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Libro N° 14340. Una vida. Svevo, Italo.


© Libro N° 14340. Una vida. Svevo, Italo.  Emancipación. Octubre 4 de 2025

 

Título Original: © Italo Svevo. Una vida

 

Versión Original: © Italo Svevo. Una vida

 

Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos:

https://ww3.lectulandia.com/book/una-vida-ed-francisca-perujo/


 

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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: 

Guillermo Molina Miranda




LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA

UNA VIDA

Ítalo Svevo


 

 

 

Una vida

Ítalo Svevo

 

 

 

 

 

 

 

«Una vita» es la menos traducida de las novelas de Svevo a causa seguramente de su lenguaje áspero y singular. En ella se manifiestan todas las facultades del novelista triestino en un contexto dramático y reflexivo carente de la ironía que caracteriza su obra posterior. La novela fue escrita con el título «L’inetto (El inepto)» que se cambió en el momento de mandarla a la imprenta. La historia del joven suicida Alfonso Nitti, un joven del campo con vocación intelectual estrangulada en la ciudad por la mediocridad de la vida diaria y por la complicada curva de sus afectos en su relación con una mujer inteligente y superficial, analítica y psicológica, con una profundidad rara vez superada a lo largo del siglo. Ya incorporado en sus recientes traducciones a las principales lenguas, un rescate importantísimo en la historia de la literatura.

 

 

 

 

 

 

Italo Svevo

 

Una vida (Ed. Francisca Perujo)

 

 

 

ePub r1.0

 

Titivillus 24-09-2025

 

Título original: Una vita

 

Italo Svevo, 1977

 

Traducción: Francisca Perujo

 

Editor digital: Titivillus

 

 

 

Digitalización y OCR para Epublibre

 

 

 

Primera edición en Epublibre, 24-09-2025

 

ePub base r2.1

 

 

 

 

 

 

 

Nota del editor digital

 

 

 

Edición basada en la edición en papel, la cual se ha escaneado y realizado el ocr.

 

Cualquier modificación y o corrección realizada sobre la edición en papel se indica con fuente de color rojo sobre fondo amarillo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

I

 

 

 

«Mamá:

 

»Justo ayer por la tarde recibí tu carta bonita y buena.

 

»No lo dudes, para mí tu gran carácter no tiene secretos; aun cuando no puedo descifrar una palabra, comprendo, o creo comprender, lo que quieres decir haciendo correr la pluma de ese modo. Releo muchas veces tus cartas; son tan sencillas, tan buenas, que se parecen a ti; son como fotografías tuyas.

»¡Amo hasta el papel en que escribes! Lo reconozco: es el que despacha el viejo Creglingi; al verlo recuerdo la calle principal de nuestro pueblecito, tortuosa pero limpia. Vuelvo a verme donde se ensancha formando una plaza, en medio de la cual está la casa de Creglingi, baja y pequeña, con el tejado en forma de sombrero calabrés. ¡La tienda es casi un agujero! Él está dentro; atareado, vende papel, clavos, aguardiente, puros y sellos; es lento pero tiene los ademanes agitados del que quiere darse prisa sirviendo a diez personas; es decir, sirviendo a una y vigilando a las otras nueve con sus ojos inquietos.

 

»Dale muchos recuerdos de mi parte. ¿Quién iba a decirme que tendría tantas ganas de volver a ver a aquel osazo avaro?

»No creas, mamá, que aquí se esté mal; ¡soy yo el que está mal! No puedo resignarme a no verte, a estar lejos de ti durante tanto tiempo, y mi dolor aumenta al pensar que también tú te sentirás sola en aquella casona grande y alejada del pueblo en que te obstinas en vivir solo porque es nuestra. Además, tengo verdadera necesidad de respirar aquel aire nuevo, que a nosotros nos llega directo de la fábrica. Aquí respiran un aire denso, ahumado; a mi llegada, vi que se situaba sobre la ciudad, pesado, en forma de un cono enorme; como el vapor que hay en invierno sobre nuestro estanque; pero ése ya sabemos qué es; y es puro. Aquí todos o casi todos

 

 

 

 

 

 

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están contentos y tranquilos porque no saben que en otra parte se puede vivir mucho mejor.

 

»Creo que cuando era estudiante estaba más contento porque vivía papá, que se ocupaba de todo mejor que yo. También es verdad que él disponía de más dinero. Para hacerme infeliz basta con la pequeñez de mi cuarto de aquí. ¡En casa lo destinaríamos a los gansos!

 

»¿No te parece, mamá, que sería mejor que volviera? Hasta el momento no veo qué provecho puedo sacar estando aquí. No te puedo mandar dinero porque no lo tengo. Me han dado cien francos el primer día; a ti te parecerá una suma considerable, pero aquí no es nada. Yo me las arreglo como puedo, pero el dinero no me llega o me llega muy justo.

»También empiezo a creer que en el comercio es muy, pero muy difícil hacer fortuna; lo mismo que, según dice el notario Mascotti, en los estudios. ¡Es muy difícil! Mi sueldo es envidiado y debo reconocer que no lo merezco. Mi compañero de despacho gana ciento veinte francos al mes y lleva cuatro años con el señor Maller haciendo trabajos que yo no sabré hacer hasta que pasen varios años. Mientras tanto, no puedo esperar ni desear aumentos de sueldo.

»¿No sería mejor volver a casa? Te ayudaría en tus quehaceres e incluso trabajaría en el campo, y luego leería tranquilamente a mis poetas a la sombra de las encinas, respirando nuestro aire sano y limpio.

»¡Quiero contártelo todo! La soberbia de mis colegas y de mis jefes aumenta mi malestar. A lo mejor me tratan con altanería porque voy peor vestido que ellos. Son unos pisaverdes que se pasan el día ante el espejo. ¡Qué estúpidos! Si me pusieran en las manos un clásico latino lo sabría comentar, mientras que ellos no conocerían ni el nombre.

 

»Éstas son mis angustias; tú puedes suprimirlas con una sola palabra.

 

Dila y en unas horas estaré contigo.

 

»Después de escribir esta carta me siento más tranquilo; es como si ya tuviera permiso para partir y fuera a prepararme.

»Un beso de tu cariñoso hijo

 

ALFONSO».

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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II

 

 

 

A las seis dadas Luigi Miceni dejó la pluma y se puso su abrigo corto, a la moda. Le pareció que había sobre la mesa algo fuera de su sitio. Hizo coincidir exactamente los márgenes de una pila de papeles con los bordes de la mesa. Le echó todavía otra ojeada y consideró que el orden era perfecto. Los papeles estaban colocados en cada casilla con tanta regularidad que parecían librillos atados; las plumas estaban perfectamente alineadas junto al tintero.

 

Alfonso, que llevaba ya media hora sentado en su sitio, no hacía nada y le miraba con atención. Él nunca conseguía poner orden en sus papeles. La intención de ordenarlos por paquetes era visible aquí y allá, pero en las casillas no había orden; unas estaban demasiado llenas y alborotadas, mientras que otras estaban vacías. Miceni le había explicado el sistema de dividir los papeles según su contenido o su destino y Alfonso lo había entendido; pero después del trabajo del día, por inercia, no podía dedicarse a un quehacer innecesario.

Miceni, a punto ya de irse, le preguntó:

 

—¿Aún no te ha invitado el señor Maller?

 

Alfonso hizo señas de que no: ya se había desahogado en la carta a su madre, por lo que la invitación sólo hubiera sido una molestia.

 

Miceni era la causa de que Alfonso aludiera a la soberbia de los jefes en la carta escrita a su madre, pues le había hablado en varias ocasiones de la inexistente invitación. Era costumbre que los nuevos empleados fueran presentados en casa de los Maller y a Miceni le molestaba que Alfonso no hubiera sido invitado, pues esta primera omisión suponía la pérdida de una costumbre que él consideraba importante.

Miceni era un joven menudito con una cabeza extraordinariamente pequeña cubierta de cabellos negros rizados y cortos. Se vestía como si

 

 

 

 

 

 

Página 7

 

pudiera permitirse cualquier lujo y dedicaba a su persona tanto esmero como a su mesa.

 

Alfonso no sólo difería de su colega en el vestir. Era limpio; pero desde el cuello duro y amarillento hasta la chaqueta gris, todo denotaba en él un gusto poco refinado y el deseo de gastar poco. Miceni, presumido, le reprochaba que su único lujo fuera tener los ojos intensamente azules, cuyo efecto, según Miceni, quedaba disminuido por una barba de color castaño descuidada y demasiado abundante. Alto y robusto, en pie parecía demasiado alto, y, al mantener el cuerpo un poco inclinado hacia delante, como si intentara guardar el equilibrio, débil e inseguro.

Entró corriendo Sanneo, el encargado de la correspondencia. Era un hombre de unos treinta años, alto y delgado, con el cabello rubio descolorido. Todas las partes de su largo cuerpo estaban en continuo movimiento; detrás de los lentes se movían inquietos unos ojos pálidos.

 

Pidió a Alfonso un libro de direcciones y, poco ágil de palabra, intentó explicar con las manos la forma del libro, temblando de impaciencia. Cuando lo tuvo, miró a Miceni sonriendo con cortesía y, mientras lo hojeaba, le pidió que se quedara, pues tenía que darle un trabajo. Miceni se quitó el abrigo, lo colgó con cuidado, se sentó y tomó la pluma esperando las instrucciones.

A Alfonso el señor Sanneo le era antipático por su brusquedad, pero se veía obligado a admirarlo. El señor Sanneo, una actividad prodigiosa alojada en un organismo débil, tenía una memoria férrea y sabía los mínimos detalles de cualquier asuntillo, por remoto que fuera. Siempre espabilado, manejaba la pluma con una rapidez fulminante, no exenta de habilidad. Algunos días pasaba diez horas seguidas en la oficina dedicado incansablemente a ordenar y registrar. Alfonso se enteró, al tener que leer en ocasiones sus borradores, de que provocaba, por una pequeñez cualquiera, encarnizadas polémicas.

 

—¿Por qué se sacrifica de ese modo? —se preguntaba Alfonso, que no comprendía su pasión por aquel trabajo.

Sanneo tenía un defecto, que Alfonso supo por Miceni. Era voluble y repartía sus preferencias a capricho, acosando a los que excluía de su favor. No parecía capaz de tener en la oficina más de una simpatía a la vez. Por aquel entonces su predilecto era Miceni.

El señor Maller abrió la puerta y, tras asegurarse de la presencia de Sanneo, entró en el despacho. Alfonso nunca le había visto allí. Era un

 

 

 

 

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hombre fuerte, casi calvo, con una barba corta, entera y espesa, de color rubio tirando a rojizo. Llevaba lentes con montura de oro. Su cabeza tenía un aspecto vulgar debido al color rojo intenso de su piel.

No miró a los dos empleados que se habían puesto en pie ni contestó a su saludo. Entregó un telegrama a Sanneo con una sonrisa, y le dijo:

—¿El Hipotecario? ¡Somos del sindicato!

 

Aquella comunicación de la capital, esperada desde hacía días, significaba que se confiaba a la casa Maller la suscripción para el nuevo Banco Hipotecario.

Sanneo había entendido y palideció. Aquella noticia le quitaba las horas de descanso con que había contado. Con un esfuerzo férreo se dominó y escuchó atentamente las instrucciones que le dieron.

La emisión se haría dos días después, pero la casa Maller tenía que conocer las firmas de los suscriptores la tarde siguiente. El señor Maller indicó algunas casas a las que urgía se enviara la oferta. Las demás direcciones serían las de los clientes a que ya se habían hecho ofertas semejantes. Esa misma noche había que mandar un centenar de cartas preparadas desde hacía días sin la dirección y sin el número de las acciones, que variaba según la importancia de la casa a que se enviaban. Pero el trabajo que alargaría tanto las horas de oficina era la redacción y envío urgente de las cartas de asentimiento.

 

—Volveré a las once —concluyó el señor Maller—; le ruego deje sobre mi mesa una lista de las casas a las que haya telegrafiado y la relación de la cantidad de acciones ofrecidas; entonces firmaré las cartas.

Se marchó con un saludo cortés, aunque sin señalar claramente a quién lo dirigía.

Sanneo, que ya había tenido tiempo para resignarse, dijo contento a los dos jóvenes:

—Espero que terminemos para las diez o antes, de modo que cuando el señor Maller vuelva encuentre los despachos vacíos. Ahora, ¡rápido!

Ordenó a Miceni que informara del nuevo trabajo a los demás encargados de la correspondencia y a Alfonso que avisara al expedidor. Luego salió corriendo.

Miceni volvió a abrir el tintero, ya cerrado, tomó de la casilla un paquete de papel de cartas y lo arrojó violentamente sobre la mesa.

—Si me hubiera marchado directamente a mis asuntos, les habría costado trabajo pescarme fuera y hacerme pasar aquí la noche.

 

 

 

 

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Alfonso, bostezando, echó a andar. Un pequeño pasillo estrecho y oscuro unía el despacho al pasillo principal, a cuyos lados estaban las oficinas, aún iluminadas, de puertas iguales con marcos oscuros y vidrios esmerilados. Las de los despachos del señor Maller y del señor Cellani, el procurador, tenían sus nombres en negro sobre una placa dorada. Con su luz igual, sus paredes pintadas imitando el mármol, las hojas de las puertas iluminadas más intensamente, el pasillo, desierto y sin penumbras, parecía un complicado estudio de perspectiva a base de luz y líneas.

 

Una sola puerta. Al final del pasillo había una puerta más pequeña que las demás y con una sola hoja. Alfonso la abrió y, apoyándose en el marco, gritó:

—El señor Sanneo avisa que esta noche nos quedamos hasta las diez. —¿Cómo?

Tal pregunta equivalía a una respuesta. Alfonso entró y se encontró cara a cara con un muchachote robusto, de cabellos encrespados de color castaño y frente baja pero regular; se había puesto en pie, retador, apoyando los puños cerrados en la larga mesa sobre la cual escribía.

 

El señor Starringer había renunciado a cualquier posibilidad de ascenso para ocupar el puesto, que había quedado vacante, de director de expediciones, obteniendo así rápidamente el aumento de sueldo que tanto necesitaba.

—¿Hasta las diez? ¿Y cuándo iré a cenar? He trabajado todo el día y tengo derecho a irme. ¡Yo no me quedo!

—¿Quiere que avise al señor Sanneo? —preguntó tímidamente Alfonso, siempre tímido con las personas que no lo eran.

—Sí… ¡Es más, le avisaré yo mismo! —Él sí era resuelto; significaba que quería irse y que pasara lo que pasara; el resto de la frase lo pronunció en voz más baja. De pronto, tras comprender que no podía librarse de aquel nuevo fastidio, estalló en una ira vehemente. Dijo que la culpa la tenían los encargados de la correspondencia; en sus tiempos, gritaba, cuando él era encargado (aludía a aquella época a menudo), trabajaban a fondo durante el día, pero por la noche se iban a casa a la hora que querían. Ese día había visto a Miceni hablando en el pasillo con Ballina y enredando en una cerradura. ¿Por qué perdían el tiempo? Con la cara roja, abultadas las venas de la frente, se había adelantado hacia Alfonso. Al hablar de los empleados tendía el brazo y, con el índice, señalaba exactamente la correspondencia. Alfonso le explicó que la causa no era el

 

 

 

 

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trabajo de la correspondencia, sino que a última hora se les había encargado un nuevo trabajo. La ira de Starringer no cesó, pero dejó de desahogarla con palabras.

 

—¡Ah! ¡Conque sí! —y se encogió desdeñosamente de hombros con un movimiento exagerado que pretendía expresar muchas cosas.

Sobre la mesa yacían las cartas escritas durante el día, algunas ya selladas. Sin preocuparse más por Alfonso, Starringer tomó una, se sentó y copió la dirección con mano temblorosa en un libro que tenía ante sí. En el pasillo se había sentado Giacomo, el muchachito que había entrado en el banco un día después que Alfonso. Tenía catorce años, pero su carne gordezuela, blanca y rosada, de niño, y su baja estatura le hacían aparentar apenas diez años. Aunque le veía pasar el día riendo y bromeando con los demás chicos, Alfonso se obstinaba en considerarlo apesadumbrado por estar lejos de su Magnano, de donde era, y lo apreciaba.

 

—Esta noche hasta las diez —le dijo, acariciándole la barbilla.

 

El chiquillo le sonrió halagado.

 

El señor Maller salió de su despacho. Iba con abrigo y el capuchón le colgaba de los hombros. Así vestido, sobresalía aún más su altura disimulándose su grosor. Alfonso saludó y el señor Maller contestó con un mismo gesto a él y a Giacomo. Hacía siempre saludos colectivos.

 

El criado del señor Maller, Santo, siguió a su jefe a lo largo del pasillo para abrirle la puerta de salida. El hombrecillo, que todavía no era viejo, tenía una gran barba rubia medio descolorida y la cabeza precozmente calva. Pasaba el rato mirando las musarañas, según se decía, pues no tenía otra tarea que servir al señor Maller, mientras que los demás criados estaban adscritos a las oficinas.

De vuelta a su despacho, Alfonso encontró a Miceni afanosamente dedicado a escribir. Éste, bastante corto de vista, casi tocaba el papel con la nariz.

Sobre su mesa estaban los comunicados manuscritos, todavía sin dirección, una carta con letra del señor Sanneo para copiarla confirmando la comunicación y, por último, una lista de cinco nombres, los de las casas a que se había de dirigir la oferta.

—¿Sólo cinco?

 

—Sí —contestó Miceni—; también los contables están escribiendo.

 

Más o menos a las nueve y media habremos terminado.

 

 

 

 

 

 

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No había levantado la cabeza; su pluma seguía deslizándose sobre el papel.

 

Alfonso puso una dirección en una comunicación y la transcribió a un papel de carta. Se puso a leer la comunicación; contenía una sucinta información de la finalidad con que se fundaba el Banco Hipotecario; aludía con discreción al apoyo prometido por el gobierno y mencionaba la dificultad de ingresar en el sindicato; «Prueba de la preferencia que les dispensamos es nuestra oferta de…», y seguía un espacio en blanco que Alfonso llenó con el número de las acciones ofrecidas. La carta se extendía en mayores detalles. Hablaba de la necesidad de instituir grandes bancos en Italia y de la certeza que tenía el nuevo Banco de realizar provechosos negocios.

Miceni le dijo que escribiera rápidamente la primera carta porque debía servir de copia para los demás escribientes, pero Alfonso no sabía escribir de prisa. Tenía que releer varias veces una frase antes de poder transcribirla. Entre una palabra y otra dejaba volar su pensamiento hacia otros asuntos y se veía de nuevo, pluma en mano, obligado a borrar algún trazo que, por distracción, no le había salido conforme al original. Aun cuando lograba dirigir toda su atención al trabajo, no procedía con la rapidez de Miceni porque no podía copiar maquinalmente. Al prestar atención, encaminaba siempre su pensamiento al significado de lo que copiaba, y esto le detenía. Durante un cuarto de hora no se oyó más que el rasguear de las plumas y, de cuando en cuando, el ruido que hacía Miceni al dar vuelta a las páginas.

 

La puerta se abrió ruidosamente y en el umbral, donde permaneció firme unos instantes, apareció Ballina, el empleado que esperaba de Alfonso la carta de Sanneo para hacer otras copias.

—¿Y esa carta?

 

Era un hombre bien parecido, de mirada inteligente y un tanto maliciosa, con bigotes a lo Víctor Manuel y barba sin afeitar. Al fumar, el humo que no soplaba le llenaba los bigotes —de buena gana lo hubiera absorbido para gozar de él— cubriéndole el rostro hasta la altura de los ojos. Su chaqueta de trabajo había sido blanca, pero ahora era amarillenta a excepción de las mangas, usadas para limpiar las plumas, que estaban negras hasta el codo. Trabajaba en un despachito al cual se entraba, como en el de Miceni, por un corto pasillo.

 

 

 

 

 

 

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Miceni levantó la cabeza con una sonrisa amistosa. A Ballina siempre se le miraba con agrado, pues era un bufón; el bufón del banco. Esa tarde no estaba de buen humor y se lamentaba. Había trabajado sin parar en la oficina de informaciones y ahora resultaba que tenía que seguir haciéndolo; y además no sabía si cenaría. Fingía mayor miseria de la que pasaba. Una vez dejó pasmado a Alfonso, que, como decía el mismo Ballina, era una esponja, contándole que a fin de mes se alimentaba con Emulsión Scott, que le regalaba un médico pariente suyo. Tenía parientes acomodados que debían ayudarle, pues siempre hablaba bien de ellos.

 

Sanneo entró, como siempre, corriendo; le seguía Giacomo, con su rostro de adolescente serio y un gran legajo de papeles en los brazos, al que por exceso de celo tenía dirigida incluso la mirada.

Sanneo preguntó a Ballina con acento brusco por qué no estaba escribiendo.

—Pues… —dijo Ballina encogiéndose de hombros— espero la carta que hay que copiar.

—¿Todavía no la ha recibido? —y recordando que era Alfonso quien tenía que dársela—: ¿No ha hecho ni siquiera una?

Alfonso se había puesto en pie fulminado por aquella mirada oblicua. Miceni, que permanecía sentado, observó que él tampoco había terminado ninguna. Sanneo volvió la espalda a Alfonso, miró la carta de Miceni y le rogó que se la entregara a Ballina en cuanto la terminara. Salió con la misma prisa precedido por Ballina, que quería hacerle ver que volvía enseguida a su despachito, y seguido por Giacomo, arrogante, que hacía ruido al caminar para dar importancia a su corto paso.

Unos minutos después Miceni entregó a Ballina la carta que había que copiar y Alfonso oyó las blasfemias que en el despacho vecino lanzaba Ballina con la voz enronquecida por la ira al ver que la carta era de cuatro cuartillas.

Miceni terminó su trabajo aproximadamente en una hora. Con toda calma volvió a arreglarse e incluso se puso el sombrero con tanto cuidado como si no hubiera de quitárselo nunca más; tomó sus cartas y las comunicaciones, que quería entregar al pasar al señor Sanneo, unió a ellas con satisfacción dos cartas escritas por Alfonso y salió canturreando.

En la tranquilidad absoluta, el trabajo prosiguió con mayor rapidez. No encontrando en él gran interés, Alfonso, para fijar la atención en el trabajo, acostumbraba a recitar en voz alta las cartas cuando estaba solo, y aquélla

 

 

 

 

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se prestaba a la declamación por estar llena de palabras rimbombantes y cifras enormes. Leyendo en voz alta la frase y repitiéndola al transcribirla, escribía con menos esfuerzo, pues le bastaba el recuerdo sonoro para dirigir la pluma.

 

Le sorprendió haber terminado y acudió inmediatamente al despacho de Sanneo temiendo haberse retrasado. Éste se quedó con las comunicaciones y le ordenó dejar las cartas en la mesa del señor Maller.

En invierno, el suelo del despacho del señor Maller estaba cubierto de alfombras grises. También los muebles tenían un color gris oscuro, con los brazos y las patas de madera negra.

Sólo uno de los tres mecheros de gas estaba encendido, a mitad de su potencia. En la oscuridad, la estancia era más severa. Alfonso siempre se encontraba incómodo allí. Dejó las cartas sobre otro montón para firmar que había sobre la mesa y salió cautelosa y silenciosamente, como si el jefe estuviera presente.

Hubiera podido marcharse ya, pero un gran cansancio le hizo detenerse. Se propuso poner orden en su mesa, pero permaneció allí inerte y sentado, soñando. Desde que era empleado, su rico organismo, que ya no tenía el desahogo que suponía el cansancio de brazos y piernas del hombre de campo, y que no lo encontraba suficientemente en el miserable trajín intelectual del empleado, se contentaba fabricando con el cerebro mundos enteros. El centro de sus sueños era él mismo, dueño de sí, rico y feliz. Tenía ambiciones de las que sólo tenía total conciencia cuando soñaba. No le bastaba hacer de sí mismo una persona soberanamente inteligente y rica. Cambiaba a su padre, sin hacerlo resucitar, por otro noble y rico que se había casado con su madre por amor. A ésta la quería tanto que incluso en sueños la dejaba como era. Al padre lo había olvidado casi del todo, y se aprovechaba de ello para obtener a través de él la sangre azul que necesitaba su sueño. Con tal sangre en las venas y con tales riquezas se topaba con Maller, con Sanneo, con Cellani; por supuesto, invirtiendo totalmente los papeles. El tímido ya no era él: ¡lo eran ellos! Pero él los trataba con dulzura, noblemente, no como ellos le trataban.

 

Santo le avisó de que el señor Maller preguntaba por él. Sorprendido y algo alarmado, Alfonso volvió al despacho en que había estado poco antes. Ahora estaba completamente iluminado; la luz hacía brillar la cabeza desnuda del jefe y su barba roja.

Estaba sentado y apoyaba ambas manos sobre la mesa.

 

 

 

 

 

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—Tengo el gusto de ver que todavía está usted aquí, lo cual es prueba de su diligencia, de la que por otra parte nunca he dudado.

 

Alfonso, recordando el rapapolvo de Sanneo recibido poco antes, le miró temiendo que hablara irónicamente; pero la cara rosácea del jefe tenía aspecto de seriedad; los ojos azules miraban la esquina más lejana de la mesa.

—¡Gracias! —murmuró Alfonso.

 

—Le agradeceré que venga a tomar el té a mi casa mañana por la tarde.

—¡Gracias! — repitió Alfonso.

 

De repente, Maller, como si le hubiera costado decidirse, habló con menos indiferencia y mirándole:

—¿Por qué hace que se desespere su madre escribiéndole que está descontento de mí y yo de usted? ¡No se sorprenda! Lo sé por una carta escrita por su madre a la señorita. La buena señora se queja de mí, pero también de usted, y no poco. ¡Lea y convénzase!

Le alargó un papel; Alfonso lo reconoció: venía de la tienda de Creglingi. Echó una ojeada, y eran precisamente los caracteres de su madre. Enrojeció; se avergonzaba de su fea escritura y de su mal estilo. Se sintió ofendido por el hecho de que aquella carta se hubiera hecho pública.

 

—Ahora he cambiado de opinión… —balbuceó—: ¡Estoy contento! Sabe… la distancia… la nostalgia…

—¡Comprendo, comprendo! ¡Todos somos humanos! —y repitió varias veces esta frase. Luego le aseguró a Alfonso de todo corazón que en la oficina se le quería, y que empezando por él y por el señor Cellani, el procurador, hasta el jefe de la correspondencia, el señor Sanneo, todos deseaban que progresara rápidamente. Al despedirse repitió—: Todos somos humanos —y le saludó con un gesto amistoso. Alfonso salió muy confuso.

Tuvo que confesar que el señor Maller tenía aspecto de buena persona; y, fácilmente impresionable, consideró que su posición en el banco había mejorado. ¡Por fin alguien se preocupaba de él!

Se arrepentía, sin embargo, por no haberse comportado con mayor franqueza y sinceridad; ¿por qué había desmentido las verdades confesadas a su madre? Si hubiera correspondido a la bondad del jefe con una franca exposición de sus deseos quizá hubiera logrado la satisfacción de alguno de ellos, y desde luego la ventaja de haber iniciado con su jefe

 

 

 

 

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una relación amistosa, puesto que no es una ofensa pedir protección. Se tranquilizó proponiéndose ser más franco en otra ocasión, que, habiéndose dado ya la primera, no podía tardar en presentarse.

Entretanto, para eliminar las contradicciones existentes entre lo que había dicho al señor Maller y lo que había escrito a su madre, volvió a escribirle informándole de que ya tenía mejores perspectivas en el banco y que, de momento, renunciaba al aire libre, a las encinas y al descanso. Volvería a su tierra rico o no volvería.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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III

 

 

 

La familia Lanucci, con la cual residía como huésped, vivía en un pisito de una casa de la ciudad vieja, por San Giusto. Así que, para ir de casa a la oficina, tenía que andar más de un cuarto de hora.

La señora Lucinda Lanucci había pasado un verano en el pueblo, poco antes de casarse, como ama de llaves de una familia. Conoció entonces a la madre de Alfonso, que le recomendó a su hijo. Quizá la carta de recomendación de la señora Carolina no habría servido para nada si los Lanucci no hubieran estado buscando un inquilino para un cuartito de la casa que la familia no utilizaba. Alfonso llegó, pues, en un buen momento, y fue bien acogido.

En los últimos años, espoleado por la ambición de independizarse, el señor Lanucci había abandonado su empleo, que sin ser espléndido bastaba para alimentar a la pequeña familia, poniéndose a trabajar como agente y representando a todo tipo de casas y artículos. El pobre hombre se pasaba el día enviando ofertas a casas cuyas direcciones tomaba de los periódicos, pero ganaba menos que en sus tiempos de empleado, por lo que el humor de la familia era triste, siendo sus condiciones de vida precarias tras haber sido discretas.

 

Este humor había aumentado la nostalgia de Alfonso, pues es la gente triste quien hace tristes los lugares.

Le trataban afectuosamente, pero el señor Lanucci despertaba en Alfonso una compasión dolorosa, especialmente cuando veía que se esforzaba por ser amable con él, por sonreírle, por mostrarse interesado en sus cosas, cuando comprendía que sólo podía ser considerado como fuente de ingresos.

La señora Lanucci, acostumbrada desde hacía mucho tiempo a consolar a su marido de sus infructuosos esfuerzos, había adoptado con Alfonso el mismo papel y acabó interesándose tanto por los asuntos del

 

 

 

 

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joven que hablaba de ellos como de sus propias cosas. La invitación del señor Maller, de la que Alfonso le había hablado, despertó en ella los mayores halagos: y se expresaba como si aquella invitación asegurase la fortuna del empleado. Estaba tan poco acostumbrada a la buena suerte, que ésta le sorprendía.

 

Lucinda tendría unos cuarenta años, pero aparentaba más debido a su pequeña estatura, a su gordura y a sus cabellos grises. Nunca había sido hermosa. Aportó a su marido una escasa dote, que fue absorbida por una especulación en lotes turcos. Era inteligente, vivaz y habladora, y su rostro pálido de mujer sufrida había conquistado rápidamente la simpatía de Alfonso.

Parecía querer a su marido; decía querer poco a su hijo Gustavo, de dieciocho años, a quien llamaba el buena pieza; su mayor afecto era su hija Lucía, de dieciséis años, que trabajaba de costurera en casas particulares. La madre ganaba más que todos juntos como maestra en una escuela popular, pero sin las entradas de Lucía no les hubiese bastado. La señora Lucinda se sentía desolada viendo a su hija obligada a pasar su juventud sobre una máquina de coser mientras que ella lo había pasado mejor, pues, como hija de familia acomodada, había podido estudiar y divertirse. En su estrechez, no pudo hacer nada por la educación de Lucía, pero, sin darse cuenta de que el resultado correspondía al gasto hecho, no se quejaba. Era inteligente, pero no percibía que su hija era sosa, sin gracia. La veía hermosa, aunque Lucía era delgada y anémica como toda la familia, rubia tirando a pelirroja y, a causa de su delgadez, con una boca que parecía llegarle a las orejas. La madre era, de modo deliberado, rabiosamente demócrata, una mujer del pueblo; además, blasfemaba; la hija había adquirido fácilmente, en las casas burguesas que frecuentaba, las formas externas de una señorita, que desentonaban en aquella casa. Gustavo, grosero y simple, se reía de ella con frecuencia; se ganó la antipatía de la madre más a causa de esto que por su holgazanería.

 

Alfonso encontró su traje negro extendido sobre la cama, cuidadosamente plegado. La señora Lanucci se había preocupado de todo, desde la corbata hasta las botas brillantes, listas a los pies de la cama. También Alfonso se sentía inquieto por la visita que iba a hacer. No compartía las ilusiones de la señora Lanucci; pero, por contagio, estaba más inquieto de lo que el asunto merecía. Se quitó el traje de diario y lo echó sobre la cama como si no tuviera que volver a ponérselo.

 

 

 

 

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Cuando entró en el pequeño comedor pudo hacerse la ilusión de estar muy bien vestido. El señor Lanucci le miró y quiso aparentar admiración por su aspecto. Gustavo, sucio, con la boca llena, se le acercó con una sonrisa verdaderamente benévola. El señorito no le provocaba envidia, pues sus intereses eran muy diferentes: algún dinero en el bolsillo para poder pasar la noche en la taberna y nada más. Gustavo era entonces bedel en un salón de lectura y parecía que iba a sentar la cabeza en el nuevo puesto, en donde, desgraciadamente había poco que ganar, si bien el trabajo era mínimo.

 

Con la camisa limpia, el cuello duro y alto, la abundante cabellera oscura en orden, vestido de negro, Alfonso era un hermoso muchacho. Llevaba en la mano los guantes claros comprados ese día por consejo de Miceni. Un ojo experto hubiera descubierto en aquel traje negro alguna parte raída y brillante, que el corte no era moderno, el cuello demasiado abierto y la tela de mala calidad, tanto que cedía a la rigidez de la camisa. Pero la familia Lanucci no tenía ojos para tales pequeñeces.

La jovencita Lucía había terminado de comer y se había apartado un poco de la mesa, apoyándose en el respaldo de la silla, las manos cruzadas. No hizo ni un gesto que revelara que hubiera percibido el atuendo de Alfonso. Sus relaciones con el joven eran muy buenas, y cuando estaba en casa le servía con mucho gusto. Le gustaba serle útil porque, por cada paso que diera por él, siempre le daba las gracias con la misma vivacidad. Por otra parte, la cortesía de trato que había entre ellos llegó a ser incluso excesiva, pues Lucía había encontrado en él, por fin, a la persona con quien tratar a la manera de los burgueses a quienes copiaba estimulada por su madre. Gustavo decía que se desahogaba con Alfonso.

 

El señor Lanucci debía haber pasado de los cincuenta. Al tener muestras gratis de tintura, que se hacía enviar por aquéllos a quienes se ofrecía como representante, se teñía el cabello de modo que lo tenía negro donde la edad no lo había blanqueado y amarillento donde sin tintura hubiese sido blanco. Tenía una barba larga y espesa, tratada en cuanto al color como la cabellera. Por la noche, para leer, se ponía unas gafas toscas y demasiado grandes para la pequeña distancia que había entre sus ojos, pequeños y grises, casi pegados a la nariz.

 

Se congratuló con Alfonso y le rogó que se sentara junto a él, honor que ya no concedía a Gustavo desde que éste perdiera un empleo discreto

 

 

 

 

 

 

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que le había proporcionado con gran esfuerzo. Era el único castigo que podía infligirle, no teniendo energía ni imaginación para otros.

 

Gustavo, sin hablar —estaba de morros con su padre porque éste lo estaba con él— entregó a Alfonso una carta. Alfonso la abrió sin entusiasmo. Estaba tan nervioso que no tuvo la paciencia necesaria para descifrar la insegura letra de su madre; le echó una ojeada y se la metió en el bolsillo.

—¡Qué rapidez! —dijo la señora Lanucci con un ligero acento de reproche.

—¡Es muy corta! —contestó Alfonso enrojeciendo—; ¡Les manda muchos recuerdos!

El viejo había empezado a hablar de los trabajos del día. Era la historia de cada noche. Para justificarse ante su mujer contaba cuántas vueltas había dado en busca de negocios. A fin de cuentas, aquel día había ganado un paquete grande de agujas que le había enviado una pequeña fábrica a modo de comisión en un negocio. Por la mañana había visitado casas particulares presentándose con la carta de recomendación que le había dado un amigo suyo, procurador de una casa comercial, a quien consideraba influyente en el lugar. Había ofrecido cognac, pero sin éxito. Sobre la mesa estaba, ostentosa, la muestra. Al mediodía, Lanucci había recibido el correo; es decir, el paquete de agujas y la carta de una sociedad de seguros nombrándole representante. Y esa misma tarde había empezado a buscar personas que quisieran hacerse un seguro. Con la lista de sus conocidos, que llevaba siempre consigo, el viejo había recorrido la ciudad. Los amigos le habían explicado por qué no querían asegurarse, demostrándole que ya estaban asegurados y que no podían sostener un gasto can elevado; los demás, o no le habían recibido —a Lanucci le gustaba acudir a las personas que tenían criados en la puerta— o le habían rechazado con pocas palabras, como si fuera un mendigo. Esta última observación no era de Lanucci, hombre tranquilo y perseverante, siempre dispuesto a empezar de nuevo al día siguiente. Pero algo había hecho en el día: escribir a la sociedad de seguros comunicando que no había obtenido nada todavía pero que tenía buenas esperanzas y que, en vista de las dificultades, la comisión era pequeña.

 

—¡Lástima de dinero, el que se gasta en el correo! —murmuró la señora Lanucci guiñando un ojo a Alfonso, con quien ya había hablado de las esperanzas y manías de su marido.

 

 

 

 

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Sin embargo, ella había seguido con atención el relato y los ojos le brillaron de ira al escuchar tantos esfuerzos hechos en vano. El señor Lanucci hablaba con lentitud y sin dejar de comer; dejaba el tenedor después de cada bocado y separaba las sílabas para hacer resaltar su actividad y su astucia. Repetía los argumentos que había empleado para convencer. Con uno había hablado de las ventajas de los seguros en general y de la irresponsabilidad de quien no se asegura; con otro —un amigo o un conocido filántropo— de la necesidad que tenía de ser animado; y ante todos había elogiado la sociedad que representaba. La señora Lanucci le escuchaba apartándose un poco de la mesa y mordisqueando afanosamente pedacitos de pan.

 

En aquella familia, cualquier palabra podía provocar una discusión. —¿Lástima de dinero? ¿Y por qué? ¡Menuda manera de entender las

cosas! ¡Como si fuera imposible que yo hiciera un buen negocio!

 

La ira que había acumulado a lo largo del día se desató. Permanecía inmóvil en su sitio sin gesticular, pero le temblaban los labios. Gustavo se reía inclinado sobre su plato.

Alfonso le tranquilizó; él, que también se veía de cuando en cuando en dificultades económicas, comprendía los sufrimientos del viejo. Le dijo que la señora no había querido ofenderle, sino bromear, y que sin duda era la que más deseaba verle prosperar en sus negocios.

 

Las palabras de Alfonso llevaron a Lanucci a un orden de ideas muy diferentes; recordó que quien le consolaba podía convertirse en cliente suyo y le preguntó si no tenía intención de asegurarse ¿contra los accidentes, quizá?

La señora Lanucci protestó:

 

—¡Eh! ¿Quieres dejar de molestarle con tus negocios?

 

Lanucci se quedó de una pieza; también Alfonso, afectado por el malestar de Lanucci, al que suponía arrepentido de la poca delicadeza demostrada, estaba incómodo.

—Déjele hablar —le dijo a la señora—, ¡es interesante y no se pierde nada!

Había encontrado la manera de reducir el problema a una cuestión puramente académica.

—¡Pues sí! —insistió Lanucci— ¡Desde luego, yo no le obligo a hacerse un seguro, ni a hacérselo conmigo! Que se lo haga donde quiera. Pero, pudiendo hacérselo, no está bien que no tenga un seguro. Le puede

 

 

 

 

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caer una teja en la cabeza, y, si no está asegurado, tiene que quedarse en cama sin ganar nada, mientras que si se asegura hace un buen negocio.

 

Alfonso, para salir de apuros, le explicó con toda sinceridad su situación económica. La señora Lanucci protestaba, mientras que el viejo, calmosamente, buscaba objeciones que oponerle, aunque opinara también que no tenía por qué justificar su rechazo.

La     familia           Lanucci         salía    todas   las       noches,          después          de         cenar

 

—decían—, a tomar el aire. Pero no era ésta la única razón del paseo. La madre había adoptado esta costumbre en favor de Lucía, pues la había obligado a renunciar a la hora de paseo en el Corso, en compañía de las demás modistillas. Gustavo, aunque después no volvía a casa, también iba; Alfonso, aunque se aburría, también salía a veces; pero fingía diversión de modo tan convincente que acababa por convencerse a sí mismo.

 

La señora Lanucci se levantó de la mesa y, poniéndose una capa deslucida y pesada, esperó de pie a que Lucía terminara su atuendo, mucho más complicado. El viejo, con su gabán demasiado pequeño, que se había puesto con ayuda de su mujer, seguía hablando con la esperanza de acabar el día haciendo un negocio; pero Alfonso, que había estado a punto de ceder, recordó de pronto las dolorosas dificultades de su situación económica y, con voz algo alterada, expuso en cifras sus entradas y sus desembolsos, concluyendo que no podía ni soñar en aumentar sus gastos. Por temor a verse envuelto en nuevas complicaciones económicas, habló de modo incisivo; desconfiando de su propia firmeza, no quería oír más razonamientos. Le pareció que el señor y la señora Lanucci le saludaban más fríamente que de costumbre, aunque la señora no dejó de desearle buena suerte. Lucía le saludó con una inclinación y, deseándole que se divirtiera, le tendió con gesto estudiando su mano afilada.

 

Una vez solo, y para hacer tiempo antes de ir a casa de los Maller, que quizá no hubieran terminado todavía de cenar, Alfonso releyó la carta de su madre.

En la carta, la vieja Nitti hablaba de las esperanzas que había puesto en Alfonso; le contaba que había escrito a la señorita Francesca Barrini, ama de llaves de los Maller, para recomendarle. Había esparcido por toda la carta saludos de algunos amigos del pueblo cuyo nombre y apellido indicaba, pacientemente; y, en cada caso, añadía «te manda muchos saludos»; y acababa con dos líneas de besos y abrazos, y la firma: «tu madre Carolina».

 

 

 

 

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Pero abajo, precedida por una P. S. estaba la frase: «Desde hace dos días no estoy muy bien; pero hoy me encuentro mejor».

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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IV

 

 

 

Alfonso creía tener espíritu; y, en efecto, lo tenía en sus soliloquios. Nunca había podido mostrarlo ante personas con quienes considerara que valiera la pena; y, mientras iba a casa de los Maller, pensaba que quizá fuera a realizarse uno de sus sueños. Había pensado mucho en el modo de comportarse en sociedad y había preparado algunas máximas seguras, suficientes para sustituir cualquier falta de experiencia. Era menester hablar poco, concisamente, y, a ser posible, bien; había que dejar hablar a menudo a los demás y no interrumpir nunca; por último, era preciso ser desenvuelto sin que se notara el esfuerzo. Quería demostrar que se podía haber nacido y vivido en un pueblo y por sentido común natural no necesitar experiencia para comportarse como la gente de ciudad y de espíritu.

 

La casa del señor Maller estaba situada en la Via dei Forni, una calle de la ciudad nueva formada por casas sin elegancia exterior, grises, de cinco pisos y con amplios almacenes en la planta baja. No estaba muy iluminada, y por la noche, desaparecido el movimiento de los carros que transportaban mercancías, era poco frecuentada.

Había llovido durante el día, y Alfonso, para no enlodarse, caminaba rozando los muros de las casas. Al encontrar la casa, se quedó, algo sorprendido, en el vestíbulo. Estaba tan iluminado que parecía de día. Ancho, dividido en dos partes por una escalinata, parecía un anfiteatro en miniatura. Estaba completamente desierto, y al subir la escalera, oyendo el sonido y el eco de sus propios pasos, Alfonso creyó ser el héroe de un cuento de hadas.

La primera persona que vio en las escaleras fue un viejo rollizo, con barba blanca y bien cuidada, que bajaba canturreando.

—¿A quién busca? —preguntó; y el tono de su voz bastó para hacer entender a Alfonso que, a pesar de su traje negro, en aquella casa se le

 

 

 

 

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calificaba a primera vista como hombre pobre.

 

—¿Vive aquí el señor Maller? —preguntó tímidamente.

 

El rostro del viejo se puso todavía más serio; era imposible que una persona decente no supiera dónde vivía el señor Maller; empezaba a husmear al mendigo.

Estaban parados en el último rellano anterior al primer piso: desde el rellano, Santo asomó su cabeza híspida como un cardo:

—Es un empleado —gritó—. Venga, venga, señor Nitti.

 

—¡Oh! ¡Santo! —exclamó Alfonso, contento de ver una cara conocida; y subió rápidamente.

El portero se alisó la barba:

 

—¡Ah! —y, sin saludar, siguió bajando, poniéndose de nuevo a canturrear a los pocos pasos.

Santo, apoyado negligentemente en la balaustrada, esperó a Alfonso sin cambiar de postura, y cuando lo tuvo cerca, le dijo:

—Yo le haré pasar —todavía inmóvil; luego, reflexionando—: ¿Ha

 

sido invitado por el señor Maller? —Pregunta que hizo creer a Alfonso que había una habitación destinada a recibir a los empleados invitados por el señor Maller.

De repente, Santo echó a andar rápidamente hacia una puerta situada a la derecha.

—Perdone un instante —gritó; y, dejándole en el umbral, entró en el pasillo con paso presuroso, abrió la primera puerta y la cerró de golpe tras de sí. Alfonso se vio sólo en la penumbra del pasillo, de colores apagados y con dos puertas a cada lado y una al fondo, todas pequeñas y pintadas de color negro brillante. Oyó, a la derecha, la irrupción de la voz de Santo, a la cual contestaban la voz y carcajadas de una mujer; no llegó a entender las palabras, que resonaban confusas y huecas.

Santo salió desternillándose de risa; tenía la boca llena. A través de la puerta entreabierta Alfonso vio una cocina llena de cacharros de cobre brillante, un fogón y, junto a él, iluminada por la luz rojiza del hornillo, una mujer gruesa y rubia que amenazaba a Santo con una cuchara. Santo siguió riéndose bajo sus bigotes por unos momentos y se encaminó a la puerta del fondo.

Llegaron a una habitación cuadrada con muebles tan diminutos que parecían hechos para seres que nunca hubieran existido. Pequeña, suave, parecía un nido. Estaba tapizada con una tela azul que a Alfonso le pareció

 

 

 

 

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raso, y las alfombras eran tan gruesas y mullidas que apetecía tumbarse en ellas.

 

—Es el cuartito de recibir de la señorita Annetta —dijo Santo—; pero no se entra por aquí. Ésta es la entrada de la servidumbre. Le he traído por aquí para poder enseñarle algunas habitaciones: es la parte más hermosa de la casa.

Le miró con una sonrisa protectora esperando su agradecimiento

 

En la mesita había estatuillas chinas. El gusto de la señorita Annetta parecía oriental. En los tapices, al resplandor de la bujía encendida por Santo, Alfonso vio, pintados sobre el fondo azul, dos chinos; uno sentado sobre una cuerda atada a dos vigas, suave y colgante como si los chinos no pesaran, y el otro trepando por una cuesta invisible.

 

—Aquí duerme la señorita —dijo Santo al llegar a otra habitación; y mantuvo en alto la bujía para difundir la luz.

Alfonso, inquieto, preguntó:

 

—¿Está permitido venir a esta habitación así, sin más?

 

—¡No! —contestó Santo con soberbia—. Sólo yo puedo hacerlo.

 

Su rostro resplandecía de orgullo ante aquellas cosas hermosas. Le hizo admirar la tapicería aterciopelada; se dirigió incluso hacia la cama e iba a abrir los lienzos ligeros y rosados del baldaquino, pero Alfonso se lo impidió.

—¡Oh! —dijo Santo con un gesto que quería expresar desprecio hacia la voluntad de sus amos, si bien era desmentido por sus propias palabras—. Giovanna me ha dicho que están todos en el cuarto de estar.

No obstante, agitado por el miedo de Alfonso, se dirigió hacia la puerta. A pesar de su turbación, Alfonso quedó impresionado por la cama, y no dejó de mirarla hasta que salió. Así, cerrada, era verdaderamente virginal. Junto a ella había un reclinatorio de madera oscura.

Le sorprendió encontrar en la habitación contigua la biblioteca. Grandes armarios de libros, cubrían casi totalmente las paredes. Los muebles eran sencillos: una mesa grande cubierta por un paño verde en el centro y, a su alrededor, varias sillas cómodas y dos otomanas.

De repente, entró el señor Maller.

 

No habían oído el ruido de sus pasos. Preguntó bruscamente a Santo qué hacía allí.

—He querido enseñar al señor Nitti la biblioteca —contestó Santo balbuceando.

 

 

 

 

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Había perdido su desenvoltura; estaba rígido, en posición de firmes, manteniendo la bujía muy baja. Mintiendo descaradamente, añadió:

 

—Entramos por allá —e indicó la puerta del centro.

 

Alfonso se adelantó.

 

—Venía a molestarle… —y se interrumpió, creyendo haber expresado ya todo lo que tenía que decir.

—¡El señor Nitti! — y el señor Maller, con gesto señorial y cortés, le

 

tendió la mano—. ¡Bienvenido! —Hablaba afablemente pero con escasa vivacidad—. Siento no poder quedarme con usted como hubiera deseado; tengo que hacer algunas cosas y luego debo irme. Encontrará a mi hija y a la señorita, que usted ya conoce, al otro lado, en el cuarto de estar.

Y dirigiéndose ya hacia la mesa, le estrechó la mano. Santo, rígido en la puerta del centro, preguntó: —¿Tengo que dejar aquí la bujía? —No. Enciende el gas.

Se había echado en la otomana más próxima con un periódico. Alfonso se encontró en el pasillo por el que había entrado; ayudado por

Santo, se quitó el abrigo. Mientras le pasaba al cuarto de estar, dijo:

 

—Qué lástima haber encontrado al señor Maller; valía la pena ver su

 

habitación. Otra vez será —y le hizo un guiño protector.

 

El cuarto de estar estaba iluminado por una lámpara de gas de tres mecheros. No había nadie. Santo entró con paso cauteloso, miró a su alrededor cómicamente sorprendido, corrió a la mesa, levantó una punta del tapete que la cubría, miró debajo y dijo:

—No hay nadie.

 

Al ver que Alfonso, molesto por el recibimiento, no le reía la broma, se dispuso a salir:

—Las señoritas deben de haber subido al segundo piso; iré a avisarlas.

 

Siéntese mientras tanto.

 

Alfonso se quedó de pie calibrando el valor de la invitación de Santo. Se sentía tímido ante la riqueza que le rodeaba y ya ni pensaba en intentar comportarse como una persona de espíritu. Deseaba estar fuera de allí y no le gustaban los sentimientos que experimentaba. En aquella casa había que comportarse modestamente, como un subalterno. Un ojo más experto habría percibido en aquella decoración algo excesivo, pero era la primera vez que Alfonso veía tales riquezas y estaba deslumbrado

 

 

 

 

 

 

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El cuarto de estar tenía más aspecto de estar habitado que las habitaciones de Annetta. El piano estaba abierto y había partituras en el atril y sobre una silla que había junto al instrumento. Los muebles no eran todos del mismo tipo; había unas sillas de paja y otras tapizadas. Incluso se notaba cierto olor a comida.

 

Había gran número de fotografías dispuestas en forma de abanico abierto en la pared, encima del piano; los cuadros, cuatro o cinco, estaban colgados muy arriba para dejar sitio a los respaldos altos de los muebles.

Alfonso no entendía nada de pintura, pero había leído algunos volúmenes de crítica artística y, en teoría, sabía lo que significaba escuela moderna. Se quedó impresionado ante un cuadro que no representaba más que una calle larga que atravesaba un terreno pedregoso. No había ninguna figura; piedras, piedras y piedras. El color era frío y la calle parecía perderse en el horizonte Una ausencia de vida desoladora.

Perdido en la contemplación, más maravillado que admirado, no oyó que se había abierto la puerta; luego, embarazado, titubeó un poco antes de volverse al darse cuenta de que había entrado alguien.

—¡Señor Nitti! —dijo una voz suave y dulcemente.

 

Rojo como si hubiera estado boca abajo, Alfonso se dio la vuelta. Era la Señorita, como la llamaban; la amiga de su madre, no la señorita Maller, que debía ser más joven. La señorita Francesca tendría alrededor de treinta años, aunque Alfonso no hubiera sabido decir por qué le parecía que debía echarle tantos. Tenía un cutis pálido, y aunque no de persona sana, sí de persona joven; los ojos claros, azules; el color rubio dorado de su cabello daba una gran dulzura a aquélla fisonomía un tanto irregular. Su estatura era pequeña, incluso demasiado, si bien su figurita, al ser perfectamente proporcionada, daba la impresión de que no le faltaba ni sobraba nada.

 

Le tendió una mano blanca y regordeta:

 

—¿El hijo de la señora Carolina? O sea, un buen amigo, ¿no es cierto? Alfonso se inclinó.

—¿Y en el pueblo todos bien?

 

Preguntó por unas diez personas, buenos amigos suyos, de los que desde hacía años no oía hablar; los nombraba citando a alguno por el apodo, caracterizando a todos con la descripción de una cualidad particular. Luego preguntó por los lugares; los nombraba con palabras añorantes, recordando los buenos ratos que había pasado en ellos. Preguntó por una colina situada en un extremo del pueblo y esperó

 

 

 

 

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ansiosamente la contestación, como si temiera oír que se hubiera derrumbado.

 

A Alfonso enseguida le pareció adorable la señorita Francesca. Nadie hasta entonces le había reavivado con tal intensidad el recuerdo de su tierra; los recuerdos lejanos y poco vivaces de la señora Lanucci no reavivaban nada. Vivía solo, soñando dolorosamente con su pueblo; y, a fuerza de pensar en él, lo transformaba. La señorita, al hablar, rectificaba su recuerdo y le parecía que le daba una nueva impresión de él. También a ella le conmovían aquellos recuerdos.

 

Alfonso supo más adelante que aquél había sido el año más feliz de su vida. Estaba enferma y, siguiendo los consejos médicos, la humilde familia a que pertenecía la había mandado al campo con grandes esfuerzos. Allí gozó durante un año de absoluta libertad.

Tomó su sombrero y le hizo sentarse.

 

—La señorita Annetta vendrá enseguida. ¿Hace mucho tiempo que espera?

—¡Hace media hora!— dijo Alfonso con sinceridad.

 

—¿Quién le ha hecho pasar?— dijo la señorita frunciendo el ceño.

 

—El señor Santo.

 

Llamaba señor a Santo por respeto a la persona con quien hablaba. Entró la señorita Annetta y Alfonso, turbado, se puso en pie; la larga

 

espera le había alterado mucho.

 

Era una hermosa muchacha, aunque, como dijo a Miceni, su rostro ancho y sonrosado no le gustó. De estatura alta y con un vestido claro que daba mayor realce a sus formas pronunciadas, no podía gustar a un sentimental. Ante tal perfección de formas, Alfonso pensó que los ojos no eran lo bastante negros y que el cabello no era rizado. No podía decir por qué, pero hubiera querido que lo fuera.

Francesca presentó a Alfonso. Annetta se inclinó ligeramente mientras se sentaba. Evidentemente, no tenía intención ni de dirigirle la palabra. Se puso a leer un periódico que había traído consigo. A Alfonso le pareció que no leía y que sus ojos estaban fijos en un mismo punto de la hoja. Le halagó que estuviera tan incómoda como él y que intentara superarlo aparentando leer. Pero su rostro estaba tranquilo y sonriente.

Menos desenvuelta, Francesca quiso reanudar la conversación interrumpida.

—¿Aún viven en aquella casa tan alejada del pueblo?

 

 

 

 

 

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Alfonso apenas tuvo tiempo de contestar afirmativamente. Dejando escapar una risita de complacencia, hasta entonces contenida con esfuerzo, Annetta dijo a Francesca:

 

—Estaba con papá. Nos vamos pasado mañana; me lo ha prometido y está de acuerdo.

Francesca pareció gratamente sorprendida. La voz de Annetta sorprendió a Alfonso, que la había esperado menos dulce al ser ella de complexión fuerte.

Las dos mujeres hablaron en voz baja. Alfonso comprendió que Annetta debía haber arrancado, con alguna astucia, algún permiso al señor Maller. Totalmente ignorado, se sintió incómodo. Miró un cuadro situado a su derecha; era el retrato de un viejo con rasgos toscos, ojos pequeños y cabeza calva.

Francesca pareció adivinar su malestar e intentó reparar la descortesía de Annetta, que había sido la primera en hablar a media voz. Le contó que habían proyectado un viaje a París y que, después de haberse negado durante mucho tiempo, el señor Maller consentía al fin en acompañarlas abandonando durante ocho o diez días sus ocupaciones, en plena temporada de trabajo. Se volvió de nuevo a Annetta.

—¿Ha dicho expresamente si yo os acompañaré?

 

También ella parecía haber deseado mucho poder hacer aquel viaje. —Pues claro —contestó Annetta con una sonrisa que Alfonso se sintió

obligado a considerar amable.

 

Durante un intervalo que a él le pareció por lo menos de una hora, asistió pasivamente a la charla de las dos mujeres fingiendo unas veces que prestaba atención y volviendo otras discretamente los ojos a otra parte cuando Annetta bajaba la voz y hablaba a Francesca al oído. Se sintió aliviado cuando entró Santo anunciando al abogado Macario.

 

—¡Que entre, que entre! —gritó Annetta con alegría—. Nos hará reír. El abogado Macario, hombre bien parecido, de unos cuarenta años,

vestido con gran esmero, alto y fuerte y con una fisonomía morena llena de vida, saludó a Annetta imitando a Ferravilla:

—Hoy estás más guapa que de costumbre… ¡ay! —Dio la mano a Francesca, que le presentó a Alfonso; luego, en vez de decir la palabra «abogado»—: Los bigotes más hermosos de la ciudad.

—Si supiera el esfuerzo que me cuesta conservarlos así… Y se lo digo porque si no la señorita intentaría contarle hasta esto.

 

 

 

 

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Alfonso trató de sonreír; se sentía peor que antes. La desenvoltura de Macario en vez de quitarle el malestar se lo aumentaba.

 

Annetta había dejado el periódico y se apoyaba indolentemente con ambos brazos sobre la mesa:

—¡Hay una novedad, querido primo! ¡Te sorprenderá!

 

Parecía que quisiera tomarle el pelo

 

Macario fingió disgusto:

 

—Ya lo sé. Nunca lo hubiera creído. ¡El tío deja la ciudad en plena temporada de negocios! ¿Tan sólidas son estas paredes que no se caen de la sorpresa? Lo he encontrado en la escalera y me ha contado la novedad, ¡pero con una expresión muy diferente de la tuya!

 

Hacía gestos al hablar y titubeaba poniendo las manos a la altura de las orejas, aludiendo con sus dedos rígidos a sobrentendidos que Alfonso no captaba.

—Comprendo que no esté contento —dijo Annetta—. Pero cuando algo se me mete aquí —y se tocó la frente con el índice— lo consigo.

 

Macario afirmó que, en invierno, París era más aburrido que en verano. Parecía que intentara tomarse una pequeña venganza por alguna derrota; evidentemente, había tratado de impedir aquel viaje.

—En invierno tienen algo en la cabeza que los hace intratables. Cada año París tiene un tema que preocupa a todos; pero absolutamente a todos. Unas veces es la caída de un ministerio; otras, el discurso de un diputado;

 

otras, un homicidio. ¡Qué aburridos! —concluyó.

 

Annetta, que reconoció en esta descripción el París de las novelas, exclamó:

—¡Qué simpáticos!

 

En un viaje precedente había buscado en vano aquel París.

 

—Es cuestión de gustos. Vas a ver a un amigo y no te habla más que del tiro que le pegaron a Gambetta; hablas con un cliente de negocios y está preocupado por los tiros y por Gambetta; vas al zapatero y también él no habla más que de Gambetta.

Alfonso rió la broma porque no sabía cómo introducir una palabra en la conversación y se sentía obligado a dar pruebas de que participaba en ella.

—En el invierno el teatro está bien en París; una buena première merece el viaje.

 

 

 

 

 

 

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Ya no parecía querer disminuir el triunfo de Annetta y hablaba más en serio, dirigiéndose a Alfonso tal vez para agradecer su carcajada.

 

—Asistiremos a la première de Odette —dijo con alegría Francesca. Al día siguiente pondrían un telegrama para reservar los billetes. Macario se dirigió a Alfonso preguntándole si era empleado de su tío y

desde hacía cuánto tiempo. Cuando hubo contestado, le contó que su tío le había dicho en la escalera que encontraría con Annetta a un empleado suyo, encargado de la correspondencia en varias lenguas. Alfonso contestó con monosílabos. Al comunicarle los elogios de Maller se sorprendió atribuyéndolos a un malentendido. Y, sin embargo, Maller sólo podía haber hablado de él. Macario sabía que venía de un pueblo y le preguntó si sentía nostalgia.

—Bastante —contestó Alfonso.

 

Quiso completar la sequedad de su respuesta con la expresión del rostro y lo logró.

—¡Ya verá cómo se le pasa! —le dijo Macario—. En esta vida uno se acostumbra a todo; además, vivir en la ciudad viniendo de un pueblo no es difícil.

Annetta se divertía poco con aquella conversación y la interrumpió sin contemplaciones. Al oír su voz, Alfonso levantó la cabeza creyendo que también ella quería hacerle alguna pregunta; inmediatamente después, desilusionado, intentó enmascarar el motivo de su movimiento fingiendo una atención intensa.

—¡He aprendido canciones parisienses de moda para ir como Gavroche por las calles, con Federico!

Federico era el hermano de Annetta. Miceni, que lo conocía, se lo había descrito a Alfonso como persona muy altanera. Hacía la carrera diplomática y era vicecónsul en un puerto francés.

—¿Podría oír alguna de esas canciones? —preguntó Macario.

 

—¿Por qué no? —y se levantó. ¿Quieres acompañarme? ¡Vamos, anda! Macario, esta noche es tan aburrida que me parece el mejor modo de pasar el tiempo.

—Eso lo tendremos que juzgar nosotros —contestó de modo impertinente Macario—. ¿No le parece?

Alfonso sonrió con esfuerzo. La continua tensión en que estaba para parecer desenvuelto le cansaba. De haber sabido cómo hacerlo se hubiera marchado enseguida.

 

 

 

 

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Francesca, sentada al piano, había puesto sobre sus rodillas un montón de partituras y le iba diciendo títulos a Annetta. Annetta decía que no con un gesto de la cabeza. Tenía una mano sobre la mejilla en actitud reflexiva. Al fin, con un estallido de risa, gritó:

 

—¡Ése! ¡Ése!

 

Tras algunos acordes de introducción, la señorita emprendió un acompañamiento rudimentario pero vivaz.

Con su voz dulce y llena, Annetta empezó a cantar; y, con gran sorpresa de Alfonso, empezó a dar saltitos siguiendo el ritmo y fingiendo que corría. Francesca se desternillaba de risa, Macario reía y hasta Annetta echó a reír, en perjuicio de la canción, interrumpida aquí y allá. Pronto recobró la seriedad, y también Macario se puso serio; en cuanto a Alfonso, se había reído por seguir la corriente.

Al cantar, Annetta fingía estar cansada, cruzaba los brazos sobre el pecho para correr mejor, evitaba un obstáculo que sugería hábilmente, se disculpaba ante una persona con quien chocara al correr.

 

Alfonso sabía francés, pero como no tenía habituado el oído apenas entendía. Macario, mirando fijamente a Annetta y hablando con frases sueltas para no interrumpir la canción, le dijo:

—Es una canción cantada por un hombre… Un hombre que corre tras de un omnibus. —Se interrumpió y murmuró con admiración—: ¡Divinamente representada!

Annetta se había ido cansando; seguía corriendo, pero saltaba menos.

 

Tenía una mano sobre el pecho y la voz se le rompía por el ajetreo.

 

—No puedo más —dijo, y se detuvo.

 

Francesca, riéndose, empalmó canto y acompañamiento; pero poco después, Annetta, sin moverse, empezó de nuevo a cantar. Su voz sonaba fresca y dulce. Cantaba con menos vivacidad y se detenía en alguna nota prolongándola con tanto sentimiento que a Alfonso, que no había entendido el texto, la canción acabó por parecerle triste.

 

Aquellas notas dulces le revelaron la razón de su malestar. El deseo que le provocaron de oír una palabra amable de aquella magnífica criatura con tan hermosa voz le hizo darse cuenta de que aún no le había dirigido ninguna. Había sido acogido bruscamente, y, cuando empezó a hablar, fue interrumpido sin ningún miramiento; no le había dirigido la palabra. ¿Por qué? Ella no le había visto nunca anteriormente. Debía ser, simplemente, el desprecio hacia el inferior, hacia la persona mal vestida, pues ya sabía lo

 

 

 

 

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mal vestido que iba; la comparación con Macario le había hecho darse perfecta cuenta.

 

Cuando Annetta terminó, Macario aplaudió con entusiasmo; Alfonso se unió al aplauso, exagerando; poco después se dio cuenta de que se sobrepasaba, y de que la razón de ello era que no quería dejar traslucir que se sentía ofendido. Verse obligado a disimular le hacía sufrir, y comprendió que había perdido definitivamente la poca desenvoltura que tenía. En pleno entusiasmo, Macario mantuvo entre sus manos la de Annetta durante un buen rato.

—¡La señorita habla magníficamente francés! —dijo casi en tono de pregunta Alfonso.

Nadie se preocupó por responderle y se calló, reconociéndose tonto y pesado.

Ayudada por la camarera, Annetta sirvió el té. Insistió ante Macario para que tomara cualquier otra cosa. Dijo a la camarera que alargara una taza a Alfonso, cuyos ojos brillaron por la ira. Comenzaba a sentir el deber de reaccionar; lo que más le preocupaba era el temor de que Macario le despreciara viéndole sufrir tan humildemente semejantes impertinencias. Hubiera dado su sangre por hallar una palabra mordaz.

 

—Nunca tomo té —dijo con acento cortés, casi disculpándose e irritado por no encontrar otra frase y por no poder darle otra entonación.

 

—¿Quiere cognac? —preguntó Annetta sin mirarle.

 

—No —y no quiso decir más; pero, con una involuntaria inclinación, puso cortesía en el monosílabo.

Macario le dirigió varias veces la palabra y Alfonso pensó que se había sentido incómodo por el extraño comportamiento de Annetta y que quería compensarle con sus atenciones. Alfonso contestó con mayor tranquilidad, pero también con monosílabos.

—¿Toca algún instrumento?

 

—No.

 

Macario lo celebró; nada más terrible que un rascatripas aficionado. —Cantar, como mi prima, no está mal. No entiende todo lo que canta,

pero tiene una voz agradable y gusta. Incluso a mí; mi entusiasmo de hace un rato era sincero.

Annetta dio las gracias con ironía; se notaba que el reproche le había ofendido más de lo que hubiera querido demostrar. Incluso Alfonso se dio

 

 

 

 

 

 

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cuenta, sintiendo una profunda satisfacción por ello: también ella buscaba, sin encontrarla, una respuesta hiriente o defensiva.

 

Durante un rato, Annetta bromeó, pero como Macario seguía haciéndole cumplidos acerca de su belleza y de su gracia sin rectificar lo que había dicho, acabó por demostrar su rabia más abiertamente. Con el rostro serio y hasta algo más pálido, exclamó:

—Dime algo más preciso; ¿en qué me he equivocado? Para criticar— y quería ser mordaz—, no basta con burlarse.

Macario se echó a reír tan alegremente que Alfonso le envidió. —¿Tanto te importa tu fama de artista? Perdóname la observación. ¡La

retiro!

 

Alfonso se levantó el primero. Francesca se puso también en pie y le pidió que saludara de su parte a la señora Carolina. Annetta permaneció sentada, discutiendo con su primo. Éste, no obstante, se levantó decidido a marcharse y le dijo a Alfonso:

—Si me espera voy con usted.

 

Halagado, Alfonso esperó.

 

Macario, siempre alegre, dijo a Annetta al darle la mano:

 

—¡Otra vez, mi querida prima, no lo dudes, precisaré mis críticas!

 

En tono de broma, pero con soberbia, Annetta respondió:

 

—No me importa; si tengo que corregirme, encontraré el modo de hacerlo sola.

Tendió la mano también a Alfonso; las dos manos se tocaron, inertes, y volvieron a caer. Viéndola palidecer, Alfonso se asustó, pero luego se sintió satisfecho por haber hallado el modo de demostrar su indiferencia.

En el camino los dos hombres se detuvieron.

 

—¿Va usted por allí? —preguntó Macario señalando hacia el mar.

 

—No —respondió Alfonso—; la verdad es que voy hacia el Corso.

 

—Hágame el favor de acompañarme un trecho.

 

Se abotonaba lentamente el gabán de piel mientras Alfonso, con un escalofrío, metía las manos en los bolsillos de su abriguillo. Sin esperar la respuesta a su invitación, Macario se dirigió lentamente hacia la orilla.

 

—¿Es la primera vez que ve usted a mi prima? —Tras oír la respuesta afirmativa de Alfonso, añadió—: y la última, ¿eh? —y soltó una risita que en la oscuridad suplía perfectamente su gesto habitual.

Alfonso creyó dar prueba de sus arrestos contestando con franqueza:

 

—¡Sí! ¡Eso espero!

 

 

 

 

 

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—No vale la pena molestarse por caprichos de mujeres; mi prima es tonta.

 

—No me lo parece —contestó Alfonso con voz conmovida.

 

Estaba claro que a Macario le interesaba atenuar la mala impresión que el comportamiento de Annetta había producido en Alfonso.

 

—¿Sabe por qué ha sido tratado con tanta frialdad? Un empleado de mi tío, en cuanto le fue presentado, se puso a hacer la corte a Annetta. Parece que hasta se vanaglorió de ser correspondido, y cuando mi tío lo supo se divirtió burlándose de su hija. Aquel empleado no era tonto; un morenito de pelo corto y crespo. Annetta no quiso volver a saber nada de empleados: siempre se rige por máximas generales.

Había llegado a la orilla. Desde el mar agitado llegaba el ruido de las olas que rompían en el dique. En la oscuridad de la noche sin luna, más allá de los barcos alineados en la orilla, el mar parecía un vacío enorme, negro. Sólo el rayo móvil del faro se reflejaba en el agua descubriendo su superficie.

Macario arrastró consigo a Alfonso hacia la derecha, en dirección a la estación.

—Hubiera preferido no ser invitado. Por otra parte, quede claro que no me quejaré ante nadie.

Tenía la sospecha de que Macario buscaba esta promesa.

 

Macario se echó a reír:

 

—Oh; por mí, puede contárselo a todos. ¿De veras cree que quiero tanto a mis parientes? ¿No ha visto con qué gusto hice que se enfadara la primita? ¡Qué vanidosilla!

Luego, evidentemente, dejó de pensar en el comportamiento de Annetta con Alfonso. Hablaba por cuenta propia y bastante alterado.

—¿Cómo podía alabarla después de haberle oído entonar las notas de aquella canción de Gavroche como si fuera una romanza de Tosti? Dentro de algún tiempo podré mentir, pues ya no recordaré esas notas, sino su magnífica figura alterada por el cansancio. ¿No cree que habitualmente la cara de mi prima no tiene vivacidad? ¡Eso es! Del mismo modo que Napoleón sólo estaba en plena posesión de sus facultades mentales en el campo de batalla, ¡mi prima no es perfectamente hermosa más que cuando está alterada! Pero es difícil alterarla.

A la luz de un farol, Alfonso vio que faltaba el gesto acostumbrado.

 

 

 

 

 

 

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Con su sencillez campesina le preguntó si de verdad no quería a su prima.

 

—En cuanto a quererla… —se detuvo queriendo demostrar que estaba arrepentido de la broma y con voz profunda y seria continuó—: Amo a las muchachas que son de otra manera. Mi prima no es una muchacha; es una mujer, y más que eso… —y rió brevemente—; una mujer buena, hermosa, demasiado culta, tanto que a veces parece mal educada. Sabe de matemáticas, sabe de filosofía, lee con gusto libros serios; y no es para asombrarse demasiado, pero los entiende; ¡palabra de honor, los entiende! Con su característica exactitud escrupulosa, podría repetir su contenido. Pero nunca será artista… quizá en algún momento de ebullición de la sangre… —e hizo con las manos gestos que insinuaban una revolución—. Es hija de su padre, no de su madre, que era una ignorante con poca cabeza pero graciosa, simpática aunque dijera tonterías. Annetta tiene una memoria de hierro, notables cualidades para las matemáticas y un espíritu hábil para las cosas concretas, sólidas; como su padre. No entienden el carácter de las personas ni oyen música, no distinguen un cuadro original de una mala copia. Annetta se dedica ahora a las cosas chinas; fue la primera que las introdujo en la ciudad, pero sabe de ellas lo que le han dicho sus autores y no entiende nada en absoluto porque no las siente. El único cuadro bueno que tiene en su casa lo he comprado yo, representa una calle pedregosa…

 

—Lo he visto, ¡es magnífico! —exclamó Alfonso; y para darse aires de importancia preguntó—: ¿De quién es?

—No recuerdo el nombre del autor, recuerdo el cuadro —contestó Macario—; yo soy hijo de mi tía.

Alfonso rió, pero Macario no se reía. Aunque sus observaciones parecían bromas, fueron dichas con una expresión de profundo rencor; Alfonso no podía aceptar como algo natural que le hablara así a él, un extraño. Se preguntaba si Macario estaría embriagado, a pesar de haberse comportado tan hábilmente en casa de los Maller.

Aún hubo más:

 

—Claro, un hombre con dos dedos de frente no se casaría con Annetta ¿conoce los cuentos de Franco Sacchetti? Vale la pena leerlos; si no todos, por lo menos uno, inolvidable: un fraile es hospedado en una casa y ve que su anfitrión, demasiado débil, es maltratado por su mujer. El fraile, irritado, hace voto de casarse con aquella mujer si se lo permiten las

 

 

 

 

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circunstancias a fin de castigarla. En efecto, llega la desgracia: el marido muere y mueren también los frailes de su convento, que es cerrado. El fraile cumple su voto, se casa con la mujer, como era su propósito, y le da de palos, como Dios manda. Con Annetta dan ganas de hacer votos semejantes sólo para poder aniquilar esa soberbia molesta, ofensiva. Pero sería un error, pues al querer cumplirlos resultaría uno apaleado.

 

A lo mejor Macario se había propuesto decir verdades en tono de bromas y sin proponérselo había abandonado dicho tono, pensó Alfonso al ver que Macario, quizá arrepentido, empezaba a explicar las razones de su locuacidad.

—No crea que acostumbro a hacer confidencias al primer llegado.

 

Usted me es simpático, me crea o no me crea, así es.

 

Alfonso, confuso, murmuró una frase de agradecimiento.

 

—Me gustó que sintiera usted deseos tan fuertes de vengarse de Annetta; y también me gustó que no pudiera satisfacerlos. ¡Oh, es inútil negarlo! Soy un hombre observador. Las personas que no tienen a punto la palabra ofensiva para reaccionar y defenderse no son las más tontas… ¡Al

 

contrario! —Creyéndose justificado, añadió otra observación cruda, riéndose—: Cuando me tropiezo con estas mujeres tan activas y agresivas, tan inquietantes en definitiva, me acuerdo de aquel inglés que recordaba a una mujer demasiado fogosa ¡que él pagaba por besar y no por ser besado!

 

En la plaza de la estación dio la mano a Alfonso y, con un saludo a media voz, lo dejó y se dirigió hacia el café. Alfonso, que tenía frío, se encaminó rápidamente hacia su casa.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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V

 

 

 

Aquel año, ya en mayo hubo fuertes calores; durante algunas semanas, desde un cielo sin nubes el sol envió sus rayos ardientes, que habían dejado de ser primaverales.

 

—Es una injusticia —decía Ballina— que, además de la miseria de los sueldos, tengamos que empezar a sudar tanto ya en mayo.

El trabajo no había disminuido todavía. Del despacho del señor Cellani salían paquetes enormes de correspondencia recibida; pasaban al de Sanneo y terminaban en la sección de correspondencia. Hasta Giacomo, cuya única función era transportarlos, resoplaba de cansancio. En junio empezó a disminuir poco a poco el trabajo; Miceni, tan metódico como de costumbre, explicó a Alfonso la ley que regulaba esta disminución.

—En junio se retiran al campo los banqueros más ricos, los expertos del mundo de la banca, los iniciadores de la especulación. Nuestro trabajo cotidiano sigue siendo el mismo porque no depende de ellos; pero en el trabajo faltan los impulsos inesperados, tan dolorosos para los subalternos: las emisiones y las conversiones. En julio ya disminuye el quehacer; no porque ocurra nada nuevo en los bancos, sino porque se van de veraneo los comerciantes más ricos. En agosto, el mes más bonito del año, están en el campo los presidentes de bancos, los directores y, lo peor, los comerciantes. Sólo se quedan en casa los empleados indispensables.

En el caso de Maller, el proceso no seguía esta regla. En mayo y junio tomaban sus vacaciones algunos empleados y los jefes; en julio el señor Cellani, el procurador; y en agosto el señor Maller.

El primero que se marchó fue Sanneo, que tomó quince días teniendo derecho a treinta. Entre los empleados se afirmaba que el señor Sanneo no sabía estar mucho tiempo sin el pan de cada día: la correspondencia y la discusión.

 

 

 

 

 

 

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Estando Alfonso presente por casualidad, Sanneo dio las instrucciones a Miceni, que en su ausencia debía suplirlo como jefe. El despacho de Sanneo estaba situado junto al del señor Cellani y era más oscuro que el de este, pues la casa de enfrente le quitaba la luz. También aquel despacho tenía alfombras en invierno; pero, salvo la mesa de madera oscura, ancha y cómoda, cedida por el procurador, que se había comprado otra, los muebles eran idénticos a los del resto de los empleados: dos armarios de madera burdamente pintados de amarillo, una silla de paja y, junto a la única ventana, otra mesa de la que había sido retirado un entrepaño.

 

Sanneo, sentado, iba entregando a Miceni, que estaba en pie a su derecha, carta por carta, un grueso paquete, indicándole exactamente lo que tenía que hacer tal o cual día o después de recibir otro escrito. Volvía a dejar alguna carta después de haber dado todas las explicaciones, observando con una mueca que ya era hora de contestar y que lo haría él mismo. Se veía que le molestaba dejar en manos de Miceni toda su gestión.

Miceni volvió a su despacho con la cabeza erguida, la figurita tensa y el paso rígido. Se sentó y con una sonrisa despectiva murmuró:

 

—Tantas explicaciones… como si estuviera desde ayer en el banco. Dándole vueltas, recordó detalles de su conversación con Sanneo y se

rió:

 

—¿Te apuestas algo a que en el último momento Sanneo se arrepiente y se queda?

El más vivo deseo de Alfonso era marcharse; por eso no podía admitir que otros quisieran quedarse.

Poco después fue Sanneo a avisar de que posponía su partida para el día siguiente. Miceni miró a Alfonso y, cuando salió Sanneo, exclamó con ira:

—¡Valía la pena tenerme una hora dándome instrucciones que no me hacían falta!

—Servirán para mañana —contestó Alfonso, que no entendía la ira por motivos de la oficina.

—Mañana se irá como se ha ido hoy.

 

Pero Sanneo se marchó. Por la tarde se dio una vuelta por las diferentes oficinas para saludar a los empleados. Le dio la mano a Alfonso, que balbuceando le deseó que se divirtiera; se lo agradeció con una sonrisa

 

 

 

 

 

 

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verdaderamente benévola. A pesar de los comentarios, Alfonso creyó ver brillar en sus ojos inquietos el gozo de aquellos quince días de libertad.

 

Miceni ocupó el despacho de Sanneo para estar más cerca de los directores. Recibía las órdenes directamente del señor Maller o del señor Cellani, y Alfonso le envidiaba la desenvoltura con que trataba a tan altos personajes.

Para Alfonso fue un intervalo de alivio en la fatigosa labor de copista que le imponía Sanneo; y más tarde echó de menos a menudo aquellos quince días. A Miceni no le importaba gran cosa que se expidieran muchas ofertas, pues para cumplir su compromiso Je bastaba con que el trabajo obligatorio se hiciera completo y sin errores. Tuvo la inteligencia de abandonar enseguida el sistema que seguía Sanneo. Éste daba a contestar el correo ordinario sólo a Miceni y a otros dos empleados; todos los demás hacían un trabajo miserable de amanuenses y de revisión de cuentas: «Es preferible un empleado que entienda que diez imbéciles», solía decir Sanneo. Miceni llamó a todos para que le ayudaran; a Alfonso le tocó escribir breves comunicados en italiano, trabajo más variado y ligero que el que le había ocupado hasta entonces.

 

Sólo en su despacho, encontró tiempo para leer los libros que se llevaba de casa. No leía novelas, pues seguía sintiendo un desprecio adolescente por la literatura llamada ligera. Amaba sus libros de estudiante, que le recordaban la época más feliz de su vida. Incansablemente leía y releía uno de éstos, un tratadito de retórica con una pequeña antología comentada de autores clásicos. En ella se hablaba largo y tendido de estilo florido o austero, de lengua pura o impura; y Alfonso, haciendo suya la teoría, soñaba que se convertía en el divino autor que, reuniendo todas las virtudes, permanecía inmune a los defectos.

 

Por la tarde se reunían en el despacho de Alfonso, que era el más apartado, unos cuantos empleados de la correspondencia para charlar. Cuando estaba el señor Sanneo andaban con ojo, pues éste solía entrar de repente, como una tromba, con su paso siempre apresurado; y nada más entrar, fuera la hora que fuera, gritaba: «¡No pierdan el tiempo, no pierdan el tiempo!». Nadie se atrevía a contestar y el grupo se disolvía como un rebaño dispersado por un perro rabioso.

 

Miceni, en cambio, iba alguna tarde a pasar media hora tranquilo en aquel despacho. Se quedaba callado, recostado en el viejo sofá, cansado

 

 

 

 

 

 

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pero contento del resultado del día y excitado por la importancia de su trabajo.

 

Ballina, en broma, le trataba con afectado respeto. Un día, en el ajetreo del trabajo, Miceni le había reprochado su lentitud, y él no se lo perdonaba. Miceni trató de justificar aquel reproche, pero Ballina se rió en sus narices.

—Como si los negocios del banco fueran tuyos. Entiendo, aunque con dificultad, que el señor Maller, que el señor Sanneo, nos traten con altanería; pero no que lo haga uno que está encargado de la correspondencia sólo durante quince días.

Ballina, indudablemente, era una persona feliz. La beatitud que le proporcionaba su trabajo, abundante y mecánico, era tan evidente que hasta Alfonso, que de buena gana lo hubiera negado, tenía que aceptarlo. Se llamaba a sí mismo, por vanidad, jefe de la oficina de informaciones, y era el único que la constituía. Él pedía las informaciones y él las copiaba y disponía en orden alfabético en un gran armario. No dejaba nada pendiente porque su trabajo no lo requería, y tenía la costumbre de quedarse en la oficina más horas de las obligatorias. Tenía una gran cantidad de boquillas de hueso, que se dedicaba a limpiar; afilaba navajas de afeitar; cuando se afeitaba, lo hacía en la oficina. Gran fumador, tenía siempre en el cajón una enorme cantidad de tabaco amontonado sobre una hojita de papel encerado; era una mixtura de diferentes especies perfumada con una raíz que daba a su despacho un intenso color a resina. Aquel despacho era su verdadera habitación; había introducido en él ciertas comodidades y, entre otras, había clavado sobre la silla de paja un pedazo de cuero para sentarse más a gusto. Uno de los cajones de su mesa estaba destinado exclusivamente a las vituallas; pan, a veces mantequilla, a menudo una botella de cerveza y siempre una botellita de aguardiente, que acostumbraba a ofrecer a los amigos que venían a visitarle. En su otra habitación no debía estar muy cómodo. Contaba que el cuarto donde dormía era tan pequeño que, estando dentro la cama y el armario, la silla impedía la entrada; y como no podía prescindir de ella, inventó un ingenioso mecanismo:

 

—Até la silla a una cuerda que anudé a la parte superior de la puerta después de haberla hecho pasar por un gancho que salía de la pared. Al abrirse la puerta, la silla sube y deja la entrada libre; con la puerta cerrada, uno se encuentra la silla al lado y se puede sentar en ella sin dar un paso.

 

 

 

 

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Quizá la descripción fuera un poco exagerada, pero algo había de cierto. Un día, delante de Alfonso, entregó las llaves de su cuarto a un mozo de cuerda encargándole que le buscara un nuevo alojamiento y le transportara sus escasos muebles. Su habitación, la que guardaba su afecto femenino, era la oficina.

 

Ballina, con su aspecto sosegado, había dilapidado una pequeña hacienda, como él decía, cuando aún no comprendía el valor del dinero. Por un añito de placeres había pasado muchos en la miseria y tendría que pasar muchos más, «hasta la muerte probablemente», decía, mientras que si hubiera tenido a su disposición un poco de dinero, ingenioso como era, habría sabido defenderse.

Pero siempre tuvo que trabajar para otros: en una fábrica de boquillas, en otra de vinagre, como revendedor en una exposición, en una tienda de bastones, y así sucesivamente, siempre muy mal retribuido. Acabó cayendo en el banco de Maller, y se encariñó tanto con su trabajo que se contentó con un sueldo bastante mísero.

El encargado de la correspondencia en francés, White, llevaba habitualmente la conversación, De familia inglesa establecida en Francia, había sido alejado de París por sus parientes, que temían despilfarrase su patrimonio en el juego y en la vida cómoda y de señorito que le gustaba. Había entrado en el banco para ocuparse de la correspondencia en francés, al principio subordinado a Sanneo y luego independiente, tras una violenta riña con su jefe. Maller reconoció que no podían llevarse bien y los separó, pues no quería obligar a White a someterse. White estaba protegido por un viejo banquero amigo suyo. El trabajo de White consistía casi por entero en negocios de bolsa, sobre los cuales parecía tener un conocimiento perfecto. Por lo demás, era un buen empleado y un trabajador diligente aunque desordenado. Aunque vestía siempre con elegancia, tenía un tipo bajo y grueso, el paso inseguro y la espalda encorvada; con aquella figura de viejo, el traje de lion le daba un aspecto muy original. En cambio, su rostro era muy regular; las gafas lo embellecían añadiendo seriedad a su cara morena. En aquel lugar, que para él era provinciano, se había apasionado por la caza, y su piel mostraba las muchas horas pasadas al sol. Trabajaba con gran rapidez y, cuando no tenía nada que hacer, tomándose una libertad que los demás empleados nunca se hubieran permitido, ni siquiera iba a trabajar a la oficina.

 

 

 

 

 

 

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Inteligente blagueur, su conversación era interesante; leía todas las novelas francesas nuevas y hablaba de ellas desde un punto de vista que daba originalidad a sus observaciones. No le gustaban las novelas más modernas ni entendía, por lo que Alfonso podía juzgar, sus méritos; pero, sea como fuere, no le gustaban. Les encontraba algo de más o de menos y acababa por hablar mal de ellas. Ofendía el fetichismo de Alfonso al referirse con familiaridad despectiva a los más famosos escritores. Aquél ponía el título a su novela para atraer a los compradores, el otro escribía porquerías con el mismo fin, el tercero, que decía ser un buen hombre, escritor leído por las señoritas, era un golfo que incluso pegaba a su madre.

