© Libro N° 14336. Las Hijas Del Volcán. Balibrera, Gina María. Emancipación. Octubre 4 de 2025
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LAS HIJAS DEL VOLCÁN
Gina María Balibrera
Las Hijas Del
Volcán
Gina María Balibrera
El Salvador, 1923.
Graciela —la segunda hija de Socorrito, una campesina oriunda de los cafetales
de Izalco— vive en las faldas del volcán hasta que recibe un mensaje
proveniente de la capital, donde es reclamada por El Gran el dictador que
gobierna las mareas, les dice a los volcanes cuándo hacer erupción y le da
forma a la luna. Ahí conoce a Consuelo, su hermana que fue raptada antes de que
ella naciera.
Ambas pasan años
bajo la sombra del sátrapa como sus oráculos, pero cuando este ordena el
genocidio de su comunidad las hermanas no soportan el horror y deciden escapar.
En la huida terminan separándose y vagando por el mundo con la esperanza de,
quizá, reencontrarse algún día…
Gina María
Balibrera
Las Hijas Del
Volcán (Español neutro)
ePub r1.0
Titivillus
25.09.2025
Página 2
Título original:
The Volcano Daughters
Gina María
Balibrera, 2024
Traducción: Adrián
Chávez
Ilustración de
portada: Eleni Debo
Editor digital:
Titivillus
ePub base r2.1
Página 3
Para mi familia
Página 4
Parece un típico
país bananero, con la salvedad, claro, de que no exportan bananas.
THOMAS P. ANDERSON,
Matanza
La única forma en
que el […] pueblo sobrevivirá es habitando Xibalbá sin dejarse abrumar por sus
señores.
Popol Vuh
Página 5
Algunos personajes
Las fantasmas,
nuestras narradoras[1]
Lourdes, hija de
Rosario, archivista, cachimbona.
María, hija de
Rosario, hermana menor de Lourdes, pintora.
Cora, hija de Alba,
estudia la tierra y el cielo.
Lucía, hija de
Yoli, chelita que está construyendo su propio púchica telar.
Las mamis
Rosario, madre de
Lourdes y María.
Yoli, madre de
Lucía.
Alba, madre de
Cora.
Socorrito, madre de
Graciela y Consuelo.
Las hermanas
Graciela, hija de
Socorrito, memoriosa, arrebatada de su madre para servir como oráculo del Gran
Pendejo.
Consuelo, hija de
Socorrito, escultora, hermana mayor de Graciela, arrebatada de su madre para
ser el consuelo de Perlita.
Las bisabuelas, que
trabajaban el añil y se ataban a las ceibas para tejer historias.
Algunos hombres
El Gran Pendejo, El
General, descendiente de los volcanes, que en 1932 asesina a treinta y dos mil
personas negras e indígenas. Frente al arzobispo, El Gran Pendejo se describe a
sí mismo como dios.
El patrón, un
pendejo de menor categoría. Administra la finca junto al volcán en la que
nacieron Graciela, Consuelo y las fantasmas, y donde trabajan sus madres.
Germán, padre de
Consuelo y Graciela, amigo de la infancia del Gran Pendejo.
Página 6
Patrick Brannon, un
gringo que se vuelve loco cuando viene a domar el mar, y que trae la red
ferroviaria y todos los colores de tontería.
Phillip, hijo de
Patrick, aficionado al espiritualismo, vive en Manhattan.
Señor Domínguez,
padre de Lourdes y María, que vive en Richmond, distrito de San Francisco, con
su primera familia.
Héctor, esposo de
Cora. No se describiría a sí mismo como un bolchevique, pero otros podrían
llamarlo así.
Luis, profesor de
pintura de Consuelo, y más tarde su novio.
El aviador,
escritor, artista y mujeriego, más tarde esposo de Consuelo. Tremendo bebé.
León, uno de esos
idiotas fufurufos que inflan el pecho y juegan a toda clase de cosas. ¿Cómo le
dice Lucía? Ah, sí, el fuccboi.
Félix, creador del
reino de rocas cerca de Oppède le Vieux para los artistas que buscan refugio
durante la ocupación en Francia. Más tarde, amante de Consuelo.
Tommy, cronista de
nuestra infelicidad nacional, joven querido.
Los Detectives
Amables, un par de policías de Hollywood, cuya torpeza no los hace menos
amenazantes.
El Scooter, trucha
entre las truchas, de ojos húmedos, delicado, hablador, inarticulado, de cuerpo
elástico.
Mujeres de la
capital
Perlita, viuda de
Germán.
Ninfa, abuela,
artista hiperrealista, ama de llaves de la hacienda, antigua nana de Perlita.
La Claudia, hija de
Brannon, poeta.
Lidia, ama de
llaves del Gran Pendejo.
Las Rositas, un
grupo de adolescentes, hijas de la clase terrateniente instaladas en una cómoda
rebelión, cuya promesa de hacer arte o ser arte está escrita en sangre.
En Los Yunais
Madame Belova,
autodeclarada maestra, diletante carismática.
Lindita Domínguez,
señora rica de hacienda, amiguita de Perlita.
Rosie Swan,
estrella de Hollywood, güerita de nombre falso.
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Las comadres de San
Francisco Josefina, que escucha a los fantasmas. Silvia, que alimenta a su
gente. Clara, que trae la luz.
Miyuki, que
administra un salón de té en el barrio japonés.
Salvador, el hijito
de Graciela.
Las criaturas,
quiméricas o de otro tipo
El duende,
hombrecillo travieso, siempre dándole serenatas a la muerte. Lorca lo ha estado
buscando. Ya lo sabes. En este mundo, baila tap sobre nuestros restos mortales.
La ocelote, mascota
de Perlita, ambas adoradas e ignoradas.
La Siguanaba, una
madre castigada por su deseo. Perdió a su hijo y ahora regresa junto al agua
para atraer a los hombres a su muerte. A veces se le conoce también como La
Cigua.
La Chasca, una
princesa castigada por su deseo. Se ahoga luego de que su amante muere, y
vuelve con la luna llena para bendecir a los pescadores.
La mujer de sangre,
que desafió a su padre, tocó la cabeza de la muerte e hizo un corazón de savia
y humo antes de escapar para ir a hacer milagros en otro mundo.
Las aves, que se
reúnen en la ceiba para marcar las horas del día, siempre a la escucha, las
lechuzas que llevan a la mujer de sangre de un reino al otro, los torogoces que
transportan un hilo en el pico a través del tiempo, los cuervos que cacarean
encima y entre nosotras.
La Prudencia Ayala,
poeta, loca, candidata presidencial, vendedora de fruta, oráculo, no un
producto de nuestra imaginación y, sin embargo, mítica.
Los cadejos, los
perros mágicos del volcán. Uno es un augurio terrible, y el otro tu salvador.
El búfalo del
Golden Gate Park, destruido en manadas mientras su tierra era devorada bocado a
bocado. Algunos de sus descendientes siguen aquí, encaramados en el borde de
este mundo, donde se pone el sol. Vamos a la vuelta de toro toro gil.
Popol Vuh, el libro
de la gente, que vive y respira.
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La escritora
La Yinita, mestiza,
bien educada, un poco «nervous», yo.
Página 9
Prólogo
Aquí estamos. Todo
está quieto.
Cuando vos vas, yo
ya vengo. Comenzamos en la púchica raíz del mundo.
Antes de nuestra
creación, los animales platicaban entre sí. Los jaguares escupían los huesos.
Los monos aullaban, los volcanes aullaban, las estrellas aullaban, enormes y
frías. Alguien escuchó y eligió destruirlas, miren que con un par de manos
grandes y ordinarias. Y luego, esas manos grandes que habían creado a las
bestias no sintieron nada más que el vacío. Sintieron las cosquillas de crear
algo más, algo que también fuera capaz de crear, seres que pudieran llevar
consigo el hilo azul brillante de la vida por años y años, así que optaron por
buscar los materiales precisos.
Poco a poco, los
nuevos seres fueron tomando forma, pero a los primeros, creados a partir del
lodo, se los consideró blandos e inútiles; a los de madera, deformes y
exánimes. A todos ellos se les desechó.
Pero el maíz era
tierno, elástico, fértil: la garra de un ave errante, la iridiscencia de una
pluma, una hojuela firme de jade, sangre, leche, oro, gota a gota, hecho a
mano, a mano, a mano, y lentamente los hijos de Cuzcatlán comenzamos a ser.
¿Y qué hay de
nosotras? En estas páginas, somos cuatro: Lourdes, María, Cora, Lucía.
Fuimos cipotas,
nacidas de nuestras madres en una franja ígnea y alta entre el bosque y el mar.
Ya ves que, antes
de la masacre que nos asesinó, vivimos. Sobrevivimos terremotos y deslaves, la
erupción de nuestro volcán, Izalco. En el pueblo junto a la montaña, donde
todas morimos (abandonadas a la podredumbre, para más joder, como montones de
troncos y hojas en un bosque talado), nuestras madres solían escuchar la radio
que se transmitía desde la capital y fumaban cigarros forjados a mano en los
cafetales, y
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nunca se lavaban la
mugre negra de debajo de las uñas. Éramos como ellas de muchas formas, incluso
cuando peleábamos con ellas, cuando las ignorábamos o cuando les mentíamos para
huir al bosque a besar muchachitos (salvo por María, que besaba sobre todo a
otras niñas). ¿Qué más podíamos hacer? El mundo estaba cambiando, todos lo
repetían, ¿pero adónde podíamos ir las hijas del volcán?
Graciela era
nuestra amiga. Como nosotras, la abandonaron a su muerte, pero de alguna forma
no murió en la masacre, como nosotras. Nuestra cherita Graciela y su hermana
Consuelo, que se hacía la muy chelita… Cuando nuestras almas descubrieron que
ambas habían sobrevivido, pues, nos enganchamos al hilo de sus vidas y las
seguimos por el resto de sus días.
Nuestros propios
hilos de vida, cortados por nuestras muertes, latiguean en el viento junto con
nuestras carcajadas. Esas carcajadas nuestras las has escuchado, el cacareo de
nuestra risa, que lleva consigo las historias de nuestras madres y abuelas, nuestras
propias historias. Hay pericos en el campo y nosotras estamos siempre
escuchando, siempre, a la vez. A veces hablamos como uno de ellos. A veces el
viento nos lleva lejos unas de las otras, cada una una semilla distinta. Una
parte eterna de nosotras permaneció tras la masacre, la parte que escuchas, la
voz que te cuenta esta historia desde todas partes. Estamos recogiendo los
hilos de nuestras vidas, buscando las palabras para escribir un nuevo libro de
la gente, para hacer nuestro mundo. Miren que las palabras hacen al mundo.
Porque ¿sabes qué
hemos aprendido? Cada mito, cada historia, tiene al menos dos versiones. El
crecimiento del añil y del café, las películas y sus magos, la red ferroviaria
que extiende sus piernas por nuestra tierra como un pulpo, la historia de una
madre deshonrada, un dictador, las bellezas de una nación, una mujer que
solloza junto al agua, un profeta. Estas figuras míticas cambian de forma,
dependiendo de quién cuente la historia y de quién la escuche.
Algunos idiotas
afirman que no existimos, que todas desaparecimos en la masacre. Pero estamos
vivas, sembradas entre los cerros. Hace mucho construimos templos para Ix Chel,
diosa de la luna, de la tierra, de la guerra, del nacimiento. Nos enseñó a
hilar y caímos bajo su trance hasta que nos arrebataron los hilos de las manos.
Somos más antiguas que tu sentido del tiempo. Pasas junto a nosotras en la
calle. En tu casa, entrecierras los ojos frente a un espejo y te pintas la cara
para que se
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parezca a la
nuestra. Al atardecer, permanecemos de pie sobre los tejados, haciendo
revolotear tus sábanas, y tomamos el autobús de regreso a casa. Enseñamos a tus
hijos en la escuela; te tomamos la temperatura; somos candidatas a alcaldesas
de un pueblo de mierda, y quieren matarnos por ello. Cantas nuestras canciones.
Estudias nuestros movimientos. Planeamos sobrevivirte. Y estamos aquí,
contándote este cuentito.
Vamos a la vuelta.
Tenemos trabajo que hacer. Lourdes está poniendo todo en orden, reescribiendo
los archivos; María está hechizando a quien le plazca y guardando un cuchillo
entre sus cosas en caso de que lo necesiten; Corita está caminando por un campo
de tierra rica en huesos; Lucía está tratando de entender la dilución de la
piel. Estamos muertas pero cantando, riendo, volviéndonos locas, diciéndote
exactamente lo que pensamos, y no siempre estamos de acuerdo y no bailamos tap
— ahondaremos en esto más adelante—. Confía en nosotras cuando te tomamos de
las manos. Vamos a doblar el tiempo para contarte sobre nuestra hermana
Graciela y sobre el maldito brujo que la mantuvo cautiva. Iremos por el mundo
tras su hermana, Consuelo, esa güerita tonta. Consuelo, la adoramos también, la
muy idiota.
Y oye, no nos
olvidemos de la Yina. Es ella quien está poniendo en el papel nuestras palabras
para ti. En este momento te estamos hablando a ti, Yina. ¿No te molesta que te
digamos así, verdad? Así es como los guanacos le dicen a las ginas, esas
chanclas baratas de plástico, pero no esperamos que tú sepas eso, pocha. Sí,
sí, tú también eres una salvi e hiciste tu investigación, chele, y eres muy
educada. Nos estás ayudando a contar nuestra historia, pero fíjate: no te dejes
llevar por la poesía, ¿me entiendes? No olvides escuchar. Estas palabras son
nuestras y nuestras son las historias.
Así que, ahora,
todo está silente y a la espera. Todo está silente y en calma. Escúchanos. Así
es como empieza.
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Primera parte
1914-1932
Con una breve
parada en la década de 1880
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1
Nuestras madres nos
llevaron sobre sus espaldas hasta que el calor del mediodía nos hacía patalear.
Por las tardes nos desataban, todas nosotras bebés nacidas en la misma
estación, y nos dejaban gatear debajo de la ceiba mientras ellas trabajaban.
Aquellos primeros días, antes de que supiéramos caminar, antes de que María
naciera, las faldas de la ceiba eran lo suficientemente anchas y altas para
contenernos. Comíamos lombrices y lamíamos la corteza de la ceiba. Saludábamos
a los pájaros y nos salían dientes mientras nuestras madres se turnaban para ir
corriendo desde los cafetales para comprobar que ahí seguíamos, y cuando
llegaban nos contaban rápidamente, señalándonos. Lourdes, Cora, Lucía,
Graciela. Se turnaban para asegurarse de que ninguna de nosotras se había
ahogado o tenía hambre o estaba cubierta de mierda. Se turnaban para cuidarnos,
dos a la vez para ahorrar tiempo. Se turnaban para acariciarnos la panza, para
frotarnos la espalda, para limpiar con un trapo la caca de nuestros culitos
gordos, y nos arrullaban y nos volvían a acostar entre las faldas de las
raíces. Estábamos a salvo.
Durante los meses
de lluvia, ya bien entrada la tarde, nuestras madres nos amontonaban como sacos
de yuca en la sala de clasificación. Dormíamos la siesta mientras el tejado se
empapaba de lluvia, que despertaba los olores en la historia del edificio: el
hedor penetrante de la cosecha de cerezas del año anterior, la amargura del
añil. En esa habitación pasábamos gateando encima de las piernas de bebé de las
demás y nos acariciábamos las mejillas, sin saber dónde empezaba una y dónde
terminaba la otra. En esa habitación dimos nuestros primeros pasos. María nació
en época de lluvias, y entonces fuimos cinco: Lourdes, María, Cora, Lucía y
Graciela.
Luego crecimos y
nos enviaron con las monjas, que nos dieron ropa, nos enseñaron a leer y a
escribir y nos cuidaban durante el día, mientras nuestras madres trabajaban.
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Las monjas nos
vestían con la ropa de unos contenedores que llegaban del extranjero. Teníamos
nuestra propia ropa: refajos que habían hecho nuestras abuelas; largas faldas
tejidas; blusas bordadas con diminutas flores estrella y cuello abierto que se
convirtieron en camisones cuando comenzamos a usar los vestidos color pastel
que nos dieron las monjas; vestidos de holanes que nuestras piernas en
crecimiento rápidamente volvieron demasiado cortos, demasiado ajustados a la
altura de la barriga; vestidos con mangas abullonadas de tul, encaje y algodón
almidonado. En los pies llevábamos sandalias de cuero suave, como nuestras
madres — caites, les decíamos—, pero María siempre se las quitaba y las
arrojaba lejos, porque decía que corría tan rápido que se le quemaban los
talones.
En algún lugar del
volcán había hombres, que empujaban carros y trabajaban junto a nuestras
madres, arreando a los animales cuesta arriba, pero rara vez hablábamos con
ellos; no sentíamos ni resentíamos su ausencia en nuestra vida cotidiana. Nos
turnábamos para imaginar a nuestros padres porque creíamos que comprender
quiénes eran ellos podría develar el misterio de quiénes éramos nosotras. Pero
no fue así. Éramos de nuestras madres.
Ellas nos contaban
más de los padres de nuestras amigas que de los nuestros. Pero a partir de ese
chambre reconstruíamos algunas historias. El padre de Graciela era mucho mayor
y había vivido ahí. Se llamaba Germán y era colono: había ascendido en la jerarquía
de la f inca hasta que tuvo su propia parcela. Cuando eligió a Socorrito, la
madre de Graciela, Germán ya era el hombre más poderoso de la f inca después
del viejo patrón. La perseguía y le daba regalos muy imprácticos para la vida
que llevaba, pero que contaban una historia que decía en quién se estaba
convirtiendo él y el tipo de vida que podría ofrecerle: medias de seda, un
aceite perfumado de lavanda, un sombrero de terciopelo con una redecilla, un
monedero de cuentas brillantes.
De niño había
conocido a un gringo ferroviario que bebía un agua especial —y que venía en
todos los colores—; según decía él, lo hacía más poderoso, le permitía escuchar
a los muertos y controlar el futuro. Ese gringo loco era rico y le prometió a
Germán purificar su alma con esa agua especial, con sus pociones de luz y
color. Le juró que podría sacarlo de sus circunstancias, del colonato que lo
tenía atado al trabajo en la f inca cafetalera de la montaña. Germán, huérfano,
pobre, escuchó al gringo, que le prometió un futuro en la red ferroviaria que
estaba construyendo para
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llevar las cosechas
cafetaleras a la costa, y que lo mandó a estudiar economía en Suiza. Al final,
tanto el plan de estudios como la experiencia a la sombra de los Alpes
demostraron ser irrelevantes para su puesto futuro en la capital como oráculo
de aquel fulano, el brujo, pero le granjearon un sentido de refinamiento y una
comprensión de lo improbable.
El gringo —Brannon,
se llamaba— estaba obsesionado con los colores: pensaba que algunos de ellos
tenían poder curativo, y otros otorgaban vitalidad. Y cuando vio a Socorrito,
como sabía que a Germán le gustaba, motivó aquella unión porque, hasta donde sabemos,
el color de su piel, más bonito que el de cualquiera de nuestras madres, era
exactamente lo que él necesitaba.
Transmisión. Todas
las historias tienen dueños que controlan cómo se cuentan y a quién. Gracias al
gringo rico, Germán se había convertido en dueño y, de adolescente, transmitió
las historias del gringo a su mejor amigo, un hombre que llegamos a conocer como
el generalísimo, el púchica brujo, El Gran Pendejo. Crecieron juntos, ¿te das
cuenta? El Gran Pendejo también era de los volcanes, aunque luego hizo todo lo
posible por borrar esa historia, se creyó que esa mierda del gringo le iba a
ayudar a conseguirlo, a borrar cualquier rastro de su origen, a separar
nuestras historias de la suya.
Para cuando el
primer embarazo de Socorrito, el de la hermana mayor de Graciela, Consuelo,
empezó a notarse, Germán ya se había ido de la f inca para vivir en la capital.
El General estaba ascendiendo en el escalafón y le encontró a Germán un puesto
como su consejero espiritual. Pronto, también allá en la capital, Germán se
casó. Socorrito contaba con que, aunque la hubiera abandonado, seguiría
teniendo derechos sobre las tierras de él, pero mientras que Germán se había
liberado del colonato, ella estaba atada a un mismo lugar.
Luego, cuando
Consuelo cumplió cuatro años, un hombre, un matón de la capital, llegó al
pueblo y la arrebató de los brazos de Socorrito, después de dejarla
inconsciente de un golpe.
Dejó una nota en el
suelo, que Socorrito descubrió al despertar, y en la furia de su ira y su dolor
pensó en destruir el papel delicado, el sello fino, las manchas de tinta añil,
pero, en vez de eso, razonando que tal vez era la única manera de encontrar a
su hija, avanzó como una sonámbula entre la
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espesura de su
dolor, fue directo con las monjas gringas que nos cuidaban para que le ayudaran
a descifrarlo, porque Socorrito no podía leer los suntuosos trazos de la pluma
del padre de su hija.
Germán tenía a
Consuelo, y tenía planes de retenerla en la capital. Verás: la nueva esposa de
Germán era estéril, y Consuelo iba a ser un regalo para ella, que anhelaba ser
madre. Sería una consolación, haciéndole honor a su nombre.
En la capital,
Consuelo recibiría educación y no viviría como sirvienta, sino como hija. No la
harían trabajar; ya la habían sacado del colonato, en el que todas habíamos
nacido, en el que habían nacido nuestras madres y abuelas. El colonato, que nos
mantenía atadas a la f inca, donde trabajaríamos hasta nuestras muertes. En
cambio, Consuelo aprendería a ser más «civilizada» —esa era la palabra que
usaba Germán en la carta—, y cuando fuera adulta podría elegir dejar la capital
y regresar al volcán, si así lo deseaba.
Todo esto estaba
escrito en el pedazo de papel que había recibido Socorrito. La hermana Iris
había leído más lento la palabra «civilizada».
Después de eso,
Socorrito durmió con la carta —la promesa, como ella la llamaba— debajo de la
cabeza. Este trocito de papel era quizá lo único que la ataba a la tierra,
ahora que su hija se había ido.
Nuestras madres
consolaron a Socorrito tratando de hacerla reír, cuando quedó claro que la
rabia y la pena no le devolverían a su hija. «Civilizada», se burlaban.
—¿Con ese pelo
colocho, casi tan colocho como el mío?
Rosario hacía
siempre la misma broma, señalando su propio pelo rizado. Colocho, pero colocho.
Rosario era negra, menuda y llamativa, con unos ojos de oro marrón. Era
delicadamente vanidosa respecto a su belleza, lo que nos recordaba a una leona
pequeña. Cuando las mujeres se reunían para bañarse en el río en los días de
calor, se pavoneaba delante de ellas con sus pies cortos, anchos y suaves como
las patas de un animal, y su pelo goteaba gemas de agua cuando estiraba los
brazos al sol. Nosotras, sus hijas María y Lourdes, teníamos la piel un grado
más clara: la de Lourdes era de un marrón cálido y profundo, y luego estaba
María, de piel canela.
Nos imaginábamos a
Consuelo todavía más pálida, como una chelita, pero con el pelo colocho que
alguna indita de la capital se veía obligada a alisar todos los días con una
plancha o a meterlo debajo de un sombrero.
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Seguramente era
como los personajes de esos libros que nos habían regalado las monjas, sobre
huérfanas en delantales de holanes en la Inglaterra de antaño: una niña que no
querría volver jamás al volcán.
Incluso después de
que se llevara a Consuelo, Germán volvía de vez en cuando a los volcanes, pero
Socorrito nunca más recibió invitación para quedarse en sus tierras. Aun así,
encontró tiempo para embarazarla, esta vez con Graciela, y esta vez sin amor, sin
ternura, sin regalos. Socorrito tenía la esperanza de que, si se le ofrecía de
nuevo, podría convencerlo de que trajera a Consuelo a casa y de que se quedara,
pero luego de cada visita le daba la espalda para regresar a la capital.
Una y otra vez,
durante nuestra infancia, nuestras madres solían soltar que el padre de
Graciela no solo seguía vivo, sino que vivía en la capital, como segundo al
mando del General. Según ellas, Germán era su consejero de mayor confianza. El
General no tomaba ninguna decisión sin antes consultarlo. Pero en la radio, el
General, baboso como era, anunciaba que nadie más que él gobernaba las mareas,
nadie más que él le decía a Izalco cuándo hacer erupción, que nadie más que él
le daba forma a la luna. Hablaba de la cosecha de café como si él mismo hubiera
recogido hasta la última cereza, como si él hubiera inventado el ferrocarril
que llevaba los granos al puerto y fuera del país, donde se transformaban en
cantidades fantásticas de dinero que nosotras no vimos nunca. Hablaba de los
grandes barcos que llegaban al puerto de Los Yunais como si estos fueran sus
Grandes Amigos. («¡En este día bendecido Mi Gran Amigo, Los Estados Unidos,
entró al puerto de La Libertad!»). Nosotras lo veíamos como un payaso. Realmente
se creía esas cosas: que tenía el poder de controlar todo nuestro universo; era
la misma tontería de la que había hablado el gringo Brannon, que si se rodeaba
de cortinas rojas y se bañaba en agua turquesa, sería invencible. Puede que
esas historias se las hubiera contado de segunda mano Germán, pero ese fulano
se había bebido todavía más agua loca del gringo que su amigo. Cuando salía a
la radio a anunciar una nueva victoria —cómo manipulaba el clima, cómo podía
percibir las radiantes vibraciones del mundo cuando meaba y cagaba (actividades
que él consideraba experiencias sensoriales, como ver y oír), cómo había usado
esa sabiduría para ponerle precio a un automóvil—, nuestras risas ahogaban su
regocijo.
Los hombres. En ese
entonces nos daban risa.
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El padre de Cora,
por su parte, por muchos años fue un misterio para nosotras; pensábamos que tal
vez era un extraño al que a veces veíamos conduciendo un carro por el pueblo.
Pero entonces María oyó a su madre, Rosario, hablar del patrón como si él fuera
el padre. Esa idea nos hizo aullar. Corita era demasiado dulce, demasiado
lista, para tener a ese bolo por padre.
El padre de Lucía,
clara como era, debía haber venido de visita por negocios desde Los Estados,
pero nunca oímos gran cosa de él.
Y, a diferencia del
resto de nosotras, a Lourdes y a María las había reconocido su padre, al menos
un poco. Era un hombre rico y ordinario cuyos padres eran dueños de la f inca y
de las tierras en las que trabajábamos, un empresario cafetalero que vivía en
el norte, en un lugar llamado California, con una esposa chele y dos hijas
gemelas que apenas empezaban a caminar. Iba al pueblo dos veces al año, en
octubre y en abril, antes y después de la cosecha. Los zapatos se le hundían en
el barro. La nariz de su enorme auto negro apuntaba siempre lejos del volcán. A
las hermanas les dijeron que no debían llamarlo nunca Papá, y siempre El Señor
Domínguez, pero cuando estaban solas, no podían evitarlo.
Lo más cerca que
estuvimos de él fue el día del bautizo de María. Le llevó unas mantas y un
conejo de peluche, y a Lourdes una muñeca de porcelana con ojos azules de
cristal que se abrían y se cerraban, se quedó en la parte de atrás de la
iglesia mientras el cura visitante ungía la cabecita de María antes de
sumergirla en la fuente. Después de la ceremonia, mientras todos salían de la
iglesia a paso lento, se escabulló y regresó a la capital sin despedirse. Su
mami les dijo:
—Él pagó todo: el
vestido de encaje, los zapatitos. No voy a obligarlo a fingir.
Luego de eso volvió
a distanciarse; incluso cuando estaba en el pueblo, sus ojos pasaban de largo
sobre nosotras. Junto con su hermano era dueño del eje sobre el que giraba
nuestro mundo, pero nunca moldeó la forma de nuestras vidas. Para él, éramos
lunas distantes.
Durante aquellos
años, sin embargo, estábamos a salvo. Nuestras madres nos protegían. Lo que le
había pasado a Consuelo era historia antigua, y desde entonces nuestras madres
nos circundaban con alegre ferocidad. Lo que le había pasado a Consuelo no podía
volver a ocurrir.
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2
Tendríamos nueve
años, María siete, cuando el hombre llegó buscando a Graciela. Lo vimos al
final del día, después de la escuela. Había llegado en un auto reluciente y
llevaba unos zapatos lisos de color negro; no podía ser de otra parte más que
de la capital. Vio a Graciela encaminarse a casa y la siguió, así que nosotras
hicimos lo mismo, pero él era más rápido. Cuando Graciela se dio cuenta, echó a
correr. Nosotras la seguimos de cerca, corriendo entre los árboles. La vimos
entrar en su choza y cerrar la puerta detrás. El hombre de la capital no estaba
muy lejos; alcanzábamos a ver el sudor que le empapaba la camisa de lino.
Arrojamos unas piedras al camino, para que supiera que estábamos allí,
observándolo, pero no aminoró la marcha.
Golpeó la puerta de
la casa de Graciela, gritando su nombre; en el cuello se le agolpaba una vena.
Le arrojamos a la espalda el resto de nuestras piedras hasta que se nos
vaciaron los bolsillos. Golpeó más fuerte, y luego abrió la puerta de una
patada. Avanzamos en cuclillas por el pasto y lo rodeamos formando una media
luna. Graciela no estaba en la choza.
—¿Dónde está su
amiga? —preguntó. Sus ojos no miraban a ninguna parte.
—¿Eres su papi?
—gritó Lourdes, aún parcialmente oculta entre los árboles. Porque ¿quién si no
podría ser ese hombre?
Pero él lanzó una
risa estridente, cruel.
—¿Te parezco un
viejito indio? —dijo.
Lourdes, ofendida,
le lanzó otra piedra, pero no le dio, y la piedra fue a romperse contra un
cúmulo de tierra deslustrada junto a su pie. María, siguiendo el ejemplo de su
hermana, escupió.
—¡No está! —gritó
Lourdes, y luego un poco más suave, con alegría —: hijoeputa.
Hijueputa,
hijueputa. Lo habíamos escuchado en los labios de nuestras madres, y en los del
patrón, cuando se sentaba en el patio con su
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aguardiente en
compañía de los otros hombres del cafetal. Habíamos estado esperando el momento
adecuado para decirlo nosotras también.
—Pequeñas brujas
—dijo el hombre, sin mirar a ninguna. Metió la mano al bolsillo de la chaqueta.
Esperábamos una pistola, como la que llevaba el patrón en la cintura, pero en
lugar de eso el hombre sacó un trozo de papel cuadrado de color rosa. Entrecerrando
los ojos, lo pegó a la puerta.
Lourdes empujó a su
hermanita desde detrás del árbol de mango que la ocultaba. María corrió hacia
la puerta, tomó el papel y lo arrugó en un puño con urgente sentido del deber.
Se giró y sonrió, primero a Lourdes y luego al hombre. El hombre la tomó por detrás
del vestido y la empujó contra el árbol. Ella dio una patada a la pierna larga
y delgada, y maldijo con las palabras que le habíamos enseñado para escupir el
susto. Iba a estar bien.
Lourdes tomó el
machete que llevaba en la cadera y se abalanzó sobre el hombre. La hoja le rozó
la palma de la mano y lo hizo sangrar de inmediato.
—Voy a mandar matar
a sus madres —dijo, convertido en el ogro de todos los cuentos de hadas que
conocíamos, pero luego se fue huyendo por el camino, así que su amenaza nos
hizo reír. Lo observamos hasta que se hizo pequeño y oscuro, apenas una sombra
que se movía. Cuando ya no lo veíamos resbalarse por la ladera del volcán con
sus zapatos lustrosos embarrados de lodo, el aire brumoso pareció exhalar, y el
crepúsculo se instaló a nuestro alrededor.
Graciela salió de
detrás de la cabaña y apareció junto a nosotras.
—Mi mami me dijo
que me escondiera atrás de la pila de leña si algún extraño venía a buscarme
alguna vez —nos dijo—. El hombre pensó que era brujería —dijo sonriendo—. Todas
fueron bien valientes. Cachimbonas.
Una araña abuela
brillaba en su pelo. Cora la recogió en su dedo y la puso en el suelo.
Más tarde le
preguntamos a Lourdes por qué no había matado al hombre con el machete. Nos
explicó que solo había querido darle una lección. Si Graciela sabía por qué
motivo había ido el hombre, no nos lo dijo, y nosotras no se lo dijimos a
nuestras madres, hasta después de que llegara la carta.
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Más o menos una
semana después, terminada su jornada en el campo, Socorrito encontró al patrón
esperándola con el aire blanco volviéndose rosado a su alrededor. En las raras
ocasiones en las que recorría los senderos de las colinas, llevaba consigo un
bastón y se calzaba unas botas de goma sobre los pantalones de lino que se le
abultaban a la altura de las rodillas. Socorrito se le acercó, cautelosa,
asentando sus caites en las escarpadas líneas de la cara del volcán. Sobre su
cabeza se balanceaba la cesta de café, el trabajo de aquel día. El patrón se lo
reconoció juntando los labios en punta.
Socorrito nunca
había estado a solas con el patrón. Enderezó la espalda y con sus ojos negros
miró esos otros ojos amarillos y polvorientos. Era conocido por su
despreocupación a última hora de la tarde. Mientras su mujer, la zorra de la
finca, se reunía con sus amigas en el porche techado, él bebía solo y vagaba
lascivamente por el pueblo, buscando mujeres. Así era como, una década atrás,
había engendrado a Cora, olvidando, o fingiendo olvidar, que siquiera sabía el
nombre de Alba, mientras el vientre de esta se hinchaba con el pasar de las
semanas. Pero si intentaba algo con ella ahora, Socorrito estaría lista.
Socorrito era rápida, y a esa hora del día él estaba lo suficientemente
borracho como para tropezarse si intentaba perseguirla. Si era necesario, podía
darle un rodillazo en los huevos —sería una verdadera hazaña si lograba
mantener la cesta de cerezas en su cabeza mientras lo hacía—. La idea la hizo
sonreír. Izalco siseó.
El patrón le
entregó un sobre, cuyo sello ya había sido rasgado por un abrecartas con
incrustaciones de nácar, que la esposa de él empuñaba como una daga. El grueso
papel amarillo se deslizó del sobre hacia la palma de la mano de Socorrito. Un
telegrama.
—Es de la capital
—dijo.
Las mejillas de
Socorrito se sonrojaron y sintió un nudo en la garganta; la vista se le volvió
acuosa. La cesta que tenía sobre la coronilla se balanceó un poco y luego se
acomodó. Hizo un gesto brusco con la cabeza, como si hubiera estado esperando
todo aquello, pero no era el caso. Las chicas del cafetal no reciben telegramas
de la capital. Ni siquiera había aprendido a leer. Tendría que pedirle ayuda a
una de nosotras, pero sabía que no podía ser Graciela. Lo que le había pasado a
Consuelo le
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había enseñado que
las noticias de la capital eran casi con seguridad peligrosas para ella, para
su hija. Socorrito le dio las gracias al patrón y corrió a casa, incapaz de
recuperar el aliento.
Esa noche llamó a
la puerta de la choza de Lourdes y María, y Rosario, su madre, fue a abrir y la
invitó a entrar; le ofreció el cigarrillo que se había hecho y que llevaba
detrás de la oreja, pero Socorrito negó con la cabeza. Estaba despeinada y
jadeante. Rosario la arrastró dentro. Lourdes y María miraban desde detrás de
la estufa mientras las madres hablaban. Socorrito le dijo a Rosario que sentía
que dos manos le apretaban el cuello y tiraban de ella hacia el fondo del agua.
Rosario la tomó del brazo y la hizo sentarse en el suelo.
Al fin, Socorrito
llamó a Lourdes. La rodeó con el brazo y asintió, mirando a Rosario. Lourdes se
encogió de hombros y le guiñó un ojo a María, que estaba sentada mirando por la
ventana. María tenía atado un trapo en la parte del brazo que le había roto el
hombre de la capital. A su madre le dijo que se había caído de un árbol.
Socorrito y Lourdes
salieron de la choza llena de tierra. Los pájaros chillaban por el cielo; los
trabajadores seguían su camino a casa.
—Léeme esto —dijo
Socorrito, entregándole a Lourdes un sobre de bordes rasgados. A las hijas del
volcán las monjas gringas nos habían enseñado a leer, pero muy rara vez hacían
uso nuestras madres de nuestros conocimientos.
Lourdes abrió el
telegrama:
MURIÓ EL PADRE DE
TUS HIJAS. TRAE A LA MENOR A LA CAPITAL A OFRECER SUS RESPETOS. REGRESA CON LAS
DOS.
En el sobre había
también dos billetes de tren.
Lourdes miró a
Socorrito.
—¿Se refieren a tus
dos hijas? ¿Por qué Graciela tiene que ofrecer sus respetos a alguien que ni
siquiera conoce?
Socorrito asintió y
apretó el hombro pequeñito de Lourdes. Parecía perdida. Frunció el ceño hacia
el sol poniente, con los ojos en blanco.
—Lo importante es
que yo también voy a estar ahí —dijo—. Y que voy a volver a casa con las dos.
—¿Tienes miedo? —le
preguntó Lourdes.
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Socorrito sacudió
la cabeza, pero en realidad sí tenía. Alguien más había planeado su siguiente
movimiento, y ella desconfiaba. Era demasiado fácil. Sospechaba que las
palabras y los boletos de tren eran una jugarreta, una muy cruel. Consuelo era
todavía una niña, lejos de la edad a la que a Socorrito le habían prometido que
su hija estaría libre del colonato. Y la promesa —la educación, los viajes,
todo lo que estaba escrito en ese papel elegante que guardaba bajo la
almohada—, todo eso podría ser una mentira. Tal vez ahora querían quedarse
también con Graciela, y ella se quedaría sola, con la idea de que sus hijas
tendrían un futuro que ella nunca podría haberles ofrecido como única
consolación.
No tenía opción:
tenía que ir. Incluso si todo era una trampa, seguía siendo la única grieta
luminosa por la que podría ver a Consuelo otra vez. Iría a la capital con
Graciela. Llevaría consigo el papel a medio desintegrar que contenía la
promesa, y estaría dispuesta a pelear si era necesario. Y, con mucha suerte,
regresaría con sus dos hijas. La idea la hizo sonreír, y luego reír en voz
alta, una vez y luego otra.
—Tienes fantasmas
en la cabeza.
Eso es lo que
Lourdes solía decirnos si perdíamos el control, si no podíamos parar de reír o
de llorar. Nos apretaba el dedo índice con sus puñitos sucios.
—Déjalos bailar,
sacúdetelos.
Nos daba un ligero
empujón hacia el suelo, donde nos retorcíamos como gusanos.
Cuando Graciela
llegó a la casa buscando a Socorrito, las carcajadas de locura de esta se
habían convertido en sollozos, su cabeza llena de fantasmas. Llegó al lado de
su madre y le frotó la espalda, sin pronunciar palabra.
—Tenemos que ir a
ofrecer nuestros respetos a tu padre —dijo Socorrito—. Y vamos a traer a tu
hermana a la casa. Tal vez quieran peleármela, pero me voy a defender.
Por un momento,
entonces, Graciela ¿sonrió? Si lo hizo, la sonrisa huyó de su rostro
inmediatamente, y cuando la miramos parecía preocupada nada más por
tranquilizar a su madre. Una pequeña parte de ella, una parte de la que se
avergonzaba, se emocionó con la noticia, con la idea de conocer a su hermana,
de cambiarse el refajo por una de esas faldas redondas que habíamos visto
llevar a la zorra de la finca y a sus
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amigas citadinas,
de ir a la capital. ¡Clases de baile! A lo mejor le iban a dar clases de baile.
Nunca se lo
confesaría a su madre, eso sí. En cambio, le aseguraba que ganarían la batalla,
que volverían a casa con Consuelo. Con nosotras se preguntaba en voz alta si
sería verdad, como nuestras mamis habían deseado siempre, que Consuelo fuera
capaz de liberarnos también a nosotras del colonato, como por arte de magia. Si
regresaba, decían, podríamos vivir todas juntas en el volcán, trabajando para
nadie más que para nosotras mismas. Tener su propia tierra: ese era el sueño
que nuestras mamis abrigaban con más fiereza.
No recordábamos a
Consuelo; se la habían llevado antes de que naciéramos, pero Graciela a veces
la mencionaba, y aunque tampoco recordaba a su hermana —ni siquiera la había
conocido—, sabíamos que siempre había creído que algún día Consuelo volvería al
volcán. Su madre le había prometido que la encontraría en la capital y la
llevaría de vuelta al pueblo. Y tal vez ese momento había llegado. Pero siendo
sinceras, siempre nos preguntamos por qué Consuelo querría volver. No sabíamos
por qué alguien, teniendo la opción, dejaría una vida fufurufa en la capital
para irse a trabajar en el volcán.
Nuestras vidas
estaban envueltas en las vidas de las hermanas Graciela y Consuelo; incluso
entonces lo sabíamos ya.
La cherita
Graciela. Recordamos a una niña como nosotras: sin padre, con las piernas
flacas y las rodillas llenas de costras, el pelo largo y pesado, vestidos rotos
y caites en los pies, dos dientes nuevos de conejo, dobladillos desgastados y
la tierra negra de la selva bien embarrada en los codos y las rodillas. La
adorábamos, ardíamos de ese amor salvaje y celoso de las niñas. A la salida de
la capilla hacíamos cola para compartir banco con ella; nos amontonábamos en
torno a ella en el campo y le ofrecíamos los dulces que nos habíamos robado
para impresionarla. Nos turnábamos para hacer trenzas su pelo largo y pegajoso.
Ella recordaba todo: cada canción, cada cuento, cada chiste. Nos cantaba versos
que recordaba haberles escuchado a nuestras abuelas cuando éramos pequeñitas.
Escuchaba todos nuestros sueños y los anotaba en un cuaderno, y conectaba sus
hilos para trazar constelaciones que nos unieran. Por las noches, nos contaba
cuentos hasta que nos quedábamos dormidas y recitaba cada línea como si estuviera
leyendo los libros mohosos de la
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pequeña biblioteca
de la escuela. Esos libros los había leído una sola vez y nunca se le habían
olvidado. Memorizaba cada detalle, incluso si no entendía su significado. En
nuestro país hay una palabra para eso: guayabear: recordar, por el chacalele.
Hoy en día, Lourdes
frecuenta una biblioteca en donde lee los libros de esos profesores hijueputa
que siempre tienen algo que decir sobre nuestra amiga Graciela. Afirman que era
una santa, que cuando fue a la capital, dio su bendición al dominio que el brujo
ejercía sobre nuestra economía de cafecito, y que con su cósmica belleza
mestiza inspiró sus visiones de futuro. Él quería poner su cara en las monedas,
un emblema de la raza cósmica, pero nunca pudo hacerlo; antes llegó la masacre.
Dicen que la piel
de Graciela era la dilución perfecta de lo indio y lo suficientemente europea
para borrar lo negro. Así va la cosa: gota a gota, a mano, a mano, ya lo sabes.
La vieja historia: la raza cósmica significaba que cierta raza de ladinos radicados
en la capital percibían a Graciela como poseedora de la chispa resistente e
inextinguible de esa magia antigua que tanto les atraía, incluso si al mismo
tiempo querían limpiar al lugar de sus habitantes de pieles más oscuras. Porque
esa era la cosa con Graciela, lo que la hacía tan deseable para ellos,
hijueputas: su pelo podía domarse en suaves ondas, sus uñas limarse y pintarse
y su forma de hablar entrenarse para hacerla impecable. Era de piel clara como
su madre y durante la estación de sequía podía usar sombrero para no quemarse y
caer en la oscuridad de sus ancestros. Y sus hijos serían de piel aún más
clara, tal vez con los ojos claros. La raza cósmica, púchica vos… ¿A nosotras
de qué nos sirvió?
Graciela era el
futuro, escriben esa clase de profesores en los púchica libros que Lourdes no
puede dejar de leer. ¿Entonces por qué, por la gran puta, el General y sus
hombres trataron de matarla? ¿Por qué nos mataron a nosotras, que éramos un
poco más claras, un poco más oscuras, y hermosas cada una de nosotras? Según
esos profesores hijueputa, también nosotras éramos cósmicas. Cósmicas, sí, pero
todavía demasiado indias. Nuestros bebés, si hubiéramos podido tenerlos,
habrían sido de color descompuesto.
Una vez, Lucía vio
todo esto plasmado en una sola pintura. A Lucía la güerita le habían dado una
penitencia práctica por algún pecado que ninguna de nosotras puede recordar. No
le pegaban nunca (a Lourdes, con su tez más oscura, sí le pegaban); en lugar de
eso, las monjas enviaron a
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Lucía a sacar punta
a una caja de lápices en el sótano de la iglesia, que estaba lleno de basura y
cajas. Ahí abajo encontró el cuadro apoyado en un escritorio en el que alguien
había tallado al diablo con un cuchillito. El cuadro parecía un árbol genealógico,
un árbol de la vida, pero era una historia de caídas: hacia arriba o hacia
abajo. Lucía no lo sabía entonces, pero versiones de ese cuadro había cientos
por toda nuestra tierra —otra cosita traída por los conquistadores—, vamos a la
vuelta. Contaba la historia de los verdaderos colores con los que el General y
todos esos hijueputas estaban tan obsesionados.
Empezaban con la
sangre simple: español, negro, indio, albino. Los colores primarios, digamos. Y
a partir de ahí, las diferentes formas en que podían mezclarse, Lucía contó
dieciséis posibles combinaciones de familia, y a cada bebé se le daba un
nombre: el mestizo, el lobo, el mulato, el castizo. Estos eran los bebés de
«color descompuesto», y también lo eran los que les seguían: el criollo, el
morisco, el chino cambujo, el cimarrón. Lucía leyó los nombres en voz alta, se
tropezaba con ellos: albarazado, barcino, jíbaro, zambaigo, calpamulato.
Y luego los bebés
de estos: saltapatrás, «torna atrás», «tente en el aire», coyote, «no te
entiendo».
En la parte
inferior del cuadro, sin un marco que los contuviera, estaban los indios
bárbaros, diferentes de los representados en los recuadros de arriba. Estos
indios estaban huesudos y llenos de viruela y perseguían caballos enfermos por
el paisaje. Esos indios no tenían familia.
El caso era que el
cuadro no tenía sentido. Lucía encontró su propio rostro, sus ojos negros, su
piel clara como flor de izote por todo el cuadro; lo mismo pasaba con su madre.
Según ese sistema, María y Lourdes deberían compartir el mismo recuadro, pero
Lucía encontró los matices de su piel desde la parte superior del cuadro hasta
la más baja. Encontró los largos rizos de Lourdes. Consuelo y Lucía compartían
un tono. Graciela tenía dos, quizá tres o cuatro, de los bebés de color
descompuesto. La madre de Cora no era la que debía ser, pero quién era su
padre… a saber. El objetivo de El Gran Pendejo era convertirnos a todas en la
señora de peluca gigante y empolvada y chichis aplastadas que estaba en lo alto
del árbol. Según la lógica del cuadro, era más bella que todos los rostros que
tenía debajo. Su hijo no era bello a nuestros ojos, pero su hija, mezclada con
una madre de color descompuesto, que se suponía que aportaba vigor a la línea
genealógica, era bonita. Conocíamos chicas que se le parecían.
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Lucía tocó el
cuadro, sin dejar de mirarlo. Su dedo grasiento y vivo dejaba sombras en cada
uno de los dieciséis recuadrados. Las monjas habían intentado ocultarnos ese
maldito cuadro feo como una cortesía, pero a lo largo de los años vimos otras
versiones por todas partes y nos lo aprendimos de memoria, por el chacalele.
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3
Socorrito sacó a
Graciela de la escuela al día siguiente; a las monjas les dijo que iban a la
capital a ofrecer sus respetos a la familia del padre muerto de su hija.
Blanqueó el vestido de Primera Comunión de Graciela, que apenas le quedaba, y
le regaló un par de zapatos blancos de charol, de correa ancha y hebilla de
bronce, que sor Iris había encontrado guardados en una caja en el sótano de la
iglesia, junto al vino de consagrar, donde estaban reservándose para una
ocasión como esa.
Fuimos con nuestras
madres a despedirnos de ellas. Las cipotas nos acomodamos en el suelo para
jugar y cuchichear con Graciela, mientras nuestras mamis llevaban la comida a
la mesa, se tomaban del brazo y soltaban carcajada tras carcajada, para luego
rodearnos en un gran abrazo. En aquellos días teníamos una canción favorita, de
La Güerita del Norte: «Arráncame la vida». Arráncame este corazón. Arráncame la
vida de raíz. La llevaba en el alma. Apenas sonaba en la radio, Yoli, la madre
de Lucía, jugueteaba con el sintonizador, y la canción llenaba la estancia con
el lamento de La Güerita, con nuestros lamentos.
Graciela había
empacado una bolsa con su cepillo de dientes y un refajo al que su abuela le
había bordado estrellas y rosas. Nos acordamos de nuestras madres vestidas con
refajos cuando nosotras éramos pequeñas, esos que nuestras abuelas les habían
enseñado a tejer atando sus telares a una ceiba, encauzando el cielo en el hilo
azul añil, pero cuando tuvimos la edad para aprender, nuestras madres estaban
demasiado calaceadas, agotadas hasta la médula, para enseñarnos. Algún día,
decían una y otra vez, hasta que dejamos de mostrar interés por los delicados
dibujos de sus faldas largas.
Socorrito protestó
cuando vio la bolsa de Graciela.
—¡No vas a
necesitar una muda de ropa! —dijo—. No nos vamos a quedar mucho tiempo. Ofreces
tus respetos, vamos a buscar a tu hermana y luego nos regresamos.
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Tenía de nuevo esa
mirada loca, vacía. Socorrito necesitaba que Graciela creyera cada palabra que
pronunciara esa noche.
Pero de todas
formas Graciela enrolló el refajo y su cepillo de dientes, y envolvió ambas
cosas en la cintura de su vestido de Primera Comunión. No quería quedarse sin
más opción que un vestido incómodo y los dientes sucios. Y no estaba muy
convencida de que fueran a quedarse solo un día. Socorrito había adoptado un
optimismo forzado del que Graciela desconfiaba. Tenía miedo de lo que pudieran
encontrar en la casa de su padre muerto —¿su cadáver?, ¿la pelea de la que
había hablado su madre? —, y se había pasado la noche en vela, mordiéndose el
interior de la mejilla y arrancándose la piel de las uñas. Aquella noche,
mientras se alistaban para partir, se recargó en nosotras, con los ojos
vidriosos, mareada por el cansancio.
Vimos a Socorrito
quitarse el pelo de la cara. También a ella las monjas le habían prestado un
vestido. Le quedaba demasiado ancho, y no dejaba de alisar la tela contra sus
muslos. En la parte del culo florecían borrosas unas flores de color azul
pálido. Estudió el borde afilado de sus pómulos y le sonrió al espejo. Ronroneó
como una gata. Las cipotas, reunidas, murmurábamos como pájaros en
reconocimiento a la belleza de Socorrito, de su pelo espeso y líquido. Nos
pavoneábamos y reíamos, agitábamos nuestras propias cabelleras, aunque solo la
de Graciela era tan espesa y líquida como la de su madre.
Socorrito estaba
dispuesta a todo con tal de llevar a Consuelo de vuelta a casa. Nuestras madres
se rieron —quizá allá en la capital, la esposa rica y estéril querría pelearse
a puñetazos con una india. Sería güerita, por supuesto. Como el serafín de ojos
azules de nuestras estampas. Alta, con un vestido blanco que no se ensuciaba.
Socorrito giró y
descargó un puñetazo de mentira en el hombro redondo de Alba.
—¿Ves?, ¡sé pelear!
—dijo. Alba agarró su machete y lo blandió en una elipse juguetona por encima
de su cabeza, aullando. Rosario abofeteó a Socorrito. Yoli cacareó y gritó.
—Pero espero que no
haga falta —dijo Socorrito—. Aquí está todo escrito.
Acarició la
promesa, que llevaba metida en la parte superior del vestido, entre las tetas.
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Imagínatelas, a
nuestras madres. Imagínanos a nosotras, en el suelo, rodeándolas, nuestros pies
descalzos, polvorientos y a salvo. Y, mientras tanto, Socorrito imaginando a
una más, a Consuelo. Qué bayunquería habríamos tenido todas juntas.
—Imagínate esto
—había estado diciendo Socorrito toda la noche—. Imagínate que traigo a
Consuelo de vuelta y logra sacarnos a todas del colonato —dijo—. A lo mejor su
padre nos dejó algo de dinero para que podamos hacernos de unas tierras todas
juntas, al otro lado del volcán.
De nuevo aquel
optimismo. Queríamos creerle. Graciela recostó la cabeza en el regazo de Lucía.
Cora se puso a trenzar el río de su pelo mientras escuchábamos el sueño de
nuestras madres, como habíamos hecho toda la vida.
Nuestras mamis nos
hablaban con frecuencia de un nuevo hogar, al otro lado del volcán. Soñaban con
comprar tierras y cultivar su propia comida. ¿Y el patrón? ¿Qué haría? Que se
atrevieran esos malditos ladinos a arrancar de raíz su vida imaginaria…
A veces, cuando
tenían un día libre, íbamos todos de excursión al otro lado del volcán por la
parte más densa del bosque. Había un claro que Rosario había encontrado hacía
años y al que volvíamos siempre. Este sería un buen lugar para una milpa, nos
decían. Miren que tiene toda esa agua del arroyo. Aquí podríamos construir
nuestras casas, en este vallecito, una frente a la otra. Alba escarbaba en la
tierra y la esparcía con la punta de los dedos, haciéndola bailar de una mano a
la otra para que todas la viéramos. Miren que esta tierra es rica y fértil,
aquí podríamos tener un huerto. Yoli solía decirle a Alba que debería
coquetearle a algún hombre fuerte que fuera subiendo por la escalera del
colonato, uno de espaldas anchas y fuertes que nos ayudara a poner en marcha la
construcción, o al menos a transportar los materiales en su carreta. Alba se
carcajeaba, y luego le susurraba a Yoli, creyendo que no la oíamos, que fuera a
cogerse a ese tipo ella sola.
Socorrito miraba
ahora hacia el volcán, hacia ese hogar imaginado que existía más allá de
nuestra visión.
—Tal vez no falte
mucho para que estemos ahí, —dijo, y nuestras madres la animaron, cacareando
ahora sobre algo totalmente distinto.
Momentos después,
Socorrito y Graciela estaban bajando la colina hacia la estación de tren. Las
abrazamos, las mantuvimos cerca, y podíamos oler el perfume fufurufo de lavanda
que despedía el cuello de
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Socorrito (un
regalo del padre de Graciela, años y años atrás) y respirábamos en el pelo
largo de Graciela su aroma a jabón Ivory, a tortillas quemadas y a copal, y les
frotábamos la espalda antes de que iniciaran el descenso.
Tráenos algo, algo
bueno, le pedimos a Graciela, y por todavía un breve instante más, nos
permitimos creer que realmente regresaría con su hermana y cambiaría nuestras
vidas para siempre.
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Para cuando
llegaron a la estación, entregaron sus boletos y encontraron sus asientos en el
tren, la noche se había dejado caer con pesadez en el cielo, y Graciela notó
que, después de todo, Socorrito se veía cansada. El tren no tenía otra forma de
atravesar las cordilleras volcánicas que se extendían por toda la distancia
entre Izalco y la capital que no fuera por medio de ascensos lentos y
serpenteantes seguidos de descensos turbulentos. Socorrito sostuvo la muñeca de
Graciela mientras permanecieron sentadas, lo que avergonzaba a la niña. Ya
estaba grande para eso, así como ya estaba grande para usar un vestido de
Primera Comunión. Y, aun así, esa vergüenza dio a luz en su interior a una
tristeza que no lograba entender. Por un momento, sintió un espasmo.
Miró por la
ventanilla el camino de las vías del tren, el lado tembloroso de la roca que
antaño fluyera suave y caliente. El tren, parecía, debería haberse salido de la
carretera, debería haberse resbalado de las vías y caído entre la maleza de
abajo docenas de veces ya. Pero en el último momento, una y otra y otra vez, se
curvaba, rodeaba amplias franjas de montaña, bajaba haciendo círculos torpes y
ruidosos. Sintió la imperiosa necesidad de mantener los ojos abiertos. Se dijo
a sí misma que si se mantenía despierta el tren no saldría de sus rieles. La
tierra no se desmoronaría bajo sus pies. Se reuniría con su hermana.
Regresarían a Izalco. Pero si se quedaba dormida, el tren resbalaría, se
desprendería de la pedregosa ladera del volcán y daría tumbos por el aire. El
estómago se le revolvió de solo pensarlo. Socorrito volvió a apretarle la
muñeca. Graciela se mordió el interior de la mejilla, y la sensación de la piel
suave entre los dientes la tranquilizó. Le pesaban los párpados, sin embargo, y
empezó a cabecear. Cuando, con la puesta del sol, Izalco se desvaneció a sus
espaldas, Graciela finalmente se quedó dormida, y durmió mejor que en los
últimos días.
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Se despertó al oír
un golpeteo urgente. La ventanilla del tren junto a su cabeza seguía siendo
negra, y su mami roncaba. Entonces, un rasguño y una chispa, y una luz floreció
contra el cristal. Un hombre en miniatura, perfectamente formado, un duendecito,
apareció flotando al exterior de la ventana, con un cerillo en la mano. Miró a
Graciela con desdén y acercó su antorcha al cristal para mostrarle el mar, que
hacía furiosas crestas salvajes.
Graciela le sacudió
el hombro a su madre, pero Socorrito no se despertó. Chasqueó los dedos y
golpeteó en el cristal a la altura de donde estaba el hombrecillo, que le
dirigió una diminuta mirada amenazante. Dejó caer el cerillo y se echó a volar
hacia atrás, perdiéndose de la vista de Graciela.
Los duendes no
suelen tener intenciones verdaderamente malas. Traen consigo travesuras y
desorden, rompen cristales en habitaciones vacías, revuelven los cajones y te
esconden los calcetines. Este, sin embargo, hacía una mueca inquietantemente
humana. Quizá por eso la había asustado.
Cuando Graciela
volvió a despertarse, ya había amanecido y su mami le estaba arreglando el
vestido, diciéndole que no levantara los brazos por encima de la cabeza. Las
mangas le ajustaban alrededor de los brazos y a lo largo del pecho; un mal
movimiento haría que el vestido se partiera. El tren se había detenido. Los
ojos de Socorrito habían recuperado su agudeza. Tomó la mano de Graciela, y
aquella primera mañana en la capital, más que sentir vergüenza, Graciela
agradeció que la sostuviera de esa forma. Socorrito la guio por el estrecho
pasillo hacia el aire espeso y brillante de la ciudad que las envolvió.
El mercado que
estaba junto a la estación de tren parecía serpentear por todo el camino
montaña arriba, una procesión de tiendas grises llenas de fruta, utensilios de
cocina, pescado eviscerado puesto en abanico sobre bloques enormes de hielo,
hombres yendo de aquí a allá en círculos, prometiendo afilar cuchillos mejor
que todos los demás hombres que ofrecían el mismo servicio. Ahí el cielo era
vívido, floreciente de humedad y de azul. Ahí Socorrito parecía competente y
alerta, como si hubiera estado muchas veces aunque, por lo que Graciela sabía,
ese lugar era tan nuevo para su madre como para ella.
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Llevó a Graciela
hasta el final del andén y le pidió indicaciones a un maquinista. El hombre
empezó a dibujar un mapa en el aire y el rostro odioso del duende apareció, por
apenas un instante, en el espacio que los separaba. Graciela parpadeó hasta que
lo sintió desvanecerse entre manchas solares.
Un auto largo y
negro, pulido como un espejo, se detuvo junto a ellas y empezó a tocar la
bocina. Socorrito apartó a Graciela del camino. El auto volvió a tocar la
bocina y el chofer se apeó. Llamó a Graciela por un nombre largo, que ella
nunca había sabido que tenía: de pronto ya no era solo de su madre, sino
también de su padre. Miró a su madre para confirmar que era realmente el suyo;
Socorrito asintió. Su padre muerto la había reconocido.
El chofer llevaba
unos guantes blancos y una gorra con adornos de cuero. Hizo una reverencia, y
Graciela captó un destello de terror en el rostro de su mami antes de voltear a
verla y lanzarle una ligera sonrisa. El maquinista se alejó y el chofer subió a
Graciela al asiento trasero del auto. Socorrito subió tras ellos. El motor
vibró y su mami sacudió la cabeza (¿de incredulidad?, ¿de placer?), las viejas
se apretujaban contra las ventanillas, empujando sus carritos, vendiendo a
gritos mangos y jícamas, pero se dispersaron cuando el auto comenzó a moverse
para adentrar a Graciela y a Socorrito en la capital. Pasaron junto a un hombre
que vendía caramelos de tamarindo en envases plásticos desde un carrito a mitad
de la calle y frente a un restaurante, fuera del cual había un hombre de
aspecto triste en cuclillas, con un delantal salpicado de rojo. Una mujer guapa
caminaba sola con un cucurucho de helado, cuyo brillo color pétalo de rosa
amenazaba con fundirse en sus guantes. Las parejas caminaban por el paseo
cubierto de hierba frente a un palacio de mármol; las mujeres protegían sus
rostros pálidos con sombrillas de encaje cremoso, los hombres llevaban bigotes
encerados y sombreros de ala estrecha, todos caminando por el puro placer de
hacerlo.
—El palacio
presidencial —dijo el chofer, señalando el edificio de mármol con columnas que
dominaba toda la calle de enfrente. Graciela había visto ese edificio en una
postal que estaba pegada en la pared de nuestro salón de clases. Ahí el palacio
parecía un enorme pastel de bodas, pero en la capital tenía la fachada más
sucia y de alguna forma era más grande.
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—¿Es su primera vez
en la capital? —preguntó el chofer mientras maniobraba para sacar el auto de la
plaza principal y dirigirse hacia los cerros. Mamá negó con la cabeza, su boca
una línea recta. A medida que el auto ascendía, las casas se hacían más grandes
y estaban cada vez más ocultas tras los portones, las palmeras y los caminos
largos y curvilíneos. Graciela buscaba atisbos de las vidas que ocurrían dentro
de esas ventanas misteriosas; el esfuerzo le produjo náuseas.
Al cabo de unos
cuarenta minutos, el chofer aminoró la marcha frente a un alto portón de hierro
entretejido de buganvilias e hibiscos. Salió del auto para quitar el seguro y
abrir de un tirón las puertas anchas y pesadas, volvió a subir al auto,
sonriente, y entraron a la hacienda. Apenas entrando había una fuente llena de
ángeles de piedra y, más allá, un camino de baldosas que serpenteaba por un
jardín. Las jacarandas goteaban un violeta brillante sobre la hierba, y las
rosas espinosas y las aves del paraíso brillaban como lanzas en todos los
bordes de aquel jardín mojado por el rocío. Delante del auto, en lo alto del
cerro, había una mansión, más grande incluso que la hacienda, de cuatro pisos,
con balcones en cada ventana y rosas que se derramaban por sus paredes blancas
y suaves.
El chofer ayudó a
Graciela y a Socorrito a bajar del auto, y lo siguieron por el camino de
baldosas bordeado de árboles frutales: mangos, aguacates, maracuyás, todo ya
tan maduro que hacía doblarse las ramas hasta formar un toldo fragante sobre
las cabezas de Graciela y de Socorrito. El aire de ese lugar era más brillante
que en el volcán, resultaba abrumador para la visión de Graciela, y el calor
era más drástico en la piel. Los ruidos de la ciudad colina abajo —camiones
repartidores, caballos, radios en competencia y vendedores que empujaban sus
carretas— se elevaban entre los cerros y se asentaban en la brisa, apenas un
zumbido.
Escalera de mármol,
suelo de mármol blanco, resbaladizo como el cristal, un enorme espejo cuyo
marco de madera negra y dura como el hierro estaba tallado con demonios, un
patio, una jaula dorada, llena de cientos de pájaros.
Una anciana vestida
de negro apareció en la puerta y se presentó como Ninfa. Le tendió la mano a
Graciela, que se preguntó si el negro sería por el luto. ¿Será esta viejita la
esposa de mi padre? La idea la reconfortó, porque aquella mujer tenía algo de familiar;
la mano de Ninfa estaba tibia y, como Graciela y su madre, era india. Graciela
miró el rostro de su madre en busca de confirmación. La sonrisa congelada de
Socorrito se
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había suavizado en
presencia de Ninfa, pero con los ojos estaba escudriñando la habitación
buscando entender.
—Gracias, maitra
—dijo.
La mujer de negro
las condujo a una habitación todavía más grande y fue entonces cuando Graciela
comprendió que lo que Ninfa llevaba era un uniforme. Dos nenas unos años
mayores que Graciela, inditas también, y también con vestidos negros, idénticos
a los de Ninfa, atravesaron el suelo brillante llevando sendas bandejas con
jarras de agua helada. Una ocelote corcoveó atada a su cadena, y Graciela dio
un respingo.
Una mujer, güerita,
estaba sentada en una tumbona, con las largas piernas dobladas a un lado. Comía
sin prisa pedazos de fruta de una bandeja que parecía flotar en el aire sobre
una mesa de cristal.
Ninfa se aclaró la
garganta para llamar la atención de la señora de la casa, y Graciela comprendió
que se trataba de la viuda. La esposa de su padre muerto se levantó para
saludarlas.
Socorrito contuvo
el aliento al notar la estatura de la mujer. Perlita tenía unos hombros como
montañas antiguas y el rostro bronceado como una máscara. Llevaba el pelo sobre
la coronilla, envuelto holgadamente en un turbante de seda blanca. Graciela observó
la naturalidad de sus huesos y su piel mullida, que en aquel momento todas
confundimos con un halo de vaga divinidad, pero durante su estancia en la
capital Graciela se acostumbró a ese halo, a la piel resplandeciente de los muy
ricos.
—Consuelo, ven acá
—llamó Perlita por entre las comisuras de su boca roja, extendiendo los brazos
para darle un breve saludo a sus invitadas.
La hermana de
Graciela entró a la habitación como un cervatillo. Era alta y delgada, vestida
de encaje blanco y, a pesar de lo que nos habían dicho nuestras madres, no era
realmente una niña. O era una niña que fingía ser adulta. Su rostro era fino y
delicado, pero tenía unos miembros sorprendentemente largos que sugerían un
parecido con Perlita, lo que no podía ser, porque la güerita no era su madre.
Sonrió e hizo una reverencia ridícula.
Socorrito, que
había permanecido en silencio hasta ahora, corrió hacia Consuelo y la tomó con
ambas manos. Comenzó a sollozar sobre el estrecho hombro adolescente de
Consuelo. Graciela notó el terror de su hermana mayor ante aquel desborde de
emoción e intervino.
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—¿Eres mi hermana?
—Graciela abrazó a Consuelo, al mismo tiempo que a su madre.
Entonces lo vimos:
los ojos brillantes como escarabajos de Graciela en el rostro estrecho y color
de luna de Consuelo, la ancha nariz de india de Socorrito en la cara de ambas.
Las hijas de Socorrito. Miramos a Graciela mirar a Consuelo. Una sonrisa cortés
se paseó en el rostro de nuestra amiga, pero Consuelo se puso roja, de ira o de
vergüenza. Se puso rígida en los brazos de Graciela y de Socorrito. Por un
momento, Graciela sintió dolor, confusión, temor de haber hecho algo malo.
—Graciela, la hija
mayor de tu padre —dijo Perlita con una crispación extraña, sin mirar a ningún
lado en particular—. Tu hermana, Consuelo.
Consuelo parpadeó
con fiereza.
—Hola, mami —dijo
finalmente Consuelo. Socorrito gimoteó, ambas hijas todavía envueltas en sus
brazos. Dentro del abrazo, Graciela sintió el cuerpo de Consuelo volver a
ablandarse.
—Mis hijitas —dijo
Socorrito.
—¡Ya estamos todas
juntas! —dijo Graciela, queriendo confiar en el optimismo de su madre, y sintió
que Consuelo asentía contra su espalda.
—Debes estar
cansada por el viaje —le dijo Perlita a Socorrito, revoloteando detrás de ella,
apuntando la barbilla con urgencia hacia Ninfa. Golpeteó con las uñas en la
nuca de Consuelo y, ante la orden, la muchacha se apartó de los brazos de su
madre y de su hermana.
El rostro de Ninfa
se iluminó. Tomó a Socorrito del brazo, alejándola de sus hijas, y la condujo
por la escalera de mármol. Socorrito se resistió al principio, pero cuando
quedó claro que no podía librarse de esa mujer mayor, mientras subía las
escaleras hizo lo posible por poner una sonrisa tranquilizadora en la cara.
Al ver partir a su
madre, Graciela sintió que la invadía una lenta oleada de pánico. Perlita la
instó a sentarse y ponerse cómoda en la tumbona, a comer algo de fruta.
—Me dio gusto
conocerla, señora —dijo Graciela, tragando un cubo de papaya y luego una uva
perfectamente redonda. La explosión ácida de la uva fue toda una revelación.
Perlita no
respondió, pero la miró fijamente a la cara, estudiándola en busca de pistas.
«Supongo que
deberíamos ponernos en marcha». Graciela trató de reunir el valor suficiente
para decirlo. «¿Ya hiciste tus maletas y estás lista
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para irte con
nosotras, Consuelo?», quería decir, pero no lo hizo. Consuelo, mientras tanto,
se sentó en el brazo de la tumbona y rechazó
la fruta que
Perlita le ofreció.
Ninfa regresó por
Graciela unos minutos más tarde y la llevó escaleras arriba, a un baño
reluciente en el que había llenado de agua caliente una tina de porcelana.
«¿Un baño? ¿Por
qué?», quería decir Graciela, pero había algo en el aire de ese lugar que la
mantenía callada.
Ninfa fregó la
suciedad pueblerina de las rodillitas de Graciela, le lavó el cabello, le
masajeó la cabeza. Graciela estaba demasiado cansada para escabullirse en el
agua, a pesar de que su desnudez le avergonzaba.
Luego del baño,
Ninfa la envolvió en una toalla que se sentía como una cobija. Dijo que La Doña
la había comprado en un viaje a Europa. La sentó frente a un espejo —ahora
tenía las mejillas rosadas— y pasó un largo rato peinándola, maldiciendo solo
un poco, luego le hizo una trenza que ató detrás de una porción de su cabello
con un listón. Graciela estudió su cara en el espejo, como había hecho antes
Perlita. Con el cabello recogido hacia atrás con firmeza, cada una de sus
facciones se enfatizaba: la profundidad de los ojos, la pendiente de su nariz,
la amplitud de su boca, el marrón de su piel, todo estaba a la vista. Bien
chula. Graciela admiró su propia imagen con libertad.
Ninfa la tomó de la
mano y la condujo fuera de la habitación, por un pasillo largo; con otra llave
abrió una puerta muy alta y la hizo entrar. Frente a la cama había un tocador
con tres espejos y la amplia ventana daba a un balcón de hierro forjado con vista
al jardín.
—Este es tu cuarto
—dijo—. Ahora descansa. En el armario hay ropa para que te la pongas cuando
despiertes, pero lo primero es descansar. Vengo por ti para la cena, en caso de
que sigas dormida.
A pesar de lo
exhausta que estaba y de lo hermosa que era la colcha de plumas, a Graciela le
latía con fuerza el corazón, y sus ojos estaban hambrientos de ese nuevo lugar.
Pero… ¿y su madre? Graciela sentía la necesidad de ir a buscar a Socorrito, de
ir juntas por Consuelo y dejar la hacienda antes de que perdieran el último
tren del día, pero no podía resistir la curiosidad.
Se levantó para
explorar la habitación y sus contenidos, enfundados los pies en un par de
pantuflas de terciopelo que descansaban sobre la alfombra de piel de leopardo
junto a la cama. Graciela abrió las enormes
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ventanas que daban
al balcón y estudió el patio debajo: un plazoleta verde con dos fuentes de
mármol, un aguacatero y varios papayos plantados en círculo, en cuyo centro se
levantaba la jaula dorada. Las cortinas blancas se inflaron como globos al
interior del dormitorio mientras Graciela se asomaba al balcón envuelta en la
bata de seda. Al cabo de un momento volvió dentro, cerró con cuidado las
puertas de cristal y atravesó la habitación hasta donde estaba el armario de
ébano.
Dentro encontró un
vestido azul claro con fruncido amarillo, y una falda larga. Metió la cabeza al
vestido y se pasó un rato peleándose con los botones, que estaban bordados en
forma de girasoles.
A un lado del
armario, colgando de una triada de ganchos en la pared, había un espejo oval.
Se miró de nuevo. El cabello negro, trenzado, largo y húmedo, los ojos
brillantes de escarabajo, y ese extraño vestido. ¿Estaba su padre en ese
rostro? ¿Había algún rastro de él en alguna parte de la hacienda? Graciela
abrió la puerta y encontró el pasillo en silencio y a oscuras. Se arrastró
escaleras abajo.
En la planta baja
de la mansión, una gran puerta de cristal daba al patio. Desde fuera se podía
ver lo que ocurría en los cuatro pisos de la casa a través de los grandes
ventanales. La jaula, se daba cuenta ahora, era del tamaño de la choza donde
vivían ella y su madre. Vio las formas de los pájaros, que conocía tan bien de
casa, acicalándose y arrullando, volando en círculos educados, durmiendo la
siesta. Corita nos había enseñado sus nombres. Los torogoces y los mirlos
agitaban sus colas azules en sincronía, los loros verdes colgaban de cabeza, y
los colibríes color añil trinaban.
Las fuentes de
mármol brillante a ambos lados de la jaula empañaban el aire, y Graciela se
sentó en el borde de la que daba hacia el este. Deslizó los dedos del pie
izquierdo fuera de la zapatilla de terciopelo para rozar su piel con el frescor
de las baldosas que pavimentaban la tierra, y escuchó el sonido del agua de los
ricos, agua que se movía solo en nombre de la belleza. Graciela siguió un
ligero zumbido que provenía del otro lado de la fuente, y encontró en el borde
un cuervo muerto, tumbado pecho arriba, las plumas lustrosas e iridiscentes,
los insectos pululando en torno a sus articulaciones muertas y pegajosas. La
ocelote, que suelta ya de su cadena vagaba por el terreno, olfateó y rodeó
tanto a Graciela como al pájaro muerto. No se había dado cuenta de que el gato
andaba fuera, observando. Durante un largo rato, Graciela quedó atrapada en ese
círculo, con los ojos
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dorados de la
ocelote fijos en ella. No podía moverse. Oyó que Ninfa la llamaba desde el
interior de la casa. El hechizo se rompió, y Graciela regresó corriendo
adentro.
Ninfa acomodó a
Socorrito y a Graciela en el comedor antes de que Consuelo y Perlita llegaran
para la cena.
—¿Dónde has estado?
—le susurró Graciela a su madre, que estaba sentada al otro lado de la larga
mesa—. ¿Por qué nos quedamos a cenar? ¿Qué hacías durmiendo la siesta allá
arriba cuando deberíamos estar en camino?
El atardecer se
sentía como un sueño fantasmagórico, y Graciela estaba ahora despierta, alerta,
desconfiada. La esposa rica y estéril era fría y temible, como las
institutrices victorianas de las que había leído. Los ojos de Ninfa parecían no
tener vida, como si la recuperasen solo cuando Perlita la llamaba. ¡Puya! Y su
hermana, Consuelo… ¿Acaso le importaba siquiera haber conocido a su hermanita y
haber visto a su madre por primera vez en diez años? ¿Cuál era su problema?
Definitivamente no se veía como si estuviera a punto de dejar esa pesadilla
para ir a vivir junto al volcán. Incluso los muebles hacían que Graciela se
sintiera incómoda. La madera oscura de la mesa estaba grabada de demonios en
las piernas; había figurines de porcelana, pastores de ojos sin alma y payasos
sollozantes. El interior de la casa olía a una maldición.
—Deberíamos irnos
ya —le dijo Graciela a su madre en voz baja, recordando la firmeza de su madre
la noche anterior y tratando de invocar su espíritu de lucha—. Vámonos y punto.
Quería que su madre
la tomara de la mano y salieran corriendo por la puerta antes de que nadie
pudiera ofrecerles más pantuflas de terciopelo o colchas de plumas.
—Oye —dijo
Socorrito—, cálmate, vamos a esperar a Consuelo. Hablaba como medio dormida.
Graciela no podía entender por qué les
seguía el juego.
Era como si se hubiera vuelto loca.
Y lo estaba.
Arriba, Ninfa había conducido a Socorrito al baño, para calmarla. Después de
que el impacto de ver a Consuelo y de luego verse separada de sus dos hijas se
había desvanecido un poco, Socorrito se dejó consolar por la mujer mayor, que
le llevó sales de baño y toallas, y más tarde una bata cálida. Se había quedado
dormida, sedada por la infusión de hierbas que Perlita le había pedido a Ninfa
preparar para la ocasión.
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Ahora, sin advertir
que la habían drogado, Socorrito no se sentía del todo descansada, pero era
como si la hubieran arrullado hacia un estado de relajación que a Graciela le
parecía totalmente inapropiado para la situación. La agudeza que había visto
esa mañana en los ojos de su madre, apenas hacía unas horas, mientras se abrían
paso por la estación de tren, toda esa solvencia había desaparecido. Estaba
misteriosamente tranquila, la mujer, con una sonrisa feliz, estúpida, como la
del púchica payaso de porcelana.
—Eso es lo
importante —dijo Socorrito, arrastrando las palabras—. Mantener nuestra parte
del trato. Nos calmamos. No dejamos que se vaya a la mierda. Nos lo
prometieron.
En ese preciso
instante apareció Consuelo en su vestido de encaje blanco y ocupó su lugar en
la mesa. Tenía la cara roja y moteada —había llorado, y era obvio que eso la
avergonzaba—, pero se había polveado la frente y la ancha nariz con un
maquillaje harinoso demasiado claro para su piel —unos parches rugosos de acné
abultados debajo—, y se había pintado los labios y los párpados inferiores de
color fucsia. Llevaba un pendiente enorme, una araña peluda de color marrón
suspendida en resina y colgada alrededor de su cuello con un lazo de
terciopelo. Graciela reprimió una risita y en cambio sonrió, con una sonrisa
quizá demasiado forzada. Socorrito cubrió la mano de su hija mayor con la suya.
—Consuelo, ¿estás
lista para irte a casa? —preguntó Graciela al fin.
Su hermana no
contestó.
Consuelo sabía, por
supuesto, que esa noche no se iría al volcán, que después de aquella cena era
probable que no volviera a ver a su madre nunca. Los ojos pintados de fucsia
empezaron a llenársele de lágrimas, como si la obligación de hablar fuera a hacerlas
desbordarse. Si tuviera la opción de dejar aquel lugar, aquella mesa, lo haría,
pero no tenía ningún deseo de regresar a los volcanes —donde sea que eso fuera—
con una madre que apenas recordaba, lejos del refugio que se había construido
en la capital, con sus amigos. Le hizo una mueca a su nueva hermanita, y dejó
que su madre le acariciara la mano con esa exasperante sonrisa vacía de payaso
plasmada otra vez en la cara. Graciela tomó a su madre de la otra muñeca, el
rostro atravesado de miedo.
Se sirvió el primer
tiempo, una sopa, y de pronto la urgencia que Graciela tenía de regresar a casa
se vio superada por el hambre. Sentía un apetito
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voraz —fuera de las
uvas que se había comido más temprano, ni ella ni Socorrito habían comido nada
desde que se pusieron en marcha el día anterior—. La abundancia resultaba
irresistible: luego de la sopa vinieron los medallones de ternera, las verduras
en salsa dulce, el pan con mantequilla. Era hermosa la forma en que comía
Consuelo: movía el cuchillo y el tenedor, sostenidos con delicadeza, con
movimientos ágiles y diminutos, sin hacer un solo ruido y sin tirar ni una
morona, apenas con un ligero temblor de las manos que para nosotras se veía
como la electricidad que destella al interior de una bombilla. Graciela intentó
modelar sus movimientos imitando los de su hermana, temblorosos y elegantes,
pero el cuchillo no tardó en resbalársele de las manos y repiquetear en el
piso.
Perlita soltó una
risita y levantó su copa.
—Quisiera
aprovechar esta oportunidad para agradecerles a ambas por haber venido a
ofrecer sus respetos a Germán. Sé que le habría gustado conocerte, Graciela, y
estoy segura de que estaría orgulloso de verte heredar su lugar.
—A Graciela el
estómago le dio un vuelco al oír su propio nombre en boca de Perlita.
—Creo que te
equivocas —dijo Socorrito, todavía con esa extraña expresión serena en la
cara—. Graciela no tiene planes de quedarse aquí. Después de cenar nos vamos a
la casa.
—Nos vamos a casa
—repitió Graciela.
—Ay, no. Verás:
ahora esta es la casa de Graciela —dijo Perlita. Socorrito sacudió la cabeza,
pero su expresión serena no se alteró. Perlita continuó despacio, como una
actriz aburrida, los ojos vidriosos y con la vista perdida más allá de la
puerta de la cocina—: Tú te regresas hoy, pero Graciela no regresa contigo
—sonrió, los dientes morados de vino—: ninguna de las dos se regresa contigo.
Graciela le dio un
empujón a su hermana por debajo de la mesa con la punta de la pantufla de
terciopelo nueva, pero Consuelo no hizo ningún ruido, ni siquiera dio señas de
haber sentido. ¿Por qué esa adolescente inútil no decía nada? A Graciela el
corazón le pateaba el pecho como un conejo.
—Graciela tiene un
trabajo que hacer aquí —continuó Perlita, con voz monótona.
Graciela, explicó
Perlita, tomaría el puesto de su padre en el palacio como consejera del
General, a quien le daría la perspectiva de confianza
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necesaria para
liderar nuestra gran nación hacia la prosperidad de la nueva era, como
profetizaron los Grandes Economistas, los ministros de educación y de la
defensa, y la sabiduría sacra personificada por la Sociedad de Letras y Objetos
Sagrados, para sacar a nuestro pueblo de su oscuridad original.
No se te olvide
esta parte: sacarlo de su oscuridad original.
Graciela volteó a
ver a su madre, perpleja. «Esta güera se volvió loca», le dijo con la mirada.
—Tranquila
—Socorrito le dijo en voz alta, y luego se volvió hacia Perlita—. Graciela es
solo una niña. No tiene nada que hacer aconsejando a un general.
Había tensión en su
voz: el sedante le estaba dificultando hablar. Graciela le dio vuelta a las
palabras de Perlita, tratando de
encontrarles algún
sentido, así como a lo que le estaban pidiendo: la Sociedad de Letras y Objetos
Sagrados. Le gustaba cómo sonaban esas palabras, pero no entendía el
significado.
—El General —dijo
Perlita, como si Socorrito no hubiera dicho nada
— creía que mi
esposo poseía una mente sagrada, una mente capaz de ayudarlo a esculpir el
futuro de la nación, y cree que Graciela heredó la mente sagrada de su padre
—luego volteó a ver a Consuelo y la señaló con el mentón, con una mirada de
desdén—: esta claramente no lo hizo.
Consuelo frunció el
ceño, la tarántula castañeaba contra su pecho plano.
—¿De qué demonios
está hablando? —Socorrito le susurró furiosamente a Graciela.
—No tengo idea
—respondió ella, a un volumen suficiente para que toda la mesa pudiera oír. No
entendía por qué su madre estaba como congelada. Había que huir de ese lugar, y
era obvio que el tiempo para escapar se les estaba agotando, si no es que lo
habían perdido ya.
Perlita continuó,
ignorándolas por completo, hablando de la fuerza impulsora de la voluntad de la
nación, de su anhelo de transubstanciación: no solo transformación, ¿eh?, sino
transubstanciación. Se tropezó al pronunciar la palabra, como si no entendiera
cómo había llegado a su boca.
Las monjas nos
habían enseñado sobre la transubstanciación. Significaba la transformación del
pan en el cuerpo de Cristo, pero cuando
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Perlita la decía
sonaba como algo más grande, algo que podría cambiar a cada una de las personas
de nuestra pequeña nación.
Al fin Perlita hizo
una pausa en su discurso para dirigir una uña roja hacia Socorrito, nuevamente
muy segura de sí:
—No hay honor más
grande que el de sentarse a la derecha del General —dijo.
Graciela se
pellizcó: debía estar soñando otra vez. Miró alrededor en busca de una salida,
de una ventana por la cual saltar. Podría tomar uno de esos figurines fufurufos
de porcelana —el payaso chillón se veía lo suficientemente pesado— y usarlo
para romper el cristal. Podrían saltar al patio y correr tan rápido como
pudieran. ¿Y Consuelo? Puya, al diablo con ella, estaba perdida en su propio
trance.
—No —escupió
Socorrito, el enojo creciendo en su garganta, la bruma a su alrededor
comenzando a disiparse—. Me prometieron a mis dos hijas.
Estaba temblando,
encachimbada, pero púchica encachimbada. Graciela había oído antes el ronroneo
de la ira de su madre, pero nunca el rugido.
Socorrito sacó de
su vestido el papel, la puta promesa, y se lo mostró a Perlita, que a cambio se
rio. Los ojos de Graciela se encontraron con los de Consuelo. Su hermana mayor
estaba temblando, jugueteando con el collar de araña para tranquilizarse. Graciela
apartó la vista, de pronto llena de enojo y vergüenza.
—Indiada, pero
indiada —dijo Perlita relamiéndose los labios—. ¿No entiendes? ¿No te das
cuenta de que te estoy haciendo un enorme favor?
Perlita recargó los
codos en la mesa. Arrebató el papel de la mano de Socorrito, hizo una pelota
con él, lo tiró y escupió al suelo. Socorrito fue a recoger la pelota de papel,
como si las palabras que contenía, y que nunca habían significado nada, pudieran
restituirle la vida.
—¡Dame a mis hijas!
—gritó.
Graciela trató de
tomar a su madre de la mano y alejarla del desmadre de la mesa. ¿Dónde estaba
el maldito payaso de porcelana? Romper la ventana, y luego saltar. La púchica
Consuelo podía ir tras ellas o no. Pero entonces las criadas entraron en
tropel, cada una de ellas revestida de un silencio pesado, y el chofer que
habían conocido en la mañana entró corriendo. Todos rodearon la mesa,
bloqueando las salidas.
Perlita se quedó
mirando la boca de Socorrito, llena de gritos y de baba, como si pudiera
reacomodarle los dientes con la mirada.
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Siempre que
necesitamos un cuchillo resulta que tenemos las manos vacías. Si Socorrito
llevara su propia ropa, habría tenido algo a la mano, pero en ese púchica
vestido de las monjas no había nada. Agarró un cuchillo para mantequilla. Se
abalanzó sobre Perlita; Graciela dio un grito. El chofer detuvo a Socorrito por
detrás y la sacudió hasta que soltó el cuchillo. Le sostuvo las manos en la
espalda y comenzó a avanzar con ella hacia la puerta. Socorrito intentó ir
hacia donde estaban sus hijas, pero sus rostros se le escapaban. Dos criadas
asieron a Graciela, que gemía; se revolcó y pataleó entre sus brazos, gritando
por su madre, pero ellas la encerraron con llave en un armario.
Mientras la
arrastraban escalera arriba, Socorrito se preguntó si no sería ese el mismo
hombre que la había dejado inconsciente de un golpe tantos años atrás. Había
algo de familiar en su brusquedad.
Consuelo pegó la
cabeza a la mesa y se hizo chiquita. Esperó a que todo pasara. Se puso a llorar
por su madre, por su nueva hermanita, por ella misma. Levantó la cabeza para
ver cómo había terminado la cosa. Las nenitas del servicio habían salido
corriendo por la puerta trasera de la hacienda. Consuelo se preguntó si Ninfa
se las había arreglado para pagarles. Arriba, los gritos de su madre y las
pisadas macizas del chofer. Perlita había salido y se oían sus tacones haciendo
clic por el pasillo. En medio del desorden, Ninfa había olvidado alimentar a la
ocelote, y esta emitía unos amenazadores ruidos guturales desde su cadena en el
patio. Consuelo respiró profundo y salió de la hacienda por la puerta trasera,
que estaba abierta, primero caminando, pero luego aceleró el paso. Corrió por
entre los cerros sinuosos de la colonia y hacia las luces brillantes de la
capital, con el aire húmedo en la garganta y las lágrimas mojándole ese
estrafalario labial mientras corría lejos de aquellas extrañas que eran su familia,
y en busca de sus amigas.
Arriba, en la
habitación donde Graciela había estado descansando antes, Socorrito había
estrellado el codo contra la ventana del balcón hasta que logró romperla, pero
el tiempo de escape se había perdido: sus hijas ya no estaban. Ninfa entró con
un nuevo sedante que Perlita le había instruido administrar —no un té, esta
vez, sino el tipo de sedante que se le da a un púchica caballo—, pero cuando
vio la sangre y a Socorrito todavía sometida por el chofer, arrancó con los
dientes una tira de tela de la ropa de cama y fue a vendar la herida. Socorrito
la alcanzó al vuelo y tiró de su
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cabello. Ninfa
habría preferido no administrar el sedante. De hecho, a esas alturas de la
noche, al ver la ventana rota, había considerado saltar ella también. Estaba
demasiado vieja para todo aquello. Suficiente de esa rica loca y de sus jodidos
planes y del drama interminable. Trató de contener el flujo de la sangre. A
pesar de su edad, seguía siendo fuerte.
Le hizo una seña
con la cabeza al chofer, y este le abrió la boca a Socorrito. Ninfa dejó caer
esa maldita pastilla enorme y él le cerró de nuevo la boca, como unas tenazas.
Cuando Perlita se
apareció en la habitación una hora después, encontró a Ninfa llorando, de pie
junto al cuerpo de Socorrito. La despachó con un movimiento de la mano y la
anciana obedeció. Perlita inspeccionó a Socorrito para asegurarse de que estaba
inconsciente; mientras lo hacía, estaba fumando y no hizo nada para evitar que
las cenizas cayeran sobre el vestido prestado de Socorrito. Cuando estuvo
segura de que no despertaría hasta pasadas muchas horas, Perlita volvió a
llamar al chofer, que la cargó como a una niña, la recostó en el asiento
trasero de su auto largo y reluciente, y luego se la llevó conduciendo a través
de la noche, hacia los volcanes.
Luego de que a
Socorrito se la habían llevado fuera de la capital y de que Perlita se había
ido a dormir, Ninfa trató de recobrar la compostura y se puso a trabajar
limpiando el caos de la planta baja. Las nenitas de servicio habían huido
cuando comenzó la pelea, así que tendría que encontrar y contratar rápido a
unas nuevas, para entrenarlas y tenerlas listas para servir al General durante
la cena unos días más tarde. No sería tan difícil: en esa época todo el mundo
necesitaba trabajar.
Podía escuchar los
ronquidos irregulares de Graciela al otro lado de la puerta del armario cerrado
con llave. Tocó con la mano su aro de llaves. Faltaba la de ese cuarto en
particular. Perlita debía haberla tomado para encerrar a la niña. Ninfa se
repitió que, si tan solo tuviera la llave, abriría la puerta y se llevaría a la
niña fuera, hacia la capital, hacia la noche, tan lejos como pudiera. Esa
fantasía le ayudaba a diluir la gruesa película de culpa que la cubría por
haber participado en los acontecimientos recientes. Pero la verdad era que, si
hubiera querido conseguir la llave, habría podido hacerlo.
¿Por qué no lo
hacía entonces?
Porque perdería el
trabajo que le daba de comer a sus hijos y a sus nietos.
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Pero podía
encontrar otro empleo, ¿o no?
Y ahí estaba: no se
trataba solamente del trabajo. Eran también los enredos de Perlita con el brujo
ese, el General, en los que ahora Graciela estaba irremediablemente enredada
también. Más que la pérdida del ingreso para su familia, le asustaban las posibles
represalias que él podría planear. Había oído cosas. La gente desaparecía.
Consuelo, mientras
tanto, no estaba por ninguna parte. Debía haber escapado. Ninfa estaba muy al
tanto de que se escabullía de la hacienda como un gato para ir a ver a ese
maestro suyo de arte. No la culpaba. ¿Qué haría falta para que Ninfa huyera
también? Ella no era una adolescente. Si tan solo tuviera un corazón más duro.
Prácticamente había criado a Perlita luego de que su madre muriera al darla a
luz. Y Perlita. Perlita estaba loca. Era vil, manipuladora y cruel y, aun así,
de alguna forma, Ninfa la quería, recordaba cuando era una niña flaca y
fastidiosa, y la absolvía de sus culpas como lo habría hecho entonces.
Ninfa se alejó de
la puerta del armario. Había que recoger la mesa y poner a remojar los trastes
en un lavabo lleno de agua con jabón. El resto podría esperar a la mañana.
Esa noche, antes de
dormir, Perlita se desató el turbante frente al espejo. Estaba hecho de seda
importada y la joya era una esmeralda real traída de Bogotá. Ya suelto, su
cabello era largo y negro y le caía hasta la mitad de la espalda. Giraba la
cabeza arriba y abajo para cepillarlo desde la raíz hasta las puntas. Tenemos
que admitir que era guapa.
Una cosa era
acceder amablemente a suscribir la moda de los tiempos, solía decir Perlita, y
otra muy distinta lo que hacía Consuelo: decorarse como una adivina de fortunas
ajenas. Perlita siempre había sabido que no podía entregar a Consuelo, su
consuelo, cuyo rostro había estudiado por años, cuya nariz de indiada unas
veces admiraba y otras despreciaba. Durante diez años le dijo que debía
escuchar con más cuidado: escuchar cómo se comportaba una persona civilizada.
¿Había forma de rehacer a una india, de «maternarla» hacia otra clase social?
Consuelo, sin embargo, era una especie de experimento fallido. A pesar de la
educación que Perlita le había provisto, las clases particulares, las clases de
arte, era irremediablemente indiada. Pura india. Bajo cierta luz, la cara de
Consuelo le parecía espantosa y, en tiempos recientes, lo único que podía ver
era el maquillaje oscuro, la joyería mística, la curva desgarbada de
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esos hombros que no
hacía juego con esos muslos gruesos, el pelo que se le encrespaba en la cara,
el acné.
Pero no todo estaba
perdido. Si el General aceptaba a Consuelo como su esposa, como le habían
ofrecido, o como una concubina predilecta, a Perlita la tendría siempre en
buena estima, sin contar que ahora Graciela estaba ahí para inclinar la balanza
aún más a su favor. Una esposa y un oráculo: Perlita se había asegurado una
fortuna convirtiendo los engaños de su esposo en oro. Primero, sin embargo,
tendría que deshacerse de toda la joyería de disfraz de mal gusto y de los
harapos de mercado de Consuelo. Con catorce años seguía siendo una niña, pero
pronto se le acabaría el tiempo de jugar a los disfraces. Perlita no creía en
nada de las tonterías que proclamaba el General, esa basura sobre sesiones
espirituales y aguas de colores, la transubstanciación de la nación. Sabía que
entonces estaba de moda, que en Los Yunais, en Europa, había gringos por todas
partes tratando de hablar con fantasmas. Ridículo. Pero no era tonta como para
negarle sus deseos a un hombre como aquel. Hacerlo no le traería más que sufrimiento.
