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Libro N° 14339. Luna Amarga. Bruckner, Pascal.


© Libro N° 14339. Luna Amarga. Bruckner, Pascal.  Emancipación. Octubre 4 de 2025

 

Título Original: © Luna Amarga. Pascal Bruckner

 

Versión Original: © Luna Amarga. Pascal Bruckner

 

Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos:

https://ww3.lectulandia.com/book/luna-amarga/


 

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Portada E.O. de:  

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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: 

Guillermo Molina Miranda




LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA

LUNA AMARGA

Pascal Bruckner


 

 

 

 

 

Luna Amarga

Pascal Bruckner

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Muchos hablan del amor como de algo inefable, difícil de expresar con palabras; otros discurren de las penas del corazón, pero pocos han sabido explorar las regiones del deseo con el cinismo y la refinada crueldad que distingue la prosa de Pascal Bruckner.

 

En un esfuerzo del cuerpo y de la mente que aturde y a la vez fascina, el autor obliga a los cuatro protagonistas de Luna amarga a abdicar de su voluntad para rendir tributo al siniestro encanto de un ejercicio erótico falsamente infinito, engañosamente placentero.

 

Subyugados por el poder de la palabra, los héroes de Luna amarga se convierten y nos convierten en voyeurs privilegiados de una historia de refinada perversión.

 

Roman Polanski en 1992 la llevó al cine con el nombre de Lunas de hiel (Lunes de fiel), protagonizada por: Peter Coyote, Emmanuelle Seigner, Hugh Grant y Kristin Scott Thomas.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Pascal Bruckner

 

Luna Amarga

 

 

 

ePub r1.0

 

Titivillus 24.09.2025

 

 

Título original: Lunes de fiel

 

Pascal Bruckner, 1981

 

Traducción: Manuel Serrat Crespo

 

Editor digital: Titivillus

 

ePub base r2.1

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Para Brigitte

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Procura no desaparecer en la personalidad de otro, sea hombre o mujer.

 

SCOTT FlTZGERALD

 

 

 

PRIMER DIA

 

 

 

 

 

 

El encanto de las

 

 

inclinaciones nacientes

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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La eternidad, caballero, se inició para mí un anochecer de julio en el autobús 96 que hace el recorrido entre Montparnasse y la Porte des Lilas. Fue hace cuatro años. En la esquina del Odéon, una muchacha, que vestía una falda negra de volantes y llevaba los tobillos enfundados en largos calcetines blancos, se sentó frente a mí. Instantáneamente mi mirada se clavó en ella. Me sentí literalmente deslumbrado por aquel rostro al que contemplaba conteniendo el aliento. Ignoro qué admiraba más en él: sus mejillas que parecían una pasta amasada con leche o sus pestañas que acariciaban unos ojos verdes y formaban una barrera contra las miradas indiscretas. No la veía. Estaba ciego, hipnotizado y sólo tenía un deseo: abordarla; un sólo terror: dejarla marchar. Mi admiración carecía sin duda de mesura, pues la desconocida volvió pronto la cabeza con un suspiro hastiado, y por un instante temí que cambiara de lugar. Pero aquella reticencia, que me parecía refinada, me la hizo más querida todavía.

 

No se ría del autobús: no hay lugar especialmente adecuado para el flechazo. Incluso una cafetera con ruedas puede convertirse en la antecámara del paraíso si creemos en el azar. Mis preferencias se dirigirán siempre al ser encontrado fortuitamente, por encima del que me presentan los amigos, pues la suerte que dispuso nuestra conjunción seguirá, imagino, fecundándola misteriosamente. Y lo imprevisto sigue siendo el único poder capaz de devolver calidez a la vida.

Mi terror procedía, pues, de no hallar una sola palabra para romper el silencio, desperdiciando la oportunidad de aquel rápido cara a cara. ¿Cómo evitar las primeras palabras, tan parecidas siempre, mostrándome a la vez delicado, original, seductor, tentador? Importante pregunta, que fue, supongo, la que se hizo el Diablo en la última noche de la Creación. Un revisor acudió en mi

 

 

 

 

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ayuda: nunca agradeceré bastante su cooperación a la compañía de transportes municipales. Nos pidió los billetes. Mi hermosa vecina afirmaba que se le había caído al suelo. Estábamos todos inclinados buscando entre los detritus, la pequeña cartulina amarilla. El empleado preparaba ya la multa. Ella había bajado los ojos, roja de confusión: comprendí que mentía. Aquella turbación me llegó al alma. Sin que nadie lo viera, puse en su mano mi propio billete, que acababa de mostrar al interfecto. Ella tuvo un momento de estupor, y luego me sonrió. El revisor se alejó. Yo estaba salvado: teníamos una historia. Comprenderá usted que, tras ello, me niegue a la gratuidad de los transportes públicos. Mi estafadora me dio las gracias con un apretón de mano, pero cometió la insigne torpeza de devolverme el billete. Una dama que nos espiaba, gorda gallina con permanente, advirtió nuestro manejo y llamó al revisor. El autobús acababa de detenerse en Saint-Paul: apenas tuve tiempo de sacarle la lengua a nuestra delatora antes de bajar. Estaba perdido, habría llorado de rabia; dirigí a mi cómplice grandes señales con la mano pero el vehículo se puso en marcha enseguida. Vagabundeé como un condenado: París no es muy grande, pero los seres pueden desaparecer como en un pozo. Sólo tenía un deseo: verla de nuevo a toda costa, aunque tuviera que emplear todo el verano.

 

 

 

El hombre que me hablaba de esa manera estaba a mi lado, en el camarote de un paquebote, en pleno mar Mediterráneo. Era de noche. Con las piernas cubiertas por una manta de viaje, sentado en un sillón, paseaba una mirada huidiza e inquieta que, de vez en cuando, se clavaba en la mía. Tenía un rostro deshecho al que no podía suponérsele edad alguna pero donde quedaban, sin embargo, algunos rastros de juventud. Toda su persona desprendía una extraña inquietud, un nerviosismo contenido. Aquella noche, aunque distante —pues odié a Franz desde nuestra primera entrevista, con un odio proporcional al ascendiente que ejercía sobre mí—, estaba todavía muy lejos de haber penetrado en la conciencia de aquel hombre perverso. Escuchaba, sencillamente, el ritmo regular de sus frases, su voz rechinante como un cerrojo acompañada por el ronroneo melancólico de una tetera.

 

 

 

 

 

 

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Pero permítaseme precisar las circunstancias de nuestro encuentro. Yo acababa de cumplir treinta años y me marchaba a la India con Béatrice, mi compañera. Nos sentíamos felices, seguros de ir al encuentro de una verdad. Fue el 28 de diciembre de 1979. Habíamos salido de Marsella aquella mañana, a bordo del Truva, ferryboat turco que realiza, vía Nápoles-Venecia-El Pireo, la última conexión marítima entre Francia y Estambul. Si razones evidentes nos impulsaban a abandonar, por algunos meses, el tedio de un oficio desvalorizado —yo era profesor de literatura en un instituto parisino, Béatrice enseñaba italiano—, huíamos sobre todo atraídos por el Oriente. Había en aquella palabra un titileo de oro fino, una refulgente aurora que me arrebataba. Vibraba ante su impreciso esplendor y mi inclinación por aquellas lejanas tierras estaba, creo, muy próxima al fervor. Me dirigía a Asia, al encuentro de un sagrado desorden que Europa ya no me ofrecía, con la intención de abandonar todo lo que no me era indispensable. Para realizar aquel viaje, que habíamos preparado desde hacía mucho tiempo, había solicitado un año de excedencia a la Educación Nacional y trabajado durante todo el verano en una compañía de seguros.

 

El deseo de llegar a la India en pequeñas etapas, las ganas de perder nuestro tiempo al iniciar un largo periplo, nos habían movido a elegir el barco, tanto más cuanto que la línea, barata y deficitaria, estaba condenada a desaparecer.

Imagínense la atmósfera de esperanza, de indefinición de una travesía que está comenzando. Un paquebote, por modesto que sea, es más que un medio de transporte: es un estado de espíritu. Una vez cruzada la pasarela, la visión del mundo cambia, te conviertes en ciudadano de una república especial que es un lugar cerrado y cuyos ocupantes están todos ociosos. Me había gustado enseguida el modo como los corredores ahogaban los ruidos, y los pesados relentes que en ellos reinaban, mezcla de olores marinos y de caucho caldeado. El Truva, viejo trasatlántico noruego, recuperado por los turcos, no era precisamente un mastodonte, con su pequeña chimenea plantada en el espinazo como un dedal invertido. Nuestro camarote, colocado entre dos tabiques metálicos, era un estrecho reducto amueblado con literas superpuestas y un minúsculo lavabo. «Qué hermoso sepulcro —había dicho Béatrice al entrar—; para ti el sarcófago de arriba, para mí el de abajo». El vaso para los enjuagues de boca temblaba contra el armazón de hierro del lavabo, y nuestra pequeña habitación se estremecía con las trepidaciones del motor. Teníamos unos

 

 

 

 

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modestos cubículos, pero la perspectiva de risueñas promiscuidades amorosas nos consolaba de la carencia de lujo y espacio. Y además, había un ojo de buey; siempre me ha parecido que los ojos de buey tienen un encanto particular: el encanto de verlo todo sin ser visto. Es el pequeño ojo de la cerradura por el que sorprenderemos los secretos del mar, un cara a cara sin peligro alguno con el monstruo salado, una buena jugarreta a la adversidad de los elementos líquidos.

 

La inmensidad necesita ser abordada por ese tragaluz, más conmovedor todavía cuando está enmarcado por cortinas y da al camarote el aspecto de una casa de muñecas. Y tras cada uno de esos ventanucos hay una habitación, seres animados, mil destinos que se entrecruzan.

Por otra parte, la mañana de la partida, en Marsella, hacía un tiempo de milagrosa belleza: el sol golpeaba los lomos del casco y, bajo sus brillos, nuestro navío desportillado refulgía como un terrón de azúcar. Me sentía feliz; teníamos la aprobación de la luz, es decir, de los dioses, y veía en ello un buen augurio para todo el viaje. Saboreábamos la helada consistencia del aire, semejante a un sorbete, que el viento de tierra impregnaba de olores de esencias y de pinos silvestres. A lo lejos otros paquebotes, como blancos chirimbolos, cortaban la seda del horizonte. Jamás había experimentado semejante impresión de beatitud. Turbado por los puros sentimientos, contemplando las costas francesas que desaparecían en un vaho luminoso, creyendo a veces ser juguete de un sueño, apenas podía contener mi exaltación.

 

 

 

Aquel primer día de una travesía que debía durar cinco fue extraordinario por la impresión de feliz vacío que me dejó. Todos sabemos que a bordo de un navío nunca sucede nada. Pero se vive un tedio de una calidad superior, parecido a la euforia. La menor banalidad entre Béatrice y yo adquiría, en el contexto de la partida, el valor de un talismán. Aquella odisea hacía descansar nuestras almas, y conversábamos volublemente en las largas llanuras de las cubiertas, sin ver a nadie, absolutamente absorbidos el uno por el otro. Hacía cinco años que vivíamos juntos y aquélla era nuestra primera escapada: habíamos vivido poco personalmente, pero mucho a través de los centenares de libros leídos. Nuestra pareja era una biblioteca, los in-folio nos servían de hijos y de viajes. Y habíamos vacilado mucho antes de emprender aquella

 

 

 

 

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peregrinación que trastornaría nuestras más queridas costumbres. Béatrice tenía la glacial belleza de una anglosajona, y aunque de mi edad, había sabido conservar un encanto de adolescente. Su propio cuerpo vacilaba entre la niña y la mujer, y de no haber sido por la larga cascada de leonadas olas que enmarcaba un rostro encantador, grave a veces, apenas se le hubieran atribuido veinte años. Yo la llamaba mi «capricho», y nos decíamos al oído secretos que todo el mundo conoce pero que nosotros no queríamos propagar.

 

No éramos muchos a la hora de comer, apenas treinta, en un restaurante panorámico que ocupaba toda la anchura del navío y podía albergar al menos doscientas personas; agrupada en cuatro mesas, la pequeña pandilla simpatizó enseguida. Las comidas son las grandes distracciones de los cruceros: se inspecciona a los compañeros para adivinar quiénes son, qué hacen y qué se hará con ellos. En esa vida de confinamiento, los desconocidos adquieren una extremada importancia, y un deseo de conocer gente agradable merodea por el espíritu de los pasajeros. Allí estaban, además de los inevitables contingentes de alemanes y holandeses lanzados a los caminos por la prosperidad de su moneda, una pareja de ingleses, dos franceses más, algunos italianos y un grupito de estudiantes griegos y turcos. Me parecía bogar en un arca en la que hubieran metido un espécimen de cada país limítrofe del Mediterráneo. Sin saber cómo conversar, y tras haber intentado varias lenguas latinas, decidimos utilizar el inglés como idioma común. Muy pocos lo hablaban correctamente y, por lo tanto, se producían enormes retrasos en la elocución de las palabras, malentendidos que hacían reír, y todos comíamos y bebíamos como si no fueran a servirnos otra comida hasta la llegada. Me abandoné sin contenerme al placer de descubrirnos mutuamente, aunque sólo fuera con la mirada, pensando que tal vez mañana llamaríamos a toda aquella gente por su nombre de pila.

 

Abandonábamos la mesa cuando Béatrice me pidió que la esperara dos minutos ante la puerta de uno de los lavabos reservados a las mujeres. Tardaba en regresar; a regañadientes, penetré a mi vez en aquel lugar. La encontré inclinada sobre una muchacha llorosa cuyo maquillaje había ennegrecido sus mejillas.

—¿Qué ocurre?

 

—Ha fumado demasiados porros —repuso Béatrice.

 

No pude evitar encogerme de hombros.

 

 

 

 

 

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La desconocida sollozaba de nuevo. Iba vestida con un anorak forrado y unos tejanos. No la habíamos visto durante la comida. Sus lamentos me irritaban. Respondía a nuestras preguntas con monosílabos, como si nuestra curiosidad le molestara, confusas palabras que revelaban su rabia por estar a bordo y su impaciencia por abandonar el barco. Nos dijo que se llamaba Rebecca. Había llegado al estado de embrutecimiento en el que desaparece cualquier preocupación por la apariencia.

 

—¿Adónde van? —logró articular con voz pastosa. —Primero Estambul, luego la India y, tal vez, Tailandia. —¡La India! ¡Pero si está ya pasada de moda!

 

No contesté, cargando esta reflexión en la cuenta de la embriaguez.

 

—Te acompañaré a tu camarote —le dijo Béatrice.

 

—Eres… muy amable… Tus cabellos me recuerdan el… pastel de miel de Roch Hachanah.

—Ven a cubierta, el aire libre te hará bien.

 

Tuve que sostenerla por el corredor; el sol encendió en su garganta una cadena y un colgante: dos dedos que conjuraban el mal de ojo. Había vuelto a delirar, pasando de la risa a las lágrimas, balbuceando frases sueltas que le hacían reír. Yo estaba avergonzado y temía que nos vieran en su compañía. Advirtiendo mi reserva, Béatrice me pidió amablemente que las dejara.

Cuando regresó, solté un desengañado comentario sobre la amargura de encontrar, en pleno mar, niños descarriados de la Huchette y de Saint-Michel.

—No digas eso, Didier, es bonita y parece muy desgraciada.

 

—Su desgracia no me interesa y su belleza no me ha impresionado.

 

El incidente se cerró con una serie de besos y una tarde tan tranquila y encantadora como había sido, al comienzo, la mañana.

La pequeña cubierta en la que nos habíamos tendido para leer, yo el Bhagavad Gitd y Béatrice una novela de Mircéa Eliade, era una verdadera terraza cortada a cuchillo en el cielo y protegida del viento por la chimenea. Sólo el rumor de las páginas que pasaba mi compañera cortaba el lejano chapaleteo del agua contra el casco y el jadeo de las máquinas. La voluntad desfallecía, nos acurrucábamos en el calor, transidos por la luz que saltaba de proa a popa en aquel inmenso palacio de acero blanco.

Al ocaso, y mientras caía una noche helada, degustamos en nuestra alcoba una santa hora de voluptuosidad. Colmado por tantas emociones,

 

 

 

 

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me habría dormido enseguida si Béatrice no hubiera insistido en que la acompañara a cenar. Comparado con la imponente serenidad del exterior, el vasto comedor, aunque apenas poblado, zumbaba como un panal, y hubiérase dicho que el pequeño cargamento que lo poblaba, arrellanado entre sus palpitantes muros, obtenía de la fría hostilidad del mar tesoros de intimidad y de alborozo. Sentados a la mesa, conocimos al único pasajero indio de a bordo, un sikh nacionalizado inglés, médico de profesión, que vivía en Londres y se dirigía a Estambul para participar en un congreso de acupuntura. Raj Tiwari, ése era su nombre, soltó una carcajada cuando me vio con el Bhagavad Gitd bajo el brazo.

 

—¿Sabe que en la India ya nadie lee eso? Salvo los nostálgicos.

 

—Sin embargo, es la base de su cultura.

 

—No más que la Biblia lo es de la suya. Y, además, mucha atención: los dioses aguantan muy mal la exportación. Terrorífica divinidad en Calcuta, Kali sólo es, en París, un ídolo de yeso.

—Didier quiere retirarse a un ashram —dijo Béatrice, guasona. —¿Para ordeñar vacas todo el día? ¡Extraña idea cuando se tiene una

 

mujer tan hermosa como usted!

 

Los tres reímos y la conversación cambió de tercio. Raj Tiwari, vestido con un traje de tweed, hablaba un inglés muy pulido y tenía la nobleza de rasgos propia de los indios adultos. Le sorprendió nuestro entusiasmo por la India y nos preguntó, tres veces, por qué no íbamos más bien o Singapur o Taiwan, países limpios y modernos. Aquellas restricciones me desconcertaron. Pero sus afables maneras y los cumplidos que no dejaba de prodigar a Béatrice nos impulsaron a seguirle, después de cenar, hasta el bar de primera, forrado de madera de un cálido color miel, con muelles sillones de cuero y un piano blanco cubierto con una funda. Solíamos beber poco y pronto entramos, gracias a la buena calidad de la ginebra y el bourbon, en una alegre embriaguez. Béatrice era la más ruidosa y exuberante de los tres. Nuestro anfitrión se sentía ocurrente y, para hacerla reír más todavía, pronunciaba los más insensatos discursos.

 

—Justo antes de abandonar la India, los ingleses, pretendiendo occidentalizarla para siempre, sembraron la península de gallineros ultramodernos. Seleccionadas, Dilingües, diplomadas por los mejores colegios, aquellas gallinas tenían la particularidad de poner unos huevos ya listos, pasados por agua, duros o escalfados, que partían directamente a las mesas de los colonos. Sabiendo que las gallináceas eran poco

 

 

 

 

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receptivas a la propaganda política, el gobierno británico contaba con aquellas espectaculares realizaciones para hacer fracasar el movimiento autonomista de Gandhi. Iban a crear la gallina tortilla, una breve contorsión de la pelvis alentada por una melodía de rag-time bastaba para mezclar las yemas y las claras —las gallinas elegidas habían tomado lecciones de castañuelas—, cuando la propaganda no violenta llegó a las propias volátiles, que iniciaron la famosa huelga del desayuno, la bacon and eggs strike. La Independencia de 1947 significó la muerte de aquellos gallineros: las gallinas colaboracionistas tuvieron que abandonar el inglés y, so pena de sanciones, volver a poner huevos crudos.

 

Aunque absolutamente extravagante, esta historia y otras más nos provocaron arrebatos de alegría favorecidos por el alcohol. Y nos despedimos de Tiwari con las mejores disposiciones, después de que me hubiera pedido permiso para besar a Béatrice en las mejillas. Tomar aquellas copas nos había divertido. Acosté a mi amiga con muchos mimos y, prometiéndole regresar enseguida, salí a cubierta para disipar mi embriaguez. El aire frío me quemaba la nariz, la luna era llena y contemplé la fosforescente vibración de nuestra estela que, a pesar de las tinieblas, iluminaba el mar a nuestra espalda antes de desaparecer en la noche. Una capa lechosa chorreaba de las paredes y de las lanchas salvavidas, un vientecito seco hacía crujir las jarcias. Mis pasos me llevaron con toda naturalidad a los pisos superiores del paquebote, que albergaban, además de una piscina cerrada en invierno, un pequeño bar que también servía de discoteca. Entré, jurándome que sólo estaría unos minutos. Había allí una decena de varones y una muchacha que bailaba sola en mitad de la pista, ceñida por un pantalón de satén negro.

 

Me senté, la miré, impregnándome del espectáculo de sus tensos pechos, de sus arqueados lomos, de sus brazos que surcaban el espacio como un par de alas. Su silueta revoloteante, la rapidez aérea de sus posturas formaban un atractivo dibujo. ¿Quién podía ser? No miraba a nadie, se deslizaba por el entablado con la facilidad de una vela atrapada bajo una cúpula de luminosidad que la aspiraba hacia lo alto, pero de pronto, dejando de girar, abandonó la pista y vino a sentarse al bar. Con gran sorpresa, creí reconocer a la muchacha llorosa de aquella tarde. Me dirigí a ella. Tan sosa y ridícula me había parecido después de comer cuanto atractiva me pareció por la noche. Había alargado los párpados con

 

 

 

 

 

 

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maquillaje, se había dado carmín en los pómulos y su nariz muy recta, sus cabellos oscuros echados hacia atrás le daban un ligero toque oriental.

 

—¿Se encuentra mejor que esta tarde?

 

—¿Y eso qué le importa?

 

—Pues… estaba usted llorando en los lavabos, ¿no lo recuerda? —Podría encontrar algo mejor para abordar a las chicas. Aquella brutalidad me dejó pasmado.

Y cuando me siento incómodo, no soy precisamente un hombre de respuesta fácil. Despechado, me alejé. Ella me llamó:

—Ven, claro que te he reconocido; pero sólo reconozco a quien me apetece.

De toda la frase sólo escuché el tuteo; y sin embargo, pese a su familiaridad, hablaba con una especie de triste bravata. Sus largos ojos almendrados, atrincherados tras el resquicio de sus párpados, me contemplaban sin verme, como si la idea de mi existencia fuera para ella transparente.

—¿A qué está jugando?

 

—Juego a dirigir el juego.

 

Soltó una carcajada. Era a la vez burlesca y penosa.

 

—¿Vienes a bailar?

 

—Oh… Oh no, bailo muy poco.

 

Me sentía ya tan incómodo que me habría muerto por miedo a exhibirme junto a ella; a veces soy brillante, cuando me bastaría ser normal, pero siempre me encuentro encogido en los lugares de diversión obligatoria.

—No me extraña, eres más rígido que una escoba.

 

Soltó una risita y sus alargados ojos corrigieron, por unos instantes, la serenidad de su rostro. En mi cabeza se apretujaban un millar de banalidades y de preguntas convencionales. Me preguntó mi nombre, que pareció decepcionarla. No sabía bien qué quería la muchacha y no encontraba nada que decirle. Mi lamentable actitud debía de ser cómica.

—Didier, dime algo divertido, distráeme.

 

Aquella petición me dejó pasmado. Me irritaba el no poder seguir aquella conversación. Estaba nervioso, y la exasperante evidencia de no saber tratar a aquel tipo de mujer se añadía a mi habitual ansiedad. La chanza se estaba convirtiendo en una prueba de fuerza. Me abandoné a la turbación: soy un tímido, y cuando la suerte me es desfavorable digo

 

 

 

 

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amén; apruebo lo irreversible, no quiero saber que todo puede variar, modificarse. La insolencia de aquella muchacha, sus bruscos cambios me irritaban. Ahora estaba mirando a lo lejos, sin preocuparse de mí.

 

—Po… pones mala cara —le dije intentando, a mi vez, el tuteo, quizás con la vaga esperanza de recuperarme.

Se encogió de hombros.

 

Queriendo hacer una broma, una al menos, le pregunté separando bien cada sílaba:

—¿Es-tás e-no-ja-da?

 

—¿Qué quiere decir eso?

 

—¿Enojada? Quiere decir enfadada.

 

Se levantó.

 

—Realmente eres muy divertido, querido; tengo flato de tanto reír. —¿Te… te vas ya?

—Sí. Buenas noches. Le dejo con su chistosa y cautivadora personalidad.

Aquellas últimas palabras me hirieron por encima de todo. No sólo había recuperado el tratamiento de usted, es decir la distancia, sino que, al hablar de mis bromas y de mi personalidad, ponía cruelmente de relieve que carecía de las unas y la otra. ¡Qué imbécil era yo! Y sin embargo, «enojado» es una palabra normal, no es culpa mía que las nuevas generaciones utilicen un vocabulario restringido. A mis treinta años, me había dejado derrotar por las provocaciones de una adolescente que habría podido ser mi alumna, cuando el primer granujiento se habría quedado con ella con unas pocas frases. De pronto, advertí que ni siquiera le había preguntado adónde iba y si estaba sola a bordo. No tenía sueño, pedí una copa y dejé pasar una hora rumiando aquel incidente. Cuando regresé al camarote, sumido en mis pensamientos, debí de equivocarme de camino pues pronto me encontré en el pasillo de primera. Aquellos largos corredores desiertos, con vacilantes luces, el silencio roto por lejanos martillazos, las sombras que veía desfilar por las paredes, toda aquella noche sobre aquella vida parturienta me hicieron un extraño efecto. Abrí al azar una puerta y di con una pasarela: el frío era intenso y no se veía nada. De pronto, oí a mis espaldas un lamento. Me volví sin ver nada. De nuevo el mismo sonido; escrutando las tinieblas, creí distinguir una forma. Había una silueta al acecho. Me sobresalté, y me disponía a entrar de nuevo cuando una fuerte mano me tomó del brazo.

 

 

 

 

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—¿Es usted, Didier?

 

La solemnidad de aquella pregunta, aquella frase baja y sibilante me conmovieron violentamente. ¡Y además la fuerza de aquella mano! Esperaba a un agresor: apareció un tullido en una silla de ruedas. Nunca le había visto. Con el rostro devastado, escasos los cabellos, me miraba con unos ojos despavoridos que, en la oscuridad, tenían una dimensión casi terrorífica.

—¿Usted es Didier, verdad? Tenga cuidado, tenga cuidado con ella… —¿De qué me está hablando?

Me costaba dominar las sensaciones que nacían en mí; habría querido marcharme pero aquella mano, con garras de granito, me tenía sujeto como una tenaza. Hubiérase dicho que el cuerpo se había vengado de su atrofia desarrollando desmesuradamente sus extremidades. A lo largo de las muñecas, por la sobresaliente red de las venas, corría una fuerza que parecía poder destrozar todo lo que se le resistiera. El tullido había acercado a mí su triste y pálida faz. Lloriqueó:

 

—Me refiero a Rebecca, claro, la muchacha con la que estaba hablando hace un rato. Tenga cuidado de no abrasarse: siembra celadas en todas partes. Mire en qué me ha convertido: algunos años le han bastado para conseguirlo.

Y levantando una manta de lana que descansaba en sus rodillas, me mostró sus dos piernas muertas y colgantes.

—Pero… ¿Cómo sabe usted que la he visto, cómo sabe mi nombre? —Acaba de contarme su entrevista y le ha descrito. Le he identificado

enseguida.

 

—Pero ¿puede decirme qué quiere de mí? Suélteme, todo esto es ridículo…

—Mucho menos de lo que puede parecer. Sin duda se habrá fijado, caballero, en que las mujeres desean sobre todo a los hombres bien acompañados. Pon una persona hermosa a tu lado, y adquieres enseguida un valor incomparable, aunque seas feo o desagradable. Es lo que le ha pasado a Rebecca cuando le ha visto con su amiga.

 

—¿Qué es usted para ella, si puede saberse?

 

—Perdone mi descortesía. Me presentaré; me llamo Franz, soy su marido.

Soltó mi brazo para estrecharme la mano con una efusión que me pareció fuera de lugar. Me estremecí: la niebla y la noche me helaban hasta

 

 

 

 

Página 17

 

los huesos, y aquel diálogo en la oscuridad me pareció el colmo de lo absurdo.

 

—Tiene usted frío, ¿verdad? Entremos.

 

Hizo girar su silla de ruedas, empujándola con la mano, y abrió la puerta del descansillo. Maquinalmente, le seguí. Una vez en el pasillo, prosiguió:

—Didier, ¿me permite que le llame por su nombre? Didier —vaciló unos instantes—, ¿qué piensa de mi esposa?

Me sobresalté.

 

—Bueno… La encuentro muy seductora. —¿Verdad? ¡Y qué bien hecha está! —Sin duda.

—¡Ah pillastre! Le gusta, se la ha mirado con ojos golosos.

 

—En absoluto…

 

—Vamos, nada de falsos rubores, me ofendería. Además, estoy seguro de que le intrigamos. Sí, sí, lo noto. Sabe usted quién es Rebecca, pero no sabe en absoluto qué es. ¿Le gustaría saber algo más de ella?

No sé cómo no advertí, inmediatamente, lo ridículo de la proposición. Debía de estar atontado por lo tardío de la hora. Primero me negué, pues siempre comienzo por decir no, arguyendo que sus asuntos privados no eran cosa mía. Mi negativa no debió de ser muy convincente.

—Tiene usted un modo muy agradable de decir no mientras su mirada dice sí. Fíjese, apenas le conozco y, sin embargo, los menores detalles de su persona revelan al confidente que espero desde hace años. Y, además, tengo en la vida un principio: es necesario desconfiar de los seres que nos aman, pues son también nuestros peores enemigos. Por eso sólo me abro por completo a los desconocidos. La atención que usted me dedica le honra, pues advierto qué pocas posibilidades de conmoverle tiene una aventura que no le concierne… ¿O tal vez comienza ya a concernirle?

—No veo por qué.

 

—No sé, una intuición. ¿Acepta pues?

 

Puse ciertas objeciones y luego, sin en verdad asentir, consentí blandamente. ¿Por qué no confesarlo?, la faceta novelesca de la situación halagaba mi cerebro de enseñante relleno de fárrago literario. Seguí pues a Franz hasta su camarote, una habitación de tamaño medio, forrada de tablas de madera y con dos ojos de buey. Aunque de primera clase, no había nada que pudiera deslumbrarme. Iluminado, el rostro del tullido

 

 

 

 

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parecía un espejo emplomado en el que antaño tal vez se hubiera reflejado la alegría de vivir, pero que estaba ya irremediablemente cubierto por una funda. Sus ojos azul pálido eran dos charcos de agua fríos y amargos.

 

—Decepcionado, ¿verdad? Incluso la primera clase se parece a un drugstore. Una decoración de las Galerías Lafayette y, como representantes de alta sociedad, gordos nórdicos y trabajadores inmigrados. ¡Bueno, ya me he quejado bastante! ¿Quiere té? Es Darjeeling.

Darjeeling: la ciudad en la que Béatrice y yo soñábamos. ¿No era una coincidencia? El tullido sacó de una maleta una tetera con resistencia, la llenó de agua y la enchufó. Yo me senté en la cama. Sus ojos móviles y brillantes iban rápidamente de un objeto a otro. La escrutadora mirada de un hombre cuya mujer me había abordado hacía poco no dejaba de causarme cierto malestar. Como para tranquilizarme, me dijo:

—Vivo aquí; Rebecca tiene su propio camarote tres puertas más lejos:

 

es lo que acordamos.

 

Entonces comenzó la confesión iniciada anteriormente; la interrumpió para servir un té ardiente y muy azucarado. Tras beber los primeros sorbos, prosiguió de este modo:

 

Esperé tres noches consecutivas, a la misma hora, en la parada del 96 de la esquina del Odéon. En vano. No me resigné y decidí peinar el barrio con el ardor de un sabueso. Todo lo que antes había tenido no contaba ya, sólo importaba aquella mujer a la que no tenía. Mi única esperanza era que trabajara o viviera en las cercanías del Odéon, donde también yo residía por aquel entonces. Tenía mucho tiempo, estaba terminando mis estudios de medicina, en parasitología, y acababa de pasar con éxito mis últimos exámenes. Pasé a cedazo las tiendas, las clases de baile, de yoga, de alfarería, las salidas de las escuelas e institutos, los cafés, los lugares donde más probable era la presencia femenina. Pasaron dos semanas y casi había renunciado. Mientras, había conocido a una peluquera del carrefour Buzi, gran yegua pelirroja decolorada, que no me gustaba demasiado, pero que poblaba mi soledad, recurso para una sed que cubriría el interludio en espera de algo mejor. A veces, al anochecer, iba a buscarla —se quedaba hasta el cierre—, pero nunca había visto a sus compañeras de trabajo.

 

 

 

 

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Cierta vez llegué con adelanto, y paseaba por la acera cuando vi salir de la peluquería a la pasajera del autobús. Primero me froté los ojos, creyéndome juguete de la imaginación. Pero no, ¡era ella! Se sintió feliz de volver a verme, me dijo su nombre, Rebecca, me comentó que trabajaba allí y me sugirió que la llamara al día siguiente. Imaginará mi alegría: había buscado a aquella muchacha por todas partes salvo donde podía encontrarla. Me sentía exultante y oculté difícilmente a la pelirroja mi satisfacción, que le pareció una manifestación de mi afecto por ella.

 

Aguardé con ansiedad la salida del sol, y a primeras horas de la mañana llamé a la tierna, a la adorable Rebecca. Telefoneé en vano cuatro veces: no había llegado, había salido. La encontré por fin a mi quinta llamada, y acordamos una cita para aquella noche a las ocho. Llega a las ocho en punto, yo me he adelantado diez minutos ya; está tan hermosa, tan conmovedora como la primera vez; nos decimos algunas banalidades, intento recordar el incidente del autobús, mi corazón baila una zarabanda; primero iremos al cine, ¿vamos luego al restaurante? De pronto aparece, aterriza, la imponente pelirroja que finge, artera, asombrarse y pide permiso para sentarse. Comprendo demasiado tarde que he caído en una trampa y que se han puesto de acuerdo, a mis espaldas, para castigarme por seguir dos piezas al mismo tiempo. Primero me aturullo con sus burlas, luego, puesto entre la espada y la pared, intento una salida. Las adivino secretamente rivales, odiándose bajo las apariencias de una pseudocomplicidad, y utilizo a fondo esa enemistad, lanzándolas sin cesar, con pequeñas incitaciones, una contra otra. La estratagema tiene éxito y, pronto, de acuerdo con Rebecca que se retuerce de risa, me enfrento a la importuna. Pero debo respetar las apariencias. Las invito a cenar en un restaurante americano de las Halles; tengo que dar conversación a ambas, pero en verdad sólo me dirijo a una, debatiéndome con el atroz problema de desembarazarme de la que sobra. Multiplico las bromas, burlándome solapadamente de la gran yegua, que se troncha por conveniencia a cada dardo que le dirijo. Sintiendo que ha perdido la partida, me riñe porque digo tonterías pero yo sigo soltándolas hasta escandalizarla, encantado de oír su relincho, el castañeteo de

 

 

 

 

 

 

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sus dientes, el chasquido de su lengua como el restallido de un látigo en la grupa de un percherón.

 

Nos da la medianoche paseando por las calles del Marais, llamando a las puertas, jugando al escondrijo detrás de los cubos de basura.

Finalmente, la extenuante yegua, cansada de fastidiar, manifiesta el deseo de acostarse; la aplaudo pero temo que Rebecca se largue también. Tras los besos de costumbre, nuestra borrica toma un taxi; Rebecca cruza la calle para tomar otro en sentido contrario. Pero apenas nuestro cerbero ha doblado la esquina, vuelve a cruzar riendo, me coge del brazo y me propone seguir caminando.

 

Fue una de las más hermosas noches de mi vida. Supe enseguida que aquella muchacha sería mucho más que una simple aventura. Estaba tan llena de encanto, de infancia, de ingenio, que me preguntaba, de acuerdo con la conocida fórmula, cómo me había sido posible amar antes de conocerla. Todas las anteriores parecían esbozos de la que iba a ser su apoteosis. Por aquel entonces, yo salía de una relación de dos años, guillotinada por el tedio y la rutina. Recuperé la juventud propia de los inicios. Sin conocerla, amaba ya en Rebecca el amor que iba a inspirarme. ¿Podía presumir de que iba a encontrar el camino de su corazón? Fue para mí, desde el comienzo, uno de aquellos seres esenciales que nos llevan hasta el límite cuando los demás, lo adivinamos, nunca nos desconcertarán. Tenía un aspecto enloquecido y acariciador, dispuesta a todo para complacerme. Resplandecía con un modo de abandonarse, poniéndose fuera de mi alcance, que me hacía perder la cabeza. Aquella sutil distancia, a la que yo atribuía extravagantes designios, tenía el don de cautivarme inquietándome. No importaba; la hacía reír inventando frases divertidas, celebrando la opulencia de los más anodinos hechos, extrayendo de la banalidad una infinita facultad de renovación. Los auténticos encuentros nos hacen salir de nosotros mismos, nos ponen en estado de trance, de permanente creación. La divertía y la asombraba porque me divertía y me asombraba a mí mismo.

 

Aquella velada fue sólo arrullos, galanterías, besos, genuflexiones, golosinas, insignificantes voluptuosidades. Supe de Rebecca que tenía dieciocho años, diez menos que yo. Judía árabe, originaria de

 

 

 

 

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Africa del norte, procedía de un ambiente modesto —su padre tenía una tienda de ultramarinos en Belleville—. Yo, en cambio, de lejana ascendencia germánica, había nacido en una familia de la burguesía media. Cuando llegue el momento, si me hace el honor de escucharme hasta entonces, advertirá la importancia de tales detalles. Rebecca tenía, por toda experiencia, las decenas de hombres que habían sido sus amantes —su vida amorosa se había iniciado a la edad en que yo abandoné mis últimos animales de peluche—, dos o tres estancias en Oriente Medio y en Israel, y aquella desconcertante aleación de madurez sexual e idealismo infantil que constituye el bagaje metafísico de los adolescentes de hoy. Presumía de sus conquistas con ingenua provocación, que mezclaba el desafío con la excusa, como si me dijera: perdóname, no te conocía todavía.

 

De buenas a primeras, nuestra relación se colocó bajo chuscos auspicios; el humor es el goce que se conceden ambos sexos cuando deciden olvidar por un instante lo que los separa. Disfrutaba tanto como yo de los lapsus infantiles, las frases alargadas, los anagramas, los juegos de palabras, las salaces contraposiciones de letras, conocía todos los juegos y canciones de niños, sabía imitar a la mayoría de los personajes de las historietas, especialmente al gato Félix, que copiaba a la perfección. Me maravilló la fresca niñería que ponía en sus frases y encontraba en ella una generosa diversidad, un ardor por la vida que me conmovía en lo más profundo. No me quedaba nada, ni siquiera la experiencia que mi mayor edad me había permitido adquirir. Y aunque dos meses antes dijera todavía «Te amo» a una mujer que me había inspirado idénticos sentimientos, me parecía ya haber permanecido años y años sin amar. Había encontrado a un ser que, impulso tras impulso, respondía a mis expectativas desbordándolas, y cuyas afinidades y diferencias lo convertían, simultáneamente, en una parte de mí mismo y al mismo tiempo ajena. Ya le he dicho que, para mí, Rebecca era hermosa; menos por la armonía que por la pureza de sus rasgos, que aureolaban su rostro con una dimensión de resplandeciente presencia.

 

El alba de aquella primera noche nos encontró sentados en un banco de la plazuela del Archevéché, detrás de Notre Dame,

 

 

 

 

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acompañados por los numerosos homosexuales que acuden allí, desde hace años, para rendir culto a Sodoma. Me gustaba la proximidad de aquellos industriosos cuerpos tras aquel templo de la fe; daban a nuestros amores un leve perfume de clandestinidad, tan escaso hoy en día. Una relación que comienza así, junto a esos seres marginales, en un decorado de estremecidos espasmos, sólo podía ser marginal y novelesca.

 

La oscuridad, cálida todavía, parecía llena de besos. Toda aquella gente copulando derramaba a su alrededor una fiebre animada por el mismo ardor.

Qué espectáculo encantador ofrece París, bajo las primeras luces de un día de estío, contemplado desde aquel jardín. El sol estaba a punto de aparecer: una luz muy blanca ponía vivamente de relieve todos los planos de las riberas del Sena, cubiertas en ese lugar por un manto de viña loca. La ciudad comenzaba a agitarse, rumoreaba ya con el rugido de los primeros metros. Entonces, Rebecca me pidió, lo recuerdo perfectamente, que le calentara los pies. Desde la pierna, fui subiendo hasta llegar a la boca, de acuerdo con el decoro que exige que se honre lo alto para obtener la llave de lo bajo. Pero nos reíamos tanto que nuestros dientes primero y nuestras narices después chocaron mucho rato antes de que nuestro primer beso pudiera conocer su forma adulta y canónica.

 

—Oye —le dije, cuando nuestras bocas se hubieron separado—, debo ir a ver un médico. Me ocurre algo raro.

Y tomándole la mano, le hice tocar la erección que nuestro contacto me había provocado. La pequeña protuberancia la halagó, pero no provocó en ella una especial emoción. De hecho, no teníamos prisa por concluir. No necesitábamos las groseras pruebas carnales que un hombre y una mujer desean ardientemente darse en cuanto entran en contacto. Comparado con los fuegos artificiales que lo habían precedido, el acto amoroso aquella noche nos parecía superfino o, al menos, carecía de la menor urgencia. Planeábamos en una aturdida seducción que se embriagaba a sí misma, se asombraba ante sus proezas, importándole muy poco el resultado. Y además, quiero confesárselo, Rebecca formaba parte de aquellos seres tan hermosos que no pueden imaginarse sexuados como los demás. Tan lejos de la especie humana normal por la silueta y los rasgos, la

 

 

 

 

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supuse también distinta en su intimidad. Mi espíritu inflamado le atribuía algún órgano inaudito, una maravillosa incongruencia tan desconcertante como su hermoso rostro. ¿Y si no tuviera sexo en el bajo vientre?, me decía. ¡La naturaleza ha debido de forjar para ella una nueva solución! Y sólo por la mañana, hacia las ocho, tras una noche de vagabundeo, entró por fin en mi casa. Sabrá usted que, al desnudarse, los hombres y las mujeres pierden a menudo la gracia de la que han dado pruebas vestidos: la desnudez es un traje mal cortado en el que flotan con torpeza. Rebecca escapaba de semejante corrupción. Vestida parecía ya desnuda, pues sus formas sobresalían con exuberante afirmación, mientras que desnuda su indecencia la protegía, como un músculo perfectamente liso; se limitaba a cambiar un artificio por otro, utilizando su piel como un paño, un atavío en el que envolverse. Rehabilitada la ostentación, mantenía una gran agitación en torno a sus encantos, realzando el color del menor trapo que se ponía, y su prestancia me intimidó durante tanto rato que permanecí varios días sin verla ni conocerla bien.

Fue pues necesario algún tiempo antes de que nuestras relaciones carnales estuvieran a la altura de la tumultuosa y variada vida que llevábamos juntos. Me había gustado enseguida aquel cuerpo opulento que no culminaba en la cintura sino que estallaba en maravillas distintas, como otros tantos centros de atracción. Del peinado a los dedos de los pies, mantenía la precisa ondulación de los volúmenes que hinchaban sus erectos pechos: las dos columnas de sus piernas brotaban del suelo en un solo impulso, desembocando en una espalda que no cesaba de desplegarse hasta la masa del cráneo, fina y menuda. Veneré, sobre todo, su abundancia en aquella época, cuando estaba produciéndose el cambio: entonces sus formas se hinchaban, se ruborizaba por aquella exuberancia; sus pechos comenzaban a vivir su propia vida, tomaban un aspecto animal, estremecido, se cubrían de vénulas que los azuleaban como olas. Se erguían sus grandes corolas oscuras en mitad del torso, semejantes a campamentos de nómadas, y aquel pecho mayúsculo, hiperbólico en un cuerpo de adolescente, me lanzaba al éxtasis: en ella se unían dos edades, besaba a una niña en la boca, a una mujer en los pezones, la madre y la hija concluían en una sola persona. Respiraba como una

 

 

 

 

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lujosa tienda de seda que exhalaba perfumes ricos y embriagadores, y la transpiración que licuaba sus axilas, humor acre y salobre, me apasionaba hasta el punto de dormirme, a menudo, en aquel ardiente matorral.

 

Poseía otros tesoros más íntimos pero igualmente sorprendentes. Por ejemplo, si la miraba distraído, y perdóneme el detalle, su raja me parecía discreta, tímida, como si hubiera querido ocultar su impudor disimulándola en los pliegues del vientre. Pero a las primeras caricias aquel animalillo se estiraba, apartaba la cuna de hierbas donde dormía, erguía la cabeza, descubría una flor golosa, una boca de bebé glotón que chupaba mi dedo. Yo adoraba excitar con mi lengua el hocico del clítoris, estimularlo, y luego abandonarlo húmedo y reluciente en su irritación, un patito chapaleando en una ola de carne rosada. Me gustaba alisar mis mejillas contra la preciosa ropa de su vientre, zambullir la nariz en sus untuosas carnes, tensas a veces, relajadas otras como foques al viento, arrugar con el dedo aquel inmenso ropaje preñado de estremecimientos y suspiros. Otras veces habría querido sentarme con las piernas colgando al borde de aquel orificio y observar, minuto a minuto, la evolución de aquella madrépora gigante, registrar cada una de sus palpitaciones, cada una de las respiraciones de sus pétalos inundados por un néctar irresistible.

 

 

 

Una natural aversión por las confidencias subidas de tono me impidió contener un sobresalto que Franz advirtió.

 

—No sea usted mojigato. Insisto en esos encantadores detalles, pero tal vez usted no haya amado nunca lo bastante para llegar a los detalles; insisto en ellos, digo, para mostrarle cómo aceptaba entonces a Rebecca con un talante resuelto e inquebrantable.

 

 

 

Me parecía sencillamente adorable, por muy ingenua que pueda parecerle esta profesión de fe. El entusiasmo que más tarde iba a llevarme a ciertos excesos, se mantenía de momento en el estadio de una amable exaltación y sólo me impulsaba a los tiernos e inflamados homenajes que se rinden, día tras día, todos los amantes

 

 

 

 

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del mundo. Rebecca utilizó muy pronto en su beneficio aquella fascinación, comprendiendo que había en mí una inclinación a la idolatría que sólo pedía ser cultivada. Tenía diez años más que ella, pero buscaba un dueño que pudiera subyugarme.

 

En nuestras sociedades, la desnudez de la mujer es la medida de todas las cosas: la recompensa y el sueño de todos, desde el nacimiento a la muerte. He exaltado para usted la silueta de Rebecca, alabado sus admirables proporciones, su conmovedor vientre, pero nada he dicho todavía de lo que realmente me pasmaba de ella: sus nalgas, las más hermosas que nunca haya visto. Eran un duro bloque, un joyel perfectamente cerrado ante el que defendía mi causa con éxito desigual, un trasero redondo, gordezuelo, bastante grande, que brotaba con la fuerza de una bomba sin que aquella curvatura estropeara en absoluto su encanto. Quisiera tener la elocuencia de un poeta para narrar aquel duplicado de prodigios, aquella sublime popa puesta en mitad del cuerpo y que dibujaba una ranura tan profunda que habría podido albergar una carta. Nunca había visto nada tan vivo, tan expresivo. Aquellos dos edredones de amor me ofrecían el enigmático contraste de su enormidad perforada por un minúsculo pozo de sándalo: como si lo pequeño fuera la substancia de lo grande. El eje de los muslos, la parte alta de las piernas, la curva de la grupa constituían un conjunto sorprendente, un puro bloque de líneas de las que mi amante se sentía extremadamente orgullosa, sin perder ocasión alguna para ponerlas de relieve, para mostrarlas, desnudarlas incluso, en público, sin privar a nadie de tan encantador espectáculo. Mis nalgas son demasiado hermosas, decía, para sentarme encima; merecen ser exhibidas en un museo, en lo alto de una columna.

 

Yo veía en ambas esferas una sonriente bondad que me enternecía, y el menor frunce de aquel globo hendido me parecía admirable: al verlo, era forzoso extasiarse, besarlo, extasiarse de nuevo, cosquillearlo, devorarlo. Si hubiera estado más versado en la ciencia de la calceta, habría tejido para tan prometedora hinchazón canastillas, baberitos, camisitas de encaje, pequeñas mantitas de satén y de seda, lo habría envuelto en cintas y bordados como un rorro real, cortando un patrón distinto para cada hemisferio, reservando una orla de oro y plata para el surco central. Ninguno de

 

 

 

 

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mis besos era homenaje suficiente para la conmovedora blancura de aquella piel. La armonía entre aquellos fragmentos y lo demás me asombraba por encima de todo. Aquel cuerpo era una suma de pequeños esplendores, y era maravilloso encontrar en el conjunto la perfección de cada detalle. Meditaba como un filósofo sobre aquellos dos globos, con la mirada perdida en sus curvas: ¿cuántos millones de años había necesitado la especie para conseguir aquella perfección en el torneado y las proporciones? Las nalgas de mi amante, singularmente, no se aplastaban ni se deformaban: tras haber estado en un lecho o en una silla, las recuperaba como antes, consistentes, prietas, bribonas, dos verdaderas burguesitas confortables, locuelas y mofletudas, maliciosas damiselas de compañía, benevolentes y gordezuelas diosas, centinelas del santuario, precioso acolchado, Sésamo de una caverna de Alí Baba y los cuarenta olores; dulces y tiernas muchachas, altas glorias, bajas abundancias que respondían a sus gemelas delanteras, hermosos cascos, hermosas proas, hermosas conchas, indeformables carrocerías, a la derecha una, a la izquierda otra, sin intercambiarse jamás, frutos siempre frescos, tan apetecibles en verano como en invierno, pues la perfección va siempre a pares. Pero, sobre todo, emanaba de aquel trasero una especie de buen humor, una amabilidad para con los seres y las cosas que invitaba a idílicos entendimientos. Eran dos gruesos angelotes riéndose a carcajadas, y que se burlaban de vosotros, os provocaban: los pueblos más enemigos se hubieran reconciliado fácilmente bajo sus sonrientes auspicios, pues hacían justicia con la equidad con que la naturaleza las había colocado a una y otra parte del foso intermedio. Y cuando el rostro se enfurruñaba, me volvía hacia los cimientos, seguro de hallar en ellos amistad y consuelo. Si tenía hambre o sed, sufría una pesadumbre o un dolor, me bastaba evocar su luminosa calidez, acurrucarme en su halda para sentirme restablecido. Por otra parte, me puse de acuerdo con un panadero de mi barrio para que me cociera panes hechos con el molde de yeso del trasero de Rebecca que yo le proporcioné, y cada día nos comíamos el culito de mi amiga hecho corteza de salvado, centeno, hecho brioche e, incluso, los domingos, hecho croissant.

 

 

 

 

 

 

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Las nalgas son una imagen del paraíso, un símbolo de riqueza, una Jauja viviente: de ahí el atractivo que ejercen sobre los creyentes y los pobres. Puesto que no poseía ninguna de aquellas admirables redondeces, me incliné ante las de Rebecca como si fueran el centro de mi vida. Eran el sol, el manantial que me iluminaba. Sobre aquel afable altar sacrificaba algo más de lo razonable, no dejando de bautizarlo con todos los nombres, llamándolo Buen Pastor, Imperio Medio, Esferas Celestiales, Ingenuas, Fantásticas, Esculturales, Comadres de Amor, Meteoros, Fértil Surco, Globos de Seda, Pera de Perfumes y, también, Laurel y Hardy, los Hermanos Marx, Tom y Jerry, Bonny and Clyde e incluso 39/40, porque hacían subir mi fiebre y, semejantes a los dos bloques de la última guerra, me ponían en estado de revolución.

 

Rebecca, por lo demás, me había concedido el bucólico título de pastor del arco, zagal del clítoris, custodio de su Jerusalén celestial. Así, acariciando aquel apabullante trasero, recitaba mi oración de la noche y de la mañana con el ardor de un fanático, y convertí en un dios, cuyo devoto fui enseguida, su imponente majestad. Y ya no podía imaginar vivir lejos de sus espesas murallas, sin que su difuso resplandor me caldeara sin cesar.

