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Libro N° 14342. Historia General De España, Tomo I Parte 1. De Mariana, Juan.


© Libro N° 14342. Historia General De España, Tomo I Parte 1. De Mariana, Juan.  Emancipación. Octubre 4 de 2025

 

Título Original: © Historia General De España, Tomo I

 

Versión Original: © Historia General De España, Tomo I

 

Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos:

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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: 

Guillermo Molina Miranda




LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA

HISTORIA GENERAL DE ESPAÑA Tomo I

Parte 1

Juan De Mariana


 

 

 

 

 

 

 

 

Historia General De España, Tomo I Parte 1

Juan De Mariana

 

  

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Esta Historia general de España, publicada primero en latín y luego revisada y traducida al español por el propio autor, sirve al padre Juan de Mariana como marco para relatar la lucha de los pueblos contra los tiranos a lo largo de la Historia. Denuncia a los grandes personajes (como Alejandro Magno y Julio César) no como grandes hombres de los que estar orgullosos, sino como seres malvados y despreciables.

 

Obra de cabecera de John Locke y John Adams, al recomendársela a James Madison (durante la época en la que éste redactaba la Constitución de los Estados Unidos) como «la obra que mejor permitía aproximar el concepto de libertad», Thomas Jefferson sentó uno de los pilares que acabaría por inspirar a la revolución estadounidense.

 

Esta edición, aunque basada en la de 1780, respeta la separación en dos tomos de la obra original de 1623, actualizando ortografía, signos de puntuación y nombres propios. El primer tomo abarca los libros I a XV, empezando en los tiempos mitológicos y deteniendo su narración a mediados del siglo XIV.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Juan De Mariana

 

Historia General De España, Tomo I

 

ePub r1.0

 

Titivillus 10.09.2025

 

 

 

Juan de Mariana, 1623

 

Editor digital: Titivillus

 

ePub base r2.1

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

INTRODUCCIÓN

 

 

 

 

 

En el prefacio de su De rege et regis institutione, publicada en 1599 cuando ya tenía más de sesenta años, Juan de Mariana nos narra un delicioso “veraneo” en un paraje ameno situado en las cercanías de su Talavera natal. Allí, junto con algún amigo necesitado de reposo, pasó varias semanas «entretenidos ambos en conversaciones instructivas y amistosas, en lo que encontrábamos no poco placer y esparcimiento». Una noche, «habiendo concluido nuestra tarea más temprano aquel día, contemplábamos bajo una añosa encina, hendida en su tronco, de frondoso ramaje y gigantesca, cuya copa nos interceptaba los rayos de la luna, los árboles derribados por la fuerza a mano de los vientos, como sucede con muchos en los bosques». Este panorama, junto con las cartas recibidas de otros amigos, será el acicate para un diálogo reflexivo sobre el papel, condiciones y formación de los gobernantes de las repúblicas bien ordenadas.

 

El locus amoenus, el debate intelectual de altura, el análisis crítico de la sociedad, el mismo elitismo cultural… Nos encontramos ante un típico ambiente renacentista. Reconocemos el parentesco espiritual con Tomás Moro, Alfonso de Valdés, el mismo Cervantes… Y es que el jesuita Mariana, que se consideraba profesionalmente teólogo, es ante todo un humanista, un intelectual preocupado por muy variados campos del saber. Su independencia de criterio a la hora de enfocarlos no deja de sorprendernos todavía hoy: descaradamente monárquico, defiende la legitimidad moral del tiranicidio; condena tajantemente las corridas de toros, pero al mismo tiempo reprueba todas las representaciones teatrales; defensor de la monarquía autoritaria, exige la participación de la población en el establecimiento de impuestos; católico convencido, deplora los excesos homicidas que so capa de religión se producen periódicamente en las sociedades…

 

 

 

 

 

Página 4

 

En el prefacio que citábamos señala Mariana: «Habiendo vuelto hace años de mi viaje a Francia e Italia, y fijado mi residencia en Toledo, trabajé en algunos años una historia en latín de los sucesos de España, cuya historia carecía de unidad y concierto». Su Historia General de España es la obra que le aseguró la fama. La publicó inicialmente en latín (Historiae de rebus Hispaniae) a partir de 1592. En los años siguientes la amplió hasta los treinta libros y la tradujo al español. Fue un éxito editorial: se publicaron ediciones en 1601, 1608, 1616, hasta la definitiva de 1623, un año antes de la muerte de su autor. Su difusión e influencia se mantendrán durante más de dos siglos. En el prólogo de la Historia, Mariana se había dirigido al rey Felipe III con estas palabras: «Lo que me movió a escribir la historia latina fue la falta que de ella tenía nuestra España (mengua sin duda notable), más abundante en hazañas que en escritores, en especial de este jaez. Juntamente me convidó a tomar la pluma el deseo que conocí los años que peregriné fuera de España, en las naciones extrañas, de entender las cosas de la nuestra: los principios y medios por donde se encaminó a la grandeza que hoy tiene».

 

Y ¿qué interés tiene hoy su lectura? Es evidente que hoy la ciencia histórica posee una gran masa de datos y observaciones que quedaban fuera del alcance de Mariana, y que su discurso es en buena medida obsoleto, y que depende de los parámetros ideológicos de su época (como por otra parte también ocurre con los discursos actuales). Sin embargo su lectura (su disfrute) es necesario para todo el que se interese por la historia de España. La Historia de Mariana es un clásico, elemento constitutivo de las tan diferentes interpretaciones actuales, que siempre tienen que contar con ella: de modo consciente o inconsciente se encuentra en ellas, en un plano subterráneo si queremos. Lo mismo ocurre con las visiones románticas, liberales, nacionalistas de otros autores posteriores, aunque también sean por lo general recusadas en nuestro tiempos.

 

Por otra parte el talante independiente y crítico de Mariana resulta siempre de agradecer. Podrá aceptar en ocasiones mitos y leyendas (como también se aceptan otros distintos en nuestra época), pero con más frecuencia, tras relacionar un hecho dudoso, o distintas versiones de otro, añade expresiones de este tipo: «La antigüedad de estas cosas y de otras semejantes, junto con la falta de libros, hace que no nos podamos allegar con seguridad a ninguna de estas opiniones, ni averiguar con certidumbre

 

 

 

 

 

 

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la verdad. Quedará al lector libre el juicio en esta parte». Me parece que hoy en día muchos historiadores están mucho más seguros de su verdad… Pero es que además la Historia de Mariana está muy bien escrita. Realizó una ardua tarea (él mismo lo dice) para conjuntar crónicas y todo tipo de fuentes. Pero mereció la pena: el resultado es una voz única, la del autor, que nos narra, que juzga, que nos impetra, que nos divierte…, especialmente cuando finge las voces de los grandes personajes en los más variados  discursos  o  arengas  (siguiendo  sus  tan  admirados  modelos clásicos). Su expresividad, su colorido, brilla hasta cuando nos aburre un poco (que también) tanto barullo (la vida misma) de reyes, nobles y

 

batallas.

 

Sobre esta edición

 

La he realizado a partir de la excelente de 1780, que se basa en la de 1623. He actualizado la ortografía, los signos de puntuación, y de modo no exhaustivo, los nombres propios, sustituyéndolos por los comunes actualmente (Leuvigildo-Leovigildo). También en ocasiones he modernizado la forma de algunas palabras. Como justificación podemos citar al propio Mariana, aunque sea para discrepar de él: «Algunos vocablos antiguos se pegaron de las Crónicas de España de que usamos, por ser más significativos y propios, por variar el lenguaje, y por lo que en razón de estilo escriben Cicerón y Quintiliano». Pienso que mantener los recebidos (por recibidos) y guardalle (por guardarle) tiene el mismo valor para el lector común que el mantener la diferenciación entre ſ y s, usual en la edición que manejo.

 

JAVIER MARTÍNEZ ROMEO

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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PRÓLOGO DEL AUTOR

 

DIRIGIDO

 

AL REY CATÓLICO DE LAS ESPAÑAS

 

DON FELIPE TERCERO DE ESTE NOMBRE

 

NUESTRO SEÑOR

 

 

 

 

Los años pasados (muy poderoso Señor) publiqué la Historia General de España, que compuse en latín, debajo del Real nombre y amparo de vuestro padre el Rey nuestro Señor de gloriosa memoria. Al presente me atrevo a ofrecer la misma, puesta en lenguaje castellano. Como una joya podrá ser de alguna estima para el reinado dichoso, y para la corona de Vuestra Majestad, servicio, según yo pienso, agradable a vuestra benignidad por la grandeza de la empresa, y por el deseo que tengo de aprovechar y servir.

 

Lo que me movió a escribir la historia latina fue la falta que de ella tenía nuestra España (mengua sin duda notable), más abundante en hazañas que en escritores, en especial de este jaez. Juntamente me convidó a tomar la pluma el deseo que conocí los años que peregriné fuera de España, en las naciones extrañas, de entender las cosas de la nuestra: los principios y medios por donde se encaminó a la grandeza que hoy tiene.

 

Volvíla en romance, muy fuera de lo que al principio pensé, por la instancia continua que de diversas partes me hicieron sobre ello, y por el poco conocimiento que de ordinario hoy tienen en España de la lengua latina, aún los que en otras ciencias y profesiones se aventajan. Mas ¿qué maravilla, que ninguno por este camino se adelanta, pues ningún premio hay en el reino para estas letras, ninguna honra, que es la madre de las artes? Que pocos estudian solamente por saber. Además del recelo que tenía no la tradujese alguno poco acertadamente, cosa que me lastimara forzosamente, y de que muchos me amenazaban.

 

 

 

 

 

 

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En todo el discurso se tuvo gran cuenta con la verdad, que es la primera ley de la historia. Los tiempos van averiguados con mucho cuidado y puntualidad. Los años de los moros ajustados con los de Cristo, en que nuestros cronistas todos faltaron. A las ciudades, montes, ríos y otros lugares señalamos los nombres que tuvieron antiguamente en tiempo de Romanos. Finalmente, no nos contentamos con relatar los hechos de un reino sólo, sino los de todas las partes de España, más largo o más breve, según las memorias que hallamos; ni sólo referimos las cosas seglares de los Reyes, sino que tocamos así mismo las eclesiásticas que pertenecen a la Religión, todo con mucha precisión, para que la balumba de historia tan larga y tan varia, a ejemplo de las otras naciones, saliese tolerable. Si bien en los hechos más señalados y batallas nos extendemos a las veces algo más, no de otra manera que los grandes ríos por las hoces van cogidos, y por las vegas salen, cuando se hinchan sus crecientes, de madre.

 

En la traducción no procedí como intérprete, sino como autor, hasta trocar algún apellido, y tal vez mudar opinión; que se tendrá por la nuestra la que en esta quinta impresión se hallare: ni me até a las palabras ni a las cláusulas; quité y puse con libertad, según me pareció más acertado, que unas cosas son a propósito para la gente docta, y otras para la vulgar. Darán gusto a los de nuestra nación a veces las de que los extranjeros harían poco caso. Cada ralea de gente tiene sus gustos, sus aficiones y sus juicios. En dar el Don a particulares voy considerado y escaso, como lo fueron nuestros antepasados. Quien hallare alguno que le toque, o se le deba, sin él, póngasele en su libro, que nadie le irá a la mano. Algunos vocablos antiguos se pegaron de las Crónicas de España de que usamos, por ser más significativos y propios, por variar el lenguaje, y por lo que en razón de estilo escriben Cicerón y Quintiliano. Esto por los romancistas.

 

El principio de esta Historia se toma desde la población de España: continúase hasta la muerte del Rey Don Fernando el Católico, tercero abuelo de Vuestra Majestad. No me atreví a pasar más adelante, y relatar las cosas más modernas, por no lastimar a algunos si se decía la verdad, ni faltar al deber si la disimulaba.

Del fruto de esta obra depondrán otros más avisados. Por lo menos el tiempo, como juez y testigo abonado y sin tacha, aclarará la verdad, pasada la afición de unos, la envidia de otros, y sus calumnias sin propósito, y su ignorancia. El trabajo puedo yo testificar ha sido grande, la empresa sobre mis fuerzas, bien lo entiendo; mas ¿quién las tiene bastantes

 

 

 

 

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para salir con esta demanda? Muchos siglos por ventura se pasaran como antes, si todo se cautelara. Confío que si bien hay faltas, y yo lo confieso, la grandeza de España conservará esta obra; que a las veces hace estimar y durable la escritura el sujeto de que trata. La historia en particular suele triunfar del tiempo, que acaba todas las demás memorias y grandezas. De los edificios soberbios, de las estatuas y trofeos, de Ciro, de Alejandro, de César, de sus riquezas y poder, ¿qué ha quedado? ¿Qué rastro del templo de Salomón, de Jerusalén, de sus torres y baluartes? La vejez lo consumió, y el que hace las cosas, las deshace. El sol que produce a la mañana las flores del campo, él mismo las marchita a la tarde. Las historias solas se conservan, y por ellas la memoria de personajes, y de cosas tan grandes. Lo mismo quiero pensar será de esta Historia. ¿Quién quita que yo no favorezca mi esperanza? Si ya no se despierta por nuestro ejemplo alguno que con pluma más delgada se nos adelante en escribir las grandezas de España, y con la luz de su estilo y erudición oscurezca nuestro trabajo. Daño que por el bien común llevaremos con facilidad; y más aína lo deseamos que muchos entre en liza, y hagan en ella prueba de sus ingenios y de su erudición. Que con algunos de nuestros cronistas ni en la traza, ni en el lenguaje no deseo me compare nadie, bien que de sus trabajos nos hemos aprovechado, y aún por seguirlos habremos alguna vez tropezado; yerro digno de perdón, por hollar en las pisadas de los que nos iban delante.

 

No quiero alabar mi mercaduría, ni pretendo galardón alguno de los hombres, que no se podrá igualar al trabajo como quiera que la empresa suceda, dado que los gastos han sido grandes, y la hacienda ninguna por la vida que profesamos, y que las crónicas de los reinos están por cuenta de los Reyes y a su cargo. Sólo suplico humildemente reciba Vuestra majestad este trabajo en agradable servicio, que será remuneración muy colmada, si como Vuestra Majestad ha ocupado algunos ratos en la lección de mi Historia latina, ahora que el lenguaje es más llano y la traza más apacible, la leyere más de ordinario.

 

Ninguno se atreve a decir a los Reyes la verdad, todos ponen la mira en sus particulares: miseria grande, y que de ninguna cosa se padece mayor mengua en las Casas Reales. Aquí la hallará Vuestra Majestad por sí mismo: reprehendidas en otros las tachas, que todos los hombres las tienen, alabadas las virtudes de los antepasados, avisos y ejemplos para los casos particulares que se pueden ofrecer; que los tiempos pasados y los

 

 

 

 

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presentes semejables son; y como dice la escritura: “Lo que fue, eso será”. Por las mismas pisadas y huella se encaminan ya los alegres, ya los tristes remates; y no hay cosa más segura que poner los ojos en Dios y en lo bueno, y recatarse de los inconvenientes en que los antiguos tropezaron, y a guisa de buen piloto tener todas las rocas ciegas, y los bajíos peligrosos de un piélago tan grande como es el gobierno, y más de tantos reinos, en la carta de marear bien demarcados. El año pasado presenté a Vuestra Majestad un libro que compuse, de las virtudes que debe tener un buen Rey, que deseo lean y entiendan los Príncipes con cuidado. Lo que en él se trata especulativamente, los preceptos, avisos, y las reglas de la vida Real aquí se ven puestos en práctica, y con sus vivos colores esmaltadas.

 

No me quiero alargar más. Dios nuestro Señor dé su luz a Vuestra Majestad para que conforme a los principios de su bienaventurado reinado se adelante en todo género de virtudes y felicidad, como todos esperamos; y para alcanzarlo no cesamos de ofrecer a su Majestad y a sus santos continuamente nuestros votos y plegarias.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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LIBRO PRIMERO

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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I. De la venida de Túbal y de la fertilidad de

 

España

 

Túbal hijo de Jafet fue el primer hombre que vino a España. Así lo sienten y testifican autores muy graves, que en esta parte del mundo pobló en diversos lugares, poseyó y gobernó a España con imperio templado y justo. La ocasión de su venida fue en esta manera. El año que después del diluvio general de la tierra, conforme a la razón de los tiempos más acertada, se contaba ciento y treinta y uno, los descendientes de Adán nuestro primero padre se esparcieron y derramaron por toda la redondez de la tierra y por todas las provincias, merced del atrevimiento con que por consejo y mandado del valiente caudillo Nemrod acometieron a levantar la famosa Torre de Babilonia, y castigo muy justo de Dios. Confundióse el lenguaje común que antes todos usaban, de manera tal que no podían contratar unos con otros, ni entenderse lo que hablaban. Por donde fue cosa forzosa que se apartasen y se derramasen por diversas partes. Repartióse pues el mundo entre los tres hijos de Noé de esta suerte. A Sem cupo toda la Asia allende el río Eúfrates hacia el oriente, con la Siria donde está la Tierra Santa. Los descendientes de Cam poseyeron a Babilonia, las Arabias y a Egipto con toda África. A la familia y descendencia de Jafet, hijo tercero del gran Noé, dieron la parte de Asia que mira al septentrión, desde los famosos montes Tauro y Amano; además de esto la Europa.

 

Hecha la partición en esta forma, los demás hijos de Jafet asentaron en otras provincias y partes del mundo; pero Túbal que fue su quinto hijo, enviado a lo postrero de las tierras donde el sol se pone, conviene a saber a España, fundó en ella dichosamente y para siempre en aquel principio del mundo, grosero y sin policía, no sin providencia y favor del cielo, la gente Española y su valeroso imperio. De donde en todos los tiempos y siglos han salido varones excelentes y famosos en guerra y en paz, y ella ha siempre gozado de abundancia de todos los bienes, sin faltar copiosa materia para despertar a los buenos ingenios, y por la grandeza de las cosas que en España han sucedido, convidarles a tomar la pluma, emplear y ejercitar en este campo su elocuencia. Verdad es que siempre ha tenido

 

 

 

 

 

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falta de escritores, los cuales con su estilo ilustrasen la grandeza de sus hechos y proezas. Esta falta a algunos dio atrevimiento de escribir y publicar patrañas en esta parte, y fábulas de porteras más que verdaderas historias; y a mí despertó para que con el pequeño ingenio y erudición que alcanzo, acometiese a escribir esta historia, mas aína con intento de volver por la verdad y defenderla, que con pretensión de honra o esperanza de algún premio, el cual ni le pretendo de los hombres, ni se puede igualar al trabajo de esta empresa, de cualquiera manera que ella suceda.

 

Conforme a esta traza será bien que en primer lugar se pongan y relaten algunas cosas así de la naturaleza y propiedades de esta tierra de España y de su asiento, como de las lenguas antiguas y costumbres de los moradores de ella.

La tierra y provincia de España como quier que se pueda comparar con las mejores del mundo universo, a ninguna reconoce ventaja ni en el saludable cielo de que goza, ni en la abundancia de toda suerte de frutos y mantenimientos que produce, ni en copia de metales, oro, plata y piedras preciosas, de que toda ella está llena. No es como África que se abrasa con la violencia del sol, ni a la manera de Francia que es trabajada de vientos, heladas, humedad de aire y de la tierra: antes por estar asentada en medio de las dos dichas provincias goza de mucha templanza, y así bien el calor del verano, como las lluvias y heladas del invierno muchas veces la sazonan y engrasan en tanto grado que de España no sólo los naturales se proveen de las cosas necesarias, sino que aún a las naciones extranjeras y distantes, y a la misma Italia cabe parte de sus bienes, y la provee de abundancia de muchas cosas; porque a la verdad produce todas aquellas a las cuales da estima o la necesidad de la vida, o la ambición, pompa y vanidad del ingenio humano. Los frutos de los árboles son grandemente suaves, la nobleza de las viñas y del vino excelente: hay abundancia de pan, miel, aceite, ganados, azúcares, seda, lanas sin número y sin cuento. Tiene minas de oro y de plata, hay venas de hierro donde quiera, piedras trasparentes y a modo de espejos; y no faltan canteras de mármol de todas suertes con maravillosa variedad de colores, con que parece quiso jugar y aún deleitar los ojos la naturaleza. No hay tierra más abundante de bermellón, en particular en el Almadén se saca mucho y muy bueno: pueblo al cual los antiguos llamaron Sisapone, y le pusieron en los pueblos que llamaron Oretanos.

 

 

 

 

 

 

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El terreno tiene varias propiedades y naturaleza diferente. En partes se dan los árboles, en partes hay campos y montes pelados; por lo más ordinario pocas fuentes y ríos; el suelo es recio, y que suele dar veinte y treinta por uno cuando los años acuden; algunas veces pasa de ochenta, pero esto es cosa muy rara. En grande parte de España se ven lugares y montes pelados, secos y sin fruto, peñascos escabrosos y riscos, lo que es alguna fealdad. Principalmente la parte que de ella cae hacia el septentrión tiene esta falta, que las tierras que miran al mediodía son dotadas de excelente fertilidad y hermosura. Los lugares marítimos tienen abundancia de pesca, de que padecen falta los que están la tierra más adentro por caerles el mar lejos, tener España pocos ríos y lagos no muchos. Donde no se coge pan ni otros frutos, allí nace hierba para el ganado y copia de esparto a propósito para hacer sogas, gomenas y maromas para los navíos, pleita para esteras y para otros muchos servicios y usos de la vida humana.

 

La ligereza de los caballos es tal que por esta causa las naciones extranjeras creyeron y los escritores antiguos dijeron que se engendraban del viento, que fue mentir con alguna probabilidad y apariencia de verdad. En conclusión, aún el mismo Plinio al fin de su Historia Natural testifica que por todas las partes cercanas del mar España es la mejor, y más fértil de todas las tierras, sacada Italia. A la cual misma hace ventaja en la alegría del cielo, y en el aire que goza de ordinario templado y muy saludable. Y si de verano no padeciese algunas veces falta de agua y sequedad, haría sin duda ventaja a todas las provincias de Europa y de África en todas las cosas necesarias al sustento y arreo de la vida.

Demás que en este tiempo por el trato y navegación de las Indias, donde han a Levante y a Poniente en nuestra edad y en la de nuestros abuelos penetrado las armas Españolas con virtud invencible, es nuestra España en toda suerte de riquezas y mercaderías dichosa y abundante, y tiene sin falta el primer lugar y el principado entre todas las provincias. De allí con las flotas que cada año van y vienen, y con el favor del cielo, se han traído tanto oro y plata y piedras preciosas y otras riquezas para particulares y para los Reyes, que si se dijese y sumase lo que ha sido, se tendría por mentira. Lo cual todo, demás del interés redunda en grande honra y gloria de nuestra nación, y de él resulta no menos provecho a las extranjeras, a las cuales cabe buena parte de nuestras riquezas, de nuestra abundancia y bienes.

 

 

 

 

 

 

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II. Del asiento y circunferencia de España

 

La postrera de las tierras hacia donde el sol se pone es nuestra España. Parte término con Francia por los montes Pirineos, y con África por el angosto estrecho de Gibraltar. Tiene figura y semejanza de un cuero de buey tendido (que así la comparan los geógrafos) y está rodeada por todas partes y ceñida del mar sino es por la que tiene por aledaño a los Pirineos, cuyas cordilleras corren del uno al otro mar y se rematan en dos cabos o promontorios que se llama Oiarso, cerca de Fuenterrabía; el otro cae hacia el Mediterráneo y antiguamente se llamó promontorio de Venus, de un templo que allí a esta diosa dedicaron; ahora, mudada la religión gentílica y dejada, se llama cabo de Cruces.

 

Desde este cabo, donde se remata la Galia que antiguamente se decía Narbonense, hasta lo postrero del estrecho de Gibraltar se extiende y corre con riberas muy largas entre mediodía y poniente el uno de los cuatro lados de España, el cual va bañado con las aguas del mar Mediterráneo. Su longitud es de doscientas y sesenta leguas, lo cual se entiende discurriendo por la costa, porque si nos apartamos hacia la tierra o hacia la mar de las riberas y promontorios y ensenadas que hace, menor será la distancia; y advierto que cada legua Española tiene como cuatro millas de las de Italia. En este lado de España está Colibre, ciudad antigua de la Galia, al presente más conocida por su antigüedad y comodidad del puerto que tiene, que por la muchedumbre de vecinos, que son pocos, ni arreo de sus moradores, que todo es pobreza. Pasado el cabo de Venus o de Cruces, que está cerca de Colibre, síguense dos promontorios o cabos dichos antiguamente el uno Lunario, el otro Ferraria o Tenebrio, que están distantes casi igualmente de la una y de la otra parte de la boca del río Ebro. En el cual espacio y distancia se ve la boca del río Lobregat por donde descarga sus aguas, que siempre lleva rojas, en la mar; y así los antiguos lo llamaron Rubricato, que es lo mismo que rojo. Están también en aquel lado las ciudades de Barcelona, Tarragona, Tortosa, Monviedro que fue antiguamente la famosa ciudad de Sagunto (los Godos por sus ruinas la llamaron Murvetrum, muro viejo) bien conocida por su lealtad que guardó con los Romanos, y por su destrucción y ruina.

 

Después de Sagunto se siguen Valencia, la boca del río Júcar y Denia, el cabo de Gatas dicho así por las muchas piedras ágatas que allí se hallan. Los Griegos antiguamente la llamaron Caridemo, que es tanto como

 

 

 

 

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gracioso, por tener entendido que las dichas piedras tenían virtud para ganar la gracia de los hombres y hacer amigos. Más adelante en el mismo lado se ve Almería, la cual se fundó según algunos lo creen de las ruinas de Abdera; otros sienten ser la antigua Urci situada en los Bastetanos, que es la comarca de Baza.

 

Después está Málaga, y finalmente, a la boca del estrecho Heraclea o Calpe, dicha antiguamente del monte Calpe, donde está asentada y puesta: la cual hoy se dice Gibraltar. Luego se sigue Tarteso, o como vulgarmente la llamamos Tarifa, de donde todo el estrecho antiguamente se llamó Tartersíaco: si ya los nombres de Tartesio y Tartesíaco no se derivan y tomaron de Tarsis, que así se dijo antiguamente Cartago o Túnez; y pudo ser que se mudasen los nombres a estos lugares por el mucho trato que aquella gente de África tuvo en aquellas partes. El mismo estrecho se llamó Hercúleo a causa de Hércules, el cual venido en España, y hechos a manos con grandes materiales y muelles los montes dichos Calpe y Abyla de la una y la otra parte del estrecho (que son las columnas de Hércules) se dice quiso cerrar y cegar aquellas estrechuras, cuya longitud es de quince millas, la anchura por donde más se estrecha el mar apenas es de siete, conforme a lo que Solino escribe, dado que hoy más de doce millas tiene de anchura por la parte más estrecha; la longitud pasa de treinta. El mismo estrecho se llamó Gaditano de Cádiz, en latín Gadeis, que es una isla a la salida del estrecho, que está y se ve a la mano derecha en el Océano. Tomó aquel hombre de una dicción cartaginés que significa vallado (como también en hebreo lo significa esta palabra Gheder) por ser Cádiz como valladar de España contrapuesto y que hace rostro a las hinchadas olas del mar Océano. Estaba esta isla antiguamente apartada setecientos pasos de las riberas de España, y bojaba doscientas millas en circuito; al presente apenas tiene tres leguas de largo, que son doce millas, y de ella por una puente se pasa a la tierra firme: tan cerca le cae. Así se mudan y se truecan las cosas con el tiempo que todo lo altera.

 

Desde lo postrero del estrecho hasta el promontorio Nerio, hoy llamado cabo de Finisterre, cuentan los que navegan doscientas y veintiséis leguas, porque el cabo de San Vicente que se decía Promontorio Sagrado, el cual está contrapuesto y enfrente de los Pirineos, que es la mayor distancia y longitud que hay en España, y que corre y se mete muy adentro en el mar, hace las vueltas de las riberas algo más largas, que si por camino derecho se anduviese. En estas riberas del Océano están

 

 

 

 

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asentadas primero Sevilla junto a Guadalquivir, y después por la parte que el río Tajo se descarga y entra en el mar, la ciudad de Lisboa: las cuales en grandeza, número de moradores y contratación compiten con las primeras y más principales de Europa. Está cerca de Lisboa el promontorio Artabro: desde donde el Océano que a mano siniestra se llamaba Atlántico, comienza a la derecha a llamarse Gallico o Gallego, como (según yo creo) en el mar Mediterráneo los nombres de Baleárico e Ibérico que tiene, se distinguen por el río Ebro aledaño del un mar y del otro.

 

El lado tercero de España, que corre entre los vientos Cierzo y Cauro o Gallego, extiende por espacio de ciento treinta y cuatro leguas sus riberas, no iguales y derechas como lo sintió Pomponio Mela, antes hacen no menos senos y calas, ni son menos desiguales que los demás costados de esta provincia. Los puertos más principales que en aquella parte caen, son el de La Coruña que se decía Brigantino, el de Laredo y el de Santander. Por ventura se podría decir que la forma antigua de las marinas de España, así bien como en las demás provincias, se ha mudado, en parte por comer el mar las riberas, y en parte por diversas ocasiones y montes que se han levantado de nuevo donde no los había, que desacreditan las antiguas descripciones de la tierra, y no dan poco en que entender a los que de nuevo escriben: que tal es la inconstancia de la naturaleza y de las cosas que en la tierra hay.

 

La longitud de los Pirineos, que es el cuarto lado de España, doblando algún tanto hacia ella, se extiende por sus cordilleras muy altas y corre entre Septentrión y Levante desde el mar Océano hasta el Mediterráneo por espacio de ochenta leguas. Justino pone seiscientas millas, en que sin duda los números por la injuria del tiempo en esta parte están mudados. Desde el muy alto monte de Cantabria, llamado de San Adrián, los que por allí pasan dicen se ve el uno y el otro mar: si ya el engaño y apariencia no hace tomar lo que parece, por verdadero, y afirmar por cierto lo que a los ojos se les antoja de los que por allí pasan.

 

 

 

 

III. De los montes y ríos principales de España

 

Entre Vizcaya y Navarra desde Roncesvalles (lugar bien conocido por la matanza y destrozo que allí se hizo de la nobleza de Francia cuando

 

 

 

 

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Carlomagno quiso por fuerza de armas entrar en España) cierto ramo de montes que nace y se desgaja de los Pirineos, y se endereza al Poniente, deja a la diestra los Cántabros y las Asturias, y más adelante corta y parte por medio la provincia de Galicia, donde hace el cabo de Finisterre en lo último de España, que corre y se mete mucho en la mar. Distínguense por este monte en España los Ultramóntanos de los Citramóntanos, o como el vulgo habla, los montañeses de aquende y de allende.

 

De estos montes hacia la parte de Mediodía el monte Idubeda (llamado así de los antiguos) se desgaja. Tiene su principio cerca de las fuentes del Ebro, que están sobre los Pelendones, pueblos antiguos de España; por mejor decir nace en las vertientes de Asturias, donde está un pueblo por nombre Fontibre, que es lo mismo que Fuentes de Ebro. Al presente este monte Idubeda se llama Montes de Oca, del nombre de una ciudad antigua llamada Auca, cuyos rastros se muestran cerca de Villafranca, cinco leguas sobre Burgos. Y pasando el dicho monte por Briviesca y por los Arévacos, donde se empinan las cumbre del monte Orbión no lejos del Moncayo, discurre entre Calatayud y Daroca hasta tanto que se remata en el mar Mediterráneo cerca de Tortosa, de la cual ciudad toman hoy apellido las postreras partes de este monte, que son y se llaman los montes de Tortosa. Este monte Idubeda hace que el río Ebro no corra hacia Poniente, como los otros ríos más nombrados y más famosos de España; antes a la parte del Mediodía por dos bocas entra y se descarga en el mar Mediterráneo.

 

Del monte Idubeda toma principio el monte Oróspeda, que al principio se alza tan poco a poco, que apenas se echa de ver; pero empinándose después y discurriendo más adelante, hace y deja formados primeros los montes de Molina, después los de Cuenca, donde a mano izquierda nace y tiene sus fuentes Júcar, y a la derecha Tajo, ríos bien conocidos. Desde allí forma los montes de Consuegra, cerca de la cual en los campos Laminitanos (hoy Campo de Montiel) brotan las fuentes y los ojos de Guadiana. Pasa desde allí a Alcaraz y Segura, donde hacia partes diferentes y hacia diversos mares nacen de él y corren los dos ríos, el de Segura que se dijo antiguamente Tader, y el de Guadalquivir en el bosque Tigense no lejos del lugar de Cazorla, distante de las fuentes del Guadiana por más de veinticinco leguas.

 

Desde Cazorla este monte Oróspeda se parte en dos brazos, de los cuales el uno enfrente de Murcia se remata en el mar el cabo Muxacra o Murgis; a mano derecha del cual caen los Bastetanos dichos así de la

 

 

 

 

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ciudad de Basta que es hoy Baza, y a la siniestra los contestanos, pueblos y gentes antiguas de España, cuya cabecera hoy es Murcia. La otra parte se extiende hacia Málaga, y juntándose con los montes de Granada, pasa más adelante de Gibraltar y Tarifa con tanto denuedo, que parece (pasado el mar y cegado el estrecho) pretende diversas veces y por diferentes partes abrazarse y juntarse con África.

 

De Oróspeda cerca de Alcaraz proceden los montes Maríanos, vulgarmente dichos Sierra Morena, cuyas raíces casi siempre hasta el mar Océano baña el río Guadalquivir, el cual desde Andújar parte por medio la Andalucía; pasa por Córdoba, Itálica y Sevilla, y últimamente se envuelve en el mar Océano cerca del lugar que antiguamente llamaron templo del Lucero, y hoy se dice Sanlúcar. Entra en la mar este río al presente por una boca; antiguamente entraba por dos, pues Nebrija y Asta que ponían los antiguos en el estero de Guadalquivir, ahora distan de él y de su boca por espacio de dos leguas.

 

Volvamos atrás. No lejos del principio de Oróspeda y cerca del Moncayo en medio de las llanuras y la campiña muy tendida se levantan otros montes, los cuales no hay duda sino que son brazos de los Pirineos, como los demás montes de España, con los cuales toda ella está entretejida y enlazada, bien que al principio apenas se echaría de ver que se levanten, sino fuese por las vertientes diferentes, y porque el río Duero, que como nazca en los Pelendones y hasta Soria corra claramente hacia la parte de Mediodía, le hacen desde allí dar vuelta y seguir la derrota del Poniente derechamente. De estos montes acerca de los antiguos escritores ni hallo nombre ni mención alguna; al presente tienen muchos apellidos, y siempre diferentes y nuevos, que toman por la mayor parte de las ciudades que les caen cerca, como de Soria, Segovia y Ávila; en particular Castilla, la mayor de las provincias de España, se divide por estos montes en Castilla la Nueva y la Vieja. Los mismos más adelante pasan cerca de Coria y Plasencia bañados a la siniestra del río Tajo, y siguiendo aquella derrota parten a Portugal en dos partes casi iguales. Últimamente se rematan en el lugar llamado Sintra, que está puesto sobre el monte Tagro, siete leguas de Lisboa hacia Septentrión, donde dejan formado en el mar Océano el promontorio o cabo que por lo menos Solino le llamó Ártabro.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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IV. De dos divisiones de España, la antigua y la

 

moderna

 

La antigua España se dividió en tiempo de los Romanos en tres partes, conviene a saber en la Lusitania, la Bética y lo que llamaban Hispania Tarraconense.

 

Los Lusitanos poseían lo postrero de España hacia el Océano occidental; tenían por linderos al río Duero al septentrión, y a la parte de mediodía al río Guadiana; y desde el río Duero que cae enfrente de Simancas, una línea que se tira hasta la Puente del Arzobispo, y desde allí pasa a los Oretanos que eran donde está ahora Almagro, hasta la ribera de Guadiana, terminaba aquella provincia, y la dividía de la provincia Tarraconense. De tal suerte que comprendía la Lusitania en su distrito a Ávila, Salamanca, Coria, tierra de Plasencia y Trujillo, y otras ciudades y lugares que de presente pertenecen y son de Castilla.

 

Seguíase la Bética o Andalucía, la cual está rodeada por los tres lados del río de Guadiana; y del uno y otro mar hasta Murgis o Muxacra, pueblo que estaba asentado cerca del promontorio Charidemo o cabo de Gatas, desde donde tirada una línea hasta los términos de Castulon y hasta los Oretanos, donde está la rica villa de Almagro, resulta el otro lado de la Bética a la banda de levante donde sale el sol.

 

Todas las demás tierras de España se llamaron y tomaron el apellido que tenían de España Tarraconense, del nombre de Tarragona, nobilísima población y colonia de los Escipiones; y que fue por largo tiempo la silla del Imperio Romano, donde los pueblos trataban sus pleitos, y de donde procedían las leyes con que los vasallos se gobernaban, y los consejos de la paz y de la guerra. La cual san Isidoro, conforme a la división del gran Constantino que se halla en Sexto Rufo, dividió en la Tarraconense, en la Cartaginense y Galicia, sin señalar los linderos que cada una de estas tres provincias tenían; y no es maravilla, por haberse mudado muchas veces ya estrechando estas provincias ya alargándolas, por voluntad de los que mandaban, o conforme las diferentes ocasiones sucedían.

 

Toda la España Tarraconense comprehenden los más debajo del nombre de España Citerior, que es lo mismo que de aquende, así como la Lusitania y la Bética entienden debajo del nombre de España Ulterior, ca los que ponen por términos de estas dos Españas Citerior y Ulterior al río Ebro, a los tales y a su opinión resisten Plinio y los más eruditos; bien que

 

 

 

 

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sin duda en algún tiempo fue así que se dividían las dos Españas sobredichas con aquel río, de suerte que todo lo que está de esta parte de Ebro hacia poniente se llamó algún tiempo España Ulterior, y Citerior lo que cae de la otra parte.

 

La una y la otra España sin duda en este tiempo tienen nuevos y muchos nombres, los cuales reducir a cierto número es dificultoso, si bien se pueden todos comprehender debajo de cinco nombres de reinos que resultaron y se levantaron como echaban de España a los moros.

 

El reino de Portugal y su gente tiene por fundadores a los Franceses con su caudillo Don Enrique, que fue del linaje de los príncipes de Lorena, dado que nació en Besanzón, ciudad de Borgoña. Su suegro Don Alfonso el VI, Rey de Castilla, le dio con su hija Doña Teresa la ciudad de Portu asentada a la boca del río Duero, y otros pueblos comarcanos. De Portu y de Galia que es la Francia, se forjó el nombre de Portugal, la cual opinión siguen algunos autores. Lo más cierto es lo que sienten otras personas más eruditas y cuerdas, que de un lugar que estaba en aquel puerto, que se dijo Cale y al presente Caya, y de Portu se compuso este nombre de Portugal. Extiéndese Portugal por la longitud algo más que la antigua Lusitania, pues pasado el río Duero llega con campos muy fértiles hasta el río Miño; y sus riberas sobre el mar Océano contienen y se extienden no menos de ciento y diecisiete leguas. Pero la misma provincia es más angosta que la Lusitania, y su anchura es casi igual hacia el oriente, porque comenzando un poco sobre Berganza, y pasando por los ríos Duero y Tajo, llega a Beja, ciudad puesta en la ribera de Guadiana, río con que se termina hacia mediodía el sobredicho reino de Portugal.

 

Por el septentrión y a la parte de levante alinda y está pegado con el reino de León, que es la segunda provincia de las cinco ya dichas. Toma este reino su apellido de la ciudad de León, que fue y es hoy la Real y Metrópoli de aquella provincia. Contiene en sí la Galicia toda, y las Asturias de Oviedo, las cuales desde el río Mearo y desde el lugar de Ribadeo llegan con sus riberas extendidas hasta el puerto de Llanes. Ultra de esto de Castilla la Vieja, pertenece al reino de León todo lo que está comprendido entre el bosque de Pernia y el río Carrión hasta que llega a Pisuerga y entra en Duero; y pasado el río Duero, otro río llamado Heva, y Regamón que con él se junta, son los aledaños de este reino. Finalmente, una línea tirada entre Salamanca y Ávila, que toca la cumbre de aquellos montes, y llega a la raya de Portugal. Éste fue antiguamente el distrito del

 

 

 

 

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reino de León. Juntósele adelante, sacada Plasencia y su diócesis, toda la Extremadura, así dicha por haber (después que se comenzó a recobrar España de los moros con varios sucesos de las guerras) sido mucho tiempo frontera, y lo extremo y postrero que por aquella parte poseían los cristianos. Otros traen diferente derivación y causa de este nombre de Extremadura, cuya opinión se relatará en otro lugar, y en éste ni la reprobamos ni la recibimos. Extendiéronse otrosí algún tiempo los términos de este reino hasta Mérida, ciudad de la Lusitania, y Badajoz, ciudad de la Bética, como en sus lugares irá declarando la historia.

 

El reino de Navarra, que contamos en tercer lugar entre los reinos de España, está asentado en tierra de los Vascones, pueblos antiguos de España. Tiene por las espaldas por linderos y raya los Pirineos, y parte del monte que dijimos se remata en el cabo de Finisterre. Por las demás partes le ciñen el río Aragón o Arga a mediodía, y por la banda de poniente otro pequeño río que entra en Ebro bajo de Calahorra, y una parte del mismo Ebro son sus términos y mojones. Esto es lo que contiene de allá de Ebro, porque también de esta parte del mismo río los Reyes de Navarra por vía de dote poseyeron a Tudela de Navarra con otros lugares comarcanos a esta provincia. Dado que es estrecha de términos, y no muy llena de gente, tanto que en este tiempo solamente hace cuarenta mil fuegos o vecinos, pareció ponerla entre las principales partes de España por que los Vascones, antiguos moradores de ella, fueron de tanto valor, que por sí sin ayuda de los demás Españoles ganaron de moros muy a los principios aquellas tierras, y con nombre y corona real las poseyeron y conservaron hasta la edad y memoria de nuestros padres constantemente, extendiendo muchas veces por varios sucesos de la guerra y ampliando su señorío de manera que en la ciudad de Nájera se ven sepulcros de aquellos Reyes, y en lugares bien distantes de los que hoy es Navarra se hallan rastros manifiestos de haber tenido mayor distrito que hoy les pertenece. Quien deduce esta palabra de Navarra de otra a ella semejable, es a saber navaerria, que, compuesta de las lenguas vizcaína y castellana, es lo mismo que tierra llana. Los castellanos llaman navas a las llanuras, los cántabros a la tierra llaman erria, todo junto querrá decir tierra llana, imaginación aguda, y no muy fuera de propósito, ni del todo ridícula. Nosotros en estos nuestros comentarios y en esta Historia llamamos en latín Vascones a aquella provincia y a los moradores de ella, que es lo mismo que Navarra y navarros. Está este reino dividido en seis partes o

 

 

 

 

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merindades, que son la de Pamplona, la de Estella, la de Tudela, la de Olite y la de Sangüesa. La sexta llamada Ultrapuertos, cuya cabeza es San Juan de Pie de Puerto, está y ha quedado sola en poder de los Señores de Bearne.

 

El reino de Aragón se divide en Cataluña, Valencia y la parte que propiamente se llama Aragón. Está ceñido por las tres partes de mediodía, levante y septentrión con el mar Mediterráneo y con aquella parte de los Pirineos donde estaban los Ceretanos y hoy Cerdaña, y con la raya de Navarra. Por el poniente tiene por término el río Ebro por la parte que toca a Navarra. Desde allí se tira una línea con muchas y grandes vueltas que hace por Tarazona, Daroca, Ariza, Teruel, Játiva y Orihuela hasta la boca del río Segura, que está entre Alicante y Cartagena, donde la dicha línea toca en nuestro mar, y divide las tierras de la Corona de Aragón de lo restante de España. Tienen los de Aragón y usan de leyes y fueros muy diferentes de los demás pueblos de España, los más a propósito de conservar la libertad contra el demasiado poder de los Reyes, para que con la lozanía no degenere y se mude en tiranía, por tener entendido (como es la verdad) que de pequeños principios se suele perder el derecho de la libertad. El nombre de Aragón se deriva de Tarraco, que quiere decir Tarragona; o lo que es más probable, del río Aragón hoy Arga, el cual corre por donde al principio se comenzaron a ganar de los moros, y a extender los términos y distrito de aquel reino.

 

En Castilla (la cual creen llamarse así de la muchedumbre de castillos que en ella había; y la cual sola en anchura de términos, templanza del cielo, fertilidad de la tierra, agudeza de los ingenios, ricos arreos, y particular y fértil hermosura sobrepuja todas las demás provincias de España, y no da ventaja a ninguna de las extranjeras) comprehendemos parte de las Asturias, es a saber las de Santillana, y toda la Cantabria, antiguamente pequeña región y que no tocaba a los Pirineos, después más ancha, de que es argumento la ciudad que antiguamente se llamó Cantábriga, y estaba puesta, como se cree, entre Logroño y Viana a las riberas de Ebro en un collado empinado, que hasta hoy se llama Cantabria vulgarmente; y en san Eulogio Mártir se halla el río Cantaber, que se entiende es Ega o Ebro, con el cual se junta el río Aragón, todo lo cual muestra fue la Cantabria algún tiempo mayor de lo que Ptolomeo señala, y aún de lo que hoy llamamos Vizcaya.

 

 

 

 

 

 

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Está el señorío y distrito de Vizcaya partido en Vizcaya, Guipúzcoa, Álava y las Montañas. En Vizcaya, que por la mar se tiende desde Portugalete hasta Hondarroa, están las villas de Bilbao y Bermeo. Las marinas de Guipúzcoa desde las de Vizcaya llegan a Fuenterrabía: caen en su disto, demás de San Sebastiám y el puerto de Guetaria, Salinas, Tolosa. La ciudad de Vitoria y Mondragón son pueblos de Álava. Verdad es que en Castilla a todos los de aquel señorío y lengua los llamamos Vizcaínos, no de otra manera que a los de la Galia Bélgica sujeta a la casa de Austria llamamos generalmente Flamencos, si bien el condado de Flandes es una pequeña parte de aquellos estados.

 

Contiene demás de esto el reino de Castilla no pocas ciudades de Castilla la Vieja, y entre ellas las de Burgos, Segovia, Ávila, Soria y Osma. El reino de Toledo es asimismo parte de Castilla, el cual hoy se llama Castilla la Nueva, y antiguamente la Carpetania. Corre por medio de él el río Tajo, por sus arenas doradas, suavidad del agua, fertilidad y hermosura de los campos que riega, el más celebrado de España. Corre hacia la parte de poniente, mas revuelve algún tanto hacia el mediodía, como también hacen esta vuelta los ríos Duero, Guadiana y Guadalquivir. Pasa Tajo en particular por Toledo, ciudad situada en medio de España, luz y fortaleza de toda ella, fuerte por la naturaleza del sitio, excelente por la hermosura e ingenio de sus moradores, señalada por el culto de la religión y estudio de las ciencias, bienaventurada por el saludable cielo de que goza. Y dado que su suelo es estéril y en gran parte lleno de peñas, mas por la bondad de los campos comarcanos es abundante de todo género de mantenimientos y de arreos. Cíñela el río casi toda al derredor, que pasa acanalado por entre dos montes ásperos y altos, no sin grande maravilla de la naturaleza. Queda solamente de la ciudad por ceñir hacia el septentrión una pequeña entrada de áspera subida y agria. Pasada Toledo, a la ribera del mimo río está asentada Talavera, que Ptolomeo llama Libora, villa grande en número de gente, y de tierra fértil y abundosa. Desde allí el dicho Tajo corta por medio la Lusitania (cuyos términos caían allí cerca) y aumentado de muchos ríos que en él entran, se mete en el Océano junto a la ciudad de Lisboa.

 

En la misma parte de España se comprehende la provincia Cartaginense, donde está Cartago Spartaria (hoy dicha Cartagena), Murcia y Cuenca, y los celtíberos cuya cabeza fue Numancia. Demás de esto la Mancha de Aragón en los Contestanos. Pertenece otrosí al reino de

 

 

 

 

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Castilla la Bética, que es casi lo que hoy se dice Andalucía, donde están Sevilla, Córdoba y Granada, ciudad que antiguamente se llamó Illiberis, o por lo menos estuvo la dicha Illiberis cerca de donde hoy está Granada, de lo cual demás de otros rastros que de esto quedan, es argumento muy claro la puerta de Granada llamada de Elvira, y un monte que allí hay, que se llama del mismo apellido.

 

 

 

 

V. De las lenguas de España

 

Todos los españoles tienen en este tiempo y usan de una lengua común que llamamos castellana, compuesta de avenida de muchas lenguas, en particular de la latina corrupta, de que es argumento el nombre que tiene, porque también se llama romance, y la afinidad con ella tan grande, que lo que no es dado aún a la lengua italiana, juntamente y con las mismas palabras y contexto se puede hablar latín y castellano, así en prosa como en verso.

 

Los portugueses tienen su particular lengua, mezclada de la francesa y castellana, gustosa para el oído y elegante. Los valencianos otrosí y catalanes usan de su lengua, que es muy semejante a la de Lenguadoc en Francia, o lenguaje narbonense, de donde aquella nación y gente tuvo su origen; y es así que ordinariamente de los lugares comarcanos, y de los con quien se tiene comercio, se pegan algunos vocablos y algunas costumbres.

Solos los vizcaínos conservan hasta hoy su lenguaje grosero y bárbaro, y que no recibe elegancia, y es muy diferente de los demás y el más antiguo de España, y común antiguamente de toda ella según algunos lo sienten. Y se dice que toda España usó de la legua vizcaína antes que en estas provincias entrasen las armas de los Romanos, y con ellas se les pegase su lengua. Añaden que como era aquella gente de suyo grosera, feroz y agreste, la cual transplantada a manera de árboles con la bondad de la tierra se ablanda y mejora, y por ser inaccesibles los montes donde mora, o nunca recibió del todo el yugo del imperio extranjero, o le sacudió muy presto. Ni carece de probabilidad, que con la antigua libertad se haya allí conservado la lengua antigua y común de toda la provincia de España.

 

 

 

 

 

 

 

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Otros sienten de otra manera, y al contrario dicen que la lengua vizcaína siempre fue particuar de aquella parte, y no común de toda España. Muévense a decir esto por testimonio de autores antiguos, que dicen los vocablos vizcaínos, especialmente de los lugares y pueblos, eran más duros y bárbaros que los demás de España, y que no se podían reducir a declinación latina. En particular Estrabón testifica que no un género de letras ni una lengua era común a toda España. Confirman esto mismo los nombres briga, que es pueblo; cetra, escudo; falarica, lanza; gurdus, gordo; cusculia, coscoja, lancia, lanza; vipio, zaida; buteo, cierta ave de rapiña; Necy por el dios Marte, con otras muchas dicciones que fueron antiguamente propias de la lengua de los Españoles, según que se prueba por la autoridad y testimonio de autores gravísimos, y aún algunas de ellas pasaron sin duda de la Española a la lengua latina, de las cuales dicciones todas no se halla rastro alguno en la lengua vizcaína, lo cual demuestra que la lengua vizcaína no fue la que usaba comúnmente España. No negamos empero haya sido una de las muchas lenguas que en España se usaban antiguamente y tenían, sólo pretendemos que no era común a toda ella. La cual opinión no queremos ni confirmarla más a la larga, ni sería a propósito del intento que llevamos, detenernos más en esto.

 

 

 

 

VI. De las costumbres de los españoles

 

Groseras sin policía ni crianza fueron antiguamente las costumbres de los Españoles. Sus ingenios, más de fieras que de hombres. En guardar secreto se señalaron extraordinariamente: no eran parte los tormentos por rigurosos que fuesen, para hacersele quebrantar. Sus ánimos inquietos y bulliciosos; la ligereza y soltura de los cuerpos extraordinaria; dados a las religiones falsas y culto de los dioses; aborrecedores del estudio de las ciencias, bien que de grandes ingenios. Lo cual transferidos en otras provincias, mostraron bastantemente que ni en la claridad de entendimiento, ni en excelencia de memoria, ni aún en la elocuencia y hermosura de las palabras daban ventaja a ninguna otra nación. En la guerra fueron más valientes contra los enemigos, que astutos y sagaces; el arreo de que usaban, simple y grosero; el mantenimiento más en cantidad

 

 

 

 

 

 

 

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que exquisito ni regalado; bebían de ordinario agua, vino muy poco; contra los malhechores eran rigurosos, con los extranjeros, benignos y amorosos.

 

Esto antiguamente, porque en este tiempo mucho se han acrecentado así los vicios como las virtudes. Los estudios de la sabiduría florecen cuanto en cualquiera parte del mundo; en ninguna provincia hay mayores ni más ciertos premios para la virtud; en ninguna nación tiene la carrera más abierta y patente el valor y doctrina para adelantarse. Deséase el ornato de las letras humanas, a tal empero que sea sin daño de las otras ciencias. Son muy amigos los Españoles de justicia: los magistrados, armados de leyes y autoridad, tienen trabados los más altos con los bajos, y con estos los medianos con cierta igualdad y justicia; por cuya industria se han quitado los robos y salteadores, y se guardan todos de matar o hacer agravio, porque a ninguno es permitido o quebrantar las sagradas leyes, o agraviar a cualquiera del pueblo, por bajo que sea.

 

En lo que más se señalan es en la constancia de la religión y creencia antigua, con tanta mayor gloria, que en las naciones comarcanas en el mismo tiempo todos los ritos y ceremonias se alteran con opiniones nuevas y extravagantes.

Dentro de España florece el consejo, fuera las armas: sosegadas las guerras domésticas, y echados los moros de España, han peregrinado por gran parte del mundo con fortaleza increíble. Los cuerpos son por naturaleza sufridores de trabajos y de hambre, virtudes con que han vencido todas las dificultades, que han sido en ocasiones muy grandes por mar y por tierra. Verdad es que en nuestra edad se ablandan los naturales y enflaquecen con la abundancia de deleites, y con el aparejo que hay de todo gusto y regalo de todas maneras en comida y en vestido.

El trato y comunicación de las otras naciones que acuden a la fama de nuestras riquezas, y traen mercaderías que son a propósito para enflaquecer los naturales con su regalo y blandura, son ocasión de este daño. Con esto debilitadas las fuerzas y estragadas con las costumbres extranjeras, demás de esto por la disimulación de los príncipes, y por la licencia y libertad del vulgo, muchos viven desenfrenados sin poner fin ni tasa ni a la lujuria, ni a los gastos, ni a los arreos y galas. Por donde, como dando vuelta a la Fortuna desde el lugar más alto do estaba, parece a los prudentes y avisados que (mal pecado) nos amenazan graves daños y desventuras, principalmente por el grande odio que nos tienen las demás naciones, cierto compañero sin duda de la grandeza y de los grandes

 

 

 

 

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imperios, pero ocasionado en parte de la aspereza de las condiciones de los nuestros, de la severidad y arrogancia de algunos de los que mandan y gobiernan.

 

 

 

 

VII. De los reyes fabulosos de España

 

Averiguada cosa y cierta es, conforme a lo que de suso queda dicho, que Túbal vino a España; mas en qué lugares hiciese su asiento, y que parte primeramente comenzase a poblar y cultivarla, no lo podemos averiguar, ni hay para qué adivinarlo, dado que algunos piensan que en la Lusitania, otros que en aquella parte de las Vascones que se llama hoy Navarra. Toman para decir esto los Portugueses de Setúbal, pueblo de Portugal, los Navarros de Tafalla y Tudela, los cuales lugares, más por la semejanza de los nombres que por prueba bastante que tengan para decirlo, sospechan fueron poblaciones de Túbal. Que pensar y decir que toda la provincia se llamó Setubalia del nombre de su fundador (lo que algunos afirman sin probabilidad ni apariencia, ni a propósito aún para entremés de farsa) las orejas eruditas lo rehuyen oír, porque ¿qué otra cosa es sino desvarío y desatinar, reducir tan grande antigüedad como la de los principios de España, a derivación latina, y juntamente afear la venerable antigüedad con mentiras y sueños desvariados como estos hacen?, pues dicen que Setubalia es lo mismo que compañía de Túbal, como si se compusiese este nombre de cœtus, que en latín quiere decir compañía, y de Túbal.

 

Otros cuentan entre las poblaciones de Túbal a Tarragona y Sagunto, que hoy es Monviedro, cosa que en este lugar no queremos refutar ni aprobarla. Lo que acontece sin duda muchas veces a los que describen regiones no conocidas y apartadas de nuestro comercio, que pintan en ellas montes inaccesibles, lagos sin término, lugares o por el hielo o por el gran calor desiertos y despoblados; demás de esto ponen y pintan en aquellas sus cartas o mapas para deleite de los que los miran, varias figuras de peces, fieras y aves, hábitos extraños de hombres, rostros y visajes extravagantes, lo cual hacen con tanto mayor seguridad, que saben no hay quien pueda convencerlos de mentira; lo mismo me parece ha acontecido a muchos historiadores así de los nuestros como de los extraños, que donde faltaba la luz de la historia, y la ignorancia de la antigüedad ponía uno

 

 

 

 

 

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como velo a los ojos para no saber cosas tan viejas y olvidadas, ellos con deseo de ilustrar y ennoblecer las gentes cuyos hechos escribían, y para mayor gracia de su escritura, y más en particular por no dejar interpolado como con lagunas el cuento de los tiempos, antes esmaltarlos con la luz y lustre de grandes cosas y hazañas, por sí mismos inventaron muchas hablillas y fábulas.

 

Dirás: concedido es a todos y por todos consagrar los orígenes y principios de su gente, y hacerlos muy más ilustres de lo que son, mezclando cosas falsas con las verdaderas: que si a alguna gente se puede permitir esta libertad, la Española por su nobleza puede tanto como otra usar de ella por la grandeza y antigüedad de sus cosas. Sea así, y yo lo consiento, con tal que no se inventen, ni se escriban para memoria de los venideros fundaciones de ciudades mal concertadas, progenies de Reyes nunca oídas, nombres mal forjados, con otros monstruos sin número de este género, tomados de las consejas de las viejas o de las hablillas del vulgo; ni por esta manera se afee con infinitas mentiras la sencilla hermosura de la verdad, y en lugar de luz se presenten a los ojos tinieblas y falsedades; yerro que estamos resueltos a no imitar, dado que pudiéramos de él esperar algún perdón por seguir en ello las pisadas de los que nos fueron delante.

 

Y mucho menos pretendemos poner en venta las opiniones y sueños del libro que poco ha salió a luz con nombre de Beroso, y fue ocasión de hacer tropezar y errar a muchos. Libro, digo, compuesto de fábulas y mentiras por aquel que quiso con divisa y marca ajena, como el que desconfiaba de su ingenio, dar autoridad a sus pensamientos (a ejemplo e imitación de los mercaderes no tales, que para acreditar su mercadería usan de marcas y sellos ajenos), sin saber bastantemente disimular el engaño, pues ni habla seguidamente, ni están por tal manera trabadas y atadas las cosas unas con otras, las primeras con las de en medio, y éstas con las postreras, que no eche de ver la huella de la invención y mentira, mayormente si de la luz de los antiguos escritores que nos ha quedado (pequeña, cierto, y escasa, pero en fin alguna luz) nos queremos aprovechar. Así que lo que nació de la oficina y fragua del nuevo Beroso, que Noé después de largos caminos venido a España, fue el primero que fundó a Noela en Galicia y a Noega en las Asturias, es una mentira hermosa y aparente por su antigüedad y hacer Plinio, Estrabón y Ptolomeo mención de estos pueblos, y como tal invención la desechamos. Ni

 

 

 

 

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queremos recibir lo que añade el dicho libro, que el río Ebro se llamó Ibero en latín, y toda España se dijo Iberia de Ibero hijo de Noé, como quiera que sea antes verosímil que los Iberos que moraban al Ponto Euxino entre Colchôs y las Armenias, cercados de los montes Cáucasos, vinieron en gran número en España, y fundado que hubieron la ciudad de Iberia cerca de donde hoy está Tortosa, comunicaron su nombre y le pusieron primero al río Ebro, después a toda la provincia de España; de la manera que algunos piensan del río Arga o Aragón que tomó este nombre de otro del mismo apellido que hay en aquella Iberia. El nombre de Celtiberia, con que también se llamó España, de los Iberos y de los Celtas se derivó y se compone; porque los Celtas, pasados los Pirineos, y venidos en España de la Galia comarcana (y también Apiano pone los Celtas en la España Citerior) mezclando la sangre y emparentando con los Íberos, hicieron y fueron causa que de las dos naciones se forjase el nombre de Celtiberia. Ni es de mayor crédito lo que dicen que Idubeda hijo de Íbero dio su nombre al monte Idubeda, de cuyos principios y progreso arriba se dijo lo que basta.

 

Añaden que Brigo, hijo de este Idubeda, por ver multiplicada mucho la gente de España en número, riquezas y autoridad, envió colonias y poblaciones a diversas partes del mundo, y entre éstas una fue Brigia dicha así de su nombre, que después se llamó Frigia en Asia, donde estaba situada la ciudad famosa de Troya; y que en los montes Alpes uno de los capitanes de Brigo fundó a Varóbriga, otro en la Galia Latóbriga. Para perpetuar, es a saber, ellos su memoria, y ganar de camino la gracia de su Señor, fundaron nuevas poblaciones de su nombre. Diose crédito a esta mentira aparente porque Plinio refiere pasaron de Europa los Brigas, y de ellos cierta provincia de Asia se llamó Frigia, y como en España muchas ciudades se llamasen Brigas, como Miróbriga, Segóbriga, Flavióbriga, imaginaron que en ella había vivido y reinado algún Rey autor de los Brigas, y fundador de Troya y de muchas ciudades que tenían aquel nombre de Brigas en España. Como quiera que fuese necesario creer que los Brigas que pasaron en Asia, hubiesen salido de España. Además que Conon en la Biblioteca de Focio dice que Mida fue Rey de los Brigas cerca del monte Brimio, los cuales pasados en Asia se llamaron Frigios. Esto para lo que toca a los Brigas que pasaron a Frigia. De los pueblos que tenían el apellido de Brigas en España, era fácil entender que en la antigua lengua de España las ciudades se llamaron Brigas comúnmente, o lo que

 

 

 

 

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tengo por más verosímil, que las naciones septentrionales muy abundantes de gente, y en generación muy fecundas, en aquellos primeros tiempos habiéndose derramado en España, de Burgo, que en lengua alemana quiere decir pueblo, hicieron que las ciudades con poca mudanza de letras se llamasen acá Brigas, o si hay alguna otra razón de este nombre, que no sabemos: sólo se pretende que en la historia no tengan lugar las fábulas.

 

Haber después de Brigo reinado Tago (como lo dicen los mismos) es a propósito de dar razón porque el río Tajo se llamó así. Y en universal pretenden que ninguna cosa haya de algún momento en España, de cuyo nombre luego no se halle algún Rey, y esto para que se dé origen cierta de todo, y se señale la derivación y cauda de los nombres y apellidos particulares, como si no fuese lícito parar en las mismas cosas sin buscar otras razones de sus apellidos, o fuese vedado pasar adelante, e inquirir la causa y derivación de los sagrados nombres que ponen a los Reyes; y aún es más probable que aquel río por nacer en la provincia Cartaginense haya tomado su nombre de Cartago, hoy Cartagena, como lo siente Isidoro al fin del libro trece de sus Etimologías.

 

De la misma forma y jaez es lo que añaden, que Beto sucesor de Tago dio nombre a la Bética, que hoy es Andalucía, dividida antiguamente en Turdetanos, Túrdulos y Bástulos, y por la grande abundancia y riquezas que tiene, celebrada grandemente de los poetas en tanto grado, que (como dice Estrabón) ponían en ella los Campos Elisios, morada de los bienaventurados. El cual testifica otrosí que usaban en su tiempo de leyes hechas en verso y promulgadas más de seis mil años antes, según que ellos mismos lo decían; por ventura su año era más breve que el Romano, y constaba sólo de cuatro meses. Lo que es más probable, y dijeron historiadores más en número y en autoridad más graves, es que la Bética se dijo del río que pasa por medio de toda ella y la baña, al cual los naturales llamaron Cirito, los extranjeros Betis, puede ser en hebraico, por las muchas caserías, villas y lugares que al uno y al otro lado resplandecen a causa de la bondad de los campos que tiene. Porque Betis y Beth en hebreo es lo mismo que casa.

 

Esto baste de los reyes fingidos y fabulosos de España, de quien me atrevo a afirmar no hallarse mención alguna en los escritores aprobados ni de sus nombres ni de su reinado. Pero como es muy ajeno (según yo pienso) de la gravedad de la historia contar y relatas consejas de viejas, y

 

 

 

 

 

 

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con ficciones querer deleitar al lector, así no me atreverá a reprobar lo que graves autores testificaron y dijeron.

 

 

 

 

VIII. De los Geriones

 

El primero que podemos contar entre los Reyes de España, por ser muy celebrado en los libros de griegos y latinos, es Gerión, el cual vino de otra parte a España, lo que da a entender el nombre de Gerión, que en lengua caldea significa peregrino y extranjero. Este venido que fue a España, gustó de la tierra y de las riquezas que en ella vio. Enriquecióse con los montes de oro, cuyo uso no era conocido, y por esta causa granos y terrones de este metal se hallaban por los campos, no afinados con el crisol y con el fuego, sino como nacían, por donde de los grigos fue llamado Criseo, que es tanto como de oro. Demás de esto poseía muchos ganados, por la grande comodidad y aparejo de los pastos y dehesas, e industria que tenía en criarlos.

 

Con ocasión de riquezas tan grandes se entiende fue el primero que ejercitó la tiranía sobre los naturales de esta provincia, que eran de ingenios groseros, a manera de fieras vivían apartados y derramados por los campos en aldeas sin tener alguno por gobernador cuyo imperio reconociesen, y por cuyo esfuerzo se defendiesen de la violencia de los más poderosos. Hecho tirano y apoderado de todo, se entiende que edificó un castillo y fortaleza de su apellido enfrente de Cádiz, por nombre Geronda, con cuya ayuda pensaba mantenerse en el imperio que había tomado sobre la tierra. Edificó asimismo otra ciudad de este apellido de Gerunda (si no engaña la conjetura del nombre) a las faldas de los Pirineos en los Ausetanos, que hoy es la ciudad de Gerona. Pretendía, es a saber, abrazar con estas dos fuerzas las marinas todas de España, y fortificarse para todo lo que sucediese.

 

Mas la seguridad y bonanza que con estas mañas se prometía le duró hasta tanto que Osiris, al cual los Egipcios también ponen por el primero de sus Reyes, como lo siente Diodoro Sículo, y por otros nombre le llamaron Baco y Dionisio, no el hijo de Semele criado en la ciudad de Mero (de donde tuvo origen la fábula que decía le crió Júpiter su padre en su muslo, porque Meron en griego significa el muslo) sino el egipcio,

 

 

 

 

 

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turbó la paz que tenía España. Emprendió Osiris al principio una grandísima peregrinación, con que paseó y ennobleció con sus hechos casi toda la redondez de la tierra. Comenzó desde la Etiopía, y pasó hasta la India, Asia y Europa. En todos los lugares por do pasaba enseñó la manera de plantar las viñas y de la sementera y uso del pan; beneficio tan grande, que por esta causa le tuvieron y canonizaron por dios.

 

Últimamente llegado a España, lo que en las demás partes ejecutara no por particular provecho suyo, sino encendido del odio que a la tiranía tenía, y a las demasías, que fue quitar los tiranos y restituir la libertad a las gentes, determinó hacer lo mismo en España, ca se decía que se hallaba reducida en una miserable servidumbre, y sufrían con ella toda suerte de afrentas e indignidades. No tenía esperanza que el tirano, por estar confiado en sus riquezas y fuerzas, hubiese por voluntad de tomar el más saludable partido. Vino con él a las armas y trance de guerra, juntaron sus huestes de entrambas partes, y ordenadas sus haces, diose (según dicen) la batalla que fue muy herida, en los campos de Tarifa junto al estrecho de Gibraltar, con grande coraje y no menos peligro de cada cual de las partes. La victoria y el campo, muertos y destruidos los Españoles, quedó por los egipcios. El mismo Gerión murió en la batalla, su cuerpo por mandado del vencedor sepultaron en lo postrero de la boca del estrecho en el lugar donde al presente se ve el pueblo dicho Barbate, allí se le hizo el túmulo. Fue Gerión tenido y consagrado por dios, como lo da bastantemente a entender el templo que Hércules edificó a Gerión en las riberas de Sicilia, y también el oráculo de Grecia que estaba en Padua famosísimo, al cual los príncipes tenían costumbre por devoción de ir a visitar muchas veces, como lo testifica Suetonio Tranquilo.

 

Restituida pues y fundada la paz de esta manera por beneficio de Osiris, y quitada la tiranía, el vencedor todavía tuvo por cosa áspera y de mal ejemplo castigar en los hijos los pecados de los padres. Parecióle cosa grave desposeer, poner en perpetua servidumbre o destierro tres hijos que de Gerión quedaban en edad niños y de grande hermosura, y que habían sido criados con esperanza de suceder en el reino de su padre. Demás que ordinariamente en los generosos ánimos después de la victoria se sigue la benignidad para con los caídos. Creyendo pues que no serían tanta parte los vicios y malos ejemplos de su padre para hacerlos crueles, como su triste fin para hacerlos avisados, escogió personas de gran prudencia que rigiesen así la edad tierna de aquellos mozos, como el reino por algún

 

 

 

 

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tiempo, y habiendo él avisado a los mozos de lo que debían hacer y huir, púsolos en la silla y en el reino de su padre. Acabado esto, por gozar del fruto de tantos trabajos y tan larga peregrinación, y deseoso de sosegar en su casa, volvióse a Egipto.

 

Los hermanos Geriones venidos a mayor edad y acrecentadas las riquezas, luego que se encargaron del gobierno del reino de su padre, olvidados del beneficio recibido, y no de la injuria que se les hizo, como es ordinario que dura más la memoria del agravio que de las mercedes, tomaron resolución de vengar la muerte de su padre, y hacerle las honras con la sangre de su enemigo, cosa muy agradable a los que tratan de satisfacerse, y los hijos tienen por grande hazaña proseguir la enemiga de sus padres. Esto daban a entender, pero de secreto otro mayor cuidado les aquejaba, es a saber el deseo que tenían a ejemplo de su padre de restituirse en la tiranía y absoluto señorío de España, cosa que en vida de Osiris no creían poder alcanzar. Pensaban esto, y no hallaban camino para poner en ejecución negocio tan grave; parecióles sería bien conquistar para este efecto a Tifón, hermano de Osiris, y concertarse con él, de quien se entendía y tenían aviso ardía en deseo de reinar y quitar a su hermano el reino, ambición que pervierte todas las leyes de la naturaleza.

 

Despacharon sus embajadores para este efecto, los cuales fácilmente con presente que le dieron de parte de sus Señores, hallaron la entrada que pretendían: pusieron con él su amistad, prometiéronle toda ayuda para salir con sus intentos, concertaron que los mismos tuviesen por amigos y por enemigos. Asentado ello, le persuaden que habiendo muerto su hermano, acometiese con fuerza de armas y se apoderase del reino de Egipto. Concertóse todo esto, y ejecutóse la cruel muerte muy de secreto. El cuerpo del muerto fue buscado con mucha diligencia, e Isis la Reina viuda le sepultó en Abato, que es una isla de una laguna cercana a Menfis, que por esta causa vulgarmente llamaron Estigia, que quiere decir tristeza.

Pero tan grande traición no podía estar encubierta, ni hay secreto en las discordias domésticas que entre parientes resultan. Así Horus, que en aquel tiempo gobernaba la Escitia, vuelto con presteza en Egipto, vengó la muerte de su padre con darla a Tifón su tío. Descubrió juntamente y supo que los Geriones fueron participantes de la impía conspiración, y principales movedores de aquella maldad. Por esto encendido en deseo así de imitar la gloria de su padre, confirmó diversas naciones por todo el mundo en su obediencia, y ganó de nuevo la amistad de otras muchas.

 

 

 

 

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Demás de esto por el arte de la medicina, que le enseñara su madre, vino a ser tenido por dios. Unos le llamaron Apolo, otros por la valentía y destreza en el pelear le pusieron nombre de Marte, y todos le llamaron Hércules. No fue este Hércules el hijo de Anfirión, sino el Libio, de quien se dice que domó los monstruos armado de una porra o maza, y vestido de una piel de león, que en aquel tiempo aún no usaban, ni habían inventado para destrucción del género humano, las armas de acero.

 

Juntado pues un grande ejército y llegadas ayudas de todas partes, espantoso entró en España contra los Geriones, y llegó finalmente a Cádiz, donde ellos días antes se retiraran y fortificaran, juntadas en uno las riquezas del reino, alzados los mantenimientos, y proveídos de bastimentos, si por ventura durase la guerra muchos días. Demás de esto para valerse en aquel trance llamaron socorros de todas partes. La conciencia de la maldad cometida los acobardaba y espantaba; y por estar la provincia y la gente dividida en parcialidades, unos por ellos y otros contra ellos, y los ánimos de muchos despertados a la esperanza de recobrar la libertad, era dificultoso resolverse si de los suyos, si de los extraños les convenía más recatarse. El tener perdida la esperanza de la vida, si los egipcios venciesen, los encendía más, y los hacía furiosos y atrevidos. Pero el temor que tenían era mayor: por esta causa determinaron de fortificarse en lugares seguros y escusar el trance de la batalla. Al contrario Hércules ordenadas sus haces se presentó delante sus enemigos. Temía no durase mucho la guerra, y no tenía confianza que los enemigos viniesen en alguna honesta condición de paz; y cuando la quisiesen, juzgaba no sería decente dejar las armas antes de vengar a su padre con la sangre de los Geriones. Combatido pues de estos pensamientos, consideraba otrosí que por ser tan grandes los ejércitos como juntaran de ambas partes, sería grande la matanza, si de poder a poder se diese la batalla.

 

Por huir estos inconvenientes acordó con un Rey de armas avisar a los Geriones, que si confiaban en la valentía de sus cuerpos (la cual era muy grande), si en la justicia de la causa que defendían, en que publicaban y se quejaban fueron de Osiris acometidos injustamente y agraviados primero del mismo, que les ofrecía de su voluntad un partido para concertar las diferencias tan aventajado para ellos, que ni aún por pensamiento les pasaría desealle tal y tan bueno. Éste era, que lastasen solamente aquellos que erraron y fueron causa de los daños pasados, perdonasen a la sangre

 

 

 

 

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inocente, y no fuesen ocasión de la carnicería que resultase forzosamente de ciudadanos y parientes, si la batalla se diese. Que él estaba determinado por la salud común de aquellos ejércitos y pobre gente de hacer campo él solo contra todos tres, y con su riesgo comprar la seguridad de muchos, pero con tal condición que había de pelear a parte con cada uno de ellos. Decía que se ponía a esto confiado en la justicia de su querella, y por esta causa de la ayuda de Dios, por cuya providencia todas las cosas humanas se gobiernan, y más principalmente los sucesos de la guerra.

Los Geriones aceptaron de buena gana este partido, que por ser tan aventajado no dudaban de la victoria. Pero salióles al revés, porque el día señalado como entrasen en el palenque y viniesen a las manos, los tres Geriones fueron vencidos y degollados por Hércules. Diose a los cuerpos sepultura en la misma isla de Cádiz donde se hizo el campo, y desde aquel tiempo se entiende que se llamó Etritrea no sólo la isla de Cádiz, sino otra isla que estaba a ella cercana, y aún la parte de tierra firme que le cae enfrente. La causa de este apellido fueron ciertas gentes del mar Eritreo, conviene a saber del mar Rojo, que venidas a la conquista, y sosegada la provincia, con voluntad de Horus asentaron en aquellos lugares, poblaron e hicieron por allí sus moradas.

 

En conclusión en la boca del estrecho de Cádiz Hércules después de esta victoria hizo echar en el mar grandes piedras y materiales con que levantó de la una parte y de la otra dos montes. De los cuales el de la parte de España se llama Calpe, y el otro que está en África, Abila. Estos montes se dijeron las columnas de Hércules, tan nombradas. Hecho esto, y dado orden y asiento en las demás cosas de España, nombró Hércules u Horus por Gobernador de ella uno de sus compañeros por nombre Hispalo, de cuya lealtad y prudencia en paz y en guerra estaba pagado y tenía mucha satisfacción. Y por tanto concluidas todas estas cosas, dio vuelta y pasó por mar a Italia.

 

 

 

 

IX. Del rey Hispalo, y de la muerte de Hércules

 

Por cierta cosa se tiene haber Hispalo reinado en España después de los

 

Geriones, y Justino afirma que de Hispalo se dijo España, en latín

 

Hispania, trocada solamente una letra. Añaden otros que por su industria y

 

 

 

 

 

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de su apellido se fundó Sevilla, que en latín se dice Hispalis: ciudad que en riquezas, grandeza, concurso de mercaderes, por la comodidad del río Guadalquivir, y por la fertilidad de la campiña no da ventaja a ninguna otra de España. Dicen más, que por discurso de tiempo del nombre de Sevilla o Hispalis se llamó toda la provincia Hispania.

 

San Isidoro atribuye la fundación de esta ciudad a Julio César, en el tiempo es a saber que gobernó a España, y dice que la llamó Julia Rómula juntando en un apellido su nombre y el de la ciudad de Roma, y que el nombre de Hispalis se tomó de los palos en que estribaban sus fundamentos, que hincaban para levantar sobre ellos las casas por estar asentada esta ciudad en un lugar cenagoso y lleno de pantanos. Por ventura entonces la ensancharon y adornaron de edificios nuevos y grandes; diéronle otrosí nombre y privilegios de colonia Romana, pues es cierto que Plinio la llama Colonia Romulense. Mas decir que entonces se fundó la primera vez, carece de crédito, y no hay argumentos ni autores que tal cosa confirmen.

 

Plutarco escribe que venido que hubo el otro Dionisio o Baco, es a saber el hijo de Semele a España, después que sujetó toda la provincia con armas victoriosas, uno de los compañeros que él mismo puso por Gobernador de todo, por nombre Pan, fue causa que toda la provincia primeramente se llamase Pania, después Spania, añadida una letra. Pero de estas cosas cada cual podrá libremente juzgar y sentir lo que le pareciere. Lo que algunos dicen, que Hispalo dejó un hijo por nombre Hispano, el cual haya reinado muerto su padre, no lo recibimos ni tiene probabilidad alguna, antes entendemos que a un mismo hombre diversos escritores llaman con ambos nombres, unos Hispalo, otros Hispano. Pues el nombre de Hispania y su derivación se atribuye a entrambos, y los que ponen el uno, ninguna mención hacen del otro, fuera de sólo Beroso, cuyas fábulas poco antes desechamos no solo como tales, sino también como mal forjadas y compuestas.

 

Las cosas que hizo este Rey, como quier que por la antigüedad del tiempo se ignorasen, nuestros historiadores para enriquecer y hacer más apacible y deleitosa la flaca historia de este tiempo (a la manera que con las aguas traídas de lejos se suelen fertilizar los campos secos) y porque no hubiese Rey a quien luego no atribuyan algún hecho o edificio para más ennoblecerle, dado que no trabase muy bien ni cuadrase lo que decían, escribieron que Hispalo fundó la ciudad de Segovia, y el acueducto que

 

 

 

 

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hay en ella, maravillosos así por su obra, como por su altura; como quier que sea averiguado que el acueducto fue obra del Emperador Trajano, a lo menos hecha por aquello tiempos que él imperó.

 

Demás de esto decir como afirman, que en el puerto dicho antiguamente Brigantino, y hoy de La Coruña, el mismo Hispalo levantó una torre con un espejo en ella, en que se veían las naves que venían de lejos, por la imagen que de ellas se representaba en el tal espejo, y se apercibían para el peligro. Procedió sin duda esta invención de la profunda ignorancia que se tenía así de la lengua latina, como de las historias, pues tomaron por el mismo nombre de Specula con que se significan semejantes torres y atalayas, y el de Speculum que significa espejo. Y es cosa averiguada que los moradores Brigantinos edificaron aquella torre a honra de Augusto César. El trazador fue Cayo Servio Lupo Lusitano, cuyo nombre aún en nuestra edad se ve entallado en las peñas allí cerca, por estar vedado por ley (la cual se ve entre las romanas en los Digestos) que ninguno escribiese su nombre en obra pública. Y aún Fidias en Atenas fue muerto porque quebrantada aquella ley entalló su imagen y la de Pericles en el escudo de Palas, bien que en hábito disfrazado; en lo cual también pudo ser que pretendiesen haber hecho aquel nobilísimo escultor injuria a la religión y ofendido aquella diosa.

 

Muerto Hispalo, en qué tiempo no concuerdan los autores, pero muerto que fue, Hércules desde Italia donde hasta entonces se detuvo, dejando allí por Gobernador a Atlante, de cuya grandeza de ánimo estaba muy satisfecho, por miedo de algún alboroto volvió a España, y en ella después que gobernó la república bien y prudentemente y fundó nuevas ciudades, entre las cuales cuentan Julia Líbica y Urgel en las faldas de los montes Pirineos, Barcelona y Tarragona en la España Citerior (como algunos sienten fueron poblaciones de Hércules) ya de grande edad pasó de esta vida.

Los Españoles con grande voluntad le consagraron por dios, y determinaron se le hiciesen honras divinas. Dedicáronle sacerdotes y templo donde el cuerpo de Hércules comenzó a ser honrado con solemnes sacrificios no sólo de los naturales, sino también de las naciones extranjeras que por devoción concurrían, de que recogían grande ganancia los ministros y el dicho templo se ennoblecía de cada día más. En qué parte de España aquel templo y sepulcro de Hércules haya estado, no concuerdan los autores. Y en cosas tan antiguas más fácil cosa es adivinar

 

 

 

 

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por conjeturas, que dar sentencia por la una o por la otra parte. Unos dicen que en Barcelona, do junto a la Iglesia Mayor se ven rastros de una antigualla y de un soberbio sepulcro de que se habla adelante (y se tiene que Ataúlfo, rey godo, está allí sepultado), otros sienten que en Cádiz. Mas las personas de mayor autoridad y erudición piensan estuvo en Tarifa cerca del estrecho, ca es averiguado que aquella superstición se conservó allí por largo tiempo, y que un soberbio templo de Hércules se levantó antiguamente en aquella parte del Andalucía.

 

 

 

 

X. De Hespero y Atlas reyes de España

 

Murieron en España Hispalo y Hércules sin dejar sucesión; por esta causa Hespero, hermano de Atlante nacido en África, y uno de los compañeros de Hércules, fue por el mismo tiempo de su muerte nombrado para que le sucediese en lo de España. Su gobierno fue tan agradable a los naturales como el de cualquier otro. La fama de sus proezas y el crédito de su virtud le abonaban para con la gente de tal suerte, que como lo sienten algunos escritores Griegos y Latinos, España del nombre de Hespero desde aquel tiempo se comenzó a llamar Hesperia. Verdad es que otros, y entre ellos Macrobio e Isidoro, pretenden que se tomó este nombre de Hesperia del lucero de la tarde, que en latín se llama Hespero y se pone en España, y al cual miran los que navegan a estas partes.

 

Lo cierto es que la buena andanza que tuvo al principio este rey, en breve se trocó y se fue todo en flor, porque Atlante hermano de Hespero desde Italia, donde Hércules le dejó, codicioso de las riquezas y anchura de España, y agraviado de que su hermano le hubiese sido antepuesto en el señorío de España, acudió sin dilación; y ganadas las voluntades de los soldados por la gran fama que corría de su valor y hazañas, fácilmente se apoderó del reino. Hespero, desamparado de los suyos, fue forzado a recogerse a Italia, donde los de Toscana movidos de compasión de su desastre y desmán, en que cayera no por culpa suya sino por la ambición y deslealtad de su hermano, primeramente le acogieron y hospedaron muy bien. Después, por la experiencia de su bondad, y por la fama que corría de su virtud, le entregaron a su rey Corito (a quien otros también llaman Jano o Júpiter) que era de muy tierna edad, para que fuese su ayo, y como

 

 

 

 

 

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tal lo amaestrase en lo que saber le convenía, que fue una resolución muy acertada y muy agradable para toda aquella provincia. No les salió vana su esperanza, ni se engañaron en lo que se prometían de su bondad, como lo da a entender el nombre de Italia, mudado así mismo desde aquel tiempo a ejemplo de España, en el de Hesperia que también tiene, que fue prueba bastante de la aprobación de Hespero.

 

Llegaron las nuevas de todo esto a España. Atlas con recelo que si este aplauso no se atajaba al principio cundiría el mal, y podría ser que fortificado su hermano y pujante con el favor de la gente, primero le despojase del reino de Italia, y después le pusiese en condición lo de España, consultado el negocio con los suyos, acordó de hacer grandes levas de gente, y con todo su poder pasar a Italia. Llevó de España grande número de soldados, y entre ellos muchos de los principales españoles con voz y muestra de honrarlos y ayudarse de sus fuerzas en aquella jornada. Mas a la verdad pretendía tenerlos consigo como en rehenes, y asegurar que en su ausencia no se levantasen algunos movimientos en la tierra con deseo de cosas nuevas, y de sacudir de sí el yugo del imperio y señorío extraño. Hízose pues a la vela, pero como se levantasen recios temporales, corrió fortuna, derrotóse toda su armada, y en lugar de tomar a Italia que era lo que pretendía, fue arrebatado y llevado por los vientos a la isla de Sicilia. Eran grandes las riquezas de aquella tierra, su fertilidad y hermosura, por lo cual dicen dejó allí para que poblasen una buena parte de los Españoles que llevó consigo. Hecho esto, con lo demás de su ejército últimamente dio la vuelta y aportó a Italia, donde halló que ya su hermano Hespero era fallecido, con que le fue cosa fácil apoderarse de Corito rey de Toscana y hacerse Señor de todo.

 

De dos hijas que tenía, la una llamada Electra casó con Corito, cuyos hijos fueron Jasio y Dardano, de quien se tornará a hablar luego. La otra no se sabe con quien casase, sólo dicen que se llamó Rome, y que su padre la heredó en aquella parte de Italia por donde corre el río Tíber, que a la sazón se llamaba Albula, donde también dio asiento a parte de los españoles ya dichos. Añaden demás de esto que esta Rome en el monte Palatino puso los cimientos de la ínclita ciudad de Roma, la cual de pequeños principios con el tiempo se hizo Señora del mundo. Alegan para esto por testigo a Fabio Pictor, autor muy antiguo y muy grave de las cosas romanas, dado que a Rome, fundadora de aquella nobilísima ciudad otros la hacen nieta de Eneas, hija de Ascanio. Otros son de parecer que después

 

 

 

 

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de la destrucción de Troya, una mujer nobilísima entre las cautivas, que se decía Rome, venido que hubo con Eneas en Italia, quemó los navíos de su gente que estaban surgidos a la ribera del Tíber, y les persuadió edificasen de nuevo un pueblo, que del nombre de aquella cautiva llamaron Roma. No hay duda sino que por testimonio de graves autores se muestra que Roma estaba fundada antes de Rómulo, y es averiguado que antiguamente tuvo aquella ciudad otro nombre, el cual los secretos de la religión y ceremonias no permitían se divulgase entre todos, y aún se sabe que Valerio Sarano por quebrantar este decreto pagó aquel desacato con la vida.

 

Verdad es que no se tiene noticia de aquel nombre, como así mismo es incierto lo que nuestros historiadores afirman que Roma fue fundación de españoles, si bien les concediésemos que la gente de Atlante por mandado de Rome su hija la fundó por este tiempo. Y parece más invención, y hablilla inventada a propósito de dar gusto a los españoles, que cosa examinada con diligencia por la regla de la verdad y antigüedad. Yo estoy determinado de mirar más aína lo que es justo se ponga por escrito, y lo que va conforme a las leyes de la historia, que lo que haya de agradar a nuestra gente; pues no es justo que con flores de semejantes mentiras fuera de tiempo y sazón, se atavíe y hermosee la narración de esta historia. Ni el lustre y grandeza de las cosas de España tiene necesidad de semejantes arreos. Así que desechamos como cosa dudosa, por no decir más adelante, lo que inventaron nuestros historiadores, que Roma fue población de españoles.

 

De la misma manera no queremos recibir los que nuestras historias modernas cuentan entre los reyes de España: es a saber Sicoro, Sicano, Siceleo y Luso, pues en las antiguas historias ningún rastro de ellos se halla, de sus hechos ni de sus nombres. Tampoco aprobamos lo que en esta parte añaden, que un hijo de Atlante llamado Morgete después de la muerte de su padre reinó en Italia, de cuyo nombre los españoles que siguieron a Atlante y asentaron en Italia, dicen se llamaron Morgetes, ca todo esto no estriba en mejor fundamento que lo demás arriba dicho. Yo creería más aína, que aquella gente tomó el apellido de Morgetes de las ciudades donde moraban en España, y de donde la sacaron para llevarla en Italia. Pues consta que en la Bética, hoy Andalucía, hubo dos pueblos llamados Murgis, el uno a la ribera del mar, que hoy se llama Mojácar, y el otro más adentro en la tierra, al cual hoy llaman Murga; el uno y el otro

 

 

 

 

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situados no lejos de la ciudad muy nombrada de Murcia, la cual asimismo algunos quieren fuese asiento de los Morgetes. De donde se puede entender que en Sicilia procedieron y se fundaron así bien la ciudad de Murgancio muy nombrada entre los antiguos, como los pueblos Murgentinos, sea en este mismo tiempo, sea en otro diferente; que tampoco esto no se puede averiguar, por estribar solamente y apoyarse todo en la semejanza de los nombres que los unos y otros tuvieron. Conjetura las más veces engañosa, incierta y flaca.

 

 

 

 

XI. De Sículo rey de España

 

Por autoridad de Filistio Siracusano, sin embargo de todo lo dicho, se puede recibir como cosa verdadera que Sículo hijo de Atlante, después que su padre partió de España, como lugarteniente suyo y por su orden gobernó esta provincia por algún tiempo, y después de muerto le sucedió en todos sus reinos. Este príncipe, por el deseo que tenía de tomar la posesión del reino de Italia, y con intento de amparar lo que restaba en aquellas partes del ejército de su padre, con muy escogida gente se hizo a la vela y pasó en Italia. Principalmente que entre Jasio y Dardano, sobrinos suyos, habían resucitado debates y diferencias, las cuales pretendía apaciguar.

 

Fue así, que estos dos hermanos, después de la muerte de su padre Corito se hacían entre sí cruel guerra sobre la posesión de Toscana. Deseaba pues concertar los que de tan cerca le tocaban en parentesco, además que Jasio por sus cartas le importunaba por favor y ayuda, cuya justicia era más fundada, pero menores sus fuerzas. Con este intento partió de España, y de camino sea por su voluntad, sea arrebatado por la fuerza de los vientos y tormenta, llegó a Sicilia, donde fortificó y aumentó el poder de los amigos antiguos. Hizo otrosí guerra a los Cíclopes y a los Lestrigones, gentes fieras y bárbaras. Esta guerra que hizo, y la victoria que ganó muy señalada de estas gentes (como algunos sospechan y Tucídides lo apunta al principio del libro sexto) fue causa que aquella isla llamada antes Trinacria de tres promontorios que tiene, tomase nuevos apellidos, el de Sicilia del Rey Sículo, y el de Sicania de los Españoles que levantó en aquella parte de España por donde pasa el río Sicoris o Segre,

 

 

 

 

 

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ca no hay duda sino que antiguamente moró por allí cierta gente llamada Sicana, los cuales dicen quedaron de guarnición en aquella isla. Otros dicen y añaden que aquella isla se llamó también Sicoria de cierta gente que moraba a las riberas de aquel río Sicoris, que eran los mismos, o diferentes, de los Sicanos. Sea lícito en cosas tan antiguas y escuras ir a las veces a tiento, sin poder tomar entera resolución.

 

Volviendo a Sículo, los mismo autores refieren que pasado en Italia ayudó a su hermana Rome, y la proveyó de nuevos socorros contra los Aborígenes, gente natural de la tierra, que ordinariamente le daban guerra, y la traían desasosegada. Esto dicen por causa que en buenos escritores y antiguos se hace mención que en aquellos lugares de Italia moraban pueblos llamados Sículos y Sicanos, que sospechan por este tiempo hicieron allí sus asientos, argumento poco bastante para asegurar sea verdad lo que con tanta resolución ellos afirman. Lo que se tiene por más probable es que, ordenadas las cosas a su voluntad primero en Sicilia y después en Italia, movió con sus gentes la vuelta de Toscana con intento de hacer rostro y allanar a Dardano su sobrino, que en la guerra que traía contra su hermano se hallaba acompañado de un poderoso ejército de Aborígenes.

 

Pero él visto que no podría resistir al poder de Sículo, de corazón o fingidamente dejadas las armas, se puso en sus manos, confiado según él decía y daba a entender en la justicia de su querella, y persuadido no permitiría su mismo tío le quitasen por fuerza lo que demás de ser herencia de su padre había adquirido por su valentía y por las armas. Sin embargo se tomó asiento entre los dos hermanos, cual a Sículo pareció más conveniente para sosegar aquellos bullicios, con que las cosas parecía comenzaban a tomar mejor camino. Aseguróse con esto Sículo, y descuidóse Jasio, entendiendo había llaneza en aquel trato. Pero Dardano luego que hallo ocasión para ejecutar su mal propósito, dio muerte a su hermano, que confiado en el concierto estaba seguro, y en ninguna cosa menos pensaba que en semejante traición. Sículo como era razón, tomó esta injuria por suya, acudió a las armas y en una batalla famosa que se dio venció a Dardano, y le puso en necesidad de desamparar a Italia. Pasó con grande acompañamiento de Aborígenes a Samotracia, de donde pasado que hubo el Helesponto, que hoy es el estrecho de Gallípoli, fue el primero que en la provincia de Asia la menor y en la Frigia fundó la muy nombrada ciudad de Troya.

 

 

 

 

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Quedó de Jasio un hijo por nombre Coribanto, el cual en lugar de su padre hizo Sículo rey de Italia. Compuestas las cosas de esta manera, dio Sículo la vuelta para España, donde no se sabe ni el tiempo que adelante vivió, ni otra cosa ni hazaña suya de que se pueda hacer memoria, si ya no queremos en lugar de historia publicar los sueños y desvaríos de algunos escritores modernos, que de nuevo tornan a forjar otros nuevos nombres de reyes de España sin mejor fundamento que los de arriba.

 

Estos son Testa, que hacen fundador de cierta población llamada así mismo Testa, autor y principio de los Contestanos, gente muy conocida en España. Dicen otrosí fue natural de África, y llegó no sé por qué caminos a ser rey y Señor de España. Otro es Romo, al cual hacen fundador de Valencia, nombre que en latín significa lo mismo que en griego romo. El cual nombre de Roma dicen también tuvo aquella ciudad antiguamente, a la manera que la ciudad de Roma, según que lo dice Solino, se llamó antiguamente Valencia, y Evandro le mudó el nombre y el apellido en el que al presente tiene de Roma. El tercer rey que nombran es Palatuo, de quien dicen se llamaron los pueblos Palatuos, y también la ciudad de Palencia tomó este nombre del suyo, dado que muy distante de donde era el asiento de aquella gente dicha Palatuos antiguamente, que caía cerca de Valencia. Añaden que este Palatuo echó a Caco de la posesión y reino de España, al mismo en el monte Aventino, que es uno de los siete que en sí contiene Roma, por la huella de las vacas que hurtó, le halló y dio la muerte Hércules el Tebano. De este jaez es el rey Eritro, que fingen vino de allende el mar Bermejo, que se llama también el mar Eritreo, y aún quieren que de su nombre se le pegó a la isla de Cádiz el nombre que antiguamente tuvo de Eritrea. El postrero en el cuento de estos reyes es Melicola, que por otro nombre se llamó Gárgoris, mas de este en particular hace mención el historiador Justino.

 

Todo esto y los nombres de estos reyes, tales cuales ellos se sean, ni se debían pasar en silencio, como quien rodea algún foso o pantano que no se atreve a pasar, donde no sólo gente ordinaria sino personas muy doctas han tropezado y caído. Ni tampoco era justo aprobar lo que siempre hemos puesto en cuento de hablillas y consejas. A Sículo entiendo yo que llama Justino Sicoro. Esto se avisa porque a ninguno engañe la diferencia del nombre para pensar que Sículo y Sicoro sean dos reyes diversos y distintos.

 

 

 

 

 

 

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XII. De diversas gentes que vinieron a España

 

Dificultosa cosa sería querer puntualmente ajustar los tiempos en que florecieron los reyes de España que de suso quedan nombrados, los años que reinaron y vivieron, y en particular señalar el año de la creación del mundo en que sucedió cada cual de las cosas ya dichas. No faltaría diligencia y cuidado para rastrear y averiguar la verdad, si se descubriese algún camino seguro para hacerlo. Contentarnos hemos con conjeturas, por las cuales sin más particularizarlas sospecho que los Geriones poseyeron a España, y en ella reinaron, la cuarta o quinta edad después del diluvio. Sículo floreció más de doscientos años antes de la guerra de Troya.

 

En cuyo tiempo, o no muchos años después, una gruesa flota partió de Zacinto, isla puesta en el mar Jonio al poniente del Peloponeso y de la Morea, y tomado que hubo tierra en aquella parte de España donde al presente está asentada la ciudad de Valencia, los que en aquella armada venían, tres millas de la mar levantaron un pueblo, que del nombre de su tierra llamaron Zacinto, y adelante mudado el apellido algún tanto se llamó Sagunto, hoy Monviedro. Pretendían que aquel castillo principalmente les sirviese de fortaleza para contrastar a los naturales, si se alborotasen contra ellos, y recoger en él la gran suma de oro y de plata que por bujerías de poco precio y quincallerías rescataban de los españoles, gente simple e ignorante de las grandes riquezas que en aquel tiempo poseía.

 

Confiados en la seguridad que aquella fuerza les daba, se atrevieron a entrar más adelante en la tierra y calarla, y a descubrir las riberas y marinas comarcanas, donde algunos años después se dice que sesenta millas hacia el poniente en un sitio muy a propósito se determinaron de levantar un templo a la diosa Diana, el más famoso que hubo en España, del cual el promontorio Dianio, que es donde al presente está la villa de Denia, tomó aquel nombre. Este templo, conforme a la costumbre y superstición de los griegos, adornaron ellos con ídolos, derramaron en él mucha sangre de sacrificios que allí hacían ordinariamente. Con esto los naturales maravillados de tantas y tan nuevas ceremonias y de la majestad de todo el edificio, comenzaron a tener a esta gente por hombres venidos del cielo, y por superiores a las demás naciones. Y es averiguado que ninguna cosa hay más poderosa para mover al pueblo que el culto de la religión, quier verdadero quier fingido, por el natural conocimiento que los

 

 

 

 

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hombres tienen de Dios, y la reverencia que tienen a su divinidad. El enmaderamiento de este templo era de enebro, madera no menos olorosa que incorruptible, tanto que Plinio testifica se conservaba hasta su tiempo sin alguna corrupción ni carcoma.

 

Después de la venida de los de Zacinto refieren que el otro Dionisio o Baco hijo de Semeles, como ciento cincuenta años antes de la guerra de Troya, llegó a lo postrero de España, y en las albuferas o esteros de Guadalquivir, entre las dos bocas por donde en aquel tiempo se metía y descargaba en el mar, fundó a Nebrija, dicha así de las Nébridas, que en griego significan pieles de ciervo, de que Dionisio y sus compañeros se vestían comúnmente, y más en particular cuando querían ofrecer sacrificios. El sobrenombre de Veneria que tuvo Nebrija los tiempos adelante se le dieron. Diodoro Sículo escribe que antiguamente hubo tres Dionisios o Bacos. El primero fue hijo de Deucalión, que es lo mismo que Noé, el cual entiendo yo fue el mismo que arriba llamamos Osiris Egipcio, de cuya venida a España se trató en su lugar. El segundo fue hijo de Proserpina o Ceres, al cual acostumbraban pintar con cuernos para dar a entender fue el primero que unció los bueyes, y enseñó por este modo arar y sembrar la tierra. El tercero fue hijo de Semeles, nació de adulterio, crióse en la ciudad de Mero, nombre que significa muslo, de donde tomaron los poetas ocasión para fingir que su mismo padre Júpiter le encerró y crió dentro de su muslo. De este postrero se dice que a imitación del primer Dionisio emprendió de discurrir y conquistar muchas y diversas provincias. Ennobleciólas con las victorias que ganó, en particular venido a España la limpió de las maldades y tiranías que de todas maneras en ella prevalecían.

 

En el mismo tiempo Milico hijo de Mirica (por ventura uno de los descendientes de Sículo) dicen tenía gran poder, riquezas y autoridad entre los españoles, y que los descendientes de este Milico no lejos donde al presente está Baeza fundaron Cástulon en los Oretanos, ciudad que antiguamente se contó entre las más nobles de España, asentada y puesta donde al presente quedan como rastros de la antigüedad los cortijos de Cazlona.

Al tiempo que Dionisio partió de España, dejó en ella dos de sus compañeros, que fueron el uno por nombre Luso, de quien procedieron los Lusitanos que son los portugueses. El otro Pan, al cual aquellos hombres groseros y dados a superstición de gentiles pusieron en el número de los

 

 

 

 

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dioses, y de él y de su nombre (como lo testifican Varrón y Plutarco) toda esta provincia se llamó primero Pania, y después añadida una letra Spania, que es lo mismo que España.

 

Jasón Tesalio, otrosí encendido en deseo de adquirir honra y riquezas poco adelante se hizo corsario en el mar, ejercicio a la sazón de mucho interés por estar las marinas sin guarnición, y los hombres a maneras de pastores en chozas y cabañas derramados por los campos. Edificó para este efecto una nave de forma muy prima y capaz. El trazador y carpintero que la hizo se llamó Argos. Hecha y aprestada la nave, tomó en su compañía a Hércules el Tebano, a Orfeo y a Lino, a Cástor y Polux, con otro buen golpe de gente. Con este acompañamiento partió de Tesalia. En el discurso del viaje, que fue muy grande, acabó cosas muy extraordinarias. En particular junto al promontorio de Troya llamado Sigeo, libró de la muerte a Hesione hija del Rey Laomedonte. En Cólquide por industria de Medea hurtó la riqueza de oro que su padre tenía muy grande, y porque acostumbraban con pieles de cernero coger y sacer el oro de los arroyos que se derriban del monte Cáucaso, tomaron los poetas la ocasión de decir que había hurtado el vellocino de oro tan famoso y nombrado acerca de los antiguos. Fue en su compañía la dicha Medea.

 

Desde allí pasaron el estrecho Cimerio, llegaron a la laguna Meotis, y por el río Tanais arriba, por donde las dos partes del mundo, Asia y Europa, parten término, llevaron a jorro la dicha nave todo lo más que pudieron. Después la desenclavaron, y la madera llevaron en hombros hasta dar en la ribera del mar Sarmático, donde se dice que de nuevo la juntaron y clavaron. De suerte que por las riberas de Alemania, Francia y España no pararon hasta dar en la boca del estrecho de Cádiz. Allí sobre el monte Calpe, que es en lo postrero del estrecho hacia el mar Mediterráneo, afirman que Hércules levantó un castillo, que de su mismo nombre se llamó Heraclea, y hoy es Gibraltar. Desde aquel castillo salieron diversas veces por la tierra a robar, y pelearon con los españoles que les salieron al encuentro, cuando próspera, cuando adversamente. Pasado en esto algún tiempo, y puesta en el castillo buena guarnición y los despojos en las naves, partieron primero para Sagunto, donde benignamente los recibieron por ser todos de nación griega y usar de una misma lengua. Desde Sagunto pasaron a la isla de Mallorca. Allí prendieron al rey de aquellas islas por nombre Bocoris, pero por entender que en ellas no se hallaba oro, hecho su

 

 

 

 

 

 

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matalotaje, y puestos en las naves muy hermosos bueyes, cuales son los de aquellas islas, se encaminaron la vuelta de Italia.

 

Allí Hércules dio la muerte en la cuerva del monte Aventino a Caco, gran salteador, y que le había hurtado los bueyes que llevaba. Quitó asimismo la costumbre que tenían los de aquella tierra, de echar cada un año para aplacar a Saturno en el Tíber desde el puente Mole un hombre vivo, e hizo que en su lugar echasen ciertas estatuas de paja y de juncos. Acabadas estas cosas, por la Liguria (que hoy es el Genovés) se dice que deshecha otra vez la nave, la pasaron en hombros primero al río Po, y por él al mar Adriático o golfo de Venecia. Por este mar a cabo de tan largos caminos y de tantas vueltas como hicieron Jasón y Hércules y sus compañeros, sanos y salvos volvieron a su tierra. Pero no es de nuestro intento tratar de cosas extranjeras, pues hay harto que hacer en declarar las que propiamente a España tocan.

 

Un autor por nombre Hecateo niega esta venida en España de Hércules el Tebano hijo de Anfitrión, que por otro nombre llamaron Alceo. Mas Diodoro y todos los demás autores testifican lo contrario, demás de los rastros del camino que en España y en los montes Pirineos y en la Galia Narbonense quedaron de este viaje y se conservaron por largos tiempos. Y aún en la misma entrada de Italia las Alpes Leponcias y Euganeas tomaron estos apellidos de dos compañeros de Hércules. Con que se muestra no sólo que Hércules vino a España, sino que parte de su gente pasó en Italia por tierra, y dejaron en algunos lugares por donde pasaron nombres y apellidos griegos. Virgilio atribuye a este Hércules la muerte de los Geriones, de que se trató arriba, con la libertad que suelen los poetas, y por la semejanza de los nombres entiendo se trocaron los tiempos.

 

Después de la venida de Hércules, y después de la muerte de Milico reinó en España Gargoris, famoso por la invención que halló de coger la miel, por donde asimismo le llamaron Melícola. En tiempos de este Rey concurrió la guerra muy famosa de Troya, la cual concluida, las reliquias de los ejércitos Griego y Troyano se derramaron e hicieron asiento en diversas partes del mundo, en particular vinieron a España y poblaron en ella no pocos capitanes de los Griegos. Tal es la común opinión de nuestros historiadores y gente, que muchas naciones antiguamente trasladadas a esta región, por la comodidad que hallaron, asentaron y poblaron en diversas partes de España.

 

 

 

 

 

 

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En este cuento tiene el primer lugar Teucro, el cual después de la muerte desgraciada de su hermano Ayax, porque su padre Telamón no le permitió volver a su tierra solo, aportó primero a la isla de Chipre, y en ella edificó la ciudad de Salamina, hoy Famagusta, que llamó así del nombre de su misma patria. De Chipre pasó en España, y en ella donde al presente está Cartagena dicen edificó otra ciudad que de su nombre llamó Teucria. No hay duda sino que Justina y san Isidoro hacen mención de esta venida de Teucro a España. Y aún Justino en particular dice que se apoderó de aquella parte donde está situada Cartagena. Pero que allí haya fundado ciudad, y que la haya llamado Teucria, puede ser verdad mas ellos no lo dicen, ni se hallan algunos rastros de población semejante. Verdad es otrosí que todos concuerdan en que Teucro pasó el estrecho de Gibraltar, y vueltas las proas a manderecha más adelante del cabo de San Vicente y de las marinas de toda la Lusitania, paró en las de Galicia, y en ellas fundó la ciudad de Hellene, que la que al presente se llama Pontevedra. Y aún quieren que del nombre de uno de sus compañeros fundó otra ciudad llamada Amfiloquía, que los romanos llamaron Aguas Calientes, y los suevos que asentaron adelante por aquellas partes la llamaron Auria, nosotros la llamamos Orense.

 

Dicen otrosí que Diomedes hijo de Tideo aportó a las riberas de España. Pero como en todas las partes los naturales le hiciesen resistencia, rodeadas todas las riberas del mar Mediterráneo y gran parte del Océano, pasó de la otra parte de la Lusitania, y alí fundó del nombre de su padre la ciudad de Tuy, que en latín se llama Tude o Tide, entre las bocas de los ríos Miño y Limia a la ribera del mar.

Estrabón así mismo en el libro tercero refiere que Mnesteo Ateniense con su flota vino a Cádiz, y enfrente de aquella isla a la boca del río Belon, que hoy es Guadalete, por donde desemboca en la mar, se dice edificó una ciudad de su mismo apellido y nombre, donde al presente está y se ve el puerto de Santa María. Demás, que entre los dos brazos de Guadalquivir edificó un templo que se llamó antiguamente Oráculo de Mnesteo, sobre el mismo mar, que fue de grande momento para acrecentar en España la superstición de los Griegos.

Por conclusión, Estrabón y Solino testifican que Ulises entre los demás vino a España, y que en la Lusitania o Portugal fundó la ciudad de Lisboa, cosa de que el mismo nombre de aquella ciudad da testimonio, que según algunos en latín se escribe Ulisipo. Si bien otros son de diferente parecer,

 

 

 

 

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movidos así del mismo nombre de aquella ciudad, del cual por antiguallas se muestra se debe escribir Olisipo y no Ulisipo, como también porque en las marinas de Flandes en diversos lugares se halla mención de las aras o altares de Ulises, dado que no pasó en aquellas partes. Por estos argumentos pretenden que conforme a la vanidad de los griegos pusieron a Ulises antiguamente en el número de sus dioses, y para honrarle en diversas partes le edificaron memorias. Lo cual dicen pudo ser sucediese en España, y que Lisboa por esta causa tomase el nombre de Ulises, sin que él ni su gente aportasen a estas partes.

 

 

 

 

XIII. De las cosas de Abides, y de la general

 

sequedad de España

 

Por este mismo tiempo el Rey Gárgoris tenía su reino de los Curetes, como lo dice Justino, en el bosque de los Tartesios, desde donde los antiguos fingieron que los Titanes hicieron guerra a los dioses. Este rey, las demás virtudes que se entiende tuvo muy grandes, afeó con la crueldad y fiereza de que usó con un su nieto llamado Abides. Nació este mozo de su hija fuera de matrimonio. El abuelo, con intento de encubrir aquella mengua de su casa, mandó que le echasen en un monte a las fieras para que allí muriese. Ellas, mudada su naturaleza, trataron al infante con la humanidad que el fiero ánimo de su abuelo le negaba, ca le criaron con su leche, y le sustentaron con ella algún tiempo. No bastó esto para amansarle, antes por su mandado de nuevo le pusieron en una estrecha senda para que el ganado por allí pasaba le hollase. Guardábale el cielo para cosas mayores: escapó del peligro así bien como del pasado. Usaron de otra invención, y fue que por muchos días tuvieron sin comer perros y puercos para que hiciesen presa en aquellas tiernas carnes. Libróle Dios de este peligro como de los dos ya referidos; las mismas perras con cierto sentimiento de misericordia dieron al infante leche. Por conclusión, el mismo mar donde le arrojaron, le sustentó con sus olas, y echado a la ribera, una cierva le crió con su regalo y con su leche.

 

Hace mucho al caso para mudar las costumbres del ánimo y del cuerpo la calidad del mantenimiento con que cada uno se sustenta, y más en la primera edad. Así fue cosa maravillosa por causa de aquella leche y

 

 

 

 

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sustento cuán suelto salió de miembros. Igualaba en correr los años adelante y alcanzaba las fieras. Y confiado en su ligereza, y por ser naturalmente atrevido y de ingenio muy vivo, hacía robos y presas por todas partes sin que nadie se atreviese a hacerle resistencia. Todavía molestados los comarcanos con sus insultos se concertaron de armarle un lazo en que cayó, y preso le llevaron a su abuelo. El cual, luego que vio aquel mancebo, por cierto sentimiento oculto de la naturaleza (de que muchas veces sin entenderlo somos tocados, y no sé qué cosa mayor de lo que se veía, resplandecía en su rostro), mirándole atentamente y las señales que siendo niño le imprimieron en su cuerpo, entendió lo que era verdad, que aquel mozo era su nieto, y que no sin providencia más alta había escapado de peligros tan graves. Con esto trocó el odio en benignidad, púsole por nombre Abides, túvolo consigo en tanto que vivió, con el tratamiento y regalo que era razón, y a su muerte le nombró por sucesor y heredero de su reino y de sus bienes.

 

Suele ser ocasión de vencer grandes dificultades cuando el cuerpo se acostumbra a trabajos desde la mocedad. Además que era de grande ingenio, por donde en industria y autoridad aventajó a los demás reyes sus antepasados. Persuadió a sus vasallos, gente bárbara, y que vivían derramados por los campos, se juntasen en forma de ciudades y aldeas, con mostrarles cuánto importa para la seguridad y buena andanza la compañía entre los hombres, y el estar grabados entre sí con leyes y estatutos. Con la comodidad de la vida política y sociable ayuntó el ejercicio de las artes y de la industria. Con esto las costumbres fieras de aquellas gentes se trocaron y ablandaron. Restituyó el uso del vino, y la manera de labrar los campos, olvidada y dejada de muchos años atrás. Ca la gente se sustentaba sólo con las hierbas y con la fruta que de suyo por los campos nacía sin labrarlos ni cultivarlos. Ordenó leyes, estableció tribunales, nombró jueces y magistrados para tener trabados los mayores con los menores, y que todos viviesen en paz. Por esta forma y con esta industria ganó las voluntades de los suyos, y entre los extraños gran renombre. Vivió hasta la postrera edad, en que muy viejo trocó la vida con la muerte. Falleció el cuerpo, pero su fama ha durado y durará por todos los años y siglos.

 

Dícese que sus sucesores por largos tiempos poseyeron su reino, sin señalar ni los nombres que tuvieron ni los años que reinaron. Sólo se entiende que Abides y sus hazañas concurrieron con el tiempo de David

 

 

 

 

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rey del pueblo judaico. Justino parece le hace del mismo tiempo de los Geriones, y que reinó no en toda sino en cierta parte de España. Esto es lo que toca a Abides.

 

El tiempo adelante no tiene cosa que de contar sea, y que haya quedado por escrito, fuera de una señalada sequedad de la tierra y del aire, que se continuó por espacio de veintiséis años, y comenzó no mucho después de lo que queda contado. Muchos historiadores de común consentimiento testifican y afirman fue esta sequedad tan grande, que se secaron todas las fuentes y ríos fuera de Ebro y Guadalquivir, y que consumida del todo la humedad, con que el polvo se junta y se pega, la misma tierra se abrió, y resultaron grandes grietas y aberturas por donde no podían escapar ni librarse los que querían para sustentar la vida irse a otras tierras. Por esta manera España principalmente en los lugares mediterráneos quedó desnuda de la hermosura de árboles y hierbas, fuera de algunos árboles a la ribera del Guadalquivir, yerma junto con esto de bestias y de hombres, y se redujo a soledad, y fue puesta en miserable destrucción.

 

El linajes de los reyes y de los grandes faltó de todo punto, que la gente menuda con la pobreza, y por no tener provisión para muchos días, se recogieron con tiempo a las provincias comarcanas y a los lugares marítimos. Añaden en conclusión que después de grandes vientos que se siguieron a esta sequía y arrancaron todos los árboles de raíz, las muchas lluvias que sucedieron sazonaron la tierra de tal suerte que los huidos mezclados con otras naciones (como luego diremos) volvieron a España a sus antiguos asientos, y tornaron a restituir el linaje de los españoles, que casi faltaron de todo punto. Esto dicen los más.

Otros autores de grande erudición e ingenio han procurado quitar el crédito a esta narración, que estriba en testimonio de nuestras historias y de nuestra gente, con estos argumentos. Dicen que ningún escritor griego ni latino, ni aún todas nuestras historias hacen mención de cosa tan grande y tan señalada, como quier que declaren y cuenten muchas veces cosas muy menudas. Preguntan si han quedado rastros algunos o de la ida de los españoles, o de su vuelta, si letreros, si antiguallas. Cosas todas que por menores ocasiones se suelen levantar y conservar para perpetua memoria. Añaden ser imposible que con tan grande sequedad, y de tantos años como dicen fue ésta, se haya conservado alguna parte de humor en los ríos que dicen de Guadalquivir y Ebro, si se considera cuan gran parte de humedad

 

 

 

 

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y de agua en el discurso del verano por la falta de lluvias consume el calor del sol. En el cual tiempo muchas veces ríos muy caudalosos se secan, mayormente si la sequedad y el calor son extraordinarios por la fuerza de alguna maligna constelación y estrella. Dicen mas, que con sequedad tan grande, y de tanto tiempo, no se abriera la tierra, antes se desmenuzara en polvo, pues con la humedad se cuajan los cuerpos, y con la sequedad se deshacen y resuelven, de que da bastante muestra el suelo de África y de Libia, donde consumida la humedad de la tierra con el ardor del cielo, hay arenales tan grandes que con los vientos a la manera del mar se levantan olas y montes de polvo.

 

Esto es lo que dicen ellos; a nos no parecía dejar la opinión recibida, la fama común y tradición de nuestra gente, y el testimonio conforme de muestras historias sin razón que fuerce para ello. Puédese entender y sospechar para escusar a los antiguos, que la fama solamente declara la suma de las cosas sin guardar el orden y razón de ellas, trastoca las personas, lugares y tiempos, y por lo menos aumenta todas las cosas, y las hace mayores de lo que a la verdad fueron, ca es semejante a los grandes ríos, los cuales mudadas las aguas, tanto cuanto más se alejan de su nacimiento y primeras fuentes, y mudado todo, sólo conservan el apellido y nombre primeros. Y es cosa averiguada que no sólo el intervalo del tiempo, sino la distancia de los lugares no muy grande altera a las veces la memoria. Todo esto entendemos sucedió en el negocio precedente. Que ni la sequía de aquel tiempo fue tan grande, ni tan larga como refieren, antes que llovió algunas, aunque pocas veces, y escasamente, de suerte que bastase para que la tierra no se resolviese en polvo, y no faltasen de todo punto y se consumiesen los ríos, pero no para que la tierra pudiese producir y sazonar los frutos y las mieses, ni para cerrar las aberturas y grietas que al principio se hicieron. Puédese demás de esto creer que lo que sucedió en tiempo de Faetón en las otras provincias, esto es que por el ardor del sol y la sequía extraordinaria las tierras se abrasaron (que fue el fundamento de la ficción y fábula de Faetón y el sol), la misma aflicción padeció España en el mismo tiempo, y aún mayor por ser más sujeta que las otras tierras a la sequedad del aire y falta de lluvias.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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XIV. Cómo los celtas y los de Rodas vinieron a

 

España

 

La fama de esta desolación de España movió a misericordia y a compasión a las gentes comarcanas, que consideraban la mudanza y vuelta de las cosas humanas. Junto con esto, pasado el trabajo, fue ocasión que gran muchedumbre de gente extranjera viniese a poblar en esta provincia. Parte de los que con sus ojos en tiempo de su prosperidad vieron los campos, policía y riqueza de los Españoles, parte por lo que por dicho de otros habían comenzado a estimar y desear esta tierra. Así venida la ocasión, con mujeres, hijos y hacienda vinieron los pueblos enteros a morar en ella, y de la provincia yerma cada cual ocupó aquella parte que entendía ser más a su propósito, sea para los ganados que traía, o por ser aficionado a la labor de la tierra. Por la industria de estos, y por la mucha y abundante generación que tuvieron, no en mucho tiempo se restituyó la antigua hermosura, policía y frecuencia de las ciudades, y con un nuevo lustre que volvió, cesó la avenida de tantos males.

 

Desde la Galia comarcana, pasados los Pirineos, los Celtas se apoderaron para habitación suya de todo aquel pedazo de España que se extiende hasta la ribera del Ebro. Y por la parte oriental del monte Idubeda, que goza de un cielo muy apacible y alegre, la ciudad de Tarazona que hoy se ve, Nertóbriga y Arcóbriga que han faltado, estaban en aquella parte. De estos Celtas y de los españoles que se llamaban Íberos, habiéndose entre sí emparentado, resultó el nombre de Celtiberia con que se llamó gran parte de España. Multiplicó mucho esta gente, que fue la causa de dilatar grandemente sus términos hacia mediodía, de que dan bastante prueba Segóbriga, Belsino, Urcesia y otros lugares distantes entre sí, que de graves autores son contados entre los Celtíberos.

 

Lo mismo acaeció a muchas partes y pueblos de España, que con el tiempo tuvieron sus distritos ya más estrechos, ya más anchos, según y cómo sucedían las cosas. A la parte del septentrión a los confines de los Celtíberos caían los Arévacos, que eran donde al presente están asentadas Osma y Agreda, y con ellos los Duracos, los Pelendones, los Neritas, los Presamarcos, los Cilenos, todos pueblos comprendidos en el distrito de los Celtíberos, y emparentados con ellos. Y aún se entiende que todos estos pueblos a un mismo tiempo vinieron de la Galia y se derramaron por

 

 

 

 

 

 

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España, por conjeturas probables que hay para creerlo, pero ningún argumento que concluya.

 

Lo que tiene más probabilidad es que los de Rodas, por la grande experiencia que tenían en el marear, con se hicieron y fueron Señores del mar por espacio de veintitrés años, así en las otras provincias como también es España para su fortificación, y para tener donde se recogiesen las flotas cuando la mar se alterase, demás de esto para la comodidad de la contratación con los naturales, edificaron castillos en muchos lugares. Particularmente a las faldas de los Pirineos, fundaron a Ródope o Roda, que hoy es Rosas, junto a un buen seno de mar, ciudad que antiguamente creció tanto, que en tiempos de los Godos fue catedral y tuvo obispo propio. Mas al presente es muy pequeña, y que fuera de las ruinas y rastros de su antigua nobleza, pocas cosas tiene que sean de ver.

 

Los Rodios, asimismo refieren, fueron los primeros que enseñaron a los españoles hacer gomenas y sogas de esparto, y tejer la pleita para diversas comodidades y servicios de las casas. Refieren otrosí que enseñaron a hacer las tahonas para moler el trigo con mayor facilidad que antes, cosa que por ser la gente tan ruda y por su poca maña costaba mucho trabajo. Dicen demás de esto que fueron los primeros que trajeron a España el uso de la moneda de cobre, con gran maravilla y risa al principio de los naturales que con un poco de metal de poco o ningún provecho se proveyesen y comprasen mantenimientos, vestidos y otras cosas necesarias. Fue sin duda grande invención la del dinero, y semejante a encantamiento, como lo toca Luciano en la vida de Demonacte. Finalmente, a propósito de dilatar el culto de sus dioses, y a imitación de los saguntinos, edificaron un templo a la diosa Diana, en que se usaban de extraordinarias ceremonias y sacrificios, sin declarar qué manera de sacrificios y ceremonias eran éstas. Puédese creer que conforme a la costumbre de los Tauros sacrificaban a aquella diosa los huéspedes y gente extranjera.

 

En particular dicen que edificaron a Hércules un oráculo, y ordenaron se le hiciesen sacrificios, los cuales no se celebraban con palabras alegres, ni rogativas blandas de los sacerdotes, sino con maldiciones y denuestos. Tanto que tenían por cierto que con ninguna cosa más se profanaban, que con decir (aunque fuese acaso) entre las ceremonias solemnes y sacrificios alguna buena palabra. De que daban esta razón: Hércules llegado a Lindo, que es un pueblo de Rodas, pidió a un labrador que le vendiese uno de los

 

 

 

 

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bueyes con que araba, y como quisiese venir en ello, tomóselos por fuerza entrambos. El labrador por no poder más vengó la injuria con echarle maldiciones, y decirle mil oprobios, los cuales por entonces Hércules estando comiendo oyó con alegría y grandes risotadas. Después de ser consagrado por dios, pareció a los ciudadanos de Lindo de conservar la memoria de este hecho con perpetuos sacrificios. Para esto edificaron un altar que llamaron Bucigo, que es lo mismo que yugo de bueyes. Criaron junto con esto al mismo labrador en sacerdote, y ordenaron que en ciertos tiempos sacrificase un par de bueyes, renovando juntamente los denuestos que contra Hércules dijo. Esta costumbre y ceremonia, conservada por los descendientes de estos, se puede entender vino en este tiempo a España tomada de la vanidad de los griegos, y que la trajeron los de Rodas con su venida.

 

Está Roses asentada enfrente de Ampurias, y apartada de ella por la mar espacio de doce millas a las postreras faldas de los Pirineos. Del cual monte se dice que por el mismo tiempo se encendió todo con fuego del cielo, o por inadvertencia y descuido de los pastores, o por ventura de propósito quemaron los árboles y los matorrales con intento de desmontar y romper los campos para que se pudiesen cultivar y habitar, y apacentar en ellos los ganados. Lo cierto es que este monte por los griegos fue llamado Pirineo, del fuego que en griego se llama pir, sea por el suceso ya dicho, sea como otros quieren, por causa de los rayos que por su altura muchas veces le combaten y abrasan. Porque lo que algunos fingen que vino este nombre y se tomó de Pirene, mujer amiga de Hércules, y falleció en estos lugares, o de un Pirro Rey antiguo de España, los más inteligentes lo reprueban como cosa fabulosa y sin fundamento.

 

Lo que se tiene por más cierto es que con la fuerza del fuego las venas de oro y plata, de que así aquellos montes como todo lo de España estaba lleno, tanto que decían que Plutón dios de las riquezas moraba en sus entrañas, se derritieron de fuerte que salieron arroyos de aquellos metales, y corrieron por diversas partes. Los cuales apagado el fuego cuajaron, y por su natural resplandor pusieron maravilla a los naturales, si bien los menospreciaron por entonces por no tener noticia de su valor. Mas las otras naciones entendido lo que pasaba, se encendieron en deseo de venir a España con esperanza que los de la tierra, como ignorantes que eran de tan grandes bines, les permitirían de muy buena gana recoger todo aquel oro y

 

 

 

 

 

 

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plata, y por lo menos les sería cosa muy fácil rescatarlo por dijes y mercaderías de muy poco valor.

 

 

 

 

XV. De la venida de los de Fenicia a España

 

De los de Fenicia se dice fueron los primeros hombres que con armadas gruesas se atrevieron al mar, y para enderezar sus navegaciones tomaron las estrellas por guía, el carro mayor y menor, en especial el norte, que es como el quicio o eje sobre que se menea el cielo. Estos después que quitaron el señorío del mar a los de Rodas y a los de Frigia, partiendo de Tiro plaza nobilísima del Oriente, se dice que navegaron y vinieron en busca de las riquezas de España. Pero a qué parte de España primeramente llegaron, no concuerdan los autores. Aristóteles dice que los de Fenicia fueron los primeros que llegados al estrecho de Cádiz, rescataron al precio del aceite que traían, tanta copia de plata de los de Tartesos, que son los de Tarifa, cuanta ni cabía en las naves, ni la podían llevar, de suerte que fueron forzados a hacer de plata todos los instrumentos de las naves y las mismas áncoras. Pudo ser que el fuego de los montes Pirineos se derramó por las demás partes de España, o de las minas de que la Bética era abundante, se sacó tanta copia de oro y plata.

 

Lo que lleva más camino es que los de Fenicia en esta su empresa tocaron primero y acometieron las primeras partes de España, y que aquella muchedumbre de plata la tomaron de los Pirineos, que los naturales les dieron por las cosas que traían de rescate. Puédese también creer que Siqueo, hombre principal entre aquella gente, vino (como lo dicen nuestros historiadores) en España por capitán de esta armada, o no mucho después por continuar y hacerse siempre nuevas navegaciones y armadas, y que de ella llevó las riquezas que primeramente le fueron ocasión de casar con la hermana del Rey de Tiro llamada Dido, y después le acarrearon la muerte por el deseo y codicia que en Pigmalión su cuñado entró del oro de España.

 

Mas quedó en su intento burlado a causa que Dido, muerto su marido, puestas las riquezas, que ya el tirano pensaba ser suyas, en las naves, se huyó y fue a parar a Tarsis, que hoy se llama Túnez, ciudad con quien tenían los de Tiro grande amistad y contratación. Siguiéronla muchos, que

 

 

 

 

 

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por la compasión de Siqueo y por el odio del tirano mudaron de buena gana la patria en destierro. Para proveerse de mujeres de quien tuviesen sucesión, en Chipre donde desembarcaron robaron bastante número de doncellas, y con ellas fueron a Carquedón, lugar antiguamente fundado por Carquedón vecino de Tiro, y que estaba asentado doce millas de Túnez. Allí concertaron con los naturales les vendiesen tanta tierra cuanta pudiesen cercar con un cuero de buey. Vinieron los africanos en lo que aquella gente les pedía, sin entender lo que pretendían. Mas ellos, cortada la piel en correas muy delgadas, con ellas cercaron y rodearon tanta tierra, que pudieron en aquel sitio hacer y levantar una fortaleza, de donde la dicha fuerza se llamó Birsa, que significa cuero de buey. Esto escribe Justino en el libro decimo octavo, dado que nos parece más probable que Birsa en la legua de los Fenices, que era semejante a la hebrea, es lo mismo que Bosra, que en lengua hebrea significa fortaleza o castillo, y que esta fue la verdadera causa de llamarse aquella fortaleza Birsa. Para juntar la fortaleza con el lugar de Carquedón tiraron una muralla bien larga, y toda así junta se llamó Cartago. Sucedió esto setenta y dos años antes de la fundación de Roma. Concertaron de pagar a los africanos comarcanos ciertas parias y tributo, con que les ganaron las voluntades.

 

Pero dejemos las cosas de fuera porque la historia no se alargue sin propósito, y volvamos a Pigmalión, de quien se dice que habiéndose por la muerte de Siqueo dejado algunos años la navegación susodicha, con nuevas flotas partió de Tiro la vuelta de España, surgió y desembarcó en aquella parte de los Túrdulos y de la Andalucía, donde hoy se ve la villa de Almuñecar. Allí edificó una ciudad por nombre Axis o Exis para desde ella contratar con los nativos. Cargó con tanto la flota de las riquezas de España, volvió a su tierra, tornó segunda y tercera vez a continuar la navegación sin parar hasta tanto que llegó a Cadiz. La cual isla, como antes se llamase Eritrea de los compañeros de Horus según que de suso queda apuntado, desde este tiempo la llamaron Gadira, esto es vallado, sea por ser como valladar de España contrapuesto a las hinchadas solas del mar Océano, o porque el pueblo primero que los de Fenicia en ella fundaron, en lugar de muros le fortificaron de un seto y vallado. Levantaron otrosí un templo en el dicho pueblo a honra de Hércules enfrente de tierra firme, por la parte que aquella isla adelgazaba hasta terminarse en una punta o promontorio, que se dijo Hercúleo del mismo nombre del templo.

 

 

 

 

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Cosas muy extraordinarias se refieren de la naturaleza de esta isla. En particular tenía dos pozos de maravillosa propiedad, y muy a propósito para acreditar entre la gente simple la superstición de los griegos, el uno de agua dulce y el otro de agua salada. El de la dulce crecía y menguaba cada día dos veces al mismo tiempo que el mar. El de agua salada tenía las mismas mudanzas al contrario, que bajaba cuando el mar subía, y subía cuando él bajaba. Tenía otrosí un árbol llamado de Gerión, por causa que cortado algún ramo destilaba como sangre cierto licor tanto más rojo cuanto más cerca de la raíz cortaban el ramo. Su corteza era como de pino, los ramos encorvados hacia la tierra, las hojas largas un codo, y anchas cuatro dedos. Y no había más de uno de estos árboles, y otro que brotó adelante cuando el primero se secó.

 

Volvamos a los de Fenicia, los cuales fundaron otros pueblos y entre ellos a Málaga y a Abdera, con que se apoderaron de parte de la Bética, y ricos con la contratación de España, comenzaron claramente a pretender enseñorearse de toda ella. Platón en el Timeo dice que los Atántides, entre los cuales se puede contar Cádiz por estar en el mar Atlántico, partidos de la isla Eritrea, aportaron por mar a Acaya, donde por fuerza al principio se apoderaron de la ciudad de Atenas. Mas después se trocó la fortuna de la guerra de suerte que todos sin faltar uno perecieron. Algunos atribuyen este caso a los de Fenicia por ser muy poderosos en las partes de Levante y de Poniente, que tendrían fuerzas y ánimo para acometer empresa tan grande.

 

En este mismo tiempo se abrían las zanjas y se ponían los cimientos de la ciudad de Roma. Juntamente reinaba entre los judíos el rey Ezequías, después que el reino de Israel, que contenía las diez tribus de aquel pueblo, destruyó Salmanasar gran rey de los Asirios. Hijo de este grande emperador fue Senaquerib. Este juntó un grueso ejército con pensamiento que llevaba de apoderarse de todo el mundo, destruyó la provincia de Judea, metió a fuego y a sangre toda la tierra, finalmente se puso sobre Jerusalén. Dábale pena entretenerse en aquel cerco, porque conforme a su soberbia aspiraba a cosas mayores. Dejó al capitán Rabsace con parte de su ejército para que apretase el cerco, que fue el año décimo cuarto del reino de Ezequías. Hecho esto, paso en Egipto con la fuerza del ejército. Cercó la ciudad de Pelusio, que antiguamente fue Heliópolis y al presente es Damiata. Allí le sobrevino un grande revés, y fue que Taracón, el cual con el reino de Etiopías juntara el de Egipto, le salió al encuentro, y en una

 

 

 

 

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famosa batalla que le dio, le desbarató y puso en huida. Herodoto dijo que la causa de este desmán fueron los ratones, que en aquel cerco le royeron todos los instrumentos de guerra. Sospéchase que lo que le sucedió en Jerusalén, donde como dice la Escritura el Ángel en una noche le mató ciento y ochenta mil combatientes, lo atribuyó este autor a Egipto. Puede ser también que en entrambos lugares le persiguió la divina justicia, y quiso contra él manifestar en dos lugares su fuerza.

 

Sosegada aquella tempestad de los Asirios, luego que Taracón se vio libre de aquel torbellino, refieren que revolvió sobre otras provincias y reinos, y en particular pasó en España. Estrabón por lo menos testifica haber pasado en Europa. Nuestros historiadores añaden que no lejos del río Ebro en un ribazo y collado fundó de su nombre la ciudad de Tarragona, y que los Escipiones mucho tiempo adelante la reedificaron e hicieron asiento del Imperio Romano en España, y que esta fue la causa de atribuirles la fundación de aquella ciudad no sólo la gente vulgar, sino también autores muy graves, entre ellos Plinio y Solino. Si bien el que la fundó primero fue el ya dicho Taracón rey de Etiopía y de Egipto.

 

 

 

 

XVI. Cómo los cartagineses tomaron a Ibiza, y

 

acometieron a los mallorquines

 

Después de estas cosas, y después que la reina Dido pasó de esta vida, los cartagineses se apercibieron de armadas muy fuertes, con que se hicieron poderosos por mar y por tierra. Deseaban pasar en Europa y en ella extender su imperio. Acordaron para esto en primer lugar acometer las islas que les caían cerca del mar Mediterráneo, para que sirviesen de escala para lo demás. Acometieron a Sicilia la primera, después a Cerdeña y a Córcega, donde tuvieron encuentros con los naturales, y finalmente en todas estas partes llevaron lo peor. Parecióles de nuevo emprender primero las islas menores porque tendrían menor resistencia.

 

Con este nuevo acuerdo, pasadas las riberas de Liguria, que es el Genovés, y las de la Galia, tomaron la derrota de España, donde se apoderaron de Ibiza, que es una isla rodeada de peñascos, de entrada dificultosa, si no es por la parte de Mediodía en que se forma y extiende un buen puerto y capaz. Está opuesta al cabo Denia, apartada de la tierra

 

 

 

 

 

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firme de España por espacio no más de cien millas; es estrecha y pequeña y que apenas en circuito boja veinte millas, a la sazón por la mayor parte fragosa y llena de bosques de pinos, por donde los griegos la llamaron Pityusa. En todo tiempo ha sido rica de salinas y dotada de un cielo muy benigno, y de extraordinaria propiedad, pues ni la tierra cría animales ponzoñosos ni sabandijas, y si los traen de fuera luego perecen. Es tanto más de estimar esta virtud maravillosa, cuanto tiene por vecina otra isla por nombre Ofyusa (que es tanto como isla de culebras) llena de animales ponzoñosos, y por esta causa inhabitable, según que lo testifican los cosmógrafos antiguos: juego muy de considerar y milagro de la naturaleza. Verdades que en este tiempo no se puede en certidumbre señalar qué isla sea ésta, ni en qué parte caía. Unos dicen que es la Formentera, a la cual opinión ayuda la distancia, por estar no más de dos mil pasos de Ibiza; otros quieren que sea la Dragonera, movidos de la semejanza del nombre, si bien está distante de Ibiza, y casi pegada con la isla de Mallorca. Los más doctos son de parecer que un monte llamado Colubrer, pegado a la tierra firme y contrapuesto al lugar de Peñíscola, se llamó antiguamente en griego Ofyusa, y en latón Colubraria, sin embargo que los antiguos geógrafos situaron a Ofyusa cerca de Ibiza, pues en esto como en otras cosas pudieron recibir engaño por caerles lo de España tan lejos.

 

Apoderado que se hubieron los cartagineses de la isla de Ibiza, y que fundaron en ella una ciudad del mismo nombre de la isla para mantenerse en su señorío, se determinaron de acometer las islas de Mallorca y Menorca, distantes entre sí por espacio de treinta millas, de las riberas de España sesenta. Los griegos las llamaron ya Gynesias por andar en ellas a la sazón la gente desnuda, que esto significa aquel nombre: ya Baleares, de las hondas de que usaban para tirar con grande destreza. En particular la mayor de las dos se llamó Clumba y la menor Nura, según lo testifica Antonino en su Itinerario, y de él lo tomó y lo puso Florián en su historia. Antes de desembarcar rodearon los Cartagineses con sus naves estas islas, sus entradas y sus riberas y calas; mas no se atrevieron a echar gente en tierra espantados de la fiereza de aquellos isleños: mayormente que algunos mozos briosos que se atrevieron a hacer prueba de valentía, quedaron los más en el campo tendidos, y los que escaparon, más que de paso se volvieron a embarcar.

 

Perdida la esperanza de apoderarse por entonces de estas islas, acudieron a las riberas de España por ver si podrían con la contratación

 

 

 

 

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calar los secretos de la tierra, o por fuerza apoderarse de alguna parte de ella, de sus riquezas y bienes. No salieron con su intento, ni les aprovechó esta diligencia por dos causas: la primera fue que los saguntinos, para donde de aquellas islas muy en breve se pasa, como hombres de policía y de prudencia, avisados de lo que los cartagineses pretendían, que era quitarles la libertad, los echaron de sus riberas con maña persuadiendo a los naturales no tuviesen contratación con los cartaginenses. Demás de esto, las necesidades y apretura de Cartago forzaron a la armada a dar la vuelta y favorecer a su ciudad, la cual ardía en disensiones civiles, y juntamente los de África comarcanos le hacían guerra: fuera de una cruel peste, con que pereció gran parte de los moradores de aquella muy noble ciudad. Para remedio de estos males se dice que usaron de diligencias extraordinarias, en particular hicieron para aplacar a sus dioses sacrificios sangrientos e inhumanos, maldad increíble. Ya vueltas las armadas por respuesta de un oráculo, se resolvieron de sacrificar todos los años algunos mozos de los más escogidos, rito traído de Siria, donde Melkón, que es lo mismo que Saturno, por los moabitas y fenicios era aplacado con sangre humana. Hacíase el sacrificio de esta manera: tenían una estatua muy grande de aquel dios con las manos cóncavas y juntas, en las cuales puestos los mozos, con cierto artificio caían en un hoyo que debajo estaba lleno de fuego. Era grande el alarido de los que allí estaban, el ruido de los tamboriles y sonajas, en razón que los aullidos de los miserables mozos que se abrasaban en el fuego, no moviesen a compasión los ánimos de la gente, y que pereciesen sin remedio. Fue cosa maravillosa lo que añaden, que luego que la ciudad se obligó y enredó con esta superstición, cesaron los trabajos y las plagas, con que quedaron más engañados, que así suele castigar muchas veces Dios con nuevo y mayor error el desprecio de la luz y de la verdad, y vengar un yerro con otro mayor. Esta ceremonia no muy adelante, ni mucho tiempo después de éste, pasó primero a Sicilia y a España con tanta fuerza que en los mayores peligros no entendían se podía bastantemente aplacar aquel dios, sino era con sacrificar al hijo mayor del mismo rey. Y aún las divinas letras atestiguan que el rey de los moabitas hizo esto mismo para librarse del cerco que le tenían puesto los judíos. Por ventura tenían en la memoria que Abraham, príncipe de la gente hebrea, por mandado de Dios quiso degollar sobre el altar a su hijo muy querido Isaac, que los malos ejemplos nacen de buenos principios. Y Filón en la Historia de los de Fenicia dice hubo costumbre que en los muy graves y

 

 

 

 

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extremos peligros el príncipe de la ciudad ofreciese al demonio vengador el hijo que más quería, en precio y para librar a los suyos de aquel peligro, a ejemplo e imitación de Saturno (al cual los fenicios llaman Israel) que ofreció un hijo que tenía de Anobret Ninfa, para librar la ciudad que estaba oprimida de guerra, y le degollaron sobre el altar vestido de vestiduras reales. Esto dice Filón. Yo entiendo que trastocadas las cosas, como acontece, este autor por Abraham puso Israel, y mudó lo demás de aquella hazaña y obediencia tan notable en la forma que queda dicha.

 

 

 

 

XVII. De la edad de Argantonio

 

En este mismo tiempo, que fue seiscientos y veinte años antes del nacimiento de Cristo nuestro Señor, y de la fundación de Roma corría el año 132, concurrió la edad de Argantonio rey de Tartesos, el cual Silio Itálico dice vivió no menos de trescientos años. Plinio por testimonio de Anacreonte le da ciento y cincuenta. A este como tuviese gran destreza en la guerra, y por la larga experiencia de cosas fuese de singular prudencia, le encomendaron la república y el gobierno. Tenían los naturales confianza que con el esfuerzo y buena maña de Argantonio podrían rebatir los intentos de los Fenicios, los cuales no ya por rodeos y engaños, sino claramente se enderezaban a enseñorearse de España, y con este propósito de Cádiz habían pasado a tierra firme. Valíanse de sus mañas: sembraban entre los naturales discordias y riñas, con que se apoderaron de diversos lugares. Los naturales al llamamiento del nuevo rey se juntaron en son de guerra, y castigado el atrevimiento de los Fenicios, mantuvieron la libertad que de sus mayores tenían recibida, y no falta quien diga que Argantonio se apoderó de toda la Andalucía o Bética, y de la misma isla de Cádiz: cosa hacedera y creíble, por haberse muchos de los Fenicios a la sazón partido de España en socorro de la ciudad de Tiro, su tierra y patria natural, contra Nabucodonosor emperador de Babilonia, el cual con un grueso ejército bajó a la Siria, y con gran espanto que puso se apoderó de Jerusalén, ciudad en riquezas, muchedumbre de moradores y en santidad la más principal entre las ciudades de Levante. Prendió demás de esto al rey Sedequías, el cual, junto con la demás gente y pueblo de los judíos, envió

 

 

 

 

 

 

 

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cautivo a Babilonia. Combatió otrosí por mar y por tierra la ciudad de Tiro, que era el más noble mercado y plaza de aquellas partes.

 

Los de Tiro como se vieron apretados, despacharon sus mensajeros para hacer saber a los de Cartago y a los de Cádiz cuán riesgo corrían sus cosas, si con presteza no les acudían. Decían que, fuese por el común respeto de la naturaleza, se debían mover a compasión de la miseria en que se hallaba una ciudad poco antes tan poderosa; fuese por consideración de su mismo interés, pues por medio de aquella contratación poseían sus riquezas, y ella destruida, se perdería aquel comercio y ganancia, no dilatasen el socorro de día en día, pues la ocasión de obrar bien, como sea muy presurosa, por demás después de perdida se busca. No les espantasen los gastos que harían en aquel socorro, que ganada la victoria los recobrarían muy aventajados. Por conclusión, no les retrajese el trabajo ni el peligro, pues a la que debían todas las cosas y la vida, era razón aventurarlo todo por ella. Oída esta embajada, no se sabe lo que los cartagineses hicieron.

 

Los de Cádiz, hechas grandes levas de gentes, y de españoles que llevaron de socorro, con una gruesa armada se partieron la vuelta de Levante. Llegaron en breve a vista de Tiro y de los enemigos. Ayudóles el viento, con el cual se atrevieron a pasar por medio de la armada de los babilonios y entrar en la ciudad. Con este nuevo socorro alentados los de Tiro, que se hallaban en extremo peligro y casi sin esperanza, cobraron un tal esfuerzo que casi por espacio de cuatro años enteros entretuvieron el cerco con encuentros y rebates ordinarios que se daban de una y otra parte. Quebrantaron por esta manera el coraje de los babilonios, los cuales por esto y porque de Egipto, donde les avisaban se hacían grandes juntas de gentes, les amenazaban nuevas tempestades y asonadas de guerra, acordaron de levantar el cerco. Parecióle a Nabucodonosor debía acudir a los de Egipto con presteza, antes que por su tardanza cobrasen más fuerza. Esta nueva guerra fue al principio variable y dudosa, mas al fin Egipto y África quedaron vencidas y sujetas al rey de Babilonia, de donde compuestas las cosas pasó en España con intento de apoderarse de sus riquezas y de vengarse juntamente del socorro que los de Cádiz enviaron a Tiro.

 

Desembarcó con su gente en lo postrero de España, a las vertientes de los Pirineos; desde allí sin contraste discurrió por las demás riberas y puertos sin parar hasta llegar a Cádiz. Josefo en las Antigüedades dice que

 

 

 

 

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Nabucodonosor se apoderó de España. Apellidáronse los naturales, y apercibíanse para hacer resistencia. El babilonio por miedo de algún revés que oscureciese todas las demás victorias y la gloria ganada, y contento de las muchas riquezas que juntara, y haber ensanchado su imperio hasta los últimos términos de la tierra, acordó dar la vuelta, y así lo hizo el año que corría de la fundación de Roma de 171.

Esta venida de Nabucodonosor en España es muy célebre en los libros de los hebreos. Y por causa que en su compañía trajo muchos judíos, algunos tomaron ocasión para pensar y aún decir, que muchos nombres hebreos en el Andalucía, y asimismo en el reino de Toledo que fue la antigua Carpetania, quedaron en diversos pueblos que se fundaron en aquella sazón por aquella misma gente. Entre estos cuentan a Toledo, Escalona, Novés, Maqueda, Yepes, sin otros pueblos de menor cuenta, los cuales dicen tomaron estos apellidos de los de Ascalón, Nobe, Magedon, Ioppe, ciudades de Palestina. El de Toledo quieren que venga de toledoth, dicción que en hebreo significa linajes y familias, cuales fueron las que dicen se juntaron en gran número para abrir las zanjas y fundar aquella ciudad. Imaginación aguda sin duda, pero que en este lugar ni la pretendemos aprobar ni reprobar de todo punto. Basta advertir que el fundamento es de poco momento por no estribar en testimonio y autoridad de algún escritor antiguo.

 

Dejado esto, añaden nuestros escritores a todo los susodicho, que después de reprimido el atrevimiento de los fenicios como queda dicho, y vueltos de España los babilonios, los focenses así dichos de una ciudad de la Jonia en la Asia Menor llamada Focea, en una armada de galeras (de las cuales los focenses fueron los primeros maestros) navegaron la vuelta de Italia, Francia y España, forzados según se entiende de la crueldad de Harpalo, capitán del gran emperador Ciro, y que en su lugar tenía el gobierno de aquellas partes.

 

Esta gente en lo postrero de la Lucania, que hoy es por la mayor parte la Basilicata, y enfrente de Sicilia edificaron una ciudad por nombre Velia, donde pensaban hacer su asiento. Pero a causa de ser la tierra malsana y estéril, y que los naturales les recibieron muy mal, parte de ellos se volvieron a embarcar con intento de buscar asientos más a propósito. Tocaron de camino a Córcega, desde allí pasaron a Francia, en cuyas riberas hallaron un buen puerto sobre el cual fundaron la ciudad de Marsella en un altozano que está por tres partes cercado de mar, y por la

 

 

 

 

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cuarta tiene la subida muy agria a causa de un valle muy hondo que está por medio.

 

Otra parte de aquella gente siguió la derrota de España, y pasando a Tarifa, que fue antiguamente Tarteso, en tiempo del rey Argantonio avecindados en aquella ciudad, se dice que cultivaron, labraron y adornaron de edificios hermosos a la manera griega ciertas islas que caían enfrente de aquellas riberas y se llamaban Afrodisias. Valió esta diligencia para que las que antes no se estimaban, sirviesen en lo de adelante a aquellos ciudadanos de recreación y deleite, las cuales todas han perecido con el tiempo, fuera de una que se llamaba Junonia. Siguióse tras esto la muerte de Argantonio el año poco más o menos 200 de la fundación de Roma. Para honrarle dicen le levantaron un solemne sepulcro, y alrededor de él tantas agujas y pirámides de piedra, cuantos enemigos él mismo mató en la guerra. Esto se dice por lo que Aristóteles refiere de la costumbre de los españoles, que sepultaban a sus muertos en esta guisa con esta solemnidad y manera de sepulcros.

 

 

 

 

XVIII. Cómo los fenicios trataron de apoderarse

 

de España

 

Grandes movimientos se siguieron después de la muerte de Argantonio, y España a guisa de nave sin gobernalle y sin piloto padeció grandes tormentas. La fortuna de la guerra al principio variable y al fin contraria a los españoles, les quitó la libertad. La venida de los cartagineses a España fue causa de estos daños con la ocasión que se dirá.

 

Los fenicios, por este tiempo aumentados en número, fuerzas y riquezas, sacudieron el yugo de los españoles y recobraron el señorío de la isla de Cádiz, asiento antiguo de sus riquezas y de su contratación, fortaleza de su imperio, desde donde pensaban pasar a tierra firme con la primera ocasión que para ello se les presentase. Pensaban esto, pero no hallaban camino ni traza, ni ocasión bastante para emprender cosa tan grande. Parecióles que sería lo mejor cubrirse y valerse de la capa de la religión, velo que muchas veces engaña. Pidieron a los naturales licencia y lugar para edificar a Hércules un templo. Decían haberles aparecido en sueños y mandado hiciesen aquella obra. Con este embuste alcanzado lo

 

 

 

 

 

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que pretendían, con grandes pertrechos y materiales le levantaron muy en breve a manera de fortaleza. Muchos movidos por la santidad y devoción de aquel templo y del aparato de las ceremonias que en él usaban, se fueron a morar en aquel lugar, por donde vino en poco tiempo a tener grandeza de ciudad, la cual estuvo según se entiende donde ahora se ve Medina Sidonia, que el nombre de Sidón lo comprueba y el asiento que está enfrente de Cádiz dieciséis millas apartada de las marinas.

 

Poseían demás de esto otras ciudades y menores lugares, parte fundados y habitados de los suyos, parte quitados por fuerza a los comarcanos. Desde estos pueblos que poseían, y principalmente desde el templo hacían correrías, robaban hombres y ganados. Pasaron adelante, apoderándose de la ciudad de Turdeto, que antiguamente estaba puesta entre Jerez y Arcos, no con mayor derecho del que consiste en la fuerza y armas. De esta ciudad de Turdeto se dijeron los Turdetanos, nación muy ancha en la Bética, y que llegaba hasta las riberas del Océano, y hasta el río Guadiana. Los Bástulos, que era otra nación, corría desde Tarifa por las marinas del mar Mediterráneo hasta un pueblo que antiguamente se llamó Barea, y hoy se cree que sea Vera. Los Túrdulos desde el puerto de Mnesteo, que hoy se llama de Santa María, se extendían hacia el oriente y septentrión y poco abajo de Córdoba pasado el río Guadalquivir, tocaban a Sierra Morena y ocupaban lo mediterráneo hasta lo postrero de la Bética. Tito Livio y Polibio hacen los mismos a los Túrdulos y Turdetanos, y los más confunden los términos de estas gentes, por lo cual no será necesario trabajar en señalar más en particular los linderos y mojones de cada cual de estos pueblos, como tampoco los de otros que en ellos se comprendían, es a saber los Masienos, Selbisios, Curenses, Lignios y los demás, cuyos nombres se hallan en aprobados autores, y sus asientos en particular no se pueden señalar.

 

Lo que hace a nuestro propósito es que con tan grandes injurias se acabó la paciencia a los naturales, que tenían por sospechoso el grande aumento de la nueva ciudad. Trataron de esto entre sí; determinaron de hacer guerra a los de Cádiz. Tuvieron sobre ello y tomaron su acuerdo en una junta que en día señalado hicieron, en el cual se quejaron de las injurias de los Fenicios. Después que les permitieron edificar el templo que se dijo estar en Medina Sidonia, haber echado grillos a la libertad, y puesto un yugo gravísimo sobre las cervices de la provincia, como hombres que eran de avaricia insaciable, de grande crueldad y fiereza,

 

 

 

 

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compuestos de embustes y de arrogancia, gente impía y maldita, pues con capa de religión pretendían encubrir tan grandes engaños y maldades, que no se podían sufrir más sus agravios. Si en aquella junta no había algún remedio y socorro, que serían todos forzados, dejadas sus casas, buscar otras moradas y asiento apartado de aquella gente, pues más tolerable sería padecer cualquiera otra cosa que tantas indignidades y afrentas como sufrían ellos, sus mujeres, hijos y parientes. Estas y semejantes razones en muchos fueron causa de gemidos y lágrimas. Más sosegado el sentimiento y hecho silencio, Baucio Capeto, príncipe que era de los Turdetanos:

 

«De ánimo (dice) cobarde y sin brío es llorar las desgracias y miserias, y fuera de las lágrimas no poner algún remedio a la desventura y trabajos. ¿Por ventura no nos acordaremos que somos varones, y tomadas luego las armas vengaremos las injurias recibidas? No será dificultoso echar de toda la provincia unos pocos ladrones, si los que en número, esfuerzo y causa les hacemos ventaja, juntamos con esto la concordia de los ánimos. Para lo cual hagamos presente y gracia de las quejas particulares que unos contra otros tenemos, a la patria común, porque las enemistades particulares no sean parte para impedirnos el camino de la verdadera gloria. Demás de esto no debéis pensar que en vengar nuestros agravios se ofende Dios y la religión, que es el velo de que ellos se cubren. Ca el cielo ni suele favorecer a la maldad, y es más justo persuadirse acudirá a los que padecen injustamente, ni hay para qué temer la felicidad y buena andanza de que tanto tiempo gozan nuestros enemigos. Antes debéis pensar que Dios acostumbra dar mayor felicidad y sufrir más largo tiempo sin castigo aquellos de quien pretende tomar más entera venganza y en quien quiere hacer mayor castigo, para que sientan más la mudanza y miseria en que caen».

 

Encendiéronse con este razonamiento los corazones de los que presentes estaban, y de común consentimiento se decretó la guerra contra los Fenicios. Nombráronse capitanes, a los cuales fue mandado que hiciesen las mayores juntas de soldados y lo más secretamente que pudiesen, para que tomasen al enemigo desapercibido, y la victoria fuese más fácil. A Baucio encomendaron el principal cuidado de la guerra por su mucha prudencia y edad a propósito para mandar, y por ser muy amado del pueblo.

Con esta resolución juntaron un grueso ejército: dieron sobre los

 

fenicios         que      estaban            descuidados:   venciéronlos;   sus       bienes  y          sus

 

 

 

 

 

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mercaderías dieron a saco, tomáronles las ciudades y lugares por fuerza en muy breve tiempo, así los conquistados por ellos y usurpados, como los que habían fundado y poblado de su gente y nación. La ciudad de Medina Sidonia, donde se recogió lo restante de los fenicios confiados en la fortificación del templo, con el mismo ímpetu fue cercada, y se apoderaron de ella, sin escapar uno de todos los que en ella estaban que no le pasasen a cuchillo: tan grande era el deseo de venganza que tenían. Pusiéronle asimismo fuego, y echáronla por tierra sin perdonar al mismo templo, porque los corazones irritados ni daban lugar a compasión, ni la santidad de la religión y el escrúpulo era parte para enfrenarlos.

 

En esta manera se perdieron las riquezas ganadas en tantos años y con tanta diligencia, y los edificios soberbios en poco tiempo con la llama del furor enemigo fueron consumidos: en tanto grado, que a los fenicios en tierra firme solo quedaron algunos pocos y pequeños pueblos, mas por no ser combatidos que por otra causa.

Reducidos con esto los vencidos en la isla de Cádiz, trataron de desamparar a España, donde entendían ser tan grande el odio y malquerencia que les tenían. Por lo menos no teniendo esperanza de algún buen partido o de paz, se determinaron de buscar por socorros de fuera. Esperar que viniesen desde Tiro en tan grande apretura, era cosa muy larga. Resolviéronse de llamar en su ayuda a los de Cartago, con los cuales tenían parentesco por ser la origen común, y por la contratación amistad muy trabada. Los embajadores que enviaron, luego que les dieron entrada y señalaron audiencia en el Senado, declararon a los Padres y Senadores como las cosas de Cádiz estaban en extremo peligro, sin quedar esperanza alguna sino era en su solo amparo. Que no trataban ya de recobrar las riquezas que en un punto habían perdido, sino de conservar la libertad y la vida; la ocasión que tantas veces habían deseado de entrar en España, ser venida muy honesta por la defensa de sus parientes y aliados, y para vengar las injurias de los dioses inmortales, y de la santísima religión, la cual era profanada habiendo derribado el templo de Hércules y quitado sus sacrificios, al cual dios ellos honraban principalmente. Añadían que ellos contentos con la libertad y con lo que antes poseían, los demás premios de la victoria (que serían mayores que nadie pensaba ni ellos decían), de buena gana se los dejarían.

 

El Senado de Cartago, oída la embajada de los de Cádiz, repondieron que tuviesen buen ánimo, y prometieron tener cuidado de sus cosas; que

 

 

 

 

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tenían grande esperanza que los españoles en breve por el sentimiento y experiencia de sus trabajos pondrían fin a las injurias, sufriésense solamente un poco de tiempo, y se entretuviesen en tanto que una armada apercibida de todo lo necesario se enviase a España, como en breve se haría. Eran en aquel tiempo señores del mar los cartagineses: tenían en él gruesas armadas, quier por la contratación (que es título con que por estos tiempos las naves de Tarsis o Cartago se celebran en los divinos libros), quier para extender el imperio y dilatarle, pues se sabe que poseían todas las marinas de África, y estaban apoderados en el Mar Mediterráneo de no pocas islas. Hasta ahora la entrada en España les era vedada por las razones que arriba se apuntaron. Por lo cual tanto con mayor voluntad la armada cartaginesa, cuyo capitán se decía Maharbal, partida de Cartago por las islas Baleares y por la de Ibiza, donde hizo escala con buenos temporales, llegá a Cádiz año de fundación de Roma 136. Otros señalan que fue esto no mucho antes de la primera guerra de los romanos con los cartagineses.

 

En cualquier tiempo que esto haya sucedido, lo cierto es que abierta que tuvieron la entrada para el señorío de España, luego corrieron las marinas comarcanas, y robaron las naves que pudieron de los españoles. Hicieron correrías muchas y muy grandes por sus campos, y no contentos con esto, levantaron fortalezas en lugares a propósito, desde donde pudieron con mas comodidad correr la tierra y talar los campos comarcanos.

Movidos por estos males los españoles, juntáronse en gran número en la ciudad de Turdeto, señalaron de nuevo a Baucio por general de aquella guerra, el cual con gentes que luego levantó, tomó de noche a deshora un fuerte de los enemigos de muchos que tenían, el que estaba más cerca de Tirdeto, donde pasó a cuchillo la guarnición, fuera de pocos y del mismo capitán Maharbal que por una puerta falsa escapó a uña de caballo. En prosecución de esta victoria pasó adelante e hizo mayores daños a los enemigos, venciéndolos y matándolos en muchos lugares. Las cuales cosas acabadas, Baucio tornó con su gente cargada de despojos a la ciudad.

 

Los cartagineses, visto que no podían vencer por fuerza a los españoles, usaron de engaño, propia arte de aquella gente. Mostraron gana de partidos y de concertarse, ca decían no ser venidos a España para hacer y dar guerra a los naturales, sino para vengar las injurias de sus parientes y castigar los que profanaron el templo sacrosanto de Hércules. Que sabían y

 

 

 

 

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eran informados, los ciudadanos de Turdeto no haber cometido cosa alguna ni en desacato de los dioses, ni en daño de los de Cádiz; por tanto no les pretendían ofender, antes maravillados de su valentía, deseaban su amistad, lo cual no sería de poco provecho a la una nación y a la otra. Que dejasen las armas y se diesen las manos, y respondiesen en amor a los que a él les convidaban; y para que entendiesen que el trato era llano, sin engaño ni ficción alguna, quitarían de sus fuerzas y castillos todas las guarniciones, y no permitirían que los soldados hiciesen algún daño o agravio en su tierra.

 

A esta embajada los turdetanos respondieron que entonces les sería agradable lo que les ofrecían, cuando las obras se conformasen con las palabras. La guerra, que ni la temían ni la deseaban; la amistad de los cartagineses ni la estimaban en mucho, ni ofrecida la desecharían. Aseguraban que los turdetanos eran de tal condición que las malas obras acostumbraban a vencer con buenas, y las ofensas con hacer lo que debían; que los desmanes pasados no sucedieron por su voluntad, sino la necesidad de defenderse les forzó a tomar las armas.

 

En esta guisa los cartagineses con cierto género de treguas se entretuvieron y repararon cerca de las marinas. Sin embargo, desde allí puestas guarniciones en los lugares y castillos, hacían guerra y correrías a los comarcanos. Si se juntaba algún grueso ejército de españoles con deseo de venganza, echaban la culpa a la insolencia de los soldados, y con muestra de querer nuevos conciertos engañaban a aquellos hombres simples y amigos de sosiego, y se pasaban a acometer a otros, haciendo mal y daño en otras partes. Era esto muy agradable a los de Cádiz que llamaron aquella gente. A los españoles por la mayor parte no parecía muy grave de sufrir, como quier que no hagan caso ordinariamente los hombres de los daños públicos, cuando no se mezclan con sus particulares intereses.

 

Con esto el poder de los cartagineses crecía de cada día por la negligencia y descuido de los nuestros, bien así como por la astucia de ellos. Lo cual fue menos dificultoso por la muerte de Baucio que le sobrevino por aquel tiempo, sin que se sepa que haya tenido sucesor alguno heredero de su casa.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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XIX. Cómo los cartagineses se levantaron contra

 

los de Cádiz

 

No se harta el corazón humano con lo que le concede la fortuna o el cielo: parecen soeces y bajas las cosas que primero poseemos, cuando esperamos otras mayores y más altas, grande polilla de nuestra felicidad, y no menos nos inquieta la ambición y naturaleza del poder y mando, que no puede sufrir compañía.

 

Muerto Baucio, los cartagineses, codiciosos del señorío de toda España, acometieron echar de la isla de Cádiz a los fenicios, sin mirar que eran sus parientes y aliados, y que ellos los llamaron y trajeron a España: que la codicia de mandar no tiene respeto a ley alguna. Y ganada Cádiz, entendían les sería fácil enseñorearse de todo lo demás. Tenían necesidad para salir con su intento de valerse de artificio y embustes. Comenzaron a sembrar discordias entre los antiguos isleños y los fenicios. Decían que gobernaban con avaricia y soberbia, que tomaban para sí todo el mando sin dar parte ni cargo alguno a los naturales; antes usurpadas las públicas y particulares riquezas, los tenían puestos en miserable servidumbre y esclavitud. Por esta forma y con estas murmuraciones, como ambiciosos que eran y de malas mañas, hombres de ingenios astutos y malos, ganaban la voluntad de los isleños, y hacían odiosos a los fenicios.

 

Entendido el artificio, quejábanse los fenicios de los cartagineses y de su deslealtad, que ni el parentesco, ni la memoria de los beneficios recibidos, ni la obligación que les tenían, los enfrenaban y detenían para que no urdiesen aquella maldad y la llevasen adelante. No aprovecharon las palabras por estar los corazones dañados, los unos llenos de ira, y los otros de ambición. Fue forzoso venir a las armas y encomendarse a las manos. Los de Fenicia acometieron primero a los cartagineses, que descuidados estaban y no temían lo que bien merecían. A unos mataron sin hallar resistencia, otros se recogieron a una fuerza que para semejantes ocasiones habían levantado y fortificado en lo postrero de la isla, enfrente del promontorio llamado Cronio antiguamente. Hecho esto, volvieron la rabia contra las casas y los campos de los cartagineses, que por todas partes les pusieron fuego, y saquearon sus riquezas. Ellos, aunque alterados con trabajo tan improviso, alegrábanse empero entre aquellos males de tener bastante ocasión y buen color para tomar las armas en su defensa, y echar a los fenicios de la ciudad, como en breve sucedió. Que

 

 

 

 

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recogidos los soldados que tenían en las guarniciones, y juntadas ayudas de sus aliados, se resolvieron de presentar batalla y acometer a aquellos de los cuales poco ante fueran agraviados, destrozados y puestos en huida. No se atrevía el enemigo a venir a las manos, ni dar la batalla, ni se podía esperar que por su voluntad vendrían en algún partido, por estar tan fresco el agravio que hicieron a los de Cartago.

 

Pusiéronse los cartagineses sobre la ciudad, y con sitio que duró por algunos meses, al fin la entraron por fuerza. En este cerco pretenden algunos que Pefasmeno, un artífice natural de Tiro, inventó de nuevo para batir los muros el ingenio que llamaron ariete. Colgaban una viga de otra viga atravesada, para que puesta como en balanzas, se moviese con mayor facilidad e hiciese mayor golpe en la muralla.

 

Esta desgracia y daño que se hizo a los fenicios dio ocasión a los comarcanos de concebir en sus pechos gran odio contra los cartagineses. Reprendían su deslealtad y felonía, pues quitaban la libertad y los bienes a los que demás de otros beneficios que les tenían hechos, los llamaron y dieron parte en el señorío de España. Que eran impíos e ingratos, pues sin bastante causa habían quebrantado el derecho de hospedaje, del parentesco, de la amistad y de la humanidad. Los que más en esto se señalaron fueron los moradores del puerto de Mnesteo, por la grande y antigua amistad que tenían con los fenicios. Echaban maldiciones a los cartagineses, amenazaban que tal maldad no pasaría sin venganza.

De las palabras y de los denuestos pasaron a las armas. Juntáronse grandes gentes de una y otra parte, pero antes de venir a las manos intentaron algún camino de concierto. Temían los cartagineses de poner el resto del imperio y de sus cosas en el trance de una batalla, y así fueron los primeros que trataron de paz. El concierto se hizo sin dificultad. Capitularon de esta manera: que de la una y de la otra parte volviesen a la contratación; que los cautivos fuesen puestos en libertad, y de ambas partes satisfaciesen los daños en la forma que los jueces árbitros que señalaron determinasen. Para que todo esto fuese más firme, pareció, a la manera de los atenienses, decretar un perpetuo olvido de las injurias pasadas, por donde se cree que el río Guadalete, que se mete en el mar por el puerto de Mnesteo, se llamó en griego Letes, que quiere decir olvido. Mas cosas traslado que creo, por no ser fácil ni refutar lo que otros escriben, ni tener voluntad de confirmar con argumentos lo que dicen sin mucha probabilidad.

 

 

 

 

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Añaden que sabidas estas cosas en Cartago por cartas de Maharbal, dieron gracias a los dioses inmortales, y que fue tanto mayor la alegría de toda la ciudad, que a causa de tener revueltas sus cosas, no podían enviar armada que ayudase a los suyos y les asistiese para conservar el imperio de Cádiz. Fue así que los de Cádiz llevaron lo peor, primero en una guerra que en Sicilia, después en otra que en Cerdeña hizo Macheo capitán de sus gentes. Siguióse un nuevo temor de una nueva guerra con los de África (de la cual se hablará luego) que hizo quitar el pensamiento del todo al Senado cartaginés de las cosas de España.

 

Por esta causa los cartagineses que estaban en Cádiz, perdida la esperanza de poder ser socorridos de su ciudad, con astucia y fingidos beneficios y caricias, trataron de ganar las voluntades de los españoles. Los que quedaron de los fenicios, contentos con la contratación para la que se les dio libertad (con la cual se adquieren grandes riquezas), no trataron más de recobrar el señorío de Cádiz. En el cual tiempo, que corría de la fundación de Roma el año de 252, España fue afligida de sequedad y de hambre, falta de mantenimientos, y de muchos temblores de tierra, con que grandes tesoros de plata y oro, que con el fuego de los Pirineos estaban en las cenizas de y en la tierra sepultados, salieron a luz por causa de las grandes aberturas de la tierra, que fueron ocasión de venir nuevas gentes a España, las cuales no hay para qué relatarlas en este lugar.

 

Lo que hace al propósito es que desde Cartago, pasado algún tiempo, se envió nueva armada, y por capitanes Asdrúbal y Amílcar, los cuales eran hijos del Magón, de suso nombrado y ya difunto. Estos de camino desembarcaron en Cerdeña, donde fue Asdrúbal muerto de los isleños en una batalla. Hijos de éste fueron Aníbal, Asdrúbal y Safón. Amílcar dejó la empresa de España, a causa que los sicilianos, sabida la muerte de Asdrúbal, y habiendo Leónidas Lacedemonio llegado con armada en Sicilia, se determinaron a mover con mayor fuerza la guerra contra los cartagineses. A esta guerra acudió, y en ella murió, Amílcar, el cual dejó tres hijos, que fueron Himilcón, Hannón y Gisgon.

 

Demás de esto, Darío hijo de Histaspe por el mismo tiempo tenía puestos en gran cuidado a los cartagineses con embajadores que les envió, para que les declarasen las leyes que debían guardar si querían su amistad, y juntamente les pidieses ayuda para la guerra que pensaba hacer en Grecia. Los cartagineses no se atrevían, estando sus cosas en aquel peligro y balance, a enojarle con alguna respuesta desabrida, si bien no pensaban

 

 

 

 

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enviarle socorro alguno, ni obedecer a sus mandatos. De este Darío fue hijo Jerjes, el cual el año tercero de su imperio, y de la fundación de Roma 271, a ejemplo de su padre trató de hacer guerra en Grecia. Y por esta causa los griegos que con Leónidas vinieron a Sicilia, fueron para resistirle llamados a su tierra.

 

Con esto el Senado cartaginés comenzó a cobrar aliento después de tan larga tormenta, y cuidando de las cosas de España, se resolvió de enviar en ayuda de los suyos a aquella provincia en cuatro naves novecientos soldados sacados de las guarniciones de Sicilia, con esperanza que daban de enviar en breve mayores socorros. Estos de camino echaron anclas y desembarcaron en las islas de Mallorca y Menorca: acometieron a los isleños, pero fueron por ellos maltratados. Ca tomando ellos sus hondas, de la cual arma usaban solamente, con un granizo de piedras maltrataron a los enemigos tanto que les forzaron a retirarse a la marina, y aún a desancorar y sacar las naves a alta mar, de donde arrebatados con la fuerza de los vientos llegaron últimamente a Cádiz. Con la venida de este socorro se disminuyó la fama del daño recibido en Sicilia y de la muerte del capitán Amílcar, y se quitó el poder de alterarse a los que estaban discordes contra los cartagineses.

 

En el cual tiempo dicen que desde Tarteso, que es Tarifa, se envió cierta población o colonia, y por su capitán Capión a aquella isla que hacía Guadalquivir con sus dos brazos y bocas. Lo cierto es que donde estaba el oráculo de Mnesteo, los de Tarteso edificaron una nueva ciudad, llamada por esta causa Ebora de los cartesios, a distinción de otras muchas ciudades que hubo en España de aquel nombre, y Tarteso antiguamente se llamó también Carteia. Demás de esto, en la una boca del Guadalquivir se edificó una torre llamada Capión. En qué tiempo no consta. Pero los moradores de aquella tierra se sabe que se llamaron Cartesios o Tartesios, que dio ocasión a ingenios demasiadamente agudos de pensar y aún decir que desde Tarteso se envió a aquella población o colonia, hasta señalar también el tiempo y capitán que llaman asimismo Capión, como si todo lo tuvieran averiguado muy en particular.

 

 

 

 

XX. Cómo Safón vino en España

 

 

 

 

 

 

 

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Corría por este mismo tiempo fama que toda África se conjuraba contra Cartago, que hacían levas y juntas de gentes, cada cual de las ciudades conforme a sus fuerzas. Y que unas a otras para mayor seguridad se deban rehenes de no faltar lo concertado. El demasiado poder de aquella ciudad les hacía entrar en sospecha. Demás que no querían pagar el tributo, que por asiento y voluntad de la reina Dido tenían costumbre de pagar. Dábales otrosí atrevimiento lo que se decía de las adversidades y desventuras que en Sicilia y en Cerdeña padecieran. Los de Mauritania, si bien no se podían quejar de algún agravio recibido por los de aquella ciudad, se concertaron con los demás, con tanto furor y rabia que trataban de tirar a su partido a los españoles (que estaban divididos de aquella tierra por el angosto estrecho de Gibraltar) y apartallos de la amistad de los cartagineses.

 

Movido por estas cosas el Senado cartaginés, determinó aparejarse a la resistencia, y juntamente enviar al gobierno de lo que en España tenían a Safón hijo de Asdrúbal, para que con su presencia fortificase y animase a los suyos, y sosegase con buenas obras y con prudencia las voluntades de los españoles para que no se alterasen. Lo cual, llegado que fue a España, hizo él con gran cuidado y maña: que llamados los principales de los españoles, les declaró lo que en África se trataba, y lo que los mauritanos pretendían. Pidióles por el derecho de la amistad antigua que tenían, no permitiesen que ellos o algunos de los suyos fueran atraídos con aquel engaño a dar socorro a sus enemigos; antes con consejo y con fuerzas ayudasen a Cartago. Movidos los españoles con estas razones, consintieron que pudiese levantar tres mil españoles, no para hacer guerra ni acometer a los mauritanos con los cuales tenía España grandes alianzas y prendas, sino para resistir a los contrarios de Cartago, si de alguna parte se les moviese guerra. Tuvo Safon puestas al estrecho las compañías y escuadrones así de su gente como de los españoles, para ver si por miedo mudarían parecer los mauritanos, dejarían de seguir los intentos de los demás africanos. Pero como no desistiesen, pasado el estrecho puso a fuego y a sangre los campos y las poblaciones, robando, saqueando y poniendo en servidumbre todos los que por el trance de la guerra venían en su poder.

 

Movidos de sus males los mauritanos, hicieron junta en Tánger, que está en las riberas de África, enfrente de Tarteso o Tarifa, para determinar lo que debían hacer. En primer lugar, pareció enviar embajadores a España

 

 

 

 

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a quejarse de los agravios que recibían de los suyos (de aquellos que a Safon seguían), y alegar que los que les debían ayudar, esos les hacían contradicción y perjuicio. Mirasen a los que dejaban, y con quienes tomaban compañía. Que los cartagineses ponían asechanzas a la libertad de todos, y por tanto era más justo que juntando las fuerzas con ellos, vengasen las injurias comunes, y no tomasen a parte consejo, del cual les hubiese luego de pesar. Quier fuesen los cartagineses vencidos por el odio en que incurrían de toda África, quier fuesen vencedores, pues ponían a riego su libertad. Que los cartagineses por su soberbia y arrogancia pensaban de muy atrás enseñorearse de todo el mundo.

 

A esto los españoles se excusaron de aquel desorden, que sucedió sin que lo supiesen. Que a Safon se le dio gente de España no para hacer guerra, sino para su defensa. Que enviarían embajadores a África, por cuya autoridad y diligencia, sino se concertasen e hicieses paces, volverían los suyos de África. Como lo prometieron, así lo cumplieron. Con la ida de los embajadores se dejaron las armas, y se tomó asiento con tal condición, que el capitán cartaginés sacase su gente de la Mauritania, los mauritanos llamasen los suyos de la guerra que se hacía contra Cartago, pues de aquella ciudad no tenían queja alguna particular. Esto se concertó.

 

Pero como vuelto Safon en España todavía los mauritanos perseverasen en los reales de los africanos, tornó a moverles guerra y les hizo mayores daños. Y apenas se pudo alcanzar por los españoles que entraron de por medio, que fortificado de nuevas compañías de España que le ofrecían de su voluntad, dejada la Mauritania, entrase más adentro en África. En fin, se tomó este acuerdo, con que los ejércitos enemigos de Cartago fueron vencidos, ca los tomaron en medio por frente y por las espaldas, las gentes que salieron de Cartago por una parte, y por otra las que partieron de España. Saruco Barchino, así dicho de Barce, ciudad puesta a la parte oriental de Cartago (dado que Silio Itálico dice que de Barce compañero de Dido) se señaló en servir en esta guerra a los cartagineses. Por lo cual le hicieron ciudadano de aquella ciudad, y dio por este tiempo principio a la familia y parcialidad muy nombrada en Cartago de los Barchinos. Diose fin a esta guerra año de fundación de Roma de 283.

 

Safon vuelto en España, y ordenadas las cosas de la provincia, siete años después fue removido del cargo, y llamado a Cartago con color de darle el gobierno de la ciudad, y el cargo y magistrado más principal, el

 

 

 

 

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cual como dice Festo Pompeyo se llamaba Suffetes. La verdad era que les daba pena que un ciudadano con las riquezas de aquella riquísima provincia creciese más de lo que podía sufrir una ciudad libre. Dado que por hacerle más honra enviaron en su lugar tres primos suyos, Himilcón, Hannón y Gisgon, y a él, vuelto a su tierra, le hicieron grandes honras. Con lo cual se ensoberbeció tanto, que teniendo en poco la tiranía y señorío de su ciudad, trató de hacerse dios en esta forma. Juntó muchas avecillas de las que suelen hablar, y enseñóles a pronunciar y decir muchas veces tres palabras “gran dios Safon”. Dejólas ir libremente, y como repitiesen aquellas palabras por los campos, fue tan grande la fama de Safon por toda aquella tierra, que espantados con aquel milagro los naturales, en vida le consagraron por dios y le edificaron templos, lo que antes de aquel tiempo no aconteciera a persona alguna. Plinio atribuye este hecho a Hannón, la fama a Safon, confirmada y consagrada por el antiguo proverbio latino y griego, es a saber: gran dios Safon.

 

 

 

 

XXI. Cómo Himilcón y Hannón descubrieron

 

nuevas navegaciones

 

Himilcón y Hannón tomado el cargo de España, luego que pudieron se hicieron a la vela con su armada para ir a su gobierno. Acometieron de camino a los de Mallorca, si por ventura con maña y dávidas de poco precio pudiesen alcanzar de aquellos hombres groseros, y que no sabían semejantes artificios, que les diesen lugar y permitiesen levantar en aquella isla un fuerte, que fuese como escalón para quitarles la libertad. Dioles esta licencia, y aún dícese que en Menorca entre septentrión y poniente edificaron un pueblo que se llamó Jama, y otro al levante por nombre Magon. Algunos añaden el tercer lugar de aquella isla llamado Labon, y piensan que la causa de estos nombres fueron tres gobernadores de aquella isla enviados de Cartago sucesivamente.

 

Lo cierto es que Hannón llegado a Cádiz, con deseo de gloria y de saber nuevas cosas discurrió por las riberas del mar Océano hasta el promontorio sacro, que hoy es cabo de San Vicente en Portugal, y todo lo que vio y notó en particular lo escribió al Senado. Decía que tenía grande esperanza se podían descubrir con grande aprovechamiento de la ciudad

 

 

 

 

 

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las riberas de los mares Atlántico y Gálico, inaccesibles hasta entonces, y que corrían por grande distancia. Que le diesen licencia para aderezar dos armadas, y apercibidas de todo lo necesario para tan largas navegaciones y de tanto tiempo. Lo cual el año siguiente por permisión del Senado se hizo. Mandaron a Himilcón que descubriese las riberas de Europa, y los mares lo más adelante que pudiese. Hannón tomó cuidado de descubrir lo de África. Gisgon por acuerdo de los hermanos y con orden del Senado quedó en el gobierno de España. Acordado esto, y apercibido todo lo necesario, al principio del año que se contaba de la fundación de Roma 307, Hannón e Himilcón con sus armadas se partieron para diversas partes.

 

Himilcón partió de Gibraltar, que antiguamente se dijo Heraclea. Pasó por los Mesinos y por los Selbisios, los cuales estaban en los Bástulos. Dobló el cabo postrero del estrecho, que se dijo Herma o promontorio de Junon, y vueltas las proas a manderecha, llegó a la boca de Cylbo, río que entra en el mar entre los lugares Bejel y Barbate, como también el río que luego se sigue llamado Besilio descarga junto al cabo de San Pedro enfrente de Cádiz, y entra en el mar. Quedaba entre estos dos ríos en una punta de tierra que allí se hace, el famoso sepulcro de Gerión. Síguese luego la isla Eritrea, que era la misma de Cádiz, según algunos lo entienden. Otros la ponen por diferente, cinco estadios apartada de tierra firme. Al presente comida del mar en tanto grado que ningún resto de ella se ve. Más adelante vieron un monte lleno de bosques y espesura; informáronse y hallaron que se llamaba Tartesio del nombre común de aquellas marinas, y que de la cumbre de aquel monte salía y bajaba un río, el cual arriba se dijo que se llamaba Letes, y ahora es Guadalete.