Con su esposo muerto, la herencia de sus padres agotándose, y los oráculos
económicos de todo el mundo prediciendo una crisis global, resultaba esencial
usar a las hijas bastardas a su favor.
Perlita se dijo a
sí misma que simplemente se preocupaba demasiado, y que en lugar de irritarse,
molestarse, enternecerse o sentir ganas de cepillarle el cabello a Consuelo,
era preferible no sentir nada. La visión de esa abundante bondad propia
tranquilizó la culpa que podría haber sentido por vulnerar la promesa que le
había hecho a Socorrito. Las hermanas eran propiedad de Perlita.
En cuanto a
Socorrito:
—Fue una cortesía
llevarla de regreso a su pueblito fangoso. Cualquier otra mujer en mi posición
simplemente se habría deshecho de ella, por todos los problemas que causó, por
las amenazas que hizo.
Lo dijo en voz alta
para las cuatro paredes de su habitación, para aquietar el parloteo de su
mente. La seda yacía en el piso junto a la ventana abierta, platinada por un
rayo de luna que ondulaba como un río. La luna llena es una mujer. Esa noche,
Perlita durmió profundamente.
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Socorrito se
despertó al día siguiente, sola en el bosque, recostada boca arriba. Se talló
los ojos y al abrirlos encontró la luna, hinchada como un moretón dorado sobre
ella. Tenía la lengua áspera y seca como la de un gato, y no traía caites.
Dos zapatos, sus
dos hijas, lejos de ella.
Cuando intentó
ponerse de pie, el estómago le dio un vuelco, y cayó de rodillas. Logró
arrastrarse hacia el agua, donde vomitó hasta que no pudo sostenerse más. Se
quedó con la mejilla pegada a la roca y gimió como Siguanaba, la mujer fantasma
cuyos hijos le fueron robados en castigo por tratar de engañar a los poderosos.
Nada te pertenece realmente, solían decirnos nuestras madres.
Socorrito se quedó
tendida sobre el lodo fresco y se puso a escuchar el agua. Observó cómo la luz
de la luna parpadeaba amarilla sobre la superficie. Si aquel era el río,
estaría entonces a medio día de camino del pueblo. El río contuvo sus gemidos;
de sus profundidades emergieron los gritos de Siguanaba, que ondulaban en la
superficie.
Siguanaba, la mujer
con cabeza de caballo y corazón de traidora, que yacía en la oscuridad junto a
los ríos, que engañaba con su pelo largo a cualquiera que la viese, haciéndole
creer que era bella. Siguanaba, sentada junto al agua, cepillándose el cabello
con furia, como si con eso pudiera desenredar el nudo en el que había
convertido su vida. Siguanaba, que aullaba por sus hijos como Socorrito aullaba
por las suyas. ¿Era acaso el tipo de mujer que es más hermosa la primera vez
que la ves, pero se afea un poco más cada nueva ocasión? (solo entonces notas
los dientes chuecos, la tira de piel flácida alrededor de la cintura; te
preguntas quién le hizo ese moretón en la mejilla). Socorrito tocó su vientre,
el moretón tierno de su mejilla, sintió su boca, como si tocar esas partes de
sí misma le ayudara a entender dónde estaba.
Socorrito se
preguntó si la gente de Perlita la habría dado por muerta. ¿Estaría muerta? Era
difícil saberlo. Hay quienes dicen que Siguanaba
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murió al
precipitarse a un barranco tratando de huir de su dolor. ¿Y quién no lo haría?
Mujeres, madres, hijas, Malinches, mestizas, todas Siguanabas. Socorrito se
metió al agua hasta la cintura, escuchó a una manada de cadejos que la rodeaban
entre aullidos y esperó a que el agua la ahogara o la condujera a casa.
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Las viejas,
nuestras bisabuelas, solían decir que nuestras ancestras nacieron de las ceibas
y a veces las cipotas regresamos a sus grandes y membranosos pies, y
despertamos en nuestros cuerpos decrépitos bajo un techo de aves adormiladas.
Otro hijo azul
brillante. La púchica raíz del mundo antiguo también comienza ahí. Sácalo del
éter: nosotras lo seguiremos.
Nuestras bisabuelas
fueron las últimas de la era del añil. Apestaban a orines sin importar cuánto
se lavaran, sin importar cuánto tiempo sobrevivieran a la cosecha que las había
envenenado. El café llegó durante su juventud, pero el añil ya se había colado
en sus cerebros, en sus vientres, y el olor vivió por generaciones en las vigas
de madera del cuarto de clasificación y terminó por mezclarse con el hedor de
las cerezas de café podridas que se desprendía de las piedras y que se
acumulaba en suficientes cantidades para envolver un cuerpo.
Nuestras ancestras
cosechaban xiquilite, la planta de la que se procesa el añil, en parcelitas,
tierras que les pertenecían a ellas, y las transportaban según las estaciones
para no dañar el suelo, y cultivaban el xiquilite junto con los zapotes, los
delicados frijoles rojos, el maíz y las papas, equilibrando la tierra,
nutriéndose de comida y de belleza. Cultivaban el xiquilite como medicina y
tejían hilo de algodón teñido de su color, amarrándose una correa del telar a
la espalda baja, justo arriba de las nalgas, y amarrando la otra correa a un
árbol, que las anclaba a la Tierra. Empapaban el hilo en añil y bordaban con él
sus gasas pik’bil, una tela a la altura de su nobleza. En aquel entonces, el
color era sagrado. El añil brillaba en sus refajos, y se sentían tan bellas
como el cielo. Pintaban las paredes de sus templos con él, y cuando se usaba de
esa forma, cuando se cultivaba de esa forma, el añil era inofensivo para
nuestras ancestras.
En el tiempo de
nuestras bisabuelas, sin embargo, el añil perdió su condición sagrada, y la
tierra dejó de pertenecerles. Para entonces, la gente ya no vestía de añil y el
azul brillante se había convertido en veneno. Las
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forzaron a realizar
el milagro de multiplicar sus esfuerzos, esos gringos que las imaginaban como
máquinas, para transportar el azul real a todo el mundo. Fue ese enorme volumen
de añil, la inmersión completa en su hedor acre, la implacabilidad del añil, lo
que destruyó sus cuerpos y devastó la tierra.
Trabajaban en el
cuarto de clasificación, hecho de madera. En ese entonces lo ocupaban tres
tinajas enormes: una con agua oscura y con una pila de piedras a un lado; otra
con agua llena de virutas grandes y lodosas; la última rebosaba de los orines
de nuestras bisabuelas y de las otras cuarenta mujeres que trabajaban con
ellas. Algunas golpeaban el agua de la segunda tinaja con un remo astillado y
el agua cambiaba de color ante nuestros ojos: de un dorado rancio al verde, a
un aguamarina imposible, a un lavanda todavía más extraño, que al hacerse más
profundo se volvía un violeta azulado brillante como el lomo de un escarabajo.
Algunas mujeres
metían las manos a las tinajas y golpeaban la pulpa con las piedras, los brazos
moviéndose por debajo del agua. Algunas pescaban basura, sacaban hojas de
ceiba, piedritas, una tela con sangre menstrual, cabello humano. Algunas se
agachaban hacia el suelo, y cortaban con sus machetes ladrillos lodosos de azul
iridiscente en cubos del tamaño de la palma de un bebé. A los mejores trozos de
índigo les decían gargantas de paloma, por la forma en que atrapaban la luz.
Eran trozos más duros y más claros que otros añiles.
A nuestras
bisabuelas, las manos, hasta la altura del codo, les irradiaban de un profundo
violeta azulado. Los dedos gruesos, tiesos, sangrados de quemaduras hasta la
piel tierna debajo de las uñas, las sombras ocre donde las uñas debían haber
estado, y el mismo brillo dorado en sus caras. Un resplandor ictérico: el
veneno ya estaba trabajando en sus cuerpos. De noche, algunas mujeres se
quedaban dormidas en sus esteras manchadas de la sangre que tosían. Se quejaban
de dolores de cabeza y se desmayaban de un momento a otro, y culpaban al calor.
Sus maridos las encontraban muertas: una chica cayó sin vida al piso una de las
mañanas sagradas en que Izalco se dignó a hacer erupción, la estera oscurecida
de sangre pulmonar; otra colapsó en el Festival de la Virgen Negra de Juayúa;
otra desapareció una semana entera y luego la encontraron, con el cuerpo roto,
al fondo de un pozo. Su historia era una de las más tristes. Decían que sufría
de visiones, alucinaciones, parálisis momentáneas, días de ceguera.
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A pesar de todo,
sin embargo, nuestras bisabuelas vivieron.
Más tarde, cuando
el mercado de añil se ralentizó y el sistema ferroviario estuvo terminado, las
hicieron plantar café. Con la esperanza de que el café fuera mejor y más amable
con sus cuerpos, plantaban semillas durante la temporada de sequía, hileras de
montículos de tierra pálida y polvorienta, como tumbas de niños. Las plantas
crecían amarillentas, y luego se volvían de un verde enfermo. Nuestras
bisabuelas se metían tabaco a los costados de la boca y lo escupían en los
campos mientras trabajaban. Las aves de las ceibas se posaban sobre sus árboles
ancestrales, yendo y viniendo como un reloj, igual que décadas después, cuando
nosotras trabajamos esos mismos campos.
Las palabras de
nuestras bisabuelas se secaron antes de que nosotras naciéramos, pero las
paredes dentro de las cuales hacían el añil, y donde seleccionaban los granos
de café, siguen en pie al día de hoy. Nuestras madres trabajaron ahí también, y
luego nosotras, entre esas paredes astilladas, pero no es sino hasta ahora que
estamos muertas que escuchamos a las viejas de dedos morados llamándonos.
Oye, escucha.
En los últimos días
del añil, un escocés llegó al pueblo, a la esquina del mundo. Estaba calculando
cómo multiplicar sus riquezas, de qué forma el mar podría servirle para ello.
El estómago se le revolvía un poco con la idea: el mar siempre le había dado
miedo. Otros describían a aquel hombre como un titán de la industria, pero con
frecuencia se sentía como un niño, nada más, solitario y sin rumbo. Ahora lo
vemos como un hombre devoto y asustadizo, como todos los demás. El Atlántico
que conocía era color pizarra, hambriento y helado, pero el mar de azul
delicado que tenía enfrente, con su belleza convulsa, le parecía de alguna
forma más salvaje. Patrick Brannon se juró domar ese lugar salvaje para
aprovechar el mar.
Verás: mucho antes
del Gran Pendejo, antes del café, antes de que nuestras bisabuelas perdieran la
razón, teníamos ejidos, nuestras propias tierras, tierras en las que
plantábamos lo que queríamos y que poseíamos en común. Cosechábamos lo que
necesitábamos para comer. Pero la tierra comunal que se había encogido con las
cosechas de índigo desapareció por completo con el café. Arrancaron nuestros
árboles frutales, destruyeron y quemaron las raíces, igual que hicieron con la
milpa de maíz. Una mano
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invisible redibujó
las líneas que circundaban nuestras granjas, hasta que de pronto ya nada nos
pertenecía.
Bajo el cuidado de
Patrick, en acuerdo con la clase dominante del país y con sacos de dinero en
Los Yunais, la tierra cambió, primero a gran velocidad y luego más lento. El
café necesitaba espacio para crecer y procesarse, y años para madurar.
Por eso, Patrick
requería una red ferroviaria para cortar el camino a través de nuestra tierra
fracturada, para llevar el café al mar y más allá. Se pasó décadas
construyéndola, pieza por pieza, cada una ofrecida a cambio de deudas o
promesas o favores, tanto en nuestro país como en otros. Por supuesto, la
construyó con una mano invisible: fueron otros cuerpos, no el suyo, los que se
rompieron cargando la madera y poniendo los rieles.
La red ferroviaria
de Patrick la construyeron hombres de piel oscura, y cien años después la gente
de nuestro país afirmaba que esos hombres no habían existido, que nunca habían
existido. En las nuevas pinturas sobre las castas y los colores, las personas
negras ocupaban cada vez menos recuadros, hasta que pronto ya no quedaron
espacios para que nuestra gente se nombrara a sí misma negra: la palabra
desapareció completamente de los censos. Pregúntale a Rosario, la mami de
Lourdes y de María, y te va a decir que era negra, pero la palabra que el
patrón escribió en el registro de empleados de su f inca era «mestiza». Rosario
podía decir la palabra en voz alta, pero si no estaba escrita, no contaba.
La palabra hace al
mundo.
Pero Patrick, que
había redibujado los contornos de nuestras tierras para aprovechar el mar,
tenía miedo. Desde la puesta en marcha del proyecto de la red ferroviaria,
durante semanas y luego meses, lo habían atormentado las pesadillas. Todas
seguían un mismo patrón: una mujer se desataba el cabello junto al río, lo
dejaba caer, grueso como una cobija, mientras Patrick iba hacia ella, sufriendo
de deseo. Su piel era extrañamente fría y cuando la tocaba, notaba un gusano
gordo arrastrándose por su cabello. Cuando la mujer volteaba a verlo, donde
debían estar sus ojos había dos heridas sangrantes. Casi todas las madrugadas
se despertaba entre gritos, a veces golpeando la pared junto a su cama. Con
frecuencia le era imposible volver a dormirse y se paseaba por las calles y las
veredas llenas de baches, y subía el volcán hasta que llegaba la tenue luz
verde de la mañana. Estaba terriblemente solo en nuestro país, sin mencionar
que todo lo relacionado con el ferrocarril iba
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retrasado. Era
imposible encontrar los materiales, y el precio de la madera se incrementaba
estrepitosamente todos los días. Y el dinero. Ya se le había terminado,
sencillamente estaba en la quiebra. Se sentía como un limosnero profesional
cuando iba en sus rondas, buscando fondos, un payaso con un sombrero de copa
deslustrado, implorando a la gente sensata que entrara a la enclenque tienda de
su circo itinerante.
Durante una de esas
mañanas sin sueño, se sentó afuera del comedor, mirando cómo la maitra se
preparaba para abrir para el día. Arrojaba una cubetada de agua con jabón sobre
el concreto, y fregaba.
Ella ya había visto
antes a ese baboso de ojos salvajes. Apestaba. Arrojó otra cubetada bajo las
periqueras, donde él estaba sentado, temblando, y lo salpicó un poco. Su propio
hijo, Germán, estaba en la parte de atrás del comedor cortando madera para la
estufa. La maitra echó un vistazo a la parte trasera de la construcción. Doce
años y todavía impresionable: era un buen chico, y lo mantendría lejos de los
babosos.
Germán, me
entiendes… Es el papi de la Consuelo y de la Graciela.
—Usted no está bien
—le dijo a Patrick.
Él asintió
débilmente. Era verdad. El alivio que Patrick sintió en ese momento, al
sentirse visto por otra persona, al oír que alguien le hablara así de
directamente… A veces sentía como si caminara por un país de fantasmas. O quizá
el fantasma era él. Las miradas de la gente de ese lugar —los nativos, como les
decía— lo atravesaban. Se talló el sueño de los ojos y sintió la piel de las
manos en el rostro encanecido. Su carne era real, húmeda, mortal.
—Líbranos del mal
—dijo, citando el final del Padre Nuestro.
—¿Por qué no se va
a dormir? —preguntó ella—. Todas las mañanas está aquí antes que yo.
—No puedo dormir
—dijo Patrick. Encendió un cigarro y, antes de que la maitra pudiera decir
cualquier otra cosa, le contó su pesadilla.
La maitra escuchó
pacientemente mientras fregaba cerca del pasillo, frente al comedor familiar,
sonriendo con las comisuras de la boca. La maitra estaba casi segura de que
había oído sobre ese hombre, que su nombre circulaba entre las moscas
hambrientas del hedor del chambre, el tipo de chisme que a veces termina por
resultar clave para nuestra supervivencia. Cuando Patrick terminó de contar la
historia de la mujer junto al río con los ojos muertos, la maitra abrió la boca
para hablar, pero en lugar de eso se le escapó una carcajada. Claro que había
oído de ese
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hombre: su sobrina
le había contado las historias. ¿Qué era lo que su sobrina había oído de pasada
en el mercado?… Algo sobre aquel gringo que hacía sangrar narices en arranques
de ira, empujando mujeres como si fueran muebles. Patético. Era un tipo pequeño
y flacucho, pero esos gringos bebían hasta saturarse. Se rio. Los ojos de
Patrick se pusieron vidriosos, pero las carcajadas de la maitra solo se
hicieron más fuertes, y las nuestras también. Reímos porque sabemos, como la
maitra sabía también, que la mujer de los sueños de Patrick era La Cigua. La
conocemos y sabíamos exactamente por qué había elegido atormentarlo.
—¿Está casado? —le
preguntó. Él sacudió la cabeza, pero la maitra estaba maquinando algo. Patrick
estaba comprometido con una mujer, la sobrina de un socio de su padre en Nueva
York, una mujer sin papada y con un cuello largo y bonito.
—No está seguro,
¿eh? —dijo la maitra, sonriendo mientras le inspeccionaba el alma, comparando
al hombre que tenía enfrente con los rumores que se arremolinaban en torno a
él—. ¿Con cuántas putas ha estado esta semana?
Brannon se
enrojeció por partes, del cuello a la frente.
—Es que —murmuró—…
Es que estoy muy solo.
Era su soledad lo
que lo había empujado a contestarle a la maitra; era la primera persona con la
que hablaba en días. Sentía una conexión íntima con aquella mujer, de la que no
sabía nada.
El aire oscuro que
los rodeaba se sentía como una conspiración. Cuando ella se reía de él, lo que
ocurría seguido, él se sentía devastado por una vergüenza castigadora, pero
ansiaba esa vergüenza, le recordaba que era real, que su carne empezaba y
terminaba en su cuerpo. No era una luz difusa en la milpa. No era el vuelo alto
de un torogoz sobre el mar nauseabundo.
—¿Por eso las
golpea? —preguntó la maitra—. ¿Por soledad? He oído cosas de usted, ¿sabe?
Era verdad. Patrick
se sentía como si alguien le estuviera sosteniendo la cabeza bajo el agua. Veía
su reflejo en las pupilas de la maitra. Era patético. Era real, un hombre
simple, de carne y hueso, y un hombre patético. Un hombre que golpeaba a las
mujeres. Se lo había hecho a tres mujeres que se habían reído de él en un
pasillo, y algo en el tono agudo de sus risas, así como su belleza desafiante,
le desbloquearon cierta rabia.
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Patrick permaneció
sobre el concreto enjabonado, se sentía avergonzado y exhausto.
—Hasta que no deje
de hacer eso, las pesadillas no van a parar. Eso o alguien le va a poner fin a
sus días y sus noches —dijo la maitra—. Buzo —añadió—: la Cigua… Esa es la
mujer de sus pesadillas. Y sabe encontrar a los hombres como usted.
La maitra hablaba
con libertad, porque sabía que nunca la golpearía, a pesar de sus regaños, de
sus risas. A las otras las había golpeado porque eran jóvenes y guapas, porque
su risa lo hería más profundamente, porque en presencia de ellas se sentía grande
e inmortal.
Siguanaba cambia
según quién hable de ella. Esta, La Cigua, la que atormentaba a Brannon, se la
imaginan los hombres como él, como prueba de que todas somos Malinches,
traidoras, feas de corazón. Más tarde, cuando les preguntó sobre La Cigua a los
trabajadores que había contratado para la construcción del ferrocarril, y a los
cuales todavía no les había pagado, cada uno le dio una versión diferente de la
misma historia. Te la encuentras en una noche sin luna, dijo uno, bañándose
desnuda en el río. Otro dijo que lo que hacía en el río era lavar sábanas, y
que llevaba un vestido delgado. Todos concordaron en que tenía el cabello largo
y hermoso, cabello tan grueso y brillante que no puedes evitar tocarlo y
sumergir la cara en su aroma. Es en ese momento, no obstante, que La Cigua te
atrapa, y entonces se gira para revelarte la cabeza de caballo o los ojos como
cuchillos o un cráneo en descomposición. Si no te mueres del susto, te vuelves
loco, o te ahogas.
Pero nosotras
sabemos quién es en realidad. La Cigua es una mujer a la que el dolor por su
hijo robado la convirtió en monstruo. Asusta a los hombres peligrosos para
protegerse del daño que provocan. Un hombre infiel, atraído a la muerte por el
agua o a la locura: Brannon se reconoció en las historias. Sí sentía que se
estaba volviendo loco. Sus cuentas estaban completamente secas. No veía el
final de la construcción del ferrocarril, y no tenía forma de pagar lo ya
construido.
Todo aquel día y
durante la noche que le siguió, oscura y húmeda como la boca de un perro, las
carcajadas de la maitra lo acompañaron, pulsando como relámpagos en su mente
insomne, llenándolo de una vergüenza brillante. Tenía que salir de ese lugar. A
la mañana siguiente le envió un telegrama a su padre, pidiéndole que le enviara
un cable con
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dinero para comprar
el boleto a Nueva York. «negocio va bien —escribió —, debo asegurar acuerdo en
nyc y ver a leise».
Leise se llamaba su
prometida, y no tenía la menor intención de verla. Patrick llegó a Nueva York
pálido y derrotado. Le asqueaba la idea de pedirle limosna a un magnate ladrón
que había conocido en una fiesta de su padre y así financiar parte del ferrocarril
que apenas besaba un labio de nuestras costas, pero aquel plan era lo único que
le impedía arrojarse por la borda
del barco que
lo llevó de
regreso. Estaba fracasando espectacularmente en el trópico
húmedo y escabroso, pero quizá en Nueva
York podría
recuperar el negocio y curarse la locura.
Se quedó en la
ciudad con su primo Philip, y convaleció una semana entera, mirando por la
ventana aquella ciudad diligente y gris, como si el acero y el cristal pudieran
absorber sus desvaríos. Pero las pesadillas continuaron. En Nueva York, La
Cigua era voraz. Le devoró la lengua y le sacó los ojos. Soñaba que estaba ahí
con él, tras la ventana de su habitación. Permanecía de pie sobre la nieve,
iluminada por la luna. Cuando él se le acercaba, no sentía más que calor y
ternura, pero tenía los dientes hechos de alambre oxidado, y se agachaba para
devorarle las piernas. Todas las noches, Brannon se despertaba gritando, hasta
que al fin decidió prescindir totalmente del sueño. En lugar de dormir,
caminaba por la casa hasta el amanecer.
Durante el día,
Patrick no salía mucho, a causa del asma. Philip también permanecía dentro de
las paredes de piedra rojiza, detrás de unas largas cortinas aterciopeladas,
enfundado en una bata de brocado. Para Patrick, era una excelente compañía y un
buen confesor. Le había hecho jurar secrecía en relación con ciertos asuntos:
«No le cuentes a nadie que vine, especialmente a Leise. No debes contarle a mi
padre que las cosas están hechas un desastre. Es temporal, te lo aseguro. No le
cuentes a nadie que me volví loco. Te lo repito: te aseguro que solo es
temporal».
Philip no veía a
nadie y no le contaría a nadie. Sonrió como un gato.
—Ni en sueños te
traicionaría —le decía.
Era pálido y
frágil, pero voluble, de labios rojos y húmedos. Debajo de la bata llevaba un
ank, un amuleto propio de los antiguos egipcios: era pequeño, decorativo,
relevante para las tendencias de sus círculos diminutos y eruditos. Era una
señal para que otros supieran que era un lector entendido de textos esotéricos,
que poseía en su casa una ecléctica colección de artefactos antropológicos,
piezas dignas de conversación y
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delicados souvenir.
Philip no creía que su primo estuviera loco; más bien le entretenía la idea de
que estaba poseído por algún demonio tropical.
—Los fantasmas a
veces se quedan atrapados, ¿sabes? —decía Philip. (Por favor disculpa nuestras
carcajadas. Qué onda, Philip, ¡Simón!). —Según he leído, realmente solo se
trata de persuadirlos para que
salgan, de
ayudarlos a emerger hacia su propio estado del ser.
Creía conocer a
alguien que podría ayudar a su primo. Había leído de una tal Madame Sophia
Belova, una mujer que veía espíritus como los que atormentaban a Patrick, y
quizá podría expulsarlos. Había guiado a las almas de presidentes y reyes de
todo el mundo.
—Se ve bastante
ordinaria, en mi opinión —dijo Philip para matizar su entusiasmo inicial, en
caso de que la tal Belova resultara una charlatana. Él prefería despliegues de
intelecto más teatrales y adornados, y su mente voraz no se subordinaba a
nadie, pero aquella mujer había sido de gran ayuda para muchos otros, y al
parecer era particularmente popular entre líderes mundiales, industriales
reconocidos, esa clase de gente. Estaba en la ciudad, en la conclusión de su
tour por los Estados Unidos. Podrían ir a su charla pública, si Patrick estaba
de acuerdo.
—Mira, parece que
le interesan cosas generales y decentes —dijo Philip—, nada demasiado
específico: algo de misticismo oriental, algo de ocultismo, algo de analizar
bajo el microscopio la célula de una hoja y maravillarse de su totalidad. «No
hay mayor religión que la verdad», es una frase suya, me parece. Nada demasiado
profundo, pero reconfortante que, por lo que entiendo, es lo que te hace falta
en este momento.
Philip entendía
correctamente. Los detalles sobre Belova solo amplificaban la intriga de su
primo. Una mujer que podía remover limpiamente los terrores de la mente de
Patrick y dejarlo de nuevo completo: nada podía resultar más atractivo para su
cerebro roto. Como los oligarcas, como los hombres extraordinarios, se
convertiría en un hombre nuevo con la ayuda de aquella mujer.
Así que Philip
llevó a Patrick a ver a Madame Belova. Resultaba difícil dilucidar su rostro en
el escenario, pero su cuerpo apareció alto y amplio detrás de un podio de
madera, imponente. Patrick no solía sentir atracción por las mujeres grandes y
pálidas, además de que se veía ya un poco vieja. Pero su voz. Belova tenía un
ruiseñor cautivo en la garganta y, cuando comenzó a hablar, Patrick se
sorprendió a sí mismo conjurando el flashazo de una ensoñación en la que se la
cogía. Una cierta vibración en
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esa voz emitía una
pulsación de frecuencia que parecía derramar luz justo en el centro de su
cuerpo.
Todos los colores
se vuelven uno solo, dijo. Todas las religiones, todas las razas. Todas se
vuelven una sola. Hablaba de deberes cósmicos, de un punto único de verdad que
trasciende todos los planos, de trascender de este plano a uno más alto, de
escuchar a los espíritus que se acercan suplicando tan solo que los escuchemos.
Y Patrick escuchó.
El corazón le golpeaba el pecho. Se sintió extasiado e incómodo. Se sentó sin
aliento, aferrándose al descansabrazos con fiereza. Se mordió un labio para
romper el trance. No solía caer en esa clase de cosas. Sufriendo de adrenalina
y de una vergüenza aguda, miró a Philip, que había metido el mentón en el
cuello de la camisa y había empezado a roncar suavemente.
Cuando cayó el
telón, Patrick se levantó determinado. Necesitaba conocer a esa mujer en
persona. Se dirigió hacia el pasillo para correr al escenario. Solo unos
minutos en su presencia, cara a cara, y estaba seguro de que su mundo entero
quedaría restaurado. Los demonios quedarían domados y se irían lejos de él. Uno
de sus ayudantes, un tipo con lentes gruesos y aspecto de búho, apareció en el
espacio entre ambos lados del telón y declaró que Madame estaba cansada y que
no atendería preguntas esa noche. Patrick sintió el empujón del bastón de
Philip en la espalda y salieron juntos de la sala de conferencias.
Afuera había
empezado a nevar, Philip se acercó a su primo para secarle la cara con un
pañuelo; Patrick se dio cuenta de que había estado llorando. Palpó con la
lengua una herida fresca en el interior de la mejilla.
—No sé qué me pasó
—dijo Patrick—, un tipo de, cómo se dice, ¿caos primordial?
Por sus mejillas
corrieron todavía más lágrimas y la nieve se le acumulaba en las pestañas.
—Mmmmm —murmuró
Philip a su lado.
—Sueno como un
lunático —dijo Brannon, sin la convicción necesaria para emitir siquiera una
risita que negara sus lágrimas. Algo se había expandido en su interior y había
hecho erupción durante la charla de Belova, y le había dejado en el plexo solar
una sensación de anhelo, como una boca hambrienta. No quería que esa sensación
se apagara. Los grandes hombres sabían lo que era domar demonios. Así domaría
él a la mujer morena que lo acechaba con una fuerza tal, que le había robado su
propia
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vitalidad
brillante. No hay mayor religión que la verdad, había dicho Belova. Y a ella le
dedicaría su devoción.
Los labios rojos de
Philip temblaron ligeramente, victoriosos. Su interés en todo aquello era, por
supuesto, sobre todo intelectual. Era algo vaga, toda esa palabrería sobre la
unicidad, pero parecía —cómo decirlo— culturalmente relevante. Vago, sí, pero
quizá lo suficientemente vago para perdurar. Perdurable. Resultaba interesante,
enfocándose en el orden social, pensar en lo que podría hacerse con las razas
más oscuras, ahora que había llegado la emancipación. Había cierta limpieza en
algunas de aquellas ideas, no un sistema de castas, pero sí una estratificación
útil.
Le había
sorprendido —complacido, incluso— ver que su primo, por lo general tan
material, tan taciturno, estuviera conmovido. Había estado muy solo en el
trópico, al parecer: terriblemente solo. La forma en que gritaba por las
noches, en que miraba por todo el departamento, como un ratón, en que apenas
comía. Y la jungla había sido tan terrible para su constitución física como
para su mente —seguramente lo que lo consumía era una locura tropical—: Philip
nunca había visto a Patrick tan flaco, tan pálido. Ahora se parecían como nunca
lo habían hecho en la niñez.
LOURDES: Achis,
Yina, suenas como una Henry James mestiza.
MARÍA: ¡Ma ve,
Lourdes! ¿Quién carajos es ese Henry James del que hablas?
LOURDES: Por favor,
cherita, Henry James. «Locura tropical», «tan taciturno». Ma ve, Yina.
CORA: Tenle un poco
de paciencia, Lourdes. Son hombres blancos. La Yina está usando las palabras
que componen su mundo.
LOURDES: No estoy
diciendo que no me guste. Me gusta. Es agradable… ¿Cómo se dice?… «Exótico». Es
solo que La Yina suena como estos pinches gringos cuando cuenta esa parte de la
historia, igual que cuando se puso a hablar de los jodidos muebles de la hacienda,
del púchica armario de madera oscura, de los payasos de porcelana esos, de
todos esos otros bolados.
LUCÍA: Ay, qué
payasas. Están perdiendo el punto. ¿No los oyeron hablando del punto único de
la verdad, de cómo todas
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las razas se
vuelven una sola? Esa es la clase de mierda que decía El Gran Pendejo. El punto
cumbre de todas las razas es una sola raza. Eso es el mestizaje, esa mierda de
la raza cósmica, y ustedes de lo único que pueden hablar es del púchica Henry
James.
Durante los
siguientes días, Brannon se obsesionó con las ideas que le había escuchado a
Belova, convencido de que ella podría guiarlo hacia su punto único de verdad.
Borrar ese monoteísmo estrecho al que se había aferrado como a una muleta
—¡quizá esa era la causa de sus fracasos!: su neurosis, su mala administración,
su temeroso deseo por mujeres pequeñas y morenas que lo despreciaban, y la
vergüenza que siguió a todo aquello— quería borrarlo todo con una luz singular.
Quizá necesitaría algo más grande, más espacioso. Una luz brillante que le
atravesara el cuerpo, la mente y el alma como una espada. A fin de cuentas era
un hombre de ideas grandes, ¿o no?
Philip tenía una
idea de dónde podría estarse quedando Belova, y Patrick pasó sus días caminando
en círculos tortuosos, orbitando la calle. Un hotel ordinario, pintado con ese
tono moderno de gris, para albergar a una salvadora espiritual. Con la proximidad
de Belova su locura se incrementó durante el invierno que pasó en Nueva York.
Era incapaz de dormir más de un par de horas seguidas. Durante tres días
Patrick tocó la puerta. Nunca oyó respuesta alguna.
Al tercer día, de
regreso a la casa, Philip lo recibió con un telegrama que le recordaba la otra
razón de su visita a Nueva York: el ferrocarril y el magnate ladrón, que había
accedido a reunirse con él. El padre de Patrick conocía al magnate de hacía años,
y le había enviado una nota.
Por insistencia de
Philip, Patrick se bañó por primera vez en una semana, y se puso ropa limpia.
Recitó su discurso de camino a la reunión. Empezaría con una descripción de las
condiciones de la tierra: llevaba un poco consigo, en una bolsita de tela. La
pondría sobre la mesa frente al magnate ladrón, casualmente, para que su negra
fertilidad se derramara sobre los papeles del hombre. Tendría que escupir un
poco en ella antes de entrar al edificio, porque ya estaba algo seca. Haría
énfasis en los dividendos que el magnate ladrón podría extraer del añil y,
sobre todo, del café. La demanda en el mercado estaba floreciendo, y sería
tonto de su parte no tener la mano metida en esos cargamentos. La tierra
fértil, de
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grosor volcánico,
rica de nutrientes volcánicos, estaba ahí, esperando. Lo mismo con la madera. Y
las mujeres son guapas, le diría. Eran de piel más clara que las caribeñas, y
más delicadas.
Pero para cuando
subió las escaleras de las oficinas en las que tendría lugar la reunión,
Patrick estaba otra vez sin aliento y pegajoso de sudor. Cuando entró a la
oficina ya no estaba seguro de saber contar esa historia. Una vena gris le
pulsaba en la frente, y dejó caer el abrigo en el gancho detrás de la puerta
del magnate ladrón con más fuerza de la que acostumbraba usar en un contexto de
negocios. El viejo no parecía haber registrado alguna alarma.
Patrick resopló y
dejó caer en el espacio que los separaba la flácida bolsa de tierra, endurecida
por la caminata en el clima frío. El viejo se sobresaltó y se llevó una mano
llena de manchas hepáticas a la cara para protegerla. La bolsa cayó de su lado,
emitió una suave flatulencia y espolvoreó gránulos de tierra en sus papeles. De
pronto abatido, inundado de vergüenza, Patrick se disculpó. El vigor abandonó
su cuerpo mientras se inclinaba para limpiar los papeles del magnate ladrón e
intentó llevar la conversación hacia su objetivo, el ferrocarril.
A pesar de su
actuación, el viejo adinerado no estaba convencido del valor de la empresa.
—¿Para qué
construir un ferrocarril alrededor de esas jodidas islas? — dijo—. ¿No son lo
suficientemente pequeñas para cruzarlas caminando? ¡Yo mismo podría transportar
el café!
CORA: Ay, ¡qué
tiene de terrible que sea pequeña! Además, los volcanes nos engrandecen.
LOURDES: ¿Cómo va
esa cita de Roque Dalton? «¿Habrá quien no se harte de tu pequeñez?». Al menos
él lo dice con ternura.
MARÍA: Pendejado
Roque Dalton, Lourdes, ese jodido tipejo. Me da churria. Puya, hermana, estás
citando a un hombre tan pequeño que engañó a su esposa con una niña de trece
años. Eso es pequeñez. Un poeta decente, pero hay que decirlo, carajo. Esa es
una de las razones por las cuales no cojo con hombres. Incluso ahora de
fantasma.
LUCÍA: École,
María. Ay, vamos. De regreso a Gringolandia. Vamos a la vuelta.
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Patrick no
insistió, no le aclaró que el país no era una isla sino una joya en istmo, del
lado del Pacífico. Le llamó la atención un agujero en el revestimiento de
madera, unos centímetros arriba del escritorio del magnate ladrón. Desde que
habían empezado las pesadillas, Patrick no dejaba que sus ojos se detuvieran
demasiado en formas como aquella, porque le devoraban el alma, voraces como el
vacío en la cara de La Cigua, pero ahora no podía quitar la vista de ahí.
Patrick dejó que el espiral de la madera tirara de su mente hacia el interior
de sus suaves remolinos. Giró y giró, más y más profundo, hasta que encontró un
silencio terso y seductor.
Al fin el magnate
ladrón escupió una tos áspera; la saliva se le acumuló en las comisuras de la
boca. Patrick miró al viejo sentado al otro lado del escritorio, se levantó,
sacudiéndose el polvo de las rodillas, y salió de aquella sombría oficina,
olvidando incluso darle la mano en agradecimiento por su tiempo. Patrick dejó
el edificio pensando nada más que en Belova, consolándose con la certeza de
que, si lograba al menos ver su rostro, sus pesadillas se esfumarían, sus
cuentas se estabilizarían, y la lentitud de su empresa dejaría de importar.
Caminó unos cinco
kilómetros hasta el edificio ordinario en el que Philip creía que Belova se
estaba quedando. Cuando llegó, se dio cuenta de que sentía demasiado asco de sí
mismo como para tocar la puerta una vez más. Probó la acritud de su aliento.
Aunque se había bañado en preparación para la reunión, apenas había dormido o
comido en días, amurallado entre los ladrillos rojizos de la casa de Philip. Si
Belova abría la puerta esa vez, muy probablemente colapsaría. Era patético.
Moría por un buen regaño de la maitra. Con la cabeza dándole vueltas, Brannon
regresó tambaleándose a la casa de su primo, con la esperanza de no
encontrárselo al llegar.
Siguieron días de
silencio por parte del magnate ladrón, hasta que el malestar de estar solo
impulsó a Patrick a combinar su impulsividad con sus recursos, y extendió su
viaje. Le envió a su padre un nuevo telegrama, y este le envió más dinero.
Seguiría el barco de Belova hasta Londres, donde tenía programada otra serie de
conferencias. La conocería por fin en tierras más cercanas a su propio hogar
verdadero. En cuanto al ferrocarril, allá había muchos contactos a los que
podría buscar. El círculo de su padre en Londres había mostrado mucho más
entusiasmo por el trópico que el
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viejo adinerado de
Nueva York. Se dijo a sí mismo que aquel era un viaje de negocios.
Una vez en Londres,
Patrick no perdió el tiempo. A la mañana siguiente fue a pararse bajo la lluvia
torrencial, con el oído contra la puerta de Belova. El corazón se le detuvo al
oír una vez más el sonido de su voz.
—Que pase el cowboy
—dijo. Una bendición. La puerta se abrió de par en par, y en el umbral Patrick
advirtió a una emperatriz. Era como si sus ojos de azul cristal, duros y
alertas y bordeados de kohl, tiraran de él como un imán. Tenía los carrillos
embadurnados de rojo y en torno a su cara se encrespaba el cabello plateado.
—Bienvenido, cowboy
—ronroneó la emperatriz, y le cepilló los hombros con ambas manos. Le quitó el
abrigo empapado y lo arrojó al piso.
Qué curioso, pensó
él, mientras sentía su ser terrenal transformarse en una especie de arcilla
moldeada por las manos de Belova. Había dejado de ser patético y ahora era
despiadado, de corazón leonino, capaz. Estaba restaurado. Se arrodilló para
besarle las manos, y ella le dio unos golpes juguetones con el periódico
doblado. Lo condujo a una sala de estar, donde lo inspeccionó superficialmente.
Presionó la cabeza
contra su pecho para escuchar su corazón. Le golpeó las rodillas con una
cuchara sopera y chasqueó la lengua al comprobar la lentitud de sus reflejos.
La idea era avanzar hacia una mejora cósmica. Belova creía que sus enseñanzas
podían mejorar a la raza humana por medio de una evolución acelerada.
—¿De dónde viene tu
gente? —preguntó Belova. Introdujo los dedos en sus dos orejas y lo hizo
asentir con la cabeza—. En el futuro — continuó—, todas las personas que son
diferentes se volverán una misma, más rápida, más brillante, más ligera.
Tenemos la responsabilidad de transmitir este conocimiento, de pasarlo a las
siguientes generaciones. La sabiduría que hoy poseemos nosotros transformará a
quienes vendrán en el futuro.
LUCÍA: ¿Están
oyendo toda esa mierda? Todas las personas que son diferentes se volverán una
misma. Miren que es como esa horrible pintura de las castas, la sangre española
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goteando por entre
las generaciones, transformándonos hasta que hayamos desaparecido… ¿O estoy
loca? CORA: No estás loca.
MARÍA: No estás
loca, carajo.
LOURDES: Sí estás
loca, chica, pero puya, también tienes razón.
—Ojos lagañosos
—dijo Belova. Lo persuadió de comerse un nabo crudo, cortado en rodajas
delgadas como papel y acomodadas sobre un plato en forma de abanico. A Patrick
le temblaban los labios mientras le contaba de sus sueños. La emperatriz
sostuvo sobre su cabeza un cuarzo suspendido de una cadena brillante, y midió
la circunferencia de los círculos que hacía, conteniendo el aliento. De pronto,
Patrick estaba exhausto. Luchó por reprimir la necesidad de recostar la cabeza
en el regazo de Belova hasta que ella lo invitó a hacer precisamente eso.
—Yo te conozco
—dijo Belova. Una vez más, su voz era la puerta abierta que lo llevaba hacia la
cálida oscuridad que su espíritu ansiaba. El cuerpo le pulsaba; dentro de sí
sentía la electricidad de una ciudad floreciente. Su ferrocarril chispeaba y
rugía; hechizado, se adormeció sobre la almohada de faldas polvorientas y
crinolinas.
Cuando despertó, la
emperatriz Belova le entregó un anillo de rubí. Le ajustaba en el dedo a la
perfección.
—Necesitas sangre
fresca, mucha más —dijo—. Te hace falta vigor.
Para eso es el
rubí.
Y de esa forma, lo
despachó. Le dio cita para tres días después.
Tres días y dos
reuniones relacionadas con ferrocarril más tarde, regresó a la puerta de
Belova, tal como había prometido, con la joya en el dedo anular de su suave
mano derecha. Sentía en la sangre una carga metálica vigorosa. Se sentía como
un niño. Belova le inspeccionó los ojos con la luz de un cerillo. Le ordenó
abrir la boca y metió la nariz para olfatear su aliento.
—Mejor —dijo—. ¿Qué
hay de las pesadillas?
—Desaparecieron
—dijo Patrick—. Verdaderamente estoy más sonrosado —añadió—, ¿no es así?
Belova asintió
cortésmente y le presentó un manuscrito con sus enseñanzas. Esta vez le
permitió besarle la mano antes de despacharlo.
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Patrick se quedó en
Londres todavía un par de semanas más, esperando noticias del ferrocarril, y
habiendo prometido dejar a Belova hacer su trabajo; los ingleses querían
participar, y también una compañía de San Francisco con la que había hablado
meses atrás, Prescott, Scott & Co. Ellos proveerían el equipamiento, las
locomotoras y el parque móvil. Terminarían de construir los veinte kilómetros
faltantes para llegar al mar. Patrick había conseguido el financiamiento para
su ferrocarril. Las pesadillas se habían desvanecido. Volvería a nuestro país
hecho un cowboy, para terminar aquel asunto.
Se sentó en la
cubierta del barco a leer el manuscrito de Belova. Ya no le daba miedo el mar.
Su color azul pálido, un espejo del cielo, le hablaba con la voz de Belova. En
su lengua de colores, el océano entero le prometía el ascenso a lo divino.
Aquel azul rico y profundo era el color de la abundancia, un triunfo, el color
de la transformación; el rojo, claro, era vitalidad y vigor: el anillo de rubí;
y el blanco, el blanco era el color del paraíso, un corazón puro que contenía
dentro de sí a todos los demás colores, toda la luz.
Patrick regresó al
comedor a agradecerle a la maitra por haberlo guiado con sus reprimendas hacia
ese camino de transcendencia, aunque, cuando lo regañó meses atrás, ninguno de
los dos sabía que sus burlas serían un regalo. Ella le lanzó una sonrisa maliciosa
al pobre idiota.
—Ahora estoy puro
—le contó—. Tus risas me purificaron rabiosamente. Morí y regresé. Ya no toco
para nada esas cosas —dijo señalando con la cara, como hacemos nosotras, la
botella polvorienta de aguardiente que la maitra guardaba en una repisa del
comedor—, y no volveré a hacerlo nunca.
—Simplemente tengo
el mejor plato típico del lugar —dijo ella, a sabiendas de que la historia de
La Cigua lo había aterrorizado. Por el bien de las mujeres a las que les había
hecho daño, le alegró que hubiera dejado de beber hasta ponerse baboso y violento,
pero tanto él como su ferrocarril de pendejada, las vías que habían destruido
lo que quedaba del pedacito de tierra de su esposo fallecido, se podían ir
directo al infierno.
Seguía creyendo que
era un borracho, solo que ahora era un borracho con todas esas ideas tontas.
Con los años, sin embargo, Patrick mostró ser suficientemente amable, un
cliente regular. Le llevaba regalos para su familia en las fiestas. El hijo de
la maitra, ahora más grande, ya no tenía
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prohibido hablar
con el gringo idiota. Mientras se construía el ferrocarril, Patrick compartió
su sabiduría con Germán, que un día se convertiría en el padre ausente de
nuestra Graciela.
Y Germán, por
supuesto, a su vez compartió ese conocimiento con su amigo El Gran Pendejo,
cuando solo era El Bichitito.
El crecimiento de
las cosechas de café se aceleró, y Patrick encontró buenos hombres para buenos
empleos en la f inca, montando grano en los vagones de carga y llevando el oro
al mar por el Camino Real de los conquistadores, donde se embarcaba hacia la costa
del Pacífico en dirección a San Francisco.
Después del
ferrocarril, Patrick financió en la capital la S ociedad de Letras y Objetos
Sagrados, una especie de salón de artistas, una mesa redonda donde se
discutieran las posibilidades de sus ideas y se les entretejiera en la música,
la cultura, la poesía e incluso la política. Sus miembros adoptaban asimismo la
sobriedad, en nombre de la pureza.
Patrick se casó con
una mujer de nuestro país, la madre de cuya madre había conocido a la madre de
nuestras madres. Les nació una hija, que él identificó de inmediato como una
poeta. Llegaríamos a conocerla como La Claudia; era amiga de Consuelo y la admiraba
porque era mayor. Más tarde la vas a conocer. La Claudia, aunque su padre la
llamaba Maggie. Era la promesa del mestizaje encarnada. Cabello oscuro, piel
clara: una niña cósmica.
Lo que pasó después
lo habían decretado nuestras historias antiguas hacía mucho tiempo: tuvo lugar
una batalla feroz por el orden y la estabilidad, una batalla que dependió de la
magia. Y en ese lugar la magia adoptaba muchas formas: palabras que se hacían
ley, la voz de los muertos canalizada a través de una niña, una pintura que
trazaba el destino de la piel, un ferrocarril que cruzaba naciones sobre un
viejo camino real, un océano de lágrimas antiguas, y la tierra verde y fértil,
nutrida por la roca ígnea. Nuestras vidas destruidas, nuestros huesos el abono
de un ego frágil. Todos esos hilos envueltos en nuestras almas.
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7
Graciela se
despertó de un sobresalto la mañana siguiente a su llegada a la hacienda.
Seguía dentro del armario. Perlita quitó el seguro y abrió la puerta. Socorrito
no estaba por ninguna parte, y Graciela gritó como si quisiera sacudirse una
pesadilla.
—Me quiero ir a mi
casa. Quiero a mi mamá.
Perlita exhaló el
humo en dirección a la niña, y alzó los hombros envueltos en satín. Fijó la
mirada en algún punto más allá del cuerpo de Graciela.
—Y sin embargo aquí
estás —dijo, moviendo el cigarro en un círculo amplio—. Tienes mucha suerte de
estar aquí. Aquí vas a vivir como princesa —añadió—. Te vamos a alimentar, a
vestir, incluso te vamos a llevar con nosotros de viaje, a otros países. ¿Sabes
cuántos niños matarían por estar en tu lugar? Un poco de gratitud de tu parte
sería más prudente.
Perlita observó el
rostro de Graciela, levantándole el mentón con uno de sus largos dedos. Era
bonita, morena. En unos años aparecerían los pómulos afilados de su madre, más
si le restringía la dieta.
—Eres muy lista,
¿no?
Graciela permaneció
en silencio. Mordió el dedo de Perlita tan fuerte como pudo.
Perlita suspiró.
—Indiada —dijo,
chasqueando la lengua—. Aquí te vamos a enseñar, cherita, no te preocupes
—añadió mientras la sangre le inundaba la superficie de la uña.
—No te preocupes
—insistió—. Vas a hacer que el General brille. Le gustan las inditas, ¿sabes?
Graciela estaba
asombrada: escuchaba pero no entendía. Indiada. Se preguntaba si a los ojos de
Perlita ella era más o menos indiada que Consuelo. La parte interna de su brazo
era aproximadamente del mismo color que el de Consuelo. Consuelo tenía ojos negros
como los nuestros, con motas doradas. Pero Consuelo tenía también ropa
distinta, un short, un
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corte ondulado, y
usaba un sombrero para proteger la piel del sol cuando salía, incluso si era
solo un momento.
—Es buena noticia
que ya seas tan lista —dijo Perlita—. Ya no va a ser necesario mandarte a la
escuela. Lo intentamos con tu hermana, con Consuelo… Y no está hecha para eso.
Perlita puso los
labios en punta, con displicencia. Sabía que Graciela no se opondría: podía ver
ya cómo esa resistencia empezaba a diluirse en ella. Graciela había llegado
cansada, incómoda y sucia en ese vestido barato que le quedaba chico. No había
dormido nunca en una cama en toda regla, y nunca se había bañado como era
debido. Todo le parecería un lujo, de eso Perlita no tenía duda.
Y, en efecto,
Graciela estaba cansada. Tenía los ojos y la garganta irritados por el llanto.
No sabía a qué se refería esa güerita loca con eso de que Consuelo no estaba
hecha para la escuela. ¿Era estúpida o algo así? En la escuela, las monjas
hablaban sobre la «compasión»: bienaventurados los compasivos, la compasión es
un regalo, la compasión salva a otros de un destino terrible. Según empezaba a
entender, Graciela y Consuelo estaban a merced de la compasión de Perlita.
Consuelo había tenido más tiempo para descubrir la forma de vivir dentro de
esas condiciones; tendría que preguntarle cómo se hacía.
—Además —dijo
Perlita—, aquí vas a tener muchas cosas que hacer.
Ninfa está
envejeciendo y va a necesitar ayuda. Te va a enseñar todo.
Tiene una paciencia
infinita, un parangón en su área.
(Puya, las cheritas
siempre están diciendo que las inditas son muy pacientes).
Perlita suspiró y
llevó la mirada del techo a la puerta. Comenzó a llover, y sonrió al ver por la
ventana cómo la buganvilia empapada golpeaba contra el vidrio.
—Ven acá —ordenó.
Graciela dio un paso al frente y se quedó perfectamente quieta, permitió que la
rodearan los brazos gruesos y sorprendemente firmes de Perlita. Olía a perfume
de lavanda, el mismo que se había puesto Socorrito. Graciela cerró los ojos, saboreando
el aroma de su madre. Aun molesta como estaba, sintió vergüenza de haberle
mordido el dedo a aquella mujer.
De nuevo Perlita
tomó la cara de Graciela entre sus dos manos, lo que la empujó hacia un estado
de alerta. Estudió su rostro mientras ella estudiaba el suyo. La mujer tenía
una nariz larga y delgada, un mentón
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afilado, y ojos
grandes, ligeramente amarronados. Parecía que sus cejas estaban pintadas en
arcos amplios y extravagantes, una línea difuminada hacia arriba entre ellas y
el paisaje polvoso de su frente, una grieta en tierra de sequía.
—Qué bonita niña
—dijo Perlita, con la boca roja curvada como un gancho—. Vamos a desayunar.
Graciela, que moría
de hambre, aceptó.
Siguió a Perlita de
regreso a la horrible mesa de los gnomos, donde estaba sentada Consuelo frente
a un festín de pastelillos, fruta y queso. Llevaba el vestido de olanes de la
noche anterior, arrugado y manchado de labial fucsia, que tenía también embarrado
en el pequeño mentón. Graciela trató de atrapar su mirada pero Consuelo actuó
como si no la viera, tomó un pastel de jocote y se escabulló del comedor, con
la araña colgando de su cuello. Arriba se escuchó el golpe de una puerta al
cerrarse. Graciela se preguntó qué había hecho para que su hermana la
despreciase.
Terminado el
desayuno, a Graciela la enviaron adonde Ninfa, un cuarto construido detrás de
la cocina. Ninfa la recibió cálidamente, invitándola a sentarse en la cama
llena de chipotes, y fue trazando con lápiz un mapa de las habitaciones de la
hacienda en un trozo de papel café para empacar.
Ninfa era capaz de
dibujar rostros que parecían fotografías. Sus nietos tenían filas y filas de
los retratos que ella les hacía cada año en sus cumpleaños, colgados de las
paredes de adobe de su casa. Tres nietos y una nieta, entre las dos hijas que
vivían lejos de la ciudad, todas en una misma casa. La más joven, Ysa, tenía
tres años, y el mayor, Ramón, casi doce. Iba a quedarse con ellos un fin de
semana de cada mes y dormía en la misma cama que sus hijas.
Ninfa sacaba la
punta de la lengua cuando se concentraba, mientras sombreaba los bordes del
comedor.
—Okey, vaya, pues
—comenzó—, estos cuartos me tocan a mí —dijo, palomeando la habitación de
Consuelo, el comedor y la gran sala que daba al patio con la jaula de los
pájaros—, y tú te quedas con estos —señaló la cocina, el baño, la habitación de
Graciela y la de Perlita—, y las escaleras; mi espalda ya no aguanta más —marcó
los bordes de los cuartos con armarios y repisas, dibujándolos casualmente en
la escala correcta—. Vas a tener que ayudar a esta pobre anciana limpiando los
armarios grandes y las ventanas —sonrió—. Trapeamos todos los días, toda la
casa, y yo barro
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y sacudo diario
cada cuarto también. La lavandería se hace dos veces a la semana: yo me encargo
de la ropa, y tú de las sábanas y cobijas.
Graciela asintió.
La habitación de Ninfa olía a copalito y a lluvia. —¿Cuento contigo? —Ninfa
sonrió como si la pregunta no tuviera más
que una respuesta
posible.
—Claro que sí —dijo
Graciela—, pero yo tengo que contar contigo también: dime por favor dónde está
mi mamá. Necesito que me lleves con ella. Y si está muerta, necesito que me
lleves con quien la haya matado para poder matarlo yo.
La última frase fue
casi un gruñido.
Los ojos de Ninfa
cambiaron cuando Graciela preguntó por Socorrito. Se le vaciaron los irises, de
color negro sólido como piedra volcánica. Las líneas de su cara, que la hacían
ver dos veces más vieja que la mami de Graciela, parecieron desvanecerse de pronto,
un truco que había perfeccionado luego de años de servicio en la f inca.
Perlita le había
dicho a Ninfa que la despediría inmediatamente si hablaba de Socorrito con
Graciela o con Consuelo. A pesar de su rostro sin expresión, Ninfa no les
mentiría a esas niñas, ni siquiera en nombre de Perlita.
—Deja que se le
olvide —le había dicho Perlita cuando llegó Consuelo años atrás, y se lo había
repetido la noche anterior, luego de que se habían llevado a Socorrito—. Es lo
mejor para ella.
Ninfa recordaba
cómo lloraba Perlita de niña cuando alguien mencionaba la muerte de su madre.
Quizá de verdad creía que lo mejor para las niñas sería no mencionarles a
Socorrito.
Tal vez porque era
demasiado joven cuando llegó a la hacienda, Consuelo había dejado de hacer
preguntas hacía años, pero Graciela, Ninfa lo sabía, no dejaría el tema por la
paz así de fácil.
Mientras Graciela
observaba a Ninfa, comenzó a detectar una flama que se movía en el fondo de los
ojos de la mujer, el aliento que le inflaba las fosas nasales, una emoción que
empezaba a temblarle en el rostro impávido, una estatua que cobra vida.
—Tu mami está viva
—dijo Ninfa—, no te lo escondería.
—Entonces ayúdame a
encontrarla —respondió Graciela.
—Ojalá pudiera
—dijo Ninfa—, pero no puedo.
La niña se puso a
llorar.
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—Pero te prometo
que aquí vas a ser muy feliz, vas a tener más cosas de las que nunca hayas
soñado.
¿Qué cosas?, se
preguntaba Graciela. Cualesquiera que fueran esas cosas, no las quería. Lo que
quería era a su madre, y su casa, y estar con nosotras, y no entendía por qué
habían arrancado toda su vida de raíz para trasplantarla en ese lugar que casi
parecía repelerla.
Esa tarde, Graciela
se encontró a Consuelo sentada de piernas cruzadas en medio del piso de la
cocina, chupando el hueso de un mango. Las hebras doradas y pegajosas le
colgaban de las comisuras de la boca. Consuelo asintió al verla entrar,
mirándola fijamente. Escupió el hueso del mango, que se resbaló por los
azulejos y se llenó de polvo bajo una mesa baja de cristal.
—Hay más, si
quieres uno —dijo, señalando con el mentón la canasta de fruta que estaba sobre
la mesa del comedor.
Graciela tomó uno y
el cuchillito húmedo que estaba a un lado, y se dejó caer ruidosamente en el
piso, junto a Consuelo. Estudió a su hermana. Pronto, el misterioso rostro
impasible de Consuelo se volvería familiar: entrenado, árido y frío, una piedra
pulida con lija sobre la cual los pequeños arrebatos del mundo se registraban
como errores. Ahora, sin embargo, Graciela entendía que la planitud en la
expresión de Consuelo significaba que la despreciaba, y ella, jodidamente sola
junto a su hermana, puso la cabeza entre las rodillas y rompió a llorar.
—No entiendo por
qué no me hablas —gimió—. Eres mi hermana. ¿Por qué eres un cubo de hielo cruel
y presumido?
Graciela sintió las
puntas ovaladas de las uñas de Consuelo en la espalda. Su hermana frotó
circulitos mientras con los dedos largos y pegajosos de fruta de la otra mano
le tomaba la muñeca.
—Mira, hermanita
—dijo luego de unos segundos— me tengo que ir a mi clase de pintura, pero no
soy un cubo de hielo. Soy una diosa tallada en mármol blanco. ¡La Venus de
Milo! —Se puso de pie—. Y no te odio. Te lo prometo. Mira, ¡psst! —Esperó un
momento, mientras Graciela levantaba la cara de entre las rodillas para
mirarla—. Luis no solo es mi maestro. Es mi amante —dijo contoneando las cejas,
y las fosas nasales se le ensancharon por accidente—, pero no le digas a nadie,
¿okey?
Graciela se alzó de
hombros, fingiendo que nada de eso le interesaba, aunque en realidad estaba
impresionada.
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—Lo prometo —dijo,
agradecida de que su hermana mayor le hubiera hecho una confidencia y
sorprendida de lo extraña que era. Ahora Consuelo le estaba apretando la muñeca
con demasiada fuerza, exigiendo su total atención con los ojos desorbitados.
—Bueno… —Se detuvo
Consuelo—, en realidad no es del todo verdad.
—Te escucho —dijo
Graciela, pelando el mango con el cuchillo, con una maestría que a Consuelo le
pareció asombrosa; a ella las manos nunca dejaban de temblarle.
—Luis no es
realmente mi amante. Solo me gusta mucho. Ojalá fuera mi amante —dijo
Consuelo—. Apenas tengo catorce años y nunca he besado a nadie. Pero de todas
formas no le digas a Perlita que te dije nada, nada sobre Luis. Te prometo que
esto sí es verdad.
—Está bien —dijo
Graciela—, no me importa. Solo me da gusto que no me odies.
Graciela se llevó
la fruta a la boca. Consuelo hizo una reverencia y salió corriendo de la
cocina, ahora muy tarde para su clase de pintura.
Cuando Graciela se
terminó el mango, escupió el hueso en la mano y limpió el jugo de la hoja del
cuchillo en los pliegues de la falda, y guardó tanto el hueso como el cuchillo
en el bolsillo del vestido. Hermanita.
Se repitió a sí
misma esa palabra, probándola en voz alta. Consuelo, esa güerita asustadiza,
era su hermana. Graciela tocó la hoja del cuchillo con el dedo y agradeció. Una
hermana y un cuchillo: con ambas se sentía un poco más segura en ese lugar tan
extraño. Esa noche descansó en la hermosa cama de plumas, su primera vez
durmiendo sola en una habitación, y por la ventana vio los tejados de los ricos
que se extendían a lo largo, debajo de la casa. No había notado el vidrio roto
de la ventana antes, centelleando como la dentadura irregular de unas fauces
abiertas.
Esa noche durmió
con el cuchillo bajo la almohada, frío como un trozo de luna.
Durante los días
que siguieron, Consuelo reclamó a Graciela como suya, como una muñeca, como un
amuleto. Se sentaba a su lado para cenar, le daba un abrazo de buenas noches,
entraba a su cuarto sin ceremonia y tomaba una siesta en su cama. Consuelo no
era una anciana sabia, claramente, sino más bien algo tonta, pero Graciela
recibió con aprecio la calidez de su compañía y hasta sus historias más
aburridas. Era malísima
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para el francés, no
tenía remedio. Su mejor amiga, La Violeta, era al mismo tiempo una especie de
peor enemiga, demasiado fufurufa para su propio bien, pero suficientemente
linda. Su maestro de pintura y amor secreto, Luis, era tres años mayor que
Consuelo, según se enteró Graciela, y estaba en primer año en Bellas Artes.
—Luis es la clase
de artista que puede hacer lo que quiera: pintar, dibujar figuras, esculpir.
¡Es un genio! ¡Y es comunista! —dijo Consuelo. Graciela nunca había oído esa
palabra.
—¿Comunista? ¿Eso
es cuando solamente comes fruta? —preguntó. —¡No, tonta! —replicó Consuelo—. Un
comunista es un estudiante de
universidad que
tiene barba y que usa pantalones ásperos y arrugados. Él es de un pueblito,
como tú…
—¡Y como tú!
—interrumpió Graciela. Consuelo movió sus uñas de rubí en el aire frente a su
cara, con las pestañas aleteándole.
—Como sea —dijo—,
es de un pueblito, y también es mestizo por el lado de su mami, pero ganó un
concurso de dibujo hace unos años, así que pudo venir a la capital para
inscribirse en la universidad.
—Espera un momento.
¿Eso significa que yo soy comunista? —dijo Graciela—. ¿Somos comunistas porque
venimos de un pueblo y porque nuestra mami es mestiza?
—¿Y dónde me ves la
púchica barba? —respondió Consuelo. Graciela soltó una carcajada. El piso
crujía con sus golpes. En el piso de abajo, Ninfa dio un golpe en el techo con
la escoba para callarlas (a Perlita le dolía la cabeza y había que evitar
molestarla).
LOURDES: En esa
época, según algunos hijueseismilputas, cualquiera que no fuera un ladino rico
era comunista. Luego de la masacre, muchos de los hombres que quedaban en el
volcán dejaron de usar esos pantalones blancos… No querían que les dijeran
comunistas.
CORA: Primero
indios, luego comunistas. A veces eras comunista nada más porque tenías cara de
indio. LOURDES: Pero los pantalones también te delataban. Eras indio, pero
además no estabas tratando de ocultarlo, así que seguramente también eras
comunista.
CORA: No puede uno
ponerse unos jodidos pantalones y convertirse en indio o en comunista, y no
dejas de ser indio o
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comunista cuando te
los quitas. Pero pues así era la cosa. LUCÍA: Pero en la ciudad era distinto,
¿no? En la capital los comunistas eran chelitos, pero si tenían barba y
estudiaban en la universidad, entonces seguramente no debían de ser muy
devotos; si no se asociaban con los terratenientes: comunistas; o si preferían
la poesía a los negocios: pum, comunista. Comunista si estás a favor de tener
elecciones libres, de dejar votar a las mujeres. O tal vez por tener amigos
hombres que tienen sexo con otros hombres y no tratar de matarlos si te
enteras. O saber de mujeres que tienen sexo con otras mujeres y que te importe
una mierda. MARÍA: Pum, comunistas todas y cada una de ustedes, me lo pueden
agradecer a mí.
Entre risas, en el
piso de la habitación de Graciela, lo único que Consuelo realmente sabía era
que Luis al menos se veía como un comunista, y que por esa razón Perlita nunca
lo aprobaría. Le contó a Graciela que Perlita había empezado a declararla un «experimento
fallido» en cuanto su padre murió.
(—Asesinado —dijo
Consuelo un día, con certeza, aunque se negó a decir nada más cuando Graciela
le suplicó que le explicara cómo o por qué).
Consuelo le contó
cómo, durante el velatorio, Perlita entraba a la sala, donde se encontraba el
ataúd abierto, y daba un profundo suspiro.
—No tiene esperanza
—decía, mirando a Consuelo.
—Solo es que
extraña a su papá —había dicho Ninfa para consolarla, pero Consuelo sabía que
no era así. Antes de la muerte de Germán, Perlita ya la había llamado estúpida
un par de veces. Eso era una cosa, pero después de que murió, la miraba y le
decía que era un absoluto desperdicio de dinero, indiada esto e indiada lo
otro, indiada sin esperanzas de superarse.
—Esa piel tan
prieta, tan fea —le había dicho alguna vez, cuando tenía doce años,
refiriéndose a una nenita recién contratada que era dos o tres tonos menos
morena que Consuelo. O también—: Esas clases de pintura no son nada baratas,
así que más vale que la indita aprenda.
En ese tiempo,
Consuelo había sentido que Perlita estaba tratando de lastimarla pero
indirectamente, y entonces, si Consuelo reaccionaba con
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ardor o con
lágrimas, podía hacerse la inocente, la más amable y la más sorprendida. Ahora,
sin embargo, Perlita ya no tenía necesidad de golpear por los lados. Podía
mirarla de frente y decirle, con una sonrisa en la cara:
—Cada año más
oscura. Todo el dinero que he gastado, a la basura. Consuelo, cuando menos,
podría terminar sus estudios. Perlita iba a
sostener la promesa
que le había hecho a Germán, aunque fuera solo para mantener las apariencias.
Graciela lo
consideraba una injusticia terrible.
—¿Por qué yo no
puedo ir a la escuela? —dijo—. ¡Si el experimento fallido eres tú!
—Ah —respondió
Consuelo—, pues verás: a lo mejor soy muy tonta, pero mi papá insistió en darme
escuela.
Consuelo hablaba de
sus padres así: nunca «nuestro», sino «mi» papá, «mi» mamá.
—En tu caso, como
eres indiada, incluso más que yo, y sin mi papá aquí, no hay razón para que
siquiera se moleste en inscribirte.
—¿Al menos tienen
aquí libros que pueda leer? —murmuró Graciela en los tobillos de Consuelo, que
se rio.
—¿Sabes leer?
—Claro que sé leer
—dijo Graciela—. Fui la mejor lectora de mi clase. Consuelo sacó una caja de
cerillos que Luis le había dado y dos cigarros largos de otra caja que tenía
sobre el regazo, y le ofreció uno a Graciela. Ella lo tomó, pensando en los que
su madre enrollaba a mano y fumaba en los campos durante las jornadas de
trabajo, en las pocas caladas que había compartido con nosotras en el bosque
después de la escuela,
cuando ya éramos
más grandes.
—Allá de donde
vienes, ¿todas las niñas fuman? —preguntó Consuelo. Ella no era la mejor
lectora de su clase, y tenía apenas catorce, ella misma una nenita todavía.
—Creí que éramos
del mismo lugar —dijo Graciela. Consuelo encendió el cerillo, luego el cigarro
de Graciela, y después el suyo. Dieron una calada juntas, sosteniendo el humo
en los pulmones.
—¿Nunca la
extrañaste? ¿A nuestra mami? —preguntó Graciela. —No estoy segura de acordarme
de ella, en realidad —respondió
Consuelo, aunque, a
decir verdad, sí había extrañado a Socorrito, a quien recordaba como una figura
de filigrana dorada que brillaba contra el color verde brumoso del pueblo y el
negro de la roca. Tenía el recuerdo de ser
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pequeñita, de estar
envuelta, segura, contra la espalda cálida de su madre, un recuerdo que se
había desgastado como el papel, de tanto doblarlo y desdoblarlo.
Graciela permaneció
con la cabeza sobre los tobillos huesudos de Consuelo. Toda la mañana había
llovido, y ahora el sol se acumulaba en los pedacitos de vidrio de la ventana
rota, envolviendo sus contornos de luz.
—Y entonces, ¿quién
era nuestro padre? —preguntó; hablar de su madre resultaba demasiado doloroso—.
¿Qué es lo que hizo por el General?
Consuelo se
encendió de pronto.
—¡No creas una
palabra de lo que te digan aquí! No era nada más un consejero… Le decía al
General lo que quería escuchar y le conseguía lo que fuera, por enfermo que
sonara, y estuvo ahí para morir cuando alguien tenía que hacerlo.
—¿A qué te refieres
con que alguien tenía que morir? Pensé que eran amigos —dijo Graciela.
—Ya sabes lo que
dicen —respondió Consuelo al tiempo que se ponía de pie y tiraba el cigarro por
el balcón—. Los peores enemigos, se pueden convertir en los mejores amigos.
Puya, cuánto drama
con esta. La verdad es que Consuelo no tenía idea de qué le había pasado a su
padre, si había traicionado al General antes de su muerte o siquiera cómo había
muerto. Perlita no le había dicho nada, así que se había hecho sus propias ideas.
No estaba del todo equivocada, sin embargo. El General no había asesinado a
Germán. No exactamente. Solo le dio un terrible consejo.
Germán estaba cada
vez más preocupado por la forma en que su viejo amigo interpretaba la sabiduría
de los colores, la búsqueda de la verdad unificada, y no temía decirle que
pensaba que sus ideas sobre el verdadero significado de ascender de la
oscuridad a la luz eran, cuando menos, delirantes.
—¿Qué sigue? —le
dijo una tarde, durante una junta con los consejeros del General—. ¿Beber cloro
para aclararte la piel? ¿Masacrar a todo un pueblo de prietas? Sabes bien que
podrían rastrear tu linaje hasta allá, hasta el lugar del que tú y yo provenimos.
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A veces, Germán
apenas reconocía al General. Alguna vez había creído en el vitalismo, en que
proveer una cantidad mínima de comida, agua potable, ropa —y nada más que el
mínimo, ¿ves?, para no hacer enojar a los terratenientes—, empujaría a los
indios iletrados a acercarse a dios, hacia el tónico purificador del trabajo, a
abstenerse del licor, y que un día, juntos, cada vez más claros, todos
llegarían juntos a una utopía nacional. Más recientemente, sin embargo, la
visión del General se había vuelto cada vez más demencial. Aseguraba que todos
los indios eran comunistas, que había que domarlos, castrarlos, cortarles las
pelotas, para que pudieran ascender hacia la luz. Si esa fijación con las
pelotas era o no retórica era algo que nadie se atrevía a preguntar. El General
tenía él mismo la piel oscura, como notaban sus consejeros, además de sangre
india. Lo único que quería, malentendían gravemente, era mejorar a su gente.
Esa era, no
obstante, la forma precisa en que el General no quería que lo percibieran y
tomó las palabras de Germán, la forma en que su viejo amigo había expuesto sus
orígenes, como un ridículo.
A la semana
siguiente, en una gran cena, el General alzó su copa para pronunciar el
epigrama preliminar de la reunión.
—Quiero dedicarle
esto a Consuelo, la hija de mi más viejo amigo: «los pétalos de tus labios
están bien, ¡pero en tus piernas no crece rosa alguna!» —dijo, las medallas
tintineando en su pecho, las mejillas relucientes de venganza.
Germán le dijo que,
condecorado o no, fuera o no el siguiente en la línea de sucesión a la
presidencia, lo iba a decapitar si se atrevía siquiera a mirar otra vez a su
hija. Consuelo tenía apenas doce años en ese momento.
Sonrió al decirlo,
pero todo mundo guardó silencio. Para ellos, quien había cruzado una línea era
Germán, no el General. Todo el mundo sabía que su hija era una indita prieta.
Más tarde, cuando
el salón estaba casi vacío, Germán se disculpó por hablar cuando no le
correspondía. El General fingió perdonarlo, elogiando su audacia, y Germán,
temeroso por su vida, aceptó tácitamente sus palabras vacías. Por años ya, el
General había sido menos un amigo de toda la vida y más como un tío loco y
violento de cuyos favores dependía el pago de la deuda y la seguridad de una
vida decente para la familia de Germán. Este concedió, escuchando pacientemente
mientras aquel llevaba la conversación hacia uno de sus temas favoritos, darle
consejos médicos.
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Desde la infancia,
Germán sufría de violentas convulsiones, que borraban días enteros de su vida,
y de las que se despertaba debilitado, con espuma en los labios.
Cuando llegó a la
capital, ya adulto, el General le pagó una visita al Ministerio de Salud, donde
le diagnosticaron epilepsia y, para aliviar la gravedad de sus episodios, lo
trataron primero con Benzedrina y luego con Luminal.
En tiempos más
recientes, sin embargo —quizá a partir de que ambos habían empezado a discordar
en diversas cuestiones—, el General emitía con mayor fuerza su propia opinión
sobre la condición de Germán.
A Germán el
diagnóstico de epilepsia siempre le había parecido desagradablemente femenino:
neurosis, locura, pero su viejo amigo sugirió que sus crisis lo acercaban más a
lo divino.
—Fíjate en lo que
puedes descubrir cuando retiras ese velo y tocas lo que hay debajo; permítete
entrar en el hechizo —solía decir el General. Creía que la medicina, de
cualquier clase, era la respuesta de un hombre débil a una falla espiritual.
Los ataques eran un intento de comunicación por parte de fuerzas invisibles,
estaba seguro. ¿Por qué Germán no lo escuchaba?
El Luminal volvió a
Germán dormilón e impotente (aunque fue lo suficientemente listo para ocultarle
ese efecto secundario al General, quien habría recibido la noticia de su
impotencia con alegría desbocada), pero, aunque no eliminaba los ataques por
completo, sí reducía la frecuencia y la intensidad.
—Fíjate en cómo te
va sin el medicamento —le dijo el General—. ¿Qué hay de tu vitalidad innata?
Al oír la palabra
«vitalidad», Germán se mordió la parte interna del labio. No estaba listo para
discutir su vitalidad con el General, que solo se deleitaría en torturarle los
huevos durante la siguiente reunión de la Sociedad.
—Fíjate —dijo el
General, notando su incomodidad—, ¡esas drogas son una muleta! Y probablemente
solo están atizando tus nervios para tenerte atrapado.
Consideró la
persistencia del General. Qué chute era, ¡más metiche que una vieja! Por
insistencia suya, Germán ya había cambiado su dieta por una que no incluía
carne. Era más simple así: de todas formas, casi cada comida la hacía en
presencia del General, y con eso logró que se callara.
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¿Por qué no,
entonces, dejar el medicamento un par de semanas? ¿Por qué no hacerse el jodido
enema de agua púrpura solo para demostrarle su error, para callarlo aunque
fuera un rato? Y quizá, solo quizá, durante esa pausa del Luminal, podría hacer
que se le parara al menos unos minutos, así que, sin decirle a nadie —ni a su
esposa, ni a su doctor—, Germán dejó de tomar el medicamento.
Un día, ya entrada
la tarde en el palacio, no mucho tiempo después, el General pausó su juego de
ajedrez con Germán para ir a orinar.
Cuando regresaba
por el pasillo, el General oyó unos golpes, como cuando los jabalíes se
escapaban del corral y se ponían a hurgar en la basura, cuando Germán y él eran
niños en el campo. Los mandaban a asustarlos, a gritos, tirándoles piedras.
Luego se pasaban la tarde reparando la barda del corral.
—Vamos a la vuelta,
de toro toro gil —canturreó.
Cuando entró de
nuevo a la habitación, encontró las piezas del juego rodando por el suelo,
aunque el golpeteo había cesado. Germán estaba quieto, boca abajo sobre el
tablero. El hechizo estaba hecho. El General había visto a su amigo tener
ataques antes, pero siempre volvía en sí después. Le dio una palmada en la
espalda.
—¡Dime qué ves! —le
exigió. La espalda de Germán estaba tiesa, y el General mantuvo ahí la mano, a
la espera de que el aliento de Germán volviera a animarla por debajo.
Más tarde, el
General soltó algunas lágrimas cuando el forense recogió el cuerpo de Germán.
«Imposible», se dijo. «¿Cómo pudieron fallarle los doctores invisibles? ¿Cómo
pudieron fallarme a mí?».
Al final, sin
embargo, aceptó la muerte de su amigo como un augurio para nadie más que para
él. Su sabiduría le había fallado a Germán, pero eso solo podía haber ocurrido
por una buena razón. Así, su juventud quedaba sepultada, y no quedaba ya en
ninguna memoria viva además de la suya, y ahora no había nadie en la Sociedad
que pudiera regañarlo o pedirle que fuera razonable. Ahora, el General era
verdaderamente libre.
A Perlita solo le
dijo que Germán había traspasado el velo al fin, que había logrado la
iluminación.
—Volverás a verlo
—le prometió. Ella frunció el ceño, incrédula de odio, la perra altanera.
Y esa era la
verdadera historia de lo que le había ocurrido a Germán: ni Graciela ni
Consuelo la escucharían jamás.
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En la hacienda, con
frecuencia Graciela no sabía qué pensar de los dramas de Consuelo, pero la
adoraba, y la paciencia que le tenía a sus rabietas y sus caprichos era
infinita. Consuelo parecía frágil y vulnerable con sus miembros desgarbados, su
piel cacariza, sus temblores y su tartamudeo, sus mentiras y su risa nerviosa.
Graciela se sentía más fuerte, más sabia, y quería proteger a su hermana mayor.
Se sintió también más segura cuando se construyó un hogar en el estrecho
espacio trazado por la soledad de Consuelo. A ambas las habían dejado ahí, a su
propia manera, con su incertidumbre, pero ahora al menos las habían dejado
juntas. Graciela estudió el rostro de su hermana mientras la tranquilizaba
luego de oír sus teorías de amistad y traición.
Pronto, sabía, la
llamarían del piso de abajo. Esa noche el General estaría de visita para cenar
y le presentarían a ambas como si fueran regalos. Recorrería con la mirada a
Consuelo, la conocida, cansada, aún a la espera de ser elegida. Y vería a
Graciela, la nueva, por primera vez.
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Años más tarde,
después de que ocurriera todo, Graciela se maldeciría a sí misma por no haber
escapado esa tarde, antes de conocer al General, antes de caer bajo su poder.
¿Por qué, en los minutos previos a que Ninfa gritara sus nombres para pedirles
que se apresuraran, que se vistieran, que estuvieran listas, antes de que el
General llegara en su auto, antes de que comenzara su trabajo en el palacio al
día siguiente, no había tomado a su hermana de la mano y huido con ella? A
pesar de las inevitables protestas de la tonta de su hermana —que no querría ir
a ningún lado sin antes despedirse de Luis, sin antes recoger sus bolsitas
llenas de pétalos de rosa secos y cigarros robados, sus cartas del tarot, su
púchica collar de araña—, habrían podido escapar.
¿Adónde? ¿De vuelta
al volcán? ¿Hacia nosotras? ¿A otra parte? ¿Los Yunais? ¿La Ciudad de México?
¿París, Francia? En cualquier caso, para 1932, las demás cipotas ya estaríamos
muertas.
Ninfa gritó en las
escaleras. Las niñas se levantaron y fueron a ponerse la ropa que Perlita había
elegido para la ocasión: vestidos de franela gris a juego, con botones
brillantes de color negro en la espalda. Se los abotonaron una a la otra, antes
de bajar.
Graciela, Consuelo,
Perlita y Ninfa estaban de pie frente a la casa, junto al muro de árboles
frutales, con las cabezas en reverencia, cuando llegó el auto del General. El
chofer rodeó el auto para abrir y sostener la puerta del lado que daba a la
hacienda. El General, grande y osuno, emergió, levantando la mano derecha en un
saludo tieso, una masa de pelo sobre la cabeza, rizos negros, ricos y cerosos
de querubín. El chofer le retiró la capa de satín blanco que le colgaba de los
hombros con una cadena de oro y reveló el traje blanco que fosforecía en el sol
del ocaso, el saco saturado de listones y medallas que tintineaban mientras
atravesaba los jardines frontales de la hacienda hacia donde lo esperaban
Graciela, Consuelo, Perlita y Ninfa.
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El General recorrió
la formación, ofreciendo su mano para que pudieran besarla. Ya de cerca, se
veía algo hinchado y más pequeño de lo que parecía cuando salió del auto. La
punta del turbante de Perlita estaba más arriba que la cabeza de él. Tenía una
cara larga, llena de dolor, el cabello colgándole sobre la frente, las cejas
amplias como orugas, los ojos negros y diminutos, y una perilla gruesa por
nariz. Su cara, llena de surcos y de un marrón cenizo, era mucho más vieja que
su cabello.
Al mirarlo,
Graciela pudo ver que, más allá de su cabello pomposo, de sus sinsentidos sobre
el color y las almas, de todo ese bayunco de exigir que los niños le besaran
las manos rechonchas, aquel hombre irradiaba algo grande y siniestro, un anhelo
insaciable, como si dentro del pecho llevara un imán giratorio y hambriento.
LUCÍA: ¡Como un
vampirito regordete, con su capita de seda!
Cuando el General
se acercó a Graciela, la última en la formación, cayó sobre sus rodillas con un
sonido equívoco. Perlita ahogó un grito y se llevó el anverso de la muñeca a la
frente. Ninfa no dejó de mirar al frente. Ante los pies de Graciela, los hombros
del General se sacudían arriba y abajo. Consuelo se volvió un instante hacia su
hermana, haciendo aletear los párpados. Esbozó una sonrisa, pero Graciela se
dio cuenta de que estaba asustada, y ella, a su lado, lo estaba también.
Consuelo se había hecho la práctica de obligarse a reír cuando estaba asustada,
racionalizando el hecho de que, si podía reír de cara al miedo, significaba que
estaba a salvo. Graciela, aun siendo tan joven, sabía que muchas veces era más
seguro callarse la boca.
El General presionó
el bigote contra la correa blanca de charol en el pie derecho de Graciela, la
besó, y la besó de nuevo, haciendo pequeños rechinidos, como un ratón de f
inca. Besó su pie derecho una docena de veces más o menos, y luego cambió de
pie. Le hacía cosquillas, y Graciela se mordió el dedo para ocultar la risa.
—Sonríe —le susurró
Perlita desde su lugar en la formación, así que lo hizo, y el General comenzó a
sollozar.
Consuelo soltó un
chillido, incapaz de contenerse.
—«Oh là là!»
—murmuró con garganta silvestre.
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Perlita hundió un
codo afilado en el costado de Consuelo. En el pecho de Graciela emergió el
susto, que le asió la garganta como una mano.
—¡Tus perlas, tus
perlas! —gimió el General. Sacó un pañuelo del bolsillo del saco de satín. Se
sonó la nariz con un gesto de dignidad—… ¡Y ya las perdimos!
—Tus dientes de
leche —dijo Ninfa—. ¿Cuándo se te cayeron?
—En casa, hace
tiempo —dijo Graciela. Apenas uno de ellos comenzó a bailarle, Lourdes insistió
en que había que extraerle los dos dientes frontales amarrándoles un cordel y
luego amarrando el otro extremo a la perilla de la puerta de la bodega de la f
inca, para después cerrarla de un portazo.
Luego, el General
se quitó un guante blanco y se lo entregó a Ninfa por encima de sus hombros.
Con cuidado, le abrió la boca a Graciela, usando el pulgar, presionando su
lengua contra el paladar. Con la almohadilla del dedo índice palpó cada uno de
sus dientes, contando en voz baja. De los pliegues en el interior de sus orejas
manchadas emergían pelos negros. Presionó uno de los colmillos inferiores de
Graciela, y lo movió adelante y atrás, aflojando las raíces. Graciela tragó
saliva con la lengua todavía pegada al paladar.
—Por favor,
prométeme que, cuando las próximas perlas caigan, las van a conservar —dijo el
General. Ninfa juró en un murmullo. El General esperó un momento y luego retiró
la mano con cuidado de la boca de Graciela. Su lengua volvió con torpeza a su
lugar, y percibió el sabor a sangre salada que escurría del diente que el
General había manipulado. Ninfa se perdió en la cocina y regresó salpicando
agua en un recipiente y con un pañuelo de lino doblado sobre el antebrazo, como
en las misas.
El General se lavó
y se secó la mano, y se puso de nuevo el guante. Le acomodó la boca; Graciela
no se había dado cuenta de que la tenía todavía abierta. El General le puso las
manos en las mejillas y su visión periférica desapareció: la hacienda, las cícadas
y las aves, las rosas mordidas, la ocelote, todo desapareció. Por un momento,
Graciela olvidó la existencia de cualquier otra persona que no fueran ellos
dos. Lo odiaba, no tenía muy claro por qué; mientras lo miraba, en su garganta
ebullía una amargura.
El General llevó
las dos manos hacia sus hombros y la miró a la cara, mientras la suya se
llenaba de felicidad. Ya no tenía las mejillas húmedas de lágrimas, y más bien
se veían enormes, viejas, radiantes. El aire de la
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noche estaba en
completa calma. Graciela contuvo el aliento y entró a esa nueva vida en un
sacramento silente.
—Al fin —susurró el
General. Sus ojos sujetaron los de ella con luz—.
Al fin, ¡mi
oráculo! ¡Mi querido, querido oráculo! Al fin estás en casa.
«Oráculo». Graciela
conocía esa palabra. En el pueblo había una mujer que se llamaba a sí misma
oráculo por algo de pisto extra. Hacía a su nieto aullar detrás de una cortina
mientras ella ponía los ojos en blanco y movía las manos sobre un tazón de ensalada
volteado de cabeza, para atizar el chambre del pueblo. («Cuidado con la mujer
que tiene los ojos verdes como una serpiente, ¡porque embrujó a tu marido!»).
Todo el mundo sabía que no era en serio.
El General soltó
una ruidosa carcajada y, con un vuelco en el estómago, Graciela cayó de vuelta
al mundo material. La ocelote se estiró y bostezó. Al General se le puso morada
la cara, y su risa ordenaba al resto unirse con risitas de cortesía. Graciela esperó
a oír la risa falsa de Consuelo para contribuir con la suya.
—¡Al fin estás en
casa, querida, al fin! ¡Cuánto puedo verlo a él en ti! ¡En cada fibra! —dijo el
General.
Perlita le hizo una
señal a Ninfa, apuntando con los labios a la puerta, y todo el mundo se
encaminó adentro para la cena. El General no apartaba la garra de la cabeza de
Graciela y tarareaba alegremente. Graciela odiaba sentir ahí su mano, el
control tan fácil que ejercía sobre ella. Consuelo, justo enfrente, le buscó la
mano, y se la sostuvo hasta que se sentaron a comer.
En la mesa, de
nuevo Consuelo tembló como un cerillo encendido, pero ya sin sonrisa, con sus
ojos de estrella de cine grandes y brillantes. Ninfa tomó y sacudió la
servilleta que Graciela tenía debajo de la muñeca, se la puso en el regazo y
regresó a la cocina para ordenar que se llevara a la mesa el primer tiempo.
Un tropel de niñas
contratadas para la ocasión distribuyó la comida. Salieron en hilera de la
cocina, en uniformes almidonados, sencillos e inmaculados, sosteniendo los
pesados tazones de sopa como si fueran aire. En el umbral de la cocina ya
estaba esperando una nueva procesión de niñas, estas con charolas de carne.
Miraban a Graciela, pero veían hacia otra parte de inmediato cuando ella les
devolvía la mirada.
El General se sentó
a la cabecera de la mesa y alzó su copa llena de agua simple.
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—Por el pasado, por
el presente y por el futuro. Tres anillos: uno de oro, otro de plata, y otro de
bronce, todos ellos vinculados por ti, mi oráculo —dijo, y se giró para
guiñarle un ojo a Graciela—. Y mañana comenzamos nuestro gran proyecto. Espero
que estés lista. Juntos vamos a transformar nuestro pulgarcito. Dar a luz
significa hacer nacer algo, ¿no es cierto?, y requiere grandes esfuerzos, pero
juntos haremos nacer esa luz. Haremos de esta una nación real.
¿Real? ¿A qué se
refería con hacer de esta una nación real? Ya era real. —Las auroras boreales
—continuó el General, aún con la copa alzada —… ¿Diríamos que los destellos
repentinos de las auroras boreales, las luces del norte, son una «realidad»,
aunque son tan reales como pueden serlo cuando los miras? Ciertamente no; lo
único real es lo que las causa; no son más que una ilusión pasajera —se limpió
la boca con modestia—.
Yo nunca he visto
una aurora boreal, ¿tú sí? —le preguntó a Graciela.
Aterrada,
confundida, ella negó con la cabeza.
—Pero seguro que te
las puedes imaginar si te cuento lo suficiente de ellas, ¿o no? —preguntó esta
vez el General.
Graciela entendió
entonces que aquello era una lección, algo en lo que ella siempre había sido
sobresaliente. Asintió con fervor.
—Siempre que tengas
un poco de imaginación, un poco de profundidad, no habrá ningún problema —dijo
él—. Considera junto conmigo el inquietante brillo de las auroras boreales:
dorado, púrpura, ¡un azul clarísimo, imposible! ¡Todos esos colores brillando contra
el negro de la noche ártica! —Cerró los ojos y comenzó a susurrar—: ¡No son más
que una ilusión! ¡No producen calor! ¡Bailan según el capricho de una mano
invisible!
Eso. Estaba loco,
no le quedaba ni un tornillo en la cabeza, pero en esa habitación, en esa mesa,
hacía que el aire se cargara de electricidad, y Graciela sintió que podía morir
si respondía incorrectamente. Las tonterías de Consuelo sobre mejores amigos
que se volvían enemigos de pronto le parecían más convincentes. ¿Qué era lo que
su padre había hecho mal? Si pudiera encontrar las palabras adecuadas en ese
momento, decirlas como un hechizo, podría garantizar su seguridad y la de
Consuelo. La mirada de Perlita perforaba la suya, como si Graciela fuera la
peor de las idiotas. Consuelo hizo aletear sus pestañas con molestia, pero las
manos le estaban temblando y hacían traquetear la vajilla. Perlita le dio una
patada por debajo de la mesa.
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El General apretó
ambos puños sobre el mantel de olanes blancos. —Imagina aprovechar su energía,
¡su causa salvaje! —Ahora estaba
suplicando, y
Graciela entendió lo que tenía que hacer.
—Las veo. Veo las
luces —dijo, a sabiendas de que así pasaría la prueba del General.
—Bien —dijo él.
Como si se les hubiera unido un ángel, se hizo la calma alrededor de la mesa.
Se sirvió el primer
tiempo. La sopa del General, de color verde brillante y misterioso, era
distinta al caldo de pollo de los demás. Era vegetariano. Comerse a un animal
es peor que matar a un hombre, le gustaba decir. Un hombre reencarna, mientras
que el animal muere para siempre. Después de nuestras muertes, cada vez que
recitaba esa frase, nosotras nos reíamos a carcajadas en sus oídos. Gritábamos
como cuatro Ciguas. Solo por eso no lo dejaríamos dormir una noche entera por
el resto de su vida.
Cuando el tazón
estuvo frente a él, El Gran Pendejo se dio golpes en el pecho. El chofer, que
había estado haciendo guardia cerca de la puerta principal, se apresuró a
asistirlo. Del bolsillo de su chaleco sacó una larga cadena con un cristal
brillante en el extremo, y lo sostuvo encima de la sopa verde del General. El
cristal destelló y se meció dos o tres veces. El General asintió, y el chofer
regresó a su puesto junto a la puerta. El General se llevó el tazón a los
labios y sorbió, manchándose de verde el bigote. Terminada la sopa y
reemplazada por el segundo tiempo, el chofer reapareció a su lado y sostuvo el
cristal con indiferencia sobre el plato del General. En lugar de filete,
comería curtido (una montaña de col, zanahorias y semillas de alcaravea, bañada
en vinagre), y un puñado de yuca frita, con una ramita de loroco como
guarnición. Comida de campesino confeccionada para un monarca. El cristal
destelló una vez más.
Graciela comió
hasta limpiar el plato, y luego vio a los demás masticar y tragar y conversar y
asentir. Dobló las palmas y estiró los brazos sobre el plato, unos codos
huesudos y marrones y unas manitas cuadradas sobre una suave luna blanca. En
cada fibra, había dicho el General. Veía el rastro de su padre en cada fibra de
ella. Las fibras de su piel y de su alma… ¿A qué se refería? ¿Qué era lo que
veía? Graciela destrabó los dedos y giró las manos; miró y miró sus palmas,
esperando encontrar a su padre.
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A la mañana
siguiente, el chofer del general recogió a Graciela y la llevó al palacio
presidencial, en la plaza principal. El chofer se llamaba José. Graciela se
sentó en la parte trasera, mirando sus manos en el volante, su nuca gruesa sin
afeitar. No lo había oído hablar la noche anterior, durante la cena con el
General, pero ahora, mientras el auto descendía hacia el centro de la ciudad,
José volteaba a verla con frecuencia y le mostraba las escenas de la calle: un
payaso que limpiaba parabrisas, una mujer que empujaba un carrito de tamales y
los anunciaba a los gritos para el desayuno, con una sonrisa amplia y sin
algunos dientes. El sol naciente llenaba la ventanilla del auto y deslumbraba a
Graciela.
Cuando llegaron al
palacio, José bajó la velocidad, se orilló, y abrió la pesada puerta del lado
de Graciela. La banqueta ya estaba repleta de cuerpos que empujaban carritos de
fruta cortada; un par de bolos cara de cobre tirados en el piso se turnaban un
cigarro; hombres con el cabello húmedo de pomada, el olor a colonia madurando
en el calor de la mañana; mujeres abriéndose paso, guiando a sus hijos entre la
multitud con las manos sobre sus cabecitas. Graciela sintió dolor al ver a
aquellas madres y se preguntó adónde era que llevaban a sus hijos. Frente a
ella, sin embargo, estaba el palacio de mármol; avanzó entre los cuerpos y el
ruido hasta alcanzar las escaleras, y las subió de dos en dos mientras el
viento polvoso le arrugaba el vestido prestado. En la cima, una mujer pequeña
con un estricto corte de cabello y los ojos pálidos la esperaba detrás de una
pesada puerta de mármol y cristal. La empujó con algo de esfuerzo y le ofreció
a Graciela una mano reseca. Dijo que se llamaba Lidia y la condujo por un
vestíbulo vacío hacia el silencio de un cuarto oscuro. Graciela comenzó a
presentarse, pero Lidia se sacudió sus palabras con una mano al aire.
—Lo sé todo de ti
—dijo.
—¿Vives aquí?
—preguntó Graciela, pero Lidia no contestó.
Intentó de nuevo:
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—¿No vive el
presidente en el palacio presidencial? Lidia se volvió hacia ella con una
mirada severa. —Nadie lo ha visto en años.