 

Se ofreció a prestarle libros a Alfonso y, como siempre olvidaba llevárselos, una noche le llevó a su casa para que los recogiera. Vivía en el centro de la ciudad, en un primer piso muy amplio. Atravesando un pequeño vestíbulo, entraron en una habitación grande cuyos únicos muebles eran una mesa y algunas sillas. Las ventanas no tenían cortinas. La habitación, tan amplia y con tanta luz, parecía demasiado desnuda.

Junto a la ventana, ti abajando en un telar, estaba sentada una mujer rubia, de rasgos demasiado regulares y vestida con una bata rosa.

—Ma femme —dijo White al presentársela; y luego—: mon ami monsieur Nitti.

La señora se había levantado con dificultad, impedida por el paño que colgaba del telar. Los presentados se miraron y él murmuró una palabra de saludo; ella, evidentemente, esperaba que se marchara para reanudar su trabajo. White se había ido a una habitación próxima, y Alfonso, molesto por el silencio, tras una inclinación ligeramente correspondida, le siguió.

La alcoba tenía dos camas, una junto a otra, un armario y algunas sillas. Los libros de White, una veintena, yacían en desorden por el suelo, bajo la única ventana, también sin cortinas. En las paredes no había ni un cuadro; sólo había lo necesario; parecían dos habitaciones amuebladas para alojarse provisionalmente, no una verdadera casa.

 

Salió con White, y se repitió la misma escena con la mujer. Se volvió a levantar con prisa, el rostro indiferente, y el paño amenazó otra vez con hacerla caer.

Alfonso preguntó a White con sorpresa:

 

—¿Desde cuándo está casado?

 

White fue presa de gran hilaridad:

 

 

 

 

 

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—¿Casado? Desde hace mucho tiempo, ¡pero con esta mano! —y levantó la izquierda.

 

Una mujer con un niño en brazos entró.

 

—¡Mi hijo! —dijo White tocando al niño con el bastón—; se parece un poco a mí; tiene la espalda como yo.

El niño se apoyaba con los bracitos sobre la espalda de la mujer, que lo sostenía demasiado alto obligándole a encorvarse.

—Nosotros somos más sinceros que ustedes; yo hago públicamente todas mis cosas y por eso me detestan los parientes que tengo aquí; pero a mí no me importa absolutamente nada.

Hablaba el italiano con desenvoltura, pero se notaba que traducía del francés.

Un día, mientras estaba White en el despacho de Alfonso, entró Annetta con una amiga a la que estaba enseñando el banco. Saludó a White con gran familiaridad, se lo presentó a su amiga e inició con él un vivaz parloteo en francés. Al despedirse, dijo a Alfonso con una sonrisa amable:

—También usted… ¡Será un placer!

 

Alfonso se inclinó, pero no había entendido nada.

 

Annetta iba vestida de luto por la muerte de un pariente lejano a quien ni había conocido. La ropa oscura le sentaba mejor que la clara, pues la hacía más delgada; hasta sus ojos parecían más expresivos.

 

—¿Qué ha dicho? —preguntó Alfonso a White.

 

—Me ha invitado a su casa y también le ha invitado a usted

 

—respondió White con desinterés—. ¡No pienso ir! —¡Yo tampoco! —afirmó Alfonso con resolución.

 

Cuando volvió, Sanneo saludó a los empleados más fríamente que al marcharse. Al regresar al banco se convertía inmediatamente en el jefe, mientras que al irse los había saludado como colegas.

Miceni pasó el primer día en el despacho de Sanneo haciéndole entrega de los asuntos pendientes. Luego todo volvió a su curso habitual, a excepción de Miceni. Iba por el banco más tieso que de costumbre y sin hacer nada, pues, habituado al trabajo de Sanneo, el suyo apenas le daba quehacer. Añoraba aquellos quince días de casi total soberanía; elogiaba el comportamiento que habían tenido con él los directores; pero, sobre todo, exaltaba el tipo de trabajo de Sanneo.

 

 

 

 

 

 

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—¡Esto es otra cosa! —exclamaba con desprecio, indicando sus papeles—. ¡Ninguna variedad y ninguna iniciativa!

 

Era el único del despacho que se quejaba de la vida de covachuelista. Alfonso no tenía qué hacer, pues Sanneo todavía no le había dado nada para escribir, por lo que disfrutaba con las poesías de Musset.

Pronto supieron todos que las relaciones entre Miceni y Sanneo se habían hecho difíciles, y le echaron la culpa a Miceni.

Sanneo tenía la costumbre de señalar con N.B. (Nota bene) las cartas de cuya respuesta quería ocuparse, obligando así a los escribientes a consultarle antes de contestar. Ballina, que tenía la especialidad de inventar neologismos para casos particulares del banco, estableció que notabenarse significaba ir a preguntar al jefe de correspondencia qué significaban sus signos.

Ahora bien, Miceni, por considerar que no necesitaba tantas explicaciones o por pereza, omitía a menudo esta consulta; y, más a menudo aún, después de recibir las instrucciones las modificaba, prefiriendo su propia idea a la de Sanneo. Éste atribuía las irregularidades así acusadas a distracción y se limitaba a devolver las cartas con orden de rehacerlas; Miceni se vengaba escribiéndolas con caligrafía descuidada, y murmuraba:

—¡Acabaré obligándole a rehacerlas!

 

Esta enemistad habría podido permanecer latente durante mucho tiempo si Miceni, en un momento de ira, no hubiera manifestado claramente a Sanneo su antipatía.

En las horas de más trabajo, Sanneo encontró una carta de Miceni redactada de modo totalmente distinto a sus deseos; recordó, además, que para esa carta Miceni no se había notabenado.

Fue a buscar a Miceni a toda prisa y muy alterado, pues sospechaba que el error había sido cometido a sabiendas.

—Esta carta no puede enviarse —y la sacudía con mano nerviosa—. Yo quería que se escribiera de otra forma. ¿No ha visto la nota bene? ¡Déjeme ver la carta original!

Viendo que Miceni, por ganar tiempo, se movía con lentitud, tomó el paquete de cartas, las esparció sobre la mesa y sacó el cuerpo del delito.

—¿No vio la nota bene? —gritó, furibundo.

 

En efecto, era difícil no verla. Estaba trazada con lápiz rojo; la primera pata de la N corría ancha y en diagonal a través del escrito; la segunda era

 

 

 

 

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más corta, pues, al apartarse, quedaba paralela a la primera y el espacio ya no alcanzaba; la B, más pequeña, se salía del escrito y le faltaba una joroba.

 

—La he visto —gritó Miceni, rabioso porque la reprimenda tenía lugar ante Alfonso y White—, pero ya le había pedido instrucciones para las demás cartas; y cuando tropecé con ésta me pareció demasiado latoso correr hasta usted para pedirle explicaciones que suponía habían de ser superfinas, como de costumbre.

Su voz era aguda; al estallar, la ira incubada durante mucho tiempo le hacía decir todo lo que pensaba.

—¡Ah! ¡Conque sí! —rugió Sanneo, tras un instante de sorpresa ante tanta insolencia; y rasgó la carta—. ¿Piensa que pongo las N. B. por gusto? ¡Vuelva a hacer inmediatamente esta carta!

Con voz trémula, interrumpida por la agitación, le dio las instrucciones pertinentes.

—Pero, puesto que no puedo fiarme de usted —añadió, gritando de nuevo—, me dará siempre, junto con su carta, la carta recibida; y recuerde que si sigue haciendo cosas por el estilo, me dirigiré al señor Maller para comunicarle a través de él mis noticias.

Miceni, que ya se había puesto a escribir, levantó los hombros con un movimiento casi imperceptible pero acompañado de una sonrisa de abierta provocación.

Se decía que Sanneo dejaba de gritar en cuanto encontraba oposición; era cierto que no le gustaban las discusiones y que, en lo que estaba de su parte, las evitaba. Fingió no haber visto el gesto de Miceni y se marchó.

Miceni estaba tan rojo que, bajo sus bigotes negros, le brillaba la piel colorada; se oía rasguear su pluma sobre el papel con más fuerza que de costumbre. Terminada la carta, arrojó con violencia la pluma sobre la mesa y gritó:

—¡Quiere que haga lo mismo que ha hecho White!

 

Después de haber entregado la carta a Sanneo explicó a Alfonso que también él podía emanciparse de Sanneo, pues a éste le bastaba con la correspondencia de Viena e Italia, ¡y podía dejarle a él en exclusiva la de Alemania!

—¡El señor Maller ya sabe lo que valgo!

 

En los días sucesivos Sanneo actuó con premeditada moderación, pues no rechazó ninguna carta de Miceni, que, por su parte, iba a pedirle las

 

 

 

 

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instrucciones que las pocas nota bene de Sanneo precisaran.

 

Ballina decía:

 

—¿Conque hay que tratarlo así para que esté tranquilo?

 

White se congratulaba con Miceni y le pedía que reconociera que se había limitado a imitarle débilmente.

—¡El resto no se hará esperar demasiado! —respondió Miceni triunfante al señalarles su meta.

Ballina protestó en nombre de la justicia:

 

—Ahora que le trata bien, sería un error suyo buscar pleito.

 

Temiendo perder su empleo, nunca había tenido el valor necesario para reaccionar contra ningún superior; era el peor tratado de entre los empleados de la correspondencia y envidiaba a los que podían decir lo que pensaban. Incluso White intentaba calmar a Miceni: su propia actitud, vista en otro, no le era muy simpática.

Pero Miceni no quiso oír razones. Impaciente por rebelarse, no espere la ocasión propicia aun sabiendo que no podía tardar mucho en presentarse, ya que Sanneo tenía periódicamente días de gran irritabilidad; días en los que decía fácilmente cosas que hasta en la dirección hubieran reprobado. Si Sanneo obtuvo la victoria con tanta facilidad, la culpa fue suya.

Un domingo, un empleado de la correspondencia le dio por escrito, como de costumbre, el encargo de que escribiera enseguida a un cliente invitándole enérgicamente a cubrir las diferencias resultantes de sus negocios de bolsa. Aun sabiendo que la orden había sido dada por Sanneo, Miceni, que quería marcharse, no obedeció, y declaró que el domingo no trabajaba. El empleado transmitió la respuesta a Sanneo, que se puso furioso. Corrió a ver a Miceni y, sin pedir explicaciones, con la boca espumeante, gritó:

—¡Escriba inmediatamente esta carta! —y tiró la nota sobre la mesa. —Hoy es domingo —contestó Miceni, lívido y tembloroso; su

 

atrevimiento era forzado y era cobarde por naturaleza—. El domingo yo no trabajo.

Sanneo había impuesto en la sección de correspondencia trabajar también el domingo por la mañana, pero ya se habían hecho ciertos extraordinarios antes de que él fuera jefe; algunos trabajos no admitían dilación.

—¡Ah, conque sí! —dijo Sanneo con voz sosegada.

 

 

 

 

 

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Repentinamente se había calmado, y se fue con su paso rápido, como si no quisiera dejar tiempo a Miceni para modificar su contestación.

 

Poco después hizo llamar a Alfonso.

 

—Le ruego, señor Nitti, que escriba usted esta carta.

 

Le habló con una suavidad insólita y con voz conmovida. Por una carta de pocas líneas entretuvo a Alfonso durante un cuarto de hora; primero le expuso la finalidad de la carta y luego, literalmente, se la dictó.

—¡Me ha tocado hacerla a mí! —dijo Alfonso a Miceni.

 

Miceni se enfureció:

 

—Si encuentra con tanta facilidad quien le trabaje en domingo, el que se niegue a hacerlo siempre llevará las de perder.

Se marchó a fin de poder aducir luego que no había podido trabajar porque, cosa excepcional, tenía un compromiso en otra parte. Tras llevar a cabo lo que desde hacía tanto tiempo se había propuesto hacer, estaba evidentemente inquieto y preocupado.

Sanneo releyó la carta hecha por Alfonso, puso alguna coma que él no había señalado y que Alfonso, con su exactitud de copista, no se había atrevido a añadir y, con una sonrisa de aprobación, le dijo:

—¡Muy bien! Hágame el favor de ponerla sobre la mesa del señor Cellani.

Nunca había sido tan amable.

 

A las nueve de la mañana del lunes, Miceni fue llamado por el señor Maller. Entre White y el mismo Miceni refirieron a Alfonso la escena que había tenido lugar en el despacho de dirección.

Miceni había entrado con un saludo caluroso y una inclinación dirigida también a Cellani, que estaba presente. White, que iba a salir, se detuvo a escuchar.

—El señor Sanneo se quejó de usted, señor Miceni —dijo Maller muy serio—; ¿por qué se negó ayer a escribir aquella cartita?

—Consideraba que era cosa que se podía hacer también el lunes

 

—contestó Miceni; en el último momento había decidido dar forma dubitativa a su respuesta.

—Pero si el señor Sanneo ordena que se haga en domingo —y Maller levantó la voz—, es cosa que se debe hacer en domingo.

La repetición parcial de la frase de Miceni hacía más dura su respuesta. —Sea como fuere —objetó Miceni con un tono que parecía pedir a la bondad de su adversario que aceptara como bueno su argumento—, está

 

 

 

 

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mal por parte del señor Sanneo que se me obligue a trabajar en día festivo. —Yo había dado orden de escribir y expedir ayer mismo esa carta

 

—contestó severamente el señor Maller.

 

Miceni emitió sonidos inarticulados; no sabía qué contestar.

 

A White le dio lástima y salió.

 

El resto de la escena le fue contado por Miceni, que salió del despacho de Maller contento, como si estuviera seguro de sus razones.

 

Intentó hacerse admirar. Le habían reñido por aquel asunto, y cualquier otro hubiera dado por perdida la partida; pero él había sabido esquivar el golpe. Habló de viejas historias, ya conocidas en la dirección, por las que Sanneo había sido reprendido; y luego, con desprecio —otra falta de respeto a su jefe no podía perjudicarle más— de aquellos N. B. que no tenían más finalidad que ensuciar las cartas y hacer correr al empleado.

 

—El comportamiento del señor Sanneo con los empleados no es el que debiera ser, ¡y yo no me adapto a él en absoluto!

Había recobrado todo su aplomo.

 

Pero volvieron a llamarle al despacho del señor Maller, y salió de él con el semblante demudado. Hasta tal punto que Alfonso no quiso preguntarle nada, pues suponía lo que había pasado. Miceni se rió con una risita que quería ser sarcástica; con movimientos más decididos, dejó en la mesa el sombrero y la chaqueta de trabajo y dijo:

 

—Es algo absolutamente inesperado.

 

White, que entraba entonces, miró a Miceni con fría curiosidad. —¿Le transfieren a contabilidad?

Ver a alguien más afortunado que él hizo que Miceni perdiera el poco control que le quedaba. No había por qué bromear, dijo, aunque White no bromeara; si él hubiera gozado de tanta protección como White, el asunto habría tomado un cariz muy distinto. White no se defendió, y, muy frío, sonriente, contestó que se sabía protegido y que no le molestaba que lo supieran los demás. Esto hizo que Miceni se enfureciera todavía más. Parecía querer vengarse del ataque que tan indiferente le había dejado.

—Quien mucho abarca poco aprieta.

 

Entonces Miceni, en medio de su ira, dijo emocionado:

 

—¿Acaso he pedido demasiado? ¡Justicia! ¿Es excesivo acaso? ¡Ser tratado correctamente! ¿Es demasiado?

No lloraba, pero su voz estaba llena de lágrimas; White se suavizó, pero no pudo evitar la última flecha para poner los puntos sobre las íes:

 

 

 

 

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—Usted decía, sin embargo, que quería ser independiente.

 

Miceni negó decididamente; él querría, explicó, ser independiente sólo si Sanneo no hubiera sabido comportarse como era debido. Empezaba a percatarse de las dificultades de la tarea que se había propuesto y le avergonzaba haber sido vencido tan fácilmente.

White explicó luego a Alfonso la gravedad de la situación en que se veía Miceni. Lo relegaban a contabilidad y a un puesto inferior, pues la práctica de la correspondencia no capacitaba para ser un buen contable.

—Además, ¡qué aburrimiento para el que está acostumbrado a un trabajo variado! Allí, en todo el día, no tendrá otra cosa que hacer sino números, números y números.

Ballina entró y dio irónicamente la enhorabuena a Alfonso; venía del despacho de Sanneo, donde había oído que Alfonso era designado sucesor de Miceni. Alfonso le miró incrédulo pero asustado; le daba miedo el trabajo de Miceni, que suponía difícil y demasiado comprometedor. Tanto, que le quitaría el poco tiempo que le quedaba para sus lecturas. White trató de tranquilizarle; lo que él no supiera hacer se le enseñaría, y aunque no llegara a hacerlo todo, el mundo continuaría dando vueltas y él seguiría viviendo. Era un modo de comenzar su carrera, y si tenía sentido común debía alegrarse.

 

—Miceni sólo se daba aires de importancia en los últimos tiempos —le contó Ballina—; antes no, pues el señor Sanneo tuvo que explicarle todo: de la A, a la Z.

Citó además una ocasión en que había visto a Miceni con los ojos desorbitados por la dificultad de un asunto que para otros era simple y claro.

—¿Con los ojos desorbitados? —preguntó Alfonso, que en vez de gozar de la desgracia que le había tocado a su rival, sufría por la que podía tocarle a él.

A las tres de 2a tarde le fue confirmado oficialmente el aviso de Ballina. Sanneo le llamó cuando hubo resuelto las nota bene de los demás empleados. Le dijo, sin darle importancia, que el señor Miceni había dejado la correspondencia y que había decidido darle parte de la italiana a él; exclusivamente trabajo bancario; es más, añadió con desprecio, de registro. Alfonso se había propuesto exponer el nivel de sus conocimientos, pero no tuvo valor para ello; hubiera sido vergonzoso vacilar ante un trabajo tan fácil. Sanneo le dio unas quince cartas con

 

 

 

 

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algunas palabras de explicación para cada una. Habló de girar, depositar y mantener en suspensión, términos todos cuyo sentido aún no tenía claro Alfonso.

 

Redactó sin dificultades la respuesta de dos o tres cartas, las últimas que le había entregado Sanneo, cuyas explicaciones aún recordaba; las demás no las hubiera podido contestar sin la ayuda de White.

—¿A quién dará el resto del trabajo de Miceni? —preguntó White con sorpresa después de haber dado a Alfonso, amablemente, una verdadera lección de registro bancario—. Aquí faltan todavía los asuntos de bolsa y las cinco o seis cartas de reclamación, o incluso más, pues cada vez llegan en mayor cantidad. Es capaz de hacerlo todo él mismo.

Efectivamente, por la noche, al salir del banco, ya tarde, Alfonso vio el despacho de Sanneo todavía iluminado; y sobre el cristal se proyectaba la delgada figura del jefe de correspondencia, inclinada sobre la mesa.

White acompañó a Alfonso a la caja para dar el aviso de una letra de cambio. Era un cuartito dividido en dos por un tabique de madera, detrás del cual estaba sentado a su mesa, leyendo un periódico, el señor Jassy, un viejo con el rostro cubierto de pústulas y unos escasos pelos blancuzcos.

 

Sobre una hoja rayada que White le tendió, Alfonso anotó el aviso de una letra de cambio; se lo entregó luego a Jassy, que lo puso junto al periódico sin decir palabra.

En ese momento se presentó un muchachito en la ventanilla y presentó una letra de cambio. Jassy tomó la hoja de avisos, la miró, miró la letra de cambio y luego, siempre inmóvil, con voz quejumbrosa, dijo:

—Es ésta precisamente, traída en su momento; pero ¿por qué no se la pasáis con tiempo al señor Cellani? Aquí no hay nadie que pueda moverse de la caja y la gente está esperando.

Tiró la hoja con violencia ante White. Éste contestó enseguida, irritado:

—No he avisado yo de esta letra de cambio porque es algo que no me concierne; además, no se puede pasar aviso de las letras de cambio antes de haber recibido las cartas que las anuncian. ¿No cree?

 

El viejo se dirigió a Alfonso y, más suavemente, le dijo:

 

—Le ruego enseñe esta letra de cambio al señor Cellani; ¿sabe dónde está su despacho?

—Venga conmigo —dijo White, y echó a andar.

 

 

 

 

 

 

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Alfonso le siguió después de detenerse a mirar a Jassy, que, hablando con la persona que había ido a cobrar la letra de cambio, iba con paso vacilante hacia la ventanilla. Tenía las piernas blandas, como si fueran de paño, y mantenía las manos hacia adelante como si temiera caerse.

 

—¿Éste es el cajero? —preguntó Alfonso a White.

 

—Sí, un pobre viejo que estaría mejor en contabilidad… o jubilado. El señor Cellani era un hombre que había conquistado su puesto con

grandes esfuerzos, paso a paso; se le atribuían cincuenta años, pero con su figura delgada y esbelta, la piel lisa y sin arrugas, no aparentaba más de treinta.

—¡Buena suerte! —deseó con gran cortesía a Alfonso, que era la primera vez que hablaba con él por cuestiones de la oficina—. Le recomiendo que tenga mucho cuidado con la forma de las cartas; no me gustaba mucho tampoco la del señor Miceni. Usted es inteligente y entenderá la importancia que tiene la forma en las cartas del banco.

Puso la inicial de su nombre junto al importe de la letra de cambio.

 

En el intervalo, habían llegado otras personas a la caja, y Giuseppe, el mozo del señor Cellani, ayudaba a Jassy, que se movía lentamente entre la caja y la ventanilla, siempre indeciso, no dejándose ayudar quizá por desconfianza. Alfonso, debido al celo que le habían provocado los consejos de Cellani, quiso entregar el aviso al mismo Jassy. Éste, que se dirigía hacia la ventanilla con las manos llenas de billetes, echó a Alfonso una mirada torva y, sin detenerse, gritó a Giuseppe:

 

—¡Quítele de la mano esa hoja!

 

A Sanneo, ya tarde, le dio por hacer dos o tres cartas más, y como último trabajo mandó letras de cambio. White le ayudó también en esto, pues Alfonso no se sentía cómodo manejando aquellos resguardos de papel tan valiosos.

Apagado el primer celo y copiando en una carta aquellos vistosos importes, Alfonso calculaba que una mínima fracción de cada uno de ellos le hubiera bastado para vivir tranquilamente en su pueblo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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VI

 

 

 

Al día siguiente aumentó el trabajo de Alfonso. Sanneo, que no sabía nada de la ayuda que le había prestado White, viendo que las cartas de Alfonso no dejaban nada que desear, se creyó autorizado a darle más quehacer y un trabajo más serio. También aquel día White le ayudó; el tercer día llegó la liquidación de París, que White debía revisar, y Alfonso quedó abandonado a su propia suerte. A mediodía recibió la primera reprimenda de Sanneo, y por la tarde ya iba Sanneo contando por el banco que dos días de trabajo habían bastado para atontar a Alfonso. Le llamó ordenándole rehacer la mitad de las cartas, que había tenido que corregir, y Alfonso tuvo que confesarle que los días precedentes había sido ayudado por White. Sanneo se calmó, pero desde entonces le trató más bruscamente.

 

Su trabajo se hizo más desagradable. Se le había prohibido aceptar la ayuda de White, a quien Sanneo guardaba todavía cierto rencor; y, en vez de darle instrucciones, a menudo le decía el día en que se había escrito una carta idéntica para que la buscara en el archivo y la copiara. Pero en el banco Maller manejar los archivos no era labor exenta de dificultades. Eran muchos los empleados que los usaban, y en ocasiones había que ir varias veces de contabilidad a caja sin contar con ninguna ayuda; cada uno estaba dedicado a sus cosas y había que hurgar en todos los escondrijos para asegurarse de que no estaba allí lo que se buscaba. Al principio, Alfonso solía gritar en todos los despachos: «Señores, por favor, el expediente de tal y tal día». Abandonó este sistema porque se desgañitaba, nadie contestaba y alguno incluso sonreía. Corriendo de cuarto en cuarto, Alfonso acababa por encontrar el expediente junto a un empleado, a quien poco le hubiera costado avisarle ahorrándole carreras inútiles. Una vez localizados los expedientes, faltaba aún encontrar la carta requerida. Si Sanneo le hubiera indicado por lo menos a quién iba dirigida, habría sido

 

 

 

 

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una gran ventaja, pues no sería necesario leerla siempre para reconocerla. La gruesa escritura de Sanneo ennegrecía toda la hoja sobre la cual había sido copiada; la de Miceni se reproducía entera, nítida, como en el original; los grandes rasgos anchos de White parecían, en la copia, manchas indiferenciadas.

 

En contabilidad, Alfonso saludaba a Miceni y a veces se detenía a charlar un momento con él. Se obligaba a ello de mala gana pues sentía que Miceni no le quería. La nueva mesa de Miceni tenía el mismo aspecto que la anterior; tintero, pluma y lápiz dispuestos en el mismo orden, el gran libro sobre el que trabaja perpendicular al borde de la mesa. Hacía las cuentas en pedacitos diminutos de papel que llenaba de números microscópicos.

Alfonso no gozaba de su ascenso. En realidad había progresado, pues aunque todos se divertían recordándole que de ningún modo ocupaba el puesto de Miceni, había abandonado la oferta, la copia, el trabajo idiota de un criado que manejara la pluma en vez de la escoba. Pero por la noche, cuando le eran devueltas la mitad de sus cartas con anotaciones de Sanneo, se desesperaba y de buena gana hubiera tomado el primer tren para volver a su casa, dejando que hiciera aquellas cartas el mismísimo señor Maller. También era cierto que si Sanneo, poniendo su firma en una carta, hacía un gesto de aprobación con la cabeza, Alfonso reanudaba con brío el trabajo por grande que fuera su cansancio.

¿Cansancio? Más bien parecía náusea. Cada día aumentaba un poco la cantidad de trabajo; pero, en cuanto a la calidad, cambiaba poco o nada. En todo un día construía solamente una o dos frases, y en cambio tenía que copiar innumerables cifras, repetir innumerables veces la misma frase. Por la noche, la mano, única parte de su cuerpo verdaderamente cansada, se detenía; su atención, no estimulada, se distraía, y a veces tenía que tirar la pluma y dejar el trabajo con la náusea de quien ha comido demasiada cantidad de un solo alimento. Nunca tenía el trabajo al día y a su malestar se añadía la inquietud.

 

White le había dicho que las cartas de puro registro podían esperar muchos días, incluso semanas; esta posibilidad le había aligerado mucho la tarea de los primeros días; pero pronto, al aumentar los asuntos pendientes, el trabajo se complicó, pues muchas cartas recién llegadas iban a unirse a otras del mismo cliente que esperaban respuesta; y Alfonso, con la poca atención que prestaba a su trabajo y con su memoria refractaria a

 

 

 

 

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los nombres, se olvidaba de que existían. Por la noche, Sanneo le devolvía cartas con la anotación: «¿Y la carta recibida antes? N.B., señor Nitti». El pobre hombre iba al despacho de Sanneo a recibir el gran sermón sobre el desorden; sermón que de nada servía, pues lo que le faltaba no era buena voluntad, sino capacidad; su defecto era un defecto orgánico.

 

Cuando aún le estimulaba el primer celo que sintiera por su nuevo trabajo, el aburrimiento era menor. La atención continua que debía poner para acabar el mayor número de cartas en el menor tiempo posible, la intensidad misma del trabajo, le distraían y le cansaban como si el trabajo fuera menos mecánico. Pero este primer celo sólo reaparecía por circunstancias independientes de su voluntad, y su trabajo avanzaba con tanta lentitud que dedicaba parte del día a leer las cartas recibidas para buscar las que podía posponer y a examinar los papeles que los días precedentes había dejado sobre la mesa.

Sanneo se mostraba sorprendido de que un joven que manifestaba deseos de trabajar no lograra hacer más. Caía en el despacho de Alfonso creyendo que le sorprendería leyendo algún periódico o fuera, hablando con otros empleados; pero se lo encontraba siempre en su sitio, con la pluma entre los dedos y la mirada fija en el papel. Indudablemente, llegó a disminuir su trabajo, pero no todas las noches acababa las quince o veinte cartitas que le encomendaba, por lo que siempre había algo en el depósito de trabajos pendientes.

 

Alfonso creía que el malestar general que experimentaba se debía a la necesidad que su organismo tenía de cansarse, de agotarse. Incluso se había hecho una concepción plástica de este organismo, que iba reformando a cada nueva sensación. Por la noche, después de un día pasado entre números o corriendo por el banco, o Bien con la pluma en los papeles y el pensamiento en otra parte, se imaginaba que circulaba por su cuerpo una gran cantidad de materia a través de conductos débiles, incapaces de resistir o de regularla. Si podía, daba entonces grandes paseos, y el malestar desaparecía. Los pulmones se le ensanchaban, sentía más flexibles las articulaciones, el cuerpo le obedecía con más presteza y él se figuraba que aquella materia había sido absorbida y regulada, ayudándole en vez de ser un obstáculo. Si se ponía a estudiar, al dejar el libro sentía la mente cansada, una extraña sensación en la frente como si el volumen interior hubiera querido ensanchar el continente. Se sentía sereno, como si se hubiera cansado corriendo; veía lúcidamente y los

 

 

 

 

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sueños o eran voluntarios o faltaban. Pronto fue absorbido por el estudio hasta el tiempo dedicado a los paseos; necesitaba menos tiempo para calmarse con el estudio que con las carreras. Una sola hora dedicada a alguna obra crítica difícil le tranquilizaba para todo un día. Además, en poco tiempo se había vuelto ambicioso, y el estudio se había convertido en un medio de satisfacer esa ambición. La obediencia ciega a Sanneo y las reprimendas diarias que tenía que soportar le humillaban; estudiar era una reacción contra esta humillación. Ante un libro, construía sueños megalómanos; no por la naturaleza de su cerebro, sino como consecuencia de las circunstancias; se encontraba en un extremo y soñaba estar en el otro.

 

El tiempo que pasaba fuera de la oficina, e incluso el que pasaba en la oficina, donde tenía en un escondite algunos libros, lo dedicaba a la lectura. Eran, en general, lecturas serias, de crítica o de filosofía, pues la poesía o el arte le cansaban menos. Escribía, aunque poco; su estilo, poco sólido aún, con palabras impropias que decían de más o de menos sin acertar del todo, no le satisfacía. Pensaba que estudiando lo mejoraría. No tenía ninguna prisa, y lo poco que hacía era el cumplimiento de un horario prefijado para su trabajo voluntario. Después de cansarse en el banco y en la biblioteca, vertía sobre el papel algún concepto, alguna íntima expansión romántica que nadie más leía. Lo más notable de estas expansiones era que el jovencito parecía padecer de cierto mal universal; sus sufrimientos reales, la nostalgia que le afligía, no aparecían en el transcurso de tales expansiones. Consideraba que sus escritos eran anotaciones rudimentarias de las que se serviría en un futuro lejano para obras mayores, dramas, novelas e incluso otras.

 

Nunca había leído por completo a un clásico italiano, pero conocía montones de historias literarias y estudios críticos; más tarde se lanzó a la lectura de obras de filosofía alemana traducidas al francés. Descubrió la biblioteca pública, y todos aquellos siglos de cultura puestos a su disposición dieron un respiro a su magro bolsillo. Con sus horarios fijos, la biblioteca le proponía un orden, aportaba a sus estudios la regularidad por él buscada. También la frecuentaba asiduamente porque su cuarto, en casa de los Lanucci, era poco apropiado para el estudio. Pequeño, con la mitad ocupada por la cama, raramente visitado por el sol, resultaba desagradable; además, no era fácil pensar sobre una mesita redonda cuyas cuatro patas nunca tocaban el suelo al mismo tiempo.

 

 

 

 

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Cuando conseguía pasar un día según su programa, el siguiente iba al banco todavía desasosegado y trabajaba peor que de costumbre. Los trabajos pendientes eran cada vez más numerosos, y por la noche se encontraba ante un montón enorme de papeles llegados de todas las ciudades de Italia; le parecía que todo el mundo se hubiera conjurado contra él imponiéndole aquel trabajo.

En la biblioteca trabó pocas relaciones. Entraba en la gran sala de lectura, llena de mesas dispuestas paralelamente; ocupaba un lugar cualquiera y, durante cierto tiempo, con la cabeza entre las manos, estaba tan absorto en la lectura que ni veía quién se sentaba a su lado. Una hora después, como máximo, la fatigosa lectura le repugnaba; durante un rato más se obligaba a ella, y cesaba cuando la mente ya no captaba la palabra que el ojo veía. Salía en cuanto dejaba el libro y, tras aquella hora pasada con los idealistas alemanes, le parecía que en la calle las cosas le saludaban.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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VII

 

 

 

Alfonso había llegado a la ciudad con un gran desprecio preconcebido hacia sus habitantes; para él, ser ciudadano equivalía a ser físicamente débil y moralmente blando, y despreciaba lo que consideraba sus costumbres sexuales, el amor a la mujer en general y la facilidad del amor. Creía no poder parecerse a ellos y se sentía, y lo era, muy diferente. Sólo había conocido la sensualidad en la exaltación del sentimiento. Para él, la mujer era la dulce compañera del hombre, nacida más para ser adorada que abrazada; y en la soledad de su pueblo, donde su organismo había llegado a la madurez, pretendió mantenerse puro para ponerse íntegro a los pies de una diosa. En la ciudad este ideal perdió pronto su influencia, manteniéndose en su pensamiento como un vago propósito que sólo ejerciera su influjo cuando no había necesidad de luchar.

 

Pero como teoría le resultaba válida aun después de haberse dado cuenta de que a los ojos de aquéllos a quienes se la exponía parecía ridícula. No sabía cómo suplirla; abandonarla hubiera producido un vacío en su vida; pero no volvió a enunciarla, de modo que Miceni se vanagloriaba, sin razón, de haber obtenido su conversión.

 

A los veintidós años sus sentidos tenían la delicadeza y la fragilidad de la adolescencia. Sentía deseos que sólo podía reprimir a costa de grandes sufrimientos. Bastaba para provocar estos deseos, dura burla de sus sueños, una falda o su solo pensamiento; y eran lo bastante fuertes para apartarlo repentinamente de la lectura, cuando estaba dedicado a ella, haciéndole deambular por las calles impelido por una agitación que sería vaga, indefinida, si no conociera su origen. En tal estado sólo podía dedicarse a seguir durante largo rato a alguna mujer hermosa, admirándola entre tímido y vergonzoso. Posteriormente le asaltó el pensamiento de llevar más allá las cosas. Hasta entonces había esperado que su ideal viniera a él.

 

 

 

 

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Una noche, vagando, se vio siguiendo a una mujer que le había mirado al pasar. Vestida de negro, llevaba la falda muy alta y dejaba ver un piececillo calzado con elegantes zapatitos brillantes, la media negra y un tobillo finísimo para un cuerpo ágil, pero no mezquino. Alfonso entrevió además el cuello, de piel blanquísima; el rostro ni lo vio.

 

La siguió con decisión, la sobrepasó y luego la esperó, como un perrito. Le pareció que ella, mirándole a hurtadillas, se reía; y, alentado, se propuso abordarla. Era la primera vez que se veía en tan embarazosa situación. Sus propias vacilaciones le obligaron a acelerar el paso. Ella atravesó el Corso y tomó la calle Cavana; tenía que pasar ante la biblioteca. «Si sale mal, me iré a la biblioteca», pensó Alfonso para dar a su paseo una finalidad.

La precedió y se detuvo en la puerta de la biblioteca. Ella pasó; la luz de un farol resaltaba la blancura de su cuello y ponía brillos en la laca de sus zapatitos; pero no le miró, cosa que a Alfonso, por unos momentos, le quitó las ganas de seguirla. Lentamente, subió la cuesta de la calle Dei S. Martiri, a lo largo del tribunal; Alfonso, apoyado en una esquina, se contentó siguiéndola con la mirada. Luego, cuando casi hubo terminado de subir la cuesta, se adelantó hasta el tribunal. Vio, recortadas en el cielo, su figurita y sus perfiladas curvas como si estuviera más cerca; un instante más de titubeo y la perdería de vista; no había tiempo para reflexionar; su deseo habló claro e imperioso empujándole a una desenfrenada carrera, de modo que la alcanzó antes de que terminara de subir la cuesta. Se sentía excitado, pero tan cansado que estaba a punto de abandonar la resolución tomada poco antes. Con la idea fija que le había hecho correr desde el tribunal, se le acercó:

 

—Señora… —le dijo, y se quitó el sombrero; pero la respiración, más afanosa desde que se detuviera, le impidió continuar.

Un ojo azul le miró con glacial frialdad y, como pensando sólo en correr no había preparado ninguna frase, simplemente se hizo a un lado para dejarla pasar y tomó aliento, contento, como si hubiera temido que algo se lo impidiera. Los deseos que con tanta urgencia le apresaran le abandonaron con igual rapidez; para olvidarlos le bastaba verse sacudido por un temor o un esfuerzo.

Durante cierto tiempo, iba cada noche tras alguna mujer, especialmente tras las que iban bien vestidas, pues el objeto de sus sueños era lo más opuesto a una harapienta; y en cada persecución se hacía la ilusión de

 

 

 

 

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encontrarlos. Estos conatos de amor tenían siempre el mismo resultado. Su timidez dominaba los propósitos elaborados con la mayor resolución y bastaba un gesto de repulsión de la agredida, o incluso menos, la mirada indiscreta de algún transeúnte, para hacerle desistir.

 

La experiencia le demostró, sin embargo, que no era sólo su timidez lo que le obstaculizaba el amor, sino sus dudas, sus vacilaciones, y hasta aquel ideal traído del pueblo y ya arrinconado, aunque no desaparecido. Cuando lo había olvidado por completo, reaparecía de improviso haciéndole despreciar, con su esplendor, la miserable realidad en que vivía.

 

Tuvo alguna aventura amorosa; pero, apenas iniciadas, las interrumpía con abandonos bruscos motivados por un despertar de su conciencia moral o, simplemente, por no tener que sacrificar al amor horas de estudio.

Recordó con añoranza durante algunos años a María, una jovencita de cabello muy rubio, del color puro del oro, con una figurita erguida que no parecía sentir el peso de todo el metal que llevaba en la cabeza. La abordó una noche y, muy audaz como todos los tímidos cuando deciden ser atrevidos, le hizo enseguida una declaración de amor. María, que era, según le dijo, señora de compañía de una señora mayor, debía estar en un estado de ánimo similar al suyo, pues, con gran sorpresa de Alfonso acogió su declaración, que era sincera y llena de labia, un desahogo de sentimiento acumulado, con seriedad y cierta emoción. Tenía que marcharse pocos días después, pero, condescendiendo a sus ruegos insistentes, le concedió una cita a la que Alfonso no acudió. Las horas nocturnas de estudio habían ido convirtiéndose en el asunto más importante del día. La cita había sido fijada en esas horas y en el último momento decidió no ir. Más tarde su acción le causó un agudo remordimiento, pero no pudo repararla ya que jamás volvió a verla.

 

No por ello renunció a sus correrías tras de las faldas. Merodeando de ese modo soñaba mejor. Se avergonzaba de tal costumbre y un día, al ver que Gustavo la había descubierto, sufrió mucho.

 

Hasta entonces él había sido su maestro. Queriendo ser útil a la familia Lanucci, había intentado llevar al muchacho por el buen camino. Él escuchaba seriamente las enseñanzas de Alfonso, pero les oponía sus máximas simples y seguras: el trabajo era en general duro y siempre mal retribuido; por ello, prefería vivir pobre y libre a ser un poco más rico y esclavo.

 

 

 

 

 

 

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De repente, Alfonso se dio cuenta de que él se había convertido en alumno y el otro en maestro:

 

—¿Qué gusto le encuentras? —le preguntó Gustavo muy sorprendido, interrumpiendo la persecución de una mujer.

Se dirigía a él hablando con calma de las cosas que agitaban y turbaban profundamente a Alfonso, y éste lo envidió. Él, adulto y más inteligente, en este importantísimo asunto era inferior. Su fuerza desordenada era enfermedad y debilidad, mientras que en la cara anémica y delgada de Gustavo brillaban la salud y la paz.

A pesar de todo, no se sentía desdichado. Encontraba su felicidad, por una parte, en el estudio empecinado, y por otra en su desmesurada ambición, el hambre de gloria. Se sentía superior a los demás y, si bien ignoraba todavía cómo obtendría esa gloria, su amor al estudio, que se había convertido en pasión, fortalecía sus esperanzas. Añadía a las horas de estudio en la biblioteca otras tantas en su casa, pero no le bastaba. El estudio le absorbía las horas de oficina, de la comida y de la cena, y poco a poco le iba robando horas de sueño.

 

En una época de mayor actividad propuso a Lucía darle lecciones de lengua italiana. No sería desagradable aprender enseñando.

La propuesta entusiasmó a los viejos Lanucci y el padre quiso que también Gustavo participara de aquellas lecciones. Hasta éste se animó. Quiso demostrar gran diligencia. Hizo que Alfonso le dictara las definiciones de las partes de la oración y pretendía aprendérselas de memoria, pues, por falta de preparación, no de inteligencia, no llegaba a entenderlas. Luego no volvió a ir, y sólo las dos primeras veces se acordó de disculparse; eso sí, con muy buenos modos y afirmando que la primera lección le había entretenido mucho.

La señora Lanucci hizo entrega formal de Lucía a Alfonso. Las primeras lecciones fueron dadas en el comedor y el resto en el cuarto de Alfonso, pues a ciertas horas en el comedor no había suficiente tranquilidad.

Alfonso se tomó en serio su tarea, y el entusiasmo de la señora Lanucci llegó a hacerle creer que beneficiaba a Lucía con sus lecciones.

 

Habían comenzado con Puoti, pero, mortalmente aburridos, pronto cambiaron de programa. Lucía no había entendido nada, y Alfonso lo sabía.

 

 

 

 

 

 

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Desde hacía mucho tiempo Alfonso solía leer los sinónimos de Tommaseo[1]. Decidió hacer que Lucía estudiara éstos en vez de la gramática.

 

—Por lo menos no hay que hacerlo siguiendo un sistema —le dijo—. Por muy retrasado que se esté uno nunca se da cuenta, pues al no haber un engranaje cada página y cada artículo son partes que se mantienen por sí mismas. Se van estudiando esas partes y un buen día se descubre con sorpresa que se ha construido un edificio, conquistando la lengua italiana.

Lo que más le gustaba de esas lecciones era pronunciar discursos de introducción. Pero luego tanto la ignorancia de Lucía como los detalles de la enseñanza le aburrían y le cansaban. En las dos primeras lecciones Lucía pareció capaz e inteligente, pues entendió las sutiles diferencias entre abandonar y dejar. Se llevó consigo el librote y se aprendió de memoria el artículo correspondiente. En la tercera lección, viendo que la muchacha le había seguido con facilidad hasta aquel punto, Alfonso decidió que se podía progresar con mayor rapidez; conocía alrededor de una cuarta parte de la obra y quería llegar pronto a la parte en que también él tendría algo que aprender. Ella, queriendo avanzar con rapidez, no deseaba otra cosa. Le amaba, o por lo menos se creía amada por él, lo cual la conmovía sobremanera. Por su parte, Alfonso se encontraba en aquella época muy bien con Lucía; no había encontrado a nadie que supliera a María, y Lucía le servía de sucedáneo. No le contaba de sus angustias; simplemente, le daba lecciones; y los dogmas y teorías que lanzaba entre sinónimo y sinónimo bastaban para sacarlo de su abatimiento. La carita de Lucía, aunque no era inteligente, mostraba una atención que era más homenaje a Alfonso que interés por el tema; esto le hacía olvidar los ojos inquietos y las palabras duras de Sanneo.

 

A veces le impacientaba la ignorancia de Lucía y se ponía violento al notar que no comprendía sus explicaciones y que olvidaba las inmediatamente anteriores. No obstante, en aquella cabeza penetraban en ocasiones sutiles distinciones; pero, no siendo lugar adecuado para las mismas, salían tras una brevísima estancia. Si aparecía por segunda vez una misma idea, había que volver a explicarla con todas sus peculiaridades; pero era inútil, pues la ira del maestro, que le rezumaba por todos los poros, privaba a la alumna de la calma necesaria para pensar. Cuando él pedía que repitiera sus explicaciones, levantaba la naricilla y sonriente, pero muy pálida, decía lo contrario de lo que había dicho

 

 

 

 

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Alfonso o enlazaba frases que recordaba de oídas sin preocuparse mucho de su significado. Para no perder la paciencia, Alfonso iba repitiéndose máximas de bondad y se proponía no ofender a un ser menos inteligente.

 

—¡El poco inteligente merece compasión —exclamó Alfonso una semana después—, pero el poco diligente no!

En efecto, la muchacha ya no estudiaba nada. Con un inmenso esfuerzo, su cerebro había avanzado hasta cierto punto, pero ahora se detenía porque estaba cansado, casi saturado. Cuando empezaron las lecciones, la madre, habituada a los sistemas de la escuela, a fin de que Lucía hallara el tiempo necesario para su nueva ocupación, le organizó un horario, destinando una hora diaria al repaso. Generalmente la muchacha, en lugar de irse a estudiar a su cuarto, pasaba esa hora sentada a la mesa con los demás escuchando las historias de su padre; se sentía inquieta y molesta por las reconvenciones de su madre, que la instaba a cumplir con su obligación, y por sus propios deseos de hacer un buen papel ante Alfonso; finalmente, acababa atormentándola el miedo a que él la riñera, ¡pero se quedaba allí! Parecía dominada por la inercia e incluso resignada a soportar las observaciones cortantes de Alfonso; hubiera preferido una paliza a tener que luchar ella sola con aquellos conceptos brevemente expuestos. Podía incluso aprenderlos de memoria, pero con Alfonso esto no valía; pues si por azar olvidaba una palabra, era precisamente ésa, según Alfonso, la esencial.

 

Lo que le faltaba a Alfonso para ser un buen maestro era la capacidad de apreciar el mérito de los pequeños esfuerzos de su alumna. La elogiaba raramente, y sólo cuando, arrepintiéndose de una palabra brutal, quería evitar las lágrimas que la muchacha a duras penas contenía; nunca por una contestación correcta. Se había hecho ilusiones sobre su vocación para la enseñanza y si le gustaba dar clases no era por afecto hacia el alumno. Los progresos de Lucía le importaban poco o nada. Le ofendía que ella no aprendiera más gracias a sus enseñanzas y se ponía violento para desahogarse por las pesadas jornadas en que había tenido que soportar las iras ajenas.

 

Era sorprendente que Lucía no perdiera la paciencia y decidiera suspender aquellas lecciones que le daban tantos disgustos y le proporcionaban tan escaso provecho. ¡No era eso lo que quería! Es más, al final de cada lección, cuando, al despedirse de ella, Alfonso era más suave y la trataba amistosamente, con su habitual respeto, ella se proponía ser

 

 

 

 

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diligente y estudiar, para merecerse aquel trato durante toda la lección. Hubiera sido hermoso pasar como buenos amigos también aquella horita, admirándose mutuamente, cosa que a ella le resultaba fácil. Después de aquella hora de estudio forzado, estudiar le parecía más fácil y agradable que antes de la lección; sentía cómo la clase le limpiaba el cerebro de la herrumbre que se le formaba a lo largo del día, que pasaba trabajando con la aguja. Se proponía también levantarse más temprano la mañana siguiente y ponerse a estudiar de nuevo, pero al llegar la noche se hundía en su habitual inercia.

 

No quería suspender las lecciones, pero se notaba que le disgustaban por la rapidez con que aprovechaba cualquier pretexto para ahorrarse una. Esta noche tenía que ir a casa de una amiga; aquélla, a falta de otra cosa, se encontraba mal. Una noche, Gustavo, al ver que fingía estar triste y desganada, nada más llegar Alfonso, sin conocer el motivo de su malestar, le preguntó:

—¿Te pones mal así, de repente?

 

Alfonso no necesitaba esta observación para darse cuenta de que no había sabido infundir a su alumna amor al estudio; pero le disgustaba ser temido.

Una vez, Lucía tuvo el valor de negarse a acudir a la lección, sin aducir ningún pretexto. Fue a abrir la puerta a Alfonso y, con una clamorosa carcajada que había copiado de una amiga, le advirtió, simplemente, que aquella noche no habría lección.

—¿Por qué? —preguntó Alfonso frunciendo el ceño. Él no se reía; estaba desagradablemente sorprendido.

—Estemos juntos, divirtámonos y no estudiemos —contestó Lucía valerosamente.

—¿No sería mejor suspender definitivamente estas lecciones, que parecen no gustarle demasiado?

Lucía palideció, asustada. La madre vino en su ayuda y explicó a Alfonso que la muchacha, no habiendo tenido tiempo para estudiar, esa noche no asistía a la lección precisamente a fin de no seguir adelante antes de haber aprendido lo que llevaban estudiado. También él se divirtió aquella noche más que si hubiera dado la clase a Lucía.

 

Charló mucho y fue religiosamente escuchado.

 

La siguiente lección fue más brutal que de costumbre y llegó a llamarla ignorante. Había tenido a la jovencita media hora para que diera una

 

 

 

 

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respuesta que no le salía, y hacía como si le pareciera un delito que en tal intervalo de tiempo no fuera capaz de salir a flote; olvidaba que de donde nada había nada se podía sacar. No encontrando más frases punzantes, declaró que ya era hora de suspender las lecciones que no daban ningún resultado y se puso en pie suspendiendo por de pronto aquélla. La muchacha, hasta entonces, no se había atrevido a manifestar claramente que no podía decir lo que no sabía. Miraba al techo buscando en él la respuesta, emitía sonidos de impaciencia para disminuir la de Alfonso y esbozaba una sonrisa tan forzada que pedía compasión. Ante la declaración explícita de Alfonso, se echó a llorar a lágrima viva, se levantó, salió cerrando con violencia la puerta y se echó en brazos de su madre, que estaba sola en el comedor. Alfonso se asustó ante el efecto que había producido; de buena gana la hubiera detenido para pedirle disculpas.

 

La siguió, y fue fulminado por una intensa mirada de ira lanzada hacia su cuarto por la señora Lanucci, que tenía contra su pecho a la muchacha, tan afligida por los sollozos que aún no había podido explicarle nada. Al verlo, le miró muy seria.

—¿Qué le ha hecho a esta pobrecita?

 

Muy embarazado, Alfonso contestó:

 

—¡La he regañado porque no había estudiado nada!

 

—¡Pero si ha estudiado! Yo la he visto estudiar.

 

Como sucede a todas las personas débiles, la ira de Lucía, que llevaba mucho tiempo reprimida, estalló con gran violencia. A pesar de los sollozos, dirigió a Alfonso, con voz perfectamente inteligible, tres insolencias:

—¡Imbécil, tonto, burro!

 

Las buenas maneras, aprendidas con tanto esfuerzo en los últimos años, la abandonaban en los momentos de acción, viéndose limitada a las palabras, voz y gesto de Gustavo. Alfonso se sentía ofendido, pero no encontrando palabras para contestar, no sabía si defenderse o ponerse a salvo de aquella ira refugiándose en su cuarto.

 

La señora Lanucci, dolorida por ver rota la buena armonía que quería reinara entre ambos jóvenes, se enfadó con Lucía:

—Eres tú la tonta, la imbécil; ¿quieres callarte? —y la apartó de sí. Lucía cayó sobre una silla, pero no creía haberse desahogado lo

 

suficiente:

 

—Se cree un sabio…

 

 

 

 

 

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—¿Quieres callarte? —le interrumpió la Lanucci de modo amenazador.

 

Lucía siguió sollozando durante una media hora.

 

La señora Lanucci quería aparentar que no daba importancia a lo sucedido, y se rió; Alfonso no supo imitarla.

—Quiero que en casa reine la armonía y comprendo que el único medio de lograrlo es abandonar estas lecciones; ¡lástima!

Podía hablar de su disgusto sin miedo a herir la susceptibilidad de Alfonso, pues al comenzar las lecciones le había explicado cuánto esperaba de la instrucción de Lucía. Los hombres, especialmente los que tienen verdadero entusiasmo por el estudio, decía la señora Lanucci con una inclinación lisonjera hacia Alfonso, son más idóneos para la enseñanza que las mujeres, que se dedican a las cosas pequeñas perdiéndose en particularidades inútiles y perjudiciales para la comprensión del todo. Pero los hombres, también se daba cuenta de ello, tenían otros defectos no menos perjudiciales. A pesar de esos defectos, siguió siendo tan amable con Alfonso, que éste se sorprendió.

 

Lucía, en cambio, no lo estuvo tanto. Durante ocho días se abstuvo de dirigirle la palabra. Le servía en la mesa cuando su madre se lo ordenaba, pero sin pronunciar una palabra. La señora Lanucci, para consolarle, le guiñaba el ojo, reía y, dirigiéndose a Lucía, decía irónicamente:

—Pero dale ese plato al señor Alfonso. ¿Le odias tanto que quieres que se muera de hambre?

Lucía, muy seria, obedecía; también serio, con un frío gesto de agradecimiento, Alfonso se dejaba servir.

Una noche que venía acompañado de Gustavo, que tenía las llaves de la casa, entró de improviso en el comedor y encontró al viejo Lanucci y a su mujer con el ceño fruncido y a Lucía con los ojos enrojecidos por el llanto. Evidentemente, los viejos se habían unido para echarle un sermón.

Estaba amargamente arrepentido de su comportamiento, pero no sabía cómo disculparse. Por la noche, cuando estaba solo o en la oficina, dándole vueltas al asunto, volvía a ver las mudas súplicas que la pobre muchacha le había dirigido y reconocía ante sí mismo que su ira había sido estúpidamente brutal. Concluía que su deber era ir al encuentro de Lucía y pedirle disculpas, quitándole un disgusto que, era notorio, la hacía infeliz. Pero cuando se encontraba ante aquel rostro tonto, inexpresivo, con los

 

 

 

 

 

 

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pómulos salientes, serio, enfadado con toda resolución, las buenas palabras que llevaba preparadas se le atascaban en la garganta.

 

Sin mirarle a la cara, tras un largo titubeo, finalmente Lucía fue hacia él y, tendiéndole la mano, le dijo:

—Discúlpeme, señor Alfonso, la culpa ha sido mía; ¡hagamos las paces!

Alfonso, conmovido, se la apretó con energía.

 

—En gran parte la culpa fue mía. ¡Discúlpeme usted!

 

Lucía le lanzó una mirada de agradecimiento que le hizo parecer menos fea y posteriormente se comportó con tranquilidad y desenvoltura, como una persona que olvidara un malentendido. Se reía a menudo y volvió inmediatamente a sus modales afectados y suaves.

 

Él fue menos desenvuelto; le disgustaba haber sido superado en generosidad. Él, la persona culta, el maestro, debía haber cedido antes. Este disgusto, aunque leve, le molestó hasta la hora de acostarse. En su vida, vacía de acontecimientos notables, eran siempre estos hechos insignificantes los que le inquietaban. Por las noches recordaba alguna palabra imprudente o alguna expresión ajena cuyo verdadero significado no había captado hasta entonces, y se lamentaba por no haberse vengado con una pulla o se arrepentía por haber contestado de modo injustificado con demasiada brusquedad.

 

Se oían voces en el comedor y, maquinalmente, escuchó. Eran la señora Lanucci y su marido; sólo distinguía el sonido de las voces, pero cuando, al ir a su habitación, pasaron ante su puerta, oyó claramente a la señora Lanucci que, con una risilla bienhumorada y como conclusión de lo anteriormente comentado, decía:

—Son verdaderas peleas de enamorados.

 

Ya había sospechado algo acerca de las intenciones de la señora Lanucci para con él, pero, más que intenciones, hasta entonces le habían parecido esperanzas que, en vez de alarmarle, le halagaban. Le pareció que aquellas dos palabras oídas por casualidad, conclusión de una conversación más larga, probaban que no sólo había esperanzas puestas en él, sino que además se conspiraba contra él, contra su libertad. El comportamiento de la madre y de la hija era acorde con esta intención. A él, que, ingenuamente, quería dar lecciones, la madre no le había entregado una alumna, sino una esposa.

 

 

 

 

 

 

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Recordaba ciertas palabras de recomendación que podían haber tenido un doble sentido. Además, la hija había soportado todo, excepto la interrupción de las lecciones con que él la había amenazado. Ahora, hechas las paces con Lucía, sus esperanzas habrían renacido.

 

¿Debía indignarse? Semejante atentado lo merecería, pues de haberse cumplido le hubiera ocasionado un enorme empeoramiento en su situación.

Pero la situación de la familia Lanucci era terrible, con los dos hombres de la casa incapaces de mejorar el estado de las cosas. Se sentía tan a salvo de las redes de la señora Lanucci que pudo librarse de la preocupación por sí mismo, afirmándose que podía vivir cien años sin que volviera a presentársele ocasión de hacer una buena acción tan notable como casarse con Lucía. ¿Cuál sería el futuro de ésta? Probablemente acabaría siendo una vieja solterona y conservaría inútilmente hasta el fin de su vida aquellos modales de sociedad, como los llamaba su madre. En sus ensoñaciones, él era capaz de los mayores heroísmos, pero al día siguiente su comportamiento fue menos desenvuelto que de costumbre, si bien no fue más afectuoso. Cuando estaba solo veía la situación de muy otro modo que en presencia de Lucía. Primero disculpaba, perdonaba, hasta llegaba a sentir remordimientos por no poder actuar noblemente; recordaba el amor que Lucía había manifestado tanto en la paciencia con que había soportado sus brutalidades como en la violencia de su dolor al verse obligada a reconocer que no podía alcanzar la meta. Cuando estaba ante Lucía se fijaba en sus pómulos salientes. ¡Estaba alerta! ¡No sentía deseos! Era libre y quería seguir siéndolo.

 

—¡Estoy enfermo!

 

Para llegar a esta conclusión había tenido que observarse mucho a sí mismo. Su profunda tristeza, que le hacía ver todo gris, descolorido, le había parecido hasta entonces consecuencia natural de su descontento; el insomnio estaba motivado por la agitación que producía en su cerebro estudiar de noche, y por último, el estado anormal, febril, que algunas veces observaba en su organismo, era, como siempre había pensado, la necesidad de esfuerzo y aire puro que sus músculos y pulmones exigían. Otras veces, sin embargo, le bastaba estar libre durante algunas horas para recuperar la lucidez y la calma. Pero ahora le dominaba continuamente una visión monótona que le privaba de la facultad de participar en el presente, de oír y comprender las palabras de los demás. Sanneo, después de darle

 

 

 

 

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unas extensas instrucciones, con voz deferente le preguntaba: «¿Ha entendido?». Aquel cambio de tono arrancaba a Alfonso de sus fantasías y decía que sí a fin de que le dejara en paz para volver a caer en sus sueños. Pero no había entendido nada. No había oído nada ni era capaz de inquietarse por ello. Se marchaba lentamente a su lugar con paso corto para ganar tiempo e interrumpir sus queridas visiones lo más tarde posible. Se obstinaba en pasar las tardes en la biblioteca, pero salía de ella como había entrado, sin ideas nuevas, pues su cerebro estaba cerrado para ellas. Sólo podía evocar cosas viejas para completar algún sueño de megalómano en el cual se veía demostrando su ciencia frente a terceros. Sus nervios estaban tan debilitados que llegó a hacer cosas de loco. Temía y evitaba a sus semejantes cuando no los conocía, y bastaba que por la noche pasara un hombre cerca para que se sobresaltara del susto. Se sentía mal a oscuras y el mínimo ruido le hacía estremecerse. Hecho un ovillo en su cama, con la cabeza bajo las mantas, permanecía horas enteras sin conciliar el sueño. ¡Era tan difícil! ¿Cómo no pensar en nada? A veces, se acostaba tan cansado que le parecía que sólo le faltaba cerrar los ojos para dormirse. Al echarse a la cama, el sueño le abandonaba; y cuando, horas después, llegaba a quedarse inmóvil en la cama, tenía que contentarse con un sueño sin intensidad en el que su cerebro continuaba trabajando sorda e indistintamente, sin que disminuyera el cansancio.

 

—Creo que está usted indispuesto —le dijo Cellani al verle pálido y trastornado—; tómese alguna semana de vacaciones si lo necesita.

Alfonso no aceptó al principio, y por la tarde tuvo que ir a pedir a Cellani lo que había rechazado por la mañana.

Con bastante brusquedad, también Sanneo le concedió el permiso solicitado. Hacía ya tiempo que había tenido que poner un ayudante a Alfonso, cierto Cario Alchieri, teniente de artillería retirado por tener el pecho delicado. Había entrado en el banco de Maller porque no le bastaba la pequeña pensión que le había sido asignada. Era un joven con rostro de viejo; llevaba barba entera de color indefinido; por lo demás, su apariencia era robusta. Fue el único que echó maldiciones al enterarse de que se concedía un permiso a Alfonso. Estaba asustado porque sabía que tendría que hacer frente sólo a todo el trabajo. Sanneo no era hombre que distrajera a los de la correspondencia de sus ocupaciones habituales para ayudar a un empleado temporalmente atosigado por el trabajo por las

 

 

 

 

 

 

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buenas —como decía Sanneo, es decir, sin intervención suya— por el simple hecho de que dicho empleado fuera suplente de uno que faltaba.

 

Fue suficiente salir al aire libre, sabiendo que podía quedarse algún tiempo y que estaba así por motivos de salud, para que Alfonso saliera de su inercia. Tenía vivos deseos de recuperar la salud. Hasta entonces no había lamentado su debilitamiento, pues le parecía, como a ciertos religiosos de la India, que la anulación de la materia traía consigo necesariamente un aumento de la inteligencia. Pero aquel estado de aburrimiento en que las cosas le parecían monótonas y grises no era inteligente.

Apenas había salido el sol cuando Alfonso, con un violento esfuerzo de voluntad, saltó de la cama. No sabía a dónde ir; el azar le conduciría; no faltaban montañas alrededor de la ciudad.

Para empezar, se propuso seguir a una compañía de soldados que salían a hacer instrucción. El sonido de su paso pesado y medido sobre el empedrado le hartó. Subió la calle Stadion casi corriendo para dejarlos atrás. Quería llegar al altiplano. Para ser el primer día, el esfuerzo sería suficiente. Aún no había pasado las últimas casas de la ciudad, que parecían de pueblo, bajas, algunas con granero y pintadas de colores vivos aunque algo turbios, y ya había cambiado de idea. Ansiaba el verde de la colina que yacía a su derecha, no el paisaje desconsolador del altiplano. Pasó por un puente de madera un río ancho pero casi seco; sólo un pequeño curso de agua límpida corría, caprichoso, entre las piedras blancas. Atravesó después un ancho paseo y al fin sintió bajo sus pies la tierra desnuda, la yerba viva que cedía a su peso. Cansado y jadeante, se echó al suelo. Estaba en un bosquecillo de arbolitos jóvenes, de troncos delgados y copas ya espesas que rumoreaban entre las brisas matutinas. A este rumor se unía el murmullo del chorro de agua que caía en una cisterna, en una casita baja situada a pocos pasos.

 

Volvió a dominarle el deseo de correr, la ambición de llegar lejos. Según iba subiendo, los árboles eran más espesos y robustos. Aquí y allá los arbustos le impedían el paso, y él se abría camino corriendo con febril impaciencia. No era capaz de mantener el paso tranquilo de un hombre fuerte. Cruzó otro paseo y otro bosquecillo, subiendo siempre sin meta. La sangre le latía en la cabeza y le faltaba el aliento, pero sólo se permitió brevísimas pausas. El cansancio le venció ante una alta muralla que

 

 

 

 

 

 

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cerraba el paso. Llevaba menos de una hora subiendo y se echó al suelo hecho trizas; entonces el reposo le pareció bien merecido.

 

Durante algunos minutos sintió una pesada fatiga que le asustó por el violento latir del corazón y de las sienes. Se quitó la chaqueta, la enrolló bajo su cabeza y se recostó junto a una encina. Poco después, aunque seguía sintiendo la fuerte afluencia de sangre, los pulmones se le abrieron a una respiración profunda. Desde hacía mucho tiempo no respiraba tan hondamente. Miró el pequeño prado que le rodeaba y, viéndolo tan claro, verde y riente, gozó como si hubiera sido suyo, como si estuviera destinado a ser habitación suya. Se veía un jirón de la ciudad. Una veintena de casas amontonadas y otras aisladas, esparcidas sobre la colina de enfrente. En el fondo, un retazo de mar azul con barcas inmóviles. El cielo claro, el horizonte sin nubes, el verde del campo, las casas situadas al azar, le sugerían una oleografía cuyos colores hubieran sido aplicados por una máquina, decreciendo la idea del pintor en la reproducción y desapareciendo la vida, el movimiento.

 

Se durmió como un niño, sonriente y con los puños cerrados.

 

Soñó fantásticamente con María. La reconoció por cierto vestido de colores vivos. Ella le decía que ya sabía que no había podido ir a la cita por causas de fuerza mayor. Le disculpaba y le amaba.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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VIII

 

 

 

Alchieri, agitado y gesticulante, con un montón de papeles en la mano, corría hacia la caja cuando vio a Alfonso que, sombrero en mano, entraba en el despacho de Sanneo para anunciarle que volvía a la oficina. Dio un grito de alegría y quiso detener a Alfonso, que siguió adelante sin verle; luego, inmediatamente tranquilizado, se sentó junto a Giacomo, que, a la expectativa en el pasillo, deletreaba embebido un periódico en voz baja. No encontrando a otros, explicó a éste que era la primera vez en quince días que se sentaba para descansar y no para escribir.

 

Sanneo saludó a Alfonso con cordialidad y, volviendo a un enorme registro en el cual escribía con su gruesa letra, le preguntó si se encontraba bien. Sin esperar la respuesta, con frases ininterrumpidas por el trabajo que a intervalos reclamaba su atención, le habló de algunas cartas que habían quedado pendientes, pero que se habían de responder lo antes posible. Luego le entregó algunas, acompañadas de explicaciones que Alfonso entendió a medias. Sanneo se refería a cosas ocurridas antes de su ausencia, época que a Alfonso le parecía muy lejana, como si hubieran pasado más de quince días. Se despidió de él con una buena nueva:

 

—Seguirá ayudándole el señor Alchieri, que trabaja bastante bien… me parece.

Alchieri le detuvo en el pasillo. Quería abrazarle para agradecerle que hubiera vuelto exactamente cuando había prometido:

—No podía más.

 

Luego se puso a explicarle varios asuntos, y allí, en el pasillo, le entregó todas las cartas que llevaba en la mano para mirar saldos de cuentas o dar aviso de letras de cambio. No veía el momento de librarse de todo ello.

Con aquellas cartas en una mano y el sombrero en la otra, Alfonso fue a saludar a Cellani.

 

 

 

 

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Lo encontró abriendo la correspondencia. Con unas enormes tijeras de un solo corte abría una parte del sobre, sacaba el contenido, que ponía a un lado, y antes de dejar el sobre, por prudencia, lo miraba a contraluz. También él seguía trabajando mientras hablaba con Alfonso, pero cuando éste, con su habitual timidez, le dio las gracias recordando que el permiso se lo debía a él, se levantó y, con una sonrisa amistosa en su rostro pálido, le estrechó la mano. Con movimientos poco enérgicos pero precisos y sin vacilaciones, pasó por el pequeño espacio que había entre la mesa y la silla; se diría que su esbelta figura de sportman en reposo, elegante pero débil, era transportada en vez de moverse por sí misma.

 

—Tiene usted muy buena cara —le dijo a Alfonso, mirando casi con envidia su rostro tostado por el sol. Tenía prisa por volver a su sitio. Estrechándole una vez más la mano, le dijo, riéndose—: Ahora… —y, con la pluma en la mano izquierda, simuló escribir con gran rapidez.

 

Alfonso vio que Alchieri había conseguido rebajar el número de asuntos pendientes, y, sentándose en su lugar, alentado por la amable acogida de Cellani, se propuso eliminarlos sin dejar que se acumularan otros. En sólo quince días, Alchieri, que salía de un cuartel, había introducido en el trabajo un sistema muy superior al de Alfonso, y a Alfonso le fue fácil conservarlo, por lo menos al principio. Una mayor tranquilidad de su organismo, fortificado por el aire libre, le hacía capaz de prestar una atención mayor, aunque siempre forzada.

 

También cuando iba a la oficina continuaba su cura de aire libre, como él la llamaba. Daba cada mañana un paseo de varias horas, habitualmente en dirección al altiplano, pues necesitaba el cansancio de la subida. Con su paso mesurado, que había reconquistado, recorría la larga carretera de Opicina, espaciosa y cómoda, que, al ser muy larga y con poca cuesta, en una sola vuelta, enorme semicírculo en torno a la ciudad, le llevaba hasta el altiplano. Alfonso descansaba en el cruce del sendero que conducía a Longera.

Desde allí veía el vasto altiplano mudo y desierto, con sus innumerables y pequeñas colinas de piedras de mil formas, puntiagudas, redondas, planas, montones de piedras llovidas desde lo alto y colocadas por el mismo azar que había fabricado el monte Re, situado en el horizonte con su amplia ladera de suave pendiente por una parte y con un corte casi perpendicular por la otra.

 

 

 

 

 

 

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Alfonso nunca pasaba de aquel punto, y no por falta de tiempo. Desde allí veía también la ciudad con sus casas blancas y el mar, que solía estar por la mañana tan calmo como si las pocas horas transcurridas desde el amanecer no hubieran bastado para despertarlo. El verde de los promontorios, a la izquierda de la ciudad, y el color del mar contrastaban singularmente con las piedras grises del altiplano.

 

Bajaba a la ciudad sosegado, como antes estaba al salir de la biblioteca. Pasaba, sin entrar en él, junto a Longera, pueblo de forma oblonga ya casi en el valle, de casitas amontonadas, que se apretaba contra el monte como si buscara abrigo en él, cuando fácilmente hubiera encontrado aire y espacio invadiendo los campos circundantes. Comenzaba a aquella hora en las calles de la aldea el hormigueo de las gentes, y desde lejos se veían las señales exteriores de la actividad y de los destinos humanos en pocas figuras que se movían por las callejuelas. La carrera rápida de un muchachito, que Alfonso pudo seguir de un lado a otro del pueblo; la salida de su casa de un campesino con sombrero, que, antes de echar a andar, examinó el cielo con calma, quizá para saber si debía llevar el paraguas; en una callejuela más lejana, un hombre y una mujer charlaban, tal vez de amor, a pesar de la hora; en un patio trillaban el trigo, y había tanto movimiento que desde lejos se podía tomar por manifestaciones de alegría. Luego pasaba por el risueño San Giovanni, con sus casas esparcidas, su iglesia blanca y pequeña, vacía y abandonada durante la semana y tan llena el domingo que los devotos no cabían en ella, de modo que las labradoras, vestidas de lana negra orlada con anchas cintas de seda azul o roja, atestaban la plazuela practicando sus devociones al aire libre.

 

El nuevo método de vida de Alfonso era perjudicial para sus estudios, pues el primer resultado de sus paseos al aire libre fue la necesidad que sintió de él y una incapacidad de permanecer durante mucho tiempo en lugares con aire viciado. A veces, al salir de la oficina, se dirigía a la biblioteca, pero raramente vencía la repugnancia que le producía quedarse allí más de media hora; le dominaba una intranquilidad invencible que le arrastraba al aire libre, que le hacía quedarse encantado en algún muelle, vacío de ideas y sin sueños, sin más preocupación que absorber aquella brisa marina cuyos inmediatos y benéficos efectos imaginaba sentir.

Luego se iba a casa y, durante la cena, formulaba a veces el propósito de pasar la noche sobre algún libro, pero el cansancio le vencía y dormía

 

 

 

 

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nueve, diez horas de sueño tranquilo y tan benéfico que no podía tener remordimientos.

 

No obstante, fue precisamente entonces cuando su ambición se concretó en el sueño de un éxito. ¡Había encontrado su camino! Fundaría la moderna filosofía italiana con la traducción de un buen tratado alemán y, al mismo tiempo, con un trabajo original suyo. La traducción se quedó en estado de propósito, pero hizo parte del trabajo original. El título, «La idea moral en el mundo moderno», y el prefacio, donde explicaba la finalidad de su trabajo. Era una finalidad teórica sin ninguna intención de utilidad práctica, lo cual ya le parecía una novedad en la filosofía italiana. Quería, tal era, en pocas palabras, el contenido del libro, y hasta entonces ni el mismo Alfonso sabía más, probar que la idea moral en el mundo no tiene otro fundamento que una imposición necesaria para el provecho de la colectividad. La idea no era muy original, pero el modo de desarrollarla podía serlo si tendía exclusivamente a la investigación de la verdad sin ninguna preocupación por las posibles consecuencias en la vida práctica: valor y sinceridad no le faltaban. Escribiendo, tenía todo el valor que le faltaba en la vida; y en sus estudios, realizados con el único fin de aprender, no podía haber perdido la sinceridad. No conocía los elementos que constituyen el éxito literario ni se preocupaba por ello. Quería trabajar, trabajar bien; el éxito vendría solo.

 

Trabajaba bien, pero poco. Recurría con el pensamiento demasiado a menudo a la obra completa, mientras que las frases ya elaboradas se podían contar con los dedos. En sueños veía mayores aún los méritos de la obra, que, por no estar hecha, todavía no podía ser perjudicada por las resistencias de la pluma. Unos meses más tarde, al ver que el resultado de sus esfuerzos estaba contenido en aquellas tres o cuatro paginillas del prefacio en que prometía hacer y demostrar, pero sin haber hecho o probado nada, fue presa de un gran desaliento. Aquellas páginas representaban el trabajo de meses, pues en aquel intervalo no había hecho nada más. Ni una sola vez había cansado su cerebro estudiando, y aquellas páginas eran el único progreso que había hecho hacia su meta. Era tan poco que equivalía a una renuncia tácita a cualquier ambición.

 

Consideraba más legítimamente su renuncia por el hecho irrefutable de que en el banco se encontraba mejor y odiaba menos el trabajo, que en un principio había supuesto un antagonismo con la labor intelectual a que quería dedicarse. La ayuda y el ejemplo de Alchieri habían contribuido a

 

 

 

 

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hacérselo menos odioso, pero también había colaborado a ello el cese casi total de la actividad inteligente.

 

Durante mucho tiempo intentó inútilmente reanudar sus lecturas en la biblioteca pública, dejando de lado el trabajo filosófico. Una noche, Sanneo le echó una reprimenda por haber cometido un error. Aun reconociendo que se la merecía, le irritó el modo de hacerlo y la brusquedad de las palabras. Antes, recordaba, salía del abatimiento que le producían los incidentes de la vida de empleado aplicándose con mayor fervor a sus estudios, que habían de sacarlo de su posición subalterna. Fue aquel hecho lo que, tras larga ausencia, le llevó de nuevo a la biblioteca.

Se dedicó a la lectura de una revista bibliográfica italiana. Las lenguas no le obedecían y tenía que dedicarse exclusivamente a lecturas italianas. Leyó alrededor de una hora, efecto de la brutalidad de Sanneo, con atención espontánea, una polémica sobre la autenticidad de ciertas cartas de Petrarca, y cuando cesó quedó satisfecho, añorando los tiempos que el cansancio de su cerebro le recordaban; era una añoranza intensa, como si desde entonces su vida hubiera cambiado mucho.

Cuando levantó la cabeza se dio cuenta de que frente a él estaba sentado Macario, que le miraba fijamente, indeciso.

—¡El señor Nitti! —dijo casi preguntando; debía ser hombre de memoria flaca. Luego le tendió amistosamente la mano.

Salieron juntos.

 

—¿Viene a menudo? —preguntó Macario ocupándose también esta vez de arreglarse el abrigo, una larga capa de color gris con grandes botones de hueso.

Alfonso le contestó con toda desenvoltura que iba todas las tardes y, tácitamente, se propuso hacer de la mentira una verdad en lo sucesivo.

 

—Yo desde hace ocho días, y es una pena que sea la primera vez que nos vemos —dijo Macario amablemente. Le preguntó qué estudiaba.

—Literatura —confesó Alfonso, vacilante.

 

Le gustaba poder decírselo a Macario, pero vacilaba conociendo su mordacidad. Explicó que tenía la costumbre de estudiar algunas horas cada día para distraerse del trabajo de la jornada.

—¿Y qué lee? —preguntó Macario, que le miraba con sorpresa. Encontraba que Alfonso, a pesar de su cara bronceada, tenía un

aspecto menos rústico que hacía unos meses. Hablaba con más desenvoltura y, por otra parte, Macario era lo suficientemente inteligente

 

 

 

 

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para darse cuenta de ello, manifestaba cierta superioridad al negar cualquier importancia al hecho de estudiar con regularidad.

 

Sabiendo el desprecio que algunos sentían por los filósofos y la filosofía, Alfonso se abstuvo de nombrar a sus autores predilectos y habló sólo de algún crítico. Macario se debía dar cuenta, sin embargo, de que se trataba de una persona que se permitía el lujo de emitir juicios propios, y le sorprendió encontrarlo bastante maligno. Alfonso sentía gran entusiasmo por autores que no nombró ante Macario.

 

Por su parte, Alfonso pronto supo de qué tipo era la cultura de Macario. Se dio cuenta de que éste le consideraba lo suficiente como para dedicarse a un mal disimulado esfuerzo por llevar la conversación al campo de sus conocimientos a fin de quedar bien. Habló de naturalistas modernos. Alfonso había leído alguna novela suya y alguna crítica, y se había hecho una idea propia con la calma del estudioso desinteresado que era por aquel entonces. Admiraba ciertas partes y rechazaba otras; Macario era un partidario decidido, y su entusiasmo bastó a Alfonso para examinar su espíritu. Así, mientras Macario le miraba con cierta sonrisa burlona que quería significar: «Mis pocos estudios valen tanto como los muchos tuyos, porque tengo buen olfato», el aspecto de Alfonso, serio, atento, de alumno que recibe una lección, ocultaba la satisfacción de sentirse superior. Evitaba una discusión de la que no podía esperar salir vencedor frente a la facilidad de palabra de Macario. El papel del indiferente era, sin embargo, imposible ante semejante interlocutor, y, casi involuntariamente, Alfonso dio muestras de asentimiento, que, para tranquilizar su conciencia, destinó no a toda la idea, sino a frases particulares. Algunas eran tan hermosas que Alfonso sospechó serían robadas. Hablaba de la creación hecha por el hombre, que, por sus resultados, no tenía nada que envidiar a la bíblica. En el método diferían bastante, pero ambas creaciones llegaban a la producción de organismos que vivían por sí mismos sin huella ninguna de haber sido creados.

 

Macario le contó que iba a la biblioteca para leer con calma a Balzac, a quien los naturalistas consideraban su padre. No lo era en absoluto, o, por lo menos, Macario no lo reconocía. Definía a Balzac como un pedante cualquiera digno de haber vivido a principios del presente siglo.

Habían llegado a la plaza Delle Legna caminando tan lentamente que les había costado media hora. Por el camino, Macario había encontrado tiempo para admirar la linda carita de una modistilla y para hacer enrojecer

 

 

 

 

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a una señorita clavándole dos ojos admirados. Alfonso, en cambio, no había hecho sino escuchar.

 

—¿Dónde vive? —preguntó Macario apoyándose en su brazo.

 

—Por aquel lado —e indicó vagamente la ciudad vieja.

 

—Le acompañaré un trecho.

 

¿Cómo era posible no sentirse halagado por tanta amabilidad? ¿Y cómo era posible discutir para defender a Balzac de la acusación de pedante? Como respuesta al amable ofrecimiento, Alfonso sacrificó resueltamente a Balzac:

—Es retórico a menudo, ¡sin duda!

 

No entraron en la ciudad vieja, sino que volvieron al Corso.

 

—¿Sabe usted que ahora se lo pasaría divinamente en casa de mi tío? Se ha vuelto una casa muy distinta; Annetta se dedica a la literatura. ¿Quiere que vayamos a verla? Ha vuelto del campo hace ocho días y recibe a sus amigos casi todas las noches; está en camino de emanciparse aún más que antes.

—¿De verdad? —preguntó Alfonso mostrando sorpresa.

 

Intentaba encontrar una respuesta para rechazar la invitación.

 

Macario actuó como si Alfonso ya la hubiera aceptado. Seguido por él, cruzó el Corso y tomó la calle Ponte Rosso. Alfonso le seguía indeciso:

—¡Ya la verá! Así es hermosísima. Se pasa la mitad del día ante el escritorio. Es una vocación que no inquieta a nadie; dentro de algunos meses no hablará más de ello. Creo que le ha hecho perder la cabeza la fama conquistada en Italia por otras mujeres. ¡Estas mujeres! Empieza una y las demás la siguen como ovejas. El ejemplo de los hombres no cuenta para ellas. Imitan a ésta, imitan a aquélla y nunca se dan cuenta de que imitan; sus cabecitas entienden tanto sobre la originalidad que la confunden con la exactitud, exactitud para copiar. Para ellas, la original es la primera que imita a los hombres.

Alfonso se rió.

 

—¿Y la señorita Annetta?

 

—De la señorita Annetta como escritora no sé nada, pues es tan cauta que mientras no haya imitado algo con gran cuidado no dejará ver nada; por lo tanto, hay que esperar algo más para emitir un juicio seguro, ya que se trata de saber a quién habrá escogido para imitar. Ya sabe usted la opinión que tengo de Annetta. Capacidad extraordinaria para las

 

 

 

 

 

 

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matemáticas… —e hizo su gesto habitual para acentuar lo implícito—. De momento, vamos a hacerle la corte.

 

Entraba en la calle Dei Forni; Alfonso le detuvo.

 

—No voy, no puedo ir. Me esperan en casa y, además, en este estado… Tenía el rostro encendido y hablaba con más calor del necesario para

rechazar la invitación de Macario.

 

—Desde luego, no le obligaré. ¡Pero qué lástima! Si alguien le espera, hace usted bien en negarse, por supuesto, pero si es por el traje, se equivoca. Para empezar, está limpio, y además, ahora que Annetta es literata, le gustan los bohémiens. ¡Venga pues, vamos!

¡Pero Alfonso opuso resistencia! Por lo que Macario le había dicho, había entendido que Annetta le trataría con amabilidad, pero quería hacerse de rogar. No podía obtener otra satisfacción a la ofensa que se le había hecho y quería exigir por lo menos aquélla.

—Usted recuerda todavía la frialdad de Annetta, hace unos meses —y aunque Alfonso protestara y afirmara que ya no la recordaba, Macario al irse le riñó cordialmente tratándolo de muchacho.

La tarde siguiente se encontraron de nuevo en la biblioteca. Alfonso fue con más ganas. La conversación con Macario le divertía y su compañía le halagaba.

El espíritu de Macario vencía siempre la ciencia de Alfonso, y Macario estaba convencido de que le daba lecciones. Se engañaba. Si Alfonso aprendía algo de él, era observándolo como objeto de estudio.

 

Entretanto, había comprendido la calidad del espíritu de Macario. Percibía sus errores, cometidos para hacerla evidente con mayor facilidad y, si a veces mostraba admiración, era porque admiraba la desenvoltura con que Macario negaba o afirmaba en materias sobre las cuales mentes superiores vacilaban. Macario caía a menudo en contradicciones, pero nunca en un mismo día. Estaba sujeto al humor del día. De acuerdo con éste se ponía determinados ropajes ajenos y vivía en ellos como si fueran suyos y no hubiera tenido que quitárselos nunca más. Esto le resultaba fácil gracias a su cultura superficial, lo bastante extensa como para sacar de ella los medios necesarios para crear un tipo de persona culta y extravagante pero no tan profunda que pudiera darle una firme convicción propia tal que no pudiera renunciar a ella ni en broma.

 

Aquella segunda noche se metió con la prensa. Dijo que el que escribe en un periódico siempre finge, nunca es sincero del todo. Suele presentar

 

 

 

 

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al público lo viejo como si fuera nuevo, lo reprobable como elogioso, y así sucesivamente. Hasta aquí se había mostrado débil, pero iba tomando fuerza. ¿Para qué servía la ciencia? Exceptuando a los que se dedican a la investigación original en un determinado campo, los demás se equivocan ocupándose demasiado de ella. Se cansan la cabeza y no sacan ningún provecho, pues el que entiende bien una parte tiene la mente tan educada como el que ha estudiado partes diversas. Por lo tanto el papel impreso más que beneficiar a la mente la perjudica. Aquel por lo tanto no era del todo directo, pero Alfonso no dio muestras de haberlo percibido y Macario se complació con su propio razonamiento.

 

—¡Espléndido! —exclamó una tarde Macario en la biblioteca; y puso ante Alfonso un librito que acababa de leer: Louis Lambert, de Balzac.

 

También lo leyó Alfonso en dos o tres días, y su admiración no fue menor. Exceptuando una carta de amor de una pasión profunda, tan sensual que dejaba de serlo, no admiró tanto los méritos artísticos de la obra como la originalidad de todo un sistema filosófico expuesto de modo sucinto pero íntegro y pormenorizado y regalado por el autor a su protagonista con la esplendidez de un gran señor.

Macario le preguntó si le había gustado y Alfonso estaba a punto de decirle con sinceridad su opinión. Pero Macario, con prisas, como si temiera que le robaran las ideas, dijo e impuso su juicio:

—¿Sabe por qué es un buen libro? Es el único de Balzac verdaderamente impersonal, y lo es por casualidad. Louis Lambert es un loco, y todo su ambiente está formado por locos; y, por complacerse, en esta ocasión el autor se representa a sí mismo loco. De ese modo resulta un pequeño mundo que se presenta por sí mismo intacto sin la menor injerencia exterior.

Alfonso se quedó estupefacto ante esta crítica tan original como falsa. A su juicio le faltaba método, pero no lo dijo por temor a ser colocado también él en aquel pequeño mundo que se presentaba por sí mismo.

A Macario debía gustarle su compañía. La buscaba a menudo; alguna noche tuvo incluso la amabilidad de ir a esperarle a la oficina.

A Alfonso no se le escapó la causa de este afecto repentino. Se debía a su docilidad y, pensó, también a su pequeñez. Era tan pequeño e insignificante que junto a él Macario se encontraba bien. No por ello le complació menos su amistad. Las cortesías gustan, aun compradas a elevado precio. No dejaba de estimar a Macario. Por algunas de sus

 

 

 

 

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cualidades admiraba a aquel joven tan elegante, artista inconsciente e inteligente aunque hablara de cosas que no conocía.

 

Macario poseía un pequeño cutter y con frecuencia invitaba a Alfonso a paseos matutinos por el golfo. En su vida triste, aquellos paseos fueron para Alfonso verdaderas fiestas. En la barca le era aún más fácil dar su asentimiento a las afirmaciones de Macario, y en gran parte no las oía. Seguía empeñado en la conquista de una sólida salud que consideraba le era necesaria para soportar la dura vida de trabajo a que se proponía someterse, y los efluvios marinos debían ayudarle a conseguirla.

Una mañana que soplaba un viento impetuoso, en la punta del muelle donde esperaban la barca que debía venir a recogerlos Alfonso propuso a Macario abandonar aquella mañana el paseo, que le parecía peligroso. Macario comenzó a burlarse y no quiso hacerle caso.