Era pues, frente a mi amada, de una enfermiza modestia, y consideraba a mi sexo como poco agraciado. «Compadezco a los hombres», decía Rebecca, «pues son vírgenes de esas embriagadoras desgracias: la maternidad y el goce. No veo cómo pueden superar esa desventaja». ¿Qué es un orgasmo? Un modo, entre otros muchos, con que nuestro cuerpo responde a emociones extremas. Debo admitir que el cuerpo masculino no es muy impresionable, pues mis orgasmos eran invariables y pobres sacudidas cuya amplitud apenas variaba de una vez a otra. Me avergonzaba mi taciturna pitanza frente a su orgiástica búsqueda, y silenciaba la rápida satisfacción de mi deseo porque señalaba el momento de la separación de los cuerpos, de la recuperada soledad. Despreciaba yo las flores blancas que mandaba al interior de su vientre, miserable ramillete que, ofreciéndome el placer, me privaba de su objeto. Me esforzaba por honrar el gozo de Rebecca, servidor de la voluptuosidad de la amante, obligado a imitar su fasto, a plagiar su abandono al no sentirlo realmente. ¡Ay!, pobre labrador de sus tierras rosadas y

 

 

 

 

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fértiles, jamás llegaba al nivel de su delirio. Rebecca era, como suele decirse, una naturaleza generosa y rica, un árbol cargado con excesivos frutos, que se doblaba bajo el peso de sus deseos. Naturalmente somos nosotros quienes damos tanto valor al goce de las mujeres, trasponiendo nuestra inquietud o nuestras debilidades, pues ese gozo obtiene de su invisibilidad parte de su infinito poder. No importa: Rebecca no mentía, no me dejaba ignorar nada de sus emociones, gritándolas hasta desgarrarme el tímpano cuando las liberaba. Musicalmente, su erotismo era el más sutil atavío inventado para seducirme, una charlatana maniobra que me esclavizaba con la continua monodia de su voz. No podía sustraerme a aquellas quejumbrosas armonías; eran largas alboradas que iban del introito al kyrie, bandadas de arrullos, vocalizaciones mezclándose con más roncos soplos, un bordado de enloquecidas sonoridades como para una misa mayor. Aquella cantante del amor paroxístico tenía en la garganta una gama para cada sensación. Yo abrazaba una voz tanto como un cuerpo, un abanico de sonidos que me daba miedo y me excitaba, y cuya impúdica fanfarria daba la sensación de ser un escenario en el que el edificio, los vecinos y yo mismo fuéramos el público. Dramatizaba nuestros menores besos con una ternura teatral que parecía tan vívida como representada. Para amar, necesitaba el exceso y la exageración. Se mostraba más auténtica en el artificio que en una falsa sinceridad que hubiera deshinchado el afecto como un soufflé. Y sus ojos en las horas de amor se volvían verdes como si un sol interior estallara en ellos y destiñera en sus pupilas; pasada la crisis, sus pesados párpados se agitaban lentamente, descubriendo un poco más de aquella mirada ardiente, huraña, que me enloquecía.

Resumiendo, no conocer la deslumbradora luz que cae sobre las mujeres durante el amor me hacía morir de vergüenza. Y si me había resignado de buena gana a ese sentimiento al experimentarlo con otras, decidí con Rebecca afrontarlo de un modo inédito. No quería aceptar la sencillez del deseo masculino y me prometí introducir en él algún engranaje que pudiera complicarlo. Como un catecúmeno que se empapa de un dogma, me repetía: ése cuerpo es perfecto, ninguna extravagancia será lo bastante grande como para rendirle homenaje, merece que me destruya por él, con alguna conmovedora

 

 

 

 

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locura cuyo hosco y religioso deseo hubiera experimentado alguna vez. Con ella me sentía al alba de una nerviosa y lacerante existencia.

 

¡Oh! La maravillosa confraternización de los inicios, cuando cada palabra, cada gesto mana de la fuente como una creación continuada. Una gran, una ardiente pasión estaba naciendo de mis búsquedas y de mis sucesivas decepciones. Entonces creía que, entre nosotros, sólo lo noble era posible: ella derrotaría mis defectos, esquivaría las zarpas que yo había mostrado en mis precedentes relaciones. Aquella mujer me llevaba mucho más arriba de lo que yo había llegado nunca. Me uno, sobre todo, a seres que no me necesitan y a los que encadeno, de pronto, con la más fuerte atadura. Estoy dispuesto a darlo todo a quien nada pide, pero no quiero entregar nada a quien lo espera todo del otro. Me había enamorado de Rebecca porque había recibido nuestra relación como un suplemento de felicidad en una serena existencia, y no como la tabla de salvación de una soledad desamparada.

 

La magia de la primera vez duró todo un mes. Regresábamos hacia las tres o las cuatro de la madrugada, fumábamos una pipa de haschís o esnifábamos una línea de coca cuando nuestros medios nos lo permitían, luego nos marchábamos sin haber dormido, antes de que los árboles hubieran sacudido toda su noche. Nuestros paseos se cruzaban, al azar, con los itinerarios de una multitud aventurera que se dispersaba por las calles, al amparo de las tinieblas. A menudo escalábamos las rejas de los jardines públicos —sobre todo las del parque Montsouris, arrancadas por aquel entonces en varios puntos

 

— y nos tendíamos en el hermoso césped recién segado, envueltos en la cálida noche de julio salpicada de estrellas. En un marco de fotonovela o de comedia policíaca, nos ofrecíamos un principesco regalo: el negro diamante de París, la inmensidad de su estremecido teatro. Degustábamos la complicidad de los amaneceres, de las extremadas fatigas, de las situaciones peligrosas, el sobresalto de ser sólo dos contra todos, contra la costumbre inmemorial que corta la vida en una rebanada nocturna y una rebanada diurna: participábamos así en dos mundos distintos, y los amantes que se separaban por la mañana no eran los que se habían encontrado la víspera. Hemos conocido cada amanecer, cada salida del sol, cuando

 

 

 

 

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la ciudad se despereza y expulsa los últimos rasgos del sueño. El aire era puro y vivo como un vaso de agua y nos impregnaba con un rocío que nos embriagaba de savia. Conservo de aquella época el recuerdo de una extraordinaria energía, y los distintos excitantes que utilizábamos para mantenernos nada eran al lado del dinamismo que nos impulsaba, día tras día, a inventar nuestra relación. Nuestra verdadera droga era la novedad. Desarrollábamos ya un común desprecio por la tradición y vivíamos nuestro encuentro como una embriaguez que no mancillaba, todavía, grisalla alguna.

 

A mitad de agosto, Rebecca se marchó de vacaciones a Marruecos. Yo había comenzado a trabajar en un hospital y sólo en septiembre tendría vacaciones. Cada uno de nosotros ignoraba lo que el otro sentía por él, ni una sola vez habíamos formulado el «te quiero». Pronunciarlo hubiera sido encerrar aquella unión no premeditada en una variedad de sentimientos demasiado comunes para el estado que nos mantenía bajo su encanto. Por lo tanto, una noche de lluvia, ante una parada de taxis, nos separamos con una oculta confesión. Sin embargo tuve el valor de pedirle una prenda de amistad. Entonces, sin vacilar, se levantó la falda en plena calle, y hábilmente se quitó las braguitas y me las puso en la mano. «Quédatelas hasta que vuelva», fueron sus últimas palabras. Me sentía desgraciado, abrumado. La separación es una anticipación de la ruptura porque nos acostumbra a la idea de que podemos vivir sin el otro.

 

El milagro había terminado en un abrir y cerrar de ojos. Ya no sabía qué hacer con mis largas noches vacantes y me presentaba voluntario, casi cada noche, para hacer la guardia de urgencias. En mi taciturna imaginación, poblaba el tiempo muerto ale mi vida de soltero con el tiempo lleno e intenso de la vida de Rebecca. Tantas horas que yo perdía en monótonas tareas sólo podían ser, para ella, infinitamente ricas. Hablé con ella una vez por teléfono: parecía, como suele decirse, divertirse mucho. Fingí también felicidad, víctima de esa cruel desenvoltura que obliga a los amantes modernos a considerar el sufrimiento como una desgracia, y los celos como una falta de educación. Me costaba admitir que la ausencia se revelara, en los demás, con síntomas distintos y exigía un mismo y visible dolor para todo el mundo. Me habría gustado saber que Rebecca estaba

 

 

 

 

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dramáticamente desesperada por nuestra separación, torturada por la pesadumbre. ¿Era posible que sólo me echara en falta de vez en cuando? ¿Tras todo lo que habíamos vivido? Se apoderó de mí una horrible sospecha: ¿y si viviera siempre a aquel ritmo? Tal vez hubiera vivido como una excepción lo que para ella era banal. Ave nocturna, Rebecca había deslumbrado al pequeño médico trabajador que solía acostarse pronto. No había duda: se había producido un error y yo era el único que lo sufría. Aquella perspectiva me horrorizaba; maldije la pareja que, mucho antes de daros seguridad, restringe vuestra vida alrededor de un solo ser y os hace depender de sus menores caprichos. Amar es dar al otro, por propio consentimiento, un infinito poder sobre uno mismo. ¿Cómo había podido contribuir a mi propia esclavitud?

 

Me esforzaba por olvidarla, y eso me inquietaba más aún. El ser que nos es más querido es el que más tememos. Y los celos son sólo una forma de la imaginación aterrorizada que transforma en certidumbre la menor sospecha. Todas aquellas heridas me enseñaban el sentimiento, saber del que habría prescindido perfectamente. ¡Si los amantes pudieran confesarse, una vez terminada su relación, cuánto han sufrido ambos por la incertidumbre en la que los mantenía su común pasión, los insomnios, los dolorosos minutos pasados interrogándose sobre el enigma del otro! Lamentablemente, cuando lo hacen la confesión no tiene ya importancia, no se aman ya, y se sienten muy satisfechos de haberse liberado de un afecto que los hostigaba. Pasó el verano. Me marché como ella a Marruecos, pero un mes más tarde y sin haberla visto. Y visitar aquella tierra, que ella acababa de abandonar, me produjo la desagradable impresión de estar investigando su conducta. Una pareja encontrada por casualidad y que la había conocido acentuó la penosa impresión y las medias palabras que sobre ella dijeron aumentaron aún más mi turbación. Tuve algunas aventuras: necesitaba aquella muralla de nombres y cuerpos para protegerme de Rebecca y, cuando llegara el momento, poder cambiarla por sus propias aventuras, pues los amantes, como las naciones, toman rehenes y los negocian, por temor a encontrarse desnudos uno frente a otro. Aquellos breves encuentros apaciguaron mis inquietudes y me permitieron aguantar hasta que volviéramos a vernos.

 

 

 

 

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La cosa fue mejor de lo que imaginaba. Rebecca no me había olvidado y, pese a algunas infidelidades en las que, a mi entender, insistió con excesiva complacencia, yo seguía ocupando en su corazón un lugar preponderante. La herida de aquel primer desgarrón se cerró fácilmente, y aproveché el reencuentro para saciarme sin mesura de aquella mujer cuya ausencia tanto me había molestado. La abrazaba con el menor pretexto; su talle, su carne se apoderaban de mí como un verdadero imperativo. Me parecía hermosa, encantadora, impenetrable, y se lo confesaba. Se lo he dicho: yo había ya amado, había experimentado el fracaso de cualquier relación amorosa. Casado durante dos años, tenía incluso un hijo de nueve años al comienzo de esta historia, que, viviendo con su madre, me visitaba una o dos veces por semana. El amor es, evidentemente, dos soledades que se acoplan para crear un malentendido. ¿Pero existe malentendido más seductor? ¿Y acaso la verdadera sabiduría no reside en una incesante capacidad para enamorarse? El comienzo de una relación imprime su estilo a todo lo que seguirá: mágico instante al que la palabra de los amantes regresará incansablemente para contar, hasta el hastío, la dulzura de los primeros días. En suma, el primer contacto cae del lado de la esperanza, pone a flote el insensato sueño de un amor auténtico, definitivo. Por ello hay encuentros demasiado hermosos que matan el sentimiento, banales encuentros que prejuzgan la bajeza de las relaciones y otros, finalmente, portadores de exigencias a las que los amantes no pueden substraerse sin decaer.

Reanudamos nuestra vida; pero el invierno que se aproximaba y las primeras lluvias hacían difíciles nuestras expediciones nocturnas. Nos encerramos pues en mi casa (Rebecca vivía con sus padres) para conocer entonces esa felicidad típica de la pareja que es la de la juguetona repetición, la de los afectos recurrentes, las aplazadas preocupaciones, una felicidad de botes de confitura y fuego en el hogar en la que nos protegemos contra las ráfagas exteriores. Banalidad que degustábamos con mayor inocencia porque, siendo nuevos el uno para el otro, la vivíamos como una desviación. Eramos lo bastante ricos e inventivos como para permitirnos un poco de coyunda, eligiendo la mediocridad en vez de sufrirla. El simple hecho de encender la televisión, de preparar algún platito, era ya un lujo.

 

 

 

 

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Una estación fría y un sentimiento en expansión se coaligaban para aglutinarnos en nuestra relación. La existencia común segregaba confianza y tranquilidad. Momentos únicos que no pueden contarse: la felicidad tiene una historia que no es la historia ordinaria; es la confusión de la memoria con el olvido: recuerdos de episodios tan densos que su propia perfección los hace desaparecer, inmóviles en una eterna imprecisión.

 

Muy pronto, la cálida, la flexible, la opulenta Rebecca se convirtió en la suma de todas las que la habían precedido en mi corazón. Era, para mí, una inagotable fuente de reflexiones y de entusiasmo. Una corona de luz la seguía por todas partes, círculo encantado en el que me abrasaba las alas como una mariposa pasmada ante la lámpara que va a calcinarla. Aprendí a conocerla mejor y la abrí, como una hermosa fruta, en todas las dimensiones de sus pertenencias. Si existía entre nosotros el mayor foso cultural posible —foso de clase y de confesión—, aquello no me apenaba en absoluto. Sólo puedo concebir el amor en la desigualdad y me parece siniestro amar en el propio medio y en la religión de origen. En vez de jerarquizar las clases y las culturas, ¿por qué no verlas como bloques de pura diferencia que se atraen y se rechazan? Amaba en Rebecca la distancia que nos separaba y la pasarela que lanzábamos para franquearla. Como hija de tendero y peluquera, tenía para mí una cualidad aristocrática por excelencia, que ninguna doncella enriquecida o cultivada podía alcanzar: la extrañeza. Y me decía al metafórico modo de la literatura andaluza: «Soy toda la poesía de las frutas y legumbres, soy la hija del Halcón de Belleville, princesa de Harissa, reina del Cilantro y diosa del Cardamomo, tengo el frescor de los tomates, el verdor de una lechuga, la acidez de la pimienta, mi piel tiene la suavidad y el aroma de una uva moscatel, mi saliva es una miel que da celos a las abejas, mi vientre una playa de fina arena y mi sexo un suculento lukum que llora lágrimas de azúcar». Oh mi tierna amada, confesando avergonzada su profesión a aquellos burgueses de izquierdas que yo frecuentaba y que se tapaban la nariz cuando les susurraba al oído el oficio de su padre. «Franz está encanallándose», suspiraban, «siempre ha sentido predilección por las peluqueras y las dependientas». Permítame precisarle que mis amigos y yo, antiguos militantes reconvertidos a profesiones

 

 

 

 

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liberales, pertenecíamos a aquella izquierda de cachemira que vive en el centro de París y desprecia al pueblo tanto como lo teme la derecha. Eramos hijos de papá en tejanos, duchos en marxismo, pero a quienes molestaba la compañía de un obrero y que sólo toleraban a los trabajadores inmigrados cuando estaban en su sitio, es decir, en los arroyos y la basura. Formábamos pues esa cofradía, tan próspera e influyente hoy, de los stalinistas disco: ex militantes que han llevado su sectarismo a los temas más triviales y ponen en sus discusiones sobre trapos, clubes nocturnos o corte de cabello la misma intransigencia que utilizaban, antaño, para analizar una línea política. Habíamos conservado de nuestro breve idilio con la revolución el gusto por condenar y decidir, el deseo de dominar a nuestros interlocutores y cerrarles la boca. Eramos tanto más cortantes cuanto que nos sabíamos frívolos, deseando ávidamente reparar, con el dogmatismo, nuestro pecado de ligereza. Años de propaganda socialista desembocaban, en nuestro delirante narcisismo, en aquella maníaca compulsión de poder y autoridad. Y yo impulsaba a Rebecca a que callara sus orígenes familiares, a que no dijera su oficio, alentando su contrabando, cogido entre dos fuegos y demasiado cobarde como para traicionar a los de mi casta: sobre todo en aquellos años en los que desdeñar los placeres populares y las mayorías silenciosas se había convertido en el principal tema de la izquierda oficial. Y sin embargo, su profesión me gustaba, me gustaba el fulgor, la brillantez de la peluquería donde trabajaba, los blancos uniformes, los oblongos cascos de los secadores, la excesiva iluminación que daba al conjunto el aspecto de una nave espacial.

Y por una afición a la frivolidad, que mis estudios de medicina no habían satisfecho, sentía nostalgia por los fastos de la moda y la confección, y merodeaba con Rebecca por las tiendas femeninas, las boutiques especializadas, palpando los más resplandecientes tejidos, comparando los cortes, con la fiebre de un novicio en el umbral de su iniciación.

Y además, mi amante me hacía reír y, en pocos meses, nuestro afecto se convirtió en una máquina de fabricar juegos de palabras, locuciones chuscas, payasadas que convertíamos en nuestro pasto como si estuviéramos coaligados para desafiar la gramática y el

 

 

 

 

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habla del adulto. La magnitud de nuestros sentimientos, el deseo de verterlos en un grito que no perteneciera al lenguaje corriente, nos lanzaban a inventar una jerga de onomatopeyas e infantiles entonaciones, gorjeante puré que nos era más precioso aún que nuestros abrazos, porque nos permitía invertir los sexos, anular los papeles del hombre y de la mujer. Amarse es actualizar incesantemente el diccionario en nombre de la libertad de estar juntos para ser animales con toda inocencia. No éramos exigentes. Nos reíamos por nada, por palabritas cargadas con más prestigio y ternura que sentido. Por ejemplo, hacía mucho tiempo que el nombre de Rebecca había desaparecido bajo todos los apodos que le dedicaba sin parar: Pichulina, Bombonzuelo, Chochín, Amorcete, Conejito, Gordita, Chiquitína, Chominito, Cabarette (anagrama de su nombre), una galería de ridículos apodos que constituían otros tantos núcleos densos de intimidad. No advertíamos el ridículo, sólo los diminutivos. Habíamos también bautizado con nombres árabes nuestros respectivos defectos: Rebecca era la señorita Inch Allah por su sumisión a la fatalidad, la señora Kif-kif porque siempre respondía «Me da igual» y se negaba a decidir. Yo, que siempre tenía prisa, era el señor Fissa y también el señor Chouff porque clavaba mi mirada en todas las siluetas que pasaban. Hablábamos como niños y, cuanto más infantil era el tono de voz, cuanto más alargadas eran las frases o invertidas las sílabas, cuanto más chupábamos las palabras como si fueran caramelos, más nos aproximábamos a la felicidad. Sí, aquellas monerías constituían nuestra invencible armadura, el mágico universo donde todo era absuelto porque nos sentíamos, juntos, hermanos siameses. Y reanudábamos nuestras tonterías como si sopláramos sobre las brasas, mocosos ronroneando estupideces, recreando, con simples parloteos, un paraíso infantil en el que nadie podía entrar. Me gustaba todo lo de mi hermanita puerilmente incestuosa, quería conocerlo todo y, entre sus manos, me parecía que el auténtico lujo de amor era vivir con una persona de la que incluso los malentendidos y los pasos en falso fueran capaces de divertirme por su calidad. ¿Cómo no adorar los pueblos, los continentes que resonaban en ella, sus amantes, incluso, que habían conservado un poco de su luz? Amando a Rebecca, iba convirtiéndome a una nueva religión. Era, ya se lo he dicho, judía

 

 

 

 

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árabe de origen tunecino. Me vanagloriaba de la resplandeciente alianza de su belleza y su origen, y ya no podía abrazarla más que mezclándome con todo lo que la ocupaba, con una ardiente devoción por la inteligencia de su pueblo. Amé primero a Rebecca porque no era francesa, ni rubia, ni católica, ni calvinista, ni hedía al agua bendita con que me habían rociado desde que nací hasta que cumplí dieciséis años, y sobre todo porque no era uno de aquellos espárragos rubios y sosotes, de aquellas Gretchen, de aquellas diáfanas walkirias, aquellas pajizas recentales que, de niño, me deslumbraban con su palidez de trigo descolorido. Me asfixiaban el rubio nórdico, el azul ario, las pálidas pieles que, ingenuamente, asociaba a la falta de temperamento. Deseaba tonalidades cálidas y oscuras, colores mates, aspiraba al mestizaje tras la infame pureza germánica de la familia. Y sentí enseguida, para con mi amiga, el atractivo de un hombre del Norte por los espejismos del Sur. A su lado, al menos, no me sentía acechado por la carroña cristiana encaramada en su cadalso, la soldadesca ensotanada, el crápula jesuítico y romano que me había educado, y además me sentía demasiado limitado en Francia, atrapado entre una ausencia de historia y la carencia de proyecto, penalizado por la apatía de un pueblo demasiado viejo y la mediocridad de una política sin grandeza. Como esos paisajes del Renacimiento que, contemplados desde cierto ángulo, revelan una cabeza humana, mirando el rostro de Rebecca veía, a la inversa, aparecer toda una sociedad, una sucesión de cuadros mediterráneos, un espejismo de arena y de sol. Su judaísmo me fascinaba. Sólo tenía dieciocho años pero a su espalda había cinco mil años de historia: bajo las conclusas especies de un ser y de un cuerpo, se me invitaba a integrarme en una infinita memoria. Y si antes había tenido ya varias únicas, aquella única sería la última, pues era varias. Permítame hojear unos instantes el insípido álbum familiar; en la base de mi filosemitismo, no debo subestimar el placer de romper con una tradición: en casa, el judío era el chivo expiatorio, el constante blanco del resentimiento paterno; no había una sola comida, una sola reunión en la que no oyera, por boca paterna o materna, algunas imprecaciones lanzadas contra los «judeotes, los asesinos de Cristo, los apátridas de Sión, los plutócratas, los judeobolcheviques, la internacional sionista, el lobby

 

 

 

 

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judío americano», de modo que por espíritu de contradicción, me apasioné por aquel pueblo al que atribuía extraordinarias cualidades, a juzgar por las cóleras que producía en casa. Nuestra judeofobia, lo he comprendido luego, se basaba en la adoración secreta de los judíos, que representaban el conjunto de lo que nosotros, pobres papistas limitados a nuestros evangelios, no éramos capaces de realizar. Entonces comencé a admirarlos y llegué a identificarme con aquéllos a quienes, día tras día, anegaban bajo torrentes de odio.

 

El azar ayudó a mi curiosidad: cuando llegué de provincias a París, sólo encontré askenazíes y sefarditas, y muy pronto la mayoría de mis amigos, salvo algunas excepciones, fueron de confesión judía. Todo lo que me gustaba poco o mucho, todo lo que me intrigaba, me atraía y me asombraba estaba vinculado al pueblo elegido. La vida, las coincidencias me habían enjudiado de los pies a la cabeza. Enamorándome de Rebecca, concluía aquel movimiento, me apartaba de generaciones y generaciones de antisemitas. Ella quebraba mi infancia, rompía la dirección de una existencia premeditada, acercaba mundos desesperadamente alejados por el espacio y el odio.

 

Hija de tres madres —hablaba perfectamente el árabe dialectal, el hebreo y el francés—, simbolizaba una resplandeciente diáspora abierta de par en par entre Asia y Occidente. Créame, cuando se ha salido de un linaje restringido, casarse con Africa del Norte y el Oriente Medio en una sola persona, tiene narices. Askenazí, Rebecca me habría sin duda fascinado menos, por demasiado nórdica; y yo acentuaba siempre su naturaleza árabe, por la que sentía un pueril orgullo. Lo que aquella mediterránea me aportaba en su canastilla de bodas era algo más que un patrimonio cualquiera o una simple belleza: encarnaba una emoción histórica, reconciliaba en una sola persona Israel, Ismael y Europa. Dotada, para mí, de una preeminante constelación psíquica, combinaba el atractivo de los nómadas y la facilidad de los cosmopolitas. Entre ella y yo no eran sólo dos clases sino tres culturas, tres continentes, los que dialogaban y se influían.

 

Paradójicamente, buscaba aquel exotismo tanto por afición al extrañamiento como por necesidad de sentirme arraigado. Buscaba un ser que tuviera, por fin, la precisión de las costumbres, la

 

 

 

 

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eternidad de los gestos y de las palabras. Y como las minorías tienen una memoria que las mayorías han perdido, veneré en aquella mujer una identidad fuerte, templada por siglos de sufrimiento. La interrogaba sin cesar sobre los más minuciosos rituales del Sabbat y del Kippur, las prohibiciones de la comida Kosher, le preguntaba continuamente el sentido de tal o cual palabra árabe, sintiendo auténtico júbilo cuando escuchaba aquella lengua saliendo de su boca como si, por el sortilegio de un sonido, se irguiera de pronto ante mí una completa extraña. Unido así por vínculos de amor a una nación —aunque fuera una nación de apátridas— podía imaginar, por un instante al menos, ser uno de sus miembros honorarios, dispuesto a adoptar las raíces de aquel pueblo sin raíces al que el vagabundeo había acabado confiriendo el rostro de la estabilidad. Uncía mi vacío carricoche al tiro de aquel majestuoso convoy. Era parte integrante de la coloreada túnica que teje la emigración judía, instalada en las cuatro esquinas del mundo. Francia era mi patria; pero amando a Rebecca prestaba yo juramento de fidelidad al pueblo del Libro. Porque era la curia de la amante, el judaísmo se convirtió en mi patria espiritual, el ramo místico de mi corazón. A veces imaginaba haber nacido con el alma judía y haber sido devuelto a mis orígenes por mi amante; abrazaba en ella la tierra prometida y recuperada, como un Moisés feliz.

 

Recuerdo una velada de excepcional armonía: daban por televisión la serie Holocausto; después de la película, que aquella noche vimos, en casa, con mi hijo, el pequeño llorando se lanzó al cuello de Rebecca y le dijo: «Afortunadamente, los alemanes no mataron a tu familia, nunca te habríamos conocido. Si vuelven, te esconderemos». Ríase, si lo desea, pero me sentí conmovido hasta el llanto, me pareció que acabábamos de sellar una alianza eterna contra el mal y los demonios.

¿Si tenemos un hijo, le preguntaba a Rebecca, será judío? Naturalmente, haremos que lo circunciden, pero lo bautizaremos también por el rito católico y, tal vez, podríamos enseñarle el Corán. De este modo, le habremos dado todas las oportunidades.

Un incidente que se produjo en un café de la calle Saint André-des-Arts le dará la medida de mi estado de ánimo por aquel entonces. Acodados en el bar, Rebecca y yo nos besábamos cuando

 

 

 

 

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un joven clochard que estaba mirándonos nos trató en voz alta de «sucios judíos». Curiosamente, aquel insulto me procuró un perverso goce: por el milagro de una palabra, me introducía en las filas de los hijos de Abraham, me redimía del pecado de haber nacido cristiano. Me dirigí al que nos había insultado; el hombre imaginó que iba a abofetearle, pero le di un beso. Él había creído insultarme: me había devuelto la inocencia. A veces, por la noche, cubríamos las calles cercanas a mi casa con inscripciones: «Vivan los judíos», o íbamos a depositar ramos de flores en las puertas de las sinagogas, al pie del Memorial del Mártir judío.

 

Para mí, la extrañeza del amante se confundía con la extrañeza del judaísmo: su pertenencia a la familia hebraica transformaba a aquella mujer, lejana ya, en un ser ilimitado; me sentía exiliado junto a una exiliada. Aunque pareciera rendírseme, mantenía una posición preeminente de la que no podía desalojarla; en último término, como individuo, habría podido circunscribirla, pero circunscribir un pueblo no estaba a mi alcance. Y experimentaba mi impotencia con la mera evocación de los fastuosos trasmundos que arrastraba a sus espaldas; accedía a la inmensidad con una sola mirada cuando yo intentaba reducirla a la medida de mi deseo. Me asfixiaba bajo su riqueza y me encolerizaba hallarme tan desprovisto ante ella.

 

Concretábamos aquella supurante herida, que ella abría en mí, en un común afecto por la música árabe. Om Kalsoum, Fairouz, Abdel Jalim Afez, Farid el-Atrache se convirtieron en el himno nacional de nuestro dúo. Escuchábamos sus más hermosos pasajes que Rebecca me traducía —como si expresaran estados de ánimo fieles a nuestra historia— y su ritmo convulsivo fijaba privilegiados momentos que otras armonías no habrían podido expresar. Adoraba la apasionada monotonía de aquellas melopeas que, por contraste, ponían de relieve la claridad del canto. Aquellas conmovedores carencias nos hacían entrar en trances próximos a la hipnosis, poniendo un toque nostálgico, casi fúnebre, a nuestros nacientes amores. Es paradójico, lo sé, que una música de angustia nos uniera el uno al otro hasta el punto de elegirla como emblema: la desgracia expresada consuela, dispensa de sufrir y protege contra la desgracia vivida. Nuestra preferencia por todo cuanto revelaba fragilidad gozaba, especialmente, con los estremecimientos de la flauta derviche: sabrá

 

 

 

 

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usted que, en la tradición islámica, el caramillo de caña es la primera cosa que Dios creó. No conozco instrumento de más conmovedora melancolía. Su sonido, de extremada pureza, nos lanzaba al éxtasis, más allá de cualquier alegría o desgracia. Parecía que tocaran en nuestro propio hueso, nuestro cuerpo se evadía en largos temblores, en deliciosos estremecimientos que nos ponían la piel de gallina y hacían subir lágrimas a mis ojos. Las extrañas, dolorosas voces de las cantantes árabes, divididas entre la infinita desesperanza y la pasión de vivir, alcanzaban registros que las voces occidentales no abarcan. Nos aturdíamos hasta el vértigo con aquel luto imaginario para reforzar nuestra primavera, entregados al hechizo de aquellos conmovedores sortilegios. Música de la separación, del amor imposible, las sonoridades orientales nos purgaban del sufrimiento, ocultándolo. Invocaban al ser amado y transían aquella presencia con su posible pérdida: nosotros escuchábamos sólo la invocación y olvidábamos la pérdida.

 

Que ese cuadro no le engañe: en aquel idilio iban incubándose tempestades que no tardarían en estallar. Las virtudes que yo atribuía a Rebecca por su doble origen, eran en exceso exteriores como para poder definirla. Cualquier judía pied noir hubiera gozado, en mi espíritu, de las mismas cualidades. Y además, sólo tenía una pertenencia pasional, no reflexiva, a su comunidad; ignoraba casi por completo su historia y sus textos. Mientras yo exaltaba su exotismo, exigiéndole casi que se adecuara a él, ella no tenía más intención que traicionar su estatuto, que asimilarse. No renegaba tanto de su judaísmo como de sus orígenes norteafricanos, temiendo por encima de todo, en una Francia intolerante, que la confundieran con una árabe. Yo alababa una distinción que ella deseaba ocultar, la felicitaba por ser distinta cuando ella sólo aspiraba a parecerse. En fin, llevaba en sí una necesidad de ser respetable, vinculada a su estatuto de emigrante, que a veces la hacía más conformista de lo que podía esperarse en una joven de su edad.

 

Rebecca, en fin, estaba poseída por un ideal de amor romántico que yo estaba muy lejos de compartir. Amaba por primera vez y todo lo que no fuera pasión le parecía encaje, absurdo, raciocinios, vaticinios de débiles. Se adhería sin reserva alguna a sus sentimientos sin que la sombra de una perplejidad frenara sus impulsos. Alegre,

 

 

 

 

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dinámica, lamentando a veces ser sólo una hermosa mujer cortejada por su encanto, se lanzó a nuestra aventura con un ardor que rechazaba cualquier cálculo, cualquier placidez: pretendía vivir intensamente en el marco de la pareja, utopía que era absurda para mí. Pero aquella voluntad de compaginar la intensidad con la pareja me conmovía tanto que terminé amando, más que a la propia Rebecca, la pasión que sentía por mí. Germinaban ya, por lo tanto, las semillas de nuestras discordias.

 

Una discrepancia, que me impresionó mucho por aquel entonces, lanzó una primera sombra sobre nuestro entendimiento. Mi ruidoso pasado, del que yo había presumido, daba cierto miedo a Rebecca, que me atribuía un temperamento inconstante. Cierta noche estábamos en casa de unos amigos; imaginando erróneamente —sólo más tarde lo supe— que yo quería seducir a la dueña de la casa, no halló mejor solución que mantener ante mis ojos, con uno de los invitados, un atrevido coqueteo; había bebido, estaba borracha, decía cualquier cosa, y por primera vez me lanzó en público reproches muy desagradables que divirtieron a la concurrencia, con los oídos abiertos de par en par.

 

Se estaba convirtiendo en alguien a quien nunca había visto, abría la puerta a costumbres que yo no le conocía.

Besaba en la boca a los petimetres, se reía de sus menores palabras, escupía palabrotas, bebía en todos los vasos, se dejaba acariciar por el ebrio perillán que la incitaba a llevar las cosas hasta el final. Y verla fingir el abandono con otro —escena que siempre me ha fascinado por no sé qué obscuras razones, tal vez porque, en el amor, coloco la traición por encima de todo lo demás—, verla así, pues, me destrozaba los nervios y la razón; mi fantasma aplaudía, mi afición al escándalo exultaba, mi amor propio se erizaba. Evidentemente, no permití que se notara nada, fingiendo la mayor indiferencia. Cuando terminó la velada, hacia las cinco de la madrugada, mientras Rebecca, de pie delante de un taxi, besaba a su conquista y comparaba con las mías el vigor de sus reacciones viriles, sólo pensé en vengarme. Apenas llegamos a casa, hicimos el amor por última vez, y a la mañana siguiente la abandoné fríamente, decidido a no verla más. Pasaron dos días. La cólera que me había impulsado, dejó paso a cierto desaliento. Creyéndome ofendido, por

 

 

 

 

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nada del mundo habría dado el primer paso. Rebecca me envió a una amiga como embajadora. Me mostré intransigente. Mucho más: me dejé ver con una muchacha que había conocido en un café por delante de su trabajo (mi domicilio no estaba lejos de su peluquería) y no dejé de besarla en la boca, en plena calle. Al día siguiente, Rebecca me llamó personalmente. Pidió perdón, entre sollozos, por la escena de aquella noche. Yo estaba tranquilo, me sentía triunfante y le comuniqué de nuevo mi decisión de no volver a verla. Ella me llamó dos días después, suplicándome que le concediera una cita. Acepté a regañadientes, muy feliz al verla humillarse ante mí: aquella altiva muchacha mordía por fin el polvo. Vino vestida de negro, como de luto y me explicó las razones de su acto. Su sinceridad, el humilde tono de su voz me conmovieron, lo confieso; me senda, incluso, orgulloso de que le importara tanto. Aquel aspecto vacilante y frágil que, en otra, me habría dado miedo, la embellecía mucho. Pero no quise ceder antes de haberle hecho pagar muy cara su afrenta; qué quiere, soy así, en cuanto beso estoy ya pensando dónde arañaré. Le conté pues, detalladamente, mis aventuras estivales y precisé, uno a uno, sus defectos, tanto físicos como morales; cada palabra le suponía un sobresalto y le producía un mar de lágrimas. Sin embargo, al no estar muy seguro de mi posición, di pruebas de una crueldad atemperada.

 

Tras horas de ruegos e imprecaciones, durante las que llegué a convertir su jugarreta en un verdadero crimen, la tomé en mis brazos y le aseguré que todo estaba olvidado. Ella me juró que nunca volvería a suceder lo que había sido fruto de un malentendido más que de una deliberada voluntad de hacer daño. De hecho, me había asustado con sus inesperadas reacciones: ¿cómo fiarse de un ser tan imprevisible? Yo había advertido cómo la necesitaba: hasta el punto de perdonarle haberme ofendido, el peor de los ultrajes para mí, que de todos los sentidos sólo tengo el del ridículo. Había advertido también cómo me necesitaba: hasta el punto de hincarse de rodillas ante mí. Ambos habíamos probado la resistencia del otro, ambos nos habíamos doblegado no sin que el otro cediera: hermoso ejemplo de mutua capitulación a la espera de otros combates. Acabábamos de hacer un asalto de prueba, y aquel primer enfrentamiento prefiguraba ya todo lo que sucedió luego.

 

 

 

 

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Habíamos tenido miedo, era preciso poner fin a los tormentos, atarnos el uno al otro con los lazos de un recíproco contrato. Tras aquella escaramuza, estábamos ya listos para el «te quiero». El juramento fue pronunciado dos semanas más tarde, durante un paseo en bicicleta por una carretera de Provenza, donde pasamos algunos días de las vacaciones de Todos los Santos. Cuando se lo confesé, Rebecca estuvo a punto de caer del vehículo. Yo mismo me sentía muy conmovido y aceleré el pedaleo como si la velocidad quitara a la revelación algo de su seriedad; hasta el punto de que Rebecca me lo hizo repetir varias veces, por miedo a haberlo oído mal. Caímos así en lo irreversible, pues una vez pronunciado el «te amo», con su imperativo corolario «ámame», ya no se trata de retroceder: hay que pagar la deuda hasta el agotamiento. Habíamos colmado la incertidumbre, íbamos a pagar el precio.

 

 

 

El tullido se detuvo brutalmente. Tenía los ojos hundidos, las mejillas pálidas por el esfuerzo.

 

—Le doy horror, ¿verdad?

 

—¿Horror? En absoluto.

 

—Claro que sí, le lanzo a la cara mis confesiones a usted, el honorable turista, y le digo: mire, éste soy yo.

—Le aseguro…

 

—Perdóneme, estoy agotado; haber recordado el pasado me ha destrozado los nervios. ¿Puedo esperar verle mañana?

—Tal vez, ¿por qué no?

 

El elocuente furor del inválido se había prolongado hasta muy avanzada la noche, y eran las tres de la madrugada cuando regresé, atontado, a mi camarote, atravesando los desiertos corredores. Las puertas se sucedían hasta el infinito, como en esas inmensas clínicas donde la angustia adquiere un fulgor blanco. Aquella confesión tan melancólica como escabrosa me había fatigado, casi escandalizado; a decir verdad, el mal gusto de aquel relato y del procedimiento inventado para obligarme a oírlo, habrían debido alertarme de buen principio. Cedí sólo por deferencia hacia el tullido. Sentía prisa por contárselo todo a Béatrice y pedirle consejo, pero dormía ya. La quietud del camarote bañado en la blanca luz de la luna me tranquilizó. Los pechos de mi compañera eran dos manzanas

 

 

 

 

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asadas en las que posé mi cabeza. Pensé por última vez en la estúpida desvalorización de las rubias que había intentado Franz aquella noche y, acurrucándome en la calidez dé las sábanas, me dormí, feliz por nuestra salud, por nuestra juventud tan alejada del agriado, malsano universo de aquel hombre.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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SEGUNDO DIA

 

 

 

 

 

 

El gato salvado de las aguas

 

 

Risibles perversos

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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En cuanto desperté, comuniqué a Béatrice los acontecimientos de la noche pasada. Sonrió por mi entrevista con Rebecca y me suplicó que no considerara como injurias algunos excesos verbales. Cuando llegué al episodio de Franz, pareció más interesada.

 

—¿Qué te está contando exactamente?

 

—Me hace saborear con las palabras a su mujer. Me comunica informaciones íntimas sobre ella, traza la exégesis lírica de sus abrazos.

 

—¿Y no te molesta que un desconocido te abra su corazón, sin ahorrarte detalle alguno de su vida?

—Casi me obligó a escucharle; verás… un poco al estilo del Eterno marido. Y además, sin dejar de acusarse, de rebajarse.

—Si se denigra tanto, debe de tener algo que ocultar…

 

—No creo en sus vicios; a decir verdad, me pareció más bien patético.

 

No estoy seguro de que quiera volver a escucharle.

 

—¿Por qué no? Te servirá de distracción, harás un favor a un paralítico y siempre podrás repetirme lo que te cuente.

Aquel pacto y, más todavía, la flema con la que Béatrice recibía lo que, para mí, era casi un incidente, me tranquilizó. ¡Qué tontería haberme alarmado por tan poco! Era pronto todavía. Caminábamos por la popa, la parte más femenina de un barco porque su redondez casi acredita la idea de unas posaderas. Ninguna brisa rizaba el agua, el día se anunciaba tan hermoso como el anterior. El balanceo del navío, el griterío de las gaviotas —navegábamos a la vista de la costa y, al alba, habíamos pasado ante Nápoles—, el ronroneo casi narcótico de las máquinas, finalmente, me llenaban de irresistible gozo. ¿Hay algo más hermoso que huir con la que se ama, reunir la fantasía del nómada y la constancia afectiva? Cada instante nos acercaba a Asia, y nuestra imaginación, que nada refutaba todavía, podía decorar a su guisa aquellas lejanas tierras con los más tornasolados colores. De pronto, en el solárium, entre las tumbonas, vimos a un hombre haciendo yoga. Erguido como un tallo, vistiendo unos ceñidos calzones y una camisa flotante, adoptaba con infinita lentitud

 

 

 

 

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difíciles posturas, como una flor que hubiera crecido milagrosamente entre las junturas de cubierta. En cuanto terminó, nos acercamos a él. Nos recibió sin efusiones. Había embarcado aquella noche, en Nápoles. De nacionalidad italiana, se llamaba Marcello y hablaba perfectamente francés. Aseguró que prefería aquel lugar y aquella temprana hora para practicar la gimnasia: «Es el único instante en el que puedo posar los pies en el cielo». Mantuvimos una breve conversación: había pasado dos años ya en la India, y esta vez se dirigía a un ashram cercano a Bombay. Nos dijo también que la India no era un punto en el espacio sino un nivel de la conciencia humana, y nos recomendó ir con un espíritu de total humildad e indigencia. Yo asentía ávidamente, bebiendo sus palabras como si fueran suero. Aproveché para enumerarle de inmediato todos los libros que había leído sobre aquel país. Me respondió con escepticismo que no eran los libros esenciales y que, de todos modos, leer no servía para nada. ¿Qué hacer entonces? Se levantó y nos dijo:

 

—Rabindranath Tagore le pedía a Dios que hiciera de él una caña que pudiera llenarse con Su música. Aspiremos a ser sólo el mejor instrumento entre sus manos.

Tras aquellas palabras enigmáticas y casi fuera de lugar en aquel ámbito profano, se marchó. Temí haber dicho una tontería. Béatrice soltó una carcajada:

—Realmente, a bordo de este paquebote hay de todo: un sikh indio que quiere hacerse pasar por un lord inglés, un gurú napolitano que juega a ser profeta, un hemipléjico que se cree el protagonista de una novela rusa e incluso dos profesores que se las piran y se creen aventureros.

A mediodía, un sol admirable penetraba por la cristalera del comedor, reflejándose en el blanco inmaculado de los manteles. La sala estaba tranquila, a excepción de un grupo de estudiantes grecoturcos que se enfrentaban, en inglés, sobre la cuestión chipriota. Sus voces hacían temer una pelea, pero un miembro de la tripulación acudió a separarlos. Estábamos a mitad de la comida cuando hizo su entrada Franz, conducido en su silla de ruedas por una Rebecca disfrazada de austera y fría nurse. Era su primera aparición en público: la alucinante disparidad de aquella pareja tenía, en su cojera, algo sorprendente y glacial que impuso silencio a todos. El paralítico bajaba los ojos con una mirada llena de humildad, como molesto al tener que revelar la miseria de su condición. Derrumbado en su silla, con un cuello de camisa demasiado ancho que absorbía toda su

 

 

 

 

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garganta, parecía tan frágil y menguado que me sentí lleno de una instintiva piedad y lamenté mi condescendencia de la víspera. Rebecca nos saludó en un tono burlón. El tullido tendió la mano hacia Béatrice.

 

—La agradable ruina que le habla se llama Franz. —Una ruina nunca es agradable —cortó Rebecca. Luego, volviéndose hacia mí:

—Al parecer, «señor Enojado», ayer noche le echó el anzuelo. Le compadezco, no es muy divertido.

Al oír esta reflexión, el inválido se sobresaltó como un niño llamado a un orden cuya severidad conoce, pero no reprueba. Realmente era un pobre miserable y, sin embargo, aun en su desgracia, mantenía en la mirada un fulgor de maldad. Me avergonzaba ser testigo de su envilecimiento, pero no encontré palabra alguna para cambiar de tema.

 

—¿Ha hecho de Didier su confidente en serio? —preguntó Béatrice.

 

—Didier ha hecho un pacto conmigo.

 

—¿Y qué le da usted a cambio?

 

—Le procuro estados de ánimo, ¿no basta?

 

Rebecca no comía con nosotros; se había sentado en otra mesa, en la que reconocía al comandante y también a Raj Tiwari. En cuanto su mujer se alejó, Franz pareció recuperarse y manifestó un buen humor casi jovial. Se inició entonces un extraño diálogo, a medio camino entre la chanza y la agresión, premonitorio ejemplo de lo que iban a ser nuestras relaciones durante los cuatro días siguientes. El tullido nos explicó las razones de su viaje a Estambul: un congreso mundial de acupuntura al que acudían los mayores especialistas de China popular, y del que esperaba una mejoría en su estado. Mostraba hacia Béatrice una exagerada amabilidad, alabando su encanto y su belleza, cosa extraña pues el día anterior me había confesado su aversión por las rubias. Pero entre cumplido y cumplido, no perdía ocasión de sacar las zarcas como si quisiera castigarnos porque su mujer le había humillado en público. Acompañaba cada cumplido con un bocado de hiel que quebraba de inmediato su efecto, utilizando su estado para hacerse perdonar sus palabras. Hablaba tan deprisa, mezclando halagos y malignidades, que no nos quedaba tiempo para seleccionarlas y replicar en algún punto concreto. Nos preguntó:

 

—¿Cómo se conocieron?

 

Béatrice le respondió cándidamente, sin desconfiar.

 

 

 

 

 

 

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—En la biblioteca de la Sorbona; Didier preparaba su certificado de aptitud pedagógica y yo mi doctorado.

 

—Un encuentro bastante convencional aunque, naturalmente, tratándose de enseñantes, no puede pedirse demasiada originalidad.

Según él, parecíamos amenazados por las peores desgracias y estar caminando al borde del abismo. Afirmó:

—Algo en su pareja, determinado júbilo tal vez, proclama que cuando están juntos no necesitan a nadie ni nada.

Amable afirmación que corrigió inmediatamente:

 

—Cualquier forma de amor, por armoniosa que sea, alberga un drama o una farsa latente. Y en el hombre más honesto siempre hay materia suficiente para convertirlo en un cerdo. Pero no se preocupen: parecen ustedes una pareja muy prudente, un poco pasada de moda incluso. Se sientan tan bien el uno al otro como una corbata negra a un traje gris. Lo digo sin malicia, lo retro está hoy de moda.

 

O nos bombardeaba, también, con sobreentendidos acerca de una pretendida infidelidad por mi parte:

—Con una compañera como usted, ese malvado libertino —me señalaba con la cabeza— nunca debiera mirar a otra mujer.

—No mira a ninguna y sólo se muestra libertino entre mis brazos — replicó Béatrice.

Aplaudí su desparpajo, pero Franz no se daba nunca por vencido. Siguió con sus pequeños toques o sus preguntas diestramente dirigidas

a lanzar sus dardos contra la estrechez de nuestra vida y la ingenuidad de nuestros proyectos. Nos dijo luego que su mujer no comía con nosotros porque uno de los oficiales de a bordo le echaba los tejos.

 

—Tiene mucho éxito; los hombres revolotean como moscas a su alrededor. ¿Cómo es posible, Béatrice, que los varones de este navío no estén de rodillas a sus pies?

Creí que mi compañera iba a levantarse pues había palidecido mucho. —No lo sé —repuso finalmente—; sin duda no puedo magnetizarlos

como lo hace su esposa.

 

Al final, aquel alud de aguijones me irritó. Puede considerarse algo sin importancia; a fin de cuentas, algunos desconocidos nos provocan cada día sin razón aparente. Sin embargo, me sentía inexplicablemente ofendido por la ausencia de Rebecca.

 

 

 

 

 

 

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Me preguntaba por qué se había convertido ella, y no Béatrice, en el capricho de la tripulación. ¿Y por qué Tiwari, tan atento la noche anterior con mi amiga, la abandonaba ahora por la esposa de Franz? ¿Acaso mi amante era sólo un recurso a falta de algo mejor? Nada se libraba de las pullas del enfermo; distribuía condenas y aprobaciones como el cura distribuye la hostia a sus fieles. Cuando hubo terminado con nuestra pareja, la emprendió con nuestro viaje.

 

—Qué extraña idea ésa de ira la India, cuando hace diez años ya que ha pasado de moda. ¿Saben que están completamente anticuados? El viaje a Oriente es un género condenado.

—Tal vez la moda haya pasado —repliqué secamente—. Pero la India persiste y, para mí, no ha perdido su fascinación.

—Perdone mi brutalidad, querido amigo, pero deje ya de adoptar ese aire seráfico cuando habla de Asia; son sencillamente unos donceles de la ruta, y regresarán como los demás. No quisiera enfriar su entusiasmo, pero permítanme que les cuente algunas historias. Hace tres años estábamos, con Rebecca, en Bombay. Regresábamos de visitar el Taj Mahal, uno de los mayores monumentos de la India, y nos dirigíamos hacia un museo de miniaturas mongoles, que estaba cerca de nuestro hotel. Descubrimos, en una esquina, multitud de mirones. ¿Se trata de un accidente, de un fakir, de un encantador de serpientes? Nos detenemos. En el centro de un círculo, una mujer tiene entre sus brazos un bebé que lanza estridentes gritos. Mendiga. El niño lleva sobre los ojos una venda muy apretada. Mi bebé enfermo, dice la mujer en su pobre inglés, y tiende hacia nosotros la mano. Me presento como médico y pregunto qué enfermedad tiene el niño. La mujer no responde. Insisto: soy médico, déjeme ver de qué se trata, estoy aquí para ayudarla. La mujer se niega obstinadamente a entregarme el pequeño que aúlla cada vez más, aparentemente porque sufre insoportables dolores. La muchedumbre comienza a insultar a la madre, entonces le arranco el bebé de los brazos, le quito la venda: en las órbitas tiene dos grandes cucarachas que con sus garras y sus pinzas roen sin cesar los pequeños párpados ensangrentados. Furiosa, la mujer huye y abandona a la pobre criatura en mis brazos.

 

Dejé el tenedor en el plato. Franz nos observaba, saboreando el efecto de su infame relato, gruñendo a veces sin que se supiera muy bien si se trataba de hipo o de carcajadas. Béatrice fue la primera en recuperarse.

 

 

 

 

 

 

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—Me parece haber oído ya esta historia. A usted parecen gustarle los chismes.

 

—No es eso —exclamó Franz—, Sólo quiero abrirles los ojos. El famoso pueblo hindú, al que se cree transido de espiritualidad, está corrompido de un extremo a otro de la escala social: del brahmán al paria, del ministro al mendigo, son todos un dechado de avidez; la música, la lacerante música india que os acompaña por todas partes, es siempre la misma: bakchich, Sir, give me bakchich.

Nos obsequió luego con otros relatos tan innobles como el primero:

 

aquella acumulación de sordidez terminó quitándonos el apetito.

 

—Obtiene usted su información en los cubos de basura —dije, con el estómago revuelto.

—¡Ah, qué deliciosamente ingenuos son! Realmente es necesario viajar en cascarones como éste para dar con mastuerzos de su especie. No lo comprendo, se arrojan sobre Oriente como si fuera un cuerpo de mujer. ¿Qué están buscando, Dios mío? ¿Qué van ustedes a hacer en aquella marea de harapos humanos?

Tragué saliva y dije con la mayor solemnidad posible:

 

—Voy a buscar en la India lo que hemos perdido en Europa: la patria del Ser. Voy como si me dirigiera a lo esencial: por cansancio de una vida vana y profana.

—En suma, la India sería para ustedes el espacio de lo sagrado…

 

Creyendo haberle impresionado, dije pomposamente:

 

—En cierta forma, sí. Y sospecho que no todo el mundo puede mantenerse en el exaltante nivel de los grandes momentos que semejante país ofrece.

—Manténgase al nivel del mar —se burló el tullido—; eso le impedirá delirar. A mí sólo me haría viajar una cosa: que tras treinta años viviendo en Francia, ni siquiera conozco el nombre de las flores y los árboles más elementales. Pero no quiero influenciarlos, no tengo derecho a cambiar su elección. Bromeaba, claro; todo el mundo sabe que Oriente es la suma de los malentendidos que germinan en el espíritu de los occidentales. Además, no veo qué puede reprocharse a los turistas; animan los lugares moribundos, son la vida de países siniestros que sólo despiertan durante los meses en los que ellos pasan, regresando luego a su sopor. Destrozan culturas porque esas culturas estaban ya dispuestas a morir. En fin, me

 

 

 

 

 

 

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siento atraído por usted y por su compañera por una simpatía, ciertamente oscura, pero cuyas razones descubriremos sin duda tarde o temprano.

 

¿Cómo podía, tras tales protestas de amistad, enojarme o discutir con un ser que, sin embargo, me daba muchos motivos para desconfiar? Iba a la India con la seguridad de impresionar y el temor de no ser comprendido. Me prometía hacer hermosas frases, repasaba citas, fenómenos extraños cuya mera rareza, lo daba por sentado, me honraría. ¡Y aquél inválido me robaba el efecto! No supe medir las consecuencias que sobre mí tenía su maledicencia. El espejismo oriental no se había agrietado todavía, pero yo tenía ya la sensación de haber cambiado de camino sin poder indicar el momento exacto en el que se había producido la estafa ni localizar el punto donde nacía la desviación. Me había equivocado demostrando mi susceptibilidad y él no había perdido la ocasión de morder en ella. ¿Cómo había descubierto lo que me molestaba? Me enojaba haber resultado tan accesible.

 

En aquel momento llegó Rebecca para llevarse a Franz. Le llamó con voz seca y sin posible réplica, como si llamara a un criado.

—Espero que no les haya molestado demasiado con sus tonterías.

 

Como no puede caminar, tiene las piernas en la boca.