Más tarde, Consuelo
se lo confirmaría: el presidente era un chiste, vivía con su esposa en una
mansión en Guatemala y evitaba poner un pie en el país. Todo el mundo lo
llamaba El Pelele.
—Creo que Perlita
lo conocía, o algo así. Diocuarde, Pelele, donde quiera que estés.
La habitación en la
que Lidia dejó a Graciela estaba revestida de madera dura, y un tapete de un
rojo intenso, embellecido con medallones dorados, estaba sobrepuesto encima de
la gruesa alfombra de color verde boscoso. En las paredes había libreros altos,
y unas cortinas de terciopelo rojo aislaban el espacio de la luz y el sonido
del mundo exterior. El aire se sentía cargado y sucio, con un olor a humo viejo
y a piel muerta y grasosa. Graciela sintió ganas de regresar al ruido y la luz
de afuera, pero en la cabecera de la mesa, larga y pulida, estaba el General,
sentado, con los ojos cerrados.
Ocupó su lugar al
otro extremo de la mesa, frente a él.
—Buenos días —dijo,
pero el General se mantuvo en silencio. Quizá así era como dormía por las
noches, sentado en una silla, vestido y listo para entrar en combate.
Ninfa le había
dicho ya que era un tipo extraño, y la noche anterior le dijo que era mucho más
extraño de lo que se había mostrado en la cena.
—Ten cuidado, ¿eh?
Graciela le
preguntó a Ninfa si era cierto lo que le había contado Consuelo, que el General
había matado a su padre, y la anciana solo había chasqueado la lengua.
—No. Nunca. Es un
tipo extraño, pero es inofensivo como una lagartija.
Ninfa sabía que la
verdad estaba en algún punto entre ambas cosas, inofensivo como una lagartija
loca y un asesino, pero temía de por sí haber dicho demasiado y no quería
asustar a la niña.
—Pero ¿qué se
supone que haga cuando llegue con él? —le había preguntado Graciela.
—Quiere que lo
escuches, y que lo aconsejes —respondió Ninfa—. Nada más. Cree en espíritus y
en signos, así que solo tienes que seguirle el
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juego, como tu
padre. Déjalo que se invente historias y luego actúa como si fueran verdad.
Solo ten cuidado; ese hombre no es como ningún otro.
Graciela pensó en
que aquello sonaba como tener que cuidar a un niño pequeño, como cuando
solíamos cuidar a María antes de que tuviera edad para unirse a nuestros
juegos. La oíamos llorar y le limpiábamos el trasero, le dábamos golpecitos en
la espalda, sosteníamos sus manitas pegajosas y la llevábamos a la ceiba para
que tocara la corteza de los árboles o para que señalara a las aves. ¿Eso era
lo que hacía el padre de Graciela para el General? Claramente había algo de ese
trabajo que Graciela todavía no entendía.
Ahora se daba
cuenta, por la forma en la que el General abría ligeramente los párpados y cómo
su respiración se mantenía lenta y regular, de que estaba fingiendo estar
dormido. Las gruesas fosas nasales jalaban el aire y cada exhalación le
despeinaba la parte inferior del bigote de escobeta.
—Empecemos de una
vez —dijo el General, sin abrir los ojos—.
Recitaciones de
sabiduría.
—Buenos días
—repitió Graciela.
Él asintió.
—Vamos a empezar
con el final de la vida y cómo llegamos más allá de la muerte. La muerte no es
el enemigo, y quien te diga eso es un estúpido —abrió los ojos de un
sobresalto—. ¿Lista?
Graciela no lo
estaba, pero sabía que, en esa habitación viciada y oscura, no tenía otra
opción.
—Sí —respondió.
—Aunque nuestra
memoria física pueda destruir los registros de los eventos importantes, de la
memoria del alma no desaparece ni siquiera la más trivial de las acciones. Es
una realidad siempre presente en su propio plano, y está fuera de nuestra
concepción del tiempo y el espacio.
Dijo aquello dos
veces, luego alzó el dedo índice en el aire y la señaló. Graciela tenía en la
cabeza una fotografía de esas palabras y las llevó a su lengua.
—Aunque nuestra
memoria física pueda destruir los registros de los eventos importantes, de la
memoria del alma no desaparece ni siquiera la más trivial de las acciones. Es
una realidad siempre presente en su propio plano, y está fuera de nuestra
concepción del tiempo y el espacio.
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Al oír la
recitación de Graciela, el General levantó las cejas y asintió, inflando los
labios.
—Todo esto debe
parecerte muy difícil, muy confuso —dijo.
Y así era, por
supuesto, pero Graciela tenía miedo de mostrarse de acuerdo.
—¿Qué crees que
signifique? —le preguntó.
—¿Es necesario
morir para ver los registros de la memoria del alma? —preguntó Graciela.
El General sonrió.
No le gustó que le respondiera con una pregunta en lugar de con una respuesta,
pero era nueva, así que la perdonó de inmediato. Durante sus primeros días
juntos, fue paciente con ella. La trataba como la niña que era y le hablaba con
tonos amables que no usaba con nadie más.
—Nada de esto es
tan importante como lo que implica para el tejido del velo del futuro —dijo el
General. La decepción en su voz hizo temblar a Graciela—. Tejemos el velo del
futuro sobre esta realidad siempre presente. La verdad existe más allá de la
muerte. La vida no termina con la muerte.
Graciela había
escuchado una versión de eso en la escuela, con las monjas: la vida después de
la muerte. Nunca había creído en la historia en su sentido literal (la piedra
que se aparta, el pan que se transforma, no en pan bendito, sino en la propia
carne), pero había en todo aquello una familiaridad que le resultó
reconfortante. De inicio, podía aceptar esa historia de la vida después de la
muerte.
—Después de morir
recolectamos todos nuestros recuerdos y creamos el futuro que merecemos y
deseamos —dijo—. ¿Me entiendes?
—Sí —respondió
Graciela.
MARÍA: Quién sabe,
a lo mejor hay algo de eso, la memoria infinita del alma, que explora la
realidad fuera del espacio y el tiempo. Míranos a nosotras, por ejemplo;
después de todo somos tus púchica narradoras fantasma.
LOURDES: Sí, pero
cuando habla de tejer el velo del futuro, no está hablando de tejer como lo
hacían nuestras bisabuelas y sus telares atados a la espalda.
LUCÍA: Él no quería
tejer tela; quería tejer piel, piel cada vez más clara. La cara de Graciela era
su idea del pasado,
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igual que la
nuestra, pero en la suya podía imaginarse el futuro, mezclándose con el tiempo.
Claro que Graciela no entendía todo eso. No todavía.
LOURDES: Y aunque
fuera tan inteligente, ¿cómo habría podido hacerlo? La idea estaba enterrada en
todos esos sinsentidos… Es como cuando compras comida por la calle, porque te
mueres de hambre, y te la dan cubierta de salsitas y cremas para esconder lo mala
que es la carne, lo chamuscada e insípida que está.
El General inclinó
la cabeza y habló despacio:
—Lo que estamos
haciendo ahora está creando el velo. Tenemos el poder técnico de canalizar la
electricidad de la capacidad humana. Tú podrías serme de ayuda para lograrlo,
escuchando, guiando. Juntos, podríamos crear una máquina hermosa, ¡una máquina
poderosa!
El General le contó
a Graciela de la transubstanciación de las almas, de cómo se rompen en mil
pedazos y se mueven silenciosamente sobre la Tierra, de cómo toda la Tierra
está conectada por las piezas de esa sabiduría, de cómo tenemos que ser
fuertes, despiadados incluso, para protegerlas. En Alemania, por ejemplo, había
un hombre muy fuerte, vigoroso, sin miedo, dedicado a esa misma causa. Con toda
seguridad ascendería pronto al poder, decía el General. Estaba conectando las
piezas para reclamar la pureza de su nación. También en Italia había un hombre
sabio, igualmente fuerte, que tenía el poder de revigorizar, renovar, rehacer
su país como un pueblo unificado. El General creía que Graciela lo ayudaría a
sumarse a los esfuerzos de esos hombres, que le revelaría el destino del país.
Era su consejera de almas.
—Cierra los ojos
—dijo, y ella obedeció. Ella, más que cualquiera de nosotras, quería ser
buena—. Mira cómo cada alma estalla de brillantez, cómo cada alma oscura emerge
hacia la luz. Como miles de diminutas bombillas de luz.
Graciela asintió,
los ojos todavía cerrados, su mente aún insegura de qué era lo que estaba
ocurriendo, trataba de imaginarse recolectando almas brillantes para el
General.
MARÍA: ¿Y de quién
son esas almas que están recolectando?
LOURDES: Nuestras,
tonta.
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LUCÍA: Nuestras
almas, estallando de brillantez. Nuestras almas oscuras convirtiéndose en luz.
CORA: Puya, por
supuesto. Púchica fascistas.
Así fue como tomó
forma el ritmo de los días de Graciela en la capital. Cuando no estaba
trabajando en el palacio, estaba trabajando con Ninfa. Se reunía con ella en su
habitación temprano por la mañana, cuando todavía estaba oscuro. Ninfa encendía
la estufa para el desayuno, mientras Graciela barría la cocina, las escaleras y
el vestíbulo. Ninfa abría las cortinas e iba hacia el patio, donde reemplazaba
los periódicos llenos de mierda de la jaula por unos nuevos, llenaba los
semilleros y daba de desayunar a los perros y a la ocelote.
Dentro, Graciela
sacudía y pulía: el púchica payaso de porcelana, un enorme tazón de vidrio con
varios huevos de mármol jaspeado, la mesa y los respaldos de cada una de las
sillas. Se subió a una escalera para alcanzar el espejo demoníaco, limpió las
curvas enormes de su marco de ébano, todo mientras Ninfa fregaba los pisos con
jabón caliente.
Comían juntas, lo
que Perlita y Consuelo hubieran dejado. Graciela no se daba cuenta de lo
cansada que estaba hasta que Ninfa le recordaba sentarse. Por lo general comían
en silencio. Después, si Perlita estaba descansando y si Ninfa consideraba que
habían cumplido con el trabajo suficiente para ese punto del día, hacía café de
olla para compartir. Salían con él al patio y se relajaban juntas. Ninfa solía
contarle a Graciela de sus hijas y sus nietos en el campo, de sus sobrinos y
sobrinas, y Graciela le contaba a ella sobre el General, y la viejita se
carcajeaba hasta que las aves se elevaban dentro de la jaula, en pánico.
Por las tardes,
Ninfa y Graciela trabajaban juntas, cepillando ropa de cama y poniéndola a
secar en el patio, ordenada en una hilera. Para cuando empezaban a preparar la
cena, las manos de Graciela estaban temblando.
A Ninfa nada se le
escapaba.
—Extrañas a tu
madre, ¿verdad?
Graciela asintió.
Era verdad. Extrañaba a Socorrito y nos extrañaba a nosotras; la sensación de
extrañar se había instalado como un dolor en las profundidades de su ser, pero
en realidad las manos le temblaban de tanto trabajar. Más allá del dolor, sin embargo,
sentía algo más frenético, un miedo que no podía articular incluso si Ninfa se
lo pedía. Graciela no podría haberle explicado a nadie por qué estaba tan
asustada y, aunque las
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manos se le
calmaron finalmente, el miedo no se fue. Algo que todavía no ocurría la
acechaba.
A veces, al inicio
de la jornada, Perlita se aparecía envuelta en una bata de baño de seda blanca
con una extravagante letra P bordada en hilo dorado a la altura del pecho
izquierdo. Le guiñaba un ojo y luego salía de la habitación con su tacita de
café cremoso. Llevaba siempre el cabello recogido en su turbante de satín azul,
siempre arreglado como si lo hubiera hecho la noche anterior, las mejillas
cubiertas de polvo de maquillaje, las cejas negras y largas elevadas en puntas
enfáticas hacia el centro de la frente, con una implicación de hilaridad, o
deleite, o terror. Su rostro brillaba; podríamos estudiar sus movimientos todo
el día y no nos aburriríamos, y entenderíamos cada una de las partes que
conformaban su totalidad.
Los días que iba al
palacio, Graciela tomaba café con Perlita en las mañanas. Desde que había
empezado a trabajar ahí, Perlita se había suavizado con ella. Tenía la sonrisa
más rápida, era cálida y encantadora, amable con Ninfa y con las nenitas del
servicio. Felicitaba a Graciela por la rapidez con la que estaba aprendiendo la
forma correcta de fregar una tina o trapear el mármol de una escalera curva. Se
reía en voz alta y tomaba la siesta en la sala, la boca roja abierta y
ronroneante, los tobillos sueltos y tiernos. Cada semana hacía de anfitriona en
los círculos de oración que organizaba en la hacienda, y emergía de haber
recitado el rosario con altivez en la mirada. Abría diez latas de sardinas para
que la ocelote se atiborrara de ellas y se reía mientras el felino le lamía el
aceite de los dedos. No era terrible, pensaba Graciela. Casi siempre era
incluso divertida, hermosa a la mirada, tarareando una cumbia mientras flotaba
por la hacienda en sus sedas blancas, justas y generosas. Quizá todo el fuego y
la severidad de los primeros días habían sido una puesta en escena, una forma
de dejar claras las reglas del lugar.
Después del
desayuno, llevaban a Graciela en auto al palacio, y una vez ahí a veces la
conducían directamente con el General y a veces pasaba la mañana en la
biblioteca, al refugio de los libros que había estado buscando. Consuelo le
había dado un cuaderno que tenía un brillo dorado en los cantos (se lo había
robado de una tienda de la ciudad, pero a su hermanita le dijo que era un
regalo porque no la mandarían a la escuela). Graciela lo llevaba consigo a la
biblioteca siempre.
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—Me dijeron que
sabes leer y escribir muy muy bien —dijo una vez el General, durante la primera
lluvia de la mañana. Graciela no había dormido bien esa noche; la habían
despertado tanto las pesadillas como Consuelo entrando a rastras por la ventana
luego de pasar la noche afuera con sus amigos. Esa mañana el General había
llevado a Graciela a la biblioteca del palacio, una habitación igualmente
cubierta de cortinas de terciopelo granate, como los aposentos de una reina
moribunda, y le contó que mientras trabajara para él, estaba invitada a leer
cualquier libro de ese lugar, que contenía una copia de cada volumen publicado
en la historia del mundo.
—Aquí está todo
—dijo.
LOURDES: Eso es
mentira, por supuesto. No hay bibliotecas completas, y la del General, en
particular, no contenía más que libros de ocultismo, alguna otra basura sobre
estatuas de mármol blanco, y lo que quedaba de administraciones anteriores.
Nuestras historias siempre están ausentes en bibliotecas como esa.
CORA: Pero Graciela
encontró lo que necesitaba. Abrió las cortinas que protegían la fragilidad del
papel y del cuero ante el sol tropical. En ese momento tímida, y con hambre
diaria en los años que siguieron, leyó los cuentos de hadas de los hermanos Grimm
y por años soñó con las hermanastras ciegas a las que unas aves les arrancaron
los ojos; leyó también sobre las criaturas solitarias, las sirenas ahogadas y
los hermanos trágicamente separados de Hans Christian Andersen.
LOURDES: Leyó a
Charles Dickens y las lecciones de sus personajes huérfanos; y, simón, a Henry
Púchica James, que le contó cómo podría construirse el mundo pieza por pieza; y
a los rusos: Tolstói, Dostoievski, las historias de Pushkin sobre juegos de azar
y destino y osos que cazan niñas en el bosque nevado.
MARÍA: ¡Nieve!
¡Puedes creer que anhelaba la nieve! Graciela quería un bosque nevado para
perderse en él. ¡Frijolito!
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LUCÍA: Cuando
terminó con esos libros, leyó otros más: los que el General le sugería, sobre
vidas eternas y líneas clásicas de belleza. Leyó el manuscrito que Brannon
había traído en su juventud, décadas atrás, y aprendió sobre el lenguaje de los
colores, las sesiones espiritistas y los ángeles parlantes. A veces se aburría,
y otras veces las preguntas sobre nuestra pequeñez la asustaban. ¿Quiénes somos
desde una perspectiva cósmica? ¿En qué parte del reino invisible estamos? Todo
eso parecían preguntarle los libros, y Graciela no tenía la respuesta.
CORA: Para verse
como si no fuera un cerdo inculto, El Gran Pendejo financió un periódico
literario con los poetas de la Sociedad de Letras y Objetos Sagrados, y le
ofreció a Graciela sus páginas diciéndole «estas son las almas iluminadas de
nuestra nación, que con su tinta ungen y consagran mis visiones».
LUCÍA: En ese
periódico había unos poemas idiotas sobre soñadoras mujeres del color del lodo
cuya mayor alegría era trabajar bajo el sol. Graciela se reía al leerlos,
porque no conocía a ninguna mujer que fuera así de simple, y porque sabía lo
mucho que a su madre le dolía el cuerpo de trabajar, lo compleja que era y lo
enojada que estaba. Aún así, a veces copiaba palabra por palabra algún pasaje
en su libreta de cantos dorados, para poder llevar consigo ese mundo diminuto.
MARÍA: «La nación
se esculpe con ideas», decía el General, y ahí estaba él, esculpiendo la mente
de Graciela, esculpiendo nuestras vidas como si estuvieran hechas de barro. Sus
ideas jodidas.
Por las tardes,
Graciela se sentaba y miraba al General tomar su baño. Las burbujas de color
cerúleo del jabón oscurecían los misterios de su cuerpo. La tina era lo
suficientemente larga para que Graciela pudiera sentarse en un extremo y
estirar las piernas, y el General la instó a ponerse cómoda, a esperar a que
fuera el momento de emerger de esas aguas curativas. Su inmodestia la puso
nerviosa, pero estaba ahí para aprender los verdaderos significados del color,
así que hizo lo que pudo por reprimir sus miedos.
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El General sostuvo
un puñado de burbujas y de un soplido las hizo volar en el aire desde su palma.
—El rayo turquesa
de la regeneración —dijo, sonriendo. Un sirviente apareció con una jarra de
cristal llena de agua caliente, el vidrio jaspeado por las tintas verde y azul.
El vapor empañaba los espejos.
¿Qué significaba
todo eso?, te preguntarás. ¿Qué es el «rayo turquesa de la regeneración»? No
podemos presumir de entender todos los vericuetos de la mente pendeja de este
hombre, pero siendo fantasmas, sí que tenemos una púchica idea.
El General,
siguiendo los pasos de Patrick Brannon, afirmaba tener ideas sobre el color y
su poder para curar, para contener el conocimiento o para servir como el camino
hacia las verdades cósmicas. Unas estrías azules podrían ser nuestro universo;
una pincelada de rosa podría ser otro. El blanco contenía a todos los demás
colores, y por lo tanto su poder era inconmensurablemente vasto.
Los artistas, en
particular, amaban esa forma de pensar el color; parecía confirmar una
intuición que habían trabajado desde el momento en que fueron conscientes de
estar viendo el mundo. Ese discurso sobre el color, sin embargo, también atraía
a gente como el General, quien pensaba que el atajo para mejorar la raza de la
nación —hacer ascender a la población en la escala de tonos de piel de las
pinturas sobre las castas— podía encontrarse en una alquimia de ciencia y fe
diluidas una en la otra.
Después de un día
en el palacio, Graciela solía imaginarse su cerebro saliéndose en tiras por los
oídos, y solía anhelar el consuelo de olvidarse de todo aquello, algo que su
mente preciada y solitaria no podía hacer. De regreso en la hacienda, Consuelo y
ella se tumbaban como un par de gatos en el charco de luz que el sol de la
tarde hacía en medio de su habitación, hasta que llegaba la hora en que
Consuelo debía ir a ver a Luis. Antes de irse, Consuelo hacía drama una y otra
vez por la ropa. Se probaba diferentes brassieres de olanes y los modelaba
frente a Graciela, exigiéndole decir cuál de ellos le hacía ver los pezones más
rosados, en caso de que ese fuera el día en que Luis se los viera. Cuando
Graciela eligió el gris con un listón de seda, Consuelo resopló: Graciela, por
su juventud, estaba equivocada. Le exigió prestarle el refajo de algodón blanco
que llevaba puesto, el que había metido en la faja del vestido de
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primera comunión el
día que llegó a la capital. En el cuerpo de Consuelo, el tejido se estiraba y
se ajustaba a sus caderas.
A su bisabuela le
había llevado seis meses tejer esa tela, una gasa de algodón, en su telar de
cintura. Consuelo decía que se acordaba de su bisabuela, aunque murió cuando
ella no tenía más que tres años. Para cuando Graciela y el resto de nosotras
habíamos nacido, Consuelo ya no estaba, y nuestra bisabuela llevaba muerta
mucho tiempo, pero le había dejado a Graciela su refajo.
Ahora, medio
desnuda, mientras Consuelo estudiaba su imagen con el refajo, Graciela sintió
una vergüenza repentina, y giró su cuerpo de cara a la pared. Esos días los
pasó mayormente en silencio. Se mordía las uñas hasta la unión con la carne.
Las pesadillas no habían cesado. En algunas de ellas, era tanto La Siguanaba
como la hija más joven de esa monstruosa mujer, ahogándose bajo las olas,
empujada hacia abajo por la mano de otra mujer. Trató de tranquilizarse,
recordando que esas historias no eran reales, que no eran más que sueños, que
la nostalgia que sentía por su madre, por nosotras, se desvanecería con el
tiempo. Y sin embargo sentía el acecho del pasado y de un futuro que no podía
conocer todavía.
A veces, durante
las primeras semanas que pasó en el palacio, casi siempre en las mañanas,
Graciela sentía la firmeza necesaria para hacerle al General sus propias
preguntas.
—¿Cómo conoció a mi
padre?
—¿Cómo era?
—¿Qué era lo que
hacía para usted?
—¿Cuánto tiempo voy
a estar aquí?
—¿Cuándo puedo irme
a casa?
El General no
respondía casi nunca al momento, sino que cerraba los ojos y alzaba una mano,
pero por las noches, antes de que pasaran por Graciela para devolverla a la
hacienda, mientras esperaban de pie en el vestíbulo, le acariciaba la cabeza y
le contaba de su padre, de cómo había sido su mejor amigo, la única persona en
la que podía confiar. A veces incluso lloraba y las medallas le temblaban sobre
el amplio pecho.
—¿Qué se siente
estar en casa al fin? —le preguntó el General una de esas noches de las
primeras semanas, antes de que su cuerpo de oso se tragara en un abrazo
repentino el corazón de gorrión de Graciela. Ella no contestó la pregunta, pero
le dio vueltas en la cabeza.
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Consuelo había
logrado fingir que su casa era esa. Quizá, por su propia paz, debería hacer lo
mismo. Quizá era el momento de dejar de hacer preguntas y de responder con
gratitud la próxima vez que el General le preguntara qué sentía al estar ahí.
—Déjame consentirte
—solía decir él—. Déjame mantenerte segura y feliz.
A veces, el General
lloraba.
—Me da tanta
tristeza que no hayas conocido a tu papá antes de su muerte. Pensaba mucho en
ti. Estaba planeando un viaje a los volcanes para ir a buscarte, ¿sabes? Quería
traerte a este, tu hogar.
Hogar: quizá algún
día realmente sentiría que ese lugar lo era.
¿Qué más podía
hacer sino aprender a ir hacia adelante, a olvidar el pasado que tiraba de
ella, a olvidarnos, a olvidar a su madre, a dormir entre los terrores que
irrumpían en sus sueños como relámpagos en el cielo negro?
Porque, ¿qué tal si
Graciela no se mostraba agradecida? ¿Qué pasaría si lo decepcionaba? Lo sabía
de antemano: la mataría. La mandaría matar.
—Si alguna vez me
dejas, querida mía… —Solía decirle, y dejaba que la frase se perdiera en el
silencio, cerraba los ojos por uno o dos minutos, y luego volvía a abrirlos de
un sobresalto—. Si alguna vez traicionas mi confianza, estos preciados
secretos, mi cariña, bueno, ¡entonces no tendría opción! —Y se reía entonces,
como si fuera una broma, aunque cualquiera podría notar que no lo era.
A veces, con la
mano derecha, hacía la mímica de unas tijeras para despellejar pollos y hacía
como si se apuñalara ambos ojos, se llevaba la palma de la mano izquierda al
puente de la nariz demasiado tarde, y se desplomaba sobre la silla con la
lengua de fuera, como un perro.
Otras veces se
ponía más serio.
—Ya antes he tenido
que deshacerme de mis enemigos, hombres baratos que se dejaron comprar por unas
monedas de oro. Pero tú eres «mi mejor hombre». Acuérdate de cómo te salvé de
la certeza de una muerte temprana, de la desnutrición; salvé tu mente preciosa
de pudrirse. ¿Tienes idea de lo preciada que eres para mí?
Desde la ventana de
la biblioteca, Graciela había visto mujeres vestidas de olanes negros,
golpeando la puerta del palacio hasta que les sangraban los nudillos, y
recordaba las palabras con las que Consuelo lo había descrito: mentiroso,
asesino. Lidia le ordenaba tenderse debajo de la
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larga mesa oval
hasta que las viudas iracundas se fueran. Nunca les abrían la puerta.
Los hombres
desaparecían. Cualquiera podía desaparecer.
Graciela sabía que
el General le aterraba, pero en su presencia, de alguna forma, transmutó ese
miedo en una curiosidad limpia y fecunda. Sabía que su única defensa, la única
forma de salvación, era desempeñar el papel que él requería de ella.
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Una mañana, pocos
meses después de la llegada de Graciela, el general la llevó a caminar de la
mano fuera del palacio. En los árboles que rodeaban la plaza había aves posadas
sobre las ramas, abriendo sus delicadas estructuras óseas y desplegando la iridiscencia
de sus plumas mientras las calentaba el sol. La voz aguda de un hombre llamaba
la atención: ofrecía periódicos, chicle, dulces y cigarros. Una pareja estaba
sentada cerca de la fuente, riendo muy cerca uno del otro. El mundo, constante
y lleno de brillo, latía con la regularidad de un corazón.
El General la hizo
recorrer la plaza en una diagonal precisa en dirección a un edificio municipal:
el Ministerio de Salud. Entraron, él saludó, inclinando la cabeza, a las dos
elegantes mujeres que estaban en la recepción, y condujo a Graciela hacia las escaleras.
Descendieron a las entrañas del edificio por una serie de aburridos pasillos y
se detuvieron frente a una puerta ordinaria que se veía idéntica al resto de
las que se extendían a lo largo del pasillo. Tenía una plaquita con la
siguiente leyenda: SOCIEDAD DE LETRAS Y OBJETOS SAGRADOS. Reuniones
Bimestrales.
Dentro, uno podía
olvidar que estaban en el trópico. La opulencia de la oficina de la Sociedad de
Letras y Objetos Sagrados era similar a la lujosa y barroca opulencia del
palacio, pero la Sociedad evocaba una oscuridad al mismo tiempo potente y
somnífera. Las paredes estaban pintadas con una gruesa capa de color negro. La
gran mesa oval al centro de la habitación tenía un mantel de tela negra
trenzada con brillantes hilos dorados, y estaba rodeada de al menos quince
sillas tapizadas que tenían los floridos descansabrazos pintados en hoja de
oro. Contra el muro del fondo había un escritorio esmaltado con un par de
candelabros deslustrados. El aire de la habitación era denso y dificultaba la
respiración.
—Está muy oscuro
aquí —dijo Graciela, abriendo grandes los ojos para ver. El General asintió y
recorrió caminando la circunferencia de la
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habitación, como
aligerando el espacio con su enorme cuerpo. Ese día iba todo él vestido de seda
blanca.
No había ni una
ventana; toda la iluminación provenía de un par de lámparas de cristal
esmerilado color verde que estaban fijas a la pared en candelabros de bronce.
Debajo de una de ellas había una pintura del sistema de castas, justo como la
que Lucía había encontrado pudriéndose en el sótano de la iglesia. Esta se veía
desgastada por el tiempo, el marco tenía una pátina de suciedad aceitosa
provocada por el humo y el polvo conjurados en las ceremonias que tenían lugar
durante las reuniones de la Sociedad. El General encendió un cerillo y con él
los candelabros de cristal verde, cuya cera comenzó a gotear furiosamente; el
incienso hacía brotar un halo gris, y en el plato de cobre que estaba en la
esquina se cocían a fuego lento los ungüentos. Graciela vio la habitación
resplandecer en su mente con una vividez que la asombró.
Tosió.
—Está bonito —dijo,
insegura de si esas eran las palabras que el General esperaba de ella.
—Es humilde, pero
es aquí desde donde hacemos temblar a las montañas —respondió él—. Aquí nos
reunimos para estirar el tejido de la realidad —añadió, y encendió otro
cerillo—. Mira dentro de la flama y dime qué colores ves —susurró, sosteniendo
la llama entre ambos.
—Rojo, naranja,
amarillo, verde, azul, violeta —dijo Graciela, viendo más allá de la flama
mientras sus ojos se ajustaban a la luz tenue de la habitación.
Bien —dijo el
General, extinguiendo el fuego con los amplios dedos. Otra de sus pruebas. Era
importante para él que Graciela reconociera el espectro cromático completo de
una luz brillante, y ella había aprendido a recitar esos colores a la menor
instrucción.
—El blanco contiene
todos los rayos de luz —dijo, ya con el cerillo apagado.
—¿Entonces por qué
no dejaron las paredes pintadas de blanco? — preguntó Graciela.
—Ascendemos a la
luz desde las tinieblas —dijo, habituado, distraído, como quien se persigna al
entrar a la iglesia. Graciela asintió y repitió las palabras del General, con
una sonrisa carente de fe en los labios, oscurecida por la diurna oscuridad de
la habitación.
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—Esa luz está
dentro de ti —dijo el General—, aunque tal vez todavía no puedas verla, y está
dentro de mí también.
Levantó la manga de
su camisa inmaculada para revelar el interior de su muñeca, ahí la piel era un
tono más claro que el de su cara o el del reverso de sus manos. Las venas
azuladas le recordaron los gusanos que encuentras palpitando cuando volteas una
piedra. Asintió, para matizar cualquier impulso que pudiera venir de él a
continuación.
—Quería que vieras
todo esto antes de que nos reunamos con los demás la próxima semana —dijo el
General—. ¿Tienes alguna pregunta?
Graciela sabía por
Consuelo que su padre se había sentado en esa habitación. En ese lugar había
fungido como consejero del General hasta que algo en las enseñanzas los había
separado y los había hecho discutir. El General había expulsado a Germán de las
reuniones, y luego, según Consuelo, lo había asesinado.
—¿Dónde se sentaba
mi papá, cuando venía? —preguntó, y un chorrito de alarma goteó hacia su
torrente sanguíneo. Ningún rastro de ira o violencia, sin embargo, atravesó el
rostro del General, como temía que pudiera ocurrir. En cambio, sonrió.
—¡Tu padre! —dijo;
era como si se hubiera quitado un peso de encima
—. Tu padre se
sentaba aquí, junto a mí —le indicó su propia silla, al centro de ambos lados
de la mesa oval, de cara a la puerta, y luego, casi acariciando la silla,
señaló la de la derecha—. Y aquí es donde te sentarás tú también.
Graciela examinó el
desgaste en el terciopelo de la silla de su padre. —Tú vas a ser mi médium,
cherita. Tu padre, brillante como era, no
tenía tu capacidad
de visión, y solo podía aconsejarme en cuestiones simples. Un consejero
brillante, de confianza, pero… Su hija lo superó ya.
¿Cómo?, se preguntó
ella, casi en voz alta. ¿Cómo había superado ya a su padre? ¿Qué había hecho?
Había escuchado y cerrado los ojos cuando él se lo indicaba. Había secundado
algunas de sus ideas sobre las auroras boreales por pura cortesía. Se había aprendido
los discursos y las respuestas esperadas. Pero nada más.
Justo entonces se
oyeron tres golpes en la puerta. El General fue a abrir y recogió del piso un
enorme plato de pasteles. Graciela oyó unos tacones altos alejarse aprisa por
el pasillo.
—¡Semillas de
amapola! —declaró el General. Acomodó el plato sobre la mesa—. Toma uno por
favor —invitó a Graciela—. Ellas saben
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que no deben
molestarnos cuando se reúne la Sociedad, pero siempre nos los traen. Son de la
panadería de la esquina, La Victoria. Son excelentes.
Graciela eligió su
favorito, un pastel elaborado a base de jocote maduro. Lo tomó.
—¿Quiénes son
«ellas»? —preguntó Graciela, metiéndose a la boca el pastel espolvoreado de
ajonjolí. No se había dado cuenta del hambre que tenía hasta que aparecieron
milagrosamente esos pasteles.
—Ah, las nenitas de
la recepción: del Ministerio de Salud, o de Educación, algo así —respondió el
General. Las moronas se desperdigaban por sus bigotes y caían en la lóbrega
alfombra de la Sociedad de Letras y Objetos Sagrados.
Graciela pensó en
las secretarias. Quizá la Sociedad —el incienso y las velas, el mantel negro y
dorado, el péndulo de cristal que colgaba del techo, todo eso— era parte de un
juego, de una representación. Se preguntó si la gente que rodeaba al General simplemente
le seguía la corriente, como a un niño, si así era como garantizaban su propia
seguridad.
Porque, oye, aquí
el problema no era la magia. Todas sabíamos de magia en ese entonces, y simón,
también ahora sabemos. Antes de convertirnos en estos fantásticos fantasmas que
ríen a carcajadas, conocíamos ya el mundo más allá de lo ordinario. Las bisabuelas
de Lourdes y María habían sido curanderas, durante sus días de cosechar añil y
también después. No contaremos aquí sus secretos, pero los conocemos, por el
chacalele. Vimos también a nuestras madres dibujar círculos de protección en
torno nuestro; las escuchamos decir que sus abuelas les habían enviado mensajes
en sueños, o que los cuervos llevaban advertencias en sus carcajadas.
Pero nuestro mundo
extraordinario no era como el del General, esa creencia forzada, construida con
magia siniestra, que parecía haber inventado para doblar a los otros y
moldearlos a su voluntad. Y, en efecto, Graciela entendió que para sobrevivir
en ese lugar lo que tenía que hacer era precisamente eso, doblegarse a la
voluntad del General, fingir. Ese era su trabajo e intentó racionalizar el
hecho de que, si hacía su trabajo, estaría a salvo de cualquier daño que él
fuera capaz de infligir, porque no importaba si su magia era falsa: lo
importante era que podía obligar a otros a creer en ella.
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El General condujo
a Graciela fuera del laberinto, trazando por entre los monótonos pasillos un
camino distinto al que habían tomado para llegar a la Sociedad de Letras y
Objetos Sagrados. En esos extraños corredores ninguna puerta tenía ventanillas
que dejaran ver el interior de las oficinas, ni a quien ahí dentro llevaba a
cabo los deberes burocráticos del ministerio. Mientras el General apretaba el
paso hacia la salida trasera del edificio, Graciela detectó un cosquilleo de
moho en la garganta. Salió y el resplandor del día le dio en la cara. Con un
escalofrío, siguió al General de vuelta al palacio; su espalda, una sombra
amplia que ocasionalmente eclipsaba al sol.
—¿Les dejaron
pasteles en la puerta? —exclamó Consuelo cuando Graciela le contó esa noche
sobre la Sociedad—. Oh là là. Pero ¿exactamente qué haces en el palacio, en esa
Sociedad? —preguntó—. Además de comer pastel…
Estaban tendidas,
cabeza con cabeza, en el piso de madera del cuarto de Graciela, bajo la luz de
altas horas de la tarde.
—Le cuento
historias —respondió Graciela.
—¿Le dices lo que
quiere escuchar? —dijo Consuelo.
—Escucho con
atención —dijo Graciela—, y luego, si puedo, me invento algo.
Era la mejor forma
en la que podía explicarlo. Le contó otras cosas, como que el General podía
curar cualquier enfermedad, por ejemplo, aunque el problema era simplemente que
todavía no había descubierto cómo; estaba esperando a que los doctores invisibles
le revelaran su sabiduría. Estaba esperando a que su oráculo lo guiara.
Entonces Graciela asentía, le decía que creía en sus poderes, y cuando la
ciudad se vio rebasada de varicela, él la consultó.
—¿Qué vamos a
hacer? —le preguntó. Estaba desconcertado, profundamente preocupado por el
destino de la gente. La pregunta, sin embargo, era también una prueba, Graciela
sabía, así que invocó lo que pudo sobre aquel lenguaje suyo de los colores para
responderle. Le sugirió que colgara luces de colores por la plaza principal, un
tono sanador de azul, un rojo vigoroso, un amarillo agudo como un tónico para
la mente.
El General se frotó
las manos y declaró que un día —cuando Graciela fuera mayor— habría un día
festivo con su nombre; el arzobispo encargaría una estatua del Gran Pendejo,
una escultura magnífica hecha de
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mármol romano
importado, que colocarían al centro de la Plaza Nacional. Como una cortesía,
solicitaría que se hiciera también una pequeña estatua de Graciela.
Contrató a un
equipo de hombres para que, subidos en escaleras el mediodía de un sábado,
colgaran los cordones de focos de cristal colorido, que atravesaban la vista
del cielo; contrató músicos e hizo un pícnic en la plaza. Mi luz limpiará y
purificará nuestra sangre, decía; con esta luz estoy curando la varicela. En
ese momento, al escucharlo, Graciela no se preocupó demasiado. Las luces eran
bonitas. No parecía que pudieran dañar a nadie.
Semanas antes, sin
embargo, cierto era que había oído los pasos del General por sus aposentos, que
quedaban arriba de la biblioteca. Cantaba: su sangre limpiará las calles. Mi
luz despertará a esta nación. Mi luz limpiará y purificará nuestra sangre.
Graciela escuchó la
frase antes de quedarse dormida esa noche, y se acordó del duendito que se le
había aparecido en una esfera de luz en el tren de camino a aquella vida
extraña.
Cada vez que
Graciela le contaba a Perlita las cosas que ocurrían con el General, ella solo
ponía los ojos en blanco. Se quitaba su nombre de encima con un movimiento de
la mano.
—Me aburre
terriblemente —decía.
Graciela tomaba la
irritación de Perlita como un alivio; su escepticismo velado respecto a la
magia del General la volvía menos aterradora. Hablaba de él cada vez menos.
Cuando estaba en la hacienda, hacía lo que podía por olvidarse completamente
del palacio.
A veces, por las
noches, cuando Graciela terminaba sus labores del día, Perlita entraba a su
cuarto.
—¡Spspsp! —decía,
con los labios rojos en punta hacia ella. Le llenaba los bolsillos de dulces y
salían juntas en auto a la ciudad, donde iban también al cine. Compartían una
bolsa de palomitas y soltaban carcajadas en la oscuridad.
En el cine, con sus
cortinas de terciopelos rojos y dorados como las de un palacio, Graciela se
sentaba frente a la pantalla, enorme como el cielo de otra vida.
Había una actriz
rubia a la que veían con frecuencia, Rosie Swan. Cuando cantaba o bailaba, sus
ojos parecían espuma de mar atrapada por
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el viento, y sus
labios rojos como el corazón latiente de un animalito.
Perlita decía
conocerla de la colonia; la mamá de Rosie era conocida suya.
—¿De verdad? —le
respondió Graciela—. ¿Es de aquí?
Perlita asintió.
—Su mamá es suiza.
De ahí sacó esos ojos claros. El cabello, sin embargo… Ese es de una botella.
Rosie Swan nació
Leona de la Rosa y Graciela no podía creer que había sacrificado eso solo para
encajar con los gringos. Cisne Rosita. ¡Cuando podía haber sido una leona de
las rosas! Qué tonta.
El cine no requería
nada de Graciela, más que su atención. Una historia en cuya narración no tenía
que participar se desarrollaba frente a sus ojos. Ahí, era pequeñita y guardaba
silencio entre los asientos tapizados de terciopelo, asentía al ver a Mickey
Mouse, que de alguna forma le parecía familiar. Se olvidaba de sí misma y se
entregaba a la imagen del ratón. Le gustaba cómo bailaba, la ligereza y la
agilidad de sus movimientos. Llevaba unos zapatos de charol que la animación
hacía brillar. Graciela le mandó un beso hasta la pantalla, sin pensarlo
demasiado.
Un milagro: por un
momento, olvidaba, olvidaba que no tenía madre, que quizá no volvería nunca a
su hogar. Ese sentimiento desaparecía al terminar la película, pero por unos
momentos la pantalla parpadeaba y su calidez hacía remolinos reconfortantes en
torno a ella, con el calor y los murmullos de los otros cuerpos presentes en la
sala. Tantos cuerpos, más de los que podía contar con los dedos. No estaba sola
y no era ella misma, y el peso completo de su dolor se aligeraba un poco.
El ratón seguía
bailando y la gracia de su acto era una lección. Junto a Graciela, Perlita
sollozaba en silencio cubriéndose con las palmas de las manos. ¿Por qué
lloraba? No importaba. Graciela sabía que era mejor no preguntarle. Perlita era
volátil. El ratón bailaba tap con sus piecitos y saltaba en el aire como si
tuviera alas, y el chacalele de Graciela repiqueteaba. Así es como
sobreviviría, pensó: actuando, bailando tap por la capital.
De alguna forma,
así fue como pasaron los años.
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Hay una historia
que ha pervivido en la lengua por miles de años. Es lo nuestro, una historia
con la que crecimos, con la que crecieron nuestras madres y las suyas antes de
ellas. Es la historia de la Mujer de Sangre, que nos enseñó a desear y nos
enseñó a escapar. Sin la Mujer de Sangre, que amarraba el cielo a la tierra e
inundaba las raíces con la memoria indeleble de su sangre, no seríamos más que
huesos secos.
El padre de la
Mujer de Sangre era el Recolector de Sangre, señor de Xibalbá, el inframundo, y
este le prohibió a su hija explorar el jardín que contenía un árbol milagroso.
Quizá por miedo, ella lo obedeció durante años, a pesar de su deseo por el
árbol del conocimiento. Él tenía nueve matones dispuestos a servirle, y no
necesitaban más que una orden suya para matar. Su víctima podía ser cualquiera.
La Costra Voladora
podía arrancarte la piel y contaminar tu sangre. El Labrador de Pus y el Humor
de las Llagas podían envenenarte desde dentro, hinchar tus miembros y
contaminar tu hígado. El Bastón de Huesos y el Bastón de Calaveras podían
desollarte y dejarte irreconocible. El Demonio de la Basura y el Demonio de las
Puñaladas podían profanar tu cadáver con desperdicios. Y, para más joder, el
Ala y el Patán podían matarte si intentabas escapar.
Por eso, por años
la Mujer de Sangre se abstuvo de explorar el jardín donde se encontraba el
árbol del conocimiento. Permanecía tendida, despierta, aterrada de su propio
deseo creciente.
Por años, también
Consuelo había hecho lo que le ordenaban. Le decía a Perlita que la quería y la
llamaba Mami, como ella se lo había pedido. Nunca había ido más allá de la
laguna artificial del parque que estaba de camino a la ciudad cuando huía de
noche por la ventana para besar a Luis, su maestro de arte. No había desgarrado
a propósito sus mallas de seda con un rastrillo para parecer una
desequilibrada. Porque Perlita la había amenazado con que, si se mancillaba, la
enviaría a vivir con el General y, al igual que el Recolector de Sangre, el
Gran Pendejo tenía a sus matones.
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En vida, Germán le
había prohibido a Perlita hacer esa amenaza. Sabía, aun mejor que ella, lo
peligroso que era el General. Ahora que Germán estaba muerto, sin embargo, un
día sí y un día no Perlita amenazaba con enviar a Consuelo a casa del General.
Una vez, Consuelo se pintó los labios y se delineó los ojos con carboncillo,
copiando a la Cleopatra de Theda Bara, y Perlita la llamó una puta y la hizo
tragarse un trozo de jabón. Entonces Consuelo le quitó los cordones de
terciopelo a sus botas y se los amarró en el cuello, porque en su clase de
francés había leído una historia de Dumas sobre una mujer cuya cabeza estaba
sostenida por un listón.
—No ha aprendido ni
una sola palabra del idioma —se quejaba Perlita con el maestro de francés—.
Creo que simplemente es estúpida. Indiada, pero indiada.
En caso de que no
te hayas dado cuenta todavía, Perlita era una perra sin imaginación: con ella,
siempre los mismos insultos. El profesor de francés se quedó boquiabierto, y
Perlita canceló las clases.
Con cada insulto
que recibía, Consuelo se encorvaba y daba un resoplido, fingiendo que las
palabras de Perlita no la lastimaban, aunque era obvio que lo hacían. Lo único
que quería era desatarse el cordón del cuello y que la cabeza se le cayera de
verdad, solo para que Perlita se cagara del susto en los pantalones.
Pero para Perlita,
hasta donde Consuelo tenía entendido, todos los pecados veniales eran también
mortales, así que Consuelo se dio por vencida. Se robó el pendiente de araña de
una tienda de antigüedades del centro y lo ató al cordón. Se miró al espejo, rugiendo,
ronroneando, siseando. Razonó que, siendo el experimento fallido de Perlita, su
mejor opción a partir de ese momento era dejar un día una huella indeleble en
el mundo como una artista revolucionaria: indiada y brillante, amenazadora y
bella, de origen misterioso y rodeada de amigos y amantes. Para lograrlo,
necesitaría usar la educación que Perlita, demasiado orgullosa, no se atrevía a
cancelar completamente. Necesitaría ser innegablemente buena, una púchica
genio.
Sabía que Graciela
quería llevarla consigo de regreso a Izalco, pero también sabía que Perlita
nunca le permitiría liberar a Socorrito y a su hermanita del colonato. Además,
Socorrito nunca la había amado. La había dejado ir, después de todo: esa era la
historia que Perlita le había repetido hasta que se la creyó completa. Así que
¿por qué no irse a otro
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lado? ¿A París o a
Los Yunais? Primero, no obstante, Consuelo tenía que alcanzar la genialidad.
Mientras todos dormían se ponía a mezclar huevo con pintura al temple y pintaba
hasta el amanecer, o se escapaba por la ventana para ver a sus amigos de la clase
de arte, anhelando esas reuniones como si fueran oxígeno. Nadie más comprendía.
Y, así como le
ocurrió a la Mujer de Sangre, el deseo de Consuelo se había vuelto demasiado
grande para ignorarlo.
En la fuente de la
plaza donde siempre se reunía con sus amigos, Consuelo trababa miradas con
Luis, su profesor de pintura. Lo miraba, se daba cuenta de que él la había
mirado también, y retiraba la mirada, sacudiendo la cabeza, en pánico. Le daba
un codazo a su amiga Maite, fingiendo que esta le había susurrado algo
escandaloso, y echaba la cabeza atrás, entre carcajadas.
—¿Qué? ¿Tengo algo
en la cara? —dijo Maite—. Joder, ¿qué te pasa? —agregó cuando Consuelo no
respondió.
Luis estaba con
algunos de sus amigos de la universidad, la mayoría de ellos maestros también,
que trabajaban para familias ricas como la de ella. Caminó hacia Consuelo, que
sintió el pánico crecer en su interior. Esa noche, sin embargo, la pasaron uno
con el otro, separados de los amigos con los que cada uno había llegado.
Fumaron y hablaron hasta que la luz empezó a desvanecerse del cielo.
Supo cosas sobre
Luis que no había revelado durante las clases de pintura. Era el más joven de
los cinco hijos que habían tenido sus padres. Alguna vez había querido ser
abogado, pero la beca artística que se ganó lo había puesto en otro camino. Sus
padres estuvieron de acuerdo con el cambio, creyendo que, si se convertía en
artista, en vez de en abogado, gracias a su talento podría ser uno de esos
pintores ricos y exitosos.
—Todavía me quedan
algunos años para no decepcionarlos por completo —le dijo a Consuelo.
Caminaron juntos
bajo la luz alimonada de la plaza, las mejillas rojas todo el tiempo, y luego
se encaminaron de regreso a la hacienda.
—Me gustaría verte
otra vez, fuera de las clases —dijo Luis.
—Sí —respondió
Consuelo, y entonces la inundó el deseo de escapar, y sin decir nada más
comenzó a trepar por el maquilishuat hasta la ventana del cuarto de Graciela,
maldiciéndose a sí misma por ser tan tonta mientras trepaba por las ramas. ¿Sí?
¿Sí y luego qué más…?
Luis caminó de
regreso a la ciudad, hechizado, casto, en llamas.
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La siguiente vez
que Consuelo salió por la ventana fue para verlo solo a él.
Algunos meses
después, luego de varias noches castas en compañía de Luis, Consuelo salió otra
vez por la ventana, esta vez con el refajo de su hermana y el cordón prohibido
de terciopelo alrededor del cuello, así como carboncillo del párpado a las
cejas.
Nos carcajeamos
pensando en esa Consuelo. Esa nenita. ¡Pavonéandose por ahí, nuestra niña! Esa
noche vimos lo que Graciela adoraba de su hermana: en sus mejores momentos, era
cachimbona, temeraria, empujada por el deseo. Con ese atuendo se sentía hermosa,
a pesar de todo lo que Perlita decía de su ropa («¡harapos!»), su pelo de
colocha («¡desmadre!»), su nariz («¡indiada!»), su piel («híjole, otro grano;
ay, qué piel más oscura»).
Pero Luis también
opinaba que se veía bien. Había estado trabajando con barro que había extraído
de los bancos del río Sumpul en Chalatenango, de donde era él y donde aún
vivían sus padres, cerca de la frontera con Honduras. Estaba trabajando en una
serie de figurines, ninguno más alto que su dedo pulgar. Eran amuletos, decía.
Un descanso de la pintura al óleo, de todos esos bolados europeos que le habían
dado a cucharadas en la universidad. Amaba esos bolados también, pero estaba
descubriendo, mientras hacía los amuletos, que amaba trabajar con el barro de
las aguas de su tierra, y que los chupamirtos, los cadejos, y que las
serpientes pequeñitas que moldeaba en la palma de su mano le abrían una puerta
secreta hacia su propio interior, una distinta a la de las pinturas… Hablaba
así, sin tomar aliento, sobre puertas secretas en el alma, sobre soñar con
ciertos colores que había que recrear apenas uno despertara. Todo eso le estaba
diciendo a Consuelo cuando la tomó de la mano y dejó caer en esa manita huesuda
un figurín de barro. Un jaguar. Cerró la mano alrededor de los dedos de ella.
Consuelo sintió un escalofrío.
—Me gustas —dijo
Luis.
—Lo sé —respondió
Consuelo, fuera de sí—. Es obvio, me deseas desde el momento en que tus ojos se
posaron sobre mí.
Le lanzó una
sonrisa y un guiño, con los labios hinchados de esa forma que, según Perlita,
la hacía ver como una mujerzuela.
—¿Te puedo besar?
—preguntó Luis.
—¡Por favor! —dijo
Consuelo—. Hay luna llena.
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Consuelo cerró de
un aleteo los párpados ennegrecidos y se preparó para recibir el eterno amor.
En ese momento era Theda Bara, Lousie Brooks, Rosie Swan. Tenía quince años, un
disfraz chistoso, una madre ausente y un corazón de fuego.
Claro que quería
besar a Luis, pero seguía siendo una niña, tonta como el carajo, y lo que de
verdad quería era estrujarlo y que él la estrujara a ella. Quería moldear el
barro de su cuerpo hasta volverlo un objeto sagrado. Quería que se pusiera a
recitarle poesía bajo la lunita llena, y que no se detuviera jamás. ¿Por qué no
le decía mi cielo? ¿Por qué no le había declarado su amor antes, apenas la vio,
el muy idiota? ¡Toda esa charada, ese actuar como si no fuera más que su
maestro de arte! ¡Nada más que su amigo! ¡Ni siquiera un casto abrazo, cuando
ella se escapaba todas las noches, arriesgando su vida, para verlo! ¡Qué
indignidad! ¡La había estado torturando, prácticamente haciéndola rogarle! ¿Por
qué no habían huido juntos? ¡Esa misma noche! ¿Por qué no se había arrojado a
la fuente y se había bautizado proclamando su devoción por ella? Ay, ¿qué tal
si se juraban mantener su idilio en secreto? ¿Qué tal si ella lo hacía rogar a
él?
Luis la besó con
cuidado, vacilante, como si creyera que su tacto iba a asustarla. Consuelo lo
tomó de la cadera y lo atrajo hacia sí, quizá con más fuerza de la que él podía
resistir. Sonrió débilmente, avergonzado, y luego le besó las manos y murmuró su
devoción.
Luisito, qué
jovencito más tierno.
Noche tras noche se
reunían, y cada vez eran más viejos, más hábiles, más expertos. Consuelo
amanecía exhausta y atolondrada, y también irritable con su hermanita. En
compañía de Luis, se olvidaba de su madre perdida y de su padre muerto. Se
olvidaba de preocuparse por lo que le deparaban los humores y los desprecios de
Perlita, a pesar de saber que, si Perlita se enteraba de su amor por Luis, un
estudiante universitario con simpatías comunistas, la llamaría puta y la
echaría a la calle. Cuando él la miraba, se sentía una persona real. Con él, su
cuerpo se transformaba en estrella; pintaba el cielo nocturno con la explosión
de su luz. Había tomado el fruto del Árbol de la Vida, tal como lo hizo la
Mujer de Sangre al principio de los tiempos.
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En el palacio
aparecían mujeres como fantasmas. Las mujeres del General huían en silencio
temprano por la mañana, corriendo, en guinda. Graciela se había entrenado para
mirar hacia otro lado cuando se las encontraba revoloteando por ahí, como si
estuvieran hechas de vapor.
El General estaba
casado, había oído Graciela, pero nunca había conocido a su esposa, y a lo
largo de los años había visto a docenas de esas otras mujeres: bonitas,
jóvenes, vestidas de noche por las mañanas.
La de esa vez
llevaba una falda negra ajustada y una blusa de seda verde oscurecida por el
sudor en la espalda, debajo de los brazos, entre los pechos enormes. Tenía el
cabello apilado sobre la cabeza, y algunos rizos le golpeaban la frente
brillante y fruncida. La respiramos: tierra y acero.
Desconcertada por
su punzante aroma, Graciela le preguntó por su perfume. Entonces tenía doce
años, quizá trece, y Consuelo le había dicho que ya era hora de poner atención
a cosas como el perfume. La mujer sonrió y se rascó la cabeza. En el cuello
tenía unos ocho centímetros de piel rasgados y arrugados como un papel
delicado, y en el cuello de su blusa verde se filtró una vacilante gotita de
sangre. La mujer rebuscó en su bolso y sacó una botellita de perfume.
—Hollywood Jasmine
—dijo, y al notar que Graciela miraba la herida, se pasó una mano despreocupada
por el cuello, que luego llevó a la tela blanca de su cadera, con lo cual la
sangre desapareció. Graciela permaneció en el pasillo mucho después de que la mujer
ya se había ido, parpadeando por las motas de polvo que nadaban en el angosto
río de luz que se colaba por la pesada puerta abierta; el sol la cegaba y no
estaba segura de lo que sus ojos le decían.
No fue mucho
después que Graciela se despertó con el interior de los muslos llenos de una
sangre amarronada. Se sentó en la cama y llenó la yema de un dedo con una gota
de sangre, como una gema, se la llevó a la nariz y olió rosas y óxido dulce.
Estaba completamente sola en la tranquila
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oscuridad de la
mañana nueva, y se preguntó si se iba a morir o si seguía soñando. Echó un
vistazo al pasillo y vio que Ninfa ya estaba limpiando las demás habitaciones.
Consuelo ya se había ido a la escuela. Cerró la puerta antes de que Ninfa
pudiera verla, volvió a la cama e inspeccionó las sábanas. No había forma de
esconder las manchas. Ninfa se enteraría en unos minutos, y ese hecho
categórico la llenaba de temor, como si hubiera cometido un crimen. Sin
nosotras, estaba perdida. Se miró en el espejo del tocador y, con cuidado, tal
como había visto a Consuelo hacer cientos de veces, se pintó la boca de labial
rojo.
Para cuando Ninfa
entró a la habitación con su carrito para barrer y sacudir, Graciela ya se
había ido, luego de haberse vestido, con el corazón saltándole en el pecho, y
haber corrido escaleras abajo, hacia el auto que la esperaba. Se ajustó deprisa
treinta y uno de los treinta y dos botones del vestido una vez en el asiento
trasero. Para cuando llegó al palacio, estaba bañada en sudor.
Cuando Lidia la
saludó a la entrada, Graciela respiró lenta y profundamente, tres veces, y
luego tosió. Sentía que en su mente las cosas se movían despacio. Sintió un
escalofrío, luego volvió a sudar, luego sintió un dolor, todo sin saber por
qué. No tenía idea de qué hacer respecto a la sangre, y nadie a quien preguntar
salvo Lidia.
Nosotras la
habríamos ayudado si hubiéramos podido. Con una mano en la espalda baja le
habríamos dicho: hermana, es completamente normal.
En lugar de eso,
sin embargo, le explicó lo sucedido al ama de llaves del General, que a cambio
se burló de ella.
—Tantos libros
leídos, ¿y jamás te habías enterado de eso? ¿Y tu mamá? ¿Nunca te lo explicó?
Su hermana Consuelo
tenía ahora diecisiete años y le podría haber ayudado, se imaginaba Lidia, pero
Consuelo resguardaba esa clase de información como un secreto.
La condujo al baño
y le ayudó a limpiarse, y luego le enseñó qué hacer con la sangre. Después la
despachó a la biblioteca, donde Graciela se quedó sentada, sola, el resto de la
tarde. Se terminó su cafecito, balanceó los pies bajo la silla, siguiendo con
la mirada los dedos de los pies y las florituras incrustadas en el piso de
mármol. La sonrisa de cortesía de Graciela era siempre la misma: algo medio
roto a punto de convertirse en otra cosa.
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Más tarde ese mismo
día, de regreso en la hacienda, se quedó frente al espejo del baño buscando a
la mujer en la que, según Lidia, se había convertido. Lo único que veía era a
una niña desgarbada. Una niña desgarbada que tenía poderes fenomenales, según le
había dicho un loco. Le dijo que la sangre que fluía por la punta de su dedo
índice contenía suficiente sabiduría para guiar cada uno de los movimientos de
él en su galaxia privada. Había estado esperando a que las certezas del General
sobre su alma se hicieran más evidentes en su cuerpo. Nada se le había
revelado, salvo por la forma en que su tristeza parecía romper los muros dentro
de su pecho cuando miraba al cielo, veía la pesada luna llena y se imaginaba a
su madre dormida en su cabaña, con la luz plateada en la cara. Una chispa
diminuta se encendió en su vientre y le advirtió que pusiera atención. Sí que
sabía cosas: sabía de la tristeza que su bisabuela había llevado entre las
manos, y su madre sobre la espalda; podía sentirla.
Si era la mitad de
poderosa de lo que todos decían que era, disolvería su propio cuerpo en el
viento y se transportaría a casa. Estaba cansada de contarle esas historias al
General. No quería tener ya nada que ver con la pureza de la nación, y anhelaba
poner en un cajón aquellas piezas de sabiduría. No quería ser pura. Quería
apretarse el vientre y sangrar, acompañada. Quería a su mami.
Un mosquito le
zumbó en el oído, y Graciela cerró los ojos, invocando esos fragmentos de
espíritu en su interior. Con palabras que sabía de memoria, construyó una
plegaria:
Desaparéceme,
Virgen María. Haz que mi alma se eleve y caiga por los tiempos sin la
restricción del cuerpo. Devuélveme a la gran cadena de madres, a sus
migraciones infinitas por entre la sangre, la tierra, las aves, las estrellas
eternamente agonizantes. En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo
líbrame del mal, ahora y en la hora de mi muerte. Arráncame de esta vida de
raíz.
Pero, al abrir los
ojos, no había desaparecido. No estaba en casa. En el mismo espejo vio a la
misma niña de pie en el mismo baño, con la piel aún húmeda. El mismo mosquito
en la mejilla. Lo aplastó de un golpe, y la sangre estalló contra su piel. Al
borde del labio inferior se le asomaban los
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dientes frontales;
los hombros estaban echados hacia el frente en la bata de dormir, flojos,
porque no solía poner atención a cómo se veía su cuerpo.
Fuera de la ventana
se escuchaba el tren. Graciela quería irse, encontrar a su madre, volver a
nosotras. Podía salir por la ventana, bajar por el maquilishuat, caminar en
bata hasta la estación, tomar el tren y atravesar descalza las montañas,
desaparecer de la capital sin dejar rastro. Sabía, no obstante, que eso no iba
a ocurrir: la encontrarían y la llevarían de regreso, y el General y sus
hombres la desaparecerían de la capital, de la tierra, sin dejar rastro.
Se arriesgaría. Ese
no era el lugar en el que quería ser una mujer. No había nada de ese lugar que
quisiera llevarse consigo.
Graciela estaba a
medio camino del árbol cuando escuchó a Consuelo toser con furia.
—¿A dónde crees que
vas? —gritó por la ventana.
—A ver a mamá
—respondió Graciela. Tenía frío, miedo y los pies descalzos. El trapo se le
había empezado a resbalar de los chonis, y abrazó el árbol con las piernas.
—Creo que es mejor
que te quedes aquí, conmigo —dijo Consuelo—, donde sí te queremos —tosió de
nuevo. Así era como controlaba el temblor en su interior cuando se enojaba o
tenía miedo, o cuando sentía una terrible soledad. No le gustaba rogar; en
cambio, tosía como una tonta
—. ¿Qué no sabes
que te dejó ir? Ya estaba cansada de ti; prefirió llevarse el dinero de Perlita
que pasar su vida criándote. Te dejó ir.
Vimos un resplandor
malicioso encenderse bajo los ojos de Consuelo. El miedo la volvía cruel.
Graciela sintió un
escalofrío y de pronto sintió el peso de su corazón. Se deslizó por el árbol
aún más, rasguñándose los muslos con la corteza en el proceso.
—¡Espera! —dijo
Consuelo, tosiendo y con el corazón saltándole en el pecho—. ¡Felicidades! Vi
las sábanas remojándose en la tina. A mí no me llegó hasta hace dos años,
porque estoy muy flaca. Ahora somos mujeres las dos. En un mes vas a tener las
tetas más grandes que las mías.
Graciela suspiró, y
comenzó a trepar el árbol de regreso, más desamparada que nunca. Lo único que
quería era dormir.
—Quédate —dijo
Consuelo más tranquila, ahora que parecía que su hermana no la abandonaría—.
Allá no hay nada para ti. ¿Has sabido algo de nuestra mamá? ¿De verdad crees
que quiere verte?
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No esperó una
respuesta.
—Mira, a mí me pasó
igual. Y luego no volví a verla hasta que vino a deshacerse de ti. Quédate,
hermanita. Ya estás grande. Ya podemos meternos en nuestros propios problemas.
Graciela enterró
los dedos en la corteza del árbol, y mantuvo las astillas bajo las uñas tanto
tiempo como pudo soportar el dolor. Luego trepó y entró por la ventana rota,
hacia la luz, donde Consuelo la estaba esperando.
—Por la gran puta
—dijo Consuelo—. No vuelvas a hacer eso. Si vas a escaparte, más te vale tener
un plan, y más te vale llevarme contigo, y más vale que vayamos a algún lugar
donde podamos ser ricas y famosas.
La hizo sentarse en
el tocador y se quedó a su lado, cepillándole el cabello, que tenía lleno de
petalitos rosas del maquilishuat.
—¿Qué tal Los
Yunais? —preguntó Consuelo—. ¿Hollywood?
Buscó su reacción
en el espejo. Graciela puso en práctica la expresión de piedra que Consuelo
modelaba tan seguido.
—Déjame dormir
—dijo Graciela—. ¿Puedes simplemente irte a tu cuarto? No me voy a escapar. Ni
siquiera tengo ya fuerzas para moverme.
—¿No me puedo
quedar? —preguntó Consuelo, arqueando el cuerpo largo y delgado contra la
espalda de Graciela—. Te prometo que me voy a callar.
Graciela
comprendió: había aterrado a su hermana. Si hubiera tenido éxito en su escape
de la capital, la habría dejado otra vez sola, abandonada.
—Está bien —dijo—.
Solo cállate y déjame dormir.
Consuelo se puso a
tararear, dándose golpecitos en su frente tonta con los largos dedos.
—Y nada de
canciones, te lo suplico —añadió Graciela. Consuelo guardó silencio, pero no
dejó de llevar el ritmo con los dedos en la frente; mientras Graciela se perdía
en el sueño, sintió cada golpe como si tuviera los dedos de Consuelo adentro de
su propia cabeza.
Luego de eso,
Consuelo arropó a Graciela con renovado vigor. Justo a la noche siguiente:
—Oye, ¿quieres
salir? Acompáñame hoy en la noche. Necesitas algo de púchica diversión.
Las últimas mil
noches, más o menos, Consuelo había entrado a la habitación de Graciela para
arrastrase hacia la ventana rota y salir a la oscuridad murmurando «nada, a
ningún lugar» cuando ella le preguntaba
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qué estaba
haciendo, a dónde iba, qué iba a hacer allá afuera. Graciela sonrió como una
maniaca al oír al fin la invitación a descubrir ningún lugar.
—¿Qué clase de
púchica diversión vamos a tener hoy? —preguntó. —Ir por ahí, tomar vino.
Escribir poesía. Pintar. Fumar. Coquetear. Por «coquetear» Consuelo se refería
a coquetear con Luis, dejarlo
pasarle las manos
por todo el cuerpo bajo la oscuridad de los árboles que cercaban la plaza.
Luego se pondría bufandas alrededor del cuello para esconder las marcas que la
boca de Luis le dejaban en la piel, moretones que desconcertaron a Graciela,
hasta que se los explicó, nerviosa.
Consuelo hacía a
Graciela sentarse en el tocador, le sostenía el mentón con dos dedos y le
pintaba medias lunas de color negro en los párpados. Graciela inhalaba su aroma
y leía en voz alta los nombres de las botellitas que tenía en el vestidor:
ámbar, sándalo, rosa, tratando de percibir por separado cada olor en su nariz.
—¿Por qué lunas?
—preguntó Graciela cuando Consuelo le dijo que ya podía abrir los ojos. La luna
es una mujer.
—Están de moda.
Como las máscaras africanas y las manos.
Consuelo se señaló
el cuello; había reemplazado el collarcito de perlas que solía usar con un
rosario. Los abalorios eran pétalos de rosa ennegrecidos, bañados en barniz, y
junto al crucifijo de acero Consuelo había colgado una diminuta mano de oro y
una campanita de latón.
Le alisó las cejas
y le pintó de dorado el contorno de las lunas, y sus dedos eran como plumas. A
los diecisiete, Consuelo parecía tan adulta a los ojos de Graciela como las
amantes del General. El acné se le había desvanecido y los hombros se le habían
enderezado. Incluso parecía menos temerosa de Perlita.
—Lista —dijo,
dándole la vuelta para que pudiera verse en el espejo. Graciela sonrió con
todos los dientes. Mejillas como manzanas en dulce, párpados brillantes, su
reflejo comestible.
Consuelo sacó una
mano por la ventana rota y dejó caer su cigarro, que en el camino soltó ceniza
y un par de chispas que brillaron en el cielo.
Cuando miró hacia
una parte iluminada del espejo justo por encima de la cabeza de Graciela y
levantó las cejas, pintadas delgadas como un alambre, vio su propio reflejo
como si fuera una fotografía borrosa, la boca un poco consternada, la frente
alta e imperiosa, los ojos registrando errores en toda la habitación, temblando
un poco. Así es como recordamos a
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Consuelo. Una
chispa y un espasmo, como la punta de un cerillo de madera al encenderse, antes
de incendiarse por completo.
Los amigos de
Consuelo eran pintores y poetas de la escuela de arte, que habían formado lo
que ellos llamaban «un colectivo». Eran los hijos adolescentes de padres ricos;
les hacían agujeros a sus calcetines y se pintaban emblemas en la cara y
fumaban cigarros saborizados de rosa hasta tarde. A la mañana siguiente los
atendían criadas uniformadas, los vestían de ropa fresca, y los hacían peinarse
antes de desayunar. Se esperaba que los chicos que formaban parte de Las
Rositas maduraran y entonces dejarían esa fase atrás, un estilo que se acercaba
de formas desconcertantes al de los disidentes y los marginados: los amplios
pantalones de algodón de los trabajadores indígenas, las medias de seda
desgarrada, como las de las putas, la impiedad de los profesores
universitarios. Por otro lado, sin embargo, El Gran Pendejo realizaba sesiones
espiritistas y buscaba el consejo de una indita brujita, así que quizá sus
padres no tenían por qué preocuparse tanto de que a sus hijos se les juzgara
injustamente por su apariencia. Eran ricos, después de todo, bien güeritos, y
poseían tierras. Los artistas que más admiraban eran aquellos que acudían con
mayor regularidad a la Sociedad de Letras y Objetos Sagrados. A fin de cuentas,
de algo tenían que vivir los artistas y, si se comportaban tal como se
esperaba, el General no escatimaría en recursos para ellos. Graciela conocía a
algunos, lo que la volvía objeto de fascinación entre los amigos de Consuelo.
El grupo se movía
entre sombras húmedas junto a la fuente al final de la plaza. Consuelo apuntó
con la boca en esa dirección, cuando Graciela y ella se iban acercando. Las
Rositas.
—Me es imposible
imaginarte como una persona con padres —le estaba diciendo un muchacho un poco
mayor que Graciela a la chica que estaba sentada en la orilla de la fuente,
mientras esta acariciaba el agua oscura con los dedos.
—Por lo general
hago lo que quiero —la chica le dio una calada a su cigarro y balanceó las
piernas. Violeta. Había pasado el último de sus dieciséis años estudiando en
París. Consuelo le había contado a Graciela que los padres de Violeta, que
visitaban seguido a Perlita en la hacienda, creían que se había pasado ese
tiempo en Francia pintando lirios y bodegones de manzanas, pero que en realidad
había estado escribiendo
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poemas vulgares y
posando desnuda para un viejo que la llamaba su musa, su niña de oro, a veces
incluso su santa.
Las manzanas en las
mejillas de Violeta resplandecían de rubor elegantemente aplicado, y a cada
lado de la cara tenía pintado un corazoncito. En la manga de su chaqueta de
terciopelo había bordado las palabras no me toques entre otro par de corazones.
—¿Es tu hermana?
—le preguntó el chico a Consuelo, señalando a Graciela, que iba detrás.
—La brujita indita
—dijo Consuelo, orgullosa de sí.
Esa es la palabra
que podrías elegir para describir el moreno de nuestras caras; con frecuencia
la escuchábamos así: «no seas india». A veces, cuando nosotras mismas queríamos
saborear la crueldad, repetíamos las palabras. Lo que significaba para nosotras,
cuando teníamos seis, siete años, recién mudadas de dientes, la canela fina que
éramos también el día en que nos mataron, era esto: «no seas estúpida». Más
tarde nos mataron por la canela que veían en nuestra piel, ¿y cuál fue la
palabra que salió de sus labios al vernos? «India» también.
Graciela puso los
ojos en triángulo y miró a Consuelo. ¿Era tan fea?
¿Tan estúpida?
Consuelo le dio
unos golpecitos en la cabeza, y Graciela la repelió, frunciendo el ceño
abiertamente. En labios de Consuelo, la palabra sonaba justo como sonaba en los
de Perlita, con un rechinido odioso en las vocales. Consuelo se giró y le dijo
a Violeta:
—Me gustan tus
corazones.
—¿En serio?
—respondió Violeta—. Es algo que estoy probando. La idea es que te hagan ver
más joven.
—¿Cuántos años
tienes? —preguntó Graciela. Consuelo se alejó hacia el perímetro del grupo
entre el tintineo de su campanita. De reojo, Graciela veía a su hermana
morderse las cutículas y echar vistazos ocasionales mientras hablaba con
Violeta.
—Tengo dieciséis,
pero me gustaría verme tan joven como tú. Eso es lo que mi novio prefiere. Las
indias siempre parecen niñas, incluso cuando envejecen.
Violeta asintió
hacia Graciela casi imperceptiblemente, luego hizo caer a la fuente la ceniza
de su cigarro. Las chispas brillaron naranjas en la superficie del agua oscura
y luego se apagaron.
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Consuelo regresó,
haciendo círculos ansiosos en torno a su hermana.
Consuelo, la abeja
nerviosa; Graciela, la flor.
—¿Qué te pasa?
—preguntó Graciela.
—Perdón por
avergonzarte —dijo Consuelo. Estaba muy sonrojada, como si hubiera sido ella a
la que hubieran llamado india enfrente de todos. Quizá le asustaba la idea de
serlo. Después de todo, eran hermanas. Graciela se alzó de hombros y aceptó la
disculpa.
Luis apareció de
entre las sombras, la cara barbuda iluminada por una sonrisa. De noche se veía
más pequeño, más relajado, menos hombre y más cipote, como el resto de los
amigos de Consuelo. De alguna forma, sin embargo, existía aparte de ellos:
observaba sus gestos extravagantes con apenas la suave brizna de una sonrisa,
cuidadoso de no delatar algún juicio. Le acarició el cuello a Consuelo y le
envolvió los hombros con sus brazos. Ella le lanzó una sonrisa soñadora; no
podía evitarlo.
Juntos, Luis y
Consuelo desaparecieron en la oscuridad de la oscuridad, en el perímetro de
árboles y bancas que rodeaba la plaza. Graciela, con sus ojos de luna, se quedó
junto a la fuente con las Rositas, que se turnaban, tímidos, para preguntarle
qué hacía en el palacio. Lo que más ansiaban saber era la naturaleza de su
brujería. ¿Por qué el General la había elegido a ella y no a Consuelo? ¿Qué
poderes tenía?
—¿Haces algo?
—preguntó una güerita—, ¿poesía o arte, o algo? Todos ellos hacían algo.
—A veces —respondió
Graciela, sin saber cuál era la respuesta apropiada.
—¿Como qué? ¿Vas a
entrar a Bellas Artes cuando tengas edad? Graciela se encogió de hombros, como
había visto hacer a Consuelo
cuando quería
evadir una pregunta.
—Ya veremos —dijo
Graciela—. Soy bailarina. Y escritora.
Consuelo la había
estado asesorando.
La había impulsado
a decir que era artista en lugar de solo responder «le cuento historias».
—Pero soy solo una
niña —había protestado Graciela.
—¿Y qué? —dijo
Consuelo—. Yo también, y aun así ya soy pintora y musa.
Si Graciela era
capaz de modificar con sus historias la naturaleza del hombre más poderoso de
nuestro mundo, podía contar también algunas sobre sí misma.
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—Además —añadió
Consuelo—, con este grupo, con Las Rositas, es importante que seas capaz de
hacer cosas.
La mayor parte del
tiempo, sin embargo, Graciela se la pasaba escribiendo en su cabeza, en
silencio, sin poner las palabras en papel. Algo le impedía escribir las
historias que se imaginaba —quizá era la costumbre que tenía su mente de
guardar cosas, el guayabear, un bolsillo secreto lleno de flojera, a pesar de
su evidente inteligencia—. No sabía aún —ni nosotras tampoco— que escribir
palabras es lo que crea el mundo.
Había empezado,
poco a poco y solo cuando estaba completamente sola, a llenar las páginas del
cuaderno que Consuelo le había dado. Reportaba sobre sus días, repetía los
catecismos del General, describía los atuendos de Perlita, la forma en que sus
maneras se columpiaban entre la arrogancia y el desenfado. Escribía sobre
Consuelo, y sobre en quién se habría convertido si se hubiera quedado en el
pueblo y todas hubiéramos crecido juntas.
Graciela llevaba el
cuaderno consigo, pero no le mostró a nadie lo que había escrito,
definitivamente no a Las Rositas, que conversaban en torno suyo como pajaritos,
junto a la fuente. Alguien la invitó a dibujar con ellos, y ella asintió.
—Verás, tenemos un
pacto, una promesa —dijo Violeta—, está firmado con sangre.
La seriedad mortal
de Violeta hizo reír a Graciela.
Una mujer de
veinticinco años, más o menos, recargada del otro lado de la fuente, se rio
también de aquellos queridos niños, con un resoplido. Era la hija de Brannon,
La Claudia, la hija del ferrocarril. Trabajaba en las oficinas de Bellas Artes,
escribía poesía y hacía enojar a su papá, y estaba comprometida con un hombre
al que odiaba. Disfrutaba la forma en la que los estudiantes de arte la
rodeaban clamando, buscando su sabiduría, atraídos como polillas por su brillo
de niña rica. Consuelo temía y admiraba a esa mujer, que parecía llevar una
vida de glamour a pesar de tener muy pocos amigos de su edad, y de quien
sospechaba que una vez, años atrás, se había cogido a Luis.
—¿Cuál es el pacto?
—preguntó Graciela.
—Haremos arte, o
seremos arte —dijo la Violeta, sin aliento—. ¿Entras?
Graciela asintió;
tenía la sensación de que podía cumplir la consigna, y quizá la Violeta ni
siquiera la iba a obligar a sacarse sangre.
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Dibujaron con ramas
en la tierra de la plaza, que tenía consistencia de barro. Un círculo, un
retrete, un pulgarcito que decía groserías, un guanaco silbador, un duende con
un enorme sombrero de paja. Graciela dibujó el rostro de su madre, tratando de
capturar —sin éxito— las largas líneas que le surcaban arriba de las cejas, la
redondez de sus mejillas, la dureza en los ojos, que eran justo como los suyos.
A veces, Graciela se preguntaba cuánto menos extrañaría a su madre si su
cerebro fuera capaz de olvidar el rostro de Socorrito.
Apenas hablaron
durante ese rato, pero de alguna forma, trabajando a buen ritmo bajo la luz
plateada de la luna y la luz dorada de las farolas, construyeron sus historias
en la tierra, respondiéndose unos a otros.
Una suave llovizna
llegó para convertir las historias en lodo. Jorge, el chico que había estado
hablando con Violeta cuando llegaron, sacó una botella de vino dulce y se la
entregó a Graciela. Ella le dio un trago largo y hambriento, y el grupo hizo
una ovación para la niña indita. Graciela se secó los labios y pasó la botella
al círculo; luego se recostó sobre el lodo y esperó a que regresara Consuelo.
La luna estaba llena, lo que le permitió estudiar las caras de Las Rositas en
busca de hijas perdidas del General.
—Nunca he tenido
una hija —le gustaba decir, aunque todo el mundo sabía que eso no era cierto.
Sus hijas estaban por todas partes; las más afortunadas en la escuela, con los
amigos de las menos afortunadas en el mercado, vendiendo aguas frescas: todas,
corpulentas y de cejas anchas, como él. Había muchísimas de ellas, y ninguna
reconocida.
Consuelo volvió de
entre los arbustos, apagó su cigarro en la suela de cuero negro de su
taconcito, sacó un labial color rojo anaranjado del bolsillo, y frotó la forma
de sus labios con el color, con un movimiento que conocía de memoria.
Se abotonó el
suéter negro, demasiado caliente para el trópico, que llevaba sobre el brasier
gris de olanes.
Una tarde, más o
menos una semana después, Graciela había estado sentada en su cuarto bajo el
sol de la tarde mirando a Consuelo probarse diferentes combinaciones de
vestidos y zapatos y pasearse por el cuarto antes de salir para su clase de
pintura con Luis, haciendo pucheros frente a los espejos y exigiendo cumplidos.
Cuando Graciela le dijo la verdad — que se veía guapa, pero prácticamente igual
en cada uno de los vestidos—, Consuelo golpeó el suelo con el pie y la llamó
inútil. Entonces, repentinamente, su rostro se desmoronó en lágrimas, se
apresuró a
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disculparse, y se
puso a acomodar en rulos los mechones de pelo de Graciela.
—Mentí —dijo
Consuelo—. Eres muy útil.
—Lo sé —respondió
Graciela—. Por eso estoy aquí.
En casa, Graciela
había visto a Lourdes obligar a María a comer platos de tierra con ramas que
había encontrado en la basura de la finca, a caminar atada a una correa y a
hacer trucos como perro, a permanecer en la bodega de yuca en medio de la
noche. Cuando María regresaba llorando a la cama, Lourdes le informaba a su
hermanita que era sonámbula. ¿Era eso lo que las hermanas mayores hacían con
las menores? ¿Recordarnos la existencia de un mundo más vasto, más sabio, más
allá de nuestras vidas cotidianas, un mundo que yacía transparente por encima y
alrededor del nuestro? Como de costumbre, lo único que Graciela quería era
aprender; aprender más del mundo de Consuelo, formar parte de él.
—¿Lista? —le
preguntó Consuelo, dando la vuelta para dejar la fuente. Graciela asintió y la
siguió de vuelta a la hacienda, donde treparon el mismo árbol por el que habían
bajado horas atrás, y se metieron a las cobijas.
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13
Mujeres, madres,
hijas, todas siguanabas. Malinches. Mestizas. Pero respóndeme esto: menciona
una hija que haya desobedecido y que luego no haya agradecido haberlo hecho.
¿Qué madre no se ha quedado dormida mientras los frijoles rojos se queman en el
fondo de la olla?
Solíamos escapar al
bosque por las noches. Una vez, cuando María tenía cuatro años, no mucho
después de que dejara de ser una bebé, y cuando el resto de nosotras teníamos
seis, más o menos, fuimos a buscar a Cipitillo, el hijo herido de Siguanaba, un
niño duende que comía ceniza y corría con los pies al revés. Hacíamos nuestro
mejor esfuerzo por demostrarle a las demás que no teníamos miedo, pero todas
estábamos asustadas, y en algún momento Lourdes levantaba a su hermanita y
corría de vuelta a casa, dejando a Cora, Lucía y Graciela solas en la oscuridad
del bosque. Alguien susurraba: ¡siguen ustedes!, ¡siguen ustedes!, y nosotras
maldecíamos a Lourdes con nuestras mejores groserías por atreverse a
abandonarnos y buscábamos entre los árboles un camino de regreso a casa.
Abandonamos nuestro plan de encontrar a Cipitillo. De todas formas, ¿qué
habríamos hecho con él si lo hubiéramos encontrado? ¿A quién se le había
ocurrido esa idea? Cuando entramos al bosque estaba empezando a lloviznar, pero
para entonces la llovizna se había convertido en aguacero. Un relámpago partió
una ceiba frente a nosotras. Esquivando las ramas rotas, nos deslizamos hacia
una cañada. Cuando abríamos de nuevo los ojos, en el cielo ya empezaban a
tejerse las nubes de la mañana. Nos preguntábamos cómo era que no estábamos
muertas.
Ramas toscas y
raquíticas, enredadas y quebradizas. Sobre nuestras cabezas brillaba una flor
blanca aperlada, como la luna en un nido. La flor de amate con su promesa de
amor y sabiduría y una vida larga y protección, y todo eso sería nuestro si
lográbamos alcanzar sus pétalos, si lográbamos desenterrar el tallo exactamente
de la forma precisa. Si nos equivocábamos de lugar, si lastimábamos un pétalo,
el demonio se
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aparecería y nos
destruiría a todas. Graciela alcanzó la flor. El demonio se apareció en forma
de botón.
¿Y qué hay de su
madre? Vimos a Socorrito: conocíamos su vida. Tal vez mejor de lo que jamás la
conocerían sus propias hijas. Durante las primeras semanas luego de que
Graciela se había ido, Socorrito no paraba de hablar de la hacienda de la
capital: las escaleras de mármol, la jaula del patio, la barda altísima que lo
cercaba todo.
¿Cuándo va a
regresar para llevarte a vivir con ella?, le preguntamos.
Uno de estos días.
A pesar de que
nunca llegó al pueblo ni una carta de Graciela, Socorrito insistía en que,
apenas llegara alguna, le pediría a Lourdes que se la leyera. Mientras estaban
en los campos, solía gritarle:
—¡Mi geniecita! Vas
a leer para mí, ¿verdad?
—¡Yo no soy la
geniecita de nadie! —le respondía Lourdes, sin la dureza que habría podido
imprimirle a la frase si no le dolieran la miseria de Socorrito y la ausencia
de Graciela.
Después de que
Graciela se quedó en la capital, Socorrito se pasó borracha tres años seguidos.
Daba tumbos por los campos y su presencia era inútil en el cuarto de
clasificación. Una tarde, María entró luego de la cosecha y la encontró ahí,
tendida cuan larga era, en el piso, mirando las vigas del techo.
—¡Shh! ¡Estoy
hablando con mi abuela! —dijo Socorrito, moviendo apenas la cabeza del trozo de
tierra en el que la tenía. Susurraba al techo, febril. Ninguna de nosotras
criticó nunca a Socorrito por cómo era entonces. Quizá nuestras madres hayan
murmurado su irritación, pero para nosotras, Socorrito seguía siendo la mami de
Graciela. La amábamos.
—¿Y qué te dice tu
abuela? —le preguntó María a Socorrito cuando dejó de susurrar.
—Nada —contestó
ella. Escupió sobre la pila de cerezas de café que Lucía había cargado hasta
ahí, y que ahora estaba clasificando—. Lleva años muerta, pero si estuviera
aquí o si estuviera escuchando o cualquier otra cosa…, bueno, no diría nada, ¿o
sí?
María no respondió,
no porque no quisiera consolar a Socorrito, sino porque apenas había entendido
lo que la mujer estaba diciendo.
Al fin Socorrito
recibió otra carta de la capital, y todas esperábamos que se tratara de aquella
tan esperada, pero no era más que un sobre con
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dinero enviado por
el Ministerio de Salud, sin noticia alguna de Graciela. Socorrito se emborrachó
dos semanas después de eso, y Cora, que había estado dándole vueltas a este
asunto, por fin entendió a qué se refería: si la abuela de Socorrito estuviera ahí,
no la escucharía, no la vería a los ojos siquiera, de tan enojada y avergonzada
que estaría de ver que Socorrito había permitido que le quitaran a sus dos
hijas para llevárselas al brujo.
Socorrito esperaba
más sobres con pisto. Todas los esperábamos, confiando en que el siguiente lo
compartiría con nosotras, como nos había prometido. Pero el pisto nunca llegó.
Al siguiente día de pago, el patrón le entregó unas fichas de madera extra, que
solo eran útiles para cambiarlas en la tienda de la compañía.
Al fin, unos tres
años después de la partida de Graciela, Socorrito conoció a un misionero
pelianaranjado de Carolina del Norte, y se casó con él. Luego de eso y con la
ayuda de Jesucristo, dejó de beber. Y con la ayuda de Walter ya no tuvo
necesidad de trabajar. Se mudaron a una casa grande en el cerro, arriba del
convento, y supimos por nuestras mamis que el gringo de Socorrito planeaba
llevársela a los Estados Unidos, pero Socorrito, o al menos una parte de ella,
seguía esperando.
—¿No sería mejor
quedarnos? —decía, mitad pregunta, mitad afirmación, cada vez que nos
encontrábamos en el mercado o afuera de la iglesia—. Los tres: Graciela, el
Walter y yo, y quizá una más, y luego irnos a vivir a la capital a nuestra
propia hacienda, como una familia.
Como no sabíamos
gran cosa del tema, solo asentíamos en acuerdo con ella.
Quizá una más,
decía, y sabíamos que no se refería al futuro, a un nuevo embarazo, a otro
bebecito, sino al pasado. A Consuelo, la primera «una más».
Al igual que
Graciela, nosotras crecimos. Bajo la ceiba, a Cora le llegó el pelo hasta los
hombros, y comenzó a sangrar. Lourdes, María y Lucía sangraron también. Nos
hacíamos atol e infusiones de hierbabuena unas a las otras. Nos sobábamos la
espalda baja y nos turnábamos para cepillarnos el cabello. Nos reíamos con la
luna: ella también era mujer.
En la venta de
garage de las monjas, la hermana Iris le dio a María un par de overoles de
choto: la monja le dijo que estaban hechos para ella. Cuando María se los puso
por primera vez, le quedaban flojos en el cuerpo
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flaco, pero qué
bien se sentían sobre sus hombros esas correas de ferrocarrilero. Tenía unos
doce años, quizá trece. Ese día se cortó el cabello todavía más corto con unas
tijeras de cocina y sin espejo, sin nada más que la sensación del pelo en las
manos. Lourdes se partió de risa cuando vio a su hermanita llegar a casa.
—Ese es tu
verdadero yo, María-Malía. Pareces un bichito.
Lourdes le pasó un
brazo por encima del hombro, y ambas se rieron del reflejo de María en el
espejo.
Cora y Lucía
empezaron a trabajar juntas en rehabilitar la tierra de una parcela al otro
lado del volcán. Para darle aire, la araban con una pala que se habían robado
de la carreta de un hombre. La alimentaban con sangre y cabello. En la tienda
de la finca compraron pimienta, maíz, yuca, papa, y usaron las semillas, o en
su caso las raíces, para espolvorearlas o enterrarlas por el terreno. La idea
era producir nuestra propia comida y un día irnos a vivir ahí, a esa milpa al
otro lado del volcán.
Un día, Lucía dejó
los campos y se fue corriendo al bosque. Creímos que había ido a encontrarse
con alguien, a divertirse un rato, así que no la seguimos. Lucía practicaba su
encanto en cada persona que conocía, bien coqueta. Y muy solitaria cuando estaba
en cualquier lugar donde no estuviéramos nosotras. Nadie le dijo al patrón, y
trabajamos el doble para llenar su canasta y cubrirla.
Volvió por la noche
con un manojo de ramas envueltas en cuerda, que se había robado del cuarto de
clasificación. Bien valiente.
—Miren que estoy
haciendo un púchica telar —nos dijo. Nos reímos tan fuerte que ni siquiera nos
enojamos con ella. Nuestras bisabuelas, nuestras abuelas, todas llevaban mucho
tiempo muertas. No quedaba nadie que pudiera enseñarnos a construir un telar de
cintura, ni a procesar el hilo, ni a tejer. Pero ella estaba decidida.
—Estás jodidamente
loca —le dijimos, carcajeándonos como cuervos. —¿O sea que saliste corriendo
como si tu vida dependiera de ello para ir a juntar ramas en el bosque como una
púchica coatimundi? —preguntó
María, ahogada de
risa.
—Sí —respondió
Lucía—, estaba aburrida.
La comprendíamos.
Todas estábamos aburridas. Huíamos al bosque cada que podíamos, para escapar
del aburrimiento. Aburridas y cansadas, aburridas y adoloridas, aburridas y
esperanzadas, aburridas y alegres, aburridas y con ganas de pasarla bien.
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Fue ahí, en el
bosque, donde Cora conoció a Héctor. Le gustaba lo suficiente como para
aprenderse su nombre, y volver a verlo una y otra vez. Tenía el cabello negro y
revuelto, y le regalaba flores. Le enseñó los nombres de las aves, y cuando se
ponía el sol, se quedaban de ver en su lugar especial cerca de un cúmulo de
árboles de cacao.
No mucho después,
conocimos a Prudencia. Era mayor que nosotras, lo suficiente como para ser
nuestra madre, pero todo el mundo decía que era una tonta, porque afirmaba ser
capaz de predecir el futuro.
—Tiene pájaros en
la cabeza —solía decir Lourdes de nuestra nueva amiga, y esa era una de las
razones por las que la adorábamos. Vendía fruta con su madre al otro lado del
volcán. Nosotras le compartíamos un vaso de mango verde agrio rebanado, y ella
nos recitaba un poema escrito para nosotras, mientras se balanceaba y cantaba.
Le gustaba decir que sería una buena reina, pero que se conformaría con ser
presidenta. Decía que soñaba con que su tía se moría mientras dormía y que,
cuando despertaba, su Tita Dori no estaba. Bien loca, pero su poesía no estaba
mal. Hablaba y hablaba tanto que su anciana madre le gritaba para que se
callara.
—Fíjate, te vas a
cortar una mano —decía, porque a Prudencia le gustaba cerrar los ojos mientras
cantaba sus poemas y descabezaba una piña, y el cuchillo en sus manos era como
un animal con vida propia.
¿Y nuestras madres?
Calaceadas. Cada año, Yoli, Alba y Rosario colapsaban de sueño más temprano y
con menos ruido. Les dolían las espaldas, y las articulaciones de sus dedos se
hinchaban y se les arqueaban como garras. Y Socorrito estaba en alguna parte,
con su gringo, y la veían cada vez menos. Y nosotras trabajábamos cada vez más.
Teníamos que compensar lo que nuestras madres ya no podían hacer.
Vaya, pues.
Graciela llevaba
siete años lejos cuando colapsó el mercado de valores. El precio del café se
desplomó. El patrón bebió y bebió, casi hasta dejarse morir.
Una noche, la zorra
de la finca llegó corriendo a nuestra hilera de cabañas y golpeó en la puerta
de Rosario: su esposo no se despertaba y necesitaba ayuda de algún tipo. A
Rosario no le gustó la idea de que la despertaran a esa hora, especialmente
después de que el patrón había reducido su pago —el pago de todas nosotras—, y
aunque decía que se trataba de una «cuestión temporal», podíamos leer entre
líneas. Sabíamos
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que nuestra
economía, sostenida por los granos de café, estaba desmoronándose.
—¿Qué quieres que
haga? —le preguntó Rosario a la zorra mientras corrían en medio de la oscuridad
hacia la enorme casa que tenían en el cerro.
—¡Apúrate! —dijo la
otra por toda respuesta.
Rosario chasqueó la
lengua. Las cigarras bramaron.
Ya en la casa,
Rosario fue por una cubeta de agua y se la arrojó encima al patrón, que estaba
desparramado sobre el piso del baño, y que no se movió cuando el agua le cayó
encima como una ola furiosa.
—¿Se golpeó la
cabeza? —le preguntó Rosario a la zorra de la finca, que no hizo sino morderse
las uñas y mirar al vacío.
—No soy doctora
—dijo Rosario—, ni doctora de medicina, ni doctora de brujería.
—¡Solo haz algo!
—replicó la mujer—. Dios mío con estas mulatas flojas.
Así que Rosario
hizo algo. Balanceó el brazo y, no sin cierto placer, le dio al patrón un
puñetazo en la mandíbula. Este gritó y se despertó de un sobresalto. La zorra
de la finca gritó y trató de alcanzar a Rosario de los cabellos.
—¡Lo logré! —dijo
Rosario, triunfante. Un hedor llenó el baño cuando el patrón se levantó.
—¡Se cagó en los
pantalones! ¡Se cagó en los pantalones!
La zorra de la
finca estaba histérica.
—¡Ven acá y limpia
este desastre! —gritó, pero Rosario estaba ya en la puerta, corriendo tan
rápido como le permitía su espalda adolorida.
Cuando llegó la
temporada de cosecha, el patrón nos dijo que esperáramos. Dejamos que las
cerezas de café maduraran y cayeran de los árboles; el olor era parecido al de
la carne podrida, al de los pantalones cagados del patrón. Nos prometió
pagarnos una vez que terminara la temporada. Esperamos. Nunca nos pagó. «Esos
pantalones cagados fueron solo el inicio de nuestros problemas», había dicho
Rosario entre risas.
Una mañana, pasada
la temporada de cosecha, cuando sabíamos que el patrón estaba en Los Yunais,
Alba y Yoli fueron a arrojar piedras a la sala de su casa, por la ventana.