 

Seguíanse ciertos pueblos de los turdetanos, llamados los cibicenos, que se extendían hasta la primera boca del Guadalquivir. En medio de aquellas sus riberas estaba edificada la torre Gerunda, obra de Gerion. Mas adentro en la tierra estaban los Ileates, el río Guadalquibir arriba, los Cempsios, los Manios, todos gente de la Turdetania. Entendióse también que aquel río que de otros era llamado Tartesio, nacía de la fuente llamada Ligóstica, que manaba y se hacía de una laguna puesta a las faldas del monte Argentario, el cual hoy se llama monte de Segura. Decían asimismo que dividido en cuatro brazos regaba los campos de la Bética, mentira que tenía apariencia, y por eso fue creída. Ca por ventura tenían entendido que tres ríos, los cuales se juntan con el Guadalquivir, eran los tres brazos del

 

 

 

 

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mismo, o sea que por ventura le sangraban y hacían acequias en diversas partes para riego de los campos, lo que apenas se puede creer de ingenios tan groseros como eran los de aquel tiempo.

 

Rufo Festio que escribió estas navegaciones, dice que Guadalquivir entraba en la mar por cuatro bocas. Los antiguos geógrafos hallaban dos tan solamente; nosotros, mudadas con el tiempo las cosas y alteradas las marinas, no hallamos mas de una. Partido de allí, y pasadas las bocas del Guadalquivir, vieron las cumbres del monte Casio, rico de venas de estaño como lo da a entender el nombre; y aún quieren decir que del nombre de aquel monte el estaño por los griegos fue llamado casiteron. La llanura bajo de aquel monte poseían los Albicenos contados entre los tartesios.

Seguíase el río Ibero, que antiguamente fue término postrero de los tartesios, y al presente entre en el mar entre Palos y Huelma. De este río quieren algunos que España haya tomado el nombre de Iberia, y no del otro del mismo apellido que en la España citerior hoy se llama Ebro, y con su nobleza ha oscurecido la fama de este otro. Llámase hoy río del Acige, por la muchedumbre de esta tierra que en aquellos lugares se saca a propósito de teñir lanas y paños de negro. En la misma ribera hacia el poniente vieron la ciudad de Iberia, de la cual hizo mención Tito Livio, y era del mismo nombre de otra que estuvo asentada en la ribera del río Ebro no lejos de Tortosa. Seguíanse luego los esteros del mar por aquella parte que el promontorio dicho de Proserpina (por un templo de esta diosa que allí estaba) se metía el mar adentro. Doblada esta punta, vieron lo postrero de los montes Maríanos por donde en el mar se terminan, y encima la cumbre del monte Zefirio que parecía llegar al cielo, cubierto de nubes y de niebla, aunque el mar sosegado a causa de los pocos vientos que en aquella parte soplan. Más adelante unas riberas llenas de pedregales y matorrales se tendían hasta el monte de Saturno. Luego después los Cenitas, por medio de los cuales corría Guadiana con dos islas opuestas, que la mayor llamaban Agonida.

 

Después doblado el promontorio sacro (hoy cabo de San Vicente) por riberas que hacen muchas vueltas, llegaron al puerto Cenis no lejos de la isla, dicha entonces Petanio y hoy Perseguero. Caían cerca los Draganos, pueblos de la Lusitania, incluidos entre dos montes, Sephis y Cemphis, y que al norte tenían por término un seno de mar puesto enfrente de las islas dichas Strinias que estaban en alta mar. Tenían los Draganos otra isla cerca llamada Acale, cuyas aguas eran azules extraordinariamente y de mal olor.

 

 

 

 

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Esta forma tenían entonces aquellas marinas; al presente habiéndose el mar retirado, todo está diferente de lo antiguo. Sobre la isla Acale en tierra firme se empinaba el monte Cepriliano, y muy adelante por aquellas riberas hallaron entre levante y septentrión a la isla Pelagia, de mucha verdura y arboledas. Pero no osaron saltar en ella por entender de muchos que era consagrada al dios Saturno, y que a los que a ella abordaban se les alteraba el mar, tal era la vanidad y superstición de aquella gente. Seguíanse en tierra firme los Sarios, gente inhumana y enemiga de extranjeros, por donde el cabo que en aquella parte hoy se dice Espichel, antiguamente por la fiereza de esta gente se llamó Barbario. Desde allí en dos días de navegación llegaron a la isla Strinia, deshabitada y llena de malezas a causa de que los moradores, forzados de las serpientes y otras sabandijas, la desampararon y buscaron otro asiento. Por esto los griegos la llamaron Ophiusa, que es tanto como de culebras.

 

Ofrecióse luego la boca de Tajo, donde los Sarios se terminaban con una población de griegos la cual se entiende no sin probabilidad que fuese Lisboa, ciudad en el tiempo adelante nobilísima. Hiciéronse desde allí a la vela, y tocaron las islas de Albanio y Lacia, las cuales hoy se cree que son las islas puestas enfrente de Bayona en Galicia. Llegaron a las riberas de los Nerios o Iernos, que se tendían hasta el promontorio Nerio que llamamos el cabo de Finisterre, junto al cual están muchas islas llamadas antiguamente Strénides, porque los moradores de la isla Strinia, huidos de allí a causa de las serpientes como se ha dicho, hicieron su asiento en aquellas islas. Decíanse también Casitérides por el mucho plomo y estaño que en ellas se sacaba.

 

Pasado el promontorio Nerio, Himilcón y sus compañeros vueltas las proas al Oriente, por falta de los vientos en aquellas riberas, y por los muchos bajíos y con las muchas ovas embarazados padecieron grandes trabajos. Mas prosiguieron en correr los puertos, ciudades y promontorios de los Ligores, Asturianos y Siloros, que por orden se seguían en aquellas marinas. De las cuales cosas no se escribe nada, ni se halla memoria alguna de lo que pasaron en el mar de Bretaña y en el Báltico, donde es verosímil que llegaron guiados del deseo de descubrir, calar y considerar las riberas de la Francia y de Alemania. Ni aún (que se sepa) hay memoria del camino que para volver a España hicieron, después que gastaron dos años enteros en ida y vuelta de navegación tan larga y dificultosa.

 

 

 

 

 

 

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XXII. De la navegación de Hannón

 

La navegación de Hannón fue más larga, y la más famosa que sucedió y se hizo en los tiempos antiguos, y que se puede igualar con las navegaciones modernas de nuestro tiempo, cuando la nación española con esfuerzo invencible ha penetrado las partes de levante y de poniente, y aún aventajarse a ellas por no tener noticia entonces de la piedra imán y aguja, ni saber el uso así de ella como del cuadrante, por donde no se atrevían a meterse y alargarse muy adentro en el mar.

 

Juntada pues y apercibida una armada de sesenta galeras grandes, en la cual llevaban treinta mil personas, hombres y mujeres, para hacer poblaciones de su gente por aquellas riberas donde pareciese a propósito, se hicieron a la vela desde Cádiz. Pasadas las columnas de Hércules en dos días de navegación, llegados que fueron a una grande llanura, edificaron una gran ciudad que dijeron Thymiaterion. Vueltas luego las proas al poniente, seguíase el promontorio Ampelusio, que nosotros comúnmente llamamos cabo de Espartel; y aún sospecho es el que Arriano llamó Soloen, de mucha espesura de árboles y de muy grande frescura. Síguese el río Zilla, el cual sospecho que Polibio llamó Anatis; y en este tiempo junto a él está asentado un lugar por nombre Arcilla. Los lixios, gente que moraba y tomaba el nombre del río Lixio, el cual corre de la Libia y descarga por aquella parte en el Océano, estaban tendidos setecientas y treinta y cinco millas, conforme a la medida romana, más adelante del promontorio Ampelusio. Allí fingieron antiguamente que Hércules lucho con el gigante Anteo, y que en el mismo lugar estaban los jardines de las Hespérides y el espantoso dragón que las guardaba.

 

Seguíanse a igual distancia en espacio de cien millas (o veinticinco leguas) otros dos ríos; el uno se llamó Subur, donde estaba una población por nombre Bonosa; el otro Sala, con otra población del mismo nombre que hoy se llama Salen, en un buen asiento y fresco, pero molestado de las fieras por caelle cerca los desiertos del África. Partidos de aquellos lugares, llegaron al monte Atlante, el cual se termina en el mar en el cabo que los antiguos llamaron la postrera Chaunaria; después por los marineros fue comúnmente llamado el cabo Non, por estar persuadidos que el que con loco atrevimiento le pasaba, para siempre no volvía. Hoy le llamamos cabo del Boyador, si bien algunos ponen por diferentes el cabo Non y el cabo de Boyador.

 

 

 

 

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Lo más cierto es que tiene enfrente la isla de Palma, puesta hacia el poniente, una de las Canarias, de la equinoccial distante veinte y ocho grados que tiene de altura. Pasado este promontorio, ofrecióseles una ribera muy tendida hasta una pequeña isla de cinco estadios en circuito, la cual ellos dejando allí una población llamaron Cerne. Yo entiendo que en nuestro tiempo se llama Arjin, y está pasado el cabo Blanco, asentado veinte y un grados más acá de la equinoccial; de la cual todo aquel golfo se llama el golfo de Arjín, que va tendido hasta el cabo Verde, y las diez islas que tiene enfrente, antiguamente llamadas Hespérides, entre las cuales la principal se llama de Santiago, y todas ellas se dicen las islas de cabo Verde. Este cabo o promontorio sospecho que Arriano le llama Cuerno Hesperio, y que el río muy ancho que antes de él entra en el mar, es el que Festo llama Asama, porque también en este tiempo con nombre muy diferente de lo antiguo se llama Sanaga. Cría cocodrilos y caballos marinos; crece otrosí y mengua en el estío a la manera del Nilo, por donde se entiende que tienen una misma origen estos dos ríos y naces de unas mismas fuentes. Los antiguos, y en particular Plinio, le llamaron Nigir. Entra en el mar por dos bocas, la que hemos dicho, y otra que está pasado cabo Verde. Y por su gran anchura vulgarmente se llama el río Grande.

 

Seguíanse las islas Gorgónides: así la llamó Hannón de unas mujeres monstruosas que allí vieron, las cuales los antiguos llamaron Górgonas. Cerca de aquellas islas vieron un monte muy empinado, que llamaron Carro de los dioses, por resplandecer con fuegos y porque tenía grande ruido de truenos. Los nuestos le llaman Sierra Leona, puesta ocho grados antes de la equinoccial. En Ptolomeo está demarcado el Carro de los dioses en cinco grado de altura y no más, sea que los números por descuido de los escribientes estén estragados, o que él mismo se engañó. Este monte por su altura ordinariamente resplandece con los relámpagos, demás que los moradores por causa del calor que por allí es muy excesivo, de día están encerrados en cuevas debajo de tierra, y las noches salen a trabajar y procurar su sustento con hachos encendidos, por donde los campos cercanos a aquel monte resplandecen de noche, y parece que arden en vivas llamas y en fuego, cosa que dio ocasión a Hannón y a sus compañeros a que pensasen de veras, o que de propósito fingiesen (como suele acontecer cuando se habla de cosas y lugares tan apartados) que de aquellas partes y campiñas corrían en el mar ríos de fuego, y que todas

 

 

 

 

 

 

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aquellas tierras comarcanas estaban yermas a causa de aquellas perpetuas llamas.

 

Pasado aquel monte descubrieron una isla habitada por hombres cubiertos de vello (así lo entendieron ellos), y para memoria de cosa tan señalada, de dos hembras que prendieron, porque a los machos no pudieron alcanzar por su gran ligereza, como no se amansasen las mataron y enviaron a Cartago las pieles llenas de paja, donde estuvieron mucho tiempo colgadas en el templo de Venus para memoria de tan grande maravilla. Los doctos ordinariamente, no sin razón, creen que esta isla es una que está debajo la equinoccial, frontero de un cabo de África, llamada de Lope González, sujeta en este tiempo a los portugueses y que se llama la isla de Santo Tomé. Tan rica de azúcares, que se dan muy bien en ella, como malsana, principalmente a los nuestros como quier que los etíopes se hallen allí muy bien de salud. Los hombres cubiertos de vello entendemos que fueron cierto género de monas grandes, de las cuales en África hay muchas y diversas raleas, del todo en la figura semejante a los hombres, y de ingenios y astucias maravillosas.

 

Arriano escribe que Hannón y sus compañeros desde aquellos lugares y desde aquella isla dieron la vuelta a España forzados de la falta de mantenimientos. Plinio dice que Hannón llegó hasta el mar Rojo, pasado es a saber el cabo de Buena Esperanza, en el cual adelgazadas de entrambas partes las riberas, la África interior a manera de pirámide se termina. Dice más, que desde allí envió embajadores a Cartago (por tierra sin duda) con información de todo lo sucedido. En esto concuerdan, que volvió al quinto año de la partida de España, el cual de la fundación de Roma se contaba 312. Los que con él fueron, vueltos a porfía contaban milagros que les acontecieron en navegación tan larga, tormentas, figuras de aves nunca oídas, cuerpos monstruosas de fieras y peces, varias formas de hombres y de animales, vistas o creídas por el miedo, o fingidas de propósito para deleitar al pueblo, que abobado oía cosas tan extrañas y nuevas.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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LIBRO SEGUNDO

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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I. Que Hannón y sus hermanos volvieron a su

 

tierra

 

Hannón e Himilcón después de tan dificultosos viajes y tan largas navegaciones, vueltos en España, con deseo de descansar y de ver a su patria, sin dilación se partieron a Cartago, donde fueron con grande acompañamiento de los que salieron a recibirlos, con aplauso de todo el pueblo y solemnidad semejante a triunfo metidos en la ciudad. Todos alababan y engrandecían el vigor de sus ánimos, sus famosos acometimientos, y el alegre remate de sus empresas. Quedó Gisgon en el gobierno de España, al cual se le dio también licencia que dejado el cargo se volviese a Cartago. Lo que mucho importaba para continuar en su poder y autoridad, hicieron que Aníbal su primo, el cual era hermano de Safon, junto con Magon, pariente y amigo de los mismos, fuesen nombrados para suceder en el gobierno de España. De este Magon se dice que en las islas Baleares, donde se detuvo algunos años, edificó en Menorca una ciudad de su nombre. No hay duda sino que en aquella isla hubo antiguamente una ciudad que se llamó Magon; pero la semejanza del nombre no es conjetura bastante para asegurar que haya en particular sido fundada por este Magon, como quier que no haya para comprobarlo otro testimonio de escritores antiguos.

Lo que se tiene por averiguado es que llegado que fue Aníbal a Cádiz, Gisgon, cargada la flota de las riquezas que él y sus hermanos juntaran muy grandes, se hizo a la vela. Pero no llegó a Cartago, porque corrió fortuna y se perdió con todas las naves por la violencia de ciertas tormentas, muchas y muy bravas, que por aquellos días trajeron muy alterado el mar, que fue año de la fundación de Roma de 315. Dícese también que Aníbal, en las riberas del mar Océano, antes de llegar al cabo de San Vicente, en un buen puerto fundó una ciudad que antiguamente se llamó puerto de Aníbal (ahora se llama Albor) cerca de Lagos, pueblo antiguamente dicho Lacobriga.

Por otra parte los tartesios, a la postrera boca del río Guadalquivir, edificaron un castillo con un templo consagrado a Venus, la cual estrella porque se llama también Lucífero o Lucero, el templo se dijo Lucífero, y

 

 

 

 

 

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hoy, corrompida la voz, se llama Sanlúcar; pueblo en este tiempo por la contratación de las Indias, y por ser escala de aquella navegación, entre los más nombrados de España. Así cuentan esta fundación nuestras historias, las cuales afirman también que por el mismo tiempo se encendió una guerra muy cruel entre los béticos, que hoy son los andaluces, y los lusitanos, las cuales gentes moraban de la una y de la otra parte del Guadiana. Dicen que comenzó de diferencias y riñas entre los pastores: que a los lusitanos favorecieron los cartagineses, a los béticos una ciudad principal por aquellas partes, la cual algunos sospechan que fuese la Iberia, de quien arriba se hizo mención, y que las mismas mujeres tomaron las armas: tan grande era la rabia y furia que tenían. La batalla fue muy herida: pelearon por espacio de un día entero sin declararse ni conocerse la victoria por ninguna de las partes; departióles la noche. Fueron pasados a cuchillo ochenta mil hombres, y entre ellos el principal caudillo de los cartagineses, cual (si esto es verdad) se puede con razón pensar fuese el mismo Aníbal. Añaden que Magon, movido de la fama de aquella batalla, partió luego de las Baleares Mallorca y Menorca en ayuda de los suyos y en buisca de los enemigos, los cuales, por haber recibido en aquella batalla no menor daño que hecho, fueron forzados, quemada la ciudad, a buscar otros asientos por miedo de mayor mal.

 

Corría ya el año de la fundación de Roma de 321, en el cual año sucedió en Cartago grande mudanza: ca muertos en aquella ciudad casi en un tiempo Asdrúbal y Safón, hermanos de Aníbal, el crédito y autoridad de Hannón que ya flaqueba, con la nueva del daño recibido en España, se perdió de todo punto por brotar, como acontece en las adversidades, el odio de muchos, que llevaban de mala gana se gobernase y se trastornase toda la ciudad a voluntad y antojo de un ciudadano, y que un particular pudiese más que los que tenína su cargo el gobierno. Acordaron criar un magistrado de cien hombres, con cargo y autoridad de tomar cuenta a los capitanes que volviesen de la guerra. Forzaron pues a Hannón a pasar por la tela de este juicio. Ventilóse su negocio: condenáronle en destierro, que fue no menor envidia que ingratitud, principalmente que ninguna causa alegaban mas principal para lo que hicieron, sino que era de ingenio e industria mayor que pudiese seguramente sufrirle una ciudad libre, pues había sido el primero de los hombres que se atrevió a amansar un león y hacerle tratable: que no se debía fiar la libertad de quien domaba la fiereza de las bestias.

 

 

 

 

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La verdad es que las ciudades libres suelen concebir odio y siniestra opinión contra los ciudadanos que entre los demás se señalan. Y con envidia suelen maltratar a los príncipes de la república, a los cuales muchas veces fue cosa perjudicial y acarreó notable daño aventajarse en valor, industria y virtudes a los demás.

 

 

 

 

II. De las cosas por los españoles hechas en Sicilia

 

Algunos años se pasaron después de esto sin que sucediese en España cosa digna de memoria, hasta el año de la fundación de Roma de 327. En el cual tiempo partida toda la Grecia en dos partes, se hacía la Guerra Peloponesíaca. Justamente el segundo año de esta guerra una cruel peste se derramó casi por toda la redondez de la tierra. La cual como tuviese su principio en la Etiopía, de allí pasó a las demás provincias, y por remate en España asimismo mató y consumió hombres y ganados sin números y sin cuento. Hicieron mención de esta plaga Tucídides, Tito Livio y Dionisio Halicarnaso, y aún nuestras historias atribuyen la causa de esta mortandad a la sequedad del aire. Pero Hipócrates que vivió por el mismo tiempo afirma que para librar a Tesalia de esta peste hizo quemar los montes y bosques de aquella tierra.

 

Lo que a nuestro propósito hace es que para la guerra que en Sicilia traían los de Lentino y los caranenses contra los siracusanos, ciudad entonces la más populosa y poderosa de aquellas islas, Nicias y Alcibiades, aunque eran de poca edad, fueron de Atenas enviados con una armada de cien galeras en socorro de los leontinos. Esta era la voz, pero de secreto llevaban esperanza de apoderarse de toda la isla. Sucediérales como lo pensaban si Alcibíades, que se había al principio gobernado bien y quebrantado las fuerzas y orgullo de los siracusanos, no fuera acusado en la misma sazón en Atenas al pueblo de haber descubierto los misterios de Ceres, en ninguna cosa más solemnes y sagrados que en el silencio. Citáronle para que pareciese en juicio y se descargase. Él, por la conciencia del delito o por miedo de los contrarios se fue a Lacedominia, donde como fuese recibido benignamente por su excelente ingenio y por la fama de lo que había hecho, les persuadió por vengarse que enviasen en socorro de los siracusanos un valeroso capitán llamado Gilippo, con la

 

 

 

 

 

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llegada del cual se trocaron las cosas de tal suerte, que fueron vencidos los atenienses por mar y por tierra. Y el mismo Nicias con otros muchos vino en poder de sus enemigos los de Lacedemonia.

 

Poseían los cartagineses por aquel tiempo junto al promontorio Lilibeo, que ahora es cerca de Trapana y distaba de Cartago ciento ochenta millas, algunos pueblos de aquella isla. Los agrigentinos, que ahora se llaman de Gergento y eran comarcanos, llevaban mal que el poder de los cartagineses se continuase y envejeciese tanto tiempo en aquella isla, fuera de agravios particulares que les tenían hechos. Sucedió que los cartagineses salieron a un bosque no lejos de la ciudad de Minoa para hacer cierto sacrificio; acudieron los de Gergento, y pasaron a cuchillo los contrarios, por haber salido sin armas y sin recelo, todos los que no escaparon por los pies y se salvaron por aquellos bosques y montes. Sabido esto en Cartago, todo el pueblo se alteró y se movió a vengar aquel insulto. Con este acuerdo enviaron a Sicilia dos mil cartagineses y otros tantos soldados españoles. Juntaron con ellos quinientos mallorquines honderos, nuevo y extraordinario género de milicia. Los cuales, puesto que al principio fueron menospreciados del enemigo porque iban desnudos, venidos a las manos dieron a los suyos la victoria. Ca con una perpetua lluvia de piedras maltrataron y destrozaron el cuerpo y costado izquierdo de los enemigos, muchos de los cuales fueron en la pelea muertos, y mayor número en el alcance. Algunos se escaparon ayudados de la oscuridad de la noche, y se recogieron a la ciudad. Pero con cerco que le tuvieron de dos años, vino asimismo a poder de los cartagineses, año de la fundación de Roma de 346.

 

El fin de esta guerra fue principio de otra más grave. Dionisio el más viejo estaba apoderado tiránicamente de Siracusa. Era grande su poder y sus fuerzas muy temidas. Acudieron a él los de Gergento secretamente, pidiéronle los recibiese en su protección y librase aquella ciudaddel poder y mando muy pesado de los cartagineses. Prometióles lo que pedían, por tener entendido que sus intentos de hacerse rey de toda aquella isla no podrían ir adelante en tanto que los cartagineses en ella tuviesen autoridad y mando. Dioles por consejo que en el entre tanto que él se aprestaba, saliesen todos muy secretamente de Gergento, y al improviso se apoderasen de Camarina y de Gela, pueblos comarcanos, desde donde podrían correr los campos de los enemigos; que lo demás él lo tomaba a su

 

 

 

 

 

 

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cargo. Ejecutóse luego esto, hiciéronse y recibiéronse daños de una y de otra parte.

 

Entonces Dionisio interpuso su autoridad: requirió a los cartagineses por sus embajadores que se hiciese satisfacción y se restituyesen los daños los unos a los otros como era justo. Principalmenmte hacía instancia que a los de Gergento se restituyese su ciudad, por lo menos que los desterrados y ahuyentados pudiesen volver a ella y gozar de las mismas libertades y franquezas que los de Cartago. Concluía que de otra manera no sufriría que sus parientes y aliados fuesen tratados como esclavos. A esto los cartagineses respondieron ser derecho de las gentes que los vencedores mandasen a su voluntad a los vencidos; que ellos no comenzaron la guerra, sino al contrario, los de Gergento los habían a ellos acometido y agraviado, junto con el desacato que hicieron a la deidad de los dioses. Que no harían bien ni debidamente si se metiese a la parte y amparase aquella gente malvada y sin Dios; en lo que decía que no pasaría por alto ni disimularía las injurias de los de Gergento, cuando quisiese tomase la demanda y las armas: que entendería lo que el poder invencible de los cartagineses y sus soldados envejecidos en las armas harían.

 

Con este principio, con esta demanda y respuesta, se rompió claramente la guerra. Dionisio recogía las fuerzas de toda aquella isla e incitaba contra los de Cartago así a las ciudades griegas como a Darío Notho, rey de Persia, con embajadas que le envió en esta razón. Ellos por el contrario levantaron quince mil infantes, parte de Cartago parte de África, y cinco mil caballos, con los cuales se juntaron diez mil españoles, y para más ganarles las voluntades y asegurarse más de ellos, restituyeron a Cádiz en su antigua libertad, en sus leyes y sus fueros. Solamente les vedaron el hacer y tener galeras. Quitaron las guarniciones de donde las tenían puestas: sólo conservaron el famoso templo de Hércules con algunas pocas atalayas por aquellas marinas.

 

Hízose la masa de todas estas gentes en Cartago, de donde Himilcón Cipo nombrado por general, se partió con una armada muy gruesa, que al principio tuvo vientos frescos. Después arreció el tiempo de manera que derrotó las naves y surgieron en diversos puertos de Sicilia. Eran las naves españolas más fuertes y los pilotos más diestros, y así sufrieron la tempestad en alta mar; y luego que aflojó el viento se juntaron y tomaron el puerto de Camarina. Combatieron aquella ciudad por espacio de cuatro días, a cabo de los cuales la tomaron, y pasados a cuchillo todos los

 

 

 

 

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moradores, la pusieron a fuego. Grande crueldad, pero que atemorizó a los de Gela en tanto grado, que sin hacer resistencia desampararon la ciudad. Acudieron las demás naves a aquellos lugares, donde refrescado el ejército y los soldados con reposo de algunos días, se determinaron de presentar la batalla a Dionisio, del cual tenían aviso que traía grandes fuerzas por mar y por tierra.

 

Excusaron la batalla naval, a causa que muchos de sus bajeles se volvieran a Cartago y a Cádiz. Acordaron sería mas expediente pelear con los enemigos en tierra. Estaba el cartaginés con esta resolución cuando Dionisio se les presentó delante. Juntáronse reales con reales a pequeña distancia. Ordenaron sus escuadrones y huestes para dar la batalla, primero Dionisio en esta manera: puso en igual distancia y a ciertos trechos los socorros que tenía de diversas ciudades; por frente y a entrambos lados la caballería. Los de Siracusa quedaron en la retaguardia. Himilcón al contrario, hechos tres escuadrones de su gente, salió al encuentro del enemigo. En medio y por frente estaban los españoles: en el un lado y en el otro los cartagineses con cada setecientos honderos, y los caballos que fortalecían los dos cuernos y costados. Dos mil infantes escogidos de todo el ejército quedaron de respeto y de socorros para las necesidades.

 

Dada que fue la señal de pelear, arremetieron todos con grande denuedo y cerraron. Fue la batalla por grande espacio dudosa sin declararse la victoria: reparaban y mezclábanse los escuadrones: muchos de entrambas partes caían sin reconocerse ventaja. Sólo la caballería de Dionisio comenzaba a llevar lo mejor y apretar los caballos cartagineses. Y hubieran salida con la victoria y retirado los contrarios, si Himilcón no se adelantara con las compañías que tenía de respeto, contra la caballería enemiga, la cual no pudo sufrir el nuevo ímpetu de aquellos soldados; y apretada a un mismo tiempo por frente y por las espaldas, muertos muchos de ellos, todos los demás se pusieron en huida. Los honderos en particular con un granizo de piedras herían en el enemigo, que quedó con los costados descubiertos. Puestos en huida los caballos sicilianos, revolvió Himilcón con su gente y con su caballería sobre la infantería siciliana, que todavía estaba trabada y peleaba valientemente. Con su llegada desbarató los escuadrones sicilianos.

 

Dionisio, que no solo se había mostrado prudente capitán, sino hecho oficio de esforzado soldado, y puesta en huida su caballería, apeado, con un escudo de hombre de a pie sustentó por largo espacio la pelea (ca

 

 

 

 

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acudía a todas partes, y donde quiera que veía trabajados a los suyos, allí hacía volver las banderas y acudir los escuadrones), a lo último, perdida la esperanza, se retiró con los suyos cogidos y poco a poco hacia sus reales, los cuales por ser ya noche no fueron tomados por el enemigo. Hizo aquella misma noche junta de capitanes: animó a los suyos. Díjoles que no perdiesen el ánimo, que los cartagineses no habían vencido por fuerza, sino con artificio y maña; que si por algún tiempo se entretenían, la caballería que quedaba entera, y grandes gentes de toda la isla en breve les acudirían. Hecho esto, mandó a los soldados que estaban sanos se fuesen a reposar, y a los heridos hizo curar con grande cuidado. Juntamente se aparejó para defender los reales. Pero toda aquella diligencia fue sin provecho, ca luego al día siguiente como concurriesen los enemigos, cegasen la cava, y combatiesen y pasasen las albarradas, entre los carros y el bagaje se renovó la pelea. En fin, Dionisio, perdida toda esperanza, con algunas heridas que llevaba, se puso en huida. Grande fue el número de los sicilianos que pereció en estas dos peleas, y aún de los cartagineses se dice que les costó harta sangre la victoria; de los cuales fueron muertos tres mil, y de los españoles dos mil.

 

Con la nueva de esta jornada muchas ciudades de Sicilia se entregaron a los vencedores. Pero ya que estaban apoderados de casi toda la isla, para muestra de la inconstancia de las cosas humanas, les sobrevino tal peste, que los ejércitos fueron destrozados y menguados, con tanto dolor y pena de la ciudad de Cartago cuando les llegó esta nueva, que no de otra manera que si la misma ciudad fuera tomada, se entristecieron los ciudadanos y se cubrieron de luto. Volvió con pocos el general, vestido de una esclavina suelta, sin ceñidor a manera de siervo, y acompañado de los sollozos del pueblo que le seguía, entrado en su casa, sin admitir a persona alguna que le hablase, ni aún a sus propios hijos, él mismo dio la muerte.

 

Después de esto quieren decir que Dionisio procuró por sus embajadores apartar a los españoles de la amistad de los de Cartago, y que al contrario los cartagineses con todo buen tratamiento y blandura los entretuvieron. Lo que consta es que por diligencia y buena maña de Dios Siracusano, se asentó paz por treinta años entre los sicilianos y cartagineses el año tercero de la Olimpíada noventa y cinco, que fue de la fundación de Roma de 356, paz que no duró mucho.

 

No falta quien diga que después de la pelea famosa llamada Leutrica, Dionisio envió socorros a los de Lacedemonia, entre los cuales se cuentan

 

 

 

 

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celtas y españoles, quier fuesen de las reliquias de Himilcón, quier llevados desde España para este efecto, y que con estos socorros Arquidamo, hijo de Agesilao, cerca de la ciudad de Mantinea venció y mató a Epaminonda, señalado capitán de los tebanos. Con lo cual libró la antigua ciudad de Lacedomonia de la destrucción que la amenazaba y del riesgo que corría.

 

Por el mismo tiempo como algunos cartagineses partiesen de España por mar, sea arrebatados contra su voluntad de algún recio temporal, sea con desea de imitar a Hannón, tomando la derrota entre Poniente y Mediodía y vencidas las bravas olas del gran mar Océano, con navegación de muchos días descubrieron y llegaron a una isla muy ancha, abundante de pastos, de mucha frescura y arboledas, y muy rica, regada de ríos que de montes muy empinados se derribaban, tan anchos y hondables que se podían navegar. Por las cuales causas y por estar yerma de moradores, muchos de aquella gente se quedaron allí de asiento; los demás con su flota dieron la vuelta, los cuales llegaron a Cartago, dieron aviso al Senado de todo. Aristóteles dice que tratado el negocio en el Senado, acordaron de encubrir esta nueva, y para este efecto hacer morir a los que la trajeron. Temían, es a saber, que el pueblo como amigo de novedades, y cansado con la guerra de tantos años, no dejasen la ciudad yerma, y de común acuerdo se fuesen a poblar a tierra tan buena: que era mejor carecer de aquellas riquezas y abundancia que enflaquecer las fuerzas de su ciudad con extenderse mucho.

 

Esta isla creyeron algunos fuese alguna de las Canarias, pero ni la grandeza, en particular de los ríos, ni la frescura concuerdan. Así los más eruditos están persuadidos es la que hoy llamamos de Santo Domingo o Española, o alguna parte de la tierra firme que cae en aquella derrota, la cual cuidaron ser isla por no haberla costeado y rodeado por todas partes, ni considerado atentamente sus riberas.

 

 

 

 

III. Cómo la guerra de Sicilia se movió de nuevo

 

Ardían los cartagineses en deseo de tornar a la guerra de Sicilia, y para eso levantaban de nuevo soldados en África y en España. Los españoles no gustaban de esta guerra por caer tan lejos, y por haberles sucedido por dos

 

 

 

 

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veces tan mal, tenían la pérdida por mal agüero. Representábanseles los desastre y reveses pasados, y decían no ser cosa justa hacer a los sicilianos guerra, de los cuales ningún agravio recibieran. Viendo esto los cartagineses, determinan de disimular hasta tanto que con el tiempo hubiesen puesto en olvido los males pasados, o alguna ocasión se presentase que les pusiese en necesidad de abrazar la guerra, que por entonces tanto aborrecían.

 

Esto trataban los cartagineses sin descuidarse en juntar una gruesa flota, cuando muy a propósito, en España por falta de agua sobrevino una grande hambre, y tras ella, como es ordinario, una peste y mortandad no menor. De Sicilia también certificaban que Dionisio después de estar apoderado en gran parte de aquella isla, pasado con sus armadas en Italia, y tomando Reggio, ciudad puesta en lo más angosto del estrecho o faro de Mesina, tenía puesto sitio sobre Cotrón, ciudad griega y marítima, por estar persuadido se aumentarían mucho sus fuerzas si se hacía señor de aquella plaza tan principal por su fortaleza y puerto, y que está puesta en lo último de Italia. Estas cosas movieron al Senado cartaginés a volver a la guerra de Sicilia. A los españoles a tomar las armas convidaron los trabajos que padecían: alistáronse en número de veinte mil peones y mil caballos, los cuales de camino en las naves de Mallorca a Cartago llevaron trescientos honderos. Estaba nombrado por general de esta empresa un hombre principal llamado Hannón, el cual con esta gente y otros diez mil africanos que tenía a punto, pasó luego a Sicilia. Tuvo Dionisio aviso de lo que pasaba y de la trama que se le urdía, por lo cual fue forzado a dejar a Italia y acudir a lo que más le importaba. La flota con que desde Reggio pasaban los soldados en Sicilia fue desbaratada y vencida por la cartaginesa, y muchas naves tomadas en las cuales estaba la ropa y recámara del mismo Dionisio, en que entre los demás papeles se hallaron cartas de un cartaginés llamado Sunniato escritas en griego, en las cuales avisaba a Dionisio del intento y aparato de aquella guerra, traición y felonía cometida contra su patria sólo por la envidia y rabia de que no le hubiesen encomendado a él aquella guerra, delito que a él le costó la vida, y en general fue ocasión de que se promulgase un decreto en que se proveyó que ningún cartaginés en lo de adelante pudiese estudiar las letras y lengua griega, con intento de que no se pudiesen sin intérprete comunicar con el enemigo ni de palabra ni por escrito. Después de esta victoria naval muchos pueblos y ciudades de Sicilia se entregaron a

 

 

 

 

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Hannón, y la guerra se proseguía con varios trances y sucesos, hasta tanto que últimamente el año dieciséis después que se comenzó (que a la cuenta de Eusebio de la fundación de Roma fue el de 386, o como otros mejor dicen de la Olimpíada noventa y nueve, año segundo, de Roma 371), Dionisio fue muerto por conjuración de los suyos.

 

Sucedióle un su hijo de pequeña edad, llamado asimismo Dionisio, de cuya enseñanza y del gobierno de la república se encargó su cuñado Dion, casado con una su hermana. Eran perversas las inclinaciones que en aquel mozo se descubrían: para criarle y amaestrarle hizo venir desde Atenas al famoso filósofo Platón. Con los de Cartago asentó treguas e hizo capitulaciones, pero toda esta diligencia y la prudencia de este insigne varón no fue bastante para que no se alterase aquella isla. Ca entre Dionisio (que con la edad se hacía más feroz y más bravo) y Dion su cuñado resultaron sospechas y desabrimientos por las cuales Dion fue forzado a desamparar la tierra. Dado que en breve se trocaron las cosas, y Dion hecho más fuerte por algún tiempo despojó a Dionisio del reino, y le forzó a dejar a Sicilia y andar desterrado, sin amigos, sin hacienda y sin reposo.

 

Esto fue lo que sucedió en Sicilia: volvamos a contar las cosas de España.

 

 

 

 

IV. De lo que hizo Hannón

 

Ya se dijo cómo al principio de la guerra de Sicilia los cartagineses restituyeron a los de Cádiz en gran parte su libertad. Concluida aquella guerra, enviaron dos gobernadores desde Cartago a España, es a saber, Bostar para el gobierno de las islas Mallorca y Menorca, con orden que procurase ganar la voluntad de los saguntinos, y conquistarla con toda muestra de amistad y buenas obras, lo cual él hizo como era mandado. Pero ellos con deseo de la libertad tuvieron todas aquellas caricias por sospechosas, y las desecharon constantemente sin darle lugar de entrar en su ciudad con diversas excusas que alegaron para ello. A Hannón fue dado cuidado de gobernar a los de Cádiz, el cual como en el Andalucía apretase a los naturales, y con grande codicia metiese la mano en las riquezas así de particulares como del común (cosa que le fue mal contada), puso a los

 

 

 

 

 

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españoles en necesidad, comunicado el negocio entre sí, de levantarse contra los cartagineses. Tomaron súbitamente las armas, mataron muchos de los enemigos en los pueblos donde estaban derramados, y metieron a saco sus bienes. Hannón, perdida gran parte de los suyos, y desamparado de los españoles sus aliados, llamó en socorro gente de África, los cuales con correrías que hacían por aquella parte de España que hoy se llama Andalucía, trabajaron grandemente la tierra con estragos y crueldades. Lo cual, sabido que fue en Cartago, enviaron luego sucesor en lugar de Hannón, año de la fundación de Roma de 398, sin declarar cómo se llamase el sucesor, ni qué cosas hiciese en España. Por ventura se conformó con el tiempo, y quien quiera que fuese, regalando los naturales, les ganó las voluntades y amansó el odio que tenían contra los de Cartago, sin usar de otras armas ni violencia.

 

En Sicilia, allende de lo dicho, muerto Dion y vuelto Dionisio del destierro, se tornó a alterar la paz, pues los siracusanos hicieron rostro al tirano, y desde Corinto les fue enviado socorro, y Timoleón por su capitán. Los cartagineses, vueltas sus fuerzas a aquella guerra, es cosa verosímil que dejaron reposar a España, por donde gozó algún tiempo de grande sosiego y paz. Pero toda aquella alegría y buena andanza en breve se deshizo y trocó a causa de las grandes crecientes con que los ríos salieron de madre, e hicieron increíbles daños en los ganados, campos y edificios. Luego el año siguiente hubo grandes temblores de tierra, conque muchas ciudades a la ribera del mar Mediterráneo quedaron por esta causa maltratadas, y entre las demás Sagunto recibió tanto mayor daño, cuanto ella sobrepujaba en grandeza, hermosura y riquezas a las demás ciudades de España. El año tercero con bravas tormentas del mar y recios temporales sucedieron grandes naufragios en diferentes lugares; el cual año se contaba de la fundación de Roma 405.

 

Asimismo Hannón confiado en las grandes riquezas que juntara en Sicilia y España, e indignado por la afrenta de haberle quitado el gobierno (como se ha dicho), trató y acometió por este tiempo de hacerse tirano en Cartago, para lo cual se determinó de dar hierbas a todo el Senado, al pueblo y a los principales en un convite general que pensaba hacer en las bodas de una hija suya. Tuvieron los cartagineses aviso de lo que pasaba y se tramaba, pero sin pasar a mayor averiguación, se contentaron de acudir al peligro con hacer una pragmática en que se ponía tasa al gasto de los convites. Con esta disimulación quedó Hannón más orgulloso. Resolvióse

 

 

 

 

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de tomar las armas al descubierto, y para matar los principales y apoderarse de la ciudad, armó sus esclavos, que eran valientes y en gran número. Fue también descubierta esta práctica: acudieron contra él los ciudadanos, y en un castillo do se había recogido con veinte mil de los suyos, fue preso. Sacáronle los ojos, quebráronle los brazos y las piernas, y después de bien azotado le pusieron en una cruz. Sus hijos y parientes, así los que tenían parte en la conjuración, como los que estaban sin culpa, fueron por sentencia condenados a muerte, para que no quedase ninguno de aquella familia y ralea que pudiese imitar aquella maldad, ni vengar los justiciados, lo cual parece grande crueldad, si la gravedad del delito y el añor de la patria no la excusaran en gran parte.

 

 

 

 

V. De una embajada que se envió a Alejandro, rey

 

de Macedonia

 

A un mesmo tiempo por muerte del gobernador que enviado en lugar de Hannón sucedió en Cádiz, Boodes desde Cartago vino al gobierno de España. Y de Sicilia certificaban que Dionisio forzado por los suyos que se habían conjurado contra él, y por Timoleón el de Corinto, desamparada la tierra, con sus tesoros particulares se había retirado y huido a la misma ciudad de Corinto, donde teniendo por más seguras las cosas y ejercicios más bajos, pasó la vida torpemente en los bodegones y casas públicas, y la acabó ocupado en enseñar a los niños de aquella tierra las primeras letras como maestro de escuela, que fue notable mudanza y señalado castigo de su vida desordenada.

 

Echado Dionisio de Sicilia, Timoleón se ensoberbeció de tal suerte, que pretendió echar a los cartagineses de toda aquella isla. Con este intento revolvió sobre ellos; dioles la batalla junto al río llamado Crinisio, venciólos, y mató diez mil de ellos. Tomóles asimismo los reales, lo cual no costó a Timoleón poca sangre. Antes, por quedar muy maltratado su ejército ni pudo salir con su pretensión de echar los cartagineses de la isla, ni aún tomarles ciudad alguna.

En este medio, por muerte de Boodes, o por haberle absuelto del gobierno, Maharbal vino por gobernador de España, del cual no se sabe

 

 

 

 

 

 

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alguna cosa que en ella hiciese, ni aún tampoco qué gobernadores cartagineses vinieron después de él en España.

 

Lo que se dice por cierto es que los de Marsella, por haberse multiplicado en gran número, y por causa de la contratación, enviaron en muchas naves una población a España año de la ciudad de Roma de 419, y que parte de esta flota surtió e hizo asiento en las faldas de los Pirineos, enfrente de Rosas, y allí poblaron aquella parte de la ciudad de Ampurias (en latín se llamó Emporia por ser como mercado de muchas partes), que estaba hacia la mar. La cual parte aunque era de pequeño espacio, pero estaba dividida de lo restante de aquella ciudad con una muralla que para esto se tiró de una parte a otra. Por donde la dicha ciudad antiguamente en griego se llamó Palœópolis, que quiere decir ciudad vieja, por lo más antiguo de ella; y también Dyóspolis, que significa ciudad doblada o dos ciudades. La otra parte de la armada de Marsella dicen que pasó adelante al cabo de Denia, y allí edificó un pueblo junto al templo de Diana que allí estaba, como arriba queda dicho.

 

Con la venida de esta flota tres cosas se supieron en España memorables, es a saber: que los romanos alcanzaban gran poder, y con grande lealtad sustentaban y ayudaban a sus amigos; que los siracusanos después de haber vuelto en su libertad y después de la muerte de Timoleón, capitán muy famoso, trataban de echar de aquella isla a los cartagineses. Demás de esto, que Alejandro, rey de Macedonia, el que por sus grandes hazañas tuvo nombre de Magno, y al principio de su reinado antes de tener veinte años cumplidos venciera los esclavones, los triballos y los de Tracia, y sujetara las ciudades de Grecia que poco antes eran libres; domadas después la Asia, la Siria y todo el Egipto, por conclusión vencido y hecho huir y después muerto el gran monarca Darío, se había apoderado del imperio de los persas sin parar hasta abrir con el hierro y con las armas camino, y a la manera de un rayo llegar hasta la India, donde tenía domadas gentes y reinos nunca oídos: todo en menos tiempo que otro lo pudiera pasar de camino.

 

Con la cual nueva, movidos los españoles que moraban a las riberas del mar Mediterráneo acordaron ganarle la voluntad con una embajada que le enviaron hasta Babilonia, ca pretendían ayudarse de él y valerse de sus fuerzas contra los cartagineses, los cuales abiertamente trataban de oprimir la libertad de aquella provincia. El principal de la embajada se llamó Maurino, según se lee en Paulo Orosio, el cual de camino, juntándose con

 

 

 

 

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los embajadores de la Galia que hacían el mismo viaje, últimamente llegó a Babilonia, donde los embajadores de Sicilia, de Cerdeña, de las ciudades de toda Italia y de África, y hasta de la misma ciudad de Cartago estaban por su mandado aguardando a Alejandro. El cual luego que fue llegado, señaló audiencia a los embajadores.

 

Los de España le declararon la causa de su venida, y lo que les era mandado. Que la fama de su esfuerzo y valor esparcida por todo el mundo era llegada a lo postrero de la tierra que es España, y por ella su nación se movió para con aquella embajada y por su medio saludarle y pedirle su amistad, cosa que no le sería de poco provecho, si después de domado el Oriente tratase, como era razón, de revolver son sus armas y banderas a las partes del Poniente, pues podría a su voluntad servirse de las riquezas de aquella muy rica provincia. Que los españoles trabajados no menos con disensiones de dentro, que con guerras de fuera y muy cercanos al peligro, tenían necesidad de no menor reparo que el suyo. Que jamás pondrían en olvido la merced que les hiciese, ni cometerían por donde en algún tiempo se desease en ellos lealtad y toda buena correspondencia. La costumbre de los españoles era tal, que ni trataban ligeramente amistad con alguno, y después de trabada la conservaban constantemente.

 

Esta embajada fue muy agradable a Alejandro, de tal manera que entonces le pareció haberse hecho señor de todo, como lo dice Arriano, pues desde lo postrero del mundo venían a poner en sus manos sus diferencias. Preguntóles muchas cosas del estado de su república, de las riquezas de la provincia, de la fertilidad de la tierra, de las costumbres y manera de los naturales, y de la contratación que tenían con los extranjeros. Demás de esto prometió que por cuanto ordenadas las cosas de Asia, en breve pensaba mover con sus gentes la vuelta de África y del Occidente, que en tal ocasión tendría memoria y cuidado de lo que le suplicaban. Con esto y con muchos dones que les dio, los envió contentos a su tierra.

 

Ardía Alejandro en deseo de imitar la gloria de los romanos, y estaba enojado contra los cartagineses, de los cuales tenía aviso que después que Tiro fue por Alejandro destruida, y después que edificó en la misma raya de África la ciudad de Alejandría, el miedo que de él cobraron fue tan grande, que le enviaron a Amílcar, por sobrenombre Rodano, para que fingiendo que huía les sirviese de espía y con todo secreto avisase de los sucesos e intentos que Alejandro tuviese. Pero todos estos pensamientos y

 

 

 

 

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trazas atajó la muerte, que le sobrevino cuando menos pensaba, ca falleció en Babilonia a los 28 de junio el año primero de la Olimpíada 114, el cual año de la fundación de Roma se contaba 430. Algunos quitan dos años de este número, y es forzoso que la historia en la cuenta y razón de estos tiempos a las veces vaya con poca luz y casi a tiento.

 

Esta embajada de los españoles es verosímil que desagradó a los cartagineses, contra los cuales principalmente se enderezaba. Mas no les pudieron dar guerra por las alteraciones de Sicilia y por miedo de Agatocles. El cual sin embargo que era hijo de un ollero y nacido en Sicilia, y que había pasado la mocedad torpísimamente, por ser diestro en las armas y de mucha prudencia, fue por los siracusanos nombrado por su capitán para que los acaudillase en la guerra que traían contra los eneos. La cual concluida, como se sospechase que pretendía tiranizar aquella ciudad de Siracusa, fue enviado en destierro. Recibiéronle los murgantinos por la enemiga que con los siracusanos tenían. Hiciéronle gobernador primeramente de su ciudad y después su capitán, conque tuvo manera para apoderarse de Lentini, y también tomó a Siracusa por traición de Amilcar cartaginés, al cual ella llamara en su ayuda contra el poder de Agatocles. De la cual deslealtad y traición fuera castigado y pagara con su cabeza, que así estaba decretado y acordado por voto de todo el Senado de Cartago, si antes de volver a su tierra no falleciera en la misma Sicilia.

 

Sucediole otro del mismo nombre, es a saber Amílcar hijo de Giagon, el cual pasó en Sicilia con nuevo ejército de África, y nuevos socorros que de España le acudieron. Llegado a la isla, fue en busca de Agatocles. Diole al principio una rota, conque le encerró y cercó dentro de Siracusa. El peligro y el daño derriba a los cobardes y anima a los valientes. Fue así que Agatocles en aquella estrechura usó de una osadía maravillosa, ca después que persuadió a los suyos a sufrir el cerco animosamente, él con su flota pasó en África. Notable resolución, pues el que no tenía fuerzas para una guerra, ayudado del consejo salió vencedor en dos. Venció en batalla a Hannón, capitán de los cartagineses, que le saliera al encuentro, y le mató. Después, destruidos los campos, las villas y los pueblos abrasados, y robado gran número de hombres y de ganado, puso en gran temor y cuita a los de Cartago, en cuyos ojos las alquerías de la ciudad, sus labranzas y sus campos, todo el regalo y riqueza de los ciudadanos con el fuego humeaban. Demás de esto de Sicilia se supo que Artandro, hermano del tirano, el cual había quedado en el cerco, con una salida que hizo, dio

 

 

 

 

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una arma tan brava sobre los enemigos, que descuidados estaban, que mató a su capitán y puso a mlos demás en huida. Con esta nueva luego Agatocles dio vuelta a Sicilia, y allí por todas partes apretó a los cartagineses, de suerte que con muerte de muchos de ellos echó a los demás de toda aquella isla, y él quedó en todo sosiego.

 

Fue esta paz de poca dura a causa que Pirro rey de Epiro, que hoy es Albania, llamado por los de Tarento pasó en Italia, y en ella afligió y trabajó el poder de los romanos con dos rotas que les dio una tras otra. De Italia pasó a Sicilia año de la fundación de Roma de 476 con esta ocasión: falleció Agatocles en Siracusa rico y dichoso. Su mujer e hijos (como él se lo dejó mandado) recogidos sus tesoros y preseas, se fueron a Egipto. Los de Cartago, sabido lo que pasaba, entraron en pensamiento de apoderarse de nuevo de toda aquella isla, para lo cual se apercibieron de un grueso ejército, y en particular nuestros historiadores afirman que de España llevaron en una flota para este efecto cinco mil peones y ciento y cincuenta caballos todos españoles, con más setecientos honderos mallorquines, y que sacaron otrosí de sus fortalezas los soldados que tenían de guarnición para llevarlos a esta empresa, y pusieron en su lugar soldados españoles que guardasen aquellas plazas. Los siracusanos al contrario, para contrastar a las fuerzas e intentos de Cartago, llamaron en su ayuda a Pirro, el cual por esta causa se nombró rey de Epiro y de Sicilia. Llegado, rompió en una batalla de tierra a los cartagineses que aún no tenían juntas todas sus fuerzas. Pero llegados los socorros de España, ya que Pirro trataba de volverse a Italia, fue desbaratado en una batalla de mar, y forzado a desamparar a Sicilia. Y aún poco después de Italia pasó a su tierra, perdido el señorío de Sicilia tan presto como lo había adquido. Así lo refiere Justino.

 

Con la ida de Pirro, los de Siracusa encargaron el gobierno de su ciudad a Hieron. Después le hicieron su capitán contra los cartagineses, y finalmente rey. Fue hijo de Hieróclito, que descendía del linaje de Gelon, antiguo tirano de aquella isla; su madre fue mujer baja y aún esclava. Era grande el esfuerzo y las partes de Hieron, y no era menester menos reparo contra los cartagineses, los cuales fortalecían con muy gruesas guarniciones muchas ciudades de que estaban apoderados, y aspiraban al señorío de toda la isla.

 

 

 

 

 

 

 

 

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VI. De la primera Guerra Púnica contra Cartago

 

Estando las cosas en este estado, se encendió de repente una nueva guerra, con la cual el poder y buena andanza de los cartagineses fue abatido por los romanos, los cuales entraron en Sicilia con esta ocasión. Los mamertinos (que así se llamaban del nombre del dios Marte por atribuirse a sí la gloria de las armas, y tenerse por más valientes que los demás) moraban en aquella parte de Italia que se llama Campania o tierra de labor, desde donde fueron llamados por los ciudadanos de Mesina, ciudad puesta sobre el estrecho de Sicilia con un muy bueno y seguro puerto, contra el poder de Agatocles que con los demás pretendía enseñorearse de aquella plaza. Los mamertinos llegados a Sicilia hicieron muy bien su deber, pero en premio de su trabajo quitaron la libertad a los ciudadanos antiguos de aquella ciudad, y se hicieron señores de todo. Demás de esto dilataron su señorío por aquella isla. Con lo cual crecieron en tanta manera en riquezas y orgullo, que se atrevieron a tomar las armas primero contra Pirro rey de Epiro, y después acometer y hacer agravios a los de Siracusa. Pero como fuesen vencidos en una batalla que se dio junto al río dicho Longano, por Hieron capitán de los contrarios, fue tan grande la rota y matanza que en ellos se hizo, que los demás mamertinos reducidos dentro de la ciudad, apenas se podían defender con las murallas sin confiarse de sus fuerzas. Por lo cual determinaron buscar socorro de otra parte. No fueron todos de un parecer, ca parte de aquellos ciudadanos llamó en su socorro a los cartagineses, los cuales porque estaban cerca, acudieron presto y fueron recibidos en la ciudad y pueblos comarcanos.

 

Otros enviaron embajadores a Roma por ser grande la fama que corría de su esfuerzo, justicia y buena andanza. Los que fueron enviados, señalada que les fue audiencia, declararon en el Senado a lo que eran venidos. Tratado el negocio, muchos fueron de parecer que no era lícito hacer guerra a los cartagineses, que ninguna causa ni disgusto les habían dado. Los demás decían que no era bien esperar hasta tanto que apoderados de Sicilia pasasen en Italia, pues nadie se contenta con lo que tiene, y todos cuanto son más poderosos, tanto quieren pasar más adelante. Resolviéronse que debían acudir a los mamertinos, principalmente que en cierto asiento antiguo tomado con Cartago en el consulado de Publícola y renovado ya por tres veces, se había puesto por condición que ni los unos ni los otros se entremetiesen en las cosas de Sicilia, lo que decían haber

 

 

 

 

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quebrantado los de Cartago. El cónsul Appio Claudio fue enviado en socorro con algunas compañías el año primero de la Olimpíada 129, que de la fundación de Roma se contaba 490.

 

Sabido esto en Mesina, parte de los ciudadanos tomaron las armas con las cuales echaron de su ciudad la guarnición de los cartagineses. Por este agravio que fue muy notable, irritados los cartagineses se concertaron con Hieron, y juntadas con él sus fuerzas, pusieron por mar y por tierra cerco a los de Mesina con intento, así de apoderarse de la ciudad, como para impedir el paso del estrecho a los romanos. Pero ellos, luego que llegaron, cubiertos de la oscuridad de la noche pasaron el estrecho, y recibidos que fueron dentro de la ciudad, salieron a dar la batalla al enemigo, en la cual vencieron a Hieron y tomaron los reales de los cartagineses. Siguieron el alcance y la victoria hasta la misma ciudad de Siracusa, donde tuvieron algún tiempo cercados a los sicilianos que de la matanza escaparon. Asimismo a lo cartagineses quitaron no pocas ciudades y pueblos. Trocadas las cosas de esta suerte, Hieron también se apartó de ellos y tomó asiento con los romanos. No desmayaron por esto los cartagineses; antes tanto con mayor diligencia y brío juntaron una nueva y gruesa armada, y levantaron nuevas compañías en España y por las marinas de la Galia, y por la Liguria (que hoy es lo de Génova) según que Polibio lo testifica. Con este aparato tornaron a la guerra contra los romanos, la cual fue larga y dificultosa. Pero no hace a nuestro propósito declarar todo lo que en ella sucedió, pues es bastante carga la que tomamos de relatar las cosas de España.

 

De la cual refieren nuestros escritores, sin señalar ni lugares ni nombres, que por este tiempo era trabajada de una guerra cruel y civil, sin perdonar ni excusar muertes, robos y quemas que de todas maneras sucedían. En Sicilia la guerra entre romanos y cartagineses se proseguía. Los trances y sucesos fueron varios: ya los vencidos vencían, ya eran vencidos los vencedores, hasta tanto que se dio una batalla naval, año de la fundación de Roma de 502, en la cual las fuerzas de los romanos fueron trabajadas, ca el general romano Cecilio Metelo fue vencido y puesto en huida, con pérdida, si creemos a Eusebio, de noventa naves. Al contrario los mallorquines se rebelaron contra los gobernantes de Cartago, y muerta la guarnición de cartagineses, con un granizo de piedras forzaron a la armada que estaba surta en el puerto, a salirse de él y echar áncoras en alta

 

 

 

 

 

 

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mar, y como la furia de aquellos hombres salvajes no se amansase, les fue necesario hacerse a la vela la vuelta de Cartago.

 

Para sosegar aquella revuelta y ganar aquellos isleños era menester esfuerzo, autoridad y maña. Por lo cual acordaron en Cartago de enviar para este efecto un varón de conocida prudencia y de gran fama en las armas, por nombre Amilcar Barquino. Este con la autoridad y destreza que tenía, juntó y se ayudó de grande afabilidad en su trato, con la cual sin usar de rigor ni de fuerza, redujo toda la isla al reposo y obediencia de antes. En el cual tiempo, en una isla llamada Ticuadra cercana a Mallorca, nació a Amilcar un hijo por nombre Aníbal, aquel que con la grandeza de sus hazañas y con la fama de su valor hinchó la redondez de la tierra. Plinio sin duda, si la letra no está errada, hace a Ticuadra patria de Aníbal. Nuestros cronistas añaden que nació de madre española, y que el gran Amílcar su padre, nombrado que fue por general para continuar la guerra contra los romanos, año de la fundación de Roma de 507, llevó a Sicilia en su armada a dos mil españoles y trescientos honderos con intento de recobrar el señorío de aquella isla, que los suyos habían perdido. Con estas gentes costeó y aún acometió las riberas de Italia, y últimamente surgió con su flota en aquella parte de Sicilia, donde está puesta la ciudad de Palermo con una ensenada y cala que allí había no mala para las naves. Está allí cerca un monte empinado, que por todas las partes tiene áspera la subida, debajo del cual se extendía y extiende una llanura de doce millas en circuito, muy fresca, hermosa y fértil a maravilla. En aquel monte se fortificó Amílcar, y en él puso a sus gentes con intento que no le forzasen a venir a las manos y dar la batalla de poder a poder, ca no quería aventurar el resto en una pelea, y sólo pretendía trabajar al enemigo con escaramuzas y rebates, convidar a los pueblos y ciudades comarcanas a tomar otro partido, y junto con esto hacerse señor de la mar.

 

Contra estos intentos el cónsul Cayo Luctacio, enviado que fue de Roma con una gruesa armada, llegó y dio fondo junto al promontorio Lilybeo, donde está asentada la ciudad de Trapana. Asimismo a instancia de Almícar partió de Cartago una nueva armada, y por general de ella un hombre principal que se llamaba Hannón. Vinieron a las manos las dos armadas cerca del dicho promontorio Lilybeo o cabo de Trapana. La batalla fue brava y de las más famosas del mundo. La victoria quedó por los romanos, la armada cartaginesa destrozada, ca sesenta naves fueron tomadas por los romanos, y otras cincuentas echadas a fondo. El número

 

 

 

 

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de los muertos y prisioneros fue conforme al número de las naves y grandeza de la victoria.

 

El temor de la ciudad de Cartago cuando se supo la rota fue tan grande, que se determinaron y trataron de tomar asiento con los romanos. Diose el cuidado y comisión de hacer los conciertos y capitular a Amílcar, capitán de no menor valor para sufrir los reveses de la fortuna, que de esfuerzo para hacer la guerra. Hubo vistas de los dos generales en las cuales se trató de las condiciones, y últimamente se concluyó la paz en esta forma y con estas capitulaciones: los cartagineses saquen sus huestes y soldados de Sicilia y de las islas comarcanas; no hagan algún agravio o molestia a Hieron ni a los demás confederados de los romanos; paguen a ciertos tiempos y plazos dos mil y doscientos talentos euboycos, y esto por castigo y por los gastos hechos en la guerra; suelten los cautivos que tuvieren, sin rescate.

 

Estas condiciones no agradaron al pueblo romano. Por lo cual diez varones enviados con autoridad de corregir y concluir este tratado, añadieron mil talentos a la suma que estaba concertada. Demás de esto mandaron que los cartagineses no solo saliesen de Sicilia, sino también de las otras islas que estaban puestas entre Sicilia e Italia. Con tanto, se dejaron las armas y se concluyeron las paces el año veinte y dos después que la guerra se comenzó, pero de tal manera que todos entendían no faltaba voluntad a los cartagineses de volver a la guerra y a las armas, y que lo harían luego que tuviesen fuerzas bastantes, con mayor brío y porfía que antes. Las condiciones que les pusieron eran muy pesadas, y por tanto se persuadían no las guardarían más de cuanto les fuese forzoso.

 

Fue este año desgraciado para España por la seca que padeció y falta de agua, y por los ordinarios temblores de tierra, con los cuales una parte de la isla de Cádiz dicen se abrió y se hundió en el mar.

 

 

 

 

VII. Cómo Amílcar vino otra vez a España

 

Nunca las adversidades paran en poco, antes vienen de ordinario enlazadas unas de otras, como se vio en la ciudad de Cartago que le sobrevinieron nuevos desastres y daños. Y fue que a un mismo tiempo en África y en Cerdeña se amotinaron los soldados cartagineses, porque no les daban las

 

 

 

 

 

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pagas que de mucho tiempo se les debían. En África los soldados que salieron de Sicilia, luego que se amotinaron, nombraron por sus capitanes a Coto Africano y a Sependio italiano de nación. Erean como sesenta mil hombres: la ciudad no les podía satisfacer por estar sus tesoros acabados con los gastos de aquella desastrada guerra. Volvieron su rabia contra los pueblos y los campos comarcanos, con que pusieron en gran cuidado y cuita a los de Cartago.

 

Los de Cerdeña, además de amotinarse, pasaron tan adelante que sus mismos soldados se conjuraron contra su capitán Hannón sin parar hasta ponerle en la cruz por haberse con ellos ásperamente. Fuera enviado este capitán para apaciguar el motín que allí se había levantado. Con su muerte se juntaron los soldados de Hannón con los amotinados de antes, y por algún tiempo tuvieron el señorío y mando de la isla, hasta tanto que echados por los naturales de ella, se huyeron y pasaron a los romanos, de los cuales de tal manera fueron recibidos y amparados, que no los tornaron a enviar a Cerdeña. Mas por otra parte ellos armaron muchas naves para quitar a los cartagineses, como lo hicieron, la posesión de aquella isla. Fue este grave sentimiento para los de Cartago, que consideraban cuantas fuerzas perdían con haberles antes quitado a Sicilia, y al presente despojado de Cerdeña. Los romanos se excusaban con el concierto y capitulaciones pasadas, por las cuales pretendían que los de Cartago debían partir mano y salirse de la una y de la otra isla. Para mitigar esta pena usaron de blandura y de maña. Y fue que sin ser requeridos enviaron trigo a Cartago para remedio de la hambre que se padecía gravísima en aquella ciudad, causada de la falta de labor por los alborotos que no dieron lugar a sembrar los campos, dado que Amilcar Barquino, nombrado de los suyos por capitán contra los amotinados de África, los había quebrantado y cansado con paciencia de tres años, y vencido después en una señalada batalla que les dio.

 

Reparadas las cosas con esta victoria, y disimulado el dolor de haberles quitado a Cerdeña, tornaron a tratar de lo de España, en la cual por caer tan lejos de Roma, pensaban podrían extender su señorío, y con mayores ventajas recompensar los daños pasados. Nombraron a Amílcar para aquel cargo con autoridad suprema de hacer y deshacer. El cual al partirse de Cartago, según la costumbre, hizo primero sus votos y ofreció sus sacrificios. Hallóse presente su hijo Aníbal, niño de nueve años, porque le quería llevar consigo a España. Hízole tocar el altar, y que jurase por

 

 

 

 

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expresas palabras que en siendo de edad, vengaría su patria contra los romanos, y tomaría contra ellos las armas. Tenía Amílcar otros tres hijos menores que Aníbal, es a saber Asdrúbal, Magon y Hannón. Hízose Amílcar a la vela, y luego que llegó a Cádiz, los turdetanos, que sin hacer mudanza se habían conservado en la amistad de Cartago, enviaron embajadores a darle la bienvenida y ofrecerle sus gentes y sus fuerzas, si las hubiese menester. Con esta ayuda Amílcar no sólo recobró lo que antiguamente los suyos poseían en tierra firme, pero aún se apoderó de toda la Bética, parte por fuerza, y parte por voluntad de los naturales, que fue el año de la fundación de Roma de 516.

 

Era esta gente por aquel tiempo tan rica, que como dice Estrabón, usaban de pesebres y de tinajas de plata. Añaden que costeando con su armada las riberas del mar Mediterráneo, se metió por Enro arriba, donde fundó un pueblo que antiguamente llamaron Cartago la vieja, y hoy se entiende que sea Cantavecha, un pueblo pequeño de los caballeros y orden de San Juan, distante de la ciudad de Tortosa entre Poniente y septentrión por espacio de diez leguas, en los pueblos dichos antiguamente ilercaones, donde sin duda la puso Ptolomeo. Por lo cual claramente se entiende cómo se engañan los que sienten que Cartago la Vieja fuese o la misma ciudad de Tortosa, o, tres leguas hacia el levante donde sale el sol, una aldea llamada Perelló por ciertos paredones que allí hay, rastros manifiestos de edificio antiguo.

 

El año siguiente se apoderó de todas las marinas, donde los bastetanos y contestanos se extendían hasta el mar, en las cuales comarcas hoy están las ciudades de Baza y Murcia, y no dista mucho de allí la de Sagunto. De la cual vinieron embajadores a Amílcar para darle el parabién de las victorias y traerle presentes, si bien los de aquella ciudad estaban muy lejos de entregársele, aunque fuese con muy honestos y aventajados partidos. Despidióles pues benignamente y con buenas palabras, pero el deseo que tenía de apoderarse de aquella ciudad era muy grande. Era menester buscar algún color para hacerlo, y para cubrir su mal ánimo con capa de honestidad. Acordó de persuadir a los turdetanos que en los términos de Sagunto edificasen una ciudad, la cual consta se llamó Turdeto, y algunos quieren que sea Teruel, apartada veinte leguas de Sagunto. Esto sienten movidos sólo por la semejanza del nombre, conjetura las más veces engañosa y flaca. Resultó de aquel principio y por aquella causa diferencia entre aquellas dos naciones o ciudades, ocasión a

 

 

 

 

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propósito para lo que pretendía Amílcar, que era apoderarse de los saguntinos y quitarles la libertad. Ellos por sospechar lo que era, se resolvieron de no alborotarse, ni tomar las armas contra los turdetanos.

 

A la boca del río Ebro hicieron los cartagineses fiestas y alegrías por todas las victorias pasadas, junto con celebrarse las bodas de Himilce, hija de Amílcar, con Asdrúbal, deudo del mismo, el año que se contaba de la ciudad de Roma 521. Hacíanse estos regocijos, y no por eso el capitán cartaginés se descuidaba de lo que a la guerra tocaba; antes desde allí envió embajadores a los principales de la Galia para ganarles las voluntades, por tener entendido que su amistad podría ser muy a propósito para la guerra que en teniendo a España sujeta, pensaba hacer contra los romanos. Granjeólos con dávidas y con oro de que ellos eran muy codiciosos y España muy abundante. Luego el año siguiente movió con su gente y armada hacia los Pirineos. Corrió y sujetó todas aquellas riberas desde Tortosa hasta el río que hoy llamamos Llobregat y antiguamente se llamó Rubricato. Poco adelante del cual fundó la nobilísima ciudad cabeza de Cataluña con nombre de Barcelona por los Barquino, del cual linaje él era. Otros atribuyen la fundación de Barcelona a Hércules el libio, otros a la ciudad de Barcilona que estaba en Asia en la provincia de Caria. Pero autores más en número y de mayor antigüedad cuentan a nuestra Barcelona entre las poblaciones cartaginesas, con lo que se refutan las dos opiniones postreras, y la primera se comprueba.

 

Trataba de estas cosas Amílcar, y juntamente pretendía apoderarse de Roses y de Ampurias, ciudades cercanas, y que resistían a sus intentos por estar aliadas con los saguntinos, cuando muy fuera de su pensamiento le sobrevino la muerte en los pueblos edetanos, donde era vuelto por causa de acudir a las alteraciones que en la Bética estaban levantadas. Fue muerto en una batalla que dio a los naturales que le salieron en gran número al encuentro, el noveno año poco más o menos que vino esta segunda vez a España. La pelea fue tan brava y sangrienta, que de pasados cuarenta mil hombres que llevaba consigo, más de las dos tercias partes murieron a cuchillo. Los demás, muerto su general, se salvaron por los pies, y con la oscuridad de la noche se pudieron recoger a las ciudades comarcanas de su devoción. Tito Livio dice que esta batalla se dio junto a un lugar y pueblo que se llamaba Castro Alto.

 

 

 

 

 

 

 

 

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VIII. De lo que Asdrúbal hizo

 

Las fuerzas y armas de los cartagineses después de esta rota tan memorable refieren que revolvieron sobre la Bética o Andalucía, donde echaron por el suelo una población de los focenses, sin de clarar que nombre tenía. Sólo dicen que fue la primera que se alborotara en aquellas partes. Así la que fue primera ocasión del daño, fue primeramente castigada. Esto en España.

 

En Cartago, sabida la muerte de Amílcar, se trató en aquel Senado de enviar sucesor en su lugar para el gobierno de España. Hubo grande debate sobre el caso, y no se conformaban los pareceres. La ciudad estaba toda dividida en dos bandos, los Edos y los Barquinos, las cuales dos parcialidades y familias en poder, riquezas y autoridad sobrepujaban a las demás. Los Barquinos querían que Asdrúbal fuese elegido para aquel cargo. Los Edos otrosí, por envidia que les tenían, pretendían enviar de su linaje gobernador a España de donde se recogían grandes riquezas. En tanto que por estos debates la resolución se dilataba y estas diferencias andaban, llegó Aníbal desde España muy a propósito a Cartago. Con su llegada confirmó las voluntades y fuerzas de su bando, y se enflaquecieron los intentos del contrario. En fin, con sus amigos, y por su autoridad y negociación hizo tanto, que el cargo de España se encomendó a Asdrúbal su cuñado.

 

Entró en el Senado, hizo un largo y estudiado razonamiento. Relató los trabajos de su padre, las cosas que gloriosamente había acabado, como por su esfuerzo quedaba domada España, su desgraciada muerte, la cual resultó no por alguna culpa suya, sino por la adversidad de la fortuna. Que dejaba fundadas nuevas ciudades, y en las antiguas puestas buenas guarniciones. Que la esperanza de sujetar todo lo demás de aquella provincia era grande, si por el mismo camino y traza se continuaba el gobierno. Erraban si creían que los ánimos feroces de los españoles se podían domar por sola fuerza. Que Asdrúbal era de edad a propósito, grande su autoridad, su esfuerzo y valentía, y no sólo en las armas era ejercitado, sino también en la elocuencia, y en particular tenía grande destreza y maña para tratar los ánimos de los naturales. Que en él solo las voluntades así de los ejércitos como de los confederados se conformaban. En señal de lo cual sacó un envoltorio de cartas que a su partida le dieron españoles y capitanes. Mirasen una y otra vez, que con la mudanza del

 

 

 

 

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gobierno y con nuevas trazas, no se enajenasen las voluntades de aquella nobilísima provincia, la cual ganada quedarían acrecentados con sus riquezas y fuerzas, y no tenían que temer adelante algún revés ni desastre. Con aquel razonamiento y con las cartas quedó convencido el Senado para que el cuidado y gobierno de España se encomendase a Asdrúbal, como se hizo, año de la fundación de Roma de 524.

 

El cual pasado, dado orden de las cosas de España, el mismo Asdrúbal, acompañado de los principales de su gobierno, se partió para Cartago, que pensaba y aún pretendía gobernar a su voluntad toda la república, y que él solo tendría mas mano y poder que todos los demás magistrados. Esto pensaba él. Las cosas sucedieron muy al revés, ca por maña y artificio de la parcialidad contraria, el pueblo y el Senado se persuadió que con ayuda de su cuñado Aníbal pretendía hacerse rey y señor de aquella ciudad libre. Pasó la alteración por esta causa y las sospechas tan adelante, que fue forzado a dar la vuelta y embarcarse para España.

 

Estaba la provincia sosegada, por lo cual se determinó edificar en aquella parte por donde los contestanos se tendían a la ribera del mar, una ciudad que llamaron Cartago la nueva, a distinción de la otra que (como dijimos) Amílcar fundó cerca del río Ebro. Llamóse también esta nueva ciudad Cartago Espartaria por el mucho esparto que hay por aquellas comarcas. Tiene otrosí un buen puerto, seguro de cualquier tormenta de vientos por los collados conque en rededor, como con un compás está cerrado, una estrecha entrada, y para mayor seguridad una isleta que le está puesta por frente como baluarte. La cual los antiguos llamaron Hercúlea, los latinos Scombraria, de cierto género de pescado de que hay en aquellos lugares grande abundancia. Púdose esta población comparar antiguamente con cualquier grande ciudad en la anchura de los muros, hermosura de los edificios, arreo, nobleza y número de ciudadanos. Al presente, aunque reducida a pequeño número de moradores, todavía conserva claros rastros de su antigua nobleza.

 

Los romanos, avisados de todo lo que en España pasaba, maguer que ardían en deseos de contrastar a los intentos de los cartagineses y desbaratarles sus trazas, pero porque no pareciese eran ellos los primeros a quebrantar el concierto y asiento que tomaron poco antes, acordaron de disimular por entonces. Principalmente que eran avisados de la Galia Ulterior como aquella gente se conjuraba con los de la Galia Cisalpina, que hoy es Lombardía, en daño del pueblo romano. Contentáronse pues

 

 

 

 

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con enviar una embajada a Marsella con voz y son de desbaratar lo que pretendían los galos, mas hecho en verdad con intento de concertarse por medio de los de Marsella con los pueblos que tenían los de aquella ciudad por amigos en las marinas de España, lo que fácilmente alcanzaron, y se efectuó en odio de los cartagineses, de quien mucho todos se recelaban.

 

Los que primero hicieron alianza con los romanos fueron los de Ampurias, ciudad contada entre los pueblos que antiguamente se llamaron Indigetes, los cuales partían término con los laietanos por una parte, y por otra con los ceretanos, y se extendían desde el río dicho Sameroca, hoy Sambucha, hasta lo postrero de los Pirineos. Por medio de los de Ampurias, y a su instancia, se concertaron también los de Sagunto y los de Denia, que fue el principio y la ocasión de la nueva y gravísima guerra que no mucho después de esto se encendió entre los cartagineses y los romanos.

No se podían encubrir tan grandes prácticas y negociaciones que no las entendiese Asdrúbal, ni tampoco lo que los romanos pretendían, mas parecióle disimular hasta tanto que todo estuviese a punto para la guerra que quería darles. Trató de asegurar las ciudades de su devoción. Procuró por sus cartas que Aníbal volviese en España desde Cartago, donde hasta entonces le habían entretenido como por rehenes y seguridad de que Asdrúbal haría lo que era razón. Hubo grande dificultad en alcanzar del Senado la licencia para volver a España, a causa que Hannón, cabeza del bando contrario, hacía grande resistencia diciendo convenía que le acostumbrasen a vivir en igualdad con los demás ciudadanos, y como particular obedecer a las leyes, recato muy a propósito para conservar su libertad. Llegado a España, los soldados y los amigos le recibieron con grande muestra de alegría. Asdrúbal le nombró luego por su lugarteniente, que fue año de la fundación de Roma de 528, en el cual tiempo vinieron a España embajadores enviados de Roma.

 

Los cuales, luego que les fue dada audiencia, declararon la causa de su venida, es a saber que los de Cartago días había eran confederados y amigos del pueblo romano; que con el mismo de nuevo los españoles de la España Citerior se habían concertado y hecho paz. Por donde para que el un concierto no perjudicase al otro, pedían (lo que era muy justo) que los cartagineses en España tuviesen por término de su conquista y jurisdicción al río Ebro. Y sin embargo no tocasen los términos de los saguntinos, si bien estaban puestos de la otra parte del río. En conclusión, que los unos

 

 

 

 

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no hiciesen daño ni agravio a los amigos y aliados de los otros. Quien esto quebrantase, fuese visto contravenir a las leyes del concierto y alianza que tenían hecha. Esta embajada, como era razón, dio gran pesadumbre a los cartagineses, por adelantarse tanto los romanos que en provincia ajena pusiesen leyes a los vencedores. Con todo esto, por dar tiempo al tiempo, entre tanto que se apercibían de lo necesario para la guerra, consintieron y vinieron en todo lo que los embajadores pidieron en nombre de su ciudad. Tanto más que desde Italia avisaban como los galos transalpinos aunque iban juntos con los de la Cisalpina, y por el mismo caso más espantables, fueron desbaratados por los romanos en una grande batalla en la que quedaron muertos cuarenta mil de ellos, y diez mil presos. Partiéronse con tanto los embajadores.

 

Asdrúbal gastó tres años enteros en aparejar lo que para la guerra que pensaba hacer entendía ser necesario, como dineros, pertrechos y soldados, con todo lo demás. Pero sus pensamientos e intentos atajó la muerte cuando menos lo pensaba, que le sobrevino el año segundo de la Olimpíada, 139 de la fundación de Roma. Matóle un esclavo en venganza de su señor, y dado la muerte al dicho Asdrúbal junto al altar donde estaba sacrificando, que si bien fue luego preso, y le desmembraron y despedazaron con diversos tormentos, nunca dijo ni hizo cosa que mostrase tristeza, antes lo sufrió todo con rostro muy alegre y regocijado.

 

 

 

 

IX. De la Guerra Saguntina

 

Muerto que fue Asdrúbal de la manera que queda dicha, todo el gobierno de España se dio a su cuñado Aníbal. La voluntad y juicio de los soldados que lo pedían, confirmó el favor del pueblo, y aprobó el senado cartaginés. Estaba en lo mejor de su edad, que era de veinte y seis años poco más o menos. Era mozo de grande espíritu y corazón: tenía naturalmente muy aventajadas partes, dado que los vicios y malas inclinaciones no eran menores. El cuerpo endurecido con el trabajo, el ánimo generoso, más codicioso de honra que de deleites. Su atrevimiento era grande, su prudencia y recato notables. Estas virtudes afeaba y oscurecía con la deslealtad, crueldad y menosprecio de la religión. Verdad es que era agradable y amado de todos, así de los menudos como de los principales.

 

 

 

 

 

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Encargado del gobierno y avisado por el desastre de Asdrúbal, temía que la muerte no le acertase los pasos, por donde desde luego comenzó a revolver en su pensamiento la forma que tendría para hacer la guerra a los romanos. Era necesario buscar alguna causa y color honesto para romper con ellos. Parecióle sería lo mejor acometer a los saguntinos y vengar las injurias que habían hecho a sus aliados y amigos. Antes que al descubierto pusiese la mano en cosa tan grande, celebró con extraordinarios regocijos en Cartagena sus bodas con Himilce, vecina de Castulon, ciudad nobilísima, puesta donde hoy se ven los cortijos de Cazlona, no lejos de la ciudad de Baeza, rastros que quedan de su grandeza antigua. Era esta señora del linaje de Milico, antiguo rey de España. Demás de esto se decía que Cyrreo Focense, de cuyo linaje asimismo venía Himilce, había fundado aquella ciudad del nombre y apellido de su madre Castulona. El dote fue muy grande y conforme a su nobleza, por lo cual el poder de Aníbal se aumentó mucho en España, no menos el favor y aplauso de los naturales, que le miraban ya como a ciudadano suyo y natural. Demás de esto en el tiempo de su gobierno y por su mandado se buscaron y hallaron mineros de oro y plata, los cuales todos comúnmente se llamaron los pozos de Aníbal, la riqueza de los cuales se puede entender por lo que de uno de ellos se escribe, llamado Bebelo, del cual cada día se sacaban trescientas libras de plata pura y acendrada, que era valor de dos mil seiscientos cuarenta ducados.

 

Al principio movió guerra contra los carpetanos, que es el reino de Toledo, gente feroz y brava, y que en muchedumbre sobrepujaba los demás pueblos de España. Los olcades, donde ahora está Ocaña (Estéfano pone los olcades cerca del río Ebro) fueron los primeros sujetados. Luego después se dio cerca de Tajo una brava batalla, en que asimismo perdieron los naturales la victoria que los cartagineses ganaron. Por el mismo tiempo comenzaron disensiones y alteraciones entre los saguntinos, que era abrir la puerta y allanar el camino al enemigo, que no se descuidaba. Los más cuerdos para remediar este daño acudieron a Roma, y por sus ruegos vinieron desde allí embajadores. Los cuales, con amonestar a los unos de los saguntinos y amenazar a los otros, y castigar a algunos de los culpados, sosegaron aquellas alteraciones, de que se temía si pasaban adelante que, venidos que fuesen a las manos, la parte más flaca daría a Aníbal entrada en la ciudad.

 

 

 

 

 

 

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El cual, ensoberbecido por lo que había hecho, y por tener allanada toda la provincia de aquella parte del río Ebro sin quedar quien le hiciese rostro, revolvió su pensamiento a la guerra de Sagunto, que era donde se encaminaban sus intentos. Para dar color a esta empresa persuadió a los turdetanos que sobre los mojones moviesen pleito a los de Sagunto, y les hiciesen guerra. Ca tenía por cierto que de aquellas diferencias resultaría ocasión bastante para acometer lo que días atrás tanto deseaba, y asimismo que allí tendría principio la guerra contra los romanos.

 

Los saguntinos, al contrario, viéndose más flacos que el enemigo, y por estar confiados más en la amistad de los romanos que en sus fuerzas ni justicia, aunque era muy clara, luego despacharon a toda priesa embajadores a Roma, que declararon en el Senado la causa de su venida: que Aníbal les armaba asechanzas como enemigo suyo muy declarado, y que muy en breve con todas sus fuerzas se pondría sobre aquella ciudad. Que ningún reparo les quedaba para no padecer ellos y sus haciendas, si el arrimo y la esperanza que tenían en el Senado les faltase. Decían estar aparejados a sufrir cualquier daño antes que faltar en la fe puesta con aquella ciudad. Que el Senado debía advertir cuánto importaba la presteza, pues sólo el detenerse y la tardanza sería causa de su perdición, y ocasión para que todos entendiesen los desamparaban, y entregaban sus aliados a los enemigos. Y por el contrario que su constancia sola y su lealtad les acarreaba tanto daño. Tratóse el negocio en el Senado. Los pareceres fueron diferentes, y dado que algunos juzgaban se debía luego romper la guerra, siguióse empero y prevaleció el parecer más recatado y más blando, que fue enviar primero embajadores a Aníbal.

 

Los cuales, llegados que fueron a Cartagena en sazón que el verano estaba bien adelante, le avisaron de la voluntad del Senado, y le requirieron de paz no hiciese molestia y agravio a los saguntinos ni a mlos otros sus aliados. Y como estaba asentado en el concierto pasado, no pasase el río Ebro. Donde no, que el pueblo romano miraría por sus aliados y amigos que nadie les agraviasen. A todo esto respondió Aníbal que los romanos no guardaban justicia ni la hacían, así en la muerte que poco antes en Sagunto dieran a sus amigos, varones principales, como en querer al presente se disimulasen los agravios que los de Sagunto habían hecho a los turdetanos. Que como era justo defendiesen los romanos con justicia a sus aliados, así no parecía contra razón tuviese él también libertad de mirar por sus amigos y defenderlos de toda demasía y agravio.

 

 

 

 

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Despedidos los embajadores con esta respuesta, luego por el mes de septiembre, con intento de prevenir a los romanos y ganar por la mano, marchó y se puso sobre Sagunto con un campo de ciento cincuenta mil hombres, que fue el año primero de la Olimpíada 140, como lo dice Polibio. Corrió los campos, tomó y saqueó muchos pueblos comarcanos. Sólo perdonó a Denia por dar muestra de lo que ningún cuidado tenía, que era de la devoción y reverencia del templo de Diana muy famoso que allí estaba. En los pueblos llamados antiguamente edetanos estaba asentada cuatro millas del mar. Sus campos eran fértiles y abundantes, y ella asaz rica por el gran trato que alcanzaba por mar y por tierra, fuerte por su sitio y por sus murallas y baluartes. Luego que Aníbal asentó y fortificó sus reales, hizo apercibir los ingenios. Comenzaron con cierta máquina que llamaban ariete a batir la muralla por la parte más baja, que se remataba en un valle, y por tanto parecía más flaca. Engañólos su pensamiento, ca la batería salió más dificultosa de lo que pensaban, y los moradores se defendían con grande brío y coraje, tanto que al mismo Aníbal, como quier que un día se llegase cerca del muro, pasaron el muslo con una lanza que le arrojaron desde el adarve. Fue el espanto que por este caso los suyos recibieron tan grande, que estuvieron a pique de desamparar todos los ingenios que tenían hechos: la herida tan grave, que en tanto que se curaba se dejó la batería por algunos días.

 

En esta sazón los saguntinos despacharon nuevos embajadores a Roma para protestar en el Senado y requerirles no desamparasen la ciudad amiga para ser asolada por sus enemigos mortales. Que si un poco se detenían, sin falta perecería y el remedio después vendría tarde. Hecha la cala y cata, hallaban que tenían trigo para pocos meses, pero que con el buen orden y repartimiento podrían entretenerse algo más. Despachados los embajadores, repararon y fortificaron con gran cuidado los lugares que o por el daño recibido o de suyo, estaban más flacos.

Aníbal, luego que sanó de la herida, arrimó sus ingenios a la ciudad, con cuyos golpes derribó por el suelo tres torres con todo el lienzo de la muralla que entre ellas estaban. Diose el asalto: los enemigos por la batería pugnaban de entrar en la ciudad, y aquejaban a los de dentro. Los ciudadanos, al contrario, animados con el peligro ordenaron sus haces y gentes delante de la muralla, con lo cual primero sufrieron el ímpetu de sus contrarios. Luego, porque fuera de su esperanza no eran vencidos, hirieron en ellos con tal denuedo, que los hicieron ciar y los arredraron de la

 

 

 

 

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ciudad. Finalmente, los pusieron en huida y los siguieron hasta los reales, en que apenas con el foso y trincheras se pudieron defender: tal y tan grande era el espanto que cobraron. Este atrevimiento y esta victoria fue muy perjudicial a los saguntinos, porque Aníbal se embraveció más. Y determinado de no reposar antes de apoderarse de la ciudad, no quiso dar audiencia a nuevos embajadores que de Roma le vinieron sobre el caso, ca los romanos estaban resueltos de intentar cualquier cosa antes de venir a las armas y llegar a rompimiento.

 

Los embajadores, según que les fuera mandado, pasaron de España en África, y en el Senado de Cartago se quejaron de los agravios y de todo lo que sus gentes intentaban en España. Pidieron que Aníbal les fuese entregado para ser castigado como era razón, que sola aquella satisfacción quedaba para que se conservase la paz. Oídos que fueron los embajadores, Hannón dijo que los romanos pedían justicia, que Aníbal sin que nadie lo pretendiese debía ser desterrado a lo postrero del mundo, porque no perturbase el estado apacible y quieto de su ciudad. Pero la parcialidad de los Barquinos, que estaba prevenida por mensajeros y cartas del mismo Aníbal, y por este medio corrompido el Senado, desechado el consejo más saludable, dio respuesta en esta forma: Que las cosas estaban reducidas a aquel estado no por culpa de Aníbal, sino que de los saguntinos había nacido el agravio. Y no hacían el deber los romanos en preferir nuevas amistades a la antigua.

 

En el entretanto, Aníbal daba por algunos días reposo a sus soldados, que estaban cansados con las peleas y baterías que se daban, cuando a la sazón le nació un hijo de Himilce su mujer, llamado Aspar, el cual causó grande alegría a su padre y a todo el ejército. Hiciéronse en los reales por su nacimiento grandes juegos y regocijos de todas maneras.

Los saguntinos por tanto no reposaban, antes apercibían todo lo necesario para su defensa, y asimismo repararon los muros por la parte que el enemigo abriera entrada. Por demás fue esta diligencia, ca los enemigos, con una torre de madera que levantaron, se arrimaron a la muralla, y desde allí con lanzas y flechas forzaban a desampararla los que defendían la ciudad. Demás de esto quinientos africanos con picos y con palancas echaron por tierra una buena parte de la dicha muralla, por no estar edificada con cal sino con barro, y por tanto tener menos resistencia. Esto hecho los soldados, con esperanza del saco, el cual a voz de pregonero les fue prometido, entraron la ciudad por fuerza de armas. Los saguntinos, por

 

 

 

 

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no ser bastantes para defender la entrada, se retiraron más adentro, y con un nuevo muro que de repente a toda priesa levantaron, juntaron la parte de la ciudad que les quedaba con el castillo. Todo esto era poca defensa, y solamente estribaban en la vana esperanza del socorro que de Roma se prometían.

 

Dióseles algún espacio para respirar con la partida de Aníbal, que acudió a los pueblos llamados carpetanos y oretanos, que habían tomado las armas por el rigor que en levantar gente los cartagineses usaban. Quedó en el cerco Maharbal, hijo de Himilcón, como lugarteniente de Aníbal, el cual apretaba los saguntinos con reprimir sus correrías y salidas, y ganar como ganó otra parte de la ciudad, con que los cercados se hallaban reducidos a extremo peligro. Sosegó Aníbal las alteraciones de aquellos pueblos. Esto hecho, dio vuelta a Sagunto, y con su llegada se apoderó de una parte del mismo castillo, conque los miserables ciudadanos perdieron de todo punto la esperanza de poderse defender. La obstinación sola les sustentaba: mal que en los mayores peligros no recibe consejo, y cuando es sin fuerzas acarrea la perdición.

 

Un ciudadano de Sagunto, por nombre Halcon, se salió escondidamente de la ciudad, y por compasión que tenía a sus ciudadanos (los cuales con el peso de los males veía estar fuera de juicio) comenzó en particular a tratar de conciertos. Y como no alcanzase otra respuesta sino que los cercados sólo con sus vestidos, desamparada la ciudad, fundasen un nuevo pueblo en aquella parte y campos que el vencedor les señalaría, se quedó en los reales por no tener esperanza que sus ciudadanos se querrían entregar con aquel partido, que era un miserable estado, ni tener ni saber aceptar remedio. Viendo esto un español llamado Alorco, sin embargo que era soldado de Aníbal, por ser aficionado a los saguntinos así por su naturaleza como por acordarse del buen hospedaje que en otro tiempo le habían hecho, se metió en la ciudad por la batería, y lo primero hizo echar fuera y apartar la gente popular, después avisó en pública audiencia a los principales de aquellas condiciones, injustas por cierto (dijo) y graves, pero para el estrecho en que estaban necesarias. Que considerasen no lo que perdían ni lo que les quitaban, sino que tuviesen por ganancia todo lo que les dejaban, pues la vida, la libertad y las riquezas todo estaba en poder del vencedor.

 

El razonamiento de Alorco fue oído con grande indignación y bramido del pueblo, que poco a poco se llegó con deseo de saber lo que pasaba.

 

 

 

 

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Muchos juntando el oro, plata y alhajas en la plaza, les pusieron fuego, y en la misma hoguera se echaron ellos, sus mujeres e hijos, determinados obstinadamente de morir ante que entregarse. En el mismo punto cayó en tierra una torre después de muy batida, que dio libre entrada a los soldados en la ciudad, la cual ardía toda en vivas llamas y en fuego encendido por sus mismos ciudadanos, y que el enemigo procuraba de apagar, que era igual desventura por el un respeto y por el otro. De tal manera la guerra muda las leyes de la naturaleza en contrario. Los moradores fueron pasados a cuchillo sin hacer diferencia de sexo, estado ni edad. Muchos por no verse esclavos se metían por las espadas enemigas. Otros pegaban fuego a sus casas, conque perecían dentro de ellas quemados con la misma llama. Pocos fueron presos, y éste fue casi solo el saco de los soldados, dado que muchas preseas se enviaron a Cartago, muchas fueron robadas por los mismos, ca no pudieron los moradores quemarlo todo.

 

Duró este cerco por espacio de ocho meses, y en el de mayo fue destruida aquella nobilísima ciudad, año que se contaba de la fundación de Roma 536, del cual número hay quien quita dos años, pero concuerdan todos que fue en el consulado de Publio Cornelio y de Tito Sempronio.

 

 

 

 

X. Del principio de la Segunda Guerra Púnica

 

contra Cartago

 

A un mismo tiempo llegó a Roma la fama de la destrucción y ruina de Sagunto, y los embajadores enviados a Aníbal volvieron de Cartago, con cuanto dolor y pena del Senado y del pueblo no hay para qué decirlo, la misma cosa lo da a entender. Quejábanse de sí mismos, reprendían su tardanza y sus recatos, confesaban haber desamparado a sus amigos, y entregadolos en las manos de sus contrarios. Vanas quejas eran estas, arrepentimiento fuera de sazón por estar ya asolada aquella nobilísima ciudad, y sus ciudadanos degollados. Lo que solo restaba, determinan de tomar venganza, dado que si la saña que tenían era grande, no era menor el miedo de venir a rompimiento y a las manos, ca el enemigo era poderoso y valiente, y que tenía a su obediencia ejércitos diestros, endurecidos con guerras de tantos años. Era esto en tanto grado verdad, que ya les parecía

 

 

 

 

 

 

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que Aníbal pasadas las Alpes rompía por Italia, y que ya le tenían a las puertas de la ciudad de Roma.

 

Con todo esto, se declaró la guerra contra Cartago. Sortearon los cónsules las provincias. A Cornelio cupo España, a Sempronio África con Sicilia. En Roma y en toda Italia se hicieron a toda priesa levas de soldados: los mozos y de edad competente eran forzados a tomar las armas, alistarse y acudir a las banderas. Los de más edad y las mujeres que no podían ayudar de otra suerte, discurrían por todos los templos de su ciudad, y con oraciones y rogativas, con votos y con plegarias, cansaban a los dioses.

Hechos estos aparejos y armada una gruesa flota, enviaron primeramente cinco embajadores a Cartago para más justificarse, y para preguntar si la ciudad de Sagunto fuera destruida por autoridad y mandado público del Senado. Llegaron los embajadores adonde iban. El principal de ellos propuso en el Senado cartaginés lo que les fuera mandado. Respondieron que no había que tratar de la manera de proceder, y por cuya autoridad la guerra se hizo, sino sólo si fue justa, si contra justicia y razón. Que en el asiento antiguo que con Luctacio se puso, ninguna mención se hizo de los saguntinos. Que si Asdrúbal admitió algunas otras condiciones, no debían ligar más a su Senado y al pueblo, que el concierto de Luctacio al Senado romano, las condiciones del cual mudaron a su voluntad, y con aquel color las hicieron más pesadas y ásperas. Gastábase tiempo en aquellas reyertas sin llegar al punto ni responder a la pregunta. El romano, recogida su ropa delante del pecho a la manera de quien en la halda trae algo, «paz (dice) y guerra traemos, escoged lo que quisiéredes». Y como respondiesen que él diese lo que su voluntad fuese, soltando la ropa dijo les daba la guerra.

 

Con esto los romanos conforme a la orden que llevaban pasaron a España. En ella fácilmente trajeron a su devoción a los bargusios, pueblos asentados en lo postrero de España, do estaban los ceretanos. Mas los volcianos, a los cuales también acudieron, les despidieron con palabras afrentosas y con desdén, ca les dijeron que la buena cuenta sin duda que habían dado de los saguntinos, convidaba a todos a aliarse con ellos, que ayudaban a sus compañeros sólo con el nombre, y en el mayor riesgo los desamparaban. Tenían los volcianos su asiento como se entiende por allí cerca, dado que algunos los ponen donde está Villadolce, no lejos de las fuentes del río Huerva. El cual pueblo dicen que en memorias antiguas

 

 

 

 

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hallan que se llamó Volce. Lo que hace al caso es que divulgada que fue esta respuesta, todas las demás ciudades por aquella parte los despidieron con la misma libertad y befa.

 

Así se partieron para la Galia Narbonense, donde en una junta que se hizo de aquella gente, pidieron en nombre del Senado romano no diesen a Aníbal paso por sus tierras para Italia, como lo pretendía hacer. Oyeron los congregados esta demanda con risa y mofa, teniendo por desatino hacer a voluntad y en pro de los romanos, donde en su perjuicio la guerra se encendiese en su tierra. Estaban prevenidos con dones de los cartagineses, de los romanos no habían recibido ni esperaban cosa alguna. Con este ruin despacho, sin efectuar cosa alguna de momento, se volvieron por Marsella a Roma.

En este medio Aníbal no dormía, antes con todo cuidado se apercibía para la guerra. Con esta resolución envió a invernar los soldados con licencia de visitar a los suyos los que quisiesen, con tal que al abrir la primavera todos acudiesen a Cartagena. Él se partió para Cádiz a hacer sus votos y ofrecer sus sacrificios en el famoso templo de Hércules. Hecho esto, y enviados su mujer e hijo, o a África o a Castulon, recogió trece mil ochocientos peones españoles, llamados cetratos por los broqueles de que usaban, ca cetro es lo mismo que broquel; los cuales envió a Cartago con ochocientos mallorquines y mil quinientos de a caballo para que estuviesen allí como en rehenes, que por estar lejos de sus tierras entendía con mayor esfuerzo y lealtad servirían en lo que se ofreciese. En la misma flota en que fueron estas gentes, por retorno vinieron a España once mil africanos, con la cual ayuda y con ochocientos otros soldados de la Liguria donde está Génova, encargó a su hermano Asdrúbal la defensa de España. Dejó otrosí una armada bastante de naves para conservar el señorío del mar. Demás de esto los rehenes que había mandado dar a las ciudades, que eran hijos de los más principales ciudadanos, dejó en el castillo de Sagunto encomendados a un cartaginés principal llamado Bostar.

 

Ordenado esto y hecho, él se puso en camino con la fuerza del ejército y campo, que estaba compuesto de diversas naciones, en el cual los más cuentan noventa mil peones y doce mil caballos. Polibio pone muy menor número. Lo más cierto, que llegado que hubo con sus gentes a las riberas del río Ebro, con el gran cuidado que tenía del suceso de aquella empresa, una noche le pareció que veía entre sueños un mancebo muy apuesto y de grande gentileza, que le decía ser enviado de los dioses para que le guiase

 

 

 

 

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a Italia. Por tanto que le siguiese sin volver atrás los ojos. Pero que él sin embargo vuelto el rostro vio una serpiente que derribaba todo lo que delante se le ponía con un grande torbellino de agua que se seguía. Preguntado el mancebo qué era lo que aquellas cosas significaban, le respondió se dejase de escudriñar los secretos de los hados, y siguiese por donde los dioses le abrían camino.

 

Pasado el río Ebro, ganó la voluntad y atrajo a su devoción a Andubal, un señor el más principal de los españoles de aquellas comarcas, en cuyo poder dejó el bagaje y ropa de todo el ejército por marchar más a la ligera. Y a Hannón con buen golpe de soldados encomendó la defensa de aquellas tierras. Con esto pasó adelante en su camino. Y entrado en los bosques y asperezas de los Pirineos, como tres mil de los carpetanos (es a saber del reino de Toledo) arrepentidos de aquella milicia y guerra que caía tan lejos, hubiesen desamparado las banderas, recelándose que si los castigaba, los demás se azorarían, de su voluntad despidió otros siete mil españoles que le pareció iban también a aquella empresa de mala gana, con la cual maña hizo que se entendiese había también dado licencia a los primeros, y los ánimos de los demás soldados se apaciguaron por tener confianza que la milicia que seguían por su voluntad, la podrían dejar cada y cuando que quisiesen.

 

Pasados los Pirineos, con ayuda de Civismaro y Menicato, hombres poderosos de la entrada de Francia, hizo confederación con aquella gente que se habían puesto en armas. Pasado el río Ródano, y vencidos los volcas, que moraban y poseían las riberas de la una y de la otra parte de aquel río, pasó con sus gentes hasta asentar los reales a las faldas de los montes Alpes. Fue este año en España abundante de mantenimiento, pero falto de salud. Hubo enfermedades y peste, temblores de tierra, ordinarias tormentas en la mar, en el cielo apariencia de ejércitos que se encontraban con grande ruido de las nubes: pronóstico de los males que de esta guerra resultaron por toda la redondez de la tierra.

 

 

 

 

XI. Cómo Aníbal pasó en Italia

 

Muchas de las cosas que se siguen son por la mayor parte extranjeras, pero si no las tocamos no se pueden entender las que en España sucedieron.

 

 

 

 

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Dará perdón el lector, como es razón, a los que seguimos pisadas ajenas, y aún con mayor brevedad apuntamos lo que otros relatan a la larga.

 

El cónsul, pues, Publio Cornelio, al cual por suerte cupo España como queda dicho, se embarcó e hizo a la vela para impedir el camino que los enemigos hacían. Asentó sus reales a la ribera del río Ródano con atención que tenía de hallar alguna ocasión para hacer algún buen efecto. Sucedió que trescientos caballos romanos salieron a descubrir el campo y tomar lengua de los enemigos, los cuales se encontraron y vencieron en cierto encuentro a quinientos jinetes alárabes, que con el mismo intento habían salido de sus reales. Alegróse el cónsul con esta victoria, ca por este principio pronosticaba que lo demás de la guerra sucedería bien. Y con deseo de dar al enemigo la batalla de poder a poder, se adelantó hasta donde se juntan los dos ríos, el Ródano con la Sona, al cual los latinos llamaron Araris. Pero halló que el enemigo era partido, y sin embargo llegó hasta los reales de los cartagineses, que estaban vacíos. No tenía esperanza de alcanzar al enemigo, por la cual causa, vuelto al lugar de do partió, luego que despachó a su hermano Cneo Escipión con la fuerza del ejército y con una armada de galeras para acometer a España, y defender en ella a los aliados del pueblo romano, él con pocos volvió por mar a Génova con intención que en Italia no le faltarían soldados ni ejército para ir contra Aníbal.

 

El cual, por lo que hoy llamamos Saboya, y antiguamente fueron los Alóbroges, pasó aunque con grande dificultad en espacio de quince días las Alpes de Turín. Desde allí rompió por Italia con su ejército de veinte mil peones y seis caballos como cuentan algunos; otros dicen que llevaba cien mil peones y veinte mil caballos. Lo que consta es que los romanos no tenían fuerzas bastantes para resistir por ser sus soldados nuevos y bisoños como levantados de priesa. Por donde cerca del río Ticino, dicho al presente Tesino, el cónsul en cierto encuentro que tuvo con el enemigo, a manera de vencido y aún gravemente herido se retiró a sus reales, de los cuales la noche siguiente se partió como huyendo, y se metió en Placencia con mayor confianza que tenía en los muros que en sus fuerzas.

 

Verdad es que al otro cónsul, llamado Sempronio, sucedían mejor las cosas en Sicilia, ca venció por mar dos armadas cartaginesas. Lo cual fue causa de mandarle volver contra Aníbal y acudir al mayor peligro. Pero con su venida no se mejoró nada el partido de Roma; antes en una batalla que el mismo dio al enemigo junto al río Trebia, se hizo mayor estrago en

 

 

 

 

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los romanos, porque gran número de ellos pereció en la pelea y en el alcance.

 

Invernó en aquellos lugares Aníbal, y el cónsul Sempronio se partió a Roma para hallarse a la elección de los nuevos cónsules. Pasados los fríos, antes que llegase el verano del año que se contó 537 de la fundación de Roma, Aníbal movió con sus gentes y pasó adelante la vuelta de Roma. Pero al pasar del monte Apenino y a la entrada de la Toscana, con una grande tempestad que se levantó y por la fuerza del frío murieron muchos del ejército cartaginés. Volvió por esta causa Aníbal atrás, y siendo asimismo de vuelta el cónsul Sempronio, que dejaba en Roma elegidos nuevos cónsules, es a saber Cneo Servilio y Cayo Flaminio, junto a Plasencia se dio una muy herida y muy dudosa batalla. Pelearon hasta que sobrevino la noche, y casi con igual daño de entrambas partes. El cónsul se quedó en aquella ciudad, y el cartaginés se recogió a la Liguria, que hoy es lo de Génova, para rehacerse por haber perdido grande parte de su ejército.

 

 

 

 

XII. De lo que sucedió por el mismo tiempo en

 

España

 

Llegado que fue Cneo Escipión a España, sujetó al nombre e Imperio Romano toda aquella parte de aquella provincia que corría hacia el mar desde los pueblos que llamaban Lacetanos y el cabo de Creus hasta el río Ebro, los cuales por el aborrecimiento que tenían a los cartagineses, de buena gana mudaban partido y alianza. La armada romana invernó cerca de Tarragona. Debió ser en el puerto de Salou, el cual parece que Rufo Festo llamó Solorio, distante de aquella ciudad cuatro millas a la parte del poniente. Después de esto el capitán romano trabó pelea con Hannón, al cual como queda dicho Aníbal dejó para guarda de aquellas partes. La batalla fue junto a un pueblo llamado Ciso, que entienden hoy es Siso o Saide, lugares conocidos por aquellas comarcas. El campo y la victoria quedó por los romanos: murieron seis mil de los enemigos. Los presos llegaron a dos mil, y entre ellos fueron el mismo Hannón y Andubal que como se dijo seguía la parte de Cartago. Pero diéronle en la pelea tales heridas, que dentro de pocos días murió de ellas.

 

 

 

 

 

 

 

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Asdrúbal que avisado venía a socorrer a Hannón, como pasado el río Ebro tuviese noticia de la rota, doblando el camino hacia la mar, mató a muchos marineros y gente naval de los romanos que estaban descuidados y sin recelo de su venida. Y con la misma presteza, por miedo del capitán romano, que movido de la fama de aquel hecho se apresuraba para revolver sobre él, tornó a pasar el río Ebro, y llevó sus gentes, que eran ocho mil infantes y mil caballos, a lugares seguros. Cneo, del Ampurdán, donde después de la huida de los cartagineses era ido, fue forzado a dar la vuelta y acudir a los pueblos llamados ilergetes, donde está Lérida, los cuales después de su partida, desamparada la amistad romana, se habían pasado a la de Cartago. Llegado que fue perdonó a los demás, y contentóse con castigar en dinero a los de un pueblo llamado Athanagia y mandarles dar mayor número de rehenes como a ciudad que tenía más culpa, ca fuera la primera en alborotarse. Desde allí movió la vuelta de los pueblos accitanos, los cuales moraban cerca del río Ebro y se mantenían en la amistad de los cartagineses. Otros dicen que fueron los ausetanos, pueblos a las faldas de los Pirineos, donde hoy están las ciudades de Vique y de Gerona. Lo que consta es que puesto que tuvo sitio sobre Acete, cabecera que era de aquellos pueblos, los lacetanos (donde está Jaca) que venían en su socorro y de noche pretendían entrar dentro de aquella ciudad, cayeron en una celada que les pusieron, donde fueron muertos hasta doce mil de ellos, y los demás para salvarse se pusieron en huida. Los cercados, perdida toda esperanza de tenerse, principalmente que Amusito el principal de ellos secretamente se huyó a Asdrúbal, forzosamente se hubieron de entregar el día trigésimo del cerco. Penáronlos en veinte talentos de plata.

 

Y con esto el ejército romano fue enviado a invernar a Tarragona, y a los españoles que los seguían asimismo enviaron a sus casas. Grandes prodigios se cuenta se vieron en España, Italia y África. Por la cual causa para aplacar la ira del cielo se ofrecieron y renovarón los mayores y más extraordinarios sacrificios que de costumbre tenían. En especial en Cartago de tal manera y en tanto grado, que acudieron a la costumbre de los de Fenicia que habían dejado por largo tiempo. Y conforme a ella acordaron de aplacar la deidad de Saturno con la sangre de los hijos de los más principales, ca consideraban que en el suceso de aquella guerra, bueno o malo, estaban en balanzas las haciendas y vidas de todos. Dicen asimismo que entre los demás mozos que se debían sacrificar fue por el

 

 

 

 

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Senado señalado Aspar, hijo de Aníbal, como del más principal ciudadano de su ciudad. Tal era el pago que daban a los trabajos de su padre. O por mejor decir, todo esto es fábula compuesta para entretener al lector con la diversidad y extrañeza de estas patrañas, inventadas por nuestro historiadores. Los cuales añaden que el niño fue librado de la muerte por los ruegos de su padre, que decía tenía por mejor aventurar su vida en aquella guerra, que por obedecer a aquella religión o superstición de su patria derramar (en duda de ser oído) la sangre de su hijo que mucho amaba.

 

 

 

 

XIII. De la batalla que se dio junto al lago

 

Trasimeno

 

Pasado el invierno, y con levas que el cartaginés hizo de gente en lo de Génova, reparado el ejército que quedó mal parado de las refriegas ya dichas, Aníbal pasó las cumbres del monte Apenino con mayor facilidad y prosperidad que antes. Dado que en aquel viaje, al pasar las lagunas que de las crecientes del río Arno quedaban, por causa de la mucha humedad y frío perdió el uno de los ojos, conque quedó más feo, y por el mismo caso más fiero y espantable. Muchos hombres y bestias perecieron, y casi todos los elefantes que en su hueste llevaba. Con todas estas incomodidades pasó adelante y llegó al lago Trasimeno, el cual está en aquella parte de Toscana donde la ciudad de Crotona, y no lejos de la ciudad de Perosa, de la cual tiene hoy el apellido, ca se llama el lago de Perosa. Corrió y taló los campos de aquella comarca con intento de irritar al cónsul Cayo Flaminio que era salido contra él, y temerariamente se iba a despeñar en su perdición. Asentó sus reales en la campaña rasa detrás de un ribazo que cerca estaba. Armó otrosí una celada en la que puso a los mallorquines y soldados ligeros. Asimismo en la angostura que hay entre los montes y el lago puso la caballería. Acudió el cónsul con sus gentes con resolución de dar batalla, pero con la astucia de Aníbal, rodeados los romanos por frente y por las espaldas, y como metidos en una red, fueron sin dificultad vencidos y desbaratados. Perecieron quince mil hombres del ejército romano, y otros tantos fueron presos, y el mismo cónsul pasado con una lanza.

 

 

 

 

 

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Poco después, en la Umbría, donde ahora está Espoleto, cuatro mil caballos (que enviados por el cónsul Servilio de socorro, por no saber lo que pasaba iban sin recelo a juntarse con los demás del ejército romano) fueron muertos y destrozados por Aníbal. Y en prosecución de la victoria se puso sobre Espoleto, colonia y población de romanos. Pero como no la pudiese entrar dio vuelta hacia los picenos, que hoy es la Marca de Ancona, cuyos campos que son muy buenos, corrió y taló sin piedad alguna. Después, por los marsos y marucinos rompió por la Apulia, donde se detuvo cerca de dos pueblos llamados, el uno Arpos, el otro Luceria.

 

En el entre tanto los ciudadanos de Roma atemorizados con pérdidas y rotas tan grandes, acudieron al postrer remedio, que fue nombrar un dictador con autoridad suprema y extraordinaria de mandar y vedar a su voluntad. Este fue Quinto Fabio Máximo. Él nombró por maestro de la caballería, que era la segunda persona en autoridad, a Quinto Rufo Minucio. Miraron los libros de las Sibilas, y por su mandado votaron un verano sagrado. Demás de esto, de cada una de las monedas que llamaban ases, y tenían peso de una libra a doce onzas, batieron seis ases cada cual del mismo valor que los antiguos, que era como de cuatro marevedís de los nuestros. Los cuales ases menores por esta causa de ser la sexta parte de los antiguos y de a cada dos onzas no más, se llamaron sextantarios.

 

Enviaron asimismo naves en España cargadas de vituallas, las cuales, como cerca del puerto Cosano que hoy se entiende es Orbitelo cayesen en las manos y poder de la armada cartaginesa, se vieron en necesidad de armar de nuevo, y juntar bajeles de todas partes para la defensa de las marinas de Italia. Grandes apreturas eran éstas, pero sin embargo el dictador, luego que tuvo junto un buen campo, partió la vuelta de la Pulla con intento y resolución de entretenerse y nunca dar al enemigo lugar de venir a batalla, ardid muy saludable con que la ferocidad y orgullo del cartaginés comenzó a enflaquecer, y juntamente a sanarse las heridas recibidas por poca consideración y demasiado brío de los caudillos pasados. Dado que no le dio más en que entender el enemigo que la temeridad de Minucio contra quien le era menester contrastar, y juntamente contra el atrevimiento de los soldados y la mala voz que de él andaba, cosa que muchas veces hizo despeñar a grandes capitanes, ca todos murmuraban del recato del dictador, y se le atribuían a cobardía, y le ponían (como acontece) otros nombres de afrenta.

 

 

 

 

 

 

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En España Asdrúbal envió con una gruesa armada a Himilcón para correr las marinas que en aquella provincia estaban a devoción de los romanos; y luego que le hubo despachado, él mismo acudió por tierra con un ejército de veinte mil hombres. El capitán romano Cneo Escipión, por no tener fuerzas bastantes para entrambas partes, acordó de conservar el señorío de la mar. Y para esto con treinta naves que armó en Tarragona se apoderó de la flota cartaginesa que halló en la boca del río Ebro, vacía de soldados por haberse desembarcado sin algún recelo de lo que sucedió. Tomó veinticinco naves, a la vista del mismo capitán cartaginés. Las demás, parte fueron echadas a fondo, parte por escapar encallaron en la ribera. Fue esta victoria tanto mayor, que con la misma presteza tomaron en alta mar catorce naves gruesas, las cuales por calmarles el viento no pudieran atener con las demás. Asimismo una ciudad por aquellas partes llamada Honosca fue entrada por fuerza y puesta a saco. Los campos cercanos a Cartagena fueron talados, y quemados los arrabales de aquella ciudad. Acudía Asdrúbal a todas partes, como testigo solamente de los fuegos y daños que en todas las partes hacía.

 

Después de esta victoria la armada romana acometió la isla de Ibiza, y más de ciento y veinte pueblos en España se pasaron a los romanos, y entre ellos los celtíberos, gente muy poderosa y ancha, pues en su distrito abrazaba las ciudades y pueblos que hoy se llaman Segorbe, Calatayud y Medinaceli. Demás de esto Uclés, comarca de Cuenca, Huete, Ágreda con la antigua Numancia hasta las cumbres del Moncayo entraban en esta cuenta. Con la junta de estas gentes quedó el capitán romano más terrible y poderoso. Juntó un ejército por tierra, y con él rompió por aquellas tierras adentro hasta los bosques de Castulon. Pero sin hacer grande efecto dio la vuelta hasta pasar de la otra parte del río Ebro, por aviso que tenía de las alteraciones que levantaba Mandonio, hombre muy poderoso entre los ilérgetes, y que entre los suyos había antes tenido el principado. Resultó de estas alteraciones una guerra muy formada. Asdrúbal fue llamado por los bulliciosos contra un escuadrón de romanos, que enviado a sosegar aquellas revueltas, había pasado a cuchillo muchos de los que estaban levantados.

 

Demás de esto, los celtíberos, movidos por cartas del general romano acudieron contra los cartagineses, y les tomaron tres ciudades que tenían en otra parte. Por lo cual Asdrúbal fue forzado a desamparar a los ilérgetes, con intento de acudir al nuevo peligro. Vinieron a las manos, y

 

 

 

 

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en dos batallas degollaron los celtíberos quince mil hombres del ejército cartaginés, a tiempo que estaba muy adelante el otoño de aquel año, que fue muy señalado en España por la fertilidad de los campos y por la abundancia de todos los bienes.

 

 

 

 

XIV. Cómo Publio Escipión vino a España

 

En estos términos se hallaban las cosas de España cuando Cneo Escipión por cartas que escribió al Senado pidió dos cosas: que le enviasen soldados para rehacer su ejércitos, y las más vituallas y municiones que ser pudiese. Juzgaron los padres que pedía razón, y por esta causa Publio Cornelio Escipión, habiéndole prorrogado el imperio después del consulado, partió en socorro de su hermano. Tomó puerto cerca de Tarragona al principio del año luego siguiente, que se contaba de la fundación de Roma 538. Llevó treinta galeras, ocho mil soldados, y grandes vituallas, y orden de hacer la guerra con igual poder y autoridad que su hermano. Después de llegado, tomado que hubieron su acuerdo, a ruego de los saguntinos que andaban desterrados y deseaban volver a su tierra, y para vengar los agravios pasados, fueron con sus ejércitos sobre Sagunto. En la cual ciudad Bostar su gobernador tenía a su cargo y en su guarda los rehenes de los españoles con una pequeña guarnición, que era lo que detenía muchas ciudades de España para no darse a los romanos, por miedo no pagasen los suyos con las vidas la culpa de haberse ellos rebelado.

 

Acedux, hombre notable entre los saguntinos y aficionado a los romanos, deseaba ganar su gracia con algún servicio señalado. Habló en secreto al gobernador, y con razones bien coloradas le persuadió enviase los rehenes a sus casas. Que este era el camino para ganar las voluntades de todos los de España, pues de la confianza nace la lealtad. Como el gobernador se dejase persuadir por ser hombre llano y sin dobles, el mismo Acedux se encargó de llevar los rehenes y restituirlos a los suyos. Para ejecutar lo que pensaba, avisó primero a los romanos de todo lo que pensaba hacer, y partiéndose a media noche los llevó a sus mismos reales. Por esta manera los romanos con restituir ellos de su mano los rehenes ganaron grandemente las voluntades de los naturales. Verdad es que la alegría que recibieron de sucesos tan prósperos se enturbió grandemente

 

 

 

 

 

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con la nueva que vino de una rota muy señalada que se dio a los romanos en un lugar de la Pulia llamado Cannas.

 

Fue así que acabado el consulado de Cneo Servilio, sucedieron nuevos cónsules, los cuales fueron Lucio Emilio, de la nobleza, y del pueblo (cosa no usada antes) Terencio Varrón, por cuya imprudencia les vino aquella desgracia, ca los dos cónsules por evitar diferencias se concertaron de manera que mandasen a días. Eran los pareceres y condiciones diferentes: Emilio rehusaba la pelea; Varrón un día que tocó a él el mando y halló oportunidad, no dudó de ponerse al trance de la batalla. Siguióle su compañero, mas por no parecer que le desemparaba, que porque le pareciese bien aquel acuerdo. Junto al mar Adriático estaba la ciudad de Cannas en aquella parte de Italia que se llama la Pulia. A la vista de esta ciudad y en sus campos se dio aquella cruel y sangrienta batalla, en la cual perecieron de los romanos cuarenta y dos mil peones y tres mil de a caballo con el cónsul Emilio, indigno por cierto de este desastre. Mas él, visto tan grande destrozo y daño, no se quiso salvar en un caballo que para ello le ofrecían. Los cautivos fueron doce mil, y el número de los nobles que murieron en aquella jornada tan grande, que de sus anillos hincharon tres modios y medio, que son más de media hanega de las nuestras, los cuales hizo juntar Magon, hermano de Aníbal, y los llevó consigo a Cartago por muestra de la matanza.

 

El temor y espanto que por causa de esta rota cayó sobre los romanos fue tan grande, que los mancebos más principales de Roma trataban entre sí de desamparar a Italia. El haber interpuesto algún tiempo, y no seguir luego el enemigo la victoria, fue causa que no cayese de todo punto el Imperio Romano. Porque no pocas ciudades de Italia con la nueva de aquella pérdida, se apartaron de su amistad. Muchas en España se estuvieron a la mira sin declararse por los romanos. Dado que por el buen orden de los Escipiones ningunas alteraciones se levantaron en aquellas partes. Antes, por el mismo tiempo, Tarragona fue con nuevos edificios arreada, y con nueva muralla ensanchada, y juntamente le dieron nombre y autoridad de colonia romana.

 

En Cartago, dado que Hannón hacía instancia que pusiesen confederación con los romanos, que aquella era buena ocasión para mejorar su partido, mirasen no se trocase en breve aquel regocijo en llanto. Todavía se resolvieron en el Senado que Aníbal y Asdrúbal fuesen ayudados como lo pedían con dineros, soldados y armada. Hicieron gente

 

 

 

 

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de Africanos y de Alárabes, conque llegaron hasta cuarenta mil hombres, de los cuales enviaron primeramente a España, donde Asdrúbal estaba y donde corría mayor necesidad, cuatro mil de a pie y quinientos de a caballo. Diose cuidado a Magon, que iba por capitán de este socorro, de juntar en España y levantar de nuevo más gente así de a pie como de a caballo, a propósito de mantener y extender en aquella provincia su señorío.

 

 

 

 

XV. Cómo Asdrúbal no pudo entrar en Italia

 

Alterábase por el mismo tiempo hacia el estrecho de Gibraltar los tartesios, gente feroz y denodada. Tomaron por su caudillo a un hombre principal llamado Galbo. Acudieron a la ciudad de Asena, donde los cartagineses tenían recogido el trigo y las vituallas, y apoderáronse de todo. Sosegó Asdrúbal estos movimientos con presteza, y por las cartas que de Cartago le vinieron, entendió le ordenaban pasase sin dilación en Italia para asistir y ayudar a su hermano Aníbal. Fuele muy pesado este mandamiento, y ocasión que muchos en España se inclinasen al partido de los romanos, pero érale forzoso obedecer. Dejó por sucesor y en su lugar a Himilcón, hijo de Bomilcar. Enseñóle los secretos de la provincia, avisóle de la manera que debía tener en hacer la guerra. Y con tanto, hechas nuevas levas de gente, y juntando mucho dinero de toda la provincia para el sueldo de sus soldados, movió con sus ejércitos y fardaje la vuelta del río Ebro, año de la ciudad de Roma 539.

 

Los Escipiones, aquejados por el peligro de su patria si Asdrúbal pasase en Italia (que temían no fuese oprimida con dos ejércitos la que para deshacer uno no tenía fuerzas bastantes, antes había sido vencida muchas veces), acordaron de divertirle de aquel viaje, o a lo menos entretenerle con acometer los pueblos que estaban a devoción de Cartago. Con este intento encaminaron sus gentes contra una ciudad llamada Iberia, del nombre del río Íbero, que es Ebro, del cual estaba cerca. Asdrúbal, que tuvo aviso de este diseño, se anticipó a fortificar aquella ciudad. Y hecho esto se puso con gran presteza sobre otra ciudad que por allí estaba, aliada con los romanos. Con que los contrarios así mismos se divirtieron, los cuales, alzado el cerco de Iberia, acudieron a la defensa. Acercáronse los

 

 

 

 

 

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ejércitos, trabaron primero escaramuzas, y últimamente ordenadas sus haces y dada señal de pelear, arremetieron los unos y los otros con gran denuedo. Pelearon no de otra manera que si en el suceso de aquella batalla estuviera puesto, no sólo el señorío de Italia y de España, sino el imperio del mundo. En especial los romanos se señalaban ni más ni menos que si estuvieran a las murallas y puertas de Roma, conque apretaron a los contrarios y salieron con la victoria. Los primeros a volver las espaldas fueron los españoles, que por el aborrecimiento que tenían a los cartagineses, y por llevarlos por fuerza a empresa tan lejos, se aficionaban a los romanos. Los cartagineses y africanos, desamparados de tal ayuda, fueron muertos y puestos en huida. La caballería y elefantes escaparon por los pies. El mismo Asdrúbal con pocos se recogió a Cartagena. La nueva y aviso de esta noble victoriam luego que se supo en Roma por cartas de los Escipiones, fue ocasión de grande alegría, no tanto por haber ganado la jornada, cuanto por haberse impedido la pasada de Asdrúbal en Italia.

 

Fue este año trabajoso para España, así por falta de mantenimientos, como por la peste que se emprendió con que murió mucha gente, y entre los demás la mujer y el hijo de Aníbal. Así lo cuentan. Por esta causa los padres romanos enviaron vituallas para los ejércitos que tenían en España. Para proveer esto tomaron dinero prestado de los mercaderes, a causa de estar sus tesoros de todo punto gastados. Además que les era forzoso armar por la mar contra Filipo rey de Macedonia, del cual se decía que puesta confederación con Aníbal, trataba de pasar en Italia, que era otro nuevo peligro. Sabida en Cartago la rota de Asdrúbal, y el riesgo que corrían las cosas de España, dieron orden que Magon, hermano de Aníbal, con la armada que tenía a punto para pasar en Italia, tomase la derrota de España. Hízolo así, y en breve surgió en el puerto de Cartagena con sesenta galeras y doce mil hombres en ellas, donde se hallaba asimismo Himilcón, que poco antes viniera en España con las naves y gente de socorro que también él trajera de Cartago. Con la venida de Magon hubo grande mudanza en España, y los que después de vencidos apenas tenían donde poner el pie, se atrevieron a salir de nuevo en campaña. La ciudad de Iliturgo fuera antes de su jurisdicción, y porque se había pasado al enemigo, la acometieron primeramente. Pusiéronse sobre ella con sesenta mil hombres, y cercáronla por tres partes. Deseaban los Escipiones socorrerla: acudieron con carros y bestias a meter trigo a los cercados, y con diez y seis mil hombres que llevaban de guarda. Salieron los

 

 

 

 

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cartagineses a atajarles el paso. Diose la batalla, que fue muy reñida, y en la cual fueron vencidos no sólo Asdrúbal, sino también Magon e Himilcón, que de sus propios reales acudieron a la pelea. El estrago fue mayor y más el número de los muertos que el de los vencedores. Prendieron tres mil hombres de a caballo; tomaron mil caballos que hallaron en los reales; demás de esto, cinco elefantes fueron muertos. Rehiciéronse después de esto los cartagineses de soldados y de fuerzas. Acometieron un pueblo llamado Incibile, que estaba siete millas al poniente de Tortosa. Acudieron también los romanos, con que de nuevo en un encuentro y batalla mataron tres mil cartagineses y prendieron otros tantos. Quedó otrosí muerto Himilcón, capitán de grande esfuerzo y nombradía. Algunos dicen que Incibile es la que hoy se llama Chelva, en el reino de Valencia. Iliturgo tienen que es Andújar en el Andalucía, o Lietor, pueblo que no cae lejos de la ciudad de Alcaraz. Averiguar la historia de los lugares no es de menor dificultad que la de los hechos, por ser tan ciega la antigüedad, principalmente de España.

 

Esto sucedió en el otoño, en el cual una nueva que vino de Italia aumentó mucho la alegría de los romanos, es a saber, que después que Aníbal hubo enflaquecido y mancado su ejército con los deleites y regalos de Capua, teniendo cercada a Nola, fue vencido en batalla por el pretor Marco Marcelo, y forzado de retirarse a la Pulia. Item, que dos mil españoles, desamparados los reales cartagineses, se pasaron a los romanos, movidos de las grandes promesas que les hicieron. Demás de esto se contaba que Asdrúbal, por sobrenombre Calvo, partido de Italia para África con una gruesa armada, de camino probó de apoderarse de Cerdeña, a persuasión del más principal de aquella isla, llamado Arsicora. Pero que fue desbaratado y preso cerca de Calari por Tito Manlio Torcuato, con gran matanza así de los cartagineses como de los sardos que seguían su partido. También se supo de Sicilia que por la muerte de Hieron sucediera en su lugar un su nieto llamado Jerónimo, y que había sido coronado por rey de Siracusa, si bien era mozo de quince años, y de costumbres muy diferentes de su abuelo.

 

Los Escipiones con aquellas nuevas, llenos de buena esperanza, y determinados de volver a las armas luego que el tiempo diese lugar, acordaron de enviar los soldados a invernar, y pasar ellos el invierno en Tarragona. En el cual tiempo se acabó la muralla de aquella ciudad, como se entiende por el letrero de una piedra antigua que se conservaba en

 

 

 

 

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tiempo de D. Alfonso el onceno rey de Castilla, según que se refiere en su historia. Está la ciudad de Tarragona asentada en un llano pequeño que se hace en lo más alto de un collado redondo, que tiene la subida no agria, y debajo a tiro de piedra la mar; cuyo lado hacia donde sale el sol por las muchas peñas es áspero y fragoso. Al poniente se extiende una llanura de mucha frescura y fertilidad por más de cuarenta millas, plantada de olivares, viñas y membrilleras, abundante en ganado, de buena cosecha de pan, tanto que basta para el sustento de los moradores. A una milla de la ciudad, por medio de aquellos campos, pasa un río que hoy se dice Francolín y antiguamente Tulcis, cuyas aguas son más a propósito para cocer el lino y el cáñamo, de que hay por allí abundancia, que para beber. Y como quier que aquella ciudad antiguamente padeciese falta de agua dulce, grande incomodidad, después de los Escipiones los romanos labraron a su manera ciertos acueductos muy altos, con que guiaron a la ciudad una parte del río Gaya, si bien dista de ella por espacio de diez y seis millas. Estos caños fueron desbaratados a causa de las guerras que gentes de Alemania hicieron en España, como lo refiere Florián, el año de Cristo de 266, y se volvió a la misma incomodidad, hasta tanto que en tiempo de nuestros abuelos abrieron un pozo muy hondo, de donde bastantemente se proveen de agua dulce los moradores, que en nuestro tiempo llegan hasta número de setecientos vecinos poco más o menos. Como el circuito de los muros tenga (a lo que parece) capacidad de hasta dos mil casas y no más.

 

 

 

 

XVI Cómo los cartagineses fueron maltratados en

 

muchas partes de España

 

Apenas era pasado el invierno del año que se contaba de la fundación de Roma 540, cuando los dos hermanos, Magon y Asdrúbal, juntado que tuvieron un grueso ejército de los suyos y de españoles, salieron con él en campaña, resueltos de echar con las armas de toda la España dicha Ulterior, que es lo mismo que de allende, a los romanos que en gran parte estaban en ella enseñoreados. Publio Escipión para oponerse y contrastar a estos intentos, pasado el río Ebro, rompió por cierta parte donde estaban los pueblos llamados Vectones. Asentó sus reales junto a un lugar principal

 

 

 

 

 

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llamado Castro Alto, que era de mal agüero para los cartagineses por haber sido allí muerto Amílcar, famoso capitán y padre de Aníbal. Mataron los enemigos que estaban derramados por aquella comarca hasta dos mil hombres de los soldados y gente romana, por donde recelándose de mayor daño, se retiró con su ejército a otros lugares que estaban de paz. Puso y fortificó sus reales en el monte dicho de la Victoria, el cual hoy se entiende ser el de Moncia, que cerca del mar algunas millas de la otra parte del Ebro está puesto. Acudieron allí por diversos caminos y con diversos intentos, Cneo Escipión a dar socorro a su hermano, y Asdrúbal hijo de Gisgon para combatirle. Vino este capitán poco antes de África con cinco mil soldados de socorro. Era natural de Cartago, de alto linaje, de grandes riquezas, y que tenía deudo con los hermanos Barquinos, por la cual causa había comenzado a hacer la guerra por aquella comarca del Ebro. Estaban los unos y los otros reales cercanos entre sí. Salió Publio Escipión a reconocer el campo. Cercóle gran muchedumbre de enemigos que le tuvieron muy apretado, y le redujeron a término que se perdiera, si no sobreviniera su hermano que le libró. No se hizo otro efecto de mayor consideración.

Los unos y los otros fueron forzados a pasar a la España Ulterior y a la Andalucía, donde la ciudad de Castulon se rebelara contra los cartagineses, y echara la guarnición de soldados que tenían, por odio de aquella nación y estar cansados de su señorío. Los cartagineses, luego que les vino el aviso, porque con la tardanza no creciese el daño, se apresuraron con sus gentes. Pusiéronse primero sobre Iliturgo con intención de castigarla, ca a su persuasión los castulonenses hiciera aquel exceso. Partió asimismo Cneo Escipión por dar socorro a los cercados, y con una legión a la ligera rompió por medio de los enemigos que tenían repartidas en dos partes sus estancias, y con muerte de muchos de ellos se metió en la ciudad. Hizo luego los dos días siguientes salidas en que mató en los encuentros que tuvo dos mil de los enemigos, y cautivó tres mil con trece banderas. Otros refieren mayor número, pero entiéndese que por yerro de la letra en los autores de quien lo tomaron. Lo cierto es que los cartagineses desistieron del cerco, y alzado su bagaje, se pusieron de nuevo sobre Bigerra, ciudad puesta en los bastetanos. Sobrevinieron los enemigos, por donde les fue forzoso dar la vuelta y recogerse hacia Aurigis, que hoy se entiende sea Jaén o Arjona. Iban en su seguimiento los romanos. Vinieron a batalla, que duró por espacio de cuatro horas; fueron de nuevo vencidos los

 

 

 

 

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cartagineses con muerte de cinco mil de los suyos y prisión de tres mil. Matáronles otrosí treinta elefantes, y tomáronles cincuenta banderas. Cneo perdió asimismo algunos de los suyos. Sin embargo de esto, y que con un bote de lanza le pasaron un muslo, en una litera fue en seguimiento del enemigo hasta Monda, donde se renovó la pelea y volvieron a las manos. El suceso fue el mismo, el estrago y la matanza la mitad menor que antes: los bosques y montes que cerca estaban, por su espesura y fragura, y los pies a los más dieron vida. Tito Livio va algún tanto diferente en el cuento de estas batallas: nos seguimos el asiento y orden de los lugares y lo que otros escritores testifican.

 

Estando las cosas de los cartagineses en España en términos que no parece podían estar peores, Magon fue enviado a la Galia para tratar con Menicato y Civismaro, con los cuales señores hiciera Aníbal confederación, como arriba se dijo, para que pasasen en España con sus gentes y les ayudasen. Lo cual sin más dilación ellos hicieron. Ca por mar llevaron a Cartagena nueve mil hombres de su nación, donde Asdrúbal se estaba apercibiendo para la guerra. Cneo alegre con las victorias pasadas, no con menor cuidado pasó el invierno en la Bética, que hoy es Andalucía. Con tanto al principio del año que se contaba de Roma 541, los unos y los otros salieron en campaña. Vinieron a las manos en aquellas comarcas de Andalucía con el mismo coraje y denuedo que antes. El suceso fue el mismo, la matanza algún tanto mayor; ca ocho mil hombres del ejército cartaginés y casi todos del número de los galos quedaron en el campo tendidos con sus capitanes Civismaro y Menicato, que con deseo de mostrar su valentía, con gran denuedo y alegría, como suele aquella gente, se metieron muy adelante en la pelea.

 

Después de esta victoria, los romanos revolvieron contra Sagunto, y la tomaron al fin por fuerza pasados seis años después que fue ganada y arruinada por los cartagineses. Vivían todavía algunos de los forajidos de aquella su patria, los cuales fueron en ella restituidos, y la ciudad de Turdeto (la principal causa de aqueños daños) fue echada por el suelo y allanada. Sus campos entregaron a los de Sagunto, y a los turdetanos vendieron en pública almoneda: que fue por la venganza alguna consolación del dolor, y recompensa de las injurias que los de Sagunto por su ocasión recibieran.

Por el cual tiempo, de Italia vinieron nuevas que Arpos, ciudad de la Pulia, la cual después de la rota de Cannas faltó y se pasó a Aníbal, fue

 

 

 

 

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tomada por el esfuerzo del cónsul Quinto Fabio. Y juntamente mil españoles que tenía de guarnición, por grandes promesas que les hicieron, mudaron partido y siguieron el de Roma, principio aunque pequeño que dio esperanza a los romanos de deshacer por aquel camino al orgulloso enemigo. Y les puso en pensamiento, como lo hicieron, de escribir a los Escipiones que lo más en breve que ser pudiese enviasen a Italia algunos señores españoles, para por su medio granjear los demás españoles que andaban en el campo de Aníbal, en cuyo valor entendían consistía la mayor fuerza y esperanza de los cartagineses sus enemigos.

 

 

 

 

XVII. De una nueva guerra que se emprendió en

 

África

 

Por el mismo tiempo en África se encendió una nueva y larga guerra con esta ocasión. Asdrúbal hijo de Gisgon dejó en Cartago una hija llamada Sofonisba en edad de casarse. Sus partes y prendas muy aventajadas movieron a Syfaz, rey de los númidas, a pedirla por mujer. Y como el Senado se excusase con la ausencia de su padre, entendió el bárbaro, y no se engañaba, que aquella respuesta era despidiente, y que no se la querían dar. Es el amor muy sentido, túvose por agraviado, y determinó vengarse por las armas. La silla de su imperio y señorío era la ciudad de Siga, puesta en las marinas de África enfrente de nuestra Málaga. Sus tierras a la parte de poniente se extendían hasta Tánger y el mismo mar Océano, y por la parte que sale el sol, tenía por aledaños las tierras de Cartago. Sólo quedaba en medio el reino de Gala, con el cual de ordinario tenía Syfaz guerra sobre los confines y fronteras con sucesos diversos y diferentes trances. Tenía Gala un hijo por nombre Masinisa, mozo de grandes esperanzas, en fuerzas, valor e ingenio aventajado. Pretendía Syfaz hacer primero la guerra y cargar sobre Gala que tenía pocas tierras, y más se sustentaba con la sombra de Cartago que con sus propias fuerzas. Parecíale buena coyuntura para su empresa por estar los de Cartago embarazados a un tiempo con dos guerras muy pesadas, la de Italia y la de España.

 

Estaba con esta resolución, cuando le llegaron tres embajadores que los Escipiones desde España le despacharon para decirle de su parte que haría una cosa muy agradable al Senado romano si sealiase con ellos, y

 

 

 

 

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juntadas sus fuerzas diese a Cartago una nueva guerra en África para dividirle las fuerzas en muchas partes, y que no fuese bastante para acudir a todo. Con esta embajada se encendió Syfaz más en el propósito que tenía. Razonó con los embajadores, y trató muy a la larga de diversas cosas: con lo cual quedó aficionado a la amistad con los romanos. Y por entender cuán rudos eran los de África en las cosas de la guerra, comparados con la milicia romana, pidió por lo que debían a la amistad comenzada, que volviendo los dos con la respuesta, el tercero quedase en su compañía para instruir y ejercitar la infantería de aquel reino, parte de milicia que los númidas de todo tiempo carecían, que sólo usaban de gente a caballo. Otorgóse al rey lo que pedía, que Quinto Sertorio quedase con él, pero con tal condición que los Escipiones lo tuviesen por bien y lo aprobasen.

 

Súpose en Cartago el intento de los Escipiones, y para acudir a su pretensión y a la de Syfaz, acordaron se servirse del rey Gala, su aliado. Fue nombrado por capitán de aquella guerra Masinisa, mozo como queda dicho de grandes prendas, y adelante muy famoso por la amistad que tuvo hasta la muerte con los romanos. El cual, sin dilación, juntado que hubo así sus gentes, como las que los cartagineses le enviaron, salió a verse con el enemigo. Diole la batalla en la cual le mató treinta mil hombres, y a él forzó a huirse a los maurisios, que era una ciudad en lo postrero de su reino, por ventura donde ahora está Marruecos. Y como juntadas nuevas gentes pretendiese pasar en España, con otra batalla que le dio, le quebrantó de todo punto las alas. Hay quien diga que, sin embargo, Syfaz pasó en España para tratar en presencia de los Escipiones la manera que se debía tener en hacer la guerra, y que dejaron de contar este viaje Tito Livio y Plutarco, como no es maravilla que en tan grande muchedumbre de cosas se olvide algo.

 

Estas cosas sabidas en España, como congojaron a los romanos, así bien por el contrario acarrearon gran alegría al general cartaginés. Parecióle buena ocasión de apretar a los romanos, cuyo partido que se iba antes mejorando, tornaba de nuevo a empeorarse. Estaba ya cercano el invierno, por lo cual determinaron los cartagineses de concertarse para el año siguiente con los celtíberos, gente feroz y brava, y convidarlos con grande sueldo para que los ayudase. Fueron los Escipiones avisados de estas pláticas; ganaron por la mano, y con ofrecerles mayores premios, como gente que se vendía por dineros, los mantuvieron en su devoción.

 

 

 

 

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Principalmente que los honraron en que no anduviesen en escuadrones aparte, ni en los reales como antes era costumbre tuvieses sus alojamientos distintos, sino que anduviesen mezclados con los romanos debajo de las mismas banderas. Todo lo cual se enderezaba so color de honra a asegurarse más de ellos. En particular, para que hiciesen que los demás españoles desamparasen a Aníbal, enviaron trescientos de ellos a Roma, que llegaron allá por el mar, principio del año siguiente, que se contó 542 de la fundación de Roma.

 

En este tiempo cuatro naves enviadas de Roma con vituallas y dinero suplieron la falta que sus ejércitos en España tenían. Pero lo que más les animó y alegró fue entender que Hannón (el cual fuera enviado desde Cartago a Italia, y hechas nuevas levas de gente de Liguria y en la Galia, rompía por Italia para juntarse con Aníbal, que se hallaba ufano por haberse apoderado al mismo tiempo de la ciudad de Tarento) fue en la Marca de Ancona con todas sus gentes vencido, desbaratado y muerto. En Sicilia, la ciudad de Siracusa, la cual después de la muerte de Hieron, y de la que dieron a su nieto Jerónimo sus mismos vasallos, como quier que estuviese dividida en bandos y últimamente hubiese venido a poder de los cartagineses, Marco Marcelo con un cerco que sobre ella tuvo de tres años, la redujo y puso en la obediencia de los romanos. Ayudóle Merico, español, el cual con quinientos soldados de guarnición la defendió todo aquel tiempo por Cartago, y entonces se determinó de entregarla al capitán romano, que la entró por fuerza, y puesta a saco, se hizo gran matanza de los ciudadanos.

 

 

 

 

XVIII. Cómo los Escipiones fueron muertos en

 

España

 

El premio que se dio a Masinisa por la victoria que ganó contra Syfaz su competidor, fue darle por mujer a Sofonisba. Él, movido por el nuevo parentesco, y con deseo de ayudar a su suegro, el mismo verano desembarcó en el puerto de Cartagena con siete mil africanos y setecientos caballos númidas o alárabes. Asimismo Indíbil, hermano de Mandonio, tenía para el mismo efecto levantados cinco mil hombres en los pueblos que llamaron suesetanos, aparejado y presto para mover en ayuda de los

 

 

 

 

 

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mismos luego que le fuese avisado. Algunos entienden que estos pueblos eran en aquella parte de Navarra donde hoy está Sangüesa a la ribera del río Aragón, la cual villa, como se muestra por los privilegios de los reyes antiguos, se llamaba Suesa, y sospechan que tomó este nombre de los puercos, que en latín se llaman sues. Ca no hay duda sino que en los pueblos comarcanos que se llamaban Iacetanos, donde hoy está Jaca, hubo de todo tiempo muy buena cecina de esta carne, y aún en el nuestro tienen mucha fama los perniles de aquella comarca.

 

Pues como los cartagineses se hallasen apercibidos de tantas ayudas, fueron los primeros que partidos de Cartagena salieron en campaña la vuelta de la Andalucía con su campo dividido en dos partes. La una de ellas guiaba Asdrúbal el Barquino; de los demás iban por capitanes Magon, Masinisa y el otro Asdrúbal, su suegro. Los Escipiones asimismo con muchos socorros que les vinieron de Italia, y en particular confiados en treinta mil celtíberos que tenían a su sueldo, partieron de sus alojamientos con resolución de pelear con el enemigo, ya tantas veces por ellos vencido. Cneo con los celtíberos y la tercera parte de los soldados romanos, se encargó de combatir a Asdrúbal, y con este intento asentó sus reales cerca de los del enemigo, y no lejos de la ciudad Anatorgis, y de un río que pasaba por medio y dividía los dos campos. Publio movió contra los demás caudillos cartagineses, para que vencido Asdrúbal (como lo tenían por hecho) no huyesen ellos y se salvasen por los bosques cercanos y por las selvas, antes como cercados con redes pereciesen juntamente. Tanta confianza engendra muchas veces la prosperidad continuada.

 

Pero sucedió todo muy al revés, ca por astucia de Asdrúbal y con el conocimiento y trato que tenía con aquella gente, los celtíberos fácilmente se dejaron persuadir que desamparasen al capitán romano, y levantadas de repente sus banderas, se volviesen a sus casas. Para lo cual, demás de esto hubo ocasión de una nueva que se divulgó, y fue que la parte de aquellos que favorecía a los cartagineses, tomadas las armas, saqueaban las haciendas de los que seguían a los romanos. Cneo, despojado de aquella parte de sus fuerzas, por quedar menos poderoso que el enemigo, determinó retirarse. Porque, ¿a qué propósito con temeridad despeñarse en su perdición manifiesta? Ni es muchas veces de menor ánimo escusar la pelea, que aceptarla. Lo que sabiamente tenía acordado, desbarató otra fuerza más alta. Porque Publio, acosado de la caballería de Masinisa, que no cesaba de escaramuzar delante sus reales, y por recelarse que si Indíbil,

 

 

 

 

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del cual se decía que venía, se juntaba con los demás, no sería bastante para contrastar a tantas fuerzas, tomó un consejo peligroso, y fue que se determinó de salir al encuentro a Indíbil, y atajarle el camino, dado que en lo demás era hombre no menos recatado que valiente.

 

Pero la fortuna o fuerza más alta ciega a los que quiere despeñar. Dejó pues en los reales una pequeña guarnición, y él de noche salió con su gente a hacer lo que pensaba. No ignoraron este intento los enemigos. Habían ya llegado los romanos a vista de los suesetanos, y ya tarde se comenzaron a trabar con ellos, cuando Masinisa con su venida turbó a los romanos que llevaban lo mejor, y finalmente los venció. Muchos fueron muertos por la caballería, y el mismo general Publio; los demás se pusieron en huida. En el alcance fue aún mayor la matanza. Algunos pocos, cubiertos de la oscuridad de la noche, parte se recogieron a las guarniciones cercanas de los romanos y a la ciudad de Iliturgo, parte a los reales donde salieron.

 

Los cartagineses, alegres con esta victoria, a gran priesa se fueron a juntar con Asdrúbal el Barquino. Por esta ocasión, Cneo comenzó a sospechar que su hermano Publio debía ser muerto, ca tenía por cosa cierta que si él fuera vivo y quedara salvo, no se hubieran juntado todos los cartagineses. Sentía otrosí en su corazón una extraordinaria tristeza, bien así como suele acontecer a los que ha de suceder algún mal, como pronóstico de su daño. Tanto más se confirmó en la resolución que tenía de retirarse, y así de noche, sin ruido, salió de sus reales. Al alba conocieron los cartagineses que los romanos eran partidos. Enviaron delante los caballos alárabes para que picasen en la retaguardia, y con tanto entretuviesen al enemigo hasta que los capitanes cartagineses llegasen con el cuerpo del ejército. Cneo, viendo que los suyos por el gran miedo que les había entrado, ni se movías a pelear por ruegos ni por amonestaciones ni por su autoridad, determinó avenytajarse en el lugar, y tomar un altozano que cerca estaba. La subida fue fácil, mas no tenían aparejo ni materia alguna para hacer foso ni otros reparos por ser el suelo duro a manera de piedra. Hizo pues poner los bastos y el bagaje por valladar y trinchera, reparo ligero para tan grave peligro, pero que detuvo algún tiempo al enemigo, maravillado de los romanos, cuyo esfuerzo e industria aún en tan grave trance no desafallecía. Acudieron los capitanes, y reprendida la cobardía de sus soldados, entraron por fuerza los reales. Allí los pocos rodeados de muchos, y más vencidos del temor, fácilmente fueron destrozados. El mismo Cneo, dado que en aquel trance hizo oficio

 

 

 

 

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de gran capitán y de valiente soldado, pereció con los demás: varón singular, y que gobernó a España muchos años, y fue el primero de los romanos que con su buena traza y afabilidad ganó el favor y voluntad de los naturales.

 

Algunos pocos por los montes y espesuras por donde a cada cual guió el miedo o la esperanza, fueron a parar a los reales de Publio Escipión, el cual por ventura sospechaban estaba a salvo. Pero hallaron que Tito Fonteyo su lugarteniente estaba en ellos con una pequeña guarnición. Diose esta batalla cerca del río Segura y de un pueblo llamado Ilorcis, que hoy se entiende sea Lorquín, en el reino de Murcia. Los de Tarragona tienen por averiguado que un torrejón que esta puesto enfrente de aquella ciudad, es el sepulcro de los Escipiones, donde se ven dos estatuas de mármol mal entalladas, puestas como dicen en memoria de los Escipiones. Pudo ser que pasasen allí sus cenizas, o por ventura los naturales y los soldados para muestra del mucho amor que les tenían, dado que los cuerpos no estuviesen allí, levantaron aquella memoria cerca de la ciudad principal donde estaba el asiento del gobierno romano, a manera de cenotafio, que es lo mismo que sepulcro vacío, como se ven en otras partes muchas memorias semejantes.

 

 

 

 

XIX. Cómo Lucio Marcio reprimió el

 

atrevimiento de los cartagineses

 

El desatre de los Escipiones fue ocasión de gran mudanza en las cosas, y cayera de todo punto en España el partido de los romanos, si no le sustentara al principio la osadía de Lucio Marcio, y después le adelantara el valor grande de Publio Cornelio Escipión, que fueron el todo para que no se perdiese el resto, según que amenazaban los grandes torbellinos que se levantaron. Falta comúnmente la lealtad, y desamparan los hombres a los que ven ser de adversidad trabajados, como sucedió en esta ocasión en España. Ca los castulonenses fueron los primeros que cerraron las puertas a los romanos que después de aquel desastre se recogieron a su ciudad. Los de Iliturgo pasaron adelante, porque después de recibidos los mataron. Con el ejemplo de estas ciudades no hay duda sino que otros muchos pueblos mudaron partido.

 

 

 

 

 

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Hallábanse rodeados de tantos daños en un tiempo, así los que con Tito Fonteyo quedaron en guarda de los reales, como los demás que se acogieron a ellos. Por lo cual a grandes jornadas se volvieron de la otra parte del río Ebro. Acorrióles en este aprieto Lucio Marcio hijo de Septimio, caballero romano, mozo de mucho valor, y que en el ejército de Cneo Escipión había sido capitán de una de las principales compañías, y también tribuno. El cual juntó un grueso escuadrón así de las guarniciones romanas como de los que a él se recogieron después de las rotas dichas, y con él fue a dar socorro a los demás. La alegría que con su venida recibieron los soldados fue tan grande, que tratando de nombrar capitán y general en lugar de los muertos, por voto de todos le eligieron para el tal cargo. Pudiera pretenderle el mismo Fonteyo, y agraviarse de los soldados, pero la borrasca reprime la ambición, y el miedo no da lugar a los demás afectos desordenados cuando es grande, antes los enfrena.

 

Verdad es que toda aquella alegría en breve se enturbió y trocó en mayor tristeza con el aviso que les vino: es a saber, que Asdrúbal, pasado el río Ebro, se apresuraba para cargar sobre ellos, y que ya llegaba muy cerca y tras él Magon que por las mismas pisadas le seguía. Fue esta nueva para ellos muy triste, teníanse por perdidos. Parecíales que la fortuna aún no estaba harta de la sangre romana. Con esto unos encomendaban sus deudos a sus amigos, y hacían sus testamentos de palabra a propósito que si alguno escapase, llevase a sus casas las nuevas y avisase de su última voluntad. Otros lloraban su mala suerte y triste hado. Todos renegaban y se maldecían. No había quien diese oídos a las amonestaciones de Marcio, antes como atónitos estaban suspensos, los ojos puestos en tierra, y aún los más encerrados en sus tiendas.

 

En el entretanto el enemigo llegaba a vista de los reales, y se acercaba a los reparos y al foso. Con la vista de los estandartes cartagineses, mudado el miedo en coraje, bravos como unos leones, acuden los romanos todos con sus armas a la defensa y a las trincheras. Rebaten los enemigos, y no contentos con esto, salen con gran rabia y furor contra ellos. El descuido de los cartagineses, y la confianza hija de la prosperidad y a las veces causa y madre del desastre, dio la vida a los romanos. Ca el atrevimiento no pensado hizo maravillar y amedrentó a los vencedores de tal suerte, que sin tardanza volvieron las espaldas. Marcio no quiso seguir el alcance por miedo de alguna celada. Antes contento con haber muerto algunos en la huida y confirmado el ánimo de los suyos, dio señal de

 

 

 

 

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recogerse, y se volvió a sus estancias con los suyos; dado que mal enojados y que amenazaban claramente, pues dejaba tal ocasión de vengarse, cuando Marcio quisiese ellos no acudirían. Los cartagineses otrosí no poco se maravillaron de ver recogerse los romanos. Pero como lo echasen a temor, no hicieron caso de barrear sus estancias.

 

Este descuido convidóa Marcio para probar otra vez ventura, y con alguna encamisada darles una mala trasnochada. Además que era forzoso aventurarse antes que Magon llegase a juntarse con Asdrúbal, que juntados los dos, no les quedara a los romanos esperanza de poderse salvar. Era menester usar de presteza. Avisó pues Marcio a los soldados en pocas palabras de lo que pretendía hacer. Con tanto, mandoles que fuesen a reposar, y a la cuarta vela los sacó animados y alegres, porque de la cabeza de Marcio cuando les estaba razonando vieron resplandecer una llama, cosa que ellos tomaron a buen agüero. Estaba el campo de Asdrúbal distante de los reales de Magon solas seis millas, que hacen como legua y media, y en medio un valle de mucha arboleda, donde Marcio puso tres compañías de respeto para todo lo que sucediese, con algunos caballos. Marchaban los demás soldados sin ruido y a la sorda, por lo cual y por estar los contrarios descuidados, sin velas, sin cuerpo de guarda, entran en los reales de Asdrúbal sin alguna resistencia. La matanza que hicieron fue grande en los que estaban desarmados, descuidados y durmiendo. Pocos se salvarón por los pies, muchos más pretendieron acogerse a los otros reales que cerca estaban. Pero dieron en la celada, donde fueron todos muertos. En fin, el menosprecio del enemigo fue causa, como suele, de su perdición.

 

Entrados los reales de Asdrúbal, con el mismo valor y ánimo se dieron priesa para desbaratar a Magon, que no sabía nada del daño de los suyos ni de la matanza. El sol era ya salido cuando llegaron a las estancias de Magon. Arremetieron denodados, y con la misma felicidad en un punto de tiempo, antes que los enemigos se pudiesen apercibir a la defensa, los entraron. Peleóse fuertemente dentro de los reparos, hasta tanto que vistas en los paveses y en las espadas de los romanos las señales de la matanza pasada, los de Magon se desanimaron, y perdida toda esperanza de victoria, se pusieron en huida. Degollaron en los dos rebates treinta y siete mil enemigos, prendieron casi dos mil: el botín y el despojo fue muy grande. Los capitanes cartagineses escaparon a uña de caballo, que fue lo

 

 

 

 

 

 

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que solamente faltó para que esta victoria no se igualase con la pérdida y daño pasado.

 

La nueva de este suceso tan alegre llegó a Roma por principio del año que se contaba de su fundación 543, con cartas de Marcio; donde porque sin orden del Senado se llamaba teniente de pretor o gobernador, muchos se ofendieron. Pero respondieron en lo que pedía en sus cartas del trigo y vestidos, que el Senado tendría cuidado, sin darle título en las cartas, ni llamarle teniente de gobernador. Con lo cual y con nombrar a Claudio Nerón para que acabada la guerra de Capua en que estaba ocupado, pasase en España con once mil peones y mil y cien caballos de socorro, de callada reprendieron lo que Marcio y los soldados hicieron en darle y aceptar aquel nombre: que vicio es propio de nuestra naturaleza ser benignos en el temor, y después de la victoria olvidarse.

 

Aníbal sin duda por aquel suceso, y por la resolución que tomaron los romanos, comenzó a perder la esperanza de salir con su intento. Pues veía que tenían tan grande ánimo, que se determinaban de enviar ayuda en España, sin embargo que llegó el enemigo tan poderoso a las puertas de su ciudad. Porque Aníbal después que tomó a Tarento, acudió para hacer alzar el cerco que los romanos tenían sobre Capua. Y echado, de allí pasó tan adelante que asentó sus reales a tres millas de Roma, que fue una grande resolución.

Hízose Nerón a la vela en Puzol, surgió con su armada junto a Tarragona. De allí con sus gentes y las de Marcio y de Fonteyo, sin tardanza movió la vuelta del Andalucía en busca de Asdrúbal, que en los pueblos ausetanos tenía sus alojamientos a las Piedras Negras, nombre de un bosque que había entre Iliturgo y Mentisa. Entiéndese que Mentisa es Montizón o Cazorla. Púsose Nerón en las estrechuras por sonde el enemigo forzosamente había de pasar. Acudió Asdrúbal a sus mañas, y con mostrar que quería concierto, gastó tanto tiempo en asentar las condiciones, que venida la noche, sus soldados pudieron escapar por la fragura de aquellos montes. Conque el general romano, aunque tarde, conoció su engaño y la astucia cartaginesa, y deseaba la batalla, cuyo trance los cartagineses, hechos más recatados, huían con todo cuidado.

 

 

 

 

XX. Cómo Publio Escipión tomó a Cartagena

 

 

 

 

 

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En este medio en Roma se trataba de acrecentar el ejército de España y de enviarle un nuevo general. Juntóse el pueblo para la elección, como era de costumbre. Los padres se hallaban en gran cuidado por no salir alguno a dar su nombre y a pretender aquel cargo, a causa de ser el peligro tan grande. Pero al fin, Publio Cornelio Escipión, hijo de Lucio Escipión, mozo de veinte y cuatro años, salió a la demanda, y por voto de todos fue nombrado para ser procónsul de España, porque Nerón no era más que teniente de pretor, y sólo hasta tanto que se proveyese otro para el gobierno. Tenía grande valor y mayor que su edad pedía, lo cual mostró bastantemente cuando los mancebos de Roma trataban después de la rota de Cannas de desamparar Italia, porque con la espada desnuda amenazó en la junta de dar muerte al que no desistiese de aquel propósito, conque del todo se trocaron y mudaron parecer. Era tenido por hombre recto, crédito que él conservó diligentemente con la devoción que mostraba y afición al culto de los dioses. Ca después que tomó la toga, que era vestidura de varón, acudía muy de ordinario al templo de Júpiter que estaba en el Capitolio, y en él hacía sus rogativas y ofrecía sus sacrificios todas las veces que quería comenzar algún negocio público o particular.

 

Diéronle de socorro diez mil infantes y mil caballos. Silano fue nombrado para suceder a Nerón con nombre de propretor. Nombró Escipión por sus legados o tenientes a su hermano Lucio Escipión y a Cayo Lelio, aquel de cuyos consejos se entendió procedían todas las hazañas que Escipión acabó en toda su vida. Y vulgarmente se decía que Lelio componía la comedia que Escipión representaba. Con estas ayudas y con estas gentes en una armada que se juntó en Ostia, se hizo a la vela. Llegado a España al fin del año, dio gracias a los soldados por lo hecho con palabras muy corteses, en particular a Marcio hizo mucha honra como la razón lo pedía, y le tuvo siempre a su lado y compañía. En el mismo año Marco Marcelo entró en Roma con una fiesta que llamaban Ovación, honra que le concedieron porque ganó la ciudad de Siracusa. Llevaba delante de sí a Merico, español, con una corona de oro en premio de que le entregó la ciudad y la guarnición. A sus soldados dieron los campos de Murgancio en Sicilia, que era como dicen nuestros escritores, población antigua de españoles.

 

El año siguiente, que se contaba de la ciudad de Roma 544, Escipión al principio de la primavera sacó sus huestes y las de sus aliados con resolución de pasar el río Ebro y apoderarse de Cartagena, ciudad la más

 

 

 

 

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fuerte de todas las enemigas, puesta enfrente de África, con un muy buen puerto, donde los cartagineses tenían los rehenes de España, el bagaje de los soldados, las vituallas, municiones y almacén. Acometía esta empresa con tanto mayor deseo, que si salía con ella, pensaba echar a los enemigos de toda España. No era su pretensión sin fundamento, por tener aquella ciudad pequeña guarnición, y los capitanes cartagineses estar con sus gentes muy lejos. Es a saber, Magon cerca de Cádiz, Asdrúbal hijo de Gisgon a la boca de Guadiana; el otro Asdrúbal se hallaba en la Carpetania, que hoy es el reino de Toledo. Diose el cargo de la armada romana a Lelio con orden que a pequeñas jornadas fuese en seguimiento del ejército de tierra, en el cual entre romanos y españoles se hallaban alistados veinte y cinco mil infantes y dos mil y quinientos caballos.

 

Llegó Escipión por tierra a Cartagena en siete días, y luego el día siguiente determinó de combatir la ciudad a un mismo tiempo por mar y por tierra. El que tenía la ciudad por los cartagineses, llamado Magon, no se descuidaba en armar los ciudadanos, repartir los soldados por todas partes, poner a punto los trabucos e ingenios, sin olvidarse de cosa alguna que se pudiese desear en un diestro capitán. Está aquella ciudad asentada en un ribazo sobre el puerto con una isleta que tiene por frente y le hace seguro de todos los vientos. Rodéala el mar por tres partes, y la que mira al septentrión y hacia la tierra, tiene la entrada empinada. Demás que a la sazón estaba fortificada de una buena muralla. Los soldados de Escipión pretendieron por allí escalar la ciudad, pero acudieron los españoles que estaban en aquel cuartel con grande esfuerzo, los cuales no sólo les defendieron la entrada, sino con una salida que hicieron, los forzaron a retirarse más que de paso. Cargaron nuevas compañías que Escipión enviaba de refresco, conque los españoles fueron forzados a meterse en la ciudad. El alboroto y espanto de los de dentro por esta causa era tan grande, que en muchas partes dejaron la muralla sin defensa. Con esta buena ocasión los soldados por mar y por tierra se arrimaron, como les era mandado, con sus escalas al muro. Advertidos de este peligro los cercados, acuden a la defensa con gran denuedo, y con lanzar sobre los enemigos piedras y todo género de armas ofensivas, los forzaron a arredrarse sin hacer efecto. Por la parte de poniente estaba pegado con el muro un estero. Avisaron los pescadores que cuando bajaba el mar, le podía pasar un hombre a pie. El general romano manda que los soldados, si bien aún no habían descansado del todo, ni estaban alentados de la pelea pasada,

 

 

 

 

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acometan por dos partes la muralla, para que estando los de la ciudad ocupados en defender la una parte, escalen la ciudad por la otra, que a causa de tener aquel estero estaba más flaca y sin guarda. Como lo mandó así se hizo, y sucedió puntualmente como lo tenía trazado. Entrada por aquella parte la ciudad, apoderáronse los soldados de la puerta más cercana, y por ella dieron entrada a la demás gente. Por donde en un momento fue la ciudad puesta en poder de los romanos, y quedaron señores de todo, porque también Magon entregó la fortaleza por no tener esperanza ni orden de poderse en ella tener.

 

El despojo fue muy rico, los ingenios de guerra muchos, las banderas que tomaron setenta y cuatro; naves gruesas que estaban en el puerto cargadas de vituallas y municiones, setenta y tres; los presos hasta diez mil, fuera de los esclavos, de los cuales pusieron en libertad a los ciudadanos de Cartagena. Y para que el beneficio fuese más colmado, les volvieron todos sus bienes a propósito y con intento todo de ganar las voluntades de los naturales. Los rehenes, otrosí, parte entregaron a los embajadores de sus ciudades; los demás fueron entretenidos muy honradamente, y entre estos la mujer de Mandonio y los hijos de su hermano Indíbil. Asimismo una doncella muy hermosa, como quier que fuese entregada a Escipión y presentada por los soldados, ni aún verla no quiso por quitar la ocasión y sospecha, y por tener entendido que ninguna cosa podía acarrear a su edad mayor peligro que los deleites deshonestos. Antes la mandó guardar y restituir a un principal de los celtíberos llamado Luceyo, con quien estaba desposada. No paró en esto, sino que le dio para aumento de dote el oro que los padres de aquella moza ofrecían para su rescate. Con esta benignidad y liberalidad, de tal manera quedó prendado aquel mancebo, que dentro de pocos días vino a servir a los romanos con mil cuatrocientos caballos, y en ello continuó con mucho esfuerzo y lealtad.

 

A los soldados que entraron la ciudad se dieron premios conforme al valor que cada uno mostrara. Y porque entre dos de ellos, es a saber Sexto Digicio y Quinto Tiberilio había diferencia sobre quién de ellos merecía la corona mural, que se daba al que primero subía en el muro, por estar todo el ejército dividido sobre el caso en dos partes, sentenció que se debía a entrambos, y así dio a cada uno la suya, de que todos quedaron muy pagados. A Lelio en particular dio una corona de oro, y treinta bueyes para que los sacrificase. Con esto, y para que llevase la nueva de que Cartagena

 

 

 

 

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era tomada, le envió luego a Roma en una galera de cinco remeros por banco, en la cual iba Magon y quince senadores de Cartago la de África. Rehicieron después y repararon los muros de aquella ciudad por las partes que estaban maltratados. Todo lo cual concluido, y puesta allí una buena guarnición de soldados, Escipión con mayor fama y reputación que antes tenía, dio la vuelta a Tarragona al fin de aquel año para tener cortes a los naturales, y ciudades de su devoción.

 

Lelio, llegado que fue a Roma, luego que le dieron audiencia en el Senado, con un grande y elegante razonamiento que hizo, declaró cuan grandes fuerzas se les juntaron con la toma de aquella ciudad. Demás de esto, examinados los cautivos, se supo ser verdad lo que M. Valerio Mesala desde Sicilia por sus cartas avisaba, es a saber, que Masinisa tenía en África levantados cinco mil caballos númidas, y que hacía junta de otras gentes africanas con pensamiento de volver a la guerra de España. Junto con esto, que Asdrúbal Barquino estaba otra vez señalado para pasar en Italia con aquellas gentes de África y grandes socorros de España, nueva que en el pueblo causó grande espanto, y puso a todo el Senado en grande cuidado, principalmente que por aquellos días en los Samnites, parte de lo que hoy llaman Abruzo, cerca de la ciudad Herdónea, Aníbal les dio una grande rota. Ca el pretor Cneo Fulcio con doce tribunos fueron muertos, y un grueso ejército destrozado. Unos dicen que los muertos llegaron a trece mil, otros que fueron siete mil.

 

 

 

 

XXI. Cómo Asdrúbal Barquino fue vencido por

 

Escipión

 

Con la toma de Cartagen el estado de las cosas se mudó en España. Muchos se inclinaron al partido de los romanos, que tal es la costumbre de la gente, seguir al que más puede. Entre los demás, Edesco, hombre de muy alto lugar entre los españoles, se pasó a los romanos por haberle restituido mujer e hijos que estaban entre los rehenes ya dichos. Mandonio e Indíbil, príncipes de los celtíberos, alcanzaron perdón de la falta pasada, y con tanto fueron recibidos en gracia. Tenía Asdrúbal Barquino sus alojamientos cerca de Betulon, ciudad según se entiende puesta en lo que hoy es Andalucía, donde están Úbeda y Baeza. Escipión luego que el

 

 

 

 

 

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tiempo dio lugar para ello, año de la fundación de Roma 545, movió de Tarragona en su busca, y en su compañía Lelio, que era ya vuelto de Roma.

 

Asdrúbal, avisado del intento de Escipión y desconfiado así del esfuerzo de los suyos, como de la voluntad de los españoles que tenía consigo, de noche pasó sus alojamientos a un ribazo, cuyas raíces y halda por la mayor parte bañaba y rodeaba un río, que se cree era Guadalquivir. Tenía en la cumbre dos llanos, en el más bajo de los cuales puso a los númidas o alárabes, y a los africanos y a los mallorquines. En el más alto se alojó el mismo general con la fuerza del ejército. Pero ni la aspereza de aquel sitio, ni el peligro de la subida espantó a Escipión para que no pretendiese venir a las manos con el enemigo, que atemorizado confiaba más en la fortaleza del lugar que en sus gentes. La dificultad de la subida fue grande. Ninguna cosa tiraban los enemigos que cayese en vano. Pero luego que con grande trabajo subieron al llano y llegaron a las espadas, los enemigos volvieron las espaldas para recogerse en la parte más alta de aquel ribazo. Era más fragosa aquella subida, y así fue necesario ir ladeando el monte repartidas las gentes en dos partes, Escipión a la mano izquierda y Lelio a la derecha. Subido que hubieron, acometieron por entrambos lados a los enemigos, los cuales en un punto se pusieron en huida, porque ni podían bien revolver sus haces, ni tuvieron tiempo para poner los elefantes por frente. Murieron ocho mil hombres, fueron presos diez mil infantes y dos mil hombres de a caballo, y entre estos un mozo de poca edad llamado Masiva, sobrino de Masinisa, hijo de una su hermana, el cual poco antes era vuelto de África. Diole Escipión un caballo, vistióle ricamente, y envióle graciosamente a su tío.

 

Asdrúbal, enviado delante el dinero y los elefantes con parte de sus gentes, no paró hasta llegar cerca de los Pirineos, donde acudieron también Asdrúbal hijo de Gisgon, y Magon. Allí, tomado consejo, acordaron que Asdrúbal hijos de Gisgon fuese a la Lusitania, y que Masinisa con tres mil caballos corriese las tierras de la España Citerior, con orden empero que el uno y el otro en todas maneras excusasen el trance de la batalla. Magon fue enviado a Mallorca a recoger honderos de aquellas islas. Finalmente pareció cosa forzosa que Asdrúbal el Barquino pasase en Italia, así por obedecer al Senado que lo mandaba, como para que los soldados españoles que se inclinaban a Escipión, con llevarlos tan lejos sosegasen. Esto los cartagineses.

 

 

 

 

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Escipión por causa que el estío estaba muy adelante, por los bosques de Castulon, parte de Sierra Morena, dio la vuelta a Tarragona, donde por todo el año siguiente, que fue de Roma 546, por tener quebrantadas las fuerzas cartaginesas, se entretuvo ocupado en el gobierno sin acometer cosa alguna que sea digna de memoria. Sino que de Italia vinieron nuevas que cerca de Tarento en cierta batalla el cónsul Marcelo fue muerto por Aníbal, y el otro cónsul Crispino salió malherido, de que murió también adelante.

 

Desde Cartago, en lugar de Asdrúbal Barquino vino Hannón, enviado para que le sucediese en el gobierno de España. El cual de camino trajo consigo a Magon, que se había detenido en Lallorca, y con él llegó a España, año de la fundación de Roma 547. Acudió luego a hacer gente en los celtíberos. Escipión envió contra él a Silano con buen golpe gente. Vino con los contrarios a batalla, y desbarató primero a Magon, después prendió a Hannón, el cual desde su reales vino en socorro de su compañero. Con la nueva de esta victoria Escipión se determinó de ir en busca de Asdrúbal hijo de Gisgon, que estaba con su gente alojado cerca de Cádiz. Pero él avisado por tan grandes pérdidas, antes que Escipión llegase repartió sus gentes por aquellas ciudades y guarniciones por no tener confianza en las armas ni en las fuerzas. Supo Escipión esta determinación, por lo cual él dejó aquel viaje y se volvió atrás. Pero envió a Lucio su hermano para que se apoderase de Oringe, ciudad de los melesos. Plinio pone a Oninge en la Bética hacia donde hoy está Jaén.

 

No fue esta empresa sin provecho. Antes en breve fue la ciudad entrada por fuerza y puesta a saco. Todos los cartagineses y trescientos ciudadanos que fueron en cerrar las puertas a los romanos, quedaron dados por esclavos. A los demás se dio libertad con todo lo que antes tenían. Acercábase el inviermo; así los soldados fueron enviados a invernar, y el mismo Lucio por mandado de su hermano se partió para Roma, y en su compañía Hannón y los demás cautivos nobles, donde llegado dio cuenta de todo lo que se había hecho.

 

Por el mismo tiempo vinieron de Italia avisos que Asdrúbal Barquino después que en la pasada de la Galia y de los Alpes halló más facilidad que pensaba, como pretendiese juntarse con Aníbal su hermano, fue en la Marca de Ancona a la pasada del río Metauro en una batalla muy herida, roto y desbaratado por los cónsules Caurio Nerón y Mar. Livio Salinator, victoria muy famosa, y que se igualó con la pérdida de Cannas, así por la

 

 

 

 

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muerte del general cartaginés como por el número de los enemigos que perecieron, que llegaron a cincuenta y seis mil hombres. Y fue causa al pueblo romano de una alegría extraordinaria, por considerar que en el trance de aquella batalla se echó el resto, y se aventuró todo el Imperio Romano.

 

 

 

 

XXII Cómo echaron a los cartagineses de España

 

El año siguiente, que se contó 548 de la fundación de Roma, el otro Asdrúbal con toda la diligencia posible formó un grueso ejército, compuesto de las gentes que antes tenía, y de nuevas compañías que de españoles levantaron. Con todas estas gentes, que llegaban a cincuenta mil infantes y cuatro mil y quinientos caballos, asentó sus reales en la Bética o Andalucía cerca de la ciudad de Silpia. Persuadíase que Escipión no se le podría igualar en número de gente; pero no vencen los muchos, sino los valientes. Y el general romano, avisado de lo que pasaba, tomó de un señor de Andalucía llamado Colca, que era de su parcialidad, tres mil peones y quinientos caballos. Temía juntar mayor número de españoles por lo que sucediera a su padre y a su tío: aviso para que de tal manera estribase en los socorros extraños, que se asegurase más de sus propias fuerzas. Con este socorro y con las legiones romanas partió en busca del enemigo. Trabaron por algunos días escaramuzas; después, los unos y los otros ordenaron sus haces para dar la batalla, pero sin efecto alguno por no haber quien la comenzase. Estaba entre las dos huestes un valle, aunque fácil de pasar, pero cada parte esperaba que los contrarios se adelantasen a subirle, con intento de pelear con más ventaja. Mas como quier que ni los unos ni los otros se atreviesen, a puesta del sol se retiraron a sus reales, primero los cartagineses, después los romanos.

 

Con este orden y traza se pasaron algunos días, hasta tanto que Escipión se aventuró un día muy de mañana de acometer, como lo hizo, las estancias de los enemigos. Asdrúbal, alterado con aquel rebate tan fuera de lo que pensaba, echó delante la caballería para que hiriesen en los caballos contrarios, que fueron los primeros a acometer los reales, y él salió con las demás gentes a la batalla. Los caballos se trabaron de tal suerte que por largo espacio la pelea fue muy dudosa. Escipión recogió los suyos en el

 

 

 

 

 

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cuerpo de batalla, y extendió y adelantó los dos cuernos, donde estaban las legiones romanas. Con lo cual, antes que los escuadrones de en medio se juntasen, hizo volver las espaldas a los dos cuernos contrarios por estar compuestos de mallorquines y de soldados nuevos de España, gente de poco valor y destreza, y también porque salieron a la pelea en ayunas. La cual los romanos, que venían bien comidos, de propósito entretuvieron hasta muy tarde. Con tanto quedó el campo por los romanos. Y dado que siguieron el alcance, no pudieron luego entrar los reales contrarios a causa de una lluvia que de repente sobrevino; a los cuales los vencidos se retiraron primero en ordenanza, y después huyendo cuanto más podían. Asdrúbal atemorizado de lo que pasó, y poco confiado de sus aliados, por sospecha que lo que algunos hicieron, todos no se le pasasen a los romanos, la noche siguiente movió a sordas con su campo con intento de volver atrás a las mayores jornadas que pudiese.

 

Escipión luego a la mañana avisado de lo que pasaba, que los enemigos huían, despachó la caballería para que picasen en los postreros, y por este medio detuviesen al enemigo hasta tanto que llegadas las legiones, todo lo pusieron en confusión y rota. Grande fue la matanza de este día, pues de un campo tan grande apenas escaparon y se salvarón siete mil hombres con su general, que se subieron en un serrejón muy agro, sitio por su naturaleza muy fuerte. Donde, partidos Asdrúbal secretamente a Cádiz, y Escipión con parte de su gente a Tarragona, Sylano los tuvo cercados. Quedó allí entre los demás cartagineses Masinisa, el cual viendo las cosas de Cartago puestas en extremo peligro y caídas casi del todo, acordó de moverse al movimiento de la fortuna, y bailar al son que ella le hacía. Habló secretamente con Sylano, y con él trató de pasarse a los romanos, sin que a lo que parece, sucediese en aquel cerco alguna otra cosa de mayor importancia. Hízose esta guerra al principio del verano, conque se acabó en España el señorío de los cartagineses, y pasó al poder y jurisdicción de los romanos, que fue el año décimo cuarto después que Aníbal sujetó a los saguntinos, y el quinto después que a Escipión se encargó el gobierno y la guerra de España.

 

 

 

 

XXIII. De otras cosas que Escipión hizo en

 

España

 

 

 

 

 

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Concluida en gran parte la guerra larga y dudosa de España, Escipión comenzó a revolver en su pensamiento de apoderarse de África y de la misma ciudad de Cartago. Para poner en esto la mano concertóse primero con Masinisa. Recibióle en su gracia, y con tanto le envió a África a negociar sus naturales, y apartarlos de la amistad de Cartago. Por otra parte trató de concertarse de nuevo con Syfaz, rey de los masesulos, y hacerle amigo del pueblo romano. Para concluir esto despachó a Lelio por su embajador, y le hizo pasar en África. Respondió el bárbaro a esta demanda que él no vendría en ningún concierto, si el mismo general romano no se hallaba presente. Escipión, avisado de esta respuesta, pasó en África y llegó a Siga, que era el asiento y residencia de aquellos reyes, y hoy se entiende que es Aresgol, por causa que Plinio testifica que Siga estaba enfrente de Málaga. Acudió a la misma ciudad y en la misma sazón Asdrúbal para prevenir aquel rey y desbaratar aquellas prácticas: gran gloria de aquel bárbaro, que dos poderosísimos pueblos y dos excelentísimos capitanes pretendiesen a un tiempo granjear a cualquier precio su amistad. Tanto más que los dos cenaron a una mesa, y lo que es mayor maravilla, reposaron en un mismo lecho, a propósito cada cual de condescender con la voluntad del rey que así lo quiso, y por este camino granjearle. Quiso él interponerse para que se asentasen paces entre aquellas ciudades. Escipión se excusó conque sin comisión del Senado romano no se podía tratar aquel punto, y mucho menos tomar resolución en negocio tan grave.

 

Y sin embargo concluido a lo que era venido, que era atraer aquel rey a la amistad romana, dio la vuelta Escipión a España, donde Iliturgo y Castulon en breve vinieron a su poder, ciudades que más por miedo de lo que merecían por su deslealtad, que de voluntad, se mantenían en la amistad de los cartagineses. Iliturgo fue destruida; a Castulon perdonó, que era menor su culpa, y por entregarse de su voluntad amansó la saña de los vencedores. Después de esto dio a Marcio orden de sujetar otras algunas ciudades, y él determinó de celebrar en Cartagena las exequias de su padre y de su tío. Plinio dice que la hoguera donde fueron quemados los huesos de los Escipiones estaba en Ilorci (la cual ciudad quien dice que hoy es Lorquin, quien que Lorca) de la cual hoguera dice huye el río Tader, que es el río de Segura. Lo cierto, que en aquellas exequias hubo juegos de diversas maneras, y en particular de gladiadores o esgrimidores, que de su voluntad se ofrecieron a la pelea. Entre los cuales hicieron campo dos

 

 

 

 

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primos hermanos, llamado el uno Corbis y el otro Orsua, por cierta diferencia que tenían sobre el señorío de la ciudad llamada Iba. Valerio Máximo dice que eran hermanos. Concuerdan que Orsua, el menor de los dos, pagó con la vida su obstinación, con tanto menor compasión, que confiado en sus fuerzas, nunca se dejó persuadir que su negocio se determinase por tela de juicio y no por las armas.