 

El cutter se aproximaba. Escorado por las velas blancas hinchadas por el viento, parecía a punto de volcar a cada instante enderezándose en el último segundo para escapar al peligro inminente. Alfonso, desde tierra, era presa de los estremecimientos nerviosos que se sienten al ver a una persona en peligro de caer; sólo por temor a las ironías de Macario no le dejó partir solo.

Ferdinando, un mozo que había sido marinero, dirigía la barca. Dejó el timón a Macario, que se sentó después de quitarse la chaqueta, como si se preparara para grandes esfuerzos:

—Ahora, a todo gas —gritó a Ferdinando.

 

Ferdinando bajó a tierra y arrastró el cutter por la proa desde una esquina del muelle a la otra. Luego, con un pie afianzado en el suelo y el otro sobre el cutter, lo empujó al mar abierto. Alfonso le miró temblando; temía verlo hundirse en el agua, y aunque fuera pequeño, la inminencia de un peligro le hacía sobresaltarse.

—¡Qué ágil! —dijo a Ferdinando.

 

Le parecía estar en sus manos y tenía el deseo casi inconsciente de ganarse su amistad. Ferdinando levantó la cabeza, juvenil a pesar de la barba grisácea y de la calvicie bastante avanzada, y dio las gracias. No siendo el mar su oficio, le convenía aparentar habilidad. Entendió mal, sin embargo, el sentido de la recomendación. Atrajo con fuerza la vela hacia sí y la fijó, tensándola luego con ayuda del peso de su cuerpo. Inmediatamente, el viento, que pareció surgir entonces, la hinchó, y la barca se ladeó fuertemente por la parte en que estaba sentado Alfonso.

 

 

 

 

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Se había propuesto demostrar sangre fría, pero sus propósitos no resistieron aquel susto imprevisto. Pudo contener un grito, pero saltó al otro lado esperando enderezar la barca con su peso. Se tranquilizó algo al sentirse más lejos del agua y se sentó agarrándose con las manos al banco.

 

Macario le miró con una ligera sonrisa. Le gustaba sentir su calma junto a Alfonso, y para hacer más evidente la diferencia mantuvo el cutter bajo la fuerte acción del viento. Alfonso vio la sonrisa y quiso adoptar el aspecto de una persona tranquila. Señaló a Macario, en el horizonte, las blancas cimas de montañas cuyas bases no se veían.

Al pasar junto al faro, pudo medir la rapidez con que cortaban el agua; dio un salto creyendo que la barca iba a estrellarse contra las piedras que la rodeaban.

—¿Sabe nadar? —le preguntó Macario con tranquilidad—. Lo peor será que volvamos a casa a nado. Pero —y fingió una gran preocupación— aunque sienta que se hunde, no se agarre a mí, pues estaríamos perdidos los dos. Nos ocuparemos de usted Nando y yo. ¿No es verdad, Nando?

Desternillándose de risa, éste lo prometió.

 

Con sus modales de pensador, Macario se explayó en consideraciones sobre los efectos del miedo. Cada diez palabras, levantaba su mano aristocrática girándola en el aire; y Alfonso sabía que todos los sobreentendidos que creaba aquel gesto, acogidos al vacío de su mano, estaban dirigidos a él y a su miedo.

—Muere un número mayor de personas por miedo que por valor. Por ejemplo, si se caen al agua, mueren los que se agarran a todo lo que tienen cerca —y guiñó el ojo mirando hacia las manos de Alfonso, que se cerraban nerviosamente sobre el banco.

Y pasaron junto al verde Sant’Andrea sin que Alfonso consiguiera dominarse. Miraba, pero no gozaba. La ciudad, cuando la volvió a ver ya de vuelta, le pareció triste. Sentía un gran malestar, un cansancio como si hubiera hecho un largo camino y luego no le hubieran dejado reposar. Debía tratarse de un mareo, y provocó la hilaridad de Macario al decírselo.

—¡Con este mar!

 

En efecto, el mar, azotado por el viento de tierra, no tenía olas. Había en él unas fajas anchas encrespadas y otras ahondadas y lisas que, fustigadas por el viento, parecían haber perdido la superficie. En el dique

 

 

 

 

 

 

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había un alegre alboroto que parecía producido por innumerables lavanderas que enjuagaran la ropa en el agua.

 

Alfonso estaba tan pálido que Macario sintió piedad por él y ordenó a Ferdinando recoger velas. Estaban en el puerto, pero para llegar al punto de donde habían partido tuvieron que pasar ante él dos veces.

 

Se oían los gritos de las gaviotas. Macario, para distraerle, quiso que observara el vuelo de aquellas aves, tan sereno y regular como la cuesta de una calle, y sus caídas rápidas como si fueran de plomo. Se las veía solitarias, volando cada una por su propia cuenta, con las grandes alas blancas tendidas y el corpezuelo desproporcionadamente pequeño cubierto de plumas ligeras.

—Hechas a propósito para pescar y comer —filosofó Macario—. ¡Qué poco cerebro hace falta para pillar un pez! El cuerpo es pequeño. ¿Qué será la cabeza? ¿Y qué será el cerebro? ¡Cantidad indigna de consideración! La desgracia del pez que acaba en su pico son esas alas, esos ojos, ese estómago, ese formidable apetito que para saciarse le impulsa a una caída desde lo alto. ¡Pero el cerebro! ¿Qué tiene que ver el cerebro con la pesca de un pez? ¡Y usted que estudia, que se pasa horas enteras ante el escritorio nutriendo un ser inútil! Quien al nacer no tiene alas nunca las tendrá. Quien por naturaleza no sabe caer en el momento exacto sobre la presa no lo aprenderá jamás y será inútil que mire cómo lo hacen los demás: no sabrá imitarlos. Se muere exactamente tal como se nace: las manos, órganos para aferrar o incapaces de sujetar.

 

Alfonso quedó impresionado por esta plática. Se sentía muy desdichado por la agitación que le había dominado ante cosas de tan escasa importancia.

—¿Y yo tengo alas? —preguntó esbozando una sonrisa,

 

—¡Para hacer vuelos poéticos sí! —respondió Macario; e hizo girar la mano, aunque en su frase no hubiera ningún sobreentendido que necesitara de aquel gesto.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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IX

 

 

 

Annetta había vuelto a la ciudad aproximadamente un mes antes que su padre, que desde el lugar de veraneo se había ido por negocios a la capital. Aquel mes pasaron por las manos de Alfonso muchas comunicaciones de Maller; páginas enteras redactadas con descuido, sin mesura. Se trataba de negocios y Alfonso no se sometió de buena gana a la tarea que suponía aquella lectura. Una última comunicación le fue mostrada por Starringer, el expedidor, por cuyas manos pasaban todos los documentos, que leía sin excepción. La comunicación de Maller se cerraba con las palabras: «Avisad a mi familia de que llego mañana por la mañana. Que vaya el coche a recogerme a la estación».

 

El señor Maller debía haber llegado hacía ya veinticuatro horas, y Alfonso aún no lo había visto. Esperaba encontrarse cara a cara con él de un momento a otro, y caminaba por el pasillo más tímido que de costumbre.

Miceni vino a avisarle de que acababa de salir del despacho de Maller, adonde había ido para saludarle. El señor Maller le había acogido con gran cortesía y le había apretado dos veces la mano. Habitualmente, al hablar de sus superiores Miceni era venenosamente democrático; pero aquel día, bajo la impresión de aquellos dos apretones de manos, era más suave y parecía haber olvidado la jugada que le había hecho sufrir Sanneo. No sólo elogiaba al señor Maller por su cortesía, sino que, como empleado afectuoso, se alegraba de encontrarle con un aspecto floreciente.

—¿Me aconsejas que vaya a saludarle también yo? —Van casi todos; puedes hacer lo que mejor te parezca.

Alchieri había ido, pero no valía como norma, pues Sanneo le había mandado a la dirección por unos asuntos, por lo que había saludado a Maller ocasionalmente. Tampoco White podía servir como ejemplo a

 

 

 

 

 

 

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Alfonso, ya que las dependencias de los directores eran casi su despacho y pasaba en ellos la mitad del día

 

Ballina no quiso ir. Él no tenía dudas:

 

—De Jesús no se hace burla, de sus vicarios sí. Cuando llegó Sanneo fui a saludarle porque sabía que le gustaba y que no era tan astuto como para suponer que yo daba algo más que un paso diplomático. El señor Maller debe tener algo en la cabeza para poder ser el amo de todos nosotros, y yo no me permito bromear con él.

Alfonso permaneció indeciso durante todo el día. Había olvidado pedir consejo a Macario, que le hubiera sacado de dudas con una sola palabra. Todo lo dudoso acababa por volverse importante para Alfonso. Yendo, temía molestar a Maller y que éste lo hiciera ver; y no yendo, que su ausencia fuera considerada una falta de respeto.

Estaba por salir del banco posponiendo la difícil resolución para el día siguiente, cuando ésta se le presentó más fácil al haber muchos empleados esperando en el pasillo para saludar a Maller. Decidiendo con rapidez, se unió a ellos.

El viejo Marlucci, un toscano que hablaba siempre del gobierno del gran duque con añoranza, salió del despacho del jefe. De sesenta años de edad y sentado desde hacía unos veinte tras un libro maestro, era amigo íntimo de Jassy. Iban y venían juntos unidos por una misma desgracia: la debilidad de las piernas. Pero mientras Jassy tenía, además del cerebro vacilante, las manos débiles y nerviosas, el toscano tenía los ojos negros tranquilos, la palabra siempre límpida, precisa. Alineaba diariamente en su libro cierta cantidad de números nítidos, ordenados, y en él no había más correcciones que las causadas por los errores de las demás secciones.

Alfonso, a impulsos de su preocupación, le preguntó:

 

—¿Y qué hay que decirle al señor Maller?

 

—¡Si no lo sabe estése callado! —le contestó Marlucci riéndose, y siguió adelante.

Junto a Maller no había más empleado que White, a quien estaba dando instrucciones. En el vano de la ventana estaba sentada una mujer; sin mirarla, Alfonso adivinó que era Annetta, y sintió que la sangre le afluía al corazón.

El señor Maller interrumpió por un instante su coloquio con White, tendió la mano a Alfonso y, con una sonrisa fría, le preguntó si estaba bien. Retirando la mano, se puso otra vez a hablar con White.

 

 

 

 

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Alfonso comenzó a caminar, pero una voz suave, femenina, que desentonaba en aquel despacho, le detuvo:

 

—¡Señor Nitti!

 

Se detuvo y se dio la vuelta. Era Annetta. Llevaba un vestido gris y el velillo gris de un sombrerito redondo levantado sobre la frente blanca. Una figura casta pero de matrona.

Le alargó la mano.

 

—¿Está enfadado conmigo y no quiere verme?

 

Alfonso protestó afirmando que en realidad no la había visto.

 

Balbuceaba. Pero dijo más palabras de las que hubieran sido necesarias.

 

—No le hago un reproche —le dijo en voz baja y tan confidencialmente que él se estremeció con una sorpresa gozosa, pero también preocupado por lo que pudieran pensar los presentes—. Sin duda, tiene usted razón. Deme la mano, y un poco más cordialmente que la última vez.

Sonreía mirándole con fijeza, esperando verse prontamente correspondida con igual amabilidad. Haciendo un esfuerzo, Alfonso le sonrió con gratitud. Se sentía halagado por que ella demostrara que recordaba los detalles de aquella noche.

Ella miró su mano, cerrada en la de Alfonso. Alfonso abrió la suya y también miró. La manita blanca y regordeta de Annetta, cubierta a medias por un guante, yacía en la suya áspera, con el anular, por la parte del índice, negro de tinta.

—¿Ve usted a menudo a mi primo?

 

—¡Casi todas las tardes!

 

—Me habla mucho de usted.

 

—Gracias —murmuró Alfonso.

 

Quería que aquel gracias estuviera dirigido a Macario.

 

—¿Será posible volver a verle alguna vez en mi casa? Verá cómo se aburre menos que la última vez.

Alfonso murmuró palabras poco claras. Ella entendió por el sonido que se ponía a su disposición.

—Venga mañana por la noche. Probablemente habrá algunos amigos.

 

Sin cumplidos; pues a usted, por lo que me dicen, le disgustan mucho. La

 

casa está siempre abierta para usted.

 

Riéndose, Maller se puso de pie:

 

 

 

 

 

 

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—Queridos amigos, éste es el despacho destinado a los negocios. Si quieren charlar vayan al despacho del señor Nitti.

 

Annetta no se turbó por la interrupción. Contestó a su padre invitándole a acabar pronto con los negocios, o se marcharía sin esperarle más. Se despidió de Alfonso con un tono de voz más suave, sonriéndole amablemente, acaso también compadecida al verle enrojecer hasta la raíz del cabello

White fue poco después a su despacho, y como estaba Alchieri, por delicadeza le habló en voz baja:

—Le felicito por la amistad que ha sabido usted inspirar a la señorita Annetta. Es algo hermoso pero peligroso. Tenga cuidado de no enamorarse de ella.

Macario le llevó consigo la noche siguiente a casa de Annetta. Al entrar en el vestíbulo de aquella casa, Alfonso recordó el estado en que había salido de allí meses antes y le pareció que aquella visita tendría una gran importancia en su vida. En efecto, al comenzar su vida en la ciudad se había sentido humillado por Annetta, y su humillación había marcado todo lo que luego había hecho. Había aumentado su natural timidez haciendo más difíciles sus relaciones con Maller, con Sanneo, con todos sus superiores. Por fin, en un lugar que no fuese la casa de los Lanucci, se le permitía comportarse de otro modo que como humilde inferior.

Por el camino, Macario le iba citando a las personas que, se podía presumir, encontraría en casa de Annetta.

Sobre todo, Spalati, el profesor de lengua y literatura italianas de quien Annetta tomaba lecciones. A juzgar por la descripción que hizo de él, a Macario debía gustarle poco. Era, según él, naturalista, pero cuando se encontraba ante un escritor italiano, indagaba con pedantería si usaba palabras no legitimadas por Petrarca. Por lo demás, confesó Macario, era un joven muy bien parecido y se veía que ésta era la cualidad que le privaba de la simpatía de su biógrafo.

Con el deseo de rodearse lo antes posible de gente afín a sus nuevos gustos, Annetta había atraído a las personas más inteligentes de entre sus conocidos. Entre otros a Fumigi, pariente de Maller, de cuarenta años. Macario contaba cómo se sabía que su ambición había sido, en principio, hacerse libre con su trabajo para dedicarse enteramente a ciertos estudios matemáticos de su predilección. Era un hombre de negocios, director de una firma importante, y las malas lenguas afirmaban que la posibilidad de

 

 

 

 

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esa libertad ya existía; también Macario era de esa opinión. Era natural que el trabajo tenaz de cada día hubiera acabado quitando a Fumigi cualquier otro deseo

 

—No creo que tenga más inclinación que esas matemáticas cuyo resultado se puede palpar. Conserva su aspecto de matemático porque no debe resultar desagradable ser considerado como futuro descubridor de la cuadratura del círculo.

Frecuentaba las reuniones de Annetta un médico jovencito, cierto Prarchi, recién salido de la universidad; era una de las pocas personas de este mundo apasionadas por su oficio y no por el ajeno, decía Macario.

—Trabaron conocimiento en un balneario, y a Annetta, por ese poco de buen sentido artístico de que me es deudora, le gusta oír hablar de cosas realistas, y por lo tanto de mediciné. El jovencito tiene un gran defecto: la exageración de sus cualidades. Habla con tanto gusto de medicina que a veces habla hasta de la dosis. Annetta me confió, y que esto quede entre nosotros, que todo ese grupo de buenas personas le aburre. El año pasado, cuando tenía estrecha amistad con otras personas que valían menos, pero que vivían mejor, la casa, hay que confesarlo, era más alegre.

 

Al llegar al rellano oyeron el sonido del piano. Macario preguntó a Santo quién tocaba.

—¡La señorita Annetta! —y contestando, como de costumbre, más de lo que se le preguntaba—: ¡Desde hace casi una hora!

—¡Oh! ¡Admirable paciencia la de esos señores! —exclamó Macario dirigiéndose a Alfonso. Preguntó a Santo quiénes estaban.

—¡No hay nadie!

 

—¿Hoy es miércoles? —preguntó Macario perplejo.

 

—Sí señor. La señorita hizo avisar al profesor Spalati; lo sé porque fui yo mismo a avisarle de que no viniera, pues tenía una fuerte jaqueca.

 

—Entonces pregunte a la señorita si está dispuesta a recibirnos; quizá la jaqueca exista también para nosotros.

El sonido del piano cesó y Annetta fue a recibirlos a la puerta del cuarto de estar.

—Sin cumplidos, ¡adelante! —les dijo—. La jaqueca ha pasado.

 

Macario había precedido a Alfonso. Se detuvo resuelto:

 

—A condición de que no hagas que nos ataque a nosotros. ¡Tienes que prometernos que no tocarás más!

—Bien sabes que para que tú me oigas es preciso que me lo pidas.

 

 

 

 

 

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Entraron. Annetta se ocupó únicamente de Alfonso y dejó que Macario se acomodara solo.

 

A Alfonso le parecía que podría moverse con perfecta soltura porque la cordialidad de Annetta se lo permitiría. En efecto, como si hubiera estado solo en su cuarto, pensaba fríamente hermosas frases; pero cuando quiso decirlas, perdió la calma y las desgranó balbuceando.

 

Murmuró que oiría con gusto tocar a Annetta; y se había propuesto decir, pero se contuvo ante la pulla de Macario, que si hubiera tenido jaqueca, el sonido del piano se la habría quitado. Annetta le dio las gracias después de haberle ayudado a terminar la frase, y él tuvo que reconocer que era muy fácil hacer un buen papel ante personas que no tenían interés en que lo hiciera malo.

Precisamente la jaqueca, contó Annetta, la había llevado al piano. Macario no hablaba y ellos dos, que por primera vez conversaban juntos, se agarraban al único tema como si temieran no encontrar otro si lo dejaban. Annetta dijo que comprendía que la música pudiera provocar a otros jaqueca, pero que la atención que debía prestarle quien la ejecutaba le distraía de cualquier preocupación y de cualquier mal.

 

Alfonso admiró la verdad de aquella observación y hubiera querido confirmarla citando a un filósofo que equiparaba los dolores a las preocupaciones, y que sugería, como remedio para ambos, la distracción. Sin embargo, calló, inclinándose con una sonrisa de asentimiento. En el último momento le habían dado miedo aquellas frases sencillas pero concatenadas y, heroicamente, había renunciado a decirlas por no exponerse al peligro de confundirse.

Contribuía a quitarle la desenvoltura el examen cuidadoso de sus propios sentimientos. Había comenzado a hacerlo desde que cruzó el umbral de la habitación. Aquella mujer no le era indiferente. En verdad, había vivido dolorido durante meses por haber sido maltratado. Ahora, en cambio, se descubría extraordinariamente frío, tontamente frío. Adivinaba que para conservar la amistad de Annetta hubiera tenido que mostrarse un poco enamorado, y no lo lograba.

Annetta se levantó para dar a Macario la pieza de música que había tocado y Alfonso, con alegría, se sintió estremecer por el deseo imprevisto. Estaba tan cerca de él que al levantarse no podía verla entera. Veía un pecho lleno y una cintura elegante, aunque no delgada, sólidamente apretada en la tela gris que Annetta prefería.

 

 

 

 

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Había tocado una sinfonía de Beethoven transcrita para piano. —¡Quién sabe cómo la habrás tocado! —Bien, no —dijo Annetta, sonriendo.

 

—¡Debe de ser difícil! —observó Alfonso, mirando una página oscurecida por las notas.

—¡Imposible! —corrigió Annetta. Contó que poco tiempo antes la había oído ejecutada por una orquesta. Era imposible quedarse satisfecha con una ejecución al piano—. Por otra parte, me contento con mucho menos que la perfección. De estas notas, por ejemplo, omito la mitad.

—Sin embargo —dijo Alfonso—, como distracción debe de bastar… especialmente si se ha oído… Las notas que se omiten se oyen de todas formas.

—¡Ah! ¡Sí! Gracias a la fantasía.

 

—Cuando se tiene una fantasía que tiene obligaciones para con el

 

ejecutor —observó Macario, tranquilamente.

 

—¿Estudia usted tanto como se dice? —preguntó Annetta con seriedad.

—Un poco; ¡lo que puedo!

 

—Sin embargo, me dicen que mucho. ¡Quisiera poder hacerlo como usted! ¿Escribe alguna cosa? ¿Publicará pronto alguna cosa?

—De momento no.

 

En aquellos aprietos pensó en su estudio sobre la moral, y si hubiera estado terminado siquiera el primer capítulo, habría hablado de él.

 

—¡Las mujeres quieren resultados inmediatos! —dijo Macario, riendo.

 

Le defendía y le trataba con más respeto que cuando estaban solos. Parecía desear que Annetta le estimara, y sólo mucho tiempo después comprendió Alfonso que Macario no le había llevado a aquella casa buscando su provecho, sitio para procurar diversión a Annetta, cuyo agradecimiento buscaba.

Por la parte que, como Alfonso sabía por las explicaciones de Santo, debía corresponder al salón de recibir de Maller, entró Francesca. Alfonso se levantó con vivacidad; Quería demostrar reconocimiento a su vieja amiga, la única que le había acogido bien de inmediato en casa de los Maller.

La actitud de la señorita ya indicaba que no tenía intención de detenerse en aquel cuarto. Correspondió con una señal de la cabeza al saludo de Alfonso.

 

 

 

 

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—¡Quédese cómodo! —No saludó a Macario y, dirigiéndose a Annetta, le dijo—: Si me necesita, estoy en mi habitación.

 

Tenía un comportamiento muy diferente del habitual, menos libre, más reservado, y estaba muy pálida y vestida con más descuido. Junto a Annetta su figurita carecía de formas. Sólo el color pálido de sus cabellos rubios daba luz a su cara sufrida.

Salió sin más y Alfonso vio que Macario miraba con curiosidad a Annetta, la cual, cuando hubo salido Francesca, le lanzó una mirada encolerizada, como para hacerle observar la enormidad de aquella actitud.

—¿Por qué no publicar algún trabajo lo antes posible para hacerse un nombre? Por amor a la exactitud, algunos jóvenes se vuelven pedantes antes de tiempo, prefieren la lima a la pluma y acaban por no hacer nada. Yo lo sé por casos que me han contado. Para usar la lima es necesario, además de mucho ingenio, mucho sentido crítico. Cuando se crea, se es artista, pero cuando se lima es preciso ser artista y hombre de ciencia.

Con la última idea, su rostro todavía muy serio después de la salida de Francesca, se iluminó. Debía haberse sentido satisfecha al decirla. Por lo demás, era una idea de la cual Alfonso se hubiera sentido orgulloso. Ella manejaba con gran libertad aquellos conceptillos críticos.

 

—Usted, que me aconseja publicar, da consejos, pero no ejemplos. La frase, aunque muy breve, había sido enunciada sin vacilaciones. —Para nosotras las mujeres hay otras consideraciones. Pero espero

—añadió, riendo— que dentro de algunos meses no pueda hacerme semejante reproche.

Alfonso se congratuló por ello. Macario dio un grito de sorpresa y quiso saber algo del trabajo que Annetta preparaba y del que hasta entonces nada le había dicho. Conociendo el carácter literario de Annetta sólo por la descripción jocosa que de él le había hecho Macario, Alfonso pensó que, puesto que ella había callado hasta entonces, el trabajo debía hallarse en un estado incluso más embrionario que el suyo, y que había hablado de él para satisfacer su vanidad excitada.

 

Por fin, y gracias a la propia Annetta, la conversación se desvió. Se habló de la inminente temporada, pero más del comportamiento en los palcos y en la platea que de la escena, y Alfonso permaneció callado. Macario y Annetta se divirtieron nombrando y describiendo a algunos jovenzuelos asiduos a platea, y desde el momento en que Annetta se puso a hacer chistes acompañando sus agudezas de risotadas largas y ruidosas

 

 

 

 

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que la hacían retorcerse mostrando un cuello blanco, regordete, en el que la tensión hacía visibles unos pocos y ligeros pliegues, Alfonso se sintió cohibido. Le parecía vería cantar de nuevo aquella canción extraña y saltar delante de él con un impudor semejante al de las matronas romanas ante sus esclavos.

 

Una vez más se habló de arte o de algo por el estilo, como dijo Annetta sonriendo en el momento de despedirse. Alfonso, que por poco que hubiera frecuentado el teatro ya se había dado cuenta del perjuicio que suponía al espectáculo el parloteo de los espectadores, proponía introducir en los teatros el sistema de los alemanes: imponer el silencio y disminuir las luces en la sala. Le disgustó no poder estar de acuerdo con Annetta por la sencilla razón de que ella adoptó la opinión contraria a la suya después de que la hubiera emitido. En el teatro, a Annetta le importaba menos el espectáculo del escenario que el de la platea. Decía que le gustaba observar a sus semejantes más que a los hombrecillos hechura de otros hombrecillos.

 

—El arte nos pierde, lo reconozco, pero ¿es un arte el arte en el teatro? Hizo una mueca de desprecio que volvió a dejar admirado a Alfonso.

Él no sabía abrazar tan ciegamente ideas ajenas.

 

Al salir, Alfonso entrevió en el rellano superior a una mujer que se retiró con precipitación al ver a Macario. Tenía la estatura de Francesca, pero Alfonso no pudo ver su rostro.

Se sentía más próximo a Macario desde aquella visita que tras los meses de relación. Enseguida fue indiscreto:

—Qué extraño que la señorita Francesca no se haya quedado a hacernos compañía. La otra vez me pareció de carácter expansivo y alegre. ¿Qué será lo que le saca de quicio?

—Tal vez el dolor de cabeza —contestó Macario brevemente, y cambió de conversación—. ¿Ha visto cómo mi prima es mejor que su fama y que la idea que usted se había hecho de ella? Ya ha oído su invitación. Desde hoy pertenece usted a lo que Spalati llama el club del miércoles. Procure convertirse en buen amigo de mi prima; es una amistad que a usted podría serle útil.

Hablaba seriamente. La utilidad a que aludía era la protección de Annetta en cuanto a su empleo. Alfonso encontró poco delicada la alusión y enrojeció, pero no protestó e incluso se despidió con un apretón de manos muy amistoso. Le podía doler ser considerado como una persona

 

 

 

 

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que intentaba defender sus intereses por caminos insólitos. Pero le pareció que debía estar agradecido a quien demostraba querer ayudarle aun después de haberle considerado poco escrupuloso.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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X

 

 

 

La señora Carolina escribía a Alfonso con mucha regularidad. En sus cartas se apreciaba el esfuerzo por escribir y cómo sólo la elevada idea que tenía de la maternidad le inducía a enviar regularmente a su hijo las dos paginillas de sus patas de mosca. Sólo entre personas cultas escribir puede equivaler a hablar. Habitualmente llenas de recomendaciones, de saludos por su cuenta y por la ajena, se veía cómo se sentía aliviada en su tarea de escribir cuando había algún gran acontecimiento, un matrimonio entre conocidos del pueblo o alguna muerte. Entonces, las dos paginillas se convertían en tres o cuatro.

 

Recibió una carta de su madre al día siguiente de la visita a Annetta, e incluso en la agitación en que se hallaba, su contenido le interesó vivamente. Era una carta de cuatro caras; las dos primeras eran como de costumbre, pues evidentemente habían sido escritas sin que la remitente supiera que habría de añadir las otras dos. En la última parte, la señora Carolina contaba que la señorita Francesca le había escrito preguntándole si tenía suficiente sitio en su casa para cederle una habitación. La carta de la señorita Francesca debía ser muy afectuosa e incluso debía de habérsele caído de la pluma alguna expresión triste. La señora Carolina, a quien no faltaba inteligencia, se sorprendía de ello y suponía que la señorita Francesca debía sentirse muy desdichada para escribir con tanto afecto a una persona que le era casi desconocida. «Por otra parte, habla con tristeza de venir a estar entre nosotros. Le he concedido la habitación que me pide, pero me haría falta una compañía algo más alegre».

 

Sin duda, la causa que inducía a la señorita Francesca a dejar la casa de los Maller era la misma que le había hecho cambiar de actitud. Habría tenido alguna fuerte discusión con Annetta, tras la cual la más débil debía abandonar el campo.

 

 

 

 

 

 

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Quizás, al ver que sabía tanto, Macario le informara del resto del asunto. Lo encontró por la tarde paseando junto a un hombre entrado en años que gesticulaba contando algo que debía de ser muy interesante, pues Macario escuchaba con gran atención. Alfonso creyó percibir entre ambos la misma relación que había entre él y Macario.

 

No tenía por costumbre detener a Macario, a quien veía a menudo con otras personas o caminando con paso rápido, absorto en sus pensamientos; pero ante la necesidad de contarle alguna cosa que no iba a serle indiferente, no tuvo miramientos. Se le acercó:

—Tengo que decirle unas palabras.

 

Sin haber oído todavía su saludo, Macario, con un gesto amable le indicaba que seguiría adelante. Nada más oírle se volvió a su compañero para despedirse, pero luego preguntó a Alfonso si era algo muy largo.

—¡Sólo un instante! —dijo Alfonso arrepentido de haberlo detenido.

 

El otro accedió a esperar.

 

Se trataba de ser conciso, exponiéndose al riesgo de que Macario le correspondiera encogiéndose de hombros como reproche por haberlo detenido por algo tan fútil. No sucedió así, sino al contrario. Macario le escuchó atentamente e hizo gestos de sorpresa. Alfonso, para aumentar la importancia del asunto, dejó escapar hasta las observaciones hechas por la señora Carolina sobre la tristeza de la señorita Francesca. Suponiendo que se lo contaba para pedirle un consejo, Macario le dijo que rogara a la señora Carolina que ayudara a la señorita Francesca en lo que pudiese. Luego fue hacia el otro, que lo esperaba, y Alfonso se encontró con que había contado todo y no se había enterado de nada.

Pocos días después, Maller le llamó. Nunca había sido tan amable con él y habló con sencillez, sin desviar la mirada hacia las esquinas de su mesa, como hacía cuando se obstinaba en no mirar a la cara de su interlocutor. Le dijo que, no pudiendo escribir ella misma por encontrarse indispuesta, la señorita Francesca le rogaba que escribiera él a la señora Carolina disculpándola y considerando nula la petición que le había hecho días antes. Alfonso, diligente, le contestó que escribiría enseguida.

Maller sonrió, se inclinó dándole las gracias y, tomándole la palabra, le dijo que deseaba que la señora Carolina fuera avisada enseguida de que habían cambiado las decisiones de la señorita Francesca precisamente para evitarle las molestias de unos preparativos inútiles. Sin embargo, debía haber algún otro motivo por el cual deseaba que se diera tanta prisa, pues

 

 

 

 

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llegó a recomendárselo otra vez, como si una sola palabra no hubiera bastado para dar alas a Alfonso.

 

—¿Puedo, pues, estar seguro de que escribirá usted hoy mismo? —¡Sin duda! —aseguró Alfonso, asombrado.

En efecto, escribió a su madre inmediatamente comunicándole que la señorita Francesca había abandonado la idea de retirarse al pueblo. Absorbido por el cuidado de ejecutar lo antes posible las órdenes de Maller, su carta resultó tan seca que inmediatamente después tuvo que escribir otra en que le enviaba noticias suyas y las protestas de afecto inmutable que la señora Carolina esperaba encontrar en cada carta.

 

Llevó la carta a Starringer para su expedición inmediata. Al volver a su despacho se tropezó en el pasillo con Maller, que salía. Deseando demostrarle su celo y quitarle toda preocupación acerca de la ejecución de su orden, le dijo sonriente:

—¡Ya he mandado la carta!

 

—Gracias —dijo Maller, que permaneció atónito durante unos instantes, como si no recordara de qué se trataba. Incluso su tono de voz era mucho más frío que el de media hora antes.

Fue suficiente para que Alfonso se turbara. Había hecho mal deteniendo con tal familiaridad a su jefe ante los criados, y más aún volviéndole a hablar de un servicio que le había prestado, como si le pidiera una contestación de agradecimiento.

En su despacho sólo encontró a Alchieri, ya listo para marcharse. La turbación hacía charlatán a Alfonso. No podía soportarla solo; la palabra fría de una persona indiferente podía tranquilizarle. Le habló de la carta de su madre y de la conversación mantenida con el señor Maller. Alchieri le escuchó distraídamente, pues pensaba en sus propios asuntos. Esperaba con impaciencia el resultado de una petición de aumento de sueldo presentada ese mismo día al jefe; amenazaba con abandonar el puesto y daba a entender que tenía otro empleo a la vista, cuando en realidad estaría perdido si le tomaban la palabra.

 

—¿He actuado muy mal deteniendo al señor Maller en el pasillo?

 

Y, a esta pregunta de Alfonso, Alchieri, que no había prestado atención más que a una parte de lo que se le contaba, contestó:

—Apostaría a que es su amante.

 

Esta suposición de Alchieri era probablemente tan justa que Alfonso se asombró de que no se le hubiera ocurrido. A Alchieri se la había sugerido

 

 

 

 

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su malicia, pero era justa en las circunstancias que Alfonso conocía. ¿Qué otra cosa podía haber sucedido para que cambiaran tanto las relaciones entre Annetta y Francesca y la actitud de esta última? Por natural que fuera que encargaran a Maller hablar con él, el método había sido insólito en aquel banco, donde estaban habituados a recibir sólo órdenes breves, concisas, con tono y palabras de oficina. Le habían dicho que Maller era mujeriego, pero no se le había pasado por la cabeza la suposición formulada por Alchieri, pues, aun conociendo las costumbres de Maller, su casa le había parecido rodeada por una aureola que no dejaba penetrar más pasiones humanas que la soberbia y la vanidad. A Alfonso le había resultado difícil imaginar el amor en aquellas habitaciones frías, mantenidas con lujo y en gran parte deshabitadas; y más aún en la habitación conyugal de Maller, donde, como le había contado Santo, estaba todavía la cama de su mujer, intacta desde que agonizara en ella la joven señora. Bastó, sin embargo, la sospecha de Alchieri, un hombre que nunca había puesto un pie en esa casa, para privarla de aquella aureola; y la fantasía de Alfonso la pobló de amores ilegítimos, más turbios aún por el lujo que los rodeaba.

 

Le parecía un delito la seducción de Francesca en gran parte facilitada por su posición subalterna. Experimentó algo semejante a los celos al imaginarse a aquella figurita blanca y rubia entre los brazos del frío Maller, una aventura que a ella le arruinaba la vida mientras que a él no le costaba nada, no tenía más valor que el de un pasatiempo cualquiera.

No comprendía qué papel correspondía en esta novelucha a Annetta.

 

Probablemente hubiera intentado alejar a Francesca sin conseguirlo.

 

Por primera vez, soñó en convertirse en amante de Annetta. La cosa le parecía menos imposible ahora que la veía rodeada por aquellas intrigas que ni siquiera se cuidaban de ocultarle; el sueño se hacía más fácil. No pudo, sin embargo, soñar que era amado, pues en aquel rostro tranquilo, marmóreo, no podía imaginar la expresión del afecto o del deseo. Tuvo un sueño de muchacho vicioso. Ella se abandonaba a él fría y complaciente, para vengarse de un tercero o por ambición. Sus sueños comenzaban siempre sobrevolando la realidad para luego alejarse totalmente de ella, y fácilmente imaginaba valer tanto a los ojos de Annetta que suponía ésta le amaría nada menos que por ambición.

 

No veía el modo de ir solo a casa de Annetta. La invitación que le habían hecho no le parecía suficientemente concreta y el primer miércoles,

 

 

 

 

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después de haber buscado inútilmente a Macario durante toda la semana para que lo acompañara, no fue. Sus sueños sobre Annetta, debido al temor que le producía su posible descubrimiento, aumentaban su timidez.

 

Sin embargo, deseaba volver a ver a Annetta más intensamente que la primera vez, cuando sólo se trataba de hacerse estimar por la hija de su jefe. ¡Ahora la amaba! Aquello debía ser el amor, el deseo de una persona y de ninguna otra. Especulaba sutilmente sobre sus sentidos turbados no pudiéndolo hacer sobre un sentimiento cualquiera que le faltaba. Durante los pocos días en que intentó vivamente sofocar sus deseos dándoles otra dirección, sintió que se volvía hombre, adulto. Deseaba a una mujer, aquélla; y para él, para sus sentidos, todas las demás no existían. Recordaba las observaciones que había hecho sobre la figura de Annetta y se asombraba de no haber comprendido enseguida que la originalidad de aquella figura y su belleza consistían precisamente en lo que él había calificado de defectos. ¡Los ojos poco negros! ¡Los cabellos no lo suficientemente rizados! Annetta tenía una figura de Venus, y aquella cabeza con los ojos azules, tranquilos, y los cabellos casi modestamente lisos, era la cabeza de la inteligencia. ¡Un beso sobre esos labios que no parecían capaces de corresponder debía de ser aún más delicioso!

 

Cuando el miércoles siguiente se tropezó con Macario, que por encargo de Annetta le hizo los mayores reproches por haber faltado la semana anterior, Alfonso se estremeció de alegría. Era buscado, llamado.

Después, también Annetta le riñó suavemente. Le dijo que Macario le había recomendado que no lo intimidara:

—Si no, le regañaría. ¿También conmigo tiene que ser tímido? ¿Le doy miedo?

Estas amabilidades, con todo, le conmovieron menos que las que le habían llegado por delegación. Teniéndola ante sí olvidaba sus sueños. Estaba entregada a la formación de su sociedad literaria, y su natural frialdad, que en el recuerdo podía tomar un aspecto de característica secundaria, allí en cambio era imponente y daba color a todas las demás cualidades suyas. No era una mujer cuando hablaba de literatura. Era un hombre en la lucha por la vida, un ser moralmente musculoso.

Se estaba bien en aquel salón, sobre todo porque afuera había comenzado a soplar un viento furioso que se había llevado en pocas horas todo recuerdo del verano.

 

 

 

 

 

 

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Alfonso y Macario se encontraron con Spalati, que había llegado antes; Fumigi y el doctor Prarchi llegaron inmediatamente después.

 

El doctor Prarchi desvió la conversación, dedicada a asuntos literarios, relatando el suicidio de un cajero que todos conocían. Se trataba de un hombre que había vivido muy modestamente sin cometer más error que frecuentar a personas mucho más ricas que él. A pesar de su moderación, eso había bastado para arruinarlo. Prarchi terminó su descripción con una sentida palabra de compasión. Incluso había visto el cuerpo del suicida.

Annetta se encogió de hombros con desdén:

 

—¡Peor para él! —El tipo no le era simpático; quizá temiera que su padre se tropezara con alguno similar.

Alfonso luchaba a brazo partido con Fumigi para poder prestar atención a la conversación general. El hombrecillo se le había puesto al lado y le interrogaba acerca de sus estudios. Debían haberle hablado mucho de él, pues el matemático le admiraba y le hacía la corte. Quería saber cómo había dispuesto su horario para poder dedicar diariamente a aquellos estudios una o más horas. Decía que debido a sus ocupaciones no había podido mantener esta regularidad y que lo lamentaba, pues sólo el estudio sistemático, y no el que se hacía a saltos, acarreaba algún provecho.

Toda la atención de Alfonso se dirigía a Annetta. Aunque en su presencia no sintiera deseos, éstos le preocupaban. Sobre todo, le dolía casi no sentirlos e intentaba provocarlos; estudiaba aquel rostro para poner en él la expresión de la pasión que faltaba y hacer perfecto su sueño. Había escogido mal el momento, inmediatamente después de la expresión despiadada que a ella se le había escapado a propósito del suicidio del cajero.

Le imponía; o por lo menos así creyó que podía definir el respeto que le impedía apreciar lo que de falso, de afectado, hubiera en su comportamiento. Cuando Macario le describió por primera vez aquella mujercita que de repente había sentido nacer una vocación, despertó su hilaridad, aunque él resultara beneficiado por esta vocación. Aquel aparato, aquellos preparativos para formar a su alrededor una sociedad literaria, eran además ridículos, y si él no se reía de ello la causa no era su nuevo sentimiento. Apreciaba fácilmente el aspecto ridículo o falso de las obras ajenas, pero a menudo no podía reírse por el estado de sumisión en que fácilmente le situaban personas que, por otra parte, eran inferiores a él;

 

 

 

 

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acababa dudando de sí mismo, de la verdad de su propio sentimiento o de su propio juicio. Y en este caso le sucedía lo mismo. En Annetta le imponía la falta de dudas, la seguridad, el desinterés que mostraba por la impresión que su comportamiento pudiera producir en los demás; por último, su aspecto de superioridad, de persona que no se siente afectada por ninguna inferioridad ni siquiera en el campo en que quiere sobresalir, inferioridad que suele ser humillante.

 

Prarchi habló de una novela suya naturalista.

 

—Seguiré siendo médico —decía— aun siendo novelista. Se trata de estudiar un lento curso de parálisis progresiva. Los médicos comienzan a estudiarla cuando ya es completa; en cambio, yo la abandonaré entonces. La estudiaré en su formación. Carácter de paralítico, organismo de paralítico, ideas de paralítico que acarreen trastornos a las personas que le rodean y… la novela está hecha.

—Sí —exclamó Annetta—; la novela sí, ¿pero el éxito?

 

A Alfonso, que de eso sabía algo, le pareció que de la descripción de Prarchi se podía deducir que, de la novela de que hablaba, aún no había hecho nada; e incluso que precisamente entonces se le había ocurrido la primera idea.

Prarchi era un joven fuerte sin ser grueso. No bien parecido, tenía la cabeza grande y casi calva y, sobre la ancha cara, pequeños bigotes de tono rubio demasiado claro.

Fumigi parecía haberle resultado simpático a Alfonso, pues esa noche le dirigió la palabra preferentemente a él. Sin embargo, la única razón era que aquél hablaba de mala gana en voz alta y prefería estar callado, con el delgado cuerpecillo apoyado en el respaldo de la silla y escuchando atentamente. Decía sus opiniones muy raramente y en voz baja, dirigiéndose sólo a su vecino. Tenía el cabello gris y el bigote y la perilla todavía negros.

Alfonso se esforzaba por decir algo en la conversación general sin conseguirlo. Hasta entonces, Annetta le había admitido como literato en virtud de la recomendación de Macario. Él no había sabido aportar ninguna prueba.

Precisamente cuando estaban a punto de despedirse apareció Francesca. Estaba pálida pero tranquila. Estrechó con efusión la mano de Alfonso y le pidió noticias de su casa. Aludió a la carta que había escrito a

 

 

 

 

 

 

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la señora Carolina con una sonrisa que a Alfonso le pareció triste.

 

Conocía, pues, el encargo que él había recibido de Maller.

 

Annetta se dirigió a ella hablándole de usted y Alfonso intentó recordar si antes las había oído tratarse con mayor familiaridad.

En las escaleras, a la pregunta de Prarchi sobre el motivo que podía haber hecho desear a la señorita Francesca abandonar la casa de los Maller, Macario contestó:

—¡Mujeres…! —con gran desprecio.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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XI

 

 

 

A partir de entonces, Alfonso visitó regularmente a Annetta cada miércoles. Macario le había advertido que, de un miércoles a otro, podía encontrar a Annetta con opiniones y gustos totalmente diferentes y olvidada de la literatura, lo que significaría la suspensión de las reuniones. Alfonso iba a ellas temiendo que se hubiera cumplido la predicción de Macario. Daba gran importancia a aquellas sesiones tanto por ver a Annetta como por la satisfacción de su vanidad. En la oficina se sabía que frecuentaba la casa del jefe y era tratado por sus superiores con mayor respeto. Hasta varió el comportamiento de Cellani. Al no poder ser más amable, se hizo más familiar.

 

No parecía que Annetta fuera a cumplir la predicción de Macario. Cada vez le exaltaban más sus nuevos estudios. Contaba cada semana que había pensado algo artístico o leído algún libro, que proclamaba con el ardor del neófito el más importante en su género si no lo demolía por capricho o por haber advertido en él algún aspecto débil; y todo ello con su habitual tono de competencia, salpicado a menudo de dichos graciosos o juicios agudos cuyo único defecto era no estar bien armonizados.

Cellani, huésped insólito, acudió una noche. Era probablemente la primera vez que aparecía en aquel grupo, pues Annetta tuvo que presentárselo a Spalati. Por lo que Alfonso pudo juzgar, no se encontró incómodo. No habló nada, pero escuchó con gran atención. Una vez le pidieron su parecer en una discusión. Él se evadió sonriendo y asegurando que no lo tenía. Parecía tener relaciones muy cordiales con Annetta. Aquella noche se ocupó especialmente de él con una cortesía tan atenta que rayaba en el afecto respetuoso.

Prarchi no participaba muy a menudo en aquellas reuniones por estar muy ocupado. Fumigi faltaba raramente y el más asiduo era Spalati. Como había dicho Macario, Spalati era sobre todo un hombre bien parecido, una

 

 

 

 

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figura hercúlea junto a la cual Alfonso, aun siendo alto y no delgado, desaparecía. A Alfonso no le era simpático. Reprochaba a Spalati su pedantería, pero la razón de su odio eran los celos. Alguna razón tenía para ello. Spalati era el que más confianza había logrado con Annetta. Durante aproximadamente un año le había dado lecciones de literatura italiana, y había conseguido establecer con ella la confianza del maestro sin molestarla con demasiadas lecciones. Contento por ser tratado de igual a igual, la dejaba hablar, la escuchaba, aprobaba o modificaba ligeramente.

Alfonso, al sentir la inferioridad de su torpe expresión, tuvo violentos ataques de celos, tempestades en un vaso de agua. Exteriormente no se le notaba nada gracias a su obstinada reserva habitual en la expresión de sus sentimientos; reserva que aumentaba cuanto más fuertes eran éstos.

Una noche se marchó antes que de costumbre diciendo que estaba indispuesto. Quería demostrar su malhumor, y el hecho de que nadie le hubiera entendido y que todos creyeran en su malestar le puso furioso.

 

Estuvo dando vueltas por las calles de la ciudad disgustado con los demás y consigo mismo. Teniendo la costumbre de monologar cuando se sentía excitado, se daba cuenta de la ridiculez de su ira. Aun en el sueño más abstracto, la pronunciación de una palabra precisa remite a la realidad. Había llegado a desear a Annetta, a amarla, a sentir celos; ella, en cambio, apenas sabía cuál era el tono de su voz. ¿Con quién desahogarse? ¡Lo que más le ofendió fue el frío apretón de manos con que ella le había despedido sin quitar los ojos de Spalati, que seguía hablando! ¿Pretendía acaso que ella se hubiera puesto a meditar sobre las causas de su repentino malestar imaginario? Un malestar, al fin y al cabo, no significaba nada si antes no se había dicho algo para explicarlo. Podía haberle ocurrido a Spalati, que el irse tampoco hubiera obtenido más que deseos de mejora.

 

Ironizando sobre sí mismo encontró pequeñas y miserables sus ansias desproporcionadas; ¡había soñado ser amado por Annetta!

¡Quería abandonar el juego! Era el único camino que le quedaba. ¡No le haría más visitas! Era tiempo perdido tanto el que pasaba en aquella casa como el posterior, por la agitación que tales visitas le producían. ¡Le humillaban! Se había enzarzado en una lucha en la que sucumbiría, pues no era capaz de hablar por el gusto de hacerlo, sino para hacerse comprender; y sucumbiría, además, por estar en condiciones poco aptas para gustar a gente tan ambiciosa como aquélla. Con una disculpa cualquiera, e incluso procurando que fuera poco plausible, se abstendría de

 

 

 

 

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tener que volver a pisar la casa de los Maller. Aquellas visitas le habían hecho desviarse de sus férreos propósitos de trabajo continuo; y, sin darse cuenta, la ambición, nacida en él desde hacía poco, iba convirtiéndose en vanidad, en un deseo de ser considerado más de lo que era.

 

Le pareció haber vuelto a la firmeza de propósitos que le guiaba cuando acudía asiduamente a la biblioteca pública; pero volvía con el pensamiento a la casa de donde salía e imaginaba escenas en que ella le suplicaba que volviera.

Volvió sin que lo pidieran simplemente porque el miércoles por la mañana, al pasar, Macario le había gritado:

—¡Eh, hasta la noche!

 

Los ocho días le parecieron larguísimos, un intervalo lleno de aventuras, cuando en realidad nada había sucedido en su vida. Pensó haber llevado a cabo su propósito y soñó las mil consecuencias de su enérgico acto. A continuación se vio libre para elegir entre echarse atrás o mantenerse en la situación actual, en que había sido feliz. Aquellos ocho días le recordaron su aventura con María. Esta vez sólo la casualidad le había impedido dar un paso atolondrado que hubiera roto su relación con Annetta. De haberla roto ¿qué le habría quedado? Hubiera vuelto a ser el humilde empleaducho de Maller y nadie habría hecho caso de sus iras.

Se presentó en casa de Annetta medio hora antes que de costumbre y su decisión fue premiada, pues por primera vez encontró a Annetta sola. Todos se habían disculpado menos Macario, a quien aún esperaba. Annetta le dijo que suponía que no habían podido renunciar a una fiesta que se celebraba en la ciudad, y demostró a Alfonso su gratitud diciéndole con dulzura que había hecho mal encerrándose en una habitación melancólica.

 

—Melancólica no, ¡claro que no! —aseguró Alfonso mirándola osadamente.

Si ella no hubiera sabido que era hermosa, la mirada de Alfonso le habría bastado para hacérselo saber. Le confesó cándidamente que era su primera noticia de que hubiera ese día una fiesta en la ciudad.

—¿Tan solitario vive? —preguntó Annetta sorprendida.

 

Se habían sentado en el lugar más iluminado de la habitación, un canapé junto a la ventana. A través de las gruesas cortinas entraban, muy atenuados, los colores del crepúsculo.

Por la calle paralela a la calle Dei Forni pasaba la banda municipal. No se oían más que las notas del acompañamiento y el retumbar del bombo.

 

 

 

 

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Permanecieron en silencio, escuchando.

 

—¿Qué es lo que tocan? —dijo Annetta; y abrió de par en par la ventana. La brisa hinchó las cortinas y el sonido agudo de una trompeta trajo la ausente melodía.

Durante unos instantes se oyó el murmullo de la gente que iba tras de la banda.

Annetta, apoyada en el alféizar, volvió el rostro hacia Alfonso:

 

—¿Estarán entre esa gente nuestros serios amigos?

 

Desde donde ella estaba, en la luz, no podía ver a Alfonso, que desde la penumbra la admiraba sin moderación.

También había desaparecido el medio luto, el gris. Llevaba un vestido blanco de lana suave y un cordón negro en la cintura. A pesar de su desarrollo, las formas de Annetta eran muy castas, virginales; tenía la espalda rígida, curvada hacia el cuello, y su rostro blanco llevaba impresos los rasgos de la inteligencia y de la actividad.

Le invitó a acercarse a la ventana, donde se respiraba muy bien la brisa que había sustituido al viento violento de la semana anterior.

La calle estaba casi desierta; sólo en una esquina había un grupo de personas que miraba a la otra acera.

—Casi me entran ganas de ir también —dijo Annetta.

 

Alfonso estaba totalmente entregado a sentir el contacto de su brazo con el de Annetta, que como de costumbre provocaba su deseo; hizo un movimiento audaz para aumentar la suave presión y su atrevimiento —no el contacto con el brazo de Annetta, que en nada se diferenciaba de un cuerpo sin vida— fue lo que le subió la sangre a la cabeza.

 

Probablemente Annetta no había percibido su atrevimiento. Al principio se sintieron cohibidos, pues no se habían tratado lo suficiente para hallar con facilidad un tema de conversación que suscitara el interés de ambos. Pero cuando lo hallaron, por primera vez la voz de Alfonso resonó tranquila y sonora en aquella habitación. Y por primera vez Annetta oyó sus frases enteras. Aunque no sabía hablar ante muchas personas, Alfonso sabía dialogar.

Sonriendo, Annetta le preguntó:

 

—¿Y su nostalgia? ¡Me han hablado mucho de ella!

 

—¡Ya no existe! —respondió Alfonso.

 

Para su sorpresa, la voz era firme, tranquila. Sin embargo, aquella primera frase aún quedó trunca, pues él hubiera querido hacer un cumplido

 

 

 

 

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y decir que en aquel preciso momento no existía. Toda su desenvoltura no era suficiente para impulsarle a decir algo osado; antes se hubiera atrevido a hacerlo.

 

Una de las afectaciones de Annetta, desde que se había entregado a la literatura, era mostrar que tenía gran interés por todo y que quería conocer las razones de todas las cosas. Le pidió que le explicara qué era la nostalgia.

—¡Es difícil! —comenzó Alfonso—; pero creo que puedo decir algo. Contó que era sobre todo una enfermedad orgánica, puesto que los

 

pulmones sufrían por la diferencia de aire, el estómago por la diferencia de alimentos, los pies por la diferencia del adoquinado. Lo que, sin embargo, renunciaba a describir, era la intensidad del deseo de volver a ver los lugares que se habían abandonado, una pared negra, una calle tortuosa con el arroyo en medio, en fin, un cuarto incómodo y maltratado por la intemperie; y no podía describir su aborrecimiento por la casa en que vivía, aludía al banco, por la calle grande, espaciosa, y hasta por el mar:

—En cuanto a las personas… es lo mismo.

 

—¿Y me odiaba mucho?

 

—¡Odiarla no! pero hubiera querido estar muy lejos de usted, tan lejos que… hubiera querido estar en mi casa, y no sólo por estar allá, sino también por no estar aquí.

Temía que aquel pasado que describía con sinceridad no pareciera suficientemente pasado y añadió otras explicaciones. Odiaba a todas las personas que se creía obligado a tratar de una manera determinada; le gustaba la libertad, e incluso a los que no eran sus iguales queríalos como tales.

¡Ah!, era tan hermoso poder hablar de igual a igual con Annetta. Sentía la dulzura de confiarse a ella como si monologara, y esa dulzura dio color a sus palabras que, aunque torpes, hasta entonces habían sido de literato, rebuscadas y frías.

Annetta escuchaba sorprendida. ¿O sea que aquel joven sabía hablar además de estudiar?

Ella le explicó que, cuando se deseaba alguna cosa en la vida, era menester saberla conquistar. Alfonso reconoció la idea dominante de Macario.

—No es difícil conquistar mi amistad. Es la primera vez que habla conmigo. No se habrá dado cuenta, pero está casi siempre mudo. Además

 

 

 

 

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hacerle hablar no era tarea mía.

 

Rió, quitando así a sus palabras todo lo que pudieran tener de ofensivo. También Alfonso rió, encontrando cómico a aquel hombre que esperaba que le hicieran hablar.

Éstas fueron las primeras ideas que inspiraron a Annetta el deseo de hacer juntos una novela. Le pareció que aquel carácter que se le revelaba con tal ingenuidad merecía ser descrito. Dijo con sencillez la primera idea que se le había ocurrido repentinamente y que era sin duda mejor que las modificaciones posteriores.

—Erase una vez un muchacho que fue de un pueblo a una ciudad y que se había hecho ideas muy extrañas acerca de las costumbres de la ciudad. Al encontrarlas diferentes de lo que había pensado se afligió. Luego pondremos un amor. ¿Usted ha estado alguna vez enamorado?

 

—Yo… —y, a impulsos del miedo, le latió con más fuerza el corazón.

 

Pensó hacer una declaración.

 

Annetta hizo que Santo encendiera el gas y Alfonso, al mismo tiempo, quedó deslumbrado por la luz y en condiciones de valorar la equivocación del paso que había estado a punto de dar. Annetta seguía siendo la misma; daba secamente órdenes a Santo, quien, sorprendentemente, las ejecutaba sin rechistar.

Ella le hizo sentarse a la mesa.

 

—Nos haría falta pluma y tintero… pero prefiero confiar en la memoria para las primeras ideas. Luego lo pondremos sobre el papel. ¿Cómo desarrollaría usted esta novela? —Habría que meditarlo mucho.

—¿Tanto hace falta? Contaremos su vida —y aquí se hallaba todavía en la primera idea—. Por supuesto, en vez de ser un empleado lo haremos rico y noble; es más, sólo noble. Guardemos la riqueza para la conclusión de la novela.

De un solo salto, la primera idea quedaba abandonada por completo. —¡Habría que dejar tiempo a la imaginación!

—¡Ah, sí! —dijo Annetta con la sorpresa del estudiante a quien se recordara una regla olvidada—. ¿Sabe qué haremos? Cada uno por su cuenta, con plena independencia del otro, escribirá sus ideas. Luego las compararemos y nos pondremos de acuerdo.

La propuesta le gustó mucho a Alfonso, y tuvo expresiones de alegría tan ingenuas que hizo sonreír complacida a Annetta. Se le ocurrieron

 

 

 

 

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algunas buenas ideas para la novela. Pretendía haber entendido cómo debía ser para que resultara conforme al deseo de Annetta. Veía sólo estas pequeñas y buenas ideas, no el todo. Por otra parte no pensaba en la publicación ni en el público. Por el momento, sólo aspiraba a hacer un buen papel ante Annetta.

 

Hablaron de los trabajos que habían hecho hasta entonces. Annetta describió una novela suya, la biografía de una mujer unida a un hombre indigno de ella. Se trataba de un espíritu de artista que con el tiempo lograba que el carácter del marido cambiara, y ambos acababan entendiéndose y vivían juntos durante muchos años de una felicidad completa.

A Alfonso no le gustaba el argumento, pero Annetta insistía en que no podía decir todo lo que había escrito; que aquí había descrito con gran minuciosidad un personaje, allá una habitación, y Alfonso se dedicó ingenuamente a admirar lo que no existía.

Alfonso describió su trabajo acerca de la moral. Al hablar de él le parecía que ya lo tenía todo hecho; y siguiendo un sistema opuesto al de Annetta, describió incluso lo que no había hecho. Le señaló el meollo de la obra, la negación previa de la moral como todos la entienden, fundamentada en una ley religiosa o en el bien individual.

—Si en una sociedad fundada sobre nuestras ideas morales —dijo Alfonso— se hallara un individuo que tuviera la energía suficiente para situarse por encima de todas estas ideas, estaría mejor que nadie, siempre que tuviera, por supuesto, la inteligencia necesaria para actuar con astucia y habilidad en las circunstancias anormales en que pronto había de encontrarse.

Annetta le miraba admirada por el singular denuedo de tal axioma, expuesto con aquella voz que hasta hacía poco no había oído más que en un balbuceo tímido y entrecortado. Luego, con menos palabras y menor energía, habló también del nuevo fundamento que quería dar a la moral. La exposición de la primera parte de su trabajo había hecho impresión y no podía esperar obtener un efecto igual con la otra, en que no se trataba de aniquilar leyes, sino de fabricarlas, cosa pesadísima.

 

La alegría de verse ligado de algún modo a Annetta fue tal que creyó poder correr a su casa y desarrollar por las buenas todo el argumento de una novela, estableciendo incluso los capítulos. Era sorprendente haberse convertido de pronto en colaborador de Annetta; y cuando recordaba los

 

 

 

 

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sentimientos que le había atribuido la semana anterior, le parecía francamente increíble. Si se hubiera tropezado con Macario le habría echado los brazos al cuello para darle las gracias por la gran felicidad de que le era deudor, y con la expansión que da la felicidad le hubiera contado la propuesta de Annetta y el valor que confería a tal propuesta.

 

Entretanto, aquella misma noche se enfrió parte de su entusiasmo. Desarrolló el argumento en el menor espacio posible: «Un joven noble empobrecido va a buscar fortuna a la ciudad… perseguido por su jefe y por sus compañeros… amado por éstos porque con un acto inteligente salva la casa de una gran pérdida… se casa con la hija de su jefe». El argumento en sí no era muy original, pero lo que más le disgustó fue la conclusión de la novela, que no había sido siquiera propuesta por Annetta aunque se derivase de modo natural de sus premisas. Aquel matrimonio podía parecer una proposición y alarmar a Annetta haciéndole sospechar en él metas semejantes a las de su héroe. Se dio cuenta además, cuando tuvo la pluma en la mano, de que no sabía qué quería en realidad Annetta. Ambos se habían contentado con medias palabras; él porque, en su felicidad, no se había dado cuenta de la insignificancia de la novela; Annetta, quizá, porque era tan inexperta que no sabía todo lo que se requería para hacer una novela.

 

Se dirigió a Macario rogándole comunicara sus dudas a Annetta. Macario tenía libre acceso a la casa de los Maller y podía hablar con ella antes del miércoles.

Pero parecía que Macario tuviera pocas ganas de hacerlo. No ocultó su sorpresa al oír el proyecto de hacer una novela en colaboración. Aunque Alfonso ya se hubiera controlado, comprendiendo que no era digno de mostrar demasiada alegría y creyera que había logrado parecer muy frío, Macario le miró con una maligna sonrisa irónica y le dijo:

—¡Enhorabuena!

 

Alfonso acompañó a Macario a su oficina. Macario parecía muy distraído, y, cuando le dijo con seriedad que se sentía honrado por la propuesta de Annetta y que quería corresponder a tanta confianza con un trabajo continuo y meticuloso, Macario se tapó la boca con la mano como si hubiera tenido que ocultar un bostezo. Alfonso era un observador lo suficientemente sagaz para no creer en aquel bostezo; había visto bajo la mano la boca abierta, pero inerte, no contraída por el movimiento

 

 

 

 

 

 

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instintivo. ¡Macario estaba celoso! Tanto la distracción como el bostezo eran afectados, tendían a esconder cierta ira, cierto dolor.

 

Alfonso continuó hablando con el mismo calor, pues cuando se daba cuenta de que se le quería ocultar algo su primer cuidado era simular que no se había dado cuenta.

—Hágame el favor de decir a la señorita Annetta que estoy dispuesto a comenzar enseguida el trabajo, pero que me haría falta saber con más precisión lo que tengo que hacer.

—¡Está bien! —dijo Macario; a Alfonso le pareció algo más pálido que de costumbre—. Cuando tenga ocasión de verla, se lo diré.

Le disgustó haber hablado con Macario. Estaba claro que ya no podía contar con la amistad de Macario. Tal vez Macario no amara a Annetta; Alfonso no podía saberlo, pero estaba celoso de él aunque sólo fuera por ver su carácter celoso. No había apreciado antes este carácter porque era la primera vez que podía haber dado motivo de celos a Macario. Por su espíritu y por su posición social, Macario debía haberse sentido siempre superior a él, y es probable que, precisamente para tener más a menudo la satisfacción de sentir y hacer sentir tal superioridad, buscaba su compañía. Quizá Macario le había llevado a casa de los Maller por suponerle tan tímido como para no acceder jamás a la confianza y a la amistad de Annetta.

 

Se había confiado, pues, a un enemigo, y ya le había dado ocasión de perjudicarle, pues probablemente Annetta no quería que se supiera nada de su proyecto. Por mucha frialdad que hubiera intentado simular, su alegría debía haberse transparentado, y Macario era capaz de describírsela con exageración a Annetta. Ya le veía pronunciando alguna frase y levantando su mano, más maligna a veces que su lengua, e imaginaba que era suficiente para borrar su amistad con Annetta, conquistada con tanto esfuerzo. Recordaba cómo había sido tratado el empleado que se había atrevido a cortejar a Annetta.

 

Tampoco aquellos ocho días fueron muy agradables, pues el temor a ser considerado indelicado le privó de la alegría producida por la imprevista amistad de Annetta. Había esperado inútilmente un día tras otro alguna noticia de Macario en respuesta a la petición que le había hecho; ¡o sea que éste no se cuidaba siquiera de ocultar su malquerencia! Parecía que le evitara, pues en toda la semana no logró verle.

 

 

 

 

 

 

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Fue a casa de Annetta ansioso por saber cómo se había comportado Macario; lo sabría por la acogida que se le hiciera.

 

En el cuarto de estar estaba reunido todo el grupo, formado por Fumigi, Spalati, Prarchi y Macario; también estuvo Maller durante media hora. Macario saludó a Alfonso con una sonrisa que no era de desagrado y Annetta le apretó la mano con calor. Su amistad no había disminuido desde el último miércoles. Alfonso se quedó repentinamente absorbido por otras ideas, pero ni siquiera pudo gozar de que lo sacaran de sus preocupaciones, pues la presencia de Maller le molestaba, aunque éste le hubiera saludado con un cordial apretón de manos.

 

Francesca estaba aparte, sentada en el canapé con un bordado en las manos. Alfonso la saludó yendo hacia ella, que se levantó para dar mayor calor a sus palabras, como siempre secas y algo bruscas. La señorita Francesca nunca estaba cohibida. Siempre la había oído hablar cordial y alegre o irritadamente, pero siempre con brevedad, con el estilo decidido del que no se deja apabullar. Maller estaba sentado a la derecha de Annetta y Spalati a su izquierda. Éste siempre estaba sentado junto a Annetta y parecía que le importara mucho que así fuera.

 

Alfonso, aunque más turbado que los demás por la presencia de Maller, pudo observar cómo también cambiaban estos de actitud en su presencia.

Era la época en que, cuando se hablaba de literatura, necesariamente se discutía de naturalismo y romanticismo, cómoda cuestión literaria en la cual podían participar todos.

Maller era partidario del naturalismo, pero queriendo parecer más ingenioso que docto, confesaba que los naturalistas le gustaban más que nada porque no eran morales. Por otra parte, decía despreciarlos porque pensaba que con sus métodos era fácil obtener la popularidad.

 

Spalati, cuyas máximas, por lo que Alfonso sabía, no debían acomodarse a los gustos de Maller, encontró enseguida el punto de vista desde el cual asentir al juicio de Maller:

—Sí; usted, que lee únicamente por placer, hace bien encontrándoles gusto.

Prarchi quiso ir demasiado lejos; intentó contradecir a Maller afirmando que el placer que encontraba leyendo aquellos autores inmorales se derivaba de un sentido artístico inconsciente.

 

 

 

 

 

 

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—Usted cree estimarlos por el motivo que dice, pero en realidad, sin que usted se dé cuenta, son los méritos artísticos de esos libros los que hacen que le gusten.

 

—Será como usted dice —dijo Maller, que parecía no darse cuenta de que los dos literatos hacían todo lo que podían por halagarlo—; no entiendo, sin embargo, por qué algunas páginas que yo me sé me gustan más. Serán acaso las más artísticas.

Si había entendido que se le quería adular, se burlaba alegremente de los aduladores.

Cuando Maller comenzó a hacer sus confesiones literarias, Annetta le dijo en voz alta a Alfonso:

—Atienda y verá lo que es bueno.

 

Alfonso estuvo menos atento precisamente porque estaba agitado a causa de la frase que, en medio de la conversación general, le llegaba como un regalo inesperado.

Maller se levantó enseguida y saludó a todos con una inclinación. Se dirigió hacia Francesca seguido por la mirada atenta de Alfonso. Parecía que Francesca no viera que se acercaba, pero cuando estuvo cerca de ella, sin afectar sorpresa, levantó los ojos del trabajo, le miró tranquila y le tendió la pequeña mano, que él tomó con la misma tranquilidad.

—¿Por qué se echa a perder la vista haciendo estos trabajos? Ella retiró la mano, que él hubiera retenido en la suya. —No me hace daño.

Cuando Maller, para salir, pasó una vez más ante la mesa, los hombres se levantaron para saludar. La única que no tenía que sentirse aliviada ni cambiar de actitud por su salida era Annetta.

Sólo en el momento de despedirse preguntó Annetta a Alfonso en voz baja en qué punto estaba la novela.

—No he podido hacer nada porque aún no sé qué hacer. Tras reflexionar unos instantes, Annetta le dijo en voz baja: —Venga mañana a las siete; ¿puede? —¡Claro! —y sintió que le latía el corazón.

Así, en voz baja, era como se daban las citas de amor.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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XII

 

 

 

Alfonso fue recibido por Santo en la escalera.

 

—Lo esperaba —dijo éste sonriéndole muy amistosamente.

 

Le trataba con respeto, cediéndole el paso en las puertas e inclinándose profundamente después de haberle abierto la de la biblioteca. También en el banco aprovechaba cualquier ocasión para demostrarle su deferencia.

 

En la biblioteca encontró a Annetta y a Francesca; ésta sobre su eterno bordado, aquélla escribiendo.

—Estaba haciendo el primer borrador —le dijo Annetta—. Venga, venga. Me ayudará porque a mí sola no me sale.

Le puso delante el papel, pequeño y elegante papel de cartas, y una pluma.

—Se encontrará incómodo, pero el lugar no importa cuando se tienen ganas de trabajar, como las tenemos nosotros.

La mesa era demasiado baja y no había sitio porque ella no se había preocupado de quitar los periódicos. Francesca suplió el olvido de Annetta.

—Veo que, si no les ayudo, solos no se las arreglan.

 

Cogió un montón de periódicos y lo echó a un rincón.

 

Parecía que las relaciones entre las dos mujeres hubieran mejorado. Francesca no tenía ya aquel aspecto afligido, aunque en su rostro, siempre pálido, sólo los labios fueron menos blancos; y Annetta no evitaba dirigirle la palabra.

—Ten cuidado y no quieras meter tus ideas en la novela; se puede admitir que se haga una novela entre dos, pero no entre tres.

Es más, se les notaba el deseo de dirigirse la palabra con frecuencia, como dos personas que anhelaran continuamente recordarse que no están enojadas.

 

 

 

 

 

 

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—¡Cuatro palabras como prefacio! —dijo Annetta con cierta gravedad—. Quisiera explicarle el método que creo debemos seguir en el trabajo para no dejar en él demasiado claras las señas de dos cabezas, de dos intenciones diferentes. Por supuesto, antes que nada habrá que hacer que las dos intenciones coincidan al máximo. Será lo más difícil, pero con alguna concesión por una y otra parte creo que lo lograremos. En cuanto al método, simplemente habrá que dividir el trabajo.

 

Con mano nerviosa trazó círculos sobre el papel que tenía ante sí para explicar con claridad esta idea de la división. Tenía, sin embargo, dudas, o por lo menos así lo afirmaba, para explicar cómo se había de hacer la división, pues temía que él encontrara muy inferior la parte que le reservaba.

—Dígamelo sin contemplaciones —le dijo Alfonso con una sonrisa y enrojeciendo—; trabajar me importa mucho, pero no tanto como para hacerme olvidar que para mí es un honor ser considerado colaborador suyo.

El elogio no había sido mal dicho. Annetta dio las gracias.

 

—Usted tiene buenas ideas, ya lo sabemos, por lo que se encargará de proponerlas y desarrollarlas. Yo, que conozco mejor la sociedad, haré el diálogo y la descripción. Usted ha vivido siempre entre libros.

 

Esta última observación también había sido hecha para compensar haberle negado el conocimiento de la sociedad. Alfonso, muy halagado, aceptó la propuesta. Cada capítulo primero debía ser hecho por él y luego rehecho por Annetta.

—Por lo menos, tengo la esperanza de poder reconocer y dejar intactas las buenas ideas. —Más modesta no se podía ser—. ¡Oh! ¡Esto ya lo hemos dejado en claro! —y suspiró con satisfacción, como si con ello parte de la novela estuviera terminada.

—¡Pasemos ahora a definir el tema!

 

También en ese campo había que fijar las premisas. Había que tener presente, advirtió Annetta, que ellos iban tras el éxito. Publicarían bajo seudónimo, pero si no tenían éxito el placer de la publicación sería muy escaso. No deseaban la gloria futura y no pensaban en modo alguno en la posteridad, pero querían un éxito rápido.

 

—También conozco el método para alcanzar el éxito. No es tan difícil, ¿sabe? He observado durante algunos años cuáles son los libros que mayor éxito han tenido en el teatro o entre los lectores, averiguando que todos

 

 

 

 

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estaban hechos según una misma receta: el oso domado. No importa que el oso sea hombre o mujer; es necesario que sea domado por la fuerza del amor.

 

También Alfonso tuvo que convenir en que alguna vez se había emocionado ante obras semejantes; emoción que, sin embargo, nunca había hecho decrecer su desprecio por la obra ni por su autor. Pero no era el momento de mostrar tal desprecio. Jamás Annetta le había gustado tanto. Inclinada escribiendo, el cabello oscuro y liso arreglado con sencillez, la pluma en la mano graciosa, por primera vez la veía olvidada de su belleza, despreocupada de gustar o no, con los labios cerrados y el ceño fruncido, la noble cabeza en actitud noble.

 

Todo lo aceptó Alfonso. Ella había desarrollado sucintamente y con una fenomenal rapidez el contenido de los diez primeros capítulos; y luego, en dos palabras, la idea general de los demás. Alfonso no veía en ellos una actitud ni una idea original, pero, ante el primer entusiasmo de Annetta, la más mínima duda hubiera resultado ofensiva. Por otra parte, le parecía prematuro emitir juicios. El desarrollo podría mejorar el tema.

Cuando se vio sólo ante el trabajo que se había comprometido a hacer notó aún con más fuerza su vulgaridad. Esta vez el oso era de género femenino. Annetta había propuesto la novela de una muchacha noble que, traicionada por un duque, en un momento de rabia consiente en casarse con un rico industrial. Pero no lo ama y lo trata con desprecio. La virtud y la dignidad del industrial, un hombre honesto de vigorosa musculatura y carácter suave, acaban por triunfar sobre la aversión de su mujer, y ambos viven juntos felizmente durante muchos años. En el borrador de Annetta estaban indicadas «escenas» donde creía que había puntos de gran efecto, por lo que más bien parecía el borrador de una comedia, la comedia de todas las noches.

 

Con todo, aunque el primer capítulo entrara de lleno en el argumento, pues Annetta decía que las preparaciones largas aburren al público, estaba indicado con palabras tan poco precisas que Alfonso pudo hacer un capítulo a su gusto.

«Clara, una condesita, se entera de que el duque se casa con la hija de un tendero; su desesperación». Había que narrar los precedentes de tal situación; por lo tanto, se trataba de otra novela, en la cual Alfonso tenía las manos libres. Expuso en pocas palabras el estado de ánimo de la madre cuando recibe la noticia del matrimonio del duque, comunicándosela a su

 

 

 

 

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hija sin saber la tempestad que levantaría en el corazón de la pobre muchacha, que soporta el golpe con dignidad, no desahogándose hasta estar sola en su habitación. Allí, además de desahogarse piensa con dolor en los tiempos pasados, en su primera adolescencia transcurrida junto al duque, que era su primo; un niño feroz que a menudo le había pegado pero que se había hecho amar. Luego venía una descripción que a Alfonso le pareció lograda, dulce como un idilio. Eran breves toques, como si el autor, absorbido por graves preocupaciones, no hubiera podido prestar toda su atención al relato y hubiera dejado correr la pluma sobre el papel, apuntando con cada trazo una dirección sin preocuparse demasiado de cuándo lo abandonaría. Sabía que no se podía construir toda la novela de este modo, pero de momento el primer capítulo estaba hecho.

 

Se lo entregó a Annetta el miércoles y Annetta habló a todo el grupo del trabajo que habían emprendido ella y Alfonso. Luego explicó a Spalati y a Prarchi por qué no los había escogido en lugar de Alfonso. Al primero le dijo que no lo había elegido porque con el propio profesor se trabajaba cohibido; a Prarchi lo había excluido por ser demasiado resueltamente naturalista. Prarchi afirmó que era menos naturalista de lo que él mismo decía, y que para esa ocasión hubiera sacrificado todo lo que hubiera de excesivo en sus opiniones. Habló con seriedad, como si hubiera estado aún a tiempo de convencer a Annetta de que diera marcha atrás en su resolución. Luego se echó a reír:

 

—Dada la ocasión, hubiera sido capaz de colaborar en una novela romántica.

Alfonso sintió esta frase como una advertencia.

 

Fumigi acompañó a Alfonso durante un trecho. Se informó con timidez sobre el método de trabajo y pareció interesarse mucho por el argumento de la novela; pero cuando, aparentando indiferencia y mirando a otra parte, preguntó cuántas veces por semana se reunían, Alfonso experimentó la misma sorpresa que le había causado el bostezo de Macario, y pensó: O sea que están todos enamorados de Annetta.

Como habían acordado, fue a casa de Annetta la noche siguiente. La encontró en la biblioteca escribiendo. Al verle, hizo un movimiento de impaciencia satisfecha. Luego retiró a un lado el manuscrito e intentó hablar de otras cosas, del tiempo maravillosamente suave que hacía siendo aquella estación. Alfonso, que no tenía ningún motivo para titubear, le preguntó con una sonrisa que pedía compasión si le había gustado su

 

 

 

 

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capítulo. Era poco halagador que no hubiera sido ella la primera en entablar la conversación.

 

—No me gustó —le dijo Annetta, mirándole amistosamente a fin de atenuar la crudeza de su frase—. Sin duda, es bueno; reconozco sus méritos, pero es gris.

Le contó que se había puesto a corregirlo sin lograrlo, por lo que no había tenido más remedio que rehacerlo, pues debía confesar que aún no sabía qué le faltaba a aquel capítulo.

—¡Está hecho de un tirón!

 

Esta expresión crítica le entusiasmó, pues sabía que las cosas hechas de un tirón merecían elogio, y a Alfonso le latió el corazón con más calma.

—Es, sin embargo, gris; muy gris. ¿Quién puede leer a gusto esta sarta ininterrumpida de pensamientos carente de adornos? Y además usted cuenta demasiado poco; describe continuamente, aun cuando cree relatar. Con esta premisa, ¿cómo seguiremos adelante? Hay descripciones de mil palabras y relatos de una, siendo preferible que fuera al revés. Era más importante exponer la base de la novela, las primeras ideas de Clara ante el matrimonio con aquel industrial y el viejo amor de éste, que describir aquel salón que el lector no volverá a ver y dar tantos detalles sobre la infancia de Clara.

Le leyó su trabajo. Evidentemente por una amable consideración, habían sido conservadas algunas palabras, algunas frases de Alfonso, pero palabras y frases tan poco importantes que no pudo agradecérselo; precisamente las partes que más le hubieran importado no habían merecido su indulgencia.

Al terminar de leer, Annetta le miró esperando una aprobación entusiasta; pero Alfonso, con gran esfuerzo, apenas logró murmurar un elogio demasiado frío. Incluso lo disminuyó, pues, no sabiendo esconder su disgusto por haber trabajado tanto inútilmente y no viendo modo de desahogar este disgusto sin ofender a Annetta, cuando creyó encontrarlo lo asumió resueltamente sin preocuparse por examinar adonde le llevaba. No habló de su propio trabajo o del de Annetta, pero después de decir que, en efecto, el de Annetta tenía que gustar más, atacó sus teorías, sus propósitos. Era muy cierto que con aquellas teorías se llegaría al éxito, pero negaba que mereciera la pena sacrificar toda finalidad artística superior por ese hambre de éxito efímero.

 

 

 

 

 

 

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—¡Perdone! —le interrumpió Francesca, que hasta entonces, callada, parecía que no siguiera la conversación—. Por su expresión me ha parecido entender que el trabajo de Annetta no le ha disgustado. Por lo tanto, debe de ser más artístico de lo que usted dice.

 

A Alfonso le pareció que Francesca acompañaba su frase de una mirada que quizá pretendiera invitarle a la aprobación, y se sorprendió tanto que no pudo apartar de inmediato su mirada de ella. ¿Había colaborado también Francesca en aquel capítulo que defendía? Ahora era demasiado claro que se imponía admirarlo, y él, como pudo, se adaptó. Dijo que el capítulo le había gustado, que sólo combatía la orientación. En realidad le había parecido malo, desnudo, declamatorio, y le humilló verse obligado a hacer aquella declaración explícita; había abdicado del derecho a decir su opinión. Se asombró al ver cómo Annetta no tenía ninguna duda sobre la sinceridad de su afirmación. Quedaba, pues, establecido, dijo ella, que aquel capítulo permanecería intacto, y que para los demás se pondrían de acuerdo del mismo modo.

 

Y, en efecto, del mismo modo, pero más fácilmente, estuvieron de acuerdo en el segundo y el tercer capítulos. Alfonso los elaboró intentando imitar a Annetta y Annetta los rehízo sin tener muy en cuenta la primera versión.

Para Alfonso, había en esta situación una parte agradable. Conquistada y reconocida su superioridad, dándose cuenta probablemente Annetta de que la sumisión costaba gran esfuerzo a Alfonso, quiso compensarle con demostraciones de mayor amistad y a veces incluso con una conmovida protección de persona superior, con una especie de afecto materno. Le tomaba el pelo por sus debilidades, lo describía como un osezno que no supiera decir cumplidos y que careciera de sentido diplomático; una noche dijo a los amigos del miércoles, estando él presente, que quizás hubieran existido filósofos más grandes que Alfonso, pero que ninguno se hubiera tomado la filosofía tan en serio como él, viviendo de acuerdo con sus dictados. De ahí pasó —pero esto cuando estuvieron solos— a la calificación de «hurón». Hurón cuando balbuceaba media frase sin poder decirla entera, hurón cuando decía que un éxito literario valía poco por haber sido creado por ignorantes, hurón, en fin, cuando traía su borrador destinado a la papelera. Le decía esta palabra con una sonrisa muy amable, mirándole con admiración, como quien mira un original que merece la pena estudiar… pero no leerse; y él, para merecer muchas veces tal

 

 

 

 

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calificativo, se quedaba rígido, hablaba poco, entrecortaba las palabras. Ella mantuvo firmemente su primer juicio: aunque Alfonso dispusiera de un mayor número de ideas elevadas, no sabía reunirlas para hacer con ellas una buena novela. Era demasiado pesado y gris. Antes o después conquistaría renombre con alguna obra filosófica, pero no con novelas; era algo demasiado ligero para él.

Con todo, las dificultades del trabajo no eran pequeñas. En el segundo capítulo había una escena conyugal terrible en la cámara nupcial entre Clara y el marido, pero ya en el tercero, por expreso deseo de Annetta, los esposos sabían que se amaban, aunque un gran, inmenso orgullo, los mantenía separados. El resto de la novela debía versar sobre estos dos orgullos que hacía falta domar, pues éste era su argumento. Si sólo se hubiera tratado de estos dos orgullos… pero Annetta quería insertar en la novela mil historias que nada tenían que ver con el argumento principal. Aparecían en escena el suegro del antiguo prometido, el tendero, la mujer del noble, la rival de Clara e incluso un hermano de Clara y una hermana del industrial, que acababan casándose; y, finalmente, otros muchos personajes que participaban en una comedia política: unas elecciones introducidas para lograr que el cuento se convirtiera en novela. Alfonso había propuesto omitir todas estas cosas inútiles para dejar, uno frente a otro y arreglándose entre ellos, a los dos orgullos que Annetta había puesto en la novela. De tal situación podía salir, al menos, un buen análisis del orgullo. A Annetta la proposición le pareció francamente cómica. Capítulo por capítulo, la novela debía componerse de largas conversaciones y luchas entre las dos mujeres, Clara y la mujer del noble; además, cada capítulo debía ir adornado por una o más miradas de amor entre marido y mujer. Y de ahí no pasaban.

 

Para Alfonso este trabajo comenzaba a parecerse extraordinariamente al del banco. Por la noche lo iniciaba con un bostezo, luchando con el sueño, cuidando de atenerse estrictamente a lo que Annetta le había ordenado hacer, quedándose tranquilo sólo cuando terminaba. A veces, el aburrimiento que le producía el trabajo era tal que acababa yendo a ver a Annetta sin haber hecho nada. A última hora no había trabajado y decidía pedir disculpas al día siguiente, renunciando a verla ese día para no tener que escribir aquellas cosas. Pero no podía renunciar a verla e iba a su casa con cualquier otra excusa.

 

 

 

 

 

 

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Annetta siempre le recibía con amabilidad sin hacerle ni un reproche. Le hacía leer lo que ella había escrito y luego le dejaba hablar de otras cosas. No le disgustaba oírle hablar. Él se ponía tímido a propósito porque se había dado cuenta de que con Annetta había que conservar cierta timidez. Cuando estaba a punto de irse recordaba las advertencias de Macario, la breve advertencia de Francesca y, finalmente, la actitud de Spalati, el amigo más viejo de Annetta, que, si bien se tomaba libertades, lo hacía siempre con palabras tan respetuosas como libres. Spalati era tan hábil que le faltaba al respeto sólo cuando la adulaba. Sus adulaciones tomaban de ese modo un aspecto audaz que las hacía parecer sinceras. Era capaz de decirle que, como Victor Hugo, abusaba de la adjetivación. Alfonso había entendido el método, que le resultaba más fácil porque podía fingir el carácter que se le había atribuido; al mostrar desprecio por las formas exteriores, podía abandonar alguna; y además, no era el culto de tales formas lo que Annetta exigía. Había que saber demostrarle en el momento exacto una brizna de admiración o de entusiasmo.

 

Las noches más entretenidas eran aquéllas en que no se hablaba en absoluto de la novela; pero Alfonso se dio cuenta de que, a la larga, la lentitud con que progresaba el trabajo podía disgustar a Annetta. También Francesca se lo advirtió, mostrando por segunda vez querer dirigir su relación con Annetta.

Una noche, por estar Annetta todavía en su cuarto, le recibió ella. —¿Tampoco ha hecho nada hoy? —le preguntó con acento de

reproche—. Mire que Annetta se impacienta fácilmente.

 

Por casualidad, aquella noche había hecho algo. Comprendió la importancia de la advertencia y la tomó en cuenta: desde entonces, y durante mucho tiempo, cada noche llevó alguna prueba de haber trabajado o pensado en la novela.

Esto le resultaba cada vez más difícil. En el banco tenía muchos quehaceres. Caía sobre sus hombros todo el trabajo de Miceni, por lo que diariamente había un montón de asuntos que apenas podían liquidar entre él y Alchieri. Sentía con más fuerza la necesidad de los grandes paseos y del reposo posterior.

La primera vez que, después de la recomendación de Francesca, tuvo que ir a casa de Annetta sin llevar una sola página escrita, aunque ella le recibió con su habitual sonrisa amable, temió que estuviera ocultando la ira de que le había hablado Francesca; y, lleno de zozobra, creyó que sería

 

 

 

 

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despedido de improviso y para siempre. El miedo le impidió disculparse, por lo que habló de sus muchos quehaceres, de su dolor de cabeza y hasta de noticias inquietantes sobre la salud de su madre que había recibido, que le quitaban la calma necesaria para trabajar. Annetta le escuchaba con aspecto de gran interés, lo que conmovió profundamente a Alfonso. Se sentía humillado por tener que disculparse como un colegial, cuando él hubiera querido hablar de otro modo; y fue tal la humillación que se le saltaron las lágrimas, que Annetta atribuyó a la preocupación por la salud de su madre.

 

Aquella noche, Alfonso debió resultar para Annetta más entretenido que de costumbre. Después de haber hablado de las múltiples causas que le habían impedido trabajar en la novela, había pasado a hablar de su intención de dedicarse a aquel trabajo, afirmando luego que su ocupación predilecta era pensar, meditar en aquella hermosa obra. Por primera vez, adulaba sin obligación; pero en aquel momento hubiera hecho hasta monedas falsas con tal de asegurarse la amistad de Annetta. Describió sus ocupaciones en el banco y, no teniendo valor para quejarse ante la hija del señor Maller del trabajo bancario en general, se quejó de que no se le confiara el trabajo inteligente y libre a que creía tener derecho.