Oyeron el cristal romperse en pedazos, y a la zorra de la finca gritar y correr
hacia la salita mientras nuestras madres
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corrían unas tras
otras por el bosque. Después de eso estuvieron sonrientes durante días. Solo
querían una probada, una probada de retribución.
De ordinario, una
cosa de esas les habría significado la muerte, pero todo el mundo sabía que
esos no eran tiempos ordinarios. El aire olía a mierda tras una temporada de
frutos podridos en lugar de cosecha, y nadie había cobrado. Las piedras eran
una advertencia y una oferta. Páguenos antes de que hagamos algo peor, pendejo.
Aun así, sin embargo, sabían que habían tenido suerte de que nadie sospechara
que habían sido dos indias de mediana edad las que habían vandalizado la casa
del patrón.
Cuando este volvió,
la semana siguiente, le informaron de lo sucedido. Llamó a una junta con los
trabajadores al final de ese día y exigió saber quién había arrojado las
piedras. Permaneció de pie en el porche de su casa, con la ventana rota
enmarcando su sombrero. Esperó en silencio. Nadie dio un paso al frente.
—Muy bien —dijo—,
entiendo el mensaje. Tienen hambre. No están recibiendo un pago. La temporada
de cosecha fue una mierda.
Vació una cubeta
sobre la audiencia: las púchica fichas de madera, que no servían para casi
nada, llovieron sobre nuestras manos extendidas.
Nuestras madres
estaban postradas. No había trabajo suficiente y prácticamente no les estaban
pagando nada. Estaban exhaustas, demasiado imbuidas en el alivio de aquel
descanso como para compartir sus preocupaciones con nosotras, y tenían hambre.
Las púchica fichas de madera no bastaban: cinco de ellas servían para comprar
unas cuantas tortillas salpicadas de moho azul, algo de queso duro salado y un
plátano maduro y consumido.
—Mira, Lucía, tu
novio. —María tomó el plátano podrido cuando Lourdes regresó de la tienda de la
finca con su canasta. Lucía puso los ojos en blanco, Lourdes puso los ojos en
blanco y Cora le quitó el plátano y lo peló y lo exprimió con maestría. Su crema
suave brotó entre un desfile de brillantes hormigas negras. Aplaudimos.
La única razón por
la que no nos morimos de hambre fue la milpa al otro lado del volcán. De la
tierra que Cora y Lucía habían preparado pudimos cosechar maíz, frijoles,
chayote y nuestros propios plátanos, mucho más bonitos. A la mamá de Prudencia
le cambiamos algo de eso por un pollo entero y unos huevos. Un par de noches a
la semana, Cora cocinaba para las monjas a cambio de algo de dinero y de una
comida, que
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se llevaba envuelta
en el rebozo para compartirla con nosotras. Así, cada domingo comíamos juntas,
como una familia.
Lourdes comenzó a
hacerse cargo del radio del cuarto de clasificación, y jugueteaba con las
perillas de la máquina polvorienta para encontrar la canción justa, en un
intento por aligerar el ánimo. Tenía ganas de bailar, y bailaba. Así fue como
nos enteramos de que la Prudencia, nuestra amiga, la Loca Prudencia Ayala, la
de los pájaros en la cabeza, se había lanzado como candidata a la presidencia
para las próximas elecciones. En ese entonces, las mujeres no podían votar
siquiera, especialmente las indias afrodescendientes como Prudencia. No le
habíamos puesto mucha atención a las elecciones; a fin de cuentas, ¿a nosotras
de qué nos servía? Nada cambiaba nunca. De alguna forma, sin embargo, aquello
era algo por lo cual emocionarse.
La mañana siguiente
era un domingo, así que Lourdes corrió al otro lado del volcán para buscar a
Prudencia en el mercado. No se detuvo en la milpa de camino, así que llegó con
las manos vacías.
—¡Mi presidente
cachimbona! —le gritó. Prudencia estaba caminando en círculos alrededor del
puesto de su madre, apoyada en un bastón, como un viejo rico. Su anciana madre
maldijo y escupió en el piso. Parecía una locura, un sueño.
El radio del cuarto
de clasificación tenía además una estación secreta, que Lourdes descubrió
buscando canciones de venganza. Transmitía noticias de hombres de nuestra edad
que se reunían en las montañas, reuniones de trabajadores. Héctor, el hombre de
Cora, empezó a ir a esas reuniones. Oyó un discurso sobre el voto de las
mujeres, y luego de eso la candidatura de La Loca Prudencia le pareció más
factible. Oyó otro discurso sobre la redistribución de la tierra. Escuchó a un
hombre hablar de abolir las fichas de madera en favor de un pago real, mientras
que otro argumentaba que abolir el sistema de fichas sería como intercambiar un
zapato roto por una pila de mierda de caballo; en cambio, quería que nos
negáramos a trabajar, que nos deshiciéramos de las fincas, del sistema de
colonos entero. Recuperar las tierras. No mencionó nada sobre cortarle el
cuello al patrón o a sus socios, pero después de eso la multitud se mostró
feroz, un cuerpo que se enciende en la oscuridad.
Héctor le dijo a
Cora que iba a las reuniones por sus hijos. Quería que sus bebés tuvieran una
vida mejor. Ella no estaba segura de querer bebés
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todavía, pero
tampoco le preocupaba demasiado que Héctor asistiera; de hecho, les llevaba
comida a él y a los otros hombres. Trepaba despacio por la montaña, con un
bulto a la espalda —tortillas gordas, frijoles rojos y un poco de tinga de
pollo que se había robado del convento. Tenía la impresión de que a las monjas
no les importaría que se robara comida, o que fuera a las reuniones en la
montaña, pero de todas formas siempre les decía que iba a ver a las aves.
Pronto aparecieron
letreros en el pueblo anunciando que el comunismo se castigaba con la muerte. A
los bolcheviques los matarían en cuanto los vieran. ¿Y cómo iban a distinguir a
un comunista solo de vista?, nos preguntábamos, con una sonrisa de satisfacción.
En cualquier caso, Héctor se consideraba un trabajador, no un bolchevique.
Nadie que conociéramos usaba la palabra «bolchevique».
Sabíamos, sin
embargo, que por «comunista», los letreros querían decir indio. Querían decir
pobre, trabajador de los cafetales, bárbaro. De piel morena, ropa arrugada de
algodón blanco, indios reunidos en grupos de tres o más. Nos carcajeamos. ¿Los
bolcheviques éramos nosotros? ¿El levantamiento comunista? La zorra de la finca
estaba en su casa, echada y sudando; su marido llevaba días fuera, de putas.
Ninguna de nosotras estaba preocupada.
Luego, Cora empezó
a ir a las reuniones con Héctor.
—No son nada
espectacular —nos decía—. Nada demasiado salvaje. Se trata sobre todo de un
grupo de hombres discutiendo sobre el significado de una palabra. Pero
imagínense… Si es verdad que las mujeres podríamos votar, pondríamos de cabeza
el colonato en un parpadeo.
Lourdes y Lucía
consideraron la idea de unirse a la próxima reunión, pero María estaba ocupada.
Nuestro chambre de mejor calidad tenía que ver con María. Con sus overoles y su
cabello corto había seducido a una mujer que vivía al otro lado del volcán. Estaba
ocupada acariciando el rostro de su amante, mirándola a los ojos, diciéndole
toda clase de cosas. María estaba en camino a que le rompieran el corazón por
primera y única vez en su corta vida; no tenía tiempo para reuniones.
Cuando el deseo se
vuelca en la prueba, no hay vuelta atrás. El deseo tiene un sabor dulce. La
Mujer de Sangre lo probó, como la memoria, y entonces necesitó más. Nosotras
sabíamos también del sabor dulce del
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deseo; su dulzor
nos atemorizaba un poco, así como atemorizaba a la Mujer de Sangre mientras se
adentraba en las profundidades del bosque. El deseo vibraba en su cuerpo como
la estela de un terremoto y la conducía hacia el árbol prohibido.
La calavera estaba
esperándola.
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También para las
hermanas de la capital las cosas estaban empezando a cambiar. Habían dejado de
ser niñas, y cada día eran más conscientes de las grietas en su mundo, que
terminarían por destruir las vidas de todas nosotras. Por tanto tiempo como
pudieron, sin embargo, trataron de mantenerse al margen de lo que el futuro
exigía de ellas.
Por aquellos días
para Consuelo todo era diversión. Había pasado mucho tiempo nerviosa como un
conejo, tan avergonzada que a veces no podía ni hablar, tan temerosa que
temblaba. Ahora había empezado a reír. A reír tontamente, a reír en burla, a
carcajearse, a rugir, a veces para la confusión de los demás, pero no sabía qué
más hacer. Perlita le decía que era una grosera y una loca, que era fea e
indiada, pero Consuelo solo se reía más. Podía ser cruel con Maite y las otras
Rositas, espolvorear carcajadas sobre sus corazones rotos y sobre los defectos
de sus pinturas y sus poemas, pero con Luis, después del sexo, el impulso de
reírse era menos inmediato. Entonces se relajaba.
Consuelo se
acostaba con Luis en el estudio de él. Afuera volaban los murciélagos; se
acercaba una lluvia de monzón.
Esa noche, Luis
estaba afligido, así que Consuelo hizo un esfuerzo especial por no reírse
mientras lo escuchaba contarle lo que le preocupaba.
Uno de sus maestros
había desaparecido. Había ido a una junta de trabajadores en La Ciudad
Borracha, un café nada especial cerca de la universidad, al que Consuelo había
ido un millón de veces. Luis sospechaba que solo había ido a tomarse un café y
había tomado un panfleto a la salida, pero al día siguiente no se había
presentado a clase. Lo habían desaparecido y saqueado su departamento, y habían
dejado la puerta abierta. El panfleto de la reunión de trabajadores estaba en
su escritorio. Luis tenía sus teorías, la mayoría de ellas relacionadas con
alguien, algún amigo u enemigo, quizá una ex novia, que lo habían llamado
bolchevique.
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Luis no tenía idea
de si su profesor realmente era bolchevique. Tenía barba, eso sí, y usaba un
cinturón de cáñamo, y a veces eso era todo lo que se necesitaba para sostener
la acusación. Quizá lo habían estado observando. En el café, en el salón de
clases, en la calle. Quizá, quien sea que lo había estado observando era parte
del grupo de trabajadores, una especie de espía del gobierno. Quien sea que
hubiera sido sabía dónde vivía.
Esa misma semana,
sin embargo, un estudiante del profesor lo había reportado con el Ministerio de
Educación, acusándolo de haber hecho un comentario en clase sobre cómo las
columnas de la Grecia Antigua estaban sobrevaloradas.
Consuelo no pudo
evitarlo: se rio a carcajadas.
—¡Achis! ¿Quién
demonios reportaría eso? —decía—, ¿a quién demonios le importa? ¡Ma ve!
—Algo así de simple
es suficiente para levantar sospechas —dijo Luis —, aunque tal vez haya dicho
algo más. Tal vez insultó al General enfrente de uno de sus espías en La Ciudad
Borracha. Algo así. Es difícil saber siquiera si fue por una sola cosa, o si lo
están usando para darnos un ejemplo a todos los demás. O si lo van a liberar
alguna vez.
La voz de Luis era
lenta y pesada.
Bah. Consuelo se
mordió el labio para no decirlo en voz alta. Bah. Sabía que no debía reírse,
pero odiaba esa versión de Luis. Ese Luis sombrío la aburría, y aunque entonces
no lo entendía, ese aburrimiento le aterraba. Se negaba a aceptarlo.
¡No!, quería
gritarle al oído, ¡me niego a aburrirme! Quería perforar su pesadez, extraer el
néctar del deseo y bebérselo a sorbos. Bailar en su pecho. Escucharlo sin
aliento, riendo, suplicando por ella. Quería verlo parpadear de nuevo, que la
besara y la lamiera sin final.
Él se giró, lejos
de ella.
—No hay ni una
jodida esperanza. Creo que el General planea cerrar la universidad por
completo. Deshacerse de todo el mundo y empezar de nuevo con un montón de
banqueros ladinos.
Para Consuelo,
todas las teorías de Luis sonaban ridículas. Probablemente el profesor solo
quería escapar de la vida que llevaba. Tal vez se había ido a Panamá y ahora
estaba pescando en la costa caribeña. Y, en serio: ¿reemplazar la facultad de
Bellas Artes con banqueros ladinos? Soltó una carcajada.
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Luis ignoró su
risa, perdido en su desesperación.
—Voy a tener que
cuidarme y mantenerme fuera del camino del General —dijo Luis—. Ya ves que no
le gusta mucho la gente como yo.
—¿Gente como tú?
—Ya sabes. Padres
campesinos, aspiraciones artísticas, la barba. Técnicamente, esos zapatos son
bolcheviques —dijo apuntando a sus desgastados zapatos Oxford, apilados uno
sobre el otro en la esquina de la habitación, junto a la puerta, con las
lenguas de fuera. Aunque ligeros e inofensivos, eran zapatos feos, de hechura
barata.
(Por otro lado: en
esos días, todo lo barato era bolchevique; más tarde todo lo campesino sería
también bolchevique).
Consuelo no pudo
resistirlo más y estalló en un ataque de risa burlona. —Zapatos bolcheviques,
nariz bolchevique, cámara
bolchevique, lienzo bolchevique, dulces bolcheviques, ombligo
bolchevique, tirantes bolcheviques, motocicleta bolchevique, remolino de
cabello bolchevique, ¡verga bolchevique! —gritó alegremente, apuntando con el
dedo—. ¡Me
encanta tu verga
bolchevique! ¡No sabes cómo me encanta!
—Solo no le cuentes
de mi verga bolchevique al General, ni a Perlita, para el caso —dijo Luis,
girándose de nuevo hacia ella, con una leve sonrisa. Estaba haciendo un
esfuerzo. Consuelo era joven y bonita, y se rehusaba a aceptar la realidad
estúpida y aterradora en la que vivía Luis. Ni siquiera lograba culparla.
—¡Tu verga
bolchevique brilla de color rojo! ¡Rojo comunista! Especialmente cuando está
dura… ¡Como la de un perro! —dijo Consuelo, tan bayunca, esta.
—Sí —dijo Luis con
paciente reverencia—. Mi verga bolchevique es una humilde trabajadora en la
lucha, pero es el martillo, no la hoz.
Fue demasiado para
Consuelo. Aullaba como si la estuvieran matando.
Por ese entonces
Graciela empezó a hacerse la muerta por las mañanas, cuando tenía que ir a
trabajar para el General. Ninfa entraba al cuarto a despertarla, y Graciela,
llena de terror, cruzaba los brazos sobre el pecho. Había visto esa pose en una
película: un fantasma hermoso, una mujer tendida dentro de una tumba egipcia.
Ninfa le hacía cosquillas bajo el mentón y le pellizcaba el brazo, y ella
fingía despertarse de un sobresalto.
—Estoy enferma
—decía—. Siento que me voy a desmayar. Llevo toda la noche vomitando por la
ventana.
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Despacio, haciendo
la mímica de un esfuerzo tremendo, Ninfa apuntaba con los labios al otro lado
de la habitación.
—El auto va a estar
aquí en quince minutos —decía Ninfa mientras tomaba la almohada de Graciela y
le quitaba las cobijas de encima; de pronto Graciela estaba en el piso, y Ninfa
extendiendo las sábanas sobre el colchón. La tina estaba llena, el cuarto lleno
de vapor, y mientras Graciela se sumergía en el agua, recomponía sus ideas lo
suficiente para anunciar que tenía miedo de ir al palacio esa mañana y
envenenar al General con su enfermedad, tal vez al punto de matarlo. Ninfa le
tallaba la espalda con la misma fuerza que aplicaba a las guanábanas sucias, y
le respondía, la expresión lisa como un plato:
—Ojalá.
Por un instante, la
boca se le quebraba en una sonrisa. Graciela era la única persona en la
hacienda que le veía esa sonrisa. Para el resto, su cara siempre estaba en
blanco.
Envalentonada por
la sonrisa de Ninfa, Graciela le preguntaba:
—¿Quieres que se
muera el General?
Pero entonces los
ojos de Ninfa volvían a ser impenetrables.
—¿Otra vez tuviste
pesadillas? —le preguntó, a cambio.
Graciela negaba con
la cabeza, pero respondía que sí, a sabiendas de que, sin importar lo que
respondiera, en unos momentos estaría de camino al palacio.
Los días en que se
quedaba en la hacienda a limpiar con Ninfa, sin embargo, la viejita solía echar
piloncillo y canela a una olla de barro, para preparar café de olla para ambas.
—¿Qué te dice? —le
preguntaba Ninfa.
Graciela le
recitaba entonces los catecismos: la sangre, las aguas, la luz. Era todo una
tontería, ¿no?
—Achis —Ninfa ponía
los ojos en blanco—, la misma mierda de toda la vida, ¡nada nuevo!
¿Pues qué esperaba
la vieja?
Ninfa hacía una
mueca.
—Cree que eres su
oráculo… ¿Por qué no haces algo útil? Dile que les suba el sueldo a mis hijas.
Dile que se rasure los bigotes. Dile que su mamá era del mismo pueblo que yo.
Dile que cambie las fichas de madera por colones.
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Aunque se reía y
ponía los ojos en blanco, Graciela sabía que a Ninfa también le daba miedo el
General.
—Es como todos los
hombres, ¿me entiendes? Ya ves cómo entran y salen mujeres a todas horas. Mejor
no estar a solas con él. Trata de que te lleve a la Sociedad esa; mejor que
estén también los babosos de sus amigos.
Graciela se encogía
de hombros, avergonzada, pero Ninfa seguía.
—No lo dejes
tocarte —decía—. No dejes que cierre con llave. Siempre mantén a la vista la
salida y asegúrate de que puedes abrirla. O una ventana.
—Voy a tener
cuidado —decía Graciela, que lo único que quería era dejar de hablar de eso.
—Eres una niña
inteligente, ya lo sabes. Eres una niña valiente. Y tienes la oportunidad de
mejorar la vida de mucha gente. Es un tipo impresionable, mija, puedes guiarlo.
Solo haz que él haga lo correcto, mija. Dile que deje de ser un pendejo, que
deje de besarle las nalgas reales a todos esos ladinos ricos que comercian con
café.
Graciela le sonreía
a la vieja, con ganas de complacerla, pero Ninfa no le devolvía la sonrisa; en
lugar de eso le extendía la palma por encima de la mesa, la tomaba entre las
suyas, todavía cálidas de la tacita de barro, cerraba los ojos y murmuraba una
oración protectora y luego, en un volumen demasiado bajo para que Graciela
pudiera escuchar, murmuraba algo más, una oración secreta solo para sí misma.
Al día siguiente,
Graciela llevó esa protección consigo a las habitaciones del palacio, dejó que
le recordara su poder, que fortaleciera su valentía.
Cuando el General
la mandó llamar, Graciela le contó historias nuevas, del tipo que sabía que él
quería escuchar. Le dijo que, si les aumentaba el sueldo a los trabajadores, su
propia esperanza de vida se incrementaría un minuto por cada mujer bendecida por
su generosidad, y que estas, además, le pagarían con su devoción. Acarició su
vanidad, diciéndole que, en casa, su madre le rezaba a una imagen suya que
había arrancado de un periódico y había pegado dentro de un nicho.
Era mentira, por
supuesto, pero él quiso saber más.
—¿Le pone velitas?
¿Y una cruz?
Graciela asintió,
solemne.
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—Y una jarra de
agua bendita también —dijo—. No, discúlpeme… Una tacita de barro —añadió,
corrigiéndose—. El agua la bendecía el obispo cuando visitaba el pueblo.
El General asentía.
Graciela no sabía si realmente le creía, pero se prometió seguir intentando.
(Era demasiado tarde, en cualquier caso).
«¿Sería presidente
el General?».
«¿Es mejor matar a
un hombre o a una hormiga? ¿Por qué?».
«¿Se puede medir el
valor de un alma?».
«¿Cuál es la
primera etapa de la transmigración de las almas?».
—Sí, el General
será presidente.
—Es mayor crimen
matar a una hormiga que a un hombre, porque al morir este reencarna, mientras
que aquella muere para siempre.
—Sí, se puede medir
el valor de un alma. El alma, al margen del cuerpo, experimenta el proceso de
nacer repetidamente en la tierra, método a través del cual gana experiencia,
vida tras vida, creciendo despacio, hacia la sabiduría, la fuerza y la belleza.
—La primera etapa
de la transmigración de las almas ocurre al desprenderse del cuerpo. El alma,
destinada a la hermandad de las almas, se eleva y cae con la edad, desmesurada
por el cuerpo.
El General sonreía
como un bebé mientras oía las respuestas de Graciela.
—¿Puedes ver,
entonces, el patrón cósmico? —continuó él—. ¿Ves cómo todo cambia una vez que
yo asumo la presidencia? ¿Cómo soy el único que puede recoger la sabiduría, la
belleza, la fuerza de todas esas almas fulgurantes? ¿Cómo soy yo quien
purificará a esta nación y la traeré a una nueva era de supremacía, como una
gran montaña que nace del mar?
Graciela asintió.
—De verdad,
cherita, no hay nada que temer. Los cuerpos se abandonan. No hay nada innatural
en ello. Los cuerpos mueren. Es perfectamente normal.
El General hizo una
pausa y se preparó para tomar un baño. Graciela buscó la ventana con la mirada.
Podría intentar escapar de nuevo. Quizá esa misma noche. Quizá con Consuelo,
que no la perdonaría nunca si intentaba irse sin ella otra vez.
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—Los cuerpos
mueren, pero las almas reencarnan sin fin, sin fin — continuó el General—. Y,
mientras tanto, aquí hacemos que la carne sea cada vez mejor, y más bella. La
carne viva. ¿Me entiendes?
Mejorar la carne
viva haciéndola más bella. De lo que estaba hablando era de hacer que nuestras
almas fulgurantes dejaran nuestros cuerpos, nuestros cuerpos de india… Una
parte de Graciela tuvo que haberlo entendido.
—Sí —contestó, como
siempre. No era un trabajo tan difícil.
Los domingos, el
General la liberaba de sus deberes, y Ninfa volvía a su casa en el pueblo, así
que Graciela se quedaba sola, libre de pasearse por la órbita de Consuelo, que
a su vez giraba en torno a Luis y a los otros graduados de la escuela de arte. Perlita
había interrumpido sus estudios, pero Consuelo se mantenía en el grupo por
medio de su relación con Luis, desesperada por mantenerse relevante, a la
espera de que él terminara sus estudios para escapar juntos a algún lugar
lejano. Las hermanas se encontraban con Violeta, Maite, Claudia, Luis y los
otros junto a la fuente, y al final todos iban a un café cerca de la
universidad: La Lágrima o El Espejo, o incluso La Ciudad Borracha. Se
instalaban ahí horas enteras, dejando que se les enfriaran las tazas de café
durante la parte lluviosa del día, viendo a los estudiantes que salían de la
biblioteca. Comentaban sobre lo viejos que se sentían, la mayoría de ellos
ahora en sus veintes tempranos, aún a la espera de un gran amor o de que su
genio interno se revelara al fin, quizá hasta ahora postergado por los consejos
de La Claudia, que entonces era la secretaria de la escuela de arte,
infelizmente casada, poeta secreta, y que a sus treinta y dos parecía
antiquísima. Llamaban a otros compañeros de Luis, escribían poemas en conjunto,
fumaban y pellizcaban una torta rancia que alguno de ellos había ordenado para
que no los corrieran del lugar. Graciela y Consuelo no volverían a la hacienda
sino hasta tarde, mareadas y risueñas, en la satisfacción de que sus pequeñas
vidas pudieran sentirse tan libres de límites durante esas largas tardes de
domingo. Perlita no preguntaba nunca en dónde habían estado.
Un domingo fueron
con Luis a deambular por los pasillos de la escuela de arte. Todas las puertas
de las galerías estaban cerradas con llave, pero Consuelo presionó la nariz
contra el vidrio de una de ellas.
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—Esta es la que
quería enseñarte —le dijo a Graciela, dando golpecitos en el cristal. Luis
señaló una pintura larga y estrecha que descansaba sobre un caballete, dentro
del salón: una rosa emergía de entre una pila de calaveras blancas y
resplandecientes, una india con la cara de Graciela, apuntando hacia una luna
creciente. La chica de la pintura era la versión de Graciela que había llegado
a la capital años atrás: el cabello largo y oscuro recogido en dos trenzas, las
mejillas redondas y morenas, las rodillas polvorientas debajo de un vestido
prestado que le quedaba chico, y los brillantes ojos de escarabajo; ella siendo
una niña.
(Así es como nos
ven siempre los ladinos. Insisten en esa versión de nosotras. ¿Por qué?).
—¿Es tuya?
—Graciela le preguntó a Luis.
—No —contestó él—.
Es de Consuelo. Es la lección de la próxima semana.
Consuelo sonrió
como si hubiera perdido la razón de pronto. La loca, como si fuera tan distinta
de nosotras.
La semana
siguiente, tan temprano que el calor no había bajado todavía de los cerros,
Consuelo y Graciela terminaron en el estudio de Luis, entusiasmadas de tener
frente a ellas un día entero, propio y sin límites. Esa era la habitación en la
que Luis trabajaba y dormía. A lo largo de una de las paredes había una serie
de seis dibujos a lápiz suave del cuerpo desnudo de una mujer sentada en el
borde de una tina, con un borrón en lugar de la cara. En el escritorio, junto a
la puerta, estaban sus herramientas para dibujar, afilar, grabar, cortar,
sombrear y pintar, cada una en un compartimento especial. En una esquina había
un colchón sobre el piso, con un nudo de sábanas grisáceas encima. Tenía una
estufa pequeñita y un hervidor de agua, y una tina vieja con una cortina de
baño alrededor. En ese cuarto, Luis tenía todo lo que una persona necesitaba.
Estaba ya dentro,
acomodando una caja metálica rectangular en un trípode, cuando llegaron. Le dio
la vuelta a una manivela en la parte trasera del soporte para destrabar las
ruedas y empujó la caja de metal hacia el centro de la habitación. Graciela se
sobresaltó al oírlo hablar.
—Están viendo un
objeto que va a transformar… No, ¡a revolucionar el mundo! —dijo—. Gracias a
esto —señaló con el dedo la caja sobre el soporte— todo en este mundo va a
cambiar. ¡El arte!, ¡la política!, ¡la ciencia!, ¡el amor!
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—¿De dónde la
sacaste? —le preguntó Consuelo, mientras le daba un beso en la mejilla.
—Es un préstamo de
la universidad, así que no lo podemos romper, ¿vale? O Juanmi me va a ejecutar
—dijo con una sonrisa burlona—. Es como las que usan para hacer las películas
de Hollywood, pero esta es la primera que hacen para que los gringos ricos la usen
en casa.
Luis hizo acercarse
a Consuelo y a Graciela, y pasó los dedos por la superficie de la máquina. En
la parte frontal tenía una placa color negro brillante con la leyenda
«Ciné-Kodak» en letras doradas, y las mismas palabras estaban grabadas en la
amplia agarradera de cuero que tenía en la parte superior. Se podía cargar como
un portafolio. Tenía tres círculos de cristal en la parte trasera: uno del
tamaño de una moneda, para ver a través de ella; otro mediano que, según les
explicó Luis, era la lente; y, debajo de ese, hacia un costado, el círculo más
ancho, que servía para hacer una cuenta atrás en segundos. Del lado izquierdo
de la máquina había una palanca, que según Luis necesitaba girarse
constantemente para capturar la luz y el movimiento mientras la película se
movía en el interior.
—Fantástico —dijo
Consuelo.
—¿Quieren ver cómo
funciona? —preguntó Luis—. Consuelo, párate bajo la luz.
Consuelo dejó su
bolso en el escritorio, lo abrió y sacó su polvera de madreperla y un labial.
Le dio volumen a la parte delantera de su cabello en el espejo y se retocó los
labios color sangre; luego dio unos pasos y se colocó bajo la luz.
Sabía perfectamente
lo que tenía que hacer. Hizo una vuelta de carro y aterrizó con las rodillas
separadas. Se apretó el corazón con una mano, la otra en la oreja, los ojos
incrédulos y bien abiertos por lo que fingía estar escuchando. Lo que sea que
estuviera oyendo, era cada vez más fuerte, más cercano. Un tren, y ella estaba
atada a las vías. Un monstruo. Un amante iracundo. Luis hacía girar la
manivela.
—¿Quieres
intentarlo? —dijo Luis—. Asómate aquí.
Jaló a Graciela
hacia un banquito de madera frente a la Ciné-Kodak y le acomodó la cabeza
frente a la mirilla. Ella parpadeó unas cuantas veces, sintiendo las pestañas
chocar con el cristal, y vio a Consuelo, que el ojo de la máquina captaba de
cabeza.
Así, de cabeza,
Consuelo fingía terror, gritaba en silencio, se agarraba el cabello, se
disolvía en lágrimas, pateaba y peleaba contra el piso. Luis le
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tomó la mano a
Graciela, y juntos dieron vuelta a la manivela.
—Cuenta —dijo
Luis—. Es como bailar. Dos vueltas por segundo. Uno, dos, uno, dos, uno, dos.
¿Entendido?
Graciela vio a la
Consuelo de cabeza soplar besos al aire. A través del cristal, parecía muy
lejana.
—Okey —dijo Luis—,
tu turno.
Consuelo lanzó un
último beso y Graciela, diligente, fue a ponerse bajo la luz.
—¡Déjame ver,
déjame ver! —gritó Consuelo. Se puso detrás de la máquina, cerró un ojo, puso
el otro contra el cristal, y le dio vuelta a la manivela.
Graciela se puso en
cuclillas como la estatua de Simón Bolívar con su caballo que estaba en la
plaza. Guiñó un ojo, y luego el otro, pero se le estaban acabando las ideas. Se
puso a jugar con su cabello y sacó la lengua.
Esa semana, Perlita
había llevado a Graciela a ver la película más aburrida del mundo. Duraba cinco
horas, y era sobre un loco en Alemania al que le gustaba engañar a la gente
para que jugaran con él a las cartas; había muchos trenes y pilas de dinero. Perlita
la había odiado desde el principio y se había quedado dormida, pero Graciela la
había visto con determinación: a cuadro, una mujer lloraba. Las palabras
aparecían entre largos momentos silenciosos de su rostro triste, y Graciela se
las había guardado en la memoria. La mujer estaba enojada con alguien muy
poderoso y no podía dejar de hablar. Terminado su monólogo, sola en la cárcel,
tomaba veneno y moría. Esa noche, Graciela había vuelto a casa y escrito todas
las palabras de aquel discurso.
Frente a la cámara
de Luis, Graciela recordó cada una de las palabras que había escrito en el
cuaderno, y replicó cada una de las expresiones faciales de la actriz.
Trompuda, encachimbada, había en ello algo más allá del placer ya conocido de
su memoria perfecta, de su guayabear. Era un viaje en el tiempo, una explosión:
el momento previo a cuando su visión se ponía en blanco y ocurría la
transformación.
Cuando Graciela
terminó, Luis quitó la máquina del podio y la abrió como un libro. De sus
entrañas liberó la película, que brillaba de un gris cobrizo entre sus manos.
Los tres se sentaron en el nido de cobijas en la esquina de la habitación, y
Luis apagó las luces. Y entonces se vieron a sí mismos, inscritos en luz contra
la pared, las imágenes parpadeantes y con
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la orientación
correcta, ya no de cabeza. Graciela contuvo el aliento y apretó el brazo cálido
de Consuelo mientras la otra Consuelo, toda ella hecha de luz gris pálido,
hacía su aparición. Esa Consuelo bailaba y hacía reverencias y guiñaba el ojo y
coqueteaba, entre las chispitas de luz que explotaban a su alrededor,
provocadas por los saltos y las arrugas de la película. Temblaba, como siempre.
Luego apareció
Graciela, abriendo y cerrando los ojos. Luis había acercado la cámara hacia su
cara en ese momento para capturar las sombras.
—¡Nadie sabe quién
es! ¡Y helo ahí! ¡Vivo! De pie sobre la ciudad, ¡enorme como una torre! ¡Es
condena eterna y felicidad eterna! ¡El hombre más grande que haya vivido jamás!
¡Y me amaba a mí!
Consuelo y Luis
estallaron en carcajadas, pero Graciela aplaudió para sí. Ver su propio rostro
en la película, bueno, le gustaba. Su interior se iluminó. Tenía talento para
eso.
Terminada la
película, Luis encendió la luz, y Consuelo mandó a Graciela a casa.
—Muy bien, chérie,
¿recuerdas cómo regresar a la hacienda? Perlita debe estarte esperando.
Graciela asintió y
salió, incapaz de resistir la tentación de quedarse a escuchar por la ventana.
Estaba demasiado alta por fuera como para asomarse a espiar, pero los sonidos
le decían lo suficiente para que pudiera imaginarse lo que habría visto si hubiera
medido un poco más.
Oyó los sonidos
húmedos de Consuelo y Luis al besarse, y los sonidos suaves que hacía la ropa
cuando se desabrochó el vestido de Consuelo al abrirse los botones y cuando su
brasier cayó al suelo, cuando Luis se quitó los zapatos, se desabrochó el
cinturón y se quitó los pantalones, y oyó todos los sonidos de los que Lourdes
nos había contado, los ruidos que Lourdes afirmaba escuchar todo el tiempo
provenientes de la cama de su madre cada vez que tenía un visitante, y a veces
incluso cuando no había hombre alguno en la casa. Primero suaves, luego más
fuertes, luego todavía más fuertes, y por último suaves otra vez.
Graciela se agachó
cuando la manita de Consuelo, con sus uñas rojo brillante, apareció y colocó su
delicado reloj dorado sobre el alféizar de la ventana. Entonces Graciela avanzó
de puntitas, estiró el brazo y, con el pulgar sobre la carátula suave y aperlada,
alcanzó a jalar el reloj hacia sí.
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Se lo echó al
bolsillo. Necesitaba algo a lo cual aferrarse, un ojo opalescente que la
protegiera. Podía sentir cómo el mundo cambiaba, cómo cualquier sensación de
seguridad que ese lugar le ofreciera se desvanecía.
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Para finales de
1930, todas habíamos madurado casi del todo. Cuando la sangre de Cora no llegó
al mismo tiempo que la del resto de nosotras, cuando se le inflaron las tetas y
empezó a quejarse de que se cansaba antes de que se pusiera el sol, tanto que no
quería ni ver a su preciosa parvada de púchica aves que regresaban a la ceiba
por las noches, no nos sorprendimos. Héctor y ella cogían más o menos tres
veces al día.
Héctor estaba
fascinado con la noticia: quiso casarse de inmediato.
—Vaya, pues, Girl.
¿Un mismo plátano por el resto de tu vida? ¿Estás bien con eso? —le preguntó
Lucía.
—Claro que sí
—respondió Corita, pero en realidad, no estaba segura. Amaba a Héctor y quería
tener a su bebé, pero tampoco dejaba de pensar en las docenas —centenas
incluso, quién sabe—, de otros plátanos que no tendría la oportunidad de
inspeccionar, en lo que significaría que su mundo se estrechara de esa forma.
Pensaba que tendría más tiempo. Todas pensábamos que tendríamos más tiempo.
Para María, las
noticias del embarazo de Corita fue un bálsamo. Amaba a los bebés, y ahora
tendríamos uno nuevo, y además ella misma dejaría de ser la bebé del grupo; a
partir de ahora sería una tía. Le dio la bienvenida a la noticia con alegría y
esperanza, quizá especialmente porque todavía tenía fresco el corazón roto: la
mujer al otro lado del volcán se había casado, y para evitar las sospechas de
su marido, le había prohibido a María, luego de dos gloriosos revolcones,
volver a verla.
—Prométeme que
nunca más me llamarás por mi nombre —le había dicho. María se fue, y solo se
permitió llorar por la noche, más tarde, cuando Lourdes ya se había dormido. No
pudo mantenerse alejada del otro lado del volcán, sin embargo; así que por las
noches se paseaba por el puesto de fruta de Prudencia o hacía largas caminatas
por el bosque pensando en aquella mujer.
Solo habló con ella
una vez más, después de que le escribió una carta y la dejó en la puerta de su
casa. Era muy tonto de su parte, pero aun así
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escribió sobre las
tetas de la mujer, de sus ojos bonitos, de la luz de la luna en su piel cuando
hacían el amor. Escribió con la caligrafía dramática que las monjas le habían
enseñado antes de que se viera obligada a dejar la escuela para trabajar en los
campos, y que siguió practicando después, precisamente para escribir esa clase
de carta. Era un comportamiento estúpido. Tenía quince años.
—¿Estás loca? —La
mujer apareció en la puerta, hirviendo de coraje; le arrancó el papel de las
manos—. ¡Vete de aquí! ¿Quieres que nos maten a las dos?
María trató de
acercársele. La mujer reculó, asqueada, y escupió en el piso.
Cuando la escuchó
escupir otra vez, María estaba ya a unos pasos de distancia.
—Además —murmuró la
mujer—, ni siquiera sé leer, carajo.
María comprendió
entonces que apenas conocía a esa mujer, y que no lo haría nunca. Regresó a
nuestro lado del volcán, esta vez incapaz de contener las lágrimas.
Estábamos
cambiando, y el país también. Faltaban solo un par de semanas para las
elecciones. La Loca Prudencia estaba en la carrera presidencial, y también el
General, que se había postulado como segundo del presidente actual, su viejo
amigo El Pelele.
—¿Para qué se
molesta en hacer campaña con él, si ya vive en el palacio? —le preguntó
Graciela al General, sonriendo con la boca abierta y suave para hacerle saber
que estaba bromeando.
—Cierre los ojos
—le decía Graciela al Gran Pendejo. Estaban sentados en la larga mesa de la
biblioteca del palacio; Graciela estaba a punto de leerle las cartas. Le había
robado a Consuelo su mazo de tarot cuando sintió que el General tenía hambre de
trucos nuevos. A él le gustaban las lecturas que ella hacía en la Sociedad, y
le gustaban todavía más las lecturas privadas en el palacio.
Los dedos de él
temblaban sobre las cartas y lo descubrió haciendo trampa para asegurarse de
que le salieran la Carroza, el Sol, o su favorita, el Emperador. Era demasiado
lista como para regañarlo. Se preparaba para recitarle su buena fortuna, sin
importar las cartas que sacara, pero se impacientaba, cansada del trabajo que
le costaba fingir y del trabajo que efectivamente tenía que hacer cuando no
estaba fingiendo. Lo que Graciela quería era romance: sexo, amor, poesía y
baile, como La
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Consuelito; todas
las cosas que no estaban disponibles para ella por pasar todo el tiempo entre
un trabajo y el otro.
El párpado derecho
del Gran Pendejo aleteó, mientras levantaba la esquina de la carta de hasta
arriba con la uña. La Estrella. Mejor que los púchica Pentagramas, o la Torre.
Se conformaría con eso. Graciela silbó con la boca entreabierta, fingiendo
distracción para dejarle voltear la carta.
—La Estrella…
—comenzó Graciela—. Una carta muy auspiciosa — dijo, pronunciando la palabra
como a él le gustaba escucharla.
Llevaba años
bailando tap. Estaba lista para que su vida comenzara al
fin.
La habríamos
liberado, si hubiéramos podido. Conforme se acercaba la elección, la mayor
parte de la información que teníamos era por medio de Héctor. No confiábamos en
El Pelele; estaba demasiado alineado con el General. Había dicho que si ganaba,
y si el General ganaba con él, nos devolvería los ejidos. Recuperaríamos
nuestras tierras. Podríamos dejar las fincas y el colonato, volver a cosechar
nuestra propia comida. Pero todo parecía demasiado bueno para ser verdad. Los
ricos no aceptarían nunca, ni siquiera los ladinos, que se consideraban a sí
mismos caritativos.
Graciela había oído
al General hablar del tema, en la Sociedad. Esa reunión la había comenzado con
un epigrama, como era su costumbre.
—Es razonable
pensar que mis razones para la irracionalidad significan certeza.
Graciela reconoció
un eco de Don Quijote en los sinsentidos del
General, quien
continuó:
—Es razonable
pensar, con certeza, que el campesino está hambriento, física, mental,
espiritual, intelectual, económica, global, cultural y críticamente; con
certeza, está hambriento.
Se puso de pie y
caminó por la habitación, con la pintura de las castas a su espalda.
—¿Cómo atraemos al
campesino hacia la luz?, les pregunto a las mentes más brillantes de nuestro
pulgarcito, los patrones del mundo cósmico, ustedes.
El General hizo una
genuflexión, no sin un gran esfuerzo, ante un hombre delgado de traje de
terciopelo rojo rubí y boina a juego, que estaba sentado a la mesa oval junto a
Graciela.
El aguardiente
brilló en un decantador de cristal. Aquello era inusual. El General no bebía
nunca, ni siquiera en compañía de quienes sí. Nunca
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le ofrecía esa
clase de cosa a sus invitados; lo consideraba veneno. Graciela lo veía ahora,
haciendo salpicar la bebida en la copa. Algo andaba mal. El General estaba
ebrio, como si estuviera flotando en otro plano. Siguió parloteando, imitando
la plataforma de espectáculo del Pelele, hablando del campesino hambriento y de
lo que había que hacer para salvarlo. ¡Bah! Como si le interesara salvar
siquiera a una de nosotras.
—¡Los comunistas
están infectando los cerros! —dijo—. Algo tiene que hacerse.
¿Y qué sabía de eso
el idiota del presidente?, pensaba el General.
Sacudió la cabeza.
Quien estaba a cargo de todo, salvo del título, era él.
—¡Tengan un poco de
imaginación, de profundidad! —susurró con urgencia, al parecer inconsciente de
estar hablando demasiado alto—. La vista humana jamás es confiable.
Se terminó la
bebida y miró el reloj. Se rio para sí mismo, y luego se inclinó para susurrar
al oído de Graciela:
—La luna será
enorme y rosa y envuelta en una nube dorada, como una medusa. Entonces la
nación se levantará de su letargo —dijo.
Ella se levantó y
repitió las palabras del General en voz alta, añadiendo la coda que habían
practicado más temprano:
—Entonces su
estrella se elevará en el cielo expectante.
Las palabras
temblaron en su boca.
De regreso en el
pueblo, nosotras encendimos el cielo con nuestra ira. Alguien, un pendejo
lameculos, un colono envidioso, o la zorra de la finca, o algún jodido imbécil,
se había dado cuenta de que no nos estábamos muriendo de hambre, que no
estábamos usando las púchica fichas en la tienda de la finca. Quien quiera que
haya sido ese comemierda, le prendió fuego a nuestra milpa, nos castigó por
hacer sanar la tierra.
Cora se despertó
por el humo a mitad de la noche, con dolor en las tetas y todo, y caminó hacia
el otro lado del volcán. Llegó ahí al amanecer. Nuestras cosechas estaban
chamuscadas hasta las raíces. Era una advertencia, no había duda. Se suponía
que entendiéramos el significado de aquella acción: nada te pertenece. Se
suponía que tuviéramos miedo, pero estábamos demasiado enojadas: el hedor a
mierda fresca de las cerezas podridas, la milpa envuelta en humo, el corazón
roto de María, nuestras barrigas hambrientas, y ahora el bebé de Cora en su
interior… La ira nos sofocaba.
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Después de que nos
quemaran la milpa, Lourdes le rogó a Prudencia que usara sus poderes para
decirnos quién lo había hecho.
—Ojalá pudiera —le
contestó Prudencia—, pero solo puedo ver el futuro. No puedo tratar de darle
sentido alguno al pasado.
Le creímos.
LOURDES: Pero mira…
El momento en el que oí a Prudencia decir esas palabras fue la única vez que
pensé que era una tonta. En ese instante decidí dedicarme a estudiar historia,
para hacer un puente entre el pasado al que Prudencia no podía darle sentido con
el futuro que todas soñábamos tener. Una lástima que me hayan asesinado solo un
año después.
En casa, Cora bajó
por el volcán de regreso al pueblo luego de llevarle un bulto de comida a
Héctor. La bajada era más fácil. Iba más ligera porque ya no llevaba el
cargamento de comida, y también porque había perdido al bebé. No tenía mucho de
haber dejado de sangrar, y se cuidaba el vientre por el camino lleno de baches.
Lo intentarían de nuevo: eso se repetían Héctor y ella. No había habido
explicación. Rosario, Alba y Yoli la habían cuidado desde el principio. Todo
iba normal, decían, luego de escuchar su cuerpo, de revisarla. Y entonces, un
día se levantó con calambres y una sangre pesada que salía de ella a sacudidas.
Hubo muchos rumores
de lo que pasó, un año después, pasada la elección, después del golpe de
Estado, cuando la pequeña rebelión que Héctor y sus hombres habían estado
planeando comenzó con su descenso desde el volcán, mientras Izalco rugía y
humeaba. Que Héctor y sus hombres habían bebido aguardiente hasta que se
quedaron ciegos, y que habían bajado a las fincas blandiendo sus machetes. Que
habían rodeado a las mujeres y habían elegido a las vírgenes para una noche de
violación ritualística. Que al principio habían matado a los finqueros, pero
que pronto dejaron de ser selectivos: animales, niños, unos a otros. Horrible,
¿no? Y nada de ello es verdad.
Todo lo que sabemos
es que Héctor no bebía jamás aguardiente. Y no había leído ningún texto
comunista: hasta donde sabíamos, ni siquiera sabía leer. Había dejado la
escuela mucho antes que nosotras. Corita nos
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contó que él y los
otros hombres planeaban saquear la bodega de la compañía de la finca. Su plan
era tomar el grano que estaba almacenado ahí y usarlo como moneda de cambio
para exigir sus demandas al patrón. No planeaban volver al trabajo hasta que
nos devolvieran los ejidos, hasta que se les garantizara un pago adecuado por
su labor, ¡y nada de púchica fichas de madera! Hasta entonces se quedarían con
el maíz y plantarían su propia comida. Para cuando bajaron del volcán, sin
embargo, en la capital ya habían echado raíz los planes del General. Tenía a
sus loros en el campo, siempre escuchando. Ojos invisibles en todas partes.
Apenas El Gran Pendejo se enterara de que la agitación de los trabajadores se
estaba transformando en acción, enviaría a sus hombres a destruirnos.
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Pasada la elección,
el General llevó a Graciela a la Sociedad de Letras y Objetos Sagrados una vez
más. Estaba exhausto, le dijo mientras caminaban. No podía dormir. A finales de
enero de 1931, los ricos de la capital habían votado en silencio por un nuevo
presidente. Ahora se estaban contando los votos, pero esa semana los
ministerios ya habían declarado un conteo erróneo dos veces. El General se
consideraba a sí mismo el único candidato viable, aunque no estaba más que
acompañando al Pelele en la candidatura.
—No estoy
preocupado —le dijo—. La gente sabe lo que es mejor.
El Pelele andaría
en alguna parte, Guatemala quizá.
Pasaron semanas sin
que se anunciara un resultado definitivo de la elección, pero esa no era la
causa del insomnio del General. Cuando se acostaba a descansar por las noches,
oía a unas mujeres gritar de risa. Se burlaban de él, estaba seguro.
—La Cigua —dijo,
señalando a Graciela y apretando los labios, como echándole la culpa—. Solo hay
una cosa que se puede hacer al respecto.
Estaban solos en
ese momento, en la sede de la Sociedad. Graciela estaba sentada en su lugar, a
la espera de una instrucción, mientras el General encendía velas y sacaba un
mapa de la nación y los países vecinos.
—Lo que se pudre
aquí —dijo, marcando con una X nuestras tierras, en la parte oeste—, también se
pudre aquí, y aquí —circuló el norte y una delgada isla en el Caribe.
—¿Otra vez hablando
del café? —le preguntó Graciela—. ¿Le preocupa la elección?
Estaba lista para
tranquilizarlo, para lanzarle una línea sobre su estrella naciente y sobre la
luna que se parecía a una medusa.
—No —dijo con un
sobresalto, girándose hacia ella con violencia—. Ya cállate con la elección.
Estoy hablando de nuestro color. De nuestras mentes. Mis amigos de Los Yunais
dicen que estamos en el precipicio de la
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dominación
comunista total, pero yo sé que el futuro de nuestra sangre está seguro
conmigo. ¿No has aprendido nada? ¿Eres estúpida? Las fases finales están en el
horizonte. Lo único que tengo que hacer es descansar. Lo que importa es que el
Pelele va a estar seguro en su castillito y que el futuro de nuestra sangre
está seguro conmigo.
Hacía mucho tiempo
que Graciela no sentía su crueldad de forma directa. ¿Qué castillito?, quería
preguntar, pero lo pensó mejor y se calló la boca.
Lo vio juntar las
manos, y Graciela vaciló por un momento, como si la estuviera estrujando entre
los pulgares.
Semanas después, la
elección se resolvió al fin a favor del Pelele. Luego de la espera, la noticia
se dio relativamente sin ceremonia. En la radio hubo un anuncio de rutina,
seguido de una celebración breve y petulante en los cuarteles del General.
El Pelele seguía
sin regresar al país. El General siguió despachando en el palacio. Graciela
cumplió dieciocho años en silencio. Sus días en el palacio se habían vuelto
largos, callados, irritantes.
Los meses pasaron
en quietud, largos días en los que en la biblioteca no había nadie más que
ella. Para entonces había leído ya todos los libros del lugar, algunos dos
veces.
Una noche, cuando
la oscuridad había llenado la biblioteca por completo, Lidia apareció y le dijo
a Graciela que el General la necesitaba. La garganta de Graciela se abrió como
una puerta hinchada; llevaba el día entero sin pronunciar palabra.
Ahora, sin embargo,
a esa hora de la noche, el General había recibido una visión y no podía esperar
a la mañana siguiente.
Cuando llegó a sus
aposentos, lo encontró tirado en el piso, con las palmas hacia el cielo, el
vientre inflándose y desinflándose con el aliento. Era su postura de recepción.
—Todo está
cambiando —dijo desde el suelo. Graciela asintió, esperando escuchar la
explicación—. Mi estrella no deja de ascender — añadió—, y con ella, ¡nuestra
nación!
El General cerró
los ojos, en busca de las palabras adecuadas. —¿Sabes de dónde sale la belleza
de este palacio? ¿De dónde se extrae
el oro? Son las
cerezas. Nos volvemos ricos cereza a cereza. Cada una de esas cerezas muere
cuando se le arranca del arbusto, pero luego se eleva de
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nuevo gloriosa.
Cada cereza contiene un recuerdo, un alma, un propósito: santificar esta casa
con su noble sacrificio, resucitar en el palacio. Colón a colón, nuestro
Palacio de Café asciende a la gloria. Lo sabes. Sabes cómo se hace el café.
Por supuesto que
sabía. El café lo hacían las nenas —nosotras—, arrancando cerezas de café de
las ramas, llenando canastas con ellas, cargándolas por las faldas de Izalco.
Esas cerezas estaban enriqueciendo a alguien, sin duda, pero no a nosotras.
—Tenemos que
celebrar estos tesoros de nuestra nación, honrar la belleza que hay en la
transformación de nuestros recursos naturales en gloria… ¿Y qué mejor manera de
honrar la belleza que con un certamen de belleza? —dijo abriendo los ojos, que
se encontraron con los de ella—. Voy a organizar un concurso de belleza y tú,
Graciela, vas a competir en él. Ataviada de cerezas de café, como una diosa,
vas a ganar.
Graciela sonrió,
cautelosa de que en su sonrisa no se colara una mueca.
El General
continuó:
—Vas a ganar porque
serás un símbolo de nuestro futuro, de lo que hace grande a este país: eres la
india nueva, nuestra estrella mestiza en ascenso. Eres nuestro recurso natural
transformado para la gloria.
Se puso de pie y se
talló los ojos, emocionado.
Graciela tuvo que
esforzarse para encontrar las palabras adecuadas. Todo eso lo había escuchado
ya antes: que era indita, pero no demasiado oscura, el futuro que el General
deseaba para la nación. Una cosa era, sin embargo, sentarse en silencio junto
al General mientras este parloteaba incoherencias sobre el destino cósmico, y
otra distinta presentarse ante el país entero como símbolo de aquella gran
visión de cambio. No quería participar en la transformación de nuestros
recursos para la gloria.
—Pero no puede ser
solo un concurso —reflexionó el General, antes de que ella pudiera decir nada—.
Tenemos que hacer que este mensaje llegue a todos… A toda nuestra gente, a Los
Yunais, ¡a cualquiera que tenga algún interés en el futuro de la raza cósmica
de nuestra nación! Y solo hay una forma de lograr eso: vamos a tener que hacer
una película.
LOURDES: Y así fue
como nuestra Graciela protagonizaría su primera película propagandística.
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En la película,
explicó el General, una vez terminado el concurso de belleza, Graciela, la
Diosa del Café, sería asesinada por una pandilla de comunistas, representantes
de todos los indios, enojados porque se había rebajado a participar en la
competencia. La llamarían una puta, la apedrearían en las escaleras del palacio
presidencial. La sangre de Graciela ensuciaría el mármol.
—Tenemos que
mostrarle a todo el mundo cómo es esa gente —dijo el General, la voz temblando
mientras se levantaba del piso—. Ahora es cuando el país se levanta para
sacudirse la enfermedad pestilente del comunismo. Asumo mi gloria por derecho y
la lucha comienza, con tu rostro pintado en cada uno de los escudos de mi noble
ejército.
—¿Yo muero?
—preguntó Graciela—. ¿Me va a matar?
—Mueres —respondió
el General—, pero escúchame con atención: no soy yo el que te mata. Yo te
libero. Después de la elección, y de la película, habrás completado tu
transformación. Comenzarás una nueva vida.
Después de todo,
¿qué se suponía que hiciera Graciela? Sonrió con la mirada vacía y se odió a sí
misma por ello. El esfuerzo que hacía por mostrarse dócil y complaciente —esa
sonrisa vacía— parecía esencial para su supervivencia, pero era también un veneno
que la destruía por dentro. Soñaba, sí, con una vida nueva, pero quería una
vida que fuera solo suya. Necesitaba que su destino y el del General se
separaran.
—Empezamos esta
semana —dijo El Gran Pendejo, y finalmente la dejó ir.
Filmaron en el
salón de baile del palacio, una caverna polvorienta y sin ventanas adornado de
hoja de oro. Graciela nunca había entrado. El General parecía flotar, existir
en su propio reino, o en el país de la imaginación, los ojos nublados y la
nariz chocando una y otra vez con el bigote.
Para interpretar a
los comunistas se sacó a tres estudiantes de la universidad a punta de pistola.
Tenían más o menos la edad de Graciela, y uno de ellos era ligeramente guapo.
Los comunistas, sin embargo, no aparecían sino hasta después del concurso de belleza.
Durante la filmación, uno de los estudiantes maniobraba la cámara, que también
habían sacado de la universidad, otro hacía de uno de los jueces, y al otro, el
ligeramente guapo, lo coercionaban para ponerse un vestido, para interpretar a
una de las competidoras de Graciela.
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En la película,
Graciela usaba un refajo y un collar de cuentas rojas. El juez, un vendedor de
pescado al que habían sobornado con una botella de aguardiente, fruncía el ceño
mientras anunciaba la victoria de Graciela, La India Bonita. Las otras participantes,
mujeres atraídas desde el mercado con la promesa de una comida, maldecían su
escuálida fealdad mientras el General le entregaba a Graciela un ramo de rosas
y lirios.
Al día siguiente,
en el salón de baile, los tres comunistas hicieron su entrada triunfal.
Corrieron hacia el escenario en aquellos pantalones blancos arrugados, y el
guapo le cortó la garganta a Graciela con un machete. El General sacó una
pistola del pantalón e hizo explotar los corazones de los tres comunistas. Un
baño de sangre de la vieja escuela. Graciela se hizo la muerta toda la tarde.
El General se resbaló con la sangre falsa de la escalera tratando de levantar
su cuerpo inerte, y ambos terminaron en el suelo.
Cuando acabó la
filmación, a los estudiantes los invitaron a la cena de celebración en el
palacio. Graciela veía sus rostros del otro lado de la mesa, y sus ojos se
detenían en uno, el guapo; mientras la confusión de ellos bailaba hacia la
gracia y luego a la borrachera a la luz de las velas.
Después de la
película, el General permaneció en el palacio, y el presidente permaneció en
Guatemala. Graciela escuchaba por cortesía la conversación de Ninfa, mientras
limpiaban juntas, y el resto de los días se sentaba, perfectamente quieta, como
una pintura, en la biblioteca presidencial.
Una noche en la
hacienda, ya muy tarde, Consuelo irrumpió llorando en el cuarto de Graciela,
que se despertó.
Luis no había
llegado a verla la noche anterior, y no se había presentado a su clase en la
universidad. Consuelo no estaba segura de si estaba enojado con ella porque le
había coqueteado a su amigo Juanmi, y no dejaba de hacer pucheros.
Graciela no tenía
paciencia para la bayunquería de su hermana. —¡Solo déjame dormir, por favor!
Te prometo que te escucho en la
mañana —dijo—. En
este preciso momento no hay nada que podamos hacer al respecto.
Graciela volvió a
la cama, pero Consuelo no durmió esa noche; se la pasó sentada en el piso de la
habitación de su hermana, sacudiendo los
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hombros pálidos
atrás y adelante, temblando en silencio. Algo andaba mal, estaba segura.
Consuelo pasó las
siguientes dos semanas preocupada por la desaparición de Luis. Por las noches
se acostaba junto a Graciela y fumaba hasta la madrugada, haciendo montoncitos
de ceniza en la almohada. Graciela se quedaba despierta con ella. Le dijo a Consuelo
que quizá Luis simplemente había vuelto a casa en su pueblo para ver a sus
padres. Quizá estaba enfermo. Quizá había renunciado a su trabajo en la
universidad y no quería decirle a nadie. En realidad, no creía nada de eso.
Algo de todo aquello se sentía mal, pero quería mantener la esperanza por el
bien de su hermana (¿le había preguntado ya a las demás Rositas, a Juanmi?
Claro que ya les pregunté, no seas tonta).
—Debo estar
olvidando algo. Alguna pista, algún mensaje, alguna forma de encontrarlo —decía
Consuelo.
Graciela veía
crecer su ansiedad y sentía el susto golpearle el pecho, esa sensación de
deslizarse de esta realidad hacia otra, sin idea de cómo navegar la nueva sin
peligro.
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Graciela estaba
trabajando con Ninfa, fregando los azulejos del piso de la cocina. Al día
siguiente llegaría de visita La Lindita Domínguez, amiga de la infancia de
Perlita, y esta quería la casa inmaculada. Mientras Graciela y ella limpiaban,
Ninfa cantaba junto con la radio, con el mismo tarareo pesado en cada canción.
Luis seguía sin
aparecer, y Consuelo estaba de un humor de perros, afuera la mayor parte del
día y la noche. Perlita le había dicho a Graciela que también ella tendría que
dosificar su presencia una vez que llegara Lindita: Lindita no sabía de su
existencia, y Perlita pretendía que así se mantuvieran las cosas. Si la veía,
tendría que fingir que era servidumbre.
LOURDES: Y sí, es
esa Domínguez, la esposa de mi papi, la mamá de las medias hermanas que María y
yo nunca conocimos. En un país así de chiquito, todos estamos conectados.
Y entonces la
música se detuvo, y la voz del General se asomó a la radio. Graciela y Ninfa
dejaron lo que estaban haciendo para escuchar. Con aire sereno, anunció su
victoria, su repentina ascensión a la presidencia:
—En la completa
oscuridad de anoche, El Pelele demostró ser un traidor. Nuestra intrépida
milicia lo expulsó de inmediato. Aquí estoy yo. La voz que escuchan ahora es la
de su presidente. Todas las profecías se han cumplido. He asumido el cargo para
enderezar los entuertos, para deshacer las decepciones y las traiciones, para
revigorizar la tierra y a su bendita gente. Soy el único que puede protegerlos
durante estos delicados tiempos. Las fuerzas que me rodean me han anunciado su
bendición. Firmo a partir de ahora, con ternura eterna, como su presidente.
Graciela sintió el
cuerpo helado; los dientes empezaron a castañearle. Como respondiendo a un
reflejo, comenzó a repetir en un murmullo las palabras del General, y luego se
detuvo. Era una máquina descompuesta.
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—El Gran Pendejo
—resopló Ninfa. Miró a Graciela y, al notar su terror, le puso una mano en la
espalda—. No me digas que te sorprende — dijo, con una sonrisa burlona—. No es
como que algo vaya a cambiar.
No, a Graciela no
le sorprendía que el General se hubiera adueñado de la presidencia. Parecía
llevar mucho tiempo trabajando en ello. Pero ese era solo el principio. El daño
estaba por venir, estaba segura.
LOURDES: Fue un
golpe de Estado muy calladito. En caso de que no estuviera claro, El Gran
Pendejo creía que El Pelele iba por el camino equivocado. Nos había prometido
la devolución de nuestras tierras, por ejemplo. Y, de todas formas, El Gran
Pendejo jamás se iba a contentar con la vicepresidencia. Así que azuzó al
ejército para que montaran su teatro de guerra afuera del palacio. El Pelele,
que estaba de visita para una cena ese fin de semana, salió por el patio en sus
piyamas. No planeaba quedarse mucho tiempo, de todas formas. Tanto él como su
esposa preferían por mucho su casa en Guatemala. Y ahí se quedarían. Sabía que,
si confrontaba al General, solo inflamaría su imaginación salvaje. Bah, denle
al bebé su juguete. El Pelele ya estaba grande. Ninguna postura o principio
eran más importantes para él que su seguridad.
MARÍA: El único
problema del Gran Pendejo era ahora su viejo amigo Los Yunais. Se negaban a
legitimar su presidencia porque había tomado el cargo por la fuerza, y él
estaba determinado a hacerlos cambiar de opinión.
CORA: Él creía, por
supuesto, que el golpe no era más que un trámite. Había sido elegido
vicepresidente de forma libre y democrática, y en ausencia del presidente,
tenía todo el derecho de asumir el cargo. Habría ocurrido de una forma u otra.
«Mi reino fue anunciado desde antiguo», susurró, solo en su palacio.
LOURDES: Da lo
mismo lo que él creyera. El Gran Pendejo era ilegítimo, un bastardo sin el
reconocimiento de Papi Yanqui, que tanto anhelaba.
LUCÍA: La única
solución era bailarles un poco de tap, demostrarles su valor de alguna forma.
¿Y qué era lo que
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tenían en común? Su
odio a los comunistas. LOURDES: ¡La Prudencia nunca tuvo oportunidad!
No mucho después
del golpe de Estado del General, Graciela volvió a casa luego de un día en el
palacio y encontró la puerta de la hacienda hecha pedazos. En todo el mármol
del vestíbulo había cristal esmerilado, como astillas de hueso. Perlita estaba
sentada en el patio.
—Tú debes saber
algo —dijo, sin verla a los ojos—. El maestro de pintura de Consuelo tuvo un
accidente y lo encontraron muerto hoy. Luis.
Hizo una pausa
antes de decir su nombre, como tratando de recordarlo. —Era comunista, y sus
camaradas lo sacaron del lago Coatepeque. Jugueteó con sus brazaletes, todavía
esquivando la mirada de Graciela. —Y además: Consuelo nos dejará pronto. Perdió
su alma y ya no es
bienvenida en esta
casa.
Graciela rogó para
que Perlita le explicara a qué se refería: ¿adónde iba Consuelo?, pero Perlita
no hizo más que sacudir una mano, y lo único que dijo es que no quería tener
nada que ver con alguien que simpatizaba con comunistas. Que no quería tener nada
que ver con una puta violenta y sin clase. Según Perlita, cuando le contó de la
muerte de Luis, Consuelo se había vuelto loca.
—¿Te acuerdas del
jarrón? ¿De la mesa? —le preguntó a Graciela, que asintió cortésmente—. Los
destruyó, se volvió loca. Tuvo suerte de que evité que se matara. Me debe una.
Para entonces ya
había llegado La Lindita, y estaba tomando una siesta en el piso de arriba.
Perlita estaba furiosa, mortificada por el hecho de que Consuelo hubiera hecho
toda esa escena terrible enfrente de su amiga, como para fastidiarla nada más.
Arriba, Graciela
encontró a Consuelo en su habitación. Corrió hacia ella, pero Consuelo se
tensaba, se sacudía, gruñía como una pantera, y empujó a Graciela al piso.
Esa noche, y
durante buena parte de los pocos días que pasó en la hacienda antes de irse,
Consuelo no habló. Llevaba un vendaje en el brazo, algodón blanco empapado de
sangre, y un mapa de color rojo trazado a lo largo de la parte interna del
brazo, del codo a la muñeca; también tenía un corte abajo del ojo. Graciela le
llevaba comida, que ella, en silencio, se negaba a
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comer. También se
negaba a salir del cuarto, y el aire estaba lleno del hedor suave y húmedo de
su herida y su miseria.
Los padres de Luis
fueron del campo hasta la capital, masticando hojas de coca, con sus rostros
cuadrados y arrugados y su ropa polvorienta. Fueron primero al estudio de Luis
y recogieron sus cosas, cada una de las finas herramientas que alguna vez pertenecieron
a Luis se veían extrañas ahora en sus manitas viejas. Reconocimos en el burdo
color morado de los dedos de su madre a alguien que había pasado la primera
parte de su vida trabajando el añil, lo que la volvía antiquísima a nuestros
ojos.
Los viejitos
organizaron la cremación del cuerpo de Luis, a pesar de los ritos católicos, y
dejaron la ciudad inmediatamente después de que su hijo quedó transformado en
cenizas.
La Claudia,
mientras tanto, escribió un poema en su honor, con versos sobre ángeles ciegos
revoloteantes y un río de sangre sin fin.
Consuelo, celosa de
que Claudia tuviera las palabras para expresar una pérdida que le pertenecía a
ella, enfureció cuando Maite usó la prensa de la universidad para imprimir el
poema y compartirlo con el grupo luego de la muerte de Luis.
—Si ves uno de esos
poemas de aficionado por ahí, pegado en las paradas de autobús o donde sea,
hazme un favor y rómpelo en pedacitos —le dijo Consuelo a Graciela, resoplando:
las primeras palabras que le decía en días.
Ahora Consuelo era
Chasca, la princesa que se ahogó tras la muerte de su amante. Buscaba por todos
los medios que el agua se la llevara también, pero no fue el agua quien se la
llevó, sino alguien más. Alguien la hizo desaparecer de la hacienda a mitad de
la noche, y nadie parecía saber quién.
CORA: Lindita y
Perlita estaban sorbiendo sus tazas de té, platicando junto a los pájaros, la
mañana siguiente a la noche en la que se llevaron a Consuelo. La ocelote
roncaba en un círculo de luz de sol. Graciela las saludó en su camino al
palacio, sin saber que su hermana se había ido. Esa noche, sin embargo, cuando
regresó a la hacienda, se dio cuenta de que Consuelo ya no estaba.
—Se fue a su viaje
—dijo Perlita—, ya te había dicho.
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Sonrió, y le hizo
un gesto con la boca a Graciela para que rellenara la copa de jerez de Lindita.
Las mujeres estaban tendidas sobre unos sofás acomodados fuera de la casa,
entre un caos de sobras de comida en el piso. Perlita, era verdad, le había
dicho a Graciela que Consuelo no era ya bienvenida y que se iría pronto. ¿Pero
dónde estaba? ¿Por qué no se había despedido? ¿Regresaría alguna vez?
—A estudiar
pintura, ¡qué suertuda! —sonrió Lindita.
Graciela miró a
Perlita, que no dijo nada y se limitó a alzarse de hombros. No estaba dispuesta
a mirar a Graciela a los ojos.
LUCÍA: El susto que
venía surgiendo de su interior se convirtió en el latido de su chacalele. Lo
probó en cada respiración. ¿Dónde estaba su hermana?
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José, el chofer del
General, huyó al recibir la orden de llevarse a la niña de la hacienda. No
podía digerir la idea. Había hecho las paces con llevar mujeres de regreso del
palacio a sus puteros o sus cuartos de ladrillo de concreto en la periferia una
vez que el General terminaba con ellas. Pero esas mujeres, cuando menos, habían
entrado al palacio por sus propios pies. Nunca le habían pedido forzar a nadie.
Y el General planeaba quedarse con esa niña. Por eso, cuando recibió la orden,
José lavó y pulió el auto, dejó las llaves puestas en la marcha y emprendió a
pie el viaje a su pueblo.
El calor del día
fue creciendo mientras caminaba, las calles cada vez más llenas del estallido
matutino de trabajadores. Se dijo que encontraría otro empleo. Podía regresar a
los campos de café. Podía trabajar como velador en el bar de su primo. Los días
posteriores a la toma del palacio por parte del General, el aire en la capital
había cambiado. José sentía que trabajar para ese hombre era un peligro. A
pesar de todo lo que ya había robado, el General no estaba satisfecho. Parecía
más inseguro que nunca, anhelando el reconocimiento de Los Yunais, exigiéndole
vigilancia constante a su limitado personal. José no había tenido permiso de ir
a casa en más de un mes. Ahora podría cuidar a su abuelo, cuyos ojos se habían
cubierto de cataratas, y cuyos dientes remanentes castañeaban en su boca cuando
hablaba.
El General lo
reemplazó a la mañana siguiente con un hombre que sacó de entre la multitud de
la plaza. Vendía periódicos arrugados, a veces del día o hasta la semana
anterior. Se veía al mismo tiempo fuerte y maleable: la mandíbula débil, los
ojos carentes de foco preciso, la espalda ancha.
El Gran Pendejo se
le acercó y se puso a describirle el puesto. Instintivamente, el hombre le
soltó un golpe con uno de sus periódicos viejos, antes de ver quién le estaba
hablando, y El Gran Pendejo lo esquivó como un gato.
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—Escúchame —dijo.
Si estaba dispuesto, el viejo de los periódicos podría convertirse en la
persona de confianza del nuevo presidente. Conduciría un auto grande y pulido.
Recibiría órdenes sin cuestionarlas y transportaría de forma segura a cuantos
sujetos resultara necesario, para interrogarlos o para lo que se ofreciera, con
total discreción. Debía considerarse una especie de Helios, con su carroza,
llevando lealmente la luz al mundo. Sus esfuerzos, además, se pagarían en
abundancia.
—¿Estás dispuesto?
—preguntó El Gran Pendejo, sacando una medallita metálica del bolsillo del
pantalón, una nadería, hecha de níquel y satín barato; le había pertenecido al
Pelele—. ¿Ganarás mi devoción con tu honor?
El hombre se puso
de pie con esfuerzo, arrojando al suelo el resto de sus periódicos.
—Mi señor —dijo,
saludando a los cielos mientras el General le prendía la medalla en la sudorosa
camisa de algodón.
Esa noche, el nuevo
chofer había entrado a la hacienda por la puerta principal, que Perlita había
dejado sin candado para él, y se llevó a la niña, tal como le habían instruido.
Pesaba poco en sus brazos, estaba sucia y desaliñada. Opuso resistencia, pero
débilmente, dando patadas con los pies descalzos, gritando con apenas voz.
Nadie la escucharía. Nadie podía ayudarla.
El nuevo chofer
miró a Consuelo, el vendaje del brazo, la nariz ancha, y el odio en los ojos.
¿Qué hacía en ese lugar una prieta como él, todavía más oscura que él? Cuando
la metió en el asiento trasero del auto, la vio abrir la boca para morderlo
como un perro, así que le dio una cachetada, con fuerza. Después de eso,
Consuelo ya no se resistió.
LOURDES: Ay, buza,
Yina. Cuando vos vas, yo ya vengo. Aquí es donde nos rehusamos a bailar tap, a
ser entretenimiento.
MARÍA: Pero tampoco
apartamos la mirada. El silencio es para los cobardes, hermana.
CORA: Mientras el
auto se adentraba en el centro de la capital, Consuelo se preguntó si la
llevaban de camino a la estación de tren, si finalmente iba de regreso a casa,
pero entonces se detuvieron frente al palacio, donde el General era ahora El
Gran Pendejo oficial, y sintió cómo la arrastraban
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fuera del auto por
las muñecas y los tobillos. En su interior se encendió de nuevo una chispita, y
gritó y pataleó, con la esperanza de que su hermana estuviera dentro y pudiera
oírla.
LUCÍA: Pero
Graciela estaba en la hacienda, dormida. El nuevo chofer condujo a Consuelo
escaleras arriba, y luego amarró el extremo de una cuerda a su cintura, y el
otro a la perilla de la recámara del Gran Pendejo. Consuelo trató de huir, pero
a causa de la cuerda lo único que logró fue abrir la puerta. La cuerda que la
tenía sujeta le quemaba el vientre y los costados. Le estaban sangrando las
costillas. La herida del brazo se había reabierto bajo el vendaje. Gritó,
sacudió la puerta abierta, la hizo chocar contra el muro, castigando su propio
torso con la cuerda, haciendo llover yeso. Pateó la pared.
MARÍA: El nuevo
chofer la dejó ahí, temeroso de haber invocado al demonio con su obediencia. En
su nueva habitación en el área de sirvientes, las manos le temblaban. Encendió
una vela y se puso a rezar. Tenía una hija de la edad de Consuelo, pero aun así…
Sabía que no iba a dejar ese empleo; era un cobarde y ya no reconocía su propio
feo rostro.
CORA: La cuerda era
apenas lo suficientemente larga para que Consuelo pudiera sentarse en el piso
junto a la puerta de la habitación del Gran Pendejo. Al final dejó de gritar.
No había razón para seguirlo haciendo.
MARÍA: Así fue como
se la encontró el cabrón. Dormida en el pasillo, hasta que escuchó sus pasos
acercarse. Consuelo sabía que no podría escapar, así que se hizo la muerta,
bajando el ritmo de su respiración hasta que su pecho parecía no moverse. Pero
era la recompensa del General, y este se agachó para susurrarle al oído:
—Los pétalos de tus
labios están bien, pero en tus piernas no crece rosa alguna.
El mismo epigrama
que había usado para insultar a su padre, Germán, años atrás.
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Sabía que Consuelo
estaba viva, por supuesto que sí. Era capaz de distinguir la vida en el cuerpo
de cualquier animalito. Sabía lo que era la muerte. Este baboso.
LOURDES: No solo
era un idiota; era un púchica monstruo. LUCÍA: No quiero contarte lo que sigue,
pero lo voy a hacer. Se la cogió ahí mismo, en el pasillo, tapándole la boca
con la mano. «Estás sucia», le dijo al oído. Ella trató de morderle la mano,
pero él le mantuvo la mandíbula abierta. «Ni siquiera eres virgen, puedo
notar», dijo. Y, en efecto, Consuelo no era virgen, pero aun así, lo que le
estaba haciendo dolía, de una forma en la que nunca le había ocurrido con Luis,
como si tuviera el estómago en llamas. Cerró los ojos.
LOURDES: Cuando
terminó, El Gran Pendejo sacó de su chaleco el cuchillo que había comenzado a
cargar para todas partes. Cortó la cuerda del extremo de la perilla,
sosteniendo el lado que tenía atado el cuerpo de Consuelo. Se puso de pie y la
arrastró por el piso del pasillo hacia el baño. En la ventana colgaba pesada la
luna. En una repisa sobre la tina estaban las botellas con sus aguas secretas,
y el vidrio del que estaban hechas se movió y tintineó cuando cerró el baño de
un portazo. La encerró dentro.
Consuelo despertó
más tarde en la tina. El tiempo se había detenido. No sabía si era de día o de
noche. No comía, no tomaba agua, no registraba siquiera la necesidad de mear o
cagar.
Había vomitado
sobre el piso más temprano. Había pasado el tiempo suficiente para que el
vómito se secara, para que el olor se convirtiera en apenas una nota más del
aire rancio que respiraba.
Consideró la
posibilidad de saltar por la ventana, no para escapar de sus circunstancias y
entrar a otra vida, elegida por ella, como había hecho por años en la hacienda,
sino para acabar con todas las circunstancias. Qué hermoso sería, pensó, no
tener ataduras terrenales: nada de madre, nada de las torturas del Gran
Pendejo, nada de amantes muertos que llorar toda la vida. Ser una partícula de
polvo. Ser nada.
Incluso eso, sin
embargo, incluso levantar la cabeza y salir de la tina, abrir la ventana y
recoger los pedazos de su ser para treparla, balancearse
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adelante y atrás en
sus tacones hasta juntar la solidez y el impulso que le permitieran arrojarse…
Todo eso le parecía una cantidad imposible de esfuerzos.
Permaneció en la
tina. Quizá podía simplemente morir ahí.
MARÍA: En algún
momento, quizá al día siguiente, quizá esa misma noche, El Gran Pendejo regresó
con una llave, y aquello se repitió. Fue entonces cuando Consuelo abandonó su
cuerpo.
LOURDES: Déjame
explicarte. Cada vez que el General volvía, Consuelo sufría. Lloraba por Luis,
por Graciela, por su madre, porque quería que alguien la encontrara. Mantenerse
dentro de su cuerpo resultaba demasiado doloroso, así que flotaba hacia la esquina
del baño, sobre la ventana, y miraba hacia abajo. Mirarse a sí misma, sin
embargo, y a su torturador, era también una tortura. Su espíritu salió del
baño, en el que su cuerpo yacía junto al Gran Pendejo, y salió por la abertura
en el centro de su miseria hacia el oscuro bosque de nuestra infancia.
Consuelo viajó a la
deriva entre dos mundos: así fue como sobrevivió.
En el otro mundo,
la luz se hinchaba y luego se desvanecía entre los árboles. Su bisabuela le dio
dos golpes a la nave de su telar. Consuelo, de tres años, estaba sentada en la
tierra, entre las faldas de la ceiba, observando.
—Se está haciendo
tarde —dijo su bisabuela, poniéndose de puntillas para desatar con dos de sus
dedos púrpuras las correas de lazo atadas en torno al grueso tronco de la
ceiba, mientras mantenía firme el telar con la otra mano. Juntó los palitos, el
chocoy y la aguja —una larga vara de madera—, y luego alineó todos los hilos en
el palo inferior e hizo girar el telar hacia su cuerpo para atrancarlo en el
cincho de su cintura, palpándolo para asegurarse de que no faltaba nada.
La anciana se
acuclilló en la base del árbol y le acarició una mejilla a Consuelo.
—Estás cansada
—dijo, como si hubiera podido deducirlo por la tersura de la piel de la niña—;
ven acá.
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La cargó por debajo
de los hombros. Consuelo recostó la mejilla en el hombro de su bisabuela y se
permitió cerrar los ojos, arrullada por los suaves pasos de la viejita mientras
se abría paso por la oscuridad del bosque. No había camino, pero se sabía de
memoria cada paso. La anciana tarareaba y le acariciaba la espalda con las
puntas de los dedos.
Tenía razón:
Consuelo estaba cansada.
Despertó de nuevo
en la tina, de regreso en este mundo, el cuerpo pulsándole de dolor, una franja
de fuego en el vientre, en el lugar donde seguía atada la cuerda. Enfocó la
mirada en una araña que dejaba caer sus sedas desde el techo. La araña tejió
una trampa y luego enroscó en las patas a una brillante hormiga negra,
apretando hasta que estuvo satisfecha. Consuelo se dio la vuelta para recargar
la mejilla en la porcelana. Estaba fría, helada.
Volvió una vez más
al bosque de su niñez. Volvió a pasar por la suave abertura y entró por el
umbral que formaba la densidad de los árboles. Observó cómo se movían los
músculos de la espalda de su bisabuela al mismo tiempo que el chocoy del telar.
Su bisabuela le entregaba los hilos, un algodón azul claro. Aquí, le decía,
guiando sus deditos hacia la urdimbre. Abajo y en medio, decía. Sus manos eran
suavísimas a pesar de los muchos años de trabajar el añil. Consuelo extrañaba
su propia suavidad, y se preguntaba si alguna vez la encontraría de nuevo.
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Temprano por la
mañana, al segundo día tras la desaparición de Consuelo, Perlita se subió a un
auto. Un chofer por encargo cargaba dos grandes maletas y las metía en la
cajuela. Lindita ya estaba dentro, fumando. Para cuando Graciela bajó a
trabajar con Ninfa, el auto ya estaba lejos de la hacienda y se había
desvanecido en la bajada de los cerros hacia el centro de la capital.
Ninfa estaba
sentada esperando a Graciela en la mesa del comedor, con un costal de yute a
las espaldas lleno de todo lo que le importaba llevarse del área de servicio,
donde había pasado buena parte de su vida adulta. Había hecho café de olla con
las sobras del día anterior.
—Tengo que decirte
algo —dijo. Graciela se preparó para escuchar que su hermana estaba muerta.
¿Qué más podía ser esa pesadez, el terror que la había envuelto esos días? Se
aferró a la orilla de la mesa, para no perder el equilibrio.
—Perlita vendió a
tu hermana con El Gran Pendejo, para pagar una deuda. Ella se compró un boleto
a Costa Rica.
—¿Consuelo está en
el palacio? —preguntó Graciela. Se sentó. Había pasado todo el día anterior en
el palacio, sentada en silencio en la biblioteca hasta que la enviaron a casa.
Ni siquiera había visto al General, que había estado esquivo e irritable desde
que había asumido la presidencia—. ¿Está viva?
—La obligué a
decirme a dónde la había mandado —dijo Ninfa, ignorando la pregunta—. Ayer por
la noche. Perlita estaba llorando como una niña, tanto que casi quise
consolarla, pero le vendió la nenita al Brujo como si fuera un mueble.
Quizá porque,
durante gran parte de la vida de Perlita, había sido lo más cercano a una madre
que había tenido, Ninfa no creía que Perlita, en el fondo, fuera capaz de
abandonar a una niña como había hecho con Consuelo.
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—Estoy harta de
esta mierda fufurufa. Renuncio. Me voy con mi familia.
—Voy a ir por ella
al palacio —dijo Graciela.
—No —la previno
Ninfa. Una niña muerta, pensaba, era mejor que dos
—. No has visto lo
que ese hombre les hace a sus enemigos.
—Tengo que. Además,
seguramente sigue dormido: es perezoso, pero
perezoso.
Graciela se puso de
pie. Tenía que encontrar sus zapatos. Si salía en ese momento podría estar en
el palacio en una hora, cuarenta y cinco minutos si corría. ¿Qué más? El
cepillo de dientes, estúpidamente. El diminuto reloj de oro de Consuelo. Un
cuchillo, si encontraba uno.
—Escúchame —dijo
Ninfa. Eres bien lista. Lo suficiente para saber que si vas y la encuentras, no
regresas aquí. No puedes regresar aquí.
Graciela sabía que
Ninfa tenía razón. La capital no sería ya un lugar seguro para ella si
desafiaba tanto a Perlita como al General.
—Y si te vas a ir,
vas a necesitar dinero.
Graciela negó con
la cabeza. ¿Dinero? No iba a aceptar dinero de Ninfa; esta, sin embargo,
rebuscó en el costal de yute y sacó un par de medias de seda. Las sostuvo en
alto a contraluz y puso los labios en punta: cada pierna estaba llena de pisto,
rollos de billetes amontonados dentro de la tela transparente.
Graciela se
carcajeó.
—No me jodas,
Ninfa. ¿Asaltaste un púchica banco o qué?
Ninfa esbozó una
ligera sonrisa y removió el cuchillo de su cinturón. —Las medias son de Perlita
—dijo, y comenzó a cortarlas por la
mitad, separando
las piernas—. Y el pisto también.
Ninfa arrojó una de
las piernas por encima de la mesa, hacia Graciela, que la tomó con ambas manos.
—Impresionante,
¿no? He estado ahorrando —añadió Ninfa, ahora también entre carcajadas—. En
realidad no es de Perlita. Es de las tierras. De la gente que trabaja en ellas.
Y el resto lo pidió prestado. Así que lo tomé de vuelta. Mira que no me llevó
más que unos meses, poco a poco. Ya ves cómo nunca confió en los bancos.
Quitó el camino de
mesa y lo dobló con maestría para guardar dentro la media con el dinero; luego
envolvió con la tela los hombros y la espalda de Graciela, atando los extremos
como si fueran un rebozo bien ajustado.
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—No vas a volver a
verme nunca —dijo Ninfa, las mejillas húmedas de lágrimas.
—Yo espero que sí
—dijo Graciela, y abrazó a la maitra. En ese momento nacía una nueva vida: su
estómago, su chacalele, su mente memoriosa y eterna, cambiaron de rumbo y
colisionaron en su interior, como hacen el océano y las montañas para rehacer
el mundo.
—Diocuarde, cherita
—dijo Ninfa—. Vete antes de que me vuelva loca. Yo también tengo que encontrar
la forma de dejar este lugar monstruoso. Diocuarde.
La anciana le dio a
Graciela su cuchillo, para que lo conservara. Graciela salió de la hacienda. No
fue capaz de volver la vista para
despedirse otra vez
de Ninfa. Caminó tensa del terror. La media llena de dinero, presionada contra
su cuerpo, había adquirido calor y gravedad propios, una presión como la de un
cuerpo de agua profunda. Cuando llegó al final de la calle, palpó la cintura
del refajo: cepillo de dientes, reloj, cuchillo. Dio un breve grito, una
catarsis necesaria, porque no tenía lágrimas para derramar, y entonces se echó
a correr.
La puerta de las
habitaciones del General estaba abierta, y a pesar de que era mitad de la
mañana, el cuarto estaba inundado de luz de vela, una neblina nauseabunda de
flamas doradas y cientos de velas, sus cuerpos apretujados entre sí, goteando
sobre todas las superficies, haciendo charcos de cera en la alfombra. El
General estaba despierto, sentado frente a su escritorio, que daba a la puerta,
donde ella estaba de pie. Los espejos detrás de él estaban cubiertos por una
tela negra que a la luz del fuego brillaba transparente y añil.
—Los comunistas me
dieron un enorme regalo —dijo el General, mostrando un colmillo, como un
vampiro de película—. ¡Su pequeña revuelta me obliga a contraatacar! Y ahora
por fin puedo mostrarle a todo el mundo que voy en serio. Por fin puedo
mostrarles a mis amigos en Los Yunais lo fuerte que soy.
Dio un golpe en la
mesa. Hacía meses que Graciela no lo veía tan lleno de energía. No estaba
segura de haberlo visto nunca así de feliz.
—¿Dónde está?
—dijo—. ¿Dónde está mi hermana?
—¡Mañana comenzamos
la vuelta de la victoria! —dijo el General, mirando por encima del hombro de
Graciela, a la distancia—. Mis
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hombres ya tienen
sus órdenes. ¡Mañana vamos a limpiar nuestros hermosos volcanes! Vamos a
liberarlos de los traidores.
Estudió el bello
rostro de Graciela, como si la viera por primera vez. —Pero no me
malinterpretes. No te voy a lastimar, por supuesto. A ti
nunca te lastimaría
—dijo—. Pero a los de piel oscura, a los sucios… Ya sabes cómo son esos indios.
A esos traidores los vamos a barrer, a esos comunistas los vamos a barrer como
polvo.
Graciela comprendió
que, cuando dejara el palacio, tendría que correr muy rápido, no solo para huir
de él, sino para alertarnos a nosotras. Nosotras éramos las traidoras; nosotras
seríamos el polvo.
—¿Está viva?
—preguntó.
—Pero esas hormigas
reencarnarán, más claras, más brillantes —dijo el General, poniéndose de pie,
ignorándola. Mientras caminaba hacia ella, alzando los brazos como el cordero
de dios, Graciela sintió el pecho llenársele de repulsión. ¿Dónde estaba su hermana?
—¿La mataste,
hijueputa? —dijo Graciela. Jamás le había hablado así al General. Jamás le
había hablado así a nadie. La ira había devorado al miedo.
La palma del
General aterrizó en la caverna de su ojo izquierdo, y la derribó. Unas
lucecitas de colores le inundaron la mirada. Almas brillantes y mareadas. Casi
se rio. Le dolían el pómulo y la sien, y en sus oídos emergió un sonido
chirriante. Desde el suelo, Graciela levantó la mirada para ver el rostro
blando y atontado del general, sus ojos de pétalo húmedo. Ahora sonreía,
jubiloso.
Los dos caites se
le habían salido de los pies. Se sostenía la cara caliente con una mano y con
la otra tomó un zapato, y se apoyó para levantarse. Con un esfuerzo tremendo le
lanzó el caite al Gran Pendejo, justo en los huevos, y este se dobló en dos, con
un gemido.
Había ganado algo
de tiempo, pero no más que un momento, apenas para escapar hacia el largo
pasillo exterior mientras El Gran Pendejo se lamentaba por sus huevos heridos.
Fue gritando el nombre de su hermana en cada una de las puertas cerradas.
Consuelo, esa
nubecita de ajuate. Agárrala al suave, se había estado repitiendo. Al suave.
Quizá el General la mataría pronto y todo terminaría. Al suave. Pero entonces
escuchó la voz de Graciela. Y pues, buzaaaa, ese pequeño chacalele roto suyo
comenzó a latir de nuevo. Salió de la tina y se puso a golpear la puerta del
baño.
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La llave seguía en
la cerradura, sobre la manija traqueteante. En el pasillo, a Graciela le
temblaban las manos mientras giraba la llave y abría la puerta, y Consuelo, que
se veía como un enorme costal de mierda, cayó en sus brazos. Graciela la ayudó
a recomponerse y ambas corrieron hacia la puerta, y luego hacia la plaza.
Los mosquitos
zumbaban en su ascenso al cielo húmedo. Graciela y Consuelo corrían descalzas
por la capital, haciendo el esbozo de un plan mientras atravesaban las calles,
entre la multitud de vendedores de fruta, cuchillos pulidos y periódicos.
Encontrarían la estación de tren, irían al pueblo, y luego desaparecerían,
hacia Los Yunais. Los Ángeles, San Francisco, algún lugar. Adonde sea que fuera
el siguiente barco.
—Tengo dinero
suficiente para sacarnos a todas de aquí —le dijo Graciela.
Consuelo no
preguntó cómo lo había conseguido. Ya nada tenía sentido para ella; no sabía ni
siquiera cómo era que seguía viva. ¿Lo estaba? ¿O estaba soñando otra vez? Iba
a la deriva, flotando fuera de su cuerpo amoratado.
El cielo se había
puesto de un negro denso con la lluvia venidera. Ninguna de las dos sabía dónde
estaban. Las nubes se desfondaron, y quedaron empapadas en minutos. Las calles
se habían empezado a inundar, la basura flotaba en la superficie del agua, y ellas
tuvieron que desacelerar el paso, desesperadas y sin rumbo fijo, con dolor en
los pulmones, tomadas de la mano como niñas. A la vuelta de cada esquina
podrían estar los hombres del General esperándolas para meterlas en la parte
trasera de un auto. Justo cuando Graciela comenzó a llorar, sin embargo, un
perro, un cadejo, pasó frente a ellas, un destello de pelo blanco. Graciela
gritó y tiró del brazo de su hermana, y ambas siguieron al cadejo por un
angosto callejón, dejando que las guiara justo a la estación del tren.
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Las hermanas
volvieron al pueblo sucias, en guinda. Nosotras estábamos en los campos,
terminando la jornada. Vimos a Graciela correr hacia nosotras, gritando
nuestros nombres, arrastrando a una chica alta que también podría haber sido un
esqueleto.
Llevábamos nueve
años sin ver a Graciela, y su cabello seguía enredándose en los mismos lugares
de antes. Dimos gritos y la abrazamos, inseguras de que fuera real. En la
mejilla estaba madurando un moretón fresco. La chica esqueleto permaneció a un
lado, prácticamente inútil, observando: a nosotras, a la bodega de la finca, al
volcán y al campo, a los caminos ventosos que se extendían hacia el horizonte.
—Mi hermana mayor
—nos dijo—. La Consuelo.
La chica esqueleto
sonrió y se puso a llorar. Lloriqueos y gritos sonoros; los ojos le daban
vueltas como locos en la cabeza. Se sacudió hacia atrás y hacia adelante sobre
los talones desnudos, y se puso a tararear una melodía enloquecida. ¿Cuál era
el problema de esa aspirante a cherita, con su vestido roto de olanes? En ese
momento no conocíamos las cosas de las que había huido.
No nos reímos de
ella, bichas tiernas como éramos… Lucía corrió a buscar a Corita y a Lourdes, y
María tomó a Consuelo de la mano, y las condujo, a ella y a Graciela, hacia la
sombra de la ceiba, donde se sentaron a esperar la llegada de las demás. María
sacó tabaco del bolsillo frontal de su overol a rayas y enrolló tres cigarros.
Le frotó la espalda en círculos a Consuelo, y esta pareció tranquilizarse. Así
era como nos reconfortaban nuestras madres cuando éramos bebés.
Pronto llegaron
Lourdes, Corita y Lucía, gritando, en carcajadas, abrazando a Graciela y a la
calavera Consuelo. Sobre nosotras las ramas se llenaron de aves. Todo ese amor
de nuestra infancia había vuelto, se agolpaba en torno nuestro y ahondaba el
color en nuestras mejillas. Felices como estábamos, sin embargo, al verlas en
el estado en que venían… Sabíamos que algo andaba mal.
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—Graciela sacó el
humo y explicó lo que estaba por venir, por qué teníamos que ir por nuestras
mamis e irnos inmediatamente.
—¿No tienen hambre?
—¿No quieren darse
un baño?
—¿Qué carajos les
pasó?
Todas esas
preguntas les hicimos. La calavera decía una y otra vez: —Tiene razón. Mi
hermanita tiene razón.
Graciela nos dijo
que tenía dinero suficiente para llevarnos al norte, que tenía dinero para
todas nosotras.
—Pero tenemos que
salir hoy mismo, en la noche —insistía.
Podíamos ir a
Hollywood. Al parecer, esa era la idea de Consuelo. Resoplamos. ¿Hollywood?
¡Qué glamour! ¿No podíamos ir a algún lugar más cercano? ¿Tegucigalpa? ¿La
Ciudad de México, incluso? Consuelo, un misterio frente a nosotras. Consuelo,
que apenas hablaba, que rechazaba toda la comida que le dábamos. Bebía café,
sonreía con dientes castañeantes, y luego se levantaba para ir a vomitar bajo
la ceiba, y apenas se limpiaba la boca después.
—Vayan a decirle a
sus mamis —dijo Graciela—. Ayúdenles a empacar.
—No se van a querer
ir; esas cachimbonas se van a esconder con machetes atrás de los árboles, y van
a cortar la cabeza de cualquier idiota que venga —les dijimos. Nos sentamos y
analizamos su rostro—. Miren que —les dijimos—, hoy no vamos a poder ir a ninguna
parte. Miren, ya está anocheciendo. Vamos a descansar, y podemos irnos en la
mañana.
Todo eso dijimos.
—Junten sus cosas
—respondió Graciela.
—Estás soñando,
niña rica: ya sabes que no tenemos nada —dijimos, entre risas.
—Despídanse.
—¿De quién?, si
vamos a ir todas juntas, a convertirnos en estrellas de cine güeritas en el
norte. ¡Sácanos de esta vida, por favor! ¡Mi héroe, mi príncipe!
—Está bien. Mañana,
entonces —dijo.
—Mañana
—contestamos nosotras. Una aventura, pensamos. No entendíamos que Graciela nos
estaba pidiendo correr por nuestras vidas.