En este medio muchas ciudades se entregaban a Marcio. Sólo Astapa, por haber muchas veces con correrías maltratado los aliados de los romanos, perdida la esperanza de perdón, sufrió por largo tiempo con grande obstinación el cerco. Muchos murieron de aquella ciudad en diversos encuentros, muchos en una batalla que se dio, sin que por estos daños aflojasen en su propósito. Antes, conocida su perdición y resueltos de morir antes que rendirse, acordaron de degollar mujeres y niños, y quemar sus preseas y ropa públicamente en la plaza. Esto hecho, con sus espadas se quitaron las vidas. Obstinación digamos o constancia no menor que la de los saguntinos, pero oscurecida y casi puesta en olvido a causa de no ser aquella ciudad tan principal y famosa como Sagunto: tanto importa la nobleza del que hace alguna gran hazaña. Las ruinas de esta ciudad se ven a la ribera del río Genil, no lejos de Écija, pueblo conforme en el apellido, y distante de aquellas ruinas dos leguas solamente. Concluidas estas cosas, Lelio y Marcio fueron enviados a Cádiz con esperanza de apoderarse, por inteligencia y trato de ciertos forajidos, de aquella isla, y echar de ella a los cartagineses. Engañóles su pensamiento, ca sus trazas e inteligencias fueron descubiertas, conque Magon, a cuyo cargo estaba la isla, las desbarató fácilmente. Además que Escipión adolesció de una enfermedad muy grave y muy fuera de sazón, cuya fama (como acontece) con el decir de las gentes se aumentó de suerte que muchos tomaban ocasión de pensar en novedades, en particular Mandonio e Indíbil al descubierto mudaron partido. Dolíanse que les había engañado su esperanza, por la cual echados los cartagineses, se prometían el señorío y reino de España; que tal es la común condición o falta de los hombres de creer fácilmente lo que desean. Demás de esto ocho mil romanos que estaban por las comarcas que baña el río Júcar con sus aguas, pidieron fuera de tiempo sus pagas, y porque no les acudieron, se amotinaron. Era grande la alteración de las cosas.

 

En la cual ocasión, confiado Magon que se podría mejorar el partido de Cartago, por cartas que escribió a aquel Senado, pedía le enviasen

 

 

 

 

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muchas gentes de socorro. Pero todos aquellos intentos y prácticas salieron vanas con la mejoría de Escipión, conque todo aquel alboroto y motín se apagó en breve, y se quitó la ocasión de mayores alteraciones. Los soldados amotinados con intención que les dieron de que alcanzarían perdón y les darían sus pagas, vinieron a Cartagena, donde todos fueron por Escipión ásperamente reprendidos, y castigadas solamente las cabezas del motín como causas principales de aquella alteración. Mandonio e Indíbil en los ilergetes, do andaban alborotados, en una batalla que duró dos días, quedaron vencidos y despojados de sus reales. Y sin embargo de lo cometido, con rendirse a la voluntad del vencedor, alcanzaron perdón y paz. Sólo fueron castigados en dineros con que pagar los soldados.

 

Masinisa era vuelto de África a Cádiz con buen golpe de caballos númidas en socorro de los suyos, que aún no estaba declarado por los romanos, ni se entendía su voluntad. Escipión, enviado que hubo delante a Marcio con parte de su gente, se determinó ir él mismo en persona. Cuya venida y llegada luego que por Masinisa fue sabida, con voz de correr los campos comarcanos, pasó a tierra firme, donde procuró tener habla secreta con Escipión. Resultó de estas vistas que puso con él aquella amistad que conservó toda la vida, y aún fue de gran momento para derribar el poder de Cartago. A él acaerró gran gloria y no menores riquezas. Magon, perdida la esperanza de las cosas de España, por orden del Senado se partió para Cartago en sus naves, en que embarcó todo el oro y la plata, así del público como de particulares. De camino acometió a los mallorquines, porque se habían pasado a los romanos. Apoderóse sin dificultad de Menorca, de la cual envió a Cartago dos mil honderos, y él, por estar el otoño adelante, se quedó allí a invernar. Y por no estar ocioso, fundó en aquella isla una ciudad de su nombre, como sospechan algunos. Otros dicen que fue más antigua, como queda apuntado en otro lugar, que no es maravilla vamos a tiento en cosas tan antiguas.

 

Lo que se averigua es que Cádiz se entregó a Escipión, el cual por este tiempo cerca de Sevilla fundó a Itálica, municipio romano, en un lugar que antes se llamaba Sancios, patria que fue de tres emperadores, Trajano, Adriano y del gran Teodosio. Con esto el quinto año después que vino a España dio la vuelta a Roma en una armada de diez naves. Juntóse el Senado fuera de la ciudad en el templo de la diosa Belona. Allí relató por menudo todo lo que en España quedaba hecho, con grande alegría de los padres y del pueblo, que consideraban (como era verdad) el gran riesgo de

 

 

 

 

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que escaparon, y cuánto su partido estaba adelantado y mejorado con tener sujeta a España. Y sin embargo no se le dio el triunfo, porque hasta entonces ningún procónsul, por grandes cosas que hiciese, le había alcanzado.

 

 

 

 

XXIV. Cómo Escipión venció a Cartago en África

 

En la primera elección que después de esto se hizo en Roma, salieron por cónsules el mismo Publio Cornelio Escipión y P. Licinio Craso, que era Pontífice Máximo. Diose el cuidado de Sicilia a Escipión con voluntad de su compañero, y junto con esto a su instancia le concedieron que si juzgase ser así conveniente, pudiese pasar con sus huestes en África, sin embargo que Q. Fabio Máximo hizo gran resistencia, y con un largo razonamiento pretendió probar ser aquella empresa temeraria.

 

Corría el año de la ciudad de Roma 549, en el cual Magon, partido de Menorca donde invernó, destruyó en la Liguria la noble ciudad de Génova. Popr otra parte Lerio desde Sicilia por mandado de Escipión pasó a África para correr los campos de Cartago, ponerlos a fuego y a sangre, matar y robar todo lo que hallase. En España Mandonio e Indíbil volvieron a sus mañas; y con intento de recobrar la libertad, o fuese por ambición de hacerse reyes, se levantaron. Hízose la guerra al principio no sólo en los ilérgetes, donde ellos tenían el principado, sino también en los ausetanos, que estaban donde ahora la ciudad de Vic. Y en otros lugares comarcanos se encendió también la llama, que pasó en breve a los sedetanos, como dice Livio. Yo más quisiera que dijera ceretanos, los cuales adelante de los ilérgetes y de los ausetanos, se extendían hasta los Pirineos. Eran los que habían tomado las armas en número treinta mil peones y cuatro mil de a caballo. Saliéronles al encuentro Lucio Léntulo y Lucio Manlio Acidino procónsules, a los cuales como a sus sucesores Escipión entregó la provincia. Diose la batalla: murieron hasta trece mil hombres de los levantados. Los demás se metieron y escaparon por los bosques y espesuras que cerca estaban. Indíbil murió en la pelea; a Mandonio entregaron sus mismos soldados para con su muerte alcanzar ellos perdón. Principalmente que los procónsules romanos hicieron publicar que no se

 

 

 

 

 

 

 

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harían las paces si no les entregaban en su poder los movedores de aquel alboroto.

 

El año siguiente, que fue de Roma 550, pasaron los españoles en reposo por hallarse cansados y gastados con guerras de tantos años. Para la ciudad de Cartago fue año muy aciago, ca Escipión con una poderosa armada y un grueso ejército pasó en África, y en su compañía por su cuestor Marco Catón, llamado el Censorino. Entonces Masinisa sin dilación y al descubierto se pasó a los romanos con grande escuadrón de númidas, y desamparó a los cartagineses con tanto mayor coraje, que el rey Syfaz estaba declarado por ellos por haberle concedido lo que tanto deseaba y por tanto tiempo pretendió, que era casarse con Sofonisba. La guerra al principio fue dudosa. Hannón hijo de Amílcar fue vencido por los romanos y muerto en una batalla. Por el contrario, Asdrúbal y Syfaz forzaron a Escipión a alzar el cerco que tenía sobre Útica, sin que aquel año se hiciese alguna otra cosa de momento.

 

Al principio del año siguiente, en el cual fueron cónsules Cneo Servilio Cepión y Cneo Servilio Gémino, Escipión con nuevos socorros que le vinieron de Italia hecho más fuerte, salió en busca de Asdrúbal y de Syfaz, a los cuales vención en algunos encuentro que con ellos tuvo, y despojó de sus reales por dos veces. En estas peleas perecieron cuarenta mil hombres del ejército cartaginés, y en este número cuatro mil celtíberos que traía Syfaz a su sueldo. Con esto el reino de los Masesulos, que estaba en las Mauritanias o cerca de ellas, y del Syfaz apoderado por fuerza, volvió a poder de Masinisa. No paró en esto la desgracia: antes el mismo Syfaz en el reino de sus padres y abuelos, do se había retirado y hacía gente con intento de volver a la guerra, fue en una batalla que Lelio y Masinisa le dieron, de nuevo vencido y preso. En la ciudad principal y silla de aquel reino, que después de esta victoria vino también en poder de los romanos, hallaron a Sofonisba, con la cual Masinisa sin dilación y sin otras ceremonias se casó y celebró con ella su matrimonio, como sean los moros muy desordenados en la lujuria. Reprendióle Escipión por esta razón con palabras muy graves, que fue ocasión para que el mismo Masinisa la hiciese morir con hierbas: así suelen los hombres enmendar un yerro con otro mayor.

 

Los cartagineses, viéndose en esta estrechura, acordaron de llamar a Aníbal para que, dejada Italia, acudiese a la defensa de su patria. Porque Magon, que con su armada venía la vuelta de Cartago, tenían aviso que

 

 

 

 

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muriera en Cerdeña de una herida vieja que le dieron en los Insubres, que era una provincia de Italia donde hoy está Milán. Con la venida de Aníbal se movieron tratos de paz, porque las cosas de Cartago iban muy de caída. Habáronse los dos generales, y como quier que no se concertasen, volvieron de nuevo a las armas y a la guerra. Los cartagineses fueron vencidos en batalla, y el mismo Aníbal forzado a desamparar a África, y por salvar la vida huirse hacia Levante a tierras muy lejos y apartadas.

 

Después de esta victoria y de la huida de Aníbal, se hicieron las paces con Cartago con estas condiciones: que Cartago se gobernase por sus leyes; los aledaños de su señorío y jurisdicción fuesen los mismos que antes de la guerra; que entregasen así los traidores fugitivos, como los que tenían cautivos; no tuviesen naves con espolón fuera de galeras, ni elefantes domados; pagases diez mil talentos de plata en cincuenta pagas. Para seguridad y firmeza de todo esto se obligaron a dar cincuenta rehenes escogidos a voluntad de Escipión, es a saber, de los principales de la ciudad. Graves condiciones eran éstas, pero forzoso que las aceptasen, por estar apretados a un mismo tiempo con tantos desastres. Demás que ciertos cartagineses presos por los saguntinos fueron llevados a Roma con el oro y la plata que traían, para mover a los españoles a que se levantasen. El Senado alabó la lealtad de los saguntinos, en premio de lo cual les volvieron el dinero que tomaron a los cartagineses, y sólo detuvieron los cautivos. Todo esto sucedió el año que se contaba 552 de la fundación de Roma.

 

Este año pasado, y venido el siguiente, Cornelio Escipió de África volvió a Roma con renombre del más famoso capitán que se conociese en el mundo. Otorgáronle que triunfase de Cartago. Eran a la sazón cónsules Cneo Cornelio Léntulo y P. Elio Peto. El triunfo fue en todo de los más señalados del mundo. Sólo faltó el rey Syfaz para ennoblecerle más, para llevar en la pompa encadenado un rey tan poderoso, ca falleció cerca de Roma. Dieron a Escipión sobrenombre de Africano, gloria debida a sus trabajos y hazañas. Por esta manera se puso fin a la segunda guerra púnica o cartaginesa el año diecisiete después que se comenzó, la más grave y más peligrosa que jamás hizo ni padeció Roma. Tanto fue mayor el alegría de verla acabada por el valor y esfuerzo de Escipión.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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XXV. Cómo M. Porcio Catón siendo cónsul vino a

 

España

 

Dicho se ha cómo en lugar de Escipión vinieron a España dos procónsules. De estos L. Cornelio Léntulo el año sexto después de su llegada, volvió a Roma para pretender el triungo por haber sujetado los españoles alborotados. Sucedió en su lugar C. Cornelio Cetego, el cual vino a España por compañero y con igual poder de L. Manlio Acidino el año 445 de la fundación de Roma. En el cual tiempo los españoles congojados del estado y términos a que estaban reducidos, cayeron aunque tarde en la cuenta que las guerras que los romanos emprendieran, no se encaminaban a restituirlos en su libertad, sino a ensanchar su señorío y a su provecho. Conjuráronse pues entre sí, y tomaron las armas en los pueblos ceretanos. Reprimió Cetego con presteza estos movimientos con una batalla en que mató quince mil de aquella gente.

 

El año siguiente en lugar de Cetego y Acidiano fueron enviados al gobierno de España Cornelio Léntulo y L. Stertinio. En el cual año, y en el que se siguió luego después de él, ninguna cosa sucedió en España que de contar sea, sino que por mandado del Senado, de un gobierno de España se hicieron dos gobiernos, que fueron el de la España Ulterior, en que se comprendían la Bética y la Lusitania, que hoy son Andalucía y Portugal, y el de la Citerior, que abrazaba las demás partes de España. Mudáronse diversas veces y por diversas ocasiones los términos de estas prefecturas o gobiernos, cosa que es ocasión de dificultad para entender las antigüedades de España. Por el mismo tiempo se hacía en la Grecia la guerra contra Filipo rey de Macedonia, y M. Porcio Catón gobernaba por los romanos la isla de Cerdeña.

 

El año adelante de la fundación de Roma 557, sorteadas como era de costumbre las provincias en Roma, a Cneo Sempronio Tuditano cupo el gobierno de la España Citerior, y el de la Ulterior a M. Helvio. Contra estos gobernadores se levantaron los españoles en diversas partes. Los principales caudillos de los alborotados fueron Colca y Luscinon. La ocasión fue que se dio licencia a los soldados viejos para dejar la milicia, por donde parecía que no quedaban a los romanos fuerza bastante para resistir. Acudió Tuditano para apagar este fuego, atrevióse a pelear con una parte de los levantados, pero fuele mal, ca recibió una grande rota, su gente fue destrozada, y él mismo herido y muerto poco después de las

 

 

 

 

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heridas, que con la pena que recibió de la pérdida se le enconaron. Esta pérdida luego que se supo en Roma, puso en grande cuidado al Senado. Temían no se levantase guerra en España más grave y dificultosa que nunca, por estar los naturales no divididos como antes por los romanos y contra ellos, ni pugnar solamente por echar de su tierra los cartagineses, sino toda la nación unidad con intento de recobrar la antigua gloria de las armas y la libertad que solían tener.

 

Enviaron pues el año de Roma 558 a la España Ulterior a Q. Fabio Buteon, a lo demás a Q. Minucio Termo. Estos dos partieron de España pasado el año de su gobierno sin hacer cosa que de contar sea, salvo que doce mil hombres españoles fueron cerca de la ciudad de Turba pasados a cuchillo por el gobernador Termo. Con todo esto el cuidado que el Senado tenía y el recelo no aflojaba. Por lo cual se dio orden que los cónsules del año adelante, que fueron Lucio Valerio Fraco y M. Porcio Catón, sorteasen sobre cual de ellos iría a la España Citerior, cosa hasta entonces no usada, que cónsul viniese a España.

 

Echadas las suertes, cupo a Catón lo de España, para donde se partió el año de 559 con dos legiones de socorro y veinticinco galeras. Y sin embargo se ordenó que con nombres de pretores gobernasen la España Citerior Publio Manlio, y la Ulterior Apio Claudio Nerón. Hízose Catón a la vela en el puerto de la Luna, que hoy es Lerice o Porto Vénere, y pasado el golfo de León, llegó a vista de España. Surgió con su armada junto a Rosas, de donde echó la guarnición de españoles que allí estaba. Desde allí pasó a Ampurias. La parte de aquella ciudad que moraban los griegos venidos de Focea, y a ejemplo de Marsella se mantenían en la devoción de los romanos, le recibió muy alegremente. Estaba aquella ciudad dividida en dos partes, con un muro tirado, y que pasaba por en medio de entrambas. La parte que estaba hacia el mar, que era más angosta y apenas tenía en circuito cuatrocientos pasos, moraban los griegos, como arriba queda dicho. En la parte más ancha y que de ruedo tenía tres millas, estaban los españoles. El muro con que se dividían tenía una sola puerta para pasar de los unos a los otros, con bastante guarda puesta entre día: de noche no menos que la tercera parte de los griegos hacía la centinela, a los cuales solamente era lícito aquel día salir a negociar a la marina. Con este cuidado y con esta vigilancia, dado que estos griegos eran tan pocos, se mantuvieron en libertad hasta la venida de Catón. Los españoles aborrecían el imperio de los romanos, y pretendían hacerles rostro,

 

 

 

 

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confiados en su muchedumbre y en el socorro que tenían cerca. Catón, luego que asentó sus reales cerca de aquella ciudad, despidió los obligados a proveer de mantenimiento y envió las naves a Marsella. Los obligados, porque pretendía que los soldados se sustentasen de lo que robasen por estar ya las mieses sazonadas; la armada, para que los soldados, perdida la esperanza de volver a sus casas si no fuese vencedores, hiciesen mejor el deber. Resolución notable, muestra de pecho asaz confiado, ejemplo imitado de algunos (aunque pocos) caudillos, animosos y grandes.

Por el mismo tiempo Helvio, desde la España Ulterior, vino a verse con el cónsul, y de camino se apoderó de Iliturgo, que de nuevo se había rebelado, y dio muerte a gran número de celtíberos que le salieron al encuentro. Lo cual todo hizo con solos los soldados que para su guarda y seguridad Nerón, su sucesor, le dio. Demás de esto Belistajes, hombre principal entre los ilérgetes, envió sus embajadores al cónsul para pedirle socorro contra los españoles que estaban alborotados. Decía que apenas, talados los campos, se podían defender dentro de las murallas. Que si no los favorecía con presteza, todos perecerían no por otra culpa, sino por mantenerse lealmente en la devoción de los romanos. Que cinco mil soldados de socorro serían bastantes para librarlos de aquel peligro. A esto respondió Catón que deseaba ayudar a los confederados del pueblo romano, y sentía mucho les quitase el enemigo lo que trajeron a su amistad. Pero que el pequeño número de soldados le detenía para que no les acudiese luego. Que temía si dividía sus fuerzas, no quedaría igual a las de los enemigos. Ca tenía aviso que en gran número se apresuraban, y que estaban ya cerca para dar socorro a los de Ampurias, sobre los cuales él tenía puesto cerco. El premio de su lealtad era justo le esperasen acabada la guerra. Que les rogaba se sufriesen por un poco de tiempo, y los agravios de los enemigos o los impidiesen, o los disimulasen, pues ganada la victoria se podrían recompensar con mayor ganancia. Los embajadores, oída aquella respuesta, hacen mayor instancia. Echados a los pies del cónsul piden con lágrimas no desampare en aquel trance a sus amigos y confederados. Entonces Catón, dudoso de lo que debía hacer, y entendiendo que muchas veces en las guerras tiene más fuerza la maña que la verdad, usó de tal astucia: el día siguiente prometió a los embajadores el socorro que pedían, y para muestra que lo quería poner en ejecución, hizo luego embarcar la tercera parte de sus soldados, y a los embajadores

 

 

 

 

 

 

 

 

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mandó fuesen delante y animasen a los suyos con la nueva del socorro que les enviaba.

 

Pero luego que partieron los embajadores, hizo desembarcar los soldados a causa que el ejército de los españoles llegaba ya a vista de la ciudad, y Catón pretendía darles batalla lo más presto que pudiese. Con este intento, a la tercera muda o vigilia de la noche sacó todas sus gentes de sus reales, y pasado que las hubo a sordas de la otra parte de donde los enemigos estaban, mandó que entre dos luces tres compañías llamadas cohortes se arrimasen a las trincheras de los contrarios y las combatiesen. Los bárbaros, dado que alterados de cosa tan repentina, y maravillados que los romanos se mostrasen por las espaldas a quien el día antes habían tenido por frente. Mas porque el enemigo los acometía y desafiaba a la pelea, sin orden y sin concierto, con el furor que la saña les daba, salen por todas las puertas, y de tropel siguen a los romanos que se retiraban según les era mandado. Fue la carga que los españoles les dieron tan grande, que sin embargo del poco orden que llevaban, rompieron la callería romana y la pusieron en huida. Alteróse otrosí la gente de a pie, pero como luego volviesen a ponerse en orden y se mejorasen de lugar, reprimieron el ímpetu y la furia de los enemigos. La pelea fue por algún espacio dudosa, hasta tanto que ciertas compañías sobresalientes de una legión que estaba de respeto, entraron de refresco. Con lo cual el enemigo, que a mano izquierda y en el cuerpo de la batalla llevaba lo peor, comenzó a ciar, y después puesto en huida se retiró a sus estancias. En la pelea y en el alcance dicen fueron muertos cuarenta mil españoles. La noche siguiente, después que los romanos reposaron algún tanto, salieron a correr los campos y heredades de Ampurias, daño que movió a los ciudadanos, principalmente por no tener esperanza de poderse defender, a rendirse aparejados a hacer lo que el vencedor les mandase, y ayudarle con todas sus fuerzas. Recibiólos Catón y tratólos con mucha humanidad, tanto que a la guarnición de los soldados comarcanos que allí estaban dejó ir libremente sin ningún castigo ni rescate.

 

Con esta victoria, como quedase apaciguado todo lo que hay de España desde allí hasta el río Ebro, el cónsul se partió para Tarragona. De cuya ausencia tomaron los bergistanos ocasión para levantarse, pero con la misma presteza fueron apaciguados. Tornaron segunda vez a alborotarse; sujetáronlos de nuevo, y vendiéronlos a todos por esclavos. Hecho cruel, mas necesario castigo para que los demás quedasen avisados de no

 

 

 

 

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alborotarse tantas veces. El asiento de los bergistanos, quién le pone donde ahora está la ciudad de Teruel, quién sospecha que estaba cerca de la ciudad de Huesca, do al presente hay un pueblo llamado Bergua. Pretendía Catón pasar con su campo a los turdetanos, pueblos (como se ha dicho) de la Bética o Andalucía, de los cuales tenía aviso que después que fueron vencidos por el pretor Manlio con sus gentes y las de Nerón, llamaban en su ayuda a los celtíberos para volver a la guerra y a las armas. Antes que partiese, por tener seguras las espaldas, se determinó de quitar las armas a todos los pueblos que caían antes de pasar el río Ebro. Notable resolución, a propósito de sosegar aquella gente, pero que los alteró de tal manera, que algunos tomaron la muerte por sus manos por no verse despojados de lo que tenían más caro que las mismas vidas. Por esta causa el cónsul, mudado de parecer, despachó embajadores a todas partes con orden que en un mismo día las murallas de todas aquellas ciudades fueran abatidas por tierra. Hízose así.

 

Y juntamente llegó aviso que el pretor Manlio con no menor presteza apaciguara las alteraciones de los turdetanos. Por lo cual, dejada aquella empresa, el cónsul Catón entró por la tierra adentro, y pasado el río Ebro, no paró hasta Segoncia, que hoy es Sigüenza, en que por la fortaleza de aquella plaza los celtíberos tenían recogidas sus riquezas. Era grande el despojo; la dificultad de apoderarse de aquella ciudad tanta, que perdida la esperanza de salir con ello, pasó a Numancia, como se entiende de Aulo Gelio. No se hizo cosa de mayor momento por aquellas partes. Hacia los Pirineos se le rindieron los ceretanos, los ausetanos y los suesetanos. Sujetó asimismo los Iacetanos, que por caer algo más lejos andaban alterados.

 

Por esta manera, apaciguada España y aumentadas las rentas de Roma por causa de las minas de oro y de plata que hizo beneficiar con más cuidado que antes, y por venir nuevos pretores de Roma para el gobierno de España, Catón dio la vuelta y fue a Roma. Allí fue recibido con un solemne triunfo, en el cual llevaba de plata acuñada y en barras, ciento cuarenta y ocho mil libras, y del oro que llamaban oscense, quinientas y cuarenta. Hizo a sus soldados un donativo, en que a cada hombre de a pie dieron siete ases, y al de a caballo tres tanto. Después de esto por toda la vida tomó y tuvo a España debajo de su protección y amparo, y la defendió de todo agravio. Que propio es de grandes varones, cual fue Catón, vengar las injurias con buenas obras, y pasada la contienda usar de

 

 

 

 

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benignidad para con los caídos. En Roma por voto que hizo en Ampurias, dedicó dos años adelante una capilla con advocación de Victoria virgen, como se lee en Livio, y lo refiere Víctor en un librito de las regiones de la ciudad de Roma. Las monedas, que se hallan muchas en España acuñadas con el nombre de Catón, tienen grabadas estas palabras VICTORIAE VICTRICI, por lo cual se sospecha que la letra de aquellos dos autores está errada.

 

 

 

 

XXVI. De diferentes pretores que vinieron a

 

España

 

Muchos pretores después de esto vinieron de Roma al gobierno de España, cuyos nombres pondremos aquí, sin señalar con mucho cuidado los tiempos, ni de todo punto dejarlos. Los primeros en este cuento serán Lucio Digicio, pretor de la Citerior, famoso por la corona mural que ganó cuando Cartagena fue entrada; y con él vino también a la Ulterior Publio Escipión Nasica, hijo que fue de Cneo Escipión, y por decreto del Senado de Roma juzgado por el más santo de toda la ciudad. Sucedieron a estos y gobernaron en un tiempo las Españas, Marco Fulvio Nobilior, sucesor de Digicio, el cual puso a Toledo, ciudad entonces pequeña, pero fuerte por su sitio, en poder de los romanos; y con él Cayo Flaminio, en lugar de Escipión. A éste prorrogaron el tiempo del gobierno. En lugar de Fulvio vino Lucio Emilio Paulo, el que adelante ganó renombre de Macedonio por haber vencido al rey de Macedonia llamado Perseo.

 

Después de estos vino por pretor de la España Citerior Lucio Plaucio Hypseo, y para la Ulterior señalaron a Lucio Bebio Dívite. En cuyo lugar, porque le mataron en la Liguria, que es el Genovés, vino Publio Junio Bruto. Por espacio de dos años enteros adelante tuvo el gobierno de la España Citerior Lucio Manlio Acidino, y de la Ulterior Cayo Catinio, sin que sucediese cosa que de contar sea. Por sucesores de Acidino y Catinio señalaron a Cayo Calfurnio Pisón y Lucio Quincio Crispino el año de la fundación de Roma de 568. En el cual año, antes que llegase el nuevo gobernador, murio Catinio en la Lusitania en una batalla que trabó con los naturales cerca de un pueblo llamado Asta. Pasados dos años, tomó el gobierno de la Citerior Aulo Terencio Varron, y de la Ulterior se encargó

 

 

 

 

 

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Paulo Sempronio Longo. A estos sucedieron Publio Manlio en la España Ulterior, aquel que siendo cónsul Marco Catón, tuvo el gobierno y fue pretor de la misma provincia; y a la Citerior vino Quinto Fulvio Flaco, el que en los Carpetanos, que es el reino de Toledo, venció gran número de celtíberos en una batalla muy brava que les dio junto a un pueblo llamado Ebura, el cual entiendo que Ptolomeo llama Libora, y hoy es Talavera, como se probará en otra parte.

 

Tuvieron estos pretores el gobierno de España dos años, y de Roma fueron enviados otros nuevos, es a saber, a la Ulterior Lucio Posturnio Albino, y a la Citerior Tiberio Sempronio Graco, el que fue padre de los Gracos, y tuvo por mujer a Cornelia, hija de Escipión el mayor, de quien arriba se trató en la segunda guerra púnica. Escipión el menor, dicho también Africano, casó otrosí con Cornelia, hija de Cornelia y de Graco, y nieta de Escipión el mayor. Por el esfuerzo y buena maña de este pretor Graco se ganaron muchas victorias, y Numancia por su industria hizo la primera vez confederación con los romanos, como lo dice Plutarco. Demás de esto donde hoy está Ágreda sobre Numancia, la ciudad de Grachurris tomó su apellido de este Graco, quier por haberla él edificado, quier sea porque la ensanchó y ennobleció con nuevos edificios. Hállanse monedas en España con el nombre de Grachurris y el de Albino juntamente.

 

Año de la fundación de Roma de 576 Marco Titinio Curvo fue elegido en pretor de la España Citerior; de la Ulterior Quinto Fonteyo. Estos tuvieron el cargo por espacio de tres años, los cuales pasados no se sabe qué pretores viniesen a España, dado que hay memoria que el año 579 Apio Claudio Centón, por la victoria que ganó de los celtíberos, entró en Roma con ovación. También se sabe que el año siguiente vinieron por pretores de la Ulterior Servilio Cepion, de la Citerior Furio Filón. Sucediéronles Marco Mancieno y Cneo Fabio Buteón. Pero a causa que Buteón falleció en Marsella del mal que la mar le hizo, por mandado del Senado Furio continuó su gobierno de la España Citerior, hasta tanto que el año siguiente de 582 a Marco Junio cupo por suerte lo de la Citerior, y la Ulterior al pretor Spurio Lucrecio. Pasado este año sucedió una cosa muy notable, y fue que juntaron las dos Españas debajo de un gobierno, y las encargaron al pretor Lucio Canuleyo, el cual en Roma antes que se partiese, fue nombrado por juez sobre cierta acusación que embajadores de España pusieron contra algunos de los pretores pasados, que decían haber robado y cohechado la provincia. Pero fueron dados por libres, por

 

 

 

 

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acostumbrar los senadores romanos de usar de severidad con los demás, y disimular unos con otros, con grande sentimiento y envidia del pueblo, y en gran perjuicio de su buena fama. Verdad es que para apaciguar las quejas de los naturales, se les otorgó que los gobernadores romanos no vendiesen el trigo a la postura y tasa que ellos mismos hacían, como lo tenían de costumbre, y que los españoles no fuesen forzados a encabezarse y arrendar el alcabala (que llamaban vigésima, porque se pagaba uno por veinte) a voluntad del pretor: que no hubiese arrendadores de los tributos, sino que el cuidado de cobrar y beneficiar aquellas rentas se encomendase a los pueblos.

 

Otra embajada se envió de España a Roma para saber qué se debía hacer de los bastardos, que llamaban comúnmente hybridas, y eran hijos de soldados romanos y madres españolas, los cuales pedían campos donde morasen y labrasen. Respondió el Senado que se les diesen, como lo pedían, a los que el pretor Canuleyo juzgase se debía dar libertad, ca eran tenidos por esclavos; y que los llevase a Carteya con nombre y privilegio de colonia, que fue la primera que hubo de romanos en España. Y por esta causa Carteya se llamó colonia de los libertinos.

Canuleyo, pasados dos años de su gobierno, tuvo por sucesor a Marco Marcelo, año de la fundación de Roma 585. Éste fundó a Córdoba, ciudad principal en la Bética o Andalucía, madre de grandes ingenios. A lo menos Estrabón así lo dice, que Córdoba fue fundada por Marco Marcelo; a algunos parece que sucedió en este tiempo cuando fue pretor, y no adelante cuando hecho cónsul volvió a España y a su gobierno. Las conjeturas que para decir esto tienen, ni son concluyentes, ni del todo vanas, ni hay para qué se relaten. Lo cierto es que Silo Itálico hace mención de Córdoba en tiempo de Aníbal, y puédese entender que su fundación fue antes de este tiempo, pero que atribuyeron a Marco Marcelo la gloria de ser fundador de Córdoba porque la ennobleció con edificios, y con darle, como le dio, título y derecho de municipio romano.

 

Sucedió a Marcelo, Fonteyo Balbo. Después de esto tornaron a dividir a España en dos gobiernos, y así la gobernaron Cneo Fulvio y Cayo Licinio Nerva en el tiempo que Judas Macabeo, capitán nobilísimo de los judíos, hizo confederación con los romanos, de los cuales sabía extendían sus victorias y sus armas no sólo hasta la Asia, sino que tenían asimismo sujeta a España, y con las minas de oro y plata que en ella poseían, crecían de cada día más en poder y en grandeza.

 

 

 

 

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Con esto se acabará la cuenta de los pretores, porque si pasase adelante, daría más fastidio que gusto. Ni tampoco es cosa fácil recogerlos todos, y continuar siempre la historia sin quiebra por la falta que tenemos de las memorias antiguas. Demás que no conviene ni es razón embutir los anales de España con la grosura de las cosas romanas, como si de suyo fuesen faltos, y con ripia y materiales juntados de otra parte tapar las hendiduras que tienen nuestras historias en muchos lugares.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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LIBRO TERCERO

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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I. Del principio de la Guerra de Numancia

 

Una guerra muy larga y muy brava se emprendió en España el año que se contaba 601 de la fundación de Roma, dudosa por los varios trances de las batallas que se dieron, y cuyo remate últimamente fue muy perjudicial para España. Los primeros movedores de estas alteraciones fueron los numantinos, gente asaz feroz y brava, por estar cansados del señorío de Roma, e irritados con los agravios que los romanos les hacían.

 

La ciudad de Numancia, temblor que fue y espanto del pueblo romano, gloria y honra de España, estuvo antiguamente asentada en la postrera punta de la Celtiberia, que miraba hacia el septentrión, entre los pueblos llamados Arévacos. Mas de una legua sobre la ciudad de Soria, donde al presente está la puente de Garay, no lejos del nacimiento del río Duero, se muestran los rastros de aquella noble ciudad. Era más fuerte por el sitio donde estaba que por otros pertrechos hechos a mano. Su asiento en un collado de subida no muy agria, pero de dificultosa entrada a causa de los montes que la rodeaban por tres partes. Por un solo lado tenía una llanura de mucha frescura y fertilidad, que se tiende por la ribera del río Tera, espacio de tres leguas, hasta que mezcla sus aguas con las del río Duero. A la costumbre de los lacedemonios, ni estaba rodeada de murallas, ni fortificada de torres ni baluartes, antes a propósito de apacentar los ganados, se extendía algo más de lo que fuera posible cercarla de muros por todas partes. Bien que tenía un alcázar de donde podían hacer resistencia a los enemigos, y cuando había asonadas de guerra solían encerrar en él todo lo que tenían, sus preseas y sus alhajas. El número de los ciudadanos era mediano, hasta cuatro mil hombres de armas tomar; dado que otros doblan este número y dicen que podían poner en campo ocho mil soldados. Por la manera de vida que tenían, y los muchos trabajos a que se acostumbraban, endurecían los cuerpos y aún fortalecían los ánimos. Grande era la osadía que tenían para acometer la guerra, y mucha la prudencia para continuarla.

 

Sempronio Graco, en el tiempo que tuvo el gobierno de la España Citerior, hizo con los numantinos y con otros pueblos comarcanos asiento y confederación con estas condiciones: que no edificasen pueblos ni

 

 

 

 

 

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fortalezas, ni las fortificasen sin avisar de ello al Senado romano; pagasen el tributo cuanto y en los pueblos que les fuese ordenado; siguiesen los reales de los romanos cada y cuando que para ello fuesen llamados.

 

Estaba otrosí, y se contaba entre los pueblos arévacos, otra ciudad llamada Segeda, de cuarenta estadios en circuito. Apiano la pone en lo postrero de la Celtiberia, entre los pueblos llamados belos, por ventura donde al presente está la ciudad de Osma. Esta ciudad y a su ejemplo los pueblos que llamaban titos, a ella comarcanos, encendidos en deseos de cosas nuevas, comenzaron en puridad a confederarse con otros pueblos sus vecinos, y junto con esto a fortificar sus murallas, sin dejar cosa alguna que fuese a propósito para defenderse y ofender, si alguno les diese guerra. Como por el Senado romano les fuese vedado pasar adelante en aquellas fortificaciones, y les mandasen pagar el tributo que conforme a lo que estaba asentado eran obligados; demás de esto que los que tuviesen edad de tomar armas acudiesen al campo de los romanos. Con diversas excusas que alegaban, se entretenían y excusaban de hacer lo que les era mandado. De aquí nació la primera ocasión de aquella guerra, en que se envolvió también Numancia por estar a ellos cercana, y tener otrosí con los belos hecho asiento de juntar con ellos las armas y fuerzas contra los romanos.

 

Los cuales, con recelo que si al principio no hacían caso, podría cundir aquel mal, determinaron de tomar las armas. Por aquel mismo tiempo se hacía la guerra en la Lusitania entre los romanos y un capitán de la tierra, llamado Cesarón. El cual, con grande voluntad de toda la provincia tomó a su cargo de restituirla en su antigua libertad. Fue primero lugarteniente, y después sucesor de otro caudillo de aquella gente, llamado Africano, que no mucho antes se levantara también contra los romanos, pero fue muerto de una pedrada que le dieron desde una ciudad, la cual batía y pretendía forzar. Estas alteraciones, luego que en Roma se supieron, pusieron en gran cuidado a los del Senado. En tanto grado, que después que Lucio Mummio fue señalado por pretor de la España Ulterior, acordaron para domar los celtíberos, gente indómita y feroz, que partiese para la España Citerior uno de los cónsules con ejército consular. Esto acordado, con una priesa no acostumbrada hicieron que los cónsules, que solían ser nombrados por el fin de diciembre y comenzar el oficio adelante mediados el mes de marzo, aquel año se anticipasen y diesen principio a su gobierno desde el primero día del mes de enero, acuerdo que de este principio se continuó adelante.

 

 

 

 

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Fue pues enviado a España el cónsul Quinto Fulvio Nobilior con muchas compañías de socorro, No ignoraban los segedanos que todo aquel aparato de guerra se enderezaba a su daño y a su perdición. No tenían acabadas las fortificaciones de su ciudad, así enviaron sus mujeres e hijos a los arevacos para mayor seguridad, y ellos para apercibirse de lo necesario nombraron por su capitán un hombre, llamado Caro, que tenía grande experiencia en las armas. Éste, con intento de hacer algún efecto, y con algún buen principio ganar mayor reputación, armó una celada contra el campo del cónsul que era llegado y traía consigo hasta treinta mil hombres. Sucedióle bien su pensamiento, ca mató seis mil de los contrarios y puso en huida a los demás. Pero como siguiese desaforadamente el alcance, la caballería romana que venía en la retaguardia revolvió sobre él, y le quitó la victoria de las manos, y la vida. Destrozó otrosí gran número de los suyos. Diose esta batalla a 29 de agosto, día en que Roma celebraba las fiestas de Vulcano, que llamaban Vulcanalia. El espanto y daño de entrambas partes fue tan grande, que los unos y los otros, si no eran forzados, rehusaban por algunos días de encontrarse.

La misma noche los arévacos se juntaron en Numancia, que la batalla se dio por allí cerca, y en lugar de Caro nombraron por sus capitanes a Haraco y Leucón, y aparte por capitán de los numantinos fue nombrado otro hombre llamado Linthevón. El tercero día después de aquella pelea asentó el cónsul sus reales a cuatro millas de Numancia. Fuera de las demás gentes tenía diez elefantes y quinientos caballos númidas, que Masinisa poco antes desde África le enviara de socorro. Desafió el cónsul a los enemigos, los cuales determinaron de probar ventura y encomendarse a sus manos. Diose otra batalla, en la cual ya que estaba trabada, alargadas las hileras de los romanos, se hicieron adelante los elefantes, con cuya vista los celtíberos por no estar acostumbrados, se espantaron así hombres como caballos, y vueltas las espaldas se metieron en la ciudad. E hiciéranlo así, si no fuera por un elefante que herido en la cabeza con una gran piedra, con la furia del dolor, como acontece, se embraveció de tal suerte que así él como a su ejemplo los demás elefantes, bestias peligrosas en la guerra, vueltos contra los suyos pusieron en desorden y confusión a los romanos, y dieron muerte a todos los que se les ponían delante. Los numantinos, visto lo que pasaba y la buena ocasión que se les presentaba, hicieron una salida con que hirieron en los romanos y los forzaron a

 

 

 

 

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recogerse a sus reales. De los cuales en dos encuentros perecieron cuatro mil hombres, y de los celtíberos dos mil.

 

Estaba por aquellas partes una ciudad llamada Axenia, plaza y mercado donde acudían los mercaderes de la comarca a sus tratos. De esta ciudad, después de la batalla susodicha, pretendió el cónsul apoderarse, pero fue rechazado con afrenta y pérdida de soldados. Divulgadas que fueron estas cosas, la ciudad de Ocile, donde los romanos tenían recogidos su bagaje y almacén, se pasó a los celtíberos: que muchas veces la fe y la lealtad andan al paso de la fortuna, y la blanda y muchas veces engañosa esperanza de libertad hace despeñar a muchos. Con esto espantado el cónsul, y temiendo que las otras ciudades no imitasen este ejemplo, barreado que hubo los reales que tenía cerca de Numancia, invernó allí con su campo, donde por la falta de vituallas y fuerza del frío pereció gran parte de los soldados. Esto sucedió en la España Citerior.

 

En la Ulterior por el mismo tiempo Mummio hacía la guerra a los lusitanos con varios sucesos, pero cuyo remate últimamente le fue muy favorable. Fue así que en la primera pelea los romanos siguieron con grande ímpetu y sin orden a los lusitanos que habían desbaratado y puesto en huida, cosa que dio ocasión a Cesarón, caudillo de los contrarios, para revolver contra los enemigos y quitarles de las manos la victoria. Diez mil de los romanos fueron muertos, y entrados entrambos los reales, así los que habían perdido los lusitanos, como adonde alojaban los romanos. De esta manera pasó esta pelea. Los despojos que de los romanos ganaron traían los lusitanos casi por toda España a manera de triunfo, y para muestra de su valentía. Descuidáronse con la prosperidad, que dio ocasión a Lucio Mummio poco adelante para que con los suyos (con los cuales que eran en número hasta cinco mil, se había entretenido en lugares fuertes) cargase sobre los contrarios de improviso en cierta fiesta que hacían para celebrar la victoria que ganaron. Desbaratólos fácilmente, y con la victoria recobró muchas banderas de las que perdiera antes.

 

En lugar de Cesarón, que parece fue muerto en aquel rebate, sucedió otro que se llamaba Canteno. Éste en los pueblos llamados Cunios, en aquella parte del Andalucía donde hoy está Niebla, se apoderó de Cunistorgis, ciudad que era de los romanos, de donde pasó al estrecho de Cádiz, y desde allí una parte del ejército se fue a África por miedo de los romanos o por ser de aquella tierra, o por ventura era su orgullo tan grande, que les parecía para su valor ser estrecha toda España. Los demás

 

 

 

 

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de aquel ejército por el pretor Mummio, que se rehizo de soldados y tenía hasta nueve mil hombres, fueron trabajados y deshechos en algunas batallas que les dio. Por conclusión pasó a cuchillo otro escuadrón de aquella gente, sin dejar ni uno solo que pudiese llevar a su patria las tristes nuevas. Conque en fin los de Lusitania se sosegaron y redujeron a lo que era razón. Por estas cosas se determinó el año siguiente, que se contó 602 de la fundación de Roma, que Mummio en Roma triunfase.

 

En lugar de Fulvio, sabido su desastre y la apretura en que estaba, enviaron al cónsul M. Claudio Marcelo con ocho mil peones y quinientos caballos de socorro. El gobierno de la España Ulterior se encargó a Marco Atilio. El cónsul Marcelo, luego que con toda su gente aportó a España, procuró lo más presto que pudo de apoderarse de la ciudad Ocile, para que la que fue principal en la culpa, fuese la primera en el castigo. Pero dado que la tomó y que su culpa era grande, no la quiso asolar. Solamente la mandó dar rehenes y acudirle con treinta talentos de oro para los gastos.

 

Estaba cerca de allí la ciudad de Nertóbriga, y como se puede sospechar por las tablas de Ptolomeo no lejos de Tarazona, y de donde hoy está Calatayud. De allí vinieron embajadores al cónsul para ofrecerle la ciudad. Mandóles al principio solamente que le acudiesen con cien hombres de a caballo; después porque algunos de aquella ciudad a manera de salteadores acometieron el postrer escuadrón de los romanos y el carruaje, sin admitirles la excusa que daban, es a saber que aquel desacato fue de pocos, y que el pueblo no tenía parte, los cien caballeros fueron vendidos en pública almoneda, y puesto cerco sobre la ciudad, la comenzaron a batir. Enviaron de nuevo embajadores de paz con una piel de lobo delante como por pendón en una lanza, que tal era la costumbre de la nación. Los cuales en presencia del cónsul dijeron que hora el delito pasado fuese público, hora particular, se debía dar por contento con lo hecho, pues era bastante castigo ver sus campos talados, quemadas sus casas, y sus ciudadanos hechos esclavos y vendidos por tales. Que los corazones de los miserables se suelen más enconar con quitarles del todo la esperanza de perdón, lo cual suele dar fuerzas y ánimo a los flacos, pues ni aún los animalillos y sabandijas perecen sin que se pretendan vengar. Respondió el cónsul que era por demás tratar ellos en particular de concierto y de paz, si no entrasen en la misma confederación y liga los arévacos, los belos y los titos, que fueron los primeros a levantarse. No rehusaban aquellos pueblos de concertarse, pero con tal que fuese el

 

 

 

 

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asiento conforme a las condiciones que se asentaron con Graco. Inclinábase el cónsul a esto y no le parecía mal partido. Mas los amigos y confederados le fueron a la mano. Ca decían no era justo recibir a la confederación y condiciones antiguas a los que tantas veces habían faltado y hecho tantos daños así a los romanos como a los comarcanos, no por otra causa sino por mantenerse en la amistad y devoción del pueblo romano.

 

El cónsul estaba dudoso sin saber qué resolución tomase. Acordó se enviasen por ambas partes embajadores a Roma para que allá, oído lo que los unos y los otros alegaban, se determinase lo que pareciese al Senado. Y en el entretanto otorgó a los contrarios cierta manera de treguas. Fulvio Nobilior, que en este medio era llegado a Roma, se opuso a aquellos tratos, y con encarecer en el Senado la deslealtad y agravios de aquella gente, hizo tanto, que sin concluir cosa alguna despidieron los embajadores con orden que acudiesen al cónsul Marcelo, el cual les daría la respuesta de lo que pedían: resolución que quitaba toda la esperanza de la paz, y que ponía en necesidad de volver a las armas. Así se trató en Roma de enviar a los suyos nuevas ayudas con intento de no parar hasta tener sujetos a los contrarios. El miedo que los soldados tenían era tan grande, y la guerra tan peligrosa, que no se hallaba de todas las legiones quien se ofreciese a emprender aquella jornada. Ordenaron, pues, que por una nueva manera se sortease los que hubiesen de ir a España.

 

 

 

 

II.     Cómo Publio Cornelio Escipión vino por legado o lugarteniente a España

 

En el mismo tiempo Marco Atilio en la España Ulterior maltrataba a los lusitanos, y se apoderaba por concierto de muchas ciudades que se le entregaban a partido ya que se llegaba el año siguiente. En el cual cupo por suerte la España Citerior al cónsul Lucio Licinio Lúculo, y al gobierno de la Ulterior vino el pretor Sergio Galba, y por legado o lugarteniente del cónsul vino Publio Cornelio Escipión, llamado el Menor, al cual el cielo reservaba la gloria de sujetar y destruir a la gran Cartago. Era de edad de veinticuatro años, y con deseo que tenía de hacer algún servicio señalado a su república, vino a aquella guerra que los demás soldados tanto aborrecían y temían. Hay quien diga que, venido que fue Lúculo a España,

 

 

 

 

 

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Escipión pasó en África enviado a Masinisa en embajada, para que por respeto de la amistad que con aquel rey tenía su casa, alcanzase de él les enviase elefantes de socorro. Pero yo por más cierto tengo lo que afirma Marco Cicerón, que esto sucedió adelante, en el consulado de Manlio. Fue este Escipión casado la hermana de los Gracos, nieta del otro Escipión Africano, hija de Cornelia, que fue hija de Escipión. Fue otrosí este Escipión nieto por adopción de Escipión el Mayor, hijo adoptivo de su hijo, ca el padre natural de este Escipión fue Paulo Emilio, hermano de la mujer del otro Escipión, por donde se llamó por sobrenombre Emiliano, así por causa de su padre, como para diferenciarle del ya dicho Escipión el Mayor, el que como queda dicho, venció al gran Aníbal, y sujetó a la ciudad de Cartago.

 

Volviendo al propósito, en tanto que se esperaba la venida de Lúculo, Marcelo con deseo que tenía de ganar el prez de haber acabado aquella guerra, sacó lo más presto que pudo sus gentes de los invernadores. Anticipóse Nertóbriga, que juntó para su defensa y metió dentro de los muros cinco mil arévacos. Numancia asimismo no se descuidó en armar su gente, contra la cual, por ser cabeza de las demás, Marcelo enderezaba en primer lugar su pensamiento, y así se adelantó y puso a cinco millas de aquella ciudad, que hacen poco más de una legua. Pero a instancia de Linthevon, caudillo de los numantinos, se concluyeron últimamente las paces con condición que los de Numancia desamparasen a los belos, a los titos y a los arévacos. Pretendía en esto el cónsul y confiaba que aquellos pueblos desamparados de la ayuda de Numancia, no se le podrían defender, como sucedió en hecho de verdad, que sin dilación aquellos pueblos se rindieron a los romanos, y fueron por ellos recibidos en gracia con tal que entregasen rehenes y pagasen seiscientos talentos, como lo dice Estrabón.

 

Llegó Lúculo a su provincia deseoso y determinado de hacer mal y daño. Por lo cual, como quier que la guerra de los celtíberos estuviese ya apaciguada, enderezóse con sus gentes a los carpetanos. De allí pasó el río Tajo y los puertos hasta llegar a los vacceos, que eran gran parte de lo que hoy es Castilla la Vieja. En aquella comarca se determinó acometer la ciudad de Caucia, asentada donde al presente vemos la villa de Coca. El color que dio para esta guerra fue vengar a los carpetanos, a los cuales los de aquella ciudad decía él haber hecho mal y daño. Mas a la verdad, la hambre del oro le despertaba por ser hombre de poca hacienda entre los

 

 

 

 

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romanos: grave enfermedad para gobernadores y capitanes. Salieron los de aquella ciudad a pelear con el cónsul, pero fueron vencidos y rechazados. Acordaron de rendirse a partido que diesen rehenes, y de socorro cierto número de hombres a caballo. Demás de esto los penaron en cien talentos de plata. Asegurados con este concierto los ciudadanos se allanaron para que entrase en su ciudad la guarnición de soldados que el cónsul quiso. Los cuales, hecha señal con una trompeta, como estaba concertado, pasaron a cuchillo aquella miserable gente que estaba descuidada, sin perdonar a mujeres ni hombres de ninguna edad: deslealtad y fiereza más que de bárbaros. Por lo cual atemorizados los pueblos comarcanos, sin confiarse en la fortaleza de sus murallas ni asegurarse de la fe y palabra de los romanos, se retiraron con los suyos y con sus haciendas a los bosques y montes ásperos y enriscados, puesto primero fuego a lo que consigo no pudieron llevar.

 

Lúculo, a quien la pobreza hacía avariento y la avaricia cruel, perdida la esperanza de gozar de aquellos despojos, pasó con sus gentes para sitiar una ciudad llamada Intercacia, que estaba antiguamente asentada casi a la mitad del camino que hay desde Valladolid a Astorga. Asentados sus reales, requirió a los moradores de paz y que se rindiesen. Ellos respondieron que si lo hacían, les guardaría la fe y palabra que guardó a los de Caucia. Alteróse el cónsul con esta respuesta. Ordenó sus haces delante de sus reales para presentar la batalla a los cercados, la cual ellos excusaron con todo cuidado, resueltos de defender su libertad con las murallas y guarnición, y con las vituallas que tenían recogidas para mucho tiempo. Sin embargo que los moradores eran muchos, y asaz gran número de gente de a pie y de a caballo de los pueblos comarcanos se habían acogido a aquella ciudad. Sólo hicieron algunas salidas y trabaron algunas escaramuzas, en que no sucedió cosa que sea de contar, sino fue que Escipión venció en desafío cierto español principal, robusto y de grandes fuerzas, con el cual, dado que ordinariamente delante los reales desafiaba a los romanos, ninguno de ellos se atrevió a hacer armas. Padecía el cónsul grande falta de vituallas. El sustento ordinario de sus soldados era trigo cocido y cebada, además de alguna caza, pero la falta de la sal era la que más los trabajaba. Por estas incomodidades y por las aguas que como de sierra eran muy delicadas, muchos soldados comenzaron a enfermar de cámaras. Entre teníalos empero la esperanza de apoderarse de aquella ciudad. Para batirla juntaron madera, hicieron ingenios a propósito, con los

 

 

 

 

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cuales gran parte de la muralla echaron por tierra. Los soldados por las ruinas y por la batería pretendían entrar en la ciudad, y aún Escipión fue el primero que subió a lo más alto, por lo cual después fue públicamente alabado, y le fue dada la corona mural. Mas acudieron los de dentro con tanto esfuerzo, que rebatieron a los romanos sin que pudiesen pasar adelante, y la carga que les dieron fue tan grande que, con la priesa de retirarse, no pocos se ahogaron en una laguna que por allí estaba. La noche siguiente los cercados repararon la parte del muro derribado, con grande diligencia y cuidado. Viose el cónsul a pique de alzar el cerco sin hacer efecto, si la hambre no forzara a los de dentro a entregarse. Tratóse pues de concierto, y por medio de Escipión, de quien se fiaban más que del cónsul, hicieron sus asientos. Las condiciones fueron tolerables, ca solamente se mandó a los ciudadanos que diesen diez mil sayos y cierto número de jumentos, y rehenes para la seguridad. Dinero ni le tenían ni le deseaban, por ser hombres montañeses que vivían de la labranza y de la cría de sus ganados. Movió el cónsul con sus gentes de aquella ciudad.

 

Revolvió sobre Palencia, pero no pudo sujetarla ni rendirla. Algunos sospechan que desde Castilla la Vieja dio la vuelta hacia el Andalucía, y no paró hasta el estrecho de Cádiz donde, como dice Plinio, presentaron a Lúculo la cabeza de un pulpo de grandeza increíble. Añaden que desde allí corrió toda aquella tierra hasta la Lusitania. Sergio Galba, al cual como se dijo fue encargado el gobierno de la España Ulterior, no estaba ocioso. Antes en el Andalucía hacía rostro a los lusitanos que hacían correrías y entradas por aquellas partes, con que trabajaban a los confederados del pueblo romano.

 

Pero como se atreviese en cierta ocasión a pelear con los enemigos, en sazón que sus soldados estaban cansados del camino, fue desbaratado, y muertos siete mil de los suyos, forzado con los demás a huir y meterse en Carmena, como lo dice Apiano (entiendo que ha de decir Carmona, ciudad en aquel tiempo la más fuerte de aquellas partes, y que estaba asentada cerca de los pueblos llamados Cuneos), donde se refiere que el pretor pasó el invierno sin descuidarse punto en rehacerse de fuerzas y juntar gentes. Con las cuales luego que abrió el tiempo, deseoso de satisfacerse, rompió por la Lusitania o Portugal, corrió los campos, mató, quemó y robó todo lo que topaba. Acudieron enbajadores de aquella gente, movidos de estos daños. Hízoles el pretor un razonamiento muy cuerdo y muy elegante, como persona que era de los más señalados oradores de Roma, y como tal

 

 

 

 

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entre los demás lo cuenta Cicerón. Excusó lo que habían hecho por ser forzados de la necesidad. Díjoles que, pues la falta y esterilidad de la tierra los ponía en semejantes ocasiones, avisasen a los suyos de su voluntad, que era darles muy mejores campos donde morasen y tuviesen sus labranzas, para que sin agravio de los comarcanos se pudiesen sustentar. Señalóles día en que se viniesen para él repartidos en tres escuadras. Ellos, persuadidos que les estaba bien aquel partido, sin sospechar mal ni engaño, obedecieron y cumplieron lo que les era mandado. Engañóles su pensamiento, y el pretor no sólo no les guardó su palabra, antes como venían descuidados, fueron todos despojados de sus armas y muertos: brava carnicería y deslealtad. Parte de los despojos se dio a los soldados; con lo demás se quedó el mismo Galba, con que se entiende vino a ser adelante el más rico de los ciudadanos romanos.

 

 

 

 

III. De la Guerra de Viriato

 

Esta crueldad de Galba dio ocasión para que los naturales, mas alterados que espantados, emprendiesen de nuevo otra guerra muy famosa, llamada de Viriato. Y es así comúnmente, que unos males vienen asidos de otros, y el fin de un desastre y daño suele ser muchas veces principio de otra mayor desgracia, y el remedio convertirse en mayor daño. No hay duda sino que la guerra de Viriato, por espacio de catorce años enteros que duró, con diferentes trances que tuvo, trabajó grandemente el poder de los romanos.

 

Fue Viriato de nación lusitano, hombre de bajo suelo y linaje, y que en su mocedad se ejercitó en ser pastor de ganados. En la guerra fue diestro, a la cual dio principio siendo salteador de caminos con un escuadrón de gente de su mismo talle. Eran muchos los que le acudían y se le llegaban, unos por no poder pagar lo que debían, otros por ser gente de mal vivir y malas mañas. Los más por verse consumidos y gastados con guerras tan largas, deseaban meter la tierra a barato. Con esta gente que ya llegaba a campo formado, comenzó a trabajar los comarcanos, en especial los que estaban a devoción de los romanos, por aquella parte por donde Guadiana desboca en el mar. A la sazón que las cosas se hallaban en estos términos, Galba se partió de España acabado su gobierno, y vino en su lugar Marco

 

 

 

 

 

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Vitilio, año de la fundación de Roma de 604. El cual puso todo cuidado en deshacer a Viriato y apagar aquella llama. Pero él, dejada la Lusitania, se pasó al estrecho de Cádiz, y con resolución de excusar la batalla, se entretenía en lugares fuertes y ásperos.

 

Acudió el pretor, y con un cerco que tuvo sobre aquella gente muy apretado, redujo a aquellos soldados, que ya comenzaban a sentir la hambre, a probar secretamente si habría esperanza de concertarse. Pedían campos donde morasen, y prometían de mantenerse en la amistad y fe del pueblo romano. Daba de buena gana el pretor oídos a estas prácticas. Supo Viriato lo que pasaba, y con un razonamiento que hizo a sus soldados, mudaron de parecer. Púsoles delante con cuánto peligro pondrían en manos de los romanos sus vidas y libertad, en quien ninguna cosa se conocía de hombres fuera de la apariencia y el sonido de la lengua humana. Que si ningún ejemplo hubiera para muestra de esto (como quier que eran muchos y sin número), por lo que hizo Galba podían entender que no les era seguro dejarse engañar de buenas palabras. Que les estaría mejor seguirle a él que era su caudillo, y por sus consejos y mandado llevar adelante lo comenzado: como gente esforzada no rendirse por verse a la sazón apretados, que los tiempos se mudan. Aprobaron todos este parecer, y para engañar a los romanos sacaron sus gentes con muestras de querer pelear. Pusieron la caballería por frente, y los peones entre tanto se pusieron en salvo en los bosques que cerca estaban. Después todos juntos se fueron a una ciudad llamada Tríbola, donde pensaba Viriato entretenerse y continuar la guerra. Acudieron los romanos, armóles cerca de aquella ciudad una celada, en que mató hasta cuatro mil de ellos y con ellos al mismo pretor. Los demás se salvaron por los pies, y se recogieron a Tarifa. Allí como los romanos ayudados de nuevos socorros de los celtíberos tornasen a probar ventura, todos perecieron en la pelea.

 

En lugar de Vitilio vino al gobierno de la España Ulterior el pretor Cayo Plaucio, año de la fundación de Roma 605. Llegó a sazón en España que Viriato corría los campos, primero de los turdetanos, y después de los carpetanos. Llegados los romanos a vista, dio muestras de huir. Siguiéronle los contrarios desapoderadamente, revuelve sobre ellos y pasa a cuchillo cuatro mil que se habían adelantado mucho. El pretor, con deseo de librarse de esta infamia, más que por esperanza que tuviese de la victoria, pasó adelante en seguimiento del enemigo hasta llegar al monte de Venus, donde pasado el río Tajo, Viriato se hizo fuerte. Allí vinieron de

 

 

 

 

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nuevo a las manos en una batalla en que fue destrozado no menor número de romanos que antes. De lo cual quedó el pretor tan escarmentado y medroso, que en medio del estío como si fuera en invierno, se estuvo encerrado en las ciudades con mayor confianza que tenía en las murallas que en sus fuerzas. Esta batalla creen algunos que se dio en la Lusitania y cerca de la ciudad de Ébora, por causa de un sepulcro que se ve hoy en aquella ciudad con una letra en latín, que en romance quiere decir:

 

Lucio Silón Sabino, en la guerra contra Viriato, en el distrito de Ébora de la provincia Lusitana, pasado con muchas saetas y dardos, y llevado en hombros de los soldados, a Cayo Plaucio pretor mandé que de mi dinero se me hiciese aquí este sepulcro. En el cual no querría que alguno fuese puesto ni esclavo ni libre. Si de otra manera se hiciese, querría que los huesos de cualquiera se saquen de mi sepulcro, si la patria será libre.

 

Este letrero es el más antiguo de todos los que en España de romanos se hallan. En el entre tanto que estas cosas pasaban, Galba fue en Roma acusado de haber quebrantado la fe y palabra a los lusitanos, y por el mismo caso dado causa a los males y daños que resultaron en aquella tierra. Valióle para que le diesen por libre el mucho dinero que llevó de España, sin embargo que Lucio Scribonio Libón, tribuno del pueblo, y Marco Catón le apretaron con todas sus fuerzas.

 

Después de esto Claudio Unimano con nombre de pretor vino de Roma el año 606 contra Viriato. Mas fue por él vencido y muerto con gran parte de su ejército, que pereció en aquella batalla. Los haces de varas y alabardas que eran las insignias del magistrado, fueron puestas por memoria de aquella victoria y a manera de trofeo en los montes de Lusitania, con tanto espanto de los romanos en adelante, y tanto atrevimiento de los españoles, que trescientos lusitanos no dudaron en trabar pelea con mil soldados romanos, en la cual mataron más número que ellos eran. Aconteció otrosí que un peón español puso en huida a muchos hombres de a caballo de los romanos, que espantados y atónitos quedaban de ver que aquel hombre de un golpe mató un caballo y cortó a cercén la cabeza del que en él iba. La batalla en que Claudio Unimano quedó desbaratado, muestra se dio en el campo y comarca de Urique en Portugal, una piedra que allí está de las más notables que hay en España de

 

 

 

 

 

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romanos, y la pone Andrés Resendio en las Antigüedades de Portugal, y suplidas algunas letras que faltan, son:

 

Cayo Minucio, hijo de Cayo Lemonia Lubato, tribuno de la legión décima Gémina, al cual en la batalla contra Viriato, adormecido de las heridas, el emperador Claudio Unimano desamparó por muerto. Guardado por diligencia de Ebucio, soldado lusitano, y mandado curar, sobreviví por algunos días. Morí triste por no gratificar a la manera de romanos a quien bien lo merecía.

 

El año siguiente, que se contaba de Roma 607, Cayo Nigidio, enviado en lugar del pretor muerto, peleó no con mejor suceso contra Viriato cerca de la ciudad de Viseo en la Lusitania o Portugal, do escriben está un sepulcro de Lucio Emilio, que murió en aquella pelea. Fue este año memorable y señalado, no tanto por las cosas de España, como por el consulado de Publio Cornelio Escipión, del cual arriba hablamos, y al cual el cielo guardaba la gloria de destruir a Cartago la grande, como lo hizo por este mismo tiempo, de donde fue llamado Africano, sobrenombre que pudo heredar de su abuelo. Consta asimismo que C. Lelio, aquel que en Roma tuvo sobrenombre de Sabio como lo testificó Cicerón, vino por este mismo tiempo a España, y fue el primero que comenzó a quebrantar las fuerzas y ferocidad de Viriato, por ser persona que ayudaba el esfuerzo y destreza con la prudencia, experiencia y uso que tenía de muchas cosas. Y con esta empresa se hizo más esclarecido y nombrado que antes.

 

También es cosa averiguada que el año que se contó 609 de la fundación de Roma, Q. Fabio Máximo Emiliano, hermano de Escipión, hecho cónsul, vino en España contra Viriato, por orden del Senado, que cuidadoso de aquella guerra, mandó que el uno de los cónsules partiese para España. Y para suplir la falta que tenían de soldados viejos hicieron de nuevo gente en Roma y por Italia, conque se juntaron quince mil infantes y dos mil caballos. Éstos se embarcaron para España, y llegaron a una ciudad llamada Orsuna, la cual se entiende sea la que hoy se llama Osuna en el Andalucía. Detúvose allí el cónsul algún tiempo hasta tanto que con el ejercicio se hiciesen diestros los soldados. Y en el entre tanto fue a Cádiz, que cae no lejos de allí, y el templo de Hércules ofreció sacrificios e hizo sus votos por la victoria.

 

 

 

 

 

 

 

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Al contrario Viriato, avisado de los apercibimientos que hacían los romanos para su daño, se determinó ir a verse con ellos. Fue al improviso su llegada, y así mató los leñadores y forrajeros del ejército romano, y asimismo los soldados que llevaban de guarda. El cónsul, después de esto, vuelto de Cádiz a sus reales, sin embargo que Viriato le presentaba batalla, acordó de trabar primero escaramuzas, y con ellas hacer prueba así de los suyos como de los contrarios, excusando con todo cuidado la batalla hasta tanto que los suyos cobrasen ánimo, y quitado el espanto entendiesen que el enemigo podía ser vencido y desbaratado.

 

Continuó esto por algunos días, al fin de los cuales se vino a batalla, en que Viriato fue vencido y puesto en huida. El ejército romano, por estar ya el otoño adelante y llegarse el invierno, fue a Córdoba para pasar allí los fríos. Viriato reparó en lugares fuertes y ásperos, que por tener los soldados curtidos con los trabajos, llevaba mejor la destemplanza del tiempo, sin descuidarse de solicitar socorros de todas partes. En particular envió mensajeros con sus cartas a los arévacos, a los belos y a los titos, pueblos arriba nombrados, en que les hacía instancia que tomasen las armas por la salud común y por la libertad de la patria, que por su esfuerzo el tiempo pasado había comenzado a revivir, y al presente corría gran riesgo, si ellos con tiempo no le ayudaban. Daban aquellos pueblos de buena gana oídos a sta recuesta, que fue el principio y la ocasión conque otra vez se despertó la guerra de Numancia, como se dirá en su lugar, luego que se hubieren relatado las cosas de Viriato.

 

Tuvo el consulado junto con Fabio Emiliano (por cuyo orden y valor se acabaron las cosas ya dichas en España) otro hombre principal llamado Lucio Hostilio Mancino, del cual se podría creer que vino también a España, y en ella venció a los gallegos, si las inscripciones de Anconitano tuviesen bastante autoridad para fiarse de lo que relatan en este caso. Otros podrán juzgar el crédito que se debe dar a este autor; a la verdad por algunos hombres doctos es tenido por excelente maestro de fábulas, y por inventor de mentiras mal forjadas.

 

 

 

 

IV. De lo que Q. Cecilio Metelo hizo en España

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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El año siguiente, que se contó de la fundación de Roma 610, salieron por cónsules Servilio Sulpicio Galba y Lucio Aurelio Cotta, entre los cuales se levantó gran contienda sobre cuál de ellos se debía encargar de lo de España, porque cada cual pretendía aquel cargo por lo que en él se interesaba. Y como el Senado no se conformase en un parecer, Escipión, preguntado lo que le parecía sobre el caso, respondió que ni el uno ni el otro le contentaba; «el uno (dice) no tiene nada, el otro nada le harta», teniendo por cosa de no menor inconveniente para gobernar, la pobreza que la avaricia. Ca la pobreza casi pone en necesidad de hacer agravios, la codicia trae consigo voluntad determinada de hacer mal. Con esto enviaron al pretor Popilio. De él refiere Plinio que Viriato le entregó las ciudades que en su poder tenía. Lo cual, si fue verdad, debió maltratarle en alguna batalla y ponerle en gran aprieto.

 

Después de Popilio, el año 611 vino al gobierno de la España Citerior el cónsul Q. Cecilio Metelo, el que por haber sujetado la Macedonia, ganó renombre de Macedónico. Su venida fue para sosegar las alteraciones de los celtíberos, que por diligencia de Viriato y a sus ruegos se comenzaban a levantar. De un cierto Quincio se sabe que prosiguió la guerra contra Viriato, sin que se entienda si como pretor o por mandado y comisión del cónsul. Lo más cierto es que a las faldas del monte de Venus cerca de Ébora de Portugal, este Quintio venció en batalla a Viriato. Pero como vencido se rehiciese de fuerzas, revolvió sobre los vencedores con tal brío, que hecho en ellos gran daño, los forzó a retirarse tan desconfiados y medrosos, que en lo mejor del otoño, como si fuera en invierno, se barrearon dentro de Córdoba sin hacer caso ni de los españoles sus confederados, ni aún de los romanos, que por estar de guarnición en lugares y plazas no tan fuertes, corrían riesgo de ser dañados.

 

Metelo hacía la guerra en su provincia, y sosegó los celtíberos; por lo menos Plinio dice que venció los arévacos. Y sin embargo, el año siguiente que fue el de 612, le prorrogaron a él el cargo y gobierno de la España Citerior, y para la guerra de Viriato vino el cónsul Quinto Favio Servilio, hermano que era adoptivo de Fabio Emiliano. Trajo en su compañía diez y ocho mil infantes, y mil y quinientos caballos de socorro. Demás de esto, el rey Micipsa, hijo de Masinisa, le envió desde África diez elefantes y trescientos hombres de a caballo. Todo este ejército con los demás que antes estaban al sueldo de Roma, no fueron parte para que Viriato en la Andalucía, do andaba, no los maltratase con salidas que hacía

 

 

 

 

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de los bosques en que estaba escondido, con tanto esfuerzo que forzaba a los contrarios a retirarse a sus reales, sin dejarles reposar de día ni de noche con correrías que hacía, y rebates y alarmas que de ordinario les daba, hasta tanto que mudadas sus estancias llegaron a Útica, ciudad antiguamente del Andalucía. Desde allí Viriato por la falta de vituallas se retiró con los suyos a la Lusitania. El cónsul, libre de aquella molestia y sobresaltos, acudió a los pueblos llamados Cuneos, donde venció dos capitanes de salteadores, llamados el uno Curión y el otro Apuleyo, y tomó por fuerza algunas plazas que se tenían por Viriato con gruesas guarniciones de soldados que en ellas tenía puestas. Los despojos que ganó fueron ricos, los cautivos en gran número, de los cuales hizo morir quinientos que eran de los más culpados. Los demás, en número de diez mil, hizo vender en pública almoneda por esclavos.

 

Entre tanto que todas estas cosas pasaban en la España Ulterior aquel verano, Metelo ganó grande honra por sujetar de todo punto los celtíberos, y haberse apoderado por aquellas partes de las ciudades llamadas en aquel tiempo Contrebia, Versóbriga y Centóbriga. De Metelo es aquel dicho muy celebrado a esta sazón. Porque como por engañar y deslumbrar al enemigo mudase y trajese el ejército por diversos lugares sin orden a lo que parecía y sin concierto, preguntado cerca de la ciudad de Contrebia por un centurión que era capitán de una compañía de soldados, cuál era su pretensión en lo que hacía, respondió aquellas palabras memorables: «Quemaría yo mi camisa si entendiese que en mis secretos tenía parte». Varón por cierto hasta aquí de prudencia y valor aventajado, dado que por lo que se sigue ninguna loa merece. Pero ¿quién hay que no falte? ¿Quién hay que tenga todas sus pasiones arrendadas? Fue así que le vino aviso cómo en Roma estaba nombrado para sucederle en aquel cargo Quinto Pompeyo, de que recibió tanta pena, que se determinó para enflaquecerle las fuerzas despedir a los soldados y hacer que dejasen las armas, descuidarse en la provisión de los graneros públicos, quitar el sustento a los elefantes, conque unos murieron, otros quedaron muy flacos y sin ser de provecho. Tanto puede muchas veces en los grandes ingenios la envidia y la indignación. Este desorden fue causa que vuelto a Roma no le otorgaron el triunfo, por lo demás muy debido a su valor y a las cosas que hizo.

 

Vino pues el cónsul Quinto Pompeyo a la España Citerior el año 613 de la ciudad de Roma. Serviliano, por orden del Senado, continuó su

 

 

 

 

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gobierno en la España Ulterior, donde recibió en su gracia a Canoba, capitán de salteadores que se le entregó. Y a Viriato, que estaba sobre la ciudad de Vacia, forzó a alzar el cerco y a huir, ocasión para que muchos pueblos por aquella comarca se le rindiesen. Juntaba Serviliano con la diligencia que era muy grande, la severidad y el rigor del castigo, en que era demasiado. Porque cortó las manos a todos los compañeros de Canoba, y fuera de ellos a otros quinientos cautivos que faltaran en la fe y desampararan sus reales. Lo kismo con que pensó amedrentar y poner espanto, alteró grandemente a los naturales, y causó notable mudanza en las cosas, que todos naturalmente aborrecen la fiereza y la crueldad.

 

Manteníase en la devoción de Viriato una ciudad por nombre Erisana; pusiéronse sobre ella los romanos. De noche el mismo Viriato, sin ser descubierto ni sentido, se metió dentro. Y luego la mañana siguiente dio tal rebato sobre los enemigos que halló descuidados, que con muerte de muchos, puso a los demás en huida. Repararon en un lugar no muy fuerte, y estaban todos para perecer. Parecióle a Viriato buena coyuntura aquella para concertarse con el enemigo a su ventaja. Movió tratos de paz. Resultó que se hizo confederación, en virtud de la cual los romanos escaparon con las vidas, y él fue llamado amigo del pueblo romano, a sus soldados y confederados dado todo lo que tenían y habían robado. Grande ultraje y afrenta de la majestad romana. La cual aún encareció más y subió de punto en Roma Quinto Servilio Cepión, enviado desde España por embajador de su hermano Serviliano; maña con que granjeó las voluntades para que le diesen el consulado, como lo hicieron. Ca fue cónsul el año siguiente, de la ciudad de Roma 614, con orden que se le dio se encargase de la España Ulterior, y lo más presto que pudiese, rompiese y quebrantase aquel concierto que se hizo con Viriato, como indigno y vergonzoso y hecho sin pública y bastante autoridad. Por donde no parece llegado a razón, ni cosa probable lo que refiere Apiano, que el dicho concierto fue en Roma aprobado por el Senado y pueblo romanos.

 

 

 

 

V. Cómo Viriato fue muerto

 

Tuvo Quinto Pompeyo el gobierno de la España Citerior por espacio de dos años. Pero por el mal recaudo que halló causado de la envidia de

 

 

 

 

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Metelo, ni el año pasado ni en gran parte del presente pudo hacer cosa alguna de momento. Además que por estar su provincia sosegada, ni se ofrecía ocasión de alteraciones, ni de emprender grandes hechos. Por el contrario, el cónsul Servilio en el Andalucía puso cerca de la ciudad de Arsa a Viriato en huida. Siguióle hasta la Carpetania, que es el reino de Toledo, donde con cierto ardid de guerra, se le escapó de las manos. Dio muestra que quería la batalla, y puestas sus gentes en ordenanza y por frente la caballería, entretanto que los romanos se aparejaban para la pelea, hizo que su infantería se retirase a los bosques que por allí cerca estaban. Lo cual hecho, con la misma presteza se retiró la caballería, de suerte que el cónsul, perdida la esperanza de haber a las manos por entonces enemigo tan astuto y tan recatado, se encaminó con sus gentes la vuelta de los Vetones, donde hoy está Extremadura. Desde allí revolvió sin parar hasta Galicia, donde había grande soltura y todo estaba lleno de muertes y robos.

 

Viriato, cansado de guerra tan larga, y poco confiado en la lealtad de sus compañeros (ca se recelaba no quisiesen algún día con su cabeza comprar ellos para sí la libertad y el perdón), acordó de enviar al cónsul tres embajadores de paz. Muchas veces se pierden los hombres por el mismo camino que se pensaban remediar. Recibiólos el cónsul con mucha cortesía y humanidad. Regalólos de presentes con dones que les dio, y para adelante los cargó de grandes promesas que les hizo, con tal que matasen a su capitán estando descuidado, y por este medio librasen a sí mismos de tantos trabajos y de una vida tan miserable, y a su tierra de tantos males y daños. Guárdanse los malos entre sí poco la lealtad. Así fácilmente se persuadieron de poner en ejecución lo que el cónsul les rogaba. Concertada la traición, se despidieron con buena respuesta que en público les fue dada, y con muestra de querer efectuar las paces.

 

Descuidóse con esta esperanza Viriato, con que ellos hallaron comodidad para cumplir lo que prometieron. Entraron do estaba durmiendo, y en su mismo lecho le dieron de puñaladas. Varón digno de mejor fortuna y fin, y que de bajo lugar y humilde, con la grandeza de su corazón, con su valor e industria, trabajó con guerra de tantos años la grandeza de Roma. No le quebrantaron las cosas adversas, ni las prósperas le ensoberbecieron. En la guerra tuvo altos y bajos, como acontece. Pereció por engaño y maldad de los suyos el libertador se puede decir casi de España, y que no acometió los principios del poder del pueblo romano como otros, sino la grandeza y majestad de su imperio, cuando más

 

 

 

 

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florecían sus armas, y aún no reinaban del todo los vicios que al fin los derribaron. Hiciéronle el día siguiente las exequias y enterramiento, más solemne por el amor y lágrimas de los suyos, que por el aparato y ceremonias, dado que entre los soldados se hicieron fiestas y torneos, y se sacrificaron muchas reses. Los matadores, idos a Roma, dieron petición en el Senado en que pedían recompensa y remuneración por tan señalado servicio. Fueles respondido que al Senado y pueblo romano nunca agradaba que los soldados matasen a su caudillo. Así los traidores son aborrecidos por los mismos a quien sirven, y muchas veces son castigados en lugar de las mercedes que pretendían.

 

Sucedió a Viriato un hombre llamado Tántalo, menos aventajado que él en autoridad, esfuerzo y prudencia. Este capitán en breve se entregó al cónsul con todos los suyos, y fue recibido en su gracia y amistad. A estos y a los demás lusitanos quitaron las armas, y dieron tierras a propósito que ocupados en la labranza, y entretenidos con el trabajo y con la pobreza, perdiesen la lozanía y la voluntad de alborotarse, y no tuviesen fuerzas aunque quisiesen hacerlo.

 

 

 

 

VI. Cómo revolvió la Guerra de Numancia

 

El año mismo que por alevosía de los suyos fue muerto el famoso capitán Viriato, el cual se contaba de la fundación de Roma 614, los numantinos se alborotaron de nuevo, y se encendió una nueva y más cruel guerra que antes con esta ocasión. Había Metelo con su esfuerzo y buena maña sujetado los celtíberos al Imperio Romano. Solos los numantinos y los termestinos, conforme a las capitulaciones y confederación que antes tenían asentada, fueron declarados por amigos del pueblo romano, que era lo mismo que conservarlos en su libertad. Entiéndese que los termestinos estaban distantes de Numancia por espacio de nueve leguas, do al presente está una ermita que se llama de Nuestra Señora de Tiermes. Quinto Pompeyo, por no estar ocioso y por parecer que hacía algo, pensaba cómo quitaría la libertad a estas ciudades. Era menester buscar algún buen color. Pareció el más a propósito achacarles que recibieran en su ciudad a los segedanos, los cuales por cierta ayuda que enviaron a Viriato, incurrieron en mal caso, que fue la causa (si otra no hubo) de temer el castigo, y por

 

 

 

 

 

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no tenerse por seguros en su ciudad, recogerse a los numantinos como amigos y comarcanos.

 

Ca Segeda estaba entre los belos. Y hoy entre las ciudades de Soria y Osma hay un pueblo llamado Seges, rastro como algunos piensan de aquella ciudad. El delito de que acusaban a los numantinos no era cosa tan grave, que a todos es lícito usar de benignidad y humanidad para con sus aliados, pero sin embargo enviaron sus embajadores a Pompeyo para disculparse, los cuales despidió él con afrenta y ultraje. Los numantinos, conociendo el yerro pasado y el riesgo que corrían, acordaron de alzar la mano de la defensa de los segedanos y renunciar a su amistad, todo a propósito de aplacar a los romanos. Avisaron de esto a Pompeyo, y con nueva embajada que le enviaron, le suplicaron renovase el concierto que tenían hecho con Graco. Pompeyo dio por respuesta que no había que tratar de paz ni de confederación si primero no dejasen las armas. Con esto fue forzoso tornar a la guerra para con las armas defender las armas, que el enemigo junto con la libertad les pretendía quitar. Tocaron atambor, hicieron levas de gente, con que juntaron ocho mil peones y dos mil caballos: pequeño número, pero grande en esfuerzo, y no muy desigual a la muchedumbre de los romanos. La conducta de esya gente se encomendó a un capitán muy experimentado por nombre Megara.

 

No se descuidó Pompeyo en lo que a él tocaba. Antes en breve adelantó sus reales y los asentó cerca de Numancia, en que tenía treinta mil infantes y dos mil de a caballo. Dábanles en qué entender los numantinos, y con correrías que hacían desde los collados, y con ordinarios rebates, mataban y prendían a los que de desmandaban. Sólo excusaban el riesgo de la batalla, y todas las veces que los romanos movían contra ellos sus estandartes, se retiraban y ponían en salvo por la noticia que tenían de aquellos lugares, que era consejo muy acertado. Pompeyo, viendo que no hacía efecto contra los numantinos, acordó de ponerse sobre la ciudad de Termancia, de donde asimismo fue rechazado no con menor afrenta que antes, y con algo mayor pérdida de gente. Porque con tres salidas que en un día hicieron los de Termancia, le forzaron a retirarse a ciertas barrancas, lugares ásperos y fuertes, de donde muchos de los suyos se despeñaron. Tan grande era el miedo que cobraron, que toda la noche pasaron en vela sin dejar las armas. El día siguiente volvieron a la pelea, que fue muy dudosa, sin declarar la victoria por ninguna de las partes, hasta tanto que sobrevino la noche, en la cual

 

 

 

 

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Pompeyo se fue a la ciudad de Manlia con resolución de excusar otra batalla, que fue señal de llevar lo peor, y que pretendía rehacerse de fuerzas, y hacer que con el tiempo su gente cobrase ánimo. Tenía la ciudad de Manlia guarnición de numantinos, y sin embargo se entregó a los romanos por no poderse tener. Al presente hay un pueblo en aquella comarca, por nombre Mallén, en que por ventura estaba aquella ciudad asentada.

 

Apoderóse otrosí de los termestinos, los cuales tornó a combatir, que no se hallaban con fuerzas bastantes para defenderse, por quedar cansados y gastados de los encuentros pasados. Restaban los numantinos. Antes que moviese Pompeyo contra ellos, deshizo a Tangino, capitán de salteadores, y le mató con toda su gente en aquella parte donde se tendían los edetanos, y hoy está la ciudad de Zaragoza.

 

Hecho esto, revolvió sobre Numancia. Y porque el cerco iba a la larga, procuró sacar de madre al río Duero, para que no entrasen bastimentos a los cercados. Fue forzado desistir de esta empresa por causa que los numantinos con una salida que hicieron maltrataron a los soldados contrarios y a los que andaban en la obra. Demás de esto le degollaron un tribuno de soldados con toda su gente, que iba en guarda de los que traían vituallas y de los forrajeros. Espantado Pompeyo por estos daños, detuvo los soldados dentro de sus estancias sin dejarlos salir en el tiempo más áspero del año, que fue causa de que muchos pereciesen de enfermedad por no estar acostumbrados a aquella destemplanza del aire. Otros morían a manos de los numantinos, que con sus salidas y rebates continuamente los trabajaban. Por esta causa fue forzado Pompeyo a mudar de parecer, y dado que el invierno estaba muy adelante, desistir del cerco, y repartir sus gentes por las ciudades comarcanas de su devoción.

 

Corría ya el año de Roma de 615, en el cual el cónsul Marco Popilio Lenate fue señalado para el gobierno de aquella provincia en lugar de Pompeyo. Pero mientras su venida se esperaba, al principio del verano se asentaron las paces con los numantinos. Procurólo Pompeyo, sea por miedo de que en Roma le achacasen de haber sido con su mal gobierno causa de aquella guerra, sea por no querer que con su trabajo y riesgo, su sucesor llevase el prez y la honra de acabarla. Los numantinos otrosí cansados de guerra tan larga, y por tener falta de mantenimientos a causa de haber dejado la labranza de los campos, dieron de buena gana oídos a aquellos tratos. Conviniéronse en que las condiciones de la paz, por ser

 

 

 

 

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desventajadas para los romanos, se tratasen en secreto, tanto que el mismo Pompeyo por no firmarlas se hizo malo. En lo público, la escritura del concierto rezaba que los numantinos eran condenados en treinta talentos. Los más inteligentes sospechaban era ficción inventada a propósito de conservar el crédito y autoridad del Imperio Romano. Lo cierto es que con la venida del cónsul Popilio se trató de aquella confederación y de aquellas paces. Pompeyo negaba haberlas hecho; los numantinos probaban lo contrario por testimonio de los principales del ejército romano. En fin, los unos y los otros fueron por el nuevo cónsul remitidos al Senado de Roma, donde por tener más fuerza el antojo y la pasión que la justicia, entre diversos pareceres prevaleció el que mandaba hacer de nuevo la guerra contra Numancia.

 

 

 

 

VII. De la confederación que el cónsul Mancino

 

hizo con los numantinos

 

Entre tanto que esto pasaba en Roma y con los numantinos, el cónsul Popilio acometió a hacer la guerra a los lusones, gente que caía cerca de los numantinos. Pero fue en vano su acometimiento. Antes el año siguiente, que de la ciudad de Roma se contó 616, como le hubiesen alargado el tiempo de su gobierno, fue en cierto encuentro que tuvo con los numantinos vencido y puesto en huida. En la España Ulterior, para cuyo gobierno estaba señalado el uno de los nuevos cónsules, por nombre Decio Bruto, los soldados viejos de Viriato, a los cuales dieron perdón y campos donde morasen, edificaron y poblaron la ciudad de Valencia. Hay grande duda sobre qué Valencia fue ésta. Quién dice que fue la que hoy se llama Valencia de Alcántara, por estar en la comarca donde estos soldados andaban. Quien entiende, y es lo que parece más probable, que sea la que hoy se llama Valencia de Miño, puesta sobre la antigua Lusitania, enfrente de la ciudad de Tuy. Y no falta quien piense que sea Valencia la del Cid, ciudad poderosa en gente y en armas. Pero hace contra esto que está asentada en la España Citerior, provincia que era de gobierno diferente.

 

Dejadas estas opiniones, lo que hace más a nuestro propósito es que el año siguiente, de la fundación de Roma 617, a Bruto alargaron el tiempo del gobierno de la España Ulterior, y para lo de la Citerior señalaron el uno

 

 

 

 

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de los nuevos cónsules, por hombre Cayo Hostilio Mancino. Éste, luego que llegó, asentado su campo cerca de Numancia, fue diversas veces vencido en batalla. Y de tal manera se desanimó con estas desgracias, que avisado cómo los vacceos que caían en Castilla la Vieja y los cántabros, venían en ayuda de los numantinos, no se atrevió ni a atajarles el paso, ni a aesperar que llegasen. Antes de noche, a sordas, se retiró y apartó a otros lugares que estaban sosegados. En qué parte de España, no se dice. Sólo señalan que fue donde los años pasados Fulvio Nobilior tuvo sus alojamientos. En la ciudad de Numancia no se supo esta partida de los enemigos hasta pasados dos días, por estar los ciudadanos ocupados en fiestas y regocijos sin cuidado alguno de la guerra. La manera como se supo fue que dos mancebos pretendían casar con una doncella. Para excusar debates acordaron que saliesen a los reales de los enemigos, y el que primero de los dos trajese la mano derecha de alguno de ellos, ese alcanzase por premio el casamiento que deseaba. Hiciéronlo así, y como hallasen los reales vacíos, a más correr vuelven a la ciudad para dar aviso de lo que pasaba, que los enemigos eran idos, y que dejaban desamparados sus reales. Los ciudadanos, alegres con esta nueva, siguieron la huella y rastro de los romanos, y antes de tener barreadas sus estancias bastantemente, pusieron sitio a los que poco antes los tenían cercados: que fue un trueque y mudanza notable. El cónsul, perdida la esperanza de poder escapar, se inclinó a tratar de concierto, en virtud del cual los numantinos quedaron con su antigua libertad, y en él fueron llamados compañeros y amigos del pueblo romano. Grande ultraje, y que después de tantas injurias parecía escurecer la gloria romana, pues se rendía al esfuerzo de una ciudad. Ayudó para hacer esta confederación más necesaria que honesta Tiberio Graco, que se hallaba entre los demás romanos, y por la memoria que en España se tenía de Sempronio su padre, era bien quisto, y fue parte para inclinar a misericordia los ánimos de los numantinos.

 

En Roma, luego que recibieron aviso de lo que pasaba y de asiento tan feo, citaron a Mancino para que compareciese a hacer sus descargos, y en su lugar nombraron por general de aquella guerra al otro cónsul, llamado Emilio Lépido, para que vengase aquella afrenta. Enviaron asimismo los numantinos sus embajadores con las escrituras del concierto, y con orden que si el Senado no le aprobase, en tal caso pidiesen les fuese entregado el ejército, pues con color de paz y de confederación escapó de sus manos.

 

 

 

 

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Tratóse el negocio en el Senado, y como quier que ni por una parte quisiesen pasar por concierto tan afrentoso, y por otra juzgasen que los numantinos pedían razón, dieron traza que Mancino les fuese entregado. Con lo cual les parecía quedaban libres del escrúpulo que tenían en quebrantar lo asentado. A Tiberio Graco, maguer que fue el que intervino en aquella confederación y la concluyó, absolvieron porque lo hizo mandado. El vulgo, como de ordinario e inclina a pensar y creer la peor parte, decía que esto se hizo por respeto de Escipión su cuñado, que como ya se dijo estaba casado con Cornelia, hermana de los Gracos.

 

 

 

 

VIII. Cómo Cayo Mancino fue entregado a los

 

numantinos

 

Esto era lo que pasaba en Roma. En España, el cónsul Marco Lépido, antes de tener aviso de lo que el Senado determinaba, acometió a los vacceos (que era gran parte de lo que hoy es Castilla la Vieja) con achaque que en la guerra pasada enviaron socorro a los numantinos, y los ayudaron con vituallas. Corrió sus muy fértiles campos, y después que lo puso todo a fuego y sangre, probó también de apoderarse de la ciudad de Palencia. Sin embargo que de Roma le tenían avisado no hiciese guerra a los españoles, hombres que eran feroces y denodados, y de enojar a los cuales muchas veces resultara daño. La afrenta y mal orden de Mancino tenía puesto al Senado en cuidado, y a los españoles daba ánimo para que no dudasen ponerse en defensa contra cualquiera que les pretendiese agraviar.

 

Fue así que por el esfuerzo de los palentinos, como los romanos fuesen maltratados, y asimismo tuviesen falta de vituallas, de noche a sordas, sin dar la señal acostumbrada para alzar el bagaje, se partieron con tanto temor suyo y tan grande osadía de los palentinos, que luego el día siguiente, sabida la partida, salieron en pos de ellos, y los picaron, y dieron carga de suerte que degollaron no menos de seis mil romanos. De lo cual luego que en Roma se supo, recibió tan grande enojo el Senado, que citaron a Lépido a Roma, donde vestido como particular, fue acusado en juicio y condenado de haberse gobernado mal.

 

Estos daños y afrentas en parte se recompensaban en la España Ulterior por el esfuerzo y prudencia de Decio Bruto, que sosegó las

 

 

 

 

 

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alteraciones de los gallegos y lusitanos, y forzó a que se le rindiesen los labricanos, pueblos que por aquellas partes se alborotaban muy de ordinario. Púsoles por condición que le entregasen los fugitivos, y ellos, dejadas las armas, se viniesen para él. Lo cual, como ellos cumpliesen, rodeados del ejército, los reprendió con palabras tan graves que tuvieron por cierto les quería matar. Pero él se contentó con penarlos en dinero, quitarles las armas y las demás municiones que tanto daño a ellos mesmos acarreaban. Por estas cosas Decio Bruto ganó el sobrenombre de Galaico o Gallego. Esto sucedió en el consulado de Mancino y Lépido.

 

El año siguiente 618 alargaron a Bruto el tiempo de su cargo, y al nuevo cónsul Publio Furio Filón se le dio cuidado de entregar a Mancino a los numantinos, y se le encomendó el gobierno de la España Citerior. Y porque Q. Metelo y Q. Pompeyo, como personas las más principales en riquezas y autoridad, pretendían impedir que Furio no fuese a esta empresa de donde tanta gloria y ganancia se esperaba, él, con una maravillosa osadía, como cónsul que era, les mandó que le siguiesen y fuesen con él a España por legados o tenientes suyos. Luego que llegó, puestos sus reales cerca de Numancia, hizo que Mancino, desnudo el cuerpo y atadas atrás las manos (como se acostumbraba cuando entregaban algún capitán romano a los contrarios), fuese puesto muy de mañana a las puertas de Numancia. Pero como quier que ni los enemigos le quisiesen, y los amigos le desamparasen, pasado todo el día y venida la noche, guardadas las ceremonias que en tal caso se requerían, fue vuelto a los reales. Con esto daban a entender los romanos que cumplían con los que debían. A los numantinos no parecía bastante satisfacción de la fe que quebrantaban, entregar el capitán y guardar el ejército que libraron de ser degollado debajo de pleitesía. Y es cosa averiguada que los romanos en este negocio miraron más por su provecho que por las leyes de la honestidad y de la razón.

 

Qué otra cosa Furio hiciese en España, no se sabe, sino que el año adelante, que se contó 619 de la fundación de Roma, a Bruto alargaron otra vez el tiempo de su gobierno por otro año, que fue el tercero, y el cónsul Quinto Calpurnio Pisón, por el cargo que le dieron de la España Citerior, peleó con los numantinos mal, ca perdió en la pelea parte de su ejército, y los demás se vieron en grandes apreturas. Era el miedo que los romanos cobraran tan grande, que con sola la vista de los españoles se espantaban: no de otra guisa que los ciervos cuando ven los perros o los

 

 

 

 

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cazadores, movidos de una fuerza secreta, luego se ponían en huida. Muchos entendían que la causa de aquel espanto era el gran tuerto que les hacían, y la fe quebrantada. Mas a la verdad los españoles en aquel tiempo ninguna ventaja reconocían a los romanos en esfuerzo y atrevimiento. No peleaban como de antes de tropel y derramados, sino por el largo uso que tenían de las armas, a imitación de la disciplina romana, formaban sus escuadrones, ponían sus hueste en ordenanza, seguían sus banderas y obedecían a sus capitanes. Con esto tenían reducida la manera grosera que antes usaban, a preceptos y arte con que siempre en las guerras y con prudencia se gobernasen.

 

 

 

 

IX. Cómo Escipión hecho cónsul vino a España

 

Estas cosas, luego que se supieron en Roma, pusieron en grande cuidado al Senado y pueblo romano, como era razón. Acudieron al postrer remedio, que fue sacar por cónsul a Publio Escipión (el cual por haber destruido a Cartago tenía ya sobrenombre de Africano), con resolución de enviarle a España. Para hacer esto dispensaron con él en una ley que mandaba a ninguno antes de pasados diez años se diese segunda vez consulado. Sucedió esto el año que se contó 620 de la fundación de Roma, en el cual como creemos prorrogaron de nuevo a Decio Bruto, y le alargaron el tiempo del gobierno que tenía sobre la España Ulterior.

 

Siguieron a Escipión en aquella jornada cuatro mil mancebos de la nobleza romana, y de los que por diversos reyes habían sido enviados para entretenerse en la ciudad de Roma. Y si no les fuera vedado por decreto del Senado, lo mismo hicieran todos los demás. Tan grande era el deseo que todos tenían de tenerle por su capitán y aprender de él el ejercicio de las armas, que a porfía daban sus nombres y con grande voluntad se alistaban. De estos mozos ordenó Escipión un escuadrón que llamó Filónida, que era nombre de benevolencia y amistad, atadura muy fuerte y ayuda entre los soldados para acometer y salir con cualquier grande empresa.

El ejército de España por estar falto de gobierno se hallaba flaco, sin nervios y sin vigor, efecto propio del ocio y de la lujuria. Para remediar este daño dejó Escipión en Italia a Marco Buteón su legado, que guiase la

 

 

 

 

 

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gente que de socorro llevaba, y él lo más presto que se pudo aprestar, partió para España. Y en ella con rigor, cuidado y diligencia, en breve redujo el ejército a mejores términos. Porque lo primero despidió dos mil rameras que halló en el campo. Asimismo despidió de regatones, mercaderes y mochileros otro no menor número, ni menos dado a torpezas y deleites. Por esta manera, limpíado el ejército de aquel vergonzoso muladar, los soldados volvieron en sí y cobraron nuevo aliento, y los que antes eran tenidos en poco, comenzaron a poner a sus enemigos espanto. Demás de esto ordenó que cada soldado llevase sobre sus hombros trigo para treinta días, y cada siete, estacas para las trincheras con que cercaban y barreaban los reales, que de propósito hacía mudar y fortificar a menudo para que de esta manera los soldados con el trabajo tornasen a cobrar las fuerzas que les había quitado el regalo. Lo que hizo más al caso para reprimir los vicios e insolencias de los soldados fue el ejemplo del general, por ser cosa cierta que todos aborrecen ser mandados, y que el ejemplo del superior hace que se obedezca sin dificultad. Era Escipión el primero al trabajo, y el postrero a retirarse de él. Ayudó otrosí para renovar la disciplina la diligencia de Cayo Mario, aquel que de esta escuela y de estos principios se hizo con el tiempo, y salió uno de los más famosos capitanes del mundo.

 

Pasadas en estas cosas gran parte del año, y llegado el estío, movió Escipión con todas sus gentes la vuelta de Numancia. No se atrevió por entonces de ponerse al riesgo de la batalla, porque todavía sus soldados estaban medrosos por la memoria que tenían fresca de las cosas pasadas. Contentóse con correr los campos enemigos por muchas partes, y hacer en ellos todo mal y daño. Desde allí pasó haciendo asimismo correrías hasta los vacceos, enojado principalmente contra los palentinos, por la rota con que meltrataron y el daño que hicieron al cónsul Lépido. Allí Escipión se vio puesto casi en necesidad de venir a batalla, por la temeridad de Rutilio Rufo, el cual con intento de reprimir a los palentinos, que por todas partes se mostraban, y con ordinarios rebates daban pesadumbre, salió contra ellos, y con poco recato se adelantó tanto, que se iba a meter en una emboscada que los enemigos le tenían puesta, cuando Escipión, advertido el peligro desde un alto donde estaba, mandó que las demás gentes se adelantasen, y que la caballería cercase por todas partes el lugar donde la celada estaba, y escaramuzando con el enemigo, diese lugar a los soldados que se metían en el peligro, para que se pusiesen a salvo. En este camino y

 

 

 

 

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entrada que Escipión hizo, vio por sus ojos la ciudad de Cancia, que estaba destruida por engaño de Lúculo. Y movido con aquella vista a compasión, a voz de pregonero prometió franqueza de tributos y alcabalas a todos los que quisiesen reedificarla y hacer en ella su asiento y su morada.

 

Esto fue lo que sucedió aquel verano, que estaba ya bien adelante y casi comenzaba el invierno, cuando vuelto el ejército a Numancia, cerca de aquella ciudad se asentaron los reales de los romanos, donde no dejaron por todo el invierno de salir diferentes cuadrillas a robar y talar los campos que por allí estaban. Entre estos un escuadrón, de cierto peligro en que se hallaba de perecer, fue librado por la buena maña y vigilancia de Escipión en esta manera. Estaba allí cerca una aldea, rodeada en gran parte de ciertos pantanos, la cual sospechan sea la que se llama al presente Henar, por estar junto a una laguna. Cerca de aquel lugar estaban unos peñascos a propósito de armar allí alguna celada. Escondióse allí cierto número de numantinos, y sin falta maltrataran y degollaran los soldados romanos, que derramados y ocupados en robar andaban por aquella parte, si Escipión desde sus reales, conocido el peligro, no diera luego señal de recogerse, para que los soldados, dejado el robar, acudiesen a sus banderas. Y para mayor seguridad, tras mil caballos que envió delante, él mismo se apresuró para cargar sobre los contrarios con lo demás del ejército. Los numantinos entre tanto que con iguales fuerzas y número se peleaba, resistieron e hicieron reparar a un gran número de los contrarios. Pero luego que vieron acercarse los estandartes de las legiones, se pusieron en huida con grande maravilla de los romanos, porque de largo tiempo no habían visto las espaldas de los numantinos.

 

Estas cosas acontecieron en el consulado de Escipión. En el cual tiempo Yugurta desde África vino a juntarse con los romanos, nieto que era de Masinisa, nacido fuera de matrimonio de un hijo suyo por nombre Manastabal. Envióle el rey Micipsa, su tío, con diez elefantes y un grueso escuadrón de caballos y de peones, con deseo que tenía de ayudar a los romanos, y juntamente con diseño de poner a peligro aquel mozo brioso, por entender el que corrían sus hijos si la vida le duraba. Consejo sagaz y prudente, pero que no tuvo efecto. Antes Yugurta, ganada mucha honra en aquella guerra, luego que se concluyó, dio la vuelta a África con mayor crédito y pujanza que antes.

 

 

 

 

 

 

 

 

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X. Cómo Numancia fue destruida

 

El año luego adelante, que se contó de la fundación de Roma 621, siendo cónsules Publio Mucio Scévola y Lucio Calpurnio Pisón, a Escipión alargaron el tiempo del gobierno y del mando que en España tenía, con lo cual Numancia fue de todo punto asolada. Ca pasado el invierno, y con varias escaramuzas quitado ya el miedo que los soldados tenían cobrado, con intención de apretar el cerco de Numancia, de unos reales hizo dos, dividida la gente en dos partes. El regimiento de los unos encomendó a Q. Fabio Máximo, su hermano, los otros tomó él a su cargo. Dado que algunos dicen que dividió los reales en cuatro partes, y aún no concuerdan todos en el número de la gente que tenía. Quién dice que eran sesenta mil hombres, quién que cuarenta, como no es maravilla que en semejante cuenta se halle entre los autores variedad.

 

Los numantinos, orgullosos por tantas victorias como antes ganaran, aunque eran mucho menos en número (porque los que más ponen dicen que eran ocho mil combatientes, y otros de este número quitan la mitad), sacadas sus gentes fuera de la ciudad, y ordenadas sus haces, no dudaron de presentar la batalla al enemigo, resueltos de vencer o perecer antes que sufrir las incomodidades de un cerco tan largo. Escipión tenía propósito de excusar por cuanto pudiese el trance de la batalla, como prudente capitán, y que consideraba que el oficio del buen caudillo no menos es vencer y concluir la guerra con astucia y sufrimiento, que con atrevimientos y fuerzas. Ni le parecía conveniente contraponer sus ciudadanos y soldados a aquella ralea de hombres desesperados.

 

Con este intento determinó cercar la ciudad con reparos y palizadas para reprimir el atrevimiento y acometimiento de los cercados. Demás de esto mandó a las ciudades confederadas enviasen nuevos socorros de gente, municiones y vituallas para la guerra. Hízose un foso alrededor de la ciudad, y levantóse un valladar de nueva manera, que tenía diez pies en alto y cinco en ancho, armado con vigas y lleno de tierra, con sus torres, troneras y saetías a ciertos trechos, de suerte que representaba semejanza de una muralla continuada. Sólamente por el río Duero se podía entrar en la ciudad y salir. Pero también esta comodidad quitaban a los cercados las compañías de soldados y los ranchos que en la una ribera y en la otra estaban puestos de guarda. Para remedio de esto, los buzanos zambulléndose en el agua, debajo de ella sin ser sentidos pasaban cuando

 

 

 

 

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era necesario de la una parte a la otra. Otros con barcas, por la ligereza de los remos o por la fuerza del viento que les daba por popa, escapaban de ser heridos con lo que los soldados les tiraban, y por esta manera se podía meter alguna vitualla en la ciudad. Duróles poco este remedio y consolación tal cual era, porque con una nueva diligencia levantaron dos castillos de la una y de la otra parte del río, con vigas que le atravesaban, y en ellas unos largos y agudos clavos para que nadie pasase. Los numantinos, sin perder por esto ánimo, no dejaban de acometer las centinelas y cuerpos de guarda de los romanos. Mas sobreviniendo otros, fácilmente eran rebatidos y encerrados en la ciudad, que a sabiendas no los querían matar para que gastasen más presto, cuantos más fuesen, las vituallas, y forzados de la hambre y extrema necesidad, se entregasen.

 

En esta coyuntura, un hombre de grande ánimo y osadía llamado Retógenes Caravino, con otros cuatro, por aquella parte que los reparos de los romanos eran más flacos y tenían menos guarda, escalado el valladar y degolladas las centinelas y escuchas, se enderezó a los pueblos llamados arévacos, donde en una junta de los principales que para esto se convocó, les rogó y conjuró por la amistad antigua y por el derecho de parentesco, no desamparasen a Numancia para ser saqueada y asolada por el enemigo, que encendido en coraje y en deseo de vengarse no tenía olvidadas las injurias que ellos les habían hecho. Considerasen que aquella ciudad solía ser el refugio y reparo común de todos, y al presente, por la adversidad de la fortuna y por la astucia de los que la cercaban, más que por valor y esfuerzo, se hallaba puesta en extremo riesgo y cuita:

 

«¿Aguardáis por ventura hasta tanto que cunda este mal, y de unos a otros pase, y llegue a vuestra ciudad? Pensad que esta llama, consumido todo lo que se le pone delante, será forzoso que todo lo asuele. ¿Por ventura no conocéis la ambición de los romanos, sus robos y sus crueldades? Los cuales muchas veces habéis visto y oído que sin causa alguna, sólo con deseo de extender su señorío, ponen asechanzas a la libertad y riquezas de toda España. Diréis que tenéis hecho concierto con ellos, y con esto os aseguráis. En lo cual, si no hubiera muchos ejemplos frescos y puestos delante los ojos, de la deslealtad, codicia y fiereza de los romanos, la destrucción poco ha de Cuacia, y ahora la confederación de los numantinos con Mancino quebrantada injustamente, son bastante muestra cómo ninguna cosa tienen por santa, por el deseo de enseñorearse de todo. Mirad que si anteponéis ahora vuestro reposo

 

 

 

 

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particular a la salud común, la cual en gran parte depende del valor y esfuerzo de Numancia, no seáis en algún tiempo forzados a quejaros por demás (ojalá yo me engañe) de haber perdido y desamparado lo uno y lo otro. Afuera, pues, toda tardanza y cobardía. En tanto que hay tiempo, y que las cosas están en término que se pueden remediar, volved vuestros ánimos y pensamiento a procurar la salud de la patria. Juntad armas y fuerzas, cargad sobre el enemigo, que está descuidado, cercándole los vuestros por una parte, y los nuestros por la otra, por frente y por las espaldas. Considerad que en nuestro peligro corre riesgo la salud, la libertad y las riquezas de toda España».

 

Con este razonamiento, y con abundancia de lágrimas que derramaba, con echarse en tierra y a los pies de cada uno, tenía ablandados los corazones de muchos. Pero como quier que a los desdichados y caídos todos les falten, prevaleció el voto de los que sentían que no convenía enojar a los romanos. Antes decían que sin tardanza echasen de toda su tierra a los numantinos, porque no les achacasen e hiciesen cargo de haber oído en su junta aquella embajada. Lo que después de esto hizo Retógenes no se sabe. Sólo consta que la gente moza de Lucia, pueblo que estaba a una legua de Numancia, acudió a socorrer a los cercados. Pero fue rebatida su osadía por la diligencia de Escipión. Y con cortar las manos derechas por mandado del mismo a cuatrocientos de ellos, los demás quedaron escarmentados para no imitar semejante desatino.

 

Con esto los numantinos, perdida toda esperanza de ser socorridos, y por el largo cerco quebrantados de la hambre, movieron tratos de paz. Enviaron para esto a Escipión una embajada. El principal, por nombre Aluro, dada que le fue audiencia, se dice habló de esta manera:

 

«Quiénes sean los ciudadanos de Numancia, de qué lealtad, de qué constancia, no hay para qué traerlo a la memoria, pues tú con la larga experiencia lo puedes tener entendido, y no está bien a los miserables hacer alarde de sus alabanzas. Sólo diré que te será muy honroso haber quebrantado los ánimos de los numantinos. Y a nos no será del todo afrentoso, ya que así había de ser, ser vencidos de tan gran capitán. Lo que la presente fortuna pide, y a lo que nos fuerzan los males de este cerco, confesámonos por vencidos. Pero con tal que te contentes con nuestra penitencia y enmienda, y no pretendas destruirnos. No pedimos del todo perdón, dado que en ninguna parte pudieras mejor emplearle. Contentámonos con que el castigo sea templado. Que si nos niegas las

 

 

 

 

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vidas y no das lugar a la pelea, determinados estamos de probar cualquier cosa, hasta morir por nuestras manos si fuere necesario, antes que por las ajenas, que será el postrer oficio de varones esforzados. Tú debes considerar una y otra vez lo que la fama y el mundo dirá de ti, así de presente como en el tiempo adelante».

 

Maravillóse Escipión por este razonamiento, que los corazones de aquella gente con tantos trabajos no estuviesen quebrantados, y que perdida toda esperanza, todavía se acordasen de su dignidad y constancia. Con todo esto respondió a los embajadores que no había que tratar de concierto, si no fuese entregándose a la voluntad del vencedor.

Con esta respuesta los numantinos, como fuera de sí, matan a los embajadores, los cuales ¿qué culpa les tenían? Pero cuando la muchedumbre se alborota, muchas veces acarrea daño decir la verdad. Estaban ya sin ninguna esperanza de salvarse ni de venir a batalla. Acuerdan de hacer el postrer esfuerzo. Emborráchanse con cierto brebaje que hacían de trigo, y le llamaban celia. Con esto acometen los reparos de los romanos, escalan el valladar, degüellan todos los que se les ponen delante, hasta que sobreviniendo mayor número de soldados, y sosegada algún tanto la borrachez, les fue forzoso retirarse a la ciudad. Después de esta pelea dicen que por algunos días se sustentaron con los cuerpos muertos de los suyos. Demás de esto probaron a huir y salvarse, pero como tampoco esto les sucediese, por conclusión, perdida del todo la esperanza de remedio, se determinaron a acometer una memorable hazaña, esto es, que mataron a sí y a todos los suyos, unos con ponzoña, otros metiéndose las espadas por el cuerpo. Algunos pelearon en desafío unos con otros con igual partido y fortuna del vencedor y vencido, pues en una misma hoguera, que para esto tenían encendida, echaban al que era muerto, y luego tras él le seguía el que le quitaba la vida. Por esta manera fue destruida Numancia, pasados un año y tres meses después que Escipión vino a España. Grande fue su obstinación, pues los mismos ciudadanos se quitaron las vidas. Apiano dice que, entrada la ciudad, hallaron algunos vivos, pero contradicen a esto los demás autores. Y es cosa averiguada que Numancia se conservó por la concordia de sus ciudadanos, que tenían entre sí y con sus comarcanos, y pereció por la discordia de los mismos. Demás de esto que vencida quitó al vencedor la palma de la victoria. Los edificios a que perdonaron los ciudadanos, que no les pusieron fuego, fueron por mandado de Escipión echados por tierra.

 

 

 

 

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Los campos repartidos entre los pueblos comarcanos. Hechas todas estas cosas, y fundada la paz de España, se volvió Escipión a Roma a gozar el triunfo que le era muy debido por hazañas tan señaladas, por las cuales demás de los otros títulos y blasones, le fue dado y tuvo adelante el renombre de Numantino. Triunfó otrosí Decio Bruto poco antes en Roma, por dejar vencidos y sujetos los gallegos, con que ganó asimismo sobrenombre de Galaico, como se dijo poco antes de este lugar.

 

 

 

 

XI. De lo que sucedió en España después de la

 

Guerra de Numancia

 

Después de esto se siguieron en España temporales pacíficos de grande y señalada bonanza. La forma del gobierno por algún tiempo fue que diez legados enviados de Roma y mudados a sus tiempos, tuvieron el gobierno de España cada cual en la parte que de toda ella le señalaban. Los mallorquines hechos corsarios corrían aquellos mares y las riberas cercanas. Acudió contra ellos el cónsul Quinto Cecilio Metelo, que los sujetó y puso en sosiego el año de la ciudad de Roma de 631, por lo cual el dicho cónsul fue llamado Baleárico, que es tanto como Mallorquín. Por el mismo tiempo Cayo Mario, que era gobernador de la España Ulterior, abrió y aseguró los caminos, quitados los salteadores de que había gran número y gran libertad de hacer mal, merced y reliquias malas de las alteraciones y revueltas pasadas. Restituyó asimismo en su provincia las leyes y la paz, dio fuerza y autoridad a los jueces, lo cual todo en ella faltaba.

 

Y doce años adelante, como aquella provincia se hubiese alterado, primero Calpurnio Pisón, después Sulpicio Galba, hijo del otro Galba que hizo en la Lusitania lo que arriba queda contado, apaciguaron aquellos movimientos. Hállanse a cada paso en España muchas monedas acuñadas con el nombre de Pisón. Fundada pues la paz por la buena maña y valor de Pisón y de Galba, otra vez se encargó el gobierno de España a diez legados, en el tiempo que los cimbros, gente septentrional, en gran número a manera de un raudal arrebatado se derramaron y metieron por las provincias del Imperio Romano, y con el gran curso de victorias que en diversas partes ganaron, no pararon hasta España. Mas por el esfuerzo de

 

 

 

 

 

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los romanos y de los naturales fueron forzados a dar la vuelta a la Galia y a Italia, año de la fundación de Roma de 645. En este año Quinto Servilio Cepíon venció en una batalla a los lusitanos, sin que se entienda qué cargo o magistrado tuviese. Verdad es que pasados tres años, siendo cónsul el mismo Cepíon, los lusitanos se vengaron de los romanos, ca les hicieron mayor daño del que antes de ellos recibieron.

 

Fue aquel año el que se contó de la fundación de Roma 648, señalado más que por otra cosa alguna, por el nacimiento de Marco Tulio Cicerón, que nació este año en Arpino, pueblo de Italia. Su madre se llamó Helvia, su padre fue del orden ecuestre y de la real sangre de los Volscos. Ennobleció Cicerón las cosas de Roma no menos en paz y desarmado con su prudencia, erudición y elocuencia maravillosa, y ganó no menor nombradía que los otros excelentes caudillos de aquella república con las armas.

Pasados otros dos años, que fue el año de 650, los cimbros mezclados con los alemanes rompieron segunda vez por España. Pero fueron de nuevo rebatidos por los celtíberos, y forzados a volverse a la Galia. Las alteraciones de los lusitanos sosegó Lucio Cornelio Dolabela, que con nombre de procónsul tenía el gobierno de aquella provincia el año de la ciudad de Roma de 655. Apaciguadas estas alteraciones, luego el año siguiente se emprendió otra guerra de los celtíberos, para la cual vino en España el cónsul Tito Didio. Acercáronse los dos campos, ordenáronse las haces y adelantáronse: diose la batalla con igual esperanza y denuedo de ambas partes. El suceso fue que los departió la noche y puso fin a la pelea sin declarar la victoria por ninguna de las partes, antes el daño fue igual. Valióse el cónsul de su astucia y de maña en aquel trance, y fue que luego hizo correr el campo y sepultar los cuerpos muertos de los suyos. Con esto el día siguiente los españoles, por entender que el número de sus muertos era mayor que el de los contrarios, perdida la esperanza de la victoria, se dieron a partido con las condiciones que los romanos quisieron ponerles. En aquella batalla y en todo el progreso de la guerra murieron de los arévacos veinte mil hombres, que fue gran número, si los autores no se engañan o los números no están mudados. Los termestinos, por ser bulliciosos y levantarse muchas veces confiados en el fuerte sitio de su ciudad, fueron castigados en que la echasen por tierra, y ellos se pasasen a morar en lo llano, divididos en aldeas sin licencia de fortificarlas y sin tener forma y manera de ciudad. Una compañía de salteadores

 

 

 

 

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acostumbrada a robar se concertó con el cónsul, y debajo de su palabra se vino para él con hijos, mujeres y ropa. Pero todos fueron pasados a cuchillo, por no tener confianza que mudarían la vida y trato hombres acostumbrados a sustentarse de los sudores ajenos con robos y saltos. El cual hecho de tal manera no fue en Roma aprobado, que sin embargo otorgaron a Didio que por las demás cosas que hizo triunfase.

 

En esta guerra fue Quinto Sertorio tribuno de soldados, que era como al presente coronel o maestre de campo. En la cual ganó gran prez y loa por haber salvado la guarnición de romanos que estaba en Castulon de la muerte que los de aquella ciudad, concertados con los girisenos (que se entiende eran los de Jaén), por el deseo que siempre tenían de la libertad, les pretendían dar cierta noche, cosa que les parecía fácil de ejecutar por ser el tiempo del invierno, y estar los soldados descuidados, muy dados a los convites y al vino. Sintió Sertorio el alboroto de los castulonenses que daban principio a la matanza. Arrojóse fuera del lecho, de su posada y de la ciudad. Recogió los que por los pies escaparon, y con ellos cargó sobre los contrarios, y vengó los que de sus soldados fueron muertos en aquel rebate. Informóse, y supo lo que pasaba y la conjuración que estaba tramada. Pasó con presteza a los girisenos, los cuales engañados por los vestidos que los soldados llevaban de castulonenses muertos, los salían a recibir y dar la enhorabuena de la matanza que pensaban quedar hecha de los romanos. Mas engañóles su imaginación, ca fueron pasados a cuchillo en gran número, y los demás vendidos por esclavos.

 

Estas cosas sucedieron en la España Citerior el año presente y los cuatro siguientes, que fue todo el tiempo que Didio tuvo el gobierno de aquella provincia. Porque a la España Ulterior vino el cónsul Publio Licinio Craso, el año de la fundación de Roma de 657, y por lo que en aquella provincia hizo, triunfó en Roma al fin del año sexto de su gobierno, donde se cree, y no sin causa, que juntó aquellas riquezas por las cuales Marco Craso su hijo llegó a ser uno de los más señalados de los romanos, y por un tiempo el más rico de todos ellos. Antonio de Nebrija dice como cosa averiguada que este Craso fue el que abrió y empedró el camino y calzada más famosa de España, llamada vulgarmente el camino de la plata, que va desde Salamanca hasta Mérida. Y esto por las columnas en que dice vio por todo aquel camino entallado el nombre de Craso, argumento bastante para probar lo que pretende, si en este tiempo se hallara en aquellas columnas y leyera tal nombre. Por ventura soñó lo que

 

 

 

 

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se le antojó, y pensó ver lo que imaginaba, engaño que suele suceder muy de ordinario a los anticuarios.

 

En el tiempo que Craso estuvo en España, Fulvio Flaco por su industria y buena maña sosegó ciertas alteraciones nuevas de los celtíberos el año 660, en el cual Italia comenzó a abrasarse en guerras civiles. Fue así que Cayo Mario y Cinna se apoderaron por las armas de la república romana, y para establecer más su poder condenaban a muerte a la nobleza que había seguido la parcialidad de Sila, su contrario. Entre los demás mataron al padre y hermano de Marco Craso, y él fue forzado para salvarse de huir a lo postrero de España, do tenía muchos aliados, y los naturales muy aficionados por las buenas obras, que así de su padre como de él mismo recibieran. Ca acompañó a su padre cuando se encargó del gobierno de España.

 

Con todo esto, porque la lealtad de los hombres muchas veces cuelga de la fortuna, y porque muchas ciudades de España estaban declaradas y a devoción de Mario, no se atrevió a aparecer en público. Antes se encerró en una cueva que estaba cerca del mar, en cierta heredad de un hombre principal grande amigo suyo, llamado Vibio Pacieco. Para avisarle de su llegada le envió un esclavo de los pocos que tenía consigo, el cual le dijo el estado en que estaban las cosas de su señor, y por el derecho de amistad le pidió no le desamparase en aquel peligro y aprieto. Sabido él lo que pasaba, se alegró de tener ocasión para dar muestra del amor que le tenía. Y para que el negocio fuese más secreto, no quiso él mismo ir a verse con Craso, porque así lo pedía el tiempo. Sólo mandó a un esclavo suyo que en un peñasco cerca de la cueva, pusiese todos los días la provisión que le darían en la ciudad, con orden que, so pena de muerte, no pasase adelante, ni quisiese saber para quién llevaba lo que le mandaba. Que si lo ejecutaba con fidelidad, le prometió de ahorrarle. Con esta diligencia y cuidado Craso se entretuvo algún tiempo, hasta tanto que llegó nueva cómo Mario y Cinna fueron desbaratados y muertos por Sila su contrario.

 

Con este aviso, salido de la cueva en que estaba, fácilmente atrajo a su devoción y parcialidad muchas ciudades de España que se le entregaron con mucha voluntad, entre las cuales la de Málaga fue saqueada por los soldados contra voluntad del mismo. A lo menos así quiso que se entendiese por toda la vida, si ya no fue que usó de disimulación, y quiso con daño ajeno y con darles aquel saco, como acontece, granjear la voluntad de sus soldados. De España pasó en África, donde el bando de

 

 

 

 

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Sila andaba más valido y tenía más fuerzas. La cueva en que Craso estuvo escondido se muestra entre Ronda y Gibraltar, cerca de un lugar llamado Jimena, en la cual dicen cuadrar todas las señales que de lo que Plutarco dice en este propósito se coligen.

 

También es cosa averiguada por lo que autores antiguos escriben, que en aquel tiempo hubo en España linaje de Paciecos. Pero los que quieren sacar de estos principios y fuente el que en nuestra edad tiene el mismo apellido, en autoridad y riquezas de los más principales que hay en el reino de Toledo, fundan su opinión solamente en la semejanza del nombre, argumento que ni siempre se debe desechar, ni tenerle tampoco por concluyente, dado que muchos acostumbrar a ingerir como árboles unos linajes en otros del mismo nombre más antiguos, no sin perjuicio de la verdad y daño de la historia.

 

 

 

 

XII. Cómo se comenzó la Guerra de Sertorio

 

De las guerras civiles que tuvieron los romanos, resultó en España otra nueva guerra, la cual de pequeños principios, por espacio de nueve años puso en cuentos el poder de Roma por los varios trances que en ella intervinieron: el fin y remate fue próspero para los romanos. El que la movió fue Quinto Sertorio, italiano de nación y nacido de bajo suelo en Narsio, pueblo cerca de Roma, pero que fue hombre de valor, de que antes en España dio bastante muestra, como queda arriba apuntado. Después, en las guerras civiles de Italia, en que siguió las partes de Mario, perdió el uno de los ojos. Y por el vencedor Sila fue proscrito Sertorio con otros muchos, que es lo mismo que condenado a muerte en ausencia y en rebeldía. Él, por deseo de salvarse, y también porque en tiempos tan revueltos entendía que cada uno se quedaría con lo que primero apañase, además que tenía granjeadas las voluntades de los soldados y de los naturales, acordó de venirse a España y hacerse en ella fuerte.

 

Tomó los puertos y entradas de España. Dejó en los Pirineos un capitán llamado Salinator con buena guarnición de soldados. Él, entrando más adelante en la provincia, levantó pendón, tocó atambores para hacer gente, juntó todas las municiones y ayudas que le parecieron a propósito para enseñorearse de todo. Pero sus trazas atajó la venida y presteza de

 

 

 

 

 

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Cayo Annio, ca desbarató la guarnición que estaba en guarda de los Pirineos, y dio la muerte a su capitán Salinator por medio de Calpurnio Lanario, su grande amigo, que le mató alevosamente. Con esto Sertorio desmayó de manera que, por no fiarse en sus fuerzas, ni arriscarse a venir a las manos con el enemigo, desde Cartagena se pasó a África, donde fue asímismo trabajado con diversas olas y tempestades de la fortuna, que le era contraria. Pero sin embargo se apoderó de la isla de Ibiza con una armada particular que él tenía, y con ayudas de ciertas galeotas de corsarios asianos que acaso andaban por el mar. De allí también fue echado, y pensando pasar a las Canarias (hay quien diga que de hecho pasó allá por huir de la crueldad de que sus enemigos usaban), fue llamado por los lusitanos o portugueses, que estaban cansados del imperio de Roma, y les parecía buena ocasión para recobrar por medio de Sertorio la libertad que tanto deseaban, y tantas veces en balde procuraron.

 

Sertorio asimismo por entender era buena ocasión esta para echar sus enemigos de España, acordó de acudirles sin dilación. Entendía las cosas del gobierno y de la paz, no menos que las de la guerra, por donde con su afabilidad y trato amigable, y con abajar los tributos, granjeaba grandemente las voluntades de todos. Demás de esto, para representación de majestad, ordenó un Senado de los españoles más principales, a la manera de Roma, con los mismos nombres de magistrados y cargos que allá se usaban. A todos honraba, y todavía hacía más confianza de los que eran de nación romanos, así por ser de su tierra, como porque no le podían faltar tan fácilmente, ni reconciliarse con sus contrarios.

 

Derramóse la fama de todo esto, con lo cual no sólo se hizo señor de la España Ulterior donde andaba, sino granjeó también las voluntades de la Citerior. Ca todos se daban a entender que el poder de los españoles por medio de Sertorio podía oscurecer la gloria de los romanos, abajar sus bríos y quitar su tiranía. Para que esta afición fuese más fundada usó de otro nuevo artificio. Y fue que hizo venir desde Italia profesores y maestros de las ciencias, y fundada una Universidad en cierta ciudad que antiguamente se llamó Osca, procuraba que los hijos de los principales españoles fuesen allí a estudiar, diciendo que todas las naciones no menos se ennoblecían por los estudios de la sabiduría, que por las armas. Que no era razón los que en todo lo demás se igualaban a los romanos, les reconociesen ventaja en esta parte. Esto decía en público, mas de secreto

 

 

 

 

 

 

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con esta maña pretendía tener aquellos mozos como en rehenes, y asegurar su partiso sin ofensión alguna de los naturales.

 

Allegábase a todo esto el culto de la religión, que es el más eficaz medio para prendar los corazones del pueblo. Fingía y publicaba que Diana le había dado una cierva que le decía a la oreja todo lo que debía hacer. Y era así que todas las veces que le venían cartas, o en el Senado se trataba algún negocio grave, la cierva se le llegaba a la oreja, por estar acostumbrada a hallar allí alguna cosa de comer. El pueblo entendía que por voluntad divina le daba aviso de los secretos o de lo que estaba por venir, y aún también que le enderezaba en lo que debía hacer. Hállanse en España monedas con el nombre de Sertorio por una parte, y por reverso una cierva.

Asimismo dos piedras que están en Évora en Portugal con sus letras, muestran cómo Sertorio residió mucho tiempo en aquella ciudad, e hizo muchos y grandes beneficios y honras a sus moradores. Fuera de esto de Plinio y de Ptolomeo, se entiende claramente que en España hubo dos pueblos ambos llamados Osca: el uno en los Ilérgetes, que es parte en Aragón, parte en el principado de Cataluña, el otro en lo que hoy es Andalucía. En cuál de estas dos ciudades haya Sertorio fundado la Universidad y puesto los estudios, no se sabe con certidumbre. Los más dan esta honra a la de Aragón, que antiguamente se llamó Osca y al presente Huesca. A nosotros todavía nos parece mejor fuese la que estaba en los Bastetanos y hoy se dice también Huéscar, por estar más cerca de donde él a la sazón andaba.

 

Cuando primeramente vino de África a la Lusitania, trajo consigo dos mil y seiscientos hombres de nación romanos, además de setecientos peones africanos. Fuera de éstos, en España se le llegaron cuatro mil peones y setecientos caballos. Con estas gentes y no más venció primeramente en una batalla naval a Cota, capitán de los contrarios, a la entrada del estrecho de Gibraltar, y a vista de un pueblo llamado Melaria. Después, a las riberas del río Guadalquivir, desbarató otrosí al pretor Didio, y mató de sus gentes dos mil hombres. Con esto ganó mucha reputación y autoridad entre los suyos, y a los enemigos puso espanto. Los cuales consideraban que el poder de España ayudado de la prudencia de tal caudillo de que carecía hasta entonces, podría acarrear a los romanos grandes dificultades, y ser causa de grandes pérdidas antes que de todo punto se apaciguase.

 

 

 

 

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XIII. Cómo Metelo y Pompeyo vinieron a España

 

Todo esto movió a Sila para que el año de la fundación de Roma de 674, en su segundo consulado, enviase a España contra Sertorio a Q. Metelo su compañero, aquel que tuvo el sobrenombre de Piadoso por las lágrimas con que alcanzó que a su padre fuese alzado el destierro en que le condenaran. Envió con él al pretor Lucio Domicio, al cual Plutarco llamó Toranio, que era sobrenombre muy ordinario de los Domicios. Éste, a la entrada de España y a las mismas faldas de los Pirineos, fue muerto por Hirtuleyo, capitán de Sertorio, y sus gentes destrozadas. Este desmán movió a Manilio, procónsul de la Galia Narbonense, a pasar en España. Pero no le fue mucho mejor, porque el mismo capitán de Sertorio le desbarató en una batalla, si bien él escapó con la vida dentro de Lérida, donde se retiró más que de paso.

 

Metelo con su campo rompió la tierra adentro y llegó hasta el Andalucía, do muchas veces fue vencido por Sertorio, y forzado, por no fiarse en sus fuerzas, a barrearse en los pueblos a propósito de entretener un enemigo tan feroz, con mayor confianza que hacía de las murallas que del valor de sus soldados. Sólo se atrevió a acometer la ciudad de Lacóbriga, hoy Lagos, cerca del cabo de San Vicente, y ponerse al improviso sobre ella; y esto por estar las gentes de Sertorio repartidas en diversas partes. Fue este acometimiento en vano porque así los españoles como los soldados de África, movidos del premio que Sertorio les propuso, sin ser sentidos de las centinelas enemigas metieron dos mil cueros de agua dentro de la ciudad, de que los cercados padecían grande falta a causa de haberles cortado los caños por donde venía encaminada, y un pozo que dentro tenían, no daba agua bastante para todos. Con esta provisión, y también porque los romanos no hicieron mochila mas de para cinco días, fueron forzados a alzar el cerco. Demás de esto, Sertorio con alguna gente que juntó les iba a la cola, y les picaba de suerte que los romanos, por estar enseñados a guardar sus ordenanzas, obedecer al que regía, seguir los estandartes. Los que antes tenían costumbre de pelear cada cual o pocos aparte con grande tropel al principio, mas si los apretaban, no tenían por cosa fea el retirarse y volver las espaldas. Mucho ayudaron para esto las armas de los romanos muertos, de que los españoles se armaron.

 

 

 

 

 

 

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Con esto la fama de Sertorio volaba no sólo por toda España, sino que llegada también a Asia, fue ocasión para que el gran rey Mitrídates, en la segunda guerra que tuvo con los romanos, convidase a Sertorio con su amistad y le enviase embajadores que de su parte le ofreciesen socorro de dineros y armada, en lo cual pretendía hacer que las fuerzas de los romanos de dividiesen. Dio Sertorio a estos embajadores audiencia, y para más autorizarse la dio en presencia del Senado. Otorgóles lo que pedían, es a saber, que llevasen en su compañía a Marco Mario con algún número de soldados, y esto a fin que las gentes de aquel reino fuesen por este medio enseñadas y ejercitadas en la forma de la milicia romana, cosa que a aquel rey le parecía muy a propósito y de mucha importancia para la guerra que tenía entre manos. En aquella guerra de Asia, Aulo Mevio Iacetano, que quiere decir natural de Jaca, debajo de la conducta de Lúculo hizo grandes proezas en servicio del pueblo romano, como se entiende por una piedra y letrero que está media legua de la ciudad de Vic, puesta por su mandado después que volvió en España.

 

Pero volvamos a Sertorio, cuyo partido empezó a empeorarse con la venida de Lucio Lolio, gobernador de la Galia, que acudió a Metelo y acrecentó sus fuerzas de tal suerte que Sertorio excusaba el trance de la batalla que antes deseaba. Y se contentaba de trabajar a los enemigos con correrías y con rebates ordinarios. Con el cual orden y traza se entretuvo hasta tanto que pasados dos años, Cneo Pompeyo a instancia de Metelo vino por su compañero con igual poder a España. El sobrenombre de Grande, o ya le tenía ganado por causa (como dice Casiodoro y lo apunta Tertuliano) de un teatro que para deleitar el pueblo levantó a su costa en Roma, que fue el primero que de piedra se edificó en aquella ciudad. O como otros dicen, le fue dado por las victorias que ganó de Sertorio. Diéronle por su cuestor, que era como pagador, a Lucio Casio Longino, del cual hacemos aquí memoria por la que del mismo se tornará a hacer adelante. Grandes fueron las dificultades que Pompeyo pasó en este viaje al pasar por la Galia. Llegado a España, sin reparar en ninguna parte, se fue a juntar con Metelo, resuelto de no pelear con el enemigo hasta tanto que todas las fuerzas estuviesen juntas.

 

Estaba por el mismo tiempo Sertorio sobre la ciudad de Laurona con sus gentes y las que Marco Perenna de Cerdeña le trajo después de la muerte del cónsul Emilio Lépido, el cual como por haberse apartado de la autoridad del Senado fuese echado de Italia, se apoderó de aquella isla,

 

 

 

 

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donde falleció de enfermedad, y por su muerte la gente que le seguía pasó en España. Pretendía Perpenna, su caudillo, hacer la guerra por sí, y apoderarse de lo que en aquella provincia pudiese. Pero o porque los soldados se le amotinaron, o por mirarlo mejor, de su voluntad (que lo uno y lo otro dicen los autores) en fin, se fue a juntar con Sertorio. Algunos curiosos en rastrear las antigüedades sientes que Laurona es la que hoy se llama Liria, pueblo en tierra de Valencia y a cuatro leguas de aquella ciudad, asentado cerca de las corrientes del río Júcar.

 

Metelo y Pompeyo, luego que tuvieron llegadas sus fuerzas, partieron en busca del enemigo con intento de hacerle levantar el cerco. No salieron con ello; antes en una escaramuza y encuentro diez mil romanos que se adelantaron para favorecer a los que iban por forraje, cayeron en una celada y fueron degollados, y entre ellos el legado o teniente de Pompeyo llamado Decio Lelio. Apretóse con esto más el cerco, de manera que los cercados, perdida toda esperanza de tenerse, se rindieron a condición que les dejasen las vidas, y sacasen sus alhajas y ropa. Hízose así, y luego a la vista de los dos generales romanos y delante sus ojos, pusieron fuego a la ciudad. Que fue una grande befa, y más muestra de valentía que deseo de ejecutar aquella crueldad. Orosio dice que Pompeyo era partido antes que Laurona se entregase, y que los moradores parte fueron pasados a cuchillo, parte vendidos por esclavos, y la ciudad dada a saco. Añade demás de esto que en el campo romano se contaban treinta mil infantes y mil caballos, y en el Sertorio el número de los peones era doblado, y ocho mil hombres de a caballo.

 

Pasóse este año sin hacer otro efecto. Metelo y Pompeyo se fueron a tener el invierno en la España Citerior y a las faldas de los montes Pirineos. Sertorio se recogió a la Lusitania, donde estaba más apoderado. Pasados los fríos, luego que abrió el tiempo del año siguiente, que fue de Roma el de 677, salieron los unos y los otros de sus alojamientos. Dividieron los romanos sus fuerzas, y Pompeyo se apoderó por fuerza de la ciudad de Segeda. Metelo, cerca de Itálica, se encontró con Hirtuleyo, capitán de Sertorio. Vino con él a las manos, degolló veinte mil de los enemigos, el capitán se salvó por los pies. El alegría y orgullo que por esta victoria cobró Metelo fue grande en demasía, tanto que en los convites usaba de vestidura recamada, y cuando entraba en las ciudades le ofrecían incienso como a Dios, hacíanse juegos y pompas muy semejantes a

 

 

 

 

 

 

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triunfo. Algunos sientes que el uno de los toros de Guisando, entallados en piedra, se puso para memoria de esta victoria por tener esta letra en latín:

 

A Quinto Cecilio Metelo cónsul II. vencedor

 

Y entienden que el número de dos no se ha de referir al consulado, porque no viene bien, sino a las victorias que ganó. Pompeyo después que tomó a Segeda, cerca del río Júcar se vio con el enemigo. Atrevióse a darle la batalla, que fue muy herida y muy dudosa. Y sin duda se perdiera, si no sobreviniera Metelo que andaba por allí cerca. Y Pompeyo comenzó sin él la pelea de propósito, porque no tuviese parte en la honra de la victoria. Departiéronse los ejércitos sin aventajarse el uno al otro, antes con igual daño y pérdida de ambas las partes.

 

 

 

 

XIV. Cómo Sertorio fue vencido y muerto

 

Después de esta batalla, Sertorio anduvo un tiempo muy triste sin salir en público, porque la cierva de que mucho se ayudaba no parecía. Sospechaba que los enemigos se la habían robado, cosa que tenía por triste agüero y pronóstico de que algún gran mal le estaba aparejado. Pero como después, de repente, pareciese, recobró su acostumbrada alegría, y puesto fin al lloro, volvió su pensamiento a la guerra.

 

Dióse otra nueva batalla por aquella misma comarca cerca del río Turia, que corre por los campos de Valencia y riega con sus aguas aquellas hermosas llanuras: llámase al presente Guadalaviar. Pelearon de poder a poder con grande coraje y fuerza. La victoria quedó por Pompeyo, destrozado el ejército de Sertorio. Hirtuleyo con un su hermano del mismo nombre murieron como buenos en la pelea; asímismo Cayo Herennio, que seguía las partes de Sertorio. La mayor desgracia fue que en el mayor calor de la pelea un soldado de Pompeyo mató un hermano suyo: que tan desastradas son aún en la misma victoria las guerras civiles, y los casos que en ellas suceden tan malos. Llegó a despojarle, y quitándole la celada, conoció su yerro y desventura. Puso el cuerpo en una hoguera que era la manera de enterrar los muertos. Pedíale con sollozos y gemidos le perdonase aquella muerte que por ignorancia le diera: no eran bastantes las

 

 

 

 

 

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lágrimas para mudar lo que estaba hecho. Resolvióse de vengar aquella desgracia con meterse por el cuerpo la misma espada con que dio muerte a su hermano. Hízolo así, y cayó sobre el cuerpo del difunto. Divulgóse este desastrado caso por todo el ejército. Indignáronse todos, y maldijeron aquella cruel y desgraciada guerra que tales monstruos paría.

 

Sertorio, perdido el ejército, se entretuvo en Calahorra entre tanto que con nuevas diligencias se rehacía de otro ejército. Acudió Pompeyo a cercarle dentro de aquella ciudad. Sertorio con una salida que hizo escapó aunque con pérdida de tres mil de los suyos. No paró hasta llegar do los suyos tenían llegado un ejército muy grande, tanto que se atrevió a ir en busca de sus enemigos. Y con presentarles la batalla les hizo que se retirasen con sus ejércitos a invernar, Metelo pasados los Pirineos, Pompeyo en los Vacceos, pueblos de Castilla la Vieja.

 

Era Sertorio de condición mansa y tratable, si las sospechas no le trocaran, que fue causa de perder por una parte la afición de los romanos, que se le desabrieron porque tomó para guarda de su persona a los celtíberos. Es el temor fuente de la crueldad, y así dio también la muerte a algunos de los suyos, en que pasó tan adelante que los hijos de los españoles, que dijimos fueron enviados a estudiar a Huéscar, unos mató, otros vendió por esclavos: crueldad grande, pero que debió tener alguna causa para ella. Lo que resultó fue que por otra parte perdió la afición y voluntad de los naturales, que era la sola esperanza y ayuda que le quedaba. Es así que la fortuna o fuerza más alta ciega a los que quiere derribar. Y es cosa cierta que Sertorio, el cual estribaba en la benevolencia de los suyos, de estos principios se fue despeñando en su perdición.

 

Metelo al principio del verano se apoderó de muchas ciudades. Al contrario Pompeyo fue forzado por Sertorio que sobrevino con su gente, a alzar el cerco que sobre Palencia tenía. Después, con nuevas fuerzas que recogió, forzó al enemigo que se retirase. Siguióle hasta lo postrero de España, y hasta el cabo de San Martín, que cae no lejos de Denia, y antiguamente se llamó el promontorio Hemeroscópeo, donde tuvieron cierta escaramuza sin que sucediese cosa de mayor momento a causa que entrambas partes excusaban la batalla por las pocas fuerzas que tenían. En conclusión, las cosas de Sertorio iban de caída, más por la malquerencia de los suyos, que por el esfuerzo de los romanos. Acabaron de perderse con su muerte, como acontece a los que tropiezan en semejantes desgracias, que nunca paran en poco. En Huesca fue muerto a puñaladas que le dio

 

 

 

 

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Antonio, hombre principal, en un convite en que estaba asentado a su lado. El que tramó aquella conjuración fue Perpenna, la cual poco antes en parte fue descubierta, y algunos de los conjurados pagaron con la vida, otros huyeron. Los demás que no fueron descubiertos, porque no se supiese toda la trama, se apresuraron a ejecutar aquel hecho.

 

Por esta manera pereció Sertorio, llamado por los españoles Aníbal Romano. No dejó hijo ninguno, dado que un mancebo adelante publicó que lo era, ayudado de la semejanza del rostro para urdir un tal embuste. Su muerte fue, a lo que se entiende, el año 681 de la fundación de Roma. Podíase comparar con los capitanes más excelentes, así por sus raras virtudes, como por la destreza en las armas y prudencia en el gobierno, si los remates fueran conforme a los principios, y no afeara su excelente natural con la crueldad y fiereza. Dicho de Sertorio fue: «Más quería un ejército de ciervos y por capitán un león, que de leones, si tuviesen un ciervo por caudillo». También aquél: «Propio es de capitán prudente antes de entrar en el peligro, poner los ojos en la salida». Dícese que declaró a los suyos la fuerza que tiene la concordia, por semejanza de la cola de un caballo, cuyas cerdas una a una arrancó un soldado por su mandado. Mas para arrancarlas todas juntas no bastan fuerzas humanas. Era inclinado al sosiego, la necesidad y el peligro le forzaron a tomar las armas. Decía que quisiera más tener el postrer lugar en Roma, que en el destierro el primero. Su cuerpo se entiende fue sepultado en Ébora, por un sepulcro que dicen se halló en aquella ciudad abriendo los cimientos de la iglesia de San Luis, con una letra en latín muy elegante, que claramente lo afirma. Pero como no se halle autor ni testigo de crédito que tal diga, ni aún rastro ni memoria de tal piedra, no lo tenemos por cierto. Dado que en nuestra historia latina pusimos aquel letrero, tomado con otros algunos de Ambrosio de Morales, a su riesgo y por su cuenta, persona en lo demás docta y diligente en rastrear las antigüedades de España.

 

 

 

 

XV. Cómo Pompeyo apaciguó a España

 

Sabida la muerte de Sertorio y los causadores de ella, grandes fueron los sollozos de su gente, grande la indignación que se levantó contra Perpenna, en especial después que leído el testamento del muerto, se

 

 

 

 

 

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entendió que le señalaba en él por uno de sus herederos, y en particular le nombraba por su sucesor en el gobierno y en el mando. Decían con dolor y gemidos que había pagado mal el amor con deslealtad, y con malas obras las buenas. Apaciguólos él con muchos halagos y dones que les dio de presente, y mayores promesas que les hizo para adelante. El miedo principalmente de los romanos, que suele ser grande atadura entre los que están disconformes, enfrenó a los que estaban encendidos en un vivo deseo de vengar la sangre de su caudillo. Tanto más, que para hacer resistencia a Pompeyo, el cual, partido Metelo para Roma, se apercibía para concluir con lo que quedaba de aquella guerra y parcialidad, tenían necesidad de cabeza, y no se les ofrecía otro más a propósito que Perpenna, por parecer y voto del mismo Sertorio.

 

Encargado, pues, de los negocios, por no confiarse ni del valor ni de la voluntad de los suyos, rehusaba de venir a las manos con Pompeyo, que pretendía con todo cuidado deshacerle. Pero la astucia de los enemigos le forzaron a hacer lo que no quería, con una celada que le pusieron, en que fácilmente sus gentes fueron parte muertas, parte puestas en huida. Él fue hallado entre ciertos matorrales, donde después de vencido se escondió. Hizo instancia que le llevasen a Pompeyo, con esperanza que tenía de la clemencia romana. Sucedióle al revés de su pensamiento, ca lo mandó, luego que se lo trajeron, matar, sea por estar arrebatado del enojo, sea por excusar que no se descubriese los cómplices y compañeros de aquella parcialidad, y así le fuese forzoso continuar aquella carnicería y usar de mayor rigor. Porque con este mismo intento echó en el fuego las cartas de los romanos, en que llamaban a Sertorio para que volviese a Italia. Cosas hay que es mejor no saberlas, y no todo se debe apurar.

 

Lo que importa es que, muertos Sertorio y Perpenna, en breve se sosegó toda España. Los de Huesca, los de Valencia y los termestinos, después de esta victoria, se dieron y entregaron al vencedor. A Osma, porque no quería obedecer, el mismo Pompeyo la tomó por la fuerza y la echó por tierra. Afranio tuvo mucho tiempo sobre Calahorra un cerco tan apretado, que los moradores, gastadas las vituallas todas, por algún tiempo se sustentaron con las carnes de sus mujeres e hijos, de donde en latín comúnmente comenzaron a llamar hambre calagurritana a la extrema falta de mantenimientos. Finalmente, la ciudad se entró por la fuerza, ella quedó asolada, y sus moradores pasados a cuchillo. Las demás ciudades y

 

 

 

 

 

 

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pueblos, avisados por este daño y ejemplo, todos se redujeron a la obediencia del pueblo romano.

 

Acabada la guerra, Pompeyo levantó en las cumbres de los montes Pirineos muchos trofeos en memoria de las ciudades y pueblos que sujetó en el discurso de aquella guerra, que pasaron de ochocientos en sola la España Ulterior y la parte de la Galia por la cual hizo su camino cuando vino. En los valles de Andorra y Altavaca, que están en los Pirineos hacia lo de Sobrarbe, están y se ven ciertas argollas de hierro fijadas con plomo en aquellas peñas, cada una de más de diez pies de ruedo. Tiénese comúnmente que estas argollas son rastros de los trofeos de Pompeyo, a causa que las solían poner en los arcos triunfales para sustentar los trofeos, como en particular se ve hasta hoy en la ciudad de Mérida. En los pueblos llamados vascones, donde hoy es el reino de Navarra, fundó el mismo Pompeyo de su nombre la ciudad de Pamplona. Por esto algunos en latín la llaman Pompeyópolis, que es lo mismo que ciudad de Pompeyo, ciudad que hoy es cabeza de aquel reino.

 

En conclusión, vuelto a Roma triunfó juntamente con Metelo de España, año de la fundación de Roma de 683, en el cual tiempo hubo en Roma algunos poetas cordobeses, de quien dice Cicerón que eran groseros y toscos, no tanto, a lo que se entiende, por falta de su nación y de los ingenios, como por el lenguaje que en aquel tiempo se usaba. Consta que tenían grande familiaridad con Metelo, por donde sospechan que a su partida los debió de llevar en su compañía desde España.

 

 

 

 

XVI. Cómo Cayo Julio César vino en España

 

El año poco más o menos de la fundación de Roma de 685, Julio César vino la priemra vez a España con cargo y nombre de cuestor, que era como pagador, en compañía del pretor Antistio, al cual Plutarco da sobrenombre de Tuberón, en que esta mentida la letra y ha de decir Turpión, apellido muy común de los Antistios.

 

Traía César orden de visitar las Audiencias de España, que eran muchas, y avisar de lo que pasaba. En prosecución de lo cual llegó a Cádiz, donde se dice que viendo la estatua de Alejandro Magno, suspiró por considerar que en la edad en que Alejandro sujetó al mundo, él aún no

 

 

 

 

 

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tenía hecha cosa alguna digna de memoria. Despertado con este deseo, y amonestado por un sueño que en Roma tuvo (en que le parecía que usaba deshonestamente con su misma madre, y los adivinos por él le prometían el imperio de Roma y del mundo) se determinó de alcanzar licencia antes que se cumpliese el tiempo de aquel cargo, para volver a Roma como lo hizo con intento de acometer nuevas esperanzas y mayores empresas.

 

Partido César de España, Cneo Calpurnio Pisón, el cual con cargo extraordinario gobernaba la España Citerior, fue por algunos caballeros españoles muerto el año de la fundación de Roma de 689, quier fuese en venganza de sus maldades, quier por respeto de Pompeyo, que buscaba toda ocasión y manera para hacerlo, y por su orden con color de honrarle fue enviado a aquel gobierno. Muchas cosas se dijeron sobre el caso, la verdad nunca se averiguó.

Pasados cuatro años después de esto, que fue el año 693, siendo cónsules Marco Pupio Pisón y Marco Valerio Mesala, César vino la segunda vez a España con cargo de pretor. Llegado a ella, lo primero que hizo fue forzar a los moradores de los montes Herminios que están entre Miño y Duero, a mudar sus viviendas y sus casas a lugares llanos, a causa que muchas compañías de salteadores, confiados en la aspereza y noticia de aquellos lugares, desde allí se derramaban a hacer robos y daño en las tierras de la Lusitania y la Bética. Por lo cual fue forzoso quitarles aquellos nidos y guaridas. Movidos por este rigor, ciertos pueblos comarcanos pretendían pasado el río Duero buscar nuevos asientos. Prevínolos el César, dio sobre ellos y rompiólos, conque se sujetaron y apaciguaron. Muchas ciudades y pueblos de los lusitanos que estaban levantados, fueron saqueados, muchos se dieron a partido. Los herminios volvieron de nuevo a alterarse; hízoles nueva guerra, y vencidos en batalla, los que quedaron, por salvarse y escapar de las manos de los contrarios se recogieron a una isla que estaba cercana de aquellas marinas. Por ventura era esta isla una de aquellas que por estar enfrente de Bayona, vulgarmente toman de aquel pueblo su apellido, ca se llaman las islas de Bayona. Antiguamente se llamaban Cincias, nombre que también retienen hasta hoy día; y sin embargo, como se tocó arriba, la una de ellas se llama Albiano, la otra Lacia, que el otro era nombre común, y estos los propios y particulares.

 

Para deshacer aquella gente, envió César un capitán, cuyo nombre no se refiere; el hecho cuenta Dion. Éste por la creciente y menguante del mar no pudo desembarcar toda su gente, y así algunos soldados que fueron los

 

 

 

 

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primeros a saltar en tierra, fácilmente fueron por los herminios vencidos y muertos. Señalóse en este peligro un soldado llamado Publio Sceva, el cual, maguer que perdido el pavés le dieron muchas heridas, escapó a nado hasta donde las naves estaban. César, con deseo de vengar aquella afrenta, con una mayor armada que juntó él mismo en persona, pasó en aquella isla y en breve se apoderó de ella. Dio muerte a los enemigos, que ya tenían menos bríos y por falta de mantenimientos estaban trabajados.

 

Desde allí pasó adelante, y en las riberas de Galicia se apoderó del puerto Brigantino, que hoy se llama La Coruña. Rindiéronse los ciudadanos sin dilación, espantados de la grandeza de las naves romanas, las velas hinchadas con el viento, la altura de los mástiles y de las gavias, cosa de grande maravilla para aquella gente, por estar acostumbrados a navegar con barcas pequeñas, cuya parte inferior estaba armada de madera ligera, y lo más alto tejido de mimbres y cubierto de cueros para que no le pasase el agua. Hechas estas cosas, y dado que hubo asiento en la provincia y leyes que ordenó muy a propósito (y en particular dio a los de Cádiz las que ellos mismos pidieron), finalmente puso tasa a las usuras de tal manera que al deudor quedase la tercera parte de los frutos de su hacienda, de los demás se hiciese pagado el acreedor, y lo descontase del capital.

 

Con tanto dio vuelta a Roma para hallarse al tiempo de las elecciones, sin esperar sucesor ni querer aceptar la honra del triunfo que de su voluntad le ofrecía el Senado romano. Tan grande era la esperanza y el deseo que tenía de alcanzar el consulado. Llevó consigo de España un potro que tenía las uñas hendidas, pronósticos, según los adivinos afirmaban, que le prometía el imperio del mundo. De este potro se sirvió él solamente, por no sufrir que otro ninguno subiese sobre él. Y aún después de muerto le mandó poner una estatua en Roma en el templo de Venus, conforme a la vanidad de que entonces usaban.

 

 

 

 

XVII. Del principio de la Guerra Civil en España

 

Hizo después de esto César la guerra muy nombrada de Galia, con que allanó en gran parte aquella anchísima provincia. Y para sujetar los pueblos llamados entonces voconcios y tarusates (que estaban en aquella

 

 

 

 

 

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parte de la Guyena donde hoy está el arzobispado de Aux, y aún al presente por allí hay un pueblo llamado Tursa) envió a Craso con un buen golpe de gente. Caían estos pueblos cerca de España, por donde llamaron en su favor a los españoles, que pasaron en gran número los Pirineos como gente codiciosa de honra y presta a tomar las armas. Orosio dice que cincuenta mil cántabros que moraban donde hoy está Vizcaya y por allí cerca, pasaron en la Galia. Lo que consta es que fueron los principales que hicieron aquella guerra, y de entre ellos mismos nombraron y señalaron sus capitanes, hombres valerosos y amaestrados en la escuela de Sertorio. Con todo esto no salieron con lo que pretendían. Antes refieren que en esta demanda murieron treinta y ocho mil españoles. Estrabón añade que Craso pasó por mar a las islas Casitérides, puestas enfrente del promontorio Cronio, que hoy se llama cabo de Finisterre, y que sin dificultad se apoderó de ellas por ser aquella gente muy amiga de sosiego, enemiga de la guerra, y dada a las artes de la paz.

 

Sucedió el año de Roma de 699 que el procónsul Quinto Cecilio vino al gobierno de España, donde estuvo por espacio de dos años, y cerca de Clunia, que era una de las Audiencias de los romanos, cuyas ruinas hoy se muestran cerca de Osma, trabó una grande batalla con los vacceos, en que fue desbaratado, cosa que dio tan grande cuidado y miedo al Senado romano, que acordaron de encargar a Pompeyo, como lo hicieron año de 701, el gobierno de España para que le tuviese por espacio de cinco años por ser muy bien quisto, y por lo que hizo antes tenía grande reputación entre los naturales. No vino él mismo al gobierno por la afición y regalo de Julia, hija de César, con quien nuevamente se casó, pero envió tres tenientes o legados suyos para que en su lugar administrasen aquel cargo. Estos fueron Petreyo, Afranio y Marco Varrón. A Afranio encargó el gobierno de la España Citerior con tres legiones de soldados; a Varrón aquella parte que está entre Sierra Morena y Guadiana, y hoy se llama Extremadura; Petreyo se encargó de todo lo demás de la Bética y de la Lusitania, y de los Vettones, con dos legiones que para ello le dieron. Por causa de estas guarniciones y gente se enfrenó la ferocidad de los naturales, y las cosas de España estuvieron en sosiego. Por lo menos, no hubo alteraciones de importancia, mas en Italia se encendió una nueva y cruel guerra, cuya llama cundió hasta España.

 

La ocasión fue que por muerte de Julia, que era la atadura entre su marido y su padre, resultó entre ellos grande enemistad y contienda, con

 

 

 

 

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que todo el Imperio Romano se dividió en dos partes, conforme a la afición u obligación que cada uno tenía de acudir a las cabezas de estos dos bandos. El deseo insaciable de reinar, y ser el poder y mando por su naturaleza incomunicable, acarreó este mal y desastre. César no sufría que ninguno se le adelantase; Pompeyo llevaba mal que alguno se le quisiese igualar. Parecíale a César que con tener sujeta la Galia y haber por dos veces acometido a Inglaterra, que es lo postrero de las tierras, estaba puesto en razón que en ausencia pudiese pretender el consulado, sin embargo de la ley que disponía lo contrario. El Senado juzgaba ser cosa grave que un hombre que tenía las armas pretendiese un cargo tan principal. Recelábase no le fuese escalón para quitarles a todos la libertad. Muchos senadores parciales se inclinaban al partido de Pompeyo, los cuales hicieron tanto, que se recurrió al postrer remedio, y fue hacer un decreto de esta sustancia:

 

«Que los cónsules, los pretores, los tribunos del pueblo y los cónsules que estuviesen en la ciudad, pusiesen cuidado y procurasen que la República no recibiese ningún daño».

Palabras todas muy graves, de que nunca se usaba sino cuando las cosas llegaban al postrer aprieto y tenían casi perdida la esperanza de mejorar. Con este decreto se rompía la guerra, si César, el cual por espacio de diez años había gobernado la Galia, hasta un día que le señalaron, no dejase el ejército. Él, avisado de lo que pasaba, con su gente pasó el río Rubicón, término y lindero que era de su provincia, resuelto de no parar hasta Roma. Pompeyo, sabida la voluntad de su enemigo, y con él los cónsules Claudio Marcelo y Cornelio Léntulo, por no hallarse con fuerzas bastantes para hacerle rostro, se huyeron de la ciudad el año de Roma de 705 sin reparar hasta Brindez, ciudad puesta en la postrera punta de Italia. Y perdida la esperanza de conservar lo de Italia y lo del Occidente, desde allí pasaron a Macedonia con intento de defender la común libertad con las fuerzas de Levante. Hacían diversos apercibimientos, despachaban mensajes a todas partes. Entre los demás, Bibulio Rufo, enviado por Pompeyo, vino a España, para que de su parte hiciese que Afranio y Petreyo, juntadas sus fuerzas, procurasen con toda diligencia que César no entrase en ella. Obedecieron ellos a este mandamiento, y dejando a Varrón encargada toda la España Ulterior, Afranio y Petreyo con sus gentes y ochenta compañías que levantaron de nuevo en la Celtiberia, escogieron por asiento para hacer la guerra la ciudad de Lérida, junto de la cual, de

 

 

 

 

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esta parte del río Segre, hicieron sus alojamientos. Está Lérida puesta en un collado empinado, con un padrastro que tiene hacia el septentrión, y la hace menos fuerte. Por el lado oriental la baña el río Segre, que poco más abajo se mezcla con el río Cinca, y entrambos más adelante con el Ebro.

 

César, avisado de la partida de Pompeyo de Italia, acudió a Roma, y dado orden en las cosas de aquella ciudad a su voluntad, acordó lo primero de partir para España. Entretúvose en un cerco que puso sobre Marsella, porque no le quisieron recibir de paz. Y en el entretanto envió delante a Cayo Fabio con tres legiones, que serían más de doce mil hombres. Éste, vencidas las gentes de Pompeyo que tenían tomados los pasos de los Pirineos, rompió por España hasta poner sus reales a vista de los enemigos, pasado el río Segre. Lucano dijo que el dicho río estaba en medio. Viniéronle después otras legiones, además de seis mil peones y tres mil caballos que de la Galia acudieron. Hacíanse todos estos apercibimientos porque corría fama que Pompeyo por la parte de África pretendía pasar a España, y que su venida sería muy en breve. Decían lo que sospechaban, y lo que el negocio pedía para que, conservada aquella nobilísima provincia, lo demás de la guerra procediera con mayores fuerzas y esperanza más cierta y mayor seguridad.

 

 

 

 

XVIII. Cómo los pompeyanos fueron en España

 

vencidos

 

No pudo César concluir con lo de Marsella tan presto como quisiera. Por lo cual, antes de rendir aquella ciudad, se encaminó para España y llegó a Lérida. La guerra fue varia y dudosa. Al principio hubo muchas escaramuzas y encuentros con ventaja de los de César. Después por las muchas lluvias, y por derretirse las nieves con la templanza de la primavera, la creciente se llevó dos puentes que tenían los de César en el Segre sobre Lérida, por donde salían al forraje. No se podían remediar por el otro lado a causa del río Cinca, que llevaba no menor acogida. Halláronse en grande apretura, y trocadas las cosas, comenzaron a padecer grande falta de mantenimientos. Publicóse este aprieto por la fama que siempre vuela y aún se adelanta, y los de Pompeyo con sus cartas le encarecían demasiadamente, que fue ocasión para que en Roma y otras

 

 

 

 

 

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partes se hiciesen alegrías como si el enemigo fuera vencido, y muchos que estaban a la mira, se acabasen de declarar y se fuesen para Pompeyo, porque no pareciese que iban los postreros. Pero toda esta alegría de los pompeyanos y todas sus esperanzas mal fundadas, se fueron en humo. Porque César hizo una puente con extrema diligencia veinte millas sobre Lérida, por donde se proveyó de mantenimientos. Y nuevos socorros que le vinieron de Francia fueron por este medio librados del peligro en que estaban por tener el río en medio.

 

Demás de esto, muchas ciudades de la España Citerior se declararon por el César, y entre ellas Calahorra, por sobrenombre Nasica, Huesca, Tarragona, los ausentanos, donde está Vic, los iacetanos, donde Jaca, y los ilercavones. Por todo esto, y por haber sangrado por diversas partes y dividido en muchos brazos el río Segre para pasarlo por el vado sin tanto rodeo como era menester para ir a la puente, los pompeyanos se recelaron de la caballería del César, que era mayor que la suya y más fuerte, no les atajase los bastimentos. Acordaron por estos inconvenientes de desalojar y retirarse la tierra adentro. Pasaron el río Segre por la puente de la ciudad, y más abajo con una puente que echaron sobre el río Ebro, le pasaron también cerca de un pueblo que entonces se llamaba Octogesa, y hoy a lo que se entiende Mequinenza, cinco leguas más abajo de Lérida. Era grande el rodeo que llevaban. Acudió César con presteza, atajóles el paso, y tomóles las estrechuras de los montes por do les era forzoso pasar. Con esto, sin venir a las manos y sin sangre, redujo los enemigos a términos que necesariamente se rindieron. Dio perdón a los soldados y licencia para dejar las armas e irse a sus casas, por ser cosa averiguada que aquellas legiones en provincia tan sosegada, como a la sazón era España, sólo se sustentaban y entretenían contra él y en su perjuicio. Demás de esto, para que la gracia fuese más colmada, cualquier cosa que de los vencidos se halló en poder de sus soldados, mandó se restituyese, pagando él de su dinero lo que valía.

 

No faltó (conforme a la costumbre de los hombres, que es creer siempre lo peor) quien dijese que los de Pompeyo vendieron por dineros a España, en tanta manera que Catón, por sobrenombre Faonio, en lo de Farsalia motejó de esto a Afranio (el cual sin dilación pasó por mar donde Pompeyo estaba), ca le dijo si rehusaba de pelear contra el mercader que le comprará las provincias. De Petreyo no se dice nada. Varrón, el que quedó en el gobierno de la España Ulterior, al principio sin declararse del todo se

 

 

 

 

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mostraba amigo del César. Después, cuando se fijo la estrechura en que estaba cerca de Lérida, quitada la máscara, comenzó a aparejarse para ir contra él, levantar gentes, juntar galeras en Cádiz y en Sevilla, y para todo allegar gran dinero de los naturales, sin perdonar el templo de Hércules que estaba en Cádiz, al cual despojó de sus tesoros, dado que era uno de los famosos santuarios de aquellos tiempos. Pero después de vencidos Afranio y Petreyo, César con su ordinaria presteza atajó sus intentos. Demás de esto, la mayor parte de sus soldados le desampararon cerca de Sevilla y se pasaron a César, por donde le fue también a él forzoso rendirse. Y con otorgarle la vida, entregó al vencedor las naves, dinero y trigo que tenía, y todos sus almacenes.

 

Tuvo César cortes de todas las ciudades en Córdoba. Hizo restituir al templo de Cádiz todos los despojos y tesoros que Varrón le tomó, y a los moradores de aquella isla dio privilegios de ciudadanos romanos en remuneración de la mucha voluntad con que, declarados por él, echaron de su ciudad la guarnición de soldados que el mismo Varrón les puso. Concluidas estas cosas, y encargado el gobierno de la España Ulterior a Quinto Casio Longino con cuatro legiones (el cual este mismo año era tribuno del pueblo, y los pasados fuera cuestor en aquella misma provincia, siendo en ella procónsul Cneo Pompeyo), con esto César por mar pasó a Tarragona, y de allí por tierra a Francia y a Roma. Desde allí, luego que llegó, envió a Marco Lépido al gobierno de la España Citerior. Teníale obligación y afición a causa que como pretor que era en Roma Lépido, había nombrado a César por dictador.

 

Siguióse el año que se contó 706 de la fundación de Roma, muy señalado por las victorias que César en él ganó, primero en los campos de Farsalia contra Pompeyo, después en Egipto contra el rey Ptolomeo, aquel que mató alevosamente al mismo Pompeyo, que confiado en la amistad que tenía con aquel rey, después de vencido y de perdida aquella famosa jornada, se acogió a aquel reino y metió por sus puertas. Dio el César la vuelta a Roma. Desde allí pasó en África para allanar a muchos nobles romanos, que a la sombra de Juba, rey de Mauritania, vencido Pompeyo, se recogieron a aquellas partes. Venciólos en batalla. Los principales caudillos Catón, Escipión, el rey Juba y Petreyo, por no venir a sus manos, se dieron la muerte. A Afranio y un hijo de Petreyo del mismo nombre, con otros, prendió e hizo degollar. Con que todo los de África quedó llano, y el César volvió de nuevo a Roma.

 

 

 

 

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XIX. De lo que Longino hizo en España

 

Por el mismo tiempo la España Ulterior andaba alterada por la avaricia y crueldad del gobernador Longino, el cual continuaba sus vicios, que ya otra vez cuando gobernaba Pompeyo le pusieron en peligro de la vida, tanto que en cierto alboroto salió herido. Ordenóle César que pasase en África contra el rey Juba, gran favorecedor de sus enemigos los pompeyanos. Con ocasión de esta jornada juntó gran dinero así de las nuevas imposiciones y sacaliñas que inventó, como de las licencias que vendía a los que querían quedarse en España, y no ir a la guerra donde les mandaba ir, robo desvergonzado y manifiesto.

 

Por el cual, alterados los naturales, se conjuraron de darle la muerte. Las cabezas de la conjuración fueron Lucio Recilio y Annio Scápula. Uno que se llamaba Minucio Silón, con muestras de presentarle una petición, fue el primero a herirle. Cargaron los demás, y caído en tierra, le acudieron con otras heridas. Socorriéronle los de su guarda, prendieron a Silón, y llevaron en brazos a Longino a su lecho. Las heridas eran ligeras, y en fin escapó con la vida. Silón, puesto a cuestión de tormento, vencido del dolor, descubrió muchos compañeros de aquella conjuración. De ellos unos fueron muertos, otros se huyeron, no pocos de la prisión en que estaban fueron por dineros dados por libres. Pues en el ánimo de Longino a todos los demás vicios, aunque muy grandes y malos, sobrepujaba la codicia.

 

En este medio, por cartas de César se supo la victoria que ganó contra Pompeyo. Y sin embargo, con color de la jornada de África, enviado delante el ejército al estrecho de Cádiz, ya que estaba sano de las heridas, se partió para ver la armada que tenía junta. Pero llegado a Sevilla, tuvo aviso que gran parte del ejército de tierra se había alborotado y tomado por cabeza a Tito Torio, natural de Itálica. Del cual, porque se entendía que pretendía ir luego a Córdoba, envió a Marco Marcelo su cuestor, para sosegar las voluntades y defender aquella ciudad. Mas él también en breve le faltó (que a los malos ninguno guarda lealtad) y con toda la ciudad se juntó con Torio, el cual vino de buena gana en que Marcelo, como persona de mayor autoridad, tomase el principal cuidado de aquella guerra.

 

Longino, visto que todos le eran contrarios, después de asentar sus reales a la vista de sus enemigos cerca de Córdoba y del río Guadalquivir, desconfiado de la voluntad de los suyos, se retiró a un pueblo que entonces

 

 

 

 

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se llamaba Ulia y ahora es Montemayor, situado en un collado y ribazo a cinco leguas de Córdoba. Al pie de aquel collado tenía puestas sus estancias. Sobrevinieron los enemigos, y como rehusase la pelea, le cercaron dentro de ellas de foso y valladar por todas partes. Había Longino avisado al rey de la Mauritania llamado Bogud, y a Marco Lépido para que desde la España Citerior le socorriese con presteza, si quería que el partido de César no cayese de todo punto. Bogud fue el primero que acudió, y con sus gentes y las que de España se le llegaron, peleó algunas veces con Marcelo. Los trances fueron varios, pero no fue bastante para librar a Longino del cerco, hasta que venido Lépido, todo lo allanó sin dificultad. Porque Marcelo puso en sus manos todas las diferencias, y a Longino, que rehusaba hacer lo mismo, o por su mala conciencia, o por entender que Lépido se inclinaba a favorecer a Marcelo, se le dio licencia para irse donde quisiese. Con esto Marcelo y Lépido se encaminaron a Córdoba. Longino, avisado que Trebonio era venido para sucederle en el cargo, desde Málaga se partió para Italia y se hizo a la vela. Fuele el tiempo contrario, y así corrió fortuna, y pereció ahogado en la mar no lejos de las bocas del río Ebro, con todo el dinero que llevaba robado y cohechado.

 

El año siguiente, que fue de Roma 708, Lépido triunfó en Roma por dejar sosegados los movimientos de España y los alborotos que se levantaron contra Longino. Marcelo fue desterrado por haberse levantado como queda dicho, pero en breve le alzaron el destierro por gracia y merced de César. Fue este Marco Marcelo diferente de otro del mismo nombre, en cuyo favor anda una oración de Cicerón entre las demás muy elegante. De la misma manera, Longino, de quien hemos tratado, fue diferente de otro que así se llamó, cuyo nombre hasta hoy se ve cortado en uno de los toros de piedra de Guisando, con estas palabras en latín:

 

Longino a Prisco Cesonio procuró se hiciese.

 

 

 

 

 

XX.  Cómo en España se hizo la guerra contra los hijos de Pompeyo

 

Estaba todavía España dividida en bandos: unos tomaban la voz del César, otros la de Pompeyo. Muchas ciudades despacharon embajadores a

 

 

 

 

 

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Escipión, el cual en África después de la muerte de Pompeyo era el más principal y cabeza de aquella parcialidad, para requerirle que las recibiese debajo de su amparo. Vino desde África Cneo Pompeyo, el mayor de los hijos del gran Pompeyo, y de camino se apoderó de las islas de Mallorca y Menorca. Pero la enfermedad que le sobrevino en Ibiza le forzó a detenerse por algún tiempo. En el entretanto Annio Scápula, es a saber, aquel que se conjuró contra Longino, y Quinto Aponio con las armas echaron de toda la provincia al procónsul Aulo Trebonio, y mantuvieron el partido de los pompeyanos hasta la venida del dicho Pompeyo. El cual, no mucho después, convalecido de la enfermedad, no sólo él pasó en España, sino también, dado fin a la guerra de África por el esfuerzo de César, Sexto Pompeyo (el otro hijo del gran Pompeyo), Accio Varo y Tito Labieno, con lo que les quedó del ejército y del armada, se recogieron a España. Cneo, discurriendo por la provincia, se apoderó de muchas ciudades, de unas por fuerza, de otras de grado, y entre ellas de Córdoba, en que dejó a Sexto su hermano, y él pasó a poner cerco cobre Ulia, que se tenía por el César. Acudieron Quinto Pedio y Quinto Fabio Máximo, tenientes de César. Pero rehusaban la pelea, y entreteníanse hasta su venida.

 

Él, ocupado en cuatro triunfos que celebró en Roma, y en asentar las cosas de aquella república que estaban alteradas, dilató su venida hasta el principio del año siguiente, que se contó de la fundación de Roma 709. En el cual tiempo, partido de Roma, con deseo de recompensar la tardanza, se apresuró de manera que en diecisiete días llegó a Sagunto, que hoy es Moviedro, y en otros diez pasó hasta Obulco, pueblo que hoy se llama Porcuna, situado entre Córdoba y Jaén, a la sazón que cerca del estrecho se dio una batalla naval entre Didio, general de la armada de César, y Varo, cabeza de la contraria armada. El daño y peligro de ambas partes fue igual, sin reconocerse ventaja, salvo que Varo se metió en el pueblo de Tarifa y cerró la boca del dicho puerto con una cadena, que fue señal de flaqueza y de que su daño fue algo mayor.

 

Los de Córdoba, con la antigua afición que tenían a César, y por más asegurarse, de secreto con embajadores que le enviaron se excusaron de lo que forzados de la necesidad habían hecho, que era seguir el partido contrario. Juntamente le declararon que se podía tomar la ciudad de noche sin que las centinelas de los enemigos lo sintiesen. Los de Ulia otrosí le enviaron embajadores para avisarle de la estrechura en que estaban, y el

 

 

 

 

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peligro si no eran socorridos con presteza. César, combatido de diversos pensamientos, en fin se resolvió de enviar a Lucio Junio Pacieco con seis cohortes en socorro de Ulia. El cual, ayudado de una noche tempestuosa y con decir que Pompeyo le enviaba, por medio de los enemigos se metió en el pueblo. Con cuya entrada, y con la esperanza de poderse defender, se encendieron y animaron a la defensa los que estaban cercados. Algunos sospechan que este capitán fue aquel Junio, de cuya lealtad y valentía se ayudó César en lo de la Galia, enviándole algunas veces por su embajador para tratar la paz con Ambiorige.

 

Lo más cierto es que César, dado que hubo orden a sus tenientes Pedio y Fabio para que a cierto día le acudiesen con sus gentes, él con intento de divertir los que estaban sobre Ulia, puso sus reales cerca de Córdoba. El espanto de Sexto fue tan grande, que determinó avisar a su hermano que, alzado el cerco de Ulia (de que ya estaba casi apoderado), viniese en su socorro. Asentó Cneo sus reales cerca de los de César, pero como rehusase la pelea, y en esto se pasase algún tiempo, tal enfermedad sobrevino a César, que de noche a sordas y sin hacer ruido, movió con sus gentes camino de Ategua. Plutarco dice que César en Córdoba primeramente sintió el mal caduco de que era tocado. Y es cosa averiguada que en aquella ciudad plantó un plátano muy celebrado por los antiguos. Si ya por ventura lo uno y lo otro no sucedió los años pasados, cuando otra vez estuvo en el gobierno de España, como queda dicho.

 

Ategua estaba asentada cuatro leguas de Córdoba, donde al presente hay rastros de edificios antiguos con nombre de Teba la Vieja. Tenían los pompeyanos en aquel pueblo juntado el dinero y gran parte de las municiones para la guerra. César por el mismo caso pensaba que, con ponerse sobre aquel lugar, o pondría a los pompeyanos para defenderle en necesidad de venir a las manos, o si le desamparasen, perderían gran parte de sus fuerzas y reputación. Cneo, al contrario, por las mismas razones, avisado del camino que llevaba César, y determinado de excusar la pelea, pasó con sus gentes a dos pueblos que hoy se llaman Castro del Río y Espejio, y antiguamente se llamaron Castra Postumania, lugares fuertes en que pensaba entretenerse. Después de esto asentó sus reales de la otra parte del río Guadajoz, que antiguamente se llamó el río Salado, y pasaba cerca de Ategua. Desde allí, como en algunas escaramuzas hubiese recibido daño, perdida la esperanza de poder socorrer a los cercados, se volvió a Córdoba.

 

 

 

 

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Los de Ategua con esto enviaron a César embajadores para entregársele, pero con tales condiciones, que eran más para vencedores que para vencidos. Así fueron despedidos sin alcanzar cosa alguna. Los soldados que estaban de guarnición, con esta respuesta se embravecieron contra los ciudadanos que se mostraban inclinados a la parte del César. Ni es de pasar en silencio lo que Numacio Flaco, a cuyo cargo estaba la defensa de aquel pueblo, hizo en esta coyuntura, por ser un hecho de grande crueldad. Esto es, que degolló a todos los moradores de aquel pueblo que eran aficionados s César, y muertos los echó de los adarves abajo. Lo mismo hizo con las mujeres de los que estaban en el campo de César, y aún llegó a tanto su inhumanidad, que hasta los mismos niños hizo matar, unos en los brazos de sus madres, otros a vista de sus padres los mandó enterrar vivos o echar sobre las lanzas de los soldados. Fiereza que apenas se puede oír por ser de bestia salvaje. No le valió cosa alguna aquella crueldad, ca sin embargo los moradores se rindieron a voluntad de César andados dieciocho días del mes de febrero. Bien se deja conocer que los ciudadanos fueron perdonados, y la crueldad de Numacio castigada, dado que los historiadores no lo refieran.

 

Después de esto César puso fuego a un pueblo llamado Attubi, sin otros muchos lugares de que por fuerza o de grado se apoderó. Pasó otrosí con sus gentes y se puso sobre la ciudad de Munda, que seguía el bando de Pompeyo, la cual está puesta en un ribazo cinco leguas de Málaga. Tiene un río pequeño que poco adelante de la ciudad se derrama por una llanura muy fresca y abundante. Era a la sazón pueblo principal, ahora lugar pequeño, pero que conserva el nombre y apellido antiguo. Cerca de aquella ciudad se vino finalmente a batalla. César sobrepujaba en número y valentía de los suyos. Cneo se aventajaba en el sitio de sus reales, que tenía asentados en lugar más alto. Ordenaron entre ambas partes sus haces. Diose la batalla con la mayor fuerza y porfía que se podía pensar: grande fue el denuedo, grande el peligro de los unos y los otros. Los cuernos izquierdos de entrambas partes fueron vencidos y puestos en huida. El resto de la pelea estuvo suspensa por grande espacio, sin declarar la victoria por ninguna de las partes; mucha sangre derramada, el campo cubierto de cuerpos muertos. En conclusión, César con su valor y esfuerzo mejoró el partido de los suyos, porque apeado, con un escudo de hombre de a pie que arrebató, comenzó a pelear entre los primeros, y a muchos de los suyos con su misma mano detuvo para que no huyesen. Murieron de la

 

 

 

 

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parte de Pompeyo treinta mil infantes y tres mil hombres de a caballo, entre los cuales perecieron Varo y Labieno. Trece águilas de las legiones fueron tomadas, que eran los estandartes principales. De la parte de César murieron mil soldados de los más valientes y esforzados, y quinientos quedaron heridos.

 

Seguían la parte de César dos reyes africanos, el uno por nombre Boquio, el otro Bogud. Éste en gran parte ganó el prez de esta victoria, porque al tiempo que los demás estaban trabados y la pelea en lo más recio, se apoderó de los reales enemigos, que quedaran con pequeña guarda. A cuya defensa, como Labieno arrebatadamente acudiese, pensando los demás que huía, perdida la esperanza de la victoria, volvieron las espaldas. Diose esta batalla a los 17 de marzo, día en que Roma celebraba las fiestas del dios Baco. Notaban los curiosos que cuatro años antes, en tal día como aquel, Pompeyo desamparada Italia se pasó en Grecia. Cuando César hablaba de esta jornada, solía decir que muchas veces peleó por la honra y gloria, pero que en aquel día había peleado por la vida.

 

 

 

 

XXI. Cómo César volvió a Roma

 

Después que Cneo Pompeyo perdió la jornada de Munda, herido como salió en un hombro, se recogió a Tarifa. Donde por la poca confianza que tenía en los de aquel pueblo, y con diseño de pasar a la España Citerior do tenía aliados asaz, y ganadas las voluntades de aquella gente, se embarcó en una armada que tenía presta para todo lo que sucediese. Enconósele la herida con el mar, tanto que al cuarto día le fue forzoso saltar a tierra. Llevábanle los suyos en una litera con intento de buscar donde esconderse. Seguíanle por el rastro y por la huella por orden de César, Didio por mar y Cesonio por tierra. Dieron con él en una cueva donde estaba escondido, y allí le prendieron y le dieron muerte. Floro dice que peleó, y que le mataron cerca de Laurona, pueblo que hoy se llama Liria, o Laurigi, como otros creen. Lo que se averigua es que su armada, parte fue presa, parte quemada por Didio.

