía alegre por la nueva que le vino que la
villa era tomada, revolvía en su pensamiento nuevas conquistas, cuando un
jueves, que se contaron 7 días del mes de septiembre, como después de comer se
retirase a dormir, a cabo
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de rato le hallaron muerto. Falleció en la flor de
su edad, que era de veinticuatro años y nueve meses, en sazón que sus negocios
se encaminaban prósperamente. Tuvo el reino por espacio de diecisiete años,
cuatro meses y diecinueve días, y fue el cuarto de su nombre. Entendióse que su
poco orden en el comer y beber, le acarrearon la muerte; otros decían que era
castigo de Dios, porque desde el día que fue citado hasta la hora de su muerte,
cosa maravillosa y extraordinaria, se contaban precisamente treinta días. Por
esto entre los reyes de Castilla fue llamado don Fernando el Emplazado. Su
cuerpo depositaron en Córdoba, porque a causa de los calores, que todavía
duraban, no pudo ser llevado a Sevilla ni a Toledo, do tenían los
enterramientos reales.
Acrecentóse la fama y opinión susodicha, concebida
en los ánimos del vulgo, por la muerte de dos grandes príncipes, que por
semejante razón fallecieron en los dos años próximos siguientes; estos fueron
Filipo, rey de Francia, y el papa Clemente, ambos citados por los templarios
para delante el divino tribunal al tiempo que con fuego y todo género de
tormentos los mandaban castigar y perseguían toda aquella religión. Tal era la
fama que corría, si verdadera si falsa no se sabe; más es de creer que fuese falsa;
en lo que sucedió al rey don Fernando nadie pone duda.
No se sabe lo que determinó el rey de Aragón sobre
la diferencia entre los reyes de Castilla y Portugal; bien se entendía empero
favorecía más al portugués, y le parecía que el rey don Fernando no tenía
razón, lo cual con su muerte y la turbación de los tiempos que se siguió luego
en Castilla prevaleció; y aquellos pueblos sobre que era la diferencia se
quedaron todavía y están en posesión y debajo del señorío de Portugal.
XII. De los principios del reinado de don Alfonso
el Onceno, rey de Castilla
Por la muerte del rey don Fernando se siguieron en
Castilla grandes torbellinos de tempestades y discordias civiles, como era
forzoso, por ser el rey niño, que no tenía más de un año y veintiséis días; lo
mismo que estar el reino sin reparo y sin gobernalle. Este es el inconveniente
que resulta de heredarse los reinos; más que se recompensa con otros muchos
bienes y provechos que de ello nacen, como lo persuaden personas muy
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doctas y sabias, si con razones aparentes o con
verdad, aquí no lo disputamos.
Luego que falleció el rey, alzaron a don Alfonso,
su hijo, por rey de Castilla a instancia y por diligencia del infante don
Pedro, su tío, que estaba en Jaén, donde acudió luego que Alcaudete se entregó.
Alzáronse allí los estandartes reales por el nuevo rey, como es de costumbre, y
el infante por lo que hizo movido por la obligación y fidelidad que debía,
adelante fue más amado de todos, y las voluntades del pueblo le quedaron más
aficionadas. El niño rey estaba a la sazón en Ávila; nombraron por su aya para
criarle y dotrinarle a Vataza, una señora nobilísima, nieta de Teodoro Lascaro,
emperador que fue de Grecia, que vino de Portugal en compañía de la reina doña
Costanza y por su aya. Volvió adelante a Portugal; allí murió; yace en la
iglesia mayor de Coimbra con su letrero que así lo reza. La reina doña María,
abuela del niño, residía en Valladolid retirada del gobierno, sea por voluntad,
sea por habérsele quitado. La reina doña Costanza, que acompañó a su marido
cuando fue a la guerra, se hallaba en Martos cargada de tristeza, luto y
lágrimas, como la que perdió su marido en la flor de su mocedad, y no sabía lo
que sucedería para adelante. El infante don Juan era ido a Valencia, don Juan
de Lara a Portugal; el uno y el otro en desgracia del rey don Fernando por
disgustos que sucedieron poco antes de su muerte.
Era forzoso proveer quien ayudase a la tierna edad
del rey y de presente gobernase las cosas; persona que fuese señalada en valor
y nobleza. Muchos se entremetían sin ser llamados. Era negocio peligroso
anteponer uno a los demás. La desordenada codicia de mandar salía de madre por
no señalarse alguno a quien los demás tuviesen respeto; muchos no tenían
vergüenza ni temor ni cuenta con las cosas divinas ni con las humanas, a trueco
de salir con su pretensión. Don Alfonso, señor de Molina, hermano de la reina
doña María, el infante don Felipe, tío del rey, y don Juan Manuel echaban sus
redes para apoderarse del gobierno, bien que secretamente y con modestia. Los
infantes tío y sobrino, es a saber, don Juan y don Pedro, más a la rasa. Don
Pedro iba más adelante, así por ser el deudo más cercano del rey como por la
afición que todos le tenían. Don Juan por su edad era más a propósito, si no
fuera de condición inquieta y mudable, tanto, que a muchos parecía nació
solamente para revolver el reino. No se veía amor ni lealtad; el deseo de
acrecentar cada cual su estado les tenía ocupadas las voluntades. Las reinas,
por ser
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mujeres, no eran bastantes para cosas tan graves,
bien que todos entendían su autoridad y favor sería de gran momento a
cualquiera parte que se arrimasen, dado que no se concertaban entre sí, como
nuera y suegra.
Las cosas del Andalucía quedaron a cargo del
infante don Pedro, hizo paces con el rey moro, que a entrambas partes
estuvieron bien, en especial que el infante no podía atender a la guerra por
estar ocupado en sus pretensiones. Por otra parte, Farraquen, señor de Málaga,
procuraba vengar la cruel muerte del rey Alhamar, no tanto confiado en sus
fuerzas cuanto en la mala satisfacción que los moros tenían con su rey, así por
otras causas como por la muerte que diera a su hermano. Asentada pues esta
confederación, el infante don Pedro y la reina doña Costanza comunicaron entre
sí en qué forma se gobernaría el reino y sobre la crianza del rey. Acordaron de
ir luego a Ávila con esperanza que los ciudadanos no les negarían su demanda, y
si hiciesen resistencia, valerse contra ellos de las armas.
Por otra parte, don Juan, tío del rey don Fernando,
y don Juan de Lara hicieron entre sí liga. La semejanza de las costumbres y el
peligro que ambos corrían los hacían conformes en las voluntades. Procuraban
pues con todo cuidado y diligencia de traer a su bando a la reina doña María
con esperanzas que le darían a criar su nieto. Don Juan de Lara fue el primero
que llegó a Ávila, pero no pudo haber a las manos al rey, porque el obispo don
Sancho le metió dentro de la iglesia mayor, y allí se hizo fuerte con él y le
defendió. Vinieron luego don Pedro y la reina doña Costanza; sucedióles lo
mismo que a don Juan de Lara. Tratóse de medios; acordaron que el rey no se
entregase a ninguna de las partes, si primero en Cortes no se acordase a quién
se debía de entregar. Sobre que esto así se cumpliría, todos los ciudadanos de
Ávila se hermanaron. Dio este consejo don Juan de Lara con esperanza de excluir
al infante don Pedro.
Hiciéronse Cortes del reino en Palencia a la
entrada de la primavera. Torpes sobornos, grandes cautelas y trazas. Los que
mejor sentían nombraban a don Pedro y a la reina doña María, su madre, que
mucho inclinaba en favor de su hijo para el gobierno del reino. Otros
anteponían a don Juan y a la reina doña Costanza, que por mañas del bando
contrario estaba ya encontrada con el infante don Pedro. De aquí nació ocasión
de nuevos alborotos. Los grandes y las ciudades andaban muy disconformes, y
cada cual seguía diverso parecer, y por un gobierno tenían dos; triste y
miserable estado. Don Pedro, confiado en su poder, y en la benevolencia y
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favor que el vulgo le mostraba y en la ayuda que de
fuera le podría venir, hizo avenencia con don Juan Manuel de esta manera: que
si salía con la empresa le dejaría el gobierno de los reinos de Toledo y de
Murcia; así se ponía en almoneda el mando, y la majestad del reino era tenida
por cosa de burla. Fuese a ver con el rey de Aragón, su suegro, a Calatayud al
principio del año de 1313. Cuéntale por extenso los engaños de los contrarios,
sus cautelas y mañas y el peligro si esta disensión pasaba adelante, que
forzosamente pararía en guerra perjudicial; que debía moverse por su justa
demanda y favorecer a su yerno, mayormente en cosa tan puesta en razón. Así, de
consentimiento de los dos despacharon a Miguel Arbe por embajador al rey de
Portugal, por ver si con su autoridad se refrenasen las pretensiones de los
revoltosos y pudiesen hacer que el gobierno del reino quedase en poder del
infante don Pedro, y que a la reina doña Costanza se le encargase el cuidado de
criar su hijo, que de esta forma les parecía se satisfacía a las partes. Los
ciudadanos de Ávila, que eran tanta parte en este negocio, no se llegaban con
calor a ninguna de las partes; a ambas henchían de esperanzas unas veces, otras
amenazaban con miedos. Finalmente, vinieron a seguir el partido de don Pedro y
de la reina doña María, su madre. Esto agradó a los más principales de la
ciudad y al pueblo, con tal condición que no sacasen al rey de la ciudad.
En este tiempo Azar, rey de Granada, fue forzado a
retirarse dentro del Alhambra por miedo de los ciudadanos que se rebelaron
contra él. Ismael, hijo de Farraquen, fue el autor de esta rebelión y el
capitán. El infante don Pedro, que se hallaba en Sevilla, movido de la injuria
que se hacía al rey de Granada, su aliado, y del peligro que corría, pospuesto
todo lo al, determinó de ir allá. Llegó tarde, ya que las cosas estaban
perdidas, porque Azar vino a concierto con su enemigo, en que hizo dejación del
reino y del nombre de rey, con retención de Guadix para su habitación, ciudad
puesta en los deleitosos campos y bosques de los túrdulos, pueblos antiguos de
España. Verdad es que el infante, ya que no le pudo favorecer en tiempo,
procuró vengarle, porque tomó a los moros un castillo muy fuerte en la comarca
de Granada, llamado Rute; hizo otrosí grandes correrías por toda aquella
campaña. Había reinado Azar cuatro años y siete meses cuando fue despojado de
aquel estado, más dichoso y más modesto en el tiempo que reinó su hermano que
en el que él mismo tuvo el mando. Sucedióle su competidor Ismael, hijo de su
hermana y de Farraquen. Con la toma de Rute el crédito del infante don Pedro se
aumentó mucho, y ganó
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grandemente las voluntades de todos por acabar en
tres días con lo que los reyes pasados no pudieron salir, que era ganar aquella
fuerza, que muchas veces acometieron a tomar. No pasó adelante en la guerra de
los moros por las revueltas que dentro del reino andaban, a que era forzoso
acudir, sin cuidar mucho de las cosas de fuera.
Los grandes del reino y los procuradores de las
ciudades se juntaron en el monasterio de Sahagún por ver si podrían concordar
aquellos debates. Durante la congregación y junta la reina doña Costanza por el
mes de noviembre pasó de esta vida. Fue gran parte para su muerte la pesadumbre
que tenía de ver a su hijo fuera de su poder y la necesidad y pobreza que
padecía, tan grande, que para pagar sus deudas y el gasto de su casa aún el oro
y joyas que tenía para su persona no bastaban, como ella misma lo declaró en el
testamento que otorgó a la hora de su muerte. La falta de la reina doña
Costanza obró que se pudieron encaminar mejor los negocios a causa que el
infante don Juan, desamparado que se vio de este arrimo, acudió a la reina doña
María y a su hijo el infante don Pedro. Concertáronse en esta forma: que la
crianza del rey estuviese a cargo de la reina, su abuela; los infantes
gobernasen el reino, cada cual en aquella parte y aquellas ciudades que le
siguieron en las Cortes que poco antes se tuvieran en la ciudad de Palencia;
manera de gobierno bien extraordinaria y sujeta a grandes inconvenientes; pero
era forzoso conformarse con el tiempo y llegar hasta lo que las cosas daban
lugar. Al rey llevaron a Toro, ciudad muy apacible y de cielo muy saludable. Lo
que principalmente pretendieron fue sacarle de poder de los de Ávila y vengarse
de las afrentas que a todos antes hicieron.
Corría a esta sazón el año de 1314 cuando en el
reino de Toledo se despertaron nuevos alborotos y bandos, y aún donde quiera se
cometían mil maldades, robos, fuerzas y muertes; grande era la avenida de
miserias, sin que hubiese fuerzas bastantes para atajar tantos daños. Acordaron
buscar otra mejor manera de gobierno; juntaron Cortes en Burgos, en que se
determinó que el gobierno supremo del reino estuviese en poder del Consejo
Real, al cual se suele apelar de todos los tribunales con las mil quinientas
que ha de pagar el que apela en caso que sea condenado. Ordenaron otrosí que el
Consejo siguiese siempre la Corte do quiera que el rey y la reina estuviesen.
Que los dos infantes determinasen los negocios de menor cuantía, sin darles
facultad para enajenar las rentas reales, ni
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poder nombrar otro en su lugar, caso que alguno de
los tres infantes y reina falleciese.