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Esa noche nuestras
mamis —Yoli, Rosario y Alba— se reunieron en torno a Graciela y el esqueleto
que tenía por hermana. Pudimos ver cuánto habían envejecido a sus ojos.
Se acordaban de
Consuelo, incluso si en realidad no lo hacían.
—Eras una bebecita
—decían una y otra vez, y Consuelo se suavizaba, al punto que permitió que Alba
y Rosario le cepillaran el cabello.
Ninguna de ellas
había visto a Socorrito en días, y en lo que respecta al plan de Graciela, de
huir con ella, no hicieron más que reírse. Le preguntaron si se había vuelto
loca en la capital, con todas esas aguas de colores de las que el General
hablaba en el radio.
—¿Bolcheviques?
—Rosario hizo una mueca, como si le hubiéramos escupido en la cara—. ¿Como un
viejito ruso?
—No somos más que
un montón de señoras. ¿Cuál es su maldito problema con nosotras? ¡Yo no soy
ninguna espía! —Yoli aplaudía y se carcajeaba.
—No tengo la
energía para ir a Hollywood —dijo Alba—. Mi espalda no va a aguantar y me voy a
morir en el viaje, como un jodido escarabajo.
Más carcajadas.
—Pero en serio,
Graciela, ¿cuál es el problema? ¿Te volviste loca? Tomamos a Graciela de la
mano y salimos, para buscar a su madre, a
quien habíamos
visto unos días antes en el mercado, o en su patio, o en alguna parte. La
llevamos a la casa enorme del cerro donde Socorrito vivía con su nuevo esposo
gringo. Tocamos la puerta, nos asomamos por las ventanas, abrimos una de ellas,
y nos colamos dentro por el patio. La casa estaba vacía.
Buscamos una
reacción en el rostro de Graciela, pero estaba en blanco, como una hoja de
papel. Nos repitió que no había tiempo que perder. Está bien. No teníamos
motivos para no creerle, aunque sonara como una loca. Iríamos con ella.
Suficiente del colonato. ¿Qué teníamos que perder? Bajamos del cerro para
descansar. Nos iríamos a primera hora de la mañana.
Esa noche, Graciela
y Consuelo se quedaron con Cora. Graciela le dijo otra vez que El Gran Pendejo
era tan peligroso como demente, y que había que creerle cuando decía que nos
iba a barrer como polvo. Más tarde, Corita se pasó la noche despierta con la cabeza
dándole vueltas a causa del dolor por la pérdida de su bebé, preguntándose
dónde estaría su esposo. Se
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quedó dormida al
amanecer, solo para despertar unos momentos después para empezar el día de
limpieza y rezos y velas encendidas. Agradecía la compañía.
—¿Entonces nos van
a matar a todos para encontrarte a ti?
Graciela guardó
silencio.
—Saben de dónde
eres. ¿No sería lógico que vinieran a buscarte aquí?
¿No has pensado que
deberías irte?
Cora se frotaba la
panza, aunque su bebé ya no estaba ahí.
—Nos van a matar a
todos para matarnos a todos. No solo vienen por mí —dijo al fin Graciela.
Entonces Cora se
puso a llorar. ¿Qué más iban a arrebatarle? Graciela le buscó las manos.
—Vamos a encontrar
un lugar seguro —dijo—. Vamos a empezar desde cero, todas juntas.
Sobre nuestras
cabezas, Izalco estaba despierto, resoplando, la ceniza sofocaba su garganta, y
nos ensuciaba las pestañas, el cabello, cubría nuestras manos en las últimas
horas de nuestras vidas, reclamándolas.
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LOURDES: El plan
era salir en el primer tren del día siguiente. Lucía y yo nos quedamos
despiertas hasta muy tarde. La Güerita del Norte estaba sonando en el radio del
cuarto de clasificación, con una canción nueva sobre una mujer salvaje. Enero
era mes de siembra, pero en el edificio permanecía la podredumbre de las
cerezas maduras del verano anterior, y se me pegaba al cabello. Cuando empezó a
sonar la canción en la radio, Lucía y yo nos pusimos a bailar, alzando las
piernas, riendo y dando gritos como bichitas. No importaba si hacíamos
demasiado ruido: el patrón estaba desmayado en la casa de la finca, y la perra
de su esposa nunca bajaba hasta allá.
Cuando los hombres
irrumpieron por la puerta, Lucía y yo seguíamos bailando. Uniformes grises,
edad similar a la nuestra. No tenían ni idea de nada, me di cuenta solo con
mirarlos, con esas barbillas de bebé y esos ojos duros y estúpidos.
«¿Están perdidos?»,
les dije. Todo el tiempo estaba metiéndonos en problemas, era incapaz de cerrar
la boca. ¿Por qué? ¿Por qué tenía que tocarle las pelotas a cada tigre que se
me atravesaba? «Prende el radio, Lucía», le dije, pero no me atreví a apartar
la mirada de los hombres para verla. La voz me temblaba, y no me escuchaba a mí
misma. «¡Estos chicos vinieron a la fiesta!», dije, tratando de convertir mi
voz en una risa. En cualquier caso, ¿qué carajo querían con un montón de fruta
podrida y un par de inditas?
«¿Les preparo un
café con leche?», les dije, apuntando con los labios a la güerita Lucía. No me
respondieron, y Lucía permaneció en silencio en la oscuridad de su rincón. Los
hombres levantaron sus armas.
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«¡Bang, bang, están
muertos!», dije, disparando con los dedos. Los hombres mantuvieron firmes sus
pistolas, uno de ellos me apuntó, y el otro permaneció en la esquina desde
donde el radio reproducía «La Llorona». «Dos pistolas pero ningún pito», me
escuché decir, y me solté a reír, sin esperanza, respirando con dificultad.
Un sonido iracundo,
humo. Vi a Lucía caer de espaldas en la esquina del cuarto de clasificación
hacia donde daba la luz, justo sobre la alfombra de cerezas descartadas,
verdes. Del cráneo le brotaba la sangre como una larga cabellera roja.
Debía estar
soñando, porque tomé del cuello de la camisa al tipo que todavía me estaba
apuntando el arma a la cara, lo jalé hacia mí y le dije: «¡baila conmigo,
pendejo!».
LUCÍA: Justo antes
de irme, la vi. Por la ventana, La Consuelo, la calavera, de pie afuera del
convento. Sus ojos se toparon con los míos. Vio a los hombres que nos rodeaban,
y luego apartó la vista, corrió escaleras abajo y se metió al sótano del convento.
Sabía que iba a
doler. Cerré los ojos, y ahí estaba yo, en la letra de la canción, ahogándome,
sin esperanza, perdida. Los hombres me eligieron como la primera.
MARÍA: Antes de que
ocurriera, miré hacia el horizonte, preparándome para partir, tratando de
decidir si unirme o no al bayunco de mi hermana y La Lucía en el cuarto de
clasificación. Vi nuestro volcán, y vi las siluetas de los hombres entre los
cerros. No los escuchaba, pero los vi a través del velo oscuro de la noche,
cruzando los cerros en formación, cambiando de dirección, acercándose. La
lluvia, como un patrón diseñado sobre el aire, golpeaba la superficie del lago.
Manchitas a la distancia, arenilla en el fondo de una taza, y entonces, cuando
estuvieron más cerca, un ejército de hombres de espaldas tensas y armas en las
manos. Se acercaron; su oscuridad se concentró y se hizo patente, y después se
esparció con paso firme de camino a la finca.
¿Qué era lo que
querían conmigo? No era comunista. Por esos días todos estaban hablando de los
comunistas, en la radio, en el mercado, pero yo me había mantenido al margen.
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El marido de Cora
andaba en algún lugar de los cerros, siendo el rey de los indios. Yo a ella
siempre le dije que se guardara sus comentarios revolucionarios en el mercado.
Tan lista que era, ella más que nadie tendría que haber sabido lo que era
mejor.
La masa oscura se
acercó aún más, y un cuerpo se separó del resto y subió el cerro hacia donde yo
estaba parada. Me escondí en el corral de la cocina.
El hombre que
estaba a punto de dispararme se quedó afuera del corral, esperando. Vi sus
dedos golpetear, uno por uno, el algodón gris percudido de la pierna derecha de
sus pantalones, contando hasta cinco, diez, quince. Se agachó y gateó hacia el
corral. Las gallinas aletearon e hicieron saltar paja y mierda y plumas en el
aire. El hombre me miró fijamente con sus húmedos ojos verdes. Tenía que ser un
error; le habían dado la orden incorrecta. La forma de la bala, en su camino al
interior de mi cuerpo, tenía la forma de sus ojos y también la de las lágrimas
que se le abultaban en ellos, y la del huevo olvidado en el corral, que se
abrió y derramó su nube dorada. Mientras moría, distinguí la forma de su
cuerpo: agachado, con las manos en las rodillas, vomitando bilis sobre la paja,
sudando la espalda de algodón gris de su uniforme. Lo vi llorar.
Entonces yo tenía
dieciséis años.
CORA: Nunca pensé
en ser monja, pero luego de que perdí al bebé, la hermana Iris me invitó a
pasar un tiempo en el convento. Me pagaban lo que podían, y me contentaba con
la comida que me daban y la tranquilidad de su compañía. Les cocinaba y les
hacía las compras. Alimentar el cuerpo, alimentar el alma. Eso solía murmurar
la hermana Iris cuando me veía volver del mercado, cargando una canasta de
masa, o luego de sorber ruidosamente el ron antes de la cena, mientras mascaba
semillas de cacao completas y escupía las cáscaras escamosas entre trago y
trago.
Me dije que me
estaba volviendo más fuerte, pero me sentía del carajo, y aún no sabía si me
quedaría o no. La hermana Iris escuchaba la radio ya entrada la noche y enviaba
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paquetes con ese
niño que andaba por ahí. Lo reconocí de cuando vivía con Héctor, antes de que
se fuera hacia Izalco. La hermana Iris siempre había sido buena conmigo y,
aunque nunca habíamos hablado de ello, creo que una de las razones por las que
me acogió era que Héctor y ella formaban parte del mismo movimiento secreto. En
su cuarto tenía panfletos y todo eso, metidos en el himnario bajo la almohada…
Los encontré mientras cambiaba las sábanas. Eran iguales a los que Héctor me
había enseñado, que hablaban de reclamar la tierra para el pueblo. Después de
eso la quise todavía más.
Entonces Graciela
llegó como un fantasma, y su presencia me reconfortó. Había traído a su
hermana, Consuelo, flaca y de ojos locos. Nos sentábamos juntas a sorber
chicha. Tanto que hablar. Me figuré que Graciela me contaría de la capital
cuando estuviera lista para hacerlo, y que podría conocer a Consuelo también,
durante nuestro viaje hacia el norte.
Esa noche, como
siempre, me desperté un par de veces llorando, extrañando a Héctor y a mi bebé,
con unas ganas inmensas de despertar a Graciela y llamarla dormilona, pero no
hacía más que verlas roncar, a ella y a Consuelo, más que dejarlas descansar.
La última vez que me desperté, vi a Graciela sentarse, los ojos abiertos pero
nebulosos y danzantes, como si estuviera soñando. Unos momentos después la vi
desplomarse nuevamente y cerrar despacio los ojos, solo para abrirlos de golpe
otra vez entre respiraciones rápidas. Se veía tan asustada como yo me sentía.
Sabía que no podría
recobrar el sueño, así que me levanté. Graciela seguía dormida, pero a su lado
ya no estaba Consuelo. Pensé que quizá debía buscarla y luego ponerme a hacer
el trabajo que no podría hacer al día siguiente. Quería dejar el convento bonito
para las monjas.
Con el cepillo en
la mano y de rodillas, fregué cada uno de los dieciocho escalones de madera, y
entonces lo escuché acercarse. No logré ver nada al levantar la vista, ni
siquiera una sombra; de pronto estaba sobre mí, y un algo como fuego atravesó
el centro de mi cuerpo. Me di cuenta de que estaba sangrando, y por primera vez
agradecí que el bebé ya
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no estuviera ahí.
Mis ojos habían dejado de funcionar, pero sabía que me estaban separando las
piernas, que mi cuerpo se rasgaba. Sentí cómo chocaba contra el aire, cómo
atravesaba el cielo cenizo como un ave, y luego caí, y mi cuello se rompió, y
seguí cayendo. La carne de mi vientre se abrió como una bolsa desgarrada, y
seguí cayendo hasta que golpeé el fondo de la escalera, y ahí mi cuerpo se
vació.
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Como al resto de
nosotras, a Graciela la abandonaron a su muerte.
Antes de que
perdiera la conciencia, estuvo frente a una torre gritando nuestros nombres,
pero para entonces nosotras ya nos habíamos ido.
La torre estaba
hecha de partes de cera, gris bajo la luna. Alguien había apilado nuestros
cuerpos como leños en la estufa. Por aquí la mano rota de un niño, y por allá
un rostro silenciado; aquí una oreja húmeda, allá una rodilla volteada. Aquí yo
y yo y yo y yo.
La torre se alzaba
tan alta como la aguja de la capilla. Las pisadas de los hombres sonaban sobre
la plataforma de la sacristía.
Dentro de la masa
había una oscuridad, y Graciela la miró abrirse como una puerta bajo una
mandíbula rota. Una música metálica comenzó a sonar, y entonces vino el flash
lento de una cámara, y la chispa brillante de un cerillo al encenderse.
En medio del brillo
apareció un hombrecito, que bailaba bajo la luz de un escenario diminuto. El
duende. Su resplandor era un hechizo. Graciela se puso de pie frente a él,
absorta, su público perfecto. Llevaba un sombrero de copa de seda, e inclinaba
la cabeza con recelo, mientras los lustrosos zapatos negros bailaban un tap
metálico y veloz. Tenía en las manos un flamante bastón con empuñadura de oro,
que arrojaba al aire, dejaba girar y atrapaba de nuevo con firmeza; sus zapatos
golpeaban la madera pulida del escenario, y el charol reflejaba los cuerpos que
la luz revelaba. Los hombres entraron a la iglesia, y el humo se levantó de
entre las llamas de las bancas incendiadas y le llenó la nariz a Graciela. El
duende dio una vuelta, luego hizo una reverencia, y después, con un movimiento
del bastón, le hizo señas para que lo siguiera hacia el interior de la torre.
Graciela cayó de rodillas y avanzó a tientas por el suelo, empujando miembros
rígidos para hacer la puerta más grande. Una vez dentro, la cerró tras ella.
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El tap del duendito
fue nuestra entrada también. Hizo una puerta para que pudiéramos cruzar. Miren
que: imagínanos en formación de baile, el gran final del duendecito. Cuando
Graciela gateó hacia el interior de la torre, nos metimos en las esquinas de sus
ojos como arena. Las largas raíces de la ceiba absorbieron nuestra sangre, y
las plantas de los pies descalzos de Graciela se empaparon de nosotras. Nos
inhaló entre respiraciones rápidas e irregulares, uno de sus pulmones en
colapso.
La sangre selló la
boca de Graciela. Estaba desvaneciéndose hacia la muerte, pensó. Para los
soldados, su cuerpo estaba vacío. Le hicieron las cosas que nos hicieron a
nosotras. Pero sobrevivió. Y encontramos su aliento, y entramos, flotando en su
aire los días que pasó en esa pila sofocante, nuestras vidas reunidas,
trenzadas a la suya. Nos metimos en sus oídos dando vueltas de carro. Muertas
como estábamos, nos transformamos en fantasmas entre chispas. Verdaderamente
unas jodidas almas brillantes. Dolía, era un incendio terrible.
¿Y Consuelo? Ella
también sobrevivió.
Cuando llegaron los
hombres, Consuelo se arrojó por las escaleras del salón de clases del convento
y se escondió en un rincón oscuro, detrás de una pintura. Sí, la que tenía a
las chelitas y las indias, y aquellos cálculos. Consuelo tenía la habilidad de
darle cualquier forma a su mente y era buena para guardar silencio. En su
cabeza, estaba de vuelta en la tina del General. ¿Habría sido mejor que la
asesinaran en aquel abrazo de porcelana, o bajo la madera oscura de la
sacristía? Pero sobrevivió.
Nos reunimos en
ella igual que en Graciela, y nuestros bordes se incendiaron mientras nos
enterramos en su cabello de oro rojizo. Trenzamos nuestras almas a la suya y de
nuevo sentimos ese fuego terrible.
Consuelo esperó dos
días en el sótano del convento, hasta que estuvo segura de que los hombres se
habían ido. Durante esos días debió haberse movido, dormido, meado, pero las
horas se emborronaron y separaron su mente de la conciencia de sus acciones físicas.
Cuando trató de levantarse, cuando la duración del silencio pareció la
suficiente, sus rodillas cedieron y cayó al concreto frío, meándose encima. Se
arrastró hacia el exterior y encontró nuestros cuerpos apilados y mutilados. Se
meó encima de nuevo. El cuerpo de Graciela estaba tendido sobre nuestra pila.
Consuelo tocó el
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rostro de su
hermana y se preguntó en voz alta si estaría muerta o viva.
Nadie le contestó,
ni siquiera las aves.
Habían hablado de
Hollywood, pero ahora Graciela parecía tan muerta como el resto de nosotras.
Tenía la boca sellada de sangre fresca y los ojos de vidrio opaco. Consuelo le
sacudió los hombros y trató de despertarla a gritos. Tenía la piel fría. A
Consuelo el corazón se le salió de lugar, una cometa al viento.
Nos llevaba consigo
mientras corría hacia la estación del tren. Permaneció sentada, bien despierta,
en el andén, hasta que llegó el primer tren de la mañana. ¿Desde cuándo no
comía? Tenía la panza llena de serpientes furiosas.
Para cuando llegó
al puerto, había dejado de llorar. Ahora no podía dejar de sonreír. Estaba
histérica, delirante. Los dientes le castañeaban. Llevaba días sin dormir bien,
pero estaba alerta, vigilante, repasando el plan en su cabeza con una agudeza
que la sorprendió. Quizá éramos nosotras, nuestras almas brillantes recorriendo
su cuerpo hecho de huesos. Encontró la taquilla y se formó en la fila. Tenía
que decidir a dónde ir antes de llegar al frente. Su hermana estaba muerta. Y
sabía que no podía estar sola. Tenía que encontrar a alguien que pudiera
ayudarla.
Aunque odiaba
admitirlo, la única persona que conocía en el norte era Lindita Domínguez.
Sabía que si iba a San Francisco, donde vivía Lindita, y le decía las palabras
correctas, ella sentiría que no tenía otra opción más que ayudar a la hija de
Perlita.
Al llegar a la
taquilla, Consuelo se dio cuenta de que no tenía dinero. La mujer del mostrador
entornó los ojos turbios al verla quitarse de la oreja un arete de perla y
entregárselo como única forma de pago. Estaba cubierta de sangre; ¿qué más
quería esa mujer pálida y bizca a cambio de un boleto a San Francisco? Juzgó
mal a la mujer, que le entregó el boleto y dos tortillas enrolladas de su
almuerzo. Consuelo, niña tonta, estaba demasiado sorprendida para siquiera
agradecerle.
Consuelo esperó en
el muelle, con su boleto y su plan, sucia, con las tortillas descansando como
piedras en su estómago, y carcajeándose para sí como una loca. De su tobillo se
desprendió la costra de sangre de alguien más. Advirtió su reflejo en los lentes
de sol de una mujer: lamentable, una máscara de partes hinchadas que no
combinaban entre sí, su penoso cabello hecho un puré.
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La gente era
horrible en multitudes. El olor era una cosa, pero la mugre en sus uñas, el
collage de bolsas espantosas, el abanico colectivo de las uñas de los pies, la
visión no solicitada del remolino de cebo en la oreja de un extraño, la mutua
tolerancia de las bocas masticando abiertas en cada cantina, los roces casuales
de la piel, los sorbos de mocos, la animalidad de los choques y los empujones y
el robo oportunista y la indignación mezquina y los alegatos para ser el
primero en la línea… Es igual de horrible en cada estación de tren, sala de
espera, parada de autobús o muelle del mundo. Y ahí estaba Consuelo, avanzando
lentamente hacia las entrañas del barco, respirando toda esa piel. Encontró la
puerta de su camarote y la abrió con la llave de cobre claro que le habían
entregado a cambio de su boleto. Al ver que la cama no estaba lista todavía, el
colchón de dos pulgadas desnudo, Consuelo se acostó boca arriba en el piso y
sintió el empujón del océano contra la espina dorsal. En lo único en lo que podía
pensar era en dormir.
En el pueblo,
Graciela seguía dormida junto a nuestros cuerpos. Cuando al fin se despertó,
horas después de que Consuelo se fuera, se sentía rota y adolorida, insegura de
si estaba viva o en el infierno. Y había perdido su cuchillo.
Se alejó a rastras
de la pila de cuerpos y nos llevó con ella, nuestras voces y nuestros ecos.
Cascabeleábamos en su interior, almas que batían como alas, aullando al chocar
con sus moretones. De alguna forma, había sobrevivido. Igual que debimos
haberlo hecho nosotras. Sin embargo, nuestros cuerpos se llenaban de gusanos.
El pueblo estaba en
llamas. Graciela encontró cada uno de nuestros cuerpos y los de nuestras
madres. No encontró el de su propia madre, ni el de Consuelo. Se permitió creer
que quizá la ausencia de Consuelo significaba que había logrado escapar, que
estaba viva. De la ausencia de su madre no sabía qué deducir.
Graciela se movió a
gatas, probando el cielo sofocante de nuestro mundo intermedio, y luego se
levantó para irse. Nuestra ceiba estaba sola y de pie en el cerro, junto al
campo de café, con todas las aves dormidas en sus ramas, con todos los otros
árboles a su alrededor calcinados hasta el piso, entre hojuelas de ceniza negra
esparcidas por la tierra.
Todo estaba quieto.
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Graciela no podía
correr. En cambio se arrastró bajo el humo tres kilómetros por el volcán hacia
la estación de tren de Don Patricio, que no era más que una banca de madera
sobre el andén. Había perdido ya el primer tren del día, justo el que Consuelo
había tomado sonriéndole a nadie con la boca llena de sangre. El siguiente tren
con destino al puerto pasaba al medio día. Desde ahí, Graciela se las
arreglaría para llegar a Los Ángeles.
Los boletos para el
barco que esperaba en el puerto, con destino primero a Los Ángeles y luego a
San Francisco, estaban agotados. En su camarote, Consuelo estaba acostada,
gritando con la boca tapada por el brazo.
La siguiente
embarcación saldría dos días más tarde, pero Graciela no podía quedarse ahí.
Vio al capitán levantar el puente. Debajo, unos hombres estaban llenando
pesados costales de café para llevarlos al compartimento de carga.
—Al carajo —le
dijimos—. ¿Qué piensas hacer? ¿Esperar? ¿Regresar al pueblo y terminar muerta?
¿Regresar a la capital y terminar jodidamente muerta? No, vete ahora mismo al
carajo.
En ese momento,
Graciela no sabía que la voz que la guiaba éramos nosotras. Oía toda clase de
cosas: las cigarras, el aullido de los perros, los gritos de los sobrevivientes
del pueblo al despertar. No confiaba en nada más que en esa voz.
Así que Graciela
hizo exactamente lo que habríamos hecho todas juntas, si hubiéramos
sobrevivido. Bajó corriendo los escalones de concreto hacia el muelle de carga,
resbalándose con las algas y el agua salada, saltando tres o cuatro escalones
al mismo tiempo. Se arrastró como un gato detrás de la torre de tarimas que
sostenían los costales de café, y comenzó a palpar los costales del fondo, los
más cercanos al puerto, en busca del más adecuado, uno que estuviera bajo y
poco lleno, uno que cargaran hasta el final y por lo tanto quedara hasta arriba
del montón. Desató el elegido con los dientes, dejó que los granos se
desparramaran y se esparcieran sobre el muelle hacia el agua turbia que estaba
debajo.
Entonces se metió a
rastras al costal, sacando más granos para hacerle espacio a su cuerpo. Dentro
había una oscuridad tersa y familiar, más pesada que el agua. Los aromas
metálicos y acres de su piel, así como el de nuestra sangre, se mezclaron con
los aceites del grano, que eran especialmente aceitosos en el estilo arábica
que a los gringos de California
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les gustaba tanto.
No se sofocó, sin embargo; no se ahogó entre los granos. «¡Sigo viva!», estuvo
a punto de escupir al interior del costal, antes de taparse la boca con la
mano. Nada de aquello era divertido, pero se rio de todas formas.
Junto con otras
tres o cuatro bolsas debajo de ella, llevaron a Graciela por los aires hacia el
compartimento de carga.
—¡Milagrosa! —dijo
en voz alta, cuando se dio cuenta de que no la habían aplastado, que la habían
colocado hasta arriba de la pila de costales.
Abajo, el agua
llevaba a Graciela. Arriba, el agua llevaba a Consuelo. Nadamos junto con
ellas, como las lechuzas que llevaron el cabello de la Mujer de Sangre en sus
picos, ascendiendo entre las nudosas raíces del cielo ocluido de Xibalbá,
cuando también ella escapó hacia otro mundo. Juntas, separadas, las hermanas
viajaron al norte por mar en paralelo al Camino Real, por la gran costa
continental, sus fosas nasales y sus gargantas llenas del aroma de los granos
de café, llenas de quinientos años de muerte.
De alguna forma,
las hermanas vivieron para ver otro mundo. Surcaron la tierra entre sus cuerpos
rotos y el cielo, tragando puños de ella y escupiéndola, mientras nosotras las
impulsábamos hacia adelante. El primer vistazo que la Mujer de Sangre tuvo del
bajo vientre del Mundo Intermedio no fue sino un pinchazo de cielo.
Y aquí continuamos
también nosotras. Vamos a la vuelta.
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Tiempo después de
la masacre, mientras Graciela y Consuelo zarpaban lejos, nosotras nos
despertamos en la capital.
Por supuesto, no
teníamos idea de dónde estábamos. Ninguna de nosotras estuvimos nunca ahí en
vida. Era nuestra primera vez, la primera de muchas regresando ahí como
fantasmas. Esa vez lo único que sabíamos era que no estábamos en el pueblo, que
era de noche y que, mientras nuestros cuerpos se pudrían lejos en el pueblo,
seguíamos juntas.
Nos encontrábamos
en un parche de césped húmedo junto a una fuente. Todo alrededor eran edificios
grandes: edificios municipales, los ministerios de salud, educación y
agricultura, así como el Archivo. Era mitad de la noche, y dos hombres en traje
iban corriendo por la calle, sus zapatos lustrosos sonando contra el pavimento
mojado.
Comenzamos a
recibir información. Luego de la masacre, supimos, la gente tenía miedo, y al
Gran Pendejo le fue muy fácil contratar a cualquier cantidad de hombres que
hicieran su voluntad. Había contratado dos, por ejemplo, un taxista y un
panadero, para prenderle fuego al Archivo Nacional, por eso, mientras se
alejaban corriendo, enjambres de fuego salían por las ventanas del edificio.
Nosotras, fantasmas
sin ojos, leímos cada pedazo de papel mientras se convertía en ceniza.
Absorbimos el conocimiento que contenía, y que quedaría destruido por orden
ejecutiva. Registros matrimoniales. Registros eclesiásticos. Certificados de
nacimiento. Certificados de defunción. Informes de ventas anuales de las fincas
de toda la parte oeste. Quién sabe si a alguien le importaba esa clase de cosa,
o si a alguien le importaba contar nuestros nombres, pero ¿nosotras? Nosotras
observamos hasta que el edificio entero se desmoronó y se hundió sobre sí
mismo, y no quedaron más que los huesos del Archivo, chamuscados y desnudos.
Viejitos,
angelitos, los que tenían sangre fresca en el cuello y los que llevaban años
muertos, todos se levantaron como una lluvia de chispas oscuras. Polillas en
reversa, viajaron hacia nosotras con sus alas de
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oscuridad, lejos de
la luz del fuego. Sus almas se juntaron con las nuestras y nos llenaron de
ruido.
Recuérdennos,
decían.
«No van a
olvidarnos», nos dijeron.
No teníamos opción.
Más tarde, cuando
el sol se hundía anaranjado entre los volcanes, los hombres del General
condujeron junto a hibiscos de papel que recorrían los muros de la ciudad, con
el cielo brillante incluso cuando empezaba a anochecer, que contrastaba con los
volcanes, piedra negra y pulida, tallada como una escultura. Subieron del
centro hacia los cerros de verde profundo, más allá de los amplios castillos
pintados de un rosa luminoso, de durazno, de azul iridiscente. Cada uno tenía
patios con árboles frutales, rosas inglesas plagadas de moho y ángeles de
mármol. Cada hacienda estaba enmarcada por un muro coronado del vidrio pálido
de los trozos de botellas de cerveza.
Las casas se
volvían más grandes entre más cerca estaban de la hacienda. Una vez ahí,
tiraron la puerta principal de una patada, y la encontraron abandonada. Perlita
no había vuelto.
Con el paso de los
años, la mancha de los mosquitos sobre los vidrios se hizo cada vez más gruesa.
El moho se acumuló en el yeso y cubrió las paredes de pinceladas de verde,
púrpura y gris. Los gabinetes de la cocina quedaron destruidos, y las alfombras
y los muebles desaparecieron. La ocelote merodeaba por los cerros; demasiado
holgazana para cazar, rogaba por comida entre los vecinos.
En el centro, la
capital recobró su brillo y el sol blanco destellaba en los carritos metálicos
que los indios vendedores de fruta empujaban por la plaza. El centro de la
ciudad estaba limpio gracias a la lluvia: el palacio presidencial, la Librería
Nacional, los ministerios, y el hueco del Archivo, lleno de hollín, flanqueaban
la plaza cubierta de hierba como centinelas.
Justo afuera de la
ciudad había un comedor que a los hombres del General les gustaba visitar para
comer o tomarse una Pílsener durante los largos días posteriores a la masacre.
Era un patio simple y verde brillante, con el piso de concreto sin pintar. Una
mujer estaba agachada a la entrada. La recuerdas: Ninfa.
Ninfa se mecía en
el concreto con un vaso de papel entre las rodillas y los ojos como vidrio
rayado. Se veía ancianísima ahora. Probablemente ni
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siquiera Perlita
habría reconocido a esa mujer que la había cuidado de bebé, salvo por la
verruga debajo del ojo derecho, la nariz ligeramente inclinada y el trío de
medallas de santos que llevaba alrededor del cuello.
Como nosotras,
Ninfa era de uno de los pueblitos volcánicos de la parte oeste. Ahí había ido
luego de abandonar la hacienda con su media llena de pisto. Para cuando llegó a
casa de sus hijas, los asesinatos ya estaban en marcha. Casi había logrado
escapar con sus hijas y nietos, pero los detuvieron en la frontera con
Guatemala. Los soldados los llamaron comunistas, y luego les ofrecieron un
trato.
—Juren que son
comunistas —les dijeron— y no les haremos daño.
Nos encargaremos de
que tengan justicia.
—Claro que voy a
jurar que soy comunista. Voy a jurar que soy el rey de España si me lo piden
—respondió Ninfa.
De todos modos, sin
embargo, los soldados las pusieron en formación. Ninfa los vio dispararles a
sus dos hijas, a sus tres nietos y a su nieta, a su hermana y a su cuñado, pero
cuando llegaron a ella dejaron las pistolas y sacaron un machete.
Ninfa rogó que se
desangrara luego de que la hirieran —eran dos, apenas unos años mayores que su
nieto más joven—, pero no murió. Ahora le faltaba la mano izquierda, que le
habían cortado de un golpe limpio.
Cada vez que la
recordamos de esa forma, volvemos a morir.
Los poetas de la
Sociedad de Letras y Objetos Sagrados no escribieron sobre nosotras luego de la
masacre. Escribieron poesía surrealista sobre hacerle el amor a mujeres de piel
blanca y cabello como nubes. Escribieron con frialdad, con estilo, con miedo de
denunciar al General, de perder su patrocinio, o peor.
Los más osados no
tuvieron el valor más que para escribir un cuentito furtivo sobre una carreta
que recorría el pueblo empujada por un esqueleto, llevando un montón de
cadáveres en descomposición. Es una historia vieja, un mito, la carreta
chillona, reescrito sin dientes.
Ese es el problema
con los mitos y las historias. Es lo que siempre estamos tratando de advertirle
a La Yinita. Si no los cuentas de la forma adecuada, si los dices muy bajito,
en el camino le borras el rostro a todo el mundo.
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Entonces, los
poetas de la Sociedad de Letras y Objetos Sagrados fingieron no saber lo que
nos había ocurrido. Celebraban los tejidos del telar de cintura de nuestras
bisabuelas y le agradecían al Gran Pendejo (hombre de letras, lo llamaban,
escultor de naciones) por financiar sus espacios para la poesía. Hablaban sobre
Cuzcatlán con el mismo aliento con el que celebraban la emancipación del país
de «la triste esclavitud del comunismo». Escribían versos sin color sobre cómo
nuestra piel hacía juego con la tierra que trabajábamos, y ni una sola vez
mencionaron nuestras muertes.
Mucho tiempo
después, desde la distancia, en el exilio en Costa Rica o en la Ciudad de
México, hablarían sobre nosotras tardíamente y con timidez, pero en los días y
años que siguieron a la masacre, desviaron la mirada.
Y sí, a
regañadientes, pero fuimos a verlo.
Observamos al Gran
Pendejo en su palacio en la capital, arrugándose en la tina de mármol,
escupiendo sus sinsentidos como una ballena. Nos invocó un par de veces con el
pensamiento, esas vagas fantasías de nuestra «tersa piel» y nuestros «hermosos
ojos oscuros», los mismos ojos que no se atrevía a mirar de frente. A la hora
de dormir, le cantamos al oído, con la esperanza de darle un susto de muerte.
No tuvo problemas
para contratar a un anciano lavaloza como su nuevo oráculo, a un paletero para
que encendiera las velas, hiciera un sonido de trance luego de encender el
incienso y coloreara las aguas con botellas de colorante comestible. Llenó la
biblioteca presidencial de espiritualistas y psicópatas pagados y llevó a cabo
ahí sus sesiones, en la mesa oval sobre la que nuestra Graciela alguna vez se
había sentado a leer libros.
Fue en esa mesa,
cuando ya los gusanos llevaban dos años dándose un festín con nosotras, en la
que El Gran Pendejo celebró el reconocimiento oficial de su presidencia por
parte de sus mejores amigos Los Yunais. Y fue ahí donde, al año siguiente,
respaldado por sus mejores amigos, firmó una ley que prohibía la entrada al
país de cualquier persona negra, restringía la libertad de las personas de
origen árabe, así como de las provenientes de China o de la India. Nada de esto
fue sorpresa para nadie.
En esa mesa, El
Gran Pendejo reconoció oficialmente el régimen de Franco, antes incluso que sus
otros mejores amigos, Mussolini y Hitler.
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Ahí escribió
cartas, todas ellas con su letra cursiva enaltecida y deliberada. El Gran
Pendejo escribió ahí cartas de amor al Estado marioneta del Japón en Manchuria,
llevó a un coronel prusiano para que dirigiera la academia militar, y desde ahí
le envió a Alemania un plan para el desembarco de sus tropas en la costa de Los
Yunais.
Quizá la última
carta que envió fue un poco demasiado lejos; incluso El Gran Pendejo tendría
que admitirlo.
En efecto, cuando
finalmente entró a la Segunda Guerra Mundial, no lo hizo del lado de sus amados
fascistas, sino del de los Aliados, un sensato movimiento de ajedrez, quizá por
miedo a que Los Yunais revocaran su pacto de buena vecindad, así como la legitimidad
con la que lo habían investido, si declaraba su lealtad al Eje. Además, Los
Yunais compraban más café que nadie en el mundo, y ciertamente más que los
alemanes. Tenía que tomar en cuenta el café y no nada más los deseos de su
alma. Gozosamente, pudo usar la declaración de guerra como la excusa perfecta
para quitarles tierras y propiedades a los ciudadanos japoneses, alemanes e
italianos, y enviarlos a campos de trabajos forzados.
Y durante todo ese
tiempo, afuera del palacio, la capital enardecía por todas las razones ya
conocidas: pago, comida, educación, tierras.
Más tarde, cuando
ya llevábamos doce años engusanadas, luego de los ataques y las ejecuciones,
las prohibiciones, los toques de queda, tras sucederse a sí mismo en el cargo
en elecciones limpias y democráticas en las que él era el único candidato; tras
decirle al arzobispo que él, El Gran Pendejo, era Dios; tras convertir la
currícula moral de la educación primaria en un manifiesto de la reencarnación;
luego de insistir en su admiración por los fascistas, y de que a los niños se
les enseñara en la escuela el saludo romano; tras discutir en la radio, desde
el auditorio de la universidad nacional, que la orina, la defecación y la
procreación debían categorizarse oficialmente como hechos biológicos de la
percepción; después de las revueltas en la universidad; después de insistir en
sus logros —«¡construí los bancos!», «¡construí la carretera panamericana!»,
«¡el canal de Panamá!» ante el aplauso de los pocos que aún lo querían; tras
finalmente hacer enojar a las fufurufas familias cafeteras subiendo los impuestos
de exportación; tras las ejecuciones de oficiales militares; tras la ejecución
accidental de un adolescente proveniente de Los Yunais; tras las ejecuciones de
cien civiles; tras un ataque aéreo; tras una huelga estudiantil pacífica, y
tras la huelga general posterior… Después de todo
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eso, El Gran
Pendejo huyó al fin. Corrió por su vida con rumbo a Guatemala, donde lo recibió
nervioso El Otro Pendejo, y de ahí se fue a Honduras, donde se quedó
finalmente.
Y cuando el chofer
del Gran Pendejo, tras décadas de diligente servicio, lo apuñaló durante su
suntuoso exilio en Honduras para vengar el asesinato de su padre durante
nuestra masacre, destruyendo así los años crepusculares de guayaberas y
concubinas adolescentes del Gran Pendejo, nosotras llevábamos veinticuatro años
engusanadas, y sí, murmuramos y nos carcajeamos en sus oídos. Sí, lo vimos
todo.
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Segunda parte
1932-1938
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24
En Hollywood,
Graciela renació, pequeña y sola, una diminuta estrella fugaz, brillante y
envuelta en calor, rodeada de negro aterciopelado: así se había imaginado su
cuerpo roto en el barco que la llevó por las aguas oscuras en dirección al
norte. Habría querido dormir durante todo el trayecto, pero no pudo, porque las
tablas rechinaban sobre su cabeza con las pisadas de los hombres que estaban
arriba, los roedores rasguñaban la madera e iban de un lado al otro por los
rincones oscuros del casco. El océano sacudió sus entrañas hasta que su
estómago vacío la hizo toser bilis. También nosotras la mantuvimos despierta.
La envolvimos con nuestras voces, y nuestra canción nos hacía más fuertes.
En esos días, los
embarcaderos de los Ángeles estaban llenos de hombres rudos. Consciente a
medias dentro del costal de púchica Folgers, Graciela era una Venus emergiendo
de la media concha, los pies cocidos en nuestra sangre. Los hombres aullaron y
se pusieron a gritar cuando la vieron emerger del costal de café. Se escabulló
por el muelle y corrió como una rata hambrienta hacia las calles, aterrada,
aturdida de estar viva.
Cambió sus colones
por dólares en un lugar cercano. La atendió un individuo de hombros cuadrados
detrás de un panel de cristal con un corte en forma de círculo en medio. Detrás
de él había una mujer dormitando. Las manos del hombre temblaban mientras le entregaba
el efectivo apilándolo en sobres gordos. Graciela lo tomó, se alejó unos pasos
de su campo visual, y luego volvió a meterlo en la media, cuya tela todavía
tenía amarrada al pecho.
La ciudad de Los
Ángeles que se había imaginado brillaba borrosa a la distancia desde el
atardecer en el puerto, donde se encontraba ella. Reunió fuerzas, los talones
rotos, los tobillos hinchados, cada una de sus articulaciones rígida y
adolorida. Se sentía bien moverse, sin embargo, caminar descalza por esas
calles extrañas que empezaban a sumirse en la oscuridad. El aire estaba húmedo
y más frío de lo que se esperaba. Sobre su cabeza ondulaban las palmeras. Los
sitios de construcción habían
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terminado sus
actividades del día alrededor de los fosos abiertos, y a lo lejos distinguió
edificios bajos, casas de adobe o ladrillo, modestas y dormilonas.
Más o menos una
hora después, llegó a una calle repleta de amplios automóviles, pasó junto a un
banco que tenía unas letras del tamaño de sus piernas, en un mosaico de
azulejos; vio un pináculo de cristal verde que se extendía por el cielo del
ocaso; el brillo rojo aterciopelado de un cine en un edificio revestido de
verdes y dorados, y muchas gasolinerías, una tras otra. Echó un vistazo a su
propio reflejo en el cristal oscuro de la ventana de una tienda departamental,
y lanzó un breve grito. Era La Siguanaba: sucia, con el cabello enmarañado
sobre la mitad de la cara, como el techo de una palapa, el vestido desgarrado,
los dedos de los pies sangrantes.
En la esquina se
alzaba un gigantesco sombrero de copa, un edificio como ninguno que hubiera
visto jamás. Graciela leyó las palabras COMIDA FINA pintadas en cursivas
escarlata en el listón del sombrero, pero no entendió a qué se referían. Junto
a las palabras había una serie de íconos atractivos: un robusto sándwich con
olanes de carne y queso, una langosta que guiñaba el ojo, un elote enorme. Su
hambre había alcanzado un nivel insoportable. Famélica y mareada, encontró la
puerta que conducía al interior del sombrero y se abrió paso entre una cortina
brocada.
—¡Dios mío!
Detrás de un podio
estaba un gringo mayor con un moño percudido, un chaleco manchado y un pañuelo
de encaje en la cara. Las agujetas de sus zapatos estaban tan desgastadas que
el cordón interior se revelaba como un hueso expuesto. El lugar, con sus gabinetes
de cuero naranja a lo largo de las paredes curvadas, estaba lleno. El centro
del espacio lo ocupaba una sola mesa. Algunos de los comensales voltearon a ver
a Graciela, de pie en la entrada, pero quitaron la vista de inmediato para
volver a sus conversaciones, imperturbables, cada uno de ellos vestido de forma
tan extraña como ella, y tenían heridas que, Graciela pensó, podrían estar
hechas de pintura: un monstruo licantrópico, un payaso, un vampiro y una mujer
llena de maquillaje blanco con sangre en el cuello. Era posible, consideró
Graciela, que hubieran confundido su apariencia con otro disfraz más, aunque el
suyo fuera algo más convincente que el resto.
Apestaba a muerte,
ahora estaba segura, pero aun así el gringo viejo, sin quitarse el pañuelo de
la nariz, la condujo a una mesita del centro.
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Cuando llegó el
mesero, un tipo fibroso de lentes perfectamente redondos, Graciela señaló
caóticamente el menú, seleccionando cosas que en las ilustraciones
caricaturescas parecían grandes y llenadoras, porque en sus ojos las palabras
en inglés eran un revoltijo de borrones angulosos. La comida llegó unos minutos
después: una papa cocida del tamaño de su antebrazo, bañada en crema y queso,
una sustancia espesa y gris que el mesero llamó «malteada de chocolate», y un
pollo entero.
A la mitad del
festín, Graciela sintió que el estómago le daba un vuelco y se retorcía: la
comida había provocado un shock en su sistema. Corrió al baño de mujeres, de
muros recubiertos de terciopelo rojo y espejos con aplicaciones doradas que le
recordaron al palacio del Gran Pendejo y la hicieron sentir peor. Vomitó en el
baño, pero después se sintió mejor, más ligera. Se enjuagó la boca y se lavó la
cara en un lavabo estrafalario pintado de color dorado, que llenó de tierra,
sangre vieja, y una tira de hoja de ceiba que llevaba días pegada a su frente.
Encontró un trozo de jabón rosado en el borde del lavabo, e hizo burbujas
tallándose con cuidado la cara, el cuello, las manos y los brazos. Con el roce
se le desprendían tiritas de piel, y cada parte de su cuerpo volvió a
encenderse de dolor.
Incluso después de
que terminó seguía sucia; el lodo corría en riachuelos por las piernas y los
brazos, pero en el espejo rayado estaba su cara, conocida, aunque lastimada.
Sus brillantes ojos negros, uno de ellos inflamado y tierno. El moretón del
golpe que el General le había dado se había extendido e hinchado. Tenía además
moretones más nuevos en el cuello y la frente, así como cortes que le cubrían
la cara como arañitas. No recordaba cómo se había hecho esas heridas: un
sentimiento extraño y aterrador para Graciela, el de no recordar algo. Más
tarde, todo, la masacre, volvería a ella en sonidos y flashazos irregulares,
pero en ese momento solo había un hueco.
Sí. Ahora podía
verlo. Su rostro muerto. Entendía cómo la habían abandonado a su muerte.
Graciela se secó con la toalla que estaba colgada de un gancho junto al lavabo.
Otra vez estaba hambrienta. Regresó a la mesa y devoró el resto del pollo.
Estaba chupando los
huesos cuando llegó el viejito gringo, el pañuelo de vuelta en su chaleco
desgastado.
—Ya cerramos, nena
—dijo en inglés.
Graciela parpadeó
como si con solo esforzarse pudiera encontrarle algún púchica sentido a las
palabras del anciano. No podía, pero rebuscó
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entre la media que
tenía metida entre las tetas y sacó un puñado de dinero —sería imprudente y
extravagante solo esta vez, por gratitud hacia el gringo viejo, el escuálido
mesero de lentes, y la generosidad de ese púchica sombrero de copa—, y lo dejó
sobre la mesa sin contarlo. Luego se levantó y comenzó su búsqueda de un lugar
para descansar.
Revigorizada por el
pollo, Graciela se adentró caminando entre las colinas de aquella nueva ciudad,
donde los edificios parecían estar en peores condiciones, con cortinas sucias
aleteando en las ventanas. Una mujer —se llamaba Margaret, como descubriría pronto
Graciela—, con seis meses de embarazo, que había salido a tomar aire fresco y
terminó más bien dando arcadas, avistó una silueta que se arrastraba por la
banqueta. Luego de limpiarse la boca con el anverso de la mano, Margaret
advirtió los pasos cautelosos de Graciela, la cabeza alerta y buscando, el
agotamiento irradiando de su espina dorsal. En la sombra de Graciela vio a una
niña en problemas. La cuestión es que su aparición no podría haber sido más
oportuna. Su compañera de cuarto, una chica de labios delgados de Iowa, se
había ido sin avisar y la había dejado con el doble de gastos, a menos que
encontrara a alguien para ocupar esa cama antes del fin de mes.
—¡Oye, tú! —llamó a
Graciela—. ¿Necesitas ayuda? ¿Un lugar para quedarte?
Apenas terminó de
pronunciar esas palabras, vomitó sobre la banqueta. Graciela estaba de pie
junto a un poste del alumbrado público, poniendo los pies firmes y buscando el
cuchillo que ya no tenía consigo. Siempre nos falta el cuchillo. La gringa se
le acercó, bajo la luz, y Graciela se dio cuenta de que estaba embarazada.
Margaret no pareció
darse cuenta de que
la había asustado, y simplemente siguió hablando. —Soy Margaret —dijo,
extendiéndole una mano rígida—, y este de
aquí es Roger
junior —añadió, palpándose el enorme vientre con la otra mano—, o Thomasina, si
resulta ser niña, pero estoy segura de que es niño, porque, bueno, me lo
hicieron por detrás.
La cara se le puso
roja, y tosió una risa áspera. Graciela no entendía ni una púchica palabra de
lo que había dicho más allá de que el bebé se llamaba Roger o Thomasina, pero
se rio también, y unirse a la carcajada se sintió bien.
Las pecas de
Margaret parecían motitas de ceniza del volcán. Graciela le sonrió débilmente y
dijo su nombre. Aquella mujer parecía inofensiva.
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Graciela se dejó
empapar por sus palabras, tratando de atrapar las que le resultaran familiares.
—¿Eres una de esas
mexicanas? ¿Filipina? —gritó Margaret. Graciela entendió y negó con la cabeza.
—No eres de aquí,
eso sí. Mejor entramos. Aquí no es seguro para la gente que se ve como tú
—dijo. Graciela la miró, con los ojos vacíos.
—Demonios —suspiró
Margaret, observándola—. Estás cansada, ¿verdad? ¿Tuviste una noche difícil?
Margaret hizo una
almohada con los brazos y recostó la frente sobre las manos. Graciela sonrió.
Estaba exhausta. Les permitió a sus ojos cerrarse mientras Margaret la tomaba
de la mano.
—Vamos —dijo,
guiando el camino a través de un portón de acero forjado y hacia un estrecho
callejón de piedra—. El lugar está limpio al menos, y hay agua caliente dos
veces a la semana.
Lo único que
Graciela sabía era que pronto podría dormir en una cama.
Se rindió.
A la mañana
siguiente, su primera en Los Ángeles, se despertó y se dio cuenta de que ya no
tenía pegada al pecho la media llena del dinero de Perlita. Tenía el rebozo
colgado a la altura de la cintura. Antes de meterse a la cama, se había parado
frente a la mesa y había pagado un mes entero. Se golpeó la frente como una
loca y se deslizó fuera de la cama. Cualquiera podría haberle robado el dinero,
todos eran sospechosos.
Y entonces, por
primera vez desde la masacre, desde que había huido del palacio del General con
Consuelo, desde que la habían arrebatado de su madre todos esos años atrás,
Graciela perdió la púchica cabeza. No tenía dinero, ni palabras, ni hermana, ni
madre, ni siquiera un púchica cuchillo. Se puso a llorar, y luego a aullar,
pataleando en el piso con las piernas amoratadas y golpeando las paredes con
los puños.
Una chica con una
cicatriz cerca de la garganta la rozó al pasar junto a ella sonriendo. Graciela
se abalanzó sobre ella, asiéndola de la agujeta desatada de la bota y luego de
la trenza andrajosa que le llegaba a la cintura, como la cola de una mula. La
chica trató de soltarle un puñetazo, pero falló y cayó, mientras que Graciela,
bien encachimbada, la inmovilizó contra el piso. ¡Qué onda, Graciela! Pero su
victoria duró poco. La chica pálida gritó y le escupió en la cara, y luego
llegaron corriendo las demás, chicas sin nombre, un borrón de mejillas
enrojecidas
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y puños mugrosos,
todas enemigas. Graciela colapsó bajo la lluvia de cuerpos. La pateaban y le
jalaban el cabello, gritándole insultos que no entendía, y que no vamos a
dignificar repitiendo aquí. También eso podía soportarlo. Solo una maldita
pesadilla más. Las mujeres la aplastaban: el aire comenzó a abandonar sus
pulmones, y de pronto Graciela estaba otra vez en la torre de nuestros cuerpos.
No podía gritar. Quizá no sobreviviría a esa golpiza —¿así era como moriría, en
el suelo mugroso de una casa de huéspedes en Hollywood, linchada por mujeres
hambrientas?—, pero entonces oyó una voz familiar: Margaret les pedía a gritos
que se detuvieran.
—¡Basta! Déjenla en
paz, perras estúpidas. —Margaret no se estaba tocando el corazón; estaba
asustada. No olvides que le convenía que Graciela se quedara para compartir
gastos con ella.
Las chicas, las
gordas y las escuálidas, las que aullaban y las que reían, contuvieron los
puños y se giraron hacia Margaret.
—Cualquiera que sea
el problema, no es tan importante —dijo. Graciela logró sentarse, encahimbada
pero más tranquila. Estaba temblando. Margaret alzó una media desgarrada y
vacía a contraluz; el único lenguaje secreto que habría jamás entre ambas.
Graciela abrió la boca para gritar. Margaret arrojó la media, que fue a dar a
su lado.
—¡Nuestra amiga era
rica! —gritó Margaret a las demás—. Tomé mi parte por haber sido la que lo
encontró, pero el resto es para ustedes, un regalo de navidad bajo sus
colchones. Vayan a ver a quién sí le tocó uno, y si no, peléense por el de
alguien más, ¡Largo, zorras sucias!
Las chicas se
alejaron corriendo.
Graciela apretó el
puño, pero no le quedaban fuerzas. Puso la cabeza entre las manos y trató de
sacudirse esa pesadilla interminable.
Pero no podía
golpear a una mujer embarazada. Y, si ella hubiera encontrado el dinero, ¿no lo
habría tomado también? Qué estúpida.
—Mira —dijo
Margaret—, el cuarto y tus gastos están cubiertos por todo el mes. ¿Qué más
necesitas?
De nuevo, Margaret
estaba gritando, y Graciela no entendía una palabra, pero sabía que la
superaban en número. No podía ganar contra la casa de huéspedes entera.
Graciela señaló un
par de zapatos que estaban en el piso junto a la litera. Lona mojada con suelas
de caucho café. Eso era lo que quería, un par de zapatos sucios demasiado
grandes para sus pies. En nuestro país
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habría podido
correr descalza, pero aquí las banquetas quemaban, y necesitaba un empleo, así
que no había forma de sobrevivir a ese lugar sin zapatos. Margaret se los
entregó haciendo un drama, pero incluso ella sabía que era lo mínimo que podía
hacer.
Más tarde, Graciela
trató de llevar su caso con la casera, haciendo una pantomima frenética, pero
era inútil. La mujer era una borracha suficientemente amable, nerviosa, con el
cabello esponjado y líneas rosas sobre la nariz y los labios, y tenía por principio
no meterse en las disputas de las huéspedes. Alzó las manos como si se tratara
de un asalto. Sacó lentamente un mapa de papel del bolsillo de su mandil, y se
lo entregó a Graciela.
—Devuélvemelo
cuando regreses —dijo, señalando primero la puerta, luego a su pecho, y por
último dando unos golpecitos en su bolsillo. Miró a Graciela para asegurarse de
que le había entendido. Era ya una sensación familiar para Graciela, sola,
hambrienta, temerosa, la de no entender las palabras que le arrojaban en la
cara, mientras la miraban como si fuera una niña malcriada.
Pero Graciela
necesitaba una salida tan urgentemente como necesitaba el dinero para costear
su supervivencia en ese lugar. Tomó el mapa y se fue a recorrer las colinas y
las amplias calles sin banquetas de Los Ángeles, en busca de trabajo. La ciudad
era el futuro que había visto en Metrópolis, pero cuatro veces más grande y más
brillante, con esas torres plateadas que parecían ondular y destellar con el
calor. El agua que la había llevado hasta ahí debía estar en alguna parte, pero
ese lugar, como un desierto gigantesco, la tenía escondida.
Aquella tarde, una
lluvia repentina le arrancó de las manos el mapa de la casera, y una coladera
se lo devoró. Graciela corrió hacia un edificio de acero y cristal para huir de
la tormenta, avivada por el terror de lo que le haría la casera si regresaba a
la casa de huéspedes sin el mapa.
Se encontró de
pronto en un ala sólida y estrecha de la biblioteca pública de Los Ángeles.
Observó las paredes de libros, cada lomo etiquetado limpia y misteriosamente.
Una mujer de cabello gris estaba sentada en la recepción, y detrás de ella
había un muro de diminutos cajones de madera. Al ver a Graciela se le iluminó
la cara, como si la hubiera estado esperando, y le indicó una escalera a su
izquierda.
—Deprisa —susurró—,
ya va a empezar.
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ARTILLERÍA LIGERA
DE CAMPAÑA,
Arriba, Graciela
entró a una habitación y vio a gente que lucía como nosotras, sentada en torno
a una mesa oval de madera, del mismo tamaño que la de la biblioteca del
General. Había un maestro, y esa era una clase para aprender el idioma.
Graciela encontró un lugar entre los hombres de caras amplias en overoles y
entre las mujeres, algunas de las cuales le recordaban a nuestras madres. Se
turnaron a lo largo del círculo para decir sus nombres. Practicaban las
palabras para decir de dónde eran, y luego describían a sus familias y hablaban
del clima.
Después de la
clase, Graciela exploró la biblioteca. Se paseó a tientas entre los periódicos
en sus estantes de madera, buscando noticias de su casa. En una noticia del día
sobre un lugar llamado Cincinnati, que tenía un collage de retratos de
debutantes y un submarino hundiéndose en el Canal Inglés, encontró el nombre de
nuestro país.
Había una
fotografía sacada de una película de vaqueros, de caballos con sus jinetes
cruzando una playa pálida que, en blanco y negro, parecía una planicie de
polvo. El pie decía:
DESPLIEGUE DE LAS
TROPAS. Encima había otra foto de la capital, una calle
estrecha y
bulliciosa: ESCENA DE LAS VIOLENTAS PROTESTAS CONTRA EL
COMUNISMO.
DESTRUCTORES CANADIENSES Y ESTADOUNIDENSES HAN TIRADO ANCLA EN EL PUERTO.
En otra mesa,
Graciela encontró un diccionario inglés-español y, palabra a palabra, hizo el
trabajo necesario para entender los artículos. Las noticias de su hogar
viajaban despacio hacia su mente por ese camino de transcripción y traducción.
Lejos y despacio: solo así podía soportarlo. Cansada como estaba, la clase y el
tiempo que pasó leyendo restauraron algo de la electricidad vital de su cerebro
y le devolvieron algunos de sus antiguos poderes mentales. La noche se
arrastraba por el horizonte de la ciudad. Salió de la biblioteca y emprendió la
larga caminata de regreso a la casa de huéspedes.
Después de ese día,
Graciela se hizo el hábito de volver a la biblioteca. Ahí se encontraba segura.
Estaba en silencio durante la parte más calurosa del día, y podía descansar e
incluso quedarse dormida en una silla sin tener que pagar nada. Asistía a la
clase semanal de inglés y después vagaba en busca de noticias de su hogar;
sacaba sus favoritas de los estantes y las estudiaba con los ojos lentos y
frescos del nuevo idioma. Su habilidad de guayabear volvía conforme se
recuperaba. Empezó a hablar la lengua de
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aquel nuevo lugar
con una comodidad que solo le reconocemos a ella; pronto tuvo las suficientes
palabras para hablar con la bibliotecaria, que le ayudó a encontrar un trabajo
limpiando los baños de la biblioteca. Ninfa la había entrenado bien, pero la cantidad
de orina, sangre y mierda de la biblioteca equivalía cien veces al desastre que
Graciela había tenido que limpiar en la hacienda.
Cuando llevaba en
Los Ángeles un mes, más o menos, Graciela vio un póster pegado a un quiosco de
la estación de autobuses —veinte piernas paradas sobre las puntas de los pies y
otras veinte levantadas en un ángulo perpendicular, veinte faldas adornadas de
pedrería volando sobre cada muslo, y ningún rostro—, y supo que también podría
hacer eso. Puso una mano en el cristal del quiosco y extendió la pierna tan
recta y lejos de su cuerpo como le fue posible sostenerla. Le gustaba cómo se
veía. Dura, separada del resto de sí. Escribió la dirección en su cuaderno.
El día de la
audición, Graciela dejó la casa de huéspedes con la luz tenue de la mañana. La
casera le había dado las instrucciones la noche anterior, e incluso le había
dibujado un mapa.
—Está muy lejos
—dijo, mirando a Graciela de arriba abajo, chasqueando la lengua—. Dos horas a
pie, cuando menos.
Si la madre de
Graciela estaba viva, si su carne y huesos no estaban descomponiéndose o no se
los estaban comiendo los perros, o no los estaba cocinando el sol, quizá
estaría caminando bajo el mismo sol que ella, por entre colinas que quizá no
eran tan distintas de las que ella recorría ahora.
El cielo se estaba
poniendo rosa cuando Graciela llegó al estudio, y las puertas seguían cerradas,
pero fue la primera de la fila. Cuando al fin la dejaron entrar, encontró un
lugar resbaladizo por la humedad de los cuerpos, como en un acuario. Una mujer
rubia estaba de pie en una plataforma del fondo, en pantalones anchos, de
espaldas a Graciela. Le pareció conocida… El movimiento del brazalete alrededor
de la muñeca cuando tocó el hombro del hombre que tenía al lado, y el arco del
cuello. Graciela sabía que la había visto antes, pero no podía nombrarla. La
mujer se dirigió al grupo con palabras breves y agudas. Graciela recordó su voz
de las películas, suave como si tuviera un animalito peludo encerrado en su
garganta, pero ahora, de esa cara emergía un chillido encantador. Se presentó
como Rosie Swan. Era una estrella, y el director le había permitido elegir a
las chicas que bailarían a sus espaldas.
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—Cuerpos —repetía
el director—. Solo necesitamos llenar el espacio con cuerpos. Una cara bonita
está bien, pero unas buenas piernas y unos buenos brazos son aún mejores.
Rosie le dio por su
lado con un movimiento de la mano. Advirtió a Graciela entre la multitud y la
tomó del brazo. Había leído su nombre completo en la hoja de registro.
—Creo que venimos
del mismo lugar —le dijo, y Graciela sintió el alivio de oír nuestra lengua por
primera vez en semanas. Esos ojos de espuma marina, ahora tan cerca. Rosie la
abrazó, lo que la desconcertó un poco, y le dijo que creía que sus madres habían
sido amigas algún tiempo.
Su madre: Perlita.
Graciela no sabía por dónde empezar.
—Podría decirse que
es mi tía, en realidad —soltó al fin.
Rosie dio un grito
y la abrazó de nuevo.
—Mira, tengo que
correr —dijo—, pero no podrías ser más oportuna. ¿Me esperas quince minutos y
vamos a comer? Hay algo de lo que me gustaría hablar contigo.
Más tarde, Rosie
encontró a Graciela en la puerta de la cafetería del estudio y la registró como
invitada.
—Entonces, ¿cuándo
llegaste? —le preguntó cuando encontraron una mesa—. ¿Cuál es tu plan?
Cruzaron miradas
por encima de la mesa de la cafetería, charolas de plástico idénticas frente a
cada una. Una plasta amarillenta, nuestro maíz transformado en un puré cremoso
y uniforme, junto con alguna clase de carne que, para sorpresa de Graciela, flotaba
ligeramente en la superficie de un charco de salsa, brillando con arcoíris
aceitosos.
—Ya he hecho un
poco de actuación antes y de baile —dijo Graciela
—. Tengo un trabajo
aquí, pero necesito ganar más dinero, y no es algo que me apasione hacer.
Todo eso era
verdad, más o menos, y Graciela sostuvo las palabras en su boca con un cuidado
adicional, como probándolas, su creación de una realidad alterada.
—Sí, sí —dijo
Rosie—, tú y todas las otras niñas bonitas de la ciudad. Pero, en serio:
¿tienes papeles? Sin los papeles adecuados puede ser un poco complicado.
¿Papeles? Graciela
trató de entender qué clase de papeles podrían asegurarle el éxito en ese
lugar, pero Rosie continuó antes de que pudiera
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responder.
—Mira, esta es la
cuestión —dijo Rosie—. Mi mamá está preocupada por mí. Estoy aquí sola, y hay
muchos hombres. Mis padres están viviendo en Nueva York. Yo llevo en L. A.
desde que estuve en Our Dancing Daughters. Mi mamá viene y se queda cada dos
meses para echarme un ojo, y ahora está amenazando con conseguir un lugar para
quedarse si no consigo una compañera de cuarto. Realmente no quiero que se mude
aquí.
Rosie miró a
Graciela de nuevo y pensó en las palabras que usaría a continuación.
—Le encantaría el
hecho de que seas de la colonia. La haría muy feliz saber que estoy viviendo
con una vieja amiga, o algo así. Sé que es una locura, porque en realidad no
nos conocemos, pero tal vez podemos ayudarnos mutuamente. ¿Necesitas un lugar
donde quedarte?
Graciela asintió,
aterrada y encantada.
—Me encantaría
quedarme contigo —dijo.
Era la chica más
afortunada de todas, supuso. La chica a la que no podían matar.
Se mudó al día
siguiente. La madre de Rosie, Isabel, la recibió en la puerta del departamento.
Se sentaron en un sofá blanco, en una estancia iluminada que tenía una ventana
sin cortinas en forma de arco. Afuera se veía la curvatura verde de los cerros
peinados de naranjos. Un lugar conocido, un lugar como la hacienda, un lugar en
el que podía ocultarse.
—Yo conocí a tu
familia —dijo Isabel—. Todos la conocimos. Graciela se preparó para las
preguntas: ¿qué tal si Isabel se preguntaba
por qué nunca había
oído de la sobrina de Perlita? ¿Qué tal si había oído de lo que estaba
ocurriendo en nuestro país y preguntaba dónde estaba Perlita en ese momento?
Pero ninguna de esas preguntas llegó. Al parecer, Isabel no sabía gran cosa de
Perlita, fuera de admirar los vestidos que le veía de lejos en las fiestas y, o
no sabía o no le importaba saber más sobre la masacre que había sucedido en su
hogar.
Cuando la
conversación terminó y Graciela se levantó para abrazar a Isabel, estaba ya
envuelta en lavanda, el aroma que había pertenecido a Perlita, que había
pertenecido a su madre.
LUCÍA: El nuestro
es un país pequeñito, el pulgarcito. Siendo tan poca gente, todo el tiempo
surgen los mismos
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olores. Una
coincidencia fantástica, una suerte improbable… Estas cosas pasan
constantemente. Es jodidamente cansado.
Esa noche, cuando
su madre ya se había quedado dormida en el sofá, Rosie le prestó a Graciela una
bata de dormir y se lavaron los dientes juntas. Rosie llevaba el plumoso
cabello rubio recogido cerca del cráneo en tubos diminutos color verde pálido,
y tenía puesta una bata de baño acolchada color lengua. Luego de enjuagarse la
boca, abrió el espejo y sacó del gabinete interior un frasco de crema fría.
Metió la mano en el frasco, cerró los ojos, y se frotó de blanco las mejillas,
la frente, las sienes, la barbilla y el cuello. Graciela movía por las
superficies duras de la boca, en círculos lentos, el cepillo de dientes que
había viajado hasta ahí metido en el refajo.
Cuando terminó con
la crema, Rosie miró a Graciela y notó el cepillo de dientes en su boca, el
mango de madera astillado y podrido, y abrió un cajón delgado que estaba entre
ambas. Dentro, alineados como billetes, como el infinito, había cepillos de
dientes con mangos de perla, las cerdas firmes e inmaculadas, listos para
usarse. Rosie metió la mano y sacó uno. Graciela escupió, y Rosie le quitó el
cepillo viejo de la mano y lo arrojó al bote de basura junto al lavabo.
Graciela tomó el nuevo, más pesado, suave, como una gema, le agradeció, y
comenzó a lavarse los dientes de nuevo. Rosie le guiñó el ojo en el espejo. Esa
fue su primera rutina.
En la habitación
comenzó a sonar el teléfono. Con la cara y el cuello todavía blancos, Rosie
corrió a contestar.
—Ay, mierda,
mierda, mierda, mierda, mierda —dijo justo antes de levantar el auricular y
bajar la voz hasta convertirla en el arrullo que llevaba años entrenando para
las películas sonoras—. Mi león —dijo entonces. Se recostó sobre la alfombra y
se envolvió las muñecas en el cordón del teléfono, murmurando como una paloma
adormilada.
—Eres tan fuerte y
tan grande —dijo—. ¡No aguanto!
Graciela reprimió
una carcajada, fue hacia su cama y cerró los ojos. Púchica, ese día, esa vida.
Cuando los murmullos de Rosie pararon, hubo un clic, un suspiro, y luego el
timbre del teléfono se reanudó, hasta que contestó. Así, toda la noche, un
hombre y luego otro.
Por la mañana,
Graciela se encontró a Rosie desparramada sobre la alfombra entre las camas,
envuelta en una sábana, como una niña. Graciela se preocupó un momento, como
imaginó que hacía la madre de Rosie,
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pero pronto la vio
despertarse, de nuevo la hermana mayor parlanchina de la noche anterior, que
conocía todo y a todos en esa ciudad. Había estado hablando con viejos amigos,
dijo para explicar las llamadas.
—Es la única hora
del día que tengo libre… Mis días están totalmente agendados.
«Booked» fue la
palabra que usó y que Graciela no había oído nunca. En los días que siguieron,
Rosie le enseñó muchas otras frases que componían ese nuevo idioma, por medio
de las promesas que le hacía: que la tomaría «bajo su ala», que era bienvenida,
que podía sentirse como en casa.
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25
Dos días después de
que el barco arrojara a Graciela al puerto de Los Ángeles, Consuelo desembarcó
en San Francisco. Deambuló hasta encontrar un lugar con una guía telefónica, y
entonces llamó a Lindita. Se imaginó que para ese momento ya habría vuelto de
su viaje.
Consuelo no estaba
segura de qué tanto sabía Lindita, de qué tanto habría visto o qué tanto le
habría contado Perlita los días previos a que a ella se la llevaran con el
General. Solo sabía que lo último que Perlita necesitaba era que una familia
rica del norte supiera que Consuelo era una bastarda, que Perlita, estéril, se
la había robado, la había criado como suya, y luego se la había vendido al
General. Tenía la impresión de que Perlita se había reservado esa información
incluso en medio del caos de la última visita de Lindita.
Esa era la
naturaleza de su relación: sabían demasiado y demasiado poco una de la otra.
Perlita le contaba a Consuelo historias de Mamá Domínguez. Le contaba que a su
propia madre la había asesinado un trabajador de una finca que se había saltado
una barda, como un león de zoológico; que su hermano se había dado un tiro en
la cabeza poco después de su cumpleaños dieciocho, y que todo mundo culpaba a
Lindita por incitarlo a ello, que era un chico melancólico y ella tendría que
haber estado a la altura en vez de comportarse siempre como una perra
fastidiosa.
—¿Cómo podría ser
culpa de alguien más un suicidio? —Solía preguntar Consuelo cuando Perlita
mostraba su desconcierto por la pérdida del guapo hermano menor de Lindita.
—No uses esa
palabra —contestaba Perlita.
Ella y Lindita eran
las mejores amigas.
Y, en efecto,
cuando Consuelo llamó, Lindita estuvo encantada de saber de ella, y envió un
auto a recogerla de inmediato. Lindita la abrazó en las escaleras de la entrada
de su casa, un par de departamentos limpiamente apilados uno sobre el otro, en
las entrañas de Richmond.
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Sonrió, ignorando
el chajazo en la pierna de Consuelo, el halo tenue de mugre y el olor casi
visible contra la bruma blanca del medio día. Consuelo le devolvió la sonrisa
con tanta gracia como le fue posible, y las comisuras de la boca crujieron de
dolor.
—Debes estar
cansada de tus viajes —dijo la cherita Lindita, invitando a Consuelo al
departamento superior, que usaba para los invitados, para que tomara el baño de
burbujas que le había preparado en cuanto recibió la llamada.
Después se sentaron
a tomar té de manzanilla en la mesa, junto a una ventana decorada de geranios y
suculentas, en el departamento de abajo, donde vivían Lindita y su familia.
Consuelo, el cabello envuelto en una toalla color durazno, llevaba una bata de
satín de Lindita; conocía algunas de las mentiras que Perlita le había contado
a la mujer, así que construyó a partir de ellas. Le contó que se había quedado
con unos amigos en la casa de playa que tenían en La Libertad, y que durante su
estancia habían comenzado las revueltas. No había logrado ponerse en contacto
con Perlita, así que había huido, según el plan original, para irse a estudiar
arte en el extranjero, y el único lugar al que había logrado llegar era San
Francisco.
No era la verdadera
historia, pero era la historia que Lindita se creería, y una que mantenía la
imagen de Perlita apenas lo suficiente para que en su momento se viera obligada
a secundarla. Consuelo se imaginó que Lindita estaría más tranquila si pensaba
que ella era el tipo de mujer joven que tenía amigos con casas en la playa, y
en efecto, por cómo se le habían levantado ligeramente las comisuras de la boca
al oír la mención de la casa en la playa, supo que lo estaba.
—No tenía idea
—repetía Lindita una y otra vez—. Un desastre, un completo desastre. Es un
milagro que sigas viva —cacareó, y le acarició las manos pequeñitas con sus
uñas color bermellón—. La voy a llamar de inmediato. Debe estar preocupadísima.
Lindita llamó a la
nueva casa de Perlita, en los suburbios de San José, Costa Rica. Perlita había
aceptado el dinero que el General le había dado a cambio de Consuelo y había
dejado nuestro país buscando una vida nueva y libre de ataduras, pero no sería así.
—Lo lamento mucho
—podía oír a Perlita decir al teléfono, claramente disculpándose por la
presencia de Consuelo en casa de su amiga.
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De inmediato, sin
embargo, Perlita adoptó un optimismo alegre, y prometió enviar un cable con
dinero para que Consuelo pudiera continuar sus estudios de arte en San
Francisco. Era justo como Consuelo sospechaba: Perlita prefería sacrificar algo
más de dinero antes que su reputación.
Consuelo pasó las
dos noches siguientes con los Domínguez en su departamento de las Avenidas, y
entonces, cuando llegó un hombre con un solo brazo que iba a trabajar como
secretario de un agregado cultural, o algo por el estilo, Consuelo —solo porque
era prácticamente de la familia, dijo Mamá Domínguez— se quedó con la familia
en el departamento del centro, aunque regresaba una vez a la semana a practicar
inglés con las hijas de Mamá Domínguez, unas gemelas de doce años, una de piel
clara y la otra de piel más oscura. Habían ido a la escuela de gramática Star
of Sea desde el kínder, y hablaban y leían inglés fluidamente, incluso mejor
que la lengua que hablaban en casa con sus padres.
Se sentaba a la
mesa de Lindita, que tenía un mantel de olanes, con las medias hermanas de
María y de Lourdes, esas niñitas bien educadas que eran mucho mayores de lo que
nosotras éramos a los doce años. ¿Acaso veía Consuelo nuestros rostros en los
suyos? ¿Se acordaría de nosotras en el pueblo cuando miraba inexpresiva el
perfil de la de piel más oscura mientras alargaba la mano para tomar otra
galleta oval que sumergiría en el café cremoso, mientras jugueteaba en la
lengua con las piedras cuadradas de aquel idioma? ¿Se acordaba siquiera de
nuestras caras en el breve día que pasamos juntas antes de la masacre?
En esa nueva ciudad
Consuelo no conocía casi a nadie. Evitaba a los estudiantes que se reunían a
fumar y a chismorrear después de las clases de arte, antes de irse caminando
juntos en una formación grácil, a veces incluso con el instructor —un hombre de
piel rosada que tenía una pátina de cabello rojizo y que siempre llevaba
corbatón—, a quien habían convencido de acompañarlos a un ruidoso bar del
barrio chino donde servían cangrejo y calamar a altas horas de la noche. Uno o
dos de los estudiantes se separarían del grupo asegurando que tenían que
regresar a casa a pintar («si bebo, no puedo trabajar, no estoy hecho para eso»
o «no soy tan talentoso como el resto de ustedes, así que tengo que dedicarle
más tiempo» o «así es, hoy fue un parteaguas para mi trabajo, así que voy a
regresarme caminando junto al mar para meditarlo»), todo para dar la
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impresión de
seriedad y dedicación, movidos por los eventos de la clase del día y la guía
del instructor de cara colorada. Consuelo, sin embargo, ni siquiera se
despedía, y apenas hacía seña de darse cuenta cuando el instructor pasaba junto
a ella a la salida. Después de clase, la mayoría de las veces, Consuelo volvía
corriendo al centro y se desvelaba fumando, caminando por la sala de su nuevo
departamento, para finalmente instalarse junto a una ventana, como un gato,
para ver el amanecer, la lenta construcción de un rascacielos junto a Union
Square, a la gente de abajo, como insectos, metiéndose en un autobús, al metro,
o entrando y saliendo de autos y callejones. De algún modo se sentía casi libre
sentada junto a la ventana bajo la luz violeta, su cerebro en crudo, brillante.
La ciudad se había
reconstruido entre las ruinas del terremoto, y de las inundaciones y los
incendios posteriores. La gente que había vivido ahí le contaba que los rastros
del daño ya no estaban, pero que la fuerza del movimiento había partido el
centro en dos y había convertido edificios en polvo. Cada tanto, Consuelo
sentía una sacudida, lo suficiente para que un vaso se deslizara y cayera del
borde de la mesa, como un hechizo sutil. Esa era la clase de terremotos que
había conocido en nuestro país, pero había olvidado la sensación de los más
grandes.
La clase en sí
estaba bastante bien. Consuelo tenía que hacer un esfuerzo por llevar consigo
las lecciones de regreso al departamento y ponerlas en práctica. Sola, su
cerebro vagaba: se sentía a la deriva, segura de que era incapaz de la
expresión artística más rudimentaria. Mientras se quedaba mirando su propia
mano, recordaba que el instructor le había dicho el primer día que estaba
sosteniendo el pincel de forma incorrecta. No le había entendido y él le mostró
cómo hacerlo, ajustando el agarre de la madera como si fuera una niña, así que
ella arrojó el pincel al piso y se quedó muda, como si se le hubiera caído por
accidente.
—Para practicar
esta forma hay que repetir y repetir, en realidad — solía decir el instructor,
una y otra vez. O:
—Imagina que eres
una cámara.
Tras varias semanas
de eso, Consuelo comenzó a entender al fin el significado de esas palabras y lo
odió aún más. Pero la clase estaba bien, de verdad. Se llamaba «Pintar la
realidad», y habían comenzado con los ejercicios típicos de naturalezas muertas
—interpretaciones algo más vivaces de los bodegones de los viejos maestros
holandeses—, luego progresaron hacia la anatomía y el autorretrato, todo al
óleo. Consuelo
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había querido
impresionar, y primero presentó un autorretrato que había hecho a las prisas en
las primeras semanas, mientras los demás todavía trabajaban en manzanas
moteadas y cuchillos húmedos en posición de descanso.
—Pero así no
funcionan las manos —había dicho el instructor, como sorprendido, las palabras
incomprensibles para Consuelo, con una sonrisa nerviosa que a ella le provocó
querer matarlo. Esos tics de vergüenza suyos, aparentemente para hacerla sentir
bien… Estaba encachimbada. El instructor se negó a dar más comentarios durante
la clase de ese día; había demasiado material que revisar. Más tarde, sin
embargo, Consuelo se presentó ante su escritorio con el retrato. Él lanzó un
gran suspiro.
—Está bien —dijo
(¿de verdad no tenía esperanza?). No se levantó de la silla y le ofreció una
retroalimentación más bien parca—. Mira tu brazo. Observa el camino que
recorren las venas por la parte interna de tu brazo. Observa antes de pintar.
Consuelo frunció el
ceño. Quería más de parte de ese hombre lamentable. Quería que la vieran, que
la reconocieran. Su desdén pareció energizarlo.
—Además, aquí no
hay sentido de la proporción —añadió, dibujando circulitos en el aire sobre el
rostro del retrato, como si pudiera borrar la obra de Consuelo con la punta del
dedo—. Tienes que estar dispuesta a aprender a ver, a ver de verdad.
Así que ahora era
Consuelo la que no podía ver.
Ese día, en el
camino de regreso al centro, Consuelo se escabulló hacia la parte este del
puerto. Había leones marinos tomando el sol, amontonados sobre las plataformas
de madera resbalosas de algas, que se descarapelaban bajo la luz naranja del
día. Cerró los ojos y arrojó el retrato a la bahía apestosa, donde se meció
primero y luego permaneció entre cordones amarronados de vegetación marina,
basura, caparazones de cangrejo destruidos y líneas de pesca rotas.
Pintar la realidad.
Muy bien, muy bien. Aunque al parecer era imposible y de todas formas no le
interesaba hacerlo. Era dolorosa, tediosa, irritantemente preciso. Claro,
podría aprender —no estaba ciega, y podía ver sin ningún jodido problema—, pero
quería pintar algo que la hiciera sentir pequeña y fuera de lo común. Cualquier
cosa que fuera lo opuesto de la repetición, de la proporción —no un bodegón,
sino un átomo que contuviera todo el destino de la vida, un paisaje cósmico, un
alma en
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un éxtasis
detallado—. Algo que existiera pero que no pudiera verse. Por supuesto, no
tenía las palabras en ese idioma para comunicar nada de eso, e incluso si las
tuviera, habría sonado como una maldita babosa, como una tonta soberbia y con
aires de grandeza. ¿Quién se creía que era? Se odiaba por pensar así, por
aburrirse y por no agradecer las clases que Perlita había pagado, por ignorar
los severos recordatorios del instructor de que era incapaz de hacer algo tan
simple como ver, se odiaba por haber sobrevivido.
Fuera de las
clases, Consuelo no pintaba nunca. En esa nueva ciudad, lo que más disfrutaba
era llenarse los oídos de agua salada, saborear la distancia larga y silenciosa
que ponía entre ella y todo lo demás. Los días que tenía bastante energía para
hacer algo diferente que esconderse en casa luego de clases, caminaba en
dirección oeste hacia el mar, para admirar el muro de contención que estaban
construyendo ahí. El muro estaba lleno de musgo y su propósito era contener el
Pacífico entero, su fuerza de casi diez mil kilómetros contra la playa, aunque
estaba incompleto, nada más que rocas suspendidas sobre soportes de metal.
Detrás de ella los molinos holandeses giraron, y Consuelo se dirigió, por entre
las Tierras Exteriores, a los Baños Sutro.
A medio derruir,
los baños seguían siendo gratuitos para el público cuando Consuelo los
visitaba; sus aguas se movían con las olas del Pacífico. Nadie en esa ciudad
parecía ir ahí. Si querían nadar, solían ir a la alberca Fleishhacker, en
Lincoln, pero los Baños Sutro eran diferentes: opulentos y desiertos,
encaramados bajo un acantilado en la orilla del mundo. Cuando iba a ese lugar,
Consuelo se convertía en una diosa romana, o en una heredera victoriana
tuberculosa de las que salían en los libros que Graciela le recitaba de
memoria. ¿Era esa la cura de agua que hacía ir al mar por placer o por salud?
Los baños le aclaraban la cabeza, acallaban la soledad que le zumbaba en los
oídos todo el día y acolchaban nuestros lamentos. No podemos decir que no la envidiamos,
o incluso la resentimos, un poco.
A Consuelo le
gustaba llegar más o menos una hora antes del ocaso. Por unos momentos de las
últimas horas de la tarde, los tres arcos de papel cristal de los baños se
convertían en prismas entrelazados. El espacio estaba construido originalmente
para contener treinta mil.
Dentro, Consuelo
estaba sola, maravillada y aturdida.
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Eran casi siempre
solo ella y la chica de la caseta de vidrio esmerilado, que le entregaba un
traje de baño que habían usado chicas que ganaron medallas de natación en el
cambio de siglo y mujeres histéricas en busca de la cura de agua. Negro, con
una falda suelta, una franja blanca a lo largo del dobladillo. La chica le
entregaba a Consuelo un gorro de plástico y algo de jabón envuelto en papel, y
una delgada toalla blanca con la frase «El pulpo debe morir» bordada en letras
cursivas azul pálido; palabras que, Consuelo se enteró preguntando, se referían
a las aspiraciones perdidas del fundador de los baños: quería derrotar a la
tiranía de la Red Ferroviaria del Pacífico Sur por medio de la visión romana de
las aguas termales públicas. Consuelo apenas hablaba aquella lengua nueva, pero
hacía el intento. Planteaba preguntas a cada oportunidad.
Al tirar de la
pesada puerta verde cobrizo que daba a los cambiadores, Consuelo puso atención
a la forma en que las estancias de cristal contenían las sílabas de su amable
conversación con la chica de la caseta, las estiraban en ecos largos, las
hacían rebotar en los vitrales y en el agua. En las paredes se formaban chicas
glamorosas con sus ojos de muñeca de porcelana y sus cortes bob de ondas
doradas. Con el traje de baño y el gorro, Consuelo posó como una chica de los
años veinte, sacudiendo la falda. Se dio una nalgada por el puro gusto de
hacerlo, y el sonido alegre hizo eco en las ruinas.
Tenía una hora y
media antes de ir a cenar a casa de Los Domínguez. Tendría que abrirse paso
entre los baños en guinda. La obligación de ir a cenar, la fatiga de
socializar, cuando habría preferido solo desaparecer: esas eran la clase de
cosas por las que tendría que sentirse más agradecida y cada semana se regañaba
a sí misma por ello.
Dentro de las
paredes de vidrio grueso había seis baños de agua salada y una alberca de agua
dulce y Consuelo lo visitaba todo, empezando por donde estaba el agua más
caliente y terminando con el óvalo más frío de agua de mar. Tres trapecios, dos
llenos de óxido. Siete toboganes. Cada vez que visitaba los baños, Consuelo se
retaba a subir la escalera del tobogán y gritaba al sumergirse en la alberca
principal, en forma de riñón, a veintisiete grados de temperatura gracias al
vapor que emitía la sala de bombas. Veía las viejas bombas funcionar detrás del
vidrio. Algunas ventanas estaban rotas, finas líneas que se extendían como
telarañas por los páneles de vidrio amarillo. Algunas eran del color de una
botella. Una ventana muy alta reflejaba una luz rosada. Consuelo se sumergió y
luego
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salió a la
superficie, una y otra vez. Flotaba boca arriba, mirando más allá de las gradas
del sauna vacío, hacia el océano.
—Luis —llamaba
Consuelo al vidrio antiguo en las alturas—. Luis, Luis, Luis.
El nombre rebotaba
en el techo catedralicio y reverberaba en las paredes de vitrales, como el eco
de una plegaria. Aquel era el único lugar de esa nueva ciudad donde Consuelo
pronunciaba su nombre.
Saliendo de los
baños, caminaba por el perímetro cercado de palmeras y lleno de vapor,
golpeando el azulejo con los pies descalzos y mojados, los dientes
castañeándole, para admirar las hazañas de los viajes de Sutro. Una caja de
cristal con gatos disecados: chitas, leopardos y un tigre diminuto. Un diorama
de cabezas encogidas, un pasillo de gemas preciosas, espadas chinas, y lo mejor
de todo, o lo peor, dependiendo del día o de su humor: la momia podrida,
pequeñita detrás de otro panel de cristal.
Luego estaba la
alberca de olas en forma de luna creciente, de un sombrío color turquesa, llena
de vida marina. Ahí Consuelo se quitaba el gorro y sacudía el cabello, dejando
que atrapara la sal del aire. Esa alberca era decorativa, pero se sumergía de todas
formas, abría los ojos y no veía más que un remolino oscuro, luego salía a la
superficie con algas verdes tapándole los ojos, enredadas en el cabello que
había dejado crecer hasta la espalda contra las tendencias de la moda. ¿Dónde
había quedado su famosa vanidad?
Por primera vez en
su vida, Consuelo no deseó el contacto de nadie. Pasó día tras día sin lavarse
la cara o el cuerpo en casa: sus visitas a los Baños Sutro mantenían a raya la
mugre visible. Al salir, el cabello se le esponjaba y se le enredaba dolorosamente.
Cuando terminó,
Consuelo regresó a los cambiadores, donde se bañó con un trozo de jabón antiguo
que tenía impreso el nombre de Sutro, luego se secó, se vistió y se dio cuenta
de que le quedaban diecisiete minutos para llegar con los Domínguez, al otro lado
de las Avenidas. Aun así se detenía a mirar largamente el muro de aspirantes a
estrellas de pelo dorado, antes de devolver el traje de baño y la toalla.
Afuera del portón del jardín de Sutro, estaban inscritas en bronce las
siguientes palabras:
ESTAS COSTAS
OCCIDENTALES DEBERÍAN
CONVERTIRSE EN LA
TIERRA DE LOS HUERTOS Y
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LOS JARDINES
ARTÍSTICOS, EL HOGAR DE UNA
RAZA PODEROSA Y
REFINADA. PARA LOGRAR ESTA FELIZ CULMINACIÓN DEBE ENGENDRARSE ENTRE LAS MASAS
UN GUSTO POR LA BELLEZA DE LO NATURAL.
Consuelo se había
aprendido las palabras de memoria, las copió en su cuaderno durante la primera
semana que pasó en esa ciudad, como una promesa. Se detenía a leerlas siempre
que salía del lugar, por pura costumbre. Le recordaban las palabras que Graciela
tenía que memorizar y también al jardín de Perlita. Nuestro país parecía querer
lo mismo: ser el hogar de una raza poderosa y refinada, la tierra de huertos y
jardines artísticos. Lo que sea que «poderoso y refinado» significara, sin
embargo, Consuelo se sentía lo contrario.
La semana anterior,
durante la cena, Mamá Domínguez le había contado a Consuelo sobre el hombre
que, años atrás, había intentado demandar a los baños luego de que no quisieran
rentarle un traje de baño y cómo Sutro había dicho que si permitía la entrada a
sus baños a esa gente, a la gente negra, luego tendría que dejar entrar a todo
el mundo. Su negocio se desmoronaría. Estaba dispuesto, eso sí, a venderle un
boleto para que viera desde las gradas, si quería.
La historia de Mamá
Domínguez hizo a Consuelo preguntarse qué significaba su propio rostro en ese
lugar. Perlita siempre le había advertido sobre el peligro. Con el cabello tan
rizado, si pasaba solo un poco más de tiempo en el sol, la podrían confundir con
otro tipo de niña. A pesar de toda la lluvia y la niebla de ese lugar, su piel
seguía siendo más oscura de lo que era en casa. En la capital, Consuelo solía
llevar una sombrilla durante sus caminatas y un sombrero de ala ancha con una
cinta de satín atada bajo el mentón, pero en este lugar esa clase de cosas se
sentirían pasadas de moda. Una chela es lo que una chela hace.
En aquel sótano,
durante la masacre, Consuelo se había aprendido de memoria la pintura de las
castas, la que Lucía había encontrado años atrás. Ladinos, hombre y mujer,
cabezas grandes y centradas en el cuadro, los contornos de sus caras delineando
la nada. Una mujer mestiza detrás de ellos, en una ramificación, luego un
amplio gradiente de otras caras, en cuellos de encaje o en harapos.
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El cielo estaba
blanco y el viento le deshizo el nudo de cabello húmedo, haciendo que los rizos
le cayeran como látigos alrededor de la cara. Doce minutos para la cena. Iba a
llegar tarde, sin importar lo que hiciera. La idea de sentarse a la mesa, practicar
su inglés con las niñas, era más de lo que podía soportar esa noche. En esos
días, la mayoría de las veces Consuelo se sentía como si se ahogara bajo el
agua. Decidió volver a su departamento en el centro y llamar para disculparse,
diciendo que estaba enferma. Temía su decepción, su preocupación, que sabía
serían sinceras.
En San Francisco,
Papá Domínguez era un padre de familia amoroso, un Cónsul General. Le gustaba
mimar a sus gemelas, celebrar sus logros escolares y sonreía como un hombre que
jamás hubiera cometido un acto de violencia, ni siquiera contra los miembros de
su propia familia. La semana anterior había abierto la cartera a la mesa, había
sacado un billete de su último viaje a la capital de nuestro país y se había
reído hasta que los bordes de los ojos se le aperlaron de lágrimas.
—¡La nueva zorra
del General! —dijo, sosteniendo el billete de cinco colones. Al oír esas
palabras, Consuelo sintió una vergüenza inmediata. Ella había sido la zorra del
General.
En el billete
estaba el rostro de una india antigua, las líneas dibujadas en azul
iridiscente, los ojos como espaldas de escarabajo.
—Le leyó el futuro
de la forma adecuada y él, el indito, la recompensó poniendo su cara en los
billetes. Es una vergüenza, ¡pero qué buena historia! Ella podría haberle
pedido lo que fuera y él está lo suficientemente loco como para habérselo
concedido. ¿Y lo que pidió fue eso? Nada de agua para su pueblito de mierda
cerca de Izalco, nada de caminos pavimentados, o escuelas, ni siquiera dinero
para sus nietos. No, la bruja no quiere dinero: quiere estar en el dinero.
Consuelo se
preguntó si Papá Domínguez sabría de su padre, de que alguna vez había sido el
consejero del General, si sabría más que ella sobre su muerte misteriosa.
Probablemente en esa misma mesa había hablado de Germán en los mismos términos.
De Graciela no podía saber nada, porque Perlita la mantenía como un secreto,
¿pero se había expresado así del marido de la mejor amiga de su esposa?
Papá Domínguez pasó
el billete para que lo vieran y cuando llegó a ella, Consuelo se rio también,
por amabilidad. Estudió el rostro de la vieja hasta que se sintió capaz de
reproducir sus facciones en el cuaderno sin
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verlo. Tenían la
misma nariz ancha. Perlita siempre le decía, cuando era niña, que un día se
convertiría en su nariz. Lo decía de la nada, con una sonrisa burlona que a
Consuelo le acuchillaba las entrañas: un recordatorio constante de que era tan
fea que su nariz desconcertaba a las personas de su entorno, incluidas las que
quizá la querían y que por lo tanto no podían sino comentar y reír. De perfil,
la nariz de Consuelo era un pico; de frente, una pera. En la india, no parecía
nada especial. En Consuelo —se miró al espejo, como estaba acostumbrada a
hacer—… Bueno, en Consuelo era una nariz. En realidad no era tan terrible, por
Dios.
LOURDES: Yinita, no
se te olvide que tú tienes la misma nariz.
LUCÍA: Claro que la
tiene. Simón, bien bonita. Consuelo está loca.
Consuelo caminó
hacia la estación del tren que la llevaría de vuelta a casa, pensando en qué
mentira pondría de excusa para rechazar la hospitalidad de los Domínguez. El
tren se llenaba de gente todas las noches y la sensación era intolerable,
apretujada entre tanta piel, respirando aliento a cigarro y las mamilas para
bebé de cualquiera que tuviera cinco centavos para tomar el tren del océano a
la bahía. Cuando el vagón iba demasiado lleno, Consuelo se bajaba antes y
caminaba en medio de la luz alimonada del centro hacia los cerros, donde estaba
su departamento. Ahora sabía qué decirle al portero que se la pasaba torciendo
sus guantes blancos a la entrada del edificio. «Thank you», «Good evening».
Mientras subía las escaleras, repetía las palabras nuevas que había aprendido
ese día: «I remember, I remembered, I will remember. I fight, I fought, I will
fight. I find, I found, I will find. I leave, I left, I will leave».
Una vez dentro,
Consuelo se quitó los zapatos y las medias, se desabotonó el vestido, se soltó
el cabello húmedo y se puso la bata de noche. En el ocaso, desde su ventana
podía ver Nob Hill, Market Street, llena de chicas eslavas vestidas como
ángeles vendiendo flores en carritos. Lirios de tigre, aves del paraíso,
fucsias, alcatraces, nomeolvides, rosas color durazno y claveles pintados de
verde, azul y violeta.
Decidió pintar a la
india. Llevaba meses sin pintar nada fuera de clases. Quitó la tela del
caballete que Perlita había costeado y la arrastró por el piso. Comenzó a sacar
los pinceles de sus fundas, las pinturas de un
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cajón bajo, y la
sensación de sofocamiento se aligeró un poco. Mezcló la pintura al temple con
huevo y, antes de dar la primera pincelada, trató de ver. Mezclaba e invocaba
una visión, en busca de esa proporción áurea que el instructor amaba
diseccionar, una proporción que alguna vez ella había creído natural, innata,
obvia, pero que, ahora entendía —porque era sosa e incapaz de ver, tan
insensible a ella como era insensible a toda la geometría—, debía cazarla.