 

El esposo había tomado de nuevo su aspecto de escolar cogido en falta, de geniecillo obediente, pero seguía charlando y acompañaba su verborrea con una vehemente gesticulación. Y aunque sólo prestábamos un oído distraído a su discurso, seguía con sus paradojas, gran pelícano horrible y siniestro que se embriagaba de palabras como otros se embriagan de bebidas. Al verle con su mujer se tenía la singular sospecha de la extrañeza de su matrimonio, y cuanto más fuera entrando en su intimidad más patente se me haría aquella sensación. Mientras él peroraba, Rebecca nos miraba de arriba a abajo con una sonrisa que sólo podía calificarse de burlona. La observé a hurtadillas, sin atreverme a mirarla de frente. Había en ella una faceta de mujer de presa que yo no había descubierto todavía. La noche anterior, me había mostrado con ella tonto y confuso. Mejor era pues no volver a verla, que no me recordara de nuevo, con su presencia, mi torpe comportamiento. Además, me pareció entonces muy ordinaria, muy distinta del suntuoso retrato que Franz me había hecho la víspera, y aquello me alivió.

 

—Afortunadamente somos cuatro y no tres —exclamó el tullido—; ridícula trinidad que sólo debiera mostrarse con unas orejas de asno y unos

 

 

 

 

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cuernos en la cabeza.

 

Lo había dicho mirándome, y me sentí turbado como si intentara crear entre ambos una solidaridad cualquiera.

Entonces, Rebecca se inclinó para recoger la servilleta de su marido, que había caído al suelo, y me apretó la mano por debajo de la mesa. Me quedé pasmado, sin moverme, sin devolverle la presión. Ignoro cuánto duró aquel juego de manos, pues durante los pocos segundos que viví la experiencia, me pareció que el tiempo se había detenido, había quedado tan inmóvil como el aire del salón. Cuando se levantó, dijo simplemente:

—Vamos, viejo charlatán; deja de molestar a esa parejita, tienen cosas más interesantes que hacer.

Haber dicho aquella frase hizo nacer en su rostro una brusca explosión de alegría. Le encantaba habernos retratado como los dos brazos de un colgador. Al menos eso me dictó la melancolía.

—«La parejita» no se siente molesta en absoluto —replicó Béatrice, y la torpeza de su respuesta me demostró que se sentía herida, como yo.

En cuanto el inválido y su esposa se hubieron marchado, estallé: estaba harto de la gente que, teniendo en su haber dos o tres países más que nosotros, los utilizaban para considerarse superiores. Béatrice me tranquilizó; a su entender todo el mundo tenía sus razones; Franz le parecía irritante, pero debíamos tener en cuenta su enfermedad; por lo que a su mujer se refería, tenía que sufrir el calvario de su marido. Lo que en realidad me apesadumbraba era ir a un país que todo el mundo conocía ya y perder así el privilegio de la originalidad.

 

—No, Béatrice, no es una cuestión de amor propio. Para mí hay otro Oriente, tal vez una palabra vacía pero cuya mera evocación posee ya la gracia de un encanto, la belleza de un milagro. Ese Oriente del corazón, ese lado opuesto de nuestro mundo nunca se extinguirá, aunque todos los estados de Asia se modernicen, alineándose con Europa. Inmortal Oriente que no se localiza aquí o allá, que escapa a los caprichos de la Historia y es el único que favorece las conspiraciones del entusiasmo tan propias de las almas fogosas…

 

—¿Por qué no se lo has dicho a Franz?

 

—Porque no discuto con un imbécil para ofrecerle la pobre felicidad de tener razón.

En mi despecho se mezclaban la cólera de ver burlado mi sueño asiático y la exasperación que me causaba Rebecca. Aquella muchacha

 

 

 

 

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fría y provocadora me atormentaba como puede atormentar la imagen de una mujer cuya leyenda teje un tercero. Y aquel intercesor, en vez de ser un obstáculo entre ella y yo, multiplicaba para mí el valor de la muchacha. Me molestaba que existiera en carne y hueso: me hubiera bastado el personaje imaginario. Pero ¿qué significaba aquel apretón de manos bajo la mesa?

 

Una hora más tarde, desde Mestre, puerto de atraque de nuestro navío, llegábamos a Venecia en taxi, acompañados por Raj Tiwari. Teníamos por delante toda una larga tarde, el Truva sólo zarparía por la noche, a las once. Hacía un tiempo espléndido, apenas alterado por una brisa yodada procedente de mar abierto. Había pocos turistas; en el Rialto, Tiwari nos abandonó para visitar, por su lado, la basílica y el palacio de los Dux, y acordamos encontrarnos más tarde en el café Florian. No había vuelto a Venecia desde que tenía doce años: esperaba una ciudad gastada, una ciudad museo; descubrí la juventud misma. Un paraíso entrevisto y la sensación de estar ante una maravillosa locura disipó mi tristeza. Aquí comenzaba nuestro viaje; en Venecia estábamos ya en Asia, ni siquiera habíamos puesto pie a tierra, sólo habíamos cambiado de embarcación.

 

Tiernamente abrazados, Béatrice y yo evocábamos con la enfebrecida puerilidad de los entusiastas, los siglos pasados en los que la ciudad era tan alegre, con sus carnavales y sus largos insomnios de placer y, sobre todo, bendecíamos el agua omnipresente, las calles líquidas, la confusión sabiamente mantenida entre hábitat terrestre y hábitat flotante, llegando a suponer que, por la noche, en Venecia, los lechos se balancean y es necesario atarse para no caer. Deambulábamos así, encantados, entre los ruidos apaciguadores por su propia regularidad, los pájaros de los innumerables jardines, las campanas de las iglesias siempre vibrantes. Impregnada por la romántica atmósfera de la ciudad de los amantes, Béatrice me recordó nuestro primer año de vida en común. ¿Cómo había llegado a amarla? Es algo que no exige explicaciones: era hermosa, culta y compartíamos la misma afición por las cosas escritas. No teníamos hijos pero pensábamos hacer uno cuando regresáramos de Asia. Nuestra unión estaba basada en principios sencillos y sólidos, habíamos elegido la fidelidad por odio a la dispersión, y abandonado las aventuras por saberlas no esenciales, como otras tantas existencias posibles y rechazadas. No me sentía obligado: el libertinaje me ha parecido siempre una prueba de desequilibrio, y eso nos ahorraba las bajezas, los compromisos, las

 

 

 

 

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mentiras de las parejas desunidas. Aunque viviendo en concubinato, permanecíamos fieles por desprecio al adulterio burgués. Habíamos rechazado el matrimonio aceptando sus obligaciones. ¡Y Venecia nos daba la razón!

 

Cuando estábamos llegando a una plaza desierta, los ruidos cesaron de pronto. Una melancolía muy suave, inquietante casi, derramaba sobre todas las cosas una luz sin vida, la luz amarillenta y pálida de los soles de invierno. El silencio era tal que apenas osábamos turbarlo con el ruido de nuestros pasos.

—Escucha este mutismo; es el de los conspiradores y los amantes, el que precede a los grandes estremecimientos.

Apenas lo hube dicho cuando de aquella estruendosa inmovilidad de las cosas brotó un grito de angustia. Creí primero en el llanto de un niño. Pero su insistente repetición, su brevedad eran, sin duda alguna, de origen animal. Guiamos nuestros pasos por aquellos gemidos: procedían del puente de la Academia. Un enjambre de bribones y chicuelos, envueltos en multicolores bufandas, se asomaban por la barandilla y señalaban con el dedo un punto en el gran canal. Descubrí por fin el objeto de su curiosidad: era un minúsculo gato negro que había caído al agua y se debatía para no ahogarse. Cada vez que pasaba un vaporetto o una lancha, el animalito tragaba mucha agua y los lamentos se estrangulaban en su boca. Esperábamos que se hundiera de un momento a otro pero, tenazmente, resistía y proseguía con sus lamentables gritos. Tenía una pasmosa obstinación: no pedía socorro, daba una orden a la que era difícil substraerse. En la romanza de una Italia despreocupada, era la voz de un ser que protestaba contra la indiferencia, la horrible soledad de un animal olvidado en un mundo en el que los propios hombres están solos. Cuando intentaba acercarse a la ribera izándose con un esfuerzo, la humedad de las algas le impedía hacer presa y volvía a caer al agua. Nadaba en redondo, describía círculos que no le llevaban a parte alguna, se agotaba rápidamente. Cuanto más se alejaba, más milagrosos parecían sus temporales ascensos, fruto de un azaroso éxito que no volvería a producirse. Un pequeño grupo de curiosos se había reunido para contemplar al náufrago: el salvamento del gatito sólo era posible por el agua, pues un jardín privado hacía imposible llegar a él por tierra, pero las embarcaciones, ensordecidas por el ruido de los motores, no escuchaban sus gritos. La ansiedad ponía un nudo en todas las gargantas porque el

 

 

 

 

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animalito  se      había achicado     y        parecía       condenado  sin       recurso.

 

Evidentemente estaba perdido: asistíamos a la agonía.

 

Entonces, ante la general pasividad y para lograr que callara aquel grito que me exasperaba como un remordimiento, me lancé para socorrer al ahogado. Nada tengo de temerario. Bajé a las bóvedas del puente, llenas de fragmentos de botellas, trepé por el parapeto y choqué con la reja del mencionado jardín. Una placa indicaba la cancillería suiza, que, además, estaba cerrada (era sábado). Salté por encima de la cerca, deslizándome entre dos puntas con el riesgo de clavármelas. Habrían podido detenerme y, tal vez, encarcelarme: pero la angustia del gato me parecía más importante que las leyes protectoras de la propiedad privada, e ingenuamente me dije que un país neutral como Suiza no podía perseguir a alguien por prestar asistencia a un animal en peligro. Y, además, deseaba secretamente impresionar a mi compañera. ¿No habría en mi decisión algo de fanfarronada? Pronto llegué al pontón de la cancillería, pequeño muelle de madera sobre pilotes en el gran canal; llamé al gatito, le tendí la mano: ebrio de terror, se marchó en dirección opuesta, lanzando mientras se alejaba sus lamentables maullidos a los que otros roncos mininos mezclaron sus quejas. No podía hacer más y fracasar estando tan cerca del objetivo me llenaba de rabia. Vista desde cerca, el agua perezosa y pútrida que, desde lo alto de la orilla, resplandecía con la vida solar de los mármoles, tenía casi la consistencia de una melaza. Relentes de descomposición brotaban de aquella avenida líquida; algo misérrimo, sumergido, se pudría allí bajo la opulencia de los palacios y las mansiones. Desde donde me hallaba pude leer una inscripción en italiano realizada con un spray en una pared: «Demasiado pasado, muy poco presente, ningún porvenir». La corriente grasienta, cargada de inmundicias, me desafiaba a intentar arrancarle aquel estruendo peludo y con mostachos que se zambullía en ella inexorablemente. Desde lo alto del puente, los viandantes me alentaban: el felino estaba ya al alcance de mi brazo pero seguía sin hacer caso a mis llamadas, hechas sin embargo en un tono muy dulce. Me estiré tanto como pude: el musgo me hizo resbalar y, estúpidamente, caí a mi vez al agua. Un temblor helado se apoderó de mí a través de las ropas, tragué agua, escupí, me debatí. Creo que hubiera preferido entonces ahogarme a sufrir aquel pataleo en el enmohecido envés de la ciudad. ¡Cómo!, la humanidad era desgarrada por flagrantes injusticias, millones de niños morían de hambre, doce siglos de historia me

 

 

 

 

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habían precedido y yo arriesgaba mi vida por un gatito. Aquella formidable desproporción me asustó y me vi enseguida como un ridículo sanbernardo, infeliz caballero de una causa absurda. Sólo el miedo, creo, impidió que me hundiera de vergüenza, inmediatamente, en aquel canal que olía a cloaca.

 

Alcancé en dos brazadas el ruidoso mosquito, lo lancé al pontón y subí a mi vez. Una salva de aplausos brotó sobre mi cabeza. Aquella aprobación tranquilizó mi amor propio. Estaba empapado y puse boca abajo al gatito para que devolviera toda el agua; inmediatamente comenzó a vaciarse como un odre. Ya no era un gato sino una pasta, una esponja empapada que palpitaba al ritmo de un corazón enloquecido. Con los músculos tetanizados, luciendo los colmillos y las garras, vibrando con un nerviosismo eléctrico, seguía maullando, debatiéndose como si el daño sufrido superara el simple peligro de haberse ahogado; dada pruebas de un dolor inmenso, irremediable, para el que no había reparación alguna. En cuanto volví a la calle, Béatrice se echó a mi cuello, se quitó el echarpe y envolvió al vociferante bebé; yo habría querido cuidarlo, llevármelo tal vez. Béatrice se opuso, no era posible conservarlo, a bordo del Truva estaban prohibidos los animales. Además, ella era alérgica a los felinos. Bastaba con devolverlo a la colonia de gatos silvestres que habían instalado su domicilio bajo un arco del puente y que lo cuidarían. El rescatado seguía llorando de un modo desgarrador y, durante mucho tiempo, su gimiente sirena nos siguió a través de las calles mientras nos dirigíamos al Florian, donde quería beberme un chocolate ardiente para calentarme. Estaba lleno de un sentimentalismo estúpido y casi lamentaba no haber podido convencer a mi compañera para llevar con nosotros al gatito. En el café, nos encontramos con Raj Tiwari y, pese a su divertida condescendencia, no le ahorré detalle alguno de mis hazañas. Más exaltado tal vez de lo conveniente, peroré:

 

—Hemos desmentido la leyenda de Venecia. Donde otros celebran la muerte, nosotros hemos devuelto la vida. Y, a mi regreso, dedicaré mis recuerdos a esta ciudad como humilde tributo a sus inagotables tesoros.

Al anochecer, mis ropas se habían ya secado y recorríamos el muelle de los Esclavones, donde brillaba la nacarada luz del mar, cuando el sol, repentinamente, se ocultó tras las nubes que se amontonaban por encima del Lido. Las cúpulas, los mármoles, los cimborios, los dorados se apagaron de golpe, mientras el agua adoptaba un color lívido. El cielo se

 

 

 

 

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oscureció, cayó una noche prematura. Súbitos estremecimientos erizaron la húmeda superficie del gran canal, que se estiraba nerviosamente arqueando el lomo. Un viento frío, lacerante, nos heló la sangre. En pocos minutos, la plaza de San Marcos, abandonada por sus ocupantes, fue recorrida por una capa de nieve que se depositaba en las heladas losas; en vez de hundirse en el mar, Venecia, la friolenta, se ahogaba desde arriba en un océano de blancura; Venecia se zambullía en el letargo invernal.

 

Decidimos regresar al barco; contra la opinión de Béatrice, insistí en ver de nuevo, por última vez, al mínimo salvado de las aguas. Caminábamos a paso rápido, correteando entre los copos, lanzándonos bolas de nieve. Las góndolas parecían escarabajos negros deslizándose por la guata para acompañar algunos funerales. La nieve, que empolvaba los techos con una ligera capa de plata, extendía en las plazas y las calles una inmensa y muelle manta que hacía más denso el silencio nocturno, turbado tan sólo por el crujido de los copos que se consumían en el agua. El arco del puente de la Academia desaparecía en las tinieblas. Encendí un mechero. Un grupo de fieras huyó ante la llama, con los belfos encogidos, como si les hubiera expulsado de la mesa; en el lugar donde se hallaban sólo pude ver, primero, un montón de lana destrozada, los restos del echarpe de Béatrice; algo más lejos yacía, panza arriba, una pequeña carroña —que al principio me pareció una bolsa de piel— con los cuartos traseros medio devorados, bañada en un charco de sangre.

 

Cedió bajo mis dedos con blanda elasticidad: la llevé hasta la luz y reconocí al gatito. Su lengua rosada, ligeramente salida, descubría unos dientes parecidos a las púas de un peine. Su rostro estaba torturado por una expresión de inenarrable terror. Lo envolví en el echarpe y arrojé sus despojos al agua.

Béatrice buscó las palabras para consolarme, pero no le agradecía en absoluto su delicadeza. Una perniciosa voz murmuraba a mi oído que la operación había fracasado por su culpa. Sin su estúpida fobia a los gatos, el minino seguiría vivo aún. Por más que se excusara, no encontraba para ella circunstancia atenuante alguna. De regreso a bordo, me dirigí sólo a popa para respirar la nieve con sabor a sal. Me impuse, pese al frío, una atenta vela, recorriendo pasarelas y escaleras, maldiciendo en un mismo impulso a mi amante y Venecia, ciudad de los hermosos sueños y los peores despertares. Permanecí allí largo rato, inmóvil, presa de sueños residuales, dominado por la decepción y el desaliento, contemplando el

 

 

 

 

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puerto sembrado de indistintas embarcaciones, brillos movedizos ahogándose en el pálido encanto de los copos que apagaban los ruidos. Cómo me reprochaba haber pintado un episodio banal con los colores de un acontecimiento, un desafío casi… Estaba sumido en aquella morosa ensoñación cuando una mano me palmeó secamente el hombro: era un marinero. Me buscaba desde hacía media hora para entregarme una nota de Franz, redactada como sigue: «He sabido por Béatrice su desventura de esta tarde. Créame que la comparto de todo corazón y le invito a consolarse en mi camarote escuchando la continuación de mi relato». Me sentía tan abatido que toda proposición me convenía: mi ociosidad y los pocos deseos que sentía de encontrarme con Béatrice me impulsaron a escuchar los camelos del paralítico. Parecía muy bien dispuesto; me recibió con una gran sonrisa y, como la víspera, me ofreció un té.

 

—Créame, Didier —me dijo—, que sólo le invito a mis modestos penates para abrirle mi corazón del modo más sencillo. Y a cambio sólo espero un poco de agradecimiento por haberle distraído y haberle puesto en guardia contra esa hechicera de Rebecca.

Sonreí ante aquella advertencia y, apoyándome en los almohadones del lecho, escuché, con oído distraído primero, la continuación de sus amores:

 

 

 

Perdone, en principio, a un viejo loco clavado en su yacija, y disculpe el antañón sentimentalismo y la trivialidad de su historia. Se lo ruego: no juzgue los desórdenes que produce un excesivo sentimiento. Sepa pues que, tras nueve meses de vida en común, Rebecca y yo nos encontramos, por segunda vez, en un brusco acceso de temperatura que iluminó nuestra relación con una claridad sin igual. En aquel tiempo, pues, mi amante me dejaba suponer que tenía, desde la infancia, fantasías que se referían al agua, al placer de verla manar, de regar, de verterla, y aguardaba al ser lo bastante disponible y afectuoso para permitirle realizar aquellos sueños. Afirmaba querer dar a sus ensoñaciones los más locos contenidos y pretendía que un volcán dormía bajo su apacible apariencia. Yo no había prestado demasiada atención a aquellas observaciones.

 

Debo decir que por aquel entonces estábamos locamente enamorados y no perdíamos ocasión para demostrárnoslo.

 

 

 

 

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Rivalizábamos en audacia, y cada uno de nosotros trazaba de sí mismo un formidable retrato que correspondía, sencillamente, a la altura en la que queríamos colocar nuestros sentimientos. A cualquier hora del día, en cuanto tenía cinco minutos, Rebecca venía a mi casa. Yo acababa de abrir en el edificio, con un grupo de médicos, una consulta en la que trataba enfermedades tropicales. En sus blancas faldas había movimientos de deseo, brotaba de ella una perfumada calidez. Yo pretextaba una urgencia y nos abrazábamos allí, en el suelo o sobre la mesa de consultas, que conservaba todavía la huella del último paciente, como dos dementes con el tiempo contado a los que no les bastaran los segundos para saciarse el uno del otro. El juego preferido de Rebecca era venir increíblemente ataviada, blindada de ropa interior, llevando por coquetería dos o tres enaguas a las que llamaba la modesta, la bribona y la secreta, imbricadas en un complicado sistema de portaligas, con una multitud de obstáculos llenos de encajes; a veces superponía dos trabajadas braguitas, preservando un misterio que ella deseaba absoluto; luego, de pronto, abriendo conductos a través de su lencería íntima, apartando puertas y angosturas, me abría paso hacia sus Lugares Santos, aún permaneciendo vestida, digna y honorable. Verla me parecía un milagro; en aquella mujer se mezclaban los signos: puta, madre, esposa, musa, lolita, niña, jugaba con los papeles de la feminidad y, en mi adoración, la veneraba como un átomo que irradiara humanidad.

 

En el seno de aquella plenitud estalló la fiebre que debía relegar a los limbos la primera pasión. Nuestras desviaciones comenzaron una noche de invierno, en la habitación de un hotel de Londres donde pasábamos el fin de semana. Estábamos mirando la televisión. Perdone lo prosaico, así es la época: estaban pasando uno de esos programas insulsos pero cautivadores que son el maldito encanto de ese invento, sin sospechar por un instante que pronto íbamos a apartarnos de tan apacible contemplación. Parpadeando, atontado por una consistente comida, estaba a punto de adormecerme en el mismo suelo mientras Rebecca, sentada oblicuamente ante el aparato, vestida con una simple camiseta malva, estaba desnuda del ombligo hasta los pies. De pronto, cuando hacía ya unos minutos que estaba retorciéndose, abrió las piernas y lanzó contra la pantalla un

 

 

 

 

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pequeño chorro, como si quisiera apagar su animada verborrea. Aquel abandono me electrizó. Fue un detonador cuya sacudida resonó interminablemente en mí. Desperté de pronto. Me acerqué a ella y, sin decir palabra, me tendí en el suelo. Nos contemplamos con una de aquellas miradas preñadas de tempestad que determinan los actos esenciales. Ella misma, como si el papel le resultara familiar desde hacía tiempo, se agachó sobre mi tórax, se arremangó la camiseta hasta los pechos y, en breves pero violentos chorros, soltó sus aguas sobre mi cuerpo. Me inundó por completo, manteniendo mi cabeza apretada entre sus rodillas, obligándome a beber a largos tragos sus líquidas bondades, hasta la saciedad. Temo no poder transmitir la emoción que me dominó entonces: fue una verdadera conmoción, un trastorno de todos mis nervios, un golpe en mi cerebro. Hasta entonces no había conocido goce más sublime: aquella catarata de oro que caía espesa, implacable, me azotaba la piel, cubría mis narices, abrasaba mis ojos, me envolvía en una cálida capa en la que me bañaba, mancillado, dolorido, lleno de aquel elemento que deja en el paladar el agrio sabor del chalote.

 

Todas las clases de agua participan en nuestra santificación, una vez que se ha invocado a Dios sobre ellas. Pero la orina de Rebecca era preciosa por más de una razón; miel de oro y de azur, luz viva y resplandeciente, componía una espada de fuego que me hurgaba con su ardiente hoja, un astro fluido y fugaz que me clavaba al extremo de su cometa. Era un arroyo irónico, una cascada de ruidosa alegría, un gorjeo pueril, un gluglú de locos licores que vivían, cantaban, respiraban. Creí escuchar, en aquella fuente, la cháchara de un niño, un bribonzuelo que me invitaba a rumorear con él. Abandonándose sobre mí, Rebecca se dotaba de un pene efímero y vigoroso que clamaba su poder antes de morir y renacer. Nacida de su carne, aquella cuerda rubia era su alma palpable, y me encerraba bajo su lluvia como en una caverna uterina. Aquel maná lechoso me redimía de mis faltas, me paría por segunda vez, era mi Ganges, mi íntimo Nilo en el que me despojaba de los achaques de la edad, desafiando la muerte y la decrepitud. Brotando de la admirable cintura femenina, acarreaba la humedad de un mar arcaico, la preciosa mucosidad, el elemento universal de la vida. Si, por fin, añado que su corriente la liberaba de toda impureza, comprenderá los deliciosos

 

 

 

 

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sentimientos que se apoderaron de mí durante aquella mágica aspersión.

 

De este modo, aquella primera vez inauguró una larga serie de milagrosos manantiales. Había cogido los vicios de Rebecca como se coge una enfermedad por contagio de amor, pues el otro, si se le idolatra, os inocula sus más íntimos gustos. Forjaba con todo detalle, en mi piel, aquellas inclinaciones de las que yo no tenía la menor sospecha, liberaba en mí desconocidas pulsiones. Necrófila o fetichista, Rebecca me habría contaminado del mismo modo, tentadora princesa, capaz de despertar unas fuerzas que, sin ella, habrían dormido por toda la eternidad. Estaba ya inflamando mi imaginación con otras locuras que me sugería con medias palabras y cuyas alusiones bastaban para sacarme de mis casillas. También ella, fuertemente conmocionada por aquella experiencia cuya densidad había superado su fantasma, sentía inmensos deseos de ir más allá. Lanzándonos al reino de la pura fantasía, sólo podíamos, lógicamente, caer en lo extremo.

 

Y con razón: teníamos una concepción demasiado santa del amor como para limitarnos a actitudes tan corrientes como el coito, la sodomía o la felación. La perversión no es la forma bestial del erotismo, sino su parte civilizada. Copular es cosa de bestias; sólo la desviación es humana, pues impone una mesura a la barbarie de los órganos y construye un arte complejo recreado, sobre una naturaleza simplista. Hay algo de artista en el perverso, de un artista que comparte su suerte con un sacerdote, en un mismo fervor por el artificio.

Resumiendo, con el tiempo nació el orgullo; todo nos distinguía de las demás parejas, no éramos unos amantes ordinarios. Habíamos ampliado el sentido de la palabra libertinaje. Eso nos volvía, al mismo tiempo, distantes y vanidosos. Yo tenía un sueño de modistilla: vivir una pasión de la que no regresara. Por fin, me decía, voy a conocer un erotismo inspirado, alejado de la estúpida bestialidad a dúo; quería adquirir vicios duraderos, tan espontáneos como el ritmo cardíaco y que exigieran ser satisfechos inmediatamente. Ahora todo se hacía por orden de Rebecca, y admiré en ella aquella actitud para el invento que superaba de largo la mía. En adelante, cada vez que me prestaba a la cópula me parecía estar jugándome la vida.

 

 

 

 

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Rebecca me dejaba esperar mucho y otorgaba menos, regateo que me exasperaba. Si esquivábamos los preliminares, si la penetraba sencillamente, al modo de los cretinos, tenía una sensación de falta de plenitud que para mí se asimilaba a un castigo. Se trataba de un sutil adiestramiento: aprendí a contenerme el mayor tiempo posible y la excitación acabó sirviéndome de satisfacción. Gracias a ello, nuestros abrazos se repetían sin parecerse. Cada ducha dorada era precedida de un severo correctivo: no vaya a creer que caíamos en el masoquismo, pero no es posible despertar una fantasía sin sacudir todas las demás, pues esa maraña pasional tiene las ramas; los tallos, los troncos y el follaje entremezclados. Nuestros juegos utilizaban como aliado una especie de masoquismo que les servía de rampa de lanzamiento. Naturalmente yo había considerado siempre como una felicidad suprema la posibilidad de ser, en cuerpo y alma, el esclavo de una mujer hermosa y altiva, degustando una innegable relación entre la voluptuosidad y la humillación. Deseaba a aquella mujer dura y pretenciosa, acostumbraba a recibir como un tributo todo lo que se le debía. Deseaba en el abrazo, y sólo en el abrazo, redimir las faltas de la especie viril, reparar las injusticias que, desde siempre, hacen sufrir a las mujeres. Inclinaba también la cabeza ante una cultura que mis antepasados habían querido tener a su merced, me prosternaba ante el judaísmo, víctima de genocidio, y ante el colonizado Islam, reuniendo dos sufrimientos en una sola persona, y aquella concentración me era más preciosa que todo lo demás.

 

Afirmándolo, me convierto en blanco de las burlas; sin embargo, el dolor me permitía encontrar un lugar, a mí, que no me sentía de lugar alguno. Hoy, naturalmente, tras todas esas razones, presiento una culpabilidad teatral, un tartufismo de puro orgullo; pero por aquel entonces celebraba nuestras saturnales con auténtico deleite, pidiendo a aquella mujer una brutalidad proporcional al poder efímero que le concedía, que desaparecía en cuanto nos separábamos. En aquel compromiso, mi conciencia podía satisfacerse sin ponerse en peligro. Yo ganaba en todos los tableros: en la cama era el crucificado, en los demás lugares el tirano doméstico, y vivía mi voluptuoso fraude como si fuera una auténtica pasión. Rebecca se deleitaba más todavía, muy feliz tal vez de poder tomarse, en el amor, la revancha de la vida. La severidad de un

 

 

 

 

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inflexible ceremonial regulaba nuestros retozos: primero nos embriagábamos de haschís o de hierba, bebíamos abundantemente y poníamos a todo volumen la música árabe. Rebecca llevaba tacones muy altos pues yo deseaba ver sus pies calzados con tacones de aguja, cuyo nombre habla del pinchazo, de la persecución; ataviada con todas las chucherías de oro y de plata que llevaba en las orejas, las piernas, los brazos, la garganta y hasta el pecho, con los párpados maquillados, las aleteantes pestañas poniendo de relieve su impasible rostro de ídolo, sofisticada, preciosa, severa, cubierta apenas con un pequeño triángulo de oro, me hacía dar vueltas a su alrededor obligándome a arrullar como una paloma o cloquear como una gallina. Le rogaba que me utilizara como un taburete, una estera, me hallaba bajo su yugo; ella me golpeaba, me arañaba, me ataba las manos a la espalda. Yo reptaba por la alfombra, por el helado suelo de la cocina, del cuarto de baño, sacando la lengua como un perro y, de rodillas, me levantaba hasta su entrepierna. La situación insuflaba a sus músculos un magnetismo que me llenaba de estupor: al ver su vientre hinchado, redondeado como un pecho, densa y palpitante coraza dispuesta a romper sus diques, yo era sólo ya una planta que aspiraba al agua del cielo. Entonces me ordenaba lamerla y luego, cuando ya no aguardaba nada, tomaba mis cabellos con ambas manos, echaba atrás mi cabeza y se liberaba sobre mí, dura, salvajemente, obligándome a bebérmela hasta saciarme como si se tratara de una bota. Aquella lluvia era el carburante erótico que nos ayudaba a inflamarnos. Prisionero de aquella membrana líquida que no dejaba resquicio alguno para la vista, el oído o la boca, aislado del mundo por aquella cálida cortina, me sofocaba, me ahogaba, sin saber ya si abrazaba a una mujer o a un Dios, perdiendo la conciencia de mí mismo, olvidando mis límites, jadeando de adoración por la oficiante que celebraba sobre mí aquel rito sagrado. Ese despliegue urinario parecía una fiesta de luz, una reverberación que se convertía en chispeantes burbujas, en cascadas de fósforo. Y cuando estaba inundado por aquel baño ardiente, nos frotábamos el uno contra el otro, y nuestras húmedas pieles resbalaban como las húmedas escamas de dos peces acariciándose en el fondo de los mares, sumiéndonos en el universal océano de su feminidad. Luego, mi graciosísima diosa se plantaba sobre mí y

 

 

 

 

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buscaba el goce como un cielo cargado busca el rayo que lo reviente. Eran interminables convulsiones, una serie de truenos que ella exigía gritando y suplicándome que me moviera. Por mi parte desfallecía de goce, y en el paroxismo de la felicidad soñaba en quedar fulminado por el éxtasis. De ese modo, bebiendo las secreciones de mi heroína, chupando su verga de oro, iba trabando amistad con su lujosa naturaleza, portadora de aguas, cuyo cuerpo me complacía imaginar sembrado de estanques, de bolsas acuíferas, de cuencas de decantación. La fuente de Rebecca gozaba de un microclima subtropical donde los monzones eran interminables. Aquella abundancia de precipitaciones explicaba la proliferación de los altos yerbajos que crecían a su alrededor. La piel, antes de volverse muy suave, necesita la prueba de su contrario: un tapiz rugoso rodea la tierna mucosa, la naturaleza ha creado allí, buscando la poesía, un puro contraste dispuesto para que se extravíen las torpes manos de los cazadores furtivos. El misterio de la micción se confundía, para mí, con el misterio meteorológico de la lluvia y los cursos de agua. Mi imaginación hacía llegar hasta el nivel cósmico aquellos pobres incidentes de mi vida privada, haciéndome partícipe de un ritmo universal que me libraba de la soledad. Así, por pura devoción, me convertí en el climatólogo de los licores íntimos de Rebecca. El alcohol, los alimentos ricos alteraban su sabor y su olor. Cada emisión era para mí motivo de placer y de saber. Le daba té de jazmín, de naranja, de albaricoque, el más perfumado, el más diurético, tejía correspondencias entre el azúcar especial de cada fruto y su disolución en una fuerte corriente, luego iba a degustar, en la fuente, las mezclas, las modificaciones que el cuerpo había hecho sufrir al brebaje. A mi modo, me había convertido en catador de agua, como los hay todavía en Estambul: una crisis hepática daba un especial sabor de acetona, la ansiedad trastornaba el aroma, la fiebre la infectaba, las grandes caminatas aceleraban el chorro. Por fin pude predecir sus enfermedades lamiendo, simplemente, algunas gotas cotidianas. Y además, cuando Rebecca se aliviaba en la naturaleza, yo admiraba la belleza de aquella mujer agachada cuyos labios besaban el suelo hasta el punto de que ya no se sabía si era la tierra o el vientre quién arrojaba al otro su géiser. En fin, las amistosas salpicaduras de Rebecca recreaban en mí tres personajes:

 

 

 

 

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el amante, el niño y el sabio.

 

Pero pronto necesité algo más: me pareció que el amor por los conductos secretos de la mujer debía extenderse también a los productos que emiten. Hay que reunir en una cadena de sucesivas simpatías lo que disociamos. En virtud de ese principio, franqueamos una nueva etapa en nuestra desvergüenza. Hablando en términos médicos: si ya era ondinista, me convertí en escatófilo. Hacía mucho tiempo que Rebecca, deseando reconciliarme con sus deyecciones, me reprochaba adular su vulva y desdeñar su vecino de rellano. Admití aquel abusivo favoritismo y acepté democráticamente su extensión. He aquí cómo me acostumbró mi tierna amiga a comulgar con ella bajo las especies sólidas y líquidas: primero me hizo notar y palpar sus zurullos cuando iba al excusado. Los ponía en un plato y me los hacía oler, me familiarizaba con su presencia. Luego, progresivamente, exigió que la limpiara con mi lengua después de la emisión, juzgando acertadamente que la presencia del orificio acallaría mis vacilaciones. Cuando estimó que mis prevenciones —a las que llamaba prejuicios— habían sido parcialmente superadas, se decidió a una iniciación total. Yo mismo, por miedo a descomponerme, le rogué que terminara de una vez por todas y me liberara, advirtiéndola de que sólo simpatizaría con sus poluciones en un estado de gran euforia sensual. Cuando llegó el día y la hora fijados, Rebecca, que lo había organizado todo, me ató para que no pudiera huir, me embriagó de droga y alcohol, se puso sus más arrebatadores atavíos con los cabellos peinados hacia atrás enmarcando su cara como una copa de satén, y me acarició largo rato para relajarme. Luego, volviéndose de espaldas, se acuclilló sobre mí, con su trasero suspendido encima de mi cabeza, amenazando con aplastarme, cubierto con una prenda de lencería que sólo dejaba al descubierto la raja: le supliqué que me pegara, que me desgarrara para que la excitación mantuviera alejada mi repulsión, le pedí una puesta en escena salvaje, grandiosa, que me salvara del horror, de un deseo pánico de evitarlo. Rebecca me preparaba verbalmente para la comunión, acompañando cada esfuerzo con una palabra, comentando cada movimiento de sus vísceras. «Come», murmuraba, «soy redonda y reluciente, regálate con mis intestinos, degústame lentamente, come el barro que serás

 

 

 

 

 

 

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algún día, come tu futuro cadáver». Yo estaba en trance, como frente a la muerte, en el filo de la navaja, listo para caer en el espanto o el éxtasis, consciente de estar llevando a cabo una experiencia fundamental. Debía tener ojos de alucinado; por aquellos orificios de los que venía a mí todo un mundo de excesos, sentí la proximidad de monstruosos apetitos, un oscuro impulso hacia las materias enterradas bajo el cálido cuero, y creo que, maquinalmente, abrí la boca hecha saliva. Si relentes de aversión llegaban a mi cerebro, los expulsaba pensando en las negras flores que se abrían en las tripas de mi amante, en toda aquella noche cuyos fabulosos ramilletes iba a regalarme. Hubo algo espantoso cuando el ciego ojo de su culo se abrió desmesuradamente y ambas nalgas se separaron en un terrible esfuerzo para vomitar de pronto, como una flecha blanda, un gigantesco zurullo. Por un instante tuve la sensación, ciertamente cómica, de que su trasero me sacaba la lengua, de que un hombrecito se burlaba de mí, luego la cosa me cayó en la barbilla con un ruido apagado y blando. Llevé a mis labios un fragmento de aquel queso de inmundicias que chorreaba por mi cuello. Era cálido, viscoso, infame; yo estaba asqueado pero salvado, había dado el paso, y superando mi miedo me había asido a aquel moco negruzco y hediondo.

 

 

 

Detuve aquí al tullido; ya tenía bastante, no estaba de humor para tolerar sus asquerosas divagaciones. Me indignaba menos el tema que el calor con el que lo envolvía. No tenía derecho a hablar de aquellas cosas repugnantes con el fervor casi religioso de un fiel hacia su Dios. Me levanté con los brazos colgando, intentando salir de aquel lodo, pero las manos de Franz, cangrejos de aceradas pinzas, me habían agarrado ya, y con aquella autoridad que me impresionaba, me dijo:

 

—No se haga el mojigato. Sólo intento comunicarle mi entusiasmo, hacerle partícipe de una iluminación. Flaca excusa, lo sé, pero ¿qué son nuestras torpezas comparadas con las monstruosidades de la historia? Me reprocha usted que ponga al descubierto un refinamiento que sus torpes sentidos no perciben; multiplico los caminos que llevan al amor en vez de utilizar los dos o tres senderos que las costumbres y las conveniencias

 

 

 

 

 

 

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permiten. Oh, ya imagino que sus retozos con Béatrice deben de ser muy higiénicos y convenientes…

 

—¿Con qué derecho nos juzga? Al menos, tenemos el pudor de no exponer en público nuestros abrazos.

—¿Pudor? Diga más bien que los ocultan porque no hay nada que decir, son demasiado conformistas. Piénselo bien, supere las apariencias.

 

 

 

 

 

Nada era menos libertino que mis juegos con Rebecca; nos entregábamos a ellos por desafío: ambos fanfarroneábamos con el miedo de que el otro le tomara en serio y fuera más allá; y cuando el otro había mordido el anzuelo, la apuesta era arrojada de nuevo al tapete con la esperanza de que no fuera superada. Nos medíamos en sensuales justas como otros se provocan con el ejercicio físico o la poesía. ¿Puede su estómago de pedagogo digerir este pensamiento? Por favor, no me interrumpa más; por otra parte, pronto habré terminado.

Para mí, lo más sorprendente de aquella experiencia había sido la metamorfosis del ano. Conoce usted su pudibundez en las mujeres, que contrasta con la frondosidad del sexo. Es un rosa minúscula, secreta, pero que se hincha al menor impulso, convirtiéndose en un pez rojo que bosteza en un bocal. Hay en ese anillo todo el misterio poético de la desproporción, el del cuento oriental del camello que pasa por el ojo de una aguja. Y además, el aspecto obstinado, tozudo, desesperadamente fatalista de la mierda que cuelga y sabe que va a caer, que no puede volar porque no es una paloma sino una tiniebla consistente condenada a la caída. Resumiendo, a partir de aquel día, me convertí en el orinal de Rebecca, en su letrina, su cloaca, su tierra para abonar, sus sentinas, su excusado: a la menor necesidad, vertía en mi boca la abundancia de sus bien alimentadas entrañas. Abofeteado por sus manos, abanicado por sus pedos, regado por sus lluvias, abonado por sus deyecciones, me convertí en el guardián de su entrepierna, el benevolente observador de sus entrañas. Como los excrementos de Mahoma, según el Corán, los de Rebecca estaban perfumados. No había dos que tuvieran el mismo aroma, según lo que había comido la víspera y la duración del

 

 

 

 

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tránsito. Y además, todos dejamos algo de nuestra alma, de nuestros humores, en las deposiciones: a cada exoneración degustaba yo el oscuro trabajo de la maquinaria orgánica, sopesaba, evaluaba los hermosos lingotes de chocolate que ella había puesto. Mirándola comer, pensaba con estremecimiento en todas esas sabrosas delicadezas que iban a convertirse, entre el estómago y el colon, en un tren de nauseabundas y asquerosas basuras. Muy a menudo, si sólo podíamos vernos por la noche, decidía no evacuar, demasiado sentimental como para privarme de ello, guardando sus tesoros en el interior de su hermosa caverna, cerrando su velludo horno que vaciaba golosamente en cuanto llegaba. Era para mí un verdadero goce limpiarle el culo, me relamía con aquella cloaca, mis labios festejaban la espuma de su pozo negro y aquellos ásperos besos eran embriagadores como el vino.

 

Palidece usted de asco. Intente comprenderme: nada se ama si no se ama por completo, y yo realizaba por amor esas divinas porquerías porque el cuerpo de Rebecca tenía para mí la densidad de un joyel; todo lo que de ella procedía estaba marcado con el sello de lo sagrado, amaba aquella entinieblada prosa porque amaba a su autor. Rindiendo culto a sus bajas materias, las transfiguraba; en un decorado de servicio público, me volvía angélico a fuerza de ser bestial. Nuestra admisión en el círculo de los ardientes exigía el padrinazgo de las más altas instancias: adivinaba que Cielo e Infierno asistían jadeantes a los menores sobresaltos de nuestra caída y le garantizaban el fervor de una elevación. Y cuanto más me deleitaba en la superficie, más deseaba rendir homenaje al interior, asir las raíces; besar el hígado, las vísceras, la sangre, la linfa, para que ni un solo temblor de aquel organismo escapara a mi escrupulosa devoción. Aquella práctica tenía el encanto de los estuches de nuestra infancia: se pega el ojo a un orificio minúsculo para ver desplegarse todo un panorama. Pegando mi boca al cráter de Rebecca, me hacía testigo de los misterios de su interior, vivía la vida de sus paredes ventrales, de su tejido muscular, de los latidos de su corazón. Teníamos amores que olían a estiércol, pero convertíamos aquel estiércol en un encanto. Lo más bajo mostraba íntimas relaciones con lo más elevado, lo que hubiera debido disgustarme me parecía suave, el asco me galvanizaba, un sentido superior a todos

 

 

 

 

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los demás trascendía mi repulsión. Sacudía con todas mis fuerzas las cinco barreras entreabiertas y encadenadas que denominamos los cinco sentidos, derribaba las fronteras que aprisionan el sistema nervioso. Había también orgullo en mi deseo. Nada más vertiginoso que triunfar sobre el asco: se obtiene un mayor poder, se adquieren nuevas antenas, se hacen retroceder los límites del propio cuerpo. ¿Qué es la repulsión si no una sucesión de injurias dirigidas a la materia? La victoria sobre la náusea es siempre la bisagra de una ambivalencia. «Mierda», parecemos decirle, «no me intimidarás ya, te domesticaré, extenderé sobre ti mi poder». Es una provocación caníbal: tragamos lo que nos repugna para no tener que temerlo.

 

Rebecca, por su parte, se sentía halagada por mi diligencia en recoger las sucesivas perfecciones de su individualidad. Y además, envolviéndome con su lava intestinal, engualdrapándome con ella de la cabeza a los pies, me convertía en el hijo que acababa de expulsar de su vientre y que lloraba todavía, manchado por la placenta. Me acostumbré a aquella pastosa caricia, a aquel limo que se insinuaba en mí, amados desechos que me liberaban, lanzándome a ella, de la bajeza de mi extracción. Nuestro cuerpo se había balcanizado, había dado vacaciones a los erotismos periféricos como un imperio disgregándose a la muerte de su Napoleón y cuyas provincias se convierten en reinos. Eramos una de aquellas parejas «modernas» que se lanzan al asalto de la antigua perversión médica para sazonar lo cotidiano y caen en la experiencia por gusto a lo desconocido. En aquella época, me repetía ingenuamente adoptando una pose: quien no ha bebido, quien no ha comido de su amada hasta la embriaguez, quien no ha sometido su cuerpo a sus más inconfesables fantasías, no ha sabido nunca lo que es amor. Y me sentía orgulloso de pertenecer a esa casta de elegidos que creen haber conocido el infierno y lo llaman pasión.

 

¿Qué podíamos hacer? No teníamos referencias ni modelos. En ausencia de cualquier arte de amar, el acto amoroso se convierte en Occidente en la suma de todos los modos, lícitos o ilícitos, de abrazarse. Puesto que en el amor nada es sucio, como dicen las almas benditas, el principio de novedad substituía en nosotros el principio de placer. Buenos ciudadanos en apariencia, pareja enamorada pero, en el secreto de la alcoba, rebeldes, liberados, proscritos que

 

 

 

 

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trastornaban las convenciones y desafiaban el orden establecido. Con nuestros amigos practicábamos también la ambigüedad sistemática: sin desvelar nada de nuestras costumbres íntimas, les dejábamos suponer que no carecían de originalidad. Cuando preguntaban detalles, Rebecca y yo nos mirábamos con aire conmiserativo y nos atrincherábamos tras el obligado pudor… Divididos entre el deseo de presumir y el miedo a decepcionar, permanecíamos alusivos. Otros, sin duda, han llevado más lejos esta exploración y no han dudado ante las peores pruebas. Comparados con los perversos profesionales, éramos sólo gnomos farfullantes. Sin embargo, desde lo alto de aquellos fragmentarios goces, despreciábamos a los sencillos amantes empeñados en su mecánica voluptuosidad. No nos sentíamos feos, con esa lasciva fealdad que es la mueca del puritano ante el placer, sino distintos: adelantados a nuestra época, próximos a lo sublime. En mí, algo heroico decía: admitir lo bajo, lo obsceno, lo vulgar es el único medio de evitar la verdadera obscenidad, que es la ignorancia de la basura, la actitud de las almas buenas. Habíamos llegado a una cima en la que los humildes goces del valle nos asqueaban. Al excluirnos del común de los mortales, nuestras anomalías nos engrandecían, confirmaban el carácter excepcional de nuestro afecto.

 

¿Qué cree que hacíamos, por ejemplo, tras haber degustado hasta la locura nuestras indigestas intimidades? Nunca lo adivinaría: nos mimábamos, nos apretábamos el uno contra el otro y palpitábamos suavemente en una cálida quietud, sin peso apenas, estremeciéndonos a veces con un beso, acunándonos en una luminosa dilatación de nuestro ser. Cada miembro era un halo de calor específico, el hombro, las caderas, los brazos tenían su propia temperatura que se comunicaba a la piel. Aquellos abrazos ponían en nuestros retozos pausas de silencio, una tranquilidad de aguas estancadas en la que recuperábamos nuestras fuerzas. Luego, atemperándose la emoción, recuperando la sangre su flujo, nos adormecíamos, dejando que nuestros alientos dialogaran al apaciguado ritmo de nuestra respiración. A la mañana siguiente, recordando la velada, nos reíamos enloquecidos: repetíamos las decepcionantes palabras del goce; decíamos de nuevo, en frío, en un tono de comedia, aquellas frases balbuceadas entre jadeos.

 

 

 

 

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Lingüistas del vicio grotesco, nos burlábamos el uno del otro, yo de sus gritos capaces de despertar a un muerto, ella de mis lamentos de palomo enronquecido. Payasos de voluptuosidad, recordábamos así, con nuestras chanzas, para mejor exorcizarlo, el gran tormento que la víspera nos había hecho rozar el abismo. Pues hay un riesgo que acecha a los aficionados a las rarezas sexuales: cultivar el aspecto maldito, de príncipe de las tinieblas o ángel negro, cuando en lo más profundo de la abyección subsiste un porte meticuloso, ordenado, cierta faceta de chica de servicio o viejo solterón que quita el polvo a los muebles. La perversión necesita orden, y ese orden le impide adoptar la pose del gran desbarajuste. En fin, muy lejos de vernos roídos por aquel libertinaje, nos habíamos instalado en él como otros lo hacen en la cocina. Gorjeábamos en pleno estupro, nos amábamos confortablemente encerrados en el círculo de nuestras fantasías. Queríamos aprender a toda costa las más bajas rúbricas de la corrupción, pero sin engañarnos. Mientras todos los amores tienden al equilibrio, tan irremediablemente como una mezcla de agua caliente y agua fría da agua tibia, habíamos puesto en el nuestro una fuerza antagonista, un principio de complicación que drenaba las esparcidas energías y volvía a verterlas en el circuito pasional. Queríamos proteger nuestra historia de la desgracia de ser inteligible y simple. Nos arrojábamos a la intemperancia con una enérgica franqueza, desafiando nuestros ascos y poniendo en ello una especie de orgullo. Era inútil dramatizar nuestra mala conducta: no cesábamos de darnos, por todos los medios, pruebas de una creciente y recíproca pasión. ¿Nuestro ascenso a los grados más elaborados del goce sensual no traducía acaso el famoso refrán «algo más que ayer, menos que mañana»?

 

Aquellos tiempos de locura y fiebre ardiente duraron casi ocho meses, en los que sólo tuvimos un pensamiento, un objetivo, un único tema de conversación. Aquellas inclinaciones habían cambiado el color de mi vida: no podía dar un paso, hablar con alguien, hacer una receta, leer una revista sin que una asociación de ideas me devolviera a las suntuosas delicias en las que me zambullía con Rebecca. Era imposible regresar, desde aquellos extremos, a las regiones medias de la vida; por lo tanto debía hundirme más aún, proseguir, y yo, que en mi especialidad manejaba durante todo el día

 

 

 

 

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análisis de heces contaminadas o de mancillada orina, sólo tenía una idea en la cabeza: zambullirme por la noche en las adorables deyecciones de mi amante, reanudar como ella decía, nuestras sesiones de boca a bosta. Mi alcoba, cuyo acceso impedía a los amigos, se había convertido en un arsenal digno de un sex-shop, llena de penes artificiales, peras para lavativas, clisteres, disciplinas, prendas de cuero, esposas, calzones desflecados, anillos con púas o protuberancias, verdadera sala de torturas medieval en la que sólo faltaba la desgarrada sombra de Cristo en su cruz. Cuando mi hijo venía para su visita semanal, lo guardábamos todo en un armario cerrado con llave y nos absteníamos. El resto del tiempo, mi amable torturadora dejaba estallar sus instintos de mujer nerviosa con inaudita violencia: la sangre de sus padres, aquella sangre árabe que ardía en sus venas, comenzaba a correr, a palpitar furiosamente en su cuerpo. Poseía una vitalidad brutal de la que yo carecía y que me producía largos estremecimientos que me recorrían de los pies a la cabeza. Buscaba sus besos con una obstinación de animal hambriento, y ella me lanzaba a la piel salpicaduras de fuego; ofreciéndose a mí, inalterable y altiva, colmando todas mis aspiraciones a vivir más arriba que en la calma de los saciados sentidos. Después del amor me gustaba especialmente su rostro fatigado, envuelto en rocío como un hermoso fruto. El cansancio hinchaba y dulcificaba sus rasgos, y en aquellas masas redondas y lisas se leía el placer infantil y profundo de haber ido tan lejos y de haber regresado intacta, feliz, aliviada.

Nuestras malas costumbres nos llevaron a inventar toda clase de pequeños libertinajes indecentes. Por ejemplo, a veces, por la noche, Rebecca orinaba sobre mi pierna, y yo despertaba empapado, lleno de frío, escuchando su risita bajo las sábanas que me reñía por haberme hecho pipí en la cama, como un bebé. Otras veces, en una velada, me llevaba al excusado, metía mi cabeza entre sus piernas, se aliviaba y, sin darme tiempo a secarme, me llevaba de nuevo a plena luz, con los cabellos pegados, el rostro húmedo, olisqueándome con asco delante de todos. Cuando estábamos solos en el campo y sentía súbitos deseos, derramaba sobre mi cabeza un pequeño diluvio primaveral, y yo contemplaba hechizado las gotas límpidas y cristalinas que temblaban como perlas en las adorables pestañas de

 

 

 

 

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su sexo. En cierta ocasión, cuando nos dirigíamos a Venecia en un tren nocturno del Simplon-Express, en la estación de Domodossola me obligó a meterme debajo del vagón y beber, por el tubo de evacuación de los lavabos, el chorro que ella emitía más arriba. Pese a las tinieblas y los desiertos andenes, temí ser sorprendido por un ferroviario o aplastado por una maniobra del convoy, y nunca el miedo estuvo en mí tan estrechamente unido al goce. Otras veces mezclábamos alimentos y licores en los orificios de mi amante, y su sexo se convertía en la mesa donde me deleitaba. Confirmando la naturaleza caníbal de mi deseo por Rebecca, las recetas de amor y las recetas de cocina tendían a confundirse. Nosotros mismos elaborábamos nuestros propios menús, y no había pastel, ni bebida, ni plato ni gratinado en los que no se mezclara una parcela del espléndido cuerpo de mi querida amante. Tal vez le sorprenda que ni una sola vez invirtiéramos los papeles; para mí, la frialdad y la violencia de Rebecca eran su virtud cardinal. Si aquel objeto de adoración me hubiera correspondido, habría perdido su prestigio para convertirse en una carga.