 

Sexto Pompeyo, hermano del muerto, con tan tristes nuevas, perdidas la esperanza de poder tenerse en Córdoba, y por ver que en aquella

 

 

 

 

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comarca no podía estar seguro, y que comúnmente todos, como suele acontecer, se inclinaban a la parte más valida y fuerte, acordó de partirse a la España Citerior y dar tiempo al tiempo. Scápula, después de la rota de Munda vuelto a Córdoba, después de un convite que hizo en que se bebió largamente, mandó e hizo que sus mismos esclavos le diesen muerte, que tales eran las valentías de aquel tiempo. César, en el cerco de Munda que todavía se tenía, dejó a Quinto Fabio con parte del ejército y él acudió a Córdoba. La cual tomada por fuerza, pasó a cuchillo veinte mil de aquellos ciudadanos que seguían el partido contrario. Luego asentadas las cosas de aquella ciudad, partió para Sevilla. En este camino le presentaron la cabeza de Cneo, y él con la misma felicidad se apoderó de aquella ciudad. Y porque se tornó de nuevo a alborotar, la sosegó segunda vez a 10 del mes de agosto, como se señala en los calendarios romanos. A ejemplo de Sevilla se le entregaron otros pueblos por aquella comarca, en particular la ciudad de Asta, la cual antiguamente estaba situada a dos leguas de Jerez a la ribera del río Guadalete. Al presente es lugar desierto, pero que todavía conserva el apellido antiguo. Por otra parte, Quinto Fabio que quedó sobre Munda, a cabo de algunos meses cansó a los cercados de manera que se dieron. Demás de esto sujetó a Osuna, si por fuerza o a partido, no se sabe ni se declara por faltar las memorias de aquellos tiempos, y los libros que hay estar corrompidos.

 

Concluidas cosas tan grandes con una presteza increíble (cosa que en las guerras civiles es muy saludable, donde hay más necesidad de ejecución que de consultas), sosegadas las alteraciones de España, y dado asiento en el gobierno, juntó asimismo gran dinero de los tributos que en público a todos y en particular puso a los que eran ricos, y de los cargos y oficios que vendió, hasta no perdonar al templo de Hércules que estaba en Cádiz, al cual antes de ahora tuviera respeto. La prosperidad continuada y la necesidad le hicieron atrevido para que tomase por fuerza las ofrendas de oro y plata que allí tenían muchas y muy ricas. Con esto, pasado el estío, ya que el otoño estaba adelante, partió de España y llegó a Roma por el mes de octubre. Por gobernadores de España quedaron, en la Ulterior, Asinio Polión, muy conocido por una égloga de Virgilio, en la cual con versos de la Sibila, que hablaban de la venida de Cristo, Hijo de Dios, celebró el insigne poeta el nacimiento de Salonino, hijo de este Polión. Del gobierno de la España Citerior se encargó Marco Lépido, que le tuvo juntamente con el gobierno de la Galia Narbonense.

 

 

 

 

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Por este mismo tiempo, como algunos sospechan más por conjeturas que por razón que haya concluyente, a Córdoba se dio título de colonia patricia, ca es averiguado, como se muestra por las monedad de aquel tiempo, que en el imperio de Augusto ya tenía este apellido. También es cosa cierta que en gracia del vencedor y por adularle muchos pueblos dejaron sus nombres antiguos, en particular Atubis, que se llamó Cláritas Julia; Évora en Portugal, Liberálitas Julia; Calahorra, por sobrenombre Nasica, tomó también el nombre de Julia. Sexi asimismo se llamó Firmium Iulium; Iliturgi, que es Andújar, Forium Iulium. En conclusión, los de Ampurias, quitada la diferencia que tenían de griegos y de españoles, recibieron las costumbres, lengua y reyes romanas con título que se les dio de colonia. Hay en España memoria de esta guerra en muchos lugares, y en Talavera (pueblo conocido del reino de Toledo) en la parte del muro que está enfrente de la iglesia de San Pedro, se ven cortadas estas palabras:

 

A Cneo Pompeyo, hijo del gran Pompeyo

 

Lo demás por la antigüedad no se lee, pero entiéndese que por algún hecho notable se le puso aquel letrero.

 

 

 

 

XXII. Cómo después de la muerte de César se

 

levantaron nuevas alteraciones en España

 

El poder de Julio César estaba en la cumbre, y todo lo mandaba y trocaba, cuando en Roma ciertos ciudadanos se conjuraron contra él con color que era tirano y estaba por fuerza apoderado de aquella ciudad. Matáronle con veintitrés heridas que en el Senado le dieron, a los 15 de marzo del año siguiente, de 710, desde donde algunos toman la cuenta de los años del imperio de Octaviano Augusto, que le sucedió y fue su heredero. Dado que los más le comienzan del año siguiente, cuando a 22 de septiembre, según que lo refiere Dion, le nombraron por cónsul en lugar de Cayo Vibio Pansa que murió junto a Módena, si bien no tenía edad bastante para administrar aquel cargo, pero dispensaron con él en la ley que en Roma en este caso se guardaba.

 

 

 

 

 

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En España Polión atendía a seguir los salteadores, que por la revuelta de los tiempos andaban en gran número por lo de Sierra Morena. Éste, cuando llegó la nueva de la muerte de César, hizo una junta de los más principales en Córdoba, en que protestó que seguiría por su parte la autoridad y voluntad del Senado de Roma. Con esto parece se había mostrado alguna luz y cobrado esperanza de mayor reposo. Pero fue muy al revés, porque Sexto Pompeyo salió de la comarca de Jaca, que eran antiguamente los iacetanos, con intento de aprovecharse de lo que el tiempo le prometía, y fortificar su partido. Levantó estandarte, tocó atambores, acudíale gente de cada día, conque pudo formar una legión y con ella, en la comarca de Cartagena, tomó por fuerza un pueblo entonces llamado Vergi y hoy Vera, o como otros sienten, Berja. Con este tan pequeño principio hubo gran mudanza en las cosas, y el bando de Pompeyo que parecía estar olvidado, comenzó a levantarse y tomar mayores fuerzas. Principalmente que con la misma felicidad se apoderó de toda la Bética o Andalucía, después que en una gran batalla rompió a Polión que pretendía desbaratar sus intentos. Ayudó mucho para ganar la victoria la sobreveste de Polión, que acaso se cayó en la pelea o él mismo la arrojó a propósito de no ser conocido. Muy pequeñas cosas hacen camino para mayores, principalmente en la guerra. Como los soldados la viesen, que todavía sufrían la carga de los pompeyanos, y corriese la voz por los escuadrones que su general era muerto, al punto desmayaron y se dieron por vencidos.

 

Verdad es que todas estas alteraciones y las voluntades de la provincia que se inclinaban a Pompeyo, sosegó Marco Lépido con su venida, y con persuadir a Sexto que con el dinero que tenía recogido en España se fuese a Roma, donde por la ocasión de quedar libre Roma podría pretender y alcanzar la herencia, autoridad y grandeza de su padre. Para lo cual ayudaba que las cosas de Italia estaban no menos revueltas que las de acá, porque Marco Antonio, que el año pasado fuera cónsul, pretendía quitar a los romanos la libertad. Contra sus diseños el Senado opuso a Octaviano, sobrino de César, nieto de su hermana Julia, resolución perjudicial y dañosa. Había Octaviano en la guerra postrera que se hizo contra los hijos de Pompeyo venido a España en compañía de su tío, y en ella dio las primeras muestras de valor, sin embargo de su tierna edad, que apenas tenía dieciocho años.

 

 

 

 

 

 

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Acabada aquella guerra se fue a Atenas a los estudios de las letras. De allí, sabida la muerte de César, volvió a Roma, y ayudado de muchos que por la memoria de César le siguieron, venció en una batalla a Marco Antonio, que tenía dentro de Módena cercado a Decio Bruto, que estaba señalado por cónsul para el año siguiente. Huyó Marco Antonio después de vencido a la Galia, donde se concertó con Lépido, y los dos poco adelante con Octaviano. Resultó de este concierto el Triunvirato, que fue repartirse entre los tres las provincias del Imperio Romano. A Lépido cupo la Galia Narbonense con toda España. A Antonio, lo demás de la Galia. La Italia, África, Sicilia y Cerdeña se dieron a Octaviano. No entraron en este repartimiento las provincias de Oriente, porque las tenían en su poder Casio y Bruto, las cabezas que fueron y principales en la conjuración y muerte de César. Siguióse tras esto una grande carnicería de gente principal. Y fue que los tres proscribieron, que era condenar a muerte en ausencia, muchos ciudadanos y senadores romanos. Entre los demás murió Marco Tulio Cicerón, gran gloria de Roma, en edad de sesenta y tres años, a manos de Popilio, tribuno de soldados, al cual él mismo había antes librado de la muerte en un juicio en que le achacaban cierto parricidio.

 

 

 

 

XXIII. De la cuenta llamada Era

 

Por esta manera perdió de nuevo su libertad la ciudad de Roma. Siguiéronse alteraciones y guerras, una contra los matadores de César, que fueron vencidos y muertos cerca de Filipos, ciudad de Macedonia. Otra contra Lucio Antonio, hermano de Marco Antonio, en Perosa, ciudad de Toscana. La cual acabada por la buena maña y valor de Octaviano, se hizo otro nuevo repartimiento de las provincias entre los triunviros el año de la fundación de Roma de 714, en que fueron cónsules en Roma Cneo Domicio Calvino y Cayo Asinio Polión, el que fue gobernador en España.

 

Y porque en este nuevo repartimiento Octaviano quedó por señor de toda España, tomaron de esto ocasión los españoles para comenzar desde este principio el cuento de sus años, el cual acostumbran y acostumbramos llamar Era del Señor o Era de César, así en las historias, escrituras públicas y en los actos antiguos de los concilios eclesiásticos, como en particular en las pláticas y conversaciones ordinarias. Otros siguen la razón de los años,

 

 

 

 

 

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y la comienzan del nacimiento de Cristo, cuenta en que se quitan de la primera manera de contar treinta y ocho años justamente, de suerte que el año primero de Cristo fue y se contó 39 de la Era de César, Porque lo que dice don Juan Margarite, obispo de Gerona, que la era de César comienza solamente veintiséis años antes del nacimiento de Cristo, más fácilmente podríamos adivinar por conjeturas, que afirmar con certidumbre, que fue lo que le movió a sentir esto, pues todos los demás lo contradicen. Por ventura confundió la cuenta de los egipcios (de que se hablará luego) con la nuestra, engañado por la semejanza del contar, ca también aquella gente comenzó a contar sus años desde que Augusto Octaviano se enseñoreó de aquella tierra.

 

Todo esto es así, y todavía no es cosa fácil declarar en particular la causa de esta nuestra cuenta de España, y juntamente dar razón del nombre que tiene de Era, por ser varios los juicios y pareceres. Los más autores y de mayor autoridad concuerdan por testimonio de Dion, que en este mismo año, concluida la guerra de Perosa, se hizo el nuevo repartimiento de las provincias, y oprimida de todo punto y derribada la libertad de la república romana, como poco antes se dijo, el señorío de España quedó por Octaviano, y en trueque a Marco Lépido, cuya antes era, se dio la provincia de África. De aquí vino que a imitación de los antioquenos que habían ya comenzado esta manera de cuenta (y lo mismo hicieron los egipcios once años adelante, que quitado el reino a Cleopatra, desde que Augusto se apoderó de aquella provincia, dieron principio al cuento de sus años), lo mismo se determinaron a hacer los españoles con intento de ganar por esta forma la voluntad y adular al nuevo príncipe: vicio muy ordinario entre los hombres.

 

Esto cuanto al principio de nuestra cuenta española. De la palabra Era será razón decir algo más. En Lucilio y en Cicerón se halla que las partidas del libro de cuentas por donde se da y toma razón de la hacienda, del gasto y del recibo, se llaman Eras. De allí se tomó ocasión para significar con esta misma palabra los capítulos de los libros y el número o párrafos de las leyes, como se puede ver en muchos lugares, así en las obras de san Isidoro, como de las leyes góticas. De este principio se extendió más la palabra Era hasta significar por ella cualquiera razón o cuenta de tiempo, y universalmente todo tiempo y número, cualquiera que fuese. En especial lo usaron los españoles así en la lengua latina como en la vulgar, la cual sin duda se deriva de la romana, como se entiende por el nombre de romance

 

 

 

 

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con que la llamamos, y por las palabras y dicciones castellanas, que son en gran parte las mismas que las latinas. También hallamos que Hilderico, de nación francés y del mismo tiempo de san Isidoro, por decir número de días, dice era de días. Y aún entre los astrólogos algunos llaman eran a los tiempos, o a los fundamentos y aspectos de las estrellas, de que depende la cuenta de los tiempos, y a los cuales se reducen y enderezan los movimientos de los cuerpos celestes.

 

Según todo esto, año de la Era de César será lo mismo que año de la cuenta de César o del tiempo de César, cuyo principio, como se dijo, se toma desde que en España comenzó el imperio de César Augusto. De aquí se saca que se engañan todos aquellos que, por autoridad de san Isidoro (el cual engañó a los demás) pensaron que esta palabra Era viene de otra latina que significa el metal, conviene a saber æs, por entender que aquel año de donde toma principio esta cuenta fue cuando la primera vez Augusto César impuso nuevo tributo sobre todo el Imperio Romano, e hizo que todos fuesen erarios y pecheros. Lo cual es claramente falso, pues ni la ortografía de esta palabra, que se escribe sin diptongo, concuerda con la tal derivación, ni hallamos que en el año que da principio a esta cuenta se impusiese algún nuevo tributo sobre las provincias.

 

Lo cierto es lo que está dicho, y asimismo que esta manera de contar los años se mandó dejar y trocar con la que usamos de los años de Cristo en tiempo del rey de Castilla don Juan el primero, en las Cortes que se tuvieron en la ciudad de Segovia año de 1383. Lo cual se hizo a ejemplo de las demás provincias de la cristiandad, y conforme a lo que en tiempo del emperador Justiniano inventó Dionisio Abada, romano. El cual, quitadas las demás maneras de contar que por aquel tiempo se usaban, introdujo esta cuenta de los años de Cristo. Lo que se hizo en las Cortes de Segovia, que fue dejar la cuenta de la Era y tomar la de los años de Cristo, imitaron poco después los portugueses, y poco antes los de Valencia habían hecho lo mismo, como se irá notando en sus lugares y tiempos.

 

Dejado esto, volvamos al consulado de Domicio Calvino y de Asinio Polión, en el cual año nombraron en Roma por cónsul sufecto, que quiere decir puesto en lugar de otro, y por faltar el que lo era, a Cornelio Balbo, gaditano, que es tanto como de Cádiz. Cosa que hasta entonces a ningún extranjero se concedió, que fuese cónsul en Roma. Era este Cornelio Balbo deudo de otro del mismo nombre, que acabada la guerra de Sertorio llevó a Roma en su compañía Cneo Pompeyo. También Domicio Calvino

 

 

 

 

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cinco años adelante, que fue el año 33 antes de la venida de Cristo Nuestro Señor, con cargo de procónsul gobernó a España, y porque venció a las faldas de los Pirineos a los ceretanos, donde hoy están Cerdaña, triunfó de ellos en Roma.

 

Resultaron después de esto nuevas diferencias y alteraciones entre los triunviros, con que asimismo se enredó España, y entró a la parte del daño en esta ocasión. Por la muerte de Julio César parecía que tornaba a nacer la libertad de la república. Con la cual esperanza Sexto Pompeyo, vuelto al cabo de tanto tiempo a Roma, fue nombrado por general de la armada y naves romanas. Por esta ocasión, luego que los triunviros de nuevo quitaron la libertad a la república y se apoderaron de todo, él se apoderó asimismo por su parte de Sicilia. Acudieron Octaviano y Lépido, y por fuerza le despojaron y echaron de aquella isla, con que se quedó Octaviano. Y aún se enseñoreó de África por cierta diferencia que tuvo con Lépido, al cual, desamparado de los suyos, le despojó de todo el poder que tenía. Sintió esto, como era razón, Marco Antonio, el otro compañero que tenía las provincias de Oriente, que Octaviano sin darle parte se apoderase de todo lo demás. De estos principios y con esta ocasión se encendió finalmenmte la guerra entre los dos, en que después de muchos trances, vencido en una batalla naval junto a la Prevesa, y muerto Antonio, se quedó Octaviano sólo con todo el imperio el año 28 antes del nacimiento de Cristo. Llamóse Octavio del nombre de su padre, y del nombre de su tío, César. El Senado le dio renombre de Augusto, como a hombre venido del cielo y mayor que los demás hombres, por haber restituido la paz al mundo después de tantas revueltas. Sexto Pacuvio, tribuno del pueblo, consagró su nombre, que es lo mismo que hacerle en vida honrar como a dios; costumbre y vanidad tomada de España, como lo dice Dion.

 

En el progreso de esta última guerra entre Octavio y Antonio, Bogud, rey de la Mauritania, pasó en España en favor de Antonio y para ayudar a su partido. Pero fue por los contrarios rechazado con daño. No mucho después, en el octavo consulado de Augusto, 25 años antes de Cristo, abrieron y empedraron en el Andalucía el camino real que desde Córdoba iba hasta Écija, y desde allí hasta el mar Océano, como se entiende por la letra de una columna de mármol cárdeno que está en el claustro del monasterio de San Francisco de Córdoba, do se dice que aquella columna (que debía ser una de las con que señalaban las millas) se levantó en el

 

 

 

 

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octavo consulado de Augusto, y que desde Guadalquivir y el templo augusto de Jano hasta el mar Océano se contaban ciento veintiuna millas. Este templo de Jano se entiende estaba en Córdoba o cerca de ella, y aún se sospecha que le edificaron para eterna memoria de la paz que fundara Augusto; pero éstas son conjeturas.

 

Siguiéronse alteraciones de los cántabros, asturianos y de los vacceos, pueblos de Castilla la Vieja. Apaciguólas con su buena maña Statilio Norbano, del cual se sabe que por estos tiempos triunfó de España, desde donde toman el principio de la guerra de Cantabria los que por autoridad de Paulo Orosio sienten que duró por espacio de cinco años enteros.

Asimismo es cosa cierta que en esta sazón se mudó la manera y forma del gobierno de España, porque en lugar de pretores y procónsules enviaron para gobernarla legados consulares, a la manera que en las demás provincias se comenzó también a usar. Muestra son de esto las piedras antiguas donde se ve por estos tiempos puesta esta palabra Consularis. Repartiéronse otrosí las provincias del imperio y gobierno de ellas entre Augusto y el Senado, por el cual repartimiento en España sola la Bética, que es Andalucía, quedó a cargo y gobierno del Senado. De que resultó otrosí que la España Ulterior tuvo dos gobernadores, el uno de la Bética a provisión del Senado, y el otro de la Lusitania, que nombraba Augusto. En conclusión, sosegada por la mayor parte España con la paz que se siguió, por toda ella se fundaron colonias de romanos, con cuya comunicación y trato los naturales mudaron sus costumbres antiguas y su lengua, y la trocaron con las de los romanos, según que Estrabón lo testifica.

 

 

 

 

XXIV. De la Guerra de Cantabria

 

Tal era el curso y estado de las cosas, tales los vaivenes que el Imperio Romano daba. En particular España reposaba, cansada de tantas y tan continuadas guerras, y juntamente florecía en gente, riquezas y fama, cuando se despertó una guerra más cruel y brava de lo que nadie pensara. Tuvo esta guerra principio de los cántabros, gente feroz, y hasta esta sazón no del todo sujeta a los romanos ni a su imperio por el vigor de sus ánimos, más propio a aquellos hombres y más natural que a las demás naciones de España. Y por morar en lugares fragosos y enriscados, y

 

 

 

 

 

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carecer del regalo y comodidades que tienen los demás pueblos de España, son grandemente sufridores de trabajos. Ptolomeo señala por aledaños de los cántabros a los autrigones por la parte de levante, y por la de poniente a los lungones, hacia el mediodía las fuentes del río Ebro, y hacia el septentrión el océano Cantábrico, pequeña región, y que no se extendía hasta las cumbres y vertientes de los montes Pirineos. Los pueblos principales que tenía eran Iulóbriga y Velica, sin que se averigüe qué nombres en este tiempo les respondan. Otros extendiendo más, como suele acontecer, el nombre de Cantabria, comprenden en su distrito todos los pueblos comarcanos a la Cantabria de Ptolomeo, hasta dar en los montes Pirineos y en la Guyena, de que hay grandes argumentos que todo aquello algún tiempo se llamó Cantabria, como queda mostrado en otra parte. Y es bastante indicio para que así se entienda, ver que todos los nombres de los pueblos donde esta guerra de Cantabria se hizo, no se hallan en tan estrecho distrito como arriba queda señalado, como se irá notando en sus lugares.

 

Eran en aquel tiempo los cántabros de ingenio feroz, de costumbres poco cultivadas. Ningún uso de dinero tenían: el oro y la plata si fue merced de Dios, o castigo y disfavor negárselo, no se sabe. Así, bien las mujeres como los hombres eran de cuerpos robustos. Los tocados de las cabezas a manera de turbantes, formados diversamente, y no diferentes de los que hoy usan las mujeres vizcaínas. Ellas labraban los campos. Después de haber parido se levantaban para servir a sus maridos, los cuales en lugar de ellas hacían cama. Costumbre que hasta el día de hoy se conserva en el Brasil, según se entiende por la fama y por lo que testifican los que en aquellas partes han estado. En los bailes se ayudaban del son de los dedos y de las castañetas. Dotaban a las doncellas los que con ellas se desposaban. Tenían apercibida ponzoña para darse la muerte antes que sufrir se les hiciese fuerza, como hombres de ingenio constante y obstinados contra los males, de que dieron bastantes muestras en el tiempo de esta guerra.

 

Lo primero que los cántabros hicieron para dar principio a su levantamiento, fue persuadir a los asturianos y gallegos a tomar las armas. Luego después hicieron entrada en los pueblos comarcanos de los vacceos, que estaban a devoción del pueblo romano. Pusieron con esto grande espanto no sólo a los naturales, sino también en cuidado al mismo emperador Augusto, que temía de estos principios no se emprendiese

 

 

 

 

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mayor guerra y de mayor dificultad de lo que nadie cuidaba. Por esta causa sin hacer caso de la Esclavonia ni de la Hungría, donde las gentes también estaban alteradas, se resolvió de venir en persona a España. Abrió primeramente las puertas de Jano, las cuales poco antes mandara cerrar, y fue la tercera vez que se cerraron, ca la primera vez se hizo en tiempo del rey Numa, la segunda concluida la primera guerra púnica o cartaginesa, la última después que el mismo Augusto venció a Marco Antonio en la batalla naval. Y esto porque otras tantas veces se hallaron los romanos en paz sin tener guerra en parte alguna.

 

Venido Augusto en España, de todas partes le acudieron gentes con que se formó un grueso campo. Marcharon los soldados la vuelta de Vizcaya. Asentaron sus reales cerca de Segisama, pueblo que se sospecha hoy sea Beysama, puesto en Guipúzcoa entre Azpeitia y Tolosa. Dividióse el campo en tres partes, con lo cual toda aquella comarca en breve quedó sujeta por ser pequeña. Los cántabros, desconfiados de sus fuerzas para contra aquella tempestad que sobre ellos venía, alzadas sus haciendas y ropilla, con sus mujeres e hijos se recogieron a lugares ásperos y fragosos, sin querer con los contrarios venir a las manos. Con esto la guerra se prolongaba y parecía que duraría mucho tiempo. Augusto con la pesadumbre que recibía por aquella tardanza, y por ser los lugares ásperos y aquel aire destemplado, enfermo de la melancolía se volvió a Tarragona.

 

Dejó el cargo de la guerra a sus capitanes. Cayo Antistio y Publio Firmio tomaron cuidado de sujetar los gallegos. A Publio Carisio se dio el cargo de hacer la guerra contra los asturianos, gente no menos brava que los cántabros. Por general de todo quedó Marco Agripa, que entonces tenía grande cabida con el emperador, y después le dio por mujer a Julia su hija. Para proveerse de mantenimientos, de que padecían grande falta por la esterilidad de la tierra, juntó el dicho Agripa naves de Inglaterra y de Bretaña, con que se proveyó la necesidad. Juntamente puso cerco con aquella armada por la parte de la mar a los cántabros, y afligidos con la hambre, se determinaron de presentar la batalla, que se dio cerca de Velica. Algunos creen sea Vitoria, ciudad de Álava. Contradice el sitio y distancia de los lugares marcados en Ptolomeo. Vinieron pues a las manos, pero a los primeros encuentros fueron desbaratados y muertos como gente juntada sin orden, que ni conocía banderas ni capitán, y que ni por vencer esperaba loa, ni temía vituperio si era vencida: cada cual era para sí

 

 

 

 

 

 

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capitán y caudillo, y más por desesperación y despecho, que con esperanza de la victoria, se movían a entrar en la batalla.

 

Desde la ribera del mar Océano se levanta un monte llamado Hirmio. Los latinos le llaman Vinnio, de subida áspera, cercano a Segisama, de tan gran altura que desde su cumbre se descubren las riberas de Cantabria y de Francia. En este monte, por estar cercano y por su aspereza, muchos de los vencidos se salvaron. Los romanos, desconfiados de poder subir, y por tener que era cosa peligrosa contrastar juntamente con la aspereza del lugar y con gente desesperada, acordaron de cercarle con guarniciones, con fosos y con vallado. Con esto aquella miserable gente se redujo a tal estado, que como ni ellos por estar más embravecidos con los males quisiesen sujetarse a ningún partido, y los romanos se avergonzasen de que aquella gente desarmada se burlase de la majestad del Imperio Romano, los más perecieron de hambre. Algunos también se mataron con sus mismas manos, que quisieron más la muerte que la vida deshonrada. Un pueblo cerca de Beysama, entonces llamado Aracil y ahora Arraxil, después de largo cerco fue tomado y asolado por los romanos.

 

Entre tanto que esto pasaba en Cantabria, Antistio y Firmio apretaban la guerra en Galicia. En particular cercaron de un grande foso de quince millas la cumbre del monte Medulia, donde gran número de gallegos estaba recogido. Los cuales, perdida del todo la esperanza de la victoria y de la vida, con no menor obstinación que los de Cantabria, unos se mataron a hierro, otros perecieron con una bebida hecha del árbol llamado Tejo. No falta quien piense que este monte Medulia es el que hoy en Vizcaya se llama Menduria, muy conocido por su aspereza y altura, si se puede creer que los gallegos, dejada su propia tierra, hicieron la guerra contra los romanos en la ajena. Además que Orosio dice que el monte Medulio donde los gallegos se hicieron fuertes, estaba puesto sobre el río Miño.

 

Los asturianos hacían la guerra contra Carisio no con más ventaja que los otros, ca puestos sus reales a la ribera del río Astura, del cual tomaron nombre los asturianos, como dividido su ejército en tres partes pensasen tomar de sobresalto a los romanos, siendo descubiertos por los tregecinos sus compañeros y confederados, trocada la suerte, fueron cuando menos lo pensaban oprimidos por Carisio que los cogió descuidados. Los que pudieron escapar de la matanza se recogieron a la ciudad de Lancía, que estaba donde ahora la de Oviedo, con intento de defenderse dentro de las

 

 

 

 

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llanuras, pues las armas les habían sido contrarias. Duró el cerco muchos días: a los nuestros hacía fuertes y atrevidos la desesperación, arma poderosa en los peligros. Los romanos se avergonzaban de alzar la mano de la guerra antes de dejar sujeta aquella gente bárbara. En conclusión, vencida la constancia de aquella gente, rendida la ciudad, recibieron las leyes y gobierno que les fue dado. Con esto quedaron reducidos en forma de provincia del pueblo romano, así los asturianos como los cántabros y los gallegos.

 

Augusto, acabada la guerra, volvió a Cantabria, donde dio perdón a la muchedumbre. Pero porque de allí en adelante no se alterasen confiados en la aspereza de los lugares fragosos donde moraban, les mandó pasasen a los llano sus moradas, y diesen cierto número de rehenes. Muchos, por ser más culpados y tener los ánimos más endurecidos, fueron vendidos por esclavos. Sabidas estas cosas en Roma, se hicieron procesiones, y se ordenó que Augusto triunfase por dejar a España de todo punto sujeta el años 198 después de que las armas de los romanos debajo la conducta de Cneo Cepión Calvo vinieron la primera vez a estas partes, que fue el más largo tiempo que se gastó en sujetar a ninguna otra provincia. No quiso Augusto aceptar el triunfo que el Senado le ofrecía de su voluntad. Sólo en los reales se hicieron juegos, cuyos mantenedores fueron Marco Marcelo y Tiberio Nerón, el que adelante tuvo el imperio, y en esta guerra de los cántabros tuvo cargo de tribuno de soldados. En Roma se cerró la cuarta vez el templo de Jano, con esperanza que tenía Augusto y se prometía de un largo reposo, pues de todo punto quedaba sujeta España.

 

A los soldados que habían cumplido con la milicia y traído las armas los años que eran obligados conforme a sus leyes, mandó se les diesen campos donde morasen en lo que hoy llamamos Extremadura, parte de la antigua Lusitania, en que fundaron a la ribera de Guadiana, río muy caudaloso, una colonia que por esta causa se llamó Emérita Augusta, y hoy es Mérida, ciudad que en riquezas, vecindad y autoridad así civil como eclesiástica competía antiguamente con las más principales de España, y era cabeza de la Lusitania, por donde la llamaban Mérida la Grande. Rasis Árabe encarece mucho la grandeza y hermosura de aquella ciudad, hasta decir cosas de ella casi increíbles. Afirma empero que fue destruida por los moros cuando se apoderaron de España. El cuidado de guiar aquellos soldados y de fundar aquella ciudad se encomendó a Carisio, de que dan muestra las monedas de aquel tiempo que se hallan con el nombre de

 

 

 

 

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Augusto de una parte, y por la otra los de Carisio y de Mérida. Dion siempre le llama Tito Carisio, que debió ser descuido de pluma, porque en las monedas no se llama sino Publio Carisio, las cuales en España se hallan muy de ordinario.

 

Éstas fueron las memorias más notables que quedaron de la venida de Augusto y de la guerra que en España se hizo. Añádense otras. A la ribera del Ebro, donde antiguamente estuvo situado un pueblo llamado Salduba, se fundó una colonia que llamaron César Augusta, del nombre de César Augusto, y hoy se llama Zaragoza, ciudad muy conocida y cabeza de Aragón. Demás de esto, a los linderos de la Lusitania fundaron otra ciudad que se llamó Pax Augusta, y hoy, corrompido el nombre, se llama Badajoz, puesta en la frontera de Portugal de la parte de Extremadura, bien conocida por su antigüedad y por ser cabeza de obispado. A Braga, que antiguamente de dijo Brácara, le arrimaron el sobrenombre de Augusta. Otra ciudad se fundó a esta misma sazón en los Celtíberos, por nombre Augustóbriga, donde ahora está una aldea llamada Muro, a una legua de la villa de Agreda. Demás de esto otra del mismo nombre se edificó no lejos de Guadalupe. Hoy se ve allí el Villar del Pedroso con claros rastros de la antigüedad. Por conclusión, Las Aras Sextianas, de las cuales Mela, Plinio y Ptolomeo hicieron notable mención, a manera de pirámides, cada una con su caracol de abajo arriba, puestas en las Asturias en una península o peñón, algunos sienten que fueron edificadas por memoria de esta guerra, por decir Mela que estaban dedicadas a Augusto César, y aún entienden estuvieron cerca de Gijón y a cinco leguas de Oviedo. Conjeturas que ni del todo son vanas, ni tampoco de mucha fuerza, oues otros son de opinión que las Aras Sextianas levantó Sexto Apuleyo, de quien se refiere en las Tablas Capitolinas que por este tiempo entró en Roma con triunfo de España.

 

Volvió Augusto a Tarragona, y allí le dieron los consulados octavo y nono. Demás de esto le vinieron embajadores de las Indias y de los escitas a pedir paz al que por la fama de sus hazañas habían comenzado a amar y acatar; que fue para él muy grande gloria. Desde aquella ciudad partió para Roma; llegó a ella el quinto año después que aquella guerra se comenzara. Para su guarda llevó soldados españoles de la corte calagurritana, de cuya lealtad estaba muy satisfecho y pagado.

Con su partida, los cántabros y los asturianos, como gentes bulliciosas y que aún no quedaban escarmentados por los males pasados, concertados

 

 

 

 

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entre sí, de nuevo tornaron a tomar las armas con no menor porfía que antes. Vano es el atrevimiento sin fuerzas; y así fue, que primeramente L. Emilio y Publio Carisio, después Cayo Furnio, mataron a muchos de los alborotados, con que sosegaron a los demás. Muchos por no sujetarse y por miedo de la crueldad de los romanos se dieron a sí mismos la muerte con tan grande rabia, que hasta las madres mataron a sus hijos, y un mozo por mandado de su padre dio muerte a él y a su madre y a sus hermanos, que presos y atados en poder de los enemigos estaban. Otros, alegres y cantando como si escaparan de un grande mal, iban a la horca, ca tenían por cosa honrosa dar la vida por la libertad. Parte también de los que hicieron esclavos se concertaron entre sí, y muertos sus amos, se acogieron a los montes, de donde a manera de salteadores corrían la tierra, y no cesaban de mover a los pueblos comarcanos a tomar las armas. Para sosegar estas alteraciones fue necesario que Marco Agripa, ya yerno de Augusto, desde Francia donde tenía el gobierno de aquella tierra, pasase en España. Peleó algunas veces con aquella gente obstinada, llevando los suyos lo peor. Por eso afrentó una legión entera, que tenía la mayor culpa del daño, con quitarle el sobrenombre de Augusta que antes le daban. Con este castigo despertaron los demás soldados, y se hicieron más recatados y valientes. Por conclusión, todas aquellas alteraciones se sosegaron de todo punto, y Agripa quedó por vencedor.

 

Todos los que podían traer armas fueron muertos. A la demás muchedumbre, quitadas también las armas, hicieron que pasasen a morar a lo llano, remedio con que cesó la ocasión de alborotarse. Y finalmente, aunque con dificultad, se apaciguaron. La honra del triunfo que por estas cosas ofreció a Agripa el Senado, a ejemplo de su suegro no quiso aceptar. Sólo vuelto a Roma, en un portal o lonja del Campo Marcio mandó pintar una descripción de España. Bien que las medidas de la Bética o Andalucía no estaban del todo ajustadas, como lo testifica Plinio. Esto en España.

 

En Roma Cornelio Balbo, natural de Cádiz, del cual se dijo fue cónsul, triunfó de los garamantas el año dieciséis antes de la venida de Cristo. Y fue el primero de los extranjeros a quien se hizo aquella honra, y juntamente el postrero de los particulares. Ca después que Roma vino en poder de un señor, sólo los emperadores y sus parientes triunfaron en lo de adelante de las gentes que vencían. Y a la verdad, el aparato de los triunfos, de buenos y honestos principios era ya llegado a tanta locura y gasto, que apenas lo podían llevar los grandes imperios. A los demás, en

 

 

 

 

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lugar de aquella honra, daban los ornamentos triunfales, que era una vestidura rozagante, una guirnalda de laurel, una silla que llamaban curul, un báculo de marfil.

 

Hay quien diga que después de todo esto hubo nuevos movimientos entre los cántabros, y que los embajadores que enviaron a Roma a dar razón de sí y de la causa de aquellas alteraciones, repartidos por diversas ciudades de Italia, perdida que vieron la esperanza de volver a su tierra, todos tomaron la muerte con sus manos. Entre ingenios tan groseros y gente tan fiera, algunos españoles se señalaron por este tiempo, y fueron famosos en los estudios y letras de humanidad. Cayo Julio Higino, liberto de Augusto, y Porcio Latrón, grande hombre en la profesión de retórica, y amigo de Séneca, el padre del otro Séneca que llamaron el Filósofo, fueron ilustres en Roma y honraron a España (cuyos naturales era) con la fama de su erudición. Los libros que andan en nombre de Higino, los más los atribuyen a otro del mismo nombre, alejandrino de nación. Pero Suetonio parece sentir lo contrario, porque dice que al mismo unos le hacían alejandrino, otros español, a los cuales él sigue. Y añade que tuvo cuidado de la biblioteca o librería de Augusto. Y fue muy familiar del poeta Ovidio Nasón. Demás de esto que Julio Modesto, su liberto, en los estudios y en doctrina siguió las pisadas de su patrón.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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LIBRO CUARTO

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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I. De la venida del Hijo de Dios al mundo

 

Llegamos a los felicísimos tiempos en que el Hijo de Dios, como era necesario, en cumplimiento de lo que habían prometido los santos profetas, se mostró a los hombres en la carne hecho hombre, y con una nueva luz que trajo a la tierra enseñó al género humano descarriado y perdido, y le allanó el camino de la salud. Restituyó la justicia que andaba desterrada del mundo, y alcanzado con su muerte el perdón de los pecados, edificó a Dios Padre un templo santo a la traza del celestial, y le fundó para siempre en la tierra, el cual se llama la Iglesia, cuyos ciudadanos y partes somos todos aquellos que por beneficio del mismo Dios hemos recibido por todo el mundo la religión cristiana, y con fe pura y firme la conservamos.

 

Y por cuanto de las primeras provincias del mundo que abrazaron este culto y religión, y de las que más recio en ella tuvieron, fue una España, será necesario relatar lo mucho que hizo y padeció en aquellos primeros tiempos de la Iglesia por esta causa. Juntamente será bien poner por escrito la nueva forma y traza que se dio en el gobierno seglar; las vidas y hechos de los emperadores romanos, como de señores que eran de España. Las peleas y luchas de los primeros cristianos, triunfos y coronas de los santos mártires, aquellos que por la verdad perdieron las vidas y derramaron su sangre, dichosas y nobles almas. La brevedad que seguiremos será muy grande; tocar, es a saber, mas que poner a la larga cada cual de estas cosas, porque no crezca esta obra más de lo que sería razón. Ayuda y acude desde el cielo, divina luz; encamina y endereza nuestros intentos y pluma; trueca nuestra ignorancia con sabiduría más alta; haz que nuestras palabras sean iguales a la grandeza del sujeto; todo por tubondad y por la intercesión de tu Santísima Madre.

 

El nacimiento de Cristo, Hijo de Dios, en el mundo fue a 25 de diciembre del año que se contó de la fundación de Roma 752, 42 del imperio de Augusto, en el cual año fueron cónsules Octaviano Augusto, la trecena vez, y Marco Plaucio Silvano. De este número de años algunos quitan un año, otros dos. Y aún no concuerdan todos en los nombres de los cónsules que fueron a la sazón, variedad que asimismo en tiempo de san

 

 

 

 

 

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Agustín sucedió, como él mismo lo refiere. Nosotros, consideradas todas las opiniones y las razones que hacen por cada una de ellas, seguimos lo que nos parecías más probable, y a lo que autores más graves se arriman. El lector podrá, por lo que otros escriben, escoger lo que juzgare ser más conforme a la verdad.

 

Dejadas pues aparte estas y semejantes cuestiones, vendremos a las cosas de España, dado que por este tiempo apenas se ofrece cosa que de contar sea, sino lo que es más principal, que reducidas todas las provincias debajo del imperio y gobierno de un monarca, los españoles, así bien que todos los demás, gozaban del sosiego y de los bienes de una bienaventurada paz, cansados de guerras tan largas, las cuales, encadenadas unas de otras, se continuaron por tantos años. A la verdad, era razón que el autor de la paz eterna, Cristo, Hijo de Dios, o la hallase en el mundo, o le trajese la paz. Por esta causa, pocas cosas memorables sucedieron en España en tiempo de los emperadores Augusto y Tiberio. Sin embargo, se relatarán algunas, más por continuar la historia, que por ser ellas muy notables. Entre los historiadores, sólo Dion, sin señalar tiempo ni lugar en particular, cuenta que un capitán de salteadores llamado Corocota (de los muchos que quedaron en España a causa de las guerras pasadas, y por la libertad y fuerzas que habían tomado, hacían mal y daño por todas partes). Dice, pues, que como le buscasen con diligencia para darle la muerte, él mismo de su voluntad se presentó delante del emperador. Con lo cual, no sólo le perdonó, sino le dio también el dinero y la talla que estaba prometida al que le prendiese o matase.

 

Falleció de su enfermedad Augusto en Nola de Campaña, a 19 de agosto, el año 15 de Cristo, en edad de setenta y seis años menos treinta y cinco días. Fue el primero de los emperadores romanos, y si miramos las cosas humanas, el más dichoso de todos, ca vengó la muerte de César su padre adoptivo y tío natural, venció a Sexto Pompeyo en Sicilia, a Marco Lépido su compañero redujo a vida particular, y no mucho después desbarató a Marco Antonio junto a la Prevesa en una batalla naval que le dio. Quedó solo con el imperio por espacio de cuarenta y cuatro años. Mereció el nombre de Padre de la Patria por las excelentes cosas que hizo en guerra y paz. Levantó muchos edificios, por lo cual solía decir que la ciudad de Roma era antes de ladrillo, y él la había hecho de mármol. Dejó por sucesor a Tiberio Nerón, su entenado, vencido de los halagos de Livia

 

 

 

 

 

 

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su mujer, dado que Germánico y sus hijos tenían mejor derecho a heredarle.

 

Gobernó Tiberio Nerón el imperio de Roma veintidós años, seis meses y algunos días. Fue hombre vario, y de ingenio que tenía de bien y de mal. Al principio se gobernó bien, adelante se dio a la lujuria de todas maneras, a la crueldad y avaricia, conque afeó la buena fama que tenía ganada. El vulgo le llamaba Callipedes, que es un animal, el cual se mueve muy deprisa y nunca pasa de un codo adelante. Diéronle este nombre porque todos los años hacía aprestar todo lo necesario para visitar las provincias, y por otra parte estaba resuelto de no dejar a Roma ni ausentarse. En tiempos de este emperador, Germánico hacía la guerra en lo postrero de Francia, y sabida en España la falta que padecía de cosas necesarias, le enviaron armas y caballos, junto con cantidad de dineros que él no quiso aceptar aunque recibió lo demás, y dio gracias a los españoles por la mucha voluntad que a la república de Roma mostraban. Esto avino el año segundo del imperio de Tiberio, en el cual se dio licencia a los embajadores de la España Citerior para que en ella edificasen un templo en memoria de Augusto. En competencia de esta adulación, la España Ulterior hizo por sus embajadores instancia con el emperador para que a ejemplo de Asia les fuese lícito hacer lo mismo en memoria del mismo Tiberio y de Livia su madre; cosa que no se usaba, dedicar a ningún príncipe templo antes de su muerte. Oyó el emperador esta embajada, pero no quiso venir en lo que pedían, antes mostró pesarle de la licencia dada a los asianos: todo lo cual era en él modestia afectada.

 

Por el mismo tiempo se alteraron de nuevo los cántabros, y con robos y correrías que hacían de ordinario daban pesadumbre a los comarcanos. Por esta causa los romanos fueron forzados a repartir guarniciones por aquella tierra, prevención con que por una parte se enfrenó este atrevimiento, y por otra con la comunicación de aquellos soldados romanos los naturales dejaron su fiereza acostumbrada y se hicieron más humanos.

Demás de esto, Cneo Pisón, gobernador poco antes de España (o por mejor decir robador), por sospecharse que dio la muerte a Germánico César con hierbas en Antioquía la del río Orontes, vuelto a Roma, se dio a sí mismo la muerte, sea porque su conciencia le acusaba, sea por no poder contrastar a la rabia del pueblo, el cual por el amor que tenía a Germánico, estaba furioso y se inclinaba a creer de Pisón lo que se sospechaba. Otra cosa sucedió muy nueva y extraordinaria, y fue que a Vibio Sereno,

 

 

 

 

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procónsul que fue de la España Ulterior, acusó su mismo hijo de haber cohechado aquella provincia. Fue convencido en juicio, y por ello desterrado a Amorga, que es una de las islas del mar Egeo, y se cuenta entre las Cícladas.

 

Asimismo, Lucio Pisón, pretor que era de la España Citerior, con imposiciones nuevas y muy graves que inventó, alborotó los ánimos de los naturales de suerte que se conjuraron y hermanaron contra él. Llegó el negocio a que un labrador termestino en aquellos campos le dio muerte. Quiso salvarse después de tan gran hazaña, pero fue descubierto por el caballo que dejó cansado. Hallado y puesto a cuestión de tormento, no pudieron hacer que descubriese los compañeros de aquella conjuración, dado que no negaba tenerlos. Y sin embargo, por recelarse que la fuerza del dolor no le hiciese blandear, el día siguiente sacado para de nuevo atormentarle, se escapó de entre las manos a los que le llevaban, y con la cabeza dio en una peña tan gran golpe, que rindió el alma: tanto pudo en un rústico la fe del secreto y la amistad. Esto sucedió en España el año 26 de Cristo.

 

En Roma seis años adelante Junio Gallion, hermano de Séneca el filósofo, por mandado del emperador Tiberio fue desterrado de Roma, no por otra culpa sino porque sin su licencia propuso en el Senado que a los soldados pretorianos, cumplido el tiempo de su milicia, para ver los juegos públicos y para honrarlos, diesen en el teatro asiento más alto de lo que acostumbraban.

Sexto Mario otrosí, hombre de nación español, y tan rico que en espacio de dos días hizo derribar en Roma cierta casa de un su vecino que vivía junto a las suyas, y después mudado parecer, la tornó a reedificar, éste fue acusado de haberse aprovechado de una hija suya que tenía de gentil parecer. Convencido del delito, le despeñaron del monte Tarpeyo; la hija también fue muerta. Díjose que sus riquezas le acarrearon aquel daño, por hacer el pueblo juicio de lo que a otros había pasado, en especial que luego el emperador se apoderó de todas ellas. Mostrábase con la edad más inclinado a la codicia, y de peores maás y más dañadas costumbres.

Justo castigo del cielo, que se despeñase en tantos males el que no castigó como fuera razón la muerte que dieron contra justicia a Cristo nuestro Señor, cuya vida fue santísima cual convenía al que era Hijo de Dios. Murió puesto en una cruz el año treinta y cuatro de su edad, a 25 de marzo. Los que sienten de otra manera reciben engaño, como en particular

 

 

 

 

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tratado lo averiguamos. Tal fue la paga que los hombres dieron a su inocencia, a su doctrina y a tantos beneficios como les hizo. Las mismas piedras como con un callado dolor se quebrantaron, la tierra padeció un temblor extraordinario, el mismo sol se oscureció y encogió sus rayos. Bastantes testimonios y muestras de cuán grave era esta maldad. Pero sin tardanza, como él mismo lo tenía dicho y como era necesario, abierto al tercero día el sepulcro en que le pusieron, y espantadas con el gran ruido que resultó las guardas, salió sano, vivo y salvo, milagro nunca oído, manifiesta prueba de su santa divinidad. Algunos entendieron que la ave fénix, la cual fue vista como lo refieren Dion, Tácito y Plinio antes del postrer año del imperio de Tiberio, dio indicio y fue pronóstico y muestra de la resurrección de Cristo, Hijo de Dios, por suceder en aquel tiempo, y ser ella de tal naturaleza, que de sus cenizas después de muerta torna a revivir.

 

 

 

 

II. De los emperadores Cayo y Claudio

 

Falleció el emperador Tiberio a 16 de marzo el año setenta y ocho de su edad, que era el 38 del nacimiento de Cristo, y a la sazón eran cónsules Cneo Acerronio Próculo, Cayo Portio Nigro. Sucedió en el imperio Cayo, hijo de Germánico, el cual de cierto género de calzafo de que usaban los soldados, y en latín se llamaba Caligæ, tuvo sobrenombre de Calígula. Señalóse sólo en la locura que le duró toda la vida, y en la fea muerte con que acabó. Porque pasados tres años, diez meses y ocho días que gastó en maldades y deshonestidades extraordinarias, fue muerto por Querea, tribuno de una cohorte pretoria, que e slo mismo que capitán de una compañía de su guarda. Emilio Régulo, cordobés, intentó antes lo mismo. El ánimo fue grande, y no menor que el de Querea, la fortuna le fue contraria, porque fue descubierto y pagó con la vida.

 

Al tiempo que murió Tiberio, Agripa (al cual san Lucas en los Actos de los Apóstoles llama Herodes), se hallaba por su mandado en prisión en Roma a causa que en cierto convite mostró deseo que Cayo sucediese en el imperio. Recompensóle él este amor, no sólo con sacarle de la prisión, sino con hacerle rey de Iturea en lugar de Filipo su tío, que falleció poco antes y era tetrarca de aquella provincia. Fue grande la envidia que a esta causa

 

 

 

 

 

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concibió contra él otro tío suyo llamado Herodes, tetrarca de Galilea, el que mató a san Juan Bautista y se halló en Jerusalén a la muerte de Cristo. Tanto, que con intento de hacerle mal y daño se partió para Roma. Pero Agripa su sobrino se dios tal maña, que le acusó por sus cartas de cierta traición que tramaba, e hizo tanto, que le desterraron a Lyon de Francia, como lo sienten los más autores por testimonio de Josefo en las Antiguedades Judaicas, dado que en otra parte dice que huyó por la cruedad del emperador a España. Averíguase que le hizo compañía la famosa Herodías, y que en el destierro dio fin a sus días con muerte semejante a la vida, que fue torpe y sin concierto.

 

Después de la muerte del emperador Cayo, Claudio su tío, hermano de su padre, el cual por miedo que no le matasen estaba escondido, fue de allí sacado para ser emperador el año del nacimiento de Cristo de 42. Deseó el Senado romano y aún acometió a cobrar la libertad. Mas no pudo salir con su intento, principalmente que el rey Agripa, a la sazón de su reino vuelto a Roma, hizo grande negociación y fue mucha parte para que Claudio saliese con el imperio. Él, en remuneración de este servicio, le acrecentó el señorío con nuevas tierras que le dio. Muchos vicios reinaron en este emperador, y sobre todos el descuido fue tan grande, que Mesalina su mujer se le atrevió casi a vista de sus ojos de casarse públicamente con un mancebo principal llamado Silio. Verdad es que, aunque con dificultad, en fin fue ejecutada y muerta por ello, con que el emperador hizo otro nuevo desorden, que se casó con Agripina sobrina suya, hija de su hermano Germánico y de Agripina biznieta del emperador Augusto. Estaban tales matrimonios por derecho romano prohibidos. Para dar color a su torpeza hizo primero una ley en que se daba licencia que los tíos líbremente pudiesen casar con sus sobrinas. Al principio de su imperio envió desterrado a Séneca a la isla de Córcega. Después le llamó a Roma para hacerle maestro de su entenado Domicio Nerón, el cual a la sazón era de cinco años, y a persuasión de su mujer pretendía nombrarle por su sucesor, y anteponerle a su mismo hijo llamado Británico, que le quedó de Mesalina.

 

Tuvo el imperio casi catorce años. En el cual tiempo Turanio Grácula, español, floreció en Roma con fama de hombre erudito. Asimismo Lucio Moderato Columela, natural de Cádiz, cuyos libros de Agricultura andan comúnmente. Séneca en sus declamaciones hace mención de otros dos oradores españoles que vivieron por este tiempo en Roma. El uno se llamó

 

 

 

 

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Cornelio, el otro Clodio Turino. El más famoso fue Porcio Latrón, del cual se habló poco antes, y de él dice Quintiliano que al principio de sus razonamientos y oraciones solía alterarse y temblar más de lo que su edad pedía y el grande ejercicio que tenía en orar. Eusebio dice que murió de cuartanas. Anda una declaración suya contra Lucio Catilina. Algo más viejo que todos estos era y vivía en Roma Sextilio Hena, natural de Córdoba, más conocido por la desigualdad de su estilo y rudeza de sus versos, que por su erudición y poesía. Gobernaba por estos tiempos con nombre de Despensero la España Citerior Drusilano Rotundo, liberto del emperador Claudio; la Bética un hombre principal llamado Umbonio Silio.

 

Junto con esto se abrían en España las zanjas y se echaban los cimientos de la religión cristiana, porque Zebedeo, hijo de Zebedeo, por el sobrenombre el Mayor, después que predicó en Judea y en Samaria como lo certifica Isidoro, vino en España. Publicó la nueva luz del Evangelio primero en Zaragoza, donde por su amonestación se edificó un templo con advocación de la Virgen sagrada, que hoy se dice del Pilar; así lo tiene comúnmente aquella gente como cosa recibida de sus antepasados y venida de unos a otros de mano en mano. Nosotros no teníamos propósito de alterar opiniones semejantes. Concuerdan en que, vuelto de España a Jerusalén (la causa no se sabe), pero que en aquella santa ciudad fue martirizado en los días de los ácimos, a 25 de marzo, por Herodes Agripa, que pretendía por esta manera dar un principio agradable al reino que Claudio le había dado de los judíos. Sobre el año en que padeció hay alguna diversidad, mas del ciclo hebreo se saca que el año 42 de Cristo los judíos celebraron su Pascua sábado 24 de marzo, y comenzaron los días de ácimos o pan cenceño, en los cuales dice san Lucas en lo s Actos que le dieron la muerte.

 

Su cuerpo fue tomado por sus discípulos y, puesto en una nave, costearon la mayor parte de España. Finalmente, a 25 de julio aportó a la ciudad de Iria Flavia, que en lo postrero de Galicia hoy se llama el Padrón, de donde a 30 días de diciembre, aunque el año no se sabe, le trasladaron a Compostela, lugar consagrado y venerado de todo el mundo por estar allí aquel sagrado sepulcro. En toda España se hace fiesta y memoria de este santo apóstol el día que llegó a España, y en el que fue trasladado. Pero en el mes de marzo, cuando fue muerto, no se le hace fiesta por estar ocupada la Iglesia con el ayuno de la Cuaresma, y con las lágrimas de la penitencia,

 

 

 

 

 

 

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costumbre muy guardada antiguamente de no celebrar en aquel tiempo fiesta de ningún santo.

 

Estuvo el cuerpo de este apóstol olvidado por largos tiempos, hasta tanto que en tiempo del rey don Alfonso el Casto, por los años del Señor de 800, fue descubierto por amonestación divinal, y en el mismo lugar edificaron en su nombre un muy famoso templo, donde ha sido siempre muy reverenciado. Acrecentóse esta devoción cuando el rey don Ramiro, que reinó poco después de don Alfonso, en la famosa batalla de Clavijo, con la ayuda de este glorioso santo venció una innumerable morisma, y por medio de esta victoria libró a los cristianos de un gravísimo tributo: que cada un año entregaban a los moros por parias cien doncellas escogidas, que era una servidumbre miserable. Por esta causa, desde entonces se dio principio a la costumbre que tienen los soldados españoles de apellidar el nombre de Santiago e invocar su ayuda al tiempo de pelear. Asimismo en memoria de este beneficio, por voto se obligaron de pagar cada un año al templo de Santiago de cada yugada de tierras cierta medida de trigo. Costumbre que por haberse alterado muchas veces, los pontífices romanos, con diversas bulas expedidas a este propósito, la han renovado, y hoy día en gran parte de España se guarda.

 

Tiénese por cierto que el tiempo que estuvo Santiago en España, se le llegaron muy pocos discípulos. Los que más dicen, cuentan nueve escogidos entre los demás: es a saber, Pedro, obispo de Évora en Portugal, en cuyo lugar otros ponen a Tesifonte, obispo bergitano, que fue una ciudad cerca de donde hoy llamamos Almería; Cecilio Iliberritano, que era una ciudad cerca de donde hoy está Granada; Eufrasio Iliturgitano, segundo obispo de Ávila; Indalecio Urcitano (Urci se entiende era un pueblo que hoy se llama Verga, en los confines de Navarra); Torcuato Accitano, que es lo mismo que obispo de Guadiz; Esiquio Cartesano, no lejos de Astorga; por conclusión, Atanasio y Teosoro, guardas que fueron del sepulcro sagrado, como se tiene por fama, y aún sus sepulcros se muestran del uno y el otro lado en que está el apóstol.

 

Algunos escritores piensan que todos estos que llaman discípulos de Santiago, fueron enviados en España por los sagrados apóstoles san Pedro y san Pablo para predicar en ella el Evangelio de Cristo. Pelagio, obispo de Oviedo, que escribió su historia habrá quinientos años, cuenta por discípulos de Santiago a los siguientes: Calocero, Basilio, Pío, Crisógono, Teodoro, Atanasio y Máximo. La antigüedad de estas cosas y de otras

 

 

 

 

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semejantes, junto con la falta de libros, hace que no nos podamos allegar con seguridad a ninguna de estas opiniones, ni averiguar con certidumbre la verdad. Quedará al lector libre el juicio en esta parte.

 

 

 

 

III. Del emperador Domicio Nerón

 

A Claudio mató con hierbas que le dio un eunuco que le servía de maestresala, y le hacía la salva. Otros dicen que Agripina su mujer, por ver emperador a su hijo Domicio Nerón, deseo muy perjudicial para ella misma. Lo que consta es que pasó de esta vida el 55 de Cristo. Domicio su entenado y sucesor gobernó el imperio catorce años, los cinco primeros muy bien, como lo testificaba el mismo Trajano. Después con la edad se despeñó en todo género de torpezas y crueldades (no de otra manera que cuando una bestia fiera se suelta de donde está encerrada, que todo lo asuela), en tanto grado, que dio la muerte a su misma madre, con la cual había primero había pretendido usar deshonestamente. Lo mismo hizo con una su tía y dos mujeres que tuvo, Octavia y Popea, sin perdonar a Séneca, su maestro, ni al ínclito poeta Lucano, hijo que fue de Mela, hermano de Séneca, ni a otro gran número de gente principal: cruel carnicería y fea.

 

Pero en lo que más se señaló su torpeza, fue que a manera de mujer tomó el velo y se casó públicamente con un mozo, como si fuera su marido. Y al contrario, hizo abrir un muchacho a manera de mujer para casarse con él: tanto puede un apetito desenfrenado. En el teatro, a manera de representante, cantaba y tañía delante de todo el pueblo muchas veces. Pasó tan adelante su locura que, para holgarse y como por burla, puso fuego a la ciudad de Roma, con que se quemó casi toda. Fue grande la indignación del pueblo por sospechar lo que era. Para remedio, imputó a los cristianos haber causado aquel daño, y así fue el primero de los emperadores romanos que los persiguió y afligió con todo género de tormentos. Derramaba por una parte las riquezas que decía sólo debían de servir de darlas. Por otra codiciaba y tomaba contra razón las ajenas, como monstruo compuesto de vicios contrarios. De la hacienda pública era pródigo, codicioso de los bienes de los particulares.

 

Por este tiempo el famoso encantador Apolonio Tianeo, entre otras provincias por las cuales discurrió, vino también a España. Lo mismo hizo

 

 

 

 

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el apóstol san Pablo después que se libró en Roma de la cárcel, según que en la Epístola a los Romanos mostró desearlo y pretenderlo. Así lo dicen graves autores, y aún se tiene por cierto que en este viaje puso de su mano por obispo de Tortosa a Rufo, hijo de Simón el Cirineo (aquel que ayudó a llevar la cruz a Cristo), y hermano de Alejandro. Asimismo Beda y Usuardo testifican que dejó por obispo de Narbona a Sergio Paulo, al cual de procónsul que era en la isla de Chipre, convirtió en siervo de Cristo, según que en los Actos de los Apóstoles se refiere. Y aún no falta quien diga que llevó consigo a Ieroteo, por sobrenombre el Divino, maestro de Dionisio Areopagita, de España donde era natural, y tenía cargo del gobierno como persona que era de grande autoridad y prudencia. Otros contradicen todo esto por razones que aquí no se refieren. Porque lo que el Matafraste afirma, que el apóstol san Pedro asimismo vino a España, los más eruditos lo tienen por engaño y cosa sin fundamento. Verdad es que desde Roma envió a san Saturnino, por primer obispo de Tolosa la de Francia, al cual sucedió Honorato, cántabro de nación, que envió a Firmino, hijo de Firmo, a predicar el Evangelio en lo más adentro de Francia. Obedeció él, y predicó primero en Angers, después en Beoves, y últimamente en Amiens. Y fue el primer obispo de aquella ciudad y en ella derramó su sangre, y como a tal le hacen fiesta, y tiene templo consagrado en su nombre. Honesto, sacerdote de Saturnino, enviado por él a Pamplona para enseñar en aquella ciudad y su comarca el Evangelio, fue maestro de Firmino, y le enseñó en su tierna edad, ca era natural de Pamplona. Pero esto sucedió algo adelante.

 

Había Servio Sulpicio Galba gobernado la España Citerior por espacio de ocho años. Era ya muy viejo y de más de setenta años cuando le nombraron por emperador con esta ocasión: Julio Víndice, a cuyo cargo estaba la Galia Narbonense, alterado por las crueldades de Nerón y por las torpezas demás suyas, convidó a Galba como persona de grande autoridad, y le requirió por sus cartas que acudiese al remedio de tanto mal con aceptar el imperio. Excusóse Galba de hacer esto por su mucha edad y por la grandeza del peligro, por lo cual el mismo Víndice se declaró y tomó las armas contra Nerón. Sabido lo que pasaba en España, Galba asimismo en una junta de personas principales que de toda España tuvo en Cartagena, con un razonamiento muy cuerdo relató las causas por donde le parecía no sólo lícito, sino necesario acudir a las armas en aquella demanda y socorrer a la república.

 

 

 

 

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Dijo que Nerón era un cruel monstruo y fiero, cuyos vicios con ningún sacrificio se podían mejor atajar que con su misma sangre. Que todos ayudasen a la madre común afligida y echada por tierra, antes que con aquel fuego se abrasasen todas las provincias, con el cual casi toda la nobleza romana y muchas otras familias estaban acabadas: tan grande era la crueldad y fiereza de aquel hombre, si se debía llamar hombre, y no bestia fiera. Lo que por los otros pasaba podía también avenir a los demás y a cada cual de los que allí presentes estaban. Pues ni la inocencia de la vida ni la honestidad de las costumbres eran parte para librar a ninguno de aquel tirano, que se gobernaba no por razón, sino por fuerza y antojo. Si su propio peligro no bastaba para despertarlos, mirasen a lo menos por sus hijos, por salvar a los cuales las mismas bestias se meten por el hierro y por las llamas, forzadas del amor natural que tienen a los que engendraron. Acaso se hallaba presente un niño, el cual sin respeto por su tierna edad había sido desterrado a Mallorca por Nerón. Encendidos, pues, los que presentes estaban con tal espectáculo, y con el razonamiento que les hizo Galba, con grande alarido que todos levantaron, le apellidaron augusto y emperador. Mas él ni quiso aceptar el tal nombre, antes protestó que sería capitán del pueblo romano y lugarteniente del Senado contra Nerón, que fue una modestia notable.

 

Mucho ayudó para llevar adelante estos intentos Otón Silvio, gobernador que a la sazón era de la Lusitania, y los años pasados tuvo grande cabida con Nerón, que aprobó el consejo de Galba. Y resuelto de correr la misma fortuna con él, acuñó todo el oro y la plata que tenía en gran cantidad, para los gastos de la guerra y pagas de los soldados. Por todo lo cual fuera digno de inmortal renombre, si acometiera esta empresa en odio del tirano, y no pretendiera vengar sus disgustos particulares, y la afrenta que le hizo Nerón en tomarle por su combleza a Popea Sabina su mujer; para gozar de la cual más a su voluntad con muestra de honrar a Otón, le alejó de Roma y le hizo gobernador de la Lusitania, que era lo postrero de España y del mundo. Hecho esto, y después de la muerte que dio Nerón a Octavia su mujer, hija del emperador Claudio, se casó con Popea, que fue nuevo dolor para el otro marido y nueva afrenta. Tuvo Otón, así por esta ayuda, como por ser persona de ingenio, el primer lugar cerca del nuevo emperador, aunque en competencia de Tito Junio, su lugarteniente. Bien que se le adelantaba en ser más amado del pueblo, porque sin mirar a interés daba la mano a los necesitados. Y Junio

 

 

 

 

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acostumbraba a vender los favores del nuevo príncipe, por donde tenía ofendida gran parte de la gente y de los soldados.

 

Julio Víndice, en la Galia donde se declaró contra Nerón, vencido en batalla, se dio a sí mismo la muerte. Virginio Rufo, que fue el que le desbarató, no quiso tomar el imperio para sí, como pudiera. Antes lo remitió todo a la voluntad del Senado, que fue una señalada templanza y modestia. Esto mandó que después de su muerte se declarase en un dístico cortado en su sepultura y lucido en latín, que hace este sentido:

 

¿Quién yace aquí? Rufo.

 

¿El que al tirano Vindice venciste? Sí.

 

Mas no el cetro tomé.

 

¿Pues quién? Mi patria de mi mano.

 

Mucho se alteró Galba con las nuevas del desastre de Víndice. Parecía que la fortuna o fuerza más alta era contraria a sus intentos. Recogióse, casi perdida la esperanza, a la ciudad de Clunia (este nombre está corrompido en Plutarco, que pone Colonia por Clunia, como se entiende por las monedas que se hallan en España de Galba, por las cuales se ve que en aquella ciudad le dieron el imperio). Pero no tardó de llegar otra nueva de la muerte de Nerón, con que volvió sobre sí, y cobró ánimo. Lo cual pasó de esta manera: luego que el Senado tuvo aviso de lo que Julio Víndice en la Galia, y después Galba en España hicieron, que fue levantarse contra Nerón y tomar las armas, entraron en pensamiento que podrían derribar al tirano. Con este intento hicieron un decreto en que declararon a Nerón por enemigo de la patria. Llegó el negocio a que sus mismas gentes y criados le desampararon, como suelen todos aborrecer a los malos. Huyó él y escondióse cerca de Roma en una heredad de un su liberto llamado Faonte. Allí, perdida la esperanza de salvarse, por no venir a las manos de sus enemigos, se dio a sí mismo la muerte en edad que tenía de treinta y dos años. De esta manera acabaron las maldades de este príncipe, y en él la alcurnia de los Césares y Claudios que tantos años tuvieron el imperio de Roma. Túvose por entendido, principalmente entre los cristianos, que sanó e la herida y que a su tiempo se mostraría al mundo con oficio de Anticristo.

 

Lo cierto es que Galba, avisado de lo que pasaba, acordó de partir sin dilación para Roma. Llevó en su compañía para guarda de su persona y

 

 

 

 

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para todo lo que sucediese, una legión de soldados escogidos de todas las partes de España. Llevó otrosí a Fabio Quintiliano, natural de Calahorra, que fue aventajado en la profesión de la retórica. Sus Instituciones Oratorias estuvieron perdidas por más de seiscientos años. Hallólas y sacólas a luz Pogio Florentín, en tiempo del Concilio de Constanza, en cierto monasterio de aquella ciudad. Las Declamaciones que andan al fin de aquella obra en su nombre, por su mismo estilo se entiende fueron de otro autor.

 

A la sazón que acabó Nerón, era cónsul en Roma Silio Itálico, que fue el año de Cristo de 69. Los más sienten que este cónsul fue español. Crinito dice que nació en Roma, pero que su ascendencia era de España. Gregorio Giraldo afirma que en lo uno y en lo otro hay engaño, y que fue natural de los Pelignos, pueblos del reino de Nápoles, y nació en un lugar de aquella comarca llamado Itálica, de que procedió el engaño de los que le hicieron de España por haber en ella otra ciudad del mismo nombre. La verdad es que con la edad, dejado el gobierno de la república, se retiró en cierta heredad que tenía camino de Nápoles, en que pasaba la vida y se entretenía en los estudios de poesía. Y en particular escribió en verso heroico la segunda guerra púnica que hicieron los romanos contra los cartagineses. Por el mismo tiempo floreció en Roma Séneca, llamado el Trágico de las tragedias que compuso muy elegantes, a diferencia de Séneca el Filósofo, con quien no se sabe si tuvo algún deudo, bien que muchos lo sospechan por convenir en el nombre y ser casi del mismo tiempo. Quintiliano hace mención de una sola tragedia que andaba en nombre de Séneca el Filósofo, que debió perderse con el tiempo.

 

Volvamos a Galba que, llegado a Roma, gobernó el imperio por espacio de siete meses, al cabo de los cuales los soldados de su guarda, que llamaban pretorianos, en un motín que levantaron le dieron muerte. Estaban irritados por no darles el donativo de que les dieran intención, y que ellos esperaban. Principalmente se ofendían de la severidad de Galba, cosa que costumbres tan estragadas no llevaban bien, y en particular los alteró cierta palabra que se dejó decir. Es a saber, que él no compraba, sino que escogía los soldados. El que los alborotó últimamente fue Otón, por ver que Galba adoptó poco antes por su sucesor en el imperio a Pisón, mancebo de grandes prendas y partes. Dolíase que lo que a él se debía por lo mucho que le ayudara y sirviera, se hubiese dado a otro que no lo merecía. Concertóse con algunos de aquellos soldados, y a cierto día

 

 

 

 

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señalado se hizo llevar en una silla a los alojamientos de los pretorianos, donde sin tardanza fue saludado por emperador. Desde allí revolvió contra Galba, y le dio la muerte juntamente con Pisón y Tito Junio.

 

Pero el poder adquirido por maldad no le duró mucho, ca solamente tuvo el imperio por espacio de noventa y cinco días. Fue así que las legiones de Alemania, a ejemplo de lo que hiciera el ejército de España, pretendieron que también podían ellos dar emperador a la república. Y en efecto, nombraron por tal a su general Aulo Vitelio. Juntóse la Galia sin dificultad. España estaba en balanzas: acudió primero Otón, y por tenerla de su parte, le otorgó que tuviera jurisdicción sobre la Mauritania Tingitana, de que resultó por largos tiempos que los de aquella tierra acudían con pleitos a la Audiencia o Convento que los romanos tenían en Cádiz, y aún quedó sujeta a los godos el tiempo que fueron señores de España. Sin embargo, Lucio Albino, gobernador de la Mauritania, para asegurar más el partido de Otón, pasó en España. Pero fue rechazado y forzado a dar la vuelta por Cluvio Rufo, al cual Galba dejó en el gobierno de España, y después de su muerte estaba declarado por Vitelio. La conclusión y remate de estas diferencias fue que Otón, rodeado de grandes dificultades, salió al encuentro a los enemigos hasta Lombardía, do los suyos fueron vencidos cerca de un pueblo llamado Bebriaco, que estaba entre Verona y Cremona. Y él luego que llegó la nueva de este desastre, en Brixelo donde se había quedado, se dio la muerte con sus mismas manos, en edad que era a la sazón de treinta y ocho años. Parecióle que con esto se excusaba que no fuese adelante aquella guerra cruel y perjudicial para ambas partes y para todo el imperio. Con el aviso de esta victoria, Vitelio desde la Galia en que se entretenía, pasó los montes y se metió por Italia. Llegó por sus jornadas a la ciudad de Roma, en que hizo su entrada armado y rodeado de soldados, no de otra manera que si triunfara de su patria. Esto y ser el progreso de su gobierno semejante a estos principios, le hizo muy odioso. Había pasado su edad en torpezas, y con el poder continuaba la libertad de los vicios y mayores maldades. Por esta causa comenzó a ser tenido en poco, y las legiones de Oriente tomaron ocasión para probar también ellas ventura, y nombrar emperador, como lo hicieron, con mayor acierto y prudencia que las demás.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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IV. De los emperadores Flavio Vespasiano y sus

 

hijos

 

Flavio Vespasiano, cabeza que fue y fundador del linaje nobilísimo de los Flavios, en tiempo del emperador Claudio y por su mandado, hizo la guerra en Inglaterra, y en una isla llamada Vecta, puesta entre Francia y la misma Inglaterra, la cual dejó de estar sujeta. Con esto y con las muchas victorias que ganó en esta empresa, se hizo muy conocido. Pero por correr adelante los temporales muy turbios, se retiró y se fue a vivir a cierto lugar apartado, de do el año penúltimo de Nerón le llamaron para encargarle la guerra contra los judíos, gente porfiada y que con grande obstinación estaban alborotados. Grandes dificultades tuvo e esta empresa, mas al fin salió con lo que pretendía. Tenía sujetada casi toda aquella provincia cuando sus mismos soldados le nombraron e hicieron emperador. Muciano, gobernador que era de la Siria, por una parte, y por otra Tiberio Alejandro, a cuyo cargo estaba lo de Egipto, le convidaron y exhortaron a tomar el imperio. Y tomada resolución, hicieron cada cual a sus legiones que le jurasen por tal, que fue abrir camino a las otras provincias para que con grande voluntad se declarasen. Era necesario lo primero acudir a Italia, donde Vitelio estaba apoderado. Tomó este cuidado Muciano, mas anticipóse Antonio Primo que estaba en Panonia o Hungría, y fue el primero que por parte de Vespasiano rompió por Italia, y cerca de Verona desbarató un ejército de Vitelio. Sucedieron otros muchos trances que se dejan. En conclusión, el mismo Vitelio, el nono mes de su imperio, fue en Roma muerto es edad de cincuenta y siete años. Con esto Vespasiano, dejando a su hijo Tito para dar fin a la guerra judaica, pasó a Egipto y desde Alejandría se hizo a la vela, y con buenos temporales aportó a Italia y llegó el año 72 de Cristo.

 

En Roma con gran voluntad del Senado y del pueblo, entró en posesión del imperio, que estaba para perderse por la revuelta de los tiempos y por la mala traza de los emperadores pasados. Gobernó la república por espacio de diez años enteros con tanta prudencia y virtud que, fuera del conocimiento de Cristo, casi ninguna cosa le faltaba. Algunos le tachan de codicioso, pero excúsale en gran parte la grande falta de los tesoros públicos y los temporales tan revueltos, demás de grandes edificios que levantó en Roma, y entre los demás, el templo de la Paz y el anfiteatro, dos obras de las más soberbias del mundo. Fue el primero de

 

 

 

 

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los emperadores romanos que señaló salarios cada un año a retóricos latinos y griegos, para que enseñasen aquel arte en Roma.

 

Acabó su hijo de sujetar la provincia de Judea, entró por fuerza y asoló la canta ciudad de Jerusalén. Triunfó en Roma juntamente con su padre. La pompa y aparato fue muy grande. Llevaban delante entre otras cosas, el candelero de oro y los demás vasos y ornamentos muy ricos y muy preciosos del Templo de Jerusalén. Grande fue el número de judíos cautivos, parte de los cuales, enviados a España, hicieron su asiento en la ciudad de Mérida. Así lo testifican sus libros. Si fue así o de otra manera, no lo determinamos en este lugar. Lo que consta es que les vedó morar de allí adelante ni reedificar la ciudad de Jerusalén.

 

Demás de esto, que al principio de su imperio con intento de granjear a España y sosegarla, que estaba inclinada y aún declarada por Vitelio, otorgó a todos los españoles que gozasen de los privilegios de Lacio o Italia, para que fuesen tratados como si hubiesen nacido en aquellas partes. Por este tiempo Licinio Larcio era pretor de la España Citerior. Del cual se refiere que fue tan aficionado a las letras, y en particular por esta misma razón, hacía tanto caso de Plinio (que al tanto vino a la sazón con cargo de cuestor a España), que deseaba comprar algunos de sus libros, como su Historia Natural, y otros algunos por gran suma de dinero. De este Licinio se entiende que edificó la puente de Segovia, obra de maravillosa traza y altura, tanto, que el vulgo piensa que fue edificio de demonio. Otros atribuyen esta puente al emperador Trajano, pero ni los unos ni los otros alegan razón concluyente. Lo más cierto es que un pueblo de Galicia, que hoy se llama Betanzos y antiguamente Flavio Brigancio, y otro que se llama el Padrón, y antes se llamó Iria Flavia, demás de esto el municipio llamado Flavio Axatitano, hoy Lora, con otros pueblos de semejantes apellidos fueron fundados por personas del linaje de Vespasiano, que todos se llamaban Flavios. Por lo menos en gracia de este emperador o de alguno de sus hijos tomaron los apellidos sobredichos que antiguamente tuvieron. Poco años ha que en los montes de Vizcaya de halló una piedra con esta letra:

 

Hic iacet corpus Bilelæ servæ Iesu Christi.

 

Que quiere decir: aquí yace el cuerpo de Bilela, sierva de Jesucristo. Y porque tiene notada la era ciento cinco, algunos entienden que falleció por

 

 

 

 

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este tiempo, y aún quieren ponerla en el número de los santos sin bastante fundamento, antes en perjuicio de la autoridad de la Iglesia que no permite se forjen ligeramente nuevos nombres de santos, ni es razón que así se haga. Yo tengo por más probable que aquella piedra no es tan antigua, antes le falta el número milenario, como se acostumbra a callarle, y que sólo señalaron los demás años. Y es cierto que en tiempo de Vespasiano no estaba introducida la costumbre de contar los años por eras, fuera de que la llaneza de aquel letrero no da muestra de tanta antigüedad, ni tiene la elegancia y primor que entonces se usaba, como se pudiera mostrar por una epístola de Vespasiano que pocos años ha se halló en Cañete, pueblo que antiguamente se llamó Sabora, cuyas palabras cortadas en una plancha de cobre no me pareció poner aquí, ni en latín porque no las entenderían todos, ni en romance, porque perderían mucho de su gracia. En nuestra historia latina la hallará quien gustare de estas antiguallas.

 

Llegó el emperador Vespasiano a edad de setenta años. Falleció en Roma de su enfermedad a veinticuatro días del mes de junio, año de nuestra salvación de 80. Fue dichoso así bien en la muerte que en la vida, por dejar en su lugar un tal emperador como fue Tito su hijo, el cual en todas las virtudes se igualó a su padre, y se le aventajó mucho en la afabilidad y blandura de condición, y en la liberalidad de que siempre usaba; tanto que decía no era razón que ninguno de la presencia del príncipe se apartara descontento. Acordóse cierta noche que ninguna merced había hecho aquel día; dijo a los suyos: «Amigos, perdido hemos este día». Y es así que los príncipes han de ser como Dios, que ni se cansa de que le pidan, ni sin pedirle de hacer a todos bien. Con estas virtudes granjeó tanto las voluntades, que comúnmente le llamaban regalo y deleite del género humano. Cortóle la muerte los pasos muy fuera de sazón, ca no pasaba de cuarenta y dos años. Tuvo el imperio solos dos años, dos meses y veinte días. Falleció a 13 del mes de septiembre año de Cristo de 82.

 

No se averigua que haya por este tiempo sucedido en España cosa alguna notable. Parece estaba sosegada, y con la paz reparaba y recompensaba los daños del tiempo pasado. Tenía tres gobernadores, como se dijo arriba: el de la Bética, el de la Lusitania y el de la España Tarraconense. Todos se llamaban pretores, que ya se había tornado a usar este nombre. En la Bética se contaban ocho colonias romanas, y otros tantos municipios, que eran menos privilegiados que las colonias, a la manera que entre nosotros las villas respecto de las ciudades. Las

 

 

 

 

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Audiencias para los pleitos eran cuatro, la de Cádiz, la de Sevilla, la de Écija y la de Córdoba. La Lusitania tenía cinco colonias, y un municipio que era Lisboa, llamada por otro nombre Felícitas Iulia; tres audiencias, la de Mérida, la de Badajoz, la de Santarem, que entonces se llamaba Scalabis. La España Citerior o Tarraconense tenía catorce colonias, y aún algunos señalan más; trece municipios, siete Audiencias, es a saber, la de Cartagena, la de Tarragona, la de Zaragoza, la de Clunia que es Coruña, la de Astorga, la de Lugo, la de Braga. Acostumbraban asimismo los pretores, acabado el tiempo de su gobierno, entre tanto que aguardaban el sucesor, a llamarse legados o tenientes, y no propretores como se usaba antiguamente.

 

Echóse de ver y campeó más la bondad del emperador Tito con el sucesor que tuvo y sus desórdenes, que fue su hermano Domiciano, persona desordenada y que degeneró mucho de sus antepasados, y fue más semejable a los Nerones que a los Flavios, Sus vicios y torpezas fueron de todas suertes. Su locura tan grande, que lo que ninguno de sus predecesores hiciera, mandó que a su hujer diesen nombre de Augusta, y a él mismo de señor y de dios. Publicó un edicto por el cual desterró de Roma y de toda Italia a todos los filósofos, como lo dice Suetonio. Yo por filósofos entiendo los que abrazaban la filosofía cristiana, por señalarse en costumbres y bondad, a la manera que los filósofos se aventajaban en esto a los demás del pueblo. Por lo menos es cosa averiguada que Domiciano persiguió a los cristianos de muchas maneras. A san Juan Evangelista envió desterrado a la isla de Patmos.

 

Dio la muerte a Marco Acilio Glabrión cuatro años después que fuera cónsul. Asimismo quitó la vida por la misma causa a Flavio Clemente, persona otrosí consular, y a su mujer Flavia Domicila envió desterrada a la isla de Ponza, sin respeto del deudo que tenía con entrambos. De este destierro fue adelante esta señora traída a Terracina, y por mandado del emperador Trajano, dentro de su aposento la quemaron con todas las criadas que le hacían compañía. Esta carnicería que hacía Domiciano de cristianos se entiende le aceleró la muerte, la cual pronosticaron muchos rayos que cayeron por espacio de ocho meses continuos. Su codicia al tanto le hizo muy odioso, porque luego se apoderó de las riquezas de los mártires. Algunos para ganarle la voluntad, acusaron al mayordomo de Domicila, por nombre Estéfano, de tener encubierta y usurpada la hacienda de su señora. Fue avisado del peligro, acudió al remedio con

 

 

 

 

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ponerse a otro mayor. Y fue que se conjuró con ciertas personas de dar la muerte al que se la tramaba, como lo puso por obra dentro de su mismo palacio a 18 de septiembre año de nuestra salvación de 97. Era a la sazón Domiciano de cuarenta y cinco años. Tuvo el imperio quince años y cinco meses. Su muerte dio mucha pena a los soldados, porque para asegurarse, les daba y permitía cuanto querían. A todos los demás fue tan agradable, que entre los denuestos que le decía el pueblo, los sepultureros le llevaron a sepultar en unas andas comunes sin pompa ni honras algunas. En el Senado que se juntó luego, sabida su muerte, muchos fueron los baldones que se dijeron contra él. Y porque no quedase memoria de cosa tan mala, y otros escarmentasen de seguir sus pisadas, mandaron que en toda la ciudad borrasen y derribasen las armas e insignias de Domiciano. Ejemplo que imitaron las demás provincias como se da entender por una letra que está en la puente del río Tamaga, cerca de Chaves, pueblo de Galicia, el cual antiguamente se llamó Aquæ Flaviæ, donde los nombres de Vespesiano y de Tito están enteros, y el de Domiciano picado. Parece por aquella letra que aquella puente se hizo en tiempo de estos tres emperadores.

 

Por lo que toca a España, Domiciano publicó un edicto muy extraordinario, por el cual mandó que en ella no se plantasen algunas viñas de nuevo. Debía pretender que no se dejase por esta causa la labor de los campos y la sementera, decreto por ventura digno que en nuestro tiempo se renovase. Por estos mismos tiempos, Eugenio, primer arzobispo de Toledo, derramó su sangre por la fe de Jesucristo; su martirio pasó de esta manera: San Dionisio Areopagita desde la Galia, donde predicaba el Evangelio, envió a san Eugenio, como se tiene por cierto, para que hiciese lo mismo en España. Obedeció el santo discípulo a su maestro. Echó la primera semilla del Evangelio por aquella provincia muy ancha, y particularmente en la ciudad de Toledo hizo mayor diligencia y fruto. Después, ya que quedaba la obra bien encaminada, con intento de visitar a su maestro que estaba muy adentro de Francia, partió para ella. Prendiéronle ya que llegaba al fin de su viaje, y conocido por los soldados del prefecto Sisinio, gran perseguidor de cristianos en aquellas partes, le quitaron la vida. Su sagrado cuerpo echaron en un lago llamado Marcasio, de sonde con el tiempo, ya que la Francia era cristina, Hercoldo hombre principal, por divina revelación, le hizo sacar y llevar a Diolo, que era una aldea por allí cerca, y en ella edificaron un templo de su nombre para mas honrarle. Desde allí, con ocasión de cierto milagro, fue trasladado y puesto

 

 

 

 

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en el famoso templo de San Dionisio, que está a dos leguas pequeñas de París. Pasaron adelante muchos años hasta que en tiempo del rey de Castilla don Alfonso el emperador, y por su intercesión y la mucha instancia que sobre ello hizo, Ludovico Seteno, rey de Francia, su yerno, le dio un brazo de san Eugenio para que se trajese a Toledo.

 

Fue gran parte para todo don Ramón, arzobispo de Toledo, el cual en tiempo del papa Eugenio Tercio, y por su mandado, yendo al concilio que se celebraba en Reims de Francia, de camino, en París tuvo noticia de aquel cuerpo santo, y acabado el concilio la dio en España, que de todo punto estaba puesta en olvido cosa tan grande. Ésta fue la primera ocasión de traer aquella santa reliquia a Toledo. Lo demás de aquel sagrado cuerpo, a instancia del rey de España don Felipe el Segundo, dio su cuñado Carlos Nono, rey de Francia, para que así mismo se trajese a la dicha ciudad, donde entró con grande aparato y majestad el año 1575, y en la iglesia metropolitana fue puesto en propia capilla debajo del altar mayor.

 

No falta quien sospeche que un cierto Filipo, enviado por san Clemente por obispo en España, o un Marcelo que San Dioniso en Francia le dio por compañero, como se ve en la vida de san Clemente escrita por Michael Sincelo, fue el que nosotros llamamos Eugenio, y que este nombre de Eugenio (que es lo mismo que bien nacido) le dieron por la nobleza de su linaje, y el otro, cualquiera que fuese de los dos, era su nombre propio que recibió de sus padres. Muévense a sospechar esto por no hallarse mención de san Eugenio en algún autor grave y antiguo, y así mismo porque no hay alguna otra memoria de los sobredichos Filipo y Marcelo. Pero estas conjeturas, ni son bastantes del todo, ni del todo se deben menospreciar; podrá cada cual sentir como le agradare.

 

Cosa más cierta es que en tiempo de este emperador florecieron en Roma tres poetas españoles muy conocidos por sus versos agudos y elegantes: el primero fue Marco Valerio Marcial, vecino de Bílbilis, pueblo que estaba cerca de donde hoy está Calatayud. El segundo Cayo Canio, natural de Cádiz. El postrero Decíano, nacido en Mérida la Grande.

 

 

 

 

V. De los emperadores Nerva, Trajano y Adriano

 

 

 

 

 

 

 

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Por muerte de Domiciano, el Senado nombró por emperador a Cayo Berva, viejo de grande autoridad, pero ocasionado a que por el mismo le menospreciasen. Conoció este peligro, y en parte le experimentó. Acordó para asegurarse de adoptar por hijo y nombrar por compañero suyo y sucesor a M. Ulpio Trajano, hombre principal y muy esclarecido en guerra y en paz. El cual era español, natural de Itálica, ciudad puesta muy cerca de Sevilla. Dio asimismo por ningunos los decretos y edictos de Domiciano, con que muchos volvieron del destierro, y en particular san Juan Evangelista, de la isla de Patmos a su iglesia de Éfeso. Algunas otras cosas se ordenaron a propósito de concertar la república y reparar los daños pasados. Imperó Nerva solos los dieciséis meses, y por su muerte Marco Ulpio Trajano su hijo adoptivo, se encargó del imperio por el mes de febrero del año de nuestra salvación de 99. Igualaron sus muchas virtudes a la esperanza que de él se tenía. Ayudó a su buen natural la excelencia del maestro, que fue el gran filósofo Plutarco, cuya anda una epístola escrita al mismo Trajano, luego al principio de su imperio, no menos elegante que grave en sentencias. La suma es avisarle cómo se debía gobernar. Que si enderezase sus acciones conforme a la regla de virtud y enfrenase sus antojos, fácilmente gobernaría a sus súbditos sin reprehensión. Que el desorden de los príncipes no sólo acarrea daño para ellos mismos, sino también infamia para sus maestros, a los cuales fue a las veces perjudicial la soltura de sus inobedientes discípulos. Que con aquella amonestación pretendía acudir a todo, porque si siguiese su consejo alcanzaría lo que deseaba. Donde no, protestaba delante de todo el mundo que no tenía parte en sus desórdenes, si algunos hiciese.

 

Dos puentes levantó Trajano de obra maravillosa, la una en Alemania, sobre el Danubio, río el más caudaloso de toda Europa, la otra en aquella parte de España que llamamos Extremadura, y se llama la puente de Alcántara, puesta sobre el río Tajo. Y parece por un letrero antiguo que allí está, que se hizo repartimiento para el gasto entre muchos pueblos de aquella comarca. Es esta obra una de las principales antiguallas de España. En el Andalucía, en un pueblo llamado Azagua de la Orden de Santiago, hay dos piedras en aquel alcázar, basas que fueron de dos estatuas puestas en memoria de Matidia y de Marcia, hermanas de Trajano, como se entiende por sus letras.

Por este mismo tiempo, los soldados de la séptima legión que se llamaba Gémina, desamparada la ciudad de Subiancia por estar puesta en

 

 

 

 

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un ribazo en las Asturias, dos leguas más abajo fundaron un pueblo, el cual de los fundadores se llamó Legio, y hoy es la ciudad de León, de poca vecindad pero muy antigua, y que en un tiempo fue asiento de los reyes de León, cuando después de la destrucción de España las cosas de los cristianos comenzaron a levantar cabeza. Gobernó Trajano la república por espacio de diecinueve años y medio.

Levantó contra los cristianos el año tercero de su imperio una persecución la más brava que se pudiera pensar, tanto más que todos le tenían por príncipe templado y prudente en lo que hacía. Aplacóse algún tanto cinco años adelante, a causa que Plinio el más mozo, procónsul a la sazón de Bitinia, le avisó por una carta suya que la superstición cristiana (así le llamaba) se debía reprimir más con maña que con fuerza, por estar derramada no sólo por las ciudades, sino también por las aldeas, y no probarse a los cristianos delito alguno, fuera de ciertas juntas que hacían antes del día para cantar himnos en alabanza de Cristo. Respondió Trajano que no se hiciese pesquisa contra los cristianos, pero que si fuesen denunciados, los castigasen. Murieron en esta persecución cristianos sin número y sin cuento. Ni aún España quedó libre y limpia de esta sangre. Entre los demás fue martirizado Mancio, primer obispo de Évora, italiano de nación y nacido en la vía Emilia, como algunos sienten, hasta decir que fue uno de los setenta discípulos de Cristo. Su cuerpo al tiempo que los moros se apoderaron de España, de Évora donde padeció, fue llevado a diversas partes, y últimamente reparó en las Asturias. Tiene un rico monasterio con su advocación, a una legua de Medina de Ríoseco, en un lugar llamado por esta causa Villanueva de San Mancio.

 

Falleció Trajano en Galicia, en una ciudad llamada entonces Selinunte, y adelante Trajanópolis, que es lo mismo que ciudad de Trajano, en sazón que volvía de la guerra de los partos a Roma, en que sin embargo de su muerte metieron sus cenizas en un solemne triunfo que le concedieron por dejar vencidos y allanados a los enemigos. Cosa que no se otorgó a otro ninguno antes ni adelante, que después de muerto triunfase.

Tuvo con este emperador gran cabida Celio Taciano, procurador del fisco, el cual se dio tan buena maña, que fue buena parte para que Trajano señalase por su sucesor a Elio Adriano, cuyo ayo era también Taciano. Pero más hizo al caso para esto el amor que la emperatriz le tenía, y sobre todo que estaba casado con Sabina, hija de hermana del mismo Trajano; y aún también, era deudo suyo, y natural de Itálica, patria del mismo

 

 

 

 

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Trajano. Elio Sparciano le hace natural de Roma, y dice que su padre tuvo el mismo nombre que él, y su madre fue Domicia Paulina, matrona principal nacida e Cádiz. Sus virtudes y prendas muy aventajadas, y el conocimiento que tenía de muchas cosas le ayudaron más que otra cosa ninguna. Luego que se encargó del imperio, con intento de visitar todas las provincias, partió de Roma y por Alemania pasó a Inglaterra. De allí revolvió hacia España, después a África y al Oriente, siempre con la cabeza descubierta y las más veces a pie. En este largo viaje se dice que en Tarragona corrió gran peligro de la vida, a causa que cierto esclavo, estando descuidado, arremetió a él con la espada desnuda. Entendióse que estaba fuera de sí, y sin otro castigo le entregó a los médicos para que cuidasen de él.

 

Dividió a España, como lo testifica Sexto Aurelio Víctor, en seis provincias: la Bética, la Lusitania, la Cartaginense, la Tarraconense, la Galicia y la Mauritania Tingitana. Y según se entiende por algunos letreros de este tiempo y algunas leyes de Código de Justiniano, los gobernadores de la Bética y de la Lusitania a esta sazón tenían nombre de legados consulares, y de presidentes los que tenían cargo de las otras cuatro provincias.

No tuvo este emperador sucesión; por esta causa adoptó por hijo y nombró por emperador después de su muerte a Ceionio Cómodo Vero, padre del otro Vero que imperó adelante, junto con Marco Antonio el Filósofo. Diole luego nombre de César, con retención para sí del de Augusto, del cual principio se tomó la costumbre que se guardó adelante, que los hijos o sucesores de los emperadores antes de heredar se llamasen Césares. A instancia de los judíos revocó la ley de Vespasiano en que les vedaba el poblar la ciudad de Jerusalén. Dioles licencia para que la reedificasen en un sitio algo apartado de donde estaba primero, y mudado el nombre antiguo de Jerusalén, mandó que se llamase Elia. Con esta ocasión y alas que les dio, y principalmente por quitarles la circuncisión, y por un templo de Júpiter que hizo edificar junto a la nueva ciudad, tomaron de nuevo las armas y se rebelaron. Pero en breve fueron sujetados, y pereció gran número de ellos en Bethera o Bethoron, en que se hicieron fuertes con su caudillo, que llamaron adelante avisados por su daño Barcosban, que es tanto como hijo de la mentira. Ca los sacó de juicio con decir que él era el mesías prometido, como lo testifican los libros de los hebreros.

 

 

 

 

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Ordenó otrosí el onceno año de su imperio que ninguno fuese castigado por ser cristiano, si no le averiguaban algún otro delito. Tomó este acuerdo movido por las apologías que en favor de los cristianos le presentaron en Atenas Arístides y Quadrato, personas de gran nombre. Asimismo, Sereno Granio, procónsul de Asia le escribió una carta en el mismo propósito. Por todo lo cual se aficionó tanto a los cristianos, que trató de poner a Cristo en el número de los dioses, y en las ciudades hizo edificar templos sin imágenes, es a saber, de las que los gentiles usaban.

 

Demás de esto, por entender que el Imperio Romano era tan grande que con su mismo peso se iba a tierra, determinó ponerle aledaños. Hizo para esto derribar la puente que Trajano levantó sobre el Danubio, y a la parte del Oriente quiso que el río Eúfrates fuese el postrer lindero del imperio, hasta desamparar lo que de la otra parte de aquel río estaba conquistado. Grande fue la gloria que ganó por todas estas cosas.

Tuvo falta de salud, tanto que en Baias, por huir de las manos de los médicos, con no comer se mató. Gobernó el imperio veintiún años. Hizo dos cosas muy feas, la primera que quitó los cargos y redujo a vida particular a su ayo Taciano, sin embargo de lo mucho que le había servido, y no contento con esto, después lo hizo morir, para aviso de cuán presto el favor de los príncipes se muda y se trueca, y a las veces grandes servicios se pagan con extrema ingratitud. Fue Taciano español y natural de Itálica, patria de estos dos emperadores. La otra fue peor, es a saber, que por el contrario le cayó tan en gracia Antinoo, mozo con quien usaba torpemente, que de la suciedad del retrete le sacó y puso en el número de los dioses, ca le edificó templo y una ciudad en Egipto de su nombre, para eterna memoria de su deshonestidad y soltura; mancha muy fea de las virtudes que tuvo.

 

En este tiempo Basílides en Egipto y Saturnino en la Siria despertaron la secta de los gnósticos, que confundía a las personas divinas y sujetaba el libre albedrío y sus acciones a la fuerza del hado y de las estrellas, además que decían que la justicia cristiana depende solamente de la fe. Un discípulo de Basílides, llamado Marco, vino a España y en ella sembró esta maldita semilla. Allegáronsele entre otros una cierta mujer llamada Agapé, y un retórico por nombre Helpidio. De estas cenizas y rescoldo, Prisciliano, los años adelante, encendió un grande fuego, como se tornará a decir en su tiempo y lugar.

 

 

 

 

 

 

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VI. De los tres emperadores Antoninos

 

Falleció Cómodo Vero poco después que fue adoptado y nombrado por César. Tenía poca salud, y no parece hizo cosa alguna memorable. Entró en su lugar y cargo Tito Elio Antonino, y así después de la muerte de Adriano, sin contradicción, sucedió en el imperio el año de Cristo de 139. En veintidós años y siete meses que imperó, mantuvo todas las provincias en tanta paz, que fue tenido por muy semejante a Numa, el cual entre los reyes de Roma fue amicísimo de la paz. Todos holgaban de obedecer a príncipe tan bueno, y él no se descuidaba en granjear a todos con buenas obras. En lo que más señaló fue en la clemencia y mansedumbre, virtudes que le dieron renombre de Pío y de Padre de la Patria. No persiguió a los cristianos como lo hicieron los emperadores pasados. Quitó y reformó los salarios públicos a los que no servían sus oficios, como a gente que era carga pesada de la república y de ningún provecho. Suya fue aquella sentencia dicha antes por Escipión: «Más quiero salvar un ciudadano, que matar cien enemigos». No se sabe cosa alguna que hiciese en España, su nombre empero se halla en algunos letreros romanos de aquel tiempo, los cuales no se ponen aquí. Murió Antonio Pío cerca de Roma, de su enfermedad, el año 172.

Dejó por sucesores suyos a su yerno Marco Aurelio Antonino, por sobrenombre el Filósofo, y a Antonino Vero, hijo del otro Cómodo Vero que adoptó Adriano. Fue esta la primera vez que se vieron en Roma dos emperadores con igual poder y mando. Falleció Vero nueve años adelante de su enfermedad. Señalóse en que renovó la persecución contra los cristianos. Sosegó en el Oriente los movimientos que los persas habían levantado. Fue el primero, según se entiende, que dio a los gobernadores de las provincias título de condes.

 

Por su muerte quedó Marco Auelio Antonino con todo el cuidado del imperio. Príncipe aventajado en bondad y virtudes; de sus estudios y doctrina el nombre de Filósofo da bastante testimonio. Hizo en persona guerra a los marcomanos, gente septentrional que hoy son los moravos. Padecía grande falta de agua al tiempo de encontrarse con los enemigos, y estaba la gente toda para perecer de sed. Iban en su compañía muchos cristianos alistados en la duodécima legión, por cuyas oraciones cayó tanta agua que se remedió la necesidad. La tempestad y torbellino fue tal que con los rayos y relámpagos que daban de cara a los enemigos, quedó la

 

 

 

 

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victoria por los romanos. Muchos hacen mención de este suceso tan notable. Julio Capitolino dice que por las oraciones del emperador se aplacaron los dioses y cayó la lluvia. A nuestros escritores muchos y muy antiguos que refieren la cosa como está dicho, favorecen Dion, y una carta del emperador que anda en griego y en latín sobre el caso, además del nombre de Fulminatrix que se dio a aquella legión, y quiere decir echadora de rayos. Cuyo rastro del sobredicho nombre queda en Tarragona en un huerto de Juan de Melgosa, donde hay un epitafio con estas palabras vueltas de latín en romance:

 

A los dioses de los difuntos. A Julio Segundo que vivió treinta y nueve años, dos meses y diez días, Julio Joseno de la Duodécima Legión Lanzadora de Rayos, a su liberto bueno y leal, lo hizo.

 

Fuera de esta inscripción, que es harto notable, hay en Barcelona en las casas de los Requesens delante la iglesia de los Santos Justo y Pastor, un testamento de este tiempo cortado en muchas piedras, la más señalada antigualla que de este género se conserva en España. Por él se entiende que la usura centésima de tiempo de los romanos, era cuando se acudía cada un año al acreedor con la octava parte del principal, que es lo mismo que a razón de 12 por 90. De manera que en espacio de cien meses se doblaba el caudal, de do se llamó usura centésima. O sea porque al principio de cada mes, cuando acostumbraban hacer las pagas, daban al logrero la centésima parte del dinero que prestó. Las palabras del testamento no pongo aquí por ser largo; la suma de lo que contiene es: «Que Lucio Cecilio centurión de la legión séptima Gémina y Dichosa, y de la legión decimoquinta Apolinar, que sirvió a los emperadores Marco Aurelio Antonino y Aurelio Vero, y tuvo otros diferentes cargos, manda a la república de Barcelona siete mil quinientos denarios con cargo que de las usuras semises (que eran la mitad de la centésima, es a saber seis por cien) del dicho dinero, hiciesen espectáculos de luchadores todos los años a 10 de junio, en los cuales se gastasen doscientos cincuenta denarios. Y el mismo día se diesen doscientos denarios para aceite a los luchadores. La cual manda hace debajo de ciertas condiciones. Si no las cumpliesen, sustituye en la dicha manda con las mismas cargas a la república de Tarragona para que haya y lleve el dicho dinero».

 

 

 

 

 

 

 

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Tuvo Marco Aurelio Antonino el imperio diecinueve años y un mes. Falleció a 17 de marzo, el año de Cristo 181. Grande fue la fama de sus virtudes, y no menor la afrenta de su casa a causa de la mucha soltura de la emperatriz Faustina su mujer. La cual, como quier que ni la pudiese remediar, ni se resolviese de apartarla de sí, pareció amancillar la majestad del imperio. Por lo demás su memoria y la de Antonino Pío su suegro, fue en Roma tan agradable, que el emperador Septimio Severo, que tuvo el imperio poco adelante, hizo una ley en que ordenó que todos los emperadores después de él se llamasen Antoninos, no de otra manera que antes se llamaban Augustos.

 

Verdad es que Elio Aurelio Cómodo Antonino, luego que sucedió a su padre, con la torpeza de sus costumbres oscureció en alguna manera el lustre de aquel nombre y alcurnia. Fue Augusto de título, pero tuvo el ánimo esclavo y sujeto a todos los vicios. Entendióse que una concubina suya llamada Marcia le dio bebedizos, con que le trastornó el seso. Por lo menos la misma fue causa de su muerte, por haber hallado en cierto memorial su nombre entre el de otros muchos que Cómodo pretendía matar. Comunicó el caso con un eunuco por nombre Narciso. Concertaron los dos de darle la muerte. Ejecutáronlo primero con hierbas que le dieron, y después porque la fuerza de la ponzoña se tardaba, le ahogaron. Vivió treinta y dos años solamente, de los cuales imperó los doce, y más ocho meses y quince días. Dícese que tuvo trescientas concubinas y otros tantos mozuelos escogidos para sus deshonestidades entre todos los que se aventajaban en hermosura. Fue el primero de los emperadores romanos que vendió los oficios y gobiernos, cosa muy perjudicial y dañosa. Julio Capitolino dice que el tercer abuelo de Cómoso se llamó Annio Vero, y que fue español, natural del municipio Sucubitano, que estaba en la Bética, hoy Andalucía.

 

No falta quien diga que por este tiempo padecieron los santos mártires Facundo y Primitivo, a la ribera de Cea, río que de los montes de Asturias discurre por lo interior de Castilla. Ático, presidente de Galicia, convidó a todos los soldados de aquella provincia para que se hallasen a cierto sacrificio. Los dos santos no quisieron obedecer a este mandato, por lo cual los borró de las listas de los soldados, y atormentados en diversas maneras, al fin con una segur les cortó las cabezas. Honraron los cristianos sus sagrados cuerpos; edificaron en aquel mismo lugar un templo de su nombre. De allí cuando los moros estuvieron apoderados de España,

 

 

 

 

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fueron diversas veces llevados para mayor seguridad a las Asturias. Finalmente, en tiempo de don Alfonso Magno, y después por mandado del rey de Castilla don Fernando el Primero, los volvieron al mismo lugar, y reedificaron el sagrado templo con un monasterio de monjes benitos junto a él, que hoy se llama de Sahagún, y es uno de los principales santuarios de España.

 

 

 

 

VII. De los emperadores Severo y Caracalla

 

El emperador Cómodo fue muerto año del Señor de 193. Sucedió en el imperio Helvio Pertinaz, nacido de padre libertino, que era tanto como de casta de esclavos. Era muy viejo, de edad de setenta años. Tuvo el imperio solos dos meses y veintiocho días. Los mismos que mataron a Cómodo, por ser su bondad tan conocida, dieron orden para que le diesen el cetro, que los soldados pretorianos le quitaron juntamente con la vida dentro de su mismo palacio. La libertad y soltura del tiempo pasado hacía que se llevasen mal la disciplina militar que Pertinaz pretendía poner en su punto: que la reformación de las costumbres es a los malos a par de muerte. Fue docto en las lenguas latina y griega. Estudió en su menor edad Derechos y tuvo en ellos por maestro a Sulpicio Apolinar, aquel cuyas periocas o argumentos andan al principio de las comedias de Terencio.

 

Luego que Pertinaz fue muerto, Sulpicio y Didio Juliano acudieron a los reales de los pretorinos para a fuer de mercaderes comprar el imperio como si estuviera puesto en almoneda. Salió Juliano con su pretensión con promesa que hizo de dar a cada uno de los soldados veinticinco sextercios, que montan seiscientas veinticinco coronas, suma que venía a ser exorbitante, y que en fin no la pudo pagar, por donde desamparado de los soldados y aborrecido del pueblo, el sexto mes adelante le dieron muerte por orden y traza de Septimio Severo, al cual en premio de esta hazaña hicieron emperador las legiones de Ilírico o Esclavonia.

Nació en Leptis, ciudad de África, por otro nombre Trípoli de Berbería, que está asentada de la otra parte de la Syrte menor. Recompensó la fiereza de su natural con la valentía que tuvo muy grande, con que hizo grandes efectos. Por lo cual vulgarmente se dijo que o no debiera nacer, o no debiera morir. Mostró su severidad en el castigo que dio a los

 

 

 

 

 

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pretorianos que tuvieron parte en la muerte de Pertinaz, a los cuales, despojados de las armas y de los vestidos, desterró de Roma y de cien millas alrededor. En muchas guerras salió vencedor: en el Oriente sujetó a Pescenio Nigro, que se llamaba emperador, y de camino destruyó la ciudad de Bizancio porque le cerró las puertas. En Francia venció a Albino, que estaba levantado, aquel de quien se tuvo por cierto que a ejemplo de Arístides compuso las patrañas milesias, libro lleno de toda deshonestidad y torpeza. Asimismo desbarató por tres veces a los partos. Restituyó el gobierno de Roma en su antiguo lustre y majestad. Revolvió sobre Inglaterra, y después que sosegó a los ingleses, para impedir las entradas que hacían los escoceses sobre ellos, por la parte que las riberas de aquella isla se estrechan más (que es por donde Escocia parte término con lo de Inglaterra), acordó tirar un valladar o albarrada de mar a mar. Atajóle la muerte los pasos, que le tomó en aquella isla en la ciudad de Eboraco. Las postreras palabras que dijo fueron muy notables, es a saber: «El imperio que recibí alborotado, dejo a mis hijos sosegado, firme si fueren buenos, si malos poco durable». Suya fue también aquella sentencia: «Todo lo fui, y no presta nada». Movió persecución contra los cristianos el noveno año de su imperio. La carnicería fue muy grande. En España, en la ciudad de Valencia, padecieron Félix, presbítero; Fortunato y Arquíloco, diáconos. Dado que algunos en lugar de Arquíloco leen Archiloeo, y aún pretenden que padecieron en Valencia la del Delfinado de Francia por estar cerca de León de Francia, de donde es averiguado que san Irineo obispo de aquella ciudad los envió a predicar el evangelio.

 

Dejó Severo dos hijos de dos mujeres diferentes: el mayor, que se llamó Aurelio Antonino Basiano, y que tuvo por sobrenombre Caracalla, de cierto género de vestidura francesa así dicha, que dio luego al pueblo, luego al principio de su imperio mató a su hermano menor llamado Geta, al cual su padre señaló en su testamento por emperador y compañero de su hermano. Este hecho tan atroz le fue asaz mal contado, y le hizo muy aborrecible al pueblo. Y mucho más otra nueva maldad, que fue casarse con Julia, madre del mismo Geta y su madrastra. Pasó en esta locura tan adelante, que dio muerte a todos los que eran aficionados a su hermano. De éstos fue uno Samónico Sereno, médico muy famoso, y que escribió muy aventajadamente en aquella facultad. Otro fue el gran jurisconsulto Papiniano, no por otra culpa mas de porque no quiso defender en el Senado y abonar la muerte de Geta, ca decía: «Más fácil cosa es cometer

 

 

 

 

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el parricidio, que excusarle». Fue demás de esto fementido, en particular con muestra que dio de querer casarse con una hija de Artapano rey de los partos, los aseguró de manera que en la ciudad de Carras los cogió descuidados e hizo en ellos gran matanza. No le duró mucho esta alegría, porque como era aborrecido de todos, a tiempo que estaba proveyendo, un soldado llamado Marcial arremetió a él y le dio de puñaladas. Era a la sazón de edad de cuarenta y tres años. Tuvo el imperio seis años, dos meses y cinco días. Su cuerpo llevaron a Antioquía do estaba Julia su madrastra y mujer, la cual por el gran sentimiento, con un puñal que se metió por los pechos cayó muerta sobre su triste marido y entenado. Tragedias parecen éstas, pero entre las otras locuras de Caracalla se refiere que se dio a contrahacer las cosas de Alejandro Magno, bien que más imitaba las faltas que las virtudes. En particular, para remedarle, traía la cabeza inclinada hacia el lado izquierdo.

 

Opelio Macrino, prefecto del pretorio, que es lo mismo que capitán de la guardia, a cuya persuasión fue muerto Caracalla, le sucedió en el imperio con voluntad de Audencio, hombre principal, a quien los soldados querían por emperador. No hizo cosa alguna señalada ni antes ni después de este tiempo, por lo cual y por el poco tiempo que gozó del imperio, apenas se puede contar en el número de los emperadores. Mesa, hermana de Julia, dio orden que los soldados le matasen en Calcedonia, juntamente con un hijo suyo llamado Diadumeno. Lo cual sucedió a 7 de junio el año 219. Imperó solos trece meses y veintiocho días.

 

 

 

 

VIII. De los emperadores Heliogábalo y

 

Alejandro

 

Aurelio Antonino Vario, sacerdote del Sol en Fenicia, que es lo que significa el nombre de Heliogábalo, fue hijo del emperador Caracalla. Húbole en Soemis, hija de Mesa y sobrina de Julia. La hermosura de su rostro y gentil parecer, muestra muchas veces engañosa de ánimo compuesto, fueron grande parte para que los soldados se le aficionasen. Ayudó otrosí la memoria de su padre, porque para asegurarse en sus maldades tenía granjeada la gente de guerra con darles y permitirles cuanto querían. Sobe todo su abuela Mesa con su buena maña y dádivas,

 

 

 

 

 

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que no debieron faltar, atrajo a su parecer las legiones, y acabó con ellas que saludasen a su nieto por emperador.

 

Su vida y costumbres fueron muy torpes a maravilla. Dado a toda suerte de deshonestidad, hacía y padecía lo que no se puede escribir sin vergüenza. Llegó su locura a tanto que acometió e intentó con artificio a mudar el sexo de varón: grande afrenta y ultraje del Imperio Romano y de todo el género humano. No pudo el mundo sufrir monstruosidad tan grande: los mismos soldados de su guarda le mataron a 10 de marzo, el año de Cristo de 223. Era de edad de dieciocho años; tuvo el imperio tres años, nueve meses y cuatro días. Fue el primero de los emperadores romanos que usó vestidura toda de seda, que antes de él sólo aforraban de seda los vestidos, que en aquel tiempo se compraba a peso de oro. También se dice que desde el tiempo de Heliogábalo y por su orden, se introdujo la costumbre que los esclavos en las vendimias echasen pullas a sus amos, y se burlasen con ellos de palabra.

 

El sucesor de Heliogábalo fue su primo hermano Severo Alejandro, que ya era César, cuyas virtudes igualaron a los vicios de su antecesor: grande y señalado emperador si la muerte no le atajara. Lo primero, conforme a la costumbre de los cristianos, a ninguno encargó gobierno alguno antes que le publicasen, para si le tachaba alguno. No quiso vender los oficios y gobiernos, ca decía: «El que compra, forzosamente ha de vender». Mostróse favorable a los cristianos en tanto grado, que en su oratorio principal tenía puesta la imagen de Cristo entre las de los dioses de la gentilidad. Jamás quiso recibir en su casa ni a su familiaridad, ni aún para que le saludase y visitase, a persona alguna que no fuese de muy buena fama, aviso para príncipes singular. Para recoger dinero de que tenía falta, inventó cierto género de imposiciones y tributos que se cogían de las artes curiosas y vanas, invención con que se remediaba la necesidad y se enfrenaban los vicios. Hizo la guerra contra los partos prósperamente, y contra Artajerjes su rey, el cual a cabo de tantos años comenzaba a levantar el poder de los persas que antes estaban sujetos a los partos. Concluida esta guerra, revolvió con sus gentes contra Alemania, do fue muerto por traición de Maximino, muy fuera de sazón, porque no pasaba de veintinueve años, de los cuales los trece y nueve días gobernó el imperio sin par por su grande rectitud, prudencia, mansedumbre y clemencia, dado que el castigo que dio a Turino Vetronio parece algo áspero. Porque vendía humos, es a saber, favores y provisiones fingidas en

 

 

 

 

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nombre del emperador, le hizo ahogar con humo. El gran jurisconsulto Ulpiano, natural de Tiro, tuvo tanta cabida con el emperador Alejandro, que le hizo su canciller, y en público y en particular se gobernaba por sus consejos. Demás de esto, en cierto alboroto porque no le matasen le cubrió con su púrpura.

 

No se sabe de cosa alguna memorable que haya sucedido en España en tiempo de estos emperadores. En Guadix hay una basa de estatua puesta en memoria de Mamea, madre del emperador Alejandro, cuyas palabras vueltas en castellano son las siguientes:

 

A Julia Mamea Agusta, madre del emperador César Marco Aurelio

 

Severo Alejandro, Pío, Feliz, Augusto, Madre de los Reales la Colonia Julia Gemina Accitana, devota a su deidad y majestad.

 

Fue esta señora como se entiende cristiana, por lo menos tuvo particular familiaridad y trato con el famoso Orígenes. Era hermana de Soemis, y entrambas hijas de Mesa y sobrinas de la emperatriz Julia. De Soemis y el emperador Caracalla nació fuera del matrimonio, como queda dicho, el emperador Heliogábalo. Mamea se casó con Vario Marcelo, y de este matrimonio procedió el emperador Severo Alejandro. Todas estas señoras eran naturales de la Siria, de donde vinieron a Roma. Por este tiempo el papa Antero, que gobernó la Iglesia Romana, escribió una Carta a los obispos del Andalucía y reino de Toledo, en la cual entre otras cosas dice que los obispos no pueden lícitamente ser promovidos de una iglesia a otra por su particular interés y comodidad.

 

 

 

 

IX. De los emperadores Maximino, Gordiano y

 

Filipo

 

Julio Maximino, natural que fue de la Tracia, de muy bajo suelo, su padre Meca, godo de nación, y su madre Ababa, que fue de los alanos, como lo dice Simaco, en ninguna cosa se señaló fuera de la estatura del cuerpo, que la tuvo muy grande, y las fuerzas y ligereza tan aventajada que atenía en correr con un caballo. Por esto pasó por todos los grados y cargos de la milicia. Y por la muerte del emperador Alejandro Severo, se apoderó por

 

 

 

 

 

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la fuerza del imperio el año de Cristo de 239. Conservóse en él por espacio de dos años y algunos meses. Sosegó al principio las alteraciones de Alemania. Y de nuevo se apercibía para hacer la guerra contra los sármatas (que hoy son los polacos), cuando en la ciudad de Sirmio, donde a la sazón se hallaba, le llegó nueva cómo los soldados del África habían alzado por emperador a Gordiano, presidente de aquella provincia, y que el Senado aprobara aquella elección. Acordó pues de mudar propósito, y encendido en deseo de vengarse, revolvió contra Roma. Detúvose algún tiempo sobre Aquileya, ciudad que a la entrada de Italia le cerró las puertas. Estando allí vino otra nueva que el sobredicho Gordiano con un hijo suyo, del mismo nombre, fueron muertos en África. Pero que el Senado en su lugar nombró por emperadores a Balbino y Pupieno, más por tener perdida la esperanza que los perdonaría Maximino, que por hallarse con fuerzas bastantes para resistirle. Hallábase todo en grande peligro y sucediera sin duda algún grande estrago, si no fuera que los soldados, por odio que tenían al tirano, de repente le acometieron y dentro de su alojamiento le degollaron.

 

Con esto la ciudad de Roma quedó puesta en libertad, y los cristianos libres asimismo del miedo que les amenazaba por la persecución que les movió de nuevo este emperador. Principalmente se empleaba su rabia contra los que presidían en las iglesias, como eran los obispos y sacerdotes. En particular en España, seis leguas de Tarragona, de una cueva del monte Bufragano, donde estaban escondidos san Máximo y sus compañeros, de allí fueron sacados para darles muerte. Adelante se edificó en su nombre un templo en el mismo lugar para que fuesen más honrados. Algunos sospechan que este san Máximo es el que en Tarragona vulgar y comúnmente llaman san Magi. Dejado esto, los emperadores Balbino y Pupieno, en cierto alboroto que levantaron los soldados de la guardia, fueron muertos dentro del primer año de su imperio.

 

Estaba nombrado junto con ellos por César, y señalado en el Senado por sucesor, Gordiano, nieto del otro Gordiano, mozo de tan pequeña edad, que apenas tenía quince años. Y sin embargo, por muerte de los emperadores sobredichos, fue recibido sin contradicción por emperador. Para el gobierno de la república le ayudó mucho su suegro Misiteo, persona que era muy prudente. Partió de Roma para hacer la guerra contra los persas. La cual concluída como se pudiera desear, al tiempo que daba

 

 

 

 

 

 

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de sí grandes esperanzas, le dio muerte a traición Filipo, capitán de su guardia, el sexto año de su imperio.

 

Escribió Gordiano una carta a su suegro, que se conserva hasta el día de hoy, en la cual se duele que los príncipes estén sujetos a los engaños y embustes de sus mismos criados, que ponen asechanzas a sus orejas, y por este medio arman celadas a los que pretenden derribar, y levantan a los que no lo merecen, sin que él mismo pueda por vista de ojos averiguar la verdad de lo que pasa. No hay duda sino que de ninguna cosa los príncipes padecen mayor mengua que de la verdad. La cual, ¿qué lugar puede tener entre las continuas adulaciones de palacio, entre los embustes y mañas y redes que tienden los privados por todas partes? Sin su ayuda, o por mejor decir, con semejante falta, ¿qué maravilla es que los príncipes a cada paso tropiecen, pues andan en tinieblas y por la ignorancia son ciegos? ¿Quién no sentirá grandemente que falte luz a los que Dios puso en la cumbre para que fuesen guías de los hombres, y los sacasen de sus yerros con obras, consejo y autoridad? Un solo camino se ofrece para reparar este daño, enseñado de hombres muy graves, mas seguido de pocos: esto es, que demás de los otros ministros, como mayordomos, caballerizos, maestresalas con todo el otro atuendo de palacio, procuren, aunque sea a costa grande, tener cerca de sí alguna persona de conocida prudencia y bondad, que tenga licencia y orden de referir al príncipe y avisarle todo lo que de él se dijere y sintiere, sea verdad o mentira, hasta los mismos rumores vanos y sin fundamento del vulgo. Los cuales avisos a las veces sin duda serán pesados, mas débelos sufrir porque el provecho grande que de ellos resultará, recompensará bastantemente cualquier molestia. Y es cosa averiguada que la verdad tiene las raíces amargas, pero sus frutos son muy suaves, muy dulces sus dejos. No podremos alcanzar esto, bien lo veo. Los regalos y delicadezas de los príncipes cuán grandes sean, ¿quién no lo sabe? Los cuales tienen por el principal fruto de su grandeza la libertad de hacer lo que se les antoja sin que nadie les vaya a la mano. Por el contrario, las palabras de los que les hablan a su gusto les dan gran contento. La verdad es de un aspecto áspero y grave, de suerte que es maravilla cuando les queda un pequeño resquicio por donde les entre algún rayo de luz. Tan cercados están por todas partes de dificultades, de lisonjeros, finalmente de hombres que no buscan otra cosa sino su comodidad. No se debe, empero, desistir de esta empresa, ni perder de todo punto la esperanza. Por ventura no cantamos a los sordos: habrá

 

 

 

 

 

 

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algunos a quien contente este aviso, que vean y sigan el camino que se les muestra, muy saludable así para ellos como para sus vasallos. Y entiendan que no los que tachan las costumbres y vida de los que rigen, son perjudiciales, sino los que hablan al sabor del paladar, muchos y sin número, mayormente en los palacios reales: peste tanto más peligrosa, cuanto más halagüeña y blanda.

 

Pero hagamos aquí punto y volvamos a los emperadores. El premio que se dio por la muerte de Gordiano fue que Marco Julio Filipo, su matador, se quedó con el imperio. Hombre árabe de nación, de bajo suelo y linaje, pero muy señalado en las cosas de la guerra. Por lo cual después de diversos cargos que tuvo, se apoderó últimamente de la república y del imperio el año de Cristo de 241, y le tuvo por espacio de más de cinco años. Al principio tomó asiento con los persas, por el cual les dejó la Mesopotamia, en que pareció escurecer la majestad del Imperio Romano. Vuelto a Roma, celebró el año secular, que era el año centésimo de la fundación de Roma, con mayores regocijos y juegos más suntuosos que jamás se había celebrado, por se el año milésimo de su fundación. Andaban los godos alborotados, y corrían la provincia de Tracia. Envió contra ellos a Marino, al cual las legiones en premio de su trabajo saludaron por emperador. Pero sucedióle mal, ca Decio fue contra él por mandado de Filipo, y le dio la batalla y venció y mató en la provincia de Mesia. El premio de esta victoria fue que el ejército le nombró asimismo por emperador. Aceptó él aquel título contra su voluntad; pero, aceptado, le mantuvo con grande valor. El emperador Filipo, a la sazón que se encaminaba contra él, fue muerto en Verona, en cierto alboroto que levantaron sus soldados. Dejó en Roma un hijo de su mismo nombre, al cual en edad de siete años que tenía y no más, había él declarado por su compañero en el imperio, y era de un natural tan extraño que nadie jamás le vio reír. A éste, luego que la nueva llegó, mataron también porque no quedase rastro de raza tan mala. En tiempo de san Jerónimo se leía una carta de Orígenes para el emperador Filipo. Autores antiguos y graves sienten que fue cristiano, y añaden que el pontífice Fabiano no le quiso recibir a los misterios sin que primero hiciese penitencia y satisfacción de cierto pecado. Algunos asimismo sospechan que la Iglesia romana se enriqueció con los tesoros de Filipo. Pero sus malas costumbres dan muestra que más fingió que cumplió el oficio de hombre cristiano. Otros

 

 

 

 

 

 

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reservan del todo esta loa a Constantino Magno, que fuese el primer emperador romano que conoció la majestad de Cristo, Hijo de Dios.

 

Decio, luego que se apoderó del imperio, que fue el año de nuestra salvación de 250, persiguió cruelísimamente la religión cristiana por el odio que tenía, a lo que se entendió, contra Filipo. La verdad fue que Dios por aquel camino pretendía reformar las costumbres y vida de los cristianos, y en particular de los eclesiásticos, de muchas maneras estragada. En aquella persecución padeció el mártir san Cristóbal, según lo refiere Nicéforo. Destruían los getas o godos (que algunos entienden ser lo mismo), las provincias de Mesia y Tracia. Peleó Decio con ellos: venciólos en la primera batalla, mas en la segunda, por traición de Treboniano Galo, fue vencido y muerto, junto con un hijo que tenía de su mismo nombre, después que gobernó el imperio por espacio de dos años.

 

El traidor, conforme a lo que entonces se acostumbraba, se quedó con el imperio y le tuvo por espacio de dieciocho meses. Hizo asiento con los godos, por el cual se obligó de pagarles parias cada un año; cosa muy fea y que dio ocasión a los soldados para que le despreciasen, y a Emiliano su capitán, hombre de nación africano, nacido en la Mauritania Tingitana, para que después de vencidos los godos en una grande batalla que les dio en la Mesia, se apoderase del imperio y revolviese contra Galo su señor. Por cuya muerte, que fue en cierto encuentro, se quedó Emiliano por señor de todo.

Duróle poco el mando y la vida, sólo por espacio de cuatro meses, sin hacer cosa que de contar sea, tanto que muchos no le ponen en el número y cuento de los emperadores romanos. Matáronle sus soldados luego que se supo la elección de Valeriano.

 

 

 

 

X. De los emperadores Valeriano, Galieno,

 

Claudio y Aureliano

 

Licinio Valeriano era de edad de setenta años cuando en la Galia las legiones y soldados le apellidaron por emperador contra Emiliano el año de Cristo de 254. Subió a la cumbre y majestad, no por otra causa a lo que parece, sino para que la caída como de lugar más alto fuese más peligrosa y pesada. La vida larga es a las veces sujeta a desastres, y trueca la

 

 

 

 

 

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prosperidad del tiempo pasado en adversidad y desgracias. Tal fue el emperador Valeriano, ca el año seteno de su imperio en la guerra que emprendió contra los persas, vino en poder de sus enemigos. Vivió en aquella miserable servidumbre por espacio de más de un año.

 

Su hijo Galieno, y compañero que había nombrado en el imperio, de ninguna cosa menos cuidaba que de librar a su padre, y volver por la majestad del imperio. Y a la verdad él se hallaba por una parte apretado de los persas, de los godos y de los alemanes, que andaban alterados y con las armas. Y mucho más, por otra parte, de treinta capitanes romanos, que con la revuelta de los tiempos en diversas partes se llamaban emperadores: miserable avenida de males. Relatar los nombres y hechos de todos estos sería cuento muy largo; pero entre los demás Póstumo, el cual se apoderó de la Galia, para asegurarse llamó en su socorro a los francos, gente alemana, que es la primera mención que de ellos se halla en la historia romana. Acudió Loliano por mandado de Galieno al remedio, venció y mató al tirano. Pero en premio de la victoria entró en su lugar, y se llamó emperador junto con un su hijo del mismo nombre, por cuyas se tienen las declamaciones que andan impresas al fin de las Instituciones de Quintiliano. Otro, por nombre Tetrico, se apoderó de España, que asimismo acudió al favor de los alemanes. Entraron ellos en España por la Galia, y como gente feroz, por espacio de doce años como con fuego lo asolaron todo: en los campos y en los poblados hicieron estragos extraordinarios. En las provincias de Oriente se alzó Odenato Palmerino, capitán muy esforzado. Y muerto él en la demanda, Zenobia su mujer, con más valor que de hembra y no menor prudencia, llevó adelante lo comenzado por su marido, y se mantuvo hasta el tiempo del emperador Aureliano. Grande era el aprieto en que todo se hallaba. Por diversas piedras que en España se han hallado, se entiende que la mujer del emperador Galieno se llamó Cornelia Salonina, y la del emperador Decio, Herenia.

 

Gobernó por estos tiempos la Iglesia el pontífice Lucio, cuya epístola dirigida a los obispos de España y de la Galia, los exhorta que junten los concilios muchas veces. Declara la jurisdicción que tienen los metropolitanos sobre las Iglesias sufragáneas. Veda la conversación y trato con los herejes, y anima a sufrir las calamidades de los tiempos, graves y largas. A Lucio sucedió Estéfano, en cuyo tiempo los obispos de España, en un concilio que juntaron, privaron de sus Iglesias a Marcial obispo de

 

 

 

 

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Mérida, y a Basílides obispo de Astorga, como a libeláticos que fueron, y en lugar de los dos eligieron a Feliz y Sabino. Llamaban libeláticos a los que daban firmado de sus nombres que desamparaban la religión cristiana. Ca los que pasando adelante se ensuciaban con adorar y sacrificar a los ídolos, llamaban sacrificatos, según que se saca de las epístolas de san Cipriano. Hizo Basílides recurso a Roma como a cabeza de la Iglesia de donde proceden las leyes sagradas, y con cuya autoridad se revocan las sentencias dadas por los otros obispos contra razón. Absolvióle el papa Estéfano, y mandó fuese restituido a su Iglesia y dignidad. Ofendiéronse de esto los obispos de España. Avisaron a san Cipriano, obispo de Cartago, de todo lo que pasaba con los dos nuevos obispos Feliz y Sabino, que para esto le enviaron. Comunicó él este negocio con otros obispos de África y, tomada resolución, respondió que los que desamparaban la fe no podían ser restituidos al grado que antes en la Iglesia tenían. Que impuéstales la penitencia, y hecha la satisfacción conforme a sus deméritos, podrían empero ser recibidos, mas sin volverles la honra y el oficio sacerdotal, según que estaba establecido por decreto del Papa Cornelio. Que si el pontífice Estéfano determinó otra cosa, sería por haberle engañado como estaba tan lejos.

 

Por esta causa Sixto segundo, sucesor de Estéfano, parece que en una epístola enderezada a los obispos de España, les amonesta que los decretos de los Padres no se deben alterar, ni antes del entero conocimiento de la causa deponer a los obispos, principalmente sin dar parte al romano pontífice, el cual con razón reponía lo atentado contra ella. Esta fue la diferencia que sucedió sobre este caso. El remate no se sabe, más de que todos estos tres pontífices fueron martirizados en la persecución que comenzó Valeriano antes de su prisión, dado que al principio se mostró bien afecto a la religión cristiana.

 

Padeció otrosí en Roma el valeroso diácono san Laurencio, gloria de España. Fue natural de Huesca: sus padres Orencio y Paciencia, que son al tanto tenidos por santos en aquella ciudad. Sixto segundo antes de ser papa vino en España a predicar el Evangelio, y a la vuelta llevó en su compañía a los dos diáconos Laurencio y Vincencio. Era Laurencio muy noble, pero más señalado por la grande constancia de su ánimo, de que dio bastante muestra en los tormentos gravísimos que sufrió por no obedecer al tirano, y hacer en todo lo que debía. En fin, dio la vida en la demanda el año de Cristo de 259, así él como el papa Sixto. Los que dicen que esto sucedió

 

 

 

 

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en el imperio de Decio van fuera de camino. Y no menos los que por autoridad de Trebelio Polión para concordar las opiniones, sueñan no sé qué Decio César, nieto del emperador Valeriano, por cuya autoridad se hicieron estos martirios, van errados como gente menuda, y que sin examinar bien lo que dicen, escriben lo que les parece.

 

En el mismo año padecieron en Tarragona por la verdad Fructuoso, primer obispo de aquella ciudad, Augurio y Eulogio, diáconos. Eran cónsules en Roma Fusco y Baso, presidente en España Emiliano, cuya hija advertida y avisada por un soldado, vio juntamente con él las ánimas de estos santos que volaban al cielo, según lo testifica Prudencio. Las reliquias de estos mártires, no se sabe por qué causa y en qué tiempo, pero es cierto que fueron llevadas a Italia, y cerca de la ciudad de Génova son veneradas con gran devoción en un monasterio de Benitos. En lugar del papa Sixto fue puesto el pontífice Dionisio el año siguiente.

Algunos años adelante el emperador Galieno tenía cercado dentro de Milán a Aureolo, que se había alzado con la Esclavonia, y rompiendo por Italia estaba apoderado de aquella ciudad. Duró el cerco algún tiempo; los soldados, cansados de tantas guerras, y con deseos de cosas nuevas, se conjuraron y dieron muerte a su emperador Galieno el año que se contaba de nuestra salvación 269. Imperó por espacio de quince años. Mataron también un su hermano menor por nombre Valeriano, compañero suyo en el imperio.

Estaba la república en esta vacante sin cabeza, cuando Flavio Claudio, hombre principal y valeroso caudillo, se llamó emperador, que fue el año siguiente. En el cual, siendo cónsules el dicho emperador y Paterno, el pontífice Dionisio escribió una epístola a Severo obispo de Córdoba, en que le manda que a ejemplo de Roma reparta el pueblo por parroquias. Los principios del emperador Claudio fueron muy aventajados, ca deshizo y mató al tirano Aureolo, sujetó con las armas a los godos y a los alemanes. Pero atajóle la muerte en sazón que trataba de ir en persona contra Tetrico, que poseía lo de España y lo de la Galia, o contra Zenobia, la valerosa mujer de Odenato. Falleció sin determinarse ni resolverse en esto en Sirmio, ciudad de Hungría, de enfermedad que le sobrevino. Tuvo el imperio un año, diez meses y quince días. Fue tío mayor de Constancio, padre del gran Constantino, que es lo mismo que hermano de abuelo. Porque el emperador Constancio fue hijo de Eutropio, de la noble alcurnia de los Dardanos, y de una sobrina de Claudio, hija de Crispo su hermano.

 

 

 

 

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Sabida la muerte de Claudio, el Senado nombró en su lugar a Quintiliano su hermano, hombre de tan pequeño corazón, que tomó la muerte por sus manos diecisiete días después de su elección, parte por no sentirse con fuerzas para llevar tan gran carga, parte principalmente por la nueva que vino que las legiones de Claudio nombraron por emperador a Lucio Domicio Aureliano, persona de señaladas prendas y autoridad.

 

El cual pudiera ser contado entre los mejores príncipes, sino afeara sus proezas que hizo en la guerra, con la aspereza de su condición y con el aborrecimiento que tuvo a la religión cristiana. Domó los de Dacia, a los cuales dio las dos Mesias para que poblasen. Y todos los tiranos que estaban alzados en las provincias sujetó, parte por fuerza, parte por concierto. En particular hizo la guerra valerosamente contra la famosa Zenobia, y la prendió cerca de la ciudad de Palmira, que se le iba huyendo a los persas en camellos de posta que llamaban dromedarios. Cuya persona y presencia por su gran valor hizo que el triunfo con que entró en Roma fuese más agradable y más solemne, porque todos los que la miraban se maravillaban que en el pecho de una mujer cupiese tan grande esfuerzo y valor nunca vencidos por los males. Este triunfo conque el emperador Aureliano entró en Roma fue el postrero que a la manera antigua se vio en aquella ciudad. Poco tiempo reparó en Roma, ca resuelto a dar guerra a los persas, volvió al Oriente, donde en la Tracia entre Heraclea y Bizancio fue muerto por traición de un su privado llamado Menesteo. Tuvo el imperio cuatro años, once meses y siete días. Hay quien diga que este emperador fundó en la Francia a Orliens, ciudad puesta sobre el río Loire. Y a Geneva o Ginebra a la ribera del lago Lemano.

 

Mas cierto es que en Gerona, ciudad puesta a los confines de España y de Francia, martirizaron a Narciso después que predicó a las gentes de los Alpes. Y con él un diácono llamado Félix. Pero no es este mártir el con quien aquella ciudad tiene particular devoción, sino otro del mismo nombre muerto en otro tiempo. Esto se advierte para que nadie se engañe por la semejanza del nombre. El año antes de éste en que vamos fue en Roma martirizado el santo papa Félix. Sucedióle Eutiquiano, cuya carta a Juan y a los demás obispos de la Bética o Andalucía tiene por data el consulado de Aureliano y Marcelino, es a saber, el año de Cristo de 276. Trata de propósito en ella de la santa encarnación del Hijo de Dios, contra ciertos herejes que con nuevas opiniones en España pretendían manchar y poner dolo en la sinceridad de la religión católica y cristiana.

 

 

 

 

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XI. De algunos otros emperadores

 

Una contienda muy nueva se siguió después de la muerte de Aureliano, y un extraordinario comedimiento. El ejército pretendía que el Senado nombrase sucesor y emperador. Los Padres remitían este cuidado a los soldados. En demandas y respuestas se pasaron seis meses. Al cabo de ellos el Senado, vencido de la modestia del ejército, nombró por emperador a Claudio Tácito, hombre de muchas partes pero muy viejo, ca era de setenta y ocho años. Así le duró poco la vida y el mando, solos seis meses y veinte días. Falleció en Traso, ciudad de Cilicia.

 

Por su muerte Floriano su hermano, que allí se hallaba, se llamó emperador, de que se arrepintió muy presto, porque a cabo de tres meses, de su voluntad se hizo romper las venas y se desangró y murió.

 

Parecióle que sus fuerzas eran muy flacas para contrastar a las legiones de Oriente, que habían nombrado por emperador a Marco Aurelio Probo, aunque esclavon de nación, persona aventajada en las cosas del gobierno y de las armas. De virtud tan conocida que, cuando el nombre de Probo (que es lo mismo que bueno) no tuviera de sus padres, le pudiere ganar por sus costumbres y vida. Encargado del imperio, domó los alemanes que corrían y asolaban la Galia. Lo mismo hizo con los sármatas o polonos, que habían rompido por lo de Esclavonia. A Narseo, rey de los persas, puso condiciones aventajadas para sí y de mucha reputación. A los vándalos y a los godos, de los cuales grandes enjambres andaban haciendo mal y daño por las provincias del imperio, señaló para sosegarlos campos en la Tracia en que poblasen. Tuvo dos competidores en el imperio, el uno llamado Saturnino, que mataron en Egipto sus mismo soldados por miedo, o en gracia del verdadero emperador; al otro que se llamaba Bonoso, venció él mismo en batalla cerca del río Rin, y vencido, le puso en tanto aprieto que él mismo se ahorcó. Para ganar las voluntades de las provincias, entre otras cosas que hizo, revocó y dio por ninguno el edicto de Domiciano en que vedaba a los de la Galia y de España el plantar viñas de nuevo. Grandes eran las muestras que en todo daba de buen emperador, cuando en la Esclavonia fue muerto por sus mismos soldados en un motín que levantaron, en sazón que se apercibía para revolver contra los persas que de nuevo andaban alborotados. Tuvo el imperio cinco años y cuatro meses. La severidad que guardaba en la disciplina militar le hizo odioso, y porque

 

 

 

 

 

 

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se dejó decir que sosegados los enemigos, en adelante no tendría necesidad de soldados.

 

Entró en su lugar por voluntad y voto del mismo ejército Marco Aurelio Caro, el año del Señor de 282, al cual unos hacen esclavón, otros natural de la Galia. Sus cartas muestran que fue romano. Dos hijos que tenía, es a saber Carino y Numeriano, nombró luego por sus compañeros en el imperio. Al primero dejó encargado el gobierno de la Galia y de la España. Para hacer guerra a los persas llevó consigo a Numeriano. Éste, en Antioquía la de Orontes, como pretendiese entrar en la iglesia de los cristianos, o por curiosidad (ca era dado a todas las artes liberales) o con propósito de burlarse de nuestras cosas, y el obispo por nombre Babilas no se lo consintiese (que fue hazaña sin duda heroica), por el mismo caso le mandó matar y martirizar. Hecho esto pasaron adelante, concluyeron la guerra de los persas a su voluntad. La cual acabada, el emperador Caro fue muerto de un rayo a la ribera del río Tigris, al principio del segundo año de su imperio. No le fue mejor a Numeriano su hijo, antes Arrio Apro, su suegro, sin consideración del deudo, por el deseo insaciable que tenía de hacerse emperador, le hizo matar dentro de una litera en que iba por tener los ojos malos.

 

Alteróse el ejército con aquella traición tan fea. Nombraron por emperador a Diocleciano, persona de grandes partes. Él sin dilación tomó venganza de Apro, metióle por el cuerpo la espada, díjole al tiempo que le hería: «Alégrate, Apro, la diestra del grande Eneas te mata». Carino, sin embargo de lo que hicieron los soldados, pretendía apoderarse por derecho de herencia de todo el imperio. Pero vencióle en batalla y diole la muerte Diocleciano. Por este tiempo gobernaba la España Citerior un prefecto llamado Marco Aurelio, como se entiende por las letras de algunas piedras que se conservan en España. De donde asimismo se saca que los emperadores no sólo usaban los títulos de tribunos, pontífices, cónsules, sino que también se llamaban procónsules. En comprobación de esto, se pondrá aquí una letra de una piedra que hasta hoy día está en la plaza pública y mercado de Monviedro, con estas palabras vueltas en castellano:

 

Al emperador Marco Aurelio Carino Nobilísimo, César Piadoso, Dichoso, Invicto, Augusto, Pontífice Máx., Tribuno, Padre de la Patria, Cónsul, Procónsul.

 

 

 

 

 

 

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Y aún esta costumbre se entiende que se usaba los tiempos pasados, de que es bastante prueba el letrero de la Rotunda, que da el mismo título a los emperadores Septimio Severo y Antonino Pío. Demás de esto los gobernadores romanos, como se comenzó a hacer desde el tiempo del emperador Antonino el Filósofo, se continuaron a llamar cómites o condes, así bien en España como en las demás provincias. A los mismos, acabado el tiempo de su gobierno, en tanto que llegaba el sucesor, los llamaban legados cesáreos. Y en el uno y en el otro tiempo se halla que usaban de título y nombre de présides o presidentes.

 

 

 

 

XII. De los emperadores Diocleciano y

 

Maximiano

 

La provincia de Esclavonia engendró a Diocleciano de padres libertinos, que es lo mismo que de casta de esclavos. Y sin embargo le dio por emperador a Roma, señora del mundo, el año de nuestra salvación de 284. Púdose por su valor y hazañas comparar con los príncipes más aventajados del mundo, si no afeara su imperio y ensuciara sus manos con tanta sangre como derramó de cristianos, con que quedó su nombre odioso perpetuamente.

 

El año segundo de su imperio declaró por su compañero a Maximiano Hercúleo, y para acudir a todas partes, poco después nombró por césares a Galerio Maximino y a Constancio Cloro. A Galerio dieron por mujer una hija de Diocleciano llamada Valeria. Constancio por su mandado repudió a Helena, hija de un rey de Bretaña o Inglaterra, madre del gran Constantino, para casar como lo hizo con Teodora, antenada de Maximiano. Repartieron las provincias de tal manera que Diocleciano en Egipto, Maximiano en África, Constancio en Bretaña, apaciguaron los movimientos y alteraciones de aquellas gentes. Los sucesos y trances fueron varios, los remates prósperos. A Galerio enviaron contra los persas donde, porque no se gobernó bien, Diocleciano en Mesopotamia do le vino a ver, le hizo ir corriendo delante de su coche por espacio de una milla, que fue afrenta y castigo notable. Pero como después volviese con la victoria, le salió a recibir con acompañamiento y pompa muy semejante a triunfo. Es así que el castigo y el premio, el miedo y la esperanza, son las

 

 

 

 

 

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dos pesas con que se gobierna el reloj de la vida humana. El miedo no da lugar a la cobardía, la industria y la diligencia son hijas de la esperanza.

 

El año deceno de su imperio movió guerra muy cruel contra los cristianos. La cual, vuelto a Roma después de las empresas sobredichas, ocho años adelante, apretó grandemente y embraveció con nuevos y muy crueles edictos, que fue el año de Cristo de 303, en que fueron cónsules Diocleciano la octava vez y Maximiano la setena, según que lo refiere san Agustín. En aquellos edictos se mandaba echar por tierra los templos de los cristianos, quemar los libros sagrados, que los cristianos fuesen tenidos por infames e incapaces de las honras y oficios públicos. Añadióse después de esto, que diesen la muerte a los presidentes de las iglesias. Grande fue este aprieto: cruelísima carnicería, en que murieron en Roma el pontífice Cayo y su hermano Gabino, con una su hija por nombre Susana.

 

En Sevilla fueron acusadas y muertas las santas vírgenes Justa y Rufina, como quebrantadoras de la religión, por haber derribado por tierra la estatua de la diosa Salambona, que era lo mismo que Venus. En Tánger de la Mauritania martirizaron a Marcelo, centurión natural de León de España. Lo que le achacaron fue que, por amor de la religión cristiana, renunciara el cíngulo, que era la insignia de soldado. Agricolao, prefecto del pretorio fue el que le sentenció a muerte, cuyo nombre se lee no sólo en nuestras historias, sino también en los códices de Teodosio y Justiniano. Grande y señalado fue este santo mártir, así por lo que él padeció, como por doce hijos que tuvo, los cuales se dice padecieron muerte todos por la verdad, bien que no en un mismo tiempo ni lugar. Quién pone en este cuento de los hijos del mártir Marcelo a Claudio, a Lupercio, a Victoriano, a Emeterio, a Celedonio, a Servando, a Germano, a Ascisclo, y también a Victoria, todos mártires bienaventurados. Quién añade a los santos Fausto, Ianuario, Marcial. Demás de esto se entiende que Santa Marina padeció por este tiempo en Galicia, no lejos de la ciudad de Orense, donde está su santo cuerpo en un templo de su nombre, ocho millas de aquella ciudad.

 

Todos estos y otros muchos santos padecieron en España por estos tiempos, antes que el impío y cruel Daciano viniese a ella enviado por Diocleciano su señor, a derramar tanta sangre como derramó de cristianos. Éste, con gran furor y rabia, comenzando de los Pirineos, atravesó toda esta provincia por lo ancho y por lo largo, de levante a poniente, y de mediodía a septentrión. Parece que Daciano fue presidente de toda España,

 

 

 

 

 

 

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por un mojón de términos que está entre las ciudades de Beja y Évora, cerca de una aldea llamada Oreola, con estas palabras en latín:

 

A nuestros señores eternos emperadores Cayo Aurelio Valerio Iovio Diocleciano y Marco Aurelio Valerio Hercúleo, Piadosos, Felices y siempre Augustos: término entre los pacenses y los eborenses, por mandado de Publio Daciano V. P. Presidente de las Españas, de su Deidad y Majestad devotísimo.

 

En el cuento de los santos mártires que hizo morir Daciano, los primeros fueron Félix y Cucufato, nacidos en África, pero que con deseo de adelantar las cosas del cristianismo eran venidos a España. Félix fue martirizado en Gerona, Cucufato en Barcelona, donde padeció también santa Eulalia virgen, diferente de otra que del mismo nombre fue muerta en Mérida. En Zaragoza dio la muerte a santa Engracia (Prudencio la llama Encratis), la cual desde lo postrero de la Lusitania pasaba a Rosellón a verse con su esposo, pero antes que allí llegase, le halló mejor y más aventajado. Padecieron con ella dieciocho personas que la acompañaban, fuera de otra muchedumbre innumerable de aquellos ciudadanos que por la misma causa dieron las vidas, y por el cuchillo pasaron a las coronas y gloria. Sus cuerpos, porque no viniesen a poder de los cristianos y no los honrasen, quemaron junto con los de otros facinerosos. Pero las cenizas de los santos se apartaron de las otras por virtud de Dios, y juntadas entre sí, las llamaron masa cándida o masa blanca. Prudencio refiere que sucedió lo mismo a las cenizas de trescientos mártires que fueron muertos en África, y echados en cal viva el mismo día que padeció san Cipriano, y que los llamaron masa cándida.

 

Echaron otrosí mano y prendieron al santo viejo Valerio, obispo de Zaragoza, y al valeroso diácono Vincencio; y presos los enviaron a Valencia para que allí se conociese de su causa. Pensaba que los trabajos del camino o el tiempo serían parte para que mudasen de parecer. Pasaron grandes trances. Últimamente Valerio fue condenado en destierro, en que pasó lo demás de su vida, en los montes cercanos a las corrientes del río Cinca. Por ventura tuvieron respeto a su larga edad para no ponerle en mayores tormentos. Con Vincencio procuraron que mudase parecer y entregase los libros sagrados, que era ser traidor, que así llamaban los cristianos a los que los entregaban, de la palabra latina traditor, que

 

 

 

 

 

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significa traidor y entregador. Pero como no se doblegase ni viniese en hacer lo uno ni lo otro, emplearon en él todos los tormentos de hierro y de fuego que supieron inventar, con que al fin le quitaron la vida. Su sagrado cuerpo, por miedo d ellos moros, que todo lo asolaban y profanaban, fue los años adelante llevado al promontorio Sagrado, que por esta causa se llama hoy cabo de San Vicente. De donde últimamente, en tiempo del rey don Alfonso, primero de este nombre y primer rey de Portugal, por su mandado le trasladaron a Lisboa, ciudad la más principal de aquel reino, según que en su lugar se relatará más por menudo.

 

En Alcalá de Henares padecieron los santos Justo y Pastor, tan pequeños que apenas habían salido de la edad de la infancia. Matáronlos en el campo Loable, en que el tiempo adelante, en su nombre edificaron un suntuoso templo, ilustre al presente por los muchos y muy doctos ministros y prebendados que tiene. Sus cuerpos, en el tiempo que las armas de los moros volaban por toda España, se llevaron a diversos lugares, hasta que últimamente, el año de nuestra salvación de 1578, el rey don Felipe Segundo de las Españas, de Huesca do estaban, los hizo volver a Alcalá, y poner en el mismo lugar en que derramaron su bendita sangre.

 

Pasó la crueldad adelante, porque llegado Daciano a Toledo, prendió a la virgen Leocadia, la cual por miedo de los tormentos y el mal olor de la cárcel, junto con la pena que recibió con la nueva que vino poco después del martirio de santa Olalla la de Mérida y de Julia su compañera, rindió su pura alma a Dios. El oficio mozárabe la llama confesora, el romano mártir, en que no hay mucho que reparar, porque antiguamente lo mismo significaban y eran confesores que mártires. Los monjes benitos de San Gislen, cerca de Mons en Henao, mostraban el sagrado cuerpo de santa Leocadia. Si de la española o de otra del mismo nombre, algunos los años pasados lo pusieron en disputa. Pero ya no hay que tratar de esto, porque se hallaron muy claros argumentos y muy antiguos de la verdad, cuando al mismo tiempo que escribíamos esta historia, de aquel destierro, con increíble concurso y aplauso de gentes que acudiera de todas partes a la fiesta, a 26 de abril, el año de 1587 fue restituida a su patria por diligencia y autoridad del rey don Felipe Segundo de España. Clara muestra de su grande piedad y religión.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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XIII. En qué parte de España está Elbora

 

Partió Daciano de Toledo, y en un pueblo llamado Elbora hizo sus diligencias y pesquisa para si en él se hallaba algún cristiano. Presentaron delante de él un mancebo llamado Vincencio, reprendióle ásperamente en presidente, pero como tuviese recio en su creencia, y no aflojase punto en su constancia, le hizo poner en la cárcel, de do se huyó a la ciudad de Ávila, y allí derramó la sangre junto con dos hermanas suyas, Sabina y Cristeta, que le persuadieron que huyese, y en la huida le acompañaron. Hasta aquí todos concuerda.

 

Lo que tiene dificultad es qué pueblo fue Elbora, en qué parte de España, qué nombre al presente tiene. Si destruído, si en pie, si lejos de Toledo, si cerca. Que son todas cuestiones tratadas con grande porfía y contienda entre personas muy eruditas y diligentes. Los portugueses hacen a san Vicente su natural, nacido en Évora, ciudad en aquel reino muy conocida por su antigüedad, lustre y nobleza. Otros van por diferente camino, ca ponen a Elbora en los pueblos carpetanos, que al presente son el reino de Toledo. Y aún en particular señalan que es la villa de Talavera, pueblo no menos conocido y muy principal en aquellas partes. Por los portugueses hace la semejanza de los nombres Elbora y Évora; la tradición de padres a hijos que así lo publica; los rastros de la antigüedad, es a saber, la piedra en que san Vicente puso sus pies, con la huella que a la manera que si fuera de cera dejó en ella impresa; las casas de sus padres que en aquella ciudad se muestran y tienen en gran reverencia. Que si estos son flacos argumentos, neguémoslo todos, quememos las historias, alteremos las devociones de los pueblos, y atropellemos todo lo al, antes que trocar el parecer que tenemos.

 

Estas son las razones que hay por esta parte, muy claras y de grande fuerza, ¿quién lo negará?, ¿quién no lo echará de ver? Pero por la parte contraria hace la vecindad que hay entre Toledo, de donde partió el presidente, y Talavera, donde los mártires fueron hallados, y Ávila hasta donde él mismo los siguió y les hizo dar la muerte. Porque, ¿quién podrá pensar que el presidente de España, desde Évora la de Portugal, viniese en persona en seguimiento de un mozo y de dos doncellas? O, ¿cómo se puede entender que, para ir a Mérida, cabeza entonces de la Lusitania, primero pasase a Évora que está tan fuera de camino, y más de cien millas adelante? Pero todo el progreso del camino que hizo Daciano, y los

 

 

 

 

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lugares por los que anduvo, se entiende mejor por la historia de la vida y muerte de santa Leocadia, como está en los libros eclesiásticos muy antiguos, escrita por Braulio obispo de Zaragoza, según que muchos lo sienten. La cual no ponemos aquí a la larga por evitar prolijidad. Basta decir en breve lo que en ella se relata a la larga, que Daciano, de la Galia, por Cataluña y Zaragoza llegó a Alcalá y a Toledo. Desde allí pasó a Elbora y Ávila, do el dicho san Vicente fue martirizado.

 

Dirá alguno que está bien, pero que ¿cómo se podrá fundar que Talavera se llamó en otro tiempo Elbora? Respondo que muchas leyendas de breviarios lo dicen así. El antiguo de Ávila, el de la orden de Santiago, el de Plasencia. Y entre nuestros historiadores, don Lucas de Tuy atestigua lo mismo. Dirás que no hay que hacer caso de él por su poca diligencia y juicio. No quiero detenerme en eso. Los libros que escribió no dan muestra de ingenio grosero ni de falta de entendimiento. Por lo menos Ptolomeo le da nombre de Libora, y cerca de ella pone a Ilurbida, que se puede entender estuvo donde al presente una dehesa llamada Lorviga, una legua de Talavera, de la otra parte de Tajo, y enfrente de do se le junta el río Alberche, que se derriba de los montes de Ávila. Demás de esto Tito Livio en los carpetanos (que es el reino de Toledo), pone un pueblo que él llama Ebura, muy notable por la batalla muy memorable que cerca de él Quinto Fulvio Flaco, pretor de la España Citerior, dio a los celtíberos, y por la victoria que de ellos ganó. En el libro cuarenta de su Historia cuenta, con la elegancia que suele, lo que pasó, con tales particularidades y circunstancias, que todos los que en algo entienden y lo consideran atentamente, se persuaden concurren en los campos del dicho pueblo que tiene por la parte de poniente. Las palabras no quise poner aquí.

 

Para nuestro propósito basta saber que el pueblo de que se trata en Ptolomeo, por la demarcación y distancia de los lugares, es Libora, y que en tiempo de los romanos, en el reino de Toledo estuvo un pueblo llamado Ebura. Que estos nombres se hayan trocado en Elbora, ¿qué maravilla es? ¿Quién dudará en ello? ¿Quién no sabe la fuerza que el tiempo y la antigüedad tienen en trocar y alterar los nombres, y en cuántas maneras se revuelve todo con el tiempo? De lo que en contrario se alega, no hay que hacer mucho caso. Cuánta vanidad haya en cosas de este jaez, cuántas sean las invenciones del vulgo, con muchos ejemplos se pudiera mostrar. Demás que Elbora la de los carpetanos contrapone otros rastros y memorias, no menos en número ni menos claras, que de estos santos tiene.

 

 

 

 

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Lo primero, las casas de estos santos, donde hoy está el hospital de San Juan y Santa Lucía, la plaza de San Esteban, así dicha, de un templo de esta advocación que allí estaba, en que se tiene por cierto que san Vicente fue presentado delante del presidente. Demás de esto, a cuatro leguas de Talavera, en el Piélago, monte muy empinado entre los montes de Ávilña, hay una cueva enriscada y espantosa, con la cual todos los pueblos comarcanos tienen grande devoción, por tener por averiguado y firme que los santos, cuando huyeron de Elbora, estuvieron allí escondidos. Y en memoria de esto allí junto edificaron un templo y un castillo con nombre de san Vicente, señalado antiguamente por la devoción del lugar y las muchas posesiones que tenía. Todo el monte es muy fresco, de un aire templado en verano y puro, asimismo de mucha arboleda. Dícese comúnmente que aquel templo fue de los templarios. Al presente no quedan sino unos paredones viejos y una abadía que se cuenta entre las dignidades de Toledo, sin embargo que el castillo está puesto en la diócesis de Ávila.

 

Estas son las razones que militan por la parte de Talavera, largas en palabras, si concluyentes, el lector con sosiego y sin pasión lo juzgue y sentencie. Si nuestro parecer vale algo, así lo creemos. De los obispos de Elbora hay mucha mención en los concilios toledanos, y monedas de los godos se hallan acuñadas con el nombre de Elbora, de oro muy bajo como son casi todas las de aquel tiempo. A cuál de las dos ciudades se haya de atribuir lo uno y lo otro no nos pone en cuidado, ni queremos sin argumentos muy claros sentenciar por ninguna de las partes. Antes, de buena gana dejaremos a los portugueses la silla obispal de Elbora como sufragánea a la de Mérida, según que se halla por las divisiones de las diócesis que hicieron en España primero el emperador Constantino Magno, y después el rey Wamba. Ni pretendemos que la ciudad de Évora en tiempo de los godos no se llamase también Elbora, conforme a la libertad con que se mudó el nombre de Talavera, y con la que el tiempo suele trocar los nombres y apellidos de los pueblos y lugares.

 

 

 

 

XIV. De la descripción de Elbora

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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De lo que se ha dicho se entiende claramente que el pueblo de que tratamos, hoy llamado Talavera, muy abundante en todo género de regalos y mantenimientos, y de campiña muy apacible, fresca y fértil, antiguamente tuvo muchos apellidos. Ptolomeo la llamó Libora, Tito Livio, Ebura; en tiempo de los godos se llamó Ebora, y aún algunos en latín le dan nombre de Talabrica, engañados sin duda por la semejanza que tiene este nombre con el de Talavera. Nos en estos comentarios, como viniere más a cuento, le daremos ora uno, ora otro de estos apellidos. Esto se avisa para que ninguno se engañe, ni tropiece en la diversidad y diferencia de los nombres.

 

Está asentada esta villa en los confines de los vetones, de los carpetanos y de la antigua Lusitania. En llano, y en un valle, el cual por aquella parte tiene una legua de anchura, pero más arriba, hacia levante se ensancha más. Córtanle y bañan muchos ríos; el más principal y que recoge todos los otros, el río Tajo, muy famoso por sus aguas muy suaves y blandas, y por las arenas doradas que lleva, con muy ancha y tendida corriente pasa por la parte de mediodía, y baña las mismas murallas de Talavera, que son muy antiguas y de muy buena estofa, de ruedo pequeño, pero erizadas y fuertes con diecisiete torres albarranas, puestas a trechos a manera de baluartes muy fuertes. Las torres menores y cubos son en mayor número, con su barbacana, que cerca el muro más alto por todas partes. En fin, ningunas de las murallas antiguas de España se igualan con éstas. Dúdase en que tiempo se levantaron. Comúnmente se tienen por obra de los romanos, y así da muestra lo más antiguo de las murallas, conque no hacen trabazón las torres albarranas. Otros las tienen por más modernas, a causa que por la mayor parte son de mampostería, y algunas letras romanas que se ven en ellas, están puestas sin orden y traza. Por lo cual es forzoso confesar que es obra de los godos o de los moros, en el tiempo que fueron señores de España. Y dado que algunos las atribuyen a los godos, parece que dan muestra de edificio más nuevo, si se cotejan aquellas murallas, mayormente las dichas torres, con la parte de los muros de Toledo que edificó el rey Wamba. Lo cual testifica el moro Rasis, que levantaron los moros aquella fuerza, a propósito de impedir las correrías que hacían los cristianos por aquella parte, el año de los árabes 325, que concurrió con el 937 del nacimiento de Cristo. Sus palabras son éstas:

 

«En tierra de Toledo, que es de las más anchas de España, hay muchos pueblos y castillos, entre los cuales castillos es uno Talavera, que

 

 

 

 

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edificaron los griegos sobre el río Tajo, y después ha sido fuerte y frontera, según que las cosas de los moros y cristianos variaban. El muro es alto y fuerte, las torres empinadas. El año de los moros de 325, el Miramamolín, hijo de Mahomad, cortado el pueblo en dos partes, mandó edificar un castillo do estuviesen los capitanes».

 

Este castillo entendemos es todo aquel circuito de la muralla sobredicha. Y dado que parezca grande, en Italia y Francia hay otros no mucho menores. Porque el alcázar menor que está dentro de estos muros, a la parte del río, de obra más grosera y que por la mayor parte está arruinado, se edificó adelante en tiempo de don Alfonso el Emperador, como consta de una escritura que tiene el monasterio de monjas de San Clemente de Toledo, en que se les hace recompensa por ciertas casas que para el sitio de aquel alcázar les tomaron. Desde este alcázar sale y se continúa otro muro menos fuerte, ca por la mayor parte es de tapicería, y con grandes vueltas abraza el primer muro casi todo, sino es por do le baña el río Tajo. Con este está pegado otro tercer muro que ciñe un grande arrabal por la parte de poniente con un arroyo, por nombre la Portiña, que le divide de lo demás del pueblo, el cual arroyo suele a las veces hincharse con las lluvias y grandes avenidas y salir de madre. Este muro se debió edificar de priesa en algún aprieto, pues con ser el más moderno, está caído de manera que quedan pocos rastros de él. Dentro de este muro habitan los labradores; dentro del segundo los oficiales, mercaderes y la mayor parte de la gente más granada, y la plaza y mercado, lleno de toda suerte de regalos y abundancia. Dentro del muro menos y más fuerte viven los caballeros, que son en mayor número y de más renta que en otro cualquiera pueblo de su tamaño. Los demás vecinos tienen pobre pasada por ser enemigos del trabajo y de los negocios, y no quererse aprovechar del suelo fértil que tienen. En aquella parte está una iglesia colegial de canónigos, y con ella pegado un monasterio de jerónimos, edificio de don Pedro Tenorio, arzobispo de Toledo, a propósito de recoger en él los canónigos para que viviesen regularmente. Pero como esto no tuviese efecto por la contradicción de la clerecía y del pueblo, llamó y puso monjes de san Jerónimo en aquella parte, a los cuales dio grandes heredamientos y renta. Otras cosas hay en este pueblo dignas de consideración que se dejan por brevedad.

 

Volvamos al cuento de los sagrados mártires. En esta persecución padecieron en Lisboa los mártires y hermanos Verísimo, Máximo y Julia;

 

 

 

 

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en Braga san Víctor; en Córdoba San Zoilo con otros diecinueve; cerca de Burgos las santas Centolla y Helena. Fuera de éstos otros muchos, cuyos nombres y martirios, si por menudo se hubiesen de contar, no hallaríamos fin ni suelo. Tampoco se puede averiguar dónde estén los sagrados cuerpos de todos estos santos, dado que de algunos se tenga noticia bastante. Las diversas opiniones que hay en esta parte oscurecen la verdad. Las cuales procedieron, a lo que sospecho, de que las sagradas reliquias de algunos santos se repartieron en muchas partes, y con el tiempo cada cual de los lugares que entraron e el repartimiento pensaron que tenían el cuerpo todo; engaño que ha en parte disminuido la devoción para con algunos santuarios.

 

Eusebio refiere que vio por este tiempo a las bestias fieras, ni por hambre, ni de otra manera poder irritarlas para que acometiesen a los mártires. Y que la ocasión para que se levantase tan brava tempestad fue la corrupción de la disciplina eclesiástica relajada. También es cosa cierta que de estas olas y de estos principios se despertó en África la herejía de Donato. Fue así que Donato, númida o alárabe de nación, ayudado de una mujer llamada Lucila, que vivía en África y era española y muy rica, acusó falsamente a Ceciliano, obispo de Cartago, que había entregado a los gentiles los libros sagrados, delito muy grave si fuera verdad. En esta acusación pasó tan adelante que no paró hasta hacerle deponer de su dignidad. Del mismo delito acusaron en España al gran Osio, obispo de Córdoba. En lugar de Ceciliano fue primero puesto Mayorino, después otro Donato, hereje y natural de Cartago. Grandes fueron estas revueltas, y que se continuaron por muchos años, como se irá notando adelante en sus lugares.

 

 

 

 

XV. De los emperadores Constancio y Galerio

 

Cansado Diocleciano del gobierno, y perdida la esperanza de salir con lo que tanto deseaba, que era deshacer el nombre y religión de los cristianos, a cabo de veinte años que tenía y gobernaba el imperio, le renunció en Milán y se redujo a vida de particular. Lo mismo a su persuasión hizo su compañero Maximiano en Nicomedia do estaba, que fue uno de los raros ejemplos que en el mundo se han visto.

 

 

 

 

 

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Con esto quedaron por emperadores y señores de todo Constancio y Galerio, el año de Cristo de 304. Constancio se encargó de la Galia, Bretaña y España. Príncipe de singular modestia, tanto que a su meda se servía de vajilla de barro. Fue otrosí muy amigo de cristianos, de que dio muestras notables. Galerio quedó con las demás provincias del imperio. Éste, para más asegurarse, nombró por césares a Severo y Maximino, sobrinos suyos, hijos de una su hermana. A Maximino encargó lo de Levante, a Severo lo de Italia y lo de África, y él se quedó con la Esclavonia y la Grecia. Atajó la muerte los pasos a Constancio, que falleció en Eboraco, ciudad de Bretaña o Inglaterra, el año de Cristo de

 

306.  Imperó un año, diez meses y ocho días. Dichoso por el hijo y sucesor que dejó, que fue el gran Constantino; fuera del cual, de Teodora su segunda mujer, antenada de Maximiano, dejó a Constancia y a Anibaliano, padre de Dalmacio César, y a otro Constantino, cuyos hijos fuero Galo y Juliano, que asimismo fueron césares, como se verá adelante.

Vivió por este tiempo Prudencio, obispo de Tarazona, natural de Armencia, pueblo de Vizcaya que fue antiguamente obispal, y al presente le vemos reducido a caserías después que una iglesia colegial de canónigos que allí quedaba, por bula del papa Alejandro VI se trasladó a la ciudad de Vitoria. Fue otrosí de este tiempo Rufo Festo Avieno, noble escritor de las cosas e historia de Roma, y aún poeta señalado; así lo dice Crinito.

 

El año siguiente después que el emperador Constancio murió, Majencio hijo de Maximiano se apoderó de Roma y se llamó emperador. Acudió contra él Severo, pero fue roto por el tirano y muerto en una batalla que se dieron. En lugar de Severo nombró Galerio por césar a Licinio. Maximiano, sabido lo que pasaba, vino a Roma, sea con intento de ayudar a su hijo, sea con deseo de recobrar el imperio que había dejado. No hay lealtad ni respeto entre los que pretenden mandar. Echóle su hijo de Roma. Acudió al amparo de su yerno el emperador Constantino que estaba en Francia. Pero como se entendiese que sin respeto del deudo y del hospedaje trataba de dar la muerte al que le recibió en su casa y trató con todo regalo, acordó Constantino de ganar por la mano y hacerle matar en Marsella do estaba. Galerio, nombrado que hubo en lugar de Severo a Licinio por César, él mismo pasó en Italia con deseo e intento de deshacer al tirano. Mas por miedo que el ejército no se amotinase, sin hacer cosa alguna dio la vuelta a Esclavonia.

 

 

 

 

 

 

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Allí comenzó a emplear su rabia contra los cristianos: atajó la muerte sus trazas, que le avino por ocasión de una postema y llaga que se le hizo en una ingle, cinco años enteros después que tomó el imperio en compañía de Constancio. Era a la sazón pontífice de Roma Melquíades, el cual en una epístola que enderezó a Marino, Leoncio, Benedicto y a los demás obispos de España, les amonesta que con el ejemplo de la vida, que es un atajo muy corto y muy llano para hacerse obedecer, gobiernen a sus súbditos. Que entre los santos apóstoles dado que fueron iguales en la elección, hubo diferencia en el poder que tuvo san Pedro sobre los demás. Trata otrosí del sacramento de la confirmación. Tiene por data los cónsules Rubrio y Volusiano, que lo fueron el año de nuestra salvación de 314.

 

 

 

 

XVI. Del emperador Constantino Magno

 

Cansados los romanos de la tiranía de Majencio, de su soltura y desórdenes, y desconfiados de los césares Maximino y Licinio, acordaron llamar en su ayuda al emperador Constantino, que a la sazón residía en la Galia. Acudió él sin dilación a tan junsta demanda. Marchó con sus gentes la vuelta de Milán. En aquella ciudad, para asegurarse de Licinio, le casó con su hermana Constancia. Hecho esto pasó adelante en su camino y en busca del tirano. Llegaba cerca de Roma cuando con el cuidado que le aquejaba mucho por la dificultad de aquella empresa, en día sereno y claro vio en el cielo la señal de la cruz con esta letra:

 

En esta señal vencerás.

 

Fue grande el ánimo que cobró con este milagro. Mandó que el estandarte real, que llamaban lábaro y los soldados le adoraban cada día, se hiciese en forma de cruz. De esta ocasión y principio, como algunos sospechan, vino la costumbre de los españoles que escriben el santo nombre de Cristo con X y con P griega, que era la misma forma del lábaro. Compruébase esto por una piedra que en Oreto, cerca de Almagro, se halló de tiempo del emperador Valentiniano el segundo, en la cual se ve manifiestamente cómo el nombre de Cristo se escribía con aquellas letras y abreviatura. Pasó pues Constantino adelante, y por virtud de la cruz,

 

 

 

 

 

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junto a Puente Molle, a vista de Roma, venció a su contrario en batalla, el cual en cierto puente que sobre el río Tíber tenía hecho de barcas, a la retirada cayó en el río y se ahogó. Con tanto la ciudad de Roma quedó libre de aquella tiranía tan pesada, y en ella entró Constantino en triunfo por la parte donde hoy está un arco el más hermoso que hay en Roma, levantado en memoria de esta victoria.

Juntamente se aplacó la carnicería cruel que por mandado de Majencio se hacía en los cristianos. Entre los demás, las santas Dorotea y Sofronia, por guardar su castidad y no consentir con la voluntad del tirano, la primera fue degollada, la segunda por divina inspiración se mató a sí misma; ejemplo singular que en tiempo de Diocleciano siguió otra mujer antioquena, que por la misma causa con no menor fortaleza, al pasar de una puente se echó con dos hijas suyas en el río que por debajo pasaba.

En el mismo tiempo Maximino, en las partes de levante, derramaba mucha sangre de cristianos en la persecución en que fue muerta Caterina, virgen alejandrina, y con ella Porfirio, general de la caballería, y san Pedro, obispo de aquella ciudad. Era tan grande el deseo que Maximino tenía de deshacer el nombre cristiano, que por todo el imperio mandó enseñasen en las escuelas a leer a los niños, y les hiciesen aprender de memoria, cierto libro en que estaba puesto lo que pasó entre Pilatos y Cristo, lleno todo de mentiras y falsedad a propósito de hacer odioso aquel santo nombre. Verdad es que poco antes de su muerte revocó todos estos edictos, no tanto de su voluntad, como por miedo de Constantino, cuyo poder de cada día se adelantaba más, y asímismo de Licinio, que poco antes le venciera en cierta batalla. Falleció, pues, este emperador. Licinio, mudado el propósito que antes tenía, comenzó a declararse contra la religión cristiana. Tomó la mano Constantino; vinieron a batalla en Hungría primero, y después en Bitinia. Entrambas veces fue vencido Licinio, y en la primera, a ruegos de su mujer Constancia, no sólo le perdonó, sino que le conservó en la autoridad que tenía. Mas la segunda vez que le venció, por la misma causa de su hermana, le dejó la vida, pero redújole a estado de hombre particular, y sin embargo, porque trataba de rebelarse, el tiempo adelante se la hizo quitar. Fue de juicio tan extravagante que decía que las letras eran veneno público. Y no era maravilla, pues las ignoraba de tal suerte que aún no sabía firmar su nombre. En la persecución que levantó contra la Iglesia, entre otros

 

 

 

 

 

 

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padecieron en Sebastia los santos cuarenta mártires muy conocidos por su valor, y por una homilía que hizo san Basilio en su festividad.

 

Por esta manera los movimientos, así bien los de dentro como los de fuera del imperio, se sosegaron, y todo el mundo se redujo a una cabeza tan favorable a nuestras cosas que la religión cristiana de cada día florecía más y se adelantaba. Bautizóse el emperador Constantino en Roma juntamente son su hijo Crispo, y por virtud del santo bautismo fue librado de la lepra que padecía, según que muy graves autores testifican lo uno y lo otro. En particular de haberse Constantino bautizado en Roma, da muestra un hermoso baptisterio que está en San Juan de Letrán, de obra muy prima, adornado y rodeado de columnas de pórfido, asaz grandes. Luego que se bautizó, comenzó con mayor fervor a ennoblecer la religión que tomara, edificar templos por todas partes, hacer leyes muy santas, convidar a todos para que siguiesen su ejemplo.

 

Grande fue el aumento que con estas cosas recibía la iglesia cristiana. Pero esta luz poco después se anubló en gran parte con una porfía muy fuera de sazón, con que Arrio, presbítero alejandrino, pretendía persuadir que el Hijo de Dios, el Verbo eterno, no era igual a su Padre. Éste fue el principio y la cabeza de la herejía y secta muy famosa de los arrianos. Tuvo Arrio por maestro, aunque no en este disparate, al santo mártir Luciano, y fue condiscípulo de los dos Eusebios Nicomediense y Cesariense, sus grandes allegados y defensores. La ocasión principal de despeñarse fue la ambición, mal casi incurable, y sentir mucho que después de la muerte de san Pedro, obispo de Alejandría, pusiesen en su lugar a Alejandro sin hacer caso de él. De este principio, casi por todo el mundo se dividieron los cristianos en dos parcialidades, y con la discordia parecía estaba todo a punto de perderse. Ca la nueva opinión agradaba a muchos varones claros por erudición, así obispos como particulares, que no daban orejas ni recibían las amonestaciones de los que mejor sentían. Estas diferencias pusieron en grande cuidado al emperador, como era razón. Acordó para concertar aquellos debates enviar a Alejandría a Osio, obispo de Córdoba, varón de los más señalados en letras, prudencia y autoridad de aquellos tiempos, y aún en el Código de Teodosio hay una ley de Constantino enderezada a Osio sobre estas diferencias. Trató él con mucha diligencia lo que le era encomendado, y para componer aquellas alteraciones se dice fue el primero que inventó los nombres de ousia, que quiere decir esencia, y de hipostasis, que quiere decir supuesto o persona.

 

 

 

 

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No bastó ningún medio para doblegar al pérfido Arrio, por lo cual fue echado de Alejandría y condenado al destierro en que brevemente falleció.

 

Quedó otro de su mismo nombre como heredero de su impiedad y cabeza de aquella secta malvada. Cundía el mal de cada día más, por donde se resolvió el emperador de acudir al postrer remedio que era juntar un concilio general. Señaló el emperador para tener el concilio a Nicea, ciudad de Bitinia. Y por su mandado concurrieron trescientos dieciocho obispos de todas las partes del mundo, dado que en este número no todos concuerdan. Acudieron asimismo el segundo Arrio y sus secuaces para dar razón de sí. Los cuales todos y sus errores fueron por el concilio reprobados. Depusieron otro sí de su obispado a Melecio, porque con demasiado celo reprendía la facilidad de que Pedro, obispo de Alejandría, usaba en reconciliar y recibir a penitencia a los que se habían apartado de la fe, y con este su celo tenía alteradas las iglesias de Egipto, y puesta división entre los cristianos. Andaban grandes diferencias sobre el día en que se debía celebrar la Pascua de Resurrección. Diose en esto el orden conveniente y traza que se guardase en todo el mundo. Estaba en el Oriente relajada la disciplina eclesiástica, en particular acerca de la castidad de las personas eclesiásticas. Era dificultoso reducirlas a lo que antiguamente se guardaba. Por esta causa los Padres, conforme al consejo de Pafenucio, vinieron en permitirles que no dejasen a sus mujeres. Demás de esto se mandó, so pena de muerte, que ninguno tuviese los libros de Arrio, sino que todos los quemasen. Hay quien dice que la manera de contar por indicciones se inventó en este concilio, y que se tomó principio del año que se contaba 313 de nuestra salvación, a causa que en aquel año fue al emperador Constantino mostrada en el cielo la señal de la cruz. Hallóse presente en este concilio el gran Osio, quien dicen que también presidió él en el lugar de Silvestre papa, y en compañía de los presbíteros Vito y Vicencio, que para este efecto fueron desde Roma enviados.

 

Al mismo tiempo que esto pasaba en el Oriente o poco después, en España se celebró el concilio iliberritano, así dicho de la ciudad de Iliberris, que estuvo en otro tiempo asentada en aquella parte de la Bética donde hoy está Granada, como se entiende por una puerta de aquella ciudad que se llama la puerta de Elvira, y un recuesto por allí cerca del mismo nombre. Porque los que sienten que este concilio se juntó a las faldas de los Pirineos en Colibre, pueblo que antiguamente se llamó Eliberis, no van atinados, como se entiende por los nombres de estas

 

 

 

 

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ciudades que todavía son diferentes, y porque ningún obispo de la Galia y de las ciudades a tal ciudad comarcanas de España se halló en aquel concilio. Sólo se nombran los prelados que caían cerca del Andalucía, fuera de Valerio, obispo de Zaragoza, que firma en el sexto lugar, y en el seteno Melecio, obispo de Toledo. Es este concilio uno de los más antiguos y en que se contienen cosas muy notables. Lo primero se hace mención de vírgenes consagradas a Dios. Dispensan en los ayunos de los meses julio y agosto, costumbre recibida en Francia pero no en España, en que los grandes calores parecía más necesaria. Vedan a las mujeres casadas escribir o recibir cartas sin que sus maridos lo sepan. Mandan no se pinten imágenes en las paredes de los templos, y esto a causa que no quedasen feas cuando se descostrase la pared. Hay también en este concilio mención de metropolitanos, los cuales antes se llamaban obispos de la primera silla. Últimamente, según que algunos se persuaden, en este concilio y por mandado de Constantino, se señalaron los aledaños a cada uno de los obispados, y por metropolitanos a los prelados de Toledo, Tarragona, Braga, Mérida y Sevilla.

 

Pero de esto no hay bastante certidumbre, y sin embargo la división de las diócesis que dicen hizo el emperador Constantino, se pondrá en otro lugar más a propósito por las mismas palabras del Moro Rasis, historiador antiguo y grave. Lo más cierto es que en tiempo del rey Wamba y por su mandado, se hizo la distribución de los arzobispados, y a cada uno señalaron su obispos sufra gáneos. Fuera de todo esto es cosa averiguada que como en las demás provincias, así bien en España se trocó grandemente la manera del gobierno.

 

Fue así que Constantino en la Tracia reedificó a Bizancio, ciudad que los años pasados destruyó el emperador Septimio Severo, como queda en su lugar apuntado. Llamóla de su nombre Constantinopla, y para más autorizarla trasladó a ella la silla del Imperio Romano: yerro gravísimo, como con el tiempo se entendió claramente. Que con la abundancia de los regalos, y conforme a la calidad de aquel cielo y aires, los emperadores adelante se afeminaron, y se enflaqueció el vigor belicoso de los romanos, y alfin se vinieron a perder.

Junto con esto en lugar de un prefecto del pretorio, hizo que de allí en adelante hubiese cuatro con suprema autoridad y mando en guerra y en paz. A los dos encargó las provincias de levante, los otros dos gobernaban las del poniente. De tal manera que lo de Italia estaba a cargo del uno, el

 

 

 

 

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otro gobernaba la Galia y la España, pero de tal forma que él hacía su residencia en la Galia, y en España tenía puesto un vicario suyo. Todos los que tenían pleitos podían de los presidentes y gobernadores de las provincias hacer recurso y apelar a los prefectos. Demás de esto había condes que tenían autoridad sobre los soldados; maestro de escuela, a cuyo cargo estaba la provisión de los mantenimientos; sin otros nombres de oficios y magistrados que se introdujeron de nuevo y no se refieren en este lugar. Basta avisar que la forma del gobierno se trocó en grande manera.

Concluidas pues estas y otras muchas cosas, falleció el gran emperador Constantino el año de nuestra salvación de 337. Gobernó la república por espacio de treinta años, nueve meses y veintisiete días. Tuvo dos mujeres, la primera se llamó Minervina, madre que fue de Crispo, al cual y a Fausta su mujer, que fue hija del emperador Maximiano, dio la muerte. Al hijo porque le achacó su madrastra que intentó de forzarla. A ella porque se descubrió que aquella acusación y calumnia fue falsa. Estas dos muertes dieron ocasión a muchos para reprender y calumniar la vida y costumbres de este gran monarca. Demás que entre los cristianos se tuvo por entendido que por haber al fin de su vida favorecido a Arrio y perseguido al gran Atanasio, se apartó de la fe católica. Tanto que no falta quien diga que en lo postrero de su edad se dejó bautizar en Nicomedia por Eusebio, obispo de aquella ciudad, gran favorecedor de los arrianos. Y que dilató tanto tiempo el bautizarse por deseo que tenía, a ejemplo de Cristo, de hacerlo en el río Jordán. Todo lo cual es falso, y la verdad que la semejanza de los nombres Constancio y Constantino, engañó a muchos para que atribuyesen al padre, el emperador Constancio, lo que sucedió al hijo. Principalmente hizo errar a muchos el testimonio de Eusebio Cesariense, porque con deseo de ennoblecer la secta de Arrio con estas fábulas, dio ocasión a los demás de engañarse. En fin, por esta causa la Iglesia Latina nunca ha querido poner a Constantino en el número de los santos, ni hacerle fiesta como sus grandes virtudes y méritos lo pedían, y aún el ejemplo de la Iglesia Griega convidaba a ello, que le tiene puesto en su Calendario a veinte días del mes de abril, y su imagen en los altares.