El teléfono dio un
alarido y Consuelo tiró la paleta al piso. Descolgó la bocina, a sabiendas de
que al otro lado estaría Mamá Domínguez. Oyó la respiración irregular de la
señora y se dio cuenta de que la había preocupado; le dijo que se había quedado
dormida, pero que llegaría pronto. Si Perlita hubiera estado ahí, le habría
dado una bofetada y la habría acusado de grosera y egoísta.
Consuelo colgó el
teléfono y se vistió: las medias y los zapatos, el vestido de olanes color
azul, las perlas, todas esas cosas que habían llegado a su departamento en el
centro en una gran caja poco después de su llegada a San Francisco. (Al fondo
de la caja había una tarjetita con un guion largo y una sola palabra:
—«Perlita»).
Consuelo se recogió
el cabello todavía húmedo y se puso un abrigo de lana cocida para la niebla. En
el espejo del elevador su piel se veía de color gris pálido. Ojeras enormes. Un
poco de labial ayudaría, pero no había mucho más que hacer.
Mamá Domínguez
abrazó a Consuelo en la entrada y la condujo dentro. A la mesa estaban los
hombres bebiendo y jugando ajedrez. Los niños ya estaban en la cama. Mamá
Domínguez le tocó un hombro a la muchacha de servicio y le indicó que debía
calentar un plato en la estufa, y luego le presentó a Consuelo a un hombre que
hablaba español con acento mexicano. Estaba de visita en la ciudad y se
quedaría tres semanas con los Domínguez. Cuando la muchacha de servicio puso el
plato sobre la mesa, Consuelo se dio cuenta de que en todo el día no había
comido nada más que un huevo hervido, en el desayuno. Irresponsable. Estúpida.
Enchiladas de mole,
preparadas en honor al invitado. Consuelo comió con determinación. El mexicano
hizo jaque mate, y el aire se llenó de felicitaciones no demasiado efusivas.
Consuelo comió tan rápido que salpicó mole en el vestido. No levantó la mirada
del plato hasta que toda la comida hubo desaparecido. El hombre era demasiado
guapo: cabello negro
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y ondulado, arrugas
de sonrisa en torno a los ojos, nariz como un cuchillo. Y de pronto, Consuelo
estaba exhausta. Se había atiborrado de comida como una bestia salvaje y se
sentía atontada y borracha, temerosa de mirar al mexicano a los ojos. Estaba
sentada sola ante la mesa de madera oscura, hasta que él dejó su juego de
ajedrez y fue a sentarse a su lado.
—¿Por qué tardaste
tanto? —dijo. Consuelo decidió tomar su pregunta como una broma, y se rio.
Cuando no podía hablar, reía. Luego de una pausa, le contó que los Domínguez
eran amigos de su familia, lo que no respondía realmente la pregunta pero,
afortunadamente, pareció dejarlo satisfecho. Él le preguntó por sus estudios, y
le contestó que estaba estudiando inglés.
—Oí que eres mucho
mejor pintora que angloparlante —dijo, y Consuelo asintió, en silencio,
tratando de no irrumpir en el silencio con su risa—. He oído de tus pinturas
—añadió—. ¿Me las mostrarías?
Consuelo escuchaba
con atención, como si estuviera sintonizando una estación de radio, la risa de
Mamá Domínguez en el comedor. Ahora estaban jugando a las cartas, y la única y
extraña razón que el mexicano tenía para no unírseles era permanecer en compañía
de Consuelo.
—¿Estás bien? —le
preguntó él.
No lo estaba.
Llevaba días sin
dormir. No podía hacer que las manos dejaran de temblarle. Pintar la realidad,
claro, ese estúpido instructor. Todo eso estaba muy bien, pero no podía ni
estabilizar sus manos para pintar, ni ver, ni hacer nada de nada en realidad,
porque por las noches nosotras nos arrastrábamos por sus venas. Antes, cuando
hizo el autorretrato, la observamos mezclar el huevo con el polvo, imaginar un
cielo color rosa mineral, un difuminado hacia un azul angélico, como la seda
del manto de La Virgencita, que luego se profundizaba y se convertía en añil.
Nos colamos en su sangre, en las motas de pintura no diluida en huevo o en
agua, en sus oídos, para tararear en ellos, avanzamos como unos dedos delicados
por el hueco de su garganta, hacia su mente. Le recordamos que alguna vez
estuvimos vivas.
Consuelo notó el
temblor de sus manos y recordó que aparentemente no sabía sostener un pincel.
Extrañamente, no había llorado como era debido desde que llegó a la ciudad. No,
no estaba bien. Se pasaba horas flotando en agua salada. Estaba débil y turbulenta
por dentro, nada parecido a la mujer en la que alguna vez pensó que se
convertiría.
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Consuelo sintió los
ojos del mexicano, estudiándola.
—Un placer
conocerte —dijo una vez que Consuelo falló en responder su pregunta. Le besó la
mano. Mientras el hombre se levantaba y salía de la estancia, Consuelo observó
su reflejo en los elegantes espejos ovalados que colgaban a ambos extremos de
la mesa del comedor. Vio también su propio rostro: colorado, sudoroso, como si
estuviera enferma. Se quedó sentada, sola, en la mesa del comedor, y escuchó
cómo el mexicano se despedía para irse a dormir. Junto a la puerta, La
Virgencita, de azul, colgaba dentro de un marco dorado encima de la barra de la
cantina. Consuelo podría haber jurado que, por un segundo, la Virgen había
alzado uno de sus piadosos párpados abatidos y le había guiñado un ojo. El
estómago le dio un vuelco.
—Mierda —susurró
para sí, el demonio en su vientre, las manchas negras que se materializaron de
pronto frente a sus ojos. Caminó con la vista parcialmente nublada hacia el
baño, donde colapsó sobre el piso.
—Shhh —dijo a la
puerta cerrada.
Más tarde, antes de
que el chofer la llevara a casa, Mamá Domínguez la abrazó en la puerta y le
dijo que el mexicano quería llevarla a ver peces al Parque Golden Gate, pero
que debía tener cuidado con los animales. En las Tierras Exteriores, los
bisontes andaban libres. Un gringo loco insistía en llenar el lugar con toda
clase de criaturas: cebras, emúes y koalas, quizá incluso un tigre.
Linda sonaba como
si estuviera hablando bajo el agua. Consuelo estaba demasiado cansada para
preguntar a qué se refería, demasiado mareada por un ataque de náuseas como
para preocuparse por los detalles de su mensaje. Mamá Domínguez le dio un beso
en cada mejilla, y Consuelo se tambaleó hacia el auto. Todo el camino fue
cabeceando, y al llegar al edificio alguien la ayudó a encontrar el elevador y
llegar al tercer piso. Una vez dentro del departamento, se tropezó con el
caballete y gateó hacia la cama, atolondrada y febril detrás de los ojos, el
vientre inflado y distendido como un tambor.
Se despertó al otro
día con el vestido todavía puesto, manchado de mole, y los zapatos todavía en
los pies, y ese día lo pasó agachada frente al retrete de porcelana. No paraba
de sudar, y dejaba correr el agua de la llave sobre su cabeza, abrió todas las
ventanas, y empezó a temblar. Sentía el cerebro lacerado, inútil. Una niebla
gris oscuro se instaló en el cielo. Debía ser ya entrada la tarde. Consuelo
siguió vomitando.
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Esa noche, Lindita
llamó para chismear sobre el mexicano. Al oír la voz rota de Consuelo, fue en
auto para llevarla al hospital, donde un médico le apretó el brazo y contó las
marcas oscuras que habían emergido a la superficie de su piel. Le sacó sangre y
anunció que Consuelo tendría que pasar la noche en el hospital. Luego de dormir
todo el día, permaneció despierta en la cama de hospital hasta que el amanecer
iluminó las ventanas y la cegó con su brillo, así que cuando el doctor regresó
para informarle que tenía la fiebre del dengue, no pudo verle la cara. El
doctor le pidió que se sentara, y luego le puso los dedos en la piel de la
espalda, que le había empezado a dar comezón, y describió el sarpullido que
había comenzado a emerger ahí.
—¿Cuándo llegaste a
este país?
Consuelo contó las
semanas con los dedos. Cuatro. Un mes.
—Es probable que un
mosquito de la selva te haya picado antes de embarcarte. Un recuerdito de casa
—dijo, entre risas—. Tienes mucha suerte, niña de la selva. Hace algunos años
habríamos tenido que ponerte en cuarentena. Luego del terremoto, la plaga se extendió
por todo el centro. Las ratas contagiadas salían arrastrándose de los edificios
derruidos; las ratas de los barcos iban directo al barrio chino. Ni siquiera te
habría sacado sangre para confirmar —añadió el doctor—. Ustedes están
infestando este país.
Sonrió de buena fe.
Cuando Consuelo era
niña, una amiga de Perlita había ido a visitar la finca de su marido en la
parte oeste y había regresado con dengue. Perlita murmuraba sobre la enfermedad
como si fuera un secreto terrible.
—Horrible —decía,
sacudiendo la cabeza, como si la mujer hubiera contraído la enfermedad luego de
seducir a un indio disfrazado de mosquito.
Cuando por fin le
permitieron volver a su departamento, Consuelo encontró un ramo de flores en un
florero de vidrio esmerilado color verde marchitándose junto a la puerta.
Recogió la nota del piso. Las había enviado el mexicano, y no tenía la energía
para descifrar su caligrafía expansiva, demasiado larga, con demasiadas
florituras de optimistas cursivas para una mujer a la que acababa de conocer.
Sintió que se sofocaba un poco mientras intentaba maniobrar con la llave. Una
vez
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dentro arrojó las
flores al lavabo y dejó que el agua corriera sobre ellas y sobre la carta,
haciendo sangrar la tinta.
Consuelo se
envolvió en una cobija y se sentó en el piso, frente al caballete. Sacó todos
los borradores de la india en los que había trabajado en el hospital. Mientras
comenzaba a pintar, se puso a cantar para sí, suavemente, el cuerpo todavía
cálido y en calma, como no había estado en semanas. Cantó el fragmento de una
canción que recordaba de sus días tempranos en el pueblo. Nosotras cantamos con
ella. «Mi madre es el volcán, mi hermana está en el cielo. ¿Quién soy?, ¿quién
soy?, ¿quién soy? Mi madre es el volcán, mi hermana está en el cielo. ¿Quién
soy?, ¿quién soy?, ¿quién soy?».
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En Hollywood,
Graciela acompañaba a Rosie a citas con hombres bajitos de ojos saltones:
productores de cine. Rosie se deshacía en elogios para aquellos tipos feos de
una forma que no podía obedecer más que al interés personal de una actriz en
ascenso. Nuestra opinión —y la de Graciela— es que se comportaba como una
idiota.
Una noche, de
camino a un restaurante, Rosie se cayó en la acera y le dijo a su cita algo
jodido como «de verdad tienes un corazón de oro», cuando él no había hecho más
que tenderle una mano gorda. Permaneció sobre la banqueta sucia con su vestido
de seda del mismo color que su cabello, sonriendo como una tonta, mientras la
tela le absorbía la sangre de las rodillas. Graciela apretó los dientes y
levantó la vista buscando una vía de escape.
El acompañante de
Rosie la tomó del codo en el ángulo adecuado y frunció los labios en dos
delgadas líneas paralelas, una sonrisita de satisfacción. Graciela se paró
detrás de ella sosteniendo la cola del vestido como una dama de honor, y así
fueron hasta llegar al restaurante.
El acompañante de
Graciela no era mejor: aburrido y ruidoso, con la cara de un rosa cerúleo.
Hablaba como el silbato de un tren distante, para nadie en particular, mirando
más allá de la mesa a la que estaban sentados, como si quisiera que en su
presencia todo el mundo guardara silencio, y luego se quedaran dormidos. Rosie
bebió demasiado y luego perdió el conocimiento con la cabeza sobre la mesa.
El acompañante de
Graciela no dejaba de mirarle las chichis en el vestido que Rosie le había
escogido. Se acercó de pronto al oído derecho del acompañante de Rosie y le
dijo:
—Me la voy a coger
contra el piso.
El acompañante de
Rosie mostró los dientes inferiores en un gesto desagradable, y ahogó uno o dos
«ja».
Graciela intentó
levantarle a Rosie la cabeza. Su acompañante le picó a ella las costillas,
quizá intuyendo que, a pesar de su silencio de piedra,
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Graciela entendía
el inglés.
—Mírala —dijo—.
Incluso si entiende una palabra de lo que estamos diciendo, no creo que sepa
hablar. Es una tontita.
Era un país nuevo
para ella, y ella misma era nueva en ese lugar. Sin pensarlo demasiado, arrojó
el contenido de su bebida en la cara del hombre y rompió la copa en la cabeza
del otro como si estuviera abriendo un huevo. ¡Comedia hollywoodense!
Levantó a Rosie de
la mesa y la cargó por debajo del brazo para llevársela a casa. Los hombres no
se atrevieron a seguirlas. El público se volvió loco de aplausos.
Algunas semanas
después, con un par menos espantoso, Rosie guio al grupo de regreso a su
departamento. Se sentó en la orilla de la cama y se quitó el abrigo de piel,
que se desmoronó sobre la alfombra. Su acompañante se alzó los pantalones
tirando de ellos a la altura de los bolsillos, se sentó junto a ella en la cama
y le dio un golpecito en la rodilla. Ella se arrastró hacia su regazo y él le
hundió la cara chata en el nacimiento del cuello e hizo una serie de ruidos
húmedos, abriendo y cerrando los ojos como si estuviera despertando de una
siesta.
Frente a ellos, el
acompañante de Graciela estaba sentado en su cama, boquiabierto, como un
maldito idiota. Graciela estaba de pie en la puerta. Ella también estaba
mirando. Al acompañante de Rosie la cara le brillaba de un color rojizo. Ambos
se doblaron sobre el costado.
El acompañante de
Graciela volteó a verla, y ella se sentó junto a él en la cama. La miró con la
urgencia de quien empuña un cuchillo. Al carajo. Graciela no estaba segura de
desearlo, pero sabía que deseaba algo. Él la tomó de los brazos, presionó los labios
contra los suyos, bajó el cierre para quitar de su cuerpo el vestido de Rosie.
Sabía al whisky que habían bebido, y a cigarro —no del todo desagradable—, pero
su lengua era una babosa, en todas partes al mismo tiempo. Él tenía los ojos
bien cerrados. Si Graciela los cerraba también, la sensación de esos brazos
flacos, la forma en que la envolvían como cuerdas… Bueno, no era terrible.
Tenía curiosidad, como cualquiera, y sabía lo que muy probablemente ocurriría a
continuación. Su acompañante se bajó el cierre también, y su verga saltó fuera
como un chico escondido tras la puerta, más joven y desconcertado de lo que
cualquiera de nosotras habría intuido de las arrugas en torno a los ojos de
aquel hombre. Pulsaba, haciendo patente que estaba vivo, las
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venas hinchadas y
brillantes. Gritamos. Lucía casi se mea en los pantalones.
El acompañante de
Graciela la tomó de los hombros y la recostó boca arriba en la cama, le separó
las piernas con la rodilla todavía metida en los pantalones y, para su
sorpresa, se deslizó dentro de ella con bastante facilidad. El hombre jadeó.
Sabíamos cómo empezaba esa sensación y sabíamos cómo se suponía que terminara:
con un resplandor ruidoso y salvaje, pero los esfuerzos de ese productor
tripudo no conducirían a eso. Aquello, una vez que el tipo encontró un ritmo
dentro de ella, se sentía más como si le estuvieran cepillando un nudo del
cabello. El hombre puntuaba sus esfuerzos con toses y resoplidos, y Graciela se
imaginó un pequeño lago secándose al sol.
Cuanto todo
terminó, cuando él salió de ella y se arrastró para tenderse boca arriba,
Graciela sintió que algo en su interior se abría y despegaba. No era
exactamente placer. El aire alrededor de su cabeza se volvió más ligero. Y eso
fue todo. Pensó que podría hacerlo de nuevo si alguna vez era necesario, y
quizá la próxima sería mejor.
Al otro lado de la
habitación, Rosie exhalaba un ronquido suave, como una nube acolchonada. Estaba
fingiendo. A veces fingía dormir, suponemos que para estar sola con los pocos
pensamientos que elegía no compartir con Graciela durante el día. Todo el mundo
necesita guardarse ciertas cosas. Rosie estaba ahora a un lado de la cama,
envuelta en una sábana, como el día en que Graciela la había conocido.
Rosie siempre se
veía hermosa, pero ahora que la conocía mejor, Graciela había aprendido lo
chuca que era en secreto. Rara vez se bañaba, una vez a la semana quizá, y por
las noches casi nunca se molestaba en lavarse la cara para quitarse el rímel y
el maquillaje de pastel. La crema fresca y los tubos en el cabello de aquella
primera noche habían sido una extraña excepción, tal vez un hábito impuesto por
la presencia de su madre. Casi todos los días por la mañana, la almohada de
Rosie estaba embarrada de labial, polvo y arrugas negras como hormiguitas de
maquillaje para ojos. Al inicio del día simplemente se ponía más maquillaje
sobre la cara con la que se había despertado. Se le caía el café y lamía la
mesa. Se quedaba dormida con la ropa del día y babeaba las sábanas. Tenía todos
esos cepillos de dientes de mango aperlado, y con trabajos usaba el propio.
Conocer los hábitos personales de Rosie, sin
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embargo, hacía que
Graciela la quisiera más. Su caótica hermanita, aunque Rosie fuera mayor.
En Hollywood, la
vida de Graciela todavía se sentía como una ficción, pero al menos no estaba
interpretando el papel de la brujita del General, o de la india huérfana. Era
la chica «hispana». ¿Qué quería decir eso? Muchas cosas. En una película: un
vestido rojo, varias capas de olanes, una canasta de fruta en la cabeza. Todo
el mundo daba por hecho que sabía bailar. Aprendió tan bien como pudo y se dio
cuenta de que era buena. Había estudiado los movimientos en las películas que
iba a ver con Perlita. Todos esos años, sentada en la oscuridad del cine, había
mirado los cuerpos, las hileras de piernas al vuelo, los brazos flexibles como
trozos de seda, los mentones alzados, los ojos bajos y en paz, como los de la
Virgen. Había guardado cada gesto en la memoria.
Ahora tenía también
una fotografía profesional, en la que tenía las manos alzadas sobre la cabeza,
como alas de paloma. Llevaba una corbata de moño, un sombrero de copa, un saco,
y el cuerpo desnudo bajo un par de pantalones bombachos de lentejuelas que, más
tarde ese día, le dejaron escamas plateadas en la parte más privada de la piel.
En las primeras películas en las que aparece Graciela puedes leer su nombre en
los créditos, junto a las palabras «Primera chica china», «Segunda chica
esquimal», «Tercera piel roja» o «Chica de la isla 4», pero lo más común,
durante esos primeros años en Hollywood, era que no la mencionaran por nombre
ni siquiera por número, apenas una de muchas siluetas que se movían en la
formación, apenas distinguible, otro rostro velado en el harén del sultán.
Rastreamos su cara en cada película. Era más ancha que otras, con esos ojos
negros que, según los directores, la hacían «la oriental perfecta». De perfil,
su nariz tenía una estructura recta, pero si la veías de frente se volvía amplia
en la parte de abajo. Tenía la piel del color del cartón que sostenía el jabón
para trastes de la cafetería del estudio, donde además trabajaba.
Junto con su empleo
ahí, Graciela había mantenido su trabajo de medio tiempo en la biblioteca.
Sabía que sus alianzas podían cambiar y que la vida no era barata; necesitaba
dinero suficiente para poder moverse rápido, cambiar de planes, desaparecer, si
cualquiera de esas cosas resultaba necesaria.
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Aquí también
desaparecían las chicas. Las que trabajaban con ella en la cafetería, que se
iban de pronto a media semana. Escuchó que había redadas, a veces ahí mismo, en
el estudio. Con mayor razón no te puedes separar de mí, le había dicho Rosie.
Suelen ir tras las chicas que tienen un cierto aspecto, había añadido,
arrugando la nariz.
Graciela entendió:
chicas que se ven como mi mamá, como mis amigas, como mi hermana, como yo.
A veces trabajaba
veinticuatro horas seguidas en estancias iluminadas con máquinas brillantes,
focos de un blanco resplandeciente, con el agudo repiqueteo del reloj de fondo.
El palacio del General, sus habitaciones largas y oscuras, sus velas que goteaban
cera, las grandes porciones de terciopelo que lo mantenían fuera el sol, habían
sido un capullo, pero bueno, esto era distinto. Una maldita mariposa calaceada.
Si ibas al cine en esa época podías verle la cara.
Finalmente,
Graciela comenzó a colapsar a causa del desgaste físico de trabajar por largos
y aturdidores días enteros en locaciones, bajo la luz del sol que le entraba a
los pulmones como aire. Calaceada, pero calaceada. Descansaba cuando tenía que
hacerlo, jadeando en la sombra con otras chicas, abanicándose con hojas de
papel plegadas. Era la única forma de olvidar.
Rosie, mientras
tanto, había decidido que Graciela la iba a hacer en grande; obviamente lo
haría, ¿o de otra forma por qué serían amigas? Morris, el agente de Rosie, otro
hombre con forma de barril, se hizo cargo de Graciela como un favor personal.
—Yo soy, por
kilómetros, la estrella más grande de la lista de Morris en estos momentos,
pero estoy segura de que podrías quitarle el lugar a Dolores —le dijo luego de
que Graciela firmara el contrato que la ataba a ese hombre.
Dolores, decía
Rosie, solía ser una gran estrella antes de las películas sonoras, pero ahora
no conseguía más que papeles secundarios.
—¿Por cómo habla?
Graciela no conocía
a Dolores, pero sabía de ella: era la ex mejor amiga de Rosie.
—Sí, además de que
es algo morenita, pero ni siquiera tiene la piel tan oscura como tú —dijo
Rosie—. Tú eres bien suertuda, porque eres más
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oscura que ella,
pero igual de bonita. Hablas mejor el inglés, ¡y bailas como un maldito sueño!
Graciela pensó que
quizá Rosie simplemente estaba celosa de Dolores, que era muy bonita —en cuanto
Rosie mencionó que la conocía, Graciela empezó a ver la imagen de Dolores en
todas partes, en marquesinas y anuncios de carretera—. Graciela pudo intuir que
algo había ocurrido entre ambas. Quedaba claro por la tensión que se sentía en
la forma en que Rosie le cepillaba el cabello o le quitaba las pestañas en el
momento en que Dolores salía a la conversación, en cómo se enderezó y dejó de
comer cuando Isabel, que estaba de visita un fin de semana, como solía hacer,
le había preguntado por «esa cherita mexicanita». Rosie respondió con voz suave
que ahora Graciela era su mejor amiga.
—Dolores se
deshonró vistiéndose de plumas y diciendo tonterías —le había contado Isabel
más tarde, alineándose de inmediato con los sentimientos de su hija—. Una
vulgar.
Arrugó el periódico
justo en medio de la foto de la cara de Dolores — un artículo sobre su última
aventura con algún genio casado— y luego lo hizo a un lado.
Pero Rosie usaba la
historia de Dolores como un punto de referencia para la carrera de Graciela,
respecto a la cual era alegre y tontamente optimista.
—Tienes que buscar
los papeles más grandes que puedas conseguir. Basta de cosas pequeñas. Basta de
chicas orientales que bailan al fondo — dijo Rosie—. Dolores empezó con papeles
grandes, ¿sabías? Reinas brasileñas, por ejemplo, antes de que abriera la boca
y tuviera que tragarse todos esos papeles menores. No tenía por qué haber hecho
eso.
Sonaba casi como si
sintiera lástima por su antigua amiga.
Rosie hizo una
pausa, estudió el rostro de Graciela y frunció el ceño. —Necesitas un nuevo
nombre. Aquí nadie puede pronunciar el tuyo —
dijo—, piénsalo.
Y lo hizo. Ella más
que nadie podía comprender el atractivo de un nombre nuevo.
—Graciela del Norte
—ofreció en respuesta, socarronamente, una semana después—. La India del Norte.
Cielita del Norte.
—¡Por favor! —dijo
Rosie—. Ma ve, ¿por qué no Linda? ¿Por qué no Carol o Betty? ¿O Grace North? No
necesitas ser güerita para tener uno de esos nombres. Aquí tienes la
oportunidad de ser alguien nueva.
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Graciela quería ser
alguien nueva ahí. Quería deslizarse por las orillas de la percepción ajena, no
darle a nadie la satisfacción de saber quién era de primera impresión. Quería
ser inteligente y respondona como Lourdes, valiente como María, tierna y protectora
como Cora, y misteriosa como Lucía.
Al fin se encontró
su nuevo nombre en la basura, cuando estaba trapeando el baño. Jabón para baño
Lux. Una glamurosa mujer sonreía desde un doblez en el cartón. Grace Lux. Era
un nombre ligero, brillante, santo.
LUCÍA: ¿Y con ese
jabón quedó limpia? De alguna forma. Cuando dijo el nombre nuevo en voz alta,
cuando lo compartió para la satisfacción petulante de La Rosie, Graciela invocó
un hechizo para borrar los recuerdos de su vida anterior.
MARÍA: Pero tenía
una mente maldita, memoriosa, y los momentos de nuestra muerte emergían a la
superficie de esas aguas profundas con frecuencia. Por supuesto que nunca
podría limpiarse de nosotras, por mucho que lo intentara.
Como Grace Lux, por
las noches Graciela bebía lo que Rosie tuviera en el departamento. Cuando
salían juntas, Rosie le ponía un vestido sucio del que ya se había aburrido y
le decía que se veía bonita, y hombres de mayor edad les enviaban botellas de
champaña a la mesa, les dedicaban canciones que pedían en el piano y les
encendían el cigarro.
Graciela disfrutaba
estar borracha porque se sentía como si su cuerpo se moviera bajo un enorme
chorro de agua cálida. A veces se despertaba igual que Rosie, con los zapatos
todavía puestos, abajo de la cama o en el sofá. O afuera… A veces se escabullía
hacia la playa. Se quitaba los zapatos y caminaba por la parte plana de la
arena, donde había rastros de espuma. Las plantas de los pies se le llenaban de
alquitrán, y no volvía a casa sino hasta la mañana. Se despertaba con la boca
seca y los talones envueltos en alga marina.
A veces bebía tanto
que se despertaba en una cama desconocida, en la oscuridad, y se arrastraba por
el piso para vestirse y salir caminando en puntas hacia la luz del día
californiano, emergiendo como Judy Garland en El mago de Oz. Trotaba por la
costa en el largo vestido de noche,
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explorando la
mañana lagañosa en busca de un taxi que la llevara a casa. Una vez ahí, en el
departamento que compartía con Rosie, Graciela se sacudía la arena de la gasa
del vestido y lo colgaba en el baño para que el vapor lo alisara mientras ella
se metía a la tina llena de agua caliente. Esas mañanas Rosie las pasaba
dormida en el sofá hasta entrada la tarde, despertando de vez en cuando para
vomitar en un recipiente para ensaladas o para quejarse del dolor de cabeza.
La mayoría de las
mañanas, Graciela se quedaba despierta en la oscuridad, que tenía un sabor
burdo y salvaje y ácido, y escuchaba nuestros latidos de conejo, negociaba con
nuestros lamentos hasta que el cuarto adquiría un brillo gris. Pronto sería
hora de trabajar. Sentía el mareo, la confusión, pero no vomitaba nunca. Se
quedaba en la tina hasta arrugarse, sin recordar nada de la noche anterior.
¿Cómo lograba encontrarse a sí misma en ese lugar, mientras se quitaba el
alquitrán de las plantas de los pies con jabón? No tenía idea. El contenido de
su mente había desaparecido, como si se lo hubieran robado, y la noche anterior
era una página en blanco. Pero las plantas negras de sus pies invocaban el
recuerdo táctil de las proclamaciones del Gran Pendejo sobre la transmisión de
energía curativa a través de los pies descalzos, y de que no hacía tanto
tiempo, en el volcán, el fulgor de la tierra había entrado a su cuerpo mientras
corría con nosotras luego de arrojar a un lado sus caites.
A lo largo del día,
mientras la mente se le aclaraba y los poderes del alcohol se diluían, nuestros
rostros volvían a su memoria.
Cuando dormía,
aquella noche volvía también. Graciela avanzaba a gatas buscando reconocer los
cuerpos. Una mujer boca abajo junto a un riachuelo que recordaba de nuestra
infancia. Estaba segura de haber visto cómo la espalda se le inflaba y se le
desinflaba con la respiración. La sacudiría de los hombros, y gritaría el
nombre de su madre, el de Consuelo, el nuestro.
Pero entonces la
mujer giraba el rostro para ver a Graciela, y el cuello se le rompía entre sus
manos. Las cuencas de los ojos hervían de gusanos. De la boca le salía un
escorpión. ¿Quién era? ¿La Cigua? ¿O acaso era ese su propio rostro, su propia
nariz ancha?
Graciela se
despertaba de esos sueños de pie, pegada a la fría ventana, de pie frente a
aquella torre. Nosotras la guiábamos por la oscuridad de regreso a la cama, y
luego nos recostábamos a esperar. Le cantábamos «Arráncame la vida», «Hermanas
de las estrellas», «Vamos a la vuelta».
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Sentíamos cómo se
le deshilachaba la mente con cada sueño, con cada recuerdo. Su habilidad para
guayabear, la forma en que su mente se aferraba a todo… No siempre era una
bendición.
La champaña,
decidió Graciela, le funcionaba muy bien. Cuando bebía, no soñaba. El alcohol
lavaba su mente y, como un trapeador burbujeante de jabón, se la dejaba limpia.
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LUCÍA: En San
Francisco, el mexicano se desvivía por Consuelo. No paraba de enviarle flores,
y luego de recibir en respuesta una indiferente nota de agradecimiento,
contrató a un amigo para llevarle serenata a la ventana. ¿Por qué? La primera
vez que ocurrió, Consuelo habría querido gritarle al amigo «¿seguro que te
dieron la dirección correcta?», pero en lugar de eso fingió estar dormida. La
segunda vez, sin embargo, salió al balcón y saludó con amabilidad. Se acordó de
lo sola que estaba, y les sopló un par de besos, uno para el cantante y otro
para el que lo había contratado. «Dile que me ganó con eso», le dijo al amigo,
que no era ni más feo ni más guapo que el mexicano.
Consuelo se
convenció a sí misma de que no tenía opción. No tenía dinero, y el mexicano sí.
Dejó que la cuidara. En el departamento, él se ofrecía a cepillarle el cabello.
Era un tipo curioso. Empezó a cruzar la ciudad en tranvía para verla en pleno
día, y le llevaba un recipiente enorme de sopa que se le desparramaba encima
del pantalón, para contribuir a su recuperación.
Lo único que
Consuelo quería era… todo: silencio, adoración, unos pinceles nuevos con cerdas
de pelo de jabalí, un vestido de seda color agua salada, vino espumoso,
estabilidad financiera, una madre, una hermana, un mecenas anónimo a quien no
tuviera que deberle nada, una caminata por una galería parisina, vestida con un
abrigo de pieles debajo del cual no llevara nada más. Luis le había prometido
llevarla a París un día.
A veces, no
obstante, lo único que Consuelo quería realmente era nada. Quería morirse, y
pensaba en ello con frecuencia. Las visiones de su propia muerte se colaban en
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sus sueños y en sus
horas de vigilia. ¿Por qué no había muerto durante la masacre? O mejor: ¿por
qué no había muerto antes de la masacre? ¿Por qué no se moría ahora? Podía
fingir que se tropezaba frente a las vías cuando iba caminando cerca del
tranvía. ¿Quién podría saber? ¿A quién le importaría? También el océano entero
estaba ahí, esperando, indiferente. El filo de un cuchillo, un frasco de
pastillas. ¿Quién iba a extrañarla? La muerte le enviaba espirales seductoras
para hipnotizarla, pero nosotras la alejábamos de ellas. Queríamos que Consuelo
viviera.
CORA: El mexicano
la llevó a las Tierras Exteriores, guiando su cuerpo ligero como se lleva un
globo del cordón. Sobre los hombros de su abrigo de terciopelo negro flotaba
una niebla blanca; el aire cambió, y un escalofrío le recorrió el cuerpo.
Consuelo tembló: había perdido casi cuatro kilos, y ahora sentía que ya no era
capaz de sentir calor.
Era justo como dijo
Lindita: había animales extraños por todo el parque. En las ramas de un árbol
de eucalipto que estaba arriba de ellos, había una criatura gorda y peluda, un
oso, fornido y gris oscuro. La niebla blanca hacía volutas alrededor de sus orejas
lanudas, y estaba acurrucado en la rama, metiéndose las patas llenas de unas
hojas delgadas al hocico. Desde donde estaba, el oso podía ver a una mamá
elefante y a su cachorro dándose un chapuzón en el lago artificial. Los
avestruces y los pavorreales se paseaban por un camino oscuro que conducía al
mar. Una cebra se llenaba de lodo las pezuñas en el jardín de rosas y, aunque
Consuelo no podía verlo, estaba segura de que el tigre estaría en alguna parte.
Se encaminaron al
acuario. Las ventanas enrejadas, de cara al cielo, dejaban entrar la luz a
borbotones, los golpes y los desplazamientos de los tacones sonaban sobre el
piso de mármol, y se detenían frente a los tanques resplandecientes de coral y
criaturas marinas. Un equipo de hombres vestidos de blanco se había desplegado
por el lugar llevando charolas, ofreciendo caracoles decorados y bañados en
aceite a la gente que se reunía en el vestíbulo.
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Consuelo sabía que
necesitaba huir de ese lugar en el que se sentía como si todo el mundo
estuviera mirándola todo el tiempo: ese hombre atento, Lindita, y —a la
distancia— Perlita. Necesitaba buscar sola un lugar donde no conociera a nadie,
donde no dependiera de nadie, un lugar donde pudiera estar segura de que sabía
sostener un pincel. Todas esas chicas ricas, Las Rositas, y sus veranos en
París. Ahí era donde la pintura estaba cambiando y explotando hacia formas
nuevas… ¿Por qué no podría ella irse a París y convertirse en alguien nuevo?
Ahí en San Francisco vio la exhibición de espirales eternas de un grupo
parisino que la animó como una ráfaga de oxígeno. Había sentido ganas de ver,
de vivir, por primera vez en meses. Las pinturas eran una serie de galaxias
privadas; se sentían como un interior específicamente diseñado para ella. Podía
sentir la geometría entrar en su ser y reorganizar los átomos de su cuerpo.
También tomó una
clase de escultura anatómica, pagada por el mexicano. Hasta entonces había
evitado el barro. O, más bien, Perlita la había empujado hacia la pintura con
la idea de que era mejor adquirir una habilidad más refinada y con fines
decorativos. Luego de analizar a detalle el cuerpo de la modelo —los pesados
muslos aplanados sobre el banco, los pechos asimétricos, la inclinación de los
hombros— y de comparar su inmovilidad con su propio cuerpo vestido, Consuelo se
regodeó en el peso resbaloso del material, hundió los dedos en el barro y la
tierra le dejó costras bajo las uñas. Ver era sentir, en el barro. Con algo de
dinero que el mexicano le había dado para alimentación, se compró un bloque de
barro de poco más de dos kilos y se lo llevó envuelto en una mascada, como si
se lo hubiera robado, para trabajar en él sola en el departamento. Estaba
creando algo para su novio muerto, Luis, y no quería que nadie más lo viera.
Más tarde, cuando
el mexicano le preguntó por la clase, cambió el tema. El barro era privado para
ella. Tenía que huir. Tenía que encontrar la forma de comprar su propio
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barro, de hacer sus
propias espirales secretas. París: quería ir ahí y quería ir sola.
MARÍA: En resumidas
cuentas: si se las arreglaba para ir a París, pensaba, no tendría que volver
nunca a depender de nadie para nada. Creía que podría abrirse un camino propio,
que alguien reconocería su talento salvaje y entonces sería libre de vivir sola
y de hacer el arte que quería hacer. Carajo, ni siquiera puedo culparla, a la
puta tonta, por loca que sonara su idea. Si se quedaba en San Francisco, ¿qué
forma tomaría su vida? Seguiría teniendo problemas para ver en las clases de
pintura; llegaría un punto en el que su mecenas, Perlita, dejaría de enviar
dinero, y no tendría más remedio que casarse con ese aburrido tipo amable que
la llevaba a ver peces.
«Todo este lugar»,
dijo el mexicano, «está conformado por una vasta familia de peces desplazados».
Señaló un pez dorado pálido de ojos azules, un cardenal de Seale, según la
placa informativa. «Este otro viene de Filipinas». El pez se desplazó como un
dardo hacia la parte trasera de un espinoso coral, como un niño que corre hacia
la oscuridad de un bosque.
Cuando se inauguró
el acuario, los habían trasladado por toda la ciudad —peces sapo diminutos,
peces luna gordos y planos, un trío de calamares gigantes— en cajas de cristal,
aseguradas de arriba abajo en torres humeantes de vapor que iban tirando agua por
Market Street por una flotilla de camiones cargados con cinco mil galones de
agua de mar. Y, por supuesto, antes de eso, habían nadado en el Pacífico, y
venían incluso desde las cálidas aguas de las Filipinas; algunos, como los
hermanos calamares, se habían sumergido bajo los grandes volúmenes de hielo en
la costa de Alaska. El vigoroso león marino había sido capturado en una ciudad
moribunda por el vector triangulado de redes y músculos a cargo de un pescador
y dos borrachos holgazanes que no obtuvieron ningún pago a cambio.
El mexicano hablaba
sin parar, y a Consuelo no le importaba:
dejaba que los
datos le llenaran la cabeza porosa como un
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espectáculo de
luces.
Si no lo hacía, una
sola idea se colaba en su mente: a Luis le habría encantado caminar por esas
salas de fósiles y peces robados.
No la dejaba sola
nunca. A veces, Consuelo lo odiaba por acecharla. Si nunca se la hubieran
llevado a la capital, nunca habría tenido que sufrir su pérdida. Si nunca
hubiera tenido que sufrir su pérdida, nunca se la habrían llevado con el
General.
Otras veces, sin
embargo, lo anhelaba con tal avidez que sentía que casi podía conjurar su
regreso. La noche anterior, mientras cogía con el mexicano, se escabulló hacia
sus mitades oscuras, donde su mente y su cuerpo se separaban. Había aprendido
que esa era la única manera de sentir algún placer durante el sexo, y que a
veces ese placer era suficiente para invocar el recuerdo de Luis. Lo hacía como
un hechizo. LUCÍA: Consuelo se alzó el cuello de pieles del abrigo… No lo había
entregado en la entrada, porque en esa ciudad todo el tiempo tenía frío,
incluso en interiores. Frente a un tanque de barracudas formadas como los
peldaños de una escalera, pasó la mano por debajo del brazo del mexicano y le
metió una mano en el bolsillo.
LOURDES: ¡Hay que
ser estúpida para no ver adónde iba eso! ¡Ponerle la mano en el bolsillo! ¡Ma
ve! MARÍA: Bien estúpida.
LUCÍA: No nada más
estaba buscándole la verga, eso sí te lo digo.
CORA: En fin…
Mientras tanto, estaba segura de que afuera el tigre estaría mirando por las
ventanas empañadas a la gente que daba vueltas dentro del acuario. Sintió sus
ojos sobre ella. La autopsia había informado que Luis simplemente se había
ahogado, pero Consuelo no se había creído esa mierda ni por un momento.
LUCÍA: Hay que
decir una cosa sobre Consuelo: a los doce años, abrió el gabinete de un espejo
de baño en la hacienda, y un termómetro cayó y se hizo pedazos en el lavabo.
Vio el mercurio recorrer los bordes del cristal con el mismo extraño
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apetito que sentía
ahora de pie frente al último tanque del acuario, un cardumen de peces menores,
pequeñitos, uniformemente metálicos. Se imaginó que se tragaba cada uno de esos
cuerpos plateados. Recordaba el mercurio del baño. Si se lo hubiera tragado
aquella vez, ahora no estaría ahí. Habría muerto. No habría conocido a Luis, y
no habría tenido que ver sus cenizas, y no la habrían entregado al General, y
no habría atestiguado nuestra masacre, y no estaría viviendo el horror y la
culpa de haber sobrevivido. No se habría enfermado casi al punto de morir en un
hospital de Los Yunais, y sus noches no estarían plagadas de pesadillas.
En el tanque, un
tiburón dormitaba, ignorado. El mexicano era adecuado. Había llevado a Consuelo
a una fiesta elegante en el Acuario Steinhart. Llevaba medallas.
Pero algo había
cambiado después del hospital. Había empezado a pintar todos los días. Había
terminado un óleo pequeñito. Lo único que quería era llenar una estancia
silenciosa con sus pinturas, examinarlas para descubrir qué tenían en común,
discernir en ellas los patrones a los que no podría darles sentido en la vida
real. Tratar de desenredar los ruidos tortuosos en su cabeza: voces que
gritaban, que suplicaban piedad. ¿Habría alguna manera de acallarlas?
No veía más
claramente y odiaba cada cosa que pintaba, pero al menos estaba haciendo algo
todos los días. Pintar, trabajar en el trozo de barro. El esfuerzo la agotaba,
pero también la hacía sentir sana, en sus cabales. Deseaba poder contárselo a
Luis. Sus ojos muertos eran los únicos que quería sobre sus pinturas. Estaría
orgulloso de su vigor.
Tal vez, sin
embargo, ese vigor tenía algo que ver con el mexicano, razonó Consuelo. Él no
estaba cansado de la vida. No parecía que hubiera en su infancia algo digno de
ocultar. Mientras tanto, Consuelo evadía las preguntas que él le hacía sobre su
vida. ¿A qué se dedicaba tu papá? ¿Tu madre y tú son cercanas? Ella
tartamudeaba y trataba de dar respuestas lo suficientemente ambiguas: cuando
algún detalle cruzaba por su mente, sentía ganas de hacerse daño. «Me
secuestraron a los cuatro años».
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«Asesinaron a mi
novio».
«Apenas hace unos
meses, me secuestraron otra vez, un maníaco me torturó, y luego presencié la
masacre de mi pueblo natal».
Esos eran los
hechos desnudos que resumían su existencia, las cosas que no podía contarle al
mexicano. En cambio, le decía cosas como «Mi papá trabajaba en el Ministerio de
Salud», que no era totalmente mentira, y cuando el mexicano le preguntaba si su
padre había sido doctor, simplemente negaba con la cabeza y mencionaba lo fría
que era esa ciudad gris.
Quería huir
corriendo del mexicano, arrancarse de esa vida. ¿Le sería posible convencerse
de despreciar a ese hombre bueno y guapo? De todas formas un día se cansaría de
ella, repetía para sí. ¿Por qué la torturaba con su amabilidad? ¿Qué de bueno
podría ofrecerle ella a cambio? De pie junto a él, se sentía hecha de tiras de
papel, pegamento viejo, sangre, pus y alfileres de metal. ¡Él, por el
contrario, estaba tan completo y era tan fuerte! Su piel brillaba como la de
los ricos. Estaría bien sin ella, no había duda. Quería mandarlo al carajo,
tomar su dinero y huir. Arráncame la vida.
MARÍA: El mexicano
le sugirió salir de San Francisco una temporada e ir de vacaciones de fin de
año a la casa de su familia en la Ciudad de México. Ahí, Consuelo podría
continuar sus estudios de pintura. En primavera regresarían a los Estados
Unidos y se establecerían en Los Ángeles. El clima era mejor, y eso fue lo
único que necesitó decir. Consuelo consideró Los Ángeles al mismo tiempo que la
idea de convertirse en la esposa de alguien. ¿Y por qué no? Los peces habían
sobrevivido a la reubicación; ¿por qué ella no podría? Él pagaría el viaje,
claro, pero Consuelo sabía que en realidad quería reubicarse más lejos, y sola.
LOURDES: Con ese
brillo siniestro detrás de la mirada, con la mano en el bolsillo de él.
MARÍA: Se asomó a
la turbia fealdad de su interior, y su corazón era una estampida de caballos a
todo galope. ¿Qué clase de mujer piensa en hacerle daño a un hombre como
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ese? ¿Robar su
dinero y salir corriendo a París? ¿Quién lo consideraría, siquiera? Los
caballos dentro de ella le decían «eres una chica mala, mala, mala; corre,
corre, corre, chica mala».
LUCÍA:
Convenciéndose a medias de que quizá podría obligarse a permanecer ahí, con él,
se dijo que sería una buena esposa. Dijo que sí, que por supuesto, con la mano
todavía en el bolsillo del mexicano.
LOURDES: No lo
amaba. Y no lo amaría nunca. Estaba hambrienta. Vendió los abrigos de pieles
que le había comprado, y luego empeñó el anillo de compromiso. Él conocía su
situación lo suficiente, de modo que le ofreció su ayuda, y ella lo aceptó todo
y se lo gastó en un boleto a París. Era eso o escalar por las rocas del cerro
que custodiaba los Baños Sutro y arrojarse al océano. ¿Quién podía culparla de
su decisión? Yo no.
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28
Dos años después de
su llegada a París, Consuelo se mudó a un departamento en la Rue de Castellane.
Le pertenecía a alguien más, al amigo de un hombre con el que se había acostado
una o dos veces, un tipo bizco que se lo rentó en una ganga, sin amueblar. No
tenía el dinero para llenarlo. En la sala estaba un sofá, propiedad del casero,
de rayas rosas y cafés; un plato marroquí de cobre, grabado, que se mantenía en
equilibrio encima de un banco, de modo que se convertía en una mesa, y su
caballete. Se pasaba las mañanas subiendo la colina de Sacré-Coeur o paseándose
por los Jardines de Luxemburgo, o visitando tantas galerías y museos como podía
antes de caer rendida. Dejaba que el sol la quemara y que la lluvia torrencial
la empapara y la dejara temblando. A veces, en las galerías le regalaban un
café, y al parecer ese era su sustento. Consuelo tenía la teoría de que
exponerse a los elementos endurecería su naturaleza, y saciar su apetito visual
de belleza saciaría también su hambre.
No funcionó.
Con frecuencia,
desgastada su constitución mientras pintaba en mitad de la noche, el cuerpo de
Consuelo se atacaba a sí mismo. Cuando ocurría, no podía respirar sin la
sensación de que se le romperían las costillas. Sabía entonces que las
siguientes horas de su vida las determinaría un miedo terrible y voraz, el
susto.
En la habitación
verde de la Rue de Castellane se pasó la mayoría de las noches pintando. Estaba
mejorando, se decía. Y si no lo hacía mejor, sí con menos miedo. Ya no perdía
tanto tiempo convenciéndose de dejar la pintura. Había disminuido el temblor de
sus manos. Al menos en ese lugar sabía que era capaz de saber sostener el
pincel.
Las vergas
brillantes del círculo de los surrealistas la trataban como estúpida, pero la
invitaban a todas sus fiestas. Al salir de esas fiestas, si podía caminar a
buen ritmo, con el ruido de sus tacones golpeando el piso, veía entre la bruma
aturdidora de la grandilocuencia de esos hombres que sus obras no eran tan
buenas, ni tan inteligentes. Las suyas, le presumía a
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la luna, eran
mejores. Resentía el hecho de que uno de ellos hubiera comenzado una serie
sobre el trópico; era originario de Brujas.
Por esa época,
María había empezado a acecharla. No se le había ocurrido que regresaría como
una niña de siete años. Cuando era adolescente —la más joven de nosotras: tenía
dieciséis al morir pero aun así era más una mujer que una niña—, María sentía
que se estaba convirtiendo más en sí misma con cada año que pasaba. Se sentía
más cómoda en su cuerpo, había empezado a gustarle lo cuadrado de sus hombros.
Disfrutaba hacer que la gente a su alrededor gritara de risa. Había aceptado ya
que amaba a las mujeres, y le complacía haberse enterado tan casualmente que ni
a ella ni al resto de nosotras le molestaba. Así que el espectro con cuerpo de
niña nos sorprendió a todas. Esa María niñita, tenía el cabello negro y sucio,
con la textura de una escoba, cortado como a mordidas a la altura del cuello, y
llevaba puesto un vestido de olanes color rosa pálido, lleno de polvo de la
tierra negra, demasiado corto para sus piernas largas y flacas. En uno de los
brazos, igualmente flacos, traía un cabestrillo.
María odiaba ese
maldito vestido. Siempre lo había odiado. Prefería los overoles de mezclilla
que la hermana Iris le había regalado unos años antes de que el vestido le
quedara chico. Y, sin embargo, ahí estaba.
María se le
apareció a Consuelo muy tarde una noche, brevemente primero, un reflejo en el
espejo del baño, una alucinación conocida cuando Consuelo estaba en un momento
límite también conocido: días de pintar que se convertían en noches sin haber
comido, con nada más que vino para beber, con el corazón destrozado. Antes de
tomarse la benzedrina. A veces durante la calma posterior.
De hecho, Consuelo
había visto a María bastantes veces durante las últimas semanas de maníaca
preparación para una exposición colectiva en una galería, pero aunque podría
haberla reconocido vagamente de los días que pasó en el pueblo antes de la
masacre, en realidad no podía acertar sobre quién era exactamente. Era posible
que el espectro tuviera cuatro años, o seis o siete. Era difícil saber: era
pequeña, una indita.
Quizá porque se
veía anónima y benigna, la presencia de María le provocó a Consuelo más
consuelo que temor. La consolación para la consolación: ¿acaso era eso María?
Una luz se encendió en la mente de Consuelo cuando la niña se le apareció.
Estaba inspirada. Comenzó a considerarla su «lámpara divina».
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Un regalo otorgado
por las Nueve Musas, que confirmaba el genio latente de Consuelo, un ángel de
inspiración, una visión enterrada de su hogar, lo que sea que eso significara;
Consuelo incluso intentó pintarla, como había pintado alguna vez a Graciela.
Como sea. Ahora la
María pequeñita estaba sentada en el viejo sofá de la habitación verde de
Consuelo, balanceando las piernas llenas de costras. El sol naciente llenaba la
estancia de su crudo brillo rojo. María se quedó ahí tanto como pudo.
Consuelo nunca la
había visto tan completa. Se arrodilló frente a la niña. Sacó una caja de
cerillos de su bolsa y encendió una vela.
La niña saltó del
sofá y pellizcó la flama con dos dedos sucios para apagarla. Lanzó una risita.
Consuelo sintió cómo el fuego entraba en su cuerpo y murmuró para sí misma que
no tenía miedo. El cuerpo espectral de María se desvaneció junto con la luz.
Un par de años
antes, en San Francisco, justo antes de dejar al mexicano, alguien que le leyó
la mano le dijo que llevaría una doble vida. La idea le había encantado. Cada
pintura, cada día, cada vestido, cada hombre, le ofrecía una muestra delicada
de otra vida. Estaba haciendo demasiados esfuerzos en esta vida por reír con
facilidad y alegría, por empujar las pesadillas hacia las orillas de su mente.
Justo después de
que María se desvaneciera, Consuelo se descubrió esforzándose por respirar. Era
como si le estuvieran oprimiendo, y luego golpeando, los pulmones. Reconoció el
susto, y se lamentó por sí misma generosamente, mientras se arrastraba por la
alfombra como un animal, como un monstruo, permitiéndose un gruñido entre los
jadeos impotentes. Una mano tras otra, trepó por las cortinas de terciopelo
para ponerse de pie, pero la soga que apretaba su garganta se tensó y el dolor
en el pecho se volvió intermitente, y durante todo ese tiempo Consuelo se
estaba contando un cuento: que sabía cómo respirar, que respirar era simple en
realidad. Mientras se enderezaba, sintió ligera la cabeza, como si fuera una
cosa desprendida del cuerpo, y la visión se le nubló y se golpeó el pecho.
Por lo general,
Consuelo podía buscar un ritmo en medio del caótico rigor de los ataques, para
encontrar el aliento en él, pero este ataque era peor que los anteriores.
Hundió las uñas en la piel de las palmas de las manos, y tiró de la manija de
la ventana que daba al balcón para luego empujar el pesado vidrio hacia el
ruido y la luz. Encontró el inhalador de
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benzedrina que
debía usar y lo insertó entre sus dientes con violencia, pero el susto no
estaba abierto a tratos ni razones, y además ya había logrado derribar su
cuerpo hacia el piso.
Jadeó, se jaló el
cabello, se arañó la garganta, y sintió florecer la promesa de la respiración.
Era un departamento muy bonito. Sí. La garganta de Consuelo silbó con el aire
que entraba y salía, mientras ella se golpeaba el pecho para hacer que el aire se
moviera por sus pulmones. Las manchas que le nublaban la visión se
desvanecieron. Se aferró al balcón, inhalando hasta que los silbidos cedieron y
pudo dar al fin respiros pesados y laboriosos, pero respiros a fin de cuentas.
Se dijo que quizá simplemente estaba emocionada por la exposición colectiva,
por su vida.
Afuera del balcón,
en la estrecha calle de abajo, eran las diez de la mañana, un miércoles de
cielo despejado. Un niño voceaba los periódicos. Dos señoras finas caminaban
del brazo, conversando chismes. Un gato se estiró en un triángulo de sol sobre
la banqueta, y Consuelo oyó las campanas de la iglesia, y después a un tren
acercarse. Una hora. Dos. Sintió su cuerpo enfriarse y se arrastró de nuevo
adentro, quitó de la cama la cobija afgana, se la echó a los hombros como una
mujer vieja, y regresó parpadeando a la luz del sol, a sentarse en el balcón.
Su respiración se tranquilizó y comenzó a sentirse otra vez como una criatura
hecha de materiales sólidos. Le dolían los pulmones.
No tenía tiempo
para esa mierda. Las horas perdidas eran horas robadas a su arte. Estaba viva,
¿ves? Faltaban un par de semanas para la exposición en la galería, y tenía que
ponerse a trabajar.
Consuelo destapó
una botella de vino, encendió cada una de las velas que había en la casa,
aunque seguía siendo de mañana, y pintó hasta que el día se oscureció y la cera
se hizo charcos y las flamas ennegrecieron las paredes con su danza. Era
Artemisa: la cazadora, con el corazón de guerrera y el arco ardiente.
La tarde anterior a
la exposición, preparó la comida, asó una trucha como había visto que se hacía
en nuestro país, con lima, limón, orégano y tomillo. La trucha era su primera
comida en días. No quería dejar de trabajar, pero cuando el humo entró ondulando
a su habitación, dejó a un lado las pinturas y se comió el pescado en el
balcón.
La semana anterior
a esa había conocido a un hombre, un aviador. Un hombre rico y nada guapo que
le había declarado su amor forzadamente a
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los pocos minutos
de conocerla. Consuelo sintió terror, pero luego se obsesionó con él, era como
una comezón. La había llevado en taxi a ver su avión con entusiasmo infantil.
Dentro de la aeronave, la sentó en sus piernas, y su verga se sentía dura debajo.
Consuelo fingió ignorarlo, fingió que no tenía miedo. Pero es que ese tipo… se
puso a llorar en cuanto estuvieron en el aire, atravesando las nubes. El motor
hacía demasiado ruido, tanto que él había tenido que gritar:
—¡Bésame!
—¡Nunca beso a un
hombre que acabo de conocer! —le gritó de vuelta Consuelo, las nalgas montadas
sobre la erección del hombre. Estaba mintiendo, por supuesto. Era solo que le
parecía bien feo. Cuando él giró la cara húmeda para mirarla, sus manos sacudieron
el volante y el avión traqueteó y empezó a hacer curvas como un cuerpo bajo el
agua.
—Por favor —dijo
él—, por favor.
Consuelo negó con
la cabeza.
—Por favor
—insistió con un lamento—. Por favor, o voy a hundir esta cosa en el mar.
Consuelo se rio y
se frotó contra él para provocar su dureza. Era el deseo que le mostraba lo que
lo volvía atractivo.
—Bésame por favor
—dijo—, por favor.
Consuelo volvió a
negar con la cabeza. Con un suspiro largo y lento, giró el volante, pasando una
mano sobre la otra una y otra vez, en un círculo completo, y Consuelo sintió
que el estómago le daba un vuelco, cayó contra el costado de la cabina y se dio
cuenta de que estaba gritando.
—¡Por favor!
—berreó—. ¡Por favor, bésame! ¿Crees que soy feo? ¿Es eso? Si no me besas no
tengo motivo para vivir. Si no me besas prefiero morir que seguir viviendo, ¿me
oyes? Prefiero morir. Por favor. Por favor, lo digo en serio.
Consuelo se
abalanzó sobre el aviador lloroso, le envolvió el cuello grueso con los brazos,
y atrajo su boca hacia la suya. Está bien, okey, una mordida. Dejó que la
lengua de él explorara sus labios, lo dejó gemir en su cuello y entonces el
piso se elevó, sus rodillas cedieron y ella se precipitó de nuevo contra la
pared de la cabina y, mientras el mundo se reordenaba, vomitó todo lo que
llevaba dentro. El aviador terminó de estabilizar el avión sollozando al
volante. Luego de un rato, dijo:
—Es solo que ya te
amo tanto… ¡Es una locura, lo sé, todo esto es una locura! —rio—. Estás
haciendo que me vuelva loco, ¿ves? —dijo con
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suavidad, por fin
casi sin lágrimas—. Ni siquiera tienes idea del daño que eres capaz de causar.
Consuelo se tapó
los oídos con las manos y cerró los ojos, y siguió besando a ese hombre. Había
cogido con hombres más feos, qué va, aunque en circunstancias menos extremas.
Se odió por ser tan estúpida como para haber halagado a ese demente subiéndose
a su avión en primer lugar. El aviador le frotaba la espalda con una mano,
mientras hacía los sonidos como de respiración suave que se usan para
tranquilizar a un bebé. Ella le quitó la mano de un golpe y enterró la cabeza
entre las rodillas, cubriéndola con los brazos. Él susurró una maldición en
francés, y negó con la cabeza como si sintiera pena ajena por ella, mientras
aterrizaba el avión en el lugar donde estaba formado su equipo, que lo recibió
entre aplausos.
Esa noche, el
aviador le leyó sus poemas —ella asentía suavemente cuando alguno no le parecía
terrible—, le dio un baño y un masaje con aceites que dijo haber aprendido en
un mercado marroquí. Tenía las manos grandes y venosas, mucho más oscuras que
las de Consuelo. Se tendió sobre la alfombra y le murmuró plegarias,
ofreciéndole un enorme recipiente de porcelana lleno de champaña para que
remojara los pies. Consuelo le dijo que era un desperdicio estúpido, y él le
contestó que se había perdido por días en el desierto, y que había alucinado
con su rostro:
—Te amaba incluso
antes de que mis ojos se posaran sobre ti —dijo. Ella resopló y soltó una
carcajada. Él le dijo que la llevaría volando a
su tierra de
volcanes y que se casaría con ella ahí para que su madre pudiera estar presente
en la boda. Consuelo le contestó que su madre estaba muerta. Muy pasada la
medianoche, él se puso a llorar sosteniendo una copa de vino, y le suplicó
perdón por su imprudencia en el avión.
—Yo amo cerca de un
corazón salvaje —le dijo, y le preguntó si le gustaría tener su propio jaguar
de mascota.
Al oír eso,
Consuelo finalmente se ablandó. Le dijo que sí.
El sexo que tenían
era humillante, al mismo tiempo aburrido y ligeramente brutal. Ella sangraba y
sentía la boca seca al terminar. Él le repetía que la amaba, le suplicaba un
poco, y Consuelo se preguntaba por qué no simplemente lo corría de su habitación
verde, y por qué no dejaba de pensar en él, ni de considerar su propuesta de
matrimonio.
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Si se casaba con el
aviador, tendría asegurada una clase de vida distinta. Era rico, y además de
aviador era pintor y poeta, y se movía en los círculos adecuados. Consuelo
consideraba su escritura pomposa y aburrida, y su arte demasiado simple, pero
conocía a todos los artistas que ella admiraba y aspiraba a orbitar. El aviador
se movía de un cuarto al otro con la gracia de un hombre más guapo que él, como
si él mismo fuera algún tipo de divisa intercambiable. Casarse con él le
aseguraría estabilidad. ¿Qué era en realidad un patrón[2] invisible? No
existían. Podría seguir pintando, mejorar. Y aun así… ¿Por qué le daba tanto
miedo? ¿No decía todo el mundo que volar era maravilloso? Quizá le vendría
bien. ¡Y además…! Él se había cogido a muchas mujeres hermosas. Consuelo
analizaba sus caras en las fiestas. Quizá había algo tremendamente precioso en
él, y quizá si encontraba la forma de adorarlo igual que él decía adorarla a
ella algo virtuoso y profundo se revelaría en su propio carácter.
El rostro de Luis,
que la miraba desde la pared verde esmeralda, no tranquilizó su mente, sino por
el contrario, la encendió en llamas.
En San Francisco,
Consuelo había esculpido la máscara mortuoria de Luis. No era auténtica —habían
enterrado el cuerpo antes de que siquiera se le ocurriera la idea—, pero la
había esculpido de memoria.
Ahora Consuelo
estudiaba su rostro plácido y consideró la posibilidad de llevarlo a la galería
esa noche, para venderlo. Ya estaban ahí las tres pinturas al óleo que había
completado para poder participar. Sí, llevaría la máscara también. Estaba
cansada de ver su cara, y de extrañarla, de imaginar las diversas formas en que
juzgaría sus fracasos.
Oyó un zumbido
suave y mecánico que entraba al departamento. Se esforzó por comprender el
ruido que parecía un crujido rítmico y urgente. ¿Un vecino? Pegó la oreja a la
pared, y luego al piso. Era como si estuviera dentro del ruido. Consuelo
analizó el techo. Quizá su condición estaba empeorando; los ataques no solían
empezar así.
Una bata de seda
colgada del brazo del sofá cobró vida de pronto. Un pajarito salió volando de
entre la tela agitando furiosamente las alas. Se estrelló contra el vidrio de
la puerta del balcón. Su cuerpo emplumado hizo un ruido sordo al golpear el
piso, y Consuelo tenía la certeza de que estaba muerto. En el departamento
flotaba el silencio. Pero entonces el pájaro se levantó y fue volando a
estrellarse de nuevo con el mismo cristal.
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Luego levantó el
vuelo una vez más, y cada vez Consuelo ahogaba un grito.
Consuelo se
preguntó si el pájaro vería un enemigo en su propio reflejo. Tomó la bata del
sofá, se dio cuenta de que estaba llena de mierda y de plumas suaves como las
que tienen las aves en el vientre, y la colgó sobre la puerta del balcón
deteniendo la seda con la manija para cubrir el cristal. Abrió la puerta de
nuevo para darle al pájaro una vía de escape, pero se precipitó de nuevo contra
el cristal y entró en pánico. Consuelo corrió al baño, tomó una toalla y luego
vació su bolso de cuentas negras por el pasillo. Si lograba acercarse al ave
sin asustarla, podría meterla en el bolso con la toalla, cuidarla hasta que se
recuperara y luego dejarla en libertad.
El pájaro se quedó
un momento quieto, jadeando. Consuelo se recostó a un lado de él. Él. Sentía
que era un «él». Se hinchó brevemente como preparándose para la acción, pero
luego resolló y dio un silbido. Estaba sangrando del pico y ensuciando todo de
gotas frenéticas. Entonces dejó de jadear. Consuelo detuvo su propia
respiración también y endureció la vista, quieta, para armonizar con la vida
que abandonaba a esa ave que no sería capaz de salvar, y el pajarito se apagó
despacio, como si se transformara en un manojo de paja. Consuelo hizo una cuna
con la toalla alrededor del cuerpo y buscó el bolso. Lo enterraría en el patio
de abajo.
Se levantó, y las
articulaciones le dolían de haber estado tendida en el piso. Inmediatamente
después, el ave voló del nido de seda negra de su bolso hacia las puertas del
balcón y salió hacia el cielo gris. Sus alas sabían exactamente hacia dónde ir.
Consuelo corrió las
cortinas, se dio la vuelta de cara a la sala, y contuvo el aliento. La niña
había vuelto al partir el ave.
—Dime qué es lo que
quieres de mí —le dijo Consuelo tratando de tocarla, pero su mano atravesó un
velo de telarañas sin peso. La niña balbuceó en la lengua antigua de nuestra
tierra, el nawat, pero Consuelo no lo recordaba, y no entendía.
—Gracias por
visitarme, por proveerme una lámpara divina con la cual pintar mi arte.
Consuelo forzó la
salida lenta de esas palabras desde el fondo de su vientre.
La niña resopló, se
rio, y empezó a hablar en español.
—¡No soy tu
lámpara! —gritó—, ¡soy una cipota!
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La niña se subió a
la mesa de cobre marroquí que estaba al centro de la estancia, se puso una mano
en el corazón y empezó a cantar:
—Vamos a la vuelta,
de toro toro gil.
Con todo y el brazo
roto, se paró sobre el plato marroquí y mantuvo el equilibrio cuando este se
movió. Cada una de las uñas de sus pies tenía costras de tierra negra. El
siguiente verso lo cantó gritando:
—¡A ver a Doña Ana,
comiendo perejil! Cortando una rosa, sembrando un clavel.
Consuelo conocía la
canción. Tenía la impresión de haberla oído de niña, en el volcán, cantada en
una ronda con otras niñas. Hacer una rueda en torno al toro, aunque no había
toros en ese país, ni tampoco bisontes o búfalos. Visitar a una anciana, Doña Ana,
o algo así, comer perejil, cortar una rosa, plantar jamaica. El perejil le
hacía bien.
De pronto estaba
aplaudiendo y cantando a los gritos también, hasta quedarse sin aliento.
Consuelo y María se recargaron en el respaldo del sofá. Consuelo estaba
exhausta: los oídos le vibraban de la presión, como si hubiera estado sumergida
bajo el agua. No tenía miedo de la niñita del vestido rosa. La conocía, pero
¿cómo?
Cantó el siguiente
verso con ella:
—¿Dónde está Doña
Ana? Doña Ana se murió.
La cipota gritó el
siguiente verso:
—¡Engusanada!
Llena de gusanos,
como nosotras.
—¿De dónde eres?
—preguntó Consuelo, pero entonces lo supo. La había visto el día antes de la
masacre, en aquel momento era la misma pero más grande, más ruda, con cabello
corto y pantalones de hombre. Habían compartido un cigarro. Consuelo había
admirado el drama de sus cejas gruesas. Las manos de Consuelo estaban temblando
entonces, y recordó cómo la presencia de aquella chica había ayudado a
calmarlas. Recordó cómo la había saludado, con su sonrisa fácil. Qué onda.
—Soy de Izalco
—respondió la niña.
—Me lo imaginé
—dijo Consuelo. Quería abrazarla… alimentarla, lavarle el cuerpo con el agua
caliente que aún quedaba en la tina amarillenta. ¿Qué hacía ahí? ¿Cómo se
llamaba?
—Regresé. Así no te
olvidas de nosotras —dijo la niña, leyéndole la mente—. Soy María. María-Malía.
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¡María, claro! Así
se llamaba. No tenía más de dieciséis cuando se conocieron, pero aun así ya le
estaba creciendo un mechón de cabello plateado en el costado de su encrespado
corte masculino. Consuelo podía verlo ahora: brotes de un brillo plateado bajo
la luz del atardecer, las aves regresando a la ceiba, el humo del volcán, el
terror y la urgencia de aquel día, y a la vez, el sentimiento pesado de la
muerte, un desmoronamiento en su interior.
Consuelo volteó a
mirarla otra vez, pero la niña fantasma había desaparecido. De nuevo estaba
sola.
Luego de eso,
Consuelo durmió solo a ratos, en el piso. Estaba oscuro cuando se despertó. Se
sumergió en un baño de agua fría para revivir su espíritu, y luego se puso de
pie desnuda, goteando, temblando frente al espejo mientras se pintaba la cara
de forma extravagante. Se dibujó puntos de labial del color de flores de
jamaica en las mejillas.
En el clima de ese
lugar era difícil saber cómo vestirse suntuosamente. Consuelo quería mostrar la
piel, pero hacía demasiado frío. Se puso el mismo vestido de seda con el que se
había quedado dormida, y un grueso abrigo de lana, de hombre, que encontró en
el armario, un poco impregnado de humedad. También de ahí sacó una cobija, una
Stewart de lana a cuadros con las borlas comidas por las polillas, que se echó
a los hombros como un rebozo. Joyería escénica. Unos aretes rosas gigantes de
pedrería falsa con forma de abanico. Entonces cerró un ojo, y luego el otro, y
se pintó en cada párpado una iridiscente pupila negra y unas pestañas gruesas.
Se puso la máscara mortuoria bajo el brazo. Iba recargada de adornos,
apelmazada y en ruinas, deslumbrante.
Cuando Consuelo
llegó, jadeando, con la máscara mortuoria bajo el brazo, la galería ya estaba
llena de gente. No se esperaba una multitud así, y se abrió paso entre las olas
doblando el cuerpo, percibiendo todos esos olores vivos, saboreando sus propios
polvo y almizcle. Usualmente, Consuelo sentía pánico cuando se encontraba
atorada entre una multitud, pero esa noche el corazón se le aceleró solo un
momento. Era distinto. Esa masa de cuerpos le resultaba atrayente. La multitud
se había reunido por ella. Levantó una mano temblorosa y gritó:
—«Et voilà». ¡Aquí
está!
La multitud se
apartó para dejarla pasar, mientras la bañaba de aplausos.
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Casi al terminar la
noche, un hombre se interesó en comprar la máscara mortuoria. Venía de
Marsella, y hablaba francés como un italiano. Se presentó como Lucien.
Consuelo, con el labial que brillaba como la sangre en los labios, puso en
práctica con él todos sus encantos. Acarició la máscara con una de sus uñas
rojas y puntiagudas.
—Me observa. Gruñe
y gime cuando estoy de mal humor, o cuando levanto el teléfono para coquetear
con alguien —dijo.
La máscara era de
un color gris apagado y pálido, el barro crudo de una forma que casi parecía
seco. Consuelo se dio cuenta de que, una vez que había empezado a hablar,
incluso tras los días arduos y silenciosos de trabajo en el departamento, le
iba a costar trabajo detenerse.
María apareció de
nuevo en una esquina de su campo visual. Era la misma, pero ya no era una
cipota. Ahora su cuerpo espectral era mayor, adolescente, bajo y fornido, con
ese corte mordisqueado en el cabello negro y grueso. Estaba junto a una mesa
repleta de botellas de vino, y estaba llorando lágrimas de sangre. La vista de
Consuelo comenzó a nublarse cuando reconoció a la María-Malía que había
conocido en los últimos días en el pueblo… Los hombros, el cuerpo sin vida de
Graciela, la ceniza del volcán y la ceniza de nuestros cuerpos en llamas.
Estaba helada y sintió el inicio de un ataque, así que supo que tenía que salir
de ahí.
—Entonces, ¿la
quieres o no? La máscara —escupió.
Lucien esbozó una
sonrisa nerviosa.
—Cuesta un poco más
de lo que tenía planeado gastar hoy.
Pero acababa de
comenzar a trabajar como asistente legal para la oficina de Laval; le habían
dado su primer cheque el día anterior. Laval había alineado a Francia con el
patrón oro; si ese no le parecía el momento para ser optimista, entonces era un
idiota.
Con toda
sinceridad, Lucien planeaba gastar esa noche tanto como quisiera.
LOURDES: Laval, en
caso de que no lo sepas, era otro jodido fascista. Y era rico, además. Comenzó
como un abogado idealista, y luego se volvió nazi. En la época en la que Lucien
empezó a trabajar para su bufete, apenas practicaba ya la abogacía, y en los
años siguientes sería
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ministro de Estado
durante el gobierno de Vichy, se reuniría con Hitler, y les haría promesas de
minas belgas llenas de oro a los alemanes. Claro que Lucien no podía saber todo
eso del fundador invisible de la compañía que acababa de contratarlo.
LUCÍA: Pero la
verdad es que, en esos días, donde fuera que voltearas te encontrabas un
púchica fascista.
—Bueno, pero… Si
compro la máscara, ¿puedo volver a verte? —Lucien le preguntó a Consuelo, que
sintió náuseas de solo oír la propuesta, agudizadas por el regreso de la niña
fantasma, pero necesitaba dinero, ¿y quién era ella para apelar a la ética en
esa clase de cosas? Muchos hombres querían volver a verla. Problema de ellos.
La chica fantasma se desvaneció de su lugar junto a la mesa de refrigerios.
Consuelo buscó su cara entre la multitud, con la sensación de que las paredes
de la galería se estaban acercando a ella. Lucien permaneció callado, a la
expectativa de su respuesta. Ella miró su copa de vino, y lo único que pudo ver
fue sangre.
—Está bien, claro,
haría lo que fuera por verte otra vez, Lucien. Eres un encanto. Tienes un gusto
exquisito en materia de arte, y me encantaría ver tu colección algún día.
De su boca iban
cayendo las frases correctas mientras Lucien le extendía el dinero en efectivo
a cambio de la máscara. Consuelo garabateó un número telefónico falso en uno de
los billetes sobrantes, y luego se abrió paso entre la multitud y salió de la galería
con el dinero en la bolsa. La máscara mortuoria crujió y zumbó como una máquina
descompuesta, murmurándole maldiciones. Consuelo corrió de vuelta a casa con el
corazón en la garganta.
Luego de haber
conocido a la artista y de comprar la máscara —algo de lo que se arrepintió más
tarde, cuando llegó la hora de pagar la renta; no estaba en condiciones de
gastar la mayor parte de su primer cheque en arte —, Lucien fue a la librería
que estaba a tres calles de su departamento. Estaba quebrado, pero también era
engreído. Trepó una escalera para sacar un atlas de un estante superior, acunó
en el brazo el libro, pesado y brilloso, que jamás podría pagar, y se sentó en
un banco de la parte de atrás a estudiar minuciosamente el mapa de América,
rastreando con el
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dedo esa almendra
de nación de donde provenía Consuelo. Como muchos otros antes que él, se
sorprendió al descubrir que no era una isla.
Mientras tanto, la
máscara mortuoria de Luis se quedó boca abajo sobre su escritorio, donde
acumuló polvo por unos cuantos años. El trabajo consumía a Lucien, y la idea de
martillar la pared de su casero lo ponía nervioso. Cuando le llegó la hora de
dejar París, años más tarde, se la encontró de nuevo, pero decidió no llevarla
consigo a los Pirineos. No podía llevar más que lo que pudiera cargar en la
espalda. En cualquier caso, Lucien no sobrevivió a la guerra que vino después.
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29
Graciela iba a misa
cada domingo solo para escuchar el latín. Rosie había dejado de hablarle en
español —por tu propio bien, le había dicho—, y el inglés que Graciela aprendía
todos los días, en el estudio, la cafetería y la biblioteca, era rudimentario,
pero cada vez mejor, rápidos bloques de discurso enmarañado. Lo entendía mejor
de lo que podía hablarlo, y lo leía mejor que cualquiera de ambas cosas. En el
set, los camarógrafos le enseñaban palabras nuevas: «corte», «rodar», «carajo».
En la cafetería del estudio, donde trabajaba lavando acero industrial, las
horas se comprimían con pulcritud, las manos se le ponían de un rojo puro y
punzante, y las otras nenas se gritaban unas a otras sobre el agua, en nuestro
idioma, en el del país, en el de sus lugares de origen. En la biblioteca,
Graciela fregaba la suciedad de retretes y azulejos y atrapaba los murmullos de
las mujeres mientras liberaban el cuerpo.
Extrañamente, sin
embargo, y tan muerto como estaba el latín, Graciela entendía todo. Las
palabras debieron quedarse cosidas a su cerebro en la infancia. Las oscuras
costillas de la iglesia le recordaban su vida perdida, a su madre asintiendo a
su lado en el banco de la iglesia cada domingo.
Socorrito no era
religiosa, pero las monjas requerían que todas las alumnas fueran a misa al
menos una vez a la semana, así que Socorrito la llevaba los domingos a las ocho
de la mañana. Una vez le preguntó qué le había parecido, y Graciela le contestó
que le gustaba el uso ocasional del incienso, ver cómo apagaban las velas con
el cono dorado, la forma en la que los vitrales eran más pesados en la parte de
abajo de cada ventana, y cómo dejaban pasar la luz azul, roja y verde, que iba
a posarse en las caras de sus amigas. Le había emocionado poder tomar la
comunión al cumplir los siete años, pero la decepcionó lo rancia y transparente
que estaba la hostia. Sabía a lágrimas.
La iglesia de
Hollywood tenía ese aroma encendido a hostia e incienso. El agua murmuraba y
caía rodando por el rostro de la Virgen en el vitral,
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brillando ambarina
y azul en la ventana que estaba junto a la banca donde se había sentado
Graciela. No creía en nada de eso: ni en la hostia, ni en la absolución, ni en
la resurrección. Nunca lo había hecho. Bueno, quizá en la Virgen… Graciela
anhelaba la suavidad de sus párpados cerrados.
Un domingo,
Graciela salió de la iglesia luego de que terminó la misa y sintió el sol
cálido en los escalones de concreto. Hollywood había sido su casa por casi dos
años, tiempo suficiente para dar a luz a una nueva versión de sí misma. El
General creía en la reencarnación —hacía disminuir sus preocupaciones, decía—,
pero la reencarnación nunca había calmado las preocupaciones de Graciela,
especialmente después de haber presenciado nuestras muertes. ¿Qué alma podía
sobrevivir a una muerte así? ¿Qué alma en esa pila de cuerpos se tomaría la
molestia de regresar a este mundo?
Había un amplio
camino de tierra cerca, por el que a veces caminaba hacia los cerros, a través
del bosque resplandeciente de árboles de hoja perenne y eucalipto. Ese día las
hojas parpadeaban como ojos tocados por la brisa. Graciela fue hacia ellas.
Caminó hacia el
cerro durante un buen rato antes de toparse con un día de campo abandonado: una
cobija roja, una canasta de mimbre volteada, una botella de vino vacía.
Graciela se quitó los zapatos, se sentó sobre la cobija y comenzó a quitarse
las medias. El suelo estaba húmedo por la lluvia matutina, y la humedad se
colaba por la cobija y por la falda de su vestido. Se recostó boca arriba y se
quedó mirando el letrero de Hollywood, cada una de sus letras ancha y golpeada
por el óxido, como una hilera de dientes sucios. Estaba tan cerca que podría
buscar una piedra lisa entre el pasto y arrojarla al cielo, y golpearía una
letra.
Con frecuencia, Graciela no podía creer que viviera ahí.
Definitivamente no
se sentía como un hogar.
—¿Qué se siente
estar por fin en tu hogar? —le había preguntado el General luego de que la
habían separado de su madre. Había escapado de ese hogar por un río de sangre,
y seguía sin encontrar uno nuevo.
Su reloj, el que
alguna vez le había pertenecido a Consuelo, marcaba las diez de la mañana. Se
detendría en la biblioteca; aquel era su día libre de limpiar baños, así que
podía sentarse un par de horas a leer. Luego de eso, bebería hasta quedarse
dormida.
En el bolsillo
cuadrado del abrigo de algodón de Graciela había una licorera que uno de los
hombres con los que salía Rosie había grabado con
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sus iniciales. Ese
hombrecillo sudoroso, con unos dedos sorprendentemente gruesos y una confusa
nube de cabello delgado que parecía que alguien se la había puesto encima de la
cabeza con una pala, le había regalado la licorera y luego había pasado la noche
jadeando nerviosamente en la habitación mientras Graciela dormía en el sofá de
la sala. Sus zapatos de charol salieron rechinando por la puerta principal
antes de que amaneciera. Graciela supo por el silencio de Rosie esa mañana que
quería olvidarse de esa cita, así que tomó la licorera de abajo de su cama, la
llenó de bourbon y comenzó a llevarla con ella a todas partes. Ahora buscaba la
suavidad de su tacto en el bolsillo, y al encontrarla retiró la tapa con los
dientes y dejó que la calidez de su interior se instalara en su lengua como
otro sol.
De los cerros llegó
un grito largo y bajo, y un movimiento brillante barrió el cielo. Graciela se
sentó y se talló los ojos. Unos rastros rojos atravesaron su visión. Un cuerpo
había caído por el azul. La luz comenzaba a hincharse: Graciela debía haberse
quedado dormida. Vio, una y otra vez, el escalofriante recorrido de un cuerpo
cayendo, como si alguien lo hubiera arrojado. No era un ave. ¿Un pedazo del
letrero? No. Algo había caído desde el letrero. Algo con peso, pero sin
voluntad propia. Se puso las medias y los zapatos y subió a ver.
Detrás de la letra
H estaba recargada una escalera de madera astillada. Graciela removió la maleza
para ir hacia ella. En el escalón más bajo había un bolso de charol brillante
color crema, de la longitud y el grosor de un libro. Estaba abierto. El corazón
le empezó a latir con extrema rapidez para tratar de advertirle que era momento
de temer. Pero no tenía miedo. Recogió el bolso como un premio. Dentro había un
rollo de billetes, de cinco y diez dólares, y un monedero de seda que contenía
un labial y un espejo pequeñito. Graciela desdobló un pañuelo bordado con las
iniciales «P. A. E.» y encontró unos lentes de sol con armazón de plástico, uno
de los cristales rayado, un juego de llaves del Hotel Arcade y una nota escrita
en una hoja del mismo hotel, doblada en tres partes. Leía:
«Tengo miedo. Soy
una cobarde. Lamento todo. Si hubiera hecho esto hace mucho tiempo, se habría
evitado mucho dolor. P. E.».
Graciela se colgó
el bolso a la muñeca y subió, un escalón tras otro. La escalera era firme,
construida para sostener a un obrero del doble de su tamaño. Cuando llegó a la
cima bajó la vista, y sus ojos encontraron la respuesta. Al fondo del
precipicio había una mujer tendida sobre su
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costado en un traje
color menta. El cerebro de Graciela ató los cabos, y su cuerpo se tambaleó: la
escalera se movió como la rama generosa de un árbol. Nosotras la sostuvimos.
En las faldas del
Monte Lee, Hollywood se despertaba tarde. Los riachuelos de tráfico y una bruma
dorada grisácea suavizaban el horizonte lleno de edificios. Graciela leyó la
nota de nuevo: «Tengo miedo. Soy una cobarde. Lamento todo. Si hubiera hecho esto
hace mucho tiempo, se habría evitado mucho dolor».
¿Y el dolor de
ella? Graciela trató de imaginarse apenas un fragmento de ese dolor, el golpe
contra el suelo, trató de evocar la sensación en su propia carne, y se dio
cuenta de que no podía. ¿Cuánto tiempo sigue vivo un cuerpo después de una
caída así? ¿Cuánto tarda en detenerse el cerebro antes de morir? ¿Dónde se
termina el dolor? Abajo se veía un diamante rojo, la manta sobre la que
Graciela había estado sentada. ¿Había atrapado la vista de la mujer mientras
caía?
Aquella vieja
canción de la radio: «Tear me out of this life by the roots. Take me out of
this world». Arráncame de la vida de raíz, arráncame de este mundo. Ese deseo
entraba en su cabeza de vez en cuando, pero huía del impulso. Se había dicho,
en su antigua vida, que querer morir y querer dejar su país eran dos partes de
una misma acción imposible, y sin embargo ahí estaba, aún viva, mientras toda
la gente que conocía ya no estaba. Graciela se preguntó si ella había tenido
más miedo, si había sido más cobarde que P. A. E. durante todos esos años en el
palacio. Metió de nuevo la nota en el bolso y bajó la escalera. Incluso si su
madre estaba viva en el volcán, debió pensar que estaba muerta, como Consuelo,
como todas las demás. Graciela se preguntó si hubiera podido hacer algo para
salvarnos. Si hubiera estado dispuesta a morir antes que dejar morir a
Consuelo, ¿habrían bastado esa sangre, esas almas, para apaciguar al General?
Probablemente no.
Graciela tuvo que
esperar en una larga fila en la estación de policía para hablar con una mujer
de unos sesenta años que estaba sentada detrás de una ventanilla. Cuando llegó
su turno, puso el bolso sobre el borde bajo la ventanilla y le dijo a la mujer que
dentro había una nota de suicidio. La mujer lo tomó, cerró la ventanilla, abrió
el bolso y vació su contenido sobre su escritorio: los billetes, el monedero,
la nota, el pañuelo, las llaves del hotel, los lentes de sol.
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—¿Dónde encontraste
esto? —le preguntó la mujer a Graciela sin levantar la mirada del escritorio.
Estaba haciendo una lista de los contenidos, calculando el precio de cada
objeto en letra cursiva. Pañuelo: un dólar. Monedero: veinticinco centavos.
Labial: cincuenta centavos. Lentes de sol: cinco dólares. Desenrolló los
billetes: treinta y cinco dólares. La parte superior de su cabello se estaba
adelgazando, y el resto era de un gris metálico, como de alambre.
—Fui a caminar por
los cerros de Hollywood —respondió Graciela.
—¿Dónde
exactamente?
—En el letrero. En
la letra H.
La mujer alzó las
cejas escasas, se lamió el dedo índice de la mano derecha, desdobló la nota y
la leyó con rostro inexpresivo.
—La gente deja
notas como esta todo el tiempo, querida. Lo más seguro es que solo esté
tratando de hacer enojar a un hombre que la ama, ¿no crees?
—No estoy segura
—respondió Graciela—. No se me ocurre por qué alguien haría eso.
La mujer bajó la
mirada y escribió en la parte superior del formulario: «Bolso blanco de mujer
encontrado en los cerros de Hollywood». Esperó a que Graciela se hiciera a un
lado y llamó a la mujer que tenía el turno siguiente en la fila, a la cual
vimos morderse cada una de las uñas hasta abrirse la carne y luego presionar la
yema sangrante contra la lengua y chuparla como si fuera una paleta.
Graciela esperaba
no tener que hablar del cuerpo, que la policía lo encontrara por sí misma. Eso
era lo que pasaba en las películas. Los detectives tomaban un objeto como ese
bolso y lo usaban como una llave que abría puerta tras puerta, haciendo sus propios
descubrimientos en el camino. Los profesionales eran ellos; Graciela era solo
una chica extranjera.
—Está bonito el
bolso —dijo la mujer detrás de la ventanilla—. Yo lo usaría —añadió balanceando
la agarradera en la muñeca, y luego sujetándola bien. Detrás de Graciela, la
fila de gente que esperaba para informar sus secretos —asesinatos, violaciones,
asaltos, fraudes— era larga y no dejaba de crecer. Tuvimos que intervenir.
LOURDES: Graciela,
si no le dices lo que viste, el bolso se va a quedar en esta oficina y ella se
va a apoderar de él, y los
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detectives jamás
van a conducir hasta el cerro ni mucho menos subirán la escalera. Jamás van a
asomarse al barranco ni van a encontrar a la mujer del traje verde.
CORA: Su cuerpo se
va a descomponerse y a integrarse a la tierra. Su gente no va a encontrar más
que sus huesos. MARÍA: Eso si es que alguien la encuentra.
—Vi el cuerpo de la
mujer —dijo al fin Graciela, dejando que nuestras voces la guiaran—. Al fondo
del barranco.
La mujer detrás de
la ventanilla se le quedó mirando, con la mirada apagada, como un gato que
camina hacia la luz.
—¿Cuál cuerpo?
—La mujer a la que
le pertenecía ese bolso, creo. La nota. Vi a la mujer.
—¿La viste saltar o
viste el cuerpo? —dijo la mujer, chasqueando dos veces la lengua.
—El cuerpo
—respondió Graciela. Rebuscó en su memoria las brillantes estelas de movimiento
reproduciéndose en su mente.
—Okey, santo Dios,
¿por qué no dijiste eso en primer lugar?
La mujer sacudió la
cabeza con un pequeño movimiento violento y abrió un cajón del escritorio,
dentro del cual removió los papeles en busca de otro formulario.
—¿Estás segura de
que estaba muerta?
Graciela asintió y
siguió a la mujer hacia un cuarto más pequeño, donde la sometieron a un sombrío
interrogatorio.
Los detectives que
Graciela había visto en las películas no eran nada comparados con el agradable
y ordinario par de hombres que tenía ahora enfrente. Necesitaban su ayuda, sin
embargo, y hablar con ellos la ayudaba también a ella: cada vez que contaba la
historia se iba convirtiendo más en un objeto, algo que podía separar de sí.
Una historia segmentada, con un arco. La escalera, la nota, la mancha pálida de
verde menta rodeada del verde más vivo, más brillante, del pasto.
El oficial Stern
era joven y de huesos delgados, con un caos de cabello lacio y rubio que se
apartaba de la ceja con un rápido movimiento ascendente del mentón. El
territorio debajo de sus ojos estaba mapeado de venas azules; parecía no haber
dormido lo suficiente la noche anterior. Tenía ambas manos en la taza, de la
que tomaba sorbos largos y
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desesperados. De
vez en cuando se ponía de pie, caminaba hacia la ventana, se tomaba el tobillo
con una mano y estiraba la espalda. Cuando hablaba, bastante menos que su
compañero y superior, el oficial Roberts, su voz aterrizaba asombrosamente
densa, oscura y profunda.
El oficial Roberts
era mayor, de piel craquelada, y afable. Era el detective más viejo del equipo
y su experiencia le valía el reconocimiento de los demás.
—No me voy a
retirar nunca —le dijo Roberts a Graciela—. Sin esposa, sin hijos, sin
mascotas, sin hobbies ni amigos. Me moriría allá afuera.
Su risa era una
boca elíptica y silente, amalgamas negras, baba. Era corpulento, de complexión
cuadrada, pero al mismo tiempo extrañamente frágil. Sus manos grises como el
polvo se movían sobre los papeles que Graciela había firmado para asegurar la
veracidad de sus declaraciones.
Cuando fue a los
cerros con ellos para rastrear su historia, Roberts se detuvo frente a la cima
de la primera pendiente, su silueta se dobló en dos mitades, y lanzó un silbido
hacia el interior de sus muslos. Stern desvió la mirada del cuerpo de su superior,
doblado sobre sí mismo. Le ofreció a Graciela un cigarro de su cajetilla,
encendió tanto el de ella como el propio, haciendo un hueco con la mano para
mantener viva la flama con una dignidad nerviosa. El tabaco de esos cigarros no
estaba realmente a la altura de los que enrollaban nuestras madres, pero
Graciela inhaló el humo con avidez. Sacudió la ceniza y la miró hacer chispas
en el suelo. Roberts recobró la compostura en silencio.
Avanzaron despacio,
deteniéndose cada cierto tiempo para descansar. El cuerpo no estaba donde
Graciela lo había dejado, lo que la desconcertó, pero los hombres se tomaron su
tiempo. Durante uno de los descansos, Stern avistó unas aves, mientras Roberts
jadeaba a un lado, y apuntó al cielo con el dedo, nombrando cada una de ellas.
Ratonero de cola roja. Paloma bravía. Sastrecillo.
¿Le estabas
ayudando, Cora?
Roberts reemprendió
la marcha despacio. Eran como Laurel y Hardy, solo que más tristes.
—Eres nuestra chica
de oro —carraspeó Roberts más tarde, en la oficina, luego de la búsqueda
infructífera—. No es sorpresa que estés en camino a convertirte en una estrella
de las películas.
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A Stern el cabello
le caía sobre la cara mientras asentía rápidamente y tomaba nota en su libreta.
—Pero si no he
hecho nada —dijo Graciela.
—Trajiste el bolso,
¿no? —respondió Roberts, haciendo remolinos de ceniza en el cenicero de su
escritorio con la punta del lápiz—. Otras chicas habrían tomado el dinero y se
habrían ido sin siquiera mirar atrás.
Otras chicas,
claro. Graciela también lo había hecho el día que dejó la hacienda, y lo haría
otra vez. Sostuvo la mirada de Roberts hasta que este la apartó.
No mucho tiempo
después, la policía encontró el cuerpo, boca abajo, en el traje color menta,
del otro lado del terreno donde Graciela lo había visto. Nadie entendía por qué
o cómo había migrado el cadáver. El forense lo examinó en busca de moretones.
No los del impacto de la caída, sino otros más íntimos: rastros de dedos
alrededor de la carne suave del antebrazo o de la garganta, alguna herida
provocada por un objeto liso que alguien hubiera podido empuñar, cualquier cosa
que indicara una violación. No encontró nada además del golpe que le había roto
la espina, que se abría como un río hinchado.
Graciela conoció a
los padres de la chica en una conferencia de prensa. Frente a la estación de
policía habían colocado una tarima y sobre ella una mesa larga, ahí estaban
sentados juntos. Antes de que iniciara la conferencia y Graciela pudiera hablar
con ellos y decirles su nombre, alguien tomó una fotografía de los tres.
Estaban ambos padres detrás de ella, cada uno con una mano en uno de sus
hombros. Graciela les puso las manos en la espalda y sintió el fuego que
recorría sus cuerpos. Su cabello caía en cuerdas negras y fibrosas: acababa de
salir de trabajar de la cafetería y se había soltado la trenza y sacudido la
larga melena.
Luego de que la
historia llegara a los periódicos, que Graciela hubiera dado una entrevista en
la radio, se hiciera la conferencia de prensa y empezaran a llegar las
invitaciones a audicionar para papeles más grandes, las chicas de la cafetería
comenzaran a mirarla distinto. Entre turnos dejaban de trabajar y se detenían a
observarla. Graciela solo bajaba la cabeza y seguía fregando.
Entonces Morris
llamó para decirle que era una genio por esa estrategia publicitaria. ¿Sabía
acaso que su teléfono no dejaba de sonar? Mientras hablaba con él por teléfono,
abrió una botella de vino y se la
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bebió completa.
Morris parloteaba sobre visión, magnetismo, de que era más que solo un par de
piernas o una cara bonita. Entonces su cerebro se negó a seguir escuchando.
Estaba exhausta.
Afuera de la
ventana, las aves se movían por el cielo como un puñado de ceniza esparcida por
el viento. Motas negras, la suma de sus cuerpos era una sabia totalidad que se
extendía a una velocidad palpitante. El cielo adquirió un color sanguíneo y
luego se relajó hacia el violeta, y esa nube arrebatadora seguía llenando la
atmósfera con sus cambios de forma, su esparcirse como tabaco suelto que baila
en la palma de la mano para luego regresar a su forma: una flauta, un círculo,
un reloj de arena, un trapezoide, una estrella.
Un murmullo.
Murmuration. Graciela aprendería muchos años después la palabra para nombrar
tanto esa danza sin guía como su causa —escapar de los depredadores—, en la
Biblioteca Pública de San Francisco, en Barlett Street; pero aquella noche en
Hollywood, después de haber encontrado el cuerpo, esas aves oscuras —¿cientos
de ellas?, ¿miles?— se movían sin nombre y nos recordaban a las que se reunían
en la ceiba cada noche. Su forma tenía algo de hogar, de nuestra vida antes de
que Graciela se fuera a la capital y conociera al General, una forma que
habíamos visto durante los años en que era una niña, nada más que una niña.