A la misma sazón fallecieron de su enfermedad tres
grandes personajes, es a saber, don Pedro, hermano de la reina, que murió poco
antes de este tiempo, y don Tello, su hijo, que venía a gran prisa para
hallarse en las Cortes. En las mismas Cortes falleció sin hijos don Juan Núñez
de Lara, mayordomo que a la sazón era de la casa real. El cargo por su muerte
se proveyó a don Alfonso, hijo del infante don Juan. Tenía don Juan Núñez de
Lara una hermana, por nombre doña Juana, que casó con don Fernando de la Cerda;
de este matrimonio nacieron dos hijos, que fueron doña Blanca y don Juan de
Lara, que tomó este apellido porque finalmente heredó el estado de la casa de
Lara. Esto en Castilla.
El rey de Aragón por el mes de noviembre envió a
Alemania a doña Isabel, su hija, que tenía concertada con Federico, duque de
Austria, para que se efectuase el casamiento, al cual a la sazón los tres
electores, el de Colonia, el de Sajonia y el Palatino nombraran por rey de
romanos; los otros tres electores señalaron a Ludovico, bávaro; a estos se
llegó Wenceslao, rey de Bohemia. Por donde este partido pareció tener mejor
derecho, por lo menos tuvo más dicha; en una batalla que se dio de poder a
poder, venció y prendió a su competidor. Mas este Ludovico se hizo adelante muy
aborrecible por perseguir a los pontífices romanos, y en prosecución de esto
elegir un nuevo y falso papa, de que resultaron grandes males.
XIII. Del principio que tuvieron los turcos
Tenía por este tiempo el imperio de Grecia
Andrónico, hijo de Miguel Paleólogo, hombre impío y mal cristiano, ca renunció
la santa fe católica romana que los griegos de común consentimiento recibieran
los años pasados. Pasó en esto tan adelante, que publicó a su padre por
excomulgado, y no permitió que a su cuerpo diesen sepultura y le hiciesen las
honras acostumbradas. Tal fue el principio que dio a su imperio, desdichado y
desgraciado. El odio que con los romanos tenían era tan grande, que no eran tenidos
por legítimos los matrimonios que se hacían entre griegos y latinos, si la una
de las partes no renunciaba la creencia de
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sus antepasados. Muchos por ser católicos, que era
tenido por el más grave delito, hacía condenar por herejes.
Fue castigo del cielo que en este mismo tiempo los
turcos comenzaron a tener nombre; gente hasta entonces no conocida, adelante
muy encumbrada por nuestras pérdidas y daños, que de ellos se han recibido muy
grandes y ordinarios, más por el descuido de los príncipes, que pudieran al
principio atajar el fuego, que por su valor e industria. En aquella parte de
Escitia por do corre el río Volga tuvo antiguamente esta gente su asiento. De
allí un gran número se derramó en las partes de Europa el año del Señor de 760.
Tuvieron una batalla con los húngaros, gente entonces muy poderosa, en la cual,
como quedasen muy maltratados, se retiraron a Asia convidados de la fertilidad
de la tierra y del poco valor de los naturales, ca con los deleites y regalo
los tenían muy estragados. En aquella tierra los turcos se hicieron fuertes en
las montañas, con cuya aspereza más que con las armas se mantuvieron largo
tiempo. Su nombre no era muy conocido ni tuvieron caudillo muy señalado.
Sustentábanse de robos y correrías; en las guerras asentaban al sueldo de la
parte que les hacía mejor partido, cuando los príncipes comarcanos los
convidaban para ayudarse de ellos, en especial acudían al sultán de Egipto.
Fuera muy fácil deshacerlos, si alguno tuviera celo del bien común; pero lo
pasado más se puede llorar que enmendar.
En la guerra de la Tierra Santa que emprendió Jofre
de Bullon, príncipe señalado en valor y religión, comenzaron los turcos a ganar
alguna fama por las rotas que dieron y recibieron muchas veces que con los
fíeles vinieron a las manos. Estaban divididos debajo de muchos señores y
caudillos hasta tanto que en tiempo del emperador Andrónico un cierto Otomán,
hijo de Zico, hombre, bien que de baja suerte, de grandes fuerzas y ánimo, con
dar la muerte a muchos de aquellos señores y maltratar a otros, se hizo señor
de todos los turcos, que andaban esparcidos a manera de alárabes. Éste fue el
primer fundador del imperio de los turcos, tan extendido en nuestro tiempo, y
de quien la familia de los Otomanos tomó este apellido. De este por continua
sucesión traen su descendencia aquellos emperadores, en que los hijos muchas
veces han heredado el estado de los padres, por lo menos los hermanos se han
sucedido uno a otro, como se ve por el árbol de su genealogía, que pareció
poner en este lugar.
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Otomán tuvo un hijo que le sucedió en el imperio,
por nombre Orcanes, al cual sucedió su hijo Amurates; a este Bayacete, su hijo,
muy nombrado porla jornada que tuvo con el Taborlan y por su grande desgracia,
que fue vencido y preso en aquella batalla. Bayacete tuvo un hijo, por nombre
Calapino, que le sucedió, y a Calapino dos hijos suyos, uno en pos de otro, que
se llamaron el primero Moisés, el segundo Mahomad; hijo de este Mahomad fue
Amurates, aquel que, cansado de las cosas del mundo, renunció el imperio y se
retiró a hacer vida sosegada en lo mejor de su edad y cuando su imperio llegaba
a la cumbre, cosa que le dio más nombradía que todas las otras hazañas que
acabó, bien que fueron muy grandes; bienaventurado si por la verdadera y
católica religión menospreciara las riquezas y grandeza de aquel estado. En
lugar de Amurates fue puesto su hijo Mahomad, el que, pasados más de cien años
adelante de este en que vamos, se apoderó por fuerza de armas de la gran ciudad
de Constantinopla. A Mahomad sucedió Bayacete; luego Selim; tras este Solimán;
después otro Selim; últimamente Amurates, y otro Selim, y al presente Mahomad,
abuelo, padre e hijo que por su orden heredaron aquel imperio.
De esta manera y por estos grados y de tan flacos
principios se ha extendido el imperio de los turcos, acrecentado y engrandecido
por descuido y poquedad de los nuestros, mayormente por las discordias que
entre sí han tenido, sin saberse conformar ni juntar las fuerzas contra el
común enemigo de la cristiandad.
XIV. Que los catalanes acometieron el imperio de
Grecia
Luego que los turcos se hubieron enseñoreado de
gran parte de la Asia Menor, comenzaron a poner sus pensamientos en lo de
Europa y en la Rumanía, que antiguamente se llamó Tracia. Enfrenólos por algún
tiempo y reprimió sus intentos el estrecho del mar, aledaño de estas dos
provincias; que por lo demás los griegos estaban tan sin fuerzas y ánimo, que
fácilmente pudieran salir con su pretensión; los regalos y deportes de todas
suertes tenían abatido el valor de aquella gente. En la paz eran revoltosos, blasonaban
largo; pero para la guerra eran muy flacos, propias
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condiciones de gente cobarde. Considerado pues el
gran peligro que las cosas corrían, el emperador Andrónico determinó de
ampararse a sí y a su imperio y valerse de ayudas y socorros de fuera.
Los catalanes, después que se asentó en Sicilia la
paz entre los príncipes, según arriba queda contado, por no sufrir el reposo
como gente acostumbrada a andar siempre en la guerra, dieron en ser corsarios
por el mar, y en esto se ejercitaban. Fue llamado de Grecia Roger de Bríndez,
el principal capitán de los catalanes, debajo de grandes promesas que aquel
Emperador le hizo. Era este varón muy insigne en el arte militar, y que tenía
adquirida gran fama por sus grandes proezas. Traía su origen de Alemania, su
padre Ricardo Floro, familiar y continuo del emperador Federico; tuvo en
Bríndez muchos posesiones, y en servicio de Coradino fue muerto en la batalla
de Manfredonia. Su hijo fue primero caballero de la orden de los templarios,
después sirvió a don Fadrique, rey de Sicilia, en las guerras pasadas, en que
mostró su esfuerzo y valentía en muchas ocasiones, y ganó fama y gloria de
guerrero, y su nombre fue conocido aún acerca de los extranjeros. Con licencia
pues de su rey fue al llamado de los griegos a Constantinopla con una armada de
treinta y ocho velas, en que se contaban dieciocho galeras, mil quinientos
caballos y hasta cuatro mil infantes; pequeño ejército para tan grande empresa;
pero todos eran de extremado valor, soldados viejos de grande experiencia y los
que mantuvieron todo el peso de la guerra de Sicilia y ganaron tantas
victorias.
Llegada que fue esta armada a Constantinopla,
dieron a Roger por mujer una hija del emperador de Zaura y de una hermana de
Andrónico y el primer lugar y autoridad después del emperador; añadiéronle a
esto título y nombre de Gran Capitán, que llamaban Megaduque. Con estos halagos
ganaron las voluntades de los catalanes, encendieron sus ánimos en deseo de
verse ya con los enemigos, pasaron con su armada lo más cercano de la Asia. En
la primera batalla que dieron pasaron a cuchillo tres mil hombres de a caballo
de los turcos y diez mil infantes. Tras esto en la Frigia, y en la Meonia,
donde se adelantaron, tuvieron otro encuentro con los turcos junto a
Filadelfia, ciudad señalada por el río Pactolo que con hermosas y deleitables
riberas la riega; sucedióles tan prósperamente como en la batalla pasada; no
fue menor el estrago y matanza de los enemigos. Finalmente, junto a Dania,
ciudad de la provincia de Cilicia, no lejos de la nombrada Éfeso, en el
estrecho del monte Tauro, que llaman Puerta de Hierro, trabaron una batalla con
los turcos con el mismo esfuerzo y
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ventura. Estas victorias de presente muy señaladas
para adelante fueron muy provechosas, porque se mejoraron de armas, de caballos
y dineros, de que se hallaban necesitados. La fama que ganaron fue grande,
tanto, que los naturales cobraron esperanza de destruir por su medio aquella
nación de turcos y poner la cristiana en su libertad. Verdad es que a mala
coyuntura falleció el suegro de Roger, por cuya muerte los hijos del difunto
fueron despojados del estado de su padre por un tío suyo, que se apoderó injustamente
por fuerza de aquel imperio.
Esto puso en necesidad a Roger de dar la vuelta,
mayormente que el emperador Andrónico le mandaba tornar. Con su venida en breva
sosegó aquella tempestad muy a su gusto; para esto y para todo el progreso de
la guerra hizo mucho al caso Berenguel Entenza, caballero catalán, el cual,
sabido lo que en levante pasaba, acudió con trescientos hombres deá caballo y
mil infantes, toda gente escogida. Diéronle luego títulos de Gran Capitán y a
Roger nombre de César, que era la dignidad de mayor autoridad en tiempo de paz
y de guerra que en aquel imperio se podía dar después del mismo emperador; tan
grande, que no la dieran a nadie por espacio de cuatrocientos años. Hasta aquí
todo procedía muy prósperamente, si la fortuna o desgracia supiera estar queda
sin dar la vuelta que suele de ordinario.
Fue así, que los griegos tomaron ocasión de
aborrecerlos, así bien por envidia de estas preeminencias que les dieron como
porque los soldados, que invernaban en Calipolí, comenzaron a alborotarse con
color que no les pagaban. Derramábanse por la comarca, cometían robos,
violencias y adulterios, todo lo ensuciaban con maldades en gran daño de la
tierra y peligro suyo y de sus capitanes. La indignación que de esto concibió
el emperador fue grande; para vengarse procuraron que Roger viniese a
Adrianópoli con muestras de querer comunicar con él cosas de grande
importancia. Llegado que fue, descuidado de semejante traición, le mataron sin
respeto de sus muchas hazañas; así es, más fuerza tiene una injuria para mover
a venganza que muchos servicios para sosegar el disgusto, porque la obligación
nos es carga pesada, la venganza descarga de cuidados, además que
ordinariamente los grandes servicios se suelen recompensar con alguna notable
deslealtad. Muerto que fue Roger, grande multitud de griegos se puso sobre la
ciudad de Calipoli; los catalanes se defendieron con gran valor, y no contentos
con esto, ganaron de los contrarios muchas victorias, particularmente en una
batalla les degollaron
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seis mil de a caballo y veinte mil infantes. Los
demás huyeron; ganáronles los reales; cosa maravillosa y que apenas se pudiera
creer, si Ramón Montaner, que se halló en estos hechos, no lo afirmara en su
historia como testigo de vista. Pasó tan adelante Berenguel Entenza en vengar
la muerte de Roger, que llegó con su armada a vista de Constantinopla; taló
aquellas marinas, hizo robos de ganados, mató cuantos se le pusieron delante,
puso fuego a las alquerías y cortijos de aquella ciudad. A Calojuan, hijo del
emperador Andrónico, que le salió al encuentro, venció y desbarató en una
batalla. Llevaban los catalanes con tanto muy bien encaminados sus negocios.
En esto una armada de genoveses debajo la conducta
de Eduardo Doria llegó a aquellas partes, que fue causa que el partido de los
griegos se mejorase y empeorase el de los catalanes. Con muestra de amistad y
confederación los genoveses se apoderaron de la armada catalana y prendieron a
su general Entenza, digno al parecer de aquella desgracia por haber llamado a
los turcos en su favor, cosa que siempre se ha tenido por fea entre los
cristianos. Quedaba Roberto de Rocafort, que estaba en guarda de Calipoli, con
cuyo amparo y debajo de su gobierno los catalanes hacían grandes correrías,
ganaban muchas victorias, así delos griegos como de los genoveses.