—¿Quiere que hable con papá? —preguntó Annetta, muy conmovida—. Usted, en efecto, tiene derecho a dedicarse a trabajos más difíciles.

No había previsto tal ofrecimiento, que le disgustó mucho. Protestó: no quería aprovecharse de la buena amistad de Annetta para obtener protección. Una recomendación no bastaba para romper el orden jerárquico del banco y, además, le quitaría parte de las ilusiones que tenía puestas en aquellas noches. Annetta quiso saber cuáles eran estas ilusiones.

—Cuando estoy aquí —contestó Alfonso— sólo quiero recordar que soy su amigo y que soy un literato. Y nada más.

Annetta le dio las gracias.

 

—¿Se puede tomar en serio eso de que usted se entretiene aquí? Pasaba a un tono mucho más ligero, y Alfonso, muy ocupado

asegurando a Annetta que en aquella casa siempre se divertía, no se dio cuenta.

Annetta dijo la frase de buena fe, creyéndola muy amable; pero bastó para procurar a Alfonso varias horas de agitación. Era amable, pero ¿había

 

 

 

 

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olvidado que había visto llorar a un hombre tan pronto como para limitarse a decirle aquella frasecilla de circunstancias? No sabía por qué la frase le resultó ofensiva, y para entenderlo tuvo que pensar largo rato. Mientras, experimentaba un intenso descontento de sí mismo, como si tuviera remordimientos por haber cometido una acción malvada o ridícula. ¡Él había llorado y ella se había visto en la obligación de decirle una palabra amable! Había tal diferencia de importancia entre los dos hechos que le avergonzaba haber derramado aquellas lágrimas. Una mujer que sintiera una brizna de afecto hubiera llorado con él.

 

Hacía una hermosa noche, fría pero tranquila, y un cielo oscuro con pocas estrellas. Permaneció largo tiempo en la calle sintiéndose incapaz de encontrar tranquilidad en una habitación. Por segunda vez, tuvo deseos de romper su relación con Annetta, también a causa del desaliento que le invadía cuando vislumbraba, en la gran amistad que ella le había demostrado, su inmensa frialdad e indiferencia. Eran sorpresas dolorosas que le removían de su inercia vital, motivada más por la costumbre que por una idea o una finalidad; y analizaba entonces esta finalidad, sorprendiéndole no haber vivido más de acuerdo con ella, verla bajo una luz distinta, hallarse tan lejos de alcanzarla cuando antes le había parecido estar cerca de ella. ¿Era la suya una pasión tan invencible como para exponerse a tantos trabajos a fin de satisfacerla? Al comenzar su relación con Annetta no había sentido tan claramente como ahora que su amor aumentaba a causa de las riquezas que rodeaban a Annetta; eran una especie de ornamento que embellecía su hermosa figura; como el engaste de un diamante. ¡Aún lo recordaba! Antes de conocer la gracia y la belleza de Annetta le había agitado, conmovido, saberla hija de Maller; y de aquella agitación, de aquella emoción había nacido el sentimiento que él llamaba amor.

 

Mas ¿para qué tal análisis? Percibía la diferencia que había entre su manera de sentir y la de los que le rodeaban, y creía que consistía en que él se tomaba con demasiada seriedad las cosas de la vida. ¡Ésa era su desgracia! ¿Valía la pena devanarse los sesos de ese modo para encontrar salida a un proceso que, de forma natural, había de desenvolverse por sí mismo? Si Annetta le amaba, estaba claro que él tenía mucho que ganar; su vida cambiaría; si no le amaba, no tenía nada que perder.

 

Quiso mantener la calma, pero los razonamientos no le liberaron de las dudas ni de la agitación. Sirvieron para impedirle tomar las decisiones a

 

 

 

 

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que le hubiera impulsado su carácter, tan alterado en las situaciones dudosas, indecisas, y le salvaron del análisis de sus propios instintos y carácter. Conocerse le hacía sufrir.

 

Al día siguiente, tropezó en el Corso con Macario, que iba hacia el mar. No se veían desde hacía varias semanas. Macario tuvo la amabilidad de echar la culpa a Alfonso.

—¿Tan ocupado está en la novela que ya no es posible verle? —le preguntó.

Era la primera vez que Macario le hablaba de la novela, y su tono cordial y bromista fue una agradable sorpresa para Alfonso. Era de nuevo el buen amigo a quien tanto le gustaba instruir a Alfonso; éste, por su parte, hizo lo que pudo, sin lograr nada, por recobrar el aspecto sumiso de otras veces. No podía contener las palabras que acudían espontáneamente para completar o rectificar las ideas de Macario. Éste le invitó a dar un paseo por el mar y Alfonso tuvo que rehusar, pues se acercaba la hora de entrar a la oficina. Le acompañó hacia el muelle durante un trecho.

 

Macario saludó a una señora que ya no estaba en su primera juventud, gruesa y pesada pero elegante.

—Mire esa señora —le dijo—; se dice que es fácil llegar a ser su amante, lo cual no sería desagradable, por cierto. —De esta observación pasó a discurrir con Alfonso sobre la seducción en general—. Para saber hacerse con una mujer que quiere entregarse hace falta poco, pero tanto que la persona más astuta no lo logra. Hay que saber cuál es el momento, pues incluso una mujer que quiere, no siempre quiere; y conociendo el momento, hay que saber atacar a tiempo, cosa aún menos fácil, pues para tener ese tipo de resolución se requieren más nervios que un general para dirigir una batalla. La resolución nunca es fácil, aun cuando se sepa que le esperan a uno y que, por tanto, se saldrá victorioso. Además, en el caso de las mujeres indecisas, a las que hay que dar una convicción y quitar otra, es tan difícil que yo, que sé lo que me hago, nunca me he metido en ello. No obstante, estoy convencido de que también en ese caso se trata más de actuar que de hablar. Hablar antes, mucho antes; pero las conversaciones no llevan a ninguna mujer al paso irremediable. Con las mujeres es preciso saber actuar. Besar, por ejemplo, besar la mano, el rostro, el cuello, un pie acaso, lo que caiga más cerca. Los buenos conversadores nunca son afortunados con las mujeres.

 

 

 

 

 

 

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Aquel sermón parecía destinado a él, pero al ir hacia la oficina Alfonso se reía. Soñaba que había tomado en serio los consejos de Macario y que había actuado con Annetta. Veía alzarse la blanca mano amenazadoramente y el final de la escena con el ruido de un bofetón. Quizá Macario hubiera esperado que sus consejos fueran seguidos, y Alfonso sospechaba que era muy capaz de ello. ¡Mejor! Aquella especie de celada que Macario le había tendido se convertía en una advertencia.

 

Pronto tuvo ocasión de volver a pensar en el consejo de Macario. Una noche, Francesca los dejó solos; Annetta escribía tranquila con su hermosa escritura menuda pero de rasgos decididos; tenía el brazo izquierdo extendido sobre la mesa, en la cual apoyaba el pecho, y su mano quedaba precisamente bajo la boca de Alfonso. Era imposible no pensar en el acto aconsejado por Macario, y Alfonso tembló al sentir que los pelos de su barba habían tocado aquella mano, que no era retirada. Se acordó de que Macario había afirmado que un hombre aparecía ridículo a los ojos de una mujer si se arriesgaba menos de lo que ella deseaba. Aún no había tomado la decisión, cuando, con un movimiento casi involuntario, apoyó sus labios en aquella mano. Sintió el contacto, que había de recordar más tarde, de su carne aterciopelada; asustado de su osadía y no sabiendo cómo repararla, intentó adoptar el aspecto indiferente de un niño que quiere se eche a otro la culpa de una maldad cometida por él. ¡El rayo temido no cayó! Vio cómo el rostro de Annetta cambiaba de color y cómo la pluma se detenía sobre el papel. Quizás Annetta permaneciera indecisa sobre el comportamiento a adoptar. La mano se retiró lentamente con un movimiento natural, como si necesitara apoyar la cabeza. Duró el silencio alrededor de un minuto, que fue como un siglo para Alfonso. Al fin habló, y no del beso; le habló con desenvoltura mirándole varias veces sonriente y amistosa.

 

¡Estaba a salvo! ¡Más que a salvo, feliz! ¡La declaración estaba hecha! Por lo menos, ella sabía ahora que ya no tenía delante al empleado ni al literato. Cuando sufriera por una palabra fría o por celos, podía tener la esperanza de que ella lo adivinara. Quería ser modesto, no dar más significado al silencio de Annetta que el de una suave indulgencia; pero sólo eso ya lo hacía feliz. Apenas había empezado, pero el paso era gigantesco. Aquella noche no tuvo dudas. Amaba a Annetta y la quería hacer suya. Era el camino trazado para llegar a la riqueza, pero entonces no lo sabía. ¡Una sonrisa de Annetta era la felicidad! Se le había pedido un

 

 

 

 

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acto, y su declaración había sido un acto; osado, pero no brutal: suave e incluso más respetuoso que la palabra.

 

Durante varias noches, Francesca estuvo presente en sus encuentros, cosa que a Alfonso no le disgustó. Entonces hablaba con los ojos; el lenguaje de los ojos es como el de la música; no concreta nada cuando no existe la palabra, pero cuando existe o ha existido expresa mejor y más que la misma palabra. No eran miradas audaces, y él ya no trataba de descubrir una línea escudriñando con ojos discretos aquellas ropas suaves, ni al apretarle la mano la acariciaba para satisfacerse con el contacto. Aquella declaración, aquella salida del deseo solitario había reforzado su amor, le había hecho respirar aire puro. No habría sabido, sin embargo, añadir un apéndice verbal a aquel beso.

Una noche que estaban en la biblioteca, a mitad de sesión Francesca se alejó de puntillas para no molestarlos. Su ausencia duró un cuarto de hora, y cuando volvió los encontró en el punto en que los había dejado. A su salida Alfonso se había estremecido creyendo, siempre según las normas de Macario, que estaba obligado a decir algo. Rumió algunas ideíllas, pero Annetta le impidió decirlas hablándole con toda tranquilidad de la novela. De modo que ella nada esperaba, por lo que no debía hacer nada que ella no previera. En consecuencia, calló; su posición era buena, y por el momento él no podía desear más. No hablaba de amor, pero todo lo que decía a Annetta estaba alterado por su sentimiento. ¡No hacía más que declaraciones de amor! Cuando hablaba con Annetta, a diferencia de Macario, aludía al sobrentendido que había en cada palabra suya con una sonrisa o con el tono de su voz. Al decir la cosa más simple, sentía cómo su voz se fundía en una dulzura de la que no se hubiera creído capaz; y la declaración era tan abierta, tan audaz, que le parecía una toma de posesión que le agitaba en la ebriedad del sueño realizado.

 

Volvió a encontrarse con Macario, que le habló de nuevo con insistencia sospechosa sobre las maneras de hacerse con una mujer. Alfonso escuchó con indiferencia las barbaridades que le sugería, pues sabía muy bien qué convenía a su caso. Se encontraba bien en aquella fase de sus relaciones con Annetta y no quería abandonarla sin saber cuál sería la próxima. Además, ahora sufría menos el alejamiento de Annetta. Se aburría esperando la noche, pero ya no soñaba tanto: una sonrisa de Annetta había ahuyentado los fantasmas que ella misma había creado.

 

 

 

 

 

 

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Alfonso se imaginaba que, aun sin amarle, ella debía sentirse halagada por su amor y su respeto. Exageraba su timidez, pues la timidez explicaba y hacía posible que la extraña situación se prolongara.

 

En medio de estos amores el trabajo literario languidecía; y esto era lo que más halagaba a Alfonso, pues parecía que también para Annetta se hubiera convertido en cosa secundaria. Una noche, Alfonso llevó trabajo y Annetta olvidó pedirle que lo leyera. En su novela, todo había sido hecho siguiendo las intenciones de Annetta; y Alfonso sentía que cada día era más insignificante el tema y más tonta la novela. Pensaba que, al aumentar la confianza existente entre ambos, llegaría el día en que pudiera decirle su opinión; pero de momento no osaba expresar la más ligera duda. No quería exponerse al peligro de ver decrecer la luz que brillaba en los ojos de Annetta cuando ésta le miraba. Para él, aquella novela tenía una importancia mínima, y por ella no hubiera soportado oír ni una palabra brusca de la amada.

 

Fue arrancado de aquel idilio no por su voluntad, ni por la de Annetta; Macario, sin saberlo, lo había creado; Miceni y Fumigi lo destruyeron.

Miceni era, evidentemente, el que más envidiaba a Alfonso por su familiaridad con los Maller. Por supuesto, no se lo había dicho, y como de costumbre Alfonso no lo admitía, aunque Miceni, con su carácter extravagante, dejaba transparentar claramente idéntica opinión. Los pequeños pullazos de Miceni no llegaban a herirle ni siquiera cuando hablaba de su amor por Annetta, pretendiendo que habría sido correspondido si hubiera puesto mayor empeño. Alfonso sabía, por algunas palabras de Macario, qué pensaba de tal aventura. Como otorgándole mayor confianza a Alfonso, un día Miceni le contó incluso la razón por la que había dejado de hacer la corte a Annetta: por consideración a Fumigi, pues sabía que éste estaba enamorado de ella. Fumigi era un viejo amigo que le había proporcionado el empleo que tenía en el banco, y por lo tanto tenía derecho a su consideración.

 

Esta afirmación le afectó más que la otra. También se había dado cuenta de que Fumigi estaba enamorado de Annetta; y su amor tenía, debía reconocerlo, muchas probabilidades de éxito. Desapasionadamente comprendía que, al no ser demasiado viejo, Fumigi era un partido conveniente para Annetta.

Al notar que Alfonso se turbaba cuando se le hablaba de Fumigi, Miceni se concedió a menudo el placer de provocarlo, liberándose de sus

 

 

 

 

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propios celos a la vista de los de Alfonso.

 

Es más difícil parecer indiferente sin serlo que apasionado siendo indiferente. Miceni comenzaba, habitualmente, hablándole de cosas de la oficina, pretexto para ir a su despacho. Cuando se veía obligado a nombrar a Annetta, Alfonso cribaba cada palabra antes de emitirla; y, con una desenvoltura que él mismo consideraba excesiva y cuya afectación debía transparentarse, hablaba de ella como si la hubiera visto unas pocas veces en su vida. Lo hacía bien, y, para colmo de indiferencia, confesaba desearla como se desea a todas las mujeres hermosas. Pero, cuando hablaba de Fumigi, ni siquiera la palabra obedecía a sus propósitos de indiferencia. No le importaba que Miceni le creyera amado por Annetta; lo que le dolía profundamente era que hubiera un hombre que considerara que el amado era otro. Decía con una calma a todas luces forzada que él conocía a Fumigi y que no creía que amara a Annetta. Entonces también Miceni perdía la calma:

 

—¿Por qué había de decírtelo si no fuera verdad? Infórmate. Lo saben todos en la ciudad menos tú.

Se acaloraba tanto para afirmar como Alfonso para negar; pero Alfonso, cuando se daba cuenta de que estaba demasiado lejos de su papel de indiferente, interrumpía la discusión diciendo que las cosas podían marchar de cualquier manera, que a él nada le importaba. Las palabras eran enérgicas en demasía y su rostro y tono de voz muy ajenos a la indiferencia.

Contento como si trajera una buena noticia, Miceni le contó que Fumigi y Annetta se habían prometido. Alfonso se echó a reír tranquilamente; y esta vez con toda sinceridad.

—Ayer por la noche estuve en casa de los Maller y me habrían avisado si fuera cierto.

—Todavía no es oficial; pero probablemente, mientras nosotros hablamos, Fumigi entra por primera vez en casa de Annetta como marido.

Su voz se había vuelto aguda, como si la tranquilidad de Alfonso le hubiera ofendido.

Alfonso no se dignó discutir. La noche anterior, Annetta le había tratado mejor que de costumbre. Le había hablado de su adolescencia, de la vida en el colegio a que había sido mandada a la muerte de su madre. Eran confidencias, y, sorprendido y feliz, Alfonso vio en ellas otra mejora

 

 

 

 

 

 

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de su posición. Desde hacía algún tiempo se admiraba a sí mismo como persona hábil, y aquella noche, al salir de casa de los Maller, murmuró:

 

—Éste es el verdadero arte. Progresar sin esfuerzo.

 

Aquella noche no tenía que ir a casa de Annetta, pero, agitado por las palabras de Miceni, estuvo dando vueltas largo rato por la calle Dei Forni. La casa conservaba su aspecto habitual. La larga fila de cuartos deshabitados tenía las ventanas herméticamente cerradas y todas las cortinas bajadas; sólo una ventana del comedor estaba entreabierta.

 

Al salir de la calle Dei Forni en dirección al mar, tropezó con Fumigi. Habiendo pensado tanto en él, al verlo de pronto ante sí Alfonso se cohibió, y le pareció que la turbación del otro no era menor.

 

—¿Usted… va? —preguntó Fumigi balbuceando y señalando hacia la casa de los Maller, de donde venía Alfonso.

—¡No! —dijo Alfonso con vivacidad. Le parecía que Fumigi quisiera acusarle de un delito—. Llevo como una hora paseando para hacer ejercicio. Si quiere hacerme compañía…

En la figurita de Fumigi, vestida habitualmente con tanto cuidado, había algún desorden. La corbata no estaba en su sitio y el cuello del abrigo negro, por lo demás nuevo, no estaba levantado.

—¿Vamos al puerto nuevo? —preguntó. Miró una vez más el reloj y, tras un pequeño titubeo, se puso a caminar junto a Alfonso.

Callaban bajo los pálidos rayos de un sol que declinaba. Desde la plaza de la estación se dirigieron hacia el mar, deteniéndose en el primer muelle, recién construido, con el adoquinado blanco y regular.

—¡Espléndido! —dijo Alfonso mirando al sol y contento por tener algo que decir. Media bola incandescente surgía todavía fuera del mar. No parecía que la luz tranquila, blanca, que iluminaba las casas de la orilla proviniera de aquel cuerpo rojo. Éste pintaba reflejos rojos por el horizonte y enrojecía media nubecilla blanca, inmóvil sobre la ciudad cuyos barrios internos se iban oscureciendo.

En realidad, ni el uno ni el otro tenían ojos para el magnífico espectáculo. Alfonso observaba a Fumigi, tan absorto en sus pensamientos que ni se preocupaba por ocultar su preocupación. Miró de nuevo el reloj y murmuró algunas palabras que Alfonso no entendió; luego se metió las manos en los bolsillos temblando de impaciencia y mirando el agua. Había olvidado incluso que estaba acompañado.

 

—¿Tiene prisa? —le preguntó Alfonso.

 

 

 

 

 

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—¡No! —contestó Fumigi—; me basta con llegar a una cita que tengo a las siete y media.

 

Lo que Miceni le había contado era, pues, cierto, y Alfonso pensó que la cita a que Fumigi quería llegar a tiempo era una cita con Maller. Fumigi esperaba una decisión; y Alfonso estaba aún tan seguro de sí que aquella impaciencia febril le produjo compasión, pues sabía que el pobrecillo había de sufrir un dolor.

La anormalidad del comportamiento de Fumigi era tal que para poder fingir ignorancia respecto de sus motivos había que evidenciar que se advertía.

—¿Se siente mal?

 

—No… sí, un poco de dolor de cabeza. Pero lo que más me molesta es tener que quedarme en la calle para estar seguro de no faltar a la cita. Por otra parte, pensándolo bien, le aseguro que me inquieto por algo que no lo merece en absoluto.

—¿Es algo de poca importancia? —preguntó Alfonso estupefacto. —No, de grandísima; pero, a fin de cuentas… —y se encogió de

hombros, con lo que a Alfonso le pareció pretendía manifestar una seguridad absoluta.

—¿Entonces por qué agitarse?

 

Alfonso seguía tranquilizándole, pero hubiera dado cualquier cosa por quitar a Fumigi aquella seguridad, que le hería profundamente.

Durante unos instantes Fumigi pareció más tranquilo. Luego volvió a caer en sus meditaciones, y prestaba tan poca atención a Alfonso que de repente se despidió interrumpiendo una frase que Alfonso estaba preparando para tranquilizarle. Necesitaba quedarse solo, pero sobre todo quería pasar el rato; se despedía para poder decir algo que no fuera lo que de tan buena gana hubiera contado para aliviarse. Se despidió hablando mucho, diciendo que antes de la cita aún tenía que ir a otro sitio.

Alfonso le siguió con mirada atenta y no se le escapó una ligera vacilación sobre la calle a tomar cuando hubo llegado al centro de la plaza. ¡Claro! El pobrecillo sacaba a pasear sus dudas dolorosas; su inquietud no tenía otra salida.

Y Alfonso, sólo por aquel titubeo se sintió movido a compasión y perdió la ira que le había despertado la estúpida seguridad de Fumigi. Tan lejos iba esta compasión que se perdió soñando en las posibilidades de conciliar la felicidad de Fumigi con la suya. No había ninguna, pero ello

 

 

 

 

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no le impidió construir sobre aquella situación una novela en la que se reservaba el grato papel de amigo de la casa de los Fumigi. Le resultaba desagradable el sentimiento de haber contribuido a la infelicidad de Fumigi, de haber merecido el odio de alguien por primera vez en su vida de modo consciente. Era suficiente para producirle un profundo disgusto en medio de su felicidad.

 

Se fue a trabajar en la novela porque le pareció que así merecía mejor su buena fortuna, y se sometió al fastidioso trabajo como si hubiera querido aplacar la envidia de los dioses mostrándose menos feliz.

Bastó una palabra de Miceni para quitarle parte de su seguridad. —¡Probablemente a estas horas ya ha concluido todo!

Si en ese mismo instante le hubieran anunciado a Alfonso que Fumigi se había suicidado tras el rechazo de Annetta, no le hubiera dolido en absoluto.

Y quiso la casualidad que permaneciera durante varios días en ese estado de ánimo. Aquella noche no fue recibido por Annetta. La camarera le detuvo en la escalera para decirle que la señorita Annetta no podía recibirlo.

—¿Hay alguna novedad? —preguntó Alfonso asustado. Luego, al ver su sorpresa, añadió como explicación:

—¿Está acaso indispuesta la señorita?

 

—No —contestó la camarera, una mujer anciana y vestida con pretensiones que había tratado siempre a Alfonso con indiferencia, quizá porque él se había olvidado de hacerle un poco la corte—; está muy bien.

—Corrió como si sus muchos quehaceres le impidieran unos instantes de ocio.

Fue suficiente para que Alfonso dudase: ¿habría sido acogida la petición de Fumigi de modo diferente al ideado por él? ¿De dónde había sacado la seguridad en que se había apoyado? No sabía nada nuevo, pero iba recogiendo pruebas de que la petición de Fumigi había sido acogida favorablemente y no, como hasta entonces, indicios de que hubiera sido rechazada. Hasta la prisa de la camarera le pareció prueba de que había tenido lugar una grave transformación en la vida de Annetta.

Aún estaba convencido de que Fumigi habría sido rechazado, pero sólo porque no le parecía admisible que Annetta aceptara casarse con él; no por otro amor, no por amor a él. Él no tenía nada que ver con aquella resolución, o al menos así lo sentía. Se veía amenazado por una gran

 

 

 

 

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desventura, pero cuando se alejara el peligro inminente, no por ello se sentiría más seguro.

 

Al día siguiente Miceni le dijo que aún no sabía nada nuevo, pero que no había prisa. Siempre llegaría a tiempo una tarjeta de felicitación. Escapó sin que Alfonso le diera una respuesta que presumía poco amable. No habían dicho ni una palabra sobre las relaciones de Alfonso con Annetta, pero Miceni actuaba como si las conociera, y Alfonso se daba cuenta de ello.

Por la noche fue a casa de Annetta. Por la calle se abandonó a las mayores esperanzas. Esperaba encontrarla idéntica, esperándole en aquella biblioteca para pasar otra velada inolvidable.

Iba a dejar el sombrero en la entrada, ya seguro, cuando Santo, que estaba en el rellano, le dijo:

—La señorita no puede recibirle hoy; está indispuesta.

 

Alfonso palideció. ¿Entonces Miceni tenía razón?

 

—¿Muy enferma? —preguntó a Santo. También con éste había que fingir.

—¡Oh…! Sabe… ¡Las mujeres! —dijo Santo con la irreverencia que le era natural cuando hablaba de sus amos a espaldas de éstos.

¡No estaba enferma! Tal vez estaba en aquel cuarto de estar, iluminado como en las noches de recepción, sentada junto a Fumigi, que gustaba plenamente del gozo de aquellas suaves expansiones, de aquella calma de la posesión sin obstáculos que Alfonso consideraba la felicidad suprema.

 

Santo ya le había dado la espalda. Hasta entonces, y desde que le viera en casa de los Maller, Santo le había tratado con un servilismo incluso molesto. Su desprecio era signo evidente de que lo consideraba caído en desgracia. Alfonso le siguió algunos pasos:

—Le ruego que diga a la señorita Annetta que pasé por aquí y que he sentido mucho saber que está indispuesta.

Bajó las escaleras mirando de frente y sin dignarse corresponder al saludo de Santo. Su pensamiento estaba puesto en aquellos dos que, solos en el cuarto de estar, tal vez se besaban; pero hasta llegar a la calle caminó tieso, cuidándose de no dejar trasparentar en su rostro los sentimientos que le agitaban. Era posible que alguien le observara en aquella casa para gozar de su dolor.

Era una idea tonta. Nadie se ocupaba de él, ni siquiera para hacerle daño. Lloviznaba, y él llevaba en la mano el paraguas cerrado. Le irritaba

 

 

 

 

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pensar cómo tendría que contárselo a Miceni e imaginaba su ironía, tan atroz como fácil. Pero ya no tenía por qué andarse con miramientos. Ocultar las ilusiones tontas que, lo reconocía, había alimentado hasta el momento, era imposible con Miceni. Pues bien, intentaría describirle cómo habían nacido esas ilusiones, cómo Annetta las había alentado.

 

Si, como iba repitiéndose a sí mismo, todo había terminado, mucho era lo que había perdido. La finalidad de su vida ¿en qué quedaba? Había olvidado la ambición en medio de aquel amor y no creía que pudiera revivir; y para su destino en el banco de Maller no valía la pena vivir. Liberarse de la humillación a través de un beso de mujer había sido un sueño magnífico. En él la vida perdía su aspecto de rigor injusto; daba la fortuna y la felicidad a quien la merecía sin exigir ninguna lucha. Una ley llegada de lo alto otorgaba la riqueza y el amor.

 

Se encontró empapado hasta los huesos y muy lejos de su casa. ¿Era, pues, verdad? Pensó que si no hubiera tenido dudas su agitación sería menor. Decidiría qué comportamiento adoptar; creía que aún podía obtener alguna satisfacción en su desventura. Podía llevar la cabeza bien alta, devolver indiferencia por indiferencia, estar herido y herir mostrándose incólume. Annetta era capaz de triunfar del dolor que le había producido.

¡Precisamente así se la había descrito Macario! Fría y vana, sobre todo vana. ¿No tenía la prueba palmaria de su vanidad en aquella novela, un dictado de la vanidad en persona, desde el concepto general arrogante y vacuo a la frase particular enfática, como el vuelo de quien no supiera caminar? No sólo por espíritu de venganza pensaba así de ella. Caída de las alturas en que su amor la había colocado, creía verla tal como era.

Al llegar a su casa encontró un billete de Annetta invitándole a ir a verla el día siguiente.

«¡Mi buen amigo!». El comienzo hubiera debido bastar para sacarle de su estado y darle una inmensa alegría. Pero él leyó y releyó buscando lo que no había: la seguridad de que se había equivocado temiendo a Fumigi y dudando del amor de Annetta. Aquel billete no excluía su desventura; y si la excluía momentáneamente, no eliminaba su posibilidad. No podía recuperar la calma ni le resultaba agradable el sentimiento de ser mucho más feliz que antes. El dolor tiene, especialmente cuando ya ha pasado, atractivos seductores, y a las ambiciones débiles satisface poder vestirse con ellos. ¿Era felicidad lo que se derivaba de esta situación, cuando la casualidad le había revelado qué desdicha podía proporcionarle la misma?

 

 

 

 

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Annetta siempre podría dejarlo de lado como un trasto inútil, y en cuanto le abandonara volvería a ser el mísero empleadillo a quien no estaba permitido ni mostrar su dolor.

 

Ya no le aquejaba aquel dolor que poco antes le había llevado por las calles de la ciudad, sino una gran conmoción, una lástima de sí mismo. Si Fumigi había sido rechazado, su relación con Annetta continuaba, en apariencia, invariable; en realidad, los celos, los temores, la amenaza entrevista la volvían insoportable. No había más que un modo de salir de tal situación. Podía ser él el primero en retirarse, y así, aunque dolorido por su renuncia, al menos podría rememorar toda su aventura sin enrojecer, sin sentirse ofendido. Pero ni siquiera interrumpiéndola así sería agradable su recuerdo. La dureza y la vanidad de Annetta, que le parecía acabada de descubrir, no podría olvidarlas nunca. La experiencia había sido dura y le serviría para toda la vida. Quería volver a sus costumbres de puritano, a ese ideal de trabajo y soledad que nadie le disputaba. Eso era la felicidad. La costumbre y la regularidad se la proporcionarían.

 

Pero cuando se encontró con Annetta, cuando ella le apretó la mano afectuosamente, con la misma sonrisa dulce con que hacía pocos días se había despedido de él, como si en ese intervalo nada hubiera ocurrido que pudiera turbar sus buenas relaciones, olvidó tales propósitos. También podía salir de aquella situación, ahora lo comprendía, sin necesidad de abandonar el juego. Su única pena era no poder contarle enseguida todo lo que había supuesto y sospechado en los días precedentes a fin de provocar una explicación que, si bien podía privarle de la amistad de Annetta, quizá la consolidase, la mejorase, la convirtiese en amor. De momento, por timidez, no dejó que su rostro expresara más que calma y cordialidad.

 

Estaban solos en el cuarto de estar, pues Francesca estaba indispuesta. Annetta habló de un capítulo de la novela e hizo propuestas al respecto; Alfonso las aprobó y, sin tener que forzarse para ello, mostró su admiración. No era el momento de acalorarse por ideas críticas. Pero Annetta necesitaba algún consejo, pues le resultaba difícil seguir trabajando con un argumento que tendía al absurdo. Sus dos héroes seguían allí, amándose apasionadamente y sin decírselo por soberbia. Sólo faltaba para la conclusión de la novela esta confesión, y en la cabecita de Annetta empezaban a faltar ideas para seguir adelante.

De improviso Alfonso se volvió parlanchín. Hablaba por necesidad de hablar, y habló de la novela y de su admiración por las ideas de Annetta,

 

 

 

 

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pues no sabía de qué hacerlo. Cuando se grita, es indiferente qué palabra se viste con el grito; el desahogo se encuentra en la emisión de la voz. Alfonso se calmaba en el río de sus propias palabras, y si calló fue precisamente por cálculo y con esfuerzo, pensando que si no dejaba de hablar a Annetta no podría saber nada de ella. Por último, y con una frialdad de cálculo que inmediatamente le dio el resultado esperado, describió con palabras animadas su vida cotidiana concluyendo que el conjunto de las horas gratas de todo un año sumaba pocos días, aunque contara todas las horas pasadas en casa de los Maller.

 

Ante la invitación, Annetta describió cómo había pasado la última semana. Cuando comenzó, Alfonso, enrojeciendo, la miró fijamente; escuchar no le parecía suficiente. Quería adivinar cuándo la llevaría su exposición a pensar en Fumigi, y quería ver la actitud de su rostro al pensar en él.

Aquella semana había ido dos veces al teatro. Pero había pasado también varias noches aburrida, y una de ellas había estado a punto de mandarle decir que viniera a aliviar su aburrimiento con sus ideas filosóficas y su colaboración en la novela.

—¡Hubiera venido de muy buena gana! —murmuró Alfonso con voz sofocada por la emoción.

—¿Sí? —preguntó Annetta enrojeciendo también—; ¿quedamos de acuerdo para otra vez?

Esta amabilidad dio a Alfonso un valor de león.

 

—¿Nada más? —murmuró cuando ella hubo terminado de describir su semana.

—¡Nada más! —contestó Annetta sorprendida y palideciendo de repente.

—Yo he pasado una semana desagradable —dijo Alfonso con voz profunda.

Le contó que le habían advertido de que una desgracia le amenazaba, y que al principio no lo había creído; pero que a cada paso había encontrado indicios de que la amenaza subsistía, y quizá también la desgracia, de modo que cuando supo que esta última había sido evitada no quiso creerlo, porque hacía demasiado tiempo que la consideraba inevitable. Todavía tenía dudas. La sucesión de los derechos había sido expuesta con tal verdad que, al recordar el dolor sentido, le saltaron las lágrimas y se detuvo para contenerlas.

 

 

 

 

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Ésta fue la declaración; y cuando Alfonso más tarde pensó de nuevo en ella tuvo que sonreír, pues ciertamente no había sido el amor lo que le había llenado los ojos de lágrimas, sino más bien, como siempre, la compasión de sí mismo. Aunque no siguiera hablando, las lágrimas le inundaban las mejillas, y no se las enjugaba porque un gesto se las mostraría a Annetta, que quizá no las había percibido. Era la segunda vez que lloraba ante ella, y la primera el resultado obtenido no había sido halagador.

 

—¡Lágrimas! —exclamó Annetta conmovida—. ¿Soy yo la causa de ellas?

Quiso calmarlo y le tomó la mano con ternura. El gesto, no el contacto, no la satisfacción del deseo, hizo feliz a Alfonso. Destruía el malestar causado por el sentimiento de la glacial frialdad de su relación con Annetta; y había tal distancia entre aquellas relaciones y estas reales, en que Annetta desempeñaba el papel de consoladora, que era un salto como para cerrar los ojos. Besó la mano de Annetta sin moverla. Inclinó la cabeza hasta llegar a ella con los labios y también esta vez tuvo cuidado de hacer respetuoso el gesto audaz. Rozó con los labios aquella mano; era un esbozo de beso, no deseaba ir más allá. Hasta aquí habían adelantado sólo un poco, y si con aquel beso se hubieran separado habrían podido volver a la dulzura de sus relaciones casi ingenuas.

 

—La explicación es suficiente —dijo Annetta sonriendo, pero con una voz rota por la emoción que sorprendió a Alfonso. Retiró la mano.

 

—¡Pobre Fumigi! —exclamó Alfonso, sin poder poner en su voz la emoción que había sentido en la de Annetta.

—¡No tan pobre!

 

Dijo que era un hombre fuerte y enérgico que sabría curarse pronto de aquella pequeña herida. Se había sentido honrada por su petición y no había aceptado porque no quería casarse.

—También nuestro ideal artístico me hace preferir mi libertad —y esta frase, con aquella primera persona en plural, borró la impresión de frío de la precedente—. Por otra parte, Fumigi sigue siendo un buen amigo mío. ¡Me lo prometió! Y ahora volvamos a nuestra novela.

 

Pero no volvieron. El salto entre aquel asunto frío, forzado, y su pasión, que si hablaba era para esconderse, era demasiado grande. Alfonso veía a Annetta de nuevo tranquila, la voz firme y segura, firme la mano que sostenía la pluma.

 

 

 

 

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—¿Qué quiere este imbécil? —preguntó Alfonso aludiendo al protagonista que pasaba junto a su mujer, que le amaba, por un pasillo oscuro fingiendo no verla por dignidad—. ¿Existe acaso esta dignidad?

 

Se arrodilló ante Annetta e intentó tomarle la mano de nuevo. Frase y gesto resultaban adecuados, con aspecto de espontaneidad, pero se trataba de una audacia calculada. Ella se echó a reír, pero acercó la suya a la cabeza morena de Alfonso; ninguno de los dos hubiera sabido decir cómo habían llegado por primera vez a besarse en los labios. Él lo había previsto tan mal que, cesado el contacto, le pareció que no había sentido toda la felicidad que hubiera debido sentir, y trató de rehacerse con un segundo beso. Pero ella había apartado la cabeza y se había puesto de pie asustada, no pareciéndole que sentada estuviese segura. Con todo, tenía las mejillas intensamente coloreadas por la sangre y los ojos espléndidos, brillantes; echó una mirada que a Alfonso no le pareció de ira, aunque Annetta tuviera intención de intimidarle. En esa actitud su belleza resaltaba plenamente.

 

—¡Basta, señor Nitti!

 

Él se levantó y, firme en su sitio, con la voz sorda por la emoción, le dijo para tranquilizarla que le bastaba, que podría vivir junto a ella toda la vida sin pedirle más.

Annetta sonrió para darle las gracias; se sentía de nuevo segura junto a aquel muchacho. Había sido precisamente esta cualidad suya lo que le había permitido llegar tan lejos con él. ¿Qué podía temer de aquella timidez personificada? Le había conmovido la suavidad de aquel amor sin palabras, aquel silencio tímido que perduraba después de una primera audacia sin castigar. Él nunca había aludido a aquel beso robado de su mano, no había sido traicionado por su impaciencia, y ella había creído ingenuamente que no le pediría más. Ingenua y soberbiamente. Suponía que el pequeño favor, por venir de ella, era suficiente.

Habían dado un paso gigantesco hacia adelante y no podían volver atrás Habían hablado y, lo que era peor, Alfonso había asistido a la emoción, propia de una persona débil, de Annetta, descubriendo de improviso que el más fuerte era él.

Annetta sin darse cuenta, sin comprender, con una sonrisa destinada a atenuar el despotismo de su orden, le ordenó que nunca más le hablara de amor. Al momento se vio contrariada. Él pidió como una gracia poder hablar una vez más e hizo una declaración en regla, mezclando recuerdos

 

 

 

 

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de novelas y frases rumiadas durante mucho tiempo que esperaba poder dirigir a Annetta. Su más vivo deseo había sido poder hablarle de su amor, y pensó que aquélla sería su primera creación poética; el amor, acompañado de la palabra inteligente, se vería ennoblecido, elevado, y ella olvidaría la diferencia de sus condiciones. Pero ahora se daba cuenta de que el deseo no tiene palabras. Mientras se abandonaba al sentimentalismo por parecerle que era su deber, sentía su convencionalismo sin sangre y sin vida y se asombraba no sabiendo a qué atribuir tal frialdad. Sólo cuando habló de la cordial intimidad con Annetta, su voz se deshizo y tembló con una emoción que le quitaba la respiración. Pensaba en esa dulce intimidad desde que se había acercado a Annetta por primera vez, pero ahora, al hablar de ella, un deseo muy diferente se vestía con la misma palabra y le producía vértigo pasando ante sus ojos.

 

—Lo sabía —dijo Annetta con sinceridad—, pero hubiera sido mejor que no me lo dijera.

Le amenazó en broma con el dedo y por su rostro pasó una sombra de seriedad. Por otra parte, también las palabras de amor a ella le parecían más frías que lo que las había precedido y provocado, y no las temía. Eran sólo una satisfacción para su vanidad, y le interrumpió diciéndole con gran dulzura:

—¡Basta, basta! —de modo que si Alfonso no estuviera harto habría continuado.

Por esa noche bastó, pero no para las siguientes. Hasta el momento, tímido también por cálculo, Alfonso había percibido cuánta mayor felicidad había obtenido dando aquel paso. Se le había indicado con suficiente claridad hasta dónde podía llegar, y, si no más adelante, quería por lo menos encontrarse siempre allí. Había conquistado el derecho. Cada noche le decía a Annetta palabras de amor; si no podía hacerlo antes, lo hacía al irse, al apretarle la mano para despedirse.

 

Francesca había vuelto a ser, de improviso, la compañera inseparable de Annetta. Asistía siempre a sus reuniones, y, ahora que trabajaban en la novela poco o nada, tomaba parte activa en sus conversaciones. En sus relaciones con Annetta, antes frías y luego exageradamente amistosas, había desaparecido todo esfuerzo, y las dos charlaban ante él de modas, de viajes, de personas que él no conocía, dejándole cohibido y mudo. Permanecía mudo también cuando hablaban de otras cosas, pues ya no podía decir a Annetta frases banales ni disquisiciones críticas. Hubiera

 

 

 

 

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sido demasiado frío, nulo y carente de finalidad. ¿Por qué cambiar palabras que a él no le interesaba decir ni a ella oír? Él seguía rumiando palabras, pero eran tales que debían ir acompañadas de algún acto audaz y apasionado. Era lo único que importaba. El beso en la mano de Annetta le había creado la necesidad de hablar. El dedo en los labios se la había quitado.

 

Le recibían siempre en el cuarto de estar porque en él estaba la estufa, y cada objeto le recordaba los deseos y sus satisfacciones. Esa mezcla de muebles diferentes, cada objeto particular, aquellos muebles pesados y cómodos estaban indisolublemente vinculados a sus sensaciones, le parecían parte de Annetta o espejos que reflejaran siempre su figura. Cuando se le hacía esperar mucho, él sólo en el cuarto de estar se dejaba acunar por tales sensaciones, que se hacían tan fuertes, tan sensible la cercanía de Annetta, que si hubiera entrado de repente la habría tomado entre sus brazos tratándola como algo propio, diciéndole una sola palabra que le parecía explicaría y justificaría todo. Pero llegaba Francesca y hallaba a Alfonso confuso, entorpecido por la palabra que había preparado y que tenía que enterrar en su garganta.

 

Una noche, Francesca le dijo que Annetta se había visto obligada a acompañar a su padre a casa de ciertos parientes. No habían podido advertirle a tiempo, le dijo Francesca con una sonrisa maliciosa, pero le rogaba que se quedara, pues ella podía hacerle compañía. Ante tal desilusión, Alfonso no pudo resistir. Estuvo como una estaca durante un cuarto de hora respondiendo con monosílabos a las preguntas que la señorita tenía la amabilidad de hacerle, y luego, para ahorrarse la molestia de tener que fingir, se marchó diciendo que había ido sólo para disculparse, pues aquella noche faltaría por estar indispuesto. Francesca le saludó con una inclinación irónica pero benévola.

 

La impaciencia privó al comportamiento de Alfonso de la corrección que a Annetta le gustaba, y si no se enojó enseguida fue porque cada inconveniencia suya era explicada y excusada por visibles sufrimientos. Cuando Francesca se acercaba a una ventana para mirar a la calle, él se volvía repentinamente activo, enérgico, mientras que hasta entonces había permanecido recogido en sí mismo, sobre sus propios sueños y deseos, totalmente ausente. Le decía las palabras de amor con una media voz que conservaba las inflexiones del grito, un grito melodramático, roto.

 

 

 

 

 

 

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A los ojos de Annetta, su mayor delito fue no saber conservar un comportamiento inmutable ante terceros. Ante otras personas volvió a estar mudo como antes, por timidez y porque se sentía descontento e irritado. Prarchi le preguntó un miércoles si se sentía mal. La pregunta abrió por fin la boca de Alfonso, que para describirse a sí mismo aún podía hablar. Habló conmovido de una enfermedad que no sabía definir, de cierta inquietud que le quitaba el sueño, el gusto por el estudio, la alegría de la vida. Todo le aburría.

 

Con toda seriedad, Prarchi dio su opinión de médico. Por supuesto, calificó la dolencia como enfermedad nerviosa indefinida y le aconsejó que fuera a pasar un mes a su casa, al aire libre. Annetta, aunque debía haber entendido de qué enfermedad se trataba, le propuso con dulzura solicitar el permiso ella. El ofrecimiento de cuidarle de ese modo irritó a Alfonso, que dejó escapar la exclamación:

 

—Tendría que ir muy lejos para que me sirviera de algo.

 

Prarchi era tan simple que pretendía diagnosticar la enfermedad con los sistemas que le habían enseñado en las clínicas; si no fuera así, la frase de Alfonso hubiera bastado para hacerle entender de qué se trataba.

Una noche la encontró sola, y cuando él, profundamente turbado por la inesperada casualidad, se disponía a llevar a cabo un propósito audaz, ella le dirigió unas palabras tan bruscas que le hicieron el efecto de una ducha fría. Le dijo que había encontrado un pretexto para alejar a Francesca y hablarle a solas. No estaba contenta de él, estaba resentida por su comportamiento, que se había vuelto orgulloso, y porque no se cuidaba ante los demás. ¿Quería comprometerla? Le echó una mirada desconfiada cuyo sentido intuyó Alfonso.

 

Ella había creído que tenía que vérselas con un tímido profundamente enamorado y sin malas intenciones. Ahora le examinaba con desconfianza temiendo descubrir en él a un hábil falseador que quisiera comprometerla.

Alfonso se asustó. No tenía intención de comprometerla, pero había tenido, a sabiendas, la finalidad que ella le atribuía creyendo que quería comprometerla. Él esperaba que se le prohibiera el acceso a aquella casa; hubiera sido la consecuencia lógica de lo que ella le había dicho. No podía disculparse; había sido audaz, se había comportado mal. Su única defensa fue palidecer y hacer como si no hubiera entendido bien qué se le reprochaba.

 

 

 

 

 

 

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Para Annetta, su miedo fue la mejor disculpa. Siguió reprendiéndolo pero afectuosamente, preguntándole si no le bastaba con su amistad, si no pensaba que con sus modales se exponía al peligro de perderla.

 

—¡Será como usted quiera! —dijo Alfonso, aliviado al ver que no le prohibía el acceso a su casa. Estaba claro que sólo quería impedirle llegar demasiado lejos, intimidarle. Ella misma, víctima de un ligero desmayo, había ido hasta donde no hubiera llegado con la cabeza clara, y añoraba la época en que aquel joven fuerte e inteligente la amaba y la admiraba tímidamente.

Annetta siempre sentía la compasión con gran vivacidad. Se le había acercado y, apretándole la mano, le preguntó:

—Veamos, señor Alfonso. ¿No podríamos vivir de nuevo como buenos amigos, contentos, alegres, como otras veces? ¿Qué le ha sucedido que está eternamente mudo y preocupado por hacer ver a la gente que vive a disgusto?

—Es que aquí tengo siempre palabras… —y señaló la garganta—, que

 

me está prohibido decirle. —¡Seguía llamando palabras a lo que tenía en la garganta! Se había puesto de repente alegre, come no lo había visto Annetta desde hacía un mes: desde aquella noche en que por última vez habían hablado de su amor. El hecho era que, afectado por la ruda lección que Annetta le había dado, por el momento no se sentía atormentado por ningún deseo. Le besó las manos que ella le abandonaba, y este abandono no le daba más placer que sentirse tranquilizado; pero sentía también la molestia de tener que simular un gran entusiasmo. Ella se acaloró, pues la agitación de aquella noche le daba de nuevo la palabra vivaz y original que siempre lograba perturbarla.

Se marchó cansado pero tranquilo, de modo que su cansancio parecía saciedad. Mientras Annetta había creído intimidarlo y conducirlo de nuevo al respeto que le demostraba otras veces, él había sufrido al encontrársela como Macario la había descrito. Aquella noche la vio primero fría y desdeñosa, comportamiento evidentemente producido por el cálculo, por el temor a verse comprometida en una aventura poco conveniente; luego el desdén no se mitigó, pero ella se había agitado. Tal vez lo amaba, pero el cuidado de sus intereses luchaba victoriosamente con ese amor, mientras en ella no hablaran los sentidos. Todo estaba tan claro, se manifestaba con tal evidencia, que ni en sueños podía Alfonso dejar de darse cuenta. Porque, como de costumbre, él trataba de anular su malestar llevando su

 

 

 

 

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fantasía a apartarse de la realidad; pero esta vez era un sueño que no valía la pena. Podía imaginarse que Annetta cediera, que sintiera sus mismos deseos, pero sólo durante unos instantes. Eran emociones precedidas y seguidas de una glacial frialdad y hasta acompañadas por un cálculo frío que marcaba los límites de la pequeña pasioncilla que la señorita se permitía. Era, pues, una lucha que, una vez ganada, exigía siempre comenzar de nuevo.

 

Y no era éste el único dolor que aquella noche le acarreaba. Hasta entonces, y por muy consciente que hubiera sido de que la riqueza de Annetta había sido el primer origen de su amor, nunca se hizo a la idea de qué impresión podía producir en él darse cuenta de que otros, es más, la misma Annetta, conocieran e incluso exageraran la importancia de tal elemento. ¡Él la amaba! Aun en su soliloquio perdía la frialdad para defenderse de tal imputación. ¡Ahora él la amaba! Había una enorme diferencia entre él y aquel hábil intrigante que Annetta parecía sospechar en él, pues los que había considerado medios para alcanzar sus fines, la melancolía, la inquietud, eran en verdad derivados del deseo, del amor. Ciertamente, no era el suyo un amor respetuoso, se lo impedían las asperezas del carácter de Annetta, pero la amaba y quería convencerse de que, si su condición hubiera cambiado, la amaría igualmente. Lo sintió con tanta violencia que le pareció como si nunca se lo hubiera manifestado tal y como entonces lo sentía.

 

No obstante, su amor siguió siendo severo, injusto incluso, al juzgar el carácter de Annetta. Si Annetta lamentaba sus momentáneas derrotas, ¿por qué no eliminaba la posibilidad de que se produjeran prohibiéndole el acceso a su casa? No admitió que Annetta se propusiera triunfar sobre su propia debilidad. ¡No! Ella simplemente fingía escapar a aquellos momentos de desfallecimiento, pero los deseaba hasta cuando estaba tranquila. El desprecio de Alfonso aumentaba al llegar a esta conclusión, pero aumentaban también sus esperanzas.

Desde entonces, como Annetta se lo había ordenado, ante terceros supo controlarse en parte; pero cuando estaban solos era audaz a propósito, por cálculo, y se obligaba a la audacia no dejándose frenar por la sangre que le afluía al corazón y le quitaba la palabra.

 

Una noche, después de haber esperado en vano que Francesca se alejase, al acompañarle Annetta hasta el rellano cumplió resueltamente el plan que desde hacía muchas noches se había propuesto. En plena luz, allí,

 

 

 

 

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frente a todas aquellas puertas, cualquiera de las cuales podía abrirse de improviso, la atrajo hacia sí y la besó en los labios. Annetta, asustada, se soltó del abrazo, pero muy conmovida y nada irritada murmuró con dulzura:

 

—¡Déjeme, Alfonso!

 

Se marchó con paso de ebrio, pero en su gran agitación sabía con claridad por qué Annetta no había hallado palabras de reproche. Le gustaban las audacias excesivas, y los titubeos que impone el respeto sólo satisfacían su vanidad. Al atraerla hacia sí, había murmurado:

 

—¡Si ahora me mataran, sería una muerte hermosa!

 

Era una frase melodramática que no hubiera hecho falta; el acto se disculpaba por sí mismo a los ojos de Annetta, o al menos Alfonso tenía fundadas razones para creerlo.

La noche siguiente ella se negó a acompañarle más allá de la puerta del cuarto de estar, pero riéndose, con el aire de una persona que bromeando le tomara el pelo. Se habían reído mucho toda la noche porque Alfonso se había propuesto firmemente hacerse agradable; a Annetta los hombres tristes y descontentos no le gustaban. Sólo amaba los rostros alegres.

 

No fue ésa la única consideración que tuvo con los deseos de Annetta. Había sospechado que quería comprometerla y él se guardaría de aquella bajeza, pues además tenía la esperanza de no necesitarla. Fue especialmente cauteloso con Macario. Sospechaba que éste, por sus particulares intenciones, intentaba saber qué formas asumía su trabajo literario. Alfonso creyó que debía mostrar mucho interés por tal trabajo, y, a pesar de ello, fingir que sólo por sentido del deber continuaba

frecuentando la casa de los Maller; porque, en verdad —afirmaba— he de tener demasiadas contemplaciones que me aburren.

Con todo, se daba cuenta de que no le creía.

 

Para salvarse más fácilmente de las maquinaciones que temía y para hacer valer su propia discreción, le habló a Annetta de las preguntas que Macario le había hecho y de sus propias respuestas. Ella no quedó del todo satisfecha y le aconsejó que exagerara menos para que le creyeran con más facilidad. Sus juicios eran acertados y Alfonso reconoció que, a pesar de la delicadeza de su honesta conciencia, él no había puesto toda su perspicacia para que Macario creyera en la frialdad de sus relaciones con Annetta. ¡No! Le había bastado con tranquilizar su conciencia y había tratado el

 

 

 

 

 

 

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asunto como si fuera de importancia secundaria. En el fondo, no le disgustaba provocar los celos de Macario.

 

Esta debilidad suya era evidente cuando, en vez de engañar a Macario, tenía que engañar a Miceni. La cosa era facilísima, estando Miceni lejos de sospechar nada; tan lejos que Alfonso se molestaba por ello y muchas veces sentía deseos de hacerle confidencias, para que fuera más envidioso que despectivo, pues cada vez era más evidente que Miceni parecía suponer que Alfonso amaba a Annetta y no era correspondido por ella. No conocía la negativa dada por Annetta a Fumigi, e incluso Fumigi debía haberle dicho algo muy diferente de la verdad para explicarle por qué no se había llevado a cabo el compromiso de que le hablara. Era extraño con qué facilidad Miceni, habitualmente tan malicioso, daba por buenas las historias que le habían contado. Le decía a Alfonso que Fumigi estaba a punto de casarse con otra muchacha más rica y hermosa que Annetta, y que por eso había abandonado a esta última.

 

Para Alfonso fue más fácil silenciar su buena fortuna con Annetta al darse cuenta de que, para vengarse de Miceni, para hacerle rabiar, bastaba con burlarse de Fumigi y de sus pretensiones.

—¿Ese señor abandonó repentinamente la idea de pedir ¡a mano de Annetta? ¡Extraño! A mí, en cambio, se me dijo que abandonó tal idea después de haberla puesto en ejecución.

Miceni entonces se ponía rojo como un camarón cocido y respondía como si se tratara de una ofensa personal, violentamente. Decía que Annetta era una vanidosilla que deseaba ver morir a alguien de amor por ella, pero que hasta entonces no lo había logrado.

 

Alfonso no pudo enfurecerse contra Fumigi por mucho tiempo. Una mañana, al ir a la oficina, vio su pequeña figurita caminando con pasos breves en su misma dirección. Le adelantó fingiendo no verle, pero Fumigi corrió tras él llamándole en voz alta. Se dio la vuelta y se quedó asombrado al encontrarse ante una figura muy diferente de la que esperaba. No era la delgadez ni la palidez del rostro lo que le sorprendía, era la inquietud de los ojos, era un extraño movimiento de la boca que masticaba, o mejor dicho rumiaba, pero sobre todo era el traje descuidado, indecente, una chaqueta demasiado larga que no parecía suya, pantalones blancos, ligeros, a pesar de la temperatura, que era de poco más que cero, y en la rodilla derecha una mancha grande de tinta que Alfonso por cortesía no quiso mirar.

 

 

 

 

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—Le anuncio que me caso con… con… —y parecía que no recordaba el nombre de su amada.

 

Alfonso le dio la enhorabuena con voz vacilante. No comprendía; aquel hombre, más que de persona feliz, tenía aspecto de loco.

Más o menos, discurría, pero la lengua no le obedecía. Se había puesto a hablar furiosamente y a Alfonso le costaba trabajo seguirle, pues su pronunciación era oscura y poco precisa. Cuando éste se dio cuenta de que no le entendía, encolerizándose, se puso a gritar para ser más exacto.

—¡Comprendo, comprendo! —dijo Alfonso, asustado.

 

Fumigi le hablaba de sus estudios de mecánica. Había inventado un locomóvil con el que se ahorraba el setenta y cinco por ciento de combustible. No estaba seguro del todo porque carecía de un medio para medir con precisión el consumo de gas. Era una máquina de aire a presión.

 

—Es una desgracia que me falte… aquel medio… para medir… En teoría, estoy seguro…

Alfonso, que no sabía nada de mecánica, sólo para mostrar que se interesaba por lo que le contaba, preguntó:

—¿Por qué no utiliza un gasómetro?

 

El otro le miró estupefacto:

 

—Lo intentaré —masculló—. ¿Sigue yendo usted a casa de la señorita Annetta?

Pronunciaba este nombre con total indiferencia.

 

—Rara vez.

 

—Yo ya no voy porque no tengo tiempo. Mucho… mucho quehacer. En el reloj de la plaza dieron las nueve. Fumigi contó los nueve toques: —¿Las nueve ya? Tengo que irme.

Apoyó su mano derecha suavemente en la de Alfonso y, retirándola enseguida, la dejó caer. Su boca, ocupada en masticar, no había pronunciado ningún saludo, y su pensamiento estaba en el lugar a donde tenía que ir. Se dio la vuelta y trotó con pasos cortos hacia el mar, cruzando en diagonal el Corso.

Aquel día, Miceni y Alfonso no riñeron. Profundamente conmovido, Alfonso le preguntó a Miceni qué enfermedad padecía Fumigi.

 

—¿Enfermedad? —preguntó Miceni con ira—. No es enfermedad, es una sobrexcitación nerviosa que se ha buscado por trabajar demasiado. Inventa máquinas y trabaja todo el día en la oficina.

 

 

 

 

 

 

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—Me alegro —dijo Alfonso con sinceridad— ¿Ha asegurado el médico que se curará?

 

Quería estar seguro de que la enfermedad de Fumigi no era grave.

 

—¡Claro que sí! —respondió Miceni bruscamente.

 

Reconfortado, Alfonso esperó volver a ver pronto a Fumigi ya curado. Le trataría afectuosamente y, dentro de lo posible, intentaría mitigar los dolores que había colaborado a infligir a aquel hombrecillo desdichado.

Por la noche se tropezó con Prarchi. Iba con prisa por el Corso. Lo detuvo.

—Perdone, ¡no tengo tiempo! —le dijo Prarchi, intentando seguir adelante.

—Sólo una pregunta. ¿Cómo está Fumigi? Inmediatamente, Prarchi se olvidó de que no tenía tiempo. —¿Cómo sabe usted que está enfermo?

—He hablado esta mañana con él y me pareció que tenía un comportamiento muy extraño.

Prarchi vaciló un instante; luego dijo:

 

—Es verdad —confirmó—; también yo me he dado cuenta. Pero no puedo decir nada aún. Hasta ahora le ha cuidado su médico de cabecera y hasta hoy no he sido llamado por Maller. He oído hablar de excitación nerviosa, lo cual es posible. Hace un mes estaba excitado, pero nada más. Había vuelto a dedicarse repentinamente a sus estudios, y, cuando le aconsejé que reposara, me contestó con una energía de la que no le hubiera creído capaz: morir, pero llegar a un resaltado; soy viejo y tengo prisa. Hoy no sé. ¿Quién sabe? Quizá me engañe y sólo se trate de excitación, como la llaman.

Prarchi vaciló de nuevo. Luego, resuelto, conmovido y con voz profunda dijo:

—A usted se lo puedo decir. Quisiera engañarme, pero no lo creo. Se trata de parálisis progresiva. Le ruego que por ahora no hable de esto con nadie.

Le apretó la mano, que Alfonso le había tendido antes de oír el terrible veredicto, y se marchó corriendo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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XIII

 

 

 

La posición económica de los Lanucci no mejoraba. Los negocios del viejo seguían con el mismo resultado y Gustavo se había quedado por segunda vez sin empleo. Al aumentar la miseria crecía el malhumor, y Alfonso, que había acabado pasando más tiempo con los Maller que con los Lanucci, sufría en su compañía por no estar acostumbrado a la aspereza de las necesidades.

 

El día que Gustavo avisó con su cara dura de que había abandonado el empleo porque su jefe le había insultado, tuvo lugar una escena fuerte. Al principio, el viejo admiró el orgullo del hijo e incluso le dijo que era un verdadero Lanucci. Sólo perdió la cabeza después de la triste observación de su mujer, que dijo que este hecho empeoraba la economía de la familia. Ante la idea de que la miseria aumentaría, el viejo perdió la lógica y el orgullo. Gritó e imprecó cada vez más irritado por las contestaciones petulantes de Gustavo, que intentaba salvaguardar como podía su propia dignidad. En su santa ira, dijo el viejo que estaba ya harto de soportar los gastos de toda la familia. Su mujer le rogó varias veces que no gritara tanto. Más culta, comprendía cuánto debía desagradar a Alfonso aquella escena, y se avergonzaba de ello, pero no encontró otro medio para hacerle callar que gritar más que él. De allí a poco, exaltados los ánimos, salían también de su boca palabras injuriosas y daba libre desahogo a la amargura que la tristeza de la vida había acumulado en su corazón. Cuando el viejo, a falta de otros argumentos, repitió que estaba harto de trabajar para todos, ella le dijo sin contemplaciones que no era verdad que trabajara para todos y que él ganaba lo justo para mantenerse a sí mismo.

 

Bastó para hacer callar a Lanucci; humillado, los labios pálidos, los

 

anteojos torcidos —estaban mal hechos y se le caían a la derecha cuando olvidaba sostenerlos—, después de un largo silencio dijo suavemente:

 

 

 

 

 

 

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—No hablaba por ti, sino por este holgazán. ¿Es justo que viva a nuestras expensas cuando hasta Lucía encuentra el modo de ganarse el pan?

 

La señora Lanucci se conmovió enseguida, y Alfonso creyó que lamentaba las dos frases lanzadas a su marido. Pero viendo que el viejo no se tranquilizaba, se encolerizó de nuevo y le gritó imperiosamente:

 

—Basta, basta —echando una ojeada a Alfonso, cuyo silencio interpretaba siniestramente. Éste callaba por turbación y comprendía la razón de aquellas riñas. Tomó parte a favor del viejo y rogó a la señora que le dejara defenderse. Entonces ella, al ver que sus disputas no despertaban en Alfonso indignación ni desprecio, se tranquilizó, como hubiera estado desde el principio si no hubiera pretendido más disminuir la mala impresión de Alfonso que ofender a su marido.

 

—¡Ahora bien! —repitió, no obstante—. Espero que tú te dignes buscarte otro empleo y así desaparecerá cualquier causa de pelea entre tu padre y tú. A lo mejor lo que hoy es para nosotros una desgracia, mañana puede convertirse en una fortuna. Puedes llegar a ser el que nos haga algo ricos, y por lo tanto más buenos.

Le dio la mano a su marido y se le saltaron las lágrimas.

 

Al principio de la disputa, de modo ostentoso y gritando, Lucía se había tapado las orejas con las manos. Su comportamiento fue lo único que disgustó a Alfonso. Si éste lo hubiera evidenciado, la señora Lanucci no hubiera gozado de la compasión que él manifestaba, pues temía disgustar a Alfonso porque aún no había abandonado las esperanza que tenía puestas en él y Lucía. Consideraba que si un joven como Alfonso entraba en su familia, la reformaría, y además, aunque Lucía lo negara, suponía que estaba enamorada; no creía que pudiera ser de otro modo. ¡Pero Lucía tenía gustos diferentes! Y no podía ver en Alfonso las virtudes que su madre encontraba en él.

 

Por supuesto, las esperanzas de la buena mujer, que no era ciega, hacía ya tiempo que iban disminuyendo, pero seguían vivas. Sólo había hablado de ello con su hija cuando Alfonso empezó a darle lecciones, y las explicaciones de la madre habían bastado a Lucía para soportar aquel infierno de profesor que le habían impuesto. Esto fue una señal de inteligencia, pero aún mayor fue la que dio abandonando toda esperanza mucho antes que su madre. Afectada por algún gesto de indiferencia de Alfonso, la señora Lanucci le decía a veces a su marido que había perdido

 

 

 

 

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sus esperanzas, pero se trataba de transportes más de ira que de consuelo. Sería muy hermoso, y era de sentido común que no sólo podía suceder, sino que debía suceder; porque cuando dos jóvenes, amables ambos, se encuentran continuamente juntos, es inevitable que antes o después se amen. Así, las esperanzas de la señora Lanucci sólo eran comunicadas al marido en voz baja, en la cama, antes de cerrar los ojos y soñarlas.

 

En casa de los Lanucci fue ella la primera que descubrió que Alfonso estaba enamorado de Annetta. No la conocía en absoluto, y antes de interesarse por la pasión de Alfonso había ignorado incluso su existencia, pero se había dado cuenta de este amor casi a la vez que Alfonso. Le vio inquieto, de humor variable; sacó la conclusión, por casualidad acertada, de que le agitaba un amor, y de que este amor se lo había inspirado Annetta Maller. Este descubrimiento no le quitó las esperanzas, pues pensó que esta pasión había de acarrear a Alfonso muchos dolores, de los que podría refugiarse entre los brazos siempre abiertos de Lucía. Cuando Alfonso todavía pasaba parte de su tiempo con ellos, se entretenía haciende alguna alusión maliciosa con el fin de saber algo más; y el comportamiento de Alfonso fue tan extraño que ella, por Lar. indicaciones que fue obteniendo de esta manera, pudo incluso seguir las fases de ese amor, azares habituales que caracterizó someramente, tal como los conocía: Calor… Frío… Disputa… Paz… ¡Ella le llamaba!

 

¡Le amaba, sin duda, le amaba! Lo había leído en la frente de Alfonso aquella noche que volvió feliz de su visita a casa de los Maller, después de los tres días de desesperación que siguieron a la aventura con Fumigi. Aquellos tres días ella lo esperó todo; luego estuvo a punto de desesperarse, pues el beso de Annetta era casi visible en los labios de Alfonso: le había cambiado la fisonomía.

Pero enseguida, al día siguiente, tuvo la esperanza de haberse engañado al verlo muy triste en el comedor, a la hora de comer. Se sentó junto a él y, con aspecto de afectuosa participación, le preguntó la causa de sus malos humores, de los dolores que debían afligirle a juzgar por su fisonomía. Él contestó tristemente que estaba indispuesto; pero cuando la señora, con cierta ira, le advirtió de que no había que fiarse de las señoras del gran mundo porque se divertían coqueteando para halagar y luego abandonaban sin contemplaciones, le contestó que no entendía a quién quería aludir, pues a él nadie le halagaba. Sonrió contento y tranquilo, como quien está seguro de sí, de modo que ella se fue convencida de haber

 

 

 

 

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juzgado justamente la noche anterior. Annetta le había dicho que le amaba, y quizá le amaba. Para sacar conclusiones, quería esperar a saber qué pensaba el viejo Maller, cuya oposición podía devolver Alfonso a Lucía. Comunicó al marido sus observaciones y le encajó un largo razonamiento con el que quería demostrarle, y demostrarse a sí misma, que Maller jamás daría su asentimiento al matrimonio de su hija con un empleaducho.

 

En cambio, Lanucci oyó con gozo la aventura de Alfonso. Desde hacía tiempo no compartía las esperanzas de su mujer, y no podía dejar de gozar al ver a un amigo suyo convertido en yerno de Maller. Así se convertiría en protegido de una persona de alta condición, y consideraba que semejante protección bastaría para mejorar sus negocios. Así, mientras la Lanucci trataba a Alfonso con mayor frialdad, él comenzó a mostrarle deferencia; y cuando su mujer examinaba las palabras de Alfonso a fin de poder reforzar sus esperanzas, él indagaba a qué punto había llegado Alfonso, deseando recibir la buena nueva que esperaba.

También Lucía se hizo más amiga de Alfonso, mientras que antes, ofendida por su absoluta indiferencia, le había tratado con afectado desprecio. Sin ser hermosa, últimamente tenía un aspecto más agradable; habiendo pasado la época del desarrollo, su boca resultaba más pequeña y su rostro más regular, las manitas eran hermosas, los pies pequeños y siempre elegantemente calzados. Algún pisaverde en el Corso le había echado flores que le hacían sufrir más fuertemente la indiferencia de Alfonso. Cuando le dijeron que Alfonso estaba enamorado —la madre no pudo evitar decírselo— fue más suave con él, pues le pareció que este amor disculpaba su actitud.

 

Gustavo fue el más franco. Fue directamente a Alfonso y le recomendó que, caso de que se convirtiera en yerno de Maller, le consiguiera un puesto de mozo en el banco, donde calculaba que estaría muy bien. Éste era la única persona de la familia Lanucci que no desagradaba a Alfonso. Prefería su franqueza a la falsedad de los demás, a aquellas alusiones que por una u otra razón no eran desinteresadas. Le gustaba el carácter de Gustavo. Desde hacía mucho tiempo el joven Lanucci había dejado de luchar contra su propia holgazanería, y para ahorrarse los remordimientos la había elevado a teoría. Se había tranquilizado tanto que, al hablar con él, viéndolo siempre en calma, satisfecho de sí mismo, sin dudas, incluso Alfonso encontraba sosiego. En sus largos descansos Gustavo había elaborado muchas fantasías, y la necesidad de dinero le había producido

 

 

 

 

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ideas originales y cómicas. Su buen humor era inalterable y no cedía a las reprimendas de sus queridos padres (nunca omitía el adjetivo) ni a las reconvenciones de los eventuales jefes a quienes siempre atribuía caracteres extrañamente desdichados: «¡No saben vivir!», decía sorprendido cuando les veía enfadarse por haber desordenado los papeles que habían confiado a su cuidado o por alguna impertinencia suya. «Hombres que morirán jóvenes», o bien: «He aquí un hombre con quien no me casaría».

 

Macario estuvo ausente durante todo el mes de marzo y Alfonso dio sus paseos matutinos con Gustavo, que era madrugador —la única buena costumbre que habían logrado inculcarle—. Eran paseos breves hasta una colina situada más o menos a media hora de camino de la ciudad. Llegados allí, Alfonso buscaba la sombra y se sentaba, mientras que Gustavo se echaba al sol como un gato y, en virtud de ciertas inéditas teorías higiénicas suyas, abría la boca para hacer entrar en ella luz y calor. Estaba callado como Alfonso, durante horas enteras, aunque por razones bien distintas. Tenía los ojos cerrados y se dormía definitivamente o caía en una especie de nirvana en el que nada comprendía, a pesar de balbucear palabras sin sentido. Cuando tenía dinero, por poco que fuera, no abandonaba la ciudad, pues prefería dormir en alguna trastienda de café o pasarse días enteros viendo jugar al billar. No jugaba porque no le gustaba agitarse y raramente se embriagaba, pues después de una borrachera se quedaba indispuesto para mucho tiempo. Tenía amigos sobrios, trabajadores, obreros de los diferentes talleres por donde había pasado. Le querían mucho por su bufonería y porque jamás había competido con nadie.

 

En su ocio, se le ocurrió la buena idea de cargar voluntariamente con un trabajo que al principio no le pareció difícil ni fatigoso: se propuso encontrar marido para su hermana. Decía que la edad de Lucía requería matrimonio y que, si nadie se preocupaba por ello, nunca encontraría prometido. Pidió permiso a sus padres para llevar a casa jóvenes amigos suyos. El padre se lo dio enseguida, pues para él el matrimonio de Lucía significaría suprimir una boca en la casa. En cambio, la madre se opuso, pero no teniendo el valor de hablar de sus esperanzas acerca de Alfonso carecía de argumentos. Se mordía las uñas. Habló con desprecio de los obreros amigos de Gustavo.

 

 

 

 

 

 

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—¿No quieres dársela a un obrero? —preguntó el viejo sorprendido—. ¿Y a quién entonces? ¿Esperas algún príncipe?

 

Hacía muchos años que padre e hijo no se habían encontrado tan de acuerdo y marchaban unidos contra la pobre mujer, que en su corazón, mientras se defendía lo mejor que podía, maldecía a Alfonso, que no había querido enamorarse todavía de la única jovencita de su condición que tenía cerca. Acabó haciendo una buena proposición. En vez de los amigos de Gustavo, obreros o peor, había que atraer a casa a los amigos de Alfonso, empleados de banco y escribientes.

 

—¡También ésos! —dijo el viejo aprobando—; pero traigamos a unos y a otros y así estaremos más seguros de conseguir nuestro fin.

Le dio formalmente a Gustavo el encargo de llevar a casa a sus amigos, de ser posible a los más ricos.

Mientras tanto, la Lanucci tenía ocasión de hablar al respecto con Alfonso, esperaba mucho de ese coloquio. Si el desdichado, así lo llamaba, traicionara alguna duda o malestar o el mínimo titubeo, ella hallaría el modo de salvar a Lucía de los amigos de Gustavo.

Él había adquirido la costumbre de retirarse a su cuarto después de comer para no verse obligado a asistir al vacuo parloteo de los Lanucci, durante la media hora libre que tenía antes de ir a la oficina. Un día ella le siguió hasta su cuarto. Al verla, Alfonso, que ya se había puesto ante su mesa, se levantó, quedando frente a frente entre la mesa y la cama.

 

Afectuosa como no lo estaba desde hacía largo tiempo, le dijo que, acostumbrada como estaba ya a considerarlo un hijo, le pedía un favor de los que sólo se piden a los íntimos.

—¡Diga! ¡Diga! —la animó Alfonso con gentileza.

 

—Así de pronto no se puede decir; es preciso que le explique muchas cosas.

Le gustaba hablar, y mientras Alfonso se obligaba a escucharla con esfuerzo, ella comenzó a contar la historia de su familia, que, afirmaba, tenía derecho a una posición bien diferente de la que ocupaba. Estaba empobrecida por algunos errores de su padre, catástrofes que ella exageró describiendo su condición anterior como más elevada de lo que en realidad había sido.

—Por consiguiente —la conversación había sido preparada y tenía principio y fin— no podemos resignarnos a vivir en esta posición, mientras que si consentimos en casar a Lucía con un obrero o con otra

 

 

 

 

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persona semejante —con su desprecio le parecía que fundaba mejor su derecho a la superioridad— es un acto que definitivamente nos fija.

 

Continuó con otro «por consiguiente»; Alfonso se había interesado en la cuestión porque temía verse de improviso agredido por una proposición de matrimonio. Ella adivinó su miedo por su aspecto cohibido, pero aunque entendiera que era miedo y no esperanza no le pareció prueba suficiente. Del comedor llegaban las voces poco agradables de una disputa entre Gustavo y Lucía y dio un paso hacia la puerta para interponerse entre ambos, pero se detuvo no queriendo dejar a Alfonso con la sospecha de que querían pescarlo. Le rogó que llevara a casa jóvenes incluso pobres, pero que pertenecieran a la clase inteligente. Luego, demasiado interesada observando la actitud de Alfonso, ni oyó el sonido de una bofetada, caída sobre la mejilla de Lucía, que se quejó llorando y gritando.

 

—¿Conque desea que yo traiga amigos a casa? —preguntó Alfonso contento—. Pero ¿necesitaba dar una vuelta tan larga para pedirme algo tan sencillo? ¿No soy, como usted misma dice, de la familia, y no debo, en lo que pueda, ayudar a cada uno de ustedes a conseguir algo de felicidad? En cuanto pueda le traeré todos los amigos que quiera.

 

No pensó concretamente en ninguno de sus amigos, pero el ofrecimiento fue hecho con espontaneidad; y la señora Lanucci tuvo que darle las gracias, aunque le dolió la prontitud de Alfonso. De buena gana le hubiera liberado de tal obligación, pero no podía hacerlo por decencia. Quiso, por lo menos, disminuir su celo:

—No hay prisa. Tenemos todo el tiempo necesario para hacer las cosas con calma.

De tal modo, tuve que asentir a los planes de Gustavo, e incluso, en su rabia, le pareció que su asentimiento bastaba para llevar enseguida a cabo el matrimonio de Lucía.

—Ahora te toca actuar a ti —le dijo a Gustavo—; y lo antes posible. Quizá así logremos aún que alguien se muera de rabia. —Este alguien era Alfonso.

Gustavo tenía malos amigos. Llevó primeramente a un revendedor de libros usados riquísimo. Ignorando Alfonso que también Gustavo había recibido un encargo idéntico al suyo, no pensó que aquel hombre fuera un candidato a la mano de Lucía. No podía adivinarlo. El candidato tenía cincuenta años pero aparentaba una edad más avanzada, pues tenía la piel apergaminada por el sol y la intemperie, a los que debía exponerse por su

 

 

 

 

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oficio. Los ojos le lagrimeaban y, no sabiendo que estaba en una visita de prometido, había omitido raparse el pelo blanco y amarillento que le crecía irregularmente por las mejillas.

 

Cuando se marchó, la Lanucci miró al marido riendo, y también éste sonrió. Gustavo se sintió ofendido y no pudo resistir las ganas de defenderse:

—Pero está lleno de oro —dijo—; los gustos de las mujeres nunca se saben, y hubiera sido una buena fortuna que a Lucía le gustara.

El segundo amigo que Gustavo presentó en casa fue el acomodado dueño de un matadero, más joven que el otro pero no menos sucio. Era viudo desde hacía poco tiempo y Gustavo creía que buscaba mujer. Se engañaba. El carnicero bebió demasiado del vino de los Lanucci y, en la cima de la beatitud, queriendo manifestar su agradecimiento a los nuevos amigos, exclamó:

—¡Ah! ¡Aquí se está bien! ¡Estaría siempre entre amigos! ¡Ahora que gracias al cielo soy viudo, puedo permitírmelo!

La Lanucci dijo que no quería volver a verle nunca más y que esperaba que cesaran las visitas de los amigos de Gustavo. El jovencillo se defendía.

—No puedo decirles a mis amigos que vengan a mi casa para que se casen con mi hermana. Tengo que escoger los que me parecen más inclinados al matrimonio. Un viudo como el carnicero, por ejemplo, me parecía apropiado. ¡Se había casado ya una vez!

A Alfonso le pareció entonces que los presentaba más para que se viera cómo entre sus amigos había personas respetables que con la esperanza de verlos enamorados de su hermana. Otro fue el señor Rorli, rico fabricante de pastas napolitano. Gustavo había anunciado su visita hacía mucho tiempo induciendo a su madre a preparar una cena abundante.

 

El señor Rorli no fue la noche que lo esperaban, sino ocho días después, tras haber alborotado por dos veces a la familia con avisos de su llegada. Era muy joven, muy delgado, con el rostro de piel oscura sobre la que resaltaban poco sus bigotes rubios. Estaba bien vestido, pero demasiado ricamente; llevaba anillos en los dedos y una cadena de oro al pecho, que según Gustavo costaba más de trescientos francos. Aquella noche pareció divertirse mucho. Explicó la fabricación de sus pastas y negó a Lanucci, que se la pedía, la representación de su fábrica, diciéndole primero que no trabajaba con agentes y luego que ya tenían cuatro; dos buenos argumentos que, por supuesto le quitaron al viejo cualquier

 

 

 

 

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esperanza. Comió mucho; ello dio a la señora Lanucci una gran opinión de su salud, pues decía que las personas delgadas que comen mucho son las más fuertes. Aquel apetito acabó con la cena, y a Rorli, que le preguntó por qué no comía, le contestó con gran distinción:

 

—Por la noche no como nunca —y él ya no se preocupó más, como tampoco se había preocupado por Lucía, que estaba sentada junto a él. Habló más que nada con Alfonso, a quien la Lanucci había presentado como empleado de la casa A. Maller y Cía. y literato, pensando que una grandeza engrandece la casa en que vive.

Rorli se puso a hablar de literatura y, por supuesto, de novelas francesas. Era entusiasta de Alejandro Dumas y de Paul de Kock, admiraciones que Alfonso ya había olvidado. Alfonso hizo el peor papel, pues habiendo manifestado que los conocía, luego no pudo demostrar que conocía todas sus obras, incluyendo pequeños trabajos que oía nombrar por primera vez, mientras que Rorli podía explicar a la Lanucci, que se divertía mucho, todo el argumento.

En el fondo era un gran charlatán que atrajo la admiración de todos, incluso de Alfonso, que aun reconociéndolo ignorante, se quedó impresionado ante tal facilidad de palabra. Luego, hasta muy tarde, oyó las confabulaciones de los Lanucci, especialmente de la madre, que manifestaba que el fabricante le gustaba mucho.

Pero Rorli no volvió a aparecer. Quizá hubiera entendido de qué se trataba, e invitado por Gustavo, se disculpaba, prometía que iría y no iba. Gustavo, no obstante, había obtenido un triunfo, del que se vanaglorió durante mucho tiempo.

Alfonso, para hacer ver que también se preocupaba, llevó un día consigo a Miceni con el pretexto de que viera su habitación. Habituado a más comodidad y elegancia, Miceni no pudo contener su risa ante las paredes desnudas, la enorme cama de hierro y la mesita, una de cuyas cuatro patas era demasiado corta.

La señora Lanucci le hizo pasar al comedor y le presentó a su hija, a quien él saludó sentado con una ligera inclinación de cabeza pero amigablemente, avezado como estaba a tratar con modistillas.

Con todo, hizo muchos cumplidos, habló mucho de cosas que gustan a las mujeres. Admiró incluso el vestido de Lucía y lo comparó con uno que había visto a la señora Canciri, una de las más ricas de la localidad. Era un

 

 

 

 

 

 

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mujeriego para quien toda mujer era deseable, e inspirar deseos era siempre un placer.

 

—¿Debo decirle que se quede a cenar? —preguntó la Lanucci con voz angustiada a Alfonso, viendo que la reunión se prolongaba demasiado.

—¡Invítelo! No aceptará.

 

La Lanucci le invitó torpemente, advirtiendo enseguida que la cena era modesta, pero que donde había de comer para cinco habría suficiente para seis.

Miceni rehusó dando las gracias y, comprendiendo que la familia estaba a punto de sentarse a la mesa, se despidió. Se marchó acompañado por Alfonso, que estaba impaciente por saber la impresión que le había producido Lucía. Podía sentirse halagado, pues lo que había mostrado estaba lejos de la indiferencia.

En la escalera oscura, de madera hasta el primer piso. Miceni se apoyó confidencialmente en el brazo de Alfonso y le preguntó:

—¿Las has poseído?

 

Alfonso, indignado, protestó.

 

—No te enfurezcas. Si no lo has intentado, ésa es la única causa de que no lo hayas logrado, y en ese caso debo confesar que eres más tonto de lo que creía. Una muchacha en esas condiciones junto a un joven que vive en condiciones mejores, antes o después se le echa al cuello. A menos que él la rechace.

No era posible enfadarse, y Alfonso avergonzándose se disculpó:

 

—¡No me gusta!

 

—¿De veras? —preguntó Miceni sorprendido—. Entonces sólo puedo lamentar que tu gusto no esté mejor desarrollado.

De vuelta a casa, Alfonso quedó tristemente impresionado por las buenas palabras que los Lanucci dedicaban a Miceni. Incluso Lucía dio a entender que no le había disgustado. Alfonso la miró indagando si era realmente tan deseable como le había parecido a Miceni. Ciertamente, no era nada fea. Medio tendida en una silla, su cintura mostraba un perfil gracioso, y la falda almidonada, hinchada, ennoblecía su delgadez.

Una noche de abril Alfonso salió de casa de Annetta a las diez y encontró fuera, invernal flecha parta, un viento endemoniado que se había levantado hacía poco más de una hora. Silbaba por las calles desiertas de la ciudad vieja enfureciéndose donde éstas se estrechaban. Huésped inesperado, hacía pedazos las cosas mal fijadas y arrancaba de los tejados

 

 

 

 

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todo lo que no estaba sólidamente sujeto o que no pertenecía a ellos. Alfonso tenía frío, pero en medio de aquel barullo llevaba consigo la felicidad de un beso robado a Annetta.

 

Encontró a la familia Lanucci cenando todavía y con un nuevo huésped, un cierto Mario Gralli, jefe de tipógrafos de una imprenta. Era un joven moreno, de ojos muy pequeños y mirada dura y orgullosa que lo calificaban de astuto y tenaz. Se lo presentaron con las palabras habituales y Alfonso, poco halagado por tener que trabar conocimiento con todo el suburbio, lo trató con frialdad. Gralli se levantó para saludar y a Alfonso le sorprendió un poco encontrarlo más pequeño de lo que había esperado al verlo sentado. Estaba vestido con esmero, aunque con telas burdas; el cuello duro, amarillento por naturaleza, se adaptaba exactamente al cuello, y la corbata raída, pero no sucia, estaba anudada con cierta coquetería.

 

Hablaba poco y, evidentemente, de mala gana. Echaba aquí y allá algún monosílabo como respuesta, contentándose luego con mirar a la cara de quien le hablaba fijamente pero desatento. No eran sus aprietos como los de Alfonso, que siempre quería hablar y no podía; lo suyo era una indiferencia voluntaria. Se marchó poco después de llegar Alfonso, quizá molesto por la llegada de una nueva cara cuando empezaba a encontrarse bien con los demás. Cuando se levantó, a Alfonso le pareció que abandonaba la mano de Lucía, sujeta entre las suyas bajo el mantel. ¿Así, tan pronto?

Luego le contaron que Mario Gralli era el primer candidato a la mano de Lucía. Desde hacía algún tiempo era íntimo de Gustavo, a quien proporcionaba alguna ganancia encargándole la distribución de periódicos a los abonados; a Gustavo le gustaba el empleíllo porque, de las cinco o seis horas que pasaba en la imprenta, no tenía más que una o dos de trabajo. Teniendo tantas horas para charlar y careciendo de otros argumentos, Gustavo le habló de sus propósitos para el futuro de su hermana y del deseo que tenían en la familia de verla casada lo antes posible. Un día, invitada por su hermano, Lucía fue a la imprenta para ver las máquinas. Estaba como siempre, bien vestida, y Gralli enseguida pareció prendado. La llevó a ver cada una de las máquinas. A su paso, los obreros le abrían paso respetuosamente; y, del mismo modo que a Mario, hasta el momento, le había gustado el aspecto de Lucía, a ésta le gustó verlo rodeado de tal respeto. Así fue como se encontraron.

 

 

 

 

 

 

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Gralli ganaba mucho, y, si la hija estaba contenta, nada tenían que objetar los padres. Por otra parte, no habían sido consultados, pues Gralli había explicado a Gustavo que no podría formular su petición oficial antes de un año. No habló directamente con los padres en ningún momento, siempre lo hizo a través de Gustavo. Hizo que les explicara cómo no estaba aún lo suficientemente seguro en su posición, pues la había obtenido como consecuencia de la muerte repentina de un jefe suyo, y no sabía si se la dejarían. Gustavo, por su parte, añadió la observación de que no le parecía decente insistir a fin de que hiciera enseguida la petición.

 

Todo esto se lo contó a Alfonso la señora Lanucci. La misma noche, con aspecto alegre, le había dicho que estaba muy contenta por el acontecimiento, pues siempre había amado las letras y le parecía que la tipografía estaba muy cerca de la literatura. Por la mañana, cuando estaba a punto de salir, fue de nuevo hacia él. Al principio, con el mismo aspecto de la noche y como quien da una noticia alegre, le dijo:

 

—Al fin, también para nosotros se ve un poco de luz.

 

Repentinamente cambió de aspecto y modales. Habló de los cuidados que requería el acontecimiento próximo y, habiendo comenzado a quejarse, siguió diciendo que le disgustaba tener que fiarse de lo que juzgara y resolviera Gustavo. Finalmente, se puso a sollozar con desesperación diciendo que jamás hubiera creído que tendría que poner a su hija en manos de un desconocido. Había pasado una mala noche y su dulce fisonomía de persona gruesa y anémica estaba trastornada; sus cabellos blancos en desorden aumentaban su aspecto doloroso.