 

Hubiéramos tenido que detenernos ahí: los amantes deberían separarse en lo más fuerte de su pasión, abandonarse por exceso de armonía como otros se suicidan por exceso de felicidad. Nos creíamos en el amanecer del mundo, pero era preciso estar muy sordo para no oír el ruido de resaca que anunciaba la caída de la noche. Gracias a la variedad de los fantasmas a los que me acostumbraba, Rebecca había azuzado en mí el único gusto que estuvo latente desde la infancia, el gusto de lo nuevo por lo nuevo. Esperaba siempre algo más de ella, exigiendo que me asombrara, me sorprendiera con piruetas e inventos deslumbradores. Entonces, utilizando cierta defensa para avivar mi deseo, ella me respondía: «Ya verás, no tengas prisa, tengo en la cabeza ideas suficientes para ocuparte durante un siglo». Me volvía loco con aquellas promesas que me ponían la carne de gallina, enfebreciendo mi imaginación. Sin embargo, cierto día, con una desagradable intuición, comprendí que lo había visto ya todo. Rebecca había agotado su tesoro, su extenuada imaginación había dejado de dar a luz utopías sensuales.

 

El encanto se había roto; habíamos agotado nuestros recursos, terminado la exégesis de nuestros inconfesables apetitos. Nuestra

 

 

 

 

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vida amorosa, tras haber sido una sucesión de maravillas, se convirtió en una sucesión de inquietudes, y comenzó a serpentear entre la angustia y la fatiga, en busca del riesgo necesario para la excitación. Mis confidencias no debieran provocarle la indignación, sino la sonrisa. ¿Hay algo más cómico que una joven pareja buscando lo superlativo del vicio y advirtiendo su fracaso? Sobrevivimos a nuestros goces como sobrevivimos a las estaciones: ese mero hecho debiera impedirnos tomar en serio el exceso físico. No corremos riesgo alguno, es culpa del tibio encanallamiento de nuestro tiempo que lo ha desdramatizado todo, privándonos por ello de los medios de sentir durante mucho tiempo. Extraña época: lo difícil no es conjurar la obscenidad sino hacerla surgir. La tolerancia ha desarmado las situaciones más crudas, el sexo es un pobre sacrilegio que ni siquiera tiene ya las virtudes de lo sagrado. Lo que amenaza al moderno libertino no es la decadencia sino el tedio.

 

De hecho, yo estaba demasiado sano para tales extremos: creía haber pasado al otro lado, pero no me había movido. Había buscado en exceso lo pintoresco, lo inesperado como para vincularme realmente a los episodios que habían jalonado nuestra experiencia. Había conocido un verano de anarquismo sexual, acumulado un capital de excéntricas emociones que, por un momento, habían acariciado mi sensibilidad pero no habían calado lo bastante como para inscribirse en los archivos de mi piel. No había conseguido transformarme, seguía siendo el pequeño burgués que, tras el viático de una desviación, regresa a sus voluptuosidades convencionales. Y le reprochaba más todavía a Rebecca haberme permitido esperar una metamorfosis y no haberlo logrado. Habíamos vivido demasiado arriba para nuestros magros temperamentos, y nos sentíamos confusos como los pobres a quienes, una noche, se invita a un festín para devolverles enseguida a sus cuchitriles. Además, nada es más desalentador para un individuo que descubrir la trivialidad de sus propios fantasmas; cuando supimos que en Londres, Nueva York y Berlín existían clubes donde se practicaba a gran escala lo que nosotros hacíamos en pareja, me fatigaron repentinamente nuestras costumbres: una avenida tan concurrida no era ya digna de que yo pusiera en ella los pies. Aquella vida de cerradas orillas, de orinal cerrado debiera decir, que nos obligaba a separarnos del mundo,

 

 

 

 

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aquella vida casera, vivida en zapatillas por perversa, no tenía ya sentido. Si al menos hubiéramos admitido a alguien más en nuestros retozos, aquello nos hubiera distraído de nuestro cara a cara, pero Rebecca no estaba dispuesta a introducir a un tercero, o una pareja, entre ambos. Sumidos en la depravación, llevábamos una existencia de rentistas, huyendo con las cortinas cerradas de las aventuras y los azares. Pero aquel mundo despedido recuperaba sus derechos: y cuanto más nos encerrábamos, más podíamos oírle llamando a la puerta, susurrando en las ventanas, soplando entre las cortinas, incitándonos a salir, a perdernos en él antes de que fuera demasiado tarde.

 

Saturado de voluptuosidad, de opulencia, yo acababa de destruir el sortilegio. Tenía hambre de ruido, de animación, de muchedumbre, de estruendo. Un clima de sorda irritación se estableció muy pronto entre Rebecca y yo: me estaba enfriando, mi carácter voluble, ahogado unos instantes por la aturdidora personalidad de mi amiga, salía de nuevo a la luz. Rebecca había sido para mí lo que yo había sido para ella: una especie de brutal choque, un soplo ardiente que lo había barrido todo. Aquella salvaje energía, vacante ahora, se volvió contra nosotros. Las tormentas, los poderosos fluidos que habíamos reunido, no tardarían en estallar en verdaderas tempestades. Tras haber colocado a mi amante en un pedestal, la derribé violentamente buscando un nuevo ídolo al que adorar. Los momentos de gran lujuria, al despertar fuerzas habitualmente adormecidas, pueden convertirse inmediatamente en crueldad. Y siempre hay cólera cuando se sale de la embriaguez. Reprochaba a mi compañera que no me inspirara ya bastante pasión, y comencé a desear que tuviera el pudor de desaparecer. Amándola menos, casi la detestaba, y como la perversión había sido el medio que nuestro odio había adoptado, cuando la perversión desapareció se transformó en maldad.

 

Descubrí los fallos de Rebecca: advertí, por ejemplo, que algunas bromas, que otras mujeres soportaban fácilmente o acallaban encogiéndose de hombros, la afectaban como graves injurias cuyo recuerdo la torturaba. Aquella altiva moza que me había sometido a todos sus caprichos carecía de la más elemental confianza en sí misma. Lo aproveché desvergonzadamente, y no dejé de burlarme de

 

 

 

 

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todo lo que antes habíamos considerado sagrado. Rebecca se indignaba, se deshacía en lágrimas: nuestras bacanales se volvían batallas. A fin de cuentas, sólo vale la pena herir a los seres queridos, pues maltratar a los desconocidos no produce placer alguno. Y, además, todo lo que denominamos civilización descansa sobre la profundización de la crueldad. La ferocidad prospera hoy en las palabras, se espiritualiza debido al descrédito que ha caído sobre la violencia física. Nuestra generación, que se enorgullece de haber terminado con el salvajismo, le obliga a regresar enmascarado. No se mide ya la fuerza con los puños o los músculos, se la aguza con el ingenio o la lengua. Nuestra sociedad gana así refinamiento, pero no ha establecido todavía castigos para reparar los inmensos estragos provocados por la burla y la calumnia. Añada a ello que, para intimidar al otro, sirve todo, incluidas las múltiples ideologías de la liberación que han florecido desde hace un siglo en nuestros climas: poder ofender a los individuos en nombre de la libertad es incluso uno de los especiales encantos de nuestra época. Inútil decirle que Rebecca, al contrario que yo, no estaba acostumbrada a esas justas oratorias: si hay niños educados con el texto bíblico o la recitación del Talmud, otros nutridos con la leche de la aventura y otros que crecen en el seno de la naturaleza o de un feroz océano, mi música infantil de pequeño parisino habían sido los gritos y las escenas de mis padres, entre ellos y contra mí —era hijo único—, y las humillaciones de mi padre que me habían metido en la cabeza, como un clavo, la persistente idea de mi inferioridad. Semejante educación da como resultado unos retoños solapados, vengativos, llenos de resentimiento contra toda la humanidad. Aquí me tiene, para servirle. Esta anécdota le explicará cómo reaparecieran en mí las malas tendencias, una especial predilección por el golpe bajo que la frescura de los inicios amorosos había sabido contener.

 

Concluía un ciclo y, confusamente, sentía que otro debía reemplazarlo. Había hecho que mi amante me resultara temible para poder encontrarla, luego, insignificante. Admirar es ya odiar, destituir de antemano a aquél o aquélla a quien erigimos una estatua: tras ocho meses de furia erótica, nos resultábamos extraños el uno al otro, creyendo conocernos y sin tener ya nada que decirnos. Rebecca se resistió, primero violentamente, con toda la

 

 

 

 

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fuerza de una mujer que ha perdido sus privilegios pero pretende conservar, al menos, su dignidad, a nuestra nueva situación. Tuvimos peleas. La situación iba agriándose, intentamos dar marcha atrás y realizamos un viaje de varios meses por Asia, adonde logré que me enviara la Organización Mundial de la Salud. La variedad de las culturas y las personas, la belleza de los parajes actuaron como panacea de nuestras desavenencias conyugales. Pero al regresar, todo comenzó de nuevo. Nuestros sentimientos se habían quebrado bajo su propio peso y yo sólo pensaba ya en distanciarme. Nuestros abrazos, ya lo he dicho, se habían hecho escasos; acabados los estragos de nuestra mala conducta, no sentía deseo alguno de reanudar la cópula clásica, como la gente de bien, sobre todo con una mujer a la que conocía hasta la náusea. ¿Qué indecencia puede rivalizar con la frescura de un nuevo cuerpo? Rebecca debió de comprenderlo, pues un día me dijo: «Nunca hubiéramos debido hacer todo aquello, has cambiado». Me encogí de hombros porque me parecía ridículo aquel regreso al pudor, vestigio de una educación rigorista, pero no me atrevía todavía a decirle las auténticas razones de mi frialdad. A veces, ante mi desenvoltura, sufría accesos de cólera, deseos de estrangularme, de derribarme, de hacerme confesar apretando mi garganta todos los secretos de mi corazón.

 

Recuerdo un episodio especialmente impactante: se trató de nuestra segunda gran pelea; la primera, ya se lo he dicho, tuvo lugar durante una cena. Por comodidad, distinguiré las escaramuzas cotidianas de las grandes óperas del odio, más escasas, más largas, más dolorosas. Por aquel entonces, era primavera, y yo había estado de viaje una semana, invitado a tomar la palabra en un congreso de parasitología en Viena. Rebecca, que se había instalado en mi casa, aprovechó aquel lapso para arreglar coquetamente mi apartamento parisino. Se había dedicado a pintar paredes y puertas, a poner cortinas claras en las ventanas, a llenar de flores todos los jarros, a hacer más de veinte almohadones de satén que formaban un tierno montón de acogedoras redondeces en el centro del salón. Me había comprado un nuevo aparato de televisión en color, dos hermosas lámparas 1900, de formas largas y flexibles, y había transformado aquel antro de soltero en nido de jóvenes y frescos amores. Me sentía encantado por aquella metamorfosis, conmovido por el gesto, sobre

 

 

 

 

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todo cuando Rebecca me comunicó que había gastado en aquella renovación las tres cuartas partes de su salario, además de todos sus ahorros.

 

Naturalmente, cuando tuvimos la primera discusión, es decir dos días después de mi regreso, no dejé de criticar duramente su iniciativa, burlándome de su mal gusto, un mal gusto de peluquera, señalando las discordancias entre pinturas y muebles, acusándola finalmente de haber saqueado mi apartamento, de haberlo convertido en un lujo de nata batida, en una madriguera de mantenida. Lo recuerdo, estábamos en un café, Rebecca lloraba, era la primera vez que la atacaba por su profesión. Añadiendo la grosería a la maldad, me levanté afirmando que sus lágrimas me hastiaban. Ella me alcanzó en la calle; tenía el rostro crispado, y de pronto tuve miedo de la violencia que se dibujaba en su cara. Sin formularlo, presentí una catástrofe.

 

—¿De modo que no te gusta la decoración del apartamento? Tenía una voz sibilante, como si la indignación la sofocara. —No he dicho eso.

—Claro que sí, es horrible, no intentes tranquilizarme.

 

—¿Por qué me sigues?

 

—Voy a reparar mi equivocación, ya verás.

 

Abrí la puerta vagamente inquieto: antes de haber podido esbozar un gesto, Rebecca se había lanzado al interior, había tomado el aparato de televisión y lo había tirado por el hueco de la escalera. Corrí, pero el aparato se estrellaba ya en los peldaños, vomitando sus tripas de hilos y turbinas, en un enorme estruendo que despertó todo el edificio.

—Estás completamente loca.

 

—No, querido, te devuelvo el apartamento como estaba.

 

Con paso decidido, tomó un cuchillo de cocina y, metódicamente, reventó uno a uno los almohadones que había confeccionado, sumiendo la estancia en un diluvio de pelusilla blanca. Paralizado por el poder de aquel huracán, permanecí inmóvil, habitado tal vez por la oscura sensación de haber merecido, aquel correctivo. Le ahorraré los detalles de aquel lamentable asunto; baste decir que aquel rincón agradable y cálido fue saqueado durante media hora, parte de mis libros destrozados, los accesorios

 

 

 

 

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eróticos arrojados por la ventana, el papel pintado desgarrado, las dos lámparas quebradas en mi hombro. Rebecca había causado por sí sola tantos destrozos como una redada policial, y cuando se marchó mi apartamento asolado era sólo un campo de ruinas. Me sentí aniquilado, y creo que lloré tanto por mi arruinado apartamento como por nuestros amores comprometidos. Los vecinos lo habían oído todo, y teniendo en cuenta que habían soportado ya mal los gritos de amor de Rebecca por la noche, mi reputación en el edificio quedaba arruinada.

 

Dos horas más tarde, en una de esas incongruencias que tan familiares le eran, me llamó mi amante sollozando para pedir perdón. Me suplicaba que la dejara reparar los destrozos, se ofrecía a limpiarlo todo aunque tuviera que pasar toda la noche haciéndolo.

—Echame si quieres, pero primero deja que lo arregle todo. Acepté. Trabajó con la pala y la escoba. Yo, encaramado en un

taburete, le daba órdenes, disfrutaba con aquella rendición, la abrumaba con sarcasmos y reproches, criticando el trabajo mal hecho, sometiéndola a la arbitrariedad de mis menores caprichos. Aquella idiota que había creído intimidarme se arrastraba ahora ante mí. Varias horas más tarde, cuando lo hubo limpiado todo, abrí la puerta y le deseé buenas noches.

—¿Quieres que me marche?

 

—Lo prefiero.

 

—No tengo ganas de marcharme. —Mejor será que lo hagas. ¡Vamos, vete!

—Franz, te amo, perdóname, he hecho mal. Sólo te amo a ti, haré cualquier cosa por ti.

—Sólo deseo una cosa: que te largues.

 

Las lágrimas la asfixiaban ya. Un minuto después, escaparon de su pecho en una explosión de sollozos y gemidos, convulsos y furiosos. Cayó de rodillas ante mí, besándome las manos y los zapatos.

—Te amo —repetía—; te lo suplico, deja que me quede, por piedad.

Estrechaba frenéticamente mis rodillas con sus brazos mientras yo la arrojaba hacia la puerta a patadas, fingiendo una inquebrantable decisión. Quería ver hasta dónde podía llegar una mujer enamorada en posición de inferioridad; obtenía de sus

 

 

 

 

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plegarias y sus súplicas inmensas sumas de vanidad y me hinchaba como un pachá. Lloró todavía mucho tiempo, en el suelo, con el rostro hundido en la moqueta y las manos temblorosas, descargando un interminable dolor.

 

Aguardé a que la crisis se atenuara y puse condiciones draconianas para su regreso: exigía que nos viéramos menos, que me dejara libre para hacer lo que quisiera, que no siguiera registrando mis cosas y mi correspondencia. Aceptó con aire abrumado.

 

—Soy capaz de soportarlo todo mientras estés un poco conmigo. Creo que incluso podrías amar a otra si lo hicieras junto a mí y me mantuvieras al corriente. Te perseguiría hasta el fin del mundo si me rechazaras o me echaras. Viniendo de ti, ningún sufrimiento podría compararse al sufrimiento que me causaría perderte.

 

Escuché aquellas palabras encantado, estúpidamente halagado, pues nunca había sospechado que aquella mujer me amara con semejante fuerza de convicción. Le dije:

—¿Todo eso harías por mí? Te equivocas; ya ves, el drama es que me amas mucho, demasiado. Porque estás desocupada, no tienes un trabajo donde realizarte. Exijo que me ames menos: tu pasión me molesta. ¿No sabes acaso que el amor loco es un mito opresor creado por los hombres para esclavizar a las mujeres?

Me sentía exultante: me fingía feminista, aplastaba a Rebecca en nombre de su dignidad, descubría en mí cierto ingenio de crápula ilustrado. Tuve miedo por un instante, ante la idea de que aquella felicidad, aquella sonrisa estaban a mi merced. Luego deseché mis escrúpulos y otra idea fue naciendo en mí: podía hacer lo que quisiera con aquel ser que había puesto su destino en mis manos. Aquella revelación fue terrible. No la olvidé ya y decidió el curso ulterior de nuestra relación. Rebecca no se atrevió a objetar nada. Por la noche, clavó en la parte exterior de la puerta un cartel para los ocupantes del edificio: «No se preocupen, era sólo una disputa». Me hizo prometer que no volvería a humillarla y me juró que nunca volvería a perder de aquel modo los estribos. Naturalmente, yo sabía que era incapaz de controlar mi lengua, de víbora y sospechaba que su furor, reverso de su amor intransigente, volvería a encenderse a la primera alarma. Aquel estado de crisis me gustaba; adoro hacer que la gente se salga de madre, exasperarla, torturar sus nervios hasta

 

 

 

 

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abrasarme. Encuentro en ello el mismo vértigo experimental que en los juegos del erotismo. La escena es una prolongación, por otros medios, de la voluptuosidad. Y además, en la familia, las mujeres siempre habían bordeado la locura. Mi padre, mi abuelo y su propio padre habían tenido el don de llevar a sus esposas hasta el borde de la alienación. Tenía ahora una nueva víctima para inmolar a la tradición, y aquel largo linaje de déspotas domésticos me alentaba a tomar el relevo. Y quien nada aprende de su pasado, del pasado de sus ancestros, se condena a vivir de nuevo sus desgracias.

 

 

 

Un soplo de aire barrió de pronto nuestros rostros enrojecidos por la infame confidencia: sin llamar, Rebecca había abierto brutalmente la puerta.

 

—Buenas noches.

 

Al oír aquella voz, el recluso había detenido en seco su demente verborrea. Anchas placas ardientes habían brotado en su rostro, como piezas de bermellón pegadas a su piel.

—Pero si es el «señor Enojado» —dijo inclinándose ante mí—. ¿Sigue tan irritado?

—Claro que no —corrigió Franz con una sonrisa maligna—, ya no es el «señor Enojado», es don Quijote de los gatos, salvador de mininos, defensor de la viuda y el morrongo.

—¿Qué ha hecho ahora? —exclamó Rebecca, al borde de la carcajada. Aquel «¿qué ha hecho ahora?» me destrozó. Me sentí herido. En mi fuero interno, claro, pues exteriormente seguí luciendo una amplia sonrisa que me crispaba la boca. Ardía en deseos de terminar con aquellos desaires, pero sólo pude balbucear algunas palabras inaudibles. Estaba sentado en el lugar donde se cruzaba el aliento de ambos esposos, y aquel aliento era una corriente de aire fétido. Necesitaba aire, aspiraba al mar abierto para librarme del lodo en el que nos escabechábamos desde hacía tanto tiempo. Huí, confundido, y cuando di un portazo a mis espaldas, creí oír sus risas burlonas. Debían de estar poniéndose las botas, burlándose de mi decepción. Me sentía salpicado, sucio. Había sido necesaria la irrisoria pantomima de Franz, la cobarde compasión que inspira un tullido para hacerme soportar aquellas vulgaridades. Corrí a mi camarote como el zorro acosado que se hunde en su madriguera. Béatrice estaba ya

 

 

 

 

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durmiendo, y su respiración regular, su perfume dulzón monopolizaban la cama con una insistencia casi nauseabunda. «Oh, perdón», le dije en voz baja, avergonzado por mi pensamiento, «estoy tan trastornado». Quería reflexionar, dar libre curso a mi despecho, pero me dominó una oleada de cansancio. Me sentía derrengado, el entumecimiento de todos mis miembros me forzaba a dormir, me sumía en el sueño. Soñé: Rebecca estaba en la batayola del navío con el gatito de Venecia en los brazos, y me repetía acariciándolo: «Mereces algo más que Béatrice, vales mucho más que la vida que te aguarda». Luego arrojó el gato al mar y comenzó a proferir obscenidades con un atroz acento alemán. Tuve que despertar empapado de aquella pesadilla, en plena noche, para descubrir por fin qué era el camarote de Franz: un taller de desarreglo sentimental.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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TERCER DIA

 

 

 

 

 

 

La cita de los in eles

 

 

Donde los amantes se unen, caen hechos ceniza

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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A la mañana siguiente, cuando abrí los ojos, Béatrice había salido ya. Una lluvia violenta azotaba el ojo de buey y enturbiaba la vista como una prisión de mil barrotes líquidos. El recuerdo de la noche pasada me devolvió la cólera. Mis sentimientos hacia Franz, que se habían limitado hasta entonces a una amalgama de curiosidad y asco, culminaron aquella mañana en el rencor. Su repugnante confesión, la sardónica risa de su mujer, se me habían hecho intolerables. Había dejado de desear su amistad, no quería verlos ni oírlos más. Si era necesario, me encerraría en el camarote para escapar a sus burlas. Tenía que comunicar a Béatrice mi decisión.

 

La encontré sentada en el desierto comedor, ante Marcello. Sorprendido y contento de aquel cara a cara con un individuo al que criticaba la víspera, decidí, por cortesía, esperar un poco antes de revelarle mi proyecto. Tras haberle dicho al oído que no le reprochaba ya el incidente del gato, me metí en una pertinente conversación sobre Oriente, en la que el italiano se mezclaba con el francés. Si existía alguien con quien me sintiera feliz de comunicar pensamientos que superaran la gama de las comunes trivialidades, ése era Marcello. Pese a lo poco que nos habíamos dicho, me impresionaba, pues había realizado hasta el fin una experiencia en la que yo era sólo un novicio. Frente a él me sentía lleno de preguntas y curiosidad. Además, tenía un modo de propagar el entusiasmo que me inflamaba. Recuerdo que estaba hablando de la ruta de la India cuando Béatrice dijo que tenía frío. Amablemente, le propuse ir a buscarle un jersey al camarote. Al regresar, me detuve un instante en el vestíbulo frente a una mapa marino del Mediterráneo; de pronto, me hizo sobresaltar una resonante tosecita a mi lado. Era Rebecca, muy pálida, con los cabellos despeinados.

 

—Didier, se… se lo ruego, no piense con bajeza en mí.

 

Había hablado en un tono implorante y me había tomado del brazo, con un aire extraviado en el rostro. Primero pensé en una nueva farsa y me dispuse a plantarla allí.

 

 

 

 

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—Ayer no quería burlarme de usted. Me reí porque estaba nerviosa. No tome en cuenta los horrores que Franz dice de mí. Está enfermo y eso le impulsa a fabular; querría que todos sufriéramos su ascendente.

 

Intentó sonreír, pero un temblor convirtió en contenido sollozo aquella sonrisa. Me sentía molesto, no conseguía coordinar las distintas imágenes que aquella muchacha forjaba para mí, pues no concordaban unas con otras.

—Tengo que verle, me importa su estima.

 

—¿Le importa mi estima? —dije, fingiendo una frialdad que no pudiera engañarla—; ¿la estima de un individuo tan vulgar como yo, de un «señor Enojado»?

—Sí, me importa. Y déjelo de una vez, se lo ruego. No volveré a decirlo.

Yo intentaba azuzarla para minimizar el estruendo de mi corazón, pues me sentía desamparado. Me pasmaba que aquella mujer, dominadora ayer, se mostrara hoy tan suplicante. No conseguía desentrañar sus intenciones, diciéndome que tal vez no tuviera ninguna. Me reprochaba ya haber pecado por exceso de desconfianza, haber sido ingenuo a fuerza de suspicacia. La culpa era de Franz, de sus extravagantes fábulas. Y ahora sospechaba que había exagerado, si no era francamente mitómano. La contricción de Rebecca lo cambiaba todo: ya sólo era una frágil muchacha que intentaba salvaguardar su reputación mancillada por un marido grosero. Bajando la voz, me dijo con acariciadora ligereza.

—Didier, quisiera hablarle a solas.

 

—… Pero estamos solos.

 

—Aquí no, en mi camarote.

 

La sangre afluyó a mi rostro y hubiera querido ocultarlo con las manos; ejecuté una difícil negociación entre mi malestar y la necesidad de ocultarlo. Rebecca había levantado la cara y me miraba con ardiente fijeza.

Sus labios entreabiertos permitían percibir unos dientes muy blancos; el lechoso fulgor de aquellas perlas me produjo un calambre que no pude disimular.

—¿Por qué en su camarote?

 

—Estaremos más tranquilos; se lo explicaré todo.

 

—Ahora no, no puedo.

 

—Sí, ya lo sé; venga esta tarde a las cinco, al número 758.

 

 

 

 

 

 

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La brutalidad de la proposición me dejó atónito y tuve que sujetarme a la barandilla para no titubear. Aquella cita me había dado la vuelta como a un guante; instantáneamente, olvidé la cólera que me dominaba hacía apenas una hora. Creo que habría permanecido mucho tiempo de pie, en el vestíbulo, meditando aquella invitación, si Rebecca no me hubiera devuelto a la realidad.

 

—Rápido, Didier; Béatrice le está esperando. Supongo que el jersey es para ella, puesto que usted lleva ya uno. Hasta luego.

Volví al comedor como si estuviera iluminado. En mi entusiasmo, besé a Béatrice ante Marcello y les ofrecí a ambos otro café. En vez de agradecérmelo, Marcello dijo sólo una frase:

—El que da, decía Vivekananda, debe arrodillarse y agradecer al que recibe haberle ofrecido la posibilidad de dar.

Aquel italiano tenía una cita para cualquier circunstancia, ridícula manía que entonces me pareció el colmo de la sabiduría. Seguía hablando de la India, pero sólo la cita de Rebecca resonaba en mi cabeza con su insistente musiquita. Y pensar que había bastado un momento para que mis reservas se transformaran en consentimiento. ¿Cómo había adquirido, en sólo dos días, tanta importancia aquella mujer? ¿Quién me había obsequiado con un nuevo sentimiento, una nueva percepción con respecto a ella? Extraño azar: semejantes a aquellos vecinos de rellano que se hablan por primera vez a diez mil kilómetros de su casa, me había sido preciso ir a Asia para dar con lo que nunca había conocido en Francia: ¡un vodevil! Naturalmente, no iría al camarote de Rebecca; no, en vez de hacerlo, me encerraría en el camarote para leer la Revolución espiritual de Krishnamurti. Y me reprochaba ya como una perfidia aquel inesperado encaprichamiento, intentaba distraerme repasando los encantos de Béatrice, las bellezas que me aguardaban en Oriente. Iba a estropear una vida que prometía la más profunda felicidad por… ¿Por qué, a fin de cuentas?

 

Como si leyera mis pensamientos, Béatrice me llamó la atención frunciendo el entrecejo. Aquella muda reprimenda tuvo la virtud de horrorizarme: de pronto, tuve la desagradable intuición de que todo había cambiado de un modo sutil e inaprensible, de que entrábamos en una nueva constelación que iba a modificar nuestras relaciones. Y en vez de escuchar a Marcello, la miré con fijeza: jamás me había parecido tan poco agraciada. No se había maquillado, lo que dejaba a la vista las

 

 

 

 

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imperfecciones de una piel marcada por sus treinta años; la joya que pendía entre sus pechos subrayaba, como principal efecto, su patética delgadez. Ella no se preocupaba por gustarme y se mostraba natural: con sus cabellos rubios en desorden y su vestido-saco que le caía hasta los pies, me parecía desprovista de aquella feminidad inquieta, profusa, que constituía el atractivo de Rebecca. Béatrice, mujer-niña de inconclusa anatomía, reclamaba afectos serenos, caricias sin sorpresas, mientras Rebecca me obsesionaba con no sé qué tentación de amor excitante y brutal. Encontré a Béatrice demasiado simple junto a la felina flexibilidad, la rara belleza de aquella desconocida. Por qué no confesarlo: Béatrice era una mujer de las que se clasifican, de entrada, entre las personas prudentes. Ni siquiera la fantasía de aquel viaje podría prevalecer ante la impresión de seriedad y raciocinio que producía. ¡Dios, qué razonable era!

 

A mediodía, no deseando comer con Franz, le hice una jugarreta de la que todavía me felicito. Llegué antes, con Béatrice, y elegí una mesa en la que sólo quedaban dos plazas. Además de Raj Tiwari, siempre puntual a la hora de las comidas, estaban presentes dos estudiantes kurdos y un estudiante iraní. Se hablaba, en un inglés balbuceante, de la próxima escala en Atenas, de la tempestad que se esperaba durante la noche, de la fiesta de Año Nuevo, que se celebraría al día siguiente. La discusión no se veía afectada por las distintas nacionalidades y, por una vez, no se habló de política, tema especialmente espinoso tras el asunto iraní. Satisfecho de poder pensar, protegido por aquel rumor de conversaciones en a tarde que me aguardaba, me abandoné con alivio al fantasma provisional y relajante de la conversación. Cuando llegó Franz, empujado por un marinero —yo había reconocido a lo lejos el horrible chirrido de las ruedas, parecido al cascabel de un leproso—, estaba terminando el postre. Merodeó alrededor de nuestra mesa como una mosca ante la carroña, buscando desesperadamente un lugar libre donde meterse, soldado a su silla en una gesticulante copulación.

 

—Tenga —le dije levantándome—; le cedo mi lugar. —¿Se va ya? ¡Me moría de ganas de hablar con usted!

—Demasiado tarde, Franz; ¿me permite que le llame por su nombre? He terminado de comer. Tendrá que encontrar otra víctima.

—¿Qué significa eso? Creí que éramos camaradas.

 

—¡Camaradas! Realmente la palabra me parece muy floja: diga más bien que no ha habido mejores amigos desde Cástor y Pólux.

 

 

 

 

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—¿Por qué esos sarcasmos? —interrumpió Béatrice.

 

Franz había recuperado su maligna sonrisa.

 

—Didier está un poco nervioso porque sabe que estoy entre ustedes, incluso cuando no estoy aquí.

Me encogí de hombros. Pero una reflexión de Tiwari —pedía a Franz noticias de Rebecca— cortó en seco mi buen humor: recordé que nadie había mirado ni piropeado siquiera a Béatrice durante toda la comida. Y mientras me alejaba hacia la puerta, me pareció que todos le daban mala nota y me miraban con malevolente compasión. Naturalmente, debíamos de tener el aspecto algo ingenuo de esas parejas en tejanos que se disfrazan de explorador para fingir que han vivido mucho en los trópicos.

—Mantienes con Franz unas curiosas relaciones —me dijo Béatrice. —Este tipo me exaspera… Me he sentado adrede a una mesa llena

 

para evitar sus muecas y sus sobreentendidos.

 

—Te molestas enseguida. Por cierto, no me has contado lo de ayer noche.

—Fue innoble.

 

Y le resumí en dos palabras la confesión del tullido, cuidando de incluir a su mujer en mis reproches. Pero, para mí, sólo pensaba en la cita vespertina. Único elemento afortunado de toda la jornada.

Sin embargo, también en eso me sentía dividido. Por un lado, quería verme liberado del tormento de escuchar y ver a Franz. Por el otro, Rebecca me atraía. Con aquella cita creí poder conciliarlo todo: tendría a la mujer y me libraría del marido. Quedaba Béatrice. Tuve que mentirle. Pero, como he dicho, novicio en este terreno, temí meter la pata. Vacilaba y sopesé largo rato lo que una traición podía costarme. Nuestra pareja descansaba en cláusulas tácitas, refrendadas por el tiempo y tan severas como un contrato matrimonial. Naturalmente, la reprobación inherente a la mentira podía hacerme cambiar de opinión; pero en el fondo se trataba de mi primer «engaño» —utilizo aposta una palabra ya pasada de moda—, y no debía preocuparme demasiado. Además, con un poco de habilidad, esperaba mantener en secreto mi breve intriga. A fin de cuentas, sólo quedaban cuarenta y ocho horas para llegar a Estambul, y los riesgos de que el asunto saliera a la luz quedaban muy mitigados.

 

¿Por qué angustiarme tanto, pues? ¡Sólo se trataba de tomar a Rebecca! No iba a morirme, ni la tierra se detendría por un inconsecuente devaneo. Lo esencial era que todo ocurriera sin que Franz se enterara; y

 

 

 

 

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además, la idea de hacerle daño, el atractivo de ofender a un marido legítimo que había intentado rebajarme, daban mucho más valor a mi intento y acallaban esa indecisa parte de mí que reclamaba prudencia.

 

Distraído por las escaramuzas de la comida, no había tenido tiempo de inventar nada para ejecutar mi plan. Las circunstancias acudieron en mi ayuda. Debido al mal tiempo, la dirección del navío organizó una lotería y distintos juegos de azar durante la tarde. Pasé con Béatrice, a quien los juegos de naipes la apasionaban, dos largas horas durante las que elaboré toda clase de mentiras. Finalmente, me decidí por una cuyo éxito quedaba garantizado por su banalidad: hacia las cinco menos cuarto, aduciendo una necesidad, desaparecí del salón. No me preocupé demasiado de cómo explicar mi larga ausencia, entregado a la intensidad del momento. Ante la idea de ver, cara a cara, a Rebecca, mis piernas temblaban, y varias veces estuve a punto de regresar al juego: sospechaba que me había citado en su camarote con intenciones muy precisas. Me sentía asustado. Ni siquiera había tenido tiempo de acariciar la posibilidad de una aventura cuando ella precipitaba ya el desenlace.

 

¡Cómo lamenté no haber cogido nada para vestirme! Acompañando a Béatrice, no había sentido la necesidad de hacer gastos y no tenía nada elegante. Para compensarlo, pasé largo rato en el lavabo, peinándome y colocándome bien la camisa en el pantalón. Recordaba, a mi pesar, las revelaciones que Franz me había hecho sobre su esposa, su majestuoso trasero, sus húmedos besos, su afición por las situaciones irregulares, y confieso que aquellas incidencias excitaban mi curiosidad. Imaginé audacias junto a las que mis abrazos convencionalmente osados con Béatrice me parecían pueriles. Si las porquerías del enfermo eran ciertas, la presencia de Rebecca a bordo les confería, de pronto, una temible realidad; y temí no estar a la altura, parecer ingenuo.

 

Llegué por fin, a la hora acordada, al pasillo de primera clase; comencé a perder el valor y sentí que mi corazón latía de un modo desacostumbrado. El discordante choque de las olas contra el casco rompía el continuo temblor de las máquinas, cuyas vibraciones repercutían en los pisos superiores. Encontré el 758, advirtiendo que estaba muy próximo al camarote de Franz. ¿Y si el tullido salía ahora y me sorprendía entrando en la alcoba de su mujer? Cuando llamé, mi emoción se intensificó. Deseaba y temía, por encima de todo, aquel instante. Pegué el oído a la puerta: ni un solo ruido. Ningún rayo de luz se filtraba por debajo de la puerta. Con

 

 

 

 

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mano temerosa, di dos golpecitos. No hubo respuesta. Llamé más fuerte. Nada. Hice girar la empuñadura: la puerta estaba abierta. Entré a medias: el camarote estaba sumido en la oscuridad. Ante el ojo de buey, una ligera cortina palpitaba suavemente. Llamé:

 

—Rebecca.

 

Un bajísimo «shtt» salió del lecho colocado al fondo.

 

—Soy Didier, ¿puedo entrar?

 

—Mi voz temblaba.

 

—Shtt, shtt.

 

Aquella delicadeza me conmovió —supuse que había apagado la luz para no aumentar mi timidez—; cerré la puerta a mis espaldas y, cuidando de no volcar nada, me fui directo a la cama como un goloso a la cocina.

—¿Dónde está usted?

 

—Aquí —me dijo con una voz irreconocible que me pareció proceder de otro lugar.

Debía de sentirse tan conmovida como yo. Aquel pensamiento me inflamó. Pese a la oscuridad, distinguía sus formas ocultas bajo un edredón y casi podía ver su rostro. Se había recogido los cabellos, pues no los veía. Vacilando, me senté al borde de la litera y, sin saber qué hacer con las palmas de mis manos, las froté una contra otra. Me parecieron húmedas y heladas, e intenté calentarlas. Pronto noté que los brazos de la joven salían de debajo de las mantas, me buscaban en las sombras y acariciaban mis rodillas. Me admiró que todo ocurriera con tanta sencillez y, repentinamente temerario, me incliné hacia aquella mano enfebrecida y me la llevé a la boca. Besé primero los dedos curiosamente anchos y fuertes, me deslicé luego hacia las muñecas: su robustez, los pelos que las cubrían me sorprendieron desagradablemente. Sentí una sospecha y perdí cualquier contención. Palpé la cabeza de mi compañera y lancé un grito: aquel cráneo medio calvo, aquellas rasposas mejillas… Pero antes de haber podido reaccionar, brotó una carcajada del cuarto de baño y se encendió una lámpara iluminando una escena que no olvidaré en mi vida: en mis brazos estaba Franz, con las mantas subidas hasta el mentón, mientras Rebecca, de pie en el umbral del cuarto de baño donde se había escondido, se carcajeaba desvergonzadamente de mi desolado aspecto.

 

Me desintegré en un amasijo de violentas emociones, me levanté horrorizado, aullando «puercos, puercos», ¿cómo se habían atrevido, por quién me tomaban? De no haber sido por la invalidez de Franz, le habría

 

 

 

 

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dado una paliza, y su contacto me había asqueado tanto que escupí varias veces en el suelo. La traición de Rebecca me había ultrajado, pero ella había huido ya sin darme tiempo de hablar. Me disponía a perseguirla cuando el tullido me agarró del brazo con tanta violencia que me hizo gemir de dolor.

 

—No haga niñerías —silbó—; tómese las cosas con buen humor. Créame, sus manoseos no me han producido placer alguno. Pero era necesario que escuchara usted la continuación de nuestra novela: Rebecca me lo ha exigido, deseaba cambiar la imagen que de ella le he dado; sólo intentamos educarle.

—Suélteme —bramé, intentando alentarme con mis propias exclamaciones—; no quiero verle ni oírle.

—No se obceque en una juvenil intransigencia. ¿Desea usted a Rebecca, o no?

Me sentí aterrado: ahora et tullido me proponía a su mujer. Creí seducirla, y ahora él me la ofrecía como un alcahuete. ¿Cómo había podido rebajarme tanto?

—No quiero nada, ni de ella ni de usted; déjeme salir o gritaré. —«Déjeme salir o llamaré a mamá.» .

 

Había adoptado el tono llorón de un niño pataleando.

 

—Márchese entonces.

 

Me soltó y me encontré libre.

 

—Lárguese; vaya a reunirse con su mínima vida conyugal en forma de entierro; dése prisa; su costilla le espera.

Semejante cinismo expuesto con tanta desenvoltura me dejó mudo: el ofendido era yo y él se permitía aún injuriarme. Dios mío, pensé, ¿es ésta una compañía adecuada para mí? Voy a poner los puntos sobre las íes, me marcharé y no volverán a verme. Naturalmente, me quedé. Franz me dirigió enseguida una melosa sonrisa:

 

—Vacila usted, lo prefiero así. Si la desea, debe intentar conseguirla. Me ha prometido que se le entregará en cuanto yo haya terminado mi relato.

¿Pero que quería de mí aquel canalla? ¿Qué significaban aquellas frases incoherentes?

—Ya ve, me propongo arrojarla en sus brazos. Pero de acuerdo con ciertas reglas. Ya sabe usted lo que dijo Kierkegaard: la naturaleza

 

 

 

 

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femenina es un abandono en forma de resistencia.

 

—Me importan un bledo sus confidencias y su mujer; me son completamente indiferentes.

—Confiese que le interesan; de lo contrario se habría marchado. —¿Me está sometiendo a un regateo?

—Digamos más bien a un juego que he imaginado para complacerme. No le pido demasiado: sólo que sea un oyente atento. Sólo deseo sus oídos, no corre usted riesgo alguno.

Me sentía nervioso y agitado; y me pregunté vagamente si había leído ya algún libro donde se reflejara una situación equivalente.

—Pero ¿por qué yo y no otro?, ¿por qué no Béatrice?

 

—Comencé con usted y terminaré con usted.

 

—¿No tiene celos?

 

—No le reprocho a Rebecca que busque lo que yo no puedo ofrecerle ya. Sencillamente, coopero en sus descarríos en vez de sufrirlos.

Yo jadeaba.

 

—De acuerdo, me han engañado, esta vez lo admito. Pero crea que me quedo por propia voluntad. No me da usted miedo; le conozco, sé que no corro riesgo alguno, y soy yo, querido Franz, sólo yo quien le autoriza a contármelo, ¿me oye? Depende usted de mi buena voluntad.

 

-Nunca lo he dudado, Didier; soy esclavo de sus decisiones. Ayúdeme, por favor.

Tenía en los ojos un brillo burlón. Una vez más, me había dejado atrapar por su vieja táctica: me sentía presa de un completo desaliento, y aunque unas réplicas indignadas, contundentes, continuaban acudiendo a mi cabeza, sentía el cansancio de todos mis miembros como después de una gran e irreparable derrota. Comencé a detestar aquel barco que me hacía prisionero de un entorno indeseable, y casi añoraba el avión que nos habría llevado a buen puerto en unas pocas horas. Sin reflexionar, ayudé a Franz a sentarse: era increíblemente pesado y musculoso, y me costó mucho trabajo apoyarlo en los almohadones.

No había sillón disponible, y la cama era demasiado estrecha para instalarme en ella. Con gran disgusto por mi parte, tuve que sacar la silla de ruedas del cuarto de baño, desplegar el apoya-cabezas y sentarme, bloqueando, a causa del balanceo, el mando direccional. Aquella inversión de papeles incrementó mi malestar. Me sentía agotado de antemano al pensar en las aventuras de Franz. Iba a proseguir, fanfarroneando, el relato,

 

 

 

 

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seguro de haber colocado su vida más allá de mi entendimiento y reservándome la pasiva tarea de oyente. El camarote de Rebecca era más coquetón, mejor cuidado que el de su marido. Incluso vi flores. En un anaquel había, junto a una tetera eléctrica, unas tazas y unas bolsitas de té colocadas en una bandeja de ebonita.

 

—Ya verá, no durará mucho; a la hora de cenar habré terminado.

 

Háganos un té.

 

Y, como la víspera, el rumor del agua que iba calentándose acompañó la cháchara del tullido.

 

 

 

Como le dije ayer, Rebecca y yo estábamos perdiendo la costumbre de aquellas asquerosas maravillas que nos habían aturdido durante más de un año. Aquel sabbat carnal había dado un ulterior aliento a nuestra pareja, sin salvarla por ello de su perecedero destino. Nuestro crédito de lubricidad estaba expirando y nos conducía en línea recta a la bancarrota. Ahora sabía que la ilusión de una vida común se había disipado. Tenía que ganar una batalla: librarme de una mujer que todavía me amaba. Sufría la desgracia, tan frecuente entre los pequeñoburgueses, de no aceptarme a mí mismo, y creía demasiado en el amor para limitarme al nivel medio en el que nuestra relación había caído. La fidelidad a una persona es un precio excesivo como para no verse compensado por una excitación igual: el ser a quien se dirige una preferencia exclusiva asume la abrumadora tarea de reemplazar a todos los hombres y todas las mujeres que su presencia excluye. Tarea imposible: nadie es diverso y múltiple como el mundo. Comencé a odiar la ansiosa fidelidad del amor pasional, a la que oponía la alegre fiebre del mariposeo o, sencillamente, la atonía emocional del soltero. Recuperé el sentimiento conyugal por excelencia, ya experimentado con mis anteriores compañeras: la conversión del entusiasmo en fatiga.

 

Además, hay una edad de la vida en la que toda relación se hace previsible, incluyendo su degradación: la experiencia nos impide encontrarnos con un sentimiento nuevo, mata en nosotros la frescura de la bienaventurada ignorancia.

 

 

 

 

 

 

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Ya se lo he dicho: aspiraba al cambio por el cambio. Saber que, a cualquier hora del día y de la noche, mientras yo me consumía a solas con Rebecca, la gente se divertía, se embriagaba y bailaba, azuzaba mis sentidos y me hacía rabiar ante mi cautiva situación. París me corroía con sus frenéticos ritmos, que constituían otras tantas incitaciones a agitarme, a moverme. Rebecca se asustaba ante mis turbulentos deseos y desplegaba, para contrarrestarlos, tanta tozudez como yo en satisfacerlos; buscaba pelea con los más fútiles pretextos, y discutíamos en la asfixiante alcoba como dos avispas se matan en un bote de miel.

 

 

 

Faltó muy poco para que nuestro melodrama se convirtiera en drama: que Rebecca se burlara de mí, tomara un amante o se mostrara más independiente. Pero su intransigencia, su ingenuidad precipitaron la caída. Al comienzo, mis crueldades no tenían un carácter reflexivo; la estaba probando, y desgranaba jugarretas como se desgranan las cuentas de un rosario, sin un guión preparado. Lanzaba al azar flechas, ignorando si darían en el blanco. Al mostrar el despecho que mis palabras le provocaban, Rebecca alentó mi mal carácter y se hizo instrumento de su propia decadencia. Se afirma a menudo que el odio es la otra cara del amor. ¿Y si fuera al revés? ¿Y si el afecto fuera sólo un paréntesis entre dos batallas, una tregua para recuperar el aliento? Además, la monotonía aparentemente lúgubre del mal abunda en excitaciones más intensas que todas las de la voluptuosidad. Las peleas en una pareja adquieren una dimensión ideal cuando se convierten en un fin en sí mismas, que precipita la acción, creando todo tipo de circunstancias y detalles que, en una vida serena, deben esperarse durante mucho tiempo. Se alcanza tal grado de excelencia en el horror que todo lo precedente adquiere el sabor de la trivialidad. Como yo concebía el amor en forma de una permanente apuesta, sólo las peripecias renovadas, los golpes teatrales, las peleas, las reconciliaciones, podían retener mi inquieto corazón.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Tenía sobre Rebecca la ventaja de ser el que atacaba; ella se defendía palmo a palmo, pero quien no toma la iniciativa acaba retrocediendo. Todo mi ser se hallaba preparado para la violencia; la más leve contrariedad, la ceniza de un cigarrillo caída en la moqueta, el teléfono estropeado, un vaso volcado, degeneraban en brutalidad, tomando proporciones desmesuradas. No había proporción entre la causa y el efecto producido en mis irritados nervios. Lo veía todo rojo enseguida. Rebecca me contestaba. Nos lanzábamos a una belicosa fanfarria. La cólera le daba un aspecto vulgar, deshecho, que me horrorizaba y estropeaba su belleza. Nos lanzábamos a la cara montones de injurias, los golpes seguían a las palabras, la pelea se convertía en altercado, desgarrábamos nuestras cartas, nuestras ropas, nuestros libros, y luego, irritados hasta el exceso, vibrando de rabia y de odio, apostrofados por los vecinos a quienes nuestras discusiones molestaban, caíamos en la cama como dos vagabundos extenuados.

 

 

 

La alegría del uno era para el otro una afrenta, temíamos un golpe bajo y sólo nos tolerábamos en una común taciturnidad. Y aquella taciturnidad, cuando se prolongaba demasiado, se convertía en ofensa. Algunas veces, en la mesa, en el café o en el restaurante, se instalaba el silencio, una ausencia pesada, hostil, que duraba medio siglo y se extendía como un gas, ascendiendo hasta el techo, dejándonos inmóviles y prisioneros: se había declarado la guerra. Aquellos silencios preñados de amargas quejas, de vivos reproches, concretaban el deterioro de nuestros lazos.

 

—Vayamos a ver la televisión, así al menos no tendremos que hablarnos —decía yo entonces.

Como todas las parejas, hacíamos un uso casi narcótico de la pequeña pantalla y del cine, goces matrimoniales que permiten a los cónyuges soportarse largo tiempo sin tener que hablarse.

 

 

 

La veía mucho, demasiado. Si al menos hubiéramos estado separados, a veces habría recuperado, lejos de mí, aquella fastuosa densidad que perdía con mi contacto. Pero no nos separábamos. Yo

 

 

 

 

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odiaba el insípido alimento de nuestros días moribundos, la insoportable alternancia del trabajo y la obligación amorosa. Ella me reprochaba mi carácter, mi egoísmo, mis manías; yo le respondía con la fatalidad de la pareja, el inevitable fracaso de la vida conyugal; en fin, cuando me hablaba de una situación particular, yo la remitía a problemas metafísicos, la ponía ante una pared insuperable. Para hundirla más aún, alentarla a abandonarme, le describía sin cesar toda la falsía del estado conyugal:

 

—Nuestro romance se alimenta de sí mismo, y esa autarquía está muy cerca del hambre. Hace tiempo existían obstáculos, conflictos religiosos o sociales que daban valor a la pareja haciéndola precaria. Hace tiempo, la más magnífica causa de amor era el propio peligro del amor. La imprudencia encendía pasiones que nuestra época segura nunca conocerá: felices tiempos, no tan lejanos todavía, donde amar era sinónimo de arriesgar. Hoy, nuestros amores mueren de saciedad antes incluso de haber conocido el hambre. Por eso están tan tristes los amantes: saben que son su propio enemigo, que son a la vez la fuente y el fin de su unión. ¿A quién acusar sino a «nosotros dos», y qué mayor amargura que matar a quien se adora por el simple hecho de estar juntos?

 

Rebecca no se rendía a mis argumentos y siempre encontraba objeciones. Entonces yo insistía:

—¿Nunca te has dicho que nos molestamos el uno al otro, que llevarías otra existencia, tal vez mejor, si yo no estuviera aquí? ¿No ves en nuestra convivencia un espantoso porvenir de monotonía, un siniestro desenlace?

Aquellas discusiones no tenían salida, ambos manteníamos nuestras posiciones, cada enfrentamiento verbal concluía con una falsa partida de Rebecca, que al cabo de una hora o un día regresaba humilde y arrepentida.

Existieron todavía hermosos sobresaltos, especialmente por la noche; a medida que el día declinaba, su exaltación crecía, incontrolada y desenfrenada. Entonces, si debíamos ir a casa de amigos o a un lugar público, yo temía sus reacciones. Ante la menor reflexión, por una mirada demasiado intensa a otra mujer, era capaz de abofetearme, tirarme un plato a la cara, injuriarme ante todo el

 

 

 

 

 

 

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mundo, amenazarme con un cuchillo. El ridículo de un altercado en público no la asustaba, muy al contrario.

 

Recuerdo una fiesta en la que había bebido más de lo acostumbrado, se había excitado hasta lanzar agua a la cara de las personas que no le gustaban, se había revolcado por el suelo, cloqueado como una grulla ante el más pequeño chiste, incitado a los hombres, soltado su histérica risa que tanto me indisponía, para terminar medio desvanecida en el lavabo, entre vómitos que un exceso de alcohol arrancaba a su sobrecargado estómago.

Debo decir que mis amigos nunca aceptaron a Rebecca; le reprochaban sus vestidos demasiado llamativos y su belleza que eclipsaba la de sus pálidas costillas, de alto linaje y buena familia. No perdonaban a aquella hija de pueblo que no conociera su lugar, se creyera su igual, e incluso rivalizara con ellos. Aquellos falsos desclasados, pseudoliberales, ex izquierdistas, ex combatientes de justas causas revelaban, ante ella, su auténtica naturaleza de burgueses: Rebecca permanecía exiliada entre toda aquella gente de la buena sociedad, que la recibía con desagrado. Se mostraba con los snobs altiva, fantasiosa, reprochándoles su doble juego, que no se tomaran por lo que eran: simples privilegiados. De ese modo, cuando la dosis de desdén y desprecio se hacía, en aquellas reuniones mundanas, demasiado fuerte para ella, Rebecca se emborrachaba como había hecho en la velada que le estoy contando. La acompañé jadeante a casa, furioso por el espectáculo que había dado, por las chanzas y las burlas de una concurrencia poco dada a la indulgencia.

 

En la cama, cuando hubo recuperado el sentido, la abrumé con mis reproches; ella respondió que todo había sucedido por mi culpa y que no soportaba ya la gente rica y hedionda a la que yo frecuentaba. La contradije; ella se empecinó en sus acusaciones y terminó abofeteándome. La golpeé a mi vez. Ella me dio tan violenta patada en el vientre que rodé por el suelo. Hastiado de su brutalidad, le propiné fuertes bofetones en el rostro. Luego, me tapé la cara aguardando una respuesta. No se produjo. Esperé. Ni un ruido. La llamé. No hubo respuesta. La sacudí. No se resistió. Entendí por fin: yacía con los ojos cerrados, muy pálida, envuelta en las arrugadas sábanas. Me puse a aullar, a llorar, abrazándola tiernamente, gritándole que despertara, que abriera al menos un ojo, que diera

 

 

 

 

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algún signo de vida. Su inercia era tal que habría podido doblarla, desgarrarla sin que rechistara. Le tomé el pulso: latía débil e irregularmente. Corrí a buscar agua y le humedecí el rostro levantándole la cabeza. No hubo reacción, el desmayo era profundo. Conocía lo bastante aquel tipo de estados para no temer lo peor. Imaginaba ya mi vida comprometida, su familia persiguiéndome con implacable rencor. Y todo por un gesto de nerviosismo. En mi maquiavelismo, me asustaba menos el miedo de haberla matado que el temor a ver comprometida mi reputación. Me dispuse a darle una inyección para reanimarla. Pero sólo estaba aturdida; despertó por fin. Sin embargo, sólo me tranquilicé a medias: estaba pálida, el sudor corría por su frente. Se quejaba con voz inaudible de lacerantes dolores de cabeza. Le hice tomar dos aspirinas pero no pude pegar ojo en toda la noche. La angustia me dominaba, me estrangulaba, sentía una dulzura casi sensual al pedirle perdón, temiendo que me guardara rencor, pidiéndole que me transmitiera su calidez, su vida. Aquella palidez me asustaba; sequé suavemente sus mejillas, húmedas todavía, con un pañuelo fino. ¡Cómo la amaba! Ahora era mía, yo la había empujado hasta las fronteras de la muerte y la devolvía, suavemente, a las más clementes regiones de la vida. Saboreé su total docilidad y velé por ella hasta el desayuno. Mi brutalidad me dictaba un sentimentalismo de circunstancias en el que me compadecía tanto de ella como del terrible peligro al que yo había escapado. No tuvimos escena alguna durante tres días.

