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Libro N° 14335. Tierras De Poniente. Coetzee, J. M.


© Libro N° 14335. Tierras De Poniente. Coetzee, J. M. Emancipación. Octubre 4 de 2025

 

Título Original: © Tierras De Poniente. J. M. Coetzee

 

Versión Original: © Tierras De Poniente. J. M. Coetzee

 

Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos:

https://ww3.lectulandia.com/book/tierras-de-poniente/


 

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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: 

Guillermo Molina Miranda




LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA

TIERRAS DE PONIENTE

J. M. Coetzee


 

 

 

Tierras De Poniente

J. M. Coetzee

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Un especialista en psicología militar enloquece al adentrarse en los entresijos de la maquinaria propagandística de la guerra de Vietnam.

 

Un megalómano colono bóer ejecuta una espantosa venganza contra una tribu hotentote por haber desafiado el orden «natural» de su universo y haberle negado el respeto que el hombre blanco merece.

 

En su primera novela, el futuro premio Nobel inauguraba algunos de los temas que desarrollaría en el resto de su obra. Tierras de poniente es una reflexión sobre los efectos del poder sin límites y un retrato despiadado de la obsesión y la culpa.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

J. M. Coetzee

 

Tierras De Poniente

 

 

ePub r1.0

 

German25 22.10.15

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Título original: Dusklands

 

J. M. Coetzee, 1974

 

Traducción: Javier Calvo

 

Editor digital: German25

 

ePub base r1.2

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

EL PROYECTO VIETNAM

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Resulta obviamente difícil no simpatizar con esas audiencias europeas y americanas que, cuando les enseñan filmaciones de pilotos de cazabombarderos visiblemente eufóricos tras misiones exitosas de bombardeo con napalm sobre objetivos del Vietcong, reaccionan con horror y con asco.

 

Y, sin embargo, no es razonable esperar que el gobierno estadounidense obtenga pilotos que se sientan tan horrorizados por los daños que pueden estar causando que no sean capaces de llevar a cabo sus misiones, o bien que se queden demasiado deprimidos o agobiados por la culpa.

 

HERMAN KAHN

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Me llamo Eugene Dawn. No puedo hacer nada al respecto. Empiezo, pues.

 

 

 

1

 

 

 

Coetzee me ha pedido que revise mi ensayo. Se le atraganta. Lo quiere más fácil de digerir, en caso contrario lo quiere ver eliminado. Y también me quiere quitar de en medio, me doy cuenta. Me estoy armando de valor contra ese hombre poderoso, genial y ordinario, tan completamente desprovisto de visión. Le temo y desprecio su ceguera. Me merecía algo mejor. Heme aquí sometido a un director, un tipo ante el cual mi primer instinto es arrastrarme. Siempre he obedecido a mis superiores y he estado encantado de hacerlo. No me habría embarcado en el Proyecto Vietnam de haber imaginado que acabaría entrando en conflicto con un superior. El conflicto trae infelicidad, y la infelicidad envenena la existencia. No soporto la infelicidad, lo que yo necesito es paz y amor y orden para mi trabajo. Necesito mimos. Soy un huevo que necesita estar en el más mullido de los nidos bajo la más paciente de las ponedoras antes de que se agriete mi cascarón liso y poco prometedor y emerja mi tímida vida secreta. Se me tiene que tratar con indulgencia. Rumio, soy un pensador, una persona creativa, alguien que no carece de valor para el mundo. Lo normal sería que Coetzee me entendiera mejor, pues tendría que estar acostumbrado a tratar con gente creativa. Habiendo sido él también un creador en el pasado, ahora es una persona creativa fracasada que vive de segunda mano a expensas de los verdaderos creadores. Su reputación se la ha labrado gracias al trabajo de los demás. Y aquí lo han puesto a cargo del Proyecto Vida Nueva sin que él sepa nada del Vietnam ni de la vida. Me merezco algo mejor.

 

El enfrentamiento de mañana me produce inquietud. Los enfrentamientos se me dan mal. Mi primer impulso es rendirme, aceptar a mi antagonista y hacer todas las concesiones posibles con la esperanza de que me ame. Por suerte, desprecio mis impulsos. La vida de casado me ha enseñado que toda concesión es una equivocación. Cree en ti mismo y tu oponente te respetará. Aférrate al mástil, si es que ésa es la metáfora adecuada. La gente que cree en sí misma es más merecedora de amor que la gente que duda de sí misma. La gente que duda de sí misma no tiene alma. Yo estoy haciendo lo que puedo para fabricarme un alma, aunque sea al final de la vida.

 

Tengo que recobrar la compostura. Creo en mi trabajo. Soy mi trabajo. Ya hace un año que el Proyecto Vietnam ha sido el centro de mi existencia. No tengo ninguna intención de dejar que me saquen de el antes de tiempo. Pienso decir la mía. Por una vez en mi vida tengo que estar preparado para plantar cara.

 

 

 

 

 

 

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No tengo que infravalorar a Coetzee.

 

Esta mañana me ha llamado a su despacho y me ha hecho sentarme. Es un hombre campechano, de esos que comen filete todos los días. Sonriente, se ha puesto a pasear por su despacho, elaborando una apertura, mientras yo, girando a derecha e izquierda, hacía lo que podía para dirigir mi cara hacia él. He rechazado el café que me ha ofrecido, pues soy de esos que con cafeína en las venas se ponen a temblar y a establecer compromisos eufóricos.

 

No digas nada de lo que te puedas arrepentir más tarde.

 

Para la entrevista he puesto la espalda recta y he adoptado una mirada osada. Puede que Coetzee sepa que normalmente voy encorvado y que tengo la mirada furtiva —no puedo controlar estos ojos—, pero hoy he querido transmitirle la idea de que me estaba creciendo formalmente alrededor de la osadía y de la verdad. (Desde el colapso de la pubertad todas las posturas me han resultado incómodas. Sin embargo, no hay conducta que no se pueda aprender. Tengo grandes esperanzas de un futuro integrado).

 

Coetzee ha hablado. Con una serie de cumplidos cuya ambigüedad nunca ha dejado de mostrarse desnuda, se ha dedicado a echar por tierra los frutos de un año entero de trabajo. No fingiré que no puedo reproducir su discurso al pie de la letra.

—Nunca me imaginé que un día este departamento estaría produciendo trabajo de naturaleza vanguardista —ha dicho. Tengo que elogiarle a usted. Me ha gustado leer sus primeros capítulos. Escribe usted bien. Será un placer que me asocien con un trabajo de investigación tan bien acabado.

 

»Lo cual no significa —ha continuado—, por supuesto, que todo el mundo tenga que estar de acuerdo con lo que usted dice. Está usted trabajando en una novela y con un asunto controvertido, y tiene que esperar controversia.

 

»Sin embargo, no le he pedido que venga para discutir la sustancia de su informe, en el cual, déjeme que lo repita, dice usted cosas importantes en las que quienes nos han contratado van a tener que pensar seriamente.

 

»Lo que me gustaría, más bien, es transmitirle unas cuantas sugerencias relativas a la presentación. Le hago estas sugerencias únicamente porque yo cuento con cierta experiencia en materia de redactar y supervisar informes para el Departamento de Defensa. Mientras que ésta, y corríjame si me equivoco, es la primera vez para usted.

 

Me va a rechazar. Tiene miedo de la visión, no siente piedad por la pasión ni por la desesperación. El poder sólo habla con el poder. Las frases esperan en fila detrás de sus pulcros labios rojos. Voy a ser despedido, y despedido de forma sumaria. Cierta configuración de su boca y de su nariz tan sutil que solamente yo la puedo percibir me dice que las toxinas febriles que corren por mi sangre y flotan en mi sudor le resultan desagradables a sus refinados sentidos. Yo centelleo. Estoy luchando por abatir con mi centella a un hombre que no cree en la magia. Si fracaso me contentaré

 

 

 

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con una casa entre los plácidos especialistas en control y autocontrol. Mis ojos emiten una serie de súplicas y amenazas tan rápidas que solamente las puedo percibir yo, y también él.

 

—Como sabe usted por sus tratos con ellos, los militares son, en su conjunto, para decirlo con franqueza, cortos de entendederas, recelosos y conservadores. Convencerlos de algo nuevo nunca es fácil. Y, sin embargo, son la gente a la que usted tiene que convencer en última instancia de la justicia de sus recomendaciones. Créame, no lo conseguirá si les habla con altivez. Ni tampoco lo conseguirá si se dirige a ellos con ese espíritu de absolutismo, de ferocidad intelectual, que encuentra usted en nuestro debate interno aquí en el Instituto Kennedy. Nosotros entendemos las convenciones del duelo, ellos no: ellos ven un ataque como un ataque, y probablemente como un ataque a toda su clase.

 

»Así que lo que me gustaría que hiciera usted, primero de todo, antes de que hablemos de nada más, es ponerse a revisar el tono de su argumento. Quiero que reescriba sus propuestas para que los militares puedan tomarlas en consideración sin sufrir en su autoestima. No olvide esto: si les dice usted que no saben hacer su trabajo (lo cual probablemente sea cierto), o que no entienden lo que están haciendo (lo cual es indudable), entonces a ellos no les quedará más remedio que tirarlo a usted por la ventana. En cambio, si recalca usted todo el tiempo, y no solamente de forma explícita, sino por medio de las mismas genuflexiones de su estilo, que no es usted más que un funcionario con una especialidad importante pero estrecha, un pseudoacadémico desprovisto de esa comprensión total que tiene el soldado de la ciencia de la guerra; y que, sin embargo, dentro de los estrechos confines de su especialidad tiene usted unas cuantas sugerencias que ofrecer que podrían tener repercusiones estratégicas… entonces descubrirá usted que sus propuestas son escuchadas.

 

»Si no ha visto usted el librito de Kidman sobre América Central, échele un vistazo. Es el mejor ejemplo que conozco de persuasión modesta.

»Hay una cosa más en la que me gustaría que pensara. Como ya debe de saber, usted lleva a cabo su análisis de los servicios de propaganda en unos términos que resultan extraños para la mayor parte de la gente. Esto no solamente se aplica al trabajo de usted sino también al de todo el mundo de la sección de Mitografía. A mí personalmente la mitografía me resulta fascinante, y creo que tiene un gran futuro. ¿Pero acaso no es posible que esté usted juzgando mal a su público? Mientras leo su ensayo, hay momentos en que me da la impresión de que lo está escribiendo para que lo lea yo. Pues bien, se va a encontrar usted con que su verdadero público es una gente mucho más tosca. Permítame sugerirle, por tanto, alguna clase de introducción en la que usted explique con palabras sencillas el tipo de procedimiento que está siguiendo: cómo operan los mitos en la sociedad humana, cómo se intercambian los signos y esas cosas. Con montones de ejemplos y, por el amor de Dios, sin notas a pie de página.

 

 

 

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Mis dedos se doblan y se cierran con fuerza dentro de las palmas de mis manos, donde se hinchan y se agarrotan. Mientras escribo en estos momentos sorprendo a mi puño izquierdo cerrándose con fuerza. Charlotte Wolff dice que es un signo de depresión (La psicología del gesto), pero no puede ser que tenga razón: en este momento no me siento deprimido, estoy enfrascado en un acto creativo liberador. Pese a todo, Charlotte Wolff, cuando habla del gesto, habla con autoridad, de manera que me encargo de crear oportunidades para que mis dedos estén ocupados. Mientras estoy leyendo, por ejemplo, los flexiono y los distiendo de forma consciente. Y cuando estoy hablando con alguien mantengo las manos notoriamente relajadas, hasta el punto de dejarlas caídas.

 

Me doy cuenta, sin embargo, de que los dedos de mis pies han empezado a doblarse contra las suelas de mis zapatos. Me pregunto si alguien más, Coetzee por ejemplo, se ha dado cuenta. Coetzee es la clase de hombre que se fija en los síntomas. En calidad de director, probablemente ha hecho un seminario de una semana sobre interpretación de gestos.

 

Si aplasto ese gesto que vive al nivel de mis pies, ¿cuál será el próximo lugar al que emigre?

También soy incapaz de librarme del hábito de acariciarme la cara. Charlotte desaprueba ese tic, y dice que es indicio de ansiedad. Así que mantengo los dedos alejados de la cara (también me hurgo la nariz), haciendo un esfuerzo voluntarioso, en las ocasiones importantes. La gente me dice que soy demasiado intenso, me refiero a la gente que cree haber llegado conmigo a la fase de las confidencias. Pero en honor a la verdad, solamente soy intenso porque mi voluntad está concentrada en dominar los espasmos de las diversas partes de mi cuerpo, si es que espasmo no es una palabra demasiado dramática. Me saca de quicio la falta de disciplina de mi cuerpo. A menudo he deseado tener uno distinto.

 

Resulta desagradable que lo que produces sea rechazado, doblemente desagradable si lo rechaza alguien a quien admiras, y triplemente desagradable si estás acostumbrado a la adulación. Siempre fui un niño listo, un niño bueno y listo. Me comía mis judías, que eran buenas para la salud, y hacía mis deberes. Se me veía pero no se me oía. Todo el mundo me elogiaba. Solamente en tiempos recientes he empezado a flaquear. Ha sido una experiencia desconcertante, sin embargo, y debido a que poseo un nivel elevado de conciencia, siempre he estado preparado para la misma. En el momento en que dejas de ser el alumno, me he dicho a mí mismo, en el momento en que empiezas a levantar el vuelo por ti mismo, es normal que tus maestros se sientan traicionados y te devuelvan el golpe movidos por la envidia. La mezquina reacción de Coetzee a mi ensayo es normal en un burócrata cuya posición se ve amenazada por un prometedor subordinado que no quiere seguir el camino lento y trillado hasta la cima. Él es el toro viejo y yo el toro joven.

 

Este pensamiento consolador, sin embargo, no hace que sus insultos sean más

 

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fáciles de tragar. Él tiene poder sobre mí. Yo necesito su aprobación. No voy a fingir que él no me puede hacer daño. Preferiría su amor a su odio. La desobediencia no me sale de forma natural.

 

 

 

He empezado a trabajar en mi Introducción. La parte creativa la hago por las mañanas. Las tardes las paso con mis autoridades en el sótano de la Biblioteca Harry S. Truman. Allí, entre libros, a veces me sorprendo a mí mismo en un estado no muy lejano a la felicidad, la felicidad más alta, la felicidad intelectual (la gente de mitografía tenemos esa mentalidad). Al sótano (que en realidad es un subsótano, una mera escala en la expansión descendente de la biblioteca) se llega por una escalera de caracol y por un túnel lleno de ecos y cubierto de plafones de ese color gris de los barcos de guerra. Allí se encuentran las clases 100-133 de Dewey, nada populares entre la clientela de la Truman. Las estanterías son correderas para ocupar menos espacio. Las cuatro cámaras de seguridad que supervisan el sótano dejan puntos ciegos en los pasillos movedizos que permiten esconderse de ellas, y una chica cuyo nombre no conozco está flirteando, si es que se puede llamar así, con mi amigo el reponedor del sótano. Yo lo desapruebo, y me esfuerzo por irradiar desaprobación desde mi pequeño cubículo, pero a la chica no le importa y Harry ni siquiera se entera. No lo desapruebo porque sea un aguafiestas, sino porque ella se está burlando de Harry. Harry es microcéfalo. Le encanta su trabajo. No me gustaría ver que se mete en líos. Lo traen a la biblioteca por las mañanas y se lo llevan por las tardes en un microbús de la Orden de Nuestra Señora la Virgen. Él también es un virgen inofensivo, y es probable que muera siéndolo. Aprovecha los puntos ciegos de la cámara para masturbarse.

 

Mis relaciones con Harry son completamente satisfactorias. A él le encanta que las estanterías estén ordenadas, y por la forma en que niega con la cabeza veo que no le gusta que la gente saque los libros. Por tanto, cuando yo saco libros de los estantes tengo cuidado de calmarlo metiendo en ellos las cartulinas verdes reglamentarias y organizándolos pulcramente en el estante de encima de mi cubículo. Luego le sonrío y él me devuelve la sonrisa. Me gusta pensar también que las tareas en que me enfrasco por las tardes serían objeto de su aprobación si él las entendiera. Realizo extractos, compruebo referencias, compilo listas, hago sumas. Tal vez, cuando ve las pulcras líneas de escritura que salen de mi pluma, cuando ve lo ordenados que están mis libros y mis papeles, y la espalda silenciosa de mi camisa blanca, Harry sabe, a su manera, que se me puede admitir sin temor entre sus pilas de libros. Lamento que no aparezca más en mi historia.

 

Por desgracia no puedo llevar a cabo trabajo creativo en la biblioteca. Mi espasmo creativo solamente me llega a primera hora de la mañana, cuando el enemigo que tengo en el cuerpo está demasiado adormilado para levantar muros contra las incursiones de mi cerebro. El informe de Vietnam ha sido compuesto

 

 

 

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mirando en dirección al sol naciente y en un estado de aflicción conmovedor (en francés poignant, que viene del latín pungere, pinchar) por encontrarme encallado en las tierras de poniente. Nada de esto se refleja en el informe en sí. Cuando tengo deberes que desempeñar, los desempeño.

 

Mi cubículo de la biblioteca es gris, y está provisto de un estante gris y de un pequeño cajoncito gris para guardar los artículos de oficina. Mi despacho del Instituto Kennedy también es gris. Escritorios grises y luces fluorescentes: funcionalismo de la década de 1950. He coqueteado con la idea de quejarme, pero no se me ocurre ninguna manera de hacerlo sin exponerme a contraataques. La madera noble está reservada a los directores. Así que rechino los dientes y sufro. Planos grises, la luz verde y sin sombras bajo la cual floto como un pez abisal pálido y aturdido, me infiltro en los centros grises de la memoria y me ahogo en fantasías de amor y de odio por ese yo que agotó el fuego de sus años vigésimo tercero, vigésimo cuarto y vigésimo quinto bajo el resplandor fluorescente del Datamatic, ansiando durante periodos agónicos que llegaran las cinco de la tarde con su ambigua promesa hesperia.

 

Las luces de la Harry S. Truman zumban a su manera reservada y paternal. La temperatura es de veintidós grados. Rodeado de murallas de libros, tendría que estar en el paraíso. Pero mi cuerpo me traiciona. Estoy leyendo, mi cara empieza a perder la vida, me nace una punzada en la cabeza y a continuación, mientras brego por entre galernas de bostezos para fijar mis ojos llorosos sobre la página, mi espalda empieza a petrificarse en la joroba del académico. Las sogas de músculos que se despliegan desde el espinazo me rodean con sus ventosas el cuello, las clavículas, las axilas y el pecho. Los zarcillos me descienden por los brazos y las piernas. Envolviendo mi cuerpo, esa estrella de mar parásita se pone rígida y muere. Sus tentáculos se vuelven quebradizos. Pongo la espalda recta y oigo que se rompen las sogas. Detrás de mis sienes también, detrás de mis pómulos y detrás de mis labios, el glaciar se adentra rumbo a su epicentro situado detrás de mis ojos. Me duelen los globos oculares, la boca se me constriñe. Si esa cara interior mía, si esa máscara de músculos tuviera rasgos, serían los monstruosos rasgos troglodíticos de un hombre que frunce los ojos dormidos y la boca mientras un sueño totalmente inaceptable entra en él a la fuerza. De la cabeza a los pies soy el súbdito de un cuerpo en rebelión. Solamente los órganos de mi abdomen conservan su libertad ciega: el hígado, el páncreas, las tripas y por supuesto el corazón, chapoteando apiñados como octillizos no nacidos.

 

Llega también el momento de mencionar el tramo de cartílago que cuelga del final de mi espinazo de hierro y que afecta a mi triste relación con Marilyn. Por desgracia, Marilyn nunca ha conseguido liberarme de mis rigores. Aunque igual que los diligentes compañeros de los manuales conyugales atendemos mutuamente a nuestros susurros, gemidos y gruñidos, aunque yo clavo mi arado como el héroe y Marilyn hace espuma como la heroína, la verdad es que la felicidad de la que hablan los libros nos ha eludido. La culpa no es mía. Yo cumplo con mi deber. En cambio,

 

 

 

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no puedo evitar la sospecha de que mi mujer no pone el alma en ello. Antes de que llegue mi semilla, el morral de ella bosteza y se retira, dejando a mi traicionado representante agarrado en su base, agitando la cabeza en vano dentro de una caverna inmensa, justo en el momento en que lo que más ansia es que en medio de su berrinche lo abracen con unas manos suaves, firmes e infinitamente dignas de confianza. La palabra que en esos momentos enseña fugazmente la cola por los cielos de mi conciencia nunca del todo extinguida es evacuación: mi semilla se derrama como orina dentro de las fútiles cloacas de los tractos reproductivos de Marilyn.

 

Marilyn (para seguir batiendo un rato más contra ella, aunque no es bueno para mí) propugna la teoría de la cantidad fija de amor: si yo tengo amor que invertir en otros asuntos, es un amor que le debe ser robado a ella. Así es como se ha ido volviendo más y más celosa de mi trabajo en el Proyecto Vietnam a medida que yo me adentraba más en el mismo. Me desea trabajos tediosos para que yo pueda encontrar alivio en ella. Se siente vacía y desea que la llene, y sin embargo su vacío es tal que cada vez que uno entra en ella, ella lo percibe como invasión y posesión. De ahí su aspecto desesperado. (Yo entiendo de manera intuitiva a las mujeres, aunque no siento compasión por ellas). Mi vida con Marilyn se ha convertido en una batalla continua por mantener mi estabilidad mental pese a los asaltos histéricos de ella y la presión de mi cuerpo enemigo. Yo necesito tener paz, amor, abrigo y luz del sol. Esas preciadas mañanas en que mi cuerpo se relaja y mi mente echa a volar no se pueden echar a perder con los lamentos y los gritos de Marilyn y su hijo. Desde que declaré mi inviolabilidad, ha sido el pobre Martin quien recibe siempre en mi lugar, quien soporta el azote de la lengua de su madre por despertarla, por querer su desayuno, por querer llevar ropa, hasta que en mi cabeza lejana estallan las tormentas de la furia, y mientras las cortinas rojas de la apoplejía nublan mi visión, les pido silencio a gritos. Y entonces todo se acaba: las sogas empiezan a cerrarse en torno a mi cuerpo, la cara primitiva y musculosa que hay dentro de mi cara empieza a cerrar todas las avenidas que dan al mundo exterior, y me llega la hora de recoger mis cosas y abrirme paso por entre la mierda de perro de las aceras rumbo a otro día aciago.