Ensoberbecido Rocafort con estos sucesos, no quería reconocer a ninguno por
superior; cometía todo género de maldades sin que nadie le fuese a la mano.
Entenza, después que a cabo de mucho tiempo fue puesto en libertad, acudió a
Cataluña, donde vendidos muchos lugares heredados de su padre, con el dinero
que allegó aprestó una armada, en que otra vez pasó en Grecia. Llegado que fue,
Rocafort no le quiso reconocer por superior, de que resultaron entre ellos
discordias y armarse el uno al otro celadas.
Sabido el peligro que las cosas corrían por la
discordia de estos dos capitanes, el rey de Sicilia don Fadrique, por cuyo
orden pasaron primeramente a levante, envió a don Fernando, hijo menor del rey
de Mallorca, para si por ventura con su autoridad y buena maña pudiese
concertar aquellas diferencias. Poco aprovechó esta diligencia; sólo les
persuadió que, pues la comarca de Calipoli la tenían destruida, juntadas sus
fuerzas, marchasen la vuelta de Nápoles, ciudad que es de la Tracia a los
confines de Macedonia, muy principal por su fertilidad y por dos caudalosos
ríos que junto a ella pasan, es a saber, Neso y Estrimon. En este camino los
dos capitanes vinieron a las manos; Berenguel Entenza fue
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muerto en la pelea con otros muchos. Al infante don
Fernando fue forzoso dar la vuelta a Sicilia. En el camino fue preso junto a la
isla de Negroponte por ciertas galeras francesas que por allí andaban. Con esta
armada puso confederación Rocafort, como el que tenía entendido no podría
alcanzar perdón de los aragoneses ni de los sicilianos; más era tanta su
soberbia, que puesta esta amistad, menospreciaba a los franceses y hacía de
ellos poco caso. Por esta causa prendieron a él y a un hermano suyo, y vueltos
a Italia, los entregaron en poder de Roberto, rey de Nápoles, su capital
enemigo, y él los mandó encerrar en Aversa. Allí estuvieron con buena guarda
hasta tanto que del mal tratamiento murieron; castigo muy merecido por sus
maldades.
Don Fernando de Mallorca andaba más libre, porque
su prisión no era tan estrecha, y poco después a instancia de los reyes de
Aragón y Sicilia fue puesto en libertad. Llegó a Mesina, donde casó con doña
Isabel, nieta de Luis, el postrer príncipe de la Morea, francés de nación, y
que poco antes falleció sin dejar hijo varón. Partidos que fueron de levante
los franceses, los catalanes, que todavía quedaban algunos, por do quiera que
iban, todo lo asolaban. Sucedió que Gualtero de Brena, duque de Atenas, del linaje
de los franceses, tenía guerra con algunos señores comarcanos. Éste convidó a
los catalanes para que le ayudasen. Poco les duró la amistad; y con color que
no les pagaba, se amotinaron y en cierta refriega, muerto el duque, con la
misma furia se apoderaron de la ciudad y la pusieron a saco. Verdad es que el
nombre de duque de aquella ciudad reservaron para don Fadrique, rey de Sicilia.
Deseaban que les acudiese, como los que sabían muy bien el riesgo que corrían
si no les venía socorro de otra parte. Aceptó pues el rey don Fadrique aquella
oferta y envió gobernadores para las ciudades y capitanes para la guerra, que
todavía se continuó con diversos trances que sucedieron. Este estado mandó él
después en su testamento a don Guillén, su hijo menor; a este sucedió don Juan,
su hermano; a don Juan don Fadrique, su hijo, por cuya muerte, que falleció sin
dejar sucesión, recayó este principado en el rey de Sicilia don Fadrique,
bisnieto del primer don Fadrique, por cuyo mandado fueron los catalanes a Grecia
la primera vez. De aquí los reyes de Aragón se intitulan, como reyes que son de
Sicilia, duques de Atenas y Neopatria hasta nuestra edad; estados de título
solo y sin renta. Fue esta guerra muy señalada por el esfuerzo de los soldados,
por las batallas que se dieron, por los diversos
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trances y sucesos, finalmente, por los muchos años
que duró, que llegaron a doce no menos.
Cosa maravillosa que se pudiese mantener tan poca
gente tan lejos de su tierra, rodeada de tantos enemigos y dividida entre sí
con parcialidades y bandos perpetuos. Esto movió al papa Clemente para que el
mismo año que falleció escribiese al rey de Aragón muy apretadamente forzase a
los catalanes por sus edictos a salir de Grecia. Hizo instancia sobre esto a
ruego de Carlos de Valois, que poseía en la Morea algunas ciudades en dote con
su mujer, demás de las lágrimas y quejas ordinarias que le venían de los
naturales de aquella tierra, que se quejaban y plañían ser maltratados con todo
género de molestias ellos y sus haciendas, hijos y mujeres por un pequeño
número de ladrones, gente mala y desmandada.
XV. Del pontífice Juan XXII
Los dos años siguientes fueron señalados por los
nuevos reyes que en Francia hubo y por la vacante de Roma, que duró dos años y
casi cuatro meses.
Fue así, que el rey Luis Hutin de una grave
dolencia que le sobrevino falleció en el bosque de Vincena, que es cuatro
millas de la ciudad de París, a los 5 días del mes de junio, año del Señor de
1315. De su primera mujer Margarita, hija del duque de Borgoña, tuvo una hija,
que se llamó Juana. La dicha Margarita fue convencida de adulterio; así dentro
de la prisión donde la tenían la mandó ahogar. A todos les pareció esta justa
causa de dolor y tristeza; y es cosa de admiración que en un mismo tiempo fueron
acusadas de adulterio tres nueras del rey Filipo el Hermoso; demasiada
licencia, deshonestidad y soltura notable para unas señoras tan principales.
Las dos de ellas, es a saber, las mujeres de Luis y de Carlos fueron
convencidas en juicio. A los adúlteros cortaron sus partes vergonzosas, y
desollados vivos, los arrastraron por las calles y plazas públicas, finalmente
los ahorcaron. Casó la segunda vez con Clemencia, hija del rey de Hungría, que
quedó preñada al tiempo que su marido falleció, y parió un hijo, que se llamó
Juan, con esperanza heredaría el reino de su padre; pero muerto el niño dentro
de veinte días, Filipo, su tío, que tenía por sobrenombre el Largo, y hasta
entonces era gobernador del
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reino, de consentimiento de todos los estados se
coronó y tomó las insignias reales. A la infanta doña Juana excluyeron de la
herencia y reino de su hermano por la ley sálica, ora fuese verdadera, ora de
nuevo fingida o ampliada en favor y gracia del más poderoso. Las palabras de la
ley son estas: «En la tierra Sálica, quiere decir de los francos, no sucedan
las mujeres». Del reino de Navarra no podía ser despojada, por considerar que
su abuela del mismo nombre le hubo pocos años antes por razón de herencia.
Mayor alteración resultó sobre el pontificado
romano. Los cardenales italianos procuraban con todas sus fuerzas que se
eligiese un pontífice de su nación y que la silla pontifical se tornase a Roma.
Sobrepujaban en número los franceses, y salieron finalmente con su pretensión.
En Carpentraz, ciudad de la Francia Narbonense y del condado de Aviñón, do
Clemente pontífice falleció, mientras estaban en cónclave sobre la elección del
nuevo pontífice, se alborotó gran número de la gente de la tierra, y comenzaron
a quebrantar las casas de los italianos y a robarlas, apoderáronse de la ciudad
y pusieron en huida a los cardenales de ambas naciones. Las cosas amenazaban
seísmo.
De allí a mucho tiempo se tornaron a juntar en Lyon
de Francia. En aquella ciudad Jacobo Osa, de nación francés, cardenal y obispo
portuense, fue elegido por sumo pontífice a los 7 días del mes de agosto el año
16 de aquel siglo y centuria. Tomó por nombre en su pontificado Juan XXII. Hizo
a Tolosa y a Zaragoza sillas metropolitanas con deseo de hacerse grato a los
franceses y aragoneses. A Zaragoza le dio por sufragáneas las iglesias de
Pamplona, Calahorra, Huesca, Tarazona, que todas y la misma Zaragoza eran
sufragáneas de Tarragona. A Cahors, ciudad de Francia, hizo silla obispal; esta
honra quiso hacer a su patria. Canonizó a santo Tomas de Aquino, teólogo
prestantísimo de la orden de los Predicadores, y a san Luis, obispo de Tolosa.
Éste fue hijo de Carlos, el más Mozo, rey de Nápoles, cuñado del rey de Aragón.
Estas cosas ilustraron más que otra alguna el largo pontificado de este Papa,
demás de las anatas que impuso primeramente sobre los beneficios eclesiásticos.
En Castilla no tenían las cosas sosiego, y sin
embargo, acudían a hacer la guerra contra los moros. Azar, no pudiendo sufrir
la gran caída que había dado y la vida particular en que vivía, aunque harto
más dichosa de la que antes tenía, usurpaba el título de rey contra el
concierto antes hecho. Éste, como más flaco de fuerzas, y que no tenía poder
bastante para
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contrastar con su enemigo, pretendía valerse de los
cristianos. A los nuestros no estaba mal acudir a aquel rey, que era su
confederado, demás de la ocasión que se ofrecía de sujetar por medio de
aquellas revueltas toda aquella nación. Acordaron pues de hacer guerra a los
moros; el cuidado se encomendó al infante don Pedro, así por tener edad a
propósito como por estar de su parte muchos de entre los moros a causa de la
confederación que poco antes con ellos asentó. Demás que el infante don Juan,
su tío, se hallaba embarazado y triste por la muerte de don Alfonso, su hijo
mayor, que le sobrevino al principio de esta guerra en un pueblo llamado
Morales cerca de la ciudad de Toro. Su cuerpo sepultaron en la ciudad de León
en la iglesia de Santa María de Regla.
Por el mismo tiempo don Fernando de Mallorca, como
en la Morea pretendiese recobrar el estado y dote de su mujer, y para esto
ayudarse de los catalanes, pasó de esta vida en lo más recio de la guerra. Su
cuerpo traído a España le enterraron en Perpiñán en el monasterio de Santo
Domingo. Este fin tuvo aquel caballero, persona de las más señaladas que en
aquel tiempo se hallaban. Dejó de su mujer un hijo muy pequeño, llamado don
Jaime como su abuelo.
El infante don Pedro, llegado al Andalucía, no
cesaba de apercibirse de todo lo necesario para la guerra. Estaba la ciudad de
Guadix muy falta de bastimentos; que los moros habían talado todos aquellos
campos. Deseaban los cristianos proveerles de lo necesario, pero los
bastimentos y recua que tenían juntado era necesario que pasase por tierras de
los enemigos, y por esta causa que llevase mucha escolta. Acudieron los
maestres de Santiago y Calatrava, juntóse gran golpe de gente y el mismo
infante por caudillo principal. Saliéronles al encuentro hasta un pueblo
llamado Alaten la gente de a caballo de Granada en gran número y muy gallarda,
y por su caudillo Ozmín, soldado muy señalado. Acometieron los de la una y de
la otra parte con grande ánimo; trabóse la batalla, que fue muy reñida y al
principio dudosa. Mas al fin el campo quedó por los fieles con muerte de mil
quinientos jinetes moros que perecieron en la refriega y en la huida, entre
ellos cuarenta de los más nobles de Granada, por donde aquella rota fue para
los moros de gran tristeza y dolor. Ganada esta victoria, todo lo demos se
allanó. Guadix quedó bastecida; y dos fuerzas, es a saber, Cambil y Algabardos,
se ganaron de los moros por fuerza de armas.
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Este buen suceso, que debiera ser parte para ganar
las voluntades y favor de todos, fue ocasión en muchos de envidia y de buscar
maneras para desbaratar los intentos del infante; su tío don Juan de secreto
atizaba a los demás. Buscaban algún color para salir con lo que pretendían.
Parecióles el más a propósito pedir a los gobernadores diesen fiadores y
pusiesen en tercería algunos pueblos de sus estados para seguridad que
gobernarían bien el reino y las rentas reales. Juntáronse sobre esta razón
Cortes, primero en Burgos, y después en Carrión. Salieron con todo lo que
pretendían, prueba con que se descubrió más el valor y virtud del infante don
Pedro. Tratóse demás de esto de recoger algún dinero por la gran falta que de
él tenían. Los naturales no podían oír que se tratase de nuevas derramas, por
ser muchos los pechos que el pueblo pagaba; pero todo se consumía en la guerra
contra los moros y en sosegar las revueltas que en el reino andaban. Pareció
buena traza acudir al pontífice nuevo, y por sus embajadores suplicarle
concediese las décimas de las rentas eclesiásticas para proseguir la guerra
contra los moros. Demás de esto, otorgase indulgencia y la cruzada a todos los
que a sus expensas para aquella guerra tomasen las armas. Lo uno y lo otro
concedió el pontífice benignamente. Los pueblos al tanto acudieron con alguna
suma de dineros. Con esto nuestro ejército se aumentó, y por tres veces
hicieron entradas en tierra de moros, con que trabajaron aquella comarca y
trajeron presas de gente y de ganado, en que pasaban tan adelante, que llegaban
a vista de la misma ciudad de Granada. Los moros esquivaban de venir a batalla,
la cual mucho deseaban los nuestros. Trataron los moros de cercar a Gibraltar,
pero previnieron sus intentos, ca la abastecieron muy bien de gente y
vituallas; por esto los bárbaros desistieron de aquella demanda, y al
contrario, la villa y castillo de Belmes se ganó de los moros.
