© Libro N° 14339. Luna Amarga. Bruckner, Pascal. Emancipación. Octubre 4 de 2025
Título Original: ©
Versión Original: ©
Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original
de textos:
https://ww3.lectulandia.com/book/luna-amarga/
Licencia Creative Commons:
Emancipación Obrera utiliza una
licencia Creative Commons, puedes copiar, difundir o remezclar nuestro contenido,
con la única condición de citar la fuente.
La Biblioteca Emancipación Obrera es un medio
de difusión cultural sin fronteras, no obstante los derechos sobre los contenidos
publicados pertenecen a sus respectivos autores y se basa en la circulación del
conocimiento libre. Los Diseños y edición digital en su mayoría corresponden a Versiones
originales de textos. El uso de los mismos son estrictamente educativos y está
prohibida su comercialización.
Autoría-atribución: Respetar la autoría del texto y el nombre de los autores
No comercial: No se puede utilizar este trabajo con
fines comerciales
No derivados: No se puede alterar, modificar o reconstruir
este texto.
Portada E.O. de:
https://assets.lectulandia.com/b/ab/Pascal%20Bruckner/Luna%20amarga%20(4)/big.jpg
© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación:
LUNA AMARGA
Pascal Bruckner
Luna Amarga
Pascal Bruckner
Muchos hablan del
amor como de algo inefable, difícil de expresar con palabras; otros discurren
de las penas del corazón, pero pocos han sabido explorar las regiones del deseo
con el cinismo y la refinada crueldad que distingue la prosa de Pascal Bruckner.
En un esfuerzo del
cuerpo y de la mente que aturde y a la vez fascina, el autor obliga a los
cuatro protagonistas de Luna amarga a abdicar de su voluntad para rendir
tributo al siniestro encanto de un ejercicio erótico falsamente infinito,
engañosamente placentero.
Subyugados por el
poder de la palabra, los héroes de Luna amarga se convierten y nos convierten
en voyeurs privilegiados de una historia de refinada perversión.
Roman Polanski en
1992 la llevó al cine con el nombre de Lunas de hiel (Lunes de fiel),
protagonizada por: Peter Coyote, Emmanuelle Seigner, Hugh Grant y Kristin Scott
Thomas.
Pascal Bruckner
Luna Amarga
ePub r1.0
Titivillus
24.09.2025
Título original:
Lunes de fiel
Pascal Bruckner,
1981
Traducción: Manuel
Serrat Crespo
Editor digital:
Titivillus
ePub base r2.1
Para Brigitte
Procura no
desaparecer en la personalidad de otro, sea hombre o mujer.
SCOTT FlTZGERALD
PRIMER DIA
El encanto de las
inclinaciones
nacientes
Página 6
La eternidad,
caballero, se inició para mí un anochecer de julio en el autobús 96 que hace el
recorrido entre Montparnasse y la Porte des Lilas. Fue hace cuatro años. En la
esquina del Odéon, una muchacha, que vestía una falda negra de volantes y
llevaba los tobillos enfundados en largos calcetines blancos, se sentó frente a
mí. Instantáneamente mi mirada se clavó en ella. Me sentí literalmente
deslumbrado por aquel rostro al que contemplaba conteniendo el aliento. Ignoro
qué admiraba más en él: sus mejillas que parecían una pasta amasada con leche o
sus pestañas que acariciaban unos ojos verdes y formaban una barrera contra las
miradas indiscretas. No la veía. Estaba ciego, hipnotizado y sólo tenía un
deseo: abordarla; un sólo terror: dejarla marchar. Mi admiración carecía sin
duda de mesura, pues la desconocida volvió pronto la cabeza con un suspiro
hastiado, y por un instante temí que cambiara de lugar. Pero aquella
reticencia, que me parecía refinada, me la hizo más querida todavía.
No se ría del
autobús: no hay lugar especialmente adecuado para el flechazo. Incluso una
cafetera con ruedas puede convertirse en la antecámara del paraíso si creemos
en el azar. Mis preferencias se dirigirán siempre al ser encontrado
fortuitamente, por encima del que me presentan los amigos, pues la suerte que
dispuso nuestra conjunción seguirá, imagino, fecundándola misteriosamente. Y lo
imprevisto sigue siendo el único poder capaz de devolver calidez a la vida.
Mi terror procedía,
pues, de no hallar una sola palabra para romper el silencio, desperdiciando la
oportunidad de aquel rápido cara a cara. ¿Cómo evitar las primeras palabras,
tan parecidas siempre, mostrándome a la vez delicado, original, seductor, tentador?
Importante pregunta, que fue, supongo, la que se hizo el Diablo en la última
noche de la Creación. Un revisor acudió en mi
Página 7
ayuda: nunca
agradeceré bastante su cooperación a la compañía de transportes municipales.
Nos pidió los billetes. Mi hermosa vecina afirmaba que se le había caído al
suelo. Estábamos todos inclinados buscando entre los detritus, la pequeña
cartulina amarilla. El empleado preparaba ya la multa. Ella había bajado los
ojos, roja de confusión: comprendí que mentía. Aquella turbación me llegó al
alma. Sin que nadie lo viera, puse en su mano mi propio billete, que acababa de
mostrar al interfecto. Ella tuvo un momento de estupor, y luego me sonrió. El
revisor se alejó. Yo estaba salvado: teníamos una historia. Comprenderá usted
que, tras ello, me niegue a la gratuidad de los transportes públicos. Mi
estafadora me dio las gracias con un apretón de mano, pero cometió la insigne
torpeza de devolverme el billete. Una dama que nos espiaba, gorda gallina con
permanente, advirtió nuestro manejo y llamó al revisor. El autobús acababa de
detenerse en Saint-Paul: apenas tuve tiempo de sacarle la lengua a nuestra
delatora antes de bajar. Estaba perdido, habría llorado de rabia; dirigí a mi
cómplice grandes señales con la mano pero el vehículo se puso en marcha
enseguida. Vagabundeé como un condenado: París no es muy grande, pero los seres
pueden desaparecer como en un pozo. Sólo tenía un deseo: verla de nuevo a toda
costa, aunque tuviera que emplear todo el verano.
El hombre que me
hablaba de esa manera estaba a mi lado, en el camarote de un paquebote, en
pleno mar Mediterráneo. Era de noche. Con las piernas cubiertas por una manta
de viaje, sentado en un sillón, paseaba una mirada huidiza e inquieta que, de
vez en cuando, se clavaba en la mía. Tenía un rostro deshecho al que no podía
suponérsele edad alguna pero donde quedaban, sin embargo, algunos rastros de
juventud. Toda su persona desprendía una extraña inquietud, un nerviosismo
contenido. Aquella noche, aunque distante —pues odié a Franz desde nuestra
primera entrevista, con un odio proporcional al ascendiente que ejercía sobre
mí—, estaba todavía muy lejos de haber penetrado en la conciencia de aquel
hombre perverso. Escuchaba, sencillamente, el ritmo regular de sus frases, su
voz rechinante como un cerrojo acompañada por el ronroneo melancólico de una
tetera.
Página 8
Pero permítaseme
precisar las circunstancias de nuestro encuentro. Yo acababa de cumplir treinta
años y me marchaba a la India con Béatrice, mi compañera. Nos sentíamos
felices, seguros de ir al encuentro de una verdad. Fue el 28 de diciembre de
1979. Habíamos salido de Marsella aquella mañana, a bordo del Truva, ferryboat
turco que realiza, vía Nápoles-Venecia-El Pireo, la última conexión marítima
entre Francia y Estambul. Si razones evidentes nos impulsaban a abandonar, por
algunos meses, el tedio de un oficio desvalorizado —yo era profesor de
literatura en un instituto parisino, Béatrice enseñaba italiano—, huíamos sobre
todo atraídos por el Oriente. Había en aquella palabra un titileo de oro fino,
una refulgente aurora que me arrebataba. Vibraba ante su impreciso esplendor y
mi inclinación por aquellas lejanas tierras estaba, creo, muy próxima al
fervor. Me dirigía a Asia, al encuentro de un sagrado desorden que Europa ya no
me ofrecía, con la intención de abandonar todo lo que no me era indispensable.
Para realizar aquel viaje, que habíamos preparado desde hacía mucho tiempo,
había solicitado un año de excedencia a la Educación Nacional y trabajado
durante todo el verano en una compañía de seguros.
El deseo de llegar
a la India en pequeñas etapas, las ganas de perder nuestro tiempo al iniciar un
largo periplo, nos habían movido a elegir el barco, tanto más cuanto que la
línea, barata y deficitaria, estaba condenada a desaparecer.
Imagínense la
atmósfera de esperanza, de indefinición de una travesía que está comenzando. Un
paquebote, por modesto que sea, es más que un medio de transporte: es un estado
de espíritu. Una vez cruzada la pasarela, la visión del mundo cambia, te
conviertes en ciudadano de una república especial que es un lugar cerrado y
cuyos ocupantes están todos ociosos. Me había gustado enseguida el modo como
los corredores ahogaban los ruidos, y los pesados relentes que en ellos
reinaban, mezcla de olores marinos y de caucho caldeado. El Truva, viejo
trasatlántico noruego, recuperado por los turcos, no era precisamente un
mastodonte, con su pequeña chimenea plantada en el espinazo como un dedal
invertido. Nuestro camarote, colocado entre dos tabiques metálicos, era un
estrecho reducto amueblado con literas superpuestas y un minúsculo lavabo. «Qué
hermoso sepulcro —había dicho Béatrice al entrar—; para ti el sarcófago de
arriba, para mí el de abajo». El vaso para los enjuagues de boca temblaba
contra el armazón de hierro del lavabo, y nuestra pequeña habitación se
estremecía con las trepidaciones del motor. Teníamos unos
Página 9
modestos cubículos,
pero la perspectiva de risueñas promiscuidades amorosas nos consolaba de la
carencia de lujo y espacio. Y además, había un ojo de buey; siempre me ha
parecido que los ojos de buey tienen un encanto particular: el encanto de verlo
todo sin ser visto. Es el pequeño ojo de la cerradura por el que sorprenderemos
los secretos del mar, un cara a cara sin peligro alguno con el monstruo salado,
una buena jugarreta a la adversidad de los elementos líquidos.
La inmensidad
necesita ser abordada por ese tragaluz, más conmovedor todavía cuando está
enmarcado por cortinas y da al camarote el aspecto de una casa de muñecas. Y
tras cada uno de esos ventanucos hay una habitación, seres animados, mil
destinos que se entrecruzan.
Por otra parte, la
mañana de la partida, en Marsella, hacía un tiempo de milagrosa belleza: el sol
golpeaba los lomos del casco y, bajo sus brillos, nuestro navío desportillado
refulgía como un terrón de azúcar. Me sentía feliz; teníamos la aprobación de
la luz, es decir, de los dioses, y veía en ello un buen augurio para todo el
viaje. Saboreábamos la helada consistencia del aire, semejante a un sorbete,
que el viento de tierra impregnaba de olores de esencias y de pinos silvestres.
A lo lejos otros paquebotes, como blancos chirimbolos, cortaban la seda del
horizonte. Jamás había experimentado semejante impresión de beatitud. Turbado
por los puros sentimientos, contemplando las costas francesas que desaparecían
en un vaho luminoso, creyendo a veces ser juguete de un sueño, apenas podía
contener mi exaltación.
Aquel primer día de
una travesía que debía durar cinco fue extraordinario por la impresión de feliz
vacío que me dejó. Todos sabemos que a bordo de un navío nunca sucede nada.
Pero se vive un tedio de una calidad superior, parecido a la euforia. La menor
banalidad entre Béatrice y yo adquiría, en el contexto de la partida, el valor
de un talismán. Aquella odisea hacía descansar nuestras almas, y conversábamos
volublemente en las largas llanuras de las cubiertas, sin ver a nadie,
absolutamente absorbidos el uno por el otro. Hacía cinco años que vivíamos
juntos y aquélla era nuestra primera escapada: habíamos vivido poco
personalmente, pero mucho a través de los centenares de libros leídos. Nuestra
pareja era una biblioteca, los in-folio nos servían de hijos y de viajes. Y
habíamos vacilado mucho antes de emprender aquella
Página 10
peregrinación que
trastornaría nuestras más queridas costumbres. Béatrice tenía la glacial
belleza de una anglosajona, y aunque de mi edad, había sabido conservar un
encanto de adolescente. Su propio cuerpo vacilaba entre la niña y la mujer, y
de no haber sido por la larga cascada de leonadas olas que enmarcaba un rostro
encantador, grave a veces, apenas se le hubieran atribuido veinte años. Yo la
llamaba mi «capricho», y nos decíamos al oído secretos que todo el mundo conoce
pero que nosotros no queríamos propagar.
No éramos muchos a
la hora de comer, apenas treinta, en un restaurante panorámico que ocupaba toda
la anchura del navío y podía albergar al menos doscientas personas; agrupada en
cuatro mesas, la pequeña pandilla simpatizó enseguida. Las comidas son las grandes
distracciones de los cruceros: se inspecciona a los compañeros para adivinar
quiénes son, qué hacen y qué se hará con ellos. En esa vida de confinamiento,
los desconocidos adquieren una extremada importancia, y un deseo de conocer
gente agradable merodea por el espíritu de los pasajeros. Allí estaban, además
de los inevitables contingentes de alemanes y holandeses lanzados a los caminos
por la prosperidad de su moneda, una pareja de ingleses, dos franceses más,
algunos italianos y un grupito de estudiantes griegos y turcos. Me parecía
bogar en un arca en la que hubieran metido un espécimen de cada país limítrofe
del Mediterráneo. Sin saber cómo conversar, y tras haber intentado varias
lenguas latinas, decidimos utilizar el inglés como idioma común. Muy pocos lo
hablaban correctamente y, por lo tanto, se producían enormes retrasos en la
elocución de las palabras, malentendidos que hacían reír, y todos comíamos y
bebíamos como si no fueran a servirnos otra comida hasta la llegada. Me
abandoné sin contenerme al placer de descubrirnos mutuamente, aunque sólo fuera
con la mirada, pensando que tal vez mañana llamaríamos a toda aquella gente por
su nombre de pila.
Abandonábamos la
mesa cuando Béatrice me pidió que la esperara dos minutos ante la puerta de uno
de los lavabos reservados a las mujeres. Tardaba en regresar; a regañadientes,
penetré a mi vez en aquel lugar. La encontré inclinada sobre una muchacha llorosa
cuyo maquillaje había ennegrecido sus mejillas.
—¿Qué ocurre?
—Ha fumado
demasiados porros —repuso Béatrice.
No pude evitar
encogerme de hombros.
Página 11
La desconocida
sollozaba de nuevo. Iba vestida con un anorak forrado y unos tejanos. No la
habíamos visto durante la comida. Sus lamentos me irritaban. Respondía a
nuestras preguntas con monosílabos, como si nuestra curiosidad le molestara,
confusas palabras que revelaban su rabia por estar a bordo y su impaciencia por
abandonar el barco. Nos dijo que se llamaba Rebecca. Había llegado al estado de
embrutecimiento en el que desaparece cualquier preocupación por la apariencia.
—¿Adónde van?
—logró articular con voz pastosa. —Primero Estambul, luego la India y, tal vez,
Tailandia. —¡La India! ¡Pero si está ya pasada de moda!
No contesté,
cargando esta reflexión en la cuenta de la embriaguez.
—Te acompañaré a tu
camarote —le dijo Béatrice.
—Eres… muy amable…
Tus cabellos me recuerdan el… pastel de miel de Roch Hachanah.
—Ven a cubierta, el
aire libre te hará bien.
Tuve que sostenerla
por el corredor; el sol encendió en su garganta una cadena y un colgante: dos
dedos que conjuraban el mal de ojo. Había vuelto a delirar, pasando de la risa
a las lágrimas, balbuceando frases sueltas que le hacían reír. Yo estaba avergonzado
y temía que nos vieran en su compañía. Advirtiendo mi reserva, Béatrice me
pidió amablemente que las dejara.
Cuando regresó,
solté un desengañado comentario sobre la amargura de encontrar, en pleno mar,
niños descarriados de la Huchette y de Saint-Michel.
—No digas eso,
Didier, es bonita y parece muy desgraciada.
—Su desgracia no me
interesa y su belleza no me ha impresionado.
El incidente se
cerró con una serie de besos y una tarde tan tranquila y encantadora como había
sido, al comienzo, la mañana.
La pequeña cubierta
en la que nos habíamos tendido para leer, yo el Bhagavad Gitd y Béatrice una
novela de Mircéa Eliade, era una verdadera terraza cortada a cuchillo en el
cielo y protegida del viento por la chimenea. Sólo el rumor de las páginas que
pasaba mi compañera cortaba el lejano chapaleteo del agua contra el casco y el
jadeo de las máquinas. La voluntad desfallecía, nos acurrucábamos en el calor,
transidos por la luz que saltaba de proa a popa en aquel inmenso palacio de
acero blanco.
Al ocaso, y
mientras caía una noche helada, degustamos en nuestra alcoba una santa hora de
voluptuosidad. Colmado por tantas emociones,
Página 12
me habría dormido
enseguida si Béatrice no hubiera insistido en que la acompañara a cenar.
Comparado con la imponente serenidad del exterior, el vasto comedor, aunque
apenas poblado, zumbaba como un panal, y hubiérase dicho que el pequeño
cargamento que lo poblaba, arrellanado entre sus palpitantes muros, obtenía de
la fría hostilidad del mar tesoros de intimidad y de alborozo. Sentados a la
mesa, conocimos al único pasajero indio de a bordo, un sikh nacionalizado
inglés, médico de profesión, que vivía en Londres y se dirigía a Estambul para
participar en un congreso de acupuntura. Raj Tiwari, ése era su nombre, soltó
una carcajada cuando me vio con el Bhagavad Gitd bajo el brazo.
—¿Sabe que en la
India ya nadie lee eso? Salvo los nostálgicos.
—Sin embargo, es la
base de su cultura.
—No más que la
Biblia lo es de la suya. Y, además, mucha atención: los dioses aguantan muy mal
la exportación. Terrorífica divinidad en Calcuta, Kali sólo es, en París, un
ídolo de yeso.
—Didier quiere
retirarse a un ashram —dijo Béatrice, guasona. —¿Para ordeñar vacas todo el
día? ¡Extraña idea cuando se tiene una
mujer tan hermosa
como usted!
Los tres reímos y
la conversación cambió de tercio. Raj Tiwari, vestido con un traje de tweed,
hablaba un inglés muy pulido y tenía la nobleza de rasgos propia de los indios
adultos. Le sorprendió nuestro entusiasmo por la India y nos preguntó, tres
veces, por qué no íbamos más bien o Singapur o Taiwan, países limpios y
modernos. Aquellas restricciones me desconcertaron. Pero sus afables maneras y
los cumplidos que no dejaba de prodigar a Béatrice nos impulsaron a seguirle,
después de cenar, hasta el bar de primera, forrado de madera de un cálido color
miel, con muelles sillones de cuero y un piano blanco cubierto con una funda.
Solíamos beber poco y pronto entramos, gracias a la buena calidad de la ginebra
y el bourbon, en una alegre embriaguez. Béatrice era la más ruidosa y
exuberante de los tres. Nuestro anfitrión se sentía ocurrente y, para hacerla
reír más todavía, pronunciaba los más insensatos discursos.
—Justo antes de
abandonar la India, los ingleses, pretendiendo occidentalizarla para siempre,
sembraron la península de gallineros ultramodernos. Seleccionadas, Dilingües,
diplomadas por los mejores colegios, aquellas gallinas tenían la particularidad
de poner unos huevos ya listos, pasados por agua, duros o escalfados, que
partían directamente a las mesas de los colonos. Sabiendo que las gallináceas
eran poco
Página 13
receptivas a la
propaganda política, el gobierno británico contaba con aquellas espectaculares
realizaciones para hacer fracasar el movimiento autonomista de Gandhi. Iban a
crear la gallina tortilla, una breve contorsión de la pelvis alentada por una
melodía de rag-time bastaba para mezclar las yemas y las claras —las gallinas
elegidas habían tomado lecciones de castañuelas—, cuando la propaganda no
violenta llegó a las propias volátiles, que iniciaron la famosa huelga del
desayuno, la bacon and eggs strike. La Independencia de 1947 significó la
muerte de aquellos gallineros: las gallinas colaboracionistas tuvieron que
abandonar el inglés y, so pena de sanciones, volver a poner huevos crudos.
Aunque
absolutamente extravagante, esta historia y otras más nos provocaron arrebatos
de alegría favorecidos por el alcohol. Y nos despedimos de Tiwari con las
mejores disposiciones, después de que me hubiera pedido permiso para besar a
Béatrice en las mejillas. Tomar aquellas copas nos había divertido. Acosté a mi
amiga con muchos mimos y, prometiéndole regresar enseguida, salí a cubierta
para disipar mi embriaguez. El aire frío me quemaba la nariz, la luna era llena
y contemplé la fosforescente vibración de nuestra estela que, a pesar de las
tinieblas, iluminaba el mar a nuestra espalda antes de desaparecer en la noche.
Una capa lechosa chorreaba de las paredes y de las lanchas salvavidas, un
vientecito seco hacía crujir las jarcias. Mis pasos me llevaron con toda
naturalidad a los pisos superiores del paquebote, que albergaban, además de una
piscina cerrada en invierno, un pequeño bar que también servía de discoteca.
Entré, jurándome que sólo estaría unos minutos. Había allí una decena de
varones y una muchacha que bailaba sola en mitad de la pista, ceñida por un
pantalón de satén negro.
Me senté, la miré,
impregnándome del espectáculo de sus tensos pechos, de sus arqueados lomos, de
sus brazos que surcaban el espacio como un par de alas. Su silueta
revoloteante, la rapidez aérea de sus posturas formaban un atractivo dibujo.
¿Quién podía ser? No miraba a nadie, se deslizaba por el entablado con la
facilidad de una vela atrapada bajo una cúpula de luminosidad que la aspiraba
hacia lo alto, pero de pronto, dejando de girar, abandonó la pista y vino a
sentarse al bar. Con gran sorpresa, creí reconocer a la muchacha llorosa de
aquella tarde. Me dirigí a ella. Tan sosa y ridícula me había parecido después
de comer cuanto atractiva me pareció por la noche. Había alargado los párpados
con
Página 14
maquillaje, se
había dado carmín en los pómulos y su nariz muy recta, sus cabellos oscuros
echados hacia atrás le daban un ligero toque oriental.
—¿Se encuentra
mejor que esta tarde?
—¿Y eso qué le
importa?
—Pues… estaba usted
llorando en los lavabos, ¿no lo recuerda? —Podría encontrar algo mejor para
abordar a las chicas. Aquella brutalidad me dejó pasmado.
Y cuando me siento
incómodo, no soy precisamente un hombre de respuesta fácil. Despechado, me
alejé. Ella me llamó:
—Ven, claro que te
he reconocido; pero sólo reconozco a quien me apetece.
De toda la frase
sólo escuché el tuteo; y sin embargo, pese a su familiaridad, hablaba con una
especie de triste bravata. Sus largos ojos almendrados, atrincherados tras el
resquicio de sus párpados, me contemplaban sin verme, como si la idea de mi
existencia fuera para ella transparente.
—¿A qué está
jugando?
—Juego a dirigir el
juego.
Soltó una
carcajada. Era a la vez burlesca y penosa.
—¿Vienes a bailar?
—Oh… Oh no, bailo
muy poco.
Me sentía ya tan
incómodo que me habría muerto por miedo a exhibirme junto a ella; a veces soy
brillante, cuando me bastaría ser normal, pero siempre me encuentro encogido en
los lugares de diversión obligatoria.
—No me extraña,
eres más rígido que una escoba.
Soltó una risita y
sus alargados ojos corrigieron, por unos instantes, la serenidad de su rostro.
En mi cabeza se apretujaban un millar de banalidades y de preguntas
convencionales. Me preguntó mi nombre, que pareció decepcionarla. No sabía bien
qué quería la muchacha y no encontraba nada que decirle. Mi lamentable actitud
debía de ser cómica.
—Didier, dime algo
divertido, distráeme.
Aquella petición me
dejó pasmado. Me irritaba el no poder seguir aquella conversación. Estaba
nervioso, y la exasperante evidencia de no saber tratar a aquel tipo de mujer
se añadía a mi habitual ansiedad. La chanza se estaba convirtiendo en una
prueba de fuerza. Me abandoné a la turbación: soy un tímido, y cuando la suerte
me es desfavorable digo
Página 15
amén; apruebo lo
irreversible, no quiero saber que todo puede variar, modificarse. La insolencia
de aquella muchacha, sus bruscos cambios me irritaban. Ahora estaba mirando a
lo lejos, sin preocuparse de mí.
—Po… pones mala
cara —le dije intentando, a mi vez, el tuteo, quizás con la vaga esperanza de
recuperarme.
Se encogió de
hombros.
Queriendo hacer una
broma, una al menos, le pregunté separando bien cada sílaba:
—¿Es-tás
e-no-ja-da?
—¿Qué quiere decir
eso?
—¿Enojada? Quiere
decir enfadada.
Se levantó.
—Realmente eres muy
divertido, querido; tengo flato de tanto reír. —¿Te… te vas ya?
—Sí. Buenas noches.
Le dejo con su chistosa y cautivadora personalidad.
Aquellas últimas
palabras me hirieron por encima de todo. No sólo había recuperado el
tratamiento de usted, es decir la distancia, sino que, al hablar de mis bromas
y de mi personalidad, ponía cruelmente de relieve que carecía de las unas y la
otra. ¡Qué imbécil era yo! Y sin embargo, «enojado» es una palabra normal, no
es culpa mía que las nuevas generaciones utilicen un vocabulario restringido. A
mis treinta años, me había dejado derrotar por las provocaciones de una
adolescente que habría podido ser mi alumna, cuando el primer granujiento se
habría quedado con ella con unas pocas frases. De pronto, advertí que ni
siquiera le había preguntado adónde iba y si estaba sola a bordo. No tenía
sueño, pedí una copa y dejé pasar una hora rumiando aquel incidente. Cuando
regresé al camarote, sumido en mis pensamientos, debí de equivocarme de camino
pues pronto me encontré en el pasillo de primera. Aquellos largos corredores
desiertos, con vacilantes luces, el silencio roto por lejanos martillazos, las
sombras que veía desfilar por las paredes, toda aquella noche sobre aquella
vida parturienta me hicieron un extraño efecto. Abrí al azar una puerta y di
con una pasarela: el frío era intenso y no se veía nada. De pronto, oí a mis
espaldas un lamento. Me volví sin ver nada. De nuevo el mismo sonido;
escrutando las tinieblas, creí distinguir una forma. Había una silueta al
acecho. Me sobresalté, y me disponía a entrar de nuevo cuando una fuerte mano
me tomó del brazo.
Página 16
—¿Es usted, Didier?
La solemnidad de
aquella pregunta, aquella frase baja y sibilante me conmovieron violentamente.
¡Y además la fuerza de aquella mano! Esperaba a un agresor: apareció un tullido
en una silla de ruedas. Nunca le había visto. Con el rostro devastado, escasos
los cabellos, me miraba con unos ojos despavoridos que, en la oscuridad, tenían
una dimensión casi terrorífica.
—¿Usted es Didier,
verdad? Tenga cuidado, tenga cuidado con ella… —¿De qué me está hablando?
Me costaba dominar
las sensaciones que nacían en mí; habría querido marcharme pero aquella mano,
con garras de granito, me tenía sujeto como una tenaza. Hubiérase dicho que el
cuerpo se había vengado de su atrofia desarrollando desmesuradamente sus extremidades.
A lo largo de las muñecas, por la sobresaliente red de las venas, corría una
fuerza que parecía poder destrozar todo lo que se le resistiera. El tullido
había acercado a mí su triste y pálida faz. Lloriqueó:
—Me refiero a
Rebecca, claro, la muchacha con la que estaba hablando hace un rato. Tenga
cuidado de no abrasarse: siembra celadas en todas partes. Mire en qué me ha
convertido: algunos años le han bastado para conseguirlo.
Y levantando una
manta de lana que descansaba en sus rodillas, me mostró sus dos piernas muertas
y colgantes.
—Pero… ¿Cómo sabe
usted que la he visto, cómo sabe mi nombre? —Acaba de contarme su entrevista y
le ha descrito. Le he identificado
enseguida.
—Pero ¿puede
decirme qué quiere de mí? Suélteme, todo esto es ridículo…
—Mucho menos de lo
que puede parecer. Sin duda se habrá fijado, caballero, en que las mujeres
desean sobre todo a los hombres bien acompañados. Pon una persona hermosa a tu
lado, y adquieres enseguida un valor incomparable, aunque seas feo o
desagradable. Es lo que le ha pasado a Rebecca cuando le ha visto con su amiga.
—¿Qué es usted para
ella, si puede saberse?
—Perdone mi
descortesía. Me presentaré; me llamo Franz, soy su marido.
Soltó mi brazo para
estrecharme la mano con una efusión que me pareció fuera de lugar. Me
estremecí: la niebla y la noche me helaban hasta
Página 17
los huesos, y aquel
diálogo en la oscuridad me pareció el colmo de lo absurdo.
—Tiene usted frío,
¿verdad? Entremos.
Hizo girar su silla
de ruedas, empujándola con la mano, y abrió la puerta del descansillo.
Maquinalmente, le seguí. Una vez en el pasillo, prosiguió:
—Didier, ¿me
permite que le llame por su nombre? Didier —vaciló unos instantes—, ¿qué piensa
de mi esposa?
Me sobresalté.
—Bueno… La
encuentro muy seductora. —¿Verdad? ¡Y qué bien hecha está! —Sin duda.
—¡Ah pillastre! Le
gusta, se la ha mirado con ojos golosos.
—En absoluto…
—Vamos, nada de
falsos rubores, me ofendería. Además, estoy seguro de que le intrigamos. Sí,
sí, lo noto. Sabe usted quién es Rebecca, pero no sabe en absoluto qué es. ¿Le
gustaría saber algo más de ella?
No sé cómo no
advertí, inmediatamente, lo ridículo de la proposición. Debía de estar atontado
por lo tardío de la hora. Primero me negué, pues siempre comienzo por decir no,
arguyendo que sus asuntos privados no eran cosa mía. Mi negativa no debió de
ser muy convincente.
—Tiene usted un
modo muy agradable de decir no mientras su mirada dice sí. Fíjese, apenas le
conozco y, sin embargo, los menores detalles de su persona revelan al
confidente que espero desde hace años. Y, además, tengo en la vida un
principio: es necesario desconfiar de los seres que nos aman, pues son también
nuestros peores enemigos. Por eso sólo me abro por completo a los desconocidos.
La atención que usted me dedica le honra, pues advierto qué pocas posibilidades
de conmoverle tiene una aventura que no le concierne… ¿O tal vez comienza ya a
concernirle?
—No veo por qué.
—No sé, una
intuición. ¿Acepta pues?
Puse ciertas
objeciones y luego, sin en verdad asentir, consentí blandamente. ¿Por qué no
confesarlo?, la faceta novelesca de la situación halagaba mi cerebro de
enseñante relleno de fárrago literario. Seguí pues a Franz hasta su camarote,
una habitación de tamaño medio, forrada de tablas de madera y con dos ojos de
buey. Aunque de primera clase, no había nada que pudiera deslumbrarme.
Iluminado, el rostro del tullido
Página 18
parecía un espejo
emplomado en el que antaño tal vez se hubiera reflejado la alegría de vivir,
pero que estaba ya irremediablemente cubierto por una funda. Sus ojos azul
pálido eran dos charcos de agua fríos y amargos.
—Decepcionado,
¿verdad? Incluso la primera clase se parece a un drugstore. Una decoración de
las Galerías Lafayette y, como representantes de alta sociedad, gordos nórdicos
y trabajadores inmigrados. ¡Bueno, ya me he quejado bastante! ¿Quiere té? Es
Darjeeling.
Darjeeling: la
ciudad en la que Béatrice y yo soñábamos. ¿No era una coincidencia? El tullido
sacó de una maleta una tetera con resistencia, la llenó de agua y la enchufó.
Yo me senté en la cama. Sus ojos móviles y brillantes iban rápidamente de un
objeto a otro. La escrutadora mirada de un hombre cuya mujer me había abordado
hacía poco no dejaba de causarme cierto malestar. Como para tranquilizarme, me
dijo:
—Vivo aquí; Rebecca
tiene su propio camarote tres puertas más lejos:
es lo que
acordamos.
Entonces comenzó la
confesión iniciada anteriormente; la interrumpió para servir un té ardiente y
muy azucarado. Tras beber los primeros sorbos, prosiguió de este modo:
Esperé tres noches
consecutivas, a la misma hora, en la parada del 96 de la esquina del Odéon. En
vano. No me resigné y decidí peinar el barrio con el ardor de un sabueso. Todo
lo que antes había tenido no contaba ya, sólo importaba aquella mujer a la que
no tenía. Mi única esperanza era que trabajara o viviera en las cercanías del
Odéon, donde también yo residía por aquel entonces. Tenía mucho tiempo, estaba
terminando mis estudios de medicina, en parasitología, y acababa de pasar con
éxito mis últimos exámenes. Pasé a cedazo las tiendas, las clases de baile, de
yoga, de alfarería, las salidas de las escuelas e institutos, los cafés, los
lugares donde más probable era la presencia femenina. Pasaron dos semanas y
casi había renunciado. Mientras, había conocido a una peluquera del carrefour
Buzi, gran yegua pelirroja decolorada, que no me gustaba demasiado, pero que
poblaba mi soledad, recurso para una sed que cubriría el interludio en espera
de algo mejor. A veces, al anochecer, iba a buscarla —se quedaba hasta el
cierre—, pero nunca había visto a sus compañeras de trabajo.
Página 19
Cierta vez llegué
con adelanto, y paseaba por la acera cuando vi salir de la peluquería a la
pasajera del autobús. Primero me froté los ojos, creyéndome juguete de la
imaginación. Pero no, ¡era ella! Se sintió feliz de volver a verme, me dijo su
nombre, Rebecca, me comentó que trabajaba allí y me sugirió que la llamara al
día siguiente. Imaginará mi alegría: había buscado a aquella muchacha por todas
partes salvo donde podía encontrarla. Me sentía exultante y oculté difícilmente
a la pelirroja mi satisfacción, que le pareció una manifestación de mi afecto
por ella.
Aguardé con
ansiedad la salida del sol, y a primeras horas de la mañana llamé a la tierna,
a la adorable Rebecca. Telefoneé en vano cuatro veces: no había llegado, había
salido. La encontré por fin a mi quinta llamada, y acordamos una cita para
aquella noche a las ocho. Llega a las ocho en punto, yo me he adelantado diez
minutos ya; está tan hermosa, tan conmovedora como la primera vez; nos decimos
algunas banalidades, intento recordar el incidente del autobús, mi corazón
baila una zarabanda; primero iremos al cine, ¿vamos luego al restaurante? De
pronto aparece, aterriza, la imponente pelirroja que finge, artera, asombrarse
y pide permiso para sentarse. Comprendo demasiado tarde que he caído en una
trampa y que se han puesto de acuerdo, a mis espaldas, para castigarme por
seguir dos piezas al mismo tiempo. Primero me aturullo con sus burlas, luego,
puesto entre la espada y la pared, intento una salida. Las adivino secretamente
rivales, odiándose bajo las apariencias de una pseudocomplicidad, y utilizo a fondo
esa enemistad, lanzándolas sin cesar, con pequeñas incitaciones, una contra
otra. La estratagema tiene éxito y, pronto, de acuerdo con Rebecca que se
retuerce de risa, me enfrento a la importuna. Pero debo respetar las
apariencias. Las invito a cenar en un restaurante americano de las Halles;
tengo que dar conversación a ambas, pero en verdad sólo me dirijo a una,
debatiéndome con el atroz problema de desembarazarme de la que sobra.
Multiplico las bromas, burlándome solapadamente de la gran yegua, que se troncha
por conveniencia a cada dardo que le dirijo. Sintiendo que ha perdido la
partida, me riñe porque digo tonterías pero yo sigo soltándolas hasta
escandalizarla, encantado de oír su relincho, el castañeteo de
Página 20
sus dientes, el
chasquido de su lengua como el restallido de un látigo en la grupa de un
percherón.
Nos da la
medianoche paseando por las calles del Marais, llamando a las puertas, jugando
al escondrijo detrás de los cubos de basura.
Finalmente, la
extenuante yegua, cansada de fastidiar, manifiesta el deseo de acostarse; la
aplaudo pero temo que Rebecca se largue también. Tras los besos de costumbre,
nuestra borrica toma un taxi; Rebecca cruza la calle para tomar otro en sentido
contrario. Pero apenas nuestro cerbero ha doblado la esquina, vuelve a cruzar
riendo, me coge del brazo y me propone seguir caminando.
Fue una de las más
hermosas noches de mi vida. Supe enseguida que aquella muchacha sería mucho más
que una simple aventura. Estaba tan llena de encanto, de infancia, de ingenio,
que me preguntaba, de acuerdo con la conocida fórmula, cómo me había sido posible
amar antes de conocerla. Todas las anteriores parecían esbozos de la que iba a
ser su apoteosis. Por aquel entonces, yo salía de una relación de dos años,
guillotinada por el tedio y la rutina. Recuperé la juventud propia de los
inicios. Sin conocerla, amaba ya en Rebecca el amor que iba a inspirarme.
¿Podía presumir de que iba a encontrar el camino de su corazón? Fue para mí,
desde el comienzo, uno de aquellos seres esenciales que nos llevan hasta el
límite cuando los demás, lo adivinamos, nunca nos desconcertarán. Tenía un
aspecto enloquecido y acariciador, dispuesta a todo para complacerme.
Resplandecía con un modo de abandonarse, poniéndose fuera de mi alcance, que me
hacía perder la cabeza. Aquella sutil distancia, a la que yo atribuía extravagantes
designios, tenía el don de cautivarme inquietándome. No importaba; la hacía
reír inventando frases divertidas, celebrando la opulencia de los más anodinos
hechos, extrayendo de la banalidad una infinita facultad de renovación. Los
auténticos encuentros nos hacen salir de nosotros mismos, nos ponen en estado
de trance, de permanente creación. La divertía y la asombraba porque me
divertía y me asombraba a mí mismo.
Aquella velada fue
sólo arrullos, galanterías, besos, genuflexiones, golosinas, insignificantes
voluptuosidades. Supe de Rebecca que tenía dieciocho años, diez menos que yo.
Judía árabe, originaria de
Página 21
Africa del norte,
procedía de un ambiente modesto —su padre tenía una tienda de ultramarinos en
Belleville—. Yo, en cambio, de lejana ascendencia germánica, había nacido en
una familia de la burguesía media. Cuando llegue el momento, si me hace el
honor de escucharme hasta entonces, advertirá la importancia de tales detalles.
Rebecca tenía, por toda experiencia, las decenas de hombres que habían sido sus
amantes —su vida amorosa se había iniciado a la edad en que yo abandoné mis
últimos animales de peluche—, dos o tres estancias en Oriente Medio y en
Israel, y aquella desconcertante aleación de madurez sexual e idealismo
infantil que constituye el bagaje metafísico de los adolescentes de hoy.
Presumía de sus conquistas con ingenua provocación, que mezclaba el desafío con
la excusa, como si me dijera: perdóname, no te conocía todavía.
De buenas a
primeras, nuestra relación se colocó bajo chuscos auspicios; el humor es el
goce que se conceden ambos sexos cuando deciden olvidar por un instante lo que
los separa. Disfrutaba tanto como yo de los lapsus infantiles, las frases
alargadas, los anagramas, los juegos de palabras, las salaces contraposiciones
de letras, conocía todos los juegos y canciones de niños, sabía imitar a la
mayoría de los personajes de las historietas, especialmente al gato Félix, que
copiaba a la perfección. Me maravilló la fresca niñería que ponía en sus frases
y encontraba en ella una generosa diversidad, un ardor por la vida que me
conmovía en lo más profundo. No me quedaba nada, ni siquiera la experiencia que
mi mayor edad me había permitido adquirir. Y aunque dos meses antes dijera
todavía «Te amo» a una mujer que me había inspirado idénticos sentimientos, me
parecía ya haber permanecido años y años sin amar. Había encontrado a un ser
que, impulso tras impulso, respondía a mis expectativas desbordándolas, y cuyas
afinidades y diferencias lo convertían, simultáneamente, en una parte de mí
mismo y al mismo tiempo ajena. Ya le he dicho que, para mí, Rebecca era
hermosa; menos por la armonía que por la pureza de sus rasgos, que aureolaban
su rostro con una dimensión de resplandeciente presencia.
El alba de aquella
primera noche nos encontró sentados en un banco de la plazuela del Archevéché,
detrás de Notre Dame,
Página 22
acompañados por los
numerosos homosexuales que acuden allí, desde hace años, para rendir culto a
Sodoma. Me gustaba la proximidad de aquellos industriosos cuerpos tras aquel
templo de la fe; daban a nuestros amores un leve perfume de clandestinidad, tan
escaso hoy en día. Una relación que comienza así, junto a esos seres
marginales, en un decorado de estremecidos espasmos, sólo podía ser marginal y
novelesca.
La oscuridad,
cálida todavía, parecía llena de besos. Toda aquella gente copulando derramaba
a su alrededor una fiebre animada por el mismo ardor.
Qué espectáculo
encantador ofrece París, bajo las primeras luces de un día de estío,
contemplado desde aquel jardín. El sol estaba a punto de aparecer: una luz muy
blanca ponía vivamente de relieve todos los planos de las riberas del Sena,
cubiertas en ese lugar por un manto de viña loca. La ciudad comenzaba a
agitarse, rumoreaba ya con el rugido de los primeros metros. Entonces, Rebecca
me pidió, lo recuerdo perfectamente, que le calentara los pies. Desde la
pierna, fui subiendo hasta llegar a la boca, de acuerdo con el decoro que exige
que se honre lo alto para obtener la llave de lo bajo. Pero nos reíamos tanto
que nuestros dientes primero y nuestras narices después chocaron mucho rato
antes de que nuestro primer beso pudiera conocer su forma adulta y canónica.
—Oye —le dije,
cuando nuestras bocas se hubieron separado—, debo ir a ver un médico. Me ocurre
algo raro.
Y tomándole la
mano, le hice tocar la erección que nuestro contacto me había provocado. La
pequeña protuberancia la halagó, pero no provocó en ella una especial emoción.
De hecho, no teníamos prisa por concluir. No necesitábamos las groseras pruebas
carnales que un hombre y una mujer desean ardientemente darse en cuanto entran
en contacto. Comparado con los fuegos artificiales que lo habían precedido, el
acto amoroso aquella noche nos parecía superfino o, al menos, carecía de la
menor urgencia. Planeábamos en una aturdida seducción que se embriagaba a sí
misma, se asombraba ante sus proezas, importándole muy poco el resultado. Y
además, quiero confesárselo, Rebecca formaba parte de aquellos seres tan
hermosos que no pueden imaginarse sexuados como los demás. Tan lejos de la
especie humana normal por la silueta y los rasgos, la
Página 23
supuse también
distinta en su intimidad. Mi espíritu inflamado le atribuía algún órgano
inaudito, una maravillosa incongruencia tan desconcertante como su hermoso
rostro. ¿Y si no tuviera sexo en el bajo vientre?, me decía. ¡La naturaleza ha
debido de forjar para ella una nueva solución! Y sólo por la mañana, hacia las
ocho, tras una noche de vagabundeo, entró por fin en mi casa. Sabrá usted que,
al desnudarse, los hombres y las mujeres pierden a menudo la gracia de la que
han dado pruebas vestidos: la desnudez es un traje mal cortado en el que flotan
con torpeza. Rebecca escapaba de semejante corrupción. Vestida parecía ya
desnuda, pues sus formas sobresalían con exuberante afirmación, mientras que
desnuda su indecencia la protegía, como un músculo perfectamente liso; se
limitaba a cambiar un artificio por otro, utilizando su piel como un paño, un
atavío en el que envolverse. Rehabilitada la ostentación, mantenía una gran
agitación en torno a sus encantos, realzando el color del menor trapo que se
ponía, y su prestancia me intimidó durante tanto rato que permanecí varios días
sin verla ni conocerla bien.
Fue pues necesario
algún tiempo antes de que nuestras relaciones carnales estuvieran a la altura
de la tumultuosa y variada vida que llevábamos juntos. Me había gustado
enseguida aquel cuerpo opulento que no culminaba en la cintura sino que
estallaba en maravillas distintas, como otros tantos centros de atracción. Del
peinado a los dedos de los pies, mantenía la precisa ondulación de los
volúmenes que hinchaban sus erectos pechos: las dos columnas de sus piernas
brotaban del suelo en un solo impulso, desembocando en una espalda que no
cesaba de desplegarse hasta la masa del cráneo, fina y menuda. Veneré, sobre
todo, su abundancia en aquella época, cuando estaba produciéndose el cambio:
entonces sus formas se hinchaban, se ruborizaba por aquella exuberancia; sus
pechos comenzaban a vivir su propia vida, tomaban un aspecto animal,
estremecido, se cubrían de vénulas que los azuleaban como olas. Se erguían sus
grandes corolas oscuras en mitad del torso, semejantes a campamentos de
nómadas, y aquel pecho mayúsculo, hiperbólico en un cuerpo de adolescente, me
lanzaba al éxtasis: en ella se unían dos edades, besaba a una niña en la boca,
a una mujer en los pezones, la madre y la hija concluían en una sola persona.
Respiraba como una
Página 24
lujosa tienda de
seda que exhalaba perfumes ricos y embriagadores, y la transpiración que
licuaba sus axilas, humor acre y salobre, me apasionaba hasta el punto de
dormirme, a menudo, en aquel ardiente matorral.
Poseía otros
tesoros más íntimos pero igualmente sorprendentes. Por ejemplo, si la miraba
distraído, y perdóneme el detalle, su raja me parecía discreta, tímida, como si
hubiera querido ocultar su impudor disimulándola en los pliegues del vientre.
Pero a las primeras caricias aquel animalillo se estiraba, apartaba la cuna de
hierbas donde dormía, erguía la cabeza, descubría una flor golosa, una boca de
bebé glotón que chupaba mi dedo. Yo adoraba excitar con mi lengua el hocico del
clítoris, estimularlo, y luego abandonarlo húmedo y reluciente en su
irritación, un patito chapaleando en una ola de carne rosada. Me gustaba alisar
mis mejillas contra la preciosa ropa de su vientre, zambullir la nariz en sus
untuosas carnes, tensas a veces, relajadas otras como foques al viento, arrugar
con el dedo aquel inmenso ropaje preñado de estremecimientos y suspiros. Otras
veces habría querido sentarme con las piernas colgando al borde de aquel
orificio y observar, minuto a minuto, la evolución de aquella madrépora gigante,
registrar cada una de sus palpitaciones, cada una de las respiraciones de sus
pétalos inundados por un néctar irresistible.
Una natural
aversión por las confidencias subidas de tono me impidió contener un sobresalto
que Franz advirtió.
—No sea usted
mojigato. Insisto en esos encantadores detalles, pero tal vez usted no haya
amado nunca lo bastante para llegar a los detalles; insisto en ellos, digo,
para mostrarle cómo aceptaba entonces a Rebecca con un talante resuelto e
inquebrantable.
Me parecía
sencillamente adorable, por muy ingenua que pueda parecerle esta profesión de
fe. El entusiasmo que más tarde iba a llevarme a ciertos excesos, se mantenía
de momento en el estadio de una amable exaltación y sólo me impulsaba a los
tiernos e inflamados homenajes que se rinden, día tras día, todos los amantes
Página 25
del mundo. Rebecca
utilizó muy pronto en su beneficio aquella fascinación, comprendiendo que había
en mí una inclinación a la idolatría que sólo pedía ser cultivada. Tenía diez
años más que ella, pero buscaba un dueño que pudiera subyugarme.
En nuestras
sociedades, la desnudez de la mujer es la medida de todas las cosas: la
recompensa y el sueño de todos, desde el nacimiento a la muerte. He exaltado
para usted la silueta de Rebecca, alabado sus admirables proporciones, su
conmovedor vientre, pero nada he dicho todavía de lo que realmente me pasmaba
de ella: sus nalgas, las más hermosas que nunca haya visto. Eran un duro
bloque, un joyel perfectamente cerrado ante el que defendía mi causa con éxito
desigual, un trasero redondo, gordezuelo, bastante grande, que brotaba con la
fuerza de una bomba sin que aquella curvatura estropeara en absoluto su
encanto. Quisiera tener la elocuencia de un poeta para narrar aquel duplicado
de prodigios, aquella sublime popa puesta en mitad del cuerpo y que dibujaba
una ranura tan profunda que habría podido albergar una carta. Nunca había visto
nada tan vivo, tan expresivo. Aquellos dos edredones de amor me ofrecían el
enigmático contraste de su enormidad perforada por un minúsculo pozo de
sándalo: como si lo pequeño fuera la substancia de lo grande. El eje de los
muslos, la parte alta de las piernas, la curva de la grupa constituían un
conjunto sorprendente, un puro bloque de líneas de las que mi amante se sentía
extremadamente orgullosa, sin perder ocasión alguna para ponerlas de relieve,
para mostrarlas, desnudarlas incluso, en público, sin privar a nadie de tan
encantador espectáculo. Mis nalgas son demasiado hermosas, decía, para sentarme
encima; merecen ser exhibidas en un museo, en lo alto de una columna.
Yo veía en ambas
esferas una sonriente bondad que me enternecía, y el menor frunce de aquel
globo hendido me parecía admirable: al verlo, era forzoso extasiarse, besarlo,
extasiarse de nuevo, cosquillearlo, devorarlo. Si hubiera estado más versado en
la ciencia de la calceta, habría tejido para tan prometedora hinchazón
canastillas, baberitos, camisitas de encaje, pequeñas mantitas de satén y de
seda, lo habría envuelto en cintas y bordados como un rorro real, cortando un
patrón distinto para cada hemisferio, reservando una orla de oro y plata para
el surco central. Ninguno de
Página 26
mis besos era
homenaje suficiente para la conmovedora blancura de aquella piel. La armonía
entre aquellos fragmentos y lo demás me asombraba por encima de todo. Aquel
cuerpo era una suma de pequeños esplendores, y era maravilloso encontrar en el
conjunto la perfección de cada detalle. Meditaba como un filósofo sobre
aquellos dos globos, con la mirada perdida en sus curvas: ¿cuántos millones de
años había necesitado la especie para conseguir aquella perfección en el
torneado y las proporciones? Las nalgas de mi amante, singularmente, no se
aplastaban ni se deformaban: tras haber estado en un lecho o en una silla, las
recuperaba como antes, consistentes, prietas, bribonas, dos verdaderas
burguesitas confortables, locuelas y mofletudas, maliciosas damiselas de
compañía, benevolentes y gordezuelas diosas, centinelas del santuario, precioso
acolchado, Sésamo de una caverna de Alí Baba y los cuarenta olores; dulces y
tiernas muchachas, altas glorias, bajas abundancias que respondían a sus
gemelas delanteras, hermosos cascos, hermosas proas, hermosas conchas,
indeformables carrocerías, a la derecha una, a la izquierda otra, sin
intercambiarse jamás, frutos siempre frescos, tan apetecibles en verano como en
invierno, pues la perfección va siempre a pares. Pero, sobre todo, emanaba de
aquel trasero una especie de buen humor, una amabilidad para con los seres y
las cosas que invitaba a idílicos entendimientos. Eran dos gruesos angelotes
riéndose a carcajadas, y que se burlaban de vosotros, os provocaban: los
pueblos más enemigos se hubieran reconciliado fácilmente bajo sus sonrientes
auspicios, pues hacían justicia con la equidad con que la naturaleza las había
colocado a una y otra parte del foso intermedio. Y cuando el rostro se
enfurruñaba, me volvía hacia los cimientos, seguro de hallar en ellos amistad y
consuelo. Si tenía hambre o sed, sufría una pesadumbre o un dolor, me bastaba
evocar su luminosa calidez, acurrucarme en su halda para sentirme restablecido.
Por otra parte, me puse de acuerdo con un panadero de mi barrio para que me
cociera panes hechos con el molde de yeso del trasero de Rebecca que yo le
proporcioné, y cada día nos comíamos el culito de mi amiga hecho corteza de
salvado, centeno, hecho brioche e, incluso, los domingos, hecho croissant.
Página 27
Las nalgas son una
imagen del paraíso, un símbolo de riqueza, una Jauja viviente: de ahí el
atractivo que ejercen sobre los creyentes y los pobres. Puesto que no poseía
ninguna de aquellas admirables redondeces, me incliné ante las de Rebecca como
si fueran el centro de mi vida. Eran el sol, el manantial que me iluminaba.
Sobre aquel afable altar sacrificaba algo más de lo razonable, no dejando de
bautizarlo con todos los nombres, llamándolo Buen Pastor, Imperio Medio,
Esferas Celestiales, Ingenuas, Fantásticas, Esculturales, Comadres de Amor,
Meteoros, Fértil Surco, Globos de Seda, Pera de Perfumes y, también, Laurel y
Hardy, los Hermanos Marx, Tom y Jerry, Bonny and Clyde e incluso 39/40, porque
hacían subir mi fiebre y, semejantes a los dos bloques de la última guerra, me
ponían en estado de revolución.
Rebecca, por lo
demás, me había concedido el bucólico título de pastor del arco, zagal del
clítoris, custodio de su Jerusalén celestial. Así, acariciando aquel
apabullante trasero, recitaba mi oración de la noche y de la mañana con el
ardor de un fanático, y convertí en un dios, cuyo devoto fui enseguida, su
imponente majestad. Y ya no podía imaginar vivir lejos de sus espesas murallas,
sin que su difuso resplandor me caldeara sin cesar.