 

 

 

 

XVII. De los hijos del gran Constantino

 

 

 

 

 

 

 

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Dejó Constantino de Fausta su segunda mujer tres hijos, es a saber Constantino, Constancio y Constante, a los cuales todos en su vida nombró en diversos tiempos por césares, y a la muerte repartió entre los mismos el imperio en esta manera. A Constantino, que era el mayor, encargó lo de Poniente pasadas las Alpes. Lo de Levante a Constancio, el hijo mediano. Al más pequeño, que era Constante, mandó las provincias de Italia, de África y de la Esclavonia. Así lo dejó dispuesto en su testamento y postrimera voluntad. Señaló otrosí por césar en el Oriente a Dalmacio, primo hermano de los emperadores. Pero en breve, en cierto alboroto de soldados, le hizo matar Constancio dentro del primer año de su imperio. Parecía más altivo de lo que era razón, y al fin perro muerto no muerde. Constantino, el mayor de los tres hermanos, el tercer año después de la muerte de su padre, fue muerto cerca de Aquileya por engaño de sus enemigos, hasta do llegó en busca de Constante su hermano, con intento de despojarle del imperio, por pretender que todo era suyo, y que en la partición de las provincias le hicieron agravio.

 

Hay quien diga que Constantino siguió la parte de Arrio; pero hace en contrario, que a su persuasión principalmente Constancio su hermano, alzó a Atanasio el destierro a que estaba condenado, y enviado a la Galia por su padre. Verdad es que poco adelante, por la muerte del emperador Constantino y por miedo de Constancio, de nuevo se ausentó de su iglesia. Pero el concilio Sardicense y el papa Julio primero, y el emperador Constante hicieron tanto, que Atanasio fue restituido a Alejandría, y Paulo a su iglesia de Constantinopla, de donde por la misma causa andaba desterrado. Muchos prelados de España se hallaron en aquel concilio Sardicense, y el principal de todos Osio obispo de Córdoba, y con él Aniano Castulonense, Costo Cesaraugustano, Domicio Pacense o de Beja, Florentino Emeritense, Pretextato Barcinonense. Grande ayuda era para los católicos el emperador Constante, y grande falta les hizo con su muerte, que le avino yendo a España en la ciudad de Elna, que está en el condado de Rosellón. Diole la muerte Majencio, que estaba alzado con la Galia y con España. Determinó Constancio de vengar la muerte de su hermano. Señaló antes de partir por César en el Oriente a Galo su primo. Marchaban los unos y los otros con intento de venir a las manos. Juntáronse en Esclavonia, vinieron a batalla cerca de la ciudad de Murcio, que fue muy porfiada y dudosa, ca murieron de los enemigos veinticuatro mil hombres, y de los de Constancio treinta mil. Y sin embargo ganó la

 

 

 

 

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jornada, si bien las fuerzas del imperio con esta carnicería quedaron muy flacas. El tirano, perdida la batalla, se huyó a León de la Francia. Allí él y Decencio su hermano, que había nombrado por césar, por no tener esperanza de defenderse, se mataron con sus manos.

 

Con esta victoria todas las provincias del imperio se redujeron a la obediencia de un monarca, a la sazón que en Sirmio, ciudad de la Esclavonia, se celebró un concilio contra Fotino, obispo de aquella ciudad que negaba la divinidad de Cristo, Hijo de Dios. En este concilio se escribieron dos confesiones de la fe. En ambas, con intento de sosegar las diferencias, mandaron que no se usase la palabra homousion o consustancial. La tercera que anda vulgarmente, compuso un Marco, obispo de Aretura, hombre arriano. Hallóse en este concilio como en los pasados Osio, obispo de Córdoba. Dícese que aprobó aquellas fórmulas de fe, y por esta causa puso mácula en su fama y en sus venerables canas. Parece lo doblegó el miedo de los tormentos con que le amenazaban los arrianos, y que estimó en más de lo que fuera justo los pocos años de vida que por ser muy viejo le quedaban.

 

Demás de esto, por mandado de Constancio, que iba camino de Roma, se juntó un concilio en Milán. En él pretendían que Atanasio, que andaba desterrado de nuevo después de la muerte de Constante, fuese por los obispos condenado. Sintieron esto Paulino obispo de Tréveris, Dionisio obispo de Milán, Eusebio obispo de Vercelis, Lucífero obispo de Caller en Cerdeña. Concertáronse entre sí, y como meran tan católicos, desbarataron aquel conciliábulo. Por lo cual fueron ellos entonces desterrados de sus Iglesias, y poco después en Roma el mismo Constancio echó de aquella ciudad al santo papa Liberio, y puso en su lugar otro por nombre Félix.

 

Demás de esto, a instancia del mismo emperador, se juntaron en Arimino, ciudad de la Romaña, sobre cuatrocientos prelados. Fue este concilio muy infame, porque en él, engañados los obispos católicos por dos obispos arrianos, Valente y Ursacio, hombres astutos, de malas mañas y que tenían gran cabida con Constancio, decretaron a ejemplo del concilio Sirmiense que en adelante nadie usase de aquella palabra homousion, ni dijese que el Hijo es consustancial al Padre. El color que se tomó fue que con esto se acabarían y sosegarían las diferencias que ocasionaba aquella palabra, sin que por esto se apartasen del sentido y doctrina de la verdad. Descubrióse luego la trama, porque los arrianos no quisieron venir en que aquella su secta fuese anatemizada. Sintieron los católicos el engaño, y

 

 

 

 

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todo el mundo gimió de verse de repente hecho arriano, que son las mismas palabras de san Jerónimo. Juntáronse poco después ciento sesenta y seis obispos en Seleucia, ciudad de Isauria, y quitada solamente la palabra homousion, decretaron que todo lo demás del concilio Niceno se guardase y estuviese en pie. Todos eran medios para contentar a los herejes, traza que nunca sale bien.

Volvamos a nuestro Osio, del cual escriben que vuelto a España después de tantos trabajos, supo que Potamio, obispo de Lisboa, era arriano: dio en perseguirle. Mandóle el emperador por esta causa ir a Italia a dar razón de sí al mismo tiempo que los engaños del concilio Ariminense se tramaban, a los cuales dicen dio consentimiento, o de miedo, o por estar caduco. Tornó a España, donde porque Gregorio, obispo de Iliberris, le descomulgó, le denunció e hizo parecer en Córdoba delante Clementino Vicario. Tratábase el pleito y Osio apretaba a su contrario, cuando en presencia del juez de repente se le torció la boca y sin sentido cayó en tierra. Tomáronle los suyos en brazos, y llevado a su casa, en breve rindió el alma sin arrepentimiento de su pecado: miserable ejemplo de la flaqueza humana, de los truecos y mudanzas del mundo. Bien sé que algunos modernos tienen este cuento por falso, y tachan el testimonio de Marcelino presbítero, del cual San Isidoro en los Varones ilustres, tomó lo que queda dicho. Pero a mí mucha fuerza me hace lo que dice san Hilario de Osio, que amó demasiadamente su sepulcro, esto es, su vida, para entender que al fin de ella se mostró flaco. Y sin embargo, cada uno podrá sentir lo que le pareciere en esta parte, y excusar si quisiere a este gran varón.

 

Grandes eran los trabajos en esta razón, grande la turbación de la Iglesia. Las cosas del Imperio no estaban en mucho mejor estado, en particular los alemanes habían rompido por Francia, y con las armas traían muy alterada aquella provincia. Era el emperador, demás de otras faltas que tenía, naturalmente sospechoso: daba orejas y entrada a malsines, grande peste de las casas reales. Por esta causa los años pasados en el Oriente diera la muerte a su primo Galo. Y sin embargo, para acudir a la guerra de los persas y para sosegar lo de la Galia, sacó a Juliano, hermano de Galo, de un monasterio en que estaba. Nombróle por césar, y para más asegurarse de él, casóle con su hermana Elena. Despachóle para la Galia, y él se apercibió para hacer la guerra a los persas. En este tiempo, Atanasio, por miedo que no le matasen, se ausentó de nuevo, y estuvo escondido hasta la muerte del emperador Constancio, que sucedió en esta manera.

 

 

 

 

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Fue la guerra de los persas desgraciada, y tuvo algunos reveses con que el emperador quedó disgustado. A la misma sazón los soldados de la Galia, muy pagados del ingenio de Juliano, le saludaron dentro de París por emperador. Sintió esto mucho Constancio, determinó ir contra él. Pero atajóle la muerte que le sobrevino en Antioquía, donde se hizo bautizar a la manera de los arrianos, por haber hasta entonces dilatado el bautismo. O por ventura se rebautizó, cosa que también acostumbraban los arrianos. Hecho esto, falleció a 3 de noviembre año del Señor de 361. Tuvo el imperio veinticinco años, cinco meses y cinco días.

 

En España por este tiempo ciertos pajes al anochecer metieron lumbre diciendo: «Venzamos, venzamos». De donde se puede sospechar ha quedado en España la costumbre de saludarse cuando de noche traen luz. Estaba allí un romano. Entendió que aquellas palabras de los pajes querían decir otra cosa, puso mano a la espada y degolló al huésped y a toda su familia. Que fue caso notable, referido por Amiano Marcelino sin señalar otras circunstancias. Fueron de este tiempo Clemente Prudencio, natural de Calahorra. De la milicia y del oficio de abogado en que se ejercitó más mozo, con la edad poeta muy señalado y famoso por los sagrados versos en que cantó con mucha elegancia los loores de los santos mártires. Juvenco, presbítero español y más viejo que Prudencio, escribía en versos heroicos la vida y obras de Cristo. Paciano, obispo de Barcelona, ejercitaba el estilo contra los novacianos, cuyo hijo fue Dextro, aquel a quien san Jerónimo dedicó el libro de los escritores eclesiásticos.

 

 

 

 

XVIII. De los emperadores Juliano y Joviano

 

No dejó el emperador Constancio hijo alguno, por esto al que perseguía en vida nombró en su testamento por su sucesor, que fue a Juliano su primo, varón de aventajadas partes y erudición, y que se pudiera comparar con los mejores emperadores, si hasta el fin de la vida se mantuviera en la verdadera religión, y no se dejara pervertir de Libanio su maestro, de que vino a tanto daño, que desamparó la religión cristiana, y comúnmente le llamaron el Apóstata.

 

Luego que se encargó del imperio, para granjear las voluntades de todos les dio libertad de vivir como quisiesen, y seguir la religión que a

 

 

 

 

 

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cada cual más agradase. Alzó el destierro a los católicos, excepto a Atanasio, al cual, porque después de la muerte de Constancio volvió a su iglesia, mandó prender, y para escapar le forzó a esconderse de nuevo. A los judíos dio licencia para reedificar el templo de Jerusalén. Comenzóse la obra con gran fervor pero al abrir, de las zanjas salió tal fuego, que les forzó a desistir y alzar la mano de aquella empresa. A los gentiles permitió acudir a los templos de los dioses, que estaban cerrados desde el tiempo del gran Constantino, y hacer en ellos sus sacrificios y ceremonias. Aborrecía de corazón a los cristianos, pero acordó de hacerles la guerra más con maña que con fuerza, ca mandó no fuesen admitidos a las honras y magistrados; que sus hijos no pudiesen aprender ni fuesen enseñados en las escuelas de los griegos, que fue ocasión para despertar los ingenios de muchos cristianos a escribir obras muy elegantes en prosa y en verso, en especial a los dos Apolinarios padre e hijo, personas muy eruditas.

 

Conforme a estos principios fue el fin de este emperador. Emprendió la guerra contra los persas. Sucedióle bien al principio, mas pasó tan adelante que todo su ejército estuvo a punto de perderse, y él mismo fue muerto. Quién dice con una saeta arrojada acaso por los suyos o por los contrarios, quién que el mártir Mercurio le hirió con una lanza que decían a la sazón se halló en su sepulcro bañada en sangre. Lo cierto es que murió por voluntad de Dios, que quiso de esta manera vengar, librar y alegrar a los cristianos. Vivió treinta y dos años; imperó un año, siete meses y veintisiete días.

Con la muerte de Juliano todo el ejército acudió con el imperio a Flavio Joviano, hombre de aventajadas partes en todo. No quiso aceptar al principio: decía que era cristiano y por tanto no le era lícito ser emperador de los que no lo eran. Pero como quier que todos a una voz confesasen ser cristianos, condescendió con ellos. Recibido el imperio, hizo asiento con los persas, sino aventajado, a lo menos necesario para librar a sí y a su ejército que se hallaba en grande apretura por la locura de Juliano. Restituyó a los cristianos las honras y dignidades que solían tener, a las iglesias sus rentas. Alzó el destierro a Atanasio y a los demás católicos que andaban fuera de sus casas. Con esto una nueva luz resplandecía en el mundo, sosegadas las tempestades, y todo se encaminaba a mucho bien: felicidad de que no merecieron los hombres por sus pecados gozar mucho tiempo, porque yendo a Roma, en los confines de Galicia y de Bitinia murió ahogado. La ocasión fue un brasero que le dejaron encendido donde

 

 

 

 

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dormía, y el aposento, que estaba blanqueado de nuevo, que fueron dos daños. Tenía edad de cuarenta años. Imperó siete meses y veintidós días. Hizo una ley en que puso pena de muerte al que intentase agraviar a alguna virgen consagrada a Dios, aunque fuese con color de matrimonio y de casarse con ella.

 

 

 

 

XIX. De los emperadores Valentiniano y Valente

 

En lugar de Joviano sucedió Flavio Valentiniano, húngaro de nación. Su padre se llamó Graciano. Ejercitóse en oficio de cabestrero, pero por sus fuerzas y prudencia pasó por todos los grados de la milicia a ser prefecto del pretorio. Eligiéronle los soldados por emperador. Fue muy aficionado a la religión cristiana, como lo mostró en tiempo del emperador Juliano, cuando por no consentir en dejar la ley de Cristo, y haber dado en su presencia una bofetada a un sacristán gentil porque le roció con el agua lustral de los ídolos, dejó el cíngulo, que era tanto como renunciar el oficio y honra de soldado.

 

Nombró luego que le eligieron, por su compañero en el Oriente a Valente su hermano, y él se partió para Italia, donde con celo de la religión sosegó la ciudad de Roma que estaba alborotada sobre la elección del pontífice. Fue así que muerto el papa Liberio, los votos de los electores no se concertaron. Algunos arrebatadamente y con pasión, nombraron en lugar del difunto a Ursino. Pero la mayor parte y más sana eligió a Dámaso, español de nación. Quién dice fue natural de Egita, que hoy se llama Guimaraes, en Portugal, puesta entre Duero y Miño, quién de Tarragona, quién de Madrid. Lo cierto es que fue español y persona de grandes partes. Con esta división se encendió tan grande alboroto, que como lo cuenta Amiano Marcelino, historiador gentil y de aquel tiempo, en sólo un día dentro de la iglesia de Sicinino fueron muertos ciento treinta y siete hombres. Y aún el mismo autor reprende a los pontífices romanos de que andaban en coches, y sus convites sobrepujaban los de los reyes. Sosegóse, pues, esta tempestad, conque el emperador envió a Ursino a Nápoles, para ser allá obispo. Pero no desistió de su mal intento la parcialidad contraria, antes acusaron a Dámaso de adulterio, y le forzaron a juntar concilio de obispos para descargarse y defender su inocencia.

 

 

 

 

 

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Dio otrosí por ninguno el concilio Ariminense, como juntado sin voluntad y aprobación del pontífice romano. Depuso a Aujencio, obispo de Milán, por ser arriano. Ordenó que en los templos se cantasen los salmos de David a coros, y por remate el verso Gloria Patri. Demás de esto, que al principio de la misa se dijese la confesión. Edificó en Roma dos templos, el uno de San Lorenzo, el otro de los Apóstoles San Pedro y San Pablo, a las catacumbas en la vía Ardeatina, en que hizo sepultar a su madre y hermana. Tuvo mucha amistad con san Jerónimo, a quien semejaba mucho en los estudios y erudición. Escribió una obra copiosa y elegante de las vidas de los pontífices romanos hasta su tiempo. Las vidas que hoy andan de los pontífices en nombre de Dámaso son una recopilación de aquella obra, por lo demás indignas de varón tan erudito y grave.

 

Las provincias no estaban sosegadas, ca en el Oriente un deudo de Juliano, llamado Procopio, tomó nombre de emperador, y con esto alteró las voluntades de muchos. Acudió Valente contra él, vencióle en batalla en lo de Frigia. Y como al caído todos le faltan, su misma gente le entregó al vencedor. Al mismo tiempo Valentiniano hacía prósperamente la guerra a los alemanes y sajones, que es la primera vez que de ellos se halla mención en la historia romana. Demás de esto, adelante revolvió contra los godos y los echó de la Tracia, a los persas de la Siria; enfrenó a los escoceses que hacían entradas por la isla de Bretaña, y a los sármatas que corrían las Panonias. Hizo todas estas guerras parte por sí mismo, parte por sus capitanes. Fue notable emperador, si no ensuciara su fama con casarse en vida de Severa, su primera mujer, con una doncella suya llamada Justina; y lo que fue peor, que hizo una ley que permitía a todos casar con dos mujeres y tenerlas. Demás de esto, dio libertad, según lo refiere Marcelino, para que cada cual siguiese la religión que quisiese. Falleció en Bregeción, pueblo de Alemania, donde estaba ocupado en hacer la guerra a los Quados. Tuvo el imperio once años, ocho meses y veintidós días. Cayó su muerte a 17 de noviembre, año de 375. Dejó dos hijos, a Graciano de Severa, y a Valentiniano de Justina.

 

En esta sazón, Valente en el Oriente trabajaba a los católicos de todas maneras. Dominica su mujer y Eudoxo, obispo de Constantinopla, que le bautizó a la manera de los arrianos, le sacaban de seso en tanto grado, que en la ciudad de Edesa estuvo determinado de hacer entrar los soldados en el templo de los católicos para desbaratar las juntas que allí hacían a celebrar los oficios divinos. Pero apartóle de este propósito Modesto,

 

 

 

 

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gobernador de aquella ciudad, ca le avisó que a la fama de lo que se decía, más gente que de ordinario estaba junta en el templo, con tanta resolución de padecer la muerte en la demanda, que hasta una mujer, aún no bien vestida por la prisa, llevaba de la mano un niño hijo suyo, para que ni ella ni él faltasen en aquella ocasión de dar la vida y la sangre por la religión católica. Desistió con esto Valente de aquel su intento. Desterró muchos sacerdotes, y entre los demás a Eusebio, obispo de Cesárea la de Capadocia, tan conocido por su valor y constancia como el de Cesárea de Palestina por su erudición y escritos. Al de Capadocia sucedió en aquel obispado el gran Basilio, el cual tuvo harto que hacer con Valente.

 

Todo esto sucedió los años pasados. Iámblico, maestro que fue de Proclo, tenía cabida con el emperador Valente. Éste le enseñó cierta manera para escudriñar y saber el nombre del que le había de suceder en el imperio, cosa que el emperador mucho deseaba. La traza era que escribían en el suelo todas las letras del alfabeto y abecé, y en cada letra ponían un grano de trigo. Soltaban un gallo, y mientras que el adivino barbotaba no sé qué palabras, las letras primeras de que el gallo tomaba los granos, entendían que significaban lo que pretendían saber. Llamábase ésta, adivinación por el gallo. Usaban otrosí en lugar del gallo que uno, tapados los ojos, con un puntero tocase las letras para el mismo efecto, que era todo vanidad y locura. Salieron, pues, con aquella traza estas letras: TEOD, de que tomó ocasión el emperador Valente de perseguir y matar a todos aquellos cuyos nombres comenzaban por aquellas letras, como a los Teodatos, Teodoros y Teodulos. Entre los demás fue muerto Honorio Teodosio, español y natural de Itálica, del linaje del emperador Trajano. Había sosegado este caballero ciertos movimientos de África, y por esto mereció ser maestro de la caballería. Recibió el santo bautismo al fin de su vida. No bastan las fuerzas humanas para contrastar a la voluntad de Dios. Fue así que este notable varón, de su mujer Termancia dejó dos hijos, al gran Teodosio y Honorio.

 

A la misma sazón rompieron por las provincias del imperio grandes gentes de godos, y por caudillos suyos Fridigerno y Atanarico. Nació discordia entre los dos, como suele acontecer entre los que tienen igual mando. Con esto Valente se pudo aprovechar de la una parte, y romperlos en una batalla que les dio. A los demás que seguían a Atanarico, tomado asiento con ellos, dio la Mesia en que poblasen, con la condición que se bautizasen. Lo cual hicieron conforme a la manera de los arrianos, por el

 

 

 

 

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mismo tiempo que Ulfila, obispo de aquellas gentes, inventó la letra gótica, diferente de la latina, y tradujo en lengua de los godos los libros de la divina Escritura.

 

No bastó esta confederación ni la victoria ya dicha para que no se alterasen de nuevo, como gente brava y acostumbrada a las armas. Metiéronse por la Tracia adelante, acudió contra ellos Valente, vinieron a batalla cerca de la ciudad de Adrianópolis, en la cual los romanos fueron vencidos, y el emperador muerto dentro de una choza donde se retiró. No se quiso rendir, pusiéronle fuego con que le quemaron vivo, que fue manera y género de muerte más grave que la misma muerte. Sucedió esto cuatro años después que falleció su hermano el emperador Valentiniano. No dejó Valente hijo alguno que le sucediese. Tenía bien merecido este desastre por lo mucho que persiguió a los católicos, y porque con loco atrevimiento no quiso esperar a su sobrino Graciano que venía en su socorro. El caudillo de estos godos era Fridigerno, el cual después de vencido se rehiciera de gentes con deseo de vengar a sí y a los suyos de las injurias y daños pasados.

 

 

 

 

XX.  De los emperadores Graciano, Valentiniano y Teodosio

 

Antes que el emperador Valentiniano falleciese, tenía señalado por césar a su hijo Graciano, y en su muerte le dejó por heredero y sucesor. Lo cual se efectuó sin contradicción alguna, solamente el ejército quiso que Flavio Valentiniano, su hermano, fuese su compañero en el imperio, y así se hizo sin embargo que era de muy poca edad.

 

Con la victoria contra Valente quedaron los godos tan insolentes y altivos, que todo el Oriente estaba en condición de perderse. Para enfrenarlos era necesario buscar algún caudillo, persona señalada en valor y prudencia. Tal era Teodosio, que después de la muerte de su padre estaba retirado en Itálica, su patria, en lo postrero de España. De allí, luego que fue llamado y se encargó de aquella empresa, reprimió la avilanteza de los godos, y abajó su orgullo, el cual había pasado tan adelante, que pusieron cerco a la misma ciudad de Constantinopla, cabeza entonces del mundo. En fin, los acosó de manera que a instancia de los mismos tomó con ellos

 

 

 

 

 

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asiento, y les dio tierras en que morasen. Para seguridad de lo concertado le entregaron a Atanarico, hijo y adelante sucesor de Fridigerno, para que estuviese en rehenes.

 

Grande fue la honra que con esto ganó Teodosio, grande el contento del emperador Graciano. Parecióle que en premio de aquel trabajo y para más asegurar las cosas de Levante debía nombrar a Teodosio, como lo hizo, por tercer emperador. Persona además de su valor y prendas en que no tuvo par, muy religiosa, como se ve por la ley que estableció siendo Graciano la quinta vez, y Teodosio la primera cónsules. Por la cual mandó que todos siguiesen la fe de Dámaso, pontífice romano, y de Pedro, obispo de Alejandría. Tres años más adelante, que fue el año de Cristo de 383, en que fueron cónsules Merobaude la segunda vez y Saturnino la primera, nombró Teodosio a 16 de enero por su compañero en el imperio a Arcadio, su hijo mayor. Avino que Anfiloquio, obispo de Iconia en Licaonia, entró a visitar al emperador Teodosio. Tenía a su lado asentado a su hijo y compañero en el imperio. El obispo de propósito hizo la mesura y reverencia debida a Teodosio, y no hizo caso de Arcadio. Preguntado la causa de aquel desacato a descuido, respondió: «No te maravilles, oh emperador, pues tú haces lo mismo con Dios, que permites a los arrianos menosprecien a su hijo».

 

Celebróse otrosí a la misma sazón un concilio en Constantinopla, que entre los generales es el segundo, en el cual Teodosio por las facciones del rostro conoció a Melecio, obispo de Antioquía, sin haberle jamás visto, sólo porque en sueños le vio como que le ponía la corona en la cabeza. Estaba la ciudad de Constantinopla alterada y sin obispo, a causa que Gregorio Nacianceno, por la voluntad que algunos le tenían, dejara de su voluntad aquella iglesia. Dio el emperador orden que Nectario, que era senador y aún no estaba bautizado, fuese elegido en obispo de aquella ciudad. Demás de esto condenaron en aquel concilio todas las herejías, y en particular la de Macedonio, que fue obispo de Constantinopla, y sentía mal del Espíritu Santo, diciendo que era criatura. El pontífice Dámaso aprobó todas las acciones y decretos de este concilio, en especial el Símbolo de la Fe, en que expresamente, según lo halló testificado en el concilio Foroiuliense, declararon que el Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo. Este símbolo mandó Dámaso que en la misa se cantase en lugar del Niceno. El cual falleció el año siguiente después que se celebró el dicho concilio. Pusieron en su lugar a Siricio. Próspero le llama Ursino, ca

 

 

 

 

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debió entender que el que pretendió el pontificado en competencia de Dámaso los años pasados, le sucedió después de muerto.

 

Estaban levantadas la Galia y la España a causa que Clemente Máximo, español de nación, después de haberse llamado emperador en Bretaña, se apoderó de aquellas provincias. Partió contra él el emperador Graciano. Vinieron a las manos cerca de París, quedó la victoria por el tirano, y Graciano, cerca de León, donde se retiró después de la rota, fue muerto por engaño de Andragacio. Imperó siete años, nueves meses y nueve días después de la muerte de su padre. No dejó hijo alguno, y fue el primero de los emperadores romanos que no quiso aceptar la estola pontifical que como a pontífice de la superstición romana le ofrecían, conforme a lo que entonces se usaba. Leta, mujer de Graciano, y Pisamena, su suegra, vivieron en Roma hasta que aquella ciudad fue destruida, en estado de reinas, que sustentaban con las rentas que el emperador Teodosio, como hombre agradecido, les señaló del público.

 

Por el mismo tiempo España estaba alterada en lo que tocaba a la religión, a causa que Prisciliano avivaba las centellas que quedaron de los gnósticos, desde el tiempo que Marco, discípulo de Basílides, como se tocó en su lugar, sembró en ella aquella mala semilla. Era Prisciliano hombre poderoso y noble, gallego de nación. Tenía muy buenas partes, velaba, sufría hambre y sed. Pero tenía otros vicios con que todo lo afeaba: era soberbio e inquieto, y las letras humanas que tenía le hacían atrevido. Con estas y con otras mañas, atrajo a su partido a dos obispos, cuyos nombres eran Instancio y Salviano. Hízoles rostro Idacio, obispo de Mérida, a persuasión de Agidino, obispo asimismo de Córdoba. Con la aspereza de estos y de otros semejantes se encanceró la llaga, la cual si se tratara con más blandura, por ventura se pudiera sanar. Procedióse al último remedio, que fue citar a los herejes para que en una junta de obispos que tuvo lugar en Zaragoza, fuesen oídos y diesen razón de sí. No comparecieron el día señalado. Por lo cual los obispos Instancio y Salviano, y más Elpisio y Prisciliano, que eran seglares, fueron descomulgados, y con ellos Agidino, obispo de Córdoba, que de enemigo de repente se había pasado a su parte.

 

Dieron cuidado de notificar esta sentencia a Itacio, obispo susobense, como se lee en Severo Sulpicio, pero ha de decir osonobense, que es de Estombar en Portugal. San Isidoro sólo dice que era obispo de las Españas, y Sigiberto que de Lamego. Lo que hace al caso, que era hombre colérico

 

 

 

 

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y hablador, reprendía a los que ayunaban y se daban a la lección de la sagrada Escritura. Este Itacio y el sobredicho Idacio alcanzaron del emperador Graciano, que a la sazón era vivo, un edicto y provisión por la cual mandaba que aquellos herejes fuesen echados de los templos y de las ciudades. Instancio y Salviano, y con ellos Prisciliano, que ya, con el favor de sus parciales, era obispo de Ávila, acudieron a Roma a dar razón de sí. Pero llegados allá no pudieron alcanzar audiencia del pontífice Dámaso. Dieron vuelta a Milán, do estaba el emperador Graciano. No los quiso tampoco oír Ambrosio, que todos se ofendían y espantaban con la novedad de aquella doctrina. Con todo esto no desmayaron, antes sobornaron con dineros a Macedonio, maestro de los oficios, y con su favor alcanzaron de Gracianao revocación de la primera provisión, y que las iglesias fuesen vueltas a Prisciliano y a Instancio, que Salviano era muerto en Roma.

 

Con esto volvieron a España tan arrogantes, que pusieron demanda a Itacio, y le acusaron de sedicioso. Mandóle prender el vicario Volvencio, pero él hizo recurso a Francia, donde como Gregorio, prefecto del pretorio, no le hiciese buena acogida, pasó a Tréveris para valerse de Clemente Máximo, que se nombraba emperador, con el cual hizo tanto, que el negocio de nuevo se sometió a un concilio de obispos, que por su mandado se juntaron en Burdeos. Parecieron Prisciliano e Instancio. Por sentencia de los obispos fue Instancio depuesto, Prisciliano apeló a Máximo, fuele otorgada la apelación. Por donde la causa de los herejes se devolvió a juicio de seglares, que fue cosa muy nueva. Tratóse el pleito en Tréveris, y a instancia de Itacio, Prisciliano fue convencido de hechicero, y que con color de religión, de noche hacía juntas torpes de hombres y mujeres. Por donde fue condenado y muerto, y juntamente con él Felicísimo y Armenio, y también Latroniano, el cual se cuenta entre los poetas de aquel tiempo. Instancio, que consintió la sentencia de los obispos, fue desterrado a una isla más arriba de Inglaterra. Reclamaba a todo esto San Martín, obispo turonense, que acudió en persona a estos daños. Decía que los herejes no debían ser muertos principalmente a instancia de los obispos. Benignidad que debía ser a propósito de aquel tiempo, pero que la experiencia y mayor conocimiento de las cosas ha declarado sería perjudicial para el nuestro.

 

Muerto Prisciliano, no se sosegó aquel mal. Trajeron los cuerpos de los ajusticiados a España, y aún sus discípulos los honraban como si fueran mártires. Tenían por el juramento más grave el que hacían por el nombre de Prisciliano. Por el contrario, Itacio e Idacio (Isidoro dice Ursacio en

 

 

 

 

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lugar de Idacio) fueron acusados por lo que habían hecho, y condenados en destierro.

 

Los herejes, demás de la torpeza de su vida, confundían las personas divinas, apartaban los matrimonios, tenían por ilícito el comer carne, decían que las almas procedían de la divina esencia, y por siete cielos y ciertos ángeles, bajaban como por gradas a la pelea de esta vida, y daban en poder del príncipe de las tinieblas, fabricador del mundo. Sujetaban los hombres al hado y alas estrellas, y enseñaban que sobre los miembros del cuerpo tienen dominio los doce signos del zodíaco: Aries sobre la cabeza, Taurus sobre la cerviz, Géminis sobre el pecho, y así de los demás.

Gobernaba la Iglesia, después de Dámaso, el papa Siricio. Escribió una epístola a Himerio, obispo de Tarragona, en razón y respuesta de muchas cosas que le había preguntado acerca del bautismo, del matrimonio, de las vírgenes y varones consagrados a Dios, de las sagradas órdenes. Manda la comunique con los obispos de la provincia cartaginense, de la Bética y de Galicia. Tiene por dato los cónsules Arcadio y Bautón, que fue año de 385. Debió esta carta de ser estimada en mucho, pues en el concilio Toledano primero, sin nombrarla, usan de sus mismas palabras. E Isidoro expresamente hace de ella mención en los Varones ilustres, en Siricio.

 

El año quinto después de la elección del papa Siricio, Teodosio y Máximo, cerca de Aquileya, vinieron a las manos. Perdió el tirano la jornada y poco después fue preso y muerto. Con esto Valentiniano el menor, que de miedo había huido a Levante, volvió a restituirse en el imperio de Occidente. El principio de esta guerra fue muy bueno, y así les ayudó Dios. Porque siendo cónsules Teodosio la segunda vez y Cinegio la primera, a 14 de junio, en Stobis ciudad de Macedonia, establecieron por ley que los herejes no pudiesen hacer juntas, ni celebrar los misterios y la comunión fuera de la iglesia. Y a 27 de agosto, el mismo año puntualmente, que fue el de 388, se ganó aquella tan señalada y tan importante victoria.

 

En todo esto el emperador Teodosio se mostró muy religioso, pero usó de grande crueldad con la ciudad de Tesalónica donde, porque en cierto alboroto los del pueblo mataron a Buterico, caudillo de gentes de guerra, y a otros criados del emperador, en castigo hizo matar seis mil hombres de aquella gente. Supo esto Ambrosio, obispo de Milán, do a la sazón se hallaba Teodosio. Cerróle las puertas de la iglesia, descomulgóle y reprendióle severamente de lo hecho. Mostróle el camino de aplacar a

 

 

 

 

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Dios, que era la penitencia. Sufriólo todo Teodosio no con menor ánimo que con el que Ambrosio lo hizo. Volvióse a su casa, y a cabo de algunos meses, a persuasión de su privado Rufino determinó de tornar a probar si le recibirían en la iglesia, por ser a la sazón la fiesta de la Navidad. Acudió Ambrosio a las puertas; recibióle con palabras no menos ásperas que antes. Sin embargo, vista su humildad, sus lágrimas y pacienca, en fin, le dejó entrar con sacarle por condición que ordenase una ley por la cual estableciese que ninguna sentencia de muerte se ejecutase antes de pasados treinta días después que fuese pronunciada. Ordenóle asimismo que cuando se sintiese sañudo no hablase palabra alguna antes de pronunciar por su orden todas las letras del alfabeto o abecé griego. Todo a propósito que la ira con la tardanza perdiese sus aceros y prevaleciese la razón. Fueron de grande momento estos avisos, por lo que poco adelante sucedió en Antioquía.

 

Impusieron los del emperador ciertos tributos en aquella ciudad, extraordinarios y graves. Alteróse el pueblo grandemente; emplearon su rabia contra una estatua de la emperatriz Placila, que arrastraron por las calles. Sintió este desacato Teodosio como era razón, así por ser muerta aquella señora su mujer, como por haber sido tan buena y tan santa que a los hospitales daba por sus manos a comer a los enfermos, y solía traer a la memoria a su marido lo que había sido y lo que era, para que no se ensoberbeciese ni se descuidase. Por todas estas causas castigara aquella insolencia gravísimamente, sino ayudara para amansar el pecho del emperador la prevención de Ambrosio, junto con los embajadores que vinieron de parte de aquella ciudad. Y al tiempo que el emperador comía, hicieron que ciertos niños cantasen una canción a propósito, en tono lloroso, con que le saltaron las lágrimas y se movió a compasión.

 

Después de esto el emperador Teodosio dio de Italia vuelta a Levante. Con su ausencia, Arbogastes tuvo comodidad de hacer ahogar en Viena, la de Francia, al mozo emperador Valentiniano. No paró en esto el daño. Antes Eugenio, de maestro de gramática que había sido, con ayuda del dicho Arbogastes, se llamó emperador el año 392, burla grande y escarnio, pero que puso en balanzas el imperio y majestad, y aún en tanto cuidado a Teodosio, que hizo recurso a los varones santos del yermo, para que le encomendasen a Dios. Juan, que era uno de ellos, le prometió por sus cartas la victoria, y juntamente le avisó que no volvería de Italia. Partióse pues con sus gentes en busca del enemigo, que no se descuidaba. A las

 

 

 

 

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faldas de los Alpes se juntaron los ejércitos contrarios. Diose la batalla, que fue muy herida y señalada. Levantóse de repente un torbellino de vientos y lluvia, truenos y relámpagos, que daba a los enemigos de cara, de guisa que no podían pelear, como lo cantó Claudiano, poeta de aquel tiempo muy famoso, si pagano si fiel no se sabe, lo más cierto es que no fue cristiano. Mucho también ayudaron veinte mil godos, que después de la muerte de Atanarico, su caudillo que falleció en Constantinopla, por no tener cabeza ganaban sueldo del imperio. Quedó con esto el campo por Teodosio con grande estrago de los contrarios. A Eugenio después de la batalla mataron los suyos, que al traidor todos le faltan. Arbogastes tomó la muerte por sus manos. Diose esta batalla a 17 de septiembre el año de 394.

 

En este mismo año Teodosio nombró a su segundo hijo Honorio por su compañero en el imperio. Tras esto en breve se siguió la muerte del mismo emperador Teodosio, que falleció de hidropesía en Milán, a los 17 de enero del año luego siguiente. Vivió cincuenta años, imperó los dieciséis y dos días, fue casado dos veces: de Placila, su primera mujer, dejó a los emperadores Arcadio y Honorio; de Gala, hija de Valentiniano y de Justina, tuvo una hija, por nombre Gala Placidia. Los santos Ambrosio y Agustín, en particulares sermones que hicieron, declaran al mundo las virtudes y loores de este excelente príncipe.

 

El nombre de Teodosio, que quiere decir dado a Dios, cuando no le tuviera de su padre que se le puso por divina revelación, como lo dice Aurelio Víctor, por sus grandes hazañas y virtudes le merecía. Del celo que tuvo de la religión fue bastante muestra que los templos de los dioses que hizo cerrar el gran Constantino, él los mandó echar por tierra, en que se hallaron grandes engaños, en particular, estatuas por detrás huecas para responder a los que preguntaban y consultaban a los ídolos, que tales eran los oráculos de los gentiles. Lo que causó más maravilla fue que en Alejandría, en el templo de Serapis se halló en muchos lugares la señal de la cruz, puesta como letra jeroglífica en significación de inmortalidad.

Entre los varones señalados que tuvo España por estos tiempos se puede contar Poncio Paulino, aunque natural de Burdeos, pero que con su mujer Tarasia vivió mucho tiempo en Barcelona, donde sin título de algún beneficio, cosa poco usada en aquella edad, se ordenó de presbítero. Desde allí pasó a Italia, y murió obispo de Nola. Abundio Abito, natural de Tarragona, tradujo en lengua latina un librito de Luciano sobre la

 

 

 

 

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invención del cuerpo del protomártir Esteban. Licinio Bético tuvo mucha amistad con san Jerónimo, y con los pobres de Jerusalén repartió liberalmente parte de su hacienda. Demás de estos, Desiderio y Ripario, presbíteros españoles, ejercitaron la pluma contra Vigilancio, natural de Pamplona y presbítero de Barcelona, el cual ponía lengua en la costumbre que tiene la Iglesia de reverenciar a los santos que reinan con Cristo en el cielo, según que lo testifica en el libro que escribió conra él san Jerónimo, insigne varón de estos tiempos, claro por sus grandes letras y santidad de su vida muy señalada.

 

 

 

 

XXI. De los emperadores Arcadio y Honorio

 

Los hijos de gran Teodosio, después de la muerte de su padre, se encargaron del imperio el año 395, Arcadio de lo de Oriente, y Honorio de las provincias de Occidente. Fueron más religiosos y reformados en sus costumbres que dichosos, pues en su tiempo la majestad del Imperio Romano, que de pequeños principios era llegada a la cumbre, y su misma grandeza con su peso la trabajaba, comenzó a despeñarse sin volver más en sí; que fue clara muestra de la flaqueza humana. Y es cosa averiguada que ninguna cosa hay debajo del cielo que el tiempo con sus mudanzas no lo consuma y deshaga. Y es forzoso que los edificios muy altos se vayan al cuelo, y las caídas debajo de alguna gran carga son más pesadas y peligrosas, según que lo testifica un poeta. Ningún imperio puede permanecer largo tiempo: si le falta enemigo de fuera, dentro de su casa le nace, no de otra manera que a los hombres gruesos y de muchas carnes y sangre, aunque no sean alterados de cosa alguna, su misma gordura y peso los atierra y mata.

 

Pasó de esta vida el papa Siricio el año del Señor de 398; gobernó la Iglesia al pie de catorce años. Sucedióle Anastasio, en cuyo tiempo en España se tuvo el primer concilio Toledano. Comenzóse a primero de septiembre del año de Cristo de 400. Concurrieron diecinueve obispoa de diversas ciudades de España. Presidió Patruino obispo (según algunos piensan de Toledo, movidos del catálogo antiguo de aquella Iglesia, en que este nombre se pone entre los primeros obispos de Toledo). Quién dice que fue obispo de Braga, por hacerse mención en las acciones del concilio de

 

 

 

 

 

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Paterno Bracarense, y tienen por más probable que Asturio, el cual firmó en el sexto lugar, era a la sazón obispo de Toledo, y que es aquel de quien testifica san Ildefonso en sus Claros Varones que halló los cuerpos de los santos mártires Justo y Pastor en Alcalá de Henares do padecieron. Cuya devoción fue tan grande que, para más honrarlos, erigió aquel pueblo en catedral, y e Toledo se pasó a ser el primer obispo de Alcalá, el que entre los de Toledo se contaba por noveno. Verdad es que por todo el tiempo que vivió, los de Toledo por su respeto no quisieron proveer otro en su lugar. De lo que escribe el abad Biclarense, se entiende que en tiempo de Leovigildo, rey de los godos, Novelo fue obispo de Alcalá. Pero no sucedió luego después de Asturio, sino adelante, como es necesario confesarlo por la razón de los tiempos, si decimos que Asturio, prelado de Toledo, vivió en esta era. Reprobaron los padres de este concilio la herejía de Prisciliano. Reconciliaron con la iglesia a dos obispos Sinfosio y Dictinio, y un presbítero, por nombre Comasio, que la abjuraron. El pontífice Inocencio, el cual el año luego siguiente sucedió a Anastasio, escribió una carta muy señalada a los padres de este concilio.

 

Estaba el gobierno del imperio en esta manera: a Gildo se encargó lo de África; a Rufino las provincias de Oriente; lo de Occidente estaba a cargo de Estilicón, persona de más autoridad que los otros dos por estar empaentado con los emperadores ca Serena su mujer era hija de Honorio, hermano del gran Teodosio, además que él mismo era suegro del emperador Honorio. Hizo este repartimiento el mismo Teodosio, y dejólo así ordenado con intento de que estos tres personajes fuesen como tutores de sus hijos, y les ayudasen a llevar la carga. Ellos, olvidados de la lealtad que debían por la grande ambición de sus corazones, acometieron a hacerse señores de todo, con que destruyeron de todo punto el imperio. Gildo se levantó en África el primero. Enviaron contra él a su mismo hermano, llamado Mazecel, el cual le deshizo y mató. Mas en premio de su trabajo y sin escarmentar en cabeza ajena se llamó a sí mismo emperador, y al fin paró en lo mismo que su hermano. Rufino dio traza para que los godos y otras naciones bárbaras se alterasen, que era el camino que entonces tomaban para medrar y salir con su intento, bien que áspero y engañoso y malo. Fue Rufino de nación britano o franco, capitán de los más señalados de aquel tiempo. Descubrióse la traición y pagó con la cabeza.

 

 

 

 

 

 

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No paró en esto la deslealtad, antes parece que por alguna fuerza secreta se derramaba por todas las provincias, pues por el mismo camino y por las mismas pisadas, como se dirá más largamente adelante, Estilicón, el suegro de Honorio, intentó hacer emperador a su hijo Euquerio, y quitar el mando a los hijos de Teodosio. Dio orden para salir con esto, cómo diversas naciones se metiesen por las provincias del imperio. En particular se concertó de secreto con los alanos, gente fiera, y con los vándalos, de cuya nación él era. Los primeros a tomar las armas fueron los godos, alterados de que con el intento ya dicho les quitaron el sueldo que les solían pagar. Corrieron toda la Tracia y las provincias comarcanas. Después de esto, divididos en dos partes, rompieron por Italia. Radagasio, el uno de los caudillos, que poco antes bajara con gran número de gente de la Gotia antigua, sin hallar resistencia pasó por Italia hasta llegar a la Toscana. Allí, cerca de Fiésole y de Florencia, por el esfuerzo de Estilicón fue desbaratado y muerto con todos los suyos. Pudo otrosí deshacer cerca de Rávena al otro capitán de los godos, llamado Alarico, mas por tener al emperador en aprieto se contentó de vencerle en cierta batalla que le dio. Vinieron a concierto con aquellos bárbaros, por el cual les dieron que morasen en lo postrero de Francia.

 

Pesábale a Estilicón que dejasen a Italia. Envió un su capitán, llamado Saulo, judío de nación, para que diese sobre ellos de repente. Estaban alojados a las faldas de los Alpes junto a Polencia, que hoy se llama Polenzara, pueblo pequeño cerca de la ciudad de Asta. Dio, pues, sobre ellos de repente el mismo día de Pascua de Resurrección, que fue a 6 de abril del año puntualmente de 402, según que va todo sacado de buenos autores. Quisieran los godos por reverencia de aquella festividad excusar la pelea, pero como el judío los apretase, revolvieron sobre él con tal denuedo que le hicieron retirar, y le mataron con otros muchos. Y ellos, como gente feroz, irritados por esta injuria, volvieron sobre Italia, do se detuvieron algunos años. No parece que se entendieron luego estas mañas de Estilicón, pero al fin fue descubierta su maldad, y pagó con la cabeza por mandado del emperador Honorio el año que se contaba 408 de nuestra salvación a 23 de agosto. Y poco adelante fueron también justiciados Serena su mujer y Euquerio su hijo. Y aún el mismo Honorio repudió a su mujer, hija que era del mismo Estilicón, en odio de su padre.

 

Grande fue el daño que los godos hicieron en Italia, grandes los estragos, sin parar hasta ponerse sobre la ciudad de Roma, cabeza y señora

 

 

 

 

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del mundo. De ella, después de un largo y apretado cerco, al fin se apoderaron con tanta fiereza que todo lo pusieron a fuego y sangre. Tanto parece que pretendían de una vez tomar enmienda de todas las injurias que aquella ciudad tenía hechas a todo el mundo. Entróse Roma el año de 410, conforme a la cuenta más acertada, dado que Paulo Orosio y Próspero Aquitánico a este número parece añaden dos años. En aquella ciudad prendieron a Placidia, hermana de los emperadores Honorio y Arcadio. Casó con ella Ataúlfo, cuñado de Alarico, y que le sucedió en el reino poco después, a causa que Alarico murió en Cosenza, ciudad de los Brucios, que hoy es Calabria. Con que Placidia fue parte para que su marido Ataúlfo y su hermano Honorio se concertasen. Y conforme el asiento que se tomó, partieron los godos de Italia para morar en la parte de la Galia Y España que están de la una y de la otra parte de los Pirineos, principio para apoderarse y hacerse señores de lo demás de España, y aún de buena parte de Francia, según que en el libro siguiente se irá declarando.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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LIBRO QUINTO

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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I. Cómo diversas naciones vinieron a España

 

Una grande avenida de diversas naciones fieras y bárbaras que por estos tiempos vinieron y se derramaron por diversas partes de España, declarará la siguiente narración. Los vándalos, los alanos, los suevos y los silingos, mayormente los godos, los cuales dejados sus antiguos asientos y moradas, después que de Levante a Poniente hincheron todas las tierras del miedo de su nombre, de sus proezas y de su fama, y con las armas vencedoras pasearon toda la Italia, finalmente pararon en España, y en ella echadas en parte, y en parte sujetas las otras naciones, pusieron y tuvieron por espacio de más de trescientos años la silla de su imperio.

 

No hay duda sino que todas estas naciones y otras semejantes en diversos tiempos bajaron del septentrión, y se derramaron por las provincias del Imperio Romano, por dos causas. La una fue la gran fecundidad que tenían aquellas gentes en multiplicarse por el gran calor de los cuerpos. Que además de ser los septentrionales más largos en la comida y en la bebida, se encienden con el extremo frío de aquellas regiones y aire, en especial antes que recibiesen la religión cristiana, y por ella enfrenasen sus apetitos con la ley del matrimonio, la gente en gran manera se aumentaba. Allegábase a esto la esterilidad de la tierra (que era la segunda causa), por la mayor parte erizada con nieves y con heladas, y falta de muchas cosas necesarias al sustento de la vida. Por lo cual, la necesidad de sustentarse forzaba a innumerables enjambres de hombres a pasarse y buscar asiento en tierras templadas y más abundantes. Para salir con su intento, hacían guerra a los romanos, señores del mundo, destruían y talaban las tierras y los campos, si prestamente no se les hacía resistencia. Como esto sea cosa averiguada, así bien no es fácil declarar de qué partes del septentrión y de qué provincias cada una de estas naciones haya venido, qué costumbres, qué ingenios tenían, de qué lengua y leyes usaban. Ni faltaría por diligencia, si entre tantas tinieblas de opiniones como hay, se descubriese algún camino para dar en el blanco. Será forzoso contentarnos con conjeturas, pues la antigüedad de las cosas y el descuido de aquellos tiempos, no da lugar a mayor claridad.

 

 

 

 

 

 

 

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Plinio pone a los vándalos en aquella parte de Alemania casi do al presente están los melburgenses y pomeranos, dado que Dion, las fuentes de que nace el río Elba y de donde comienza a regar los campos de Alemania, las pone en los montes Vandálicos.

 

Los burgundiones se han de contar entre los vándalos como parte suya, los cuales tomaron este nombre de Burgos, que quiere decir aldeas, en las cuales estaban divididos y derramados. Y como hiciesen asiento en los Heduos, pueblos antiguos, fueron causa que aquella parte de la Galia se llamase Burgundia o Borgoña.

Dionisio, el que en elegante verso escribió en griego el asiento de las tierras, en particular pone los alanos cerca de los de Dacia y de los getas. Marcelino los puso en la Escitia, y dice tenían por bienaventurados a los que morían en la guerra. A los que la vejez consumía, o morían de otra suerte, los denostaban y decían mal de ellos, como hombres que eran de ingenio feroz e inclinados a crueldad por caer su tierra muy apartada de las comodidades y humanidad de las otras provincias, y ninguna cosa casi allí aportar de las que suelen ablandar la ferocidad de los corazones y amansarlos.

Los silingos es cosa averiguada que vinieron a España y que, mezclados con los vándalos, asentaron en la Bética o Andalucía, sin que tuviesen rey particular de su nación. Pero de qué parte del Septentrión hayan venido, no se averigua con claridad. Algunos ponen a los silingos en Baviera, donde antiguamente hubo una ciudad llamada Salingostadio (a lo que parece, del nombre de esta gente), a la ribera del Danubio, tres millas distante de Inglostadio. No hay duda sino que los francos, los cuales por este tiempo se apoderaron de la Galia, se llamaban a sí mismos salios, del ríos Sala que riega su tierra, como lo dice Marcelino. De estos salios se dijo la muy famosa ley Sálica, que veda a las mujeres suceder en las herencias de los francos. Así se puede entender que los silingos eran lo mismo que los sálicos, francos o franceses, que todo es uno. Esto en cuanto a los silingos.

 

Los suevos, según que lo testifican autores muy graves, antiguamente tuvieron sus asientos cerca del río Albis, si bien Estrabón pone también a los suevos a las fuentes y nacimiento del Danubio, en la comarca donde al presente se ve la ciudad de Augusta.

 

Resta decir de los godos, cuyo origen (porque reinaron en España más tiempo que las demás naciones, y se les aventajaron en más nombre y

 

 

 

 

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fama) queremos sacar más de raíz, tomando el principio algo de más arriba. Algunos pensaron y dijeron que los godos eran los mismos que los getas, los cuales en Plinio y en Herodoto vemos demarcados no lejos de las riberas y e las bocas por donde el Danubio descarga en el mar. No falta otrosí quien diga que los getas y masagetas son los mismos que los divinos libros llaman Gog y Magog, opiniones que ni hay para qué aprobarlas en este lugar, ni sería dificultoso refutarlas por la autoridad de Plinio, que entre las ciudades de Celesiria cuenta a Magog, y aún dice que por otro nombre se llama Bambice y Hierápolis. Los más en número y de mayor diligencia en rastrear la antigüedad son de parecer que los godos bajaron de una provincia por nombre Escandia, que los antiguos llamaron Basilia o Baltia, tierra muy extendida y muy ancha, y que está sobre Alemania y sobre Sarmatia o Polonia, pegada por la parte de Levante con otra provincia llamada Finmarquia, rodeada por las otras partes del mar Báltico y Glacial. Tiene Escandia forma de península muy más larga que ancha. Divídese en la Gotia, la Suecia y la Norvegia, y con ésta está pegada otra provincia llamada Lapia.

 

Es así que por parte de Poniente, por donde se extiende el golfo Codano, al cual los naturales llaman Sucónico, y por la parte de Escandia, por donde más brevemente se pasa a la Címbrica Quersoneso y al reino de Dinamarca, se forma otra península menor, pegada con la otra mayor, a la cual llaman Gotia. Y divídese en dos partes, es a saber: en los ostrogodos (que en nuestra lengua es lo mismo que godos orientales) y en los visigodos (que quiere decir godos occidentales). Entre los visigodos, los Baltos, que en aquella lengua quiere decir atrevidos, y era apellido de cierto linaje; y entre los ostrogodos, los Amalos, llamados así de un gran rey y capitán por nombre Amalo, se señalaban entre los demás y eran las familias más ilustres y reales.

 

Lo demás de Escandia cortan unos montes con sus cordilleras continuadas, que dejan al mediodía la Suecia, provincia de un cielo más benigno, y hacia el septentrión la Norvegia, en que se padecen cruelísimos fríos, tanto, que el vino que de otras partes allí se lleva, con la fuerza del frío se aceda luego. Cosa que algún tiempo puso a los pontífices romanos en gran cuidado, para que se pudiese en los pueblos de aquella tierra conservar la integridad del sacrificio divino de la Misa.

Son los godos ordinariamente de cabello y barba roja, el color blanco como los demás pueblos de Alemania, con quienes tienen su lengua

 

 

 

 

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semejante, y no muy diferente de las demás gentes que por este tiempo se ha dicho por fuerza de armas entraron en España. Sólo de los alanos se puede y suele afirmar que usaron la lengua de los escitas, y esto más por conjetura probable que por razones que a ello convenzan. Lo cierto es que en la lengua castellana, de que al presente usa España, compuesta de una avenida de muchas lenguas, quedan vocablos tomados de la lengua de los godos, entre los cuales podemos contar éstos: tripas, caza, robar, yelmo, moza, bandera, arpa, juglar, albergar, escanciar, esgrimidor, cangilón, camisa, sábana. De los vándalos otrosí se tomaron otras dicciones y vocablos, como cámara, gozque, azafrán.

 

Lo que toca a la religión, todas estas naciones, o en este tiempo o poco después, recibieron y abrazaron la cristiana, que antiguamente eran dados a diversas supersticiones. Mayormente los godos, por persuadirse que no les sucedería prósperamente en la guerra sino ofrecían por el ejército sangre humana, sacrificaban los que prendían en la guerra al dios Marte, al cual principalmente eran devotos. Y asimismo acostumbraban a le ofrecer las primicias de los despojos, y colgar de los troncos de los árboles las pieles de los que mataban. Tenían otra devoción para el mismo efecto, de sacrificar antes de la batalla con solemne aparato caballos, y llevar delante sus cabezas, abiertas las bocas y puestas en unas lanzas. Entre estos devaneos, acertaban en tener por cierto (opinión recibida de sus mayores) que las ánimas humanas eran perpetuas, y que después de la muerte había premios y castigos. Cuando tronaba, tiraban saetas en lo alto para con esto ayudar a Dios, por pensar se le hacía fuerza y que le echaban del reino.

 

Celebraban a la vihuela con cantos y tonadas los hechos de sus mayores y sus proezas, como al presente se hace en España. Algunos afirman que las armas de los godos era un león, levantada y vuelta la cabeza, en un escudo ondeado y de azul la mitad. Otros, que tres leones puestos uno sobre otro, a la manera que tienen los reyes de Dacia. Mas en esto no hay para qué detenernos, mayormente que nuestro principal intento es declarar más copiosamente (como arriba se dijo) la ocasión que a tantas gentes y tan bárbaras abrió la puerta para entrar en España.

En aquella confusión de cosas y caída del Imperio Romano de que se ha hecho mención, un cierto Marco en Bretaña, hoy Inglaterra, fue por las legiones saludado y alzado por emperador, y poco después, no con menor liviandad, ellas mismas le mataron. Pusieron en su lugar a Graciano, que también con la misma inconstancia fue muerto dentro de cuatro meses.

 

 

 

 

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Sucedióle Constantino, no por señalarse en valor y hazañas entre los demás, sino sólo le dieron el imperio movidos del nombre de Constantino, que aquellas gentes tenían por bien afortunado. Sucedió esto, como se puede conjeturar de Paulo Orosio, el año de nuestra salvación de 411, en que fue cónsul Teodosio el Menor la cuarta vez, emperador del Oriente en lugar de su padre Arcadio, que falleció tres años antes de éste. Siguieron a Constantino gran parte de la Galia y de España, por estar los ánimos de todos irritados con las demasías de los romanos, y con los gravísimos tributos, que de cada día les ponían mayores y más graves.

 

Sin embargo, algunos se conservaban en la obediencia de los emperadores verdaderos. Entre éstos, Dídimo y Veriniano, parientes de Honorio, como quier que perseverasen en España en su devoción, con un ejército que arrebatadamente juntaron, pretendieron con mayor ánimo que fuerzas impedir a Constantino, que de la Galia se decía aparejarse para pasar en España, la entrada de los Pirineos. Pero fueron vencidos en batalla, y muerto así ellos como sus mujeres, por Constante, hijo del tirano, al cual, sacado por su padre de un monasterio y nombrado por César, envió delante a España. Teodocillo y Lagodio, hermanos de estos muertos, desconfiados de sus fuerzas, huyeron del peligro, y se fueron a los emperadores Honorio y Teodosio. El ejército de Constante por la mayor parte estaba compuesto de aquellas naciones que bajaran de Alemania en Francia, y por cierto concierto que con Honorio hicieron los llamaban Honoríacos. Éstos, por permisión de Constante, talaban a España y todos los campos hasta Palencia, ca pretendía él con la miseria ajena ganar las voluntades del ejército bárbaro. A estos mismos, queriéndose él volver a Francia, dio el cuidado de guardar las estrechuras y entradas de los Pirineos.

 

Llevaron mal esto los españoles, que los soldados extranjeros y mercenarios, y por consiguiente poco seguros, fuesen preferidos a su conocida lealtad, por donde de tiempo muy antiguo les confiaban la guarda de aquellas entradas de toda la provincia. Sentían mucho esta afrenta. Quejábanse del agravio, y amenazaban que muy en breve resultarían alteraciones en España, y tendría otros señores que la mandasen, con lo demás que suelen decir los hombres cuando el dolor y la saña les suelta la lengua. No salieron vanas estas amenazas, según que el suceso de las cosas lo mostró y declaró en breve. Porque los Honoríacos, conforme a su natural inclinación, llamaron y trajeron a España a los vándalos, alanos,

 

 

 

 

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suevos y silingos, con los cuales se concertaron secretamente de darles la entrada que hasta entonces tuvieron cerrada; y poco antes Estilicón los había hecho entrar en Francia. La causa que se piensa les movió a desamparar la Galia, fue el miedo de los godos, contra cuyo valor, y por estar concertados con Honorio, temían no tendrían fuerzas iguales. Poníales junto con esto en cuidado y aquejábalos el poder de Constantino, el cual estaba apoderado de la mayor parte de la Galia y aspiraba a lo demás.

 

Era rey de los suevos Hermenerico, de los alanos Atace, de los vándalos y silingos Gunderico. La entrada de estas naciones bárbaras fue causa de grandísimas desventuras, porque con fiereza bárbara, sin hacer diferencia ni tener cuenta con nadie, se apoderaron de las haciendas de los españoles y de los romanos. Destruían los campos y los pueblos, por donde luego la hambre se embraveció de tal guisa, que eran forzados los naturales a sustentar la vida con carne humana. No solamente los hombres, sino también las bestias, con aquella carnicería se hacían más fieras, y a cada paso acometían a los hombres para sustentarse. Después de la hambre (como acontece) se siguió una peste gravísima, con que murió gente innumerable de toda la provincia. Eran los males tan grandes, que los que escapaban tenían envidia a los que morían, por sufrir ellos más graves cuitas que la misma muerte. Pasó el mal tan adelante que la provincia quedó en gran parte yerma de moradores. Y con tanto los bárbaros hicieron sus asientos en diversas partes de ella. A los suevos y a parte de los vándalos cupo Galicia, a la sazón más ancha de términos que es en nuestra edad, porque comprendía en su distrito todo lo que es Castilla la Vieja. Los alanos poblaron en la Lusitania y en la provincia Cartaginesa, fuera de los carpetanos (que es el reino de Toledo) y los celtíberos que se mantuvieron en la sujeción de los romanos. La Bética tomaron para sí los vándalos y los silingos. Hecha esta distribución, pusieron concierto con los romanos, con que se tornó a labrar y morar la tierra y las ciudades en gran parte. Los españoles tenían por mejor esta nueva servidumbre, que el imperio de los romanos y su severidad, dado que algunos, conservándose obstinadamente en la libertad antigua, no querían sufrir el yugo de los bárbaros, principalmente en Galicia, donde los suevos imperaban.

 

Entre tanto que esto pasaba en España, Honorio desde Italia envió en la Galia contra el tirano un grueso ejército debajo de la conducta de un su capitán llamado Constancio. En España se levantaron nuevas alteraciones,

 

 

 

 

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a causa que un cierto Máximo, en la España Citerior, fue saludado y alzado por emperador. Un conde llamado Geroncio fue el autor de esta nueva trama por odio que tenía al primer tirano Constantino, sin embargo que había seguido antes sus partes. Lo que en esto pretendía era en nombre de otro reinar él y mandarlo todo. Con este intento, dejando a Máximo en Tarragona, él con su ejército pasó en la Galia, y apoderado de la ciudad de Viena, mató en ella a Constante el César, que le vino a las manos. No pasó adelante, por entender que venía contra él Constancio y por miedo suyo. Vuelto a España, o por desprecio que tuvieron de él, o con deseo de agradar a Honorio, los españoles de noche acometieron su casa, y dado que se defendió valientemente, con fuego que pegaron a la casa, pereció dentro de ella. Máximo, desamparado de la ayuda de Geroncio, que era el que le conservaba, dejadas las insignias imperiales, huido, pasó miserablemente lo que le duró la vida, que fue hasta el tiempo de Paulo Orosio, como él mismo lo testifica. En este medio, al tiempo que estas cosas se hacían en España, Constantino el tirano y Juliano su hijo fueron por esfuerzo de Constancio muertos en Arlés, y no mucho después Jovio y Sebastiano tuvieron el mismo fin, los cuales sucesivamente se rebelaron en la Galia contra el imperio.

 

Con esto toda la Galia volvió a la sujeción de Honorio, que fue el año de nuestra salvación de 413. Los godos para defensa de la una y de la otra provincia, es a saber, de Francia y de España, con voluntad de Honorio, y conforme al asiento que con él tomaron, se apoderaron dos años después de las faldas de los Pirineos, gente que muchas veces antes de estos tiempos, derramada de sus antiguos asientos y acometiendo las provincias del Imperio Romano, habían ganado gran crédito por su valentía, en tanto grado que se tuvo por cierto que Alejandro Magno, rey de Macedonia, huyó de encontrarse con ellos; Pirro, rey de Épiro, los temió; Julio César rehusó la pelea con ellos, según que lo dice Orosio. No es de nuestro propósito contar todas las entradas y guerras de esta gente, ni relatar por menudo sus hazañas, que sería más largo cuento de lo que sufre esta obra.

 

Lo que hace al propósito es que el emperador Valente (como de suso se dijo) dio a los visigodos, que salidos de sus antiguos asientos y tierra maltrataban las gentes del Imperio, la provincia de Mesia donde morasen, con tal condición que estuviesen a sueldo del Imperio Romano, y recibiesen la creencia de Cristo nuestro Señor, por donde algo después la secta de Arrio con que los inficionaron y a la cual Valente era dado, fue

 

 

 

 

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causa de grandes desventuras y alteraciones en España. Las tierras que les entregaron, sustentaron ellos hasta el imperio de Arcadio y Honorio, y ensancharon sus términos hasta Panonia, hoy Hungría, lo cual sucedió poco antes que rompiesen por Italia, después de haber destruido la Tracia. Fue la ocasión de esta entrada que Estilicón, suegro de Honorio, con intento de hacer emperador a su hijo Euquerio, movió aquella gente, de suyo inquieta y bulliciosa, a tomas las armas.

 

Estaba casado Estilicón con Serena, sobrina de Teodosio e hija de Honorio su hermano. De ella tuvo por hijos a Euquerio, María y Termancia. Casó con Euqyerio Gala Placidia, hermanos de los emperadores Honorio y Arcadio. Demás de esto, Honorio emperador casó sucesivamente con María, y después con Termancia. No ha mucho que en tiempo del pontífice Paulo III se halló en Roma el sepulcro de María en la iglesia de San Pedro en el Vaticano, y en él piedras de gran valor, mucho oro y plata, con los nombres de Honorio y de María esculpidos en una joyel, según que en la descripción de la ciudad de Roma lo relata Marliano más en particular. Muertas pues la una y la otra mujer de Honorio (dado que no falta quien diga que repudió a Termancia luego que la traición de Estilicón se descubrió), como quitadas las prendas y ataduras de la lealtad, Estilicón se determinó de poner en ejecución la maldad que mucho antes en su corazón tenía forjada.

 

Con esta determinación hizo que los vándalos, de cuyo linaje él venía, y los alanos con promesa que les hizo de grandes premios, hiciesen entrada en la Galia. A los godos negó el sueldo que les daban, con la misma astucia: traza con que ellos tomaron las armas, y en lugar de Atanarico, saludado que hubieron por rey a Alarico, talaron la Tracia y la Italia. Finalmente, después de largo cerco se apoderaron de la misma cabeza del mundo, Roma, a 2 de agosto. Eran cónsules Flavio Vararo la primera, y Tértulo la cuarta vez. El descuido de Honorio, cuyo oficio era acudir a la necesidad, fue tal, que diciéndole cómo Roma era perdida, pensó que hablaban de un gallo, el cual él llamaba Roma, y poco antes, como solía de ordinario, se había deleitado en verle pelear con otro.

 

Muerto poco después Alarico, caudillo de los godos, en lo postrero de Italia, Ataúlfo que le sucedió, ablandado con los regalos de Gala Placidia su mujer, la cual en Roma fuera presa, se inclinó a la paz, y tomó asiento con Honorio. Con que el ejército de los godos, sacado de Italia, hizo su asiento en los confines de la Galia y e España. La silla del reino puso esta

 

 

 

 

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gente en Narbona, año de nuestra salvación de 415. De aquí vino y procedió que aquella parte se llamó Galia Gótica. Dado que no siempre tuvo los mismos términos, antes se variaban muchas veces conforme al vario suceso de las guerras que con los francos comarcanos y con los romanos tuvieron los godos. Ésta fue la ocasión que trajo así las demás gentes ya dichas, como los godos a España.

 

 

 

 

II.     Cómo los godos vencieron a las demás naciones bárbaras en España

 

Estaba España dividida en muchos reinos, diferentes entre sí en leyes, costumbres y religión. Los romanos y los españoles abrazaban la religión católica, a los godos tenía inclinados la peste de los arrianos. Las demás naciones bárbaras no habían aún recibido la religión cristiana, antes seguían las supersticiones de sus antepasados. Todos con deseo de conservarse en la parte de que se apoderaran en aquella turbación y revueltas, cada cual por su parte, pretendían hacer paces y concertarse con los romanos.

 

Godigisco, rey de los vándalos (al cual algunos llaman Gunderico, y Jordanes Giserico, lo que sin duda es falso) fue el primero a concertarse con estas condiciones: que viviesen en España sin hacer mal y daño a los antiguos moradores, y no pudiesen por título de prescripción de treinta años, valerse en algún tiempo contra los romanos, para efecto de retener lo que violenta e injustamente hubiesen usurpado. Palabras con que se daba a entender que aquella paz no era tanto por voluntad como por fuerza, y que no dudaría más de cuanto tuviesen posibilidad para volver a la guerra y a las manos. De aquel concierto sin duda procedieron entre aquellas gentes nuevas sospechas, y por ellas luego se encendió nueva guerra.

 

Los alanos, como más feroces, acometieron a los vándalos y a los silingos, y los pusieron en necesidad de desamparar la Bética, y hacer recurso a Gralicia, para que juntando sus fuerzas con las de los suevos, reprimiesen el atrevimiento de los alanos, y recobrasen sus asientos de que los habían echado. Dieron los alanos la vuelta contra los celtíberos y la Carpetania. Ganaron de los romanos muchos pueblos y ciudades.

 

 

 

 

 

 

 

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Los godos eso mismo el año siguiente después que asentaron en Francia, pasaron en España, donde con su llegada y ayuda Atalo usurpó el nombre de emperador. Título vano y dañoso, pues poco después, falto de consejo y fuerzas, como procurase huir por la mar, fue preso por Constancio, que con gruesas armadas poseía aquellas riberas. Envióle a Honorio, por mandado del cual le cortaron el pulgar y el dedo segundo, y fue llevado en destierro a la isla de Lipara. Ataúlfo, rey de los godos, o por su natural condición cansado de tantas guerras, o por el nuevo parentesco que con el emperador tenía, aficionado a los romanos, se inclinaba a dejar las armas y concertarse. Llevaba su gente esto mal, por ser feroces y bravos. Acordaron de conjurarse contra él y darle la muerte, como lo hicieron en Barcelona de tenía hecho su asiento. Ejecutó este acto tan atroz un hombre cillo llamado Vernulfo, de pequeña estatura, pero muy atrevido y muy privado del rey. Éste como hallase buena ocasión, con la espada desnuda le atravesó por el costado. Olimpiodoro, uno de los autores de la Biblioteca de Focio, lo llama Dobbio, y dice que dio la muerte a Ataúlfo en venganza de la que él antes había dado a su amo. El letrero de la sepultura de este rey, cuya parte hoy se ve en Barcelona, da a entender que seis hijos de Ataúlfo perecieron juntamente con él. Al cual letrero cuánta fe se haya de dar otros lo podrán juzgar, a nos parece más moderno que conforme a la antigüedad de aquellos tiempos. Añade Olimpiodoro que un niño llamado Teodosio, que tuvo Ataúlfo en Placidia y murió en su primera edad, estaba sepultado en un oratorio cerca de Barcelona, en una caja de plata. Demás de esto, que a otros hijos de Ataúlfo, habidos del primer matrimonio, mató Sigerio sucesor suyo, sacándolos de las faldas y regazo del obispo Sigesaro. Últimamente, que Placidia con otros cautivos fue forzada a ir corriendo por largo espacio, que tales son las mudanzas de las cosas y los reveses del mundo.

 

En lugar, pues, de Ataúlfo, pusieron a Sigerico por voto de la nación, por ser persona de industria y de esfuerzo conocido en guerra y en paz. Fuera de esto era alto de cuerpo y de buena apariencia, dado que de una caída de un caballo renqueaba de la una piedra. Éste, como quier que siguiese las pisadas de Ataúlfo, en lo que era inclinarse a la paz, dentro del primer año de su reinado murió también a manos y por conjuración de los suyos.

Sucedióle Walia, hombre inquieto y belicoso. De este escriben que al principio de su reinado con una armada que juntó, quiso pasar en África,

 

 

 

 

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sea perdida la esperanza de sustentarse en España por el espanto que Constancio de una parte y las naciones bárbaras de otra le causaban, sea por el deseo que él mismo tenía de apoderarse de la Mauritania, provincia en aquellos tiempos sujeta y moviente de España, sea por cualquiera otra ocasión. Lo que sucedió es que con la fuerza de una tempestad deshecha que le sobrevino en lo más angosto del estrecho, se desrotó toda la armada de tal suerte que le fue forzoso dar la vuelta a España y en ella tomar asiento con Constancio. Las condiciones del concierto fueron que entregase a Placidia, mujer que fue de Ataúlfo, la cual por voluntad del emperador su hermano estaba prometida al dicho Constancio, y que los godos hiciesen la guerra en España a las otras naciones bárbaras en pro del Imperio Romano, para que todo lo que se ganase quedase por suyo, y ellos se contentasen con lo que en las faldas de la Galia y de España antes poseían. Hízose esta paz el año de 418, según lo refiere Paulo Orosio, presbítero tarraconense, muy conocido por su erudición y por la amistad que tuvo con los santos Agustín y Jerónimo.

 

Prosiguió este autor la historia de las cosas romanas, e hizo fin en el año luego siguiente después de éste, en que fueron cónsules Flavio Monaxio y Flavio Plinta. A Constancia, además de casarle con Placidia, Hizo Honorio su compañero en el imperio. A Walia dio graciosamente y añadió el señorío de la Guyena, en premio de la guerra que hizo, y de haber sujetado como se concertó, las gentes bárbaras. Es la Guyena un pedazo principal de la Galia, que tiene por aledaños por la una parte los montes Pirineos, y por la otra el río Garona. Las ciudades más principales son Tolosa, dentro en la tierra, y junto al mar Océano la ciudad de Burdeos.

 

La guerra entre los godos y las otras naciones se hizo y pasó en esta manera. Desde la Celtiberia hasta do llegó Constancio con cuidado de acudir a las cosas de España, los godos, tomado que hubieron el cargo de la nueva guerra, acometieron a los alanos, feroces por el buen suceso que tuvieron poco antes, tanto, que no contentos con las primeras tierras y términos, aspiraban al imperio de toda España. Mataron en una batalla a su rey Atace con otros muchos, y forzaron a los demás que escaparon, que dejada la Lusitania, se pasasen a Galicia, do mezclados con los suevos perdieron el nombre de su gente y reino. Algunos sospechan que Alanquer, pueblo en tierra de Lisboa, y otro que se llama Alanin en los montes de Sevilla, tomaron estos nombres de los alanos, porque Alanquer

 

 

 

 

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antiguamente se dijo Ierabrica. La conjetura que hay para decir esto es sola la semejanza de los nombres, ni cierta ni del todo vana. Con el mismo ímpetu de esta guerra fueron maltratados los silingos y domados en una batalla que se dio cerca de Tarifa. Quedaron con esto tan oprimidos, que les pusieron por gobernadores personas de la nación de los godos. Escarmentados con esto los vándalos y los suevos, con retención de lo que tenían, se sujetaron a los romanos, en cuyo nombre se hacía la guerra, aunque con las armas, trabajo y peligro de los godos. Petendían los suevos otrosí ganar sueldo de los romanos. Ellos no quisieron venir en ello, porque no les quedase con las armas poder de alborotarse.

 

Walia, habiendo en breve concluido tan grande guerra, y dejando a España sujeta y sosegada, como volviese a la Galia, falleció de su enfermedad, año de 419. Reinó solos tres años, en el cual tiempo acabó cosas tales y tan grandes que ilustró grandemente su nombre y el de su nación, además de la Guyena que, como queda dicho, le dieron de nuevo en premio de sus hazañas.

 

 

 

 

III. Del reino de Teodoredo

 

Después de la muerte de Walia sucedieron dos cosas de mucha incomodidad. La primera, que el emperador Constancio, sosegadas la España y la Galia y vuelto a Italia, murió en Rávena, año de nuestra salvación de 421. Dejó de su mujer Placidia un hijo de pequeña edad, llamado Valentiniano, el cual su tío el emperador procuró se criase como quien le había de suceder en el imperio. La otra cosa fue que las naciones bárbaras comenzaron a levantarse en España, y a recobrar la jurisdicción y autoridad que antes tenían. Principalmente los vándalos, cuyo esfuerzo entre las demás naciones era muy conocido y singular con su rey Gunderico, pensaban apoderarse de toda España. Con este intento acometieron a los suevos. Las causas no se saben, sólo consta que los forzaron a recogerse a los montes Ervasos, confiados más en la fortaleza de los lugares que en su valentía. Algunos piensan que estos montes son los que en este tiempo se llaman Arvas, puestos entre León y Oviedo, conocidos por un antiguo monasterio que allí hay; y aún dicen que son los mismos que Ptolomeo llama Narbasos. Retirados en estos montes

 

 

 

 

 

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(cualesquiera que hayan sido) los suevos, como nunca quisiesen pelear con el enemigo, los vándalos, perdida la esperanza de alcanzar victoria, en una armada que juntaron pasaron a las islas Mallorca y Menorca y las pusieron a fuego y a sangre.

 

Desde allí dieron la vuelta a tierra firme. Echaron por tierra a Cartagena, la cual poco antes había sido quitada a los alanos y volviera al señorío de los romanos. Sucedió esto seiscientos años después que los cartagineses la fundaron para que fuese en España asiento y fortaleza del Imperio Cartaginés. Después de esta destrucción se redujo a caserías, mas en el tiempo adelante, por la comodidad del buen puerto de que goza, se tornó a habitar. En nuestra era apenas hay en ella seiscientos vecinos. Lo que más hace al caso es entender que desde aquel tiempo los privilegios de la ciudad de Cartagena, que llamaban Cartago la Nueva, se pasaron a Toledo, lo cual testifica un antiguo escritor de las cosas de España. Y algunos lo entienden de la dignidad del metropolitano cartaginés, otros de la audiencia en que se administraba a los pueblos la justicia, que dicen antes estaba en Cartagena y desde allí se pasó a Toledo. Las razones por una y otra parte no son concluyentes. Quedará el juicio libre al lector para resolverse por lo que en otros hallare. A mí más me parece que lo que se trasladó fue la autoridad eclesiástica y la dignidad de metropolitano.

 

Gunderico, rey de los vándalos, destruida Cartagena, acometió a los silingos, que seguían el partido de los romanos. Dio la tala a los campos, y apoderándose por fuerza de Sevilla, que estaba en poder de esta gente, y puéstola a saco, como pretendiese con sobrado atrevimiento saquear el templo de San Vicente, que en aquella ciudad en riquezas y religión era muy notable, fue muerto en la misma puerta del templo. Castigo muy justo de Dios en venganza de aquel desacato cometido contra la religión. Sucedióle Genserico, su hermano bastardo, otros le llaman Guntharis.

Todas estas cosas acontecieron dentro del mismo año que murió el emperador Constancio, en el cual tiempo Jovino y Máximo se llamaron emperadores en España. Estas nuevas alteraciones forzaron al emperador Honorio a hacer nuevas levas de gentes, y con ellas enviar a Castino, un excelente capitán, así contra los tiranos que se intitulaban emperadores, como contra los vándalos. Jovino y Máximo, porque tenían pocas fuerzas y se confiaban más en la revuelta de los tiempos que en otra cosa, en breve fueron presos y muertos. La empresa contra los vándalos era más dudosa. Así Castino, desconfiado de sus fuerzas, llamó a España al conde

 

 

 

 

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Bonifacio, persona por lo mucho que sabía de la guerra y de la paz no menos conocida que por la amistad que tuvo con san Agustín. Hizo pues que viniese desde África, donde era gobernador, pero nació entre los dos discordia (como es ordinario entre los que son iguales en poder) con extremo peligro y daño así de España como de las cosas romanas. Volvióse Bonifacio a África. Castino, privado de aquella ayuda, sin hacer cosa que de contar sea contra los vándalos, fue forzado a volverse a Italia el año de 423, en el cual el emperador Honorio pasó de esta vida a quince del mes de agosto. Tuvo el imperio veintiocho años, once meses y diez días. Señalóse así en la constancia de la religión, como por la caída e infelicidad del imperio, que sucedió en su tiempo. Su cuerpo enterraron en la iglesia de San Pedro en el Vaticano.

 

En su lugar sucedió Valentiniano el tercero, hijo que era de Constancio, y a la sazón niño de pequeña edad y de fuerzas no bastantes para llevar tan gran carga. Con esta ocasión Flavio Juan intentó de apoderarse del imperio y de despojar de él a Valentiniano. Sucedieron diferentes trances, y por conclusión, pasados dos años, le vencieron los leales y mataron en batalla. Gobernaba la república en nombre de su hijo la emperatriz Placidia. Tenía con ella grande autoridad y cabida Aecio, capitán de mucho nombre. Bonifacio, el que gobernaba a África, envidioso y celoso de esta privanza, y con deseo parte de satisfacerse, parte de mirar por sí, concertó con Genserico, rey de los vándalos, que de España pasase en África. Pretendía de mantenerse en el gobierno de África con las fuerzas de estos bárbaros, y entregarles en recompensa del trabajo una parte de aquella provincia, según que de común acuerdo la señalaron. En tanta manera la peste de la ambición ciega a los hombres, que ni el amor de la república, ni la lealtad que debía, ni el celo de la religión a que singularmente era aficionado, fueron parte para enfrenar a un hombre por lo demás tan señalado en bondad, para que no ejecutase su mal propósito.

 

Genserico, con acuerdo de los suyos, resuelto en no dejar aquella ocasión de apoderarse del imperio de África, partió mano de la esperanza que se le presentaba de apoderarse de toda España. Y desamparando la Bética o Andalucía, pasó allende el mar con ochenta mil combatientes, que fue el año 427, en que fueron cónsules en Roma Hierio y Ardaburio. Los silingos se quedaron en España, en especial en aquella parte de la Bética donde está Sevilla, que fue el principio (por contarse ellos entre los vándalos y estar mezclados con ellos) que en el tiempo adelante el nombre

 

 

 

 

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antiguo de la Bética se mudase en el de Vandalosía, y al presente de Andalucía, si bien los aledaños de estas provincias Bética y Andalucía no se corresponden puntualmente.

 

Los vándalos en África al principio juntaron sus fuerzas con Bonifacio, con que sujetaron gran parte de aquella provincia. Después, por discordias que resultaron (que tal es la naturaleza del mandar, no sufre compañía), por no contentarse los vándalos con la parte de África que les señalaron, y anhelar cosas mayores conforme a la condición de los hombres, llegaron a rompimiento. Pusieron cerco sobre Bona, do Bonifacio estaba, y también san Agustín, obispo de aquella ciudad, bien conocido por su doctrina y santidad, el cual murió en aquel cerco. Hubo diversos encuentros, y finalmente los bárbaros se apoderaron de aquella ciudad. Mataron a Bonifacio, y con tanto se apoderaron de casi todo lo demás de África. Iban inficionados de la herejía arriana, puede ser que a causa de la comunicación que en España tuvieron con los godos, donde las Iglesias africanas por esta ocasión padecieron grandes y largas miserias. Hombres sin número fueron muertos por la constancia y defensa de la verdadera y católica religión. Entre estos Arcadio, Probo Pascasio y Eutiquio, que seguían la casa y corte de Genserico. Demás de estos, a un mozo llamado Paulillo, hermano de Pascasio y Eutiquio, vendieron por esclavo, con intento que la molestia del servicio bajo en que se empleaba le haría mudar de parecer. Fueron estos mártires de nación españoles, y por cuanto se puede entender de Próspero, sufrieron la muerte el año 437.

 

Con la partida de los vándalos el poder de los suevos comenzó a poner espanto a toda España. Tenían por rey a Hermenerico, y éste muerto de una larga enfermedad año de 440, y de su reinado treinta y dos, Requila su hijo, mozo de ingenio encendido y bravo, siguiendo las pisadas de su padre, cerca del río Genil se encontró con Ardeboto, enviado por el emperador a España, vencióle en batalla y le mató. De la presa quedó rico de oro y plata, y proveído para sufrir los gastos de la guerra. Después de esta victoria se enseñoreó de la Bética, en que domó los silingos y se apoderó de Sevilla, ciudad en aquel tiempo ni de la anchura ni hermosura que antiguamente tenía y ahora tiene, por causa de los daños que las guerras suelen acarrear. Tras esto dio la vuelta hacia la Lusitania, tomó Mérida, con que lo restante de los alanos quedó del todo oprimido y llano. Para que los suevos se animasen y aventajasen en tanto grado, ayudó mucho hallarse a la sazón la tierra sin defensa, a causa que Sebastián,

 

 

 

 

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general que era de los romanos, se había partido de España para acudir a las cosas de África, do murió a manos de los vándalos, según que lo refiere Paulo Diácono. Con esto los suevos pasaron adelante. Sujetaron la Carpetania, que es el reino de Toledo, y la provincia Cartaginense, si bien en breve se concertaron con los romanos y les tornaron estas dos provincias. Falleció Requila el año de nuestra salvación de 448. Dejó por sucesor a su hijo Requiario; éste fue el primero de los reyes suevos que recibió la fe de Cristo, y fundó en España entre los suyos la verdadera religión. Esto cuanto a los suevos.

 

Los godos, con su rey Teodoredo, que fue pariente de Walia y su sucesor, poseían en España muy poca tierra, solamente lo que al presente es Cataluña. En la Galia florecían en riquezas y gloria militar. Por esto, quebrada la confederación que tenían puesta con los romanos, y por estar acostumbrados a sembrar y trabar unas guerras de otras, comenzaron a poner espanto a todos. Los muchos hijos de Teodoredo aumentaron su poder, que eran seis, es a saber: Turismundo, Teodorico, Eurico, Friderico, Riquinero, Himerico; y dos hijas: la una casó con Hunerico, vándalo, hijo de Genserico, hombre impío y cruel, el cual maltrató de muchas maneras a los católicos en África, y a su mujer, cortadas las narices, envió a su padre sin ocasión bastante, sólo por una sospecha liviana y falsa que le dio, que intentaba de darle veneno y hierbas. La otra casó con Requiario, rey de los suevos en España.

 

Habían por este tiempo entrado en la Galia los hunos con su caudillo Atila, que vulgarmente fue llamado Azote de Dios. Y éstos, movidos con el deseo de ensanchar el señorío, o inducidos por los romanos para enfrenar el poder y atrevimiento de los godos, o lo que es más verosímil, a persuasión de Genserico, vándalo, que temía las armas de los godos y la venganza de la maldad cometida contra su mujer, como está dicho. La gente de los hunos dicen algunos que tenía su asiento dentro de los montes Rifeos. Marcelino los pone cerca del Océano, y sobre la laguna Meótide. Eran hombres de aspecto feroz, en trato y comida groseros, tanto que ni de fuego ni de guisados solían usar, sino de raíces y de carnes calentadas entre sus muslos. Algunas veces sustentaban la vida con la sangre de sus caballos, ca les abrían para esto las venas y los sangraban. Dícese que en tiempo de Valente, lo primero echaron los godos de sus antiguos asientos. Después, destruida la Armenia y otras provincias del Oriente, se apoderaron de la una y otra Panonia y las quitaron a los godos. Y como

 

 

 

 

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hiciesen entradas en la Galia y otros lugares comarcanos, dejaron por todas partes rastros de su natural fiereza.

 

Al presente, con intento que llevaban de apoderarse de toda la Galia, destruyeron, quemaron y asolaron la ciudad nobilísima de Reims, en que degollaron entre otros a Nicasio, obispo de aquella ciudad, varón tan santo que cantaba con las postreras voces y medio muerto los himnos sagrados. Después de esto pusieron cerco sobre Orliens, cosa que forzó a los godos, a los francos y a los romanos a tratar de hacerles rostro. Para esto hicieron liga entre sí, y juntadas sus fuerzas, acudieron contra el común enemigo. Teodoredo, rey de los godos, por miedo que aquel fuego no prendiese en la Guyena, fue el primero que con las armas acometió el peligro, y forzó al enemigo que alzado el cerco se retirase a los Campos Cataláunicos, que otros llaman Maroquios o Mauricios, y están cerca de Tolosa.

 

Acudió Aecio, al cual Valentiniano había hecho maestro de la milicia, que era tanto como general. Los francos asimismo acudieron con su rey y caudillo Meroveo. Luego que las unas y las otras gentes estuvieron juntas, ordenaron sus haces a guisa de pelear. Diose a Teodoredo el gobierno de la mano derecha, Aecio estuvo a la izquierda junto con los francos. Sangibano, rey de los alanos, de aquellos que tenían su asiento en aquella parte de la Galia do está Orliens, fueron puestos en medio por no fiarse de ellos y para que no pudiesen hacer traición. Por el contrario, Atila repartió sus huestes en esta forma. Puso a los reyes y a las demás naciones a los dos lados con gran número de gente, extendida por aquellos anchísimos campos. Los ostrogodos, como los que entre los demás se señalaban en esfuerzo y valentía, se pusieron en el lado izquierdo contra los visigodos. El mismo Atila y los hunos estuvieron en el escuadrón de en medio y cuerpo de batalla. Eran hombres de vista espantosa, y más morenos y tostados que los demás. El lugar era cuesta abajo: parecía que los que primero se apoderasen de un collado que se empinaba allí cerca, mejorarían mucho su partido. Los unos y los otros fueron allá con el mismo intento, pero previnieron los romanos. Atila, visto que por este inconveniente sus soldados se turbaron y temían de entrar en la pelea, les habló según se dice en esta manera:

 

«A los vencedores del mundo, domadores de las gentes, no conviene encender y animar con palabras, ni aún a los cobardes dará esfuerzo mi razonamiento. Los valientes soldados, cual vos sois, se recrean y deleitan en la pelea, y el salir con la victoria les es cosa muy ordinaria y familiar.

 

 

 

 

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¿Estáis por ventura olvidados de las Panonias, Mesias, Germanias, Galias, sujetas y vencidas por vuestro esfuerzo, y los escondrijos de la laguna Meotis, en que entraron vuestras armas? Armaos pues del ánimo que a vencedores conviene. Pudisteis, sin poneros a trabajo, gozar del fruto de las victorias ganadas, mas por no poder vuestros animosos corazones sufrir la ociosidad fuisteis los primeros a mover la guerra. Esta muestra de mayor esfuerzo os sirva al presente de estímulo y aguijón. En este día por vuestra valentía se conquistará el imperio del mundo. ¿Podrá por ventura, oh ínclitos soldados, aquel ejército juntado con toda diligencia de la avenida de varias gentes, y aquella canalla sufrir vuestra vista, ojos y manos? Por la poca confianza que de su esfuerzo hacían, intentaron mejorarse de lugar. Diréis que tienen en su ayuda a los visigodos, gente brava. Poco les importa ese socorro si vienen a vuestras manos. Que los romanos delicados y afeminados con los deleites, como cortados los nervios, sin que ninguno les haga fuerza, volverán las espaldas. Acordáos pues de vuestra valentía, vestíos del coraje acostumbrado, mostrad vuestro esfuerzo. Y si no pudiéredes salir con la victoria (lo que los dioses no permitan), con la muerte dad muestra del amor y lealtad que nos tenéis. Los magnánimos en la muerte ganan honra, la victoria les acarrea contento, y con él abundancia de todos los bienes. De mí no esperéis solamente el gobierno, sino el ejemplo en el pelear. ¿Qué otro emperador os recibirá si no salís victoriosos? ¿Qué reales, qué provincias? Principalmente que vuestra felicidad tiene irritadas todas las naciones por la envidia que os tienen muy grande».

 

Dicho esto, diose la señal de pelear. Acometieron los hunos con grande ímpetu, recíbenlos los contrarios no con menor esfuerzo, encendidos también ellos con las amonestaciones de sus capitanes. Júntanse los escuadrones, encruélecese la batalla. Mueren ahora de éstos, ahora de aquellos. Todos pelean como el interés lo pedía, con singular denuedo y esfuerzo por el imperio del mundo. Era tanta la sangre de los muertos, que según se dice, un arroyo que allí estaba, salió por esta causa de madre. Perecieron en aquella sangrienta batalla ciento ochenta mil hombres, muchedumbre que dio ocasión a forjar éstas y otras mentiras. Al principio de la pelea murió el rey Teodoredo, por su mucha edad pisado y hollado de los suyos, dado que con grande ánimo peleó y acometió lo más fuerte y apretado de los enemigos. Algunos dicen que le mató un ostrogodo llamado Andaje.

 

 

 

 

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Lo que a otros pusiera temor, a los suyos dio mayor coraje, ca Turismundo y Teodorico, hijos del muerto, con un escuadrón cerrado turbaron los enemigos, y con la ferocidad y cólera que les causaba el dolor, rompieron y desbarataron los escuadrones contrarios. En conclusión, pusieron en huida al capitán enemigo, dado que ninguna cosa dejó él por hacer que perteneciese, o a buen capitán, o a valeroso soldado. Los hermanos pasaron hiriendo y matando muy adelante, tanto que con la oscuridad de la noche llegaron a la vuelta muy cerca de los reales de los enemigos y corrieron grande peligro. El mismo Turismundo fue derribado del caballo y herido en la cabeza, pero escapó por la ayuda y valentía de sus soldados.

 

El enemigo que en su pensamiento tenía tragada la redondez de la tierra y pensaba hacerse señor de todo, por no haber ganado la batalla, como vencido se retiró a sus reales, determinado si el peligro pasaba adelante, de tomar la muerte por sus manos, y echarse en una hoguera que para este efecto mandó encender. Los carros con que estaban rodeados los reales le dieron la vida, y las tinieblas de la noche, cosa que él tenía considerada, y por esto comenzó la pelea después del mediodía.

Aecio, no con menor miedo, hecho un valladar de caballos muertos y paveses, pasó toda la noche sin dejar las armas. Pero el siguiente día, visto que el enemigo rehusaba pelea, le cercó primero dentro de sus reales. Después, como pudiese deshacerle sin dificultad, le dejó salir de la Galia y volverse a las Panonias. Muy gran parte de la alegría de la victoria y del regocijo se disminuyó, así con la huida de Atila como por el desastre y muerte del rey Teodoredo, dado que así a los romanos como a los francos se entendía era agradable que un rey tan poderoso faltase. Dicen que un adivino consultado por Atila, le dijo que muerto el capitán de los enemigos alcanzaría la victoria. Así pensaban los hunos que por una parte saldrían victoriosos, y Aecio sería muerto en la batalla. Tales son los adivinos, gente engañosa y vana, tales sus pronósticos: nunca aciertan, o por maravilla. Fuera de que en casos semejantes muchas cosas se fingen que nunca pasaron. En la vida, escrita en griego, de Isidoro Filósofo, se dice que por espacio de tres días después de la batalla se oyó estruendo de armas en el mismo lugar, y grande alarido de los que peleaban, como si las almas después de apartadas de sus cuerpos con gran pertinacia perseveraran en la pelea. La grandeza de esta batalla dio ocasión a éstas y semejantes fábulas.

 

 

 

 

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Diose esta batalla según Casiodoro, siendo cónsules Marciano Augusto y Clodio Adelfio el año que corría de Cristo de 451, del reinado de Teodoredo treinta y uno. Algunos sospechan que Requiario, rey de los suevos, se halló en esta jornada por el deudo que tenía con el rey godo. Lo más ciero es que, acometido que hubo a los vascones, que perseveraban en la obediencia de los romanos, y moraban en aquella parte de España que al presente se llama Navarra, desde allí pasó a la Galia con deseo de visitar a su suegro, y que ayudado del socorro de los godos, dio la tala por todas partes a la provincia cartaginense y a los carpetanos. Últimamente, hecho que hubo paz y tomado asiento con los romanos, se volvió a su tierra y señorío, debajo del cual tenía la Bética, la Lusitania y a Galicia, y aspiraba a hacerse señor de lo demás de España.

 

 

 

 

IV. De Turismundo y Teodorico

 

Hechas las exequias de Teodoredo en los reales de los godos, Turismundo, luego que fue puesto en lugar de su padre, por consejo de Aecio y a su persuasión, dejó de seguir a Atila y vengar aquella muerte, por parecer debía primero dar orden en las cosas del nuevo reino, y no dar lugar a sus hermanos (si por ventura loo pretendían) de innovar alguna cosa. Lo que de secreto con esto pretendió Aecio, era que el poder de los godos, a la sazón muy grande, no destruyese el de los romanos. Verdad es que Turismundo, si bien siguió el consejo de Aecio, en breve luego que dio asiento en las cosas de su reino, revolvió en busca de Atila. Y antes que saliese de Francia, le venció en una batalla muy herida que se dieron cerca del río Loira, donde el bárbaro pretendía sujetar cierta parte de los alanos que hicieran asiento en aquellas comarcas.

 

Esta nueva victoria fue muy señalada, y tanto que el Huno fue forzado desembarazar toda la Francia. Esta misma huida de Atila fue causa que Aecio perdiese la vida, porque como viniese nueva que reforzado de nuevas gentes revolvía sobre Dalmacia, Ilírico y parte de Italia, el emperador Valentiniano, por entender que le pudieron deshacer del todo en los Campos Cataláunicos, y que de industria le dejaron escapar por sus particulares, dio la muerte a Aecio, que le tenía por culpado en aquel caso; que fue año de nuestra salvación de 454. En el mismo tiempo después de

 

 

 

 

 

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Celestino y de Sixto tercero de este nombre, gobernaba la Iglesia Romana san León, verdaderamente grande por la excelencia de su sabiduría y de su elocuencia. Juntó con las demás excelentes virtudes de su ánimo una singular destreza en tratar con los príncipes, con la cual persuadió primero a Atila, huno, que entrado en Italia iba sobre Roma, que volviese atrás. Ca le salió al encuentro y le habló sobre el caso a los vados del río Mincio. No mucho después acabó con Genserico, vándalo, que no pusiese fuego a la ciudad de Roma, de la cual estaba para apoderarse, como lo hizo: obedecieron los bárbaros a la virtud celestial. Pero dejemos las cosas extranjeras.

 

Toribio, obispo de Astorga, tuvo otro tiempo familiaridad con san León en Italia, do había pasado y peregrinado por otras muchas provincias con deseo de saber, o por devoción que tenía. Por cartas de Toribio, ya que san León era pontífice, fue avisado que la secta de Prisciliano, tantas veces abatida, tornaba de nuevo a brotar, principalmente en Galicia, do esta peste se había más apoderado. Respondióle en una carta en que le ordenó que para remediar este daño tuviese cuidado de juntar concilio de los obispos tarraconenses, cartaginenses, lusitanos y gallegos. Juntáronse los obispos como les era mandado en Celenis, pueblo de Galicia. Juntos que fueron, por sus votos condenaron la doctrina de Prisciliano. Y puesta por escrito una fórmula de la verdadera fe, la enviaron a Baleonio, prelado de Braga, el cual era superior de todas las iglesias por aquella comarca, con derecho de metropolitano, o sea de primado. De esta fórmula se hace mención en el primer concilio Bracarense, y anda después del primer concilio Toledano como parte suya y remiendo mal pegado, por yerro sin duda del que primero juntó los volúmenes de los concilios.

 

Anda también un pedazo de una epístola de Toribio contra la secta prisciliana, dirigida a dos obispos de España. En ella, después de saludarlos, dice dolerse que la concordia de la religión que tenían las demás Iglesias se pervierta en su patria por culpa de los obispos. Que no consideraba bastantemente cómo aquel mal tantas veces reprimido tornaba de nuevo a brotar. La vida que profesaba, y el haberle sido encomendado este cargo, le ponía en necesidad de hablar, dado que en todo era el más bajo. Los libros apócrifos que los herejes publicaban por divinos, debían ser desechados, en particular los Actos del Apóstol Santo Tomás, en que se afirmaba que el dicho santo acostumbraba a bautizar no con agua, sino con aceite, sacramentos que por autoridad de aquel libro recibían los

 

 

 

 

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maniqueos, y le reprobaba Prisciliano. Decía también que debían ponerse en la misma cuenta los Actos de San Andrés, fingidos o corrompidos por los maniqueos; los Hechos otrosí y Vida de San Juan, compuestos por Luceyo, hombre perverso; la Memoria de los Apóstoles, en que la ley vieja de todo punto se reprobaba, del cual libro constaba haberse aprovechado los maniqueos y priscilianistas para defensa de sus errores. Dice más, haber en particular peleado por escrito contra las locuras de aquel libro, pero esta disputa con el largo tiempo se ha perdido. El cuerpo de santo Toribio está enterrado en las Asturias, en San Martín de Liébana. En algunos pueblos asimismo se celebra su memoria como de santo, a dieciséis del mes de abril, con fiesta propia que le hacen.

 

Volvamos a Turismundo, al cual por imperar más soberbia y cruelmente que hombres libres y feroces podían sufrir, hicieron dar la muerte sus dos hermanos Teodorico y Federico. Ejecutóla Ascalerno, muy privado suyo. En la cama en que estaba a causa de una enfermedad, le mató a hierro, pasado un año del principio de su reinado.

El año luego adelante que fue de Cristo 455, a 18 de marzo, mató en Roma al emperador Valentiniano, Trasila, soldado de Aecio, en venganza de la muerte que aquel emperador diera a su capitán. Así se dijo, mas en hecho de verdad Máximo le sobornó y persuadió tan grave maldad y traición, con intento que tenía de levantarse con el imperio, como lo hizo. Y para conservarle con la majestad conveniente, procuró casarse y casó con Eudoxia, mujer de Valentiniano. Con la muerte de Valentiniano el Imperio de Occidente de todo punto cayó en tierra, porque nueve tiranos o emperadores desgraciados, que por orden se siguieron adelante, en ninguna manera son tenidos por dignos de tal nombre.

Por el mismo tiempo, por muerte de Teodosio el menor, gobernaba las provincias de Oriente el emperador Marciano, por cuya diligencia se juntó un concilio de obispos en Calcedonia, doblado el número de padres que hubo en el concilio Niceno. Este concilio reprobó las locas opiniones que de Cristo, Dióscoro y Eutiquete enseñaban.

 

Había comenzado a gobernar la gente y reino de los godos Teodorico con prudencia y modestia singular. Escogido príncipe, si no afeara la religión con las opiniones de Arrio, y la bondad de la vida con la sangre que derramó (como queda dicho) de su hermano. Sidonio Apolinar, a quien Teodorico hizo conde, y después en la Galia fue obispo de Arverno, hoy Claramonte, en una carta que dirige a Agrícola, declara por menudo

 

 

 

 

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las virtudes de Teodorico, la gravedad y mesura de su rostro, sus fuerzas corporales. Que no era dado a regalos, sino de todo punto varonil y soldado: la destreza en tirar el arco, la templanza en la comida y bebida, la costumbre que tenía después de comer de aflojar con honestos juegos el ánimo apesgado y flechado por los cuidados del reino. Y, lo que es muy propio de los reyes, daba audiencia a los miserables con una paciencia singular. Añade que se deleitaba cenando, con las burlas de los truhanes, pero sin que mordiesen a nadie.

 

Estaba Avito cerca de él por embajador de Máximo Augusto, y dice Gregorio Turonense que era natural de Claramonte. Al cual, sabida la muerte de su señor, persuadió al rey que se apoderase del Imperio de Occidente, y para esto le ayudó con su autoridad y fuerzas. Concertaron los dos que en recompensa de estas ayudas quedase por los godos todo lo que en España quitasen a los suevos, que se iban apoderando de las tierras de los romanos, y aspiraban al imperio de toda España. Era menester buscar algún color honesto para hacerles la guerra, y para quebrantar los vínculos del deudo que tenían entre sí. Parecióles ser lo mejor con una embajada amonestar a Requiario no se olvidase de la modestia. Que acometer sin alguna causa a los comarcanos, y sin haber recibido injuria de ellos, sería despertar contra sí el odio público y envidia de las otras naciones. Que los reinos con justicia se fundan, y por ambición y crueldad se pierden. Amenazaba que si no desistía, no podía faltar al Imperio Romano, al cual había obligado su fe, y del cual tenía recibidos muchos beneficios.

 

A esto, Requiario, como hombre de soberbio corazón, a quien las victorias pasahas hinchaban y henchían de vanas esperanzas, respondió que en breve sería en Tolosa para probar de cuánta valentía era la una y la otra gente, y determinar aquel pleito por el trance de las armas.

Con esta respuesta, Teodorico, para prevenir y para todo lo que pudiese suceder, hizo juntas de los suyos y llamó también socorro de los borgoñones y de los francos. Pasó los montes Pirineos, y cerca del río Urbico, que corre entre Iberia y Astorga en Galicia, en una batalla muy trabada venció y puso en huida a su enemigo. Grande fue la matanza que de los suevos se hizo en aquella batallla. El mismo Requiario salió herido, y no teniéndose por seguro en parte alguna de España, quiso en una nave pasar en África. Pero la fuerza de la tormenta le echó a la ciudad de Oporto, por aquella parte que el río Duero se mete en el mar. Allí, por

 

 

 

 

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mandado del vencedor, le mataron el año de 456, como lo dice Adón Vienense. Braga fue puesta a saco, pero sin sangre de los ciudadanos. La presa fue rica por estar, a lo que parece, en aquella ciudad la silla de los reyes suevos. Después de esta batalla puso Teodorico por gobernador de Galicia, la cual dejó sujeta, a Acliulfo, del linaje de los Varnos, no de la nobleza de los godos, y hombre de poca lealtad. Revolvió la guerra contra la Lusitania, donde por amonestación de Santa Olalla, debajo de cuyo amparo estaban Mérida y sus cosas por ser ella su protectora, desistieron de saquear aquella ciudad. Hecho esto, Ceurila, con parte del ejército, fue enviado contra la Bética. Nepociano y Nerico a Galicia contra Acliulfo, que olvidado de la fe y de su deber, se había apoderado de aquella provincia y hecho tirano.

 

Teodorico, vuelto en Francia, o con deseo de descansar, o por acudir a otras alteraciones, tomó las armas contra los romanos y contra Maioriano, por ventura porque habían forzado a Avito que renunciese el imperio, como se dirá luego, y ya se dijo que el emperador Avito y el rey Teodorico eran amigos. Taló pues los campos de Francia, y saqueó los pueblos, y pasó armado hasta el río Ródano. Y como se apoderase de León, la puso fuego y a sangre y la saqueó. Esto en Francia.

 

En España, el capitán Ceurila, como hubiese al improviso y antes que nadie imaginara llegado a la Bética, los naturales, con embajadores que le enviaron, le hicieron saber que ellos ponían a sí y a todas sus cosas en el poder de los godos. Que no habían consentido con los demás suevos ni conspirado contra los romanos. Que estaban aparejados a dar rehenes y hacer lo que les fuese mandado: recibirlos en los pueblos, ayudarlos con trigo y con todas las demás cosas. Por esta manera, sin sangre, la Bética quedó sujeta al señorío de los godos.

 

En Galicia se hacía la guerra con mayor porfía, y últimamente en una batalla que se dio cerca de Lugo, Acliulfo (que se nombraba rey), a lo menos se había apartado de la obediencia de los godos, fue preso y pagó con la cabeza. Los suevos enviaron a Teodorico hombres santos con los ornamentos de la Iglesia y cosas sagradas para moverle más, por cuya industria alcanzaron perdón para toda la provincia de Galicia, y no solamente el perdón que pedían, sino con increíble grandeza de ánimo les otorgó que recogiendo las reliquias del naufragio pasado, nombrasen de entre sí rey. Vínose a la elección; no se conformaron las voluntades. Unos

 

 

 

 

 

 

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nombraron a Franta por rey, otros a Masdra; éste por los suyos fue muerto a hierro dentro de dos años.

 

Remismundo, su hijo y sucesor, año de nuestra salvación 460, conforme a la cuenta de Isidoro, corregidos los números conforme a la verdad, se concertó con Franta, y juntadas con él sus fuerzas, entró por la Lusitania, metiéndola toda a fuego y sangre. Provincia que en aquella sazón había vuelto al señorío de los romanos, si bien no se entiende la manera, el tiempo ni la causa en que esto se hizo. Lo que se sabe es que Remismundo no la pudo del todo sujetar a su señorío.

 

En Roma y en Italia, Ricimer (nieto que era de Walia, rey de los godos, nacido de una su hija y de padre suevo de nación) era en este tiempo maestro de la milicia romana, que era el mayor poder y cargo después del emperador. Éste hacía y deshacía emperadores en aquellos miserables tiempos, y con esto traía al retortero la república romana, porque Mecilio Avito, sucesor de Máximo, renunció el imperio y fue hecho obispo de Placencia en Italia. El que le forzó a hacer esto, que fue Julio Valerio Maioriano, sucesor suyo, pasó en España, y sosegadas las alteraciones de aquella provincia, aprestó una armada en Cartagena con deseo de dehacer a los vándalos en África. Pero todo este aparato se desvaneció como humo, porque parte de la armada quemaron los enemigos, parte tomaron por haber ellos tenido noticia de lo que el emperador pretendía, y tiempo para hacerle resistencia y daño. El mismo Maioriano, afeado con la afrenta del mal suceso, si bien en la Galia restituyó al imperio todo lo que los godos usurparan, dado asiento en las cosas de aquella provincia y vuelto a Italia, perdió la libertad y la vida en Dertona, cerca del río Hira, a los 7 de agosto, año de 461, todo por engaño y orden de Ricimer.

 

En aquella revuelta y confusión de cosas, el rey Teodorico se tornó a apoderar de Narbona por entrega que de ella hizo Rabenio, a quien con grandes promesas él persuadió se apartase de la obediencia del emperador Severo. Hay en Mebrija un letrero de este tiempo en la misma delantera del templo sobre la puerta, con estas palabras vueltas en romance:

 

Alejandría, clarísima hembra, vivió veinticinco poco más o menos.

 

Murió en paz a diez de las calendas de enero, era quinientas y tres.

 

Probo su hijo vivió dos años y un mes.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Por las palabras latinas de este letrero, que es muy llano, se ve que la elegancia de la lengua latina había ya en este tiempo degenerado mucho de lo antiguo. La alfa y la omega con la señal de la cruz (en aquella forma que se dijo arriba hizo Constantino Mago la bandera real) están puestas debajo de este letrero, conforme a la costumbre de aquel tiempo, en razón de diferenciar los sepulcros de los cristianos de los demás.

 

Gobernaba por el mismo tiempo la Iglesia Romana Hilario, natural de Calari, en Cerdeña, sucesor de León Magno. Hay una carta de Ascanio, obispo de Tarragona, para Hilario, con ocasión de la cual y de un concilio de obispos que se juntaro para celebrar el día en que nació el dicho pontífice, se trató en Roma cómo Nundinario, obispo de Barcelona, nombró por heredero de sus bienes y señaló por su sucesor a Ireneo, coadjutor suyo. Dicen que la voluntad y juicio del obispo fue aprobada por los votos de los principales y los demás del pueblo. Movido de este ejemplo o de su voluntad, hizo olismo Silvano, obispo de Calahorra, señalando sucesor, pero sin la voluntad del pueblo y consentimiento metropolitano. Por tanto pedían que aprobada la primera elección por autoridad de Hilario, la segunda se diese por ninguna. Respondió Hilario que por no poderse en manera alguna distinguir la causa de Barcelona de la de Calahorra, y porque no pareciese se heredaba lo que por benignidad de Cristo se da conforme a los merecimientos de la vida de cada uno, que la una y la otra elección se tuviesen por de ningún efecto, y se tornasen a hacer conforme a las costumbres y leyes legalmente. La data de esta carta fue a 30 de diciembre, siendo cónsules Basilisco y Hermenerico, que fue año de nuestra salvación de 465. En esta carta Ascanio se llama metropolitano de la provincia tarraconense. Tenía Tarragona por sufragáneas a Calahotta, León, Barcelona, Ciudad-Rodrigo (que antiguamente se llamó Miróbriga), dado que entre sí estaban muy apartadas. Argumento claro que era superior de todas las Iglesias que en España obedecían al Imperio Romano, y reconocían a la Iglesia Romana por madre y cabeza de la religión cristiana, como lo es. Por ventura en España no se usaba en aquel tiempo el nombre de primado, sino que donde estaba el gobierno y la silla del imperio, aquella ciudad tenía autoridad sobre las demás ciudades e Iglesias que pertenecían a aquel gobierno, punto de que tenemos muchas conjeturas y razones, si no concluyentes, a lo menos probables. Pero volvamos a lo de Galicia.

 

 

 

 

 

 

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V. De la muerte del rey Teodorico y del rey Eurico

 

Los suevos en esta misma sazón andaban alterados a causa de nuevas guerras que entre ellos se levantaron. Fue así que por votos de la una parcialidad de las dos que andaban entre aquella gente, en lugar de Franta, difunto (como queda dicho), fue puesto Frumario. Su competidor Remismundo, antes que el nuevo rey cobrase fuerzas y se arraigase en el reino, pretendió apoderarse por fuerza de armas de todo el señorío y nación de los suevos; y salió con ello por causa que al mismo tiempo falleció, acaso de su enfermedad, Frumario, su contrario. Dado que Iria Flavia, ciudad sujeta a Remismundo, fue destruida por los contrarios, ca no quedaban del todo sosegados con la muerte de Frumario, su rey. Reducida con tanto la gente de los suevos debajo del imperio de uno, grandes levas de gentes se hicieron en toda aquella provincia, con que juntado un grueso ejército, Remismundo acometió la Lusitania, y después de haberse por engaño apoderado de Coimbra, hizo lo mismo de la ciudad de Lisboa, por entrega que de ella le hizo Lucidio, ciudadano y gobernador de aquella ciudad. El poder de los romanos era menospreciado, temíanse las armas de los godos.

 

Por esto pareció a los suevos conveniente aplacar a Teodorico con una embajada con que le prometían de mantenerse en su fe, y estar prestos para hacer lo que les fuese mandado. Dio orejas el godo a esta embajada, y para mayor firmeza de la amistad tratóse que los reyes se confederasen con nuevo parentesco. Y así Remismundo casó con una hija de Teodorico, la cual por voluntad de su padre fue enviada a España, y en su compañía Salano, hombre principal que tomó cuidado de llevarla. Iba también en los demás Ayace, hombre francés, y que por ganar la gracia de su rey días antes se hiciera arriano. Todo esto iba aderezado a que por diligencia de este hombre los suevos se pervirtiesen e hiciesen arrianos, con que se prometían quitada la diferencia de la religión, sería más firme el asiento que tomaron. Hizo aquel hombre astuto lo que se pretendía. En efecto, la reina procuró introducirle en la gracia de Remismundo, y por aquel medio inficionar gente de aquella mortal ponzoña. Salano, como celebradas las bodas se volviese a Francia, halló que Teodorico era muerto por engaño de Eurico, su hermano, que fue año de nuestra salvación de 467, el año trece después que él con semejante alevosía dio la muerte a Turismundo su hermano.

 

 

 

 

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El reino de los godos sin contradicción quedó por Eurico en premio de aquella maldad. Era grande su ferocidad y brío, sólo le ponía en cuidado el poder de los suevos. Temía que Remismundo vengaría por las armas la muerte del rey su suegro. Deseaba juntamente quitar la Lusitaniaa los suevos, y echados los romanos de toda España, hacerse universal señor de ella, porque en aquella era estaba dividida en tres partes. La Galicia con parte de la Lusitania obedecía a los suevos; la Bética y Cataluña a los godos; debajo del imperio de los romanos permanecía la provincia Cartaginense, los Carpetanos (reino de Toledo) y casi todas las demás provincias de España. Eurico, pues, lo primero se concertó por medio de sus embajadores con el emperador León, que regía las provincias del Oriente. Hecho esto, entró con un grueso ejército y discurrió hasta lo postrero de España, donde sin hallar contradicción por muchas partes maltrató y sujetó la provincia de Lusitania. Desde allí antes de dar la vuelta, envió delante parte de su ejército para apoderarse de Pamplona y de Zaragoza, que perseveraban en la obediencia de los romanos. Él también, con lo más fuerte del ejército, movió la vuelta de la España Citerior, y en ella después de largo cerco se apoderó de Tarragona, ciudad que en España tenía muy grande autoridad, y la derribó por el suelo, enojado de que se pusieron en defensa y que el cerco hubiese durado mucho tiempo. Con esto despojó a los romanos de todo el señorío que tenían en España, y del Imperio, que duró en ella casi setecientos años; y aún fuera de Galicia, que quedó por los suevos, todo lo demás de España por fuerza de armas se rindió a los godos. Esto en España.

 

En la Galia se ensancharon los términos del señorío de los godos con esta ocasión. Las cosas de Italia iban de caída a causa de las guerras civiles que estaban muy encendidas con grande y vergonzosa flaqueza del Imperio Romano, de manera que apenas ya ni por sus fuerzas, ni con socorros de fuera se podían entretener. Porque muerto el emperador Vibio Severo, Flavio Antemio tuvo por algún tiempo el Imperio de Occidente, sustentado con las fuerzas y mañas de Ricimer, patricio, que sacó del barato para sí por mujer una hija del nuevo emperador, bien que la amistad no duró mucho, ni podía ser seguro tan gran poder de hombre particular. Y es cosa forzosa que perezca o haga perecer el que pone miedo al príncipe, como acaeció entonces. Resultaron diferencias entre el suegro y el yerno; vinieron a las armas, y Ricimer se apoderó de la ciudad de Roma y la saqueó. Dio otrosí la muerte al emperador Antemio. Con esto, un senador

 

 

 

 

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llamado Olibrio sucedió en el imperio. El mismo Ricimer, pocos días después, murió atormentado de gravísimos dolores. El vulgo entendía que era venganza del cielo por haber menospreciado poco antes el derecho de afinidad tan estrecha, y haber maltratado aquella ciudad. Muerto poco después Olibrio, siguióle Glicerio, en ninguna cosa más afortunado que su predecesor. Porque Julio Nepote, al cual León (emperador de Oriente) diera el imperio de Occidente, le forzó a renunciarle, y le envió a Salona, ciudad de Esclavonia, para que allí fuese obispo de aquella ciudad, a propósito que no le escarneciesen y maltratasen, si quedase en Italia despojado del mando como hombre particular, y para que con aquella dignidad se sustentase y pasase por el agravio que le hacían. Dado que parece vino de su voluntad en ello, pues poco después fue aquella ciudad acogida del mismo Nepote, cuando asimismo le echó de la silla imperial Momillo Augusto. Orestes, maestro que era de la milicia romana después de Ricimer y padre de este Momillo, quitó el imperio a Nepote, y en él puso a éste su hijo, lo cual sucedió a 31 de octubre, año 475. Vulgarmente a este nuevo emperador llamaron Augústulo, por vía de escarnio, y porque en él se acabó de todo punto el Imperio de Occidente, que otro del mismo nombre, es a saber, Octavio Augusto había fundado, a lo que parecía, para siempre y para que fuese perpetuo. De esta manera trueca y revuelve la fortuna o fuerza más alta las cosas humanas. Caen las ciudades y los imperios, yérmanse los pueblos, y las provincias se asuelan. Que es todo consideración muy a propósito para conhortarse cada cual, y llevar en paciencia sus trabajos. Ciudades y reinos muy nobles yacen por tierra caídos como cuerpos muertos; ¿y nos, cuyas vidas estrechó la naturaleza dentro de pequeños términos, si algunos de los nuestros muere, haremos estrecho sentimiento? Razón en sin duda y muy justo nos acordemos que somos hombres, y no nos queramos atribuir la inmortalidad de los que están en el cielo.

 

Imperó Augústulo nueve meses y veinticuatro días. Odoacro, hombre bárbaro, rey de los hérulos, habiéndole quitado el imperio, se apoderó de Italia y de Roma, y tuvo aquel imperio por más de dieciséis años. Este fue el fin del Imperio de Occidente, estos los emperadores postreros y desgraciados, que aquí habemos justado como las heces que fueron del Imperio Romano y de su majestad. Volvamos atrás, y contemos algunas cosas que en su tiempo acontecieron.

 

 

 

 

 

 

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Eurico, rey de los visigodos, después de haber domado a España, acometió las tierras de la Galia. Añadióse este nuevo mal a los demás con que las provincias todas eran trabajadas. La deslealtad que en aquel tiempo más que en otro se usaba, fue la principal causa de estos daños. Fue así que Arvando primero, y después Seronato, que eran en la Galia gobernadores por los romanos, persuadieron a este rey que se apoderase de las provincias del imperio, pues le sería cosa más fácil en tiempos tan revueltos. Juntóse con esto que a Genserico Vándalo venció en una batalla naval cerca de Sicilia, Basilisco, capitán famoso del emperador León. Con esta pérdida, maltratado el vándalo, se volvió en África, y por miedo que tenía de mayor daño, donde movió por sus embajadores a la una y a la otra gente de los godos, ostrogodos y visigodos contra los romanos, con grandes esperanzas que les puso delante y partidos aventajados.

 

Estas fueron las causas de la guerra que se hizo en Francia. Arvando y Seronato, descubierta la traición y convencidos en juicio, pagaron con sus cabezas. El intento de Genserico tuvo mejor suceso, porque Teodomiro, rey de los ostrogodos en Panonia, recobrado que hubo su hijo Teodorico, que largo tiempo estuvo en Constantinopla en rehenes, y al cual el cielo tenía aparejado el imperio de Italia, dio cuidado a Vindemiro, su hermano, para que hiciese guerra a Italia, que de sí misma iba a caerse y estaba para perderse. Pero éste, vencido por los dones que Glicerio Augusto le dio en el tiempo que tuvo el imperio, dejada Italia, se pasó en la Galia, y juntó sus fuerzas con Eurico, que con gran espanto y daño de aquella provincia comenzaba a talar los campos y meter a fuego y a sangre las villas y lugares. Fue esta junta de grande efecto, y dado que Epifanio, obispo de Pavía, varón en aquel tiempo de grande autoridad, enviado por Nepote Augusto, trató se sosegar estas gentes, no hizo algún efecto. Antes, partido él, los de Rodes, de Cahors, de Limoges, los gabalitanos quedaron sujetados por las armas de los godos. Arverno, otrosí, ciudad de la primera Aquitania, a la cual hoy llaman Claramonte, no lejos de aquel collado donde la antigua Gergovia de César estuvo situada, forzosamente se hubo de entregar por estar cansados los ciudadanos de un cerco que sobre ella tuvieron muy largo. Hacían resistencia a los godos y a sus intentos, por una parte el obispo de aquella ciudad, llamado Sidonio, con sus fervientes oraciones y vida muy santa, por otra el conde Ecdicio, con su valor y con las armas, hijo que era de Avito, uno de los emperadores ya contados. Pero las orejas de los santos y del cielo estaban sordas para oír las plegarias de

 

 

 

 

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aquel pueblo, y los muros de la ciudad por la mayor parte echados por tierra y allanados.

 

Por esta causa Ecdicio se resolvió de huir. Llamóle el emperador Nepote e hízole patricio, que a la sazón era hombre de gran dignidad. Premio debido a su virtud, si bien tuvo poca dicha en defender la ciudad. En lo que más se señaló este nobilísimo varón fue en la liberalidad con los pobres, en un tiempo que corrió de una hambre y carestía muy grande, mayormente en la Borgoña. Acudió a tan grave necesidad Ecdicio con sus tesoros y con sus riquezas. Envió su gente con jumentos y carros para que le trajesen todos los pobres que hallasen. Juntaron como cuatro mil de ellos, hombres y mujeres y niños, a los cuales todos dio en su casa el sustento necesario por todo el tiempo que duró aquel azote y trabajo. Y después por el mismo orden los hizo volver a sus casas y sus tierras. Partidos los pobres, dice Gregorio Turonense que se oyó una voz en el cielo que dijo: «Ecdicio, Ecdicio, porque hiciste esto y obedeciste a mi voz, y sustentando a los pobres hartaste mi hambre, ni a ti ni a tus descendientes para siempre faltará pan».

 

Para hacer rostro a los godos que se iban apoderando de gran parte de la Galia, el emperador Nepote despachó a Orestes, maestro de su milicia, con bastante número de gente. Era este capitán godo de nación, y conforme a la poca lealtad que en aquel tiempo se usaba, dejada aquella empresa, revolvió con sus fuerzas contra su mismo señor y emperador, sin parar hasta despojarle del imperio y poner en su lugar a su hijo, que como queda dicho, se llamó Augústulo.

 

Con la vuelta de Orestes no quedó en la Galia quien hiciese resistencia a los godos. Así extendían sin contradicción en aquella provincia los términos de su imperio. Apoderáronse de Marsella y de otras ciudades por toda aquella comarca, cuyos campos riega el caudaloso río Ródano con sus aguas. Finalmente, Eurico puso la silla de su reino en Arlés, y soberbio y arrogante con tantas victorias, como si le faltaran de todo punto los enemigos, revolvió su furia contra la religión católica, como príncipe arriano que era muy aficionado a aquella mala secta. Para mejor salir con lo que pretendía, que era deshacer los católicos, echaba los obispos de sus iglesias sin poner otros en su lugar. Los demás sacerdotes y clero, por no tener quien los acaudillase, se derramaban por diversas partes, y se reducían a muy pequeño número. Desamparaban los templos, que en parte se caían, en otros nacías hierbas y matas y todo género de maleza, en tanto

 

 

 

 

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grado, que las mismas bestias y ganados se entraban dentro a pacer, sin que la santidad de aquellos lugares fuese parte para reparar este daño, por estar las puertas caídas, y la entrada libre para todos. Así hombres como brutos, si ya no era que los matorrales y zarzales en algunos templos eran tan grandes que no dejaban entrar a nadie. Sidonio Apolinar en muchas cartas llora la calamidad se tiempos tan miserables: de él se ha de tomar la razón de estas cosas, por haberlas dejado los historiadores de contar.

 

Reinó Eurico por espacio de diecisiete años. Falleció en Arlés, de su enfermedad, el año de nuestra salvación de 483. En este mismo año Simplicio, pontífice romano y sucesor de Hilario, pasó de esta vida a otra mejor. Hállase una carta de Simplicio para Zenón, obispo de Sevilla, do se ponen estas palabras: «Por relación de muchos hemos sabido que tu caridad, con el favor del Espíritu Santo, así gobiernas tu Iglesia, que con la ayuda de Dios no siente los daños del naufragio. Por tanto, gloriándonos con tales nuevas, no pareció conveniente de hacerte vicario de nuestra Silla, con cuya autoridad y vigor esforzado no permitas en manera alguna que se traspasen los decretos del amaestramiento apostólico, ni los términos de los santos padres. Porque justa cosa es que sea remunerado con honra aquel por cuyo medio en esas regiones se sabe crece el culto divino». De estos principios, como quier que los romanos pontífices en adelante acostumbrasen a hacer sus vicarios a los obispos de Sevilla, les nació aquella autoridad que algunas veces tuvieron sobre las demás Iglesias de España, junto con que aún por este tiempo la Iglesia de Toledo no tenía el derecho y autoridad de primado. A Simplicio sucedió Féliz, cuya carta asímismo se ve para el mismo Zenón, en que no hay cosa alguna que digna de memoria sea.

 

 

 

 

VI. Del reino de Alarico

 

Hechas las exequias de Eurico, los principales (a los cuales, el padre estando a la muerte mucho les encomendó a Alarico, su hijo, y a él dio muy buenos consejos), le declararon por sucesor de su padre. En tiempo de este rey, las cosas de los visigodos estuvieron pacíficas en España. La Galia, por estar dividida en muchos señoríos de godos, francos y borgoñones, no podía sosegar largo tiempo. Teodorico en Italia, con

 

 

 

 

 

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consentimiento del emperador Zenón, que sucedió a León, fundó el reino de los ostrogodos, ca venció y mató al rey Odoacro año de nuestra salvación de 493. El origen de los ostrogodos y su principio, se ha de tomar del tiempo de Radagaiso, el cual, como fuese deshecho en Fiessoli por las gentes de Honorio y por el esfuerzo de Estilicón, los que quedaron de aquel ejército destrozado de ostrogodos, pasados varios trances, juntaron sus fuerzas con los hunos, y en la batalla cataláunica estuvieron de parte de Atila, como arriba queda dicho.

 

Después, como tuvieses por mejor asentar a sueldo del Imperio Romano, que servir a los otros bárbaros, el emperador Marciano les dio tierras en Panonia donde morasen. Poco después vino a ser rey de aquella gente Teodomiro, cuyo hijo fuera de matrimonio habido en una mujer llamada Eurelieva, por nombre Teodorico, de edad de siete años envió su padres por rehenes al emperador León. Era mucha su gracia, con la cual y con la buena crianza y si ingenio se hizo muy amable al emperador, tanto que llegado a mayor edad le dio licencia para volverse a su patria. Después de la muerte del padre, como hecho rey volviese a visitar al emperador Zenón en el mismo tiempo que Odoacro Hérulo acometió el imperio de Italia, alcanzó de él fácilmente licencia de pasar contra aquel rey, y vencidos y destruidos los enemigos, se llamó rey de Italia. Sujetó otrosí a Roma, como manifiestamente se entiende por las cartas que Casiodoro su secretario escribió en nombre del mismo rey. Para cobrar fuerzas y arraigarse muy de propósito en el nuevo reino que conquistara, acordó ayudarse de todas partes, y en particular emparentar con los francos, borgoñones, y visigodos, príncipes y naciones en aquel tiempo de grande poder y fama. Con este intento él mismo casó con Audefleda, hermana de Clodoveo, rey de los francos, que ya en aquella sazón era cristiano. De dos hijas suyas habidas en una mujer soltera, la una llamada Ostrogoda dio por mujer a Alarico rey de los visigodos; la otra llamada Teudicoda a Gundibaldo, rey de los borgoñones. Por esta forma y con estos casamientos se hizo como juez y cabeza de todo el Occidente. Y como tal procuró concertar cierta diferencia que resultó entre los visigodos y los francos, con cartas y mensajeros que despachó a los unos y a los otros, en los que con los ruegos mezclaba alabanzas, sino venían en lo que era razón.

 

Los francos, por el amor que tenían a la religión católica que poco antes abrazaran, aborrecían a los visigodos como gente infeccionada de la

 

 

 

 

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secta arriana. Demás de esto llevaban mal que todos los desterrados y enemigos de los francos hallaren segura acogida en el reino de Alarico. Quejábase otrosí Clodoveo que Alarico en cierta habla que tuvieron concertada, trató de armarle cierta zalagarda para quitarle la vida, lo cual decía saber muy cierto. La verdad era que dos reinos comarcanos como estos no podían estar mucho tiempo sosegados, ni faltar ocasiones de desabrimientos. De estos principios se temían alguna grave guerra, y que se encendería algún gran fuego entre aquellas dos gentes ferocísimas.

 

El rey ostrogodo, avisado de lo que pasaba, primero por la fama y después por diversos mensajeros que le vinieron, y recelándose de los daños que podían resultar, despachó a cada uno de los dos su embajada con sendas cartas que les escribió muy prudentes y graves para sosegarlos y concertar aquellas diferencias. Avisóles que recibía el mayor pesar que podía ser, viendo que dos tan amigos suyos se armaban el uno contra el otro, y aún se despeñaban en su perdición. Desorden de que sus enemigos se alegraban por verlos encendidos en odios tan grandes. Que por el mismo caso que cada uno buscaba la destrucción del otro, resultaba el peligro no solo de su vida, sino también de sus súbditos, que ordinariamente lastran los desatinos de sus reyes. Los reinos se fundan con prudencia y modestia, la desenfrenada locura los deshace y consume. Las guerras que fácilmente se emprenden, muchas veces se rematan en triste y miserable fin: que le parecía cosa justa antes de venir a las manos intentasen algún camino y manera de concertarse, pues los ánimos que hasta entonces por cosas de poco momento estaban entre sí irritados, con facilidad se apaciguarían y tendrían concordia. Pero si el odio pasaba adelante y con muestras más graves perdían del todo la amistad, no quedaría esperanza de concordarlos hasta tanto que consumidas y deshechas las riquezas y fuerzas, el uno de los dos reinos que en gran manera florecían, de todo punto quedase asolado. Que temía a causa del parentesco que con ambos tenía, resultaría en él afrenta e infamia de entrambas partes de cualquier manera que el negocio sucediese. Que si Alarico no enfrenaba el respeto de padre, ni Clodoveo reprimía el amor de hermano, él como a hijo amenazaba al uno, y al otro apercibía que tendría por enemigo aquel que mostrase mayor odio y aversión a la paz, no obedeciendo a los consejos y amonestaciones de un pecho amicísimo y de un tan cercano pariente.

 

 

 

 

 

 

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Alarico más fácilmente daba oído a estas amonestaciones. Clodoveo, por ser hombre más feroz, desechaba cualquier condición de paz. Dio pues esta soberbia respuesta: que él no tenía otro ánimo con Alarico del que era justo y él gustaba. Que él fue el primero agraviado y ofendido, junto con que demás de dar acogida a sus enemigos en sus tierras, le había denunciado la guerra. Siendo por donde el derecho de naturaleza y la majestad real pedían no diese lugar a estas demasías, sino que se defendiese y desagraviase. Concluía con decir que convidando él con la paz, y el enemigo presentando la guerra, deseaba le hubiera la naturaleza dos manos derechas, la una para contraponerla a Alarico, y dar la otra desarmada al mismo Teodorico.

 

Esta respuesta de tanta resolución hizo que el ostrogodo quedase más inclinado a Alarico. Escribió cartas a todos los demás reyes, cuyas copias hoy andan, en que reprende la soberbia y orgullo del francés. Cárgale que confiaba en sus fuerzas y en su fiereza, que era la causa de tener las orejas cerradas a la razón y justicia; amonesta que todos acudan a aquel peligro y atajar aquel daño, que podría resultar en perjuicio de todos; despachasen sus embajadas a amenazar a Clodoveo y apartarle de aquel mal propósito; que la conservación del estado de cada uno en particular dependia de la común providencia y amistad que todos entre si debían tener y de contrapesar las fuerzas de los príncipes por esta forma. No aprovechó ni la diligencia del rey Teodoríco ni su autoridad para que la guerra no pasase adelante y viniesen a las manos.

 

Marcharon el uno contra el otro. Juntáronse las dos huestes enemigas en los campos Vogladenses, tierra de Potiers. No se reconocían ventaja los unos a los otros ni en los ánimos ni en las armas ni en el arte militar, ni en el vigor y fuerzas de los cuerpos. Luego pues que llegaron los unos y los otros a vista, ordenaron sus haces en guisa de pelear. Fue la batalla muy reñida y dudosa, igual el peligro, no menor la esperanza. Alarico no dejó por intentar cosa alguna y las que se podían esperar de un valeroso capitán, porque como cargasen los enemigos con grande ímpetu, y los godos por todas partes fuesen destrozados y muertos, y los demás por salvar las vidas volviesen las espaldas, él con ánimo muy grande acudía a todas partes, a los temerosos esforzaba, levantaba los caídos, do era la mayor carga y do quiera que se mostraba alguna esperanza, allí ayudaba con obras y con palabras. Señalábase entre todos los suyos por el caballo en que iba y sus armas resplandecientes y sobrevistas reales. Decía a sus soldados que no

 

 

 

 

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en la ligereza de los pies sino en las manos y su valor debían ponerla esperanza; que en aquel trance lo más peligroso era lo más seguro, y la firme resolución muy poderosa arma en la necesidad; grande afrenta que los vencedores de tantas naciones se dejasen vencer de aquella gente. Suele el temor ser mas poderoso que la vergüenza; así los soldados no recibían las palabras ni daban oídos a las amonestaciones de Alarico. Vuelven todos las espaldas. Quedaba de los postreros Alarico; y visto que no podía mas, pretendía también salvarse, cuando Clodoveo, que peleaba en el primer escuadrón, se fue para él, y de un encuentro y bote de lanza le arrancó del caballo. Procuraba Alarico levantarse, pero acudió un peón francés que le quitó la vida. Por el contrario, dos caballeros godos, movidos del deseo de vengar a su rey, por el un lado y por el otro, puestas en el ristre sus lanzas, se fueron para el rey francés. Valióle una buena loriga que llevaba y un valiente mancebo llamado Clodorico, que acudió a favorecerle.

 

Muerto Alarico, los godos que escaparon de la matanza se derramaron por las ciudades comarcanas, sin que quedase escuadrón alguno de consideración para hacer rostro a los francos. Con esto la ciudad de Angulema, que se tenía antes por los godos, después de esta rota tan grande vino en poder de los francos, mayormente que una parte de los muros por su vejez de repente se cayó y allanó por tierra. Los godos que no se hallaron en esta batalla se apellidaron de nuevo y se atrevieron a probar ventura en la comarca de Burdeos; el suceso fue el que antes; la matanza que de ellos se hizo tan grande, que desde aquel tiempo el lugar en que se dio la batalla tomó nuevo apellido, ca vulgarmente se llamó el Campo Arriano por causa de la religión que los godos seguían. En prosecución de estas dos victorias tan señaladas se rindieron a los vencedores muchos pueblos de la Francia, como Burdeos, los Vesates, los de Cahors, los de Rodes, por conclusión los de Alvernia, cuyo capitán y caudillo llamado Apolinar, deudo que era de Sidonio, obispo de Alvernia, murió en la batalla, por donde quedaron alterados y amedrentados.

 

Hasta la misma ciudad de Tolosa se rindió, do estaba la casa real y silla de los godos, de suerte que apenas en toda Francia les quedó cosa alguna que no viniese en poder de los francos. Halláronse en los tesoros y recámara de los reyes godos los vasos y los demás instrumentos de los sacrificios del templo de Jerusalén, de los cuales Alarico, primero de aquel nombre, rey de aquella nación, se apoderó cuando entró y saqueó a Roma,

 

 

 

 

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y de él vinieron a poder de sus sucesores, y al presente al de Clodoveo. Fueron tomados en los reales vogladenses o en Tolosa, que en esto los autores son varios; y aún no falta quien diga que estos vasos estaban en Carcasona, y como quier que por este respeto la tuviesen cercada los francos, sobrevinieron en su ayuda los ostrogodos, que la libraron.

 

Murió Alarico año de nuestra salvación de 506. El imperio y señorío que su padre le dejó asaz próspero, él le continuó con engaños y crueldad por espacio de veinte y tres años, que fue el tiempo que reinó; por esta causa se compadeció poco la gente de su desastre, antes pensaban y decían que le tenía merecido. Si bien fue el primero de los reyes godos que estableció y promulgó leyes por escrito, recopiló en suma y publicó el Código de Teodosio a 3 de febrero del mismo año que fue muerto. Porque antes de él en paz y en guerra acostumbraban a gobernarse los godos a fuer de otras naciones bárbaras por las costumbres y usanzas de sus mayores y antepasados. A las leyes de Alarico los reyes siguientes añadieron otras muchas, y de todas se forjó el volumen que vulgarmente los españoles llamamos el Fuero Juzgo, de que tornaremos a hablar otra vez en lugar más a propósito.

 

 

 

 

VII. De los reyes Gesaleíco, Teodorico y

 

Amalarico

 

Tenía Alarico en su mujer Teudicoda, que poco antes falleció, a Amalarico, y en una mujer soltera a Gesaleico. Los principales de los godos por la poca edad de Amalarico, que era de cinco años solamente, dieron sus votos y hicieron rey a Gesaleico. Llevó mal el Ostrogodo que por respeto ninguno dejasen a su nieto y le despojasen del reino de su padre. Era señor de Italia, de Sicilia, de las islas vecinas a Italia, del Ilírico y Dalmacia, y juntamente entretenía a su sueldo ejércitos muy ejercitados en las armas. Envió ochenta mil combatientes a la Galia debajo la conducta de Ilba, conde de los gépidas, con intento así bien de reprimir el orgullo de los francos, soberbios por la victoria ganada, y con esto sustentar el reino de los visigodos, que estaba a punto de perderse, como de restituir a su nieto en el reino de aquella gente, que injustamente le quitaran.

 

 

 

 

 

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Gesaleico, medroso de tan grande aparato y porque Gundebaldo, rey de Borgoña, que como suele acontecer acudió a la presa, estaba apoderado de la ciudad de Narbona, como quier que no se tuviese por seguro en alguna parte de Francia, se recogió a Barcelona. Era hombre cobarde y inclinado a crueldad, pues con sus manos dentro de la casa real en aquella ciudad dio la muerte a Goerico, hombre principal, pasión ordinaria de los hombres cobardes y medrosos que pongan toda su esperanza y seguridad en la muerte de los hombres excelentes y poderosos y en la maldad.

Ilba, llegado en la Galia y ayudado por los que quedaban de visigodos, ganó la victoria del enemigo, ca venció a los franceses. Murieron eu la batalla veinte mil francos; con esto los ostrogodos se apoderaron de la Provenza como en premio de su trabajo. La Aquitania, que es Guyena, tornó a poder de los visigodos. Los ostrogodos, demás de lo dicho, se apoderaron de Narbona, que quitaron al de Borgoña, y aún trataban de pasar los montes Pirineos. Gesaleico por esta causa, perdida la esperanza de sus cosas y desconfiado de las voluntades de los soldados por saber muy bien el odio que muchos le tenían por su cobardía y crueldad, pasó en África. Trasimundo, rey de los vándalos, dado que estaba casado con hermana de Teodorico, quier por compasión de aquel hombre ahuyentado, quier por llevar mal que el poder de Teodorico, que de tiempo atrás se hacia temer, se aumentase con la junta de aquel nuevo reino, le recibió benignamente y ayudó con dinero, como se entiende por las cartas de Teodorico, en que se queja de la injuria que en esto el Vándalo le hacia. Con esta ayuda le tornó a enviar a la Galia, donde después de estar escondido un año, juntado con el dinero africano un ejército, se atrevió a probar el trance de la batalla, que se dio a doce millas de Barcelona. Quedó vencido en ella por Ilba, volvió en la Galia huyendo, y en breve murió de enfermedad causada por la pesadumbre que recibió de sucederle las cosas tan mal, que fue el cuarto año de su reinado y de nuestra salvación de 510. Con la muerte de Gesaleico se excusaron grandes alteraciones, y comenzó el antiguo resplandor a renovarse en el reino de los godos. En Talavera, en tiempo de nuestros padres, se halló un sepulcro de mármol blanco con este letrero vuelto de latín en romance:

 

Litorio, siervo de Dios, vivió años setenta y cinco poco más o menos.

 

 

 

 

 

 

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Reposó en paz a veintitrés de junio Era quinientos cuarenta y ocho.

 

Debajo del letrero estaba y está hoy una cruz con alfa y omega para muestra de que el enterrado allí seguía la religión cristiana. De este Litorio hace mención Máximo, cesaraugustano; dice que murió en Ebura de los carpetenos, año 509. Ebura es Talavera.

 

Muerto Gesaleico, quien haya sido puesto en su lugar no concuerdan los autores; los más afirman que el mismo Teodorico, ostrogodo, se llamó de allí adelante rey de los visigodos. Conforma con esto que los concilios de los obispos que por este tiempo se tuvieron en España ponen al principio el nombre de Teodoríco y también el año de su reinado. Otros son de parecer que a Gesaleico sucedió Amalarico, y que Teodorico solamente fue tutor y gobernador en lugar de su nieto. De esto por gobernar el reino a su voluntad y estar apoderado de todas las rentas reales de España para mantener las compañías de guarnición, así de visigodos como de ostrogodos que tenía, procedió la opinión que hace rey a Teodorico. Nosotros no queremos interponer nuestro parecer en este caso; el lector por si lo podrá determinar, consideradas las razones que por la una y por la otra parte militan. Lo que escritores españoles afirman, sin testimonio de algún escritor forastero, no nos contenta, es a saber, que Teodorico vino en España; porque ¿cómo se puede creer que Casiodoro y otros que escribieron por menudo las cosas de Teodorico hayan pasado en silencio jornada tan memorable? Mucho más se debe contar entre las consejas de las viejas, dado que don Lucas de Tuy lo atestigua, haberse casado en Toledo con mujer de la antigua sangre de los españoles, y que vencido por sus ruegos los restituyó en su antigua libertad. Demás de esto, añaden que de este casamiento nació Severiano, padre de san Leandro y san Isidoro, dichos que ni concuerdan con la verdad ni vienen bien con la razón de los tiempos.

 

Lo que se averigua es que Teudio, o como otros dicen Teudis, que fue antes paje de lanza de Teodorico, al presente por beneficio del mismo se encargó de gobernar la tierna edad de aquel mozo y sostener el peso del reino y de todo el gobierno, escalón por donde vino después a ser rey. Fuera de esto, Eutarico, mozo de la real sangre de los Amalos, fue desde España llamado por Teodorico con esperanza de heredar el reino de Italia, por casarle, como le casó, con su hija Amalasiunta. Era Eutarico ostrogodo

 

 

 

 

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de nación, y hallóse en la batalla Cataláunica; su abuelo fue Veremundo, hijo de Turismundo, de la sangre y alcurnia de los Amalos; Turismundo desde Escitia vino a España, siendo rey Teodorico, sucesor de Walia; de este fue hijo Witerico, y nieto Eutarico. Luego que llegó a Italia, Teodorico demás de su nobleza agradóse de su ingenio y condición, y así le escogió por yerno. Las bodas se celebraron con aderezos y fiestas reales el año de 515, el cual año pasado, siendo cónsules Teodorico y Pedro, en España se tuvo un concilio en Tarragona a 6 de noviembre.

 

En este Concilio se halla la primera vez hecha mención de monjes entre las memorias de España. Mandóse que la fiesta del domingo, a fuer y a la manera de los hebreos, se comenzase desde el sábado en la tarde. De aquí procedió la costumbre de los españoles que comúnmente tienen la noche del sábado por parte de fiesta y la huelgan. Firmaron en el Concilio Héctor, metropolitano cartaginense, que aunque trasladada aquella dignidad a Toledo, como de suso se dijo, todavía aquellos obispos continuaban aquel título, y antes de él firmó Juan, tarraconense, y Paulo, emporitano.

El año que se siguió luego después, que fue el de 517 del nacimiento de Cristo, se celebró el concilio Gerundense en Gerona. En él, conforme a la costumbre de Francia, donde Mamerco, obispo de Viena, porque rabiaban los lobos, para aplacar a Dios inventó las letanías, ordenaron los padres que en España se hiciese lo mismo después de Pentecostés, Pascua de espíritu Santo y también el mes de noviembre. Asimismo Hormisda, pontífice por estos tiempos, gobernaba la Iglesia romana; escribió así en particular a Juan, obispo, conviene a saber tarraconense, presidente en estos dos concilios, como también en común a todos los obispos de España, una carta en que manda que en la metrópoli por lo menos cada año se hagan concilios de obispos; ca los antiguos estaban muy persuadidos que consistía la salud de las iglesias en esto, por ser muy a propósito para apretar la severidad de la disciplina, que por culpa de los hombres se suele muchas veces aflojar.

 

Hay además de esto carta de Hormisda para Salustio, obispo de Sevilla, en que le hace su vicario para concertar las diferencias que resultaban entre los obispos de la España citerior, sin perjudicar por tanto a los privilegios y derechos de los metropolitanos. Por esta causa y porque Amalarico puso la silla real y por la mayor parte residió en Sevilla, los obispos de aquella ciudad alcanzaron autoridad, que competía con la de los

 

 

 

 

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primados, como queda ya apuntado. Muerto Hormisda, en tiempo de su sucesor, que fue Juan, el primero de aquel nombre, que eligieron a 12 de agosto del año de 523, se tuvieron en España dos concilios de obispos, el uno en Lérida y el otro en Valencia, en que no hay otra cosa digna de memoria sino que en el de Lérida se hace mención de abad y de arcediano.

 

Algunos piensan se celebró en este tiempo el concilio de Zaragoza, que anda vulgarmente en los libros de los concilios, sin que haya para ello ni argumento que convenza ni conjetura bastante, por no tener señalado ni tiempo cuando se celebró ni cónsules. Vedóse empero en él que ninguno tomase nombre de doctor, sino conforme al orden de derecho. Asimismo se mandó que no se diese el velo a las vírgenes antes de ser de cuarenta años, renovando en esto los decretos de León Magno y de otros pontífices y concilios. Murió el pontífice Juan a 27 de mayo, año de nuestra salvación de 526, en Rávena, del mal olor de la cárcel en que Teodorico le puso, ca ensoberbecido por haber sujetado tantas naciones, volvió la guerra y amenazas contra la religión cristiana y contra Dios.

 

Justino Augusto, sucesor de Anastasio, con celo de la católica religión, en que maravillosamente se señalaba, mandó desterrar los arrianos de todo el oriente. Este decreto de Justino dio tanta pesadumbre a Teodorico (ca entrambas naciones de los godos seguían la secta arriana), que envió por sus embajadores a Juan, pontífice romano, y al obispo de Ravena y a algunos principales del Senado para amenazar al Emperador que, sino le revocaba, él derribaría los templos de los cristianos en Italia y asolaría la ciudad de Roma y a todos los católicos. Hizo su embajada el pontífice. Festejóle mucho el Emperador y honróle magnificamente conforme a lo que pedía la razón. Coronó al Emperador de su mano; y dado que le persuadió revocase el edicto, vuelto después de la embajada, fue por Teodorico encarcelado por sospechar que la honra que le hicieron se enderezaba a entregar a Italia a los griegos y que era aficionado a la parte de los emperadores. Murió el santo pontífice en la prisión. La Iglesia le tiene en el número de los santos mártires, y le hace particular fiesta todos los años el mismo día que murió.

 

Fueron comprehendidos en esta misma causa Simaco y Boecio, hombres principales que habían antes ido a Constantinopla con embajada. Túvolos hasta este tiempo presos, en que les mandó dar la muerte. Siguióse en breve la venganza de Dios, porque al principio del mes de setiembre próximo el mismo Teodorico murió por juicio divino y en

 

 

 

 

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venganza de aquellas injustas muertes. Dejó por sucesor en el reino de Italia a su nieto Atalarico, nacido de su hija Amalasiunta, de cuya flaca edad y del peso de las cosas, por ser muerto ya su padre, la madre, mujer de ánimo varonil, se encargó.

 

Por la muerte de Teodorico el otro su nieto Amalarico comenzó libremente a gobernar el reino de los visigodos, desde el cual tiempo algunos cuentan los años de su reinado, ni hay mucho que hacer caso, ni mucha diferencia en lo uno y en lo otro, pues consta que Teodorico en tanto que él vivió reinó en España, sea en su nombre, sea en el de su nieto, y en todo se hacia su voluntad. Luego que Amalarico se encargó del reino, lo primero de todo asentó paz con los reyes de Francia, casándose él con una hermana de ellos, hija de Clodoveo, ya difunto, que se llamaba Clotilde. Diósele en dote el estado de Tolosa, que fue restituirle a los godos, cuyo antes era. La paz asentada de esta manera alteró la locura de Amalarico por esta ocasión.

 

Era Clotilde dotada de una virtud singular; su madre, que el mismo nombre tenía, la amaestrara en el culto dela verdadera religión. Esto fue ocasión de exasperar en gran manera el ánimo de su marido, por ser de secta arriano. El vulgo cuando iba a los templos de los católicos la decían afrentas, la ultrajaban y le tiraban cosas sucias. Disimulaba el Rey en esto, y aún cuando volvía la recibía con gesto torcido y airado; a los denuestos y soltura de la lengua añadía golpes y cardenales, tanto, que le hacía muchas veces saltar la sangre. Sufrió ella esta vida tan áspera por mucho tiempo con grande constancia. Confiaba con su paciencia y ejercicios de piedad ablandar algún tiempo y ganar el cruel ánimo de su marido. Mas últimamente, perdida la esperanza y quebrantado su ánimo con los malos tratamientos que la hacia, escribió una carta a su hermano el rey Childeberto, y con ella le envió juntamente un lienzo bañado en su misma sangre. Avisábale de las desventuras que días y noches pasaba; pedíale que favoreciese a su hermana, que mucho amaba, antes que de todo punto la consumiesen el lloro y lágrimas que vida tan amarga le causaba; con el largo silencio hasta entonces había disimulado tantas injurias, esperando que la muerte daría fin a tantos trabajos, lo que ojalá sucediera antes que verse puesta en aquella necesidad de revolver sus hermanos con su marido, a lo menos esperaba que mudaría aquel hombre la condición y se trocaría; pero que todo sucedía al revés, ca unas injurias se trababan de otras, y de cada día le daba más triste y desventurada vida; los regalos y caricias

 

 

 

 

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recompensaba con crueldad; las buenas obras con que muchas veces se amansan las fieras trocaba en fiereza; que todo esto le venía no por otra causa sino por perseverar constantemente y tener firme en la religión de sus mayores, y que su madre dulcísima le enseñara; sacudiesen aquel yugo tan grave y tiránico que con voz de casamiento pusieron sobre sus espaldas; pusiesen los ojos en Dios, que esperaba no faltaría a tan justa querella y tan buena demanda; que Amalarico no era hombre sino, debajo de figura humana, una bestia fiera, compuesto de crueldad y soberbia y de todos los males; si no creían a sus palabras, por lo menos les moviese la vista de su sangre, que suele embravecer los toros y leones; si por el deudo no se movían, el respeto de la humanidad los despertase, pues en ninguna cosa los reyes más semejan a Dios que en levantar a los caídos e injustamente maltratados, mayormente si son mujeres nacidas de sangre real y desde su primera edad criadas con mejores esperanzas.

 

El reino de los francos estaba en esta sazón dividido entre los hijos del rey Clodoveo en esta forma: Childeberto era señor de París, Clotario de Soesons, Clodomiro de Orliens, a Teodorico obedecían los de Metz de Lorena; todos se llamaban reyes. Estos, como tuviesen compasión de la desventura de Clotilde, su hermana, y encendidos por esta causa en furor contra el Visigodo y contra la injusticia que le hacia, juntaron sus fuerzas y movieron en busca del enemigo. Hallábase Amalarico desapercebido y en el negocio culpado; la conciencia de sus maldades le atemorizaba; determinó ponerse en huida. Pudiera escapar y salvarse, sino que, ciego por castigo de Dios con la codicia de las piedras preciosas que dejaba en sus tesoros, volvió de priesa a la ciudad, que se entiende fue Barcelona.

 

Quita la divina venganza el seso a los que quiere derribar; y así fue que, como la ciudad fuese ya entrada y estuviese en poder de los francos, Amalarico, sin saber que hacerse, quiso retirarse a sagrado y valerse de un templo de la religión católica que él había violado con tantas injurias. No le valió, ca en el mismo camino pereció pasado de un bote de la lanza de un soldado. San Isidoro escribe que Amalarico fue muerto en Narbona y que se dio allí la batalla. Nosotros tenemos por más cierta la opinión y autoridad de Gregorio Turonense, que fue algún tanto más antiguo, y refiere el caso como queda puesto. Adon, vienense, dice que los francos discurrieron por toda España en prosecución de la victoria, y que echaron por el suelo después de largo cerco a Toledo, ciudad puesta en medio de España y de asiento muy fuerte. Añade que ganaron muchos otros pueblos

 

 

 

 

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y ciudades con el mismo curso de la victoria. Procopio dice que quitaron toda la Galia Gótica a los godos; el silencio en esta parte de los otros escritores hace que no se pueda poner esto por cierto, y porque consta que los reyes siguientes de los visigodos extendían su imperio y jurisdicción en la Galia hasta el río Ródano. Consta otrosí que Amalasiunta, después de la muerte de Teodorico, su padre, dio la Provenza a Teodoberto, hijo de Teodorico, rey de Lorena, ya difunto, y esto porque los francos no llevasen mal el poseer los ostrogodos alguna parte en la Galia; lo demás dejó a los visigodos, contenta con el imperio de Italia. Lo más cierto, que Childeberto se apoderó de los tesoros de Amalarico, entre los cuales halló ornamentos de iglesia, que eran de oro; y que, recobrada su hermana, se volvió a su tierra.

 

Murió Amalarico año del Señor de 531; reinó cinco años, bien que si queremos tomar el principio de su reinado desde la muerte de Gesaleico, habremos de confesar que tuvo el imperio veinte años. Clotilde, su mujer, murió en el mismo viaje. Un cierto autor dice que la antigua Abdera fue reedificada por Amalarico con nombre de Almería, que es apellido algo semejable, así al del Rey como al antiguo que tenía. También es averiguado que el año quinto del reino de Amalarico se celebró el concilio Toledano segundo por siete obispos; entre los demás fueron Nebridio, bigerrense, y Justo, urgelitano. Mandóse en aquel Concilio que los mozos que por voluntad y voto de sus padres se recebían y entraban en los colegios eclesiásticos y los ordenaban de la primera tonsura de clérigos, cuando viniesen a la edad de diez y ocho años en público les preguntasen si querían guardar castidad; si consintiesen y viniesen en ello, que de allí adelante no pudiesen, dejada su profesión, enlazarse en las ataduras del matrimonio; si no consintiesen, tuviesen libertad de casarse; mas si los tales venidos a mayor edad, con voluntad de sus mujeres, quisiesen apartarse todavía de su comunicación, pudiesen ser ordenados de orden sacro. Yerran los que por ocasión de este decreto piensan lo que no fue, que los sacerdotes españoles por este tiempo se casaban. Presidió en este Concilio Montano, prelado de Toledo y metropolitano de la primera silla de la provincia Cartaginense.

 

Hállanse dos cartas de Montano, la una a los ciudadanos de Palencia, la otra a Toribio, monje, en que, como metropolitano, dice le incumbía el cuidado de la ciudad de Palencia, y que por ciertas razones quería que al obispo de aquella ciudad estuviesen sujetas Coca y Britalbo. San Ildefonso

 

 

 

 

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en el libro que escribió de los Claros varones de España hace mención de estas cartas y dice corría muy gran fama que Montano, siendo acusado de deshonestidad, para muestra de su inocencia tuvo en el seno ascuas vivas en tanto que decía la misa, sin que las vestiduras se quemasen ni sin que se apagase el fuego. De este principio parece que tuvo origen en España aquella costumbre generalmente recibida en otros tiempos, y de ella diversas veces se trata en las leyes de los godos, pero contraría a las divinas, de la compurgación vulgar para descargarse de hurtos, adulterios y otros delitos, cuando a alguno se les imponían. Hacíase de esta manera y por este orden. El reo primeramente se confesaba de sus pecados; encendían un hierro o traían un vaso de agua hirviendo; bendecía el hierro o agua un sacerdote después de dicha su misa; el que tocado el hierro o bebida el agua escapaba del peligro, era dado por libre de la sospecha o infamia que le cargaban. Usóse esta costumbre, no sólo entre los godos, sino también fue establecida por leyes de los otros reyes de España y de las demás naciones que tenían el nombre cristiano, hasta tanto que Honorio III, pontífice romano, trecientos y cincuenta años ha, con una ley que hizo en este propósito revocó de todo punto este género de compurgación vulgar.

 

Florecieron por estos tiempos en España cuatro hermanos, claros por los estudios de la sabiduría y por la dignidad episcopal que todos tuvieron. Estos fueron Justo, urgelitano, cuya declaración y exposición sobre los Cánticos anda; Justiniano, obispo valentino, éste compuso un libro en que declara cinco cuestiones a él propuestas por un cierto llamado Rústico, es a saber, del espíritu Santo, de los Bonosiacos, que por otro nombre eran Fotinianos, de la Trinidad, y que el bautismo cristiano no se ha de iterar, y que difiere del bautismo de san Juan; el tercero fue Nebridio, obispo agatense, vivió en la Galia Gótica; el cuarto fue Elpidio, del cual no se sabe donde fue obispo. Fuera de estos vivió en esta era Aprígio, obispo de Beja, en Portugal, famoso por los Comentarios que escribió sobre el Apocalipsis, que hemos visto, y claro por el testimonio del mismo san Isidoro.

 

 

 

 

VIII. De los reyes Teudis y Teudiselo

 

 

 

 

 

 

 

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Por la muerte de Amalarico, como quier que no tuviese hijos, faltó de todo punto la alcurnia de los reyes visigodos, y el reino vino a parar en Teudis, de nación ostrogodo. Los principales de los visigodos procuraron que fuese su rey por ser excelente en las artes de la guerra y de la paz y por la experiencia de cosas que tenía y su singular prudencia; demás que había ganado la voluntad de muchos en el tiempo de su gobierno, que tuvo en la menor edad de Amalarico, y mandó sobre la república a su voluntad. Su mujer, por ser persona muy poderosa y de lo más noble de España, le trajo en dote un estado de que se podían armar dos mil combatientes. Todo esto fue como escalón para que en este tiempo alcanzase el reino.

 

El rey Teodorico, ostrogodo, con el cuidado en que le ponían las cosas de su nieto, trató los años pasados de hacer que Teudis volviese a Italia con muestra de querer honrarle; pero él, entendido este artificio, procuró con todo cuidado divertirlo. En el tiempo que reinó Teudis en España se mudó en Roma la forma de gobernar la república, porque se quitó el nombre y poder de cónsules el año de 541, en que Basilio, llamado Junior, sin compañero fue el postrero que tuvo el consulado.

 

El año siguiente Childeberto, rey de los francos, y Clotario, su hermano, por no estar del todo satisfechos con la venganza pasada, tornaron a hacer guerra a España; y después que por todas partes talaron la provincia Tarraconense, pusieron cerco sobre Zaragoza. Los ciudadanos en aquel peligro hicieron recurso a san Vicente, mártir, a quien tenían por patrón; los varones enlutados, las mujeres sueltos los cabellos y cubiertas con ceniza andaban en procesión todos los días al rededor de los muros de la ciudad, en que llevaban la túnica de san Vicente, con lo cual y con lágrimas imploraban la ayuda del cielo. Childeberto pensó al principio que aquel lloro femenil era a propósito de algunas encantaciones y hechicerías que hacían; después, sabida la verdad de uno que prendieron, y con recelo de algún castigo del cielo por este respeto si pasaba adelante, templó su saña y cesó de hacerles mas agravio. Diéronle los ciudadanos a su instancia la vestidura u orario de san Vicente; él, como si fueran grandes despojos de los enemigos, la llevó a París, donde edificó un templo en el arrabal en nombre de este santo, que al presente se llama de San Germán, y es a manera de alcázar con foso y con adarves, sus troneras y traviesas, apartado de los demás edificios. Fuele esta rica joya agradable, así por la devoción que él tenía al mártir como por la venganza que con esto parecía

 

 

 

 

 

 

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tomar de las injurias pasadas, y porque serviría esta prenda en adelante como de memoria de la victoria que ganaron.

 

Si bien, como Isidoro escribe, los francos a la vuelta se vieron en extremo peligro por estar apoderado Teudiselo con parte de los godos de las hoces, estrechuras y pasos do los Pirineos. El rey Teudis, a causa de tener menos fuerzas y por estar desapercibido de todas las cesas, temía en lugar abierto presentar la batalla, y pretendía con aquella ventaja de lugar por medio de Teudiselo aprovecharse de sus contrarios. Sucedió como pensaba, que los francos fueron en aquellas estrechuras cercados por todas partes, maltratados y destrozados en tanto grado, que, compradas las treguas a dinero, apenas últimamente con voluntad de Teudiselo pudieron encumbrar aquellos montes y salir a campo raso.

A esta guerra se siguió una peste, con que innumerables hombres en espacio de dos años, que fue el tiempo que duró este mal, perecieron en España. Teudis, con deseo de satisfacerse de la afrenta recibida, o por pretender con alguna notable empresa extender la fama de su nombre, o lo que más creo, por ayudar a los vándalos, que ya de tiempo atrás corrían peligro de perder el imperio de África, pasado el Estrecho, puso cerco a Ceuta, ciudad que está en frente de España a la entrada del Estrecho, donde, como por guardar el día del domingo cesase el combate, con una repentina salida que los cercados hicieron recibió muy grande daño. Los que estaban en los reales sin faltar uno fueron muertos; el Rey con parte del ejército se salvó en la armada que tenía en el mar, y le fue forzoso volver a España.

 

Esto sucedió en el mismo tiempo que Belisario, por mandado de Justiniano, emperador que era de las provincias de oriente, quitó África a los vándalos, cuyos señores fueran por espacio de cien años. En la prosecución de esta guerra sucedió un caso notable. Fuscia y Gotio fueron por Gilimer, rey de los vándalos, enviados con embajada a Teudis para pedirle socorro. Tardaron mucho en la navegación, tanto, que llegó antes que ellos la nueva de lo que pasaba; y los que venían en una nave de África, como testigos de vista, avisaron de un gran lloro y trabajo de África que Cartago era tomada, el rey de los vándalos Gilimer preso y el reino de los vándalos acabado. Los embajadores no sabían de esto nada; preguntados por el rey Teudis en qué estado quedaban las cosas de Gilimer, respondieron que en muy bueno. Fueles mandado que sin tardanza volviesen a África y que allí esperasen la respuesta de todo lo que

 

 

 

 

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pedían. Ellos, sospechosos que el Rey estaba tomado del vino por haberlos festejado con un gran convite en que largamente se bebió, el día siguiente tornaron a referir su embajada. Como les fuese respondido lo mismo, cayeron en la cuenta del mal y daño sucedido, y tuvieron por cierto que, mal pecado, el reino de los vándalos era destruido y África reducida al poderío del imperio romano. Volvieron a África, y presos no lejos de Cartago por los soldados romanos, dieron noticia a Belisario de todo lo que pasaran.

 

Después de esto vinieron nuevas de Italia que por el esfuerzo, primeramente de Belisario, después de Narsete, que le sucedió en el cargo de general por el imperio, el reino de los godos quedaba deshecho, vencidos en batalla y muertos Teodato, Vitiges, Ildebaldo, Ardarico, Totila y Teya, todos por orden reyes de Italia después de Teodorico. Con esto la república romana, como juntados en un cuerpo todos sus miembros antes destrozados, después de largo tiempo comenzaba a reducirse en su antigua dignidad y resplandor en tiempo y por el valor del emperador Justiniano, en cuyo imperio tuvieron fuerza las armas contra los extraños, bien así como el consejo y prudencia en su casa.

En lo que mas se señaló fue que, con ayuda principalmente del jurisconsulto Treboniano, hizo reducir la muchedumbre de leyes que andaban derramadas casi en dos mil libros con buen orden a pocos volúmenes. Lo primero que se compuso fue el Código a ejemplo del de Teodosio, después la Instituta y Digestos; diligencia que le acarreó, así bien como cualquiera otra cosa que hiciese, gran renombre y fama.

 

Por el mismo tiempo los arrianos dieron la muerte en Marsella a san Laureano, varón admirable, húngaro de nación y que en Milán se ordenó de sacerdote. Perseguía en aquella ciudad la secta arriana con grande libertad. Pretendió darle la muerte el rey Totila, que a la sazón era rey de Italia; huyó por escapar de aquel peligro sin parar hasta llegar a Sevilla. Allí dio tales muestras de su virtud, que después de la muerte de Máximo le eligieron en obispo de aquella ciudad. Hacia grandes diligencias Totila para darle la muerte. Amonestóle en sueños Dios del peligro que corría, embarcóse en una nave para ir a Roma. Refieren que en aquel camino dio la vista a un ciego, y que llegado a Roma, el pontífice le hizo mucha honra. Desde a poco dio la vuelta a Marsella, ciudad que en este tiempo estaba en poder de los romanos. Allí, finalmente, los arrianos le dieron la muerte. El obispo de Arlés procuró que su cuerpo fuese sepultado en

 

 

 

 

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Besiers de Francia. La cabeza llevaron a Sevilla, y con su llegada aquella ciudad quedó luego libre de la hambre y de la peste que padecía, según lo que él mismo a su partida profetizó que sucedería.

Siguióse tras esto en breve la muerte de Teudis, que fue el año de Cristo de 548; tuvo el reino por espacio de diez y siete años y cinco meses. Un cierto hombre, no se sabe porqué causa, se resolvió de matar al Rey o morir en la demanda. Para salir con esto fingió y daba muestras de estar loco. Dejáronle entrar do estaba el rey; embistió con él y metióle una espada por el cuerpo. En este postrer trance conoció el Rey y confesó ser aquella justa venganza de Dios por cierta muerte que él en otro tiempo dio a un su capitán, debajo cuya bandera en su mocedad militaba, y le tenía jurada fidelidad. Llegó a tanto su contrición, que mandó a los que presentes estaban no hiciesen algún mal a su matador. Este ejemplo de benignidad entro los otros males que tuvo, se puede alabar en la vida y muerte de este Príncipe, junto con que permitió a los obispos católicos, si bien era de diversa secta, que se juntasen en Toledo y hiciesen concilio para determinar lo que les pareciese acerca de la fe y de lo tocante a la religión.

 

Gobernaba la Iglesia romana después de Juan el Segundo y de Agapito y de Silverio el pontífice Vigilio, en cuyo tiempo muerto Teudis, Teudiselo por su valentía, de que dio muestra en la guerra de los francos, y por la nobleza de su linaje, que era hijo de una hermana de Totila, rey de los ostrogodos, por voto de los principales sucedió y fue hecho rey de los visigodos. Los principios de su reinado y las esperanzas que de él tenían por su valentía en las armas en breve se esclarecieron y trocaron por derramarse en deshonestidad. Muchos de los suyos, procurándolo él, fueron muertos de secreto; a otros levantaron falsos testimonios y condenaron en juicio; todo a propósito de tomarles sus mujeres para hartar su lujuria. Por esta causa fue de tal manera aborrecido e incurrió en desgracia del pueblo y de los principales, que se conjuraron contra él y le mataron.

 

En tiempo de Teudiselo se decía comúnmente que en un lugar cerca de Sevilla, que hoy se llama Oseto, y Plinio le llama Oset, en un templo de los romanos y católicos (así hasta los mismos arrianos para hacer diferencia los llamaban), las fuentes del bautismo, aunque cerradas por el obispo en presencia del pueblo y selladas con diligencia, el jueves de la Semana Santa, que por traer a la memoria los tormentos que padeció

 

 

 

 

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Cristo se llama también la Semana Grande, luego el sábado siguiente cada un año acostumbraban a henchirse de agua sin que nadie supiese de dónde aquel agua procedía o manaba. El rey Teudiselo, movido por la fama de este milagro y por sospecha que era engaño, ca era él de secta arriano, como una y otra vez pusiese guardas, y sin embargo las fuentes se hinchasen, mandó que al derredor del templo, porque no viniese el agua ocultamente encañada, se tirase un foso de veinte y cinco pies en ancho y otros tantos en alto. En esta obra estaba ocupado cuando los suyos se hermanaron contra él y le dieron la muerte. Este milagro de las fuentes, como lo refiere san Isidoro, Pascasio obispo, en una carta que escribió a san León el Magno, dice que acontecía en Sicilia. Puede ser que, como es ordinario, trastrocadas las cosas por la fama, lo que sucedía en una provincia se atribuyese a otra. Lo que en este caso es más de maravillar, que san Isidoro no haya hecho mención alguna de milagro tan ilustre; y que conforme a lo dicho, sucedió en España casi en su mismo tiempo, mayormente que refiere lo que hemos dicho del milagro de Sicilia.

 

La muerte de este Rey pasó en esta manera: en Sevilla acometieron los conjurados la casa real, y al tiempo que yantaba le dieron la muerte. Reinó diez y ocho meses y trece días. El reino de los francos, que por muerte de los otros reyes de Francia se juntara en Clotario, muerto él, se dividió a esta misma sazón en cuatro partes entre cuatro hijos que dejó. Lo de París se dio a Chereberto; lo de Metz y Lorena a Sigiberto; lo de Soesons a Chilperico; lo de Orliens tuvo Guntrano; todas estas fueron ciudades reales, y ellos se llamaron reyes.

 

 

 

 

IX. De los reyes Agila y Atanagildo

 

En lugar de Teudiselo, por elección de los principales, sucedió en el reino Agila. Gobernó los godos cinco años y tres meses; fue trabajado de adversos sucesos, que se continuaron hasta el fin de su vida. A los principios puso un cerco muy apretado y de mucho tiempo sobre la ciudad de Córdoba que no le quería obedecer. Los cercados al improviso hicieron una salida, en que le desbarataron con muerte de su hijo y pérdida de otros muchos de los suyos y del bagaje. Con esto alzó el cerco y no paró hasta Mérida.

 

 

 

 

 

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Conocióse en este desastre el poderío del mártir Ascisclo, cuyo templo, que estaba cerca de Córdoba, él había profanado, ca metió en él sus caballos; así se persuadía el pueblo que era castigo del cielo y pena de aquel desacato por la devoción que al mártir tenían. Y san Isidoro escribe que como por aquella afrenta y revés comenzase a ser despreciado, no paró el daño en esto; y es ordinario que en pos de la fortuna va el favor y disfavor de los nombres. Alzóse pues contra él Atanagildo, y para mas fortificarse, con una embajada que envió al emperador Justiniano prometió que si le acudiese y socorriese, en pago de la ayuda le entregaría no pequeña parte de España para que volviese a la obediencia del imperio romano.

 

Fue enviado de la Galia Liberto, patricio, título y nombre que antes era de nobleza, ya en este tiempo lo era de dignidad, inventada por Constantino Magno, con muchos privilegios que le dio. Entre los demás, uno en particular era muy notable, que tenía mejor asiento que los prefectos del Pretorio. Con la venida de Liberto se dio la batalla cerca de Sevilla, do entendemos fue el principio de aquella rebelión. Quedó la victoria por Atanagildo, y con esto Agila fue muerto en Mérida por los mismos principales que le seguían, año del Señor de 554.

 

Pesábales, es a saber, que con las guerras civiles se quebrantasen las fuerzas y perdiesen las riquezas de los godos que en tantos años se juntaran. Temían juntamente, a ejemplo e imitación de Italia y de África, que por aquel camino los romanos no recobrasen a España de todo punto. El mismo año en Constantinopla por diligencia del emperador Justiniano se tuvo un concilio general de ciento y setenta y cinco obispos contra muchos que seguían las opiniones de Orígenes, ajenas de la verdadera piedad. En aquel Concilio, que entre los generales es el quinto, se determinó que los muertos podían ser descomulgados; y al contrario de lo que Orígenes enseñó, que ni el sol ni las estrellas ni las aguas que están sobre los cielos son ciertas virtudes animadas y racionales. Fue también reprobado lo que Teodoro Mopsuesteno había dicho y las respuestas de Teodorito y una epístola de Iba Edeseno, que fueron los tres capítulos sobre los que después resultaron grandes debates, tanto, que por esta causa muchos no recibían este Concilio. Presidieron en este Concilio Mena, obispo de Constantinopla, y muerto él, el que le sucedió, que fue Eutiquio; que Vigilio, pontífice romano, el cual preso que fue en Roma, por mandado del Emperador le llevaron, y a la sazón se hallaba en

 

 

 

 

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Constantinopla, nunca se quiso hallar presente a las acciones del Concilio; pero confirmó por sus cartas lo que los padres determinaron y decretaron, y en particular se dice que el dicho pontífice condenó a Origenes.

 

Jordanes, obispo de los godos, continuó la historia de aquella nación hasta estos tiempos, en que Atanagildo, por la muerte de su contrario, quedó sin contradicción por rey de los godos. Tuvo este Rey mucho que hacer por toda la vida, y emprendió guerras muy trabadas, en que a las veces le sucedió prósperamente, a las veces al contrario; porque, olvidado de lo que prometiera, procuró luego echar a los romanos de toda España, los cuales, así por el asiento que poco antes se tomara, como por fuerza de armas, estaban apoderados de una parte no pequeña de ella, tanto, que su imperio se extendía del un mar al otro.

 

Tuvo de Gosuinda, su mujer, dos hijas: la una se llamó Galsuinda, que casó con Chiperico, rey de Soesons, en Francia; la otra, Brunequilde, que era la menor, casó con Sigiberto, rey de Metz, en Lorena, hermano de Chilperico. Estas dos señoras, por diligencia de los obispos de Francia y por medio de su doctrina, dejada la secta arriana que profesaran desde su tierna edad, fueron instruidas en la religión católica; y aún no falta quien diga que Atanagildo de secreto seguía la religión católica, dado que por respeto del tiempo en público profesó la secta arriana, por miedo, a lo que se entiende, de no alterar los ánimos de su gente. Reinó quince años y seis meses; murió en Toledo de su enfermedad, año de 567. Máximo Cesaraugustano dice que este Rey fundó en aquella ciudad el monasterio Agaliense, así dicho de una alquería que se llamaba Agalia, distante de San Pedro y San Pablo Pretoriense doscientos y cincuenta pasos entre occidente y septentrión. Yo creo se debe leer entre oriente y septentrión, por lo que adelante se dirá.

 

En Portugal, cuatro leguas de Guimaranes, pueblo que los antiguos llaman Idania, a la ribera del río Vicela, hay una aldea con nombre de Atanagildo, por ventura fundada por este tiempo. En ella se ven cimientos y ruinas de edificios, que muestran fue obra de godos, muy diferente de la fábrica romana, y de la manera y primor que tenían los romanos en edificar.

Después de la muerte de Atanagildo se siguió una vacante de cinco meses. Don Lucas de Tuy dice de cinco años y cinco meses. La causa fue que los principales de los godos, divididos en parcialidades y pasiones, no venían de conformidad en nombrar algún particular, el cual, con fuerzas e

 

 

 

 

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ingenio, sustentase la república que se iba a caer. Poco caso hacían de los daños públicos por cumplir con sus pasiones particulares. Gobernaba la Iglesia Romana, después de Vigilio y de Pelagio, Juan, tercero de este nombre.

 

Los suevos a la misma sazón, señores que eran de Galicia, volvieron a la católica religión que antes dejaran, renunciada la secta arriana que habían mucho favorecido y trabajado de todas maneras a los católicos en aquella tierra por espacio de casi cien años. Ayudó mucho para reducirlos la diligencia de Martino Dumiense; era húngaro de nación, y con grandes peregrinaciones que hizo, anduvo las provincias de oriente, y se hizo muy docto y muy aventajado en el estudio de las divinas letras. Este insigne varón, venido en España, dio gran muestra en Galicia de su bondad y sabiduría; de su erudición la dan bastante los libros que escribió, su mucho lustre y elegancia de palabras, las hermosas sentencias de que están esmaltados. Anda un tratado suyo De ira, otro de la Humildad cristiana, otro De moribus, y últimamente, de la diferencia de las Cuatro virtudes cardinales, en los cuales, porque con las muchas sentencias y agudeza del estilo se llega mucho a la semejanza del de Séneca, los dos postreros libros andan en algunas impresiones en nombre de aquel filósofo puestos entre sus obras. Edificó desde sus cimientos el monasterio dumiense; y mudado después en obispado, de abad dumiense se llamó obispo del mismo título, y mas adelante fue prelado de Braga con retención de la iglesia dumiense, que unieron con el nuevo obispado que le dieron. Después de muerto, por la mucha fama de su santidad en Galicia y en parte de la Lusitania, le tuvieron y tienen por santo, hasta hacerle fiesta a 20 de marzo.

 

Cuando los suevos abrazaron la religión católica tenían por rey a Teodomiro. Qué reyes después de Remismundo, de quien se habló de suso, antes de este tiempo hayan tenido los suevos no se sabe, ca las antiguas memorias y historias de aquellos tiempos han faltado. La ocasión de reducirse fue ésta: acaeció muy a propósito que el hijo mayor de Teodomiro, que le había de suceder en el reino, estaba doliente de una grave enfermedad. Volaba por el mundo la fama de los milagros de san Martín, turonense. Envió el Rey a su sepulcro embajadores en romería para alcanzar salud para su hijo, que llevaron tanto peso de oro y plata cuanto era el del cuerpo de aquel mozo. Como ninguna cosa se alcanzase por este medio, entendió su padre que diferenciarse en la religión y seguir la secta de Arrio era la verdadera causa de no alcanzar de Dios lo que tanto

 

 

 

 

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deseaba por las oraciones de san Martín. Envió nuevos embajadores, que le trajeron parte del manto de que san Martín usaba en vida. En el entre tanto el hijo alcanzó la salud deseada; y sin embargo, por voto que había hecho su padre y con que se obligara si alcanzase lo que deseaba y pedía a Dios, mandó luego edificar en nombre de san Martín un templo. Algunos piensan que este templo se hizo en Orense a causa que la iglesia mayor de aquella ciudad se llama del nombre de san Martín.

 

No paró en esto la devoción del Rey, antes por su diligencia los suevos se redujeron públicamente a la religión católica, y para más confirmarlos en aquella religión por amonestación de san Martín Dumiense, se juntó un concilio en Braga de los obispos de Galicia el año tercero del reino de Teodomiro. En los actos de este Concilio, que fue el primero entre los bracarenses, se lee el nombre del rey Ariamiro, pero está la letra errada. Fue esto el año de Cristo de 563. Lucrecio, obispo de Braga, sucesor de Profuturo, tuvo el primer lugar entre ocho obispos que allí se hallaron. Después de él Andrés, obispo del Padrón; Martín, dumiense; Lucencio, conimbricense; demás de estos Coto, Hilderico, Timoteo y Malioto, sin declarar en qué iglesias eran obispos. En aquel Concilio confirmaron la religión católica, y reprobaron la secta de Prisciliano. Vedóse, conforme a la costumbre antigua, que los cuerpos de los difuntos no se enterrasen dentro de los templos. Señaláronse los términos a cada una de las diócesis de Galicia hasta donde cada cual se extendía, como lo dice Idacio en la Crónica de los suevos, vándalos y godos.