Corría en esta sazón el año del Señor de 1316, en
que por muerte de Rocaberti, arzobispo de Tarragona, por votos de aquel
cabildo, como entonces se acostumbraba, salió elegido el infante don Juan, hijo
tercero del rey de Aragón. Acudieron al padre santo para que confirmase la
elección; nunca lo quiso hacer; no refieren las causas que para ello tuvo;
puédese sospechar que por alguna simonía, o lo más cierto por no tener el
infante edad bastante. No se usaba entonces tan de ordinario dispensar en las
leyes eclesiásticas a contemplación de los príncipes. Los pontífices tenían
cierta entereza y grandeza de corazón para contrastar a las codicias
desordenadas de los más poderosos reyes y emperadores. En fin, hubieron
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de desistir de aquella pretensión y pasar a don
Jimeno de Luna, que era arzobispo de Zaragoza, a la iglesia de Tarragona. Don
Pedro de Luna fue proveído en el arzobispado de Zaragoza, y al infante don Juan
dieron el abadía de Montearagón, que vacó por la promoción del nuevo arzobispo
don Pedro.
XVI. Los infantes don Pedro y don Juan
murieron en la guerra de Granada
El año siguiente de 1317, con diversas embajadas
que el rey de Aragón envió sobre el caso, alcanzó últimamente del sumo
pontífice que de los bienes que los templarios solían tener en el reino de
Valencia se fundase una nueva caballería debajo la regla del Císter y sujeta a
la orden de Calatrava, aunque con su maestre particular. Señaláronle por hábito
y por divisa una cruz roja simple y llana en manto blanco. El principal asiento
y convento se fundó en Montesa, de donde tomó el apellido. La renta no era mucha;
en las hazañas contra los moros, que corrían aquellas marinas de Valencia, no
se señalaron menos que las otras órdenes. Desde a poco, eso mismo en Portugal
por concesión del mismo pontífice se fundó otra milicia, que llaman de Cristo,
la más señalada de aquel reino. La insignia que traen es una cruz roja con unos
torzales blancos por en medio. Aplicaron a esta milicia los bienes y tierras
que en aquel reino tenían los templarios. Su principal asiento y convento al
principio fue en Castro Marín; adelante se pasaron a Tomar.
Todo esto iba bien encaminado, si el sosiego de que
los portugueses gozaban de mucho tiempo atrás no se comenzara a enturbiar con
alborotos que dentro del reino resultaron. El infante don Alfonso estaba
disgustado con el rey Dionisio, su padre; lo que le desasosegaba era la
ambición y deseo de reinar, enfermedad mala de curar; dado que se publicaban
otras quejas, es a saber, que don Alfonso Sánchez, hijo bastardo del rey, tenía
más cabida con su padre de lo que la razón pedía; que era mayordomo de la casa
real; que se hallaba en las consultas de los negocios más importantes;
finalmente, que todo colgaba de su parecer y voluntad; lo más áspero de todo
que a su persuasión trataban de desheredar al mismo don Alfonso. Estas quejas y
colores, fuesen verdaderos o falsos, luego que se
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divulgaron dieron ocasión a muchos de apartarse del
rey, los que hacían más caso de sus particulares esperanzas que del respeto y
lealtad que debían a su señor. Los grandes y ricos hombres divididos. Don
Alfonso se apoderó de las ciudades de Coimbra y de Oporto; todos los forajidos,
ladrones, homicianos y facinerosos hallaban en él acogida y amparo. La
paciencia del rey fue muy señalada, que pasaba por todo por ver si por buena
vía se podría apartar su hijo del camino que llevaba. Entendía muy bien que si
venían a las manos, de cualquiera manera que sucediese, alcanzaría tanta parte
del daño y de la desgracia a los unos como a los otros. Esto cuanto a Portugal.
En Aragón falleció en este tiempo la reina doña
María. Esta señora era hermana del rey de Chipre, y el año próximo pasado la
trajeron de aquella isla para que casase con el rey de Aragón. Las bodas se
celebraron en Gerona, y las honras de su enterramiento en Tortosa, do en el año
del Señor de 1318 al fin del mes de marzo murió. Enterróse en el monasterio de
San Francisco de aquella ciudad.
El año próximo 1319 fue muy señalado por dos cosas
notables que en él acaecieron: la una el desastrado fin delos dos infantes don
Juan y don Pedro, gobernadores de Castilla; la otra fue la renunciación de don
Jaime, heredero de Aragón. El infante don Juan sentía en el alma que su
competidor don Pedro fuese creciendo cada día más en poder y autoridad; sus
esclarecidas hazañas se la daban y virtudes sin par. No podía llevar en
paciencia que todos los negocios, así de paz como de guerra, le acudiesen. Lo que
más le punzaba era que don Pedro sólo administraba las décimas que se
concedieron por el papa de las rentas eclesiásticas sin darle parte. Don Pedro,
cuanto las cosas por él hechas eran de más valor y estima, tanto menos le
parecía que era justo sufrir agravios e injurias de nadie. Si iba adelante esta
competencia, se echaba de ver que vendrían sin duda a rompimiento y a las
manos. A fama y color de la guerra con los moros tenía levantada don Juan mucha
gente en toda Tierra de Campos y Castilla la Vieja. La reina con su industria y
saber puso fin a estas pasiones; en Valladolid, donde a la sazón se tenían
Cortes del reino, los concordaron de esta manera: que ambos acometiesen la
morisma por dos partes, dividido el ejército y el dinero al tanto para las pagas.
Lo que prudentemente se ordenó desbarató otro más alto poder.
En estas Cortes don fray Berenguel, poco antes
instituido en arzobispo de Santiago por el pontífice Juan, por comisión suya y
en su nombre
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propuso el negocio de don Alfonso de la Cerda, y
amenazó que procedería con censuras y todo rigor si no obedecían a demanda tan
justa. Hacia lástima ver un caballero como aquel, nacido con esperanza de
reinar, derrocado de su grandeza, pobre, ahuyentado, vagabundo. Es perversa la
naturaleza de los hombres, que muchas veces y con grande ahínco torna a desear
lo que antes desechaba y menospreciaba, con igual desatino en lo uno y en lo
otro y temeridad. Así le acaeció a don Alfonso de la Cerda, que ahora tornaba a
pedir la posesión de aquellos lugares que los años pasados le fueron
adjudicados y él los menospreció. Los grandes daban sus excusas; decían estar
juramentados, y que conforme al pleito homenaje que hicieron, no podían en
ninguna manera consentir en cosa que fuese en daño y disminución del patrimonio
real, entre tanto que el rey no tuviese edad competente. Lo que se pudo
alcanzar fue que a don Fernando, hermano de don Alfonso, le diesen cargo de
mayordomo de la casa real, frívola recompensa de tantos daños. Con tanto, la
reina se fue a Ciudad-Rodrigo para verse con el infante don Alfonso de
Portugal, su yerno, y hacer las amistades entre él y su padre. Todo el trabajo
que en esto se tomó fue perdido.
Los infantes don Pedro y don Juan se partieron para
el Andalucía cada uno por su parte. Ismael, rey de Granada, determinó de
apercibirse contra esta tempestad de la ayuda de los africanos; para esto dio
al rey de Marruecos a Algeciras y Ronda con todos los lugares de su contorno,
cosa que era a propósito para los intentos de ambas las partes, dado que el de
Granada compraba caro la amistad de la gente africana. Don Pedro ganó por
fuerza de armas la villa de Tiscar, que está en un sitio muy áspero y fuerte de
su naturaleza, y que tenía gran copia de gente. El castillo rindió Mahomad
Andon, cuya era la villa. Parecía que con esta victoria se mejoraba mucho
nuestro partido, que la guerra y todo lo demás sucedería muy bien; más el
infante don Juan con desordenada ambición de loa la desbarató todo y acarreó la
ruina y perdición para sí y todos los demás y gran pérdida para toda España.
Estaba en Baena muy codicioso de mostrar su gallardía; determinó de pasar
adelante con su gente hasta ponerse a la vista de Granada. Desatinado acuerdo
por el tiempo tan trabajoso del año y los grandes calores que hacía. Verdad es
que en Alcaudete se juntaron los dos infantes con toda su gente, en que se
contaban nueve mil de a caballo y gran número de infantes. Entran por las tierras
de los moros, destruyen y talan cuanto topaban. Don Juan regía la vanguardia,
deseoso grandemente
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de señalarse; don Pedro la retaguardia, y en su
compañía los maestres de Santiago, Calatrava y Alcántara y los arzobispos de
Toledo y Sevilla, la flor de Castilla en nobleza y en hazañas. Tomaron la villa
de Alora; pero por la prisa que llevaban quedó el castillo por ganar. Un
sábado, víspera de San Juan Bautista, llegaron a vista de Granada; estuviéronse
en sus estancias aquel día y el siguiente sin hacer cosa de momento.
El día tercero, vistas las dificultades en todo,
comenzaron a retirarse, don Pedro en la vanguardia, y don Juan en el postrer
escuadrón con el bagaje. Avisados los moros de esta retirada, salieron de la
ciudad hasta cinco mil jinetes y gran multitud de gente de a pie mal ordenada;
su caudillo era Ozmín. No llevaban esperanza de victoria ni intento de pelear,
sino solamente como quien tenía noticia de la tierra, pretendían ir picando
nuestra retaguardia. Hallábanse los nuestros alejados del río al tiempo que el
sol más ardía, sin ir apercibidos de agua, cosa que a los moros presentaba
ocasión de acometer alguna facción señalada. Embistieron pues con ellos,
trabóse la pelea por todas partes, no se oía sino vocería y alaridos de los que
morían, de los que mataban, unos que exhortaban, otros que se alegraban, otros
que gemían, ruido de armas y de caballos. Don Pedro, oídas aquellas voces,
revolvió con su escuadrón para dar socorro a los que peleaban. Los soldados
despartidos y cansados apenas podían sustentar las armas, no había quien
rigiese ni quien se dejase gobernar. Empuñada pues la espada y desnuda, como
quier que el infante don Pedro animase su gente, con el trabajo y pesadumbre
que sentía y la demasiada calor que le aquejaba, mal pecado, cayó repentinamente
desmayado, y sin poderle acudir rindió el alma. Lo mismo sucedió al infante don
Juan, salvo que privado de sentido llegó hasta la noche. Publicada esta triste
nueva por el ejército, los soldados la mejor que pudieron se cerraron entre sí
y se remolinaron. Los moros por entender que pretendían volver a la pelea,
robado el bagaje, se retiraron. Esto y la oscuridad de la noche que sobrevino
fue ocasión que muchos de los fieles se pusieron en salvo. Los cuerpos de los
infantes llevaron a Burgos y allí los sepultaron. Don Juan dejó un hijo de su
mismo nombre, al cual por la falta natural que tenía llamaron vulgarmente don
Juan el Tuerto; las costumbres no hicieron a la presencia ventaja. Doña María,
mujer del infante don Pedro, en Córboba, do quedó muy cargada, parió una hija,
por nombre doña Blanca, de cuya tutela y del gobierno del estado, que por
muerte de su padre heredara, se
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encargó Garci Laso de la Vega, merino mayor de
Castilla, y que tuvo grande familiaridad y privanza con el difunto.
Tras esta desgracia tan grande se siguieron nuevas
disensiones, causadas de las competencias que nacieron entre las grandes de
Castilla sobre el gobierno del reino, que cada cual pretendía y todos deseaban
salir con él, ora fuese por buenas vías, ora por malas.
A la misma sazón Aragón se alteró por un caso muy
extraordinario. Fue así, que don Jaime, hijo mayor de aquel rey, estaba
determinado de renunciar su mayorazgo y herencia. Las causas que le movieron
para tomar esta resolución no se saben. Sus costumbres mal compuestas y la
severidad de su padre pudieron dar ocasión a cosa tan nueva. Recibió el rey
gran pena de esta determinación; rogóle y mandóle como a hijo no hiciese cosa
con que amancillase su fama y fuese ocasión a su patria y a su padre de
perpetua tristeza. Hablóle cierto día en esta sustancia:
«Mi vejez, dice, no puede ya dar a mis vasallos
cosa más provechosa que un buen sucesor, ni tu mocedad les puede ayudar mejor
que con serles buen príncipe. Con este intento procuré fueses enseñado desde tu
primera edad en costumbres reales; no parecía faltarte natural para ser digno
del cetro, aunque no fueras hijo del rey como lo eres. Teníate aparejada para
mujer una nobilísima doncella, que ha sido de mí tratada como quien es, con
casa y estado muy principal. Si a esto se puede añadir algo, yo soy presto de
lo hacer; pero veo que mi esperanza me ha burlado, y a ti ha estragado el
sobrado regalo para que en esa edad rehuses tomar sobre tus hombros el gobierno
que yo sustento en lo postrero de la mía. ¿Por ventura es justo anteponer tu
particular reposo al pro común, a la obediencia que debes a tu padre y al
juramento con que nos obligamos que doña Leonor, tu esposa, de quien tú
debieras tener compasión, ha de ser tu mujer y reina de Aragón? ¿Por ventura te
cansa esperar la muerte de este triste viejo, que ya según orden natural no le
pueden quedar muchos días? Puesto que alegues otras causas, la codicia de
reinar es la que te punza y reduce a estos términos. Nadie puede poner ley a la
voluntad de Dios, de quien dependen los años y la vida; lo que es de mi parte,
yo desde luego de muy buena gana te renuncio el reino. Sólo te ruego te apartes
de ese propósito, que no puede dejar de ser enojoso a mí y a nuestra común
patria. Así le lo pido por Dios y por todos los santos que están en el cielo,
te lo amonesto y te lo aconsejo; y advierte que con
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esa acelerada prisa no te despeñes de suerte, que
cuando quieras no tengas reparo ni te quede remedio de volver atrás».