Era pues, frente a
mi amada, de una enfermiza modestia, y consideraba a mi sexo como poco
agraciado. «Compadezco a los hombres», decía Rebecca, «pues son vírgenes de
esas embriagadoras desgracias: la maternidad y el goce. No veo cómo pueden
superar esa desventaja». ¿Qué es un orgasmo? Un modo, entre otros muchos, con
que nuestro cuerpo responde a emociones extremas. Debo admitir que el cuerpo
masculino no es muy impresionable, pues mis orgasmos eran invariables y pobres
sacudidas cuya amplitud apenas variaba de una vez a otra. Me avergonzaba mi
taciturna pitanza frente a su orgiástica búsqueda, y silenciaba la rápida
satisfacción de mi deseo porque señalaba el momento de la separación de los
cuerpos, de la recuperada soledad. Despreciaba yo las flores blancas que
mandaba al interior de su vientre, miserable ramillete que, ofreciéndome el
placer, me privaba de su objeto. Me esforzaba por honrar el gozo de Rebecca,
servidor de la voluptuosidad de la amante, obligado a imitar su fasto, a
plagiar su abandono al no sentirlo realmente. ¡Ay!, pobre labrador de sus
tierras rosadas y
Página 28
fértiles, jamás
llegaba al nivel de su delirio. Rebecca era, como suele decirse, una naturaleza
generosa y rica, un árbol cargado con excesivos frutos, que se doblaba bajo el
peso de sus deseos. Naturalmente somos nosotros quienes damos tanto valor al goce
de las mujeres, trasponiendo nuestra inquietud o nuestras debilidades, pues ese
gozo obtiene de su invisibilidad parte de su infinito poder. No importa:
Rebecca no mentía, no me dejaba ignorar nada de sus emociones, gritándolas
hasta desgarrarme el tímpano cuando las liberaba. Musicalmente, su erotismo era
el más sutil atavío inventado para seducirme, una charlatana maniobra que me
esclavizaba con la continua monodia de su voz. No podía sustraerme a aquellas
quejumbrosas armonías; eran largas alboradas que iban del introito al kyrie,
bandadas de arrullos, vocalizaciones mezclándose con más roncos soplos, un
bordado de enloquecidas sonoridades como para una misa mayor. Aquella cantante
del amor paroxístico tenía en la garganta una gama para cada sensación. Yo
abrazaba una voz tanto como un cuerpo, un abanico de sonidos que me daba miedo
y me excitaba, y cuya impúdica fanfarria daba la sensación de ser un escenario
en el que el edificio, los vecinos y yo mismo fuéramos el público. Dramatizaba
nuestros menores besos con una ternura teatral que parecía tan vívida como
representada. Para amar, necesitaba el exceso y la exageración. Se mostraba más
auténtica en el artificio que en una falsa sinceridad que hubiera deshinchado
el afecto como un soufflé. Y sus ojos en las horas de amor se volvían verdes
como si un sol interior estallara en ellos y destiñera en sus pupilas; pasada
la crisis, sus pesados párpados se agitaban lentamente, descubriendo un poco
más de aquella mirada ardiente, huraña, que me enloquecía.
Resumiendo, no
conocer la deslumbradora luz que cae sobre las mujeres durante el amor me hacía
morir de vergüenza. Y si me había resignado de buena gana a ese sentimiento al
experimentarlo con otras, decidí con Rebecca afrontarlo de un modo inédito. No
quería aceptar la sencillez del deseo masculino y me prometí introducir en él
algún engranaje que pudiera complicarlo. Como un catecúmeno que se empapa de un
dogma, me repetía: ése cuerpo es perfecto, ninguna extravagancia será lo
bastante grande como para rendirle homenaje, merece que me destruya por él, con
alguna conmovedora
Página 29
locura cuyo hosco y
religioso deseo hubiera experimentado alguna vez. Con ella me sentía al alba de
una nerviosa y lacerante existencia.
¡Oh! La maravillosa
confraternización de los inicios, cuando cada palabra, cada gesto mana de la
fuente como una creación continuada. Una gran, una ardiente pasión estaba
naciendo de mis búsquedas y de mis sucesivas decepciones. Entonces creía que,
entre nosotros, sólo lo noble era posible: ella derrotaría mis defectos,
esquivaría las zarpas que yo había mostrado en mis precedentes relaciones.
Aquella mujer me llevaba mucho más arriba de lo que yo había llegado nunca. Me
uno, sobre todo, a seres que no me necesitan y a los que encadeno, de pronto,
con la más fuerte atadura. Estoy dispuesto a darlo todo a quien nada pide, pero
no quiero entregar nada a quien lo espera todo del otro. Me había enamorado de
Rebecca porque había recibido nuestra relación como un suplemento de felicidad
en una serena existencia, y no como la tabla de salvación de una soledad
desamparada.
La magia de la
primera vez duró todo un mes. Regresábamos hacia las tres o las cuatro de la
madrugada, fumábamos una pipa de haschís o esnifábamos una línea de coca cuando
nuestros medios nos lo permitían, luego nos marchábamos sin haber dormido,
antes de que los árboles hubieran sacudido toda su noche. Nuestros paseos se
cruzaban, al azar, con los itinerarios de una multitud aventurera que se
dispersaba por las calles, al amparo de las tinieblas. A menudo escalábamos las
rejas de los jardines públicos —sobre todo las del parque Montsouris,
arrancadas por aquel entonces en varios puntos
— y nos tendíamos
en el hermoso césped recién segado, envueltos en la cálida noche de julio
salpicada de estrellas. En un marco de fotonovela o de comedia policíaca, nos
ofrecíamos un principesco regalo: el negro diamante de París, la inmensidad de
su estremecido teatro. Degustábamos la complicidad de los amaneceres, de las
extremadas fatigas, de las situaciones peligrosas, el sobresalto de ser sólo
dos contra todos, contra la costumbre inmemorial que corta la vida en una
rebanada nocturna y una rebanada diurna: participábamos así en dos mundos
distintos, y los amantes que se separaban por la mañana no eran los que se
habían encontrado la víspera. Hemos conocido cada amanecer, cada salida del
sol, cuando
Página 30
la ciudad se
despereza y expulsa los últimos rasgos del sueño. El aire era puro y vivo como
un vaso de agua y nos impregnaba con un rocío que nos embriagaba de savia.
Conservo de aquella época el recuerdo de una extraordinaria energía, y los
distintos excitantes que utilizábamos para mantenernos nada eran al lado del
dinamismo que nos impulsaba, día tras día, a inventar nuestra relación. Nuestra
verdadera droga era la novedad. Desarrollábamos ya un común desprecio por la
tradición y vivíamos nuestro encuentro como una embriaguez que no mancillaba,
todavía, grisalla alguna.
A mitad de agosto,
Rebecca se marchó de vacaciones a Marruecos. Yo había comenzado a trabajar en
un hospital y sólo en septiembre tendría vacaciones. Cada uno de nosotros
ignoraba lo que el otro sentía por él, ni una sola vez habíamos formulado el
«te quiero». Pronunciarlo hubiera sido encerrar aquella unión no premeditada en
una variedad de sentimientos demasiado comunes para el estado que nos mantenía
bajo su encanto. Por lo tanto, una noche de lluvia, ante una parada de taxis,
nos separamos con una oculta confesión. Sin embargo tuve el valor de pedirle
una prenda de amistad. Entonces, sin vacilar, se levantó la falda en plena
calle, y hábilmente se quitó las braguitas y me las puso en la mano.
«Quédatelas hasta que vuelva», fueron sus últimas palabras. Me sentía
desgraciado, abrumado. La separación es una anticipación de la ruptura porque
nos acostumbra a la idea de que podemos vivir sin el otro.
El milagro había
terminado en un abrir y cerrar de ojos. Ya no sabía qué hacer con mis largas
noches vacantes y me presentaba voluntario, casi cada noche, para hacer la
guardia de urgencias. En mi taciturna imaginación, poblaba el tiempo muerto ale
mi vida de soltero con el tiempo lleno e intenso de la vida de Rebecca. Tantas
horas que yo perdía en monótonas tareas sólo podían ser, para ella,
infinitamente ricas. Hablé con ella una vez por teléfono: parecía, como suele
decirse, divertirse mucho. Fingí también felicidad, víctima de esa cruel
desenvoltura que obliga a los amantes modernos a considerar el sufrimiento como
una desgracia, y los celos como una falta de educación. Me costaba admitir que
la ausencia se revelara, en los demás, con síntomas distintos y exigía un mismo
y visible dolor para todo el mundo. Me habría gustado saber que Rebecca estaba
Página 31
dramáticamente
desesperada por nuestra separación, torturada por la pesadumbre. ¿Era posible
que sólo me echara en falta de vez en cuando? ¿Tras todo lo que habíamos
vivido? Se apoderó de mí una horrible sospecha: ¿y si viviera siempre a aquel
ritmo? Tal vez hubiera vivido como una excepción lo que para ella era banal.
Ave nocturna, Rebecca había deslumbrado al pequeño médico trabajador que solía
acostarse pronto. No había duda: se había producido un error y yo era el único
que lo sufría. Aquella perspectiva me horrorizaba; maldije la pareja que, mucho
antes de daros seguridad, restringe vuestra vida alrededor de un solo ser y os
hace depender de sus menores caprichos. Amar es dar al otro, por propio
consentimiento, un infinito poder sobre uno mismo. ¿Cómo había podido
contribuir a mi propia esclavitud?
Me esforzaba por
olvidarla, y eso me inquietaba más aún. El ser que nos es más querido es el que
más tememos. Y los celos son sólo una forma de la imaginación aterrorizada que
transforma en certidumbre la menor sospecha. Todas aquellas heridas me enseñaban
el sentimiento, saber del que habría prescindido perfectamente. ¡Si los amantes
pudieran confesarse, una vez terminada su relación, cuánto han sufrido ambos
por la incertidumbre en la que los mantenía su común pasión, los insomnios, los
dolorosos minutos pasados interrogándose sobre el enigma del otro!
Lamentablemente, cuando lo hacen la confesión no tiene ya importancia, no se
aman ya, y se sienten muy satisfechos de haberse liberado de un afecto que los
hostigaba. Pasó el verano. Me marché como ella a Marruecos, pero un mes más
tarde y sin haberla visto. Y visitar aquella tierra, que ella acababa de
abandonar, me produjo la desagradable impresión de estar investigando su
conducta. Una pareja encontrada por casualidad y que la había conocido acentuó
la penosa impresión y las medias palabras que sobre ella dijeron aumentaron aún
más mi turbación. Tuve algunas aventuras: necesitaba aquella muralla de nombres
y cuerpos para protegerme de Rebecca y, cuando llegara el momento, poder
cambiarla por sus propias aventuras, pues los amantes, como las naciones, toman
rehenes y los negocian, por temor a encontrarse desnudos uno frente a otro.
Aquellos breves encuentros apaciguaron mis inquietudes y me permitieron
aguantar hasta que volviéramos a vernos.
Página 32
La cosa fue mejor
de lo que imaginaba. Rebecca no me había olvidado y, pese a algunas
infidelidades en las que, a mi entender, insistió con excesiva complacencia, yo
seguía ocupando en su corazón un lugar preponderante. La herida de aquel primer
desgarrón se cerró fácilmente, y aproveché el reencuentro para saciarme sin
mesura de aquella mujer cuya ausencia tanto me había molestado. La abrazaba con
el menor pretexto; su talle, su carne se apoderaban de mí como un verdadero
imperativo. Me parecía hermosa, encantadora, impenetrable, y se lo confesaba.
Se lo he dicho: yo había ya amado, había experimentado el fracaso de cualquier
relación amorosa. Casado durante dos años, tenía incluso un hijo de nueve años
al comienzo de esta historia, que, viviendo con su madre, me visitaba una o dos
veces por semana. El amor es, evidentemente, dos soledades que se acoplan para
crear un malentendido. ¿Pero existe malentendido más seductor? ¿Y acaso la
verdadera sabiduría no reside en una incesante capacidad para enamorarse? El
comienzo de una relación imprime su estilo a todo lo que seguirá: mágico
instante al que la palabra de los amantes regresará incansablemente para
contar, hasta el hastío, la dulzura de los primeros días. En suma, el primer
contacto cae del lado de la esperanza, pone a flote el insensato sueño de un
amor auténtico, definitivo. Por ello hay encuentros demasiado hermosos que
matan el sentimiento, banales encuentros que prejuzgan la bajeza de las
relaciones y otros, finalmente, portadores de exigencias a las que los amantes
no pueden substraerse sin decaer.
Reanudamos nuestra
vida; pero el invierno que se aproximaba y las primeras lluvias hacían
difíciles nuestras expediciones nocturnas. Nos encerramos pues en mi casa
(Rebecca vivía con sus padres) para conocer entonces esa felicidad típica de la
pareja que es la de la juguetona repetición, la de los afectos recurrentes, las
aplazadas preocupaciones, una felicidad de botes de confitura y fuego en el
hogar en la que nos protegemos contra las ráfagas exteriores. Banalidad que
degustábamos con mayor inocencia porque, siendo nuevos el uno para el otro, la
vivíamos como una desviación. Eramos lo bastante ricos e inventivos como para
permitirnos un poco de coyunda, eligiendo la mediocridad en vez de sufrirla. El
simple hecho de encender la televisión, de preparar algún platito, era ya un
lujo.
Página 33
Una estación fría y
un sentimiento en expansión se coaligaban para aglutinarnos en nuestra
relación. La existencia común segregaba confianza y tranquilidad. Momentos
únicos que no pueden contarse: la felicidad tiene una historia que no es la
historia ordinaria; es la confusión de la memoria con el olvido: recuerdos de
episodios tan densos que su propia perfección los hace desaparecer, inmóviles
en una eterna imprecisión.
Muy pronto, la
cálida, la flexible, la opulenta Rebecca se convirtió en la suma de todas las
que la habían precedido en mi corazón. Era, para mí, una inagotable fuente de
reflexiones y de entusiasmo. Una corona de luz la seguía por todas partes,
círculo encantado en el que me abrasaba las alas como una mariposa pasmada ante
la lámpara que va a calcinarla. Aprendí a conocerla mejor y la abrí, como una
hermosa fruta, en todas las dimensiones de sus pertenencias. Si existía entre
nosotros el mayor foso cultural posible —foso de clase y de confesión—, aquello
no me apenaba en absoluto. Sólo puedo concebir el amor en la desigualdad y me
parece siniestro amar en el propio medio y en la religión de origen. En vez de
jerarquizar las clases y las culturas, ¿por qué no verlas como bloques de pura
diferencia que se atraen y se rechazan? Amaba en Rebecca la distancia que nos
separaba y la pasarela que lanzábamos para franquearla. Como hija de tendero y
peluquera, tenía para mí una cualidad aristocrática por excelencia, que ninguna
doncella enriquecida o cultivada podía alcanzar: la extrañeza. Y me decía al
metafórico modo de la literatura andaluza: «Soy toda la poesía de las frutas y
legumbres, soy la hija del Halcón de Belleville, princesa de Harissa, reina del
Cilantro y diosa del Cardamomo, tengo el frescor de los tomates, el verdor de
una lechuga, la acidez de la pimienta, mi piel tiene la suavidad y el aroma de
una uva moscatel, mi saliva es una miel que da celos a las abejas, mi vientre
una playa de fina arena y mi sexo un suculento lukum que llora lágrimas de
azúcar». Oh mi tierna amada, confesando avergonzada su profesión a aquellos
burgueses de izquierdas que yo frecuentaba y que se tapaban la nariz cuando les
susurraba al oído el oficio de su padre. «Franz está encanallándose»,
suspiraban, «siempre ha sentido predilección por las peluqueras y las
dependientas». Permítame precisarle que mis amigos y yo, antiguos militantes
reconvertidos a profesiones
Página 34
liberales,
pertenecíamos a aquella izquierda de cachemira que vive en el centro de París y
desprecia al pueblo tanto como lo teme la derecha. Eramos hijos de papá en
tejanos, duchos en marxismo, pero a quienes molestaba la compañía de un obrero
y que sólo toleraban a los trabajadores inmigrados cuando estaban en su sitio,
es decir, en los arroyos y la basura. Formábamos pues esa cofradía, tan
próspera e influyente hoy, de los stalinistas disco: ex militantes que han
llevado su sectarismo a los temas más triviales y ponen en sus discusiones
sobre trapos, clubes nocturnos o corte de cabello la misma intransigencia que
utilizaban, antaño, para analizar una línea política. Habíamos conservado de
nuestro breve idilio con la revolución el gusto por condenar y decidir, el
deseo de dominar a nuestros interlocutores y cerrarles la boca. Eramos tanto
más cortantes cuanto que nos sabíamos frívolos, deseando ávidamente reparar,
con el dogmatismo, nuestro pecado de ligereza. Años de propaganda socialista
desembocaban, en nuestro delirante narcisismo, en aquella maníaca compulsión de
poder y autoridad. Y yo impulsaba a Rebecca a que callara sus orígenes
familiares, a que no dijera su oficio, alentando su contrabando, cogido entre
dos fuegos y demasiado cobarde como para traicionar a los de mi casta: sobre
todo en aquellos años en los que desdeñar los placeres populares y las mayorías
silenciosas se había convertido en el principal tema de la izquierda oficial. Y
sin embargo, su profesión me gustaba, me gustaba el fulgor, la brillantez de la
peluquería donde trabajaba, los blancos uniformes, los oblongos cascos de los
secadores, la excesiva iluminación que daba al conjunto el aspecto de una nave
espacial.
Y por una afición a
la frivolidad, que mis estudios de medicina no habían satisfecho, sentía
nostalgia por los fastos de la moda y la confección, y merodeaba con Rebecca
por las tiendas femeninas, las boutiques especializadas, palpando los más
resplandecientes tejidos, comparando los cortes, con la fiebre de un novicio en
el umbral de su iniciación.
Y además, mi amante
me hacía reír y, en pocos meses, nuestro afecto se convirtió en una máquina de
fabricar juegos de palabras, locuciones chuscas, payasadas que convertíamos en
nuestro pasto como si estuviéramos coaligados para desafiar la gramática y el
Página 35
habla del adulto.
La magnitud de nuestros sentimientos, el deseo de verterlos en un grito que no
perteneciera al lenguaje corriente, nos lanzaban a inventar una jerga de
onomatopeyas e infantiles entonaciones, gorjeante puré que nos era más precioso
aún que nuestros abrazos, porque nos permitía invertir los sexos, anular los
papeles del hombre y de la mujer. Amarse es actualizar incesantemente el
diccionario en nombre de la libertad de estar juntos para ser animales con toda
inocencia. No éramos exigentes. Nos reíamos por nada, por palabritas cargadas
con más prestigio y ternura que sentido. Por ejemplo, hacía mucho tiempo que el
nombre de Rebecca había desaparecido bajo todos los apodos que le dedicaba sin
parar: Pichulina, Bombonzuelo, Chochín, Amorcete, Conejito, Gordita,
Chiquitína, Chominito, Cabarette (anagrama de su nombre), una galería de
ridículos apodos que constituían otros tantos núcleos densos de intimidad. No
advertíamos el ridículo, sólo los diminutivos. Habíamos también bautizado con
nombres árabes nuestros respectivos defectos: Rebecca era la señorita Inch
Allah por su sumisión a la fatalidad, la señora Kif-kif porque siempre
respondía «Me da igual» y se negaba a decidir. Yo, que siempre tenía prisa, era
el señor Fissa y también el señor Chouff porque clavaba mi mirada en todas las
siluetas que pasaban. Hablábamos como niños y, cuanto más infantil era el tono
de voz, cuanto más alargadas eran las frases o invertidas las sílabas, cuanto
más chupábamos las palabras como si fueran caramelos, más nos aproximábamos a
la felicidad. Sí, aquellas monerías constituían nuestra invencible armadura, el
mágico universo donde todo era absuelto porque nos sentíamos, juntos, hermanos
siameses. Y reanudábamos nuestras tonterías como si sopláramos sobre las brasas,
mocosos ronroneando estupideces, recreando, con simples parloteos, un paraíso
infantil en el que nadie podía entrar. Me gustaba todo lo de mi hermanita
puerilmente incestuosa, quería conocerlo todo y, entre sus manos, me parecía
que el auténtico lujo de amor era vivir con una persona de la que incluso los
malentendidos y los pasos en falso fueran capaces de divertirme por su calidad.
¿Cómo no adorar los pueblos, los continentes que resonaban en ella, sus
amantes, incluso, que habían conservado un poco de su luz? Amando a Rebecca,
iba convirtiéndome a una nueva religión. Era, ya se lo he dicho, judía
Página 36
árabe de origen
tunecino. Me vanagloriaba de la resplandeciente alianza de su belleza y su
origen, y ya no podía abrazarla más que mezclándome con todo lo que la ocupaba,
con una ardiente devoción por la inteligencia de su pueblo. Amé primero a
Rebecca porque no era francesa, ni rubia, ni católica, ni calvinista, ni hedía
al agua bendita con que me habían rociado desde que nací hasta que cumplí
dieciséis años, y sobre todo porque no era uno de aquellos espárragos rubios y
sosotes, de aquellas Gretchen, de aquellas diáfanas walkirias, aquellas pajizas
recentales que, de niño, me deslumbraban con su palidez de trigo descolorido.
Me asfixiaban el rubio nórdico, el azul ario, las pálidas pieles que,
ingenuamente, asociaba a la falta de temperamento. Deseaba tonalidades cálidas
y oscuras, colores mates, aspiraba al mestizaje tras la infame pureza germánica
de la familia. Y sentí enseguida, para con mi amiga, el atractivo de un hombre
del Norte por los espejismos del Sur. A su lado, al menos, no me sentía acechado
por la carroña cristiana encaramada en su cadalso, la soldadesca ensotanada, el
crápula jesuítico y romano que me había educado, y además me sentía demasiado
limitado en Francia, atrapado entre una ausencia de historia y la carencia de
proyecto, penalizado por la apatía de un pueblo demasiado viejo y la
mediocridad de una política sin grandeza. Como esos paisajes del Renacimiento
que, contemplados desde cierto ángulo, revelan una cabeza humana, mirando el
rostro de Rebecca veía, a la inversa, aparecer toda una sociedad, una sucesión
de cuadros mediterráneos, un espejismo de arena y de sol. Su judaísmo me
fascinaba. Sólo tenía dieciocho años pero a su espalda había cinco mil años de
historia: bajo las conclusas especies de un ser y de un cuerpo, se me invitaba
a integrarme en una infinita memoria. Y si antes había tenido ya varias únicas,
aquella única sería la última, pues era varias. Permítame hojear unos instantes
el insípido álbum familiar; en la base de mi filosemitismo, no debo subestimar
el placer de romper con una tradición: en casa, el judío era el chivo
expiatorio, el constante blanco del resentimiento paterno; no había una sola
comida, una sola reunión en la que no oyera, por boca paterna o materna,
algunas imprecaciones lanzadas contra los «judeotes, los asesinos de Cristo,
los apátridas de Sión, los plutócratas, los judeobolcheviques, la internacional
sionista, el lobby
Página 37
judío americano»,
de modo que por espíritu de contradicción, me apasioné por aquel pueblo al que
atribuía extraordinarias cualidades, a juzgar por las cóleras que producía en
casa. Nuestra judeofobia, lo he comprendido luego, se basaba en la adoración secreta
de los judíos, que representaban el conjunto de lo que nosotros, pobres
papistas limitados a nuestros evangelios, no éramos capaces de realizar.
Entonces comencé a admirarlos y llegué a identificarme con aquéllos a quienes,
día tras día, anegaban bajo torrentes de odio.
El azar ayudó a mi
curiosidad: cuando llegué de provincias a París, sólo encontré askenazíes y
sefarditas, y muy pronto la mayoría de mis amigos, salvo algunas excepciones,
fueron de confesión judía. Todo lo que me gustaba poco o mucho, todo lo que me
intrigaba, me atraía y me asombraba estaba vinculado al pueblo elegido. La
vida, las coincidencias me habían enjudiado de los pies a la cabeza.
Enamorándome de Rebecca, concluía aquel movimiento, me apartaba de generaciones
y generaciones de antisemitas. Ella quebraba mi infancia, rompía la dirección
de una existencia premeditada, acercaba mundos desesperadamente alejados por el
espacio y el odio.
Hija de tres madres
—hablaba perfectamente el árabe dialectal, el hebreo y el francés—, simbolizaba
una resplandeciente diáspora abierta de par en par entre Asia y Occidente.
Créame, cuando se ha salido de un linaje restringido, casarse con Africa del Norte
y el Oriente Medio en una sola persona, tiene narices. Askenazí, Rebecca me
habría sin duda fascinado menos, por demasiado nórdica; y yo acentuaba siempre
su naturaleza árabe, por la que sentía un pueril orgullo. Lo que aquella
mediterránea me aportaba en su canastilla de bodas era algo más que un
patrimonio cualquiera o una simple belleza: encarnaba una emoción histórica,
reconciliaba en una sola persona Israel, Ismael y Europa. Dotada, para mí, de
una preeminante constelación psíquica, combinaba el atractivo de los nómadas y
la facilidad de los cosmopolitas. Entre ella y yo no eran sólo dos clases sino
tres culturas, tres continentes, los que dialogaban y se influían.
Paradójicamente,
buscaba aquel exotismo tanto por afición al extrañamiento como por necesidad de
sentirme arraigado. Buscaba un ser que tuviera, por fin, la precisión de las
costumbres, la
Página 38
eternidad de los
gestos y de las palabras. Y como las minorías tienen una memoria que las
mayorías han perdido, veneré en aquella mujer una identidad fuerte, templada
por siglos de sufrimiento. La interrogaba sin cesar sobre los más minuciosos
rituales del Sabbat y del Kippur, las prohibiciones de la comida Kosher, le
preguntaba continuamente el sentido de tal o cual palabra árabe, sintiendo
auténtico júbilo cuando escuchaba aquella lengua saliendo de su boca como si,
por el sortilegio de un sonido, se irguiera de pronto ante mí una completa
extraña. Unido así por vínculos de amor a una nación —aunque fuera una nación
de apátridas— podía imaginar, por un instante al menos, ser uno de sus miembros
honorarios, dispuesto a adoptar las raíces de aquel pueblo sin raíces al que el
vagabundeo había acabado confiriendo el rostro de la estabilidad. Uncía mi
vacío carricoche al tiro de aquel majestuoso convoy. Era parte integrante de la
coloreada túnica que teje la emigración judía, instalada en las cuatro esquinas
del mundo. Francia era mi patria; pero amando a Rebecca prestaba yo juramento
de fidelidad al pueblo del Libro. Porque era la curia de la amante, el judaísmo
se convirtió en mi patria espiritual, el ramo místico de mi corazón. A veces
imaginaba haber nacido con el alma judía y haber sido devuelto a mis orígenes
por mi amante; abrazaba en ella la tierra prometida y recuperada, como un
Moisés feliz.
Recuerdo una velada
de excepcional armonía: daban por televisión la serie Holocausto; después de la
película, que aquella noche vimos, en casa, con mi hijo, el pequeño llorando se
lanzó al cuello de Rebecca y le dijo: «Afortunadamente, los alemanes no mataron
a tu familia, nunca te habríamos conocido. Si vuelven, te esconderemos». Ríase,
si lo desea, pero me sentí conmovido hasta el llanto, me pareció que acabábamos
de sellar una alianza eterna contra el mal y los demonios.
¿Si tenemos un
hijo, le preguntaba a Rebecca, será judío? Naturalmente, haremos que lo
circunciden, pero lo bautizaremos también por el rito católico y, tal vez,
podríamos enseñarle el Corán. De este modo, le habremos dado todas las
oportunidades.
Un incidente que se
produjo en un café de la calle Saint André-des-Arts le dará la medida de mi
estado de ánimo por aquel entonces. Acodados en el bar, Rebecca y yo nos
besábamos cuando
Página 39
un joven clochard
que estaba mirándonos nos trató en voz alta de «sucios judíos». Curiosamente,
aquel insulto me procuró un perverso goce: por el milagro de una palabra, me
introducía en las filas de los hijos de Abraham, me redimía del pecado de haber
nacido cristiano. Me dirigí al que nos había insultado; el hombre imaginó que
iba a abofetearle, pero le di un beso. Él había creído insultarme: me había
devuelto la inocencia. A veces, por la noche, cubríamos las calles cercanas a
mi casa con inscripciones: «Vivan los judíos», o íbamos a depositar ramos de
flores en las puertas de las sinagogas, al pie del Memorial del Mártir judío.
Para mí, la
extrañeza del amante se confundía con la extrañeza del judaísmo: su pertenencia
a la familia hebraica transformaba a aquella mujer, lejana ya, en un ser
ilimitado; me sentía exiliado junto a una exiliada. Aunque pareciera
rendírseme, mantenía una posición preeminente de la que no podía desalojarla;
en último término, como individuo, habría podido circunscribirla, pero
circunscribir un pueblo no estaba a mi alcance. Y experimentaba mi impotencia
con la mera evocación de los fastuosos trasmundos que arrastraba a sus
espaldas; accedía a la inmensidad con una sola mirada cuando yo intentaba
reducirla a la medida de mi deseo. Me asfixiaba bajo su riqueza y me
encolerizaba hallarme tan desprovisto ante ella.
Concretábamos
aquella supurante herida, que ella abría en mí, en un común afecto por la
música árabe. Om Kalsoum, Fairouz, Abdel Jalim Afez, Farid el-Atrache se
convirtieron en el himno nacional de nuestro dúo. Escuchábamos sus más hermosos
pasajes que Rebecca me traducía —como si expresaran estados de ánimo fieles a
nuestra historia— y su ritmo convulsivo fijaba privilegiados momentos que otras
armonías no habrían podido expresar. Adoraba la apasionada monotonía de
aquellas melopeas que, por contraste, ponían de relieve la claridad del canto.
Aquellas conmovedores carencias nos hacían entrar en trances próximos a la
hipnosis, poniendo un toque nostálgico, casi fúnebre, a nuestros nacientes
amores. Es paradójico, lo sé, que una música de angustia nos uniera el uno al
otro hasta el punto de elegirla como emblema: la desgracia expresada consuela,
dispensa de sufrir y protege contra la desgracia vivida. Nuestra preferencia
por todo cuanto revelaba fragilidad gozaba, especialmente, con los
estremecimientos de la flauta derviche: sabrá
Página 40
usted que, en la
tradición islámica, el caramillo de caña es la primera cosa que Dios creó. No
conozco instrumento de más conmovedora melancolía. Su sonido, de extremada
pureza, nos lanzaba al éxtasis, más allá de cualquier alegría o desgracia.
Parecía que tocaran en nuestro propio hueso, nuestro cuerpo se evadía en largos
temblores, en deliciosos estremecimientos que nos ponían la piel de gallina y
hacían subir lágrimas a mis ojos. Las extrañas, dolorosas voces de las
cantantes árabes, divididas entre la infinita desesperanza y la pasión de
vivir, alcanzaban registros que las voces occidentales no abarcan. Nos
aturdíamos hasta el vértigo con aquel luto imaginario para reforzar nuestra
primavera, entregados al hechizo de aquellos conmovedores sortilegios. Música
de la separación, del amor imposible, las sonoridades orientales nos purgaban
del sufrimiento, ocultándolo. Invocaban al ser amado y transían aquella
presencia con su posible pérdida: nosotros escuchábamos sólo la invocación y
olvidábamos la pérdida.
Que ese cuadro no
le engañe: en aquel idilio iban incubándose tempestades que no tardarían en
estallar. Las virtudes que yo atribuía a Rebecca por su doble origen, eran en
exceso exteriores como para poder definirla. Cualquier judía pied noir hubiera
gozado, en mi espíritu, de las mismas cualidades. Y además, sólo tenía una
pertenencia pasional, no reflexiva, a su comunidad; ignoraba casi por completo
su historia y sus textos. Mientras yo exaltaba su exotismo, exigiéndole casi
que se adecuara a él, ella no tenía más intención que traicionar su estatuto,
que asimilarse. No renegaba tanto de su judaísmo como de sus orígenes
norteafricanos, temiendo por encima de todo, en una Francia intolerante, que la
confundieran con una árabe. Yo alababa una distinción que ella deseaba ocultar,
la felicitaba por ser distinta cuando ella sólo aspiraba a parecerse. En fin,
llevaba en sí una necesidad de ser respetable, vinculada a su estatuto de
emigrante, que a veces la hacía más conformista de lo que podía esperarse en una
joven de su edad.
Rebecca, en fin,
estaba poseída por un ideal de amor romántico que yo estaba muy lejos de
compartir. Amaba por primera vez y todo lo que no fuera pasión le parecía
encaje, absurdo, raciocinios, vaticinios de débiles. Se adhería sin reserva
alguna a sus sentimientos sin que la sombra de una perplejidad frenara sus
impulsos. Alegre,
Página 41
dinámica,
lamentando a veces ser sólo una hermosa mujer cortejada por su encanto, se
lanzó a nuestra aventura con un ardor que rechazaba cualquier cálculo,
cualquier placidez: pretendía vivir intensamente en el marco de la pareja,
utopía que era absurda para mí. Pero aquella voluntad de compaginar la
intensidad con la pareja me conmovía tanto que terminé amando, más que a la
propia Rebecca, la pasión que sentía por mí. Germinaban ya, por lo tanto, las
semillas de nuestras discordias.
Una discrepancia,
que me impresionó mucho por aquel entonces, lanzó una primera sombra sobre
nuestro entendimiento. Mi ruidoso pasado, del que yo había presumido, daba
cierto miedo a Rebecca, que me atribuía un temperamento inconstante. Cierta
noche estábamos en casa de unos amigos; imaginando erróneamente —sólo más tarde
lo supe— que yo quería seducir a la dueña de la casa, no halló mejor solución
que mantener ante mis ojos, con uno de los invitados, un atrevido coqueteo;
había bebido, estaba borracha, decía cualquier cosa, y por primera vez me lanzó
en público reproches muy desagradables que divirtieron a la concurrencia, con
los oídos abiertos de par en par.
Se estaba
convirtiendo en alguien a quien nunca había visto, abría la puerta a costumbres
que yo no le conocía.
Besaba en la boca a
los petimetres, se reía de sus menores palabras, escupía palabrotas, bebía en
todos los vasos, se dejaba acariciar por el ebrio perillán que la incitaba a
llevar las cosas hasta el final. Y verla fingir el abandono con otro —escena que
siempre me ha fascinado por no sé qué obscuras razones, tal vez porque, en el
amor, coloco la traición por encima de todo lo demás—, verla así, pues, me
destrozaba los nervios y la razón; mi fantasma aplaudía, mi afición al
escándalo exultaba, mi amor propio se erizaba. Evidentemente, no permití que se
notara nada, fingiendo la mayor indiferencia. Cuando terminó la velada, hacia
las cinco de la madrugada, mientras Rebecca, de pie delante de un taxi, besaba
a su conquista y comparaba con las mías el vigor de sus reacciones viriles,
sólo pensé en vengarme. Apenas llegamos a casa, hicimos el amor por última vez,
y a la mañana siguiente la abandoné fríamente, decidido a no verla más. Pasaron
dos días. La cólera que me había impulsado, dejó paso a cierto desaliento.
Creyéndome ofendido, por
Página 42
nada del mundo
habría dado el primer paso. Rebecca me envió a una amiga como embajadora. Me
mostré intransigente. Mucho más: me dejé ver con una muchacha que había
conocido en un café por delante de su trabajo (mi domicilio no estaba lejos de
su peluquería) y no dejé de besarla en la boca, en plena calle. Al día
siguiente, Rebecca me llamó personalmente. Pidió perdón, entre sollozos, por la
escena de aquella noche. Yo estaba tranquilo, me sentía triunfante y le
comuniqué de nuevo mi decisión de no volver a verla. Ella me llamó dos días
después, suplicándome que le concediera una cita. Acepté a regañadientes, muy
feliz al verla humillarse ante mí: aquella altiva muchacha mordía por fin el
polvo. Vino vestida de negro, como de luto y me explicó las razones de su acto.
Su sinceridad, el humilde tono de su voz me conmovieron, lo confieso; me senda,
incluso, orgulloso de que le importara tanto. Aquel aspecto vacilante y frágil
que, en otra, me habría dado miedo, la embellecía mucho. Pero no quise ceder
antes de haberle hecho pagar muy cara su afrenta; qué quiere, soy así, en
cuanto beso estoy ya pensando dónde arañaré. Le conté pues, detalladamente, mis
aventuras estivales y precisé, uno a uno, sus defectos, tanto físicos como
morales; cada palabra le suponía un sobresalto y le producía un mar de
lágrimas. Sin embargo, al no estar muy seguro de mi posición, di pruebas de una
crueldad atemperada.
Tras horas de
ruegos e imprecaciones, durante las que llegué a convertir su jugarreta en un
verdadero crimen, la tomé en mis brazos y le aseguré que todo estaba olvidado.
Ella me juró que nunca volvería a suceder lo que había sido fruto de un
malentendido más que de una deliberada voluntad de hacer daño. De hecho, me
había asustado con sus inesperadas reacciones: ¿cómo fiarse de un ser tan
imprevisible? Yo había advertido cómo la necesitaba: hasta el punto de
perdonarle haberme ofendido, el peor de los ultrajes para mí, que de todos los
sentidos sólo tengo el del ridículo. Había advertido también cómo me
necesitaba: hasta el punto de hincarse de rodillas ante mí. Ambos habíamos
probado la resistencia del otro, ambos nos habíamos doblegado no sin que el otro
cediera: hermoso ejemplo de mutua capitulación a la espera de otros combates.
Acabábamos de hacer un asalto de prueba, y aquel primer enfrentamiento
prefiguraba ya todo lo que sucedió luego.
Página 43
Habíamos tenido
miedo, era preciso poner fin a los tormentos, atarnos el uno al otro con los
lazos de un recíproco contrato. Tras aquella escaramuza, estábamos ya listos
para el «te quiero». El juramento fue pronunciado dos semanas más tarde,
durante un paseo en bicicleta por una carretera de Provenza, donde pasamos
algunos días de las vacaciones de Todos los Santos. Cuando se lo confesé,
Rebecca estuvo a punto de caer del vehículo. Yo mismo me sentía muy conmovido y
aceleré el pedaleo como si la velocidad quitara a la revelación algo de su
seriedad; hasta el punto de que Rebecca me lo hizo repetir varias veces, por
miedo a haberlo oído mal. Caímos así en lo irreversible, pues una vez
pronunciado el «te amo», con su imperativo corolario «ámame», ya no se trata de
retroceder: hay que pagar la deuda hasta el agotamiento. Habíamos colmado la
incertidumbre, íbamos a pagar el precio.
El tullido se
detuvo brutalmente. Tenía los ojos hundidos, las mejillas pálidas por el
esfuerzo.
—Le doy horror,
¿verdad?
—¿Horror? En
absoluto.
—Claro que sí, le
lanzo a la cara mis confesiones a usted, el honorable turista, y le digo: mire,
éste soy yo.
—Le aseguro…
—Perdóneme, estoy
agotado; haber recordado el pasado me ha destrozado los nervios. ¿Puedo esperar
verle mañana?
—Tal vez, ¿por qué
no?
El elocuente furor
del inválido se había prolongado hasta muy avanzada la noche, y eran las tres
de la madrugada cuando regresé, atontado, a mi camarote, atravesando los
desiertos corredores. Las puertas se sucedían hasta el infinito, como en esas
inmensas clínicas donde la angustia adquiere un fulgor blanco. Aquella
confesión tan melancólica como escabrosa me había fatigado, casi escandalizado;
a decir verdad, el mal gusto de aquel relato y del procedimiento inventado para
obligarme a oírlo, habrían debido alertarme de buen principio. Cedí sólo por
deferencia hacia el tullido. Sentía prisa por contárselo todo a Béatrice y
pedirle consejo, pero dormía ya. La quietud del camarote bañado en la blanca
luz de la luna me tranquilizó. Los pechos de mi compañera eran dos manzanas
Página 44
asadas en las que
posé mi cabeza. Pensé por última vez en la estúpida desvalorización de las
rubias que había intentado Franz aquella noche y, acurrucándome en la calidez
dé las sábanas, me dormí, feliz por nuestra salud, por nuestra juventud tan
alejada del agriado, malsano universo de aquel hombre.
Página 45
SEGUNDO DIA
El gato salvado de
las aguas
Risibles perversos
Página 46
En cuanto desperté,
comuniqué a Béatrice los acontecimientos de la noche pasada. Sonrió por mi
entrevista con Rebecca y me suplicó que no considerara como injurias algunos
excesos verbales. Cuando llegué al episodio de Franz, pareció más interesada.
—¿Qué te está
contando exactamente?
—Me hace saborear
con las palabras a su mujer. Me comunica informaciones íntimas sobre ella,
traza la exégesis lírica de sus abrazos.
—¿Y no te molesta
que un desconocido te abra su corazón, sin ahorrarte detalle alguno de su vida?
—Casi me obligó a
escucharle; verás… un poco al estilo del Eterno marido. Y además, sin dejar de
acusarse, de rebajarse.
—Si se denigra
tanto, debe de tener algo que ocultar…
—No creo en sus
vicios; a decir verdad, me pareció más bien patético.
No estoy seguro de
que quiera volver a escucharle.
—¿Por qué no? Te
servirá de distracción, harás un favor a un paralítico y siempre podrás
repetirme lo que te cuente.
Aquel pacto y, más
todavía, la flema con la que Béatrice recibía lo que, para mí, era casi un
incidente, me tranquilizó. ¡Qué tontería haberme alarmado por tan poco! Era
pronto todavía. Caminábamos por la popa, la parte más femenina de un barco
porque su redondez casi acredita la idea de unas posaderas. Ninguna brisa
rizaba el agua, el día se anunciaba tan hermoso como el anterior. El balanceo
del navío, el griterío de las gaviotas —navegábamos a la vista de la costa y,
al alba, habíamos pasado ante Nápoles—, el ronroneo casi narcótico de las
máquinas, finalmente, me llenaban de irresistible gozo. ¿Hay algo más hermoso
que huir con la que se ama, reunir la fantasía del nómada y la constancia
afectiva? Cada instante nos acercaba a Asia, y nuestra imaginación, que nada
refutaba todavía, podía decorar a su guisa aquellas lejanas tierras con los más
tornasolados colores. De pronto, en el solárium, entre las tumbonas, vimos a un
hombre haciendo yoga. Erguido como un tallo, vistiendo unos ceñidos calzones y
una camisa flotante, adoptaba con infinita lentitud
Página 47
difíciles posturas,
como una flor que hubiera crecido milagrosamente entre las junturas de
cubierta. En cuanto terminó, nos acercamos a él. Nos recibió sin efusiones.
Había embarcado aquella noche, en Nápoles. De nacionalidad italiana, se llamaba
Marcello y hablaba perfectamente francés. Aseguró que prefería aquel lugar y
aquella temprana hora para practicar la gimnasia: «Es el único instante en el
que puedo posar los pies en el cielo». Mantuvimos una breve conversación: había
pasado dos años ya en la India, y esta vez se dirigía a un ashram cercano a
Bombay. Nos dijo también que la India no era un punto en el espacio sino un
nivel de la conciencia humana, y nos recomendó ir con un espíritu de total
humildad e indigencia. Yo asentía ávidamente, bebiendo sus palabras como si
fueran suero. Aproveché para enumerarle de inmediato todos los libros que había
leído sobre aquel país. Me respondió con escepticismo que no eran los libros
esenciales y que, de todos modos, leer no servía para nada. ¿Qué hacer entonces?
Se levantó y nos dijo:
—Rabindranath
Tagore le pedía a Dios que hiciera de él una caña que pudiera llenarse con Su
música. Aspiremos a ser sólo el mejor instrumento entre sus manos.
Tras aquellas
palabras enigmáticas y casi fuera de lugar en aquel ámbito profano, se marchó.
Temí haber dicho una tontería. Béatrice soltó una carcajada:
—Realmente, a bordo
de este paquebote hay de todo: un sikh indio que quiere hacerse pasar por un
lord inglés, un gurú napolitano que juega a ser profeta, un hemipléjico que se
cree el protagonista de una novela rusa e incluso dos profesores que se las piran
y se creen aventureros.
A mediodía, un sol
admirable penetraba por la cristalera del comedor, reflejándose en el blanco
inmaculado de los manteles. La sala estaba tranquila, a excepción de un grupo
de estudiantes grecoturcos que se enfrentaban, en inglés, sobre la cuestión
chipriota. Sus voces hacían temer una pelea, pero un miembro de la tripulación
acudió a separarlos. Estábamos a mitad de la comida cuando hizo su entrada
Franz, conducido en su silla de ruedas por una Rebecca disfrazada de austera y
fría nurse. Era su primera aparición en público: la alucinante disparidad de
aquella pareja tenía, en su cojera, algo sorprendente y glacial que impuso
silencio a todos. El paralítico bajaba los ojos con una mirada llena de
humildad, como molesto al tener que revelar la miseria de su condición.
Derrumbado en su silla, con un cuello de camisa demasiado ancho que absorbía
toda su
Página 48
garganta, parecía
tan frágil y menguado que me sentí lleno de una instintiva piedad y lamenté mi
condescendencia de la víspera. Rebecca nos saludó en un tono burlón. El tullido
tendió la mano hacia Béatrice.
—La agradable ruina
que le habla se llama Franz. —Una ruina nunca es agradable —cortó Rebecca.
Luego, volviéndose hacia mí:
—Al parecer, «señor
Enojado», ayer noche le echó el anzuelo. Le compadezco, no es muy divertido.
Al oír esta
reflexión, el inválido se sobresaltó como un niño llamado a un orden cuya
severidad conoce, pero no reprueba. Realmente era un pobre miserable y, sin
embargo, aun en su desgracia, mantenía en la mirada un fulgor de maldad. Me
avergonzaba ser testigo de su envilecimiento, pero no encontré palabra alguna
para cambiar de tema.
—¿Ha hecho de
Didier su confidente en serio? —preguntó Béatrice.
—Didier ha hecho un
pacto conmigo.
—¿Y qué le da usted
a cambio?
—Le procuro estados
de ánimo, ¿no basta?
Rebecca no comía
con nosotros; se había sentado en otra mesa, en la que reconocía al comandante
y también a Raj Tiwari. En cuanto su mujer se alejó, Franz pareció recuperarse
y manifestó un buen humor casi jovial. Se inició entonces un extraño diálogo, a
medio camino entre la chanza y la agresión, premonitorio ejemplo de lo que iban
a ser nuestras relaciones durante los cuatro días siguientes. El tullido nos
explicó las razones de su viaje a Estambul: un congreso mundial de acupuntura
al que acudían los mayores especialistas de China popular, y del que esperaba
una mejoría en su estado. Mostraba hacia Béatrice una exagerada amabilidad,
alabando su encanto y su belleza, cosa extraña pues el día anterior me había
confesado su aversión por las rubias. Pero entre cumplido y cumplido, no perdía
ocasión de sacar las zarcas como si quisiera castigarnos porque su mujer le
había humillado en público. Acompañaba cada cumplido con un bocado de hiel que
quebraba de inmediato su efecto, utilizando su estado para hacerse perdonar sus
palabras. Hablaba tan deprisa, mezclando halagos y malignidades, que no nos
quedaba tiempo para seleccionarlas y replicar en algún punto concreto. Nos
preguntó:
—¿Cómo se
conocieron?
Béatrice le
respondió cándidamente, sin desconfiar.
Página 49
—En la biblioteca
de la Sorbona; Didier preparaba su certificado de aptitud pedagógica y yo mi
doctorado.
—Un encuentro
bastante convencional aunque, naturalmente, tratándose de enseñantes, no puede
pedirse demasiada originalidad.
Según él,
parecíamos amenazados por las peores desgracias y estar caminando al borde del
abismo. Afirmó:
—Algo en su pareja,
determinado júbilo tal vez, proclama que cuando están juntos no necesitan a
nadie ni nada.
Amable afirmación
que corrigió inmediatamente:
—Cualquier forma de
amor, por armoniosa que sea, alberga un drama o una farsa latente. Y en el
hombre más honesto siempre hay materia suficiente para convertirlo en un cerdo.
Pero no se preocupen: parecen ustedes una pareja muy prudente, un poco pasada de
moda incluso. Se sientan tan bien el uno al otro como una corbata negra a un
traje gris. Lo digo sin malicia, lo retro está hoy de moda.
O nos bombardeaba,
también, con sobreentendidos acerca de una pretendida infidelidad por mi parte:
—Con una compañera
como usted, ese malvado libertino —me señalaba con la cabeza— nunca debiera
mirar a otra mujer.
—No mira a ninguna
y sólo se muestra libertino entre mis brazos — replicó Béatrice.
Aplaudí su
desparpajo, pero Franz no se daba nunca por vencido. Siguió con sus pequeños
toques o sus preguntas diestramente dirigidas
a lanzar sus dardos
contra la estrechez de nuestra vida y la ingenuidad de nuestros proyectos. Nos
dijo luego que su mujer no comía con nosotros porque uno de los oficiales de a
bordo le echaba los tejos.
—Tiene mucho éxito;
los hombres revolotean como moscas a su alrededor. ¿Cómo es posible, Béatrice,
que los varones de este navío no estén de rodillas a sus pies?
Creí que mi
compañera iba a levantarse pues había palidecido mucho. —No lo sé —repuso
finalmente—; sin duda no puedo magnetizarlos
como lo hace su
esposa.
Al final, aquel
alud de aguijones me irritó. Puede considerarse algo sin importancia; a fin de
cuentas, algunos desconocidos nos provocan cada día sin razón aparente. Sin
embargo, me sentía inexplicablemente ofendido por la ausencia de Rebecca.
Página 50
Me preguntaba por
qué se había convertido ella, y no Béatrice, en el capricho de la tripulación.
¿Y por qué Tiwari, tan atento la noche anterior con mi amiga, la abandonaba
ahora por la esposa de Franz? ¿Acaso mi amante era sólo un recurso a falta de
algo mejor? Nada se libraba de las pullas del enfermo; distribuía condenas y
aprobaciones como el cura distribuye la hostia a sus fieles. Cuando hubo
terminado con nuestra pareja, la emprendió con nuestro viaje.
—Qué extraña idea
ésa de ira la India, cuando hace diez años ya que ha pasado de moda. ¿Saben que
están completamente anticuados? El viaje a Oriente es un género condenado.
—Tal vez la moda
haya pasado —repliqué secamente—. Pero la India persiste y, para mí, no ha
perdido su fascinación.
—Perdone mi
brutalidad, querido amigo, pero deje ya de adoptar ese aire seráfico cuando
habla de Asia; son sencillamente unos donceles de la ruta, y regresarán como
los demás. No quisiera enfriar su entusiasmo, pero permítanme que les cuente
algunas historias. Hace tres años estábamos, con Rebecca, en Bombay.
Regresábamos de visitar el Taj Mahal, uno de los mayores monumentos de la
India, y nos dirigíamos hacia un museo de miniaturas mongoles, que estaba cerca
de nuestro hotel. Descubrimos, en una esquina, multitud de mirones. ¿Se trata
de un accidente, de un fakir, de un encantador de serpientes? Nos detenemos. En
el centro de un círculo, una mujer tiene entre sus brazos un bebé que lanza
estridentes gritos. Mendiga. El niño lleva sobre los ojos una venda muy
apretada. Mi bebé enfermo, dice la mujer en su pobre inglés, y tiende hacia
nosotros la mano. Me presento como médico y pregunto qué enfermedad tiene el
niño. La mujer no responde. Insisto: soy médico, déjeme ver de qué se trata,
estoy aquí para ayudarla. La mujer se niega obstinadamente a entregarme el
pequeño que aúlla cada vez más, aparentemente porque sufre insoportables
dolores. La muchedumbre comienza a insultar a la madre, entonces le arranco el
bebé de los brazos, le quito la venda: en las órbitas tiene dos grandes
cucarachas que con sus garras y sus pinzas roen sin cesar los pequeños párpados
ensangrentados. Furiosa, la mujer huye y abandona a la pobre criatura en mis
brazos.
Dejé el tenedor en
el plato. Franz nos observaba, saboreando el efecto de su infame relato,
gruñendo a veces sin que se supiera muy bien si se trataba de hipo o de
carcajadas. Béatrice fue la primera en recuperarse.
Página 51
—Me parece haber
oído ya esta historia. A usted parecen gustarle los chismes.
—No es eso —exclamó
Franz—, Sólo quiero abrirles los ojos. El famoso pueblo hindú, al que se cree
transido de espiritualidad, está corrompido de un extremo a otro de la escala
social: del brahmán al paria, del ministro al mendigo, son todos un dechado de
avidez; la música, la lacerante música india que os acompaña por todas partes,
es siempre la misma: bakchich, Sir, give me bakchich.
Nos obsequió luego
con otros relatos tan innobles como el primero:
aquella acumulación
de sordidez terminó quitándonos el apetito.
—Obtiene usted su
información en los cubos de basura —dije, con el estómago revuelto.
—¡Ah, qué
deliciosamente ingenuos son! Realmente es necesario viajar en cascarones como
éste para dar con mastuerzos de su especie. No lo comprendo, se arrojan sobre
Oriente como si fuera un cuerpo de mujer. ¿Qué están buscando, Dios mío? ¿Qué
van ustedes a hacer en aquella marea de harapos humanos?
Tragué saliva y
dije con la mayor solemnidad posible:
—Voy a buscar en la
India lo que hemos perdido en Europa: la patria del Ser. Voy como si me
dirigiera a lo esencial: por cansancio de una vida vana y profana.
—En suma, la India
sería para ustedes el espacio de lo sagrado…
Creyendo haberle
impresionado, dije pomposamente:
—En cierta forma,
sí. Y sospecho que no todo el mundo puede mantenerse en el exaltante nivel de
los grandes momentos que semejante país ofrece.
—Manténgase al
nivel del mar —se burló el tullido—; eso le impedirá delirar. A mí sólo me
haría viajar una cosa: que tras treinta años viviendo en Francia, ni siquiera
conozco el nombre de las flores y los árboles más elementales. Pero no quiero
influenciarlos, no tengo derecho a cambiar su elección. Bromeaba, claro; todo
el mundo sabe que Oriente es la suma de los malentendidos que germinan en el
espíritu de los occidentales. Además, no veo qué puede reprocharse a los
turistas; animan los lugares moribundos, son la vida de países siniestros que
sólo despiertan durante los meses en los que ellos pasan, regresando luego a su
sopor. Destrozan culturas porque esas culturas estaban ya dispuestas a morir.
En fin, me
Página 52
siento atraído por
usted y por su compañera por una simpatía, ciertamente oscura, pero cuyas
razones descubriremos sin duda tarde o temprano.
¿Cómo podía, tras
tales protestas de amistad, enojarme o discutir con un ser que, sin embargo, me
daba muchos motivos para desconfiar? Iba a la India con la seguridad de
impresionar y el temor de no ser comprendido. Me prometía hacer hermosas
frases, repasaba citas, fenómenos extraños cuya mera rareza, lo daba por
sentado, me honraría. ¡Y aquél inválido me robaba el efecto! No supe medir las
consecuencias que sobre mí tenía su maledicencia. El espejismo oriental no se
había agrietado todavía, pero yo tenía ya la sensación de haber cambiado de
camino sin poder indicar el momento exacto en el que se había producido la
estafa ni localizar el punto donde nacía la desviación. Me había equivocado
demostrando mi susceptibilidad y él no había perdido la ocasión de morder en
ella. ¿Cómo había descubierto lo que me molestaba? Me enojaba haber resultado
tan accesible.