 

No hay duda sino que por estos tiempos hubo diversos escritores, llamados Itacios o Idacios; y entre otros uno que cien años antes del en que vamos escribió una historia de las cosas de España. Algunos entienden que la distinción de los términos ya dicha se hizo en el concilio Lucense o de Lugo, que dicen se tuvo luego el siguiente año, movidos por memorias que hay de esto en los archivos de la iglesia de Lugo. Esto sigue don Lucas de Tuy en particular; otros se persuaden por razones que para ello alegan que entre estos dos concilios hubo espacio de seis años. Mas todas estas opiniones son inciertas, ni hay para qué aprobarlas ni reprobarlas; cada uno conforme a su juicio les dará el crédito que le pareciere; yo me allego a los que sospechan, y es muy probable, que este decreto se hizo primero en el concilio de Braga, y después se confirmó en el de Lugo.

 

Averíguase que Martino, ya que era prelado de Braga, envió ciertos capítulos, que él mismo juntó de los concilios griegos, para que los viesen

 

 

 

 

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los padres del concilio de Lugo. También es averiguado que aquella iglesia de Lugo, por permisión del Rey y a su instancia, se hizo metropolitana, que es tanto como hacerla arzobispal, y a su prelado arzobispo; si bien se ordenó que la tal concesión no parase perjuicio a la iglesia de Braga, antes por esta razón alcanzó autoridad de primado, pues por el mismo caso le quedaba por súbdito el arzobispo de Lugo, bien que en aquel tiempo la dicha iglesia no usó de este nombre de primado.

 

En este mismo tiempo volaba por todas partes la fama de san Millán de la Cogolla por su grande santidad. Siendo mozo se ejercitó en oficio de pastor, donde se pasó a la profesión de la vida monástica. A los principios tuvo por maestro un monje llamado Félix; después, con deseo de vida más perfecta, se apartó del trato de la gente, y en la soledad del monte Destercio pasó cuarenta años de su vida. De allí Didimio, obispo de Tarazona, movido de su grande fama, lo sacó para ordenarle de presbítero y darle, como le dio, el cuidado de la iglesia Birgegiense. Impusiéronle sus compañeros muchas calumnias por no llevar bien la severidad de la disciplina y de la vida que hacia y ejemplo que daba; por esta causa, renunciando aquel cargo, en una capilla o ermita que levantó cerca de aquel pueblo. Pasó lo demás de su edad, que vivió hasta ser de cien años, ocupado en la contemplación de las cosas divinas. En aquel lugar pasó de esta vida y sepultaron su cuerpo; y en el mismo, pasados más de otros cincuenta años, por su devoción y respeto se levantó un monasterio de su mismo nombre, en riquezas, autoridad y majestad y en anchura de todo el edificio uno de los más principales y más nombrados de toda España.

 

 

 

 

X. De las dos hermanas Galsuinda y Brunequilda

 

Dos hijas del rey Atanagildo, Galsuinda y Brunequilde, como poco antes queda dicho, casaron en Francia con dos reyes de aquella gente, casamientos que fueron desastrados; así lo mostró el suceso de las cosas. El contento de la una fue breve, ca apenas era catada cuando desastradamente murió. La vida de la otra fue larga, mas sujeta a muchas calamidades. El vulgo a estos trabajos le añadió la infamia y mal nombre de que queremos descargar con argumentos y testimonios concluyentes a esta nobilísima hembra. Tuvo Clotario, primero de aquel nombre, rey de

 

 

 

 

 

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los francos, cuatro hijos, todos reyes. Repartieron entre si el imperio de su padre en esta forma. Chereberto fue rey de París, Chilperico de Soesons, que por quedar apoderado de los tesoros del padre, era más poderoso que los otros; Guntrano tuvo a Orliens; Sigiberto lo de Metz de Lorena.

 

Con éste casó primero Brunequilde, la menor de las dos hermanas, con el menor de los hermanos, moza elegante en denuedo, de buen parecer, de honestas costumbres, prudente en el consejo, y en las palabras blanda. Sea licito usar de las mismas palabras de Gregorio Turonense, prelado del mismo tiempo. Dirás que puede mucho el tiempo para mudar las costumbres, y más de los príncipes; sea así, pasemos adelante.

 

Chilperico, de su primera mujer Audovera tuvo a Meroveo y Sigiberto, sus hijos; después casó con Galsuinda, hermana mayor de Brunequilde. Fredegunda, amiga de este Rey y que tenía con él gran cabida, demás de atreverse a la nueva casada y tener con ella reyertas, decirle baldones y ultrajes, fue causa de su muerte, porque en el lecho de su marido la hallaron muerta, sin que dejase algún hijo. Entró en su lugar la misma Fredegunda, y llamóse reina. Esta, dado que cometió muchos delitos y maldades, vivió mucho. Fue en aquel tiempo conocida por su desvergüenza, deshonestidad, lujuria y crueldad; porque habiendo por la muerte de Chereberto, rey de París, heredado aquel reino Sigiberto, su hermano, le hizo matar por medio de dos homicianos, estando descuidado en la dicha ciudad. Brunequilde, espantada por el desastre y muerte de su marido y cuidadosa de su hijo Childeberto, envióle a aquellas partes de Metz donde tenía favor en la gente y ganadas las voluntades de la provincia. Mas ella vino a poder de Chilperico, y por él fue enviada presa a Ruan. Lector, atención, que son muchos los personajes de que en este capítulo se trata.

 

Movido de su hermosura, Meroveo, hijo mayor de Chilperico, se casó con ella. Era aquel casamiento ninguno, por estar vedado por derecho el casarse con la que fue mujer de su tío. Sin embargo, pudiera alcanzar perdón de su padre por haber errado como mozo, si su madrastra Fredegunda no lo impidiera; así fue primero hecho fraile, y después también muerto. El mismo fin tuvo Clodoveo, su hermano menor. Pretestato, obispo de Ruan, fue enviado en destierro; el cargo fue hallarse al casamiento de Meroveo y Brunequilde. A estas crueldades e impiedades se allegó la deshonestidad de esta mujer. Sin tener respeto al Rey, su marido, como deshonesta puso los ojos en Landrico, su condestable. Vino

 

 

 

 

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esto a noticia de su marido, y por sospechar castigaría estas deshonestidades mal encubiertas y locos amores, ellos se anticiparon, que fue otra nueva maldad, y como volviese de caza, lo procuraron matar junto a un pueblo llamado Cala; hizose así, con que después fue la vida más suelta.

 

Hizo Fredegunda guerra en favor de Clotario, su hijo, contra Childeberto, primo del niño, el cual por testamento de Guntrano, su tío, era rey de Borgoña, demás del reino de su padre, que ya de antes tenía. Llevaba Fredegunda por general de su gente al mismo Landrico, que salió con la victoria por permisión de Dios. Siguióse tras esto la muerte de Childeberto y de su mujer. Hubo sospecha que con ponzoña que les dieron; no se dice quién, solo consta que de dos hijos que dejó el muerto Teodoberto, el mayor quedó por rey de Metz, y Teodorico, el menor, de Borgoña, debajo la tutela de Brunequilde, su abuela. Estos, siendo de edad, hicieron guerra a Gotario (causas de guerra nunca pueden faltar entre los comarcanos); las historias de Francia dicen que a persuasión de Brunequilde, con intento que tenía de acrecentar con nuevas honras a Protadio, un italiano amigo suyo; si con verdad, o por odio que le tenían por ser española, aún no lo determinamos. Añaden que pasó tan adelante en esto, que revolvió a Teodorico contra Teodoberto, su hermano, con decir que el dicho Teodoberto era hijo de un hortelano y que se había apoderado de los tesoros de su padre.

 

No pararon estas alteraciones y odios hasta tanto que los dos hermanos se hicieron guerra, y Teodoberto fue en Colonia muerto a traición; otros dicen que su hermano después de vencido le dejó con la vida y envió preso a Challon. El vencedor, repudiada antes de esto Hermemberga, hija de Witerico, como se dirá en otro lugar, hubo en su poder a una hija de su hermano muerto y dos hermanos suyos. A los infantes mató Brunequilde; así lo dicen. La doncella era de excelente hermosura; y como quier que su tío la quisiese tomar por mujer y la abuela no viniese en esta maldad, dicen que con la espada desnuda la quiso matar, y lo hiciera si no acudieran los criados de su casa y la libraran del peligro. Dicen más, que ella, en venganza de esta injuria, mató al dicho Teodorico, su nieto, con una bebida mortal que le dio al salir del baño; pero autores muy graves testifican que murió de cámaras.

 

Con su muerte, tal cual fue, recayó el reino en Clotario, hijo de Fredegunda, que a esta sazón ya era muerta de enfermedad. Éste se

 

 

 

 

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disgustó con Brunequilde, porque con nueva injuria trataba de dar el reino de Teodorico a un hijo que el difunto dejó, por nombre Sigiberto, si bien era bastardo. Pasó el negocio a las armas, y siendo Sigiberto desamparado de los suyos y puesto en huida, dos hermanos suyos, llamados Corbo y Meroveo, y la misma Brunequilde vinieron a poder de Clotario; lo que dicen sucedió el año de 616. Corbo fue luego muerto; a Meroveo quiso dar el vencedor la vida por haberle en el bautismo sacado de pila. Contra Brunequilde, dicen, usó de mayor severidad, porque cuatro veces la hizo azotar, después de esto, atada por los cabellos a la cola de un caballo por domar, lo hicieron pedazos, sin embargo que era mujer de grande edad.

 

Poco se movió el pueblo a compasión, a causa que dicen por sus engaños y embustes perecieron diez reyes y grande muchedumbre del pueblo. En particular escriben que a Desiderio, obispo de Viena, y a Columbano, varón santo, a este desterró, y al otro dio la muerte, que son todas fábulas mal forjadas. En tanta manera los escritores franceses se descuidaron a divulgar patrañas y el vulgo a recibirlas, vergonzoso descuido, si no entendieron que la mentira se podía descubrir; y si lo entendieron, fue desvergüenza notable. Buenos autores afirman que todo esto es una pura tragedia, tomada sin juicio de los rumores y hablillas del pueblo. Yo entiendo que las maldades de Fredegunda y el castigo que le dieran, si los austrasianos fueran vencedores, mintiendo como suele la fama y trocando los nombres, se han atribuido a Brunequilde, princesa religiosa y buena, como lo muestran dos cartas de san Gregorio, papa, para ella llenas de verdaderas alabanzas, además de muchos templos magníficos edificados y adornados en Francia a su costa y gran número de cautivos rescatados con su dinero. Por ventura ¿negarás que esto sea asi? Mostraremos memorias ciertas de todo ello. Por ventura ¿creerá alguno que tales cosas hayan sido hechas por mujer impía y cruel? No lo parece. Allégase a esto otro argumento más fuerte, y es no hacer en su Historia de Francia Gregorio Turonense, que vivió en aquel tiempo, mención alguna de estas maldades. ¿Podráse pensar que hizo esto por respeto de Brunequilde un escritor francés y varón de grande autoridad? Por ventura el que declaró todas las maldades y engaños de Fredegunda y las puso por escrito ¿perdonará a una mujer extranjera? No lo creo yo. Dirás que el rey godo, por nombre Sisebuto, en la Vida de san Desiderio, obispo de Viena, cuenta muchas maldades de Brunequilde y testifica que hizo morir a aquel mártir, y que últimamente por venganza de Dios pereció arrastrada de

 

 

 

 

 

 

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caballos. Fuerte argumento es éste si se probase bastantemente que el autor de aquella vida fue el rey Sisebuto, y no mas aína otro del mismo nombre más moderno, que afirma recogió aquellos rumores del vulgo con menor autoridad y diligencia que si fuera rey. Quede pues por cosa cierta que Brunequilde fue buena princesa, y que sin embargo en aquellos tiempos muy perdidos la cargaron de pecados ajenos, según el Bocacio lo consideró primero que nos, escritor de ingenio poético, pero de grande diligencia y cuidado en rastrear la antigüedad; y después de él Paulo Emilio en su Historia de Francia. Esto basta en este propósito; volvamos con nuestro cuento a las cosas de España.

 

 

 

 

XI. De los reyes Liuva y Leovigildo

 

Después de la muerte de Atanagildo, rey de los visigodos, que falleció en Toledo, como queda dicho, Liuva (así se halla escrito el nombre de este rey en las monedas antiguas), hombre muy poderoso y de grande experiencia de cosas, fue declarado por rey en Narbona, do hasta entonces tuvo el gobierno como virrey que era de la Galia Gótica. Sucedió esto el año segundo del emperador Justino, el más mozo, que tenía el imperio romano, y fue el primero que envió a Longino con nombre de Exarco para que en lugar de Narsete gobernase la Italia. Comenzó Liuva a reinar el año de Cristo de 567. No hay cosa que de contar sea de este Rey, salvo que el segundo año de su reinado declaró a Leovigildo, su hermano, por compañero del reino con igual poder. Tomó para sí el señorío de la Galia Gótica por haber allí vivido más de ordinario, y aún don Lucas de Tuy dice tuvo el imperio de la Galia por espacio de siete años antes que fuese rey de España. Las demás provincias sujetas a los godos encomendó a su hermano, por cuyo medio esperaba que la república, en muchas partes caída, volvería en su antiguo lustre. Si bien tenían entre las manos grande guerra contra los romanos, que estaban apoderados de gran parte de aquella anchísima provincia y la defendían, no sólo con sus armas, sino eso mismo con el esfuerzo y ayuda de algunos de los godos, los cuales, por las parcialidades que entre si tenían, se recogían a los romanos como a refugio común.

 

 

 

 

 

 

 

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Tenia Leovigildo dos hijos de su mujer Teodosia, hija que fue de Severiano, duque y gobernador de la provincia Cartaginense, hermana de Leandro, Fulgencio, Isidoro y Florentina. Los hijos de Leovigildo eran Hermenegildo y Recaredo. Muerta Teodosia, Leovigildo casó con Gosuinda, que estaba viuda del rey Atanagildo, en el mismo tiempo que por su hermano fue llamado e la compañía del reino. Hecho rey, como quier que fuese de grande esfuerzo y señalado por la prudencia, así en guerra como en paz, sin alguna dilación movió guerra a los romanos. Juntáronse las huestes de la una parte y de la otra. Diose la batalla en los pueblos bastetanos, que era donde hoy está Baza. Perdieron la jornada vencidos los romanos, con que fueron echados de toda aquella región. Demás de esto, la comarca de Málaga fue puesta a fuego y a sangre; Medina Sidonia, cerca del Estrecho, tomada de noche por entrega que hizo de aquella ciudad un hombre llamado Framidanco. La ciudad de Córdoba estaba levantada y no quería reconocer vasallaje después que venció al rey Agila, como queda dicho; acudió allá, púsola debajo de su obediencia, y con ella muchos pueblos y ciudades al derredor y aldeas con gran daño de la gente, mayormente del campo, que son los que mas padecen en el tiempo de las guerras. La comarca de Sabaria, que no se sabe en qué parte de España cayese, fue asimismo maltratada con robos y talas y puesta a sujeción.

 

Estaba ocupado Leovigildo en estas cosas cuando falleció en la Galia Liuva, su hermano, el año de 572; reinó solos cinco años, y aún algunos de este número quitan dos años. Leovigildo, sosegadas las cosas de la Bética y echados los romanos de todas aquellas provincias, dio vuelta hacia la Cantabria o Vizcaya, en que tomó por fuerza a Amaya (otros la llaman Aregia, y otros Varegia, ciudad sin duda situada entre Burgos y León). Lo demás de la Cantabria, que se extendía hasta Amaya, fue destrozado y maltratado con robos y talas, muchos revoltosos muertos, y en este número un sacerdote, a quien san Millán de la Cogolla antes había denunciado la muerte, porque en una junta de los principales de Cantabria no quiso dar fe a su profecía en que les avisaba de la destrucción que se aparejaba a toda aquella provincia. Desde Cantabria pasó con las armas en Aquitania, do Aspidio, que en la ciudad Agerense, que hoy es Agen, no quería obedecer, aprendió mal su grado cuán peligroso sea probar la fuerza de los reyes, ca vinieron a poder del Rey, así él como su mujer y hijos, después de haber perdido sus bienes. El abad biclarense dice que Aspidio era en aquella

 

 

 

 

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comarca senior, que es lo mismo que el más viejo, dado que aquella palabra la toma en significación de señorío y principado; y es cosa averiguada que los mas viejos deben imperar, de donde en lo de adelante, así en las memorias de España como en las acciones de los concilios, principalmente los que en tiempo de Carlomagno se tuvieron en Francia, los señores y príncipes se comenzaron a llamar seniores, costumbre que desde aquel tiempo pasó a las lenguas vulgares de España, Italia y de Francia, que esto quiere decir señor. En el mismo año que murió Liuva, Miro (o como otros escriben Aríamiro), gobernaba la nación de los suevos, y era rey por muerte de su padre, que sucedió dos años antes.

 

En este mismo tiempo se tuvo el segundo concilio Bracarense en Braga; halláronse en él doce prelados de Galicia. Tuvo el primer lugar y mayor autoridad entre los demás Martino Dumiense, ya metropolitano de Braga. Con los decretos de este Concilio se confirmaron los suevos en la religión recibida. Ayudó otrosí un milagro que sucedió por aquellos tiempos en esta manera. Salió el Rey de un templo que con advocación de san Martín, obispo de Tours, dijimos edificó su padre. Un truhán, contra la voluntad del Rey extendió la mano para coger uvas de una parra muy hermosa que tenían delante la puerta del templo; secósele súbitamente la mano. Enojado el Rey, mandó se la cortasen; rogóle el pueblo por él, y al fin alcanzó le perdonase. Hizo otrosí oración al Santo, que, sin embargo de la ofensa, le tornó la mano al ser de antes, milagro y merced por la cual todos glorificaron a Dios y a su Santo.

 

En este mismo concilio de Braga, o como algunos sienten, en el que poco después se juntó en Lugo, dividieron los obispados de Galicia, sus aledaños y distritos. División muy famosa, y que la confirmó el rey Wamba en la que él adelante hizo de todos los obispados de su reino. Nótase en la división de los obispados de Galicia, reino de los suevos, que al obispo dumiense, que por estar aquella iglesia junto a la ciudad de Braga no tenía distrito alguno, señalan por feligreses sólo la familia del Rey. Que debía tener la corte y casa real su obispo particular, costumbre que pasó asimismo al reino delos godos, y algunos pretenden se debería renovar en nuestro tiempo por razones que para ello alegan, ni frívolas ni de todo punto concluyentes; así nos parece. Las palabras del Concilio, repetidas en la división de Wamba, son estas: A la sede dumiense pertenezca la familia real.

 

 

 

 

 

 

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El año siguiente, según que lo pone Sigiberto, los españoles celebraron la fiesta de la Pascua a los 12 de las calendas de abril, que es a 21 de marzo; los franceses a los 14 de las calendas de mayo, es a saber, a 18 de abril, en el cual día dice que las fuentes del lugar Oseto, que se solían por si mismas todos los años henchir, manaron como era de costumbre, señal que los franceses acertaron y se engañaron los de España, milagro conque muchas veces por estos tiempos, como lo dice Gregorio Turonense, escritor de esta era, se mostró y entendió la verdad sobre este punto, ca gran diversidad de opiniones sobre el día en que se debía de celebrar la Pascua hubo entre estas dos naciones, por no estar asentada del todo la razón del cómputo eclesiástico. Y aún por las tablas de Dionisio, abad, que son las mismas de Juan Lucido, se ve que los franceses acertaron.

 

Contemporáneo de Gregorio fue Donato, un monje, el que con otros setenta compañeros de África pasó en España, y con la ayuda y riquezas de una mujer poderosa y rica, llamada Minicia, edificó en Játiva, según que muchos entienden, el monasterio servitano. Fue el primero, como dice san Ildefonso, que introdujo en España la forma de la vida monástica; hase de entender la que milita debajo de cierta regla en conventos y en comunidad, porque de monjes en las acciones de los concilios de España se halla hecha mención antes de estos tiempos, mas, o no estaban atados con alguna obligación de votos, o esparcidos por los bosques hacían vida solitaria.

Volvamos con nuestro cuento a Leovigildo, el cual, sosegadas las alteraciones de Aquitania, hoy Guyena, dio la vuelta a España con determinación de echar por tierra el imperio de los suevos, que en ella durara tanto tiempo. El rey Miro, temiéndose del poder de los godos, que ya se metian haciendo daño por Galicia, con embajada que les envió para pedir paz, alcanzó solamente treguas por cierto tiempo. Otorgólas el Godo, lo uno porque no tenía bastante causa para hacer guerra a los suevos ni otra ocasión más de la mudanza de religión en mejor, lo otro porque Leovigildo estaba encendido en deseo de hacer guerra y destruir un ejército de los romanos, al cual Justino, emperador, encomendara la guerra de las fronteras de España. Lo primero que hizo Leovigildo fue entrar por los montes de Orospeda, que a las faldas de Moncayo se comienzan a empinar, y pasando por Molina, Cuenca y Segura y por la comarca de Granada, se terminan en el estrecho de Cádiz. Ciertos montañeses, confiados en la aspereza de los lugares y de los montes, no le querían

 

 

 

 

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obedecer; mas él con las armas y guerra los sujetó. Con esto se hizo mayor el poder de los godos, y el de los romanos se disminuyó, porque poseían solamente y conservaban, con poca esperanza de se sustentar y prevalecer un pequeño pedazo de tierra hacia el mar, como yo pienso, Mediterráneo.

 

Antes que Leovigildo comenzase esta guerra dio primero orden en las cosas de su reino y de su casa, y con intento de quitar a los grandes la costumbre muy recibida de elegir por sus votos los reyes, juntamente con deseo que tenía de que el reino se continuase en su familia y descendientes, declaró por sus compañeros en el reino a sus hijos Hermenegildo y Recaredo. Para esto dividió la provincia y señorío en tres partes: a Hermenegildo encomendó el gobierno de Sevilla, si bien Gregorio Turonense dice que de Mérida. Del nombre de Recaredo fundó la ciudad llamada Recópolis, que es tanto como ciudad de Recaredo, en aquella parte donde Guadiela se junta con el río Tajo, no lejos de la villa de Pastrana, como lo atestigua el moro Rasis. Esta fundación fue el año de

 

577.  Sin embargo, otros muchos pretenden que aquella ciudad de Recópolis se fundó en la Celtiberia, do al presente está Almonacir, vulgarmente llamado de Zorita, de sitio por su naturaleza muy fuerte y agrio. Lo más cierto, que Leovigildo puso la silla de su reino en Toledo, por donde desde aquel tiempo se comenzó a llamar ciudad Regia, y en lo de adelante fue cabeza y asiento del reino de los godos, como hasta esta sazón hubiese estado en Sevilla. De estos principios se abrió puerta para que aquella ciudad alcanzase la dignidad de primacía sobre las demás iglesias y ciudades de España, según que en sus lugares se declarará más ampliamente.

Gobernaba la Iglesia de Roma por estos tiempos el pontífice Benedicto, sucesor de Juan el Tercero; el imperio romano poseía Tiberio, segundo de este nombre, sucesor de Justino, llamado el más Mozo; por este mismo tiempo Miro, rey de los suevos, hizo guerra a los de la Rioja; no se sabe por qué causa, sólo se refiere los venció y despojó de sus bienes, y por conclusión los sujetó a su señorío. Llamábase antiguamente aquel pedazo de tierra Rucones, por lo menos así la llama el arzobispo don Rodrigo; es grande su fertilidad y frescura, los campos tan a propósito para sembrarlos de trigo, que muchas veces acuden veinte por uno.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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XII. De la Guerra de Hermenegildo

 

Ingunde, hija de Sigiberto (rey de Lorena) y de Brunequilde, casó con Hermenegildo, año de nuestra salvación de 579. Era esta señora nieta de la reina Gosuinda y de Atanagildo, por donde con este casamiento emparentaban entre sí aquellas dos familias reales, traza con que el rey Leovigildo pretendía asegurar su reino y el de sus hijos, mayormente que a este nuevo parentesco se allegaba juntamente el de los reyes francos, con quien asimismo emparentaba. Vino Ingunde de Francia con grande acompañamiento.

 

Su abuela Gosuinda la tuvo consigo algún tiempo con muestras de amor y de alegría muy grande; hacíale todas las caricias que podía a propósito de ganarle la voluntad y obligarla con estos halagos a que, dejada la religión católica, abrazase la secta de Arrio y de nuevo se bautizase, como lo tenían de costumbre los arrianos. Ingunde no daba orejas a esto ni quiso venir en manera alguna en lo que su abuela pretendía; decía que conforme a la costumbre cristiana había recibido el santo bautismo debajo la invocación de la Santa Trinidad, y que en esta fe y creencia pretendía mantenerse hasta lo postrero de su vida. La abuela, como mujer que era soberbia y cruel, y no menos fea en las costumbres que en el cuerpo, ca le faltaba el uno de los ojos, no pudo sufrir que aquella moza hiciese poco caso de sus amonestaciones; embravecióse en gran manera, pasó tan adelante, que le dijo muchos baldones, ultrajes y denuestos, y aún cierto día puso en ella las manos, y asiéndola por los cabellos, la arrastró por el suelo hasta hacerla reventar la sangre; otra vez la hizo caer en una piscina o estanque a grande riesgo de la vida. Ingunde no se movía por estos malos tratamientos, ni aflojó por ellos en lo que debía, antes se entiende que por su diligencia más que por otra causa Hermenegildo, su marido, comenzó a tratar de hacerse católico. Allegáronse a esto las amonestaciones de san Leandro, obispo de Sevilla, que, como le sintiese inclinado a lo mejor, le animó y enseñó todo lo que a la verdadera religión pertenecía. Tuvieron comodidad para comunicarse de espacio a causa que el rey Leovigildo se era ido a lo más interior de España, que es el reino de Toledo.

 

Estaba por este tiempo desposada con Recaredo una hija del rey Chilperico de Francia y de Fredegunde, llamada Riugunde; venía a verse con su esposo, según lo tenían concertado; llegó hasta Tolosa, donde por

 

 

 

 

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un aviso que vino de la muerte de su padre, que le mató Landrico, su condestable, como arriba queda dicho, de repente se volvió a su tierra sin pasar adelante. Perdida pues la esperanza de que aquel casamiento se hubiese de efectuar, Recaredo casó adelante con una señora, por nombre Bada, cuyo linaje y nación no se sabe; quién dice que fue de la nobilísima sangre de los godos, su padre Fonto, conde de los patrimonios.

 

Sólo consta que a la misma sazón que el rey Leovigildo se ocupaba en dar orden en estos casamientos, Hermenegildo, su hijo, de todo punto se pasó a la parte de los católicos. La mudanza de este príncipe en la religión, dio ocasión a una guerra muy pesada y muy larga entre padre y hijo. Gosuinda, que debiera terciar bien y aplacar el ánimo de su marido, parte por la braveza de su corazón, parte por ser como era madrastra, encendía más el fuego e irritaba el corazón del Rey, que de suyo estaba muy apasionado por aquella causa. Antes que viniesen a las manos y que los desabrimientos llegasen a rompimiento, intentó el padre de reducir su hijo por buenos medios a su voluntad. Despachóle embajadores y escribióle una carta de esta sustancia:

 

«Más quisiera, si tú vinieras en ello, tratar de nuestras haciendas y diferencias en presencia que por carta; por que ¿qué cosa no alcanzara de ti si estuvieras delante, quier te mandara como rey, quier te castigara como padre? Trajérate a la memoria los beneficios y regalos pasados, de que parece con tu inconstancia te burlas y haces escarnio. Desde tu niñez, puede ser con demasiada blandura, te crié y amaestré con cuidado, como quien esperaba serias rey de los godos en mi lugar. En tu edad más crecida antes que lo pidieses, y aún lo pensases, te di más de lo que pudieras esperar, pues te hice compañero de mi reinado y te puse en las manos el cetro para que me ayudases a llevar la carga, no para que armases contra mí las gentes extrañas, con quien te pretendes ligar. Fuera de lo que se acostumbraba, te di nombre de rey para que, contento de ser mi compañero en el poder, me dejases el primer lugar, y en esta mi edad cargada me sirvieses de arrimo y me aliviases el peso. Si demás de todo esto deseas alguna otra cosa, decláralo a tu padre; pero si sobre tu edad contra la costumbre allende tus méritos te he dado todo lo que podías imaginar, ¿por qué causa como ingrato impíamente o como malvado fuera de razón engañas mis esperanzas y las truecas en dolor? Que si te era cosa pesada esperar la muerte de este viejo y los pocos años que naturalmente me pueden quedar, o si por ventura llevaste mal que se diese

 

 

 

 

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parte del reino a tu hermano, fuera razón que me declararas tu sentimiento primero, y finalmente, te remitieras a mi voluntad. La ambición sin duda y deseo de reinar te despeña, que suele quebrantar las leyes de naturaleza y desatar las cosas que entre si estaban con perpetuos nudos atadas. Excúsaste con tu conciencia y cúbreste con el velo de la religión, bien lo veo, en lo cual advierto que, no solamente quebrantas las leyes humanas, sino que provocas sobre tu cabeza la ira de Dios. ¿De aquella religión te apartas, guiado sólo por tu parecer, con cuyo favor y amparo el nombre de los godos se ha aumentado en riquezas y ensanchado en poderío? ¿Por ventura menospreciarás la autoridad de tus antepasados, que debías tener por sacrosanta y por dechado sus obras? Esto sólo pudiera bastar para que considerases la vanidad de esa nueva religión, pues aparta el hijo del padre, y los nombres de mayor amor muda en odio más que mortal. A mi, hijo, por la mayor edad toca el aconsejarte que vuelvas en ti, y como padre mandarte que, dejado el deseo de cosas dañosas, sosiegues tu corazón. Si lo haces así, fácilmente alcanzarás perdón de las culpas hasta aquí cometidas; si acaso no condesciendes con mi voluntad y me fuerzas a tomar las armas, será por demás en lo de adelante esperar ni implorar la misericordia de tu padre».

 

Dio esta carta mucha pesadumbre a Hermenegildo, como era razón; pero determinado de no mudar parecer, respondió a su padre, y le escribió una de este tenor:

«Con paciencia y con igual ánimo, rey y señor, he sufrido las amenazas y baldones de tu carta, dado que pudieras templar la libertad de la lengua y la cólera, pues en ninguna cosa te he errado. A tus beneficios, que yo también confieso son mayores que mis merecimientos, deseo en algún tiempo corresponder con el servicio que es razón y permanecer por toda la vida en la reverencia que yo estoy obligado a tener a mi padre. Mas en abrazar la religión más segura, que tú para hacerla odiosa llamas nueva, nos conformábamos con el juicio de todo el mundo, además de otras muchas razones que hay para abonarla. No trato cuál sea más verdadera; cada cual siga lo que en esta parte le pareciere, a tal que se nos conceda la misma libertad. Atribuyes la buena andanza de nuestra nación a la secta arriana que siguen, por no advertir la costumbre que tiene Dios de dar prosperidad y permitir por algún tiempo que pasen sin castigo los que pretende de todo punto derribar; y esto para que sientan más los reveses y el trocarse su buena andanza en contrario. Y que la tal

 

 

 

 

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prosperidad no sea constante ni perpetua lo declara bastantemente el fin en que por semejante camino han parado los vándalos y los ostrogodos. Que si te ofendes de haber yo mudado partido sin consultarte primero, séame lícito que yo también sienta que no me dés lugar y licencia para que estime en más mi conciencia que todas las cosas, por lo cual, si necesario fuere, estoy presto de derramar la sangre y perder la vida; ni es justo que el padre pueda con su hijo más que las leyes divinas y la verdad. Suplico a nuestro Señor que tus consejos sean saludables a la república, y no perjudiciales a nos, que somos tus hijos; y que te abra tus ojos para que no des orejas a chismerías y reportes con que tú tengas que llorar toda la vida, y a nuestra casa resulte infamia y daño irreparable por cualquiera de las dos partes que la victoria quedare».

 

Estaba el pueblo dividido en dos parcialidades: los católicos, que eran en gran número, y tenían menos fuerzas, seguían el partido de Hermenegildo, quién en público, quién de callada. Los arrianos eran más poderosos, y tomaron la voz de Leovigildo. Gregorio Turonense dice que Hermenegildo cuando le ungieron en la frente y le confirmaron, que era la manera como recibían en la Iglesia a los arrianos, mudó el nombre antiguo que tenía en el de Juan. Contra esto hacen las monedas de oro batidas, como parece, en lo más recio de la guerra para que sirviesen (a lo que se entiende) como de insignias y divisas a los soldados; que son de buen oro, y tienen de una parte el nombre y rostro de Hermenegildo, y por reverso una imagen de la victoria con estas palabras: «Hombre, huye del Rey»; aludiendo a la sentencia de San Pablo, en que manda que el hereje, después de una segunda monición, sea evitado.

 

Buscaron los católicos socorro de lejanas tierras, y para esto Leandro fue por mar a Constantinopla, do estaba Tiberio Augusto. Leandro de monje benito fue promovido en prelado de Sevilla; era persona de singular erudición y aprobación de costumbres y no menor suavidad en su trato; la elegancia en el estilo y en las palabras era muy grande, cosa que en aquel tiempo se podía tener por milagro. Poco efecto y provecho hizo a lo que parece la ida de Leandro en lo que se pretendía; pero hallóse en un concilio de obispos en aquella ciudad, y trabó familiaridad grande con san Gregorio, que tuvo después renombre de Magno, y entonces era legado en Constantinopla del papa Pelagio II. La semejanza de la vida y de los estudios fue causa que trabasen la amistad, de que dan muestra los libros

 

 

 

 

 

 

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de los Morales, que a persuasión de san Leandro y en su nombre san Gregorio publicó.

 

Los principios de esta guerra concurren con el año de 580; año que fue desgraciado al pueblo cristiano y aciago porque en él nació en Arabia el falso profeta Mahoma, caudillo adelante y cabeza de una nueva y perversa secta, de quien se hablará otra vez en su lugar. Fortificó Hermenegildo a Sevilla y a Córdoba, proveyólas de trigo, de almacén y de todo lo necesario para todo lo que sucediese, ora la guerra se prolongase, ora las apretasen con cercarlas. Hizo alianza con los capitanes romanos. Entrególes para seguridad a su mujer y un hijo que poco antes le había nacido, fuera de que, si sucediese algún desastre, quería estuviesen lejos del peligro de la guerra las dos cabezas que él más amaba. Por el contrario, Leovigildo, visto que no podía ganar a su hijo ni por miedos que le ponía ni por promesas que le hizo, acordó de acudir a las armas y a la fuerza. Para salir más fácilmente con su intento lo primero que hizo fue por medio de mucho oro que dio a los romanos atraerlos a su partido, como hombres que se vendían a quien más pujaba, sin tener cuenta con la fe y sin mirar lo que tenían concertado con su hijo. Inclináronse pues y abrazaron aquella parte do esperaban sería más cierta la ganancia y el interés más colmado.

 

Tomado este asiento, trató juntamente aquel Rey de concertar en cierta forma los católicos con los arrianos, por constarle que la diferencia de la religión era causa de aquellas revueltas y daños. Para esto juntó en la ciudad de Toledo un concilio de los obispos arríanos, en que se decretó lo primero que se quitase la costumbre de rebautizar, como lo tenían antes en uso, a los que de la religión católica se pasaban a la secta arriana. Decretaron otrosí sobre la cuestión tan reñida entre católicos y arríanos que entre las personas divinas el Hijo era igual al Padre; pero esto fue sólo de palabra, que la ponzoña y perversidad de antes se les quedaba en sus corazones muy arraigada. Todavía esta ficción y engaño fue parte para que mucha gente simple, como quitada la causa de la discordia, unos claramente se apartaron de Hermenegildo, otros defendían en lo de adelante su partido más tibiamente. La mayor parte de la gente, movida del peligro que amenazaba y por acomodarse con el tiempo, quisieron más estar a la mira que entrar a la parte, y por la defensión de la religión católica poner a riesgo sus vidas y sus haciendas. Pasáronse en estas cosas tres años. En este tiempo, muerto el emperador Tiberio, otro que se llamó Mauricio le sucedió en el imperio romano.

 

 

 

 

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El rey Leovigildo no se descuidaba, antes en todos sus estados hizo grandes levas de gentes, con que movió contra su hijo. Marchó con su ejército hasta lo postrero de Andalucía, y puso sitio sobre Sevilla, ciudad famosa, grande y rica. Tenía poca esperanza que los cercados se rindiesen por su voluntad por estar aficionados a su hijo y prevenidos de su prelado Leandro. Acordó usar de fuerza y juntamente valerse de sus mañas. Pasa por aquella ciudad Guadalquivir, tan caudaloso y de tan grandes acogidas de agua, que tiene fondo bastante para gruesas naves. Parecióle sería bien impedirles la navegación, y que por el río no pudiesen entrar provisiones, y para esto sacarle de madre y echarlo por otra parte. Era esta empresa de grande trabajo y obra de muchos días. Por esto una legua más arriba de Sevilla, para hacer sus estancias reedificaron los muros de la antigua Itálica, cuya magnificencia en tiempo de los romanos fue grande, y de ella dan bastante muestra las ruinas que allí se ven, donde en nuestro tiempo está el monasterio famoso de San Isidro.

 

Miro, rey de los suevos, si bien era católico, acudió con su gente en favor de Leovigildo; mas pagó tan grande maldad, según se entendió, con la muerte, ca falleció durante el cerco de Sevilla. Sucedióle Eborico, su hijo. Gregorio Turonense dice al contrario de esto, es a saber, que Miro siguió el partido de Hermenegildo, y que concluida la guerra, se concertó con Leovigildo, y vuelto a su tierra falleció poco después de enfermedad que le sobrevino en aquel cerco por ser el aire malsano y las aguas no buenas.

Echaron pues el río por otra parte, con que los cercados comenzaron a padecer grande falta. Hermenegildo, ya que era pasado un año del cerco, perdida la esperanza de poderse defender, de secreto se recogió a los romanos, como ignorante que estaba de que habían mudado partido y pasádose a sus contrarios. Luego que partió Hermenegildo, la ciudad se entregó a su padre, que fue el año del Señor de 586. No se contentó con esto Leovigildo ni paró antes de haber a las manos a su hijo. En la manera como le prendió no concuerdan los autores; quién dice que, vista la mala acogida que le hacían los romanos y su deslealtad, dio la vuelta a Córdoba, y que aquellos ciudadanos por alcanzar perdón de su padre se lo entregaron, que a los caidos todos les faltan.

 

Turonense va por otro camino, y afirma que le prendieron en el lugar de Oseto, donde conforme a lo que de suso queda dicho, la pila del bautismo todos los años de suyo se henchía de agua. Recogióse

 

 

 

 

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Hermenegildo en aquel lugar por ser muy fuerte plaza y sus moradores a él muy aficionados, metió consigo hasta trecientos soldados escogidos, y las demás gentes dejó en sus reales, que tenía por allí cerca. Pensaba si su padre usaba de fuerza acometerle por frente y por las espaldas. Hacia la cuenta sin parte, y así sucedió todo al contrario; porque Leovigildo, avisado del intento de su hijo, como es cosa ordinaria que discordias civiles nunca faltan espías secretas, con presteza ganó por la mano y deshizo aquellas trazas. Acudió pues con diligencia sobre aquel lugar, y apoderado del pueblo, le puso fuego por todas partes. Hermenegildo, perdida la esperanza de poderse defender, se recogió al templo, si por ventura con entretenerse algún tanto se aplacase la saña de su padre. Iba en compañía de Leovigildo el otro hijo Recaredo, que si bien era menor en la edad, en la nobleza de corazón y en la prudencia igualaba a su hermano. Pidió licencia a su padre y lugar a su hermano para verse con él. Concertada la habla y entrado que hubo en el templo, por algún espacio de tiempo se detuvo sin poder decir palabra, como suele acontecer cuando el dolor, la ira y el miedo son muy grandes. La abundancia de las lágrimas y el sentimiento le quitaban la habla, mas después que sosegó algún tanto:

 

«De corazón, dice, flaco es dolerse por el desmán de los suyos y no poner otro remedio sino las lágrimas. Tu desventura no es sólo tuya, sino nuestra, a todos nos toca el daño, pues entre padre y hermanos no puede haber cosa alguna apartada. No quiero reprehender tus intentos ni el celo de la religión, aunque ¿qué razón pudo ser tan bastante para tomar las armas contra tu padre? Tampoco me quejo de los que con sus consejos te engañaron. Las cosas pasadas más fácilmente se pueden llorar que trocar. Ésta es, mal pecado, la desgracia de estos tiempos, que por estar dividida la gente y reinar entre todos una pestilencial discordia, la una parcialidad y la otra ha pretendido tener arrimo en nuestra casa, que es la causa de todos estos daños. Resta volver los ojos a la paz para que nuestros enemigos no se alegren más con nuestros desastres. Lo que ojalá se hubiera hecho antes de venir a rompimiento; pero todavía queda el recurso a la misericordia paterna, si de corazón pides perdón de lo hecho, que será mejor acuerdo que llevar adelante la pertinacia y arrogancia pasada. Por lo de presente y por lo que ha sucedido, debes entender cuánto será mejor seguir la razón con seguridad que perseverar con peligro en los desconciertos pasados. Acuérdate que con la adversidad suele ser muy necesaria la prudencia, y que el ímpetu y la aceleración te

 

 

 

 

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será muy perjudicial. De mi parte te puedo prometer que si de voluntad haces lo que pide la necesidad, nuestro padre se aplacará, y contento con un pequeño castigo, te dejará las insignias y apellido de rey».

 

Confirmó estas promesas con juramento, hizo llamar a su padre, y venido que fue, Hermenegildo con un semblante muy triste se arrojó a sus pies. Recibióle con muestras de alegría, diole paz en el rostro, que fue indicio de quererle perdonar, mas otro tenía en el corazón; hablóle algunas palabras blandas, y con tanto le mandó llevar a los reales; poco después, quitadas las insignias reales, le envió preso a Sevilla. El abad biclarense dice que le desterró a Valencia y que murió en Tarragona. La verdad es que en Sevilla, a la puerta que llaman de Córdoba, se muestra una torre muy conocida por la prisión que en ella tuvo Hermenegildo, espantosa por su altura y por ser muy angosta y escura. Dícese comúnmente que en ella estuvo con un pie de amigo atadas las manos al cuello, y que el santo mozo, no contento con el trabajo de la cárcel, usaba de grande aspereza en la comida y vestido; su cama una manta de cilicio, y él mismo ocupado en la contemplación de las cosas divinas suspiraba por verse con Dios en el cielo, donde esperaba ir muy en breve. En esta forma de vida perseveró hasta tanto que llegó la fiesta de Pascua de Resurrección, que aquel año cayó a 14 de abril, y fue puntualmente el de Cristo de 586, según que se entiende por la razón del cómputo eclesiástico, si bien algunos de este número quitan dos años. El arcipreste Juliano quita uno; mas el abad biclarense señala que Hermenegildo murió el tercer año del emperador Mauricio, lo cual concuerda con lo que queda dicho.

 

El caso sucedió de esta manera: Leovigildo con el deseo que tenía de reducir a su hijo, pasada la media noche, le envió un obispo arriano para que, conforme a la costumbre que tenían los cristianos, le comulgase aquel día a fuer de los arrianos. El preso, visto quien era, le echó de sí con palabras afrentosas. Tomó el padre aquel ultraje por suyo, y de tal suerte se alteró, que sin dilación envió un verdugo, llamado Sisberto, para que le cortase la cabeza; bárbara crueldad y fiereza que pone espanto y grima. Era Hermenegildo de condición simple y llana, cosas que si no se templan, suelen acarrear daños y aún la muerte. La memoria de este santo mártir se celebra en España de ordinario a 14 de abril, dado que en algunas iglesias se hace un día antes. El lugar da la prisión adelante se mudó en una capilla con advocación del santo. La devoción que con él antiguamente se tuvo fue muy grande, como se entiende así por lo dicho como de que muchos,

 

 

 

 

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así varones como hembras, se llamaron de su nombre Hermenegildos, Hermesindas, Hermenesindas, y aún los sobrenombres de Armengol y Hermengando, de que usaron los españoles, entienden algunos se tomaron del nombre de este santo. Lo mismo se dice de Hermegíldez y Hermíldez, que tienen terminación aún más bárbara.

 

No se sabe dónde esté al presente su cuerpo, ni aún se averigua bastantemente el lugar en que a la sazón le sepultaron. Un hueso suyo dentro de una estatua de plata muestran en capilla particular de la iglesia mayor de Zaragoza. Gobernaba por estos tiempos la Iglesia romana Pelagio II. Gregorio el Magno, sucesor de Pelagio, relató como cosa fresca la muerte de Hermenegildo. Allí dice que junto al cuerpo del mártir se oyó música celestial, cierto de los ángeles que celebraron su entierro y sus honras de que el cruel ánimo de su padre le privó. Añade que corría fama y se decía que en el mismo lugar de noche se vieron luces o semejanza de antorchas. Estas cosas y la muerte del verdugo Sisberto muy fea, que le avino muy en breve, aumentó en gran manera la devoción del mártir. Al presente se ha acrecentado notablemente después que el papa Sixto V puso el nombre de Hermenegildo en el Calendario romano, con orden y mandato que en toda España se le haga fiesta a los catorce días del mes de abril.

 

 

 

 

XIII. De la muerte del rey Leovigildo

 

Luego que Ingundis tuvo aviso de la prisión y muerte de su marido, pasó en África, llena de amargura y de lágrimas. Los capitanes romanos que la tenían en su poder acordaron enviarla juntamente con su hijo, por nombre Teodorico, y hacer de ella presente al emperador Mauricio. Por el contrario, los reyes de Francia, Childeberto, hermano de Ingundis, y Guntrando, su tío, príncipes valerosos y bravos, se aparejaban para vengar con sus armas aquella injuria y la muerte de Hermenegildo. Recaredo, avisado de estos apercebimientos, para ganar por la mano rompió con sus gentes por la Francia y por las tierras de los enemigos; apoderóse por fuerza de un castillo muy fuerte en el territorio de Arles, que se llamaba Ugerno. Taló demás de esto y dio el gasto a todos los campos comarcanos. Fue grande el daño que hizo, y mayor el espanto que puso en toda aquella

 

 

 

 

 

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gente; por esto se trató de hacer paces, y para efectuarlas despachó Leovigildo sus embajadores; pero no acabaron cosa alguna a causa que, demás de los agravios pasados, las gentes y armadas de los godos de nuevo tomaron ciertas naves francesas en las marinas de Galicia con los hombres y todo el haber que traían y con que venían a sus contrataciones. Esto irritó tanto a los franceses, que si bien se despachó otra nueva embajada sobre el caso, aquellos reyes, mayormente Guntrando, no quisieron dar oídos a lo que los godos pedían.

 

Quién dice que Recaredo desde Narbona rompió segunda vez por las tierras de los francos, y de nuevo dio la tala a los campos muy fértiles de la Francia. Childeberto, como al que tocaba de más cerca este dolor, y por el deseo que tenía de vengar a su hermana y a su cuñado, y tomar la enmienda debida de tantos desaguisados, convidó al emperador Mauricio (cuya amistad poco antes había él menospreciado), para juntar sus fuerzas y armas contra los longobardos y contra los godos, que estaban apoderados los unos de Italia y los otros de España. Tomado este asiento, un gran ejército de franceses pasó en Italia. Mostróse el enemigo al principio temeroso. No quería venir al trance de la batalla; por esto los francos, y por ser de su natural muy confiados, se descuidaron de tal suerte, que los contrarios dieron sobre ellos a deshora con tal orden, que al punto los vencieron y desbarataron. No refieren el número de los muertos; solo consta que fue la mayor matanza que en aquel tiempo se hizo de los francos. Este revés sin duda hizo que Childeberto se humanase para con los godos, mayormente que el Emperador, ocupado en otras cosas, ayudaba más a sus compañeros con el nombre que con las fuerzas; además de la muerte de Ingundis, hermana de Childeberto, que se supo en esta sazón, y era la causa de estos bullicios y guerra; quién dice que falleció en África, quién en Sicilia, ca no concuerdan los autores, como tampoco no se sabe lo que se hizo de su hijo. Sólo refieren que lo llevaron al Emperador; debió fallecer poco después de la madre, más dichoso en esto que si huérfano, desterrado y pobre y cautivo viviera mucho tiempo. Máximo dice que murió en Palermo la madre, y el hijo poco después en Constantinopla.

 

En este medio en España el rey Leovigildo, por el deseo que tenía de apagar la católica religión, causa como él entendía de tantos daños y males, desterraba los varones mas santos de todo su reino, como los que conservaban y mantenían el culto de la verdadera religión. En particular

 

 

 

 

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desterró los dos hermanos y prelados Leandro, de Sevilla, y Fulgencio, de Écija; estaba contra ellos irritado principalmente por el favor que dieron a Hermenegildo, su hijo. Lo mismo hizo con Mausona, metropolitano de Mérida, uno de los varones más señalados de aquel tiempo. Hizole venir a Toledo, y desde allí, después de muchas afrentas que le hizo, le envió al destierro, sólo por mostrarse constante en la religión católica y porque no quiso manifestar al Rey y entregarle la vestidura de santa Olalla por miedo de los arrianos. Pusieron en lugar de Mausona y nombraron por arzobispo un grande arriano llamado Sunna. Sucedió un milagro al partir de Mausona para muestra de su inocencia, y fue que el caballo en que le pusieron para llevarle al destierro, sin embargo que era por domar y muy feroz, recibió sin dificultad sobre si al santo varón. Muchos otros obispos fueron al destierro, y pusieron otros en su lugar, de que se entiende procedió que, sosegada la Iglesia, acaecía contra lo que disponen las leyes eclesiásticas, haber dos obispos de una ciudad, como se ve por las memorias públicas de aquel tiempo. Parece que adelante, con deseo de la paz, cuando se convirtió España, se introdujo esta novedad que los unos obispos y los otros quedasen con sus oficios.

 

De las rentas de las iglesias se apoderó el avariento rey sin alguna resistencia, derogó los privilegios de los eclesiásticos, dio la muerte a muchos hombres principales, parte por causas verdaderas, a otros por testimonios que les levantaban y calumnias que les arrimaban, de cuyos bienes enriqueció el patrimonio real. Lo que con esta carnicería principalmente pretendía era que ninguno de otro linaje pudiese aspirar al reino. Muchos, quebrantados con estos males, no sólo del pueblo, sino de los principales en riquezas y nobleza, se sujetaron a la voluntad del Rey y pasaron a la secta de los arrianos. Entre estos Vincencio, obispo de Zaragoza, como se hiciese arriano, con el ejemplo de su inconstancia trajo otros muchos al despeñadero; si bien Severo, obispo de Málaga, y Liciniano, obispo de Cartagena, sus contemporáneos, escribieron contra lo que hizo. Dura hasta nuestra edad el libro de Liciniano, de quien atestigua Isidoro que escribió muchas epístolas a Eutropio, obispo de Valencia, y que falleció en Constantinopla, a lo que se entiende, huido de la rabia del Rey.

 

En aquella ciudad Juan, abad Biclarense, natural de Santaren, en Portugal, gastó por causa de los estudios en su menor edad diez y siete años, con que alcanzó conocimiento de la una y de la otra lengua latina y

 

 

 

 

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griega, y se aventajó en las otras artes y ciencias. Después de esto, vuelto a la patria de su larga peregrinación, sufrió muchos trabajos como los demás católicos. Desterráronle a Barcelona; en el destierro, a la vertiente de los Pirineos, edificó un monasterio que se llamó Biclarense, y hoy se llama de Valclara, apellido conforme al antiguo. Ordenó que los monjes siguiesen la regla de san Benito, y él mismo les añadió otras constituciones y estatutos a propósito de la vida religiosa. De este monasterio, donde fue abad algún tiempo, le sacaron en el reinado de Recaredo para hacerle obispo de Gerona, y en tiempo del rey Suintila pasó por la muerte al cielo y a gozar el premio de sus trabajos.

 

Tuvo por sucesor a Nonito, de quien y de Juan, presbítero de Mérida, y Novello, obispo de Alcalá, sucesor de Asturio, después de otros algunos, todos personas señaladas, no se sabe si con la tempestad que en estos tiempos corría, y con las olas de persecuciones fueron trabajados. A san Isidoro, hermano de Leandro y de Fulgencio, para que no le maltratasen valió su pequeña edad, sus buenas inclinaciones y su grande ingenio, que le hacía de presente ser amado de todos, y para adelante con sus grandes letras y santidad alumbró toda la Iglesia. Allegábase a lo demás su nobleza, la modestia de su rostro y su mesura, la suavidad de su condición, si bien no dejaba de hacer rostro a los arrianos ni temía irritarlos con sus disputas. Animábase a hacerlo, parte por ser muy católico, parte por las cartas que Leandro, su hermano, desde el destierro le enviaba, en que le animaba a derramar la sangre, si fuese necesario, por la defensa de la verdad.

 

El reino de los godos, que por los caminos ya dichos parecía ir en aumento y cobrar de cada día mayores fuerzas, por el mismo tiempo se acrecentó con apoderarse de todo lo que los suevos en España poseían, lo cual avino en esta manera y con esta ocasión. El rey Eborico, hijo de Miro, fue despojado de aquel reino por Andeca, hombre principal y que estaba casado con la madrastra de Eborico, llamada Sisegunda. No se contentó con despojarle del reino, sino que por asegurarse le forzó a meterse fraile y trocar las insignias reales y cetro con la cogulla. Era Eborico amigo de los godos y su confederado; por esto Leovigildo tomó las armas contra el tirano. Vencióle y prendióle en batalla, y despojado del reino le cortó el cabello, que conformo a la costumbre de aquellos tiempos era privarle de la nobleza y hacerle inhábil para ser rey; finalmente, le desterró a Beja, ciudad de la Lusitania. Con la ocasión de estas revueltas se levantó otro,

 

 

 

 

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por nombre Malarico, y con el favor que tenía entre aquella gente se llamó rey. Acudió Leovigildo también a esto, sosegó estas nuevas alteraciones, con que toda la Galicia quedó sin contradicción por suya; ca Eborico se debió quedar como particular en el monasterio, ni el rey godo debió tener mucha voluntad de restituirle. Por esta manera el rey de los suevos, que en algún tiempo floreció mucho y poseyó una buena parte de España por espacio de ciento y setenta y cuatro años, cayó de todo punto, que fue el año de Cristo 886.

 

En el mismo año Leovigildo falleció en Toledo el 18 después que con su hermano comenzara a reinar. Hay fama, y muchos autores lo atestiguan, que al fin de la vida, estando en la cama enfermo sin esperanza de salud, abjuró la impiedad arriana, y volvió su ánimo a lo mejor y a la verdad; y que en particular con Recaredo, su hijo, trató cosas en favor de la religión católica. Dijole que el reino que, adquiridas y ganadas muchas ciudades, le dejaba muy grande, sería muy más afortunado si toda España y todos los godos recibiesen después de tanto tiempo la antigua y verdadera religión. Encargóle tuviese en lugar de padres a Leandro y a Fulgencio, a quien mandó en su testamento alzar el destierro. Avisóle que, así en las cosas de su casa en particular como en el gobierno del reino, se aprovechase de sus consejos. Y aún Gregorio Magno refiere que antes que muriese de aquella enfermedad encargó mucho a Leandro, que debió venir a la sazón, cuidase mucho de Recadero, su hijo, que por sus amonestaciones esperaba y aún deseaba en las costumbres, humanidad y todo lo demás semejase a Hermenegildo, su hermano, a quien él sin bastante causa dio la muerte. Puédese creer que las oraciones del santo mártir fueron más dichosas y eficaces después de muerto que en la vida para alcanzar de Dios que su padre se redujese a buen estado. Nuestros historiadores refieren que Leovigildo, dado que de corazón era católico, no abjuró públicamente, como era necesario, la herejía por acomodarse con el tiempo y por miedo de sus vasallos. Máximo dice se halló presente a la muerte de este Rey y vio las señales de su arrepentimiento y sus lágrimas. Pone su muerte año 587, 2 de abril, miércoles al amanecer. Este su desengaño se debió encaminar, entre otras cosas, por muchos milagros que se hicieron en favor de la religión católica.

 

Entre los demás se cuentan los siguientes: En el tiempo que perseguía con las armas a su hijo inocente, un monasterio que estaba en la comarca y ribera de Cartagena con advocación de San Martín, huido que se hubieron

 

 

 

 

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los monjes a una isla que por allí caía, fue saqueado por los soldados del rey; uno de ellos, desnuda la espada, como acometiese al abad que sólo quedaba, en castigo de su sacrilegio cayó muerto en tierra; el rey, sabido el suceso, mandó que toda la presa se restituyese al monasterio. Sucedió otrosí en una disputa que hubo sobre la religión que un católico, en testimonio de la verdad que profesaba, tomó en la mano, sin recibir alguna lesión ni daño, un anillo del fuego en que estaba ardiendo, sin que el hereje se atreviese a hacer otro tanto en defensa de su secta. Con estos y otros milagros comenzaba el ánimo del Rey a moverse y vacilar.

 

Preguntó a cierto obispo arriano por qué causa los arrianos no ilustraban su secta y la acreditaban con semejantes obras ni hacían milagros como los católicos, tales y tan grandes. A esta pregunta el Obispo: «A muchos, dice, oh Rey, si es licito decir verdad y blasonar a la manera de los contrarios de nuestras cosas, que eran sordos, hice que oyesen, y aún abrí los ojos de los ciegos para que pudiesen ver. Pero las cosas que hasta aquí por huir ostentación se han hecho sin testigos, quiero hacerlas públicamente y probar con las obras la verdad de lo que digo». No paró en palabras, sino que se vino a la prueba. Pasaba el rey poco después de esto por una calle. Cierto arriano, que a persuasión del Obispo fingió estar ciego, a grandes voces pedía que le fuese por él restituida la vista; representaba la comedia delante del mismo que la inventara; tendía las manos, hacía otros ademanes en que mostraba esperaba con humildad la sanidad por los ruegos y santidad del Obispo. Estaban todos suspensos y esperaban ver alguna maravilla; y fue así, pero al revés de lo que cuidaban, porque el engañador malvado, luego que el Obispo le tocó los ojos con sus manos, quedó de todo punto ciego y perdió la vista que antes tenía. Conoció el miserable su daño, y vencido del dolor, que pudo más que la vergüenza, confesó luego la verdad y descubrió a la hora el engaño y toda la trama.

 

Por estos caminos la secta arriana, como era razón, comenzó en grande manera a ir de caída, y el ánimo del Rey a enajenarse poco a poco, mayormente que por espacio de cuatro años gran muchedumbre de langosta talaba de todo punto los campos de España, y más del reino de Toledo, en que por la templanza del aire suele tener mas fuerza esta plaga. El pueblo, como acostumbra, decía ser castigo de Dios en venganza de la muerte de Hermenegildo y de la persecución que hacían contra la verdadera religión. Esta loa a lo menos se debe a Leovigildo por

 

 

 

 

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testimonio del mismo san Isidoro, que después del rey Alarico reformó las leyes de los godos, que con el tiempo andaban estragadas; añadió unas y quitó otras. Paulo, diácono de Mérida, refiere otrosí lo que vio, es a saber, que el abad Nuncto, varón de grande santidad, como quiera que de África pasase a Mérida con deseo de visitar el sepulcro de santa Olalla, desde aquella ciudad, por huir la vista de mujeres, poco después se apartó al yermo, donde, dado que era católico, el Rey lo sustentó a su costa hasta tanto que los rústicos comarcanos se conjuraron contra él y le dieron la muerte. La causa no se sabe; por ventura no podían sufrir las reprehensiones libres de aquel varón santo por ser hombres feroces y de rudo ingenio. No castigó el Rey este caso; castigóle Dios con que los demonios se apoderaron de los matadores sacrílegos. Por conclusión, Leovigildo fue el primero de los reyes godos que usó de vestidura diferente de la del pueblo, y el primero que trajo insignias reales, y usó de aparato y atuendo de príncipe, cetro y corona y vestidos extraordinarios; cosas que cada uno conforme a su ingenio podrá reprehender o alabar, por razones que para lo uno y para lo otro se podrían representar.

 

 

 

 

XIV. De los principios del rey Recaredo

 

Hiciéronse las exequias del rey Leovigildo con la solemnidad que era razón. Las cuales concluidas, Recaredo, su hijo y sucesor, volvió su pensamiento a dar orden en las cosas de su casa, y consiguientemente en el estado de la república. Pretendía ante todas cosas aplacar y ganar a los reyes de Francia, y aún el tiempo adelante, para que la paz fuese más firme, muerta Bada, su primera mujer, trató de emparentar con Childeberto, rey de Lorena, casando con Clodosinda, otra su hermana. Para alcanzar esto con mayor facilidad envió a excusarse que no tuvo parte en la muerte de Hermenegildo, antes le dolió en el alma aquel desastre de su hermano. No era aún llegada la sazón de efectuar cosa tan grande, si bien estaba ya cerca.

 

Lo que sobre todo importaba fue que, por consejo de los dos hermanos Leandro y Fulgencio, como católico que ya era de secreto, comenzó muy de veras a tratar de restituir en España la religión católica; bien que por entonces le pareció disimular algún tanto y no forzar el tiempo, sino

 

 

 

 

 

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acomodarse con él. Consideraba la condición del pueblo, que se deja más fácilmente doblegar con maña que quebrantar por fuerza, especial en materia de mudar la religión en que desde su primera edad se criaron. Acordó pues para salir con su intento usar de artificio y de industria, halagar a unos, sobrellevar a otros, y con mercedes que les hacia ganarlos a todos. Sucedió todo como se podía desear, ca sabida la voluntad del rey, bien así los grandes que los menudos se rindieron a ella y vinieron de buena gana en lo que al principio pareció tan dificultoso. Así que los godos todos, y entre los suevos los que perseveraban en la locura del error antiguo, de común acuerdo le dejaron y abrazaron el partido de la Iglesia católica, y juntamente con esto pretendían ganar la gracia de su señor, al cual, demás de su buena condición y sus costumbres muy suaves, ayudaba mucho su gentil disposición y rostro para ganar las voluntades de todos. Con que por toda la vida fue muy amado de sus vasallos, y después de muerto su memoria muy agradable a los que le sucedieron adelante. Cosa forzosa es que en la mudanza de la religión resulten en el pueblo alteraciones y alborotos; la buena traza de Recaredo hizo que en su tiempo y por esta causa ni durasen mucho, ni fuesen muy señalados; y la severidad que usó en castigar, no solamente no fue odiosa por ser necesaria, sino también popular, y a todos, así grandes como pequeños, agradable.

 

El primero que hizo rostro a la pretensión del rey fue el obispo Ataloco en la Galia Narbonense por ser tan aficionado a la secta arriana y en tanto grado, que vulgarmente le llamaban Arrio. Allegáronsele en la misma provincia los condes Granista y Bildigerno, sea movidos de si mismos, sea a persuasión del obispo. La verdad es que tomaron las armas contra el Rey y alteraron el pueblo para que se rebelase; pero este torbellino, que amenazaba mayor tempestad y daño, tuvo breve y fácil fin a causa que Ataloco falleció de puro pesar por ver que los suyos llevaban lo peor y que por estar los del pueblo inclinados a la religión católica no les podía persuadir que no hiciesen mudanza. A los condes vencieron en batalla las gentes de Recaredo, y con esto vengaron los malos tratamientos que de todas maneras habían hecho a los católicos. Es así que toda herejía es cruel y fiera, y ningunas enemistades hay mayores que las que se forjan con voz y capa de religión, ca los hombres se hacen crueles y semejables a las bestias fieras. Estas alteraciones de la Galia Narbonense se levantaron y sosegaron al principio del reinado de este príncipe, en el cual tiempo, el

 

 

 

 

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décimo mes después que se encargó del gobierno renunció él publicamente la secta arriana y abrazó la antigua y católica religión. Restituyó otrosí a las iglesias los derechos y posesiones que su padre les quitara, además de nuevos templos y monasterios de monjes que con real magnificencia a su costa levantaba. A muchos de sus vasallos volvió las haciendas y honras de que su padre los despojara, cuya acedia sobrepujaba él con su benignidad, y sus malas obras con beneficios que a todos hacía.

 

Ocupábase el rey en estas obras, y la divina providencia cuidaba de sus cosas. El rey Guntrando había enviado un su capitán, por nombre Desiderio, con un grueso ejército para que en venganza de los daños pasados rompiese por las tierras que los godos poseían en la Galia. Acudieron las gentes de Recaredo, vinieron con el francés a batalla junto a la ciudad de Carcasona, en que al principio los godos llevaron lo peor y volvieron las espaldas. Recogiéronse dentro de la ciudad; y desde allí puestos de nuevo en ordenanza salieron contra los franceses, que sin concierto seguían la victoria. Cargaron con tal denuedo sobre ellos y con tal esfuerzo, que con la ayuda de Dios se trocó el suceso de la pelea, y los godos, olvidados de las heridas y del trabajo, vencieron y desbarataron a los enemigos y los pusieron en huida; que estaban atónitos por la osadía y denuedo de los godos, que tenían por vencidos y la victoria por suya. Murió el general francés, y de sus gentes pocos se salvaron por los pies, los más quedaron tendidos en el campo. Todo esto sucedió dentro del primer año del reinado de Recaredo, que fue el de Cristo de 587, según que se entiende por un letrero de aquel tiempo que halló estos años en una piedra de Toledo, y le puso en el claustro de la iglesia mayor el maestro Juan Bautista Pérez, canónigo a la sazón y obrero de aquella iglesia, y después por sus buenas partes de erudición y virtud, dado que de gente humilde, murió obispo de Segorbe. Las letras dicen:

 

In nomine Domini consecrata Ecclesia Santae Maríae in cathólico die primo idus aprilis,

 

anno  feliciter  primo  regni  domini  nostri  gloriosissimi  Fl.

 

Reccaredis regis, era DCXXV.

 

Quiere decir: «En nombre del Señor consagróse la iglesia de Santa María en el barrio de los católicos (o a la manera de los católicos), a 13 de abril en el año dichosamente primero del reinado de nuestro señor el

 

 

 

 

 

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gloriosísimo rey Flavio Recaredo, era 625», es a saber, el año de Cristo de 587 puntualmente. Máximo hace mención de esta consagración, que él llama reconciliación por estar aquella iglesia profanada por los arrianos.

 

En el año siguiente se descubrió una conjuración que se tramaba contra el Rey por la misma causa de la mudanza en la religión. Fue así que Mausona, mudadas las cosas, volvió a su arzobispado de Mérida. Sunna, arriano, que estaba puesto en su lugar, y su competidor, llevó mal esta vuelta y restitución, por ver era necesario caer él de un lugar tan alto y preeminente como tenía. Comunicó su sentimiento con algunos de su parcialidad, y concertó de quitar la vida a Mausona, empresa atrevida y loca, mayormente que residía en aquella ciudad el duque Claudio con cargo del gobierno de toda la Lusitania, y tenía puesta en aquella ciudad guarnición de soldados, persona esclarecida por la constancia de la religión católica, según que se entiende por las cartas que le escribieron los santos Gregorio el Magno e Isidoro. Advertidos los conjurados del peligro que corrían por esta causa, acordaron de dar la muerte juntamente a Mausona y a Claudio. La ejecución de hecho tan grande encomendaron a Witerico, mozo de grande ánimo y osadía, y que se criaba en la misma casa de Claudio, y aún con el tiempo vino a ser rey de los godos y de España; en tales tratos se ejercitaba el que se criaba para reinar.

 

Para ejecutar este caso era necesario buscar alguna ocasión. Sunna mostró querer visitar a Mausona, y pidió para ello le señalase lugar y tiempo. Sospechó el santo prelado lo que era, y que en muestra de amor le podrían armar alguna celada. Avisó a Claudio para que se hallase presento y para que con su valor y autoridad reprimiese la malicia de su competidor, si alguna tenía tramada. Pareció a los conjurados buena ocasión ésta para de una vez ejecutar sus malos intentos. Llegado el tiempo de la visita, saludáronse los unos y los otros como es de costumbre; después de las primeras razones los conjurados hicieron señal a Witerico, que, como lo tenía de costumbre, estaba a las espaldas de Claudio. No pudo en manera alguna arrancar la espada, dado que acometió a hacerlo, quier fuese por cortarse con el miedo como mozo, quier por favorecer Dios a los inocentes, que debió ser lo más cierto, y comúnmente se tuvo por milagro; si bien los conjurados no por eso se apartaron de su mal propósito; antes acordaron en una pública procesión que hacían a la iglesia de Santa Olalla, que estaba en el arrabal de aquella ciudad, matar sin distinción alguna al Prelado y a todos los que en ella iban. Para obrar esta

 

 

 

 

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crueldad metieron gran número de espadas en ciertos carros que traían cargados de trigo. Acudió nuestro Señor a este peligro; porque Witerico, sea por causa del milagro pasado, sea por aborrecimiento de aquella maldad, mudado de propósito, dio aviso de aquella trama. Adelantóse Claudio y ganó por la mano, acometió con su gente a Sunna y a sus parciales, que eran muchos, degolló a todos los que se pusieron en defensa y prendió a los demás.

 

Dio aviso al rey de todo lo que pasaba; y por su mandado aplicó al fisco todos los bienes de los principales, y a ellos despojó de los oficios y acostamiento que tenían, juntamente con desterrarlos a diversas partes. A Sunna, cabeza de la conjuración, dieron a escoger que dejase a España o renunciase la herejía, que fue un partido mejor y de mayor clemencia que él merecía; él, por estar obstinado en su mal propósito, escogió de pasarse en África; a Witerico por el aviso que dio, otorgaron enteramente perdón. El castigo de Vacrila, uno de los conjurados, fue señalado entre los demás. Acogióse al templo de Santa Olalla como a sagrado; no le quisieron hacer fuerza, sólo le condenaron en que perpetuamente sirviese de esclavo en aquel templo e hiciese todo lo que en él le mandasen. Al conde Paulo Sega, otra cabeza de la conjuración, según que lo refiere el abad biclarense, condenaron en que le cortasen las manos y fuese desterrado a Galicia. Con estos castigos se desbarató aquella tempestad, que amenazaba mayores daños; pero, sin embargo, que todos los demás debieran quedar avisados y excusar semejantes pretensiones impías y malas, otra mayor borrasca se levantó luego.

 

La reina Gosuinda, al principio por respecto del Rey, su antenado, fingió de abrazar la religión católica; el embuste pasó tan adelante, que acostumbraba, cosa que pone horror, en la iglesia de los católicos escupir secretamente la hostia que le daba el sacerdote, por parecerle sería gran sacrilegio y en grande ofensa de su secta si la pasase al estómago. Lo mismo hacía un obispo, por nombre Uldida, que tenía gran cabida con ella y la gobernaba con sus consejos. Esta ficción no podía ir a la larga sin que se descubriese; trató con el dicho obispo de matar al Rey, y pudiera salir con ello si la divina Providencia no le amparara para que se asentase mejor el estado de la religión católica. Sabido lo que se tramaba, el Rey desterró a Uldida el obispo; de Gosuinda era dificultoso determinar lo que se debía hacer; acudió nuestro Señor, ca a la sazón la sacó de esta vida, y con la

 

 

 

 

 

 

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muerte pagó aquella impiedad, como mujer desasosegada que era y toda la vida enemiga de los católicos.

 

Por el mismo tiempo, el año que se contaba de nuestra salvación de 588, los franceses se apercibían para hacer entrada en las tierras de los godos. El rey Guntrando ardía en deseo de satisfacerse de la afrenta que se hizo a su general Desiderio el año pasado. Juntó de todo su señorío un grueso ejército, que llegaba a número de sesenta mil combatientes de pie y de caballo. Nombró por general de estas gentes a Boso; él por mandado de su rey rompió por las tierras de la Galia Gótica. Para acudir a esta entrada de los francos despachó Recaredo al duque Claudio, de la antigua sangre de los romanos, para que desde la Lusitania, donde residía, acudiese al gobierno y cosas de Francia y con su destreza reprimiese el orgullo de los contrarios. Movió con sus gentes, y pasados los Pirineos, halló a los enemigos cerca de Carcasona. Allí, alegre por la memoria de la rota poco antes dada a los franceses, determinó presentarles la batalla, que fue muy herida, pero en fin la victoria quedó por él. Gran número de los francos pereció en la pelea, y otros muchos mataron en el alcance; no pararon hasta forzar los reales de los vencidos y gozar de todos los despojos, que eran grandes. Esta victoria fue la más ilustre y señalada que los godos por estos tiempos ganaron, según que lo testifica san Isidoro, y parece cosa semejante a milagro lo que refieren, es a saber, que Claudio con una compañía de trescientos soldados, los más escogidos entre todos los suyos, se atrevió a encontrarse con un enemigo tan poderoso, y fue bastante para desbaratar al que venía cercado de tan grandes huestes.

 

El año luego adelante se urdió otra nueva conjuración contra el rey Recaredo, de que Dios le libró no con menor maravilla que de las pasadas. Argimundo, su camarero, pretendía quitarle la vida y por este camino apoderarse del reino; cosa tan grande no so podía efectuar sin ayuda de otros, ni comunicada con muchos estar secreta. Echaron mano de los conjurados; pusieron los compañeros a cuestión de tormento, que confesaron llanamente toda la trama y pagaron con las vidas. Al movedor principal y caudillo, para que la afrenta fuese mayor y el castigo más riguroso, lo primero le cortaron el cabello, que era tanto como quitarle la nobleza y hacerle pechero; ca los nobles se diferenciaban del pueblo en la cabellera que criaban, según que se entiende por las leyes de los francos, que tratan en esta razón de los que podían criar garceta. Demás de esto, cortada la mano, le sacaron en un asno a la vergüenza por las calles de

 

 

 

 

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Toledo, que fue un espectáculo muy agradable a los buenos por el amor que a su Rey tenían. El remate de estas afrentas y denuestos fue cortarle la cabeza para que pagase su locura y fuese escarmiento a otros; pero esto sucedió algún tiempo adelante. Volvamos con la pluma a lo que se nos queda rezagado.

 

 

 

 

XV. Del Concilio Toledano Tercero

 

Gobernaba por estos tiempos la iglesia de Toledo después de Montano, Miano, Bacauda y Pedro, que todos cuatro por este orden fueron prelados de aquella iglesia y ciudad, Eufimio, sucesor de Pedro, varón señalado en virtud y erudición. Deseaba el Rey, así por ser ya católico, según está dicho, como por mostrarse agradecido a Dios de las mercedes recibidas en librarle tantas veces de los lazos que los suyos le armaban y de las guerras que de fuera se le levantaban, confirmar con público consentimiento de sus vasallos y con aprobación de toda la Iglesia, la religión católica que abrazaba. Procuraba otrosí que la disciplina eclesiástica relajada, como era forzoso, por la revuelta de los tiempos, se reformase y restituyese en su vigor. Comunicóse con Leandro, arzobispo de Sevilla, por cuya dirección, como era justo, se gobernaba en sus cosas particulares y en las públicas.

 

Pareció sería muy a propósito convocar de todo el señorío de los godos los obispos para que se tuviese concilio nacional de toda España en Toledo, ciudad regia, que así de allí adelante se comenzó a llamar a causa que los reyes godos, según que se ha dicho, pusieron en ella la silla de su imperio. Señalóse día a los obispos para juntarse; acudieron como setenta, y entre ellos cinco metropolitanos, que es lo mismo que arzobispos. Abrióse el Concilio, y túvose la primera junta al principio del mes de mayo, año del Señor de 589. En aquella junta hizo el Rey a los padres congregados un breve razonamiento de este tenor y por estas palabras:

«No creo ignoréis, sacerdotes reverendísimos, que para reformar la disciplina eclesiástica a la presencia de nuestra serenidad os he llamado; y porque en los tiempos pasados la herejía presente no permitía en toda la Iglesia católica se tratasen los negocios de los concilios, Dios, al cual plugo por nuestro medio quitar el impedimento de la dicha herejía, nos amonestó pusiésemos en su punto la costumbre e institutos eclesiásticos.

 

 

 

 

 

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Alegraos pues y gozaos, que la costumbre canónica por providencia de Dios y por el medio de nuestra gloria se reduce a los términos antiguos. Lo primero que os amonesto y juntamente exhorto es que os ocupéis en vigilias y en oraciones para que el orden canónico, que de las mientes sacerdotales había quitado el largo y profundo olvido y que nuestra edad confiesa no saberle, por ayuda de Dios nos sea de nuevo manifestado».

 

Los padres, movidos con este razonamiento del Rey, cada cual conforme al lugar y autoridad que tenía, alabaron a la divina benignidad. Al Rey dieron las gracias por la mucha afición que mostraba a la religión católica. Junto con esto mandaron se ayunase tres días para disponer los ánimos y conciencias. Túvose después la segunda junta; en ella el Rey ofreció a los padres por escrito en nombre suyo y de la reina Bada una profesión que hacía de la fe católica y abjuración de la perfidia arriana. Recibiéronla los padres con grande aplauso y satisfacción por resplandecer en ella la piedad del Rey y estar en ella comprehendida la suma de la verdadera religión. En particular en el símbolo constantinopolitano que allí se pone, por expresas palabras se dice que el Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo. A los demás, así obispos como grandes que se hallaban presentes, y dejada la secta arriana querían abrazar la verdad e imitar el ejemplo de su rey, les preguntaron si en aquella profesión y abjuración les descontentaba alguna cosa. Dieron por respuesta que aprobaban y abrazaban todo lo que la Iglesia católica profesa. Ocho obispos y cinco grandes fueron los que, renunciadas las malas opiniones, públicamente después de los reyes, dieron de su mano firmada otra profesión de fe semejante a la primera.

 

Concluido esto, que fue la primera parte del santo Concilio, en segundo lugar se promulgaron veintitrés cánones a propósito de reformar las costumbres y la disciplina eclesiástica. En ellos es de considerar lo que en particular se manda acerca de la comunión, es a saber, que ninguno del pueblo pudiese comulgar sin que públicamente él y todos los que presentes estaban, en tanto que se decía la misa, pronunciasen el simbolo de la fe que habían recibido de la forma que en el Concilio constantinopolitano se promulgó. Puédese entender que de este principio se tomó la costumbre guardada comúnmente en España hasta nuestro tiempo que ninguno comulgue antes que en compañía del sacerdote haya pronunciado todos los artículos de la fe y del símbolo cristiano.

 

 

 

 

 

 

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El Rey por un su edicto confirmó todas las acciones del Concilio, mandando que se guardase todo lo en él decretado. Por remate y conclusión hizo Leandro a los padres y al pueblo un razonamiento muy elegante de esta sustancia:

 

«La celebridad de este día y la presente alegría es tan grande y tan colmada cuanta de ninguna fiesta que por todo el discurso del año celebramos, lo que ninguno de vos podrá dejar de confesarlo. En las demás festividades renovamos la memoria de algún antiguo misterio y beneficio que se nos hizo; el día de hoy nos presenta materia de nueva y mayor alegría, cuando, gracias al salvador del género humano, Cristo, la gente nobilísima de los godos, que hasta aquí descarriada se hallaba en medio de unas tinieblas muy espesas, alumbrada de la luz celestial, ha entrado por el camino de la inmortalidad, y ha sido recibida dentro del divino y eterno templo, que es la Iglesia. Si las cosas quebradizas y terrenas, y que sólo pertenecen al arreo del cuerpo y a su regalo, cuando suceden prósperamente, de tal suerte aficionan los corazones, que a las veces la mucha alegría saca algunos de juicio; ¿en cuánto grado debemos alegrarnos por ser llamados y admitidos a la herencia del reino celestial? Cuanto por más largo tiempo hemos llorado la ceguedad y miseria en que nuestros hermanos estaban, cuanto menor era la esperanza que nos quedaba de su remedio, tanto es mas razón que en este día nos alegremos y regocijemos. A mi por cierto el mismo sol me parece que ha salido hoy más resplandeciente que lo que suele, la misma tierra se me figura muy más alegre que antes. Gózase el cielo por la entrada que se ha abierto a tantas gentes para aquellas sillas bienaventuradas y por la vecindad que tantos hombres han tomado de nuevo en aquella santa ciudad, que señalados con el nombre cristiano habían caído en los lazos de la muerte. La tierra se alegra porque estando antes de ahora sembrada de espinas, al presente la vemos pintada y hermoseada de flores, de las cuales, padres que basta aquí sufriste grandes molestias, podéis tejer y poner en vuestras cabezas muy hermosas guirnaldas. Sembraste con lágrimas, ahora alegres coged las flores y segad los campos que ya están sazonados; llevad a los graneros dela Iglesia manojos de espigas granadas. La grandeza de vuestra alegría no se encierra dentro de los términos de España; forzosa cosa es que pase y se comunique con lo demás de la Iglesia universal, que abraza y tiene en su seno toda la redondez de la tierra, y acrecentada al presento con añadirsele esta provincia nobilísima, inspirada del espíritu

 

 

 

 

 

 

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Santo, engrandece la divina benignidad por tan señalado beneficio. Porque la que por su esterilidad era despreciada en el tiempo pasado, al presente por el don celestial de un parto ha producido muchos hijos. Con que las demás naciones, si algunas todavía perseveran en los errores pasados, a ejemplo de nuestra España, podrán esperar su remedio; y que se hayan de juntar en breve dentro de las cabañas de la Iglesia y de bajo de un pastor, Cristo, aquel lo podrá poner en duda que no tiene bien conocida la fe de las divinas promesas. Y está muy puesto en razón que los que tenemos un Dios y un mismo origen y padre de quien procedemos todos, quitada la diversidad de las lenguas con que entró en el mundo gran muchedumbre de errores, tengamos un mismo corazón, y estemos entre nos atados con el vinculo de la caridad, que es la cosa que entre los hombres hay más suave, más saludable y más honesta para quien pretende honra y dignidad. Reviente de envidia y de dolor el enemigo del género humano, que solía gozarse particularmente en nuestras miserias y males; duélase y llore que tantas almas y tan nobles en un punto se hayan librado de los lazos de la muerte. Nos, por el contrario, a ejemplo de los ángeles, cantemos gloria a Dios en las alturas y en la tierra paz. Que pues la tierra se ha reconciliado con el cielo, podremos tener esperanza, no sólo de alcanzar el reino celestial, sino eso mismo cuidado de invocar de día y de noche la divina benignidad por el reino terrenal y por la salud de nuestro rey, autor principal y causa de esta gran felicidad».

 

El Biclarense, que continuó el Cronicón de sus tiempos hasta este año, y en él puso fin a su escritura, testifica que Leandro, prelado de Sevilla, y Eutropio, abad servitano, fueron los que tuvieron la mayor mano en el Concilio, gobernaron y enderezaron todo lo que en él se estableció. Don Lucas de Tuy añade que Leandro fue primado de España, y que en este Concilio tuvo poder de legado apostólico; pero esto no viene bien con las acciones del Concilio, pues por ellas se entiende tuvo el tercer asiento y lugar entre los padres, y el segundo Eufimio, prelado de Toledo, y en el primer lugar se sentó Mausona, el de Mérida, tan nombrado.

En todo esto y en distribuir los asientos se tuvo al cierto consideración al tiempo en que cada cual de estos prelados se consagró; y así, Mausona por ser el más antiguo tuvo el primer lugar. Una sola cosa puede causar admiración, y es que el Rey por una manera nueva y extraordinaria confirmó los decretos de este Concilio por estas palabras: «Flavio Recaredo, rey, esta deliberación que determinamos con el santo Concilio,

 

 

 

 

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confirmándola, firmo». Y es cosa averiguada que en los concilios generales los emperadores romanos cuando en ellos se hallaron, como lo muestran sus firmas, consentían en los decretos de los padres; mas nunca los confirmaron ni determinaron cosa alguna por no pasar, es a saber, los términos de su autoridad, que no se extiende a las cosas eclesiásticas, y mucho menos a juntar o a confirmar los concilios y lo por ellos decretado.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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LIBRO SEXTO

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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I. De la muerte del rey Recaredo

 

Una nueva y clara luz amanecía sobre España después de tantas tinieblas, felicidad colmada y bienandanza, sosegados los torbellinos y diferencias pasadas: fiestas, regocijos, alegrías se hacían por todas partes. Gozábase que sus miembros divididos, destrozados, y que parecían estar más muertos que vivos por la diversidad de la creencia y religión, y que sólo conformaban en el lenguaje común de que todos usaban, se hubiesen unido entre sí y como hermanado en un cuerpo, y juntado en un aprisco y en una majada, que es la Iglesia, sus ovejas descarriadas. Merced de Dios y gracia singular, gran contento de presente y mayores esperanzas para adelante. Los príncipes extranjeros con sus embajadas daban el parabién al rey por beneficio tan señalado: ofrecíanle a porfía sus fuerzas y ayuda para llevar adelante tan piadosos intentos, y continuar tan buenos principios.

 

En particular el sumo pontífice, Gregorio Magno, el cual por muerte de Pelagio II sucediera en aquella dignidad a 3 de septiembre año del Señor de 590, al fin de la indicción octava, como del registro de sus epístolas se saca (en la Historia latina pusimos un año más), luego al principio de su pontificado escribió a Leandro una carta en que le da el parabién y se alegra por la reducción del rey Recaredo a la verdadera religión. Dice que será bienaventurado si perseverare en aquel propósito, y los fines fueren conformes a los principios, sin dejarse engañar de las astucias del enemigo. Asimismo el rey Recaredo, sabida la elección de Gregorio, acordó enviarle, como es de costumbre, su embajada para visitarle y ofrecerle la debida y necesaria obediencia. Escogió para esto personas principales, en particular a Probino, presbítero, y en su compañía algunos otros abades. Dioles para este efecto sus cartas, y juntamente algunos presentes de oro, demás de trescientas vestiduras que envió para los pobres de San Pedro de Roma, que según parece, en aquel tiempo de las rentas eclesiásticas se sustentaban los pobres y los hospitales. Todo, como yo entiendo, por consejo y a persuasión del arzobispo Leandro, el cual desde los años pasados tenía trabada una estrecha amistad con Gregorio Magno, causada de la semejanza de los estudios y de la santidad de las costumbres y vida que resplandecía en entrambos igualmente. Demás de esto, otra

 

 

 

 

 

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causa particular se ofrecía para enviar esta embajada, aunque no se declara. Es a saber, para procurar que el Concilio Toledano, celebrado poco antes, sus acciones y decretos fueran aprobados por la Iglesia Romana, a quien es necesario hacer recurso en las cosas eclesiásticas, y de donde los estatutos de los concilios toman su vigor y fuerza.

 

Tres cartas se leen de Gregorio Magno, su data el noveno año de su pontificado, es a saber, la indicción segunda. Por donde se sospecha que los embajadores susodichos, trabajados con la navegación, que les debió salir larga y dificultosa, y forzados por los temporales contrarios a volver en España, gastaron mucho tiempo en el camino y en Roma. La primera de estas cartas se endereza a Claudio, duque de Mérida, persona la más principal después del rey, que se conocía en España; en ella le encomienda al abad Ciríaco que se partía para España. La segunda carta era para Leandro, en la cual se duele que el mal de la gota le tuviese tan trabajado. La postrera es para el rey, para animarle como le anima a llevar adelante la religión recibida; juntamente alaba que las obras y frutos fuesen conformes a la profesión que hacía, porque como los judíos le hubiesen acometido con gran dinero para que revocase cierta ley que contra ellos se promulgara, no quiso venir en ello. Envióle juntamente con la carta una cruz, en que estaba engastada parte del madero de la vera cruz, y junto con ella, de los cabellos de san Juan Bautista. Envióle eso mismo dos llaves, la una tocada en el cuerpo del apóstol san Pedro, y que por el mismo caso tenía virtud contra las enfermedades; en la otra iban ciertas limaduras de las cadenas con que el mismo apóstol estuvo aprisionado. Estos presentes eran para el rey. Para el arzobispo Leandro, en premio de sus grandes méritos, envió el palio, ornamento que se suele de Roma enviar a los arzobispos. Hay otra carta del mismo pontífice Gregorio para Leandro, en que le dice que el presbítero Probino con su consentimiento llevará a España parte de los libros que el mismo Gregorio había escrito a instancia y por respeto del mismo Leandro.

 

Dícese vulgarmente entre los españoles, sin que haya autor que lo atestigüe y asegure, que los embajadores del rey trajeron una imagen de nuestra Señora, entallada en madera, presentada por el mismo Gregorio a Leandro, y que es la misma que gran tiempo adelante se halló en cierta cueva junto con los cuerpos de san Fulgencio obispo de Écija y santa Florentina su hermana, y con suma devoción es reverenciada en Guadalupe, monasterio de Jerónimos de los más principales de España.

 

 

 

 

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Los cuerpos de los santos están hoy día en Berzocana, aldea no lejos de Guadalupe do fueron hallados. Dícese demás de esto que santa Florentina pasó su vida en Écija, do se muestran rastros así de sus casas, como de uno y el más principal de cuarenta monasterios de monjas que estaban a su cargo y debajo de su gobierno, en el mismo sitio en que al presente está otro monasterio de Jerónimos, a la ribera del río Genil. Escribió Fulgencio De la Fe de la Encarnación, y de algunas otras cuestiones, un libro que se conserva hasta nuestro tiempo.

 

Los embajadores del rey se entretenían en Roma, en sazón que muchos concilios de obispos se tenían en España por decreto, a lo que se entiende, y autoridad del Concilio Toledano pasado, en que se estableció un decreto de los padres, que los concilios provinciales (en los cuales se entendió siempre consistía la reformación y bien de la Iglesia) se juntasen cada un año. Conforme a esto, primero en Sevilla se juntaron con Leandro siete obispos de las iglesias sufragáneas. Lo que se trató principalmente en este concilio fue un pleito sobre los esclavos de la iglesia de Écija, ca Pegasio, obispo de aquella ciudad, pretendía que Gaudencio, su predecesor, contra derecho los había ahorrado y puesto en libertad.

Otros tantos obispos se juntaron por el mismo tiempo en Narbona, ciudad de la Galia Gótica, los cuales de común acuerdo establecieron quince cánones a propósito de reformar las costumbres de la gente eclesiástica, que estaban estragadas. Demás de esto el metropolitano de Tarragona, bien que no se halló en el Concilio Toledano próximo pasado, juntó en Zaragoza sus obispos sufragáneos. En este concilio se declaró en tres capítulos la manera conque se debían recibir en la Iglesia Católica los que se quisiesen apartar de la secta arriana. En Toledo asimismo, en Huesca y en Barcelona, se tuvieron otros concilios particulares, cuyas acciones no pareció referir aquí en particular, por ser fuera de nuestro propósito, y porque se pueden leer en el libro muy antiguo de Concilios de San Millán de la Cogolla.

 

Volvamos a las cosas del rey. El cual, después de fallecida la reina Bada, con deseo que tenía de hacer las paces con los reyes de Francia, puestas en olvido las injurias y desabrimientos pasados, por sus embajadores pidió por mujer a Clodosinda, la otra hermana de Childeberto, rey de Lorena, según que arriba queda tocado. Matrimonio que últimamente alcanzó con protestar y certificar a aquellos reyes que no tuvo parte en la muerte de Hermenegildo, antes le cupo gran parte del

 

 

 

 

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dolor y del revés de su hermano. Estaba Clodosinda prometida a Anthari, rey de los longobardos, pero fue antepuesto Recaredo, así por la instancia que hizo sobre ello, como porque los reyes de Francia cuidaban, lo que era verdad, que los casamientos entre los que son de diferente religión y creencia, ni son legítimos ni suceden bien. El longobardo todavía era gentil; Recaredo, demás que toda la vida confesó a Cristo, como lo hacen todos los que se llaman cristianos, últimamente por diligencia de Leandro y de Fulgencio se convirtiera a la religión católica con todos sus estados y señoríos.

 

No concuerdan los autores en el tiempo que estas bodas se celebraron. La verdad es que en lo postrero de la edad de Recaredo se hizo alianza con los de Francia. Juntamente, lo que de los romanos quedaba en España fue trabajado, y ellos vencidos por las armas de los godos en algunos encuentros y batallas que se dieron de ambas partes. Demás de esto, que los vascones, que hoy son los navarros y con deseo de novedades andaban alterados, fueron por la misma manera sujetados, y sosegaron. Con estas cosas el rey ganó renombre inmortal y por todo lo demás que gloriosamente hizo en tiempo de paz y de guerra después que comenzó a reinar. Tuvo una grandeza singular de ánimo, grande ingenio y prudencia, condición y presencia muy agradable; lo que sobre todo le ennobleció fue el celo que mostró a la verdadera y católica religión. Pasó de esta vida año de nuestra salvación de 601. Reinó quince años, un mes y diez días. San Isidoro dice que en Toledo, estando a la muerte, hizo pública penitencia de sus pecados a la manera que entonces se acostumbraba. San Gregorio escribe que los merecimientos de san Hermenegildo fueron causa de la reducción que España hizo de la secta arriana a la religión católica.

 

Dejó Recaredo tres hijos: el mayor se llamó Liuva, los otros Suintila y Geila. Entiéndese que a Liuva hubo en su primera mujer, pues tenía edad conveniente para suceder a su padre, como le sucedió, y para encargarse del gobierno. Los dos postreros no se sabe qué madre tuvieron, si nacieron del primer matrimonio, si del segundo. Lo que consta es que de estos príncipes, y en particular de su padre Recaredo, sin jamás faltar la línea, decienden los reyes de España, como se entiende por memorias antiguas, y lo testifican los historiadores, en particular se saca del rey don Alfonso el Magno, e Isidoro Pacense, por sobrenombre el más Mozo. Por lo cual pareció se procedería en todo con más luz, si se ponía aquí el árbol de este linaje. Gosuinda, mujer que fue del rey Atanagildo, tuvo dos hijas de aquel

 

 

 

 

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matrimonio, es a saber, Galsuinda y Brunequilde. Clodoveo, otrosí rey de los francos, tuvo tres nietos, que se llamaron Guntrando, Chilperico y Sigiberto, hijos todos de Clotario, que fue hijo de Clodoveo. Galsuinda casó con Chilperico, que pereció por astucia y engaño de Fredegunde, como arriba queda dicho. Sigiberto casó con Brunequilde, y en ella tuvo a Childeberto y a Ingunde y a Clodosinda. Leovigildo, sucesor de Atanagildo, de su primera mujer Teodosia, antes que fuese rey, hubo a Hermenegildo y a Recaredo, sus hijos; hecho rey, casó con Gosuinda, la reina viuda. Demás de esto hizo que Hermenegildo casase con Ingunde, y Recaredo casó con Clodosinda, las dos nietas de su segunda mujer.

 

Débese también considerar en la historia de Recaredo y de los reyes que adelante le sucedieron, que de ordinario se hace mención de condes y duques, nombres que significaban los gobernadores y magistrados u otros oficios y dignidades seglares. Condes eran los que gobernaban alguna provincia, duques los que en alguna ciudad o comarca eran capitanes generales; y porque en particular podían batir moneda para el sueldo de sus gentes, de aquí procedió que el escudo vulgarmente se llamó en España y se llama ducado. Y no sólo los que tenían los gobiernos se llamaban condes, sino asimismo los que en la guerra o en la casa real tenían algún cargo u oficio principal, ca hallamos en la guerra condes catafractarios, clibanarios, sagitarios, tiufados. En la casa real se halla conde del Establo, que hoy se llama condestable, conde de la Cámara, del Patrimonio, de los Notarios. Todo, a lo que se entiende, a imitación de lo que usaban los emperadores romanos, que, como en este tiempo los godos no daban mucha ventaja en poder y valor a los romanos, así de buena gana los imitaban en las ceremonias y nombres de oficios que ellos modernamente inventaran. De la misma ocasión e imitación, como algunos sospechan, y no mal, procedió el pronombre de Flavio, de que usó el primero entre los godos Recaredo, y en lo de adelante le usaron los demás reyes muy de ordinario. Por conclusión, a Toledo dieron título de ciudad real, que era el mismo con que los griegos honraban la ciudad de Constantinopla, silla y asiento de aquel imperio. De lo dicho se saca y consta que los condes y duques en esta era fueron nombres de gobierno y no de estado; pero después, por merced de los reyes se dieron los dichos títulos por juro de heredad, con jurisdicción y estado limitado ordinariamente de ciertos pueblos y lugares, que para ellos y para sus hijos los reyes les daban.

 

 

 

 

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II. De los reyes Liuva y Witerico y Gundemaro

 

Era Liuva de edad apenas de veinte años cuando falleció el rey Recaredo, su padre. Por su muerte, luego que le hizo sepultar y las exequias con la solemnidad que era razón, sin contradicción le sucedió en el reino y en la corona. Su pequeña edad daba ocasión para que se le atreviesen, y las discordias pasadas, aún no bien sosegadas, a conjuraciones y engaños. Por esta causa, bien que daba muestras de grandes virtudes y de partes a propósito para reinar, y que por las pisadas de su padre se encaminaba para gobernar muy bien su estado y ganar renombre inmortal, fue muerto a traición por Witerico, persona acostumbrada a semejantes mañas. Tuvo el reino solos dos años, en que no obró cosa que de contar sea, salvo que con la hermosura de su rostro y con su gentileza tenía granjeadas las voluntades da todos, y por ser muerto en la flor de su edad dejó un increíble deseo de sí y una lástima extraordinaria en los ánimos de sus vasallos. Hállanse en España monedas de oro acuñadas con su nombre, y en el reverso estas palabras Hispali Pius, que es lo mismo que en Sevilla piadoso, cosa que da alguna muestra de su piedad. Las tales monedas no se pueden atribuir al otro Liuva, tío mayor que fue de este príncipe, por tener puesta la corona en la cabeza, de que antes del tiempo del rey Leovigildo no usaron los reyes godos, como arriba queda mostrado.

 

Lo que resultó de esta traición fue que el parricida, con ayuda de su parcialidad, se apoderó del reino de los godos, y le tuvo por espacio de seis años y diez meses. Fue en las cosas de la guerra señalado; bien que en algunos encuentros que tuvo con los romanos que en España quedaban llevó lo peor; pero por remate, cerca de Sigüenza, en aquella parte de España que se llamaba Celtiberia, parte de la Hispania Tarraconense, las gentes de Witerico vencieron a los contrarios en una batalla que les dieron de poder a poder.

Había a la sazón fallecido en Francia Childeberto, rey que era de Lorena; sucediéronle dos hijos suyos en sus estados y señoríos. Teodoberto quedó por rey de Lorena, y Teodorico fue rey de Borgoña. Con este Teodorico casó Hermemberga, hija del rey Witerico, que envió él a Francia con grande acompañamiento; pero en breve dio la vuelta a España doncella. La causa no se sabe, dado que corrió fama que el rey Teodorico fue ligado para que no pudiese tener ayuntamiento con aquella doncella por arte y hechicerías de sus concubinas, a las cuales era dado

 

 

 

 

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demasiadamente. Otros dicen fue astucia de Brunequilde, que por mandarlo ella sola todo, dio traza para que la nuera sin alguna culpa suya fuese enviada a su padre. Despachó Witerico embajadores a Francia sobre el caso con orden que, si aquel rey no se descargase bastantemente, acudiesen a las provincias comarcanas y procurasen en venganza de aquella afrenta que aquellos príncipes hiciesen liga entre sí y tomasen las armas en daño del de Borgoña, contra quien estaban irritados el rey Clotario, su antiguo enemigo, y el rey de Lorena, Teodoberto, a causa que le solía denostar y decir que era hijo bastardo de su padre y nacido de adulterio.

 

Concertáronse pues estos dos reyes con Agilulfo, rey de los longobardos; y juntadas sus fuerzas, se aparejaban para hacer guerra al común enemigo. No podía Teodorico resistir a poderes tan grandes; por donde, conocido el riesgo que corría y quebrantada su ferocidad, acudió a lo que era más fácil, que fue concertarse con su mismo hermano Teodoberto, con darle alguna parte de su mismo estado. Vino Teodoberto de buena gana en este concierto, así por su interés como por ser cosa natural querer componerse con su hermano antes que vengar las injurias de los que no le tocaban. Sucedió como los dos deseaban, porque hecha esta alianza, los otros príncipes desistieron de aquella empresa y partieron mano de aquella guerra, que cuidaban sería muy brava.

 

Con esto el rey Witeríco comenzó a ser menospreciado de los suyos, y a brotar el odio que en sus corazones largo tiempo tenían encerrado, en especial que se decía trataba de restituir en España la secta arriana, con cuyas fuerzas y ayuda, como yo pienso, alcanzó el reino. Esta voz y fama alteró el pueblo en tanto grado, que tomadas las armas entraron con grande furia en la casa real y mataron al rey, que hallaron descuidado ya sentado a yantar. No paró en esto la rabia, porque arrastraron el cuerpo por las calles, y con grandes baldones y denuestos que todo el pueblo le echaba, sucio y afeado de todas maneras le enterraron en cierto lugar muy bajo. Con este desastre tuvieron todos por entendido pagó la muerte que él mismo diera a tuerto a su predecesor el rey Liuva, como queda dicho; y claramente se mostró que la divina justicia, dado que algunas veces se tarda, a la larga o a la corta nunca deja de ejecutarse.

 

Por la muerte de Witerico alcanzó el cetro de los godos Gundermaro, persona muy señalada en aquella sazón, sea por ser cabeza de aquel motín y autor de la muerte que se dio al tirano, sea por voto de los principales de

 

 

 

 

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aquel reino, ca estaban muy satisfechos do su prudencia y partes aventajadas, así para las cosas de la guerra como para las de la paz. Lo que consta es que comenzó a reinar año del Señor de 610; y si es licito en cosas tan antiguas ayudarse de conjeturas, entiendo que los franceses con sus fuerzas, por estar ofendidos contra Witerico, le ayudaron no poco para subir a aquel grado. Consta por lo menos que acostumbró Gundemaro pagar a los franceses parias, como se ve de las cartas del conde Bulgarano, gobernador a la sazón por el rey de la Galia Gótica, cartas que hasta hoy se conservan y hallan entre los papeles antiguos y libros de la universidad de Alcalá de Henares y de la iglesia de Oviedo. De donde asimismo se entiende que los embajadores de Gundemaro que envió a Francia fueron contra el derecho de las gentes, que los tienen por cosa sagrada, maltratados una vez por aquellos reyes, y sin embargo, para mas justificar la queja despachó nuevos embajadores, a los cuales tampoco se dio lugar para hablar a aquellos reyes. Por esto, alterado Bulgarano, no permitió que los embajadores del rey Teodorico pasasen a España; y llegado el negocio a rompimiento, abrió la guerra contra Francia, y con las armas que tomó, de repente se apoderó de dos fuerzas, es a saber, Jubiniano y Corneliaco, y echó de ellas las guarniciones de franceses que allí estaban. Acometió el conde Bulgarano en particular estos dos pueblos de la Galia Narbonense a causa que en el asiento que el rey Recaredo tomó con los franceses los entregara a Brunequilde, por cuya muerte, que se siguió poco adelante sin dejar alguna sucesión por ser ya muertos sus hijos y nietos, se puede presumir que los reyes de Francia no acudieron a recobrar con las armas aquellas dos plazas. Esto en Francia.

 

En España el rey Gundemaro hizo guerra prósperamente a los de Navarra, que de nuevo se alteraban, y asimismo tuvo contiendas con los capitanes y gentes romanas que mantenían aquella parte de España, que todavía se tenía por el imperio; lo cual y su muerte, que fue en Toledo de enfermedad, sucedieron el año del Señor de 612; reinó un año, diez meses y trece días. La reina, su mujer, se llamó Hilduara; mas no se sabe haya dejado alguna sucesión.

Era a la sazón en el oriente emperador de Roma Heraclio, sucesor de Focas; y en la Iglesia romana, después de Gregorio el Magno y de Sabiniano y Bonifacio III, que consecutivamente le sucedieron, presidía Bonifacio IV; en la iglesia toledana Aurasio, sucesor de Eufimio, de Tonancio y Adelfio, que por este orden le precedieron. Fue Aurasio

 

 

 

 

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persona, así en las letras y erudición como en valor y virtudes, tan señalada, que se puede comparar con cualquiera de los pasados.

 

En tiempo de este prelado, es a saber, el primer año del reinado de Gundemaro, veinte y cinco obispos de diversas partes de España se juntaron en Toledo para determinar en presencia del Rey y por su mandado cierta diferencia que resultara entre el arzobispo de Toledo y los obispos de la provincia cartaginense por esta razón. Eufimio, en las acciones del concilio de Toledo próximo pasado, por descuido se firmó y llamó metropolitano de la provincia de Carpetania; y porque la provincia cartaginense se extendía mucho más que los carpetanos, quo eran lo que hoy es reino de Toledo, los demás obispos apellidaban libertad y no querían reconocer sujeción a la iglesia de Toledo. Este pleito se debió comenzar desde que los derechos de Cartagena y su autoridad se trasladaron a Toledo, y continuarse algunos años adelante. Fueron pues citados para dar razón de sí; y oídas las partes, así el Rey como los obispos pronunciaron sentencia en favor del arzobispo Aurasio. Entre los obispos que asistieron se cuentan Isidoro, arzobispo de Sevilla, que lo era por muerte de san Leandro, su hermano; Inocencio, arzobispo de Mérida, y Eusebio, de Tarragona; y demás de estos, si las firmas de este Concilio no nos engañan, se halló también presente Benjamín, obispo dumiense. Quince obispos de la provincia cartaginense, por tocarles a ellos en particular este negocio, en un papel aparte firmaron la dicha sentencia. Sus nombres fueron estos: Protógenes, que se llama prelado de la santa iglesia de Sigüenza; Teodoro, castulonense; Miniciano, segoviense; Estéfano, oretano; Jacobo, mentesano; Magnencio, valeriense; Teodosio, ercabicense; Martino, valentino; Tonancio, palentino; Portario, segobriense; Vincencio, bigastriense; Eterio, bastitano; Gregorio, oxomense; Presidio, complutense; Sanabilis, elotano.

 

De donde se entiende que en la provincia de Toledo antiguamente se comprendían más iglesias sufragáneas de las que tiene al presente, y que el distrito que tenían los prelados de Toledo como metropolitanos era más ancho que hoy; porque del primado que tenía sobre las demás iglesias de España, al presente no tratamos, ni entonces se trataba. La verdad es que desde el tiempo de Montano, prelado que fue antiguamente de Toledo, en un concilio que se tuvo en la misma ciudad dieron a aquella iglesia autoridad sobre todas las iglesias de la provincia cartaginense, como los mismos que eran interesados en la diferencia susodicha lo confesaron; y se

 

 

 

 

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ve manifiestamente por el proceso de este Concilio y por la determinación y sentencia que dieron los obispos que en él se hallaron.

 

Floreció por esto tiempo el insigne poeta Draconcio; puso en verso el principio del Génesis.

 

 

 

 

III. Del reinado de Sisebuto

 

Hiciéronse el enterramiento y exequias del rey Gundemaro con la solemnidad que era justo. Las lágrimas que se derramaron fueron muchas por haber tan en breve faltado un príncipe tan excelente, de costumbres y vida muy aprobada, y que con la grandeza del ánimo juntaba mucha afabilidad y blandura; cosa con que grandemente se granjean las voluntades del pueblo.

 

Concluido esto, los grandes del reino se juntaron a elegir sucesor; por su voto salió nombrado Sisebuto, persona de no menores partes que su antecesor, señalado en prudencia en las cosas de la paz y de la guerra, ferviente en el celo de la religión católica, y lo que en aquellos tiempos se tenía por milagro, enseñado en los estudios de las letras, y que tenía conocimiento de la lengua latina; con que el dolor que todos recibieran con la pérdida pasada se templó en gran parte. Consérvanse hasta el día de hoy para muestra de su ingenio y erudición algunas epístolas suyas y la vida que compuso de san Desiderio, obispo de Viena, a quien el rey Teodorico de Borgoña, exasperado con la libertad y reprehensiones de aquel santo varón, hizo morir apedreado; si ya aquella vida se ha de tener por del rey Sisebuto, y no más aína por de otro del mismo nombre, a que yo más me inclino por las razones que quedan puestas en otro lugar. En una aldea llamada Granátula, en tierra de Almagro, se ve una letra en una piedra berroqueña, en que se dice que el obispo Amador falleció el año 614, y que es el segundo año del reinado de Sisebuto, punto fijo y muy a propósito para averiguar el tiempo en que este Rey comenzó a reinar. Entiéndese que aquella piedra se trajo de las ruinas del antiguo Oreto, que estaba de allí distante solo por espacio de media legua.

 

No salieron vanas las esperanzas que comúnmente tenían concebidas de las virtudes de Sisebuto, porque en breve sosegó y sujetó los asturianos y los de la Rioja, ca por estar tan lejos y por la aspereza y fortaleza de

 

 

 

 

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aquellos lugares andaban alborotados sin querer reconocer obediencia al nuevo Rey. Para la una guerra y para la otra se sirvió de Flavio Suintila, hijo del buen rey Recaredo y mozo de mucho valor; escalón para poco después subir al reino de los godos.

 

Concluido esto, el mismo Rey, con nuevas levas de gente que hizo por todo su estado, engrosó el ejército de Suintila con intento de ir en persona contra los romanos, que todavía en España conservaban alguna parte, como se entiende, hacia el estrecho de Cádiz y a las riberas del mar Océano, parte de la Andalucía y de lo que hoy se llama Portugal. Entró pues por aquellas tierras, venció y desbarató en batalla dos veces a los contrarios, con que les quitó no pocas ciudades y las redujo a su obediencia, de guisa que apenas quedó a los romanos palmo de tierra en España. Lo que más es de loar fue que usó de la victoria con clemencia, porque dio libertad a gran número de cautivos que prendieron los soldados, teniendo respeto a que eran católicos; y para que su gente no quedase desabrida, mandó que de sus tesoros se pagase a sus dueños el rescate.

 

Cesario, patricio, por el imperio puesto en el gobierno de España, movido de la benignidad del rey Sisebuto y perdida la esperanza de poder resistir a sus fuerzas por estar tan lejos el emperador Heraclio, que a la sazón imperaba, acometió a mover tratos de paz con los godos. Ofrecióse para esto una buena, aunque ligera ocasión, y fue que Cecilio, obispo mentesano, con deseo de vida más sosegada, desamparada la administración de su iglesia, se retiró en cierto monasterio, que debía estar en el distrito de los romanos. Citóle el Rey para que diese razón de lo que había hecho y estuviese a juicio. Cesario, sin embargo que los suyos se lo contradecían y afeaban, dio orden que fuese llevado al Rey por Ansemundo, su embajador, al cual demás de esto encargó, si hallase coyuntura, que moviese tratos de paz. Escribió con él sus cartas en este propósito, en que después de saludar al Rey pretende inclinarle a concierto y a tener compasión de la sangre inocente de los cristianos, derramada en tanta abundancia, que los campos de España como con lluvias estaban de ella cubiertos y empantanados. Dice que le envía al obispo Cecilio con deseo de hacerle en esto servicio agradable; y en señal de amor un arco, dádiva pequeña si se mirase por sí misma, pero grande si consideraba la voluntad con que le enviaba.

 

 

 

 

 

 

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Fue esta embajada agradable a Sisebuto, ca también de su parte se inclinaba a la paz, y con este intento despachó un embajador suyo llamado Teodorico con cartas para Cesario. Él, junto con otros embajadores suyos, le envió al emperador Heraclio para que confirmase las condiciones que entre los dos capitularon. Era este emperador muy dado a la vanidad de la astrología judiciaria. Avisábanle que su imperio y los cristianos corrían gran peligro de parte de la gente circuncidada. Lo que debiera entender de los sarracenos y moros lo entendía de los judíos; así, dio en perseguir aquella nación por todas las vías y maneras a él posibles. Lo primero, echó a todos los judíos de las provincias del imperio, después con la ocasión de esta embajada que le enviaron de España, desde que fácilmente vino en todo lo que tenían concertado, trató muy de veras con el embajador Teodorico hiciese con su señor que desterrase a todos los judíos de España como gente perjudicial a todos los estados, que él mismo los alanzara de sus tierras, y que con ninguna cosa le podrían mas ganar la voluntad.

 

Aceptó este consejo Sisebuto, y aún pasó más adelante, porque no solamente los judíos fueron echados de España y de todo el señorío de los godos, que era lo que pedía el emperador, sino también con amenazas y por fuerza los apremiaron para que se bautizasen, cosa ilícita y vedada entre los cristianos que a ninguno se haga fuerza para que lo sea contra su voluntad; y aún entonces esta determinación de Sisebuto tan arrojada no contentó a los más prudentes, como lo testifica san Isidoro. Entre las leyes de los godos que llaman el Fuero Juzgo se leen dos en este propósito, que promulgó Sisebuto el cuarto año de su reinado.

Andaban las cosas revueltas, y así, no era maravilla se errase, porque el Rey se hizo juez de lo que se debiera determinar por parecer de los prelados; como sea así que a los reyes incumba el cuidado de las leyes y gobierno seglar, lo que toca a la religión y el gobierno espiritual a los eclesiásticos. Mas a la verdad los ímpetus y antojos de los príncipes son grandes, y muchas veces los obispos disimulan en lo que no pueden remediar. Publicado este decreto, gran número de judíos se bautizó, algunos de corazón, los más fingidamente y por acomodarse al tiempo; no pocos se salieron de España y se pasaron a aquella parte de la Galia que estaba en poder de los francos, de do no mucho después fueron también echados con los demás judíos naturales de Francia por edicto del rey Dagoberto y a persuasión del mismo emperador Heraclio. Fue así, que de Francia fueron a Constantinopla dos embajadores llamados Servacio y

 

 

 

 

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Paterno, con quien el Emperador tuvo la misma plática que tuviera con Teodorico, y les persuadió se hiciese en Francia lo que en las demás provincias ejecutaban. Publicóse pues un edicto en Francia en que so pena de la vida se mandaba que dentro de cierto tiempo ninguno estuviese en ella que no fuese cristiano. Muchos quisieron más ir desterrados; los otros o fingidamente por acomodarse al tiempo, o de verdad profesaron la religión cristiana. Por esta manera la divina justicia con nuevos castigos por estos tiempos trabajaba y afligía aquella nación malvada en pena de la sangre de Cristo, hijo de Dios, que tan sin culpa derramaron. Pero dejemos lo de fuera.

 

En España el Rey, usando de la libertad ya dicha, depuso a Eusebio, obispo de Barcelona, y hizo poner otro en su lugar, como se entiende por las mismas cartas suyas. La causa que se alegaba fue que en el teatro los farsantes representaron algunas cosas tomadas de la vana superstición de los dioses que ofendían las orejas cristianas. Esta pareció por entonces culpa bastante, por haberlo el Obispo permitido, para despojarle de su iglesia. El desorden fue que el Rey por su autoridad pasase tan adelante; por cuya diligencia demás de esto en Sevilla el año seteno de su reinado se juntaron ocho obispos. Presidió en este Concilio san Isidoro. Los padres en esta junta reprobaron la secta de los acéfalos, herejía condenada al tiempo pasado en el oriente, pero que comenzaba a brotar en España por los embustes y engaños de cierto obispo venido de la Siria, que fue convencido de su error y forzado a hacer de él pública abjuración. Demás de esto, en el mismo Concilio señalaron los términos y aledaños a las diócesis de los obispados particulares sobre que tenían diferencia. A las monjas fue vedado hablar con hombres, sin exceptar a la misma abadesa, a la cual mandaron no hablase con alguno de los monjes fuera del abad y del monje que tenía cuidado de las religiosas; y aún con estos no sin testigos, y solamente de cosas santas y espirituales. Hallóse en este Concilio junto con los obispos el rector de las cosas públicas, por nombre Sisiselo, que así se han de enmendar los libros ordinarios, donde se lee Sisebuto diferentemente de como está en los códices más antiguos de mano.

 

Estaba el Rey ocupado en estos y semejantes negocios cuando le sobrevino la muerte, año de nuestra salvación de 621; reinó ocho años, seis meses y diez y seis días. Muchas cosas se dijeron de la ocasión de su muerte; unos que los médicos le dieron una purga, aunque buena, pero en mayor cantidad de lo que debieron; otros que en lugar de purga le dieron

 

 

 

 

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de propósito hierbas; la verdad es que en las muertes de grandes príncipes de ordinario se suelen levantar y creer muchas mentiras con pequeño fundamento, principalmente de los que por su buen gobierno y aventajadas partes fueron muy amados de sus súbditos. Hízose el enterramiento y honras como convenía a príncipe tan grande; muchas lágrimas se derramaron, muestra de la mucha voluntad que todos comúnmente le tenían.

 

En la vega de Toledo junto a la ribera de Tajo hay un templo de Santa Leocadia muy viejo y que amenaza ruina; dicese vulgarmente, y así se entiende, que le edificó Sisebuto; de labor muy prima y muy costosa. El arzobispo don Rodrigo testifica que Sisebuto edificó en Toledo un templo con advocación de Santa Leocadia; la fábrica que hoy se ve no es la que hizo Sisebuto, sino el arzobispo de Toledo don Juan el Tercero; después que aquella ciudad se tornó a recobrar de moros levantó aquel edificio. Demás de esto, testifican que por orden de este rey, los godos usaron de armadas por la mar, y esto para que, pues hasta entonces ganaran gran honra por tierra, se enseñoreasen del mar; ca es cosa cierta que la tierra se rinde al que señorea el mar, que fue parecer de Temistocles. Por ventura también pretendían pasar con sus conquistas en África por hallarse señores casi de toda la España. Algunos historiadores nuestros dicen que Mahoma, fundador de aquella nueva y perjudicial secta, después que tuvo sujetas la Asia y la África, pasó últimamente en España, y que por autoridad y temor de san Isidoro se huyó de Córdoba; cuento mal forjado que, ni se debe creer, ni concierta con la razón de los tiempos, ni viene bien con lo que las historias extranjeras afirman, y así se debe desechar como cosa vana y fabulosa. Lo cierto es que por la muerte de Sisebuto sucedió en el reino su hijo Recaredo, mozo de poca edad y de fuerzas no bastantes para peso tan grande. Reinó solos tres meses, y pasados falleció sin que de él se sepa otra cosa.

 

 

 

 

IV. De los reyes Suintila y RECimiro

 

Por la muerte de estos dos reyes padre e hijo, los grandes del reino nombraron por sucesor a Suintila, persona que en las guerras pasadas había dado muestra de valor y partes bastantes para el gobierno, además

 

 

 

 

 

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que la memoria de su padre le hacía bienquisto con todos, e hizo mucho al caso para que le tuviesen por digno de aquella dignidad y grandeza. Era persona de mucho ánimo y no de menor prudencia; ni con los trabajos se cansaba el cuerpo, ni con los cuidados su corazón se enflaquecía. Su liberalidad fue tan grande para con los necesitados, que vulgarmente le llamaban padre de los pobres.

 

Los de Navarra, gente feroz y bárbara, con ocasión de la mudanza en el gobierno de nuevo se alborotaron, y tomadas las armas, ponían a fuego y a sangre las tierras de la provincia tarraconense; acudió el nuevo Rey con presteza, y con sola su presencia, por la memoria de las victorias pasadas, hizo que se le sujetasen y rindiesen. Perdonólos, pero con condición que a su costa edificasen una ciudad llamada Ologito, como baluarte y fuerza que los enfrenase y tuviese a raya para que no acometiesen novedades tantas veces, pues les estaba mejor carecer de la libertad, de que usaban mal. Esta ciudad piensan algunos sea la villa que hoy en aquel reino se llama Olite, más por la semejanza del nombre que por otra razón que haya para decirlo, conjetura que suele engañar a las veces.

 

Concluida esta guerra, los romanos que en España quedaban y más confiaban en el asiento que tenían puesto con los godos que en sus fuerzas, últimamente fueron constreñidos a salirse de toda España, donde por más de setenta años a las riberas del uno y del otro mar habían poseído parte de lo que hoy es Portugal y de la Andalucía, bien que muchas veces se extendían o estrechaban sus términos, conforme a como las cosas sucedían. Algunos entienden que por esta causa los godos fortificaron la ciudad de Ébora para que sirviese de frontera contra los romanos. Dan de esto muestra dos torres fuertes y de buena estofa, que comúnmente dicen por tradición las edificó el rey Sisebuto, es a saber, para reprimir las entradas que los romanos por aquella parte hacían en las tierras de los godos. Conserváronse los romanos por tan largo tiempo en aquellas partes tan estrechas de España, a lo que se entiende, por estar África tan cerca para fácilmente ser socorridos; y al presente, por faltarles esta ayuda a causa de la cruel guerra que el falso profeta Mahoma y los que le seguían hacían por aquellas partes, fueron vencidos y echados de España. Tenían los romanos dividido aquel gobierno en dos partes, y puestos en España dos patricios. De estos al uno con buena industria y maña granjeó el Rey, al otro venció con las armas, y a entrambos los redujo en su poder. A todas

 

 

 

 

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estas cosas tan señaladas dio fin el rey Suintila dentro del quinto año de su reinado, que se contaba del nacimiento de Cristo 626.

 

En el cual año, con intento de asegurar la sucesión del reino y hacer que quedase en su casa, declaró por su compañero a Recimiro, su hijo, mozo que, aunque era de pequeña y tierna edad, con su buen natural daba muestras que imitaría las virtudes de su padre y de su abuelo. Todo esto no fue bastante para que los godos no se desabriesen, ca llevaban muy mal que con este artificio se heredase la majestad real, que antes se acostumbraba dar por voto de los grandes del reino; y es cosa averiguada que desde este tiempo el que poco antes era acatado de todos y temido vino a ser tenido en poco, de tal suerte, que no sosegaron hasta tanto que derribaron de la cumbre del reino a Suintila y a su hijo; que debió de ser la causa porque san Isidoro en la Historia de los godos, con que llegó hasta este año, no pasase adelante con su cuento, por hacérsele, como yo pienso, de mal de poner por escrito las afrentas y desastre de aquel rey, poco antes muy señalado y deudo suyo, y por no dejar memoria de las alteraciones, traiciones y malos tratos que en este caso sucedieron.

 

Lo que principalmente en Suintila se reprehende fue que, después de tantas victorias y de estar España toda sosegada y en paz, se dio a vicios y deleites; en que se muestra claramente cuánto es más dificultoso al que tiene mando y libertad para hacer lo que quiere vencerse a si mismo y a sus pasiones en tiempo de paz que en el de la guerra con las armas sujetar a sus enemigos. Teodora, su mujer, que algunos sospechan fue hija del rey Sisebuto, y Geila o Agilano, su hermano, a quien había entregado el gobierno así de su persona como del reino, con sus malos términos fueron ocasión en gran parte del odio que contra él se levantó, y despertaron contra él gran parte de los enemigos, que al fin le echaron por tierra y prevalecieron.

 

Presidia a la sazón en la iglesia de Toledo Heladio, sucesor de Aurasio, varón de señalada prudencia, modestia y erudición, muy libre de toda avaricia, constante y para mucho trabajo. Fue los años pasados rector de las cosas públicas, que era en lo seglar el mayor cargo de los godos. Dejó el oficio con deseo de seguir vida más perfecta, y tomó en Toledo el hábito de monje en el monasterio agaliense, y en él en breve llegó a ser abad; de donde por orden del rey Sisebuto pasó a ser arzobispo de Toledo. Tuvo por discípulo al glorioso san Ildefonso, cosa que le dio no menos renombre que sus mismas virtudes, aunque fueron grandes. Él mismo le ordenó de

 

 

 

 

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diácono, y adelante le sucedió, así en la abadía como en el arzobispado. Parece que la alteración de los tiempos y pena que Heladio recibió por las revueltas que resultaron fueron ocasión de su muerte, porque al mismo tiempo que Suiutila por traición de Sisenando fue despojado del reino, pasó de esta vida. En cuyo lugar sucedió Justo, y por algún tiempo presidió en aquella iglesia.

 

La caída del rey Suintila fue de esta manera. Era Sisenando hombre de gran corazón, muy poderoso por las riquezas que tenía, diestro y ejercitado en las cosas de la guerra. Parecióle que el aborrecimiento que comúnmente tenían al rey Suintila le presentaba buena ocasión y le abría camino para quitarle la corona. Las fuerzas que tenía no eran bastantes para cosa tan grande. Acudió al rey Dagoberto de Francia. Persuadióle le ayudase con sus fuerzas, avisóle que las voluntades de los naturales estaban de su parte, sólo recelaban comenzar cosa tan grande sin tener socorros de otra parte; que Suintila debajo de nombre de rey era muy cruel tirano, ejecutivo, sujeto a todos los vicios y fealdades, monstruo compuesto de aficiones y codicias entre si contrarias y repugnantes. Tornado asiento con el francés, Abundancio y Venerando, capitanes franceses, con gente de Borgoña se metieron por España y llegaron a Zaragoza. Los grandes, que hasta entonces se recelaban y temían, se declararon, y tomadas las armas, no pararon hasta echar del reino a Suintila con su mujer e hijo Recimiro.

 

Esto se tiene por mas cierto que lo que otros dicen, es a saber, que el rey Suintila y su hijo fallecieron de enfermedad en Toledo, porque del concilio cuarto toledano y de lo que en él se refiere parece lo contrario; y aún de él se entiende también que Agilano, hermano del rey Suintila, entre los demás se arrimó a Sisenando y siguió su partido, si bien la amistad no lo duró mucho. De las historias francesas se ve que al rey Dagoberto dieron los nuestros, por ventura a cuenta de los gastos de la guerra, diez libras de oro, que el aplicó para acabar la fábrica de San Dionisio, templo muy suntuoso y grande junto a París y obra del rey Dagoberto. Floreció por este tiempo Juan, obispo de Zaragoza, sucesor de Máximo. Fue muy señalado así bien en la bondad de su vida y liberalidad con los pobres como en la erudición y letras, de que da testimonio un libro que dejó escrito en razón de cómo se debía celebrar la Pascua.

 

Por el mismo tiempo fueron en España personas de cuenta Vincencio y Ramiro. Vicencio fue abad en San Claudio de León, do por defender la religión católica fue muerto por los arrianos, secta que parecía estar ya

 

 

 

 

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acabada; su cuerpo en la destrucción de España llevaron a la ciudad de Oviedo. Ramiro fue monje en el mismo monasterio de León, y al lado del altar mayor en propia y particular capilla están sus huesos guardados y reverenciada del pueblo. Reinó Suintila diez años; despojáronle del reino año del Señor de 631.

 

 

 

 

V. Del rey Sisenando

 

Luego que Sisenando salió con lo que pretendía y se vio hecho rey de los godos, como persona discreta advirtió que, por estar los naturales divididos en parcialidades y quedar todavía muchos aficionados al partido contrario, corría peligro de perder en breve lo ganado si no buscaba alguna traza para acudir a este peligro. Parecióle que el mejor camino sería ayudarse de la religión y del brazo eclesiástico, capa con que muchas veces se suelen cubrir los príncipes y aún solaparse grandes engaños. Juntó de todo su señorío como setenta obispos en Toledo con voz de reformar las costumbres de los eclesiásticos, por las revueltas de los tiempos muy estragadas; mas su principal intento era procurar que el rey Suintila fuese condenado por los padres como indigno de la corona, para que los que le seguían y de secreto le eran aficionados, mudado parecer, sosegasen.

 

Túvose la primera junta en la iglesia de Santa Leocadia a 5 de diciembre, año de 634, es a saber, el tercero del reinado del mismo Sisenando. Hallóse el Rey en la junta, y puesto de rodillas con muestra de mucha humildad, con sollozos y lágrimas que de su pecho y sus ojos despedía en abundancia, pidió a los padres le encomendasen a la divina Majestad para que ayudase sus intentos; que el fin para que se juntaran era la reformación de la disciplina eclesiástica y de las costumbres; que era justo acudiesen a negocio tan importante. Animáronse los obispos con las buenas palabras del Rey, publicaron decretos muy importantes, y en particular señalaron la forma y ceremonias con que se deben celebrar los concilios provinciales, que mandaban se juntasen cada un año. Las cabezas principales de los decretos son éstas:

 

Los padres en los asientos y en el votar guarden la antigüedad de su consagración. Con su voluntad sean admitidos al concilio los grandes que pareciere se deben en él hallar. Muy de mañana se cierren las puertas del

 

 

 

 

 

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templo en que se tiene la junta, fuera de una por donde entren los padres, con su guarda de porteros. El metropolitano proponga los puntos de que en el concilio se ha de tratar. Las causas particulares proponga el arcediano. Haya en España un Misal y un Breviario. (El cuidado de hacer esto se encomendó a san Isidoro, que tuvo el primer lugar en este Concilio; de aquí resultó que comúnmente el Misal y Breviario de los mozárabes se atribuyen a san Isidoro, dado que san Leandro compuso muchas cosas de ello, y con el tiempo se añadieron muchas más). Antes de la Epifanía resuelvan los sacerdotes entre sí en qué día de aquel año se ha de celebrar la Pascua, y de ello los metropolitanos por sus cartas den aviso a las iglesias de su provincia. El Apocalipsis de san Juan Evangelista se cuente entre los libros canónicos. Las iglesias de Galicia en la bendición del cirio pascual, en las ceremonias y oraciones se conformen con las demás de España. Ninguno se ordene de obispo ni de presbítero que no sea de treinta años y tenga aprobación del pueblo. Los judíos en adelante no sean forzados a bautizarse. Los que forzados del rey Sisebuto se bautizaron perseveren en la fe que profesaron. Los judíos y los que de ellos descienden no puedan tener públicos oficios y magistrados. Los clérigos no corten el cabello, sólo en lo más alto de la cabeza, que deben afeitarla toda; pero de guisa que los cabellos queden en forma de corona. Ninguno se apodere del reino sino fuere por voto de los grandes y prelados. El juramento hecho al rey no sea quebrantado. Los reyes, del poder que les ha sido dado para el bien común no abusen para hacerse tiranos. Suintila, su mujer e hijos y su hermano sean descomulgados por los males que cometieron en el tiempo que tuvieron el mando.

 

Lo que se pretendía con este decreto, y a que todo lo demás se enderezaba, era asegurar en el reino a Sisenando, y junto con esto para lo de adelante dar aviso que ninguno imitase ni se atreviese a hacer locuras semejantes. Decreto en que parece tener alguna muestra de aspereza extender el castigo a los hijos del rey, a quien debía excusar la inocencia de su edad. Pero fue costumbre de los antiguos usada de todas las naciones, que a veces los hijos sean castigados por los padres; y esto a propósito que el mucho amor que les tienen enfrene a los que de su particular interés no harían caso.

Firmaron las acciones y decretos del Concilio todos los obispos. Los metropolitanos por este orden: Isidoro, arzobispo de Sevilla; Selva, de Narbona; Estéfano, de Mérida, sucesor de Mausona; Inocencio y

 

 

 

 

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Renovato, los cuales por este orden le precedieron en aquella iglesia. En cuarto lugar firmó Justo, prelado de Toledo; en el quinto Juliano, de Braga; y en el postrero Audax, de Tarragona. De los demás prelados y del orden que guardaron no hay que hacer mención en este lugar. Sólo de Justo, arzobispo de Toledo, quiero añadir que, según parece, era persona suelta de lengua y maldiciente, tanto, que en todas sus pláticas acostumbraba a reprehender y murmurar de todo lo que Heladio, su predecesor, había hecho; la condición tuvo tan áspera, que sus mismos clérigos por esta causa le ahogaron en su lecho después que en aquella iglesia presidió por espacio de tres años. Quién dice que el Justo a quien mataron sus clérigos fue diferente del que fue arzobispo de Toledo. Entre las firmas de los otros obispos está la de Pimenio, obispo que se llama de Asidonia, cuyo nombre hasta el día de hoy se lee en Medina Sidonia en la iglesia de Santiago, grabado en una piedra, y en otra iglesia de San Ambrosio que está a la ribera del mar como media legua de Bejer de la Miel; por donde se entiende que debió consagrar aquellas dos iglesias.

 

Demás de lo dicho, personas eruditas y diligentes son de parecer que el libro de las leyes góticas, llamado vulgarmente el Fuero Juzgo, se publicó en este concilio de Toledo, y que su autor principal fue san Isidoro: concuerdan muchos códices antiguos de estas leyes que tienen al principio escrito como en el Concilio toledano cuarto, que fue éste, se ordenaron y publicaron aquellas leyes. Otros pretenden que Egica, uno de los postreros reyes godos, hizo esta diligencia. Muévense a sentir esto por las muchas leyes que hay en aquel volumen de los reyes que adelante vivieron y reinaron. Puede ser, y es muy probable, que al principio aquel libro fue pequeño, después con el tiempo se le añadieron las leyes de los otros reyes como se iban haciendo.

 

Por conclusión, una fórmula que anda impresa de cómo se han de celebrar los concilios ordinariamente se atribuye a san Isidoro; mas algunos entienden que adelante alguna persona la forjó de lo que en esta razón se determinó en este Concilio y de otras muchas cosas que juntó, tomadas de otros concilios; y que para darle mayor autoridad y crédito la publicó en nombre de san Isidoro, como autor tan grave, y que en particular tuvo el primer lugar en este concilio de Toledo. Todo pudo ser; el juicio de esto quedará libre al lector; el nuestro es que las razones que se alegan por la una y por la otra parte ni concluyen que la dicha fórmula sea de san Isidoro ni tampoco lo contrario.

 

 

 

 

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VI. Del rey Chintila

 

Casi por el mismo tiempo que Justo, arzobispo de Toledo, falleció de la manera que ello haya sido, el rey Sisenando pasó de esta vida; murió de su enfermedad en Toledo veinte días después, el año del Señor de 633; reinó tres años, once meses y diez y seis días. Acudieron los grandes y prelados, conforme a la orden que se dio en el Concilio pasado, para elegir sucesor. Regularon los votos, salió nombrado Chintila y elegido por rey. En lugar del arzobispo Justo sucedió Eugenio, segundo de este nombre, varón esclarecido, así por sus virtudes como conocido por la estrecha amistad que tuvo con san Isidoro, arzobispo de Sevilla. Al cual, como Eugenio por sus cartas preguntase si el inferior puede absolver de la sentencia y censura fulminada por el superior, y si los apóstoles todos fueron de igual poder, respondió en una carta que por ser muy memorable me pareció poner aquí. Dice pues:

 

«Al carísimo y excelente en virtudes Eugenio, obispo, Isidoro. Recibí la carta de vuestra santidad, que trajo el mensajero Verecundo. Dimos gracias al Criador de todas las cosas porque se digna conservar para bien de su Iglesia en salud vuestro cuerpo y alma. Para satisfacer conforme a nuestras fuerzas vuestras preguntas pedimos que por los sufragios de vuestras oraciones seamos, del Señor, librados de las miserias que nos afligen. Cuanto a las preguntas que vuestra venerable paternidad, dado que no ignora la verdad, quiere que responda, digo que el menor, fuera del artículo de la muerte, no puede desatar el vínculo de la sentencia dada por el superior; antes al contrario, el superior, conforme a derecho, podrá revocar la del inferior, como los padres ortodoxos por autoridad sin duda del espíritu Santo lo tienen determinado; que decir o hacer al contrario, como vuestra prudencia lo entiende, sería cosa de mal ejemplo, es a saber, gloriarse la segur contra el que corta con ella. En lo de la igualdad de los apóstoles, Pedro se aventajó a los demás, que mereció oir del Señor: Tú eres Pedro, etc., y no de otro alguno, sino del mismo Hijo de Dios y de la Virgen, recibió el primero la honra del pontificado. A él también después de la resurrección del Hijo de Dios fue dicho por él mismo: Apacienta mis corderos; entendiendo por nombre de corderos los prelados de las iglesias, cuya dignidad y poderío, dado que pasó a todos los obispos católicos, especialmente reside para siempre por singular privilegio en el de Roma, como cabeza más alta que los otros miembros. Cualquiera pues

 

 

 

 

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que no le prestare con reverencia la debida obediencia, apartado de la cabeza, se muestra ser caído en el acefalismo. Doctrina que la santa Iglesia aprueba y guarda como artículo de fe, lo cual quien no creyere fiel y firmemente no podrá ser salvo, como lo dice san Atanasio hablando de la fe de la Santa Trinidad. Estas cosas brevemente he respondido a vuestra dulcísima caridad sin ser más largo; pues, como dice el filósofo, al sabio poco le basta. Dios os guarde».

 

Un pedazo de esta carta ingirió don Lucas de Tuy poco menos ha de cuatrocientos años en una disputa docta y elegante que hizo contra la secta de los albigenses, que se derramaba y cundía por España.

 

Volvamos al rey Chintila, de quien algunos sienten fue hermano carnal del rey Sisenando y padre de ambos Suintila. En contrario de esto hace que en el cuarto Concilio toledano se dicen muchos baldones contra Suintila, que no parece sufriera ninguno de sus hijos que en su presencia maltrataran de aquella suerte a su padre; conjetura a mi ver bastante. La verdad es que luego que el rey Chintila se encargó del gobierno, sea por miedo de alguna revuelta, sea por imitar el ejemplo de su predecesor, hizo que se juntase un nuevo concilio de obispos en Toledo, a propósito que por su voto los padres confirmasen su elección. Era cosa muy larga esperar que todos los prelados de aquel reino se juntasen. Acudieron sin dilación veintidós obispos, casi todos de la provincia cartaginense, que fue el primer año del reinado de Chintila, y del nacimiento de Cristo se contaban 636.

 

Hízose la junta en la iglesia de Santa Leocadia, en que se ordenaron algunas leyes. La primera contiene que cada un año a 13 de diciembre por espacio de tres días se hagan las letanías. Había costumbre de muy antiguo que antes de la Ascensión se hiciesen estas procesiones por los frutos de la tierra. Mamerco, obispo de Viena, en cierta plaga, es a saber, que los lobos en aquella tierra rabiaban y hacían mucho daño, por estar olvidada la renovó como doscientos años antes de este tiempo, y aún añadió de nuevo el ayuno y nuevas rogativas, todo lo cual se introdujo en las demás partes de la Iglesia. Gregorio Magno asimismo los años pasados, por causa de cierta peste que anduvo en Roma muy grave, ordenó que el día de san Marcos se hiciesen las letanías; lo uno y lo otro se guarda do quiera todos los años. En España, en particular en el Concilio gerundense se aprobó y recibió todo lo que está dicho; mas en este Concilio fue tan grande la devoción y celo de los padres, que con un nuevo decreto mandaron se

 

 

 

 

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hiciesen las dichas letanías el mes de diciembre, no con intento de alcanzar alguna merced ni de librarse de algún temporal, sino para aplacar a Dios y alcanzar perdón de los pecados, que eran muchos y muy graves. Verdad es que estas letanías se han dejado, y ya en ninguna parte se hacen.

 

Los demás decretos de este Concilio son de poca consideración. Enderézanse a confirmar la elección del rey Chintila y amparar a sus hijos, que aún después de la muerte de su padre mandan ninguno se atreva a hacerles agravio ni demasía. En particular para reprimir la ambición se ordena, so pena de excomunión, que ninguno se apodere del reino sino fuere elegido por votos libres, y que se dé solamente a los que descendían de la antigua nobleza y alcurnia de los godos. Que ninguno se atreva a negociar los votos antes de la muerte del rey, por ser lo contrario ocasión de alteraciones y aleves. En este Concilio, que entre los toledanos es el quinto, tuvo el primer lugar Eugenio, arzobispo de Toledo, que firmó los decretos del Concilio por estas palabras: «Yo Eugenio, por la misericordia de Dios, obispo metropolitano de la iglesia de Toledo, de la provincia cartaginense, consintiendo firmé estos comunes decretos». Después de él se sigue Tonancio, obispo de Palencia, como se lee en los códices muy antiguos, y por su orden los demás obispos.

 

Para que estos decretos tuviesen más fuerza y fuesen recibidos de todo el reino, el año luego siguiente a instancia del rey se juntaron en Toledo pasados de cincuenta obispos, todos del señorío de los godos. Celebróse el Concilio, que fue el sexto entre los de Toledo, en Santa Leocadia la Pretoriense, que algunos entienden fue la iglesia de esta santa que está junto al alcázar llamado en latín Pretorio, y en su vejez muestra rastros de su antiguo primor y grandeza. Otros quieren que la iglesia de Santa Leocadia la Pretoriense fuese la que está fuera de la ciudad, porque también las casas de campo se llaman pretorios. Demás que el alcázar entonces no estaba donde hoy. La verdad es que la junta se tuvo a 9 de enero, año del Señor de 637; en ella se ordenaron y publicaron diecinueve decretos, que se enderezan parte a reformar la disciplina eclesiástica, parte a confirmar lo que acerca del Rey y de sus hijos se decretó en el Concilio pasado. Demás de esto, ordenaron por decreto particular que no se diese la posesión del reino a ninguno antes que expresamente jurase que no daria favor en manera alguna a los judíos, ni aún permitiría que alguno que no fuese cristiano pudiese vivir en el reino libremente.

 

 

 

 

 

 

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Halláronse en este Concilio los prelados Selva, de Narbona; Juliano, de Braga; Eugenio, de Toledo; Honorato, de Sevilla, sucesor de san Isidoro, que ya por estos tiempos era fallecido. Allende de estos, Protasio, obispo de Valencia, y los demás prelados que firmaron por su orden. El que tuvo más mano en la dirección de los negocios, y se entiende formó los decretos que en este Concilio se hicieron, fue Braulio, obispo de Zaragoza, que en aquella iglesia sucedió a su hermano Juan, como persona que se aventajaba a los demás en el ingenio, erudición y letras. Demás de esto, en nombre del Concilio escribió una carta a Honorio, a la sazón pontífice romano, para pedirle que con su autoridad aprobase lo que en el Concilio se decretara. De esta carta dice el arzobispo don Rodrigo que era tan elegante en las palabras, tan llena de graves sentencias, el estilo tan concertado, que causó grande admiración en Roma.

 

La celebración de estos concilios fue la cosa mas memorable que se cuenta del rey Chintila; debió ser que por haber echado los enemigos de todo su señorío y estar el reino reposado y en paz no se ofrecieron guerras de consideración, mayormente que la buena diligencia del Rey y la autoridad de los obispos tenían los naturales reprimidos para no mover alteraciones y alborotos. Falleció el rey Chintila año de nuestra salvación de 639. Poseyó el reino tres años, ocho meses y nueve días.

 

 

 

 

VII. De la vida y muerte del bienaventurado san

 

Isidoro

 

Por el Concilio toledano sexto y por los obispos que en él se hallaron, como queda apuntado, se entiende que el bienaventurado san Isidoro a la sazón era pasado de esta presente vida; y por lo que de él escribió san Ildefonso en los Varones ilustres parece fue su muerte el año postrero del rey Sisenando, que se contaban del nacimiento de Cristo 633. Otros son de opinión que tuvo vida más larga y llegó al tiempo del rey Chintila, cuyo reinado acabamos de tratar.

 

Fue este insigne varón hermano de padre y madre de san Leandro, san Fulgencio y santa Florentina; otros también le señalan por hermana a Teodosia, madre de los reyes Hermenegildo y Recaredo. En los años y en la edad fue el menor entre todos sus hermanos; en la elocuencia, ingenio y

 

 

 

 

 

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doctrina se les aventajó grandemente, y en la grandeza del ánimo y de sus virtudes igualó a su padre Severiano, de quien algunos dicen fue duque de la provincia cartaginense. Dejó muchos libros escritos que dan bastante muestra de lo que queda dicho, cuya lista y catálogo san Ildefonso y Braulio pusieron en la vida que de este Santo escribieron.

 

Indicio y presagio de su grande elocuencia fue lo que escriben de un enjambre de abejas que volaban al rededor de la cuna y de la boca de san Isidoro siendo niño, cosa que ni se cree ni se dice sino de personas de gran cuenta. Verdad es que también refieren que en sus primeros años se mostró de ingenio rudo, lo cual, y juntamente el miedo del soberbio maestro que le enseñaba, fue ocasión que se salió y huyó de la casa de su padre. Andaba descarriado por los campos, cuando a la sazón advirtió en un pozo un brocal acanalado por el largo uso y por el ludir de la soga. Consideró, aunque pequeño, con aquella vista cuán grandes sean las fuerzas de la costumbre y como el arte, perseverancia y trabajo pueden más que la naturaleza; con esta consideración dio la vuelta. Parte de este brocal, que es de mármol, se muestra en San Isidoro de Sevilla, y se tiene ordinariamente fue el mismo de que se ha dicho.

 

De estos principios subió a la cumbre de doctrina y erudición con que alumbró y ennobleció toda España; y al tiempo que sus hermanos andaban desterrados por el rey Leovigildo, sirvió mucho con su celo y osadía a la Iglesia católica. Ayudóle mucho para que se hiciese tan docto san Leandro, su hermano, ca vuelto del destierro, y conocidas sus aventajadas partes y las grandes esperanzas que de sí daba, o fuese por otra causa, le encerró en un aposento sin dejarle libertad para ir donde quisiese. Aprovechóse él de aquella clausura, de la edad e ingenio, que todo era a propósito, para revolver gran número de libros, de que resultó el de las Etimologías, de erudición tan varia, que parece cosa de milagro para aquellos tiempos, obra que últimamente perfeccionó y publicó adelante a persuasión de Braulio, su grande amigo. Duró este recogimiento tan estrecho todo el tiempo que vivió san Leandro, su hermano, que por su muerte fue puesto en su lugar y en su silla.

 

Gobernó aquella iglesia con gran prudencia, hizo leyes y constituciones muy a propósito. Mas como quier que entendiese que todo lo demás es de poco momento, si los mozos desde su primera edad a manera de cera no son amaestrados y enderezados en toda virtud, fundó en Sevilla un colegio para enseñar la juventud y ejercitarla en virtud y letras.

 

 

 

 

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De este colegio, a guisa de un castillo roquero, salieron grandes soldados, varones señalados y excelentes, entre los demás los santos Ildefonso y Braulio.

 

Algunos afirman que en tiempo de Gregorio Magno fue Isidoro a Roma, que debió ser con deseo que tenía de renovar y continuar la amistad que entre aquel santo pontífice y su hermano desde los años pasados estaba trabada. Lo que añaden, que en brevísimo espacio, antes la misma noche de Navidad hizo aquella jornada y dio la vuelta; demás de esto, que dos candelas que él mismo con cierto artificio hizo, se hallaron en su sepulcro encendidas en tiempo del rey don Fernando el Primero; item, que el falso profeta Mahoma fue por este santo echado de Córdoba; todas estas cosas las desechamos como frívolas y hablillas sin fundamento, pues ni son a propósito para aumentar su grandeza, y quitan el crédito a las demás que de él con verdad se cuentan. Por la verdad y templanza se camina mejor; mas ¿qué cosa puede ser más vana que pretender con fábulas honrar la vida y hechos de los santos de Dios? O ¿qué cosa puede ser más perjudicial ni más contraria a la religión y honra de los santos que la mentira? La verdad es que la prudencia de san Isidoro ayudó mucho para que todo el reino se gobernase con muy buenas leyes y estatutos que por su orden se hicieron, y que para reformar las costumbres, a instancia suya y por su orden, se tuvieron en Sevilla y en Toledo algunos concilios. Fue arzobispo de Sevilla como cuarenta años.

 

Llegado a lo postrero de su edad, que fue muy larga, le sobrevino una muy grave y mortal fiebre. Visto que se moría, hízose llevar en hombros por sus discípulos a la iglesia de San Vicente de la misma ciudad de Sevilla; hiciéronle compañía hasta tanto que rindió el alma un obispo llamado Juan y Uparcio, sus muy especiales amigos. En aquella iglesia hizo pública confesión de sus pecados y recibió el santísimo sacramento de la Eucaristía, con que por espacio de tres días se aparejó como era razón para partir de esta vida. En aquel tiempo dio lugar a todos para que le viesen y hablasen. Consolólos con palabras muy amorosas; pidió perdón, así como estaba, a todo el pueblo en común, y misericordia a Dios con oración muy ferviente y grande humildad interior y exterior. Por conclusión, entre los sollozos de los suyos y lágrimas muy abundantes que toda la ciudad despedía por su muerte, en el mismo templo rindió el espíritu a 4 de abril, que es el mismo día en que en España se le hace fiesta particular. El año en que murió no está puntualmente averiguado. No hizo

 

 

 

 

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testamento, parte por la pobreza que profesaba, parte porque todos los bienes que le quedaban se dieron por su mandado aquellos días a pobres.

 

Reconoció por toda la vida el primado de la Iglesia romana, ca decía era la fuente de las leyes y decretos a que se debe acudir en todo lo que concierne a las cosas sagradas, ritos y ceremonias. Esto solía decir en toda la vida; pero al tiempo de su muerte más en particular protestó a aquella nación que si se apartaban de los divinos mandamientos y doctrina a ellos enseñada serían castigados de todas maneras, derribados de la cumbre en que estaban y oprimidos con muy grandes trabajos; mas que todavía, si avisados con los males se redujesen a mejor partido, con mayor gloria que antes se adelantarían a las demás naciones. No se engañó en lo uno ni en lo otro, ni salió falsa su profecía, como se entiende, así por las tempestades antiguas que padeció España como por la grandeza de que al presente goza, cuando vemos que su imperio, derribado antiguamente por las maldades y desobediencia del rey Witiza y después levantado, de pequeños principios ha venido a tanta grandeza, que casi se extiende hasta los últimos fines de la tierra.

 

Por la muerte de san Isidoro sucedió en aquella silla Teodiselo, griego de nación; de este refieren algunos corrompió las obras de san Isidoro y las entregó a Avicena, árabe, para que traducidas en lengua arábiga las publicase en su nombre y por suyas. Lo que toca a Avicena (si ya no fue otro del mismo nombre) es falso, pues por testimonio de Sorsano, contemporáneo del mismo Avicena y que escribió su vida, se sabe que más de trecientos años adelante pasó toda la vida en la casa y palacio real de los persas sin venir jamás a España.

 

Martino Polono en su Cronicón dice que, como el papa Bonifacio VIII tratase de nombrar y señalar los cuatro doctores de la Iglesia para que se les hiciese fiesta particular, no faltaron personas que juzgaron debía san Isidoro ser antepuesto a san Ambrosio, a lo menos era razón que con los cuatro le contasen por el quinto. Hace para que esto se crea la erudición de este santo varón en todo género de letras, y que en el número de los cuatro doctores se cuentan y ponen dos de Italia, y ninguno del poniente ni de los tramontanos.

 

También es cosa cierta que en España, bien que en diferentes tiempos, florecieron tres personas muy aventajadas de este mismo nombre: Isidoro, obispo de Córdoba, al que por su antigüedad llaman el más Viejo; el segundo, Isidoro, hispalense, cuya vida acabamos de escribir; el postrero,

 

 

 

 

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Isidoro, pacense, que fue adelante, y por esto se llama comúnmente el más Mozo; dado que a las veces suelen dar este mismo apellido a Isidoro el hispalense cuando le comparan con el cordobés. Esto se advierte para que este sobrenombre de Junior o más Mozo no engañe a ninguno ni le deslumbre.

 

 

 

 

VIII. De los reyes Tulga, Chindasvinto y

 

Recesvinto

 

En lugar del rey Chintila, por voto de los grandes del reino, fue puesto Tulga, mozo en la edad, pero en las virtudes viejo; en particular se señalaba en la justicia, celo de la religión, en la prudencia, en el gobierno y destreza en las cosas de la guerra. Fue muy liberal para con los necesitados, virtud muy propia de los reyes, que es justo entiendan que la abundancia de bienes y sus riquezas no deben servir para sn particular provecho y para sus deleites, sino para ayudar a los flacos y para remedio de todo el pueblo.

 

Iba de estos principios en aumento, y parecía había de subir a la cumbre de toda virtud y valor cuando la muerte le atajó los pasos, que de enfermedad le sobrevino en la ciudad de Toledo, año de nuestra salvación de 641. Tuvo el reino solos dos años y cuatro meses. Sigiberto, gemblacense, dice que el rey Tulga fue mozo liviano, y con su libertad y soltura dio ocasión a los suyos para que se levantasen contra él y le echasen del reino. La razón pide hacer más caso en esta parte de lo que san Ildefonso depone, como testigo de vista, que de lo que escribió un extranjero, o por odio de nuestra nación, o lo que es más probable, por engaño, a causa de la distancia del lugar y tiempo en que y cuando escribió, con que fácilmente se suelen trocar las cosas.

 

La verdad es que por la muerte de Tulga, como quier que el reino de los godos quedase sin gobernalle y sujeto a ser combatido de los vientos, Flavio Chindasvinto, por tener a su cargo la gente de guerra con cuyas fuerzas se había rebelado contra el rey Tulga, que parece le despreciaba por su edad, luego que falleció, con las mismas armas y con el favor de los godos se apoderó de todo y se quedó con el reino; que los demás grandes del reino no se atrevieron a hacerle contradicción ni contrastar con el que

 

 

 

 

 

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tenía en su poder los soldados viejos y las huestes del reino. Verdad es que, aunque se apoderó del reino tiránicamente, en lo de adelante se gobernó bien; que parece pretendía con la bondad de sus costumbres, prudencia y valor suplir la falta pasada.

 

Lo primero que hizo fue poner en orden las cosas de la república con buenas leyes y estatutos que ordenó; y para que con mayor acuerdo se tratase de todo lo que era conveniente, el sexto año de su reinado hizo juntar en Toledo los obispos de todo su señorío. Concurrieron treinta obispos de diversas partes. La primera junta se tuvo a 28 de octubre, día de los apóstoles san Simón y Judas. Es este Concilio entre los toledanos el seteno. En él se publicaron seis decretos, y entre ellos (conforme a lo que estaba ordenado en el Concilio valentino, que se tuvo en tiempo del rey Teodorico y del papa Simaco) de nuevo se mandó que a la muerte de cualquier obispo se hallase el que de los obispos comarcanos fuese para ello avisado, para asistir en el enterramiento y honras del difunto, y acudir a lo que ocurriese. Ponen pena de excomunión por espacio de un año y suspensión de su oficio y dignidad al que no obedeciese, y avisado no quisiese acudir.

 

No falta quien diga que en este Concilio, por autoridad de los padres, se compuso la diferencia que entre los arzobispos de Sevilla y Toledo andaba sobre el primado. La verdad es que en el postrer capítulo se mandó que los obispos comarcanos por su turno, cada cual su mes, acudiese a la ciudad de Toledo y con su presencia la honrase; decreto que dicen ordenan teniendo consideración a la dignidad del rey y a honrar al metropolitano. Por lo demás, las firmas de los obispos muestran claramente que no pretendieron por este privilegio dar al arzobispo de Toledo la autoridad de primado, pues después de los arzobispos Oroncio, de Mérida, y Antonio, de Sevilla, en tercero y cuarto lugar firmaron Eugenio, prelado de Toledo, y Protasio, de Tarragona. Siguiéronse los otros obispos por el orden de su antigüedad y consagración; después de ellos los vicarios o procuradores de los obispos ausentes, en cuyas firmas se debe advertir que no dicen consentir solamente, sino determinar las acciones del Concilio; cosa extraordinaria, y que en nuestra edad no usaron de semejante autoridad y palabras los vicarios de los obispos ausentes en el concilio de Trento.

 

Era por este tiempo arzobispo de Sevilla Antonio, como queda tocado, que sucedió en lugar do Teodisclo, depuesto poco antes y echado de toda España por mandado del rey Chindasvinto, a causa que con su natural

 

 

 

 

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liviandad sembraba mala doctrina, y aún le convencieron que para dar mayor autoridad a lo que enseñaba corrompió las obras de san Isidoro que le vinieron a las manos, como al que le sucedió en su iglesia y dignidad. Depuesto, pasó en África y allí se hizo moro; que tan grande es la fuerza de la obstinación y en tanto grado se ciegan los hombres que una vez se apartan del verdadero camino. De esta caída de Teodisclo refieren los que pretenden favorecer el primado de Toledo, y en particular el arzobispo don Rodrigo, que el rey Chindasvinto tomó ocasión para pasar a aquella ciudad real la dignidad de primado, y quitarla a la ciudad de Sevilla en que hasta entonces estuviera, y que lo uno y lo otro se hizo por voluntad y privilegio del Pontífice romano; lo cual dicen sin argumento bastante ni testimonio de algún escritor antiguo que tal diga; así, lo dejamos como cosa sin fundamento.

 

Gobernaban por estos tiempos la Iglesia de Roma Teodoro y el que le sucedió, que fue Martino el Primero. Tiénese por cierto, y hay memorias antiguas, que Chindasvinto, con deseo que tenía de enriquecer a España con libros y letras, envió a Roma al obispo de Zaragoza, llamado Tajón, para que con voluntad del papa Teodoro buscase en particular los libros de san Gregorio sobre Job, llenos de alegorías y moralidades excelentes, para que los trajese consigo a España; ca los que el dicho Gregorio envió a Leandro, a quien los dedicó (si los envió empero), no parecían por la injuria de los tiempos. Decía tener gran deseo, por medio de aquellos libros, de renovar en España la memoria del uno y del otro santo, aumentar la religión católica y confirmarla y enriquecer la librería eclesiástica, que tenía por cierto con ninguna cosa podría dar más lustre a su reino (que se hallaba por medio de la paz, y por haber lanzado de sí la impiedad arriana, colmado de bienes) que con los estudios de la sabiduría y con procurar que la religión se conservase en su puridad; que para todo eran muy a propósito los libros de los padres antiguos.

 

Llegó Tajón a Roma, propuso su embajada. Deseaba el papa darle contento y complacer al rey; pero había sucedido en Roma lo mismo que en España, que casi no quedaba memoria de aquellos libros. Era cosa larga revolver todos los papeles y archivos; dilatábase el negocio de día en día, ora alegaban una ocasión de la tardanza, ora otra. Visto el obispo que todo era palabras y que no se descubría camino para alcanzar lo que pretendía, acudió a Dios con muy ferviente oración; suplicóle no permitiese que tan grandes trabajos fuesen en vano, que ayudase benignamente los piadosos

 

 

 

 

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intentos de su rey; pasó toda la noche en estas plegarias. Acudió nuestro Señor a su demanda, señalóle el lugar en que tenían guardados los escritos de san Gregorio, con que se efectuó todo lo que deseaba. Hubo fama, y el mismo Tajón lo testifica en una carta que escribió en esta sazón, que el mismo san Gregorio le apareció y reveló lo que tanto deseaba saber.

 

Por el mismo tiempo comenzó a correr en España la fama de Fructuoso. Trocó la vida de señor, que las historias de aquel tiempo llaman senior, por ser de la real sangre de los godos y su padre duque, en la flor de su edad, con la vida de particular y de monje. Tuvo por maestro al principio a Tonancio, obispo de Palencia. Llegado a mayor edad, con deseo de más perfección, se fue a vivir al desierto en aquella parte que hoy llaman el Bierzo, donde de su mismo patrimonio adelante edificó un monasterio de monjes con la advocación de los mártires Justo y Pastor. Cerca de Complútica, a las faldas del monte Irago, se ven los rastros de este monasterio, y en la iglesia catedral de Astorga, de do cae no lejos aquel sitio, entre las demás dignidades se cuenta el abad complutense, ca después que aquel monasterio fue en el tiempo adelante destruido, se ordenó que aquella abadía fuese dignidad de Astorga. De un privilegio que dio el rey Ramiro el Tercero a la dicha iglesia de Astorga se entiende que el rey Chindasvinto ayudó con muchas posesiones y preseas que dio a Fructuoso para la fundación y dotación de aquel monasterio.

 

Demás de esto, porque en el primer monasterio no cabía tanta muchedumbre de religiosos como cada día acudían a la fama de Fructuoso y de su santidad, fundó él mismo allí cerca otro monasterio con advocación de San Pedro, en un sitio rodeado por todas partes de montes y arboledas muy frescas. De este convento, en tiempo del rey Wamba, fue prelado el abad Valerio, cuyo libro se conserva hasta hoy con título de la Vana sabiduría del siglo, sin otras algunas obras suyas en prosa y en verso, que dan muestra de su ingenio, piedad y doctrina. Este monasterio reedificó adelante y le ensanchó Genadio, obispo de Astorga, año del Señor de 906, como se entiende por la letra de una piedra que está en la misma puerta del claustro, por donde de la iglesia se pasa al monasterio.

 

Otro tercero monasterio edificó Fructuoso en la isla de Cádiz, y el cuarto en tierra firme, nueve leguas de aquellas riberas, sin otros que en diversos lugares fundó, así de varones como de mujeres. Entre las vírgenes Benedicta tuvo el primer lugar, y fue muy señalada, porque dejado el

 

 

 

 

 

 

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esposo a quien estaba prometida, persona rica y muy noble, con deseo de conservar la virginidad, acudió al amparo de Fructuoso.

 

Esto pasaba en España en lo postrero de la edad del rey Chindasvinto, cuando él, con intento de asegurar y continuar el reino en su familia, de que se apoderara por fuerza, nombró por su compañero en él a su hijo Flavio Recesvinto, el año de Cristo de 648, después de haber reinado solo y sin compañero por espacio de seis años, ocho meses y veinte días. Después de esto, aunque vivió tres años, cuatro meses y once días, pero este tiempo se cuenta en el reinado de su hijo, a causa que por su mucha edad le dejaba todo el gobierno. Falleció Chindasvinto en Toledo de enfermedad, o como otros dicen, con hierbas que le dieron. Su cuerpo y el de la reina Riciberga, su mujer, sepultaron en el monasterio de San Román, que hoy se llama de Hormisga, y está a la ribera del río Duero, entre Toro y Tordesillas. Fundólo este mismo rey para su entierro y sepultarse en él, como se hizo.

 

 

 

 

IX. De tres concilios de Toledo

 

Era por estos tiempos arzobispo de Toledo Eugenio Tercero, sucesor del otro Eugenio. Fue discípulo de Heladio, como lo fueron los otros tres arzobispos que le precedieron. Siendo más mozo, con deseo de darse a las letras, dejó en la iglesia de Toledo un lugar principal que tenía entre los demás ministros de aquel templo, y tomó el hábito de monje en Santa Engracia de Zaragoza. Por muerte de Eugenio Segundo le sacaron del monasterio casi por fuerza para que tomase el gobierno de la iglesia de Toledo. Corrigió el canto eclesiástico y lo redujo a mejor forma, ca estaba estragado con el tiempo y mudado de lo que solía ser antiguamente. Compuso un libro De Trinitate, y a la obra de Draconcio, que en verso heroico, a manera de paráfrasis, declara el principio del Génesis y la creación del mundo, añadió Eugenio la declaración del día seteno que faltaba. De estos versos y de otras epigramas suyas, que hasta nuestra era se han conservado, se entiende que tuvo letras e ingenio y erudición no pequeña para aquellos tiempos. Entre aquellas epigramas están los epitafios de los rey y reina Chindasvinto y Riciberga, si bien son algo groseros, mas a causa de lo poco que en aquella edad se sabía que por falta

 

 

 

 

 

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del mismo Eugenio. Algunos dicen que fue tío de san Ildefonso, hermano de su madre. Otros lo tienen por falso; paréceles que si esto fuera así, o el mismo san Ildefonso o san Julián, en lo que añadieron a los Claros varones de san Isidoro, hicieran mención de cosa tan señalada. Algunos martirologios ponen a este prelado en el número de los demás santos, y señalan su día a 13 de noviembre, por el cual camino van también algunas personas eruditas. Hace contra esto que en el Martirologio de Toledo, en que parece se debía principalmente poner, no está; en fin, este punto ni por la una parte ni por la otra está averiguado bastantemente. Demás de esto, sospecho yo que Eugenio Tercero fue el que se halló y firmó en el Concilio próximo pasado de Toledo. Muéveme a pensar esto ver que Antonio, arzobispo de Sevilla, que poco antes fue elegido, en las firmas le precedía para muestra de que era más antiguo prelado.

 

En tiempo de este prelado, sin duda a instancia del rey Recesvinto, se juntó en Toledo otro nuevo Concilio, que entre los de aquella ciudad se cuenta por el octavo. Era grande el celo que este rey tenía y la afición a las cosas eclesiásticas; ocupábase en revolver los libros sagrados, hallábase en las disputas que en materia de religión se hacían; para adornar los templos y aumentar el culto divino no cesaba de darles oro, piedras preciosas, brocados y sedas, en que parece pretendía imitar el ejemplo de su padre. Acudieron cincuenta y dos obispos; juntáronse en la basílica de San Pedro y San Pablo a 16 de diciembre, año de 653.

Hallóse el rey aquel día presente en la junta, y después de haber delante los padres dicho algunas palabras, presentó un memorial. En él estaba en primer lugar la profesión de la fe católica; después de esto amonestaba y rogaba a los prelados que no sólo determinasen lo que concernía a las cosas sagradas, sino también diesen orden en el estado del reino, quier fuese con reformar las leyes antiguas, quier con añadir o quitar las que les pareciese; lo mismo pide también a los grandes del reino, aquellos que por la costumbre recibida se debían hallar en los concilios. En particular pide determinen qué se debe hacer de los judíos, que, recibida la religión cristiana por la fuerza que los reyes pasados les hicieron, todavía perseveraban en sus antiguos ritos y ceremonias. Fue así, que los judíos presentaron una petición, que hasta hoy día está en el Fuero Juzgo entre las demás leyes de los godos; contenía en sustancia que, dado que el rey Chintila los forzó a hacerse cristianos, querían renunciar el sábado y las demás ceremonias de la ley vieja; solamente se les hacía mal

 

 

 

 

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el comer carne de puerco, y esto más porque su estómago no lo llevaba, por no estar acostumbrados a tal vianda, que por escrúpulo de conciencia; y todavía, para muestra de su intención, se ofrecían de comer otros manjares guisados con ella. Este memorial del rey, que tenía inserta la dicha petición, se leyó en el Concilio.

 

Fue grande la alegría de los obispos por ver el buen celo del rey. Trataron entre sí lo que debían hacer, y por común acuerdo ordenaron doce cánones, en que satisficieron bastantemente a todo lo que el rey pretendía. Demás de esto, declararon que los votos y juramentos ilícitos no obligan. En el tiempo de la Cuaresma, cuando por antigua costumbre todos ayunan, mandaron que nadie comiese carne sin evidente necesidad. Por la revuelta de los tiempos, cuando se apoderaba del reino, no el que tenía mejor derecho, sino el que era más poderoso, los reyes pasados habían impuesto sobre el pueblo grandes y pesados tributos. Interpusieron los padres su autoridad conforme a lo que el rey les concediera, y reformaron todas estas imposiciones, y redujéronlas a menor cuantía y más tolerable. Consideraban que nunca es seguro el poder cuando es demasiado, que las cosas moderadas duran y son perpetuas, y que los príncipes no son bastantes para contrastar con el aborrecimiento del pueblo si se enciende mucho contra ellos. Por conclusión, como quier que muchos estuviesen quejosos del padre de este rey y pretendiesen les había hecho agravio y quitado injustamente sus haciendas, ordenóse que el rey Recesvinto tomase posesión de la herencia y bienes paternos con tal condición, que estuviese a justicia con los que pretendían estar agraviados y despojados injustamente, y oídas las partes, se les diese la satisfacción conveniente.

 

En este Concilio se asentaron y firmaron en primer lugar cuatro arzobispos por este orden: Oroncío, de Mérida; Antonio, de Sevilla; Eugenio, de Toledo; Potamio, de Braga. Después de estos los demás obispos por su orden; entre los demás fue uno Bacauda, obispo de Egabro, es a saber, de Cabra, lugar en que en el cementerio de San Juan se lee hasta hoy su nombre grabado en un mármol blanco; que debió hallarse este prelado a la consagración de aquel templo o de otro alguno en que se halló aquella piedra, cuya consagración fue el año de 650 por el mes de mayo. Es también de considerar que en el concilio firmaron los abades, cosa extraordinaria y no muy conforme a derecho; y en este número fue uno san Ildefonso, a la sazón abad agaliense. Firmaron asimismo los grandes, así duques como condes, y personas que tenían algún cargo en el reino, cosa

 

 

 

 

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aún menos usada y contra el derecho común; pero no hay que maravillarse, porque estos concilios de Toledo fueron como cortes generales del reino, en que se trataba, no sólo de las cosas eclesiásticas, sino también del gobierno seglar.

 

Pasados otros dos años, el de nuestra salvación de 655, por orden del mismo rey se juntaron en la misma ciudad de Toledo diez y seis obispos para celebrar el noveno concilio de Toledo. Fue la junta a 1 de noviembre en la basílica de Santa María Virgen; publicaron en ella diez y siete decretos sobre materias diferentes. No se hallaron los demás arzobispos y metropolitanos; por su ausencia tuvo el primer lugar Eugenio, arzobispo de Toledo.

No paró en esto el cuidado del Rey, porque luego el año siguiente, a 1 de diciembre, se juntaron en la dicha ciudad veinte obispos para celebrar otro concilio, que fue el deceno entre los de Toledo. La cosa de mayor consideración que decretaron fue que la fiesta de la Anunciación, cuando el Hijo de Dios se vistió de nuestra carne para nuestro remedio, y se celebraba a 25 de marzo, por ser ordinariamente tiempo de Cuaresma, en que se hace memoria de la muerte y pasión de Cristo, se trasladase al 18 de diciembre; lo cual desde entonces se guarda en toda España, sin embargo que también se celebra la otra fiesta de marzo al uso romano. La fiesta de diciembre llama comúnmente el vulgo Nuestra Señora de la O, y los libros eclesiásticos le ponen nombre de la Expectación. Lo que se ha contado es la verdad puntualmente. Mandaron otrosí que las vírgenes consagradas a Dios, que llaman beatas en el mismo Concilio, trajesen un velo negro o rojo, como señal para ser conocidas.

 

Tratóse asimismo la causa de Potamio, obispo de Braga, que por haber caído en flaqueza de la carne fue depuesto, dejándole solamente el nombre de obispo, que fue despojarle del lugar y no de la dignidad. Templaron de esta manera el castigo por confesar él mismo de su voluntad su delito y por la penitencia que hiciera por espacio de nueve meses en el vestido y en la comida con deseo de alcanzar misericordia de Dios. En su lugar fue puesto Fructuoso, de abad de Cómpluto el tiempo pasado, electo en obispo dumiense, y al presente como arzobispo de Braga, firma después de los arzobispos Eugenio, de Toledo, y Fugitivo, de Sevilla, en tercer lugar y el postrero.

 

Tratóse del testamento de san Martín, obispo en otro tiempo dumiense, en que nombró por albaceas a los reyes suevos; y porque los reyes godos

 

 

 

 

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se apoderaron de aquel reino, ésta y las demás cargas y derechos de aquellos príncipes les incumbían. Hallábase el rey perplejo sobre este caso; consultó con los prelados del concilio lo que se debía hacer; ellos remitieron la determinación de todo esto a Fructuoso, el nuevo obispo de Braga, cuya santidad y virtudes fueron tan señaladas en aquel tiempo, que en España le tienen por santo; y en particular las diócesis de Braga, de Ébora y de Santiago celebran su fiesta a 16 días del mes de abril. Su cuerpo fue sepultado en un monasterio que él mismo edificó entre Dumio y Braga, ciudades cuyo prelado fue. Dende, como quinientos años adelante, por orden de don Diego Gelmírez, primer arzobispo de Santiago, le trasladaron a aquella iglesia. Muchos fueron los milagros que nuestro Señor hizo por su medio después de su muerte; de ellos, en gran parte, hizo memoria y historia particular Paulo, diácono emeritense, que en este lugar no sería a propósito relatarlos.

 

Por este mismo tiempo floreció santa Irene, virgen de Portugal; diole la muerte un hombre, llamado Britaldo, porque nunca quiso casarse con él ni consentir con sus locos amores; y porque el caso no se descubriese la echó en el río Nabanis, que pasa por Nabancia, patria de esta santa virgen. Buscaron su cuerpo con diligencia; halláronle junto a la ciudad que entonces se llamaba Scalabis. Dícese que por milagro se apartaron las aguas del río Tajo en aquella parte por donde el río Nabanis se junta con él, y que los que buscaban a la virgen a pie enjuto la hallaron en medio de aquel río en un sepulcro fabricado por mano de los ángeles; que fue causa que la devoción de esta virgen se extendió muy en breve por toda aquella comarca de tal suerte, que por este respeto aquel pueblo mudó el nombre que antes tenía de Scalabis, y del nombre de aquella virgen se llamó Santarem. Nabancia quieren los doctos que sea la villa de Tomar, muy conocida en Portugal por ser asiento de la caballería de Cristus, la más principal de aquel reino.

 

 

 

 

X. De la vida de san Ildefonso

 

El año noveno del reinado de Recesvinto, en que del nacimiento de Cristo se contaban 657, Eugenio Tercero, arzobispo de Toledo, pasó de esta vida. Por su muerte pusieron en su lugar a Ildefonso, a la sazón abad agaliense,

 

 

 

 

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persona de muy santa vida, lo cual y sus muchas letras y doctrina y la grande prudencia de que era dotado fueron parte para que fuese estimado del clero, de los principales y del pueblo, y le tuviesen por digno para encomendarle el gobierno espiritual de su ciudad. Fue natural de Toledo, nacido de noble linaje; su padre se llamó Esteban, su madre Lucía. Tiénese ordinariamente por tradición que vivían en lo más alto de la ciudad en unas casas principales, que de lance en lance vinieron con el tiempo a poder de los condes de Orgaz, y de ellos los años pasados las compraron los religiosos de la compañía de Jesús, y por devoción de san Ildefonso dieron a ellas, y en particular a la iglesia, la advocación de este santo; en que los antepasados parece faltaron, pues era razón hubiese en aquella ciudad algún templo con nombre de san Ildefonso, su ciudadano y natural.

 

En las letras tuvo por maestro a Eugenio Tercero, por ser, como era, persona docta, y aún algunos sospechan y arriba se tocó, deudo suyo. La fama de san Isidoro, arzobispo de Sevilla, volaba por todas partes, y el cuidado que tenía en enseñar la juventud era muy señalado. Por esta causa san Ildefonso fue a Sevilla para estar en el colegio fundado para este efecto por aquel Santo. Allí se entretuvo en el estudio de las letras hasta tanto que fue bastantemente instruido en las artes liberales, de cuya erudición y doctrina dan muestra los muchos libros que adelante escribió. Juliano, su sucesor, dice que el mismo san Ildefonso los juntó y puso en tres cuerpos. Son ellos de mucha doctrina y llenos de sentencias muy graves; mas el estilo, conforme a la costumbre de aquellos tiempos, es más redundante que preciso y elegante.

 

Acabados sus estudios y vuelto a Toledo, sin embargo que eran grandes las esperanzas que todos tenían de él, y lo mucho que se prometían de su nobleza, de su doctrina y virtudes, pospuesto todo lo al, con deseo de mas perfección y de seguir vida más segura, se determinó dejar el regalo de su casa y tomar el hábito de monje en el monasterio agaliense. No se pudo esto negociar tan secretamente que su padre no lo entendiese. Procuró apartarle de aquel propósito, y aún el mismo día que iba a tomar el hábito fue en pos de él y entró en el monasterio en busca de su hijo; andúvolo todo, mas no pudo encontrar con él, porque el santo, como viese a su padre de lejos y sospechase lo que era y su saña, torció el camino y se metió y estuvo detrás de un vallado hasta tanto que su padre dio la vuelta a su casa sin efectuar lo que pretendía.

 

 

 

 

 

 

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El monasterio agaliense estuvo asentado no lejos de la ciudad de Toledo, a la parte de septentrión. Tenía nombre de San Julián, como todo se entiende de Máximo, obispo de Zaragoza que fue por este tiempo. En el Concilio toledano undécimo firma Gratino, abad de San Cosme y San Damián, y poco después Ávila, abad agaliense de San Julián. Dúdase en qué sitio estuvo este monasterio agaliense. Los pareceres son varios. La resolución es en este punto (y lo cierto) que hubo dos monasterios en Toledo, ambos de benitos y ambos a la ribera de Tajo y a la parte de septentrión, por donde el dicho río corre, como se ve en la caída que hace desde el aserradero por la puente de Alcántara de septentrión a mediodía. Demás que la puente por do se iba a la Huerta del Rey estaba más abajo de la que hoy se ve, y por consiguiente la dicha huerta con el río le caía a la parte del septentrión. El uno de estos dos monasterios se llamaba de San Julián, que era su advocación, y por otro nombre se llamó agaliense, de un arrabal donde estaba, llamado Agalia. Caía muy cerca de Toledo, solos docientos y cincuenta pasos, que hacen mil y docientos y cincuenta pies, distante de la iglesia pretoriense de San Pedro y San Pablo. El otro monasterio se intitulaba de San Cosme y San Damián, distante de Toledo dos millas, que hacen media legua. Todo esto dice Máximo, obispo de Zaragoza, en las adiciones a Dextro.

 

San Ildefonso fue abad primero en San Cosme y San Damián, siendo diácono; y de esta elección habla Cijila, y aún dice pasó mucho tiempo hasta que adelante fue arzobispo. En este medio fue asimismo abad agaliense. Y de esta elección y cargo habla Juliano en la vida de este santo, con que quedan concertados Máximo, Cijila y Juliano. En la huerta de los Chapiteles, parte de la Huerta del Rey, hay claros rastros de que fue monasterio, que debió ser la parte más principal del agaliense, y pasado los tejares hay una dehesa, y en ella una casa grande y antigua, que sospecho yo por la distancia fue el otro monasterio, y aún de ello hay buenas señales. La pretoriense de San Pedro y San Pablo creo yo fue San Pablo a la caída de la alhóndiga, donde estuvieron los padres dominicos por casi docientos años. La palabra pretoriense quiere decir iglesia del campo, y San Pablo está fuera de los dos muros de Toledo. Ayuda el nombre de San Pablo, que el de San Pedro se debió con el tiempo dejar por abreviar. De esta iglesia, que en un tiempo fue muy principal y las ruinas lo muestran, y en ella se celebró el concilio decimotercio de Toledo, hasta la Huerta del Rey, que debió ser toda del monasterio agaliense por donación del rey

 

 

 

 

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Atanagildo, su fundador, hay los doscientos y cincuenta pasos que dice Máximo, si bien los monjes tenían otra huerta particular, cercada de piedra con sus estribos contra las crecientes del río, la cual se ve hoy pegada con la casa que llaman de los Chapiteles.

 

Del nombre del monasterio o del arrabal donde estuvo quedó el que hoy tienen los palacios de Galiana, a loque parece; que lo que el vulgo dice de la mora Galiana son consejas y patrañas. Tomó pues san Ildefonso como deseaba el hábito de monje, cuyo intento últimamente, aunque con dificultad, aprobó su padre, en especial por las amonestaciones de su mujer, que afirmaba haber por oraciones alcanzado de Dios después de larga esterilidad aquel hijo, y que para alcanzarle hizo voto de dedicarle a nuestro Señor; que volviesen a Dios lo que de su Majestad recibieran; que era más sano consejo carecer del hijo por un poco de tiempo que, con hacerle volver atrás de su intento, incurrir en ofensa de Dios y ser atormentados con perpetuos escrúpulos de la conciencia.

 

Fue tanto lo que en aquel monasterio se adelantó san Ildefonso en todo género de virtud, que dentro de pocos años le encomendaron el gobierno de aquellos monjes por muerte de Adeodato, después de Heladio, Justo y Richila, abad de aquel monasterio. En el tiempo que fue abad, ya muertos sus padres, fundó de su patrimonio en una heredad suya, llamada Debiense, un monasterio de monjas. Este monasterio, dice Juliano el arcipreste, estaba veinte y cuatro millas de Toledo, cerca de Illescas. Poco adelante, por muerte de Eugenio Tercero, como queda dicho, fue elegido en arzobispo de Toledo, dignidad y oficio en que se señaló grandemente, y parecía aventajarse a sí mismo y ser más que hombre mortal. ¿Quién será tan elocuente y de ingenio tan grande que pueda dignamente poner por escrito las cosas de este Santo y de tal manera contar sus obras y grandezas, que parezcan, no cosas fingidas, sino, como lo fueron, verdaderas? ¿Quién de ánimo tan sencillo que se persuada a dar crédito a cosas tan extraordinarias y maravillosas?

 

Fue así, que dos hombres llamados Pelagio y Helvidio, por la parte de la Galia Gótica venidos en España, decían y enseñaban que la Madre de Dios no fue perpetuamente virgen. San Ildefonso, porque esta locura y atrevimiento no fuese en aumento, acudió a hacerles resistencia y disputar con ellos, parte con un libro que compuso, en que defiende lo contrario, parte con diversas disputas que con ellos tuvo. Con esta diligencia se reprimió la mala semilla de aquel error, y se desbarataron los intentos de

 

 

 

 

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aquellos dos hombres malvados. El premio de este trabajo fue una vestidura traída del cielo. La misma noche antes de la fiesta de la Anunciación, que poco antes ordenaron los obispos se celebrase en el mes de diciembre, como fuese a maitines y en su compañía muchos clérigos, al entrar de la iglesia vieron todos un resplandor muy grande y maravilloso. Los que acompañaban al santo, vencidos del grande espanto, huyeron todos; solo él pasó adelante, y púsose de rodillas delante el altar mayor. Allí vio con sus ojos en la cátedra en que solía él enseñar al pueblo a la Madre de Dios con representación de majestad más que humana. La cual le habló de esta manera: «El premio de la virginidad que has conservado en tu cuerpo, junto con la puridad de la mente y el ardor de la fe y de haber defendido nuestra virginidad, será este don traído del tesoro del cielo». Esto dijo, y juntamente con sus sagradas manos le vistió una vestidura con que le mandó celebrase las fiestas de su Hijo y suyas. Los que le acompañaban, sosegado algún tanto el miedo, vueltos en sí y animados, llegaron do su prelado estaba a tiempo que ya toda aquella visión era pasada y desaparecida; halláronle casi sin sentido, que el miedo y la admiración le quitaron con la habla; sólos sus ojos eran como fuentes, y se derretían en lágrimas por no poder hablar a la Virgen y darle las gracias de tan señalado beneficio.