 

 

 

Lo «flipante»: —utilizábamos ese neologismo tomado de la jerga de la época para referirnos a las fechorías y mentiras que yo revelaba a Rebecca, reservándolas para las grandes ocasiones. Pequeño tesoro de jugarretas, provisión de horrores, reserva de patrañas con las que había protegido mis despropósitos y cuyo simple relato, ciertos días especialmente elegidos, le provocaba profundos y violentos sufrimientos. A este respecto, recuerdo otro episodio. Estábamos en Venecia, en mayo, sentados en la terraza del Florian. En esta ciudad de las uniones efímeras y desgraciadas, nos arrullábamos, desafiando, como usted ayer, la leyenda maldita de la ciudad. No sé ya por qué degeneró la conversación pero, al cabo de

 

 

 

 

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unos minutos, le solté a Rebecca una de mis «flipadas», contándole detalladamente cómo, dos semanas antes, mientras ella me creía de guardia en el hospital, me había acostado con R., una de sus amigas. Saboreé las consecuencias de mi confesión, esperando verla descomponerse, estallar en sollozos. Me engañaba. Con un gesto brutal, me lanzó al rostro su taza de café. Apenas tuve tiempo de secarme cuando, desabrochándose el cinturón, me cruzó con él, fuertemente, la cara. Un grupo de turistas aplaudió. Yo intenté dominarla, pero las pullas y los silbidos de los viandantes me lo impidieron. Temía demasiado el escándalo como para abofetearla en público: opté por huir ante las carcajadas de los gondoleros y los vendedores ambulantes. Crucé la plaza de San Marcos y tomé la vía peatonal que lleva a la Stazione. Y en aquella calle italiana, por donde Proust corría detrás de su madre para despedirse antes de que tomara el tren, yo, pequeño médico francés, ponía pies en polvorosa perseguido por aquella furia que quería darme una paliza ante todo el mundo. La despisté finalmente, y por la noche, nos reconciliamos; pero, furioso por haber sido puesto en ridículo ante tanta gente, aguardé a que estuviera dormida, pillé en el suelo dos cucarachas y se las puse en las braguitas que llevaba incluso por la noche. Sus gritos de terror cuando las descubrió, el trauma sufrido mientras yo fingía dormir, me consolaron deliciosamente de las humillaciones del día.

Créame, Didier, al comienzo al menos no fui cruel sin desesperación. En el fondo de mí mismo existía el sordo terror a una revancha. Encaramado, en cierto modo, en mi propia maldad como si estuviera sobre un abismo que me atrajera y me rechazara al mismo tiempo, me abandoné a la maleficencia con vértigos de voluptuosidad.

No podía defenderme de mis tareas hereditarias. Aunque odie el crimen y tema a mi padre, estaba perpetuando su orden. Tropezaba con mi cordón umbilical, la placenta me abrasaba los ojos. El anciano reclamaba su parte, lanzaba sus coces, me legaba cada uno de sus defectos como si estuvieran ampliados por una lupa.

En los tormentos que infligía a Rebecca yacía ese insensato sueño: que la huella de un sentimiento nuevo y bien templado naciera de las oscuras aguas de la humillación. Como me negaba a

 

 

 

 

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creer en el naufragio de nuestras quimeras, la ferocidad era también una perversa táctica de seducción. Espero que quiera comprenderme.

 

 

 

No la deseaba ya. Sólo bastaba con que alargáramos los brazos para caer en una apasionada relación, pero nuestros brazos nos parecían blandos, como ahítos de amor. Desaparecidos los obstáculos, el deseo se hizo insípido. Pues el deseo es hijo de la astucia: busca los serpenteantes senderos de lo oblicuo, la línea recta le aburre. Por ejemplo: nos acostábamos; en sus ojos, su actitud, su languidez, yo advertía que debería pagar, una vez más, con mi persona. Bostezaba yo ruidosa, ostensiblemente, jamás había sentido tantas ganas de dormir; ella, naturalmente, se acurrucaba contra mí, excitaba mis órganos con sus rodillas. Pensar en el esfuerzo que debería realizar me aterrorizaba: ella permanecía desnuda, opulenta, hermosa. ¿Por qué no sentía pues un gran deseo de fundirme en ella? Rebecca estaba allí, con sus órganos desenfrenados y su vientre hambriento. Me tendía una boca que sólo aguardaba mi consentimiento para devorarme. Bésame: le concedía un beso. Más: volvía a besar su hocico. Hazlo mejor… Su lengua me molestaba, era una broca que perforaba mi paladar, bajaba por el tubo digestivo, pasaba al embudo gástrico, iba a despertar los nervios del vientre, gritándoles: «¡De pie, de pie, me debéis el deber del amor!».

 

Pues en sí mismo el beso no era nada comparado con lo que inauguraba: algo estúpido y convencional que se llama cópula. A menudo, por cobardía, cedía. Aplastaba mis labios sobre los suyos, como se aplasta un cigarrillo en un cenicero, y nos entrelazábamos, decidida ella a obtener el máximo placer y yo a terminar enseguida. Cerraba los ojos y cumplía sin ardor con mis deberes conyugales. Recuperé una costumbre de la adolescencia: el cálculo mental. Me fijaba un límite: 1.000, por ejemplo, o 2.000, y contaba en series de 200, lentamente, al ritmo de una trotona, cambiando de posición a cada serie: los números eran testigos de mi aburrimiento y me permitían llenar el tiempo. Cuando había alcanzado la cifra fijada, me vaciaba en algunos sobresaltos. El brutal aguijón de los sentidos, lejos de vencer la saciedad, no dejaba de confirmarla. Algunas veces recurría a la imagen de otras mujeres para cumplir mi tarea, pero la

 

 

 

 

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substitución era insuficiente, la realidad no se dejaba olvidar. Sin embargo, con el tiempo, mi ardor desapareció por completo: ya no la tocaba y le imponía una castidad de cansancio.

 

 

 

De ese modo, la mitología con la que había gratificado a Rebecca, su extrañeza que me había aterrorizado tanto como embriagado, habían terminado por resultarme excesivamente familiares. Podía preverla por completo, había perdido la facultad de sorprenderme: los alardes, las artimañas, la coquetería que utilizaba y que me habían embrujado, no me hacían ya efecto alguno. La moneda del sortilegio reventaba como un globo, revelando el flaco esqueleto de un truco. Y, además, su taciturna belleza no me inspiraba ya nada: sus mohínes, sus suspiros, sus muecas, todo lo que me había mantenido en suspenso me exasperaba ahora.

Rebecca era complicada porque exploraba minuciosamente todos los recodos de aquella jaula que denominaba su pasión por mí; pero, en cambio, no era compleja; al explorar sólo aquellos recodos no tenía misterio alguno que ofrecerme. En vez de un impulso creador, se desecaba en el infeliz análisis de sus sentimientos.

 

A un ser puede perdonársele todo, le decía yo: su vulgaridad, su estupidez, salvo aburrirse con él. En amor, al revés que en la administración, el principio de antigüedad es un defecto, el ascenso se realiza al revés. De hecho, con ella me aburría mortalmente. Y el tedio es un compañero que sólo se soporta en la soledad: porque no se desean testigos de esos instantes malditos, por miedo a adquirir una imagen infamante.

Junto a Rebecca, los días me parecían insoportablemente largos: todos ellos me devolvían las mismas angustias, los mismos momentos pesados que nos abrumaban, a horas fijas, con mortal regularidad. ¿Se ha fijado usted en cómo la ausencia de acontecimientos nos disgrega con su calma tanto como las más violentas catástrofes? Para escapar a mi pareja, recorría los cafés, los círculos, las conferencias, me inventaba coloquios, citas; cada minuto arrancado a nuestra vida en común me resultaba una fuente de deleite. La monotonía de las veladas idénticas, los mismos amigos hallados en las mismas mesas y diciendo las mismas cosas, desgranando los

 

 

 

 

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mismos abortados proyectos con la misma ausencia de entusiasmo, las mismas viejas bromas en las mismas bocas, todo aquello me asqueaba hasta despertar en mí verdaderos deseos de fuga animal, adolescente. No podía seguir llevando aquella vida regular y vacía, tan trivial, tan ligera y tan pesada al mismo tiempo, y deseaba que ocurriera algo electrizante, agitado, vivo, sin saber exactamente qué. Aquel hormigueo de mínimos hechos, aquellas lamentables anécdotas encantaban a Rebecca: lo llamaba las «peripecias de la vida en común».

 

Reconocía perfectamente en ella el síntoma de la pareja: cuanto menos se vive, menos deseos de vivir se tienen, los esposos son dos siameses para quienes el universo, por apacible que sea, está lleno de amenazas y desórdenes; sólo se permiten pues una audacia: encender el televisor, ponerse las zapatillas, sentarse a la mesa. Para mí, la verdadera angustia estaba menos en la seguridad de tener que morir que en la incertidumbre de haber vivido realmente: odiaba aquella atmósfera de vileza cultivada que emanaba de nuestro dúo. No éramos ya el señor y la señora, éramos Poltrón y Poltrona. ¿Nos habían remachado bastante que el amor llevaba en sí mismo un principio al margen de la ley, un irreprimible sentido del delito? Yo sólo veía en él prudencia, conformismo, reverencias, acojonamiento disfrazado con el nombre de sentimientos, y no denominaba amor a las pasiones legales. Sabía que la divisa de los pequeños—burgueses: «mi vaso es pequeño pero bebo en mi vaso», es también la de los amantes que permanecen juntos porque no encuentran nada mejor. No hay tierno esposo ni casta amada que no abandonara en el acto su magro caldo monógamo si le garantizaran abundantes compañeros y un renovado material amoroso. Las raras excepciones a esta regla confirman el principio general. Incluso usted, Didier: ama a Béatrice pero, si una mujer más hermosa y más intrigante se le ofreciera, ¿no la abandonaría en el acto? ¿Protesta? Explíqueme pues su atracción por Rebecca.

 

 

 

¿Qué es una pareja? La renuncia a la existencia a cambio de la seguridad, el rostro sin atractivo del amor legítimo. Ese espacio cerrado que trivializa a los seres menos dotados para lo trivial,

 

 

 

 

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entorpece a los más mercuriales. Veía a mi alrededor individuos que se zambullían en la mediocridad, envejecían resignándose, abandonaban uno a uno los impulsos de su juventud, cambiándolos por las marismas del funcionariado conyugal. Veía hombres audaces, mujeres libres a quienes la vida en pareja había desmovilizado, quitado encanto, a quienes la cohabitación había mellado. Odiaba el mimetismo de los concubinos, su facilidad para adoptar los defectos del cónyuge, su viscosa complicidad e, incluso, su traición que les une más todavía. No había uno sólo de mis amigos que escapara de ésta cursilería, que no fuera el escandaloso ejemplo de mi condición.

 

No podía eludir la seguridad de que la verdadera vida está en otra parte, lejos de los míseros expedientes de la pareja y las virtuosas estupideces del amor loco (que de hecho es la cima de la tibieza, porque pretende hacernos perpetuamente soportable la compañía de la misma persona). Pensar que debería soportar esa fláccida relación en las interminables tinieblas de una existencia echada a perder, me ponía los pelos de punta. Quería abandonar a Rebecca como una serpiente: dejando entre sus manos un despojo que ya no era yo, un Franz que había mudado de piel, entregándole una apariencia en la que ya no habitaba.

 

 

 

Rebecca se desolaba ante mis intenciones, sintiéndome siempre más dispuesto a amar a cualquiera que a ella.

Por aquel entonces, toda mujer me parecía preferible por el mero hecho de ser otra. Algunas noches, mientras me pudría en el calabozo conyugal, me decía: tengo que dejarme ver, debo circular, no puedo permanecer emparedado como un traje de buen corte encerrado en un armario. Como antes, volví a seguir a las mozas por la calle, en el metro, volví a abordarlas deslumbrado por sus rostros, pues cada uno de ellos me parecía la clave de un mundo vertiginoso. Rebecca no comprendía mi desapego: segura de su belleza, no dejaba de compararse a las hembras que yo deseaba para, acto seguido, despreciarlas.

 

—Si me engañas, hazlo al menos con una más hermosa que yo.

 

Rechacé aquel regateo:

 

 

 

 

 

 

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—No me pareces fea ni hermosa, sino siempre la misma, y esa constancia me aflige. Aunque todas las mujeres de la tierra fueran unos adefesios, como tú deseas, las cortejaría por el simple placer de cambiar, de probar otras pieles. La auténtica belleza es un goce de la cantidad, reside en la diversidad de las encarnaciones, la multiplicidad de los rostros; las más hermosas mujeres son las que todavía no conocemos.

 

Habría dado los dos años de vida en común por uno solo de aquellos sofocadores instantes en los que una extraña, que hasta entonces os ha desdeñado y a la que mirabais desde hacía mucho rato, comienza a lanzaros ojeadas, inicia con vosotros el voluptuoso duelo de las pupilas. Luego, cuando la hermosa os sonríe, sale de aquella boca, repentinamente encantadora, una frase inefable, algo inverosímil y suave, dulce hasta el llanto: la llamada misma de lo novelesco.

 

 

 

La mayoría de los hombres ven pasar mujeres a las que desean y nunca tendrán, y se resignan; yo no podía consolarme de aquellas fugaces viandantes, pues cada una de ellas me suponía una herida que no dejaba de sangrar: las ocasiones pérdidas me dolían como al amputado le duele el brazo que le falta. Paseaba por los bulevares, entraba en las salas de fiestas y los cafés con huraña avidez, una gula infantil por todos los cuerpos cuya carne palpitante venteaba, como ventea un animal la presa o la proximidad del agua. Me sentía hambriento, como un presidiario que no hubiera probado el amor desde hacía veinte años. Para mí, Rebecca no tenía ya forma ni encanto, se hallaba al margen de la humanidad sexuada, era un maniquí anterior a la división del ser humano en masculino y femenino.

 

Mis amigos me reprochaban a menudo que no me importara salir con mujeres poco agraciadas o contrahechas. Algunas, efectivamente, lo eran. No es que fuera menos selectivo, que me atrayera la belleza menos que a los demás, pero me sentía tan halagado de que una persona del sexo contrario se interesara por mí que el peor adefesio, al mirarme, adquiría ya la gracia de una reina; y sobre todo, como he dicho, saludaba en cada una de ellas la

 

 

 

 

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irrupción del azar, sacralizadas por el mero hecho de ser nuevas. Sólo venero los encuentros, esas epifanías de la vida profana que transfiguran la existencia desgarrándola.

 

 

 

En aquella época, estaba preparando una tesis sobre el virus de la hepatitis, trabajaba mucho y Rebecca me robaba el poco tiempo que me quedaba. Para reservarme algo de imprevisto, le mentía. Siempre había mentido, cuando era niño para salvar mi tranquilidad, adolescente, para prolongar los beneficios de la infancia, adulto, por costumbre y nostalgia. Decir la verdad me parecía una desastrosa falta de imaginación; mentía a todo el mundo, con respecto a todo, sin razón alguna, sólo para probar, por el placer de desorientar, de tener secretos, de construir ficciones creíbles. Y obtenía de ello un goce tanto mayor cuanto que la pareja moderna vive con un imperativo de sinceridad que exige a ambos comparsas una completa franqueza. Yo prefería engañar a Rebecca pues la confesión sistemática tenía, para mí, la horripilante facultad de achatar la vida. El peor vodevil, siempre que despertara la emoción, me parecía preferible a la zafia convención de lealtad de una pareja ejemplar. Me gustaba el fraude porque es el arma de los débiles, de las mujeres y los niños que se forjan así un espacio de libertad en un mundo que no se lo concede. Me permitía pues todas las libertades, y con mis fechorías acumulaba el conjunto de interpretaciones, protegiendo mis placeres sin poner en peligro nuestra cotidianidad.

 

 

 

Evidentemente, iba de putas; me chiflaba su aspecto de animales de pasto; bestias estremecidas de vida, con los pechos medio desnudos, mostrando los muslos y adornado el bajo vientre con encajes y ligueros, invitaban a los viandantes a un tosco placer en antros obscuros. Yo las apreciaba por epicurismo, por amor a la velocidad, rápido medio de obtener el mayor número de cuerpos en el menor tiempo posible. Pagar me servía sólo para acortar la distancia entre mi deseo y su satisfacción. Gozaba de aquel lujo, economizaba la seducción y bendecía el dinero que, corrompiendo a los individuos, los ofrece a incomparables combinaciones eróticas.

 

 

 

 

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Pagar me permitía, además, probar todos los tipos de mujer que me gustaban y que la vida me ofrecía sólo a pequeñas dosis. Concentración de rostros y anatomías, la prostitución presenta el aspecto onírico que sólo poseen las grandes reuniones: voluptuosidad de los ojos y de la exposición antes de cualquier otro goce. En el proletariado erótico celebraba, yo, la gran epopeya del amor, casi independiente del sexo, que pone en nuestro camino seres con quienes la segregación social nunca nos permite encontrarnos. Me encanallaba por afición a las mezclas: el burdel es, con el metro, uno de los últimos lugares públicos que acercan universos y condiciones distintas. En el ghetto de los barrios bajos cesan, por unos instantes, los ostracismos de los barrios ordinarios. Lejos de aguar mi entusiasmo, la faceta, sórdida a veces, del oficio, me fascinaba desmesuradamente, como si confiriera una dimensión distinta a un acto absolutamente infantil. Entonces, no acechaba tanto el placer como sus posibilidades. Me mezclaba con la muchedumbre de los miserables que acechan, en los huecos de las puertas, con aires de perro apaleado, a la sonriente virago que los vaciará de un solo contoneo. Rozaba profundamente turbado las viejas paredes de los hoteluchos como si estuvieran empapadas de la triste lujuria que albergan. El polvo era para mí un rito de complicidad entre productores independientes, una experiencia de calenturiento, con la calle como escenario y el gasto como principio. Suripantas o mesalinas, la indiferencia, el desprecio incluso que nos muestran aquellas mujeres, revelaba su sobrehumana esencia: me fascinaba su afición a los niños y los perros, su excesivo sentimentalismo, su tuteo republicano que instituye, con cada cliente, la democracia del amor venal.

 

 

 

—¡No respetas nada, ni siquiera nuestros más hermosos recuerdos! —me decía Rebecca.

—Tienes razón, ya sólo podemos encontrarnos en el pasado, evoquemos pues esos felices recuerdos: los centenares de comidas que hemos hecho juntos en centenares de restaurantes, hoteles, albergues, snacks, los centenares de botellas de vino y agua mineral que hemos bebido juntos, los centenares de platos encargados, las

 

 

 

 

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recetas, los cafés que hemos degustado. Ahí están nuestros recuerdos, un gigantesco menú, una verdadera cartelera de comistrajos. ¡Hermoso palmarés para una vida!

 

 

 

Cuando caminábamos por la calle, sacándole una cabeza, daba siempre grandes pasos como si quisiera huir de ella. Rebecca, jadeaba para seguirme y alcanzarme.

—¡Vamos, pequeñaja, camina de una vez! —le gritaba—, ¡Pero qué baja eres!

 

 

 

Ahora denunciaba nuestros excesos eróticos como una prueba de ovillamiento en la celda conyugal. Nuestra abyecta intimidad del año anterior, le decía a Rebecca, sólo tenía su origen en nuestro miedo al exterior. Jugábamos con nuestros excrementos para aislarnos del mundo, para bastarnos a nosotros mismos. Habíamos llevado nuestra afición al encierro hasta sus últimas consecuencias. ¿Qué podíamos hacer, siendo dos, sino husmear, reírnos estúpidamente de nuestros pedos, ceñirnos al pobre ritmo de su maquinaria orgánica? A eso conduce el erotismo conyugal: a una inmensa afición por la mierda y al miedo del mar abierto.

 

 

 

Comprendí que Rebecca iba pronto a formar parte de mis antiguos amores, pasiones postradas, rancios lechos, viejas delicias ya encorvadas, que resultaban intercambiables. Mi memoria sólo acariciaba con placer las efímeras aventuras, que brillaban con todo el fulgor de su brevedad. Pero las relaciones más largas, arruinadas por los rencores y la grosería, sólo merecían el olvido, la benefactora amnesia.

Además, un desengaño inevitable, universal, se añade a todos aquellos que procura una vida amorosa normal: no gustar a todo el mundo. Por apuesto, encantador e inteligente que seas, siempre existirá una mujer que odie tu talento, tu éxito y prefiera a seres menos afortunados; o si eres un infeliz perdedor, siempre habrá otras mujeres que te reprochen el fracaso y la fealdad. Gustar es, por lo

 

 

 

 

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tanto, negativo; sólo gusto a una u otra porque dejo indiferentes a la mayoría. Es una experiencia desgarradora ser adorado por algunos, detestado por otros y desdeñado por la mayoría. Esa multitud que no tiene ojos menoscaba tus más hermosas conquistas. Conocía a Rebecca desde hacía mucho tiempo: ¿le parecía todavía seductor? Por muy bien que hablen de nosotros, nunca nos dicen nada nuevo y siempre son precisas otras confirmaciones, otras seguridades vacilantes también. Ser el primero en el corazón de un hombre o una mujer es una irrisoria confianza. ¿Soy el rey porque soy tu rey? Hay error pues. El afecto que un ser siente por ti te deja perplejo por dos razones: te asombras primero de que no todos te amen con idéntico ardor, y luego comienzas a sospechar que la mujer que te adora tiene alguna debilidad. Si me ama es que está perdida: ¿quién podría apreciar a un individuo tan miserable como yo, salvo alguien más extraviado a quien satisface agarrarse a la ruina que soy? De hecho, la ternura de Rebecca, en vez de revalorizarla a mis ojos, me impulsaba a buscar infinitamente la estima de nuevas mujeres.

 

 

 

Con aquella judeo-tunecina, yo había creído casarme con el Africa del norte y la tierra de Sión. Pero su judaísmo no representaba nada, ni patrimonio ni fidelidad a un territorio espiritual, y me parecía tan vulnerable y miserable como yo: en una palabra, francesa al cien por cien. La había encerrado en el ghetto de su singularidad y no dejaba de compararla con aquel ideal para mejor observar sus fallos. A mi entender, había usurpado un título al que no tenía derecho: el de miembro del pueblo elegido. Ella me respondía colérica:

—Amas tanto a los judíos en general que no eres capaz de amar a una judía en particular. Me asquea tu amistad por la casa de Israel; es sólo un pretexto para perseguirme. Tu padre era antisemita por odio, tú lo eres por amor; él reprochaba a los judíos serlo demasiado, tú me reprochas no serlo bastante. Reivindico el derecho a una identidad ambigua, reivindico el derecho a ser complicada.

 

¡Tenía razón, claro! Yo era uno de esos cristianos que, para expiar un molesto pasado, han deificado la Entidad judaica hasta el punto de acusar de traición a todo judío que no se adapte a ella. Exigiendo

 

 

 

 

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de cada israelita que exhiba su diferencia como un fetiche, nos mostrábamos tan sectarios como nuestros padres, que en su época les exigían que la disimularan. Pero en aquel tiempo, obsesionado por mi ceguera de gentil, yo era impermeable a tales argumentos. Una cosa, y sólo una, me apenaba: si la abandonaba complacería a mis padres. Creerían en una victoria del sentido común francés cuando, para mí, se trataba de una derrota del sistema conyugal. Un singular acontecimiento terminó con mis escrúpulos. En aquel tiempo, mi padre, que hacía investigaciones genealógicas sobre nuestra familia, descubrió por casualidad, a mediados del siglo XIX, la boda en Aquisgrán de uno de nuestros antepasados con una tal señorita Esther Rosenthal, judía polaca de la que había tenido cuatro hijos, el menor de los cuales era precisamente su bisabuelo directo. Aquella gota de sangre semita en nuestra dinastía aria se le subió a la cabeza, y tuvo una congestión que le resultó fatal. Recuerdo sus últimas palabras en la unidad de cuidados intensivos:

 

—Franz, me he equivocado toda la vida: los judíos tienen razón, son los verdaderos precursores de la Europa moderna.

Había odiado a mi padre durante años y años; el odio se convirtió en desprecio al llegar a la madurez, el desprecio en compasión cuando aquel déspota se reveló un anciano frágil y miedoso. Pero, tras aquellas palabras, el hombre volvía a ser mi padre. Y besé las manos de aquel Justo a quien la Revelación había herido en el umbral de la muerte. Y lloré desesperado cuando, en voz muy baja, el agonizante murmuró:

—Los cerdos son los árabes, con todo su petróleo.

 

 

 

Yo no amaba a Rebecca y lo lamentaba. Saciado, reclamaba en vano una pasión que había huido de mí. Ya no sentía nada, ya no temblaba, ya no tenía celos y aquella calma era desoladora. Me imaginaba a Rebecca en brazos de otros hombres, besándolos, recibiendo sus caricias, sus homenajes, y aquellas imágenes me dejaban indiferente. ¿Hay peor herida que advertir que el fuego de la pasión se retira de ti como el mar se retira de la playa cuando baja la maread? Yo tenía coqueterías de hombre rico: ¡oh, me decía, sufrir por una mujer, qué bueno debe de ser sufrir mal de amores! Veía la

 

 

 

 

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mirada de Rebecca implorando en silencio, solicitándome unas explicaciones racionales que yo no tenía. Mi deseo de ruptura era tan arbitrario como mi flechazo de hacía dos años.

 

—Pero dime qué te he hecho, si te he enojado, si te he herido… —¿Qué me has hecho? Nada: sencillamente, cometes el error de

 

existir.

 

 

 

Por un quítame allá esas pajas, una mirada, un lapsus, un número de teléfono garabateado, me hacía escenas de celos grotescas, insípidas, repetidas. Su cólera era una tentativa mágica de simplificar una situación que ya no dominaba. Yo sufría la cotidiana censura de la amante legítima que espía vuestra camisa, vuestra ropa interior, detecta el menor cabello, registra vuestros bolsillos y vuestras agendas, llama a los números que encuentra con la esperanza de dar con una voz femenina. Se esforzaba por reconstruir escenas, conexiones, contactos con toda la minuciosidad de un detective. Pues no hay policía más implacable que un amante para con el otro. Tachaba en mi agenda los números o las direcciones sospechosas para que yo no pudiera leerlas. Intentó incluso sobornar a una enfermera del hospital para que me vigilara. Para ella, cualquier extraño se convertía en una persona equívoca a priori y, por lo tanto, peligrosa. Y cuanto más intratable se mostraba, más se sumía en la torpeza. En la calle, era una espía pegada a mis talones, acechando la menor silueta femenina para evaluarla antes que yo y despreciarla. «No vale la pena que te des la vuelta —mascullaba—, es un verdadero adefesio». Para hacerla rabiar, me divertía mirando intensamente a los viejos, las ancianitas, o los bebés, y eso la desorientaba obligándola a permanecer siempre al acecho, de manera que al final, agarraba verdaderas tortícolis. Mi mariposeo la irritaba: en cuanto ella identificaba una, presa, yo estaba ya con otra, de modo que, creyendo caer sobre ella, sólo echaba mano a los despojos. Buscaba, a través de sus investigaciones, una rival de carne y hueso, única y sólida, con la que poder medirse, confrontarse. Pero yo no abandonaba nuestra pareja para formar otra; estaba siempre en otra parte, siempre le llevaba una conquista de ventaja. Y le decía con infantil aire de desafío: no

 

 

 

 

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te abandonaré por una mujer en particular, sino por todas las mujeres.

 

 

 

—Me amas —le decía—, ¿y qué me importa a mí? Sufre en silencio:

 

la discreción es la forma moderna de la dignidad.

 

 

 

El ritmo de las peleas se intensificó hasta convertirse en nuestro pan cotidiano: podíamos contar las horas de una semana en las que no nos habíamos peleado. En mi apartamento resonaban los incesantes ecos de nuestros enfrentamientos. Pasábamos días enteros en desgarradoras crisis, todo nos resultaba pavor y sufrimiento, y yo temía, por encima de todo, los fines de semana, que nos dejaban cuarenta y ocho horas seguidas frente afrente. Cada disputa era seguida de malas caras que desembocaban en componendas tan forzadas como frágiles. La reconciliación es una obscenidad de la escena de pareja. Que tras tantas invectivas, porrazos y maldiciones los cónyuges se encuentren frescos, dispuestos, como si nada hubiera ocurrido, es una basura, un abyecto agujero de la memoria. Pronto me exasperaron también esos arreglos: estaba cansado de aquel guión que funcionaba como un mecanismo de relojería, harto de aquella quincalla colérica, más codificada que la etiqueta de un rey en su corte. Aquellos excesos de violencia hubieran debido ser el exutorio de una tensión demasiado fuerte, pero el exutorio se convirtió en la propia pasión, la escena en nuestro régimen normal y el exceso en nuestro modo afectivo.

 

Rebecca me decía:

 

—Pasas la pubertad a los treinta años, sólo eres un obseso sexual. —¿Y  qué?  Esa  obsesión  no  tendría  nada  de  vulgar.  Pero  te equivocas. Soy alguien que no quiere renunciar a nada, se niega a elegir. Me echas en cara, como un escupitajo, mi donjuanismo. Lo acepto.  Don  Juan  aspira  al  don  de  la  ubicuidad:  quiere  ser  el apasionado amante de una sola y la revoloteante mariposa de todas, quiere arder por la fea y arder por la hermosa, aspira a abarcar en una sola existencia todos los destinos posibles. Por ello es un héroe de la impaciencia, no un militante del placer. Tú tienes

 

 

 

 

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sueños de modistilla. Aspiras a la felicidad de un hogar estable, a mí sólo me gusta acumular compañeras. Mi libertinaje te hace sufrir, yo sufro las tiranías de tu sentimentalismo. En vez de abrumarnos, reconozcamos nuestras distintas tendencias y saquemos las lógicas consecuencias de esa diversidad.

 

 

 

Rebecca y yo formábamos el dúo heterosexual estándar que puede verse en todos los parques, los cafés, los bailes, con los ojos húmedos, las manos secas, enjabonado el culo, el sexo siempre dispuesto a probar su, afecto, que no desea cargarse de niños o ancianos; en resumen, la perfecta concha cerrada. Contemplé a mi acerba media naranja que me proponía, a todas horas del día o de la noche, transformar mi exclusiva preocupación por mí mismo en un egoísmo a dos, en el que formaríamos un bloque contra todo el mundo. ¡Ah, qué hermoso ideal blindado, espléndido encarcelamiento en la caja fuerte matrimonial! Los acontecimientos de la vida pública, los grandes dramas que sacudían el mundo sólo llegaban a nosotros a través de nuestro capullo, apagados, y por lo tanto no nos alcanzaban. Habíamos tejido a nuestro alrededor una sólida túnica que nos protegía del exterior y Rebecca, ahora, quería elaborar otra. Para ella, el universo se reducía a un puñado de seres humanos sin los cuales iba apagándose. No se sentía inmersa en algo más vasto. Ignoraba los envites fundamentales de la época, vivía su vida en sus problemas personales, en la espantosa pesadez de su frivolidad.

 

 

 

La vida en pareja sólo se soporta denigrándola, único medio que queda para embellecerla. Durante mucho tiempo, la maledicencia me sirvió de distracción: hablar mal de Rebecca, destrozarla sin tregua ante mis amigos, me permitía no abandonarla, bastaba para liquidar mis malos humores; la traición como substituto de la deserción. Un domingo por la tarde, nos habíamos peleado como de costumbre y salí a comprar un paquete de cigarrillos. Cuando regresé, no estaba en casa: registré las dos habitaciones, la llamé; nada. Irritado ante la perspectiva de una larga tarde en solitario,

 

 

 

 

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llamé por teléfono a un amigo. Vertí en su complaciente oído todas mis quejas contra Rebecca, insistí en la ruina de mi deseo hacia ella y, con la irremediable fanfarronería de los muchachos, le conté alguna calaverada que había hecho dos días antes. Tras un cuarto de hora de conversación, decidimos encontrarnos en un café y colgué.

 

Entonces Rebecca salió de la cama deshecha: se había ocultado bajo el edredón, confundiéndose con él. La revelación de cierta verdad de mí mismo, que ella sospechaba pero no quería creer, le hizo el efecto de un revulsivo. Sacando las zarpas, comenzó a aullar desaforadamente y comenzó a derribar sillas y objetos, como acostumbraba. Creí que iba a arrancarme los ojos, pero fue más hábil. Con mal contenido furor, exigió acompañarme a mi cita; no adiviné sus motivos y acepté, jurándome que me mantendría al acecho. Explicó su estratagema a mi amigo, muy extrañado de verla, y luego le dijo:

 

—Sé que Franz te ha hecho sobre mí confidencias muy íntimas.

 

Tal vez te interese saber lo que me ha dicho de ti.

 

Resultaba que con aquel compañero, médico como yo, manteníamos en nuestro servicio una rivalidad profesional, ambos aspirábamos al mejor puesto, el mejor lugar en la estima de nuestro profesor. Se derivaba de ello una evidente competencia que se vertía a veces en bromas, en rencores otras, y que nuestras amiguitas conocían muy bien. Por mucho que protesté de mi buena fe, mi colega mostró curiosidad por saber lo que yo decía a sus espaldas, Rebecca, muy inspirada, no le ahorró ni un ápice de mis calumnias, desde su poco agraciado físico hasta su torpeza sexual, pasando por su talante de adulador. A medida que escuchaba aquellas confesiones, el hombre iba palideciendo, convencido de que ella no podía inventar detalles tan precisos. Al cabo de una hora, se levantó, muy pálido, y nos abandonó sin decir palabra. Aquella tarde conseguí un enemigo mortal y ninguna de las injurias que dirigí luego a Rebecca pudo consolarme de la pérdida de aquel amigo.

 

 

 

—Dime —le pregunté—, ¿qué puertas me has abierto en tres años de existencia, a quién me has presentado? Peluqueras, vendedoras, tenderas, maquilladoras, maniquíes, estilistas, traperos, manicuras,

 

 

 

 

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fotógrafos, pedicuros, es te tic is tas; ésas son tus relaciones, la chusma de lo fútil y lo vano, los petimetres de la moda y las apariencias.

 

 

 

Naturalmente, habríamos podido optar por las soluciones nobles. Moríamos por un excesivo cara a cara y hubiéramos debido distanciarnos, aceptar el prestigio de lo indirecto, espaciar nuestros encuentros. Pero cuanto más escaseaban nuestras entrevistas, menos ganas tenía de verla. Yo sabía que existen varias artimañas para salvar o prolongar la unión: elegir el desgarro, arriesgar el amor del otro, ayudarlo a recuperar su densidad. Habríamos podido entregarnos orgiásticamente a una multitud de pretendientes y, así, consolidar el contrato, fingir una pérdida para unirnos mejor. Aquellas opciones tenían el defecto de ser sólo formales y mantener un compromiso que yo ya no deseaba. Odiaba la monogamia en todas sus formas, liberal, promiscua, clásica, emancipada, conciliadora, dulce, y sólo aspiraba a librarme de ella. Y además, con aquellos acomodos, habríamos aguantado unos años más, cargando con nuestros rencores, conjugando pareja y libertinaje, encaminándonos hacia un fatal desenlace tanto más amargo cuanto más lo hubiéramos diferido.

 

 

 

Las cosas se arrastraban cruelmente. Habían transcurrido más de seis meses. Era necesario acabar. Tuve un acceso de valor. Le dije a Rebecca:

—Separémonos antes de que sea demasiado tarde. Separémonos en nombre de la historia que hemos vivido juntos y de la que ya no somos dignos. Esperaba que tomaras la iniciativa de la ruptura: no lo has hecho. Debo ocuparme sólo de tan penosa tarea. Compréndelo: hemos ido demasiado lejos; el peso de nuestras injurias, de nuestras bajezas es ya excesivo. No se trata de reparar o pagar, debemos reventar el absceso y separarnos. Me amas todavía, no esperes a no amarme; si te vas en el buen momento, ambos sufriremos menos. Ayúdame a librarme de ti, devuélveme la dignidad que pierdo al

 

 

 

 

 

 

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degradarte. Vivamos nuestras respectivas chifladuras sin agravárnoslas el uno al otro.

 

Me respondió:

 

—Quiero vivir como todo el mundo, al lado de un compañero que me cuide, quiero hijos, eso es todo. Te di mi substancia y deseo consagrarte toda mi vida.

—No me consagres nada, te lo ruego. No quiero tu sacrificio. Lo odio de antemano, a causa de los intereses que reclamarás un día u otro. No esperes agradecimiento de mi parte.

—Me he explicado mal, Franz; aunque sea desgraciada contigo me quedaré, pues no he perdido las esperanzas de cambiarte.

—No sueñes; otras lo intentaron antes que tú y se estrellaron. Una especie de gran obstáculo arruina, regularmente, mis empresas sentimentales. En mi impulso hacia ti, tomé la decisión de olvidar a todas las mujeres que había conocido y tener éxito donde había fracasado con las demás, conseguir un amor loco perdurable. La maravilla ha durado dos años. Hoy estamos pagando nuestro deseo de sacar a flote una ilusión. El mundo está lleno de agitación: los hombres, las cosas, respiran, se mueven, forman una vasta perspectiva, deseable, preciosa, en la que quiero mezclarme.

—Franz, analizas demasiado como para ser sincero. Pero si ya no quieres saber de mí, lo acepto.

Con lágrimas en los ojos, Rebecca recogió sus cosas y se marchó. Aunque no la amara ya, me sentía conmovido. Cuando la puerta se cerró tras aquella compañera que se desvanecía ya en el pasado, pude considerarme libre. El férreo vínculo se había roto, la cadena, suelta, se arrastraba por el suelo. Descansé por fin, lleno de un nervioso pasmo. Pero la cadena iba a sujetarse de nuevo, violentamente, y nos sacudiría tanto que íbamos a sentirnos unidos para siempre el uno al otro.

A la mañana siguiente, Rebecca regreso y me dijo:

 

—No puedo vivir sin ti: acuéstate con todas las mujeres, pero deja que me quede.

Hubiera debido ser duro. Pero aquella muchacha tenía la muda obstinación de los humildes contra la que nada puede hacerse; me desgastaba con su pasiva resistencia, y cierta cobardía me obligo a aceptarla de nuevo. Aquella vez estaba absolutamente decidido a no

 

 

 

 

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tener escrúpulos: se trataba de una guerra. Puesto que no se había retraído ante el infierno conyugal, iba a hacerle sentir el infierno a secas.

 

Pensé en los mejores modos de humillarla, y los clasifique en una lista de seis: el sexo, la raza, la clase social, el físico, la edad y la inteligencia. Elimine, primero, el sexo, la raza y la edad, humillaciones demasiado difusas para afectar a una persona concreta. Rebecca, por ejemplo, aguardaba con inquieta esperanza que yo la tratara algún día de «sucia judía», insulto que le habría confirmado mi ignominia. ¡Idiota! Habría deseado que estropeara lo único que respetaba de ella: su judaísmo. Yo buscab a injurias eficaces y me hubiera ridiculizado dirigiéndole aquélla: habría sido absolverla para abrumar a su pueblo; confundirla con una comunidad prestigiosa habría sido honrarla demasiado. Compréndame, el racismo es estúpido, ataca la colectividad en el individuo y comete un doble error: deja indemne al ofendido y provoca la solidaridad del pueblo al que pertenece, reúne cuando debería dividir. En la empresa de demolición que había iniciado con Rebecca, trabajaba yo en un nivel más sutil y operante: atacaba sus fibras más intimas; a saber, su inteligencia que yo ponía en duda, y su físico, al que criticaba, precioso tesoro de una mujer que había hecho suyo el imperativo moderno de nuestra sociedad: ser aparente ante todo. Anadi a ello la condición social, buen tema de vejámenes en nuestra época de reflujo, que ha restaurado el arribismo, la jerarquía de las clases y las fortunas. En resumen, elegí todos los terrenos que no podían dar lugar a una respuesta política o ideológica, golpee el blando vientre de la fragilidad personal. Quería que Rebecca quedara absolutamente indefensa ante su sufrimiento, reducida a los últimos despojos.

 

 

 

Por lo que al método se refiere, elegí la inconsecuencia: iba a romper en ella cualquier seguridad, la haría vivir en el miedo y la angustia, quería sentir como se tensaba y consumía poco a poco, y para ello iba a combinar el ataque y la sorpresa, es decir, a tomar la iniciativa, a acosarla sin descanso, a no estar nunca donde me esperaba (si era necesario, daría incluso muestras de clemencia

 

 

 

 

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cuando temiera mi severidad, y viceversa), pera que no pudiera dar nada por sentado, ni siquiera el café que tomábamos juntos, para que todo, incluso el aire que respirara, estuviera saturado de desaires, de odio, y sintiera suspendida por encima de su cabeza la perpetua amenaza de una contraorden, de una inesperada brutalidad. Mi objetivo fue recrear a su alrededor el mundo de los terrores arcaicos en el que viven los niños maltratados. Le hice a medida una existencia al acecho, para que ni siquiera fuera ya el alimento de mi cólera sino un testigo despreciable y sin importancia alguna de mi cotidianidad.

 

 

 

La enfermedad de no ser amada extendió muy pronto, por el rostro de mi amante, un velo que atenuaba el relieve de su belleza, volviéndola desabrida e inexpresiva. En cuanto su encanto se alteraba, se lo hacía notar. Ella se precipitaba hacia un espejo y, creyéndose fea, acababa afeándose realmente. Ése es el poder de la maldad: moldea y deforma a los individuos. ¡Pero qué talento exige! No imagina qué difícil es ser odioso; el mal es Una ascesis como la santidad, primero es preciso vencer los prejuicios de una sociedad propensa siempre a la compasión, aplastar sin descanso la pálida multitud de los buenos sentimientos, tener por fin un agudo sentido teatral, un conocimiento psicológico del alma que no está al alcance de todos.

 

 

 

En el colmo de la mala suerte, mi pobre amante tenía el defecto de somatizar mucho, castigando su cuerpo con nuestras disputas. La menor contrariedad le producía erupciones de granos, grandes manchas rojas que tardaban horas en desaparecer y que ella iba a ocultar en una habitación obscura. Cenamos, un día, en casa de unos amigos, gente de mi clase, jóvenes burgueses acomodados, rencorosos y «de izquierdas», naturalmente. Al iniciar la comida, como quien no quiere la cosa, le hice ciertas observaciones agrias sobre su ridículo modo de ataviarse, su nariz reluciente, su piel grasienta, sus ojos enrojecidos. La concurrencia creyó que eran susurros de ternura y se admiró de mi afecto. Rebecca fue a

 

 

 

 

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levantarse para llorar y mantuvo luego, para conmigo, una actitud hostil. De ese modo, todos me imaginaron inocente y dulce, soportando a una mujer vindicativa y colérica. Y yo conocía las consecuencias: la irritación no tardaría en hacer su feo trabajo en el rostro de Rebecca. Apareció una gran pústula en plena mejilla.

 

—Querida, tienes un grano en la cara —exclamé en voz alta. Rebecca palideció, pasó un tembloroso dedo por la región

atacada, tratándome entonces de «cabezón» o de «cara de culo».

 

Tomando por testigo a la concurrencia, exclamé:

 

—A fin de cuentas no es culpa mía que seas granujienta; todo el mundo sabe que el acné no depende de la edad.

Todos rieron, sobre todo las mujeres, feministas, claro, muy contentas de que humillaran a una rival que ni siquiera era de su clase. Si hubiera usted visto la cara de Rebecca: lívida como una momia. En pocos segundos, su perentoria belleza se desmoronó como un montón de platos. La conversación se reanudó mientras ella hacía huelga de palabras, ponía mala cara en un rincón, ocultando torpemente su mejilla con una mano mientras el mal evolucionaba, atacaba el otro lado, trepaba hacia las sienes, extendiendo sus sutiles mancillas hasta la boca y el cuello. Rebecca sentía tanto pánico cada vez que cenábamos fuera, que la alergia aparecía incluso cuando me portaba bien, prueba de que ya no tenía que intervenir para ser eficaz.

 

Y además, mi querida concubina estaba muy acomplejada ante aquella humanidad superior a la que yo la arrastraba y cuyo distinguido alboroto la fascinaba. La habíamos bautizado como «la Muda» porque no se atrevía a tomar parte en nuestras conversaciones y se mantenía en su silla, rígida y silenciosa. Y la poníamos siempre a un extremo de la mesa, cerca de la cocina, separada de todos, porque no tenía nada que decir. Nunca faltaba un alma caritativa que le reprochara su timidez y la sumiera más aún en su mutismo, pues aunque Rebecca me hiciera enloquecer de celos y me abrumara con sus veinte primaverales años, siempre carecería de aquella cultura burguesa, aquella infancia soñadora en grandes caserones algo deteriorados; su único lugar de vacaciones había sido el patio de un edificio de renta limitada, su único recuerdo de infancia el cuscús de los viernes por la noche y su único breviario el

 

 

 

 

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aparato de televisión. La pobre nunca estaba segura: se esforzaba por estar al corriente pero se advertía en ella el conocimiento reciente, la fresca pintura de una ciencia frágil, apresuradamente ingerida. Por más que hubiera querido tener mucha clase, estaba desprovista desde siempre de aquel desparpajo de los hijos de los burgueses a quienes se les ha inculcado, desde la infancia, que tienen razones para vivir. Y ni siquiera podía contar con la solidaridad judía: sefardita y proletaria, mis amigos askenazíes, para quienes las consideraciones de fortuna y educación prevalecían sobre los vínculos comunitarios, la desdeñaban.

 

Yo había conseguido pues el milagro de afear a Rebecca, de envejecerla prematuramente.

—Qué fea estás, ¿cómo he podido mirarte alguna vez?; me avergüenza que me vean contigo; eres fea y granujienta porque, en el fondo, eres estúpida.

Rebecca me respondía con dulzura:

 

—Cada mancha de mi rostro es una de tus maldades. Si quieres que sea hermosa como antes, detén tus perfidias.

Los progresos del mal eran fulgurantes: en pocas semanas, mi joven amiga acumuló todas las enfermedades psicosomáticas imaginables, y se convirtió en una enciclopedia de síntomas. Tenía anorexias, jaquecas, dolores de estómago, transtornos renales, taquicardia, colitis. Ahora, después de casi cada comida, vomitaba y se retorcía de dolor en la cama; adelgazó, se debilitó. Sus cabellos caían y negras ojeras devoraban sus mejillas. Sólo tenía un aliado: los cigarrillos de los que hacía un uso inmoderado, llegando hasta tres paquetes diarios cuando la tensión era grande. Aquello le daba un espantoso aliento, y por la noche la obligaba a dormir dándome la espalda y con una gasa en la boca. Además, la pesadumbre y los calambres le impedían cerrar los ojos. La oía suspirar, sollozar, y su malestar endulzaba más todavía mi voluptuosidad a la hora de sumirme en el sueño. Agotada por los largos insomnios, estaba continuamente enferma, atrapando todos los microbios que corrían por allí. Yo era su médico y me divertía engañándola con los medicamentos, recetándole drogas inadecuadas o peligrosas: por ejemplo, le aconsejé aspirinas para detener un comienzo de úlcera, cuando el remedio ataca y corroe la mucosa gástrica; los dolores se

 

 

 

 

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agravaron y, por casualidad, un farmacéutico indiscreto, en una conversación, le reveló mi superchería. Pero ella se inclinó y siguió recurriendo a mis servicios.

 

 

 

Si hay un modo noble de amar al otro hasta en sus fragilidades, hay también un modo mezquino de debilitarlo insistiendo en sus menores defectos. Así, yo había instilado en Rebecca la duda sobre sus capacidades, haciendo espejear el fracaso de su vida. La sospecha había arraigado como un injerto y yo había conseguido hacerle creer que era una fracasada, pese a su juventud. Desde el inicio de nuestra relación, puse el dedo en la llaga de sus carencias culturales, lingüísticas (ni siquiera tenía el bachillerato), y en vez de ayudarla a superarlas, se las recordaba incesantemente como una decisión del destino. El miedo a que la pusiera en ridículo, cuando hablaba inglés, por ejemplo, o se lanzaba a una discusión «intelectual», la inmovilizaba en la reserva, haciendo arraigar la idea de su propia inferioridad. La había tratado tanto de ignorante y zoquete que había quedado bloqueada y embotada para siempre. Así, envuelta en sus carencias como en un traje mal cortado, caía siempre en las mismas roderas. Con la excusa de desarrollar sus abandonados dones, iba yo terminando con ellos, pues el móvil de mi política era secretar la culpabilidad de la que afirmaba liberarla.

 

 

 

Había convertido a aquella muchacha inteligente y viva en un ser miedoso, un enano tembloroso, a fuerza de hurgar en sus entrañas.

 

—No tienes derecho a juzgarme así, a abrirme el vientre —me decía—. Es digno de un polizonte, no de un amante.

Pero sólo protestaba formalmente. ¿Qué quiere? Su felicidad era formar parte del inventario de mis bienes. Para ella, yo me movía en un orden superior que coincidía con la vida mientras ella, ocupada en labores subalternas, encadenada en las bajas regiones de la existencia, recibía sólo pálidos fulgores. Comparaba su incoherencia con mi orgullo, su debilidad con mi éxito. Mujer, peluquera, hija de pobres: tres humildades que se inclinaban ante mi estatuto de hombre brillante, acomodado, culto. Había interiorizado mis

 

 

 

 

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sentencias; la había declarado no instruida, idiota, sometida e incapaz, y ella se asía a aquellos dictados como a su propia verdad.

 

 

 

En adelante, mi cólera no necesitaba ya razones para estallar ni mi resentimiento causas para ser definitivo. En Rebecca me exasperaba, por encima de todo, lo que yo llamaba su faceta de «cadena de excusado», su aspecto de perro apaleado cuando, estremecida y resoplando, puntuaba cada una de sus frases con un sollozo contenido para darles un acento doloroso. La mártir hacía muecas, intentaba avergonzarme con la ligera humedad de sus ojos, el amargo pliegue de su boca. Pero yo no me dejaba conmover por un dolor que la hacía, para mí, más despreciable todavía. Azotado por sus lágrimas, que me irritaban por encima de todo en cuanto las notaba dispuestas a brotar, la sacudía con rabia, le pegaba, la abofeteaba, le exigía que me devolviera el bofetón. Como no se atrevía, seguía martirizándola con mis puños cerrados hasta que caía con el cuerpo cubierto de equimosis. Se derrumbaba con un grito sordo y permanecía postrada en el suelo. Tirando de sus cabellos, la obligaba a levantar la cabeza, para descubrir en sus ojos una sumisión absoluta. Aquella loca se habría dejado matar por el placer de perderme con ella. Su esclavitud adquiría proporciones tanto más graves cuanto que la aceptaba libremente.

 

 

 

Saqueaba a aquella mujer que me amaba, aquella mujer que me había amado más que ninguna otra, como había saqueado a los seres que se habían acercado a mí para castigarlos por la ternura que me demostraban. Las demás se habían marchado a tiempo mientras Rebecca, al quedarse, aceptaba su propia destrucción. Su ciega docilidad me convencía de que había nacido para ser una víctima. Hipócritamente, la exhortaba a la dignidad, le echaba en cara su falta de orgullo y de amor propio. Pero persistía en mis abyectas conductas. Nada espectacular: una presión constante, cotidiana, dirigida a un solo fin: llevarla a sentirse culpable, hablara o callase, se moviera o durmiese; para que sólo viera en mí a un juez que estaba instruyéndole un perpetuo proceso. No piense que la maltrataba

 

 

 

 

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durante las veinticuatro horas del día. Alternaba, de acuerdo con las más hermosas reglas de la casuística, los instantes de dulzura con las crisis de firmeza. Esperaba que Rebecca llegara a cierto nivel de relajación y esperanza para quebrarla mejor, gozando de aquellos súbitos quiebros que ponen los nervios de punta y desbaratan mejor que una pelea a los temperamentos más aguerridos. Se estaba convirtiendo en un juguete que yo desarticulaba, un cangrejo al que arrancaba una a una las pinzas para ver cómo estaba hecho. ¿Hay algo mejor que herir un alma que está ya sangrando?

 

 

 

Mi amante quedó embarazada a consecuencias de una cópula chapucera, una noche de borrachera en la que, tomándola por otra, la cubrí sin contemplaciones. Quiso quedarse con el niño y, al principio, me lo ocultó. Cuando me di cuenta y aunque fuera tarde — dos meses ya—, exigí el aborto. Aquel retraso le fue fatal: una complicación postoperatoria causó en ella un mal que la libró, sin posible recurso, de la capacidad de procrear. El comienzo del embarazo había distendido los tejidos del vientre y de los pechos: la piel se había aflojado como esas camisas baratas que no resisten el lavado, en el busto y la cintura abdominal aparecieron grietas. Aquella adolescente que con tanta dureza había impuesto la perfección de su cuerpo, la había perdido en pocas semanas. Probatorio resultado de su nueva vergüenza: ya no paseaba desnuda por el apartamento y dormía siempre con un pijama o un camisón.