A todas estas razones el determinado mancebo
respondió en pocas palabras que él estaba resuelto de seguir aquel su parecer y
trocar la vida de rey, sujeta a tantas miserias, con el reposo de la particular
y bienaventurada. Con esto en la ciudad de Tarragona en las Cortes que allí se
juntaron hizo renunciación en pública forma del derecho que tenía a la sucesión
a los 23 días del mes de diciembre. Halláronse presentes a este auto muchos
grandes y prelados, entre los demás el infante don Juan de Aragón, electo de
Toledo por muerte del arzobispo don Gutierre II, que finó a los 4 de
septiembre. Su mucha virtud y la diligencia de don Juan Manuel, su cuñado, le
ayudaron a subir a aquella dignidad. Hecha la renunciación, don Jaime luego
tomó el hábito de Calatrava, después se pasó a la orden de Montesa. Doña
Leonor, su esposa, fue enviada doncella a Castilla. Sobre este hecho hubo
diversas opiniones, unos le alababan, otros le reprendían; sus costumbres y
torpeza y la vida suelta que después hizo dieron muestra que, no por deseo de
darse a la virtud y piedad renunciaba el reino, sino por su liviandad y
ligereza.
Por la cesión de don Jaime entró en aquel derecho
de la sucesión don Alfonso, su hermano, hijo segundo del rey, que a la sazón en
doña Teresa, su mujer, tenía un hijo sietemesino, niño de pocos días, llamado
don Pedro. El dote de esta señora fue el condado de Urgel, que le dejó en su
testamento don Armengol, su tío, hermano de su abuela. De esta forma en un
mismo tiempo los reinos de Portugal y Aragón fueron trabajados con
desabrimientos domésticos de padres a hijos, y dado que los propósitos de los
dos hijos de aquellos reyes eran diferentes, pero la tristeza y daño de los
padres corrieron a las parejas y fueron iguales.
XVII. De la muerte de la reina doña María
El daño que los nuestros recibieron en Granada fue
ocasión que los moros soberbios y pujantes y deseosos de seguir la victoria
ganaron a Huéscar en el adelantamiento de Cazorla, y a Orés y a Galera, pueblos
que eran de los caballeros de Santiago. Por otra parte, se apoderaron por
fuerza de Martos, villa fuerte y buena, en cuyos moradores ejecutaron todo
género de
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crueldad sin respeto alguno ni hacer diferencia de
mujeres, niños ni viejos, salvo que muchos escaparon en el peñasco que allí
cerca está y en la fortaleza.
En Castilla andaban grandes alborotos, nuevas
esperanzas de muchos; todos los que en nobleza y estado se adelantaban
pretendían apoderarse del gobierno del reino. La reina doña María, por lo que
se capituló los años pasados, pretendía tocarle todo el gobierno, y con deseo
de apaciguar estas alteraciones despachó sus cartas a todas las ciudades, en
que les amonestaba no se dejasen engañar de nadie en menoscabo de su honra y de
la lealtad a que eran obligados. Sin embargo, por ser mujer era de muchos tenida
en poco; parecíales no tenía fuerzas bastantes para peso tan grande. Muchos de
los grandes en un mismo tiempo pretendían apoderarse de todo; los principales,
entre otros, eran el infante don Felipe, tío del rey, don Juan Manuel y el otro
don Juan el Tuerto, señor de Vizcaya; todos muy poderosos y que poseían grandes
riquezas y nobilísimos por la real prosapia de que descendían. A estos se
entregó el cuidado y mando del reino, no de común consentimiento de los
pueblos, antes andaban divisos en bandos y pareceres; todas las cosas se hacían
inconsideradamente y como a tiento. Juntáronse las ciudades y villas, no todas
en uno, sino según las comarcas y provincias; grandes miedos se representaban y
peligros. Resultó de estas juntas que a don Felipe señaló el Andalucía para que
los gobernase; el reino de Toledo y la Extremadura a don Juan Manuel; la mayor
parte de Castilla la Vieja seguían a don Juan, señor de Vizcaya. Dentro de las
ciudades se veían mil contiendas por los bandos que cada uno seguía. Mudábanse
a cada paso los gobiernos; los mismos se aficionaban, ora a una parte, ora a
otra, conforme como a cada cual le agradaba. El vulgo con la esperanza del
interés se vendía al que más le daba, vario como suele e inconstante en sus
propósitos. De aquí se seguía libertad para cometer todo género de maldades,
muertes, robos y latrocinios; miserable avenida de calamidades. Los más
poderosos atropellaban a los pequeños. Los que regían la república y la gente
principal usurpaban para sí las rentas y patrimonio real; infame latrocinio y
torpísimo robo. Finalmente, ningún género de desventura se puede pensar que no
padeciese aquella provincia. Don Fernando de la Cerda tenía pocas fuerzas y era
tenido de todos por sospechoso, y por las antiguas competencias del reino no hacían
cuenta de él; determinó de
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allegarse a don Juan, señor de Vizcaya. A los 1320
años iban las cosas por esta orden en Castilla.
Este año se consagró en le ciudad de Lérida don
Juan, hijo del rey de Aragón, en arzobispo de Toledo, con grande alegría de
ambos reinos, grandes esperanzas y grande aplauso por pronosticar que aquel
pontificado sería próspero, justo y dichoso. La reina doña María todavía no
dejaba de recelarse que la venida de un príncipe como aquel podría enconar más
los ánimos de su gente que sanarlos. Estas sospechas cesaron con las cartas que
el papa envió a la reina doña María, y se le quitó del todo aquel miedo, porque
la prometió que todo estaría sosegado y muy en su favor. Con los prelados de
Aragón tuvo el nuevo Arzobispo grandes diferencias sobre la preeminencia de la
iglesia de Toledo. Llevaba su cruz delante, que es prerrogativa de aquella
dignidad. Esto pretendía él serle concedido como a primado de las Españas, así
por derecho y costumbre antigua como por nueva confirmación y privilegio de los
sumos pontífices. Los prelados de Tarragona y de Zaragoza que se hallaron a su
consagración lo contradecían. Alegaban que estaba este negocio en
litispendencia, y aún no por sentencia determinado. Andando en estos debates,
como quiera que el arzobispo de Toledo no mudase de propósito, determinado de
conservar la dignidad de su iglesia y confiado en el favor de su padre, el
obispo de Zaragoza, donde entonces hacía el rey de Aragón Cortes de su reino y
estos prelados acudieron, pronunció contra el de Toledo sentencia de
excomunión; mandó cerrar todas las iglesias y puso entredicho público;
increíble osadía, confianza singular. El color que se tomó fue una constitución
que hicieron los prelados de aquella corona los años pasados, en que, so pena
de excomunión, se mandaba ningún prelado en provincia ajena llevase cruz
delante; éste era el color y la capa pura aquella determinación. Grande fue el
enojo que de esto recibió el rey de Aragón por ver a su hijo maltratado dentro
de su reino y delante de sus ojos. Envió sobre ello cartas al sumo pontífice
llenas de acedia y de mil amenazas; según la saña hiciera algún sentimiento si
los suyos no le metieran por camino con decir que en aquello se trataba de la
dignidad de sus iglesias y reino, y que no era justo, por favorecer un
particular negocio de su hijo, defraudase y atrepellase los públicos. Con esto
parece que se amansó el furor que en su ánimo tenía concebido. La respuesta que
dio el sumo pontífice fue ambigua, con que tuvo suspensas entrambas las partes;
porque de tal manera reprendió el atrevimiento que el de Zaragoza tuvo y
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mandó reponer lo hecho, que ordenó otrosí fuese
absuelto el arzobispo de Toledo de la excomunión, por si acaso fue justa.
Partido el nuevo Prelado de Aragón y llegado a Toledo, de tal manera se hubo
con don Juan Manuel, su cuñado, casado con su hermana mayor doña Costanza, que
el recelo que tenían no le favoreciese demasiadamente de todo punto se quitó.
De primera llegada no quiso que en su arzobispado cobrase las rentas reales,
cuya administración él pretendía pertenecerle, de donde resultó entre ellos un odio
inmortal.
A la misma sazón los navarros, que todavía estaban
sujetos a Francia, fueron muy maltratados en Vizcaya. Falleció Felipe el Largo,
rey de Francia, a 2 de junio, año de 1321 sin dejar sucesión; heredó el reino
su hermano Carlos, por sobrenombre el Hermoso, que fue igual a sus hermanos en
valor; en la liberalidad, fortaleza y apostura sin par. En tiempo de este rey
los vizcaínos de rebato se apoderaron del castillo de Gorricia, que cae en
aquella parte que llaman Guipúzcoa. Pretendían que aquel castillo era suyo y
que los navarros le poseían a sinrazón. Acudieron de Navarra sesenta mil
hombres, si los números o la fama no están errados, llegaron a los 19 de
septiembre a Beotivara. Los vizcaínos hasta ochocientos en número, como quier
que se apoderasen de las estrechuras y hoces de aquellos montes, dende con
galgas y cubas llenas de piedras que dejaban rodar sobre los navarros los
maltrataron de manera, que los desbarataron e hicieron huir con muerte de más
gente que se pudiera pensar de número tan pequeño, demás que cautivaron a
muchos. Caudillo de los vizcaínos era Gil Oñiz, de los navarros Ponce
Morentaina, francés de nación y gobernador de Navarra por el rey de Francia.
Dan muestra que esta victoria fue de las más señaladas de aquel tiempo las
coplas que hasta hoy día se cantan y los romances en las dos lenguas castellana
y vizcaína compuestos en esta razón.
El papa envió por su legado a Castilla al cardenal
Guillelmo Bayonense, obispo sabino, por ver si con su diligencia y con la
autoridad pontificia se pudiere poner fin a tantos males. Procuró el legado se
juntasen Cortes en la ciudad de Palencia en el mismo tiempo que la reina doña
María, amparo que fue de todo en tiempo de tres reyes y honra de Castilla,
cargada de años, falta de salud, llena de congojas por los trabajos tan grandes
como se padecían, de una enfermedad que le sobrevino en Valladolid pasó de esta
vida, a 1 de junio, año de 1322. Muestras de su piedad y religión son el
monasterio de las Huelgas, que a su costa fundó en
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aquella ciudad y ennobleció, do ella misma se mandó
enterrar, y otros dos monasterios que fundó, uno en Burgos, y otro en Toro, sin
otros que hizo en diversas partes del reino. Les Cortes de Palencia no parece
fueron de efecto. Juntáronse por mandado del legado Guillelmo los obispos de
toda Castilla en Valladolid para tener un concilio, que fue muy señalado. En
él, a 2 días del mes de agosto, se promulgaron muchas constituciones
saludables; entre otros, descomulga a todos aquellos que en tiempo de Cuaresma o
de las Cuatro Témporas comieren carne y a los que en tales días la vendieren
públicamente; que mientras se celebran los divinos oficios, los que no fueren
cristianos no se puedan hallar presentes; pero si los tales se bautizaren,
puedan ser ordenados y tener beneficios para remedio de su pobreza; repruébase
la purgación vulgar de que se usaba de ordinario en España. Demás de esto,
hasta hoy día se conservan las constituciones que por el mismo tiempo
estableció el arzobispo de Toledo don Juan, en que, entre otras cosas, se manda
que si los judíos y moros no se salieren de las iglesias al tiempo que se
celebran los divinos oficios, no se pase adelante; que el dinero que se
recogiere de la Cruzada se le entregue al Prelado para efecto de emplearle en
la redención de cautivos y remedio de los pobres; que los sacerdotes digan misa
por lo menos cuatro veces al año, y que no la digan sin primero rezar los
maitines; que los bienes adquiridos por vía de la Iglesia no se puedan dar ni
mandar a los hijos, dado que sean habidos de legítimo matrimonio. ¿Quién dice
que los sacerdotes y obispos son señores de estos bienes y que los pueden
dispensar a su voluntad y albedrío?
El mismo año el rey de Granada Ismael fue muerto en
el Alhambra por los suyos, que se hermanaron contra él; cabeza de los matadores
fue el señor de Algeciras y Ozmín participante, por estar el uno y el otro muy
indignados desde el tiempo que tomaron a Martos, a causa que al señor de
Algeciras quitó una cautiva muy hermosa, y a Ozmín mataron un sobrino que él
mucho quería en aquel combate. Apenas se sabía la muerte de este rey cuando
Mahomad, su hijo, de edad de doce años, fue puesto en una silla y en hombros
llevado por todas las calles de la ciudad y saludado por rey. El gobernador de
la ciudad con esta presteza dio muestra de su amor y fidelidad, y hizo que los
contrarios quedaron atónitos, como acontece cuando toman al pueblo de
sobresalto; que si no hubiera ganado por la mano, los conjurados pensaban poner
rey a su voluntad; más con esta
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presteza fueron forzados a salirse de la ciudad, y
por miedo de ser castigados se desterraron y esparcieron, unos a una parte, y
otros a otra.