 

Mis papeles y mis fotografías los llevo conmigo en uno de esos maletines anticuados que hoy día usan como fiambreras los trabajadores de la industria automovilística de Essen. Si no llevo siempre conmigo esa carga necia y voluminosa, Marilyn se pone a husmear en mi manuscrito, intentando descubrir en qué ando metido. Marilyn es una mujer perturbada e infeliz. No le dejo ver nada porque sé que se dedica a hablar de mí con otra gente, y porque en mi opinión no está preparada para entender correctamente las ideas sobre el alma del hombre que he desarrollado desde que empecé a pensar en Vietnam. Marilyn está ansiosa, aunque por motivos puramente egoístas, por que yo tenga una carrera próspera. Le alarma verme abandonar el exitoso camino de la propaganda unidireccional ortodoxa y abrir una senda propia. Es una persona conformista que confiaba en casarse con su gemelo en la conformidad. Pero en el fondo de mi alma yo nunca he sido un conformista. El

 

 

 

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mayor miedo de Marilyn es que yo la saque a la fuerza de los barrios residenciales y la lleve al páramo. Ella cree que toda desviación lleva al páramo. Esto es porque tiene una noción falsa de América. No puede creer que América sea lo bastante grande como para albergar a sus desviados. Pero América es mayor que la suma de todos nosotros: eso lo admití mucho antes de empezar a plantarle cara a Coetzee: América me tragará, me digerirá y me disolverá en las mareas de su sangre. Marilyn no tiene nada que temer: ella siempre tendrá un hogar. Ni tampoco, en el verdadero mito de América, soy yo el desviado, sino el cínico Coetzee junto con todos aquellos que ya no sienten que el auténtico destino americano chisporrotea en su interior y les refuerza el tétano de los huesos. Solamente los fuertes pueden mantener el rumbo a través de los baches de la historia. Es posible que Coetzee pueda sobrevivir a la década de 1970. Pero las naturalezas simples como las de Marilyn se pudrirán sin un alma provista de fe.

 

No hay duda de que a Marilyn le habría gustado creer en mí. Pero la fe sincera le ha resultado imposible desde que decidió que mi equilibrio moral estaba siendo desestabilizado por mi trabajo sobre Vietnam. Mis sensibilidades humanas se han encallecido, piensa ella, y me he vuelto adicto a las fantasías violentas y perversas. De eso me he enterado en esas noches sentimentales en que ella me llora en el hombro y me abre su corazón. Yo le beso la frente y le canturreo palabras de consuelo. Le digo que se anime. Soy el mismo de siempre, le digo, la quiero igual que siempre, tiene que confiar en mí. Mi voz la arrulla suavemente y ella se queda dormida. Esta medicina relajante me reporta un par de días de abrazos repentinos, caminar de puntillas, comidas calientes y confidencias. Marilyn es un alma llena de confianza sin nadie en quien confiar. Vive con la esperanza de que lo que sus amigas llaman mis malos tratos psicológicos terminen cuando lleguen a su fin la guerra y el Proyecto Vietnam, de que la reinserción en la civilización me domestique y acabe por humanizarme. Esta lectura digna de noveleta de mi difícil situación me divierte. Hasta sería posible que yo desempeñara un día el papel del muchacho destruido y reconstruido, de no ser porque me parece ver detrás de todo esto la sombra de las taimadas consejeras de Marilyn. Ya han empezado a salir libros, lo sé, sobre los sádicos de los barrios residenciales y los marginados catalépticos que tienen esqueletos vietnamitas en sus armarios. Pero la verdad es que, igual que el quisquilloso Henry, yo nunca me lié a hachazos con nadie. A menudo los cuento al amanecer: nunca falta nadie. Ni tampoco, si me fuera a comprometer en cuerpo y alma con alguna ficción, elegiría nunca ninguna otra que la mía propia. Todavía estoy al timón de mi vida.

 

Marilyn y sus amigas creen que todo el mundo que se acerca a los mecanismos internos de la guerra sufre una visión del horror que lo vuelve completamente depravado. (Puedo explicar las mentalidades de Marilyn y sus amigas mejor que ellas mismas. Esto es porque yo las entiendo mucho mejor de lo que ellas me entienden a mí). Durante el último año las relaciones entre mi cuerpo y los demás cuerpos

 

 

 

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humanos han cambiado de una serie de formas que narraré con detalle llegados el momento y el lugar adecuados. Marilyn relaciona esos cambios con las veinticuatro fotos de cuerpos humanos que ahora me veo obligado a llevar conmigo todo el día en mi maletín. Ella cree que tengo un secreto, un cáncer de pensamiento vergonzoso. Me lo atribuye para consolarse a sí misma, puesto que creer en secretos es creer en la jovial doctrina de que en el laberinto de la memoria hay oculta una explicación del caprichoso presente. No está dispuesta a creer en descargos de responsabilidad, ni ella ni sus amigas. Ellas flexionan sus garras: por muy profundamente arraigado que esté, le prometen a ella, lo desenterraremos. Yo las desestimo. Se lo explicaría todo a Marilyn de no estar ella tan llena del veneno bajo y obstinado de esas mujeres. No hay ningún secreto, le diría yo, todo está en la superficie y resulta visible en la mera conducta, para quienes tienen ojos en la cara. Cuando descubras que ya no puedes besarme, le diría, habla con señales, y dime que soy carroña y que te da asco tocarme con la boca. Por mi parte, cuando yo provoco convulsiones en tu cuerpo con mi picana eléctrica, únicamente estoy encontrando una forma más franca de tocar mis centros de poder que la insatisfactoria conexión genital. (Ella llora cuando lo hago, pero yo sé que le encanta. La gente es toda igual). No tengo secretos para ti, le digo, ni tú tampoco para mí.

 

Pero la Marilyn diurna es implacable en su deseo feroz de desvelar los misterios. Todos los miércoles instala a una adolescente negra embarazada en la casa y se va a San Diego para hacer terapia e ir de compras. Yo no lo desapruebo, y se lo pago encantado. Si ella vuelve algún día a ser una sonriente rubia cobriza de piernas largas y morenas, a mí no me importará por que ruta insalubre ha llegado a serlo. Estoy harto de esa paciente mental de pelo greñudo que anda siempre tirada por mi casa, suspirando, retorciéndose las manos y durmiendo todo el día. Yo pago y espero resultados. De momento, sin embargo, la lucha de todos los miércoles por llegar a aceptarse a sí misma la despoja de todo atractivo: las lágrimas silenciosas, la nariz roja y la carne lechosa anestesian mis erecciones más poderosas y me dejan apuntando lúgubremente hacia ella con la más fina de las capas epidérmicas.

 

Y, sin embargo, me encuentro con que el miércoles es el día en que más necesito a Marilyn. Llego a casa deliberadamente temprano para decirle a Marcia que se vaya y esperar detrás de las cortinas a que llegue el Volkswagen de Marilyn. Cuando ella abre la puerta, su maridito está allí listo para ayudar con las bolsas y recibe una sonrisa en la que no falta un matiz de sabiduría cínica. Lo que Marilyn quiere por encima de todo es desplomarse y dormir para siempre. En cambio, me tiene dando brincos junto a su falda como si yo fuera un spaniel. ¿Acaso husmeo el aroma de un desconocido en ella? Las esposas jóvenes e insatisfechas que se van en coche a pasar un día entero de citas indeterminadas a menudo están manteniendo relaciones extraconyugales. Conozco el mundo. Tengo curiosidad por saber la verdad, mucha curiosidad. ¿Qué podría ver otro hombre en esa mujer cansada y vapuleada? A modo de ejercicio, me dedico a verla con los ojos de un desconocido. Las nuevas

 

 

 

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perspectivas me excitan. Los ojos me resplandecen, sin duda. Pero Marilyn está cansada: sonríe y se sacude de encima mis caricias: hace un día pegajoso, necesita una ducha, ¿he pagado a Marcia? Yo soy maduro y paciente. La miro ducharse. Bajo el agua sus movimientos son desgarbados y juveniles.

 

Uno se puede volver adicto a cualquier cosa, a lo que sea. Yo soy adicto a conducir largas distancias, cuanto más largas mejor, aunque me deja agotado. Masticar me resulta un proceso repugnante, y sin embargo como sin cesar. (Soy un hombre delgado, tal como habrán adivinado ustedes: mi cuerpo evacúa todos los alimentos a medio digerir). Soy simplemente adicto a mi matrimonio, y al final la adicción acaba siendo un vínculo más firme que el amor. Si Marilyn me es infiel, entonces la tengo en mucha mayor estima, porque si los desconocidos la codician es que debe de ser valiosa, y eso me persuade. Cada tarde de infidelidad se transforma en un embalse de recuerdos íntimos dentro de este neurótico confinado a la casa, y yo que por medio de los más resueltos y febriles actos de la imaginación no he conseguido hasta ahora probar su sabor, me he prometido a mí mismo que un día perforaré ese dique.

 

Ella se queda dormida abrazándose a sí misma. Yo me acuesto estremeciéndome a su lado, sensible a las emanaciones más sutiles de su piel, emprendiendo una deliciosa batalla por contener la ráfaga de palabras («Dime, dime…») que dichas prematuramente romperían el hechizo sensual. Es sobre todo los miércoles por la noche cuando tengo que reconocer ante mí mismo que sin Marilyn yo no tendría razones para seguir adelante. Y de ese modo empiezo seguramente a averiguar cómo debe de ser amar. Hacia las criaturas dormidas soy capaz de las efusiones más simples de ternura. Con los niños dormidos soy capaz de llorar de placer. A veces pienso que podría escalar hasta las cimas más altas del éxtasis si Marilyn pudiera permanecer dormida durante nuestros encuentros sexuales. Seguramente debe de haber formas de conseguirlo.

 

Pero no me puedo creer que el placer que Marilyn obtiene de otros hombres sea real. Ella es por su carácter una masturbadora que necesita fricción mecánica continua para generar en las paredes interiores de sus ojos esas fantasías de esclavitud que al final le arrancan un gemido y un estremecimiento. Si ella se va con desconocidos, solamente puede ser para escapar de la vergüenza de las comidas solitarias o para prolongar la cordialidad nostálgica de esas reuniones de sensibilidad donde las parejas destruidas y los niños rígidos se tocan las yemas de los dedos en un intento de revivir sus fuegos agonizantes. El sexo con desconocidos para Marilyn implica cuatro pies fríos, preliminares recitados de memoria, dedos hurgando entre sus barbas secas, sonrojo y compasión en la oscuridad, la marea familiar de la vergüenza. Ya a cierta distancia sonríen con serenidad, agotada la pasión, añorando las certidumbres del hogar y rezando por no volver a verse nunca más. «¿Te has corrido?»… «No, pero ha sido encantador». Apurando el brebaje amargo, cogiendo el toro por los cuernos.

 

 

 

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Ella no conserva ningún registro de esas aventuras salvo en el recuerdo imperecedero. Su agenda está limpia, no hay nada en su bolso que no se pueda explicar. Su culpa se tiene que deducir a partir de signos involuntarios: un exceso de desparpajo en la puerta, un enfrascamiento irreal en las tareas de la casa, el acto de devolverme mi mirada franca con franqueza. No me atormentan, diría yo, las dudas ni los celos tanto como me trastorna la idea de que yo pueda estar equivocado al atribuirle a ella una segunda vida. Todos somos más o menos culpables. La ofensa es menos importante que el pecado. Y yo conozco bien a mi mujer, pues he contribuido en gran medida a convertirla en quien es. Si debo señalar alguna prueba de que mis sospechas no son extravagantes, señalo el estuche para plumas de cuero negro que hay en el estante de arriba del ropero, cuyo bolsillo interior antes contenía únicamente una fotografía de mí, con esos ojos castaños líquidos y esa boca carnosa y temblorosa que son comunes a todos los especialistas en persuasión, pero en el cual a finales de febrero floreció un retrato al desnudo de la propia Marilyn. En ella aparece reclinada en una sábana de satén negro digna de Playboy, con las piernas cruzadas (los puntitos del afeitado se le ven claramente), con la barba púbica a la vista, el cuello y los hombros dirigidos a la cámara con una rigidez concentrada típica de aficionada. Me pone los pelos de punta no solamente la rectitud de ella, sino también la falta de talento del fotógrafo. «¡Ayudadme!», chilla la foto, una joven paralizada en un momento paralizado por una mirada paralizada. Por contraste a las grandes modelos de la moda, con su mensaje de burla impersonal: Carne para tu Amo. Yo emerjo de las páginas de Vogue temblando de impotencia.

 

Las fotografías que llevo en mi maletín pertenecen al informe de Vietnam. Algunas de ellas serán incorporadas al texto final. En las mañanas en que me he encontrado abatido y no me ha salido nada, siempre me ha serenado el saber que puedo confiar en que esas fotos, debidamente sacadas de sus fundas y desveladas, le den a mi imaginación el ligero impulso eléctrico que es lo único que hace falta para volver a liberarla. Yo reacciono a las fotos mucho más que a la letra impresa. Es extraño que no me dedique a esa parte de la propaganda que se dedica a falsificar imágenes.

 

Solamente una de mis fotos es abiertamente sexual. La que muestra a Clifford Loman, 1,89 cm, 100 kg, antiguo defensa de fútbol americano de la Universidad de Houston y actualmente sargento del Primer Regimiento de la Caballería Aérea, copulando con una mujer vietnamita. La mujer es diminuta y flaca, posiblemente una niña, aunque es fácil equivocarse con las edades de los vietnamitas. Loman está haciendo un despliegue de su fuerza: arqueando la espalda hacia atrás y con las manos en sus nalgas, levanta a la mujer ensartada en su pene erecto. Tal vez incluso anda con ella así, porque la mujer tiene los brazos extendidos como si estuviera intentando mantener el equilibrio. Él tiene una amplia sonrisa en la cara. Ella mira al fotógrafo desconocido con expresión atontada y soñolienta. Detrás de ellos, la pantalla apagada de un televisor devuelve el reflejo del destello de la bombilla. Le he

 

 

 

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dado a la foto el título provisional «Padre se divierte con sus hijos», y le he asignado un lugar en la sección 7.

 

Estoy teniendo, por cierto, una serie de mañanas muy buenas, y el ensayo, que normalmente es un gigantesco planeta de movimientos pesados en mi mente, se ha estado desenvolviendo con facilidad. Me levanto antes del amanecer y voy de puntillas a mi escritorio. Afuera los pájaros todavía no cotorrean. Marilyn y el niño están sumidos en profundo letargo. Yo rezo una oración, abrazando los capítulos terminados contra mi pecho exultante, a continuación los devuelvo a su pequeño cofre y sin mirar las palabras del día anterior me pongo a escribir. Las nuevas palabras fluyen. El mar congelado que tengo dentro se deshiela y se agrieta. Soy el genio cálido y diligente de la casa, urdiendo mis invenciones protectoras.

 

Solamente tengo que cuidarme de proteger mis oídos contra las voces rivales que Marilyn emite con la radio entre las siete y las ocho de la mañana. (También reacciono a la voz más que a la letra impresa). Es en concreto del tonelaje de las bombas y del recitado de los objetivos aéreos de lo que no puedo defenderme. No de la información en sí —no forma parte de mi naturaleza el que me molesten los nombres de unos lugares que no voy a ver nunca—, pero la voz hueca e indisputable del maestro mismo de las estadísticas despierta en mí una tempestad de resentimiento que probablemente sea exclusiva de las democracias de masas, y ese resentimiento me introduce en la cabeza un remolino de sangre y de bilis y me incapacita para el pensamiento consecutivo. La información radiofónica, debería saberlo por mi trabajo, es autoridad pura. No es ninguna coincidencia que las dos voces que usamos para proyectarla sean las voces de los dos amos de la sala de interrogatorios: el sargento-tío que te confía que le has caído bien y que no le gustaría ver que nadie te hace daño, y que a continuación te dice que hables, que no es ninguna vergüenza, que al final todo el mundo acaba hablando. Y el capitán atractivo y frío que sostiene la tablilla con sujetapapeles. La letra impresa, por otro lado, es el sadismo, y por consiguiente evoca el terror. El mensaje del periódico es: «Puedo decir lo que sea sin conmoverme. Mira cómo permuto mis cincuenta y dos signos carentes de emociones». La letra impresa es el maestro severo con su látigo, y leerla es una búsqueda llorosa de señales de piedad. El escritor se ve tan humillado ante la misma como el lector. El pornógrafo es el héroe advenedizo y condenado que aspira a un delirio de éxtasis tal que la superficie de la letra impresa se resquebraje bajo sus palabras. Escribimos nuestras bromas violentas en las paredes de los lavabos para derribar esas paredes. Ésta es la razón secreta, la mera razón oculta. Ocultando la razón escondida, invisible para nosotros, está la razón verdadera: que escribimos en las paredes para humillarnos a nosotros mismos ante ellas. La pornografía es una humillación ante la página, una humillación capaz de convulsionar la página misma. Leer la letra impresa es un hábito esclavo. Yo descubrí esta verdad, igual que descubrí toda la verdad que hay en mi informe sobre Vietnam, por medio de la introspección. Vietnam, igual que todo lo demás, está dentro de mí, y dentro de Vietnam, con un poco de diligencia, y

 

 

 

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un poco de paciencia, se encuentran todas las verdades sobre la naturaleza del hombre. Cuando me uní al Proyecto me ofrecieron un tour para familiarizarme con Vietnam. Yo lo rechacé, y se me permitió rechazarlo. A la gente creativa se nos permiten nuestros caprichos. La verdad de mis formulaciones sobre Vietnam ya empieza a titilar, como pueden ver ustedes, a través de las pulcras líneas de la escritura. Cuando éstas se reproduzcan en letra impresa, su autoridad será vinculante.

 

Sigue pendiente la cuestión de pasar por Coetzee. En mis momentos más lúgubres tengo miedo de que cuando estalle la batalla entre los dos yo no la vaya a ganar. La mente de él no funciona igual que la mía. Su piedad ha dejado de brotar. Yo haría casi lo que fuera para ganarme su respeto. Sé que le he decepcionado, que él ya no cree en mí. Y cuando nadie cree en ti, ¡qué difícil es creer en ti mismo! Al caer la noche, cuando el borde severo de la realidad es más afilado, cuando los puntales que he reunido más parecen nociones sacadas de libros (mi casa, por ejemplo, sacada de un catálogo de decoración de La Jolla, mi mujer sacada de una novela que me espera fielmente en una biblioteca de la América provinciana), sorprendo a mi mano arrastrándose hacia el maletín que hay al pie de mi escritorio como si éste fuera el lecho de mi existencia, pero también, lo admito, como si se arrastrara hacia un encuentro lleno de vergüenza deliciosa. Entonces extraigo mis fotografías y las vuelvo a hojear. Tiemblo y sudo, la sangre me palpita, estoy alterado y esta noche solamente voy a ser capaz de conciliar un sueño poco profundo y bilioso. ¡Está claro, me digo a mí mismo en susurros, que si me excitan así es que soy un hombre, y estas imágenes de fantasmas son un asunto para hombres!

 

Mi segunda foto muestra a dos sargentos de las Fuerzas Especiales llamados (lo leo en sus pecheras) Berry y Wilson. Berry y Wilson están en cuclillas y sonrientes, en parte para la cámara pero sobre todo como resultado del resplandeciente bienestar de sus cuerpos jóvenes y fuertes. Detrás de ellos vemos matorrales y luego una muralla de árboles. Apoyada en el suelo delante de él, Wilson sostiene la cabeza cortada de un hombre. Berry tiene dos, agarradas del pelo. Las cabezas son de vietnamitas, cortadas a cadáveres o a casi cadáveres. Se trata de trofeos: ya exterminado el tigre de Annam, solamente quedan los hombres y ciertos mamíferos inferiores resistentes. Parecen de piedra, como siempre pasa con las cabezas cortadas. Para aquellos de nosotros que hemos albergado la sospecha temerosa de que los rasgos de los muertos se descomponen y solamente se mantienen en su sitio para los amigos y familiares por medio de discretas bolitas de algodón, estas caras se muestran tan bien definidas como si fueran de gente dormida, y tienen las bocas decentemente cerradas. Han muerto bien. (Pese a todo, las cabezas cortadas siempre me resultan un poco ridículas. A uno le pueden conmover las imágenes de mujeres llorando al reclamar los cadáveres de sus muertos. Una carreta que transporta un ataúd o incluso una bolsa de plástico del tamaño de un hombre pueden tener su dignidad elemental. Pero ¿acaso se puede decir lo mismo de una madre que lleva la cabeza de su hijo en un saco, como si fuera algo que acaba de comprar en el

 

 

 

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supermercado? Suelto una risita).

 

Mi tercera foto es un fotograma que muestra las jaulas para tigres de la isla de Hon Tre. (En el Kennedy he visionado el repertorio entero de Vietnam). Al ver esa película me aplaudo a mí mismo por haberme mantenido alejado del Vietnam físico: la insolencia de la gente, la porquería, las moscas y el hedor que sin duda despide, los ojos de los prisioneros, que no me cabe duda de que habría tenido que afrontar, mirando a la cámara con curiosidad ingenua, demasiado inconscientes para verla como gobernadora de sus destinos: todas esas cosas pertenecen a un Vietnam irredimible en el mundo que únicamente me avergüenza y me aliena. Pero cuando en esa película la cámara pasa por la puerta del patio amurallado de la prisión y veo las hileras de fosos de cemento con sus alambradas, regresa a mí la sorpresa de saber que el mundo sigue tomandóse la molestia de exponerse ante mí en imágenes, y la emoción renovada me hace temblar.