Alfonso trató de calmarla diciéndole que Gralli le había producido una impresión muy buena.

Siempre llorando, aseguró que a ella le gustaba el marido de Lucía, y añadió que sabía que hacía mal llorando, pues el llanto era de mal agüero en circunstancia semejante. Su dolor era fuerte y llegó a confesarle las esperanzas que había alimentado desde que él había entrado en la casa. Ahora se lo podía decir, pues su confidencia ya no podía ser considerada un atentado, y asombró a Alfonso con su sinceridad. No obstante, dijo —y Alfonso sospechó que mentía— que Lucía no había sabido nada de sus esperanzas. Fue total y conmovedoramente sincera cuando le explicó las razones por las que había deseado verle enamorado de Lucía.

—A usted le conocía. Hubiera tenido la certeza de que, aunque sus cosas hubieran ido mal, usted siempre habría tenido la paciencia necesaria

 

 

 

 

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para tratar a su mujer con dulzura. Yo me figuraba que nunca se es del todo desdichado estando unidos.

 

Alfonso no se sintió cohibido por el comportamiento que debía seguir. Más de una vez había sentido el deseo, un deseo muy platónico, de hacer feliz a aquella pobre mujer, y ahora creía tener derecho a aparentar disgusto por no poder hacer lo que no hubiera hecho en ningún caso.

—Sería un hermoso sueño, es verdad, —dijo Alfonso—, pero no se hubiera podido realizar porque mi posición es más triste e insegura que la de Gralli. Estaríamos muertos de hambre.

Cuando se quedó solo volvió a pensar, conmovido, en el dolor trágico de la Lanucci. Aquella pobre mujer, en medio de sus desgracias, había puesto todas sus esperanzas en el futuro de su hija, y por eso había estado siempre más resignada y contenta que los demás.

 

Sus esperanzas acababan de morir. Su hija debía sufrir su mismo destino. Estaría rodeada de una familia de desdichados idéntica a la suya.

—Señorita —dijo seriamente Alfonso por la noche a Lucía—; quiero ser el primero en darle la enhorabuena y por eso se la doy enseguida.

 

Lucía le dio las gracias ceremoniosamente.

 

—Aún no hay de qué alegrarse. Mario no ha hecho todavía la petición oficialmente —le llamaba ya confidencialmente por su nombre de pila—; viniendo de usted, sin embargo, puedo aceptar la enhorabuena con anticipación.

Por la noche Alfonso se durmió insólitamente pronto, después de haber soportado durante dos horas el aburrimiento mortal de la compañía de los Lanucci y de Gralli. Sufrió al ver a este carente de espíritu y de ideas, pero comprendía que la vieja también sufría por ello y que Lucía no se daba cuenta que su marido le gustaba así, dignamente mudo.

Alfonso se subió la manta hasta la barbilla y, como conclusión de una larga reflexión sobre el camino de las cosas humanas, murmuró:

—El hombre tendría que poder vivir dos vidas: una para él y otra para los demás.

Pensaba que, si hubiera tenido dos vidas, habría dedicado una a la felicidad de los Lanucci.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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XIV

 

 

 

Una noche Annetta le dijo a Alfonso que pocos días después llegaría su hermano Federico. Se lo advertía para que se preparara a fin de comportarse con la máxima prudencia. Federico la quería mucho, y mientras permaneciera en la ciudad sería difícil que la dejara ni un momento sola. Que no cometiera, pues, imprudencias, ya que si despertaban en Federico la menor sospecha tendrían que dejar de verse.

 

Alfonso prometió todo lo que le pidió. Aquella noche le había permitido mucho y él quería corresponderle con igual rendimiento; le preguntó incluso si deseaba que durante cierto tiempo suspendiera sus visitas y se declaró dispuesto a complacerla. Tanto no quiso ella porque también podía despertar sospechas interrupción tan imprevista. No sintió la necesidad de decirle que le disgustaría no verle durante tanto tiempo.

En cierto modo, las relaciones entre Alfonso y Annetta se habían vuelto menos afectuosas. Ella no le había dicho jamás que le amaba. Se lo había dejado decir, pero desde hacía algún tiempo tampoco él sentía la necesidad de repetirlo ni ella se daba cuenta. Parecía que así su comportamiento se hubiera vuelto más franco y que tuvieran un acuerdo tácito que en realidad no había; pues Alfonso seguía esperando algo más y había reconocido, doliéndose por ello, que el camino que seguía podía conducirle a la conquista de una querindonga, pero no de una amante o de una mujer.

En presencia de otras personas se comportaba como un cortejador, lanzaba miradas, hacía cumplidos o solicitaba un momento de soledad para poder decirle algo. Cuando al fin estaban solos, con una sonrisa en la que creyó a veces vislumbrar la ironía, ella le decía que podía hablar. Sin abrir la boca, la atraía hacia sí y la besaba furiosamente. Hasta cierto punto ella se defendía, pero con la calma enérgica de una persona segura de sí. Ya no tenían discusiones desde que Alfonso se había vuelto más prudente

 

 

 

 

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ante aquéllos cuyas sospechas Annetta temía. Parecía que realmente estuviera dispuesta a convertirse más en su querida que en su mujer; se enfurecía por su comportamiento en público, no por el que tenían a solas.

 

En la oficina le avisaron de la llegada de Federico, que le produjo una extraña sensación de zozobra. Poco a poco había conquistado la amistad de todos los que frecuentaban la casa de los Maller. Había sido una conquista lenta y difícil que le parecía resultado de una casualidad afortunada, preparada primero por la estima que le había concedido Macario y luego por el respeto que Annetta, una ignorante, le había tributado. Ahora intervenía una persona nueva, que parecía acostumbrada a pensar con su propia cabeza y quién sabe con qué principios. Puesto que Annetta le temía, era de temer. Federico era un ambicioso que, de entrada, le despreciaría.

Aquella noche no fue a casa de Annetta; no quería dejarse ver demasiado pronto. A la noche siguiente sintió que hacía un siglo que no la veía y fue a casa de los Maller creyendo ingenuamente que a los demás debía parecerles lo mismo.

Encontró solamente a Francesca y puso la cara de quien, habiendo bebido un licor, se da cuenta de que es amargo. Francesca comprendió.

 

—Por una noche —le dijo sonriendo—, conténtese con hablar conmigo de Annetta. Ella ha tenido que salir con el señor Federico. ¡Le escuchó! Cuénteme algo de sus relaciones con Annetta —se quedó callada esperando que hablara mientras él enmudecía, sorprendido por el extraño exordio con que Francesca parecía querer sonsacarle confidencias—. Creí que le gustaría hablar de Annetta, y conmigo puede hacerlo en vista de que, como supongo que habrá comprendido, soy su confidente. —Quiso darle una prueba de que lo sabía todo—: ¡Nunca más en el rellano! —le dijo con una carcajada, y amenazó con su blanca mano, la parte más perfecta de su cuerpo. Aludía a aquel abrazo que tiempo atrás, en el rellano, Alfonso había robado a Annetta.

 

Le bastaba esa prueba sobre todo porque sentía una fuerte necesidad de hablar de Annetta y de quejarse de ello. Dijo, pues, que de sus relaciones con Annetta, como Francesca las llamaba, él no estaba nada satisfecho. Annetta no era como él hubiera querido.

—Usted en realidad no tiene razones para quejarse —observó Francesca en un tono que a él le pareció irónico—. Parece que no aprecia la fortuna que le ha tocado.

 

 

 

 

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Él apreciaba su fortuna, pero no le parecía que tal fortuna fuera muy grande. Preguntó a Francesca en qué términos exactamente le había hecho Annetta sus confidencias; quería saber si, por lo menos en aquella ocasión, había hablado de amor. Francesca afirmó que no se acordaba y que, por lo tanto, no podía complacerle.

 

—¿Sabe —preguntó Alfonso muy serio— que nunca me ha dicho que me ama? En realidad no sé si Annetta me ama o se burla de mí.

Pareció que Francesca estuviera a punto de echarse a reír ante la confidencia de Alfonso, pero luego, muy seria, dejó caer en voz alta la frase que llevaba preparada:

—Todos los Maller son así. La frialdad es el carácter de la familia. Alfonso no olvidó esta frase, que le pareció confirmaba los rumores

 

que corrían acerca de Francesca y de sus relaciones con Maller. ¿A qué otros miembros de la familia podía haber conocido fríos en cuestiones de amor?

—No obstante, y esto es cierto —continuó Francesca—, Annetta no se burla de usted, y puedo decirle que nunca la había visto como ahora. —Pero de repente empezó a divagar y pareció desear que incluso Alfonso la considerase una celosa centinela de muchachas—. Si no cumplo mi deber contándoselo todo a Maller es porque confío en su honestidad y en la honestidad del carácter de Annetta. —De todos modos, le aconsejaba que no se dejara halagar demasiado por el amor de Annetta, que a su juicio podía desaparecer de improviso. Era su primera aventura de ese tipo, pero la conclusión era de prever; y Alfonso volvió a ver cierta amargura en su sonrisa.

—No me hago ilusiones, sé que es una broma —se hacía el fuerte, pero hablaba con dificultad.

Francesca le dijo con compasión maternal:

 

—¿No sería el mejor momento para volverse a su casa? ¿No se ha dado cuenta todavía de que esta ciudad no le va?

—¿Por qué? —preguntó Alfonso, conmovido al verse compadecido. —Si no lo entiende, no se lo puedo explicar. También yo viviría de

 

buena gana en el campo y daría mucho, pero mucho, por no haber dejado su pueblo, que es el nuestro ¿no es verdad?

Se miraron enternecidos. Su suerte común los acercaba y los conmovía.

 

 

 

 

 

 

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Francesca quiso darle un consejo y le rogó que lo escuchara y siguiera como si lo recibiera de una madre. Tal premisa hizo que Alfonso esperara mucho de este consejo, y su desilusión fue grande cuando ella le dijo, simplemente, que no comprendía por qué continuaba bebiendo los vientos por Annetta, cuando ya debía haberse dado cuenta de que para dar vida y pasión a aquella estatua se requería un arte muy diferente del suyo. Le aconsejaba que se comportase como Annetta quería, fríamente.

 

¿Ése era su gran consejo? Aunque no con las mismas palabras, ya se lo había dado la misma Annetta; y supuso que Francesca se lo repetía por deseo suyo. Quizá Francesca tomaba su oficio de centinela más seriamente de lo que hasta entonces él hubiera creído y le hablaba así para disminuir el peligro que amenazaba a Annetta.

Pero en el momento de despedirse el lenguaje de Francesca cambió y le dijo dos o tres frases breves cuya importancia no entendió de inmediato.

—¿No comprende que las caricias sin consecuencias privan de influencia sobre las mujeres a los hombres que las hacen? ¡Besuquear! Pero si es precisamente el modo para no llegar nunca a besar.

 

Le miró indagando si era comprendida y esbozó una sonrisa, guiñando un ojo para explicar lo que había dicho: una perfecta sonrisa de complicidad.

¡Ése era el consejo! Aún no lo había entendido y ya comprendía que sus suposiciones acerca de las intenciones de Francesca eran erróneas. ¡Se quedó pasmado! Aquellas últimas frases quizá hubieran sido pronunciadas por descuido, pero era más verosímil pensar que todas las demás habían sido dichas para enmascarar las últimas, como para dar la impresión de una persona cuya lengua sólo comete un error. Esta impresión no había prevalecido porque aquella mirada desconfiada y escrutadora y aquella sonrisa maliciosa la habían traicionado. Le había dado un consejo, y veía claramente su finalidad. No para alejarle de Annetta. Se le indicaba un medio para triunfar sobre ella.

 

No le aconsejaba algo totalmente nuevo, y recordaba cierta afectación de frialdad que Annetta había querido dar al héroe de su novela que, decía ella, debía vencer las resistencias, de su heroína; ésa era precisamente la frialdad a que se refería Francesca. ¡El consejo era bueno! Sería agradable seguirlo porque, aunque no le llevara a la victoria prevista por Francesca, tenía el afecto de Annetta. Esperaba conseguir de inmediato mayor satisfacción con el comportamiento que se le sugería que con la

 

 

 

 

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agresividad empleada hasta entonces. El placer de apretar a Annetta contra su pecho o de besarla había dejado de ser tiempo ha, compensación suficiente por la humillación que suponía una palabra brusca o un recibimiento frío. El propósito de asumir tal comportamiento le hizo sentir que disminuía su tensión nerviosa y que ya podía abandonar la lucha cotidiana que entablaba desde hacía más de un año; lucha en que obtenía siempre el mismo resultado, ni victoria ni derrota definitiva.

 

Durante mucho tiempo no pudo llevar a cabo su plan.

 

Fue presentado a Federico Maller. Ya lo había visto otras veces, y desde lejos, por la calle, le había parecido un joven bien parecido y elegante. Rubio, alto, esbelto, con un rostro más que oval afilado, los ojos grandes intensamente azules y dulces, tenía una apariencia aristocrática algo afeminada. De cerca, en cambio, los ojos perdían su dulzura por ser inquietos y estar enmarcados en una piel abundante y oscura; parecía que en el rostro juvenil se iban formando las arrugas. Lo poco que en su fisonomía quedaba de mujer era de marimacho. Tenía el cabello ralo y arreglado con habilidad a fin de parecer más espeso.

 

Fue para Alfonso un desengaño, que aumentó por los modales bruscos que Federico tuvo con él. Después de la presentación, Federico le preguntó si se encontraba contento en el banco de su padre, y la respuesta balbuceante de Alfonso no le gustó demasiado pues esperaba un himno de alabanzas al banco Maller. Al darse cuenta de que no había acertado, Alfonso perdió el dominio de sus palabras y esa noche, por culpa de Federico, se pareció mucho a la primera que pasara en casa de los Maller.

 

Al salir, tropezó con Annetta en el pasillo.

 

—Estoy muy contenta de usted —le dijo apretándole con calor la mano. Quería recompensarle por su comportamiento prudente, que creía consecuencia de sus recomendaciones. Trató de atraerla hacia sí pero ella se le escapó con un grito de susto, y ya en seguro, amenazándole con la mano, le dijo:

—¡Incorregible!

 

Se marchó apesadumbrado por no haber tenido suficiente desenvoltura con Federico ni fuerza de voluntad con Annetta. ¡Ella tenía sus razones para estar satisfecha de él, y eran tales que le habían impedido darse cuenta de que él se había sentido a disgusto aquella noche! En cuanto al error que había cometido con Federico, se tranquilizó pensando que no tenía por qué importarle demasiado. Antes de estar con él, había pensado

 

 

 

 

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largamente en aquella figurita aristocrática y había soñado que actuaba decididamente en favor suyo. Ahora se daba cuenta de que ninguno de los Maller daría voluntariamente un paso por él, y con mayor deseo volvía a pensar en el plan de Francesca.

 

Era difícil mostrar más frialdad que la que Annetta le exigía durante la estancia de Federico en la ciudad. Cuando se encontraban a solas, Alfonso no tenía tiempo para hallar la energía necesaria para constreñirse a la frialdad, y una mirada o una palabra dulce le llevaban inmediatamente a agresiones de las que después no podía arrepentirse.

 

Como compensación, Alfonso no tuvo ninguna razón para quejarse de Federico, que después de aquella primera noche le trató con aristocrática frialdad, pero no bruscamente. Poco después de la llegada de su hermano, Annetta había rogado a Alfonso que le hiciera creer que no seguían trabajando en la novela. A Federico le habían hablado de ello y no parecía haberse mostrado satisfecho por tal colaboración.

 

Una noche, con una sonrisa que quería ser amistosa, preguntó a

 

Alfonso:

 

—Y aquella novela ¿por qué no se termina?

 

—No por culpa mía. Un buen día a la señorita le disgustó el argumento y la dejó. ¡Quizá se reanude!

Federico habló en contra de los trabajos hechos en colaboración. Un trabajo no podía ser bueno si se hacía entre dos, y si resultaba bueno era señal de que cada uno de los colaboradores podía hacerlo mejor.

 

Alfonso no se atrevió a sostener una discusión:

 

—Según los casos y los temperamentos, creo —dijo modestamente. Nunca llegaron a un trato amistoso. A Alfonso le molestaba

 

especialmente que Federico no supiera escuchar y que sólo tuviera interés por los asuntos concernientes a su propia personilla o destinados a realizarla. Pensó también que aquella persona tan aristocrática debía estar poco acostumbrada a frecuentar la sociedad y a soportar su peso, pues lo primero que se aprende del trato de los semejantes, sobre todo con los inteligentes, es a soportar el aburrimiento de las ideas ajenas. Bastaba este defecto de Federico para separar definitivamente a los dos hombres, porque, por su parte, Alfonso —era un fruto de su ambición literaria— exigía a veces que le escucharan atentamente. Sospechaba que Federico sólo adoptaba tal comportamiento con él por desprecio.

 

 

 

 

 

 

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Aun después de haber comprendido que no había ninguna posibilidad de hacerse amigo de Federico, de vez en cuando hacía intentonas, cuyo único resultado era su humillación. La última noche que estuvo Alfonso con el hermano de Annetta, a causa de la alegría de ver que partía quiso ser con él muy amable, y al apretarle la mano le dijo con dulzura:

 

—¡Hasta la vista, señor Federico!

 

Federico le miró con sorpresa impertinente y poco halagado por la amabilidad del empleado de su padre. Luego se inclinó cortésmente, pero no contestó sino con un «buenas noches» que, en contraste con el amistoso saludo de Alfonso, era maleducado.

Tampoco después de la partida de Federico pudo Alfonso afectar con Annetta la frialdad que se había propuesto. De nuevo en libertad, a solas con ella, se sentía demasiado bien volviendo a las relaciones de antes como para renunciar voluntariamente a aquella felicidad. Las veladas advertencias de Francesca no le fortificaron en su resolución. Verlo siempre igual a sí mismo debía resultarle muy molesto. En una ocasión, al no adivinar él la solución de un acertijo, le dijo Francesca:

 

—Es usted menos inteligente de lo que había creído.

 

Le sonreía para hacerse perdonar la insolencia, pero en su voz temblaba la ira o la impaciencia, algo violento, mal contenido, y él comprendió que se trataba de algo muy distinto de una adivinanza. Poco antes ella le había sorprendido muy próximo a Annetta y con el rostro encendido, mientras que Annetta tenía la cara sonrosada y tranquila; y recordó al mismo tiempo que esa actitud debía disgustar a Francesca. Enrojeció y sintió vergüenza.

La insistencia de Francesca en recordarle su consejo acabó haciendo que la temiera como si tuviera derecho a reñirle. La evitaba, y por debilidad, sin ningún propósito, ante ella trataba a Annetta con mayor frialdad, como si hubiera querido hacerle creer que por fin había adoptado su consejo. Pero a Francesca no le faltaba espíritu de observación y el desdén no desapareció de su pálido rostro.

Sin embargo, cuando por casualidad él decidió adoptar aquel sistema, fue ella la primera que lo percibió, incluso antes que Annetta, e hizo que Alfonso leyera en su rostro la aprobación que éste aún no sabía que merecía.

Haciendo rechinar los dientes por la ira, Alfonso juró que se vengaría de una palabra ofensiva de Annetta. Una noche ella estuvo más fría que de

 

 

 

 

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costumbre. Atendiendo a Macario, que decía agudezas con bastante fortuna, no se había ocupado nada de él, cosa que bastó para despertar los celos en el ánimo del enamorado y, como siempre, para hacerle perder la palabra, desalentado. Incurrió luego en un grandísimo error; se quedó con un pretexto insignificante después de haberse marchado Macario, aunque Annetta siempre había querido que tuviera ante Macario la mayor prudencia. Apenas se vio a solas con ella quiso atraerla hacia sí, pero ella se defendió resueltamente y le dijo con desprecio:

 

—Estos besuqueos me molestan.

 

La frase era muy ofensiva. Con ella Annetta ponía al desnudo lo que de ridículo él sentía en su relación, y además, librándole de tal ridículo, dejaba todo su peso sobre sus hombros. Surgía una persona que podía burlarse de él: la misma Annetta.

Fue entonces cuando se propuso secundar los deseos de Francesca, sobre todo para vengarse. Quería hacer que Annetta se tragara aquellas palabras y demostrarle que, si había algo ridículo en su relación, la culpa no era sólo suya. ¡Oh! Estaba seguro: ella le necesitaba, necesitaba aquella relación, y precisamente en el aspecto de que había querido burlarse. También Francesca era de su opinión, él lo notaba. La opinión ajena le daba una gran confianza; sin esta aprobación, teniendo incluso la convicción de haber razonado justamente, no lograba tener la resolución necesaria para actuar.

Luego, poniéndose decididamente en su papel, se sintió bien. La ira desapareció muy pronto, pero continuó con el comportamiento que ella le dictara. Al darse cuenta del efecto producido por sus palabras, Annetta se había vuelto amable, y él pensó que quería hacérselas olvidar. La primera noche no hubo sorpresas. Él era como ella había querido que fuera; sonrió irónicamente cuando se marchó apretándole la mano con frialdad. No creía que la lección que le había dado sirviera para mucho tiempo, y quería demostrarle, o demostrarse a sí misma, que le hubiera gustado equivocarse.

Había sido amable pero con dificultades, pues no le era fácil volver a tener con Annetta aquel tono de amistosa cortesía abandonado hacía largo tiempo por el tono de pasión que hasta cuando le faltaba espontáneamente imitaba con esfuerzo.

Pronto se tropezó con otra dificultad, aún mayor. Para continuar la comedia era necesario encontrar un tema de conversación para pasar las

 

 

 

 

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noches con Annetta sin que ella se aburriera o sin que él, aun aburriéndose —se resignaba—, lo dejase transparentar. Hasta entonces le habían bastado las pequeñas artimañas que usaba con Annetta para llenar el tiempo; le proporcionaban una tensión nerviosa que excluía el aburrimiento. Hacía mucho que habían dejado de trabajar en la novela, pero lo que habían dicho a Federico era mentira, pues cuando estaban solos Annetta nunca olvidaba preparar lo necesario para escribir. El uno al otro siempre se habían dicho que continuarían el trabajo.

 

—¿Nos ponemos a trabajar? —preguntó a Annetta.

 

Ella aceptó, pero como él quiso ponerse enseguida a escribir, tuvo que buscar una pluma. Para demostrar la intención de continuar el trabajo bastaba con preparar papel y tintero, pero no la pluma. Con gran celo, se volcó sobre la novela, pues hubiera sido una fortuna poder distraerse con otras ideas sin tener que hacer esfuerzos por mostrarse indiferente. Una vez más, hicieron poco, pues para seguir adelante hubieran necesitado releer toda la novela, de la que habían olvidado algunas partes. Era tan nuevo el hecho de que encontrándose a solas y tan próximos Alfonso permaneciera tranquilo, sin amenazas, que Annetta tomó un movimiento suyo por un ataque, y habiendo hecho un gesto de defensa enrojeció al darse cuenta de que la alarma había sido injustificada. Él comprendió su embarazo y tuvo que hacer un enorme esfuerzo para no sacarla de la humillación que sentía como propia. Pero resistió, y aquella noche Annetta estuvo cohibida, menos desenvuelta que de costumbre; y Francesca, que poco después se sentó ante su habitual telar, puso una ligera sonrisa de satisfacción con la intención de que Alfonso la apreciara.

 

En vez de perder inútilmente tanto tiempo releyendo la novela, Alfonso propuso, y Annetta aceptó, que corrigieran juntos examinando frase por frase, dejando su terminación para después. El trabajo era pesado, pero menos peligroso para las relaciones literarias entre ambos colaboradores, pues ninguno de los dos tenía gustos demasiado refinados en materia de lengua; y Alfonso, aunque la hubiera querido un poco más sobria, se adaptaba fácilmente al gusto de Annetta habiéndole ya hecho otras concesiones y comprendiendo que, desarrollada de ese modo, la novela no tenía más remedio que vestirse con ropas del mismo gusto, melodramáticas y chillonas.

 

Annetta debió reflexionar largamente sobre el extraño comportamiento de Alfonso, pues la noche siguiente la encontró tranquila y serena, siempre

 

 

 

 

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amistosa, con cierto aire de superioridad sonriente que le sentaba bien. Al verlos juntos parecía que por un tácito acuerdo hubieran vuelto a ser buenos amigos y nada más, estando Alfonso incluso tímido. ¡Ah! En cambio él sufría y se desesperaba, añorando aquellas noches en que todavía no le habían aconsejado ser astuto. Estaba muy mal que ella no se pusiera seria. No había esperado palabras de reproche, pero tampoco pensó que ella mostraría tanta indiferencia. Sólo podía dudar de la sinceridad de tal frialdad por el hecho de que Annetta no le hiciera ningún elogio por haber adoptado al fin el comportamiento que ella había deseado. Se merecía el elogio, y que Annetta no se lo hiciera era un fallo de su presunta frialdad raciocinante. Ella nunca habló de la novedad en el comportamiento de Alfonso; aparentaba no haberse dado cuenta y este silencio fue el incentivo que indujo a Alfonso a perseverar.

 

Una noche, ocho días después, le acompañó hasta la puerta del cuarto de estar y se retiró apresuradamente con una pequeña inclinación ceremoniosa. ¡Se había comportado mal! Cansado y frío por la falta de estímulos no se había preocupado por tratar a Annetta con las mil contemplaciones que sabía se requerían con ella especialmente entonces para no enajenársela del todo. ¡Había omitido mostrarse enamorado! Su papel, desde el principio se lo había dicho, y por una estúpida inercia no había hecho mejor uso de su observación, su papel debía ser siempre el del enamorado equilibrado que se contenta con una mirada o con un apretón de manos; pero debía parecer enamorado.

 

Hasta volver a verla tuvo una inmensa inquietud. Temía que de un modo u otro ella le despidiera, como lo había temido en el caso de sus audacias; no habiéndole ocurrido entonces por aquella causa, era posible que ahora le sucediera por ésta. Se vio a punto de salir tan mal parado que en su interior la tomó con Francesca y con sus consejos. Se propuso ir a casa de Annetta a pedirle perdón contándole por qué había asumido aquel comportamiento. No se sentía culpable y se prometía convencerla de que no lo era. Había querido hacerla más suave y más dócil y le diría que no había hecho más que imitar la astucia empleada por su protagonista. La disculpa era fácil e incluso era posible que obtuviera algún fruto de la frialdad a que se había obligado durante aquellos pocos días.

 

Por lo modales reservados pero amables de Annetta comprendió que el peligro temido estaba más lejos de lo que había creído, y la reserva de Annetta le hizo, a pesar suyo, continuar por timidez con el

 

 

 

 

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comportamiento que había decidido abandonar. Pasó la noche muy agradablemente. Como siempre, le bastaba salir de una incertidumbre, de un temor, para que volver a Annetta le supusiera una inmensa felicidad. Su agitación contribuyó a hacerle pasar el tiempo agradablemente, pues él seguía dispuesto a echar los brazos al cuello de Annetta y a volver a la actitud sumisa que le proporcionaba tantas alegrías. No tuvo que hacer ningún esfuerzo para recordar que a Annetta siempre había que hacerle la corte. Él la amaba, la amaba por lo menos aquella noche, y no la había amado así desde el día en que osó besarla por primera vez en los labios. Eran trepidaciones que aumentaban su deseo. Habló mejor que de costumbre y aventuró alusiones a su amor, como si en otras ocasiones no hubiera hecho su declaración atrevida. Volvió a encontrarse lanzado a la frescura de impresiones que da la novedad, y Annetta escuchaba y sonreía. Nunca le había parecido tan dócil. Otras veces se había dejado abrazar y ahora no otorgaba más que palabras y miradas, pero antes, al conceder, siempre había demostrado el disgusto de no saber resistir, mientras que ahora daba prontamente lo que se le pedía, y más.

 

Por supuesto, se reconcilió enseguida con el consejo de Francesca y su energía fue de nuevo como la que había sentido tras la ofensa de Annetta. Monologando, como hacía cuando estaba agitado, caminaba feliz diciéndose que Annetta en sus manos hábiles se convertía en cera blanda a la que podría dar la forma que quisiera. Al pensar en ello movía los dedos como si tuviera aquella cera en la mano.

 

A Annetta sólo le quedaba el aire de superioridad, la palabra franca que a veces sonaba imperiosa. En realidad, esta superioridad ya no subsistía y se manifestaba más visible su cambio de comportamiento cuando se encontraban ante terceros: entre todos, él seguía siendo la persona por quien más se preocupaba ella. Hasta en las discusiones que aún tenían lugar acerca de la novela, él, por poco que insistiera, obtenía siempre la victoria.

No sabía si en virtud de estas transformaciones podía alimentar grandes ilusiones, pero no le parecía una gran ilusión tener la esperanza de llevar su relación al punto en que antes se había encontrado, si bien con la aprobación explícita de Annetta. Él postergaba de un día para otro aquel paso que antes o después debía dar y que le haría conocer con plena seguridad los resultados obtenidos; pero ocho días más tarde ni siquiera pensaba dar tal paso, pues se sentía demasiado bien como estaba. Había

 

 

 

 

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tenido la esperanza de oír palabras de amor, pero pedirlas hubiera sido poco hábil. Equivaldría a retroceder.

 

Habían estado el uno junto al otro durante horas enteras sin hablar nunca de amor, pero con tal dulzura en la voz y en el gesto que era como si hablaran. A veces ella interrumpía sus propias frases porque no les concedía importancia ni él tenía curiosidad por oírlas, pues sabía que en realidad ella nada tenía que decirle. Por fin estaba ella en la disposición de ánimo en que tantas veces se había él visto. Amaba, o por lo menos deseaba.

A menudo, muy a menudo desde su intervención como consejera, Francesca asistía a sus reuniones y era causa, en parte, de que los amantes permanecieran en igual estado.

Era feliz, y quiso mostrarse agradecido ante Francesca, a quien creía adeudar su felicidad. Olvidó cómo se le había dado el consejo y, con su peculiar franqueza cuando creía que hacía lo que debía, le dijo a Francesca apretándole la mano:

—Gracias, gracias.

 

—¿Por qué? —preguntó Francesca con desdén. Luego, cuando se retiraba asustado considerando que Francesca estaba indignada porque con aquel agradecimiento se veía acusada de una complicidad que no quería admitir, ella estalló violentamente—: Si se arrullan como palomos, yo no tengo la culpa.

Una vez más estaba descontenta; parecía que él no hubiera entendido perfectamente su consejo. Él se molestó porque, de momento, no se sentía dispuesto a tender trampas a Annetta. Iba diciéndose que Francesca se engañaba si creía que para complacerla acometería novedades, cuando se sentía tan a gusto como estaba. En algo de tanta importancia quería tener su propia opinión.

 

¿Su propia opinión? Más tarde no osaría afirmar que las cosas habían ido de aquella manera por su gusto.

El hecho era que, calculada para conmover a Annetta, su frialdad le había acarreado otro tanto a él. Sus sentidos habían estado turbados por promesas repetidas en cada una de sus reuniones y nunca mantenidas. Primero, intentando robar una acaricia o un beso, su mente se había mantenido en una continua actividad hacia una meta; y alcanzada esa meta, sus sentidos se habían calmado en una satisfacción que, aunque relativa, era la que éstos habían buscado. Pero ahora le faltaban actividad y

 

 

 

 

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satisfacción, y en la inercia analizaba sus propios deseos nunca satisfechos ni calmados y los agudizaba. Pero había también otras causas, por supuesto, por las que éstos se habían hecho más fuertes. Creía entonces que Annetta sentía sus mismos deseos, y cuando pensaba que bastaba su atrevimiento para que estos dos deseos se encontraran, sentía que le hervía la sangre. La idea de la proximidad de tanta felicidad le producía vértigo. Sus sueños cada vez tomaban más aspecto de realidad. Conocía o creía conocer el tono de voz o la mirada con que Annetta le amaría. Una noche quiso atraerla hacia sí con gesto salvaje. Con un grito de espanto ella escapó al abrazo. ¿Por qué el repentino susto? ¿Acaso sabía ella antes que él qué pretendía?

 

Cuando Francesca estaba presente, Alfonso hablaba mucho de cosas que nunca había amado ni odiado. Comprendía que Annetta seguía el tono de su voz con toda vivacidad, aquella vivacidad de que Macario la creía incapaz; ella sentía y vivía con él. Recordaba esta sensación, pero no las palabras exactas ni el tema de que había hablado.

No obstante, aunque actuó con una exaltación morbosa que durante días enteros le hizo vivir en un sueño continuo, tuvo también frialdad de cálculo, como quien sabe lo que quiere.

Había esperado con impaciencia que Francesca se ausentara, pero no le bastaba que dejara la biblioteca; necesitaba que saliera de la casa. Era la única persona que podía molestarle y quería estar seguro. Se había dominado más de una noche y había observado, ardiendo de impaciencia, cada movimiento de Francesca, que salía a menudo pero para volver enseguida. Era ella la que había hecho todo, pensó él después. Ya que no sabía ser frío, como le había aconsejado, ella le había obligado a ciertos límites con su continua presencia; y el comportamiento que así le impuso bastó para llevarle hasta donde ella quiso.

Una noche cayó inesperadamente. Habían establecido que no se verían aquel día, pero tras una larga lucha no había podido permanecer lejos de aquella casa. Las dos mujeres habían dicho que saldrían si hacía buen tiempo, pero desde hacía unas horas se había encapotado el cielo; por lo tanto, era probable que hubieran renunciado al paseo.

 

En la escalera encontró a Francesca, que salía sola. Ella le saludó con mayor cortesía que de costumbre y, mirándole a los ojos con la mirada escrutadora que tenía cuando se dignaba detenerse en las cosas, le dijo que le sorprendía verlo; y con aire de franqueza le preguntó si Annetta, cuando

 

 

 

 

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los había dejado solos la noche anterior, le había dicho que fuera. La pregunta inesperada llenó de embarazo a Alfonso e intentó salir del apuro fingiendo que no recordaba que hubiera establecido con Annetta no verse ese día. Así hacía creer que sin saberlo Francesca Annetta le había dado una cita.

 

—Annetta le espera en la biblioteca —dijo Francesca más secamente en cuanto supo lo que buscaba, y siguió bajando—. Dentro de media hora estaré de vuelta.

Al subir, a Alfonso le temblaban las piernas. ¿Tendría la energía necesaria para hacer en media hora lo que se había propuesto? La acción en sí misma le agitaba menos que verse obligado a realizarla en tan breve tiempo.

—¡Al fin solos, una vez! —dijo; y nada más entrar la atrajo hacia sí pero sin violencia, como si hubiera querido saludarla, apretarle la mano.

 

Ella apoyó la cabeza sobre su pecho y, con suave reproche por la posición en que estaba pero con seriedad, dijo con voz demasiado firme y tranquila para ser natural:

—Estuvimos también solos recientemente.

 

—¡Perdóneme! —balbuceó Alfonso. No quería conmoverse más y la besaba dulcemente en los ojos, calculando hasta dónde podría llevarlo el abandono de Annetta.

La biblioteca sólo estaba iluminada por la lámpara de petróleo que había sobre la mesa, y su luz, cerrada por la pantalla, se proyectaba hacia abajo, en una mancha grande sobre la mesa verde y en un haz de luz que escapaba hacia el suelo. Se amaba bien en la austeridad de aquella habitación, entre los armarios negros y sencillos y la seriedad de los libros que mostraban sus lomos anchos con los caracteres de oro. Era una contradicción que aguijoneaba el deseo de Alfonso. Algunos volúmenes gruesos encuadernados sin elegancia, acaso colecciones de periódicos, alineados en un rincón, emanaban un fuerte olor a cola.

 

La había soltado y, teniéndola de la mano, la había atraído fuera de la luz. Viéndolo tan tranquilo, ella no sospechó y se sentó junto a él en la otomana. Así, el uno junto al otro, incluso abrazados en el mismo lugar, habían estado ya otras veces. A él le disgustó que, por casualidad, ella se hubiera sentado donde faltaba el respaldo. Pero también en eso le acompañaba su timidez. La abrazó estrechamente echándola hacia atrás. Quería ver cómo resistiría ella y hacer una pregunta tímida pero clara; si

 

 

 

 

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Annetta no reaccionaba, él podía referirse a aquella pregunta para disculparse. Por cobardía le preguntó además: «¿Sí…?» pero con voz tan débil que no pudo saber si había oído. Y no fue la palabra lo que advirtió a Annetta del que peligro corría. Rogó y amenazó con voz suave y se defendió, pero los brazos apuntalados blandamente contra su pecho no impedían nada. Él, con todo, no había esperado resistencias, y por débiles que fueran le irritaron. La obligó bruscamente, apresurado y brutal; y, por lo menos en apariencia, fue una traición, un robo.

 

Al volver en sí percibió de nuevo el olor intenso a cola que reinaba en aquella habitación, adonde le parecía regresar tras una larga ausencia. Ella dijo las primeras palabras:

—Dios mío, ¿qué hemos hecho? —su voz era de sorpresa y desesperación. Miraba los objetos que había a su alrededor como si hubiera esperado que la arrancaran de lo que tenía la esperanza que fuera un sueño. El desorden de sus ropas, que intentó arreglar, le dio la certeza de que estaba perfectamente en sus cabales. Se levantó no sin dignidad; llamaba en su ayuda a todas sus fuerzas, pero no encontraba una reconvención ni una actitud apropiada. Se dominó y, muda, se secó las lágrimas y se acercó a la mesa alejándose de él.

Él comprendió que su deber era intentar consolarla. Se le acercó y la besó en la frente. Era un deber, y fuera de aquel acto no encontraba nada más. ¿Qué debía decir?

Ella le dejaba hacer, pero el dolor la venció de nuevo; lloró una vez más y repitió su frase desesperada. No le dijo una sola palabra de reproche, lo cual probaba que en relación con las circunstancias su frialdad era bastante grande. A él no tenía nada que reprocharle, pues había hecho aquello a que tendía desde hacía mucho tiempo y que, como ella sabía, era su finalidad.

Alfonso encontró al fin la palabra. Le dijo que la amaba. Por aquel beso hubiera dado la vida, y por tanto no podía arrepentirse de su acción.

Dejándose abrazar ella gritó:

 

—Sí, pero no volveremos a vernos, ¡nunca más!

 

Fue entonces cuando, por unos brevísimos momentos, su mente se ofuscó. ¡No comprendía que el paso dado era irrevocable y parecía creer que pudiera borrarse con su decisión!

—Como usted quiera —dijo Alfonso ingenuamente.

 

 

 

 

 

 

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Se sentía mal con aquella muchacha que lloraba y, si no hubiera temido disgustarla, se habría ido enseguida, quizá prometiendo no volver nunca más. Experimentaba sorpresa por sentirse tan calmado y tan lejos del deseo que diez minutos antes le había conducido a una acción tan arriesgada.

 

Llegó Francesca y de inmediato comprendió lo que había sucedido, pues Annetta no estaba todavía en condiciones de ocultarlo ni se dignaba intentarlo. Tenía los ojos rojos por el llanto y miraba al vacío obstinadamente; se obligaba a una intensa reflexión. Por su parte, Francesca no preguntó nada ni dio ocasión a mentiras. Alfonso, cohibido, quiso marcharse. Francesca le saludó con un apretón de manos y una inclinación cordial y respetuosa. «¡Gloria al héroe!», parecía decirle.

En el rellano, Annetta, que con improvisa resolución había corrido tras él, le detuvo.

Venga, venga —dijo duramente—; tengo que hablarle.

 

Desde luego, el tono de su voz no revelaba que con aquellas palabras le invitase a una noche de amor, y comprendió que hasta entonces ella no había tenido esa intención. En la oscuridad perfecta, inmóvil en mitad de la habitación, no teniendo siquiera valor para sentarse por temor de hacer ruidos, fue asaltado por los más extraños pensamientos. Se le preparaba una buena diversión, las escenas de una muchacha arrepentida; se propuso soportar todo con resignación. Sabía que merecía todas las recriminaciones que Annetta hubiera podido hacerle.

Pero ella fue hacia él; en sus ojos no había ya ninguna huella de las lágrimas derramadas. Se había detenido en la puerta con el índice en los labios escuchando si en el pasillo se movía algo, sonriente como un niño que jugando se esconde de alguien, y verla así bastó para quitar cualquier temor a Alfonso. Ya había comprendido; otra vez los sentidos la habían vencido.

Fue una amante complaciente y apasionada. Le pidió perdón por las palabras bruscas que poco antes había pronunciado.

—Sin duda las pensaba, pero reconozco que pensaba tontamente.

 

Sin que se pudiera adivinar el orden de sus ideas, dio una definición de su vida. La vida era lo que él le daba cuando la besaba; el resto no valía nada. Luego él pensó que había querido expresamente renunciar a todo lo demás por su beso. La besó para mostrarse agradecido pero pensaba que ella le despreciaba demasiado, creyendo que por haberse dado a él perdía

 

 

 

 

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el derecho a cualquier otra felicidad. Annetta repitió su declaración muchas veces y de diferentes formas:

 

—¡Casarme con mi primo Macario, ese razonador, porque es rico!

 

Se rió de esta pretensión, que, sin embargo, alguien debía haber tenido. Si existía, la felicidad de Alfonso estaba disminuida por un temor. En una sola hora aquella mujer había cambiado de sentimientos y de opiniones; ¿se había vuelto loca acaso? Él se sentía razonador como de costumbre, calmado, arrastrado por los sentidos durante cortos períodos y luego saciado, y no podía imaginarse que en otro la turbación fuera

siempre igualmente intensa.

 

Sólo una vez, fugazmente, ella tuvo una sensación de tristeza, incluso de desesperación, como una hora antes. Había nombrado por casualidad a una familia noble en la que los Maller habían sido admitidos hacía poco. Fue un solo instante, y luego hizo mil esfuerzos por olvidarlo y hacerlo olvidar.

La cortina rosa de la ventana se había hecho visible con el primer rayo matutino y, aunque era todavía poca la luz que llegaba de fuera, hacía palidecer la de la bujía que habían dejado encendida. —¡Ya! —exclamó Annetta apretándose contra él.

Él repitió hipócritamente la misma palabra.

 

Desde el piso de arriba se oyó el ruido del paso de un pie desnudo.

 

—¡Pobrecilla! —murmuró Annetta—; le di grandes disgustos.

 

—¿Es Francesca? —preguntó Alfonso inquieto.

 

—¡Sí! —dijo Annetta, sonriendo—; pero todo se puede reparar aún. Le abrazó para hacerle entender que la buena obra que se proponía

 

hacer era debida a él.

 

Tenía tiempo para ser curioso y Annetta le contó que Francesca había sido amante de Maller y que éste había manifestado la intención de casarse con ella.

—Yo me reí en las narices de Francesca… y me opuse como pude… por supuesto… me parecía una ofensa a la memoria de mi madre. —El padre había encontrado el modo de no hablar con su hija ni una palabra al respecto. Sólo cuando Annetta aconsejó a Francesca que dejara la casa, Maller se opuso explícitamente. Las relaciones entre padre e hija fueron frías durante algún tiempo y sólo mejoraron cuando Francesca le juró a Annetta que entre ella y Maller no existía ya ningún vínculo. Hasta aquella

noche Annetta lo había creído—. Apuesto a que me engañan —pensó en

 

 

 

 

 

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voz alta y muy tranquila—. Por supuesto, el engaño por amor no es engaño.

 

A las cuatro de la mañana se levantó para acompañarle a la puerta de la casa,

En el oscuro vestíbulo le echó una vez más los brazos al cuello y le dijo que no se volverían a ver hasta que no pudieran hacerlo a la luz del sol. Esto debía suceder lo antes posible. Se echó a reír y, con franca sensualidad, añadió:

—Tendremos muchos días y muchas noches que pasar juntos.

 

Se quedó fuera escuchando los esfuerzos que ella hacía para dar vuelta a la llave en la cerradura; luego oyó el lento y torpe arrastrarse de las zapatillas en la escalera.

—¡Adiós! —le dijo conmovido.

 

—¡Adiós, adiós! —contestó Annetta a media voz.

 

También en aquel saludo puso todo el afecto que pudo, y él imaginó que ella le echaba besos con la mano.

Se dirigía hacia su casa con paso presuroso cuando oyó que le llamaban. Se dio la vuelta. Una figura blanca, desde la ventana de la habitación de Annetta, le saludaba con un trapito blanco. Él saludó agitando en alto el sombrero. El gesto era acertado, pero le faltaba la sensación correspondiente. Al ver a Annetta en la ventana recordó que tal era la costumbre amorosa.

Luego quiso sentirse feliz, como su buena suerte merecía, y canturreó una tonadilla que no podía resultar alegre en las calles vacías, apenas iluminadas por un sol invisible en el cielo violáceo. Un profundo malestar le hizo callar. Quiso explicarlo por las dudas acerca del futuro de su relación con Annetta; a pesar de aquella noche, tales dudas no se habían disipado; ¡pero Annetta era suya! ¿No era esto mucho, tanto que debería sentirse el hombre más feliz de la tierra? Había deseado a Annetta durante mucho tiempo, la había amado. Eran el sueño y el cansancio lo que le impedían gozar de su felicidad; y al subir la cuesta que llevaba a casa de los Lanucci iba persuadiéndose de que al día siguiente se despertaría al amor y anhelaría volver a ver a Annetta.

 

Se acostó y nada más apoyar la cabeza sobre la almohada se durmió.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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XV

 

 

 

Pero al despertar volvió a encontrarse con el mismo malestar. Recorriendo con el pensamiento todos los sucesos de la noche anterior, su disgusto aumentaba. Todo le desagradaba, desde el primer abrazo que había robado hasta el último saludo, al cual había contestado obligándose a una ficción que, aunque fácil, le había costado esfuerzo. No quiso admitir la conclusión que evidentemente hubiera tenido que sacar de este sentimiento suyo. En la inmensa felicidad de poseer a Annetta, se decía que le desagradaba el modo en que la había conquistado. No creía que Annetta le amara. Ella se doblegaba a las consecuencias de un hecho irrevocable.

 

Tiempo atrás, Macario le había dicho que le consideraba incapaz de luchar y aferrar la presa, y él se vanaglorió de este reproche como de un elogio. Ahora comprobaba que Macario se había engañado respecto a él.

Veía con ojos muy distintos su cuartucho, alegre y sonriente por el rayo de sol, el único del día, que entraba a aquella hora. ¡Allí había pasado, no obstante, buenas horas! Era una extraña felicidad, una satisfacción continua de su orgullo, descubrir en los otros alguna debilidad a la cual se sentía inmune; ver a todos los demás luchando por el dinero y por los honores y él estar tranquilo, satisfecho de sentir que le nacía en el cerebro la genialidad y en el corazón un afecto más noble que el que habitualmente sienten los humanos. Comprendía y compadecía las debilidades ajenas y se enorgullecía de su propia superioridad. Cuando entraba en la biblioteca o en su cuartucho, salía perfectamente de la lucha; nadie le disputaba su felicidad, él no pedía nada a nadie. Pero ahora los luchadores que despreciaba le habían atraído a su medio y él había sentido sin resistencia sus mismos deseos, había adoptado sus armas.

 

Quería combatir su propio desagrado, que, atribuido a las causas que él se obstinaba en atribuirle, era absolutamente desatinado. Al vestirse

 

 

 

 

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pensaba que si un semejante suyo lo hubiera sabido se habría reído. Había entrado en la lucha porque nunca se le había permitido salir del todo de ella; tampoco la modesta felicidad que había pedido le había sido otorgada por entero. ¡Oh! ¡Vamos! ¡La suya era una victoria que le daba la libertad! Si su afecto por Annetta —entre paréntesis ya se lo confesaba— no era como debiera ser, su vida acababa de empezar con este matrimonio y él debía alegrarse mucho por ello.

 

La Lanucci se preocupó al verlo ceñudo y, sabiendo que había vuelto tarde a casa, le preguntó si había pasado la noche en la mesa de juego y perdido. ¡Se rió! Había jugado, en efecto, pero había ganado.

 

Durante la mañana, trabajando con lentitud y deteniéndose a soñar mientras escribía nombres o cifras, tuvo la extraña idea de que quizá a aquella hora el amor de Annetta ya se hubiera esfumado y que no volvería a oír hablar de él. Era muy posible, puesto que un amor nacido tan pronto, producto de la necesidad y de la resignación, podía morir con la misma rapidez con que había nacido. ¡No sintió ningún temor de que tal cosa pudiera suceder! Si alguien se lo hubiera anunciado como un hecho, no habría sentido sorpresa ni dolor, aunque tampoco placer. Se liberaría de las dudas, que eran mucho más graves de lo que podía soportar. Sabía que en tal caso Annetta no sería su amante ni su amiga y que él volvería a caer en el vulgo de los empleados, de los cuales sólo se diferenciaba por esta relación. Pero, sobre todo, deseaba volver a recobrar su paz y su tranquilidad.

 

En su casa le esperaba una carta. Era de Annetta; reconoció enseguida la escritura, ciertos rasgos redondos y muy pequeños que había tenido ocasión de conocer trabajando con ella en la novela. La abrió enseguida. Quizá viera en aquella carta la palabra que le sacaría de su tortura. Podía haber nuevas muestras de amor o disculpas rebuscadas para librarse de él.

 

¡Se engañaba! En la carta no encontró nada afectado.

 

Escrita para contarle algo que él aún no conocía, el principio estaba dedicado a este hecho; era una exposición apretada con alguna pequeña observación que debía quitar dudas o prevenir cierta oposición. Annetta empezaba advirtiendo con pocas y sencillas pero afectuosas palabras que ahora formaban una sola persona en cuanto a fines e intereses y que por eso esperaba que él tuviera absoluta confianza en ella. También por ello actuaría sin hacerle ulteriores comunicaciones que, lo comprendía, no podían serle agradables. Pero ahora necesitaba su ayuda. Tenía intención

 

 

 

 

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de ir a la oficina de su padre y decirle todo enseguida. Sería una escena desagradable y no había por qué asombrarse, ya que no serían pequeños la sorpresa y el dolor del viejo Maller, que había soñado algo muy diferente

 

—equivocadamente, se apresuraba a añadir— para su hija. No podía esperar hacerle cambiar pronto de opinión y por ello estaba segura de que Alfonso, aunque por breve tiempo, se vería expuesto a desaires y quizá a brutalidades. Como ella le amaba, sufriría por cada palabra que se le dirigiera que no fuera dulce; y, por el decoro de Maller, le proponía que abandonara por algún tiempo la ciudad. Ya le había dicho a su padre que Francesca tenía intención de mandarle con un encargo al pueblo, y el mismo Maller había prometido ofrecerle el permiso. Le rogaba que aceptara.

La carta se cerraba pero volvía a abrirse en una posdata, otras dos carillas totalmente llenas. Quería volver a verle una vez, una sola vez antes de su partida y le rogaba que se encontraran la noche de ese mismo día junto a la biblioteca municipal, en la cuesta de la villa Necker en que ya otras veces le había visto. No quería que fuera en su casa porque antes de estar prometidos no deseaba volver a encontrarse a solas con él. Que no la odiara por eso. Se había descubierto débil a sí misma una primera vez, cuando tantas consideraciones y temores hubieran debido sostenerla; sabía, por consiguiente, que cedería igualmente una segunda vez, cuando estas consideraciones ya no existieran.

La carta se cerraba definitivamente con una frase con la que Annetta quería explicar y disculpar su caída: «Sabes, querido, es el amor lo que me hizo ceder tan fácilmente, no tu valor, grande, a decir verdad. Yo te amaba desde hacía mucho tiempo y tú lo sabías. Cuando me abandonaba a una caricia tuya era tan culpable como tú. Contigo cedí siempre, siempre; tú, sin embargo, no quisiste siempre lo mismo».

 

Esta carta, marcada de principio a fin por un gran afecto, conmovió a Alfonso, pero en un sentido muy diferente del que Annetta podía suponer. A sus ojos era inútil aquel esfuerzo por aparecer no resignada, sino contenta, y por hacer creer que, si no lo hubiera ya dado, estaría dispuesta a dar de nuevo el mismo paso perfectamente consciente de sí misma. No, ella había caído y actuaba como la persona que al caer busca el gesto más elegante y más digno y olvida alargar los brazos para defender la cabeza del golpe. Aquella cabecita, siempre orgullosamente erguida sobre el cuello, se había golpeado de mala manera contra el suelo, y Annetta

 

 

 

 

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renunciaba para siempre a volver a llevarla en alto. Le pareció que, en aquella carta, donde cesaba la sensualidad comenzaba el comportamiento dictado por un razonamiento de necesidad.

 

Sólo entonces comprendía por qué tras alcanzar la finalidad a que había tendido desde hacía tanto tiempo, en vez de feliz se sentía inquieto y disgustado. No era así como hubiera querido obtener la riqueza, aun resignándose a recibirla de Annetta. Recordaba que había tenido la esperanza de alcanzar el mismo fin por un camino muy diferente. ¡Annetta tenía que haberle declarado serenamente que le amaba y reconocer que no podía poner su destino en mejores manos que las suyas! Mucho tiempo antes había considerado inadmisible que su sueño se realizara y había seguido adelante arrastrado por la sensualidad, no por otros fines. De los dos, Annetta era la más culpable, porque las disculpas que él había hallado, para sí mismo no valían para ella. Desde el principio hasta el fin ella había actuado por sensualidad y por vanidad. Él había Intentado siempre ennoblecer su amor con la palabra y con los modales, mientras que ella había tolerado en él este amor sin mostrar que lo compartía. Así, él se había encontrado con un sentimiento que había acabado siendo semejante al de Annetta: cesaba cuando cesaba el deseo. Y no obstante, más que ninguna otra duda, le turbaba la compasión que le despertaba Annetta. Había sido afectada precisamente en la parte más importante de su vida, en su soberbia; y antes o después sufriría horriblemente.

 

En el banco nunca se había sentido tan infeliz como aquel día, aunque después de recibir aquella carta trabajara rápidamente y bien, como si hubiera querido aportar alguna utilidad al señor Maller para indemnizarle por la mala acción cometida en perjuicio suyo. Se lo encontró en el pasillo y se inclinó profundamente para causarle buena impresión. Por la tarde fue repentinamente invitado por Santo a ir al despacho del señor Maller. Se estremeció. Raras veces necesitaba Maller hablarle, y al ir pensó que Annetta quizá hubiera hablado antes de tiempo, dejándole indefenso ante la cólera del padre. Pero se trataba de asuntos de oficina. Se sintió tan cohibido que el señor Maller le miró con curiosidad, pensando sin duda que la literatura no estaba hecha para dar mayor desenvoltura a sus cultivadores.

 

El motivo de sus sueños futuros lo daba precisamente este susto. Se veía llamado por el señor Maller, más afligido por tener que casarle con su hija que por el deshonor de ésta. Le acogía con reprimendas e insultos que

 

 

 

 

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no cesaban ni cuando él declaraba que, aun comportándose de aquella manera, las consecuencias que se podían sacar de los hechos no eran las que el señor Maller consideraba, pues si así lo deseaba él se retiraría y renunciaría a Annetta, conservando el secreto como una tumba. ¡Ah!, poco podía hacer para disminuir la ira de Maller, a quien su culpa debía parecer enorme. Y aunque quisiera imponer sus condiciones —rechazar consentimientos arrancados a la fuerza—, no tenía ninguna libertad para hacerlo. Tenía que someterse a los deseos de aquéllos en cuyas manos estaba puesto su destino.

 

Durante el día sintió la ardiente necesidad de confiarse a alguien. Le costó mucho no hablar con Ballina, en cuyo despacho pasó la mitad del día para no sentirse tan sólo con sus pensamientos. Sentía la necesidad de oír la opinión de alguien no cegado por utopías como él, según le habían dicho a menudo. El común de los hombres pensaba quizá de modo muy diferente, y la palabra de un amigo podría aligerarle la conciencia, aunque no llevarle a festejar algo que no le iba.

 

Pero ante Ballina pudo controlarse. White abandonaba al día siguiente el banco, y habló con él quitando al hecho los nombres y detalles concretos. Le contó que un joven que conocía había cortejado a una muchacha mucho más rica que él, y que ella no quería saber nada, hasta que, presa de un momento patológico, había cedido cambiando de parecer por necesidad. El joven, ante el hecho consumado, no sabía si aprovechar su mala acción para ponerse en circunstancias que, preveía, no podían ciertamente darle la felicidad.

 

White le miró con su mirada tranquila; no acostumbrado a ofuscarse por las preocupaciones ajenas, contestó:

—Es menester conocer otros detalles. Si el joven ama a la muchacha, el asunto es bueno; si no la ama, pésimo.

Había puesto el dedo en la llaga; y así, obligado por otros, Alfonso no pudo dejar sin respuesta aquel dilema que desde la mañana le torturaba el cerebro. La había amado, pero no sabía si aún la amaba. ¿Había sucedido algo que le hubiera quitado tal afecto? No, ¡pero no la amaba! Para él, la cuestión estaba resuelta, pero no quiso decírselo a White.

—Si no la ama —continuó White—, le aconsejó que se desligue sin ninguna consideración de cualquier compromiso, pues es un asunto nada aconsejable en cualquier circunstancia. Parece mentira pero aún existen cosas en este mundo que no se pueden vender.

 

 

 

 

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Hablaba con voz grave y conmovida, pero Alfonso comprendió que esta emoción no la despertaba la cuestión que él había propuesto. White no prestaba atención; se veía que no podía concentrar todo su pensamiento en contestar a Alfonso.

 

El saludo de White fue muy afectuoso. Alfonso estaba tan predispuesto a conmoverse que sólo necesitaba una ocasión cualquiera para emocionarse hasta las lágrimas; y parecía que el otro, habitualmente tan frío, se encontrara en un estado idéntico. Le contó a Alfonso que no sabía aún con precisión a qué punto de Levante sería destinado, pero de todos modos muy muy lejos; y en aquel «muy» repetido su voz se rompía por la emoción.

Alfonso, que después de la oficina tenía aún media hora antes de la cita, le acompañó a su casa.

—¿Y la señora…? —preguntó, señalando la casa de White.

 

—Ella no me acompaña porque… no quiere.

 

Para cortar en seco respondió a la pregunta que Alfonso podía haberle hecho y cambió enseguida de conversación.

—¡Ah!, en esta ciudad he estado mucho más contento que en París, y es doloroso tener que abandonarla para ganarse el pan. ¡Oh, maldito sea l’argent! —La palabra francesa daba un aspecto de sinceridad a la imprecación—. Si puede usted esperarme bajaré enseguida y caminaremos juntos un trecho hacia la estación, donde vive una familia de quien tengo que despedirme.

Pero Alfonso no podía esperar porque tenía el tiempo justo para llegar, como era su deber, poco antes de la hora establecida.

Los dos amigos se estrecharon la mano y se miraron a los ojos por unos instantes sin palabras; White con su rostro regular muy serio, los anteojos que casi se le adherían a los ojos. Luego se separaron con paso rápido y Alfonso sintió toda la importancia de tal separación. Dos seres que habían estado cerca por casualidad, se habían conocido y apreciado y se separaban para no volver a verse más. Siempre es triste el abandono definitivo de una cosa o de una persona.

 

Estaba oscureciendo. Alfonso sentía una profunda tristeza. Ahora comprendía lo que de algún modo iba a perder por la aventura de aquella noche. White partía, y él lo sentía como si le abandonara una persona que hubiera tenido mucha importancia en su vida. Se sentía solo. ¿Qué sería

 

 

 

 

 

 

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ahora su vida, cuando, veinticuatro horas después de haberlo alcanzado, reconocía que el fin por el que había vivido no daba la felicidad?

 

Y, no obstante, aún deseaba a Annetta. Aproximándose la hora en que debía volver a verla, evocaba su hermosa figura y examinaba con curiosidad qué impresión le producía. Era deseo, pero un deseo que no le quitaba ninguna de sus repugnancias; y le pareció una nueva razón para apreciar sus propios sentimientos. Ahora podía vanagloriarse de su odio por su propia fechoría, pues, aun deseando, se decía, aun amando a Annetta, no sentía menos repugnancia por el modo en que había conquistado su afecto. Y, en su tristeza, fue presa de una conmovida compasión por Annetta, al reconocer que ella perdía mucho más que él por los hechos de que él se dolía. Creyó que este sentimiento formaba la mayor parte de su repugnancia.

 

Al llegar cerca de la plazuela echó a correr temiendo llegar con retraso. Annetta no estaba aún. De acuerdo con su carta, debían encontrarse frente a la escuela, hacia el tribunal. También aquella noche, temiendo las miradas indiscretas, no quiso quedarse quieto y recorrió dos veces con paso lento la pequeña cuesta. Cuando estaba a punto de subir de nuevo, fue llamado.

—¡Señor Alfonso!

 

Era Francesca, no Annetta. Fue a su encuentro, el rostro ligeramente ruborizado, y le saludó con su voz habitual, inalterable, que llegaba a parecer la de una máquina.

—Tengo allá arriba —y señaló hacia la villa Necker— el coche, donde podríamos hablar tranquilamente, pero prefiero caminar. Yo soy perfectamente irreconocible.

No lo era a pesar del espeso velo que le cubría el rostro, y Alfonso pensó que incluso a gran distancia hubiera reconocido aquel cuerpo grácil de movimientos masculinos enfundado en el vestido negro y suave.

—¿Y Annetta? —preguntó, acordándose de mostrar su desilusión. Ella comenzó a caminar con paso corto pero rápido hacia la villa

 

Necker, por aquella cuesta en que a él ya una vez le había faltado el aliento. Le precedía algunos pasos para hacer creer a los transeúntes que no iba en su compañía. Sólo después del tribunal le esperó y contestó a su pregunta. Annetta no podía venir y le rogaba que la disculpara; precisamente a la hora destinada para la cita, su padre, por una desdichada

 

 

 

 

 

 

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casualidad, había tenido el capricho de retenerla consigo. Le tendió un pequeño billete de Annetta, dos palabras escritas en el último momento.

 

—Lo leerá luego —dijo con impaciencia cuando él hizo gesto de querer abrirlo enseguida—; no sé qué piensa de mí —dijo sin rubores y sin titubeos—, pero me ha sido impuesto el papel de intermediaria; es lo mejor que por el bien de Annetta puedo hacer ahora. Se debe llegar lo antes posible al resultado deseado.

Este resultado deseado debía ser el matrimonio; era el único sobrentendido, y por ninguna razón era necesario.

—Annetta dice… —continuó Francesca; y desde este exordio se veía que a las comunicaciones que se le habían encargado, haría seguir sus propias consideraciones y consejos. Era evidente que Francesca había reflexionado todo lo que quería decirle, y si luego mostró sorpresa y dudas se debió a que la actitud de Alfonso fue muy diferente de la que ella hubiera podido prever.

Annetta, simplemente, le hacía repetir lo que ya le había escrito. No quería que tuviera que sufrir afrentas, quería que se alejara por algún tiempo de la ciudad a fin de que al volver encontrara todo arreglado. Lo único nuevo era que ella había tenido ocasión de hablar con Cellani y que éste sería quien le diera el permiso solicitado.

Francesca se interrumpió al percibir el mutismo de Alfonso, que interpretó con su habitual rapidez:

—¿A usted le disgusta este plan? —y con tranquila satisfacción añadió—: ¡Oh, ya lo preveía!

—¡No! ¡No me disgusta! —dijo Alfonso vacilante. Lo que más le preocupaba era el miedo a que Francesca comprendiera que no dedicaba a la cuestión el interés debido. Con voz que quiso que pareciera dolorida, añadió—: ¿Y será duro para la señorita Annetta dar los pasos de que aquí me habla?

—¿Por qué?

 

—¡Bueno, vamos! ¡Puede que tenga que oír malas palabras!

 

Se había enfurecido porque cuando se finge no hay nada más irritante que no ser comprendido enseguida.

—A Annetta no le puede importar nada una palabra dura si la recibe por una cuestión que tiene para ella una importancia enorme, ¡aunque en su caso, señor Alfonso, no parezca así!

 

 

 

 

 

 

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Su voz se prestaba muy bien a la ironía. Sentía que ella estaba muy lejos de sospechar cuánto se acercaba a la verdad con aquella recriminación, pero la ironía le ofendía igualmente.

 

—Puede usted imaginarse fácilmente qué importancia tiene para mí

 

este asunto, pero a mí no me agrada dejar aquí sola a la señorita Annetta

 

combatiendo por cuenta mía.

 

Ella le miró atentamente:

 

—¿O sea que usted no quiere irse?

 

—Yo no quiero nada, pero ¿se me permitirá, espero, expresar un gusto o un disgusto?

Ella pareció desilusionada.

 

—¿Conque…? Oiga, quiero ser franca. Yo no veo la razón por la cual usted deba alejarse. En casa Annetta es la dueña, y a la primera palabra que diga, si la dice como es debido, nadie se opondrá. No hay, pues,

afrentas que temer contra Annetta ni contra usted. —Luego, viéndole vacilante y sorprendido—: Yo no sé cómo conquistar en tan breve tiempo su confianza, pero la necesito. Usted está a punto de cometer una tontería y yo quiero impedírselo. Conque escúcheme, siga un consejo mío: no se vaya. —Le dijo que le quería, que se acordaba siempre con emoción de su pueblo, del año pasado allí y de su madre, a quien quería, todo con su voz frágil, pero calmada y fría, incapaz de fingimiento—. Así pues, tenga confianza en mí, ¡no se vaya! —Y siguió hablando. Le dijo que ella no había sufrido al saber que Annetta le amaba porque se trataba de él; pero que si Annetta se hubiera dado de aquella manera a otro, ella nunca se habría consolado porque todo había podido ocurrir por un error suyo, por no haber tenido el coraje de hacer intervenir a Maller para deshacer la intriga que ella sabía había comenzado—. Me he equivocado, pero si la consecuencia de mi error debe ser su matrimonio con Annetta, mi arrepentimiento es bien pequeño. Me toca ser premiada por un error.

 

La cuesta había terminado. Más que mirar a dónde iban, se ocupaban observándose el uno al otro. Casi instintivamente, Alfonso quería cruzar la plaza, porque siguiendo adelante había que pasar por una calle muy populosa; pero ella hizo que se desviara:

—¡El coche me espera allí!

 

—Pero ¿por qué tengo que actuar contra el deseo expreso de Annetta? —En resumen, como usted mismo ha dicho, es un deber de caballero no dejar de este modo la plaza. —Ella aceptaba un argumento que, por

 

 

 

 

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ligereza, poco antes había destruido—. Y además sería poco prudente.

 

Le aconsejaba, pues, que se quedara a fin de no poner en peligro el matrimonio que ya había dado prueba de desear vivamente. Por segunda vez le daba consejos; era, más que su cómplice, su instigadora. Él se quedó helado.

—Yo nunca me opondré a los deseos de la señorita Annetta.

 

Obedeceré con escrupulosa exactitud sus órdenes o deseos.

 

Hablaba con el tono de quien quiere cortar en seco. No daba argumentos; había decidido eso y no se preocupaba por saber a dónde llegaría con la obediencia pasiva de que hablaba.

Ella le miró estupefacta, insegura de haber oído bien. Luego habló de nuevo, y por primera vez Alfonso notó que aquella vocecilla se alteraba; seguía siendo frágil, pero se rompía por la ansiedad; y al gritar había perdido toda dulzura.

—¿Pero si siguiendo los consejos de Annetta expone a un gran peligro la felicidad que cree usted en el bolsillo? ¿Pero qué amor cree usted que ha inspirado? ¿Uno de aquellos de las damas antiguas, amores que resistían a los obstáculos y duraban tiempo indefinido? —Se rió con premeditación—. Se fía usted dejándola aquí, expuesta a los consejos del padre y de los parientes. Márchese, ya que quiere hacerlo, e incluso tarde una semana en volver. Volverá a ser el empleaducho del banco Maller y Annetta no recordará siquiera que le ha conocido. —Las palabras le habían salido compactas como un solo grito. Continuó más calmada—: Conozco a los Maller. ¿Cree usted que cuando se le explique a Annetta lo que hoy, sólo hoy, ha olvidado, le seguirá siendo fiel?

 

—¡Lo creo! —dijo tranquilamente Alfonso.

 

Durante el largo día no había pensado en esta solución, pero apenas Francesca la recordó reconoció que era la más probable y al mismo tiempo la más feliz. En efecto ¿no estaba casi seguro de que la ambición de Annetta, por breve tiempo olvidada, volvería a conquistar su puesto, que siempre había ocupado hasta entonces? Era una solución feliz, pues él, que había temido verse obligado a hacer el papel de traidor, se convertía de repente en el traicionado, y no le quedaba otra tarea que otorgar generosamente su perdón, cosa fácil y agradable.

 

—¡Entonces para usted todo está perdido! —dijo Francesca con una voz que, para dar mayor seriedad a sus palabras, volvió a ser tranquila por un instante—. Yo no entiendo por qué razones actúa así y no me preocupa

 

 

 

 

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conocerlas; si abandona la ciudad aunque sólo sea por unos días, no volverá a ver a Annetta.

 

—Debo irme si Annetta me lo ordena.

 

—Es tan evidente lo que le digo, es tan exacto, que no puedo evitar pensar que Annetta no le importa nada o que usted ha perdido de repente el entendimiento.

Hablaba a tontas y a locas sin reflexionar mucho en lo que decía, y Alfonso lo sabía; pero no por ello dejó de contestar a tales palabras, que le afectaban vivamente.

—A mí, Annetta, me importa como la luz de mis ojos —y quedó satisfecho de la frase—. Pero no quiero robar su amor; quiero que me lo dé

espontáneamente. —Luego logró encontrar el tono y la palabra justos —. Yo no sé qué hacer con un amor que puede desaparecer en un plazo de ocho días, y ahora que usted me ha hecho dudar, si Annetta no hubiera propuesto este viaje lo propondría yo.

Ella se rió con desprecio.

 

—Ha encontrado el modo de dar a su frialdad el nombre de dignidad. Acertaba de nuevo; había encontrado la palabra que más le ofendía e

insistía a ciegas en ella para darse el gusto de seguir ofendiéndole.

 

Él permaneció tranquilo e imperturbable. Sólo una vez se agitó, cuando por error, cansado de ver que la discusión continuaba en los mismos términos, declaró que ésta era inútil porque, si él no quería irse, tenía que encontrar buenas razones para convencer a Annetta. Ella, en un instante, le sugirió diez. Alfonso se conmovió porque se le ocurrió la posibilidad de verse obligado a quedarse; reconoció su error y, sin pretender refutar las razones aportadas por Francesca con una obstinación que a él mismo le recordó la característica de la gente de pocas ideas, la de los campesinos, se limitó a protestar que él haría simplemente lo que quisiera Annetta sin indagar si tenía razón para quererlo o no. Él pretendía un matrimonio de amor, se repetía para hablar más tiempo, pretendía un matrimonio de amor y no quería actuar con la astucia del interesado.

 

Ella iba, otra vez, dos pasos delante de él y parecía haber renunciado a convencerle. De repente moderó el paso. Una vez más tuvo la sospecha de que desconfiaba de ella. No era una suposición razonable, pero la sorpresa, el dolor de tener que irse sin haber obtenido lo que había creído tan fácil, la turbaban. Sin consideraciones, actuaba siguiendo sus primeros impulsos.

 

 

 

 

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Se puso a explicarle por qué participaba tanto de su destino, y su voz calmada le ocultaba la gran agitación que la llevaba a tales confesiones.

 

—Verdaderamente, le estimo a usted y a su familia —comenzó con una frialdad que hacía irónica su frase—, pero no es sólo este afecto lo que me hace actuar. Las consecuencias que para mí. se derivarán de este matrimonio son tales que de ellas depende la felicidad de mi vida. ¿Ha comprendido o cree aún que mis consejos son dados con mala fe?

 

Él ya no podía dudar; había entendido. En el delirio de la noche, Annetta le confesó que fue ella la que se opuso al matrimonio de Maller, y le dio a entender que, aceptándolo a él por marido, ya no podía persistir en su oposición. Francesca, pues, tenía el mayor interés en que ese matrimonio tuviera lugar, y se explicaba su rabia al ver que, habiendo llegado tan cerca de la meta, surgía algo nuevo, imprevisto y desatinado, que ponía en duda su victoria.

Tanto le alteró esta confesión que, una vez más, se desvió del método que seguía para defenderse: quiso convencerla de que su partida no podía suponer un peligro tan grande para su relación con Annetta. Annetta le amaba, se lo había repetido en todos los tonos, le había dado pruebas de ello. ¿Por qué, pues, ofenderla dudando de la seriedad de su afecto?

Ella fue la primera en ceder. Caminó unos diez pasos más allá del coche, cuyo cochero tenía la portezuela abierta. No respondía a los largos discursos de Alfonso y quizás no los seguía. De pronto, le miró levantando la cabeza con un movimiento rápido:

—O no ama a Annetta o tiene un miedo ridículo a su padre.

 

A él le pareció más digno no contestar.

 

Volviendo al coche, murmuró:

 

—Jamás he visto cosa semejante. —Antes de irse, se volvió y, poniendo su fría mano pequeña entre las de él, dispuesta a apretársela con la amistad que él no había sabido demostrarle, le dijo—: Sea como fuere, estoy obligada a hacer todo lo posible para ahorrarle a usted la desventura que merece. Lo siento.

Saltó al coche y ayudó al cochero vacilante a cerrar la portezuela.

 

Al fin era libre. Nadie más intentaría apartarle de su propósito; se marcharía aun sabiendo que con este paso renunciaba a Annetta; Francesca le había convencido: partir equivalía a renunciar. Se sintió tranquilo y feliz. Si lo que Francesca preveía se verificaba, quedaría liberado de todo deber y de todo remordimiento. Ella le había dicho que, abandonado por

 

 

 

 

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Annetta, volvería a ser el miserable empleaducho de la casa Maller. ¡No! Seguiría siendo superior incluso a la posición que Annetta había querido crearle, y su superioridad quedaría demostrada precisamente por su renuncia.

 

El día siguiente en el banco se sintió mejor. Trabajaba a gusto porque sabía que no le podía ocurrir nada inesperado; se sentía tranquilo, libre de los miedos que el día anterior le habían agobiado, y se sorprendió al recordar la necesidad que había sentido de confiarse a alguien para recibir un consejo o un apoyo. Ahora se sentía bien, cerrado en sí mismo con su secreto, que se le presentaba como un episodio interesante de su vida.

Cellani debía hablar con él, no él con Cellani, por lo que ni siquiera temía aquella conversación. Al ver que a mediodía no le habían llamado, tuvo sólo un temor: que Francesca, no habiendo podido convencerle de la necesidad de que se quedara, hubiera logrado convencer a Annetta de que era preferible no hacerlo partir. Se encontraba en sus manos, y tendría que recibir de Maller las reprimendas merecidas; y, lo que era mucho peor, adoptar el papel de ardiente enamorado.

A mediodía el pequeño Giacomo le avisó de que el procurador le esperaba en su despacho. Alfonso perdió un poco su calma, pues ya había dudado de que le llamaran, y las cosas inesperadas siempre le agitaban.

 

El señor Cellani estaba solo y tenía la mesa llena de papeles. Por aquella mesa pasaban todos los innumerables documentos del banco, y sólo salían de ella marcados por él; el oficio de lector de las cartas que llegaban y de las que partían debía darle un trabajo enorme.

 

Cellani era un hombre que se cohibía fácilmente, y por eso Alfonso trataba con él con mayor desenvoltura que con Maller. El procurador le preguntó primero cómo estaba, y luego, con palabras torpes, como de costumbre, en tono de broma, observó que generalmente sólo otorgaba los permisos solicitados, y que era la primera vez que se veía obligado a ofrecer uno.

En vista de que hablaba con tanta ligereza, se comprendía que no le habían puesto al corriente de la razón por la que se pedía aquel permiso. Alfonso se quedó tan tranquilo que también habló en broma, sacando al procurador de su embarazo.

—Le pido ese permiso que no puede ofrecerme.

 

—¡Otorgado! —dijo Cellani riendo—. No sé bien de qué se trata, pero me parece que a la señorita Francesca le importa muchísimo, y también un

 

 

 

 

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poco a la señorita Annetta, que me rogó que le permitiera irse inmediatamente. Estoy seguro de que no abusará del permiso y de que le volveré a ver dentro de quince días. —Le rogó que advirtiera a Sanneo y que se pusiera de acuerdo con él para el trabajo; quizá también fuera necesario que ese día trabajara más tiempo que de costumbre—. Por último, si el señor Maller le preguntara la razón de este permiso, dele algún motivo bueno que no admita objeciones. Diga, por ejemplo, que su

 

madre está muy enferma; a ella no le hará mal. —Luego se despidió de él afectuosamente—. Diviértase y hasta la vista.

Sanneo estaba aún dedicado por entero a su trabajo, inclinado sobre una hoja de papel que llenaba con su gruesa escritura murmurando las palabras que escribía. Alfonso entró y esperó respetuosamente.

—¡Dígame! —le dijo Sanneo sin levantar la cabeza.

 

Alfonso comenzó a hablar diciendo sin remordimientos que su madre estaba enferma y que el señor Cellani le había otorgado un permiso de quince días. Se dio cuenta de que Sanneo seguía escribiendo y murmurando obstinadamente lo que escribía; debía de ser una

controversia, y en su ardor —alguna cólera por cuenta del Banco Maller y Cía.— no había oído nada. Alfonso se impacientó y, cambiando de voz, concluyó:

—Me voy mañana.

 

—¿Cómo, cómo? —preguntó Sanneo sorprendido y levantando al fin la cabeza—. ¿Se va usted?

Alfonso repitió lo que ya había dicho y Sanneo puso cara de estar molesto. El asunto absorbió toda su atención y hasta dejó la pluma para apartarse enteramente de otras ideas. El día anterior le había ordenado a Alfonso ocuparse de un nuevo trabajo, el cotejo de ciertas cuentas de la liquidación que hasta entonces había hecho él mismo, después de que dejara Miceni la sección de correspondencia. Era una tarea que cada quince días le obligaba a prolongar mucho sus horas de trabajo, y después de haber decidido encajársela a Alfonso, se asustaba al ver que le caía de nuevo encima. Se había sometido a un esfuerzo para entregar el trabajo y enseñárselo a Alfonso y ahora resultaba que aquel esfuerzo no servía de nada.

 

—Si el señor Cellani le ha dado el permiso —de buena gana lo hubiera puesto en duda— es usted libre de irse. ¿Le han llamado por medio de un comunicado?

 

 

 

 

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—¡Sí! —contestó Alfonso molesto por tener que dar detalles.

 

—¡Oh! Entonces no hay nada que objetar —dijo Sanneo—, aunque en estos casos yo acostumbro a no irme inmediatamente y a esperar que me confirmen la noticia, pues a veces lo parientes se asustan demasiado pronto.

Con todo, al ver que Alfonso no respondía nada a lo que era una proposición velada, Sanneo se convirtió en el amigo cordial que se despide. Le deseó que encontrara a su madre con buena salud y, queriendo borrar el mal efecto que podían haber hecho sus vacilaciones, añadió riendo:

—Aunque encuentre a su madre en perfecto estado de salud, no renuncie al permiso obtenido. O sea que hasta hoy en quince.

Maller ya no estaba y Alfonso tuvo que volver por la tarde para despedirse de él. Lo encontró solo en su despacho, trabajando tenazmente, tomando notas en una libreta de bolsillo. Alfonso estaba a punto de decir la mentira que le había sugerido Cellani, pero Maller le interrumpió:

 

—¡Buen viaje, señor Nitti, buen viaje!

 

Alfonso salió inclinándose; estaba descontento. Le turbaba la actitud fría de Maller, aunque en aquel momento no necesitara precisamente ser amado por él y contara incluso con su decidida oposición para verse libre de sus obligaciones respecto de Annetta.

Aparte de sus colegas de la correspondencia, los únicos empleados a quienes saludó fueron Miceni y Starringer, el expedidor. Saludó también a Marlucci, pero solamente porque se lo encontró en el despacho de Miceni. El toscano se comportó fríamente dándose cuenta de la única razón por la que Alfonso se acordaba de él.

Miceni fue el que mejor se comportó. Starringer había preguntado todos los detalles: de qué enfermedad sufría la anciana, desde hacía cuánto tiempo y cómo era posible que hasta entonces él no hubiera sabido nada. Luego, demostrando que no podía ponerse en el lugar de un hijo que recibe la noticia del peligro que corre su madre, dijo:

—Feliz usted, que se va a su casa —y una sombra de tristeza pasó por su ancho rostro. ¡Ah!, pensaba sólo en sí mismo, en el permiso que había tenido el mes anterior y que le quitaba derecho a pedir otro durante dos años enteros.

Ballina, tras haberse condolido sentidamente, tuvo grandes dudas:

 

—¿El dinero para el viaje se lo anticipa el señor Maller?

 

 

 

 

 

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Miceni, que por lo visto conocía mejor el mundo, le deseó con gran seriedad que encontrara a su madre con buena salud. Después le libró de tener que saludar a los demás empleados prometiéndole que le disculparía ante ellos. Alfonso le explicó el frío recibimiento que le había hecho Maller y Miceni le tranquilizó explicándole las causas del mal humor del jefe.

 

—Es un hombre que tiene muchas preocupaciones y precisamente ahora está afligido por una desgracia de familia y por un accidente financiero.

Se trataba de la locura de Fumigi y de la próxima, inevitable, bancarrota de su casa. Le contó que, por afecto a su sobrino, Maller había tenido que endosarse la liquidación de su casa, y que sólo después de haberla asumido se había dado cuenta de que era pasiva debido a especulaciones equivocadas realizadas por Fumigi en los dos últimos meses. Miceni decía que la causa del desastre había sido el debilitamiento de las cualidades intelectuales de Fumigi. En cuanto a la causa de la enfermedad, suponía que había que buscarla en su exagerada actividad.

—Sé que este verano trabajaba diez horas al día en la oficina y luego más en casa, en ciertos problemas de matemáticas. Su débil organismo no soportó el esfuerzo.

Alfonso pensó que él conocía mejor la causa de la enfermedad. Debía haberla producido el dolor del rechazo de Annetta. Comprendió que si a Fumigi le hubiera tocado su suerte hubiera gozado de ella mucho más que él, y una vez más sintió remordimientos por no saber aprovechar su buena fortuna.

Le molestaba mucho tener que encontrar una mentira para explicar a los Lanucci su imprevista partida. No quiso decir que se iba por la enfermedad de su madre porque le hubieran pedido demasiados detalles.

—¡Me marcho! —dijo dirigiéndose a la señora Lanucci, a quien encontró sentada a la mesa con el viejo. Lucía, a la hora de cenar iba siempre de paseo con Gralli.

—¿Cuánto tiempo permanecerá ausente? —preguntó el viejo levantando la nariz del plato muy asustado.

—Quince días —le dijo rápidamente Alfonso para tranquilizarle. Había entendido el motivo del susto—. Parto por un asunto… —no se había resuelto aún por uno u otro de los muchos motivos que podía aducir, ninguno de los cuales sería tan verosímil que lo creyeran sin vacilaciones.

 

 

 

 

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Recordó entonces que mucho tiempo atrás su madre le había escrito que deseaba vender la casa—. Venderemos nuestra casa, que para mamá es demasiado grande y demasiado apartada del pueblo.

El viejo dejó de comer una vez más y se enderezó los anteojos, señal segura de que quería hablar de negocios:

—¡Y usted se marcha por eso! ¡Deja el empleo durante quince días! ¿Y si no bastan?

Alfonso contestó que el señor Maller le concedía con gusto el permiso y que él no perdía nada con esta ausencia; pero Lanucci no se dio tan pronto por vencido. Le reprochó que quisiera ocuparse sólo de un negocio de tal importancia, siendo además demasiado joven para saber hacer contratos.

—El notario Mascotti me ayudará —contestó secamente Alfonso. Entre los muchos oficios de Lanucci estaba también el de corredor de

casas. Le propuso a Alfonso que, sin necesidad de marcharse, le hiciera la descripción de la casa y le indicase el precio para buscar un comprador en la ciudad.

Alfonso no aceptó y se rió al pensar que corría el riesgo de vender la casa sin querer hacerlo, y que además no conseguiría con ello explicar su partida.

Por la noche la Lanucci le ayudó a preparar las cosas que debía llevar consigo. Durante esta operación, moviéndose por el cuarto con ropa interior en las manos e inclinada sobre el baúl, esforzándose por cerrarlo, le habló de la felicidad que esperaba a Lucía. Aquel día Gralli había ido a casa de los Lanucci tres veces, una de ellas por unos minutos, pues su trabajo no le permitía más. Había hecho una hora de camino sólo por ver el amado rostro. En aquel momento estaban allí al lado, en el comedor, charlando.

—¿Quién sabe de qué? —preguntó la Lanucci, levantando los ojos de la cerradura del baúl, que intentaba cerrar. Y echándose con todo su peso sobre el baúl, añadió riendo—: Hablan de algo que yo ya he olvidado y que usted no conoce aún.

Antes de acostarse Alfonso fue al comedor, donde encontró a Lucía medio tendida sobre el sofá y a Gralli sentado en el suelo, a la turca, admirándola. Aun después de haber visto a Alfonso, ella se quedó en la misma posición; Gralli levantó con un esfuerzo su figurilla nerviosa.

 

 

 

 

 

 

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—¿Se va usted mañana? ¡Buen viaje! —le dijo Lucía; y sin moverse, con gesto señorial le tendió la mano.

 

Desde que estaba prometida había perdido no sólo el pudor, porque se lo habían ordenado, sino el respeto por Alfonso, esto como consecuencia de su propio razonamiento. Se había humillado al principio durante tanto tiempo dejándose maltratar, y renunciando luego a vengarse, que ahora quería hacerle sentir que era independiente, que no esperaba nada de él y que no le amaba. Le desairaba con la especial intención de hacerle olvidar que en otro tiempo su comportamiento podía haberle hecho suponer que le amaba. Teniendo Alfonso mil cosas en la cabeza, no había percibido siquiera los esfuerzos que Lucía hacía para ofenderle; y aquella noche, cuando notó su frialdad, pensó que tenía razón.

Eran las diez dadas cuando Santo le llevó otra carta de Annetta. Le comunicaba que Francesca le había hecho dudar de la oportunidad de su viaje. Le dejaba en libertad de hacer lo que prefiriera; ella seguía deseando que no recibiera ninguna ofensa. Por otra parte, ya no veía la posibilidad de que se quedara después de haber recibido el permiso del banco para irse. En caso de que partiera, le saludaba afligida por no haber podido volver a verlo.

Antes de responder no tuvo dudas. Quería marcharse y no le parecía que las dudas que Francesca había despertado en Annetta merecieran su atención. ¡Si la misma Annetta seguía siendo más bien de la opinión de que debía irse!

Escribió la contestación con Santo junto a la mesa y conservando sereno el rostro con esfuerzo para que no se diera cuenta de que se trataba de algo muy distinto de la respuesta a un encargo. Tuvo que cubrir su carta con una hoja porque vio que Santo se había puesto en pie con toda tranquilidad y leía por encima de su hombro. Al verse descubierto, Santo no se turbó y se sentó sonriendo:

—No miraba la carta.