En aquel momento
llegó Rebecca para llevarse a Franz. Le llamó con voz seca y sin posible
réplica, como si llamara a un criado.
—Espero que no les
haya molestado demasiado con sus tonterías.
Como no puede
caminar, tiene las piernas en la boca.
El esposo había
tomado de nuevo su aspecto de escolar cogido en falta, de geniecillo obediente,
pero seguía charlando y acompañaba su verborrea con una vehemente
gesticulación. Y aunque sólo prestábamos un oído distraído a su discurso,
seguía con sus paradojas, gran pelícano horrible y siniestro que se embriagaba
de palabras como otros se embriagan de bebidas. Al verle con su mujer se tenía
la singular sospecha de la extrañeza de su matrimonio, y cuanto más fuera
entrando en su intimidad más patente se me haría aquella sensación. Mientras él
peroraba, Rebecca nos miraba de arriba a abajo con una sonrisa que sólo podía
calificarse de burlona. La observé a hurtadillas, sin atreverme a mirarla de
frente. Había en ella una faceta de mujer de presa que yo no había descubierto
todavía. La noche anterior, me había mostrado con ella tonto y confuso. Mejor
era pues no volver a verla, que no me recordara de nuevo, con su presencia, mi
torpe comportamiento. Además, me pareció entonces muy ordinaria, muy distinta
del suntuoso retrato que Franz me había hecho la víspera, y aquello me alivió.
—Afortunadamente
somos cuatro y no tres —exclamó el tullido—; ridícula trinidad que sólo debiera
mostrarse con unas orejas de asno y unos
Página 53
cuernos en la
cabeza.
Lo había dicho
mirándome, y me sentí turbado como si intentara crear entre ambos una
solidaridad cualquiera.
Entonces, Rebecca
se inclinó para recoger la servilleta de su marido, que había caído al suelo, y
me apretó la mano por debajo de la mesa. Me quedé pasmado, sin moverme, sin
devolverle la presión. Ignoro cuánto duró aquel juego de manos, pues durante
los pocos segundos que viví la experiencia, me pareció que el tiempo se había
detenido, había quedado tan inmóvil como el aire del salón. Cuando se levantó,
dijo simplemente:
—Vamos, viejo
charlatán; deja de molestar a esa parejita, tienen cosas más interesantes que
hacer.
Haber dicho aquella
frase hizo nacer en su rostro una brusca explosión de alegría. Le encantaba
habernos retratado como los dos brazos de un colgador. Al menos eso me dictó la
melancolía.
—«La parejita» no
se siente molesta en absoluto —replicó Béatrice, y la torpeza de su respuesta
me demostró que se sentía herida, como yo.
En cuanto el
inválido y su esposa se hubieron marchado, estallé: estaba harto de la gente
que, teniendo en su haber dos o tres países más que nosotros, los utilizaban
para considerarse superiores. Béatrice me tranquilizó; a su entender todo el
mundo tenía sus razones; Franz le parecía irritante, pero debíamos tener en
cuenta su enfermedad; por lo que a su mujer se refería, tenía que sufrir el
calvario de su marido. Lo que en realidad me apesadumbraba era ir a un país que
todo el mundo conocía ya y perder así el privilegio de la originalidad.
—No, Béatrice, no
es una cuestión de amor propio. Para mí hay otro Oriente, tal vez una palabra
vacía pero cuya mera evocación posee ya la gracia de un encanto, la belleza de
un milagro. Ese Oriente del corazón, ese lado opuesto de nuestro mundo nunca se
extinguirá, aunque todos los estados de Asia se modernicen, alineándose con
Europa. Inmortal Oriente que no se localiza aquí o allá, que escapa a los
caprichos de la Historia y es el único que favorece las conspiraciones del
entusiasmo tan propias de las almas fogosas…
—¿Por qué no se lo
has dicho a Franz?
—Porque no discuto
con un imbécil para ofrecerle la pobre felicidad de tener razón.
En mi despecho se
mezclaban la cólera de ver burlado mi sueño asiático y la exasperación que me
causaba Rebecca. Aquella muchacha
Página 54
fría y provocadora
me atormentaba como puede atormentar la imagen de una mujer cuya leyenda teje
un tercero. Y aquel intercesor, en vez de ser un obstáculo entre ella y yo,
multiplicaba para mí el valor de la muchacha. Me molestaba que existiera en
carne y hueso: me hubiera bastado el personaje imaginario. Pero ¿qué
significaba aquel apretón de manos bajo la mesa?
Una hora más tarde,
desde Mestre, puerto de atraque de nuestro navío, llegábamos a Venecia en taxi,
acompañados por Raj Tiwari. Teníamos por delante toda una larga tarde, el Truva
sólo zarparía por la noche, a las once. Hacía un tiempo espléndido, apenas
alterado por una brisa yodada procedente de mar abierto. Había pocos turistas;
en el Rialto, Tiwari nos abandonó para visitar, por su lado, la basílica y el
palacio de los Dux, y acordamos encontrarnos más tarde en el café Florian. No
había vuelto a Venecia desde que tenía doce años: esperaba una ciudad gastada,
una ciudad museo; descubrí la juventud misma. Un paraíso entrevisto y la
sensación de estar ante una maravillosa locura disipó mi tristeza. Aquí
comenzaba nuestro viaje; en Venecia estábamos ya en Asia, ni siquiera habíamos
puesto pie a tierra, sólo habíamos cambiado de embarcación.
Tiernamente
abrazados, Béatrice y yo evocábamos con la enfebrecida puerilidad de los
entusiastas, los siglos pasados en los que la ciudad era tan alegre, con sus
carnavales y sus largos insomnios de placer y, sobre todo, bendecíamos el agua
omnipresente, las calles líquidas, la confusión sabiamente mantenida entre
hábitat terrestre y hábitat flotante, llegando a suponer que, por la noche, en
Venecia, los lechos se balancean y es necesario atarse para no caer.
Deambulábamos así, encantados, entre los ruidos apaciguadores por su propia
regularidad, los pájaros de los innumerables jardines, las campanas de las
iglesias siempre vibrantes. Impregnada por la romántica atmósfera de la ciudad
de los amantes, Béatrice me recordó nuestro primer año de vida en común. ¿Cómo
había llegado a amarla? Es algo que no exige explicaciones: era hermosa, culta
y compartíamos la misma afición por las cosas escritas. No teníamos hijos pero
pensábamos hacer uno cuando regresáramos de Asia. Nuestra unión estaba basada
en principios sencillos y sólidos, habíamos elegido la fidelidad por odio a la
dispersión, y abandonado las aventuras por saberlas no esenciales, como otras
tantas existencias posibles y rechazadas. No me sentía obligado: el libertinaje
me ha parecido siempre una prueba de desequilibrio, y eso nos ahorraba las
bajezas, los compromisos, las
Página 55
mentiras de las
parejas desunidas. Aunque viviendo en concubinato, permanecíamos fieles por
desprecio al adulterio burgués. Habíamos rechazado el matrimonio aceptando sus
obligaciones. ¡Y Venecia nos daba la razón!
Cuando estábamos
llegando a una plaza desierta, los ruidos cesaron de pronto. Una melancolía muy
suave, inquietante casi, derramaba sobre todas las cosas una luz sin vida, la
luz amarillenta y pálida de los soles de invierno. El silencio era tal que apenas
osábamos turbarlo con el ruido de nuestros pasos.
—Escucha este
mutismo; es el de los conspiradores y los amantes, el que precede a los grandes
estremecimientos.
Apenas lo hube
dicho cuando de aquella estruendosa inmovilidad de las cosas brotó un grito de
angustia. Creí primero en el llanto de un niño. Pero su insistente repetición,
su brevedad eran, sin duda alguna, de origen animal. Guiamos nuestros pasos por
aquellos gemidos: procedían del puente de la Academia. Un enjambre de bribones
y chicuelos, envueltos en multicolores bufandas, se asomaban por la barandilla
y señalaban con el dedo un punto en el gran canal. Descubrí por fin el objeto
de su curiosidad: era un minúsculo gato negro que había caído al agua y se
debatía para no ahogarse. Cada vez que pasaba un vaporetto o una lancha, el
animalito tragaba mucha agua y los lamentos se estrangulaban en su boca.
Esperábamos que se hundiera de un momento a otro pero, tenazmente, resistía y
proseguía con sus lamentables gritos. Tenía una pasmosa obstinación: no pedía
socorro, daba una orden a la que era difícil substraerse. En la romanza de una
Italia despreocupada, era la voz de un ser que protestaba contra la indiferencia,
la horrible soledad de un animal olvidado en un mundo en el que los propios
hombres están solos. Cuando intentaba acercarse a la ribera izándose con un
esfuerzo, la humedad de las algas le impedía hacer presa y volvía a caer al
agua. Nadaba en redondo, describía círculos que no le llevaban a parte alguna,
se agotaba rápidamente. Cuanto más se alejaba, más milagrosos parecían sus
temporales ascensos, fruto de un azaroso éxito que no volvería a producirse. Un
pequeño grupo de curiosos se había reunido para contemplar al náufrago: el
salvamento del gatito sólo era posible por el agua, pues un jardín privado
hacía imposible llegar a él por tierra, pero las embarcaciones, ensordecidas
por el ruido de los motores, no escuchaban sus gritos. La ansiedad ponía un
nudo en todas las gargantas porque el
Página 56
animalito se había achicado y parecía condenado sin recurso.
Evidentemente
estaba perdido: asistíamos a la agonía.
Entonces, ante la
general pasividad y para lograr que callara aquel grito que me exasperaba como
un remordimiento, me lancé para socorrer al ahogado. Nada tengo de temerario.
Bajé a las bóvedas del puente, llenas de fragmentos de botellas, trepé por el parapeto
y choqué con la reja del mencionado jardín. Una placa indicaba la cancillería
suiza, que, además, estaba cerrada (era sábado). Salté por encima de la cerca,
deslizándome entre dos puntas con el riesgo de clavármelas. Habrían podido
detenerme y, tal vez, encarcelarme: pero la angustia del gato me parecía más
importante que las leyes protectoras de la propiedad privada, e ingenuamente me
dije que un país neutral como Suiza no podía perseguir a alguien por prestar
asistencia a un animal en peligro. Y, además, deseaba secretamente impresionar
a mi compañera. ¿No habría en mi decisión algo de fanfarronada? Pronto llegué
al pontón de la cancillería, pequeño muelle de madera sobre pilotes en el gran
canal; llamé al gatito, le tendí la mano: ebrio de terror, se marchó en
dirección opuesta, lanzando mientras se alejaba sus lamentables maullidos a los
que otros roncos mininos mezclaron sus quejas. No podía hacer más y fracasar
estando tan cerca del objetivo me llenaba de rabia. Vista desde cerca, el agua
perezosa y pútrida que, desde lo alto de la orilla, resplandecía con la vida
solar de los mármoles, tenía casi la consistencia de una melaza. Relentes de
descomposición brotaban de aquella avenida líquida; algo misérrimo, sumergido,
se pudría allí bajo la opulencia de los palacios y las mansiones. Desde donde
me hallaba pude leer una inscripción en italiano realizada con un spray en una
pared: «Demasiado pasado, muy poco presente, ningún porvenir». La corriente
grasienta, cargada de inmundicias, me desafiaba a intentar arrancarle aquel
estruendo peludo y con mostachos que se zambullía en ella inexorablemente.
Desde lo alto del puente, los viandantes me alentaban: el felino estaba ya al
alcance de mi brazo pero seguía sin hacer caso a mis llamadas, hechas sin embargo
en un tono muy dulce. Me estiré tanto como pude: el musgo me hizo resbalar y,
estúpidamente, caí a mi vez al agua. Un temblor helado se apoderó de mí a
través de las ropas, tragué agua, escupí, me debatí. Creo que hubiera preferido
entonces ahogarme a sufrir aquel pataleo en el enmohecido envés de la ciudad.
¡Cómo!, la humanidad era desgarrada por flagrantes injusticias, millones de
niños morían de hambre, doce siglos de historia me
Página 57
habían precedido y
yo arriesgaba mi vida por un gatito. Aquella formidable desproporción me asustó
y me vi enseguida como un ridículo sanbernardo, infeliz caballero de una causa
absurda. Sólo el miedo, creo, impidió que me hundiera de vergüenza, inmediatamente,
en aquel canal que olía a cloaca.
Alcancé en dos
brazadas el ruidoso mosquito, lo lancé al pontón y subí a mi vez. Una salva de
aplausos brotó sobre mi cabeza. Aquella aprobación tranquilizó mi amor propio.
Estaba empapado y puse boca abajo al gatito para que devolviera toda el agua;
inmediatamente comenzó a vaciarse como un odre. Ya no era un gato sino una
pasta, una esponja empapada que palpitaba al ritmo de un corazón enloquecido.
Con los músculos tetanizados, luciendo los colmillos y las garras, vibrando con
un nerviosismo eléctrico, seguía maullando, debatiéndose como si el daño
sufrido superara el simple peligro de haberse ahogado; dada pruebas de un dolor
inmenso, irremediable, para el que no había reparación alguna. En cuanto volví
a la calle, Béatrice se echó a mi cuello, se quitó el echarpe y envolvió al
vociferante bebé; yo habría querido cuidarlo, llevármelo tal vez. Béatrice se
opuso, no era posible conservarlo, a bordo del Truva estaban prohibidos los
animales. Además, ella era alérgica a los felinos. Bastaba con devolverlo a la
colonia de gatos silvestres que habían instalado su domicilio bajo un arco del
puente y que lo cuidarían. El rescatado seguía llorando de un modo desgarrador
y, durante mucho tiempo, su gimiente sirena nos siguió a través de las calles
mientras nos dirigíamos al Florian, donde quería beberme un chocolate ardiente
para calentarme. Estaba lleno de un sentimentalismo estúpido y casi lamentaba
no haber podido convencer a mi compañera para llevar con nosotros al gatito. En
el café, nos encontramos con Raj Tiwari y, pese a su divertida condescendencia,
no le ahorré detalle alguno de mis hazañas. Más exaltado tal vez de lo
conveniente, peroré:
—Hemos desmentido
la leyenda de Venecia. Donde otros celebran la muerte, nosotros hemos devuelto
la vida. Y, a mi regreso, dedicaré mis recuerdos a esta ciudad como humilde
tributo a sus inagotables tesoros.
Al anochecer, mis
ropas se habían ya secado y recorríamos el muelle de los Esclavones, donde
brillaba la nacarada luz del mar, cuando el sol, repentinamente, se ocultó tras
las nubes que se amontonaban por encima del Lido. Las cúpulas, los mármoles,
los cimborios, los dorados se apagaron de golpe, mientras el agua adoptaba un
color lívido. El cielo se
Página 58
oscureció, cayó una
noche prematura. Súbitos estremecimientos erizaron la húmeda superficie del
gran canal, que se estiraba nerviosamente arqueando el lomo. Un viento frío,
lacerante, nos heló la sangre. En pocos minutos, la plaza de San Marcos,
abandonada por sus ocupantes, fue recorrida por una capa de nieve que se
depositaba en las heladas losas; en vez de hundirse en el mar, Venecia, la
friolenta, se ahogaba desde arriba en un océano de blancura; Venecia se
zambullía en el letargo invernal.
Decidimos regresar
al barco; contra la opinión de Béatrice, insistí en ver de nuevo, por última
vez, al mínimo salvado de las aguas. Caminábamos a paso rápido, correteando
entre los copos, lanzándonos bolas de nieve. Las góndolas parecían escarabajos
negros deslizándose por la guata para acompañar algunos funerales. La nieve,
que empolvaba los techos con una ligera capa de plata, extendía en las plazas y
las calles una inmensa y muelle manta que hacía más denso el silencio nocturno,
turbado tan sólo por el crujido de los copos que se consumían en el agua. El
arco del puente de la Academia desaparecía en las tinieblas. Encendí un
mechero. Un grupo de fieras huyó ante la llama, con los belfos encogidos, como
si les hubiera expulsado de la mesa; en el lugar donde se hallaban sólo pude
ver, primero, un montón de lana destrozada, los restos del echarpe de Béatrice;
algo más lejos yacía, panza arriba, una pequeña carroña —que al principio me
pareció una bolsa de piel— con los cuartos traseros medio devorados, bañada en
un charco de sangre.
Cedió bajo mis
dedos con blanda elasticidad: la llevé hasta la luz y reconocí al gatito. Su
lengua rosada, ligeramente salida, descubría unos dientes parecidos a las púas
de un peine. Su rostro estaba torturado por una expresión de inenarrable
terror. Lo envolví en el echarpe y arrojé sus despojos al agua.
Béatrice buscó las
palabras para consolarme, pero no le agradecía en absoluto su delicadeza. Una
perniciosa voz murmuraba a mi oído que la operación había fracasado por su
culpa. Sin su estúpida fobia a los gatos, el minino seguiría vivo aún. Por más
que se excusara, no encontraba para ella circunstancia atenuante alguna. De
regreso a bordo, me dirigí sólo a popa para respirar la nieve con sabor a sal.
Me impuse, pese al frío, una atenta vela, recorriendo pasarelas y escaleras,
maldiciendo en un mismo impulso a mi amante y Venecia, ciudad de los hermosos
sueños y los peores despertares. Permanecí allí largo rato, inmóvil, presa de
sueños residuales, dominado por la decepción y el desaliento, contemplando el
Página 59
puerto sembrado de
indistintas embarcaciones, brillos movedizos ahogándose en el pálido encanto de
los copos que apagaban los ruidos. Cómo me reprochaba haber pintado un episodio
banal con los colores de un acontecimiento, un desafío casi… Estaba sumido en
aquella morosa ensoñación cuando una mano me palmeó secamente el hombro: era un
marinero. Me buscaba desde hacía media hora para entregarme una nota de Franz,
redactada como sigue: «He sabido por Béatrice su desventura de esta tarde.
Créame que la comparto de todo corazón y le invito a consolarse en mi camarote
escuchando la continuación de mi relato». Me sentía tan abatido que toda
proposición me convenía: mi ociosidad y los pocos deseos que sentía de
encontrarme con Béatrice me impulsaron a escuchar los camelos del paralítico.
Parecía muy bien dispuesto; me recibió con una gran sonrisa y, como la víspera,
me ofreció un té.
—Créame, Didier —me
dijo—, que sólo le invito a mis modestos penates para abrirle mi corazón del
modo más sencillo. Y a cambio sólo espero un poco de agradecimiento por haberle
distraído y haberle puesto en guardia contra esa hechicera de Rebecca.
Sonreí ante aquella
advertencia y, apoyándome en los almohadones del lecho, escuché, con oído
distraído primero, la continuación de sus amores:
Perdone, en
principio, a un viejo loco clavado en su yacija, y disculpe el antañón
sentimentalismo y la trivialidad de su historia. Se lo ruego: no juzgue los
desórdenes que produce un excesivo sentimiento. Sepa pues que, tras nueve meses
de vida en común, Rebecca y yo nos encontramos, por segunda vez, en un brusco
acceso de temperatura que iluminó nuestra relación con una claridad sin igual.
En aquel tiempo, pues, mi amante me dejaba suponer que tenía, desde la
infancia, fantasías que se referían al agua, al placer de verla manar, de
regar, de verterla, y aguardaba al ser lo bastante disponible y afectuoso para
permitirle realizar aquellos sueños. Afirmaba querer dar a sus ensoñaciones los
más locos contenidos y pretendía que un volcán dormía bajo su apacible
apariencia. Yo no había prestado demasiada atención a aquellas observaciones.
Debo decir que por
aquel entonces estábamos locamente enamorados y no perdíamos ocasión para
demostrárnoslo.
Página 60
Rivalizábamos en
audacia, y cada uno de nosotros trazaba de sí mismo un formidable retrato que
correspondía, sencillamente, a la altura en la que queríamos colocar nuestros
sentimientos. A cualquier hora del día, en cuanto tenía cinco minutos, Rebecca
venía a mi casa. Yo acababa de abrir en el edificio, con un grupo de médicos,
una consulta en la que trataba enfermedades tropicales. En sus blancas faldas
había movimientos de deseo, brotaba de ella una perfumada calidez. Yo
pretextaba una urgencia y nos abrazábamos allí, en el suelo o sobre la mesa de
consultas, que conservaba todavía la huella del último paciente, como dos
dementes con el tiempo contado a los que no les bastaran los segundos para
saciarse el uno del otro. El juego preferido de Rebecca era venir
increíblemente ataviada, blindada de ropa interior, llevando por coquetería dos
o tres enaguas a las que llamaba la modesta, la bribona y la secreta,
imbricadas en un complicado sistema de portaligas, con una multitud de
obstáculos llenos de encajes; a veces superponía dos trabajadas braguitas,
preservando un misterio que ella deseaba absoluto; luego, de pronto, abriendo
conductos a través de su lencería íntima, apartando puertas y angosturas, me
abría paso hacia sus Lugares Santos, aún permaneciendo vestida, digna y
honorable. Verla me parecía un milagro; en aquella mujer se mezclaban los
signos: puta, madre, esposa, musa, lolita, niña, jugaba con los papeles de la
feminidad y, en mi adoración, la veneraba como un átomo que irradiara
humanidad.
En el seno de
aquella plenitud estalló la fiebre que debía relegar a los limbos la primera
pasión. Nuestras desviaciones comenzaron una noche de invierno, en la
habitación de un hotel de Londres donde pasábamos el fin de semana. Estábamos
mirando la televisión. Perdone lo prosaico, así es la época: estaban pasando
uno de esos programas insulsos pero cautivadores que son el maldito encanto de
ese invento, sin sospechar por un instante que pronto íbamos a apartarnos de
tan apacible contemplación. Parpadeando, atontado por una consistente comida,
estaba a punto de adormecerme en el mismo suelo mientras Rebecca, sentada
oblicuamente ante el aparato, vestida con una simple camiseta malva, estaba
desnuda del ombligo hasta los pies. De pronto, cuando hacía ya unos minutos que
estaba retorciéndose, abrió las piernas y lanzó contra la pantalla un
Página 61
pequeño chorro,
como si quisiera apagar su animada verborrea. Aquel abandono me electrizó. Fue
un detonador cuya sacudida resonó interminablemente en mí. Desperté de pronto.
Me acerqué a ella y, sin decir palabra, me tendí en el suelo. Nos contemplamos
con una de aquellas miradas preñadas de tempestad que determinan los actos
esenciales. Ella misma, como si el papel le resultara familiar desde hacía
tiempo, se agachó sobre mi tórax, se arremangó la camiseta hasta los pechos y,
en breves pero violentos chorros, soltó sus aguas sobre mi cuerpo. Me inundó
por completo, manteniendo mi cabeza apretada entre sus rodillas, obligándome a
beber a largos tragos sus líquidas bondades, hasta la saciedad. Temo no poder
transmitir la emoción que me dominó entonces: fue una verdadera conmoción, un
trastorno de todos mis nervios, un golpe en mi cerebro. Hasta entonces no había
conocido goce más sublime: aquella catarata de oro que caía espesa, implacable,
me azotaba la piel, cubría mis narices, abrasaba mis ojos, me envolvía en una
cálida capa en la que me bañaba, mancillado, dolorido, lleno de aquel elemento
que deja en el paladar el agrio sabor del chalote.
Todas las clases de
agua participan en nuestra santificación, una vez que se ha invocado a Dios
sobre ellas. Pero la orina de Rebecca era preciosa por más de una razón; miel
de oro y de azur, luz viva y resplandeciente, componía una espada de fuego que
me hurgaba con su ardiente hoja, un astro fluido y fugaz que me clavaba al
extremo de su cometa. Era un arroyo irónico, una cascada de ruidosa alegría, un
gorjeo pueril, un gluglú de locos licores que vivían, cantaban, respiraban.
Creí escuchar, en aquella fuente, la cháchara de un niño, un bribonzuelo que me
invitaba a rumorear con él. Abandonándose sobre mí, Rebecca se dotaba de un
pene efímero y vigoroso que clamaba su poder antes de morir y renacer. Nacida
de su carne, aquella cuerda rubia era su alma palpable, y me encerraba bajo su
lluvia como en una caverna uterina. Aquel maná lechoso me redimía de mis
faltas, me paría por segunda vez, era mi Ganges, mi íntimo Nilo en el que me
despojaba de los achaques de la edad, desafiando la muerte y la decrepitud. Brotando
de la admirable cintura femenina, acarreaba la humedad de un mar arcaico, la
preciosa mucosidad, el elemento universal de la vida. Si, por fin, añado que su
corriente la liberaba de toda impureza, comprenderá los deliciosos
Página 62
sentimientos que se
apoderaron de mí durante aquella mágica aspersión.
De este modo,
aquella primera vez inauguró una larga serie de milagrosos manantiales. Había
cogido los vicios de Rebecca como se coge una enfermedad por contagio de amor,
pues el otro, si se le idolatra, os inocula sus más íntimos gustos. Forjaba con
todo detalle, en mi piel, aquellas inclinaciones de las que yo no tenía la
menor sospecha, liberaba en mí desconocidas pulsiones. Necrófila o fetichista,
Rebecca me habría contaminado del mismo modo, tentadora princesa, capaz de
despertar unas fuerzas que, sin ella, habrían dormido por toda la eternidad.
Estaba ya inflamando mi imaginación con otras locuras que me sugería con medias
palabras y cuyas alusiones bastaban para sacarme de mis casillas. También ella,
fuertemente conmocionada por aquella experiencia cuya densidad había superado
su fantasma, sentía inmensos deseos de ir más allá. Lanzándonos al reino de la
pura fantasía, sólo podíamos, lógicamente, caer en lo extremo.
Y con razón:
teníamos una concepción demasiado santa del amor como para limitarnos a
actitudes tan corrientes como el coito, la sodomía o la felación. La perversión
no es la forma bestial del erotismo, sino su parte civilizada. Copular es cosa
de bestias; sólo la desviación es humana, pues impone una mesura a la barbarie
de los órganos y construye un arte complejo recreado, sobre una naturaleza
simplista. Hay algo de artista en el perverso, de un artista que comparte su
suerte con un sacerdote, en un mismo fervor por el artificio.
Resumiendo, con el
tiempo nació el orgullo; todo nos distinguía de las demás parejas, no éramos
unos amantes ordinarios. Habíamos ampliado el sentido de la palabra
libertinaje. Eso nos volvía, al mismo tiempo, distantes y vanidosos. Yo tenía
un sueño de modistilla: vivir una pasión de la que no regresara. Por fin, me
decía, voy a conocer un erotismo inspirado, alejado de la estúpida bestialidad
a dúo; quería adquirir vicios duraderos, tan espontáneos como el ritmo cardíaco
y que exigieran ser satisfechos inmediatamente. Ahora todo se hacía por orden
de Rebecca, y admiré en ella aquella actitud para el invento que superaba de
largo la mía. En adelante, cada vez que me prestaba a la cópula me parecía
estar jugándome la vida.
Página 63
Rebecca me dejaba
esperar mucho y otorgaba menos, regateo que me exasperaba. Si esquivábamos los
preliminares, si la penetraba sencillamente, al modo de los cretinos, tenía una
sensación de falta de plenitud que para mí se asimilaba a un castigo. Se trataba
de un sutil adiestramiento: aprendí a contenerme el mayor tiempo posible y la
excitación acabó sirviéndome de satisfacción. Gracias a ello, nuestros abrazos
se repetían sin parecerse. Cada ducha dorada era precedida de un severo
correctivo: no vaya a creer que caíamos en el masoquismo, pero no es posible
despertar una fantasía sin sacudir todas las demás, pues esa maraña pasional
tiene las ramas; los tallos, los troncos y el follaje entremezclados. Nuestros
juegos utilizaban como aliado una especie de masoquismo que les servía de rampa
de lanzamiento. Naturalmente yo había considerado siempre como una felicidad
suprema la posibilidad de ser, en cuerpo y alma, el esclavo de una mujer
hermosa y altiva, degustando una innegable relación entre la voluptuosidad y la
humillación. Deseaba a aquella mujer dura y pretenciosa, acostumbraba a recibir
como un tributo todo lo que se le debía. Deseaba en el abrazo, y sólo en el
abrazo, redimir las faltas de la especie viril, reparar las injusticias que,
desde siempre, hacen sufrir a las mujeres. Inclinaba también la cabeza ante una
cultura que mis antepasados habían querido tener a su merced, me prosternaba
ante el judaísmo, víctima de genocidio, y ante el colonizado Islam, reuniendo
dos sufrimientos en una sola persona, y aquella concentración me era más
preciosa que todo lo demás.
Afirmándolo, me
convierto en blanco de las burlas; sin embargo, el dolor me permitía encontrar
un lugar, a mí, que no me sentía de lugar alguno. Hoy, naturalmente, tras todas
esas razones, presiento una culpabilidad teatral, un tartufismo de puro orgullo;
pero por aquel entonces celebraba nuestras saturnales con auténtico deleite,
pidiendo a aquella mujer una brutalidad proporcional al poder efímero que le
concedía, que desaparecía en cuanto nos separábamos. En aquel compromiso, mi
conciencia podía satisfacerse sin ponerse en peligro. Yo ganaba en todos los
tableros: en la cama era el crucificado, en los demás lugares el tirano
doméstico, y vivía mi voluptuoso fraude como si fuera una auténtica pasión.
Rebecca se deleitaba más todavía, muy feliz tal vez de poder tomarse, en el
amor, la revancha de la vida. La severidad de un
Página 64
inflexible
ceremonial regulaba nuestros retozos: primero nos embriagábamos de haschís o de
hierba, bebíamos abundantemente y poníamos a todo volumen la música árabe.
Rebecca llevaba tacones muy altos pues yo deseaba ver sus pies calzados con
tacones de aguja, cuyo nombre habla del pinchazo, de la persecución; ataviada
con todas las chucherías de oro y de plata que llevaba en las orejas, las
piernas, los brazos, la garganta y hasta el pecho, con los párpados
maquillados, las aleteantes pestañas poniendo de relieve su impasible rostro de
ídolo, sofisticada, preciosa, severa, cubierta apenas con un pequeño triángulo
de oro, me hacía dar vueltas a su alrededor obligándome a arrullar como una
paloma o cloquear como una gallina. Le rogaba que me utilizara como un
taburete, una estera, me hallaba bajo su yugo; ella me golpeaba, me arañaba, me
ataba las manos a la espalda. Yo reptaba por la alfombra, por el helado suelo
de la cocina, del cuarto de baño, sacando la lengua como un perro y, de
rodillas, me levantaba hasta su entrepierna. La situación insuflaba a sus
músculos un magnetismo que me llenaba de estupor: al ver su vientre hinchado,
redondeado como un pecho, densa y palpitante coraza dispuesta a romper sus
diques, yo era sólo ya una planta que aspiraba al agua del cielo. Entonces me
ordenaba lamerla y luego, cuando ya no aguardaba nada, tomaba mis cabellos con
ambas manos, echaba atrás mi cabeza y se liberaba sobre mí, dura, salvajemente,
obligándome a bebérmela hasta saciarme como si se tratara de una bota. Aquella
lluvia era el carburante erótico que nos ayudaba a inflamarnos. Prisionero de
aquella membrana líquida que no dejaba resquicio alguno para la vista, el oído
o la boca, aislado del mundo por aquella cálida cortina, me sofocaba, me
ahogaba, sin saber ya si abrazaba a una mujer o a un Dios, perdiendo la
conciencia de mí mismo, olvidando mis límites, jadeando de adoración por la
oficiante que celebraba sobre mí aquel rito sagrado. Ese despliegue urinario
parecía una fiesta de luz, una reverberación que se convertía en chispeantes
burbujas, en cascadas de fósforo. Y cuando estaba inundado por aquel baño
ardiente, nos frotábamos el uno contra el otro, y nuestras húmedas pieles
resbalaban como las húmedas escamas de dos peces acariciándose en el fondo de
los mares, sumiéndonos en el universal océano de su feminidad. Luego, mi
graciosísima diosa se plantaba sobre mí y
Página 65
buscaba el goce
como un cielo cargado busca el rayo que lo reviente. Eran interminables
convulsiones, una serie de truenos que ella exigía gritando y suplicándome que
me moviera. Por mi parte desfallecía de goce, y en el paroxismo de la felicidad
soñaba en quedar fulminado por el éxtasis. De ese modo, bebiendo las
secreciones de mi heroína, chupando su verga de oro, iba trabando amistad con
su lujosa naturaleza, portadora de aguas, cuyo cuerpo me complacía imaginar
sembrado de estanques, de bolsas acuíferas, de cuencas de decantación. La
fuente de Rebecca gozaba de un microclima subtropical donde los monzones eran
interminables. Aquella abundancia de precipitaciones explicaba la proliferación
de los altos yerbajos que crecían a su alrededor. La piel, antes de volverse
muy suave, necesita la prueba de su contrario: un tapiz rugoso rodea la tierna
mucosa, la naturaleza ha creado allí, buscando la poesía, un puro contraste
dispuesto para que se extravíen las torpes manos de los cazadores furtivos. El
misterio de la micción se confundía, para mí, con el misterio meteorológico de
la lluvia y los cursos de agua. Mi imaginación hacía llegar hasta el nivel
cósmico aquellos pobres incidentes de mi vida privada, haciéndome partícipe de
un ritmo universal que me libraba de la soledad. Así, por pura devoción, me
convertí en el climatólogo de los licores íntimos de Rebecca. El alcohol, los
alimentos ricos alteraban su sabor y su olor. Cada emisión era para mí motivo
de placer y de saber. Le daba té de jazmín, de naranja, de albaricoque, el más
perfumado, el más diurético, tejía correspondencias entre el azúcar especial de
cada fruto y su disolución en una fuerte corriente, luego iba a degustar, en la
fuente, las mezclas, las modificaciones que el cuerpo había hecho sufrir al
brebaje. A mi modo, me había convertido en catador de agua, como los hay
todavía en Estambul: una crisis hepática daba un especial sabor de acetona, la
ansiedad trastornaba el aroma, la fiebre la infectaba, las grandes caminatas
aceleraban el chorro. Por fin pude predecir sus enfermedades lamiendo,
simplemente, algunas gotas cotidianas. Y además, cuando Rebecca se aliviaba en
la naturaleza, yo admiraba la belleza de aquella mujer agachada cuyos labios
besaban el suelo hasta el punto de que ya no se sabía si era la tierra o el
vientre quién arrojaba al otro su géiser. En fin, las amistosas salpicaduras de
Rebecca recreaban en mí tres personajes:
Página 66
el amante, el niño
y el sabio.
Pero pronto
necesité algo más: me pareció que el amor por los conductos secretos de la
mujer debía extenderse también a los productos que emiten. Hay que reunir en
una cadena de sucesivas simpatías lo que disociamos. En virtud de ese
principio, franqueamos una nueva etapa en nuestra desvergüenza. Hablando en
términos médicos: si ya era ondinista, me convertí en escatófilo. Hacía mucho
tiempo que Rebecca, deseando reconciliarme con sus deyecciones, me reprochaba
adular su vulva y desdeñar su vecino de rellano. Admití aquel abusivo
favoritismo y acepté democráticamente su extensión. He aquí cómo me acostumbró
mi tierna amiga a comulgar con ella bajo las especies sólidas y líquidas:
primero me hizo notar y palpar sus zurullos cuando iba al excusado. Los ponía
en un plato y me los hacía oler, me familiarizaba con su presencia. Luego,
progresivamente, exigió que la limpiara con mi lengua después de la emisión,
juzgando acertadamente que la presencia del orificio acallaría mis
vacilaciones. Cuando estimó que mis prevenciones —a las que llamaba prejuicios—
habían sido parcialmente superadas, se decidió a una iniciación total. Yo
mismo, por miedo a descomponerme, le rogué que terminara de una vez por todas y
me liberara, advirtiéndola de que sólo simpatizaría con sus poluciones en un
estado de gran euforia sensual. Cuando llegó el día y la hora fijados, Rebecca,
que lo había organizado todo, me ató para que no pudiera huir, me embriagó de
droga y alcohol, se puso sus más arrebatadores atavíos con los cabellos peinados
hacia atrás enmarcando su cara como una copa de satén, y me acarició largo rato
para relajarme. Luego, volviéndose de espaldas, se acuclilló sobre mí, con su
trasero suspendido encima de mi cabeza, amenazando con aplastarme, cubierto con
una prenda de lencería que sólo dejaba al descubierto la raja: le supliqué que
me pegara, que me desgarrara para que la excitación mantuviera alejada mi
repulsión, le pedí una puesta en escena salvaje, grandiosa, que me salvara del
horror, de un deseo pánico de evitarlo. Rebecca me preparaba verbalmente para
la comunión, acompañando cada esfuerzo con una palabra, comentando cada
movimiento de sus vísceras. «Come», murmuraba, «soy redonda y reluciente,
regálate con mis intestinos, degústame lentamente, come el barro que serás
Página 67
algún día, come tu
futuro cadáver». Yo estaba en trance, como frente a la muerte, en el filo de la
navaja, listo para caer en el espanto o el éxtasis, consciente de estar
llevando a cabo una experiencia fundamental. Debía tener ojos de alucinado; por
aquellos orificios de los que venía a mí todo un mundo de excesos, sentí la
proximidad de monstruosos apetitos, un oscuro impulso hacia las materias
enterradas bajo el cálido cuero, y creo que, maquinalmente, abrí la boca hecha
saliva. Si relentes de aversión llegaban a mi cerebro, los expulsaba pensando
en las negras flores que se abrían en las tripas de mi amante, en toda aquella
noche cuyos fabulosos ramilletes iba a regalarme. Hubo algo espantoso cuando el
ciego ojo de su culo se abrió desmesuradamente y ambas nalgas se separaron en
un terrible esfuerzo para vomitar de pronto, como una flecha blanda, un
gigantesco zurullo. Por un instante tuve la sensación, ciertamente cómica, de
que su trasero me sacaba la lengua, de que un hombrecito se burlaba de mí, luego
la cosa me cayó en la barbilla con un ruido apagado y blando. Llevé a mis
labios un fragmento de aquel queso de inmundicias que chorreaba por mi cuello.
Era cálido, viscoso, infame; yo estaba asqueado pero salvado, había dado el
paso, y superando mi miedo me había asido a aquel moco negruzco y hediondo.
Detuve aquí al
tullido; ya tenía bastante, no estaba de humor para tolerar sus asquerosas
divagaciones. Me indignaba menos el tema que el calor con el que lo envolvía.
No tenía derecho a hablar de aquellas cosas repugnantes con el fervor casi
religioso de un fiel hacia su Dios. Me levanté con los brazos colgando,
intentando salir de aquel lodo, pero las manos de Franz, cangrejos de aceradas
pinzas, me habían agarrado ya, y con aquella autoridad que me impresionaba, me
dijo:
—No se haga el
mojigato. Sólo intento comunicarle mi entusiasmo, hacerle partícipe de una
iluminación. Flaca excusa, lo sé, pero ¿qué son nuestras torpezas comparadas
con las monstruosidades de la historia? Me reprocha usted que ponga al
descubierto un refinamiento que sus torpes sentidos no perciben; multiplico los
caminos que llevan al amor en vez de utilizar los dos o tres senderos que las
costumbres y las conveniencias
Página 68
permiten. Oh, ya
imagino que sus retozos con Béatrice deben de ser muy higiénicos y
convenientes…
—¿Con qué derecho
nos juzga? Al menos, tenemos el pudor de no exponer en público nuestros
abrazos.
—¿Pudor? Diga más
bien que los ocultan porque no hay nada que decir, son demasiado conformistas.
Piénselo bien, supere las apariencias.
Nada era menos
libertino que mis juegos con Rebecca; nos entregábamos a ellos por desafío:
ambos fanfarroneábamos con el miedo de que el otro le tomara en serio y fuera
más allá; y cuando el otro había mordido el anzuelo, la apuesta era arrojada de
nuevo al tapete con la esperanza de que no fuera superada. Nos medíamos en
sensuales justas como otros se provocan con el ejercicio físico o la poesía.
¿Puede su estómago de pedagogo digerir este pensamiento? Por favor, no me
interrumpa más; por otra parte, pronto habré terminado.
Para mí, lo más
sorprendente de aquella experiencia había sido la metamorfosis del ano. Conoce
usted su pudibundez en las mujeres, que contrasta con la frondosidad del sexo.
Es un rosa minúscula, secreta, pero que se hincha al menor impulso,
convirtiéndose en un pez rojo que bosteza en un bocal. Hay en ese anillo todo
el misterio poético de la desproporción, el del cuento oriental del camello que
pasa por el ojo de una aguja. Y además, el aspecto obstinado, tozudo,
desesperadamente fatalista de la mierda que cuelga y sabe que va a caer, que no
puede volar porque no es una paloma sino una tiniebla consistente condenada a
la caída. Resumiendo, a partir de aquel día, me convertí en el orinal de
Rebecca, en su letrina, su cloaca, su tierra para abonar, sus sentinas, su
excusado: a la menor necesidad, vertía en mi boca la abundancia de sus bien
alimentadas entrañas. Abofeteado por sus manos, abanicado por sus pedos, regado
por sus lluvias, abonado por sus deyecciones, me convertí en el guardián de su
entrepierna, el benevolente observador de sus entrañas. Como los excrementos de
Mahoma, según el Corán, los de Rebecca estaban perfumados. No había dos que
tuvieran el mismo aroma, según lo que había comido la víspera y la duración del
Página 69
tránsito. Y además,
todos dejamos algo de nuestra alma, de nuestros humores, en las deposiciones: a
cada exoneración degustaba yo el oscuro trabajo de la maquinaria orgánica,
sopesaba, evaluaba los hermosos lingotes de chocolate que ella había puesto. Mirándola
comer, pensaba con estremecimiento en todas esas sabrosas delicadezas que iban
a convertirse, entre el estómago y el colon, en un tren de nauseabundas y
asquerosas basuras. Muy a menudo, si sólo podíamos vernos por la noche, decidía
no evacuar, demasiado sentimental como para privarme de ello, guardando sus
tesoros en el interior de su hermosa caverna, cerrando su velludo horno que
vaciaba golosamente en cuanto llegaba. Era para mí un verdadero goce limpiarle
el culo, me relamía con aquella cloaca, mis labios festejaban la espuma de su
pozo negro y aquellos ásperos besos eran embriagadores como el vino.
Palidece usted de
asco. Intente comprenderme: nada se ama si no se ama por completo, y yo
realizaba por amor esas divinas porquerías porque el cuerpo de Rebecca tenía
para mí la densidad de un joyel; todo lo que de ella procedía estaba marcado
con el sello de lo sagrado, amaba aquella entinieblada prosa porque amaba a su
autor. Rindiendo culto a sus bajas materias, las transfiguraba; en un decorado
de servicio público, me volvía angélico a fuerza de ser bestial. Nuestra
admisión en el círculo de los ardientes exigía el padrinazgo de las más altas
instancias: adivinaba que Cielo e Infierno asistían jadeantes a los menores
sobresaltos de nuestra caída y le garantizaban el fervor de una elevación. Y
cuanto más me deleitaba en la superficie, más deseaba rendir homenaje al
interior, asir las raíces; besar el hígado, las vísceras, la sangre, la linfa,
para que ni un solo temblor de aquel organismo escapara a mi escrupulosa
devoción. Aquella práctica tenía el encanto de los estuches de nuestra
infancia: se pega el ojo a un orificio minúsculo para ver desplegarse todo un
panorama. Pegando mi boca al cráter de Rebecca, me hacía testigo de los
misterios de su interior, vivía la vida de sus paredes ventrales, de su tejido
muscular, de los latidos de su corazón. Teníamos amores que olían a estiércol,
pero convertíamos aquel estiércol en un encanto. Lo más bajo mostraba íntimas
relaciones con lo más elevado, lo que hubiera debido disgustarme me parecía
suave, el asco me galvanizaba, un sentido superior a todos
Página 70
los demás
trascendía mi repulsión. Sacudía con todas mis fuerzas las cinco barreras
entreabiertas y encadenadas que denominamos los cinco sentidos, derribaba las
fronteras que aprisionan el sistema nervioso. Había también orgullo en mi
deseo. Nada más vertiginoso que triunfar sobre el asco: se obtiene un mayor
poder, se adquieren nuevas antenas, se hacen retroceder los límites del propio
cuerpo. ¿Qué es la repulsión si no una sucesión de injurias dirigidas a la
materia? La victoria sobre la náusea es siempre la bisagra de una ambivalencia.
«Mierda», parecemos decirle, «no me intimidarás ya, te domesticaré, extenderé
sobre ti mi poder». Es una provocación caníbal: tragamos lo que nos repugna
para no tener que temerlo.
Rebecca, por su
parte, se sentía halagada por mi diligencia en recoger las sucesivas
perfecciones de su individualidad. Y además, envolviéndome con su lava
intestinal, engualdrapándome con ella de la cabeza a los pies, me convertía en
el hijo que acababa de expulsar de su vientre y que lloraba todavía, manchado
por la placenta. Me acostumbré a aquella pastosa caricia, a aquel limo que se
insinuaba en mí, amados desechos que me liberaban, lanzándome a ella, de la
bajeza de mi extracción. Nuestro cuerpo se había balcanizado, había dado
vacaciones a los erotismos periféricos como un imperio disgregándose a la
muerte de su Napoleón y cuyas provincias se convierten en reinos. Eramos una de
aquellas parejas «modernas» que se lanzan al asalto de la antigua perversión
médica para sazonar lo cotidiano y caen en la experiencia por gusto a lo
desconocido. En aquella época, me repetía ingenuamente adoptando una pose:
quien no ha bebido, quien no ha comido de su amada hasta la embriaguez, quien
no ha sometido su cuerpo a sus más inconfesables fantasías, no ha sabido nunca
lo que es amor. Y me sentía orgulloso de pertenecer a esa casta de elegidos que
creen haber conocido el infierno y lo llaman pasión.
¿Qué podíamos
hacer? No teníamos referencias ni modelos. En ausencia de cualquier arte de
amar, el acto amoroso se convierte en Occidente en la suma de todos los modos,
lícitos o ilícitos, de abrazarse. Puesto que en el amor nada es sucio, como
dicen las almas benditas, el principio de novedad substituía en nosotros el
principio de placer. Buenos ciudadanos en apariencia, pareja enamorada pero, en
el secreto de la alcoba, rebeldes, liberados, proscritos que
Página 71
trastornaban las
convenciones y desafiaban el orden establecido. Con nuestros amigos
practicábamos también la ambigüedad sistemática: sin desvelar nada de nuestras
costumbres íntimas, les dejábamos suponer que no carecían de originalidad.
Cuando preguntaban detalles, Rebecca y yo nos mirábamos con aire conmiserativo
y nos atrincherábamos tras el obligado pudor… Divididos entre el deseo de
presumir y el miedo a decepcionar, permanecíamos alusivos. Otros, sin duda, han
llevado más lejos esta exploración y no han dudado ante las peores pruebas.
Comparados con los perversos profesionales, éramos sólo gnomos farfullantes.
Sin embargo, desde lo alto de aquellos fragmentarios goces, despreciábamos a
los sencillos amantes empeñados en su mecánica voluptuosidad. No nos sentíamos
feos, con esa lasciva fealdad que es la mueca del puritano ante el placer, sino
distintos: adelantados a nuestra época, próximos a lo sublime. En mí, algo
heroico decía: admitir lo bajo, lo obsceno, lo vulgar es el único medio de
evitar la verdadera obscenidad, que es la ignorancia de la basura, la actitud
de las almas buenas. Habíamos llegado a una cima en la que los humildes goces
del valle nos asqueaban. Al excluirnos del común de los mortales, nuestras
anomalías nos engrandecían, confirmaban el carácter excepcional de nuestro
afecto.
¿Qué cree que
hacíamos, por ejemplo, tras haber degustado hasta la locura nuestras indigestas
intimidades? Nunca lo adivinaría: nos mimábamos, nos apretábamos el uno contra
el otro y palpitábamos suavemente en una cálida quietud, sin peso apenas,
estremeciéndonos a veces con un beso, acunándonos en una luminosa dilatación de
nuestro ser. Cada miembro era un halo de calor específico, el hombro, las
caderas, los brazos tenían su propia temperatura que se comunicaba a la piel.
Aquellos abrazos ponían en nuestros retozos pausas de silencio, una
tranquilidad de aguas estancadas en la que recuperábamos nuestras fuerzas.
Luego, atemperándose la emoción, recuperando la sangre su flujo, nos
adormecíamos, dejando que nuestros alientos dialogaran al apaciguado ritmo de
nuestra respiración. A la mañana siguiente, recordando la velada, nos reíamos
enloquecidos: repetíamos las decepcionantes palabras del goce; decíamos de
nuevo, en frío, en un tono de comedia, aquellas frases balbuceadas entre
jadeos.
Página 72
Lingüistas del
vicio grotesco, nos burlábamos el uno del otro, yo de sus gritos capaces de
despertar a un muerto, ella de mis lamentos de palomo enronquecido. Payasos de
voluptuosidad, recordábamos así, con nuestras chanzas, para mejor exorcizarlo,
el gran tormento que la víspera nos había hecho rozar el abismo. Pues hay un
riesgo que acecha a los aficionados a las rarezas sexuales: cultivar el aspecto
maldito, de príncipe de las tinieblas o ángel negro, cuando en lo más profundo
de la abyección subsiste un porte meticuloso, ordenado, cierta faceta de chica
de servicio o viejo solterón que quita el polvo a los muebles. La perversión
necesita orden, y ese orden le impide adoptar la pose del gran desbarajuste. En
fin, muy lejos de vernos roídos por aquel libertinaje, nos habíamos instalado
en él como otros lo hacen en la cocina. Gorjeábamos en pleno estupro, nos
amábamos confortablemente encerrados en el círculo de nuestras fantasías.
Queríamos aprender a toda costa las más bajas rúbricas de la corrupción, pero
sin engañarnos. Mientras todos los amores tienden al equilibrio, tan
irremediablemente como una mezcla de agua caliente y agua fría da agua tibia,
habíamos puesto en el nuestro una fuerza antagonista, un principio de
complicación que drenaba las esparcidas energías y volvía a verterlas en el
circuito pasional. Queríamos proteger nuestra historia de la desgracia de ser
inteligible y simple. Nos arrojábamos a la intemperancia con una enérgica
franqueza, desafiando nuestros ascos y poniendo en ello una especie de orgullo.
Era inútil dramatizar nuestra mala conducta: no cesábamos de darnos, por todos
los medios, pruebas de una creciente y recíproca pasión. ¿Nuestro ascenso a los
grados más elaborados del goce sensual no traducía acaso el famoso refrán «algo
más que ayer, menos que mañana»?
Aquellos tiempos de
locura y fiebre ardiente duraron casi ocho meses, en los que sólo tuvimos un
pensamiento, un objetivo, un único tema de conversación. Aquellas inclinaciones
habían cambiado el color de mi vida: no podía dar un paso, hablar con alguien,
hacer una receta, leer una revista sin que una asociación de ideas me
devolviera a las suntuosas delicias en las que me zambullía con Rebecca. Era
imposible regresar, desde aquellos extremos, a las regiones medias de la vida;
por lo tanto debía hundirme más aún, proseguir, y yo, que en mi especialidad
manejaba durante todo el día
Página 73
análisis de heces
contaminadas o de mancillada orina, sólo tenía una idea en la cabeza:
zambullirme por la noche en las adorables deyecciones de mi amante, reanudar
como ella decía, nuestras sesiones de boca a bosta. Mi alcoba, cuyo acceso
impedía a los amigos, se había convertido en un arsenal digno de un sex-shop,
llena de penes artificiales, peras para lavativas, clisteres, disciplinas,
prendas de cuero, esposas, calzones desflecados, anillos con púas o
protuberancias, verdadera sala de torturas medieval en la que sólo faltaba la
desgarrada sombra de Cristo en su cruz. Cuando mi hijo venía para su visita
semanal, lo guardábamos todo en un armario cerrado con llave y nos absteníamos.
El resto del tiempo, mi amable torturadora dejaba estallar sus instintos de
mujer nerviosa con inaudita violencia: la sangre de sus padres, aquella sangre
árabe que ardía en sus venas, comenzaba a correr, a palpitar furiosamente en su
cuerpo. Poseía una vitalidad brutal de la que yo carecía y que me producía
largos estremecimientos que me recorrían de los pies a la cabeza. Buscaba sus
besos con una obstinación de animal hambriento, y ella me lanzaba a la piel
salpicaduras de fuego; ofreciéndose a mí, inalterable y altiva, colmando todas
mis aspiraciones a vivir más arriba que en la calma de los saciados sentidos.
Después del amor me gustaba especialmente su rostro fatigado, envuelto en rocío
como un hermoso fruto. El cansancio hinchaba y dulcificaba sus rasgos, y en
aquellas masas redondas y lisas se leía el placer infantil y profundo de haber
ido tan lejos y de haber regresado intacta, feliz, aliviada.
Nuestras malas
costumbres nos llevaron a inventar toda clase de pequeños libertinajes
indecentes. Por ejemplo, a veces, por la noche, Rebecca orinaba sobre mi
pierna, y yo despertaba empapado, lleno de frío, escuchando su risita bajo las
sábanas que me reñía por haberme hecho pipí en la cama, como un bebé. Otras
veces, en una velada, me llevaba al excusado, metía mi cabeza entre sus
piernas, se aliviaba y, sin darme tiempo a secarme, me llevaba de nuevo a plena
luz, con los cabellos pegados, el rostro húmedo, olisqueándome con asco delante
de todos. Cuando estábamos solos en el campo y sentía súbitos deseos, derramaba
sobre mi cabeza un pequeño diluvio primaveral, y yo contemplaba hechizado las
gotas límpidas y cristalinas que temblaban como perlas en las adorables
pestañas de
Página 74
su sexo. En cierta
ocasión, cuando nos dirigíamos a Venecia en un tren nocturno del
Simplon-Express, en la estación de Domodossola me obligó a meterme debajo del
vagón y beber, por el tubo de evacuación de los lavabos, el chorro que ella
emitía más arriba. Pese a las tinieblas y los desiertos andenes, temí ser
sorprendido por un ferroviario o aplastado por una maniobra del convoy, y nunca
el miedo estuvo en mí tan estrechamente unido al goce. Otras veces mezclábamos
alimentos y licores en los orificios de mi amante, y su sexo se convertía en la
mesa donde me deleitaba. Confirmando la naturaleza caníbal de mi deseo por
Rebecca, las recetas de amor y las recetas de cocina tendían a confundirse.
Nosotros mismos elaborábamos nuestros propios menús, y no había pastel, ni
bebida, ni plato ni gratinado en los que no se mezclara una parcela del
espléndido cuerpo de mi querida amante. Tal vez le sorprenda que ni una sola
vez invirtiéramos los papeles; para mí, la frialdad y la violencia de Rebecca
eran su virtud cardinal. Si aquel objeto de adoración me hubiera correspondido,
habría perdido su prestigio para convertirse en una carga.