XVIII. Que el rey don Alfonso el Onceno de
Castilla se encargó del gobierno de su reino
Por la muerte de la reina doña María se doblaron
los trabajos, todo era alborotos, muertes y robos. La esperanza de remedio
tenían todos puesta en el rey, si llegase a edad de poder gobernar. En aquella
su edad daba ya tales muestras, que parecía sería príncipe muy señalado; los
hombres fácilmente favorecen a sus deseos y de buena gana creen lo que
querrían. Como llegase pues a edad de quince años, acordó en Valladolid
encargarse del gobierno; aunque la edad era flaca para tan grande carga, las
cosas no daban lugar a mayor tardanza. Era prudente más que conforme a su edad;
los vasallos, por la natural afición que tienen a sus reyes, deseaban
grandemente que este negocio se apresurase. En particular Garci Laso de la Vega
y Alvar Núñez Osorio, caballeros de mucha prudencia, por la larga experiencia
que tenían y por su grande ingenio y maña, procuraban adelantarse en la gracia
y favor del rey con intento de alcanzar perdón de los desafueros que en la
larga vacante se habían cometido, de acrecentar sus estados y también de ayudar
al común. Recibiólos en su casa, y comenzó o darles tanta cabida, que en gran
parte se gobernaba por su consejo. Con los dos se juntó otro tercero, es a
saber, un Jusef, judío, natural de Écija; después de estos dos caballeros tenía
el primer lugar en privanza por ser hombre muy rico y como cabeza de los
alcabaleros y arrendadores. Sabía muy bien los caminos de allegar dinero, cosa
muy a propósito en aquella apretura, y aún que siempre suelo ser ocasión de
hacer a hombres semejantes muy agradables a los príncipes.
Despachó el rey sus cartas para los gobernadores
del reino, que acudieron con mucha presteza a Valladolid, cada cual con intento
de adelantarse y ser el primero en ganarle la voluntad con servicios acomodados
al tiempo, bien que los corazones no estaban muy llanos, como se echó luego de
ver; porque, quedando sólo el infante don Felipe con el rey, don Juan Manuel y
don Juan el Tuerto sin pedir licencia se salieron de la corte. Mostrábanse muy
desabridos con color que traían al
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rey engañado con malos consejos. Para prevenirse
juntaron sus fuerzas contra todo lo que les podía suceder. Hicieron solemne
juramento y pleitesía entre sí en esta razón en Cigales; y para que esta
confederación fuese más firme, se trató de casar a don Juan, señor de Vizcaya,
a la sazón viudo por muerte de su primera mujer, con doña Costanza, hija de su
compañero don Juan Manuel. La manera con que entre los grandes de Castilla se
hacía esta pleitesía antiguamente era esta. Leídas las capitulaciones de la confederación,
uno de los caballeros que se hallaban al concierto, en nombre de los
concertados decía estas palabras: «Juro por Dios omnipotente y por su
gloriosísima Madre que todo lo que se ha declarado por su orden en el
instrumento y escritura pública que se ha leído lo cumpliremos cada uno de nos
sin intervenir en ello fraude ni engaño. Que no iremos el uno sin el otro
contra nuestros enemigos, ni contravendremos en alguna guisa a lo que aquí se
ha establecido. El que primero a sabiendas lo quebrantare, en aquel mismo día
vos, Dios todopoderoso, le quitad en este mundo la vida, y en el otro
atormentad su ánima con crueles y eternas penas; haced que le falten las
fuerzas y las palabras, y en la batalla el caballo, las armas, las espuelas y
sus vasallos cuando más lo hubiere menester». Dicho esto, los que estaban
presentes respondían: «Amen». Otras veces se dividía una hostia consagrada en
dos partes, y a cada uno de ellos se daba la mitad, y luego se añadían los
juramentos y maldiciones. Esta era la más célebre solemnidad y rito para hacer
amistades y alianzas entre los grandes y caballeros, que se guardó por largos
años. Tenía puestos en gran cuidado a todos los cortesanos y criados del rey la
avenencia de estos dos príncipes; temían que de ella podrían recrecerse nuevas
guerras, quisieran desbaratarla. Buscaban para ello alguna ocasión; parecióles
la mejor que el rey pidiese a don Juan Manuel su hija doña Costanza por mujer.
Suelen los príncipes procurar antes el provecho que tener cuenta con su palabra
ni con el deber, y allí vuelven la proa de su pensamiento donde más esperanza
se muestra de interés, sin tener cuenta con lo que de ellos publicará la fama.
Don Juan Manuel con esto se fue secretamente a
Peñafiel, villa de su estado, y se entregó todo al rey, y su hija, puesto que
no era de edad para casarse, la puso en su poder. El otro don Juan, muy triste
por salirle vana su esperanza y verse cogido con sus mismas mañas, determinó de
procurar el casamiento de doña Blanca, hija del infante don Pedro, que murió en
la guerra de Granada, convidado por la gran dote que tenía, porque era
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señora de Almazán y Alcocer y las demás villas a la
redonda que caen a la raya de Aragón, muy a propósito para las novedades que él
maquinaba. Para estorbar estas pretensiones persuadieron al rey que despojase a
doña Blanca del estado de su padre y de todas sus riquezas. Todas las grandes
hazañas tienen mezcla de agravios; pero dícese que las injurias que se hacen a
los particulares se recompensan con el público provecho. El principal autor de
esto fue Garci Laso para mostrarse muy aficionado del rey con darle un consejo
tan atroz, olvidado de los beneficios y mercedes que del infante don Pedro
recibió. Rara es la fe y amistad con los muertos. Don Juan Manuel, vuelto en
gracia del rey, trazaba cómo vengarse del arzobispo de Toledo y armarle alguna
celada. Fue así, que el rey pidió cuenta al arzobispo de Toledo de las rentas y
tributos reales; él agravióse mucho de esto por entender se encaminaba todo por
engaño de su émulo. Dio su satisfacción al rey de todo lo por él hecho y las
causas que a ello le movieron. Hecho esto, y vuelto a don Juan Manuel, que
acaso se halló presente, le maltrató con palabras muy injuriosas; dijéronse el
uno al otro grandes baldones y vituperios, segnn que la cólera y enojo les
atizaba.
Apaciguóse por entonces aquella cuestion; y don
Juan Manuel, por la preeminencia y autoridad que acerca del rey tenía, para
vengar su afrenta persuadió al rey que hiciese muchas cosas a disgusto del
arzobispo, en particular que le quitase el cargo de chanciller mayor, que
después de la persona real era el supremo magistrado y honra, y desde tiempo
antiguo se daba siempre a los arzobispos de Toledo. No pudo sufrir esta afrenta
su ánimo, poco acostumbrado a recibir injurias; y así, mal enojado se partió de
la corte y se salió de Castilla, y por medio del rey, su padre, alcanzó que le
mudasen a la iglesia de Tarragona con nombre de patriarca de Alejandría,
dignidad de solo apellido. Don Jimeno de Luna era arzobispo de Tarragona;
permutaron las iglesias, que fue trueco muy desigual. Con tanto, don Jimeno
comenzó a ser arzobispo de Toledo como cuatro años adelante del en que vamos.
Garci Laso tuvo cargo de chanciller. Desde allí comenzó a caer aquel oficio y
preeminencia y oscurecerse con los bajos ministros a quien se daba. En nuestro
tiempo ha venido a disminuirse aquella autoridad y casi a no servir más que de
nombre. Duró mucho tiempo aún después de esto, que o los arzobispos mismos
hacían aquel oficio, o por lo menos nombraban otro en su lugar que le ejercitase,
hasta tanto que en tiempo del rey don Pedro por su mucha severidad se desbarató
todo esto, y a los dichos arzobispos en adelante sólo quedó el
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título de chanciller mayor de Castilla. El
arzobispo don Juan, entre otras cosas buenas que estableció en Toledo, fue una
que el número de trece pobres que todos los días se sustentaban en las casas
arzobispales los llegó a treinta, como hoy se guarda. Esto pasaba en Castilla
este año y algunos adelante.
El rey de Aragón, conforme a lo que el papa
Bonifacio le concedió, pretendía apoderarse de la isla de Cerdeña, que poseía
el común de Pisa sin derecho bastante, en menoscabo de la Iglesia romana,
debajo de cuyo amparo de largo tiempo atrás estuvo aquella isla. Envió para
este efecto una gruesa armada debajo la conducta de don Alfonso, su hijo, que
en espacio de dos años la sujetó, y en diversas batallas y encuentros venció
siempre a los pisanos. Verdad es que gran parte de los aragoneses pereció de
enfermedades, causadas de los aires malsanos de aquella tierra. De que resultó
al infante don Pedro esperanza, si su hermano don Alfonso falleciese, excluidos
sus hijos, de suceder en aquel reino. Ayudaba para esto el fresco ejemplo de
Castilla, el favor de muchos grandes que a porfía se le ofrecían, que fue causa
de apresurar las paces con los pisanos. Asentáronse por el mes de junio, año de
1324, con estas capitulaciones: que los cautivos de una y de otra parte fuesen
puestos en libertad; volviese el trato y comercio acostumbrado en aquellas
naciones; por los pisanos quedase el castillo de Caller con los pueblos y
territorio a él sujeto; todo lo demás de la isla fuese de los aragoneses. Hecho
este concierto y tomada la posesión de la isla, el infante don Alfonso, vuelto
a España, negoció con su padre que declarase por herederos a sus hijos, caso
que él faltase y falleciese, para quitar debates, y los antepusiese al infante
don Pedro, su hermano. Hízose así, y en Zaragoza, donde se juntaron Cortes del
reino, los infantes fueron jurados por herederos de su abuelo, puesto que su
padre muriese antes de él; así varían y se alteran las constituciones y
opiniones de los hombres.
El año siguiente de 1325, lunes, a 7 de enero,
falleció en Santarem Dionisio, rey de Portugal, príncipe muy señalado, así por
el mucho tiempo que reinó, es a saber, cuarenta y cinco años, nueve meses y
cinco días, como por la grandeza de su ánimo y por la felicidad que siempre
tuvo; sólo las discordias de su cosa y debates que hubo entre padre e hijo en
su postrimería aguaron este contento. Su cuerpo enterraron en el monasterio de
San Bernardo, legua y media de Lisboa, que él mismo fundó a su costa, en que se
muestra su piedad y religión; la liberalidad y magnificencia se
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entienden por muchos pueblos que edificó, y otros
que cercó, reparó y fortificó. Su mujer doña Isabel, reina de vida y costumbres
muy santas, vivió once años adelante; sus virtudes fueron tan señaladas y tan
grande el celo del culto divino, el cuidado de remediar los pobres en tiempo de
hambre, amparar las viudas y gente flaca, su inocencia y mansedumbre, que
después de muerta la canonizaron, y su cuerpo, que está en Coimbra en la
iglesia de Santa Claro, fundación suya, y de la otra parte del río Mondego, es
reverenciado en toda aquella provincia con gran devoción. Fue tanta la humildad
de esta señora, que en su viudez andaba vestida del hábito de Santa Clara, y
servía a las monjas de aquel monasterio en el refectorio, en que algunas veces
le hacía compañía su nuera la reina doña Beatriz. Tenía por su devoción junto
al dicho monasterio las casas de su morada; falleció a 4 de julio del año 1332.
Los papas León X y Paulo IV concedieron, el primero que se rezase de ella en el
obispado de Coimbra, Paulo que se le hiciese fiesta con altar, oficio e imagen
en todo el reino de Portugal. Al rey Dionisio sucedió don Alfonso, su hijo
mayor; tuvo sobrenombre de Fuerte por su condición y inclinación a las armas.
De seis hijos que tuvo en su mujer, don Alfonso, don Dionisio y don Juan
murieron niños sin dejar en vida ni en muerte cosa digna de memoria; doña
María, don Pedro y doña Leonor alcanzaron de días a sus padres.
Este año en Cerdaña falleció don Sancho, rey de
Mallorca, y por morir sin hijos nombró por su heredero a don Jaime, hijo de don
Fernando, su hermano. El rey de Aragón pretendía ser suyo aquel reino por el
testamento de don Jaime, su abuelo, que fue el primero que le instituyó y dejó
a su hijo menor. No faltaban razones por ambas partes. El niño don Jaime se
aventajaba en la posesión y en la compasión que le tenían por su tierna edad y
por la memoria de su padre; el rey de Aragón era más poderoso. Interpúsose don
Felipe, tío del niño, persona eclesiástica, a quien el rey don Sancho nombró en
su testamento por gobernador del reino y tutor del nuevo rey hasta tanto que
llegase a edad bastante, por cuya diligencia se concertaron de esta manera: que
doña Costanza, nieta del rey de Aragón, casase con don Jaime, rey de Mallorca,
y por dote llevase el derecho que pretendían sus abuelo y padre para que su
marido quedase con el reino sin que nadie le fuese a la mano.
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XIX. De la muerte del rey de Aragón
Aun no sosegaba Castilla; la soltura pasada, los
grandes odios y enemistades traían todavía alborotada la gente principal, a la
manera que después de una brava tempestad no luego se sosiegan las olas del mar
ni luego se sigue bonanza; que fue ocasión al rey don Alfonso para que, sin
embargo de su condición, que era mansa, castigase algunos revoltosos, de donde
fue llamado don Alfonso el Vengador.