 

Un oficial, el comandante del campo, entra en la imagen. Con una caña hurga en la primera jaula. Nos acercamos más y echamos un vistazo al interior. «Hombre malo», dice en inglés, y el micrófono se hace eco: «Comunista».

 

El hombre de la jaula vuelve sus ojos lánguidos hacia nosotros.

 

El comandante pincha suavemente al hombre con su caña. Niega con la cabeza y sonríe. «Hombre malo», dice en esta excéntrica filmación, una producción de 1965 del Ministerio de Información Nacional.

 

Tengo una ampliación de 30x30 del prisionero. Se ha incorporado hasta apoyarse en un codo y tiene levantada la cara hacia el entramado borroso de la alambrada. Deslumbrado por el cielo, al principio solamente ve los contornos imponentes de sus espectadores. Tiene la cara flaca. Uno de sus ojos emite un destello en forma de punto de luz. El otro permanece en la oscuridad de la jaula.

 

También tengo una segunda instantánea, de la cara únicamente, mucho más ampliada. El destello del ojo derecho se ha convertido en una mancha blanca. Las sombras de color gris oscuro identifican la sien, la ceja derecha y la cavidad de la mejilla.

 

Cierro los ojos y paso las yema de los dedos por la superficie fría e inodora de la fotografía. Los atardeceres son silenciosos aquí en los barrios residenciales. Me concentro. La superficie es toda uniforme. El destello del ojo, que al cabo de un momento que afortunadamente no va a llegar me miraría a los ojos a través de la cámara, resulta insulso y opaco bajo mis dedos, y no ofrece ningún conducto hasta el interior de ese hombre poco nítido pero indudable. La sigo explorando. Bajo la presión persistente de mi imaginación, aguda y mórbida en la noche, todavía puede que se abra.

 

Los hermanos de los hombres que resistieron torturas de eficacia probada y murieron sin romper su silencio ahora son doblegados con drogas y un poco de confusión inteligente. Se ponen a hablar libremente, cogiendo las manos de sus interrogadores y abriendo sus corazones como niños. Después de hablar van al

 

 

 

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hospital y más tarde a rehabilitación. En los campos se los encuentra con facilidad. Son los que se esconden en los rincones o bien se pasan el día entero caminando de un lado a otro frente a la alambrada y cotorreando para sus adentros. Sus ojos están separados del mundo por una pared de algo que puede que sean lágrimas. Son fantasmas o ausencias de sí mismos: el sitio donde antaño estaban ya no es más que un agujero negro a través del cual han sido absorbidos. Se lavan y se sienten sucios. Algo les sube flotando de las tripas y se les vacía interminablemente en el espacio gris que tienen en la cabeza. Su memoria está adormecida. Sólo saben que hubo una ruptura en el tiempo y en el espacio, uso mis propias palabras, y que ahora están aquí, después de la misma, y que algo les está saludando con la mano desde alguna parte.

 

Esos cuerpos envenenados, la gente loca y flotante de los campos de prisioneros, que han sido —déjenme decirlo— los mejores de su generación, valerosos, fraternales… ¡ellos son el motivo de toda mi congoja! ¿Por qué no nos pudieron aceptar? Podríamos haberlos amado: nuestro odio hacia ellos solamente nació de las esperanzas rotas. Les llevamos nuestros yos lamentables, temblando en el límite de la existencia, y solamente les pedimos que nos reconocieran. Llevamos con nosotros armas, la pistola y sus metáforas, las únicas cópulas que conocíamos entre nosotros y nuestros objetos. Y de esa trágica ignorancia intentamos liberarnos. Nuestra pesadilla fue que como todo lo que intentábamos coger se deshacía como el humo entre nuestros dedos, no existíamos. Que como todo lo que abrazábamos se marchitaba, éramos lo único que existía. Aterrizamos en las orillas de Vietnam retorciéndonos los brazos y suplicando que alguien resistiera sin inmutarse aquellas sondas de realidad: si demuestras tu valía, gritamos, también demostrarás la nuestra, y nosotros te amaremos infinitamente y te cubriremos de regalos.

 

Pero igual que todo lo demás, se marchitaron ante nuestros ojos. Los bañamos en mares de fuego, rezando para que se produjera el milagro. En el corazón de las llamas, sus cuerpos resplandecieron con luz celestial. Sus voces resonaron en nuestros oídos. Pero cuando el fuego murió, ellos ya no eran más que ceniza. Los dispusimos en fosas. Si hubieran caminado hacia nosotros cantando bajo las balas, nosotros nos habríamos arrodillado y los habríamos venerado. Pero las balas los abatieron, y murieron tal como habíamos temido. Les abrimos la carne, buscamos dentro de sus cuerpos agonizantes, les arrancamos el hígado, confiando en que su sangre nos lavara. Pero ellos gritaron y sangraron a chorros igual que nuestros fantasmas más desdeñables. Nos obligamos a nosotros mismos a entrar todavía más adentro que nunca en sus mujeres. Pero cuando volvimos de allí seguíamos estando solos, y las mujeres eran como de piedra.

 

De tanto llorar acabamos exasperados. Después de demostrarles a nuestros tristes yos que aquéllos no eran los dioses de ojos oscuros que pueblan nuestros sueños, solamente deseamos que se retiraran y nos dejaran en paz. Pero no lo hicieron. Durante una temporada estuvimos dispuestos a compadecernos de ellos, aunque nos compadecíamos más de nuestra trágica búsqueda de la trascendencia. Y después se

 

 

 

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nos acabó la compasión.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Con la finalización de esta Introducción cierro mi contribución al proyecto Vida Nueva para Vietnam de Coetzee.

 

 

 

INTRODUCCIÓN

 

1.1. Objetivos del informe. Este informe trata del potencial de la programación radiofónica en las Fases IV-VI del conflicto en Indochina. Evalúa los logros de dicha rama de la guerra psicológica durante las Fases I-III (1961-1965, 1965-1969, 1969-1972) y recomienda ciertos cambios en la forma y el contenido futuros de la propaganda. Sus recomendaciones se aplican tanto a los servicios radiofónicos operados directamente por las agencias estadounidenses (incluyendo los servicios en vietnamita, jemer, lao, muongy otros idiomas vernáculos, pero excluyendo a los servicios de Voice of America en el Pacífico), como a los operados por la República de Vietnam con consejo técnico de Estados Unidos (principalmente Radio Free Vietnam y V. A. F., la emisora de las fuerzas armadas).

 

La estrategia de la guerra psicológica debe venir determinada por la estrategia bélica global. Este informe está siendo elaborado a principios de 1973, mientras entramos en la Fase IV de la guerra, una fase durante la cual el brazo propagandístico va a jugar un rol complejo y de importancia crucial. Está proyectado que, dependiendo de factores políticos domésticos, la Fase IV dure o bien hasta mediados de 1974 o bien hasta principios de 1977. A partir de entonces se producirá una fuerte remilitarización del conflicto (Fase V) seguida de un trabajo de reconstrucción civil / policial (Fase VI). Este panorama es general. Por consiguiente no tengo reparos en proyectar mis recomendaciones más allá del final de la Fase IV y adentrarme en las fases finales del conflicto.

 

1.2. Objetivos y logros de los servicios de propaganda. Cuando libramos la guerra psicológica, nuestra meta es destruir la moral del enemigo. La guerra psicológica es la función negativa de la propaganda: su función positiva es crear confianza en la idea de que nuestra autoridad política es fuerte y duradera. Librada de forma eficaz, la guerra de propaganda desgasta al enemigo reduciendo su base civil y su fondo de reclutamiento, y haciendo que sus soldados sufran de incertidumbre en la batalla y tengan mayor tendencia a desertar después de la misma. Al mismo tiempo, fortalece la lealtad de la población. Por consiguiente, su potencial militar/político es inestimable.

 

Sin embargo, los resultados de los servicios de propaganda en Vietnam, tanto de los estadounidenses como de aquellos apoyados por Estados Unidos, siguen siendo

 

 

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decepcionantes. Ésta es la conclusión común de la Comisión Conjunta de Investigación de 1971, de los estudios internos a los que ha tenido acceso el Instituto Kennedy y de mi propio análisis de las entrevistas realizadas a civiles en contienda, desertores y prisioneros. Lo confirma también el análisis de contenidos de los programas emitidos entre 1965 y 1972. Nuestra inferencia a priori tiene que ser que la presión psicológica eficaz que hemos ejercido sobre las guerrillas y quienes las apoyan está dentro de los límites de lo que éstas toleran. La inferencia consiguiente puede ser que algunos de nuestros programas son contraproducentes. El punto de partida correcto de nuestra investigación debe ser por tanto el siguiente: ¿existe acaso un factor en la constitución psíquica y psicosocial de la población insurgente que la hace resistente a la penetración de nuestros programas? Y después de contestar a esta pregunta podemos atender a la siguiente: ¿cómo pueden nuestros programas aumentar su penetración?

 

1.3. Control. Nuestros servicios de propaganda todavía tienen que aplicar el artículo primero de la antropología de Franz Boas: que si deseamos controlar la dirección de una sociedad debemos o bien guiarla desde el interior de su marco cultural, o bien erradicar su cultura e imponer estructuras nuevas. No podemos esperar guiar el pensamiento del Vietnam rural si no reconocemos primero que el Vietnam rural es analfabeto, que su estructura familiar sigue la línea paterna, que su orden social es jerárquico y que su orden político es autoritario pero goza de autonomía local. (Este último hecho explica por qué en épocas de paz la estructura de mando del Ejército Republicano degenera y se convierte en satrapías locales). Es un error pensar en los vietnamitas como individuos, dado que su cultura los prepara para subordinar el interés individual al interés de la familia o la banda o la aldea. Los apuntes racionales del interés propio importan menos que los consejos del padre o los hermanos.

 

1.3.1. Teoría occidental y práctica vietnamita. Pero la voz que nuestra radiofonía proyecta en los hogares vietnamitas no es la voz del padre ni la del hermano. Es la voz del yo que duda, la voz de René Descartes introduciendo su cuña entre el yo en el mundo y el yo que se contempla a sí mismo. Las voces de nuestra programación de Chieu Hoi (rendición/reconciliación) son completamente cartesianas. Sus resultados no son satisfactorios. Ya sea disfrazadas de la voz del yo secreto que duda («¿Por qué tengo que luchar cuando el esfuerzo no sirve de nada?») o bien de la del hermano listo («Yo he ido a Saigón… ¡tú también puedes!»), han fracasado porque hablan de una racionalidad doppelgänger alienada de la que no existen precedentes en el pensamiento vietnamita. Intentamos encarnar al fantasma en el aldeano, pero es que nunca ha habido ningún fantasma.

 

La propaganda de Radio Free Vietnam, por tosca que nos pueda parecer con su música marcial y sus fanfarronadas, sus eslóganes, exhortaciones y anatemas, está más cerca del pulso de Vietnam que nuestra programación más sutil encaminada a

 

 

 

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generar división. Nuestras estadísticas muestran que en todas partes salvo en el mismo Saigón, Radio Free Vietnam es la emisora más escuchada. Los saigoneses prefieren la Radio de las Fuerzas Armadas Americanas por su música pop. Nuestras cifras relativas a Radio Liberación (del NLF) indican una audiencia pequeña, pero probablemente no sean de fiar. Las cifras de los servicios operados por Estados Unidos son más precisas e indican un interés bajo en todas partes salvo en las ciudades. La población provinciana escucha con respeto a los feroces héroes de guerra, a los humildes desertores y a los pinchadiscos de orquestinas de Radio Free Vietnam. Hay un programa de comentarios a media tarde dirigido por Nguyen Loc Binh, coronel de la Policía Nacional, que atrae a una audiencia enorme. A los occidentales les molesta la tosquedad de Nguyen, pero a los vietnamitas les cae bien porque a base de humor basto, engatusamientos, amenazas y cierta astucia de ideas, ha elaborado una relación típicamente vietnamita de hermano mayor con su audiencia, sobre todo con las mujeres.

 

1.4. La voz paterna. La voz del padre se emite como es apropiado desde el cielo. Los vietnamitas la llaman «la muerte que susurra» cuando habla desde los B-52, pero no hay razón para que no vuele por las ondas radiofónicas de manera igualmente devastadora. El padre es autoridad, infalibilidad y ubicuidad. No convence, ordena. Lo que él predice, sucede. Cuando el saigonés que se siente culpable en plena madrugada sintoniza Radio Liberación, la voz espantosa que atruena en la frecuencia de RL tiene que ser la del padre.

 

La voz del padre no es una nueva fuente de propaganda. La tendencia de los estados totalitarios, sin embargo, consiste en identificar la voz paterna con la voz del líder, el padre del país. En las épocas de guerra este padre exhorta a sus hijos a sacrificarse por la patria y en las épocas de paz a aumentar la productividad. La República de Vietnam no es ninguna excepción. Pero la práctica tiene dos inconvenientes. El primero es que la omnipotencia del Padre queda mancillada por la falibilidad del Líder. El segundo es que existen castigos con los que el estadista prudente no se atreve a amenazar, escarmientos que no se atreve a celebrar, y que sin embargo sí pertenecen al Padre omnipotente.

 

Es en vista de semejantes consideraciones que sugiero una división de las responsabilidades: que los vietnamitas operen las voces de hermano y que nosotros asumamos el diseño y la dirección de la voz paterna.

 

[Omito tres tediosas páginas de detalles de interfaz entre servicios de inteligencia e informativos. Sobre el problema de la seguridad entre los vietnamitas del Sur. Y sobre la ansiada asunción de responsabilidades por parte de los mismos.]

 

1.4.1. Programar la voz paterna. En la guerra limitada, la derrota no es un término militar sino psicológico. Seguimos de boquilla el ideal de la desmoralización, y en la medida en que libramos una guerra terrorista, nos esforzamos por hacerlo realidad.

 

 

 

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Pero en la práctica nuestros actos más eficaces de desmoralización se justifican en términos militares, como si el uso de la fuerza con fines psicológicos fuera vergonzoso. Así, por ejemplo, hemos justificado la eliminación de aldeas enemigas llamándolas bastiones armados, cuando el verdadero valor de las operaciones consistía en demostrar a los hombres ausentes del Vietcong lo vulnerables que eran sus hogares y sus familias.

Las acusaciones de atrocidad carecen de fundamento cuando no se pueden demostrar. El 95 por ciento de las aldeas que borramos del mapa nunca estuvieron en el mismo.

 

Hay una falta inquietante de realismo acerca del terrorismo entre las filas más altas del ejército. Los asuntos de la conciencia quedan fuera del ámbito de este estudio. Tenemos que trabajar sobre el supuesto de que el ejército cree en sus propias explicaciones cuando asigna un valor exclusivamente militar a las operaciones de terror.

 

1.4.1.1. Testimonio del CT. Existe un mayor realismo entre los hombres que trabajan sobre el terreno. Durante 1968 y 1969 las Fuerzas Especiales emprendieron un programa de asesinatos políticos (el CT) en la Región del Delta. Bajo el CT, una proporción importante de las células del NLF fue eliminada y el resto obligado a ocultarse. El informe oficial define el programa como acción policial en lugar de militar, en el sentido de que identificaba a víctimas específicas y las eliminaba por medios tan sujeto-específicos como las emboscadas y los francotiradores. La explicación oficial del éxito del programa es que el NLF quedó en ridículo porque a la población se le hizo ver que los agentes del NLF no tenían defensas contra su propia estrategia de asesinato.

 

Los hombres que llevaban a cabo las ejecuciones ofrecen una explicación distinta. Ellos sabían que la inteligencia que identificaba a las células del NLF no era de fiar. A menudo los informantes actuaban por envidia u odio personal, o simplemente por codicia de las recompensas. Hay razones de sobra para sospechar que muchos de los asesinados eran inocentes, aunque la inocencia entre los vietnamitas es un asunto relativo. Y hay más. Cito a un miembro de un pelotón de asesinato: «A cien metros de distancia, ¿quién puede distinguir a uno de esos monos de otro? Lo único que puedes hacer es volarle la cabeza y confiar en haber acertado». Y hay más. Debemos esperar que al saberse señaladas, las células más importantes se escabullan. Así que tenemos que pensar que el recuento oficial de mil doscientos cincuenta objetivos se ha inflado toscamente con muertos irrelevantes.

 

Y, sin embargo, el CT fue un éxito perceptible. En coordinación con las actividades más ortodoxas de la policía nacional, provocó una reducción del 75 por ciento de los incidentes de terrorismo y sabotaje. Los investigadores que usaban técnicas no verbales avanzadas —en Vietnam no hay respuestas verbales que sean de fiar— registraron un cambio progresivo en reacciones tan positivas como la rabia, el

 

 

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desprecio y el desafío en aldeas que antes de 1968 habían estado dominadas por el NLF. Tras dejar atrás fases de inseguridad y de ansiedad, sus sujetos entraron en un estado conocido como Umbral Alto, con rasgos afectivos de apatía, abatimiento y desesperación.

 

Una vez más quienes conocían la atmósfera del momento cuentan mejor la historia. Cito: «Les hicimos cagarse en los pantalones. No sabían a quién le iba a tocar a continuación».

 

Y, sin embargo, el miedo no constituía ninguna novedad para aquellos vietnamitas. El miedo era lo que había unido a la comunidad. La novedad del CT fue que unió a la comunidad no atacando al conjunto, sino enfrentando a cada miembro a la posibilidad de ser atacado en tanto que individuo provisto de nombre y de historia. A su pregunta «¿Por qué yo?», no encontraba ninguna respuesta tranquilizadora. Me han elegido porque soy el objeto de una elección inescrutable. Me han elegido porque he sido señalado. Por medio de esta incongruencia, se penetra en la psique del sujeto. El apoyo emocional del grupo se vuelve irrelevante cuando el sujeto percibe que la guerra está siendo librada contra él de forma aislada. Se ha convertido en víctima y empieza a comportarse como tal. Es la presa de un cazador infalible, infalible porque cada vez que ataca alguien muere. De ahí la preocupación de la víctima por estar marcado: me muevo entre quienes están señalados para la muerte y quienes no lo están: ¿a qué grupo pertenezco? La comunidad se disgrega en forma de enjambre frenético cuyas antenas únicamente vibran con la proximidad de la muerte. El avispero zumba lleno de recelo. (Éste con quien hablo, ¿es un cadáver?). Luego, cuando esa presión se prolonga, la coherencia de la psique se resquebraja. (Estoy marcado, lo huelo yo mismo).

 

(Mi explicación de la dinámica de este proceso de despolitización queda llamativamente confirmada por los estudios de Thomas Szell sobre la despolitización de los campos de internamiento. Szell nos informa de que una autoridad de campamento que elija sujetos para castigarlos al azar y en momentos arbitrarios, aun manteniendo la apariencia de que lleva a cabo una selección, siempre consigue romper con éxito la fuerza moral del grupo).

 

¿Cuál es la lección del CT? El CT nos enseña que cuando la cohesión del grupo queda debilitada, el umbral del colapso de cada uno de sus miembros desciende. Y a la inversa, nos enseña que atacar al grupo en tanto que grupo sin fragmentarlo primero no reduce la capacidad psíquica de sus miembros para resistir. Muchos de nuestros programas de Vietnam, incluyendo tal vez los bombardeos estratégicos, arrojan resultados pobres por culpa de no atender a este principio. En Vietnam solamente existe una regla: fragmentar, individualizar. Nuestra equivocación ha sido permitir a los vietnamitas que se conciban a ellos mismos como un pueblo entero que se agazapa bajo las bombas de un opresor extranjero. De ese modo nos hemos adjudicado la tarea de romper la resistencia de un pueblo entero: una tarea peligrosa, cara e innecesaria. Si en cambio hubiéramos forzado a la aldea, a la banda de

 

 

 

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guerrilleros y al sujeto individual a concebirse a sí mismos como aldea, banda y sujeto elegidos para un castigo especial, por razones que nunca han de saberse, entonces, pese a que su primera reacción habría sido devolver el golpe con furia, a medida que continuara el castigo el gusano de la culpa habría brotado inevitablemente de sus entrañas y habría arrancado de ellos el grito: «Estoy siendo castigado, ergo soy culpable». Y aquel que pronuncia estas palabras está derrotado.

 

1.5. El mito del padre. La voz paterna es la voz que rompe los lazos de la banda enemiga. La fuerza del enemigo reside en su cohesión. Nosotros somos el padre que sofoca la rebelión de la banda de hermanos. El encuentro tiene una forma mítica, y no hay duda de que al enemigo lo sustenta el saber que en el mito los hermanos usurpan el lugar del padre. Semejante fuerza inspiradora refuerza los lazos de los hermanos no sólo porque predice su victoria, sino también porque promete que la era de los hermanos en guerra, el aborrecido kien tiem de la experiencia china, va a ser evitada.

 

Un mito es cierto —es decir, operativamente cierto— en la medida en que dispone de fuerza predictiva. Cuanto más arraigado y universal sea un mito, más difícil de combatir resulta. Los mitos de una tribu son las ficciones que acuña para conservar sus poderes. La respuesta a un mito de fuerza no es necesariamente la fuerza contraria, puesto que si el mito predice una fuerza contraria, entonces esa fuerza contraria refuerza el mito. La ciencia de la mitografía nos enseña que una oposición más sutil es la que consiste en subvertir y revisar el mito. La propaganda más elevada que existe es la propagación de una nueva mitología.

 

Para una descripción de los mitos que combatimos, junto con sus variantes nacionales, les remito a Communist Myth and Group Integration de Thomas McAlmon: volumen 1: Proletarian Mythography (1967) y volumen 2: Insurgent Mythography (1969). La monumental obra de McAlmon levanta los cimientos de un contra-mito revisionista moderno, del cual el presente estudio es un pequeño ejemplo. McAlmon describe el mito del derrocamiento del padre tal como sigue:

 

«En su origen el mito es una justificación de la rebelión de los hijos contra un padre que los usa como peones de granja. Los hijos se hacen mayores, se rebelan, mutilan al padre y se dividen el patrimonio, es decir, la tierra fertilizada por la lluvia del padre. En términos psicoanalíticos el mito es una fantasía autoafirmativa en la que el niño impotente le roba la madre deseada al padre-rival». En la conciencia popular vietnamita, el mito asume la siguiente forma: «Los hijos de la tierra (es decir, la hermandad de los labradores) desean quedarse con la tierra (es decir, el Boden vietnamita), derrocando al dios celeste que se identifica con el viejo orden del poder (el imperio extranjero, Estados Unidos). La madre-tierra esconde a sus hijos en su regazo, a salvo de los rayos del padre. De noche, mientras éste duerme, los hijos emergen para castrarlo e iniciar un nuevo orden fraternal» (vol. 2, pp. 26, 101).