 

 

 

Yo no sabía ya que inventar para perjudicarla, e iba ensayando pequeñas torturas: no hay que desdeñar la acumulación de insignificantes crueldades, que destrozan más aún que una gran pesadumbre. Mis primeros ataques habían sido brutales, aplastantes, pero Rebecca sufría más por aquellos golpecitos repetidos, aquellos pequeños electrochoques que la descentraban cada vez más.

 

 

 

Comenzó pues a beber. Yo alenté su vicio comprándole, cada noche, una botella de whisky o de vodka. Se emborrachaba siempre

 

 

 

 

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y se dormía en el santo suelo, en medio de sus vómitos y sus avinados relentes. Una noche, asqueado por su actitud, le quemé las piernas en varios lugares con un cigarrillo. En algunos puntos se lo hundí tanto que comenzó a oler a carne quemada. Si supiera qué curiosa sensación produce quemar a un ser inanimado: sufre, hace muecas, pero el embrutecimiento es tan fuerte que no le permite despertar, y eso os hace gozar, al mismo tiempo, de aquella semiconciencia y aquella impunidad. Al día siguiente afirmé que ella misma se había quemado durante su borrachera, e incluso que yo había tenido que evitar el incendio del apartamento. Sin pruebas, no le quedó más solución que aceptar lo que yo decía y curar sus heridas, algunas de las cuales no desaparecieron nunca. En otra ocasión, había pedido una semana de baja para curar una bagatela. Ya sabe usted que cuando se está de baja hay que quedarse en casa esperando la visita de un inspector. Una tarde, sabiendo que Rebecca había salido a comprar, telefoneé desde la consulta a la Seguridad Social para denunciar la falta. Rebecca nunca supo quién la había denunciado. Fue expedientada, perdió su subsidio y tuvo que volver a la peluquería al día siguiente.

 

 

 

Es curioso: los seres desgraciados atraen la desgracia. Sobre Rebecca, baldada ya de sufrimientos, llovían las miserias; su situación profesional se degradó. Faltaba demasiado, trabajaba mal y en un casi permanente estado de postración; a veces, mientras estaba lavando una cabeza, estallaba en lágrimas, apenas respondía a los clientes, se mostraba muy irritable con sus colegas. Sus jefes pensaban despedirla y le habían enviado ya dos advertencias. Aproveché su precaria situación para darle el golpe de gracia: le robé el salario de un mes, llevando mi cinismo al extremo de regalarle un par de pendientes de oro para consolarla. Ni un solo instante sospechó la verdad, y comenzó a dudar de su mejor amiga, con quien, el día del robo, había tomado el té. Tuvo que pedir prestado a sus patrones; pero, entristecida por aquella pérdida, trabajando sin placer, vengándose de su infortunio en los cráneos de los clientes, fue despedida poco después al haber olvidado bajo un secador a una cliente cuya cabellera estaba ya medio carbonizada. El despido

 

 

 

 

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marcó una fecha en el deterioro de nuestras relaciones: en vez de atemperar mis reproches, me volví extremadamente duro.

 

A medida que nos zambullíamos en aquel lodo, pedía gracia, creyendo haber llegado al fondo de la infamia, pero yo la hundía más aún. Cada día le descubría nuevos detalles, con un rigor en la abyección del que yo nunca me habría creído capaz. Ella pensaba saberlo todo sobre la abominación, pero seguía ignorando un rasgo especialmente indignante, un refinamiento inédito inventado por mi inagotable maldad. El espectáculo de aquella vida que zozobraba me gustaba. Sólo la torturaba porque tenía la seguridad de su absoluta inocencia: su candor, su ingenuidad azuzaban por sí solas mi voluptuosidad cuando la hacía sufrir. Me volvía cada vez más violento esperando una reacción, pero si reaccionaba mi furor no tenía límites.

 

Con frecuencia, la infelicidad la hacía volverse loca: comenzaban entonces los gritos, las muecas, los movimientos desabridos. Sus labios temblaban, se asfixiaba, crisis de tetania hacían chocar sus piernas como muletas de madera. Una mujer es un bloque duro en el que no puede penetrarse: yo había agrietado a Rebecca hasta el punto de abrazar sólo un montón de ruinas. Tenía sobre ella un poder sin límites. Había quebrado el resorte de su voluntad, la había atado a mí con un yugo de hierro. Había desdeñado su cuerpo para hacerme dueño de su cerebro, donde hacía reinar el terror. Dominaba su alma, modulaba sus pensamientos, encontraba en su boca frases que yo había pronunciado una hora antes y, en mis manos, su sistema nervioso era un juguete cuyo teclado manipulaba yo en todas direcciones, como si fuera una calculadora. Ella era mi caricatura viviente, mi sombra, mi grotesco reflejo, la víctima cooperaba con el verdugo en su propia destrucción. Se había convertido en una criatura frenética, suspendida siempre de mis brazos. Se agarraba a mí como la sarna, hallando en su pesadilla una especie de inmunda razón de vivir que la mantenía a flote. La persecución le impedía escapar de la soledad, y el temor a perderme había florecido en ella hasta el punto de hacerle medir el vacío de una existencia de la que yo estuviera ausente.

 

 

 

 

 

 

 

 

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¿Cómo es posible que ocurran hoy esas cosas? ¿Y por qué no? El pasado, con todos sus vicios, se impone precisamente porque nuestra época liberal decretó que quedaba abolido; así, como la barbarie no se combate ya, prosigue su trabajo en la sombra, llevando el extremado arcaísmo al corazón de la modernidad. Para mí, la situación era más sencilla todavía: en mi educación, todo —le recuerdo que era hijo único— me había acostumbrado a la peor ley de la jungla: devorar el otro para que no te devore. El hábito de no compartir nada unido al de recibirlo todo, la utilización del sistemático disimulo, una permanente necesidad de ayuda unida a un odio, igualmente fuerte, por aquellos que me ayudaban, eran otros tantos elementos que habían contribuido a corromperme hasta la médula. Debilitado por los mimos, lo tenía todo salvo lo esencial: la percepción del otro. Rodeado de cortesanos, de criados o de halagadores, no había conocido más sentimientos humanos que la gama infantil de la envidia, el capricho y el enfado. Acostumbrado a que me sirvieran, consideré la abnegación de Rebecca como un merecido homenaje. Nunca pude vivir sin martirizar a alguien, amigo, pariente o amante —necesito una víctima como una locomotora necesita carbón—, y convertí aquella alma ardiente y recta en una sucursal de mi propio yo.

 

Rebecca me había tratado de puerco: yo reconocía en mí ese defecto. Había elegido el mal por pura comodidad, para ser algo más que nada. Por orgullo, quería absolutamente que todas las culpas estuvieran de mi lado. Imaginamos a la gente malvada como monstruos, empeñados continuamente en hacer daño. Pues no, son seres comunes, buenos padres, buenos empleados a quienes la debilidad de un compañero ofrece, de pronto, el camino hacia una intermitente carrera en la tortura. Así, la miseria de los demás me electriza: en cuanto me piden ayuda, en vez de socorrerlos, golpeo, aplasto, pisoteo. Me revolcaba en los execrables nombres que Rebecca me daba como un cerdo en el lodo, empeñándome en merecerlos, poniéndome así a la altura de los grandes infames de la historia.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Mi postrer golpe maestro fue enemistarla con mi hijo. Sabe usted muy bien qué maleables son los niños, y qué receptivos a la propaganda psicológica. En cuanto ella le reñía por una negligencia cualquiera, yo lo defendía en voz alta, sobre todo si se había portado mal. Le ofrecía todo lo que deseaba, poniendo de relieve que Rebecca no lo habría hecho nunca. Seda presentaba como una usurpadora que había tomado el lugar de su madre. Detallaba sus menores defectos, sobre todo su odio por los niños, que le describí como visceral. Le aconsejé que desconfiara de ella y nunca se quedara solo en su compañía. A hurtadillas, iba a su habitación, desgarraba sus revistas y rompía sus juguetes, acusando luego a Rebecca. Por mucho que ella protestara, mi hijo estaba convencido de que no le quería y deseaba separarle de mí. Entonces, instintivamente, de acuerdo con la ley tribal que une a los hombres contra las mujeres, tomaba partido por mí y, engallándose, no dejaba de insultarla. «Papá es demasiado bueno, debería echarte». Saber que aquel niño, a quien había cuidado como si fuera suyo, estaba de mi lado, sumía a mi dulce amiga en interminables crisis de lágrimas. Y el día en que, con la implacable crueldad de los mocosos, le lanzó a la cara: «Un médico nunca debiera salir con una tendera…», ella se derrumbó literalmente y sufrió una crisis epiléptica que nos asustó.

Pero lo olvidaba todo, pues perdonar le producía un goce infinito: como si hallara en la absolución el último recurso frente a su desamparo. La lírica lepra del amor pasión la había pervertido hasta la médula. Por más que yo cometiera, día tras día, lo irreparable, era tan propensa a la clemencia que terminaba desactivando mis peores fechorías. Bueno, llegaba a robarme el goce de verla destruirse, eludiendo cualquier queja, tomando mi cabeza entre sus manos, acariciando mis cabellos. Me sentía desorientado como si hubiera insultado a una estatua, mis sarcasmos se derrumbaban uno tras otro y ya sólo me quedaba callar o golpearla.

 

 

 

Advertí con desasosiego que encontraba cierto consuelo en su situación de chivo expiatorio. Ni mi aversión declarada ni mi hiriente brutalidad le hacían ya el menor efecto. Se acostumbraba a su

 

 

 

 

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decadencia. Había capitulado sin condiciones; yo me sentia malhumorado, mas vencido por aquel triunfo que si me hubiera aplastado. Habíamos llegado a un punto en el que mis caricias, mis besos la molestaban: ya no los comprendía, esperaba mordiscos y laceraciones cuando yo le ofrecía mimos, temiendo con razón que un resquicio de bondad fuera preludio de algún desenfreno. Yo era su dueño: encogida, gimiente, había depositado su vida en mis manos. En aquel entonces habría podido hacer cualquier cosa: prostituirla, llevarla al suicidio, al robo, a la delincuencia. Pero lo mio no era convertirme en macarra o gangster, y difícilmente podía llegar más lejos sin aniquilarla.

 

Mi brutalidad era a su vez un vinculo demasiado fuerte: necesitaba en exceso a aquella mujer a la que torturaba como para no convertirme también, aunque torturador, en esclavo de mi esclava. Una sordidez sin brillo, la sordidez de las situaciones inrremediablemente arruinadas, corroía nuestra vida en común. También mi hostilidad sucumbió a la grisalla: burbuja en un estanque, mediana convulsión de una vida atona, comenzó a llevarse bien con la mediocridad. Me canse de mi sadismo, no por bondad de alma sino por tedio. Termine odiando mi salvajismo y su objeto me pareció muy débil y lamentable. Rebecca no representaba ya nada: apenas una bayeta en un trastero.

 

Temiendo no poder desembarazarme de ella, imagine una estratagema. Le propuse irnos juntos de viaje, lejos de todo aquello que había estado a punto de destruirnos. Elegí un exótico destino: Filipinas. Tome, por mi parte, todas las disposiciones: alquile un apartamento, obtuve un cambio de hospital, dimití de la consulta. Compre los billetes —había llevado mi bondad hasta pagarle el viaje —, reserve hoteles, me encargue de los visados. Creyendo que la pesadilla iba por fin a terminar, Rebecca recuperaba los colores e incluso, por que no confesarlo, cierta belleza. El día fijado, fuimos juntos a Roissy: facturado el equipaje —mi maleta estaba llena de papeles viejos—, fuimos los primeros en instalarnos en el avión. Apenas sentado, pedí a Rebecca que cuidara de mis cosas mientras yo iba al lavabo. En realidad, me abrí paso a contracorriente entre los pasajeros que embarcaban, salí por la pasarela, corrí por la cinta

 

 

 

 

 

 

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transportadora, cruce el aeropuerto, volví a pasar por la aduana y me metí en un taxi.

 

¿Por que añadir esa innoble artimaña a la crueldad de mi partida? Porque Rebecca necesitaba un diluvio de sadismo para comprender mi voluntad de separarnos. Porque me reía interiormente de su sorpresa, de su espanto, de su abominable sufrimiento al descubrir mi ardid. Porque la ruptura es un acontecimiento demasiado risible como para llevarla a cabo mediante los rituales ordinarios, y porque deseaba, añadiendo una pizca de sordidez, escapar de su pegajosa sensiblería.

 

 

 

Por fin estaba solo. ¿Me había olvidado de Rebecca? Creo poder decir que sí. Me reía de mis pasados terrores, de mis adormecidos entusiasmos. Una sucesión de ciclos me había curado el cáncer conyugal, para el que me sabía inmunizado durante mucho tiempo. Nunca más pensaría la vida en términos de pactos, de juramentos, nunca más intentaría sondear a un ser hasta el fondo de sus entrañas. Ahora sabía ya que el amor no existe, que estamos solos. La osmosis es un señuelo: había cortado el cordón umbilical con la pareja que, al abandonar la adolescencia, prolonga el calor y la seguridad de la familia. Me disponía a vivir como moriré: solo, en compañía de otras soledades cuyos rumores y cuyo afecto, en vez de consolarme, me remitían a mi propio aislamiento.

 

Me lancé al libertinaje con una ferocidad sin escrúpulos. Incapaz de dominar los impulsos de mi avidez polígama, corría tras mis posibles conquistas y notaba una terrible voracidad para tomar, estropear, poseer todo lo que podía preocuparme un goce rápido y brutal, voracidad avivada por mi reciente cuaresma monogámica. Liberado de toda pamplina sentimental, iba de una conquista a otra, rehusando cualquier vínculo duradero. Estaba muy lejos de seducir a todas las mujeres que deseaba, pero gustaba entonces por mi voluntad de gustar. Objeto de la fantasía de numerosas criaturas, sin reinar sobre ninguna, abandonándolas sin conocerlas para entregarme a otras, cada vez ponía en juego mi vida.

 

Aplicando al pie de la letra el principio evangélico: amad a vuestro prójimo, pues en cada mujer amaba sólo a la que seguiría,

 

 

 

 

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me inclinaba con igual ternura sobre cualquier cuerpo, cualquier rostro, con un impulso de gratitud que me alentaba a abarcar demasiado para abrazarlo todo. A un lado están las pocas mujeres a las que amamos durante toda nuestra vida, y al otro la feminidad, inaccesible incluso; yo tendía pasarelas entre uno y otro, exigía de cada persona con la que me encontraba que fuera la expresión parcial, instantánea, de una esencia que la superaba. Intoxicado por el propio cambio, tenía prisas por consumir, no atendía a la condición ni la belleza, y la historia más rápida era la que me parecía mejor. En resumen, suspirando por grandes acontecimientos, me entregaba al amor con el encarnizamiento de un neófito, feliz por aquellas intrigas que despertaban en mí fuerzas apagadas por la rutina sentimental.

 

Me negaba a adquirir una memoria amorosa y sólo existía para la móvil y versátil mirada de los demás. No deseaba que un ser, sólo uno, abarcara el conjunto de mi vida y no tendría aquel confidente único y singular que testimoniara, para la posteridad, todo lo que fui. No vivir en pareja es renunciar a la propia leyenda, es perder la unidad de una historia para adquirir el desaliño de un rumor. Esa búsqueda de la constancia en el amor, semejante a la búsqueda de un Dios único en la religión, me había hecho sufrir demasiado como para seguir aceptando sus seducciones. Prefería vivir disperso, sin dejar rastros a mis espaldas, porque el compromiso amoroso me sumía en una memoria que se parecía a la amnesia, daba a mi destino una coherencia que yo asimilaba al extravío. Los seres de la fidelidad son, en primer lugar, seres de la tibieza, lo que les convierte para mí en inútiles. Yo era ya sólo un nombre propio que se cruzaba con otros nombres propios, a los que anulaba casi enseguida por medio de otros nuevos. Y saboreaba aquel desarraigo, contrapartida del más hermoso de los dones: la libertad.

 

Como una araña célibe que tejiera mil entrecruzados hilos, sabía ya que tenía la capacidad de crear en todas partes pequeñas sociedades móviles, versátiles, mientras la pareja me sumía en una soledad irremediable y, por decirlo de algún modo, metafísica: estaba más solo siendo dos que estando solo. Absolutamente disponible frente a la vida, iba de un lugar a otro, y cada desconocida me proporcionaba la sensación de ser un desconocido

 

 

 

 

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para mí mismo. Llegué a tan agudo grado de excelencia que todo lo que antes había sentido adquirió el sabor de la mediocridad. Para mí, todos los lugares estaban preñados de la misma poesía, una fábrica valía tanto como una playa, un panorama romántico tanto como la más infecta calleja, siempre que allí estuviera una mujer-deseada. Las bellezas del mundo me dejaban frío si no las animaba una presencia femenina, sólo conocía los paisajes de mi deseo, los paisajes humanos.

 

Mis malabarismos estaban desprovistos de arrogancia: las mujeres me solicitaban tanto como yo las reclamaba. Desde que el donjuanismo es compartido por ambos sexos, ha perdido su aureola maldita, ha dejado de exhibir su libertad como un desafío. Ya no hay ligones porque hay ligonas. Los seres se entregaban, partían, llegaban sin pedir explicaciones, con una aceptación o un rechazo inmediato, y aquella sencillez me encantaba. Les decía a todas desenvueltos «te quiero», cuya intensidad aceptaban sin empeñarse en el contrato. Entregado al esplendor de aquellos destinos entrelazados, de las relaciones amorosas sólo conocía la belleza de los inicios. Me cruzaba con un inaudito muestreo humano, flotaba en una sucesión de instantes que se imponían, manteniéndome en un estado ingrávido. La felicidad de sentir una fuerte tensión, una especie de bárbaro apetito por la diversidad me daban la sensación —ingenua sin duda— de ajustar mi paso al formidable itinerario de la sociedad. Pasado el primer tiempo de desenfreno sexual, pensé en expatriarme. Francia es un país que duerme y en el que no podemos dejar de replegarnos sobre nosotros mismos, es la patria de la vida privada: por ello florece más que en cualquier parte la sífilis conyugal, el amor egoísta de los esposos, atrincherados, con todas las ventanas cerradas, cuando el mundo se yergue alrededor. Aprovechando mi especialidad en parasitología, me puse en contacto con «Médicos sin fronteras» y solicité ser destinado a un país pobre pero liberal de costumbres, como el Africa negra o el sudeste de Asia, sabiendo que serviría mejor si mis inclinaciones eróticas podían satisfacerse sin obstáculo. En fin, tras treinta años de tanteos, creí haber conseguido articular mi pequeña historia con la copiosa historia de los demás hombres.

 

 

 

 

 

 

 

 

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Veo su mueca, Didier. Está diciéndose: ese cerdo presume de sus villanías, me suelta sus horrores con la sonrisa en los labios. Pues sí, denigrándome le permito el privilegio de la indignación. Pero también me libero: convierto sus oídos en un vertedero en el que abandonar mis pecados.

 

 

 

Su mirada iluminada por una horrible sagacidad me revolvió el estómago. Me levanté sin decir palabra. Sólo un hombre que sintiera un verdadero goce flagelándose a sí mismo podía descender, con semejante embriaguez, hasta tan impúdica confesión. ¿Estaría complaciéndose en vituperarse? No tuve tiempo de preguntármelo, pues apenas había cerrado la puerta de su camarote cuando choqué con alguien en el corredor: era Rebecca, que evidentemente había estado escuchando. Cosa extraña: no lanzó ni un grito; ambos permanecimos mudos, sorprendida ella en flagrante delito de espionaje, inmovilizado yo por el pasmo y aturdido todavía por las confesiones del paralítico. Al parecer, tenía algo que decirme; tal vez también ocultara un secreto. Había retrocedido hasta ponerse bajo la luz de un aplique: aquella iluminación que habría sido inmisericorde para otra, realzaba su hermoso rostro, preso todavía en una difusa infancia. Sus cabellos se estremecían bajo el soplo del aire acondicionado, las largas pestañas agrandaban sus ojos y les daban un mayor brillo. Me sentí invadido por el respeto ante aquella boca cerrada tanto para la excusa como para el pesar, yo no sabía ya si le guardaba rencor, si debía reprocharle su traición.

 

—¡Ahora sabes ya que desgraciada he sido!

 

Aquel brutal tuteo me conmovió: habíamos pues restablecido la intimidad e inauguré sin demora aquella prueba de amistad.

—No consigo creer que haya… que hayas sufrido todo eso.

 

—No me juzgues por la impresión de fuerza que produzco… Pero, dime, ¿no estás enfadado por lo de esta tarde?

—Sí, no, bueno…

 

—Ha sido una broma idiota, lo admito. Pero créeme, Didier, era el único medio de que lo supieras.

—¿Pero por qué se lo has dejado a él, por qué no me lo has contado tú misma?

 

 

 

 

 

 

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—Le dejo a Franz el uso de las palabras, pues ya no posee el del cuerpo. Es su último placer. Cada vez que permanece con alguien más de veinticuatro horas, le domina el irresistible deseo de contarlo todo. La gente suele reprenderle. Entonces, para tentar a sus oyentes, les lanza el señuelo de que me entregaré a ellos si le escuchan pacientemente. Es una pura divagación por su parte, yo nunca acepto el compromiso.

 

—Ya lo sé, me lo ha dicho. Pero no le escucho por esta razón — rectifiqué, deseoso de no parecer demasiado interesado.

—¿Lo haces realmente por caridad?

 

La acosé entonces con desordenadas preguntas sobre las extrañas costumbres que ella y su marido tenían, pero todas ellas le recordaron perspectivas de sufrimiento y de gloria que consideraba ya adquiridas y que no quería desvelar. Fatigado, pregunté:

—¿Puedo esperar otra cita? ¿Una de verdad?

 

—Me has perdonado pues… Escucha mañana la última confesión de Franz y te prometo que luego… pero perdóname, debo dejarte, es la hora de la inyección.

Cuando me di la vuelta, vi a Tiwari que estaba observándonos de lejos, desde un recodo del pasillo. En cuanto se vio descubierto, bajó la cabeza y entró en un camarote.

¿En qué se metía ése? Me dirigí a la segunda clase frotándome las manos, lleno del gozo egoísta, vanidoso, de quien va a tener éxito y recogerá muy pronto el fruto que desea desde hace mucho tiempo. No le guardaba rencor a Rebecca; aunque no había obtenido, de su parte, nada tangible, me sentía seguro. El insólito pacto de su marido era sólo el fantasma de un enfermo forjado en la soledad. No había entre ellos alianza, y eso era lo importante.

Sólo existíamos Rebecca y yo, Rebecca que había penetrado en mi corazón como se entra a hurtadillas en un apartamento, hermosa ladrona con la que pactaba.

Cuando llegué a nuestro camarote, comprendí enseguida que Béatrice me gustaba menos. O, mejor, que seguía siendo la misma cuando a su alrededor todo había cambiado.

—¿Por qué no has vuelto? —me dijo con las mejillas rojas de excitación—. Hemos formado equipo con Marcello y Tiwary, y hemos ganado cuatro veces.

 

 

 

 

 

 

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—Estaba en el camarote de Franz —dije secamente, prefiriendo la franqueza a una inútil mentira.

 

—¿En el camarote de Franz? Creía que no querías volver a verle. Estaba tan contenta por los éxitos de la tarde que ni siquiera escuchó

mi respuesta.

 

 

 

Cenamos poco, separados de los demás. Contemplaba yo aquel comedor poblado de apagados y sudorosos comensales como si nunca lo hubiera visto, sensible por primera vez a la espantosa fealdad del paquebote. La verdad es que muy pocos de sus pasajeros se me habían hecho familiares, y la mayoría me eran indiferentes, confusamente agrupados sin que los calificara ni siquiera con un apodo o una marca distintiva. Por mucho que me forzara a la esperanza, pensando en el día siguiente, la idea de aquella velada con Béatrice, en la que no podía ver a Rebecca, ahogaba en mi garganta el optimismo. Por un monstruoso deslizamiento, del que no era dueño, el relato de Franz, en vez de rebajar a su esposa, influía en mi relación con Béatrice. Esta vez advertí una asociación directa entre la historia y mi progresivo desinterés por mi compañera. Y ahora transfería a mi amante el desprecio que él presumía de haber sentido por la suya. Simple coincidencia, claro, y sin embargo se me ocurrió la idea de que el tullido estaba infectándome con sus gustos, instalando en mí un talante de parásito.

 

No, me engañaba, Franz no tenía responsabilidad alguna en mi desamor; aquel viaje había catalizado un descontento que estallaba por la presión de las circunstancias. ¿Cómo explicar, si no, aquel flechazo, aquel relámpago en un cielo tan sereno? ¿No sería nuestro viaje a Oriente un intento de remendar nuestra pareja? Permanecíamos juntos porque la cosa había comenzado y debía continuar sin más noble razón, por sencilla obediencia a una rutina que habíamos segregado. Había algo absurdo en aquella continuidad. Ya no aceptaba a Béatrice sin más ni más, sopesaba sus cualidades y sus defectos como un vulgar mercader. Y yo, que la llamaba «mi destino» hacía dos días, tenía ahora ganas de rectificar llamándola «mi desengaño».

 

—¿Qué te pasa? —me preguntó—; estás raro, no dices nada, me da la impresión de que me rehuyes.

—¿Por qué dices que te rehuyo?

 

 

 

 

 

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—Hoy no me has leído nada, diríase que olvidas nuestro viaje.

 

—¡Nuestro viaje! Hablas de él como si fuera un hijo.

 

—Tal vez prefieras el hijo de Franz y su folletón sobre su Dulcinea.

 

Era la primera vez que hablaba de Rebecca en ese tono.

 

—¿Por qué la tratas de Dulcinea? ¿Qué te ha hecho?

 

—Me irrita, sencillamente. Detesto esos ojos que te miran de la cabeza a los pies, no me gusta su modo de establecer una relación de competencia con las demás muchachas.

El patán que dormía en mí respondió:

 

—No le perdonas que sea más hermosa y joven que tú. Me miró sorprendida como si no esperara algo así. —¿Soy fea y vieja?

—No he querido decir eso.

 

—Me parece que la defiendes con mucho ardor. Ya sé que es hermosa y que te gusta. Sólo la he atacado para ver tu reacción.

—Es una prueba estúpida.

 

Me sentía humillado por haber reaccionado así. Pero Béatrice dijo sencillamente:

—¿Sabes? Creo que no hacemos bastante el amor.

 

 

 

Aceptando dócilmente la invitación, actué después de la cena en la estrechez de nuestra flotante catacumba. Sin embargo, incluso desnuda, no se desprendía de su envoltura de mujer legítima. Y cuanto más la veía atarearse en las abluciones de su aseo íntimo —tenía la higiénica manía de lavarse antes del amor—, más notaba adormecerse el deseo. Todo iba de través en aquella morfología, y tuve que cerrar los ojos para no profanarla con mórbida delectación, muy contraria a mi indulgencia.

 

Finalmente, con la colaboración de la costumbre, nos acoplamos torpemente. Pero, en mí, todo se contraía ante aquel abismo blanco cuya geografía conocía hasta el más íntimo repliegue; y el cabeceo, que aumentaba hora tras hora, en nada contribuyó a animar nuestro abrazo. Insensiblemente, la imagen de una Rebecca nerviosa y huraña se interponía entre aquella carne previsible y mi deseo que no sabía ya a qué objeto consagrarse. Por mucho que la expulsara, se erguía entre nosotros como un irresistible imán, un inoportuno invitado que me distraía. Acaricié con negligencia a mi compañera, esforzándome por obtener de su piel una respuesta cuyo menor episodio conocía yo con todo detalle, pero

 

 

 

 

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que aquella noche no se produjo. Luego, ansioso porque llegara el día siguiente, me dormí de un tirón, como si me hundiera en las profundidades del agua.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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CUARTO DIA

 

 

 

 

 

 

La amargura de las simpatías trucadas

 

 

La mano tendida

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Por la mañana del cuarto día, al salir de un sueño en el que Béatrice gesticulaba como si fuera presa de algún dolor intolerable, me levanté con una sola idea en la cabeza: liarme con Rebecca en las próximas veinticuatro horas. La tormenta había rugido durante toda la noche, y mientras entrábamos en el estrecho de Corinto, unas olas de color plomizo seguían galopando a lo largo del casco, lanzándose al ataque del lívido horizonte. Una luz opaca, acentuada por cascadas de lluvia, enlutaba las playas bajas, las aldeas de pescadores colocadas en semicírculo alrededor de pequeñas radas. Béatrice tenía un aspecto tan gris como el tiempo. Una pulgada de maquillaje no cubría la insipidez de su rostro, descompuesto por haber dormido mal. Debíamos llegar a Atenas a mediodía, pero yo sólo pensaba en la fiesta de Año Nuevo, que, sin dudarlo ni un instante, creía que iba a ser decisiva. La promesa de un idilio a bordo superaba con mucho mi interés por Oriente, que se hallaba en su punto más bajo; a decir verdad, hastiado por las conversaciones en la mesa mantenidas sobre este tema ya desgastado por las letanías de Marcello, me había cansado de un país que ni siquiera había hollado todavía. Planté allí a mi amante de la triste figura y salí a pasear. La suerte, a la que yo había contribuido mucho, quiso que me diera de narices con la esposa de Franz en el bar de primera. Me recibió con efusiones que me sorprendieron, me besó cuatro veces en las mejillas y, tomándome de las manos, me hizo sentar a su lado. Su presencia daba a la estancia una encantadora intimidad. Era mi primer cara a cara con una mujer de la que lo sabía todo y que, sin embargo, seguía siendo una extraña. No lucía ya aquel aire desdeñoso que tanto me intimidó los primeros días: una mirada franca, llena de alegre insolencia, iluminaba su rostro moldeado como una figura de porcelana. Ante tanta gracia, volví a mostrarme primero tímido y balbuciente, pero la facundia de mi nueva amiga, su resplandeciente sonrisa, el arrobo que me produjo su primer cumplido —mis ojos le parecían hermosos— me devolvieron poco a poco la confianza.

 

 

 

 

 

 

 

 

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—Todo el mundo está enfermo en este barco —me dijo—; si eso sigue así, tendrán que anular la fiesta.

 

Por mi parte, le di noticias de la segunda clase, sin omitir detalle alguno sobre los stewards y los mozos de camarote. No podía decirle nada en concreto pero, sin embargo, no dejaba de hablarle; de mis labios brotaba un chorro de apresuradas palabras y me pasmaba la ingeniosa oportunidad de mis frases. Sentía nacer entre nosotros una instantánea familiaridad, una de esas corrientes de confianza que cimentan en pocos minutos un afecto de varios años. Nos mirábamos envueltos por el encanto de una debutante simpatía, coqueteando ya con los ojos y la sonrisa.

—Pero si tienes incluso sentido del humor —dijo Rebecca, y atrayéndome dulcemente, me besó en la frente.

Aquella caricia me inflamó la sangre, su boca era tibia y lamenté no haber atrapado al vuelo las dos moscas de sus labios. Se había peinado hacia arriba, dejando al descubierto unas orejas menudas y rosadas, adornadas con zafiros.

—Ayúdame a terminar este crucigrama —dijo poniendo un Marie Claire sobre la barra del bar.

Luego, tendiéndome un paquete medio vacío de Marlboro:

 

—¿Quieres un cigarrillo?

 

—Gracias, no fumo.

 

—¿Ni siquiera tienes este vicio? Por cierto, ¿sabes lo que le dice la locomotora a vapor a la locomotora eléctrica?

—No.

 

—¿Cómo ha conseguido dejar de fumar?

 

Se rió; aquella tierna tontería me pareció encantadora.

 

—No estás obligado a reír, ni siquiera por caridad. Bueno, dime, horizontalmente, el colmo para un japonés.

Por desgracia, Béatrice entró entonces y nos sorprendió. Durante algunos segundos, nadie dijo nada: parecíamos estar en un teatro de bulevar (es pasmoso hasta qué punto la vida rectifica las peores convenciones del vodevil). No sabía cómo romper aquel mutismo de conspiradores y, sin embargo, no intentaba abreviarlo.

—Espero no molestaros —dijo por fin la intrusa, dominando a duras penas un temblor de su barbilla.

Ya sólo tenía un hilillo de voz.

 

 

 

 

 

 

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—En absoluto —repuso Rebecca—, es un placer verte. Hacíamos la lista de las novedades del día.

 

—No me interesa ese tipo de actualidades.

 

—Sin duda acabas de levantarte, todavía tienes los ojos hinchados.

 

—No, estoy despierta desde las seis. El balanceo me impide dormir.

 

—¡Ah, perdón! Parece que acabes de levantarte.

 

En sus palabras había una cortés acrimonia que podía convertirse en invectiva. Se me ocurrió la vanidosa, reconfortante idea de que aquellas mujeres estaban desgarrándose por mí.

—¿Qué te pondrás esta noche? —preguntó Rebecca.

 

—No lo sé, no tengo muchas ganas de ir.

 

—Puedo prestarte algo; creo que tenemos la misma talla aunque tengas las caderas más anchas.

Béatrice respingó; yo tenía ganas de reír.

 

—No necesito tu ropa, he traído todo lo necesario.

 

—Te lo decía para que no parecieras descuidada. Bueno, tortolitos, os dejo; voy a dar algunos picotazos a mi pichoncito. Hasta esta noche.

 

En el bar, repentinamente desierto, se hizo un largo minuto de silencio. Los «tortolitos» evitaban mirarse, más molestos todavía por la súbita ausencia de la extraña.

—Os he molestado, ¿verdad?

 

—En absoluto, estábamos hablando…

 

—No mientas, Didier; lo he visto en tu cara cuando he entrado. —¡Deja ya tus suspicacias!

—Didier —continúo (y su voz era una temblorosa súplica)—, dile a tu Béatrice que es un malentendido, que estoy soñando.

Permanecí sordo a sus llamadas de socorro. Ella me miraba con ojos asombrados, descubriendo poco a poco una verdad en la que no quería creer. Lo había adivinado todo y balbuceaba, dispuestas llorar. No recuerdo ya las trivialidades que nos dijimos entonces.

Sin tener nada que comentarle, le hablé de lugares comunes, y los estereotipos, proscritos en principio entre dos personas que se aman, se acumularon entre nosotros como otros tantos cadáveres. Las naderías que tan simpáticas me parecían en boca de Rebecca, me exasperaban en la de Béatrice: una vez más salía derrotada de la confrontación.

—Mírame —prosiguió con un balbuceo de dolor—; no sólo soy hermosa, también estoy viva y chispeante. Ella es una trampa sexual, una

 

 

 

 

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criatura forjada por los hombres. No comprendo la necesidad que sientes de destruir todo lo que nos une sólo porque deseas a esa moza.

 

Contuve a duras penas una carcajada: ¿chispeante ella? ¡Ya lo creo, como un espumoso desbravado! Advirtió por fin que su presencia casi me indisponía. Bastaba una palabra para devolverle la esperanza, pero callé.

—Franz te ha hecho perder la cabeza, no te sabía tan influenciable. Mira, tu Rebecca no es tan hermosa como todo eso; demasiado afectada, artificial…

Junto a ella yo había dejado pasar la alegre imprevisión de la vida; era ya hora de recuperar el retraso.

—Pero respóndeme de una vez, ¿no ves que están burlándose de nosotros, que te están lanzando contra mí para desunirnos?

—Eso es lo que tienen en común las mujeres y los comisarios de policía: el fantasma de la maquinación —dije con ironía, contento de poder desarrollar una idea que Franz me había comunicado la víspera.

 

—Claro, naturalmente, estoy delirando…

 

Su cuerpo se estremecía sacudido por la violencia de su emoción; su nariz se hinchaba y la agitaban los sollozos cuando se quejó de que ya no nos amábamos. El camarero nos miraba sin comprender nada. Aquel diálogo me aburría como sucede cuando no se tiene razón y es preciso justificarse. La verdad es que Béatrice no era ya una mercancía aceptable y no quería admitirlo. Ser una mercancía aceptable: no sé por qué, aquella mañana, la expresión me gustaba. Imaginé el mundo amoroso como un enorme bazar donde unos se ofrecían mientras otros elegían. A medida que los seres iban haciéndose mayores, eran cada vez más numerosos los que se ofrecían y cada vez menos exigentes con el objeto elegido. Y pensé en las amigas parisinas de Béatrice, todas treintañeras como ella, altivas Pasionarias antaño, a cuyo alrededor se atorbellinaban los hombres, y cuyo rostro era, ahora, una constante súplica que decía: «Ámenme», pobres bultos apagados por el sufrimiento, dispuestos a marcharse con cualquiera, siempre que las arrancaran del abandono y el olvido. Y me sentí lejos, absolutamente lejos de aquella muchacha que no pertenecía ya a mi actualidad sentimental: ¡si al menos se largara durante veinticuatro horas! Más tarde, bajo un auténtico diluvio, acompañados por Marcello, Raj Tiwari y una veintena más, desembarcamos en El Pireo. Para mí, que me dirigía a Asia, Atenas sólo podía ser lo que en el juego de la oca se llama una prenda, una reminiscencia de segunda clase. Las famosas cuentes de

 

 

 

 

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nuestra cultura me eran casi tan ajenas como la mitología bantú o el panteón de las tribus siberianas. Mis futuras intrigas me importaban mucho más que aquella acumulación de monumentos que exhibían la nostalgia de su pasado esplendor. Había partido para descubrir y no para conmemorar. La fealdad de El Pireo confirmó mis reticencias: unos escasos seres vivos merodeaban por aquella catástrofe estética, llevando impermeables o cubriéndose con negros paraguas, al pie de horribles casas que lanzaban su hediondo aliento. El viento helado que arrastraba periódicos arrugados, la agresividad de los automovilistas que, jugando, se lanzaban sobre nosotros tocando el claxon, acabaron de hacerme insoportable la escala. Y cuando tuvimos que coger el metro para ir a la plaza Omonia y dirigirnos a la Acrópolis —es decir, perder una hora o una hora y media en los transportes públicos—, renuncié y volví hacia atrás pese a las súplicas de Béatrice. Poco me importaban las obras maestras de la antigua Grecia, si estaba dispuesto a dar el Partenón, Delfos y Délos por un solo Deso.

 

Volví a bordo muy satisfecho de aquella pausa. El mar estaba picado, se le oía hervir en el puerto, abofetear los navíos atracados: un oleaje brillante de aceite levantaba sin cesar las barcas y los remolcadores. El Truva, con las fauces abiertas de par en par, coronado por un rastrillo de acerados dientes, tragaba algunas decenas de coches, holandeses y alemanes en su mayoría. Me dirigí al camarote de Franz pues, de acuerdo con los deseos de Rebecca, tenía que escuchar su relato por última vez. Esperaba que recapitularía con cruel minuciosidad todos los desaires de su decadencia, y celebré de antemano la historia de su caída, como se celebran los reveses de un competidor desgraciado. El tullido no se engañaba, pues pocos minutos después de mi llegada, me dijo:

 

—Seré breve pues hoy tengo que hablarle de mi derrota, y esa clamorosa desgracia halagará, creo, en cierto modo, su amor propio.

 

 

 

He aquí pues el final de la lamentable saga que le he contado, fragmento a fragmento, durante tres noches. Al noveno mes de mi voluntaria soltería, en plena vida de disipación y placer, durante la madrugada de una noche de juerga y alcohol, fui atropellado por un coche en un paso de peatones y me encontré en el hospital, con una tibia fracturada. Mi condición de médico me permitió solicitar una

 

 

 

 

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habitación para mí solo y consideré no sin placer esas dos semanas de forzoso descanso, seguidas de un mes de convalescencia y reeducación, pensando ya en la suma que podría sacar al chófer en concepto de daños y perjuicios.

 

Pasó una semana; cierto día, a media tarde, se abrió tímidamente la puerta ante una persona del sexo femenino. Me costó más de un minuto reconocer a aquella hermosa mujer bronceada, de ligero aire oriental. La identifiqué no sin decepción: se trataba de Rebecca.

—¿Tú por aquí?, ¿de modo que no te has suicidado? Palideció ante el insulto y evitó mirarme a la cara.

—No, todavía no…; he sabido que estabas enfermo por un amigo común, M.; me lo encontré en el bulevar Saint—Germain. Y he venido a visitarte.

¿Cómo podía visitarme después de la horrenda jugarreta que le había hecho? Pero no hablamos de mi subterfugio ni de las desesperadas escenas que debía de haber provocado. Rebecca me dijo solamente que acababa de pasar seis meses en un kibbutz de Israel, junto a la frontera libanesa. Era mucho más hermosa de lo que yo la recordaba, estaba más delgada, y tenía una sutil gama de nuevos gestos y expresiones que sugerían una súbita y turbadora madurez.

Me visitó de nuevo a la mañana siguiente y, luego, cada día. Yo no tenía que decirle más de lo que le dije antaño y pronto seguí tratándola con el desapego y el desprecio del pasado. Un domingo, cuando me burlé de sus asiduas visitas, se rebeló:

—¿No comenzarás a insultarme otra vez? —Caramba, la diosa del cocido se rebela.

 

Su rostro adquirió una expresión dura y sus ojos se cerraron hasta ser sólo el resquicio de una persiana.

—Adiós —dijo con frialdad—, no volverás a verme.

 

Se inclinó sobre mí para besarme, sentí que sus manos toqueteaban los montantes de mi cama —estaba protegido, en ambos lados, por unas tablas sujetas por ganchos—, pero tenía los ojos fijos en ella y no vi nada más. El tono de su frase me produjo un extraño estremecimiento. Luego, se dirigió hacia la puerta. Ignora si fue una reacción de enfermo o una pasajera debilidad, pero la llamé.

 

 

 

 

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—Aguarda, vuelve.

 

Y le tendí la mano, apoyándome con todo mi peso en la barrera. Ella se volvió y me tendió a su vez la mano. Cuando nuestros dedos iban a unirse, retiró los suyos. Me incliné más, siguió retrocediendo. La miré: una maligna sonrisa desfiguraba sus rasgos. ¡Se burlaba de mí, se atrevía a burlarse de mí porque yo estaba enfermo! Aparté el brazo. Casi inmediatamente, lo cogió y tiró hacia ella. Mi cuerpo cayó hacia un lado de la cama.

—Deja de tirar; estás loca, me estás haciendo daño.

 

Pero había agarrado mis brazos con ambas manos y tiraba como si quisiera arrancármelos. Entonces, la tabla que me protegía cedió con un siniestro crujido —había aflojado los goznes— y caí al suelo desde lo alto de aquella cama de hospital. Sentí un inmenso estremecimiento que comenzó en los riñones, en plena médula, corrió de los pies a la cabeza como un relámpago helado y me partí en dos, como una copa de cristal. En las heladas baldosas, antes de sumirme en el coma, escuché una voz femenina que murmuraba en mi oído:

—Pobre imbécil, ¿creías que lo había olvidado?

 

No le costará adivinar las consecuencias del accidente: con una lesión en la columna vertebral, quedé paralizado a partir de la cintura, privado de mis piernas y mis nervios eréctiles. Fui operado dos veces, a mi lado se relevaron grandes especialistas; todo en vano, la fractura había sido brutal, la hemiplejía irremediable. Permanecí dos meses en el hospital, tendido entre dos paredes de acero, erizado de drenajes, sufriendo día y noche el tormento de las inyecciones y las perfusiones de plasma. Unido a aquellos centinelas de la supervivencia, tenía la impresión de ser una centralita telefónica sobrecargada y tuve tiempo de maldecir la medicina y a los falsos arcángeles que forman su clero. Aún sabiendo que Rebecca era culpable, presenté una denuncia contra la Asistencia pública por negligencia, acusando a la enfermera de guardia de haber sujetado mal la tabla y haber provocado así la caída. Ni una sola vez se me ocurrió denunciar a la auténtica culpable; tal vez porque algo en mí admiraba su innoble venganza. Gané y obtuve compensación: la Administración hospitalaria fue condenada a pagarme una indemnización de varios millones al mes durante toda mi vida. Ahora

 

 

 

 

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era rico: dos metros cuadrados de cama y una silla de ruedas con bellos tubos de acero componían todo mi universo. Rebecca me había hecho morder el polvo, la mujer humillada había vengado el inmenso daño que yo le había causado.

 

Curiosamente, quiso cuidarme y se ocupó de mí con admirable abnegación, sin dejar de asistirme ni un solo minuto, día y noche; y es que a esa trapacera no le bastaba con la degradación física, y estaba ya tramando otros planes. Había conquistado incluso el corazón de mi madre, que la bendecía y entonaba sus alabanzas en cuanto podía. Se había puesto en marcha el proceso de sometimiento. Adquirió sobre mí una influencia parecida a la que adquiere sobre un anciano una muchacha joven y perversa. Ingenuamente, me creía todavía lo bastante fuerte como para capturarla y rechazarla a mi guisa, si me tomaba el trabajo de hacerlo. Pero las tornas habían cambiado: yo era ahora el derrotado. Aquella inversión fue mi drama.

 

Sí —prosiguió Franz supirando como si quisiera tomarme por testigo de la inestabilidad de las grandezas terrestres—, durante mucho tiempo creí poder vivir con toda impunidad; y cuando llegó el castigo, no pude soportarlo. Había confiado en el amor de Rebecca como en la solidez de una moneda. Pero los demás nunca están tan enamorados ni son tan indiferentes como creemos. Excluido del círculo de los sanos, toda mi vitalidad se refugió en mi boca, en esa glotis charlatana y babeante que corona un desecho. Vacilante resto de vida sobre una prótesis, me contemplaba inmerso en mi pequeño formato torácico, con mi cabeza demasiado grande encaramada en un minúsculo busto, mis piernas inertes y flacas, mi sexo muerto, ajada croqueta yaciendo en el nido de sus pelos. El mundo exterior había dejado de existir porque yo había dejado de existir en él. ¿Dónde estaban la seguridad y el orgullo por mi habilidad, mi fe en el éxito, el convencimiento de poder lograrlo? Todo había desaparecido. La ilusión de una vida trepidante había desembocado en aquella invalidez. Comenzaba una inmensa noche de lágrimas y remordimientos.

 

Además, ciertas heridas son signo de un desfallecimiento del alma mucho más grave. Todo lo que había temido en los terrores infantiles sucedía: aquel accidente confirmaba un fracaso que estaba en mí

 

 

 

 

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desde siempre. Había sido vencido mucho antes de caer en el embaldosado de aquella habitación de hospital. ¿No habría, en el fondo, sonado en la derrota desde el comienzo? Y tal vez mi avidez por gozar de la vida, mi impaciencia por los seres y las mujeres provinieran del presentimiento de la catástrofe. El destino asumía la pesadilla de la que yo había brotado. La desolada comparación de las dos partes de mi existencia —antes, la plenitud gloriosa del tiempo sin quebranto; ahora, el vacío, la prisión en manos de una carcelera— me arrojaba a un impotente furor. La armadura de despreocupación, de violencia, de cínica alegría que había asegurado mi felicidad, cedía al primer malestar: al primer vértigo, al primer espasmo me hundía en el terror, derribado por la ansiosa escucha de mis menores trastornos. Mi ociosidad me devolvía mis más crueles angustias dejándome todo el tiempo para pensar en ellas, para profundizar en su aspereza. Sucio, envilecido por aquel tormento mediocre y sin embargo irreparable, roído por aquella mujer a la que tanto había intentado olvidar, sobrevivía cayendo cada vez más bajo.

 

Era como si hubiera desaparecido la piedra angular de un arca. El primer año fue terrible: dejé que mi apariencia reprodujera la de una casa abandonada. La enfermedad esculpió en mi propia substancia la máscara que ahora la desfigura. Mi rostro dejó para siempre de emitir luz y, pactando con el cuerpo, se volvió gris. Había perdido todo control sobre mis nervios, que me dominaban, haciendo que mis miembros saltaran fuera de las articulaciones. De entre todas las derrotas, me había tocado la peor, de modo que la fisura fue completa. A los treinta años, me convertí en un hombre lentamente embrutecido por las rutinas de una existencia sin azar. Me avergonzaba mi arruinada fuerza, me avergonzaba que me cuidara aquélla a quien tan profundamente había despreciado. Mi vida era un cementerio donde reposaban esperanzas que nunca renacerían. Había deseado un gran destino y sólo recogía un cómico castigo: aquel hombre de gran maldad concluía en una yacija.

 

Pero lo peor era lo que me rodeaba: ahora que yo había sido vencido, Rebecca la mujer, Rebecca la pobre, Rebecca la inmigrada me había sitiado con su odio; había encontrado en mí, arrogante burgués, el enemigo responsable y lo abatía con el derecho de quien considera su odio justo y loable, consolándose por ello. Tras la

 

 

 

 

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abyección del verdugo, experimenté la de la victima, de modo que no se me escapo ni un solo aspecto de la experiencia humana. Llego entonces para mi el tiempo de la expiación. Al dejarme invalido, mi amante encontró el medio de evadirse de mí, de proseguir el crecimiento que mi crueldad había frenado. Recuperaba la vida y su golosa belleza se avivaba día tras día con excelentes comidas de las que yo solo tragaba uno o dos bocados. Su espectacular ascenso se reforzaba con mi propio declive. Rebecca: ese nombre hacia rugir ya el trueno de la angustia.

 

Friamente, con la orgullosa impunidad de los grandes criminales, me pidió que me casara con ella. Quería aprovechar la cantidad del seguro para vivir de mi salario, abandonar sus mercenarios trabajos, reanudar sus estudios de danza. A cambio, ella se comprometía a prodigarme los cuidados necesarios en mi estado. Sintiendo que había perdido la partida, acepte, tanto más cuanto que mi madre, que nunca se había recuperado de la perdida de su marido, cayo enferma y tuvo que ser encerrada en un manicomio. Nos casamos cuando salí del hospital y alquilamos un apartamento de tres habitaciones en la orilla derecha, que Rebecca arreglo ella misma, reservándose una habitación decorada a la oriental. Nos habíamos casado en régimen de comunidad de bienes; ella llevaba las finanzas de la casa, dándome solo algún dinero para pasar la semana. Al cabo de un mes, alegando razones económicas pero, en realidad, para no tener que compartir su reino, despidió a la enfermera. Cada mañana me banaba, me llevaba de la cama al sillón, me vestía y, cada mañana, debía yo sufrir la interminable lista de sus agravios que ella enumeraba caminando, discurriendo con sagrada embriaguez, fortalecida por meses de furor y ayuno vocal. Eran, espinosas arengas que me abrumaban con su vengativa elocuencia y me obligaban a inclinar la cabeza, estupefacto, ante el vertiginoso desfile de mis pecados.

 

—Especie de gran hombre —decía (estas palabras, y su tono, sobre todo, me aturdían como un disparo junto a mi oído)—, creías que iba a morir lejos de ti, hambrienta de tu negada presencia. Me imaginabas mortificada, pobre peluquera que rumiaba los infortunios del destino y la mediocridad de su baja casta. Idiota cuya única falta era amarte y haber nacido humilde, lejos de los favores

 

 

 

 

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de la riqueza y los tesoros de la cultura. Y tú, joven destacado, médico brillante, galleabas, seguías tu meteórica carrera olvidando el mezquino obstáculo que habías apartado de un manotazo, grano de polvo en el polvo de los caminos que recorrías con paso noble y acompasado. Ahora eres sólo un vegetal, una babosa. Qué vulgar es tu princesa oriental, ¿verdad? No envuelve sus maldades en papel de seda, no es delicada, no es fruto de un noble linaje. Escúchame bien, culo de pollo: soñé en un ángel terrenal, un ángel del que me hubiera enamorado perdidamente y en quien hubiera depositado una confianza sin límites. Cuando nos encontramos, me pareció que toda la vida no me bastaría para agotarte. Y ahora te contemplo, miserable, disminuido; qué loca fui consagrándote mi vida, mi inteligencia, mi trabajo. Creí que eras como yo, estaba dispuesta a unir mi vida a la tuya sin más condiciones que mi lealtad, pero me aplastaste, me cubriste de escupitajos hasta el punto de que perdí mi nombre, mi identidad.

 

»Tras tu innoble estratagema en el aeropuerto de Roissy, creí volverme loca, creí estar embrujada: sufrí un ataque de nervios en el avión, tomé luego un hotel en Atenas, la primera escala, donde permanecí postrada sin moverme ni dormir durante una semana. Fue atroz lo que sufrí entonces; estaba enferma, iba a morir de pesadumbre, te amaba tanto que todos mis pensamientos, mi aliento, los latidos de mi corazón se dirigían a ti, te amaba hasta no poder pronunciar una palabra sin tener miedo de decir tu nombre. Me sentía atada como un saco de cuerdas, me habías inoculado un veneno que me paralizaba y permanecí días enteros sentada en una silla, mascullando. No estaba buscando la libertad, sino una salida. Ni siquiera pensaba en el suicidio: ¿para qué matar a una mujer que estaba muerta desde hacía tanto tiempo? Día tras día, durante tres años, me habías arrancado pedazos de mí misma. Ya no me pertenecía lo bastante como para tener ganas de suprimirme.