 

Alfonso, franco, sin remordimientos, había puesto al comenzar la carta el encabezamiento «Querida esposa». Y luego: «¡Partiré!». La exclamación parecía de una persona que se dirigiera al sacrificio. Partía, pues, aunque, en virtud de la recompensa que le esperaba, ningún exceso

de su padre, «que con razón me odia» —¡cuánta indiferencia objetiva había en esta frase!—, le parecería ofensivo, no quería que estos excesos le hicieran sufrir a ella, por quien tendría que soportarlos.

 

 

 

 

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Creyó poder sentirse satisfecho de este par de frases, pero al releer la carta de Annetta tuvo que reconocer que, simplemente, se había olvidado de contestarla. Annetta, en efecto, le comunicaba que le dejaba libre de irse o no, y él le contestaba que se iba sin gran disgusto, puesto que ella se lo imponía. Se dio cuenta luego de que debía haber contestado a aquella carta con mayor cuidado y habilidad. Su repuesta conseguiría que acabaran considerándole tonto o indiferente a pesar de las frases melodramáticas; además, no tenía ninguna finalidad o la tenía errónea. Si Annetta aún se ocupaba de estudiar sus cartas, con su inteligencia comprendería fácilmente que Alfonso fingía sin tomarse siquiera la molestia de hacerlo con habilidad. Este hecho tenía que haberle desagradado mucho, pues había intentado, y esperado conseguir, que le consideraran a él el traicionado; pero su indiferencia era tal que pronto se consoló. Annetta no dedicaría mucho tiempo a estudiar aquella nota.

 

Le despertó el viejo Lanucci, que quiso acompañarle a la estación. Lanucci se levantaba siempre a aquella hora, y, por lo que él mismo contaba, dormía muy pocas de las horas que pasaba en la cama.

Debía ser aproximadamente la misma hora en que, dos noches atrás, había salido de la habitación de Annetta, y la claridad triste de la aurora, las calles desiertas en que resonaban sus pasos, le recordaban el paseo que dio para volver a su casa asombrado no de su aventura, sino de sus propias y extrañas sensaciones. Era justo que un paseo recordara el otro; éste era la consecuencia de aquél. El cielo no prometía un buen día. Una nube negra pesaba sobre la ciudad y el aire tibio auguraba el siroco.

El viejo Lanucci iba aconsejándole cómo vender la casa. Primero debía fingir que no tenía prisa y que no había ido al pueblo expresamente con ese fin, porque le estrangularían; había que divulgar con habilidad el rumor de que quería vender la casa. Al primer comprador había que hacerle creer que se escuchaba su oferta sólo por curiosidad. Luego, según la oferta, había que fingir que uno se dejaba seducir por ella para negociar o bien hacer entender que con tal oferta no se podía ni empezar a hablar, pero que mejorada encontraría una acogida diferente. Todo con aspecto de persona que no pedía favores, sino que los otorgaba.

Pero Alfonso no escuchaba aquel vano parloteo. Al cruzar la calle Dei Forni miró a la casa de los Maller, oscura como todas las demás y triste a la luz indecisa de la aurora, con el cielo nublado. En la calle gris, vacía, conservaba su aspecto señorial por ser de sólo dos pisos, con las ventanas

 

 

 

 

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más anchas y con algún intento de ornamento; por lo demás, carecía de gracia. Él huía de la tempestad que estaba a punto de estallar; y, sintiéndose más contento que nunca de poder alejarse, quiso disculpar su propio egoísmo, y lo hizo con una razón dictada por el egoísmo en persona: no valía la pena sufrir por algo que no se deseaba.

 

No siguió razonando y dejó de sentir la necesidad de disculparse cuando se encontró solo en el vagón de tercera clase, sin tener que ver la cara triste del viejo Lanucci. ¡Al fin era libre! Sólo por quince días, durante los cuales no quería ni recordar la ciudad en que tanto había sufrido. Quería olvidar sus propias acciones, poco honestas, y las desdichas propias y ajenas. Escapaba de Annetta, aquella muchacha que se había entregado con una curiosidad de adolescente y que le perseguía con su amor ficticio; pero respiraba también por salir de aquel ambiente de malas personas o de desdichados en que se había visto obligado a vivir. Francesca, que se había entregado a Maller por ser rico y que, simuladora astuta, ocultaba bajo su aspecto sumiso una voluntad férrea, una inteligente actividad intrigante con la que intentaba medrar; aquella triste casa de los Lanucci, donde tan mal se sentía rodeado de incomodidades, junto a aquella muchacha que amaba a quien le habían dicho que, por su interés, debía amar. ¡Oh, gente triste y desdichada! Le parecía que, al correr el tren por el terraplén, le llevaba hacia arriba, a un punto desde donde podía juzgar a todas las personas que corrían tras metas tontas o inaccesibles. Y desde allí se pregustó: «¿Por qué no viven más tranquilos?».

 

Se asomó a la ventanilla. La ciudad, con sus casas blancas a la orilla, parecía haber sido dispuesta en semicírculo, abrazando el mar, por una ola gigantesca. Era gris y triste; se cernía sobre ella una nube cada vez más densa, que parecía producida por ella misma; la niebla parecía su única vida. Allí dentro, en aquel panal, la gente corría tras el dinero; y Alfonso, que por haber conocido allí la vida creía que ésta sólo allí era así, respiró aliviado al alejarse de la niebla.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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XVI

 

 

 

En la agitación de los últimos días se había olvidado por completo de que su viaje no sólo le proporcionaba el gusto de escapar de los lugares odiados, sino también la felicidad de volver a ver su aldehuela.

 

La evocó olvidando rápidamente toda amargura. Sentía una purísima alegría ante la idea del placer inesperado que depararía a su madre.

El pueblo era un grupo de casas arrojado en un rincón del inmenso y verde valle que el tren cruzaba diagonalmente. La estación estaba situada a un tiro de fusil del pueblo. Era una casona de guardavía elevada a la dignidad de estación como consecuencia de la petición hecha por el diputado de la región. Antes había que dejar el tren en la estación anterior e ir al pueblo en carretera. «¡Pobres pero felices!», pensó Alfonso recordando la alegría que reinó en el pueblo cuando obtuvo su estación. ¡Y el hermoso camino que se hizo para unir la nueva estación al pueblo! Tan recta como en el mapa y tan ancha que simultáneamente podían circular por ella tres carros.

Estando la casa de los Nitti tan lejos de la estación como el mismo pueblo, quiso el padre de Alfonso tener también un camino más corto para llegar a ella, y con este fin había arreglado un caminillo ya existente que iba más allá de los campos de su casa y que volvía a unirse, aproximadamente a medio camino, con la carretera municipal. Por lo que Alfonso recordaba, su padre debía de haber vivido también en centros populosos; y no obstante, con qué sencillez se alegró también él de que aquélla callejuela fuera denominada en el pueblo: «Calle Nitti».

Alfonso recordaba la existencia de aquélla callejuela, que debía llevarlo más pronto hasta los brazos de su madre.

Ante la casona, apoyado en un grueso bastón, asistía al paso del tren el notario Mascotti. Estaba vestido con una chaqueta de terciopelo negro, pantalones claros y botas altísimas. Bajo y grueso pero algo encorvado por

 

 

 

 

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la edad, con la cara oscurecida por el sol y rodeada de una barba corta y gris, era una figura de soldado, pero de soldado retirado.

 

—¿Ya está usted aquí? —le preguntó sorprendido a Alfonso.

 

Alfonso, también sorprendido, preguntó:

 

—¿Me esperaba usted?

 

—¡No! ¡No! —dijo el notario, llevándose lentamente el índice a los orificios de la nariz, donde hurgó hasta la altura del ojo. Por el gesto, que recordaba, Alfonso comprendió que el notario reflexionaba intensamente. Con naturalidad que incluso engañó a Alfonso, añadió—: Me sorprende verle; ¡eso es todo! No le esperaba.

Bajaron del terraplén a la carretera pasando junto a la casona habitada por el guardavía y su familia: la mujer y dos hijos semidesnudos que miraban a Alfonso con ojos desorbitados, como si hubiera llovido del cielo. Uno de los niños, de seis años, vestido con una camisa y con calzones que le llegaban a las rodillas, tenía en brazos al otro, a lo más de dos años, vestido sólo con una camisa sujeta al cuerpo por una faja de la que colgaba otra blusa. Una mezcla de miembros delgados y oscuros, pues el que todavía no sabía andar también tenía la piel ennegrecida por el sol.

Alfonso no comprendió de inmediato lo extraño del comportamiento de Mascotti porque, entregado a gustar las primeras sensaciones de volver a ver el pueblo, no tenía tiempo para observarle.

 

El otoño ya había despojado el valle, que, desnudo, traicionaba la proximidad de la región pedregosa. El campo no tenía el color moreno de la tierra fértil, húmeda; era blanquecino por la presencia de la piedra blanca que, kilómetros más allá, predominaba. En los campos más cercanos se veían piedras pequeñas mezcladas con la tierra, conservadas a fin de que el viento boreal, que también allí arreciaba, no se llevara la tierra suelta; algún peñasco mayor estaba afianzado sólidamente e interrumpía la regularidad del surco o impedía el desarrollo de algún árbol, débil y de copa pobre.

Las casas del pueblo apenas eran visibles entre la ligera niebla que cubría el valle. La calle en que se alzaba la casa de los Nitti aparecía como una franja brillante cuya prolongación se convertía en la calle principal del pueblo. El paisaje no le sorprendía en modo alguno; lo recordaba en sus mínimos detalles. Del otro lado del pueblo veía blanquear la punta del cerro de piedras, una cúpula regular, sin casas y sin vegetación y a su derecha un pequeño bosque de pinos jóvenes plantado para luchar contra

 

 

 

 

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la plaga de piedras. Pero desde que él se marchara el bosquecillo había hecho pocos progresos.

 

Sólo una cosa le sorprendió: creía que su casa estaba más cerca del pueblo; en su deseo de que su madre estuviera menos lejos de éste, la había cambiado de lugar, y ahora la buscaba donde no estaba. Verdaderamente, estaba muy lejos, perdida entre los campos, solitaria, aunque el viejo Nitti, al ser aquélla la zona más fértil del valle, había tenido la esperanza de que aumentara su población.

 

Alfonso, impaciente, aceleraba el paso. Ya veía un lado de la casa, de ladrillo. La fachada daba hacia el pueblo y era la única parte que tenía ventanas que merecieran tal nombre; los postigos tenían dos agujeros, hechos por el viejo médico en persona, para facilitar la ventilación. Llegó a la callejuela que llevaba directamente a la casa. Debía ser poco frecuentada, pues en parte se confundía con los campos y nunca se destacaba claramente.

Mascotti, que había callado largo rato, después de haber esperado en vano que se le interrogara, habló:

—¡Dése cuenta de que tengo sesenta y cinco años, y si corre tanto no podré llegar a su casa con usted! —se apoyó en un árbol para descansar. Luego, con aspecto indiferente y muy ocupado en mirar el sombrerón de felpa blanco que se había quitado de la cabeza, dijo—: ¡Su madre no está del todo bien!

Alfonso le miró atentamente y titubeando. ¿Era sincero el aspecto indiferente de Mascotti? Preguntó emocionado:

—¿Qué tiene?

 

—Alguna cosilla en el corazón, por lo que dice el médico no late

 

regularmente —contestó Mascotti, que creía haber encontrado la forma más suave de definir la grave enfermedad.

—Usted me esperaba en la estación; ¿me han mandado un telegrama?

 

—preguntó Alfonso, que recordó la sorpresa de Mascotti al verle. —Sí, pero gracias al cielo…

Alfonso sólo oyó el sí:

 

—Nos veremos en casa —y, con la maleta en una mano y el bastón en la otra, echó a correr sin hacer caso de Mascotti, que le siguió durante un trecho gritando alguna palabra que él no entendió.

La inesperada noticia le había hecho latir rápidamente el corazón. Debía ser muy grave si se habían visto obligados a llamarle con tanta

 

 

 

 

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prisa. Pronto se cansó por la carrera y la emoción, pero siguió corriendo pensando que parte de la vida de su madre dependía del resultado de ese esfuerzo suyo.

 

Mientras corría se le pusieron los pelos de punta, pensando que tal vez corría a abrazar un cadáver; ¿no podía ser ésta la noticia que Mascotti había querido darle gritando tras él?

¡Oh!, había olvidado desde hacía mucho tiempo a aquella pobre mujer que moría. Hacía tres semanas que ella no le escribía; y él, dedicado por entero a rondar tras las faldas de Annetta, ni siquiera se había dado cuenta. ¿No debía haber comprendido que sólo un grave impedimento podía haber interrumpido el envío, habitualmente tan regular, de sus cartitas?

 

Había llegado al huerto que había ante la casa. Una vieja alta y robusta recogía hortalizas.

—¿Qué desea? —le preguntó irguiéndose.

 

Era una cara enteramente nueva para él. La piel de aquel rostro, que sólo por carecer de vello indicaba que pertenecía a una mujer, estaba apergaminada por el sol, y toda su expresión se concentraba en unos ojillos negros, vivaces, de ratón, enmarcados en aquella madera.

 

—¿Cómo está mi madre? —preguntó Alfonso impaciente.

 

—¡Oh, el señor Alfonso! Ha hecho bien en venir —dijo con lentitud la vieja, y fue hacia él—. Dice el señor doctor que la señora está mejor.

 

¿Estaba mejor cuando él la creía muerta? De todos modos se le concedía tiempo para besarla y demostrarle el inmenso afecto que llenaba su corazón. Las circunstancias le trataban mejor de lo que merecía.

—¡Entre! ¡Entre! —le dijo la vieja, que miraba con apego sus hortalizas.

La invitó a pasar antes a fin de preparar a la enferma. Luego, al ver que titubeaba, le explicó que primero debía decirle que había llegado alguien; a continuación, alguien a quien le sorprendería mucho ver, y, finalmente, alguien a quien le agradaría ver: su hijo.

Entró con ella en la casa. Las dos únicas habitaciones que los Nitti habían ocupado en aquella casa relativamente grande estaban situadas en la planta baja. Eran las únicas que tenían suficiente luz; y el intento del difunto doctor de habituarse a una tercera, para utilizarla como habitación de estudio, fue vano. Le faltaba luz y era demasiado amplia para que el viejo médico, con sus pocos muebles y su miserable biblioteca, no se

 

 

 

 

 

 

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sintiera demasiado solo; la habitación fue destinada a biblioteca, pero el doctor dejó de estudiar.

 

En la habitación situada a la entrada sólo había un camastro en un rincón; cuando Alfonso la ocupaba estaba todo lo llena que era posible en las condiciones de la familia Nitti. En las paredes habían colgado los pocos cuadros que poseían y muchas reproducciones de cuadros famosos, sobre todo de Horace Vernet: camellos de cuerpo enorme y fisonomías tranquilas, animales pacientes y más simpáticos que los hombres que los llevaban.

La otra habitación había pertenecido al matrimonio Nitti. Estaba atestada de viejos muebles enormes de madera sencilla que quedaban bien en aquel gran cuarto y lo hacían habitable. Entre las dos ventanas había un reloj moderno de péndulo, el último objeto que Nitti llevara a su casa. Durante la enfermedad del viejo médico, la familia había comido en aquella habitación para hacerle compañía, y en el centro habían colocado la mesa, que aún debía de estar allí, según la señora Carolina le había escrito a Alfonso.

La tristeza de que fue presa en aquella primera habitación, en donde esperaba que le avisaran, y que reconocía a pesar de no haber en ella ningún objeto que avivara sus recuerdos, no estaba causada sólo por encontrar a su madre enferma. Sentía que la desgracia a que estaba a punto de asistir era una de las mayores de su vida. ¡Ya lo había sido, y grande, la muerte de su padre! Desde que bajara del tren se sentía en aquellos lugares, el pueblo, la casa, aquella primera habitación, acompañado por el recuerdo de su padre. ¡Qué hermosa juventud le había proporcionado! ¡Cuán tranquila y protegida! Debía haber pasado malos momentos, de los cuales él nada había sabido ni durante su primera juventud, en el pueblo, ni más tarde en la ciudad, donde el viejo Nitti había intentado en vano hacerse una clientela ¡Cuánta bondad y cuánta resignación! El viejo nunca se había quejado y las experiencias del padre no habían robado las ilusiones al hijo. «¡Es justo! —le había dicho un día a Alfonso, que en unas vacaciones había llegado a casa con unas notas escolares espléndidas—, la fortuna que yo no he tenido la tendrás tú». Y Alfonso lo había creído porque veía que sus padres, ancianos y con experiencia, así lo creían.

 

La madre le llamó con un grito en el que reconoció la emoción de la alegría y la debilidad de la enfermedad.

 

 

 

 

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Quiso echarse en sus brazos, pero, una vez en la habitación, se encontró en la más profunda oscuridad y no tuvo valor para seguir adelante.

 

Se sintió asido ásperamente de un brazo y llevado hacia la izquierda. Comprendió que su madre se encontraba en aquella cama, desde donde le preguntó balbuceando:

—¿Eres tú, Alfonso?

 

—¿Estás mejor, mamá?

 

—Sí, sí, mucho mejor. Abre la ventana para que le vea, Giuseppina. La vieja abrió de par en par la ventana más alejada del lecho y en la

 

penumbra reconoció el rostro de su madre, que le pareció poco cambiado. Yacía boca arriba, sin mirarle, y murmuraba palabras en voz baja. Se asustó creyéndola febril y la llamó.

—Soy piadosa —dijo ella sacudiéndose—; no esperaba volver a verte y doy las gracias a quien ha hecho que llegues tan pronto —y lo atrajo hacia sí sonriendo.

Conocía esa voz y ese modo de actuar. La gravedad y la seriedad, tan dispuestas a fundirse en la dulzura y en la broma. Y, una vez más, volvió a ver la fisonomía de su padre, que pensaba y hablaba precisamente de ese modo, a punto de sonreír cuando su rostro manifestaba gran seriedad y sus palabras sonaban patéticamente conmovidas. Tras tantos años de vida en común ella había asimilado sus maneras.

Giuseppina abrió de par en par la otra ventana, de un solo golpe y ruidosamente.

Ni siquiera entonces percibió Alfonso cuánto había cambiado la fisonomía de su madre. La besó en la frente, casi tranquilizado.

—Tienes un aspecto floreciente.

 

—Estoy gorda, ¿eh?

 

Giuseppina intervino sin contemplaciones con su voz poco agradable, baja.

—¡Claro que sí! Yo siempre digo que tiene un aspecto floreciente y que el doctor, que la hace seguir en cama, es un burro.

La señora Carolina había atraído a Alfonso de nuevo hacia sí y le pasaba la mano por el cabello oscuro.

—Tú te has puesto aún más guapo, cosa que Rosina seguramente no hubiera creído posible —le dijo mirándole con atención—. Hemos hecho

 

 

 

 

 

 

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mal separándonos. Ahora estaría igual, pero habría vivido mejor hasta este momento.

 

Alfonso había comprendido qué daba a su madre un aspecto tan floreciente. Estaba hinchada, una mejilla mucho más que la otra; y sobre esta hinchazón se había reproducido la trama de la burda tela y de alguna costura irregular de la almohada. Su cara, que había sido oval, tendía a redondearse. Los cabellos blancos que le quedaban formaban una corona en torno de un rostro que parecía infantil.

Ella comprendió la impresión dolorosa que le había producido aquella hinchazón y quiso atenuarla.

—¡Oh, aquí no me duele! —y con un dedo se tocó con desprecio la mejilla.

Produjo en ella una cavidad lívida, que quedó tras haber retirado el dedo. Aquello no era nada, le explicó, y no le hacía sufrir. Sufría mucho por los pulmones, no tenía suficiente aire. Era probable que muriera. Encontrándose tan cerca de la muerte iba estudiando su misterio.

 

Él intentó convencerla de que se engañaba, cosa que, ante una noción tan imperfecta de la enfermedad, debía resultarle fácil; pero no podía aplicar toda su inteligencia a engañarla. Ella se moría; esto era doloroso, no que ella lo supiera. Había comprendido que no había remedio. Siguió informándose sobre otros síntomas, siempre con la esperanza de descubrir indicios benignos. En vano; era un organismo que iba destruyéndose. Desde hacía años padecía trastornos en los cuales un ojo experto hubiera reconocido la enfermedad orgánica que los ocasionaba. Incluso cuando se dio cuenta de que tenía hinchazones en los pies no acudió al médico, un poco por ignorancia y mucho por recelo y economía. Cuando al fin le consultó la obligó a guardar cama; no se había vuelto a levantar diciendo que así se sentía mejor y que le repugnaba vestirse por tener que verse el cuerpo desfigurado. Ya no podía moverse. Lo que no había hecho la enfermedad lo consumaron la inercia y la falta de aire puro. En aquella habitación se sofocaba. Cuando se abrieron las ventanas, llegó hasta Alfonso un soplo del aire exterior, balsámico en comparación con el del cuarto.

 

—Ya que está usted aquí puedo volver a la huerta. Si me necesitan, basta que golpeen en la ventana —dijo Giuseppina, y salió.

 

—¿Es la enfermera? —preguntó Alfonso—. ¿Y habitualmente te deja sola, como te he encontrado hace poco?

 

 

 

 

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La madre le explicó que la tenía en casa desde hacía un mes para que la sustituyera en las pequeñas tareas que a pesar de todo, había que cumplir.

 

—Así le saqué de la más triste miseria. ¡Me parecía tan buena y cuidadosa!

Notó aquel imperfecto, que indicaba un presente en el que su opinión sobre Giuseppina debía haber cambiado; y era tan evidente que en torno de su madre reinaba una incuria y una indiferencia grandes, sin proporción con la gravedad del mal de que moría, que, incapaz de contenerse, estalló en sollozos.

Ella comprendió por qué lloraba, e inmediatamente, con lágrimas en los ojos también ella, le abrazó, apretándole para agradecer su manifestación de afecto, a que estaba poco acostumbrada.

—Ahora estás tú y no necesito a nadie más.

 

Para tranquilizarla, quiso dar otra razón al estallido de su dolor y se lamentó de que no le hubieran avisado antes, porque habría llevado consigo algún buen médico de la ciudad que la hubiera curado antes ahorrándole muchos sufrimientos. Pero sus palabras sólo lograron emocionarla más. Lloraba, y su pobre cuerpo, a medias inanimado, permanecía inmóvil como si estuviera clavado; sólo la cabeza se plegaba sobre la almohada para acercarse a él.

Asustado por la emoción que le había provocado le aseguró que se curaría muy pronto con la ayuda del médico que quería llamar aquel mismo día. Por otra parte, incapaz de resignarse a aquella situación desesperada, pues tenía pocas esperanzas, quería rogarle a Prarchi que viniera a cuidarla.

Pero ella tenía la cabeza más firme que su hijo. Le prohibió que hiciera venir a otros médicos, pues le bastaba con el que iba a verla. Quería morir en paz; y, tomando entre las suyas una mano de Alfonso, se la llevó a la mejilla para apoyar en ella la cabeza; con un esfuerzo inmenso, se echó sobre un costado. Luego lloró sosegadamente, sin sollozos, ocultándose los ojos con una mano.

Estaba realmente acabada. ¿Qué milagro podía sanar aquel cuerpo, que al moverse se le había revelado informe? Puesto que ya no era posible salvarla, intentó distraerla. Como si lo considerara importante, le preguntó qué medicinas le habían dado.

 

 

 

 

 

 

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—Tendría que tomar ésa —le contestó ella—, pero no lo hago porque me hace daño. Después de tomarla, además de la dificultad para respirar, me dan mareos… y a veces hasta convulsiones.

No tenía aún los ojos libres. Aún tenía lágrimas en los ojos, cuando levantó la cabeza con vivacidad y, con malicia sonriente, le preguntó:

 

—¿Pronto serás director? ¿Cómo te va en el banco?

 

Entonces entró el notario y dijo que estaba cansado por la carrera a que Alfonso le había obligado. Pero el buen hombre tenía la respiración tranquila y en su frente ceñuda y baja no había huella de sudor.

 

Reprendió ásperamente a Alfonso por haber hecho llorar a la señora Carolina.

—Usted es inteligente y debiera comprender que puede hacerle daño. —He llorado yo, no ha sido él quien me ha hecho llorar —dijo la

señora Carolina.

 

Pero Mascotti no la oía y repetía las mismas frases, quizá contento de poder mostrar su celo, mientras Alfonso sufría al oírle en aquel cuarto hablar sin consideración, como si estuviera en la calle.

Con una decisión de la que no la consideraba capaz, la señora Carolina manifestó en voz alta, para interrumpir aquel vocerío, que estaba muy bien, y oprimió la mano izquierda de Alfonso; bajo su cabeza seguía teniendo la derecha.

Alfonso hubiera deseado desahogarse con Mascotti, reprocharle que no le hubiera advertido antes, hacerle comprender que no estaba satisfecho por el modo en que había sido tratada la pobre enferma, pero por el momento no podía. Experimentó cierta satisfacción al ver que el mismo Mascotti debía sentirse culpable, puesto que intentaba disculparse. Sin que nadie le interrogara acerca del motivo que le había inducido a dejar que Alfonso ignorara la enfermedad de la señora Carolina, dijo que, sabiendo que estaba en buenas manos, le había parecido inútil avisarle; y repitió esta frase como si quisiera hacer callar a alguien que hubiera afirmado lo contrario. Él iba a visitarla todos los días, con mucho gusto, por supuesto, y la Giuseppina, que él le había llevado, era una buena enfermera.

 

Esto, aunque fuera cierto, a Alfonso le pareció tan poca cosa que no pudo contenerse, y le recriminó ante su madre:

—¡Debía haberme avisado! —y le miró con indignación para hacerle entender que tenía otros reproches más graves que hacerle.

 

 

 

 

 

 

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—¿Y su carrera? —preguntó Mascotti—. Yo, como tutor suyo, debía cuidarme de que no la interrumpiera.

 

La señora Carolina no había hecho caso de esta conversación:

 

—Ahora entiendo —y parecía haberlo estudiado largamente en silencio—; ahora entiendo por qué tienes un aspecto tan cambiado. Te vistes de manera completamente distinta. Te has puesto a la moda.— Rió contenta al descubrir en su hijo la apariencia de un señor. Admiró, detalle tras detalle, desde el cuello duro hasta el corte de los pantalones, interrumpiendo así la discusión entre Mascotti y Alfonso. «Pero yo no abandono esta discusión», pensó Alfonso, que hubiera querido encontrar alguien en quien vengarse.

Poco después llegó el doctor Frontini, un joven bien parecido y vestido con esmero, con el rostro oval, regular, demasiado regular, y un espeso bigote de color oscuro con algún resplandor dorado. Fue cortés con la enfermera, pero, y esto le despertó un sentimiento de antipatía por el doctor, Alfonso comprendió que ella le temía. Aseguró que había tomado la poción dos veces aquel día, cuando a él le había confesado que desde la noche anterior no la había tocado.

Como Alfonso supo más tarde, el doctor Frontini era un joven que se había estrenado en una gran ciudad, donde, quizá por falta de apoyos, no había sabido conquistarse una clientela suficiente; y habiendo aceptado el puesto miserable de médico municipal, se creía un desplazado y no amaba a sus clientes.

Después de declarar que notaba cierta mejoría en el estado de la enferma y de recomendar que tomara con regularidad la medicina, se marchó.

Alfonso corrió tras él y lo alcanzó en el huerto. Quería oír su opinión franca.

El doctor Frontini dijo que la enfermedad era sumamente grave, pero no excluía la posibilidad de que el corazón recobrara su actividad regular; esto ocurría a menudo. Había observado una inmensa angustia en el rostro de Alfonso y había añadido la segunda frase por compasión. Viendo que el médico le miraba con atención, con su habitual rapidez de percepción Alfonso comprendió que el diagnóstico había sido modificado para tranquilizarle. No pudo quejarse de ello. Conocía tan bien como el médico la gravedad de la enfermedad y el juicio de éste no podía tranquilizarlo, pero por la consideración que el doctor le manifestaba pensó que se había

 

 

 

 

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engañado al juzgarlo. Por lo menos en aquel instante, el doctor Frontini tenía interés por la enferma. Era quizá un beneficio para la señora Carolina producido por la llegada de Alfonso, puesto que la vida de una persona parece ser preciosa, sobre todo, por el valor que otra persona le da.

 

Alfonso pasó el resto del día junto al lecho de su madre. Sufría por no poder ir al pueblo a saludar a sus amigos y a ver de nuevo algún lugar de su querido nido, a satisfacer su vieja ilusión. Pero no pudo alejarse.

Volvió a entrar en la habitación, y la señora Carolina pronto expresó el deseo de dormir; se le cerraban los ojos de sueño. Él se echó en la cama del padre mirándola adormecerse. Pero dormir era una tarea más difícil de lo que ella misma parecía suponer. Cuando estaba a punto de coger el sueño, con un sobresalto violento volvía en sí. A veces el sobresalto era tan violento que agitaba los brazos como si perdiera el equilibrio.

—¡No puedo! —suspiró; y, resignada, le rogó que le hablara para que se le pasara el sueño que no podía satisfacer.

Él se levantó rápidamente y se sentó junto a su cama. En vez de hablarle de otra cosa como ella hubiera querido, intentó convencerla de que probara a dormir de nuevo. Ella cerró los ojos para complacerle y él se quedó quieto, mirándola. Cuando, por un movimiento casi imperceptible del brazo, comprendió que estaba a punto de despertarse con el habitual sobresalto, incapaz de ser espectador pasivo, tomó una mano y con la suya la apretó sólidamente. Al ver que la enferma se tranquilizaba, le tomó también la otra. Sorprendido y feliz vio que se dormía con un sueño tranquilo, restaurador; pero incluso en el sueño, si él moderaba la presión de sus manos, ella parecía menos segura.

 

Aún podía aportarle, pues, algún beneficio; esto le produjo tanta alegría que por algún tiempo olvidó el desagradable pronóstico del médico y su propia desesperación. ¡Desde hacía mucho tiempo no experimentaba un gozo tan intenso y tan puro! Pensó con desprecio en los dolores que había sufrido en la ciudad. ¿Qué importancia podía darles en comparación con los sentimientos por los que se sentía invadido junto al lecho de la pobre mujer moribunda? Gozaba meditando en las palabras de Francesca, las cuales le habían hecho creer que abandonando la ciudad cortaría definitivamente su relación con Annetta. Ahora, ante aquel lecho, no sentía remordimientos ni añoranzas. Su indiferencia daba el mismo aspecto incoloro tanto a su amor por Annetta como a la repugnancia que había sentido por ella. Toda la aventura carecía de importancia, y si la

 

 

 

 

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tenía era sólo porque, casualmente, le había llevado a su puesto, junto a su madre.

 

En las largas horas que pasó allí, inmóvil, reflexionó una vez más sobre los motivos que le habían inducido a dejar a Annetta; pero, como siempre, su razonamiento no era más que un sentimiento disfrazado. Su repugnancia por Annetta, se decía, era explicable; es más, era natural. No había nada en común entre él y aquella mujercilla que había llegado a conocer como si se hubiera enterado de todos sus actos, todas sus palabras, todos los pensamientos que había tenido desde que naciera. Cuando hablaba mostraba, más que nada, el deseo de gustar; cuando escribía era vana, y vana y sensual cuando amaba. Hacía comparaciones entre ella y la pobre mujer cuyo sueño guardaba. Aun en ese estado la señora Carolina evidenciaba cuánto había amado a su marido, y de qué modo: tan humildemente, que todavía conservaba el recuerdo vivo de él, los gestos, los modales que inconscientemente imitaba, hasta algo de su fisonomía. Para él hubiera sido una tortura vivir junto a Annetta. Le hubiera hecho rico creyéndose con derecho a tenerlo por esclavo; la vanidad y la sensualidad que la habían arrojado a sus brazos podían hacerla caer también en los de otros.

 

—¿Te has cansado mucho? —preguntó la señora Carolina abriendo los ojos ya casi de noche. En la débil claridad del crepúsculo aquellos ojos brillaban sonrientes. Desde hacía mucho tiempo no había dormido tan bien; y al decirlo besó con gratitud las manos de Alfonso, que entonces pudo retirarlas.

—¡Quién sabe, quizá podré vivir aún! —debía sentirse mucho mejor para hablar así, y no hacía falta más para darle a Alfonso grandes esperanzas. La besó largamente en la frente y le dijo que pasarían juntos la vida que les quedaba; identificaba su situación con la de su madre para dar fuerza a sus ilusiones. Pero ella no tenía grandes esperanzas. Dijo que ya no esperaba poder correr, saltar, quizá ni salir de casa; pero aunque fuera en cama, quería vivir.

Cenó con él, que la miraba estático, asombrado al ver despertarse en ella el deseo y la capacidad de vivir. No quiso ver en el hambre que de improviso se había despertado en su madre más que la natural reacción de un organismo debilitado que quiere recuperarse; pero la prisa con que tragaba la poca comida que lograba tomar denotaba más bien el deseo de hacerse ilusiones, la prisa por aprovechar ventajosamente la tregua que se

 

 

 

 

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le concedía. Pronto, con repulsión, quiso que se le retirara todo. Se tendió en el lecho y fue difícil entender si verdaderamente le satisfacía poder decir:

 

—Hace mucho tiempo que no comía tanto.

 

Giuseppina anunció la visita del médico, lo que estremeció a la señora Nitti. Asombrada y molesta, dijo que era la primera vez que iba a verla dos veces en un día. Alfonso le preguntó riendo si quería reprocharle que aquel día fuera dos veces o que los otros fuera sólo una. Ella respondió con desprecio que no entendía su enfermedad y que mejor sería que no fuera en absoluto.

Luego aguantó su presencia sin preocuparse por ocultar que su visita la molestaba. Él se mostraba solícito y daba consejos, pero como respuesta recibía sólo monosílabos, dándose cuenta de que sus consejos se aceptaban con silencios interrumpidos por alguna exclamación poco entusiasta.

 

—Sí… sí… si le parece probaré también eso.

 

Alfonso intentó reparar los fallos de su madre dando las respuestas que el médico esperaba de la enferma, pero comprendió por el aspecto pálido de éste, por su embarazo, por la interrupción de la visita, que no lo había logrado. Asustado por la cólera que creía se encerraba bajo su afectada frialdad, corrió tras él y, con franqueza, que consideraba la mejor política, le preguntó si se había enfadado por la actitud de su madre. Esperó la respuesta con verdadera ansiedad. No habiendo otros médicos en los alrededores, necesitaba tenerlo contento. El joven médico cometió un error al vacilar un instante, y luego otro mayor al decir con desprecio, alisándose suavemente con una mano los grandes bigotes:

—¡Oh! ¡Estos viejos, especialmente cuando están enfermos, pierden la cabeza! —Y no añadió más ni respondió a la promesa de Alfonso de hacer guardar a su madre respeto a quien lo merecía. El joven médico se sentía ofendido y quería que se notara.

De vuelta con la señora Carolina, Alfonso quiso convencerla de que el doctor Frontini merecía ser mejor tratado.

—Claro que sí, claro que sí —contestó ella molesta—. Lo trataré mejor, pero no dos veces al día. —E inmediatamente se olvidó del médico.

No tenía ganas de dormir y pasaron la mitad de la noche haciendo planes para el futuro. Ella se iría a vivir con él a la ciudad. Para engatusarla de modo que tuviera más ilusiones, haciéndole creer en la sinceridad de sus esperanzas describió la vida en la ciudad tratando incluso

 

 

 

 

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de embellecerla. Tuvo que contarle buena parte de sus propias aventuras, y, puesto que la más importante era la que se refería a Annetta, no pudo omitirla. Habló de su amistad con el viejo Maller y con Macario y de cómo pasaba las noches escribiendo la novela con Annetta. De esta Annetta que enseguida hizo sospechar a la señora Nitti, dijo que era muy fea y que además estaba prometida a un primo suyo; no se podía encontrar mejor tono de indiferencia.

 

En la ciudad vivirían felices y cómodos porque lo que sacaran de la venta de la casa y del huerto les ayudaría. No irían a casa de los Lanucci, gente demasiado triste. Estarían solos porque querían vivir contentos. Tal vez ninguno de los dos tuviera esperanzas sinceras, pero sonaba como una hermosa música. Las palabras no parecían desatinadas. ¿Por qué no podría ella, abandonando aquellos lugares, dejar allí la enfermedad?

Muy pronto volvieron a la triste realidad. Durante un cuarto de hora la señora Carolina logró ocultar que se sentía mal. A las preguntas de Alfonso, que había percibido su inquietud, ella respondía que, aunque agitada, estaba bien. Además, quiso reaccionar. Oprimía la mano de Alfonso como si buscara alivio en aquel apretón y mantenía los ojos cerrados diciendo que quería dormir. Pero esta resistencia duró poco y, con un grito de dolor, se incorporó para sentarse.

 

—¡No puedo más! —murmuró sordamente. Su respiración era frecuente y breve—. Hasta aquí —dijo señalando un punto del pecho—; el aire no llega más allá. —Sólo por esta expresión comprendió él lo que sentía.

La ayudó a levantarse de la cama y a sentarse en un sillón cómodo en donde el viejo Nitti había pasado muchas horas de ocio al aire libre y que ahora estaba junto a la cama, destinado precisamente a recibir a la enferma en sus horas peores. La tapó mientras ella, lívida, cubierta por un sudor frío, dejaba caer la cabeza sobre el respaldo; aparentemente, no veía lo que él hacía. De vez en cuando daba un grito con la voz alterada o, con sumo esfuerzo, exhalaba alguna palabra de queja o imprecación.

No tenía voz para hablarle, pero sí para quejarse. En dos ocasiones no entendió qué le pedía. Quería aire, quería que abriera la ventana; y, cuando al fin le entendió, como titubeara por temor al frío, exasperada y con una mirada de resentimiento ella murmuró:

—La abriré yo.

 

No lo hizo porque no logró levantarse del sillón.

 

 

 

 

 

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Por la ventana, que al fin abrió de par en par, entraba ahora abundante aire. A pesar de su mortal agitación, él sentía cómo entraba, benéfico, en aquellos pulmones sedientos. Su respiración continuó siendo apresurada y superficial.

 

Él recordó que podría necesitar a Giuseppina. Corrió a la habitación contigua y la encontró durmiendo, tapada con las mantas hasta la barbilla. La llamó en voz alta pero fue inútil; e, impaciente, tuvo que sacudirla por un brazo.

—¿Qué pasa? —murmuró; y se veía que, medio despierta, luchaba por seguir durmiendo, pues intentaba sustraerse a la mano que la había aferrado y se encogía contra la pared.

—Mamá está mal. Levántese y encienda el fuego.

 

—¡Pero si no vale para nada! Hay que dejar que pase solo.

 

Sin duda estaba ya despierta, pero utilizaba la poca claridad de pensamiento que aún tenía para demostrarle que haría bien dejándola en su cama.

—¡Levántese! —repitió imperiosamente Alfonso; y tuvo que acudir corriendo a un grito de su madre.

La señora Carolina había vuelto sola al lecho y apretaba el rostro contra la almohada. Le rogó que cerrara la ventana porque quizá el calor le haría bien y poco después se la hizo abrir de nuevo, sorprendida de no obtener ningún alivio con tantas variaciones.

—He hecho encender el fuego. ¿Quieres un té? A lo mejor te calma. —Sí, sí —exclamó con alegría, como si le hubieran propuesto ponerse

bien.

 

Giuseppina seguía en la cama y se había vuelto a dormir. Furibundo, le tiró con violencia del brazo, que colgaba fuera de la cama; era lo único que habría obedecido a la primera llamada. Irritada, y por consiguiente bien despierta, Giuseppina se puso a rezongar que era una vergüenza que después de un día de tanto trabajo no se le dejara dormir. Pero luego se asustó.

—¿Está loco? —preguntó a media voz, viéndole andar por el cuarto y tirarle sus enaguas hechas un ovillo.

—Levántese inmediatamente y haga un té —le gritó furioso—, si no, la echo fuera de casa.

Ella se dispuso a levantarse sin murmurar.

 

 

 

 

 

 

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La dolorosa aflicción de su madre había disminuido; tenía aún la respiración acelerada, pero ya no se quejaba. Un poco de sangre había vuelto a colorearle el rostro. Así, boca arriba, con los brazos inertes, parecía que durmiera. Teniendo cuidado de no hacer ruido, cerró la ventana. Cuando llegó Giuseppina con el té, quiso impedirle que fuera a la cama, pero la señora Carolina la llamó. Bebió más cucharadas de té sin abrir los ojos y Giuseppina, al verla calmada, dijo agriamente:

 

—¡Pues no era tan grave!

 

—¡Salga! —gritó Alfonso, indignado al verla tan indiferente.

 

—¿Por qué te enfadas tanto? —preguntó la señora Carolina cuando Giuseppina hubo salido—. ¡Claro, no sirve! ¡No entiende nada!

 

Sufría por la estupidez e indiferencia de que estaba rodeada.

 

Durante media hora no se movió, pero cuando él esperaba que ya se hubiera dormido, la oyó hablar. Más bien pensaba en voz alta.

—¡No decía nada! —contestó a la pregunta que él le hizo. Pero luego, sin que él preguntara más, añadió—: Pensaba qué tontería es hacer planes para el futuro estando en tales condiciones.

Trató de darle ánimos y, careciendo de mejores argumentos, habló de la medicina que le había prescrito el médico. Ésta le daría la salud, y, en vista de que no la había tomado regularmente, como era debido, era menester intentarlo. Él mismo se convenció con sus propias palabras. En efecto, el principal de sus deberes, el que los demás habían descuidado, era convencerla de que siguiera el tratamiento. Si aún era posible salvarla, sólo así se conseguiría.

Le dio una cucharada de la poción sin que ella hubiera asentido aún.

 

Encogiéndose de hombros, se dejó convencer.

 

Una hora después estaba mejor.

 

—Sí, sí —dijo ella para calmar el entusiasmo de Alfonso—, también el mes pasado la medicina me hizo bien la primera vez que la tomé, pero luego sólo me hizo daño.

Se tendió vestido sobre el lecho del padre y se propuso no dormir. El sueño le venció y cuando despertó ya clareaba.

—¿Cómo estás? —le preguntó a su madre, que había estado mirándole dormir.

—¡Mejor, mejor! —contestó ella con una sonrisa de gratitud—; he tomado otra cucharada de la medicina y me siento bastante aliviada.

 

 

 

 

 

 

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Luego le preguntó si no tenía ganas de ver el pueblo y de saludar a sus viejos amigos. Le aseguró que podía quedarse sola durante una o dos horas.

 

Recomendó a Giuseppina, a quien encontró ya trabajando en el huerto, que cuidara de su madre, y ella se lo prometió. Le habló suavemente. Asustada sólo por verlo, la campesina se apresuró a contarle que estaba recogiendo verduras para la comida. No era una holgazana, pero prefería trabajar la tierra a servir a una enferma, y la culpa era de quien la había destinado a enfermera.

Uno de los lados de la casa, cosa extraña, daba a la carretera principal, uniéndola a ésta un sendero formado por el paso de los viandantes.

El campo estaba aún blanco por la escarcha, que el sol otoñal no había podido derretir. Desde allí el pueblo parecía mucho más insignificante; parecía formado por dos simples filas de casas. Una curva de la carretera principal ocultaba la parte menos regular pero más poblada. Por el lado del valle había una calle paralela a la principal y la mitad de larga que ésta; y adosado a ella, un montón desordenado de casuchas sucias, donde habitaba la parte más pobre de la población. En su pequeñez, el pueblo tenía, en embrión, todas las partes de la ciudad.

 

Alfonso se agitó y apresuró el paso al ver en la ventana la cabeza negra de Rosina, su primer amor. Ya no la amaba, de eso estaba seguro, pero ¡qué dulce y gozoso sentimiento volver a verla!

Era una jovencita que servía a la vieja pariente con quien vivía, pero tenía tan poco que hacer en casa que vivía como una señorita, mejor que cualquier otra muchacha del pueblo. Alfonso bailó con ella en una fiesta y la había elegido sobre todo por encontrarla muy guapa y porque, por su cultura y su manera de vestir, le parecía superior a las demás. Luego se había consolidado entre ellos una buena amistad, que se manifestaba en sus conversaciones diarias, ella a la ventana y él en la calle. Alguna noche hablaron deteniéndose un poco más allá de la casa, es decir, fuera del pueblo, pero ni en la total oscuridad se había arriesgado él a besarle la mano. Le había hecho elogios exagerados de su belleza, pero tampoco le había dicho que la amara. Su ideal no se veía realizado en Rosina, y por aquel entonces aún no había renunciado a encontrarlo. Nunca había tenido, pues, intención de ir más adelante; pero en el pueblo se dijo, y la señora Carolina se lo contó por escrito a Alfonso, que Rosina había sentido gran desilusión por su partida.

 

 

 

 

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Se acercó, asombrado de que ella no le hubiera reconocido enseguida. —Señorita, ¿no me reconoce?

 

—¡Oh! ¡El señor Alfonso! —dijo Rosina con tranquila sorpresa; e hizo una ligera inclinación, vacilante quizá porque aún no le había reconocido o porque no se había decidido todavía a reconocerlo.

—¿Ni siquiera me da la mano?

 

—¡Aquí la tiene!

 

Pero no se la dio antes de asomarse por la ventana y mirar a derecha e izquierda para asegurarse de que nadie la veía.

—¿Cómo está la señora Carolina? —le preguntó, retirando la mano que, por unos breves momentos, había dejado inerte en la de Alfonso.

 

—¡Oh! ¡Mal, mal! —dijo Alfonso, extrañamente conmovido ante sus ojos negros, su cabello liso sobre las sienes y recogido en moños sobre las orejas. Sus imperfecciones en el hablar y en el vestir le conferían una frialdad que hacía más deseable la sonrisa amistosa que en otro tiempo le había prodigado.

—¿Se queda aquí ahora?

 

—¡No! —contestó Alfonso—; sólo mientras mamá no pueda moverse por su enfermedad; luego nos estableceremos en la ciudad.

—Yo estoy prometida —dijo ella con sencillez.

 

Puesto que nadie le había pedido esta información, era evidente que lo decía para advertirle de lo poco que le importaba que se hubiera ido del pueblo.

Él casi se olvidó preguntar quién sería el feliz marido.

 

—Gianni.

 

Gianni era el hijo de Creglingi, el tendero. Un buen mozo que cuidaba de la administración de los campos de su padre, y que nunca había querido dejar la tienda en que había hecho el dinero. Rosina tenía muy buena suerte, desde luego mejor que si se hubiera casado con Alfonso.

—¡Mi enhorabuena! —dijo Alfonso ya demasiado tarde para que se pudiera considerar sincera.

—Muchos saludos a la señora Carolina —dijo de improviso Rosina; y se retiró sin más.

Enseguida comprendió la razón de tal fuga. Desde la esquina de la calle se adelantaba el notario Mascotti acompañado por Faldelli, el propietario de una de las dos fondas que había en el lugar. Era un viejo vestido sórdidamente cuyas ropas colgaban de los enjutos miembros.

 

 

 

 

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Debía tener frío, pues llevaba las manos encogidas en las mangas de la chaqueta.

 

Le saludaron y él se acercó. Faldelli levantó un brazo sacando la mano fuera de la manga y estrechó con un apretón fuerte pero breve la de Alfonso; luego metió de nuevo la mano en la manga. No era amable, y cuando Mascotti preguntó a Alfonso cómo estaba su madre, él se hizo a un lado y miró a su alrededor distraído.

La cortés pregunta de Mascotti hizo pensar a Alfonso que aquélla era la ocasión de reprocharle su poco cuidado con la señora Carolina.

Muy serio, empezó a explicar la triste noche pasada y el susto que había tenido; y enseguida, con acento de gran amargura e ira, habló de la manera que se había comportado Giuseppina, a quien había sido confiada la vida de su madre.

Sin duda, Mascotti ya había entendido que quería echarle un sermón.

 

Resuelto y simplón, dijo:

 

—¡Eh! En este mundo todos somos algo haraganes. Giuseppina se lo habrá tomado con tranquilidad al ver que estaba usted allí. ¡No hacen falta cuatro para estar junto a un enfermo!

El día anterior no se había defendido así, y Alfonso quedó sorprendido. Lo veía decidido y, evidentemente, preparado, puesto que había entendido y rechazado el ataque rápidamente. No negaba que alrededor de la señora Carolina hubiera habido poco cuidado, pero trataba el asunto como cosa de poca importancia. Era el albacea, pero ¿significaba eso que debía ocuparse de la salud de la señora Carolina? Alfonso temió que, si le decía alguna palabra dura de las que había pensado en su ira contra Giuseppina durante la noche, Mascotti le contestara brutalmente. Por ello prefirió callar.

 

El notario le comunicó que Faldelli había ahorrado y que tenía intención de comprar terrenos. Parecía que a esta información debieran seguir otras de mayor importancia para Alfonso. Faldelli le interrumpió para saludarles. Le dijo a Mascotti, apretándole la mano:

—¡No hay prisa, señor notario!

 

Y se encaminó con paso presuroso hacia su fonda, situada frente a la tienda de Creglingi, en la placita triangular.

—Está usted dando un paseo para volver a ver su pueblo nativo —dijo Mascotti con buen humor—. Le acompaño con la condición de que no eche a correr.

 

 

 

 

 

 

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Aludía bromeando al momento en que Alfonso perdió la cabeza ante la noticia del estado en que se encontraba su madre.

 

La calle principal, casa por casa, estaba exactamente igual, con sus colores inmutables que ya no podían decolorarse más, los mismos letreros, algunas ventanas siempre cerradas, otras siempre abiertas. A Alfonso el pueblo le parecía tan viejo como un objeto de museo, que sólo se toca para los trabajos necesarios a fin de conservarlo tal como es. Toda la actividad de los habitantes se volcaba fuera del pueblo, sobre los campos.

 

Sólo una casa había cambiado, aumentando en un piso; y por el costado se distinguía la construcción nueva de la vieja por el color ennegrecido de la cal que cubría esta última. Vivía en ella el panadero; pero la casa seguía llamándose en el pueblo casa Carli, nombre de la familia que antes la había poseído.

A Alfonso le resultó fácil quitar con el pensamiento todo lo superpuesto y volver a verla más pequeña, negra, triste casa desdichada en donde habían muerto en unos pocos días todos los miembros de la familia Carli menos uno: dos muchachos con quienes Alfonso había jugado; una muchacha de tres lustros y el padre, buen amigo del viejo Nitti; esmerado, vestido siempre con una chaqueta tan blanca que no se distinguía en ella la harina de que estaba espolvoreada. Alfonso recordaba todos los detalles de aquella desgracia, que en su juventud le había dejado una huella indeleble. Frente a todos aquellos organismos sanos y fuertes, inútilmente destruidos o creados, él había tenido las primeras dudas.

Una noche el viejo Nitti había vuelto a casa más tarde que de costumbre y había contado que Guido Carli, el más joven de los hijos, había caído enfermo de tifus tan violentamente que el doctor suponía que no resistiría. El día anterior Alfonso había hablado con el muchacho, que ahora estaba moribundo. Los Nitti vivían enfrente de los Carli y Alfonso fue a la ventana varias veces durante la noche para ver la casa oscura con una sola habitación iluminada, aquélla en que se luchaba con la muerte.

Pocos días después el muchacho murió; y cuando Alfonso meditaba en las señales de afecto que daría al amigo sobreviviente para consolarle de la pérdida de su hermano y consolarse a sí mismo, supo que también éste, la hermana y el padre habían caído enfermos del mismo mal. Cada día salía un ataúd de la casa; el primero con el cadáver de la muchacha, el segundo con el padre; y la casa permanecía muda, indiferente, como si fueran sacando de ella una mercancía cualquiera.

 

 

 

 

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Cuando ya no hubo ninguna cabecera a la cual velar, tras la salida del féretro del último hijo, se abrió al fin una ventana y apareció en ella sostenida por dos hombres que Alfonso nunca había visto, la madre, gritando que quería saltar por la ventana para reunirse con los suyos. Era una mujer todavía joven. Rogaba que la dejaran y parecía asombrarse de que la detuvieran. A Alfonso también le pareció odiosa la violencia de aquellos dos hombres que le impedían morir.

 

La casa fue puesta en venta, pero a causa de la desgracia nadie quería comprarla y acabaron vendiéndosela, por un preció miserable, a Selini, que acababa de establecerse en el pueblo. Tampoco la señora Carolina quiso comprarla, aunque los Nitti hubieran hecho un buen negocio comprando aquella casa, en vez de vivir en su casona, tan distante del pueblo.

Al pasar ante ella también el notario debió recordar el contrato de venta que en su día hiciera para aquel edificio, pues, cosa que hizo pensar a Alfonso en la semejanza que había entre ambos casos, le dijo ingenuamente:

—Faldelli me dijo que de buena gana compraría vuestra casa.

 

—¡No está en venta! —dijo secamente.

 

—¿Y qué hará usted con ella?

 

La ordinariez del notario le hizo comprender a Alfonso que su larga estancia entre los campesinos le había influido más que sus estudios universitarios.

—Pero ¿y mamá?

 

El notario se vio conducido a un orden de ideas muy distinto, notándose la sorpresa que le producía que aún se considerara viva a la señora Carolina. Se resignó a un comportamiento acorde con tal supuesto.

—Su madre me dijo que tenía intención de irse a vivir con usted. —Lo pensaré —dijo Alfonso con tristeza. La noche pasada junto a la

 

madre le había quitado toda esperanza y las palabras de Mascotti habían hecho que su pensamiento contemplara las conclusiones que debía sacar de aquel estado de cosas. En efecto, cuando se quedara solo ¿qué haría con la casa?

—¿Vive aún la vieja Doritti?

 

Aquella mujercilla singular, laboriosa, siempre ligada en otros tiempos al trabajo del campo o de la casa, donde lo hacía todo con tal de no tener que pedir ayuda de fuera, tanto que en el pueblo se decía que incluso

 

 

 

 

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incubaba los huevos junto con las gallinas para tener antes los pollitos, le vino a Alfonso a la memoria al ver una casita de colores desteñidos con el verdusco de las ventanas y el gris sucio de las paredes descascarillados aquí y allá. Decían que la casucha no se caía por no saber hacia qué lado hacerlo, pero en realidad tenía cimientos sólidos, lo cual contrastaba con las demás.

 

En aquella casa el viejo Doritti, marido de la anciana, tuvo durante muchos años una tienda de comestibles en la planta baja; y, por lo que se decía, había hecho mucho dinero. Llegó Creglingi y, con su tienda, en el centro del pueblo y mejor provista, le había quitado los clientes. Al principio Doritti no podía creer que se permitiera que le arruinaran de ese modo; fuera de sí por la cólera, reñía con medio pueblo, con Creglingi y con los clientes a quienes sorprendía a punto de traicionarle, es decir, haciendo compras en la tienda de su competidor, junto a la cual se apostaba a menudo para sorprenderlos. Luego se tranquilizó. Esperó sin impaciencia a que los dos o tres clientes que le quedaban consumieran las últimas provisiones de su tienda y cerró la puerta, retirando el letrero. Luego los dos viejos vivieron todavía algunos años sin tratarse con nadie, pues odiaban a todos los habitantes del pueblo por la ofensa que se les había hecho. El viejo había muerto sin que le asistiera el médico, y desde entonces la Doritti sólo salía de casa el domingo para ir a misa, vestida con un traje de seda negra con bordados también negros, ringorrangos que daban a la tela aspecto de ser muy pesada. Siendo aquél un día de labor, indudablemente estaría detrás de alguna ventana haciendo media o hilando. Era una viejecilla como su casa: pequeña y encorvada pero vigorosa.

 

Alfonso se había olvidado de aquellos dos tipos, y al recordarlos se sorprendió como quien encuentra algo nuevo.

A pesar de todo, aquellos dos viejos habrían vivido felices.

 

Al salir del pueblo por esa parte, había aún un quilómetro de vegetación verde y luego, enseguida, la colina de piedras que anunciaba la «Sajonia», como era llamada en el pueblo la zona pedregosa.

El cementerio estaba detrás del pueblo, ya en lo alto. Era alegre, fresco, de color verde intenso apenas interrumpido por unas cuantas lápidas blancas. Allí los muertos dormían muy cerca de los vivos y la muerte parecía una separación menos grande.

 

 

 

 

 

 

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Mascotti quiso ir con él a ver cómo estaba su madre; pero luego, en la puerta de la casa se detuvo:

 

—Me entristece demasiado —afirmó. Cuando Alfonso iba a decirle que su madre estaba mal, al verlo trastornado exclamó—: ¡Pobre muchacho! —A pesar de su emoción, se fue dando saltitos para calentarse, y al llegar a la calle principal subió con un salto de mocetón.

 

La señora Carolina, en efecto, estaba mal. Alfonso se reprochó haberla dejado sola durante una hora entera.

Al sentirse aliviada después de tomar la medicina, que Alfonso le dio, atribuyó su mejoría a ésta; y, según las prescripciones médicas, tomó otra cucharada a la media hora. Le asaltó el malestar que ya conocía, muy diferente del que había sufrido durante la noche pero no menos doloroso. Era un cansancio enorme; tenía la sensación de que cada uno de sus órganos se resistía a vivir. Sentía la frente llena de sudor, como cuando le daban los accesos de su enfermedad cardíaca, pero los ojos, en vez de semiapagados, estaban brillantes, dilatados por la angustia. No pudo darle explicaciones a Alfonso, pero sus palabras de consuelo la hicieron llorar:

—¡La maldita medicina! —murmuró, olvidando los beneficios que le había proporcionado.

Fue un día pésimo, como pésima había sido la noche. No llegó a decir que se sentía mejor de su nuevo mal, pues hacia la tarde volvió a apoderarse de ella la ansiedad, que le duró casi toda la noche.

Desde entonces ya no tuvo ni siquiera mejorías pasajeras. Cuanto más empeoraba la enferma, más deseaba la vida; y era fácil convencerla de que tomara la medicina que, según el médico, era lo único que podía revitalizarla. Era un continuo sufrir, por la enfermedad o por el tratamiento. Otra señal de su mayor apego a la vida era su actitud hacia el doctor Frontini, que se había vuelto más cortés. Su sufrimiento era tal que había quebrantado todas sus resistencias, haciéndole olvidar sus antipatías. Le habían dicho que la salvación vendría de la mano del doctor Frontini, y ella lo creía.

El doctor iba más a menudo y se quedaba horas enteras hablando con Alfonso, más que de la enfermedad de la señora Carolina, de otras cosas. No había podido mostrar su ciencia sobre aquélla e intentaba mostrarla hablando de otros asuntos. A Alfonso le gustaba ver que se quedaba largo rato en el cuarto de la enferma, pues si durante ese tiempo la señora

 

 

 

 

 

 

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Carolina se sentía peor, aunque Frontini pudiera ayudar poco o nada, él se sentía más tranquilo.

 

Mascotti venía a menudo, pero se detenía en la puerta; le gritaba alguna palabra de aliento, pero no entraba. La enferma percibió su repugnancia por entrar y le preguntó a Alfonso:

—¿Huelo tan mal que me evita de ese modo?

 

La atmósfera de aquella habitación se había ido haciendo cada vez más pesada, e incluso Alfonso se sentía aliviado cuando podía pasar media hora al aire libre. No se podía ventilar el cuarto, pues, tras una nevada, en pocos días la temperatura había bajado sensiblemente, tanto que los vidrios de las ventanas estaban cubiertos de los caprichosos ramajes del hielo. Aunque sintiera que le faltaba la respiración, la enferma ya no pedía que le abrieran las ventanas, pues una vez que esperó alivio del aire exterior faltó poco para que aquel frío cortante la matara.

La vida que él llevaba en aquella habitación era muy extraña, ocupado todo el día en convencer a la enferma de que su mal no era grave o intentando aliviárselo. Un día era tan semejante a otro que no podría decir desde hacía cuánto tiempo se encontraba en el pueblo. ¡Estaba tan lejana la época de sus amores con Annetta!

Un día, Marco, el cartero, llevó dos cartas. Una, por lo que dijo Marco, que en sus largas caminatas por los alrededores se divertía haciendo estudios sobre la letra de las direcciones, debía ser de mujer. Al recibirlas, Alfonso experimentó un sentimiento desagradable. ¡No tenían todos su impresión de que hubiera pasado tanto tiempo que los acontecimientos y personas hubieran sido olvidados!

 

La otra era de hombre, con la caligrafía característica de Sanneo pero firmada por Cellani. Una verdadera carta del banco Maller y Cía. en cuanto a su contenido. Con la forma fría y mesurada en que el banco acostumbraba comunicar a sus clientes asuntos de negocios, se le anunciaba que, por el telegrama firmado «Mascotti» y dirigido a él, la dirección había sabido la gravedad de la enfermedad de su madre; y por ello, espontáneamente, prorrogaba el permiso que se le había concedido de quince días a un mes. La forma burocrática del escrito, firmado por Cellani con el signo que usaba para los avisos a contabilidad, no sorprendió a Alfonso. Agradeció el mes de permiso y, enseguida, llevó la carta a la señora Carolina; ésta, encontrándose en un momento de desesperación, murmuró oscuramente:

 

 

 

 

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—¡Un mes bastará!

 

La otra carta era de Francesca.

 

«Lo que yo preveía ha sucedido o está a punto de suceder. No sé con precisión a qué punto han llegado los tratos entre padre e hija, pero estos tratos son diarios; y prueba de que están ya bastante adelantados es el hecho de que Annetta no me dice nada. Supongo que, en su interior, está ya de acuerdo con su padre; pero como hasta hace pocos días ella era todavía sinceramente suya, tal vez se avergüenza de haberle olvidado del todo.

»Inmediatamente después de su partida habló largamente con el señor Maller, quien, por lo que me dijo Santo, que estuvo escuchando, gritó mucho, tanto que Annetta lloró, creo que por primera vez en su vida. Luego, viendo que ella no abría la boca ante mí, la miré con un aire de reproche que me costó gran esfuerzo, como me cuesta gran esfuerzo todo lo que hago en beneficio de usted. Annetta me dijo que seguía amándole, pero que tendría que luchar mucho con su padre para que éste condescendiera a aprobar su unión. Me pidió que le escribiera rogándole que buscara un pretexto cualquiera para permanecer más tiempo en su pueblo.

»Tenga en cuenta, Alfonso, que es un mal indicio que no quiera escribirle directamente. Acepté el encargo y no le escribí nada con la esperanza de verle aparecer inesperadamente hoy, que se ha cumplido su permiso; lo sé bien porque conté los días. ¡Pero no ha llegado! A su primer error va añadiendo otros, hasta que todo se eche a perder. Le escribo para hacerle una última advertencia. Quizá partiendo inmediatamente llegue todavía a tiempo, pues aún no se ha perdido nada. Annetta duda, luchando entre el deseo de complacer a su padre, que ahora llora y suplica, y el amor por usted, porque ha de saber usted que le ha amado. Ahora no puedo garantizar nada, y a su llegada podría recibir la noticia de que está prometida a Macario. No sé si esta carta alcanzará la finalidad con que ha sido escrita. Hice por usted más de lo que era mi deber. Si a pesar de esta advertencia duda en partir, será totalmente inútil que responda o escriba a Annetta. No espero de usted palabras, disculpas inútiles. No le servirían de nada. Sólo su presencia aquí puede salvarle, salvarnos».

 

Esto, que ella llamaba una advertencia, se parecía mucho a una petición de ayuda, cosa que le turbó. No podía, por supuesto, ni pensar en dejar el pueblo abandonando a su madre moribunda, de modo que quedaba

 

 

 

 

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a salvo de cualquier duda; y por mucho que Francesca advirtiera y gritara, él no podía escucharla. Pero era muy triste que, con un acto que a él le había parecido natural y necesario, pero que cualquier otro hombre consideraría desatinado, se hubiera interpuesto en los enérgicos propósitos de Francesca. Él había sido un estorbo, cuando ella había esperado encontrar en él un aliado en su lucha; lucha en que su victoria era deseable aunque sólo fuera en nombre de la honestidad y la justicia. Maller la había seducido y era más que justo que se casara con ella. Era el único remordimiento que tenía Alfonso. Más que a Annetta, se reprochaba haber traicionado a Francesca.

 

Estuvo alrededor de una hora junto al lecho de su madre, absorto en sus pensamientos.

—¿Te da mucho que pensar esa carta? —preguntó la señora Carolina, que lo observaba desde hacía un buen rato.

Hablaba poco porque le costaba esfuerzo, y las pocas palabras que decía las pronunciaba mucho después de haberlas pensado. Quizá desde el momento en que él se abandonó a sus reflexiones, ella había estado observando su rostro.

Él se estremeció.

 

—No —contestó—; es un amigo que me cuenta cosas que no me hacen gracia.

No preguntó más. Le costaba un gran esfuerzo prestar atención a las cosas externas, y era fácil engañarla.

La carta de Francesca le traía, por otra parte, una buena noticia. Tal como había previsto ella, su partida de la ciudad equivalía a renunciar a Annetta. Ahora estaba seguro: el abandonado sería él, y ese papel le gustaba mucho más que el de traidor. Intuía que Annetta, por su parte, no habría soportado ser abandonada, y que estaría más satisfecha si fuera ella la que le dejaba. En consecuencia, no tenía remordimientos en lo que a ella se refería.

Al ponerse a escribir la respuesta a Francesca, aunque ella no se la pidiera, comprendió que la dificultad principal para conseguir no atraerse su odio era persuadirla de la gravedad del estado de su madre. Parecía que la dirección del banco no hubiera informado a este respecto a las dos mujeres. Al fin encontró la expresión exacta. Evitando todo artificio, fue breve y no se preocupó por aducir pruebas de su veracidad. Dijo que su madre estaba en peligro de muerte y que, por el momento, él no tenía

 

 

 

 

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cabeza para otra cosa. Cerró con una frase que le pareció un hallazgo, y que lo era realmente. Fingió no creer que su presencia en la ciudad fuera tan necesaria como Francesca afirmaba:

 

«Annetta, como usted confirma en su carta, me ama. ¿Por qué habría de abandonarme? Quedándome aquí no hago sino cumplir con mi deber».

Después de echar la carta se sintió aliviado. Era un alivio, aunque en menor grado, semejante al que experimentó al irse de la ciudad. Volvía al pueblo después de haber caído en aquellas intrigas y la cara cadavérica de su madre no llegaba a robarle del todo la alegría de estar a salvo.

Por la noche, en un momento de paz después de un día de terribles sufrimientos, ella le preguntó:

—¿Has escrito a tu novia? No lo niegues, estaría mal que no la tuvieras.

Pero por sus ojos semiapagados pasó un relámpago de celos.

 

No lo negó. Sabiéndose hombre de añoranzas amargas y de remordimientos, se había preocupado durante todos aquellos días por comportarse de modo que no tuviera que reprocharse ni una palabra ni un gesto brusco hacia la moribunda. Era necesario pues, mostrarse confidente, saciar su curiosidad y no decirle mentiras, pues de ellas hubiera podido dolerse. No le dijo toda la verdad por consideración al secreto ajeno; o por lo menos así se disculpó consigo mismo. Le contó que amaba a una muchacha, pero que había descubierto que era tan coqueta y ligera que quería apartarla de su corazón, cosa que, por lo demás, debía resultarle fácil.

 

—¿Es la señorita Lanucci? —preguntó la señora Carolina con una sonrisa forzada.

—¡No! —contestó, serio como si estuviera ante el confesor—; es una muchacha rica que tú no conoces.

—¿Muy rica?

 

—¡Bastante! ¡Bastante! ¡Más rica que yo, de todos modos!

 

No quería confesar que, al abandonar a la que había llamado coqueta, rechazaba una gran fortuna, porque si su madre lo hubiera sabido le habría dicho que hacía mal.

Aquella noche ella no habló más del tema, pero debió reflexionar mucho sobre aquellas palabras:

—Se ve que no la quieres —le dijo el día siguiente—; no habrías comprendido tan fácilmente que es ligera y coqueta, o, de comprenderlo,

 

 

 

 

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se lo hubieras perdonado.

 

Después de un acceso en que pareció que quedaría sofocada, agradecida por su ayuda le dijo:

—No la ames ni ames a ninguna. Las mujeres no te merecen.

 

Aunque creyera que no le importaban en absoluto las intrigas de la ciudad, después de recibir la carta de Francesca su pensamiento se dirigía durante horas enteras más a ella que a su madre. Si, como le decía Francesca con aquel tono suyo que no daba lugar a dudas, Annetta le dejaba para casarse con su primo, ¿qué sentimientos tendría hacia él? Odio, estaba claro. El recuerdo de la caída de Annetta la repugnaba incluso a él; pero ¿que produciría en el ánimo de Annetta una vez casada con otro? Vergüenza y odio, y quizá, por temor a ver divulgado su secreto, un odio activo; haría que lo echaran de la casa Maller e intentaría hacerle imposible la vida en la ciudad. ¿Y cómo se comportaría él frente a tal odio? ¿Reaccionar, defenderse? ¡Pero si creía no tener derecho a ello! Fantaseaba sobre tales persecuciones y le conmovían las desventuras que imaginaba sufriría.

 

Su madre vio que tenía lágrimas en los ojos.

 

—¿Por qué lloras?

 

—Me arden los ojos, ¡no lloro!

 

Ella calló y creyó que lloraba por verla sufrir tanto, mientras él lagrimeaba soñando que le echaban del banco injuriado por Maller y Cellani y se veía saliendo con la cabeza baja por el peso de una culpa, si bien no la que le atribuían públicamente.

A menudo ella tenía que llamarle varias veces para que le oyera.

 

La pobre mujer necesitaba que la ayudaran continuamente, pues ya no podía ni darse la vuelta en la cama ella sola. Su cuerpo estaba llagado en varios lugares por el continuo yacer y el dolor que le causaba la presión sobre aquellas partes le hacía sentir continuamente la necesidad de cambiar de postura. Alfonso había encontrado un modo ingenioso de ejecutar el difícil movimiento. Él se doblaba hacia adelante hasta la mitad de la cama y ella se aferraba a su cuello con ambas manos; él se inclinaba entonces hacia la parte sobre la cual ella debía apoyarse al darse la vuelta y la enferma hacía la evolución así suspendida y luego, simplemente, retiraba de su cuello una mano. Sólo sentía alivio cuando, suspendida del cuello de Alfonso, sólo sus pies se apoyaban en la cama. Le sacaban de sus sueños para que fuera a ayudarla a colgarse de su cuello. Pero cuando la

 

 

 

 

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sostenía, mientras ella se quejaba y lloraba al hacer el primer esfuerzo por levantarse, volvía a soñar con Maller, con Cellani y con Annetta.

 

Los sufrimientos de la señora Carolina aumentaron tanto que no le dejaron tiempo para soñar, pues ella no tenía ni un instante de sosiego y necesitaba continuamente no sólo su fuerza para sostenerla, sino también su inteligencia para encontrar nuevos sistemas de auxiliar nuevos males. No sólo no podía soñar, sino tampoco reflexionar, pues la inminencia del grave acontecimiento que se preparaba a sus ojos le privaba de esa facultad.

Las molestias más dolorosas de la señora Carolina estaban causadas por trastornos del sistema nervioso. Le parecía que el colchón se inclinaba de un lado haciéndola resbalar del lecho; y aunque estuviera plano había que levantarlo por aquella parte metiendo almohadas debajo. Por supuesto, tantos esfuerzos acababan por convencer a la enferma de que el mal residía en su organismo y no en los objetos que la molestaban. A la derecha de su cama había una ventana, y pidió que se cubriera con una sábana, pues la luz le molestaba. La blancura de la sábana siguió molestándola, e incluso cuando Alfonso sustituyó la sábana por un paño negro, no se tranquilizó.

 

—¡Comprendo, comprendo! —gimió, y no pidió más cambios; pero aunque se había vuelto de espaldas, seguía viniéndole de aquel lado un malestar indefinible.

Sólo en una ocasión volvió a estar Alfonso lo suficientemente tranquilo como para salir. Tenía prisa, pues no quería permanecer demasiado tiempo lejos de la enferma y deseaba por lo menos ir hasta el pueblo. Le molestó, por tanto, tropezarse al salir de casa con el joven Creglingi, el novio de Resina. Iba, acompañado por dos campesinos, hacia sus campos, situados más allá de la casa de Alfonso; ocupaban la mitad de la parte más fértil del valle.

Alfonso no pudo ocultar del todo que no deseaba el encuentro, y se dio cuenta de que tampoco Creglingi estuvo muy amistoso; y si Alfonso no hubiera ido a su encuentro, avergonzándose de pasar junto a su antiguo amigo sin saludarlo, Creglingi hubiera simulado no verlo.

 

«¿Tanto me ha disgustado encontrar al novio de Rosina?», se preguntó Alfonso más sorprendido por su odio que por el ajeno.

—¿Cómo estás? —le preguntó Creglingi; era un joven fuerte de rasgos vulgares con la piel morena por el sol; tenía, en la cara casi redonda, unos

 

 

 

 

 

 

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ojos pequeños y astutos. Mostraba cierto embarazo, que Alfonso atribuyó a los celos por Rosina.

 

—Mi enhorabuena —dijo enseguida Alfonso, y le apretó con fuerza la mano para no dar lugar a dudas sobre la sinceridad de su felicitación.

 

Pero Creglingi, aun después de recibir la enhorabuena, no pareció encontrarse mejor con su viejo amigo y se fue diciendo que debía estar de vuelta a una hora determinada después de segar el heno de un campo muy alejado.

Era una amistad de su primera juventud que había durado hasta la partida de Alfonso a pesar de que, con los años, la diferencia entre ambos jóvenes hubiera aumentado. La inteligencia de Creglingi se había desarrollado poco; o, mejor dicho, había sido sofocada por el trabajo manual. Alfonso, conservando un culto supersticioso por los recuerdos de su primera juventud, nunca se hubiera decidido a cortar aquella relación. Se sintió algo abatido al verse rechazado. Creglingi sólo tenía dos o tres ideas, que debían servirle para toda la vida; Alfonso le había soportado con cierta simpatía por la fuerza y la resolución que percibía en él.

Le pareció que los tres hombres se reían discretamente de él. La sangre se le subió a la cabeza y, dándose la vuelta, estuvo a punto de decirles alguna insolencia; pero ellos caminaban tranquilos uno junto a otro, yendo Creglingi en medio con la cabeza baja. Pensó que quizá no había entendido. Luego comprendió que la risa de los campesinos había sido provocada por el pescozón que él se había creído obligado a darles, como se acostumbraba en la ciudad.

«¡Imbéciles!», pensó para tranquilizarse; «habrá ocasión de que les explique la finalidad de tal gesto».

Había transcurrido el mes de permiso y el último día recordó que debía pedir la prórroga escribiendo directamente a Cellani una carta afectuosa agradeciéndole la paciencia que hasta entonces habían tenido con él, e incluso pidiendo otro mes de libertad. Tenía la íntima convicción de que bastarían quince días, pero, en vista de que no podían esperarse mejorías en el estado de la señora Carolina, no quiso poner por escrito un término demasiado breve, como si deseara acortar su vida. En la carta, sin embargo, expresó sus esperanzas de una curación perfecta y añadió, por si acaso, que quizá tuviera que pedir otra prórroga.

En la última semana los sufrimientos físicos de la señora Carolina habían disminuido, indicio de que se aproximaba la gran pacificadora. Su

 

 

 

 

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organismo había llegado a ser incapaz de sentir dolor.

 

Una mañana, tras una noche de vigilia inquieta durante la cual estuvo la enferma varias veces perdida, no en un delirio, sino en el debilitamiento de los sentidos, Alfonso le encontró la voz cambiada, el timbre más profundo y menos sonoro. Su voz era interrumpida por la respiración frecuente e insuficiente, pero parecía que la enferma no sufriera. En un momento de lucidez dijo con voz angustiada que se moría. Le parecía que las paredes se doblaran y amenazaran caer; creía que fuera arreciaba la tempestad y una vez, fuera de sí, pidió que fueran al pueblo a ver si estaba todavía en pie. Luego quiso definir lo que sentía y durante horas buscó en vano la palabra adecuada. Era extraño y terrible, decía, porque sentía que la martirizaban y no sufría dolores.

 

Hacia la noche perdió totalmente el conocimiento y Alfonso se echó a llorar sin consuelo creyéndola muerta. Le pareció que aquel largo día de nuevos sufrimientos, el sentimiento de su inmensa impotencia, revelaban cosas sorprendentes cuya existencia desconocía. El mal que dominaba el débil organismo de su madre acabó por parecerle un ser personal. Le había visto hacer daño a intervalos, burlarse de todos los esfuerzos que contra él se habían hecho, entretenerse con quien sabía que no podía escapársele, otorgar treguas ilusorias y, por último, matar.

 

Giuseppina tocó el cuerpo de su ama y, habiéndolo encontrado frío, tuvo la ingeniosa idea de reanimarlo calentando la cama artificialmente. En efecto, la señora Carolina abrió los ojos una vez más y miró a su alrededor suplicante. Imploraba a alguien la gracia.

Giuseppina se vanagloriaba del milagro que había hecho, pero duró poco. La enferma quizá sintiera la cercanía de la muerte, pues levantando la cabeza como si hubiera querido saludar con cortesía, murmuró:

—¡Esto no lo he sentido nunca! —fueron sus últimas palabras. La ansiedad se convirtió en estertor. Alfonso creyó que al fin se sosegaba y que los pulmones reanudaban su trabajo regular; quiso tomarle una mano y se la encontró rígida.

El doctor Frontini llegó casualmente en aquel momento. Constató la muerte tras un cuidadoso examen, como si aún pudiera proporcionar algún remedio.

—Ha fallecido —dijo Alfonso para ahorrarle el esfuerzo.

 

Tuvo que dar la noticia a Mascotti, que había corrido llamado por Giuseppina y que no quería creer en la muerte. Mascotti quería consolarle

 

 

 

 

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y comenzó a hablar para probar que era mejor que la señora Carolina hubiera muerto; pero Alfonso no necesitaba consuelos. No se excedía, no gritaba, tenía la voz firme y tranquila. Estaba asombrado por la rapidez con que había cesado semejante mal, aquella ansiedad horrible. La muerta estaba acostada en la cama que ya no la hacía sufrir, de donde ya no resbalaba. La boca estaba abierta, pero no para gritar. Parecía abierta en un largo bostezo.

 

Al ver a Alfonso tan calmado, Mascotti se encontró bien en aquella casa donde había entrado temiendo tener que asistir a escenas. Quiso quedarse e invitó también a Frontini a hacer compañía a Alfonso. Giuseppina, sin que se lo hubieran pedido, trasladó la mesa de la habitación de la muerta a la suya, puso alrededor unas sillas y preparó el vino.

Nada más sentarse, Mascotti propuso a Alfonso que fuera a instalarse en su casa.

Alfonso rehusó diciendo que se quedaría en aquella casa hasta irse del pueblo. Lo dijo tranquilo pero decidido y Mascotti no insistió.

Tanto Mascotti como Frontini intentaban desviar la conversación; hablaron del vino que bebían, de la posición de la casa, de la abundante nieve que había caído el día anterior y de la fría temperatura de aquel día, recayendo en el acontecimiento que los había reunido en aquella habitación.

Giuseppina explicó cómo su asistencia había beneficiado a la señora Carolina. Si ella no hubiera estado, la pobrecilla hubiera muerto media hora antes.

Mascotti escuchaba con curiosidad.

 

—¡Extraño! ¡O sea que la vida no era más que un poco de calor! Hablaba como un campesino, mientras Frontini afirmaba que si la

paciente había vuelto en sí ello no podía haber dependido únicamente de aquel poco de calor que le había suministrado Giuseppina.

 

El doctor aseguró luego que había practicado con la enferma todos los dictados de la ciencia, pero que ya desde el principio había comprendido que no tenía remedio. Se lo había dicho a Mascotti.

—¿No era acaso cierto?

 

Mascotti lo confirmó.

 

Alfonso oía entendiendo a medias, fastidiado por sus voces. No bebió nada y habló poco, sólo cuando se veía obligado a contestar a una pregunta

 

 

 

 

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directa. No estaba conmovido, pero parecía reflexionar profundamente; le abatía un gran cansancio en los miembros y en la cabeza. Mascotti debió pensar que aquel hijo tenía mal corazón.

 

En la casa no había camas exceptuando la de su padre, y habría que desarmarla para sacarla del cuarto de la muerta, con energía, cosa que a él poco le costaba. Alfonso, cansado, mir durante un par de noches a su casa; Frontini lo apoyó con energía, cosa que a él le costaba. Alfonso, cansado, adoptó el partido que menos palabras exigía: aceptó. Giuseppina prometió hacer ella la guardia al cadáver. Nunca había estado tan dispuesta y activa. Había avisado al cura y se había afanado mucho en torno a la muerta, a quien había puesto un crucifijo entre las manos y una vela a cada lado.

 

Antes de salir de aquella casa Alfonso quiso besar a su madre; y viendo que Mascotti y Frontini no prestaban atención, trató de entrar sin ser visto en la habitación contigua. Mascotti se lo impidió diciéndole que al día siguiente podría dar el último saludo a la difunta. El pobre hombre seguía temiendo una escena. Frontini fue de la opinión de Mascotti y Giuseppina, en su nuevo celo, tomó a Alfonso por la chaqueta y lo atrajo sin más hacia atrás. Pero Alfonso se obstinó y acabó forzando la entrada violentamente. En la lucha le acudieron copiosas lágrimas a los ojos. ¿Tenía que dejar a su madre como si escapara de ella?

 

La suya no era ya la fisonomía que había amado, y palideció al besar una frente gélida. Había besado una cosa, no a una persona.

Luego, dócil, hizo lo que Mascotti quiso. Salió de la casa sin hacer a Giuseppina ninguna recomendación. Le dejaba poca cosa en custodia. Caminó entre los dos con la cabeza baja. También ellos iban en silencio, pues, después de haber visto aquellas dos lágrimas arrancadas por la ferocidad con que habían querido consolarle, su dolor sin palabras les conmovía.

La nieve helada crujía bajo sus pies y la luna llena en el cielo sereno inundaba con sus rayos el valle blanco, deslumbrante de luz fría. La cima del monte de arcilla, más allá del pueblo, parecía incendiada, rodeada por un fuego pálido, inmóvil. En el pueblo se habían hecho tímidos intentos por apartar la nieve, y algunas manchas oscuras de tierra desnuda interrumpían la terrible uniformidad blanca.

 

Las casas estaban oscuras y en silencio; sólo de una habitación, en la planta baja de la fonda de Faldelli, salían por dos ventanas haces de luz intensa y sonido de voces fuertes.

 

 

 

 

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Se detuvieron ante la casa de Mascotti, situada junto a la fonda. Frontini se despidió de Alfonso diciéndole alguna palabra que no oyó; debían de ser consuelos.

 

La hija del notario, una vieja soltera y feúcha, abrió la puerta; y, aunque ya conocía la desgracia de Alfonso, nada más apretarle la mano en señal de pésame, le dijo una frase preparada desde hacía quién sabe cuánto tiempo y a la cual no había podido renunciar aunque estuviera fuera de lugar:

—¡Hasta ahora no ha podido venir a visitarme! ¡En un mes!

 

Quiso disculparse, pero Mascotti le interrumpió ordenando a su hija bruscamente que fuera a preparar la cama para Alfonso. Ésta obedeció, pero después de haberse sorprendido de que no se le hubiera avisado antes de la hospitalidad que se le pedía de repente. Venciendo su enorme cansancio, Alfonso hubiera salido de aquella casa si ella no hubiera hecho más amable su frase diciendo que, por no haber estado prevenida, encontraría muy mal el cuarto y la cama.

En efecto, cuando le dejaron sólo en un cuartucho con una ventana, se sintió muy mal. Tuvo que abrir enseguida la ventana, pues el aire era más húmedo dentro que fuera. El fuerte olor a moho aumentaba su tristeza. Le pareció que todo se marchitaba a su alrededor. La habitación estaba en la planta baja y la ventana daba a la calle principal. Cuando se retiró de la ventana, el olor de la habitación era tan fuerte como si el aire no se hubiera renovado. Estuvo a punto de escapar de allí dando un salto a la calle. Tuvo miedo de no poder dormir tampoco aquella noche, pues esperaba alivio del sueño; lo deseaba para estar por lo menos algunas horas libre de una tristeza que le parecía no le abandonaría nunca.

Pero ¿dormiría? Su cansancio era enorme; la cabeza ya no se le tenía. Si dejaba aquella casa no llegaría hasta la suya, se quedaría dormido en la nieve.

En la cama se sintió incómodo. La tela de las sábanas era basta y además la cama estaba húmeda. En cuanto cerró la ventana sintió un hedor penetrante. El olor salía de las paredes, de los muebles viejos.

No logró conciliar el ansiado sueño reparador. El malestar, que seguía atribuyendo al hedor, a la falta de aire, aumentaba. De nuevo decidió levantarse y salir de la casa. Estaba tan resuelto a hacerlo que iba imaginando las disculpas que daría a Mascotti al día siguiente. Le pareció también que había estado a punto de llevar a cabo su proyecto y que se

 

 

 

 

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había incorporado. El hecho era que no recordaba haberse recostado de nuevo, y se daba cuenta de que aún se hallaba en el mismo lecho, oprimiendo contra la almohada la dolorida cabeza.

 

De repente se sintió mejor, más cómodo y sin dolores. Estuvo inmóvil, temiendo que su bienestar se desvaneciera. Ciertamente no dormía, pero descansaba agradablemente.

Nunca recordó cómo había sido el paso, pero de improviso se vio en un lugar totalmente diferente y en un estado de ánimo muy distinto.

 

Yacía en su lecho, en su casa, en la enorme habitación bien aireada, y el sol de verano entraba por una de las ventanas abiertas. Estaba convaleciente de una larga enfermedad y tan débil que no lograba apartar las mantas que le oprimían el pecho. Pero ésta era la única molestia, pues por lo demás se sentía contento, alegre. Miraba fijamente el haz de luz que iluminaba una inmensidad de corpúsculos suspendidos en el aire, esa niebla ligera que el sol descubre en la atmósfera más pura. Estaba contento porque sabía que, de allí a pocos días, se le permitiría salir al aire y al sol. Estaba contento porque sentía que en la cocina próxima se movía su madre, joven aún, y canturreaba trabajando para él. De allí le llegaba el sonido monótono que la madre producía picando carne con un cuchillo; pero en los oídos tenía otro ruido monótono, un dulce zumbido, una nota sostenida que le adormecía.

 

Debía haber entrado alguien en el pequeño pasillo, pues oía en las piedras el paso de un pie pequeño y el frufrú de un vestido. Una voz dulce de mujer sonó ante su puerta: «¿Cómo está, Alfonso?»; por dulce que fuera, aquella voz se volvía desagradable, pues se repetía y resonaba en todos los huecos de la gran casa. ¿De quién era? Le parecía conocidísima. La relacionó con todas las voces de mujer que conocía y no coincidía con ninguna. «¡Ah! ¡Sí! ¡Francesca!». Fue presa de un profundo malestar y pensó: «Si se ha establecido en el pueblo, robará la tranquilidad a todos sus habitantes».