 

Cijila, sucesor de Ildefonso, refiere todo esto como oído de Urbano, que fue también arzobispo de Toledo, y de Evoncio, que fue arcediano de la misma iglesia, personas que, conforme a la razón de los tiempos y de su edad, se pudieron hallar presentes al milagro. Las palabras de la Virgen que refiere Cijila son éstas: «Apresúrate y acércate, carísimo siervo de Dios, recibe este pequeño don de mi mano, que te traigo del tesoro de mi Hijo». La piedra en que la gloriosa Virgen puso los pies está hoy día en la misma entrada de aquel templo, con una reja de hierro para memoria de cosa tan grande.

 

Demás de esto, el mismo año, como parece lo siente Cijila, o como otros sospechan el luego siguiente, a 9 días de diciembre, día de santa Leocadia, sucedió otro milagro no menos señalado que el pasado. Acudió el pueblo a la iglesia de Santa Leocadia, do estaba el sepulcro de aquella virgen; halláronse presentes el rey y el arzobispo. Alzóse de repente la piedra del sepulcro, tan grande, que apenas treinta hombres muy valientes la pudieran mover; salió fuera la santa virgen, tocó la mano de san Ildefonso, díjole estas palabras: «Ildefonso, por ti vive mi Señora». El

 

 

 

 

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pueblo con este espectáculo estaba atónito y como fuera de sí. Ildefonso no cesaba de decir alabanzas de la virgen Leocadia. Encomendóle eso mismo la guarda de la ciudad y del rey; y porque la virgen se retiraba hacia el sepulcro, con deseo que quedase para adelante memoria de hecho tan grande, con un cuchillo que para este efecto le dio el mismo rey, le cortó una parte del velo que llevaba sobre la cabeza; el velo juntamente con el cuchillo hasta el día de hoy se conserva eu el sagrario de la iglesia Mayor entre las demás reliquias.

 

Desde este tiempo y por ocasión de estos milagros dicen que el Padre Santo quiso ser canónigo de Toledo. En señal de esto hasta hoy día la noche de Navidad le penan como a los otros prebendados ausentes. Grande fue la autoridad y crédito que por medio de estos milagros ganó este Santo; que aumentaba él perpetuamente con aventajarse cada día más en el ejercicio de todas las virtudes. Principalmente se señalaba en la caridad con los pobres y en remediar sus necesidades, tanto, que se tiene por cierto dio principio a la costumbre que hasta el día de hoy se guarda en aquella iglesia, es a saber, que a costa del arzobispo en cierta parte de las casas arzobispales cada día se da de comer a treinta pobres. De estos treinta, los diez son mujeres, y los demás varones; el canónigo semanero, después de dicha la misa en el altar mayor, acude a echar la bendición a la mesa de los pobres y mirar que no les falte cosa alguna. Esto es lo que en Toledo se acostumbra, y a lo que dicen dio principio san Ildefonso.

 

Lo que yo sospecho es que esta costumbre tuvo origen de otra más antigua, y era que los patriarcas, que son los mismos que primados, en memoria de Cristo y de sus apóstoles, cada día convidaban a su mesa doce pobres, como lo refiere Focio, patriarca de Constantinopla, en su Biblioteca en la vida de San Gregorio el Magno, y se puede comprobar con algunos ejemplos antiguos. El número de treinta pobres señaló adelante el arzobispo don Juan, infante que fue de Aragón.

 

Mucho se pudiera decir de las virtudes y alabanzas de san Ildefonso, y en particular, cómo la suavidad de su condición era grande, la gravedad y mesura no menor; virtudes que, aunque entre sí parecen contrarias, de tal guisa las templaba, que ni la severidad impedía a la suavidad, ni la facilidad era ocasión que alguna persona le despreciase. Gobernó aquella iglesia por espacio de nueve años y casi dos meses; trocó esta vida mortal con la eterna al principio del año decimonono del reinado de Recesvinto; su cuerpo sepultaron en la iglesia de Santa Leocadia a los pies de Eugenio,

 

 

 

 

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su predecesor. En la destrucción de España fue desde allí llevado a la ciudad de Zamora, y allí en propio sepulcro y capilla es acatado en la iglesia de San Pedro de aquella ciudad. La vestidura sagrada que le dio la Virgen, por el mismo tiempo llevaron a las Asturias, y está en la ciudad de Oviedo en un arca cerrada, que nunca se ha abierto, ni persona alguna ha visto la dicha vestidura que dentro está.

 

 

 

 

XI. De la muerte del rey Recesvinto

 

En tiempo de san Ildefonso se juntó en Mérida un concilio a 6 de noviembre, año de 666. Halláronse en él doce obispos de la Lusitania, que hoy es Portugal; ordenaron y publicaron veinte y tres decretos, que no pareció referir aquí, casi todos enderezados a reformar y dar orden en el oficio canónico, en que tenían gran debate y grande variedad en la manera del rezado. Por el mismo tiempo en África iba en grande aumento el poder de los mahometanos, a causa que Abdalá, duque de Moabia, que fue el cuarto sucesor del falso profeta Mahoma, venció en una gran batalla a Gregorio, capitán y gobernador de África por los romanos, con que se hizo señor de aquella muy ancha provincia. El estrago del ejército romano fue muy grande, y casi ninguno mayor en aquella era. Poseían los godos de tiempo muy antiguo en África parte de la Mauritania Tingitana, y en particular a Ceuta, con el territorio comarcano. De todo lo demás, fuera de esto, quedaron apoderados los mahometanos después de aquella victoria; y desde aquel tiempo, muy ufanos y orgullosos, fundaron en África un nuevo imperio, cuyos reyes, que conforme a la costumbre de aquella gente tenían poder, no sólo sobre el gobierno seglar, sino también sobre las cosas pertenecientes a la religión, se llamaron miramamolínes, que es lo mismo que príncipes de los creyentes, a la manera que en Asia los príncipes supremos y emperadores de aquella nación se llamaban califas.

 

Está África dividida de lo de España, y parte con ella términos por el angosto estrecho de Gibraltar. A muchos parecía que de estos principios amenazaba algún grande mal a España por aquella parte, y en particular se aumentó el miedo por un eclipse extraordinario del sol, que trocó el día en oscurísima noche en tiempo del rey Recesvinto, como lo refiere el arzobispo don Rodrigo, pronóstico, a lo que entendían, de sobrados males.

 

 

 

 

 

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Verdad es que por el esfuerzo de este rey los navarros, que andaban alborotados y no cesaban de hacer cabalgadas en las tierras comarcanas, se reportaron y sosegaron. Demás de esto, hizo reformar las leyes de los godos, que estaban muy estragadas; quitó muchas de las antiguas, y añadió otras de nuevo, cuyo número, como se ve en el Fuero Juzgo, no es menor que todas juntas las de los otros reyes.

 

Hallábase con esto este rey nobilísimo, y de los más señalados en guerra y en paz que tuvo España, muy próspero y bienquisto de los suyos, cuando le sobrevino la muerte, que fue a 1 de septiembre por la mañana, año del Señor de 672. Reinó, después que su padre le declaró por su compañero, veintitrés años, seis meses y once días; y después de la muerte da su padre veintiún años y once meses. Dos leguas de Valladolid (que algunos piensan se llamó antiguamente Pincia) hay un pueblo llamado Wamba que antes se llamó Gérticos; en él se hallaba este Rey cuando le sobrevino la muerte, porque desde Toledo había allí ido por ver si con la mudanza del cielo y con los aires naturales (que se entiende, y así parece que lo dice el arzobispo don Rodrigo, era aquel pueblo del patrimonio de sus antepasados), pudiese mejorar y recobrar la salud; pero la enfermedad tuvo más fuerza que todas estas prevenciones.

 

Su cuerpo sepultaron en la iglesia de aquel lugar, y allí se muestra su sepulcro; de allí, por orden del rey don Alfonso el Sabio, le trasladaron a Toledo y pusieron en la iglesia de Santa Leocadia, que está a las espaldas del alcázar, junto al altar mayor al lado del Evangelio, según ordinariamente se tiene entendido en aquella ciudad, como cosa que ha venido de mano en mano. En tiempo que don Felipe II, rey de España, el año de 1575, hizo abrir en su presencia el dicho sepulcro, y otro que está a la parte de la Epístola, ningunas letras se hallaron, sólo los huesos envueltos en telas de algodón y metidos en cajas de madera; mas las personas eruditas que presentes se hallaron sospechaban que el sepulcro de Recesvinto, como de rey más antiguo, era el que está a manderecha, y el otro es el del rey Wamba, que se sabe también le hizo trasladar a Toledo el mismo rey don Alfonso.

 

Cerca de Dueñas, que está más adelante de Valladolid a la ribera de Pisuerga, hay un templo de San Juan Bautista, de obra antigua y al parecer de godos; está adornado de jaspes y de mármoles, y en él una letra de seis renglones, por la cual se entiende fue edificado por mandado y a costa del rey Recesvinto, y que se acabó la fábrica el año de 661. Por todo esto,

 

 

 

 

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personas de doctrina y erudición conjeturan que estos dos reyes por aquella comarca tenían el estado propio y particular de su linaje.

 

 

 

 

XII. De la Guerra Narbonense que se hizo en

 

tiempo del rey Wamba

 

Imperaba por estos tiempos en el oriente Constantino, llamado Pogonato. La Iglesia de Roma gobernaba el papa Adeodato, que escribió una epístola a Graciano, arzobispo en España, como se lee en los libros ordinarios de los concilios, dado que el gótico de san Millán de la Cogolla dice: A Gordiano, obispo de la iglesia de España. Es esta epístola muy señalada, porque en ella deshace y aparta los matrimonios de los que sacaron de pila a sus propios hijos, aunque fuese por ignorancia.

 

A esta sazón se emprendió una nueva y muy brava guerra en aquella parte del señorío de los godos que estaba en la Galia Narbonense. La ambición, mal incurable, fue causa de este daño y alteró grandemente el reino de los godos, que, vencidos los enemigos de fuera, gozaba de una grande paz y prosperidad. Fue así, que el rey Recesvinto no dejó hijos que le sucediesen; sus hermanos, o por su edad o por otros respetos, no fueron tenidos por suficientes para suceder en la corona. Por donde los grandes se juntaron, y por sus votos nombraron por sucesor en el reino a Wamba, hombre principal y que tenía el primer lugar en autoridad y privanza con los reyes pasados, demás que era diestro en las armas y de juicio muy acertado, y tan considerado en sus cosas y modesto, que en ninguna manera quería aceptar aquel cargo. Excusábase con su edad, que era muy adelante; pedía con lágrimas no le cargasen sobre sus hombros peso tan grave. Consideraba con su gran prudencia que las aficiones del pueblo, como quier que son vehementes, así bien son inconstantes y entre sí a las veces contrarias. Como no desistiese ni se allanase, cierto capitán principal, hombre denodado, con la espada desnuda le amenazó de muerte si no aceptaba por estas palabras:

 

«Por ventura, ¿será justo que resistas a lo que toda la nación ha determinado, y antepongas tu reposo a la salud y contento de todos? En mucho tienes esos pocos años que te pueden quedar de vida, que con esta espada, si a la hora no te allanas, te quitaré yo, y haré que pierdas la

 

 

 

 

 

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vida, por cuyo respeto rehuyes de tomar esta carga, y con tu muerte mostraré al mundo que ninguno debe con color de modestia tener en más su reposo particular que el pro común de todos».

Doblegóse Wamba con estas amenazas; pero de tal manera aceptó la elección, que no quiso dejarse ungir, como era de costumbre, antes de ir a Toledo. Pretendía reservar aquella honra para aquella ciudad, y con aquel espacio de tiempo entendía, o que se mudarían las voluntades de los que le eligieron, o se ganarían las de todos los demás, de guisa que no sucediese algún alboroto por la diversidad de pareceres. Con esto partió para Toledo, donde a 29 de septiembre fue ungido y coronado en la iglesia de San Pedro y San Pablo, que estaba cerca de la casa real. Juró ante todas cosas por expresas palabras de guardar las leyes del reino y mirar por el bien común. Quirico, arzobispo de Toledo, sucesor de san Ildefonso, hizo la ceremonia de la unción. Juliano, asimismo arzobispo de Toledo, en la historia que compuso de la guerra narbonense, refiere que de la cabeza del rey Wamba cuando le coronaron se levantó un vapor en forma de columna, y que vieron una abeja de la misma cabeza volar a lo alto. Dirá alguno que muchas veces al pueblo se le antojan estas y semejantes cosas; verdad es, pero la autoridad del que esto escribe sin duda es muy grande. Hicieron los grandes sus homenajes al nuevo Rey, y entre los demás Paulo, deudo, según algunos piensan, del rey pasado; bien que el nombre de Paulo no usado entre los godos, y la poca lealtad de que usó poco adelante, dan muestra, como otros sienten, que fue griego y no godo de nación.

 

Nació Wamba en aquella parte de la Lusitania que los antiguos llamaron Igeditania, do hoy día hay un pueblo por nombre Idania la Vieja, y cerca de él una heredad con una fuente cercada de sillares, que tiene el nombre de Wamba. Los de aquella comarca, como cosa recibida de sus antepasados, están persuadidos que aquella heredad fue una de las muchas que este rey tuvo antes de su reinado.

Sucedieron al principio alteraciones, en particular en aquella parte de España que hoy se llama Navarra. No estaba bastantemente asegurado en el reino, y a esta causa muchos le menospreciaban, en particular los navarros, con deseo de novedades, diversas veces por este tiempo se alborotaron. Acudió el Rey a las partes de Cantabria, hoy Vizcaya, a hacer levas de gentes y como de cerca atajar aquel alboroto al principio antes que pasase adelante, cuando otro nuevo alboroto le puso en mayor cuidado, que sucedió en la Galia Gótica con esta ocasión.

 

 

 

 

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Muchos andaban descontentos del estado y gobierno y de aquella elección; y como gente parcial no querían obedecer a Wamba ni recibirle por rey. Comunicaron el negocio entre sí, y acordaron de rebelarse y tomar las armas. Hilperico, conde de Nimes en Francia, fue el primero a declararse, confiado en la distancia de los lugares y por ser hombre poderoso en riquezas y aliados. Allegáronsele Gumildo, obispo de Magalona, ciudad comarcana, y un abad llamado Remigio. Procuraron atraer a su parcialidad al obispo de Nimes, llamado Aregio; y como en ninguna manera se dejase persuadir, le despojaron de su dignidad y enviaron en destierro a lo más adentro de Francia, y pusieron en su lugar al abad Remigio. Procedíase en todo arrebatadamente sin orden de derecho y sin tener cuenta con las leyes, en tanto grado, que a los mismos judíos que de tiempo atrás echaran de toda la jurisdicción y señorío de los godos, llamaron de Francia en su socorro.

 

Para sosegar estas alteraciones Paulo fue sin dilación nombrado por capitán por su grande prudencia y destreza que tenía en las armas. Diéronle la gente que pareció sería bastante para aquella empresa y para sosegar los alborotados. Sucedió todo al revés de lo que pensaban, ca Paulo con aquella ocasión se determinó de descubrir la ponzoña y deslealtad que tenía encubierta en su pecho. Hizo marchar la gente muy de espacio, con que se dio lugar al enemigo para apercebirse y fortificarse. Él mismo, también de secreto, comunicaba con los godos principales en qué manera se podría levantar. Para lo uno y para lo otro era muy a propósito la tardanza y el entretenerse. Así, de camino ganó las voluntades de Ranosindo, duque tarraconense, y de Hildigiso, gardingo, que era nombre de autoridad y de magistrado y dignidad semejable a la de los duques y condes, como si dijésemos adelantado o merino. El uno y el otro eran personas muy principales, con cuya ayuda y por su consejo se apoderó de Barcelona, de Gerona y de Vic, ciudades puestas en la entrada de España por la parte de Cataluña. Acrecentáronse con esto las fuerzas de esta parcialidad de levantados.

 

Trataron de pasar a Francia con intento de juntar sus fuerzas con las de Hilderico, con que confiaban serían bastantes para resistir al rey. Argebaudo, arzobispo de Narbona, al principio pretendió cerrar las puertas de su ciudad a los conjurados. Anticipáronse ellos tanto, que el arzobispo fue forzado a acomodarse al tiempo y dar muestra de juntarse con ellos, más por falta de ánimo que por aprobar lo que los alevosos trataban.

 

 

 

 

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Entrado Paulo en aquella ciudad, hizo junta de ciudadanos y soldados, y en ella reprehendió primeramente al Arzobispo, que temerariamente pretendió cerrar las puertas a los que habían servido mucho a la república, y no trataban de hacerle algún mal y daño. Después de esto, declaró las causas por donde entendía que con buen título podía tomar las armas contra Wamba, que fuera hecho rey no conforme a las leyes ni con buen orden y traza, sino al antojo de algunos pocos, al cual cuando se da lugar, no el consentimiento común prevalece, sino la fuerza y atrevimiento. Concluyó con decir sería conveniente y cumplidero proceder a nueva elección y conforme a las leyes nombrar un nuevo rey, a quien todos obedeciesen, y con cuyo amparo, fuerzas y consejos hiciesen rostro a los que a Wamba favoreciesen.

 

Ranosindo, a voces para que todos le oyesen, dijo que él no conocía persona más a propósito ni más digno del nombre de rey que el mismo Paulo; que fue representar en público la farsa que entre los dos de secreto tenían compuesta y trovada. Muchos de los parciales de propósito estaban derramados y mezclados entre la muchedumbre; estos con gran gritería acudieron luego a aquel parecer; los cuerdos y que mejor sentían callaron y disimularon, ca no les cumplía al hacer en tan gran revuelta y alteración. Con tanto, Paulo fue declarado y elegido por rey; pusiéronle en la cabeza una corona que el rey Recaredo ofreció a san Félix, mártir de Gerona. Era tanto el calor de aquella rebelión, y tan encendido el deseo de llevar adelante lo comenzado, que todo lo atropellaban; y no sólo se apoderaban de las riquezas profanas, oro y plata del público y de particulares, sino también extendían sus manos sacrílegas a los tesoros sagrados y a despojar los templos de Dios de sus vasos y preseas.

 

Allegóse a este parecer fácilmente Hilperico, conde de Nimes, el primero que fue a levantarse, y con él se les juntaron todas las ciudades de la Galia Gótica. Demás de esto, no pequeña parte de la España Tarraconense siguió a Ranosindo, su duque. Puestas las cosas en este término, Paulo se ensoberbeció de tal manera, que se resolvió de desafiar al rey Wamba. Envióle una carta afrentosa; era de suyo hombre deslenguado, demás que pretendía acreditarse con el vulgo y con la muchedumbre, que suele a las voces cebarse y hacer caso de semejantes fieros y amenazas. De estos baldones y de estas parcialidades, según yo entiendo, procedió la fama del vulgo, que hace a Wamba villano, y que subió al cetro y corona del arado y del azada; mas sin falla es manifiesto

 

 

 

 

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yerro, que a la verdad fue y nació de la más principal nobleza de los godos, y en la corte y casa de los reyes pasados tuvo el primer lugar en privanza y autoridad.

 

Luego que el rey Wamba fue avisado de la traición y tramas de Paulo, llamó a consejo los grandes, preguntóles su parecer, si sería más a propósito sin dilación marchar con la gente la vuelta de Francia para apagar en sus principios aquel fuego antes que pasase adelante, o si sería más expediente rehacerse en Toledo de nuevas fuerzas y socorros para asegurar más su partido. Los pareceres fueron diferentes: los más atrevidos tenían y juzgaban por perjudicial cualquiera tardanza; decían que se daría lugar a los traidores para fortificarse y cobrar más ánimo, y los soldados reales que deseaban venir a las manos se resfriarían en gran parte. «¿Qué otra cosa dará a entender el retirarse y volver atrás, sino que con color de recato huimos torpemente, como sea averiguado que ninguna cosa hay de tanto momento en las guerras como la fama? Los varios y maravillosos trances y los tiempos pasados testifican de cuánta importancia para alcanzar la victoria sea el crédito acerca do los hombres y la reputación».

 

Otros tenían por más acertado proceder de espacio y dar lugar a que el nuevo Rey se arraigase más. Temían que, desamparada España, no se les levantase mayor guerra por las espaldas; que la traición de Paulo daba bastante muestra de no estar llanas las voluntades de todos. Demás de esto, que el ejército que tenía era flaco, pues aún no había sido bastante para sujetar del todo los de Navarra, y que era forzoso rehacerle. A los grandes emperadores y capitanes muchas veces acarreó gran daño hacer caso del pueblo y de sus dichos y volver las espaldas al qué dirán. Oídos por Wamba los pareceres y pesadas las razones por la una y por la otra parte: «Por mejor, dice, tengo prevenir los intentos de los contrarios y acudir con el remedio antes que el mal pase adelante, y que se nos pase la ocasión que en un momento se suele resbalar de la mano; cosa que nos daría pena doblada. La victoria, que tengo por cierto ganaremos, dará reputación a nuestro imperio; confío en la ayuda de Dios que mirará por nuestra justicia, y en vuestro esfuerzo, al cual ninguna cosa podrá hacer contraste. Y es justo que encendamos más aína con la presteza la indignación concebida contra los traidores y el fervor de los soldados, que con la tardanza entibiarle; ca la ira es de tal condición, que con la priesa se aviva y con el tiempo se apaga. El trabajo de las ciudades, los campos talados, los bienes de nuestros vasallos robados, ¿a quién no moverán el

 

 

 

 

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corazón? Males que forzosamente se aumentarán de cada día si esta empresa se dilata. ¿Quién de vos (si ya el ardor de la noble sangre no está resfriado, y acabado el valor antiguo de los godos) no tendrá por cosa más grave que la misma muerte dejar los amigos y deudos a la discreción y crueldad de los enemigos, y con la tardanza dar ánimo a los que, asombrados de su misma conciencia y de sus maldades, no podrán sufrir vuestra vista? Apresuremos pues la partida, y con la ayuda de Dios, cuya causa principalmente se trata, castiguemos esta gente malvada, y no permitamos se persuadan que tenemos miedo de sus fuerzas. Nuestro ejército ni es tan flaco como algunos han apuntado, y la loa y prez de la victoria tanto será mayor cuanto con menor aparato y más en breve se ganare».

 

Este razonamiento del Rey avivó de tal guisa los corazones de todos, y fue tan grande el ardor que se despertó, que dentro de siete días pusieron fin a la guerra de Navarra, que fue buen pronóstico para la empresa que quedaba y buen principio. Ninguna cosa más deseaban los soldados que verse con el enemigo; cualquier tardanza les parecía mil años; tan grande era la confianza que tenían y el ánimo que habían cobrado. Tomaron luego el camino de Calahorra y de Huesca. Llegaron a las fronteras de Cataluña con una priesa extraordinaria. Allí repartieron el ejército en tres partes o escuadrones; el uno fue a Castrolibia, cabeza que era de Cerdaña; el segundo tomó el camino de la ciudad de Vic; el tercero, como le fue mandado, marchó hacia la marina para dar la tala a los campos y pueblos de aquella comarca. El rey, con la fuerza del ejército, seguía las pisadas de los que le iban delante. Hizojusticia de algunos soldados por malos tratamientos que hicieron a la gente menuda y fuerzas a doncellas; mandó les cortasen les prepucios, que fue castigar a los culpados y escarmentar a los demás. Persuadíase el buen Rey que no hay cosa más eficaz para aplacar a Dios que el castigo de las maldades, y que ninguna cosa enoja más a su Majestad que disimular los agravios hechos a la gente miserable.

 

Llegó por sus jornadas a Barcelona; apoderóse de aquella ciudad fácilmente, que es cabecera de Cataluña. Los principales de entre los rebeldes que le vinieron a las manos fueron puestos a recado para ser castigados conforme contra cada cual se hallase. Pasó mas adelante y apoderóse de Gerona; rindióla su obispo, por nombre Amador, a quien poco antes Paulo pretendió asegurar con una carta que le escribió, en que le amonestaba entregase la ciudad al que primero de los dos con gente se

 

 

 

 

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presentase delante. Leyó aquella carta el rey Wamba, y burlándose de Paulo dijo: «En nuestro favor se escribió esto como profecía de nuestra llegada». Detúvose en aquella comarca dos días para repararse; desde que el ejército hubo descansado pasaron las cumbres y estrechuras de los Pirineos sin hallar alguna resistencia. Ganáronse en aquella comarca por fuerza tres pueblos, es a saber, Caucoliberis, que hoy es Colibre; Vulturaria y Castrolibia, que saquearon los soldados. Demás de esto, otro pueblo asentado en las estrechuras de aquellos montes, por lo cual se llamaba Clausura, que es lo mismo que cerradura, fue también ganado por los capitanes. Allí prendieron a Ranosindo y Hildigiso y otras cabezas de los conjurados.

 

Witimiro estaba con guarnición de soldados en otro pueblo llamado Sordonia. No le pareció sería bastante para defenderse, resolvióse de huir y llevar la nueva de lo que pasaba a Paulo, que todavía se estaba en Narbona con intento de entretener a Wamba y impedirle la entrada de Francia. No tenía fuerzas bastantes ni se le abría camino para salir con su intento; dejó en aquella ciudad al dicho Witimiro, y él se retiró a Nimes, do en breve esperaba le vendrían socorros de Francia y de Alemania.

Pasó el rey los Pirineos, asentó en lo llano sus reales, entretúvose dos días hasta tanto que le acudiesen las demás gentes, que por diversos caminos enviara; desde allí envió cuatro capitanes con buen número de soldados para rendir a Narbona por fuerza o de grado, ciudad nobilísima puesta en la entrada de Francia. Junto con esto, para el mismo efecto envió gente y armada por mar. Llegaron primero las gentes que iban por tierra, convidaron a los de la ciudad con la paz y a entregarse; la respuesta fue arrogante y afrentosa, con que irritados los soldados, acometieron con grande ánimo los adarves. El combate fue muy bravo; pelearon los unos y los otros valientemente por espacio de tres horas, los del rey por vencer, los otros como gente desesperada y que no esperaba perdón. Últimamente, los de dentro se retiraron de los muros, forzados de las piedras y saetas que de fuera como lluvia les tiraban. Con tanto, los leales por una parte pusieron fuego a las puertas de la ciudad, y por otra enderezaron escalas y las arrimaron para subir en el muro y escalarle. Entróse la ciudad por ambas partes. Witimiro, como vio tomada la ciudad, retiróse a un templo como a sagrado, en que los vencedores le hallaron y prendieron junto al altar de Nuestra Señora. Fueron asimismo presos el arzobispo Argebaudo

 

 

 

 

 

 

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y el deán Galtricia, y aún heridos y maltratados con el furor de los soldados.

 

Tomada Narbona, los rebeldes comenzaron a ir de caída, ser menospreciados y aborrecidos, como gente que seguía empresa y partido condenado por los hombres y por la fortuna de la guerra; al contrario, favorecían comúnmente el partido de Wamba y su justicia por ser príncipe muy humano y benigno, y porque tomó las armas forzado de los que sin razón le pretendían quitar la corona. Siguieron los leales la victoria, y con la misma facilidad entraron por fuerza las ciudades de Magalona, Agata y Besiers, en que fueron presos algunos de los principales rebeldes, y en particular Remigio, obispo de Nimes. El obispo de Magalona, por nombre Gurmildo, perdida toda esperanza de poderse tener contra pujanza tan grande, se huyó y retiró a Nimes, do estaba Paulo, ciudad en aquella sazón, por los muchos moradores que tenía, hermosura de edificios, pertrechos y murallas muy firmes, nobilísima y de las más fuertes de la Galia Narbonense. Quedan en nuestro tiempo claros rastros de su antigua nobleza, en especial un teatro muy capaz, obra hermosísima, que por estar pegado el adarve servía de castillo y fortaleza.

 

Envió el rey contra esta ciudad cuatro capitanes muy esforzados y famosos, pero poco inteligentes, y proveídos de los ingenios y máquinas que son a propósito para batir las murallas. Llevaron treinta mil hombres de pelea, dieron vista a la ciudad, rompieron con grande ánimo por los que les salieron al encuentro, llegaron a los reparos, do fue muy herida la pelea; ca los del rey peleaban con indignación por ver la porfía de los desleales tantas veces abatidos; a los contrarios hacía fuertes la rabia y desesperación si eran vencidos; arma muy poderosa en la necesidad. Duró la pelea hasta que cerró la noche, que los departió sin declararse la victoria, dado que cada cual de las partes se la atribuía, y en particular los cercados, así por no quedar vencidos como porque los del rey fueron los primeros que tocaron a retirarse.

 

Sucedió que en lo más recio de la pelea un soldado dijo a los del rey por manera de amenaza: «Gruesas compañías de alemanes y franceses serán con nos muy en breve, cuya muchedumbre y esfuerzo a todos os hará caer en las redes y en el lazo». Pequeñas ocasiones a las veces suelen en la guerra hacer grandes mudanzas; ninguna cosa se debe menospreciar que pueda acarrear perjuicio; los más saludables consejos son los mas recatados. Alojaba el Rey con lo demás del ejército no muy lejos de allí;

 

 

 

 

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diéronle aviso de lo que el soldado dijo; pidiéronle enviase soldados de refresco para apretar y concluir con el cerco, que la presteza sería la seguridad; envió hasta diez mil debajo de la conducta de Wandemiro. Era tanto el deseo que llevaban de salir con la empresa, que caminaron toda la noche, y llegaron a los reales el siguiente día con el sol, antes que se comenzase la batería.

Con la vista de tanta gente desmayó Paulo; y por lo que el día antes pasó advirtió el grande riesgo en que estaban sus cosas si volvían a la pelea y al combate. Disimuló empero cuanto pudo, sacó fuerzas de flaqueza, hizo un razonamiento a su gente, en que les amonestó «no desmayasen por el gran número de los contrarios, ca no el número pelea, sino el esfuerzo; no vencen los muchos, sino los valientes; ésta es toda la gente que Wamba tiene. Vencida, no lo quedará más reparo; a nos muy en breve vendrán socorros muy grandes; y cuando otra cosa no hubiere, con la fortaleza de los muros os podréis entretener largamente y abatir el orgullo del enemigo y su ejército, compuesto de canalla y de pueblo, muy ajeno del valor antiguo de los godos y de su sangre invencible».

 

Dicho esto, se comenzó la batería; pelearon de todas partes con gran coraje; duró el combate hasta gran parte del día, cuando cansados y enflaquecidos los cercados con la gran carga y priesa que de fuera les daban, dieron lugar a los del rey para arrimarse a las murallas. Entonces unos pusieron fuego a las puertas, otros con picos y palancas arrancaban las piedras de los adarves. Hecha bastante entrada, rompen con grande ímpetu por la ciudad matando y destrozando cuantos franceses topaban. Persuadiéronse los ciudadanos y los demás que los españoles que dentro estaban, con intento de alcanzar perdón, dieran entrada a los enemigos. Encendidos por esto en gran rabia, pasaron a cuchillo gran número de aquellos soldados que tenían de guarnición, y entre los demás dieron la muerte a un criado del mismo Paulo en su presencia y aún estando a su lado. Era miserable espectáculo ver la gente de Paulo acometida y apretada por frente y por las espaldas de los suyos y de los contrarios con tanto estrago y matanza, que las plazas y calles se cubrían de cuerpos muertos y estaban alagadas de sangre. Los gemidos de los que morían revolcados en su misma sangre, los aullidos de las mujeres y niños, la gritería y estruendo de los que peleaban resonaban por todas partes. El mismo Paulo, causa de tantos males, vista su perdición y la de los suyos: «Confesamos, dice, haber errado; mas por ventura ¿una vez o en una cosa sola? Antes

 

 

 

 

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en todo cuanto hemos puesto mano nos hemos gobernado sin prudencia ni cordura». Junto con estas palabras se quitó las sobrevistas, y acompañado con los de su casa y de su guarda se retiró al teatro, confiado que era muy fuerte, y que si no se pudiese tener se rendiría con algún partido tolerable. Notaron algunos que el mismo día, que fue primero de septiembre, puntualmente Paulo se despojó de las insignias reales, en que el año antes Wamba fuera puesto en la silla real.

 

Quedaron pues los del rey apoderados de la ciudad, fuera del teatro y alguna otra pequeña parte. Reposaron aquel día y el siguiente con intento de aguardar al rey y que se le atribuyese la gloria de poner fin a aquella guerra, además que por ventura los vencedores pretendían alcanzar perdón para los culpados; y es cosa natural tener compasión de los caídos, principalmente cuando son deudos y de una misma nación, como eran los vencidos en gran parte. Acordaron para este efecto enviar persona a propósito al rey; escogieron de entre los cautivos al arzobispo de Narbona Argebaudo. Él, llegado a la presencia del rey, como a cuatro millas de la ciudad apeóse del caballo en que iba, hízole una gran mesura, y puesto de rodillas, con sollozos y lágrimas que despedía de su pecho y de sus ojos en abundancia, le habló en esta sustancia:

 

«Tus vasallos, rey clementísimo, si cabe este nombre en los que se desnudaron del amor de la patria, y con apartarse de ella y su mudanza han perdido el derecho y privilegio de ciudadanos; estos, digo, tienen puesta la esperanza de su remedio y reparo en sola tu clemencia. No piden perdón de sus yerros, dado que esta petición, sólo para contigo que eres tan benigno, no pareciera del todo desvergonzada; sólo te suplican uses en el castigo que merecen de alguna templanza. Cosa de mayor dificultad es vencerse a sí mismo en la victoria que sujetar los enemigos con las armas en la mano; pero a otros. La grandeza del corazón y el valor en ninguna cosa más se declara que en levantar los caídos, ca del prez de la victoria participan los soldados; la templanza y clemencia para con los vencidos es propia alabanza de grandes reyes. No puedes ver con los ojos esta miserable gente por estar ausentes; pero debes considerar que, llenos de lágrimas y tristeza, demás de esto arrojados a tus pies, se encomiendan a tu gracia y a tu misericordia como hombres por ceguera de sus entendimientos, o por la común desgracia de los tiempos, o por fuerza más allá del cielo, caídos en estas maldades. Cuanto son más graves sus culpas, tanto, señor, será mayor tu alabanza en darles la mano, y volver a

 

 

 

 

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la vida los que por su locura están enredados en los lazos de la muerte. Vinieran aquí sin armas con dogales a los cuellos para moverte a misericordia con vista tan miserable, o poner con la muerte fin a tan triste vida y tan desgraciada. Sólo se recelaron, si usaban de semejantes extremos, no pareciese te tenían por tan implacable que fuese necesario hacer tales demostraciones. Pocos quedamos, y todos tuyos; no permitas perezcan por tu mano aquellos a quien la crueldad de la guerra hasta ahora ha perdonado. Finalmente, quiero advertir que con el deseo de venganza no hagas por donde esta nobilísima ciudad, fuerte y baluarte de tu imperio, muertos sus ciudadanos, quede destruida y asolada».

 

Era Wamba muy señalado y diestro en las armas y negocios de la guerra; sobre todo se aventajaba en la benignidad, clemencia y mansedumbre; respondió en pocas palabras: «Aplacado por tus ruegos, soy contento de perdonar la vida a los culpados; mas porque la falta de castigo no haga a otros atrevidos y sea ocasión de menosprecio, solas las cabezas pagarán por los demás».

Importunaba el Obispo que el perdón fuese general. El Rey, con el rostro algo más airado: «Por ventura, dice, ¿no te basta alcanzar la vida para los culpados? ¿Pretendes que el castigo sea a la medida de sus maldades? A ti, Argebaudo, obispo, ayude para que el perdón te sea dado enteramente haberte apartado de nos contra tu voluntad, de que estamos bastantemente informados; los demás, todo lo que fuere menos de una muerte afrentosa lo deben contar y poner a cuenta de ganancia y atribuirlo, no a sus méritos, sino a nuestra benignidad».

 

 

 

 

XIII. Del castigo de los conjurados

 

Acabadas estas razones, pasó el Rey adelante su camino, llegó a la ciudad, y en su compañía la fuerza del ejército y los soldados puestos en ordenanza y a manera de triunfo, que hacían una vista muy hermosa. Con su llegada se puso fin a la guerra y rindióse todo lo que quedaba de la ciudad, en cuya parte más alta, que caía hacia el reino de Francia, puso guarnición de soldados, ca se decía que grandes gentes de Alemania y de Francia venían en socorro de los cercados y que ya llegaban cerca. Paulo, con más deseo de la vida que cuidado del honor, a la hora rindió el teatro,

 

 

 

 

 

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donde estaban en su compañía el obispo Gumildo, Witimiro y más de otros veinte principales cabezas de aquella conjuración. A todos fueron puestas prisiones; en particular dos capitanes a caballo llevaron en medio y a pie a Paulo a vista de todo el ejército, asidos de sendas guedejas de sus cabellos por la una y por la otra parte. Con esta representación y disfrace llegaron a la presencia del rey. Paulo soltó luego el ceñidor, que era a fuer de soldados y según la costumbre antigua despojarse de la honra y grado militar; púsole como dogal al cuello para muestra de lo que merecía y del miserable estado en que se hallaba. Estaban él y los demás cautivos postrados por tierra, dio el rey gracias a Dios por tan grande merced, reprehendió en público la locura de los conjurados, y de tal manera les hizo gracia de las vidas, que mandó ponerlos a buen recaudo y guardar hasta tanto que con más maduro consejo se determinase su causa. Algunos franceses y sajones, parte que estaban por rehenes en aquella ciudad, parte que al principio juntaron con los traidores sus fuerzas, sin embargo, libremente fueron enviados a sus tierras con dádivas que les dieron.

 

Por esta forma, principios de cosas muy grandes que amenazaban mayores males, y con el levantamiento de Paulo y de toda la Galia Gótica tenían el reino puesto en cuidado, fácilmente se atajaron. Muchos tuvieron a juicio de Dios lo que sucedió a esta gente, por los tesoros sagrados que robaron y por los templos que despojaron, a los cuales Wamba, hecha pesquisa, mandó restituir todo lo que se halló. Las murallas de la ciudad, que a causa de los combates quedaban maltratadas, hizo reparar. Los cuerpos muertos fueron sepultados para que con el mal olor no inficionasen el aire. Pasáronse tres días en estas cosas; luego en presencia del rey, que estaba sentado en su trono, fueron presentados los rebeldes y se pronunció sentencia contra ellos. Cuanto a lo primero, el rey puso sus pies sobre los cuellos de los miserables. Después preguntaron a Paulo si quería alegar algún agravio porque se hubiese apartado del deber; respondió que no, antes que recibiera muchas mercedes y honras del Rey, y sin propósito se despeñó en aquellos males. Después de esto, leyeron el pleito homenaje que hizo a Wamba con los demás grandes, y juntamente fueron referidas las palabras con que Paulo se hizo jurar por rey. Finalmente, leyeron las leyes de los concilios en razón del castigo que merecen los que se levantan, y conforme a ellas se pronunció contra Paulo y sus consortes sentencia de muerte afrentosa y confiscación de bienes. Añadieron empero que si el Rey por su clemencia les perdonase las vidas,

 

 

 

 

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que por lo menos fuesen privados de la vista. Era la cabellera señal de nobleza antiguamente; el Rey con deseo de ser tenido por clemente, y por esta forma ganar las voluntades de todos, contentóse conque los motilasen.

 

Vino a la sazón aviso que Chilperico, rey de Francia, segundo de este nombre, venía con sus huestes muy a punto. Salió Wamba a la campaña, donde esperó por demás cuatro días a los contrarios. Parecióle con esto daba bastante muestra de su valor y ganaba reputación; no quiso romper por las tierras de Francia porque no pareciese era el primero a quebrantar las paces que de antes tenían asentadas. Con tanto, dado orden en las cosas de Francia, se resolvió de dar la vuelta a España.

Sobrevino nueva que un capitán francés, llamado Lope, corría los campos de Besiers, talaba, quemaba, robaba todo lo que se le ponía delante. Salióle el Rey con su gente al encuentro; el enemigo desconfiado de sus fuerzas se retiró a lo mas alto de las montañas vecinas. Dejó con la priesa parte del bagaje, y por el camino otras muchas cosas los soldados, con que dieron muestra más de huir que de retirarse. Con estos despojos y las riquezas de Francia quedaron los soldados del rey muy alegres y contentos.

Dieron vuelta a Narbona; gran parte de los soldados y del ejército se repartió por las guarniciones de Francia. Hiciéronse nuevos edictos contra los judíos, con que fueron echados de toda la Galia Gótica. A otra parte del ejército se dio licencia, en un pueblo en tierra de Narbona llamado Canaba, para que volviesen a sus casas y con el reposo gozasen el fruto de sus trabajos. No pocos quedaron en compañía del rey, que dio desde allí la vuelta hacia España.

Llegó por sus jornadas a la ciudad de Toledo, hizo en ella una hermosa entrada, y fue recibido a manera de triunfo, honra debida a su dignidad y a cosas tan grandes como dejaba acabadas en solos seis meses, que se contaban después que últimamente salió de aquella ciudad. Concertáronse los escuadrones en esta forma: en primer lugar iban los rebeldes en camellos, rapadas las barbas y el cabello, descalzos y mal vestidos; Paulo por burla llevaba en la cabeza una corona de cuero negro; seguíanse los soldados muy arreados con penachos y libreas. Cerraba los escuadrones el rey, cuyas venerables canas y la memoria de sus hazañas acrecentaba la majestad de su rostro y presencia. Salióle al encuentro toda la ciudad, que alegre con aquel espectáculo, apellidaba a su rey salud, victoria y

 

 

 

 

 

 

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bienaventuranza. Duró grande espacio la entrada; los culpados fueron puestos en cárcel perpetua por fin y remate de cosas tan grandes.

 

 

 

 

XIV. De las demás cosas del rey Wamba

 

Con esto comenzó España por el esfuerzo de Wamba y su mucha prudencia a florecer dentro con los bienes de una larga paz; de fuera recobraba su lustre antiguo y su dignidad. Puso el rey cuidado en hermosear su reino de todas maneras, y en particular ensanchó la ciudad real de Toledo, y para su fortificación levantó una nueva muralla con sus torres, almenas y pretiles, continuada por el arrabal de San Isidoro, y que llega de la una puente a la otra. Está Toledo de cuatro partes por más de las tres ceñida del río Tajo, que, acanalado por entre barrancas muy altas, corre por peñas y estrechuras muy grandes. La cuarta parte tiene la subida áspera y empinada, por donde la cercaba un muro de fábrica romana, más angosto que el que hizo Wamba, cuyos rastros se ven a la plaza de Zocodover y a la puerta del Hierro. Wamba, con intento de meter dentro de la ciudad los arrabales y para mayor fortaleza, añadió la otra muralla más abajo. Trajéronse para la obra piedras de todas partes, en particular, a lo que se entiende, de una fábrica romana a manera de circo, que antiguamente levantaron allí, y tenía mármoles con figuras entalladas en ellos de rosa o de rueda. El vulgo se persuade ser aquellas las armas de Wamba. Las mismas piedras muestran lo contrario, ca están sin orden ni traza, sino como las traían así las asentaban los oficiales. Graves autores testifican que para memoria de esto hizo grabar dos versos en las torres principales de esta muralla en latín grosero y como de aquella era, pero que traducidos en un terceto castellano hacen este sentido:

 

Con ayuda de Dios, el poderoso

 

rey Wamba en su ciudad levantó el muro, honra de su nación, muro hermoso.

 

Demás de esto, en lo más alto de las torres puso estatuas de mármol blanco a los santos patrones y principales abogados de la ciudad. Grabó otrosí al pie de las estatuas otros dos versos, que hacen este sentido:

 

 

 

 

 

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Santos, reluce aquí cuya presencia,

 

guardad esta ciudad y pueblo todo;

 

tirad, como podéis, toda dolencia.

 

Habían con el tiempo caídose las estatuas, borrádose y gastádose las letras que el rey don Felipe, segundo de este nombre, con su acostumbrada piedad y devoción pocos años ha mandó restituir y hacer de nuevo. Fortificábase pues la ciudad por mandado del rey Wamba, y juntamente por su providencia se tornaba a poner en práctica la costumbre de celebrar concilios en aquella ciudad. Así en el año cuarto de su reinado, que se contaba del Señor 673, a 7 de noviembre, se juntaron en la iglesia de Santa María de la ciudad de Toledo a celebrar concilio diez y siete obispos, y casi todos de la provincia cartaginense, demás de siete abades, entre los cuales se cuenta uno llamado Ávila, abad del monasterio agaliense de San Julián, si la letra no está mentirosa, como algunos lo sospechan por conjeturas que hay. Hallóse otrosí entre los padres, aunque en el postrer lugar, Gudila, arcediano de Santa María de la Sede o Silla, por donde se entiende que el templo en que este Concilio se celebró era el mayor y más principal. Dudan los curiosos si estuvo entonces asentado do hoy está la iglesia catedral. Sospéchase que sí por razón de la piedra que en ella se ve, en que la Virgen gloriosa puso sus sagrados pies para honrar a su devoto san Ildefonso, dado que la fábrica y forma y traza es muy diferente de la de entonces. Este concilio se cuenta por el onceno entro los de Toledo. En él se dieron al rey las gracias por haber renovado la costumbre de celebrar los concilios, interrumpida por espacio de diez y ocho años. Para adelante mandan los padres que los concilios provinciales cada un año se juntasen en la iglesia metropolitana, sin que haya en él otra cosa digna de memoria. Los cánones que promulgaron fueron en número dieciséis.

 

Por el mismo tiempo en Braga se juntó el concilio tercero de los bracarenses. Quitóse en él la costumbre de llevar los obispos colgadas al cuello las reliquias de los mártires, y a ellos en andas los diáconos; y ordenóse para adelante que las santas reliquias fuesen por los diáconos llevadas en andas. Ponen pena de excomunión al sacerdote que para decir misa no se pusiese la estola, que llaman orario, sobre entrambos los hombros y cruzada sobre el pecho, costumbre que en algunas partes se ha dejado; en las más se guarda. Hallóse en este concilio Isidoro, obispo de Astorga.

 

 

 

 

 

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Floreció asimismo por este tiempo Valerio, abad de San Pedro de los Montes, claro por el menosprecio del mundo y por su erudición, de que dan testimonio sus obras, y en especial un libro que intituló De la vana sabiduría del sigl o. No se hallan otros concilios del tiempo del rey Wamba en los tomos que andan ordinariamente de los concilios; pero no se duda sino que se celebraron otros, como lo da a entender la ley de que se hizo mención, en que mandaron juntarlos en cada un año. En especial que graves autores afirman que en tiempo de Wamba en un concilio toledano se señalaron los aledaños y distritos de cada cual de los obispados de España, negocio en que por ser tan grave y tocar a todos no se puede creer se procediese por el voto y parecer de pocos, sino de todos los prelados. Dicen más, que en aquel concilio se estableció que todos los sacerdotes viviesen conforme a la regla de san Isidoro.

 

Hiciéronse fuera de esto en gracia del rey Wamba y a su contemplación nuevos obispados en pueblos pequeños y aldeas, y aún en iglesias particulares, como fue en un pequeño lugar en que estaba la sepultura y cuerpo de san Pimenio, y en la iglesia de San Pedro y San Pablo pretoriense, puesta en los arrabales de la ciudad de Toledo; que fue todo un celo piadoso, pero indiscreto en el rey, y en los obispos una disimulación y deseo demasiado de agradarle, sin tener respeto a las leyes eclesiásticas que vedan así bien hacer dos obispos en una misma ciudad, como poner obispados en lugares pequeños. Desórdenes que en breve se reformaron en el concilio próximo de Toledo, que fue el doceno de los de aquella ciudad, hasta motejar al rey Wamba de liviano en esta parte; así van los temporales y se truecan los favores de la gente y el aplauso.

 

Ordenó Wamba algunas leyes a propósito de reformar el gobierno, que andaba de muchas maneras estragado, en particular puso cuidado en lo que tocaba a la disciplina militar. Ordenó que cuando se hiciese gente, todos acudiesen a las banderas, fuera de viejos, enfermos y mozos de poca edad. Item, que todos enviasen a la guerra por lo menos la docena parte de sus esclavos con las armas que allí se señalan, diferentes de las demás. A los mismos obispos y sacerdotes para reprimir las entradas y rebatos de los enemigos manda les saliesen con los suyos al encuentro por espacio de cien millas.

 

Con esta diligencia y por buena maña del rey Wamba ganaron los godos una victoria naval muy señalada. Estaban los sarracenos enseñoreados de toda la África por todo lo que se tienden las marinas de

 

 

 

 

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nuestro mar Mediterráneo, desde las bocas del río Nilo hasta el estrecho de Gibraltar. Tenían deseo de pasar en Europa; con este intento armaron una flota de ciento y setenta velas, con que ponían a fuego y a sangre las riberas de España. Juntaron los godos otra gruesa armada; vinieron a las manos con los contrarios con tanto valor y denuedo, que alcanzaron victoria de los enemigos, y parte tomaron, parte quemaron su armada. Velaba el Rey, acudía a todas las parles con presteza sin descuidarse ni excusar gasto, trabajo ni diligencia alguna.

 

No falta quien diga que la armada de África vino a persuasión de Ervigio, ca por ser hijo de Ardebasto, pariente de Recesvinto, pretendía hacerse rey. Tenía mucho poder, y su autoridad era grande, sus mañas y artificios extraordinarios. El corazón humano es insaciable, nunca se contenta con lo que posee, aunque sea muy aventajado, antes con el deseo siempre pasa adelante y pretende cosas mayores. No tenía Ervigio esperanza de salir con su intento ni en vida de Wamba ni después de su muerte, a causa de Teodofredo, hermano de Recesvinto, del cual en la elección pasada no se hizo cuenta, como allí se dijo, ca era de pocos años. Resolvióse de valerse de cautelas y mañas, pues cualquier otro camino le hallaba cerrado. Con esta traza hizo, como se cree, venir la armada de los sarracenos contra España. Y como esto no sucediese conforme a su deseo, tuvo forma de hacer que diesen al Rey a beber cierta agua en que había estado esparto en remojo, que es bebida ponzoñosa y mala. Adolesció luego el Rey y quedó privado de su sentido súbitamente, tanto, que a la primera hora de la noche juzgaban quería rendir el alma. Cortáronle el cabello, hiciéronle la barba y la corona a manera de sacerdote, vistiéronle un hábito de monje, ceremonia que se usaba con los que morian a propósito de alcanzar perdón de sus pecados. Todo esto se entiende tramó Ervigio con intento que, aunque mejorase, no pudiese más ser rey conforme a lo que en el Concilio toledano sexto quedó determinado. Demás de esto, como estuviese para espirar, sin embargo que por la fuerza del veneno estaba fuera de sí, trazaron que nombrase por sucesor en el reino al mismo Ervigio.

 

Ordenaron de presto la escritura de nombramiento y renunciación, e hicieron que Wamba la firmase de su mano. Pasó todo esto a los 14 del mes de octubre un día de domingo, que era la décima quinta luna. Por todo esto se entiende que Wamba fue despojado del reino el año de 680, en que concurren estos particulares; ca sin embargo que luego el día siguiente

 

 

 

 

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mejoró y volvió en si, no quiso revocar lo hecho. Hallábase de rey poderoso súbitamente hecho monje. Determinó despreciar lo que otros tanto desean, o por grandeza de ánimo, o por no tener esperanza de recobrar en paz lo que le quitaran; mayormente que Ervigio estaba apoderado de todo, que el mismo día se hizo coronar por rey, dado que el ungirse, ceremonia entonces usada, se dilató hasta el domingo siguiente. Wamba sin dilación se fue al monasterio de Pampliega, asentado, según algunos sospechan, en el valle de Muñón. Allí por espacio de siete años y tres meses, o como otros sienten por más largo tiempo, pasó lo que le quedaba de vida en servicio de Dios. Reinó ocho años, un mes y catorce días. Su cuerpo sepultaron en aquel monasterio, y desde allí, por mandado del rey don Alfonso el Sabio, le trasladaron a Toledo. Acompañó sus huesos Juan Martínez, obispo de Guadix, fraile francisco. Pusiéronle en la iglesia de Santa Leocadia, la de junto al alcázar, en que estaba sepultado el rey Recesvinto. Juliano, arzobispo de Toledo, fue el que ungió al nuevo rey, por donde se entiende que Quirico, su predecesor, falleció por el mismo tiempo cargado de años, si ya por ventura no renunció la dignidad por ver lo que pasaba, y la sinrazón que se hizo al buen rey Wamba.

 

 

 

 

XV. De los nombres de los obispados que había en

 

tiempo de Wamba

 

No será fuera de propósito ni del intento que llevamos poner en este lugar la división que el rey Wamba hizo de los obispados de su reino, y por ella declarar los nombres antiguos que muchas ciudades y pueblos tuvieron, si bien los más de ellos por varios accidentes y sucesos fueron asolados, y después de su destrucción reedificados a las veces con nombres que les pusieron diferentes de los que antes tenían. Junto con esto será bien que se entiendan y sepan los sufragáneos que cada cual de los arzobispados antiguos tenía, que señalar a cada diócesis sus aledaños y distrito no pareció conveniente ni aún hacedero por estar todo tan mudado y trastrocado por el tiempo, que apenas se entendería lo que en este propósito se dijese.

 

Al arzobispo de Toledo estaban sujetos los obispos siguientes. El de Oreto, ciudad que antiguamente estuvo puesta no lejos de donde al

 

 

 

 

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presente está la villa de Almagro, ca dos leguas de aquella villa hay una ermita llamada de Nuestra Señora de Oreto, do se han hallado piedras y llevádolas a Almagro, grabado en ellas el nombre de Oreto. El segundo sufragáneo de Toledo era el obispo do Biacia, que hoy es Baeza. El tercero el de Montesa; esta ciudad hoy se llama Montizón, pueblo situado en la comarca de Cazorla, y que en la destrucción de España fue asolado por un capitán moro, como lo testifica el arzobispo don Rodrigo. Demás de estos, el de Acci, ciudad que hoy se llama Guadix. El de Basti, que es Baza. El de Urci, ciudad que unos dicen que es la misma Almería, otros que Murcia. El de Bagasta; de esta ciudad no queda rastro ninguno, sólo se entiende que estaba no lejos de Origüela, así por el orden que estos obispados llevan entre sí como por una puerta que hay en aquella ciudad llamada de Magastro. Máximo, cesaraugustano, dice que los godos a Murcia la llamaron Bigastro. Illici es Elche o Alicante. Selabis, Játiva. Demás de esto, Denia y Valencia, ciudades que caen entre sí cerca y conservan los nombres antiguos, ca Denia se llamó Dianium. Síguese el obispado de Valeria; hoy se llama Valera Quemada. El de Segóbriga, ciudad puesta donde al presente está la Cabeza del Griego, pueblo así llamado, a dos leguas de Uclés. Algunos entendieron que Segóbriga era Segorbe; pero engañóles la semejanza del nombre. También era sufragáneo de Toledo el obispo de Arcabica, que estuvo antiguamente asentada entre Segóbriga y Compluto, y por ventura es la misma que Ptolemeo llamó Percabica. Demás de esto, Compluto, que es Alcalá, Sigüenza, Osma, Segovia y Palencia estaban sujetas por la misma forma al dicho arzobispo. Por donde se ve que la provincia de Toledo, aún en tiempo de los godos, se extendía más que la provincia cartaginense, cuya cabeza a la sazón era Toledo, pues todas las ciudades que hemos contado hasta aquí le estaban sujetas y se encerraban en su distrito.

 

Las ciudades sufragáneas del arzobispado de Sevilla eran, la primera Itálica, que hoy os Sevilla la Vieja, legua y media de aquella nobilísima ciudad, cabeza de Andalucía; la segunda Asidonia, que fue o Medina Sidonia, como lo da a entender la semejanza del nombre, o como otros piensan, Jerez de la Frontera, por un templo que tiene de Nuestra Señora de Sidueña, y el Moro Rasis llama aquella ciudad Jerez de Sidueña. Síguese Elepla, ora sea Niebla, ora Lepe. Malaca, hoy Málaga. Illiberris, ciudad puesta antiguamente dos leguas sobre Granada en un recuesto que hoy se llama monte de Elvira. Astigí, hoy Écija. Córdoba conserva su

 

 

 

 

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nombre antiguo. Egabro hoy es Cabra, cerca de Baena. La última ciudad era Tucci, que hoy se llama Martos. Éste era el distrito del arzobispado de Sevilla y las ciudades que de él dependían.

 

El metropolitano o arzobispo de Mérida comprehendía debajo de su jurisdicción las ciudades siguientes: Beja, que se llamaba Pax Julia, ciudad de la Lusitania. Lisboa, ciudad en que se ferian las riquezas de la India Oriental en nuestro tiempo, y que a ninguna de Europa reconoce ventaja en trato, riquezas y grandeza. Ébora, a la cual los godos llamaron Elbora. Don Lucas de Tuy sintió que esta ciudad era la misma que en el reino de Toledo llamamos Talavera. Osonoba, que se entiende se llama al presente Estombar, pueblo de Portugal cerca de Silves, do al presente está aquella cátedra y silla, que se trasladó a ella cuando se ganó de moros aquella ciudad, en que también hay un pueblo llamado Idania la Vieja, antiguamente Igeditania, ciudad asimismo contada entre las sufragáneas de Mérida. Conimbrica, hoy Coimbra; dos leguas de ella está Coimbra la Vieja. Demás de estas, Viseo y Lameco, ciudades que conservan sus nombres antiguos. Caliabria, que pereció del todo, dado que Tudense y Marineo sospechan fue la que hoy se llama Montanges, por conjeturas, a nuestro parecer, no concluyentes. Salmántica, que por los godos fue llamada Salamántica, hoy Salamanca. La famosa Numancia, al presente Garay. Últimamente Ávila y Coria, que eran los postreros linderos de la provincia de Mérida.

 

Las ciudades sufragáneas de Braga eran estas: Dumio fue antiguamente un monasterio, que todavía hoy se conserva cerca de Braga. Portucale es la ciudad de Portu, por la parte que el río Duero descarga en el mar, y deja formado un buen puerto. Del puerto y de un pueblo que está allí cerca, llamado antiguamente Cale, y hoy Caya, se compuso y derivó el nombre de Portugal. En el mismo distrito estaban la ciudad de Tuy y Orense y el Padrón, que antiguamente se llamó Iria Flavia. Lucus, hoy Lugo. Británica o Bretonia, puesta entre Lugo y Astorga; hoy dos leguas de Mondoñedo hay un pueblo llamado Bretania, que por ventura es la misma Bretonia o Británica. Fuera de estas ciudades, Astorga y León eran sujetas al arzobispo de Braga.

 

Con el arzobispo de Tarragona iban las ciudades siguientes: Barcino, hoy Barcelona, y en tiempo de los godos Barcinona. Egara, puesta antiguamente entre Barcelona y Gerona, ciudad también sufragánea al mismo arzobispo. Allende de esto, Ampurias y Ausona, que hoy se llama

 

 

 

 

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Vic de Osona, Urgel y Lérida, ciudades bien conocidas. Hictosa, cuyo asiento de todo punto se ignora. Tortosa, que llamaban Dertusa; Zaragoza y también Pamplona, que en latín se llama Pompelo, y por los godos fue llamada Pampilona; como también Calahorra era una de las dichas ciudades, en latín Calagurris, y que en tiempo de los godos la llamaron Calaforra. Tarazona eso mismo, que fue uno de estos obispados, en latín se dijo Turiaso, y por los godos Tirasona. Demás de estas, Auca era sujeta a Tarragona, cuyos rastros se ven mas allá de Burgos, y de su nombre tomaron los montes de Oca este apellido. Esto cuanto a la provincia tarraconense.

 

Resta el arzobispo de Narbona en la Galia Gótica, cuyas sufragáneas fueron las ciudades siguientes: Beterri, que hoy se llama Besiers, y Plinio la llamó Bliterrae Septumanorum. Agata, al presente o es Agde o Mompeller; Magalona, una casa de recreación del obispo de Mompeller, o sea una isleta del mar allí cerca, tiene según dicen hoy este nombre. Nemauso es Nimes. Lateba, hoy Lodeve. Carcasona. Elena, hoy Euna en el condado de Rosellón.

Algunos autores dicen que los obispos de Tuy, de Lugo y de León, o por privilegio de Wamba, o por costumbre antigua, eran exentos, y no reconocían a ninguno de los metropolitanos o arzobispos susodichos por superior; opinión que para seguirla no tiene bastantes fundamentos, en especial que arriba quedaron puestos entre los sufragáneos de Braga. En los concilios antiguos de España se hallan otrosí muchos nombres de obispados que no están en esta división de Wamba, si por haberse mudado las cosas con el tiempo, o por estar las memorias y libros antiguos estragados, no lo sabría decir, mas de que los obispados son estos: el cartaginense, el epagrense, el castulonense, el fiblariense, el eliocrocense, el eminiense, el inmonticiense, el lamibrense, el elotano, el magnetense, el laberricense. Los cuales nombres casi todos no se conocen, ni aún de todas las ciudades arriba puestas se atinan los asientos en que estaban, ni faltaría por diligencia, si en cosas tan escuras hubiese algún camino para las averiguar de todo punto.

 

 

 

 

XVI. De otra división de obispados que hizo

 

Constantino Magno

 

 

 

 

 

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Lo que antes de ahora prometimos, y hasta aquí no lo hemos cumplido, quiero poner aquí después de la división de Wamba la que antes de él hizo de los obispados en España el emperador Constantino, tomada puntualmente del moro Rasis, que dice de esta manera:

 

«Constantino puso obispos en muchas ciudades que no los tenían, e informado que en España no los había, dado que era de campiña muy fértil, hermosa y arreada en todas maneras y muy llena de moradores, hubo su acuerdo sobre lo que debía hacer. Resolvióse sería expediente criar en España obispos, que sin temor alguno libremente predicasen la fe cristiana. Para esto hizo venir a su presencia personas a propósito, repartió entre ellas las ciudades en esta guisa.

 

»Al primero señaló por obispo de Narbona y otras siete ciudades, con poder de gobernar los pueblos en lo espiritual y reformar las costumbres. Los nombres de aquellas ciudades son estos: Besiers, Tolosa, Magalona, Nimes, Carcasona. En esta ciudad hay una iglesia con advocación de Santa Mana Gloriosa, excelente por siete altares de plata que tiene y por la mucha gente que a ella acude. En especial una vez en el año es más señalado el concurso; también en los demás tiempos es de gran fama y devoción; dista de Barcelona diez jornadas. Demás de estas ciudades dieron al obispo narbonense a Luteba y a Euna o Elena, que es lo mismo.

»Al segundo obispo fue encomendada la ciudad de Braga, y con ella Dumio, Portu, Orense, Oviedo, Astorga, Britonia, Iria o Compostela, Aliubra, Iffa, Tuy.

»Después de estos dos fue nombrado el obispo de Tarragona, al cual otrosí quedaron sujetas las ciudades siguientes: Barcelona, Oca, Morada (por ventura Gerona), Beria (por ventura Ampurias), Oriola, Ilerda que es Lérida, Tortosa, Zaragoza, Huesca, Pamplona, Calahorra.

 

»El cuarto obispo fue de Cartagena; añadiéronle otrosí a Toledo, Oreto, Játiva, Segobriga, Cómpluto, Caraca (que es Guadalajara), Valencia, Murcia, Baeza, Cástulo, Montogia, Baza, Begena (por ventura se ha de leer Bigastra).

»Al quinto dio a Mérida, ciudad principal, y con ella le consignó Pax Julia, que es Beja, Lisboa, Egitania, Coimbra, Lamego, Ébora, Coria, Lampa (que o es Salamanca o un pueblo llamado Lumaso en tierra de Ciudad-Rodrigo).

»El postrer obispo tuvo a Sevilla, y con ella Itálica, Sericio de Sidueña (que es Jerez), Niebla (en latín Elepía), Málaga, Iliberris, Astigi (que es

 

 

 

 

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Écija), Egabro (que es Cabra).

 

»De esta manera toda España fue por el emperador Constantino dividida en seis obispados. Y para mayor autoridad y que la religión tuviese su cabeza para gobernar y mandar, él se pasó a Constantinopla, y se llamó rey de aquella ciudad, como quier que los de antes de Roma. Ordenó y mandó demás de esto que todo el resto de los cristianos obedeciese al señor de Roma, que acostumbraban llamar señor de aquellos que eran del orden sagrado. Llamábanle otrosí santo por el poder que recibiera de Pedro, apóstol, que Cristo le había dado».

 

Esto dice de la manera susodicha aquel Moro. Concuerda la general de don Alfonso el Sabio, rey de Castilla, en que la división de los obispados en España fue hecha por Constantino Magno, y sigue el orden puesto de suso, mudados solamente algunos nombres de ciudades. De donde, y de la división de Wamba, y por conjeturas enmendamos algunos nombres, que sin duda en el Moro andan estragados; y sin embargo, no nos atrevimos a llamar arzobispos a los que el Moro da el nombre de obispos, como ignorante que era de las cosas de nuestra religión, de los grados y policía que en ella hay. Quedará el lector con lo dicho avisado.

 

 

 

 

XVII. Del rey Ervigio

 

Flavio Ervigio adquirió el reino malamente, como queda dicho; gobernóle empero bien y prudentemente. Cuanto a lo primero, como considerase la inconstancia de las cosas humanas, que no perseveran largo tiempo en un mismo ser, y en particular que el poder adquirido por malas mañas muchas veces por el aborrecimiento que resulta en el pueblo es abatido: que su predecesor era rey muy esclarecido y amado, y fuera por engaño despojado de su grandeza, y que esto la gente de los godos no lo ignoraba, por todas estas razones se recelaba de algún revés y trabajo. Parecióle para asegurar sus cosas tomar el camino que a otros reyes sus predecesores no salió mal, que fue cubrirse de la capa de religión. Con este intento convocó los prelados de todo el reino.

 

Acudieron a Toledo treinta y cinco obispos; túvose la primera junta a 9 días de enero, año del Señor de 681. Cuéntase este concilio por doceno entre los toledanos; en él se establecieron muchas cosas, pero dos fueron

 

 

 

 

 

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las principales. La primera, aprobar la elección de Ervigio; mas ¿cómo se atrevieran a negar lo que pedía al que tenía las armas en la mano? Temeridad fuera y no prudencia contrastar a su voluntad. Para este propósito absolvieron a los grandes del pleito homenaje que hicieran a Wamba. Alegaban que por la renunciación que él mismo hizo y por la nueva elección tenía perdida su fuerza el juramento y no obligaba. La segunda cosa fue dar al arzobispo de Toledo autoridad para criar y elegir obispos en todo el reino, cuando el rey, a cuyo cargo por antigua costumbre esto pertenecía, se hallase muy lejos; y que cuando estuviese presente, sin embargo, confirmase los que por el Rey fuesen nombrados, que fue una prerrogativa y privilegio de grande importancia y como abrir las zanjas y echar los cimientos de la primacía que esta iglesia tiene sobre las demás iglesias de España. Las palabras del decreto, que, aunque obscuras, son muy notables, se pueden ver en el concilio. Firmaron las acciones de este concilio cuatro arzobispos: Juliano, de Sevilla; Juliano, de Toledo; Liuva, de Braga; Estéfano, de Mérida; ca parece que no obstante el privilegio concedido a la iglesia de Toledo, el de Sevilla no quiso dar al de Toledo el primer lugar, sino guardar su antigüedad, como quier que en los concilios adelante siempre el de Toledo preceda en el asiento y firma a los demás metropolitanos.

 

Después de esto, pasados dos años enteros, do nuevo por mandado del mismo rey Ervigio se juntaron en la misma ciudad treinta y ocho obispos y veinte y seis vicarios de obispos ausentes y nueve abades, que con muchos señores y grandes que presentes se hallaron, celebraron en la iglesia pretoriense de San Pedro y San Pablo el concilio treceno de Toledo a los 4 del mes de noviembre, año de nuestra salvación de 683, y del reinado de Ervigio el cuarto. Esta iglesia se entiende estuvo donde al presente la de San Pablo, do los padres dominicos estuvieron largo tiempo. Llámase pretoriense porque está fuera de los muros, de praetorium, que es casa de campo. En este concilio por voluntad del rey y decreto que hicieron los prelados, se dio perdón general a los que siguieron a Paulo. Las imposiciones y tributos se moderaron; y por excusar alborotos y por la gran falta de dinero soltaron a los particulares todo lo que por esta causa debían a las rentas reales. Todo esto se enderezaba a ganar las voluntades con muestra de clemencia y liberalidad, virtudes que en los príncipes cubren otros muchos malos. Pretendía otrosí borrar la mancha de haberse apoderado del reino por malas mañas. Demás de esto, por cuanto muchos

 

 

 

 

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que no eran nobles con diversos colores y trazas se apoderaban de las honras y oficios públicos, y por emparentar los godos nobles con los del pueblo su antigua nobleza en gran parte se estragaba y oscurecía, se proveyó de remedio para este daño. Últimamente, en gracía del rey los obispos hicieron una ley de amparo para la reina Liubigotona y sus hijos, dado que el rey les faltase, en que se muestra lo mucho que temían al pueblo, que por el aborrecimiento del padre no se vengasen en los hijos y en su madre. También se mandó a los obispos que, avisados, acudiesen a la corte para tener y celebrar la Pascua juntamente con el rey. Por una carta de Juliano, arzobispo de Toledo, a Idalio, obispo de Barcelona, se entiende cómo se trabó amistad entre los dos por venir el dicho Obispo a la corte a celebrar la Pascua, como dejaron ordenado. Firman en este concilio los arzobispos Juliano, de Toledo; Liuva, de Braga; Estéfano, de Mérida, y Floresindo, arzobispo de Sevilla.

 

Parece que este Rey se pretendió señalar en juntar muchos concilios, porque el año luego siguiente por su diligencia y por mandado del papa León, segundo de este nombre, en Toledo a 14 de noviembre se dio principio al concilio decimocuarto toledano, que se juntó con intento que los obispos de España aprobasen y recibiesen un concilio que poco antes se celebrara en Constantinopla con asistencia de docientos y noventa prelados, y entre los concilios generales se cuenta por sexto. No pudieron acudir todos los obispos de España a causa de los fríos del invierno y por quedar muy gastados de los concilios pasados. Concurrieron diez y siete obispos, casi todos de la provincia cartaginense, y fuera de ellos los procuradores de los arzobispos de Tarragona, Narbona, Mérida, Braga y Sevilla y de otros obispos ausentes hasta número de diez. Estos de común acuerdo recibieron y aprobaron el susodicho concilio constantinopolitano, que ellos contaban por quinto, y le pusieron luego después del concilio calcedonense, ca fue común engaño de aquel siglo en España, África y en Ilírico no recibir el quinto concilio general que se tuvo en tiempo del emperador Justiniano; yerro en que tropezó también san Isidoro, como se entiende por diversos lugares de sus libros.

 

Alegaban para esto que en aquel concilio quinto se reprobaron los escritos de Iba, edeseno, y de Teodoro, monpsuesteno, y de Teodorito, obispo de Ciro, que son los tres capítulos tan nombrados en aquella era. Decían que el Concilio calcedonense aprobó y recibió los dichos autores, y que no era lícito condenarlos. Todo esto procedía de no entender que

 

 

 

 

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puedan las personas ser aprobadas dado que sus opiniones se reprueben, como en efecto fue así, que el concilio calcedonense aprobó las personas, el quinto concilio condenó sus escritos. Finalmente, los prelados de España condenaron los monotelitas y apollinaristas, que ponían en Cristo sola una voluntad, conforme a lo decretado en el dicho concilio general.

 

Demás de esto, una Apología, compuesta por Juliano, arzobispo de Toledo, muy erudita, en nombre del concilio enviaron a Roma por medio de Pedro, regionario de la Iglesia romana, en que se contenían los principales capítulos y cabezas de nuestra fe. Cuando llegó a Roma, por muerte del papa León presidía en su silla Benedicto, el cual juzgó que en aquella Apología se decían algunas cosas no bien. Entre ellas una era que en la santísima Trinidad la sapiencia procede de la sapiencia, y la voluntad de la voluntad, manera de hablar conforme a lo que en el Simbolo confesamos, Dios de Dios y lumbre de lumbre. El pontífice juzgaba que semejantes maneras de hablar no se debían usar, ni extender más de aquello que la Iglesia usaba. Ofendíale asimismo lo que Juliano decía de Cristo, es a saber, que constaba de tres sustancias.

 

Andaban estas demandas y respuestas entre Roma y España al mismo tiempo que Ervigio, sin embargo de las diligencias hechas para asegurarse en el reino, se hallaba en gran cuidado por parecerle que el aborrecimiento del pueblo todavía se continuaba; y que muerto él, sus hijos no serían bastantes para reparar este daño. Resolvióse de emparentar con el linaje de Wamba, y para esto casar a su hija Cijilona con un hombre principal de aquel linaje llamado Egica. Hízose así, y juntamente le hizo jurar miraría con todo cuidado por el bien de la Reina, su suegra, y de sus cuñados. Hecho esto y quitadas algunas leyes de Wamba, algo rigurosas para tiempos y costumbres tan estragadas, y en particular templada la ley que trataba en razón de las levas de soldados, falleció de su enfermedad en Toledo a 15 días del mes de noviembre, día viernes, año de 687. Reinó siete años y veinte y cinco días. Su memoria y fama fue grande, aunque ni agradable ni honrosa. Hubo en tiempo de este rey en España grande hambre; la puente y muros de Mérida fueron reparados con grande representación de majestad. El sobrestante de esta obra y trazador se llamó Sala, como se entiende por unos versos antiguos que andan entre las epigramas de Eugenio Tercero, arzobispo de Toledo.

 

 

 

 

 

 

 

 

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XVIII. Del rey Egica

 

El día antes que muriese Ervigio nombró por su sucesor en el reino a su yerno Egica; y para que los grandes sin escrúpulo de conciencia lo pudiesen jurar por rey, alzóles el pleito homenaje que a él le tenían hecho. La unción conforme a la costumbre de aquellos tiempos se hizo nueve días adelante en Toledo, un día de domingo, a 24 de noviembre, luna decimaquinta, en la iglesia pretoriense de San Pedro y San Pablo. Vióso en este rey como la memoria del agravio dura más y es más poderosa que la del beneficio, ca luego a los principios de su reinado dio muestra el rey Egica del odio que tenía concebido en su pecho contra su suegro, repudiando a su mujer Cijilona en venganza de su padre, dado que tenía de ella un hijo llamado Witiza. No falta quien diga que lo hizo a persuasión de Wamba, el cual asimismo debajo de muestra de piedad tenía encubierto el deseo de venganza y el aborrecimiento contra Ervigio hasta lo postrero de su edad. Demás de esto, castigó a algunos grandes del reino que tuvieron parte en el engaño y privación del rey Wamba.

 

Éstas cosas se reprehenden especialmente en este rey, que por lo demás en virtudes, justicia y piedad se puede comparar con cualquiera de los reyes pasados. Señalóse igualmente en las artes de la paz y de la guerra; fue colmado y alabado de prudencia y de mansedumbre. Allende de esto, movido de su devoción, por no dar ventaja a los reyes sus predecesores en el deseo de aumentar la religión, dio orden que se juntase el decimoquinto concilio toledano.

Concurrieron de todas partes sesenta y seis obispos, año del Señor de

 

688.  Juntáronse a 15 demayo en la iglesia pretoriense de San Pedro y San Pablo. Lo que principalmente se trató fue averiguar la fuerza que tenía el juramento que por respeto del rey Ervigio y por su mandado algunos años antes hicieron Egica y los grandes de amparar a la Reina viuda y a sus hijos. La causa de dudar era que con la revuelta de los tiempos muchos fueron despojados de sus bienes, de que quedaban apoderados y los poseían la mujer e hijos de Ervigio. Preguntóse si por razón del juramento era prohibido, así a los agraviados de ponerles demanda, como al rey de dar sentencia en su favor. Fue respondido de común consentimiento de los prelados y del Concilio que la santidad del juramento no debe favorecer a la maldad, y que antes se cumple con él en deshacer los agravios y volver por la justicia. Tratóse otrosí de responder a las tachas que el pontífice

 

 

 

 

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Benedicto puso en la Apología que le envió el concilio pasado; y para este efecto Juliano, con aprobación de los demás prelados, compuso un nuevo Apologético, en que pretende probar que en Dios procede voluntad de voluntad y sabiduría de sabiduría; y que Cristo nuestro Señor consta de tres sustancias, que era en lo que reparaba Benedicto, ca la palabra sustancia se puede tomar en significación de naturaleza y de esencia; y no hay duda sino que en Cristo hay tres naturalezas, es a saber, divinidad, cuerpo y alma. Demás de esto, las dicciones abstractas con que se significan las formas a veces se toman por las concretas que significan los supuestos; de suerte que tanto es decir que sabiduría procede de sabiduría como si dijera el hijo sabio procede del padre sabio.

 

Cuando llegó esta disputa a Roma, era difunto el papa Benedicto y puesto Sergio en su lugar, el cual, según que lo testifica el arzobispo don Rodrigo, la alabó en grande manera. A nos parece algo más libre de lo que sufría la modestia de Juliano y la majestad del pontífice romano, supremo pastor de la Iglesia; pero pocos en el ingenio y erudición reconocen a nadie ventaja, y es dificultoso templar el fervor de la disputa, principalmente los que se sienten irritados. Era Juliano en aquel tiempo muy aventajado en erudición, de que dan bastante muestra sus obras, en especial la que intituló Pronóstico del siglo venidero, y otra De las seis edades, libros que duran hasta hoy; las demás con el tiempo perecieron. Nació de padres judíos, fue discípulo de Eugenio Tercero, su predecesor, muy amigo de Gudila, arcediano de Toledo; sucedió a Quirico, arzobispo de aquella ciudad, tuvo ingenio fácil, copioso y suave, en bondad y en virtud fue muy señalado. Pasó de esta vida en tiempo del rey Egica a 8 de marzo, año de 690; su cuerpo fue sepultado en Santa Leocadia. Es contado en el número de los santos, como se ve por los martirologios y calendarios.

 

Las faltas de su sucesor lo hicieron más señalado, ca le sucedió Sisberto, hombre arrojado y malo, pues se atrevió a vestirse la casulla que del cielo se trajo a san Ildefonso, la cual hasta entonces sus predecesores por reverencia nunca habían tocado. De este principio se despeñó en mayores males; y es así de ordinario que se ciegan los hombres cuando la divina venganza los sigue y no quiere se emboten los filos de su espada. Olvidado pues de la dignidad que tenía, con corazón altivo y revoltoso se rebeló contra el rey. Era hombre astuto, y no le faltaba maña ni palabras para granjear las voluntades; y como el reino estuviese dividido en bandos, muchos, así de los nobles como del pueblo, se le arrimaron, de donde

 

 

 

 

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resultaron alborotos civiles y guerras con los de fuera, todo, como se puede sospechar, a persuasión de Sisberto. Tres veces se vino a las manos con los franceses, y otras tantas fueron desbaratados los godos, dado que ni el número de los que pelearon ni de los muertos ni los lugares donde las batallas se dieron se puede averiguar, que fue un notable descuido de aquellos tiempos. Sólo consta que el rey con su prudencia atajó los principios de la guerra civil que amenazaba mayores males. El arzobispo Sisberto, causa principal de todos ellos, fue condenado a destierro, primero por sentencia del Rey, y después de los prelados, que junto con esto le excomulgaron y despojaron del arzobispado.

 

Para efectuar esto y otras cosas se juntaron en Toledo por mandado del rey en la iglesia pretoriense de San Pedro y San Pablo a 2 de mayo, año de 693, en número sesenta y seis obispos que se hallaron en este concilio, decimosexto entre los toledanos. Pónese en él una confesión de la fe, y en ella, en confirmación de lo que antes determinaron, dicen por expresas palabras que en Dios procede voluntad de voluntad, sapiencia de sapiencia, esencia de esencia; y que Cristo nuestro Señor abajó a los infiernos. Dan por nobles y horros de tributos a todos los judíos que de corazón abrazasen la religión cristiana. Reformáronse las leyes de los godos; mandóse que por la salud del rey, de sus hijos y nietos se hiciese oración cada día en todas las iglesias con rogativa que para esto ordenaron; de este principio entendemos se tomó la rogativa que hasta hoy en la misa se hace en España mudadas pocas palabras. Firmaron en este Concilio en primer lugar Félix, que de arzobispo de Sevilla en lugar de Sisberto pasó a la iglesia de Toledo; y con él firmaron Faustino, que de Braga pasara a Sevilla; Máximo, de Mérida; Vera, de Tarragona; Félix, arzobispo de Braga y obispo de Porto.

 

Estos mismos arzobispos con otros muchos prelados, aunque el número no se sabe, se juntaron el año luego siguiente en Toledo en la iglesia de Santa Leocadia del Arrabal. Allí a 7 días de noviembre celebraron el postrer concilio de los toledanos. No pudieron acudir sino muy pocos obispos de la Galia Gótica a causa de cierta peste que hería por este tiempo en la tierra y de la guerra que les daban los franceses comarcanos. Tratóse a instancia del rey de desarraigar de todo punto del reino los judíos, porque como el rey testificaba en un memorial que presentó al concilio, se habían comunicado con los judíos de África de levantarse y entregar España a los moros. Que el mal cundiera más de lo

 

 

 

 

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que se podía creer, y secretamente estaba derramado por todas las partes de España, si bien no había pasado los Pirineos ni entrado en la Francia. Que no era justo disimular y sufrir tan grave traición. Por tanto, que confiriesen entre si y determinasen lo que se debía hacer. Esto propuso el rey; los prelados acordaron que todos los judíos se diesen por esclavos; y para que con la pobreza sintiesen más el trabajo, que todos sus bienes fuesen confiscados; demás de esto, que les quitasen los hijos luego que llegasen a edad de siete años; y los entregasen a cristianos que los criasen y amaestrasen.

 

Hicieron asimismo ley de amparo para la reina Cijilona y para sus hijos, caso que el rey muriese, aunque desde los años pasados, como se dijo, estaba repudiada; como también en un concilio de Zaragoza que se tuvo tres años antes de este, en general se hizo una ley en que se mandó que después de la muerte del Rey, cualquiera reina, para que nadie se le atreviese, entrase en religión y se hiciese monja. Estas cosas fueron las que principalmente se decretaron en este concilio.

 

Tenía el Rey en su mujer Cijilona un hijo llamado Witiza; determinóse su padre de hacerle compañero de su reino. Esto sucedió después de haber él solo reinado por espacio de diez años. Dan de esto muestra algunas monedas que se hallan acuñadas con los nombres de estos dos príncipes por reinar ambos juntamente. Cerca de la ciudad de Tuy, en un valle muy deleitoso, de muchas fuentes y arboleda, hasta hoy se ven algunos paredones, rastros de un edificio real que levantó Witiza para su recreación en el tiempo que hizo residencia en aquella ciudad, ca su padre, por evitar alborotos y desabrimientos, le envió al gobierno de Galicia, donde fue el reino de los suevos.

 

Falleció el rey Egica en Toledo de su enfermedad el año quinto adelante, que se contaba del Señor 701 por el mes de noviembre. Acudió su hijo desde Galicia, y sin contradicción fue recibido por rey y ungido a fuer de los reyes godos a los 15 del dicho mes de noviembre.

 

 

 

 

XIX. Del rey Witiza

 

El reinado de Witiza fue desbaratado y torpe de todas maneras, señalado principalmente en crueldad, impiedad y menosprecio de las leyes

 

 

 

 

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eclesiásticas. Los grandes pecados y desórdenes de España la llevaban de caída, y a grandes jornadas la encaminaban al despeñadero. Y es cosa natural y muy usada que cuando los reinos y provincias se hallan más encumbrados en toda prosperidad, entonces perezcan y se deshagan; todo lo de acá abajo a la manera del tiempo y conforme al movimiento de los ciclos tiene su periodo y fin, y al cabo se trueca y trastorna: ciudades, leyes, costumbres. Verdad es que al principio Witiza dio muestra de buen príncipe, de querer volver por la inocencia y reprimir la maldad. Alzó el destierro a los que su padre tenía fuera de sus casas, y para que el beneficio fuese más colmado los restituyó en todas sus haciendas, honras y cargos. Demás de esto, hizo quemar los papeles y procesos para que no quedase memoria de los delitos e infamias que les achacaron y por los cuales fueron condenados en aquella revuelta de tiempos. Buenos principios eran estos si continuara, y adelante no se trocara del todo y mudara. Es muy dificultoso enfrenar la edad deleznable y el poder con la razón, virtud y templanza.

 

El primer escalón para desbaratarse fue entregarse a los aduladores, que los hay de ordinario y de muchas maneras en las casas de los príncipes, ralea perjudicial y abominable. Por este camino se despeñó en todo género de deshonestidades, enfermedad antigua suya, pero reprimida en alguna manera los años pasados por respeto de su padre. Tuvo gran número de concubinas con el tratamiento y estado como si fueran reinas y sus mujeres legítimas. Para dar algún color y excusa a este desorden, hizo otra mayor maldad; ordenó una ley en que concedió a todos que hiciesen lo mismo, y en particular dio licencia a las personas eclesiásticas y consagradas a Dios para que se casasen; ley abominable y fea, pero que a muchos y a los más dio gusto. Hacían de buena gana lo que les permitían, así por cumplir con sus apetitos como por agradar a su rey; que es cierto género de servicio y adulación imitar los vicios de los príncipes, y los más ponen su felicidad y contento en la libertad de sus sentidos y gustos. Hizose otrosí una ley en que negaron la obediencia al Padre Santo, que fue quitar el freno del todo y la máscara y el camino derecho para que todo se acabase y se destruyese el reino, hasta entonces de bienes colmado por obedecer a Roma, y de toda prosperidad y buenandanza.

 

Para que estas leyes tuviesen más fuerza se juntaron en Toledo los obispos a concilio, que fue el décimo octavo de los toledanos. La junta fue en la iglesia de San Pedro y San Pablo del Arrabal, donde a la sazón estaba

 

 

 

 

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un monasterio de monjas de San Benito. Era Gunderico arzobispo de Toledo. Los decretos de este concilio no se ponen ni andan entre los demás concilios, ni era razón, por ser del todo contrarios a las leyes y cánones eclesiásticos. En particular, contra lo que por leyes antiguas estaba dispuesto, se dio libertad a los judíos para que volviesen y morasen en España. Desde entonces se comenzó a revolver todo y a despeñarse; porque dado que a muchos daba gusto el vicio, casi todos juzgaban mal de él, y en particular se desabrieron todos aquellos que eran aficionados a las leyes y costumbres antiguas, y muchos volvieron los ojos al linaje y sucesión del rey Chindasvinto para les volver la corona y poner remedio por este camino a tantos males. No se le encubrió esto a Witiza, que fue ocasión de embravecerse contra los de aquella casa, y lo que comenzó en vida de su padre, que fue ensangrentar sus manos en aquel linaje, continuarlo como podía y llevarlo al cabo.

 

Vivían dos hijos de Chindasvinto, hermanos del rey Recesvinto, que se llamaban el uno Teodefredo y el otro Favila. Teodefredo era duque de Córdoba, do para su entretenimiento edificó un palacio a la sazón y aún después muy nombrado. Estaba determinado de no ir a la corte por no asegurarse del rey y pasar su vida en sus tierras y estado. Favila era duque de Cantabria o Vizcaya, y en el tiempo que Witiza en vida de su padre residía en Galicia anduvo en su compañía con cargo de capitán de la guarda, al cual los godos en aquel tiempo llamaban protospatario. Matóle a tuerto Witiza con un golpe que le dio de un bastón, y aún algunos sospechan para gozar más libremente de su mujer, en quien tenía puestos los ojos. Quedó de Favila un hijo llamado don Pelayo, el que adelante comenzó a reparar les daños y caída de España, y entonces acerca de Witiza hacía como teniente el oficio de su padre. Mas por su muerte se retiró a su estado de Cantabria, y el conde don Julián, casado con una hermana de Witiza, fue puesto en el cargo de protospatario. Estas fueron las primeras muestras que Witiza en vida de su padre dio de su fiereza y de la enemiga que tenía contra aquel nobilísimo linaje.

 

Hecho rey, pasó adelante, y volvió su rabia contra don Pelayo y su tío Teodefredo; al tío, maguer que retirado en su casa, privó de la vista y le cegó; a don Pelayo no pudo haber a las manos, dado que lo procuró con todo cuidado, como también se le escapó don Rodrigo, hijo de Teodefredo, que después vino a ser rey. Don Pelayo por no asegurarse en España, dicen se ausentó, y con muestra de devoción pasó a Jerusalén en romería. En

 

 

 

 

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confirmación de esto, por largo tiempo mostraban en Arratia, pueblo de Vizcaya, los bordones de don Pelayo y su compañero, de que usaron en aquella larga peregrinación.

 

Resultó de estas crueldades y de las demás torpezas y desórdenes de este rey que se hizo muy odioso a sus vasallos. Él, perdida la esperanza de apaciguarlos por buenos medios, acordó de enfrenarlos con temor y quitarles la manera de poderse levantar y hacer fuertes. Para esto mandó abatir las fortalezas y las murallas de casi todas las ciudades de España, digo casi todas, porque algunas fueron exentas de este mandato, como Toledo, León y Astorga, sea por no querer aceptarle, o porque el rey se fiaba más de ellas que de las demás. Ultra de esto, por las mismas causas deshizo las armas del reino, en que consiste la salud pública y la libertad. El color que daba a mandatos tan exorbitantes era el sosiego del reino y deseo que se conservase la paz, como quier que los tiranos luego que de ellos se apodera la maldad temen sus mismos reparos y ayudas, y los que ni la vergüenza retira de la torpeza, ni el temor de la crueldad, ni de la locura la prudencia, estos por asegurarse se suelen enredar y caer en mayores daños.

 

Era por este tiempo arzobispo de Toledo Gunderico, sucesor de Félix, persona de grandes prendas y partes si tuviera valor y ánimo para contrastar a males tan grandes, que hay personas a quien, aunque desplace la maldad, no tienen bastante ánimo para hacer rostro al que la comete. Quedaban otrosí algunos sacerdotes, que como por la memoria del tiempo pasado se mantuviesen en su puridad, no aprobaban los desórdenes de Witiza. A estos él persiguió y afligió de todas maneras hasta rendirlos a su voluntad, como lo hizo Sinderedo, sucesor de Gunderico, que se acomodó con los tiempos y se sujetó al rey en tanto grado, que vino en que Oppas, hermano de Witiza (o como otros dicen, hijo), de la iglesia de Sevilla (cuyo arzobispo era) fuese trasladado a Toledo. De que resultó otro nuevo desorden encadenado de los demás, que hubiese juntamente dos prelados de aquella ciudad contra lo que disponen las leyes eclesiásticas.

 

La muerte de Witiza fue conforme a la vida, si bien los autores en la manera de ella se diferencian. El arzobispo don Rodrigo dice que fue muerto por conjuración de don Rodrigo, que se ayudó para esto, así de los de su valía como de los romanos, a los cuales se recogió cuando cegaron a su padre. El deseo de venganza y el miedo del peligro en que andaba le dieron ánimo para quitar la vida al que así le trataba. Su padre lo que le

 

 

 

 

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quedó de la vida pasó en Córdoba condenado a perpetuas tinieblas y cárcel. Otros autores muy diligentes afirman que Witiza murió de enfermedad en Toledo el año deceno de su reinado, que se contaba de Cristo 711. Dejó dos hijos, llamados el uno Eba, y el otro Sisebuto. A estos, como quier que unos los favoreciesen y otros al contrario, se levantaron en el reino recios temporales y torbellinos, cuyo remate fue la más miserable desventura de cuantas se pudieran pensar.

 

 

 

 

XX. De la genealogía de estos reyes

 

La misma cosa pide que pues por la disensión de los godos, y por estar divididas las voluntades entre dos linajes, el uno de Chindasvinto, y el otro de Wamba, que pretendían ambos tener derecho a la corona, las cosas de España se despeñaron por este tiempo en su total perdición; declaremos en breve la genealogía de la una familia y de la otra.

 

Dejó Chindasvinto de su mujer Riciberga estos hijos: Recesvinto, el mayorazgo, que la sucedió en el reino, Teodofredo y Favila, y una hija, cuyo nombre no se sabe. Recesvinto falleció sin dejar sucesión. Por lo cual los grandes del reino pusieron en su lugar a Wamba. La hija de Chindasvinto casó con un conde llamado Ardebasto, griego de nación, el cual, aunque desterrado de Constantinopla, por su valor y nobleza emparentó con el rey, y tuvo por hijo a Ervigio, el que dio principio y fue causa de grandes males por apoderarse del reino y quitarle, como le quitó a Wamba, con malas mañas y engaño.

El rey Ervigio, de su mujer Liubigotona tuvo una hija, por nombre Cijilona, que casó con el rey Egica, deudo que era del rey Wamba, casamiento que se enderezaba a quitar enemistades y soldar la quiebra de disensiones entre aquellas dos casas. De este matrimonio nació Witiza, el mayorazgo, y Oppas, prelado de Sevilla, y una hija, que (como dicen autores graves) casó con el conde don Julián. Hijos de Witiza fueron, como poco antes se dijo, Eba y Sisebuto. Teodefredo, el segundo hijo de Chindasvinto, hubo en su mujer Ricilona, señora nobilísima, a don Rodrigo, peste, tizón y fuego de España.

 

De Favila, hijo también de Chindasvinto, nació don Pelayo, bien diferente en costumbres de su primo, pues por su esfuerzo y valor

 

 

 

 

 

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comenzaron adelante a alzar cabeza las cosas de los cristianos en España, abatidas de todo punto y destruidas por la locura de don Rodrigo. De don Pelayo traen su descendencia los reyes de España, sin jamás cortarse la linea de su alcurnia real hasta nuestro tiempo, antes siempre los hijos han heredado la corona de sus padres, o los hermanos de sus hermanos, que es cosa muy de notar.

 

 

 

 

XXI. De los principios del rey don Rodrigo

 

Tal era el estado de las cosas de España a la sazón que don Rodrigo, excluidos los hijos de Witiza, se encargó del reino de los godos por voto, como muchos sienten, de los grandes; que ni las voluntades de la gente se podían soldar por estar entre sí diferentes con las parcialidades y bandos, ni tenían fuerzas bastantes para contrastar a los enemigos de fuera. Hallábanse faltos de amigos que los socorriesen, y ellos por sí mismos tenían los cuerpos flacos y los ánimos afeminados a causa de la soltura de su vida y costumbres. Todo era convites, manjares delicados y vino, conque tenían estragadas las fuerzas, y con las deshonestidades de todo punto perdidas, y a ejemplo de los principales, los más del pueblo hacían una vida torpe e infame. Eran muy a propósito para levantar bullicios, para hacer fieros y desgarros, pero muy inhábiles para acudir a las armas y venir a las puñadas con los enemigos. Finalmente, el imperio y señorío, ganado por valor y esfuerzo, se perdió por la abundancia y deleites que de ordinario le acompañan. Todo aquel vigor y esfuerzo con que tan grandes cosas en guerra y en paz acabaron, los vicios lo apagaron, y juntamente desbarataron toda la disciplina militar. De suerte que no se pudiera hallar cosa en aquel tiempo más estragada que las costumbres de España, ni gente más curiosa en buscar todo género de regalo. Paréceme a mí que por estos tiempos el reino y nación de los godos era grandemente miserable; pues como quier que por su esfuerzo hubiesen paseado gran parte de la redondez del mundo, y ganado grandes victorias, y con ellas gran renombre y riquezas, con todo esto no faltaron quien por satisfacer a sus antojos y pasiones con corazones endurecidos pretendiesen destruirlo todo; tan grande era la dolencia y peste que estaba apoderada de los godos.

 

 

 

 

 

 

 

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Tenía el nuevo rey partes aventajadas y prendas de cuerpo y alma que daban claras muestras de señaladas virtudes. El cuerpo endurecido con los trabajos, acostumbrado a la hambre, frío y calor y falta de sueño. Era de corazón osado para acometer cualquiera hazaña, grande su liberalidad, y extraordinaria la destreza para granjear las voluntades, tratar y llevar al cabo negocios dificultosos. Tal era antes que le entregasen el gobernalle; mas luego que le hicieron rey se trocó y afeó todas las sobredichas virtudes con no menores vicios. En lo que más se señaló fue en la memoria de las injurias, la soltura en las deshonestidades y la imprudencia en todo lo que emprendía. Finalmente, fue más semejable a Witiza que a su padre ni a sus abuelos.

 

Hállanse monedas de oro acuñadas con el nombre de don Rodrigo; su rostro como de hombre armado y feroz y por reverso estas palabras: Igeditania Pius, mote puesto, como se entiende, más por adulación que por él merecerlo. Esto en general. Las cosas particulares que hizo fueron estas: lo primero con nuevos pertrechos y fábricas ensanchó y hermoseó el palacio que su padre edificara cerca de Córdoba, según que ya se dijo; por donde los moros adelante le llamaron comúnmente el palacio de don Rodrigo; así lo testifica Isidoro, pacense, historiador de mucha autoridad en lo que toca a las cosas de este tiempo. Demás de esto, llamó del destierro y tuvo cerca de sí a su primo don Pelayo con cargo de capitán de su guarda, que era el más principal en la corte y casa real. Amábale mucho, así por el deudo como por haber los años pasados corrido la misma fortuna que él.

 

Por el contrario, el odio que tenía contra Witiza comenzó a mostrar en el mal tratamiento que hacía a sus hijos, en tanto grado, que así por esto como por el miedo que tenían de mayor daño, se resolvieron de ausentarse de la corte y aún de toda España y pasar en aquella parte de Berbería que estaba sujeta a los godos y se llamaba Mauritania Tingitana. Tenía el gobierno a la sazón de aquella tierra un conde, por nombre Requila, lugarteniente, como yo entiendo, del conde don Julián, persona tan poderosa, que demás de esto tenía a su cargo el gobierno de la parte de España cercana al estrecho de Gibraltar, paso muy corto para África. Asimismo en la comarca de Consuegra poseía un gran estado suyo y muchos pueblos, riquezas y poder tan grande como de cualquiera otro del reino, y de que el mismo Rey se pudiera recelar. Estos fueron los primeros principios y como semilla de lo que avino adelante, ca los hijos de Witiza

 

 

 

 

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antes de pasar en África trataron con otras personas principales de tomar las armas. Pretendían estar malamente agraviados. Asistíales y estaba de su parte el arzobispo don Oppas, persona de sangre real y de muchos aliados. Otros asimismo les acudían, quién con deseo de vengarse, quién con esperanza de mejorar su partido, si la feria se revolvía; que tal es la costumbre de la guerra, unos bajan y otros suben.

 

Fuera justo acudir a estos principios y desbaratar la semilla de tanto mal; pero antes, en lugar de esto, de nuevo se enconaron las voluntades con un nuevo desorden y caso que sucedió y dio ocasión a los bulliciosos de cubrir y colorear la maldad, que hasta entonces temerían de comenzar, con muestra de justa venganza. Era costumbre en España que los hijos de los nobles se criasen en la casa real. Los varones acompañaban y guardaban la persona del rey, servían en casa y a la mesa; los que tenían edad iban en su compañía cuando salía a caza, y seguíanle a la guerra con sus armas; escuela de que salían gobernadores prudentes, esforzados y valerosos capitanes. Las hijas servían a la reina en su aposento; allí las amaestraban en toda crianza, hacer labor, cantar y danzar, cuanto a mujeres pertenecia. Llegadas a edad, las casaban conforme a la calidad de cada cual.

 

Entre éstas una hija del conde don Julián, llamada Cava, moza de extremada hermosura, se criaba en servicio de la reina Egilona. Avino que jugando con sus iguales descubrió gran parte de su cuerpo. Acechábalas el Rey de cierta ventana, que con aquella vista fue de tal manera herido y prendado, que ninguna otra cosa podía de ordinario pensar. Avivábase en sus entrañas aquella deshonesta llama, y cebábase con la vista ordinaria de aquella doncella, que era la parte por do le entró el mal. Buscó tiempo y lugar a propósito; mas como ella no se dejase vencer con halagos ni con amenazas y miedos, llegó su desatino a tanto, que le hizo fuerza, con que se despeñó a sí y a su reino en su perdición, como persona estragada con los vicios y desamparada de Dios.

 

Hallábase a la sazón el conde don Julián ausente en África, ca el Rey le enviara en embajada sobre negocios muy importantes. Apretaba a su hija el dolor, y la afrenta recibida la tenía como fuera de sí; no sabía qué partido se tomase, si disimular, si dar cuenta de su daño. Determinóse de escribir una carta a su padre de este tenor:

«Ojalá, padre y señor, ojalá la tierra se me abriera antes que me viera puesta en condición de escribiros estos renglones, y con tan triste nueva

 

 

 

 

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poneros en ocasión de un dolor y quebranto perpetuo. Con cuántas lágrimas describa esto, estas manchas y borrones lo declaran; pero si no lo hago luego, daré sospecha que, no sólo el cuerpo ha sido ensuciado, sino también amancillada el alma con mancha e infamia perpetua. ¿Qué salida tendrán nuestros males? ¿Quién sin vos pondrá reparo a nuestra cuita? ¿Esperaremos hasta tanto que el tiempo saque a luz lo que ahora está secreto, y de nuestra afrenta haga infamia más pesada que la misma muerte? Avergüénzome de escribir lo que no me es lícito callar, ¡oh triste y miserable suerte! En una palabra; vuestra hija, vuestra sangre y de la alcurnia real de los godos, por el rey don Rodrigo, al que estaba (mal pecado) encomendada como la oveja al lobo, con una maldad increíble ha sido afrentada. Vos, si sois varones, haréis que el gusto que tomó de nuestro daño se le vuelva en ponzoña, y no pase sin castigo la burla y befa que hizo a nuestro linaje y a nuestra casa».

 

Grande fue la cuita que con esta carta cayó en el conde y con estas nuevas; no hay para qué encarecerlo, pues cada cual lo podrá juzgar por sí mismo. Revolvió en su pensamiento diversas trazas, resolvióse de apresurar la traición que poco antes tenían tramada, dio orden en las cosas de África, y por tanto sin dilación pasó a España, que el dolor de la afrenta le aguijaba y espoleaba. Era hombre mañoso, atrevido, sabía muy bien fingir y disimular. Así, llegado a la corte, con relatar lo que había hecho y con acomodarse con el tiempo, crecía en gracia y privanza, de suerte que le comunicaban todos los secretos y se hallaba a los consejos de los negocios más graves del reino, lo cual todo no se hacía sólo por sus servicios y partes, sino más aína por amor de su hija.

 

Para encaminar sus negocios al fin que deseaba, persuadió al rey que pues España estaba en paz, y los moros y franceses por diversas partes corrían las tierras de África y de Francia, que enviase contra ellos a aquellas fronteras todo lo que restaba de armas y caballos, que era desnudar el reino de fuerzas para que no pudiese resistir. Concluido esto como deseaba, dio a entender que su mujer estaba en África doliente de una grave y larga enfermedad; que ninguna cosa le podría tanto alentar como la vista de su hija muy amada; que esto le avisaban y certificaban por sus cartas, así ella como los de su casa. Fue la diligencia que en esto puso tan grande, que el rey dio licencia, sea forzado de la necesidad, mayormente que prometía sería la vuelta en breve, sea por estar ya cansado y enfadado, como suele acontecer, de aquella conversación. En la

 

 

 

 

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ciudad de Málaga, que está a las riberas del mar Mediterráneo, hay una puerta llamada de la Cava, por donde se dice, como cosa recibida de padres a hijos, que salió esta señora para embarcarse.

 

A la misma sazón el rey, que por tantos desórdenes era aborrecido de Dios y de las gentes, cometió un nuevo desconcierto, con que dio muestra de faltarle la razón y prudencia. Había en Toledo un palacio encantado, como lo cuenta el arzobispo don Rodrigo, cerrado con gruesos cerrojos y fuertes candados para que nadie pudiese en él entrar, ca estaban persuadidos, así el pueblo como los principales, que a la hora que fuese abierto, sería destruida España. Sospechó el Rey que esta voz era falsa para efecto de encubrir los grandes tesoros que pusieron allí los reyes pasados. Demás de esto, movido por curiosidad, sin embargo que le ponían grandes temores, como sean las voluntades de los reyes tan determinadas en lo que una vez proponen, hizo quebrantar las cerraduras. Entró dentro, no halló algunos tesoros, sólo una arca, y en ella un lienzo y en él pintados hombres de rostros y hábitos extraordinarios con un letrero en latín que decía: Por esta gente será en breve destruida España. Los trajes y gestos parecían de moros; así, los que presentes se hallaron quedaron persuadidos que aquel mal y daño vendría de África; y no menos arrepentido el rey, aunque tarde, de haber sin propósito y a grande riesgo escudriñado y sacado a luz misterios encubiertos hasta entonces con tanto cuidado. Algunos tienen todo esto por fábula, por invención y patraña; nos ni la aprobamos por verdadera ni la desechamos como falsa; el lector podrá juzgar libremente y seguir lo que le pareciere probable. No pareció pasarla en silencio por los muchos y muy graves autores que la relatan, bien que no todos de una manera.

 

 

 

 

XXII. De la primera venida de los moros en

 

España

 

Las armas de los sarracenos por estos tiempos volaban por todo el mundo con grande valor y fama. Tuvo esta canalla su origen y principio en Arabia, y a Mahoma por caudillo, el cual primeramente engañó mucha gente con color de religión. Después se apoderó de las partes y provincias de levante; desde allí se extendió hacia mediodía, y en breve espacio de

 

 

 

 

 

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tiempo llegó hasta las postreras tierras de occidente. Consideró el emperador Heraclio el peligro que amenazaba; y así, después que venció a Cosroes, rey de Persia, y se apoderó de la Asia, procuro con maña atajar en sus principios esta peste; dio sueldo a cuatro mil sarracenos de los más nobles y valientes. Mostró con esto querer honrarlos y hacer de ellos confianza, como quier que a la verdad pretendiese tenerlos cerca de sí para seguridad que no levantasen, según que habían comenzado, nuevas alteraciones y guerras. Sucedió que pidieron cierto vestido debido a los soldados por una ley de Justiniano, que hasta hoy se conserva. Nególes su petición el prefecto del Fisco, que en tiempo tan estragado era un eunuco; díjoles palabras afrentosas, es a saber: «¿Qué sobra a los soldados romanos que se pueda dar a estos canes?». Irritáronse ellos con aquella respuesta y palabra de aquel hombre afeminado.

 

Levantaron sin dilación sus banderas, y vueltos a su tierra, se apoderaron de muchas ciudades comarcanas del imperio romano. Sujetaron a Egipto y a los persas, flacos a la sazón y sin fuerzas por las victorias que poco antes sobre ellos ganaron los romanos; y no sólo los sujetaron como vencedores, sino también los compelieron a que profesasen la ley y tomasen el nombre de sarracenos. Con el mismo ímpetu tomaron toda la Siria, y diversas veces acometieron la África, en que los trances fueron diferentes, ca a veces vencían, y a veces al contrario; mas últimamente salieron con la empresa. Fue así que el rey de esta gente, por nombre Abimelec, con un grueso ejército se metió por África y se puso sobre Cartago; tomóla y echóla por tierra, pero sin embargo fueron vencidos y echados de toda la África por Juan, prefecto del Pretorio, gobernador a la sazón de aquellas partes. Tornábanse a rehacer para entrar de nuevo, con más fuerzas y más bravos. Por este respeto Juan se embarcó y pasó a Constantinopla para pedir gente de socorro al emperador Leoncio, que fue el año del Señor de 700, poco más o menos. Las legiones romanas que en África y en Cartago quedaban, cansadas de esperar o con deseo de novedades, alzaron por emperador a un Tiberio Apsimaro, y para apoderarle del imperio pasaron con él a la misma ciudad de Constantinopla. Con esto quedó África desapercibida y flaca; acometiéronla de nuevo y sujetáronla los sarracenos. Pasaron adelante, e hicieron lo mismo en la Numidia y en las Mauritanias sin parar hasta el mar Océano y Atlántico, fin y remate del mundo. Era señor de toda aquella gente y de aquel imperio Ulit, llamábase Miramamolín, que era apellido de

 

 

 

 

 

 

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supremo emperador. Gobernaba en su nombre lo de África Muza, hombre feroz, en sus consejos prudente, y en la ejecución presto.

 

El conde don Julián, luego que alcanzó licencia del rey para pasar en África, de camino se vio con las cabezas de la conjuración para más prendarlos; hablóles conforme al apetito de cada cual, prometía a unos riquezas, a otros gobiernos, con todos blasonaba de sus fuerzas, y encarecía la falta que de ellas el rey tenía. No lejos de la villa de Consuegra está un monte llamado Calderino, y porque este nombre en arábigo quiere decir monte de traición, los de aquella comarca se persuaden, como cosa recibida de sus antepasados, que en aquel monte se juntaron el conde y los demás para acordar, como acordaron, de llamar los moros a España.

Llegado en África, lo primero que hizo fue irse a ver con Muza; declaróle el estado en que las cosas de España se hallaban; quejóse de los agravios que el Rey tenía hechos sin causa, así a él como a los hijos del rey Witiza, que demás de despojarlos de la herencia de su padre, los forzaba a andar desterrados, pobres y miserables y sin refugio alguno; dado que no les faltaban las aficiones de muchos, que llegada la ocasión se declararían. Que era buena sazón para acometer a España y por este camino apoderarse de toda la Europa, en que hasta entonces no habían podido entrar. Sólo era necesario usar de presteza para que los contrarios no tuviesen tiempo de aprestarse. Encarecíale la facilidad de la empresa, a que se ofrecía salir él mismo con pequeña ayuda que de África le diesen, confiado en sus aliados. Que por tener en su poder, de la una y de la otra parte del Estrecho, las entradas de África y de España, no dudaría de quitar la corona a su contrario. No le parecía al bárbaro mala ocasión ésta, sólo dudaba de la lealtad del conde, si por ser cristiano guardaría lo que pusiese. Parecióle comunicar el negocio con el miramamolín. Salió acordado que con poca gente se hiciese primero prueba de las fuerzas de España y si las obras del conde eran conforme a sus palabras.

 

Era Muza hombre recatado; hallábase ocupado en el gobierno de África, empeñado en muchos y graves negocios. Envió al principio solos ciento de a caballo y cuatrocientos de a pie repartidos en cuatro naves. Estos acometieron las islas y marinas cercanas al Estrecho. Sucedieron las cosas a su propósito, que muchos españoles se les pasaron. Con esto, de nuevo envió doce mil soldados, y por su capitán Tarif, por sobrenombre Abenzarca, persona de gran cuenta, dado que le faltaba un ojo. Para que

 

 

 

 

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fuese el negocio más secreto y no se entendiese dónde encaminaban estas tramas, no se apercibió armada en el mar, sino pasaron en naves de mercaderes. Surgieron cerca de España, y lo primero, se apoderaron del monte Calpe y de la ciudad de Heraclea, que en él estaba, y en lo de adelante se llamo Gibraltar, de gebal, que en arábigo quiero decir monte, y de Tarif, el general, de cuyo nombre también (como muchos piensan) otra ciudad allí cerca, llamada antiguamente Tarteso, tomó nombre de Tarifa.

 

Tuvo el rey don Rodrigo aviso de lo que pasaba, de los intentos del conde y de las fuerzas de los moros. Despachó con presteza un su primo llamado Sancho (hay quien le llama Íñigo) para que le saliese al encuentro. Fue muy desgraciado este principio, y como pronóstico y mal agüero de lo de adelante. El ejército era compuesto de toda broza, y como gente allegadiza, poco ejercitada; ni tenían fuerza en los cuerpos ni valor en sus ánimos; los escuadrones mal formados, las armas tomadas de orín, los caballos, o flacos o regalados, no acostumbrados a sufrir el polvo, el calor, las tempestades. Asentaron su real cerca de Tarifa; tuvieron encuentros y escaramuzas, en que los nuestros llevaron siempre lo peor; últimamente, ordenadas las haces, se dio la batalla, que estuvo por algún espacio en peso sin declarar la victoria por ninguna de las partes, pero al fin quedó por los moros el campo. Sancho, el general, muerto, y con él parte del ejército; los demás se salvaron por los pies.

 

Pasaron los bárbaros adelante engreídos con la victoria, talaron los campos del Andalucía y dela Lusitania, tomaron muchos pueblos por aquellas partes, en particular la ciudad de Sevilla, por estar desmantelada y sin fuerzas. Sucedió esta primera desgracia el año 713, en el cual Sinderedo, arzobispo de Toledo, por la revuelta de los tiempos o por la insolencia del Rey se ausentó de España. Pasó a Roma, do los años adelante se halló en un concilio lateranense, que se celebró por mandado del papa Gregorio III. Por su ausencia los canónigos de Toledo trataron de elegir nuevo prelado por no carecer de pastor en tiempo tan desgraciado. No hicieron caso de don Oppas, como de intruso y entronizado contra derecho. Dieron sus votos a Urbano, que era primiclerio de aquella iglesia, que era lo mismo que chantre, persona de conocidas partes y virtud. Pero porque su elección fue en vida de Sinderedo, y parece no fue confirmada por quien de derecho lo debía ser, los antiguos no le contaron en el número de los prelados de Toledo, como se saca de algunos libros antiguos en que se pone la lista y catálogo de los arzobispos de aquella ciudad.

 

 

 

 

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XXIII. De la muerte del rey don Rodrigo

 

Cosas grandes eran estas y principios de mayores males. Las cuales acabadas en breve, los dos caudillos, Tarif y el conde don Julián, dieron vuelta a África para hacer instancia, como la hicieron, a Muza que les acudiese con nuevas gentes para llevar adelante lo comenzado. Quedó en rehenes y para seguridad de todo el conde Requila, con que mayor número de gente de a pie y de a caballo vino a la misma conquista. Era tan grande el brío que con las victorias pasadas y con estos nuevos socorros cobraron los enemigos, que se determinaron a presentar la batalla al mismo rey don Rodrigo y venir con él a las manos. Él, movido del peligro y daño, y encendido en deseo de tomar enmienda de lo pasado y de vengarse, apellidó todo el reino. Mandó que todos los que fuesen de edad acudiesen a las banderas. Amenazó con graves castigos a los que lo contrario hiciesen. Juntóse a este llamamiento gran número de gente; los que menos cuentan dicen fueron pasados de cien mil combatientes. Pero con la larga paz, como acontece, mostrábanse ellos alegres y bravos, blasonaban y aún renegaban; mas eran cobardes a maravilla, sin esfuerzo y aún sin fuerzas para sufrir los trabajos e incomodidades de la guerra; la mayor parte iban desarmados, con hondas solamente o bastones. Éste fue el ejército con que el rey marchó la vuelta del Andalucía.

 

Llegó por sus jornadas cerca de Jerez, donde el enemigo estaba alojado. Asentó sus reales y fortificólos en un llano por la parte que pasa el río Guadalete. Los unos y los otros deseaban grandemente venir a las manos; los moros orgullosos con la victoria; los godos por vengarse, por su patria, hijos, mujeres y libertad no dudaban poner a riesgo las vidas, sin embargo que gran parte de ellos sentían en sus corazones una tristeza extraordinaria, y un silencio cual suele caer a las veces como presagio del mal que ha de venir sobre algunos. Al mismo Rey, congojado de cuidados entre día, de noche le espantaban sueños y representaciones muy tristes.

Pelearon ocho días continuos en un mismo lugar; los siete escaramuzaron, como yo lo entiendo, a propósito de hacer prueba cada cual de las partes de las fuerzas suyas y de los contrarios. Del suceso no se escribe; debió ser vario, pues al octavo día se resolvieron de dar la batalla campal, que fue domingo a 9 del mes que los moros llaman javel o sceval. Así lo dice don Rodrigo, que vendría a ser por el mes de junio conforme a la cuenta de los árabes; pero yo más creo fuese a 11 de noviembre, día de

 

 

 

 

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san Martín, según se entiende del Cronicón albeldense, año de nuestra salvación de 714. Estaban las haces ordenadas en guisa de pelear. El Rey desde un carro de marfil, vestido de tela do oro y recamados, conforme a la costumbre que los reyes godos tenían cuando entraban en las batallas, habló a los suyos en esta manera:

 

«Mucho me alegro, soldados, que haya llegado el tiempo de vengar las injurias hechas a nosotros y a nuestra santa fe por esta canalla aborrecible a Dios y a los hombres. ¿Qué otra causa tienen de movernos guerra, sino pretender de quitar la libertad a vos, a vuestros hijos, mujeres y patria, saquear y echar por tierra los templos de Dios, hollar y profanar los altares, sacramentos y todas las cosas sagradas como lo han hecho en otras partes? Y casi veis con los ojos, y con las orejas oís el destrozo y ruido de los que han abatido en buena parte de España. Hasta ahora han hecho guerra contra eunucos; sientan qué cosa es acometer a la invencible sangre de los godos. El año pasado desbarataron un pequeño número de los nuestros; engreídos con aquella victoria y por haberlos Dios cegado han pasado tan adelante, que no podrán volver atrás sin pagar los insultos cometidos. El tiempo pasado dábamos guerra a los moros en su tierra, corríamos las tierras de Francia; al presente ¡oh grande mengua, y digna que con la misma muerte, si fuere menester, se repare! somos acometidos en nuestra tierra. Tal es la condición de las cosas humanas, tales los reveses y mudanzas. El juego está entablado de manera que no se podrá perder; pero cuando la esperanza de vencer no fuese tan cierta, debe aguijonaros y encenderos el deseo de la venganza. Los campos están bañados de la sangre de los vuestros, los pueblos quemados y saqueados, la tierra toda asolada; ¿quién podrá sufrir tal estrago? Lo que ha sido de mi parte, ya veis cuán grande ejército tengo juntado, apenas cabe en estos campos; las vituallas y almacén en abundancia, el lugar es a propósito; a los capitanes tengo avisado lo que han de hacer, proveído de número de soldados de respeto para acudir a todas partes. Demás de esto, hay otras cosas, que ahora se callan, y al tiempo del pelear veréis cuán apercibido está todo. En vuestras manos, soldados, consiste lo demás; tomad ánimo y coraje, y llenos de confianza acometed los enemigos; acordáos de vuestros antepasados, del valor de los godos; acordáos de la religión cristiana, debajo de cuyo amparo y por cuya defensa peleamos».

 

 

 

 

 

 

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Al contrario Tarif, resuelto asimismo de pelear, sacó sus gentes, y ordenados sus escuadrones, les hizo el siguiente razonamiento:

 

«Por esta parte se extiende el Océano, fin último y remate de las tierras; por aquella nos cerca el mar Mediterráneo; nadie podrá escapar con la vida, sino fuere peleando. No hay lugar de huir; en las manos y en el esfuerzo está puesta toda la esperanza. Este día, o nos dará el imperio de Europa, o quitará a todos la vida. La muerte es fin de los males; la victoria causa de alegría; no hay cosa más torpe que vivir vencidos y afrentados. Los que habéis domado la Asia y la África, y al presente, no tanto por mi respeto cuanto de vuestra voluntad acometéis a haceros señores de España, debéis os membrar de vuestro antiguo esfuerzo y valor, de los premios, riquezas y renombre inmortal que ganaréis. No os ofrecemos por premio los desiertos de África, sino los gruesos despojos de toda Europa; ca vencidos los godos, demás de las victorias ganadas el tiempo pasado, ¿quién os podrá contrastar? ¿Temeréis por ventura este ejército sin armas, juntado de las heces del vulgo, sin orden y sin valor? Que no es el número el que pelea, sino el esfuerzo; ni vencen los muchos, sino los denodados. Con su muchedumbre se embarazarán, y sin armas, con las manos desnudas los venceréis. Cuando tenían las fuerzas enteras los desbaratasteis; ¿por ventura ahora, perdida gran parte de sus gentes, acobardados con el miedo, alcanzarán la victoria? La alegría pues y el denuedo que en vos veo, cierto presagio de lo que será, esa llevad a la pelea confiados en vuestro esfuerzo y felicidad, en vuestra fortuna y en vuestros hados. Arremeted con el ayuda de Dios y de nuestro profeta Mahoma, venced los enemigos, que traen despojos, no armas. Trocad los ásperos montes, los collados pelados por el gran calor, las pobres chozas de África con los ricos campos y ciudades de España. En vuestras diestras consiste y lleváis el imperio, la salud, el alegría del tiempo presente, y del venidero la esperanza».

 

Encendidos los soldados con las razones de sus capitanes, no esperaban otra cosa que la señal de acometer. Los godos al son de sus trompetas y cajas se adelantaron, los moros al son de los atabales de metal a su manera encendían la pelea; fue grande la gritería de la una parte y de la otra; parecían hundirse montes y valles. Primero con hondas, dardos y todo género de saetas y lanzas se comenzó la pelea; después vinieron a las espadas; la pelea fue muy brava, ca los unos peleaban como vencedores, y los otros por vencer. La victoria estuvo dudosa hasta gran parte del día sin

 

 

 

 

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declararse; sólo los moros daban alguna muestra de flaqueza, y parece querían ciar y aún volver las espaldas, cuando don Oppas, ¡oh increíble maldad!, disimulada hasta entonces la traición, en lo más recio de la pelea, según que de secreto lo tenía concertado, con un buen golpe de los suyos se pasó a los enemigos. Juntóse con don Julián, que tenía consigo gran número de los godos, y de través por el costado más flaco acometió a los nuestros.

 

Ellos, atónitos con traición tan grande y por estar cansados de pelear, no pudieron sufrir aquel nuevo ímpetu, y sin dificultad fueron rotos y puestos en huida, no obstante que el rey con los más esforzados peleaba entre los primeros y acudía a todas partes, socorría a los que veía en peligro, en lugar de los heridos y muertos ponía otros sanos, detenía a los que huían, a veces con su misma mano. De suerte que, no sólo hacía las partes de buen capitán, sino también de valeroso soldado. Pero a lo último, perdida la esperanza de vencer y por no venir vivo en poder de los enemigos, saltó del carro y subió en un caballo, llamado Orelia, que llevaba de respeto para lo que pudiese suceder; con tanto él se salió de la batalla. Los godos, que todavía continuaban la pelea, quitada esta ayuda, se desanimaron; parte quedaron en el campo muertos, los demás se pusieron en huida; los reales y el bagaje en un momento fueron tomados. El número de los muertos no se dice; entiendo yo que por ser tantos no se pudieron contar; que a la verdad esta sola batalla despojó a España de todo su arreo y valor.

 

Día aciago, jornada triste y llorosa. Allí pereció el nombre ínclito de los godos, allí el esfuerzo militar, allí la fama del tiempo pasado, allí la esperanza del venidero se acabaron. Y el imperio que más de trescientos años había durado, quedó abatido por esta gente feroz y cruel. El caballo del rey don Rodrigo, su sobreveste, corona y calzado, sembrado de perlas y pedrería, fueron hallados a la ribera del río Guadalete; y como quier que no se hallasen algunos otros rastros de él, se entendió que en la huida murió o se ahogó a la pasada del río. Verdad es que como doscientos años adelante en cierto templo de Portugal en la ciudad de Viseo se halló una piedra con un letrero en latín, que vuelto en romance dice:

 

Aquí reposa Rodrigo, último rey de los godos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Por donde se entiende que salido de la batalla, huyó a las partes de Portugal. Los soldados que escaparon, como testigos de tanta desventura, tristes y afrentados, se derramaron por las ciudades comarcanas. Don Pelayo, de quien algunos sospechan se halló en la batalla, perdida toda esperanza, parece se retiró a lo postrero de Cantabria o Vizcaya, que era de su estado; otros dicen que se fue a Toledo. Los moros no ganaron la victoria sin sangre, que de ellos perecieron casi dieciséis mil. Fueron los años pasados muy estériles, y dejada la labranza de los campos a causa de las guerras, España padeció trabajos de hambre y peste. Los naturales, enflaquecidos con estos males, tomaron las armas con poco brío; los vicios principalmente y la deshonestidad los tenían de todo punto estragados, y el castigo de Dios los hizo despeñar en desgracias tan grandes.

 

 

 

 

XXIV. Que los cristianos se fueron a las Asturias

 

Gobernaba la iglesia de Roma el papa Constantino; el imperio de oriente Anastasio, por sobrenombre Artemio; rey de Francia era Childeberto, tercero de aquel nombre, a la sazón que España estaba toda llena de alboroto y de llanto, no sólo por la pena y cuita del mal presente, sino también por el miedo de lo que para adelante se aparejaba. No faltaba algún género de desventura, pues el vencedor, con la licencia y libertad que suele, afligía todos los vencidos de cualquier edad o condición que fuesen. Un buen golpe de los que escaparon de aquella desastrada batalla se recogieron a Écija, ciudad que no caía lejos, y en aquel tiempo bien fortificada de muros. Con estos se juntaron los ciudadanos, y animados a tratar del remedio, aunque fuese con riesgo de sus vidas, salvar lo que quedaba, vengar si pudiesen las injurias, no dudaron de salir al campo y pelear de nuevo con el vencedor, que ejecutaba el alcance y perseguía lo que restaba de los godos. El suceso de esta batalla fue el mismo que el pasado; de nuevo fueron los nuestros desbaratados y puestos en huida; los que escaparon de la matanza se fueron por diversos lugares; la ciudad, por estar desnuda de gente de guerra, quedó en poder del vencedor, y por su mandado la echaron por tierra.

 

Después de esto, por consejo y a persuasión del conde don Julián se dividieron los moros en dos partes: los unos, debajo de la conducta de

 

 

 

 

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Magued, renegado de la religión cristiana, se encaminaron a Córdoba, que por estar desamparada de sus moradores (que por miedo del peligro se fueran a Toledo) fácilmente fue puesta en sujeción y tomada por aviso de un pastor, que en los muros cerca de la puente les mostró cierta parte por donde entraron, ayudados asimismo del silencio de la noche y muertas las centinelas. El gobernador de la ciudad se hizo fuerte en un templo, que se llamaba de San Jorge, en que se mantuvo por espacio de tres meses; pero al cabo de este tiempo, como huyese, fue preso y vino en poder de los moros; el templo entraron por fuerza, y pasaron a cuchillo todos los que en él estaban. Con la otra parte del ejército Tarif saqueaba y talaba y metía a fuego y a sangre lo restante de Andalucía y corría los vencidos por todas parles. Mentesa fue tomada por fuerza y destruida, de la cual dice el arzobispo don Rodrigo caía cerca de Jaén, pero a la verdad algo mas apartado estaba. En Málaga, en Iliberris y en Granada pusieron guarnición de soldados. Murcia se rindió a partido, que sacó el gobernador aventajado, como buen soldado y sagaz que era, ca después que en un encuentro fue vencido por los moros, puso las mujeres vestidas como hombres en la muralla. Los moros con aquella maña, persuadidos que había dentro gran número de soldados, le otorgaron lo que pidió. De Murcia dice el mismo don Rodrigo que en aquel tiempo se llamaba Oreola. Demás de esto, los judíos mezclados con los moros fueron puestos por moradores en Córdoba y en Granada a causa que los cristianos se habían ido a diversas partes y dejádolas vacías.

 

Restaba Toledo, ciudad puesta en el riñón de España, de asiento inexpugnable. El arzobispo Urbano, sin embargo de su fortaleza, se había retirado a las Asturias y llevado consigo las sagradas reliquias porque no fuesen profanadas por los enemigos del nombre cristiano. En particular llevó la vestidura traída a san Ildefonso del cielo, y un arca llena de reliquias, que por diversos casos fuera llevada a Jerusalén, y después parara en Toledo. Llevó asimismo los libros sagrados de la Biblia, y las obras de los santos varones Isidoro, Ildefonso, Juliano, muestras de su erudición y santidad, tesoros más preciosos que el oro y las perlas, porque no fuesen abrasados con el fuego que destruía todo lo demás. En compañía de Urbano para mayor seguridad fue don Pelayo, como se halla escrito en graves autores. Y para que estos tesoros celestiales estuviesen más libres de peligro, en lo postrero de España los pusieron en una cueva debajo de tierra, distante dos leguas de donde después se edificó la ciudad de

 

 

 

 

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Oviedo. Desde el cual tiempo se llamó aquel lugar el Monte Santo, y de muy antiguo es tenido en gran devoción por los pueblos comarcanos, de donde todos los años acude allí gran muchedumbre, principalmente la fiesta de la Magdalena. Hicieron asimismo compañía a Urbano y a don Pelayo los más nobles y ricos ciudadanos de Toledo, por estar mas lejos del peligro, seguir el ejemplo de su prelado y conservarse para mejor tiempo.

 

Juntáronse los moros de diversas partes, en que todo les sucedía prósperamente, para poner cerco a Toledo. Llevaron por su caudillo a Tarif, y por las causas ya dichas fácilmente se apoderaron de aquella ciudad, silla de los reyes godos y lumbre de toda España. En la manera como se tomó hay opiniones diferentes. El arzobispo don Rodrigo dice que los judíos que quedaron en la ciudad y estaban a la mira sin poner a riesgo sus cosas, ora venciesen, ora fuesen vencidos los españoles, y también por el odio del nombre cristiano sin dilación abrieron las puertas a los vencedores, y a ejemplo de lo que se hizo en Córdoba y en Granada, los judíos y moros fueron en ella puestos por moradores. Don Lucas de Tuy, al contrario, afirma que los cristianos de Toledo, confiados en la fortaleza del sitio, maguer que eran en pequeño número, sin fuerzas y sin esfuerzo, sufrieron el cerco algunos meses hasta tanto que últimamente el domingo de Ramos, día en que se celebra la pasión del Señor, como era de costumbre, salieron los cristianos en procesión a Santa Leocadia, la del Arrabal. Entre tanto los enemigos fueron por los judíos recibidos dentro de la ciudad, y por ellos los ciudadanos todos muertos o presos. En cosas tan inciertas sería atrevimiento sentenciar por la una o por la otra parte. Todavía yo más me allego a los que dijeron que la ciudad después de un largo cerco, entregaron a partido sus mismos ciudadanos.

 

Las condiciones que se asentaron, dicen, fueron éstas: los que quisiesen partirse de la ciudad sacasen libremente sus haciendas; los que quedar, pudiesen seguir la religión de sus padres, para cuyo ejercicio les señalaron siete templos, es a saber, de los santos Justa, Torcuato, Lucas, Marco, Eulalia, Sebastián y el de Nuestra Señora del Arrabal. Los tributos fuesen los mismos que acostumbraban pagar a los reyes godos, sin que les pudiesen poner otros de nuevo. Que los gobernasen por sus leyes, y para este efecto se nombrasen jueces de entre ellos que les hiciesen justicia. Por esta manera fue Toledo puesta en poder de los moros.

 

 

 

 

 

 

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Las demás ciudades de España, unas se rendían de voluntad, otras tomaban por fuerza; que la llama de la guerra se emprendía por todas partes. Los moradores se derramaban por diversos lugares, como a cada uno guiaba el miedo o la esperanza. León, forzada de la hambre y por falta de mantenimientos, se rindió. Guadalajara (en los carpetanos) fue tomada. En los celtíberos, en un pueblo que en nuestro tiempo se llama Medinaceli, y antiguamente dice don Rodrigo se llamó Segoncia, hallaron una mesa de esmeralda, como yo lo entiendo de mármol verde, de grandor, estima y precio extraordinario, de donde los moros llamaron aquel pueblo Medina Almeida, que significa ciudad de mesa. En Castilla la Vieja se entregó Amaya, forzada de la hambre que cada día se embravecía más, cuyos despojos sobrepujaron las riquezas de las demás a causa que muchos, confiados en su fortaleza, se recogieran a ella con todo lo mejor de sus casas. Llamábase aquella parte de Castilla en aquel tiempo Campos de los Godos; de allí quedó que hasta hoy se llama tierra de Campos. En Galicia quemaron Astorga; los muros por ser de buena estofa quedaron en pie. En los Asturias, Gijón, pueblo por la parte de tierra y de la mar muy fuerte, vino asimismo en poder de los moros. Pusieron guarniciones de soldados en lugares a propósito para que los naturales no pudiesen rebullirse ni sacudir aquel yugo tan pesado de sus cervices.

 

El ejército de los moros, rico con los despojos de España, y su general Tarif, debajo cuya conducta ganaran tantas victorias, dieron vuelta a Toledo para con el reposo gozar el fruto de tantos trabajos, y desde allí, como desde una atalaya muy alta, proveer y acudir a las demás partes. Todo esto pasó el año de 715, en que hallo también se apoderaron de Narbona, ca diversos ejércitos de África a la fama de victoria tan señalada como enjambres se derramaban por todo el señorío de los godos. Los naturales, parte huidos, parte amedrentados, no hallaban traza para ayudar a su patria; ningún ejército en número y en fuerzas bastante se juntaba; sólo cada cual de las ciudades proveía en particular lo que le tocaba; así nombraron diversos gobernadores, y porque en guerra y en paz eran soberanos, sin reconocer superior, algunos historiadores les dan nombre de reyes.

 

 

 

 

XXV. Cómo Muza vino a España

 

 

 

 

 

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En tanto que esto pasaba en España, de África se sonaba que Muza era combatido de diversas olas de pensamientos. Por una parte se holgaba que aquella nobilísima provincia fuese vencida y el señorío de los moros hubiese pasado a Europa, por otra le escocía que por su descuido hubiese Tarif ganado, no sólo los despojos de España, sino también la honra de todo. Aguijoneábanle igualmente la avaricia y la envidia, malos consejeros en guerra y en paz.

 

Acordó de pasar en España, como lo hizo, con un nuevo ejército, en que dicen se contaban doce mil soldados, pequeño número para empresas tan grandes, si los españoles no estuvieran de todo punto apretados y caídos, porque lo que suele acontecer cuando los negocios están perdidos, todos daban buen consejo que se acudiese a las armas y a la defensa, pero cada uno rehusaba de acometer el peligro. Venido el nuevo caudillo de los moros, se mudó la manera de hacer la guerra; que si bien algunos le aconsejaban juntase las fuerzas con Tarif y de consuno acometiesen las demás ciudades que aún no estaban rendidas, prevaleció empero el parecer de aquellos que, aunque eran cristianos, teniendo más cuenta con el tiempo que con la conciencia, prometían su ayuda a Muza para acabar lo que restaba, con la cual y con sus fuerzas podría sujetar las ciudades comarcanas, cosa que al bárbaro parecía ser de mayor reputación. Acudió también el conde don Julián, sea con deseo de ganar la gracia del nuevo capitán y esperar de él mayores mercedes, sea por odio de Tarif y disensión que resultó entre los dos; que suelen los traidores, como son bulliciosos e inconstantes, después de haber servido, perder primero la gracia, y adelante ser aborrecidos, así por la memoria de la maldad como porque los miran como acreedores.

 

De Algeciras, do desembarcaron estos bárbaros, fueron primeramente a ponerse sobre Medina Sidonia, sitio que los moradores sufrieron por algún tiempo, y aún fiados de su valentía diversas veces hicieron salidas sobre los enemigos, mas fueron rebatidos y al fin tomados por fuerza. Pusieron con el mismo ímpetu sitio sobre Carmona, ciudad antiguamente la más fuerte del Andalucía. Gastáronse algunos días en el cerco, porque los moradores se defendían valientemente. Usó el conde don Julián de cierto engaño, fingió en cierta cuestión que se huía de los moros; los ciudadanos, engañados, recibiéronle dentro de los muros por la puerta que entonces se llamaba de Córdoba, y con este embuste se tomó. Esto dice el arzobispo don Rodrigo. El moro Rasis discrepa en el tiempo y en la

 

 

 

 

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manera, ca dice fue tomada después que Muza y Tarif se vieron en Toledo, y que los soldados de don Julián, no con muestra de huir, sino en traje de mercaderes, metieron en ella las armas con que la ganaron por fuerza. Acudió a Sevilla como a ciudad tan principal gran muchedumbre de godos; pero como la morisma que iba sobre ella fuese grande, perdida la esperanza de poderse tenerlas de dentro, secretamente se huyeron, y los moros apoderados de ella, la entregaron a los judíos para que junto con los moros morasen en ella. Beja la de Lusitania o Portugal, que se decía Paz Julia, do se recogieron los ciudadanos de Sevilla, corrió la misma fortuna, dado que no se sabe si la entraron por fuerza, si se rindió a partido; sólo consta que adelante vivió en ella gran número de cristianos.

 

No lejos de ella cae Mérida, colonia antiguamente de romanos, y entonces la más principal ciudad de Lusitania, y que conservaba todavía claros rastros de su antigua majestad, si bien de las muchas guerras pasadas quedó maltratada, y últimamente en la batalla en que se perdió el rey don Rodrigo y con él España, muchos de sus ciudadanos perecieron como buenos. Todo esto no fue parte para que perdiesen el ánimo, antes salieron contra el enemigo que sobre ellos venía. La pelea fue sin orden, muchos de ambas partes perecieron; los moros eran más en número, y así, los cristianos fueron forzados a retirarse dentro de los muros. A la hora Muza, acompañado de cuatro personas solamente, mirado el sitio y majestad de la ciudad, dijo: «Parece que de todo el mundo se juntaron gentes a fundar este pueblo; dichoso quien fuese señor de él». Encendido en este deseo, buscaba traza para salir con su intento. Estaba cerca de la ciudad una cantera antigua, la cual por ser honda pareció a propósito para armar una celada; puso pues en aquellas barrancas de parte de noche buen número de caballos. Dio vista a la ciudad; los cercados salieron a la pelea, adelantáronse sin orden, tanto, que cayeron en la celada; con que por frente y por las espaldas fueron apretados de tal suerte, que, con pérdida de muchos, pocos, cerrado su escuadrón y apretados, pudieron volver a la ciudad. Con este daño reprimieron su atrevimiento, acordaron de no hacer salidas, sino defender solamente sus murallas. El cerco iba adelante, dilación que daba mucha pena a Muza, apercibió todas las suertes de ingenios que en aquel tiempo se usaban, levantó torres de madera, hizo trabucos y mantas con que los soldados arrimados al muro procuraban con picos abrir entrada. Acudían los cercados a todas partes, y con esfuerzo y diligencia rebatían estos intentos; pero eran pocos en número, y

 

 

 

 

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comenzaban a sentir falta de vituallas y municiones. Trataron de rendirse, mas con tales condiciones, que Muza las rechazó con desdén y saña. Volvieron los medianeros sin hacer algún efecto, sólo con esperanza que aquel general les pareció tan viejo y flaco, que apenas podría vivir hasta que la ciudad fuese tomada. No se le encubrió esto al bárbaro; usó de astucia, que a las veces más vale maña que fuerza; tornaron los embajadores a tratar del mismo negocio; maravilláronse de hallarle sin canas, que se había teñido la barba y cabello; mas como quier que no entendiesen el artificio, juzgaron que era milagro: persuadieron a los suyos se rindiesen al que juzgaban vencía las mismas leyes de la naturaleza. Los partidos fueron: que los bienes de los ciudadanos muertos en las peleas y en el cerco fuesen confiscados; lo mismo las rentas de las iglesias, sus preseas, vasos y ornamentos de oro y de plata; los que quisiesen quedar en la ciudad retuviesen sus haciendas; los que irse, lo pudiesen hacer libremente a donde quisiesen. No se averigua bastantemente el tiempo en que Mérida se rindió; el arzobispo don Rodrigo dice fue en el mismo mes que Muza vino a España, pero no declara si el mismo año o el siguiente.

 

Concuerdan que los de Beja y los de Ilipula, con intento de hacer rostro a los moros antes que del todo se arraigasen en la tierra, con las armas se apoderaron de Sevilla y pasaron a cuchillo gran parte de la guarnición que allí quedó por los moros. Poco aprovechó este esfuerzo, ca los moros revolvieron sobre ellos, y con su daño los forzaron a sujetarse como de antes por este orden.

Vino a España con Muza un su hijo, llamado Abdalasis. Éste en cierta ocasión se quejó a su padre de no haberle puesto en cosa en que pudiese mostrar su esfuerzo. Parecióle al padre tenía razón; diole un grueso escuadrón de moros, con que entró por tierra de Valencia, peleó diversas veces con la gente de aquella tierra. Rindiósele aquella ciudad, las de Denia, Alicante y Huerta a partido que no violase los templos, que pudiesen vivir como cristianos, que a cada uno quedase su hacienda con pagar cierto tributo que se les imponía asaz tolerable. Acabadas estas cosas por todo el año de 716, revolvió con sus gentes hacia Sevilla, que estaba levantada, como queda dicho; sujetóla con facilidad, dio la muerte a los que fueron causa del alboroto y de la matanza que se hizo de los soldados moros. Pasó adelante, tomo a Ilipula, en que hizo grande estrago, y aún se puede entender que la hizo abatir por tierra, pues de ciudad muy fuerte que

 

 

 

 

 

 

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era entonces, hoy es un pueblo pequeño, llamado Peñaflor, puesto entre Córdoba y Sevilla.

 

El moro Rasis dice que la guarnición de Mérida fue la que mataron los nuestros; y que para hacer esto los de Sevilla se juntaron con los de Beja y con los de Ilipula, cosa bien diferente de lo que queda dicho. Lo cierto es que de Mérida se partió Muza para Toledo. Salióle al encuentro Tarif, y para más honrarle pasó adelante de Talavera. Juntáronse cerca del río Tiétar, que riega los campos de Arañuelo. Las muestras de amor y contento fueron grandes, los corazones no estaban conformes, la envidia aquejaba a Muza, a Tarif el miedo, que tal es la fruta del mundo. Recelábase Tarif no le descompusiesen, porque le achacaba Muza que no había obedecido a sus mandatos ni seguido su orden, que la victoria fue acaso y no conforme a buen gobierno de guerra; achaques y cargos que al vulgo y gente de guerra no parecía bien, por estar acostumbrada a juzgar de los consejos de sus capitanes, no tanto por lo que son como por el fin que tienen y por lo que sucede, demás que todos sabían el mal talante y ánimo de Muza. Continuáronse los desabrimientos hasta que llegaron a Toledo.

 

Allí tomaron cuentas a Tarif, así de lo que gastara en la guerra como de los despojos y tesoros ganados en ella. Disimulaba él toda esta acedia y mal tratamiento, y con servir y regalar a su contrario procuraba aplacar el ánimo y la saña de aquel viejo. En fin, reconciliados entre sí, caminaron hacia Zaragoza con intento de apoderarse, como lo hicieron, de aquella ciudad poderosa en armas y en gente. Por abreviar, lo mismo hicieron de otras muchas ciudades de la Celtiberia y de la Carpetania, que hoy es el reino de Toledo, que se apoderaron de ellas y de las demás sin sangre, ca se dieron a partido.

 

Con esto parecía que toda España quedaba sujeta y llana, que fue en menos de tres años después que vino la primera vez el ejército de moros de África a estas partes. Verdad es que lo de más adentro no se podía allanar sin grande dificultad por estar España por muchas partes rodeada de riscos y montes y espesuras muy bravas. Supo el miramamolín Ulit, así las victorias como las diferencias que andaban entre sus capitanes; y porque no parasen perjuicio les mandó a entrambos ir a su presencia. Muza, resuelto de partirse, porque no sucediesen en lo ganado algunas alteraciones, nombró en su lugar por gobernador a su hijo Abdalasis, de cuyo esfuerzo y valor había muestras frescas y bastantes. Juraron todos de

 

 

 

 

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obedecerle, y con tanto, Muza y Tarif, antes grandes y famosos caudillos, y en lo de adelante más esclarecidos por cosas tan grandes como acabaron, se aprestaron para embarcarse y consigo los tesoros, preseas, riquezas, oro y plata que los godos en tantos años con todo su poder pudieron juntar.

 

 

 

 

XXVI. De los años de los árabes

 

Con la mudanza del gobierno y señorío las costumbres, ritos y leyes de España se trocaron y alteraron grandemente. Relatarlo todo sería largo cuento; lo que al presente hace al propósito, y servirá para entender la historia de los tiempos adelante, dejada la cuenta de los años de que ordinariamente los españoles usaban en los contratos, pleitos y en las historias, cuyo principio se tomaba del nacimiento de Cristo o era de César, se introdujo casi por toda ella otra nueva manera de contar los tiempos, de que los moros usan en todas las provincias en que se han extendido largamente. Fundador de aquella malvada superstición fue Mahoma, árabe de nación, el cual por la mucha prosperidad que tuvo en las guerras y por descuido del emperador Heraclio, se llamó y coronó rey de su nación en Damasco, nobilísima ciudad de la Siria. Demás de esto, para que su autoridad fuese mayor, promulgó a sus gentes leyes como dadas del cielo por divina revelación. No hay cosa más engañosa que la máscara de la mala y perversa religión, cuando se toma para cubrir con ella como con velo las maldades y libertad, ni hay cosa más poderosa para trastornar los ánimos del pueblo y llevarle donde quiera.

 

Desde este tiempo cuando Mahoma se llamó rey comienzan los árabes a contar los años de la hégira, que es tanto como jornada o expedición. Esto, como quier que sea cierto, es muy dificultoso averiguar con qué año de nuestra salvación concurrió. Los autores andan varios, y no concuerdan en el cuento de los años adelante; vergonzosa ignorancia de historia y de antigüedad. Grandes tinieblas, de donde será dificultoso sacar a luz la verdad; procurarémoslo empero por cuanto las fuerzas y diligencia alcanzare. El principio de esta disputa se tomará un poco más arriba en esta manera. El año resulta del movimiento del sol que corre por los signos del zodiaco en trescientos sesenta y cinco días y un cuarto de día. Del movimiento de la luna y de sus variedades resultan los meses, ca discurre

 

 

 

 

 

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por el mismo círculo en días veinte y nueve y doce horas. Todo el tiempo se divide en años, y el año en meses, costumbre universal de todas las naciones, de que procede toda la dificultad, por no ser cosa fácil igualar y ajustar en número de días los movimientos del sol y de la luna tan diferentes entre sí, dado que por muchas veces grandes ingenios se han en esto desvelado.

 

Los más antiguos romanos gobernaron el año por el movimiento del sol, que dividieron en solos diez meses, cuenta varia y inconstante. De estos meses los seis eran de a treinta días, los cuatro de a treinta y uno, es a saber, marzo, mayo, julio, octubre. Todo el año tenía trescientos y cuatro días, comenzábase por el mes de marzo, como los nombres de septiembre, que es el séptimo mes, de octubre y de noviembre lo declaran. En tiempo tan grosero, falto de erudición y doctrina, no advertían los inconvenientes que las fiestas del estío venían a caer en invierno, las del verano en el otoño, grande desorden y desconcierto. Los árabes, de quien lo tomaron los moros, para formar el año sólo miraron al movimiento de la luna, componiéndolo de doce vueltas que da por el zodiaco, que son doce meses, los seis de a veinte y nueve días, y los otros seis de a treinta; todo su año tenía días trecientos y cincuenta y cuatro, manera que entre los romanos imitó Numa Pompilio, ca añadió a la cuenta antigua del año cincuenta días repartidos en los meses de enero y de febrero, que también añadió a los demás; pero sucedía sin duda, aunque en más largo tiempo, que el frío venía en los meses del verano, y el calor al contrario, inconveniente en que forzosamente incurren los moros por mantenerse obstinadamente hasta el día de hoy en la costumbre que antiguamente tenían; que las demás naciones tuvieron cuidado y pusieron toda diligencia en ajustar los movimientos de la luna y del sol para corregir toda la variedad e inconstancia que entre ellos hay.

 

Grande fue el trabajo que en esto pasaron, y los caminos que tomaron diferentes. Los griegos cada ocho años intercalaban noventa días repartidos en tres meses; lo mismo hicieron los romanos más modernos por su ejemplo, mudadas solamente algunas pocas cosas. Los hebreos y los egipcios, como gentes más entendidas en los movimientos del cielo, hallaron más prudentemente esta manera de enmienda, que los latinos llamaron intercalación. Porque en diez y nueve años, espacio en que se acaba toda la variedad del movimiento de la luna, intercalaron siete meses a ciertas distancias. Lo mismo hizo Julio César después que se apoderó de

 

 

 

 

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Roma, por entender pertenecía a su providencia y gobierno emendar la razón de los tiempos, que entre los romanos andaba revuelta y confusa. Ayudóse del consejo de Sosigenes, grande matemático y astrólogo, y de Marco Fabio, escribano de Roma, con cuya ayuda redujo el año solar a trescientos y sesenta y cinco días y un cuarto de día; por donde cada cuatro años se intercala un día a veinte y cuatro de febrero, que es sexto de las calendas de marzo, y el día intercalado se llama también sexto de las mismas calendas; por donde el año se llama bis sexto, que es lo mismo que dos veces sexto. La razón de la luna y de toda su inconstancia y cuenta del año lunar comprehendieron con el áureo número, que procede de uno hasta diez y nueve, y fue puesto en el calendario romano. Intercalaban en diez y nueve años siete lunas, manera que por entonces pareció muy a propósito para que la cuenta de los tiempos fuese ordenada, y ajustados los años solar y lunar; pero con el progreso del tiempo por ciertas menudencias, que no consideraron en la cuenta del año, se halló que ni la una ni la otra cuenta concordaban con los movimientos de aquellos planetas ni entre sí.

 

Por donde los cristianos, que, a imitación de César, cuanto a las fiestas inmovibles siguen el año solar, y cuanto a las movibles el lunar, hallaron haberse alejado mucho de lo que se pretendió, que ni el principio del año caía en el mismo día que en tiempo de César, ni con el áureo número, como se pretendía, se mostraban las conjunciones de la luna. Por lo uno y por lo otro el papa Gregorio XIII, el año de 1582, cuando esto escribíamos, enmendó todo esto, quitó del calendario el áureo número, en cuyo lugar puso otro mayor, que llamaron epactas. Demás de esto, en el principio de octubre de aquel año se dejaron de contar diez días para efecto que el principio del año solar volviese al asiento conveniente señalado por los antiguos. Y para que no hiciese desde allí mudanza en lo de adelante, proveyó que a ciertas distancias no se intercalase el bisiesto, con que se acudió a todos los inconvenientes.

 

Disputar de todo esto más a la larga y más sutilmente pertenece a los astrólogos; lo que es de este lugar y aprovecha para la historia es que los moros, como poco antes se ha dicho, hacen el año menor que el nuestro once días y un cuarto. Lo cual por no considerar muchos autores señalaron en diversos lugares el principio de aquella cuenta de los moros y de aquellos años de la hégira con tan extraña variedad, que desde el año de 592 hasta el de 627 casi no hay año ninguno en que alguno o algunos autores no pongan el principio de la dicha cuenta; variedad y discordancia

 

 

 

 

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vergonzosa. Discordancia, de que pienso fue la causa que diversos escritores en diversos tiempos como se informasen cuántos años corrían en aquella sazón de los árabes, por no saber que eran menores que los nuestros, volviendo a contar hacia atrás y a restar aquel número de años de los de Cristo, señalaron diversos principios, los postreros, como contaban más años, más arriba. En tanta variedad mucho tiempo nos hallamos suspensos y dudosos en lo que debíamos seguir.

 

Lo que más verosímil nos parece es que la computación de los árabes, de los moros y de la hégira, que todo es uno, se debe comenzar el año de Cristo 622 a 15 de julio, según que lo testifican los Anales toledanos, que se escribieron pasados trecientos años ha. Lo mismo comprueban los letreros de las piedras y las memorias antiguas; concuerdan los judíos y moros, con quien para mayor seguridad lo comunicamos, según que en un librito aparte bastantemente lo tenemos todo deducido. Sin embargo, el arzobispo clon Rodrigo e Isidoro, pacense, se apartan de esto, porque señalan el principio de esta cuenta el año de Cristo de 618, es a saber, el año seteno del imperio de Heraclio. Otros muchos y casi los más, en que hay mayor daño, igualaron los años de los moros con los nuestros, cosa que no debieran hacer, como queda bastantemente advertido.

 

 

 

 

XXVII. De lo que hizo Abdalasis

 

Gobernó algún tiempo Abdalasis la provincia que su padre lo encomendó sabia y prudentemente. De África vinieron a España grandes gentíos para arraigarse más los moros en ella, para cultivar y poblar aquella anchísima tierra, a causa de las guerras pasadas falta de moradores y yerma. Diéronles campos y asientos, señalaron a Sevilla por cabeza, en que estuviese la silla del nuevo imperio, como ciudad grande y fuerte y cómoda para desde allí acudir a las demás.

 

Egilona, mujer del rey don Rodrigo, estaba cautiva con otros muchos. El moro gobernador, con son que por derecho de la guerra le tocaba aquella presa, la hizo traer ante sí. Era de buena edad, su hermosura y apostura muy grande. Así, a la primera vista el bárbaro quedó herido y preso. Preguntóle con blandas palabras cómo estaba. Ella, lastimada de la

 

 

 

 

 

 

 

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memoria de su prosperidad antigua y renovada con esto su pena, comenzó a derramar lágrimas, despedir sollozos y gemidos.

 

«¿Qué quieres, dijo con voz flaca, saber de mí, cuya desventura ha sonado y se sabe por todo el mundo, tanto más grave cuanto de todos es más conocida? La que poco antes era reina dichosa, cuyo señorío se extendía fuera de España, al presente, ¡oh triste fortuna!, despojada de todo me hallo en el número de los esclavos y cautivos. La caída, tanto es más dolorosa cuanto el lugar de que se cae es más alto; lo que es de tal suerte, que los españoles, olvidados de su afán, lloran mi desastre y les es ocasión de mayor pena. Tú, si como es justo lo hagan los ánimos generosos, te mueves por el desastre de los reyes, gózate en esta bienandanza tener ocasión de hacer bien a la sangre real. Ningún mayor favor me puedes hacer que volver por mi honestidad como de reina y de matrona, y no permitir que ninguno de mí se burle. Por lo demás tuya soy; de mí, como tu esclava, haz lo que por bien tuvieres. Con las obras, por hallarme en este estado, no te podré gratificar lo que hicieres; la memoria y reconocimiento serán perpetuos, y la voluntad de agradarte y obedecerte muy grande».

 

Con esto razonamiento y palabras quedó aquel bárbaro mas prendado. Usó con ella de halagos y de blandura, resuelto de tomarla por mujer, como lo hizo, sin quitarle la libertad de ser cristiana. Túvola en su compañía con grande honra toda la vida, ca demás de su hermosura y de su edad, que era muy florida, fue dotada de singular prudencia, tanto, que por sus consejos principalmente enderezaba su gobierno, y a su persuasión, por tener más autoridad y que nadie lo menospreciase, usó de repuesto, aparato y corte real, y se puso corona en la cabeza.

En tierra de Antequera por la parte que toca los mojones y los aledaños de Málaga hay un monte llamado Abdalasis, por ventura del nombre de este príncipe; como también algunos sospechan que Almaguer, pueblo de la orden de Santiago, se llamó así de Magued, capitán moro, de quien dicen solía beber del agua de una fuente que está allí cerca; y porque el agua en lengua arábiga se dice alma, prebenden que de alma y Magued se compuso el nombre de Almaguer. Hoy en aquel pueblo no hay fuentes, todos beben de pozos. No hay duda sino que con la mudanza que hubo en las demás cosas se mudaron los apellidos a muchos pueblos, montes, ríos, fuentes, de que resulta grande confusión en la memoria y nombres antiguos, ca los capitanes bárbaros parece pretendieron para perpetuar su

 

 

 

 

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memoria y para mayor honra suya fundar nuevos pueblos o mudar a otros sus apellidos que tenían de tiempo antiguo.

 

Qué se haya hecho del conde don Julián no se sabe ni se averigua; la grandeza de su maldad hace se entienda que vivo y muerto fue condenado a eternos tormentos. Es opinión empero, sin autor que la compruebe bastantemente, que la mujer del conde murió apedreada, y un hijo suyo despeñado de una torre de Ceuta, y que a él mismo condenaron a cárcel perpetua por mandado y sentencia de los moros, a quien tanto quiso agradar. En un castillo llamado Loarre, distrito de la ciudad de Huesca, se muestra un sepulcro de piedra fuera de la iglesia del castillo, do dicen comúnmente estuvo sepultado. Don Rodrigo y don Lucas de Tuy testifican haber sido muerto y despojado de todos sus bienes, así él como los hijos del rey Witiza.

 

Lo que se puede asegurar es que el estado de las cosas era de todo punto miserable. Casi toda España estaba a los moros sujeta a esta sazón; no se puede pensar género de mal que los cristianos no padeciesen; quitaban las mujeres a sus maridos, sacaban los hijos del regazo de sus madres, robaban los paños y ricas preseas líbremente y sin castigo. Las heredades y los campos no rendían los frutos que solían, por estar airado el cielo y por la falta de labranza. Profanaban las casas y templos consagrados y aún los abrasaban y abatían; los cuerpos muertos a cada paso se hallaban tendidos por las calles y caminos; no se oía por todas partes sino llantos y gemidos. Finalmente, no se puede pensar género de mal con que España no fuese afligida; claro castigo de Dios, que por tal manera tomaba venganza, no sólo de los malos, sino también de los inocentes, por el menosprecio de la religión y de sus leyes.

 

Todavía en lo de Vizcaya y en parte de los Pirineos hacia lo de Navarra y Aragón, en lo de Asturias y parte de la Galicia se entretenían los cristianos, confiados más en la aspereza de los lugares y por no acudir contra ellos los moros, que en fuerzas o ánimo que tuviesen para hacer resistencia. Los que estaban sujetos a los moros y mezclados con ellos, entonces se comenzaron a llamar mixti-árabes, es a saber, mezclados árabes; después, mudada algún tanto la palabra, los mismos se llamaron mozárabes. Dábanles libertad de profesar su religión, tenían templos a fuer de cristianos, monasterios de hombres y mujeres como antes. Los obispos, por miedo que su dignidad no fuese escarnecida entre aquellos bárbaros, se recogieron a Galicia junto con gran parte de la clerecía; y aún el obispo de

 

 

 

 

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Iria Flavia, que es el Padrón, a muchos prelados que acudieron a su obispado, señaló rentas y diezmos con que se sustentasen en aquel destierro, como se entiende por la narrativa de un privilegio que el rey don Ordoño el Segundo dio a la iglesia de Santiago de Galicia, año de Cristo de 913.

 

De esta manera cayó España; tal fue el fin del nobilísimo reino de los godos. Con el cielo sin duda se revuelven la cosas acá; lo que tuvo principio es necesario se acabe; lo que nace muere, y lo que crece se envejece. Cayó pues el reino y gente de los godos, no sin providencia y consejo del cielo, como a mi me parece, para que después de tal castigo de las cenizas y de la sepultura de aquella gente naciese y se levantase una nueva y santa España, de mayores fuerzas y señorío que antes era; refugio en este tiempo, amparo y columna de la religión católica, que compuesta de todas sus partes y como de sus miembros termina su muy ancho imperio, y le extiende, como hoy lo vemos, hasta los últimos fines de levante y poniente. Porque en el mismo tiempo que esto se escribía en latín, don Felipe II, rey católico de España, vencidos por dos y más veces en batalla los rebeldes, juntó con los demás estados el reino de Portugal con atadura, como lo esperamos, dichosa y perpetua; con que esta anchísima provincia de España, reducida después de tanto tiempo debajo un cetro y señorío, comienza a poner muy mayor espanto que solía a los malos y a los enemigos de Cristo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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LIBRO SÉPTIMO

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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I. Cómo el infante don Pelayo se levantó contra

 

los moros

 

No pasaron dos años enteros después que el furor africano hizo a España aquella guerra cruel y desgraciada, cuando un gran campo de moros pasó las cumbres de los Pirineos por donde parten término España y Francia, y por fuerza de armas rompió por aquella provincia con intento de rendir con las armas vencedoras aquella parte de Francia que solía ser de los godos. Además que se les presentaba buena ocasión, conforme al deseo que llevaban, de acometer y apoderarse de toda aquella provincia por estar alterada con discordias civiles y muy cerca de caer por el suelo a causa de la ociosidad y descuido muy grande de aquellos reyes, con que las fuerzas se enflaquecían y marchitaban, no de otra guisa que poco antes aconteciera en España.

 

Pipino, el más Viejo, y Carlos, su hijo (bien que habido fuera de matrimonio), por su valor y esfuerzo en las armas llamado por sobrenombre Martello, señores de lo que entonces Austrasia y al presente se dice Lorena, eran mayordomos de la casa real de Francia, y como tales gobernaban en paz y en guerra la república a su voluntad; camino que claramente se hacían, y escalón para apoderarse del reino y de la corona, cuyo nombre quedaba solamente a los que eran verdaderos reyes y naturales por ser del linaje y alcurnia de Faramundo, primero rey de los francos. Grande era el odio que resultaba y el disgusto que por esta causa muchos recibían; llevaban mal que una casa en Francia y un linaje estuviese tan apoderado de todo, que pudiese más que las leyes y que los reyes y toda la demás nobleza. Eudón, duque de Aquitania, hoy Guyena, era el principal que hacía rostro y contrastaba a los intentos de los austrasianos. Cada parte tenía sus valedores y allegados, conque toda aquella nación y provincia estaba dividida en parcialidades y bandos.

 

Lo que hace a nuestro propósito es que con la ocasión de estar los bárbaros ocupados en la guerra de Francia, las reliquias de los godos que escaparon de aquel miserable naufragio de España, y reducidos a las Asturias, Galicia y Vizcaya, tenían más confianza en la aspereza de aquellas fraguras de montes que en las fuerzas, tuvieron lugar para tratar

 

 

 

 

 

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entre sí cómo podrían recobrar su antigua libertad. Quejábanse en secreto que sus hijos y mujeres, hechos esclavos, servían a la deshonestidad de sus señores. Que ellos mismos, llegados a lo último de la desventura, no sólo padecían el público vasallaje, sino cada cual una miserable servidumbre. Todos los santuarios de España profanados, los templos de los santos, unos con el furor de la guerra quemados y abatidos, otros después de la victoria servían a la torpeza de la superstición mahometana, saqueados los ornamentos y preseas de las iglesias; rastros do quiera de una bárbara crueldad y fiereza. En Munuza, que era gobernador de Gijón, aunque puesto por los moros, de profesión cristiano, en quien fuera justo hallar algún reparo, no se veía cosa de hombre fuera de la figura y apariencia, ni de cristiano más del nombre y hábito exterior; que les sería mejor partido morir de una vez que sufrir cosas tan indignas y vida tan desgraciada. Ya no trataban de recobrar la antigua gloria en un punto oscurecida, ni el imperio de su gente, que por permisión de Dios era acabado; sólo deseaban alguna manera de servidumbre tolerable y de vida no tan amarga como era la que padecían.

 

Los que de esto trataban tenían más falta de caudillo que de fuerzas, el cual con el riesgo de su vida y con su ejemplo despertase a los demás cristianos de España y los animase para acometer cosa tan grande; porque, como suele el pueblo, todos blasonaban y hablaban atrevidamente, pero todos también rehusaban de entrar en el peligro y en la liza; el vigor y valor de los ánimos caído; la nobleza de los godos, con las guerras, por la mayor parte acabada. Sólo el infante don Pelayo, como el que venía de la alcurnia y sangre real de los godos, sin embargo de los trabajos que había padecido, resplandecía y se señalaba en valor y grandeza de ánimo, cosa que sabían muy bien los naturales; y aún los mismos que no le conocían, por la fama de sus proezas y de su esfuerzo, como suele acontecer, le imaginaban hombre de grande cuerpo y gentil presencia.

 

Sucedió muy a propósito que desde Vizcaya, do estaba recogido después del desastre de España, viniese a las Asturias, no se sabe si llamado, si de su voluntad, por no faltará la ocasión, si alguna se presentase, de ayudar a la patria común. Por ventura tenían diferencias sobre el señorío de Vizcaya, ca tres duques de Vizcaya hallo en las memorias de aquel tiempo: Eudón, Pedro y don Pelayo. A la verdad luego que llegó a las Asturias todos pusieron en él los ojos y la esperanza que se podría dar algún corte en tantos males y hallar algún remedio, si le

 

 

 

 

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pudiesen persuadir que se hiciese cabeza, y como tal se encargase del amparo y protección de los demás. A muchos atemorizaba la grandeza del peligro y hazaña que acometían con fuerzas tan flacas; parecía desatino sin mayor seguridad aventurarse de nuevo y exasperar las armas y los ánimos de los bárbaros; pero lo que rehusaban de hacer por miedo, cierto accidente lo trocó en necesidad.

 

Tenía don Pelayo una hermana en edad muy florida, de hermosura extraordinaria. Deseaba grandemente Munuza, gobernador de Gijón, casar con aquella doncella; porque, como suelen los hombres bajos y que de presto suben, no sabía vencerse en la prosperidad, ni enfrenar el deseo deshonesto con la razón y virtud. No tenía alguna esperanza que don Pelayo vendría en lo que él tanto deseaba. Acordó con muestra de amistad enviarle a Córdoba sobre ciertos negocios al capitán Tarif, que aún no era pasado en África. Con la ausencia de don Pelayo fácilmente salió con su intento. Vuelto el hermano de la embajada y sabida la afrenta de su casa, cuán grave dolor recibiese y con cuántas llamas de ira se abrasase dentro de sí, cualquiera lo podrá entender por si mismo. Dábale pena así la afrenta de su hermana como la deshonra de su casa; mas lo que sobre todo sentía era ver que en tiempo tan revuelto no podía satisfacerse de hombre tan poderoso, a cuyo cargo estaban las armas y soldados. Revolvía en su pensamiento diversas trazas; parecióle que sería la mejor, en tanto que se ofrecía alguna buena ocasión de vengarse, callar y disimular el dolor, y con mostrar que holgaba de lo hecho burlar un engaño con otro engaño.

 

Con esta traza halló ocasión de recobrar su hermana, con que se huyó a los pueblos de Asturias comarcanos, en que tenía gentes aficionados y ganadas las voluntades de toda aquella comarca. Espantóse Munuza con la novedad de aquel caso; recelábase que de pequeños principios se podría encender grande llama; acordó de avisar a Tarif lo que pasaba. Despachó él sin dilación desde Córdoba soldados que fácilmente hubieran a las manos a don Pelayo por no estar bien apercibido de fuerzas, si avisado del peligro no escapara con presteza, y puestas las espuelas al caballo, le hiciera pasar un río que por allí pasaba, llamado Pionia, a la sazón muy crecido y arrebatado, cosa que le dio la vida. Porque los contrarios que le seguían por la huella se quedaron burlados por no atreverse a hacer lo mismo ni estimar en tanto el prenderle como el poner a riesgo tan manifiesto sus vidas.

 

 

 

 

 

 

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En el valle que hoy se llama Cangas, y entonces Canica, tocó tambor y levantó estandarte. Acudió de todas partes gente pobre y desterrada con esperanza de cobrar la libertad; tenían entendido que en breve vendría mayor golpe de soldados para atajar aquella rebelión. Muchos, de su voluntad tomaron las armas por el gran deseo que tenían de hacer la guerra debajo de la conducta de don Pelayo, por la salud de la patria y por el remedio de tantos males. Algunos, por miedo que tenían a los enemigos, y por otra parte movidos de las amenazas de los suyos y por el peligro que corrían de ambas partes, ora venciesen los cristianos, ora fuesen vencidos, de ser saqueados y maltratados por los que quedasen con la victoria, forzados acudieron a don Pelayo. En particular los asturianos casi todos siguieron este partido. Juntó los principales de aquella nación, amonestóles que con grande ánimo entrasen en aquella demanda antes que el señorío de los moros con la tardanza de todo punto se arraigase, que con la novedad andaba en balanzas.

 

«Conviene, dice, usar de presteza y de valor para que los que tenemos la justicia de nuestra parte sobrepujemos a los contrarios con el esfuerzo. Cada cual de las ciudades tiene una pequeña guarnición de moros; los moradores y ciudadanos son nuestros, y todos los hombres valientes de España desean emplearse en nuestra ayuda. No habrá alguno que merezca nombre de cristiano que no se venga luego a nuestro campo. Sólo entretengamos a los enemigos un poco, y con corazones atrevidos avivemos la esperanza de recobrar la libertad, y la engendremos en los ánimos de nuestros hermanos. El ejército de los enemigos derramado por muchas partes y la fuerza de su campo está embarazada en Francia. Acudamos pues con esfuerzo y corazón, que ésta es buena ocasión para pelear por la antigua gloria de la guerra, por los altares y religión, por los hijos, mujeres, parientes y aliados que están puestos en una indigna y gravísima servidumbre. Pesada cosa es relatar sus ultrajes, nuestras miserias y peligros, y cosa muy vana encarecerlas con palabras, derramar lágrimas, despedir suspiros.

 

»Lo que hace al caso es aplicar algún remedio a la enfermedad, dar muestra de vuestra nobleza, y acordaros que sois nacidos de la nobilísima sangre de los godos. La prosperidad y regalos nos enflaquecieron e hicieron caer en tantos males; las adversidades y trabajos nos aviven y nos despierten. Diréis que es cosa pesada acometer los peligros de la guerra; ¿cuánto más pesado es que los hijos y mujeres, hechos esclavos,

 

 

 

 

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sirvan a la deshonestidad de los enemigos? ¡Oh grande y entrañable dolor, fortuna trabajosa y áspera, que vosotros mismos seáis despojados de vuestras vidas y haciendas! Todo lo cual es forzoso que padezcan los vencidos. El amor de vuestras cosas particulares y el deseo del sosiego por ventura os entretiene. Engañáis os si pensáis que los particulares se pueden conservar, destruida y asolada la república; la fuerza de esta llama, a la manera que el fuego de unas casas pasa a otras, lo consumirá todo sin dejar cosa alguna en pie. ¿Ponéis la confianza en la fortaleza y aspereza de esta comarca? A los cobardes y ociosos ninguna cosa puede asegurar; y cuando los enemigo no nos acometiesen, ¿cómo podrá esta tierra estéril y menguada de todo sustentar tanta gente como se ha recogido a estas montañas?

 

»¿El pequeño número de nuestros soldados os hace dudar? Pero debéis os acordar de los tiempos pasados y de los trances variables de las guerras, por donde podéis entender que no vencen los muchos, sino los esforzados. A Dios, al cual tenemos irritado antes de ahora, y al presente creemos está aplacado, fácil cosa es y aún muy usada deshacer gruesos ejércitos con las armas de pocos. ¿Tenéis por mejor conformaros con el estado presente, y por acertado servir al enemigo con condiciones tolerables? Como si esta canalla infiel y desleal hiciese caso de conciertos, o de gente bárbara se pueda esperar que será constante en sus promesas. ¿Pensáis por ventura que tratamos con hombres crueles, y no antes con bestias fieras y salvajes?

 

»Por lo que a mí toca, estoy determinado con vuestra ayuda de acometer esta empresa y peligro, bien que muy grande, por el bien común muy de buena gana; y en tanto que yo viviere, mostrarme enemigo no más a estos bárbaros que a cualquiera de los nuestros que rehusare tomar las armas y ayudarnos en esta guerra sagrada, y no se determinare de vencer o morir como bueno antes que sufrir vida tan miserable, tan extrema afrenta y desventura. La grandeza de los castigos hará entender a los cobardes que no son los enemigos los que más deben temer».

Entre tanto que don Pelayo decía estas palabras, los sollozos y gemidos de los que allí estaban eran tan grandes, que a las veces no le dejaban pasar adelante. Poníanseles delante los ojos las imágenes de los males presentes y de los que les amenazaban; el miedo era igual al dolor. Pero después que algún tanto respiraron y concibieron dentro de si alguna esperanza de mejor partido, todos se juramentaron y con grandes fuerzas se obligaron de

 

 

 

 

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hacer guerra a los moros, y sin excusar algún peligro o trabajo ser los primeros a tomar las armas. Tratóse de nombrar cabeza, y por voto de todos señalaron al mismo don Pelayo por su capitán, y le alzaron por rey de España el año que se contaba de nuestra salvación de 716; algunos a este número añaden dos años.

 

De este principio al mismo tiempo que la impiedad armada andaba suelta por toda España y el furor y atrevimiento por todas partes volaban casi sin alguna esperanza de remedio, un nuevo reino dichosamente y para siempre se fundó en España, y se levantó bandera para que los naturales afligidos y miserables tuviesen alguna esperanza de remedio; tanto importa a las veces no faltar a la ocasión y aprovecharse con prudencia de lo que sucede acaso. Los gallegos y los vizcaínos, cuyas tierras baña el mar Océano por la parte de septentrión, y a ejemplo de los asturianos en gran parte conservaban la libertad, fueron convidados a entrar en esta demanda. Lo mismo se hizo de secreto con las ciudades que estaban en poder de moros, que enviaron a requerirlas y conjurarlas no faltasen a la causa común, antes con obras y con consejo ayudasen a sus intentos. Algunos de los lugares comarcanos acudieron al campo de don Pelayo, determinados de aventurarse de nuevo y ponerse al riesgo y al trabajo. Pero los más, por menosprecio del nuevo Rey y por miedo de mayor mal se quedaron en sus casas; querían más estar a la mira y aconsejarse con el tiempo que hacerse parte en negocio tan dudoso.

 

Bien entendía don Pelayo de cuánta importancia para todo serían los principios de su reinado. Así, con deseo de acreditarse, corría las fronteras de los moros, acudía a todas partes, robaba, cautivaba y mataba; por otra parte visitaba los pueblos de las Asturias, y con su presencia y palabras levantaba a los dudosos, animaba a los esforzados. Demás de esto, con grande diligencia se apercibía de todo lo necesario y lo juntaba de todas partes, sin perdonar a trabajo alguno, a trueque de autorizar su nuevo reino entre los suyos y atemorizar a los bárbaros, ca sabía acudirían luego a apagar aquel fuego. Tenía vigor y valor, la edad era a propósito para sufrir trabajos, la presencia y traza del cuerpo no por el arreo vistosa, sino por sí misma varonil verdaderamente y de soldado.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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II.     Cómo los moros fueron por don Pelayo vencidos

 

Entre los demás capitanes que vinieron con Tarif a la conquista de España, uno de los más señalados fue Alcama, maestro de la milicia morisca, que era como al presente coronel o maestre de campo. Este, sabidas las alteraciones de las Asturias, acudió prestamente desde Córdoba para reprimir los principios de aquel levantamiento, con recelo que con la tardanza no tomase fuerza aquel atrevimiento y el remedio se hiciese más dificultoso. Seguía a Alcama un grueso ejército compuesto de moros y de cristianos; llevó en su compañía a don Oppas, prelado de Sevilla, para ayudarse de su autoridad y de la amistad y deudo que tenía con don Pelayo, para reducirle a mejor partido y para que con su prudencia y buena maña diese a entender a los que locamente andaban alterados que todo atrevimiento es vano cuando le faltan las fuerzas; que los desvaríos en materia semejante son perjudiciales, y los varones prudentes cuando acometen alguna empresa deben poner los ojos en la salida y en el remate. Si Munuza o algún otro gobernador los tenía agraviados, más acertado era alegar de su justicia delante de los moros, que nunca dejaban de hacer razón a quien la pedía. Tomar las armas, y fuera de propósito usar de fuerza, el intentarlo era locura, y el remate sería sin duda para todos miserable.

 

Con el aviso de que venía Alcama los soldados cristianos se atemorizaron grandemente; y como suele acontecer, los que más blasonaban antes del peligro y más desgarros decían, al tiempo del menester se mostraban más cobardes. La memoria de las cosas pasadas y la perpetua felicidad de los bárbaros los amedrentaban, y a manera de esclavos, parecía que apenas podrían sufrir la vista de los enemigos. Grande era el peligro en que todas las cosas se hallaban. El socorro de Dios y de los santos abogados de España, el esfuerzo y prudencia de don Pelayo ampararon a los que estaban faltos de ayuda, fuerzas y consejo. Fuera locura hacer rostro y contrastar con aquella gente desarmada y ciscada de miedo al enemigo feroz y espantable por tantas victorias como tenía ganadas. Por esto don Pelayo repartió los demás soldados por los lugares comarcanos, y él con mil que escogió de toda la masa se encerró en una cueva ancha y espaciosa del monte Auseva, que hoy se llama la cueva de Santa María de Covadonga. Apercibióse de provisión para

 

 

 

 

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muchos días, proveyóse de armas ofensivas y defensivas con intento de defenderse si le cercasen y aún si se ofreciese ocasión hacer alguna salida contra los enemigos.

 

Los moros, informados de lo que pretendía don Pelayo, por la huella fueron en su busca, y en breve llegaron a la puerta y entrada de la cueva. Deseaban excusar la pelea y el combate, que no podía ser sin recibir daño en aquellas estrechuras; por esto acordaron de intentar si con buenas razones podrían rendir a aquella gente desesperada. Encargóse de esto don Oppas; pidió habla a don Pelayo, y alcanzada, desde un macho en que iba, como se llegase cerca de la cueva, le habló de esta manera:

«Cuánta haya sido la gloria de nuestra nación, ni tú lo ignoras ni hay para qué relatarlo al presente. Por grande parte del mundo extendimos nuestras armas. A los romanos, señores del mundo, quitamos a España; sujetamos y vencimos con nuestro esfuerzo naciones fieras y bárbaras; pero últimamente hemos sido vencidos por los moros, y para ejemplo de la inconstancia de la felicidad humana, de la cumbre de la bienandanza, donde poco antes nos hallábamos, hemos caído en grandes y extremos trabajos. Si cuando nuestras fuerzas las teníamos enteras no fuimos bastantes a resistir, ¿por ventura ahora que están por el suelo pensamos prevalecer? Por ventura esa cueva en que pocos, a manera de ladrones, estáis encerrados y como fieras cercados de redes, ¿será parte para libraros de un grueso ejército, que es de no menos que de sesenta mil hombres? Los pecados sin duda de España, con que tenemos irritado a Dios, que aún no parece está harto de nuestra sangre, os ciegan los ojos para que no veáis lo que os conviene. Lo que si por el suceso de las guerras, a ellos próspero, a nosotros contrario, no se entendiera bastantemente, estos intentos tan desvariados lo mostrarán. ¿Por qué no os apartáis de ese propósito, y en tanto que hay esperanza de perdón y de clemencia, dejadas luego las armas y rendidas, no trocáis las afrentas, ultrajes, servidumbre y muerte (que será el pago muy cierto de esta locura, si la lleváis adelante), con las honras y premios que os puedo prometer muy grandes, y seguís el juicio y ejemplo de toda España más aína que el ímpetu desenfrenado de vuestro corazón y el desatino comenzado?».

 

A estas palabras don Pelayo:

 

«Tú, dice, y Witiza, tu hermano, y sus hijos debéis temer la divina venganza, dado que por breve espacio de tiempo las cosas se encaminen

 

 

 

 

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conforme a vuestra voluntad. Vuestras maldades son las que tienen a Dios airado; todos los lugares sagrados están por vuestra causa profanados en toda la provincia; las leyes por su antigüedad sacrosantas, abrogadas. Por estos escalones pasaste a tanta locura, que metiste los moros en España, gente fiera y cruel, de que han resultado tantos daños y tanta sangre cristiana se ha derramado. Por las cuales maldades, si entendemos que Dios cuida de las cosas humanas, vivos y muertos seréis gravísimamente atormentados. Tú más que todos, pues olvidado del oficio y dignidad que tenías, has sido el principal atizador de estos males; y ahora con palabras desvergonzadas te has atrevido a amonestarnos que de nuevo bajemos las cervices al yugo de la servidumbre, más duro que la misma muerte, esto es, como yo lo entiendo, que de nuevo padezcamos los males y desventuras pasadas, con que hemos sido hasta aquí trabajados. Éstos, ¿éstos son aquellos premios magníficos, éstas las honras con que convidas a nuestros soldados? Nos, don Oppas, ni entendemos que las orejas de Dios nos están tan cerradas, ni el corazón tan apartado de ayudarnos, que hayamos de confiar en tus promesas. Antes tenemos por cierto que su Majestad sin tardanza trocará la grandeza del castigo pasado en benignidad. Que sino estamos bastantemente castigados, y aunque afligidos y faltos, no nos quisiere acorrer, determinados estamos con la muerte de poner fin a tantos males y trocar, como esperamos, esta vida desgraciada con la eterna felicidad».

 

Por la respuesta y palabras de don Pelayo se entendió la resolución que todos tenían de vencer o morir en la demanda, pues apretados de tantas maneras, demás de esto convidados con el perdón, no se querían entregar ni daban oído a ningún partido. Fue pues forzoso venir a las manos y hacer fuerza a los cercados. Combatieron con todo género de armas y con un granizo de piedras la entrada de la cueva, en que se descubrió el poder de Dios favorable a los nuestros y a los moros contrario, ca las piedras, saetas y dardos que tiraban revolvían contra los que las arrojaban, con grande estrago que hacían en sus mismos dueños. Quedaron los enemigos atónitos con tan gran milagro; los cristianos, animados y encendidos con la esperanza de la victoria, salen de su escondrijo a pelear, pocos en número, sucios y de mal talle. La pelea fue de tropel y sin orden; cargaron sobre los enemigos con denuedo, que enflaquecidos y pasmados con el espanto que tenían cobrado, al momento volvieron las espaldas. Murieron hasta veinte mil de ellos en la batalla y en el alcance; los demás desde la cumbre del

 

 

 

 

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monte Auseva, donde al principio se recogieron, huyendo pasaron al campo Libanense, por do corre el río Deva.