 

»Entonces, desde el fondo del abismo, llegó a mí la voluntad de sobrevivir a mi vergüenza, de vencer tu devastación. Y sólo pensé en vengarme, en devolverte las flechas que me habías lanzado, porque en la peor de las desgracias hay en los seres algo que nadie puede quebrar. Sólo me mantenía viva la seguridad de que iba a infligirte una herida igual, si no mayor, al daño que me habías hecho. La

 

 

 

 

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venganza es minuciosa, llega a todos los detalles, infecta las heridas: el universo adquiere así una abominable riqueza. Soñé tanto en aquella revancha que fue un poema en mi cabeza antes de convertirse en un crimen contra ti. Fomenté en mi cerebro formidables atentados: ironía de la suerte, el que terminó contigo me lo ofreció la casualidad. Lo sepas o no, existe una tradición del dolor femenino; alrededor de las mujeres abandonadas se crea enseguida la solidaridad. Sabiéndome sola, las antiguas amigas vinieron a verme, a rodearme, como si tú hubieras sido un impedimento para nuestras relaciones. Durante largo tiempo necesité a alguien que me albergara, que me alimentara; al fin y al cabo yo era joven, sólo tenía dieciocho años. Durante mucho tiempo tuve para con los marginales y los rebeldes una negativa actitud de rechazo, de repulsa. Me turbaban, me parecía que insultaban la dignidad de la existencia. Sé que me equivocaba: ahora busco en esos seres que luchan, aunque lo hagan torpemente, la vitalidad que los convierte en creadores independientes. La libertad, lo sospechaba, sólo se obtiene al precio de inauditos regateos con los propios demonios, tras interminables luchas y recaídas.

 

»Necesité meses para desembrujarme de ti y ver cómo eras en realidad: no un astro sino una ampliación, una estructura quebrada que sólo mi miedo a la vida hacía temible. Créeme, nunca habría aceptado la esclavitud si no hubiera tenido la seguridad de poder liberarme. En secreto, te había derribado ya: en el fondo, nunca fuiste más que una creación de mi espíritu, un ídolo que yo sostenía con mis brazos; sólo veía el ídolo, no veía el esfuerzo de mis brazos. Sólo necesitaba la necesidad que tú tenías de mí. Te seduje fascinándote con tu propio poder, dándote la ilusión de ser invencible. Fue mi juventud la que te dio tanto valor. Con cinco años más me hubiera desengañado enseguida. Viví esos cinco años en sólo seis meses.

 

»Nunca me amaste: me dejaste reducida a unas vísceras, por un lado, y a un exótico fetiche por otro. Fingías respetar en mí a la mujer, pero sólo venerabas los orificios. Necesitabas un prototipo perfecto para satisfacer tu afición al Oriente, un ser que por la mañana te despertara con sus salams y que lanzara yuyús en el amor. Pero siempre te perdiste la muchacha que yo era.

 

 

 

 

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»¿Por qué me abandonaste? Por una idea, una pobre idea que intentaste encarnar torpe, ridículamente. En ti sólo había el estúpido y vago sueño de aparentar, de aparentar cualquier cosa, ser un seductor, un donjuán, una veleta. Me abandonaste en recuerdo del tímido adolescente que, durante años y años, había sacado la lengua a todos los traseros femeninos y que nunca se consoló de su hambruna, como esas personas que se hartan en recuerdo de las privaciones de la guerra; me abandonaste para asombrar a la galería, para impresionar a tus pocos amigos prisioneros del sistema conyugal, por falta de gloria tangible ante las diez personas que constituyen tu entorno. Mi amor por ti fue un largo error que ha encontrado su verdad.

 

 

 

Aquel largo alegato me aturdió. Segura de su causa, con una combatividad y un mordiente admirable sin duda, mi guardiana me privaba de toda posibilidad de respuesta porque tenía, sobre mí, una ventaja suprema, radical: la integridad física. Créame si quiere: tras haber perdido mi razón de vivir, recuperaba mi razón de amarla. Admiraba su éxito, aunque se ejerciera a mis expensas. Me alegraba haberme equivocado con ella. Además, no tenía ya medios para soñar; un ser lleno de savia y de fuerza sueña mucho: el lisiado no sueña. Mutilado, la pareja volvía a parecerme deseable, el hogar atractivo. El sentimiento es algo que puede perderse como un reloj, agotarse lentamente como una cuenta corriente y recuperarse como un sombrero. Envejecido antes de tiempo, agriado por mi suerte, con el cuerpo atormentado por los placeres conocidos, maldiciendo al género humano, el sol, los pájaros, los niños, pero temiendo por encima de todo la soledad, decidí terminar mis días con Rebecca, fuera cual fuera el precio exigido. Y ese precio, Didier, es astronómico, pero ahora ya no podría resignarme a verla desaparecer de mi vida.

 

Ante las acusaciones de mi procurador, intenté hacer una marcha atrás sentimental. Llenaba la casa con mis lloriqueos. Intentaba enternecerla con el don de las lágrimas; primero me concentraba para pensar en mi desgracia, volvía hacia ella el rostro para mostrarle mis ojos húmedos, llorosos y luego, en un acceso de falso

 

 

 

 

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pudor, me ocultaba para dar rienda suelta a mis sollozos, abandonándome por completo a la catarata. Derramaba litros y litros, sorbiendo mucho, seguro de mis reservas, acelerando el chorro, el estruendo de la trompeta nasal para llamar su atención. Pero nada podía enternecer a mi juez, que se marchaba para no ver mis lágrimas. Torpemente, para recuperar un poco de su estima, intenté despreciarme:

 

—Escucha, me odio como nadie me ha odiado nunca.

 

—No —me interrumpía—; no te hagas ilusiones a este respecto. Yo te odio mil veces más de lo que nunca podrás detestarte. La antipatía que sientes por ti es aún demasiado estúpida y sentimental para ser sincera.

—Me analizo sin complacencia, me desprecio. El remordimiento me corroe, me avergüenzan los actos cometidos. Sé que no tengo derecho a vivir, me fustigo con inigualada severidad.

—Cállate —estallaba—; no tienes derecho a criticarte, es una nueva prueba de tu loco orgullo. Sólo yo tengo derecho a abrumarte; sólo yo, por haberla sufrido, conozco tu verdad.

—Rebecca, te lo ruego, ya lo sé. Soy mezquino y tú eres generosa, soy una sombra y tú la luz. Merezco haber perdido la salud por el mal que he cometido.

—No, no lo has merecido, infeliz. El castigo me parece totalmente injusto. Sí, sí, realmente no tienes suerte. En el fondo era yo la imbécil, me quedaba cuando tú no deseabas ya mi compañía; era lógico que me torturaras. No tienes nada que reprocharte.

Aquellos sofismas me irritaban: me costaba renunciar a la única prerrogativa que me quedaba, la de figurar como un culpable absoluto.

—Rebecca, has sido la más hábil. Has dirigido mi fuerza contra mí y la has transformado en debilidad, has utilizado mis armas para vencerme.

—¡Caramba, qué complicado eres! Todas esas malditas teorías sólo sirven para darte la ilusión de que sigues dirigiendo el movimiento, de que las cosas no se te han escapado de las manos.

Cuando el género lloriqueante fracasó, intenté con el registro lírico y pasé a la súplica:

 

 

 

 

 

 

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—Oh, Rebecca, enséñame la vida porque la he aprendido muy mal. Enséñame a amarla mejor, a tu modo. ¡Qué animal salvaje y estúpido he sido! ¡Qué delicadeza hay en tu modo de adaptarte a los días y las noches! He vivido mal, antes de que llegaras, y me inclino ante tu superioridad, ante tu genio femenino. Me diste años maravillosos, los más hermosos de mi existencia. Mi cuerpo está enfermo, arruinado, pero está lleno del recuerdo de los inauditos goces que conocí contigo. Nunca más te haré daño, te amaré como nadie te ha amado nunca. No habrá más peleas.

 

—¡Que no habrá más peleas! Deseo que haya peleas, me he aficionado a ellas, figúrate, ya no puedo privarme. ¿No volverás a hacerme daño? Pero ¿qué daño podrías hacerme ahora si estás derrengado, piojo de mierda? No me conmoverás con tus jabonosos elogios, recuerdo demasiado bien todavía las injurias que me dirigías hace un año como para que me engañen tus lamentables halagos. No quiero olvidar ni una pizca del daño que me hiciste. Quiero pensar en cada palabra que me hirió, quiero vivir con esa repugnante suciedad para tener un motivo de odiarte a cada instante. Tal vez sea inculta, pero no lo bastante estúpida para caer en la trampa de tus insípidas galanterías. Todo ser encuentra, algún día, el dueño que le hace pagar el daño que ha cometido: pues el mal desea el mal al malvado. Eras ya mi esclavo sin saberlo, me pertenecías como el vencedor pertenece a su botín.

 

»Escúchame bien, ahora: te concedo la vida, pero no por compasión sino como un castigo. Permanecerás aquí, encerrado en esta habitación, en este apartamento; no estás hecho para vivir con la gente. Deseaste en exceso la compañía, el ruido, la muchedumbre. La corte que te rodeaba tendrá prohibido su acceso a estas habitaciones. Podrás ver a tus amigos en el café, si consigues bajar solo con tu silla de ruedas. Si te dejara salir, volverías a mezclarte con gente que no tendría cuidado y a la que destruirías. No esperes perdón. Ya lo sé, la clemencia es una hermosa virtud que rompe las corrientes de la cólera. Pero para mí no eres ya el hombre al que amé pesara a quien pesase, no eres un ser humano a quien pueda perdonarse. Eres una vergüenza, un pensamiento amargo, una bestia maligna que debo mantener apartada.

 

 

 

 

 

 

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Por mucho que intentara yo ablandarla, su vanidad, su cólera, seguían por completo insensibles a la adoración de un amante que había perdido los recursos y la belleza. Y cada vez que me rebajaba o suplicaba con el tontorrón lirismo de los enamorados, ella respondía con carcajadas: cada uno de mis argumentos estaba mancillado por los horrores cometidos, y las mejores decisiones se derrumbaban ante el desfile de los cargos que ella paseaba ante mí como una oriflama en cuanto yo intentaba que cediera.

 

—Siempre serás un chacal, no intentes disfrazarte de cordero.

 

Yo la contemplaba estupefacto, víctima del doloroso hechizo que lleva con él la sensación de una irreparable pérdida.

—Mátame —le pedía entonces—, engañarme con las dosis, dame una inyección.

—No, no —respondía (y procuraba dejar muy lejos de mis manos cualquier medicamento u objeto cortante)—. Me eres más precioso vivo que muerto, por la sencilla razón de que un muerto no sufre.

 

De este modo, en menos de un año, consiguió debilitar mis fuerzas, quebrar mis esperanzas, depreciar mis goces, pervertir lo que en mí había de orgulloso, de conquistador. Me había convertido en un anciano prematuro que ya no tenía derecho a llorar y, sin embargo, se sentía triste como un niño. ¿Cómo comprender el cambio de alguien que os ha aceptado con vuestros peores defectos, ha reforzado vuestras malas costumbres y con quien, luego, creéis que todo os está permitido salvo mostraros menos repulsivo? Mi carcelera se negaba a permitir que hablara por teléfono con mis amigos, diciéndoles que dormía: había instalado el aparato en su habitación y la cerraba con llave cuando se marchaba. Si, por casualidad, uno de ellos cruzaba la barrera de la puerta, le recibía con tanta frialdad que no regresaba más. Controlaba también mi correspondencia y, gracias a la magia de aquel cordón sanitario, en unos pocos meses me encontré sólo con ella, a merced de sus menores caprichos convertidos en leyes.

 

Pero Rebecca había orientado su venganza, sobre todo, hacia mi deshecha virilidad. El argumento era bajo pero, puesto que yo mismo había sido un personaje vil y mezquino, no podía exigir que me tratara con más consideraciones que antaño lo había hecho yo. Para paliar mi deficiencia, recurrió desde las primeras semanas a una

 

 

 

 

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cohorte de suplentes que pasaban la noche en casa. Le gustaban especialmente los adolescentes de colérica bragueta y voz acanallada. Al comienzo, sólo tuve que soportar sus gritos. Luego exigió que asistiera a aquellas escenas, intentando iniciarme en los misterios de sus actuales amores. Si me negaba, venía su galán para actuar en mi alcoba. En aquellos instantes, Didier, ella no sabía ya que inventar para rebajarme; por lo general ebria o bajo la influencia de la droga, aullaba, se ponía en las más provocadoras posturas, cantaba indecencias. O colgaba de mi cuello un cartel: «Cuidado, erección excepcional». Imagine mi suplicio, aquellas largas noches sin sueño, mis arterias que hervían, con el corazón en un puño y mordiéndome las manos para tranquilizarme. A veces, el rival me insultaba; algunos me provocaban o me quitaban un libro cuando no era la propia Rebecca quien les regalaba un objeto personal que me fuese querido.

 

Cierta noche, aquellas humillantes bromas se convirtieron casi en un drama y me llevaron al colmo del dolor. Rebecca, al regresar de su ciaste de baile, había ligado en la calle con dos rockers de unos veinte años, del estilo duro, unos gorilas de cuero, cazadoras claveteadas, tupé en la frente, zapatos puntiagudos, chapas de Elvis y aros en la oreja; en fin, toda la parafernalia de esos babuinos con fijapelo. Me husmearon con maligna arrogancia y soltaron una extraña risita cuando Rebecca les reveló mi identidad. Mi presencia parecía irritarlos mucho, venteaban mi enfermedad como una trampa que los intrigaba. Ante ellos, mi hermosa se mostraba más acogedora, más zalamera que nunca, y el contraste entre su amable gracejo y los argóticos borborigmos de los mozos me laceraba el corazón. Tras una rápida cena en la que aquellos patanes de arrabal no perdieron ocasión de demostrar su grosería, la emprendió sensualmente con ellos, ofreciéndoles a ambos los homenajes de su boca. Inútil es decirle que aquellos animales aprovecharon la ocasión: se les metió en la cabeza sodomizar a mi enfermera. Aunque ella se negó, sacaron una navaja y, colocándola en su garganta, la obligaron a hacerlo. La farsa se estaba convirtiendo en un horror. Mientras actuaban, la abofeteaban y le tiraban de los cabellos. Y se reían, gritándole todos los horrores que la imaginación masculina puede inventar para denigrar a las mujeres. Finalizada su violación,

 

 

 

 

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me tiraron de la silla, hicieron tijeretas con las piernas, me obligaron a ponerme de pie sujetándome cada vez que caía.

 

—Enséñanos tus chirimbolos, veamos lo que queda de ellos — aullaban, excitándose con grandes palmadas.

Aunque temía lo peor, me sentía aterrado como si el mal absoluto se hubiera presentado, de pronto, ante mí, en toda su fealdad. No podía creer en lo que me estaba sucediendo. No tenía fuerzas para insultarlos, ni siquiera para liberar el horrendo gemido que llenaba mi boca. Pobre escarabajo caído de espaldas, agitando mis muñones, lloriqueaba: «Dejadnos, por favor marchaos». Lamentablemente, nos habrían tratado con mayores consideraciones si Rebecca les hubiera hecho pagar como una puta. Pero aquella ofrenda sin dinero había despertado los peores instintos en sus bárbaros cerebros. Y saquearon metódicamente, a patadas y cuchilladas, todo el apartamento, arrancando los anaqueles y las cortinas, rompiendo la vajilla, los espejos, los cristales, reventando los colchones, despanzurrando los armarios, lacerando las paredes, derribando las mesas, las sillas y, finalmente, llevándose todo el dinero que teníamos y algunos objetos de valor. ¿Y qué cree usted que hacía Rebecca? La muy zorra lloraba tendida en el suelo, con un ojo morado, las ropas desgarradas, temblorosas las piernas, sacudida por los espasmos y repitiendo entre sollozos: «Es por tu culpa, es por tu culpa, siempre será por tu culpa.»

 

Mis días transcurrían así a la espera de las jugarretas que imaginaba mi esposa para vengarse de mí. Una mañana, desperté en la penumbra: las cortinas estaban cerradas, había en la puerta un catafalco y en una mesa ardían dos candelabros. En mis manos tenía una cruz negra, una de esas inmundas cruces de cementerio, y Rebecca lloraba dulcemente junto a la cama. Angustiado por aquella fúnebre atmósfera, le pregunté:

—¿Qué ocurre?

 

—Shtt —dijo ella—; falleciste ayer por la noche, te estoy velando. —¿Muerto…?

—Sí, una embolia cerebral durante la noche, dentro de una hora te meteremos en el ataúd.

Paralizado entonces por el terror, impresionado por aquella puesta en escena, aullé hasta desvanecerme mientras mi amante

 

 

 

 

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soltaba una carcajada salvaje.

 

Había imaginado también un sistema de castigos y vejámenes, según me considerara dócil o no. Por ejemplo, dejaba de lavarme y transportarme durante una semana, abandonándome entre mis excrementos. Y cada vez que pasaba junto a mí, se tapaba la nariz, me llamaba «Olor-a—mierda», «Pestazo», y esperaba hasta verme cubierto de llagas y costras, hasta que el hedor se hiciera tan insoportable que se sintiera ya molesta. O me privaba de comida durante dos o tres días, concediéndome sólo unos vasos de agua. Cuando me curaba, fingía torpeza, se divertía poniéndome cinco o seis veces la misma inyección, rompiéndome a veces la aguja en el cuerpo. Y yo tenía que soportar aquellos suplicios sin rechistar.

 

Tal vez recuerde que ayer presumí, en los tiempos de mi esplendor, haber lanzado a mi hijo contra Rebecca; curiosamente, pese al cerco que había establecido a mi alrededor, mi esposa nunca impedía al pequeño visitarme; además, mis vínculos con él se habían hecho más laxos, la imagen del padre omnipotente se había agrietado en su espíritu cuando sufrí el accidente. Me contemplaba ahora con una difusa conmiseración y, viéndome maltratado, gracias a ese automatismo infantil que adula a los más fuertes, depositó todo su afecto en Rebecca. Matthieu, que ése es su nombre, acababa de cumplir los trece años, y el hombre y el niño se disputaban aquel cuerpo en pleno crecimiento donde la pubertad afirmaba ya sus derechos. Cierta noche se quedó a cenar —antes de volver a casa de su madre— y Rebecca se entregó a una verdadera empresa de seducción. Llevando un vestido muy corto y un exagerado escote, no dejaba de cogerle la mano, de excitarle poniéndole ante las narices sus encantos. Le grité:

 

—Deja ya de incitar al pequeño.

 

¡Qué había dicho! Estaba esperando mi intervención para actuar. —Eres un palo hediondo, un escarabajo con ruedas, ves el mal por todas partes. Mira a tu padre, Matthieu; está tan obsesionado por el

sexo que, para él, todo es sucio y obsceno.

 

—Es verdad —asintió el muchacho—; en casa sólo hablaba de sexo.

—¿Quieres que excite realmente al pequeño, quieres que te enseñe de qué soy capaz? Matthieu, bésame en la boca.

 

 

 

 

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El adolescente, mirándome, soltó primero una risita, pero luego, alentado por Rebecca y tranquilizado por mi invalidez, lo hizo. No le costará adivinar la continuación, la naturaleza reciente no tardó en despertar en mi hijo, pese a la vergüenza que aquello le producía.

 

—¡Oh, qué hermosa tranca adivino ahí! —susurraba Rebecca mirando su entrepierna—; ¡qué desarrollada parece!

—Basta —grité.

 

—No le escuches —decía Rebecca dulcemente, poniendo de relieve, con su dominio, mi turbación—; quiere mantenerte en la infancia, pero tú ya no eres un niño, Matthieu, eres ya un adulto y puedes probarlo desobedeciendo a tu padre.

Excitado por aquella arpía, mi hijo me miró con desprecio.

 

—Matthieu, vuelve a casa. Tu madre te espera.

 

—Cállate —masculló—; no tienes derecho alguno a darme órdenes, ya no soy un chiquillo; come y calla.

Rebecca estaba encantada.

 

—Eres magnífico, Matthieu. Aguardaba este momento con impaciencia, siempre he pensado que valías más que tu padre; de todos modos, eres más apuesto que él. Dime, ¿nunca has dormido con una mujer? ¿Quieres conocer el placer, la absoluta dulzura? Ven, voy a hacerte el mejor regalo: vas a convertirte en un hombre, dejemos a ese enfermo con sus rencores.

Y, volviéndose hacia mí, añadió con la mayor naturalidad:

 

—Franz, quita la mesa y mira la televisión si quieres. Pero, sobre todo, no olvides nunca que nos estás incordiando, que eres feo y viejo, y que hiedes.

Yo, que antaño lo había hecho todo ante mi hijo, poniendo incluso una especie de bravuconería en tales exhibiciones, tuve que soportar los murmullos, los suspiros de los amantes incestuosos tras la entornada puerta. Creo que aquella noche toqué fondo.

 

 

 

Hoy la pesadilla se ha debilitado hasta permitir la existencia de un mundo más gris, más desvaído. Nos hemos arreglado una vida en los intersticios de la desesperación y la infamia. Los vengadores deseos de Rebecca, su propio odio, ampliamente satisfechos, han dado paso a una fría coexistencia. Sobrevivo y sólo conozco ya la

 

 

 

 

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hipnótica felicidad de las inyecciones de morfina que me dan, casi cada día, para calmar mis sufrimientos. Como esos seres que relatan machaconamente la única aventura de su existencia, yo cuento mi historia a quien quiere oírla, sólo me queda ya el recurso de las palabras para exorcizar mi destino, reconstruir las fibras que rompió el accidente. Penélope invertida que reconstruye un desgarrado tapiz, hablo para seguir existiendo. Escucho los rumores de la ciudad, el estruendo de las calles; los caminos, las llanuras dirigen a mis piernas gangrenadas tiernos mensajes y envidio a cualquier anciano que recorra la acera.

 

Todo se ha perdido en una vida que la extremada futilidad, el extremado egoísmo han convertido en atroz. Odio esa sociedad que nos condena a ser libres y hace descansar en cada hombre el peso y la responsabilidad de su destino. Durante treinta años intenté, con el mariposeo y la perversión, escapar de las ataduras de la mediocridad, de las bajezas de la vida corriente, y una vez tras otra, insensiblemente, fui devuelto a las orillas de lo rastrero, más abajo aún de donde había salido. En cualquier caso, habré llevado hasta el fin mi afición al martirio: he pagado por todo el sexo masculino mi deuda con las mujeres, he cargado sobre mis hombros todo el horror de la bestia viril para purgar de él la tierra.

 

No importa: de nuevo amo a Rebecca. Sólo ella existe para mí, sólo pienso en ella y su nombre acude incesantemente a mis labios como los mil nombres de Dios acuden a los labios del creyente. La espantosa distancia entre su edad y la mía va aumentando: cada día rejuvenece y me echa años encima. Sé que no recuperaré con mujer alguna aquel impulso en el amor y aquel encarnizamiento en la crueldad. No tengo elección: me veo forzado a su compañía. Temo que se enamore de otro. Sólo permanece a mi lado por mi pensión de invalidez. ¿Cómo decírselo?, prefiero colaborar, con su acuerdo, en sus relaciones, que ignorarlas. Ha creído amar a alguno de sus amantes: los ha abandonado. Pero la urgencia de la revancha ha desaparecido y la siento mucho más dispuesta a las languideces sentimentales; vivo con esta espada de Damocles colgada sobre mi cabeza. Qué paradoja, Didier: le confieso este temor precisamente cuando va usted a quitarme, tal vez, a Rebecca. Sí, sí, no proteste; usted es para mí un temible rival. ¡Me parece tan refinado, tan

 

 

 

 

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complejo! Pero estoy aburriéndole con mis desgracias, mis historias le importan bien poco.

 

 

 

Su mirada parecía extraviada, su voz iba extinguiéndose; repitió varias veces todavía, maquinalmente, «mis historias» como una campana que prolongara su postrera vibración. No me tomé el trabajo de desmentirlo. El pobre tipo había esperado pasarme la patata caliente de sus malos humores, pero yo consideraba que había merecido sus desgracias y, secretamente, germinaba en mí el desprecio hacia aquel ser que se había dejado vencer por una mujer tras haber intentado aplastarla. Sin embargo, ¿cómo creer que Rebecca fuese culpable de semejante crimen? ¿Y si Franz había mentido con el único objeto de calumniar a su esposa?, ¿y si sólo había tenido un accidente? Me dispuse a abandonar al tullido, perdido en la inmensidad de su compasión por sí mismo, cuando me preguntó:

 

—¿No teme herir a Béatrice iniciando una relación con mi Rebecca?

 

Aquella solicitud me asombró.

 

Respondí con desenvoltura:

 

—¿Qué le importa a usted eso?

 

Me miró. Había tomado un pequeño magnetófono y manipulaba, nerviosamente, los mandos.

—No sé… No obstante, Béatrice es bonita. —Cuando se la ve por primera vez, es cierto. —Naturalmente, no es una estrella de cine… —¡Usted lo ha dicho!

—Pero entre ustedes hay cierta complicidad.

 

—Tenemos costumbres comunes, es nuestra principal connivencia. —Estoy seguro de que exagera. ¿Por qué entonces este viaje?

—La necesidad de romper la rutina para fortalecerla más tarde, una decisión irreflexiva.

—Cuatro veces —dijo el tullido.

 

—¿Cuatro veces qué?

 

—Ha renegado cuatro veces de Béatrice. Aquel vocabulario evangélico me irritaba. —No he renegado de nadie. ¿Qué significa eso? Franz dejó su magnetófono.

 

 

 

 

 

 

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—Olvide mis palabras. Buenas noches, Didier; nos veremos en la fiesta.

 

Habíamos abandonado Atenas sin que yo lo advirtiera. Fui a tomar el aire en la proa y encontré, fuera, el murmullo de las olas abrumadas que cabrilleaban, como si los dioses hubieran sembrado en ellas las plumas de un edredón. La tempestad estaba cerca, y las ráfagas cada vez más violentas del viento galopaban por la superficie del agua levantando sus lomos. Un muro de aire frío recorrió la cubierta superior, y la borrasca aumentó brutalmente lanzando con furia sus ganchos de derecha y de izquierda. Ahogándome bajo aquellos soplos, regresé pronto a los lugares protegidos. Pero no tenía prisa por volver al camarote donde Béatrice debía de esperarme con los ojos húmedos y la nariz hinchaba de tanto sonarse. ¿Cómo ponerla entre paréntesis mientras satisfacía mi deseo de aquella extraña? Mostrarme firme, sí, no ceder, ser firme y cortés. Decirle: Rebecca me interesa, pero eso no es cosa tuya. A fin de cuentas, caramba, no estamos ya en el siglo XIX, seamos una pareja moderna, vivamos libremente nuestros deseos. Si también tú sientes inclinación por un hombre, no te prives, sabré mostrarme liberal: Raj Tiwari, por ejemplo, tiene sentido del humor; y Marcello ha vivido interesantes experiencias. A menos que prefieras un miembro de la tripulación. ¡Vamos, valor!

 

Incómodo, inseguro, abrí la puerta de nuestro reducto. Béatrice, verdosa, yacía en su litera. El agrio olor del vómito daba irrefutable testimonio de un nuevo elemento: el mareo. Parecía que hubiera escuchado mi llamada y se hubiera puesto enferma para no quitarse de en medio.

—Al menos, no te molestaré —gimió en voz baja.

 

—Nunca me molestas.

 

Lívida, me cogió del brazo con sus manos glaciales:

 

—¡Oh, qué mal termina el año, tengo ganas de morir! Por más que fingiera sentirme inquieto, la cubriera con mantas, le hiciera preguntas sobre la Acrópolis, la besara en la frente y avisara a un steward para que trajera al médico, me costaba ocultar mi satisfacción. Me sentía exultante, piafaba. ¿Podía desear más oportuno malestar? No sólo tenía para mí la velada y toda la noche, sino también la impunidad y la inocencia. Por lo tanto, no tenía que dar explicaciones, no habría rencores, no quedarían huellas: el crimen perfecto. Gracias, tormenta, gracias, mal tiempo, gracias, doctor, por haber recetado a la enferma un somnífero, descanso y

 

 

 

 

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dieta hasta el día siguiente. Por fin podría emprender solo el vuelo, bailar con la más hermosa mujer de a bordo sin incurrir en la pesarosa desaprobación de mi noble viuda. Pobre Béatrice. Estaba ya fuera de competición; treinta años pero, mental y físicamente, diez más que yo. Respiré a pleno pulmón, transido de esperanza, alentado por la proximidad de un goce tan precioso como inesperado. La imagen del tullido cruzó por mi cabeza y, por primera vez, le encontré casi simpático. A fin de cuentas, aquel tipo no había tenido suerte, era más infeliz que malvado, y casi sentía ganas de estrecharle la mano, de darle una amistosa palmada en la espalda. En tan admirables disposiciones, el resto de la tarde me pareció corto y se desmigajó entre mis dedos dejando sólo vacío. Vuelto por completo hacia el feliz instante, tomé una ducha, me vestí sobriamente con una camisa blanca y unos pantalones limpios de canutillo. Me puse un jersey ligero, lustré mis zapatos y, ante los ojos en blanco de mi tierna querida, me afeité silbando y perfumé mis mejillas con una buena loción:

 

Por fin tañó la campana del navío, anunciando el inicio de la fiesta de fin de año.

—¿Estás segura de que no puedes levantarte? —le pregunté con una inmensa sonrisa a mi Dulcinea, blanca como el mármol.

—Déjame, ve a divertirte.

 

—Voy a añorarte, ¿sabes?

 

—Pronto me reemplazarás —suspiró, entregándose de nuevo a su estertor.

Murmuré un cortés «buenas noches, querida», y cerré suavemente la puerta. Había llegado, pues, la hora de ser sometido a prueba. Bueno, basta ya de esbozos, era tiempo de consumar y consumir. La brevedad de la travesía me obligaba a ser rápido. Y me prometí llevar a buen puerto el asunto, convencido de que tenía la suerte de mi lado.

 

 

 

¡De qué modo comenzó aquella fatal velada, con qué pérfida belleza! Iluminado como un inmenso pastel de aniversario, con las salas llenas de música y risas, el Truva celebraba el Año Nuevo entre Atenas y Estambul, bajo un cielo negro y amenazador. El paquebote había adoptado el aspecto canalla y frívolo de los barcos de crucero, cuya vocación es ofrecer placer y despreocupación. Parecía un accesorio teatral flotando en un inmenso escenario líquido. Los rostros se iluminaban, los semblantes más ingratos

 

 

 

 

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comenzaban a existir de pronto, en función de la mirada de los demás. Aquellos pasajeros, que se habían aburrido mortalmente durante todo el día en un camarote o en el bar, bostezando, bebiendo y barajando los naipes, acudían, acicalados y lustrosos, al gran comedor transformado para la ocasión en sala de fiestas, coronada de guirnaldas. Una nerviosa energía, una impaciencia apenas disimulada, se extendía de los más jóvenes a los más viejos para dar entrada al nuevo año. La gran escalera que conducía al festejo, subida y bajada sin cesar por una doble corriente, chorreaba como una cascada en un lago. Por efectos del cabeceo, los viajeros tenían el paso inseguro de quien ve cómo el suelo vacila bajo sus pies. Si no hubiera sido por la temprana hora, su risible cojera los habría hecho parecer una pandilla de borrachos haciendo equilibrios en unas montañas rusas. A causa de la mar gruesa, la dirección había reemplazado la tradicional cena de réveillon por un buffet frío, más cómodo de servir, y había vaciado de mesas el comedor para dejar más espacio a los bailarines. Una orquesta italiana iba a animar la velada.

 

En la sala, a mi alrededor, la excitación crecía y se desbordaba en conversaciones triviales y brillantes como copas de champaña. Las mujeres palpitaban y rumoreaban, cubiertas de colores resplandecientes o prudentes, pues aquella noche, al menos entre las europeas, la moda prescribía profundos escotes. La gente iba y venía con infantiles muecas, sonriéndose por fin tras haberse ignorado durante cuatro días. Todos aquellos diálogos y parloteos aumentaban el volumen sonoro de la sala hasta cubrir el mugido del mar.

Encontré a Rebecca en el bar, bebiendo un cóctel, rodeada ya de una muchedumbre de admiradores que, en todas las lenguas de la tierra, intentaban cautivarla. Llevaba medias negras y un corto vestido de satén rosa abierto por detrás en un profundo escote que le llegaba a los riñones y dejaba al descubierto una espalda color de miel. Agitaba una larga boquilla de nácar y sonreía ante las chanzas de un levantino panzudo, que otros varones intentaban eliminar con gesticulaciones u observaciones en voz alta dirigidas sólo a llamar la atención de su ídolo.

 

Su belleza me dejó, aquella noche, tan pasmado que perdí el aliento. Sentada en su taburete, con las piernas cruzadas, esparcía una especie de luz que, de buenas a primeras, me deslumbró. Iluminaba aquel extraño lugar, ya bañado por las lámparas y las arañas que ella eclipsaba hasta el punto de que parecían pura oscuridad. Sus cabellos recogidos en la nuca

 

 

 

 

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dejaban al descubierto la pureza mineral del rostro. Incomodaba casi, levantando entre ella y los demás seres vivos el muro de su perfección. Comprendí, con una dolorosa punzada, por el número de los pretendientes que la rodeaban, la distancia que me separaba todavía de la realización de mis deseos. Temía parecerle tonto, demasiado timorato, la sabía acostumbrada a la lujuria, la sabía dueña de una inteligencia del deseo que me turbaba. El movimiento de su alta talla al inclinarse para abrocharse una bota, la elasticidad de su compostura, la vertiginosa seguridad de que, en toda aquella ociosa población sólo me interesaba ella, me cogían por sorpresa. Me dirigí a ella con la sonambulesca lentitud de quién se siente hipnotizado por un maravilloso objeto cuya riqueza no podrá agotar nunca. En cuanto me vio, apartó el círculo de sus galanes y me dirigió una sonrisa de joven coqueta alentando a un pretendiente en exceso tímido.

 

—Ven, Didier, ofréceme una copa. ¿Estás solo?

 

Le comuniqué el malestar de Béatrice y pareció secretamente satisfecha de su ausencia. Aquella inmediata complicidad me encantó. Lamentablemente, mi buena suerte chocaba con la frialdad de los demás competidores que me miraban sin amabilidad. Y el jaleo de la velada, los numerosos aduladores que interrumpían nuestra entrevista soltando estupideces, sólo podían frenar mi empresa. Rodeados de seres cacareantes que nos reventaban los tímpanos, aspiraba a algún retiro más discreto y sugerí a Rebecca dar un paseo.

 

—De acuerdo, vayamos a buscar a Franz a su camarote. Me ayudarás a transportarlo.

Se abrió paso entre la muchedumbre con deliciosa insolencia, sintiéndose segura de sí, y admiré la sangre fría de aquella mujer que sólo se mostraba medio desnuda para mejor detener los deseos demasiados osados: moldeada por el satén rosado y las medias que enfundaban sus piernas, parecía más indecente que si no hubiera llevado nada. Y no era una rosa congestionada, vulgar, de pastelería, sino un color exquisito, una calidez y al mismo tiempo un drapeado: un rosa bombonera, cara y suntuosamente adornada.

Sólo había cinco minutos entre el salón y el piso de primera clase, pero aquellos minutos me eran esenciales. Era la ocasión de abordar a Rebecca lejos de los curiosos; entonces o nunca. Sin embargo, fuera cual fuese mi valor, en cuanto me quedé solo con ella en el corredor, el terror se apoderó de mí y me puse a temblar. No soy del género que se denomina ligón;

 

 

 

 

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incapaz tanto de audacia como de oportunismo, el temor hace que el primer gesto me sea terriblemente difícil. Arriesgo en los actos sencillos mucho más que la mayoría de la gente, y la afrenta de ser rechazado me parecía la más cruel posible. Abandonado a mí mismo, sin la ayuda de ningún excitante, todos los deseos que me animaban cedieron ante la indecisión de una adolescencia que me parecía viva todavía, a pesar de mi edad. Tendí la mano para coger la suya, pero la retiré: no me atrevía. Algo tan nimio como tocarla sólo podía parecer temible a alguien tan poco atrevido como yo. Aquella intimidad en un lugar solitario me producía estremecimientos. Afortunadamente, un cabeceo del barco me lanzó contra ella; con irrazonable valor de tímido, la cogí por el talle y pegué mi boca a la suya. Creí que habría lucha, resistencia antes de la rendición pero, lejos de debatirse, quedó como muerta entre mis brazos, con los brazos colgando, inertes, a lo largo de su cuerpo. Su aceptación me abrumaba más que un claro rechazo. Bésame si quieres, parecía decir, estoy en otra parte, sufro con paciencia tus tentativas. Entonces besé enloquecido sus hombros desnudos y murmuré:

 

—Temo haberme enamorado de ti. Y eso no es lo mejor que podía suceder. Hace unos días que vivo en un estado imposible.

Ella, al principio, no dijo nada, limitándose a apoyar una de sus manos en mi pecho; pero luego, de pronto, soltándose, me apartó con aire aburrido.

—Basta, Didier; estás babeando en mi vestido y vas a ensuciarlo.

 

Me sentí decepcionado pero, lleno de una exuberancia que hoy me parece chusca, añadí:

—No conozco nada más refrescante que tus labios.

 

Ella soltó una risa:

 

—¡Pareces un anuncio de dentífrico!

 

Herido por aquel juicio, la solté y la seguí en silencio, como un perro apaleado, hasta el camarote de Franz, furioso por no haber encontrado la respuesta apropiada, inseguro una vez más de sus intenciones. Si me quería, ¿por qué no lo decía? Si no me quería, ¿por qué aquellos arrebatos de entusiasmo cuando me veía? Pero aquella noche no me resignaría a que se me escapara, aunque debiera pactar con su fantasioso carácter. Tal vez no había esperado lo bastante, tal vez no había respetado los olazos. Aquel pensamiento me tranquilizó: sólo se defendía un poco para inflamar mejor mi deseo.

 

 

 

 

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Franz no tenía buena cara: hecho un ovillo, esfinge comprimida en su pequeña silla, parecía abatido. Su palidez casi azulada revelaba un gran cansancio. Ni siquiera me saludó, absolutamente absorbido por Rebecca.

 

—Venimos a buscarte —dijo—; prepárate.

 

La cabeza del tullido se irguió de pronto.

 

—Quédate, no vayamos —suplicó.

 

Ella le palmeó las mejillas.

 

—No seas niño.

 

Creí ser el objeto que apartaba a aquella mujer de su marido e, incómodo, incliné la cabeza. No pude evitar contemplar las muertas piernas del lisiado, cubiertas por un delgado pantalón de franela, y ascendí hacia su rostro donde la súplica luchaba contra el pánico. Sentía lástima por aquel hombre que llevaba en sí el cansancio de todas as peleas que había mantenido con su esposa. Los tics abrían su boca en un rictus sardónico. En su angustia, sólo sabía repetir:

—Quédate, quédate…

 

—Cállate, no empieces otra vez con tus comedias.

 

Desnudó al enfermo, le puso una camisa; él se dejaba hacer con absoluta docilidad, tenía el torso flaco, desproporcionado en relación con los músculos de los brazos, y retrocedí ante aquel estrecho escudo con un blasón de pelos blancos.

De pronto, el enfermo, excitado por aquel cuerpo joven que se erguía ante él, dejó de llorar y comenzó a palparlo, a tocarlo desvergonzadamente. Rebecca se lo permitía. Aquella pasividad me horrorizó, pero menos que lo que luego seguiría.

Franz había levantado hasta las caderas el vestido de Rebecca, había hecho descender sus pantys hasta el nacimiento de los muslos y puesto al descubierto unas bragas blancas, muy pequeñas, sobre las que brillaba una cadenita. Creía estar soñando: aquel strip-tease lo estropeaba todo. Cerré los ojos, volví a abrirlos. Bajo la tela, una mancha oscura permitía adivinar un pubis lujurioso. El tullido apoyaba en él, febrilmente, la boca, manoseando las nalgas de su esposa. Hubiera debido salir entonces, pero me sentía hipnotizado por el descaro de aquel individuo cuyos dedos se hundían en las carnes como viscosas e indecentes babosas. Rebecca, con un cigarrillo en la boca, se dejaba acariciar sin soltar un respingo, mientras peinaba los escasos cabellos de su esposo. Hubiérase dicho una madre

 

 

 

 

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complaciente acicalando a su hijo. Tanta familiaridad me indignó. ¿Qué era yo para ella, apuesto que se desnudaba así ante mí? Sólo un esclavo ante su reina… Aquella derogación del acostumbrado orden de la seducción no se hacía en mi honor. Imponiéndome su desnudez, había quebrado la turbación, y para seguir conmoviéndome tenía que vestirse. Absorto en sus magreos, su marido la palpaba, la chupaba con una glotonería de bebé, y me parecía nauseabundo el contraste entre aquella cabeza medio calva y aquella boca que mendigaba placer. Rebecca me miraba con aire de desafío.

 

—Te has quedado de piedra, ¿eh? Te encuentras de pronto con tu fantasma en carne y hueso. ¿Quieres participar también? Luego estarás más tranquilo.

Desprendiéndose del abrazo de su marido, se acercó a mí manteniendo levantada la falda con ambas manos.

—No, así no —exclamé, antes incluso de que se me acercara. —¡Caramba, ahora se hace el estrecho! Sin embargo, desde el

principio, no has dejado de dar vueltas a mi alrededor buscando eso.

 

Perdí todo mi aplomo y farfullé:

 

—¿Por qué te burlas de mí?

 

—¡Cómo! Te ofrezco lo que, a bordo, todos sueñan con tocar y me vienes con remilgos.

—No lo comprendes —intervino Franz—. Para ese joven es muy importante el protocolo, tú has trastornado sus reglas y tiene miedo.

—¡Peor para él!

 

Dejó caer el vestido, se colocó bien las medias y fue a peinarse ante un espejo. Furioso por mi inoportunidad, consciente de que aquella taimada pareja me tomaba por un doncel, me maldije interiormente.

 

—Apresúrate, Franz, ya oigo la orquesta.

 

El tullido, que estaba abotonando su chaqueta, me miró con sonrisa burlona:

—¡Realmente, Didier, es único para lograr que se rindan! Si fuera Béatrice, por la noche no podría dormir.

—Déjale —dijo Rebecca, disimulando apenas sus deseos de reír—; vas a amilanarle más todavía.

Los observaba a ambos y los descubría unidos como las mallas de una red de la que yo estaba excluido. Un oscuro pacto de vicio y sangre los ligaba, pese a su enemistad, como las dos pinzas de una tenaza. ¡Y yo

 

 

 

 

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había esperado, ingenuamente, hacerme un pequeño lugar en su infernal intimidad! Pero culpaba a Franz de los sarcasmos de Rebecca. Las circunstancias me permitieron, inmediatamente, satisfacer mi resentimiento.

 

El navío, ya lo he dicho, daba muchas bandadas. Cuando estuvimos en el pasillo, se hizo muy difícil dirigir la silla de ruedas. Entonces, se apoderó de mí un mal pensamiento: solté las empuñaduras y, como el barco comenzaba a cabecear, la silla se deslizó hacia adelante, chocó contra una puerta y volvió hacia atrás. Fue un milagro que el tullido no cayera.

—¡Tenga cuidado! —gritó.

 

Me crucé de brazos y dejé que la silla pasara ante mí sin cogerla. Rebecca, que se había apuntado al juego inmediatamente, la detuvo y me la devolvió. Franz gemía: su vehículo chocaba a la derecha y a la izquierda, contra las paredes, a cada bandazo del paquebote, a punto siempre de volcarse, y nos lo pasábamos como una pelota en un prodigioso partido en el que lo esencial era mantener el equilibrio. Franz intentaba controlar su silla frenando la llanta exterior con las manos, pero la inclinación del pasadizo y nuestros poderosos empujones podían más que él. Cuando comprendió que estábamos jugando con él, sus pupilas se velaron como un agua malsana embalsada por el terror. Algo de la crueldad de aquella pareja había pasado a mí, y disfrutaba viendo al paralítico que luchaba contra el miedo. ¿No me había sugerido él esa fechoría? ¿Acaso torturándole no era yo fiel a su mensaje? Y además, Rebecca se reía, se reía sin cesar, y para mí su aprobación estaba por encima de todo, habría hecho cualquier cosa para complacerla. Habríamos podido herir a Franz, matarle tal vez. No me preocupaba: iba declinando de instante en instante, tenía aquel rostro huero y blanco de los agonizantes crispados por un horrible dolor. Todo su torso temblaba y el espanto parecía haberse comunicado incluso a sus muertos miembros. Volvió hacia nosotros un rostro lívido y dijo con voz entrecortada:

 

—Basta… Rebecca… te lo ruego…

 

Aquel pequeño montón de basura era lo que me había ofendido: un lisiado que gemía como una mujerzuela. Y me dije con un goce trapacero: voy a hacerte perder tu afición por la ironía. Vas a pagar muy caras tus reflexiones. La muchacha, agitada por una risa enloquecida, se apoyaba en la pared para recuperar el aliento.

 

 

 

 

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—¡Oh, qué divertido! ¡Si vieras qué cara pones, Franz!

 

El miserable se había puesto la mano en los ojos para no seguir viendo y lanzaba suspiros de rabia que hinchaban su pecho. La cólera, el odio, la desesperación, el temor se mezclaban en él: sintiéndose a nuestra merced, todo el horror de su antiguo tormento le cubría de los pies a la cabeza. Ya no tenía labios de tan blancos como eran, sus mejillas estaban hundidas, su rostro vacío y colgante le daba el aspecto de un ave nocturna asustada. Sus lamentos, contenidos hasta entonces, estallaron como los de las plañideras en los funerales.

 

—Socorro —gemía lastimeramente—, socorro. Yo gozaba viéndole lloriquear, rebajarse, humillarse como un ser despreciable, pero un marinero que llegó al pasillo preguntó en inglés quién había gritado.

 

—No es nada —dijo Rebecca—. Hemos soltado a mi marido sin darnos cuenta y ha tenido miedo.

El marinero nos ofreció su ayuda. En unos instantes, Franz había recuperado su sangre fría, pero seguía temblando y se agarraba a la silla temiendo perder el equilibrio.

—No ha sido muy amable lo que me ha hecho, Didier… —Ha sido una broma, no había ningún peligro.

—Sin embargo, se ha complacido en portarse mal conmigo, como si yo le hubiera hecho algún daño…

Vagamente avergonzado, me encogí de hombros advirtiendo, de pronto, que desde hacía cuatro días estaba tratando de usted a un hombre que tenía mi edad aunque pareciera tener diez años más: el tuteo era impensable entre nosotros.

En el comedor, la fiesta estaba en su apogeo. Tras nuestra intimidad a tres, aquel encuentro con la ruidosa multitud de los juerguistas me aturdió; se oían innumerables gritos, silbidos, el desconocido y alegre rumor de una muchedumbre a la que han dado permiso para divertirse y que se embrutece con el alcohol, el ruido y la música. Y por encima de aquel estruendo, dominaba el vibrato de las guitarras eléctricas amplificado por agresivos altavoces. La orquesta tocaba con menor o mayor acierto un repertorio internacional en el que predominaban las grandes composiciones inglesas y americanas de rock y música pop. Los cuerpos, apretujados, absorbían a grandes tragos el sudor que flotaba, suspendido en la vasta sala. La incesante circulación entre el salón, los lavabos y el bar provocaba numerosos embotellamientos.

 

 

 

 

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En cuanto hubo dejado a su marido en un rincón, cerca del buffet, Rebecca comenzó a revolotear de pareja en pareja, besando a todos los hombres y a todos los muchachos como un pajarraco picoteador. Cada uno de sus movimientos llamaba la atención, creaba un halo que hechizaba a los espectadores; las miradas se posaban en ella como avispas, sin picarla ni, menos aún, molestarla. Vestida de caricias, de lánguidas miradas, era la reina que arrastraba la silla de un bufón y dominaba un reino grande como un comedor y poblado por cincuenta súbditos. ¡Qué bien había superado las pruebas y había sabido reconquistar su dignidad! Comenzó a bailar. De pronto hubiérase dicho que un invisible hilo había arrastrado todos los ojos hacia la pista, no era yo el único que vivía bajo el hechizo de aquella diablesa que despertaba avideces con el menor contoneo de sus caderas. Una profunda alegría iluminaba su rostro, un sincero gozo de sentirse admirada, y distribuía sonrisas, dirigiéndolas tan lejos que apenas se atrevían a corresponderías. Aunque sometido a su encanto, aquel magnetismo me encolerizaba y me decía que no podría recuperarla si se embriagaba de aquellos públicos homenajes: recompensarme le habría significado una pérdida, una substracción. Sin embargo, me sentía dispuesto a tragar rayos y culebras con tal de tenerla. Era casi una cuestión de honor, y no le reprochaba aquellas artimañas, aquellas celadas que azuzaban mi deseo en vez de extinguirlo. En el fondo, adoraba aquel delicioso infierno que nunca había conocido, y me descubrí una naturaleza distinta. Ya no quería a Béatrice, que me aceptaba tal como era, y deseaba a Rebecca, a quien yo no le importaba.

 

Me bebí un gran vaso de whisky, estreché distraídamente manos amistosas y avancé. Me sentía atraído por la pista de baile, ondeante y abigarrada, y la música —un célebre rythme and bines de los años 60— me daba escozores en las piernas. Me lancé despreocupado hacia un grupo de engalanados marineros, peludos nórdicos, orientales bronceados o rubios que se desmadejaban de un modo tan libre que su torpeza me tranquilizó: al menos no podría bailar peor que ellos. Sonreí a unas parejas, dirigí la palabra a dos hermosas chicas que estaban frente a frente, y me sentí cómodo. E, insensiblemente, abriéndome paso a través de aquella selva de cuerpos, me acerqué a Rebecca.

 

—Cucú, Travolta, ¿nos lanzamos?

 

Solté una estúpida sonrisa. ¡Incluso aquella burla me parecía un cumplido! De pronto, al verme frente a ella, me sentí ridículo: nuestras dos

 

 

 

 

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siluetas, muy próximas, formando casi una pareja, debían de componer una extraña alianza que daba risa. Su intimidante marcha se ponía de relieve ante mi torpeza. Copia forzada y torpona, intenté insertar mi mediocre personalidad en la danza de sus pies que crepitaban en la pista. Me dominó el pesar por no saber bailar, contrapartida de mis tristes estudios de letras. La danza, el pop, la música disco eran un mundo del que Béatrice y yo nos habíamos mantenido cuidadosamente aparte, imaginándolo perecedero y, sobre todo, demasiado vulgar. Últimamente sólo escuchábamos música clásica, sobre todo ópera italiana y Mahler, despreciando la música melódica como algo no esencial; y ahora, aquel universo desdeñado por el prejuicio se erguía ante mí como el único válido. Por más que intentara mostrar una fácil desenvoltura, tejer complejos acordes con las pantorrillas y las rodillas, me sentía molesto. Notaba que me examinaban, inspeccionaban, juzgaban de los pies a la cabeza. Para aumentar la dificultad, Rebecca soltó, al verme, una carcajada cuya espontaneidad me exasperó.

 

—Voy a troncharme de risa viéndote bailar. Te mueves como Baloo en El libro de la selva de Walt Disney.

Fingía un flemático desdén, pero evidentemente el desconcierto debía de leerse en mis ojos. Mis piernas se paralizaban mientras Rebecca daba rápidas vueltas sobre sí misma y luego reaparecía, demostrando a todo el mundo que estaba conmigo sin estarlo, compañera por azar y no por conveniencia.

—Mira, incluso Franz se divierte viéndonos bailar.

 

Me di la vuelta y, por un hueco entre la muchedumbre, distinguí al inválido que nos dirigía grandes señales, con la jeta encendida, golpeándose el vientre y señalándome con el dedo a Marcello y Tiwari, reunidos a su alrededor. Aquellos gestos de connivencia me irritaron. Con una simple ojeada, el tullido podía abarcar toda la pista y, pese a la muralla de los cuerpos móviles, yo estaba a su merced. Petrificado por aquellos ojos tan conocidos, que me miraban fijamente, ofrecí a Rebecca ir a buscarle una bebida. Franz, que no se perdía uno sólo de mis movimientos, me apresó en el bar, donde me sirvió en persona un gran trago de ginebra. Me sentí cargado como un fusil, dispuesto al insulto y al sarcasmo.

 

—Didier, lleva usted el ritmo en el dedo meñique.

 

—Nunca he pretendido saber bailar.

 

—En cualquier caso, eso no le quita posibilidades con Rebecca.

 

 

 

 

 

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La injuria me había herido en lo más vivo.

 

—Pobre Franz, sin calumnias le cuesta a usted mantener una conversación.

Y sin tomar el vaso que me tendía, le planté allí lanzándome de nuevo a la pista. La orquesta inició una serie de slows. Las parejas se acercaban y se alejaban, algunas evolucionaban flirteando, escuché el rumor de sus manos, sus ahogadas risas. Sin vacilar, invité a Rebecca, que aceptó; se estrechó contra mi pecho, rodeando mis hombros con sus dos brazos, echarpe de carne ardiente y palpitante alrededor de mi nuca. Me miraba con tanta amabilidad que estaba convencido de que pronto iba a recoger los frutos de mi paciencia. Su firme pecho se apoyaba deliciosamente en mi busto, sus cabellos rozaban mis mejillas, frotaba suavemente su vientre contra el mío con una sonrisa de turbia sensualidad. No le preocupaba que la vieran en tan tierno abandono, aquel abrazo oficializaba nuestra pareja. Me acurruqué contra ella, jadeante y ebrio, respirando con devoción su aliento. Todo me parecía gracia, delicia, sorpresa si venía de aquella admirable muchacha: incluso el sudor que humedecía su nuca era perfumado. No veía a nadie, no oía nada salvo los latidos de mi corazón que respondían, como un eco, al amplificado resonar del bajo y al martilleo de centenares de pies sobre el suelo. Ella me abrazaba con fuerza y tarareaba en voz baja la melodía de la canción que, evidentemente, yo ignoraba. Bajo mis manos, su espalda se extendía en su musculosa desnudez y llevé mi audacia hasta pasear por ella mis dedos. Si acepta esta familiaridad, cederá por completo, me dije. La aceptó. Con la fluidez del agua, se abandonó estableciendo contacto con todo su cuerpo. Mi pulgar rozaba el borde de su omóplato, y con la otra mano apretaba su talle fino, flexible, que cedía sin resistirse. Mi palma húmeda se acercó al nacimiento de su magnífica grupa. A pocos milímetros de mis dedos se levantaba el majestuoso eje del mundo. Allí estaba la verdad, en aquel eminente trono y no en las populosas ciudades de Oriente y de la China.