Pronto le
ofrecieron un papel grande en una película que transcurría en la selva, como la
princesa de una tribu de guerreros, responsable de haber inventado una lengua
propia e indescifrable, justo como Dolores. Y Rosie, probablemente algo celosa,
dijo resoplando que ese papel era demasiado poco para ella, pero a Graciela no
le importó. Significaba el adiós a los papeles pequeños, a formarse a dar
patadas en una hilera de piernas idénticas, a las escenas del sultán y su
harén.
Los patrones de su
vida cambiaron otra vez a gran velocidad.
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Por supuesto que
Consuelo se casó con el aviador, y sí, también ella llegó a una vida distinta.
Era rico, poseedor de una herencia, pero por alguna razón se mudó con ella al
departamento verde de la Rue de Castellane, y no llevó ningún mueble propio.
Era malo para administrar el dinero, le dijo, y además no necesitaba muebles
porque estaba siempre viajando. Consuelo tenía la esperanza de que amueblara el
lugar, cuando menos con un sofá largo y acolchonado en el que pudiera tomar la
siesta por la tarde; sabía que tenía los recursos.
Para entonces
habían pasado casi cinco años de su primer encuentro, aquella vez en la que el
aviador casi los mata a los dos. Consuelo se repetía que amaba viajar, como una
manera de racionalizar su matrimonio. Lo susurraba para sí misma para apaciguar
el susto. No decía en voz alta que no amaba al aviador. Quizá esa, su nueva
vida, era suficiente.
Tampoco la había
presentado con la persona que ella más deseaba conocer de todo París, una
pintora inglesa llamada Helena. Helena hacía el tipo de arte que Consuelo había
buscado para sí desde que estaba en San Francisco: sus cuadros eran delicados y
desafiantes, con mujeres de rostro símico que revolvían el contenido de
calderos superpuestos sobre cartas del tarot pintadas en una geometría sagrada.
Inquietante humo verde, cristales, barcos, procesiones santas, tigres, aves y
caballos, caballos, caballos.
Como el idiota que
era, cuando por fin el aviador le presentó a Helena no le dijo que era pintora,
sino alguien que se había acostado con un amigo suyo, que era casado, pero
Consuelo conocía su trabajo, admiraba su pintura con tal ferocidad que
frecuentemente sentía ganas de comerse esos colores para probarlos. En últimas
fechas, sin embargo, parecía que Helena no lograba tener una exposición en
ninguna parte, con toda seguridad a causa del hombre casado.
A la distancia,
Helena daba la impresión de tener unos hombros anchos y musculosos, unas
costillas que apenas se estrechaban sobre unas caderas
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cuadradas, y casi
ningún rastro de pechos. Había pasado varios meses en un manicomio y los
rumores decían que estaba escribiendo una novela sobre esa experiencia. En su
tiempo libre, cabalgaba. En la versión real del mito de origen que Consuelo
sostenía, Helena había crecido en una familia rica y había huido a París para
escapar de su familia y convertirse en artista; una vez ahí, había estado a
punto de convertirse más bien en una musa, pero no era la clase de mujer, o de
artista, que pusiera atención a todos esos hombres viejos que se tomaban a sí
mismos demasiado en serio y, desde donde estaba sentada Consuelo, mirándola,
parecía que la libertad de Helena para desafiar y denigrar a esos hombres era
lo que la había salvado. O, al menos, lo que había preservado su arte.
De cerca era mucho
menos severa de lo que parecía a lo lejos, con sus rizos largos y oscuros y sus
pómulos esculpidos como un cuarzo. No tenía un rostro afilado, pero sí
estructurado, arquitectónico. Las mejillas se le coloreaban de rosa, un rubor
suave e inesperado. Helena era así: más joven de lo que su comportamiento
sugería, diminutos aretes de perla enmarcados en cristales que formaban una
flor en cada lóbulo.
Cuando se
conocieron, Helena, en un vestido de seda púrpura y con botas de hombre
enlodadas, estrechó la mano de Consuelo con indiferencia. Mostró la dentadura.
Consuelo hizo plática casual sobre el bullicio y Helena se veía cada vez más
aburrida, y luego salieron al patio a tomar aire. Consuelo siguió el vestido
púrpura por la estancia, estudiando la naturaleza feral de Helena, como
buscando su propio corazón salvaje en un espejo.
Consuelo creía que
una amistad con Helena curaría la soledad que sentía en aquel país. Quería que
Helena la estudiara de la misma forma en que ella estudiaba a Helena. Quería
vivir como una hiena o como un cisne de sus pinturas, quería que le dedicara una
historia, quería que se colaran en sus cuadros chistes que solo ellas dos
entendieran. Quería que Helena la mirara a los ojos y la reconociera como una
gran mente artística a su altura, y que le hiciera confidencias. Consuelo la
invitó a tomar el té, y Helena aceptó, pero esa reunión en el departamento de
Consuelo había transcurrido con un aire formal, con ambas refugiándose en las
tiesas cortesías que dos escuelas de señoritas en rincones opuestos del mundo
habían impuesto en sus torpes mentes adolescentes.
Al final, Consuelo
logró mencionar, luego de que Helena se levantara abruptamente para irse, que
le encantaba su trabajo, y que ella misma tenía
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interés en el arte,
y que amaría ser su aprendiz o lo que fuera. El rostro de Helena se inundó de
rojo.
—Ya casi no pinto
—respondió—; últimamente se ha convertido más en un pasatiempo, que he ido
dejando.
—Te vi en una
exposición colectiva el año pasado —dijo Consuelo, quizá con demasiada
insistencia.
—Me estoy tomando
un descanso. Solo necesito mejorar un poco — dijo Helena. Desde que el hombre
casado se había negado a dejar a su esposa, y desde que Helena había vuelto al
manicomio, se había convencido de que tenía que empezar de cero, estudiar el trabajo
de otros, tomar notas, dibujar al carbón.
—No tiene caso
desperdiciar lienzos, ¿no te parece?
Helena se cubrió
los rizos con el sombrero de copa de hombre y se dirigió a la puerta.
Consuelo asintió,
sin intenciones de retenerla y provocarle fatiga, aburrimiento o resentimiento.
Pero estaba devastada.
A Helena no parecía
interesarle la amistad, al menos no una amistad con Consuelo. ¿Pero por qué?
Consuelo siguió intentando, saludándola cuando se la encontraba en la calle,
segura de que, si podían trabajar juntas, las tomarían más en serio como
artistas en aquel círculo de hombres ruidosos. Pero Helena era impasible,
estaba perdida en el vórtice del hombre casado, quien le había dicho que su
trabajo era mediocre y que no debería pintar como una médium de cuarta.
Poco tiempo
después, el aviador llevó a Consuelo a una fiesta de cumpleaños que más bien
era una sesión espiritista. La cumpleañera, una bailarina de Nantes, sabía que
ahora que había cumplido treinta su carrera estaba prácticamente terminada, y
su único deseo era que el espíritu de Anna Pavlova la guiara hacia su próximo
acto.
Todas las mujeres
estaban vestidas de ropas hermosas: torsos largos y estrechos envueltos en
terciopelo color chocolate, perlas rosáceas y negros velos funerarios. Consuelo
llevaba su propio velo, pero le aterraba la idea de no ser vista, de
desaparecer, así que se había puesto también un vestido de terciopelo
escarlata. Todos estaban sentados en torno a una mesa larga, y junto a la
cumpleañera estaba un ruso con barba de chivo que se dedicaba a escribir
tratados políticos, en caso de que hubiera necesidad de traducir las palabras
del espíritu.
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Estaban a media
luz, las velas encendidas, todas las cartas sobre la mesa: la atmósfera estaba
lista, pero una entrada intempestiva la rompió: un invitado tardío. Un hombre
sucio, de ojos llorosos y pulgares amplios como las puntas de un pan rancio.
Los otros hombres presentes no estaban vestidos de forma tan extravagante como
las mujeres, pero todos se veían más limpios, más enteros que aquel, llevaban
sus camisas lisas y blancas y sus pantalones de lana, sus bigotes encerados, y
sus rostros, aunque macilentos a causa del vino y la nicotina, suaves como el
papel. Sus excentricidades parecían producto de una curaduría. Un poeta de un
solo ojo, por ejemplo, llevaba un lente de joyero incrustado en la cuenca como
un monóculo falso y telescópico. Entre aquellos hombres, el recién llegado daba
la impresión de un golden retriever: la madeja de su lengua, la suciedad de sus
patas demasiado grandes, encantador y disruptivo.
Consuelo descubrió
finalmente que la ropa que llevaba puesta aquel hombre —León— constituía el
único atuendo que poseía: pantalones de lona, que alguna vez habían sido
blancos y ahora estaban manchados de décadas de mugre y pintura, y una camisa
de lino áspero y gris, del tipo que usaban los pescadores italianos en
Marsella, igual de sucia que los pantalones. Sandalias de yute, aun siendo
invierno. Se había hecho la costumbre de llegar a las fiestas con rosas de
color rosa, como en este caso. Las sacaba de los floreros de las ancianas y se
las metía en el pecho de la camisa, pero de cerca olía como si se despertara
cada mañana flotando boca arriba en el Sena.
—«Trompe l’oeil»
—le murmuró el aviador al oído: un truco—. León pertenece a una de las familias
más viejas y más ricas de París —añadió—. Su abuela se pasó su juventud
comiendo caramelos en el Palacio de Versalles. Su esposa y él también tenían
una casa muy bonita en Niza, y otra en los Alpes italianos.
—¿Y qué pasó?
—preguntó Consuelo. —¿A qué te refieres? ¿A su matrimonio? —No… ¿Cómo perdió la
fortuna de su familia?
—¡Ay, por favor! No
seas tan ingenua —respondió él—. No ha perdido un centavo. En opinión de la
familia, simplemente no ha madurado todavía. Mira cómo come, si necesitas una
prueba. Tan salvajemente como le da la gana, pero de ningún modo con prisa.
Tienes que empezar a notar esos detalles si quieres entender a la gente,
Consuelo.
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León era artista.
Pintaba mujeres sin cabeza, con pechos perfectos y tristes vulvas azules. Era
rico, en realidad, y había crecido en casas más grandes incluso que la
hacienda, pero Consuelo no lo habría adivinado nunca a juzgar por la dureza de
su rostro, o por sus ideas políticas. Era un revolucionario aspiracional;
incluso había oído sobre la masacre que había tenido lugar en el país diminuto
de Consuelo —el único en todo París, le parecía—. León sintonizaba estaciones
de radio secretas, en su departamento tenía cajas llenas de panfletos que luego
repartía en las fiestas.
Entrecerrando los
ojos, Consuelo lo imaginó como una versión de Luis, pero incluso el fantasma de
Luis habría considerado a León un pendejo.
León estaba sentado
a la mesa, al otro lado de Consuelo, con los codos doblados sobre el mantel
arrugado, y la servilleta se le había caído al piso; comía despacio, poniendo
atención a cada bocado, las sienes pulsando a la luz tambaleante de las velas
con su masticar. No tenía nada de hambre esa noche, ni nunca.
Consuelo pensó que
León era único en su tipo, pero en realidad no era más que el primero que
conocía: París estaba infestado de su clase.
A partir de ese
día, siempre que Consuelo se encontraba a León en una fiesta o en una galería,
trataba de hablar con él. Algo en él la atraía, pero para él su presencia
resultaba aburrida, casi ofensiva. Consuelo le preguntó una noche si había
hecho algo para molestarlo. Él solo desvió la mirada y apagó su cigarro en la
copa de ginebra de ella. Luego de ese día, Consuelo aprendió la lección.
Nadie en París, al
parecer, quería oír que Consuelo había estudiado pintura en San Francisco, o
que había aprendido francés en su adolescencia. Querían saber de los mayas.
Sobre los templos, sobre el nawat, sobre los mangos y los criptogramas y los
jaguares. Consuelo se dio cuenta de que cuando les contaba sobre el lugar de su
familia en la sociedad, la casa de campo, la hacienda de la capital, el General
loco, les parecía interesante de inmediato, pero cuando les contaba que había
tenido un amorío con su maestro privado de arte, que se ponía ropa que su madre
desaprobaba, cuando les contaba de Las Rositas, se volvía igual de aburrida que
el resto de ellos. Si quería que ese montón de gente tomara en serio los
cuadros y las esculturas en las que trabajaba por las mañanas
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mientras el aviador
seguía dormido, tendría que distinguirse entre ellos. Necesitaba alterar su
enfoque. Necesitaba nuevos aires. Lo que querían saber de su pasado tenía que
ver más con el color, la forma y el gusto que con el pedigrí. Haría que se
enamoraran de ella pensando en sí misma un poco más como alguna vez se había
imaginado a Graciela. Les diría lo que querían escuchar.
—Querida —le decía
la gente en las fiestas (el fotógrafo y su esposa, una bailarina rusa, el poeta
que estaba desarrollando su propio idioma privado)—, cuéntanos de los volcanes,
de las frutas que crecen en los árboles.
Así que Consuelo
les contaba que la madre que la había parido era un volcán, y que las tercas
estrellas que permanecían en el cielo del amanecer eran sus hermanas. Les
contaba que amaba la jungla, que apenas le habían salido los pechos se había
cubierto toda de miel y había desaparecido tres días luego de correr hacia el
bosque con la esperanza de que los más bellos insectos la encontraran, la
cubrieran de iridiscencia, una imagen del cuerpo de la artista que luego se
colaría en las pinturas de Consuelo, pinturas que aún no terminaba, por
supuesto.
Les hablaba de las
mariposas gigantes que arrastraban sus patas larguiruchas sobre su cuerpo
cubierto de miel, de las luciérnagas, de los escarabajos dorados. Una vez,
estando muy borracha, les contó que había perdido su virginidad en la selva
mientras las serpientes observaban desde las viñas, y que cuando ambos se
vinieron al mismo tiempo el hombre se había convertido en jaguar. Se reía todo
el tiempo. Si le creían o no, era decisión de ellos.
La esposa de un
pintor que el aviador consideraba un chiste, pero a quien debía tratarse con
delicadeza, parpadeó despacio y resopló, mientras removía el vino en su copa
cuando Consuelo le contó del jaguar, pero su numerito no engañó a Consuelo:
estaba tan fascinada, atrapada y cautiva por la historia como el resto.
—Quiero hacerte un
retrato —le dijo una noche en una fiesta un importante fotógrafo surrealista,
el más importante de todos. Había oído las historias de Consuelo—. Me gustaría
ponerte bajo una luz plateada.
Claro que sí, pensó
Consuelo. Claro que sí, sí, sí, al fin. Miró a su alrededor, notó que Helena
estaba escuchando, aparentemente intrigada. Consuelo asintió, y luego, para
confirmarle al fotógrafo su naturaleza
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prometedoramente
mercuriana, contorsionó el gesto, haciendo su mayor esfuerzo para parecer una
loca.
No mucho tiempo
después Consuelo estaba posando para él, actuando para él en su estudio, usando
tocados africanos y fumando opio.
LOURDES: En París,
las máscaras africanas seguían estando de moda. Estos cheles… Es casi como si
no pudieran inventarse algo propio, ¿no? Este fotógrafo famoso era un genio de
nombre falso que se autodenominaba ciudadano del mundo en lugar de simplemente
admitir que venía de un pueblito a las afueras de Filadelfia.
LUCÍA: No era un
completo idiota; hacía esa cosa de la luz del sol y la primavera y los
tornillos y demás.
LOURDES: ¿Y? ¿Eso
qué? ¿Darse cuenta de la existencia del sol lo convertía en un genio?
CORA: Como sea. La
noche antes de que Consuelo fuera a posar para él por primera vez fue una noche
difícil. Verás, la madre del aviador la despreciaba. Consuelo había mentido
diciendo que su padre era capitán del ejército y que la familia entera eran católicos
devotos, y que alguna vez incluso había considerado hacer votos para
convertirse en monja; pensaba que esas mentiras, dichas con su encanto,
suavizarían las cosas con su suegra, pero no fue así. La vieja perra la había
odiado desde el momento en que Consuelo pronunció en voz alta el nombre de su
país. «Lo único que veo es una india; no me sorprende que siempre esté
histérica», decía.
MARÍA: Pero
exactamente eso mismo era lo que le gustaba tanto al fotógrafo, que era una
histérica.
LOURDES:
¡Histérica! La mayor parte del tiempo estaba demasiado deprimida para alzar la
voz, siquiera. ¡Ese tipo se habría cagado en los pantalones si hubiera
escuchado nuestro jelengue!
LUCÍA: Sí, así que
se apareció en el estudio del fotógrafo la mañana posterior a la cena de
cumpleaños del aviador en casa de su madre, en la que esta había dicho que su
matrimonio era una desgracia. ¿Qué fue lo que dijo la vieja puta?: «¡Es más
vergonzoso casarse con una extranjera que
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con una judía!». El
aviador, además, no había contestado ni hecho nada; solo se quedó ahí,
rellenando su copa de vino, mientras su madre llamaba zorra a su esposa. Luego,
la señora le dejó de hablar por completo y se dirigía únicamente a su hijo, ese
enorme bebé borracho.
«¿Por qué tuviste
que casarte con una aborigen?». Él sonreía ligeramente, como si creyera que
todo aquello era gracioso. Consuelo trató de recordar un solo momento en el que
no lo hubiera despreciado.
CORA: Se excusaba
para ir al baño de la casa de la vieja perra y se encerraba con seguro. Se
metía las manos a los chonis para sacar un puñado de sangre y la embarraba en
las paredes. Marcas de manos y manchas primero, y luego se tomaba su tiempo y
llenaba el bidé para dibujar con el agua pintada. Una hilera de cerdos, cada
uno más grande que el anterior.
MARÍA: A la mañana
siguiente, el fotógrafo surrealista le dio una canasta de paja que quería que
se pusiera como sombrero, y uno con fibras de coco que se voló con el aire, y
le dio también una máscara decorada con conchas de cauri, que le instruyó abrazar
como a un amante.
—Mira a los ojos de
esa cara, trata de escuchar la melodía que sale de sus cuencas como un río —le
dijo. «Eso no tiene ningún sentido» pensó Consuelo, resoplando para sí misma,
pero encendió un cigarrillo y observó la máscara.
Él le puso el
sombrero de fibra de coco en la cabeza y le pidió que se imaginara su propia
cara como una sábana blanca secándose al sol. Consuelo puso la expresión
impasible de Ninfa, y él le rogó girar la cabeza.
—¡Tengo que darme
un festín con el perfil de tu nariz aristocrática! — gritó. La vanidad de
Consuelo estaba satisfecha, a pesar de que odiaba su nariz. Se la entregó, y él
se puso a hacer desagradables ruidos como sorbos.
—Ahora eres Santa
Teresa y me transmites tu electricidad por medio de tu éxtasis. Será visible en
tus dos fosas nasales, y tus pestañas van a
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crecer, ¿está bien?
¿Me sigues o es demasiado? ¿Puedes provocarte un orgasmo? ¿Lo harías por mí?
—Puedo hacerlo sin
necesidad de tocarme —dijo Consuelo. Era mentira.
El genio se quedó
boquiabierto.
—¿Rezas?
Consuelo negó con
la cabeza e invocó un falso terremoto. Luego apagó el cigarro besando el
extremo encendido. Para él. Si lograba asustarlo un poco, quizá la considerara
lo suficientemente interesante para no abandonarla luego de esa sesión.
—Eres —dijo—… ¡Eres
todo lo que es maravilloso y desconcertante en este mundo!
Y esa frase ni
siquiera se le había ocurrido a él, sino a su amiguito.
Si la intención de
Consuelo hubiera sido solo la de acostarse con algún artista, podría haberlo
hecho con el fotógrafo, pero los riesgos eran muy altos: ese acuerdo precario
le estaba dando trabajo, y él parecía contentarse con verla perder el control a
través de su lente. Necesitaba la oportunidad de ser vista.
Sin embargo, apenas
los demás artistas se percataron de su existencia, de pronto a León ya no le
pareció buena idea solo hablarle, sino que necesitó cogérsela también. Era como
si su verga fuera el mayor cumplido artístico que podía ofrecerle.
La primera vez lo
único que tuvo que hacer fue seguir a Consuelo a su casa, caminando tres pasos
detrás en una noche que, sabía, ella había bebido demasiado y el aviador estaba
sobrevolando el Sahara. Ni siquiera era un gran pintor, pero su odio mudo y llano
hacía que le temblaran las piernas de debilidad. O eso se repetía a sí misma.
Cuando menos, su desdén la impulsaba a buscar una grieta en su odio, una
abertura que pudiera llenar de luz para hacerle cambiar su opinión de ella.
Consuelo era más
inteligente y mejor pintora que él, y estaba consciente de ello, pero León no
le preguntó jamás sobre su arte. Consuelo no estaba sola en esa clase
desequilibrada de deseo. Las mujeres de su círculo, Helena, todas, se cogían
artistas que se daban a sí mismos demasiada importancia, artistas menores que
dependían de la imaginación de sus mujeres como parásitos. Tenían que hacerlo,
si querían mantenerse relevantes. Cogerse a esos hombres, acariciar el ego de
sus vergas… Bueno, era como pagar una especie de impuesto.
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Esa primera mañana
en la cama con León, en el departamento que compartía con el aviador, Consuelo
le contó que ella también pintaba: ¿quería ver su obra?, le preguntó; ay, nena,
dijo él, y la atrajo hacia su pecho para acariciarle el cabello hasta que se
quedó dormido otra vez. Cuando ya llevaba un rato roncando, Consuelo desenredó
su cabello de entre esas manos grandes y secas, y fue a lavarse al baño. Eran
las nueve de la mañana; se vistió para una cena de jardín a la luz de la luna y
se maquilló los ojos. En la habitación, León seguía dormido. Consuelo giró la
llave en el picaporte y se arrastró por la escalera hacia la panadería, donde
—con un puñado de dinero de su esposo— compró repostería de un tamaño y la
exuberancia que León se fingía demasiado pobre para disfrutar, pero que sabía
que amaba. Cuando regresó, seguía sin despertar.
Consuelo se puso a
trabajar en la cocina y calentó agua para café. Tenía un plan. Cuando León
despertara, lo llamaría a la cocina. Se sentarían juntos a dejar que la luz
matutina les entibiara los pies sobre el parqué. Desayunarían, y le mostraría
sus pinturas. Quizá solo una de ellas, un lienzo pequeñito, de diez por diez
centímetros, en varios tonos de pintura metálica dorada. La nuca de su madre
—Perlita—. Las palmas de su madre —Socorrito—. Mi madre el volcán, mi hermana
en las estrellas. León arrugaría la nariz y le daría algunos comentarios, del
tipo que le daría a cualquier otro artista. Se tomaría su tiempo. Le diría,
despacio, con precisión, exactamente en qué se había equivocado, qué parte
odiaba más del cuadro y por qué.
Consuelo ansiaba
nutrirse de esas palabras. Incluso si era mejor pintora que él. Ser vista por
alguien más que al menos poseía el vocabulario, los estratos del gusto, para
dirigirse a ella como una igual. Y quizá un día él mejoraría y ella incluso
respetaría su trabajo, y lo que había comenzado como una cogida evolucionaría
hacia el amor, la compañía en el arte, una alianza secreta. En las fiestas, la
gente murmuraría sobre ellos, pero León sería tanto la musa de Consuelo como
ella la de él.
Sabía que se estaba
dejando llevar (la sensación de volar llevada por globos desde el parqué de la
cocina). El motor salvaje de su corazón zumbaba con todos esos colibríes
dentro. Cuando sintió la silueta de León en el umbral de la cocina, fingió no
darse cuenta y se dio la vuelta despacio para recibirlo con una sonrisa
tranquila. En el rostro de él no había expresión alguna.
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—¿Dónde demonios
está mi abrigo? —dijo, a ella, a sí mismo, Consuelo no estaba segura. La noche
anterior había tirado su abrigo sucio al piso de camino a la recámara. Por la
mañana, ella lo había recogido, lo había sacudido en la ventana y lo había
colgado. Fue por él para dárselo.
—Estoy desayunando
algo —dijo Consuelo—. ¿Quieres unirte? Levantó la garrafa de café y sirvió una
taza.
León giró la cabeza
hacia el lado izquierdo en una lenta negación a medias, como si girarla hacia
la derecha y luego de regreso hubiera sido demasiada molestia.
—Tengo trabajo que
hacer —dijo León, dirigiéndose a la puerta. Consuelo bajó la taza de café, se
secó las manos en una toalla, y atravesó la cocina para seguirlo y darle un
beso de despedida, pero ya se había ido.
En otro momento de
su vida, Consuelo habría tomado la decisión, mucho más satisfactoria, de
arrojarle el plato de croissant, pero ese día se quedó sentada en el balcón por
el resto de la mañana. Se comió seis panes, fumó un cigarro tras otro, y la
boquilla dorada se calentaba y le quemaba las yemas de los dedos. Extrañando el
fuego que alguna vez había ardido en su interior, Consuelo saboreó la
quemadura.
Sabía que el
aviador se había acostado con otras mujeres después de que se había casado con
ella. A algunas se las habían presentado en fiestas. Quería preguntarles por
qué, entender qué era lo que veían en él, para intentar verlo ella también. El
aviador pasaba semanas sin regresar a casa.
Había razones por
las cuales Consuelo no lo había dejado todavía, pero no tenían nada que ver con
el dinero. Para empezar, cuando lo acompañaba en la cabina le gustaba verlo
despegar. Estaba sosegado y orante, incluso cuando estaba borracho, y nunca más
había intentado hacer otra locura de mierda. Ahora con trabajos lograba
levantarlo, así que el recuerdo de él casi haciendo chocar el avión a cambio de
un beso en aquel primer vuelo juntos era un sueño vago y disonante. ¿Y qué más?
Una vez le había jurado que sus dibujos descuidados, que tampoco le producían
ninguna admiración particular, eran solo para ella, que no podrían existir si
no fuera por ella. Ella era su rosa, le decía. Esa parte, la de ser una rosa,
le gustaba.
Una noche, Consuelo
abrió la llave del baño y dejó que el agua se desbordara de la tina. El aviador
seguía en algún otro lugar, volando sobre
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el desierto.
Consuelo se sumergió en el agua y pensó en el Lago Coatepeque, donde habían
encontrado el cuerpo de Luis.
Una vez, Socorrito
y las otras mujeres la habían llevado a ese lago. Tenía tres años entonces
—ninguna de nosotras había nacido aún— y las mujeres la habían acurrucado, le
habían dado mango ácido con alguashte, e hicieron bailar sus pies en el agua
fría del cráter. Esa tarde Consuelo se quedó dormida en los brazos de su madre,
junto al agua, y se despertó ya de noche, cuando iban saltando todas en la
parte de atrás de un camión de regreso al volcán.
Eso era lo que
recordaba, pero el recuerdo se le había deshilachado. Es posible que lo hubiera
bordado con el tiempo. Quizá solo habían sido Consuelo y su madre. Quizá no
había habido mango con alguashte, ni siesta bajo el sol, ni camión de regreso.
Consuelo tenía una
postal del Lago Coatepeque que se había metido al bolsillo en una de esas
tiendas para turistas en la plaza, cuando era adolescente. Apenas vio la postal
ese día supo que tendría que usarla para mantener unidos los hilos del vago
recuerdo de su madre. Porque, si el lago existía, ella también. Su madre
existía, y la había adorado junto a ese lago. Aquella vez había echado un
vistazo a Maite, que estaba hojeando revistas cerca de la caja registradora.
Maite le habría prestado unos centavos para pagar por la postal, pero su
necesidad era inmediata y secreta; se metió la tarjeta en el abultado bolsillo
de terciopelo. No quería hablar con nadie en el mundo de por qué necesitaba
tenerla.
Ahora la tenía en
un marco que colgaba de la pared del departamento, donde alguna vez había
estado la máscara mortuoria de Luis. Siempre que entraba o salía del cuarto
esmeralda, agachaba la cabeza para besar el cráter de agua gris.
A la tarde
siguiente, Consuelo decidió que definitivamente tenía que salir del
departamento, así que fue al cine. A veces sentía que se estaba volviendo loca,
tan sola estaba, así que no le sorprendió ver el rostro de su hermana muerta,
enorme en la pantalla. Quizá al fin su mente se había perdido.
Ahí estaban, altos
como una casa, en close-up, los ojos negros de Graciela, su cabello pesado y
oscuro, la nariz ancha que compartían. Graciela se hizo más pequeña cuando
metió su cabello bajo un gorro de baño y se encaminó a la orilla de una
alberca, en una larga hilera de otras mujeres. Una por una, se lanzaron al agua
de cabeza. Graciela lo hizo
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también, con ambos
brazos encima de la cabeza y una sonrisa brillante e impermeable mientras su
rostro cortaba la superficie. Nada más que el murmullo de una onda quedó sobre
el agua.
¿Dónde había
aprendido a hacer eso? ¿Era todo un sueño, o su hermana estaba viva de alguna
forma?
Consuelo había
encontrado el cuerpo de Graciela. Había visto el rostro inmóvil de su hermana,
sin sonrisa, manchado de sangre. Consuelo se había culpado a sí misma, por
supuesto. ¿Por qué, cuando aún había tiempo de esconderse, no la había buscado
antes de echarse a correr, como una cobarde, hacia el sótano? Entrecerró los
ojos en dirección al túnel de luz de la pantalla. En las películas todo era un
truco. «Trompe l’oeil».
LA PRINCESA: GRACE
LUX. Consuelo se escribió con labial en el brazo el nombre, y el nombre del
estudio, mientras corrían los créditos. Se hundió en el asiento y esperó a la
siguiente función, solo para asegurarse. Se quedó ahí hasta que oscureció.
Cada cuadro la
hacía creer que Graciela estaba buscándola. Mientras veía su boca moverse al
ritmo del diálogo doblado al francés, Consuelo se repetía que los enormes ojos
negros de Graciela se movían entre los asientos del cine, como linternas, en
busca de ella. Se juró que aquel guiño lento, de pestañas aleteantes, era para
ella, así que le guiñó un ojo ella también.
Consuelo solía ver
a su hermanita estudiar sus movimientos en el espejo del tocador. Cuando
Graciela afirmaba que no podía levantar una ceja sin levantar la otra, Consuelo
presionó sus pulgares sobre las cejas rectas de india de su hermana y le mostró
cuáles eran los músculos que debía aislar. Practicaron juntas. La forma en la
que se echaba al hombro el abrigo al final de la película… Ese movimiento
también era de Consuelo.
Volvió a casa y le
escribió una carta a Graciela. Se imaginó que había una gran posibilidad de que
no le llegara nunca, de que se perdiera en el mar. Mi hermanita preciosa, mi
estrella, hija de Socorrito… Consuelo le contó todo, como si todavía compartieran
cuarto en la hacienda. Le contó de las pinturas que no lograba terminar, del
aviador, de la soledad, de los Baños Sutro, de los Domínguez, de París.
Escribió sobre su deseo de amistad, de que la tomaran en serio, de León y de
Helena y del fotógrafo, y de todas las reglas estúpidas de su círculo social,
tan diferente de las Rositas. Anhelaba esa comodidad, toda esa camaradería, la
libertad de terminar una obra y compartirla en la confianza mutua de que a fin
de
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cuentas mejorarían.
Al menos así lo recordaba ella, en cualquier caso. Entonces eran bebés.
Concluyó la carta con la siguiente acusación sin fundamento:
«¿Crees que soy
patética? ¿Falta de imaginación? ¿Solitaria? ¿Nunca has querido sentirte libre
de preocupaciones, comprendida y jodida, todo al mismo tiempo? ¿Nunca te ha
dado la suficiente curiosidad para voltear tu existencia de cabeza, para
examinar esa otra vida como el negativo de una fotografía?».
En nuestra humilde
opinión, todo esto son demasiadas cosas para decírselas a una hermana menor que
se suponía que estaba muerta.
La carta tenía
veinte páginas, y Consuelo la envió al estudio de Grace Lux en Hollywood,
rezando porque Graciela realmente estuviera viva, que aquello no fuera el
resultado de haber perdido la jodida cordura, y porque de alguna forma la carta
le llegara a su hermana.
Carajo, ¿puedes
creerlo? Le llegó.
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31
Escribirle a
Consuelo, incluso si lo hacía meses antes de recibir una respuesta, incluso si
Consuelo le respondía con un acertijo o con el dibujo de una concha y nada más,
se sentía como el mayor gesto de cuidado que Graciela podía ofrecerse a sí
misma, como cepillar y deshacer los nudos de su mente. Las cartas que recibía
de Consuelo medían el tiempo de una forma que ella se sentía incapaz de hacer
en su vida en Hollywood. Y Consuelo era una maldita comediante. Era salvaje de
una forma que a Graciela le parecía irreal, bizarra. ¿Se había casado con un
púchica aviador? ¿Estaba fingiendo tener esa vida? ¿Estaba escribiendo un
libro? Consuelo, sin embargo, seguía siendo Consuelo, incluso a pesar de las
historias fantásticas que contaba sobre hombres que se creían extremadamente
importantes; le describía sus pinturas secretas, y le confiaba su soledad. Era
el único ser vivo en la faz de la Tierra que conocía tanto a la Graciela del
volcán como a la Graciela que había vivido en la capital.
«Cariña cielita,
¿te acuerdas de la noche en que oímos a alguien caminar en los pasillos de la
hacienda y estábamos seguras de que era un fantasma, pero no era más que el
velador de Perlita en su primer día de trabajo luego de que ella se pusiera
paranoica y creyera que la espiaban?».
Las cartas de
Graciela solían ser un registro de sus propios fracasos, pero siempre también
un recordatorio de que existía, a pesar de todas las razones por las que no
debería.
Graciela se ponía
el reloj de Consuelo todos los días, y las diminutas manecillas doradas seguían
moviéndose, a pesar de los huecos en su memoria después de una noche bebiendo,
a pesar de esas largas mañanas en las que se despertaba en medio de la arena y
la sal, a pesar del vapor de la cafetería del estudio. Antes de cada turno,
Graciela se metía el reloj en el bolsillo del mandil, y cuando lo sacaba
después de su turno la carátula estaba empañada.
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No mucho después,
sin embargo, Graciela pudo al fin renunciar a ese trabajo. Comenzó a trabajar
en producciones paralelas, haciendo películas en español por las noches, y para
entonces las manecillas doradas del reloj de Consuelo habían dejado de importar.
LOURDES: El tiempo
en la producción paralela lo gobernaban fuerzas diferentes, que le decían
cuándo comer y cuándo irse a la cama, estuviera o no bajo las luces del
estudio, estuviera en un número de baile, fuera la estrella de la escena, una
diosa de dos metros de altura, o se quedara sentada fuera de cuadro afilándose
las uñas en punta.
En el estudio,
Rosie aseguraba no hablar una sola palabra en nuestra lengua, la lengua que
Graciela hablaba en la producción paralela, así que a veces, a mitad de la
noche, Graciela la interpretaba a ella. Rosie de chal de olanes negros, Rosie
con un peine en el cabello, Rosie con un crucifijo entre los pechos.
Fue en la
producción paralela que Graciela hizo un amigo, Scooter, uno de los pocos
actores que hablaba tanto inglés como nuestro idioma. Scooter, de ojos tristes,
fingió no reconocerla durante las primeras veces que trabajaron juntos, pero
Graciela no se tomaba esas cosas de modo personal. Se ganaba la vida
arrojándose de las escaleras, y Graciela nunca había visto su rostro elástico
esbozar una sonrisa real. Era un tipo triste, aunque esa tristeza no tenía nada
que ver con ella, pero hablaba un tipo perfecto de terrible español: todas las
palabras en el orden correcto, pero deformes, llenas de huecos, y al fin
comenzó a hablarle cuando comprendió que la belleza de Graciela no la volvía
hostil. Ella insistió en que hablaran en el idioma de él.
Scooter había
crecido en la carretera, porque sus padres lo llevaban de un espectáculo a
otro. En su opinión, eran padres amorosos. Su padre le trenzaba el cabello a su
madre por las noches. Su madre cantaba canciones sobre los moretones en los
nudillos de su padre, moretones que parecían hincharse, oscurecerse y abrirse,
pero nunca desaparecer. Los tres dormían en las bancas del parque con los
miembros
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flexionados y
apilados unos sobre otros. Temprano por las mañanas, su padre se paraba en el
camino y calculaba cuánto podrían ganar si iban en tal o cual dirección, cuánta
gente acudiría a verlos arrojarse contra los ladrillos o golpearse hasta perder
la razón.
Scooter hizo una
demostración. Tiró de una silla de la mesa a la que estaba sentado con Graciela
y escaló los peldaños que se formaban en el respaldo. Una vez arriba, sonrió y
levantó un tobillo de una patada. La silla no se movió. Abrió los brazos ampliamente.
Graciela vio cómo, a sus espaldas, las otras chicas lo miraban, poniendo los
ojos en blanco, sin nada que las impresionara. Scooter levantó la pierna detrás
como un bailarín de ballet y luego la llevó adelante con rapidez, para derribar
la silla. Antes de que esta se estrellara contra el piso de la cafetería,
Scooter se detuvo en el aire, se enderezó y puso las piernas a los lados, como
si estuviera montando una bicicleta. Era la segunda vez que le había mostrado
ese truco a Graciela, pero ella le dejó hacer. Cuando aterrizó sin hacer ruido
y flexionó el cuerpo en una reverencia de agradecimiento, Graciela aplaudió.
Las chicas de la cocina sonrieron burlonamente hacia ambos, y lo mismo hicimos
nosotras. Graciela era demasiado linda con esos idiotas.
—Es un tipo
especial de amor —dijo Scooter— aventar a tu hijo por una escalera.
A la costura del
cuello de cada una de las camisas que tenía de niño, su madre le había cosido
con alambre para pescar una agarradera de maleta. Su padre lo tomaba de ahí,
sin que nadie advirtiera el mecanismo, lo alzaba tres metros en el aire y lo
arrojaba.
—Otros niños no
tienen una relación tan cercana con sus padres como la mía. Cada noche, en la
carretera, mi padre se quitaba el abrigo y me envolvía en él, y luego me
abrazaba y se quedaba así conmigo hasta que amanecía, cuando nos dirigíamos a
otro lugar para hacer el espectáculo.
Sobre sus cabezas
zumbaban las luces fluorescentes. Tres de la mañana. Scooter se comió un
sándwich de jamón. Frente a Graciela había una taza de café que sabía a barro.
Todos esos años en los campos, en las
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espaldas de
nuestras madres, todas esas mañanas tardías en el Palacio Nacional, de beberse
los cafecitos que Lidia le llevaba mientras leía en la biblioteca, y ahora
Graciela no era capaz de recordar a qué se suponía que debía saber el café, no
tenía más que esa sustancia tibia frente a ella. Vertió leche en polvo en la
taza hasta que el remolino hizo ver el líquido de color gris.
Al inicio de su
amistad, Graciela tenía la impresión de que Scooter le hablaba solo porque
estaba enamorado de Rosie, igual que todos los hombres, pero Scooter era lo que
Rosie llamaba «una trucha».
—Hay dos tipos —le
dijo una vez, en la parte de atrás de su auto, de camino a una fiesta—. Truchas
y bufones. Los bufones son tontos y no son particularmente dulces, pero les
gusta presumir enfrente de ti; ya sabes, hombros grandes, pechos peludos, voces
ruidosas.
Las truchas eran
los hombres como Scooter, que las saludó en esa misma fiesta: de cara flaca,
ojos muy grandes que parecían observar demasiado, y una ternura evidente.
Débiles y complacientes. Si era amigo de Graciela era porque era una trucha, y
por esa misma razón Rosie jamás se acostaría con él, jamás inflaría sus
labiecitos en dirección a donde él estuviera, siquiera. Scooter parecía darse
cuenta de que Rosie nunca lo querría, pero a pesar de ello insistía en buscar
la compañía de Graciela.
En la fiesta a la
que Rosie y Graciela asistieron un par de noches después, los bufones no
dejaban de tirarse al piso, uno tras otro, para hacer lagartijas. Uno se quitó
el moño y la camisa blanca, y mantuvo los brazos rectos contra el suelo, su
cuerpo una línea larga y temblorosa. Alguien equilibró una copa de vino en su
espalda, justo encima del cinturón de cuero. Unos minutos después alguien puso
otra copa junto a la primera. Graciela salió de la estancia en busca del baño
y, cuando volvió, el círculo en torno al hombre se había endurecido, se había
expandido y estaba en silencio. Ahora había cuatro copas de vino sobre su
espina dorsal. Graciela se puso de puntitas para ver el líquido ondular con el
mar de su respiración. Alguien dio un paso al frente y colocó una botella entre
sus omóplatos. La camiseta a la altura de sus costillas se había vuelto
transparente de sudor, y justo arriba de donde descansaba la botella, un
músculo se tensó como un engrane. El hombre gruñó con los dientes apretados. El
sudor le rodaba del nacimiento del cabello a los ojos y lo hacía parpadear
rabiosamente.
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—¡Consigan una
canasta de pícnic y tal vez una sombrilla! —gritó alguien desde la cocina.
Rosie lanzó una risita, Graciela se giró un momento para parpadear, el hielo
tintineó en el vaso de alguien, y el hombre quedó tendido y ensangrentado en el
centro de la estancia, el vino encharcándose bajo sus brazos vencidos y trozos
de cristal en el cabello. Se levantó, sonriendo, el cristal cayendo de su
cuerpo, con su delgado bigote y la fila superior de sus dientes cubiertas de un
rojo profundo y resbaloso.
Más tarde, de
vuelta en su bungaló, el tipo le contó a Rosie que no se había cortado la boca
con el cristal luego de colapsar finalmente bajo su propio peso; se había
estado mordiendo la lengua para mantener la postura. Scooter se quedó también
esa noche en el bungaló, pero solo porque tanta champaña le había caído mal.
Tomó prestado uno de los cepillos de dientes de Rosie y luego acomodó su largo
cuerpo en la orilla del sofá. Graciela durmió en el porche, perpleja, algo
molesta de que Scooter no hubiera intentado nada con ella.
La tarde siguiente,
todavía en el porche, asoleándose en un vestido de fiesta de Rosie, Graciela le
escribió a Consuelo, como hacía siempre que se sentía completamente sola.
Querida Consuelo:
Ayer bebí demasiado
y sigo borracha. Es mediodía y me desperté en el porche. ¿Te ha pasado? Me
están temblando las manos. Reza porque mi cerebro no se escabeche como curtido
y se vuelva incapaz de hacer nada útil con esta mente y este cuerpo.
Más tarde, a mitad
de la noche, Graciela volvió a interpretar una versión de Rosie, una chica en
un tren, con una madre sobreprotectora, de camino a la fama y la fortuna.
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Graciela consiguió
un papel protagónico en su siguiente película: una mujer enamorada, una mujer
que nada desnuda en un cráter, una mujer que termina arrojada a un volcán, como
sacrificio. Esta es la gloria de tu carrera, dijo Rosie, y sin embargo Graciela
se sentía medio muerta cada día al salir del estudio. El reloj de su cuerpo
estaba descompuesto y no podía convencérsele de dormir bien. Quizá dormitaba a
ratos en el tranvía, y a veces se escondía durante las horas de más calor, y
entonces dormía un poco también. Por lo general, ya entrada la tarde el zumbido
en su cabeza se había evaporado y se había convertido en un alivio vacilante, y
Graciela volvía al mundo y al trabajo. Comía menos y guardaba el dinero que
ganaba.
Estaba segura de
que alguien, una bestia de muchos cuerpos, de muchos ojos, la seguía. Un hombre
que iba caminando por la banqueta contraria a las tres de la mañana, girando y
mirando cada una de las farolas del alumbrado público, para luego ir a meterse
en una licorería, salía cuando ella llegaba a la esquina, y cruzaba el espacio
vacío hacia su lado de la calle. Aunque el hombre se veía distinto cada noche,
su amenaza, sus ojos destellantes de perro, eran siempre los mismos. Más de una
vez, Graciela había echado a correr hacia su departamento. Podía jurar que el
hombre iba detrás de ella, gritándole, llamándola por su viejo nombre; a veces
iba en un auto oscuro y se detenía en una esquina brumosa; a veces cruzaba su
mirada con la de Graciela en el tranvía y se abría paso entre la multitud para
acercarse; cuando el vagón iba vacío, se sentaba junto a ella, sonriendo.
Graciela se hizo el hábito de bajarse del tranvía antes o después de su parada,
para evitar que pudieran seguir su rastro.
Cuando al fin
llegaba a casa, se cambiaba de ropa y se quedaba despierta unas horas recostada
en la cama sin destender. Era entonces cuando nos aparecíamos ante ella, bajo
la luz grisácea, juntas en torno a la cama sin sueño, y la seguíamos de una
habitación a otra. A veces la gringa que se había arrojado desde la letra H
estaba con nosotras también, con el
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rostro ya limpio,
crudo y rojo; su resplandor, suave y sanguíneo, la esencia contraria, opuesta a
la piel papirácea de sus padres. Una alucinación nacida de la demencia del
insomnio, o de la culpa, una pesadilla arrastrada hacia la luz del día, o
simplemente fantasmas. ¿No nos crees? Buscar palabras para lo inexplicable nos
resulta cada vez más irritante, así que créenos o no, como prefieras.
Aun así, Graciela
se tomaba el tiempo para leer las noticias de su país en la biblioteca, y cada
vez menos requería del diccionario para traducirlas. Encontraba párrafos
pequeñitos sobre nuestros terremotos y los pobladores aplastados mientras
dormían. A veces se topaba con el nombre del Gran Pendejo, y se quedaba mirando
las palabras impresas en el papel hasta que le causaban un dolor físico.
Cada cierta
cantidad de meses, Graciela se preguntaba si el General había visto alguna de
sus películas. Se decía que, si hubieran querido encontrarla, hacía años que
habrían podido seguir su rastro. Tenía un nuevo nombre, claro, pero nadie creía
realmente que Grace Lux fuera su nombre de pila.
—¿Me veo lo
suficientemente Grace Lux con esto? —Solía preguntarle a Rosie, mientras se
probaba una de sus pelucas rubias—. ¿Soy La Güerita del Norte?
—¿De verdad crees
que alguna de nosotras usa su verdadero nombre?
—le respondía
Rosie—. ¿A quién le importa?
A pesar de su
hiperactividad, Graciela solía despertarse con ganas de caminar por horas,
hasta extenuarse. Caminaba por los cerros, y buscaba una ruta hacia la playa.
Fue ahí donde una
tarde se descubrió hablando con un desconocido, un hombre guapo que de
inmediato la llenó de lástima. Estaba bebiendo vino tinto de una botella y le
contó que lo había perdido todo. Eructó y sonrió sin gracia. Buscó su mano y se
la estrechó. No me queda nada, le dijo. Algo hizo que Graciela sintiera que
debía darle a aquel hombre lo que quisiera, y quizá porque ella misma se sentía
miserable y exhausta, porque estaba borracha, por miedo a que fuera el demonio
de los muchos ojos que la había estado siguiendo y por el delirio de que
aquella sería la única forma de deshacerse de él, se lo cogió con la terquedad
ciega de una sonámbula. Vino la marea y Graciela lo dejó ahí, dormido en la
playa.
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Caminó por entre
las rocas y los matorrales hasta llegar a la carretera; ya era hora de
dirigirse al estudio.
Cuando llegó,
Scooter estaba afuera, fumando bajo la farola. Al verla, se movió para
bloquearle el paso. Graciela le dio unos golpecitos con los nudillos en la
cabeza y dijo:
—Ábrete, Sésamo.
Scooter frunció el
ceño y Graciela se preguntó por un momento si la última vez que habían bebido
juntos ella había dicho algo que pudiera lastimarlo. No lograba recordar.
—Hubo una redada en
la cafetería por la tarde.
Graciela negó con
la cabeza.
—Unos hombres
uniformados con garrotes en el cinturón se llevaron a cuatro chicas de la
cocina y las metieron en una camioneta.
—¿Qué? ¿Por qué?
—Porque son como
tú, mexicanas sin papeles.
—Yo no soy
mexicana.
—Da igual. Mírate
en un espejo. ¿Tienes papeles?
Graciela nunca le
había contado a Scooter cómo había llegado a Hollywood. Tampoco se lo había
contado a Rosie. Por supuesto que no tenía papeles, pero la idea de que Scooter
pudiera detectar en su cara la desesperación le asustaba.
—¿Qué va a ocurrir
con esas chicas? —le preguntó.
—Las van a tener en
la cárcel hasta que decidan en qué autobús las van a regresar a su país.
Scooter dejó caer
el cigarro sobre la banqueta, y Graciela vio bailar las chispas. Las chicas de
la cafetería eran jóvenes, adolescentes algunas de ellas, y otras tantas eran
madres de bebecitos que a veces se amarraban a las espaldas durante el trabajo.
—¿Y qué hay de sus
familias?
—Ahora están
tratando de deshacerse de tantos de ustedes como sea posible, ¿sabes? Debes
tener cuidado.
Ninguna de las
chicas de la cafetería había conseguido llamar tanto la atención como Graciela,
como si tener su cara desplegada en las marquesinas fuera la única forma de
ganarse la vida.
Graciela empujó a
Scooter para entrar, molesta por razones que en ese momento no comprendía, y
fue a trabajar. Esa noche filmaron una escena en las montañas. Aves del
paraíso, amontonadas y acomodadas para
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semejar una
parvada. Su personaje estaba comprometido con el líder de una tribu enemiga, su
matrimonio era una ofrenda de paz para ambos pueblos. El único problema era que
no lo amaba.
Graciela atravesó
la luz gris hacia una de esas tiendas de todo a cinco o diez centavos, que
estaba abierta toda la noche, se compró un sándwich de pollo y se sentó en el
mostrador a comérselo, mirando a través de su reflejo en el cristal. Dentro
había botellitas de licor, aspirinas y cuchillos, armas de defensa propia y
también instrumentos para cocinar. Apuntó los labios en dirección al estuche
con el cuchillo.
El tipo adormilado
de la caja registradora le hizo una mueca mientras abría la puerta del
mostrador. El cuchillo que quería estaba sobre una almohadilla de terciopelo
azul falso; tenía un filo de unos quince centímetros y un mango curvado e
incrustado de concha iridiscente. El viejo lo deslizó hacia ella. Dio unos
golpecitos en el mango y dijo:
—Abulón —le
explicó.
Le mostró el
mecanismo retráctil y dijo:
—Por seguridad.
Tenía un botón, con
textura, que podía presionar discretamente para liberar el filo y apuñalar a
cualquiera en el corazón.
Graciela tragó los
restos del sándwich y compró el cuchillo. Durante el camino a pie de regreso a
casa mantuvo la mano en el bolso, con los dedos envolviendo el mango de abulón.
LUCÍA: No mucho
tiempo después, un hombre uniformado fue a tocar a su puerta. La güera Rosie
abrió. Iba buscando a Graciela de los Ángeles, un nombre que con el que nadie
la llamaba, así que Rosie sospechó, y aunque Graciela estaba en casa, dormida
en su cama luego de trabajar toda la noche, Rosie dijo, tan santurrona como
pudo:
—En esta dirección
no vive nadie con ese nombre.
El hombre estaba
bastante seguro de que algo no andaba bien, pero en cualquier caso, ¿por qué
estaría esa rubia estrella de las películas escondiendo a una mojada?, así que
se fue.
LOURDES: ¡Pero no
se fue realmente!
MARÍA: Así es. Se
sentó en su auto con unos binoculares. Esperó, y lo miramos observar la puerta
a la espera de
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Graciela. Rosie
cerró las persianas y le echó llave a la puerta. Cuando Graciela se despertó,
Rosie le contó de aquel hombre, de su uniforme, del auto en el que había
llegado. Le dijo que debía tener cuidado, y nos dimos cuenta de que Graciela
tenía miedo, aunque lo único que hizo fue poner los ojos en blanco. Para
entonces, el auto se había ido. Graciela metió su cuchillo en el bolso y se fue
a trabajar.
LOURDES: Pero el
hombre estaba en el estudio. Era el mismo pendejo uniformado de años atrás,
cuando Graciela había encontrado el cuerpo de la chica. El joven, ¿te
acuerdas?, el tipo amable al que le gustaban las aves y se la pasaba hablando
de cualquier cosa. El otro, el viejito, ya estaba muerto. Pero un policía es un
policía es un policía es un policía, ¿no?
Entró directamente
al set con el arma al aire y gritó:
—¡Todos los
mexicanos contra la pared!
Graciela ya estaba
en vestuario: plumas en el cabello, pintura café en la cara, collares hechos de
conchas, porque estaba por casarse con un gringo. Reconoció al policía, lo miró
y luego rápidamente apartó la mirada. —¡Corte! —gritó el director.
El actor gringo
puso los ojos en blanco y preguntó:
—¿Cuánto tiempo va
a tardar esto, carajo?
Un indio dejó caer
el biombo que estaba sosteniendo. A su alrededor había montañas, palmeras,
monos trepados en árboles, un río, todo falso. Un enorme volcán falso en el
centro. El indio trató de correr y se tropezó con una cuerda. El policía lo
atrapó de la espalda de la camisa y lo golpeó con su macana. El sonido me dio
náuseas, tantas como puede tener un fantasma.
—¡No me jodas!
—gritó el policía, registrando con la mirada el set, con el arma al aire—. Tú,
y tú, y tú —dijo apuntando a un hombre que iba cargando unas bolsas de arena, a
otro que tenía un rollo de película en las manos, y a un tercero que llevaba
una escoba—. Y tú —dijo por último, señalando a Graciela. La miró de pies a
cabeza con los ojos perdidos de cualquier pendejo de cualquier parte del mundo
que ve un
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par de tetas
pegadas a un cuerpo. Como si no hubiera visto a Graciela nunca en su vida.
Los hombres se
formaron contra la pared, junto al hombre golpeado, que estaba tendido en el
piso. Graciela no se movió. El policía le apuntó con el arma. Ella caminó hacia
él con la mano en la cadera, como una sirena, como la pechita tonta de
Consuelo.
Graciela sacó algo
de la cintura de su falda y se mordió el labio. Usó ambas manos para sostener
lo que parecía el tipo de cuchillos que usan los fufurufos para comer filetes
de carne. Apuntó al plexo solar del policía y atacó.
Cuando el hombre
cayó al piso, Graciela corrió hacia el volcán. Los hombres se esparcieron hacia
las puertas traseras. Uno de ellos tomó de las axilas al indio golpeado y se lo
llevó echado sobre el hombro. El director estaba gritando, llamando demente a
Graciela, que estaba en las faldas del volcán subiendo la escalera que llevaba
a su cratercito. Dio un salto dentro y el set se hizo pedazos: el papel maché,
la lava falsa, las enormes rocas de espuma pintada.
—¡Maldita perra,
maldita perra ilegal! —gritaba el director. El polvo y los escombros y la
pintura y las plumas llovían sobre Graciela, que se quedó sentada como una
muñeca de ojos de cristal en el fondo del volcán destruido.
Entonces aquel otro
gringo de ojos tristes corrió hacia ella.
Su amigo, el
Scooter. Sí, Scooter, qué nombre más ridículo.
La tomó de un brazo
y la llevó afuera.
CORA: Pero el
hombre que Graciela había apuñalado no estaba muerto. No lo apuñaló tan bien,
sino apenas lo suficiente para cortarle los nudillos y rasguñarle la carne de
la palma de la mano izquierda.
MARÍA: Y entonces
el tipo se había puesto a gritar a todo pulmón, buscando ayuda por todo el set,
sangrando, salpicando de sangre el volcán falso y las aves disecadas… ¿Cómo se
llaman, Cora? ¿Quetzales, torogoces? No sé.
CORA: Parecían
cigüeñas y gansos que alguien había pintado de colores brillantes.
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LUCÍA: Afuera,
Graciela temblaba y sollozaba mientras el
Scooter le hablaba:
—Es momento de
desaparecer —dijo. Graciela se puso pálida. Estaba limpiando el cuchillo en la
falda y doblándolo para guardarlo en el bolso—. Vete —añadió—, corre por tu
vida.
MARÍA: Ay, déjame
terminar esta parte. Me encantan los jodidos finales cursis de película, las
lágrimas y toda esa mierda.
—Dame ese cuchillo
—insistía Scooter. No quitaba la vista del frente y sus labios apenas se
movían. La condujo a través de la calle, los dedos alrededor de su antebrazo,
empujándola como si fuera una estatua, y Graciela sentía que la piel se le
volvía de cera; no daba señal alguna de estar escuchándolo. —Dámelo, solo
dámelo.
Pero incluso yo
sabía que no teníamos tiempo que perder.
También el Scooter
tenía que desaparecer.
Justo en ese
momento, un perro blanco y lanudo de ojos rojos apareció corriendo por la
banqueta. De un salto derribó a Graciela. Lourdes gritó. Graciela le echó los
brazos al cuello al perro, y este le lamió la cara con la lengua larga y
rosada, la cola golpeteando sobre el pavimento mojado.
—¿Qué demonios
estás haciendo? —gritó el Scooter. Graciela parpadeó y miró fijamente a los
ojos del perro, que recostó la cabeza en su pecho. Aquel cadejo amaba a
Graciela, como si la conociera de hacía mil años. Así era, de alguna forma: los
cadejos siempre saben dónde encontrarnos. El Scooter paró un taxi, maldiciendo
entre dientes.
—Me lo voy a llevar
conmigo —dijo Graciela—, loquito de ojos rosas.
Le llenó de besos
la larga nariz y la cabeza.
—¿De qué estás
hablando?, ¿estás demente? —dijo el Scooter—. Ya te volviste loca —sentenció,
mirando alrededor, sin ver nada.
La ayudó a meterse
al auto. El perro saltó al asiento trasero y dio tres vueltas antes de
acomodarse con un gruñido de satisfacción.
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—Solo dame el
maldito cuchillo antes de irte —susurró el Scooter. Graciela tenía la mano
enterrada en el fondo de la bolsa, y negó con la cabeza. No iba a hacerlo, no
podía; no iba a soltar el mango de abulón de ese cuchillo.
Al final él cedió y
le arrojó un rollo de billetes al asiento trasero. El dinero rebotó en su
rodilla y fue a dar al piso del taxi. Graciela hundió la cara en el pelaje del
perro y cerró los ojos.
—Llévela a la
Estación Central, y asegúrese de que tome el Daylight Limited —le dijo el
Scooter al conductor, que asintió con la cabeza. A Graciela se le enfrió la
piel, y empezaron a castañearle los dientes. Sollozó con la cara en el pelo del
perro sin hacer ruido. Desde la banqueta, el Scooter se quedó mirando el
asiento trasero del taxi, a Graciela y al perro, con nostalgia en los ojos, y
por un momento estábamos todas de vuelta en el set, actrices en una película.
Cuando el taxi se puso en movimiento, el Scooter corrió por la calle oscura
hacia un callejón, donde desapareció detrás de un cubo de basura. El cadejo
olfateó por la ventana y lanzó un aullido.
En la estación de
tren nos convertimos en algo nuevo. Polillas. La vida de Graciela en Los
Ángeles estaba muriendo, había perdido la razón, y teníamos que mostrarle qué
hacer a continuación. Por eso la pusimos en el tren correcto. Bailamos
alrededor de la lámpara que brillaba sobre el mapa de California del andén,
sobre su pergamino de amapolas anaranjadas, por un puente que parecía hecho de
oro. Las cuatro, polillas, nacidas del aire. Vas hacia allá, le dijimos. San
Francisco.
El silbato del tren
sonó al acercarse, y el perro, que había estado acurrucado, una majestuosa
montaña de peluche en el regazo de Graciela, se sobresaltó al oírlo y corrió
entre la multitud. Graciela siguió la ráfaga de su cola a pesar de nuestras
protestas. Déjalo ir, le dijimos. Les preguntaba a los extraños: ¿ha visto a mi
perro?, ¿no ha visto a mi perro por aquí, uno blanco de ojos rojos?, estaba
aquí hace un momento. La mayoría no le respondía o solo negaba con la cabeza.
Graciela había dejado su corona de plumas en el taxi, su vestido estaba hecho
de pieles animales, y llevaba
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conchas que
traqueteaban musicalmente en los tobillos desnudos. El perro no estaba en
ninguna parte. Graciela abordó el tren.
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Tercera parte
1938-1942
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En el libro del
pueblo, el Popol Vuh, la creación no ocurre hasta el final, luego de que la
Mujer de Sangre descubre un campo de maíz que se multiplica no por milagro,
sino gracias a su cuidado. Cuando los humanos al fin adquieren forma, a mano,
hechos de maíz, sangre, hueso, gota a gota, la línea del tiempo se sale de
control. Las páginas del libro se esparcen por los aires y la tierra en un
Ahora Eterno, donde todas las cosas existen al mismo tiempo.
Y así es para
nosotras. Después de que Graciela llega a San Francisco, con nuestras almas
siguiéndola como polillas, viajamos: al pasado, al futuro, a nuestro antiguo
hogar, hacia la carne. Existimos en todas direcciones. Soñamos juntas, como la
marea, despertamos en cuerpos breves. Aquí, tras el colapso del tiempo, caemos
por él. Este es nuestro Ahora Eterno.
Trepamos por las
ruinas y las plantas de hielo de los Baños Sutro. Nos bañamos en el viento, con
la picazón de la arena en las mejillas y un aullido en los oídos. El agua nos
reúne y la sal extrae las historias de nosotras. Aquí encontramos una forma de ver
más claramente, que nos viene de más allá del mar.
Aprendimos que
nuestro océano tiene una vida propia, subterránea. Las aguas viajan desde la
región exterior de Richmond hasta la Mission y se convierten en un lago
secreto: Dolores, que nos lleva juntos hasta el Mission District, donde
Graciela encuentra un nuevo hogar, serpenteando un camino entre las calles
Diecisiete y Dieciocho, recorriendo con el viento los cerros y las tumbas. En
el Mission District, los pantanos se elevan y descienden con las mareas. Bajo
la preparatoria, bajo la armería de ladrillo sin ventanas, hay compuertas y
drenajes que sacan el agua y se la llevan para vaciarla en un recipiente de
porcelana, la enorme boca de la bahía.
Algunos dicen que
Dolores no es ni arroyo ni lago ni pantano, sino un manantial milagroso. Cuando
los conquistadores descubrieron el agua, la
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llamaron «ojo de
agua» y lo bautizaron en honor a Nuestra Señora de los Dolores. Para probar la
tierra, plantaron el maíz que se habían robado de nuestras tierras, y luego la
reclamaron como suya en nombre de Cristo.
Después vinieron
otras historias. A Dolores se le imagina como un lago que se lamenta, porque
lleva consigo el dolor de todos los que caminan por donde pasa. Los viejitos
aseguraban recordar los rastros de un muelle subterráneo de su juventud. Otros
dicen que no hay ningún lago bajo los pies de quienes habitan San Francisco,
deformando las banquetas y drenándose de oeste a este, a pesar de lo trazado en
los antiguos mapas, pero ¿quiénes somos nosotras para juzgar a alguien por
inventar un mito? Los mapas se basan en mapas más viejos.
De vuelta en
nuestros cuerpos, cada una de nosotras pasa el tiempo infinito a su manera; ya
te lo habíamos dicho: a veces nos ocupamos de nuestros propios asuntos.
Lourdes, por ejemplo, cuando no está rondando los comedores en busca de
camarones o chismeando con nosotras, va a la maldita biblioteca.
LOURDES: Escúchame:
una biblioteca lleva a otra. Me gusta la que está en Bartlett, pero si paso
demasiado tiempo leyendo ahí, termino entrando en un púchica vórtice. Puya, es
como si te golpearan la cabeza con una piedra. Me despierto treinta años en el futuro,
de regreso en nuestro país, respirando en un cuerpo tan bello como el que
habría tenido, carajo, de haber sobrevivido. Así fue como empecé a trabajar en
mi proyectito.
Me impulsó haber
conocido al gringo ese que estaba escribiendo un libro sobre la masacre, y
déjame decirte que le hacía falta mi ayuda.
Lo encontré en la
capital, de un lugar a otro como una carta en una baraja, con sus sandalias de
velcro y su cabello rubio y despeinado. Creí que era otro surfista de camino a
La Libertad. O peor, uno de esos tipos con complejo de Jesucristo, un mormón o
uno de esos miembros del Cuerpo de Paz que también se creen mesías. En 1969
llegaron montones de idiotas a nuestro país, y muchos de ellos se sentían
Jesucristo.
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Este parecía tener
un propósito distinto, sin embargo, una púchica misión, como Indiana Jones o
como un detective privado. Me lo encontraba seguido en mis rondas por la
Biblioteca Nacional, donde me gustaba pasar las noches flotando sobre los
periódicos que se pudrían sobre sus tumbas improvisadas con cartones de leche.
Estaba serio, un poco demasiado formal, y se frustraba con muchísima facilidad.
Lo seguí por un rato, pasé el tiempo escuchándolo, sus intercambios cordiales y
tiesos con el vendedor de jícama afuera de su hotel, observé su sonrisa fácil
y, una vez que decidí que me caía bien, lo hice escucharme.
Se llamaba Tom.
Tom, el jodido gringo intrépido que amaba leer sobre «nuestra infelicidad
crónica», sobre nuestras pesadillas recurrentes. Que Dios lo bendiga.
La cosa es que, lo
que sea que Tom estuviera leyendo en nuestra mohosa biblioteca no le estaba
resultando de utilidad. Estaba frustrado; no parecía encontrar aquello que
estaba buscando. El papel se desmoronaba en sus dedos rojos y sudorosos. Leer
tanto español escrito a mano le daba dolores de cabeza, y no dejaba de limpiar
el vapor que le empañaba los lentes ni de secarse las sienes con un pañuelo
polvoriento. Pobrecito.
—Los países felices
no tienen historia —dijo Tom una noche, creyendo que estaba solo. Pronunció las
palabras con una convicción tan petulante, como un detective que desentraña el
caso o alguna mierda, así que no pude evitar reírme y asustarlo un poco.
—Claro, claro…
Bueno, déjame decirte que tenemos una jodida cantidad de historia, cipote, a
pesar de eso que en tu cuadernito llamas «la perturbadora parquedad del archivo
municipal».
Tom se talló los
ojos y garabateó un glifo antiguo en el cuaderno que tenía enfrente, y que yo
tiré de la mesa de un empujón, como hacen los gatos. —¡No hablo maya, pendejo!
Se metió a
trompicones bajo la mesa y dejó escapar un gemido pequeñito.
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—¿Qué? ¿Nunca
habías visto a una guanaca así de bonita?
Lo vi encogerse.
Quizá fui demasiado lejos.
—Ay, si no te voy a
hacer daño… ¿Acaso te parezco Siguanaba?
Tom se mordió los
nudillos resecos.
—Ni siquiera es tan
mala, de hecho —dije.
—Lo siento… Es que
me asustaste —dijo Tom—. Creo que eres la primera alma con la que hablo en todo
el día.
Su respiración
volvió al ritmo normal. Tenía excelente condición. Había inventado su propia
versión del yoga, que practicaba de cabeza como un murciélago.
—Mira —le dije—,
tal vez puedas aprender algo de mí. ¿Sabías que los salvadoreños fueron
elegidos por la unesco, o alguna mierda así, como el segundo pueblo más
emocional en todo el mundo?
—No, no lo sabía
—concedió Tom—. ¿Quién es el primero? —Los filipinos —respondí.
Tom asintió y se
acarició esa tonta y rubia barbita de chivo. —Mi punto es que somos un pueblo
feliz, y también somos un jodido desastre. Los más tristes poetas tristes. Los
mejores amantes. ¡Los eternamente indocumentados! Y somos los más diestros
artífices del mundo… ¿Nunca has leído a Roque Dalton, carajo?
Tom comenzó a
garabatear algunas notas con bolígrafo en su antebrazo rosado, como si no
tuviera un cuaderno justo ahí a su lado, en el piso.
—«Los países
felices no tienen historia». ¡Gracias a Dios que tenemos la nuestra! ¿Conoces
nuestra edad de oro, hace tanto tiempo perdida? Los días de la República
Federal de Centro América. Así fue como nos liberamos de los españoles, y luego
de los mexicanos. Se suponía que eso iba a resolver todos los problemas
provocados por el imperialismo: las disputas territoriales, la mierda esa del
monocultivo, y la desnutrición que sufríamos por tener que exportar a las tres
hermanas (el maíz, el chayote y el frijol, en caso de que eso tampoco esté en
los archivos), que se iban a todo el mundo menos a las bocas de nuestra propia
gente.
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Tom me dejó hablar,
se sentó como un chuchito y escuchó, una vez que lo convencí de que valía la
pena oír a una guanaca negra (y el hecho de que sea indignantemente hermosa en
este cuerpo no hizo daño tampoco. ¡Solo mis tetas deberían ser patrimonio cultural
de la unesco!). Pero hablo con autoridad. He amasado y ordenado toda una
colección de libros, documentos y fotografías de bibliotecas de todo el mundo…
No confío ni un poco en nuestra púchica Biblioteca Nacional.
—Así que decidimos
unirnos, ¿ves? Costa Rica, ¡presente!, Guatemala, ¡presente!, El Salvador,
¡presente!, Nicaragua, ¡presente!, Honduras, ¡presente! Incluso Chiapas, ese
rebelde estado mexicano, ¡presente! Unidos éramos más fuertes. España no podía
tragarnos, y una vez que nos escupió, no permitiríamos que México nos tragara
tampoco, así que declaramos nuestra independencia.
—¿Y entonces por
qué no funcionó? —preguntó Tom.
—La respuesta vaga,
la que no quieres, es «guerra civil». Para los norteamericanos eso significa
algo diferente, ¿no? —pregunté—. Todos abandonaron la unión menos El Salvador.
¿Qué más podíamos hacer? «The cheese stands alone», como dicen ustedes[3].
—¿Pero eso qué
tiene que ver… con la masacre? —preguntó Tommy. Susurró la última palabra, como
si decirla en voz alta pudiera meterlo en problemas.
—Mira, bebecito.
Esta es tu primera lección. Tenemos mucho que abordar, pero créeme cuando te
digo que yo te voy a contar la historia como realmente ocurrió.
Le desacomodé el
cabello. Tommy vio mi mano aterrizar en su cabeza, pero no sintió nada. Se dijo
que se estaba disociando, que estaba perdiendo la cabeza.
Algunas épocas son
mejores que otras, eso sí. Yo casi me vuelvo loca en la década de 1990.
Encontré un libro en la biblioteca de Bartlett que me dio un dolor de cabeza
terrible. Una señora, una norteamericana pequeñita, de cara agria, tufosa, pero
bien tufosa, estuvo una semana en nuestro país y se la pasó fumando y bebiendo
en el Sheraton, y luego tuvo
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las malditas
pelotas para escribir que no éramos capaces de entender hechos científicos, que
nuestro único tema era nuestra propia miseria. Fue a una feria de pueblo y le
dio mal de mayo por comer carne echada a perder, y entonces escribió un jodido
ensayo de eso, en el que se tomó el tiempo de decir que los bailes y las
chucherías que vendían ahí estaban feos y mal hechos. Ay, ¿cómo puede aburrirle
a una persona todo lo que la rodea? «Inconsistente», todo le parecía
«inconsistente».
Pero lo que más me
molestaba no era el libro en sí. Como escritora la viejita no era terrible,
sino al contrario, era bastante decente. Lo que realmente me hacía enojar era
la cintilla en la portada: «Nadie ha interpretado mejor ese lugar». Hice volar
ese libro del estante hacia el otro lado de la habitación. Chocó de un golpe
sordo contra el corcho de un boletín de anuncios y aterrizó sobre una pila de
periódicos del SF Weekly.
Pero ay, ¿ya ves?
Toda esa poesía que he estado reuniendo es evidencia, testimonio. Algunos de
esos hijueputas escribieron que nunca existimos. Mujeres negras, mujeres
indígenas… Leí cada libro de la biblioteca, nadé entre las fichas, surfeé la
red, nos busqué, y ni uno de esos hijuesusmilputas, ni uno solo, ha oído nunca
de La Prudencia Ayala. Los mapas se basan en mapas más viejos, y los libros se
basan en libros más viejos, así que, además del placer de admirar mi hermoso
culo una vez más, no me molesta el jodido agotamiento y el dolor de rehabitar
mi cuerpo en pequeñas dosis.
Me rehúso a ser
invisible.
Mientras tanto, mi
hermanita María cuenta nuestras historias a su manera, pinta como si la mano de
dios obrara por medio de ella, se sienta en los gabinetes de plástico
anaranjado de una tienda de donas en la Misión y hace que todo el mundo se
enamore de ella. Te juro: la señora que rellena el café, los viejitos que van a
hacer sus negocios sucios, los adolescentes despeinados, todos se enamoran de
ella.
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Pinta también en
exteriores, en muros sucios, en estrechos callejones surcados de árboles de
hongos y romeros en flor. Carga una escalera, y bajo el brazo, un molde para
pasteles que usa como paleta. Lleva el cabello de color negro y plata rasurado
en un difuminado. Los amigos le llevan agua, cigarros o pan dulce de a la
vuelta. En el rostro de María, ahora arrugado, hay algo de suave y angélico.
Pinta a Nuestra Señora de los Dolores en un callejón; más tarde pinta a siete
chicos adolescentes de nuestro país, a quienes acusaron de un crimen que no
cometieron; pinta un campo de lechugas rociado de veneno, veneno que contamina
el río, y mujeres con rostros que recuerda de cuando todas éramos niñas. Las
mujeres lloran y sus lágrimas van al río.
Los negocios cubren
de pintura blanca las pinturas de María, a veces apenas unas horas después de
que las termina, y los fotógrafos tratan de capturarlas antes de que
desaparezcan.
Ay, pero para María
es un alivio regresar a su cuerpo y no al cuerpo en el que todavía es una niña.
Agradece que no la confundan con el faro de alguien más, sino que puede hacer
su propio arte, y es un alivio también, y un placer, sentirse deseada. Las mujeres
se enamoran de ella cuando la ven subida en su escalera, sabiendo que podrían
pasar semanas o meses antes de que la vean otra vez. Y siempre vuelve.
Corita, cuando
vuelve, es una anciana, arrugada y gruñona como el demonio. El cuerpo le duele.
Las articulaciones de sus dedos están hinchadas y violáceas. Ronda los jardines
de rosas del parque Golden Gate, murmurando y refunfuñando. Asusta a la gente.
No hace mucho,
debió ser en los ochenta, estaba tomando una siesta en un prado del parque
donde todavía se encuentran bisontes, cuando se le acercó una gringa de falda
larga con un bongó. Llevaba una bolsa curiosa, rebosante de vidrio soplado,
colgada del cuello con un cordón mugroso.
—Madre —le dijo,
despertándola—. Madre. Se le va a aparecer un búfalo; este es su territorio.
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—¿Qué demonio es?
—respondió Cora, despertándose de un sobresalto, furiosa. Hoy en día no le
queda mucha ternura, nos dice. La perdió toda.
Dice que está
cansada de la vida; los terrores de su vida regresan cuando está en ese cuerpo,
y su único escape son el sueño y las rosas. La primera vez que su cuerpo
volvió, junto al océano, estaba maravillada, como el resto de nosotras. Meneó
los dedos y los sumergió en el agua fría y salada, pero ahora regresa más
vieja, su mente como un manojo de hilos, más frágil cada vez. Le dolían las
rodillas y las horas se le hacían larguísimas. El hueso de la espalda le creció
y está jorobada.
Como sea, la gringa
hippie cerró los ojos, se puso a tocar el tambor y a cantar torciendo la voz
como si fueran pitidos y bocinazos.
—¡Búfalos! Tienen
que ser libres, libres, libres, no los puedes encerrar, ¡su ímpetu es
demasiado! ¡Búfalos! Tienen que ser libres, libres, libres, madre, ¡oh, oh, oh!
Esa maldita canción
estúpida llenaba a Cora de ira. Madre. No era la madre de esa mujer. Su bebé
había muerto, y le habían robado cualquier otra oportunidad de ser madre.
Se levantó
recargando el peso de sus rodillas artríticas en la cerca y de un golpe le tiró
el bongó a la gringa.
—Madre, debe usted
ser ese tigre que se escapó en el parque hace muchos años. Sea bendecida —dijo
la mujer. Recogió su bongó polvoriento del piso y siguió su camino.
A Cora le gustó la
comparación con el tigre, eso sí. Le parecía correcta de una forma profunda y
sorprendente. Era el tigre que se había escapado en el parque. Asombrada,
gruñó. Se sentía bien que la reconocieran. En su fuero interno perdonó a la
gringa por molestarla y dejó que su gruñido se convirtiera en un rugido. Encaró
al búfalo que emergía de entre la quietud balanceando y sacudiendo su copete
cuadrado. Le cantó nuestra canción a esa magnífica bestia, lo más cercano a un
toro que ninguna de nosotras vería.
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—¡Vamos a la
vuelta, de toro toro gil, a ver a Doña Ana, comiendo perejil!
Cuando Lucía
regresa, es una adolescente güerita. El misterio ilumina su rostro; su tono de
piel es similar al de Rosie Swan, al de las señoras de todas esas telenovelas y
anuncios de yogurt.
Cuando está en su
cuerpo, camina por las calles brumosas,
sin suéter, el
cabello encrespado en las sienes, los lentes
metidos en el
bolsillo de sus jeans a la cadera, o peor, anda
sola por Muni,
afuera a altas horas de la noche, coqueteando
con chicos más
grandes, nerviosa y sonriente cuando le
preguntan:
—¿Qué eres?
Nunca es lo
suficientemente nada para ellos; quizá su madre sea blanca, o tal vez su
abuelo… Bueno, es la detective perfecta, libre de sospechas, una fantasma muy
natural, metamórfica, portadora de mensajes: me recuerda a ti, Yinita. Para
Graciela, sin embargo, el tiempo permanecía constante. 1938. Acaba de llegar a
San Francisco; encontró una casa de huéspedes en la Veinteava y Capp, junto a
la cuenca sur del mítico Río Dolores, y un trabajo enlatando duraznos en una
fábrica asentada en la bahía que se llama La Media Luna. También acaba de
enterarse de que está embarazada de un hombre al que apenas le vio la cara.
En esos primeros
días en la ciudad, se juró que podía sentir cómo se hinchaba el piso, cómo
nuestras aguas tiraban de ella, pero debió ser la fuerte náusea de esas
semanas. Nuestras aguas hacían marea y las de ella también. Le dolía la espalda
baja. Llevaba demasiado tiempo cansada, y ahora, antes de irse al trabajo cada
mañana, sentía los miembros más pesados de lo que podía soportar, la espalda
tierna y rígida con el duendito sentado sobre sus caderas, limándole los huesos
con cruel deleite. Se maldijo por vomitar la comida que había pagado con su
primera semana de trabajo. Estaba hambrienta, exhausta y enojada.
Lo único que quería
era que alguien le sostuviera la cadera, que la ayudara a levantarse y
recargarse, para aliviar el peso
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y la tensión que se
le acumulaba tras horas de pie. ¿Y quién carajos iba a hacer eso por ella?
Nadie. Estaba sola. Tenía, además, la agonía de los pies. Los metía en los
zapatos por la mañana con la certeza de que tendría que caminar por Van Ness
hacia el Parque Acuático y luego hacia la envasadora de La Media Luna, donde
pasaría todo el día sin poder sentarse, y después tendría que regresar por Van
Ness hasta la casa de huéspedes en el distrito Mission… Era suficiente para
hacerla soltar unas lágrimas. En lugar de eso, sin embargo, se rio de sí misma.
Por la gran puta. Esos piecitos gordos la habían llevado y traído de Izalco.
Con esos pies había corrido por su vida, se había arrastrado fuera de la pila
de muerte; su cuerpo roto había corrido temeroso sobre esos pies. Había sido
una polizona descalza, y con esos pies había bailado también toda la noche en
Hollywood. Y esta era la única ocasión en la que esos pies maltrechos la habían
hecho llorar. En la casa de huéspedes dormía recargándolos en una almohada,
pero eso apenas era de alguna ayuda.
Lejos de su madre,
lejos de nosotras, había tanto que no sabía: qué hacer si todo lo que comía le
provocaba agruras, si de noche no podía dormir a causa de sus articulaciones
destrozadas. ¿Por qué tenía tanta maldita sed? Y, para más joder, ¿qué iba a hacer
cuando llegara el bebé?
Qué onda,
Gracielita. Vamos a la vuelta.
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En los últimos días
de su embarazo, Graciela empezó a tomar el autobús de camino al trabajo,
colándose por la puerta de atrás cuando podía, para ahorrarse unos centavos. La
ruta la llevaba todos los días hasta la estación de bomberos local.
—Sabes que puedes
dejar aquí al bebé, si lo necesitas —dijo una chica del otro lado del pasillo.
Graciela no estaba segura de haber entendido. La chica la miró de arriba abajo,
su boca una línea malvada—. ¿Estás a punto de estallar, no? En la estación de
bomberos se llevan a los bebés sin hacer preguntas, siempre y cuando lo dejes
antes de que cumpla tres días de nacido; solo tienes que dejarlo en la puerta.
Graciela miró
inexpresiva a la chica, para que creyera que no hablaba inglés; luego hizo
sonar la campana y se levantó para salir del autobús.
Ahora que Graciela
había oído ese cuento siniestro sobre la estación de bomberos, no podía librar
a su mente de él. En Hollywood, se habría bajado del autobús una estación antes
para beberse una botella de vino antes del trabajo, pero ahora, en ese lugar,
el puro olor a alcohol le provocaba náuseas. Quizá se debía al embarazo, pero
descubrió también que no estar todo el tiempo borracha era de hecho un alivio.
Además, en la envasadora tenía que tener los sentidos alerta, listos para el
trabajo automático, o de otra forma podía terminar cortándose los dedos.
En lugar de olvidar
esa información, Graciela la analizó en fragmentos a lo largo del día,
permitiéndose imaginar qué se sentiría envolver al recién nacido en una cobija
y llevarlo en brazos hasta la estación de bomberos, llamar a la puerta, dejar
al bebé en la niebla de la mañana y esperar a que alguien lo encontrara.
¿Escogería las palabras para despedirse? ¿Murmuraría una promesa?… ¿Serviría de
algo?
Esa noche, Graciela
se tocó el vientre. Tenía frío, y se preguntó si el bebé lo tendría también.
Había perdido el autobús, así que tendría que caminar un buen rato. Claro que
no dejaría al bebé en la estación de
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bomberos. Cuánta
crueldad, cuánta frialdad. ¿Podría perdonarse a sí misma alguna vez por algo
así?
Al mismo tiempo,
sin embargo, quizá tanto ella como el niño estarían mejor y, en todo caso,
¿cómo se enteraría ella?
Algunas mañanas más
tarde, en la línea de enlatado, junto a Graciela, apareció una nueva mujer. Era
mayor que las otras chicas, y Graciela notó en su rostro el halo tenue,
incongruente en ese lugar, de la riqueza heredada. Se movía con rapidez, como
si hubiera hecho ese trabajo antes. Graciela la conocía. Había trabajado en la
escuela de arte. ¿Cómo se llamaba? La Claudia, hija de don Patricio. Era rica.
No, no podía ser ella. ¿Qué estaría haciendo ahí?
Graciela observó su
rostro y se transportó a nuestro país. Era de nuevo una niña, junto a la fuente
de la plaza presidencial, mirando entre la oscuridad a una poeta de ojos
claros, mayor que ella, una mujer que su hermana deseaba tanto ser que Graciela
la había odiado un poco.
—Tú escribiste un
poema por la muerte de Luis —dijo—. ¿Te acuerdas de mí?
La Claudia, hija
del ferrocarril, dejó caer su lata de duraznos en el piso de concreto.
Esa noche caminaron
juntas al autobús. En nuestro país, para pesar del esposo que despreciaba,
Claudia se había enamorado de un comunista, y su padre había perdido la cabeza.
La había enviado a Los Yunais para deshacerse del amante, pero cuando se enteró
de que estaba viviendo con él, el padre la repudió por unos cuantos años.
Ahora, sin embargo, su padre estaba enfermo. La perdonaría, estaba segura,
siempre que se arrepintiera. El trabajo en la fábrica era temporal, solo para
tener algo de dinero para gastar mientras su padre arreglaba todo para llevarla
de vuelta, así que no le molestaba demasiado.
Claudia estaba por
cumplir cuarenta ese año y estaba un poco menos amargada de lo que parecía en
nuestro país, donde Graciela la recordaba fumándose un cigarro junto a la
fuente, despachando consejos mientras tiraba la ceniza, su boca una línea de
acritud.
Habían perdido el
último autobús, e iban caminando juntas por los escarpados resabios de Van Ness
cuando Graciela sintió que un chorro de agua escapaba de su cuerpo y le
empapaba la parte interna de los muslos. Claudia pidió un taxi, que las
transportó al Hospital Saint Luke entre la
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Vigésimo Séptima y
Army, y también fue ella quien pagó la cuenta hospitalaria por el parto de un
niño saludable. Antes de que dieran de alta a Graciela, Claudia ya iba de
regreso a nuestro país.
Algunos días más
tarde, después de casi haberse desangrado en el hospital, Graciela estaba de
vuelta en la casa de huéspedes, con su bebé.
Graciela se
desmoronaba bajo el peso del parto. Dejar al bebé en las escaleras de la
estación de bomberos durante los primeros tres días, ¡ja! Esos primeros tres
días se pasaron sin descanso alguno, cada uno de ellos un portazo en la cara.
Dejó que las puertas se cerraran. Su cuerpo estaba abierto, vacío y sensible.
Nada de estación de bomberos, ni aunque hubiera logrado recobrar las fuerzas
para levantarse, sacar al bebé de la casa de huéspedes y cruzar la ciudad. A
pesar de que los gritos del bebé la llenaban de ira y de terror, y aunque la
amenazaban unos extraños pensamientos persistentes que se transformaban a ratos
en impulsos frenéticos, órdenes que de pronto escuchaba como un canto siniestro
susurrado en sus oídos —tírate por las escaleras, toma un cuchillo de la cocina
y pela la piel del interior de tu brazo, ¿por qué envenenas a ese tierno bebé
con la leche de tus pechos?—, sabía también que no podía abandonarlo en la
estación. Simplemente no podía. No era suyo. Salvador. Esos pies gordos, de plantas
redondas, el color rojo maduro de sus mejillas, sus pestañotas… Dios mío, lo
amaba, y si algo de bueno había en ella estaba ahora al servicio de él. Le
clavaría un cuchillo en el corazón a cualquiera que intentara arrebatárselo.
La sobrevivencia
era un animal metamórfico. Era como si le hubieran cortado el cuerpo en cuatro
partes y las hubieran esparcido por ahí: sus brazos estaban en una habitación
distinta a sus piernas. Ay, adoraba a ese conejito, con sus mejillas
aterciopeladas y sus manitas encogidas como capullos. Cuando lloraba, en el
interior de Graciela surgía una oleada de susto hasta casi cegarla de pánico.
Cuando lloraba, Graciela recordaba los gritos de treinta mil de nosotros, y era
como si esa pesadilla regresara en la vigilia como un visitante. También ella
había cambiado de forma: cada hueso de su cuerpo estaba en un lugar equivocado,
cada abertura rota y en carne viva, salvo por el grifo de sus pechos. Tenía los
pezones agrietados y adoloridos del peso, pero funcionaban como debían. El bebé
se prensaba de ellos sin incidencias, y Graciela terminaba tendida, húmeda y
sangrante, durante horas que se sucedían unas a otras sin forma, horas que no
eran ni del día ni de la noche.
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Tres mujeres
—Josefina, Clara y Silvia— llegaron a la casa de huéspedes la semana en que
dieron de alta del hospital a Graciela. Josefina y Clara habían crecido en el
mismo pueblo de nuestro país, y Silvia había llegado sola a San Francisco,
igual que Graciela, quien estaba segura de que ni ella ni el bebé habrían
sobrevivido sin ellas a esos primeros días después del parto. Establecieron con
calma unos patrones de cuidado, y en el espacio de unos cuantos días se
volvieron sus comadres.
Cuando Silvia entró
a la habitación, Graciela, sentada con Salvador frente a la ventana, se
sobresaltó. Silvia le ofreció un recipiente con atol y un jarro de té caliente
que había hecho con la manzanilla que había recogido en el vecindario.
—Mierda —dijo
Graciela, y luego—: ¡Gracias!
Silvia esbozó una
sonrisa cálida mientras le entregaba el té, haciendo caso omiso de la
incongruencia.
—No sabía que aquí
también había tantas de nuestras plantas —dijo Silvia. Graciela no había
reparado en ello hasta que la escuchó mencionarlo. Bugambilia, jamaica,
manzanilla, artemisia, jacaranda, flor de amate: todas crecían ahí, en el
vecindario.
—Déjame cargarlo un
momento —ofreció su amiga—, solo para que puedas volver a la cama.
Tenía dos hijas que
había dejado en nuestro país. Graciela sospechaba, por la forma en la que
hablaba de ellas, que ambas estaban muertas, pero desde el parto no confiaba en
su memoria y temía preguntar más sobre la vida de Silvia. En ese momento, hacer
ciertas preguntas se sentía como rogar por una maldición.
Graciela le entregó
a Salvador. Silvia chasqueaba la boca y lo arrullaba, un hechizo para hacerlo
cerrar los párpados, mientras lo mecía de un lado al otro, de pie sobre los
talones desnudos. Señaló la cama de Graciela con los labios.
—Descansa un rato
—dijo.
—No falta mucho
para que tenga que comer —protestó Graciela. —Yo te despierto —respondió
Silvia—. Shhh, shhh, shhh —añadió
para ambos.
Clara irrumpió en
la habitación mientras Graciela se estaba metiendo a la cama.
—No quieres que se
te enfríe el vientre —dijo desparpajada, ruidosa y segura. Cerró la ventana y
bajó la persiana—. Esto es lo más caliente que
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tengo —añadió
mientras desenrollaba un rebozo que Josefina le había tejido cuando eran niñas
y lo ponía sobre la derruida parte media del cuerpo de Graciela, que estaba en
la cama.
—Ay, dale un
momentito… Está a punto de dormirse —dijo Silvia.
Clara descartó el
comentario con un gesto de la mano.
—Es rápido —dijo.
Su madre había sido partera en nuestro país, y le había dado algo de
entrenamiento en la materia. Graciela dejó que Clara le amarrara el rebozo en
torno al cuerpo con firmeza, confiando en su habilidad, a pesar de que aquella
mujer seguía siendo prácticamente una extraña para ella.
En los brazos de
Silvia, el bebé no aullaba ni arqueaba la espalda. ¿Por qué? Graciela se
preguntaba qué cosas horribles debía saber o temer de su madre. Mensajes en la
leche, o todos esos meses cocinándose a fuego lento en sus adentros. Las manos
de Clara estaban ahora sobre su vientre.
—Siempre es así de
yuca para las madres primerizas, me acuerdo — dijo. Masajeó la puntada en la
cadera de Graciela—. Primero calentamos la matriz —continuó—. Y luego te
volteas otra vez. No debe doler, ¿okey?
Todo dolía. El
hueso alrededor de los ojos, los tendones de los tobillos. Su mente
enloquecida, nido de terrores y alucinaciones. Nada había estado bien desde el
parto, pero al menos ahora no tenía tanto frío. Se bebió el té y dejó que se le
cerraran los ojos de nuevo.
Le había gritado al
bebé más temprano. Lo alimentó, le cambió el pañal goteante y empapó la tela en
agua enjabonada en un recipiente en la tina, con la intención de regresar por
él antes de que alguna otra chica se quejara, pero se le olvidó, por supuesto,
porque el bebé había empezado a llorar sin parar. Lo meció, lo mantuvo abrazado
a su cuerpo, le tarareó, le frotó las densas arrugas de su espalda diminuta. El
bebé gritaba sin descanso. La correrían de la casa de huéspedes —la casera la
había dejado quedarse hasta entonces, pero Graciela sabía que no le gustaba la
idea— y, por supuesto, solo hasta ese momento se acordó del pañal cagado que
había dejado remojando en la tina, y oyó a una de las chicas llegar del trabajo
y dirigirse al baño, no tenía ya sentido correr hasta allá con un bebé que no
paraba de dar alaridos, ni siquiera valía la pena gritar al otro lado del
pasillo. Nadie podría oírla por encima del llanto del bebé. Su carita se había
convertido en un puño rojo, y Graciela le había gritado:
—¿Qué quieres? ¿Qué
quieres de mí?
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El bebé dejó de
llorar por un segundo, luego hipó y comenzó de nuevo. El corazón de Graciela se
detuvo de la vergüenza. ¿Qué clase de madre terrible era, incapaz de
tranquilizar a ese bebecito, que hasta hacía una semana era parte de su propia
carne?
Fue a sentarse
frente a la ventana. Ambos necesitaban un poco de aire. Al menos hacer una cosa
bien: dice el doctor que necesita sol para la ictericia. Se sentó, lo meció, y
el bebé empezó a tranquilizarse y volverse más pesado en sus brazos. Entonces
su mente se detuvo en algo perturbador, una pesadilla: si lo dejaba caer por la
ventana, nadie en la calle dudaría que se había tratado de un accidente.
Fue en ese momento
que Silvia entró a la habitación, lo que quizá los salvó a ambos.
Ahora Clara le
estaba frotando las manos, para mejorar la circulación, decía. Aquellas
mujeres, a su lado, al menos en ese momento la hacían sentir menos miedo de su
propio cerebro silvestre, hacían un poco más posible la idea de permanecer en
esta vida, de rendirse a sus horrores. Por primera vez en días, Graciela sintió
que seguía viva. Y el bebé, con sus turbios ojos color negro azulado, un
momento alertas y al otro somnolientos, hambrientos o inescrutables… Él también
estaba vivo.
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Más tarde, durante
los días luminosos y extraños en los que la Ocupación de París se metió en los
huesos de la ciudad, Consuelo recibió por fin una carta de su hermana. Llevaba
meses sin saber nada de Graciela.
Mi hermanita
cherita Consuelo:
Para responder a la
pregunta de tu última carta: «¿Cómo haces para dormir por las noches sin tener
que amarrarte la cabeza al piso?». Bueno, es que no duermo. Ahora que Salvador
casi cumple dos años y ya no puedo trabajar con él amarrado a la espalda, las
chicas de la casa de huéspedes se turnan para cuidarlo los días que descansan,
mientras yo estoy en la envasadora. Cuando no estoy trabajando, soy yo la que
cuida a sus hijos. No duermo nunca. El bebé quiere comer y jugar toda la noche.
Pero ya dejé de
beber. Tener a Salvador me reacomodó el
cerebro. Mi memoria
ya no es tan buena como solía ser. En
Hollywood podía
calmarme con una o dos botellas de
champaña, pero
ahora un solo trago me pone triste y furiosa,
y me provoca tantos
mareos que no puedo ni moverme. No
puedo permitirme
eso con el bebé cerca. Además, en la
envasadora, si
estoy aunque sea un poquito borracha lo más
seguro es que
pierda un dedo en las latas de aluminio llenas
de duraznos.
¡Ven a visitarme!
Abrazos,
Graciela
«¡Ven a
visitarme!», había escrito Graciela al final de su carta, como hacía siempre.