La puerta se había abierto y enseguida la habitación fue invadida por un tumulto de sonidos: los carros que pasaban por la calle y el griterío prolongado de los carreteros. Con movimiento instintivo, había cerrado los ojos para aislarse. Era su madre. La vio antes de que llegara a su cama y vio su sonrisa, satisfecha por encontrarlo tan tranquilo. Se inclinó sobre él y le besó, pero justo en la cavidad del oído. Sintió un dolor agudo, como si algo le hubiera estallado dentro, y despertó.

 

 

 

 

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Quedó deslumbrado por la luz que entraba por la ventana. ¿Ya era de día? Su sorpresa era mayor, pues se sentía cansado, como si hubiera dormido sólo una hora.

 

Junto a su lecho estaban Mascotti y Frontini, y no parecían haberse dado cuenta de que había abierto los ojos.

—¿Cuánto puede durar? —preguntó Mascotti, pensativo y acariciándose la nariz con el índice.

—¿Quién puede saberlo? Hasta quince días. Probablemente es una tifoidea.

—¿Yo tifus? —preguntó Alfonso.

 

—¡Ve cómo entiende, cómo se siente mejor! —dijo Mascotti contento.

 

—Tiene fiebre, pero escasa —dijo Frontini dirigiéndose a Alfonso—. Deriva probablemente del cansancio y del disgusto. Le garantizo que no es nada serio. Me parece que ahora está mucho mejor.

 

Estaba, pues, enfermo, y se sorprendía por no haberse dado cuenta antes. Tenía fiebre y notaba escalofríos en la espalda, el cuerpo caliente y seco y una tendencia a reír en los maxilares. No era desagradable, como no habían sido desagradables los sueños que le había producido.

 

—Está mejor, ¿eh? —preguntó Mascotti; y se inclinó sobre él quizá deseando que Frontini no le oyera. Alfonso no olvidó nunca ni lo que había soñado ni lo que entonces oía—. Yo lo tendría aquí con mucho gusto, pero no tengo a nadie que pueda proporcionarle los cuidados que usted necesita. Giuseppina sí, ella sabrá hacer de enfermera, pues ya tiene práctica.

—Sí, sí, a mi casa —gritó Alfonso, a quien la fiebre no impedía apreciar el miedo que tenía el pobre hombre a tener en casa un enfermo.

Oyó aún cómo Mascotti se dirigiría a Frontini para hacerle constar que era el mismo Alfonso quien deseaba volver a su casa.

Volvió a caer en el sueño, pero no del todo. Luchaba con la fiebre y a ratos triunfaba sobre ella. Oía la voz de su madre, que le preguntaba cómo estaba, y volvía a ver enseguida los rubios bigotes de Frontini. Frontini era muy asiduo. Cada vez que Alfonso abría los ojos, le veía junto a la cama tomándole el pulso o poniéndole en la cabeza paños helados. Debía ser una buena persona, y, en su fiebre, Alfonso se conmovía por aquel pobre hombre a quien había odiado.

La fiebre volvió a aumentar y a ella se añadió un fuerte dolor de cabeza. Se sintió ansioso, lo cual le hizo sufrir.

 

 

 

 

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«¡Oh! ¡Pobre madre!», pensó recordando aquella otra ansiedad a la cual había asistido y que debía haber sido mucho más dolorosa que la suya.

 

Luego debió perder la noción del tiempo, pues al volver a abrir los ojos halló la noche oscura. Una bujía pequeña brillaba junto a su lecho y Giuseppina, dormida siempre, estaba tendida sobre un sofá colocado bajo la ventana, paralelo a su cama. O sea que en vez de mandarlo a él a su casa, la habían llamado. También Mascotti era una buena persona.

 

Tenía mucha sed y sacó un pie de la cama para ir a beber de una botella de agua que había descubierto muy pronto, pues en ella se reflejaba la escasa claridad de la pequeña bujía.

—¿Quiere quedarse en su cama? —dijo de repente Giuseppina yendo hacia él amenazadora.

Asustado, recogió la pierna.

 

—¡Sólo quería agua! —dijo para disculparse.

 

—¡Ah! Ha vuelto en sí —dijo Giuseppina reflexionando cómodamente

 

en voz alta—. ¡Perdone! —añadió; su voz gruesa de hombre no sabía pedir disculpas—. ¡Me han recomendado que tenga mucho cuidado! —y le dio todo el agua que quiso.

Debió pasar varios días en aquel estado, pues muchas veces, al abrir los ojos, le sorprendía la luz del día tras haber dormido durante la noche.

Una vez, al abrir los ojos tuvo la sorpresa de encontrarse en la calle, ante la casa de Mascotti, sostenido por Frontini y por Giuseppina. Dudando de que fuera un sueño, no mostró su sorpresa ni pidió explicaciones. Le hicieron subir a una pequeña carreta que se puso lentamente en movimiento sin evitar por ello los traqueteos inevitables sobre el empedrado irregular que él sentía como golpes. Se alegró cuando otras visiones hicieron huir aquélla y por la noche, al recobrarse, aquel paseo le pareció fruto del delirio.

Pero por la mañana, al sentirse tranquilo después de un largo reposo y con la mente en calma, algo abotargada pero ya enteramente dirigida a los hechos que habían precedido a su enfermedad, se dio cuenta de que no había sido una visión. Veía exactamente, con todos sus detalles, el cuarto de su casa, los muebles viejos, el reloj de pared que funcionaba y marcaba las ocho y las dos camas. Estaba allí también la de su madre. Habían sacado el cadáver y habían vuelto a hacerla como si la persona que había salido de ella tuviera que acostarse de nuevo por la noche. La almohada

 

 

 

 

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era la misma, y la reconocía por una gran mancha de café que había hecho la difunta al rechazar una taza que le ofrecieron en un momento en que los sufrimientos la exasperaban.

 

Aquello bastaba para recordarle los terribles acontecimientos a que había asistido en los últimos quince días. Se le saltaron las lágrimas, lágrimas dulces, de compasión. El dolor de sentirse solo en el mundo no le hacía llorar. Lloraba por la pobre vieja que había muerto amando la vida y que sabía desde hacía mucho tiempo que debía abandonarla. Él vivía y seguía viviendo, y era algo dulce esta vida cuando el fluir de la sangre, el mecanismo sobre el que esta descansa, por su regularidad, no se sentía, y se tenía la calma y la certeza de vivir, el sentimiento de durar eternamente.

Se echó a reír al ver a Giuseppina, porque recordaba haberla visto actuar como enfermera.

—¿Conque el viejo me echó fuera de casa?

 

Giuseppina protestó:

 

—Hizo que le trajeran con toda comodidad en una carreta.

 

Por lo que le contó Giuseppina, comprendió que había sido alejado de la casa de Mascotti por el temor, que Frontini no había podido disipar, de que se tratara de tifus. Fue la hija del notario quien pidió con mayor violencia su alejamiento; y un día, asustada por un dolor de cabeza que le duró algunas horas, ante Frontini planteó a su padre el dilema:

—¡O fuera él o fuera yo!

 

Frontini había pedido dos días de plazo y el tercero, al llegar, se encontró con que lo habían trasportado ya a las escaleras; de modo que no pudo más que ayudar al transporte y dirigirlo, a fin de que se hiciera con prudencia. Lo que a Alfonso le había parecido un sueño era realidad en todos los detalles. En la escalera había opuesto resistencia, débilmente porque carecía de fuerzas, pero al recibir la primera bocanada de aire fresco se había tranquilizado, había mirado a su alrededor con aire de sorpresa y, sin decir una palabra, se había dejado acomodar en la carreta con gran alegría de Mascotti, que decía:

 

—Pero si está bien; si se le puede transportar sin ningún peligro quizá hasta la ciudad.

—¡Qué pillo! —murmuró Alfonso indignado, pensando que durante más de tres años su madre no había tenido como protector más que aquel individuo.

 

 

 

 

 

 

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Frontini llegó poco después y se quedó muy sorprendido al encontrarlo perfectamente en sí y oír que lo estaba desde hacía horas. Con todo, poco después afirmó que era natural que así fuera y que él lo había previsto. Era un médico que debía estar habituado a cometer errores, pues su sorpresa no era muy grande cuando encontraba que los hechos no habían sido lo suficientemente dóciles como para acomodarse a sus dictámenes.

 

Sin embargo, se había comportado muy bien durante la enfermedad; y Alfonso se mostró agradecido con lágrimas en los ojos. Le agradecía además, si no otra cosa, la satisfacción que ante sus palabras vio brillar en su rostro.

En las primeras horas de la tarde fue Mascotti y parecía no querer hablar en absoluto del viaje que durante la enfermedad había impuesto a Alfonso. Alfonso quiso ser frío y Mascotti lo percibió enseguida, yo le había visto de mal genio y sabía qué aspecto le daba la ira. Le explicó que había querido que lo transportaran porque el cuarto de su casa no era adecuado para hospedar a un enfermo. Luego, viendo que Alfonso no cambiaba de fisonomía, se hizo un lío y dijo que en realidad había sido Lina, su hija, la que había querido que saliera de casa. Alfonso seguía callado, y entonces Mascotti acabó por indignarse:

 

—Somos viejos —declaró—, pero deseamos vivir unos años todavía. Era más de lo necesario para que Alfonso fuera suave y amistoso. Mascotti cambió enseguida de conversación. Habló de la venta de la

casa, que para entonces se había hecho necesaria. Creglingi, el novio de Rosina, ofrecía diez mil francos incluyendo todo, hasta los muebles que había en ella.

—A mí la oferta no me parece mala —dijo Mascotti. Poco después se marchó.

Al quedarse solo, Alfonso volvió a pensar por primera vez en su aventura de la ciudad. Su cerebro había hallado sosiego en la enfermedad y pensar en Annetta le parecía algo casi nuevo. No podía apasionarse por cosas sucedidas tanto tiempo atrás y de las cuales casi quería reconocerse responsable. Ahora era un hombre nuevo que sabía lo que quería. El otro, aquel que había seducido a Annetta, era un muchacho enfermizo con quien nada tenía en común. No era la primera vez que creía salir de la adolescencia.

Si a su vuelta a la ciudad encontraba que Annetta le amaba todavía, se casaría con ella, pues tenía plena conciencia de sus deberes. Pero la

 

 

 

 

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prevendría y trataría de demostrarle el enorme error que estaban a punto de cometer uniéndose. Le diría:

 

—Yo soy de este modo y usted de este otro; pero convirtiéndome legalmente en su dueño, utilizaré todos los medios que están a mi alcance para modificarla, para hacerle abandonar sus gustos y sus costumbres. —Y además—: Claro que la amo, pero no tanto como para amar y tolerar sus defectos. Cuando la conocí la odié y la desprecié, incluso cuando a veces le demostraba amor.

Sentía que estos pensamientos le agitaban la sangre. Tenía sudor en la frente y la vista se le nublaba. La lucha a que se estaba preparando era difícil e, inmediatamente después de haber vivido en la dulce fiebre que le había hecho estar entre fantasmas queridos, sentía su aspereza.

Si en cambio, como Francesca había previsto, Annetta ya no le amara y se había comprometido con otro, él se retiraría a su soledad, donde se vivía tan tranquila y felizmente. La aventura no habría tenido otra consecuencia que eliminar la posibilidad de prosperar en el banco Maller. No era una gran desgracia, pues su paga le bastaba. Por otra parte, sus aptitudes para el comercio no le daban derecho a grandes adelantos, y, perdiendo por otras causas la posibilidad de hacerlos, perdía bien poco.

Sonrió a la sombra de su madre, que le pareció aprobaba sus propósitos. Tenía la conciencia tranquila. Hacía lo que era justo de acuerdo con la moral más firme, ya que, por una parte, se declaraba dispuesto a corresponder a sus compromisos con Annetta aunque lamentara tener que asumirlos; y por otra renunciaba a la riqueza porque no quería tenerla si era robada.

Si Annetta ya no le amaba, él salía de su vida, perdía todo interés por ella; y en la vida contemplativa a la que tenían intención de dedicarse no tendría necesidad de adular o de fingir y no correría el riesgo de volver a encontrarse un buen día en su corazón un amor nacido de la vanidad o de la codicia. Viviría con su natural franqueza, con deseos sencillos y sinceros y, por ello, duraderos.

Por la noche, el doctor le encontró algo de fiebre y expresó el temor de que ésta pudiera aumentar. Alfonso no tuvo este temor, pues sabía mejor que él las causas del empeoramiento; y en efecto, tras un prolongadísimo descanso, y sin sueños, se halló con la cabeza libre y con sus fuerzas tan aumentadas que podía permanecer todo el día sentado en la cama.

 

 

 

 

 

 

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El último día que pasó en el lecho recibió la visita de Creglingi, que iba a tratar de la compra de la casa. La casualidad quiso que media hora antes pasara Mascotti a advertirle a toda prisa de que Faldelli hacía una oferta mejor que la de Creglingi. Faldelli quería abrir en aquella casa otra fonda habilitando los locales superiores como granero y los inferiores, pues había dos muy espaciosos, como bodegas. Ofrecía doce mil francos. La visita de Creglingi fue inesperada, ya que Mascotti había prometido que él le advertiría de que no estaban dispuestos a firmar el contrato en las condiciones de su oferta. A Alfonso, con todo, le dolía destinar a fonda la casa de su padre y rogó a Mascotti que impulsara a Creglingi a aumentar su oferta. Nada más ver a Creglingi creyó que éste venía después de haber hablado con Mascotti, pero vio cómo éste se sorprendía y se alteraba al oír que se le invitaba a aumentar la cifra ofrecida. Alfonso explicó que Faldelli había ofrecido más y que, por lo tanto, aunque lo hubiera deseado, no podía darle a él la preferencia. ¡Era sincero! Si no hubiera temido que Mascotti se burlara de él, habría aceptado la oferta de Creglingi sin más tratos. Le agradaba dejar su casa a la hermosa Rosina; y lo que más lo llevaba a preferir a Creglingi era el temor a que éste le creyera su enemigo por casarse con su antigua enamorada. Una diferencia de dos mil francos le parecía insignificante. Cuando habló de su deseo de favorecerle, por el ancho rostro de Creglingi pasó una intencionada sonrisa irónica. Alfonso se sintió profundamente herido.

 

—Aunque quisiera— afirmó—, mi tutor no me perdonaría que aceptara tu oferta.

—¡Puede ser! —dijo Creglingi con insolencia—. Pero antes de aumentar mi oferta quiero hablar con Faldelli.

Ni se molestó en fingir que creía en las palabras de Alfonso.

 

—Oye —dijo Alfonso; la ira, en su debilidad, le había subido la sangre a la cabeza—; si lo haces te prevengo que considero roto cualquier trato entre nosotros.

Creglingi se encolerizó y dijo que él no se andaba con contemplaciones en los negocios y que no cedía a ninguna presión:

—¡Los negocios no se concluyen así, en un dos por tres!

 

Faldelli, que iba solo, halló a Alfonso todavía enfurecido. Sin leer el contrato que Faldelli traía, Alfonso firmó inmediatamente, aunque no se le solicitaba tanta prisa. Algunas cláusulas fueron establecidas más tarde; y al

 

 

 

 

 

 

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encontrar al vendedor tan bien dispuesto, Faldelli disminuyó su oferta. Los muebles, decía, eran más viejos que lo que creía.

 

Aun sabiendo que el contrato ya había sido firmado, Creglingi fue a verle una vez más con la clara finalidad de molestarle. Dos o tres veces le dijo que, si le hubiera dado el tiempo necesario para reflexionar, habría pagado mucho más. Esta afirmación no inmutó a Alfonso, que sonrió con desprecio; pero Creglingi interpretó este desprecio de un modo que desagradó a Alfonso.

—Claro —murmuró humillado, viendo que la cuestión del dinero no afectaba a Alfonso—; a ti lo que te importaba era hacerme un desaire.

 

Alfonso no se defendió porque sabía que, dijera lo que dijera, la enemistad de aquel individuo aumentaría. Se separaron bruscamente para no volver a verse nunca más.

Volvió a ver a Rosina y experimentó una sensación de repugnancia, como si se hubiera tropezado con el mismo Creglingi. Hizo un esfuerzo por dominarse; no quiso identificarla con su prometido y la saludó sonriente. Se quitó el sombrero para acentuar su amabilidad. Los grandes ojos negros de Rosina se dilataron por el asombro, y saludó vacilante. Desde luego, aquella manera de saludar no llegaría a ser nunca familiar en el pueblo.

Algunos días antes de su partida, Mascotti le rogó que hiciera una visita de despedida a su hija, pero Alfonso no fue a pesar de habérselo prometido. No le guardaba rencor, pero le molestaba tener que oír tonterías o malignidades. Mascotti se puso muy frío con él y hasta el último día no se tranquilizó.

Aquel día Faldelli llevó el dinero, un franco sobre otro, como decía él. Mascotti quería marcharse, pero Faldelli, que había llegado inesperadamente, le rogó que se quedara para asistir al intercambio de documentos. Entregó, en vez de doce mil francos, nueve mil; y, en el lugar de los que faltaban, entregó un recibo de Mascotti con varios adjuntos. En su primera sorpresa, Alfonso preguntó bastante ofendido a Mascotti por qué no había esperado a recibir de él la suma que se le debía. Mascotti, bastante confuso, dijo que había actuado así para evitarle molestias; y Alfonso consideró indecoroso malgastar ni una palabra en quejarse del importe retirado, por lo que no examinó los recibos hasta quedarse solo.

La mayor parte eran facturas del boticario, aunque entre todas sólo ascendieran a unos centenares de francos; luego un recibo de Giuseppina

 

 

 

 

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que Alfonso no encontró superior a lo que ella creería merecer; un recibo de Frontini por un importe que hubiera hecho sonreír despectivamente al medicucho más miserable de la ciudad. Por último, una pequeña hojita de Mascotti que justificaba la falta de lo demás, muy superior a la mitad. Había dos palabras a lápiz, de las cuales Alfonso no supo descifrar más que una: «Tutela»; y luego la cifra.

 

Al parecer el comportamiento de Alfonso gustó a Mascotti, pues, sin haber sido invitado, quiso acompañarle a la visita que antes de marcharse hizo Alfonso al cementerio:

—¿Dejarle solo con su dolor en aquel lugar? ¡No tengo valor!

 

Su presencia contribuyó a disminuir la emoción de Alfonso. La esperaba y le sorprendió no ser presa de ella. Estaba allí inmóvil ante un montículo de tierra desnuda, la tumba de su madre, que carecía aún de la lápida que había sido encargada; se encontró tan frío que trató de disculparse consigo mismo. ¿Qué había allí debajo? Un cuerpo destruido que quizá ya ni llevara la huella de quien lo había habitado. Éste quién, alma o fuerza oculta, la fe de los filósofos, no estaba en aquella tumba.

El cementerio estaba, como cualquier otro campo, ceñido por un muro. Las tumbas, la mayor parte provistas de pequeñas cruces de piedra, estaban dispuestas regularmente una tras otra, con las inscripciones hacia la calle principal, paralela a uno de los lados más cortos del cementerio. Parecía un campo oblongo sobre el que el arado hubiera trazado los surcos largos, regulares. Estaba dividido por un solo sendero, que conducía a una pequeña capilla situada frente a la entrada.

La tumba del viejo Nitti estaba cerca de la entrada, a una distancia de dos filas de tumbas del camino divisorio. Para llegar a ella Alfonso tuvo que caminar sobre las tumbas. Llegó ante una piedra pulida con el nombre del médico y los años de su nacimiento y muerte. ¡Cuántas lágrimas había derramado Alfonso sobre aquella tumba! ¡Qué simples y vivos habían sido sus sentimientos a la muerte de su padre!

La noche anterior a su partida Giuseppina le contó que Faldelli la había tomado a su servicio y que le había explicado los cambios que quería hacer en la casa. El nuevo dueño utilizaría aquella habitación mejor que los Nitti. La parte que los Nitti habían abandonado completamente sería la más útil para él: en las manos de los Nitti —había dicho a Giuseppina—, esto era un capital muerto. Charlaba de buena gana de sus planes, como todos los hombres emprendedores.

 

 

 

 

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Alfonso fue casi echado de la casa. Por la mañana, a las cuatro, le despertó Faldelli en persona y le dijo que le permitiría seguir durmiendo y que sólo quería preguntarle si podía amontonar en aquella habitación todos los muebles de la casa. Alfonso se levantó y, antes de ir a la estación, estuvo media hora mirando a los obreros, que llevaban a aquella habitación muebles que él ni siquiera recordaba.

 

—¿La quiere usted? —preguntó Faldelli alargándole una larga pipa de madera con cazoleta de espuma.

Él la reconoció. Su padre no la había usado en los últimos años de su vida y por eso era un recuerdo de los años más hermosos, cuando los padres estaban sanos y él estaba en su primera juventud. No aceptó por soberbia, pero quiso mostrarse agradecido a Faldelli y se despidió de él dándole afectuosamente la mano. El otro fue amable, pero distraídamente; y de repente le dejó para lanzar una blasfemia y un puntapié a un campesino que, al mover la mesa, había roto una hoja de la puerta. Alfonso sonrió al ver que cuando Faldelli se estiraba la ropa se le volvía demasiado corta; habitualmente se mantenía encogido.

 

Alfonso hizo el viaje solo y en tercera clase.

 

En una estación intermedia oyó voces de personas que reñían. Mire por la ventanilla y vio a un individuo muy mal vestido que salía de un vagón de un salto. Había sido arrojado fuera; el inspector le contó a Alfonso que no había pagado el billete y que no lo había hecho arrestar por compasión.

Cuando el tren se movió el pobre diablo seguía aún en el mismo sitio limpiando con la manga el sombrero raído que, al saltar, se le había caído al suelo. Miraba hacia el tren con avidez. ¿Qué haría en aquel pueblo, donde caía por casualidad y donde no conocía a nadie?

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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XVII

 

 

 

La llegada a la ciudad fue triste. Fuera de ella caía la nieve blanca y alegre; allí soplaba el siroco desde el mar y lloviznaba monótonamente. Alfonso tuvo la triste sensación de que aquel tiempo no cambiaría nunca. En aquel cielo no había nubes, sino una capa de color gris sucio hasta el horizonte.

 

Iba a salir ya de la estación cuando le detuvo Prarchi que llegaba corriendo y que, en su prisa, aun estando a cubierto había olvidado cerrar el paraguas.

—¿Has visto a Fumigi?

 

—¡Yo no!

 

—¿Habrá llegado ya? —y dejó a Alfonso para ir a hablar con el jefe de la estación.

Volvió a Alfonso, que no comprendía cómo el jefe de estación hubiera podido dar tan pronto noticias de un pasajero individual.

—¡No llega hoy! ¿Y usted qué hace por aquí?

 

—Acabo de llegar —contestó Alfonso, estupefacto de que no se conociera su larga ausencia.

—¡Ah sí! —luego, molesto por demostrar tanta ignorancia sobre los destinos de Alfonso, quiso corregirse—. ¡Soy tan distraído! ¡Sí, sabía que usted estaba fuera! Me lo dijeron Macario y Maller.

Se pusieron a caminar. Atravesaron la plaza y enfilaron por la calle Ghega, que se internaba en la ciudad por la parte compacta, maciza. En pocos pasos se llegaba a las calles más habitadas.

—¿De luto? —preguntó Prarchi con sorpresa que consideraba legítima.

—Sí, por la muerte de mi madre.

 

Prarchi le dio el pésame y luego, molesto por no saber ponerse a tono, quiso despedirse. Pero Alfonso tenía demasiados deseos de oír lo antes

 

 

 

 

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posible noticias de la casa de los Maller y se ofreció a acompañarlo a cualquier sitio.

 

Luego, viendo que Prarchi permanecía mudo, le contó que estaba ausente de la ciudad desde hacía un mes y que nadie se había ocupado de darle noticias de ella; le pidió que le contara si había sucedido algo nuevo a los miembros del club de los miércoles. Hábilmente, hacía creer que éstas sólo eran parte de las noticias que le interesaban, mientras que con una sola palabra Prarchi hubiera podido saciar cualquier otra curiosidad.

 

Pero Prarchi no la dijo y habló de Fumigi. Repitió en parte cosas que Alfonso ya sabía. Después de la liquidación forzosa de la casa de Fumigi, se manifestó en éste una enfermedad que Prarchi definió enseguida como parálisis progresiva cuando los demás dudaban entre ésta y mielitis. La voz de Prarchi revelaba emoción cuando relataba alguna respuesta suya que tildaba voladamente de ignorante a un médico conocidísimo. El triste destino de Fumigi había dado grandísimas satisfacciones al joven médico y hablaba de éstas, no de aquél. Prarchi había hecho otra afirmación correcta, confirmada por los contadores de Maller. La enfermedad de Fumigi no era consecuencia de su ruina comercial, sino que ésta había sido causa de aquélla; los primeros síntomas de la enfermedad se habían manifestado precisamente en sus negocios.

 

—¡Oh! Un hecho trágico —y Prarchi se conmovió con una emoción alborotada—. El trabajo de toda una vida perdido por algún nervio estropeado. Aquel imbécil, aun sintiéndose enfermo, quiso seguir trabajando; y en pocas semanas hizo especulaciones que la prudencia de toda su vida no puede compensar. Llamar al médico a tiempo es a veces una gran ventaja.

Anclado en su único pensamiento, Alfonso encontró el modo de obligar a Prarchi a hablar de Annetta.

—¿No se habrá buscado esta enfermedad por amor a Annetta?

 

—¡No lo creo! —contestó Prarchi—. Quizá fue la gota que desbordó el vaso, pero se trata de una enfermedad de gestación lenta. ¡Quién sabe desde hacía cuántos años minaba el organismo de Fumigi! Trabajaba demasiado y era soltero; no creo que haga falta mayores explicaciones. Ahora podemos seguir los progresos de la parálisis, pero ésta avanzaba hace ya mucho tiempo. Es característico que todavía siga preocupado por los números.

 

 

 

 

 

 

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Cruzaron en silencio la calle Dei Forni. A través de la atmósfera saturada de agua, la casa de los Maller tenía el mismo aspecto que el neblinoso día de su partida: gris, solemne, cerrada. Sus moradores, a pesar de lo avanzado de la hora, dormían todavía.

 

Prarchi no la miraba. Seguía pensando en Fumigi.

 

—Ahora me lo confían —dijo con amargura—; cuando ya ha pasado la fase más interesante. No es que antes hubiera podido aportarle ayuda, pero ahora asisto al proceso con total indiferencia, pues se trata del proceso descrito miles de veces con toda exactitud, mientras que antes hubiera sido interesante asistir al ofuscamiento de aquella mente, suficientemente sólida para tener conatos de resistencia.

 

Alfonso no abría la boca y perdió la esperanza de poder tener por Prarchi noticias de Annetta. Si hubiera tenido la conciencia tranquila habría podido pedírselas explícitamente, pero no se atrevió.

Al despedirse, Prarchi tocó el tema. Saludó a Alfonso una vez pasado el puente, le dio la mano y, a quemarropa, le dijo riéndose:

—¡Basta con que la señorita Annetta no haya hecho otra víctima! —y miró fijamente a Alfonso—. Era de prever que Macario acabaría quedándose con ella. Usted, que es inteligente, ya lo supondría, como lo suponía yo.

Aunque Alfonso estuviera prevenido, la noticia le sorprendió doblemente: por la noticia misma, que no esperaba todavía, y por sentir un doloroso estremecimiento de amargos celos. Como de costumbre, estudió el comportamiento que debía seguir a fin de que Prarchi no percibiera su emoción; le pareció que un exceso de desenvoltura podría infundir sospechas.

—¿De verdad? —preguntó aparentando estar agradablemente sorprendido—. ¿Pero es oficial? —y, no queriendo mostrar que dudaba de la veracidad de la noticia, añadió para explicar su pregunta—: ¿Se puede dar enseguida la enhorabuena?

De repente le pareció que no podía ser cierto.

 

Prarchi le dijo que no era oficial y que él todavía no había felicitado a Macario, pero que seguramente era verdad. El club de los miércoles ya no existía y Federico había llegado de París para asistir a la petición de mano de su hermana.

—Y quizá enseguida a la boda —añadió Prarchi riendo—, porque se dice que Macario tiene mucha prisa y que tampoco a Annetta le gustan las

 

 

 

 

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cosas largas.

 

Que hubiera dejado de existir el club de los miércoles y que Federico hubiera llegado de París inesperadamente no eran pruebas suficientes de que Annetta estuviera prometida; y, puesto que no lo eran, a Alfonso le pareció que probaban que todo era falso, un invento de pies a cabeza.

Prarchi se marchó convencido de haberse engañado acerca de los sentimientos de Alfonso hacia Annetta y Alfonso tuvo la satisfacción de conseguir que Prarchi creyera en su indiferencia. Esto le calmó; se comportaría siempre así y, como a Prarchi, engañaría a todos.

 

En cuanto se quedó solo comprendió, adivinó, que Annetta debía estar ya prometida con Macario. En aquel hecho no había nada que pudiera sorprenderle. Le habían advertido que así sucedería y era extraño que al recibir la carta de Francesca comunicándoselo no hubiera sentido esa punzada en el corazón que casi le había hecho dar un grito ante Prarchi. También se explicó esto. Allá en el pueblo, vistas desde lejos, las cosas perdían importancia. Le había agitado más el odio de Creglingi que las amenazas de Francesca.

Atravesó la plaza, ausente en medio del bullicio de las vendedoras de fruta y verdura. Estaba rodeado por corrillos de criadas que hacían sus compras. Tranquilas, tenían el aspecto franco a que les daba derecho su horita de independencia. Algún ama o alguna señorita pasaba afanándose, acompañada por la sirvienta. Él no pedía paso; esperaba largos ratos a que los grupos se disolvieran para dejarle libre el camino o a que una de aquellas mujeres, vestidas descuidadamente pero con las botitas negras brillantes, apartara su gran paraguas para dejarle paso. En su estado de ánimo le agradaba tener que caminar tan lentamente.

Pero cuando Francesca le advirtió de lo que iba a suceder él estaba en la ciudad, y la impresión que le hizo entonces fue débil. ¡Claro! Había hecho bien yéndose y así lo reconocía, pues no olvidaba las razones que le habían llevado a dar aquel paso. Entonces ¿por qué sorpresa, dolor, celos?

 

Lo que aún le sorprendía era que la elección hubiera recaído en Macario. Annetta no había mostrado nunca gran simpatía por su primo; y éste había hablado de Annetta de modo que se pudiera suponer que la amara y la deseara, pero no que tuviera intenciones de casarse con ella. Además, ¡odiaba tanto las facultades matemáticas de Annetta, sus pretensiones y sus caprichos! Era normal que le disgustara, más que si se tratara de cualquier otro, que Macario se convirtiera en marido de Annetta,

 

 

 

 

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pues éste había sido o era su amigo, relación que dificultaba su comportamiento. ¡Ya se veía invitado a la boda y quizá escogido por Macario como testigo! Como novela no escaria mal, ¡pero en la realidad, cuántas molestias, cuántos fingimientos!

 

No era esto lo que le afligía. No sabía mentirse a sí mismo. Sufría de celos; sentía un dolor agudo, una profunda humillación y lo encontraba estúpido. ¡Sufría por los resultados de su obra! Desde que abandonó a Annetta ninguna consecuencia de su libre renuncia tenía que haberle dolido; y aunque nadie lo hubiera sabido, tenía que haber sido suficiente para su orgullo la perfecta conciencia de haber sido él quien renunciaba. Una vez en este camino, quiso seguir adelante. Lo que ahora sucedía no le concernía en absoluto; para su felicidad bastaba con saberse libre de Annetta. ¡Era libre! Repitió varias veces la palabra a media voz: libre de aquella mujercilla que le había abandonado con la misma rapidez con que se le había entregado.

 

Cuando salió de la plaza caminaba con el paso largo y seguro de las grandes decisiones; deseó encontrarse con Macario para darle enseguida la enhorabuena por el feliz acontecimiento. ¿Feliz? ¡Pobre Macario! ¡En realidad el traicionado era él!

A pesar de sus razonamientos, se sintió triste. Una vez más, se decía a sí mismo, aquel hecho le probaba la estupidez de la vida; él no pensaba en el error de Annetta o de Macario, sino en el suyo, que encontraba extraño y desatinado.

En casa de los Lanucci su tristeza tuvo alimento. Los locales pequeños y bajos le entristecían porque se había acostumbrado a la abundancia de espacio del pueblo.

Hasta las personas le parecieron más miserables que de costumbre. Lucía, que bordaba en el comedor, apenas le saludó; parecía anémica y bajo los ojos tenía una mancha verdosa. El viejo Lanucci estaba en cama desde hacía dos semanas por un reuma del que quizá no llegara a curarse. Otra desgracia para la pobre familia. En cuanto a Gustavo, no estaba en casa.

La señora Lanucci pareció recordar la desgracia de Alfonso al cabo de una hora. Muy cansado, se había echado ya en la cama cuando ella llamó a su puerta. Fue a su encuentro molesto. No comprendía por qué lloraba a lágrima viva. Los sollozos le impedían hablar.

 

—¿Qué le pasa? —preguntó asustado.

 

 

 

 

 

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—¡Murió la pobrecilla, y sufrió tanto!

 

Se tranquilizó al saber que la Lanucci sólo lloraba por la muerte de su madre.

—Sí, murió; y me encargó que les diera recuerdos a todos.

 

Tenía lágrimas en los ojos, pero sólo porque sus ojos delicados se llenaban de lágrimas cuando veía llorar. Tuvo que contarle todos los detalles de la muerte de su madre y entonces se conmovió realmente.

 

—¿Y qué ha hecho de la casa?

 

—La he vendido —y le dijo cuánto había sacado de ella.

 

El coloquio se hizo patético. La señora Lanucci le abrazó y le estampó dos cálidos besos en las mejillas:

—Ahora yo seré su madre, y de todo corazón.

 

Ciertamente, en aquel intervalo ella debía haber sufrido mucho; ya desde el principio se había dado cuenta de que una nueva tristeza alteraba aquélla fisonomía. Pensó que quizá sufría por la enfermedad del marido. Queriendo consolar a Alfonso después de haberle agitado, sonrió y se rió; pero eran muecas. Antes, aun en las horas más tristes de su triste vida, la sonrisa de sus labios ajados no había faltado nunca.

 

Luego comprendió. En casa, además de la enfermedad de Lanucci había otras novedades. Desde hacía dos semanas Gralli no venía a ver a Lucía. Se había despedido formalmente con una cartita que la Lanucci llevaba arrugada en el bolsillo. En ella comunicaba que, estando suspendido el trabajo en la imprenta en que había ocupado tan espléndido puesto, no podía pensar en casarse.

Mientras leía, la Lanucci le miraba con atención estudiando su rostro para ver qué impresión le hacía aquella lectura. Estaba muy pálida y se mordía las uñas.

—¿Tan grande es esta desgracia? —preguntó Alfonso obligándose a reír para consolarla más fácilmente.

Habló mal de Gralli; era un tipo que nunca le había gustado, una persona que sin duda debía ser violenta y poco sincera, con su aspecto nervioso, delgado y de baja estatura.

—Oh, a mí no me duele mucho su abandono —y quiso reír; pero de nuevo su rostro tomó una expresión de alegría forzada, una contorsión como de persona poco ágil que quisiera hacer gimnasia.

Le daba pena. Para librarse de ella quiso ir a saludar al viejo Lanucci, pero ella le contestó que el enfermo dormía. Tomó entonces una decisión

 

 

 

 

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que le costaba gran esfuerzo; lo hizo con aspecto tranquilo, como si hubiera recordado que tenía que hacer algo. Se preparó para ir al banco. Era algo que antes o después tenía que hacer y era mejor librarse enseguida de aquella preocupación.

 

Mientras se dirigía hacia allí, para adquirir tranquilidad y fuerza quiso imaginar las peores eventualidades a que podía exponerse. Vio sólo una. Ser despedido del empleo. Era una desgracia pequeña, pero le disgustó tanto el odio que albergarían las personas que lo hicieran que, para salvarse del malestar que experimentaba, fantaseó sobre la probabilidad de que se le ahorrara aquel odio. Francesca le había escrito que Maller lo sabía todo, pero Francesca no había asistido al coloquio entre padre e hija y tal vez había sido engañada por Annetta, que tenía buenas razones para hacerlo. Desde hacía dos horas sabía que Annetta le había abandonado; pero ¡e habían bastado para habituarse a la idea; recordando otras observaciones suyas acerca del carácter de Annetta le parecía tan natural que le hubiera olvidado tan pronto que, para explicárselo, no necesitaba siquiera suponer la intervención de Maller. Ya antes de hablar con su padre ella habría reconocido su error; y si, como Francesca había escrito, en su casa había habido escenas violentas, habían tenido motivos muy diferentes. Quizá Francesca creía que Annetta luchaba por él mientras ésta luchaba por casarse con su primo, que al viejo Maller no podía gustarle del todo por no ser rico. ¡Hubiera estado bueno! Su aventura no habría tenido más consecuencias que el recuerdo. Y no era un mal recuerdo, debía confesarlo. Podía volverse desagradable por sus consecuencias, pero, rota así, la aventura le había proporcionado placer y experiencia. Con los años, más tarde, en la vejez que deseaba, podría contar que había vivido también como los otros.

 

Santo, la primera persona con quien tropezó en el pasillo del banco, le saludó con gran amistad y le contó que durante su ausencia se había hablado mucho de él. Se habían enterado con disgusto de la muerte de su madre.

Dio las gracias a Santo con calor, pues la amistad que le demostraba el criado de Maller podía ser indicio de los sentimientos del mismo Maller hacia él.

El señor Maller no estaba, y también esta ausencia le pareció afortunada. Verle sin saber qué pensaba de él le ponía la carne de gallina;

 

 

 

 

 

 

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en cualquier caso, era menos desagradable acercarse a él preparado y después de haber estudiado el comportamiento a seguir.

 

El golpe llegó, de modo inesperado, de Cellani, su mejor amigo entre sus superiores. Éste le acogió con una frialdad excesiva. No dejó de escribir y sólo levantó la cabeza una vez, para mirarle a la cara de reojo.

—Le recomiendo que trabaje mucho —dijo a Alfonso turbado—; procure ganar el tiempo perdido—. Alfonso había abierto ya la puerta para

salir, cuando fue llamado—: ¡Señor Nitti! —volvió a entrar lleno de esperanza esperando de Cellani, de su carácter suave y expansivo, alguna palabra de saludo más amistosa o amable, de consuelo. Pero Cellani después de haberse asegurado de que lo tenía de nuevo frente a él, le avisó fríamente de que Maller le había encargado de darle el pésame y de librarle de la habitual visita de saludo después de una larga ausencia. Parecía estar intensamente dedicado a escribir, pues su voz se modulaba maquinalmente de acuerdo con los movimientos de la pluma—. ¡El señor

Maller está muy ocupado! —añadió con voz sorda, como si le pareciera que esta explicación fuera superflua.

Alfonso hubiera necesitado estar solo para reflexionar; comprendía claramente las consecuencias que tenía que sacar del comportamiento de Cellani. Salió de aquel despacho indeciso; tenía que haber dicho algo, lo sentía, pero no sabía qué. Y habiendo cerrado la puerta de Cellani, se quedó molesto. No podía dar marcha atrás y, desde luego, no se había comportado como debía.

Sin saber cómo, se vio en expediciones, el despacho situado frente al de Cellani. Con su voz sólida y segura, pero no agradable, Starringer le dio el pésame por la muerte de su madre y le apretó la mano casi hasta aplastársela. Luego, sin saber que acababa de llegar y que aún no había comenzado a trabajar, le preguntó:

—¿Ha puesto usted esta carta en mi mesa?

 

—Estoy en la oficina desde hace cinco minutos— contestó Alfonso. Ballina le detuvo en el pequeño pasillo que había ante su despacho. —Son cosas —le dijo— que nos pasan a todos; es doloroso, pero…

 

—y terminó apretándole con fuerza la mano, quizá temiendo decir alguna tontería.

En su despacho se encontró solo por unos minutos. Luego llegó Alchieri para darle el pésame. Quería saber cómo se había desarrollado la enfermedad de la señora Carolina, con qué síntomas; había oído decir que

 

 

 

 

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había muerto del corazón y, temiendo mucho aquella enfermedad, quería aprovechar la ocasión para instruirse. Alfonso contestó con monosílabos y Alchieri atribuyó este laconismo al dolor y a la repugnancia a hablar de aquel tema.

 

Pero Alfonso tenía fijo en la mente el mismo pensamiento: examinar qué causas podían haber impuesto a Cellani, persona buena y amable, aquel comportamiento grosero. Ni la distracción ni sus propios disgustos, pues había apreciado con facilidad que su frialdad y falta de consideración eran intencionados.

Se había colocado ante su mesa, que estaba tal y como la había dejado; en el cajón del centro había una hoja de papel; era una carta equivocada que no se había podido expedir; en el calendario, a la derecha, estaban los días tachados hasta aquel último en que Cellani, con sonriente cortesía, le había ofrecido el permiso.

Maller y Cellani le odiaban. Antes de abandonarle, Annetta le había denunciado a su padre. ¡Quién sabe con qué palabras había sido descrito! Decidida a abandonarle y a casarse con Macario, Annetta debía odiarle intensamente; y debía parecerle un seductor, quizá un violador, pues nada es más fácil que borrar de la mente una culpa propia cuando no se ha hablado ni escrito sobre ella. Habría sido presentado como el único culpable, y Maller y Cellani pensaban de él, sin duda, que había tomado a Annetta a traición.

¿Cómo se defendería si le dejaban hablar? Simplemente, expondría con sinceridad los hechos; todo lo que había sucedido desde que Annetta le había acogido en su casa con tanta benevolencia. La había amado y él no había sido amado, sino tolerado. Esto había contribuido a exasperar sus sentidos. Alteraría la verdad sólo para no convertirse en acusador de Annetta, no para hacer menor su propia culpa; pues en realidad había sido ella quien le había hecho perder la cabeza con sus coqueterías y ella quien había tomado aquel camino que los había perdido.

Alchieri le preguntó si había saludado a Sanneo. Lo había olvidado. Fue al despacho del jefe corriendo, temeroso de tropezar inesperadamente con Maller o con Cellani.

Por un instante temió encontrar también en Sanneo el tratamiento padecido con Cellani. Pronto se desengañó, pues Sanneo le acogió con la cortesía exagerada que practicaba al tratar de asuntos ajenos a la oficina. Le dio el pésame con tono amistoso, encontró que su aspecto dejaba

 

 

 

 

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mucho que desear y añadió que esperaba que en la oficina, en la tranquilidad del trabajo, se repondría pronto. Lo pensaba sinceramente; no había dicho estas palabras para que su empleado fuera más activo. Luego, en cuanto pasó a hablar del trabajo, su tono fue más frío. Le había esperado con impaciencia. Quería que Alfonso asumiera el trabajo que le había destinado días antes de su partida: la liquidación y parte de la correspondencia alemana.

 

Alfonso aceptó. Sabía que era demasiado, pero no le disgustaba. Con su trabajo se haría indispensable en el banco y le pasó por la cabeza, como un relámpago, la esperanza de que Maller le apreciase como empleado, ya que como hombre le odiaba. Más tarde volvió a pensar en ello. ¿Qué tenían que ver los asuntos de la oficina con los familiares? Para Alfonso, sus relaciones con Annetta eran asuntos de familia.

La noche anterior había muerto Jassy tras una enfermedad de pocos días, la mitad de los cuales había ido a la oficina. El pobrecillo había creído siempre ser indispensable y había muerto con esta convicción, pues la enfermedad no le había permitido apreciar cuán indiferente era su ausencia en el banco Maller y Cía. El toscano Marlucci dio a Alfonso la noticia del fallecimiento, invitándole al mismo tiempo a cooperar para una corona mortuoria con la que los empleados querían honrar la memoria del viejo colega.

No todos los empleados conocían la ausencia de un mes y medio de Alfonso. Cuando éste contó a Marlucci que habiendo estado ausente no conocía la muerte de Jassy, el toscano no ocultó su sorpresa y, cuando supo que había muerto su madre, no se preocupó por darle el pésame. Secando lentamente, para no mancharla, la firma que Alfonso había puesto en la hoja, comunicó a Alfonso que el funeral de Jassy se celebraría al día siguiente.

Poco después llegó Sanneo, que traía consigo un paquete de cartas: todos los atrasos que durante la ausencia de Alfonso no se habían podido despachar.

—Me pongo a trabajar enseguida —dijo Alfonso; pero tan vacilante que era una clara solicitud de que le dejaran libre aquel día. Tenía que poner en orden su covachuela y, lo que más le urgía, quería depositar en otro banco su dinero.

Sanneo secundó a Alfonso. Le dijo que aquellos retrasos no corrían prisa; pero con aspecto tan descontento que Alfonso, rápidamente

 

 

 

 

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decidido, se puso enseguida a trabajar. Pronto empezaba la tarea de ganarse la amistad de sus jefes.

 

Miceni fue a saludarle y fue el primero que encontró el tono sentido del amigo que se conduele. Dijo que sentía profundamente el dolor de Alfonso por haber sufrido también él una desgracia idéntica hacía poco; y contó conmovido la muerte de su propia madre.

Cambiando de tono, le contó a Alfonso las novedades de la ciudad, las mismas cosas que le había contado Prarchi. Fumigi estaba enfermo y Annetta prometida. No tenía intención de poner a Alfonso celoso o de darle un disgusto y parecía que hubiera olvidado que en otra época le había considerado aspirante a la mano de Annetta.

 

Encontraba que el matrimonio de Annetta con Macario era muy hermoso por la condición y estado de ambos esposos y por su calidad, y quiso con toda ingenuidad que Alfonso se declarara del mismo parecer.

—¡Oh! ¡Claro que es un hermoso matrimonio! —dijo Alfonso muy convencido.

Riendo, Miceni añadió:

 

—Tú tendrás ahora algunas molestias. Como amigo de la casa tendrás que hacer visitas de felicitación y quizá regalos de bodas.

Dejó a Alfonso más turbado que nunca. En efecto, si no se le decía otra cosa al respecto era señal de que se quería que se comportara sin despertar sospechas, como de costumbre, como si nada hubiera sucedido. Tendría, pues, que hacer por lo menos una visita a la casa de los Maller; y sería mucho más embarazosa que la primera. Dada la circunstancia, tendría también que acercarse a Macario y darle la mano. Cosas todas que le helaban la sangre.

El trabajo le distraía. Estaba totalmente enfrascado en él. Conocía el método pero le fallaba la mano, de modo que, para proceder con cierta rapidez, tuvo que prestar toda su atención al trabajo. Cuando, hacia la noche, la pluma al fin empezó a correr con ligereza, experimentó una especie de agradecimiento por el trabajo mecánico, que le había permitido sobrellevar aquel día, que ya se había resignado a considerar uno de los peores de su vida. Cuando terminó de trabajar se sintió más tranquilo que a la mañana. Podría presentar a Sanneo un enorme paquete de cartas contestadas y contaba por lo menos con su agradecimiento.

En efecto, Sanneo fue muy amable con él. Tuvo que hacerle alguna observación por el modo en que había sido concebida alguna de las cartas,

 

 

 

 

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pero razonaba con suavidad y no gritaba, intercalando palabras de elogio entre las pocas de reprobación. Por unos momentos Alfonso fue verdaderamente feliz. Eran las primeras palabras amables que oía en el banco desde su vuelta.

 

Pero, una vez al aire libre, donde habitualmente hacía un pequeño esfuerzo de voluntad para dirigirse hacia la biblioteca, sintió con terrible evidencia la desgracia de su posición. ¿Qué importancia podía tener la simpatía de Sanneo comparada con el odio inmenso que se habría desatado contra él más arriba? No bastaba trabajar mucho y con inteligencia para disminuir aquel odio. Se dijo a sí mismo que el único método para sustraerse a él era renunciar a su puesto, pero no quedó convencido. Eran aquel odio y aquel desprecio los que le disgustaban, no el temor a las persecuciones que de ellos se derivaran. Una vez más, no fue sincero consigo mismo y no llegó a ser perfectamente consciente de la verdadera razón por la que no abandonaba su empleo. No se dijo que su única esperanza era atenuar aquel odio y hacerse estimar por quien le despreciaba, sino que quiso convencerse de que permanecía en su puesto porque aún no sabía si aquel odio se manifestaría y si realmente existiría. Quizá una tácita renuncia, que deseaba hacer, bastaría para contentar a todos.

 

Iba a entrar a su casa cuando le llamaron. Era Francesca, que le esperaba hacía largo tiempo en mitad de la calle.

—Hace media hora que le espero. —Le había llamado sin moverse y ahora avanzaba hacia él con su paso decidido, sin prisa—. Tengo que decirle de parte de Annetta que trate de olvidarla; ella hará otro tanto.

 

La brevedad del anuncio era, sin duda, premeditada para producirle mayor sorpresa y dolor.

Pero él estaba preparado para algo peor y acogió casi con alegría a alguien que por fin venía a darle explicaciones.

—¡Estoy resignado! —contestó; y no encontró más que decir. Vaciló tanto que Francesca estaba a punto de alejarse; pero la detuvo; era la única persona de la que podía esperar noticias exactas sobre los sentimientos que en casa de los Maller alimentaban hacia él; y si perdía aquella ocasión de hablar con ella sabía que no encontraría otra con facilidad.

 

—Pero ¿por qué, por qué? —preguntó con voz estrangulada. No era ésa la pregunta que hubiera querido hacer; si no le hubiera parecido inoportuno, habría preguntado sin más qué se le pedía.

 

 

 

 

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—Tiene que conocer el motivo; se lo he explicado del principio al fin

 

antes de que el hecho ocurriera. —También su voz había temblado, pero de ira—. Su partida parecía la fuga ante una mujer que quisiera atraparle y Annetta ha hecho bien.

—¡Pero mi madre ha muerto! —protestó Alfonso—. ¿No basta esto para explicar mi ausencia?

Francesca permaneció fría.

 

—Cuando usted se marchó no sabía que estaba enferma, o me lo habría dicho. Escapaba a las molestias de su fortuna; o por lo menos así me he explicado yo su huida.

Con su aspecto arreglado, el rostro pálido, siempre igual, iba encolerizándose cada vez más sin hacer ningún gesto; y él sentía su ira en el tono de voz, que ya conocía. Sólo la ira pudo llevarla a confesar tan explícitamente lo que dijo a continuación.

Daba el juego por perdido. Afirmó que su principal desgracia había sido tropezarse con gente de la especie de los Maller; pero luego había sido Alfonso quien había decidido su suerte.

—En este momento sería la mujer de Maller si no me hubiera caído encima lo imprevisto, usted, un hombre semejante. Tengo la esperanza de que existan pocos en este mundo, ¡un imbécil!

Él ya sabía que Francesca era amante de Maller, y las revelaciones de Francesca no le aportaban más sorpresa que oírlas en su boca; pero bastó para que olvidara su intención de obtener de ella las noticias que tanto deseaba. La escuchó estático, asombrado ante aquella mujer enérgica que, en la desventura, sólo sentía la ira de no haber logrado realizar sus fines.

 

Ella siguió hablando. Le contó que, pocos días después de marcharse, Annetta había recuperado la calma y que probablemente había vuelto a influir sobre su padre contra Francesca. Lo había notado por la transformación en la actitud de Maller; y entonces escribió a Alfonso aquella carta que él enseguida vio era una petición de ayuda.

 

—El mayor consuelo en mi desgracia es saberlo desventurado también a usted.

Con estas palabras, le dejó; él no trató de retenerla. Habría sido inútil preguntarle cualquier cosa que no fuera la que le preocupaba. ¿Cómo explicarle qué intenciones tenían los Maller a su respecto y qué comportamiento exigían de él? No había ido con la intención de confortarle o de calmarle. Se había encargado con voluptuosidad de una

 

 

 

 

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embajada de Annetta creyendo que le afligiría y había añadido, por su parte, lo que creyó podía hacérsela más dolorosa.

 

No obstante, este coloquio le dio alguna tranquilidad. De todas las palabras de Francesca le quedaba solo la impresión de las primeras, la embajada de Annetta. ¡Enviaba a rogarle que la olvidara! Quería, pues, que callara, y nada más. Era suficiente para adoptar el comportamiento que desde el principio le había parecido el más natural y el que más podía facilitar su posición. No se preocuparía por Annetta ni por Macario; por lo menos, desaparecían las inquietudes que le habían producido las palabras de Miceni.

Volvió a la ciudad; sentía el intenso deseo de seguir reflexionando. Tenía la desagradable sensación de no haber entendido perfectamente la situación y le parecía que cada palabra nueva que oía cambiaba totalmente su aspecto.

En su empleucho se encontraba bien —pensaba en aquel día pasado tan agradablemente en el trabajo—; y en él se quedaría. Si Annetta le pedía silencio, sin duda Maller’ no quería otra cosa; y se guardaría de dar algún paso que pudiera revelar a terceros las causas del odio que le tenía.

Viviría tranquilo en medio de aquel odio. Cumpliría con su deber en el banco pero no esperaría que aquel odio disminuyera con el trabajo, sino por medio de su propio comportamiento. Se proponía comportarse de modo que acabaran por creer que había olvidado todo. Era más de lo que se le pedía.

Jamás la había amado; ahora la odiaba por las inquietudes de que era causa. Si no le pedían más que olvido, los contentaría.

Encontró por la calle a Gustavo, que le saludó.

 

—¡Al fin! No esperaba volver a verte más. Nos han tocado buenas durante tu ausencia. ¿Ya te ha contado mamá? ¿Y has visto a papá?

Alfonso le miró atentamente para ver qué impresión habían producido en él tantas desdichas. Tenía su aspecto habitual, con un cigarro en la boca, e iba sucio; pero llevaba el sombrero sobre la oreja derecha con coquetería. Sólo al preguntarle si su madre le había contado el abandono de Gralli le pasó por los ojos un relámpago de ira.

 

En el comedor de los Lanucci había una tristeza enorme. El mantel amarillento, los pocos y miserables cacharros y aquellos rostros pálidos y anémicos alrededor de la mesa hacían de él la digna habitación de la miseria desolada.

 

 

 

 

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—Maldita sea —murmuró Gustavo—; con tantos morros no se puede

 

digerir ni lo poco que se come. —Luego, dirigiéndose a Alfonso—: Yo estaría como de costumbre, pero al ver a estos…

Alfonso, por su parte, quiso secundarlo en el intento de sacudir a las dos mujeres de su inerte tristeza.

—En efecto —dijo—, tampoco yo comprendo por qué están mudos. La señora Lanucci, que se llevaba un trozo de carne cocida a la boca,

volvió a ponerlo en el plato; le repugnaba la comida. Lucía levantó los ojos y volvió la cara para mostrarla sonriente y desmentir a Gustavo; pero la sonrisa no le salió; estalló en lágrimas, ocultó el rostro en el pañuelo y, no bastándole para sustraerse a las miradas de todos, salió lentamente, sollozando con violencia. Inútilmente, el viejo Lanucci gritó tras ella que no se moviera de la mesa mientras se cenaba porque era un desorden que no podía tolerar. El desorden le disgustaba, más que nada, porque no podía moverse; exagerando el tratamiento que le había prescrito el médico, a fin de curarse lo antes posible, cuando se levantaba hacía que le envolvieran las piernas en pesadas mantas.

 

—Es por esa historia de Gralli —dijo la Lanucci con la voz sofocada de lágrimas contenidas—. Comprenderá que una muchacha no puede soportar con sangre fría que la dejen de ese modo, sin razón, porque la verdad es que ella, pobrecilla, no le dio ninguna. Le quería.

 

—Ofrecí romperle las narices a ese renacuajo, pero me lo prohibieron

 

—gritó Gustavo. Quería demostrar que no se quedaba pasivo ante la desgracia de la hermana.

—¡No! —dijo la señora Lanucci—. ¡Actos extremos, no! Puede arrepentirse de haberla abandonado; y mientras no haya barbaridades todo puede arreglarse.

Explicó a Alfonso que, si bien al principio no le había gustado Gralli, ahora compartía las esperanzas de Lucía, pues comprendía por su tristeza que estaba enamorada de él.

Luego, a propuesta del viejo, no hablaron más del asunto; pero tampoco hablaron de otra cosa.

Lanucci fue el primero que se retiró; y mientras caminaba lentamente, apoyándose en el brazo de su mujer, se quejaba de diferentes dolores; pero su compañera no los sentía e, impaciente, le obligaba a seguir adelante aunque se notaba que él hubiera querido detenerse a tomar aliento.

 

 

 

 

 

 

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Fatigado por el viaje, por el trabajo y por la agitación de la jornada, para Alfonso fue una verdadera felicidad poder acostarse. Apagó enseguida la luz y se echó sobre un costado, respirando profundamente con satisfacción. Parecía un hombre cansado de gozar.

 

Después de haber pedido permiso, entró Gustavo. —¿Ya tienes la luz apagada? ¿Estás muy cansado? —¡Sí! ¡Mucho!

Lentamente y con esfuerzo le dijo que había estado enfermo y que la enfermedad le había dejado muy débil. Creyó que Gustavo se había alejado y estuvo a punto de dormirse. Pero Gustavo, junto a él, habló largamente sin pedirle respuestas. Él comprendió lo que le decía, pero en su cansancio no le sorprendían los hechos que le exponía. No se turbaba siquiera al pensar en su relación con Annetta, que las palabras de Gustavo le traían a la mente.

—¡Oh! ¡Pocas palabras! —dijo Gustavo en voz baja. Afirmó que no le gustaba nada el gran dolor de Lucía por un hombre que no lo merecía—. ¡Aquí hay gato encerrado! —dijo bajando la voz amenazadoramente—. No es natural que Lucía se amargue por el abandono de un aborto

semejante. —Afirmó que a él le hablaba como a un hermano. Suponía que Lucía, por exceso de confianza, se había entregado a Mario Gralli—. Pero

yo lo mato aunque me cueste la cárcel. —Repitió en voz más alta—: Yo lo mato si abusó de nuestra confianza.

Alfonso había entendido, pero su único deseo fue que Gustavo se alejara lo antes posible. Sin embargo seguía discurriendo y se sintió en el deber de protestar en nombre de Lucía.

—Lucía es una muchacha honesta y tú te equivocas —dijo sin levantar la cabeza de la almohada.

—¿Honesta? —gritó Gustavo—; pero es una muchacha, y por lo tanto débil.

Desde el comedor se oyó un grito y luego el ruido de un llanto acongojado. Alfonso oyó la voz de la señora Lanucci, baja al principio; se entendía que quería tranquilizar a Lucía; luego, más alta: llamaba a Gustavo. Éste salió y cerró la puerta tras de sí. Luego Alfonso los oyó discutir acaloradamente; una voz trataba de sofocar a la otra, acompañadas ambas por los sollozos de Lucía, débiles y continuos. Éstos cesaron de repente y Lucía habló con voz clara, deletreando las sílabas e insistiendo en cada palabra. Juraba o prometía. Pero no llegó a sacudir a Alfonso de su

 

 

 

 

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sopor; se sentía tan débil y tan indiferente que creyó que sólo se trataba de una sugestión de la fiebre, que de nuevo le apresaba. Le pareció que una vez más se abría la puerta de su cuarto y que Gustavo le llamaba, pero en voz baja; evidentemente, sólo para asegurarse de que dormía.

 

Incapaz de espabilarse, no contestó.

 

Alfonso se levantó confortado por el sueño. Ahora sabía muy bien que la noche anterior había asistido a una escena real, pero no había captado tanto los detalles como para comprender la importancia de las dudas que Gustavo había querido comunicarle con tanta prisa. Sin duda, el tono de voz de Lucía no había sido culpable; y a Alfonso le bastó para creer en su perfecta inocencia. Nada más despertarse volvió a ser presa de sus preocupaciones; y no podía dedicar toda su inteligencia a estudiar hechos que no le afectaban directamente.

En el comedor encontró a Gustavo, que bebía su café a pequeños sorbos.

—Perdona, sabes, si ayer noche no te seguí escuchando —le dijo con franqueza—; estaba tan cansado que me dormí mientras me hablabas, y ni siquiera antes de dormirme llegué a entender nada. ¿Qué querías decirme?

 

Gustavo levantó los ojos de la taza y le echó una ojeada desconfiada. —Tanto mejor —le dijo—; yo estaba un poco alegre y quién sabe lo

que te dije.

 

No era verdad que estuviera ebrio, pero Alfonso no quiso buscar la razón por la que decía una mentira. Quizá, era la interpretación más benigna, Gustavo mentía para disculparse por haber dicho y pensado cosas que resultaron no ciertas.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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XVIII

 

 

 

En el banco, yendo por el pasillo hacia su despacho, experimentó la aguda sensación de malestar que sintiera el día anterior. No encontró a nadie que le disgustara, pero se alegró cuando llegó a su covachuela. Le desagradaba mucho la posibilidad de encontrarse repentinamente cara a cara con Maller.

 

Alchieri le saludó con sus modales bruscos y bromistas. Le contó que había visto el libro de copias asombrándose del gran número de cartas escritas por él.

—¡Ten cuidado de no trabajar demasiado, que perjudicarás a los demás!

Esta observación satisfizo a Alfonso. Si Alchieri había apreciado la enorme cantidad de trabajo hecho por él, más lo habría percibido Maller, que debía poner su firma en cada carta.

Hacia las diez, Alchieri se preparó para ir al entierro de Jassy. Le dolían los cinco francos que había tenido que desembolsar:

—Por lo menos quiero asistir al entierro y estar durante una hora lejos de la oficina.

Fue como quien va a una fiesta.

 

En cambio, a Alfonso le desagradaba tener que ir, porque sin duda asistiría también el señor Maller. Salvó la situación Sanneo, que le rogó permaneciera en el banco en vista de que todos los de la correspondencia, por haber tenido una relación más íntima con Jassy, deseaban rendirle el último homenaje. Era necesario que alguien se quedara, pues aunque era probable que el señor Maller fuera también al entierro, no lo había dicho expresamente; y si se quedaba en el banco podía necesitar alguna carta o información.

Alfonso se estremeció de tal modo que Sanneo se dio cuenta.

 

 

 

 

 

 

 

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—¡Oh! ¡No le pedirá gran cosa! —le dijo para tranquilizarle—; como máximo, tendrá que corretear un poco por el banco para buscar algún documento.

 

Quedándose en el banco corría los mismos peligros que yendo al entierro.

Sería bueno, con todo, que le dejaran siempre tranquilo. Habitualmente, aunque el despacho estuviera apartado, llegaban a él desde el pasillo y desde las demás oficinas ruidos a menudo indistintos pero siempre molestos por su continuidad; pero aquel día no se oía más que el paso o la voz de algún individuo con largos intervalos. El patio al que daba la ventana del despacho estaba siempre silencioso.

 

Su soledad no duró mucho tiempo. Llamaron a la puerta y, sorprendido y asustado, se levantó gritando que entraran.

Era una mujer, probablemente una modistilla; llevaba en la cabeza rubia un velo negro y vestido muy usado pero decente, cuidadoso y de buen gusto. Ella le miró esperando la reconociera.

—¿No me reconoce? —y se quedó vacilante junto a la puerta, quizá arrepentida de haber ido a aquel lugar—. Le fui presentada por el señor White.

—¡Ah! ¡La señora White! —dijo sorprendido y ofreciéndole una silla. Ahora recordaba la figura rubia y pálida que había visto inclinada sobre un telar en casa de los White. Quiso salir de su embarazo—: Perdone que no la haya reconocido, pero la culpa es de ese velo que lleva, que le cambia la fisonomía.

Ella esbozó una sonrisa no sólo forzada, sino también descuidada; no estaba en disposición de prepararla. Le dijo que iba a verle porque consideraba que él sabría algo de su amigo White. Hablaba a la perfección el dialecto.

—¿No le escribe a usted? —preguntó Alfonso muy sorprendido.

 

No recordaba que, al partir White, su mujer se había quedado allí. Bonita figura la de la francesa. Alta, erguida, con formas precisas; de líneas femeninas sobre un cuerpo viril.

—Las últimas cartas las recibí desde Marsella —le dijo ella enrojeciendo.

Aquella frase, unida a su rubor, era una confesión; la historia de cómo White había roto sin consideraciones aquella relación de un día para otro; con lo cual parecían muy superficiales las relaciones habidas entre ellos.

 

 

 

 

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Él fingió no entender:

 

—¡Quizá no haya llegado aún a su destino!

 

Sabía muy bien que en ese tiempo White podía haber dado la vuelta al mundo.

—¡Oh! Sé que ha llegado porque, por otro lado, su hermano me lo ha anunciado desde Londres. ¿No sabe usted dónde se encuentra ahora?

Necesitando evidenciar su participación, Alfonso se traicionó mostrando que había entendido.

—No lo sé y lo siento —dijo con violencia—; porque si lo supiera se lo diría a pesar de mi amistad con él.

Tomaba partido por ella con tanta resolución porque le parecía ver alguna semejanza entre el dolor de aquella señora y el de Lucía. White, de aspecto tan señorial, cometía una acción peor que la de Gralli.

 

Los ojos azules de la señora se llenaron de lágrimas que, no obstante, no se derramaron; sin habérselas secado, desaparecieron absorbidas de nuevo. No hizo confidencias pero habló como si ya le hubiera contado todo a Alfonso.

—El cree que cumple todos sus deberes para conmigo asignándome

 

una pensión. —Irguió la cabeza con orgullo—. Tengo la esperanza de ganar lo suficiente dentro de algunos meses para poder prescindir incluso de ella.

Entró Alchieri cantando, contento por el paseo que había dado. Al ver a la señora se ofuscó y pidió disculpas.

Habían terminado las confidencias tan bien encaminadas.

 

Alfonso la detuvo en la puerta para aconsejarle que se dirigiera a Maller, que debía saber dónde se encontraba White. La belleza y el orgullo de aquella mujer hacían que aumentaran sus deseos de ayudarla.

Ella contestó que ya había estado con Maller, el cual le había dicho que no sabía nada.

—Se han puesto de acuerdo —añadió con desprecio. Luego, quizá humillada por haber despertado la compasión que Alfonso le demostraba, añadió—: Por otra parte, tampoco entiendo por qué trato de obtener esa dirección. Me limitaría a lanzarle alguna insolencia, cosa inútil porque él debe saber qué le diría si pudiera hablarle.

Alfonso habría permanecido conmovido por esta extraña visita durante mucho más tiempo si la señora White, como él se obstinaba en llamarla,

 

 

 

 

 

 

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no le hubiera hecho al irse un saludo frío, simplemente amable y suficiente para demostrarle lo poco que le importaban sus consuelos.

 

Sanneo llamó a Alfonso para darle las gracias y preguntarle si durante su ausencia había ocurrido algo nuevo.

Al volver a su sitio tropezó por primera vez con el señor Maller. Podría haberlo evitado, pues Maller, que volvía del entierro, iba delante y se dirigía a su despacho; pero pensó que le había visto y no quiso que creyera que temía este encuentro. Aceleró el paso, se adelantó a Maller y le saludó inclinándose; no estaba seguro, pero le pareció que también Maller inclinaba la cabeza. Antes de entrar en el pequeño pasillo de la izquierda se dio la vuelta y vio que Maller le daba la espalda para entrar en el despacho. Tenía el rostro intensamente rojo y Alfonso se quedó dudando si el rubor era producido por la agitación de haberse tropezado con él o si era su color habitual, a cuya vista no estaba todavía acostumbrado.

 

Este encuentro le tuvo agitado todo el día y su agitación redundó en un aumento de trabajo. Su actividad estaba siempre en relación directa con las inquietudes que le acarreaban sus relaciones con Maller.

 

A mediodía no se atrevió a salir de la oficina inmediatamente temiendo ver de nuevo al señor Maller, que iba a la bolsa a aquella hora.

Ballina le entretuvo con su parloteo. Alchieri le había dicho que el buen humor de Ballina había disminuido desde hacía algún tiempo. El exoficial no sabía bien qué cambio se había producido en el humor de Ballina, pero sentía claramente que había cambiado. Ballina seguía siendo alegre y se reía mucho, pero precisamente a espaldas de los demás y con algo de veneno. Su posición no había empeorado y no había sido afectado por ninguna desgracia, pero decía estar cansado de luchar con la miseria.

—Cuando pienso en lo que a los diez años pensaba que sería a los treinta y cinco y considero lo que soy, me vienen sudores fríos —le dijo a Alfonso cuando éste le pidió noticias de su salud. Era su idea fija.

 

Hacía poco había entrado en la sección de correspondencia un nuevo empleado, cierto Bravicci, un jovencito que no sabía nada pero que había sido tan bien recomendado que le habían asignado inmediatamente un sueldo, y superior al de Alfonso. Iba vestido con desaliño y a menudo con suciedad; trabajaba como un negro en el trabajo de copia a que Sanneo le había relegado. No era estimado por los colegas y Ballina le dedicaba un odio particular.

 

 

 

 

 

 

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—Tiene cien o doscientos mil francos y viene aquí a quitarnos el pan de la boca a nosotros, que no tenemos nada.

 

Alfonso no podía creerlo.

 

—En efecto —dijo Ballina—; es difícil creerlo; si no se supiera que cuanto más dinero se posee tanto más idiota se vuelve uno, sería imposible.

Luego, olvidando a Bravicci, en un impulso de su antiguo buen humor carente de hiel afirmó que también él hacía más tonterías a principios de mes, apenas recibida la paga, que a finales; los últimos días del mes gastaba lo que era necesario y nada más.

A Alfonso le bastaba entonces el trabajo en el banco, pues hacía muchísimo y con intensa atención, siempre estimulada por un encuentro con Maller o un saludo brusco de Cellani. Por la noche salía exhausto del banco, tranquilo, satisfecho por el trabajo cumplido; y aun fuera de la oficina volvía mentalmente a ella de buena gana. Él mismo, asombrado, se preguntaba a veces si no se habría engañado sobre sus verdaderas cualidades y si aquella vida no sería precisamente la más adecuada a su organismo. Su antigua costumbre de soñar, de megalómano, persistía, pero evocaba fantasmas muy diferentes. Cuando soñaba se atribuía rasgos de diligencia extraordinaria que necesariamente tenían que ser elogiados por Sanneo y por la dirección. Rasgos de diligencia que salvaban al banco de la ruina.

 

Como consecuencia de su actividad, y también por otras razones, se sentía mejor en su puesto. Aunque no como él soñaba, Sanneo le había elogiado, cosa que era mucho considerando las maneras que el jefe usaba habitualmente con los empleados para no echarlos a perder con alabanzas. Con Alfonso tuvo consideraciones totalmente inusitadas en él. Dio orden al pequeño Giacomo de que se pusiera a su servicio para corretear por el banco en busca de los documentos que precisara o de los libros de copias. Alfonso se lo agradeció mucho, pues odiaba más que nunca aquellas largas búsquedas, trabajo del que no quedaba huella y del que por tanto la dirección nada podía saber.

 

Sin las molestias que le acarreaban esas búsquedas inútiles su vida fue más tranquila. Durante el día hablaba poco y siempre con las mismas personas. Por la calle se sentía a disgusto y sólo permanecía en ella para ir a la oficina o a casa.

 

 

 

 

 

 

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Creía encontrarse muy cerca del estado ideal soñado en sus lecturas: estado de renuncia y de serenidad. Ya no sentía siquiera la agitación que le producía el esfuerzo de rechazar o renunciar. Ya no se le ofrecía nada; con su última renuncia creía haberse salvado, para siempre, de toda bajeza a que hubiera podido arrastrarle el deseo de gozar.

 

No deseaba ser de otro modo. Exceptuando sus temores por el futuro y su malestar por el odio de que se sabía objeto, era feliz, se sentía equilibrado como un viejo. Sin duda, y era consciente de ello, su paz era el resultado de las extrañas vicisitudes de los últimos meses, que habían arrojado sobre él como una capa de plomo que le impedía toda divagación; todos sus pensamientos estaban ocupados en aquellas vicisitudes, en la admiración de la grandeza de sacrificio que había hecho o en el estudio de cómo sustraerse a los peligros que podían amenazarle. De todos modos, estaba más tranquilo que en los años de descontento pasados en el banco, inquieto y ambicioso, viviendo a ciegas y de acuerdo con las sensaciones del momento. Ahora había olvidado sus sueños de grandeza y de riqueza y podía soñar durante horas sin que apareciera entre sus fantasmas una sola cara de mujer.

 

Soñaba que su paz seguía aumentando. Soñaba que seguía siendo como era, que olvidaba por entero a Annetta y que era olvidado por ella y por los demás. Soñaba también que disminuía el odio de Maller y que se veía acogido por él como aquella noche en su despacho, cuando le llamó para alentarle con tanta dulzura. ¿Y Macario? ¿Sabía éste cuántas razones tenía para odiarle?

No soñaba en una mejoría de su situación en el banco. La renta que podía obtener de su pequeño capital junto con su sueldo le bastarían, y de sus jefes sólo esperaba que le dejaran en paz en su puesto.

 

A su alrededor, en el banco, se luchaba encarnizadamente, cosa que le hacía sentir todavía más la altura de su posición, alejada de aquella lucha tan encarnizada como mezquina. Unos luchaban desde abajo por los puestos cercanos a los directores, y otros, como ocurría precisamente entonces, combatían por el puesto de fundador y director de la filial que la casa Maller pensaba establecer en Venecia.

Por el puesto de Venecia luchaban dos viejos: el doctor Ciappi y el perito en liquidaciones Rultini, personas ambas con quienes hasta entonces Alfonso poco o nada había tenido que ver.

 

 

 

 

 

 

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El doctor Ciappi era empleado del banco Maller desde hacía pocos años. Había hecho regularmente sus estudios, pero siendo de familia pobre y careciendo de protecciones no había logrado procurarse una clientela suficiente para vivir de ella y, tras largos años de inútiles intentos, había aceptado el puesto que Maller le había ofrecido, de director de la oficina jurídica y abogado del banco. Era un puesto que no le daba las ventajas que podía esperar de la dirección de la casa de Venecia.

 

También Rultini había entrado en el banco Maller ya viejo. Le habían colocado como perito en liquidaciones más por deferencia a su pelo blanco que por su habilidad; pero lo que era peor, y todos lo sabían, era que él mismo se sentía insuficiente en su puesto por ser poco rápido en el trabajo y poco hábil en las cuentas de bolsa. Era la razón principal por la que competía por el puesto de director en Venecia, ya que debiendo depender la nueva filial de la casa matriz, aquel puesto era de confianza, pero no de dificultad.

Los cuatro viejos del banco, Rultini, Ciappi, Jassy y Marlucci habían sido grandes amigos, reunidos por una edad aproximadamente igual y desplazados ante los jovenzuelos que invadían el banco; pero la amistad entre Rultini y Ciappi había sido especialmente conocida y admirada. Rultini, lingüista de primer orden, ayudaba a Ciappi cuando la oficina jurídica tenía que redactar cartas que requerían mayor pureza o propiedad de lengua; y en los días de liquidación Ciappi estaba a menudo junto a Rultini para ayudarle a solventar las terribles complicaciones del día. Pero en el entierro de Jassy, el más viejo de los cuatro, se observó por primera vez que las dos cabezas blancas se mantenían apartadas. El doctor (por antonomasia Ciappi era llamado así) miraba a hurtadillas a Rultini esperando que se le acercara; pero el profesor Rultini (por sus estudios lingüísticos era llamado profesor con cierta ironía) miraba a otra parte, duro y tieso. Desde entonces no volvieron a cruzar palabra, lo cual despertó la sorpresa general, pues la competencia por el puesto de Venecia duraba desde hacía largo tiempo, y desde el principio los dos viejos habían mostrado incluso mayor amistad que de costumbre.

 

Ciappi contaba que había habido una discusión a la cual no creía que Rultini hubiera dado tanta importancia; había estallado en la fonda por un motivo fútil, una palabra dicha por él a la ligera, sin malicia. Un día que se hallaba en el despacho de Alfonso, sintió la necesidad de hablarle de sus relaciones con Rultini. Alfonso comprendió que era una salida diplomática

 

 

 

 

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y astuta, pero equivocada; Ciappi seguía creyéndole amigo de la casa de los Maller y tenía la esperanza de conquistar su simpatía e influir a través de él en Maller.

 

—Ahora Rultini me odia, ésa es la razón por la que un simple altercado como muchos de los que antes hemos tenido puede haber degenerado de este modo. A él le parece que le he traicionado, pero por muy amigos que seamos no podía sacrificar por él la mayor fortuna a que podría jamás aspirar. Yo, sin embargo, quería seguir siendo su amigo, y la rivalidad se podía limitar a ése sólo punto. Pero él perdió la cabeza de modo indigno.

La indignación de Ciappi era muy hermosa, muy humana; pero en el banco se decía que era él quien tenía las mayores probabilidades de vencer; y de hecho, con sus conocimientos jurídicos debía parecer más idóneo para el puesto de director que el otro con su filología; por eso Alfonso, aun diciéndole que le daba la razón, pensaba que en la situación de Rultini tampoco Ciappi habría estado tan sensato y tranquilo.

Tuvo, además, ocasión de oír las razones del otro. Había ido a contabilidad para buscar un libro de copias y se había detenido a hablar con Miceni, mientras Rultini discutía fogosamente, pero en voz baja, con Marlucci en un rincón. Miceni le hizo señas a Alfonso de que se callara y estuvieron ambos en pie pero en actitud de hablar de modo que los otros dos, cada vez más acalorados, no se dieron cuenta de que los escuchaban.

 

Rultini fue el primero que levantó la voz:

 

—Él sabía que yo necesitaba absolutamente ese puesto porque mi posición aquí no es sostenible, mientras que a él le aporta pocas ventajas. Lo que ha hecho es, por lo tanto, una traición.

También Marlucci gritó para hacerse oír, pero sosegadamente, como quien fácilmente puede ver las cosas con objetividad. Dijo que a nadie se le podía exigir que renunciara a tan buena suerte por amistad, y que él culpaba a quien por primera vez había hecho de una rivalidad de negocios una amistad privada. Sería deber de Rultini hacer lo antes posible las paces con Ciappi.

Rultini gritó que estaba dispuesto a todo, quizá hasta a renunciar voluntariamente al puesto ambicionado, pero no a hacer esas paces. Afirmaba que su odio no había nacido sólo por una rivalidad en negocios, sino porque en la fonda, ante otras personas, sin ninguna consideración le había reprendido por un error de la última liquidación.

 

 

 

 

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—¡Él es astuto! Se da aires de indiferente pero entretanto trabaja por debajo robándome la poca consideración de que aquí puedo gozar.

 

Mostraba en su rostro grueso, aún sin arrugas, una gran sorpresa dolorosa ante el hecho de que, sintiéndose tan infeliz, todavía se le echara la culpa; a Alfonso le dio lástima.

Cuando salió Rultini, Marlucci se dirigió a Miceni con cierta risilla maligna.

—Le he dicho mi opinión.

 

Sucedió lo imprevisto. Maller otorgó el puesto de dirigente de la filial de Venecia a Rultini. La filial de Venecia debía ocuparse sólo pasivamente de negocios de bolsa; es decir, aceptar órdenes y transmitirlas a la casa matriz; y quizá uno de los motivos de la decisión de Maller fue precisamente el deseo de librarse de un liquidador incapaz.

El primer anuncio que hubo de tal elección fue precisamente el comportamiento de los dos viejos. Pareció que hubieran cambiado las cabezas como por encanto. Rultini, que desde hacía tanto tiempo estaba triste y brusco, se volvió alegre y cordial. Parecía que se encontrara en una continua fiesta: estrechaba con calor las manos que se le ofrecían para felicitarle y se inquietaba cuando veía caras tristes. Un día detuvo a Alfonso, con quien hasta entonces no había cruzado más que unas palabras, y le preguntó la razón de su tristeza. Alfonso, estremeciéndose, quiso dar alguna respuesta; pero Rultini, en su alegría inquieta, no tuvo tiempo de esperar y se fue diciéndole:

—No inquietarse nunca; ésa es la máxima más importante para ser feliz. —En el fondo, la tristeza ajena le importaba poco pero le sorprendía: ¿Cómo? ¿Había aún quien se quejara?

Y no obstante, además de la de Alfonso, había en el banco otras tristezas. Cinco días después fue Ciappi a la oficina; durante aquellos cinco días se había declarado enfermo. El primer día permaneció sólo alrededor de una hora en la oficina y se fue, ahuyentado por las miradas indiscretas de sus colegas, los cuales sabían que la derrota debía haberlo sorprendido y querían ver cómo la soportaba. Lo hizo con dignidad, y todos tuvieron que reconocerlo, pasados algunos días. Cuando se puso a trabajar, no pareció demasiado triste; era un trabajador preciso, como siempre. Por asuntos de la oficina habló también con Rultini aunque éste, antes de su éxito, había evitado entrar en contacto con él incluso por tales asuntos. Para completar su felicidad, Rultini no deseaba sino hacer las

 

 

 

 

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paces con su viejo amigo, y le lanzaba miradas amorosas; pero Ciappi se hacía el sordo y le trataba con una frialdad glacial. Tampoco cuando se veía obligado a hablarle por asuntos de oficina le miraba a la cara.

 

—¡Ah! ¿Conque sí? ¿Ahora que me ha arruinado quiere mi amistad? Rultini confesó a Marlucci que se arrepentía de haber reñido con

Ciappi, pero que en él la ira se justificaba pues si Ciappi hubiera sido elegido habría sido una injusticia manifiesta. Ciappi no tenía ningún derecho a guardarle rencor.

—Que me ceda su puesto y su paga y, por supuesto, también su ciencia, para que me pueda sentir idóneo y feliz en su puesto, y yo estoy dispuesto a dejar que vaya en mi lugar a Venecia. Hasta estas palabras fueron contadas a Ciappi.

—¿Darle mi ciencia y mi práctica? Si no hubiera sido siempre un holgazán semejante se las habría conquistado él mismo. Les garantizo que, por poco que se pida de él en aquel puesto, será siempre demasiado; y, si Maller no se prepara a poner remedio, un buen día se dará cuenta de que, contrariamente a su voluntad, su filial habrá hecho una operación independiente y quebrará por su propia cuenta.

 

Maller conoció perfectamente este odio y lo creyó aún mayor de lo que en realidad era. Por prudencia, hizo que Rultini partiera una semana antes de la fecha establecida.

Rultini fue a la estación acompañado triunfalmente por los empleados más antiguos, incluidos Marlucci y Sanneo. Marlucci dijo luego que con Rultini perdía mucho, el amigo más viejo que tenía en el banco.

—No comprendo cómo Ciappi ha podido comportarse de ese modo. Alfonso, ante quien Marlucci dejó caer esta frase, pensó que el toscano

tenía la buena costumbre de ser siempre del parecer del más afortunado. Aquel Giacomo, el muchachito de las mejillas de color rosa por quien

Alfonso sintiera tanto afecto, era un luchador tenaz. El jovencito había crecido, adelgazado, había perdido los colores que trajera de su Friuli y su rostro, al alargarse, había tomado la forma de sus huesos regulares pero grandes y sólidos.

Los mozos del banco eran considerados empleados y estaban adscritos a cada uno de los departamentos: a la caja, a la liquidación o a la correspondencia; sus jefes inmediatos eran los jefes de las oficinas respectivas. Sólo con el paso del tiempo, empezando por el mismo Maller, los más altos empleados se sirvieron de un mozo y lo hicieron en parte

 

 

 

 

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criado suyo, pagándole por separado. Esto completaba la jornada del mozo, dedicada sólo en parte a los quehaceres de la oficina.

 

Cellani había escogido al viejo Antonio, exfurriel; y, aunque le sirviera descuidadamente, durante muchos años se había contentado. Sin duda por bondad, un día le aconsejó que se hiciera ayudar por Giacomo; Antonio aceptó agradecido y cometió el error de abusar de la ayuda que se le ofrecía. Desde entonces, fue Giacomo quien limpió el despacho de Cellani; volvía a colocar en su sitio, en la pequeña estantería, los libros consultados durante el día, y a menudo Antonio dejaba también a Giacomo el cuidado de llevar a Cellani el té que tomaba el procurador dos veces al día. El jovencito comprendió pronto la utilidad que podía sacar de tal situación y fue muy celoso en el servicio de Cellani, descuidando, cuando no le quedaba más remedio, el del banco.

 

A pesar de su bondad, en Año Nuevo Cellani no se acordó de Antonio, a quien no veía casi nunca, y dio una remuneración a Giacomo. Para Antonio fue una sorpresa, pues no había calculado las naturales consecuencias de su poca actividad. No se atrevió a quejarse pero quiso cambiar de sistema y prohibió a Giacomo que siguiera trabajando para Cellani y soportó sólo las fatigas de su empleo para obtener todas las ventajas de él.

Pero era demasiado tarde. Enseguida, al primer día, Cellani percibió el cambio pues estaba habituado a ser mejor servido. Llamó a Giacomo para reprenderle por haber dejado sucia su mesa. El jovencito rápidamente dijo una frase, meditada desde que Antonio le prohibió volver a poner los pies en el despacho de Cellani; había calculado las consecuencias y nada le sorprendía:

—¿Sabe? No he sido yo quien ha arreglado el despacho, lo ha hecho Antonio porque así lo ha querido. Yo había empezado y me ha hecho dejarlo.

Era el dos de enero y el día anterior habían sido distribuidos los aguinaldos, de modo que a Cellani le fue fácil relacionar con ellos el nuevo celo de Antonio. Comprendió, y se quedó conmovido. Dio dinero a Antonio pero no supo ser bueno del todo y le rogó que dejara que Giacomo limpiara su despacho. Había llegado a estimar demasiado su comodidad.

Para Antonio fue una desgracia, pues con este despido disminuía su sueldo sin que disminuyera sensiblemente su trabajo. Los empleados de la

 

 

 

 

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caja, a la cual estaba adscrito, le habían hecho trabajar poco por consideración a Cellani, mientras que ahora se vio de nuevo obligado a correr por la ciudad haciendo cobros y pagos. Además, sabiendo que estaba únicamente al servicio de la caja, cuando las demás oficinas necesitaban un mayor número de mozos pedían a menudo permiso al cajero para servirse de Antonio.

 

El mismo contó su desdicha a Alfonso. Sanneo hacía llevar a la correspondencia el depósito de papel, que hasta entonces había estado en los despachos de contabilidad; y de su transporte fueron encargados Antonio, Santo y Giacomo. Muy pronto estos dos últimos se marcharon, pues en el pasillo había sonado varias veces el timbre; ya no volvieron, y Antonio jadeó arrastrando durante dos horas paquetes de papel que pesaban, decía, como el plomo.

—¿No está usted ya al servicio del señor Cellani? —le preguntó Alfonso.