 

Me sentía entonces bajamente hechizado, dispuesto a todo para obtener una pitanza que mi inflamada imaginación describía como un festín. Volvía a mi memoria, como un vértigo, como una deliciosa tentación, todo lo que Franz me había contado. Imaginaba ya su piel lisa y granada, su vientre cayendo abruptamente y descubriendo la tierna herida, el abrazo líquido y salvaje, una engañosa estrechez que desembocaba en una amplitud en la que me vertería con amargura y desgarro. Le murmuré

 

 

 

 

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tonterías al oído, ella se reía echando hacia atrás la cabeza; tal vez el alcohol le había embriagado ya y le parecían chuscas unas frases que no lo eran. La besé en el cuello y los hombros; aquel beso me dejó las piernas de algodón, y la noticia se transmitió, de nervio en nervio, por todo mi cuerpo; entonces, perdiendo cualquier noción de decencia y recuperando una práctica de los años adolescentes, deslicé lentamente mi mejilla por la suya y, con una ligera inclinación, intenté tomar su boca. Se sobresaltó.

 

—¿Qué libertades son ésas?

 

Sus ojos me atravesaban como una hoja de acero, sin ningún brillo de ternura o indulgencia.

—¿No te da vergüenza, delante de mi marido? Helado por aquellas palabras, farfullé: —Pero… pero Franz no cuenta.

Ella esbozó una despectiva sonrisa que me hizo notar el poco caso que hacía de mis pretensiones.

—¿Por quién nos has tomado? Nosotros estamos casados, fíjate bien, no vivimos en concubinato.

Aflojó su abrazo y dejó caer la mano sobre sus piernas, en un gesto de supremo aburrimiento. Su hipocresía me ofendió y me desesperaba no encontrar nada original que decirle.

—Qué idiota, ésa Béatrice… —murmuró.

 

Aquella frase era una percha que me tendía para salvarme. Me sentí tan feliz de tener un tema para hablar que me zambullí en la calumnia. Y aunque denigrar a mi compañera me costara, me presté cobardemente a ello sin evitar ningún epíteto peyorativo.

—No me has comprendido —rectificó mi pareja—. He querido decir que Béatrice era idiota porque te amaba, te soportaba.

Me crispó un estremecimiento; era demasiado tarde para reparar mi error y dije con burla:

—No es culpa mía si está mareada.

 

—Y mientras gime en la cama, pensando en ti, tú te entretienes destrozándola.

 

Acudían a mi boca respuestas, recuerdos de lecturas, que no me parecían apropiados; y era incapaz de inventarlas. Presa de un misterioso nerviosismo, lancé como último recurso:

 

—Basta, Rebecca, te amo.

 

 

 

 

 

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—Veo complacida que tienes sentido del humor; realmente eres capaz de decir cualquier cosa. Debieras saber que hace ya mucho tiempo que nadie liga diciendo: «Te amo». Busca algo nuevo.

 

—Pero es verdad.

 

—Claro que no; para ti soy sólo un entretenimiento durante una aburrida travesía.

Todo el mundo conoce la desagradable sensación que nos domina cuando un ser querido nos acusa de aquello con lo que va a golpearnos, se adelanta a nuestro reproche volviéndolo contra nosotros. Yo sabía que mentía y aquella artimaña me pareció indigna. Me asqueaba el tono frío, artificial de sus frases y le dije:

—Deja ya de proyectar en mí…

 

—Dios mío, qué pelma… Perdóname, estoy embarazada, tengo que sentarme.

—¿Embarazada? ¿Desde cuándo?

 

—Hace media hora, claro; desde que me besaste en el pasillo. Abandonó la pista de baile con aire hastiado: había cerrado en seco el

grifo del encanto. La seguí como un caniche al que hubieran reñido, con la cabeza baja, sin lograr creer que mi derrota hubiera sido tan rápida. Como para hacer mayor mi desgracia, se sentó junto a Franz.

El tullido estaba borracho, tendido más que sentado en su silla de ruedas, paseando su alcoholizado hocico de derecha a izquierda, balanceando una botella de whisky al extremo de su brazo, dando rienda suelta a su exaltación en frases obscenas, con los sucios mechones pegados a la sudada frente.

 

—¡Caramba, ahí llega nuestro irresistible conquistador! ¿Qué, la cosa marcha?

 

No quise responderle y, para colmo de la humillación, vi a Rebecca riéndose de las cabronadas de su marido. Me sentía lleno de aquella pesada tristeza que acompaña la pérdida de un bien que hemos creído poseer y que se nos ha escapado. Nada aviva la pesadumbre como una simpatía falsa. En pocos minutos, Rebecca había barrido días y días de paciente espera, de locas esperanzas.

—Deja ya de mirarme así —me dijo mi torturadora—; vas a devorarme con esos ojos.

—Te he decepcionado, ¿verdad?

 

 

 

 

 

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—Claro que no, me gustan los hombres que fracasan; eso los acerca a

 

mí.

 

Entonces, jugándome el resto y considerando las palabras menos perjudiciales que el mutismo, le solté en una entrecortada jerigonza, un confuso discurso sobre la India y sus hechiceros, resumen de un artículo que había leído dos años antes, hablando en voz baja para que Franz no me oyera. Me escuchaba sin reír, con la mirada clavada en la ceniza del cigarrillo que iba creciendo entre sus dedos, mordiéndose los labios por dentro para no bostezar. Esas nuevas pruebas de su indiferencia acabaron de atravesarme el corazón. Los anteriores pretendientes, advirtiendo con ironía mi derrota, se acercaban de nuevo como zánganos, zumbando de vanidad. Como si una desgracia atrajera la otra, Marcello se sentó a nuestro lado. Bruscamente intimidado, me callé. Grave error: viéndonos silenciosos, invitó enseguida a Rebecca a bailar.

 

Cualquiera, en las mismas circunstancias, habría experimentado lo que yo sentí entonces: una impresión de súbita soledad. Se había reanudado la serie de Jerks disco. Me sentía asqueado, sobre todo porque aquel gurú napolitano, al que yo creía sólo atento a las posturas del yoga, bailaba con diabólica habilidad. Desde el comienzo de la velada había temido que ocurriera un accidente que me privara de mi prometida, y en eso estábamos. Un amargo deseo caía gota a gota sobre mis hombros y estropeaba todas mis alegrías. Por mi infortunio advertía cuál debía de ser la felicidad de aquel rival que me parecía lo contrario de lo que yo era, es decir, seguro de sí, risueño, esbelto. Rebecca le lanzaba prometedoras miradas que me destrozaban: entre ellos nacía una complicidad que no había brotado entre ella y yo. La poca atención que me dirigía me confirmó en mis temores. Se inclinaban uno hacia otro hasta tocarse, y luego, dándose la vuelta, golpeaban sus traseros y esperé que, de un momento a otro, se besaran. Evidentemente, yo no había demostrado tanta originalidad en mis contorsiones; si para gustar era necesario entregarse a tales vulgaridades, prefería abstenerme. Le danza es un espacio sin leyes en el que actúa de policía la mirada de todos. La menor rigidez constituye un pecado de la vista, imperdonable falta en un arte por completo entregado a la superficie y a los ojos. Tan cruel espectáculo acabó arruinando mis esperanzas y fumé nerviosamente un cigarrillo. Nunca hubiera podido pensar que aquel petimetre fuera para mí un serio

 

 

 

 

 

 

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competidor. ¿Por qué se añadía a un juego que era ya bastante complicado?

 

—Va a quitársela delante de sus narices —ladró el tullido lanzándome un eructo en plena cara.

Estaba yo bastante bebido.

 

—Esa zalamera le ha subyugado por completo. Se lo había advertido, no ponga esos ojos de carnero degollado; le atribuye usted extravagantes cualidades poéticas cuando su único placer es llevar de cabeza a los hombres; no olvide que sigue siendo la mujer humillada, vertiginosamente secreta de sus años desgraciados; es una aguafiestas, nada más.

Soltó una sonrisa especialmente venenosa, como si le alegrara advertir la eterna y profunda infamia de los seres.

—Déjeme en paz —pedí.

 

—A mi entender, es inútil que se obstine; para ella usted es pura pacotilla.

Me tragué una maldición: había superado los límites. En mí todo estaba cabeza abajo, perdí el dominio y gruñí en sus narices:

—Si no fuera un tullido, le rompería la cara.

 

—Nada de insultos groseros, conserve su sangre fría.

 

Me levanté. Mis piernas apenas podían sostenerme, parecían llenas de caucho blando y, tras dar algunos pasos, tuve que sujetarme al respaldo de una silla para no caer. Vagué por la sala buscando una copa de cualquier cosa, siempre que abrasara y aturdiera. Todas las botellas estaban vacías —la gente se emborrachaba a muerte para festejar la última noche del año —; bajé a otro bar que habían colocado al pie de las escaleras. Bebí, trago a trago, dos ginebras solas, un brandy y un poco de coñac. Estúpidamente, meditaba una venganza que habría querido ahogar en una marea de alcohol. Empujé una puerta y, de pronto, estalló la rugiente respiración del mar.

 

Cayendo al bies, una lluvia espesa como una cortina me azotó el rostro. Di algunos pasos por la cubierta empapada por la tormenta, fumando y soñando, perdido en un difuso y humillado furor. Me llegaban, arrastrados por el viento, algunos jirones de rock. El tiempo era horrible, en pocos segundos quedé empapado de los pies a la cabeza. Mi temblor se acentuó cuando me vi solo en aquel cascarón que se zambullía en la horrenda noche de diciembre, en aquella alberca negra flagelada por los vientos polares. En el mar parecía haber agujeros: el barco caía en un pozo

 

 

 

 

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sin fondo, se levantaba casi verticalmente, como un dedo tendido hacia el cielo y, luego, volvía a caer de narices. En mi desgracia, pensé en Béatrice encontrándole de nuevos ciertos encantos: estaba muy lejos de ser perfecta pero, al menos, me amaba. Más vale pájaro en mano que ciento volando. Tuve que entrar, pues hubiera sido peligroso permanecer por más tiempo en aquella resbaladiza cubierta.

 

Vacilante todavía, permanecí unos momentos en el umbral del gran salón que subía y bajaba al ritmo de las olas, sin ver primero más que siluetas, globos infantiles y serpentinas en una tamizada luz azul. Habían apagado la mitad de los apliques, el aire coagulado por el humo y el olor de los cuerpos se hacía cada vez más difícil de respirar. Algunas parejas se besaban en la boca, otras se acariciaban ostensiblemente mientras se aproximaba la tormenta. Aliviado, advertí que Marcello había abandonado a Rebecca, que bailaba sola. Volví a tener esperanzas y, al mismo tiempo, olvidé de nuevo a mi compañera legítima, Béatrice. Rebecca nunca se había movido con tal prestancia. Su enigmático rostro dominaba todos los demás. Sólo veía aquel astro y no intentaba ocultar la emoción que me conmovía al verla. Se movía jadeando, con la cabeza echada hacia atrás, los ojos entornados, presa en el éxtasis de una santa estigmatizada. Una veintena de hombres y mujeres la miraban como yo, semejantes a niños rodeando un árbol de Navidad. Ella acumulaba todos los sueños esparcidos que flotaban entre aquellas paredes de acero. Había encontrado un ligado interior que expresaba perfectamente la brutal, enérgica música de la orquesta; poniéndose de puntillas o quebrándose, utilizaba su cuerpo como un instrumento que se adaptaba a los otros. Habitaba la violencia eléctrica, le abría un camino real con audaces pantomimas. Su cuerpo, lanzado hacia arriba, tenso en su deseo de atravesar, evocaba la fertilidad de un payaso que rompiera la carpa de la tienda. Sorprendido, embriagado, hechizado, perdonándole ya sus coqueteos con Marcello, me abandoné a tan encantador espectáculo. Los temblores de su pecho, el éxtasis de sus caderas me sofocaban. Yo era sólo un pequeño macho miedoso ante aquella hermosa pantera sanguinaria y fútil, un chicuelo extasiado por una estrella. La estaba contemplando con la boca abierta cuando una mano me dio una palmada en el hombro.

 

Era Béatrice, una Béatrice muy embellecida, con discreto maquillaje, y moldeada por unos adorables tejanos. Me quedé de piedra como si hubiera visto un espectro: no me habría asustado tanto si el navío se hubiera

 

 

 

 

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partido en dos. Su mirada era maligna, irascible. Metí la nuca entre los hombros e incliné la cabeza.

 

—¿Te extraña verme? Bueno, las medicinas han hecho efecto. He devuelto hasta la última papilla y me siento muy restablecida. Vamos, querido, no disimules tu alegría; ha sido tu buen amigo Franz quien ha mandado un steward a despertarme. Me da la impresión de que mi llegada animará la velada.

—¡Franz! ¿Por qué te ha despertado Franz?

 

—Me ha avisado de que sin mí te estabas aburriendo y cortejabas a su mujer para evitar el tedio. Me ha permitido escuchar también el final de vuestra conversación de esta tarde, en su camarote, pues la ha grabado en una cinta sin que lo advirtieras. ¡Ha sido muy instructivo!

 

Emití un pastoso balbuceo y quedé desconcertado, sin aliento, como si me hubieran dado un golpe en el diafragma.

—Ese tullido es un cerdo, pero al menos me ha abierto los ojos. —Escúchame, me he portado como…

—Ahí está tu hermosa, tu maravilla, tu faro, la princesa por la que estabas dispuesto a tirarme a la basura. Caramba, la cosa no parece funcionar muy bien.

—Béatrice, te quiero.

 

—¡Cómo te atreves a decir algo así! Toma, esto es por tu mentira.

 

Y me soltó un bofetón en plena cara.

 

Quedé sonado, aturdido. La marejada se adaptaba a la cólera de mi amante y, sin que ella lo advirtiera, la amplificaba.

—Didier, voy a ser franca contigo; me has decepcionado, hay circunstancias en las que un ser se revela más que en dos años de vida en común. A fuerza de verte desear a Rebecca, me la hiciste deseable; pero me pregunto si tendremos con ella las mismas oportunidades.

 

Por sus puños cerrados y su solemne ademán, la sentí decidida a una insólita empresa. Dejándome allí, más muerto que vivo, atravesó el muro de curiosos que rodeaban a la esposa de Franz y comenzó a bailar ante ella. Rebecca la recibió con una gran sonrisa. En mí se abrió una vacío, como el presentimiento de lo irremediable. Ambas rivales se habían convertido en cómplices. Ya no reconocía a mi compañera: la discreta mujer había dado paso a una osada aventurera. Aquella rubia y aquella morena eran la luminosa moral del día desposándose con la mística de la

 

 

 

 

 

 

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noche. El Norte y el Sur se reconciliaban contra mí, que había intentado dividirlos.

 

Sus distintas bellezas se acentuaban en aquel enfrentamiento, que las convertía en la más hermosa pareja de la velada. Ahora, todo se había perdido. Viéndolas agitarse cadenciosamente, los espectadores se inflamaban. Los músicos de la orquesta las silbaron y toda la sala resonó con los aplausos. Ambas amigas se abrían ante las aclamaciones como flores al sol, encantadas de embrujar, más encantadoras todavía en su deseo de gustarse recíprocamente. Cada uno de sus pasos arrancaba vítores, su reconciliación se fortalecía en aquel baño de entusiasta multitud. ¿Dónde había aprendido a bailar Béatrice? En las raras fiestas a las que nos habían invitado, se entregaba a evoluciones de una modestia que rayaba en la torpeza.

 

Aquella horrible alegría me heló el corazón: titubeando en mi vértigo, busqué un asiento y me derrumbé en un sofá. Tenía ganas de lanzarme a su círculo, de separarlas, de abofetearlas, pero la vergüenza me contuvo. Llega un momento en el que los acontecimientos, procedentes de distintos puntos del horizonte, convergen y embotellan las salidas. Me pareció de pronto que la gente murmuraba a mi espalda, hablaba en voz baja mirándome. Bebí dos o tres vasos de cualquier cosa, sin advertir que aterrizaba de nuevo junto a Franz.

 

—¿Está temblando? ¿Tiene miedo de Béatrice? A mí me parecen formidables, debiéramos confiar siempre en las mujeres.

—¿Por qué… por qué hizo de alcahuete si pretendía apuñalarme por la espalda?

—Amigo mío, sus atenciones con mi mujer carecían de nobleza, era algo bastante feo. Por muy moderno que sea, no me gusta ser complaciente.

Estuve a punto de derramar lágrimas. Estaba tan aniquilado que no tenía ya fuerzas para sentir rencor por Franz, aunque hubiera fomentado en parte aquella odiosa conjura. No podía quererlo ni, menos aún, admirarlo. Casi habría deseado, entonces, pedir su ayuda, pero enarbolaba su maligna sonrisa que nada bueno auguraba.

 

—Nuestras parejas son frágiles, Didier, y pueden quebrarse fácilmente cuando chocan unas con otras. No ponga mala cara, abandone sus prejuicios. Puesto que nuestras esposas parecen entenderse muy bien, festejémoslo. Ahora somos una familia de hermanos. Haga como yo:

 

 

 

 

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siento afecto por los amantes de mi esposa y los convierto en mis amigos íntimos. Encuentro diversión cuando otros se arrancan mechones de cabellos. No nos peleemos, Didier, brindemos como buenos republicanos que lo tienen todo en común.

 

Mientras el tullido se llevaba a los labios un tembloroso vaso, la tormenta creció. De pronto, el Truva se inclinó a estribor en una pendiente de más de treinta grados, se rompió un vaso y los fragmentos de vidrio llegaron hasta el centro de la sala. Bajo los asaltos de las olas, el barco gemía como un coloso agotado por la fatiga, y todo el maderamen rechinaba con siniestros crujidos. Enormes olas bombardeaban el casco, estallaban en haces de lechosa espuma contra las cristales del comedor para caer hechas lluvia de opalescentes burbujas. Se escuchó un espantoso estruendo: el paquebote bajaba vertiginosas pendientes para izarse, un instante después, sobre crestas espumeantes. Hubiérase dicho que el Mediterráneo, dominado por la música, bailaba también el rock.

 

Arrastrada por el cabeceo, la orquesta se derrumbó, el montón de tambores y amplificadores cayó en la pista y rodó hasta dar con las piernas de la concurrencia. La sala se había convertido en una sartén donde todos saltábamos como crépes. Agarrados a las columnas, a los brazos de los sillones atornillados, los pasajeros habían dejado de bailar y soportaban las inclemencias. El salón se encabritaba, saltaba, arrasaba los estómagos. Los lavabos se convirtieron, de pronto, en el destino de una gran mayoría de seres humanos. Camareros y stewards se apresuraron a distribuir bolsas de papel impermeable, a guisa de copa para la sobremesa. Y los pálidos rostros se zambullían en los bonetes de papel, las espaldas se sacudían, devolviendo el insoportable contenido. Sólo Rebecca y Béatrice, tranquilas en medio del pánico, continuaban moviéndose con imaginarios ritmos; las encolerizadas olas daban a sus movimientos una extraordinaria resonancia. Se abrazaban una a otra, con indecentes torsiones, erguidas, por encima de los enfurecidos elementos, como dos alegorías del desorden.

 

La borrasca me distrajo momentáneamente de mi pesar, pero en cuanto una tranquila y eficaz organización restableció el orden a bordo, mientras unos marinos sujetaban la silla de Franz, caí de nuevo en la melancolía. Como el navío, también yo había puesto rumbo al abismo. Mis sentimientos habían cambiado tan deprisa como la situación. Había olvidado ya a Rebecca, y Béatrice volvió a parecerme deseable como si retomara el hilo de una novela interrumpida. En la confusión, se habían

 

 

 

 

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olvidado de desear feliz año nuevo. Un steward recordó sus deberes a los viejos supervivientes, y todos se felicitaron, se abrazaron. Tiwari y Marcello me desearon felicidad con esa pizca de condescendencia que se muestra para con los perdedores: lo peor no es el fracaso, sino los testigos que lo contemplan. Béatrice y Rebecca se besaron en la boca por primera vez. Reían, parecían dedicarse mil halagos y galanterías. Luego se divirtieron lanzándome, desde lejos, besos con las palmas de las manos; nunca me habían parecido tan hermosas y alegres.

 

—Qué cara pones —dijo Béatrice con una voz que no le conocía—. ¿No nos deseas un buen año?

Estaba helado hasta los huesos, tenía un nudo en la garganta y ni siquiera lograba tragar para abrir la boca.

—¿Le invitamos a venir con nosotras? —preguntó Rebecca. —¿Me habría invitado él si le hubieras aceptado? —No lo creo.

—Entonces dejemos sólo a ese grosero. Es un arma clásica pero segura.

De mi boca se escaparon algunas sílabas, como los gorgoteos de una bañera al vaciarse.

—¿Qué dices? Habla bien, no te comprendo…

 

Tenían la inteligencia de dos gemelas que se divirtieran estropeando una fiesta. Susurrando, mantenían conciliábulos íntimos, y mi más fino oído intentaba en vano coger al vuelo sus secretos; luego, se rieron ambas con una cadencia cada vez más rápida.

—Lo siento, Didier, hemos colgado el completo.

 

—Compréndeme —añadió Béatrice bajando la voz—; has socavado toda la confianza que había depositado en ti. Sólo es innoble el acto que se queda a medias: te habría perdonado una aventura con Rebecca. No te perdono que hayas fracasado incluso en eso. De todos modos, feliz año nuevo, Don Juan. Ponte pronto a cazar o pasarás solo la noche.

 

Cada una de ellas me besó en una mejilla, y luego se alejaron, mirándose, estrechándose una contra otra como si hubieran querido formar un solo cuerpo.

—¡Ah, qué víboras! —dijo Franz que lo había oído todo—. Eso, Didier, es puro lesbianismo o no sé de qué va la cosa. Vamos, acepte de buena gana ser sólo un mal menor. Tras haber querido ser Casanova, no se ponga ahora en la piel de un cancerbero.

 

 

 

 

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Estaba aniquilado: aquella contrariedad, añadiéndose a mi borrachera, tomaba las dimensiones de un desastre. Las últimas palabras de Béatrice habían exasperado mi sensación de debilidad. Sólo veía a mi alrededor adversarios y agresores, y, en mi oído, el horrible, pegajoso patitieso proseguía su monólogo chapaleante, chapoteante y pútrido.

 

—Cree usted que van a…

 

Hizo con la lengua un gesto obsceno.

 

—Su compañera es golosa, la mía es ardiente: no le dejarán nada. Aquella odiosa observación me indignó. Dominado por un acceso de

 

grandilocuente aversión, le grité:

 

—Le odio, le odio.

 

—Eso está bien: soy cobarde, soy feo, soy infame; ésas son para mí razones suplementarias, deliciosas para ser odioso. Quiero merecer el desprecio que me dirigen. Ya se lo he dicho —añadió con una gran carcajada—: con un amigo como yo, no necesita enemigos.

Responder a sus insultos estaba por encima de mis fuerzas; sumido en mi tristeza, seguía con ojo distraído los acontecimientos del salón. Acababan de abrir unas botellas de champaña. Una alegría de catástrofe dominó a los treinta pasajeros válidos que permanecían en pie. Se había establecido entre ellos una especie de fraternidad en la resistencia que les inclinaba mutuamente a la simpatía. La locura se había apoderado de los últimos juerguistas; Béatrice y Rebecca triunfaban entre clamores y silbidos. Llegó entonces el momento cumbre de la velada. La joven esposa de Franz, que acababa de vaciar una copa, la manoseó distraídamente y, de pronto, la arrojó a su espalda, como un cosaco, para que se rompiera con un claro tintineo. Una exclamación acogió aquel gesto y fue seguida, luego, por el estruendo de las voces; se hizo un silencio y, de nuevo, estalló el estruendo.

 

Béatrice había arrojado también su copa por encima del hombro, gesto brillante y absurdo que hizo reír a los presentes. «Pruébenlo también», decía Rebecca en inglés a quienes la rodeaban. Una decena de copas fueron lanzadas, como graciosas hipérboles, al suelo o contra las paredes, entre una incontenible alegría. Luego, Rebecca corrió a coger otras copas, las vació salpicando a sus vecinas y las tiró hacia el techo. Una cascada de cristales cayó del cielo, y las carcajadas de los desmelenados jugadores acogieron las detonaciones del cristal hecho añicos. Aquel último grupo de juerguistas iba empapado en alcohol, y ninguna diversión les parecía

 

 

 

 

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delirante. Los stewards intentaron interponerse, pero nadie detenía la deliciosa locura provocada por las dos jóvenes. Su desvergüenza no tenía límites. Ni una sola copa, copita, vaso, flauta, jarrón, garrafa, taza o aguamanil se salvó del desastre, los proyectiles se cruzaban en furiosa batahola, el ruido del cristal roto casi apagaba el rugido de las olas que golpeaban las paredes del salón.

Aquellos tintineos, que tanto gustaban a los demás, tenían para mí sabores de campana mortuoria. Llegó luego el turno de los platos de cartón, los restos de comida, que sirvieron de bombas, de balas y flechas. El juego se estaba convirtiendo en una batalla de refectorio. La estancia estuvo pronto llena de restos de patés, huesos de pollo, pedazos de queso, hojas de parra rellenas, restos de apio, de pepinos a la crema, de tomates maduros que se estrellaban contra sus blancos dejando largas salpicaduras chorreantes. Los detritus se amontonaban en el suelo, en los rostros de las personas alcanzadas, goteando jugo, vino o salsa.

Refugiado al otro extremo del salón, sin tomar parte alguna en el jaleo, lo contemplaba de lejos, enamorado y mendigando, ínfimo y desdeñado, venteando los relentes de una poderosa alegría en la que no participaba, patito feo expulsado de la pajarera, sólo en mi rincón de desastre.

—Venga —me aullaba Franz desde lejos—. Nos estamos tronchando. Aquel ágape de borrachos me asqueaba y huí entre los disparos de

aquella artillería, llevándome una confusa imagen de haces de humo, rostros escarlatas, risueños relinchos. ¿Cómo se había dejado arrastrar Béatrice a aquella grosería?

Miré por última vez el comedor para fijar para siempre en mi memoria su horrible geografía: Béatrice y Rebecca, con los cabellos empapados, se sujetaban por el cuello, retorciéndose de risa y golpeando el vientre de un grupo de vacilantes stewards. Al verme partir, Franz, rodeado por un cuarteto de arpías germánicas, me dijo mugiendo:

—Cuidado con los cuernos cuando salga, la puerta es baja.

 

Un instante después, en el corredor, fui presa de una espantosa jaqueca: la cabeza me parecía un fardo en el que todas las venas de mi cuerpo se endurecían, formando un sólo coágulo de sangre más pesado que una roca. Me derrumbé, con los nervios destrozados, como después de un enorme acceso de cólera. En aquel momento, todo me pareció innoble, embrutecedor, gris. La decepción había sido demasiado fuerte y no me perdonaba haber acumulado ridículo tras ridículo, viéndome castigado por

 

 

 

 

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una leve falta que ni siquiera había sido capaz de cometer. Intenté en vano olvidarme de mi neuralgia y dirigí un vengativo pensamiento a las dos traidoras que, arriba, premeditaban su abrazo. Puerilmente, esperé que el balanceo del navío les impidiera abrazarse y que la caída de un bulto del equipaje las dejara sin sentido mientras cometían su pecado.

 

Me arrojé llorando en mi litera, rezando para que el navío zozobrara en la tormenta y se hundiera con todos los actores de la siniestra farsa. Había bebido y no tenía una clara noción de las cosas. Las horas se fundieron en una sola pesadilla. Desperté y volví a dormirme una y otra vez. Esperé a Béatrice toda la noche, sobresaltándome al oír unos pasos en el corredor, sollozando de nuevo tras cada falsa alarma.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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QUINTO DIA

 

 

 

 

 

 

La ceremonia del té

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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¿Cómo podía, tras aquella velada, afeitarme, vestirme de nuevo, tomar un café? El día se deslizaba sobre la noche como un trapo mojado sobre un cristal sucio y un sol de fin del mundo intentaba una tímida salida, iluminando un espectáculo de desolación. Todo dormitaba todavía, salvo el ronroneo de los motores y las bruscas ráfagas de viento que hacían temblar la estructura del paquebote. Yo escuchaba las imprecaciones del mar que golpeaba el casco, y alimentaba mi turbación con aquel estruendo que aullaba conmigo. Ahora sólo quedaba un vasto tedio de agua hasta Estambul, donde llegaríamos al comenzar la tarde. Debíamos permanecer cinco horas encerrados en aquel flotante coche fúnebre. Me sentía lúgubre: Béatrice no había regresado todavía.

 

Tenía que hablar con ella a toda costa. Mi compañera, a la que me ligaba el recuerdo de tantos momentos felices, representaba entonces para mí la más deseable de las mujeres: maldecía a Rebecca, cruel intrigante que nos había separado. Un ser aparecido en una encrucijada de caminos os parece el paraíso. El error es querer mirar de cerca aquel rostro imprevisto. ¿Cómo había podido pensar en ponerlo todo en cuestión a cambio de ciertas libertades con aquella desconocida? Desperté como si saliera de una mala borrachera. Había sido necesario ese lugar cerrado para que ascendiera el poso de la pasión impura, como una comida excesiva; ese buque había hecho que mi alma cojeara.

Pensar que todo mi infortunio se debía a cierta trivial falta del tipo «quien mucho abarca poco aprieta», me horrorizaba. No tenía valor para aguardar su regreso: debía verla enseguida, hablar con ella, implorar su perdón. Salí, subí las escaleras, recorrí cubiertas y pasarelas, me zambullí en la sala de máquinas, pasé y volví a pasar ante el grupito de los stewards medio dormidos: ni rastro de Béatrice. Odiaba aquella caja flotante que nos aprisionaba, maldecía el enigmático mar que no va a ninguna parte, que indica mil direcciones sosteniéndolas y traicionándolas al mismo tiempo. Volví varias veces a nuestro camarote. Dejaba cada vez unas notas que indicaban mi posición, la hora de mi regreso. En vano.

 

 

 

 

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Entonces decidí aclarar las cosas. Una fuerza que no podía dominar me empujaba hacia el piso maldito. Trepé a toda prisa hacia la primera clase. Acercándome sin hacer ruido a la puerta de Rebecca, pegué en ella mi oído. Ahí estaba, ensordecido por los latidos de mi propio corazón, cuando se abrió la puerta.

 

—Entre —dijo Franz—, estaba esperándole.

 

Tuve un sobresalto.

 

—¿Usted aquí? Entonces me he equivocado de camarote.

 

—En absoluto. Velo el sueño de mi mujer.

 

Pensé, primero, en huir. El tullido era la última persona a quien quería ver. Y él debía de saber. Entré pues, lleno de cólera, incapaz de emitir un sonido. Rebecca dormía en la cama.

—Puede usted hablar en voz alta, ha tomado un somnífero.

 

—¿Dónde está Béatrice?

 

—En alguna parte del barco, pero ignoro dónde; se lo juro.

 

Su aspecto, exageradamente cándido, le hacía poco creíble. Pronto advertí, en sus maneras demasiado amables, algo extraño.

 

—A fin de cuentas, Didier, soy el único que mantengo buenas relaciones con los otros tres. ¿Está usted triste?

Costara lo que costase, consideré más honesto confesar mi despecho. A fin de cuentas, me dije, es sólo un bufón y su maldad es, sobre todo, estupidez: ni siquiera es digno de que le guarde rencor.

—Quiero ayudarle a reconquistar a Béatrice. No por amistad, pues no ha permitido usted que entre nosotros se desarrollara un sentimiento amistoso, sino por solidaridad. Usted, como yo, es de la raza de los cabeza de turco y me gustan los perdedores: siempre tienen la posibilidad de ganar una vez al menos.

—No he venido a pedir ayuda: sólo una información.

 

—Sin duda, pero no tengo valor para abandonarle en esta situación. ¿Está usted seguro de que mi mujer no le gusta ya?

Su afabilidad no me engañaba.

 

—Franz, no vuelva a empezar: sólo busco a Béatrice.

 

—Béatrice regresará con usted si lo desea. Más tarde hablaremos.

 

Ahora mire.

 

Corrió la cortina del ojo de buey, apartó la sábana hasta el pie de la cama. Rebecca, desnuda, dormía de lado, con una pierna encogida sobre la

 

 

 

 

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otra. Sentí de pronto que mi pulso latía con violencia.

 

—Por usted, Didier, hago realidad sus sueños.

 

Yo no lo comprendía. Una malsana hinchazón deformaba su labio superior. Empujó a Rebecca por el hombro, tendiéndola de espaldas.

—Es hermosa, ¿no le parece? Qué placer pensar que este cuerpo de mujer, esa piel satinada se presta a todos los movimientos que quiere imprimirle. Si la quiere es suya.

—¿Bromea usted?

 

—En absoluto, hablo en serio: admire esos hombros anchos, esos pechos carnosos, caldéese con la juventud de ese hermoso rostro que tal vez no vuelva a ver, acaricie ese vientre, no tema, está drogada, béselo, meta su lengua en esos abrojos.

 

Quedé rígido como una estaca, seguro de que Rebecca fingía su sueño. ¿Y si sé tratara de una nueva trampa imaginada por aquella pareja que sentía idéntica predilección por lo sórdido?

—Deje ya de alabar la mercancía: esa complacencia me parece asquerosa.

—Está usted ciego, Didier. ¿No ve usted que soy feliz de que compartamos una misma veneración por ella?

—Ya no es tiempo de hablar de eso: quiero recuperar a Béatrice. ¿Dónde está?

—Si yo hubiera gozado de todas mis facultades, Didier, le habría propuesto hacer conmigo lo que esas zorras…

—Su humor negro es de muy mal gusto.

 

—Venga a hacerle el amor, se lo ruego; le miraré de lejos si mi presencia le molesta, resárzase.

Y decía todo aquello en el tono juguetón del niño que exige un caramelo.

—¿Pero está loco?

 

—En absoluto. Y puestos a ello, enchufe la tetera, prepararemos un té. —Escúcheme, Franz, ¿no cree usted que ya ha hecho bastante, después de lo que ocurrió ayer por la noche? Vamos, dígame dónde está Béatrice o

me voy.

 

—Béatrice duerme en mi camarote, lo que explica que Rebecca duerma aquí: las literas son demasiado estrechas para dos y, como no tenía

 

 

 

 

 

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sueño, cedí la mía a su amiga. Es inútil que vaya, yo tengo la llave y la cerré por fuera.

 

—Démela.

 

—Un momento, Didier. Tenga un poco de consideración para con un enfermo. Bebamos primero el té. Colocó las tazas en una bandeja. Me tranquilizaba saber que Béatrice no estaba lejos y enchufé la tetera. Luego, el tullido añadió con especial dulzura:

—Arreglemos cuentas, ¿le parece? Al comienzo, sólo teníamos ganas de molestarle un poco. Formaban usted y Béatrice una pareja muy unida, una asociación de dos ingenuos que van a Oriente en busca del gran estremecimiento. Con una mutua amabilidad, reavivaban ustedes el prestigio de un himen imposible. Sentí una mezcla de envidia y burla, en la que dominaba la burla. Los hemos probado: como las tres cuartas partes de las parejas, no han resistido. Lucho siempre por la liberación de los seres dominados por una relación demasiado fuerte, me gusta romper los idilios, desmontar la comedia del gran amor. Y me instalé en la rutina de su existencia como una miga de pan se atraviesa en la garganta.

Me sentí ridículo al permanecer, de nuevo, sentado ante él, inundado por el flujo de sus palabras como una esponja bajo un grifo.

—¡No ha roto usted nada en absoluto!

 

—Estaba usted en mi mano, agitándose como un insecto. Utilizando Asia para atacarle, le irrité enseguida, perturbé las pobres larvas que le servían de pensamientos. Pues las ideas nunca tienen importancia por sí mismas. Todo el mundo es capaz de tener ideas, sólo cuenta quien las mantiene. De hecho, lo adiviné a la primera ojeada; husmée en usted cierto mal olor. Luego, presentarle a Rebecca como cebo sólo fue un juego de niños. Sobre todo teniendo en cuenta que, al principio, le pareció que tenía usted cierto encanto.

Yo fingía indiferencia, pero cada una de sus palabras me parecían bofetadas en ambas mejillas.

—¿A qué vienen esas explicaciones?

 

—Todos los hombres desean, oscuramente, que otro los libere de la preocupación de desear y les designe, de una vez por todas, el objeto deseable: yo le dije quién era hermosa y quién no lo era. Le hice gozar por delegación con el relato de mis placeres, le horroricé con el de mis perversiones; quiso usted pasar por donde yo ya había pasado y experimentar, además, la gratificación de traicionarme. Incluso su rencor

 

 

 

 

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me servía de homenaje, era usted mi satélite, gravitaba a mi alrededor. Le injerté un nuevo sentimiento, mi deseo suscitó el suyo. Mi pasión puso en marcha las demás pasiones, las hizo resonar en todas partes. Sin embargo, a fuerza de hablar de mujeres, ellas nos engañaron y dijeron la última palabra.

 

»Ya ve, Didier —prosiguió, iluminando su rostro con una gran sonrisa —, a través de usted he vuelto a vivir, acelerada, toda mi historia con Rebecca; se ha abrasado usted al tocarla como yo me consumí de tristeza por ella. Pero no ha estado a la altura: su deseo era demasiado débil al ser una copia del mío; ha vivido usted como una comedia lo que yo conocí como tragedia; se ha portado como un tonto atrapado en una historia complicada. Y ha habido menos falsía en mis procedimientos que tontería en los suyos.

Oía ahora el agua que, caldeada por la resistencia, hervía en la tetera. ¿Por qué seguía escuchándole para ensuciarme?

—No tiene usted conmigo demasiadas consideraciones —dije lastimosamente.

—No lo merece. Nadie se compadece tampoco de mí. ¿Cree usted que le odio? Se equivoca: prefiero odiar a la gente que me rodea, eso me evita detestarme. Deseo el mayor daño posible a la gente feliz por el daño que me hacen con su sucia felicidad. Y además, créame, la suprema habilidad del malvado es descubrir su juego mientras lo lleva a cabo, es unir el impudor a la fechoría. Nada iguala el placer de quien tira sus cartas sin comprometerse.

Hizo girar su silla, desenchufó, colocó la tetera, puso las tazas en una bandeja y arrojó una bolsita de té en cada una. Cuando se dio la vuelta, lucía de nuevo aquella sonrisa que me sacaba de mis casillas, aquella sonrisa en la que había una provisión de armas y de flechas.

—Si supiera usted, Didier, cómo se rió la gente de su metedura de pata. Esta mañana, la tripulación sólo hablaba de eso. Dos mujeres que se acuestan juntas calientan la imaginación de esos mediterráneos. El contraste de su mala conducta con la dulzura de Béatrice le ha alienado todas las voluntades. Fíjese, cuando usted se marchó, una dama me dijo: «Hubiera sido una lástima que le fuera fiel a un cerdo de esa clase.»

.

 

—¡Cállese, Franz!

 

 

 

 

 

 

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Sus menores palabras parecían un escalpelo que me laceraba las carnes. Volvía a torturarme, yo habría querido lapidarlo con mis insultos.

 

—Cornudo y apaleado…

 

—¿Cómo?

 

—He dicho cornudo y apaleado; me refiero a usted: hombre mediocre que, tras unos años de concubinato, deseando mejorar su cotidianidad, corteja a una pollita de paso y ve cómo su dulce media naranja le arrebata la pollita cuando se dispone a devorarla. Se convierte en juguete de un público que se ríe de un acontecimiento que todos esperaban, salvo el ruin que lo ha provocado con su torpeza.

 

—Es usted realmente repugnante.

 

—Ya lo sé. Nada me exalta más, Didier, que su aversión por mí. En cierto modo es una suerte que no haya tenido éxito con mi esposa, pues no habría sabido estar a la altura de las circunstancias. Y Rebecca es tan benévola que hubiera contado el desastre, el fiasco le hubiera puesto a usted en ridículo. Al menos, sus ilusiones permanecen intactas… Aunque, aunque… Béatrice le ha contado sus problemas de las primeras semanas.

—¿Mis problemas?

 

—Sí, compréndame; al parecer tardó usted más de un mes en poder rendirle homenaje…

 

Aquella alusión a un episodio secreto de mi vida amorosa con mi compañera —un exceso de emotividad me había impedido ser su amante durante varias semanas— me arrojó a una enloquecida cólera.

 

—¿Béatrice le habló de eso?

 

—A mí, no; a Rebecca, que me lo contó luego.

 

—Es usted innoble, Franz.

 

—Todo el mundo sabe que los intelectuales son muy emotivos. A fin de cuentas, usted y yo estamos igual. Con o sin, los resultados son los mismos.

—Ha colmado usted la medida —dije levantándome—; no se ha privado de nada.

—Es cierto, ha sufrido usted de mi parte una considerable dosis de humillación; pero todavía no ha visto nada.

—Lo dudo, voy a marcharme.

 

—Claro que no, su cobardía le hace capaz de soportar cualquier afrenta.

 

 

 

 

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Aquella última maldad, la atmósfera asfixiante que oprimía mis nervios me llevaron a insultarle mientras abría la puerta.

 

Unos dolores fulgurantes me atravesaron la cabeza de una a otra sien. Franz soltó una risa teatral, de traidor victorioso, y añadió hablando muy deprisa:

—Ahora está maduro, a punto. Es cierto; sólo he tenido una intención: hacerle daño. Y fíjese, no quiero levantar nuestra amistad sobre un poco de basura sino sobre una auténtica pirámide de estiércol. Mi relato fue también una mala acción. A medida que iba progresando, a medida que le veía atrapado por la trama de las frases, sentía yo fortalecerse en mí la voluntad de utilizar para otros fines esa confesión. Había venteado en usted al primo dispuesto a sucumbir, era una ocasión que tal vez no volviera a presentarse. A menudo creía haber fracasado, pero regresaba usted a la ratonera con mucha docilidad. Mi victoria es verbal, se la debo a la precisión de las palabras.

 

—¿Su victoria? No hay victoria alguna, me voy.

 

—No, Didier, esta vez no se escapará. Va usted a ser testigo de un accidente. Pero le condenarán a usted porque nadie sospechará de mí.

 

Yo estaba en el vano de la puerta, con un pie fuera, dispuesto a partir. Habría podido salir inmediatamente; vacilé unos segundos que me fueron fatales. Sucedió entonces una cosa terrible. Antes de haber tenido tiempo de dar yo un paso, el tullido había inclinado la tetera y derramado algunas gotas en torno al rostro de Rebecca, sobre la almohada. ¡No, no iba a hacerlo! Si hubiera huido enseguida, privado de testigos, no se habría atrevido a llevar a cabo su fechoría. Lamentablemente, en un irreflexivo impulso de solidaridad, como ante el gato que se ahogaba en Venecia, corrí para sujetarlo. Soltó una carcajada, una carcajada que sólo se puede soltar cuando no se es ya un hombre. Y apenas le hube agarrado la mano, me encerró en las tenazas de sus zarpas, obligándome a inclinar el recipiente de agua hirviendo hacia el rostro de su esposa dormida.

 

El resto cabe en pocas palabras. Hubo una corta lucha: era mucho más fuerte que yo; por más que intenté mantener rígidos mis brazos, hasta que me dolieron, me sentía impotente entre las garras de aquel tullido con la fuerza de una multitud. Me destrozó tanto las manos que cedí: la tapa de la tetera saltó y el agua se vertió sobre el rostro de su esposa. Bajo el ardiente diluvio, la joven se agitó, lanzó un grito ahogado, un gemido de dolor, y luego se desvaneció. Entonces, el lisiado comenzó a gritar en inglés, a

 

 

 

 

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pedir socorro. Sus ojos fulguraban, la sangre había acudido a su rostro y una jadeante respiración agitaba su pecho. Me aterroricé, intenté soltarme, levantar la tetera; pero Franz me dominaba y mantenía retorcido mi brazo; entre dos gritos, reía como si simpatizara con el líquido que carbonizaba la piel de Rebecca y llevaba la agonía a su pecho. De pronto, se oyó en el camarote un ruido de precipitada carrera; un marinero entró en el camarote y recibí un golpe en la nuca. Cuando desperté estaba atado y rodeado de hombres amenazadores. Franz, lívido, señalándome con un dedo, hipaba:

 

—Quería matarla; he intentado impedírselo pero soy sólo un tullido sin fuerza, ha querido matar a mi mujer…

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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EPÍLOGO

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Hacía ya un mes que estaba en una cárcel de Estambul. El suelo seguía moviéndose como si no hubiera abandonado el barco. Sólo, lejos de todos, en un país extranjero, rodeado por compañeros de celda hostiles, perdido para la única mujer a la que amaba, caí en una profunda postración. Una vez por semana seguía, tambaleándome, a los policías que me llevaban hasta mi abogado, el señor D., miembro del colegio de Estambul, designado de oficio por el tribunal. Mi caso era grave, no lo ocultaba. Me acusaban de flagrante delito, todos los testimonios me eran desfavorables, especialmente los de Raj Tiwari y de Marcello. Me aconsejaba que me declarara culpable. Me había sacado ya una provisión de varios miles de dólares y, conociendo la corrupción de la administración turca, temía que siguiera exprimiéndome sin obtener resultado alguno. Lo único que había podido lograr era una visita de Béatrice. La vi durante veinte minutos, entre dos guardias, en una pequeña estancia leprosa. La entrevista fue un fracaso: creía en mi culpabilidad y se negó a escuchar mis argumentos. Mi actitud en el barco la había asqueado y no pensaba seguir viviendo conmigo. Iba a proseguir el viaje e iría a la India con Marcello, que verosímilmente se había convertido en su amante. Según las leyes nacionales, podían caerme al menos veinte años, pues el delito había sido cometido en un navío turco y en aguas territoriales turcas. Las autoridades consulares francesas no podían hacer nada por mí. Los crímenes distintos al tráfico de drogas o de pasaportes salían de sus atribuciones. Pasé aquellas semanas en un total estado de postración y despreciándome a mí mismo. Convencido de que, por mi debilidad, había contribuido al martirio de una mujer, terminé creyéndome responsable, pensando que mi condena era justificada y almacené mi amargura como una planta que estuviera pudriéndose de pie. Avisado por una carta, mi padre iba a llegar a Estambul con una nueva cantidad de dinero para los gastos del proceso. Con tan sombrías perspectivas, recibí una carta de Franz.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Querido Didier:

 

¿Cómo expresarle mi gratitud? Ciertamente, le hice perder los nervios pero, de todos modos, aquel exceso de malhumor… Diríase que me ofreció en bandeja de plata una venganza que ni siquiera me atrevía a imaginar. Su error fue tomarse en serio mi amenaza. No se lo reprocho: el asunto hace que nuestras querellas cuajen en una irrisoria eternidad.

Maravillosa ciencia médica: no pudo hacer nada por mí, no ha podido hacer nada por Rebecca. No pudieron salvar el nervio óptico; y, en cuanto a las quemaduras, son irremediables. El parpadeo del ojo válido forma un repugnante contraste con la inercia del ojo muerto, un ojo vidrioso lleno de involuntaria maldad. Cada día, a la hora en que la «inundó» usted, llora con su único ojo, mientras el otro permanece seco. Nunca más podrá gustar. Quiero decir que esa tuerta ya sólo me gustará a mí, al lisiado. Contempla las bellezas del mundo, la agitación de las calles, pero nadie la mira ya, pues nadie mira a los monstruos. Todos llevamos encima los estigmas del combate. Gracias a usted, envejeceremos juntos: se ha restablecido el equilibrio. De nuevo lo soy todo para ella, formamos una admirable pareja de espantajos. Era usted, antes de conocernos, un caballerete inútil: ahora ha reunido de nuevo a dos almas.

 

¿Sabe por qué me gusta este desenlace? Porque se debe sólo a su torpeza, a su conmovedora torpeza. Hoy, la tragedia no cae ya sobre los hombres por una maldición; se debe a su falta de habilidad. Caemos en la desgracia al meter la pata, por una sucesión de gigantescos pasos en falso. Nuestros dramas no sólo son dolorosos, sufren el adicional defecto de ser ridículos. Ni siquiera tenemos la excusa de la fatalidad.

Me siendo aliviado: voy a dejar de insultar a todo lo que viva en la tierra y bajo los cielos. Tengo incluso la intención de volver a trabajar: tras dos años de inactividad, mi profesión me interesa de nuevo. Tal vez Rebecca abra un salón de peluquería: siempre regresamos a los orígenes. Tengo ahora la sensación de una inalterable igualdad: nos entenderemos siempre lo bastante como para maldecirnos a perpetuidad.

 

 

 

 

 

 

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En suma, he aquí el objeto de mi carta: he retirado mi denuncia. Me retracto de mi declaración y le aconsejo que avale mi nueva versión del accidente. Gracias a mí, habrá conocido la cárcel, interesante experiencia para un pedagogo. Escriba un libro.

 

Estaba cansado de ser usted mismo pero no hallaba la fuerza de ser otro: no tenía talento para sus ambiciones. Intentó abrir una ventana que se llamaba Oriente. Necesitó poco tiempo para advertir que era un espejismo. Caminaba ya patituerto, con el alma resquebrajada: el suelo en el que se apoyaba estaba lleno de grietas. Convierta, como yo, Asia en la utopía de un más allá: eso le evitará ir. Créame, no hay salida geográfica. «Renuncia a este mundo, renuncia al otro mundo, renuncia a la renuncia», decía un místico musulmán.

Una cosa más: no se compadezca demasiado por su desgracia (debe de parecerle que adopto el insoportable tono de un moralista; ¿qué quiere?, todos nadamos en buenos sentimientos). Considere que, pese a su mala suerte, las grandes extraviadas siguen siendo las mujeres: hemos hablado tanto de ellas que, sencillamente, nos hemos olvidado de interesarnos por su suerte. Ahora que el siglo está terminando, sigue siendo preferible declinarse en masculino que en femenino. Tanto en política como en amor, la única posición justa es tomar el partido de los perdedores.

Unas palabras sobre Béatrice: nos ha escrito para saber noticias de Rebecca. Marcello desapareció una noche en Goa, llevándose sus cosas y su dinero: al parecer, bajo su influencia, se ha aficionado a la heroína y está dispuesta a cualquier cosa para obtenerla, incluso a prostituirse con los ricos saudíes y yemenitas que van a Bombay para recibir atención médica. ¡Qué largo camino desde el instituto de barrio donde enseñaba lenguas! Forma ahora, con algunos miles de italianos y franceses, la última ola de niños despavoridos que se han estrellado, entre Katmandú y Panaji, contra el espejismo indio. ¡Que revienten en su lodazal oriental esos intoxicados de tierra prometida! Sin embargo, no se lo reprocho: su conducta es propia de esas mujeres de treinta años que pensaban cambiar su vida probando todos los placeres y se encuentran tan estafadas por esa emancipación como lo fueron sus madres por el orden matrimonial. Le dejo: esa conclusión está encallándose en los clichés humanistas.

 

 

 

 

 

Consuélese con este tópico: hay victorias que llevan a un callejón sin salida y derrotas que abren nuevos caminos.

 

Mi proceso no va a celebrarse hasta julio. Los juicios a extremistas políticos han retrasado terriblemente, en Turquía, las vistas de los delitos de derecho común. El abogado me ha prometido un no ha lugar, a cambio de un último pago de dos mil dólares; por lo tanto, saldré de la cárcel cuando hubiera debido regresar a Francia. Me aprenderé de memoria la Guide bien: si me preguntan cuando regrese, podré responder.

 

Descubro sorprendido que Béatrice ha desaparecido por completo de mi espíritu. Como si nunca hubiera existido, como si nunca hubiéramos tomado el barco juntos para iniciar una peregrinación que se convirtió en payasada. Han bastado unas semanas para destrozar una imagen elaborada, pacientemente pulida durante varios años. Era un callejón sin salida del amor que quería presentarse como un camino.

 

Uno a uno, eso espero, los figurantes de esta farsa desaparecerán de mi memoria. Y un día, que deseo cercano, sus nombres no significarán ya nada para mí. Ni siquiera el odio o la ofensa. He sabido que el Truva ha sido desguazado por razones financieras; efectuó con nosotros, del 28 de diciembre al 1 de enero, su última singladura.

 

La semana pasada me visitaron mis padres. Me han trasladado a otra cárcel, de régimen más liberal, reservada a los delincuentes europeos. El lugar se llama Sark. Pregunté a mi abogado qué significa esta palabra en turco. Me respondió: Oriente.

 

 

 

 

 

 

 

PASCAL BRUCKNER (París, 1948). Pascal Bruckner, filósofo y novelista francés, nació en París en 1948. Colaborador habitual de Le Nouvel Observateur, en 1995 obtuvo el Premio Médicis de ensayo por La tentación de la inocencia y en 1997 el Premio Renaudot por la novela Los ladrones de belleza. Otra de sus novelas, Lunas de hiel, fue adaptada al cine por Roman Polanski. Entre sus títulos ensayísticos hay que destacar también El nuevo desorden amoroso (en colaboración con Alan Finkielkraut), La euforia perpetua y Miseria de la prosperidad.



FIN

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