 

1.5.1. Contramitos. El punto débil de este mito es que retrata al padre como alguien

 

 

 

 

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vulnerable que puede venirse abajo con un solo golpe radical y bien dirigido. Hasta el momento presente nuestra respuesta ha sido el contraataque de la hidra: por cada cabeza que nos cortan desarrollamos una nueva. Nuestra estrategia es el desgaste, el desgaste de la abundancia. Dada nuestra capacidad inagotable de reemplazar miembros muertos, confiamos en que el enemigo pierda la fe, se desanime y se rinda.

 

Pero es una equivocación considerar el contraataque de la hidra una respuesta final. Para empezar, el mito de la rebelión tiene una cláusula que invalida la rendición. El castigo por caer en manos del padre es ser devorado en vida o bien encerrado en un volcán para toda la eternidad. Si uno se rinde, su cuerpo no es devuelto a la tierra y por esa razón no puede renacer. (Los volcanes no forman parte de la tierra, sino que son bases terrestres del padre-sol). Por consiguiente, la rendición no es una opción válida porque implica un destino peor que la muerte. (Y considerando lo que les pasa a los prisioneros de Saigón, la fuerza intuitiva de este argumento tampoco puede ser refutada).

 

Una segunda falacia del contraataque de la hidra es el hecho de que malinterpreta el mito de la rebelión. El golpe que gana la guerra contra el padre tiránico no es una acometida mortal sino un golpe humillante que lo deja estéril. (La impotencia y la esterilidad son mitológicamente indistinguibles). Su reino, al dejar de ser fertilizado, se convierte en un páramo.

 

La importancia del golpe humillante no puede ser infravalorada por nadie que conozca el lugar que la vergüenza juega en los sistemas de valores perisínicos.

 

Permítanme que esboce ahora una estrategia de contraataque más prometedora. El mito de la rebelión da por sentado que el cielo y la tierra, el padre y la madre,

viven en relación de simbiosis. Ninguno de ellos puede existir por sí solo. Si el padre es derrocado, entonces tiene que aparecer un padre nuevo, una rebelión nueva, violencia sin fin, mientras que a la madre, sin importar cuán profundamente haya traicionado a su marido, no hay que aniquilarla. Por tanto, la conspiración de la madre y de los hijos es interminable.

 

Pero ¿acaso el mito maestro de la historia no ha dejado atrás ya la ficción de la simbiosis de tierra y cielo? Ya no vivimos arando la tierra, sino devorándola a ella y a sus desperdicios. Hemos firmado nuestro repudio de ella con huidas a nuevos amores celestiales. Tenemos la capacidad de criar con la cabeza. Cuando la tierra conspira de manera incestuosa con sus hijos, ¿acaso no deberíamos recurrir a los brazos de esa diosa de la techné que surge de nuestro cerebro? ¿Acaso no es hora de que la madre-tierra sea suplantada por su fiel hija, engendrada sin participación de mujer? Así amanece la era de Atenea. En el Teatro de Operaciones de Indochina, lo que estamos representando es el drama del fin de la era telúrica y el matrimonio del dios celeste con su hija-reina partenógena. Si la representación ha sido mala, es porque nos hemos tambaleado adormilados por el escenario, sin conocer el significado de nuestros actos. Ahora yo saco a la luz sus significados en ese momento cegador de conciencia metahistórica ascendente en el que empezamos a dar forma a nuestros mitos.

 

 

 

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1.6. Victoria. El padre no puede ser un padre benigno hasta que sus hijos se hayan arrodillado ante su vara.

 

La conjura de los hijos contra el padre tiene que cesar. Tienen que arrodillarse con los corazones bañados en obediencia.

Cuando los hijos conozcan la obediencia, entonces podrán dormir.

 

La Fase IV únicamente pospone el día del juicio.

 

En Vietnam no existe ningún problema de reconstrucción. El único problema es el de la victoria.

Todos somos hijos de alguien. No crean que no me causa dolor el hacer este informe. (Por otro lado, no infravaloren mi júbilo). A mí también me conmueve el valor. Pero el valor es una virtud arcaica. Mientras haya valor estaremos todos atados a la rueda de la violencia de la rebelión. Más allá del valor está el corazón humilde, el jardín silencioso al que podemos llegar huyendo de los ciclos del tiempo. Puede que yo sea pulcro y educado, pero soy el hombre del paraíso futuro.

Antes del paraíso viene el purgatorio.

 

No sin placer, me he preparado para el purgatorio. Si tengo que ser un mártir de la causa de la obediencia, estoy preparado para sufrir. No estoy solo. Sentados a sus escritorios a lo largo y ancho de América, un ejército de jóvenes aguarda, anticuados como yo. Llevamos trajes oscuros y gafas gruesas. Somos la generación de quienes eran niños en 1945. Estamos ocupando nuestros puestos. Estamos recogiendo el testigo. Somos nosotros quienes heredaremos América, a su debido tiempo. Somos pacientes. Esperamos nuestro turno.

 

Si a ustedes les conmueve el valor de quienes han tomado las armas, examinen sus corazones: una mirada sincera les mostrará que no es su mejor yo el que se conmueve. El yo que se conmueve es traicionero. Ansia arrodillarse ante el esclavo, lavar las llagas del leproso. El yo oscuro anhela la humillación y el tumulto, el yo luminoso la obediencia y el orden. El yo oscuro pone enfermo al yo luminoso con sus dudas y sus escrúpulos. Lo sé. Es su veneno el que me está corroyendo.

Soy un héroe de la resistencia. No soy menos que eso, si se me entiende como es debido, en sentido metafórico. Dando tumbos en mi armadura ensangrentada, me mantengo erguido, a solas en el llano de batalla, rodeado de enemigos.

Mis papeles están en orden. Me siento pulcramente y escribo. Llevo a cabo distinciones sutiles. Es sobre la punta de una sutil distinción donde el mundo gira. Distingo entre la obediencia y la humillación, y bajo el fuego de ese intelecto mío que distingue, las montañas se hunden. Soy la encarnación de la lucha paciente del intelecto contra la sangre y la anarquía. Soy una historia no de emoción y violencia —el relato bélico ilusorio de la televisión—, sino de la vida misma, una vida en obediencia a la cual hasta el organismo más simple reprime su anhelo entrópico de regresar al barro y sigue el camino del deber evolutivo hacia la gloria de la conciencia.

 

En Vietnam sólo existe un problema, que es el problema de la victoria. El

 

 

 

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problema de la victoria es un problema técnico. Tenemos que creer esto. La victoria es una cuestión de fuerza suficiente, y nosotros disponemos de fuerza más que suficiente.

 

Tengo ganas de terminar de una vez con esta parte. Me impacientan las restricciones de esta tarea.

Desdeño la Fase IV del conflicto. Ansio la llegada de la Fase V y el regreso de la guerra aérea total.

Existe una guerra aérea militar que tiene objetivos militares. Pero también existe una guerra aérea política cuyo propósito es destruir la capacidad del enemigo de sostenerse físicamente.

 

No podemos conocer algo hasta que somos capaces de medirlo. Pero en la guerra aérea política no existe una forma de medición tan fácil como el recuento de víctimas. Por tanto usamos las medidas de probabilidad (me disculpo por repetir lo que está en los libros, pero no me puedo permitir no ser exhaustivo). Cuando alcanzamos un objetivo, definimos la probabilidad del éxito de la manera siguiente

 

P1 = aX -3/4 + (bX - c)Y

 

donde la X es la medida de la altitud del lanzamiento, la X mide la intensidad del fuego de tierra y la a, la b y la c son constantes. En un bombardeo político típico, sin embargo, el objetivo no está especificado, sino únicamente formalizado como conjunto de coordenadas en el mapa. Para medir el éxito computamos dos probabilidades y encontramos su producto: P1 tal como se ve más arriba (la probabilidad de alcanzar un objetivo) y P2, la probabilidad de que lo que alcancemos sea nuestro objetivo. Como de momento no podemos hacer mucho más que conjeturas acerca de P2, nuestra política ha sido bombardear veinticuatro horas al día, compensando mediante el volumen elevado la magnitud infinitesimal de los productos P1P2. La política apenas funcionó en la Fase III y no puede funcionar en la Fase IV, en la que todos los bombardeos son clandestinos. Así pues, ¿qué política tenemos que adoptar en la Fase V?

 

Me siento en las profundidades de la Biblioteca Harry Truman, completamente emparedado entre muros de tierra, acero, cemento y milla tras milla de papel comprimido, un bastión impenetrable del intelecto desde el cual mando este sueño alado de asalto a la misma madre tierra.

 

Cuando atacamos al enemigo por medio de un par de coordenadas del mapa nos estamos exponiendo a problemas matemáticos que no podemos resolver. Pero aunque no los podamos resolver, sí que los podemos eliminar, atacando las coordenadas mismas: ¡todas las coordenadas! Nos hemos pasado años atacando la tierra, de manera explícita en la defoliación de cosechas y de la selva, y de manera implícita en el lanzamiento arbitrario de obuses y bombas. Admitamos, en ese acto de conciencia ascendente mencionado más arriba, el significado de nuestros actos. Descontamos 1.999 misiles al azar de cada 2.000 que mandamos. Y, sin embargo,

 

 

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cada uno de ellos aterriza en alguna parte, es captado por oídos humanos y desgasta la esperanza del corazón de alguien. Un misil solamente se desperdicia cuando lo desdeñamos y nuestros enemigos saben que lo desdeñamos. Nuestra prodigalidad genera desprecio en los frugales vietnamitas, pero únicamente porque ellos la ven como la prodigalidad del despilfarro y no como la prodigalidad de la recompensa. Conocen la culpa que nos causa el devastar la tierra y saben que nuestra ficción de apuntar al 0,058 por ciento de un hombre que cruza el punto que estamos bombardeando en el momento en que lo bombardeamos es una mentira culpable. ¡Aplastemos esa culpa atávica! Nuestro futuro no pertenece a la tierra sino a las estrellas. Mostrémosle al enemigo que está de pie desnudo en un paisaje moribundo.

 

Tengo que recobrar la compostura.

 

No tenemos que desdeñar las técnicas de fumigación. Aunque la fumigación no ofrece el orgasmo de la explosión (nada ha contribuido más a vender la guerra en América que los bombardeos con napalm televisados), siempre será más eficaz que los explosivos de alta potencia en una campaña contra la tierra. La fumigación con PROP-12 podría cambiar la fisonomía de Vietnam en una semana. El PROP-12 es un veneno subterráneo, un veneno espectacular que (me vuelvo a disculpar), al filtrarse en el suelo, ataca los enlaces de los silicatos oscuros y deposita una epidermis de arenilla gris cenicienta. ¿Por qué hemos dejado de usar el PROP-12? ¿Por qué solamente lo hemos usado en las tierras de las comunidades reasentadas? Hasta que nos mostremos como somos y nos deleitemos en el verdadero significado de nuestros actos, continuaremos sufriendo el doble castigo de la culpa y la falta de eficacia.

 

Las cosas no me van bien en el momento en que escribo esto. Mi salud no es buena. Tengo una mujer que me traiciona, un hogar infeliz y unos superiores a quienes no caigo bien. Sufro dolores de cabeza. Duermo mal. Me estoy consumiendo a mí mismo. Si supiera tomarme vacaciones, tal vez me tomaría unas. Pero veo las cosas y tengo un deber hacia la historia que no puede esperar. Lo que estoy diciendo es caótico. Y me disculpo. Pero podemos triunfar. Tengo el deber de señalar nuestro deber. Me siento en las bibliotecas y veo las cosas. Formo parte de una estirpe honorable de hombres librescos que se han sentado en bibliotecas y han tenido visiones de una gran claridad. No digo nombres. Hablo en tiempos difíciles y os cuento cómo podéis volver a ser niños. Me dirijo a las mitades rotas de todos nuestros yos y les digo que se abracen entre ellas, y que amen lo peor de nosotros juntamente con lo mejor.

 

Arranque esto, Coetzee, es una posdata, va dirigida a usted, escúcheme.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Cuando yo era un niño que avanzaba discretamente por mis años de escuela primaria, tenía en mi habitación un jardín de cristales: agujas y láminas, de color ocre y azul ultramarino, que se erguían frágilmente desde el fondo de un frasco de conservas, estalagmitas que obedecían su fuerza vital de cristales muertos. Las semillas de cristal crecerán para mí. Las de la otra clase no brotan, ni siquiera en California. Planté judías en un frasco para Martin, en una época en que yo todavía participaba en su educación, a fin de enseñarle sus bonitas raíces. Pero las judías se pudrieron. Igual que los hámsteres, más adelante.

 

Los jardines de cristales crecen en un medio llamado silicato de sodio. La existencia del silicato de sodio y de los jardines de cristales la descubrí en una enciclopedia. La enciclopedia sigue siendo mi género favorito. Creo que al final la ordenación alfabética del mundo resultará ser superior a todas las demás ordenaciones que la gente ha probado.

 

Fue con la Enciclopedia Británica, en su edición de 1939, como me estropeé la vista.

De niño era un ratón de biblioteca. Crecí con los libros.

 

Hoy día vivo una vida de cristal. Me florecen formaciones exorbitantes en la cabeza, en ese mundo sellado y sin aire. Primero el envoltorio del cráneo. Después un saco membranoso, un amnión: al moverme, siento el chapoteo de los líquidos pasivos. De noche, la luna hace ascender leves mareas entre las orejas. Ahí es donde parece que estoy teniendo lugar.

 

Estaba empezando a sentirme más cómodo con Coetzee. Estaba dispuesto a mejorar para él. Iba a hacer todo lo posible, a enseñarle todo de lo que era capaz, los pensamientos prodigiosos que podía albergar, las sutiles distinciones que podía trazar.

 

Si él se hubiera fijado en mí como yo realmente quería que se fijara, si él hubiera dado alguna muestra de reconocer su elección, yo me habría entregado a él sin reservas. No siento envidia. No me siento rebelde. Quiero ser bueno. El tiene su lugar y yo tengo el mío. Quiero que me mire con amabilidad. Confío en ser como él algún día, en ciertos aspectos. Aunque él no sea en realidad un hombre brillante, si piensa de forma autoritaria. A mí me gustaría dominar ese talento. Mi pensamiento tiene tendencia a lo chillón, creo yo. No soy capaz de sostener una discusión. Está claro que soy una persona fiel. Hasta a mi mujer le soy fiel. En Coetzee creo que me podría sumergir para convertirme con el paso del tiempo en su fiel copia, quizá con algún toque de individualidad aquí y allí.

 

Pero su conducta presente me decepciona. Él me evita. Ya no sonríe como antes ni me pregunta amablemente cómo me van las cosas. Cuando me entretengo en el pasillo delante de su cubículo de cristal (todos tenemos cubículos de cristal, cubículos

 

 

 

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porque somos mónadas, y de cristal para disuadirnos de nuestras excentricidades), él finge estar enfrascado en su trabajo. Desde su cubículo respectivo su secretaria mira en mi dirección y me dedica su sonrisa reservada de antigua ortodoncia. Yo también sonrío y niego con la cabeza, y regreso a mi celda, donde no tengo nada que hacer. Así están ahora las cosas, desde que mandé mi juicio sobre Vietnam.

 

Están intentando hacerme sentir que me he deshonrado a mí mismo. Pero yo no he hecho nada de lo que me tenga que avergonzar. Me he limitado a decir la verdad. Nunca he sido cobarde. Me he dado cuenta de que toda la vida he estado dispuesto a exponerme allí donde los demás no se atrevían. De joven me exponía a mí mismo mediante la poesía, carente de originalidad pero no vergonzosamente mala. Luego me trasladé más cerca de los centros de poder y encontré otras formas de expresarme. Todavía considero mi mejor trabajo, lo mejor que hice para la ITT, por ejemplo, como una especie de poesía. La mitografía, mi especialidad presente, es un campo abierto como la filosofía o la crítica, puesto que todavía no ha encontrado una metodología en cuyos laberintos perderse para siempre. Cuando McGraw-Hill publique el primer libro de texto de mitografía, me pasaré a otra cosa. Tengo un temperamento de explorador. De haber vivido hace doscientos años, habría tenido un continente entero para explorar, cartografiar y abrir a la colonización. En esa libertad vertiginosa puede que me hubiera expandido hasta mi verdadero potencial. Si ahora mismo me siento incómodo es porque no tengo espacio para batir las alas. Es una buena explicación de mis problemas de espalda, y también es una explicación mítica. Mi espíritu tendría que flotar hasta las distancias interiores interminables, pero por desgracia este cuerpo tiránico se lo impide. El cuento de Sinbad del anciano del mar también es pertinente.

 

No hay duda de que soy un hombre enfermo. Vietnam me ha costado demasiado. Yo lo explico mediante la metáfora de la herida dolorosa. Algo va mal en mi reino. Dentro de mi cuerpo, debajo de la piel y del músculo y de la carne que lo envuelven, estoy sangrando. A veces creo que la herida está en mi estómago, y que sangra limo y desesperación sobre la comida que debería nutrirme, formando charquitos que pudren los recovecos de mis órganos internos doblados más recónditos. En otras ocasiones me imagino una herida que supura en algún lugar de la caverna que tengo detrás de los ojos. No cabe duda de que debo encontrarla y curarla, o bien morir de ella. Es por eso por lo que no me avergüenza quedar expuesto. El decoro es un valor importante, pero al fin y al cabo la vida lo es más.

 

Estoy equivocado si creo que Coetzee va a salvarme. Coetzee se hizo un nombre en el campo de la teoría de los juegos. Carece de simpatía natural hacia un enfoque mitográfico del problema del control. Él parte del axioma de que la gente actúa de forma idéntica si sus intereses propios son idénticos. Ha construido toda su carrera a partir de la idea del yo y de sus intereses. Incluso a mí me considera un simple yo provisto de intereses. No puede entender a un hombre que experimenta su yo como una funda que mantiene juntas sus partes corporales mientras por dentro arde sin cesar. A mí me criaron con tebeos (me criaron con toda clase de libros). Antaño

 

 

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embelesado por aquellos monstruos enfundados en las botas, cinturones, máscaras y disfraces de su individualismo heroico, ahora me he convertido en el Heracles que se asa en su túnica envenenada. Para el monstruo-héroe americano sí que existe un alivio: cada dieciséis páginas, el paraíso terrenal regresa y su salvador enmascarado puede convertirse otra vez en ciudadano de rostro pálido. En cambio Heracles, al parecer, arde para siempre. Hay significados en estas historias que exudo, pero me siento cansado. Puede que sean pistas, las dejo sobre la mesa.

 

Coetzee confía en que me marcharé. Se ha hecho correr la noticia de que no existo. Su secretaria me dedica su sonrisa grave y baja la vista. Pero yo no me voy. Si ellos se niegan a verme, me convertiré en el fantasma de sus pasillos, en el que hace sonar los teléfonos, en el que no tira de la cadena del retrete.

 

Los chicos del MIT están pensando entre risitas en formas nuevas de contaminar el pescado.

 

Me quedo mirando las paredes. Me quedo mirando los marcos de las ventanas llenos de primera hora de la tarde. La luz golpea el nido de dolor de mi cabeza. Pongo los ojos en blanco y bostezo. Hay algo grotesco en mí. ¿Qué estoy haciendo en este edificio cúbico, qué estoy haciendo en las vidas de esta gente? Me caen por la cara lágrimas de agotamiento, echo de menos una cama propia. Traigo mala suerte. Me estoy convirtiendo en cristal de talco. Me estoy convirtiendo en una muñeca.

 

A veces hago sonar el teléfono de la casa de mi mujer. Cuando ella levanta su auricular yo cuelgo el mío, o bien me pongo a jadear, tal como se describe en los periódicos.

 

Todas las llamadas son monitorizadas por Seguridad Interna.

 

Debajo del teléfono de Marilyn he pegado con cinta adhesiva una pluma. Si ella la encuentra creerá que es un micrófono. Si la encuentra Coetzee, la tomará por una de esas pequeñas bombas de Armco.

 

Ayer Marilyn no contestó. Yo dejé el auricular sobre la mesa y escuché cómo mandaba sus impulsos a través de la ciudad, a través de los barrios residenciales, a través de las paredes de la casa comprada con mi dinero: cuarenta veces, sesenta, ochenta. Qué raro, me dije a mí mismo, qué poco propio de ella: ¡voy a entrar en acción! Un latido retumbaba en mi cabeza. Los torrentes sepultados estaban empezando a fluir. En medio del calor de la tarde caminé excitado por el peligro, rodeado de una nube de fragancia de espuma de afeitar. Conduje deprisa pero con cuidado, tapándome los oídos para no oír al dios de la ironía. Soy hábil pese a mis suelas gruesas. Al cabo de treinta minutos ya había llegado a casa. El Volkswagen de Marilyn estaba en su sitio, metido en la cochera. Hay una novela en la que el dueño de una casa es detenido por espiar a su mujer. Yo me asomé a la ventana del dormitorio. Marilyn estaba sentada en la cama vestida con una bata, hojeando una revista cuyas ilustraciones sonrientes y saludables (Sunsilk, Coca-Cola) flotaban a través de sus dedos en medio del silencio fresco de su mundo acuático. Mi corazón fue hacia ella. Me vinieron ganas de extender una mano a través del cristal. Bajo el

 

 

 

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sol tórrido me puse en cuclillas y la contemplé, confiando en que los vecinos no me vieran.