Hubiéramos tenido
que detenernos ahí: los amantes deberían separarse en lo más fuerte de su
pasión, abandonarse por exceso de armonía como otros se suicidan por exceso de
felicidad. Nos creíamos en el amanecer del mundo, pero era preciso estar muy
sordo para no oír el ruido de resaca que anunciaba la caída de la noche.
Gracias a la variedad de los fantasmas a los que me acostumbraba, Rebecca había
azuzado en mí el único gusto que estuvo latente desde la infancia, el gusto de
lo nuevo por lo nuevo. Esperaba siempre algo más de ella, exigiendo que me
asombrara, me sorprendiera con piruetas e inventos deslumbradores. Entonces,
utilizando cierta defensa para avivar mi deseo, ella me respondía: «Ya verás,
no tengas prisa, tengo en la cabeza ideas suficientes para ocuparte durante un
siglo». Me volvía loco con aquellas promesas que me ponían la carne de gallina,
enfebreciendo mi imaginación. Sin embargo, cierto día, con una desagradable
intuición, comprendí que lo había visto ya todo. Rebecca había agotado su tesoro,
su extenuada imaginación había dejado de dar a luz utopías sensuales.
El encanto se había
roto; habíamos agotado nuestros recursos, terminado la exégesis de nuestros
inconfesables apetitos. Nuestra
Página 75
vida amorosa, tras
haber sido una sucesión de maravillas, se convirtió en una sucesión de
inquietudes, y comenzó a serpentear entre la angustia y la fatiga, en busca del
riesgo necesario para la excitación. Mis confidencias no debieran provocarle la
indignación, sino la sonrisa. ¿Hay algo más cómico que una joven pareja
buscando lo superlativo del vicio y advirtiendo su fracaso? Sobrevivimos a
nuestros goces como sobrevivimos a las estaciones: ese mero hecho debiera
impedirnos tomar en serio el exceso físico. No corremos riesgo alguno, es culpa
del tibio encanallamiento de nuestro tiempo que lo ha desdramatizado todo,
privándonos por ello de los medios de sentir durante mucho tiempo. Extraña
época: lo difícil no es conjurar la obscenidad sino hacerla surgir. La
tolerancia ha desarmado las situaciones más crudas, el sexo es un pobre
sacrilegio que ni siquiera tiene ya las virtudes de lo sagrado. Lo que amenaza
al moderno libertino no es la decadencia sino el tedio.
De hecho, yo estaba
demasiado sano para tales extremos: creía haber pasado al otro lado, pero no me
había movido. Había buscado en exceso lo pintoresco, lo inesperado como para
vincularme realmente a los episodios que habían jalonado nuestra experiencia.
Había conocido un verano de anarquismo sexual, acumulado un capital de
excéntricas emociones que, por un momento, habían acariciado mi sensibilidad
pero no habían calado lo bastante como para inscribirse en los archivos de mi
piel. No había conseguido transformarme, seguía siendo el pequeño burgués que,
tras el viático de una desviación, regresa a sus voluptuosidades
convencionales. Y le reprochaba más todavía a Rebecca haberme permitido esperar
una metamorfosis y no haberlo logrado. Habíamos vivido demasiado arriba para
nuestros magros temperamentos, y nos sentíamos confusos como los pobres a
quienes, una noche, se invita a un festín para devolverles enseguida a sus
cuchitriles. Además, nada es más desalentador para un individuo que descubrir
la trivialidad de sus propios fantasmas; cuando supimos que en Londres, Nueva
York y Berlín existían clubes donde se practicaba a gran escala lo que nosotros
hacíamos en pareja, me fatigaron repentinamente nuestras costumbres: una
avenida tan concurrida no era ya digna de que yo pusiera en ella los pies.
Aquella vida de cerradas orillas, de orinal cerrado debiera decir, que nos
obligaba a separarnos del mundo,
Página 76
aquella vida
casera, vivida en zapatillas por perversa, no tenía ya sentido. Si al menos
hubiéramos admitido a alguien más en nuestros retozos, aquello nos hubiera
distraído de nuestro cara a cara, pero Rebecca no estaba dispuesta a introducir
a un tercero, o una pareja, entre ambos. Sumidos en la depravación, llevábamos
una existencia de rentistas, huyendo con las cortinas cerradas de las aventuras
y los azares. Pero aquel mundo despedido recuperaba sus derechos: y cuanto más
nos encerrábamos, más podíamos oírle llamando a la puerta, susurrando en las
ventanas, soplando entre las cortinas, incitándonos a salir, a perdernos en él
antes de que fuera demasiado tarde.
Saturado de
voluptuosidad, de opulencia, yo acababa de destruir el sortilegio. Tenía hambre
de ruido, de animación, de muchedumbre, de estruendo. Un clima de sorda
irritación se estableció muy pronto entre Rebecca y yo: me estaba enfriando, mi
carácter voluble, ahogado unos instantes por la aturdidora personalidad de mi
amiga, salía de nuevo a la luz. Rebecca había sido para mí lo que yo había sido
para ella: una especie de brutal choque, un soplo ardiente que lo había barrido
todo. Aquella salvaje energía, vacante ahora, se volvió contra nosotros. Las
tormentas, los poderosos fluidos que habíamos reunido, no tardarían en estallar
en verdaderas tempestades. Tras haber colocado a mi amante en un pedestal, la
derribé violentamente buscando un nuevo ídolo al que adorar. Los momentos de
gran lujuria, al despertar fuerzas habitualmente adormecidas, pueden
convertirse inmediatamente en crueldad. Y siempre hay cólera cuando se sale de
la embriaguez. Reprochaba a mi compañera que no me inspirara ya bastante pasión,
y comencé a desear que tuviera el pudor de desaparecer. Amándola menos, casi la
detestaba, y como la perversión había sido el medio que nuestro odio había
adoptado, cuando la perversión desapareció se transformó en maldad.
Descubrí los fallos
de Rebecca: advertí, por ejemplo, que algunas bromas, que otras mujeres
soportaban fácilmente o acallaban encogiéndose de hombros, la afectaban como
graves injurias cuyo recuerdo la torturaba. Aquella altiva moza que me había
sometido a todos sus caprichos carecía de la más elemental confianza en sí
misma. Lo aproveché desvergonzadamente, y no dejé de burlarme de
Página 77
todo lo que antes
habíamos considerado sagrado. Rebecca se indignaba, se deshacía en lágrimas:
nuestras bacanales se volvían batallas. A fin de cuentas, sólo vale la pena
herir a los seres queridos, pues maltratar a los desconocidos no produce placer
alguno. Y, además, todo lo que denominamos civilización descansa sobre la
profundización de la crueldad. La ferocidad prospera hoy en las palabras, se
espiritualiza debido al descrédito que ha caído sobre la violencia física.
Nuestra generación, que se enorgullece de haber terminado con el salvajismo, le
obliga a regresar enmascarado. No se mide ya la fuerza con los puños o los
músculos, se la aguza con el ingenio o la lengua. Nuestra sociedad gana así
refinamiento, pero no ha establecido todavía castigos para reparar los inmensos
estragos provocados por la burla y la calumnia. Añada a ello que, para
intimidar al otro, sirve todo, incluidas las múltiples ideologías de la
liberación que han florecido desde hace un siglo en nuestros climas: poder
ofender a los individuos en nombre de la libertad es incluso uno de los
especiales encantos de nuestra época. Inútil decirle que Rebecca, al contrario
que yo, no estaba acostumbrada a esas justas oratorias: si hay niños educados
con el texto bíblico o la recitación del Talmud, otros nutridos con la leche de
la aventura y otros que crecen en el seno de la naturaleza o de un feroz
océano, mi música infantil de pequeño parisino habían sido los gritos y las
escenas de mis padres, entre ellos y contra mí —era hijo único—, y las humillaciones
de mi padre que me habían metido en la cabeza, como un clavo, la persistente
idea de mi inferioridad. Semejante educación da como resultado unos retoños
solapados, vengativos, llenos de resentimiento contra toda la humanidad. Aquí
me tiene, para servirle. Esta anécdota le explicará cómo reaparecieran en mí
las malas tendencias, una especial predilección por el golpe bajo que la
frescura de los inicios amorosos había sabido contener.
Concluía un ciclo
y, confusamente, sentía que otro debía reemplazarlo. Había hecho que mi amante
me resultara temible para poder encontrarla, luego, insignificante. Admirar es
ya odiar, destituir de antemano a aquél o aquélla a quien erigimos una estatua:
tras ocho meses de furia erótica, nos resultábamos extraños el uno al otro,
creyendo conocernos y sin tener ya nada que decirnos. Rebecca se resistió,
primero violentamente, con toda la
Página 78
fuerza de una mujer
que ha perdido sus privilegios pero pretende conservar, al menos, su dignidad,
a nuestra nueva situación. Tuvimos peleas. La situación iba agriándose,
intentamos dar marcha atrás y realizamos un viaje de varios meses por Asia,
adonde logré que me enviara la Organización Mundial de la Salud. La variedad de
las culturas y las personas, la belleza de los parajes actuaron como panacea de
nuestras desavenencias conyugales. Pero al regresar, todo comenzó de nuevo.
Nuestros sentimientos se habían quebrado bajo su propio peso y yo sólo pensaba
ya en distanciarme. Nuestros abrazos, ya lo he dicho, se habían hecho escasos;
acabados los estragos de nuestra mala conducta, no sentía deseo alguno de
reanudar la cópula clásica, como la gente de bien, sobre todo con una mujer a
la que conocía hasta la náusea. ¿Qué indecencia puede rivalizar con la frescura
de un nuevo cuerpo? Rebecca debió de comprenderlo, pues un día me dijo: «Nunca
hubiéramos debido hacer todo aquello, has cambiado». Me encogí de hombros
porque me parecía ridículo aquel regreso al pudor, vestigio de una educación
rigorista, pero no me atrevía todavía a decirle las auténticas razones de mi
frialdad. A veces, ante mi desenvoltura, sufría accesos de cólera, deseos de
estrangularme, de derribarme, de hacerme confesar apretando mi garganta todos
los secretos de mi corazón.
Recuerdo un
episodio especialmente impactante: se trató de nuestra segunda gran pelea; la
primera, ya se lo he dicho, tuvo lugar durante una cena. Por comodidad,
distinguiré las escaramuzas cotidianas de las grandes óperas del odio, más
escasas, más largas, más dolorosas. Por aquel entonces, era primavera, y yo
había estado de viaje una semana, invitado a tomar la palabra en un congreso de
parasitología en Viena. Rebecca, que se había instalado en mi casa, aprovechó
aquel lapso para arreglar coquetamente mi apartamento parisino. Se había
dedicado a pintar paredes y puertas, a poner cortinas claras en las ventanas, a
llenar de flores todos los jarros, a hacer más de veinte almohadones de satén
que formaban un tierno montón de acogedoras redondeces en el centro del salón.
Me había comprado un nuevo aparato de televisión en color, dos hermosas
lámparas 1900, de formas largas y flexibles, y había transformado aquel antro
de soltero en nido de jóvenes y frescos amores. Me sentía encantado por aquella
metamorfosis, conmovido por el gesto, sobre
Página 79
todo cuando Rebecca
me comunicó que había gastado en aquella renovación las tres cuartas partes de
su salario, además de todos sus ahorros.
Naturalmente,
cuando tuvimos la primera discusión, es decir dos días después de mi regreso,
no dejé de criticar duramente su iniciativa, burlándome de su mal gusto, un mal
gusto de peluquera, señalando las discordancias entre pinturas y muebles,
acusándola finalmente de haber saqueado mi apartamento, de haberlo convertido
en un lujo de nata batida, en una madriguera de mantenida. Lo recuerdo,
estábamos en un café, Rebecca lloraba, era la primera vez que la atacaba por su
profesión. Añadiendo la grosería a la maldad, me levanté afirmando que sus
lágrimas me hastiaban. Ella me alcanzó en la calle; tenía el rostro crispado, y
de pronto tuve miedo de la violencia que se dibujaba en su cara. Sin
formularlo, presentí una catástrofe.
—¿De modo que no te
gusta la decoración del apartamento? Tenía una voz sibilante, como si la
indignación la sofocara. —No he dicho eso.
—Claro que sí, es
horrible, no intentes tranquilizarme.
—¿Por qué me
sigues?
—Voy a reparar mi
equivocación, ya verás.
Abrí la puerta
vagamente inquieto: antes de haber podido esbozar un gesto, Rebecca se había
lanzado al interior, había tomado el aparato de televisión y lo había tirado
por el hueco de la escalera. Corrí, pero el aparato se estrellaba ya en los
peldaños, vomitando sus tripas de hilos y turbinas, en un enorme estruendo que
despertó todo el edificio.
—Estás
completamente loca.
—No, querido, te
devuelvo el apartamento como estaba.
Con paso decidido,
tomó un cuchillo de cocina y, metódicamente, reventó uno a uno los almohadones
que había confeccionado, sumiendo la estancia en un diluvio de pelusilla
blanca. Paralizado por el poder de aquel huracán, permanecí inmóvil, habitado
tal vez por la oscura sensación de haber merecido, aquel correctivo. Le
ahorraré los detalles de aquel lamentable asunto; baste decir que aquel rincón
agradable y cálido fue saqueado durante media hora, parte de mis libros
destrozados, los accesorios
Página 80
eróticos arrojados
por la ventana, el papel pintado desgarrado, las dos lámparas quebradas en mi
hombro. Rebecca había causado por sí sola tantos destrozos como una redada
policial, y cuando se marchó mi apartamento asolado era sólo un campo de
ruinas. Me sentí aniquilado, y creo que lloré tanto por mi arruinado
apartamento como por nuestros amores comprometidos. Los vecinos lo habían oído
todo, y teniendo en cuenta que habían soportado ya mal los gritos de amor de
Rebecca por la noche, mi reputación en el edificio quedaba arruinada.
Dos horas más
tarde, en una de esas incongruencias que tan familiares le eran, me llamó mi
amante sollozando para pedir perdón. Me suplicaba que la dejara reparar los
destrozos, se ofrecía a limpiarlo todo aunque tuviera que pasar toda la noche
haciéndolo.
—Echame si quieres,
pero primero deja que lo arregle todo. Acepté. Trabajó con la pala y la escoba.
Yo, encaramado en un
taburete, le daba
órdenes, disfrutaba con aquella rendición, la abrumaba con sarcasmos y
reproches, criticando el trabajo mal hecho, sometiéndola a la arbitrariedad de
mis menores caprichos. Aquella idiota que había creído intimidarme se
arrastraba ahora ante mí. Varias horas más tarde, cuando lo hubo limpiado todo,
abrí la puerta y le deseé buenas noches.
—¿Quieres que me
marche?
—Lo prefiero.
—No tengo ganas de
marcharme. —Mejor será que lo hagas. ¡Vamos, vete!
—Franz, te amo,
perdóname, he hecho mal. Sólo te amo a ti, haré cualquier cosa por ti.
—Sólo deseo una
cosa: que te largues.
Las lágrimas la
asfixiaban ya. Un minuto después, escaparon de su pecho en una explosión de
sollozos y gemidos, convulsos y furiosos. Cayó de rodillas ante mí, besándome
las manos y los zapatos.
—Te amo —repetía—;
te lo suplico, deja que me quede, por piedad.
Estrechaba
frenéticamente mis rodillas con sus brazos mientras yo la arrojaba hacia la
puerta a patadas, fingiendo una inquebrantable decisión. Quería ver hasta dónde
podía llegar una mujer enamorada en posición de inferioridad; obtenía de sus
Página 81
plegarias y sus
súplicas inmensas sumas de vanidad y me hinchaba como un pachá. Lloró todavía
mucho tiempo, en el suelo, con el rostro hundido en la moqueta y las manos
temblorosas, descargando un interminable dolor.
Aguardé a que la
crisis se atenuara y puse condiciones draconianas para su regreso: exigía que
nos viéramos menos, que me dejara libre para hacer lo que quisiera, que no
siguiera registrando mis cosas y mi correspondencia. Aceptó con aire abrumado.
—Soy capaz de
soportarlo todo mientras estés un poco conmigo. Creo que incluso podrías amar a
otra si lo hicieras junto a mí y me mantuvieras al corriente. Te perseguiría
hasta el fin del mundo si me rechazaras o me echaras. Viniendo de ti, ningún
sufrimiento podría compararse al sufrimiento que me causaría perderte.
Escuché aquellas
palabras encantado, estúpidamente halagado, pues nunca había sospechado que
aquella mujer me amara con semejante fuerza de convicción. Le dije:
—¿Todo eso harías
por mí? Te equivocas; ya ves, el drama es que me amas mucho, demasiado. Porque
estás desocupada, no tienes un trabajo donde realizarte. Exijo que me ames
menos: tu pasión me molesta. ¿No sabes acaso que el amor loco es un mito
opresor creado por los hombres para esclavizar a las mujeres?
Me sentía
exultante: me fingía feminista, aplastaba a Rebecca en nombre de su dignidad,
descubría en mí cierto ingenio de crápula ilustrado. Tuve miedo por un
instante, ante la idea de que aquella felicidad, aquella sonrisa estaban a mi
merced. Luego deseché mis escrúpulos y otra idea fue naciendo en mí: podía
hacer lo que quisiera con aquel ser que había puesto su destino en mis manos.
Aquella revelación fue terrible. No la olvidé ya y decidió el curso ulterior de
nuestra relación. Rebecca no se atrevió a objetar nada. Por la noche, clavó en
la parte exterior de la puerta un cartel para los ocupantes del edificio: «No
se preocupen, era sólo una disputa». Me hizo prometer que no volvería a
humillarla y me juró que nunca volvería a perder de aquel modo los estribos.
Naturalmente, yo sabía que era incapaz de controlar mi lengua, de víbora y
sospechaba que su furor, reverso de su amor intransigente, volvería a
encenderse a la primera alarma. Aquel estado de crisis me gustaba; adoro hacer
que la gente se salga de madre, exasperarla, torturar sus nervios hasta
Página 82
abrasarme.
Encuentro en ello el mismo vértigo experimental que en los juegos del erotismo.
La escena es una prolongación, por otros medios, de la voluptuosidad. Y además,
en la familia, las mujeres siempre habían bordeado la locura. Mi padre, mi
abuelo y su propio padre habían tenido el don de llevar a sus esposas hasta el
borde de la alienación. Tenía ahora una nueva víctima para inmolar a la
tradición, y aquel largo linaje de déspotas domésticos me alentaba a tomar el
relevo. Y quien nada aprende de su pasado, del pasado de sus ancestros, se
condena a vivir de nuevo sus desgracias.
Un soplo de aire
barrió de pronto nuestros rostros enrojecidos por la infame confidencia: sin
llamar, Rebecca había abierto brutalmente la puerta.
—Buenas noches.
Al oír aquella voz,
el recluso había detenido en seco su demente verborrea. Anchas placas ardientes
habían brotado en su rostro, como piezas de bermellón pegadas a su piel.
—Pero si es el
«señor Enojado» —dijo inclinándose ante mí—. ¿Sigue tan irritado?
—Claro que no
—corrigió Franz con una sonrisa maligna—, ya no es el «señor Enojado», es don
Quijote de los gatos, salvador de mininos, defensor de la viuda y el morrongo.
—¿Qué ha hecho
ahora? —exclamó Rebecca, al borde de la carcajada. Aquel «¿qué ha hecho ahora?»
me destrozó. Me sentí herido. En mi fuero interno, claro, pues exteriormente
seguí luciendo una amplia sonrisa que me crispaba la boca. Ardía en deseos de
terminar con aquellos desaires, pero sólo pude balbucear algunas palabras
inaudibles. Estaba sentado en el lugar donde se cruzaba el aliento de ambos
esposos, y aquel aliento era una corriente de aire fétido. Necesitaba aire,
aspiraba al mar abierto para librarme del lodo en el que nos escabechábamos
desde hacía tanto tiempo. Huí, confundido, y cuando di un portazo a mis
espaldas, creí oír sus risas burlonas. Debían de estar poniéndose las botas,
burlándose de mi decepción. Me sentía salpicado, sucio. Había sido necesaria la
irrisoria pantomima de Franz, la cobarde compasión que inspira un tullido para
hacerme soportar aquellas vulgaridades. Corrí a mi camarote como el zorro
acosado que se hunde en su madriguera. Béatrice estaba ya
Página 83
durmiendo, y su
respiración regular, su perfume dulzón monopolizaban la cama con una
insistencia casi nauseabunda. «Oh, perdón», le dije en voz baja, avergonzado
por mi pensamiento, «estoy tan trastornado». Quería reflexionar, dar libre
curso a mi despecho, pero me dominó una oleada de cansancio. Me sentía
derrengado, el entumecimiento de todos mis miembros me forzaba a dormir, me
sumía en el sueño. Soñé: Rebecca estaba en la batayola del navío con el gatito
de Venecia en los brazos, y me repetía acariciándolo: «Mereces algo más que
Béatrice, vales mucho más que la vida que te aguarda». Luego arrojó el gato al
mar y comenzó a proferir obscenidades con un atroz acento alemán. Tuve que
despertar empapado de aquella pesadilla, en plena noche, para descubrir por fin
qué era el camarote de Franz: un taller de desarreglo sentimental.
Página 84
TERCER DIA
La cita de los in
eles
Donde los amantes
se unen, caen hechos ceniza
Página 85
A la mañana
siguiente, cuando abrí los ojos, Béatrice había salido ya. Una lluvia violenta
azotaba el ojo de buey y enturbiaba la vista como una prisión de mil barrotes
líquidos. El recuerdo de la noche pasada me devolvió la cólera. Mis
sentimientos hacia Franz, que se habían limitado hasta entonces a una amalgama
de curiosidad y asco, culminaron aquella mañana en el rencor. Su repugnante
confesión, la sardónica risa de su mujer, se me habían hecho intolerables.
Había dejado de desear su amistad, no quería verlos ni oírlos más. Si era
necesario, me encerraría en el camarote para escapar a sus burlas. Tenía que
comunicar a Béatrice mi decisión.
La encontré sentada
en el desierto comedor, ante Marcello. Sorprendido y contento de aquel cara a
cara con un individuo al que criticaba la víspera, decidí, por cortesía,
esperar un poco antes de revelarle mi proyecto. Tras haberle dicho al oído que
no le reprochaba ya el incidente del gato, me metí en una pertinente
conversación sobre Oriente, en la que el italiano se mezclaba con el francés.
Si existía alguien con quien me sintiera feliz de comunicar pensamientos que
superaran la gama de las comunes trivialidades, ése era Marcello. Pese a lo
poco que nos habíamos dicho, me impresionaba, pues había realizado hasta el fin
una experiencia en la que yo era sólo un novicio. Frente a él me sentía lleno
de preguntas y curiosidad. Además, tenía un modo de propagar el entusiasmo que
me inflamaba. Recuerdo que estaba hablando de la ruta de la India cuando
Béatrice dijo que tenía frío. Amablemente, le propuse ir a buscarle un jersey
al camarote. Al regresar, me detuve un instante en el vestíbulo frente a una
mapa marino del Mediterráneo; de pronto, me hizo sobresaltar una resonante
tosecita a mi lado. Era Rebecca, muy pálida, con los cabellos despeinados.
—Didier, se… se lo
ruego, no piense con bajeza en mí.
Había hablado en un
tono implorante y me había tomado del brazo, con un aire extraviado en el
rostro. Primero pensé en una nueva farsa y me dispuse a plantarla allí.
Página 86
—Ayer no quería
burlarme de usted. Me reí porque estaba nerviosa. No tome en cuenta los
horrores que Franz dice de mí. Está enfermo y eso le impulsa a fabular; querría
que todos sufriéramos su ascendente.
Intentó sonreír,
pero un temblor convirtió en contenido sollozo aquella sonrisa. Me sentía
molesto, no conseguía coordinar las distintas imágenes que aquella muchacha
forjaba para mí, pues no concordaban unas con otras.
—Tengo que verle,
me importa su estima.
—¿Le importa mi
estima? —dije, fingiendo una frialdad que no pudiera engañarla—; ¿la estima de
un individuo tan vulgar como yo, de un «señor Enojado»?
—Sí, me importa. Y
déjelo de una vez, se lo ruego. No volveré a decirlo.
Yo intentaba
azuzarla para minimizar el estruendo de mi corazón, pues me sentía desamparado.
Me pasmaba que aquella mujer, dominadora ayer, se mostrara hoy tan suplicante.
No conseguía desentrañar sus intenciones, diciéndome que tal vez no tuviera
ninguna. Me reprochaba ya haber pecado por exceso de desconfianza, haber sido
ingenuo a fuerza de suspicacia. La culpa era de Franz, de sus extravagantes
fábulas. Y ahora sospechaba que había exagerado, si no era francamente
mitómano. La contricción de Rebecca lo cambiaba todo: ya sólo era una frágil
muchacha que intentaba salvaguardar su reputación mancillada por un marido
grosero. Bajando la voz, me dijo con acariciadora ligereza.
—Didier, quisiera
hablarle a solas.
—… Pero estamos
solos.
—Aquí no, en mi
camarote.
La sangre afluyó a
mi rostro y hubiera querido ocultarlo con las manos; ejecuté una difícil
negociación entre mi malestar y la necesidad de ocultarlo. Rebecca había
levantado la cara y me miraba con ardiente fijeza.
Sus labios
entreabiertos permitían percibir unos dientes muy blancos; el lechoso fulgor de
aquellas perlas me produjo un calambre que no pude disimular.
—¿Por qué en su
camarote?
—Estaremos más
tranquilos; se lo explicaré todo.
—Ahora no, no
puedo.
—Sí, ya lo sé;
venga esta tarde a las cinco, al número 758.
Página 87
La brutalidad de la
proposición me dejó atónito y tuve que sujetarme a la barandilla para no
titubear. Aquella cita me había dado la vuelta como a un guante;
instantáneamente, olvidé la cólera que me dominaba hacía apenas una hora. Creo
que habría permanecido mucho tiempo de pie, en el vestíbulo, meditando aquella
invitación, si Rebecca no me hubiera devuelto a la realidad.
—Rápido, Didier;
Béatrice le está esperando. Supongo que el jersey es para ella, puesto que
usted lleva ya uno. Hasta luego.
Volví al comedor
como si estuviera iluminado. En mi entusiasmo, besé a Béatrice ante Marcello y
les ofrecí a ambos otro café. En vez de agradecérmelo, Marcello dijo sólo una
frase:
—El que da, decía
Vivekananda, debe arrodillarse y agradecer al que recibe haberle ofrecido la
posibilidad de dar.
Aquel italiano
tenía una cita para cualquier circunstancia, ridícula manía que entonces me
pareció el colmo de la sabiduría. Seguía hablando de la India, pero sólo la
cita de Rebecca resonaba en mi cabeza con su insistente musiquita. Y pensar que
había bastado un momento para que mis reservas se transformaran en
consentimiento. ¿Cómo había adquirido, en sólo dos días, tanta importancia
aquella mujer? ¿Quién me había obsequiado con un nuevo sentimiento, una nueva
percepción con respecto a ella? Extraño azar: semejantes a aquellos vecinos de
rellano que se hablan por primera vez a diez mil kilómetros de su casa, me
había sido preciso ir a Asia para dar con lo que nunca había conocido en
Francia: ¡un vodevil! Naturalmente, no iría al camarote de Rebecca; no, en vez
de hacerlo, me encerraría en el camarote para leer la Revolución espiritual de
Krishnamurti. Y me reprochaba ya como una perfidia aquel inesperado
encaprichamiento, intentaba distraerme repasando los encantos de Béatrice, las
bellezas que me aguardaban en Oriente. Iba a estropear una vida que prometía la
más profunda felicidad por… ¿Por qué, a fin de cuentas?
Como si leyera mis
pensamientos, Béatrice me llamó la atención frunciendo el entrecejo. Aquella
muda reprimenda tuvo la virtud de horrorizarme: de pronto, tuve la desagradable
intuición de que todo había cambiado de un modo sutil e inaprensible, de que entrábamos
en una nueva constelación que iba a modificar nuestras relaciones. Y en vez de
escuchar a Marcello, la miré con fijeza: jamás me había parecido tan poco
agraciada. No se había maquillado, lo que dejaba a la vista las
Página 88
imperfecciones de
una piel marcada por sus treinta años; la joya que pendía entre sus pechos
subrayaba, como principal efecto, su patética delgadez. Ella no se preocupaba
por gustarme y se mostraba natural: con sus cabellos rubios en desorden y su
vestido-saco que le caía hasta los pies, me parecía desprovista de aquella
feminidad inquieta, profusa, que constituía el atractivo de Rebecca. Béatrice,
mujer-niña de inconclusa anatomía, reclamaba afectos serenos, caricias sin
sorpresas, mientras Rebecca me obsesionaba con no sé qué tentación de amor
excitante y brutal. Encontré a Béatrice demasiado simple junto a la felina
flexibilidad, la rara belleza de aquella desconocida. Por qué no confesarlo:
Béatrice era una mujer de las que se clasifican, de entrada, entre las personas
prudentes. Ni siquiera la fantasía de aquel viaje podría prevalecer ante la
impresión de seriedad y raciocinio que producía. ¡Dios, qué razonable era!
A mediodía, no
deseando comer con Franz, le hice una jugarreta de la que todavía me felicito.
Llegué antes, con Béatrice, y elegí una mesa en la que sólo quedaban dos
plazas. Además de Raj Tiwari, siempre puntual a la hora de las comidas, estaban
presentes dos estudiantes kurdos y un estudiante iraní. Se hablaba, en un
inglés balbuceante, de la próxima escala en Atenas, de la tempestad que se
esperaba durante la noche, de la fiesta de Año Nuevo, que se celebraría al día
siguiente. La discusión no se veía afectada por las distintas nacionalidades y,
por una vez, no se habló de política, tema especialmente espinoso tras el
asunto iraní. Satisfecho de poder pensar, protegido por aquel rumor de
conversaciones en a tarde que me aguardaba, me abandoné con alivio al fantasma
provisional y relajante de la conversación. Cuando llegó Franz, empujado por un
marinero —yo había reconocido a lo lejos el horrible chirrido de las ruedas,
parecido al cascabel de un leproso—, estaba terminando el postre. Merodeó
alrededor de nuestra mesa como una mosca ante la carroña, buscando
desesperadamente un lugar libre donde meterse, soldado a su silla en una
gesticulante copulación.
—Tenga —le dije
levantándome—; le cedo mi lugar. —¿Se va ya? ¡Me moría de ganas de hablar con
usted!
—Demasiado tarde,
Franz; ¿me permite que le llame por su nombre? He terminado de comer. Tendrá
que encontrar otra víctima.
—¿Qué significa
eso? Creí que éramos camaradas.
—¡Camaradas!
Realmente la palabra me parece muy floja: diga más bien que no ha habido
mejores amigos desde Cástor y Pólux.
Página 89
—¿Por qué esos
sarcasmos? —interrumpió Béatrice.
Franz había
recuperado su maligna sonrisa.
—Didier está un
poco nervioso porque sabe que estoy entre ustedes, incluso cuando no estoy
aquí.
Me encogí de
hombros. Pero una reflexión de Tiwari —pedía a Franz noticias de Rebecca— cortó
en seco mi buen humor: recordé que nadie había mirado ni piropeado siquiera a
Béatrice durante toda la comida. Y mientras me alejaba hacia la puerta, me
pareció que todos le daban mala nota y me miraban con malevolente compasión.
Naturalmente, debíamos de tener el aspecto algo ingenuo de esas parejas en
tejanos que se disfrazan de explorador para fingir que han vivido mucho en los
trópicos.
—Mantienes con
Franz unas curiosas relaciones —me dijo Béatrice. —Este tipo me exaspera… Me he
sentado adrede a una mesa llena
para evitar sus
muecas y sus sobreentendidos.
—Te molestas
enseguida. Por cierto, no me has contado lo de ayer noche.
—Fue innoble.
Y le resumí en dos
palabras la confesión del tullido, cuidando de incluir a su mujer en mis
reproches. Pero, para mí, sólo pensaba en la cita vespertina. Único elemento
afortunado de toda la jornada.
Sin embargo,
también en eso me sentía dividido. Por un lado, quería verme liberado del
tormento de escuchar y ver a Franz. Por el otro, Rebecca me atraía. Con aquella
cita creí poder conciliarlo todo: tendría a la mujer y me libraría del marido.
Quedaba Béatrice. Tuve que mentirle. Pero, como he dicho, novicio en este
terreno, temí meter la pata. Vacilaba y sopesé largo rato lo que una traición
podía costarme. Nuestra pareja descansaba en cláusulas tácitas, refrendadas por
el tiempo y tan severas como un contrato matrimonial. Naturalmente, la
reprobación inherente a la mentira podía hacerme cambiar de opinión; pero en el
fondo se trataba de mi primer «engaño» —utilizo aposta una palabra ya pasada de
moda—, y no debía preocuparme demasiado. Además, con un poco de habilidad,
esperaba mantener en secreto mi breve intriga. A fin de cuentas, sólo quedaban
cuarenta y ocho horas para llegar a Estambul, y los riesgos de que el asunto
saliera a la luz quedaban muy mitigados.
¿Por qué
angustiarme tanto, pues? ¡Sólo se trataba de tomar a Rebecca! No iba a morirme,
ni la tierra se detendría por un inconsecuente devaneo. Lo esencial era que
todo ocurriera sin que Franz se enterara; y
Página 90
además, la idea de
hacerle daño, el atractivo de ofender a un marido legítimo que había intentado
rebajarme, daban mucho más valor a mi intento y acallaban esa indecisa parte de
mí que reclamaba prudencia.
Distraído por las
escaramuzas de la comida, no había tenido tiempo de inventar nada para ejecutar
mi plan. Las circunstancias acudieron en mi ayuda. Debido al mal tiempo, la
dirección del navío organizó una lotería y distintos juegos de azar durante la
tarde. Pasé con Béatrice, a quien los juegos de naipes la apasionaban, dos
largas horas durante las que elaboré toda clase de mentiras. Finalmente, me
decidí por una cuyo éxito quedaba garantizado por su banalidad: hacia las cinco
menos cuarto, aduciendo una necesidad, desaparecí del salón. No me preocupé
demasiado de cómo explicar mi larga ausencia, entregado a la intensidad del
momento. Ante la idea de ver, cara a cara, a Rebecca, mis piernas temblaban, y
varias veces estuve a punto de regresar al juego: sospechaba que me había
citado en su camarote con intenciones muy precisas. Me sentía asustado. Ni
siquiera había tenido tiempo de acariciar la posibilidad de una aventura cuando
ella precipitaba ya el desenlace.
¡Cómo lamenté no
haber cogido nada para vestirme! Acompañando a Béatrice, no había sentido la
necesidad de hacer gastos y no tenía nada elegante. Para compensarlo, pasé
largo rato en el lavabo, peinándome y colocándome bien la camisa en el
pantalón. Recordaba, a mi pesar, las revelaciones que Franz me había hecho
sobre su esposa, su majestuoso trasero, sus húmedos besos, su afición por las
situaciones irregulares, y confieso que aquellas incidencias excitaban mi
curiosidad. Imaginé audacias junto a las que mis abrazos convencionalmente
osados con Béatrice me parecían pueriles. Si las porquerías del enfermo eran
ciertas, la presencia de Rebecca a bordo les confería, de pronto, una temible
realidad; y temí no estar a la altura, parecer ingenuo.
Llegué por fin, a
la hora acordada, al pasillo de primera clase; comencé a perder el valor y
sentí que mi corazón latía de un modo desacostumbrado. El discordante choque de
las olas contra el casco rompía el continuo temblor de las máquinas, cuyas
vibraciones repercutían en los pisos superiores. Encontré el 758, advirtiendo
que estaba muy próximo al camarote de Franz. ¿Y si el tullido salía ahora y me
sorprendía entrando en la alcoba de su mujer? Cuando llamé, mi emoción se
intensificó. Deseaba y temía, por encima de todo, aquel instante. Pegué el oído
a la puerta: ni un solo ruido. Ningún rayo de luz se filtraba por debajo de la
puerta. Con
Página 91
mano temerosa, di
dos golpecitos. No hubo respuesta. Llamé más fuerte. Nada. Hice girar la
empuñadura: la puerta estaba abierta. Entré a medias: el camarote estaba sumido
en la oscuridad. Ante el ojo de buey, una ligera cortina palpitaba suavemente.
Llamé:
—Rebecca.
Un bajísimo «shtt»
salió del lecho colocado al fondo.
—Soy Didier, ¿puedo
entrar?
—Mi voz temblaba.
—Shtt, shtt.
Aquella delicadeza
me conmovió —supuse que había apagado la luz para no aumentar mi timidez—;
cerré la puerta a mis espaldas y, cuidando de no volcar nada, me fui directo a
la cama como un goloso a la cocina.
—¿Dónde está usted?
—Aquí —me dijo con
una voz irreconocible que me pareció proceder de otro lugar.
Debía de sentirse
tan conmovida como yo. Aquel pensamiento me inflamó. Pese a la oscuridad,
distinguía sus formas ocultas bajo un edredón y casi podía ver su rostro. Se
había recogido los cabellos, pues no los veía. Vacilando, me senté al borde de
la litera y, sin saber qué hacer con las palmas de mis manos, las froté una
contra otra. Me parecieron húmedas y heladas, e intenté calentarlas. Pronto
noté que los brazos de la joven salían de debajo de las mantas, me buscaban en
las sombras y acariciaban mis rodillas. Me admiró que todo ocurriera con tanta
sencillez y, repentinamente temerario, me incliné hacia aquella mano
enfebrecida y me la llevé a la boca. Besé primero los dedos curiosamente anchos
y fuertes, me deslicé luego hacia las muñecas: su robustez, los pelos que las
cubrían me sorprendieron desagradablemente. Sentí una sospecha y perdí
cualquier contención. Palpé la cabeza de mi compañera y lancé un grito: aquel
cráneo medio calvo, aquellas rasposas mejillas… Pero antes de haber podido
reaccionar, brotó una carcajada del cuarto de baño y se encendió una lámpara
iluminando una escena que no olvidaré en mi vida: en mis brazos estaba Franz,
con las mantas subidas hasta el mentón, mientras Rebecca, de pie en el umbral
del cuarto de baño donde se había escondido, se carcajeaba desvergonzadamente
de mi desolado aspecto.
Me desintegré en un
amasijo de violentas emociones, me levanté horrorizado, aullando «puercos,
puercos», ¿cómo se habían atrevido, por quién me tomaban? De no haber sido por
la invalidez de Franz, le habría
Página 92
dado una paliza, y
su contacto me había asqueado tanto que escupí varias veces en el suelo. La
traición de Rebecca me había ultrajado, pero ella había huido ya sin darme
tiempo de hablar. Me disponía a perseguirla cuando el tullido me agarró del
brazo con tanta violencia que me hizo gemir de dolor.
—No haga niñerías
—silbó—; tómese las cosas con buen humor. Créame, sus manoseos no me han
producido placer alguno. Pero era necesario que escuchara usted la continuación
de nuestra novela: Rebecca me lo ha exigido, deseaba cambiar la imagen que de
ella le he dado; sólo intentamos educarle.
—Suélteme —bramé,
intentando alentarme con mis propias exclamaciones—; no quiero verle ni oírle.
—No se obceque en
una juvenil intransigencia. ¿Desea usted a Rebecca, o no?
Me sentí aterrado:
ahora et tullido me proponía a su mujer. Creí seducirla, y ahora él me la
ofrecía como un alcahuete. ¿Cómo había podido rebajarme tanto?
—No quiero nada, ni
de ella ni de usted; déjeme salir o gritaré. —«Déjeme salir o llamaré a mamá.»
.
Había adoptado el
tono llorón de un niño pataleando.
—Márchese entonces.
Me soltó y me
encontré libre.
—Lárguese; vaya a
reunirse con su mínima vida conyugal en forma de entierro; dése prisa; su
costilla le espera.
Semejante cinismo
expuesto con tanta desenvoltura me dejó mudo: el ofendido era yo y él se
permitía aún injuriarme. Dios mío, pensé, ¿es ésta una compañía adecuada para
mí? Voy a poner los puntos sobre las íes, me marcharé y no volverán a verme.
Naturalmente, me quedé. Franz me dirigió enseguida una melosa sonrisa:
—Vacila usted, lo
prefiero así. Si la desea, debe intentar conseguirla. Me ha prometido que se le
entregará en cuanto yo haya terminado mi relato.
¿Pero que quería de
mí aquel canalla? ¿Qué significaban aquellas frases incoherentes?
—Ya ve, me propongo
arrojarla en sus brazos. Pero de acuerdo con ciertas reglas. Ya sabe usted lo
que dijo Kierkegaard: la naturaleza
Página 93
femenina es un
abandono en forma de resistencia.
—Me importan un
bledo sus confidencias y su mujer; me son completamente indiferentes.
—Confiese que le
interesan; de lo contrario se habría marchado. —¿Me está sometiendo a un
regateo?
—Digamos más bien a
un juego que he imaginado para complacerme. No le pido demasiado: sólo que sea
un oyente atento. Sólo deseo sus oídos, no corre usted riesgo alguno.
Me sentía nervioso
y agitado; y me pregunté vagamente si había leído ya algún libro donde se
reflejara una situación equivalente.
—Pero ¿por qué yo y
no otro?, ¿por qué no Béatrice?
—Comencé con usted
y terminaré con usted.
—¿No tiene celos?
—No le reprocho a
Rebecca que busque lo que yo no puedo ofrecerle ya. Sencillamente, coopero en
sus descarríos en vez de sufrirlos.
Yo jadeaba.
—De acuerdo, me han
engañado, esta vez lo admito. Pero crea que me quedo por propia voluntad. No me
da usted miedo; le conozco, sé que no corro riesgo alguno, y soy yo, querido
Franz, sólo yo quien le autoriza a contármelo, ¿me oye? Depende usted de mi buena
voluntad.
-Nunca lo he
dudado, Didier; soy esclavo de sus decisiones. Ayúdeme, por favor.
Tenía en los ojos
un brillo burlón. Una vez más, me había dejado atrapar por su vieja táctica: me
sentía presa de un completo desaliento, y aunque unas réplicas indignadas,
contundentes, continuaban acudiendo a mi cabeza, sentía el cansancio de todos
mis miembros como después de una gran e irreparable derrota. Comencé a detestar
aquel barco que me hacía prisionero de un entorno indeseable, y casi añoraba el
avión que nos habría llevado a buen puerto en unas pocas horas. Sin
reflexionar, ayudé a Franz a sentarse: era increíblemente pesado y musculoso, y
me costó mucho trabajo apoyarlo en los almohadones.
No había sillón
disponible, y la cama era demasiado estrecha para instalarme en ella. Con gran
disgusto por mi parte, tuve que sacar la silla de ruedas del cuarto de baño,
desplegar el apoya-cabezas y sentarme, bloqueando, a causa del balanceo, el
mando direccional. Aquella inversión de papeles incrementó mi malestar. Me
sentía agotado de antemano al pensar en las aventuras de Franz. Iba a
proseguir, fanfarroneando, el relato,
Página 94
seguro de haber
colocado su vida más allá de mi entendimiento y reservándome la pasiva tarea de
oyente. El camarote de Rebecca era más coquetón, mejor cuidado que el de su
marido. Incluso vi flores. En un anaquel había, junto a una tetera eléctrica,
unas tazas y unas bolsitas de té colocadas en una bandeja de ebonita.
—Ya verá, no durará
mucho; a la hora de cenar habré terminado.
Háganos un té.
Y, como la víspera,
el rumor del agua que iba calentándose acompañó la cháchara del tullido.
Como le dije ayer,
Rebecca y yo estábamos perdiendo la costumbre de aquellas asquerosas maravillas
que nos habían aturdido durante más de un año. Aquel sabbat carnal había dado
un ulterior aliento a nuestra pareja, sin salvarla por ello de su perecedero destino.
Nuestro crédito de lubricidad estaba expirando y nos conducía en línea recta a
la bancarrota. Ahora sabía que la ilusión de una vida común se había disipado.
Tenía que ganar una batalla: librarme de una mujer que todavía me amaba. Sufría
la desgracia, tan frecuente entre los pequeñoburgueses, de no aceptarme a mí
mismo, y creía demasiado en el amor para limitarme al nivel medio en el que
nuestra relación había caído. La fidelidad a una persona es un precio excesivo
como para no verse compensado por una excitación igual: el ser a quien se
dirige una preferencia exclusiva asume la abrumadora tarea de reemplazar a
todos los hombres y todas las mujeres que su presencia excluye. Tarea
imposible: nadie es diverso y múltiple como el mundo. Comencé a odiar la
ansiosa fidelidad del amor pasional, a la que oponía la alegre fiebre del
mariposeo o, sencillamente, la atonía emocional del soltero. Recuperé el
sentimiento conyugal por excelencia, ya experimentado con mis anteriores
compañeras: la conversión del entusiasmo en fatiga.
Además, hay una
edad de la vida en la que toda relación se hace previsible, incluyendo su
degradación: la experiencia nos impide encontrarnos con un sentimiento nuevo,
mata en nosotros la frescura de la bienaventurada ignorancia.
Página 95
Ya se lo he dicho:
aspiraba al cambio por el cambio. Saber que, a cualquier hora del día y de la
noche, mientras yo me consumía a solas con Rebecca, la gente se divertía, se
embriagaba y bailaba, azuzaba mis sentidos y me hacía rabiar ante mi cautiva
situación. París me corroía con sus frenéticos ritmos, que constituían otras
tantas incitaciones a agitarme, a moverme. Rebecca se asustaba ante mis
turbulentos deseos y desplegaba, para contrarrestarlos, tanta tozudez como yo
en satisfacerlos; buscaba pelea con los más fútiles pretextos, y discutíamos en
la asfixiante alcoba como dos avispas se matan en un bote de miel.
Faltó muy poco para
que nuestro melodrama se convirtiera en drama: que Rebecca se burlara de mí,
tomara un amante o se mostrara más independiente. Pero su intransigencia, su
ingenuidad precipitaron la caída. Al comienzo, mis crueldades no tenían un
carácter reflexivo; la estaba probando, y desgranaba jugarretas como se
desgranan las cuentas de un rosario, sin un guión preparado. Lanzaba al azar
flechas, ignorando si darían en el blanco. Al mostrar el despecho que mis
palabras le provocaban, Rebecca alentó mi mal carácter y se hizo instrumento de
su propia decadencia. Se afirma a menudo que el odio es la otra cara del amor.
¿Y si fuera al revés? ¿Y si el afecto fuera sólo un paréntesis entre dos
batallas, una tregua para recuperar el aliento? Además, la monotonía
aparentemente lúgubre del mal abunda en excitaciones más intensas que todas las
de la voluptuosidad. Las peleas en una pareja adquieren una dimensión ideal
cuando se convierten en un fin en sí mismas, que precipita la acción, creando
todo tipo de circunstancias y detalles que, en una vida serena, deben esperarse
durante mucho tiempo. Se alcanza tal grado de excelencia en el horror que todo
lo precedente adquiere el sabor de la trivialidad. Como yo concebía el amor en
forma de una permanente apuesta, sólo las peripecias renovadas, los golpes
teatrales, las peleas, las reconciliaciones, podían retener mi inquieto
corazón.
Página 96
Tenía sobre Rebecca
la ventaja de ser el que atacaba; ella se defendía palmo a palmo, pero quien no
toma la iniciativa acaba retrocediendo. Todo mi ser se hallaba preparado para
la violencia; la más leve contrariedad, la ceniza de un cigarrillo caída en la
moqueta, el teléfono estropeado, un vaso volcado, degeneraban en brutalidad,
tomando proporciones desmesuradas. No había proporción entre la causa y el
efecto producido en mis irritados nervios. Lo veía todo rojo enseguida. Rebecca
me contestaba. Nos lanzábamos a una belicosa fanfarria. La cólera le daba un
aspecto vulgar, deshecho, que me horrorizaba y estropeaba su belleza. Nos
lanzábamos a la cara montones de injurias, los golpes seguían a las palabras,
la pelea se convertía en altercado, desgarrábamos nuestras cartas, nuestras
ropas, nuestros libros, y luego, irritados hasta el exceso, vibrando de rabia y
de odio, apostrofados por los vecinos a quienes nuestras discusiones
molestaban, caíamos en la cama como dos vagabundos extenuados.
La alegría del uno
era para el otro una afrenta, temíamos un golpe bajo y sólo nos tolerábamos en
una común taciturnidad. Y aquella taciturnidad, cuando se prolongaba demasiado,
se convertía en ofensa. Algunas veces, en la mesa, en el café o en el restaurante,
se instalaba el silencio, una ausencia pesada, hostil, que duraba medio siglo y
se extendía como un gas, ascendiendo hasta el techo, dejándonos inmóviles y
prisioneros: se había declarado la guerra. Aquellos silencios preñados de
amargas quejas, de vivos reproches, concretaban el deterioro de nuestros lazos.
—Vayamos a ver la
televisión, así al menos no tendremos que hablarnos —decía yo entonces.
Como todas las
parejas, hacíamos un uso casi narcótico de la pequeña pantalla y del cine,
goces matrimoniales que permiten a los cónyuges soportarse largo tiempo sin
tener que hablarse.
La veía mucho,
demasiado. Si al menos hubiéramos estado separados, a veces habría recuperado,
lejos de mí, aquella fastuosa densidad que perdía con mi contacto. Pero no nos
separábamos. Yo
Página 97
odiaba el insípido
alimento de nuestros días moribundos, la insoportable alternancia del trabajo y
la obligación amorosa. Ella me reprochaba mi carácter, mi egoísmo, mis manías;
yo le respondía con la fatalidad de la pareja, el inevitable fracaso de la vida
conyugal; en fin, cuando me hablaba de una situación particular, yo la remitía
a problemas metafísicos, la ponía ante una pared insuperable. Para hundirla más
aún, alentarla a abandonarme, le describía sin cesar toda la falsía del estado
conyugal:
—Nuestro romance se
alimenta de sí mismo, y esa autarquía está muy cerca del hambre. Hace tiempo
existían obstáculos, conflictos religiosos o sociales que daban valor a la
pareja haciéndola precaria. Hace tiempo, la más magnífica causa de amor era el
propio peligro del amor. La imprudencia encendía pasiones que nuestra época
segura nunca conocerá: felices tiempos, no tan lejanos todavía, donde amar era
sinónimo de arriesgar. Hoy, nuestros amores mueren de saciedad antes incluso de
haber conocido el hambre. Por eso están tan tristes los amantes: saben que son
su propio enemigo, que son a la vez la fuente y el fin de su unión. ¿A quién
acusar sino a «nosotros dos», y qué mayor amargura que matar a quien se adora
por el simple hecho de estar juntos?
Rebecca no se
rendía a mis argumentos y siempre encontraba objeciones. Entonces yo insistía:
—¿Nunca te has
dicho que nos molestamos el uno al otro, que llevarías otra existencia, tal vez
mejor, si yo no estuviera aquí? ¿No ves en nuestra convivencia un espantoso
porvenir de monotonía, un siniestro desenlace?
Aquellas
discusiones no tenían salida, ambos manteníamos nuestras posiciones, cada
enfrentamiento verbal concluía con una falsa partida de Rebecca, que al cabo de
una hora o un día regresaba humilde y arrepentida.
Existieron todavía
hermosos sobresaltos, especialmente por la noche; a medida que el día
declinaba, su exaltación crecía, incontrolada y desenfrenada. Entonces, si
debíamos ir a casa de amigos o a un lugar público, yo temía sus reacciones.
Ante la menor reflexión, por una mirada demasiado intensa a otra mujer, era
capaz de abofetearme, tirarme un plato a la cara, injuriarme ante todo el
Página 98
mundo, amenazarme
con un cuchillo. El ridículo de un altercado en público no la asustaba, muy al
contrario.
Recuerdo una fiesta
en la que había bebido más de lo acostumbrado, se había excitado hasta lanzar
agua a la cara de las personas que no le gustaban, se había revolcado por el
suelo, cloqueado como una grulla ante el más pequeño chiste, incitado a los hombres,
soltado su histérica risa que tanto me indisponía, para terminar medio
desvanecida en el lavabo, entre vómitos que un exceso de alcohol arrancaba a su
sobrecargado estómago.
Debo decir que mis
amigos nunca aceptaron a Rebecca; le reprochaban sus vestidos demasiado
llamativos y su belleza que eclipsaba la de sus pálidas costillas, de alto
linaje y buena familia. No perdonaban a aquella hija de pueblo que no conociera
su lugar, se creyera su igual, e incluso rivalizara con ellos. Aquellos falsos
desclasados, pseudoliberales, ex izquierdistas, ex combatientes de justas
causas revelaban, ante ella, su auténtica naturaleza de burgueses: Rebecca
permanecía exiliada entre toda aquella gente de la buena sociedad, que la
recibía con desagrado. Se mostraba con los snobs altiva, fantasiosa,
reprochándoles su doble juego, que no se tomaran por lo que eran: simples
privilegiados. De ese modo, cuando la dosis de desdén y desprecio se hacía, en
aquellas reuniones mundanas, demasiado fuerte para ella, Rebecca se
emborrachaba como había hecho en la velada que le estoy contando. La acompañé
jadeante a casa, furioso por el espectáculo que había dado, por las chanzas y
las burlas de una concurrencia poco dada a la indulgencia.
En la cama, cuando
hubo recuperado el sentido, la abrumé con mis reproches; ella respondió que
todo había sucedido por mi culpa y que no soportaba ya la gente rica y hedionda
a la que yo frecuentaba. La contradije; ella se empecinó en sus acusaciones y terminó
abofeteándome. La golpeé a mi vez. Ella me dio tan violenta patada en el
vientre que rodé por el suelo. Hastiado de su brutalidad, le propiné fuertes
bofetones en el rostro. Luego, me tapé la cara aguardando una respuesta. No se
produjo. Esperé. Ni un ruido. La llamé. No hubo respuesta. La sacudí. No se
resistió. Entendí por fin: yacía con los ojos cerrados, muy pálida, envuelta en
las arrugadas sábanas. Me puse a aullar, a llorar, abrazándola tiernamente,
gritándole que despertara, que abriera al menos un ojo, que diera
Página 99
algún signo de
vida. Su inercia era tal que habría podido doblarla, desgarrarla sin que
rechistara. Le tomé el pulso: latía débil e irregularmente. Corrí a buscar agua
y le humedecí el rostro levantándole la cabeza. No hubo reacción, el desmayo
era profundo. Conocía lo bastante aquel tipo de estados para no temer lo peor.