Al leer esas palabras ahora, entre los extraños cambios que ocurrían en París
bajo su ventana, Consuelo sintió una profunda nostalgia
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de su hermana.
Hacía semanas que no veía al aviador, y la idea de dejar París para ir a
dormir, sobria, en una litera debajo de su hermana y un bebé lleno de babas, en
un cuarto lleno de inditas parlanchinas… Bueno, algo de eso le atraía. Dobló la
carta y se la metió en la enagua; más tarde recordaría la invitación, cuando
tuviera aún más miedo y se sintiera aún más sola.
Pero antes de
cruzar cualquier océano, tendría que dejar París.
En París, Consuelo
seguía siendo una extraña. Una vez se había desmayado en la calle y los
extraños le habían pasado por encima; otra vez tuvo que correr entre la
suciedad y bajo la lluvia con solo un zapato, y a nadie le había importado.
Nadie la había consolado, nadie la había tranquilizado diciéndole que era
buena, o muy amada, o bienvenida. ¿Lo había hecho alguien alguna vez, en
cualquier caso? Consuelo solía decirse que disfrutaba la soledad de la vida que
llevaba lejos de su esposo, pero ahora, pensando en su hermana, pensando en la
idea de dejar su vida en París, admitía que era una mentira.
Desde que dejó
Hollywood un par de años atrás, Graciela había estado viviendo en San Francisco
en una callecita llamada Capp. Consuelo no recordaba ninguna calle con ese
nombre. No había estado nunca en el vecindario que Graciela describía en sus
cartas; no sabía ni siquiera que en la ciudad donde ella misma había vivido
años atrás existía la casa de huéspedes donde dormía su hermana. No mucho
tiempo después de que Graciela llegara, había dado a luz al bebé Salvador, lo
que la convertía en tía. No le había contado nada del padre, y Consuelo no
preguntó.
Graciela había
llegado a San Francisco sola, pero había logrado construirse una vida. Había
encontrado hermanas. Se había abierto camino porque no tenía otra opción.
Quizá, pensó Consuelo, esa era la diferencia entre ellas; en eso estaba
fallando.
El día anterior,
Francia había firmado el armisticio. Necesitaba que Los Yunais se subieran al
barco, pero se habían abstenido de hacerlo. París se estaba vaciando, pero la
soledad había ralentizado varias semanas ya sus esfuerzos por partir.
Consuelo le puso
candado al buzón y salió a la calle para tomar el sol. Un tanque estaba
bloqueando el paso. Un soldado nazi sentado en la cima se quitó los lentes y le
silbó.
Tenía que dejar
París. El aviador lleva semanas sin aparecer; decía que estaba en los Estados
Unidos, pero Consuelo no le creía. Era la clase de
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mierda que decía
todo el tiempo, cuando en realidad estaba del otro lado de la ciudad con alguna
otra mujer. Consuelo no tenía idea de cuándo volvería al departamento, pero
sabía que prefería dejar París antes que esperarlo en una ciudad llena de
nazis.
Subió nuevamente y
en una maleta metió un vestido de noche de seda y la última carta de Graciela.
¿Qué más? No recordaba la última vez que había pintado. Se había casado con ese
hombre creyendo que con su apoyo se convertiría en una gran artista, pero estaba
sofocada y quieta, mirando el arte que hacían otros, como a través del vidrio
de un acuario, una vez más incapaz de sostener un pincel correctamente. ¿Qué
tanto de eso era culpa suya? Bastante, admitió, pero también era cierto que su
esposo se enfurruñaba y la lengua se le volvía viperina cuando la veía pintar
cualquier lienzo más grande que la palma de su mano, y enfurecía si la oía
presentarse como artista. Es mi musa, solía decir, como si se avergonzara de
escucharla. Al principio, al menos había fingido admirar su trabajo.
Otro vestido de
seda cayó dentro de la maleta. Consuelo tomó la postal del Lago Coatepeque de
la pared esmeralda y la guardó también antes de salir una vez más.
Se encaminó hacia
la estación de tren. Una huida más, de un país más.
Esta vez, sin
embargo, al menos no estaba medio muerta.
Dos poetas que
Consuelo reconoció tras haberlos visto hacía más o menos un año en una fiesta
aparecieron en la calle siguiente, caminando a cierta velocidad. Corrió hacia
ellos, aunque no recordaba sus nombres.
—¡Todavía aquí!
—dijo. Cuando los alcanzó, se había quedado sin aliento. Uno llevaba al hombro
una abultada maleta de cuero y parpadeó con irritación al ponerla en el suelo
para mirarla.
—¿Nos conocemos?
—dijo el otro, con una sonrisa forzada.
Consuelo les dio su
nombre.
—Encantada… Soy la
pintora.
Se mordió el
interior del labio, odiando su vanidad.
—Discúlpeme —dijo
el de la maleta—. No estoy familiarizado con su trabajo.
—Ah, ya veo —dijo
el otro—. Sí he oído su nombre. ¿No se fue su esposo a los Estados Unidos el
mes pasado? ¿Qué hace aquí usted todavía?
Consuelo se agarró
el vientre de la sorpresa. Así fue como se enteró de que su esposo realmente se
había ido, que no tenía intenciones de volver por ella. Muchos años después
diría que estaba tan sorprendida de que
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hubiera dejado
París sin ella como lo estaba de que hubiera podido hacer su maleta él solo,
pero en ese momento se mordió el labio aún más fuerte, hasta que la sangre le
afiló los sentidos. Su cerebro funcionaba más lento, sus pulmones se sentían
pesados, como si los hubiera ahogado… Se permitió el anhelo súbito de una
muerte por agua. ¿Quién la buscaría? ¿Quién le guardaría luto? Nadie.
Los poetas
siguieron su conversación por encima del bullicio de su mente, y Consuelo trató
de poner atención: algunos de su grupo habían huido a una casa en Marsella.
Desde ahí era posible que pudieran seguir el camino a los Estados Unidos, o
quizá a México, España o Marruecos. Irían adonde pareciera más seguro, y por
supuesto dependían también de qué papeles pudieran conseguir y de si alguien
los ayudaba. Se iban esa misma tarde.
Para sobrevivir,
Consuelo se empujó a sí misma a decirles que se les uniría.
—¿En serio? —dijo
uno, sonriéndole al otro, el de la pesada maleta de cuero, que desvió la
mirada.
—Es decir… ¿Puedo?
¿Puedo unirme? —dijo Consuelo, incapaz de domar el pánico que se arrastraba por
sus palabras—. Por favor llévenme con ustedes.
Los hombres miraban
por encima de su hombro con los párpados pesados, como con sueño. ¿Por qué no
la miraban?, quería saber Consuelo. ¿Por qué no podían verla? Le recordamos que
al menos estaba viva. Agradécelo, le dijimos, mientras la boca se le llenaba de
un sabor a cenizas.
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Saliendo por la
puerta trasera de la casa de huéspedes había unas escaleras despostilladas que
rechinaban y serpenteaban hacia la parte trasera del edificio. Graciela las
subió con Salvador en brazos y se sentó en el escalón más alto, afuera de la
puerta de un extraño. En el rellano junto a ella había un cenicero de cerámica
con colillas de cigarro que flotaban en un agua nebulosa y unas cuantas
botellas de vidrio verde, también llenas de cigarros y agua de lluvia. En otro
recipiente flotaban pinzas de madera para la ropa. Abajo un gato exploraba el
modesto terreno de concreto y luego saltó una barda. Salvador tenía dos años,
ya no era un bebé, pero en últimas fechas había que cargarlo para que se
durmiera, así que Graciela se sentó a mecerlo en el borde del escalón.
El patio estaba
surcado de cordones para colgar la ropa, donde había prendas que se habían
quedado ahí y se habían puesto tiesas con la lluvia de la noche anterior, y una
bugambilia esquelética se extendía como una viña sobre la madera mojada e
insertaba sus espinas y sus botones en la vista del cielo que tenía Graciela.
Si hubiera tenido el tiempo o la energía, habría podado la planta antes de que
cubriera el edificio como un manotazo enorme, y la habría dejado crecer
brillante y esponjosa en alguna otra parte. Si tuviera tiempo, llenaría el
patio de cemento con macetas de flores, lugares para sentarse y disfrutar la
brisa. Como la casa de Perlita, suponía.
Pero no tenía
tiempo.
El cielo era color
rosa y estaba lleno de una maraña de cables telefónicos, sobre los cuales los
cuervos se posaban a platicar. El cable se hundía con su peso cuando llegaban a
llenar el aire ablandado con sus carcajadas. Como mujeres, como nosotras.
Para cuando
Salvador al fin se quedó dormido, con las gordas mejillas sonrosadas, el cielo
estaba negro, y vimos a Graciela llevarlo de vuelta escaleras abajo, una mano
frotándole la espalda, la otra desplazándose por el barandal despostillado,
hasta que llegó a la puerta.
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Con la mejilla de
su niño dormido en el hombro, Graciela usó los últimos minutos de vigilia para
escribir todo lo que podía recordar. Luchó contra el deseo de olvido que había
en su mente, abriéndose paso entre la maleza de su memoria mientras escribía. Las
más de las noches no llegaba muy lejos. Salvador se despertaría pronto o ella
se quedaría dormida con el lápiz en la mano y la mejilla contra el cuaderno,
sobre la almohada. Escribió lo que recordaba de su vida antes del General, de
su madre, de los volcanes y de nosotras. De las palabras exactas que el General
le había dicho antes de huyera del palacio. Cuando se oía, como un grito, la
risa de una mujer, o cuando la bocina de un auto sonaba demasiado cerca, o
cuando los cuervos cortaban el cielo demasiado bajo, a veces se abría de par en
par una puerta dentro de su mente, y los recuerdos de la masacre la inundaban.
Su memoria perfecta, sin embargo, ya no era la de antes; sospechaba que tantos
años de beber debían haberla perforado aquí y allá.
Como un refugio de
cara al pasado, trató de cronicar también sus días en San Francisco. El nuevo
diente de Salvador, que se abría paso por la encía. Sus pies gordos en la
espuma de la bahía del Aquatic Park. Los suculentos hemisferios de los duraznos
de la Media Luna, luego de meter la cuchara en busca del hueso y partir la
fruta en dos; los llevaban de algún pueblo polvoriento a una hora de distancia,
o algo así, y se transformaban gracias a su trabajo: pulidos, irreales, de un
naranja brillante y uniforme en sus tinas de aluminio.
Cuando Salvador era
suficientemente pequeño para llevarlo amarrado a la espalda la mayor parte de
la jornada laboral, a veces Graciela recorría con él de esa forma el largo
camino a la casa de huéspedes, por la ruta del barrio japonés. Ahí se sentaba
un rato, para que Salvador pudiera estirar las piernas antes de su hora de
dormir. En un patio había un salón de té regenteado por una mujer, Miyuki, que
tenía una hija casi exactamente de la misma edad que Salvador. Miyuki solía
sacar una cobija y extenderla sobre las piedras mohosas del patio, y en un par
de ocasiones ambas mujeres pusieron juntas a sus hijos ahí, y los miraban,
animándolos, mientras se reconocían con sus manitas redondas y balbuceaban
felices de tambalearse juntos y jugar luego de haber dormido la mayor parte del
día en la espalda de sus madres. La madre de Miyuki, que vivía en Nara, había
tejido la cobija de lana teñida e hilo en la isla, y luego la había enviado por
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correo al otro lado
del mundo cuando se enteró de que Miyuki estaba embarazada.
Mientras tanto, la
casa de huéspedes se había llenado de bebés. Silvia había tenido otro, y Clara,
seis meses después, una bebecita a la que nombró Dorinda. Y luego Josefina tuvo
una hija también.
Justo por la época
en la que nació Dorinda, la envasadora se trasladó más al sur. Clara había
perdido tanta sangre durante el parto que por semanas apenas tuvo la fuerza
para sostener a su bebé, ya no digamos alimentarla. No tenía idea de cuándo
podría volver al trabajo. El padre no aparecía por ninguna parte, y todas
sabían que la envasadora colapsaría tarde que temprano, y ninguna de las mamis
podía confiar en ella para alimentar a sus bebés.
—Descansa —había
dicho Graciela mientras Clara estaba aún embarazada, disfrutando la oportunidad
de mostrarse severa con su ruidosa amiga—. Yo puedo deshuesar duraznos por las
dos mañana.
Pero una mañana, no
mucho después de que Dorinda se había abierto paso a este mundo, Graciela,
Josefina y Silvia llegaron a la envasadora solo para encontrar una nota pegada
a la puerta. Cerrado indefinidamente. Ninguna de ellas estaba sorprendida.
Graciela tenía miedo, claro, pero también sintió alivio. Estaba harta de abrir
duraznos con una cuchara y de sellar las latas con ellos dentro. Quería
alimentarse, y a sus comadres, y a sus hijos. Se le ocurrió una idea de lo que
debían hacer a continuación, y había estado ahorrando dinero.
Esa noche,
Graciela, Josefina y Silvia cocinaron para la nueva madre, como habían hecho
cada noche desde que la habían dado de alta del hospital. Clara necesitaba
hierro para la sangre, y atol con avena para la leche. La mantuvieron en calor
envolviéndole el cuerpo como ella había hecho con Graciela antes, usando cada
una de las cobijas que tenían en la casa de huéspedes.
Graciela se sentó
con la nueva madre y arrulló a su bebé hasta que tanto Clara como Dorinda se
quedaron dormidas. Su propio hijo dormía ya en su cuna a poca distancia, del
otro lado de la sábana, pero Graciela estaba soñando despierta.
Con frecuencia,
Graciela hacía caminatas nocturnas por el vecindario y a lo largo de la
Veinticuatro. Se sentía grande y segura bajo el cielo rosa, todo para ella.
Sabía que las comadres y ella no podrían quedarse para
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siempre en la casa
de huéspedes, pero sería lindo no dejar el vecindario, si era posible, uno al
que todos los días llegaba gente nueva de nuestro país.
Cuando las luces de
las ventanas se encendían por donde pasaba, Graciela echaba un vistazo dentro y
sentía el deseo en el cuerpo. La calidez y la seguridad que veía ahí le
tensaban los músculos. Comida en la mesa, una familia reunida. La música y las
risas que escapaban por la ventana y se iban por la banqueta. Copiaba las
direcciones de las casas que tenían letreros de «se renta» en la ventana.
Incluso cuando los visitaba, y le negaban la solicitud —siempre era demasiado
algo: demasiado india, demasiado madre soltera, demasiado pobre, demasiado
extranjera—, guardaba para sí el sueño de una vida libre.
Ahora, con la
envasadora cerrada, con el peso de Dorinda y su ronroneo en el hombro, sabía
que esa vida se acercaba. Acomodó a la bebé con su madre, satisfecha con la
vista de sus brazos cada vez menos flacos, y luego volvió a su cuaderno. Fue
palomeando la lista de direcciones, calculando en cada una las posibilidades de
espacio y de luz, contando de nuevo el dinero en efectivo que guardaba cosido
en el interior del vestido. Espacio y luz… Estaba segura de que con eso les
bastaría.
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En Marsella, el
fotógrafo surrealista fingió no saber el nombre de Consuelo. Tampoco se lo
preguntó. Ella se pasaba el día entero sentada en el muelle con poetas y
escultores y pintores y extraños y psicópatas, y jugaban cartas hasta que
terminaban bañados en sudor y olían a vino, y entonces saltaban del muelle
hacia el agua sucia.
—¡Qué importa!
—decían.
Cuando las botellas
se les resbalaban de las manos hacia la madera despostillada y se rompían en
pedazos de vidrio verde a sus pies:
—¡Qué importa!
Incluso cuando caía
la noche y tenían los zapatos llenos de sangre. Cuando terminaban cogiéndose
unos a los otros en ese horrible armario, turnándose, y el sudor de la última
pareja se reavivaba con el calor deslustrado de los siguientes cuerpos: qué importa.
No le veían el caso a quejarse, a hacer cualquier otra cosa además de
regocijarse. Habían huido de París. Estaban vivos.
Consuelo dormía en
un cuarto con once personas más, a las que conocía solo vagamente de París,
pero cuyos ronquidos y toses llenas de flemas y berrinches en la fila del baño
su cerebro asimiló como una canción. Dormían con todas las ventanas abiertas,
los cuerpos acomodados como pescados en los puestos del bazar que estaba
afuera.
A veces Consuelo se
despertaba en ese cuarto oscuro y caliente y consideraba la idea de irse, pero
nadie quería estar solo, ninguno de ellos, y además, tarde o temprano el sur
también caería ante la ocupación. Quizá debían cruzar los Pirineos, sugirió uno
cuando recién llegaron, pero no podían invocar la energía suficiente ni
mantener el estado mental, sobrio y trepidante, que requería una huida de
Francia. Cruzar los Pirineos era tan factible como nadar hasta Marruecos.
Se miraban los unos
a los otros en el bazar, en el muelle mugroso, los muros tapizados de estúpidos
juegos en código, un mazo de cartas del tarot que una mujer pequeñita y
pelirroja había pintado. Marsella, borracha de
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sol en tonos fucsia
y terracota, era un bello foso de arenas movedizas. Con frecuencia, para las
seis de la tarde Consuelo ya estaba dormida, y se despertaba a las tres de la
mañana.
Seguido permanecía
despierta, en medio de la noche, tendida sobre su almohada de retazos, pensando
en su hermana. ¡Una lata de duraznos resplandecientes! ¡Y Salvador! Qué extraño
era pensar en Graciela como una madre. Consuelo no podía dejar de verla como
una niñita. Graciela, en San Francisco, trabajando en una envasadora con
Salvador amarrado a la espalda. Su sobrinito. Probablemente no lo conocería
nunca, decidió Consuelo. Lo asustaría con el vino que le pulsaba centelleante
en las venas a las cuatro de la mañana y le asqueaba la boca. No era apta para
niños.
Oyó a León en el
pasillo, cogiéndose a la pelirroja de cabello largo. No había puertas en ese
lugar, sino apenas cortinas de seda que separaban el dormitorio del pasillo y
del baño, así que por las noches el pasillo se sentía como un espacio privado.
Todo el mundo
quería saber por qué Consuelo no estaba en Nueva York con su esposo: era una de
las pocas cosas que los demás se mostraban dispuestos a conversar con ella. No
sabía si tenían curiosidad sobre la naturaleza de su matrimonio, o si solo
estaban hartos de ella.
Consuelo había
estado en Nueva York un par de veces, nunca por más de tres o cuatro días. Un
vuelo con su esposo, una o dos noches de fiesta, y luego regresaban. La primera
vez habían ido directamente de la pista de aterrizaje a la fiesta ofrecida por
alguna actriz. Al llegar, Consuelo estaba hambrienta y exhausta, y necesitaba
darse un baño. Al aviador lo esperaba un smoking blanco en un armario del
pasillo de la casa de la actriz. Alrededor de las dos de la mañana, Consuelo le
rogó que la llevara al hotel, o al menos a algún lugar donde pudiera comer
algo. Sin mirarla, con dos rubias idénticas a cada lado —¿cuál sería la forma
de su deseo?—, le arrojó la llave de la habitación del hotel, que patinó hacia
sus pies y giró hasta que su dedo dorado quedó señalándola a ella. Despacio,
con cautela, Consuelo se agachó para quitarse el zapato y luego arrojarlo por
los aires con toda su fuerza, con el tacón volando en círculos como una daga,
contra un horrendo plagio de Kandinsky que estaba en un marco de cristal sobre
la cabeza del aviador. Vámonos, dijo.
En otra ocasión, en
casa de una estrella de las películas muy famosa, Consuelo encontró una
habitación callada y se metió a la cama que encontró ahí cuando el aviador se
negó a llevarla de regreso. Alguien entró
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y le tomó una
fotografía, pero no le importó; le gustaba tener una lente entrenada en la
cara, así como la pacífica sensación del sueño fingido, que le suavizaba las
líneas de la cara. Ahora, en Marsella, Consuelo llevaba el recuerdo de la cama
con ella, siempre en busca de descanso. A las cuatro de la mañana recordaba
cada detalle de aquella cama: el respaldo, tapizado de cuero y reforzado en
bronce, de casi dos metros de altura, las cuatro almohadas de satín bajo su
cabeza, la llana pesadez marina del colchón.
Consuelo había
recibido la fotografía por correo algún tiempo después de volver a París. Se la
había dado a su esposo, con una nota escrita en el reverso: «No te pierdas, no
me pierdas». Su cara apunta lejos de la cámara, y una sábana de seda le cubre
los pechos como un vestido. Después de ese día, el aviador llevó la foto
consigo todos los días. Tal vez sí la quería. O tal vez solo le gustaba
enseñarle a la gente una fotografía que se había encontrado, de una atractiva
mujer exótica y bella y fiera y extraña y misteriosa y con aspecto de rica… Era
todas esas cosas y también ninguna de ellas. En cualquier caso, a Consuelo le
daba igual. Le gustaba cómo se veía su cara en esa fotografía.
Pronto llegó a
Marsella un arquitecto llamado Félix. Tenía la piel dorada y era encantador, y
olía a limpio. Los demás le hacían deferencias con una amabilidad sin
compromisos. Era famoso por haber diseñado un templo de alabastro rodeado de
agua, dentro del cual había una escalera en espiral que llevaba a una torre
astronómica. La había construido para un niño.
—Respeto su
trabajo, supongo, pero no me gusta particularmente.
—Es muy… Mmmm…
Sincero.
Félix estaba ahí
para reclutarlos. Había tenido algo de suerte, decía, y estaba formando una
colonia de artistas en unas ruinas romanas no muy lejos de Aviñón.
LOURDES: Algo de
suerte, sí, claro. ¿Cómo cree que pagó todo eso? Era 1941. En Francia.
Obviamente fue el hijueputa de Vichy el que pagó toda esa mierda. Los nazis.
Era una colonia de artistas financiada por los nazis, porque querían mantener
París bonita para sí. Querían ir al teatro y ver el Arco del Triunfo una vez
que terminaran con sus pendejadas. Querían obediencia y orden. Claro, querían
que esos artistas siguieran haciendo sus hermosas obras de arte, y entre más
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silenciosos e
inescrutables, mejor. No se preocupen, dijeron; les vamos a encontrar una
jodida cueva que parezca escenografía para que puedan fingir que no están
huyendo. O mejor aún, para que puedan fingir que son las últimas personas de la
Tierra, con el encargo de crear un nuevo mundo a partir del polvo.
Pero, por supuesto,
ese artista afortunado le dijo a Consuelo que sería perfecta para la colonia.
Le dijo que había oído de su trabajo. A Consuelo le complació que lo dijera
mientras los demás seguían a la mesa, aun si sabía que estaba mintiendo. ¿Por
qué le mentiría? ¿Para qué la necesitaba? ¿Estaba tratando de llenar un
espacio? ¿Había percibido el tufo del dinero de su marido ausente?
A pesar de ello, se
sintió halagada. Probablemente la mentira estaba enraizada en el deseo físico.
Se había tomado la molestia de coquetear con ella, y hacía mucho tiempo que
nadie le decía que ella o su arte eran perfectos para algo. Sabía que no podía rechazar
la invitación. Iría a la colonia y se quedaría hasta que tuviera certeza de sus
posibilidades de irse a los Estados Unidos. ¿Qué más podía hacer? El aviador
parecía haberse olvidado de su existencia.
Así fue como
Consuelo terminó viviendo en Oppède, en su «reino de rocas», por casi un año.
Una vez a la semana caminaba hasta el pueblo para ir al mercado que estaba en
Cavaillon. Dos veces al mes le tocaba tomar el puesto en la estación de radio
del reino para mandar señales a la Resistencia en un código que apenas
entendía.
En el curso de un
año, escribió y envió doscientas cartas a la nueva dirección de su hermana en
San Francisco; guardaba las páginas deslizándolas bajo una loza de piedra lisa
de la cueva hasta que podía llevarlas a la oficina postal. Un día dibujó su árbol
genealógico con carboncillo prestado en el reverso de su antigua postal del
Lago Coatepeque: lo que recordaba del rostro de Socorrito, el de Graciela y el
suyo. Lo metió en un sobre y se lo envió a su hermana.
En Oppède había
también cuatro niños, todos hijos de Félix. Elaine, a la que le faltaban
dientes; Renaud, el gordito; Magali, la pecosa; y Lorène, la de la cara larga.
Habían llegado ahí antes que su padre, trepando por las
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rocas antiguas, con
panales de abejas amarrados a la espalda. Creían que la miel atraía a la buena
suerte. Ansiaban esa luz dorada y pegajosa. La vertían sobre tristes papas de
jardín, aderezaban higos inmaduros con ella, y cada mañana Consuelo mezclaba un
poquito en ese fango jodido que la gente de ese reino de rocas llamaba café
maicero.
Por lo general,
cuando ella se despertaba, Félix ya se había levantado, encaramado como un gato
en el viejo terraplén de roca invadida por las viñas, a tomar el sol. Le
sonreía y luego se dirigía a la cueva en la que trabajaba.
En ese lugar los
artistas no firmaban con su nombre, y apenas les mostraban su arte a otras
personas. Todos parecían trabajar en una soledad furiosa, como las abejas.
Todos los días escapaban de la luz, se arrastraban hacia su propia sombra y se
ponían a trabajar en su arte.
Pasaban días
enteros cavando, olfateando la tierra bajo el sol en busca de papas
decepcionantes. Y luego volvían a cavar para plantar. Y cavaban una vez más en
busca de barro. Se suponía que lo que hacían, y las horas que pasaban
haciéndolo, era necesario y libre del ego, pero Consuelo jamás había trabajado
con nada que pareciera diligencia, y su ego no desapareció solo porque el reino
de rocas consideraba a cada uno de sus miembros parte de una hermandad. En ese
lugar estaba más callada, eso sí. Su furia se había atenuado. Si comenzaba una
escultura, trataba de terminarla. En Oppède nunca estaba ni la mitad de
borracha de lo que había estado en Marsella o en París. Su soledad se mantenía
intacta, pero ya no se sentía como un cuchillo.
A veces, Consuelo
se imaginaba regresando a París cuando la guerra hubiera terminado para
recibirse de la École des Beaux Arts, y esculpir toda una vida de arte
perdurable, hacerse de un nombre. El barro de esa región era como cuerda en sus
manos, y las muñecas y los dedos le dolían al final de la jornada de una forma
placentera. Se le ocurrían formas en sueños, así como la historia de cómo les
daría vida. Mientras bebía más café, lavaba papas o se quejaba del mistral,
estaba construyendo torres en la mente.
Y quién sabe… Quizá
las ruinas no eran más que el principio, y un día el Reich se desmoronaría.
Quizá el trabajo realizado en ese lugar de piedras antiguas perduraría. Dentro
de cien años, los peregrinos escalarían el Luberon para tocar las reliquias hechas
por las manos de Consuelo. Y así, mañana a mañana tomaba café con miel mientras
las siluetas frenéticas
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de las aves
llenaban el cielo rosáceo como sacudidas dentro de una bolsa, las montañas se
cubrían de musgo, y Félix le devolvía la sonrisa, apuraba su propio café, y
luego se dirigía por un camino escarpado, a veces a gatas, hacia su
cueva-estudio, donde trabajaba en un silencio devoto y productivo que Consuelo
envidiaba indescriptiblemente.
Usualmente él
pasaba por su lugar un par de veces en el transcurso del día. A veces sonreía o
se aventuraba a preguntarle por su trabajo. La cadena de niñas nacidas dentro
de un volcán, ¿qué había con ellas? ¿O qué de la mujer en la capa de alas de
mariposa? ¿Qué había de la señora sin ojos que paseaba a su gato silvestre con
una correa? Nunca le preguntaba por la escultura que había empezado y que
seguía sin terminar: su esposo volando sobre la espalda de un ave.
Con frecuencia,
hacia el final del día, Félix y Consuelo volvían juntos con el ocaso. Félix
dibujaba algo en una hoja de papel, lo doblaba y se lo entregaba a Consuelo.
Ella se cubría los ojos del sol con la mano mientras consideraba cómo
responder.
«Eres muy bonita»,
le escribió Félix un día, y le pasó el papel por encima de la mesa.
«Lo sé», garabateó
Consuelo debajo.
Félix escribió otra
nota: «Quiero conocerte».
Consuelo no supo
qué responder, así que lo invitó esa noche a su cueva.
Esa noche Consuelo
trozó pétalos de rosa color melón en una cubeta, la llenó de agua y se bañó con
ella. Se peinó y se hizo trenzas anudadas alrededor de la cabeza. Se puso un
vestido de seda que su esposo le había comprado en París. Tenía rosetones bordados
en los hombros, y con él puesto atravesó el polvo de su habitación de roca. El
corazón le latía en las mejillas. El sudor estaba empezando a humedecerle el
vestido, y por el cuarto corría un viento caliente. Oyó los pasos de Félix
acercarse, su silbido alegre, y maldijo una vez más. Solo una idiota, una zorra
idiota, haría lo que estaba haciendo. Rogó porque se equivocara de habitación,
que se perdiera, que se rindiera ante la oscuridad y volviera por el camino de
rocas. Contuvo el aliento y se abanicó las medialunas que se le estaban
formando en las axilas. Había mujeres frías y suaves como piedras, pero
Consuelo no era una de ellas. Oyó los pies de Félix afuera de la puerta, y lo
oyó llamar en medio de la noche ventosa:
—«Bonne nuit!».
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Podía sentir ya su
calor, su aliento en la piel, y por un momento perdió el equilibrio.
Aferrándose a una loza de roca fría y suave, se detuvo un instante antes de
abrirle la cortina a su invitado.
Al hacerlo, la
habitación se llenó de los ojos de él. Consuelo alzó la mirada para encontrar
la suya y se topó con su boca. Tiró de él hacia el interior y lo llevó hacia la
áspera cobija de lana que estaba en el piso. Se le llenó la nariz de su
cabello, sintió sus labios en los hombros, sus manos por todo el vestido de
seda. Sentía que el cuerpo le brillaba con su calor avivado por las rocas.
Embonaban juntos, un par perfecto, llenándose mutuamente, y Consuelo supo que
no habría palabras, que no se detendrían, y a cada momento absorbía tanto de él
como le era posible, llenándole de besos los ojos, la nariz agrietada, la
dorada amplitud de su plexo solar. Consuelo oyó, en algún lugar lejano, cómo se
partía la tela del vestido, y atrajo a Félix hacia sí, sobre ella,
sosteniéndole la mirada, y de pronto estaba dentro, cada vez más profundo, y lo
besó todo el tiempo hasta que sintió el grito subir por su pecho.
A la mañana
siguiente mezcló de nuevo su café maicero con miel y miró el amanecer asomarse
por la neblina. Félix dibujó el Luberon. Ella lo observó mientras capturaba un
cúmulo de pinos, una hendidura de ocre, el contorno de la saliente del
terraplén de un viejo castillo.
No le diría que lo
amaba.
Más tarde ese mismo
mes, Consuelo pasó una semana intranquila: la sangre no llegaba. Imperturbable,
delirante, hacía el amor con Félix todos los días. Luego comenzó otra semana
más, y perdió rastro del tiempo. Vio a Eliane perder sus dos dientes frontales,
y luego vio cómo otros dos afilados dientes de conejo los reemplazaron. La voz
de Renaud se hizo una octava más profunda entre rechinidos. Una noche, alguien
irrumpió en el estudio y se llevó materiales y algunas obras terminadas. No se
llevaron ninguna de las obras de Consuelo, lo que encendió una fogata de
envidia en su cabecita nerviosa.
Mientras tanto,
Félix seguía enviándole dibujos: una torre celestial construida en los árboles,
un muro hecho completamente de cristal. Una casa tallada en la cima de una
colina de cara al mar, con estrellas dentro, que llevaban hacia el estudio
subterráneo del artista. Una cabaña provenzal de piedra ocre, un enorme
invernadero con aves del paraíso y atrapamoscas y viñas y papayas en el segundo
piso, y un techo de cristal
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en el primero.
Pilas de rocas color ocre alineadas en el jardín, en el cual Félix había
pintado en acuarelas arcos heliotrópicos de lavanda, rosas de un color
anaranjado oscuro, higueras y cerezos, viñas y madreselvas, y un estudio para
dibujar, pintar y esculpir. En cada uno de sus planos, Félix dibujaba en alguna
de las habitaciones a una mujer que se veía como Consuelo. Dormida con los
zapatos puestos en una casa, y en otra moldeando barro en un molde, con un
delantal sucio. Consuelo y un perro, de pie dentro del invernadero, entre
estatuas hechas por ella misma.
Los demás habían
empezado a notar lo que había entre ellos, y pasaban al lado de ambos
sonriendo, pero sin decir mucho. Todo el mundo sabía que Consuelo era casada.
Y entonces,
finalmente, nueve semanas después, Consuelo tuvo que admitir, tanto para ella
como para Félix, que estaba embarazada.
Desde el principio,
la gente del reino estaba lista para abandonarlo todo si era necesario.
Tirarían la torre de radio y su maraña de cables. Destruirían los jardines y
dejarían que se secaran las fuentes. Y todo en los estudios — las pastillas de
pintura, los retazos de lienzo, las pinturas favoritas colgadas en las paredes,
las esculturas todavía a medio secar— tendría que desaparecer por completo.
Sabían que, si se veían obligados a escapar a las prisas, no podían dejar
ningún rastro. Estaban además, por supuesto, aquellos que habían escapado de la
muerte en los campos de concentración y habían escalado las montañas para
encontrar refugio en el reino, los medio muertos, tatuados y silentes, que
escalaban las rocas y volvían a la vida en las cuevas de piedra. Todos tendrían
que desaparecer entre los bosques, si ese día llegaba. Cuando el día llegara.
En Cavaillon, justo
debajo de ellos, los hombres de Vichy quemaban los campos de cultivo, y estaban
avanzando hacia los cerros. En el reino de rocas se apareció un hombre con un
portafolios, que tomaba fotografías y se robaba los borradores que había arrancado
de algún cuaderno en el estudio.
Cada vez eran más
las pinturas desaparecidas, así que durante la noche los artistas empezaron a
llevar consigo a la cama sus trabajos más preciados, junto con sus documentos.
Había un estadounidense que estaba expidiendo visas, y había rumores de que pronto
estaría en Cavaillon. En el reino, los artistas comenzaron a planear sus
próximos pasos.
Consuelo, sin
embargo, tenía una salida.
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Tras un año de
silencio, el aviador la quería de vuelta consigo. Consuelo había perdido toda
esperanza de que se acordara de ella, de que la buscaría o siquiera de que la
deseara todavía, pero un día, mientras estaba en el mercado al aire libre, un
hombre se le acercó y le dijo que había un mensaje esperándola en la oficina
postal: lo habían entregado con nada más que su nombre.
En la carta, el
aviador se disculpaba brevemente por haberse ido a los Estados Unidos sin ella.
Le enviaría inmediatamente un boleto de avión y dinero para que pudiera
alcanzarlo en Nueva York. Podrían intentarlo todo de nuevo. Lo único que haría
falta sería una palabra de ella. Consuelo no sintió casi nada luego de leer la
carta. Seguramente estaba aburrido, solitario, frustrado —prácticamente podía
olerlo— y estaba convencida de que la solicitud para reunirse con él no tenía
nada que ver con ella.
Además, Consuelo no
se moría por dejar Oppède. Cuando se iba a dormir por las noches se llamaba a
sí misma zorra malagradecida —nadie más en todo el reino de rocas tenía una
salida así de fácil—, pero nunca había sido tan feliz como lo era en ese lugar,
aunque le daba demasiada vergüenza decir las palabras en voz alta siquiera.
Semanas más tarde,
le escribió una respuesta con una mano en el vientre cada vez más grande, y le
pidió el divorcio.
Él contestó de
inmediato: «Me niego a conceder un capricho de semejante indignidad».
Se lo pidió de
nuevo.
El aviador le envió
un sobre con boletos de tren, boletos de avión, un guante de terciopelo lleno
de dinero, y una nota breve: «Me rehúso». Consuelo se dijo que estaba loca. Era
una locura no irse. ¿Qué hacía ahí en primer lugar? Era la misma pregunta que
todo el mundo le hacía desde que había llegado.
Por supuesto,
Consuelo sabía que la colonia recibía un subsidio de Vichy, como un compromiso.
Todos los demás trabajaban el jardín lleno de matorrales mientras maldecían a
otros surrealistas, al mundo del arte o a la ciudad de Nueva York, que seguía
su vida sin ellos. Aun si lo sabían, fingían no saber que los nazis, los mismos
que estaban quemando campos de cultivo a sus pies para matar de hambre a los
franceses, habían hecho posible ese espacio de arte y cultura para ellos. El
mundo seguía su curso. Se preocupaban en voz alta de que nadie los extrañara,
de que jamás
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volverían a la
escena artística de París, de que morirían ahí, tan lejos. Se reservaban la
felicidad y el alivio para sí.
Mientras tanto,
Consuelo seguía trabajando también. Amaba las noches. Moldeaba el barro y
pintaba. Piececitas incompletas. Poco a poco. Por las mañanas volvía a las
piezas en las que había estado trabajando antes de irse a dormir y, lentamente,
sus pequeñas formas incompletas adquirían lógica, y ella misma parecía adquirir
lógica. En cueros, de brazos dorados y dientes afilados. Terminaba sus pinturas
y las ordenaba contra el muro de la cueva. Trabajaba horas enteras sin
necesitar a ninguna otra alma que la distrajera. Los pies desnudos y sucios y
el cabello cortado con un cuchillo. Las jaquecas vespertinas causadas por la
desnutrición y las quemaduras solares crónicas. Félix trabajando en su propio
espacio y su bebé creciendo dentro de ella. Los amigos que trabajaban como
abejas, los hijos de la miel, las tersas montañas y las rocas antiguas y
brillantes.
Nadie sabía
exactamente cuán vieja era la bóveda que servía de base a esas ruinas, pero
algunos decían que era una construcción de tiempos del Imperio romano. Consuelo
eligió la amplia piedra angular en la cima del arco, sin saber que esa sería su
última tarea en Oppède. Arrastró una escalera por la roca y luego fue por sus
herramientas de escultura. Tenía nueve meses de embarazo. El rostro que
Consuelo talló en la roca tenía la intención de ser el de su hermana, que se
quedaría ahí como guardiana del reino.
El rostro tenía una
nariz ancha, unas fosas ligeramente aleteantes, y unos pómulos altos y grandes.
Tenía los ojos abiertos. Bajo el sol destellaban las hojuelas de mica de las
rocas.
—¿Eres tú? —le
preguntó Félix cuando bajó de la escalera.
—Mi hermana
—respondió Consuelo. Algún día, esperaba, mucho tiempo después de su muerte,
algún extraño podría encontrar el rostro de Graciela en las rocas y restaurar
su reino.
El mundo se
incendiaba a sus pies, otra granja hecha cenizas en el pueblo, pero ahí… Sentía
que podía quedarse ahí para siempre.
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Las Comadres nació
de la necesidad. ¿Así iba el dicho? Las madres son un invento de la necesidad.
La necesidad es la madre del ingenio. Guateber.
Tras el cierre de
la envasadora, Graciela y sus amigas estaban llenas de necesidad. Necesitaban
cuidar de sus hijos en crecimiento. Necesitaban un lugar para descansar que
fuera solo suyo. Necesitaban dinero para pagar la renta del edificio y para
comprarles zapatos a sus niños. Se necesitaban la una a la otra.
Así que, para
cuando Graciela encontró un lugar, justo en la calle Veinticuatro, y a una
casera que, malvada como era, estaba dispuesta a rentarle a cuatro inditas con
sus hijos, el plan se puso en acción. Las Comadres era un plan en papel;
mientras los niños dormían, Graciela había discutido la mecánica entre
murmullos con Clara, Josefina y Silvia. Estaban listas.
La planta baja de
su nueva casa era una tienda, pronta a convertirse el centro de su negocio, un
café de ventanas amplias y gruesas y algunas llaves empolvándose en las
repisas; el difunto marido de la casera era cerrajero.
En el piso de
arriba había un pasillo largo y estrecho del cual se ramificaban dos
habitaciones, una a cada lado. Al fondo del pasillo estaba el baño con su tina
con patas. El escusado estaba en un cuarto aparte, diminuto como un armario.
Graciela cosió unas cortinas largas para colgarlas al fondo de la tienda y con
ellas separar por un lado el café, y por otro, las escaleras y el área
habitacional, donde los bebés se bañaban juntos en la tina y las madres se
tendían junto a ellos a soñar. Un lujo, esa ensoñación. Sus manitas enroscadas
sobre sus cabezas.
Las Comadres se
turnaban las responsabilidades y los placeres: el cuidado de los niños, la
administración del café, y sus propias horas tranquilas de descanso y creación.
Eran horas de descanso y creación bastante deplorables —apenas tiempo para
bañarse, doblar la ropa, o quedarse dormidas leyendo un libro; ser madre es una
constante sucesión
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de interrupciones,
pero así es como sobrevivían—. Estaban las interrupciones, claro, pero además
estaba el costo de la comida, la renta, las cuentas, la necesidad de trabajar y
al mismo tiempo cuidar de los niños, la falta de sueño que las llevaba al colapso,
el ruido que no tenía remedio. Conforme crecían los niños, Graciela intercambió
con las otras mujeres las clases de inglés por unas horas extra de cuidado
infantil, y en las mañanas que se encargaba de los niños mientras las demás
estaban trabajando en el café o durmiendo una hora más, caminaba con el bebé
más pequeño en la espalda y los mayores tomados de sus manos por un callejón
lleno de jacarandas hacia la biblioteca de Barlett Street, donde se sentaba en
el frío piso de mármol con tres o cuatro bebés sobre el regazo. Les leía en voz
baja. Cuando empezaban a volverse locos, los llevaba al Parque Dolores y corría
con ellos hasta la cima. Se turnaban para dar marometas en la bajada. Cuando el
negocio empezó a ir bien, a veces iban por helado.
Empezaron sirviendo
a los clientes té —no café—, que salía de su cocina de azulejos amarillos. El
café, por supuesto, había prosperado de nuevo después de la masacre. Como los
sobrevivientes estaban medio muertos de hambre, nuestro trabajo era más barato
que nunca para los patrones, y en consecuencia, más barato que nunca para Los
Yunais. El Pacific Mail transportaba gratuitamente costales de noventa kilos a
los muelles de San Francisco, donde hombres provenientes de nuestro país los
descargaban y procesaban los granos en latas rojas con una etiqueta en la que
aparecía un espigado hombre árabe de túnica estrellada. Graciela no soportaba
ver esas latas rojas. En lugar de eso, recorría el vecindario con una canasta y
recolectaba plantas para hacer infusiones con ellas: manzanilla, bugambilia y
jamaica, todas las plantitas que alguna vez la criaron a ella. A sus clientes
regulares favoritos les daba el té de su amiga Miyuki.
La última vez que
había visto a Miyuki, esta le había dado tres latas grandes de té envueltas en
la cobija hecha por su madre, para que se las llevara a su nueva casa. Graciela
la había mirado como si se hubiera vuelto loca y negó con la cabeza. El té tenía
un aroma bellísimo y debía costar una fortuna.
—Para el negocio
—había dicho Miyuki. Fue en ese momento que Graciela se dio cuenta de que
Miyuki estaba conteniendo las lágrimas.
Graciela trató de
preguntar cuál era el problema, pero Miyuki solo negó con la cabeza y soltó a
llorar. No quería hablar de ello. Graciela la
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abrazó por primera
y última vez, mientras su amiga le ponía el bulto de tela y té en los brazos.
Cuando Graciela
regresó al barrio japonés a buscarla la semana siguiente, encontró tapiadas las
ventanas del salón de té, así como las de los demás negocios del patio.
No volvió a ver a
Miyuki. A la gente del barrio japonés la desaparecieron simplemente por
existir, por llamar suyo aquel lugar.
Conforme Las
Comadres se establecieron en su nuevo hogar, tuvieron el espacio, el tiempo y
la luz para regresar a los tesoros de sus vidas anteriores… trasplantándolos en
ese vecindario. Ese era su Ahora Eterno.
Josefina era una de
las afortunadas que recordaba cómo solía tejer su abuela con el telar de
cintura, y hacía telitas y cositas para decorar la tienda y vender en el café.
Clara, por su
parte, durante su niñez en nuestro país había querido ser artista. Ahora tenía
espacio para sí, y dos horas cada dos días por la mañana para sentarse a pintar
junto a la ventana. A veces, a mitad de la noche, se le podía encontrar
corriendo por las calles con esa voz ruidosa suya, de camino a atender un parto
y traer luz al mundo.
Silvia quería
preparar la comida que recordaba de los tiempos antes de que su madre muriera y
su padre la trajera a esa otra ciudad para trabajar en los muelles, pero ya no
quedaba nadie a quien llamar para pedirle las recetas. No había libros de
cocina, y no logró encontrar nada de lo que necesitaba en el mercado del
Mission District, que parecía proveer solo comida para las esposas pecosas y de
piernas gruesas de los policías, así que Clara hacía lo que podía. Compró pan
blanco y leche en polvo y trabajó en transformarlos en queso patuchuca.
Pronto la serie de
murmullos de algunas viejas la enviaron al barrio chino, en Richmond, donde
consiguió ajonjolí, masa harina, queso blando y experimentó, como una química,
arruinando sartenes y maldiciendo cuando desperdiciaba ingredientes, hasta que
empezó a salirle bien. Las Comadres empezaron a servir pastel de piña, jugo de
tamarindo y quesadillas… Y mira, no estamos hablando de tortillas de harina con
queso rallado o cualquiera que sea el desmadre que te estás imaginando; era un
pastel dorado cubierto de ajonjolí, de masa batida por una hora, esponjosa y
delicada, ni tan dulce, ni tan salada.
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Fue de Graciela que
Silvia aprendió a escuchar a las viejitas, cómo hacer que las maitras soltaran
sus recetas, qué preguntas hacer para llevarlas directo al platillo en
cuestión, así como la importancia de escribirlo todo para no olvidarlo de
nuevo. Lo mejor de todo es que ya no pasaban hambre.
Más tarde la casera
se enfermó, y estaba completamente sola. Silvia compraba sopa un par de veces a
la semana, lo mínimo decente en esa situación. La viejita se la tragaba con una
sonrisa, agradecida con esa amabilidad nada extraordinaria, luego de años de
quejarse del hedor a «comida española» que emanaba su edificio.
Cuando murió, sin
esposo, sin hijos ni parientes en ese país, les dejó el edificio a Las
Comadres. Una herencia completamente saldada. Ninguna de ellas podía creerlo,
carajo. Las Comadres les pertenecía.
Otros vecinos no
estaban de acuerdo. Creían que el edificio que en el que vivían Graciela y sus
comadres, la calle en la que estaba, la calle Veinticuatro, incluso el flujo
del Dolores, el mítico lago que pasaba bajo sus pies, no podía pertenecer a Las
Comadres ni a nadie que se viera como ellas. Creían, como lo había creído la
casera —cuyo regalo final no la absuelve, en nuestra opinión, de las veces que
gritaba al teléfono sobre sus «promiscuas inquilinas latinas»—, que ese lugar
le pertenecía solo a su gente. La vieja casera, decían los vecinos, al final se
había vuelto loca — seguramente esas chicas mexicanas la habían embrujado o
manipulado con algún sucio truco—. Estaban seguros de que Las Comadres no
sobreviviría mucho tiempo. Los policías bajaban la velocidad de sus patrullas
cuando Graciela iba caminando con los niños por la calle. La rubia que atendía
la tienda de la esquina donde a veces Silvia compraba ingredientes se negaba a
hablar directamente con ella o a mirarla siquiera.
Nosotras, sin
embargo, no nos alejamos de Graciela, y cuidamos a sus comadres como si fueran
nuestras. Piensa en Corita, por ejemplo. Es calaceada, pero calaceada.
Destruida por la vida y furiosa de volver a ella. Se mezcló entre Las Comadres
una mañana, llena de tierra, un colibrí flotando sobre uno de sus hombros
jorobados como si tuviera la oreja llena de néctar. Josefina estaba con su
hijita tomando la siesta recargada en su pecho, estaba leyendo el tarot en la
mesa junto a la ventana —Graciela le había enseñado, y se dieron cuenta de que
atraía buenos negocios.
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—Dime mi futuro —le
dijo Cora, acomodándose en la silla frente a Josefina—; quiero saberlo, siempre
que sea bueno: amor, sexo, romance.
El ave vibró
ligeramente, y Josefina revolvió las cartas. Va a ser fácil, pensó. Sabía
exactamente qué decirles a las mujeres que hacían esas preguntas; querían un
viaje, una misión, incluso una anciana como esa.
Con Corita, sin
embargo, Josefina se equivocaba. Quería oír sobre su pasado, no sobre el
futuro: Héctor, su aroma, su bebé, la vida que podría haber sido. Josefina le
entregó las cartas para que las sostuviera, le instruyó elegir tres y luego
ponerlas boca abajo al centro de la mesa.
—Veo a un hombre
honesto, trabajador, idealista —comenzó Josefina, preparándose para voltear la
primera carta. La bebé estiró una manita fuera del rebozo hacia el pecho de su
madre y dejó escapar un gemido que perforó el aire.
Fue demasiado para
Corita.
—Ay, puya, me tengo
que ir —dijo, y se puso de pie con dificultad. Quedarse ahí en carne y hueso
era demasiado doloroso. Un terremoto de tiempo, un desastre… Corita veía tantas
cosas al mismo tiempo.
—Mira, toma esto
—dijo, y le entregó a Josefina un bulto, dentro del cual había un puñado de
tierra negra y rica—. Dile a Graciela que Cora le manda saludos —añadió, y su
cuerpo se desvaneció. Josefina dio un grito. El colibrí revoloteó un momento y
luego salió volando por la ventana abierta.
Las Comadres
eligieron interpretar la tierra de Corita como una bendición. Poco después de
su visita, la biblioteca Barlett requirió a alguien que hablara inglés y
español, que pudiera encargarse de los programas de lectura en voz alta para
niños, que pudiera poner orden en los estantes, y Graciela se quedó con el
trabajo. Mantuvo algunos de sus turnos en el café, pero el empleo en la
biblioteca trajo algo de estabilidad para Las Comadres. No las iban a
intimidar. Ese era su hogar.
Conforme llegaba al
vecindario más gente como nosotras, Graciela y sus amigas les daban la
bienvenida, se hacían amigas de sus hijos, los alimentaban, les permitían
descansar en Las Comadres mientras buscaban un lugar para quedarse.
Cuando un
adolescente racista arrojó un ladrillo a la ventana de enfrente, Graciela salió
descalza, con un cuchillo brillando bajo la farola.
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El chamaco cagón
salió corriendo hacia la noche mientras se meaba en los pantalones.
El portero de la
biblioteca conocía a alguien que podía ayudarlas, y para la noche siguiente ya
les había encontrado una ventana nueva y había soldado una reja de barras de
acero elegantemente curvadas en las dos ventanas del frente. Lo único que pidió
a cambio fue una quesadilla de oro para su familia y que sus dos cipotes
pudieran unirse a las clases de inglés que Graciela daba en la biblioteca.
—Esas son
gratuitas, cualquiera puede tomarlas —le respondió ella.
—Mierda. Otras dos
quesadillas entonces, por favor.
En la biblioteca,
Graciela organizó también un club de lectura, que se convirtió además en taller
de poesía, lo que los fufurufos franceses con los que se llevaba Consuelo
habrían llamado un «salón». Graciela se ahorró mucha palabrería invitando
solamente mujeres. Siempre se tomaba el tiempo para leer los periódicos de
gringolandia a los que estaba suscrita la biblioteca, para mantenerse al tanto
de lo que ocurría en nuestro país. En aquellos días, al Christian Science
Monitor —el «monitor científico cristiano», ay, ¿quién le había encargado a ese
piadoso científico el trabajo de monitorear el mundo?— le gustaba
particularmente publicar sobre nuestro pulgarcito.
Un texto titulado
TRADICIONES EN EL SALVADOR ENFRENTAN A LA NACIÓN CON EL NAZISMO describía las
costumbres de nuestra gente. «Todo es limpio, frondoso, sereno y abundante»,
escribía el reportero. Prácticamente un folleto de viajes, ¿no? Este Científico
Cristiano terminaba el artículo con la clase de anécdota que hacía estremecer a
Graciela. El Gran Pendejo había nombrado como su oráculo a un diplomático nazi.
El periódico no usaba la palabra «oráculo», pero describían el puesto, y
Graciela reconoció las responsabilidades. El vocero oficial de Hitler había
trabajado de cerca con El Gran Pendejo, aconsejándolo sobre qué hacer y cuándo
hacerlo, pero de un día a otro habían despedido al oficial nazi, y más tarde lo
encontraron muerto. Se había suicidado, supuestamente, y el General declaró el
suicidio una victoria inequívoca para su propio buen nombre.
No había sido sino
muy recientemente que El Gran Pendejo se había puesto en contra del nazismo, y
con toda seguridad no había sido para defendernos a nosotras, limpias,
frondosas, serenas y abundantes. Nosotras ya estábamos jodidamente muertas, por
supuesto, gracias a él, hechicero
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nazi. El Gran
Pendejo apoyó a los nazis hasta que no tuvo más opción que alinearse con su
viejo amigo Los Yunais y los demás aliados después de Pearl Harbor, todavía
indignado porque les hubiera tomado tanto tiempo a sus amigos reconocerle su
lugar.
Pero basta de eso.
Graciela cerró el periódico y volvió al trabajo.
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Cuando llegó al fin
el momento de dejar el reino de rocas, Consuelo tomó los boletos y el guante
lleno de dinero y dejó Europa ella sola.
Llegó a París, a un
aeropuerto sumido en la tensión de un alto grado de vigilancia. Su vuelo a
Nueva York se retrasó. Desdobló un abrigo que llevaba en la maleta maltratada y
se preparó para dormir tendida en el piso del aeropuerto hasta la mañana, cuando
saldría el vuelo, y entonces se le acercó una mujer de lentes oscuros. Lucía.
A ojos de Consuelo,
Lucía era, sin duda alguna, una espía: los lentes de sol, la gabardina, la
forma de observarlo todo. Consuelo se cubrió el rostro con la parte suave del
interior del brazo y dejó que su mente revoloteara entre la conciencia y el
sueño, una mosca que se posa en una fruta madura, flota y luego se eleva otra
vez. Lucía llevaba una libreta en el bolsillo izquierdo del abrigo. Consuelo
dedujo que era estadounidense, con esa belleza tersa y aburrida que indicaba
una línea sanguínea de leche entera, ese abrigo largo y liso, los lentes y el
cabello brillante y de raya en medio.
Al acercarse, Lucía
sabía que debía tender a la adulación, al soborno.
Le dijo a Consuelo
que parecía una estrella de Hollywood.
—¿Cuál de ellas?
—preguntó Consuelo. Era una duda real—. Me han dicho que me parezco a Rosie
Swan, cuando era más joven.
—No, ella no
—respondió Lucía—. Otra. ¿Cómo te llamas?
A Consuelo le daba
igual si la espía solo quería revisar su pasaporte, colocar un micrófono en el
forro de su maleta, o si sospechaba que fuera partidaria de Vichy. Estaba
exhausta.
Lucía dejó caer una
cajetilla de Gauloises sobre el regazo de Consuelo, que lanzó un chillido y los
alzó como si fueran la eucaristía.
—¿Dónde demonios
los conseguiste? —le preguntó. Habían desaparecido durante la ocupación
alemana; Consuelo había estado enrollando sus propios cigarros para
compartirlos con tres o cuatro personas cuando se hacían de un puñado de
tabaco. ¡Los cigarros! Ese fue
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el detalle que la
convenció: Consuelo casi juzgó a la espía por la torpeza de su fachada.
Consuelo se dejó
llevar por la calidez de la voz de Lucía. La conocía, pero en ese momento no
estaba segura de cómo. La espía le dijo que había trabajado como reportera de
un periódico, pero que lo que realmente quería era dedicarse a escribir
historias, que amaba oír las historias de la gente, que sobre la vida de
Consuelo podrían escribirse libros enteros.
—¿Tú qué sabes de
mi vida? —preguntó Consuelo. No se compró el acto ni por un momento: la
libreta, los lentes de sol, el abrigo de película de detectives, la plácida
sonrisa de gringa. Lucía era una espía.
—Cuéntame —contestó
Lucía. Ya conocía la historia, pero hacer que Consuelo se la contara era parte
de la alquimia. Consuelo, que llevaba días sin intercambiar palabra con nadie,
tuvo que encontrar las palabras por sí misma.
Comenzó a hablar, y
entonces ya no pudo parar.
—Mi parto se
adelantó, como un incendio en todo el cuerpo…
Lo recordamos.
Estábamos ahí con ella. Cuando sus pies levantaron el polvo suave de la cueva y
Félix la sacó en hombros del reino de rocas. Cuando detuvo un camión cargado de
melones y le rogó al conductor que los llevara a Cavaillon, estábamos con ella.
Cuando la subió a la parte trasera del camión y ella dio un grito de dolor
agudo, de pronto consciente de que todo estaba mal, y él subió después, y ella
contuvo el aliento mientras él le sostenía las rodillas, estábamos con ella.
Estábamos con ella mientras el camión avanzaba con ella en la parte trasera,
luego de hacer un par de bromas sobre el melón que llevaba en el vientre,
empujado hacia un parto prematuro… Antes de que la respiración le cambiara,
antes de que la Tierra se partiera y temblara en sus adentros con pulsaciones
rápidas. Estábamos con ella esperando a que pasaran los caballos.
—Un río de caballos
—decía ahora Consuelo, la voz temblorosa mientras las palabras se desplegaban
frente a Lucía—. Un mar de caballos, un tren de carga de caballos.
—Vienen por la
procesión de los melones —dijo el viejito que conducía el camión.
Caballos que se
cagaban por donde pasaban, caballos llenos de moscas que zumbaban sobre los
chajazos de sus lomos, caballos que apestaban en el calor. Caballos de ojos
asustados como lunas gibosas. Caballos como los de las pinturas de Helena.
Caballos.
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—¿Faltan muchos?
—le preguntó Félix al conductor, mientras el polvo se arremolinaba y envolvía
el camión. Félix sostuvo un pañuelo en la cara de Consuelo para que pudiera
toser en él.
—¿Cuánto tiempo
llevan viviendo aquí? —preguntó el conductor—.
Hacemos esto cada
año.
Consuelo se tocó
los pechos nerviosa y pensó para sí: quizá sea mejor que, cuando nazca la bebé,
la deje aquí con Félix. Él puede ser su padre y su madre. O puede encontrar a
una mujer mejor para que sea su esposa, una mejor madre para esta pequeña joya.
Después de todo, ella tenía su boleto a Nueva York, y a su esposo rico.
Lo que Consuelo no
podía contar ahora era que el parto se adelantó más aún de lo que el doctor de
Cavaillon esperaba. Se quitó los lentes y los colocó en la mesa junto al
camastro en el que estaba tendida Consuelo, y la reprendió por no haberlo
visitado en consulta ni una sola vez en todo su embarazo, apuntándole con el
dedo, y ella le contestó que cerrara el hocico y que la ayudara en ese momento.
También entonces estábamos con ella.
Estábamos con ella
mientras Félix la animaba:
—Bravo, chérie
—decía, y le sostenía las manos mientras ella gritaba y sollozaba, mientras
ambos tomaban aire en inhalaciones lentas y profundas. Y cuando llegó el
momento de pujar, había sangre en todas partes, y las enfermeras contaban, y el
doctor se puso los lentes otra vez.
—Despacio, no tan
rápido, despacio —le susurraba enojado—. Es una tigresa —añadió para nadie en
particular, y le amarró las muñecas al respaldo del camastro. Consuelo mordió
la cuerda de la muñeca derecha, y luego la de la izquierda, y escupió. Ahí
estábamos, aliviadas, cuando el doctor se echó para atrás para fumarse un
cigarro y la jefa de enfermeras se hizo cargo. Estábamos ahí cuando Consuelo se
puso a gritar:
—¡Me voy a partir
en dos! ¡Me voy a partir en dos! ¡Me voy a partir en dos!
—La cabeza, la
cabeza —dijeron las enfermeras.
—Se está asomando
la cabeza, se está asomando la cabeza —dijo el doctor. Fue entonces cuando
Consuelo perdió la conciencia. Vimos cómo la enfermera tomaba al bebé y salía
de la sala con el cuerpecito en brazos, sin llanto alguno. El bebé se había
adelantado demasiado. Consuelo, en medio de la oscuridad, sabía que algo andaba
mal.
Unos momentos
después, otra enfermera, una jovencita que nos recordaba a la monja más joven
de nuestra escuela, se cubrió la boca y
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ahogó un grito, y
nosotras estábamos ahí también.
—Lo perdimos —dijo,
y la muerte se coló en la sala por el resquicio de una puerta lo
suficientemente abierta para dejar entrar la luz matutina. Entonces, como aves
atrapadas en una habitación, aleteando y moviendo sus delicados huesos, todos
los cuerpos sacudieron sus miembros y a tropezones buscaron una salida.
—Cierren la puerta
—gritó Consuelo.
—No hay pulso —dijo
el doctor.
Y cuando la sala
quedó en silencio, un silencio largo y grueso que llenaba los oídos con el
pulso de la sangre, ay, ese silencio, ese túnel de negritud absoluta que
llevamos dentro, y el bebé, un oscuro botón de rosa, estaba de vuelta en la
mesa junto a Consuelo, y Consuelo comenzó a gritar:
—¡Llévenselo,
llévenselo de aquí, llévenselo de aquí, con un carajo! Y nosotras estábamos con
ella.
Vimos cómo le
sacaban la placenta, una oscura luna de sangre. Le cosieron el cuerpo, y ella
gritó y gritó, y después gimió y se meció, y la amarraron de nuevo al camastro
y le ordenaron descansar. Félix salió de la habitación para tomar algo de aire
fresco en el patio, y se quedó mirando las montañas. Consuelo esperó,
sollozando a la espera de algo que la aliviara, y nosotras nos quedamos ahí con
ella.
Entonces Félix
salió del hospital, y caminó casi un kilómetro hasta que vio la estación de
tren. Lo miramos. Cavaillon estaba despertando. Los tenderos estaban
desdoblando sus tiendas y acomodando sus productos frescos: cerezas, uvas,
melones, queso, setas, espárragos. Ningún río de caballos. Félix se sentó en
una banca de la estación de tren hasta que el cielo pasó del dorado al azul. El
primer tren se detuvo despacio en la estación, y Félix se fue, igual que los
caballos. Lo vimos partir y volvimos al lado de Consuelo. Entró y salió del
sueño por varias horas; los ojos le aleteaban. No podía sentarse. Gritó por el
fuego que le abrasaba el cuerpo y la mente, y rogó que le llevaran agua. La
enfermera le llevó morfina y se fue, cerrando la puerta con seguro.
—Nació muerto —le
dijo Consuelo a Lucía, mientras la sangre le coloreaba las mejillas—. Escríbelo
así: nació muerto, como mi vida en el arte —añadió riendo—. No, mejor borra esa
parte.
Consuelo le dio un
par de largas caladas a su Gauloise y lo sostuvo hasta que la ceniza creció y
cayó sobre la alfombra. Lucía la espía
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descansó el
bolígrafo en la libreta sobre su rodilla; en el lago plácido de su rostro la
boca se torció.
—La bebé se había
ido y yo me estaba desangrando —dijo Consuelo, como una confesión—. Si hubiera
sobrevivido, quizá habría intentado ser su madre.
Los ojos de
Consuelo se abrieron más, como sorprendida por una explosión. Lanzó un gemido
como el que lanzó cuando de niña la arrancaron de los brazos de su madre.
Lucía sacó los
boletos de su bolsito brillante y se los puso a Consuelo en la mano, que estaba
ardiendo del susto.
—Mira… Es momento
de que me escuches tú a mí. Tienes que ir a San Francisco. Ve a ver a tu
hermana. Nueva York y ese marido que ni siquiera te cae bien… No van a
desaparecer.
—¿Quién te pagó
para que me dijeras qué hacer? —preguntó Consuelo.
—Me enviaron —dijo
Lucía—, eso es verdad, pero nadie me pagó — añadió, revelando su rostro—. Me
conoces. Sabes que me conoces. He estado contigo todo el tiempo.
—¿Te conozco?
—Consuelo estudió el rostro de la chelita, envidiando su gabardina prístina. En
algún momento también ella había tenido un bolso brillante como ese, y mírala
ahora. Sus zapatos estaban hechos de cordón, y tenía los pies sucios, la piel
de los talones hecha girones.
—Tu madre es el
volcán, Izalco —dijo Lucía—. Tu hermana es la estrella, Graciela.
¿Cómo? ¿Cómo podía
conocer esa güerita de cabello brillante aquella cancioncita privada? Se veía
como Verónica Lake o Dolores del Río, en nada parecida a la cipota fantasma
María, que la había visitado antes. ¿Había estado con ella todo el tiempo?
Difícilmente. Consuelo estaba sola en esta vida.
—Me viste morir
—dijo Lucía—. En nuestro pueblo, me viste morir, y luego huiste. Yo te vi.
Consuelo ahogó un
grito.
—Aquí está el
telegrama —siguió Lucía. Del bolsillo de la gabardina sacó un trocito de papel
y lo alzó con movimientos demasiado rápidos y erráticos para que Consuelo
pudiera leer nada más que su nombre, el de su hermana, y la palabra FINALMENTE.
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—Graciela lo va a
recibir hoy más tarde —continuó, devolviendo el telegrama a su bolsillo—, te va
a estar esperando.
—Lo siento —dijo
Consuelo. No tenía otras palabras.
—Ah —dijo Lucía,
con un gesto de la mano—, y vas a necesitar esto también… Cambio para el taxi a
su casa. Ahí es adonde vas a ir cuando llegues, no lo vayas a perder.
Lucía le puso en la
mano el fajo de billetes y una nota con la dirección de Graciela, y le cerró el
puño para que los sostuviera. Se alzó de hombros, mirando fijamente a Consuelo
todavía con la mano sobre la de ella.
—¿Qué más podrías
haber hecho? Te habrían matado a ti también — dijo frunciendo el ceño y
sacudiendo la cabeza—. Toma —añadió—, llévate esto.
Se quitó el bolso
brillante del hombro y al sacudirlo puso en la manita temblorosa de Consuelo el
boleto, y luego se lo colgó en el hombro huesudo, como un sombrero en un
gancho.
—Tú sobreviviste…
Así que vive la vida que quieres.
Y tras decir eso se
dio la vuelta y se alejó caminando; su cuerpo se mezcló entre la gente y luego
desapareció. Consuelo la vio irse, una vez más.
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Consuelo llegó a
san francisco cerca de la media noche y tomó un taxi a la nueva casa de
Graciela. Al salir del auto, caminó por la estrecha calle y examinó las casas
del vecindario en el que vivía su hermana. Una farola y una lunita llena
revelaron una hilera de edificios bajos, réplicas económicas del estilo
victoriano que, según recordaba, había en toda esa ciudad. Junto a varias
puertas brillaban las ranuras de los buzones; cada edificio parecía albergar a
dos o tres familias cuando menos.
La casa de Graciela
tenía rejas de metal en las ventanas y una barda de acero frente a las
escaleras que llevaban al estrecho porche y a la puerta principal. En el
concreto del frente había garabatos de gis, rosas amaderadas y ropa tendida en
una cuerda atada entre el barandal de acero de las escaleras del frente y un
gancho que sobresalía de debajo de una de las ventanas. Un arbusto de
bugambilias se desbordaba por encima de la barda, sus flores ondulando como
linternas de papel.
Al parecer, la
mayoría de las casas estaban pintadas de café o de gris, colores demasiado
deprimentes, pensó Consuelo, para casas de ese estilo, con esos detalles
extraordinarios. Exigían más color. Pero la casa de Graciela estaba pintada de
un verde limón que deslumbraba bajo el sol, y que a ojos de Consuelo, bajo la
luz de la luna, brillaba con el verde suave de un árbol de cacao. Para ella, la
desorientación de llegar de noche a un lugar extraño nunca se había
desvanecido, a pesar de todos sus viajes a lo largo de los años. Sus sentidos
se arremolinaban, perdidos en el movimiento frenético de las polillas bajo la
luz de las farolas, el olor a orines y a basura, los autos y las sirenas
acentuados por el silbato de un policía a dos cuadras de ahí, sobre la calle
Veinticuatro. Por un momento olvidó que estaba ahí para ver a su hermana,
Graciela.
Finales de
primavera, 1942. Consuelo había vivido su cumpleaños número veinticuatro en el
cielo, volando sobre el mar entre dos mundos. El color gris de San Francisco,
los capullos abiertos y esparcidos por las
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banquetas húmedas.
Aquel otoño los nazis ocuparon Oppède. Había huido justo a tiempo.
Durante los meses
que había vivido ahí hacía una década, Consuelo no había visitado nunca ese
vecindario. Los diversos barrios tenían sus propios patrones climáticos. Aquí
el aire era más suave de lo que recordaba, aunque la neblina húmeda le era
familiar.
Luego, de detrás de
una pesada cortina, la cara de Graciela apareció en la ventana de la casita
verde, y Consuelo dio un grito, y luego se llevó la mano a la boca como una
mordaza, temerosa de haber despertado a todo el vecindario.
—¡Pasa! —le decía
Graciela, ahora en la puerta, haciendo un gesto con la mano para que fuera a
sus brazos. Consuelo era la calavera, igual que la última vez que las hermanas
habían estado juntas. La larga trenza de Graciela, todavía húmeda del baño, se
le había soltado del nudo de la cabeza y le caía hasta la cintura. Consuelo
respiró la calidez jabonosa de su hermana. Graciela llevaba una bata de baño
amarillo brillante y una pijama de algodón cubierta toda de flores rojas. Sus
mejillas eran redondas y rojas como las flores, y Consuelo casi colapsó de
alivio sobre el hombro de su hermana. Así pasaron varios minutos: ambas se
regocijaron con la presencia de la otra sin palabras.
Cuatro mesas
redondas rodeadas de sillas de madera despostillada. Un letrero que rezaba LAS
COMADRES colgado de la caja registradora en una barra con periqueras de metal.
Graciela vivía en un restaurante.
Detrás de una
cortina que abarcaba todo el paso, subiendo la escalera, había un pasillo largo
y estrecho con pequeñas habitaciones a cada lado. Graciela dormía en la
segunda, con Salvador. Abrió la puerta, que crujió, y Consuelo entrecerró los
ojos para ver a su sobrino sobre un colchón bajo, acurrucando a un oso de
peluche. En la misma habitación, otra madre compartía una cama con su hija.
Graciela le ofreció
a Consuelo una toalla enrollada y una barra de jabón, y la acompañó al baño al
fondo del pasillo. Consuelo se quedó dormida en el baño, olvidando por completo
dónde estaba. En esa tina podría estar en cualquier otra parte. Se deslizó hacia
el Ahora Eterno, una sucesión de tinas colapsando en el eje del elevador de su
línea de vida: la tina de la hacienda, donde Ninfa le tallaba la espalda a los
cuatro años; los
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cuartos llenos de
agua del Steinhart Aquarium; los Baños Sutro y sus piscinas saladas; la tina de
la Rue de Castellane; la tina del Gran Pendejo; la princesa Chasca abrazando
una roca y cayendo al fondo del lago en busca del cuerpo de su amante. Consuelo
dejó que el agua se drenara y durmió ahí hasta la mañana con la toalla envuelta
en el cuerpo para mantenerse en calor. En algún punto de la noche, Graciela se
asomó para asegurarse de que no se había ahogado, y apagó la luz.
Al despertar,
Consuelo encontró en la cocina a Graciela, que le estaba sirviendo un poco de
té. Otra vez brillaba como una estrella en explosión. El frío azulejo de
linóleo amarillo bajo sus pies descalzos, el techo grasiento, pintado de
cerúleo, la luz y los ruidos de aquel lugar, casi demasiado resplandeciente,
una maravilla, un sueño. Su hermana no solo estaba viva, sino también presente
en aquella estancia, en la cocina de su café y su hogar.
Consuelo se puso a
abrir cajones y gabinetes de madera pegajosa. Estaba terriblemente flaca, y los
huesos de la espina dorsal sobresalían a través de la bata de baño que Graciela
le había prestado. La noche anterior, Graciela había notado su delgadez extrema,
sus zapatos de cordón y su vestido sucio y raído; se dio cuenta de que había
llegado sin nada, y le dejó algo de ropa para que pudiera usarla durante su
estancia. En ese lugar pasaría frío. Graciela siempre tenía frío ahí.
—Seguramente te
estás muriendo de hambre —dijo Graciela, y se puso a preparar un plato con
algunos panes dulces hechos por Silvia y fruta del mercado; también le sirvió
avena en un plato hondo.
—Quiero ver todas
tus cosas —dijo Consuelo—, todo lo que usas a diario.
Abrió un cajón de
cubiertos —cucharas y cuchillos en un orden deslumbrante— y acarició cada pila
de ellos con el dedo.
—Estoy celosa de
tus clientes; ya deben conocerte mejor que yo.
Miró a Graciela con
un gesto lastimero, a la espera de palabras que la tranquilizaran. ¿Por qué no
había venido antes? Consuelo se odió por un instante; se había perdido de
tanto.
—Anda, come —dijo
Graciela, depositando el plato de fruta y postres sobre la mesa. Quizá la
comida apaciguaría el caos de su hermana—. Antes de que abramos y todo esto
desaparezca.
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Consuelo estaba
eligiendo qué tomar cuando Salvador apareció en el pasillo, cuatro años por
cumplir la siguiente semana, la pijama levantada sobre la panza, el oso de
peluche a rastras de cara contra el linóleo. La presencia de Consuelo lo
sobresaltó: los ojos salvajes, los pies, la bata de su madre, el ramillete de
cuchillos en el puño huesudo.
—Cielito lindo. Ay,
un principito —dijo Consuelo. Se arrodilló frente a él, y el niño corrió hacia
su madre. Graciela le quitó a su hermana los cuchillos de la mano y los puso en
el fregadero, con una mano en el hombro de Salvador.
—Esta es tu tía
Consuelo. —Graciela se agachó junto al niño, sosteniéndole la espalda baja—.
Vino a quedarse con nosotros.
Graciela eligió sus
palabras con cuidado. «Quedarse» en lugar de «visitarnos», porque esperaba que
así fuera. Quería entender, otra vez desde el principio, quién era su hermana.
Era un niño
hermoso, con los ojos negros de Graciela y unas pestañas largas. Saludó a
Consuelo alzando dos dedos.
Graciela se sentó
con su hermana a la mesa y trató de convencerla de quedarse. Ahí, ella había
encontrado una familia. Había suficiente espacio. ¿Puedes creer que la casa era
suya? Toda ella era suya. Los azulejos rotos del baño, la ventana del cuarto de
arriba que no cerraba bien, el grifo que goteaba agua con óxido bajo el lavabo…
Algún día arreglarían todo eso, pero por ahora, estaban bien, tenían algo
estable. Sus hijos comían bien y eran felices. Ella tenía un empleo en la
biblioteca y el café iba progresando, y tenían muchos amigos. No podía esperar
a que Consuelo conociera a las demás: Silvia, Clara, Josefina, a todos los
niños. El vecindario, además, le recordaba un poco a nuestro hogar. Había
jacarandas en la calle, ¿no las había visto al llegar?
Consuelo guardó
silencio un buen rato, mientras trataba de imaginarse la vida de Graciela, y a
sí misma insertándose en ella. No tenía idea de qué carajo era una jacaranda.
¿Alguna vez había visto un árbol en toda su vida? ¿Era siquiera capaz de ver?
Ese maldito maestro. ¡Pintar la realidad! ¡Aprender a ver! Y francamente, le
aterraba la idea de conocer a todas esas amigas, esas hermanas que la habían
reemplazado, que habían hecho un mejor trabajo siendo una familia para Graciela
de lo que ella jamás había podido. Lo que necesitaba era un trago y cuatro mil
cigarros. Quería domar sus nervios lo suficiente para ponerse a llorar y no
dejar de llorar por horas, para contarle a su hermana todo lo que le había
contado a Lucía,
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la güerita espía
fantasma, de los caballos y del bebé, de despertar y enterarse de que Félix se
había ido. Pero no, no, no podía conjurar ese vórtice del terror hablando de él
en voz alta, no con ese hermoso niño presente, temeroso de su mirada. ¿Algún día
podría vivir ahí, aprender a no ser aterradora, hacer una escultura decente,
volver a la pintura? ¿Podría?
¿Qué tan
espectacularmente fracasaría esta vez?
Consuelo abrió la
boca y describió la casa que su esposo le había prometido en ese país.
—Como un barco
blanco larguísimo dijo —en las costas de Nueva York.
Graciela no logró
fingir que le impresionaba, así que cambió de tema. —¿Qué tal un truco de
magia? —dijo, sacando del bolsillo el
maltratado reloj de
Consuelo para devolvérselo poniéndolo junto al plato de avena. Consuelo sonrió,
mientras estudiaba el reloj inerte sobre la mesa, con su tictac, antes de
tocarlo, como si la carátula rayada y empañada, la cadena de oro, el corchete
fueran aspectos de un espécimen vivo, una serpiente venenosa. Se lo colgó de la
muñeca izquierda y estiró el brazo por encima de la mesa para que Graciela le
ayudara a ajustárselo.
Graciela tenía unas
cuantas horas libres antes de tener que estar en la biblioteca, así que fue con
Consuelo y con Salvador al Aquatik Park, donde el muro entre la bahía y la
tierra estaba construido con las lápidas del Cementerio Odd Fellows. Le señaló con
los labios la envasadora de la Media Luna cuando pasaron por ahí, la torre del
edificio, el estúpido fresco que estaba dentro: un montón de gringas de ojos
azules cosechando fruta. Ja. Ahora era un museo.
Consuelo alcanzó a
ver su reflejo en una de las ventanas. Siempre, cuando se veía confrontada por
sí misma, se miraba fijamente, veía su cuerpo reflejado de arriba abajo,
tensaba el vientre, se mordía el interior de las mejillas para examinar sus
huesos, escrutaba las partes de sí que no veía en las fotografías. Tenía las
manos vacías, estaba desnutrida luego del año que había pasado en el reino de
rocas, no tan fuerte como creía que era. Llevaba una falda larga de lana, un
suéter abultado y un par de calcetas gruesas, todo propiedad de Graciela, y
unas botas de caucho que una de las mujeres había conservado de los días en la
envasadora. Graciela había tirado las sandalias de cordón.
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—No puedo creer que
fueras una estrella de película —dijo Consuelo. Su intención no era
precisamente la de ser cruel, pero sentía que necesitaba decirlo en voz alta.
Nunca había visto en su hermanita rastro alguno de glamour, y mucho menos en
ese momento.
Graciela pareció
molesta. Lo estaba, porque había entendido la implicación de las palabras de
Consuelo —¿una india como tú?— y sintió que volvían a su antigua dinámica.
¿Alguna vez le había escrito a Consuelo sobre la razón por la que había dejado
Hollywood? ¿Lo de haber apuñalado a un policía y todo lo demás? En ese momento,
atípico en ella, no podía acordarse. Le contaría todo esa misma noche, cuando
Salvador estuviera dormido, una vez que las chispas de sus tristes pasiones se
hubieran apagado otra vez. Su hermanita mayor. Necesitaba comida y sueño.
Parecía enloquecida.
—Ay, no tiene nada
de especial; es un trabajo como cualquier otro — respondió al fin—. Nunca fui
realmente una estrella. Más bien una gran colección de papeles menores. Era muy
versátil, o eso decían.
Consuelo negó con
la cabeza.
—Lo siento. Dije
una estupidez. No sé ni de qué estoy hablando. —Debes estar exhausta —contestó
Graciela—. Vamos a casa para que
descanses.
Caminaron en
dirección al sur por Van Ness y de vuelta a casa por el Camino Real. En el
mercado se protegieron la vista del sol y cruzaron las vías del tranvía hacia
Gough, luego Valencia, y llegaron al Mission District, con sus caminos
estrechos y sombreados. Un viejito indio se les acercó con rosas en una cubeta
de pintura, y Graciela le compró algunas para conmemorar aquel día: color rojo
sangre, húmedas de rocío.
En una banca de
madera pintada de verde estaba sentada una indita. Salvador le quitó a su madre
las rosas de las manos. Graciela se sobresaltó cuando vio que una espina se
clavaba en el dedo de su hijo y aparecía una gota de sangre como la lágrima de
un duende, pero al niño no pareció importarle, y corrió hacia la mujer que
estaba en la banca.
—¡Abuela! —gritó
Salvador. Agitó las rosas como una sonaja y los pétalos llovieron a los pies de
la mujer. Graciela se dio cuenta de que su hijo pensaba que era la mujer que
había visto en el dibujo que Consuelo les había mandado alguna vez, que estaba
viendo los ojos de su abuela.
—Mis hijas —dijo la
viejita—. Mis hijas.
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Miró a las
hermanas. Llevaba una bufanda floreada amarrada bajo el mentón y estaba
inclinada hacia un par de bolsas del mandado que se habían desplomado a su
lado, sobre la banca. Tenía los dos ojos nublados de cataratas. Era una mujer
antigua, mucho más vieja de lo que habría sido Socorrito, lo suficientemente
vieja para ser su bisabuela, su tatarabuela.
A Consuelo se le
detuvo la respiración del susto, y estudió el rostro de la mujer, queriendo
creer, contra toda razón, que aquella anciana era Socorrito.
Salvador se acercó
a la vieja y le tocó la mano, y Graciela lo levantó y lo cargó sobre la cadera.
—Disculpe, maitra
—dijo—. La confundimos con alguien más. Salvador había estado haciendo eso
últimamente, buscando rostros
extraños, seguro de
que los conocía.
La maitra murmuró
con voz ronca, una plegaria quizá, sin mirar a ninguna parte. Se rio sin hacer
ruido. Graciela le tocó el hombro a su hermana para sacarla del hechizo.
Consuelo no podía
creerle a su propia mente. Estaba revuelta, inútil, dañada. ¡Un golpe de calor
permanente! ¡Demasiado vino! ¡Los químicos de la pintura! Quería gritar. ¿Qué
era lo que estaba tan mal con ella, que no podía distinguir a su madre de una extraña?
Comenzó a sudar. Graciela la tomó del codo y con Salvador delante regresaron
por el Camino Real.
Nosotras caminamos
con ellas unos pasos detrás; no podían vernos. Lourdes llevaba bolsas de
plástico llenas de papel, mapas, poemas, cartas que encontró e imprimió en
medio de la noche. La María-Malía se pavoneaba en sus Dickies color azul
marino, el cabello plateado casi a rape de los costados y la nuca, un largo
mechón revoloteando sobre la frente amplia y hermosa, los ojos ígneos arrugados
en las comisuras, en un guiño, y los labios en punta hacia todas esas
guatemaltecas bonitas que cruzaban Van Ness en dirección al sur.
—Es muy joven para
ti, Malía —le decía Lourdes una y otra vez.
—Y yo estoy
demasiado muerta para ella —le respondía María, riendo.
Y la anciana Cora,
jorobada y musitando, la cara manchada de tierra, inclinada hacia una Lucía
adolescente que tenía el delineador corrido en círculos caprichosos y eucalipto
en el cabello luego de haber pasado todo el día empapándose en las ruinas de los
Baños Sutro.
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Juntas pasamos
caminando a un lado de la biblioteca de Lourdes. Pasamos la panadería donde
Graciela compraría el pastel para el cumpleaños número cuatro de Salvador, de
chocolate con betún azul. Recorrimos la calle Veinticuatro y pasamos junto al
muro de ladrillo que un día serviría de lienzo para uno de los efímeros murales
de María, la historia de La Siguanaba y sus hijos. Pasamos junto a la oficina
donde un día Graciela comenzaría un periódico local. Las acompañamos hasta su
hogar en Las Comadres.
Y luego regresamos
al Camino Real y caminamos en dirección al norte, hacia Geary, y luego dimos
vuelta hacia el oeste y caminamos hasta el borde del mundo, con el sol en los
ojos y todo su peso sobre el mar. Cansadas, nos reunimos junto al océano.
Permanecimos juntas en el viento, dejamos que las sombras recolectaran los
susurros que contaban nuestros orígenes, y miramos el mar, ese lugar en el que
podemos ver el alba de la vida. Cuando el sol desapareció detrás de nuestro
mundo, nuestros cuerpos lo hicieron también. Nos dolió un poco, pero sobre
todo, con el deshacerse de la trenza, sentimos alivio. Hicimos a un lado
nuestro peso. Como siempre, no tenemos idea de cuándo volveremos.
Pero escúchanos… Es
a ti a quien llamamos ahora. No oyes nuestros murmullos, nuestras carcajadas
retorcidas y hermosas, nuestras canciones, ¿o sí?
Aquí seguimos.
Escucha.
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AGRADECIMIENTOS
Muchas gracias por
su brillantez y su paciencia a mi editora, Naomi Gibbs, cuya magia incisiva y
generativa me llena siempre de asombro y gratitud, y a mi agente, Stephanie
Delman, inteligente y al mismo tiempo cálida, una genio y una bomba de encanto.
Que me hayan leído con semejante cuidado, inteligencia, confianza, atención,
curiosidad y gracia, es un honor tremendo, y ambas guiaron la transformación de
esta pila de páginas en un libro. Que nuestras carcajadas resuenen juntas
pronto. Gracias a Lisa Lucas y a todo el equipo de Pantheon, especialmente a
Josie Kals, Julianne Clancy, Altie Karper, Cat Courtade y Natalia Berry, y a la
gente adorable de Trellis Literary Management por voltear a verme e invitarme a
pasar. Gracias a Allison Malecha, Niki Chang, Juliet Mabey, Planeta México, y a
Oneworld Publishing, por adoptar a estas chicas fantasma en otras partes del
mundo.
Déjenme hacer de
Lourdes y contarles de los libros, las bibliotecas, los académicos, las Fuentes
del Conocimiento que me enriquecieron durante el proceso de escritura de este
libro, y con quienes estaré por siempre en deuda. Los libros están hechos de otros
libros. Estos son algunos de los que iluminaron el camino del mío: la
traducción del Popol Vuh de Ilan Stavans, así como la versión divina de Michael
Bazzett; Unforgetting, de Roberto Lovato; The Man Who Could Move Clouds, de
Ingrid Rojas Contreras; Women Artists and the Surrealist Movement, de Whitney
Chadwick; The Cambridge History of Latina/o American Literature; Dictatorships
in the Hispanic World, de Patricia A. Swier y Julia Riordan-Goncalves; Dividing
the Isthmus: Central American Transnational Histories, Literatures, and
Cultures, de Ana Patricia Rodríguez; Seeing Indian, de Virginia Q. Tilley; To
Rise in Darkness, de Jeffrey L. Gould y Aldo A. Lauria-Santiago; Democracies
and Tyrannies of the Caribbean, de William Krehm; Remembering a Massacre in El
Salvador, de Héctor Lindo-Fuentes, Erik Ching, y Rafael A.
Lara-Martínez; los
artículos «The Popol Vuh: Primordial Mother Participates in the Creation», de
Bettina L. Knapp, y «Can Art Represent a Country? In Search of Salvadoran
Cultural and National Identities Through 20th Century Literature, Poetry, and
Art», de Claudia M. De La Cruz; Miguel Mármol, de Roque Dalton; Matanza, de
Thomas P. Anderson; El principito y Viento, arena y estrellas, de Antoine de
Saint-Exupéry; Kingdom of Rocks y The Tale of the Rose, de Consuelo de
Saint-Exupéry; la ficción y el tarot de Leonora Carrington; tanto de Eduardo
Galeano; y Volcán, la brillante antología de poesía centroamericana editada por
City Lights. Y muchas gracias también a Carlos Henríquez Consalvi, así como a
un lugar que, en sus multitudes, es como un libro, El Museo de la Palabra y la
Imagen en San Salvador. Un enorme agradecimiento para Tami Suzuki de la
Biblioteca Pública de San Francisco, y a Catherine Morse, Edras
Rodriguez-Torres y Charles G. Ransom del sistema de bibliotecas de la
Universidad de Michigan. Toda mi admiración y gratitud para el trabajo de las
artistas Guadalupe Maravilla, Kiara Aileen Machado y Lorena Molina. Gracias a
Andrea Santiza por lo potente y lo precioso, a Karla T. Vasquez por lo
nutritivo, y a Angélica García, mujer bendita, por las canciones.
Estoy agradecida
con los lugares y la gente que han publicado mi trabajo, que me han invitado a
escribir para ellos, me han dado su tiempo, su espacio y su pisto, que me han
leído con un cuidado exquisito, me han enseñado y me han apoyado. Gracias al
Gould Center for the Humanities, por enviarme a El Salvador. Gracias, Rackham
Foundation, por ese par de becas de viaje que me llevaron a Francia y a la
Biblioteca Butler de la Universidad de Columbia para investigar la huella
histórica de una versión de la vida salvaje de Consuelo. Gracias, Tyson Award,
por ayudarme a pagar la renta. Gracias a Marlee Grace y la Have Company
Residency; Meghan Forbes y Harlequin Creature; al Boston Review, especialmente
a Min Jin Lee; a Pleiades, especialmente a Rosebud Ben-Oni; y a Ploughshares, y
la amabilidad especial de un editor. Gracias a los editores de The Wandering
Song, Leticia Hernández-Linares, Rubén Martínez y Héctor Tobar, por publicar
una versión del sueño del índigo. Gracias a la beca Under the Volcano Sandra Cisneros
y a Magda Bogin, Nelly Rosario, Aysegul Savas, Adam Foulds, Tim MacGhabban,
Keetje Kuipers, Radhiyah Ayobami, Robin Myers y Emily Withnall, y especialmente
a mi querida amiga, hermana, y compañera de viaje Lizzie Hutchins. Todos
ustedes son Perros Románticos. Gracias a Tin House, por el tiempo, el espacio y
la amabilidad, particularmente a Lance Cleland; y a mi vecina de residencia, mi
atesorada compañera de bálsamo/elixir y alma gemela de mamá genial, Chelsea
Bieker. Gracias a Aspen Words e Isa Catto. Gracias a Mike y Hilary Gustafson, y
a la comunidad de Literati Bookstore, por cubrir mis turnos cuando me fugaba
para escribir, y también a Brian Short y Katie Vloet por permitirme salir de la
ciudad en aras de este libro. Gracias, Christin Lee y Room Project, y gracias,
Good Hart Residency y Sue y Bill Klco. Gracias al Colectivo Periplus,
especialmente a mi querida amiga y mentora Esmé Weijun Wang, Ash Huang, Vauhini
Vara y mi cohorte de becarios de 2021. Toda mi gratitud al Programa de
Escritores Helen Zell de la Universidad de Michigan, Ann Arbor, que cambió
vidas, especialmente a mis maestros Peter Ho Davies y Eileen Pollack, y a los
escritores inspiradores que conocí en los talleres allí: A. L. Major, K. Rose
Miller, Rebecca Scherm, Rachel Farrell, Meron Hadero, Airea D. Matthews, Claire
Skinner, Camille Beckman, Gala Mukomolova, Megan Levad, Daniel DiStefano, John
Ganiard, Eric McDowell, Daniel Hornsby, Matt Robison, Marcelo Hernández
Castillo, Derrick Austin, Brit Bennett, Rebecca Fortes, Olujide Adebayo-Begun,
Henry Leung, Chris McCormick, Dan Frazier, Dan Keane, Kendra Langford-Shaw,
Maya West, Mairead Small Staid, Jia Tolentino, H. R. Webster y muchos otros. El
próximo plato de filetes de pollo en Old Town corre por mi cuenta.
Gracias a tantos
queridos amigos, lectores generosos e inteligentes y compañeros de escritura
inspiradores a lo largo de los años, comadres de mi corazón y de este libro:
Alana DeRiggi, Julie Buntin, Jacinda Townsend, Lydia Conklin, Jaimien Delp,
Aisha Sabatini Sloan, Ali Shapiro, Lillian Li, Patrick Martin Holian, Courtney
Faye Taylor, Hyeseung Song, Sakinah Hofler, Elisa Wouk Almino, Lisa Low y,
décadas y milenios, a mi hermana-maestra Leticia Hernández-Linares. Carcajadas
de ternura, alegría y aprecio, y todo mi amor a mis queridas amigas Natasha
Varner, Meridith Hoover, Sylvia Nolasco, Julie Cadman-Kim, Annie Gaus, Maggie
Guerra Marks, Heidi LaValle, Erica Brown, Liz Ferdon, Cristina Domínguez, Kate
Duchowny, Jeanne Joesten, Amy Sacksteder, Crystal Flynt, Abi Celis, Andrea
Lipsky-Karasz, Madison Cruz; a Matthew David Flores, Jamie Vander Broek,
Charlotte Bruell, Jon Yahalom, y Erin Upton-Cosulich. Gracias, Elianna Kan,
Melissa Danaczko, Julia Ringo y Nadxi Nieto, por creer en este libro. A
Lequietta «Lala» Folk, Nicola Gherson, la YMCA de Ann Arbor, Cheri Whitner y
Amanda Houston, gracias por cuidar de mi hijo. Gracias, Christine Asidao,
Andrew Ching-Hung y Joel Rubenstein por cuidar de mí.
Gracias, con todo
lo que tengo, a mi hermosa familia: Charles, Oliver, y Bella. Ustedes son mi
tesoro. Y a mis raíces: Miguel, Jean, Fran, Michael, René Alberto, Angel,
Mario, Jules, la mágica Em Dalmeyer, y a mis maravillosos sobrinos y sobrinas,
Brookie, Brandon, Donaven, Mila, Robbie, Ryan, Richie. Gracias a las
archicomadres Iris Biblowitz y Ninfa Álvarez Pleites. Y a Archer, el Tío Mario,
y a quienes están también con nosotros, riendo a través del velo.
GINA MARÍA
BALIBRERA es una escritora estadounidense de ascendencia salvadoreña. Obtuvo
una maestría en Narrativa por la Universidad de Michigan como parte del
programa Helen Zell para escritores. Ha recibido becas del Gould Center, el
Rackham Institute, el Tyson Award, el Aura Estrada Prize, el Under the Volcano
Sandra Cisneros Fellowship y, actualmente, es miembro del Periplus Fellowship.
Sus relatos han aparecido en revistas como Boston Review, Pleiades y el
Michigan Quarterly Review.
Su debut en la
escena literaria, Las hijas del volcán, ha sido catalogado como uno de los
libros más esperados del año en medios como Goodreads, Vulture, Seattle Times,
Book Riot y Electric Literature.
[1] Aquí, como a lo largo de toda la novela, se
señalan en cursiva las palabras o expresiones que aparecen en español en la
versión original. N. del T. <<
[2] En español en el original, pero
probablemente un calco de patrón, que refiere más bien a un benefactor o
mecenas. (N. del T.). <<
[3] Literalmente «el queso se queda solo»,
proviene de la canción «The Farmer in the Dell» («El granjero en el valle»),
que acompaña un juego infantil en el que uno de los participantes termina
quedándose solo en medio del círculo, por lo que la frase se popularizó como
expresión idiomática para referir a alguien abandonado por los demás. (N. del
T.). <<
FIN

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