 

Continúo teniendo sueños nocturnos cuyas estructuras luminosas y fatigadas se desnudan impotentes bajo mi cuchillo, sin contarme nada que yo ya no sepa. De tanto en tanto emerjo a una cama en la que mi mujer yace agarrotada en su sueño privado.

 

Anoche soñé con mi casa, con el verdadero hogar ante cuya puerta atrancada he pasado este último año de orfandad. Las caras de mis fotografías de Vietnam vienen flotando hacia mí, salidas de sus fondos mates y borrosos: soldados sonrientes, prisioneros impasibles (a los niños los evito). Con gestos eufóricos de liberación extiendo la mano derecha. Mis dedos, expresivos, llenos de significado, llenos de amor, se cierran sobre sus hombros estrechos, pero se cierran vacíos, que es lo que suele pasar cuando alguien intenta agarrar algo en ese espacio vacío del cráneo donde están los sueños. Yo repito muchas veces el movimiento, ese movimiento de amor (expandir el pecho, extender el brazo) y de desaliento (mano vacía, corazón vacío). Agradecido por la sinceridad simple de ese sueño, pero aburrido pese a todo por su rutina moral, me dedico a entrar y salir del mismo, a sumergirme y despertar. Las caras regresan, se yerguen ante mi ojo interior, las sonrisas dentudas, las miradas de párpados caídos. Yo extiendo la mano, los fantasmas se retiran, mi corazón supura en su angosta rendija. Examino la ventana. Pero en este sueño nunca llega el amanecer. Con su fuego sagrado las imágenes me cantan, atrayéndome más y más hacia su fino mundo fantasmagórico. La situación me irrita, me agito con petulancia. Porque aunque el dolor me desgarra más y más, al final se convierte en el mero hábito del dolor, en el hábito de ser el huérfano excluido. Y si hay algo que no soporto es que intenten darme lecciones.

 

Sueños tediosos en una cama tediosa. Marilyn flota cabeza abajo a lo largo de mis noches. Yo clavo mi garfio y estiro. La carne se desgaja sin sangre y ella se aleja flotando. Le toco con los dedos el brazo, que es más cálido cuando duerme que cuando está despierta, célula apelotonada contra célula en un éxtasis de hibernación. El hombre que está en la jaula para tigres clava en mí un ojo negro. Yo extiendo la mano.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Me maravillo a mí mismo. He llevado a cabo una gesta. A fin de cuentas no ha resultado tan difícil.

 

Escribo desde (a ver si puedo entender esta extravagancia) el Loco Motel de las afueras de la ciudad de Heston, diez mil habitantes, o tal vez sea Dalton, en la falda de las Montañas de San Bernardino, en mi estado natal de California. Escribo con espíritu exuberante y en el presente continuo. Todo en mí tiene un aire vigorizante de realidad. Si vuelvo la mirada hacia arriba y un poco a la izquierda, puedo ver por la ventana, por encima de las puertas de las habitaciones 21 a 30 que hay al otro lado del patio, los colores azul y blanco de las montañas nevadas. A todas las horas del día, los cantos de los pájaros llegan a mis oídos atentos. No conozco los nombres de los pájaros, pero no me cabe duda de que si uno dispone de tiempo se pueden aprender, ya sea con libros o por medio de un informador. Ayer dimos (Martin y yo, para introducir a Martin) nuestro primer paseo por el bosque, donde vimos a un pájaro con una gargantilla de color escarlata cuyo canto hacía uno-dos-tres. A falta de nombre lo bautizamos el pájaro uno-dos-tres. Martin parecía feliz. Aguantó bien lo que era un paseo fatigoso. A menudo se queja y quiere que lo lleve en brazos, pero es por influencia de su madre. Los niños no crecen si uno los trata como a niños. Conmigo Martin es todo un hombrecito. Está orgulloso de su padre y quiere ser como él. El paseo le ha puesto color en las mejillas. Hemos vuelto al atardecer y hemos comido una cena sustanciosa (crepes, helado, zumo de naranja, tres cosas). Me gusta ver comer bien a los niños. Martin no suele tener mucho apetito, otro efecto de los mimos de su madre.

 

Nos hemos registrado aquí bajo los nombres George Doob e hijo. El nombre de Doob siempre me ha parecido gracioso, y me agrada tener la oportunidad de vivir bajo el mismo. La documentación del coche es más difícil de ocultar. Pero a fin de cuentas, me digo, todas estas precauciones sólo las tomo porque estoy acostumbrado a ser precavido. Marilyn no querrá convertirse en el hazmerreír de todos por denunciar nuestra desaparición.

 

Miro en mi corazón y descubro que no me importa lo que haga ella ahora que me he ido. Veo que al fin y al cabo cortar los lazos no es difícil. Sólo tuve que decirme, articulando las palabras con claridad: «Vas a hacer tu equipaje. Vas a coger a tu hijo de la mano y vas a salir de la casa. Vas a hacer efectivo un cheque. Y vas a marcharte de la ciudad». Y a continuación hice todas esas cosas. Darme órdenes a mí mismo es un truco que a veces le juego a mi hábito de obediencia. Los treinta y tres años son la edad mitológicamente correcta para cortar lazos. Marilyn puede pudrirse, retiro todo lo que he invertido en ella. Coetzee también puede morirse, aunque eso es menos probable.

 

 

 

 

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Más importante para mí que el problema marital, descubro ahora, es el problema de los nombres. Como tanta otra gente de talante intelectual, soy más especialista en relaciones que en nombres. Piensen en los pájaros cantores del bosque. Entre ellos, además de con los demás fenómenos, mantienen relaciones bastante simples. Por tanto, uno tiende a no hacer caso a los pájaros cantores, en beneficio de otras cosas que entablan relaciones más complejas. Un ejemplo más de la desafortunada tiranía que el método ejerce sobre el asunto. Sería un saludable correctivo aprender los nombres de los pájaros cantores, y también los de una buena selección de plantas e insectos (los nombres de los mamíferos ya los aprendí en la infancia). Los insectos me resultan fascinantes, todavía más fascinantes que los pájaros. Me impresiona la invariabilidad que alcanzan en su conducta. Tal vez tendría que haber sido entomólogo.

 

No hay duda de que el contacto con la realidad puede ser vigorizante. Confío en que el trato firme y prolongado con la realidad, si es que consigo mantenerlo, tenga un efecto positivo no solamente sobre mi carácter, sino también sobre mi salud, y tal vez hasta mejore mi escritura. Me gustaría estar más a la altura de esa visión de las cordilleras nevadas que, tal como he mencionado antes, se me ofrece al volver la mirada hacia arriba y un poco a la izquierda. (Si miro justo hacia delante veo mi cara en un humillante espejo ovalado. De ese sujeto cada vez más consumido sí que me considero más o menos a la altura). Me gustaría entender mejor las cigarras, la grafiosis de los olmos y las oropéndolas, por mencionar tres nombres, y ser capaz de desarrollar sobre ellos párrafos largos y densos que le proporcionaran al lector una sensación clara de la compleja realidad natural en medio de la cual ahora me encuentro sin duda. A mi lado tengo Herzog y Voss, dos libros de gran prestigio, y me paso muchas horas de análisis intentando entender los trucos que sus autores han llevado a cabo para conferirles a sus monólogos (al fin y al cabo no son mejores que yo, sentados día tras día en habitaciones solitarias, segregando palabras igual que las arañas segregan su tela: la imagen no es mía) el aire de un mundo real visto a través del espejo. Parece que un vocabulario de nombres comunes es requisito previo. Tal vez no he nacido para ser escritor.

 

Entretanto, Martin juega en silencio en el suelo a mi lado. Se ha adaptado a la vida en el motel sin rechistar. Dormimos juntos en la cama doble, él en su lado y yo en el mío. A él le gusta el arreglo y yo lo tolero por hacerle un favor, aunque los niños nunca dejan de moverse en la cama. Comemos en el restaurante de carretera que hay al lado. Es difícil desarrollar párrafos largos y densos sobre los moteles y los restaurantes de carretera, pero me da la sensación de que por lo menos son un paso en la dirección adecuada. También podría intentar entretejer en la narración la habitación en la que estoy escribiendo. Estoy sentado en la cama, inclinado sobre la mesilla de noche. Es incómodo, pero no me parece probable que a Dalton (o a Heston) le vaya a dar por poner escritorios en sus habitaciones de motel. Ya he mencionado el espejo ovalado de la pared.

 

 

 

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Martin está juntando las piezas de un puzzle que cuando esté terminado mostrará a la Mamá Oso (delantal a cuadros, manos gordezuelas) diciendo adiós desde la puerta mientras Papá Oso (caña de pescar, sombrero de paja), Osito Teddy (red de pescar gambas) y Osita Suzy (cesta de picnic) echan a andar por el sendero del jardín en dirección a un sol resplandeciente. Marilyn y yo tuvimos la sensatez de ahorrarle a Martin una Osita Suzy. Igual que Adán en sus días gloriosos, él no sabe lo bastante como para saber que está solo. Cuando se haya cansado de la familia Oso releerá las aventuras de Spiderman o bien jugará al volante de mi coche, construyendo ricas fantasías imitativas hasta que llegue la hora de comer. Entretanto yo continuaré con mi escritura. Le he dejado claro a Martin que las mañanas son para mí. Por la tarde él y yo iremos a pasear por el bosque, y después tal vez le invitaré a algo que le guste.

 

Voy a tener que solucionar el tema de la ropa sucia.

 

 

 

Cuatro días en Dalton y Martin ya está empezando a lloriquear. La ropa lavada cuelga de una cuerda entre la puerta del ropero y un gancho para colgar cuadros. Cuando vienen a limpiar la habitación meto la ropa en un cajón y descuelgo la cuerda. Mi ropa interior huele a moho. Esta forma de vida no es satisfactoria. Y, sin embargo, no me siento preparado para entrar a hurtadillas en una lavandería y exponerme a las miradas indagadoras de los vecinos del lugar, esperando a que termine el centrifugado.

 

Martin quiere sus juguetes. Quiere saber qué estamos haciendo aquí. Quiere saber cuándo nos vamos a casa. Yo no tengo respuesta a sus preguntas. A veces llora y a veces tiene pataletas. Cuando arma demasiado jaleo lo encierro en el cuarto de baño. Tal vez esté siendo severo. Pero no estoy de humor para conductas irracionales. Después de la tranquilidad de nuestros primeros días, vuelvo a tener los nervios hechos trizas. He salvado a ese niño de una mujer de carácter inestable e histérico que lo estaba criando como a un tontaina, y sin embargo él no es más que una carga para mí. ¿Acaso no existe ningún fervor incandescente del habla capaz de convencer a ese niño de que, por abrupto o tiránico que yo le parezca, mis motivos son puros? ¿Cómo de alto debo gritar, cuánto tengo que abrir los ojos deslumbrantes de pasión, cómo me tienen que temblar las manos para que él entienda que esto es por su bien, que yo lo quiero con amor de padre y que únicamente deseo que al crecer se convierta en lo que yo no soy, un hombre feliz?

 

Está dormido con el pulgar en la boca, señal de inseguridad.

 

En este sitio yo debería ser feliz. He cortado mis lazos. No hay nadie respirándome en la espalda. Soy el dueño de mi tiempo. Y sin embargo todavía no estoy liberado. Aunque había confiado en sumergirme en ciclo tras ciclo de existencia silenciosa, bajo la influencia del canto de los pájaros y el amor paterno y los paseos por las tardes, hasta alcanzar el éxtasis de la contemplación pura, me encuentro a mí mismo sentado en el Loco Motel empapado de fantasías diurnas y esperando que pase

 

 

 

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algo. ¿De quién es esa voz arcana en nuestro interior que relincha pidiendo acción? Mi auténtico ideal (de verdad lo creo) es un discurso interminable del carácter, el yo leyéndole el yo al yo de forma infinita. ¿Acaso es el imperativo bloqueado de la acción lo que ha causado que la guerra, y mi discurso sobre la guerra, se vuelvan contra mí y me envenenen? ¿Acaso me habría liberado a mí mismo si hubiera sido un soldadito y hubiera caminado por el Vietnam de mis fantasías académicas? A los hombres de acción les deseo una muerte detrás de otra. Desde febrero de 1965 su guerra ha estado viviendo su vida a mis expensas. Yo sé perfectamente qué es lo que ha consumido mi hombría desde dentro, lo que ha devorado la comida que me tendría que haber nutrido. Es una cosa, un hijo que no es mío: antaño un bebé achaparrado y amarillo encogido en el centro exacto de mi cuerpo, que me chupaba la sangre y crecía con mis residuos. Y ahora, en 1973, un niño mongol repulsivo que extiende sus brazos y piernas por dentro de mis huesos huecos, me roe el hígado con sus sonrisa dentuda y vacía su inmundicia biliosa en mis sistemas. Y que no se quiere marchar. ¡Quiero que se termine! ¡Quiero ser libre!

 

 

 

Primero un coche y después otro se detienen, esta vez en presente indefinido. Las portezuelas, por lo menos cuatro de ellas, emiten un chasquido metálico. Mis visitantes llegan. Primero intentarán hablar. Cuando eso no les funcione me atacarán. Estoy listo. O lo que es lo mismo, estoy detrás de la cortina, sudando. No estoy acostumbrado a la violencia.

 

Ahora están cruzando el patio, pasos suaves, más pasos suaves de los que puedo contar, y voces que murmuran. Están trazando sus planes.

Me adelanto a ellos con astucia. Antes de que puedan llamar abro la puerta y les brindo un haz de mi cara, vigilante, franca. Son lo que yo esperaba, hombres altos y uniformados, y en medio de ellos una mujer con impermeable blanco que debe de ser Marilyn. La sensación de deja vu se derrama sobre mí y yo me baño en ella lleno de agradecimiento.

 

Algo raro le pasa a Marilyn en la cara. La luz de la luna es engañosa, pero el lado izquierdo parece abultado. El bulto se mueve. Ella está hablando. Pero lo que ella dice nunca me ha preocupado. Así que espero. Me gustaría decirle que lo siento, interrumpirla. Pero eso me haría perder la ventaja. Continúo esperando. Cuerpo alto y rubio, líneas de color castaño claro, la altivez y el misterio de la modelo de bañadores con la que me casé, de pie entre esos hombres corpulentos. El hablar hace que su cabeza experimente sacudidas furiosas. Yo confío en que ella caiga bien. No me falta orgullo de mi mujer. Aunque me haya distanciado de ella.

¡Pero su forma de hablar! Ahora la oigo, desagradable y monótona como una mala discusión. No quiero oírla hablar así. No quiero un espectáculo delante de desconocidos. Conozco los malos humores de Marilyn. Cuando está de tan mal humor no se puede razonar con ella.

 

 

 

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—Por favor, vete, Marilyn —le digo. La voz me suena como de hojalata. Esta noche no me salen tonos de pecho. Por favor, vete. —Por un instante mi voz suena por encima de la de ella, paciente, fatigada. Ya lo discutiremos cuando hayamos descansado. Esta noche no tengo ánimos para hablar.

 

Soy el padre fiel en su puesto, el perro guardián que protege al bebé dormido. Me desgarra la desolación de esta situación en que me veo. Confío en que estos hombres se estén volviendo en contra de ella. Está claro que saben de esposas, de peleas domésticas. Dos de ellos la flanquean y otro está detrás de ella.

 

Ahora ella está articulando sus palabras, alto y en tono duro y furioso. La gente de las habitaciones contiguas se va a despertar. Motivaciones mezquinas: lloro para que alguien me libere de este drama de motivaciones mezquinas.

 

—Vete —digo llorando. Vete y déjame en paz. Yo no te he pedido que vengas. Ya no soporto la vida que llevas.

Ella dice más palabras, entre ellas «Déjame entrar». Son dos de las palabras que dice.

—A Martin no le pasa nada de nada —le digo. Y no pienso despertarle a esta hora de la noche sin razón alguna. Y ahora vete, por favor.

Empujo la puerta para cerrarla (estaba esperando para hacerlo). Le atrapo la muñeca a ella, no muy fuerte, y me quedo mirando cómo un puño blanco sale agitándose de la habitación.

 

Ahora una mano pesada golpea la puerta.

 

—¿Eugene Dawn?

 

Mi nombre de nuevo. Ha llegado el momento, tengo que ser valiente.

 

—Sí —grazno yo.

 

(¿Qué quiero decir con eso? «¿Sí?» «¿Sí?»).

 

—Éstos son agentes de la ley. Abra la puerta, por favor.

 

Con qué falta de esfuerzo dicen esas palabras tan fuertes. Esto es ciertamente un incidente, aunque todavía carezca de acción.

—No —digo yo, pero estoy seguro de que no me oye nadie.

 

—Abra la puerta, por favor.

 

Es lo que se oye a continuación, palabras ricas, llenas de confianza, no carentes de amabilidad. Que Dios bendiga a la policía.

Yo respondo, acercando la boca a la rendija de la puerta entreabierta.

 

—¿Por qué quieren que abra la puerta? —Esta chachara podría continuar eternamente. ¿Cómo sé quiénes son ustedes?

Qué tontería de pregunta. Ojalá pudiera retirarla.

 

—¿Es usted el marido de esta señora? ¿De la señora Marilyn Dawn?

 

—Sí.

 

—¿Tiene usted a un niño dentro de esa habitación?

 

—Sí, es mi hijo.

 

Más diálogo.

 

 

 

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—Estamos aquí en calidad de agentes judiciales. Tenemos una orden judicial. Se le requiere a usted que le proporcione a su esposa acceso inmediato al niño.

 

—No.

 

Me gustaría ser capaz de decir algo mejor que esa tontería de «no», pero creo que no tengo el pleno control de mis actos. Nada me gustaría más que complacer a ese hombre corpulento, abrirle la puerta y enseñarle que no pasa nada malo, que soy una niñera modélica, que el niño en cuestión está bien alimentado y feliz y durmiendo el sueño de los satisfechos (aunque Martin está empezando a gemir, el ruido lo está despertando). Haría de buena gana todo lo que me pide con la condición de que Marilyn se marchara. Pero ella sigue ahí, esperando a que sus vengadores me humillen. Me ruborizo (tengo esa capacidad de cebarme).

 

—No —les digo. A esta hora de la noche, no. No pienso abrir la puerta, ahora váyanse y vuelvan por la mañana, quiero dormir.

La puerta está cerrada con llave. Los hombres prueban la ventana (veo sus sombras en la cortina) y murmuran entre ellos. Sin apartar la vista de la ventana saco a Martin de nuestra cama y le sostengo la cabeza contra mi hombro.

 

—Tranquilo —le digo. No es más que gente que está fuera, se van a ir dentro de un momento, entonces los dos nos podremos volver a dormir.

Él solloza, pero es por pura costumbre, está casi dormido. Los pies le cuelgan casi hasta la altura de mis rodillas. Va a ser alto cuando crezca.

Aquí estoy yo en medio de una habitación a oscuras y con la policía susurrando fuera. ¿De qué película está sacado esto? Me sorprende y me excita mi propia audacia. Tal vez todavía esté a tiempo de ser un hombre.

 

Una llave entra en la cerradura. Tienen una llave: la del mostrador de recepción. La puerta se abre y entra la luz de la luna. Aparece de repente la figura de mi

mujer rodeada de varias personas, entre ellas varios hombres con gorra. Todo el mundo entra en tromba en mi dormitorio. La luz está encendida, hay demasiada claridad para quienes estamos acostumbrados a la oscuridad, y el pobre y pequeño Martin se retuerce en mis brazos como un pez. Yo protesto con la garganta. Pero todo movimiento se detiene bajo la potente luz, así que ya no me hace falta pensar tan deprisa. Estoy jadeando y sudando, y sin duda un poco desesperado: debe de ser a esto a lo que se refieren cuando dicen que una persona está desesperada.

—Ahora deje eso en el suelo, venga —dice esa voz amable y llena de confianza que he llegado a amar, y el hombre echa a andar hacia mí, ese hombre vestido con ropa gris y cómoda y con gorra y lleno de piezas metálicas, hebillas e insignias que centellean en mi dirección.

 

Me siento un poco intimidado, un poco avergonzado de mí mismo delante de él, aquí acuclillado detrás de un niño de cinco años, con mi pijama blanco y verde (el verde me hace parecer pálido) al que le falta un botón de la bragueta. No me parece justo que entren en tromba de esa manera en mi habitación, pero no se lo puedo decir, ya no puedo hablar. No quiero pensar en ello, pero me parece que estoy metido en un

 

 

 

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auténtico aprieto. Por suerte estoy empezando a quedarme dormido, y mi cuerpo se va entumeciendo a medida que lo abandono. Se me abre la boca, soy consciente de ello, si es que eso es ser consciente, sentir como dos tablas un poco separadas que deben de ser los labios, y de un agujero que debe de ser la boca en sí, y de una cosa, la lengua, que puedo sacar a la fuerza del agujero, tal como hago ahora. Confío en que no me hagan decir nada, porque además de quedarme aturdido también estoy sudando a mares y poniéndome blanco, un poco como un pescado. Además, algo que habitualmente considero mi conciencia está saliendo disparado hacia atrás, a una velocidad que se acelera exponencialmente, de acuerdo con cierta fórmula, desde la parte de atrás de mi cabeza, y no estoy seguro de si voy a ser capaz de conservarla. La gente que tengo delante se está volviendo pequeña y por tanto cada vez menos peligrosa. También se está escorando a un lado. Cierta convención me permite registrar estos detalles.

 

Me he perdido ciertas palabras.

 

Pero si me dan un momento las rastrearé en mi memoria y encontraré sus ecos en ella.

«… deje eso en el suelo…». Que deje algo en el suelo. El hombre quiere que yo deje algo en el suelo.

El hombre sigue caminando hacia mí. Yo he perdido toda la energía y he salido de la habitación y hasta me he ido a dormir y me he perdido ciertas palabras y he regresado, y aquí el hombre sigue cruzando la alfombra en dirección a mí. Qué afortunado. Qué razón tienen sobre la palabra «fogonazo».