Imaginaba ya mi vida comprometida, su familia persiguiéndome con implacable
rencor. Y todo por un gesto de nerviosismo. En mi maquiavelismo, me asustaba
menos el miedo de haberla matado que el temor a ver comprometida mi reputación.
Me dispuse a darle una inyección para reanimarla. Pero sólo estaba aturdida;
despertó por fin. Sin embargo, sólo me tranquilicé a medias: estaba pálida, el
sudor corría por su frente. Se quejaba con voz inaudible de lacerantes dolores
de cabeza. Le hice tomar dos aspirinas pero no pude pegar ojo en toda la noche.
La angustia me dominaba, me estrangulaba, sentía una dulzura casi sensual al
pedirle perdón, temiendo que me guardara rencor, pidiéndole que me transmitiera
su calidez, su vida. Aquella palidez me asustaba; sequé suavemente sus
mejillas, húmedas todavía, con un pañuelo fino. ¡Cómo la amaba! Ahora era mía,
yo la había empujado hasta las fronteras de la muerte y la devolvía,
suavemente, a las más clementes regiones de la vida. Saboreé su total docilidad
y velé por ella hasta el desayuno. Mi brutalidad me dictaba un sentimentalismo
de circunstancias en el que me compadecía tanto de ella como del terrible
peligro al que yo había escapado. No tuvimos escena alguna durante tres días.
Lo «flipante»:
—utilizábamos ese neologismo tomado de la jerga de la época para referirnos a
las fechorías y mentiras que yo revelaba a Rebecca, reservándolas para las
grandes ocasiones. Pequeño tesoro de jugarretas, provisión de horrores, reserva
de patrañas con las que había protegido mis despropósitos y cuyo simple relato,
ciertos días especialmente elegidos, le provocaba profundos y violentos
sufrimientos. A este respecto, recuerdo otro episodio. Estábamos en Venecia, en
mayo, sentados en la terraza del Florian. En esta ciudad de las uniones
efímeras y desgraciadas, nos arrullábamos, desafiando, como usted ayer, la
leyenda maldita de la ciudad. No sé ya por qué degeneró la conversación pero,
al cabo de
Página 100
unos minutos, le
solté a Rebecca una de mis «flipadas», contándole detalladamente cómo, dos
semanas antes, mientras ella me creía de guardia en el hospital, me había
acostado con R., una de sus amigas. Saboreé las consecuencias de mi confesión,
esperando verla descomponerse, estallar en sollozos. Me engañaba. Con un gesto
brutal, me lanzó al rostro su taza de café. Apenas tuve tiempo de secarme
cuando, desabrochándose el cinturón, me cruzó con él, fuertemente, la cara. Un
grupo de turistas aplaudió. Yo intenté dominarla, pero las pullas y los
silbidos de los viandantes me lo impidieron. Temía demasiado el escándalo como
para abofetearla en público: opté por huir ante las carcajadas de los
gondoleros y los vendedores ambulantes. Crucé la plaza de San Marcos y tomé la
vía peatonal que lleva a la Stazione. Y en aquella calle italiana, por donde
Proust corría detrás de su madre para despedirse antes de que tomara el tren,
yo, pequeño médico francés, ponía pies en polvorosa perseguido por aquella
furia que quería darme una paliza ante todo el mundo. La despisté finalmente, y
por la noche, nos reconciliamos; pero, furioso por haber sido puesto en
ridículo ante tanta gente, aguardé a que estuviera dormida, pillé en el suelo
dos cucarachas y se las puse en las braguitas que llevaba incluso por la noche.
Sus gritos de terror cuando las descubrió, el trauma sufrido mientras yo fingía
dormir, me consolaron deliciosamente de las humillaciones del día.
Créame, Didier, al
comienzo al menos no fui cruel sin desesperación. En el fondo de mí mismo
existía el sordo terror a una revancha. Encaramado, en cierto modo, en mi
propia maldad como si estuviera sobre un abismo que me atrajera y me rechazara
al mismo tiempo, me abandoné a la maleficencia con vértigos de voluptuosidad.
No podía defenderme
de mis tareas hereditarias. Aunque odie el crimen y tema a mi padre, estaba
perpetuando su orden. Tropezaba con mi cordón umbilical, la placenta me
abrasaba los ojos. El anciano reclamaba su parte, lanzaba sus coces, me legaba
cada uno de sus defectos como si estuvieran ampliados por una lupa.
En los tormentos
que infligía a Rebecca yacía ese insensato sueño: que la huella de un
sentimiento nuevo y bien templado naciera de las oscuras aguas de la
humillación. Como me negaba a
Página 101
creer en el
naufragio de nuestras quimeras, la ferocidad era también una perversa táctica
de seducción. Espero que quiera comprenderme.
No la deseaba ya.
Sólo bastaba con que alargáramos los brazos para caer en una apasionada
relación, pero nuestros brazos nos parecían blandos, como ahítos de amor.
Desaparecidos los obstáculos, el deseo se hizo insípido. Pues el deseo es hijo
de la astucia: busca los serpenteantes senderos de lo oblicuo, la línea recta
le aburre. Por ejemplo: nos acostábamos; en sus ojos, su actitud, su languidez,
yo advertía que debería pagar, una vez más, con mi persona. Bostezaba yo
ruidosa, ostensiblemente, jamás había sentido tantas ganas de dormir; ella,
naturalmente, se acurrucaba contra mí, excitaba mis órganos con sus rodillas.
Pensar en el esfuerzo que debería realizar me aterrorizaba: ella permanecía
desnuda, opulenta, hermosa. ¿Por qué no sentía pues un gran deseo de fundirme
en ella? Rebecca estaba allí, con sus órganos desenfrenados y su vientre
hambriento. Me tendía una boca que sólo aguardaba mi consentimiento para
devorarme. Bésame: le concedía un beso. Más: volvía a besar su hocico. Hazlo
mejor… Su lengua me molestaba, era una broca que perforaba mi paladar, bajaba
por el tubo digestivo, pasaba al embudo gástrico, iba a despertar los nervios
del vientre, gritándoles: «¡De pie, de pie, me debéis el deber del amor!».
Pues en sí mismo el
beso no era nada comparado con lo que inauguraba: algo estúpido y convencional
que se llama cópula. A menudo, por cobardía, cedía. Aplastaba mis labios sobre
los suyos, como se aplasta un cigarrillo en un cenicero, y nos entrelazábamos,
decidida ella a obtener el máximo placer y yo a terminar enseguida. Cerraba los
ojos y cumplía sin ardor con mis deberes conyugales. Recuperé una costumbre de
la adolescencia: el cálculo mental. Me fijaba un límite: 1.000, por ejemplo, o
2.000, y contaba en series de 200, lentamente, al ritmo de una trotona,
cambiando de posición a cada serie: los números eran testigos de mi
aburrimiento y me permitían llenar el tiempo. Cuando había alcanzado la cifra
fijada, me vaciaba en algunos sobresaltos. El brutal aguijón de los sentidos,
lejos de vencer la saciedad, no dejaba de confirmarla. Algunas veces recurría a
la imagen de otras mujeres para cumplir mi tarea, pero la
Página 102
substitución era
insuficiente, la realidad no se dejaba olvidar. Sin embargo, con el tiempo, mi
ardor desapareció por completo: ya no la tocaba y le imponía una castidad de
cansancio.
De ese modo, la
mitología con la que había gratificado a Rebecca, su extrañeza que me había
aterrorizado tanto como embriagado, habían terminado por resultarme
excesivamente familiares. Podía preverla por completo, había perdido la
facultad de sorprenderme: los alardes, las artimañas, la coquetería que
utilizaba y que me habían embrujado, no me hacían ya efecto alguno. La moneda
del sortilegio reventaba como un globo, revelando el flaco esqueleto de un
truco. Y, además, su taciturna belleza no me inspiraba ya nada: sus mohínes,
sus suspiros, sus muecas, todo lo que me había mantenido en suspenso me
exasperaba ahora.
Rebecca era
complicada porque exploraba minuciosamente todos los recodos de aquella jaula
que denominaba su pasión por mí; pero, en cambio, no era compleja; al explorar
sólo aquellos recodos no tenía misterio alguno que ofrecerme. En vez de un
impulso creador, se desecaba en el infeliz análisis de sus sentimientos.
A un ser puede
perdonársele todo, le decía yo: su vulgaridad, su estupidez, salvo aburrirse
con él. En amor, al revés que en la administración, el principio de antigüedad
es un defecto, el ascenso se realiza al revés. De hecho, con ella me aburría
mortalmente. Y el tedio es un compañero que sólo se soporta en la soledad:
porque no se desean testigos de esos instantes malditos, por miedo a adquirir
una imagen infamante.
Junto a Rebecca,
los días me parecían insoportablemente largos: todos ellos me devolvían las
mismas angustias, los mismos momentos pesados que nos abrumaban, a horas fijas,
con mortal regularidad. ¿Se ha fijado usted en cómo la ausencia de
acontecimientos nos disgrega con su calma tanto como las más violentas
catástrofes? Para escapar a mi pareja, recorría los cafés, los círculos, las
conferencias, me inventaba coloquios, citas; cada minuto arrancado a nuestra
vida en común me resultaba una fuente de deleite. La monotonía de las veladas
idénticas, los mismos amigos hallados en las mismas mesas y diciendo las mismas
cosas, desgranando los
Página 103
mismos abortados
proyectos con la misma ausencia de entusiasmo, las mismas viejas bromas en las
mismas bocas, todo aquello me asqueaba hasta despertar en mí verdaderos deseos
de fuga animal, adolescente. No podía seguir llevando aquella vida regular y vacía,
tan trivial, tan ligera y tan pesada al mismo tiempo, y deseaba que ocurriera
algo electrizante, agitado, vivo, sin saber exactamente qué. Aquel hormigueo de
mínimos hechos, aquellas lamentables anécdotas encantaban a Rebecca: lo llamaba
las «peripecias de la vida en común».
Reconocía
perfectamente en ella el síntoma de la pareja: cuanto menos se vive, menos
deseos de vivir se tienen, los esposos son dos siameses para quienes el
universo, por apacible que sea, está lleno de amenazas y desórdenes; sólo se
permiten pues una audacia: encender el televisor, ponerse las zapatillas,
sentarse a la mesa. Para mí, la verdadera angustia estaba menos en la seguridad
de tener que morir que en la incertidumbre de haber vivido realmente: odiaba
aquella atmósfera de vileza cultivada que emanaba de nuestro dúo. No éramos ya
el señor y la señora, éramos Poltrón y Poltrona. ¿Nos habían remachado bastante
que el amor llevaba en sí mismo un principio al margen de la ley, un
irreprimible sentido del delito? Yo sólo veía en él prudencia, conformismo,
reverencias, acojonamiento disfrazado con el nombre de sentimientos, y no
denominaba amor a las pasiones legales. Sabía que la divisa de los
pequeños—burgueses: «mi vaso es pequeño pero bebo en mi vaso», es también la de
los amantes que permanecen juntos porque no encuentran nada mejor. No hay
tierno esposo ni casta amada que no abandonara en el acto su magro caldo
monógamo si le garantizaran abundantes compañeros y un renovado material
amoroso. Las raras excepciones a esta regla confirman el principio general.
Incluso usted, Didier: ama a Béatrice pero, si una mujer más hermosa y más
intrigante se le ofreciera, ¿no la abandonaría en el acto? ¿Protesta?
Explíqueme pues su atracción por Rebecca.
¿Qué es una pareja?
La renuncia a la existencia a cambio de la seguridad, el rostro sin atractivo
del amor legítimo. Ese espacio cerrado que trivializa a los seres menos dotados
para lo trivial,
Página 104
entorpece a los más
mercuriales. Veía a mi alrededor individuos que se zambullían en la
mediocridad, envejecían resignándose, abandonaban uno a uno los impulsos de su
juventud, cambiándolos por las marismas del funcionariado conyugal. Veía
hombres audaces, mujeres libres a quienes la vida en pareja había
desmovilizado, quitado encanto, a quienes la cohabitación había mellado. Odiaba
el mimetismo de los concubinos, su facilidad para adoptar los defectos del
cónyuge, su viscosa complicidad e, incluso, su traición que les une más
todavía. No había uno sólo de mis amigos que escapara de ésta cursilería, que
no fuera el escandaloso ejemplo de mi condición.
No podía eludir la
seguridad de que la verdadera vida está en otra parte, lejos de los míseros
expedientes de la pareja y las virtuosas estupideces del amor loco (que de
hecho es la cima de la tibieza, porque pretende hacernos perpetuamente
soportable la compañía de la misma persona). Pensar que debería soportar esa
fláccida relación en las interminables tinieblas de una existencia echada a
perder, me ponía los pelos de punta. Quería abandonar a Rebecca como una
serpiente: dejando entre sus manos un despojo que ya no era yo, un Franz que
había mudado de piel, entregándole una apariencia en la que ya no habitaba.
Rebecca se desolaba
ante mis intenciones, sintiéndome siempre más dispuesto a amar a cualquiera que
a ella.
Por aquel entonces,
toda mujer me parecía preferible por el mero hecho de ser otra. Algunas noches,
mientras me pudría en el calabozo conyugal, me decía: tengo que dejarme ver,
debo circular, no puedo permanecer emparedado como un traje de buen corte encerrado
en un armario. Como antes, volví a seguir a las mozas por la calle, en el
metro, volví a abordarlas deslumbrado por sus rostros, pues cada uno de ellos
me parecía la clave de un mundo vertiginoso. Rebecca no comprendía mi desapego:
segura de su belleza, no dejaba de compararse a las hembras que yo deseaba
para, acto seguido, despreciarlas.
—Si me engañas,
hazlo al menos con una más hermosa que yo.
Rechacé aquel
regateo:
Página 105
—No me pareces fea
ni hermosa, sino siempre la misma, y esa constancia me aflige. Aunque todas las
mujeres de la tierra fueran unos adefesios, como tú deseas, las cortejaría por
el simple placer de cambiar, de probar otras pieles. La auténtica belleza es un
goce de la cantidad, reside en la diversidad de las encarnaciones, la
multiplicidad de los rostros; las más hermosas mujeres son las que todavía no
conocemos.
Habría dado los dos
años de vida en común por uno solo de aquellos sofocadores instantes en los que
una extraña, que hasta entonces os ha desdeñado y a la que mirabais desde hacía
mucho rato, comienza a lanzaros ojeadas, inicia con vosotros el voluptuoso
duelo de las pupilas. Luego, cuando la hermosa os sonríe, sale de aquella boca,
repentinamente encantadora, una frase inefable, algo inverosímil y suave, dulce
hasta el llanto: la llamada misma de lo novelesco.
La mayoría de los
hombres ven pasar mujeres a las que desean y nunca tendrán, y se resignan; yo
no podía consolarme de aquellas fugaces viandantes, pues cada una de ellas me
suponía una herida que no dejaba de sangrar: las ocasiones pérdidas me dolían
como al amputado le duele el brazo que le falta. Paseaba por los bulevares,
entraba en las salas de fiestas y los cafés con huraña avidez, una gula
infantil por todos los cuerpos cuya carne palpitante venteaba, como ventea un
animal la presa o la proximidad del agua. Me sentía hambriento, como un
presidiario que no hubiera probado el amor desde hacía veinte años. Para mí,
Rebecca no tenía ya forma ni encanto, se hallaba al margen de la humanidad
sexuada, era un maniquí anterior a la división del ser humano en masculino y
femenino.
Mis amigos me
reprochaban a menudo que no me importara salir con mujeres poco agraciadas o
contrahechas. Algunas, efectivamente, lo eran. No es que fuera menos selectivo,
que me atrayera la belleza menos que a los demás, pero me sentía tan halagado
de que una persona del sexo contrario se interesara por mí que el peor
adefesio, al mirarme, adquiría ya la gracia de una reina; y sobre todo, como he
dicho, saludaba en cada una de ellas la
Página 106
irrupción del azar,
sacralizadas por el mero hecho de ser nuevas. Sólo venero los encuentros, esas
epifanías de la vida profana que transfiguran la existencia desgarrándola.
En aquella época,
estaba preparando una tesis sobre el virus de la hepatitis, trabajaba mucho y
Rebecca me robaba el poco tiempo que me quedaba. Para reservarme algo de
imprevisto, le mentía. Siempre había mentido, cuando era niño para salvar mi
tranquilidad, adolescente, para prolongar los beneficios de la infancia,
adulto, por costumbre y nostalgia. Decir la verdad me parecía una desastrosa
falta de imaginación; mentía a todo el mundo, con respecto a todo, sin razón
alguna, sólo para probar, por el placer de desorientar, de tener secretos, de
construir ficciones creíbles. Y obtenía de ello un goce tanto mayor cuanto que
la pareja moderna vive con un imperativo de sinceridad que exige a ambos
comparsas una completa franqueza. Yo prefería engañar a Rebecca pues la
confesión sistemática tenía, para mí, la horripilante facultad de achatar la
vida. El peor vodevil, siempre que despertara la emoción, me parecía preferible
a la zafia convención de lealtad de una pareja ejemplar. Me gustaba el fraude
porque es el arma de los débiles, de las mujeres y los niños que se forjan así
un espacio de libertad en un mundo que no se lo concede. Me permitía pues todas
las libertades, y con mis fechorías acumulaba el conjunto de interpretaciones,
protegiendo mis placeres sin poner en peligro nuestra cotidianidad.
Evidentemente, iba
de putas; me chiflaba su aspecto de animales de pasto; bestias estremecidas de
vida, con los pechos medio desnudos, mostrando los muslos y adornado el bajo
vientre con encajes y ligueros, invitaban a los viandantes a un tosco placer en
antros obscuros. Yo las apreciaba por epicurismo, por amor a la velocidad,
rápido medio de obtener el mayor número de cuerpos en el menor tiempo posible.
Pagar me servía sólo para acortar la distancia entre mi deseo y su
satisfacción. Gozaba de aquel lujo, economizaba la seducción y bendecía el
dinero que, corrompiendo a los individuos, los ofrece a incomparables
combinaciones eróticas.
Página 107
Pagar me permitía,
además, probar todos los tipos de mujer que me gustaban y que la vida me
ofrecía sólo a pequeñas dosis. Concentración de rostros y anatomías, la
prostitución presenta el aspecto onírico que sólo poseen las grandes reuniones:
voluptuosidad de los ojos y de la exposición antes de cualquier otro goce. En
el proletariado erótico celebraba, yo, la gran epopeya del amor, casi
independiente del sexo, que pone en nuestro camino seres con quienes la
segregación social nunca nos permite encontrarnos. Me encanallaba por afición a
las mezclas: el burdel es, con el metro, uno de los últimos lugares públicos
que acercan universos y condiciones distintas. En el ghetto de los barrios
bajos cesan, por unos instantes, los ostracismos de los barrios ordinarios.
Lejos de aguar mi entusiasmo, la faceta, sórdida a veces, del oficio, me
fascinaba desmesuradamente, como si confiriera una dimensión distinta a un acto
absolutamente infantil. Entonces, no acechaba tanto el placer como sus
posibilidades. Me mezclaba con la muchedumbre de los miserables que acechan, en
los huecos de las puertas, con aires de perro apaleado, a la sonriente virago
que los vaciará de un solo contoneo. Rozaba profundamente turbado las viejas
paredes de los hoteluchos como si estuvieran empapadas de la triste lujuria que
albergan. El polvo era para mí un rito de complicidad entre productores
independientes, una experiencia de calenturiento, con la calle como escenario y
el gasto como principio. Suripantas o mesalinas, la indiferencia, el desprecio
incluso que nos muestran aquellas mujeres, revelaba su sobrehumana esencia: me
fascinaba su afición a los niños y los perros, su excesivo sentimentalismo, su
tuteo republicano que instituye, con cada cliente, la democracia del amor
venal.
—¡No respetas nada,
ni siquiera nuestros más hermosos recuerdos! —me decía Rebecca.
—Tienes razón, ya
sólo podemos encontrarnos en el pasado, evoquemos pues esos felices recuerdos:
los centenares de comidas que hemos hecho juntos en centenares de restaurantes,
hoteles, albergues, snacks, los centenares de botellas de vino y agua mineral
que hemos bebido juntos, los centenares de platos encargados, las
Página 108
recetas, los cafés
que hemos degustado. Ahí están nuestros recuerdos, un gigantesco menú, una
verdadera cartelera de comistrajos. ¡Hermoso palmarés para una vida!
Cuando caminábamos
por la calle, sacándole una cabeza, daba siempre grandes pasos como si quisiera
huir de ella. Rebecca, jadeaba para seguirme y alcanzarme.
—¡Vamos, pequeñaja,
camina de una vez! —le gritaba—, ¡Pero qué baja eres!
Ahora denunciaba
nuestros excesos eróticos como una prueba de ovillamiento en la celda conyugal.
Nuestra abyecta intimidad del año anterior, le decía a Rebecca, sólo tenía su
origen en nuestro miedo al exterior. Jugábamos con nuestros excrementos para aislarnos
del mundo, para bastarnos a nosotros mismos. Habíamos llevado nuestra afición
al encierro hasta sus últimas consecuencias. ¿Qué podíamos hacer, siendo dos,
sino husmear, reírnos estúpidamente de nuestros pedos, ceñirnos al pobre ritmo
de su maquinaria orgánica? A eso conduce el erotismo conyugal: a una inmensa
afición por la mierda y al miedo del mar abierto.
Comprendí que
Rebecca iba pronto a formar parte de mis antiguos amores, pasiones postradas,
rancios lechos, viejas delicias ya encorvadas, que resultaban intercambiables.
Mi memoria sólo acariciaba con placer las efímeras aventuras, que brillaban con
todo el fulgor de su brevedad. Pero las relaciones más largas, arruinadas por
los rencores y la grosería, sólo merecían el olvido, la benefactora amnesia.
Además, un
desengaño inevitable, universal, se añade a todos aquellos que procura una vida
amorosa normal: no gustar a todo el mundo. Por apuesto, encantador e
inteligente que seas, siempre existirá una mujer que odie tu talento, tu éxito
y prefiera a seres menos afortunados; o si eres un infeliz perdedor, siempre
habrá otras mujeres que te reprochen el fracaso y la fealdad. Gustar es, por lo
Página 109
tanto, negativo;
sólo gusto a una u otra porque dejo indiferentes a la mayoría. Es una
experiencia desgarradora ser adorado por algunos, detestado por otros y
desdeñado por la mayoría. Esa multitud que no tiene ojos menoscaba tus más
hermosas conquistas. Conocía a Rebecca desde hacía mucho tiempo: ¿le parecía
todavía seductor? Por muy bien que hablen de nosotros, nunca nos dicen nada
nuevo y siempre son precisas otras confirmaciones, otras seguridades vacilantes
también. Ser el primero en el corazón de un hombre o una mujer es una irrisoria
confianza. ¿Soy el rey porque soy tu rey? Hay error pues. El afecto que un ser
siente por ti te deja perplejo por dos razones: te asombras primero de que no
todos te amen con idéntico ardor, y luego comienzas a sospechar que la mujer
que te adora tiene alguna debilidad. Si me ama es que está perdida: ¿quién
podría apreciar a un individuo tan miserable como yo, salvo alguien más
extraviado a quien satisface agarrarse a la ruina que soy? De hecho, la ternura
de Rebecca, en vez de revalorizarla a mis ojos, me impulsaba a buscar
infinitamente la estima de nuevas mujeres.
Con aquella
judeo-tunecina, yo había creído casarme con el Africa del norte y la tierra de
Sión. Pero su judaísmo no representaba nada, ni patrimonio ni fidelidad a un
territorio espiritual, y me parecía tan vulnerable y miserable como yo: en una
palabra, francesa al cien por cien. La había encerrado en el ghetto de su
singularidad y no dejaba de compararla con aquel ideal para mejor observar sus
fallos. A mi entender, había usurpado un título al que no tenía derecho: el de
miembro del pueblo elegido. Ella me respondía colérica:
—Amas tanto a los
judíos en general que no eres capaz de amar a una judía en particular. Me
asquea tu amistad por la casa de Israel; es sólo un pretexto para perseguirme.
Tu padre era antisemita por odio, tú lo eres por amor; él reprochaba a los
judíos serlo demasiado, tú me reprochas no serlo bastante. Reivindico el
derecho a una identidad ambigua, reivindico el derecho a ser complicada.
¡Tenía razón,
claro! Yo era uno de esos cristianos que, para expiar un molesto pasado, han
deificado la Entidad judaica hasta el punto de acusar de traición a todo judío
que no se adapte a ella. Exigiendo
Página 110
de cada israelita
que exhiba su diferencia como un fetiche, nos mostrábamos tan sectarios como
nuestros padres, que en su época les exigían que la disimularan. Pero en aquel
tiempo, obsesionado por mi ceguera de gentil, yo era impermeable a tales
argumentos. Una cosa, y sólo una, me apenaba: si la abandonaba complacería a
mis padres. Creerían en una victoria del sentido común francés cuando, para mí,
se trataba de una derrota del sistema conyugal. Un singular acontecimiento
terminó con mis escrúpulos. En aquel tiempo, mi padre, que hacía
investigaciones genealógicas sobre nuestra familia, descubrió por casualidad, a
mediados del siglo XIX, la boda en Aquisgrán de uno de nuestros antepasados con
una tal señorita Esther Rosenthal, judía polaca de la que había tenido cuatro
hijos, el menor de los cuales era precisamente su bisabuelo directo. Aquella
gota de sangre semita en nuestra dinastía aria se le subió a la cabeza, y tuvo
una congestión que le resultó fatal. Recuerdo sus últimas palabras en la unidad
de cuidados intensivos:
—Franz, me he
equivocado toda la vida: los judíos tienen razón, son los verdaderos
precursores de la Europa moderna.
Había odiado a mi
padre durante años y años; el odio se convirtió en desprecio al llegar a la
madurez, el desprecio en compasión cuando aquel déspota se reveló un anciano
frágil y miedoso. Pero, tras aquellas palabras, el hombre volvía a ser mi
padre. Y besé las manos de aquel Justo a quien la Revelación había herido en el
umbral de la muerte. Y lloré desesperado cuando, en voz muy baja, el agonizante
murmuró:
—Los cerdos son los
árabes, con todo su petróleo.
Yo no amaba a
Rebecca y lo lamentaba. Saciado, reclamaba en vano una pasión que había huido
de mí. Ya no sentía nada, ya no temblaba, ya no tenía celos y aquella calma era
desoladora. Me imaginaba a Rebecca en brazos de otros hombres, besándolos,
recibiendo sus caricias, sus homenajes, y aquellas imágenes me dejaban
indiferente. ¿Hay peor herida que advertir que el fuego de la pasión se retira
de ti como el mar se retira de la playa cuando baja la maread? Yo tenía
coqueterías de hombre rico: ¡oh, me decía, sufrir por una mujer, qué bueno debe
de ser sufrir mal de amores! Veía la
Página 111
mirada de Rebecca
implorando en silencio, solicitándome unas explicaciones racionales que yo no
tenía. Mi deseo de ruptura era tan arbitrario como mi flechazo de hacía dos
años.
—Pero dime qué te
he hecho, si te he enojado, si te he herido… —¿Qué me has hecho? Nada:
sencillamente, cometes el error de
existir.
Por un quítame allá
esas pajas, una mirada, un lapsus, un número de teléfono garabateado, me hacía
escenas de celos grotescas, insípidas, repetidas. Su cólera era una tentativa
mágica de simplificar una situación que ya no dominaba. Yo sufría la cotidiana
censura de la amante legítima que espía vuestra camisa, vuestra ropa interior,
detecta el menor cabello, registra vuestros bolsillos y vuestras agendas, llama
a los números que encuentra con la esperanza de dar con una voz femenina. Se
esforzaba por reconstruir escenas, conexiones, contactos con toda la
minuciosidad de un detective. Pues no hay policía más implacable que un amante
para con el otro. Tachaba en mi agenda los números o las direcciones
sospechosas para que yo no pudiera leerlas. Intentó incluso sobornar a una
enfermera del hospital para que me vigilara. Para ella, cualquier extraño se
convertía en una persona equívoca a priori y, por lo tanto, peligrosa. Y cuanto
más intratable se mostraba, más se sumía en la torpeza. En la calle, era una espía
pegada a mis talones, acechando la menor silueta femenina para evaluarla antes
que yo y despreciarla. «No vale la pena que te des la vuelta —mascullaba—, es
un verdadero adefesio». Para hacerla rabiar, me divertía mirando intensamente a
los viejos, las ancianitas, o los bebés, y eso la desorientaba obligándola a
permanecer siempre al acecho, de manera que al final, agarraba verdaderas
tortícolis. Mi mariposeo la irritaba: en cuanto ella identificaba una, presa,
yo estaba ya con otra, de modo que, creyendo caer sobre ella, sólo echaba mano
a los despojos. Buscaba, a través de sus investigaciones, una rival de carne y
hueso, única y sólida, con la que poder medirse, confrontarse. Pero yo no
abandonaba nuestra pareja para formar otra; estaba siempre en otra parte,
siempre le llevaba una conquista de ventaja. Y le decía con infantil aire de
desafío: no
Página 112
te abandonaré por
una mujer en particular, sino por todas las mujeres.
—Me amas —le
decía—, ¿y qué me importa a mí? Sufre en silencio:
la discreción es la
forma moderna de la dignidad.
El ritmo de las
peleas se intensificó hasta convertirse en nuestro pan cotidiano: podíamos
contar las horas de una semana en las que no nos habíamos peleado. En mi
apartamento resonaban los incesantes ecos de nuestros enfrentamientos.
Pasábamos días enteros en desgarradoras crisis, todo nos resultaba pavor y
sufrimiento, y yo temía, por encima de todo, los fines de semana, que nos
dejaban cuarenta y ocho horas seguidas frente afrente. Cada disputa era seguida
de malas caras que desembocaban en componendas tan forzadas como frágiles. La
reconciliación es una obscenidad de la escena de pareja. Que tras tantas
invectivas, porrazos y maldiciones los cónyuges se encuentren frescos,
dispuestos, como si nada hubiera ocurrido, es una basura, un abyecto agujero de
la memoria. Pronto me exasperaron también esos arreglos: estaba cansado de
aquel guión que funcionaba como un mecanismo de relojería, harto de aquella
quincalla colérica, más codificada que la etiqueta de un rey en su corte.
Aquellos excesos de violencia hubieran debido ser el exutorio de una tensión
demasiado fuerte, pero el exutorio se convirtió en la propia pasión, la escena
en nuestro régimen normal y el exceso en nuestro modo afectivo.
Rebecca me decía:
—Pasas la pubertad
a los treinta años, sólo eres un obseso sexual. —¿Y qué?
Esa obsesión no
tendría nada de
vulgar. Pero te equivocas. Soy alguien que no quiere
renunciar a nada, se niega a elegir. Me echas en cara, como un escupitajo, mi
donjuanismo. Lo acepto. Don Juan
aspira al don
de la ubicuidad:
quiere ser el apasionado amante de una sola y la
revoloteante mariposa de todas, quiere arder por la fea y arder por la hermosa,
aspira a abarcar en una sola existencia todos los destinos posibles. Por ello
es un héroe de la impaciencia, no un militante del placer. Tú tienes
Página 113
sueños de
modistilla. Aspiras a la felicidad de un hogar estable, a mí sólo me gusta
acumular compañeras. Mi libertinaje te hace sufrir, yo sufro las tiranías de tu
sentimentalismo. En vez de abrumarnos, reconozcamos nuestras distintas
tendencias y saquemos las lógicas consecuencias de esa diversidad.
Rebecca y yo
formábamos el dúo heterosexual estándar que puede verse en todos los parques,
los cafés, los bailes, con los ojos húmedos, las manos secas, enjabonado el
culo, el sexo siempre dispuesto a probar su, afecto, que no desea cargarse de
niños o ancianos; en resumen, la perfecta concha cerrada. Contemplé a mi acerba
media naranja que me proponía, a todas horas del día o de la noche, transformar
mi exclusiva preocupación por mí mismo en un egoísmo a dos, en el que
formaríamos un bloque contra todo el mundo. ¡Ah, qué hermoso ideal blindado,
espléndido encarcelamiento en la caja fuerte matrimonial! Los acontecimientos
de la vida pública, los grandes dramas que sacudían el mundo sólo llegaban a
nosotros a través de nuestro capullo, apagados, y por lo tanto no nos
alcanzaban. Habíamos tejido a nuestro alrededor una sólida túnica que nos
protegía del exterior y Rebecca, ahora, quería elaborar otra. Para ella, el
universo se reducía a un puñado de seres humanos sin los cuales iba apagándose.
No se sentía inmersa en algo más vasto. Ignoraba los envites fundamentales de
la época, vivía su vida en sus problemas personales, en la espantosa pesadez de
su frivolidad.
La vida en pareja
sólo se soporta denigrándola, único medio que queda para embellecerla. Durante
mucho tiempo, la maledicencia me sirvió de distracción: hablar mal de Rebecca,
destrozarla sin tregua ante mis amigos, me permitía no abandonarla, bastaba para
liquidar mis malos humores; la traición como substituto de la deserción. Un
domingo por la tarde, nos habíamos peleado como de costumbre y salí a comprar
un paquete de cigarrillos. Cuando regresé, no estaba en casa: registré las dos
habitaciones, la llamé; nada. Irritado ante la perspectiva de una larga tarde
en solitario,
Página 114
llamé por teléfono
a un amigo. Vertí en su complaciente oído todas mis quejas contra Rebecca,
insistí en la ruina de mi deseo hacia ella y, con la irremediable fanfarronería
de los muchachos, le conté alguna calaverada que había hecho dos días antes.
Tras un cuarto de hora de conversación, decidimos encontrarnos en un café y
colgué.
Entonces Rebecca
salió de la cama deshecha: se había ocultado bajo el edredón, confundiéndose
con él. La revelación de cierta verdad de mí mismo, que ella sospechaba pero no
quería creer, le hizo el efecto de un revulsivo. Sacando las zarpas, comenzó a
aullar desaforadamente y comenzó a derribar sillas y objetos, como
acostumbraba. Creí que iba a arrancarme los ojos, pero fue más hábil. Con mal
contenido furor, exigió acompañarme a mi cita; no adiviné sus motivos y acepté,
jurándome que me mantendría al acecho. Explicó su estratagema a mi amigo, muy
extrañado de verla, y luego le dijo:
—Sé que Franz te ha
hecho sobre mí confidencias muy íntimas.
Tal vez te interese
saber lo que me ha dicho de ti.
Resultaba que con
aquel compañero, médico como yo, manteníamos en nuestro servicio una rivalidad
profesional, ambos aspirábamos al mejor puesto, el mejor lugar en la estima de
nuestro profesor. Se derivaba de ello una evidente competencia que se vertía a
veces en bromas, en rencores otras, y que nuestras amiguitas conocían muy bien.
Por mucho que protesté de mi buena fe, mi colega mostró curiosidad por saber lo
que yo decía a sus espaldas, Rebecca, muy inspirada, no le ahorró ni un ápice
de mis calumnias, desde su poco agraciado físico hasta su torpeza sexual,
pasando por su talante de adulador. A medida que escuchaba aquellas
confesiones, el hombre iba palideciendo, convencido de que ella no podía
inventar detalles tan precisos. Al cabo de una hora, se levantó, muy pálido, y
nos abandonó sin decir palabra. Aquella tarde conseguí un enemigo mortal y
ninguna de las injurias que dirigí luego a Rebecca pudo consolarme de la
pérdida de aquel amigo.
—Dime —le
pregunté—, ¿qué puertas me has abierto en tres años de existencia, a quién me
has presentado? Peluqueras, vendedoras, tenderas, maquilladoras, maniquíes,
estilistas, traperos, manicuras,
Página 115
fotógrafos,
pedicuros, es te tic is tas; ésas son tus relaciones, la chusma de lo fútil y
lo vano, los petimetres de la moda y las apariencias.
Naturalmente,
habríamos podido optar por las soluciones nobles. Moríamos por un excesivo cara
a cara y hubiéramos debido distanciarnos, aceptar el prestigio de lo indirecto,
espaciar nuestros encuentros. Pero cuanto más escaseaban nuestras entrevistas,
menos ganas tenía de verla. Yo sabía que existen varias artimañas para salvar o
prolongar la unión: elegir el desgarro, arriesgar el amor del otro, ayudarlo a
recuperar su densidad. Habríamos podido entregarnos orgiásticamente a una
multitud de pretendientes y, así, consolidar el contrato, fingir una pérdida
para unirnos mejor. Aquellas opciones tenían el defecto de ser sólo formales y
mantener un compromiso que yo ya no deseaba. Odiaba la monogamia en todas sus
formas, liberal, promiscua, clásica, emancipada, conciliadora, dulce, y sólo
aspiraba a librarme de ella. Y además, con aquellos acomodos, habríamos
aguantado unos años más, cargando con nuestros rencores, conjugando pareja y
libertinaje, encaminándonos hacia un fatal desenlace tanto más amargo cuanto más
lo hubiéramos diferido.
Las cosas se
arrastraban cruelmente. Habían transcurrido más de seis meses. Era necesario
acabar. Tuve un acceso de valor. Le dije a Rebecca:
—Separémonos antes
de que sea demasiado tarde. Separémonos en nombre de la historia que hemos
vivido juntos y de la que ya no somos dignos. Esperaba que tomaras la
iniciativa de la ruptura: no lo has hecho. Debo ocuparme sólo de tan penosa
tarea. Compréndelo: hemos ido demasiado lejos; el peso de nuestras injurias, de
nuestras bajezas es ya excesivo. No se trata de reparar o pagar, debemos
reventar el absceso y separarnos. Me amas todavía, no esperes a no amarme; si
te vas en el buen momento, ambos sufriremos menos. Ayúdame a librarme de ti,
devuélveme la dignidad que pierdo al
Página 116
degradarte. Vivamos
nuestras respectivas chifladuras sin agravárnoslas el uno al otro.
Me respondió:
—Quiero vivir como
todo el mundo, al lado de un compañero que me cuide, quiero hijos, eso es todo.
Te di mi substancia y deseo consagrarte toda mi vida.
—No me consagres
nada, te lo ruego. No quiero tu sacrificio. Lo odio de antemano, a causa de los
intereses que reclamarás un día u otro. No esperes agradecimiento de mi parte.
—Me he explicado
mal, Franz; aunque sea desgraciada contigo me quedaré, pues no he perdido las
esperanzas de cambiarte.
—No sueñes; otras
lo intentaron antes que tú y se estrellaron. Una especie de gran obstáculo
arruina, regularmente, mis empresas sentimentales. En mi impulso hacia ti, tomé
la decisión de olvidar a todas las mujeres que había conocido y tener éxito
donde había fracasado con las demás, conseguir un amor loco perdurable. La
maravilla ha durado dos años. Hoy estamos pagando nuestro deseo de sacar a
flote una ilusión. El mundo está lleno de agitación: los hombres, las cosas,
respiran, se mueven, forman una vasta perspectiva, deseable, preciosa, en la
que quiero mezclarme.
—Franz, analizas
demasiado como para ser sincero. Pero si ya no quieres saber de mí, lo acepto.
Con lágrimas en los
ojos, Rebecca recogió sus cosas y se marchó. Aunque no la amara ya, me sentía
conmovido. Cuando la puerta se cerró tras aquella compañera que se desvanecía
ya en el pasado, pude considerarme libre. El férreo vínculo se había roto, la cadena,
suelta, se arrastraba por el suelo. Descansé por fin, lleno de un nervioso
pasmo. Pero la cadena iba a sujetarse de nuevo, violentamente, y nos sacudiría
tanto que íbamos a sentirnos unidos para siempre el uno al otro.
A la mañana
siguiente, Rebecca regreso y me dijo:
—No puedo vivir sin
ti: acuéstate con todas las mujeres, pero deja que me quede.
Hubiera debido ser
duro. Pero aquella muchacha tenía la muda obstinación de los humildes contra la
que nada puede hacerse; me desgastaba con su pasiva resistencia, y cierta
cobardía me obligo a aceptarla de nuevo. Aquella vez estaba absolutamente
decidido a no
Página 117
tener escrúpulos:
se trataba de una guerra. Puesto que no se había retraído ante el infierno
conyugal, iba a hacerle sentir el infierno a secas.
Pensé en los
mejores modos de humillarla, y los clasifique en una lista de seis: el sexo, la
raza, la clase social, el físico, la edad y la inteligencia. Elimine, primero,
el sexo, la raza y la edad, humillaciones demasiado difusas para afectar a una
persona concreta. Rebecca, por ejemplo, aguardaba con inquieta esperanza que yo
la tratara algún día de «sucia judía», insulto que le habría confirmado mi
ignominia. ¡Idiota! Habría deseado que estropeara lo único que respetaba de
ella: su judaísmo. Yo buscab a injurias eficaces y me hubiera ridiculizado
dirigiéndole aquélla: habría sido absolverla para abrumar a su pueblo;
confundirla con una comunidad prestigiosa habría sido honrarla demasiado.
Compréndame, el racismo es estúpido, ataca la colectividad en el individuo y
comete un doble error: deja indemne al ofendido y provoca la solidaridad del
pueblo al que pertenece, reúne cuando debería dividir. En la empresa de
demolición que había iniciado con Rebecca, trabajaba yo en un nivel más sutil y
operante: atacaba sus fibras más intimas; a saber, su inteligencia que yo ponía
en duda, y su físico, al que criticaba, precioso tesoro de una mujer que había
hecho suyo el imperativo moderno de nuestra sociedad: ser aparente ante todo.
Anadi a ello la condición social, buen tema de vejámenes en nuestra época de
reflujo, que ha restaurado el arribismo, la jerarquía de las clases y las
fortunas. En resumen, elegí todos los terrenos que no podían dar lugar a una
respuesta política o ideológica, golpee el blando vientre de la fragilidad
personal. Quería que Rebecca quedara absolutamente indefensa ante su
sufrimiento, reducida a los últimos despojos.
Por lo que al
método se refiere, elegí la inconsecuencia: iba a romper en ella cualquier
seguridad, la haría vivir en el miedo y la angustia, quería sentir como se
tensaba y consumía poco a poco, y para ello iba a combinar el ataque y la
sorpresa, es decir, a tomar la iniciativa, a acosarla sin descanso, a no estar
nunca donde me esperaba (si era necesario, daría incluso muestras de clemencia
Página 118
cuando temiera mi
severidad, y viceversa), pera que no pudiera dar nada por sentado, ni siquiera
el café que tomábamos juntos, para que todo, incluso el aire que respirara,
estuviera saturado de desaires, de odio, y sintiera suspendida por encima de su
cabeza la perpetua amenaza de una contraorden, de una inesperada brutalidad. Mi
objetivo fue recrear a su alrededor el mundo de los terrores arcaicos en el que
viven los niños maltratados. Le hice a medida una existencia al acecho, para
que ni siquiera fuera ya el alimento de mi cólera sino un testigo despreciable
y sin importancia alguna de mi cotidianidad.
La enfermedad de no
ser amada extendió muy pronto, por el rostro de mi amante, un velo que atenuaba
el relieve de su belleza, volviéndola desabrida e inexpresiva. En cuanto su
encanto se alteraba, se lo hacía notar. Ella se precipitaba hacia un espejo y,
creyéndose fea, acababa afeándose realmente. Ése es el poder de la maldad:
moldea y deforma a los individuos. ¡Pero qué talento exige! No imagina qué
difícil es ser odioso; el mal es Una ascesis como la santidad, primero es
preciso vencer los prejuicios de una sociedad propensa siempre a la compasión,
aplastar sin descanso la pálida multitud de los buenos sentimientos, tener por
fin un agudo sentido teatral, un conocimiento psicológico del alma que no está
al alcance de todos.
En el colmo de la
mala suerte, mi pobre amante tenía el defecto de somatizar mucho, castigando su
cuerpo con nuestras disputas. La menor contrariedad le producía erupciones de
granos, grandes manchas rojas que tardaban horas en desaparecer y que ella iba
a ocultar en una habitación obscura. Cenamos, un día, en casa de unos amigos,
gente de mi clase, jóvenes burgueses acomodados, rencorosos y «de izquierdas»,
naturalmente. Al iniciar la comida, como quien no quiere la cosa, le hice
ciertas observaciones agrias sobre su ridículo modo de ataviarse, su nariz
reluciente, su piel grasienta, sus ojos enrojecidos. La concurrencia creyó que
eran susurros de ternura y se admiró de mi afecto. Rebecca fue a
Página 119
levantarse para
llorar y mantuvo luego, para conmigo, una actitud hostil. De ese modo, todos me
imaginaron inocente y dulce, soportando a una mujer vindicativa y colérica. Y
yo conocía las consecuencias: la irritación no tardaría en hacer su feo trabajo
en el rostro de Rebecca. Apareció una gran pústula en plena mejilla.
—Querida, tienes un
grano en la cara —exclamé en voz alta. Rebecca palideció, pasó un tembloroso
dedo por la región
atacada, tratándome
entonces de «cabezón» o de «cara de culo».
Tomando por testigo
a la concurrencia, exclamé:
—A fin de cuentas
no es culpa mía que seas granujienta; todo el mundo sabe que el acné no depende
de la edad.
Todos rieron, sobre
todo las mujeres, feministas, claro, muy contentas de que humillaran a una
rival que ni siquiera era de su clase. Si hubiera usted visto la cara de
Rebecca: lívida como una momia. En pocos segundos, su perentoria belleza se
desmoronó como un montón de platos. La conversación se reanudó mientras ella
hacía huelga de palabras, ponía mala cara en un rincón, ocultando torpemente su
mejilla con una mano mientras el mal evolucionaba, atacaba el otro lado,
trepaba hacia las sienes, extendiendo sus sutiles mancillas hasta la boca y el
cuello. Rebecca sentía tanto pánico cada vez que cenábamos fuera, que la
alergia aparecía incluso cuando me portaba bien, prueba de que ya no tenía que
intervenir para ser eficaz.
Y además, mi
querida concubina estaba muy acomplejada ante aquella humanidad superior a la
que yo la arrastraba y cuyo distinguido alboroto la fascinaba. La habíamos
bautizado como «la Muda» porque no se atrevía a tomar parte en nuestras
conversaciones y se mantenía en su silla, rígida y silenciosa. Y la poníamos
siempre a un extremo de la mesa, cerca de la cocina, separada de todos, porque
no tenía nada que decir. Nunca faltaba un alma caritativa que le reprochara su
timidez y la sumiera más aún en su mutismo, pues aunque Rebecca me hiciera
enloquecer de celos y me abrumara con sus veinte primaverales años, siempre
carecería de aquella cultura burguesa, aquella infancia soñadora en grandes
caserones algo deteriorados; su único lugar de vacaciones había sido el patio
de un edificio de renta limitada, su único recuerdo de infancia el cuscús de
los viernes por la noche y su único breviario el
Página 120
aparato de
televisión. La pobre nunca estaba segura: se esforzaba por estar al corriente
pero se advertía en ella el conocimiento reciente, la fresca pintura de una
ciencia frágil, apresuradamente ingerida. Por más que hubiera querido tener
mucha clase, estaba desprovista desde siempre de aquel desparpajo de los hijos
de los burgueses a quienes se les ha inculcado, desde la infancia, que tienen
razones para vivir. Y ni siquiera podía contar con la solidaridad judía:
sefardita y proletaria, mis amigos askenazíes, para quienes las consideraciones
de fortuna y educación prevalecían sobre los vínculos comunitarios, la
desdeñaban.
Yo había conseguido
pues el milagro de afear a Rebecca, de envejecerla prematuramente.
—Qué fea estás,
¿cómo he podido mirarte alguna vez?; me avergüenza que me vean contigo; eres
fea y granujienta porque, en el fondo, eres estúpida.
Rebecca me
respondía con dulzura:
—Cada mancha de mi
rostro es una de tus maldades. Si quieres que sea hermosa como antes, detén tus
perfidias.
Los progresos del
mal eran fulgurantes: en pocas semanas, mi joven amiga acumuló todas las
enfermedades psicosomáticas imaginables, y se convirtió en una enciclopedia de
síntomas. Tenía anorexias, jaquecas, dolores de estómago, transtornos renales,
taquicardia, colitis. Ahora, después de casi cada comida, vomitaba y se
retorcía de dolor en la cama; adelgazó, se debilitó. Sus cabellos caían y
negras ojeras devoraban sus mejillas. Sólo tenía un aliado: los cigarrillos de
los que hacía un uso inmoderado, llegando hasta tres paquetes diarios cuando la
tensión era grande. Aquello le daba un espantoso aliento, y por la noche la
obligaba a dormir dándome la espalda y con una gasa en la boca. Además, la
pesadumbre y los calambres le impedían cerrar los ojos. La oía suspirar,
sollozar, y su malestar endulzaba más todavía mi voluptuosidad a la hora de
sumirme en el sueño. Agotada por los largos insomnios, estaba continuamente
enferma, atrapando todos los microbios que corrían por allí. Yo era su médico y
me divertía engañándola con los medicamentos, recetándole drogas inadecuadas o
peligrosas: por ejemplo, le aconsejé aspirinas para detener un comienzo de
úlcera, cuando el remedio ataca y corroe la mucosa gástrica; los dolores se
Página 121
agravaron y, por
casualidad, un farmacéutico indiscreto, en una conversación, le reveló mi
superchería. Pero ella se inclinó y siguió recurriendo a mis servicios.
Si hay un modo
noble de amar al otro hasta en sus fragilidades, hay también un modo mezquino
de debilitarlo insistiendo en sus menores defectos. Así, yo había instilado en
Rebecca la duda sobre sus capacidades, haciendo espejear el fracaso de su vida.
La sospecha había arraigado como un injerto y yo había conseguido hacerle creer
que era una fracasada, pese a su juventud. Desde el inicio de nuestra relación,
puse el dedo en la llaga de sus carencias culturales, lingüísticas (ni siquiera
tenía el bachillerato), y en vez de ayudarla a superarlas, se las recordaba
incesantemente como una decisión del destino. El miedo a que la pusiera en
ridículo, cuando hablaba inglés, por ejemplo, o se lanzaba a una discusión
«intelectual», la inmovilizaba en la reserva, haciendo arraigar la idea de su
propia inferioridad. La había tratado tanto de ignorante y zoquete que había
quedado bloqueada y embotada para siempre. Así, envuelta en sus carencias como
en un traje mal cortado, caía siempre en las mismas roderas. Con la excusa de
desarrollar sus abandonados dones, iba yo terminando con ellos, pues el móvil
de mi política era secretar la culpabilidad de la que afirmaba liberarla.
Había convertido a
aquella muchacha inteligente y viva en un ser miedoso, un enano tembloroso, a
fuerza de hurgar en sus entrañas.
—No tienes derecho
a juzgarme así, a abrirme el vientre —me decía—. Es digno de un polizonte, no
de un amante.
Pero sólo
protestaba formalmente. ¿Qué quiere? Su felicidad era formar parte del
inventario de mis bienes. Para ella, yo me movía en un orden superior que
coincidía con la vida mientras ella, ocupada en labores subalternas, encadenada
en las bajas regiones de la existencia, recibía sólo pálidos fulgores.
Comparaba su incoherencia con mi orgullo, su debilidad con mi éxito. Mujer,
peluquera, hija de pobres: tres humildades que se inclinaban ante mi estatuto
de hombre brillante, acomodado, culto. Había interiorizado mis
Página 122
sentencias; la
había declarado no instruida, idiota, sometida e incapaz, y ella se asía a
aquellos dictados como a su propia verdad.
En adelante, mi
cólera no necesitaba ya razones para estallar ni mi resentimiento causas para
ser definitivo. En Rebecca me exasperaba, por encima de todo, lo que yo llamaba
su faceta de «cadena de excusado», su aspecto de perro apaleado cuando,
estremecida y resoplando, puntuaba cada una de sus frases con un sollozo
contenido para darles un acento doloroso. La mártir hacía muecas, intentaba
avergonzarme con la ligera humedad de sus ojos, el amargo pliegue de su boca.
Pero yo no me dejaba conmover por un dolor que la hacía, para mí, más
despreciable todavía. Azotado por sus lágrimas, que me irritaban por encima de
todo en cuanto las notaba dispuestas a brotar, la sacudía con rabia, le pegaba,
la abofeteaba, le exigía que me devolviera el bofetón. Como no se atrevía,
seguía martirizándola con mis puños cerrados hasta que caía con el cuerpo
cubierto de equimosis. Se derrumbaba con un grito sordo y permanecía postrada
en el suelo. Tirando de sus cabellos, la obligaba a levantar la cabeza, para
descubrir en sus ojos una sumisión absoluta. Aquella loca se habría dejado
matar por el placer de perderme con ella. Su esclavitud adquiría proporciones
tanto más graves cuanto que la aceptaba libremente.
Saqueaba a aquella
mujer que me amaba, aquella mujer que me había amado más que ninguna otra, como
había saqueado a los seres que se habían acercado a mí para castigarlos por la
ternura que me demostraban. Las demás se habían marchado a tiempo mientras Rebecca,
al quedarse, aceptaba su propia destrucción. Su ciega docilidad me convencía de
que había nacido para ser una víctima. Hipócritamente, la exhortaba a la
dignidad, le echaba en cara su falta de orgullo y de amor propio. Pero
persistía en mis abyectas conductas. Nada espectacular: una presión constante,
cotidiana, dirigida a un solo fin: llevarla a sentirse culpable, hablara o
callase, se moviera o durmiese; para que sólo viera en mí a un juez que estaba
instruyéndole un perpetuo proceso. No piense que la maltrataba
Página 123
durante las
veinticuatro horas del día. Alternaba, de acuerdo con las más hermosas reglas
de la casuística, los instantes de dulzura con las crisis de firmeza. Esperaba
que Rebecca llegara a cierto nivel de relajación y esperanza para quebrarla
mejor, gozando de aquellos súbitos quiebros que ponen los nervios de punta y
desbaratan mejor que una pelea a los temperamentos más aguerridos. Se estaba
convirtiendo en un juguete que yo desarticulaba, un cangrejo al que arrancaba
una a una las pinzas para ver cómo estaba hecho. ¿Hay algo mejor que herir un
alma que está ya sangrando?
Mi amante quedó
embarazada a consecuencias de una cópula chapucera, una noche de borrachera en
la que, tomándola por otra, la cubrí sin contemplaciones. Quiso quedarse con el
niño y, al principio, me lo ocultó. Cuando me di cuenta y aunque fuera tarde — dos
meses ya—, exigí el aborto. Aquel retraso le fue fatal: una complicación
postoperatoria causó en ella un mal que la libró, sin posible recurso, de la
capacidad de procrear. El comienzo del embarazo había distendido los tejidos
del vientre y de los pechos: la piel se había aflojado como esas camisas
baratas que no resisten el lavado, en el busto y la cintura abdominal
aparecieron grietas. Aquella adolescente que con tanta dureza había impuesto la
perfección de su cuerpo, la había perdido en pocas semanas. Probatorio
resultado de su nueva vergüenza: ya no paseaba desnuda por el apartamento y
dormía siempre con un pijama o un camisón.