 

Allí sucedió otro milagro, y fue que cerca de una heredad, que de este suceso, como yo pienso, se llamó Causegadia, una parte de un monte cercano con todos los que en él estaban de sí mismo se cayó en el río, y fue causa que gran número de aquellos bárbaros pereciesen. Duró por largo tiempo que se cavaban y descubrían en aquellos lugares pedazos de armas y huesos, en especial cuando con las crecientes del invierno las aguas comen las riberas, para muestra de aquella grande matanza.

Pocos escaparon. Alcama pereció en la pelea, el obispo don Oppas fue preso; entiéndese, aunque los historiadores lo callan, que conforme a las leyes de la guerra, pagó con la vida; cosa muy verosímil por la grandeza de sus maldades y por no hallarse mas mención de él en la historia adelante. Munuza, atónito con la nueva de lo que pasaba, y no teniéndose por seguro dentro de Gijón por el odio que lo tenían los naturales, acometió a salvarse por los pies; pero cerca de una aldea llamada Olalie, la gente de aquella comarca le dio la muerte, con que no sólo quedaron vengadas las injurias públicas, sino también aplacado el particular dolor que tenía don Pelayo por la afrenta de su caso; y con tanto, ninguna cosa faltó para que la alegría de la victoria no fuese colmada, como fuera necesario si se les escapara aquel hombre, por cuya crueldad y demasías forzados tomaron las armas.

 

Sucedió esta pelea el año de nuestra salvación de 718 al mismo tiempo que en África Muza fue acusado delante del miramamolín por Tarif su contrario. Tomáronle cuentas del gasto y recibo en la guerra de España. No se descargó bien, y así fue condenado en grande suma de dineros, y él de pesar de la afrenta falleció poco después. Su hijo Abdalasis, después que gobernó en España por espacio de tres años, incurrió en odio de los naturales y de los de su nación a causa que forzó muchas hijas de los principales; por esto en la misma mezquita en que, conforme a la costumbre de aquella gente, hacía oración, fue muerto a manos de los suyos el año de 719. Díjose que su misma mujer Egilona le procuró la muerte por verse despreciada de su marido por otras que él más amaba. Quién dice que su soberbia y altivez le fue ocasión de este desastre y el usar de insignias reales a persuasión asimismo y por consejo de su misma mujer. El principal en matarle fue un deudo suyo, por nombre Ayub, que se encargó y tuvo el gobierno de España por espacio de un mes; y de él

 

 

 

 

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dice el arzobispo don Rodrigo que fundó a Calatayud, pueblo principal poco adelante de la raya de Aragón.

 

En el imperio de los moros, por muerte de Ulit había sucedido su hermano Suleymán, por el cual en lugar de Abdalasis fue proveído del gobierno de España Alahor, hombre fiero y cruel, no menos contra los moros que contra los cristianos, porque despojó de sus bienes a los moradores de Córdoba sin otra causa bastante más del deseo que tenía de robar. Hizo pesquisa y proceso contra los moros que fueron los primeros en venir a España, ca pretendía tenían usurpados los despojos de los vencidos y de toda España. De este dicen que desde Sevilla trasladó la silla del imperio de los moros a Córdoba, y por entender que el daño recibido en las Asturias fue por engaño del conde don Julián y de los hijos de Witiza, los despojó de todos sus bienes y les dio la muerte; justo castigo de Dios que los traidores a su patria fuesen tratados de esta manera por los mismos a quien sirvieron y llamaron en su ayuda desde África.

 

 

 

 

III. Lo demás que hizo don Pelayo

 

Tal era el estado de la cristiandad en España, para bueno no tal, para tantas tinieblas y tempestad no del todo malo. Luego que don Pelayo ganó aquella gloriosa victoria, no sólo se arraigó y fortificó en las Asturias, do dio principio a su reinado, sino que también bajó con su gente a lo llano, y allí trabajaba a los pueblos sujetos a los moros, talaba los campos, robaba y ponía a fuego y a sangre todo lo que se le ponía delante. Acudíanle a la fama de sus hazañas de cada día nuevas fuerzas y gentes, con que tomó por fuerza la ciudad de León, puesta a las faldas de los montes con que Galicia y las Asturias parten término, lo cual sucedió el año de 722.

 

Algunos piensan que desde este tiempo don Pelayo se llamó rey de León; otros lo contradicen (personas de mayor conocimiento de la antigüedad), movidos por los privilegios y memorias de los reyes antiguos, de donde se saca claramente que los sucesores de don Pelayo no se llamaron reyes de León, sino de Oviedo solamente. A este mismo propósito hacen los sepulcros de aquellos primeros reyes, que se sepultaron en Oviedo y otros pueblos de las Asturias hasta el tiempo del rey don Ordoño el Segundo, que como fue el primero que se llamó rey de

 

 

 

 

 

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León, así bien se mandó enterrar en la iglesia de Santa María la Mayor, que él mismo desde los cimientos levantó en aquella ciudad. Y sin embargo, se puede creer que luego que la ciudad de León fue conquistada, mudaron las armas antiguas de los reyes godos en un león rojo rampante en campo plateado, insignias que sin duda (cualquier principio que ellas hayan tenido) se han conservado y continuado hasta nuestra edad. La ocasión de tomar estas armas fue que en lengua española con la misma palabra se significa el león y se llama aquella ciudad; por donde como los de aquel tiempo, gente más dada a las armas que ejercitada en las letras, no advirtiesen la causa porque aquella ciudad se llamó León, que se derivó de legio, palabra latina que significa cierta compañía de soldados, por esta ignorancia inventaron aquella manera de divisa y de armas.

 

Ayudó mucho para llevar adelante las cosas de los cristianos el esfuerzo de don Alfonso, el que después que alcanzó el reino se llamó el Católico. Era hijo de don Pedro, duque de Vizcaya. Decendía de la nobilísima sangre del rey Recaredo, y siendo más mozo, en tiempo de los reyes Egica y Witiza tuvo principales cargos en la guerra, y al presente por el deseo que tenía de ayudar a la república, dejó su patria y su padre. Traía en su compañía un buen número de vizcaínos, con que los cristianos se animaron grandemente, y sus fuerzas se aumentaron. Para obligarle más y tenerle más prendado, le casaron con Ormisinda, hija de don Pelayo. Los reyes que sucedieron en España, de estos príncipes tienen el origen de su linaje y su continua propagación.

 

Con la venida de don Alfonso y con su ayuda Gijón, lugar muy fuerte por su asiento y fortificación, Astorga, Mansilla, Tineo y otros pueblos de las Asturias y en Galicia fueron tomados a los moros. Puédese sospechar que don Pelayo y los que le sucedieron, ganados estos pueblos, se intitularon reyes de Gijón, y que esto dio ocasión a algunos para pensar que se llamaron reyes de León por ser los nombres latinos de estos dos pueblos, es a saber Gegio y Legio, muy semejantes. Era fácil echar a los moros de los pueblos a causa que los moradores, como eran cristianos, mataban las guarniciones de los moros, y con esperanza de recobrar la libertad con gran voluntad rendían a don Pelayo las ciudades y plazas. Además que los moros se hallaban en las otras partes de España embarazados con grandes alteraciones de guerras enlazadas unas de otras, de tal suerte, que no podían juntar ejército ni resistir a los intentos de los cristianos.

 

 

 

 

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Fue así que por muerte de Suleymán, miramamolín de Asia, África y España, sucedieron en aquel imperio muy ancho dos hijos de Ulit, Omar e Izit, por adopción de su tío: cosa nueva entre los moros, y no sé cuán acertada, que dos con igual poder juntamente reinasen. Omar falleció de su enfermedad dentro del primer año de su imperio. Con esto Izit quedó solo por señor de todo. Éste proveyó por gobernador de España a Zama, hombre de grande ingenio y de grande ejercicio en las armas, y no de menor codicia que los pasados, ca inventó nuevos tributos y los impuso sobre las ciudades que le eran sujetas. En Narbona puso guarnición de soldados y cerco sobre Tolosa, silla y asiento antiguamente en aquella provincia del imperio de los reyes godos. Sobrevino Eudón, duque de Aquitania, en socorro de los cercados. Vino a las manos con el bárbaro, en que le venció y mató con la mayor parte de su ejército en la pelea y en el alcance. Los que escaparon de la matanza, en tanto que de África se proveía nuevo gobernador, eligieron en lugar del capitán muerto a Abderramán, hombre señalado en paz y en guerra, para que con su esfuerzo y prudencia entretuviese las cosas de los moros, que estaban a punto de perderse.

Con el aviso de aquella desgracia fue de África enviado Aza, a quien otros llaman Adham, para que gobernase en España lo que quedaba de los moros, en lugar y en nombre del miramamolín Izit. Éste fue ocasión de que la provincia, cansada con tantos males, padeciese nuevos trabajos, por inventar, como inventó, tributos muy mayores que antes con intento de empobrecer los pueblos para que no tuviesen brío ni fuerzas los que tenían ánimo y deseo de levantarse. Pasó en esto tan adelante, que mandó a los pueblos y ciudades que se tomaron por fuerza pagasen al fisco y tesoro real la quinta parte de todas sus rentas y proventos, y a los pueblos que se rindieron a partido ordenó pagasen la décima parte. Con esta condición se permitió a los cristianos que poseyesen sus heredades y haciendas como por vía de feudo o arrendamiento. El moro Rasis dice que hizo pagar a los moros la quinta parte de todos sus bienes con voz y color de ayudar a los pobres, que eran sin número en toda la provincia, como a la verdad fuese su intento que enflaquecidos no tuviesen fuerzas ni brío para alborotarse. Procuró se edificase la puente de Córdoba sobre el río Guadalquivir. Sujetó algunas ciudades y pueblos a las faldas de Moncayo, que todavía se mantenían en libertad, y entre ellas tomó por fuerza a Tarazona y la echó por tierra. Concluidas cosas tan grandes dentro de dos años y medio que

 

 

 

 

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duró su gobierno, los suyos (que le aborrecían grandemente), se conjuraron contra él y le mataron dentro de Tortosa.

 

Sucediéronle Ambiza, Odra y Jahea, como lo dice el arzobispo don Rodrigo; yo entiendo que gobernaron por algún tiempo a España, dividida en tres partes por no concertar las voluntades de todos ni venir en uno; o por ventura el gobierno de cada cual de estos tres fue de pocos meses. En Asia, sin duda por muerte del emperador Izit, sucedió en aquel imperio su hermano Iscam, que así lo dejó dispuesto el lecho Izit, con condición que adoptase por hijo y sucesor, como lo hizo, a su hijo Alulit. Encargóse Iscam de aquel imperio el año que se contó 724 de nuestra salvación, y de los moros 107, como lo dice el arzobispo don Rodrigo en la Historia de los árabes, que iguala los unos años a los otros; cosa que no debiera hacer, como en otro lugar se ha mostrado. Tuvo aquel imperio por espacio de diez y nueve años. Fue muy esclarecido príncipe por las cosas que hizo y su perpetua prosperidad, si no amancillara las demás virtudes con una insaciable codicia de juntar de todas partes tesoros, por donde si bien en riquezas sobrepujó a sus antepasados, incurrió en grande aborrecimiento de sus vasallos. En tiempo de este Emperador gobernaron por orden a España los siguientes: Odaifa, Himen, Autuma, Alhaitan, Mahomad. La aprobación y aplauso de todos no fue el mismo; el gobierno de cada cual apenas duró un año entero, y en particular Mahomad tuvo el cargo por espacio de solos dos meses, porque se halla que el año de Cristo de 731 después de todos estos fue proveído en el gobierno de España Abderramán, que debió ser el mismo que nombramos arriba.

 

Las cosas de este gobernador fueron muy famosas, y el remate que tuvieron muy alegre para los cristianos. Esto pide que se haga relación y memoria por menudo de todas ellas. Aventajóse grandemente en la guerra, demás de las otras partes en que ninguno de los de su nación se le adelantó en aquel tiempo. Solo, fue cruel de su condición y áspero, no más con los españoles que con los moros, que por la libertad del tiempo estaban estragados en muchas maneras. De aquí muchos tomaron ocasión de aborrecerle; en particular Múñiz, hombre principal, poderoso y animoso entre los moros, determinó de declararse contra él y alborotar la Galia Gótica, que, con ocasión de estar lejos y por el mal tratamiento de los que la gobernaban, le siguió con facilidad. En España otrosí se le juntó lo de Cerdaña, que está puesto entre los montes Pirineos. Eudón, duque de Aquitania, por valerse de él contra los franceses y moros que le

 

 

 

 

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molestaban, hizo con él liga. Fue Eudon en aquellos tiempos hombre grave, diestro y sabio, como se saca de las memorias antiguas; pero todo lo afeó con casar a este Múñiz con una hija suya con intento de obligarle más con aquel parentesco. Era aquel casamiento ilícito, y siempre fue vedado en las leyes de los cristianos; así, no sólo le fue mal contado, sino también le salió desgraciado, porque Abderramán, avisado de lo que Múñiz pretendía y de las alteraciones de aquellas gentes, marchó con su campo a lo postrero de España. Puso cerco sobre lo ciudad de Cerdaña. Múñiz, perdida la esperanza de defenderse contra enemigo tan poderoso y de huir si lo intentaba, y más de perdón si se entregaba, acordó de despeñarse. Su mujer, que dejó en edad florida y era de notable hermosura, junto con la cabeza de su marido fue enviada a África en presente muy agradable al supremo emperador de los moros. Muchos presumían que el desastre de Múñiz fue en venganza de las injurias que él había hecho a la religión cristiana y de la mucha sangre de cristianos que con fiereza de bárbaro derramara. En particular hizo morir a fuego al obispo Anabado, varón muy santo, y que en la edad de mozo que tenía, representaba costumbres de viejo.

Ensoberbecido Abderramán con esta victoria, rompió por la Francia con gran espanto de los franceses y godos que por aquella provincia moraban. Pasó por donde se tienden las riberas del mar Mediterráneo hasta el río Ródano sin hallar quién le hiciese resistencia. Puso cerco sobre Arlés, ciudad principal en aquella comarca. Allí acudió Eudón con su gente y vino a las manos con los bárbaros, pero perdió la jornada con tan grande estrago de los suyos cuanto ninguno en aquella edad fue mayor; de que por largo tiempo dieron bastante muestra los montones de huesos que quedaron cerca de aquella ciudad en el sitio do se dio la batalla. Revolvió después de esto a mano izquierda, y paseada con sus armas vencedoras gran parte de lo más adentro de Francia, cargó sobre la Aquitania, y pasado el río Garona, a las riberas del mar Océano, asoló la ínclita ciudad de Burdeos y talóle los campos, allanóle los templos, sin otros infinitos daños que hizo. En aquella parte con gente que de nuevo recogió Eudón, tornó a probar ventura y presentó la batalla al común enemigo del nombre cristiano. El suceso fue el mismo que antes, contrario a los nuestros, próspero a los moros. Los de Angulema, los de Perigueux, los de Jantoñe y los de Poitiers fueron asimismo trabajados con la llama de esta guerra.

 

 

 

 

 

 

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En grande aprieto se hallaban las cosas de los cristianos, porque ¿quién pudiera hacer rostro a los vencedores de Asia y de África, y que poco antes habían deshecho el imperio de los godos? ¿Quién se atreviera a ponerse al riesgo de la batalla, pelear con las invencibles fuerzas de aquellos paganos? La misma fama y la nombradía tenía puesto espanto a las demás naciones, y las tenía acobardadas y casi vencidas. Era a la sazón mayordomo mayor de la casa real de Francia Carlos Martello, el cual, movido del peligro común, con grandes levas de gente que hizo de Francia, Alemania y Austrasia, que es hoy Lorena, formó un grueso ejército. Muchos le acudieron de su voluntad y como aventureros por el deseo que tenían de apagar aquel fuego perjudicial.

 

Con estas gentes partió en busca del enemigo, determinado de darle la batalla. Llegó por sus jornadas a Tours, ciudad muy conocida por el templo y sepulcro de San Martín, obispo de aquella ciudad, de asiento muy apacible, campo fértil, cielo saludable, do soplan ordinariamente los vientos de poniente y mediodía, y entonces estaba sujeta y pertenecía a la Aquitania. Fortificó sus estancias de la otra parte del río Loira, sobre que está edificada aquella ciudad, y esto para tener seguras las espaldas, que los enemigos, por ser casi innumerables, no les pudiesen cercar. Eudón, olvidado de la enemistad y diferencias que con Martello tenía, por el peligro común que todos corrían, juntó con él sus fuerzas, cosa que fue de grande importancia para la victoria. Los historiadores franceses dicen que los moros entraron y pasaron tan adelante en la Francia llamados de Eudón, que pretendía con el daño común satisfacerse de sus particulares agravios; que tal es la costumbre de los hombres malconsiderados. Dicen más, que al presente mudó de parecer a causa que los moros sin tenerle algún respeto corrieron los campos de la Aquitania o Guyena. Los historiadores españoles callan esto, y es forzoso que lo uno o lo otro se haya hecho en gracia o por odio de la nación española, ca Eudón era señor de Vizcaya, y lo de Aquitania le dieron en dote con su mujer. En negocio dudoso parece lo más cierto que los moros no fueron llamados por Eudón, y que la fama en contrario no es verdadera, pues peleó antes de esto por dos veces con ellos a gran riesgo de su vida y estado.

 

Iban los bárbaros en busca de los nuestros con tanto orgullo, que les parecía nadie se les pondría delante; llegaron donde los nuestros alojaban. Diose la batalla de poder a poder, que fue de las más dudosas y señaladas del mundo. Eran los moros cuatrocientos mil, que convidados de la

 

 

 

 

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fertilidad de Francia y por ser gente vagabunda, con sus hijos, mujeres y ropa habían pasado la mar para hacer en ella su asiento. El número de los cristianos era muy menor, pero aventajábanse en el esfuerzo y destreza del pelear, y lo que era más principal, tenían a Dios y la justicia de su parte. La esperanza por ambas partes era grande, y el miedo no menor. Acométense entre sí las haces, cierran y trábanse los escuadrones, embravécese la batalla por todas partes, que por gran espacio estuvo suspensa sin declarar la victoria por los moros ni por los cristianos; pero en fin, la valentía y valor prevaleció contra aquella gran canalla. Grande y casi increíble fue la matanza; murieron trescientos setenta mil moros, y lo que hizo mucho al caso para que la victoria fuese más alegre, el mismo Abderramán quedó tendido entre los demás cuerpos muertos. De los vencedores faltaron hasta mil y quinientos, pequeño número para victoria tan grande, si bien eran de los más señalados, unos en valor y hazañas, otros en la nobleza de sus linajes.

 

La alegría por causa de esta victoria fue colmada para todo el cristianismo, no sólo por sí misma, que fue muy señalada, sino por la muestra que se dio y esperanza que todos cobraron de que aquella gente, hasta entonces invencible, podría por el esfuerzo de los cristianos ser vencida. Entre todos se señaló en esta batalla a dicho del mismo Martello el duque Eudón, que en lo más recio de la pelea, como lo tenían antes concertado, con los caballos ligeros y gente más suelta rodeó los escuadrones con tanta presteza, que antes que mirasen en ello cargó sobre los enemigos por las espaldas y los puso en confusión. Diose esta dichosa batalla el año de nuestra salvación de 734, que era el veintiuno después de la pérdida de España. En este tiempo tenía el imperio de oriente Constantino, llamado Coprónimo.

 

De las cartas de Eudón al pontífice romano Gregorio se supo en Roma y se tuvo aviso de la victoria y del número de los muertos; de que se entiende asimismo que el Papa les envió tres esponjas benditas, es a saber, a la manera que se bendicen los Agnus Dei, y que todos los que alcanzaron alguna partecica de ellas salieron de la batalla sin lesión alguna; cosa maravillosa como verdadera. Los más cuentan a este pontífice Gregorio por el segundo de aquel nombre; la razón de los tiempos convence que no fue sino el tercero.

Abdelmelic sucedió en el lugar de Abderramán, y tuvo el gobierno de los moros en España y en todo lo que de ella dependía por espacio de

 

 

 

 

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cuatro años siguientes, sin señalarse en cosa alguna, sino en crueldad y en cohechar la gente, que volvía en sí después de tantos trabajos; tacha que no sólo afea a los príncipes y amancilla a los que gobiernan el pueblo, sino es muy grave delito. Como él era, así le sucedieron las empresas. Tuvo comisión y orden de acometer la Francia; pero, perdida mucha de su gente a la pasada de los montes Pirineos, fue forzado de volver atrás.

 

En el mismo tiempo, es a saber, el año 737, don Pelayo, primero rey de España, cargado de años y esclarecido por sus proezas, pasó de esta vida en Cangas. Su cuerpo sepultaron en Santa Olalla Velaniense, iglesia que él mismo había fundado en tierra de Cangas. Allí también sepultaron su mujer, la reina Gaudiosa. Sucedió en el reino sin contradicción don Favila, su hijo, y le gobernó por espacio de dos años; príncipe más conocido por su desastrada muerte y por la liviandad de sus costumbres que por otra cosa alguna; pues sin embargo de las muchas guerras que tenía entre las manos, y que su nuevo reino estaba en balanzas, y más se conservaba por la flaqueza de los moros y revuelta de los tiempos que por las fuerzas de los cristianos, mostraba cuidar poco del gobierno y tener más cuenta con sus particulares gastos que con el bien común; en especial era demasiadamente aficionado a la caza, y en ella un oso que seguía desapoderadamente le mató, sin que dejase ninguna loa ni en vida ni en muerte. Fue sepultado en la iglesia de Santa Cruz, que él mismo edificó en tierra de Cangas, en que se vía otrosí antiguamente el sepulcro y lucillo de Froleva, su mujer.

 

Un cierto diácono, llamado Juliano, griego de nación, docto en las dos lenguas griega y latina, por estos tiempos escribía en Toledo Las antigüedades de España y las cosas que hizo don Pelayo. Dícelo cierto autor. Hay quien diga que fue tesalonicense y arcediano de Toledo; item, que se llamaba Juliano Lucas; item, que comenzó su historia desde el año 455.

Urbano, prelado de Toledo, en lo postrero de su edad; Evancio, arcediano de aquella iglesia; Fredoario, obispo de Guadix; varones excelentes por la santidad de sus costumbres y por su doctrina, resplandecían en aquella oscuridad de todas las cosas a la manera que las estrellas entre las tinieblas de la noche. Contemporáneo de ellos fue Juan, prelado de Sevilla, que tradujo la Biblia en lengua arábiga con intento de ayudar a los cristianos y a los moros, a causa que la lengua arábiga se usaba mucho y comúnmente entre todos; la latina ordinariamente ni se

 

 

 

 

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usaba ni se sabía. Hay algunos traslados de esta traducción, que se han conservado hasta nuestra edad, y se ven en algunos lugares de España.

 

 

 

 

IV. Del rey don Alfonso llamado el Católico

 

Falleció don Favila sin sucesión; don Alfonso por tanto y Ormisinda, su mujer, según que estaba dispuesto en el testamento de don Pelayo, fueron recibidos y declarados por reyes con grande alegría de pueblo y en gran pro de todo el reino. Corrían en don Alfonso a las parejas las artes de la guerra y de la paz, maravilloso por la constancia que mostró en las adversidades, señalado por la felicidad que tuvo ordinariamente en sus empresas, tan dado al culto de la religión, que por esta causa le dieron renombre de Católico, apellido que antiguamente en el Concilio toledano tercero, en el tiempo que se redujo a la Iglesia católica toda la nación de los godos, desechadas las herejías de Arrio, con mucha razón se dio al rey Recaredo. Desusóse después por muchos siglos hasta que Alejandro VI, sumo pontífice, lo renovó en don Fernando de Aragón, rey Católico de España, e hizo que se perpetuase en los reyes sus sucesores.

 

Florecía en aquel tiempo España con los bienes de una muy larga paz; África y Francia ardían en guerras civiles. Carlos Martello, por la muerte de Eudón, su competidor, se apoderó del grande estado que tenía en Francia. Tres hijos que quedaron del difunto, Aznar, Hunnoldo y Vayfero, como herederos de la enemistad de su padre y con intento de satisfacerse de su contrario, acudieron a las armas. Aznar en aquella parte de España que cae cerca de Navarra tomó a los moros la ciudad de Jaca con otros muchos castillos y plazas, por donde fue tronco y fundador del reino y gente de Aragón, nombre que se tomó del río Aragón, que pasa por aquella comarca, y junto con el río Ega mezcla sus aguas con las de Ebro, como en otro lugar se declara.

 

Hunnoldo y Vayfero acudieron a lo de Francia, rompieron con su gente por toda aquella provincia que corrieron hasta pasar el río Ródano. En todas partes pusieron grande espanto, no perdonaron a varones ni a mujeres, a niños ni a viejos, como acontece que las pasiones de los príncipes descargan de ordinario sobre la gente menuda. Cargó principalmente este daño sobre los allobroges, que son las partes de

 

 

 

 

 

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Saboya y del Delfinado. Viena con grande dificultad se pudo defender. Dende revolvieron contra lo de más adentro de Francia que cae de esta parte del Ródano. Los moros, movidos del deseo que tenían de satisfacerse de la afrenta pasada, demás de esto llamados por Mauricio, conde de Marsella, y de Hunnoldo y Vayfero, que pretendían por este camino apretar a Martello y a los franceses, tornaron a hacer guerra en la Francia.

 

Gobernaba por este tiempo los moros de España Aucupa; este tomó a su llegada residencia a Abdelmelic, y con color que no se descargaba bastantemente de lo que le achacaban, le puso en prisiones. Fue Aucupa muy noble entre los suyos, gran celador de su superstición, de tal guisa, que ningunos delitos castigaba con tanta severidad como los cometidos contra ella. Concertóse pues con Mauricio, conde de Marsella, y con los hijos de Eudón; y con su ayuda y las gentes que metió en Francia pasó tan adelante, que se apoderó de Aviñón, ciudad puesta sobre el río Ródano, muy ancha y muy noble. Los pueblos comarcanos padecieron quemas, talas y robos. Todo esto sucedió cinco años después que se dio la batalla muy famosa de Tours, es a saber, el año 739, que fue el primero del reinado de don Alfonso. Miserable el estado en que las cosas estaban, grande la avenida de males; pero el valor de Martello sustentó lo de Francia, porque echó los enemigos de aquella provincia, y los arredró de esta parte de los Pirineos. Apoderóse de Aviñón y de Narbona, de suerte que casi no quedó por los godos ni por los moros cosa alguna en toda la Francia.

 

La guerra de África se hacía y continuaba con mayor calor y pertinacia. Fue así, que Belgio Abenbejio, capitán de gran nombre entre los moros, levantó los del pueblo contra su señor y miramamolín Iscam; no se declara la causa; a muchos les parece bastante para acometer cualquier maldad el deseo de reinar. Diéronse muchas batallas en África, los trances fueron variables, la victoria de ordinario quedó por los levantados, con que finalmente Belgio se determinó de pasar en España. Abdelmelic a la sazón era vuelto al gobierno que antes tuvo, por orden de Aucupa que falleció, y por su muerte dejó dispuesto le sacasen de la prisión do él tenía, y le restituyesen el cargo, lo cual fue para su mal, a causa que Abderramán, enviado delante por Belgio con un grueso ejército para que le allanase la tierra, le prendió dentro de Córdoba y le hizo morir con todo género de tormentos el año 743, en que murió ese mismo el miramamolín Iscam.

 

 

 

 

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Sucedió en aquel grande imperio Alulit, hijo de Izit, según que lo tenían antes asentado. Tuvo sobrenombre de Hermoso; las esperanzas que al principio dio fueron grandes, el suceso diferente. Poníanle en cuidado la guerra que Belgio hacía en África, ca volvió, según parece, de España, y las alteraciones que Doran por parte de los levantados continuaba en España. Los movimientos de África no hacen a nuestro propósito, ni hay para que relatarlos; basta saber que el emperador Alulit al principio de su imperio proveyó para el gobierno de España un hombre principal y prudente llamado Albulcatar, que con su buena maña y con enviar los revoltosos a África para que ayudasen en la guerra que allá se hacía, sosegó las alteraciones de España; pero poco después fue muerto por conjuración de Zimael, con que Roba, compañero de Zimael y el principal atizador de aquella conjuración, se apoderó del gobierno y aún del reino de España, sin que nadie le pudiese ir a la mano, porque el emperador Alulit falleció el segundo año de su imperio, que fue el de 744.

 

Quedó por sucesor suyo Ibrahem, su hermano, que no tuvo mejor suceso, ni le duró el señorío más tiempo que a su predecesor. Fue así, que Maroan, sin embargo que era de su misma parentela y de la nobilísima alcurnia entre los moros de los Omeyas, con el ayuda de aquella parcialidad degolló a Ibrahem dentro de su palacio el año segundo de su imperio; y con tanto quedó por señor de todo. En tiempo de este emperador por muerte de Roba, que le mataron en cierta batalla, tuvo el gobierno de España Toba; y muerto éste dentro de un año, Yusuf, hombre de grandes partes, fue proveído y enviado de África en lugar de los dos. Era de grande edad, y sin embargo muy dado a mujeres; pero recompensaba en parte esta falta la destreza que tenía en las armas y la fama de sus proezas.

 

En tiempo de este gobernador de España, en Asia Abdalá, que era de los Alavecinos, casa y linaje nobilísimo entre los moros, se conjuró con los de esta parcialidad, y dio la muerte a Maroan el año del Señor de 750. Pareció justa su pretensión por la venganza que tomó de la muerte que dieron a su señor; pero en premio de su trabajo se quedó con el imperio, y con intento de asegurarse en él procuró destruir de todo punto y acabar la parcialidad de los Omeyas, linaje y casta de los emperadores pasados. Como lo intentó, así en gran parte lo puso en efecto.

En España el año de 753 en Córdoba se vieron tres soles, cosa que causó grande espanto por ser la gente tan grosera y ruda, que no alcanzaba

 

 

 

 

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como en una nube de igual grosura y densidad a la manera que en un espejo se pueden representar muchos soles sin algún otro misterio. Como estaban azorados con el miedo, les parecían y se les representaban otras visiones diferentes, como de hombres que iban en procesión con antorchas de fuego. Aumentóse la maravilla y el espanto por causa de una muy grande hambre que por el mismo tiempo se siguió en España por la sequedad que a veces padece y falta de agua.

 

En el entre tanto el rey don Alfonso, con intento de aprovecharse de la buena ocasión que se le representaba para ensanchar los términos de su reino, que eran muy angostos, por la discordia de los moros y sus revueltas tan grandes, además que los cristianos estaban cansados de su señorío, juntó las más gentes que pudo para hacer entrada en las tierras comarcanas. Sucedióle muy bien su pretensión y la jornada, porque en Galicia recobró a Lugo, Tuy, Astorga; en la Lusitania la ciudad do Porto, asentada sobre un puerto por la parte que el río Duero desagua en el mar, y las de Beja, Braga, Viseo, Flavia, y más adentro a Bletisa y Sentica, pueblos que hoy se llaman Ledesma y Zamora. Tomó otrosí por aquella comarca a Simancas, Dueñas, Miranda y las ciudades de Segovia y Ávila y a Sepúlveda, puesta a las faldas del monte Oróspeda a la ribera del río Duratón, asentada en un sitio muy fuerte, y que antiguamente se llamó Segóbriga, y más adelante Sepúlvega, como consta de sus mismos fueros de que antiguamente usaba, y que era pueblo muy grande y de muy grande autoridad.

 

Demás de esto, con las armas vencedoras y en prosecución de victorias tan nobles, revolvió sobre las comarcas de Briviesca y de la Rioja, pueblos que antiguamente se contaban entre los várdulos, y se apoderó de aquellos distritos. La Rioja está en un lado del monte Idúbeda por la parte que el río Ogia, que se derriba de aquel monte, pasa y se mezcla con el río Ebro; es tierra muy apacible y muy fértil. Lo mismo hizo de Pamplona en Navarra, y de lo que hoy se llama Álava, parte de Vizcaya. Verdad es que muchos de estos pueblos por el vario suceso de las guerras tornaron a perderse, a causa que el poder de los reyes moros de Córdoba en gran perjuicio de los cristianos comenzó a levantarse por este tiempo, según que poco después se dirá, y creció adelante mucho en autoridad y fuerzas.

 

Procuró el rey don Alfonso e hizo que en las ciudades catedrales que se ganaron fuesen puestos obispos, que reformaban las costumbres de aquellos cristianos y las limpiaban de la maleza que de la conversación de

 

 

 

 

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los moros se les había pegado. Cultivaban los pueblos con el buen ejemplo, con nuevas leyes que hacían, con declararles y predicarles la palabra de Dios. Reedificábanse los templos do estaban caídos, y los profanados con la superstición de los moros los reconciliaban o consagraban de nuevo. Reparaban los ornamentos de las iglesias por cuanto lo sufría la pobreza de la gente y las rentas reales, que eran muy tenues. Finalmente, una nueva luz se mostraba por todas partes, muy gran materia al presente de alegría, y de mayor esperanza para lo de adelante.

 

Los antiguos geógrafos situaron los várdulos en la Cantabria por aquella parte que es bañada del mar Océano; los antiguos historiadores de España, como hombres de corto ingenio y pequeña erudición, los pusieron en aquella parte de Castilla la Vieja que antiguamente llamaron los vaceos. De esta opinión procedió otro nuevo engaño, y fue que como don Alfonso ganase gran parte de Castilla la Vieja, la cual nuestros historiadores llamaron várdulos, otros se persuadieron que de esta fecha quitó a los moros toda la Cantabria o Vizcaya. Pero por bastantes testimonios se puede mostrar que los moros en ningún tiempo pasaron de un lugar que en Vizcaya vulgarmente se llama la Peña Horadada.

El rey, después que concluyó cosas tan grandes, falleció en Cangas en edad de setenta y cuatro años, el año que se contaba 757 de nuestra salvación. Fue príncipe esclarecido y señalado entre todos. Reinó por espacio de diecinueve años; quién dice de dieciocho. Dejó cinco hijos, los cuatro de Ormisinda, su mujer, que fueron Froila, Bimarano, Aurelio y Usenda. De otra mujer baja, y aún esclava, tuvo fuera de matrimonio a Mauregato. Hiciéronle exequias y enterramiento muy solemne, no tanto por el aparato y gasto cuanto por las verdaderas lágrimas y sentimiento de todos sus vasallos y por las voces del cielo que dicen se oyeron en el enterramiento de ángeles que cantaban aquellas palabras de la divina Escritura: «El justo es quitado, y nadie pone mientes en ello; es quitado por causa de la maldad, y será en paz su memoria». Sepultaron estos Rey y Reina en Cangas en el monasterio de Santa María. Tuvo don Alfonso un hermano, por nombre Froila, más conocido por dos hijos suyos, Aurelio y Veremundo o Bermudo, que por otra cosa que de él se sepa.

 

Volvamos a las cosas de los moros, que por estar mezcladas con las nuestras, no se pueden olvidar del todo. En particular será bien declarar la ocasión, los principios y aumento de la discordia muy grande que entre aquella gente se encendió por este tiempo y los cimientos que con esto se

 

 

 

 

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echaron de un nuevo y muy poderoso reino de moros que se levantó en España.

 

 

 

 

V. De dos linajes los más principales entre los

 

moros

 

Por las armas de los sarracenos y por el vergonzoso descuido de los nuestros la mayor y más noble parte de la redondez de la tierra quedó vencida y sujeta a los enemigos del nombre cristiano, crueles y fieros, los cuales tienen por abominable y por ilícito todo lo que nosotros tenemos por santo. Al principio obedecían todos a una cabeza y a un príncipe, que cuidaba de todo, de la guerra y del gobierno, hacía y deshacía leyes, administraba justicia, hasta las mismas cosas sagradas y pertenecientes al culto de Dios estaban a su cargo. En las historias delos árabes a veces le llaman califa, que en romance quiere decir sucesor, a veces miramamolín, que es lo mismo que príncipe de los que creen. El amor de la nueva superstición hizo que al principio las cosas estuviesen quietas; adelante con el grande aumento que tuvieron y por sus muchas riquezas resultaron alborotos, y de uno se hicieron muchos imperios. Las causas de estas discordias y los sucesos no hacen a nuestro propósito, sólo por lo que toca a nuestro cuento me pareció necesario declarar el origen y progreso de dos familias y casas, las más nobles que hubo entre los moros, y por cuyas diferencias resultaron en este tiempo grandes alteraciones.

 

Mahoma, fundador de aquella secta y maestro de la nueva superstición, dio a muchas provincias guerras, en que siempre le sucedió prósperamente. Fue hombre de ingenio despierto, astuto y malo; usaba de una profunda ficción y apariencia de santidad, cosa muy a propósito para engañar a la gente; y no hay cosa más poderosa para ganar las voluntades de la muchedumbre que la máscara de la religión; así fueron innumerables los que engañó en toda su vida. A la muerte, de muchas mujeres con quien ilícita y torpemente se casó, dejó solamente tres hijas, y ningún hijo varón, ca uno que tuvo se le murió de doce años. La mayor de las hijas se llamó Fátima, las otras, Zeinebis y Imicultis; quedaron casadas con hombres principales, y todavía por la muerte de Mahoma los suegros de él se

 

 

 

 

 

 

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encargaron del gobierno, primero Abubacar, y después Omar, en lugar de sus hijas y nietos.

 

Después de estos Atuman, marido de Fátima, tuvo el imperio, que por ser la mayor tenía mejor derecho para suceder a su padre. De este tuvo origen el linaje de los Alavecinos, gente muy poderosa en riquezas y en señorío. A Atuman, no sin contradicción de muchos y grande alteración del pueblo, sucedió Moabia, marido de la segunda hija de Mahoma, llamada Zeinebis, fundador que fue del otro linaje muy valido de los Ben Humeyas. La causa de estos nombres y apellidos no se sabe, ni lo que significan. Lo cierto es que a Moabia sucedieron por orden su hijo Izit, y Maula, su nieto, que perdonó a sus vasallos y les descargó de la tercera parte de los tributos con que acostumbraban a servir. Muerto Maula, los moros divididos en dos parcialidades, los unos siguieron a Maroan, y los otros a Abdalá, que era, según yo pienso, del linaje y alcurnia de los Alavecinos. Sea lícito usar de conjeturas en cosas tan oscuras como son las de aquella nación. Por lo menos en tiempo del rey Moabia fue maestro de la milicia, que es como entre nosotros condestable, con que tuvo ocasión de granjear muchas riquezas y aliados, y de presente tuvo manera para echar al contrario del reino y quedar solo por señor de todo. Mas con su muerte la corona y cetro volvieron a Abdelmelic, hijo de Maula, que ganó gran renombre por conquistar, como conquistó, toda la África, con que él y sus sucesores se hicieron más poderosos que antes. Las discordias de los emperadores romanos dieron lugar a este daño, que fue una miserable ceguera y una locura de los hombres muy grande; pero mejor será apartar el pensamiento de estas cosas, cuya memoria, a manera de cierto aguijón, punza y duele. Falleció Abdelmelic de su enfermedad, y en su lugar sucedió su hijo Ulit, aquel por cuyo mandado Tarif pasó en España, y vencido y muerto el rey don Rodrigo, se apoderó del reino de los godos. En lugar de Ulit sucedió primero su hermano Suleimán, después Omar e Izit, hijos de Ulit por adopción de su tío, para que juntamente y con igual poder gobernasen aquel imperio. A estos dos sucedió otro hermano tercero, llamado Iscam. A Iscam Alulit, hijo de Izit. Después de Alulit, con gran voluntad de toda aquella nación, Ibrahem, su hermano, tomó el gobierno. A este dio la muerte Maroan, dado que era del mismo linaje de los Omeyas, y por fuerza de armas, como queda dicho, se apoderó de todo.

 

Las discordias de estos príncipes dieron ocasión a los Alavecinos, que eran del linaje de Fátima, para levantar cabeza y prevalecer como los que

 

 

 

 

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tenían sus fuerzas enteras y unidas, y los contrarios al revés divididas y flacas. Abdalá pues, hombre de grande industria y no menor corazón, muerto que hubo a Maroan, que a causa de aquellas revueltas se hallaba con pocas fuerzas, restituyó últimamente a los que descendían de Fátima el imperio de los moros, como queda ya tocado; y para asegurarle más y perpetuarle en sus descendientes, hizo gran carnicería en el linaje de los Omeyas, por ningún otro delito sino por sospechar pretendían el imperio que ya tuvieron; camino por donde de presente se hizo odioso, y para adelante su nombre fue tenido por infame como de cruel y tirano.

 

Fuera de esto, Abderramán, que era de los Ben Humeyas, fue puesto en necesidad, por escapar de aquella carnicería, de pasar a España para intentar cosas nuevas, por entender que los moros comúnmente en aquella provincia eran aficionados a los emperadores pasados y al linaje de los Ben Humeyas, a causa de las muchas mercedes que de ellos tenían recibidas; con la ayuda de los cuales y el esfuerzo y buena maña de Abderramán se fundó un nuevo reino de moros en aquella provincia, exento y libre del señorío de los miramamolínes de África y de los califas de Asia; su asiento en la ciudad de Córdoba, do las demás ciudades acudían como a su cabeza y metrópolí, según que adelante se entenderá mejor.

 

 

 

 

VI. De los reyes Froila, Aurelio y Silón

 

Por la muerte de don Alfonso el Católico su hijo mayor, llamado Froila o Fruela, se encargó del gobierno y del reino de los cristianos en España, como era razón y derecho, el año de 757. Tuvo el reino once años y tres meses; su gobierno y fama tuvo mezcla de malo y de bueno. Fue áspero de condición, inclinado a severidad, y aún más aficionado a crueldad que a misericordia. Los príncipes con la grande libertad que tienen pocas veces se van a la mano, y de ordinario siguen sus inclinaciones y pasiones. Los aduladores, de que hay gran número en las casas de los reyes, hacen que el mal pase adelante; que no hay quien se atreva a decir la verdad. A los vicios dan nombres de las virtudes a ellos semejantes, y hacen creer que la crueldad es justicia, y que la malicia es prudencia, y así de lo demás, con que todo se pervierte.

 

 

 

 

 

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Verdad es que tuvo algunas cosas de buen príncipe, porque lo primero fundó y edificó a Oviedo, ciudad principal y noble en las Asturias, si bien algunos atribuyen esta fundación a su padre el rey don Alfonso, pero sin bastantes fundamentos. Dio a la nueva ciudad derecho y honra de obispado. Demás de esto, apartó los casamientos de los sacerdotes, costumbre antiguamente recibida por ley de Witiza, y después muy arraigada por el ejemplo de los griegos, con que se encendió la ira de Dios contra España e incurrió en tan graves desastres y castigos, como lo entendía la gente más cuerda. Con esta resolución cuanto fue el amor y benevolencia que ganó con los buenos, tanto se desabrió gran parte del pueblo y de los sacerdotes. Porque los hombres ordinariamente quieren que lo antiguo y lo usado vaya adelante; y la libertad de pecar es muy agradable a la muchedumbre. De esta severidad procedió gran parte del odio que en su vida muchos le tuvieron; y después de su muerte su nombre quedó acerca de los descendientes amancillado y afrentado más de lo que merecía.

 

Así se puede sospechar, pues fuera de las demás virtudes, en lo que toca a la guerra procuró seguir las pisadas de su padre. En particular el segundo año de su reinado en una gran batalla desbarató a Yusuf, gobernador de España por los moros, viejo capitán, y que con un grueso ejército talaba y destruía las tierras de Galicia. Ninguna victoria hubo en aquella era, ni más esclarecida ni de mayor provecho para los cristianos, ca quedaron muertos cincuenta y cuatro mil moros. Esta pérdida fue causa que Yusuf, que por espacio de cuatro años hacía resistencia a Abderramán para que no se apoderase de España como pretendía, se acabase de perder; porque como se viese trabajado por el linaje de los Omeyas, huyó de Córdoba; mas por diligencia de sus enemigos fue preso en Granada, de donde escapó y se huyó a Toledo, confiado en la fortaleza de aquella ciudad y con esperanza que aquellos ciudadanos le acudirían. Sucedióle al revés, que como a caído todos le faltaron, y los mismos en quien más confiaba le dieron la muerte con intento de ganar a su costa la gracia del vencedor.

 

Desde este tiempo, que fue el año de nuestra salvación 759, y conforme a la cuenta de los árabes 142, todos los moros de España se tornaron a unir debajo de una cabeza y gobierno; y Abderramán Aben Humeya, que tuvo adelante sobrenombre de Adahil, fundó un nuevo reino de su nación más poderoso que antes, exento de la jurisdicción de los

 

 

 

 

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moros de África y de Asia, como poco antes queda apuntado. Sola Valencia, ciudad de los edetanos, parte de la España Tarraconense, se mantuvo por algún tiempo en la devoción antigua; pero últimamente, Abderramán con un largo y apretado sitio que sobre ella puso, la forzó por las armas a seguir el partido de las demás. Era grande el odio que este príncipe mostraba contra nuestra religión, tanto, que los cristianos de aquella ciudad se salieron de ella, y llevaron consigo a lo postrero de la Lusitania, por la parte que el promontorio Sacro se alarga mucho en el mar, los sagrados huesos del mártir san Vicente, que en tiempos pasados, como queda dicho, padeció en aquella ciudad, al cual ellos adoraban como a Dios, y era célebre por la fama de los milagros; tales son las palabras del moro Rasis, que me pareció poner aquí. Sucedió adelante que un moro, natural de Fez, llamado Allibohaces, andando por allí a caza halló estos hombres, y como los matase, llevó consigo a África por esclavos sus hijos, niños de pequeña edad; por cuya información adelante se supo el lugar en que quedaron escondidos los sagrados huesos, que fue ocasión de mudar el nombre a aquel promontorio, y llamarse adelante el cabo de San Vicente; pero de esto se tornará a hablar en otro lugar.

 

El rey bárbaro, ensoberbecido con tantas victorias y por sucederle todo a su voluntad, acometió a hacer guerra a los gallegos. Por otra parte, puso cerco sobre Beja, ciudad de Portugal, que antiguamente era Pax Julia. De la una y de la otra parte fue rechazado por el esfuerzo y armas del rey don Fruela, el cual, con su buena dicha y diligencia, no sólo defendió las tierras de los cristianos de las insolencias de los bárbaros, sino también acudió a sosegar las alteraciones de los naturales, en especial de los gallegos, que sospecho andaban alterados por haber quitado las mujeres a los sacerdotes. Asimismo los de Navarra, que andaban levantados, se redujeron a obediencia el año de 761. En esta jornada se casó el rey don Fruela con Menina, otros la llaman Momerana, hija de Eudón, duque de Guyena, y hermana de Aznar, que de buena gana vino en este casamiento por estarles a todos muy a cuento. De esta señora nacieron don Alfonso, que adelante tuvo el reino y renombre de Casto, y doña Jimena, muy conocida por ser madre de Bernardo del Carpio y por su poca honestidad.

 

Pudiera el rey don Fruela ser contado entre los grandes príncipes si no amancillara su fama y sus virtudes con la muerte que dio por sus propias manos a su hermano Bimarano; hecho grandemente inhumano y que le hizo muy odioso. Era Bimarano de gentil disposición, y con su mucha

 

 

 

 

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afabilidad ganaba las voluntades del pueblo; sospechó su hermano que procuraba hacerse rey, y por ventura, como suele acontecer, los que estaban descontentos de la severidad del rey pretendían tomarle por su cabeza y debajo de su sombra alterar a los demás, porque no se puede entender que don Fruela sin propósito y sin tener alguna causa para ello, hiciese cosa tan fea, dado que ninguna pudo ser bastante para excusar exceso tan grave; y él mismo, para aplacar el odio que de aquella muerte resultó, prohijó y nombró, por su sucesor en el reino a don Bermudo, hijo del muerto; pero no sirvió de nada, porque los suyos, y en particular don Aurelio, su hermano, se conjuraron contra él y le dieron la muerte en Cangas. Sepultaron al rey don Fruela y su mujer Menina en la iglesia mayor de Oviedo.

 

En este tiempo Vero, arzobispo de Sevilla, resplandecía por su santa vida, erudición y libros que escribió. Asimismo Pedro, prelado de Toledo, sucesor de Urbano, por sobrenombre el Hermoso, compuso un libro de cómo se debía celebrar la Pascua, muy alabado en aquel tiempo, enderezado a los de Sevilla, que en esta cuenta andaban errados. A Pedro sucedió Cijila, que escribió la Vida de san Ildefonso. Adriano, pontífice romano, enderezó una carta a este prelado (dado que le llama Egila), en que reprende la costumbre que tenían en España, creo tomada de Grecia, de comer carne los sábados. Yo entiendo que de aquella costumbre por cierta manera de concordia se tomó la que al presente se guarda de comer aquellos días los menudos y extremidades de los animales; quién dice que esto se introdujo el año de Cristo 1212, cuando los nuestros en el puerto del Muladar ganaron aquella batalla contra los moros tan señalada y famosa, pero no hay para asegurar esto, autor ni argumento bastante. Todavía el despensero de la reina doña Leonor (mujer del rey don Juan el Primero), así lo dice, y la Valeriana, como se refiere adelante, libro XI, capítulo XXIV. Las listas antiguas de los arzobispos de Toledo no sólo no ponen a Urbano en aquel número, sino tampoco a Pedro, en lugar de los cuales cuentan por predecesores de Cijila a Sunieredo y Cuncordio. La oscuridad de aquellos tiempos es tan grande, que a las veces nos fuerza a reparar, no de otra manera que quien no sabe el camino, llegado a alguna encrucijada do se divide en muchas partes, como ninguno de aquellos caminos le descontente, ninguno le agrada.

 

El matador del rey don Fruela, vengador de Bimorano y hermano de entrambos, dado que otros le hacen primo, hijo de don Fruela, que fue

 

 

 

 

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hermano del rey don Alfonso, entró en el reino y tomó la corona el año de

 

768.  No hicieron caso de don Alfonso, hijo del rey don Fruela, para que heredase a su padre, así por su pequeña edad como por el odio que todos a su padre tenían, Reinó don Aurelio seis años y medio; no hizo cosa en paz ni en guerra que sea digna de memoria, por lo menos que por ella merezca ser alabado. Verdad es que apaciguó una guerra civil que encendieron los esclavos, ca con deseo de libertad y con la ocasión que les daba la revuelta de los tiempos, se apellidaron en gran número y tomaron las armas; pero la loa que por esta causa ganó, la oscureció del todo y amaneció con un asiento muy feo que hizo con los moros, en que se obligo de darles cada un año cierto número de doncellas nobles como por parias.

 

La prosperidad de Abderramán ponía a los nuestros espanto. Temían con razón que las armas de aquel nuevo reino y sus fuerzas muy grandes no oprimiesen las de los cristianos, que de suyo eran flacas, y por la discordia de los parciales a punto de perderse. Procuró el rey don Aurelio de prevenirse de fuerzas contra aquella tempestad que amenazaba, y por esta causa casó su hermana Adosinda con Silón, hombre poderoso y principal, con esperanza y diseño que en vida le ayudaría, si fuese necesario, y después de muerto le sucedería en el reino por no tener él hijos, ni aún se sabe bastantemente que haya sido casado.

El Cronicón del rey don Alfonso el Magno dice que el rey don Aurelio fue sepultado en el valle de Iagueya, en la iglesia de San Martín. Don Lucas de Tuy dice que le enterraron en Cangas. Dificultoso es concordar estas opiniones, ni como juez sentenciar por la verdad. Quién dice que Iagueya y Cangas es lo mismo, quién que Iagueya es la villa de Yanguas; por esta opinión hace la semejanza de los nombres moderno y antiguo, y que en aquella villa, en la iglesia de San Miguel hay una cueva con advocación de San Andrés, y en ella dos sepulcros o lucillos juntos el uno del otro, los cuales el pueblo, como cosa recibida de sus antepasados, tiene por de los dos reyes don Favila y don Aurelio; que si esto se recibe, será necesario confesar que el nombre de aquella iglesia con el tiempo se ha mudado, por lo menos que los huesos de aquellos reyes, de do primero estaban enterrados, se trasladaron a aquel lugar; cosa que en el rey don Favila no tiene duda haber primero sido sepultado en otro lugar, como queda arriba señalado, es a saber, en tierra de Cangas.

Por la muerte pues de don Aurelio, Silón, su cuñado, fue alzado por rey en Pravia juntamente con Adosinda, su mujer. Reinó por espacio de

 

 

 

 

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nueve años, un mes y un día. Enfrenó al principio de su reinado y sosegó los gallegos, que andaban alborotados cerca del monte Ciperio, que hoy se llama Cebreros. Los motivos y ocasiones de esta guerra no se escriben; sólo refieren que por ser Silón de grande edad, o porque naturalmente era enemigo de cuidados y no se hallaba con fuerzas para llevar aquel peso, se resolvió de partir mano, no sólo del cuidado de la guerra, sino también del gobierno; y para esto por amonestación de su mujer, nombró por su compañero en el reino con plena autoridad en guerra y en paz a don Alfonso, hijo del rey don Fruela. La miseria y mengua de estos tiempos fue tal, que cuando la república estaba más revuelta con las olas de una cruel tempestad y tenía necesidad de un gobernador varonil, entonces por la mayor parte le cabían en suerte reyes sin provecho y cobardes.

 

Desde este tiempo parece que don Alfonso tuvo nombre de rey, como se puede mostrar por un privilegio, el más antiguo de cuantos en España se hallan en los archivos, dado en Santa María de Valpuesta, que hoy es iglesia colegial, y antiguamente era monasterio de monjas. En él por la liberalidad del rey don Alfonso se hace donación a aquel templo de muchas heredades, era de 812, que concurre con el año de Cristo de 774, que fue el primero del reinado de Silón, si ya por ventura los números no están errados. Porque la opinión de los que atribuyen este privilegio a don Alfonso el Católico no viene bien con la razón de los tiempos. Y sea lo que fuere en esta parte, la maldición que en aquellas letras se contiene es muy digna de ser considerada. Dice que el que quebrantare aquella donación sea anatema, marrano y descomulgado; de las cuales palabras se entiende que esta palabra marrano no se deriva de la palabra moro, como si dijésemos maurano, como algunos sospechan que resultó en Italia en tiempo del emperador Federico Barbaroja por ocasión que muchos moros que estaban a su sueldo, después de convertidos a la ley de Cristo, la renegaron, sino que antes viene de la palabra siríaca maranatha, con que en las divinas letras se significa la excomunión y maldición, como también significan lo mismo las otras dos palabras griega y latina anathema y excommunicatus, de que usa aquel privilegio escrito en lengua latina.

 

Por este tiempo Carlomagno deshizo el reino de los longobardos, que duró en Italia pasados docientos años, con prender en Pavía a Desiderio, su rey. Confirmó otrosí a instancia del papa Adriano la donación que Pipino, su padre, hiciera a aquella iglesia del exarcado y otras ciudades de Italia, en que entraban Bolonia, Rávena, Ferrara y la Emilia, que era la

 

 

 

 

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Lombardía allende el Po, Parma y Plasencia, sin otras muchas ciudades y tierras.

 

De la sepultura del rey Silón hay diferentes opiniones; quién dice que le enterraron en Oviedo, por un letrero muy largo que está a la entrada de la iglesia de San Salvador, donde en cierta manera de cifra se lee su nombre, y se dice y repite doscientas y setenta veces que hizo aquella iglesia, demás que debajo de aquel letrero hay ocho letras que significan:

 

Aqui yace Silón; Séale La Tierra Liviana.

 

Otros dicen que le sepultaron en Pravia en la iglesia de San Juan Evangelista, que él levantó desde los cimientos, do sin duda fue puesto el cuerpo de su mujer la reina Adosinda.

 

 

 

 

VII. De los reyes don Alfonso, Mauregato y don

 

Bermudo

 

Hechas las honras y enterramiento del rey Silón, don Alfonso, su compañero, con gran voluntad de la nobleza quedó solo con el reino el año de 783. El odio que tenían a su padre estaba olvidado, y con la muestra que había dado de sus virtudes tenía granjeadas las voluntades de todos sus vasallos. Sólo Mauregato, su tío, aunque no era legítimo, pretendía se le hizo agravio en anteponerle a don Alfonso. Alegaba que tenía más estrecho parentesco con los reyes pasados y que todos sus hermanos sucesivamente fueron reyes. No faltaban hombres bulliciosos que con deseo de cosas nuevas daban oídos y favor a sus intentos, personas de malos pensamientos y costumbres, cuales son por la mayor parte los que siguen la corte y casas reales. A persuasión de estos, por hallar poco arrimo en los cristianos, hizo recurso a los moros; pidióles le ayudasen, y alcanzólo con asentar de darles cada un año por parias cincuenta doncellas nobles y otras tantas del pueblo, infame concierto; pero tanto puede el desenfrenado deseo de reinar. Son los moros más que ninguna otra nación inclinados a deshonestidad. Con el cebo pues de estos deleites y por mandado de su rey Abderramán, buen número de aquella gente siguió a

 

 

 

 

 

 

 

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Mauregato. Alegábase para inclinarlos más, la honra que les resultaba de tener a los cristianos por tributarios y a su rey por sujeto y obligado.

 

No se hallaba don Alfonso apercibido de fuerzas bastantes para hacer resistencia y contrastar a tanto poder. Acordó de dar tiempo al tiempo, y mientras duraban aquellos recios temporales se retiró a la Cantabria o Vizcaya, donde tenía muchos aliados, parientes y amigos de Eudón, de quien venía por parte de madre. Era de veinte y cinco años cuando al principio de su reinado fue despojado.

Reinó Mauregato por espacio de cinco años y seis meses sin señalarse en cosa alguna, sino en cobardía, torpeza y en la grave maldad que cometió por la traición que hizo a su patria. Sepultáronle en Pravia, en la iglesia de San Juan, como lo dice el Cronicón que anda en nombre del rey don Alfonso el Magno, por lo menos en el ejemplar de Oviedo. Murió en el año del Señor de 788.

En el mismo año Abderramán, rey de los moros, después que reinara por espacio de veinte y nueve años, pasó de esta vida en Córdoba, do hacía su residencia, y la cual ciudad adornó con diversas obras magnificas y reales, como fue un castillo que levantó en ella y unos jardines que plantó muy deleitosos, que entonces se llamaban de Rizafa, y al presente se llaman de Arrizafa. Demás de esto, dos años antes que muriese, de lo que ganó en la guerra comenzó a fabricar la mezquita mayor, que hoy es la iglesia catedral de Córdoba, por la manera del edificio, gran número y hermosura de columnas sobre que carga la bóveda, una de las obras mas señaladas de España. Dejó nueve hijas y once hijos; nombró en su testamento por sucesor a Suleimán, el mayor de todos, que tenía puesto en el gobierno de Toledo. Esta su ausencia dio ocasión a Isem, que era el hijo segundo, de apoderarse del reino, sin embargo de lo que su padre dejó dispuesto. Tenía muy de su parte las voluntades del pueblo, con cuya ayuda venció en batalla a su hermano y le hizo retirar al reino de Murcia, desde donde por sesenta mil escudos que le dio, renunciado tu derecho, pasó en África. Después de esto, Abdalá, que era otro hermano, con deseo de cosas nuevas andaba alborotado; mas hizo asiento con él, con que asimismo desamparó a España. Tuvo Isem el reino siete años, siete meses y siete días.

 

A Mauregato sucedió don Bermudo, llamado el Diácono, porque en su menor edad recibiera aquel orden de la manera que se usa entre los cristianos. Cuyo hijo fuese don Bermudo no concuerdan los historiadores,

 

 

 

 

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ni será fácil preferir la una opinión a la otra, ni los que dicen lo uno a los que sienten lo contrario. Entiendo que por la semejanza de los nombres, las memorias de aquel tiempo están varias. Quién dice que fue hijo de Bimarano, a quien el rey don Fruela, su hermano, mató por sus manos; quién que fue hijo del otro don Fruela, hermano del rey don Alfonso el Católico, opinión que la siguen autores de crédito y antiguos, en particular el Cronicón del rey don Alfonso el Magno. Reinó tres años y medio; tuvo dos hijos, don Ramiro y don García, en su mujer Nunilón o Ursenda, con quien se casó ilícitamente; pero después con mejor consejo se apartó de ella y perseveró en castidad toda la vida. En lo demás fue hombre templado y modesto, más amigo del sosiego que sufría el estado de las cosas. Locamente se encarga en semejante tiempo del gobierno quien no tiene bastante ánimo, destreza en las armas, esfuerzo y valor y aún fuerzas corporales. Verdad es que hizo una cosa muy loable y que dio mucho contento, es a saber, que en gran pro de la república tornó a hacer compañero de su reino a don Alfonso, hijo de su primo hermano el rey don Fruela, al que despojó Mauregato y le forzó recogerse a Vizcaya. Esto fue el año de 791 a 21 de julio, como lo dice Isidoro, pacense, escritor de este mismo tiempo.

 

Reinó desde aquí adelante por espacio de cincuenta y dos años, cinco meses y trece días. Fue príncipe muy señalado en la prosperidad continua que tuvo en sus cosas, diestro en las armas, clemente, liberal, amable a los suyos, y espantoso a los extraños; en la piedad y religión ninguno se la ganara. Con su esfuerzo principalmente se mantuvieron las cosas de España, que estaban para caerse. Ganó grande reputación y autoridad, y no menos granjeó las voluntades de sus vasallos con una victoria muy señalada que tuvo el tercero año de su reinado de un capitán moro llamado Mugayo. Tenía por cosa afrentosa al nombre cristiano entregar a aquellos bárbaros las doncellas que torpemente concertó Mauregato. No quiso acudirles con aquel tributo; por esta causa un grueso ejército de enemigos rompió y corrió por todas partes sin parar hasta llegar a las Asturias. Recogió don Alfonso sus gentes, salió en busca del enemigo, diose la batalla cerca de un pueblo llamado Ledos, quedó la victoria por los nuestros, que fue de las más señaladas que jamás hubo en España, ca murieron setenta mil moros, con que los cristianos comenzaron a respirar y alzar cabeza por verse libres de una servidumbre tan grave, y los moros, enflaquecidas sus fuerzas y embarazados en otras guerras, no pudieron

 

 

 

 

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satisfacerse de aquella mengua y daño; y es cosa averiguada que en aquel tiempo en lo postrero de España por la parte que los montes Pirineos se extienden de mar a mar, muchas ciudades y pueblos se ganaron de los moros por las armas de los reyes de Navarra y por el esfuerzo de Carlomagno, rey de Francia, príncipe de autoridad aventajada entre los reyes cristianos, y por sus grandes proezas muy conocido por la fama.

 

Esto puso en necesidad a Isem, rey de Córdoba, de enviar un capitán de gran nombre, llamado Abdelmelic, con ejército bastante para reprimir las entradas por aquella parte e intentos de los cristianos. Lo que resultó fue que los moros tornaron a apoderarse de Gerona en lo postrero de España y de Narbona en la entrada de Francia. De allí, dice el arzobispo don Rodrigo, que para acabar el edificio de la mezquita de Córdoba hicieron traer la tierra en hombros de cristianos, que fue insolencia de bárbaros, olvidados de la modestia y templanza con la prosperidad. Esta tierra entiendo yo debió ser alguna suerte de arena con que hace mayor presa la cal. Edificó allí mismo este Rey otra puente en Córdoba cerca del alcázar, y fue el primero entre los reyes moros que para su guarda tomó soldados extraños, es a saber, tres mil cristianos renegados. Fuera de estos, para los oficios y servicio de la casa real tenía dos mil eunucos. Falleció el año de 795; reinó por espacio de veintiséis años, diez meses y quince días. Dejó fama de príncipe prudente, justo y liberal como entre aquella gente, y por sucesor a su hijo Alhaca.

 

 

 

 

VIII. De Elipando, arzobispo de Toledo

 

A los trabajos de la cautividad, que cuando fueran solos eran muy graves, se allegó una grande discordia en materia de religión. Los principales movedores y cabezas de este mal fueron Félix, obispo de Urgel en lo postrero de España, y su discípulo Elipando, arzobispo de Toledo, hombres de ingenios no groseros, ni faltos de erudición para las tinieblas y grandes revueltas y males de aquel tiempo, entre los cuales no tropezar ni ensuciarse fuera cosa semejable a milagro. Porque, ¿qué lugar podían tener las letras en medio de servidumbre tan grave, cuando cargados de tributos y trabajados de todas maneras eran forzados a buscar con el sudor de su rostro el sustento cotidiano? ¿Cómo se podían juntar los concilios

 

 

 

 

 

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eclesiásticos, medicina con que de muy antiguo se solían sanar las heridas en la doctrina, y reformar las costumbres de eclesiásticos y seglares? Los nobles y el pueblo, como a cada uno se le antojaba, así ordenaban sus vidas, y de las cosas divinas, sin que nadie les fuese a la mano, cada cual sentía y hablaba lo que le parecía, cosa muy perjudicial. Demás de esto, del trato y conversación con los moros era forzoso se pegasen a los cristianos malas opiniones y dañadas.

 

En particular estos dos prelados despertaron y publicaron los errores de Nestorio, quien el tiempo pasado por diligencia del concilio efesino fueron sepultados, como quien aviva las centellas del fuego y quema pasada. Decían de Cristo que en cuanto hombre era hijo adoptivo de Dios; doctrina falsa y contra razón, contra todas las divinas y humanas letras y religiones. Porque, ¿cómo puede uno mismo ser hijo natural y adoptivo? Pues consta que el hijo adoptivo graciosamente por sóla benignidad de su padre, sin que haya cosa alguna que obligue y fuerce, es admitido a la herencia y derechos ajenos, lo que quien dijese de Cristo, sería forzado a reconocer en él y confesar dos hipóstasis o supuestos, que sería otro desatino mas grave.

 

Félix, por estar su obispado cerca de Francia y porque los años pasados los franceses hicieron diversas entradas por aquellas comarcas, sospechan algunos que fue de aquella nación. Elipando, como el nombre lo muestra, venía de la antigua sangre de los godos. Hacía por ellos su dignidad y autoridad obispal, la fama de sus nombres y letras; alegaban otrosí en favor de su error a los santos Eugenio, Ildefonso, Juliano. Ayudábanse, aunque mal, de algunos lugares de las divinas letras, en que Cristo por la parte que es hombre, se dice ser menor que su Padre. Eran de ingenios bulliciosos y ardientes; así con cartas y libros que enviaban a todas partes pretendían con palabras afeitadas persuadir a los demás lo que ellos sentían. En particular Elipando, por la autoridad que tenía muy grande sobre las demás iglesias, escribió a los obispos de Asturias y Galicia; en especial pretendió enlazar en aquel error a la reina Adosinda, mujer que fuera del rey Silón. Ella, como prudentísima y muy santa, respondió que no le tocaba juzgar de aquella diferencia, y que se remitía en todo a lo que los obispos y sacerdotes determinasen.

 

En el número de los cuales se señalaron principalmente Beato, presbítero, y Heterio, obispo de Osma, cuya Disputa contra Elipando, erudita y grave, se conserva hasta el día de hoy, obra larga y de mucho

 

 

 

 

 

 

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trabajo, pero que el lector tendrá por bien empleado el tiempo que gastare en leerla por convencer la mentira con fuertes argumentos.

 

Pasaba la revuelta adelante, y porque las cosas no sucedían como los noveleros pensaban, Elipando se partió de Toledo para las Asturias y Galicia, provincias en que inficionó a muchos con aquella mala ponzoña, malo y pestilencial olor de su boca. Félix acometió primero a los de Castilla la Vieja, después en la entrada de Francia a la Septimania, que es la Gascuña, desde allí corrió lo demás de Francia y Alemania sin hacer algún efecto, a causa que toda suerte de gentes, los grandes, los medianos y los pequeños se espantaban con la nueva manera de hablar, y en público y en secreto condenaban aquella opinión y los que la enseñaban.

En aquellas partes se podían juntar concilios de obispos; y así hallo que en Regino, ciudad de Baviera, que hoy dicen es Ratisbona, en presencia de Carlomagno, rey de Francia, por un concilio de obispos que allí se juntó sobre el caso, fue condenado Félix el año de Cristo de 792. De donde enviado a Roma se retractó delante del papa Adriano fingidamente, por lo que adelante se vio, pues fue necesario que se juntase de nuevo concilio en Francfordia, ciudad de Alemania el año de 794, en que se halló presente Carlomagno y dos obispos, Teofilacto y Estéfano, enviados de Roma por legados, y de España por los catolicos, Beato, presbítero, y el obispo Heterio.

No perdieron por ende el ánimo los noveleros, antes presentaron un memorial a Carlomagno en que le suplicaban se hallase presente en aquel juicio, y quisiese seguir antes el parecer de muchos que dejarse engañar de pocos. Tratóse el negocio, y ventilóse aquella mala opinión. Condenáronla y juntamente a los que la seguían, si no desistiesen de ella. En particular a Félix y Elipando pusieron pena de excomunión. Félix, como lo dice Adon Vienense, fue por los obispos condenado y enviado en destierro, y en León de Francia falleció sin desistir jamás de su error; en tanto grado es dificultoso mudar de opinión, y más en materia de religión, y reportar un entendimiento pervertido para que vuelva al camino de la verdad. Qué se haya hecho de Elipando no se sabe; y creo más aína, antes es cierto que se reconoció y que obedeció a la sentencia de los obispos y se apartó de su primer parecer. Tengo asimismo por cierto que no salió de España ni compareció en Regino ni en Roma ni en Francfordia.

 

A los antiguos santos que alegaban por si los errados, y de cuyos dichos se valían, Eugenio, Ildefonso y Juliano, carga Carlomagno en la

 

 

 

 

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carta que escribió a Elipando y a los demás sacerdotes de España; dice que no es maravilla los hijos se parezcan a los padres. Heterio niega que cosa semejante se hallase en los escritos de aquellos santos. Consta otrosí que de la escuela de Félix, pasados algunos años, salió Claudio, de nación español, obispo de Turín, persona que con opinión de erudito anduvo algún tiempo y conversó en la casa y corte del emperador Ludovico Pío. Éste, a las mentiras de los pasados, demás de otras cosas, añadió un nuevo dislate, que las imágenes sagradas se debían quitar de los templos; escribió empero contra él aguda y doctamente Jonás Aurelianense, su contemporáneo.

 

 

 

 

IX. De los principios de don Alfonso el Casto

 

Falleció por este tiempo el rey don Bermudo; sepultóse en Oviedo, do antiguamente se veían los lucillos suyo y de su mujer. Con tanto quedó solo don Alfonso en el gobierno. Tiénese por cierto que con deseo de vida más pura y santa por todo el tiempo de su vida no tocó a la reina Berta, su mujer, que fue la causa de ponerle el sobrenombre de Casto. Para aumento del culto divino levantó desde los cimientos la iglesia mayor de Oviedo, que se llama de San Salvador. Quién dice que el rey don Bermudo fue el que dio principio a esta noble fábrica, y aún el letrero que está a la entrada de aquel templo, como queda arriba apuntado, atribuye aquella obra al rey Silón. Pudo ser que todos tres entendieron en ella, y que el que la acabó se llevó, como acontece, toda la fama. Lo que consta es que el rey don Alfonso fue el que lo adornó de muchas preseas, y en particular refieren que dos ángeles en figura de plateros, le hicieron una cruz de oro sembrada de pedrería, de obra muy prima, vaciada y cincelada. Persuadióse el pueblo que eran ángeles porque, acabada la cruz, no se vieron más. El arzobispo don Rodrigo dice que el rey alcanzó del papa, que por la razón de los tiempos fue León el Tercero, que aquel su templo se hiciese arzobispal; pero engañóse, porque esto sucedió en tiempo del rey don Alfonso el Magno.

 

Los gloriosos principios del reinado de este príncipe tan señalado se amancillaron y oscurecieron con un desastre y afrenta que aconteció en su casa real, y fue que su hermana la infanta doña Jimena, olvidada del

 

 

 

 

 

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respeto que debía a su hermano y de su honestidad, puso los ojos en Sandia o Sancho, conde de Saldaña, sin reparar hasta casarse con él. Fue el matrimonio clandestino, y de él nació el infante Bernardo, carpense o del Carpio, muy famoso y esclarecido por sus proezas y hazañas en las armas, según que le alaban y engrandecen las historias de España. El rey, sabido lo que pasaba, puso en prisiones al conde, que vino para hallarse en las cortes. Acusáronle de traición y de haber cometido ofensa contra la majestad; convencido, fue privado de la vista y condenado a cárcel perpetua; señalaron para su guarda el castillo de Luna, en que pasó lo demás de la vida en tinieblas y miseria; que tal es la paga de la maldad y su dejo. La hermana del Rey fue puesta en un monasterio de monjas. Sin embargo, el rey hizo criar el infante como si él mismo le hubiera engendrado y hubiera salido de sus entrañas; verdad es que no se crió en la Corte, sino en las Asturias. La buena críanza fue parte para que su buen natural se aumentase y aún mejorase.

 

Las armas de los moros por estos tiempos no sosegaban; antes Zulema y Abdalá, tíos del nuevo rey moro, que hasta aquí se entretuvieran en África, para prevenir que el rey Ahaca, su sobrino, no se fortificase en el reino, pasaron en España con presteza. Abdalá, como hombre más atrevido, fue el primero que se apoderó de Valencia, ca los ciudadanos le rindieron la ciudad. Zulema después acudió al llamado de su hermano para socorrerle y ayudarle en sus intentos. Hicieron entradas por los pueblos y ciudades comarcanas; corrieron los campos por muchas partes, pasaron tan adelante, que se atrevieron a presentar la batalla al rey Alhaca, la cual fue muy herida y dudosa. Derramóse en ella mucha sangre, pero en fin Zulema con otros muchos fue muerto. Abdalá se huyó a Valencia; y como viese que tantas veces la fortuna le era contraria, acordó seguir otro partido y tomar asiento con el Rey, a condición que le señalase rentas en cada un año con que sustentase en aquella ciudad la vida y estado de hombre principal. Para seguridad que cumpliría lo asentado y sosegaría, dio en rehenes a sus mismos hijos, que el rey moro recibió y tuvo cerca de sí con aquel tratamiento que convenía tuviesen sus primos hermanos, tanto, que a uno de ellos dio por mujer una hermana suya. Todo esto sucedió el año de los árabes 184, conforme a la cuenta del arzobispo don Rodrigo, que era el año quinto después que Alhaca comenzó a reinar.

 

Las discordias que los moros tenían entre sí parece dieron buena ocasión al rey don Alfonso para adelantar su partido, pues muchos autores

 

 

 

 

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extranjeros, que los nuestros no dicen palabra, atestiguan que por el esfuerzo del rey don Alfonso se ganó de los moros la ciudad de Lisboa, cabeza de Portugal, y que envió a Carlomagno una solemne embajada, en que los principales, Fruela y Basilico, de los despojos de aquella ciudad le llevaron por mandado de su rey un rico presente de caballos, armas y cautivos, demás de esto una tienda morisca, de obra y grandeza maravillosa.

 

Siguiéronse después de esto algunos alborotos en el reino y alteraciones civiles tan graves, que pusieron al rey en necesidad de retirarse al monasterio abeliense, muy conocido a la sazón, y asentado en ciertos lugares ásperos y breñas de Galicia. Dende con el ayuda de Teudio, hombre principal y poderoso, se restituyó en su reino con mayor honra después de aquel trabajo. Pero a mi ver en ninguna cosa se señaló más el reinado de don Alfonso ni fue más dichoso que por hallarse en su tiempo en Compostela; como se halló, el sagrado cuerpo del apóstol Santiago, pronóstico y anuncio de la prosperidad que tendrían mayor que nunca los cristianos. Lo cual será bien declarar cómo sucedió y tomar el agua y corrida de algo más arriba.

 

 

 

 

X. Cómo se halló el cuerpo del apóstol Santiago

 

Floreció el culto de la religión cristiana antiguamente en lo postrero de Galicia y en aquella parte do está situada Iria Flavia, que es el Padrón, cuanto en cualquier otra parte de España. La cruel tempestad que se despertó contra los siervos de Cristo en el tiempo que prevalecía la vanidad de los muchos dioses, y por mandado de los emperadores romanos todo género de tormentos se empleaba en los cuerpos de los que a Cristo reverenciaban, hizo que de todo punto se acabase en aquellos lugares la cristiandad. Por donde ni en lo restante del imperio romano ni en el tiempo que los godos fueron señores de España se tenía noticia del sepulcro sagrado del apóstol Santiago. Con el largo tiempo y con este olvido tan grande el lugar en que estaba se hinchó de maleza, espinas y matorrales, sin que nadie cayese en la cuenta de tan gran tesoro hasta el tiempo de Teodomiro, obispo iriense.

 

 

 

 

 

 

 

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Miro, rey delos suevos, de quien arriba se hizo mención, conforme a la costumbre y observancia de Roma, dejó señalados los términos por todo su reino a cada uno de los obispados, y por obispo de Iria quedó Andrés. Sucediéronle por orden Dominico, Samuel, Gotomaro, Vincibil, Félix, Hindulfo, Selva, Leosindo o Teosindo, Enula, Romano, Augustino, Honorato, Hindulfo. De los cuales todos, fuera de los nombres, no ha quedado noticia alguna, y con la misma oscuridad de ignorancia y olvido quedaran sepultados todos los demás que les sucedieron, si la luz del apóstol Santiago no abriera los ojos, y su resplandor, que en breve pasó por todo el mundo, no los esclareciera. Fue aquel sagrado tesoro hallado por diligencia de Teodomiro, sucesor de Hindulfo, y por voluntad de Dios en esta manera.

 

Personas de grande autoridad y crédito afirmaban que en un bosque cercano se veían y resplandecían muchas veces lumbreras entre las tinieblas de la noche. Recelábase el santo prelado no fuesen trampantojos; mas con deseo de averiguar la verdad fue allá en persona, y con sus mismos ojos vio que todo aquel lugar resplandecía con lumbres que se veían por todas partes. Hace desmontar el bosque, y cavando en un montón de tierra hallaron debajo una casita de mármol y dentro el sagrado sepulcro. Las razones con que se persuadieron ser aquel sepulcro y aquel cuerpo el del sagrado Apóstol no se refieren; pero no hay duda sino que cosa tan grande no se recibió sin pruebas bastantes. Buscaron los papeles que quedaron de la antigüedad, memorias, letreros y rastros, y aún hasta hoy se conservan muchos y notables. Aquí, dicen, oró el Apóstol, allí dijo misa, acullá se escondió de los que para darle la muerte le buscaban. Los ángeles que a cada paso, dicen, se aparecían, dieron testimonio de la verdad como testigos abonados y sin tacha.

 

El Obispo, con deseo de avisar al Rey de lo que pasaba, sin dilación se partió para la corte. Era el Rey muy pío y religioso, deseoso de aumentar el culto divino, demás de las otras virtudes en que era muy acabado. Acudió en persona, y con sus mismos ojos vio todo lo que le decían; la alegría que recibió fue extraordinaria. Hizo que en aquel mismo lugar se edificase un templo con nombre de Santiago, bien que grosero y no muy fuerte por ser de tapiería. Ordenó beneficios y señaló rentas de que los ministros se sustentasen conforme a la posibilidad de los tesoros reales.

Derramóse esta fama, primero por España, después por todo el orbe cristiano, con que la devoción del apóstol Santiago se aumentó y dilató en

 

 

 

 

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grande manera. Concurrió gente innumerable de todas partes, tanto, que en ningún tiempo se vio acudir a España, aún cuando gozaba de su prosperidad, tantos extranjeros. De Italia, Francia y Alemania venían, los de lejos y los de cerca, movidos de la fama que volaba. Aumentábase la devoción con los muchos y grandes milagros que cada día se hacían al sepulcro del santo Apóstol, que daban testimonio bastante de que no era sin propósito lo que se había creído y se divulgaba.

 

Gobernaba a esta sazón la Iglesia romana el pontífice León, tercero de este nombre; hicieron recurso a él el rey don Alfonso, y a su instancia y en su favor Carlomagno, que a esto entiendo yo se enderezaba principalmente la embajada que dijimos. Pidieron que el obispo iriense, sin mudar por entonces el nombre que antes tenía, trasladase su silla a Compostela para más autorizar aquel santo lugar. Venían en ello los grandes y prelados de España. Condescendió el pontífice a tan justa demanda con tal que el arzobispo de Braga, cuyo sufragáneo era aquel obispado, no fuese perjudicado en alguna manera; dado que Braga por aquel tiempo no se habitaba, ca la destruyeron los moros. De la una y de la otra condición la iglesia de Compostela quedó exenta doscientos setenta y cinco años adelante, cuando por concesión de los pontífices romanos y a instancia de los reyes de España se trasladaron a Santiago los privilegios y autoridad de Mérida, iglesia en otro tiempo metropolitana, como se declara en otro lugar.

 

En los archivos y becerro de Compostela se halla un privilegio de este rey don Alfonso, en que hace donación a aquella iglesia de aquella nueva población con tres millas de tierra de todas partes en derredor que le señaló por territorio; en él en particular se hace mención de la invención que sucedió en aquel tiempo del sepulcro y cuerpo del Apóstol sagrado. No dejaré de avisar antes de pasar adelante que algunas personas doctas y graves estos años han puesto dificultad en la venida del apóstol Santiago a España, otros, si no los mismos, en la invención de su sagrado cuerpo por razones y textos que a ello les mueven. Sería largo cuento tratar esto de propósito, y no entiendo sea expediente con semejantes disputas y pleitos alterar las devociones del pueblo, en especial tan asentadas y firmes como ésta es. Ni las razones de que se valen nos parecían tan concluyentes, que por la verdad no militen más en número y más fuertes testimonios de papas, reyes y autores antiguos y santos sin excepción y sin tacha. Finalmente, visto lo que hace por la una y por la otra parte, aseguro que

 

 

 

 

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hay pocos santuarios en Europa que tengan más certidumbre ni más abonos en todo, que el nuestro de Compostela. Tal era y es nuestro juicio en esto caso y en estas dificultades.

 

 

 

 

XI. Cómo Carlomagno vino en España

 

Que Carlomagno, rey poderoso de Francia, haya venido, y aún más de una vez a España, la fama general que de ello hay lo muestra, fundada en lo que los escritores antiguos dejaron escrito con mucha conformidad. Primeramente, al principio de su reinado después de la muerte de su padre vino a España con esperanza de echar los moros de toda ella. Ibn-Abala, moro, le hizo instancia que emprendiese este viaje en su favor. Pasó los montes Pirineos por la parte de Navarra. Púsose sobre Pamplona, que se le rindió fácilmente. Dejó a Ibn-Abala por rey de Zaragoza con orden que aquella ciudad le acudiese a él con cierto tributo y parias cada un año. Hecho esto, dio la vuelta y de camino hizo desmantelar la ciudad de Pamplona o causa que no se podía mantener, y con las guerras ordinarias muchas veces mudaba señorío, ya era de moros, ya de cristianos. Tenían los navarros tomados los puertos y estrechuras de los Pirineos. Dieron sobre el fardaje y sobre los tesoros de Francia, saqueáronlo todo, con que Carlomagno, sin poder tomar enmienda del daño, fue forzado de volver a Alemania con poco contento y honra.

 

Pocos años adelante en la parte de Cataluña se le entregaron las ciudades de Gerona y de Barcelona. De donde conviene tomar los principios de los condes de Barcelona y de los catalanes, nombrados así de los pueblos catalaunos, puestos en la Galia Narbonense, cerca de la ciudad de Tolosa, que contra los moros hicieron entrada y asiento por aquella parte de España. Esta derivación es mas o propósito que la que compone esta palabra de gotos y alanos y la que otros siguen de cierto Catalán, gobernador de Aquitania, en el tiempo que Carlos Martello, como queda arriba tocado, se apoderó por fuerza de aquel ducado y le quitó a los hijos de Eudón. Tomich, historiador catalán, dice que Carlomagno después de algún tiempo, ganado que hubo de los moros a Narbona, rompió de nuevo por aquella parte en España, y con las armas sujetó a su corona a Cataluña la Vieja, que estaba asimismo en poder de moros, en la parte en que

 

 

 

 

 

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antiguamente estuvieron los ceretanos y por allí; demás de esto, que peleó con los moros y los venció en el valle, que de esta batalla tomó el nombre de Carlos.

 

Otros añaden a lo dicho que con la ocasión de haberse hallado el cuerpo de Santiago volvió a España de nuevo para certificarse y ver con sus ojos lo que publicaba la fama y aumentar con su autoridad y presencia la devoción de aquel santuario. Dicen más, que a instancia suya luego que se enteró de la verdad, se dio al prelado de Compostela derecho y autoridad de primado sobre todas las iglesias de España. Pero lo de esta venida se debe tener por falso y por invención mal compuesta por muchas razones, que no es necesario poner aquí, pues la mentira por sí misma se muestra.

Lo que se averigua es que vuelto de España Carlomagno, se partió para Roma con intento de amparar y restituir en su silla al sumo pontífice León III; el cual, como él sospechaba y era la verdad, a tuerto habían depuesto sus enemigos. Llegado a aquella ciudad, se asentó para conocer de aquel pleito, cuando gran número de obispos que allí se hallaban presentes por su llamado dijeron a voces no ser lícito que alguno juzgase al Sumo pontífice. Con esto el mismo acusado desde un púlpito con juramento se purgó de los cargos que le hacían, y sus acusadores fueron primero condenados a muerte, después a ruego del pontífice se trocó aquella sentencia en destierro. En ningún tiempo la Iglesia de Roma se vio mas autorizada ni la persona del pontífice más acatada. Habían los ciudadanos de Roma y el Papa enviado a Carlomagno, antes que allá llegase, las llaves de la confesión de san Pedro y el estandarte de la ciudad de Roma en señal que se ponían en sus manos y debajo de sus alas se amparaban, a causa que por la revuelta de los tiempos los emperadores griegos poco les podían ayudar, el poder de los franceses se aumentaba y se fortificaba más de cada día. Hicieron pues en presencia lo que en su ausencia tenían acordado, que fue entregarle el imperio de la ciudad de Roma. Corría el año de nuestra salvación 801, cuando el papa León, celebrado que hubo la misa en la iglesia de San Pedro, víspera de Navidad, dio a Carlomagno el nombre de Augusto, y le adornó de las insignias imperiales. El pueblo romano en señal de su mucha alegría aclamó a Carlos Augusto, grande y pacífico, vida y victoria.

 

Después que fue emperador, desde Alemania, do estaba retirado en lo postrero de su edad, vino a España, según que lo afirman casi todos los

 

 

 

 

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historiadores, con esta ocasión. El rey don Alfonso, cansado por sus muchos años y con las guerras que de ordinario traía con los moros con mayor esfuerzo y valor que prosperidad, pensó sería bien valerse de Carlomagno para echar con sus armas los moros de toda España. No tenía hijos; ofrecióle en premio de su trabajo la sucesión en el reino por vía de adopción. No menospreció este partido el buen Emperador; pero por ser de larga edad y no menos viejo que el rey don Alfonso, y por tener debajo de su señorío muchas provincias, le pareció que aquel reino sería bueno para Bernardo, su nieto de parte de su hijo Pipino, ya muerto, que él había hecho rey de Italia. Con esta resolución emprendió el viaje de España. Seguíale un ejército invencible. Estaba todo para concluirse cuando se pusieron estas prácticas; porque las cosas de los grandes príncipes y sus confederaciones por intervenir otros en ellas no pueden estar mucho tiempo secretas.

 

Llevaba de mala gana la nobleza de España quedar sujeta al imperio de los franceses, gente insolente, como ellos decían, y fiera; que no era esto librarlos de los moros, sino trocar aquella servidumbre en otra más grave. De esto se quejaba cada cual en particular y todos en público, los menores, medianos y más grandes. Todavía ninguno en particular se atrevía a resistir a la voluntad del rey y desbaratar aquellos intentos. Sólo Bernardo del Carpio, feroz por la juventud y por la esperanza que tenía de la corona, soplaba este fuego y se ofrecía por caudillo a los que le quisiesen seguir. El mismo rey don Alfonso estaba arrepentido de lo que tenía tratado; tan inciertas son las voluntades de los príncipes. Allegóse a los demás Marsilio, rey moro de Zaragoza, con quien el Emperador estaba enojado por haber despojado de aquel estado a Ibn-Abala, su confederado. De los unos y de los otros se formó un buen ejército, aunque no bastante para resistir en campo llano: la caballería de Francia es aventajada. Acordaron tomar los pasos de los Pirineos e impedir a los franceses la entrada en España.

 

Los escritores extranjeros dicen que Carlos pasó adelante, y que antes que diese la vuelta venció en batalla a los enemigos y les corrió los campos y la provincia por todas partes; y que, finalmente, cuando se volvía peleó en las estrechuras de los Pirineos. A otros parece más verdadero lo que nuestros escritores afirman que Carlomagno no entró de esta vez en España, sino que a la misma entrada en Roncesvalles, que es parte de Navarra, se dio aquella famosa batalla. Venían en la vanguardia

 

 

 

 

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Roldán, conde de Bretaña, Anselmo y Eginardo, hombres principales. El lugar no era a propósito para ponerse en ordenanza; acometieron los nuestros desde lo alto a los enemigos. Dieron la muerte a muchos antes que se pudiesen aparejar para la pelea y ordenar sus haces. Fue muerto el mismo Roldán, de cuyo esfuerzo y proezas se cuentan vulgarmente en ambas las naciones de Francia y de España muchas fábulas y patrañas. Carlomagno, visto el temor de los suyos y la matanza que en ellos se ejecutaba, con deseo de reparar y animar su gente, que desmayaba en aquel aprieto, dijo a sus soldados estas palabras:

 

«Cuán fea cosa sea que las armas francesas muy señaladas por sus triunfos y trofeos sean vencidas por los pueblos mendigos de España, envilecidos por la larga servidumbre, aunque yo lo calle, la misma cosa lo declara. El nombre de nuestro imperio, la fuerza de vuestros pechos os debe animar. Acordaos de vuestras grandes hazañas, de vuestra nobleza, de la honra de vuestros antepasados; y los que, vencidas tantas provincias, distes leyes a gran parte del mundo, tened por cosa más grave que la misma muerte dejaros vencer de gente desarmada y vil, que a manera de ladrones no se atrevieron a pelear en campo raso. La estrechura de los lugares en que estamos no da lugar para huir, ni sería justo poner la esperanza en los pies los que tenéis las armas en las manos. No permita Dios tan grande afrenta; no sufráis, soldados, que tan gran baldón se dé al nombre francés; con esfuerzo y ánimo habéis de salir de estos lugares; en fuerzas, armas, nobleza, en ánimo, número y todo lo demás os aventajáis. Los enemigos por la pobreza, miseria y mal tratamiento están flacos y sin fuerzas; el ejército se ha juntado de moros y cristianos, que no concuerdan en nada, antes se diferencian en costumbres, leyes, estatutos y religión. Vos tenéis un mismo corazón, una misma voluntad, necesidad de pelear por la vida, por la patria, por nuestra gloria. Con el mismo ánimo pues con que tantas veces sobrepujaste innumerables huestes de enemigos y salisteis con victoria de semejantes aprietos, si ya, soldados míos, no estáis olvidados de vuestro antiguo esfuerzo, venced ahora las dificultades menores que se os po nen delante».

 

Dicho esto, con la bocina hizo señal, como lo acostumbraba. Renuévase la pelea con grande coraje, derrámase mucha sangre, mueren los mas valientes y atrevidos de los franceses. Los españoles, por los muchos trabajos endurecidos, peleaban como leones; y la opinión, que en

 

 

 

 

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la guerra puede mucho, quebrantó los ánimos de los contrarios, ca en lo más recio de la pelea se divulgó por los escuadrones que los moros, como gente que tenía noticia de los pasos, se apresuraban para dar sobre ellos por las espaldas. Ningún lugar hubo ni más señalado por el destrozo de los franceses ni más conocido por la fama. Los muertos fueron sepultados en la capilla del Espíritu Santo de Roncesvalles.

 

Siguióse poco después la muerte de Carlomagno, que falleció y fue sepultado en Aquisgrán el año de Cristo de 814, que fue la causa, como yo entiendo, de no vengar aquella injuria. Don Rodrigo dice que el rey don Alfonso se halló en la batalla; los de Navarra, que Fortún García, rey de Sobrarbe, tuvo gran parte en aquella victoria; las historias de Francia que, no por el esfuerzo de los nuestros fueron los franceses vencidos, sino por traición de un cierto Galalón. Entiendo que la memoria de estas cosas está confusa por la afición y fábulas que suelen resultar en casos semejantes, en tanto grado, que algunos escritores franceses no hacen mención de esta pelea tan señalada; silencio que se pudiera atribuir a malicia, si no considerara que lo mismo hizo don Alfonso el Magno, rey de León, en el Cronicón que dedicó a Sebastián, obispo de Salamanca, poco después de este tiempo, donde no se halla mención alguna de esta tan notable jornada. Esto baste de la empresa y desastre del emperador Carlomagno. El lector, por lo que otros escribieron, podrá hacer libremente juicio de la verdad. Volvamos a lo que nos queda atrás.

 

 

 

 

XII. De lo demás que hizo el rey don Alfonso

 

Prósperamente y casi sin ningún tropiezo procedían en tiempo del rey don Alfonso las cosas de los cristianos con una perpetua, constante, igual y maravillosa bonanza. No sólo cuidaba el buen rey de la guerra, sino eso mismo de las artes de la paz, y en particular procuraba que el culto divino en todas maneras se aumentase. Luego que se acabó de todo punto el templo que con nombre del Salvador se comenzó los años pasados en Oviedo, el mayor y más principal de aquella ciudad, para que la devoción fuese mayor hizo que siete obispos le consagrasen con las ceremonias acostumbradas el año de 802. Sin esto en la misma ciudad levantó otra iglesia con advocación de Nuestra Señora, y junto con ella un claustro o

 

 

 

 

 

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casa a propósito de enterrar en ella los cuerpos de los reyes, ca dentro de la iglesia no se acostumbraba. Otra tercera iglesia edificó de San Tirso, mártir, muy hermosa; la cuarta de San Julián; demás de esto, un palacio real con todos los ornamentos, apartamientos y requisitos necesarios. Tal era la grandeza de ánimo en el rey don Alfonso, que contentándose él en particular con regalo y vestido ordinario, empleaba todas sus fuerzas en procurar el arreo y hermosura de la república, ennoblecer y adornar aquella ciudad que él, primero de los reyes, hizo asiento y cabecera de su reino, como lo refiere don Alfonso el Magno.

 

A la misma sazón los moros andaban alborotados, en particular los de Toledo se alzaron contra su rey. Las riquezas y el ocio, fuente de todos los males, eran la causa, y ninguna ciudad puede tener sosiego largo tiempo; si fuera le faltan enemigos, le nacen en casa. El rey Alhaca, como astuto que era, acostumbrado a callar, disimular, fingir y engañar, llamó a Ambroz, gobernador de Huesca, hombre a propósito para el embuste que tramaba, por ser amigo de los de Toledo. Envióle con cartas halagüeñas, en que echaba la culpa del alboroto a los que tenían el gobierno, y rogaba a los ciudadanos se sosegasen. Es la gente de Toledo de su natural sencilla y no nada maliciosa; sin recelarse dela celada, abiertas las puertas, le recibieron en la ciudad. Pasado algún tiempo, finge estar agraviado del Rey; persuádeles pasen adelante en sus primeros intentos, y para mayor seguridad hace edificar un castillo do al presente está la iglesia de San Cristóbal; y para que estuviesen en guarnición, puso en él buen golpe de soldados. Para sosegar estas alteraciones acudió Abderramán, hijo del rey Moro, mozo de veinticuatro años; el cual, con semejante engaño, al primero hizo asiento con los de dentro, y le dejaron, entrar. Para ejecutar lo que tenían tramado convidaron los ciudadanos principales a cierto convite que ordenaron dentro del castillo, en que sobre seguro fueron alevosamente muertos por los soldados los del pueblo hasta número de cinco mil, que fue el año de nuestra salvación de 805.

 

Este castigo tan grande hizo que el pueblo de Toledo se allanase; pero no bastó para que los que moraban en el arrabal de Córdoba no se levantasen. La crueldad antes altera que sana. Fue enviado contra ellos Abdelcarin, capitán de gran nombre, que ganó en el cerco que poco antes tuvo sobre Calahorra, y por los grandes daños que hizo en aquella comarca. Este lo sosegó todo; el castigo de los culpados fue menor que el de Toledo; ahorcó trescientos de ellos a la ribera del río.

 

 

 

 

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Esto pasaba en tierra de moros; en la de cristianos, dos ejércitos de moros, que hicieron entrada en Galicia y pusieron grande espanto en la tierra, fueron destrozados y forzados con daño a retirarse el año de 810. Ores, gobernador de Mérida, puso sitio sobre la villa de Benavente; pero con la venida del rey don Alfonso fue forzado a alzarle y retirarse. De la misma manera Alcama, moro, gobernador de Badajoz, fue rechazado de la ciudad de Mérida, sobre la cual estaba, y de toda aquella comarca. No mucho después uno llamado Mahomad, hombre noble entre los moros, ciudadano antiguamente de Mérida, por miedo que tenía de Abderramán no le hiciese alguna fuerza y agravio, bien que lo particular no se sabe, con número de gente se retiró al amparo del rey don Alfonso. Diole el rey en Galicia lugar en que morase; pretendía el moro volver en gracia con los de su nación y tomar por medio alguna empresa contra los cristianos; así, ocho años después de su venida, con las armas se apoderó de un pueblo llamado Santa Cristina; este castillo se ve hoy dos leguas de Lugo. Acudió prestamente el Rey para cortarle los pasos; vinieron a las manos, y pelearon con una porfía extraordinaria; pero al fin el campo quedó por los nuestros, con muerte de cincuenta mil moros, y entre ellos del mismo Mahomad, que fue un notable aviso para no fiarse de traidores, en especial de diversa creencia y religión.

 

En tanto que esto pasaba, falleció Alhaca, rey de Córdoba, el año de Cristo de 821, de los árabes 206, de su reino veintisiete. Dejó diez y nueve hijos y veintiún hijas. Sucedióle en el reino Abderramán, su hijo, en edad de cuarenta y un años; reinó treinta y uno. Por este tiempo los moros de España pasaron a la isla de Candía, e hicieron en ella su asiento. Dícelo Zonaras.

El esfuerzo de Bernardo del Carpio se mostró mucho en todas las guerras que por este tiempo se hicieron; él grandemente se agraviaba que ni sus servicios ni los ruegos de la reina fuesen parte para que el rey, su tío, se doliese de su padre y le librase de aquella larga y dura prisión. Pidió claramente licencia, y retiróse a Saldaña, que era de su patrimonio, con intento de satisfacerse de aquel agravio en las ocasiones que se ofreciesen. Dende hacía robos y entradas en las tierras del rey sin que nadie le fuese a la mano. El rey no era bastante por su larga edad; los nobles favorecían la pretensión de Bernardo y su demanda tan justa. Ofendido el rey por este levantamiento y llegado el fin de su vida, de vejez y de una enfermedad mortal que le sobrevino, señaló por sucesor suyo a don Ramiro, hijo de

 

 

 

 

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don Bermudo. Hecho esto, acabó el curso de su vida en edad de ochenta y cinco años. Reinó los cincuenta y dos, cinco meses y trece días. Otros a este número de años añaden los que reinaron Mauregato y don Bermudo por no haber sido verdaderos reyes. Falleció en Oviedo, y fue sepultado en la iglesia de Santa María de aquella ciudad. Sucedió su muerte el año de nuestra salvación de 843, cuenta en que nos apartamos algún tanto de la que lleva el Catálogo compostelan o; pero arrimados al Cronicón del rey don Alfonso el Magno, muy conforme en esto a las demás memorias que quedan y tenemos de la antigüedad.

 

 

 

 

XIII. Del rey don Ramiro

 

El reinado del rey don Ramiro en tiempo fue breve, en gloría y hazañas muy señalado, por quitar, como quitó, de las cervices de los cristianos el yugo gravísimo que les tenían puesto los moros y reprimir las insolencias y demasías de aquella gente bárbara. A la verdad, el haber España levantado la cabeza y vuelto a tu antigua dignidad, después de Dios se debe al esfuerzo y perpetua felicidad de este gran príncipe. En los negocios que tuvo con los de fuera fue excelente, en los de dentro de su reino admirable; y aunque se señaló mucho en las cosas de la paz, pero en la gloria militar fue mas aventajado. A los nigrománticos y hechiceros castigó con pena de fuego; a los ladrones, en que andaba gran desorden, hacia sacar los ojos, pena cortada a la medida de su delito, quitarles la ocasión de codiciar lo ajeno y hacerles que no pudiesen más pecar.

 

A la sazón que falleció el rey don Alfonso, don Ramiro se hallaba ocupado en los várdulos, que eran parte de Castilla la Vieja o de Vizcaya. La distancia de los lugares y la mudanza del príncipe dieron ocasión al conde Nepociano para apoderarse por fuerza de armas de las Asturias y llamarse rey. Era hombre muy poderoso, los que le seguían muchos, su autoridad y riquezas muy grandes. Las voluntades y pareceres de los naturales no se conformaban, ca los malos y revoltosos le favorecían; los más cuerdos, que sentían diversamente, callaban y no se atrevían a declararse por miedo del tirano y por estar las cosas tan alteradas. Acudió el rey don Ramiro a sosegar estos movimientos. Juntáronse de una parte y de otra muchas gentes; diose la batalla en Galicia a la ribera del río

 

 

 

 

 

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Narceya; en ella Nepociano fue desamparado de los suyos, vencido y puesto en huida. Es muy justa recompensa de la deslealtad que sea reprimida con otra alevosía; demás que ordinariamente, a quien la fortuna se muestra contraria, en el tiempo de la adversidad le desamparan también los hombres. Fue así, que dos hombres principales de los que seguían al tirano, llamados el uno Somna, y el otro Escipión, con intento de alcanzar perdón del vencedor le prendieron en la comarca premariense y se le entregaron. En la prisión por mandado del rey le fueron sacados los ojos, y encerrado en cierto monasterio, pasó en miseria y tinieblas lo que de la vida le quedaba.

 

Después de estos movimientos y alteraciones se siguió la guerra contra los moros, que al principio fue espantosa, mas su remate y conclusión fue muy alegre para los cristianos, y ella de las más señaladas que se hicieron en España. Tenía el imperio de los moros Abderramán, segundo de este nombre, príncipe de suyo feraz, y que la prosperidad le hacía aún más bravo; porque al principio de su reinado, como queda arriba apuntado, hizo huir a Abdalá, su tío, que con esperanza de reinar tomó las armas y se apoderara de la ciudad de Valencia. Demás de esto, se apoderó de la ciudad de Barcelona por medio de un capitán suyo de gran nombre, llamado Abdelcarin. Con esto quedó tan orgulloso, que, resuelto de revolver contra el rey don Ramiro, le envió una embajada para requerirle le pagase las cien doncellas que, conforme al asiento hecho con Mauregato, se le debían en nombre de parias; que era llanamente amenazarle con la guerra y declararse por enemigo si no le obedecía en lo que demandaba. Grande era el espanto de la gente, mayor el afrenta que de esta embajada resultaba; así los embajadores fueron luego despedidos; valióles el derecho de las gentes para que no fuesen castigados como merecía su loco atrevimiento y demanda tan indigna e intolerable.

 

Tras esto, todos los que eran de edad a propósito en todo el reino fueron forzados a alistarse y tomar las armas, fuera de algunos pocos que quedaron para la labor de los campos, por miedo que si la dejaban serían afligidos, no menos de la hambre que de la guerra. Los mismos obispos y varones consagrados a Dios siguieron el campo de los cristianos. Grande era el recelo de todos, si bien la querella era tan justa, que tenían alguna esperanza de salir con la victoria. Para ganar reputación y mostrar que hacían de voluntad lo que les era forzoso, acordaron de romper primero y correr las tierras de los enemigos; en particular se metieron por la Rioja,

 

 

 

 

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que a la sazón estaba en poder de moros. Al contrarío Abderramán juntaba grandes gentes de sus estados, aparejaba armas, caballos y provisiones con todo lo demás que entendía ser necesario para la guerra y para salir al encuentro a los nuestros.

 

Juntáronse los dos campos, de moros y de cristianos, cerca de Albelda o Albaida, pueblo en aquel tiempo fuerte, y después muy conocido por un monasterio que edificó allí don Sancho, rey de Navarra, con advocación de San Martín; al presente está casi despoblado. La renta del monasterio y la librería que tenía, muy famosa, trasladaron el tiempo adelante a la iglesia de Santa María la Redonda de la ciudad de Logroño, de la cual Albelda dista por espacio de dos leguas. En aquella comarca se dio la batalla de poder a poder, que fue de las más sangrientas y señaladas que se dieron en aquel tiempo. Nuestro ejército, como juntado de priesa, no era igual en fuerzas y destreza a los soldados viejos y ejercitados que traían los enemigos. Perdiérase de todo punto la jornada si no fuera por diligencia de los capitanes, que acudían a todas partes y animaban a sus soldados con palabras y con ejemplo. Cerró la noche, y con las tinieblas y oscuridad se puso fin al combate. No hay cosa tan pequeña en la guerra que a las veces no sea ocasión de grandes bienes o males, y así fue, que en aquella noche estuvo el remedio de los cristianos.

 

Retiróse el rey don Ramiro a un recuesto, que allí cerca está, con gentes destrozadas y grandemente enflaquecidas por el daño presente y mayor mal que esperaban. El mejorarse en el lugar dio muestra que quedaba vencido, pero, sin embargo, se fortificó lo mejor que según el tiempo pudo; hizo curar los heridos, los cuales y la demás gente, perdida casi toda esperanza de salvarse, con lágrimas y suspiros hacían votos y plegarias para aplacar la ira de Dios. El rey, oprimido de tristeza y de cuidados por el aprieto en que se hallaba, se quedó adormecido. Entre sueños le apareció el apóstol Santiago con representación de majestad y grandeza mayor que humana. Mándale que tenga buen ánimo, que con la ayuda de Dios no dude de la victoria, que el día siguiente la tuviese por cierta. Despertó el Rey con esta visión, y regocijado con nueva tan alegre saltó luego de la cama. Mandó juntar los prelados y grandes, y como los tuvo juntos les hizo un razonamiento de esta sustancia:

 

«Bien sé, varones excelentes, que todos conocéis tan bien como yo en qué término y apretura están nuestras cosas. En la pelea de ayer llevamos lo peor, y si no quedamos del todo vencidos, más fue por beneficio de la

 

 

 

 

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noche que por nuestro esfuerzo. Muchos de los nuestros quedaron en el campo, los demás están desanimados y amedrentados. El ejército enemigo, que era antes fuerte, con nuestro daño queda con mayor osadía. Bien veis que no hay fuerzas para tornar a la pelea ni lugar para huir. Estar en estos lugares más tiempo, aunque lo pretendiésemos, la falta de pan y de otras cosas necesarias no lo permitirían. La dura y peligrosa necesidad de nuestra suerte, el desamparo de la ayuda y fuerzas humanas suplirá el socorro del cielo, y aliviará sin ninguna duda el peso de tantos males, lo que os puedo con seguridad prometer. Afuera el cobarde miedo, no tape las orejas de vuestro entendimiento la desconfianza y falta de fe. Arrojarse en afirmar y creer es cosa perjudicial, mayormente cuando se trata de las cosas divinas y de la religión; porque si las menospreciamos, hay peligro de caer en impiedad, y si las recibimos ligeramente, en superstición. El apóstol Santiago me apareció entre sueños y me certificó de la victoria. Levantad vuestros corazones y desechad de ellos toda tristeza y desconfianza. El suceso de la pelea os dará a entender la verdad de lo que tratamos. Ea pues, amigos míos, llenos de esperanza arremeted a los enemigos, pelead por la patria y por la común salud. Bien pudiérades con extrema afrenta y mengua servir a los moros; por pareceros esto intolerable tomasteis las armas. Rechazad con el favor de Dios y del apóstol Santiago la afrenta de la religión cristiana, la deshonra de vuestra nación; abatid el orgullo de esta gente pagana. Acordáos de lo que pretendistes cuando tomasteis las armas, de vuestro antiguo valor y de las empresas que habéis acabado».

 

Dicho esto, mandó ordenar las haces y dar señal de pelear. Los nuestros con gran denuedo acometen a los enemigos, y cierran apellidando a grandes voces el nombre de Santiago, principio de la costumbre que hasta hoy tienen los soldados españoles de invocar su ayuda al tiempo que quieren acometer. Los bárbaros, alterados por el atrevimiento de los nuestros, cosa muy fuera de su pensamiento por tenerlos ya por vencidos, y con el espanto que de repente les sobrevino del cielo, no pudieron sufrir aquel ímpetu y carga que les dieron. El apóstol Santiago, según que lo prometiera al rey, fue visto en un caballo blanco y con una bandera blanca y en medio de ella una cruz roja, que capitaneaba nuestra gente. Con su vista crecieron a los nuestros las fuerzas, los bárbaros de todo punto desmayados se pusieron en huida, ejecutaron los cristianos el alcance, degollaron sesenta mil moros. Apoderáronse después de la victoria de

 

 

 

 

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muchos lugares, en particular de Clavijo, do se dio esta famosa batalla, de que dan muestra los pedazos de las armas que hasta hoy por allí se hallan. Asimismo Albelda y Calahorra volvieron a poder de cristianos. Sucedió esta memorable jornada el año de Cristo de 844, que fue el segundo del reinado de don Ramiro.

 

El ejército vencedor, después de dar gracias a Dios por tan gran merced, por voto que hicieron, obligaron a toda España, sin embargo que la mayor parte de ella estaba en poder de moros, a pagar desde entonces para siempre jamás de cada yugada de tierras o de viñas cierta medida de trigo o de vino cada un año a la iglesia del apóstol Santiago, con cuyo favor alcanzaron la victoria, voto que algunos romanos pontífices aprobaron adelante, como se ve por sus letras apostólicas. Asimismo el rey don Ramiro expidió sobre el mismo caso su privilegio, su data en Calahorra a 25 de mayo, era 872 (yo más quisiera que dijera 882, para que concertara con la razón del tiempo que llevamos muy puntual y ajustada. Puédese sospechar que en el copiar el privilegio se quedó un diez en el tintero; que el original no parece). Añadieron otrosí en este voto que para siempre, cuando los despojos de los enemigos se repartiesen, Santiago se contase por un soldado a caballo y llevase su parte, pero esto con el tiempo se ha desusado; lo que toca al vino y trigo algunos pueblos lo pagan.

 

De los despojos de esta guerra hizo e Rey edificar media legua de Oviedo una iglesia de obra maravillosa con advocación de Nuestra Señora, que hasta hoy se ve puesta a las baldas del monte Naurancio, y allí cerca se edificó otra iglesia con nombre de San Miguel. La reina, que unos llaman Urraca, otros Paterna, madre de don Ordoño y de don García, proveyó las dichas iglesias y las adornó de todo lo necesario, ca tenía por costumbre de emplear todo lo que podía ahorrar del gasto de su casa y del arreo de su persona en ornamentos para las iglesias, y en particular de la del apóstol Santiago. El fruto de esta victoria no fue tan grande como se pensaba y fuera razón, a causa de otra guerra que al improviso se levantó contra España.

 

 

 

 

XIV. Cómo los normandos vinieron a España

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Aún no estaba quitado el yugo de la servidumbre que los moros, gente venida de la parte de mediodía, tenía puesto sobre nuestra nación, cuando una nueva peste por la parte de septentrión comenzó a trabajarla grandemente. Fue así que los normandos, gente fiera y bárbara, y por no haber aún recibido la fe de Cristo impía e infiel, salidos de Dacia y de Noruega, como el mismo nombre lo declara que fueron gentes septentrionales, ca normando quiere decir hombre del norte, forzados de la necesidad, o lo que es más cierto, con deseo de hacer mal, se hicieron corsarios por el mar debajo la conducta de su capitán Rolon. Lo primero acometieron las marinas de Frisia; después corrieron las de Francia, en particular por la parte que el río Secuana desagua en el mar Océano, hicieron más graves y más ordinarios daños que de ninguno otro enemigo se pudieran temer. Después de esto, talaron las tierras de Nantes por do el río Loira descarga en el mar; las comarcas de Tours y de Poitiers, en que vencido que hubieron en batalla a Roberto, conde de Anjou, pusieron espanto en todas aquellas tierras. Últimamente, hicieron su asiento en aquella parte de Francia que antiguamente se llamó Neustria, y hoy del nombre de esta gente se llama Normandía; y esto por concesión de los emperadores Ludovico el Segundo y Carlos el Craso, que les dieron aquellas tierras a condición que, pues no se querían del todo sujetar a su señorío, fuesen para siempre feudatarios y movientes de la corona de Francia.

 

Los mismos por este tiempo con gruesas flotas que juntaron en Francia dieron mucho trabajo a los cristianos de España. Primeramente apretaron y talaron todas las marinas de Galicia; pero llegados a La Coruña, como acudiese contra ellos el rey don Ramiro, los que de ellos saltaron en tierra quedaron vencidos en batalla y forzados a embarcarse; demás de esto, les dieron una batalla naval, en que setenta de sus naves, parte fueron tomadas por los nuestros, parte echadas a fondo. Así lo refiere el arzobispo don Rodrigo, dado que el número de las naves parece muy grande, principalmente que los que escaparon de la rota, doblado el cabo de Finisterre, llegaron a la boca del río Tajo y pusieron en mucho afán a Lisboa, que había por este tiempo vuelto a poder de moros, y el año luego siguiente, que se contaba de Cristo 847, con gentes y naves que de nuevo recogieron pusieron cerco sobre Sevilla y talaron los campos de Cádiz y de Medina Sidonia, en que hicieron presas de hombres y ganados y pasaron a cuchillo gran número de moros. Al fin, después que se detuvieron mucho

 

 

 

 

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tiempo en aquellas comarcas, por un aviso que les vino que el rey Abderramán armaba contra ellos y aprestaba una gruesa armada, se partieron de España con mucha honra y despojos que consigo llevaron.

 

Siguiéronse otras alteraciones civiles entre los cristianos. El conde Alderedo y Piniolo, hombres en riquezas y aliados poderosos, uno en pos de otro se alborotaron y tomaron las armas contra el rey don Ramiro. Las causas de estas alteraciones no se refieren; nunca faltan disgustos y desabrimientos; sólo se dice que en breve y fácilmente se apaciguaron. Alderedo fue privado de la vista; Piniolo y siete hijos suyos muertos por mandado del rey don Ramiro, el año quinto de su reinado. Falleció poco adelante él mismo en Oviedo después que reinó siete años enteros; fueron sepultados él y Paterna, su mujer, en la iglesia de Santa María de aquella ciudad, en que se ve un lucillo de este rey con una letra, que vuelta en romance dice así:

 

Murió la buena memoria del rey Ranimiro a primero de febrero:

 

ruego a todos los que esto leyeredes,

 

no dejéis de rogar por su reposo.

 

Entiéndese que fue allí también sepultado don García, hermano del rey, sin que haya memoria de alguna otra cosa que hiciese en vida ni en muerte, salvo que se halló en la batalla de Clavijo y que el Rey le trataba como si saliera de sus entrañas.

 

En tiempo del rey don Ramiro falleció Teodomiro, obispo de Iria, en cuyo lugar sucedió Ataúlfo. Algunos toman de este tiempo el principio de la caballería y orden de Santiago, muy famosa por sus hazañas, pero sin autor alguno ni argumento bastante. Porque los privilegios antiguos, que con deseo de honrar esta religión algunos sin propósito inventaron, ningún hombre de letras los aprueba ni tiene por ciertos. A don Ramiro sucedió su hijo don Ordoño en el año del Señor de 850.

 

 

 

 

XV. De muchos mártires que padecieron en

 

Córdoba

 

 

 

 

 

 

 

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Cruel carnicería y una de las mas bravas y sangrientas que jamás hubo se ejercitaba en Córdoba por estos tiempos y se embravecía contra los siervos de Cristo. Fuegos, planchas ardiendo, con todos los demás tormentos se empleaban en atormentar sus cuerpos. El mayor delito que en ellos se hallaba era la perseverancia en la fe de Cristo y mantenerse en el culto de la religión cristiana, dado que se buscaban y alegaban otros achaques y colores a propósito de no dar muestra que les pretendían quitar la libertad de ser cristianos contra lo que tenían concertado. Abderramán, segundo de este nombre, y Mahomad, su hijo, reyes de Córdoba, como hombres astutos y sagaces, pensaban que harían cosa agradable a Dios y a sus vasallos si de todo punto desarraigasen el nombre cristiano. Además, que para seguridad de su estado les pareció conveniente que, quitada la diferencia de la religión, todos sus súbditos estuviesen entre sí ligados con una misma creencia.

 

Al tiempo que se perdió España, los vencedores otorgaron a los nuestros libertad de mantenerse en la religión de sus antepasados. Con esto, sacerdotes, monjas y monjes, con su vestido diferente de los demás, rapadas las barbas, con sus coronas y tonsuras a la manera antigua, se veían en público, así en otras partes como principalmente en Córdoba, donde por la grandeza de aquella ciudad y por estar allí la silla de los reyes moros concurría mayor número de cristianos. Había muchos, así monasterios como templos, consagrados a fuer de cristianos; uno de San Acisclo, mártir, otro de San Zoilo, el tercero de los santos Fausto, Januario y Marcial; demás de estos otras tres iglesias de San Cipriano, San Ginés y Santa Olalla, sendas de cada uno, éstas dentro de la ciudad. Fuera de los muros se contaban ocho monasterios, uno de San Cristóbal de la otra parte del río; el segundo en los montes comarcanos con advocación de Nuestra Señora, y llamado vulgarmente cuteclarense; el tercero tabanense, el cuarto pilemelaríense, con advocación de San Salvador; el quinto armilatense, de San Zoilo. Demás de estos otros tres de San Félix, de San Martín y de los santos Justo y Pastor. En todos estos lugares tocaban sus campanas para convocar el pueblo, que acudía públicamente a los oficios divinos, sin que persona alguna les fuesen la mano; solamente tenían puesta pena de muerte a cualquier cristiano que en público o en particular se atreviese a decir mal de Mahoma, fundador de aquella secta. Vedábanlos otrosí la entrada en las mezquitas de los moros. Como esto guardasen los nuestros, en lo demás les era permitido vivir conforme a sus

 

 

 

 

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leyes y casi conservarse en su antigua libertad. Tolerable manera de servidumbre era ésta, pues aún se halla que entre los cristianos había dignidad de condes, si por el contrario no se aumentaran de cada día y crecieran las miserias y agravios.

 

Cuanto a lo primero, los pechos y tributos, que al principio eran templados, de cada día se acrecentaban y hacían mas graves. Los nuestros, apretados con estos gravámenes, pretendían se debían quitar las nuevas imposiciones y derramas; y como no lo alcanzasen, pasaban una vida más dura que la misma muerte. De estos principios las semillas de los odios antiguos vinieron a madurarse y a reventar la postema. Los fieles trataban de sacudir de sí aquel yugo muy pesado. Los moros abominaban del nombre cristiano, y con solo tocar la vestidura de los nuestros se tenían por contaminados y sucios. Miraban sus palabras, notaban sus rostros y sus meneos; con afrentas y denuestos que les decían buscaban ocasión de reñir y venir a las manos.

 

Los cristianos, irritados con tantas injurias, no dudaban en público de blasfemar de la ley y costumbres de los moros. De aquí tomaron ocasión aquellos reyes y sus gobernadores de perseguir la nación de los cristianos con tanta mayor crueldad, que no pocos de los nuestros estaban de parte de los moros y reprendían el atrevimiento de los cristianos, hasta decir claramente que los que muriesen en la demanda no debían en manera alguna ser tenidos por mártires ni como tales honrados, pues no hacían algunos milagros; y sin ser necesario para defender su religión, sino temerariamente y sin propósito, se ofrecían al peligro, y decían denuestos a los contrarios, que no les hacían alguna fuerza, antes les dejaban libertad de mantenerse en la religión de sus padres. Últimamente, alegaban que los cuerpos de los que morían no se conservaban incorruptos, como se solían conservar antiguamente los de los verdaderos mártires para muestra muy clara de la virtud divinal que en ellos moraba. Así decían ellos; cuán a propósito, no hay para qué tratarlo.

 

El obispo Recafredo y el conde Servando eran los principales capitanes y que más se señalaban en perseguir a los mártires y reprimir sus santos intentos. Personas muy honradas, sin hacer diferencia de edad ni de sexo, eran puestos en hierros y aprisionados en muy duras cárceles. Procuró Abderramán e hizo que en Córdoba se juntase un concilio de obispos sobre el caso; en él fueron por sentencia condenados como malhechores todos los que quebrantasen las condiciones de la confederación puesta

 

 

 

 

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antiguamente con los moros. Estado miserable, triste espectáculo y feo, burlarse por una parte del nombre cristiano, y por otra los que acudían a la defensa ser en un mismo tiempo combatidos por frente de los bárbaros, y por las espaldas de aquellos que estaban obligados a favorecerlos y animarlos; cosa intolerable que fuesen trabajados con calumnias y denuestos, no menos de los de su nación que de los contrarios. ¿Qué debían pues hacer? ¿Adónde se podían volver? Muchos, sin duda, era necesario se enflaqueciesen en sus ánimos y cayesen; otros, llenos de Dios y de su fortaleza, perseveraron en la demanda; muchos por espacio de diez años, que fue el tiempo que duró esta persecución, perdieron sus vidas y derramaron su sangre por la religión cristiana.

 

El primer año padecieron Perfecto, presbítero de Córdoba, y del pueblo uno, llamado Juan. El segundo año Isaac, monje; Sancho, de nación francés; Pedro, presbítero de Ecija; Walabonso, diácono ilipulense; los monjes Sabiniano, Wistremundo, Habencio, Jeremías, Sisenando, diácono pacense o de Beja; Paulo, cordobés; y Mario, ilipulense, hermana que era del mártir Walabonso. En este año principalmente se embraveció contra los mártires el obispo Recafredo, y a muchos puso en prisiones; entre ellos fue uno Eulogio, abad de San Zoilo, que escribió todas estas cosas, varón en aquella edad claro por su erudición, y por la santidad de su vida muy estimado. El año tercero murieron Gumesindo, presbítero de Toledo, y Deiservo, monje; asimismo Aurelio y Félix con sus mujeres Sabigotona y Liliosa; Jorge, monje, sirio de nación; Emila y Jeremías, ciudadanos de Córdoba; tres monjes, Cristóbal, cordobés, Leovigildo y Rogelo, de Granada; fuera de estos, Serviodeo, monje de Siria.

 

En este mismo año, es a saber, de 852, falleció de repente Abderramán. Los cristianos decían que era venganza del cielo por la mucha sangre que derramó de los mártires. Confirmóse esta opinión y fama por cuanto en el mismo punto que desde una galería de su palacio, de donde miraba los cuerpos de los mártires que estaban en las horcas podridos, como los mandase quemar, cayó de repente de su estrado, y sin poder hablar palabra expiró aquella misma noche, al principio del año treinta y dos de su reinado. Dejó cuarenta y cuatro hijos y cuarenta y dos hijas. En tiempo de este rey se empedraron las calles de Córdoba, y por caños de plomo se trajo mucha agua de los montes a la ciudad. Fue el primero de aquellos reyes que hizo ley que, sin tener cuenta con los demás parientes, los hijos sucediesen y heredasen a sus padres, cosa que hasta entonces no la tenían

 

 

 

 

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bien asentada; así, en su lugar sucedió su hijo Mahomad; tuvo aquel reino por espacio de treinta y cinco años y medio.

 

Este al principio de su gobierno echó a todos los cristianos de su palacio; y como quier que por esto no aflojasen en su intento, el año siguiente tornó a embravecerse la crueldad y renovarse las muertes. Martirizaron a Fandila, presbítero y monje de Guadix; Anastasio, monje y presbítero; Félix, monje de Alcalá; Digna, virgen consagrada; Benilde, matrona; Columba y Pomposa, vírgenes. El año adelante tuvo un solo mártir, que fue Abundio, presbítero. El siguiente estos cuatro: Amador, mancebo natural de Martos; Pedro, monje cordobés; Luis, ciudadano de Córdoba; Witesindo, natural de Cabra. En el año seteno de esta persecución fueron muertos Elías, presbítero portugués; tres monjes, Paulo, Isidoro, Argemiro; Áureo, virgen dedicada a Dios, hermana de los mártires Adulfo y Juan. En el año octavo padecieron Rodrigo y Salomón. El noveno pasó sin sangre. En el año postrero y deceno de la persecución padeció muerte el mismo Eulogio, que animaba a los demás con palabras y con su ejemplo. Su muerte fue en sábado a 11 días del mes de marzo; y cuatro días adelante derramó su sangre Leocricia, doncella de Córdoba. Escribió la vida de Eulogio Álvaro, cordobés, su familiar y conocido.

 

Allí dice que poco antes de su muerte fue elegido en arzobispo de Toledo, con gran voluntad del clero y del pueblo de aquella ciudad, por muerte de Westremiro. Hay una epístola del mismo Eulogio escrita el año 851 a Welesindo, obispo de Pamplona, y en ella un elogio muy hermoso de Westremiro, por estas palabras: «Después, dice, del quinto día volví a Toledo, do hallé todavía vivo a nuestro viejo santísimo, antorcha del Espíritu Santo y lumbrera de toda España, el obispo Westremiro, cuya santidad de vida alumbra todo el mundo hasta ahora; con honestidad de costumbres y subidos merecimientos refocila el rebaño católico. Vivimos con él muchos días, y nos detuvimos en su angélica compañía». Este hospedaje fue ocasión que los ciudadanos de Toledo, al que por la fama de sus virtudes deseaban conocer, visto le comenzaron a estimar y amarle más y señalarle por sucesor en lugar de Westremiro, si le venciese de días. En Córdoba, en lugar de Eulogio, pusieron los años siguientes a Sansón, y le hicieron abad de San Zoilo, hombre docto y de ingenio agudo, como lo muestra el Apologético que hizo contra Hostigesio, obispo de Málaga, por ocasión que en un concilio de Córdoba le ultrajó y llamó hereje.

 

 

 

 

 

 

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XVI. Del rey don Ordoño

 

Hechas que fueron las exequias con grande solemnidad del rey don Ramiro, su hijo don Ordoño tomó las insignias reales y con ellas el nombre, poder y pensamientos de rey. Fue de condición manso y tratable, sus costumbres muy suaves, y por toda la vida en todas sus acciones usó de singular modestia, con que ganó las voluntades de la nobleza, del pueblo, y los ánimos de todos se los aficionó de manera, que ninguno de los reyes fue más agradable en aquella edad y en los años siguientes. Gran celador de la justicia, virtud necesaria, pero sujeta a engaño en los grandes príncipes, si no rigen con prudencia el ímpetu del ánimo y procuran no ser engañados por las astucias de hombres malos, de que hay gran muchedumbre en las casas y palacios reales, que suelen armar lazos a sus orejas y dar traspié a la inocencia de los buenos; ca para engordar a sí y a los suyos con la sangre de los otros, se aprovechan de lo que ven con el príncipe tiene mas fuerza, para daño de muchos, como sucedió en el rey don Ordoño.

 

Cuatro esclavos de la iglesia compostelana, acusaron delante del rey de un caso muy feo a su obispo Ataúlfo, persona de grande y conocida santidad. La Historia compostelana dice que le acusaron del pecado nefando. Fue citado y hecho venir a la corte para responder por sí. Antes que fuese al palacio real dijo misa, y vestido de pontifical como estaba se fue a ver con el rey. Lo que le debiera reprimir y ponerle temor, le alteró mas, o por haber dado crédito a los acusadores, o por estar disgustado por no venir luego el obispo a su presencia, y por el hábito y traje que traía; mandó soltar un toro bravo, azorado con perros y con garrochas contra el dicho prelado; lo cual era injusto condenar a ninguno sin oír primero sus descargos. En tan gran peligro Ataúlfo armóse de la señal de la cruz; ¡cosa maravillosa! El toro, dejada la braveza, allegóse a él con la cabeza baja; dejóse tocar los cuernos, que con gran espanto de los que lo veían, se le quedaron en las manos. El rey y nobles, desengañados por aquel milagro y enterados de su inocencia, echáronsele a los pies para pedirle perdón; diole él de buena gana, diciendo que nunca Dios quisiese que pues había recobrado su dignidad y librádose de la afrenta, y pues el buen nombre que injustamente le habían quitado le era restituido, que él hiciese en algún tiempo por donde se mostrase olvidado del oficio de cristiano y de la virtud del ánimo y de la paciencia, que nunca perdiera. Quién dice que

 

 

 

 

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excomulgó a los que le acusaron. Lo que se averigua es que, librado de aquel peligro, renunció el obispado y se retiró a las Asturias, en que vivió en soledad largo tiempo santísimamente. Los cuernos del toro colgaron del techo de la iglesia de Oviedo, do estuvieron muchos años para memoria y testimonio de aquel caso tan señalado. Esto sucedió al principio del reinado de don Ordoño.

 

El año segundo uno, llamado Muza, que era del linaje de los godos, pero de profesión moro, persona muy ejercitada en las cosas de la guerra, despertó contra sí las armas de cristianos y moros a causa que públicamente se levantó contra el rey de Córdoba, su señor, y con una presteza increíble se apoderó de Toledo, Zaragoza, Huesca, Valencia y Tudela. Tras esto corrió las tierras de Francia, en que cautivó dos capitanes franceses que le salieron al encuentro. Con esto puso tan grande espanto en aquella tierra, que el rey de Francia Carlos el Calvo acordó de granjearle con presentes que le envió. Ensoberbecido él con esta prosperidad y olvidado de la inconstancia de las cosas humanas, revolvió contra el rey don Ordoño, con quien y con el de Córdoba se contaba y publicaba por tercero rey de España. Rompió por la Rioja, donde quitó a los cristianos a Alvelda, y la fortificó muy bien. El Cronicón del rey don Alfonso dice que la edificó y la llamó Albaida. Don Ordoño, movido por este atrevimiento, juntó sus huestes; una parte puso sobre aquella plaza; con los demás fue en busca del enemigo, de quien tenía aviso que estaba alojado en el monte Laturso. Llegados que fueron a verse, arremetieron los unos y los otros con gran denuedo y gritería. Tirados los dardos y saetas, vinieron a las espadas. Los fieles con su acostumbrado esfuerzo pelearon valientemente por la patria y por la religión. Duró mucho el combate, pero al fin quedó el campo por los cristianos; murieron diez mil moros, y entre ellos los más señalados por sus hazañas y nobleza, en particular un yerno del mismo tirano, llamado García. Muza apenas se escapó con muchas heridas, de las cuales entiendo murió. Los despojos muy ricos de los moros y sus reales vinieron en poder de los nuestros.

 

En el mismo tiempo Mahomad, rey de Córdoba, asimismo se apercebía contra el enemigo común. Parecióle acometer en primer lugar la ciudad de Toledo por ser su sitio muy fuerte y porque con ser la primera al levantarse dio ejemplo y ocasión a las otras ciudades para que hiciesen lo mismo. Hallábase en aquella ciudad Lobo, hijo de Muza, por mandado de su padre, el cual, avisado del estrago que los suyos recibieron cerca de

 

 

 

 

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Alvelda y con miedo de mayor daño, hizo confederación con el rey don Ordoño para valerse de sus fuerzas. Envióle el Rey muchos asturianos y navarros en socorro, y por caudillo a don García, su hermano. Mahomad, desconfiado de las fuerzas, acordó usar de maña. Tenía sus reales no lejos de la ciudad; paró una celada en Guadacelete, que es un arroyo cerca de Villaminaya, y era a propósito para su intento. Hecho esto, él mismo con pequeño número de soldados dio vista a la ciudad de Toledo. Los de dentro, engañados por el pequeño número de los contrarios, salieron contra ellos a gran priesa, sin orden y sin recato, como si fueran a la presa y no a pelear. Con aquel ímpetu cayeron en la celada; con que, apretados por frente y por las espaldas, con pérdida de mucha gente, los demás cerrados abrieron camino para la ciudad por medio de los enemigos. Doce mil moros y ocho mil cristianos perecieron en aquel encuentro. La fortaleza del sitio valió para que la ciudad, atemorizada por aquella desgracia, no viniese en poder del vencedor.

 

El año siguiente y el tercero talaron los campos de Toledo con entradas que los enemigos hicieron; quemaron las mieses y frutos todos. Los de Toledo, con deseo de vengarse, pasaron hasta Talavera; pero fueron maltratados por el que tenía el gobierno de aquel pueblo, y forzados con daño a dar la vuelta. En fin, cansados con tantas desgracias, se rindieron a Mahomad el año de nuestra salvación de 857. En el cual año los normandos, conforme a su costumbre, con una armada de sesenta naves corrieron todas las marinas de España por cuanto se extienden al uno y al otro mar. En particular pusieron a fuego y a sangre las islas de Mallorca y Menorca, enojados principalmente contra los moros, porque con el trato que ellos tenían con los cristianos estaban aficionados a nuestra religión. Las casas, templos, campos fueron con ordinarios robos saqueados; pasaron asimismo a África, en que hicieron no menores daños. En España Mahomad hizo entrada contra los navarros por la parte do está situada Pamplona y contra aquella provincia de Vizcaya que se llama Álava; no sucedió cosa que de contar sea. En Extremadura, Mérida se rebeló contra el mismo rey de Córdoba, y en castigo fue por su mandado desmantelada.

 

Entre tanto que esto pasaba, don Ordoño, vuelto su ánimo a las artes de la paz, reedificaba los ciudades por la injuria de los tiempos pasados y de las guerras desiertas y asoladas, sin perdonar a ningún gasto ni cuidado. Estas fueron Tuy, Astorga, León, Amaya, que el Cronicón del rey don Alfonso llama Amagia Patricia.

 

 

 

 

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La gente de los moros, después de las alteraciones pasadas y guerras civiles, comenzaba a estar dividida en bandos, tanto, que algunos gobernadores de las ciudades, queriendo más gobernar en su nombre como señores que en el ajeno como virreyes, tomaban ocasión de rebelarse, y a cada paso se llamaban reyes. Era esto muy a propósito para los cristianos, porque los contrarios, enflaquecidas sus fuerzas y divididos entre sí, por partes se podían sobrepujar, que si estuvieran unidos se defendieran de cualquier agravio. Reith estaba apoderado de Coria; de Talamanca (otros dicen de Salamanca), Mozarl; ambos fueron vencidos por don Ordoño y sus ciudades ganadas, los soldados que dentro hallaron todos muertos, los demás, varones, mujeres y mozos vendidos por esclavos.

 

Estos principios y medios de cosas tan grandes desbarató la muerte del Rey, que le sobrevino el año onceno de su reinado; quién añade a este número seis años. Falleció en Oviedo, de gota, mal a que era sujeto. Fue allí sepultado en la iglesia de Santa María, enterramiento en aquel tiempo de los reyes. Grande prosperidad tuvo este Rey en sus cosas; solo se le aguó con la rota que los suyos recibieron en Toledo, que parece fue en castigo del pecado que cometió en perseguir sin propósito al santo varón Ataúlfo. De su mujer Munia, hembra de alto linaje, dejó a don Alfonso, que fue su hijo mayor, y a don Bermudo, don Nuño, don Odoario y don Fruela. Algunos dicen que falleció a 27 de mayo; en el año no hay duda sino que fue el de 863, como se muestra por el letrero de una cruz que presentó el rey don Alfonso, su hijo, de grande primor y hermosura al templo de Oviedo, que vuelto de latín en romance dice así:

 

Recibido sea este don con agrado en honra de Dios, que hicieron el príncipe Alfonso siervo de Cristo y su mujer Jimena. Cualquiera que presumiere quitar estos nuestros dones, perezca con el rayo de Dios. Con esta señal es defendido el piadoso, con esta señal se vence al enemigo, Esta obra se acabó y entregó a San Salvador de la catedral de Oviedo. Hízose en el castillo Gauzón el año de nuestro reino diecisiete, corriendo la era novecientos dieciséis.

 

De esto se ve que el año 878 era el diecisiete después de la muerte del rey don Ordoño. El mismo don Alfonso estando en Compostela confirmó un privilegio de su padre con otro en que extiende el territorio de Santiago,

 

 

 

 

 

 

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que antes era de tres millas en ruedo, a seis. Su data, en la era de 900, que fue el año de Cristo de 862; pero pasemos a las cosas del rey don Alfonso.

 

 

 

 

XVII. De los principios del rey don Alfonso el

 

Magno

 

Don Alfonso, a quien por las grandes partes y prendas que tenía de cuerpo y de ánima y los esclarecidos triunfos que ganó de sus enemigos dieron sobrenombre de Magno, luego que tuvo aviso de la muerte de su padre, ca no se halló a ella presente, sin poner dilación se partió para Oviedo, ciudad real en aquel tiempo, con intento de hacer las honras al difunto y tomar la posesión del reino, que demás de pertenecerle por derecho por ser el mayor de sus hermanos, todos los estados y brazos se le ofrecían con gran voluntad, sin embargo de su pequeña edad, que apenas tenía catorce años, número de que otros quitan no menos que cuatro años. Yo sospechaba, por lo que sucedió adelante, que en lo uno y en lo otro hay engaño, y que era de mayor edad cuando entró en el reino. En el buen natural que tuvo se igualó a sus antepasados, y aún se la ganó a los más; era alto de cuerpo, de muy buen rostro y apostura, la suavidad de sus costumbres muy grande. Su clemencia, su valor, su mansedumbre, sin par. Señalóse en las cosas de la guerra, y no menos fue liberal con los pobres y que estaban apretados de alguna necesidad. Ca los tesoros, así los que él ganó como los que le dejó su padre, no los empleaba en sus gustos, sino en ayudar las necesidades; virtud que hace a los príncipes muy amables, y su fama vuela por todas partes. Alimentó otrosí el culto divino, en particular la iglesia de Santiago, que era de tapiería, la edificó desde los cimientos de sillares con columnas de mármol, cosa en aquellos tiempos rara y maravillosa, por su poco primor y mucha grosería y por la falta de dineros. Reinó cuarenta y ocho años, como lo dice Sampiro Asturicense.

 

En el principio padeció algunas tormentas. Don Fruela, hijo del rey don Bermudo, era conde de Galicia, poderoso en riquezas y aliados; y como persona de sangre real por ventura pretendía pertenecerle la corona, o por menosprecio que tenía del nuevo rey, se llamó rey en Galicia. Don Alfonso por hallarse flaco de fuerzas y desapercibido, acordó de dar lugar al tiempo y retirarse a aquella parte de Vizcaya que así ahora como

 

 

 

 

 

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entonces se llamaba Álava, dado que era más ancha que al presente. Pero como el tirano no enderezase el poder que tomara al pro y bien común, sino pretendiese oprimir a sus vasallos, fue muerto por conjuración de los ciudadanos de Oviedo. Acudió luego don Alfonso a las Asturias, donde fue recibido con gran voluntad de los naturales. Sosegó y ordenó las cosas del reino y castigó a los culpados.

La parte de Vizcaya que en aquel tiempo se llamaba Álava estaba sujeta a los reyes de Oviedo; lo demás tenía por señor a Zenón, príncipe del linaje de Eudón, duque que fue de Aquitania. Eilon, pariente de Zenón, tenía por el rey el gobierno de Álava; éste, confiado en la revuelta del reino o en la ayuda de Zenón, se levantó contra el Rey, que en persona acudió a sosegar aquellas alteraciones desde León. Apaciguó en breve y sin sangre aquella provincia; prendió al mismo Eilon y le envió a Oviedo, y le tuvo hasta que falleció en la cárcel. No mucho después venció eu batalla al mismo Zenón, señor de Vizcaya, y preso lo puso en la misma cárcel, porque con deseo de novedades también se alterara. De este Zenón refieren que quedaron dos hijas, la una se llamó Toda, que fue mujer de Íñigo Arista, rey de Navarra; la otra Íñiga, dicen que casó con Zuria, que adelante fue señor de Vizcaya, de cuya sangre algunos pretenden que descendían los señores de aquella tierra antes que Vizcaya se incorporase en la corona real de Castilla. Con el castigo de estos dos los demás tomaron aviso que no debían menospreciar al rey ni su saña, y que la traición es dañosa a los mismos que la hacen. Después de esto, Álava fue dada a un hombre principal, llamado el conde Vigila o Vela. El señorío de Castilla poseía el conde don Diego Porcellos. Todo esto sucedió el primer año del reinado de don Alfonso.

 

En el siguiente cargó más el temporal, porque Imundaro y Alcama, capitanes moros, se pusieron sobre la ciudad de León; pero el rey les forzó a alzar el cerco y dar la vuelta con grande estrago que en sus gentes hizo. Juntamente con deseo de fortificarse y de vengarse de los moros hizo liga con los navarros y franceses; y para que el asiento fuese más firme, casó con una señora del linaje de los reyes de Francia, llamada entonces Amelina, y después doña Jimena. De este matrimonio nacieron don García, don Ordoño y don Fruela, que fueron consecutivamente reyes, y también don Gonzalo, que al tanto fue arcediano de Oviedo.

Las alteraciones que entre sí los moros tenían daban buena ocasión a los nuestros para mejorar su partido. Los de Toledo, confiados en la

 

 

 

 

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fortaleza de su ciudad e irritados por la severidad y crueldad de los reyes de Córdoba, de nuevo tomaron las armas. Las pretensiones del pueblo son vanas cuando no son enderezadas por la prudencia y valor de algún buen capitán. Por esto Mahomad Abenlope, que debió ser nieto de Muza, con nombre de rey se encargó del gobierno. La guerra fue de mayor ruido que importancia, a causa que los de Toledo en breve fueron sujetados por el rey de Córdoba. Abenlope y sus hermanos escaparon y acudieron al amparo del rey don Alfonso; él, por entender serían de provecho para la guerra de los moros, los amparó y les hizo muchas caricias. Luego después de esto, ayudado así de estos como de franceses, navarros y vizcaínos, entró por las tierras de los moros, corrió los campos, destruyó los pueblos, hizo presas por todas partes, con que sin hacer otro efecto despidió y deshizo el ejército, rico y cargado de los despojos moriscos.

 

El año siguiente, que se contaba 874, los de Toledo, con deseo, a lo que se puede creer, de agradar a los reyes de Córdoba, entraron por tierra de cristianos sin parar hasta el río Duero. Sobrevino el Rey al improviso cerca de un pueblo llamado Pulveraria, por do pasa el rio Urbico, ahora Orvigo. En aquella parte dio tal carga sobre los enemigos, que degolló hasta doce mil de ellos; y poco después desbarató otro ejército de cordobeses que venía en pos de los primeros. La matanza que hizo fue mayor, ca perecieron todos, fuera de diez que hallaron vivos entre los cuerpos muertos. Seguíanse con la fuerza del ejército morisco Almundar, hijo del rey de Córdoba, y con él Ibengunimo, capitán de gran nombre. Estos, avisados de la matanza de los suyos, se recelaron de llegar a Sublancia, pueblo en que el rey estaba, y de noche más que de paso dieron la vuelta a grandes jornadas. Sin embargo, se trató de concierto por medio de Abuhalit, que en las guerras pasadas fue preso por los nuestros en Galicia, y con rehenes que dio le soltaron; por donde tenía afición a los cristianos. Negoció tan bien, que por su medio se concertaron treguas de tres años, en el cual tiempo hubo sosiego. Y después de pasado, don Alfonso con sus gentes que juntó, entró por tierra de moros, y pasado Tajo llegó hasta Mérida con grandes muertes y robos que hizo por todas partes. Desde allí, sin que ningún ejército de moros saliese contra él, dio vuelta, alegre por los muchos despojos que llevaba.

 

En todas estas guerras se señaló sobre todos el esfuerzo y valor de Bernardo del Carpio, que fue causa que la cristiandad en la edad del rey, que no era mucha, no recibiese algún daño. Concluidas pues tantas cosas,

 

 

 

 

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como hubiese acompañado al rey hasta Oviedo, tornó de nuevo a hacer instancia sobre la libertad de su padre; que debía bastar prisión de tantos años, y era justo que el rey se inclinase a su petición, sino por la miseria tan larga y mal tratamiento de aquel desventurado viejo, a lo menos perdonase la culpa del padre por los servicios del hijo; que si ni el respeto del deudo ni sus leales servicios le movían, por demás esperaría mayores mercedes de quien no hacía caso de sus ruegos y lágrimas en demanda tan justificada. Parecía a los más que Bernardo tenía razon; pero prevaleció, según yo pienso, el parecer de los contrarios, que decían ser conveniente a la dignidad del rey vengar la afrenta hecha contra la majestad, y no mudar la sentencia de los antecesores por respeto de ningún particular. Alteróse con esta respuesta Bernardo, salióse de la corte con grande acompañamiento de muchos que se le arrimaron. Edificó cuatro leguas de Salamanca, donde ahora está la villa de Alba, el castillo del Carpio, del cual él mismo tomó el apellido; desde este castillo de ordinario hacía cabalgadas en las tierras del rey, robaba, saqueaba y talaba ganados y campos. Por otra parte, los moros a su instancia trabajaban grandemente las tierras de cristianos. El rey, movido de estos daños, hizo junta de grandes en Salamanca, que, mudados de parecer, acordaron se hiciese lo que Bernardo pedía, a tal empero que primeramente entregase el castillo; no se sabía, a lo que parece, que el padre de Bernardo era ya muerto en la cárcel. Pues como le hubiesen despojado del castillo y no le restituyesen a su padre, despechado se pasó a Francia y Navarra. En aquellas partes peregrinando de unas tierras a otras acabó la vida en lloro y tristeza, como dicen muchos. Otros lo contradicen, y persuadidos por un sepulcro que hoy se muestra en Aguilar del Campo con nombre de Bernardo, sienten que sufrió con grande ánimo los reveses de la fortuna, y en tanto que vivió, sirvió a su rey con el esfuerzo y diligencia que solía.

 

A la desgracia de Bernardo se siguió otro nuevo desastre, y fue que don Fruela, no se sabe por qué causa ni por qué agravios, se conjuró de dar la muerte al rey, su hermano. Descubrióse el trato; y preso, le privaron de la vista y condenaron a cárcel perpetua. La misma sentencia por mandado del rey se ejecutó en don Nuño, don Bermudo y don Odoario, también hermanos suyos, porque se juntaron con don Fruela; castigo cruel, de que resultaron nuevas alteraciones, ca don Bermudo escapó de la cárcel, y con ayuda de su parcialidad se apoderó de Astorga, y en ella se fortificó por algún tiempo, sin reparar hasta venir a las manos con el mismo rey que iba

 

 

 

 

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en su busca; pero fue vencido, y después de la rota se huyó a tierra de moros. El rey don Alfonso por esto tomó ocasión para hacer mayores estragos en las tierras enemigas, en especial fue tan molesto a los de tierra de Toledo, que, pasados algunos años, por gran suma de dinero que dieron, compraron del rey treguas de tres años, cosa muy honrosa para los fieles, y afrentosa para los bárbaros.

 

 

 

 

XVIII. De un concilio que se celebró en Santiago

 

y en Oviedo

 

Por este tiempo Ataúlfo, obispo de Compostela, dio fin a su muy larga vida en la soledad donde se retiró. Sucedióle Sisenando, hombre de grandes partes, esclarecido por sus muchas virtudes, en particular persuadió al Rey que los deudos de los que acusaron a Ataúlfo fuesen a manera de esclavos entregados al templo de Santiago, que fue ejemplo muy nuevo y aún cruel castigar a unos por los pecados de otros, si la grandeza de la maldad no excusase en parte la acedia que con ellos usaron. Trasladó el cuerpo del difunto a Compostela, y con nuevas obras y fábricas aumentó aquel edificio de la iglesia de Santiago; demás de esto, a su costa fundó en aquella ciudad un monasterio de benitos, con advocación de San Martín, y un colegio, que llamó de San Félix, en que los sacerdotes y ministros de Santiago por su larga vejez exentos y jubilados, habida licencia, fuesen proveídos y sustentados de todos lo necesario.

 

En tiempo de este prelado la iglesia de Oviedo fue hecha arzobispal. Asimismo el templo de Santiago, que con grandes pertrechos y gastos estaba acabado, consagraron ciertos obispos que se juntaron en un concilio con grande solemnidad. No era lícito conforme a las leyes eclesiásticas convocar los obispos a concilio, sino fuese con licencia del papa. Por esta causa Severo y Desiderio, presbíteros, despachados sobre el caso a Roma, ganaron del papa Juan VIII un breve, en que hace metropolitana la iglesia de Oviedo, cuyo tenor y palabras son las siguientes:

 

«Juan, obispo, siervo de los siervos de Dios, a Alfonso, rey cristianísimo, y a los venerables obispos y abades y ortodoxos cristianos. Pues que en el cuidado de toda la cristiandad la sempiterna Providencia nos hizo sucesores de Pedro, príncipe de los apóstoles, por la

 

 

 

 

 

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amonestación de nuestro señor Jesucristo somos apretados, con la cual con cierta voz de privilegio amonestó a san Pedro diciendo: Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y a ti dejaré las llaves del reino de los cielos, etc. Al mismo otra vez, acercándose el artículo de la gloriosa pasión de nuestro Señor, dijo: Yo rogué por ti para que no falte tu fe, y tú, convertido alguna vez, confirma tus hermanos. Por tanto, pues la fama de vuestra noticia por estos hermanos que vinieron a visitar los umbrales de los apóstoles, por Severo y Desiderio, presbíteros, a nosotros con maravilloso olor de bondad nos es manifestada, con amonestación fraterna os exhorto que con la gracia de Dios por guía perseveréis en buenas obras para que la abundante bendición de san Pedro, nuestro protector, y la nuestra os ampare. Y todas las veces, hijos carísimos, que quisiere alguno de vos venir o enviar a nos con toda alegría de corazón y gozo espiritual de las últimas partes de Galicia, de la cual Dios fuera de mí os hizo rectores, como legítimos hijos nuestros os recibiremos; y a la iglesia de Oviedo, que con vuestro consentimiento y a vuestra instancia hacemos metropolitana, mandamos y concedemos que todos vosotros seáis sujetos. Asimismo mandamos que todo lo que a la dicha silla los reyes u otros cualesquier fieles justamente han ofrecido, o para adelante con el ayuda de Dios le dieren, sea estable y valedero perpetuamente. Exhorto otrosí a todos que tengáis por encomendados los portadores de estas nuestras letras. Dios os guarde».

 

Con los dos embajadores del rey envió juntamente el pontífice a España un tercero, por nombre Reinaldo, al cual dio otra carta para el rey, fecha por julio, con palabras muy regaladas y blandas, del tenor siguiente:

«Juan, obispo, siervo de los siervos de Dios, al amado hijo Alfonso, glorioso rey de las Galicias. Habiendo recibido vuestras cartas, porque conocimos que sois devoto para con nuestra santa Iglesia, os damos muchas gracias, rogando a Dios que crezca el vigor de vuestro reino y os conceda victoria de vuestros enemigos. Porque como vos, hijo carísimo, pediste, rogamos a Dios ordinariamente y con instancia que gobierne vuestro reino y os salve, guarde y ampare y levante sobre todos vuestros enemigos. Haced que la iglesia de Santiago, apóstol, sea consagrada por los obispos españoles, y con ellos celebrad concilio. Nos asimismo, glorioso rey, como vos somos apretados por los paganos; pero el omnipotente Dios nos concede de ellos triunfo. Por tanto, rogamos a vuestra caridad no dejéis de enviarnos algunos provechosos y buenos

 

 

 

 

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moriscos con sus armas y caballos, a los cuales los españoles llaman caballos alfaraces, para que recibidos alabemos a Dios y os demos las gracias; y por el que los trujere os remuneraremos de las bendiciones de san Pedro. Dios os guarde, carísimo hijo y esclarecido rey. Dada el mes de julio año del Señor de 871».

 

Leídas las cartas del papa, los obispos de todo el reino fueron convocados para que a día señalado acudiesen en cumplimiento de lo que se les mandaba. Juntáronse primeramente en Compostela buen número de obispos, no menos que catorce, parte de las ciudades que estaban en poder del rey; los demás de las que tenían los moros, como obispos de anillo y poco más que de solo nombre. La costumbre de aquel tiempo era tal, que las unas ciudades y las otras tenían obispos, principalmente las que habían ganado de los moros y poco después eran vueltas a su poder, y aún de las que pretendían ganar en breve y reducirlas al señorío de cristianos. Con esta traza y confianza, en lugar de los que morían señalaban y consagraban otros que les sucediesen. El templo pues de Compostela o de Santiago fue por aquellos obispos con grande solemnidad consagrado a 7 de mayo, día lunes, luna undécima, y tres de áureo número, como lo dice Sampiro Asturicense; puntos y señales que todas concurren en el año 876, y no antes ni después por largo tiempo. El altar mayor dedicaron al Salvador; dos colaterales, el uno en nombre de San Pedro y San Pablo, el otro de San Juan Evangelista; el que cubría los huesos del apóstol Santiago no pareció consagrar de nuevo por tener entendido que sus siete discípulos le consagraron, solo se dijo misa sobre él. En un monte allí cerca consagraron asimismo un templo en nombre del mártir San Sebastián, con que la devoción de la iglesia de Santiago, que de antes era muy grande, se aumentó mucho mas.

 

Once meses adelante, por mandado del rey los mismos obispos se juntaron en Oviedo; allí, en cumplimiento de lo que el papa concedía, resolvieron que el obispo de Oviedo fuese arzobispo, y para aquella dignidad por voto de todos nombraron a Hermenegildo. Pareció otrosí nombrar arcedianos, personas de buena vida, que dos veces cada un año juntasen sínodos y diesen orden en todo, como quien había de dar cuenta a Dios de su cargo, y juntamente visitasen las diócesis, los monasterios y parroquias. Añadieron demás de esto que los obispos que no tenían diócesis sirviesen al de Oviedo de vicarios para que se repartiese la carga entre muchos, y él de su renta los sustentase, y que así a estos como a los

 

 

 

 

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demás obispos señalasen sendas iglesias en la ciudad y diócesis de Oviedo, con cuya renta so entretuviesen cuando se celebrasen concilios y tuviesen donde acogerse a causa de las ordinarias entradas que los moros hacían.

 

En cumplimiento de este decreto a dieciséis obispos, unos que tenían diócesis, y otros que carecían de ella, señalaron doce templos, al de León, de Astorga, de Iria, al Ulcense, al Britoniense, al de Orense, al de Braga (éste era arzobispo), al Dumiense, al Tudense, al Columbriense, al Portucalense, al Salmanticense, al Cauriense, al Cesaraugustano, al Calagurritano, al Turiasonense, al Oscense. Todos estos nombres y el número se sacaron de los mismos actos del Concilio en gracia de los que son aficionados a la antigüedad, que los cronistas no escriben palabra. De aquí sin duda procedió que Oviedo en aquel tiempo se llamó ciudad de Obispos, como lo refieren autores muy graves. Los aledaños de aquella diócesis de Oviedo señalaron los mismos obispos, y el rey la acrecentó en rentas y posesiones según lo que se podía llevar, conforme a la apretura en que estaban las cosas y los tiempos. Halláronse presentes en la una ciudad y en la otra el rey y la reina doña Jimena, los hijos del rey y los grandes; y dada conclusión a todas estas cosas, despidieron el Concilio.

 

 

 

 

XIX. De lo demás que sucedió en el reinado de

 

don Alfonso

 

En tanto que estas cosas pasaban, los moros estaban sosegados; el largo ocio y la abundancia de España tenía apagado el brío con que vinieron y ablandado su natural belicoso, que fue causa de pasarse algunos años sin que sucediese cosa alguna digna de memoria. Sólo el año 881 en toda España hubo temblores de tierra con daño y destrozo de muchos edificios. El rey Mahomad asistia a los oficios a su modo, cuando un rayo que cayó de repente en la misma mezquita mató a dos que estaban cerca de él, con grande espanto de todos los demás.

 

El año siguiente Abdalá, hijo de Lope, aquel que huyó de Toledo, olvidado de las mercedes que del rey tenía recibidas, como hombre desleal y fementido, comenzó a tratar de hacerle guerra. Para esto se reconcilió y hizo su asiento con el rey de Córdoba. La envidia que tenía a sus tíos le llevaba al despeñadero, de quien hacía tanta confianza el rey don Alfonso,

 

 

 

 

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que les entregó a su hijo don Ordoño, como por prendas de la amistad para que le criasen y amaestrasen. Gran mengua de su padre, pero en tanto se estimaba en aquel tiempo la amistad de los moros. De este principio, aunque pequeño, se siguieron cosas más graves, porque Abdalá, recogidas sus gentes, rompió por las tierras de cristianos, las talas fueron muy grandes, los temores y esperanzas no menores.

 

Acudió el rey y venció al Moro cerca de Cillorico en una batalla que le dio; asimismo le rechazó con daño de Pancorvo, de que pretendía el Moro apoderarse. No acometieron la ciudad de León, dado que revolvieron contra ella, a causa de una gruesa guarnición de soldados que dentro estaba. De esta manera, sin hacer otro efecto que de contar sea, pasado el río Astura, hoy Estola, que riega aquellas campañas y pasa por la misma ciudad de León, el ejército enemigo por las tierras de la Lusitania volvió a Córdoba. Iba entre los demás moros Abuhalit; hizo instancia con el rey don Alfonso para que le restituyese su hijo Abulcén, que dejara como en rehenes cuando, como se dijo, le dieron libertad. La negociacion fue tan grande, que al fin alcanzó lo que pretendía. Esto sucedió al fin del otoño, el cual pasado y entrado el invierno, Abdalá venció en cierta pelea o encuentro a los dos Zimaeles, tío y hermano suyos, en ciertos lugares ásperos y fragosos; no se dice en qué parte de España, sospecho fue en el reino de Toledo; lo que consta es que los prendió y aherrojados los envió al castillo de Becaria. Revolvió sobre Zaragoza y con el mismo ímpetu la sujetó.

 

Esto fue ocasión que las fuerzas de moros y de cristianos se volviesen contra él, dado que con una embajada envió a excusarse de lo hecho con el rey de Córdoba; y porque no recibía sus excusas, con trato doble y embajadores que de ordinario despachaba al rey don Alfonso para asegurarse, procuraba su amistad. En el mismo tiempo los condes don Vela y don Diego hicieron liga contra él como contra enemigo común.

Por otra parte, Almundar, hijo del rey de Córdoba, y Abuhalit fueron enviados de Córdoba para cercar a Zaragoza, acometimiento que fue por demás a causa de la fortaleza de aquella ciudad y la mucha gente que en ella hallaron, además que Abdalá, por las cosas que había acometido y acabado, se hallaba muy fuerte, rico y feroz. Dieron los de Córdoba vuelta sobre las tierras de Vizcaya y de Castilla, hicieron talas y daños; acudieron los dos condes sobredichos, y forzaron a los moros a salir de toda la tierra.

 

 

 

 

 

 

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No se descuidaba el rey de León, antes tenía juntas sus gentes en Sublancia con intento de no faltar a cualquiera ocasión que se le presentase de dar a los moros, si menester fuese, la batalla, pero ellos se excusaron y se volvieron a su tierra; sólo destruyeron el monasterio de Sahagún, que en Castilla la Vieja era y es muy célebre. Y sin embargo, Abuhalit envió algunos moros de secreto al rey don Alfonso para tratar de hacer paces; y sobre lo mismo Dulcidio, presbítero de Toledo, fue por el rey enviado a Córdoba en fin del año 883.

 

En tanto que estos tratos andaban, una armada de moros que se juntó en Córdoba y en Sevilla por mar acometió las riberas de Galicia por estar muchos pueblos sin murallas y que podían fácilmente ser saqueados. No hizo algún efecto la dicha armada a causa de los recios temporales que la desbarataron y echaron a fondo; pocos con el general Abdelhamit escaparon del naufragio y de la tormenta.

Al mismo tiempo por diligencia de Dulcidio se asentaron treguas de seis años con los moros, y los cuerpos de los mártires Eulogio y Leocricia con voluntad de los cristianos, en cuyo poder estaban, de Córdoba los trasladaron a Oviedo.

Siguióse la muerte de Mahomad, año de los árabes 273, de nuestra salvación 886; dejó treinta hijos y veinte hijas. Fue hombre de ingenio no grosero; para muestra se refiere que un día, como se pasease en sus jardines y cierto soldado le dijese «¡Qué hermoso jardín, qué día tan claro, qué siglo tan alegre, si todo esto fuese perpetuo!» respondió: «Antes si no hubiera muerte, yo no fuera rey».

Sucedióle Almundar, su hijo, príncipe manso de condición y liberal, ca al principio de su reinado perdonó a los de Córdoba cierta imposición en que acostumbraban pagar de diez uno. Ellos, olvidados de este beneficio, se alborotaron contra él. Aparejábase para sosegar estas alteraciones cuando le sobrevino la muerte antes de haber reinado dos años enteros. Dejó seis hijos y siete hijas.

Sucedióle por voto de los soldados Abdalá, su hermano, el año 888; reinó por espacio de veinticinco años. Los principios fueron revueltos a causa que Omar, principal entre los moros y de ingenio bullicioso, se levantó contra él. Lisboa, Ástapa o Estepona, Sevilla y otros pueblos se lo allegaron. Estas grandes alteraciones tuvieron fácil salida, porque Omar, mudado propósito, alcanzó perdón y se reconcilió con el rey. Esta facilidad del perdón le fue ocasión y le dio ánimo para tornar en breve a alborotarse.

 

 

 

 

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Andaban los moros de muy antiguo divididos en dos parcialidades, de Omeyas y Alavecinos, como queda arriba dicho. Con esta división no podía faltar a los amigos de novedades gente y pueblo que los siguiese. Abdalá siguió por todas partes a Omar y le redujo a tal apretura, que se huyó a tierra de cristianos, donde, dejada la superstición de sus padres, se bautizó, no con sinceridad y de veras, sino con engaño, como se entendió con el tiempo, que todo lo declara.

 

Contra don Alfonso se alteraron los vizcaínos; la cabeza y caudillo fue Zuria, yerno de Zenón, hombre principal entre aquella gente. Acudió don Ordoño, enviado por el Rey, su padre, para sosegar aquella gente; pero fue vencido por los contrarios en una batalla que se dio cerca de Arriogorriaga, y de ella aquel pueblo tomó este nombre, que significa, como lo dicen los que saben la lengua vizcaína, piedras sangrientas, como quier que antes se llamase Padura. En premio de esta victoria hicieron a Zuria señor de Vizcaya, que dicen era de la sangre de los reyes de Escocia. ¿Quién podrá bastantemente averiguar la verdad en esta parte? La aspereza de aquellos lugares, según yo entiendo, fue causa que el rey no vengase aquella afrenta, demás de su edad que estaba adelante, y por el mismo tiempo, vuelto el pensamiento a las artes de la paz, se ocupaba en edificar iglesias en nombre de los santos, y castillos y pueblos para seguridad y comodidad de sus vasallos.

 

En el principio de su reinado reedificó a Sublancia y a Cea cerca de León, el castillo de Gauzon a la orilla del mar, puesto sobre un peñol entre Oviedo y Gijón; después las ciudades de Braga, Porto y Viseo, Chaves, que se llamaba antiguamente Aquae Flaviae, y también la ciudad de Oca, todos pueblos que habían estado largo tiempo destruidos y deshabitados. El mismo daño padeció Sentica, y con la misma liberalidad y cuidado fue reparada con nombre de Zamora por las muchas piedras turquesas que por allí se hallan, que se llaman así en lengua morisca. A don García, su hijo, dio el rey cuidado de edificar a Toro, que los antiguos llamaron Sarabis. Asimismo ganaron de los moros a Coimbra en Lusitania, en Castilla la Vieja Simancas y Dueñas con toda la tierra de Campos, comarca que, a ejemplo de Italia y de Francia, se puede en latín llamar Campania. El grande y real monasterio de Sahagún, que los moros asolaron, fue de nuevo reparado y vuelto a los monjes de san Benito; al cual ninguno en grandeza, majestad y riqueza se aventajó antiguamente en España, y aún hoy es de los mas nombrados que en ella se hallan.

 

 

 

 

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Para tan grandes y tantas obras no bastaban los tesoros reales ni sus haberes; impuso nuevos pechos y derramas, cosa que se debe siempre excusar, si no es cuando la república se halla en tal aprieto, que todos entienden es forzoso sujetarse a la necesidad si se quieren salvar. Esta verdad se entiende mejor por lo que resultó. Estaban los vasallos por esta causa desgraciados; la reina doña Jimena, que también andaba disgustada con su marido, persuadió a don García, su hijo, que se aprovechase de aquella ocasión y tomase las armas contra su padre. No se descuidó el rey, aunque viejo y flaco; acudió luego a Zamora, prendió a su hijo y mandóle guardar en el castillo Gauzon. No pararon en esto los desabrimientos y males. Era suegro de don García Nuño Hernández, conde de Castilla, príncipe poderoso en riquezas y en vasallos. Éste, con ayuda de la reina y de los hermanos del preso, hizo brava guerra al rey, que duró dos años. A cabo de ellos los conjurados salieron con su intento, y el pobre rey, cansado del trabajo o con deseo de vida más reposada, renunció el reino y le dio a su hijo don García. A don Ordoño, el otro hijo, dio el señorío de Galicia. Lo uno y lo otro sucedió el año 910.

 

El cual año pasado, como don Alfonso hubiese ido en romería a Santiago por su devoción, con voluntad de su hijo hecha de nuevo una buena entrada en tierra de moros, falleció en la ciudad de Zamora. Su cuerpo y el de su mujer sepultaron, primero en Astorga, después fueron trasladados a Oviedo. En el mismo tiempo Abdalá, rey de Córdoba, en edad de setenta y dos años murió en Córdoba; dejó doce hijos y trece hijas.

 

De Abdalá, hijo de Lope, no se sabe lo que se hizo; no faltara diligencia si se descubriera camino para averiguar esta y semejantes faltas. Habremos de usar de conjeturas. Entiendo que con ayuda de los reyes de Oviedo se mantuvo en el señorío de Zaragoza, y que de él descendieron los reyes que fueron adelante de aquella noble ciudad.

 

El reino de Córdoba hubo Abderramán, nieto de Abdalá, hijo de Mahomad, cosa nueva entre los moros, que fuese el nieto antepuesto a los hijos del difunto, tíos que eran del nuevo Rey. Tenía veintitrés años cuando tomó la corona, y gozóla por espacio de cincuenta años. Llamáronle por sobrenombre Almanzor Ledin Alá, es asaber, defensor de la ley de Dios, y también Miramamolín, que quiere decir príncipe de los que creen. Tal es la costumbre que cuando los imperios se van a caer entonces los que los tienen, para disimular su corbardía y flaqueza, se arman y afeitan con apellidos magníficos. Verdad es que Abderramán se puede contar entre los

 

 

 

 

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grandes reyes, así en el gobierno como en las cosas de la guerra. Por todo el tiempo de su vida tuvo atención a componer las discordias de su nación y sosegar las parcialidades que amenazaban mayores daños; administraba justicia con mucha rectitud; edificó un castillo junto a Córdoba; en África tomó la ciudad de Ceuta; demás de esto, con real magnificencia aumentó y mejoró las ciudades y pueblos de todo su reino. Comenzó a reinar el año 300 de los árabes, conforme a la cuenta del arzobispo don Rodrigo, que en este lugar no se aparta de la verdadera.

 

 

 

 

XX.  De los reyes don García y don Ordoño el Segundo

 

El poder adquirido malamente no suele ser duradero. Así don García el reino que tomó por fuerza a su padre tuvo solos tres años. En este tiempo hizo de nuevo guerra a los moros, entró por sus tierras, talóles los campos, saqueóles los lugares, y a un señor moro, llamado Ayola, que le salió al encuentro, venció en batalla y le cautivó; pero a la vuelta por culpa de las guardas se les escapó cerca de un lugar llamado Trémulo. El rey falleció en Zamora, año de nuestra salvación de 913.

 

No dejó sucesión; por esto don Ordoño, su hermano, sabida su muerte, de Galicia, donde tenía el señorío, siu dilación vino a tomar la corona. Fue buen príncipe y templado, si lo postrero fuera conforme a los principios, y no ensuciara sus manos con la sangre inocente de los condes de Castilla. Reinó por espacio de nueve años y medio. Lo primero, para ganar reputación y quebrantar la soberbia de los moros, con gente de los suyos que juntó rompió por el reino de Toledo. Puso sitio sobre Talavera, villa principal y de muy alegre suelo y cielo, noble por los muchos moradores, y fuerte por sus muros, en gran parte de sillería. Envió el rey de Córdoba buen golpe de gente para socorrer los cercados; mas fue vencida en batalla y el pueblo entrado por fuerza; puesto a saco, le quemaron a causa que no se podía conservar por estar de todas partes rodeado de moros. El gobernador del pueblo con otros muchos fue preso; el ejército, cargado de despojos moriscos y alegre, volvió a su tierra.

 

El rey de Córdoba, dudoso por aquel principio de lo que podría suceder y temiendo las fuerzas de aquel rey brioso, envió a rogar con humildad al rey de la Mauritania que de África le proveyese de socorros y de gentes. Vino el Africano en ello, movido por el peligro de su nación con deseo de rebatir el orgullo de los cristianos, que de cada día más y más mejoraban su partido. Despachó buen número de gente africana y por su capitán a Almotaraf. Juntóse con estos el ejército de los moros de España, y por general de todos un moro llamado Avolalpaz. Entraron por tierra de cristianos hasta llegar a la ribera de Duero. Salióles el rey al encuentro, diose la batalla cerca de Santisteban de Gormaz, que fue muy reñida y por grande espacio estuvo suspensa sin declarar la victoria. Últimamente, muertos los dos capitanes moros y gran número de su gente, los demás se pusieron en huida. Con esto los cristianos quedaron libres de un gran cuidado y congoja, por considerar el peligro en que las gentes de África pondrían a los que apenas podían contrastar al poder de los moros de Córdoba.

 

Para que el fruto de la victoria fuese mayor pareció apretar a los moros, que vencidos y medrosos estaban, y en seguimiento de la victoria dar el gasto a los campos y pueblos de la Lusitania hasta llegar a Guadiana; en particular las tierras de Mérida y de Badajoz padecieron mayores daños. El espanto de los naturales fue tan grande, que procuraron tomar algún asiento con el vencedor hasta comprar por gran dinero la paz. Esto sucedió el año quinto del reinado de don Ordoño, que se contaba 918 de nuestra salvación.

El Rey, concluidas tan grandes cosas, dio la vuelta, y con recibimiento a manera de triunfo entró en la ciudad de León, que por la comodidad de su sitio pensaba hacerla real y asiento de aquellos reyes. Con este intento procuró ensancharla y adornarla de nuevos edificios. En primer lugar trasladó a su real palacio el templo de San Pedro y San Pablo, en que estaba la silla del obispo, por estar fuera de los muros y correr peligro, palacio que los moros antiguamente edificaron para que sirviese de baños, obra de grande anchura y majestad. Puso nombre al dicho templo de Santa María Virgen, dado que otras dos partes del mismo fueron consagradas, la una en nombre del Salvador, y la otra de San Juan Bautista. Después de esto, para acrecentar la majestad del nuevo templo, se hizo el rey coronar en él por mano del mismo Obispo, cosa no usada antes de este tiempo, y principio de donde los reyes que antes se decían de Oviedo se comenzaron a intitular reyes de León.


 

De esta ocasión la ciudad de Oviedo vino poco a poco en tan gran disminución, que con el progreso del tiempo perdió el nombre de arzobispado, y aún en nuestra era no tiene voto en las Cortes del reino, daño que entiendo ha sucedido por descuido de sus ciudadanos más que por mala voluntad de los reyes. Conforme a esto, entre las memorias y privilegios de este tiempo advierten los aficionados a la antigüedad, que en algunos don Ordoño se intitula rey de Oviedo, y en uno de ellos dice que reina en León. Demás de esto, añaden que este rey trasladó la dignidad de obispado a la ciudad de Mondoñedo, que antes estaba en Ribadeo, dado que a otros les parece que los obispos de Mondoñedo antiguamente se llamaron vallibrienses.

 

Entre tanto el rey de Córdoba, Abderramán Almanzor, encendido en deseo de satisfacerse de los daños pasados y volver por su honra, con las fuerzas y gentes de su reino por la parte de Lusitania entró en Galicia hasta llegar a un pueblo llamado Rondonia: Sampiro le llama Mindonia. En aquel lugar se juntaron los reales de los moros y de cristianos; pelearon con gran denuedo y porfía, cayeron muchos de ambas partes, duró la batalla hasta que cerró la noche sin quedar la victoria declarada, bien que cada cual de las partes se la atribuía, los nuestros por haber forzado al enemigo a salir de Galicia, los bárbaros porque vencidos tantas veces, continuaron la pelea hasta que faltó luz. Diose esta batalla año de 919.

No mucho después el rey de Córdoba con nuevas levas de gente que hizo y nuevos socorros que le vinieron de África corrió las tierras de cristianos, y en particular las de Navarra y Vizcaya. El rey don Ordoño, movido por el peligro que corría don Sancho García, por sobrenombre Abarca, rey de Navarra, y a sus ruegos marchó con su campo contra los moros. Diose la batalla en el valle Juncaria, que hoy se dice Junquera, el año 921, que fue no menos herida y porfiada que la que poco antes se diera en Galicia. Los de León y de Navarra peleaban con grande ánimo como vencedores por la patria y por la religión; los moros no les reconocían en nada ventaja, antes llevaron lo mejor, porque el conde de Aragón, que llaman García Aznar (mejor viniera Fortún Jimeno, su hijo), murió en aquella pelea, y después de ella aquella parte de Vizcaya que se llama Álava quedó por los moros.

 

Quedaron otrosí presos en la batalla dos obispos, Dulcidio, de Salamanca, y Hermogio, de Tuy, que concertaron su rescate, y en tanto que lo pagaban, dieron rehenes en su lugar; en particular por Hermogio entregaron un sobrino suyo, hijo de su hermana, doncel en la flor de su edad, por nombre Pelayo. Su hermosura y modestia corrían a las parejas. Por lo uno y por lo otro el rey bárbaro, do suyo inclinado a deshonestidad, se encendió grandemente en su amor. Aumentábase con la vista ordinaria la llama del amor torpe y nefando. El mozo, de su natural muy modesto y criado en casa llena de sabiduría y santidad, resuelto de defender el homenaje de su limpieza, dado que diversas veces fue requerido, resistió constantemente. Después como el rey le hiciese fuerza, diole con los puños en la cara. Esta constancia y celo de la castidad le acarreó la muerte; por mandado de aquel bárbaro impío y cruel fue atenazado y hecho pedazos, los miembros echaron en Guadalquivir; el amor cuanto es mayor tanto se suele mudar en mayor rabia. Sucedió esto domingo a 26 de junio del año 925. Diósele honra como a mártir, y fue puesto en el número de los santos. Recogieron las partes de su cuerpo y sepultáronlas en San Ginés de Córdoba; la cabeza en el cementerio de San Cipriano. Débese tanto más estimar la gloria de esta hazaña, que no tenía más de trece años y medio cuando dio tal muestra de su virtud. Rosvitha, doncella de Sajonia, por este mismo tiempo contó en verso heroico, aunque algo diferentemente, la muerte del mártir Pelagio.

 

Siendo rey de León don Ordoño, y de Francia Carlos el Simple, un presbítero, llamado Zanelo, vino a España enviado por el papa Juan, décimo de este nombre, con esta ocasión. Volaba la fama de la devoción y milagros del apóstol Santiago por todas partes. Era muy célebre el nombre de Sisnando, obispo de Compostela. El pontífice, por cierto hombre que le envió con sus cartas, pidió le hiciese participante de sus oraciones para que por medio e intercesión del apóstol Santiago en vida y en muerte fuese ayudado. Sisnando despachó a Zanelo para dar la obediencia al pontífice; diole otrosí el rey cartas para el mismo con sus presentes. Zanelo, cumplido lo que le mandaron, pasado un año entero, volvió a España, cargado de muchos libros; demás de esto, con autoridad de nuncio del Papa (quién dice fue cardenal), y comisión de informarse de todo lo que pertenecía a la religión.

 

Estaban los romanos de muy antiguo persuadidos que el oficio divino gótico tenía muchas cosas erradas, que usaban de ceremonias en la misa extraordinarias y enseñaban opiniones contrarias a la verdadera religión. Zanelo, en cumplimiento de lo que le era ordenado, revolvió con diligencia los libros eclesiásticos que pudo haber; y aunque las ceremonias eran diferentes, halló, al revés de lo que se sospechaba, que todas las cosas concordaban con la verdad. Vuelto a Roma, en una gran junta de padres relató al pontífice lo que llevaba averiguado. Ellos dieron gracias a Dios por aquella merced y juntamente aprobaron aquellos libros. Solamente mandaron que en la secreta de la misa usasen de las palabras que usaba el oficio romano. Porque a la verdad las palabras de la consagración, aunque la sustancia era una, las tenían mudadas en esta forma: «Éste es mi cuerpo, que por vosotros será entregado. Éste es el cáliz del Nuevo Testamento en mi sangre, que por vos y por muchos será derramado en remisión de los pec ados». Palabras de que aún en nuestra era no usan los que con beneplácito de los pontífices dicen misa mozárabe. Este fin tuvo entonces aquella controversia, que empero otras muchas veces se volvió hasta tanto que, vencida la constancia o porfía de los españoles, trocaron el oficio mozárabe con el romano, como se dirá en su lugar.

 

Volviendo a las cosas del rey, desde el tiempo que se dio la batalla en Junquera pareció haberse mudado la fortuna de la guerra. Todavía el rey don Ordoño, con deseo de honra, y en su compañía el mismo rey de Navarra, entraron por tierra de moros, y en particular trabajaron los campos y pueblos de la Rioja. Con esto el rey don Ordoño dio vuelta a Zamora. No hay en las cosas humanas entero gozo y contento; toda aquella alegría se trocó en tristeza con la muerte de la reina Munina Elvira, señora de grandes prendas; dejó estos hijos: don Sancho, don Alfonso, don Ramiro, don García y doña Jimena. Casó el rey segunda vez con Argonta, hembra de alto linaje en Galicia, y no mucho después por sospechas la repudió a tuerto y sin razón, como se entendió por el suceso de las cosas y arrepentimiento del rey. En su lugar puso a Sanctiva, hija de don Garci Íñiguez, rey de Navarra, con voluntad del rey don Sancho, su hermano.

 

Juntaron los dos sus fuerzas, y en una entrada que hicieron de nuevo en la Rioja se apoderaron por fuerza de Nájera, que los antiguos llamaron Tricio, y de otro pueblo llamado Vicaria, en donde en tiempo de los godos se entiende hubo una chancillería, como lo dice don Rodrigo, y por esta causa le dieron este nombre. Hasta aquí las cosas del rey don Ordoño procedían de manera que muchas de ellas se podían alabar, y pocas reprehender cuales se disimulan con los reyes. Es muy dificultoso enfrenarse con la templanza los que tienen suprema potestad, y nunca tropezar en tanta diversidad de cosas casi imposible. La muerte que este rey dio muy fuera de sazón y sin propósito a los condes de Castilla pareció afear toda la gloria pasada. Este desorden en qué manera haya sucedido y por qué causas el rey estuviese de ellos ofendido se dirá tomando el negocio un poco de más arriba con una nueva narración que declare los principios y progresos que algunos señoríos, los más principales, tuvieron antiguamente en España.

 

 

 

 

 

 

JUAN DE MARIANA (Talavera de la Reina, España, 1536 - Toledo, España, 1624) fue jesuita, teólogo e historiador. Hijo ilegítimo, estudió Artes y Teología en Alcalá de Henares y muy pronto entró en la Compañía de Jesús.

 

Fue un escritor brillante y un profesor admirado, dando clases en Roma y París antes de retirarse a Toledo para dedicarse a su obra, que fue extensa y polémica.

 

Escribió una Historia general de España, publicada en latín en 1592 y posteriormente traducida por el propio autor al castellano, que se convirtió en un gran éxito y en la obra de referencia sobre la historia española durante siglos.

 

En 1598 publicó De rege et regis institutione, un controvertido tratado político que fue quemado en París por su defensa del tiranicidio.

 

La publicación del Tratado y discurso sobre la moneda de vellón, en 1609, le supuso la persecución por parte de las autoridades españolas. En él, denunciaba la costumbre de disminuir el contenido de metal noble en las monedas para poder aumentar el número de éstas en circulación y proporcionar así más recursos al Estado.

 

Por sus escritos y por la influencia de éstos, se lo considera uno de los padres fundadores del liberalismo económico.

 

 

 

Sigue Libro 8



FIN

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