 

Sosteniéndolo como si fuera un lápiz, clavo el cuchillo. El niño sacude los brazos y las piernas. Desciende un témpano largo y plano de ruido.

A eso se refería el hombre, ésa es la cosa que él quería que yo dejara en el suelo: el cuchillo para fruta de la mesilla de noche. La yema de mi pulgar todavía conserva el recuerdo de la piel al partirse. Al principio resiste la presión ortogonal, hasta una piel de niño. Luego se parte. Tal vez hasta he oído el partirse a través de la mano, igual que en medio del silencio del campo uno oye una locomotora lejana a través de las suelas de los zapatos. Hay alguien más gritando. Se trata de mi mujer Marilyn, que también está aquí (ahora tengo la mente clara). No necesita preocuparse, estoy bien. Estoy arrodillado detrás de Martin y sonrío por encima de su hombro para mostrarles que todo va bien, aunque ahora que lo pienso no estoy seguro de haber empleado la sonrisa más adecuada, puesto que he enseñado demasiado los dientes, y la luz ha arrancado demasiados destellos de esos dientes. Tengo agarrado a Martin con mucha fuerza del pecho para que no se resbale hasta el suelo. El cuchillo para fruta está clavado y ya no puede entrar mucho más por culpa del mango.

 

Asombroso. Me han asestado un golpe terrible. ¿Cómo ha podido pasar? Estoy totalmente fuera de control. La luz me da vueltas alrededor de la cabeza. Lo único consistente en toda mi experiencia es el olor de la moqueta. El olor de la moqueta: en ella solía tumbarme de niño, durante las tardes de calor, para pensar. No importa en

 

 

 

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qué parte del mundo estés, las moquetas siempre huelen igual, es reconfortante. Ahora empiezo a sentir dolor. Ahora alguien está empezando a hacerme daño de

verdad. Asombroso.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Todo ha acabado en esto (me acomodo y repito en voz alta las palabras claras y funcionales): mi cama, mi ventana, mi puerta, mis paredes, mi habitación. Son palabras que me encantan. Las siento en mi regazo para bruñirlas y acariciarlas. Son gratas para mí, todas ellas, y ahora que las he obtenido juro no perderlas. Yacen en silencio bajo mi mano: me devuelven el guiño, se muestran radiantes para mí, están plácidas ahora que yo estoy aquí. Son mi fruta, mis uvas que crecen para mí. Son las estrellas de mi árbol. A su alrededor bailo mi danza lenta, gorda y feliz de la unión, dando vueltas y más vueltas a su alrededor. Yo vivo en ellas y ellas en mí.

 

Este lugar sencillo es para hombres que necesitan sencillez. Aquí no hay mujeres. Es una institución sólo para hombres. A las mujeres se les permite venir los días de visita, pero como yo no quiero visitas no recibo ninguna. Estoy de acuerdo con los médicos en que necesito descanso y rutina, de momento, y la oportunidad de aclararme las ideas. Estoy de acuerdo con mis médicos sobre la mayoría de cosas. Ellos se toman completamente en serio mi bienestar, quieren que mejore. Yo hago todo lo que puedo para ayudarles. Estoy convencido de que les ayudo al catequizar mi amor sobre la habitación. Forma parte de mi curación el aprender a formar vínculos estables. Cuando me suelten en el mundo de fuera tendré que transferir mis vínculos a objetos nuevos. De momento pienso en un apartamento, un apartamento de una sola habitación con cocina americana para comer y un cuarto de baño para mis demás necesidades.

 

Pero eso será en el futuro. Antes de que se me permita marcharme tengo que asimilar mi crimen (un crimen es un crimen: no me avergüenza llamar a las cosas por su nombre). He discutido interminablemente con mis médicos los acontecimientos del verano pasado, y ahora tiendo a la conclusión de que cuando la policía entró a la fuerza fui presa del pánico. Después de todo, no estoy acostumbrado a tratar con la fuerza bruta. El pánico es una primera reacción natural. Eso es lo que me pasó. Yo ya no sabía lo que estaba haciendo. ¿Cómo si no se puede explicar el hecho de hacerle daño al hijo de uno, a la carne de tu carne? No era yo mismo. En el sentido más profundo, no fue mi verdadero yo el que acuchilló a Martin. Creo que mis médicos están de acuerdo conmigo, o bien los puedo convencer de ello. Pero el argumento de ellos es que mi tratamiento tendría que empezar con mis inicios en el pasado remoto y avanzar de forma gradual hasta el presente. Me doy cuenta de que se trata de un argumento razonable. Todos los defectos de carácter son defectos de crianza. Así que por ahora estamos hablando no de la infancia de Martin, sino de la mía. Pese a todo, me gustaría que Martin supiera que me arrepiento de la parte que me corresponde en lo que pasó en Dalton. Me arrepiento no sólo de lo que hice sino de lo que él y yo perdimos: en Dalton, estoy convencido, fuimos felices juntos por primera vez en

 

 

 

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nuestras vidas. Recuerdo con agradable nostalgia nuestros paseos por el bosque. Su risa infantil sigue resonando en mis oídos. Creo que entonces él me quería. Siento lo que le hice. Lo lamento, aunque no me siento culpable, porque sé que si Martin entendiera la presión a la que yo estaba siendo sometido me perdonaría. Y también porque estoy convencido de que la culpa es una disposición mental estéril y poco propicia para hacer progresar mi curación.

 

En cuanto a Marilyn (para ponerle punto y final al pasado), todos estamos de acuerdo en que mi salud es demasiado precaria para permitirme pensar en ella. Una vez le escribí una carta, una carta notablemente equilibrada y comedida, tal vez como efecto de las drogas, pero no la mandé. Me alegro de no tener que pensar en Marilyn. La mayoría de problemas de mi vida los han causado las mujeres, y está claro que Marilyn fue mi peor equivocación.

 

Es importante para mí tener orden en mi vida, porque es el orden lo que va a hacer que me recupere. En la vida que estaba llevando había demasiada incertidumbre. Yo tengo una naturaleza ordenada. He intentado llevar el orden conmigo allí donde iba, pero la gente siempre me ha malinterpretado. En mis escritos sobre Vietnam, en los que no pienso porque me altero y pierdo terreno, también me esforcé, en contra de muchos obstáculos, por imponer orden en una zona de caos, aunque no tuve éxito.

 

Mi pequeño despertador (Benfitte, París) me resulta de gran ayuda. Los camilleros hacen su ronda a las seis de la mañana para lavar a quienes no quieren hacerlo ellos mismos, lo cual por supuesto no me incluye a mí. Yo pongo el despertador a las 5.40 a fin de estar listo y sonriente frente a la puerta, con los dientes cepillados y el pelo bien peinado, cuando ellos llegan. A ellos les gustan los pacientes así. Yo no les doy problemas. Soy un modelo de cooperación amistosa porque sé que el régimen de aquí y la ayuda que estoy obteniendo van a curarme y a permitirme llevar una vida plena otra vez. No me cabe duda. Pienso en positivo.

No como en el comedor. Tengo derecho a hacerlo, pero les he dicho a mis médicos que no me sentaría bien en esta fase, y ellos están de acuerdo. No me apetece la idea de ponerme a charlar con los demás pacientes. Hay toda clase de gente que está aquí por toda clase de razones. Muchos no se visten como es debido ni cuidan su apariencia. A muchos la vida de internamiento no les ha sentado nada bien. Muchos son poco menos que degenerados. Prefiero no tener ningún trato con ellos. Además, yo no sería popular entre los pacientes. Causaría resentimiento porque pensarían que me doy aires. Les he explicado todo esto meticulosamente a mis médicos y ellos me entienden.

 

Quiero las ventajas de la vida de internamiento pero no las desventajas. La rutina estricta me sienta bien. La disciplina me sienta bien. El ejercicio me sienta bien. La carpintería me sienta bien. Me sienta bien contar con ejemplos de vidas simples, respetables y ordenadas a mi alrededor. Me gusta estar frente a mi ventana y contemplar el jardincillo donde los guardias se reúnen al acabar sus turnos para fumar

 

 

 

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y charlar. Se trata de hombres grandes y corpulentos, de cara roja y risa fácil. Llevan un uniforme de color azul oscuro, mientras que los camilleros van de gris claro. Tienen cinturones y hebillas que relucen de forma agradable. Cuando yo era niño me ponía mi disfraz de soldado con pistolera en la cadera. Me gustaban más los soldados que los vaqueros. Soñaba con combatir a los japoneses. Nunca me convertí en soldado con pistola, pero sí en un especialista militar que hizo aportaciones concretas a la ciencia bélica. Me da la sensación de que si los guardias supieran eso de mí me mirarían con ojos distintos. Son hombres simples y fuertes que han servido a su país en las fuerzas armadas. Yo siento un profundo respeto por ellos y me gustaría que a cambio ellos respetaran mi clase de logros marciales. Me apena el hecho de no ser más que un número para ellos. Soy un número, pero también soy alguien provisto de un valor considerable. Al poco de llegar aquí intenté entablar amistad con el guardia de mi pasillo, a fin de hacerle saber quién era yo en realidad y lo que había hecho. Pero es difícil conseguir que esa gente te preste atención. Supongo que los locos los están molestando todo el tiempo, de manera que han generado una rutina de asentimientos con la cabeza y gruñidos que les permite no tener que escuchar. Lo han convertido en un arte. Tal vez esa rutina se la ha enseñado un especialista. La usan todos.

 

Pero debo andarme con cuidado de no hablar demasiado. No quiero convertirme en la clase de persona que se ve forzada a excusarse ante cada desconocido que pasa. No me da vergüenza encontrarme en una institución mental, y tampoco tengo intención de sentirla. La razón de que no me avergüence es, por supuesto, el hecho de que tengo mejor expediente médico que los pacientes de larga duración. No tengo historial de enfermedades mentales previo a mi crisis y me he comportado con normalidad desde el día que llegué. Todo el mundo está de acuerdo en que soy un ejemplo clásico de la crisis repentina, la aberración. Me han mandado aquí para que todos podamos averiguar qué es lo que causó mi crisis y por tanto evitar que pase otra vez. Por lo que a mí respecta, estoy seguro de que no permitiré que vuelva a pasar nunca, pero entiendo que por el bien de todos es mejor asegurarse. Además, apruebo la empresa de explorarse a uno mismo. Me interesa mucho mi propio yo. Me gustaría ver una explicación por escrito de ese acto mío perturbado y perturbador. Me voy a sentir decepcionado si mis asesores no pueden llegar a ninguna conclusión más iluminadora que el hecho de que fue resultado del exceso de trabajo y el estrés emocional. Los diagnósticos basados en el estrés dicen poco. ¿Por qué el estrés me iba a llevar a un ataque casi fatal a un niño al que amo, y no al suicidio, por ejemplo, o al alcohol? En la actualidad estamos investigando la hipótesis de que mi crisis estuviera relacionada con mi formación en materia bélica. Estoy abierto a esa teoría, aunque no creo que vaya a resultar la que da en el clavo.

 

Me habría gustado que mis médicos vieran mi ensayo sobre Vietnam. Como especialistas que son, tal vez habrían podido detectar portentos o tendencias en el mismo que resultan invisibles a su autor. Pero en las postrimerías del cataclismo de

 

 

 

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Dalton todos los documentos de mi maletín, incluidas las veinticuatro fotografías, fueron reclamados por el Instituto Kennedy. Pero tengo buena memoria. Tal vez un día de estos, cuando me encuentre mejor, me sentaré con un bloc y construiré por segunda vez todas las frases, erguidas con el poder de su verdad, que constituyeron mi parte en el Proyecto Vida Nueva, la parte que Coetzee no se atrevió a enviar.

 

Me tendría que haber imaginado que él me traicionaría. Una tarde de mi última semana en el Kennedy, mientras yo salía de mi coche frente a la biblioteca, un desconocido me intentó robar el maletín. Pasó rozándome, encorvado, moviéndose deprisa, y yo sentí un tirón del maletín. Pero no soy de esas personas que sueltan las cosas.

 

«Perdón», murmuró el hombre (¿por qué iba a decir algo semejante? ¿Acaso formaba parte de su entrenamiento?), y se alejó hasta desaparecer por entre los coches aparcados. Yo lo fulminé con la mirada, ofendido, aunque a fin de cuentas no lo bastante como para causar un revuelo.

 

No confundiría esa cara. La conozco bien: si no ésa en concreto, sí el género al que pertenece. Pertenece a las fotografías de multitudes de enfoque largo, ampliada hasta que la imagen borrosa de su pelo al rape y sus cuencas oculares negras emerge de entre los maleantes y los agentes que dan vueltas por el fondo de la multitud. Como esos tipos de las filmaciones de Nuremberg, ceñudos, cejijuntos, ansiosos por abandonar la luz y regresar entre los ladrillos fríos y húmedos de las celdas. Fue un insecto semejante, con abrigo negro y zapatos de cuero de imitación, el que me estuvo siguiendo por las calles soleadas de La Jolla en mis últimos días allí. Imaginen.

 

Por esos médicos cuya tarea consiste en analizarme, a partir de una documentación exigua, no siento nada más que compasión. Hago lo que puedo para ayudarles. Pero no me olvido de que soy un paciente, y de que resulta presuntuoso que asuma un papel demasiado activo en el diagnóstico de mi enfermedad. Así pues, si mientras avanzamos muy despacio por el laberinto de mi historia personal yo vislumbro un callejón cuyo final se ve lleno de señales de luz, vida, libertad y gloria, yo contengo mis gritos ansiosos y continúo con paso firme detrás de esos buenos médicos ciegos. Porque ¿quién soy yo para decir que mi afortunado callejón luminoso, después tal vez de una curvatura demasiado ligera para que la perciba el ojo humano, no nos va a llevar a todos a una serie de círculos enormes e inútiles? ¿O que el obstinado avance de los mismos no me llevará mi día a las puertas del jardín?

 

¿Cómo es posible, deben de preguntarse, que un tipo que tiene una profesión creativa en la que ha invertido tanto de sí mismo sufra fantasías de estar encerrado en una cárcel de carne y lleve una vida matrimonial tan desdichada que intente matar a su hijo? ¿Cómo pueden semejantes datos llegar a coexistir en una sola biografía? Mis médicos están ciertamente perplejos. Yo contemplo las miradas severas y sinceras que hay detrás de sus gafas de búhos jóvenes: tienen un deseo sincero de entenderme, ayudándose de esos expedientes médicos que leen en los sofás de cuero de sus casas,

 

 

 

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con una mujer joven y guapa en la cocina y los niñitos dormidos con sus conejos —lo sé todo de ellos, somos hermanos de clase—, a fin de que yo también me pueda convertir en un expediente médico que guardar en las estanterías, y su sueño de muerte quede aplacado. Yo les miro a los ojos y pienso: quieres saber qué es lo que me mueve, y cuando lo descubras me lo arrancarás y me tirarás a la basura. Mi secreto es lo que me hace deseable para ti, mi secreto es lo que me hace fuerte. Pero ¿acaso te harás con él alguna vez? Cuando pienso en el corazón que alberga mi secreto, pienso en algo cerrado y mojado y negro, como por ejemplo la pelota de la cisterna del retrete. Sellada dentro de mi cofre del tesoro, bañándose en sangre oscura, hace su ronda a ciegas y se niega a morir.

 

La hipótesis que están probando es que un contacto íntimo con el funcionamiento de la guerra me hizo insensible al sufrimiento y generó en mí una necesidad de soluciones violentas a los problemas de la vida, infectándome al mismo tiempo de sentimientos culpables que se manifestaban en forma de síntomas nerviosos.

Cuando me llega el turno de hablar yo señalo que odio la guerra tanto como cualquiera. Que me entregué a la guerra de Vietnam solamente porque quería ver cómo terminaba. Quería que terminaran los conflictos y la rebelión para poder ser feliz, para que todos pudiéramos ser felices. Creo en la vida. No quiero ver que la gente desperdicia su vida. Ni tampoco quiero ver a los hijos de América envenenados por la culpa. La culpa es un veneno negro. En los viejos tiempos yo solía sentarme en la biblioteca sintiendo cómo la culpa negra se me reía en las venas. Estaba siendo conquistado. No era dueño de mí mismo. Aquello era insoportable. La culpa estaba entrando en nuestras casas por los cables de la televisión. Nos comíamos nuestros alimentos bajo el resplandor del ojo de cristal de aquella bestia agazapada en el rincón más oscuro. La buena comida estaba cayendo por nuestras gargantas y aterrizando en charcos de corrosión. Cargar con tanto sufrimiento era antinatural.

 

A los médicos les cuento estas cosas con una mirada reluciente y un tono estridente de histeria que hasta yo mismo detecto. Ellos me tranquilizan. Después del almuerzo me tomo mi cápsula y duermo.

 

Mis fotografías ya no están. Yo tenía fotografías de los peores de mis torturadores, pero me las robaron. No las olvidaré. No las confundiré. Las identificaré ante el asiento del juicio. Las veré en el infierno. Intento soñarlas igual que hacía en los viejos tiempos, pero ya no tengo la misma clase de sueños, y ellas no vienen. Mientras esté entre estos muros y con mis médicos a mano, soy fuerte como una fortaleza y ellos saben que no pueden penetrar en mí. Están esperando a que salga de casa para atacar. En obediencia a sus manuales, no se exponen a un enemigo más fuerte que ellos. Aquí estoy a salvo. Pero ¿qué voy a hacer en mi casa de huéspedes al amanecer, o en mi pequeño apartamento en una tarde calurosa cargada de aroma a ailanto, cuando vengan a mí mostrando sus ojos negros y sus sonrisas serenas? Me empleo a fondo, invierto toda mi fuerza psíquica en invocarlos, porque tengo que afrontarlos, tengo que vencerlos, exorcizarlos mientras ellos sean débiles y yo fuerte.

 

 

 

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Si tuviera mis fotografías para refrescarme la memoria me resultaría más fácil. Intento la estratagema de soñar al azar. Pongo el despertador para que suene a las cuatro de la madrugada, ya que la interrupción del reposo estimula los sueños y facilita el recuerdo. Esta madrugada he desenterrado la sensación fresca de un muslo contra mi muslo. He emergido a la superficie y he encontrado una sonrisa en mis labios. Sacaré ese fragmento a colación en la entrevista de esta mañana. A mis médicos les resulta de gran ayuda el que yo registre mis sueños, y estoy seguro de que los sueños sobre mujeres son tan importantes para mi curación como los sueños sobre Vietnam. Como tengo formación en materia de mitos soy capaz de sorprenderlos de vez en cuando con una idea: una condensación limpia aquí, un extraño desplazamiento allí. Creo que deben de considerarme un paciente excepcional, alguien que puede hablar con ellos de igual a igual. Estoy contento de proporcionarles ese alivio a sus vidas.

 

Me siento ansioso por enfrentarme a la vida por segunda vez, pero no estoy impaciente por salir. Todavía tenemos que repasar mi infancia entera antes de que yo pueda esperar llegar al fondo de mi historia. Mi madre (a quien no he mencionado hasta ahora) está extendiendo sus alas de vampiro sobre la noche. Mi padre está fuera de casa haciendo de soldado. En mi celda en el corazón de América, con mi retrete privado en el rincón, cavilo sin parar. Tengo grandes esperanzas de averiguar de quién soy culpa.

 

1972-1973

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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LA NARRACIÓN DE JACOBUS COETZEE

 

 

 

 

Edición y epílogo de S. J. Coetzee

 

Traducida por J. M. Coetzee

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Lo que es importante es la filosofía

 

de la historia.

 

FLAUBERT

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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PREFACIO DEL TRADUCTOR

 

 

 

 

Het relaas van Jacobus Coetzee se publicó por primera vez en 1951 en edición de mi padre, el difunto doctor S. J. Coetzee, para la Van Plattenberg Society. Aquel volumen consistía en el texto del Relaas y una introducción, sacada de un curso de conferencias sobre los primeros exploradores de Sudáfrica que impartía mi padre todos los años en la Universidad de Stellenbosch entre 1934 y 1948.

 

La publicación presente es una traducción integral de la narración en holandés de Jacobus Coetzee y de la introducción en afrikáans de mi padre, que me he tomado la libertad de colocar después del texto a modo de epílogo. He añadido en forma de apéndice una traducción de la declaración oficial de Coetzee de 1760. Por lo demás los únicos cambios que he hecho han sido restaurar dos o tres pasajes que la edición de mi padre omitía y aplicar la ortografía Krönlein estándar a las palabras en nama.

Le debo mi agradecimiento al doctor P. K. E. Van Joggum por sus sugerencias relativas a ciertas cuestiones de matiz de la traducción. A la Van Plettenberg Society y a la señora M. J. Potgieter por su ayuda en la preparación del manuscrito. Y al personal de los Archivos Nacionales de Sudáfrica.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Hace cinco años Adam Wijnand, bastardo, no hay vergüenza en ello, hizo su equipaje y viajó a pie al territorio de los korana. No le faltaron dificultades. La gente sabía de dónde venía, sabía que su madre era una hotentote que había fregado el suelo y vaciado el cubo y hecho todo lo que le decían hasta el día en que murió. Fue con los korana y ellos lo aceptaron y lo ayudaron, son gente sencilla. Ahora Adam Wijnand, el hijo de esa mujer, es un hombre rico que posee diez mil cabezas de ganado, toda la tierra que puede patrullar y un establo lleno de mujeres. Por todas partes las diferencias se van reduciendo a medida que ellos progresan y nosotros nos hundimos. Ya se acabaron los días en que los hotentotes venían a nuestra puerta de atrás a mendigar un mendrugo de pan mientras que nosotros nos vestíamos con hebillas de plata en las rodillas y le vendíamos vino a la Compañía. Hoy en día algunos de nosotros viven como hotentotes, levantando sus tiendas cuando se agotan los pastos y siguiendo al ganado en busca de hierba nueva. Nuestros hijos juegan con los hijos de los sirvientes, y ¿quién puede decir quién imita a quién? En los tiempos difíciles, ¿cómo se pueden mantener las diferencias? Nosotros imitamos su forma de vida, siguiendo a las bestias de un lado a otro, y ellos imitan la nuestra. Tiran sus pieles de borrego y se visten como la gente. Aunque todavía huelen como hotentotes, lo mismo se puede decir de algunos de nosotros: pasen ustedes un invierno bajo una lona en el Roggeveld, cuando hace demasiado frío para alejarse del fuego, con el agua congelada en su tonel, sin nada que comer más que tortas de harina y ovejas sacrificadas, y pronto llevarán con ustedes ese olor de los hotentotes a grasa de añojo y a humo de espino.