Yo no sabía ya que
inventar para perjudicarla, e iba ensayando pequeñas torturas: no hay que
desdeñar la acumulación de insignificantes crueldades, que destrozan más aún
que una gran pesadumbre. Mis primeros ataques habían sido brutales,
aplastantes, pero Rebecca sufría más por aquellos golpecitos repetidos,
aquellos pequeños electrochoques que la descentraban cada vez más.
Comenzó pues a
beber. Yo alenté su vicio comprándole, cada noche, una botella de whisky o de
vodka. Se emborrachaba siempre
Página 124
y se dormía en el
santo suelo, en medio de sus vómitos y sus avinados relentes. Una noche,
asqueado por su actitud, le quemé las piernas en varios lugares con un
cigarrillo. En algunos puntos se lo hundí tanto que comenzó a oler a carne
quemada. Si supiera qué curiosa sensación produce quemar a un ser inanimado:
sufre, hace muecas, pero el embrutecimiento es tan fuerte que no le permite
despertar, y eso os hace gozar, al mismo tiempo, de aquella semiconciencia y
aquella impunidad. Al día siguiente afirmé que ella misma se había quemado
durante su borrachera, e incluso que yo había tenido que evitar el incendio del
apartamento. Sin pruebas, no le quedó más solución que aceptar lo que yo decía
y curar sus heridas, algunas de las cuales no desaparecieron nunca. En otra
ocasión, había pedido una semana de baja para curar una bagatela. Ya sabe usted
que cuando se está de baja hay que quedarse en casa esperando la visita de un
inspector. Una tarde, sabiendo que Rebecca había salido a comprar, telefoneé
desde la consulta a la Seguridad Social para denunciar la falta. Rebecca nunca
supo quién la había denunciado. Fue expedientada, perdió su subsidio y tuvo que
volver a la peluquería al día siguiente.
Es curioso: los
seres desgraciados atraen la desgracia. Sobre Rebecca, baldada ya de
sufrimientos, llovían las miserias; su situación profesional se degradó.
Faltaba demasiado, trabajaba mal y en un casi permanente estado de postración;
a veces, mientras estaba lavando una cabeza, estallaba en lágrimas, apenas
respondía a los clientes, se mostraba muy irritable con sus colegas. Sus jefes
pensaban despedirla y le habían enviado ya dos advertencias. Aproveché su
precaria situación para darle el golpe de gracia: le robé el salario de un mes,
llevando mi cinismo al extremo de regalarle un par de pendientes de oro para
consolarla. Ni un solo instante sospechó la verdad, y comenzó a dudar de su
mejor amiga, con quien, el día del robo, había tomado el té. Tuvo que pedir
prestado a sus patrones; pero, entristecida por aquella pérdida, trabajando sin
placer, vengándose de su infortunio en los cráneos de los clientes, fue
despedida poco después al haber olvidado bajo un secador a una cliente cuya
cabellera estaba ya medio carbonizada. El despido
Página 125
marcó una fecha en
el deterioro de nuestras relaciones: en vez de atemperar mis reproches, me
volví extremadamente duro.
A medida que nos
zambullíamos en aquel lodo, pedía gracia, creyendo haber llegado al fondo de la
infamia, pero yo la hundía más aún. Cada día le descubría nuevos detalles, con
un rigor en la abyección del que yo nunca me habría creído capaz. Ella pensaba
saberlo todo sobre la abominación, pero seguía ignorando un rasgo especialmente
indignante, un refinamiento inédito inventado por mi inagotable maldad. El
espectáculo de aquella vida que zozobraba me gustaba. Sólo la torturaba porque
tenía la seguridad de su absoluta inocencia: su candor, su ingenuidad azuzaban
por sí solas mi voluptuosidad cuando la hacía sufrir. Me volvía cada vez más
violento esperando una reacción, pero si reaccionaba mi furor no tenía límites.
Con frecuencia, la
infelicidad la hacía volverse loca: comenzaban entonces los gritos, las muecas,
los movimientos desabridos. Sus labios temblaban, se asfixiaba, crisis de
tetania hacían chocar sus piernas como muletas de madera. Una mujer es un
bloque duro en el que no puede penetrarse: yo había agrietado a Rebecca hasta
el punto de abrazar sólo un montón de ruinas. Tenía sobre ella un poder sin
límites. Había quebrado el resorte de su voluntad, la había atado a mí con un
yugo de hierro. Había desdeñado su cuerpo para hacerme dueño de su cerebro,
donde hacía reinar el terror. Dominaba su alma, modulaba sus pensamientos,
encontraba en su boca frases que yo había pronunciado una hora antes y, en mis
manos, su sistema nervioso era un juguete cuyo teclado manipulaba yo en todas
direcciones, como si fuera una calculadora. Ella era mi caricatura viviente, mi
sombra, mi grotesco reflejo, la víctima cooperaba con el verdugo en su propia
destrucción. Se había convertido en una criatura frenética, suspendida siempre de
mis brazos. Se agarraba a mí como la sarna, hallando en su pesadilla una
especie de inmunda razón de vivir que la mantenía a flote. La persecución le
impedía escapar de la soledad, y el temor a perderme había florecido en ella
hasta el punto de hacerle medir el vacío de una existencia de la que yo
estuviera ausente.
Página 126
¿Cómo es posible
que ocurran hoy esas cosas? ¿Y por qué no? El pasado, con todos sus vicios, se
impone precisamente porque nuestra época liberal decretó que quedaba abolido;
así, como la barbarie no se combate ya, prosigue su trabajo en la sombra,
llevando el extremado arcaísmo al corazón de la modernidad. Para mí, la
situación era más sencilla todavía: en mi educación, todo —le recuerdo que era
hijo único— me había acostumbrado a la peor ley de la jungla: devorar el otro
para que no te devore. El hábito de no compartir nada unido al de recibirlo
todo, la utilización del sistemático disimulo, una permanente necesidad de
ayuda unida a un odio, igualmente fuerte, por aquellos que me ayudaban, eran
otros tantos elementos que habían contribuido a corromperme hasta la médula.
Debilitado por los mimos, lo tenía todo salvo lo esencial: la percepción del
otro. Rodeado de cortesanos, de criados o de halagadores, no había conocido más
sentimientos humanos que la gama infantil de la envidia, el capricho y el
enfado. Acostumbrado a que me sirvieran, consideré la abnegación de Rebecca
como un merecido homenaje. Nunca pude vivir sin martirizar a alguien, amigo,
pariente o amante —necesito una víctima como una locomotora necesita carbón—, y
convertí aquella alma ardiente y recta en una sucursal de mi propio yo.
Rebecca me había
tratado de puerco: yo reconocía en mí ese defecto. Había elegido el mal por
pura comodidad, para ser algo más que nada. Por orgullo, quería absolutamente
que todas las culpas estuvieran de mi lado. Imaginamos a la gente malvada como
monstruos, empeñados continuamente en hacer daño. Pues no, son seres comunes,
buenos padres, buenos empleados a quienes la debilidad de un compañero ofrece,
de pronto, el camino hacia una intermitente carrera en la tortura. Así, la
miseria de los demás me electriza: en cuanto me piden ayuda, en vez de
socorrerlos, golpeo, aplasto, pisoteo. Me revolcaba en los execrables nombres
que Rebecca me daba como un cerdo en el lodo, empeñándome en merecerlos,
poniéndome así a la altura de los grandes infames de la historia.
Página 127
Mi postrer golpe
maestro fue enemistarla con mi hijo. Sabe usted muy bien qué maleables son los
niños, y qué receptivos a la propaganda psicológica. En cuanto ella le reñía
por una negligencia cualquiera, yo lo defendía en voz alta, sobre todo si se
había portado mal. Le ofrecía todo lo que deseaba, poniendo de relieve que
Rebecca no lo habría hecho nunca. Seda presentaba como una usurpadora que había
tomado el lugar de su madre. Detallaba sus menores defectos, sobre todo su odio
por los niños, que le describí como visceral. Le aconsejé que desconfiara de
ella y nunca se quedara solo en su compañía. A hurtadillas, iba a su
habitación, desgarraba sus revistas y rompía sus juguetes, acusando luego a
Rebecca. Por mucho que ella protestara, mi hijo estaba convencido de que no le
quería y deseaba separarle de mí. Entonces, instintivamente, de acuerdo con la
ley tribal que une a los hombres contra las mujeres, tomaba partido por mí y,
engallándose, no dejaba de insultarla. «Papá es demasiado bueno, debería echarte».
Saber que aquel niño, a quien había cuidado como si fuera suyo, estaba de mi
lado, sumía a mi dulce amiga en interminables crisis de lágrimas. Y el día en
que, con la implacable crueldad de los mocosos, le lanzó a la cara: «Un médico
nunca debiera salir con una tendera…», ella se derrumbó literalmente y sufrió
una crisis epiléptica que nos asustó.
Pero lo olvidaba
todo, pues perdonar le producía un goce infinito: como si hallara en la
absolución el último recurso frente a su desamparo. La lírica lepra del amor
pasión la había pervertido hasta la médula. Por más que yo cometiera, día tras
día, lo irreparable, era tan propensa a la clemencia que terminaba desactivando
mis peores fechorías. Bueno, llegaba a robarme el goce de verla destruirse,
eludiendo cualquier queja, tomando mi cabeza entre sus manos, acariciando mis
cabellos. Me sentía desorientado como si hubiera insultado a una estatua, mis
sarcasmos se derrumbaban uno tras otro y ya sólo me quedaba callar o golpearla.
Advertí con
desasosiego que encontraba cierto consuelo en su situación de chivo expiatorio.
Ni mi aversión declarada ni mi hiriente brutalidad le hacían ya el menor
efecto. Se acostumbraba a su
Página 128
decadencia. Había
capitulado sin condiciones; yo me sentia malhumorado, mas vencido por aquel
triunfo que si me hubiera aplastado. Habíamos llegado a un punto en el que mis
caricias, mis besos la molestaban: ya no los comprendía, esperaba mordiscos y
laceraciones cuando yo le ofrecía mimos, temiendo con razón que un resquicio de
bondad fuera preludio de algún desenfreno. Yo era su dueño: encogida, gimiente,
había depositado su vida en mis manos. En aquel entonces habría podido hacer
cualquier cosa: prostituirla, llevarla al suicidio, al robo, a la delincuencia.
Pero lo mio no era convertirme en macarra o gangster, y difícilmente podía
llegar más lejos sin aniquilarla.
Mi brutalidad era a
su vez un vinculo demasiado fuerte: necesitaba en exceso a aquella mujer a la
que torturaba como para no convertirme también, aunque torturador, en esclavo
de mi esclava. Una sordidez sin brillo, la sordidez de las situaciones inrremediablemente
arruinadas, corroía nuestra vida en común. También mi hostilidad sucumbió a la
grisalla: burbuja en un estanque, mediana convulsión de una vida atona, comenzó
a llevarse bien con la mediocridad. Me canse de mi sadismo, no por bondad de
alma sino por tedio. Termine odiando mi salvajismo y su objeto me pareció muy
débil y lamentable. Rebecca no representaba ya nada: apenas una bayeta en un
trastero.
Temiendo no poder
desembarazarme de ella, imagine una estratagema. Le propuse irnos juntos de
viaje, lejos de todo aquello que había estado a punto de destruirnos. Elegí un
exótico destino: Filipinas. Tome, por mi parte, todas las disposiciones:
alquile un apartamento, obtuve un cambio de hospital, dimití de la consulta.
Compre los billetes —había llevado mi bondad hasta pagarle el viaje —, reserve
hoteles, me encargue de los visados. Creyendo que la pesadilla iba por fin a
terminar, Rebecca recuperaba los colores e incluso, por que no confesarlo,
cierta belleza. El día fijado, fuimos juntos a Roissy: facturado el equipaje
—mi maleta estaba llena de papeles viejos—, fuimos los primeros en instalarnos
en el avión. Apenas sentado, pedí a Rebecca que cuidara de mis cosas mientras
yo iba al lavabo. En realidad, me abrí paso a contracorriente entre los
pasajeros que embarcaban, salí por la pasarela, corrí por la cinta
Página 129
transportadora,
cruce el aeropuerto, volví a pasar por la aduana y me metí en un taxi.
¿Por que añadir esa
innoble artimaña a la crueldad de mi partida? Porque Rebecca necesitaba un
diluvio de sadismo para comprender mi voluntad de separarnos. Porque me reía
interiormente de su sorpresa, de su espanto, de su abominable sufrimiento al
descubrir mi ardid. Porque la ruptura es un acontecimiento demasiado risible
como para llevarla a cabo mediante los rituales ordinarios, y porque deseaba,
añadiendo una pizca de sordidez, escapar de su pegajosa sensiblería.
Por fin estaba
solo. ¿Me había olvidado de Rebecca? Creo poder decir que sí. Me reía de mis
pasados terrores, de mis adormecidos entusiasmos. Una sucesión de ciclos me
había curado el cáncer conyugal, para el que me sabía inmunizado durante mucho
tiempo. Nunca más pensaría la vida en términos de pactos, de juramentos, nunca
más intentaría sondear a un ser hasta el fondo de sus entrañas. Ahora sabía ya
que el amor no existe, que estamos solos. La osmosis es un señuelo: había
cortado el cordón umbilical con la pareja que, al abandonar la adolescencia,
prolonga el calor y la seguridad de la familia. Me disponía a vivir como
moriré: solo, en compañía de otras soledades cuyos rumores y cuyo afecto, en
vez de consolarme, me remitían a mi propio aislamiento.
Me lancé al
libertinaje con una ferocidad sin escrúpulos. Incapaz de dominar los impulsos
de mi avidez polígama, corría tras mis posibles conquistas y notaba una
terrible voracidad para tomar, estropear, poseer todo lo que podía preocuparme
un goce rápido y brutal, voracidad avivada por mi reciente cuaresma monogámica.
Liberado de toda pamplina sentimental, iba de una conquista a otra, rehusando
cualquier vínculo duradero. Estaba muy lejos de seducir a todas las mujeres que
deseaba, pero gustaba entonces por mi voluntad de gustar. Objeto de la fantasía
de numerosas criaturas, sin reinar sobre ninguna, abandonándolas sin conocerlas
para entregarme a otras, cada vez ponía en juego mi vida.
Aplicando al pie de
la letra el principio evangélico: amad a vuestro prójimo, pues en cada mujer
amaba sólo a la que seguiría,
Página 130
me inclinaba con
igual ternura sobre cualquier cuerpo, cualquier rostro, con un impulso de
gratitud que me alentaba a abarcar demasiado para abrazarlo todo. A un lado
están las pocas mujeres a las que amamos durante toda nuestra vida, y al otro
la feminidad, inaccesible incluso; yo tendía pasarelas entre uno y otro, exigía
de cada persona con la que me encontraba que fuera la expresión parcial,
instantánea, de una esencia que la superaba. Intoxicado por el propio cambio,
tenía prisas por consumir, no atendía a la condición ni la belleza, y la
historia más rápida era la que me parecía mejor. En resumen, suspirando por
grandes acontecimientos, me entregaba al amor con el encarnizamiento de un
neófito, feliz por aquellas intrigas que despertaban en mí fuerzas apagadas por
la rutina sentimental.
Me negaba a
adquirir una memoria amorosa y sólo existía para la móvil y versátil mirada de
los demás. No deseaba que un ser, sólo uno, abarcara el conjunto de mi vida y
no tendría aquel confidente único y singular que testimoniara, para la
posteridad, todo lo que fui. No vivir en pareja es renunciar a la propia
leyenda, es perder la unidad de una historia para adquirir el desaliño de un
rumor. Esa búsqueda de la constancia en el amor, semejante a la búsqueda de un
Dios único en la religión, me había hecho sufrir demasiado como para seguir
aceptando sus seducciones. Prefería vivir disperso, sin dejar rastros a mis
espaldas, porque el compromiso amoroso me sumía en una memoria que se parecía a
la amnesia, daba a mi destino una coherencia que yo asimilaba al extravío. Los
seres de la fidelidad son, en primer lugar, seres de la tibieza, lo que les
convierte para mí en inútiles. Yo era ya sólo un nombre propio que se cruzaba
con otros nombres propios, a los que anulaba casi enseguida por medio de otros
nuevos. Y saboreaba aquel desarraigo, contrapartida del más hermoso de los
dones: la libertad.
Como una araña
célibe que tejiera mil entrecruzados hilos, sabía ya que tenía la capacidad de
crear en todas partes pequeñas sociedades móviles, versátiles, mientras la
pareja me sumía en una soledad irremediable y, por decirlo de algún modo,
metafísica: estaba más solo siendo dos que estando solo. Absolutamente
disponible frente a la vida, iba de un lugar a otro, y cada desconocida me
proporcionaba la sensación de ser un desconocido
Página 131
para mí mismo.
Llegué a tan agudo grado de excelencia que todo lo que antes había sentido
adquirió el sabor de la mediocridad. Para mí, todos los lugares estaban
preñados de la misma poesía, una fábrica valía tanto como una playa, un
panorama romántico tanto como la más infecta calleja, siempre que allí
estuviera una mujer-deseada. Las bellezas del mundo me dejaban frío si no las
animaba una presencia femenina, sólo conocía los paisajes de mi deseo, los
paisajes humanos.
Mis malabarismos
estaban desprovistos de arrogancia: las mujeres me solicitaban tanto como yo
las reclamaba. Desde que el donjuanismo es compartido por ambos sexos, ha
perdido su aureola maldita, ha dejado de exhibir su libertad como un desafío.
Ya no hay ligones porque hay ligonas. Los seres se entregaban, partían,
llegaban sin pedir explicaciones, con una aceptación o un rechazo inmediato, y
aquella sencillez me encantaba. Les decía a todas desenvueltos «te quiero»,
cuya intensidad aceptaban sin empeñarse en el contrato. Entregado al esplendor
de aquellos destinos entrelazados, de las relaciones amorosas sólo conocía la
belleza de los inicios. Me cruzaba con un inaudito muestreo humano, flotaba en
una sucesión de instantes que se imponían, manteniéndome en un estado
ingrávido. La felicidad de sentir una fuerte tensión, una especie de bárbaro
apetito por la diversidad me daban la sensación —ingenua sin duda— de ajustar
mi paso al formidable itinerario de la sociedad. Pasado el primer tiempo de
desenfreno sexual, pensé en expatriarme. Francia es un país que duerme y en el
que no podemos dejar de replegarnos sobre nosotros mismos, es la patria de la
vida privada: por ello florece más que en cualquier parte la sífilis conyugal,
el amor egoísta de los esposos, atrincherados, con todas las ventanas cerradas,
cuando el mundo se yergue alrededor. Aprovechando mi especialidad en
parasitología, me puse en contacto con «Médicos sin fronteras» y solicité ser
destinado a un país pobre pero liberal de costumbres, como el Africa negra o el
sudeste de Asia, sabiendo que serviría mejor si mis inclinaciones eróticas
podían satisfacerse sin obstáculo. En fin, tras treinta años de tanteos, creí
haber conseguido articular mi pequeña historia con la copiosa historia de los
demás hombres.
Página 132
Veo su mueca,
Didier. Está diciéndose: ese cerdo presume de sus villanías, me suelta sus
horrores con la sonrisa en los labios. Pues sí, denigrándome le permito el
privilegio de la indignación. Pero también me libero: convierto sus oídos en un
vertedero en el que abandonar mis pecados.
Su mirada iluminada
por una horrible sagacidad me revolvió el estómago. Me levanté sin decir
palabra. Sólo un hombre que sintiera un verdadero goce flagelándose a sí mismo
podía descender, con semejante embriaguez, hasta tan impúdica confesión.
¿Estaría complaciéndose en vituperarse? No tuve tiempo de preguntármelo, pues
apenas había cerrado la puerta de su camarote cuando choqué con alguien en el
corredor: era Rebecca, que evidentemente había estado escuchando. Cosa extraña:
no lanzó ni un grito; ambos permanecimos mudos, sorprendida ella en flagrante
delito de espionaje, inmovilizado yo por el pasmo y aturdido todavía por las
confesiones del paralítico. Al parecer, tenía algo que decirme; tal vez también
ocultara un secreto. Había retrocedido hasta ponerse bajo la luz de un aplique:
aquella iluminación que habría sido inmisericorde para otra, realzaba su
hermoso rostro, preso todavía en una difusa infancia. Sus cabellos se
estremecían bajo el soplo del aire acondicionado, las largas pestañas
agrandaban sus ojos y les daban un mayor brillo. Me sentí invadido por el
respeto ante aquella boca cerrada tanto para la excusa como para el pesar, yo
no sabía ya si le guardaba rencor, si debía reprocharle su traición.
—¡Ahora sabes ya
que desgraciada he sido!
Aquel brutal tuteo
me conmovió: habíamos pues restablecido la intimidad e inauguré sin demora
aquella prueba de amistad.
—No consigo creer
que haya… que hayas sufrido todo eso.
—No me juzgues por
la impresión de fuerza que produzco… Pero, dime, ¿no estás enfadado por lo de
esta tarde?
—Sí, no, bueno…
—Ha sido una broma
idiota, lo admito. Pero créeme, Didier, era el único medio de que lo supieras.
—¿Pero por qué se
lo has dejado a él, por qué no me lo has contado tú misma?
Página 133
—Le dejo a Franz el
uso de las palabras, pues ya no posee el del cuerpo. Es su último placer. Cada
vez que permanece con alguien más de veinticuatro horas, le domina el
irresistible deseo de contarlo todo. La gente suele reprenderle. Entonces, para
tentar a sus oyentes, les lanza el señuelo de que me entregaré a ellos si le
escuchan pacientemente. Es una pura divagación por su parte, yo nunca acepto el
compromiso.
—Ya lo sé, me lo ha
dicho. Pero no le escucho por esta razón — rectifiqué, deseoso de no parecer
demasiado interesado.
—¿Lo haces
realmente por caridad?
La acosé entonces
con desordenadas preguntas sobre las extrañas costumbres que ella y su marido
tenían, pero todas ellas le recordaron perspectivas de sufrimiento y de gloria
que consideraba ya adquiridas y que no quería desvelar. Fatigado, pregunté:
—¿Puedo esperar
otra cita? ¿Una de verdad?
—Me has perdonado
pues… Escucha mañana la última confesión de Franz y te prometo que luego… pero
perdóname, debo dejarte, es la hora de la inyección.
Cuando me di la
vuelta, vi a Tiwari que estaba observándonos de lejos, desde un recodo del
pasillo. En cuanto se vio descubierto, bajó la cabeza y entró en un camarote.
¿En qué se metía
ése? Me dirigí a la segunda clase frotándome las manos, lleno del gozo egoísta,
vanidoso, de quien va a tener éxito y recogerá muy pronto el fruto que desea
desde hace mucho tiempo. No le guardaba rencor a Rebecca; aunque no había
obtenido, de su parte, nada tangible, me sentía seguro. El insólito pacto de su
marido era sólo el fantasma de un enfermo forjado en la soledad. No había entre
ellos alianza, y eso era lo importante.
Sólo existíamos
Rebecca y yo, Rebecca que había penetrado en mi corazón como se entra a
hurtadillas en un apartamento, hermosa ladrona con la que pactaba.
Cuando llegué a
nuestro camarote, comprendí enseguida que Béatrice me gustaba menos. O, mejor,
que seguía siendo la misma cuando a su alrededor todo había cambiado.
—¿Por qué no has
vuelto? —me dijo con las mejillas rojas de excitación—. Hemos formado equipo
con Marcello y Tiwary, y hemos ganado cuatro veces.
Página 134
—Estaba en el
camarote de Franz —dije secamente, prefiriendo la franqueza a una inútil
mentira.
—¿En el camarote de
Franz? Creía que no querías volver a verle. Estaba tan contenta por los éxitos
de la tarde que ni siquiera escuchó
mi respuesta.
Cenamos poco,
separados de los demás. Contemplaba yo aquel comedor poblado de apagados y
sudorosos comensales como si nunca lo hubiera visto, sensible por primera vez a
la espantosa fealdad del paquebote. La verdad es que muy pocos de sus pasajeros
se me habían hecho familiares, y la mayoría me eran indiferentes, confusamente
agrupados sin que los calificara ni siquiera con un apodo o una marca
distintiva. Por mucho que me forzara a la esperanza, pensando en el día
siguiente, la idea de aquella velada con Béatrice, en la que no podía ver a
Rebecca, ahogaba en mi garganta el optimismo. Por un monstruoso deslizamiento,
del que no era dueño, el relato de Franz, en vez de rebajar a su esposa,
influía en mi relación con Béatrice. Esta vez advertí una asociación directa
entre la historia y mi progresivo desinterés por mi compañera. Y ahora
transfería a mi amante el desprecio que él presumía de haber sentido por la
suya. Simple coincidencia, claro, y sin embargo se me ocurrió la idea de que el
tullido estaba infectándome con sus gustos, instalando en mí un talante de
parásito.
No, me engañaba,
Franz no tenía responsabilidad alguna en mi desamor; aquel viaje había
catalizado un descontento que estallaba por la presión de las circunstancias.
¿Cómo explicar, si no, aquel flechazo, aquel relámpago en un cielo tan sereno?
¿No sería nuestro viaje a Oriente un intento de remendar nuestra pareja?
Permanecíamos juntos porque la cosa había comenzado y debía continuar sin más
noble razón, por sencilla obediencia a una rutina que habíamos segregado. Había
algo absurdo en aquella continuidad. Ya no aceptaba a Béatrice sin más ni más,
sopesaba sus cualidades y sus defectos como un vulgar mercader. Y yo, que la
llamaba «mi destino» hacía dos días, tenía ahora ganas de rectificar llamándola
«mi desengaño».
—¿Qué te pasa? —me
preguntó—; estás raro, no dices nada, me da la impresión de que me rehuyes.
—¿Por qué dices que
te rehuyo?
Página 135
—Hoy no me has
leído nada, diríase que olvidas nuestro viaje.
—¡Nuestro viaje!
Hablas de él como si fuera un hijo.
—Tal vez prefieras
el hijo de Franz y su folletón sobre su Dulcinea.
Era la primera vez
que hablaba de Rebecca en ese tono.
—¿Por qué la tratas
de Dulcinea? ¿Qué te ha hecho?
—Me irrita,
sencillamente. Detesto esos ojos que te miran de la cabeza a los pies, no me
gusta su modo de establecer una relación de competencia con las demás
muchachas.
El patán que dormía
en mí respondió:
—No le perdonas que
sea más hermosa y joven que tú. Me miró sorprendida como si no esperara algo
así. —¿Soy fea y vieja?
—No he querido
decir eso.
—Me parece que la
defiendes con mucho ardor. Ya sé que es hermosa y que te gusta. Sólo la he
atacado para ver tu reacción.
—Es una prueba
estúpida.
Me sentía humillado
por haber reaccionado así. Pero Béatrice dijo sencillamente:
—¿Sabes? Creo que
no hacemos bastante el amor.
Aceptando
dócilmente la invitación, actué después de la cena en la estrechez de nuestra
flotante catacumba. Sin embargo, incluso desnuda, no se desprendía de su
envoltura de mujer legítima. Y cuanto más la veía atarearse en las abluciones
de su aseo íntimo —tenía la higiénica manía de lavarse antes del amor—, más
notaba adormecerse el deseo. Todo iba de través en aquella morfología, y tuve
que cerrar los ojos para no profanarla con mórbida delectación, muy contraria a
mi indulgencia.
Finalmente, con la
colaboración de la costumbre, nos acoplamos torpemente. Pero, en mí, todo se
contraía ante aquel abismo blanco cuya geografía conocía hasta el más íntimo
repliegue; y el cabeceo, que aumentaba hora tras hora, en nada contribuyó a
animar nuestro abrazo. Insensiblemente, la imagen de una Rebecca nerviosa y
huraña se interponía entre aquella carne previsible y mi deseo que no sabía ya
a qué objeto consagrarse. Por mucho que la expulsara, se erguía entre nosotros
como un irresistible imán, un inoportuno invitado que me distraía. Acaricié con
negligencia a mi compañera, esforzándome por obtener de su piel una respuesta
cuyo menor episodio conocía yo con todo detalle, pero
Página 136
que aquella noche
no se produjo. Luego, ansioso porque llegara el día siguiente, me dormí de un
tirón, como si me hundiera en las profundidades del agua.
Página 137
CUARTO DIA
La amargura de las
simpatías trucadas
La mano tendida
Página 138
Por la mañana del
cuarto día, al salir de un sueño en el que Béatrice gesticulaba como si fuera
presa de algún dolor intolerable, me levanté con una sola idea en la cabeza:
liarme con Rebecca en las próximas veinticuatro horas. La tormenta había rugido
durante toda la noche, y mientras entrábamos en el estrecho de Corinto, unas
olas de color plomizo seguían galopando a lo largo del casco, lanzándose al
ataque del lívido horizonte. Una luz opaca, acentuada por cascadas de lluvia,
enlutaba las playas bajas, las aldeas de pescadores colocadas en semicírculo
alrededor de pequeñas radas. Béatrice tenía un aspecto tan gris como el tiempo.
Una pulgada de maquillaje no cubría la insipidez de su rostro, descompuesto por
haber dormido mal. Debíamos llegar a Atenas a mediodía, pero yo sólo pensaba en
la fiesta de Año Nuevo, que, sin dudarlo ni un instante, creía que iba a ser
decisiva. La promesa de un idilio a bordo superaba con mucho mi interés por
Oriente, que se hallaba en su punto más bajo; a decir verdad, hastiado por las
conversaciones en la mesa mantenidas sobre este tema ya desgastado por las
letanías de Marcello, me había cansado de un país que ni siquiera había hollado
todavía. Planté allí a mi amante de la triste figura y salí a pasear. La
suerte, a la que yo había contribuido mucho, quiso que me diera de narices con
la esposa de Franz en el bar de primera. Me recibió con efusiones que me
sorprendieron, me besó cuatro veces en las mejillas y, tomándome de las manos,
me hizo sentar a su lado. Su presencia daba a la estancia una encantadora
intimidad. Era mi primer cara a cara con una mujer de la que lo sabía todo y
que, sin embargo, seguía siendo una extraña. No lucía ya aquel aire desdeñoso
que tanto me intimidó los primeros días: una mirada franca, llena de alegre
insolencia, iluminaba su rostro moldeado como una figura de porcelana. Ante
tanta gracia, volví a mostrarme primero tímido y balbuciente, pero la facundia
de mi nueva amiga, su resplandeciente sonrisa, el arrobo que me produjo su
primer cumplido —mis ojos le parecían hermosos— me devolvieron poco a poco la
confianza.
Página 139
—Todo el mundo está
enfermo en este barco —me dijo—; si eso sigue así, tendrán que anular la
fiesta.
Por mi parte, le di
noticias de la segunda clase, sin omitir detalle alguno sobre los stewards y
los mozos de camarote. No podía decirle nada en concreto pero, sin embargo, no
dejaba de hablarle; de mis labios brotaba un chorro de apresuradas palabras y me
pasmaba la ingeniosa oportunidad de mis frases. Sentía nacer entre nosotros una
instantánea familiaridad, una de esas corrientes de confianza que cimentan en
pocos minutos un afecto de varios años. Nos mirábamos envueltos por el encanto
de una debutante simpatía, coqueteando ya con los ojos y la sonrisa.
—Pero si tienes
incluso sentido del humor —dijo Rebecca, y atrayéndome dulcemente, me besó en
la frente.
Aquella caricia me
inflamó la sangre, su boca era tibia y lamenté no haber atrapado al vuelo las
dos moscas de sus labios. Se había peinado hacia arriba, dejando al descubierto
unas orejas menudas y rosadas, adornadas con zafiros.
—Ayúdame a terminar
este crucigrama —dijo poniendo un Marie Claire sobre la barra del bar.
Luego, tendiéndome
un paquete medio vacío de Marlboro:
—¿Quieres un
cigarrillo?
—Gracias, no fumo.
—¿Ni siquiera
tienes este vicio? Por cierto, ¿sabes lo que le dice la locomotora a vapor a la
locomotora eléctrica?
—No.
—¿Cómo ha
conseguido dejar de fumar?
Se rió; aquella
tierna tontería me pareció encantadora.
—No estás obligado
a reír, ni siquiera por caridad. Bueno, dime, horizontalmente, el colmo para un
japonés.
Por desgracia,
Béatrice entró entonces y nos sorprendió. Durante algunos segundos, nadie dijo
nada: parecíamos estar en un teatro de bulevar (es pasmoso hasta qué punto la
vida rectifica las peores convenciones del vodevil). No sabía cómo romper aquel
mutismo de conspiradores y, sin embargo, no intentaba abreviarlo.
—Espero no
molestaros —dijo por fin la intrusa, dominando a duras penas un temblor de su
barbilla.
Ya sólo tenía un
hilillo de voz.
Página 140
—En absoluto
—repuso Rebecca—, es un placer verte. Hacíamos la lista de las novedades del
día.
—No me interesa ese
tipo de actualidades.
—Sin duda acabas de
levantarte, todavía tienes los ojos hinchados.
—No, estoy
despierta desde las seis. El balanceo me impide dormir.
—¡Ah, perdón!
Parece que acabes de levantarte.
En sus palabras
había una cortés acrimonia que podía convertirse en invectiva. Se me ocurrió la
vanidosa, reconfortante idea de que aquellas mujeres estaban desgarrándose por
mí.
—¿Qué te pondrás
esta noche? —preguntó Rebecca.
—No lo sé, no tengo
muchas ganas de ir.
—Puedo prestarte
algo; creo que tenemos la misma talla aunque tengas las caderas más anchas.
Béatrice respingó;
yo tenía ganas de reír.
—No necesito tu
ropa, he traído todo lo necesario.
—Te lo decía para
que no parecieras descuidada. Bueno, tortolitos, os dejo; voy a dar algunos
picotazos a mi pichoncito. Hasta esta noche.
En el bar,
repentinamente desierto, se hizo un largo minuto de silencio. Los «tortolitos»
evitaban mirarse, más molestos todavía por la súbita ausencia de la extraña.
—Os he molestado,
¿verdad?
—En absoluto,
estábamos hablando…
—No mientas,
Didier; lo he visto en tu cara cuando he entrado. —¡Deja ya tus suspicacias!
—Didier —continúo
(y su voz era una temblorosa súplica)—, dile a tu Béatrice que es un
malentendido, que estoy soñando.
Permanecí sordo a
sus llamadas de socorro. Ella me miraba con ojos asombrados, descubriendo poco
a poco una verdad en la que no quería creer. Lo había adivinado todo y
balbuceaba, dispuestas llorar. No recuerdo ya las trivialidades que nos dijimos
entonces.
Sin tener nada que
comentarle, le hablé de lugares comunes, y los estereotipos, proscritos en
principio entre dos personas que se aman, se acumularon entre nosotros como
otros tantos cadáveres. Las naderías que tan simpáticas me parecían en boca de
Rebecca, me exasperaban en la de Béatrice: una vez más salía derrotada de la
confrontación.
—Mírame —prosiguió
con un balbuceo de dolor—; no sólo soy hermosa, también estoy viva y
chispeante. Ella es una trampa sexual, una
Página 141
criatura forjada
por los hombres. No comprendo la necesidad que sientes de destruir todo lo que
nos une sólo porque deseas a esa moza.
Contuve a duras
penas una carcajada: ¿chispeante ella? ¡Ya lo creo, como un espumoso
desbravado! Advirtió por fin que su presencia casi me indisponía. Bastaba una
palabra para devolverle la esperanza, pero callé.
—Franz te ha hecho
perder la cabeza, no te sabía tan influenciable. Mira, tu Rebecca no es tan
hermosa como todo eso; demasiado afectada, artificial…
Junto a ella yo
había dejado pasar la alegre imprevisión de la vida; era ya hora de recuperar
el retraso.
—Pero respóndeme de
una vez, ¿no ves que están burlándose de nosotros, que te están lanzando contra
mí para desunirnos?
—Eso es lo que
tienen en común las mujeres y los comisarios de policía: el fantasma de la
maquinación —dije con ironía, contento de poder desarrollar una idea que Franz
me había comunicado la víspera.
—Claro,
naturalmente, estoy delirando…
Su cuerpo se
estremecía sacudido por la violencia de su emoción; su nariz se hinchaba y la
agitaban los sollozos cuando se quejó de que ya no nos amábamos. El camarero
nos miraba sin comprender nada. Aquel diálogo me aburría como sucede cuando no
se tiene razón y es preciso justificarse. La verdad es que Béatrice no era ya
una mercancía aceptable y no quería admitirlo. Ser una mercancía aceptable: no
sé por qué, aquella mañana, la expresión me gustaba. Imaginé el mundo amoroso
como un enorme bazar donde unos se ofrecían mientras otros elegían. A medida
que los seres iban haciéndose mayores, eran cada vez más numerosos los que se
ofrecían y cada vez menos exigentes con el objeto elegido. Y pensé en las
amigas parisinas de Béatrice, todas treintañeras como ella, altivas Pasionarias
antaño, a cuyo alrededor se atorbellinaban los hombres, y cuyo rostro era,
ahora, una constante súplica que decía: «Ámenme», pobres bultos apagados por el
sufrimiento, dispuestos a marcharse con cualquiera, siempre que las arrancaran
del abandono y el olvido. Y me sentí lejos, absolutamente lejos de aquella
muchacha que no pertenecía ya a mi actualidad sentimental: ¡si al menos se
largara durante veinticuatro horas! Más tarde, bajo un auténtico diluvio,
acompañados por Marcello, Raj Tiwari y una veintena más, desembarcamos en El
Pireo. Para mí, que me dirigía a Asia, Atenas sólo podía ser lo que en el juego
de la oca se llama una prenda, una reminiscencia de segunda clase. Las famosas
cuentes de
Página 142
nuestra cultura me
eran casi tan ajenas como la mitología bantú o el panteón de las tribus
siberianas. Mis futuras intrigas me importaban mucho más que aquella
acumulación de monumentos que exhibían la nostalgia de su pasado esplendor.
Había partido para descubrir y no para conmemorar. La fealdad de El Pireo
confirmó mis reticencias: unos escasos seres vivos merodeaban por aquella
catástrofe estética, llevando impermeables o cubriéndose con negros paraguas,
al pie de horribles casas que lanzaban su hediondo aliento. El viento helado
que arrastraba periódicos arrugados, la agresividad de los automovilistas que,
jugando, se lanzaban sobre nosotros tocando el claxon, acabaron de hacerme
insoportable la escala. Y cuando tuvimos que coger el metro para ir a la plaza
Omonia y dirigirnos a la Acrópolis —es decir, perder una hora o una hora y
media en los transportes públicos—, renuncié y volví hacia atrás pese a las
súplicas de Béatrice. Poco me importaban las obras maestras de la antigua
Grecia, si estaba dispuesto a dar el Partenón, Delfos y Délos por un solo Deso.
Volví a bordo muy
satisfecho de aquella pausa. El mar estaba picado, se le oía hervir en el
puerto, abofetear los navíos atracados: un oleaje brillante de aceite levantaba
sin cesar las barcas y los remolcadores. El Truva, con las fauces abiertas de
par en par, coronado por un rastrillo de acerados dientes, tragaba algunas
decenas de coches, holandeses y alemanes en su mayoría. Me dirigí al camarote
de Franz pues, de acuerdo con los deseos de Rebecca, tenía que escuchar su
relato por última vez. Esperaba que recapitularía con cruel minuciosidad todos
los desaires de su decadencia, y celebré de antemano la historia de su caída,
como se celebran los reveses de un competidor desgraciado. El tullido no se
engañaba, pues pocos minutos después de mi llegada, me dijo:
—Seré breve pues
hoy tengo que hablarle de mi derrota, y esa clamorosa desgracia halagará, creo,
en cierto modo, su amor propio.
He aquí pues el
final de la lamentable saga que le he contado, fragmento a fragmento, durante
tres noches. Al noveno mes de mi voluntaria soltería, en plena vida de
disipación y placer, durante la madrugada de una noche de juerga y alcohol, fui
atropellado por un coche en un paso de peatones y me encontré en el hospital,
con una tibia fracturada. Mi condición de médico me permitió solicitar una
Página 143
habitación para mí
solo y consideré no sin placer esas dos semanas de forzoso descanso, seguidas
de un mes de convalescencia y reeducación, pensando ya en la suma que podría
sacar al chófer en concepto de daños y perjuicios.
Pasó una semana;
cierto día, a media tarde, se abrió tímidamente la puerta ante una persona del
sexo femenino. Me costó más de un minuto reconocer a aquella hermosa mujer
bronceada, de ligero aire oriental. La identifiqué no sin decepción: se trataba
de Rebecca.
—¿Tú por aquí?, ¿de
modo que no te has suicidado? Palideció ante el insulto y evitó mirarme a la
cara.
—No, todavía no…;
he sabido que estabas enfermo por un amigo común, M.; me lo encontré en el
bulevar Saint—Germain. Y he venido a visitarte.
¿Cómo podía
visitarme después de la horrenda jugarreta que le había hecho? Pero no hablamos
de mi subterfugio ni de las desesperadas escenas que debía de haber provocado.
Rebecca me dijo solamente que acababa de pasar seis meses en un kibbutz de
Israel, junto a la frontera libanesa. Era mucho más hermosa de lo que yo la
recordaba, estaba más delgada, y tenía una sutil gama de nuevos gestos y
expresiones que sugerían una súbita y turbadora madurez.
Me visitó de nuevo
a la mañana siguiente y, luego, cada día. Yo no tenía que decirle más de lo que
le dije antaño y pronto seguí tratándola con el desapego y el desprecio del
pasado. Un domingo, cuando me burlé de sus asiduas visitas, se rebeló:
—¿No comenzarás a
insultarme otra vez? —Caramba, la diosa del cocido se rebela.
Su rostro adquirió
una expresión dura y sus ojos se cerraron hasta ser sólo el resquicio de una
persiana.
—Adiós —dijo con
frialdad—, no volverás a verme.
Se inclinó sobre mí
para besarme, sentí que sus manos toqueteaban los montantes de mi cama —estaba
protegido, en ambos lados, por unas tablas sujetas por ganchos—, pero tenía los
ojos fijos en ella y no vi nada más. El tono de su frase me produjo un extraño
estremecimiento. Luego, se dirigió hacia la puerta. Ignora si fue una reacción
de enfermo o una pasajera debilidad, pero la llamé.
Página 144
—Aguarda, vuelve.
Y le tendí la mano,
apoyándome con todo mi peso en la barrera. Ella se volvió y me tendió a su vez
la mano. Cuando nuestros dedos iban a unirse, retiró los suyos. Me incliné más,
siguió retrocediendo. La miré: una maligna sonrisa desfiguraba sus rasgos. ¡Se
burlaba de mí, se atrevía a burlarse de mí porque yo estaba enfermo! Aparté el
brazo. Casi inmediatamente, lo cogió y tiró hacia ella. Mi cuerpo cayó hacia un
lado de la cama.
—Deja de tirar;
estás loca, me estás haciendo daño.
Pero había agarrado
mis brazos con ambas manos y tiraba como si quisiera arrancármelos. Entonces,
la tabla que me protegía cedió con un siniestro crujido —había aflojado los
goznes— y caí al suelo desde lo alto de aquella cama de hospital. Sentí un
inmenso estremecimiento que comenzó en los riñones, en plena médula, corrió de
los pies a la cabeza como un relámpago helado y me partí en dos, como una copa
de cristal. En las heladas baldosas, antes de sumirme en el coma, escuché una
voz femenina que murmuraba en mi oído:
—Pobre imbécil,
¿creías que lo había olvidado?
No le costará
adivinar las consecuencias del accidente: con una lesión en la columna
vertebral, quedé paralizado a partir de la cintura, privado de mis piernas y
mis nervios eréctiles. Fui operado dos veces, a mi lado se relevaron grandes
especialistas; todo en vano, la fractura había sido brutal, la hemiplejía
irremediable. Permanecí dos meses en el hospital, tendido entre dos paredes de
acero, erizado de drenajes, sufriendo día y noche el tormento de las
inyecciones y las perfusiones de plasma. Unido a aquellos centinelas de la
supervivencia, tenía la impresión de ser una centralita telefónica sobrecargada
y tuve tiempo de maldecir la medicina y a los falsos arcángeles que forman su
clero. Aún sabiendo que Rebecca era culpable, presenté una denuncia contra la
Asistencia pública por negligencia, acusando a la enfermera de guardia de haber
sujetado mal la tabla y haber provocado así la caída. Ni una sola vez se me
ocurrió denunciar a la auténtica culpable; tal vez porque algo en mí admiraba
su innoble venganza. Gané y obtuve compensación: la Administración hospitalaria
fue condenada a pagarme una indemnización de varios millones al mes durante
toda mi vida. Ahora
Página 145
era rico: dos
metros cuadrados de cama y una silla de ruedas con bellos tubos de acero
componían todo mi universo. Rebecca me había hecho morder el polvo, la mujer
humillada había vengado el inmenso daño que yo le había causado.
Curiosamente, quiso
cuidarme y se ocupó de mí con admirable abnegación, sin dejar de asistirme ni
un solo minuto, día y noche; y es que a esa trapacera no le bastaba con la
degradación física, y estaba ya tramando otros planes. Había conquistado
incluso el corazón de mi madre, que la bendecía y entonaba sus alabanzas en
cuanto podía. Se había puesto en marcha el proceso de sometimiento. Adquirió
sobre mí una influencia parecida a la que adquiere sobre un anciano una
muchacha joven y perversa. Ingenuamente, me creía todavía lo bastante fuerte
como para capturarla y rechazarla a mi guisa, si me tomaba el trabajo de
hacerlo. Pero las tornas habían cambiado: yo era ahora el derrotado. Aquella
inversión fue mi drama.
Sí —prosiguió Franz
supirando como si quisiera tomarme por testigo de la inestabilidad de las
grandezas terrestres—, durante mucho tiempo creí poder vivir con toda
impunidad; y cuando llegó el castigo, no pude soportarlo. Había confiado en el
amor de Rebecca como en la solidez de una moneda. Pero los demás nunca están
tan enamorados ni son tan indiferentes como creemos. Excluido del círculo de
los sanos, toda mi vitalidad se refugió en mi boca, en esa glotis charlatana y
babeante que corona un desecho. Vacilante resto de vida sobre una prótesis, me
contemplaba inmerso en mi pequeño formato torácico, con mi cabeza demasiado
grande encaramada en un minúsculo busto, mis piernas inertes y flacas, mi sexo
muerto, ajada croqueta yaciendo en el nido de sus pelos. El mundo exterior
había dejado de existir porque yo había dejado de existir en él. ¿Dónde estaban
la seguridad y el orgullo por mi habilidad, mi fe en el éxito, el
convencimiento de poder lograrlo? Todo había desaparecido. La ilusión de una
vida trepidante había desembocado en aquella invalidez. Comenzaba una inmensa
noche de lágrimas y remordimientos.
Además, ciertas
heridas son signo de un desfallecimiento del alma mucho más grave. Todo lo que
había temido en los terrores infantiles sucedía: aquel accidente confirmaba un
fracaso que estaba en mí
Página 146
desde siempre.
Había sido vencido mucho antes de caer en el embaldosado de aquella habitación
de hospital. ¿No habría, en el fondo, sonado en la derrota desde el comienzo? Y
tal vez mi avidez por gozar de la vida, mi impaciencia por los seres y las
mujeres provinieran del presentimiento de la catástrofe. El destino asumía la
pesadilla de la que yo había brotado. La desolada comparación de las dos partes
de mi existencia —antes, la plenitud gloriosa del tiempo sin quebranto; ahora,
el vacío, la prisión en manos de una carcelera— me arrojaba a un impotente
furor. La armadura de despreocupación, de violencia, de cínica alegría que
había asegurado mi felicidad, cedía al primer malestar: al primer vértigo, al
primer espasmo me hundía en el terror, derribado por la ansiosa escucha de mis
menores trastornos. Mi ociosidad me devolvía mis más crueles angustias
dejándome todo el tiempo para pensar en ellas, para profundizar en su aspereza.
Sucio, envilecido por aquel tormento mediocre y sin embargo irreparable, roído
por aquella mujer a la que tanto había intentado olvidar, sobrevivía cayendo
cada vez más bajo.
Era como si hubiera
desaparecido la piedra angular de un arca. El primer año fue terrible: dejé que
mi apariencia reprodujera la de una casa abandonada. La enfermedad esculpió en
mi propia substancia la máscara que ahora la desfigura. Mi rostro dejó para
siempre de emitir luz y, pactando con el cuerpo, se volvió gris. Había perdido
todo control sobre mis nervios, que me dominaban, haciendo que mis miembros
saltaran fuera de las articulaciones. De entre todas las derrotas, me había
tocado la peor, de modo que la fisura fue completa. A los treinta años, me
convertí en un hombre lentamente embrutecido por las rutinas de una existencia
sin azar. Me avergonzaba mi arruinada fuerza, me avergonzaba que me cuidara
aquélla a quien tan profundamente había despreciado. Mi vida era un cementerio
donde reposaban esperanzas que nunca renacerían. Había deseado un gran destino
y sólo recogía un cómico castigo: aquel hombre de gran maldad concluía en una
yacija.
Pero lo peor era lo
que me rodeaba: ahora que yo había sido vencido, Rebecca la mujer, Rebecca la
pobre, Rebecca la inmigrada me había sitiado con su odio; había encontrado en
mí, arrogante burgués, el enemigo responsable y lo abatía con el derecho de quien
considera su odio justo y loable, consolándose por ello. Tras la
Página 147
abyección del
verdugo, experimenté la de la victima, de modo que no se me escapo ni un solo
aspecto de la experiencia humana. Llego entonces para mi el tiempo de la
expiación. Al dejarme invalido, mi amante encontró el medio de evadirse de mí,
de proseguir el crecimiento que mi crueldad había frenado. Recuperaba la vida y
su golosa belleza se avivaba día tras día con excelentes comidas de las que yo
solo tragaba uno o dos bocados. Su espectacular ascenso se reforzaba con mi
propio declive. Rebecca: ese nombre hacia rugir ya el trueno de la angustia.
Friamente, con la
orgullosa impunidad de los grandes criminales, me pidió que me casara con ella.
Quería aprovechar la cantidad del seguro para vivir de mi salario, abandonar
sus mercenarios trabajos, reanudar sus estudios de danza. A cambio, ella se
comprometía a prodigarme los cuidados necesarios en mi estado. Sintiendo que
había perdido la partida, acepte, tanto más cuanto que mi madre, que nunca se
había recuperado de la perdida de su marido, cayo enferma y tuvo que ser
encerrada en un manicomio. Nos casamos cuando salí del hospital y alquilamos un
apartamento de tres habitaciones en la orilla derecha, que Rebecca arreglo ella
misma, reservándose una habitación decorada a la oriental. Nos habíamos casado
en régimen de comunidad de bienes; ella llevaba las finanzas de la casa,
dándome solo algún dinero para pasar la semana. Al cabo de un mes, alegando
razones económicas pero, en realidad, para no tener que compartir su reino,
despidió a la enfermera. Cada mañana me banaba, me llevaba de la cama al
sillón, me vestía y, cada mañana, debía yo sufrir la interminable lista de sus
agravios que ella enumeraba caminando, discurriendo con sagrada embriaguez,
fortalecida por meses de furor y ayuno vocal. Eran, espinosas arengas que me
abrumaban con su vengativa elocuencia y me obligaban a inclinar la cabeza,
estupefacto, ante el vertiginoso desfile de mis pecados.
—Especie de gran
hombre —decía (estas palabras, y su tono, sobre todo, me aturdían como un
disparo junto a mi oído)—, creías que iba a morir lejos de ti, hambrienta de tu
negada presencia. Me imaginabas mortificada, pobre peluquera que rumiaba los
infortunios del destino y la mediocridad de su baja casta. Idiota cuya única
falta era amarte y haber nacido humilde, lejos de los favores
Página 148
de la riqueza y los
tesoros de la cultura. Y tú, joven destacado, médico brillante, galleabas,
seguías tu meteórica carrera olvidando el mezquino obstáculo que habías
apartado de un manotazo, grano de polvo en el polvo de los caminos que
recorrías con paso noble y acompasado. Ahora eres sólo un vegetal, una babosa.
Qué vulgar es tu princesa oriental, ¿verdad? No envuelve sus maldades en papel
de seda, no es delicada, no es fruto de un noble linaje. Escúchame bien, culo
de pollo: soñé en un ángel terrenal, un ángel del que me hubiera enamorado
perdidamente y en quien hubiera depositado una confianza sin límites. Cuando
nos encontramos, me pareció que toda la vida no me bastaría para agotarte. Y
ahora te contemplo, miserable, disminuido; qué loca fui consagrándote mi vida,
mi inteligencia, mi trabajo. Creí que eras como yo, estaba dispuesta a unir mi
vida a la tuya sin más condiciones que mi lealtad, pero me aplastaste, me
cubriste de escupitajos hasta el punto de que perdí mi nombre, mi identidad.
»Tras tu innoble
estratagema en el aeropuerto de Roissy, creí volverme loca, creí estar
embrujada: sufrí un ataque de nervios en el avión, tomé luego un hotel en
Atenas, la primera escala, donde permanecí postrada sin moverme ni dormir
durante una semana. Fue atroz lo que sufrí entonces; estaba enferma, iba a
morir de pesadumbre, te amaba tanto que todos mis pensamientos, mi aliento, los
latidos de mi corazón se dirigían a ti, te amaba hasta no poder pronunciar una
palabra sin tener miedo de decir tu nombre. Me sentía atada como un saco de
cuerdas, me habías inoculado un veneno que me paralizaba y permanecí días
enteros sentada en una silla, mascullando. No estaba buscando la libertad, sino
una salida. Ni siquiera pensaba en el suicidio: ¿para qué matar a una mujer que
estaba muerta desde hacía tanto tiempo? Día tras día, durante tres años, me
habías arrancado pedazos de mí misma. Ya no me pertenecía lo bastante como para
tener ganas de suprimirme.