El primero entre los castigados fue don Juan, señor
de Vizcaya, que procuraba por malas mañas casar con doña Blanca, la cual y su
madre se retiraran a Aragón. Encendía en él este deseo el grande estado de
aquella señora; si no salía con su pretensión, revolvía en su pensamiento de
traer de Francia a don Alfonso de la Cerda y renovar las competencias pasadas;
todo se enderezaba a dar pesadumbre al rey, que sabía cualquiera de estas cosas
le serían pesadas. Era forzoso atajar estos intentos; usar de fuerza, cosa
peligrosa; de engaño y maña, mal sonante. ¿Qué se podía hacer? Venció el
provecho a la honestidad; así, con color de la guerra que apercibía el rey
contra los moros, llamó a don Juan para que se viese con él en la ciudad de
Toro, con intención que le dieron de casarlo con la infanta doña Leonor,
hermana del mismo rey; partido más honrado que lo que él pretendía. Para
allanar el camino despidieron de la corte a Garci Laso, de quien don Juan se
quejaba le era enemigo capital; que fue todo vencer una arte con otra. A la
hora pues vino al llamado del rey; fue bien recibido y convidado para comer en
palacio el mismo día de Todos Santos, año del Señor de 1327. La fiesta y el
convite más daban muestra de regocijo y seguridad que de temor ni sospecha;
así, desarmado y desapercebido, como estaba en el banquete, fue muerto por
mandado del rey. Los delitos por él cometidos parecían merecer cualquier
castigo; pero quebrantar el derecho del hospedaje y debajo de seguridad matar
persona tan principal a todos pareció cosa fea, puesto que no faltaba quien con
razones aparentes pretendiese colorear aquel hecho. Una sola hija que quedó de
don Juan, y estaba a criar en poder de su ama, fue llevada a Bayona, ciudad a
la raya de Francia, y entonces sujeta a los ingleses. La madre del muerto, doña
María, que estaba recogida de tiempo atrás en un monasterio de monjas de
Perales, con el aviso del caso y con estas tristes nuevas bien se puede pensar
cuán grande congoja recibió. Dícese que a instancia de Garci Laso vendió al rey
todo el señorío de Vizcaya, si de
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miedo o de su voluntad, no se sabe. Basta entender
que era peligroso contrastar a la voluntad del rey en aquel trance, pero de
mala sonada y contra derecho, por ser viva su nieta; que adelante, aplacado el
enojo del rey, casó con don Juan de Lara, como se referirá en su lugar, y vino
a ser señora de Vizcaya. Los pueblos y castillos que don Juan heredó de su
padre, y eran más de ochenta, parte se ganaron por fuerza, parte se rindieron
de su voluntad, y quedaron incorporados en la corona real.
Don Juan Manuel era frontero contra los moros; y
dado que amedrentado con aquel caso y que echaba de ver lo poco que se podía
fiar del rey, pues a son de bodas quitó la vida a un príncipe y deudo suyo tan
cercano, todavía con gran cuidado y diligencia acudía a la guerra contra los
moros, que poco antes de sobresalto ganaron el castillo de Rute, y pretendían
con su caudillo Ozmín, que ya parece estaba en gracia de aquel rey, hacer
entrada por las fronteras del Andalucía. Vino con ellos a las manos junto al río
Guadalhorza, donde los venció y mató gran número de ellos. Don Juan Manuel,
habida esta victoria, se fue a las tierras de su estado, dejada la guerra y mal
indignado contra el rey, de quien se publicaba tenía propósito de repudiar a
doña Costanza, su hija, y emparentaren Portugal, todo encaminado a su
perdición. No era su miedo vano, ca se trató de aquel nuevo casamiento; y en
efecto, doña María, hija del rey de Portugal, entró en lugar de doña Costanza.
Autor de este consejo y mudanza fue Alvar Núñez Osorio. El pesar que de esto
sintió don Juan Manuel fue cual se puede pensar; lo mismo el rey de Aragón, tío
de doña Costanza.
Reinaba a la sazón don Alfonso el Cuarto en Aragón
por muerte de su padre el rey don Jaime el Segundo, que falleció en Barcelona
un día después de la muerte de don Juan el Tuerto, do se hizo su enterramiento
en la iglesia de Santa Cruz con real pompa y aparato. Doña Teresa, su nuera,
murió cinco días antes del suegro en Zaragoza, y se sepultó en el monasterio de
San Francisco de aquella ciudad. El luto y llanto de toda la provincia fue
doblado a causa que en un mismo tiempo quedó huérfana de dos príncipes que
mucho amaba. Sucedió pues al rey don Jaime su hijo don Alfonso; tuvo en doña
Teresa, su mujer, estos hijos: don Pedro, don Jaime y doña Costanza; porque
otros cuatro hijos que tuvieron murieron en su niñez. Lo que hay mucho que loar
en el rey don Jaime fue que los principados de Aragón, Cataluña y Valencia
ordenó anduviesen siempre unidos sin dividirse. Fue tan enemigo de pleitos, que
en aquella era eran
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asaz, que desterró perpetuamente de su reino como a
prevaricador a Jimeno Rada, un abogado señalado de aquellos tiempos, por cuyas
mañas muchos fueron despojados de sus haciendas.
Carlos, rey de Francia y Navarra, por sobrenombre
el Hermoso, falleció de enfermedad en el bosque de Vincena primer día de
febrero, año de 1328; al cual el papa Juan XXII otorgó los diezmos de las
rentas eclesiásticas en toda la Francia, con tal condición que hiciese la
guerra al emperador Luis, bávaro, tan grande enemigo de la Iglesia, que el año
antes de éste hizo papa en Roma en competencia del verdadero pontífice y en su
perjuicio a Pedro Corbara con nombre de Nicolás V. Demás de esto, le mandó acudir
a él con parte de aquel interés, según que lo publicaba la fama. Esta misma
concesión se hizo antes a instancia del rey Filipo el Largo, pero con esta
modificación y palabras expresas: «Si los obispos del reino juzgasen ser
conveniente»; condición muy honesta, de que ojalá usasen los demás pontífices
contra las importunidades de los príncipes. La mujer del rey Carlos, por quedar
preñada, a cabo de tres meses después de la muerte de su marido parió una hija,
que se llamó Blanca. No podía conforme a las leyes y costumbres de Francia
suceder en aquella corona. Así un hijo de Carlos de Valois, que falleció dos
años antes del rey, por nombre Felipe, primo hermano de los tres reyes pasados
por una parte, y Eduardo, rey de Inglaterra, como hijo de madama Isabel, hermana
de los mismos tres reyes, comenzaron a pretender aquel reino. Los estados del
reino, conforme a la ley sálica, se conformaron en dar la corona a Felipe de
Valois, de que resultaron enemistades y guerras muy largas y graves entre
aquellas dos naciones, y los reyes de Inglaterra tomaron apellido de reyes de
Francia, y pusieron las flores de lis en sus escudos.
A los navarros sucedió mejor, que quedaron libres
del yugo de Francia, porque Juana, hija del rey Luis Hutin, casó con el conde
de Evreux, que se llamaba Filipo, y en Pamplona fueron declarados por reyes de
Navarra de conformidad de todos los estados por el derecho que aquella señora
tenía de parte de su madre; en que por ser cosa tan justificada fácilmente vino
el nuevo rey de Francia, demás que el dicho conde era su deudo muy cercano por
ser, como era, bisnieto de san Luis, rey de Francia. En esta sazón los
navarros, por tener los reyes flacos, se alborotaron, y como gente sin dueño,
se encarnizaron en los judíos que moraban en aquel reino; en particular en
Estella cargó tanto la tempestad, que degollaron diez mil de ellos, si ya el
número o las memorias no van errados.
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XX. Nuevos casamientos de reyes
A la misma sazón en Castilla se hacían
apercibimientos muy grandes para la guerra contra los moros, nuevas levas de
gente que se alistaba en el reino, socorros que pretendían de los reyes
comarcanos. La tierna edad del rey moro y las discordias que los suyos entre sí
tenían presentaban ocasión para hacer algún buen efecto; mayormente que se pasó
a los nuestros un hijo de Ozmín, llamado Abraham el Borracho por el mucho vino
que bebía. Seguíale un buen escuadrón de soldados; acordó el rey don Alfonso de
ir a Sevilla con toda presteza, dende corría las fronteras de los enemigos y
les hacía notables daños. Tomóles a Olvera, Pruna y Ayamontes. En esto se gastó
el verano, y pasado el otoño, los soldados, cargados de despojos y alegres,
dieron la vuelta para invernar en Sevilla. Don Alfonso Jofre, almirante que era
del mar, acudió al tanto para dar al rey aviso de una victoria señalada que
alcanzó en una batalla naval que trabó con los moros, en que de veintidós
galeras que traían les tomó tres, y cuatro echaron a fondo. Eran estas galeras,
parte del reino de Granada, y parte africanas; mataron y cautivaron más de mil
doscientos moros, por los cuales causas todos estaban muy gozosos, y aquella
nobilísima ciudad resonaba con fiestas y regocijos. Enviáronse embajadores para
tratar del casamiento del rey.
Don Juan Manuel, vista la resolución de dejar a su
hija, renunciada por sus reyes de armas la fe y lealtad que tenía jurada, se
confederó con los reyes de Aragón y de Granada; junto con esto desde Chinchilla
y Almansa, por ser plazas muy fuertes, hacía entradas por las tierras de
Castilla; robaba y talaba por do quiera que pasaba con gran daño en especial de
los labradores, a la misma sazón que el rey en Sevilla dio título de conde de
Trastámara, Lemos y Sarriá a Alvar Núñez Osorio, que era su mayor privado, cosa
muy nueva; que hasta entonces en Castilla no se diera de mucho tiempo atrás a
ninguno título de conde. La ceremonia que se hizo fue muy tosca, como entre
gente en aquella sazón falta de todo género de policía y primor. Echaron tres
sopas en una taza de vino y pusiéronselas delante, convidáronse por tres veces
el rey y el conde sobre cuál de ellos tomaría primero; finalmente, el rey tomó
la una, y el conde la otra. Concediósele que en los reales tuviese caldera y
cocina aparte para su mesnada, y en la guerra propia y particular bandera con
sus divisas y armas. Hiciéronse las escrituras y privilegios; y leídos, todos
los presentes
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aclamaron con gran aplauso: «viva el conde». Tal
fue la costumbre y ceremonia con que se creaban los condes en aquella era.
En la ciudad de Córdoba usó el rey de una severidad
extraordinaria, y fue que hizo cortar la cabeza a Juan Ponce porque no obedeció
a su mandato, en que le ordenaba restituyese el castillo de Cabra, que tomara a
los caballeros de Calatrava al tiempo que las cosas del reino andaban
alborotadas, demás que le achacaban y cargaban de hombre sedicioso y pernicioso
para la república. El mismo castigo se dio a otros muchos ciudadanos de
Córdoba, sea por ser de la misma parcialidad, o porque fueron convencidos de otros
delitos muy graves.
En Soria en el monasterio de San Francisco fue
muerto a puñaladas Garci Laso sin respeto del lugar sagrado y que estaba oyendo
misa. El sentimiento del rey fue grande; poco antes de este desastre le enviara
desde Sevilla para atajar los intentos y pretensiones de don Juan Manuel. El
aborrecimiento que los caballeros le tenían muy grande, por entender trataba de
destruir con sus malas mañas y descomponer toda la nobleza, fue causa de esta
desgracia. Escalona, una villa pequeña en el reino y tierra de Toledo, andaba
alborotada y pretendía juntarse con los rebeldes y amotinados.
De Castilla la Vieja asimismo avisaban que la gente
se alborotaba; en particular Toro, Zamora y Valladolid estaban alzados contra
el rey. El principal movedor de estos alborotos era don Hernán Rodríguez de
Balboa, prior de San Juan, confiado en sus riquezas y en los muchos aliados y
deudos que tenía en aquella provincia de los más nobles y ricos. El color que
tomaron era quejarse que el nuevo conde Álvaro Osorio y un judío, llamado
Jusef, gobernaban todo el reino y le trastornaban a su voluntad; que tenían rendido
al rey como si les fuera esclavo y como si le hubieran dado bebedizos. Acudió
el rey a Escalona; pero con las nuevas de Castilla alzó el cerco por acudir al
mayor peligro y necesidad. Llegó a Valladolid; no le quisieron dar entrada
hasta tanto que despidiese de palacio y de su corte al dicho Osorio. Hízose
así, que es forzoso sujetarse a la necesidad. Sin embargo, fue tan grande el
sentimiento de este caballero, como persona acostumbrada a todo favor y
privanza, que, quitada la máscara, se rebeló contra el rey, y trató de juntar
sus fuerzas con don Juan Manuel, causa de su total perdición. Ramiro Flores de
Guzmán con muestra que huía del rey se hizo su amigo; y como un día estuviese
desapercibido y descuidado, le dio de puñaladas. Por su muerte el rey a la
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hora se entregó en sus castillos y tesoros, que
tenía allegados muy grandes en el tiempo que tuvo el reino a su mandar y lo
robaba todo sin reparo. Pusiéronle acusación, hiciéronle cargos muchos y muy
graves; no salió persona ninguna a la causa y defensa, y así, fue convencido en
juicio y dado por rebelde y traidor; pronunció la sentencia el mismo rey en la
villa de Tordehumos. Tal fue la fin de estos dos caballeros, que en aquel
tiempo tuvieron tanta grandeza y pujanza. A Jusef defendió su bajeza y el menosprecio
en que es comúnmente tenida aquella nación; lo que pudiera acarrear a otro su
perdición, eso le valió.