 

El único abismo que nos separa de los hotentotes es nuestro cristianismo. Somos cristianos, un pueblo provisto de un destino. Ellos también se hacen cristianos, pero su cristianismo es una palabra vacía. Saben que bautizarse es una forma de protegerse, no son tontos, saben que el acusarte de maltratar a un cristiano les granjea compasión. Por lo demás, ser cristianos o paganos les da lo mismo, cantan tus himnos de buena gana si eso quiere decir que se pueden pasar el resto del domingo hinchándose de tu comida. Por el más allá no sienten nada de nada. Hasta el bosquimano salvaje que cree que cazará el eland entre las estrellas tiene más religión. Los hotentotes están atrapados en el presente. No les importa de dónde vienen ni adonde van.

 

El bosquimano es una criatura distinta, un animal salvaje con alma de animal. A veces, en la temporada en que paren las ovejas, los babuinos bajan de las montañas y para saciar su apetito destrozan las ovejas hembras, les arrancan el hocico a mordiscos a los corderos y les desgarran la garganta a los perros si estos se entrometen. Entonces a ti te toca echar a andar por todo el veld matando a tu propio rebaño, cien corderos cada vez. Los bosquimanos tienen la misma naturaleza. Si tienen una rencilla con un granjero vienen en plena noche, se llevan todas las cabezas de ganado que se puedan comer y el resto las mutilan, les arrancan trozos de carne, les acuchillan los ojos, les cortan los tendones de las patas. Son despiadados como

 

 

 

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babuinos, y la única forma de tratarlos es como a bestias.

 

Hasta hace unos años las Piquetberg solían estar abarrotadas de bosquimanos. Había dos hordas, una liderada por una criatura llamada Dam que llevaba más tiempo escapando de los comandos del que nadie podía recordar. Nada estaba a salvo de él. Cuando caía la noche él y sus seguidores solían colarse en los huertos de al lado de las granjas y coger lo que querían. Al amanecer se habían esfumado. En cuanto a las trampas, los bosquimanos suelen ser muy cautelosos. Un granjero de Riebeecks Kasteel consiguió burlarlos una vez, sin embargo, y de manera espectacular. Los bosquimanos habían estado yendo a beber a un manantial de su granja. Él se enteró, montó un cañón detrás de unas rocas que daban al manantial y lo cargó con puñados de pólvora y con un barril entero de perdigones y guijarros. Luego desplegó un cable trampa que iba por debajo de la arena hasta una tabaquera. (Los bosquimanos no se pueden resistir al tabaco). A la mañana siguiente temprano, al otro lado de las colinas, oyó la explosión. El cañón había volado en pedazos, pero también le había volado la cara a un bosquimano varón y había herido a una hembra de tanta gravedad que no se podía mover. Había un tercer rastro de sangre que se alejaba hacia las colinas, pero el granjero no lo siguió por miedo a las emboscadas. Colgó al varón de un árbol y ensartó a la hembra en una estaca y los dejó allí a modo de advertencia. Otro granjero de aquella zona probó a tender la misma trampa, pero Dam fue demasiado astuto: rompió el cable y se llevó el tabaco. Tal vez se había enterado de lo sucedido, esas criaturas se mueven mucho, son como perros, pueden correr todo el día sin cansarse, y cuando emigran no se llevan nada con ellos.

 

La única manera segura de matar a un bosquimano es atraparlo en campo abierto, donde tu caballo lo pueda alcanzar. A pie uno no tiene ninguna posibilidad, el bosquimano lo sabe todo sobre las armas de fuego y se mantiene fuera de tu alcance. El único al que yo atrapé yendo a pie fue a una anciana en las montañas: la encontré en un agujero entre las rocas abandonada por su gente, demasiado vieja y enferma para andar. Porque no son como nosotros, no cuidan de sus ancianos, cuando ya no puedes seguir el ritmo de la tropa dejan un poco de comida y agua y te abandonan a merced de los animales.

 

Es sólo al cazarlos igual que se caza al chacal cuando puedes limpiar de verdad un terreno. Hacen falta muchos hombres. La última vez que barrimos este distrito contamos con veinte granjeros y sus hotentotes, casi un centenar de cazadores en total. Desplegamos a los hotentotes en una línea de dos millas y al alba los mandamos a batir un lado de las colinas. Nosotros esperamos a caballo al otro lado, escondidos en un pequeño desfiladero. Muy pronto la tropa de bosquimanos bajó la ladera al trote, nosotros sabíamos que estaban allí, nuestro ganado llevaba meses desapareciendo. No era la tropa de Dam, aquella vez era la otra. Esperamos a que estuvieran en campo abierto y a que los hotentotes alcanzaran la cima de la colina, porque entre rocas un bosquimano se puede esconder en cualquier parte, simplemente desaparece en una grieta y no sabes que está ahí hasta que se te clava una flecha en la

 

 

 

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espalda. Así que esperamos a que salieran a campo abierto escapando de los hotentotes al trote ligero, de ese que pueden mantener durante todo un día. Entonces abandonamos nuestro escondite y nos lanzamos sobre ellos. Habíamos elegido a nuestros objetivos de antemano, porque sabíamos que en cuanto nos vieran se dispersarían. Había siete hombres y dos muchachos lo bastante mayores como para llevar arcos. Nos separamos a razón de dos por cabeza y dejamos a las mujeres y a los niños para después.

 

En un juego así uno tiene que estar preparado para arriesgar un caballo o dos a sus flechas. A menudo no te disparan, sin embargo, porque saben que si se detienen tú también te puedes detener, y tú tienes mucho más alcance que ellos. Así que lo que hacen es seguir corriendo y esquivando, confiando en poder dar la vuelta hasta las colinas donde los caballos tienen desventaja. Pero aquel día teníamos a los hotentotes esperando en las colinas. Así que los cazamos a todos, a la banda entera. La técnica es acercarte a tu hombre hasta quedarte justo donde no alcanzan sus flechas, entonces desenfundas deprisa, apuntas y disparas. Si tienes suerte él todavía estará corriendo y será fácil darle en la espalda. Pero ellos tienen experiencia con nuestros métodos, son astutos, saben lo que te propones, y lo que hacen es escuchar mientras corren el ruido de los cascos de tu caballo, de manera que cuando te les acercas ellos viran de repente a la derecha o a la izquierda y se te echan encima tan deprisa como pueden. Tú tienes que disparar quizás desde treinta metros, y a menudo tu caballo todavía no está quieto. Si estás uno contra uno, lo más seguro es descabalgar y disparar desde detrás de tu caballo. Si sois dos contra uno, como éramos aquel día, todo es por supuesto más fácil: el jinete que corre peligro se limita a girar para quedar fuera del alcance de las flechas y así le deja un disparo fácil al otro jinete. Aquel día mi bosquimano no llegó a tener ocasión de disparar ninguna flecha: al final simplemente se rindió y se quedó esperando y yo lo maté de un balazo en la garganta. Algunos de los otros siguieron corriendo hasta ser abatidos, otros giraron y no pudieron encontrar un blanco, uno de ellos disparó una flecha que le hizo un rasguño a un caballo, eso es a lo que te arriesgas, y si tratas al caballo de inmediato todavía lo puedes salvar: haces un corte en la herida y succionas el veneno, o bien haces que lo succione uno de los hotentotes, a continuación le aplicas un hueso quemado y tienes bastantes posibilidades de que el caballo salga adelante. Los arcos de los bosquimanos son muy débiles. No les gusta perder flechas porque las puntas cuestan mucho de afilar, así que disparan con la cuerda sin tensar y la flecha apenas araña a su objetivo y cae al suelo. Así que sus arcos apenas tienen alcance. Es inexcusable perder hombres cuando estás cazando bosquimanos. La regla cardinal es simple: cazarlos en campo abierto y asegurarse de que tienes suficientes hombres. Han muerto hombres buenos por culpa de pasar por alto esa regla. El veneno de los bosquimanos tarda mucho en actuar, pero es letal. Hay que intervenir de inmediato o se te infiltra en el sistema. He visto a un hombre yacer agonizando durante tres días, con todo el cuerpo hinchado, pidiendo la muerte a gritos, y sin que se pudiera hacer nada por él. Después de ver

 

 

 

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eso me di cuenta de que ya no había más razón para ser blando. Las balas son demasiado buenas para los bosquimanos. Una vez, después de que los bosquimanos mataran a un pastor de rebaños, los granjeros atraparon a uno vivo, lo ataron a una fogata y lo asaron. Hasta lo rociaron con su propia grasa. Luego se lo ofrecieron a los hotentotes. Pero estos dijeron que estaba demasiado flaco para comérselo.

 

La única forma de domesticar a un bosquimano es atraparlo cuando es joven. Pero tiene que ser muy joven, no puede llegar a los siete u ocho años. Si son mayores ya son demasiado inquietos, un día se alejan por el veld y ya no los vuelves a ver. Si juntas a uno muy joven con los hotentotes, puede llegar a ser un buen pastor de rebaños, puesto que tienen un conocimiento innato del veld y de los animales salvajes. Para trabajar en los campos son peores todavía que los hotentotes, apáticos y poco de fiar.

 

Las mujeres son distintas. Si coges a una mujer que tenga una criatura pequeña se quedará contigo, pues sabe que ella sola no tiene ninguna posibilidad de sobrevivir en el veld. Pero si llega al vecindario una banda de bosquimanos, puede que intente escabullirse e ir con ellos. En esas ocasiones resulta más seguro tenerla bajo llave: una luna nueva o una noche nubosa y ella desaparece como un fantasma. Si quieres sacar provecho de las mujeres tienes que hacerles que críen pastores con los hotentotes (con los hombres blancos no crían). Pero tienen un ciclo muy largo, de tres o cuatro años, entre un hijo y el siguiente. Así que su número aumenta despacio. Con el tiempo, no será difícil acabar con los bosquimanos.

 

Envejecen deprisa, tanto los hombres como las mujeres. Cuando tienen treinta años ya están tan arrugados que parecen ancianos. Pero no sirve de nada preguntarle a un bosquimano cuántos años tiene, no tienen noción de los números, todo lo que sea más de dos es «muchos». Uno, dos, muchos, así es como cuentan. Los niños son guapos, sobre todo las niñas, delicados y de huesos pequeños. Tanto los hombres como las mujeres están sexualmente malformados. Los hombres van a la muerte con erecciones.

 

La mayoría de los hombres de la frontera tienen experiencia con las chicas bosquimanas. Se puede decir que lo estropean a uno para los suyos. Las chicas holandesas tienen un aire de propiedad. Para empezar son una propiedad en sí mismas: no solamente traen consigo su peso en carne blanca, sino también una serie de morgen de tierra y una serie de cabezas de ganado y una serie de sirvientes, seguidos de un ejército de padres, madres, hermanos y hermanas. Con ellas pierdes la libertad. Cuando te relacionas con la chica te estás asociando con un sistema entero de relaciones de propiedad. Mientras que una chica bosquimana salvaje no está atada a nada, a nada literalmente. Puede que esté viva pero es como si estuviera muerta. Te ha visto matar a los hombres que representaban el poder para ella, te ha visto abatirlos a balazos como si fueran perros. Ahora tú te has convertido en el Poder y ella en nada, en un trapo con el que te limpias y luego lo tiras. Ella es completamente desechable. Es algo a cambio de nada, gratis. Puede patalear y chillar, pero sabe que

 

 

 

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está perdida. Ésa es la libertad que ofrece, la libertad de los abandonados. No tiene lazos, ni siquiera el familiar lazo con la vida. Ha exhalado su último suspiro, y el lugar del mismo lo ocupa tu voluntad. Su respuesta a ti será absolutamente congruente con tu voluntad. Ella es el amor supremo al que has aplicado tus deseos, alienado en un cuerpo extranjero y atado en espera de tu placer.

 

 

VIAJE AL OTRO LADO DEL GRAN RÍO

 

Me llevé conmigo a seis hotentotes: un buen número para un viaje largo, para el trabajo diario y también para emergencias. Cinco eran míos y uno lo contraté porque era buen tirador y para cazar elefantes hacen falta dos armas de fuego. Se llamaba Barend Dikkop y había sido soldado en la Compañía de Hotentotes. Le hice un contrato por tres meses. Pero fue un error llevarlo conmigo. Siempre es un error llevar a hotentotes desconocidos con tus sirvientes, todo se llena de pequeñas fricciones. Dikkop pensaba que como había sido soldado iba a poder dominar a los demás. Y después de que yo empezara a llevármelo conmigo de caza, a caballo y todo, se imaginó que ocupaba una posición especial entre mis seguidores. Lo cual causó resentimiento, particularmente en Jan Klawer, un hombre mucho mayor que trabajaba de capataz de la mano de obra de mi granja. Hacía tiempo yo le había dado una medalla a Klawer, y él la había perforado para colgársela del cuello. Aquello le daba autoridad, decía él, como la de los kapteins hotentotes que llevaban varas de autoridad otorgadas por el Castillo. Así que después de que Dikkop y yo hubiéramos salido con las armas, regresé y me encontré a Klawer huraño. Dikkop se dedicó entonces a pavonearse por el campamento, hablando de sí mismo y de Mijnheer y diciendo que nadie tenía que preocuparse por la comida porque él y Mijnheer se encargarían de que hubiera de sobras para todos. Por las noches llevaba un sobretodo enorme que había comprado en el Cabo, y que ponía a todos aún más envidiosos. Se creía medio holandés. Un día ya no lo pude soportar más, la disciplina se estaba yendo al garete, así que lo dejé a él en el campamento y me llevé a Klawer a disparar en su lugar. Cazamos algo para la olla, pero Dikkop no quiso comer. Se quedó tumbado en su manta dándonos la espalda, enfurruñado. Los demás hotentotes empezaron a provocarlo, lo cual fue una tontería, porque él se les echó encima con un cuchillo, se levantó de un salto de su manta y echó a correr hacia ellos con un cuchillo. Ellos se dispersaron por el bosque, estaban aterrados, eran hotentotes de granja, llevaban vidas perezosas, no estaban acostumbrados a criaturas salvajes con cuchillos. Yo detuve a Dikkop y le dije que estaba causando demasiados problemas, que ya no le quería más conmigo, le pagaría lo que le debía por la mañana y entonces podría marcharse. A la mañana siguiente ya se había ido, no había esperado su dinero, sino que había cogido un caballo, un arma y una petaca de coñac y se había escabullido. Tal vez pensaba que como tenía un arma no nos íbamos a atrever a seguirlo. Pero yo conozco a los hotentotes. Me llevé a Klawer y le seguimos la pista.

 

 

 

 

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Klawer era uno de aquellos hotentotes de antaño que podían seguir rastros tan bien como cualquier bosquimano. A las dos ya lo habíamos alcanzado, tal como yo sabía que pasaría. Estaba tumbado a la sombra de un tronco muerto. Nunca tendría que haberse llevado el coñac, aquél fue su error, el coñac había sido la perdición de todo el pueblo hotentote. Le até las manos a la silla de mi caballo y le hice correr de vuelta al campamento. Allí dejé que los hotentotes le dieran de lo lindo con el sjambok. A continuación lo desaté y lo dejé, estábamos en las Khamiesberg donde hay agua de sobras. Estoy seguro de que sobrevivió. Nos había hecho perder un día entero.

 

La narración. Partimos el 16 de julio y durante seis días recorrimos unas buenas doce millas (inglesas) diarias. Nos detuvimos a poca distancia del río Oliphants en un lugar llamado los Gentlemen’s Lodgings, una caverna en las montañas, para que los bueyes descansaran. Después de cruzar el río avanzamos despacio, viajando un día y descansando el siguiente, hasta que llegamos [a Koekenaap], donde había pastos.

Entre el 2 y el 6 de agosto cubrimos las cincuenta millas de distancia que nos separaban del río Groene. Fue un avance penoso. El último día tuvimos que forzar al ganado. El territorio es seco y arenoso y no hay caza. Dimos a los bueyes cuatro días para que se recuperaran.

 

A dos días al norte del río Groene pasamos por un kraal abandonado por los namaqua.

El 15 de agosto llegamos al río que los hotentotes llaman el Koussie. Allí descansamos.

El 18 de agosto llegamos a los desfiladeros de las Kooperbergen y vimos la fecha 1685 tallada en las rocas.

Las cordilleras altas culminan una jornada entera de viaje tras cruzar las Kooperbergen y después uno entra en un llano arenoso y sin agua. Al principio íbamos despacio para conservar a los bueyes. Pero el segundo día en aquel desierto me di cuenta de que pereceríamos si no avanzábamos más deprisa. Viajamos durante la noche del 22 de agosto. Muchos de los bueyes estaban tan débiles que ya no podían tirar de su carga. Descansamos la tarde del 23 de agosto, con los bueyes mugiendo lastimosamente para que les diéramos agua. Continuamos como pudimos toda la noche. Cinco de mis bueyes se desplomaron y no conseguimos que se levantaran. Tuve que abandonarlos.

 

La mañana del 24 de agosto nos topamos con una nueva cordillera y la ascendimos penosamente. Hacia el atardecer el ganado olió agua. Fluyendo con brío por entre orillas abruptas, nos encontramos el Gran Río. Tuvimos que refrenar al ganado para que no se tirara al agua desde las orillas mientras buscábamos un paso.

El Gran Río forma el límite septentrional de la tierra de los namaqua pequeños. Tiene unos cien metros de anchura, que aumentan durante la temporada de las lluvias. En algunos puntos las orillas hacen bajada y forman pequeñas playas donde pastan los hipopótamos, y en las cuales encontramos rastros de campamentos de bosquimanos. En la mayoría de sitios la corriente es veloz. Pero Klawer, a quien

 

 

 

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mandé río arriba para que encontrara un vado, regresó informando de un banco de arena por el que podíamos cruzar sin peligro. Tardamos dos días en llegar, porque tuvimos que volver sobre nuestros pasos por las montañas y viajar por detrás de las mismas en paralelo al río.

 

Una vez al norte del Gran Río nos encontramos entre montañas pedregosas, y durante cuatro días nos vimos forzados a seguir el curso del río Leeuwen antes de emerger sobre la llanura plana y llena de hierba que constituye el principio de la tierra de los namaqua grandes.

 

Mis hotentotes y mis bueyes me habían servido con fidelidad. Pero el éxito de la expedición había venido de mi propia iniciativa y de mis esfuerzos. Era yo quien planeaba el avance de cada jornada y quien reconocía el terreno del camino. Era yo quien conservaba la fuerza de los bueyes para que dieran lo mejor de sí mismos cuando las cosas se ponían difíciles. Era yo quien se encargaba de que todos los hombres tuvieran comida. Era yo quien, cuando los hombres empezaron a murmurar en aquellos últimos días terribles antes de que llegáramos al Gran Río, había restaurado el orden con mano firme pero justa. Ellos me veían como a un padre. Se habrían muerto sin mí.

 

A primera hora de la quinta mañana vimos una serie de figuras pequeñas que se nos acercaban por la llanura. Sin abandonar nunca la cautela, preparé a mi grupo dándoles las armas más pequeñas a Klawer y a un chico bastante formal llamado Jan Plaatje, con instrucciones de que las cargaran pero no dieran señales de hostilidad, de que esperaran mi señal. Plaatje fue con los bueyes que había detrás del carromato, a fin de asegurarse de que ningún clamor repentino del enemigo hiciera entrar en estampida a mi segunda yunta. Klawer se sentó junto al conductor con el arma lista. Yo me adelanté a caballo.

 

De esa manera nos acercamos los unos a los otros. Pudimos distinguir que eran unos veinte y que uno iba a lomos de un buey. Todos hombres. Deduje que se habían enterado de que veníamos, por medios que yo no sabía, y que habían salido a recibirnos. Cuando hace falta un hotentote salvaje puede correr toda la noche sin detenerse. Tal vez uno de sus espías nos había visto. Llevaban lanzas. Hacía mucho tiempo que yo no veía a un hotentote con una lanza. No hicieron ninguna señal de guerra, ni nosotros tampoco. Al contrario, cabalgamos pacíficamente los unos al encuentro de los otros, la imagen más gallarda que uno pueda imaginar: dos pequeñas bandas de hombres bajo un sol que solamente se elevaba unos cuantos grados por encima del horizonte, y las montañas azules detrás de nosotros.

 

Cuando llegamos lo bastante cerca los unos de los otros como para distinguir nuestras caras, levanté la mano y el carromato se detuvo. Los hotentotes también se detuvieron, con el hombre montado en el centro y los demás apiñándose a trompicones a su alrededor. Sin duda yo ahora debería interpolar algún comentario sobre el hombre en estado salvaje. Déjenme decir únicamente que los hotentotes salvajes permanecieron de pie o sentados con una seguridad en sí mismos de la que

 

 

 

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mis hotentotes carecían, una seguridad que resultaba agradable a la vista. Los hotentotes ganan mucho con el contacto con la civilización, pero no se puede negar que también pierden algo. Físicamente no son criaturas impresionantes. Son bajos y amarillos, se arrugan pronto, sus caras tienen poca expresividad y sus vientres son fláccidos. Si les pones ropa de cristianos, se empiezan a encoger, se les encorvan los hombros, se les va la vista, no pueden quedarse quietos en tu presencia, tienen que moverse de forma incesante. Ya no les puedes sacar una respuesta verdadera a una pregunta sencilla, su único interés es cómo aplacarte, y eso significa poco más que decirte lo que creen que tú quieres oír. Nunca son los primeros en sonreír, sino que esperan a que lo hagas tú. Se convierten en criaturas falsas. Lo que digo se aplica a todos los hotentotes domesticados, a los buenos como Klawer y a los que se han echado a perder como Dikkop. Carecen de integridad, son actores. Mientras que los hotentotes salvajes, como aquellos que salieron a recibirnos aquel día, los que han vivido toda la vida en medio de la naturaleza, poseen su integridad de hotentotes. Se sientan con la espalda recta, se yerguen con la espalda recta y te miran a los ojos. Es bonita de ver, esa confianza, para variar, para alguien como yo que lleva tanto tiempo moviéndose entre gente artera y cobarde, aunque se base por supuesto en una ilusión, en una fuerza y una equivalencia ilusorias. Allí estaban apiñados delante de nosotros, veinte de ellos mirándonos a nosotros seis. Y allí estábamos nosotros ante ellos, con tres mosquetes, el mío cargado con perdigones y los otros dos con balas. Ellos confiados en su ilusión y nosotros en nuestra fuerza. Así pudimos mirarnos entre nosotros como hombres, por última vez. Ellos nunca habían visto a un hombre blanco.