»Entonces, desde el
fondo del abismo, llegó a mí la voluntad de sobrevivir a mi vergüenza, de
vencer tu devastación. Y sólo pensé en vengarme, en devolverte las flechas que
me habías lanzado, porque en la peor de las desgracias hay en los seres algo
que nadie puede quebrar. Sólo me mantenía viva la seguridad de que iba a
infligirte una herida igual, si no mayor, al daño que me habías hecho. La
Página 149
venganza es
minuciosa, llega a todos los detalles, infecta las heridas: el universo
adquiere así una abominable riqueza. Soñé tanto en aquella revancha que fue un
poema en mi cabeza antes de convertirse en un crimen contra ti. Fomenté en mi
cerebro formidables atentados: ironía de la suerte, el que terminó contigo me
lo ofreció la casualidad. Lo sepas o no, existe una tradición del dolor
femenino; alrededor de las mujeres abandonadas se crea enseguida la
solidaridad. Sabiéndome sola, las antiguas amigas vinieron a verme, a rodearme,
como si tú hubieras sido un impedimento para nuestras relaciones. Durante largo
tiempo necesité a alguien que me albergara, que me alimentara; al fin y al cabo
yo era joven, sólo tenía dieciocho años. Durante mucho tiempo tuve para con los
marginales y los rebeldes una negativa actitud de rechazo, de repulsa. Me
turbaban, me parecía que insultaban la dignidad de la existencia. Sé que me
equivocaba: ahora busco en esos seres que luchan, aunque lo hagan torpemente,
la vitalidad que los convierte en creadores independientes. La libertad, lo
sospechaba, sólo se obtiene al precio de inauditos regateos con los propios
demonios, tras interminables luchas y recaídas.
»Necesité meses
para desembrujarme de ti y ver cómo eras en realidad: no un astro sino una
ampliación, una estructura quebrada que sólo mi miedo a la vida hacía temible.
Créeme, nunca habría aceptado la esclavitud si no hubiera tenido la seguridad
de poder liberarme. En secreto, te había derribado ya: en el fondo, nunca
fuiste más que una creación de mi espíritu, un ídolo que yo sostenía con mis
brazos; sólo veía el ídolo, no veía el esfuerzo de mis brazos. Sólo necesitaba
la necesidad que tú tenías de mí. Te seduje fascinándote con tu propio poder,
dándote la ilusión de ser invencible. Fue mi juventud la que te dio tanto
valor. Con cinco años más me hubiera desengañado enseguida. Viví esos cinco
años en sólo seis meses.
»Nunca me amaste:
me dejaste reducida a unas vísceras, por un lado, y a un exótico fetiche por
otro. Fingías respetar en mí a la mujer, pero sólo venerabas los orificios.
Necesitabas un prototipo perfecto para satisfacer tu afición al Oriente, un ser
que por la mañana te despertara con sus salams y que lanzara yuyús en el amor.
Pero siempre te perdiste la muchacha que yo era.
Página 150
»¿Por qué me
abandonaste? Por una idea, una pobre idea que intentaste encarnar torpe,
ridículamente. En ti sólo había el estúpido y vago sueño de aparentar, de
aparentar cualquier cosa, ser un seductor, un donjuán, una veleta. Me
abandonaste en recuerdo del tímido adolescente que, durante años y años, había
sacado la lengua a todos los traseros femeninos y que nunca se consoló de su
hambruna, como esas personas que se hartan en recuerdo de las privaciones de la
guerra; me abandonaste para asombrar a la galería, para impresionar a tus pocos
amigos prisioneros del sistema conyugal, por falta de gloria tangible ante las
diez personas que constituyen tu entorno. Mi amor por ti fue un largo error que
ha encontrado su verdad.
Aquel largo alegato
me aturdió. Segura de su causa, con una combatividad y un mordiente admirable
sin duda, mi guardiana me privaba de toda posibilidad de respuesta porque
tenía, sobre mí, una ventaja suprema, radical: la integridad física. Créame si
quiere: tras haber perdido mi razón de vivir, recuperaba mi razón de amarla.
Admiraba su éxito, aunque se ejerciera a mis expensas. Me alegraba haberme
equivocado con ella. Además, no tenía ya medios para soñar; un ser lleno de
savia y de fuerza sueña mucho: el lisiado no sueña. Mutilado, la pareja volvía
a parecerme deseable, el hogar atractivo. El sentimiento es algo que puede
perderse como un reloj, agotarse lentamente como una cuenta corriente y
recuperarse como un sombrero. Envejecido antes de tiempo, agriado por mi
suerte, con el cuerpo atormentado por los placeres conocidos, maldiciendo al
género humano, el sol, los pájaros, los niños, pero temiendo por encima de todo
la soledad, decidí terminar mis días con Rebecca, fuera cual fuera el precio
exigido. Y ese precio, Didier, es astronómico, pero ahora ya no podría
resignarme a verla desaparecer de mi vida.
Ante las
acusaciones de mi procurador, intenté hacer una marcha atrás sentimental.
Llenaba la casa con mis lloriqueos. Intentaba enternecerla con el don de las
lágrimas; primero me concentraba para pensar en mi desgracia, volvía hacia ella
el rostro para mostrarle mis ojos húmedos, llorosos y luego, en un acceso de
falso
Página 151
pudor, me ocultaba
para dar rienda suelta a mis sollozos, abandonándome por completo a la
catarata. Derramaba litros y litros, sorbiendo mucho, seguro de mis reservas,
acelerando el chorro, el estruendo de la trompeta nasal para llamar su
atención. Pero nada podía enternecer a mi juez, que se marchaba para no ver mis
lágrimas. Torpemente, para recuperar un poco de su estima, intenté
despreciarme:
—Escucha, me odio
como nadie me ha odiado nunca.
—No —me
interrumpía—; no te hagas ilusiones a este respecto. Yo te odio mil veces más
de lo que nunca podrás detestarte. La antipatía que sientes por ti es aún
demasiado estúpida y sentimental para ser sincera.
—Me analizo sin
complacencia, me desprecio. El remordimiento me corroe, me avergüenzan los
actos cometidos. Sé que no tengo derecho a vivir, me fustigo con inigualada
severidad.
—Cállate
—estallaba—; no tienes derecho a criticarte, es una nueva prueba de tu loco
orgullo. Sólo yo tengo derecho a abrumarte; sólo yo, por haberla sufrido,
conozco tu verdad.
—Rebecca, te lo
ruego, ya lo sé. Soy mezquino y tú eres generosa, soy una sombra y tú la luz.
Merezco haber perdido la salud por el mal que he cometido.
—No, no lo has
merecido, infeliz. El castigo me parece totalmente injusto. Sí, sí, realmente
no tienes suerte. En el fondo era yo la imbécil, me quedaba cuando tú no
deseabas ya mi compañía; era lógico que me torturaras. No tienes nada que
reprocharte.
Aquellos sofismas
me irritaban: me costaba renunciar a la única prerrogativa que me quedaba, la
de figurar como un culpable absoluto.
—Rebecca, has sido
la más hábil. Has dirigido mi fuerza contra mí y la has transformado en
debilidad, has utilizado mis armas para vencerme.
—¡Caramba, qué
complicado eres! Todas esas malditas teorías sólo sirven para darte la ilusión
de que sigues dirigiendo el movimiento, de que las cosas no se te han escapado
de las manos.
Cuando el género
lloriqueante fracasó, intenté con el registro lírico y pasé a la súplica:
Página 152
—Oh, Rebecca,
enséñame la vida porque la he aprendido muy mal. Enséñame a amarla mejor, a tu
modo. ¡Qué animal salvaje y estúpido he sido! ¡Qué delicadeza hay en tu modo de
adaptarte a los días y las noches! He vivido mal, antes de que llegaras, y me
inclino ante tu superioridad, ante tu genio femenino. Me diste años
maravillosos, los más hermosos de mi existencia. Mi cuerpo está enfermo,
arruinado, pero está lleno del recuerdo de los inauditos goces que conocí
contigo. Nunca más te haré daño, te amaré como nadie te ha amado nunca. No
habrá más peleas.
—¡Que no habrá más
peleas! Deseo que haya peleas, me he aficionado a ellas, figúrate, ya no puedo
privarme. ¿No volverás a hacerme daño? Pero ¿qué daño podrías hacerme ahora si
estás derrengado, piojo de mierda? No me conmoverás con tus jabonosos elogios,
recuerdo demasiado bien todavía las injurias que me dirigías hace un año como
para que me engañen tus lamentables halagos. No quiero olvidar ni una pizca del
daño que me hiciste. Quiero pensar en cada palabra que me hirió, quiero vivir
con esa repugnante suciedad para tener un motivo de odiarte a cada instante.
Tal vez sea inculta, pero no lo bastante estúpida para caer en la trampa de tus
insípidas galanterías. Todo ser encuentra, algún día, el dueño que le hace
pagar el daño que ha cometido: pues el mal desea el mal al malvado. Eras ya mi
esclavo sin saberlo, me pertenecías como el vencedor pertenece a su botín.
»Escúchame bien,
ahora: te concedo la vida, pero no por compasión sino como un castigo.
Permanecerás aquí, encerrado en esta habitación, en este apartamento; no estás
hecho para vivir con la gente. Deseaste en exceso la compañía, el ruido, la
muchedumbre. La corte que te rodeaba tendrá prohibido su acceso a estas
habitaciones. Podrás ver a tus amigos en el café, si consigues bajar solo con
tu silla de ruedas. Si te dejara salir, volverías a mezclarte con gente que no
tendría cuidado y a la que destruirías. No esperes perdón. Ya lo sé, la
clemencia es una hermosa virtud que rompe las corrientes de la cólera. Pero
para mí no eres ya el hombre al que amé pesara a quien pesase, no eres un ser
humano a quien pueda perdonarse. Eres una vergüenza, un pensamiento amargo, una
bestia maligna que debo mantener apartada.
Página 153
Por mucho que
intentara yo ablandarla, su vanidad, su cólera, seguían por completo
insensibles a la adoración de un amante que había perdido los recursos y la
belleza. Y cada vez que me rebajaba o suplicaba con el tontorrón lirismo de los
enamorados, ella respondía con carcajadas: cada uno de mis argumentos estaba
mancillado por los horrores cometidos, y las mejores decisiones se derrumbaban
ante el desfile de los cargos que ella paseaba ante mí como una oriflama en
cuanto yo intentaba que cediera.
—Siempre serás un
chacal, no intentes disfrazarte de cordero.
Yo la contemplaba
estupefacto, víctima del doloroso hechizo que lleva con él la sensación de una
irreparable pérdida.
—Mátame —le pedía
entonces—, engañarme con las dosis, dame una inyección.
—No, no —respondía
(y procuraba dejar muy lejos de mis manos cualquier medicamento u objeto
cortante)—. Me eres más precioso vivo que muerto, por la sencilla razón de que
un muerto no sufre.
De este modo, en
menos de un año, consiguió debilitar mis fuerzas, quebrar mis esperanzas,
depreciar mis goces, pervertir lo que en mí había de orgulloso, de
conquistador. Me había convertido en un anciano prematuro que ya no tenía
derecho a llorar y, sin embargo, se sentía triste como un niño. ¿Cómo
comprender el cambio de alguien que os ha aceptado con vuestros peores
defectos, ha reforzado vuestras malas costumbres y con quien, luego, creéis que
todo os está permitido salvo mostraros menos repulsivo? Mi carcelera se negaba
a permitir que hablara por teléfono con mis amigos, diciéndoles que dormía:
había instalado el aparato en su habitación y la cerraba con llave cuando se
marchaba. Si, por casualidad, uno de ellos cruzaba la barrera de la puerta, le
recibía con tanta frialdad que no regresaba más. Controlaba también mi
correspondencia y, gracias a la magia de aquel cordón sanitario, en unos pocos
meses me encontré sólo con ella, a merced de sus menores caprichos convertidos
en leyes.
Pero Rebecca había
orientado su venganza, sobre todo, hacia mi deshecha virilidad. El argumento
era bajo pero, puesto que yo mismo había sido un personaje vil y mezquino, no
podía exigir que me tratara con más consideraciones que antaño lo había hecho
yo. Para paliar mi deficiencia, recurrió desde las primeras semanas a una
Página 154
cohorte de
suplentes que pasaban la noche en casa. Le gustaban especialmente los
adolescentes de colérica bragueta y voz acanallada. Al comienzo, sólo tuve que
soportar sus gritos. Luego exigió que asistiera a aquellas escenas, intentando
iniciarme en los misterios de sus actuales amores. Si me negaba, venía su galán
para actuar en mi alcoba. En aquellos instantes, Didier, ella no sabía ya que
inventar para rebajarme; por lo general ebria o bajo la influencia de la droga,
aullaba, se ponía en las más provocadoras posturas, cantaba indecencias. O
colgaba de mi cuello un cartel: «Cuidado, erección excepcional». Imagine mi
suplicio, aquellas largas noches sin sueño, mis arterias que hervían, con el
corazón en un puño y mordiéndome las manos para tranquilizarme. A veces, el
rival me insultaba; algunos me provocaban o me quitaban un libro cuando no era
la propia Rebecca quien les regalaba un objeto personal que me fuese querido.
Cierta noche,
aquellas humillantes bromas se convirtieron casi en un drama y me llevaron al
colmo del dolor. Rebecca, al regresar de su ciaste de baile, había ligado en la
calle con dos rockers de unos veinte años, del estilo duro, unos gorilas de
cuero, cazadoras claveteadas, tupé en la frente, zapatos puntiagudos, chapas de
Elvis y aros en la oreja; en fin, toda la parafernalia de esos babuinos con
fijapelo. Me husmearon con maligna arrogancia y soltaron una extraña risita
cuando Rebecca les reveló mi identidad. Mi presencia parecía irritarlos mucho,
venteaban mi enfermedad como una trampa que los intrigaba. Ante ellos, mi
hermosa se mostraba más acogedora, más zalamera que nunca, y el contraste entre
su amable gracejo y los argóticos borborigmos de los mozos me laceraba el
corazón. Tras una rápida cena en la que aquellos patanes de arrabal no
perdieron ocasión de demostrar su grosería, la emprendió sensualmente con
ellos, ofreciéndoles a ambos los homenajes de su boca. Inútil es decirle que
aquellos animales aprovecharon la ocasión: se les metió en la cabeza sodomizar
a mi enfermera. Aunque ella se negó, sacaron una navaja y, colocándola en su
garganta, la obligaron a hacerlo. La farsa se estaba convirtiendo en un horror.
Mientras actuaban, la abofeteaban y le tiraban de los cabellos. Y se reían,
gritándole todos los horrores que la imaginación masculina puede inventar para
denigrar a las mujeres. Finalizada su violación,
Página 155
me tiraron de la
silla, hicieron tijeretas con las piernas, me obligaron a ponerme de pie
sujetándome cada vez que caía.
—Enséñanos tus
chirimbolos, veamos lo que queda de ellos — aullaban, excitándose con grandes
palmadas.
Aunque temía lo
peor, me sentía aterrado como si el mal absoluto se hubiera presentado, de
pronto, ante mí, en toda su fealdad. No podía creer en lo que me estaba
sucediendo. No tenía fuerzas para insultarlos, ni siquiera para liberar el
horrendo gemido que llenaba mi boca. Pobre escarabajo caído de espaldas,
agitando mis muñones, lloriqueaba: «Dejadnos, por favor marchaos».
Lamentablemente, nos habrían tratado con mayores consideraciones si Rebecca les
hubiera hecho pagar como una puta. Pero aquella ofrenda sin dinero había
despertado los peores instintos en sus bárbaros cerebros. Y saquearon
metódicamente, a patadas y cuchilladas, todo el apartamento, arrancando los
anaqueles y las cortinas, rompiendo la vajilla, los espejos, los cristales,
reventando los colchones, despanzurrando los armarios, lacerando las paredes,
derribando las mesas, las sillas y, finalmente, llevándose todo el dinero que
teníamos y algunos objetos de valor. ¿Y qué cree usted que hacía Rebecca? La
muy zorra lloraba tendida en el suelo, con un ojo morado, las ropas
desgarradas, temblorosas las piernas, sacudida por los espasmos y repitiendo
entre sollozos: «Es por tu culpa, es por tu culpa, siempre será por tu culpa.»
Mis días
transcurrían así a la espera de las jugarretas que imaginaba mi esposa para
vengarse de mí. Una mañana, desperté en la penumbra: las cortinas estaban
cerradas, había en la puerta un catafalco y en una mesa ardían dos candelabros.
En mis manos tenía una cruz negra, una de esas inmundas cruces de cementerio, y
Rebecca lloraba dulcemente junto a la cama. Angustiado por aquella fúnebre
atmósfera, le pregunté:
—¿Qué ocurre?
—Shtt —dijo ella—;
falleciste ayer por la noche, te estoy velando. —¿Muerto…?
—Sí, una embolia
cerebral durante la noche, dentro de una hora te meteremos en el ataúd.
Paralizado entonces
por el terror, impresionado por aquella puesta en escena, aullé hasta
desvanecerme mientras mi amante
Página 156
soltaba una
carcajada salvaje.
Había imaginado
también un sistema de castigos y vejámenes, según me considerara dócil o no.
Por ejemplo, dejaba de lavarme y transportarme durante una semana,
abandonándome entre mis excrementos. Y cada vez que pasaba junto a mí, se
tapaba la nariz, me llamaba «Olor-a—mierda», «Pestazo», y esperaba hasta verme
cubierto de llagas y costras, hasta que el hedor se hiciera tan insoportable
que se sintiera ya molesta. O me privaba de comida durante dos o tres días,
concediéndome sólo unos vasos de agua. Cuando me curaba, fingía torpeza, se
divertía poniéndome cinco o seis veces la misma inyección, rompiéndome a veces
la aguja en el cuerpo. Y yo tenía que soportar aquellos suplicios sin
rechistar.
Tal vez recuerde
que ayer presumí, en los tiempos de mi esplendor, haber lanzado a mi hijo
contra Rebecca; curiosamente, pese al cerco que había establecido a mi
alrededor, mi esposa nunca impedía al pequeño visitarme; además, mis vínculos
con él se habían hecho más laxos, la imagen del padre omnipotente se había
agrietado en su espíritu cuando sufrí el accidente. Me contemplaba ahora con
una difusa conmiseración y, viéndome maltratado, gracias a ese automatismo
infantil que adula a los más fuertes, depositó todo su afecto en Rebecca.
Matthieu, que ése es su nombre, acababa de cumplir los trece años, y el hombre
y el niño se disputaban aquel cuerpo en pleno crecimiento donde la pubertad
afirmaba ya sus derechos. Cierta noche se quedó a cenar —antes de volver a casa
de su madre— y Rebecca se entregó a una verdadera empresa de seducción.
Llevando un vestido muy corto y un exagerado escote, no dejaba de cogerle la
mano, de excitarle poniéndole ante las narices sus encantos. Le grité:
—Deja ya de incitar
al pequeño.
¡Qué había dicho!
Estaba esperando mi intervención para actuar. —Eres un palo hediondo, un
escarabajo con ruedas, ves el mal por todas partes. Mira a tu padre, Matthieu;
está tan obsesionado por el
sexo que, para él,
todo es sucio y obsceno.
—Es verdad —asintió
el muchacho—; en casa sólo hablaba de sexo.
—¿Quieres que
excite realmente al pequeño, quieres que te enseñe de qué soy capaz? Matthieu,
bésame en la boca.
Página 157
El adolescente,
mirándome, soltó primero una risita, pero luego, alentado por Rebecca y
tranquilizado por mi invalidez, lo hizo. No le costará adivinar la
continuación, la naturaleza reciente no tardó en despertar en mi hijo, pese a
la vergüenza que aquello le producía.
—¡Oh, qué hermosa
tranca adivino ahí! —susurraba Rebecca mirando su entrepierna—; ¡qué
desarrollada parece!
—Basta —grité.
—No le escuches
—decía Rebecca dulcemente, poniendo de relieve, con su dominio, mi turbación—;
quiere mantenerte en la infancia, pero tú ya no eres un niño, Matthieu, eres ya
un adulto y puedes probarlo desobedeciendo a tu padre.
Excitado por
aquella arpía, mi hijo me miró con desprecio.
—Matthieu, vuelve a
casa. Tu madre te espera.
—Cállate
—masculló—; no tienes derecho alguno a darme órdenes, ya no soy un chiquillo;
come y calla.
Rebecca estaba
encantada.
—Eres magnífico,
Matthieu. Aguardaba este momento con impaciencia, siempre he pensado que valías
más que tu padre; de todos modos, eres más apuesto que él. Dime, ¿nunca has
dormido con una mujer? ¿Quieres conocer el placer, la absoluta dulzura? Ven,
voy a hacerte el mejor regalo: vas a convertirte en un hombre, dejemos a ese
enfermo con sus rencores.
Y, volviéndose
hacia mí, añadió con la mayor naturalidad:
—Franz, quita la
mesa y mira la televisión si quieres. Pero, sobre todo, no olvides nunca que
nos estás incordiando, que eres feo y viejo, y que hiedes.
Yo, que antaño lo
había hecho todo ante mi hijo, poniendo incluso una especie de bravuconería en
tales exhibiciones, tuve que soportar los murmullos, los suspiros de los
amantes incestuosos tras la entornada puerta. Creo que aquella noche toqué
fondo.
Hoy la pesadilla se
ha debilitado hasta permitir la existencia de un mundo más gris, más desvaído.
Nos hemos arreglado una vida en los intersticios de la desesperación y la
infamia. Los vengadores deseos de Rebecca, su propio odio, ampliamente
satisfechos, han dado paso a una fría coexistencia. Sobrevivo y sólo conozco ya
la
Página 158
hipnótica felicidad
de las inyecciones de morfina que me dan, casi cada día, para calmar mis
sufrimientos. Como esos seres que relatan machaconamente la única aventura de
su existencia, yo cuento mi historia a quien quiere oírla, sólo me queda ya el
recurso de las palabras para exorcizar mi destino, reconstruir las fibras que
rompió el accidente. Penélope invertida que reconstruye un desgarrado tapiz,
hablo para seguir existiendo. Escucho los rumores de la ciudad, el estruendo de
las calles; los caminos, las llanuras dirigen a mis piernas gangrenadas tiernos
mensajes y envidio a cualquier anciano que recorra la acera.
Todo se ha perdido
en una vida que la extremada futilidad, el extremado egoísmo han convertido en
atroz. Odio esa sociedad que nos condena a ser libres y hace descansar en cada
hombre el peso y la responsabilidad de su destino. Durante treinta años intenté,
con el mariposeo y la perversión, escapar de las ataduras de la mediocridad, de
las bajezas de la vida corriente, y una vez tras otra, insensiblemente, fui
devuelto a las orillas de lo rastrero, más abajo aún de donde había salido. En
cualquier caso, habré llevado hasta el fin mi afición al martirio: he pagado
por todo el sexo masculino mi deuda con las mujeres, he cargado sobre mis
hombros todo el horror de la bestia viril para purgar de él la tierra.
No importa: de
nuevo amo a Rebecca. Sólo ella existe para mí, sólo pienso en ella y su nombre
acude incesantemente a mis labios como los mil nombres de Dios acuden a los
labios del creyente. La espantosa distancia entre su edad y la mía va
aumentando: cada día rejuvenece y me echa años encima. Sé que no recuperaré con
mujer alguna aquel impulso en el amor y aquel encarnizamiento en la crueldad.
No tengo elección: me veo forzado a su compañía. Temo que se enamore de otro.
Sólo permanece a mi lado por mi pensión de invalidez. ¿Cómo decírselo?,
prefiero colaborar, con su acuerdo, en sus relaciones, que ignorarlas. Ha
creído amar a alguno de sus amantes: los ha abandonado. Pero la urgencia de la
revancha ha desaparecido y la siento mucho más dispuesta a las languideces
sentimentales; vivo con esta espada de Damocles colgada sobre mi cabeza. Qué
paradoja, Didier: le confieso este temor precisamente cuando va usted a
quitarme, tal vez, a Rebecca. Sí, sí, no proteste; usted es para mí un temible
rival. ¡Me parece tan refinado, tan
Página 159
complejo! Pero
estoy aburriéndole con mis desgracias, mis historias le importan bien poco.
Su mirada parecía
extraviada, su voz iba extinguiéndose; repitió varias veces todavía,
maquinalmente, «mis historias» como una campana que prolongara su postrera
vibración. No me tomé el trabajo de desmentirlo. El pobre tipo había esperado
pasarme la patata caliente de sus malos humores, pero yo consideraba que había
merecido sus desgracias y, secretamente, germinaba en mí el desprecio hacia
aquel ser que se había dejado vencer por una mujer tras haber intentado
aplastarla. Sin embargo, ¿cómo creer que Rebecca fuese culpable de semejante
crimen? ¿Y si Franz había mentido con el único objeto de calumniar a su
esposa?, ¿y si sólo había tenido un accidente? Me dispuse a abandonar al
tullido, perdido en la inmensidad de su compasión por sí mismo, cuando me preguntó:
—¿No teme herir a
Béatrice iniciando una relación con mi Rebecca?
Aquella solicitud
me asombró.
Respondí con
desenvoltura:
—¿Qué le importa a
usted eso?
Me miró. Había
tomado un pequeño magnetófono y manipulaba, nerviosamente, los mandos.
—No sé… No
obstante, Béatrice es bonita. —Cuando se la ve por primera vez, es cierto.
—Naturalmente, no es una estrella de cine… —¡Usted lo ha dicho!
—Pero entre ustedes
hay cierta complicidad.
—Tenemos costumbres
comunes, es nuestra principal connivencia. —Estoy seguro de que exagera. ¿Por
qué entonces este viaje?
—La necesidad de
romper la rutina para fortalecerla más tarde, una decisión irreflexiva.
—Cuatro veces —dijo
el tullido.
—¿Cuatro veces qué?
—Ha renegado cuatro
veces de Béatrice. Aquel vocabulario evangélico me irritaba. —No he renegado de
nadie. ¿Qué significa eso? Franz dejó su magnetófono.
Página 160
—Olvide mis
palabras. Buenas noches, Didier; nos veremos en la fiesta.
Habíamos abandonado
Atenas sin que yo lo advirtiera. Fui a tomar el aire en la proa y encontré,
fuera, el murmullo de las olas abrumadas que cabrilleaban, como si los dioses
hubieran sembrado en ellas las plumas de un edredón. La tempestad estaba cerca,
y las ráfagas cada vez más violentas del viento galopaban por la superficie del
agua levantando sus lomos. Un muro de aire frío recorrió la cubierta superior,
y la borrasca aumentó brutalmente lanzando con furia sus ganchos de derecha y
de izquierda. Ahogándome bajo aquellos soplos, regresé pronto a los lugares
protegidos. Pero no tenía prisa por volver al camarote donde Béatrice debía de
esperarme con los ojos húmedos y la nariz hinchaba de tanto sonarse. ¿Cómo
ponerla entre paréntesis mientras satisfacía mi deseo de aquella extraña?
Mostrarme firme, sí, no ceder, ser firme y cortés. Decirle: Rebecca me
interesa, pero eso no es cosa tuya. A fin de cuentas, caramba, no estamos ya en
el siglo XIX, seamos una pareja moderna, vivamos libremente nuestros deseos. Si
también tú sientes inclinación por un hombre, no te prives, sabré mostrarme
liberal: Raj Tiwari, por ejemplo, tiene sentido del humor; y Marcello ha vivido
interesantes experiencias. A menos que prefieras un miembro de la tripulación.
¡Vamos, valor!
Incómodo, inseguro,
abrí la puerta de nuestro reducto. Béatrice, verdosa, yacía en su litera. El
agrio olor del vómito daba irrefutable testimonio de un nuevo elemento: el
mareo. Parecía que hubiera escuchado mi llamada y se hubiera puesto enferma
para no quitarse de en medio.
—Al menos, no te
molestaré —gimió en voz baja.
—Nunca me molestas.
Lívida, me cogió
del brazo con sus manos glaciales:
—¡Oh, qué mal
termina el año, tengo ganas de morir! Por más que fingiera sentirme inquieto,
la cubriera con mantas, le hiciera preguntas sobre la Acrópolis, la besara en
la frente y avisara a un steward para que trajera al médico, me costaba ocultar
mi satisfacción. Me sentía exultante, piafaba. ¿Podía desear más oportuno
malestar? No sólo tenía para mí la velada y toda la noche, sino también la
impunidad y la inocencia. Por lo tanto, no tenía que dar explicaciones, no
habría rencores, no quedarían huellas: el crimen perfecto. Gracias, tormenta,
gracias, mal tiempo, gracias, doctor, por haber recetado a la enferma un
somnífero, descanso y
Página 161
dieta hasta el día
siguiente. Por fin podría emprender solo el vuelo, bailar con la más hermosa
mujer de a bordo sin incurrir en la pesarosa desaprobación de mi noble viuda.
Pobre Béatrice. Estaba ya fuera de competición; treinta años pero, mental y
físicamente, diez más que yo. Respiré a pleno pulmón, transido de esperanza,
alentado por la proximidad de un goce tan precioso como inesperado. La imagen
del tullido cruzó por mi cabeza y, por primera vez, le encontré casi simpático.
A fin de cuentas, aquel tipo no había tenido suerte, era más infeliz que
malvado, y casi sentía ganas de estrecharle la mano, de darle una amistosa
palmada en la espalda. En tan admirables disposiciones, el resto de la tarde me
pareció corto y se desmigajó entre mis dedos dejando sólo vacío. Vuelto por
completo hacia el feliz instante, tomé una ducha, me vestí sobriamente con una
camisa blanca y unos pantalones limpios de canutillo. Me puse un jersey ligero,
lustré mis zapatos y, ante los ojos en blanco de mi tierna querida, me afeité
silbando y perfumé mis mejillas con una buena loción:
Por fin tañó la
campana del navío, anunciando el inicio de la fiesta de fin de año.
—¿Estás segura de
que no puedes levantarte? —le pregunté con una inmensa sonrisa a mi Dulcinea,
blanca como el mármol.
—Déjame, ve a
divertirte.
—Voy a añorarte,
¿sabes?
—Pronto me
reemplazarás —suspiró, entregándose de nuevo a su estertor.
Murmuré un cortés
«buenas noches, querida», y cerré suavemente la puerta. Había llegado, pues, la
hora de ser sometido a prueba. Bueno, basta ya de esbozos, era tiempo de
consumar y consumir. La brevedad de la travesía me obligaba a ser rápido. Y me
prometí llevar a buen puerto el asunto, convencido de que tenía la suerte de mi
lado.
¡De qué modo
comenzó aquella fatal velada, con qué pérfida belleza! Iluminado como un
inmenso pastel de aniversario, con las salas llenas de música y risas, el Truva
celebraba el Año Nuevo entre Atenas y Estambul, bajo un cielo negro y
amenazador. El paquebote había adoptado el aspecto canalla y frívolo de los
barcos de crucero, cuya vocación es ofrecer placer y despreocupación. Parecía
un accesorio teatral flotando en un inmenso escenario líquido. Los rostros se
iluminaban, los semblantes más ingratos
Página 162
comenzaban a
existir de pronto, en función de la mirada de los demás. Aquellos pasajeros,
que se habían aburrido mortalmente durante todo el día en un camarote o en el
bar, bostezando, bebiendo y barajando los naipes, acudían, acicalados y
lustrosos, al gran comedor transformado para la ocasión en sala de fiestas,
coronada de guirnaldas. Una nerviosa energía, una impaciencia apenas
disimulada, se extendía de los más jóvenes a los más viejos para dar entrada al
nuevo año. La gran escalera que conducía al festejo, subida y bajada sin cesar
por una doble corriente, chorreaba como una cascada en un lago. Por efectos del
cabeceo, los viajeros tenían el paso inseguro de quien ve cómo el suelo vacila
bajo sus pies. Si no hubiera sido por la temprana hora, su risible cojera los
habría hecho parecer una pandilla de borrachos haciendo equilibrios en unas
montañas rusas. A causa de la mar gruesa, la dirección había reemplazado la
tradicional cena de réveillon por un buffet frío, más cómodo de servir, y había
vaciado de mesas el comedor para dejar más espacio a los bailarines. Una
orquesta italiana iba a animar la velada.
En la sala, a mi
alrededor, la excitación crecía y se desbordaba en conversaciones triviales y
brillantes como copas de champaña. Las mujeres palpitaban y rumoreaban,
cubiertas de colores resplandecientes o prudentes, pues aquella noche, al menos
entre las europeas, la moda prescribía profundos escotes. La gente iba y venía
con infantiles muecas, sonriéndose por fin tras haberse ignorado durante cuatro
días. Todos aquellos diálogos y parloteos aumentaban el volumen sonoro de la
sala hasta cubrir el mugido del mar.
Encontré a Rebecca
en el bar, bebiendo un cóctel, rodeada ya de una muchedumbre de admiradores
que, en todas las lenguas de la tierra, intentaban cautivarla. Llevaba medias
negras y un corto vestido de satén rosa abierto por detrás en un profundo
escote que le llegaba a los riñones y dejaba al descubierto una espalda color
de miel. Agitaba una larga boquilla de nácar y sonreía ante las chanzas de un
levantino panzudo, que otros varones intentaban eliminar con gesticulaciones u
observaciones en voz alta dirigidas sólo a llamar la atención de su ídolo.
Su belleza me dejó,
aquella noche, tan pasmado que perdí el aliento. Sentada en su taburete, con
las piernas cruzadas, esparcía una especie de luz que, de buenas a primeras, me
deslumbró. Iluminaba aquel extraño lugar, ya bañado por las lámparas y las arañas
que ella eclipsaba hasta el punto de que parecían pura oscuridad. Sus cabellos
recogidos en la nuca
Página 163
dejaban al
descubierto la pureza mineral del rostro. Incomodaba casi, levantando entre
ella y los demás seres vivos el muro de su perfección. Comprendí, con una
dolorosa punzada, por el número de los pretendientes que la rodeaban, la
distancia que me separaba todavía de la realización de mis deseos. Temía
parecerle tonto, demasiado timorato, la sabía acostumbrada a la lujuria, la
sabía dueña de una inteligencia del deseo que me turbaba. El movimiento de su
alta talla al inclinarse para abrocharse una bota, la elasticidad de su
compostura, la vertiginosa seguridad de que, en toda aquella ociosa población
sólo me interesaba ella, me cogían por sorpresa. Me dirigí a ella con la
sonambulesca lentitud de quién se siente hipnotizado por un maravilloso objeto
cuya riqueza no podrá agotar nunca. En cuanto me vio, apartó el círculo de sus
galanes y me dirigió una sonrisa de joven coqueta alentando a un pretendiente
en exceso tímido.
—Ven, Didier,
ofréceme una copa. ¿Estás solo?
Le comuniqué el
malestar de Béatrice y pareció secretamente satisfecha de su ausencia. Aquella
inmediata complicidad me encantó. Lamentablemente, mi buena suerte chocaba con
la frialdad de los demás competidores que me miraban sin amabilidad. Y el jaleo
de la velada, los numerosos aduladores que interrumpían nuestra entrevista
soltando estupideces, sólo podían frenar mi empresa. Rodeados de seres
cacareantes que nos reventaban los tímpanos, aspiraba a algún retiro más
discreto y sugerí a Rebecca dar un paseo.
—De acuerdo,
vayamos a buscar a Franz a su camarote. Me ayudarás a transportarlo.
Se abrió paso entre
la muchedumbre con deliciosa insolencia, sintiéndose segura de sí, y admiré la
sangre fría de aquella mujer que sólo se mostraba medio desnuda para mejor
detener los deseos demasiados osados: moldeada por el satén rosado y las medias
que enfundaban sus piernas, parecía más indecente que si no hubiera llevado
nada. Y no era una rosa congestionada, vulgar, de pastelería, sino un color
exquisito, una calidez y al mismo tiempo un drapeado: un rosa bombonera, cara y
suntuosamente adornada.
Sólo había cinco
minutos entre el salón y el piso de primera clase, pero aquellos minutos me
eran esenciales. Era la ocasión de abordar a Rebecca lejos de los curiosos;
entonces o nunca. Sin embargo, fuera cual fuese mi valor, en cuanto me quedé
solo con ella en el corredor, el terror se apoderó de mí y me puse a temblar.
No soy del género que se denomina ligón;
Página 164
incapaz tanto de
audacia como de oportunismo, el temor hace que el primer gesto me sea
terriblemente difícil. Arriesgo en los actos sencillos mucho más que la mayoría
de la gente, y la afrenta de ser rechazado me parecía la más cruel posible.
Abandonado a mí mismo, sin la ayuda de ningún excitante, todos los deseos que
me animaban cedieron ante la indecisión de una adolescencia que me parecía viva
todavía, a pesar de mi edad. Tendí la mano para coger la suya, pero la retiré:
no me atrevía. Algo tan nimio como tocarla sólo podía parecer temible a alguien
tan poco atrevido como yo. Aquella intimidad en un lugar solitario me producía
estremecimientos. Afortunadamente, un cabeceo del barco me lanzó contra ella;
con irrazonable valor de tímido, la cogí por el talle y pegué mi boca a la
suya. Creí que habría lucha, resistencia antes de la rendición pero, lejos de
debatirse, quedó como muerta entre mis brazos, con los brazos colgando,
inertes, a lo largo de su cuerpo. Su aceptación me abrumaba más que un claro rechazo.
Bésame si quieres, parecía decir, estoy en otra parte, sufro con paciencia tus
tentativas. Entonces besé enloquecido sus hombros desnudos y murmuré:
—Temo haberme
enamorado de ti. Y eso no es lo mejor que podía suceder. Hace unos días que
vivo en un estado imposible.
Ella, al principio,
no dijo nada, limitándose a apoyar una de sus manos en mi pecho; pero luego, de
pronto, soltándose, me apartó con aire aburrido.
—Basta, Didier;
estás babeando en mi vestido y vas a ensuciarlo.
Me sentí
decepcionado pero, lleno de una exuberancia que hoy me parece chusca, añadí:
—No conozco nada
más refrescante que tus labios.
Ella soltó una
risa:
—¡Pareces un
anuncio de dentífrico!
Herido por aquel
juicio, la solté y la seguí en silencio, como un perro apaleado, hasta el
camarote de Franz, furioso por no haber encontrado la respuesta apropiada,
inseguro una vez más de sus intenciones. Si me quería, ¿por qué no lo decía? Si
no me quería, ¿por qué aquellos arrebatos de entusiasmo cuando me veía? Pero
aquella noche no me resignaría a que se me escapara, aunque debiera pactar con
su fantasioso carácter. Tal vez no había esperado lo bastante, tal vez no había
respetado los olazos. Aquel pensamiento me tranquilizó: sólo se defendía un
poco para inflamar mejor mi deseo.
Página 165
Franz no tenía
buena cara: hecho un ovillo, esfinge comprimida en su pequeña silla, parecía
abatido. Su palidez casi azulada revelaba un gran cansancio. Ni siquiera me
saludó, absolutamente absorbido por Rebecca.
—Venimos a buscarte
—dijo—; prepárate.
La cabeza del
tullido se irguió de pronto.
—Quédate, no
vayamos —suplicó.
Ella le palmeó las
mejillas.
—No seas niño.
Creí ser el objeto
que apartaba a aquella mujer de su marido e, incómodo, incliné la cabeza. No
pude evitar contemplar las muertas piernas del lisiado, cubiertas por un
delgado pantalón de franela, y ascendí hacia su rostro donde la súplica luchaba
contra el pánico. Sentía lástima por aquel hombre que llevaba en sí el
cansancio de todas as peleas que había mantenido con su esposa. Los tics abrían
su boca en un rictus sardónico. En su angustia, sólo sabía repetir:
—Quédate, quédate…
—Cállate, no
empieces otra vez con tus comedias.
Desnudó al enfermo,
le puso una camisa; él se dejaba hacer con absoluta docilidad, tenía el torso
flaco, desproporcionado en relación con los músculos de los brazos, y retrocedí
ante aquel estrecho escudo con un blasón de pelos blancos.
De pronto, el
enfermo, excitado por aquel cuerpo joven que se erguía ante él, dejó de llorar
y comenzó a palparlo, a tocarlo desvergonzadamente. Rebecca se lo permitía.
Aquella pasividad me horrorizó, pero menos que lo que luego seguiría.
Franz había
levantado hasta las caderas el vestido de Rebecca, había hecho descender sus
pantys hasta el nacimiento de los muslos y puesto al descubierto unas bragas
blancas, muy pequeñas, sobre las que brillaba una cadenita. Creía estar
soñando: aquel strip-tease lo estropeaba todo. Cerré los ojos, volví a
abrirlos. Bajo la tela, una mancha oscura permitía adivinar un pubis lujurioso.
El tullido apoyaba en él, febrilmente, la boca, manoseando las nalgas de su
esposa. Hubiera debido salir entonces, pero me sentía hipnotizado por el
descaro de aquel individuo cuyos dedos se hundían en las carnes como viscosas e
indecentes babosas. Rebecca, con un cigarrillo en la boca, se dejaba acariciar
sin soltar un respingo, mientras peinaba los escasos cabellos de su esposo.
Hubiérase dicho una madre
Página 166
complaciente
acicalando a su hijo. Tanta familiaridad me indignó. ¿Qué era yo para ella,
apuesto que se desnudaba así ante mí? Sólo un esclavo ante su reina… Aquella
derogación del acostumbrado orden de la seducción no se hacía en mi honor.
Imponiéndome su desnudez, había quebrado la turbación, y para seguir
conmoviéndome tenía que vestirse. Absorto en sus magreos, su marido la palpaba,
la chupaba con una glotonería de bebé, y me parecía nauseabundo el contraste
entre aquella cabeza medio calva y aquella boca que mendigaba placer. Rebecca
me miraba con aire de desafío.
—Te has quedado de
piedra, ¿eh? Te encuentras de pronto con tu fantasma en carne y hueso. ¿Quieres
participar también? Luego estarás más tranquilo.
Desprendiéndose del
abrazo de su marido, se acercó a mí manteniendo levantada la falda con ambas
manos.
—No, así no
—exclamé, antes incluso de que se me acercara. —¡Caramba, ahora se hace el
estrecho! Sin embargo, desde el
principio, no has
dejado de dar vueltas a mi alrededor buscando eso.
Perdí todo mi
aplomo y farfullé:
—¿Por qué te burlas
de mí?
—¡Cómo! Te ofrezco
lo que, a bordo, todos sueñan con tocar y me vienes con remilgos.
—No lo comprendes
—intervino Franz—. Para ese joven es muy importante el protocolo, tú has
trastornado sus reglas y tiene miedo.
—¡Peor para él!
Dejó caer el
vestido, se colocó bien las medias y fue a peinarse ante un espejo. Furioso por
mi inoportunidad, consciente de que aquella taimada pareja me tomaba por un
doncel, me maldije interiormente.
—Apresúrate, Franz,
ya oigo la orquesta.
El tullido, que
estaba abotonando su chaqueta, me miró con sonrisa burlona:
—¡Realmente,
Didier, es único para lograr que se rindan! Si fuera Béatrice, por la noche no
podría dormir.
—Déjale —dijo
Rebecca, disimulando apenas sus deseos de reír—; vas a amilanarle más todavía.
Los observaba a
ambos y los descubría unidos como las mallas de una red de la que yo estaba
excluido. Un oscuro pacto de vicio y sangre los ligaba, pese a su enemistad,
como las dos pinzas de una tenaza. ¡Y yo
Página 167
había esperado,
ingenuamente, hacerme un pequeño lugar en su infernal intimidad! Pero culpaba a
Franz de los sarcasmos de Rebecca. Las circunstancias me permitieron,
inmediatamente, satisfacer mi resentimiento.
El navío, ya lo he
dicho, daba muchas bandadas. Cuando estuvimos en el pasillo, se hizo muy
difícil dirigir la silla de ruedas. Entonces, se apoderó de mí un mal
pensamiento: solté las empuñaduras y, como el barco comenzaba a cabecear, la
silla se deslizó hacia adelante, chocó contra una puerta y volvió hacia atrás.
Fue un milagro que el tullido no cayera.
—¡Tenga cuidado!
—gritó.
Me crucé de brazos
y dejé que la silla pasara ante mí sin cogerla. Rebecca, que se había apuntado
al juego inmediatamente, la detuvo y me la devolvió. Franz gemía: su vehículo
chocaba a la derecha y a la izquierda, contra las paredes, a cada bandazo del paquebote,
a punto siempre de volcarse, y nos lo pasábamos como una pelota en un
prodigioso partido en el que lo esencial era mantener el equilibrio. Franz
intentaba controlar su silla frenando la llanta exterior con las manos, pero la
inclinación del pasadizo y nuestros poderosos empujones podían más que él.
Cuando comprendió que estábamos jugando con él, sus pupilas se velaron como un
agua malsana embalsada por el terror. Algo de la crueldad de aquella pareja
había pasado a mí, y disfrutaba viendo al paralítico que luchaba contra el
miedo. ¿No me había sugerido él esa fechoría? ¿Acaso torturándole no era yo
fiel a su mensaje? Y además, Rebecca se reía, se reía sin cesar, y para mí su
aprobación estaba por encima de todo, habría hecho cualquier cosa para complacerla.
Habríamos podido herir a Franz, matarle tal vez. No me preocupaba: iba
declinando de instante en instante, tenía aquel rostro huero y blanco de los
agonizantes crispados por un horrible dolor. Todo su torso temblaba y el
espanto parecía haberse comunicado incluso a sus muertos miembros. Volvió hacia
nosotros un rostro lívido y dijo con voz entrecortada:
—Basta… Rebecca… te
lo ruego…
Aquel pequeño
montón de basura era lo que me había ofendido: un lisiado que gemía como una
mujerzuela. Y me dije con un goce trapacero: voy a hacerte perder tu afición
por la ironía. Vas a pagar muy caras tus reflexiones. La muchacha, agitada por
una risa enloquecida, se apoyaba en la pared para recuperar el aliento.
Página 168
—¡Oh, qué
divertido! ¡Si vieras qué cara pones, Franz!
El miserable se
había puesto la mano en los ojos para no seguir viendo y lanzaba suspiros de
rabia que hinchaban su pecho. La cólera, el odio, la desesperación, el temor se
mezclaban en él: sintiéndose a nuestra merced, todo el horror de su antiguo
tormento le cubría de los pies a la cabeza. Ya no tenía labios de tan blancos
como eran, sus mejillas estaban hundidas, su rostro vacío y colgante le daba el
aspecto de un ave nocturna asustada. Sus lamentos, contenidos hasta entonces,
estallaron como los de las plañideras en los funerales.
—Socorro —gemía
lastimeramente—, socorro. Yo gozaba viéndole lloriquear, rebajarse, humillarse
como un ser despreciable, pero un marinero que llegó al pasillo preguntó en
inglés quién había gritado.
—No es nada —dijo
Rebecca—. Hemos soltado a mi marido sin darnos cuenta y ha tenido miedo.
El marinero nos
ofreció su ayuda. En unos instantes, Franz había recuperado su sangre fría,
pero seguía temblando y se agarraba a la silla temiendo perder el equilibrio.
—No ha sido muy
amable lo que me ha hecho, Didier… —Ha sido una broma, no había ningún peligro.
—Sin embargo, se ha
complacido en portarse mal conmigo, como si yo le hubiera hecho algún daño…
Vagamente
avergonzado, me encogí de hombros advirtiendo, de pronto, que desde hacía
cuatro días estaba tratando de usted a un hombre que tenía mi edad aunque
pareciera tener diez años más: el tuteo era impensable entre nosotros.
En el comedor, la
fiesta estaba en su apogeo. Tras nuestra intimidad a tres, aquel encuentro con
la ruidosa multitud de los juerguistas me aturdió; se oían innumerables gritos,
silbidos, el desconocido y alegre rumor de una muchedumbre a la que han dado permiso
para divertirse y que se embrutece con el alcohol, el ruido y la música. Y por
encima de aquel estruendo, dominaba el vibrato de las guitarras eléctricas
amplificado por agresivos altavoces. La orquesta tocaba con menor o mayor
acierto un repertorio internacional en el que predominaban las grandes
composiciones inglesas y americanas de rock y música pop. Los cuerpos,
apretujados, absorbían a grandes tragos el sudor que flotaba, suspendido en la
vasta sala. La incesante circulación entre el salón, los lavabos y el bar
provocaba numerosos embotellamientos.
Página 169
En cuanto hubo
dejado a su marido en un rincón, cerca del buffet, Rebecca comenzó a revolotear
de pareja en pareja, besando a todos los hombres y a todos los muchachos como
un pajarraco picoteador. Cada uno de sus movimientos llamaba la atención,
creaba un halo que hechizaba a los espectadores; las miradas se posaban en ella
como avispas, sin picarla ni, menos aún, molestarla. Vestida de caricias, de
lánguidas miradas, era la reina que arrastraba la silla de un bufón y dominaba
un reino grande como un comedor y poblado por cincuenta súbditos. ¡Qué bien
había superado las pruebas y había sabido reconquistar su dignidad! Comenzó a
bailar. De pronto hubiérase dicho que un invisible hilo había arrastrado todos
los ojos hacia la pista, no era yo el único que vivía bajo el hechizo de
aquella diablesa que despertaba avideces con el menor contoneo de sus caderas.
Una profunda alegría iluminaba su rostro, un sincero gozo de sentirse admirada,
y distribuía sonrisas, dirigiéndolas tan lejos que apenas se atrevían a corresponderías.
Aunque sometido a su encanto, aquel magnetismo me encolerizaba y me decía que
no podría recuperarla si se embriagaba de aquellos públicos homenajes:
recompensarme le habría significado una pérdida, una substracción. Sin embargo,
me sentía dispuesto a tragar rayos y culebras con tal de tenerla. Era casi una
cuestión de honor, y no le reprochaba aquellas artimañas, aquellas celadas que
azuzaban mi deseo en vez de extinguirlo. En el fondo, adoraba aquel delicioso
infierno que nunca había conocido, y me descubrí una naturaleza distinta. Ya no
quería a Béatrice, que me aceptaba tal como era, y deseaba a Rebecca, a quien
yo no le importaba.
Me bebí un gran
vaso de whisky, estreché distraídamente manos amistosas y avancé. Me sentía
atraído por la pista de baile, ondeante y abigarrada, y la música —un célebre
rythme and bines de los años 60— me daba escozores en las piernas. Me lancé
despreocupado hacia un grupo de engalanados marineros, peludos nórdicos,
orientales bronceados o rubios que se desmadejaban de un modo tan libre que su
torpeza me tranquilizó: al menos no podría bailar peor que ellos. Sonreí a unas
parejas, dirigí la palabra a dos hermosas chicas que estaban frente a frente, y
me sentí cómodo. E, insensiblemente, abriéndome paso a través de aquella selva
de cuerpos, me acerqué a Rebecca.
—Cucú, Travolta,
¿nos lanzamos?
Solté una estúpida
sonrisa. ¡Incluso aquella burla me parecía un cumplido! De pronto, al verme
frente a ella, me sentí ridículo: nuestras dos
Página 170
siluetas, muy
próximas, formando casi una pareja, debían de componer una extraña alianza que
daba risa. Su intimidante marcha se ponía de relieve ante mi torpeza. Copia
forzada y torpona, intenté insertar mi mediocre personalidad en la danza de sus
pies que crepitaban en la pista. Me dominó el pesar por no saber bailar,
contrapartida de mis tristes estudios de letras. La danza, el pop, la música
disco eran un mundo del que Béatrice y yo nos habíamos mantenido cuidadosamente
aparte, imaginándolo perecedero y, sobre todo, demasiado vulgar. Últimamente
sólo escuchábamos música clásica, sobre todo ópera italiana y Mahler,
despreciando la música melódica como algo no esencial; y ahora, aquel universo
desdeñado por el prejuicio se erguía ante mí como el único válido. Por más que
intentara mostrar una fácil desenvoltura, tejer complejos acordes con las
pantorrillas y las rodillas, me sentía molesto. Notaba que me examinaban,
inspeccionaban, juzgaban de los pies a la cabeza. Para aumentar la dificultad,
Rebecca soltó, al verme, una carcajada cuya espontaneidad me exasperó.
—Voy a troncharme
de risa viéndote bailar. Te mueves como Baloo en El libro de la selva de Walt
Disney.
Fingía un flemático
desdén, pero evidentemente el desconcierto debía de leerse en mis ojos. Mis
piernas se paralizaban mientras Rebecca daba rápidas vueltas sobre sí misma y
luego reaparecía, demostrando a todo el mundo que estaba conmigo sin estarlo,
compañera por azar y no por conveniencia.
—Mira, incluso
Franz se divierte viéndonos bailar.
Me di la vuelta y,
por un hueco entre la muchedumbre, distinguí al inválido que nos dirigía
grandes señales, con la jeta encendida, golpeándose el vientre y señalándome
con el dedo a Marcello y Tiwari, reunidos a su alrededor. Aquellos gestos de
connivencia me irritaron. Con una simple ojeada, el tullido podía abarcar toda
la pista y, pese a la muralla de los cuerpos móviles, yo estaba a su merced.
Petrificado por aquellos ojos tan conocidos, que me miraban fijamente, ofrecí a
Rebecca ir a buscarle una bebida. Franz, que no se perdía uno sólo de mis
movimientos, me apresó en el bar, donde me sirvió en persona un gran trago de
ginebra. Me sentí cargado como un fusil, dispuesto al insulto y al sarcasmo.
—Didier, lleva
usted el ritmo en el dedo meñique.
—Nunca he
pretendido saber bailar.
—En cualquier caso,
eso no le quita posibilidades con Rebecca.
Página 171
La injuria me había
herido en lo más vivo.
—Pobre Franz, sin
calumnias le cuesta a usted mantener una conversación.
Y sin tomar el vaso
que me tendía, le planté allí lanzándome de nuevo a la pista. La orquesta
inició una serie de slows. Las parejas se acercaban y se alejaban, algunas
evolucionaban flirteando, escuché el rumor de sus manos, sus ahogadas risas.
Sin vacilar, invité a Rebecca, que aceptó; se estrechó contra mi pecho,
rodeando mis hombros con sus dos brazos, echarpe de carne ardiente y palpitante
alrededor de mi nuca. Me miraba con tanta amabilidad que estaba convencido de
que pronto iba a recoger los frutos de mi paciencia. Su firme pecho se apoyaba
deliciosamente en mi busto, sus cabellos rozaban mis mejillas, frotaba
suavemente su vientre contra el mío con una sonrisa de turbia sensualidad. No
le preocupaba que la vieran en tan tierno abandono, aquel abrazo oficializaba
nuestra pareja. Me acurruqué contra ella, jadeante y ebrio, respirando con
devoción su aliento. Todo me parecía gracia, delicia, sorpresa si venía de
aquella admirable muchacha: incluso el sudor que humedecía su nuca era
perfumado. No veía a nadie, no oía nada salvo los latidos de mi corazón que
respondían, como un eco, al amplificado resonar del bajo y al martilleo de
centenares de pies sobre el suelo. Ella me abrazaba con fuerza y tarareaba en
voz baja la melodía de la canción que, evidentemente, yo ignoraba. Bajo mis
manos, su espalda se extendía en su musculosa desnudez y llevé mi audacia hasta
pasear por ella mis dedos. Si acepta esta familiaridad, cederá por completo, me
dije. La aceptó. Con la fluidez del agua, se abandonó estableciendo contacto
con todo su cuerpo. Mi pulgar rozaba el borde de su omóplato, y con la otra
mano apretaba su talle fino, flexible, que cedía sin resistirse. Mi palma
húmeda se acercó al nacimiento de su magnífica grupa. A pocos milímetros de mis
dedos se levantaba el majestuoso eje del mundo. Allí estaba la verdad, en aquel
eminente trono y no en las populosas ciudades de Oriente y de la China.