—Cómo, ¿no lo sabía? —preguntó Antonio estupefacto de que no supieran todos su desgracia—. Tiré una taza de té y el señor Cellani no me lo perdona. —No confesaba que había perdido el puesto por su lentitud para trabajar. Pero luego no quiso ahorrarle a Giacomo los reproches que en realidad merecía—: Si no hubiera estado ese maldito muchacho que se puso delante y me calumnió ante el señor Cellani, a esta hora estaría aún en mi puesto.

Giacomo le contó a Alfonso con exactitud y sinceridad cómo se había desarrollado el asunto. Alfonso le había tomado del mentón y le miraba seriamente a los ojos, todavía infantiles.

—¿Pero tú le has quitado el puesto a Antonio?

 

—¿Yo? —dijo Giacomo con una risotada de persona satisfecha—; ese haragán no hacía nada. Está ciego y no se tiene sobre las piernas; no valía para el señor Cellani.

Alfonso le dejó, sorprendido de aquella falta de piedad hacia el vencido.

—No le dejaría tocar mi cuello si tuviera oro en la garganta.

 

Se sentía tranquilo y contento de sí, ahora que sabía lo que le faltaba en comparación con sus semejantes. No era él el inferior, como durante tanto tiempo había creído. Podía juzgar a los demás desde arriba, serenamente, pues se había encontrado también él en aquella lucha y sabía

 

 

 

 

 

 

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lo que era. Experimentaba una conmovida compasión tanto por los vencidos como por los vencedores.

 

Estaba tan convencido de la justicia de sus propios sentimientos que a veces le parecía fácil convencer a otros.

Una noche se encontró solo en el comedor con Lucía. Era una pobrecilla que necesitaba consuelo. El dolor le había transformado la fisonomía y las costumbres. No preocupándose ya por remendar y embellecer sus vestidos, las miserables telas traicionaban los daños causados por el tiempo, antes hábilmente disfrazados; del cuerpo delgado y poco elegante pendía la falda como de un colgador y la cintura, aunque delgada y no carente de gracia, no llegaba nunca a mostrar su forma. Lucía lloraba a menudo y bastaba a veces para provocar sus lágrimas que su madre le recordara su dolor, reprochándole que estuviera triste y descuidada. Luego, al verla llorar, en vez de conmoverse con ella, la señora Lanucci la reprendía; decía que Gralli no merecía lágrimas y que era un jorobado imbécil. La misma Lucía no hacía un misterio de la causa de su dolor; nunca había hablado de ello ante Alfonso, pero no tenía valor para protestar cuando otro lo hacía.

 

¿No se podría consolar a aquella pobrecilla? Intentó hacerlo. Se sentó junto a ella y le habló con gran dulzura, con el acento de la sinceridad; muy pronto, conmovido, le pareció que la muchacha le seguía hasta la altura a que intentaba llevarla y que el ascenso debía serle fácil gracias al sentimiento de que se sentía invadido.

Le habló de sus largas observaciones sobre la vida y de cómo había hallado que eran tontas nuestras alegrías y tontos nuestros dolores. ¡Le recordó las enseñanzas que sin duda los sacerdotes y los maestros le habían inculcado también a ella! La vida tenía valor por cosas muy diferentes de aquellas que el vulgo amaba. Los curas decían esta verdad demasiado fríamente y por eso no se creía, pero era cierto, profundamente cierto. Al darse cuenta de que así era, le dijo, él había experimentado una gran sorpresa. No era retórica de curas y maestros, ¡era verdad! El equilibrio de nuestra vida, una existencia laboriosa aunque con metas modestas, valía más que todas las felicidades que podían dar la riqueza y el amor. La tranquilidad de la conciencia era el elemento más importante para lograr la felicidad. No debía creer que quien la había hecho desdichada pudiera gozar de una gran felicidad, pues los remordimientos, la falta de satisfacción de sí mismo, era la mayor de las desgracias. Pero

 

 

 

 

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esto no debía importarle: que él viviera feliz como pudiera, a ella eso no le perjudicaba.

 

¿Por qué se sentía desdichada? Podía vivir tranquila junto a su madre y demostrarle el afecto de que tanta necesidad tenía; ¿y se quejaba? ¿No le bastaba? La sencillez de costumbres era la felicidad, era felicidad la bondad y era felicidad la paz. Y nada más.

Ella no le había entendido perfectamente; y claro, lo poco que había entendido no la convencía, pero le admiraba verle convencido y emocionado por aquellas ideas; y la enorme exclusión con que había cerrado su sermón la dejó con la boca abierta. Para él, en cambio, aquella conversación había tenido más importancia de lo que hubiera podido prever; había acabado convenciéndose. Jamás había sido consciente con tanta claridad de los sentimientos que desde hacía tanto tiempo bullían en su ánimo. La sorpresa de sentirse tan contento y tan tranquilo le impidió lamentar no haber llegado a mejor resultado con Lucía. Ella le había echado una mirada que significaba algo muy diferente de la renuncia. Era peligroso hablar con aquella muchacha con demasiado calor.

 

Ahora sabía por qué había renunciado a Annetta. No tenía nada que reprocharse porque había actuado de acuerdo con su propia naturaleza, que él aún no conocía. Era bueno conocer por fin los móviles que dirigían aquel organismo que cada día le daba sorpresas. Conociéndolos, podía ahorrarse desviaciones del camino que la naturaleza le había impuesto: un camino agradable, fácil y sin meta.

 

Quiso resignarse más a las situaciones falsas y dolorosas en que tuvo que volver a verse a menudo. No es que reconociera que se le castigaba justamente, pero se consolaba pensando que muy pronto se le olvidaría y que, por su parte, nunca más comprometería su propia paz.

Prarchi deseaba que viera a Fumigi y le rogó que fuera con él una mañana al café de la estación, donde el pobre enfermo pasaba el rato copiando periódicos. Le mostró un escrito de Fumigi, documento precioso que llevaba consigo. Era una tira de papel arrancada de algún periódico, llena de signos de lápiz hechos con fuerza, hasta romper el papel. Algunas eran letras de imprenta, otras normales; éstas eran sólo aproximadamente exactas, mientras que las de molde estaban copiadas con exactitud.

Tuvo de decidirse a ir a ver al enfermo. A Prarchi le interesaba como si la enfermedad fuera obra suya y Fumigi un animal educado por él; y Alfonso temía ofenderle si mostraba poco interés.

 

 

 

 

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Cuando, una mañana, al ir hacia el café, se encontró con Prarchi, éste le comunicó que probablemente encontrarían allí también a Macario, que visitaba a su primo todos los días. Hasta ese encuentro le parecía a Alfonso un nuevo paso hacia la tranquilidad; dentro de poco sabría qué podía esperar por aquel lado. Era desagradable no estar preparado para el encuentro, y mientras Prarchi seguía hablando de Fumigi, él reflexionaba sobre el comportamiento a adoptar con Macario. Le sería fácil demostrarle su habitual simpatía, escucharle con atención cuando hablara y por último, darle la enhorabuena por su compromiso con Annetta, según Prarchi oficial desde hacía unos días. No odiaba a Macario y le pareció que esta ficción no debería costarle gran esfuerzo.

 

Tal era la actitud sugerida por las circunstancias. Probablemente Macario no sabía nada y su comportamiento nada debía darle a conocer; pero aunque Annetta, como era su deber, le hubiera contado todo, Macario se guardaría de dejarlo entrever y, por mucho que tuviera que sufrir, trataría de imitar el comportamiento de Alfonso, al que estaría agradecido. Pero, en el breve paseo, Alfonso tuvo ocasión de soñar que Macario, al verle, arrastrado por el odio se enfrentaba públicamente a él como a un enemigo. ¿Era posible? Podía haber perdonado a Annetta para satisfacer su amor y su interés, pero podía también sufrir y no saber dominarse al ver a quien consideraba el principal culpable.

 

Entretanto, Prarchi hablaba mal de los Maller. Le daban dinero a Fumigi, pero muy poco. Le habían dejado viajar en compañía de un enfermero pero debían haberlo hecho acompañar por alguien de la familia.

—El imbécil de Federico, por ejemplo.

 

El hermano de Annetta había vuelto a la ciudad hacía dos meses y no hacía más que pasear por las calles vestido a la última moda de París con una chaqueta ancha y corta y unos pantalones estrechos que descubrían las formas enjutas de sus piernas. Alfonso no le había visto aún.

Atravesaron la primera sala del café, un local hermoso pero con la tapicería ordinaria de colores vivos aún no oscurecidos por el tiempo. Por una pequeña puerta camuflada por una cortina verde entraron en otra sala, oblonga, con espacio para el billar y para los jugadores.

Estaba Fumigi solo, sentado junto a una ventana y leyendo un periódico con tal atención que no percibió a los recién llegados. Sólo cuando Prarchi le tocó en un hombro se volvió sin prisa y examinó largamente primero a Prarchi y luego a Alfonso con una sonrisa que era de

 

 

 

 

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bobo, sólo por ser continua y sin motivo, ya que, por lo demás, era la sonrisa habitual de Fumigi, algo inerte y desdibujada. Su rostro estaba más demacrado, pero parecía que su figurita no hubiera perdido nada de su firmeza, por lo menos viéndolo sentado. Masticaba y Alfonso creyó que tenía algo en la boca; les miraba y parecía que quisiera hablar, pero luego olvidó su presencia y se puso a leer de nuevo con prisa convulsa.

 

—¡Señor Fumigi! —dijo Prarchi en voz alta y sacudiéndolo—. ¿No reconoce a este señor?

Fumigi miró largo tiempo a Alfonso y, a intervalos, daba un pequeño grito de sorpresa creyendo reconocerle; luego se desengañaba. Se dirigió a él:

—¿Cómo está usted?

 

Era evidente que renunciaba a reconocerle; había perdido la memoria pero no la cortesía.

—Bien, gracias, ¿y usted? —preguntó Alfonso conmovido.

 

—Bien… Bien…

 

Luego masticó unas palabras que no se entendían señalando el periódico; quería contar lo que había leído. Aunque los dos jóvenes no hicieron ningún movimiento, Fumigi se dio cuenta de que no le entendían. Repitió gritando una frase y luego la abrevió para poder prestar mayor atención a la pronunciación. Por último, renunció a su pensamiento y se contentó con decir un nombre silabeándolo. Era el nombre de un político que meses antes había dado mucho que hablar. Volvió a hundirse en su lectura después de vacilar un instante y de mirar a sus interlocutores con esa mirada de súplica que tiene el perro para el amo que le prohíbe tocar un trozo de carne.

—¿Y siempre está así, nunca es violento? —preguntó Alfonso en voz baja.

—Puede hablar en voz alta —le contestó Prarchi, e hizo que se aproximara.

Al leer, Fumigi recitaba deteniéndose complacido en ciertas palabras de sonido más fuerte. Luego pareció que se enfadaba y gritó, masticando las sílabas y repitiéndolas.

Alfonso quedó entre la luz y el periódico y el enfermo levantó la cabeza tras un instante de sorpresa al ver la sombra que se proyectaba sobre el papel; cuando la sombra desapareció, se apaciguó de nuevo y volvió a su trabajo.

 

 

 

 

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En la sala había entrado alguien y antes de oír su voz Alfonso sintió que era Macario. Turbado, quiso retrasar el encuentro y se puso a mirar a Fumigi con intensa atención fingiendo no haber percibido a Macario ni siquiera cuando le oyó saludar a Prarchi.

 

Se aproximaban a Fumigi, y por lo tanto a él.

 

—¿Qué tal? —preguntó Macario dando al bobo un golpecillo en el hombro.

Era tan desenvuelto que realmente no debía haber visto a Alfonso. Cuando le vio no se alteró. Permaneció impasible; le hizo un saludo indiferente, como si hiciera pocos días que no se veían. Alfonso había hecho bien no diciéndole a Prarchi que era la primera vez desde su vuelta que veía a Macario, pues, de lo contrario, Prarchi se habría sorprendido por el comportamiento de Macario.

—Mi enhorabuena —murmuró Alfonso tendiéndole la mano, que apretó Macario con una inclinación cortés pero no amistosa.

No se dijeron más.

 

Prarchi le había dado a Fumigi papel y un lápiz y, aunque no lo había pedido, nada más recibirlo Fumigi se puso a escribir con el cuidado con que se pinta.

—¿Vienes? —le preguntó Macario a Prarchi—. Tengo que decirte algo.

—¿Y usted? —preguntó Prarchi a Alfonso sin invitarle expresamente, pues Macario había manifestado con suficiente claridad el deseo de quedarse solo con él.

—Tengo que ir a hacer una visita aquí al lado —y salió después de haber dado la mano a Prarchi pero no a Macario, aunque le pareció que éste la había tendido con un movimiento maquinal.

Estaba irritado. Después de haberlo soportado, el comportamiento de Macario le pareció humillante e injusto; pues, sea como fuere, tendría que haber sido diferente: más frío aún si Annetta le hubiera contado todo o amistoso como de costumbre si no. Había esperado una cólera violenta o una indiferencia glacial, pero nunca el desprecio. Macario le trataba casi como Annetta al principio, como al pequeño empleaducho del banco Maller y Cía.; y Alfonso se había preparado para resignarse a persecuciones, pero no a desprecios. Podía resignarse a que le consideraran un enemigo peligroso, un individuo malvado y temible, pero no una persona que se puede ignorar.

 

 

 

 

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Tuvo que reírse de sí mismo al ver el contraste evidente entre sus propósitos y su modo de sentir. ¿Aún le importaba tanto la amistad de Macario para que le afligiera de ese modo haberla perdido? Debería haberse alegrado ante aquella frialdad tranquila. Era de suponer que Annetta le hubiera contado a su prometido parte de lo sucedido, lo necesario para alejar a Alfonso para siempre de su casa; y la frialdad de Macario no era sino afectación señorial hacia los inferiores, aumentada por su antipatía natural hacia alguien que, si bien con resultado negativo, había intentado conquistar el amor de Annetta y le había hecho pasar quizá algún desagradable cuarto de hora de celos. También por otra razón debería alegrarle haber sido maltratado por Macario. Debería tener escrúpulos de conciencia por la jugada que Annetta con su ayuda iba a hacerle a Macario, y el hecho de que no era ya un amigo sino un enemigo a quien se traicionaba disminuía su culpa.

 

A pesar de todas las razones, sus sentimientos siguieron siendo los mismos. No podía agradecer a Macario que tan pronto, sin motivo, eso tenía que suponer, le retirara su amistad.

Aquel día se sintió en el banco menos feliz que de costumbre; tuvo que hacer esfuerzos para dedicarse a su trabajo, que le repugnaba. El deseo de vengarse de Macario le hacía concebir sueños extraños. Imaginaba en qué estado se encontraría si el idilio comenzado con Annetta hubiera tenido otro final. Ciertamente, en ese caso Macario habría tenido que tratarle de igual a igual; y por un instante esto le pareció una felicidad inapreciable.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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XIX

 

 

 

Fue una noche muy agitada. Al llegar a casa, al principio Alfonso no se dio cuenta que a los Lanucci les ocurría algo grave; estaba demasiado preocupado por sus asuntos. En el comedor no estaban ni Lucía ni Gustavo, y la señora Lanucci estaba sentada lejos de la mesa, perdida en reflexiones y con los ojos enrojecidos por el llanto, en una silla que no se entendía por qué había sido puesta en aquel lugar. El único que estaba en su sitio habitual era el viejo Lanucci, con las piernas envueltas en mantas.

 

Tuvo que dedicarles su atención en vista de que no hablaban ni contestaban a sus preguntas; e, impaciente, preguntó:

—¿Se puede saber qué les ha pasado?

 

Le costaba un gran esfuerzo distraerse de sus propias preocupaciones. Parecía que la Lanucci no quisiera contestar; pero cuando se decidió,

con pocas palabras dijo mucho:

 

—¡Oh! ¡Pequeñeces! Hasta ahora en nuestra casa se sufría sólo por la miseria, ahora se añade además la deshonra. —El viejo protestó mandándole callarse, pero ella gritó que era algo que antes o después sabrían todos y que no se podía ni pensar en ocultárselo a Alfonso. Crudamente, añadió—: ¡Voy a ser abuela!

Alfonso fingió quedar muy sorprendido por tal noticia, que explícitamente nadie le había dado. Había sentido alguna sorpresa por las palabras dichas por Gustavo la noche de su llegada, pero éste las había desmentido y él no se había detenido a examinar si Gustavo era más digno de confianza al decir aquellas palabras o al desmentirlas.

 

Le contaron la aventura del día, lo que había hecho que Lucía se traicionara. Al parecer, ese día tuvo conocimiento seguro de su estado, porque en su desesperación corrió a decírselo a Gralli y a pedirle ayuda. Gralli la había rechazado diciéndole que no podía tomar sobre sí aquel peso y que le dolía, pero que debía abandonarla a sí misma. Le ofrecía una

 

 

 

 

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ayuda mensual con la condición de que se le concediera libre acceso a la casa de los Lanucci. La desdichada había perdido la cabeza y había corrido a contar todo a su madre.

 

—¡Si se hubiera muerto! El dolor sería menos grande, se lo aseguro. La Lanucci se había desahogado exponiendo el hecho con vivacidad y

había conseguido la calma suficiente para tratar de salvar a fuerza de frases el honor de la familia, comprometido a los ojos de Alfonso.

Desde su cuarto, Lucía había oído estas últimas palabras, dichas a gritos, y lloraba a lágrima viva invocando a su madre y pidiéndole perdón.

—Es demasiado tarde para llorar, tenías que haberlo pensado antes —gritó la Lanucci sin compasión.

Lucía, la pobrecilla, al igual que Alfonso, no podía distinguir lo que había de fingido en las palabras de su madre, y lloró con más fuerza aún, sin hablar más; quizá ella misma consideraba que merecía estar muerta. Alfonso sólo se conmovía por ella; los gritos de la Lanucci le atontaban y molestaban.

El viejo Lanucci imitó a su mujer:

 

—Si estuviera sano —dijo— iría a buscar al seductor, lo cogería por el cuello y le obligaría a devolver a mi hija el honor que le ha robado. Pero así, en este estado, tendría que hacer que me llevaran hasta él en una silla.

 

—¡Gustavo ha ido a buscar a Gralli! —dijo la Lanucci con orgullo; y como Alfonso, poco conmovido y nada irritado dijo que se lo debía haber impedido para que tras la primera desgracia no viniera otra, ella gritó que no se le podía obligar a tragar en silencio la ofensa que se les había hecho; y que si Gustavo mataba al traidor, bien matado estaría; aunque le condenaran a veinte años de cárcel, no tendría por qué arrepentirse de su acción.

Pero poco después llegó Gustavo, sano y salvo y bastante tranquilo. Contó que desde hacía dos horas corría en busca de Gralli sin haber podido encontrarle; había logrado saber dónde lo encontraría dentro de media hora; en una fonda no demasiado distante.

 

—¡Iré allí! —y supo poner un tono de amenaza en sus palabras. Luego preguntó a su madre detalles sobre los hechos del día. Antes, con la furia de correr tras Gralli, no se entendía cómo, creyó que Gralli había maltratado a su hermana cuando fue a pedirle que se casara con ella. Se sintió, dijo, bastante aliviado al oír que no era cierto, y antes de salir pidió

 

 

 

 

 

 

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algo de comer. Dirigiéndose a Alfonso, preguntó—: ¿Qué te parece lo que nos sucede?

 

Alfonso le recomendó que tratara con Gralli por las buenas; no había que excluir la posibilidad de que todo terminara bien, y sería desagradable haber ofendido a un futuro miembro de la familia.

Sólo entonces Gustavo se enfureció, al parecer, con Alfonso. Con la cara roja, contestó:

—Le trataré por las buenas. Le diré: ¿quieres casarte con mi hermana? Si me contesta que sí le besaré y le llamaré hermano; si no, le cogeré por el cuello y que encomiende su alma, porque apenas le dejaré tiempo para hacerlo.

La madre, satisfecha, le rodeó con un brazo el cuello y le besó. Le dijo, sin embargo, que de todos modos le prohibía cometer un homicidio, pues Gralli no merecía que por él hubiera de soportar la cárcel. La pobre vieja temía perder demasiado siguiendo la comedia heroica. Pero Gustavo, inflamado por las caricias, no contestó nada; se condujo como un hombre que tuviera un propósito fijo y que apenas escuchara lo que los demás le dijeran. Alfonso se ofreció a acompañarle a ver a Gralli, pero él no quiso. Fue una negativa amable: era cierto que Alfonso pertenecía a la familia, pero no todos lo sabían.

 

Poco después de salir Gustavo, la impaciencia llevó a la señora Lanucci a la ventana, en donde permaneció casi una hora a pesar del intenso frío. El viejo fue a acostarse diciendo que sabía que no dormiría, pero que por su enfermedad necesitaba el calor de la cama. Alfonso se puso a leer. El viejo reloj refunfuñaba largamente cada cuarto de hora; no tocaba porque Gustavo le había quitado la campana.

 

—A mí me parece que este retraso es buen indicio, pues si hubiera ocurrido alguna desgracia, a esta hora ya lo sabríamos —dijo la Lanucci retirándose de la ventana; y miró a Alfonso con la esperanza de que fuera de su parecer. Éste le dijo que así se explicaba también él el retraso.

Desde la calle subió el ruido de una pelea. Ambos se lanzaron a la ventana. Lentamente, con largas paradas, subían la cuesta cinco personas que discutían con vivacidad. A intervalos se veía cómo dos de ellas se ponían cara a cara y eran separadas con esfuerzo por las otras. Una tenía la estatura de Gustavo y la otra parecía tener la de Gralli. Se detuvieron precisamente bajo la ventana, y entonces Alfonso y la señora Lanucci se

 

 

 

 

 

 

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aseguraron de que en el grupo no estaban Gustavo ni Gralli. Respiraron y se miraron aliviados.

 

Con todo, ver una riña pareció entristecer a la señora Lanucci. Confesó que había perdido toda esperanza y que ya sabía cuál era el destino de su hija. Ella sabía qué hombre era Gralli. Antes no había hecho caso, pero ahora recordaba ciertos detalles de su comportamiento que habrían debido ponerla en guardia y hacerle sospechar de su sinceridad.

—Cuando se es bueno es muy difícil sospechar la maldad en otros.

 

—Elogió a Alfonso; él era bueno y ella sentía, sabía que a él le repugnaba el mal—. Se siente uno muy bien junto a una persona en quien se tiene

confianza. —Luego recordó todos los esfuerzos que había hecho para educar a aquella única hija, y preguntaba si había justicia en este mundo para que tantas penas no tuvieran otro resultado. Recordó con amargura que para ella había sido ya un dolor el compromiso con Gralli—. Había esperado algo mejor para Lucía. No riquezas ni príncipes, pero al menos una persona inteligente. ¿No hubiera sido posible que usted se enamorara de Lucía?

Era la segunda vez que le confesaba esta esperanza con toda franqueza. También esta vez hablaba así a impulsos de una profunda emoción; la vergüenza que poco antes la llevara al melodrama había desaparecido, y sólo quedaba en ella el dolor por la suerte de su hija, no por la pérdida del honor de la familia.

Él se turbó y citó alguna palabra que Lucía le había dicho con rabia y que consideraba una prueba de que Lucía no le había amado.

—¡Le amaba! —dijo la Lanucci con convicción—. No me lo dijo, pero yo lo comprendí; y me asombra que usted no lo haya entendido, usted que no obstante cree conocer el corazón humano. ¡Cuántos disgustos nos hubiéramos ahorrado! —ella creía que él no había amado a Lucía sólo por un malentendido, y le conmovía el destino de la pobre hija, maltratada por el azar. Luego salió con un disparate—. Pero sería estupendo poder decir a Gralli si después de las exhortaciones de Gustavo pidiera casarse con Lucia: vete al infierno; tenemos algo mucho mejor y tú no te la mereces.

Alfonso no abrió la boca. Se le proponía casarse con Lucía. La cosa era enorme, pero quiso comprender y disculpar. Comprendía la voluptuosidad en que debía acunarse aquella pobre madre esperando poder salvar a la hija de la deshonra y vengarse al mismo tiempo de quien la había ofendido en su más caro afecto; ¡cuando se sentía desdichado él

 

 

 

 

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mismo se refugiaba en sueños de imposible realización! Ella le pedía un sacrificio porque, evidentemente, no creía que deseara casarse con Lucía. ¡Le tenía en tan alta estima que lo consideraba capaz de una bondad semejante! ¿Por qué tendría que ofenderse por ello? Desde que se complacía en sus nuevas ideas, era la primera vez que tropezaba con alguien que las adoptara. Era cierto que la señora Lanucci, más que adoptarlas para sí quería imponérselas a otros, pero, al ver que ella había hablado sin artificios, como de la cosa más natural del mundo, admitió que ella estuviera convencida de que, encontrándose en su lugar, actuaría como le aconsejaba.

 

Deseando ofrecer su ayuda de algún modo, propuso ir a buscar a Gustavo y traerle noticias inmediatamente. La Lanucci le dio las gracias, pero fríamente.

Al llegar a la calle Degli Artisti, una calle pequeña y muy oscura a aquella hora, la fonda le pareció cerrada; llamó y le alegró que tras largos titubeos vinieran a abrirle. El local era irregular; para formarlo habían tenido que derribar uno o dos tabiques divisorios cuyas marcas quedaron en el suelo, en mitad del pavimento.

Sólo había dos personas, sentadas ante una mesa redonda, en un rincón. Una era Gustavo, a quien Alfonso reconoció a pesar de que le volvía la espalda: apoyaba la frente sobre una mano con gesto de profunda meditación. La otra era Gralli, que saludó a Alfonso.

Al verles sentados tan amistosamente el uno junto al otro con los vasos vacíos delante, Alfonso pensó que debían haberse puesto de acuerdo y tendió la mano a Gralli, que se la dio ordenando enseguida al fondista que trajera otro vaso. Una ojeada a Gustavo, que le decía riendo que bebiera todo lo que pudiera porque todo estaba pagado, le reveló que aquel muchacho, enviado con una misión tan seria, se había dejado embriagar.

—¡Somos muy buenos amigos los dos! —gritó Gustavo, y miró a Gralli afectuosamente—. Vine con la intención de darle una paliza, pero me he encontrado con que es tan bueno que hubiera sido un delito hacerle daño. Prueba, prueba también tú y verás. Es un hombre muy bueno y Lucía será muy feliz con él—. Y rió ruidosamente.

 

Pidió vino y Gralli ordenó que se lo trajeran, diciendo a Alfonso con sonrisa maliciosa:

—¡Vino, todo lo que quiera!

 

—¡Basta de vino! —intimó Alfonso—. ¡Bebe agua!

 

 

 

 

 

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—¡El agua sirve para lavarse! —contestó Gustavo en broma, y se sopló todo el vaso de vino. Tras un largo silencio se echó otra vez a reír asegurando que alguien le hacía cosquillas en la cabeza—. Ya sé que nadie llega hasta ahí, pero por lo menos alguien me desea estas cosquillas, y yo las siento —y jadeaba por la risa.

 

Alfonso le dijo que su madre le estaba esperando en la ventana y que le había mandado a él a la fonda para llevarle a casa.

—¿Mamá me espera? —preguntó Gustavo riéndose—. ¡Claro, puedo irme porque ya he hablado largo y tendido con Gralli! ¡Y yo que quería darle una paliza! ¡Pobre diablo! ¡Con ese morro negro!

En efecto, no se podía creer que aquel hombrecillo que casi desaparecía detrás de la mesa fuera el seductor a quien la pobre Lanucci deseaba la muerte.

—Voy a decirle a mamá que he arreglado todo; luego vuelvo aquí. No es justo que la pobre vieja esté sufriendo.

Parecía que se iba para volver inmediatamente pero no se le volvió a

 

ver.

 

Gralli se rió con ganas.

 

—Llegó aquí con propósitos terribles y en media hora lo he dejado como usted ha visto, porque ya hace dos horas que hemos vuelto a ser viejos amigos.

—¿Y cómo se han puesto de acuerdo? —preguntó Alfonso, turbado al verse tratado como un cómplice pero incapaz de actuar con brusquedad.

—¡No puedo casarme! —dijo Gralli con tranquilidad—, pero no se me ha pasado por la cabeza la idea de abandonarla; mientras pueda, la ayudaré. Creo que la familia se adaptará y le permitirá vivir conmigo. ¡También mi jefe tiene así una mujer y tampoco él quiere atarse para toda la vida! Es un asunto demasiado serio. Además, ¿para qué casarse?

También a él debía habérsele subido el vino a la cabeza, aunque el efecto no fuera tan ruidoso como en Gustavo.

—¡Pero usted la ha seducido! —observó Alfonso, ya muy tímido. —¿Seducido? ¡Jamás! ¡Yo no soy un pisaverde! ¡Nos dejaban siempre

 

solos! ¡Yo no pensaba en otra cosa y ella pensaba siempre en ello! ¡Me parece natural!

—¿Pero por qué no quiere casarse con ella? —le preguntó Alfonso, ya sin esperanzas de salir vencedor de tanta lógica y esperando llevar la cuestión a otro terreno.

 

 

 

 

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—¡Falta esto! —contestó Gralli moviendo el índice y el pulgar de la derecha como si contara dinero.

 

—¡No falta del todo! —contestó Alfonso.

 

Se sentiría feliz pudiendo sacrificar una pequeña suma por la felicidad de Lucía y demostrando a la Lanucci que él no era del todo indiferente al destino de Lucía.

A la primera oferta de mil liras, Gralli le miró sorprendido, pero rehusó.

—¡No entiendo qué tiene que ver usted!

 

Enrojeciendo vivamente, porque comprendía cuál debía ser la primera sospecha de Gralli, Alfonso explicó que desde hacía años era amigo íntimo de la familia y que debía hacer todo lo que pudiera por salvarla de una desgracia. Aunque tuviera que vérselas con una persona tan inferior a él, acabó por sentirse incómodo; y para escapar de tal incomodidad no encontró mejor camino que duplicar y triplicar su oferta, casi sin dejar a Gralli tiempo para reflexionar.

Gralli cambió muy pronto de actitud, vaciló y estuvo a punto de ceder, y Alfonso lo notó. Pero replicó rechazando.

—Yo no me caso con ella, no puedo. Tengo una madre y no puedo soportar nuevos gastos semejantes.

Con repugnancia, Alfonso pasó de nuevo a los razonamientos. No había entendido aún el verdadero significado de la vacilación de Gralli, y creyó que podría acabar de convencerlo. Le dijo que para mantener a Lucía se requería muy poco, porque donde comían dos podían comer tres, y que la dote que le ofrecía bastaría para cubrir los mayores gastos.

Pero el obrero sabía hacer cuentas. Aunque Alfonso le hubiera señalado un importe insignificante como gasto para mantener a Lucía, el obrero le demostró que los intereses de la suma ofrecida no bastaban para cubrir más de un quinto de aquél.

—¡Conque usted quiere vivir de intereses! —exclamó Alfonso indignado.

El cálculo egoísta del que Gralli hacía depender una reparación obligatoria le hacía perder la calma.

—No, yo no, sino quien quiere vivir a costa mía —contestó brutalmente Gralli. Fue él quien dejó de razonar—. Si Lucía tuviera una dote de siete mil liras, me casaría con ella.

 

 

 

 

 

 

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Alfonso trató de hacerle disminuir esta petición, pero ya decidido a ceder si el otro resistía; y Gralli fue inamovible.

 

—Usted tendrá esas siete mil liras —dijo Alfonso levantándose.

 

Gralli le acompañó hasta la puerta de los Lanucci:

 

—Me basta con su palabra, su palabra ante un notario. —Luego, tras haber luchado por su propio interés con tanta habilidad, quiso además hacer un buen papel. Dijo que la suma que Alfonso le daba estaba muy lejos de cubrir las necesidades de Lucía, pero que él ponía también en la balanza su afecto hacia ella y además su afecto paterno, que, aseguraba, había nacido desde el momento en que supo que iba a ser padre.

—Sí —añadió muy serio—; estoy convencido de que es mucho mejor que el niño o niña que nazca sea hijo legítimo.

Las expresiones amables y afectuosas de Gralli desentonaban de tal modo con la actitud que hasta entonces había adoptado, que a Alfonso le pareció que oía citas textuales de pensamientos ajenos. Le gustaba, sin embargo, que tratara de parecer enamorado y desinteresado, pues así se le disipaba la preocupación de que Gralli pudiera sospechar que tuviera un móvil que no fuera el interés que tenía por la familia Lanucci.

 

Pareció también que Gralli adivinara lo que su benefactor esperaba de él. Le dijo con aspecto conmovido:

—Usted quiere a los padres de Lucía como un hijo. —Era imposible expresarse con más delicadeza. Quedaron de acuerdo en que al día siguiente Gralli iría a pedirle al viejo Lanucci la mano de su hija.

 

La Lanucci corrió a su encuentro en las escaleras:

 

—¿Conque está todo arreglado?

 

—¿Quién se lo ha dicho?

 

—¡Gustavo! ¡Pero se encontraba en tal estado que yo dudaba de la verdad de sus palabras! ¡Querido hijo mío! ¡Me equivoqué con él!

Echaba besos al aire y saltaba en la escalera como una muchachita.

 

Le dejó solo, sin despedirse de él; y Alfonso oyó al acostarse cómo despertaba al marido para darle la buena noticia. La oyó luego de nuevo en el cuarto de Lucía y hasta él llegó el sonido de besos sonoros. La muchacha se puso a sollozar de alegría.

Por fin todos descansaban en la casa; todos menos él. Había hecho bien no echándole en cara a la Lanucci su beneficio, porque hubiera sido querer disminuir su gozo. Ella lo sabría antes o después. No quería hacer el papel de benefactor desconocido, pero tampoco mostrar que buscara su

 

 

 

 

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agradecimiento. Se durmió contento; precisamente aquel agradecimiento que esperaba le ponía muy contento. Sólo días después se dio cuenta de la grandeza del sacrificio hecho y de cómo había empeorado su situación con aquella enorme disminución de su capital.

 

Habiendo dado vueltas por las calles durante mucho tiempo, a la noche siguiente llegó muy tarde a casa y ya no encontró allí a Gralli, que debía haber estado varias horas. No llegó a saber de qué habían hablado porque nadie se preocupó por contárselo, pero le fue fácil entender, por su comportamiento, que no sabían quién había salvado a Lucía.

Nada más llegar, la jovencita salió haciéndole por todo saludo una inclinación fría, reservada. La señora le dijo que habían pensado aquello de Lucía por un malentendido. Este rasgo con que lo excluían de su confianza era de una frialdad intencionada, pues la Lanucci era de sobra inteligente para entender que él no podía creer en sus palabras; no tenían, pues, otra finalidad que herirle. Al quedarse solo con Gustavo, para su gran sorpresa se encontró con que también éste creía que la salvación de Lucía se debía a su comportamiento. Se ufanaba de ello:

—Cuánto vale una palabra dicha atinadamente a tiempo y en su sitio.

 

Por malicia, Alfonso le dejó por el momento en su opinión.

 

Tampoco al día siguiente habló nadie de la generosidad de Alfonso ni él sintió la necesidad de hablar de ella. No quería reconocerlo, pero callaba porque le complacía aumentar su generosidad; cada palabra fría de los Lanucci le daba una áspera satisfacción, pues tanto mayor sería su agradecimiento al saber cuán injustamente le habían tratado. Le daban ganas de echarse a reír cuando Lucía, que le odiaba porque en dos ocasiones le había ofrecido su amor, le volvía la espalda para demostrarle su desprecio, que no era mayor, sin embargo, del que tenía por él la vieja Lanucci desde que abandonara definitivamente toda esperanza de poder endosarle a Lucía. Sonrió al confesarse que aquel agradecimiento le importaba lo suficiente para hacer comedia a fin de aumentarlo. Una vez más, sus actos contradecían sus teorías. Aquel deseo intenso de ser agradecido y admirado no se asemejaba a la seriedad ni a la renuncia. Seguía siendo, además, vano.

 

El día siguiente, a la hora de comer, el viejo Lanucci esperó con gravedad a que Alfonso se hubiera sentado; luego, secamente, advirtió que, por razones que le habían sido señaladas pero que no recordaba,

 

 

 

 

 

 

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Gralli no iría ese día. Luego, inmediatamente, volviéndose a Alfonso continuó:

 

—Yo no sabía que le habían sido prometidas siete mil liras como dote. Me lo preguntó a mí y yo le dije que no sabía nada. ¿Es verdad que es usted quien las quiere dar?

—Sí —contestó Alfonso—, a mí ya no me sirven para nada.

 

Hubo un coro de agradecimientos, aunque no todos igualmente vivaces. A la señora Lanucci no debía gustarle demasiado pasar repentinamente del odio al reconocimiento. Le tendió la mano a Alfonso y, queriendo suplir con fuerza y brevemente la intensidad que faltaba en su agradecimiento, le dijo:

—¡Gracias! —Sonrió a la hija, que tenía los ojos llenos de lágrimas, y le dijo—: ¿Por qué lloras? ¡Tonta! ¡Así por lo menos tendréis algo de dinero!

Lucía dio las gracias sollozando. Se había hecho la ilusión de que Gralli hubiera vuelto a ella sólo por amor; y el dolor de saber que no era así fue mayor que el agradecimiento. Lloró mucho y se retiró a su habitación después de haber saludado a Alfonso con un gracias que era fuerte por ser repetido.

—Lo que no entiendo —dijo Alfonso, y hablaba para salir de la incomodidad que le producían aquellos agradecimientos—, lo que no entiendo es por qué estas cosas están en relación con la ausencia de Gralli.

 

Lanucci dijo que le parecía que Gralli le había dicho algo para disculpar su ausencia, pero que no lo recordaba.

La disculpa dada por Gralli a Lanucci y que éste callaba fue entendida fácilmente por Alfonso cuando salió de la oficina por la noche. En el Corso le detuvo Gralli, que seguramente le había esperado pero que no quería se notara. Tenía un aire muy amistoso pero se veía que pensaba en otra cosa, que buscaba palabras para decir algo muy difícil.

 

—¿Cómo está?

 

No tenían de qué hablar fuera de lo que tanto interesaba a Gralli. Después de contestar secamente a la pregunta que se le hacía y habiendo esperado inútilmente que el otro se decidiera a exponer el motivo por el que le había esperado, Alfonso, impaciente y molesto por tener que caminar por el Corso en su compañía, le preguntó qué deseaba de él, de modo que Gralli no pudo preparar su discursito como hubiera deseado.

 

 

 

 

 

 

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Gralli le rogó que le siguiera apartándose del ir y venir de la gente, y se dirigieron hacia la fuente. El siroco había hecho más templada la temperatura y el aire tibio había sacado a mucha gente de sus casas.

—Hoy hablé con el viejo Lanucci y me dijo que él no sabe nada de la

 

dote prometida… —hablaba lentamente para dar tiempo al otro a acostumbrarse a su desconfianza y disculparla; pero en diez palabras ya había expresado todo.

—¿Y qué importa que el viejo Lanucci lo sepa? ¡Cuando yo lo he prometido, basta! —dijo Alfonso furioso, capaz de hacerle creer a Gralli que él había deseado que los Lanucci no supieran nada de su donación.

 

—Yo nunca lo he dudado —dijo Gralli.

 

Debía ser cierto, porque Alfonso sabía que Gralli se había contentado con su promesa. Le contó a Alfonso con sinceridad que su madre le había impuesto que no se casara si antes no tenía en mano la dote.

Alfonso se echó a reír con desprecio; aparentaba no creer en algo que ya había comprendido era verdad:

—¿Me cree un mentiroso, pues? En ningún caso le daría el dinero en

 

mano porque desconfío de usted por motivos mejores que los que puede

 

usted tener para desconfiar de mí.

 

Gralli perdió la paciencia:

 

—Si las cosas están así, ¿qué haremos? ¡Mamá es una mujer que sólo tiene una palabra y ha dicho que no quiere oír hablar antes de ver el dinero! Ni siquiera le basta con que usted haga una promesa ante un notario.

Esto, que a Gralli le parecía un obstáculo insuperable, podría haber servido a Alfonso como excusa para sustraerse al compromiso establecido. No quiso hacerlo y señalando el camino para ponerse de acuerdo sintió que se le hinchaba el pecho por el sentimiento de su propia generosidad. Le propuso ir juntos al día siguiente a un notario para depositar allí el dinero declarando que debía ser entregado a Gralli el día de su matrimonio con Lucía.

Gralli aceptó, agradeciendo la proposición que le gustaba y que le parecía que había de gustar también a su madre. Fue enseguida a casa de los Lanucci inducido por Alfonso, que le advirtió de que estaban apenados por su ausencia. Alfonso le recomendó que no dejara entrever nada de lo sucedido porque no le favorecía ante Lucía. Ahora que sabía que ya no

 

 

 

 

 

 

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había peligro de que los beneficiados ignoraran su sacrificio, se sentía bien actuando como si hubiera querido ocultarlo.

 

Aquel egoísta, como Alfonso le llamaba, fue más sincero que él. —Por Lucía no me importa —le dijo con ingenuidad—; los demás, si

 

no quieren pasar por tontos, deben entender que hago precisamente lo que debo. ¡Sin esta dote no podía casarme con ella! —Dijo, además, que iba a casa de los Lanucci sin temor porque desde el momento en que le veían entrar, aunque la hubieran tomado con él, sus caras se iluminaban.

—Me quieren —dijo con malicia.

 

Y con todo, no pareció que aquella noche le hubieran recibido demasiado bien, pues cuando llegó Alfonso se encontró con que ya se había ido y que toda la familia, indicio de mal humor, se había acostado. Alfonso sintió desilusión al ver que ni siquiera ese día la gratitud de los Lanucci era tanta como para hacerles esperar despiertos a fin de saludarle.

 

Lucía le había esperado, pero encerrada en su habitación no se había dado cuenta de su vuelta. Ya había abandonado el comedor e iba a irse a la cama cuando, en la puerta, se presentó la muchacha.

—¿Me permite? —preguntó con timidez insólita en ella y esbozando una sonrisa—. Vengo para darle las gracias. Mamá ya sabe que vengo; es más, tengo que darle también las gracias en su nombre.

 

Se interrumpió y se echó a llorar a lágrima viva. Parecía la continuación de un llanto sofocado poco antes, pues las lágrimas no vacilaron un solo instante en encontrar su camino.

Turbado y conmovido, le rogó que se calmara. Experimentaba un sentimiento desagradable, casi de remordimiento por haber sofocado a la pobre muchacha bajo el peso de la gratitud. Le dijo que él no había hecho más que su deber. Ella seguía llorando con el pañuelo en la boca y erguida en el umbral sin apoyarse contra el marco.

—No hay nada que agradecer ni por qué llorar. Ahora serán felices, ¡eso es todo!

Pero Lucía recobró enseguida la palabra:

 

—¡Felices no! ¡Nunca! —además, interrumpida de vez en cuando por las lágrimas, dijo que esa misma noche le había pedido a Gralli que renunciara a la dote y que él se había negado—. Ahora no le quiero nada —y se echó a llorar otra vez. Era realmente una niña, y jamás había sentido Alfonso tanta repugnancia al pensar en la traición de Gralli—. Mucho, lo que se dice mucho —y Alfonso pensó en los «muchos» de que

 

 

 

 

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hablan los niños—, de verdad mucho no le he querido nunca. Me lo decían, y yo misma me daba cuenta de que era necesario que me casara con él, pero nunca me hubiera imaginado que fuera tan malo.

Alfonso trató de convencerla de que Gralli era mejor de lo que ella creía diciéndole que, si quería el dinero, era para gozarlo con ella. No encontró más argumentos. No podía decidirse a usar astucias para desviar de sí el dulce afecto que había nacido en el corazón de la muchacha encaminándolo hacia Gralli.

Quiso besarle la mano, cosa que no permitió. La atrajo hacia sí y la besó en la frente, mientras la muchacha temblaba entre sus brazos. Con dignidad, lentamente, hablándole y rogándole que no llorara, la llevó al comedor y hasta la puerta de su cuarto.

Volviendo a pensar en su comportamiento con Gralli, cuya admiración no había desdeñado buscar, y con Lucía, cuyo reconocimiento había procurado aumentar, Alfonso se repitió la pregunta: ¿Era éste un comportamiento de filósofo?

Y una vez más tuvo que reírse de sí mismo cuando sintió gran satisfacción por el agradecimiento del viejo Lanucci. Éste se inclinaba ante él como ante un ser superior y le escuchaba con reverente atención cuando hablaba:

—¡Yo no he visto cosa semejante en toda mi vida! —exclamó cuando asistió a la entrega del dinero al notario.

—¡Eres muy bueno! —le dijo Gustavo—. ¿Cuánto dinero te queda ahora?

Cuando oyó la respuesta de Alfonso no quiso admitir que le hubiera dicho la verdad. Y Alfonso tuvo la debilidad de acalorarse para hacer que le creyera.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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XX

 

 

 

El balance había sido cerrado hacía quince días y en el banco no se sabía nada todavía de las recompensas que eran distribuidas anualmente en tal ocasión entre los empleados:

 

—¿Tendrán intención de abolirías? —preguntaba Ballina preocupado. La suma que podía esperar se la habían comido las deudas, y, como decía, sería para él una verdadera ruina que le faltara. En esta ocasión su espíritu se volvía aún más mordaz—: Si es por su culpa, ese piel roja merece la horca. —Bajo la denominación de piel roja aludía a Maller.

El bufón de Alchieri se divertía burlándose de Ballina y excitando sus deseos aunque también sufriera esperando recibir el dinero sobre el cual había hecho ya sus cálculos. Encargó a Santo que fuera llamando uno a uno a todos los empleados excepto a Ballina, y se puso de acuerdo con cada uno de ellos a fin de que le hicieran creer que habían recibido unos cien, otros dos o trescientos francos. Ballina, rabioso, quería quejarse a Maller, enumeraba los servicios que había prestado al banco, las horas que había tenido que trabajar fuera de horario. A Alfonso, que se había dejado convencer y le dio a entender que había recibido trescientos francos, le dijo:

—¡Ya se sabe, usted es un protegido, va a su casa y da lecciones a la señorita! ¡Es un banco escandaloso!

Alfonso se apresuró a descubrirle la burla, sonrojado y muy arrepentido de haber provocado a Ballina.

Un domingo, Santo fue a llamar a Bravicci en nombre de Maller. Antes de ir, Bravicci avisó a Ballina, pero éste siguió escribiendo con calma:

—¡Querido, una vez me pueden tomar el pelo, pero no dos! —Cuando,

 

al volver, Bravicci le enseñó dos notas de cien francos, Ballina comenzó a dudar, y cuando le llamaron fue al despacho de Maller con su paso más franco—. Si me engañan, tanto peor para ustedes. —Salió casi contento—:

 

 

 

 

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Es bastante, no puedo quejarme. Está visto que yo no puedo estar nunca libre del todo de deudas.

 

Starringer y Alchieri fueron los más contentos; habían recibido más de lo que esperaban.

Miceni fue a congratularse con los demás y a contar su buena suerte. No estaba descontento; se le había elogiado pero advirtiéndole de que desde que estaba en contabilidad se le pedía poco por lo que no debía esperar mucho de sus superiores.

—Yo sigo buscando un empleo y tengo esperanza de poder largarme uno de estos días.

El único que no había sido llamado era Alfonso, y Santo, que aquel día hacía el papel de heraldo, en vez de gritar su nombre en voz alta se le acercó y le dijo al oído alguna palabra que ni siquiera entendió bien, pero supuso que era la invitación a ir al despacho de Maller.

 

Desde el momento en que llamaron a Bravicci, Alfonso fue presa de una gran emoción. Después de tanto tiempo, tenía que hablar de nuevo con Maller; le agitaba la idea de que Maller tendría que controlarse para tratarlo con un tranquilo tono de oficina. Ahora se veía obligado a esperar aumentos de sueldo y una gran remuneración, mientras que hacía pocos días había temido que le retribuyeran demasiado generosamente, pues no quería aparentar que vendía su silencio. Pero, ahora que lo necesitaba, gozaría de lo que le dieran teniendo siempre presente que había trabajado suficiente para merecer cualquier recompensa.

Iba ya a entrar en el despacho de Maller, descontento de antemano, cuando Santo, con una sonrisa irónica, le detuvo:

—¡Aquí no! ¡Le llama el señor Cellani!

 

Santo creía que Alfonso no había sido llamado por la recompensa. Alfonso enrojeció; era peor de lo que hubiera esperado. Ni siquiera en aquella ocasión quería Maller verle.

Entró en el despacho de Cellani, quien, como de costumbre, encorvado sobre la mesa, no le vio enseguida.

—El señor Maller me ha llamado de repente a su oficina y me ha encargado que le dé esto —y puso de mala manera dos cheques sobre la mesa. Alfonso los tomó deprimido, murmuró un gracias apenas inteligible y salió.

En el pasillo, tuvo una prueba más del desprecio con que le trataban. ¡Maller estaba en la oficina! Gritando, con la cabeza roja asomada desde

 

 

 

 

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su despacho, llamaba a Santo. Parecía tan enfadado que no vio a Alfonso. Bajo un primer impulso de ira, Alfonso no pudo contenerse; quiso hacer que le viera. Sin inclinarse y sin saludar, le dijo:

—¡Si quiere a Santo ya le llamaré yo!

 

Maller le miró algo sorprendido:

 

—¡Está bien! —dijo brevemente; y le cerró la puerta en las narices. Alfonso volvió a su despacho sin preocuparse por buscar a Santo. Le

preguntaron cuánto dinero había recibido y qué le había dicho Maller. Alfonso contestó que le había dicho lo de costumbre y mostró los dos cheques recibidos. Todos consideraron que era poco, y Alfonso recordó a Ballina sus palabras de pocos días atrás:

—¿Soy acaso un protegido?

 

Salió con paso resuelto tras vacilar un instante ante la puerta de Sanneo. De acuerdo con la costumbre, tendría que ir también a donde su jefe para darle las gracias por la recompensa recibida. ¡Pero no lo haría! ¡Sanneo no se lo merecía! Debía haberle recomendado débilmente, puesto que la recomendación había tenido tan pequeño resultado.

Al salir al aire libre recordó que cuando iba al liceo, al acabar el curso, sus padres venían a la ciudad y le acompañaban a la escuela para recibir las notas. Le esperaban luego en el jardín, enfrente del liceo, y cuando sabía que se lo merecía acudía triunfante a recibir los elogios del padre y el abrazo de la madre. Un año la nota final fue estropeada por una calificación mala. El muchacho vaciló largo tiempo antes de entrar en el jardín, y cuando se decidió fue hacia el padre y, sin decir palabra, le entregó el certificado. No respondía a las afectuosas palabras que la señora Carolina le dirigía para alentarle. Su padre, muy serio, señalaba con el dedo la nota negra; y cuando su mujer, para disculpar al muchacho, dudaba de que fuera merecida y decía que se debía atribuir a la antipatía de algún profesor, contestó que no lo creía y que cuando se cumplía con el propio deber todas las maldades de este mundo desaparecían. Cómo se engañaba su padre. Aun siendo joven ya había tenido la experiencia de que ningún esfuerzo disminuía un odio que se había atraído sin culpa. Precisamente entonces, por primera vez, se tropezó con Annetta. Con una densa mantilla negra, su figura era majestuosa; junto a ella trotaba a pasos cortos Francesca, insignificante como una criada. Le pareció imposible haber poseído a aquella espléndida criatura. Le pareció que había sido un sueño. En aquella hermosa cara blanca, pura, no había quedado huella de

 

 

 

 

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sus besos. Qué calma y qué paso regio; como si no se hubiera equivocado, igual que él, y no estuviera a punto de engañar a otro hombre deshonrándolo.

 

La saludó humildemente y creyó haberla mirado casi como pidiendo gracia. Francesca no contestó al saludo, como si no le hubiera visto; Annetta inclinó la cabeza, pero vacilante, como si tardara en recordar que le había conocido.

Al darse la vuelta y mirar hacia atrás, vio que hablaba con Francesca; le pareció que su rostro estaba muy pálido. Quiso asegurarse con la esperanza de no engañarse, pues para él hubiera sido un gran alivio verla agitada. La siguió a paso lento, pero, no teniendo valor para acelerar el paso, no volvió a ver su rostro. La distancia entre ellos fue aumentando, y cuando Annetta desapareció entre la multitud que a mediodía invadía el Corso, él se sintió más solo y más infeliz que antes. Sentía cuán lejos se encontraba de ella. Ya no podía volverse atrás; él se quedaba pobre y abandonado en la vida, cuando podría haber sido rico y amado. Quizás eran así las cosas por culpa suya.

Por la noche, al entrar en el comedor oyó que le llamaban desde la habitación de Lucía.

—Mamá olvidó hacerlo —dijo la muchacha con una voz que a él le pareció que temblaba por la emoción—; le ruego que cierre usted mi puerta.

La voz conmovida de Lucía le hizo pensar que aquella puerta había sido dejada abierta a propósito. Miró en el cuartucho oscuro y vio brillar las sábanas bajo un rayo de luz que entraba por la ventana. Tuvo que luchar para no entrar. No deseaba a Lucía, pero le parecía que un beso suyo podía anular el efecto que en él había producido el comportamiento de Maller; y además, con esa agitación, ¿qué haría sólo toda la noche? Sin embargo, no necesitó aquel beso para calmarse, pues había bastado con el pequeño esfuerzo que había hecho para salir vencedor en la lucha. «¡Una renuncia más!», se dijo sonriendo; y esta palabra le recordó el estado en que se hallaba pocos días antes. ¡Había bastado tan poco para sacarle de quicio! Maller había manifestado su antipatía, que por otra parte ya había mostrado antes de modo indudable; ¡eso era todo!

 

Se acostó sorprendido de lograr al fin tranquilizarse con un frío razonamiento. Durmió profundamente y tuvo un sueño fantástico, como

 

 

 

 

 

 

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no los había tenido desde su infancia. Cabalgaba por los aires sobre vigas de madera, caminaba a pie enjuto por el agua y era señor de un vasto país.

 

Pero al día siguiente le ocurrió una cosa de la que su raciocinio no pudo consolarle; era una verdadera desgracia lo que le caía, y sólo entonces pudo considerarse perseguido.

Por la mañana temprano, como siempre, fue al despacho de Sanneo con el fin de pedir las instrucciones para las cartas recibidas el día anterior. Sanneo le recibió con una sonrisa embarazada y mantuvo ante sí el paquete de cartas mirándolo fijamente, no para verlo sino para tener tiempo de reflexionar. Con tono amable rogó a Alfonso que antes de recibir las instrucciones fuera a ver a Cellani, que quería hablarle.

 

—¿No sabe qué quiere decirme? —preguntó Alfonso, deseando poder prepararse para lo que le dijera Cellani, pues suponía que sería muy importante.

—¡No lo sé! —contestó Sanneo—; pero creo que en esos despachos han perdido la cabeza.

Pero él sabía muy bien de qué se trataba porque, con la distracción que ponía en todos los asuntos que no eran de la oficina, le rogó que entregara a Bravicci el fajo de papeles que tenía en la mano. Era amable, pero no tanto como para perder el tiempo; y Alfonso esperó lo peor. Le despedían.

 

Cellani no estaba en su despacho, pero acudió a él en cuanto oyó que Alfonso había entrado. Estuvo serio, muy serio, pero como al fin y al cabo le dirigía frases enteras, a Alfonso le pareció más amable que de costumbre.

—Tengo que comunicarle algo que a usted quizá le guste.— Lo dudaba y, a pesar de su aspecto serio, su frase acabó por parecer irónica—. En contabilidad necesitan un empleado que tenga práctica en el libro mayor central, y el señor Maller decidió que ese empleado sea usted.

Era una orden, no una propuesta, mientras que habitualmente los traslados a contabilidad se hacían sólo con el asentimiento de los empleados a quienes se proponían.

—¿De modo que tengo que dejar la correspondencia? —preguntó Alfonso para prolongar el coloquio. Estaba indeciso entre protestar, no soportar tranquilamente lo que había reconocido como ofensa y castigo, o resignarse de buenos modos a algo que no tenía remedio. Con todo, venció en él la ira. ¿El señor Cellani se burlaba de él queriendo hacer pasar por un

 

 

 

 

 

 

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ascenso aquella humillación?—. ¿Pero qué he hecho yo para que me echen de ese modo de la correspondencia?

 

Cellani le miró sorprendido. Se encaminó a su sitio encogiéndose de hombros, impaciente, incapaz de seguir fingiendo:

—Pregúntelo al señor Maller; ¡yo no sé nada!

 

Jadeando, infló las mejillas y se puso a escribir y a firmar nerviosamente.

—¡Está bien! —dijo Alfonso resuelto—. ¡Iré a preguntárselo al señor Maller!

Salió, pero en ese breve intervalo ya había calculado el peligro a que se exponía yendo a ver a Maller. Para dar aquel paso siempre tendría tiempo; quería reflexionar. Fue directamente a su despacho y entregó a Bravicci las cartas, como Sanneo le había ordenado. Bravicci le contó que el día anterior le habían advertido de que debería asumir el trabajo de Alfonso. No había dicho nada, y Alfonso le entregó bruscamente sus asuntos pendientes. Era una persona a quien, por el momento, odiaba.

—¿Va usted destinado a contabilidad? —preguntó Ballina al verle salir de su despacho con el abrigo, el sombrero y un fajo de papeles en la mano—. ¡Ya es el segundo! ¡Este Sanneo poco a poco nos echa a todos a contabilidad!

Alfonso no disculpó a Sanneo, e incluso la observación de Ballina le sugirió la contestación que debía dar a los que le preguntaran la razón de su traslado.

En el nuevo despacho volvió a encontrar a su antiguo colega Miceni, que le acogió contento y congratulándose con él por haberse alejado al fin de la correspondencia. Valía la pena recibir menos sueldo, afirmó; en contabilidad se estaba mejor y además se tenía la alegría inmensa de no ver a Sanneo.

Marlucci le hizo una acogida menos buena, pero sólo porque le disgustaba que en aquel despacho, en donde hasta entonces habían sido dos, tuvieran que amontonarse tres. La habitación no era muy grande. Era un cuartucho anguloso, no perfectamente cuadrado porque un ángulo, el de la pared maestra, era redondeado. La mesa de Alfonso no estaba prevista y le faltaba la lámpara de gas.

Miceni le explicó rápidamente y en pocas palabras cuál sería su trabajo. Alfonso entendió poco o nada. Debía sólo llevar el libro mayor,

 

 

 

 

 

 

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trabajo que hasta entonces había hecho Miceni a la vez que muchas otras cosas.

 

—Yo no he pedido jamás un ayudante —dijo riéndose, pues las desgracias ajenas excitaban siempre su buen humor—; y si te mandaron aquí es porque realmente Sanneo no quiere saber nada de ti. —Le preguntó cuál había sido el motivo de la riña, pero en Alfonso la capacidad de fingir no llegaba hasta el punto de inventar cuentos.

—No hablemos de ello —dijo, y la sangre le llenó de púrpura el rostro como si fuera presa de una gran ira.

Alfonso pensaba que sabría adaptarse a su nueva situación y recordaba que en otra época incluso había deseado pasar a aquella sección, fríamente tranquila. Los empleados la llamaban Siberia porque a menudo eran mandados allí desde las demás secciones como castigo, era el caso de Miceni, o porque se revelaban inadecuados para su puesto; pero también en contabilidad se podía progresar, y hasta el mismo Cellani había sido jefe de contables antes de convertirse en procurador del banco. En aquella calma el ruido llegaba muy atenuado, se podía trabajar tranquila y felizmente. Su sueldo y el dinero que aún poseía debían permitirle vivir durante mucho tiempo, y no había razón para precipitar sus decisiones.

 

Razonaba así pero seguía agitado; bastó una primera jornada de trabajo largo, aburrido y sin resultados para hacerle perder la calma. Se le había explicado el modo de sacar los registros del diario para ponerlos en el mayor; un trabajo de copia largo pero fácil. Pero cada noche tenía que hacer la suma de las cifras registradas aquel día, y el total del haber debía igualar el total del debe. Para empezar, la prueba no resultó el primer día, y tanto Miceni como Marlucci, tras haberle ayudado durante algún tiempo a buscar los errores, habían renunciado a encontrar, como ellos decían, el igual, y se habían marchado. Miceni, antes de salir, doliéndose por haber perdido tanto tiempo, exclamó:

 

—Quién sabe qué errores habrás inventado hoy.

 

Él continuó un rato confrontando las partidas, pero no descubrió ni uno de los errores que debía haber y se dio cuenta de que aquel trabajo le agotaba y no lograba poner en él la atención que se requería para cotejar dos cifras. Recordó entonces haber dicho a Cellani que quería ir a ver a Maller para quejarse de la injusticia que se le hacía. No había renunciado a aquel desahogo, y se dijo que no había ido enseguida a ver al jefe para no molestarle durante las horas de trabajo, pero que no se había resignado a

 

 

 

 

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sufrir la injusticia que se le hacía sin protestar. Los fastidios inefables de aquel día se los había acarreado aquélla. En vez de llevarse a casa la inquietud del trabajo incumplido, prefería buscarse una agitación de otra especie. Se le subía la sangre a la cabeza pensando que en aquel momento Maller se complacía tranquilamente con su quehacer, y entró en su despacho sin más finalidad que hacer sentir su ira. Cuando se encontró en él tuvo un temor: ¡Ante sus quejas, Maller podía contestar exponiendo claramente los motivos de su odio! Venció su propia agitación. Eso no podía suceder, y si sucedía tendría menos contemplaciones que Maller. Hablaría de Annetta como si Maller no fuera su padre; y después de haber ofendido también él, tras haberse vengado, saldría del banco con la cabeza alta. Tal satisfacción no se pagaba demasiado cara con la vida; la pérdida del empleo, de un empleo semejante, no era nada en comparación.

 

Recostado a medias sobre una otomana, Maller leía un periódico que le cubría la mitad de la cara. Levantó la cabeza para hablar con Alfonso y durante la conversación la dejó caer varias veces de nuevo detrás del periódico, por cansancio o para ocultar la expresión de su rostro. A pesar de la advertencia que Alfonso había hecho a Cellani, Maller no debía estar preparado para aquella conversación. Se comportó con indecisión, al principio serio y frío, como un superior que cree que contestando otorga una merced, y luego inquieto y vacilante.

 

—El señor Cellani me avisó de que, por orden suya, se me pasaba de

 

correspondencia a contabilidad —comenzó Alfonso balbuceando—; quisiera rogarle que me dijera si esto es un castigo por algún error mío.

 

—¡No! —contestó Maller—; se necesitaba un empleado en contabilidad y se podía prescindir de él en correspondencia. ¡Eso es todo!

Por primera vez, retiró la cabeza detrás del periódico, sin duda porque creía que la conversación había terminado.

La frialdad de Maller calmó a Alfonso. Lo encontraba muy lejos de adoptar el tono de franqueza que había temido. La cuestión seguía planteada como si fuera puramente de oficina, y con serenidad, comprendió que le convenía controlarse de modo que no obligara a Maller a despedirle; si era posible tal cosa diciendo todo lo que llevaba dentro. Se hallaba en plena batalla, y nunca se había encontrado tan consciente de estar en ella y tan resuelto a batirse.

Dijo que había trabajado mucho en correspondencia y que le desagradaba perder sin culpa ninguna el puesto conquistado con tantos

 

 

 

 

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esfuerzos. Sabía que en correspondencia podía ser útil al banco y que por lo tanto podía tener la esperanza de un ascenso rápido, mientras que en contabilidad se convertía de nuevo en un aprendiz cualquiera.

 

—Sólo por el momento —dijo Maller, que le miraba sorprendido por su audacia y con cierta curiosidad, no comprendiendo a dónde quería llegar Alfonso.

—¡Para siempre! —confirmó Alfonso.

 

La frase decidida le dio la calma que la mirada de Maller casi le había quitado; su voz ya no era vacilante. Dijo que no era un hombre que pudiera vivir entre cifras; su cerebro necesitaba construir frases, períodos, pues estaba viciado por estudios de los cuales el señor Maller debía saber algo. Trató de sonreír, pues esta última observación debía tener tono de broma.

El rostro de Maller tenía el color de su piel punteada de rojo; aquélla debía ser su palidez, y a Alfonso se le heló la sonrisa en los labios, pues en aquel rostro no había la menor traza de buen humor.

Comprendió que había bastado aquella alusión a sus estudios, de los cuales su jefe no podría saber nada si no hubieran sido hechos junto con Annetta, para alarmar a Maller.

—En resumidas cuentas, ¿quiere usted…?

 

Maller se había tranquilizado ante el aspecto asustado de Alfonso y, ya tranquilo, se apresuraba a agredir.

La pregunta irritó a Alfonso; ¿era acaso un rechazo?

 

—Yo no quiero —dijo con rabia—. Yo deseo, yo ruego que se me mande de nuevo a correspondencia. Necesito poder ascender —y cándidamente habló de su difícil situación económica.

—Al fin y al cabo, también en contabilidad se puede progresar —dijo Maller. Parecía muy impaciente.

En su resuelto propósito de defenderse con energía dando a cada golpe una rápida respuesta, Alfonso sentía la gran agitación que producía el esfuerzo de pensar intensamente para encontrarse siempre preparado. Estaba, más que nunca, a merced de la primera impresión. Habitualmente, cuando le sucedía algo inesperado se quedaba vacilante, callaba, abandonando hasta los planes hechos con antelación, cosa que a menudo acababa con el arrepentimiento por no haber sido más resuelto. Esta vez el arrepentimiento debía ser de una naturaleza muy distinta. Maller fue brusco y también él quiso serlo.

 

 

 

 

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Repitió que el traslado a contabilidad tenía que considerarse un castigo; los empleados llamaban a la contabilidad la Siberia del banco.

 

—¡No comprendo por qué se me trata así!

 

Si Maller, perdiendo la paciencia le daba con franqueza la explicación que pedía, la batalla estaba perdida; si no, precisamente siguiendo ese camino, vencería.

Maller observó secamente que no acostumbraba a revocar las medidas que tomaba, y que a él le gustaría que Alfonso se contentara; si no… y completó la frase con un gesto que claramente significaba que, aunque Alfonso abandonara el banco, él se consolaría.

 

—¡Pues bien —gritó Alfonso—, dejaré el empleo! —Y se sintió fuerte al recordar que lo peor que le podía pasar era quedarse sin empleo. Continuó más calmado, pero deseando molestar y ofender—: Por supuesto, no puedo permanecer en un empleo en donde se me persigue sin razón… Por lo menos, en apariencia.

Esto último que añadió le alivió; se había desahogado. Permaneció aún indeciso por un instante, no queriendo abandonar aquel lugar antes de estar seguro de haberlo dicho todo; luego se inclinó y se encaminó hacia la salida.

En la última frase Maller había hecho un ligero movimiento que a Alfonso no se le había escapado. Luego levantó la cabeza fuera del periódico:

—No tome resoluciones tan graves a la ligera —dijo con un tono de voz suave, casi de súplica y que sorprendió a Alfonso porque desentonaba singularmente con el tono en que hasta entonces le había contestado—. Esté seguro de que, si puedo, le haré llamar a correspondencia.

¡Era evidente! El gran hombre estaba un poco agitado.

 

Ofuscado en ese momento por la inesperada victoria, a Alfonso no le bastó el resultado obtenido.

—¿Y tengo que seguir trabajando en contabilidad?

 

Sentía demasiado el fastidio soportado aquel día para no plantear también esta cuestión.

—Daré la orden de que le ayuden en su trabajo —dijo Maller cediendo enseguida.

Alfonso salió sin dar las gracias y saludando con una pequeña inclinación.

 

 

 

 

 

 

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Esta conversación le dejó en una turbación terrible. Salió del despacho de Maller insatisfecho. Había obtenido la victoria, pero no como lo deseara, pues no había logrado eliminar el menosprecio en que había caído a ojos de los jefes del banco. Conservaba el empleo, eso era todo. ¡El honesto Cellani seguiría tratándole con frialdad y desprecio! ¡Oh! Si hubiera podido hablar libremente, contar qué parte habían tenido en su aventura la coquetería de Annetta y su propio sentimiento, un sentimiento poco noble y poco puro pero irresistible, no le habrían considerado como a un individuo que se había introducido en casa de los Maller para adueñarse de una dote con trucos poco honestos.

 

Volvía pensativo sobre cada detalle de aquella conversación para buscar en vano una palabra de la que hubiera podido acordarse complacido. Cada palabra de Maller estuvo marcada por la antipatía o por la indiferencia, cuando no había traicionado su miedo; y era él quien se había equivocado, pues todas sus palabras habían tendido a conservar y mejorar su posición, ninguna a captarse la amistad de Maller. Incluso, y esto le desesperaba, si venció la batalla fue por aquella alusión a las causas recónditas por las que era maltratado en el banco. ¿Había hecho una amenaza que había asustado a Maller?

¡Conque le creían un chantajista! ¡Por eso le habían temido! ¡No quería permanecer bajo el peso de aquella acusación! ¡Si él no actuaba, ninguna voz se levantaría para defenderle! Maller no le conocía lo suficiente para no sospechar de él, y en Annetta el odio debía haber cambiado su recuerdo de tal modo que ya no quedaría de él más que la figura de un aventurero cualquiera.

Al día siguiente le pediría a Maller otra entrevista y, exponiendo libremente las razones que le obligaban a aquel acto, ¡presentaría su dimisión! No quería conservar ni un solo día lo que se le otorgaba por temor a su venganza. «Usted me odia —le diría—, es el amo, y ¿por qué me conserva cerca de usted? ¡Me ofende no despidiéndome!».

Este propósito debería calmarle. Fue a casa y quiso acostarse. Se echó sobre la cama a medio vestir; sentía aún la necesidad de desahogarse soñando. ¡Estaba decidido! Se encontraba sin empleo; ¿qué haría de su vida? Con sus estudios, aunque hubieran sido mucho más perfectos de lo que eran, no podía vivir; y le sería muy difícil encontrar otro empleo. De todas las relaciones trabadas en la ciudad, ¿cuáles podrían servirle? Sólo las hechas en casa de los Maller, y de éstas con una, la más importante, no

 

 

 

 

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podía contar. Ya se veía abandonado y pobre, pasando hambre; y él se conocía, no podría resistir el hambre; acabaría por alargar la mano incluso a los Maller pidiéndoles una limosna o quizá hasta les amenazaría para inducirles a ayudarle. En su largo soliloquio se le saltaron las lágrimas varias veces. Mientras pudiera, debía intentar conservar su posición en casa de los Maller.

 

Le pareció haber encontrado el mejor camino para dar las explicaciones necesarias sin perder su puesto. ¡Se las podía dar a la misma Annetta! Sabía que era vana y egoísta, pero no sin corazón; muchas veces le había perdonado sólo por compasión, una compasión dulce que le había hecho olvidar sus propósitos de comportarse de modo que no le comprometiera. Se dirigiría a ella. Al fin y al cabo sólo pedía que le dejaran tranquilo, y se lo pedía a personas que debían tener mayor interés que él en que se mantuviera el silencio; sin duda, su petición sería bien recibida por Annetta.

 

Su primera idea fue esperar la ocasión de hablar con Annetta, detenerla acaso por la calle; pero luego le pareció que no podía vivir en tal estado de agitación y quiso acabar con ella enseguida. Al día siguiente escribiría a Annetta rogándole que le concediera una entrevista.

Acabó haciéndolo al momento; le pareció que aquella actividad le devolvería la calma. Saltó de la cama y encendió la lámpara. Hacía ya mucho tiempo que no escribía sobre aquella mesa; la pluma, herrumbrosa, se resistía, y tuvo que diluir la tinta, que no fluía.

Comenzó con un «Muy considerada señorita», que le pareció digno y humilde, y en breves términos pidió la entrevista diciéndole que debía comunicarle algo de suma importancia para él, y, creía, también para ella. Si concedía esta entrevista, cosa que él no dudaba, le rogaba que estuviera entre las ocho y las nueve de la noche del día siguiente en el primer muelle, el más cercano a la calle Dei Forni. Tuvo luego un ingenuo acento de lamentación: «ya no sé cómo tratarla, Annetta, porque usted quizá me odie»; y luego de ironía, también ingenua: «Firmo con nombre y apellido porque con sólo el nombre quizá no me reconozca».

No durmió pero desapareció aquel abatimiento que varias veces le había llenado los ojos de lágrimas. Ahora la agitación era muy distinta y fácilmente descubrió que provenía de aquellas dos frases más suaves, como de enamorado mustio, dirigidas a Annetta. ¡Qué agradablemente le deleitaba pensar que al día siguiente volvería a verla! Una vez más

 

 

 

 

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olvidaba las caras enemigas que le rodeaban ante aquella cara que por él se había ruborizado y palidecido de amor. Sólo por él, no por Macario; lo sabía por el mismo Macario, que había negado que en aquel rostro la pasión pudiera poner una sombra.

 

No le importaba ya ni siquiera la finalidad de aquella entrevista; su principal deseo era rehabilitarse a los ojos de ella, hacerle sentir que no era el aventurero que ella suponía. No se desvanecería por ello el proyecto de matrimonio con Macario, pero en el corazón de la mujer que había amado quedaría hacia él un sentimiento afectuoso de agradecimiento y de amistad, con lo cual él tenía bastante.

Fue imaginando las palabras que le diría. No se acusaría de haberla seducido, porque sería un comportamiento poco hábil. Su pasión le había arrastrado y no podía arrepentirse de un acto que le había dado la mayor felicidad de que había gozado en su vida. Lo sabía por haberlo leído: las mujeres perdonaban siempre los homenajes a su belleza. En consecuencia, malgastaría muchas palabras para darle certezas respecto de él, para hacerle saber que antes se hubiera dejado matar que decir una sola palabra del secreto que les unía. Ella comprendería algo en su actitud sin que él tuviera que rebajarse a decirlo. No le diría palabras de amor, aunque sería feliz pudiendo decirle que la amaba. En su desgracia, ya no podía despreciar aquel amor. ¡Sólo pensando en él se había sentido reconfortado de tanta humillación! Dejar que Annetta vislumbrara algo sería peligroso, porque no es posible fiarse de un enamorado por honesto y benévolo que se muestre; todo su cuidado debía dirigirse a ocultar el nuevo afecto. Debía aparecer como un enamorado que no guarda demasiado rencor por haber sido abandonado y que incluso ha conservado, de su amor, una dulce amistad fraterna. Se informaría con afecto de si ella era feliz y trataría de demostrar gran alegría en el caso muy probable de que le asegurara que amaba a Macario. Podía en cambio suceder que ella le confesara no ser feliz y se confiara a él con abandono. En ese caso, ya no había dificultades y no necesitaba reflexionar mucho tiempo sobre el comportamiento a seguir.

 

Santo se encargó de llevar el billete a su destino con mucho gusto.

 

Por primera vez, Alfonso supo sacar provecho de las observaciones hechas sobre un carácter. Se dio cierto aire de importancia y preguntó a Santo con gran misterio si la señorita Annetta le había dicho que debía

 

 

 

 

 

 

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recibir aquella cartita. Luego le advirtió que se trataba de dar una sorpresa a un miembro de la familia Maller.

 

Santo se metió la nota en el bolsillo, contento por participar de un secreto relacionado con la señorita Annetta. Prometió que se comportaría con cautela y se ofendió porque Alfonso le recomendara varias veces el secreto. Luego quiso elevarse aún más; se quejó de que Alfonso no se dejara ya ver por casa de los Maller. ¿Acaso le había ofendido alguien? Parecía que, si Alfonso hubiera sido ofendido, él lo habría vengado.

Alfonso contestó audazmente:

 

—Sí, estuve a finales del mes pasado.

 

Santo, que nada sabía, hizo un gesto de sorpresa:

 

—¡Ah! Pero de todos modos ya no viene tan a menudo como antes. La nota había sido enviada. A mediodía Alfonso observó con alegría

 

cómo Santo se alejaba del banco. Cada minuto que le acercaba a la hora de la entrevista con Annetta le ponía contento. Su único temor era que Maller diera algún paso antes de que esta entrevista tuviera lugar. ¡No! Si debía aceptar mejoras en su posición no quería que fueran producidas por el miedo. Aun rechazando los sueños tontos de la noche anterior, creía que esta conversación destruiría cualquier malentendido. Por difícil que fuera, debía convencer a Annetta de que, si se habían amado y ya no se amaban, no había ninguna razón para que se odiaran.

No pudo apuntar una cifra en su libro ni trabajar buscando el error que el día anterior le había dado tanto quehacer. Por la noche, la impaciencia llegó a tal punto que salió de su despacho y fue por el banco en busca de personas con quienes hablar y pasar la hora de espera que aún faltaba.

Fue a pedir noticias a Ballina sobre la correspondencia; parecía que hubiera salido de allí hacía años. Ballina, como de costumbre, cenaba en el banco, y aquella noche estaba cociendo huevos en un infiernillo de alcohol; se los comía después con pan y mantequilla, regándolos con un vaso de vino. Le explicó a Alfonso lo poco que le costaba aquella cena suculenta; alrededor de setenta céntimos.

Alfonso tuvo que envidiarle. Le veía siempre ocupado cuidando de su salud y de su fuerza con magníficos resultados aun en las circunstancias más desfavorables. Después de cenar daba un paseíllo con el fin de facilitar la digestión y se recostaba. Dormía, según decía, tranquilo como un niño, cansado de haber copiado aquella infinidad de nombres; sólo le

 

 

 

 

 

 

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inquietaba el recuerdo de algún nombre con demasiadas consonantes, húngaro o eslavo.

 

Cuando Ballina se marchó, para perder todavía media hora Alfonso fue a ver a Starringer a expediciones, donde bullía el máximo de trabajo. Se tropezó con el anciano Antonio, a quien se había dado también el encargo de llevar las cartas al correo. El pobre viejo se ponía en camino blasfemando contra la dirección, que había tardado en firmar las cartas. Era la canción que siempre se oía en expediciones. También Starringer la entonó y Alfonso fingió escucharle; pero con la fiebre de su impaciencia no percibía una sola palabra.

 

No salió aún del banco. Se limpió con cuidado los pantalones y los zapatos con los cepillos de Miceni; aquélla era una ocupación.

Cuando salió del banco, faltaba poco más de un cuarto de hora para las ocho y echó a correr, temiendo llegar tarde a la cita. ¿Qué haría en tal caso? Quizá fuera un retraso irremediable.

El siroco persistía, pero no había llovido en todo el día. La ciudad había estado hasta la noche cubierta de niebla; desvanecida ésta, el cielo era claro, sembrado de estrellas, sin luna. Un barrillo ligero pero continuo cubría el empedrado.

Diez minutos después de las ocho Alfonso dudó por vez primera de que Annetta viniera. ¡Era muy probable! Hasta entonces, sin confesárselo, había actuado como si estuviera seguro de que ella aún le amaba pues de otro modo no podía esperar que una mujer prometida llegara a dar un paso semejante. Comprendió que había compuesto de mala manera su carta. Tenía que haberse limitado a expresar a Annetta su deseo de hablar con ella y esperar que le indicara cuándo y dónde. Pero ahora ya no podía corregirse. Esperaría hasta las nueve; paciente y resignado, se apoyó en una esquina.

 

Se dio cuenta de que, por segunda vez, pasaba ante él un muchacho que le miraba fijamente y con curiosidad; había visto en otra parte aquel rostro oblongo con bigotes rubios y mirada penetrante y aquella silueta delgada y larga. Miró tras él: era Federico Maller. Le había reconocido por los pantalones ceñidos. ¿Era una casualidad o Annetta le había confiado a su hermano una misión? Maller nunca le había sido simpático y le desagradaba tener que tratar con él; pero ahora tenía que facilitarle la tarea que había asumido por afecto a su hermana.

 

 

 

 

 

 

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Se volvió para saludarle al sentir que se acercaba de nuevo, pero recibió un golpe que casi le tiró al suelo.

 

—¡Se pide perdón, sinvergüenza! —le gritó en el oído el joven Maller; y levantó la mano, que en la oscuridad Alfonso creyó armada.

¿Le querían matar? Se echó sobre la figurita desmedrada, detuvo la mano levantada en gesto de amenaza y aferró a Maller por el cuello. El otro, para soltarse, retrocedía hacia el mar. Alfonso jadeaba por el esfuerzo y empleaba mucha más fuerza de la que era necesaria.

 

—¡Lo echo al mar! —amenazó; y le dio un empujón, si bien no lo bastante fuerte.

—Cuánta vulgaridad hay en esta ciudad —dijo Maller con desprecio llevándose las manos al cuello para enderezar el cuello duro.

 

—Creí que me quería robar —contestó Alfonso indignado.

 

Recibió la tarjeta de Maller y entregó la suya. Prometió que al día siguiente a mediodía sus padrinos se encontrarían en casa de Maller. Le sorprendía haberse comportado tan correctamente.

Conque ésta era la cita que Annetta había otorgado. Ella tomaba decisiones rápidas con medios fáciles. Mandaba a su hermano con el encargo de matarlo. También Annetta le odiaba; eso le dolía; y le despreciaba, puesto que no creía poder estar segura respecto de él. Creía que debía suprimirlo para no tener que temerlo. No le conocía; durante el tiempo que la había amado, ella no había sabido comprender lo honesto y genuino que era su carácter. ¡Eso era lo doloroso, no que Federico casi le matara!

Caminaba hacia su casa con paso cada vez más veloz. En el Corso se detuvo un instante; le había parecido que pasaba Macario. No era él, pero Alfonso iba preguntándose si le produciría alguna satisfacción vengarse contándole a Macario su aventura con Annetta. ¡No! La única satisfacción que podía tener era convencer a Annetta de que se engañaba acerca de él. Le escribiría una carta, un adiós de moribundo.

 

Estaba ante su mesa con la pluma en la mano pero no lograba escribir una sola palabra. En su vida de soñador jamás el sueño le había poseído de modo tan absorbente. Dejó la pluma y puso la cabeza entre las manos. Quería reflexionar, pero soñaba sin poder resistirse a hacerlo. ¡Annetta quería que muriera! Deseó que así fuera y que luego le añorara. Soñaba que, de repente, a ella le renacería el amor por él e iría a su tumba para

 

 

 

 

 

 

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derramar sobre ella flores y lágrimas. ¡Oh! Qué agradable calma, aquel cementerio que soñaba verde y entibiado por el sol.

 

Cuando volvió a abrir los ojos le sorprendió encontrarse ante aquella hoja de papel de cartas.

Tenía que batirse con Federico Maller en una lucha impar en la que su adversario tenía todas las ventajas: el odio y la habilidad. ¿Qué esperanza podía quedarle? Sólo le quedaba un camino para escapar a aquella batalla, en que hacía un papel miserable y ridículo: el suicidio. El suicidio quizás le devolviera el afecto de Annetta. Jamás la había amado como en aquel instante. No se trataba ya de interés ni de sentidos. Cuanto más la había alejado de él, más la había amado; ahora que definitivamente perdía toda esperanza de reconquistar aquella sonrisa, aquella afectuosa palabra, la vida le parecía incolora, nula. Una vez desaparecido, Annetta no volvería a sentir la repulsión del miedo hacia él, por su recuerdo; esto era todo lo que podía esperar. No quería vivir si tenía que seguir pareciendo un enemigo despreciable, sospechoso de querer hacerle daño y de hacerle pagar a un alto precio los favores que ella le había otorgado.

 

Sólo había pensado en el suicidio con el juicio alterado por ideas ajenas. Ahora lo aceptaba no resignado, sino contento. ¡La liberación! Recordaba que hasta poco antes había pensado de otro modo y quiso calmarse, ver si aquella sensación de contento que le arrastraba a la muerte no era producto de una fiebre que quizá le poseía. ¡No! ¡Él razonaba tranquilamente! Alineaba ante su mente todos los argumentos contra el suicidio, desde los morales de los predicadores a los de los filósofos más modernos; ¡le hacían sonreír! No eran argumentos sino deseos, el deseo de vivir.

Él, en cambio, se sentía incapaz para la vida. Algo que a menudo había tratado de comprender inútilmente se la hacía dolorosa, insoportable. No sabía amar ni gozar; en las mejores circunstancias había sufrido más que otros en las más dolorosas. La abandonaba sin pesar. Era el camino para conseguir ser superior a las sospechas y a los odios. Aquélla era la renuncia que había soñado. Había que destruir aquel organismo que no conocía la paz; vivo, continuaría arrastrándolo a la batalla, pues estaba hecho para ese fin. No escribiría a Annetta. Le ahorraría hasta la molestia y el peligro que podía suponer para ella una carta semejante.

 

 

 

 

 

 

 

 

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«N… 23 octubre 18…

 

»Señor Luigi Mascotti,

 

»En respuesta a su apreciada del 21 del corriente, le anunciamos que nos son enteramente desconocidas las causas que llevaron al suicidio a nuestro empleado el señor Alfonso Nitti. Fue hallado muerto en su lecho el 16 del corriente, a las cuatro de la mañana, por el señor Gustavo Lanucci, quien, al volver a casa a aquella hora, tuvo sospechas por el intenso olor a carbón de su habitación. El señor Nitti dejó una carta dirigida a la señora Lanucci en donde la nombra su heredera. Su pregunta acerca de la suma encontrada al señor Nitti debe por lo tanto dirigirse a esa señora.

»El entierro tuvo lugar el día 18 del corriente con la participación de los colegas y de la dirección.

»Le saludamos atentamente,

 

»Maller & Cía»..

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Italo Svevo, seudónimo del hombre de negocios Hettore Sniz, nació en Trieste en 1861 y murió en un accidente de automóvil en Motta di Livenza. Vástago de una familia renana establecida en Trieste estudió Ciencias Comerciales y se empleó en un banco desde la muerte del padre hasta 1897, estableciéndose después por su cuenta. Su amistad personal con James Joyce estimula su perseverancia en el cultivo de la literatura a pesar del escasísimo éxito de sus dos primeras novelas. Una vita (1892) y Servilità (1908) absolutamente revolucionarias en cuanto a la técnica y a la temática con respecto a la literatura italiana de su tiempo, fue sobre todo gracias a la influencia de Joyce y de Valery Larbaud y a la publicación de la traducción francesa de La coscienza di zeno (cuya edición original es de 1923) que se estableció el prestigio de Svevo y se incorporó su nombre a la nómina de los renovadores de la narrativa —Kafka, Joyce, Proust— del primer tercio del siglo XX. La fama y la gloria no alcanzaron al escritor en vida.

 

Svevo consiguió desarrollar un estilo entonces único usando la ironía y cierto distanciamiento con los personajes para describir sus pensamientos y recuerdos y trazar la línea de sus comportamientos y actitudes. Fue uno de los primeros escritores en hacerse eco literariamente de las ideas del Psicoanálisis de Sigmund Freud. A pesar de todo, vivió aislado del ambiente literario italiano y sus novelas, que giran siempre alrededor de los detalles de la vida cotidiana y de la complejidad de las motivaciones humanas, no ejercieron una fuerte influencia en la narrativa italiana hasta que con su muerte obtuvo el verdadero reconocimiento.

 

 

 

Notas

 

[1]    Basilio Puoti: literato italiano (1782-1847). Tommaseo: literato y político italiano, autor de un Diccionario de Sinónimos (1802-1874). (N. del T.) <<



FIN

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