Celebráronse las bodas del rey en Ciudad Rodrigo.
Tratóse entre los dos reyes de Castilla y Portugal de aplacar al rey don
Alfonso de Aragón y apartarle de la amistad de don Juan Manuel. Pareció buen
medio ofrecerle la infanta doña Leonor, hermana del rey de Castilla, para que
casase con ella, ca se hallaba viudo y libre del primer matrimonio por muerte
de su primera mujer doña Teresa. Aceptado este partido y hechas las escrituras
y conciertos, llevaron la doncella a Aragón. Salió don Juan, el patriarca, arzobispo
de Tarragona, hasta Alfaro a recibirla y acompañarla. Efectuáronse las bodas en
la ciudad de Tarazona, hallóse presente con el de Aragón el rey de Castilla;
las alegrías y regocijos fueron grandes. Sucedió esto al principio del año de
1329.
Para que la amistad entre los reyes fuese más
firme, y meter prendas de todas partes trataron de casar a doña Blanca, hija
del infante don Pedro, el que, como queda dicho, murió en la guerra de Granada,
con el hijo mayor del rey de Portugal, llamado don Pedro. Hechas las
capitulaciones, la doncella fue entregada en poder de la reina de Castilla para
que la enviase a Portugal. Junto con esto los dichos tres reyes asentaron liga
entre sí contra los moros para, juntadas sus fuerzas, desarraigar de todo punto
las reliquias de aquella gente malvada. Asentóse demás de esto para mayor
sosiego y paz de todos que los rebeldes del un reino no tuviesen acogida en el
otro. Quedó por este camino don Juan Manuel despojado del amparo del rey de
Aragón; trató de valerse como pudiese, y para este efecto casó segunda vez con
doña Blanca, hija de don Fernando de la Cerda. Asimismo don Juan de Lara casó
con doña María, hija de don Juan, llamado el Tuerto, con esperanza que le
dieron de juntar todos tres sus fuerzas para recobrar el señorío de Vizcaya,
que de derecho pertenecía a aquella doncella, y el rey por fuerza y contra
razón se le tenía usurpado. Don Juan Manuel y don Juan de Lara llanamente
estaban declarados
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contra el rey, otros de secreto y con sagacidad le
eran contrarios, como eran don Pedro de Castro y don Juan Alfonso de
Alburquerque, hijo de Hernán Sánchez y nieto del rey Dionisio de Portugal. El
principal y cabeza de los demás era don Juan de Haro, señor de los Cameros.
Estos todos llevaban tras sí gran parte del reino.
Los nuevos reyes de Navarra este mismo año vinieron
a Pamplona. Allí les fue dada la posesión de aquel reino, pero debajo de estas
condiciones: que por espacio de doce años no se batiese nuevo género de moneda,
a causa que en aquel tiempo era muy ordinario falsear la moneda y bajarla de
ley, costumbre perjudicial y mala, contra la cual hay un decreto del pontífice
Juan, que se promulgó en aquel tiempo y anda en las Extravagantes. La segunda
condición que en los oficios de la casa real no se admitiesen forasteros, lo
mismo cuanto a las tenencias de los castillos. Que no pudiesen vender ni trocar
el reino ni enajenar el patrimonio real. Que el primer hijo varón que tuviesen,
luego que llegase a edad de veintiún años cumplidos, fuese rey de Navarra y
tuviese el mando y gobierno; y que a Filipo, su padre, acudiesen con cien mil
coronas para los gastos. Si falleciesen sin hijos, que los tres estados del
reino nombrasen rey a su voluntad. De esta suerte los navarros para recibir
leyes las dieron al que los había de gobernar. Juraron los reyes estas
condiciones, y con tanto fueron coronados y ungidos en la iglesia mayor de
aquella ciudad a los 5 días del mes de marzo. Todos los presentes de cualquier
suerte, estado y edad, en señal de alegría y regocijo, a voces pedían para sus
reyes larga vida y toda buenandanza. Las calles tenían cubiertas de flores y
verdura, las paredes vestidas de ricos paños. No quedó género de contento que
allí no se mostrase. Parecíales salir de unas escuras tinieblas a una luz muy
resplandeciente y clara, y que toda aquella provincia con la venida de sus
propios reyes, como después de un largo destierro y a cabo de cincuenta y cinco
años que faltaban, era restituida en su antigua grandeza, sosiego y
prosperidad. Fueron estos reyes muy dichosos en sucesión. Los hijos Carlos,
Felipe y Luis alcanzaron adelante grandes estados; las hijas Juana, María,
Blanca y Inés casaron asimismo muy principalmente.
Los flamencos a esta misma sazón andaban alterados,
ca puesto primeramente en prisión Luis, su conde y señor, después que se libró,
le cercaron en Gante. Huyó también del cerco, y acudió al amparo del rey de
Francia. Envió él sus embajadores a Flandes sobre el caso, pero no hicieron
efecto alguno; llegó el negocio a las armas y a las manos.
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Acudieron a esta guerra muchos príncipes, y entre
los demás Felipe, rey de Navarra. Juntáronse los dos campos no lejos de la
villa de Casel. Hubo algunas escaramuzas, y por el mes de agosto, un día en lo
más recio del calor, a tiempo que las guardas y centinelas estaban descuidadas,
los flamencos dieron de rebato sobre los reales de Francia, ganaron los
baluartes y trincheras sin que les pudiesen ir a la mano, acometieron la tienda
del rey, y antes que se pudiesen armar ni subir a caballo, muchos de los franceses
fueron pasados a cuchillo. El rey mismo se vio en grande aprieto hasta tanto
que acudió gente de la otra parte de los reales. Con esto los flamencos, y por
el peso de las armas y calor, que hacía muy grande, desmayaron; y muertos
muchos de ellos, los lanzaron de los reales y huyeron. Después de esta victoria
todo quedó llano, y el Conde fue restituido en su estado.
El de Navarra, concluida la guerra, dio vuelta a su
reino, que halló lleno de latrocinios y maldades, a causa de la libertad que
por la larga ausencia de los reyes la gente había tomado. Tratóse del remedio;
por consejo y parecer de personas principales y de letras se ordenaron y
establecieron nuevas leyes con que el pueblo fuese regido y mantenido en
justicia y en paz. Estas leyes son las que vulgarmente se llaman del Fuero
Nuevo. Dado que hubieron asiento en las cosas de aquel reino, los nuevos reyes se
volvieron a Francia con voz de favorecer al rey francés, su deudo y amigo,
contra los ingleses, que tornaban con las armas a la demanda del reino. La
verdad era que el amor de la patria los aquejaba; las riquezas otrosí de
Francia, trajes, vestidos y abundancia les hacía menospreciar la pobreza de
Navarra. Dejaron para gobierno del reino a Enrique Soliberto, de nación
francés, gran dolor de los naturales por durarles tan poco su alegría y
considerar cuán tarde caían en la cuenta y cómo les engañaba su esperanza.
¡Cuán breves son y engañosos los contentos de este mundo! ¡La buenandanza, cuán
presto se pasa!
XXI. Que la guerra contra los moros se renovó
Aquejaban a Castilla por una parte las discordias
civiles, por otra el cuidado de la guerra contra los moros. Lo que sobre todo
apretaba era la falta de dineros para hacer las provisiones y pagar a los
soldados.
Juntáronse Cortes del reino en Madrid. En estas
Cortes se establecieron algunas notables leyes: una, que en la casa real
ninguno tuviese más que un oficio; otra, que sin llamar Cortes no se impusiesen
nuevos pechos; tercera, que no se diesen beneficios a los extranjeros. Los
pueblos otrosí ofrecieron el dinero necesario para la guerra tanto con mayor
voluntad, que los moros por el mismo tiempo se apoderaran de la villa de
Priego, que está a la raya de los dos reinos, y era de la orden de Calatrava.
No fue necesario derramar sangre, porque el mismo alcaide que la tenía en
guarda la entregó.
Buscaban algún medio para sosegar a don Juan Manuel
y sus consortes, y demás de esto para granjear al rey de Aragón y hacer que
acudiese con sus fuerzas en ayuda de esta guerra. Lo uno y lo otro se efectuó,
y en particular para reducir a don Juan le restituyeron a doña Costanza, su
hija, que hasta entonces la detuvieron en la ciudad de Toro, con que la cuita y
la afrenta se doblaba; repudiarla y tenerla como presa. Por otra parte
apretaron a Jusef, el judío de Écija, de quien se ha hablado, para que diese cuenta
de las rentas reales que tenía a su cargo, todo a propósito de hallar ocasión
para derribarle, que no podía faltar. Fue así, que no hizo su descargo
bastantemente; con esta color le privaron del cargo de tesorero general. Demás
de esto, para adelante ordenaron que a ninguno que no fuese cristiano se
encargase aquel oficio. Asimismo que el tesorero no se llamase almojarife,
apellido que por ser arábigo era odioso, sino que adelante se nombrase tesorero
general; ordenanza que dio satisfacción a todo el reino.
El rey de Portugal envió quinientos caballos de
socorro; el de Aragón y don Juan Manuel prometieron de hacer entrada en tierra
de moros por otra parte. Era don Juan Manuel frontero por la parte de Murcia, y
por su teniente Pero López de Ayala. El rey de Castilla, juntado que tuvo su
ejército, rompió por la parte del Andalucía en tierra de Granada; puso cerco
sobre Teba de Ardales, villa muy fuerte, que fue el año de 1330. Ozmín con seis
mil jinetes que su rey le dio estaba alojado en Turrón, tres leguas de Teba,
desde donde hacía gran daño a nuestra gente, mayormente cuando salían a hacer
forraje o dar agua a los caballos, que por lo demás no se atrevía venir a
batalla. En este medio los cristianos ganaron la villa de Pruna; Ozmín
cautelosamente envió tres mil caballos al río que allí cerca pasa para dar
vista a los enemigos, y por otra parte, cuando la batalla estuviese más trabada
apoderarse él de nuestros reales. Fue el rey avisado de este intento. Envió
adelante un grueso escuadrón de gente contra los moros, y él con los demás a
punto se quedó en el real, que fue engañar una astucia con otra; además que los
moros fueron puestos en huida, y los nuestros en su seguimiento con el mismo
ímpetu que llevaban entraron por los reales contrarios, que no tenían defensa,
saquearon y robaron todas las tiendas y bagaje. Con esto los de Teba, perdida
la esperanza de defenderse, por el mes de agosto rindieron la villa, salvas
solamente las vidas. Cañete otrosí y Priego sin dilación hicieron lo mismo sin
otros muchos castillos y fortalezas.
Fue tanto mayor la honra que ganó el rey don
Alfonso, que ni el rey de Aragón ni don Juan Manuel ayudaron, como prometieron,
por su parte. El uno aún no andaba bien llano, el otro se excusaba con los
genoveses, que le alborotaban la isla de Cerdeña, a que le era forzoso acudir;
demás de esto el socorro de Portugal se era tornado a su tierra. Todo esto fue
ocasión de nuevo desabrimiento, en especial contra don Juan Manuel y sus
aliados, y de tomar asiento con los moros, como se hizo a la primavera, debajo
que cada un año pagasen de tributo doce mil ducados. Esto asentado, se dio
lugar al comercio y trato de una parte a otra y saca a los moros de trigo y
otras provisiones de Castilla.
Todo lo cual se efectuó con tanta mayor voluntad,
que el rey en Sevilla, do se concertaron las paces, se comenzaba a entregar a
doña Leonor de Guzmán de tal suerte, que la tenía y trataba como si fuera su
legítima mujer. Esta señora en linaje, apostura y riquezas se pudiera tener por
dichosa; su padre fue Pero Núñez de Guzmán, su marido Juan de Velasco, que poco
antes falleciera; con la conversación del rey más fama ganó que loa. De este
trato tuvo mucha generación, y en particular un hijo, que después de su muerte
y después de grandes trances últimamente vino a ser rey.
El capitán Ozmín falleció en la ciudad de Granada;
dejó dos hijos, Abraham y Abucebet. El rey moro, privado de tal amparo y
consejo y con deseo de intentar nuevas esperanzas, pasó en Berbería para traer
dende nuevas gentes y dar principio a una nueva guerra, brava y sangrienta,
cual fue la que adelante se encendió en España, según que en el libro siguiente
se declara.
JUAN DE MARIANA (Talavera de la Reina, España, 1536 - Toledo,
España, 1624) fue jesuita, teólogo e historiador. Hijo ilegítimo, estudió Artes
y Teología en Alcalá de Henares y muy pronto entró en la Compañía de Jesús.
Fue un escritor brillante y un profesor admirado,
dando clases en Roma y París antes de retirarse a Toledo para dedicarse a su
obra, que fue extensa y polémica.
Escribió una Historia general de España, publicada
en latín en 1592 y posteriormente traducida por el propio autor al castellano,
que se convirtió en un gran éxito y en la obra de referencia sobre la historia
española durante siglos.
En 1598 publicó De rege et regis institutione, un
controvertido tratado político que fue quemado en París por su defensa del
tiranicidio.
La publicación del Tratado y discurso sobre la
moneda de vellón, en 1609, le supuso la persecución por parte de las
autoridades españolas. En él, denunciaba la costumbre de disminuir el contenido
de metal noble en las monedas para poder aumentar el número de éstas en
circulación y proporcionar así más recursos al Estado.
Por sus escritos y por la influencia de éstos, se
lo considera uno de los padres fundadores del liberalismo económico.
******************
Sigue TOMO II
FIN

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