Me sentía entonces
bajamente hechizado, dispuesto a todo para obtener una pitanza que mi inflamada
imaginación describía como un festín. Volvía a mi memoria, como un vértigo,
como una deliciosa tentación, todo lo que Franz me había contado. Imaginaba ya su
piel lisa y granada, su vientre cayendo abruptamente y descubriendo la tierna
herida, el abrazo líquido y salvaje, una engañosa estrechez que desembocaba en
una amplitud en la que me vertería con amargura y desgarro. Le murmuré
Página 172
tonterías al oído,
ella se reía echando hacia atrás la cabeza; tal vez el alcohol le había
embriagado ya y le parecían chuscas unas frases que no lo eran. La besé en el
cuello y los hombros; aquel beso me dejó las piernas de algodón, y la noticia
se transmitió, de nervio en nervio, por todo mi cuerpo; entonces, perdiendo
cualquier noción de decencia y recuperando una práctica de los años
adolescentes, deslicé lentamente mi mejilla por la suya y, con una ligera
inclinación, intenté tomar su boca. Se sobresaltó.
—¿Qué libertades
son ésas?
Sus ojos me
atravesaban como una hoja de acero, sin ningún brillo de ternura o indulgencia.
—¿No te da
vergüenza, delante de mi marido? Helado por aquellas palabras, farfullé: —Pero…
pero Franz no cuenta.
Ella esbozó una
despectiva sonrisa que me hizo notar el poco caso que hacía de mis
pretensiones.
—¿Por quién nos has
tomado? Nosotros estamos casados, fíjate bien, no vivimos en concubinato.
Aflojó su abrazo y
dejó caer la mano sobre sus piernas, en un gesto de supremo aburrimiento. Su
hipocresía me ofendió y me desesperaba no encontrar nada original que decirle.
—Qué idiota, ésa
Béatrice… —murmuró.
Aquella frase era
una percha que me tendía para salvarme. Me sentí tan feliz de tener un tema
para hablar que me zambullí en la calumnia. Y aunque denigrar a mi compañera me
costara, me presté cobardemente a ello sin evitar ningún epíteto peyorativo.
—No me has
comprendido —rectificó mi pareja—. He querido decir que Béatrice era idiota
porque te amaba, te soportaba.
Me crispó un
estremecimiento; era demasiado tarde para reparar mi error y dije con burla:
—No es culpa mía si
está mareada.
—Y mientras gime en
la cama, pensando en ti, tú te entretienes destrozándola.
Acudían a mi boca
respuestas, recuerdos de lecturas, que no me parecían apropiados; y era incapaz
de inventarlas. Presa de un misterioso nerviosismo, lancé como último recurso:
—Basta, Rebecca, te
amo.
Página 173
—Veo complacida que
tienes sentido del humor; realmente eres capaz de decir cualquier cosa.
Debieras saber que hace ya mucho tiempo que nadie liga diciendo: «Te amo».
Busca algo nuevo.
—Pero es verdad.
—Claro que no; para
ti soy sólo un entretenimiento durante una aburrida travesía.
Todo el mundo
conoce la desagradable sensación que nos domina cuando un ser querido nos acusa
de aquello con lo que va a golpearnos, se adelanta a nuestro reproche
volviéndolo contra nosotros. Yo sabía que mentía y aquella artimaña me pareció
indigna. Me asqueaba el tono frío, artificial de sus frases y le dije:
—Deja ya de
proyectar en mí…
—Dios mío, qué
pelma… Perdóname, estoy embarazada, tengo que sentarme.
—¿Embarazada?
¿Desde cuándo?
—Hace media hora,
claro; desde que me besaste en el pasillo. Abandonó la pista de baile con aire
hastiado: había cerrado en seco el
grifo del encanto.
La seguí como un caniche al que hubieran reñido, con la cabeza baja, sin lograr
creer que mi derrota hubiera sido tan rápida. Como para hacer mayor mi
desgracia, se sentó junto a Franz.
El tullido estaba
borracho, tendido más que sentado en su silla de ruedas, paseando su
alcoholizado hocico de derecha a izquierda, balanceando una botella de whisky
al extremo de su brazo, dando rienda suelta a su exaltación en frases obscenas,
con los sucios mechones pegados a la sudada frente.
—¡Caramba, ahí
llega nuestro irresistible conquistador! ¿Qué, la cosa marcha?
No quise
responderle y, para colmo de la humillación, vi a Rebecca riéndose de las
cabronadas de su marido. Me sentía lleno de aquella pesada tristeza que
acompaña la pérdida de un bien que hemos creído poseer y que se nos ha
escapado. Nada aviva la pesadumbre como una simpatía falsa. En pocos minutos,
Rebecca había barrido días y días de paciente espera, de locas esperanzas.
—Deja ya de mirarme
así —me dijo mi torturadora—; vas a devorarme con esos ojos.
—Te he
decepcionado, ¿verdad?
Página 174
—Claro que no, me
gustan los hombres que fracasan; eso los acerca a
mí.
Entonces, jugándome
el resto y considerando las palabras menos perjudiciales que el mutismo, le
solté en una entrecortada jerigonza, un confuso discurso sobre la India y sus
hechiceros, resumen de un artículo que había leído dos años antes, hablando en
voz baja para que Franz no me oyera. Me escuchaba sin reír, con la mirada
clavada en la ceniza del cigarrillo que iba creciendo entre sus dedos,
mordiéndose los labios por dentro para no bostezar. Esas nuevas pruebas de su
indiferencia acabaron de atravesarme el corazón. Los anteriores pretendientes,
advirtiendo con ironía mi derrota, se acercaban de nuevo como zánganos,
zumbando de vanidad. Como si una desgracia atrajera la otra, Marcello se sentó
a nuestro lado. Bruscamente intimidado, me callé. Grave error: viéndonos
silenciosos, invitó enseguida a Rebecca a bailar.
Cualquiera, en las
mismas circunstancias, habría experimentado lo que yo sentí entonces: una
impresión de súbita soledad. Se había reanudado la serie de Jerks disco. Me
sentía asqueado, sobre todo porque aquel gurú napolitano, al que yo creía sólo
atento a las posturas del yoga, bailaba con diabólica habilidad. Desde el
comienzo de la velada había temido que ocurriera un accidente que me privara de
mi prometida, y en eso estábamos. Un amargo deseo caía gota a gota sobre mis
hombros y estropeaba todas mis alegrías. Por mi infortunio advertía cuál debía
de ser la felicidad de aquel rival que me parecía lo contrario de lo que yo
era, es decir, seguro de sí, risueño, esbelto. Rebecca le lanzaba prometedoras
miradas que me destrozaban: entre ellos nacía una complicidad que no había
brotado entre ella y yo. La poca atención que me dirigía me confirmó en mis
temores. Se inclinaban uno hacia otro hasta tocarse, y luego, dándose la
vuelta, golpeaban sus traseros y esperé que, de un momento a otro, se besaran.
Evidentemente, yo no había demostrado tanta originalidad en mis contorsiones;
si para gustar era necesario entregarse a tales vulgaridades, prefería
abstenerme. Le danza es un espacio sin leyes en el que actúa de policía la
mirada de todos. La menor rigidez constituye un pecado de la vista,
imperdonable falta en un arte por completo entregado a la superficie y a los
ojos. Tan cruel espectáculo acabó arruinando mis esperanzas y fumé
nerviosamente un cigarrillo. Nunca hubiera podido pensar que aquel petimetre
fuera para mí un serio
Página 175
competidor. ¿Por
qué se añadía a un juego que era ya bastante complicado?
—Va a quitársela
delante de sus narices —ladró el tullido lanzándome un eructo en plena cara.
Estaba yo bastante
bebido.
—Esa zalamera le ha
subyugado por completo. Se lo había advertido, no ponga esos ojos de carnero
degollado; le atribuye usted extravagantes cualidades poéticas cuando su único
placer es llevar de cabeza a los hombres; no olvide que sigue siendo la mujer humillada,
vertiginosamente secreta de sus años desgraciados; es una aguafiestas, nada
más.
Soltó una sonrisa
especialmente venenosa, como si le alegrara advertir la eterna y profunda
infamia de los seres.
—Déjeme en paz
—pedí.
—A mi entender, es
inútil que se obstine; para ella usted es pura pacotilla.
Me tragué una
maldición: había superado los límites. En mí todo estaba cabeza abajo, perdí el
dominio y gruñí en sus narices:
—Si no fuera un
tullido, le rompería la cara.
—Nada de insultos
groseros, conserve su sangre fría.
Me levanté. Mis
piernas apenas podían sostenerme, parecían llenas de caucho blando y, tras dar
algunos pasos, tuve que sujetarme al respaldo de una silla para no caer. Vagué
por la sala buscando una copa de cualquier cosa, siempre que abrasara y
aturdiera. Todas las botellas estaban vacías —la gente se emborrachaba a muerte
para festejar la última noche del año —; bajé a otro bar que habían colocado al
pie de las escaleras. Bebí, trago a trago, dos ginebras solas, un brandy y un
poco de coñac. Estúpidamente, meditaba una venganza que habría querido ahogar
en una marea de alcohol. Empujé una puerta y, de pronto, estalló la rugiente
respiración del mar.
Cayendo al bies,
una lluvia espesa como una cortina me azotó el rostro. Di algunos pasos por la
cubierta empapada por la tormenta, fumando y soñando, perdido en un difuso y
humillado furor. Me llegaban, arrastrados por el viento, algunos jirones de
rock. El tiempo era horrible, en pocos segundos quedé empapado de los pies a la
cabeza. Mi temblor se acentuó cuando me vi solo en aquel cascarón que se
zambullía en la horrenda noche de diciembre, en aquella alberca negra flagelada
por los vientos polares. En el mar parecía haber agujeros: el barco caía en un
pozo
Página 176
sin fondo, se
levantaba casi verticalmente, como un dedo tendido hacia el cielo y, luego,
volvía a caer de narices. En mi desgracia, pensé en Béatrice encontrándole de
nuevos ciertos encantos: estaba muy lejos de ser perfecta pero, al menos, me
amaba. Más vale pájaro en mano que ciento volando. Tuve que entrar, pues
hubiera sido peligroso permanecer por más tiempo en aquella resbaladiza
cubierta.
Vacilante todavía,
permanecí unos momentos en el umbral del gran salón que subía y bajaba al ritmo
de las olas, sin ver primero más que siluetas, globos infantiles y serpentinas
en una tamizada luz azul. Habían apagado la mitad de los apliques, el aire coagulado
por el humo y el olor de los cuerpos se hacía cada vez más difícil de respirar.
Algunas parejas se besaban en la boca, otras se acariciaban ostensiblemente
mientras se aproximaba la tormenta. Aliviado, advertí que Marcello había
abandonado a Rebecca, que bailaba sola. Volví a tener esperanzas y, al mismo
tiempo, olvidé de nuevo a mi compañera legítima, Béatrice. Rebecca nunca se
había movido con tal prestancia. Su enigmático rostro dominaba todos los demás.
Sólo veía aquel astro y no intentaba ocultar la emoción que me conmovía al
verla. Se movía jadeando, con la cabeza echada hacia atrás, los ojos
entornados, presa en el éxtasis de una santa estigmatizada. Una veintena de
hombres y mujeres la miraban como yo, semejantes a niños rodeando un árbol de Navidad.
Ella acumulaba todos los sueños esparcidos que flotaban entre aquellas paredes
de acero. Había encontrado un ligado interior que expresaba perfectamente la
brutal, enérgica música de la orquesta; poniéndose de puntillas o quebrándose,
utilizaba su cuerpo como un instrumento que se adaptaba a los otros. Habitaba
la violencia eléctrica, le abría un camino real con audaces pantomimas. Su
cuerpo, lanzado hacia arriba, tenso en su deseo de atravesar, evocaba la
fertilidad de un payaso que rompiera la carpa de la tienda. Sorprendido,
embriagado, hechizado, perdonándole ya sus coqueteos con Marcello, me abandoné
a tan encantador espectáculo. Los temblores de su pecho, el éxtasis de sus
caderas me sofocaban. Yo era sólo un pequeño macho miedoso ante aquella hermosa
pantera sanguinaria y fútil, un chicuelo extasiado por una estrella. La estaba
contemplando con la boca abierta cuando una mano me dio una palmada en el
hombro.
Era Béatrice, una
Béatrice muy embellecida, con discreto maquillaje, y moldeada por unos
adorables tejanos. Me quedé de piedra como si hubiera visto un espectro: no me
habría asustado tanto si el navío se hubiera
Página 177
partido en dos. Su
mirada era maligna, irascible. Metí la nuca entre los hombros e incliné la
cabeza.
—¿Te extraña verme?
Bueno, las medicinas han hecho efecto. He devuelto hasta la última papilla y me
siento muy restablecida. Vamos, querido, no disimules tu alegría; ha sido tu
buen amigo Franz quien ha mandado un steward a despertarme. Me da la impresión
de que mi llegada animará la velada.
—¡Franz! ¿Por qué
te ha despertado Franz?
—Me ha avisado de
que sin mí te estabas aburriendo y cortejabas a su mujer para evitar el tedio.
Me ha permitido escuchar también el final de vuestra conversación de esta
tarde, en su camarote, pues la ha grabado en una cinta sin que lo advirtieras.
¡Ha sido muy instructivo!
Emití un pastoso
balbuceo y quedé desconcertado, sin aliento, como si me hubieran dado un golpe
en el diafragma.
—Ese tullido es un
cerdo, pero al menos me ha abierto los ojos. —Escúchame, me he portado como…
—Ahí está tu
hermosa, tu maravilla, tu faro, la princesa por la que estabas dispuesto a
tirarme a la basura. Caramba, la cosa no parece funcionar muy bien.
—Béatrice, te
quiero.
—¡Cómo te atreves a
decir algo así! Toma, esto es por tu mentira.
Y me soltó un
bofetón en plena cara.
Quedé sonado,
aturdido. La marejada se adaptaba a la cólera de mi amante y, sin que ella lo
advirtiera, la amplificaba.
—Didier, voy a ser
franca contigo; me has decepcionado, hay circunstancias en las que un ser se
revela más que en dos años de vida en común. A fuerza de verte desear a
Rebecca, me la hiciste deseable; pero me pregunto si tendremos con ella las
mismas oportunidades.
Por sus puños
cerrados y su solemne ademán, la sentí decidida a una insólita empresa.
Dejándome allí, más muerto que vivo, atravesó el muro de curiosos que rodeaban
a la esposa de Franz y comenzó a bailar ante ella. Rebecca la recibió con una
gran sonrisa. En mí se abrió una vacío, como el presentimiento de lo
irremediable. Ambas rivales se habían convertido en cómplices. Ya no reconocía
a mi compañera: la discreta mujer había dado paso a una osada aventurera.
Aquella rubia y aquella morena eran la luminosa moral del día desposándose con
la mística de la
Página 178
noche. El Norte y
el Sur se reconciliaban contra mí, que había intentado dividirlos.
Sus distintas
bellezas se acentuaban en aquel enfrentamiento, que las convertía en la más
hermosa pareja de la velada. Ahora, todo se había perdido. Viéndolas agitarse
cadenciosamente, los espectadores se inflamaban. Los músicos de la orquesta las
silbaron y toda la sala resonó con los aplausos. Ambas amigas se abrían ante
las aclamaciones como flores al sol, encantadas de embrujar, más encantadoras
todavía en su deseo de gustarse recíprocamente. Cada uno de sus pasos arrancaba
vítores, su reconciliación se fortalecía en aquel baño de entusiasta multitud.
¿Dónde había aprendido a bailar Béatrice? En las raras fiestas a las que nos
habían invitado, se entregaba a evoluciones de una modestia que rayaba en la
torpeza.
Aquella horrible
alegría me heló el corazón: titubeando en mi vértigo, busqué un asiento y me
derrumbé en un sofá. Tenía ganas de lanzarme a su círculo, de separarlas, de
abofetearlas, pero la vergüenza me contuvo. Llega un momento en el que los
acontecimientos, procedentes de distintos puntos del horizonte, convergen y
embotellan las salidas. Me pareció de pronto que la gente murmuraba a mi
espalda, hablaba en voz baja mirándome. Bebí dos o tres vasos de cualquier
cosa, sin advertir que aterrizaba de nuevo junto a Franz.
—¿Está temblando?
¿Tiene miedo de Béatrice? A mí me parecen formidables, debiéramos confiar
siempre en las mujeres.
—¿Por qué… por qué
hizo de alcahuete si pretendía apuñalarme por la espalda?
—Amigo mío, sus
atenciones con mi mujer carecían de nobleza, era algo bastante feo. Por muy
moderno que sea, no me gusta ser complaciente.
Estuve a punto de
derramar lágrimas. Estaba tan aniquilado que no tenía ya fuerzas para sentir
rencor por Franz, aunque hubiera fomentado en parte aquella odiosa conjura. No
podía quererlo ni, menos aún, admirarlo. Casi habría deseado, entonces, pedir
su ayuda, pero enarbolaba su maligna sonrisa que nada bueno auguraba.
—Nuestras parejas
son frágiles, Didier, y pueden quebrarse fácilmente cuando chocan unas con
otras. No ponga mala cara, abandone sus prejuicios. Puesto que nuestras esposas
parecen entenderse muy bien, festejémoslo. Ahora somos una familia de hermanos.
Haga como yo:
Página 179
siento afecto por
los amantes de mi esposa y los convierto en mis amigos íntimos. Encuentro
diversión cuando otros se arrancan mechones de cabellos. No nos peleemos,
Didier, brindemos como buenos republicanos que lo tienen todo en común.
Mientras el tullido
se llevaba a los labios un tembloroso vaso, la tormenta creció. De pronto, el
Truva se inclinó a estribor en una pendiente de más de treinta grados, se
rompió un vaso y los fragmentos de vidrio llegaron hasta el centro de la sala.
Bajo los asaltos de las olas, el barco gemía como un coloso agotado por la
fatiga, y todo el maderamen rechinaba con siniestros crujidos. Enormes olas
bombardeaban el casco, estallaban en haces de lechosa espuma contra las
cristales del comedor para caer hechas lluvia de opalescentes burbujas. Se
escuchó un espantoso estruendo: el paquebote bajaba vertiginosas pendientes
para izarse, un instante después, sobre crestas espumeantes. Hubiérase dicho
que el Mediterráneo, dominado por la música, bailaba también el rock.
Arrastrada por el
cabeceo, la orquesta se derrumbó, el montón de tambores y amplificadores cayó
en la pista y rodó hasta dar con las piernas de la concurrencia. La sala se
había convertido en una sartén donde todos saltábamos como crépes. Agarrados a
las columnas, a los brazos de los sillones atornillados, los pasajeros habían
dejado de bailar y soportaban las inclemencias. El salón se encabritaba,
saltaba, arrasaba los estómagos. Los lavabos se convirtieron, de pronto, en el
destino de una gran mayoría de seres humanos. Camareros y stewards se
apresuraron a distribuir bolsas de papel impermeable, a guisa de copa para la
sobremesa. Y los pálidos rostros se zambullían en los bonetes de papel, las
espaldas se sacudían, devolviendo el insoportable contenido. Sólo Rebecca y
Béatrice, tranquilas en medio del pánico, continuaban moviéndose con
imaginarios ritmos; las encolerizadas olas daban a sus movimientos una
extraordinaria resonancia. Se abrazaban una a otra, con indecentes torsiones,
erguidas, por encima de los enfurecidos elementos, como dos alegorías del
desorden.
La borrasca me
distrajo momentáneamente de mi pesar, pero en cuanto una tranquila y eficaz
organización restableció el orden a bordo, mientras unos marinos sujetaban la
silla de Franz, caí de nuevo en la melancolía. Como el navío, también yo había
puesto rumbo al abismo. Mis sentimientos habían cambiado tan deprisa como la
situación. Había olvidado ya a Rebecca, y Béatrice volvió a parecerme deseable
como si retomara el hilo de una novela interrumpida. En la confusión, se habían
Página 180
olvidado de desear
feliz año nuevo. Un steward recordó sus deberes a los viejos supervivientes, y
todos se felicitaron, se abrazaron. Tiwari y Marcello me desearon felicidad con
esa pizca de condescendencia que se muestra para con los perdedores: lo peor no
es el fracaso, sino los testigos que lo contemplan. Béatrice y Rebecca se
besaron en la boca por primera vez. Reían, parecían dedicarse mil halagos y
galanterías. Luego se divirtieron lanzándome, desde lejos, besos con las palmas
de las manos; nunca me habían parecido tan hermosas y alegres.
—Qué cara pones
—dijo Béatrice con una voz que no le conocía—. ¿No nos deseas un buen año?
Estaba helado hasta
los huesos, tenía un nudo en la garganta y ni siquiera lograba tragar para
abrir la boca.
—¿Le invitamos a
venir con nosotras? —preguntó Rebecca. —¿Me habría invitado él si le hubieras
aceptado? —No lo creo.
—Entonces dejemos
sólo a ese grosero. Es un arma clásica pero segura.
De mi boca se
escaparon algunas sílabas, como los gorgoteos de una bañera al vaciarse.
—¿Qué dices? Habla
bien, no te comprendo…
Tenían la
inteligencia de dos gemelas que se divirtieran estropeando una fiesta.
Susurrando, mantenían conciliábulos íntimos, y mi más fino oído intentaba en
vano coger al vuelo sus secretos; luego, se rieron ambas con una cadencia cada
vez más rápida.
—Lo siento, Didier,
hemos colgado el completo.
—Compréndeme
—añadió Béatrice bajando la voz—; has socavado toda la confianza que había
depositado en ti. Sólo es innoble el acto que se queda a medias: te habría
perdonado una aventura con Rebecca. No te perdono que hayas fracasado incluso
en eso. De todos modos, feliz año nuevo, Don Juan. Ponte pronto a cazar o
pasarás solo la noche.
Cada una de ellas
me besó en una mejilla, y luego se alejaron, mirándose, estrechándose una
contra otra como si hubieran querido formar un solo cuerpo.
—¡Ah, qué víboras!
—dijo Franz que lo había oído todo—. Eso, Didier, es puro lesbianismo o no sé
de qué va la cosa. Vamos, acepte de buena gana ser sólo un mal menor. Tras
haber querido ser Casanova, no se ponga ahora en la piel de un cancerbero.
Página 181
Estaba aniquilado:
aquella contrariedad, añadiéndose a mi borrachera, tomaba las dimensiones de un
desastre. Las últimas palabras de Béatrice habían exasperado mi sensación de
debilidad. Sólo veía a mi alrededor adversarios y agresores, y, en mi oído, el
horrible, pegajoso patitieso proseguía su monólogo chapaleante, chapoteante y
pútrido.
—Cree usted que van
a…
Hizo con la lengua
un gesto obsceno.
—Su compañera es
golosa, la mía es ardiente: no le dejarán nada. Aquella odiosa observación me
indignó. Dominado por un acceso de
grandilocuente
aversión, le grité:
—Le odio, le odio.
—Eso está bien: soy
cobarde, soy feo, soy infame; ésas son para mí razones suplementarias,
deliciosas para ser odioso. Quiero merecer el desprecio que me dirigen. Ya se
lo he dicho —añadió con una gran carcajada—: con un amigo como yo, no necesita
enemigos.
Responder a sus
insultos estaba por encima de mis fuerzas; sumido en mi tristeza, seguía con
ojo distraído los acontecimientos del salón. Acababan de abrir unas botellas de
champaña. Una alegría de catástrofe dominó a los treinta pasajeros válidos que
permanecían en pie. Se había establecido entre ellos una especie de fraternidad
en la resistencia que les inclinaba mutuamente a la simpatía. La locura se
había apoderado de los últimos juerguistas; Béatrice y Rebecca triunfaban entre
clamores y silbidos. Llegó entonces el momento cumbre de la velada. La joven
esposa de Franz, que acababa de vaciar una copa, la manoseó distraídamente y,
de pronto, la arrojó a su espalda, como un cosaco, para que se rompiera con un
claro tintineo. Una exclamación acogió aquel gesto y fue seguida, luego, por el
estruendo de las voces; se hizo un silencio y, de nuevo, estalló el estruendo.
Béatrice había
arrojado también su copa por encima del hombro, gesto brillante y absurdo que
hizo reír a los presentes. «Pruébenlo también», decía Rebecca en inglés a
quienes la rodeaban. Una decena de copas fueron lanzadas, como graciosas
hipérboles, al suelo o contra las paredes, entre una incontenible alegría.
Luego, Rebecca corrió a coger otras copas, las vació salpicando a sus vecinas y
las tiró hacia el techo. Una cascada de cristales cayó del cielo, y las
carcajadas de los desmelenados jugadores acogieron las detonaciones del cristal
hecho añicos. Aquel último grupo de juerguistas iba empapado en alcohol, y
ninguna diversión les parecía
Página 182
delirante. Los
stewards intentaron interponerse, pero nadie detenía la deliciosa locura
provocada por las dos jóvenes. Su desvergüenza no tenía límites. Ni una sola
copa, copita, vaso, flauta, jarrón, garrafa, taza o aguamanil se salvó del
desastre, los proyectiles se cruzaban en furiosa batahola, el ruido del cristal
roto casi apagaba el rugido de las olas que golpeaban las paredes del salón.
Aquellos tintineos,
que tanto gustaban a los demás, tenían para mí sabores de campana mortuoria.
Llegó luego el turno de los platos de cartón, los restos de comida, que
sirvieron de bombas, de balas y flechas. El juego se estaba convirtiendo en una
batalla de refectorio. La estancia estuvo pronto llena de restos de patés,
huesos de pollo, pedazos de queso, hojas de parra rellenas, restos de apio, de
pepinos a la crema, de tomates maduros que se estrellaban contra sus blancos
dejando largas salpicaduras chorreantes. Los detritus se amontonaban en el
suelo, en los rostros de las personas alcanzadas, goteando jugo, vino o salsa.
Refugiado al otro
extremo del salón, sin tomar parte alguna en el jaleo, lo contemplaba de lejos,
enamorado y mendigando, ínfimo y desdeñado, venteando los relentes de una
poderosa alegría en la que no participaba, patito feo expulsado de la pajarera,
sólo en mi rincón de desastre.
—Venga —me aullaba
Franz desde lejos—. Nos estamos tronchando. Aquel ágape de borrachos me
asqueaba y huí entre los disparos de
aquella artillería,
llevándome una confusa imagen de haces de humo, rostros escarlatas, risueños
relinchos. ¿Cómo se había dejado arrastrar Béatrice a aquella grosería?
Miré por última vez
el comedor para fijar para siempre en mi memoria su horrible geografía:
Béatrice y Rebecca, con los cabellos empapados, se sujetaban por el cuello,
retorciéndose de risa y golpeando el vientre de un grupo de vacilantes
stewards. Al verme partir, Franz, rodeado por un cuarteto de arpías germánicas,
me dijo mugiendo:
—Cuidado con los
cuernos cuando salga, la puerta es baja.
Un instante
después, en el corredor, fui presa de una espantosa jaqueca: la cabeza me
parecía un fardo en el que todas las venas de mi cuerpo se endurecían, formando
un sólo coágulo de sangre más pesado que una roca. Me derrumbé, con los nervios
destrozados, como después de un enorme acceso de cólera. En aquel momento, todo
me pareció innoble, embrutecedor, gris. La decepción había sido demasiado
fuerte y no me perdonaba haber acumulado ridículo tras ridículo, viéndome
castigado por
Página 183
una leve falta que
ni siquiera había sido capaz de cometer. Intenté en vano olvidarme de mi
neuralgia y dirigí un vengativo pensamiento a las dos traidoras que, arriba,
premeditaban su abrazo. Puerilmente, esperé que el balanceo del navío les
impidiera abrazarse y que la caída de un bulto del equipaje las dejara sin
sentido mientras cometían su pecado.
Me arrojé llorando
en mi litera, rezando para que el navío zozobrara en la tormenta y se hundiera
con todos los actores de la siniestra farsa. Había bebido y no tenía una clara
noción de las cosas. Las horas se fundieron en una sola pesadilla. Desperté y
volví a dormirme una y otra vez. Esperé a Béatrice toda la noche,
sobresaltándome al oír unos pasos en el corredor, sollozando de nuevo tras cada
falsa alarma.
Página 184
QUINTO DIA
La ceremonia del té
Página 185
¿Cómo podía, tras
aquella velada, afeitarme, vestirme de nuevo, tomar un café? El día se
deslizaba sobre la noche como un trapo mojado sobre un cristal sucio y un sol
de fin del mundo intentaba una tímida salida, iluminando un espectáculo de
desolación. Todo dormitaba todavía, salvo el ronroneo de los motores y las
bruscas ráfagas de viento que hacían temblar la estructura del paquebote. Yo
escuchaba las imprecaciones del mar que golpeaba el casco, y alimentaba mi
turbación con aquel estruendo que aullaba conmigo. Ahora sólo quedaba un vasto
tedio de agua hasta Estambul, donde llegaríamos al comenzar la tarde. Debíamos
permanecer cinco horas encerrados en aquel flotante coche fúnebre. Me sentía
lúgubre: Béatrice no había regresado todavía.
Tenía que hablar
con ella a toda costa. Mi compañera, a la que me ligaba el recuerdo de tantos
momentos felices, representaba entonces para mí la más deseable de las mujeres:
maldecía a Rebecca, cruel intrigante que nos había separado. Un ser aparecido en
una encrucijada de caminos os parece el paraíso. El error es querer mirar de
cerca aquel rostro imprevisto. ¿Cómo había podido pensar en ponerlo todo en
cuestión a cambio de ciertas libertades con aquella desconocida? Desperté como
si saliera de una mala borrachera. Había sido necesario ese lugar cerrado para
que ascendiera el poso de la pasión impura, como una comida excesiva; ese buque
había hecho que mi alma cojeara.
Pensar que todo mi
infortunio se debía a cierta trivial falta del tipo «quien mucho abarca poco
aprieta», me horrorizaba. No tenía valor para aguardar su regreso: debía verla
enseguida, hablar con ella, implorar su perdón. Salí, subí las escaleras, recorrí
cubiertas y pasarelas, me zambullí en la sala de máquinas, pasé y volví a pasar
ante el grupito de los stewards medio dormidos: ni rastro de Béatrice. Odiaba
aquella caja flotante que nos aprisionaba, maldecía el enigmático mar que no va
a ninguna parte, que indica mil direcciones sosteniéndolas y traicionándolas al
mismo tiempo. Volví varias veces a nuestro camarote. Dejaba cada vez unas notas
que indicaban mi posición, la hora de mi regreso. En vano.
Página 186
Entonces decidí
aclarar las cosas. Una fuerza que no podía dominar me empujaba hacia el piso
maldito. Trepé a toda prisa hacia la primera clase. Acercándome sin hacer ruido
a la puerta de Rebecca, pegué en ella mi oído. Ahí estaba, ensordecido por los
latidos de mi propio corazón, cuando se abrió la puerta.
—Entre —dijo
Franz—, estaba esperándole.
Tuve un sobresalto.
—¿Usted aquí?
Entonces me he equivocado de camarote.
—En absoluto. Velo
el sueño de mi mujer.
Pensé, primero, en
huir. El tullido era la última persona a quien quería ver. Y él debía de saber.
Entré pues, lleno de cólera, incapaz de emitir un sonido. Rebecca dormía en la
cama.
—Puede usted hablar
en voz alta, ha tomado un somnífero.
—¿Dónde está
Béatrice?
—En alguna parte
del barco, pero ignoro dónde; se lo juro.
Su aspecto,
exageradamente cándido, le hacía poco creíble. Pronto advertí, en sus maneras
demasiado amables, algo extraño.
—A fin de cuentas,
Didier, soy el único que mantengo buenas relaciones con los otros tres. ¿Está
usted triste?
Costara lo que
costase, consideré más honesto confesar mi despecho. A fin de cuentas, me dije,
es sólo un bufón y su maldad es, sobre todo, estupidez: ni siquiera es digno de
que le guarde rencor.
—Quiero ayudarle a
reconquistar a Béatrice. No por amistad, pues no ha permitido usted que entre
nosotros se desarrollara un sentimiento amistoso, sino por solidaridad. Usted,
como yo, es de la raza de los cabeza de turco y me gustan los perdedores: siempre
tienen la posibilidad de ganar una vez al menos.
—No he venido a
pedir ayuda: sólo una información.
—Sin duda, pero no
tengo valor para abandonarle en esta situación. ¿Está usted seguro de que mi
mujer no le gusta ya?
Su afabilidad no me
engañaba.
—Franz, no vuelva a
empezar: sólo busco a Béatrice.
—Béatrice regresará
con usted si lo desea. Más tarde hablaremos.
Ahora mire.
Corrió la cortina
del ojo de buey, apartó la sábana hasta el pie de la cama. Rebecca, desnuda,
dormía de lado, con una pierna encogida sobre la
Página 187
otra. Sentí de
pronto que mi pulso latía con violencia.
—Por usted, Didier,
hago realidad sus sueños.
Yo no lo
comprendía. Una malsana hinchazón deformaba su labio superior. Empujó a Rebecca
por el hombro, tendiéndola de espaldas.
—Es hermosa, ¿no le
parece? Qué placer pensar que este cuerpo de mujer, esa piel satinada se presta
a todos los movimientos que quiere imprimirle. Si la quiere es suya.
—¿Bromea usted?
—En absoluto, hablo
en serio: admire esos hombros anchos, esos pechos carnosos, caldéese con la
juventud de ese hermoso rostro que tal vez no vuelva a ver, acaricie ese
vientre, no tema, está drogada, béselo, meta su lengua en esos abrojos.
Quedé rígido como
una estaca, seguro de que Rebecca fingía su sueño. ¿Y si sé tratara de una
nueva trampa imaginada por aquella pareja que sentía idéntica predilección por
lo sórdido?
—Deje ya de alabar
la mercancía: esa complacencia me parece asquerosa.
—Está usted ciego,
Didier. ¿No ve usted que soy feliz de que compartamos una misma veneración por
ella?
—Ya no es tiempo de
hablar de eso: quiero recuperar a Béatrice. ¿Dónde está?
—Si yo hubiera
gozado de todas mis facultades, Didier, le habría propuesto hacer conmigo lo
que esas zorras…
—Su humor negro es
de muy mal gusto.
—Venga a hacerle el
amor, se lo ruego; le miraré de lejos si mi presencia le molesta, resárzase.
Y decía todo
aquello en el tono juguetón del niño que exige un caramelo.
—¿Pero está loco?
—En absoluto. Y
puestos a ello, enchufe la tetera, prepararemos un té. —Escúcheme, Franz, ¿no
cree usted que ya ha hecho bastante, después de lo que ocurrió ayer por la
noche? Vamos, dígame dónde está Béatrice o
me voy.
—Béatrice duerme en
mi camarote, lo que explica que Rebecca duerma aquí: las literas son demasiado
estrechas para dos y, como no tenía
Página 188
sueño, cedí la mía
a su amiga. Es inútil que vaya, yo tengo la llave y la cerré por fuera.
—Démela.
—Un momento,
Didier. Tenga un poco de consideración para con un enfermo. Bebamos primero el
té. Colocó las tazas en una bandeja. Me tranquilizaba saber que Béatrice no
estaba lejos y enchufé la tetera. Luego, el tullido añadió con especial
dulzura:
—Arreglemos
cuentas, ¿le parece? Al comienzo, sólo teníamos ganas de molestarle un poco.
Formaban usted y Béatrice una pareja muy unida, una asociación de dos ingenuos
que van a Oriente en busca del gran estremecimiento. Con una mutua amabilidad,
reavivaban ustedes el prestigio de un himen imposible. Sentí una mezcla de
envidia y burla, en la que dominaba la burla. Los hemos probado: como las tres
cuartas partes de las parejas, no han resistido. Lucho siempre por la
liberación de los seres dominados por una relación demasiado fuerte, me gusta
romper los idilios, desmontar la comedia del gran amor. Y me instalé en la
rutina de su existencia como una miga de pan se atraviesa en la garganta.
Me sentí ridículo
al permanecer, de nuevo, sentado ante él, inundado por el flujo de sus palabras
como una esponja bajo un grifo.
—¡No ha roto usted
nada en absoluto!
—Estaba usted en mi
mano, agitándose como un insecto. Utilizando Asia para atacarle, le irrité
enseguida, perturbé las pobres larvas que le servían de pensamientos. Pues las
ideas nunca tienen importancia por sí mismas. Todo el mundo es capaz de tener
ideas, sólo cuenta quien las mantiene. De hecho, lo adiviné a la primera
ojeada; husmée en usted cierto mal olor. Luego, presentarle a Rebecca como cebo
sólo fue un juego de niños. Sobre todo teniendo en cuenta que, al principio, le
pareció que tenía usted cierto encanto.
Yo fingía
indiferencia, pero cada una de sus palabras me parecían bofetadas en ambas
mejillas.
—¿A qué vienen esas
explicaciones?
—Todos los hombres
desean, oscuramente, que otro los libere de la preocupación de desear y les
designe, de una vez por todas, el objeto deseable: yo le dije quién era hermosa
y quién no lo era. Le hice gozar por delegación con el relato de mis placeres, le
horroricé con el de mis perversiones; quiso usted pasar por donde yo ya había
pasado y experimentar, además, la gratificación de traicionarme. Incluso su
rencor
Página 189
me servía de
homenaje, era usted mi satélite, gravitaba a mi alrededor. Le injerté un nuevo
sentimiento, mi deseo suscitó el suyo. Mi pasión puso en marcha las demás
pasiones, las hizo resonar en todas partes. Sin embargo, a fuerza de hablar de
mujeres, ellas nos engañaron y dijeron la última palabra.
»Ya ve, Didier
—prosiguió, iluminando su rostro con una gran sonrisa —, a través de usted he
vuelto a vivir, acelerada, toda mi historia con Rebecca; se ha abrasado usted
al tocarla como yo me consumí de tristeza por ella. Pero no ha estado a la
altura: su deseo era demasiado débil al ser una copia del mío; ha vivido usted
como una comedia lo que yo conocí como tragedia; se ha portado como un tonto
atrapado en una historia complicada. Y ha habido menos falsía en mis
procedimientos que tontería en los suyos.
Oía ahora el agua
que, caldeada por la resistencia, hervía en la tetera. ¿Por qué seguía
escuchándole para ensuciarme?
—No tiene usted
conmigo demasiadas consideraciones —dije lastimosamente.
—No lo merece.
Nadie se compadece tampoco de mí. ¿Cree usted que le odio? Se equivoca:
prefiero odiar a la gente que me rodea, eso me evita detestarme. Deseo el mayor
daño posible a la gente feliz por el daño que me hacen con su sucia felicidad.
Y además, créame, la suprema habilidad del malvado es descubrir su juego
mientras lo lleva a cabo, es unir el impudor a la fechoría. Nada iguala el
placer de quien tira sus cartas sin comprometerse.
Hizo girar su
silla, desenchufó, colocó la tetera, puso las tazas en una bandeja y arrojó una
bolsita de té en cada una. Cuando se dio la vuelta, lucía de nuevo aquella
sonrisa que me sacaba de mis casillas, aquella sonrisa en la que había una
provisión de armas y de flechas.
—Si supiera usted,
Didier, cómo se rió la gente de su metedura de pata. Esta mañana, la
tripulación sólo hablaba de eso. Dos mujeres que se acuestan juntas calientan
la imaginación de esos mediterráneos. El contraste de su mala conducta con la
dulzura de Béatrice le ha alienado todas las voluntades. Fíjese, cuando usted
se marchó, una dama me dijo: «Hubiera sido una lástima que le fuera fiel a un
cerdo de esa clase.»
.
—¡Cállese, Franz!
Página 190
Sus menores
palabras parecían un escalpelo que me laceraba las carnes. Volvía a torturarme,
yo habría querido lapidarlo con mis insultos.
—Cornudo y
apaleado…
—¿Cómo?
—He dicho cornudo y
apaleado; me refiero a usted: hombre mediocre que, tras unos años de
concubinato, deseando mejorar su cotidianidad, corteja a una pollita de paso y
ve cómo su dulce media naranja le arrebata la pollita cuando se dispone a
devorarla. Se convierte en juguete de un público que se ríe de un
acontecimiento que todos esperaban, salvo el ruin que lo ha provocado con su
torpeza.
—Es usted realmente
repugnante.
—Ya lo sé. Nada me
exalta más, Didier, que su aversión por mí. En cierto modo es una suerte que no
haya tenido éxito con mi esposa, pues no habría sabido estar a la altura de las
circunstancias. Y Rebecca es tan benévola que hubiera contado el desastre, el
fiasco le hubiera puesto a usted en ridículo. Al menos, sus ilusiones
permanecen intactas… Aunque, aunque… Béatrice le ha contado sus problemas de
las primeras semanas.
—¿Mis problemas?
—Sí, compréndame;
al parecer tardó usted más de un mes en poder rendirle homenaje…
Aquella alusión a
un episodio secreto de mi vida amorosa con mi compañera —un exceso de
emotividad me había impedido ser su amante durante varias semanas— me arrojó a
una enloquecida cólera.
—¿Béatrice le habló
de eso?
—A mí, no; a
Rebecca, que me lo contó luego.
—Es usted innoble,
Franz.
—Todo el mundo sabe
que los intelectuales son muy emotivos. A fin de cuentas, usted y yo estamos
igual. Con o sin, los resultados son los mismos.
—Ha colmado usted
la medida —dije levantándome—; no se ha privado de nada.
—Es cierto, ha
sufrido usted de mi parte una considerable dosis de humillación; pero todavía
no ha visto nada.
—Lo dudo, voy a
marcharme.
—Claro que no, su
cobardía le hace capaz de soportar cualquier afrenta.
Página 191
Aquella última
maldad, la atmósfera asfixiante que oprimía mis nervios me llevaron a
insultarle mientras abría la puerta.
Unos dolores
fulgurantes me atravesaron la cabeza de una a otra sien. Franz soltó una risa
teatral, de traidor victorioso, y añadió hablando muy deprisa:
—Ahora está maduro,
a punto. Es cierto; sólo he tenido una intención: hacerle daño. Y fíjese, no
quiero levantar nuestra amistad sobre un poco de basura sino sobre una
auténtica pirámide de estiércol. Mi relato fue también una mala acción. A
medida que iba progresando, a medida que le veía atrapado por la trama de las
frases, sentía yo fortalecerse en mí la voluntad de utilizar para otros fines
esa confesión. Había venteado en usted al primo dispuesto a sucumbir, era una
ocasión que tal vez no volviera a presentarse. A menudo creía haber fracasado,
pero regresaba usted a la ratonera con mucha docilidad. Mi victoria es verbal,
se la debo a la precisión de las palabras.
—¿Su victoria? No
hay victoria alguna, me voy.
—No, Didier, esta
vez no se escapará. Va usted a ser testigo de un accidente. Pero le condenarán
a usted porque nadie sospechará de mí.
Yo estaba en el
vano de la puerta, con un pie fuera, dispuesto a partir. Habría podido salir
inmediatamente; vacilé unos segundos que me fueron fatales. Sucedió entonces
una cosa terrible. Antes de haber tenido tiempo de dar yo un paso, el tullido
había inclinado la tetera y derramado algunas gotas en torno al rostro de
Rebecca, sobre la almohada. ¡No, no iba a hacerlo! Si hubiera huido enseguida,
privado de testigos, no se habría atrevido a llevar a cabo su fechoría.
Lamentablemente, en un irreflexivo impulso de solidaridad, como ante el gato
que se ahogaba en Venecia, corrí para sujetarlo. Soltó una carcajada, una
carcajada que sólo se puede soltar cuando no se es ya un hombre. Y apenas le
hube agarrado la mano, me encerró en las tenazas de sus zarpas, obligándome a
inclinar el recipiente de agua hirviendo hacia el rostro de su esposa dormida.
El resto cabe en
pocas palabras. Hubo una corta lucha: era mucho más fuerte que yo; por más que
intenté mantener rígidos mis brazos, hasta que me dolieron, me sentía impotente
entre las garras de aquel tullido con la fuerza de una multitud. Me destrozó tanto
las manos que cedí: la tapa de la tetera saltó y el agua se vertió sobre el
rostro de su esposa. Bajo el ardiente diluvio, la joven se agitó, lanzó un
grito ahogado, un gemido de dolor, y luego se desvaneció. Entonces, el lisiado
comenzó a gritar en inglés, a
Página 192
pedir socorro. Sus
ojos fulguraban, la sangre había acudido a su rostro y una jadeante respiración
agitaba su pecho. Me aterroricé, intenté soltarme, levantar la tetera; pero
Franz me dominaba y mantenía retorcido mi brazo; entre dos gritos, reía como si
simpatizara con el líquido que carbonizaba la piel de Rebecca y llevaba la
agonía a su pecho. De pronto, se oyó en el camarote un ruido de precipitada
carrera; un marinero entró en el camarote y recibí un golpe en la nuca. Cuando
desperté estaba atado y rodeado de hombres amenazadores. Franz, lívido,
señalándome con un dedo, hipaba:
—Quería matarla; he
intentado impedírselo pero soy sólo un tullido sin fuerza, ha querido matar a
mi mujer…
Página 193
EPÍLOGO
Página 194
Hacía ya un mes que
estaba en una cárcel de Estambul. El suelo seguía moviéndose como si no hubiera
abandonado el barco. Sólo, lejos de todos, en un país extranjero, rodeado por
compañeros de celda hostiles, perdido para la única mujer a la que amaba, caí
en una profunda postración. Una vez por semana seguía, tambaleándome, a los
policías que me llevaban hasta mi abogado, el señor D., miembro del colegio de
Estambul, designado de oficio por el tribunal. Mi caso era grave, no lo
ocultaba. Me acusaban de flagrante delito, todos los testimonios me eran
desfavorables, especialmente los de Raj Tiwari y de Marcello. Me aconsejaba que
me declarara culpable. Me había sacado ya una provisión de varios miles de
dólares y, conociendo la corrupción de la administración turca, temía que
siguiera exprimiéndome sin obtener resultado alguno. Lo único que había podido
lograr era una visita de Béatrice. La vi durante veinte minutos, entre dos
guardias, en una pequeña estancia leprosa. La entrevista fue un fracaso: creía
en mi culpabilidad y se negó a escuchar mis argumentos. Mi actitud en el barco
la había asqueado y no pensaba seguir viviendo conmigo. Iba a proseguir el
viaje e iría a la India con Marcello, que verosímilmente se había convertido en
su amante. Según las leyes nacionales, podían caerme al menos veinte años, pues
el delito había sido cometido en un navío turco y en aguas territoriales
turcas. Las autoridades consulares francesas no podían hacer nada por mí. Los
crímenes distintos al tráfico de drogas o de pasaportes salían de sus
atribuciones. Pasé aquellas semanas en un total estado de postración y
despreciándome a mí mismo. Convencido de que, por mi debilidad, había
contribuido al martirio de una mujer, terminé creyéndome responsable, pensando
que mi condena era justificada y almacené mi amargura como una planta que
estuviera pudriéndose de pie. Avisado por una carta, mi padre iba a llegar a
Estambul con una nueva cantidad de dinero para los gastos del proceso. Con tan
sombrías perspectivas, recibí una carta de Franz.
Página 195
Querido Didier:
¿Cómo expresarle mi
gratitud? Ciertamente, le hice perder los nervios pero, de todos modos, aquel
exceso de malhumor… Diríase que me ofreció en bandeja de plata una venganza que
ni siquiera me atrevía a imaginar. Su error fue tomarse en serio mi amenaza. No
se lo reprocho: el asunto hace que nuestras querellas cuajen en una irrisoria
eternidad.
Maravillosa ciencia
médica: no pudo hacer nada por mí, no ha podido hacer nada por Rebecca. No
pudieron salvar el nervio óptico; y, en cuanto a las quemaduras, son
irremediables. El parpadeo del ojo válido forma un repugnante contraste con la
inercia del ojo muerto, un ojo vidrioso lleno de involuntaria maldad. Cada día,
a la hora en que la «inundó» usted, llora con su único ojo, mientras el otro
permanece seco. Nunca más podrá gustar. Quiero decir que esa tuerta ya sólo me
gustará a mí, al lisiado. Contempla las bellezas del mundo, la agitación de las
calles, pero nadie la mira ya, pues nadie mira a los monstruos. Todos llevamos
encima los estigmas del combate. Gracias a usted, envejeceremos juntos: se ha
restablecido el equilibrio. De nuevo lo soy todo para ella, formamos una
admirable pareja de espantajos. Era usted, antes de conocernos, un caballerete
inútil: ahora ha reunido de nuevo a dos almas.
¿Sabe por qué me
gusta este desenlace? Porque se debe sólo a su torpeza, a su conmovedora
torpeza. Hoy, la tragedia no cae ya sobre los hombres por una maldición; se
debe a su falta de habilidad. Caemos en la desgracia al meter la pata, por una
sucesión de gigantescos pasos en falso. Nuestros dramas no sólo son dolorosos,
sufren el adicional defecto de ser ridículos. Ni siquiera tenemos la excusa de
la fatalidad.
Me siendo aliviado:
voy a dejar de insultar a todo lo que viva en la tierra y bajo los cielos.
Tengo incluso la intención de volver a trabajar: tras dos años de inactividad,
mi profesión me interesa de nuevo. Tal vez Rebecca abra un salón de peluquería:
siempre regresamos a los orígenes. Tengo ahora la sensación de una inalterable
igualdad: nos entenderemos siempre lo bastante como para maldecirnos a
perpetuidad.
Página 196
En suma, he aquí el
objeto de mi carta: he retirado mi denuncia. Me retracto de mi declaración y le
aconsejo que avale mi nueva versión del accidente. Gracias a mí, habrá conocido
la cárcel, interesante experiencia para un pedagogo. Escriba un libro.
Estaba cansado de
ser usted mismo pero no hallaba la fuerza de ser otro: no tenía talento para
sus ambiciones. Intentó abrir una ventana que se llamaba Oriente. Necesitó poco
tiempo para advertir que era un espejismo. Caminaba ya patituerto, con el alma resquebrajada:
el suelo en el que se apoyaba estaba lleno de grietas. Convierta, como yo, Asia
en la utopía de un más allá: eso le evitará ir. Créame, no hay salida
geográfica. «Renuncia a este mundo, renuncia al otro mundo, renuncia a la
renuncia», decía un místico musulmán.
Una cosa más: no se
compadezca demasiado por su desgracia (debe de parecerle que adopto el
insoportable tono de un moralista; ¿qué quiere?, todos nadamos en buenos
sentimientos). Considere que, pese a su mala suerte, las grandes extraviadas
siguen siendo las mujeres: hemos hablado tanto de ellas que, sencillamente, nos
hemos olvidado de interesarnos por su suerte. Ahora que el siglo está
terminando, sigue siendo preferible declinarse en masculino que en femenino.
Tanto en política como en amor, la única posición justa es tomar el partido de
los perdedores.
Unas palabras sobre
Béatrice: nos ha escrito para saber noticias de Rebecca. Marcello desapareció
una noche en Goa, llevándose sus cosas y su dinero: al parecer, bajo su
influencia, se ha aficionado a la heroína y está dispuesta a cualquier cosa
para obtenerla, incluso a prostituirse con los ricos saudíes y yemenitas que
van a Bombay para recibir atención médica. ¡Qué largo camino desde el instituto
de barrio donde enseñaba lenguas! Forma ahora, con algunos miles de italianos y
franceses, la última ola de niños despavoridos que se han estrellado, entre
Katmandú y Panaji, contra el espejismo indio. ¡Que revienten en su lodazal
oriental esos intoxicados de tierra prometida! Sin embargo, no se lo reprocho:
su conducta es propia de esas mujeres de treinta años que pensaban cambiar su
vida probando todos los placeres y se encuentran tan estafadas por esa
emancipación como lo fueron sus madres por el orden matrimonial. Le dejo: esa
conclusión está encallándose en los clichés humanistas.
Consuélese con este
tópico: hay victorias que llevan a un callejón sin salida y derrotas que abren
nuevos caminos.
Mi proceso no va a
celebrarse hasta julio. Los juicios a extremistas políticos han retrasado
terriblemente, en Turquía, las vistas de los delitos de derecho común. El
abogado me ha prometido un no ha lugar, a cambio de un último pago de dos mil
dólares; por lo tanto, saldré de la cárcel cuando hubiera debido regresar a
Francia. Me aprenderé de memoria la Guide bien: si me preguntan cuando regrese,
podré responder.
Descubro
sorprendido que Béatrice ha desaparecido por completo de mi espíritu. Como si
nunca hubiera existido, como si nunca hubiéramos tomado el barco juntos para
iniciar una peregrinación que se convirtió en payasada. Han bastado unas
semanas para destrozar una imagen elaborada, pacientemente pulida durante
varios años. Era un callejón sin salida del amor que quería presentarse como un
camino.
Uno a uno, eso
espero, los figurantes de esta farsa desaparecerán de mi memoria. Y un día, que
deseo cercano, sus nombres no significarán ya nada para mí. Ni siquiera el odio
o la ofensa. He sabido que el Truva ha sido desguazado por razones financieras;
efectuó con nosotros, del 28 de diciembre al 1 de enero, su última singladura.
La semana pasada me
visitaron mis padres. Me han trasladado a otra cárcel, de régimen más liberal,
reservada a los delincuentes europeos. El lugar se llama Sark. Pregunté a mi
abogado qué significa esta palabra en turco. Me respondió: Oriente.
PASCAL BRUCKNER
(París, 1948). Pascal Bruckner, filósofo y novelista francés, nació en París en
1948. Colaborador habitual de Le Nouvel Observateur, en 1995 obtuvo el Premio
Médicis de ensayo por La tentación de la inocencia y en 1997 el Premio Renaudot
por la novela Los ladrones de belleza. Otra de sus novelas, Lunas de hiel, fue
adaptada al cine por Roman Polanski. Entre sus títulos ensayísticos hay que
destacar también El nuevo desorden amoroso (en colaboración con Alan
Finkielkraut), La euforia perpetua y Miseria de la prosperidad.
FIN

No hay comentarios:
Publicar un comentario