 

Cabalgué despacio hacia ellos. Mis hombres se quedaron atrás, obedeciendo órdenes. El hotentote montado cabalgó hacia delante, acompasando su paso al mío. Sus hombres avanzaron detrás de él, con los pies cubiertos del polvo ocre de los llanos. Alrededor del buey zumbaban las moscas. Allí donde el anillo entraba en su nariz, le asomaba la espuma. Respiramos al unísono, todos seres vivos por igual.

Seguí con tranquilidad en mi corazón los caminos bifurcados de la aventura interior inacabable, el debate interno (¿resistir?, ¿someterse?), los subordinados poniendo los ojos en blanco, las palabras de moderación, la calma, la marcha ligera, el desfiladero oculto, el campamento, el jefe tribal de barba gris, la multitud curiosa, las palabras de saludo, el tono firme, ¡paz!, ¡tabaco!, la demostración de las armas de fuego, los murmullos de sobrecogimiento, los regalos, el hechicero vengador, el festín, la superabundancia, el anochecer, el asesinato frustrado, el avance de ruedas, la orden de seguir, el debate interior, los ojos en blanco, el dedo nervioso, el disparo, el pánico, el asalto, el fuego de mosquetes, la partida apresurada, la horda perseguidora, la carrera por llegar al río, la orden de seguir, el debate interior, la lanza al azar que atraviesa órganos vitales (el vizconde D’Almeida), los subordinados que huyen, la estaca por el recto, el desmembramiento ritual en el campamento salvaje, los brazos y piernas para los perros, las partes pudendas para la primera esposa, la

 

 

 

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orden de seguir, el debate interior, el golpe cobarde, la amnesia, la cabaña a oscuras, las manos atadas, el guardia adormilado, la fuga, la persecución en la noche, los perros frustrados, la cabaña a oscuras, las manos atadas, el sueño intranquilo, el amanecer, la reunión del sacrificio, el hechicero, el combate de magia, el almanaque celestial, la oscuridad a mediodía, la victoria, el reinado divertido pero tedioso en calidad de semidiós tribal, el regreso a la civilización con un séquito abundante de ganado: esos caminos bifurcados que cruzan ese verdadero territorio salvaje sin gobierno que se llama la tierra de los namaqua grandes, donde yo iba a descubrir que todo es posible.

 

 

ESTANCIA EN LA TIERRA DE LOS NAMAQUA GRANDES

 

Llegamos en son de paz. Llevábamos regalos y promesas de amistad. Éramos simples cazadores. Buscábamos permiso para cazar elefantes en la tierra de los namaqua. Habíamos recorrido una distancia enorme desde el sur. Los viajeros nos habían hablado de la hospitalidad y la generosidad de los namaqua grandes, y nosotros deseábamos presentar nuestros respetos y ofrecer nuestra amistad. En nuestro carromato llevábamos regalos que teníamos entendido que los namaqua apreciaban mucho: tabaco y bobinas de cobre. Buscábamos agua y pastos para nuestros bueyes, que habían quedado debilitados por el arduo viaje. Queríamos comprar más bueyes. Pagaríamos bien.

 

Yo hablé despacio, tal como correspondía al inicio de las negociaciones con poderes potencialmente hostiles, y también porque no estaba seguro de si mi hotentote, aprendido en el regazo de mi niñera y sobrecargado de construcciones imperativas, era compatible con el de ellos: ¿acaso no podía yo, por ejemplo, precipitar las hostilidades cometiendo uno de aquellos deslices de tono, como por ejemplo [!nop4] «piedra» en lugar de [!nop2] «paz», por los que mis compatriotas eran objeto de tantas burlas? Mis palabras fueron escuchadas con atención por el hombre que iba a lomos del buey. Sus seguidores, sin embargo, empezaron a alejarse discretamente mientras yo hablaba y a salir de mi firme pero amistoso campo visual. La prudencia me hizo abandonar los modales diplomáticos y apartarme de mi interlocutor para gritarles en holandés a mis hombres un aviso seco de que se pusieran en guardia.

 

Y había motivos para ello. Aquellos hotentotes que me habían rodeado por detrás ahora estaban desapareciendo en la parte trasera del carromato, y Jan Plaatje, que vigilaba la segunda yunta de bueyes, estaba allí plantado, presa del pánico e indeciso: ¿tenía acaso que cumplir al pie de la letra su encargo de proteger a los bueyes, o bien debía abandonarlos en defensa de la portezuela de lona del carromato, o bien disparar sobre los recién llegados y desencadenar una matanza? Aquellos hotentotes tenían la clara intención de encontrar la entrada trasera del carromato para investigar y posiblemente saquear su contenido, y su líder no hacía nada para refrenarlos: seguía

 

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sentado plácidamente a lomos de su buey, mirándome y esperando a que reanudara mi discurso. No quedaba más remedio que actuar. Plaatje no estaba a la altura de su dilema táctico. Dejando a cargo del jinete del buey a mi asombrado touleier, uno de los dos hermanos cortos de entendederas e indistinguibles llamados Tamboer, cabalgué hasta el grupo de hotentotes que se hallaban ante la portezuela trasera del carromato blandiendo mi látigo y gritando «¡Atrás! ¡Atrás!». Ellos retrocedieron con agilidad y se reagruparon con la mirada brillante. ¿Acaso estaba yo tratando con adultos?, me pregunté.

 

La configuración inicial de la discusión ahora había quedado revuelta para ventaja de los hotentotes: en lugar de estar apiñados delante de nuestros discretos mosquetes, ahora afrontaban al mismo tiempo nuestro frente desprovisto de líder y un flanco vulnerable. Así que llevé a cabo la única reorganización posible, ordenando a Plaatje y a sus bueyes que se pegaran al carromato. Plaatje se mostró confuso y cobarde. Mientras yo me preocupaba y los hotentotes soltaban risitas y se rascaban, él se empleó frenéticamente en reunir el ganado. Pero el ganado, haciendo gala aquel día de una estupidez impenetrable, primero se apiñó bajo su látigo, después se alejó con los ojos en blanco y se habría dispersado pesadamente a los cuatro vientos si los hotentotes no les hubieran cortado servicialmente el paso. Así es como después de varios minutos de confusión en los que los caminos del amigo abochornado, el enemigo sonriente y la bestia desbandada estuvieron completamente mezclados, el ganado quedó arremolinado en un pulcro círculo a la cola del carromato en cuyo pescante, después de que alter-Tamboer el conductor agarrara su sombrero y saltara para ayudar al agrupamiento, estaba sentado Jan Klawer, con un semblante de severa vigilancia y el mosquete listo, pues tal era la raza, hoy moribunda, de aquel viejo hotentote de granja.

 

Desde las afueras de aquella melé yo me mantuve prudentemente alerta en busca de señales de que la forma en que los salvajes habían rodeado el carromato no fuera un epifenómeno hilarante, sino la primera maniobra de un plan diabólicamente indirecto. Estaba preparado para dar mi vida si así podía ahorrarme la farsa de ver mi carromato y mis bueyes robados y alejándose hacia la nada mientras yo me quedaba atrás dirigiendo amenazas impotentes al aire. Pero no había ningún plan semejante en sus mentes. Porque en aquel momento el hombre del buey se acercó a donde yo estaba rabiando y se dirigió a mí con amabilidad.

Se nos daba la bienvenida a la tierra de los khoikhoin, la gente entre la gente, que siempre se alegraban de recibir a viajeros y estaban ansiosos por saber qué noticias traían. Habría un refrigerio para nosotros y agua para nuestro ganado. Teníamos que seguirlo. Estábamos invitados a quedarnos entre su gente tanto tiempo como quisiéramos.

 

—Os agradezco vuestra bienvenida —respondí. Pero tus seguidores están poniendo nerviosos a mis hombres. ¿No los puedes contener?

—No os haremos daño —dijo él. ¿Queréis darnos vuestros regalos?

 

 

 

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A su alrededor sus hombres atentos se hicieron eco.

 

—¡Regalos! ¡Regalos! —clamaron, y uno de ellos se adelantó bruscamente y emprendió un pequeño baile delante de mi caballo, un baile extraño consistente en echar el pecho hacia delante y el trasero hacia atrás, y que daba la impresión de que estaba caminando con los pies, pese a que no se movió de donde estaba.

 

—¡Regalos! —cantó. ¡Queremos regalos! ¡Regalos! ¡Queremos regalos!

 

Sus camaradas recogieron su canto, dando palmadas al compás y meneando los pies sin moverse. Intenté atraer la atención de mis sirvientes pero no me pude hacer oír por encima del ruido. Plaatje estaba escondiendo su vergüenza en alguna parte. Adonis estaba contemplando el espectáculo y sonriendo con placer. Los hermanos Tamboer se habían sumado a las palmadas hipnóticas. Sólo Klawer mantenía el control. Estaba sentado muy rígido en el pescante del carromato, con la cara tan cerrada como una piedra, y no me quitaba la vista de encima. Le hice un gesto para que viniera. Él se bajó de un salto y se abrió paso a empujones hacia mí, sosteniendo su mosquete delante de sí como si fuera la vara de Moisés. Los salvajes se apartaron de su avance y se cerraron detrás de su espalda, uno de ellos imitando sus pasos rígidos y el resto interrumpiendo su danza para soltar risas estridentes y forzadas.

 

—Abre la caja del tabaco y dales dos pulgadas a cada uno —le dije. Dos pulgadas. No más.

La multitud volvió a abrirse delante de él, esta vez canturreando la canción mágica de los cazadores: «Métete en mi trampa, ganso salvaje, mete tu largo cuello en mi trampa y te daré de comer larvas de escarabajo». Platjee había reaparecido, y tanto él como el resto de mis sirvientes se habían sumado a las risas, aunque tapándose la boca con las manos.

 

Klawer se subió a la parte de atrás del carromato y emergió con la caja de seis libras de tabaco enrollado y una palanca. Arrancó la tapa y se puso lentamente a cortar pedazos de dos pulgadas y a ponerlos en las manos extendidas de los hotentotes. Hubo barullo y empujones entre el gentío, y un murmullo que se fue convirtiendo en grito: «¡Más! ¡Más!». El buey pacía a mi lado. Su jinete se encontraba entre los hombres que ahora se peleaban por el tabaco. Klawer me miró con cara indecisa.

 

—¡No más! —le grité.

 

Él me oyó. Un hotentote empezó a trepar al interior del carromato. Klawer le dio una patada en los dedos y lo hizo caer hacia atrás. Otro individuo le robó la caja del tabaco de entre las piernas. Él intentó agarrar al ladrón y no acertó. Por un momento la caja flotó de mano en mano por encima del grupo. A continuación se volcó y hubo veinte hombres peleándose por el botín. Klawer se metió en la refriega, peleando sin duda por la causa de la justicia.

 

—¡Déjalos! —grité, y aproveché la confusión para salir al trote y repartir unos latigazos entre los bueyes que iban en cabeza del tiro.

Los animales resoplaron y empezaron a tirar. Yo cabalgué junto a la yunta

 

 

 

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azotando a los bueyes y aporreándoles los hocicos con la empuñadura del látigo. El carromato empezó a avanzar con una sacudida. Vinieron gritos de los hotentotes. Mis hombres se colocaron apresuradamente en sus sitios. Klawer apareció, sin sombrero y jadeando. La mayor parte del segundo tiro de bueyes avanzaba pesadamente detrás de nosotros. Unos cuantos habían sido interceptados por los hotentotes. Yo los abandoné: no estábamos huyendo, simplemente reagrupándonos, para recuperar lo que era nuestro a su debido tiempo. Nos estábamos moviendo tan deprisa como podíamos, al ritmo de un hombre que camina. Pero ahora los hotentotes venían corriendo detrás de nosotros, gritando y soltando chillidos entusiasmados. A mí me pareció desaconsejable disparar sobre ellos. No estaban dando ninguna muestra de antagonismo organizado. «¡Volved!», nos estaban gritando. Yo ordené al conductor del carromato que no les hiciera caso. Luego me replegué para ocupar mi puesto detrás del carromato en retirada y de cara a los salvajes que se acercaban. Levanté la mano. Ellos se acercaron trotando al hocico de mi caballo, se detuvieron y se pusieron a cotorrear en voz baja entre ellos, mirándome con curiosidad, contemplando el sol con los ojos fruncidos como pequeños niños esclavos. Yo guardé silencio hasta que se hubieron acercado todos. Detrás de ellos mis cuatro bueyes perdidos se estaban dispersando en busca de la hierba que más les apetecía. Detrás de mí mi carromato se alejaba en dirección a la seguridad. Entonces empecé.

 

—Hemos venido con paz en los corazones a la tierra del pueblo namaqua. Han llegado a nuestros oídos muchas historias de la riqueza, la generosidad y las proezas en materia de caza del pueblo namaqua. Durante muchos años hemos ansiado conocer al pueblo namaqua cara a cara y transmitirles los saludos de nuestro Gran Capitán, cuya morada está en el Cabo donde se juntan los grandes mares. Y para demostrar que venimos en son de paz hemos traído con nosotros muchos regalos para el pueblo namaqua, tabaco y cobre y cajas de yesca y cuentas y otras cosas también.

 

»Lo único que queríamos del pueblo namaqua era el derecho a viajar sin ser molestados por sus tierras y cazar al elefante, cuyos colmillos mi gente tiene en gran estima.

 

»Pero ¿qué nos encontramos, después de cruzar desiertos y montañas y ríos para llegar al país de los namaqua? Nos encontramos a nuestros sirvientes tratados con burla, a nuestro ganado dispersado y nuestros regalos pisoteados como si carecieran de valor. ¿Qué informe de los namaqua les tenemos que llevar a nuestra gente en el sur? ¿Que no saben dar la bienvenida a los desconocidos y carecen de toda hospitalidad? ¿Qué son tan pobres que se ven obligados a robar los míseros bueyes de carga de todo el que pasa? ¿Que son niños envidiosos que se pelean por los regalos? ¿Que no tienen líderes cuya autoridad respetan?

 

»No, sería un mentiroso si me llevara conmigo esos informes. Porque sé que los namaqua son hombres, hombres entre los hombres, poderosos, generosos, y que cuentan con la bendición de unos grandes gobernantes. Los desgraciados acontecimientos de esta mañana quedarán atrás, son un sueño, no han sucedido, están

 

 

 

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olvidados. Quedaos lo que habéis cogido. Pero en adelante comportémonos como hombres, respetemos la propiedad de los demás. Lo que es mío, para mí: mi ganado, mi carromato y mis bienes. Lo que es vuestro, para vosotros: vuestro ganado, vuestras mujeres y vuestras aldeas. Nosotros respetaremos lo que es vuestro y vosotros respetaréis lo que es mío.

 

Aquella amenaza final digna de maestro de escuela me pareció permisible cuando, en busca de una respuesta feroz en sus ojos, hacia el tercer párrafo solamente

 

vi    en ellos aburrimiento creciente y falta de atención. La ironía y el moralismo de la oratoria forense, difíciles de traducir al idioma nama, eran completamente ajenas a la sensibilidad de los hotentotes. No reaccionaron de forma explosiva, ni tampoco dieron respuesta alguna a mi discurso. El jinete del buey, que no tenía ni pipa ni yesquero, estaba masticando su tabaco. El silencio creció. Y empezó a avergonzarme. Los hotentotes me seguían mirando con los ojos fruncidos, con expresiones curiosas y nada hostiles. Tal vez montado a caballo y con el sol por encima de mi hombro derecho yo tenía aspecto de dios, de uno de esos dioses que ellos todavía no tenían. Los hotentotes son un pueblo primitivo.

 

—¿En qué dirección está vuestra aldea?

 

Aquello los reanimó de forma entrecortada y feliz. —¡Allí, allí!

Y se pusieron a señalar al carromato que se alejaba pesadamente. Así se me ahorró una tediosa revisión de su rumbo.

—¿Lejos?

 

—¡No lejos, no lejos!

 

—¡Entonces me alegraré de ir con vosotros en son de amistad! ¡Olvidemos lo sucedido! ¡Conducid los bueyes!

Y con los salvajes trotando entre risas tras mis pasos y subidos a los estribos partí tras el carromato lleno de esa peligrosa euforia de quien ha tomado una decisión.

 

 

El campamento de los hotentotes estaba desplegado en la orilla de unos de los arroyos que alimentaban el río Leeuwen. Consistía en unas cuarenta cabañas distribuidas en forma de círculo irregular con algunas fuera del mismo, además de cinco más alejadas al otro lado del río. Estas últimas debían de ser las cabañas para las mujeres que tenían la menstruación, a las que durante su flujo no se les permitía tener contacto ni con sus maridos ni con el ganado. Las cabañas eran de factura uniforme: esteras de corteza y pieles de animales extendidas sobre hemisferios construidos a base de ramas flexibles que iban clavadas al suelo y entrelazadas en la cúspide. La cúspide es abierta, lo cual les proporciona a los hotentotes acostados un panorama barrado del cielo nocturno. Esto no les ha llevado ni a una relación especial con los dioses del cielo ni tampoco a una astrología hotentote. No es nada más que una salida de humos.

 

 

 

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Un miembro de la tribu se había adelantado corriendo al carromato para avisar de nuestra llegada al campamento. Cuando entramos pesadamente en su campo visual, un torrente de niños y perros enloquecidos de excitación salió en tromba a recibirnos. En el campamento, un grupo de mujeres con bebés en las caderas y guapas niñas de diez años que merodeaban detrás de sus piernas nos contempló con el ceño fruncido, abandonando la disciplina de la olla. El humo, por supuesto, ascendía en forma de delgados caminos hacia el cielo.

 

Temiendo que una horda de niños depredadores me saqueara el carromato, tomé precauciones extraordinarias. Me detuve antes de llegar al campamento, saqué ciertas cosas necesarias e hice que mis hombres amarraran nuestros suministros bajo una lona. Tras encomendarles aquella tarea y darles la orden de proteger el carromato y el ganado con sus vidas pero sin provocar ningún incidente, partí al galope hacia la aldea, con algunos retales de mi séquito salvaje todavía pisándome los talones.

 

Me había olvidado de los terrores que la vida comunitaria de los hotentotes puede plantearle al alma civilizada. Un perro esquelético aporreaba el suelo con la cola, atado por el cuello a una roca con una cuerda demasiado corta para que la pudiera alcanzar con los dientes. En el aire flotaba el olor del poste de la matanza. Estupidez desolada en los ojos de las mujeres. Moscas sorbiendo mocos de los labios de los niños. Ramas chamuscadas en el polvo. Una concha de tortuga cocida hasta quedar blanca. Por todas partes el hambre agrietaba la superficie de la vida. ¿Cómo podían tolerar aquellos insectos entre los que vivían?

 

Me adentré cabalgando en el claro del centro del campamento y me detuve. El círculo de hotentotes se cerró a mi alrededor. Mis acompañantes se movían alegremente por entre el gentío, hablando y riendo. Algunas de las mujeres hurañas intercambiaron palabras con ellos. Yo calculé que habría unas doscientas personas. Los muchachos se abrieron paso hasta el frente del círculo de curiosos y se acuclillaron para mirar con admiración. Me estaban llamando Nariz Larga. Con paciencia, plantado como una estatua ecuestre, esperé a que me recibiera su jefe tribal.

 

A los hotentotes no les gustan las ceremonias, y sólo muestran un respeto superficial por la autoridad. Su jefe no podía recibirme. Era un anciano, enfermo, tal vez moribundo. Yo pedí verle de todas maneras. Insistí. Descabalgué y saqué mis ofrendas de mi silla de montar. Ellos se encogieron de hombros, se sonrieron entre ellos y la horda entera me condujo entre murmullos hasta la puerta abierta de una choza. Entraron conmigo tantos como pudieron. El aire de dentro estaba plagado de moscas y apestaba a orina. Había un hombre tumbado sobre un montón de pieles. Yo no pude distinguir nada más en la penumbra. Una chica estaba sentada a su cabecera, apartando las moscas con una fronda de jacarandá. Un hombrecillo me dio un golpecito en el hombro y me puso un cuenco en la mano libre. Me lo quedé mirando. Él sonrió y asintió con la cabeza. Di un sorbo del líquido. Era leche agria con algo para darle sabor, miel.

 

 

 

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—Está enfermo —susurró un hombre desde detrás de mi hombro.

 

—¿Qué le pasa?

 

—Está enfermo.

 

Dejé a un lado el cuenco y me agaché junto a la cama. Se me estaba acostumbrando la vista. El hombre enfermo estaba durmiendo. Tenía el pelo y la barba grises.

 

—¿Dónde está enfermo?

 

—La pierna. —El hombre se dio una palmada en la pierna. La figura de la cama estaba cubierta del pecho a los tobillos. —¿Le das medicina?

 

Miré a la chica. Ella evitó mi mirada. Era demasiado joven para hablar con hombres. Miré a la gente que me rodeaba.

—Sí, sí, muchas medicinas.

 

—¿Sobrevivirá?

 

—Sí, sobrevivirá.

 

Sonrisas. No les podía sacar ni una verdad. Se estaba muriendo, probablemente de la enfermedad cancerosa de los hotentotes. Ellos le estaban lavando las llagas con orina y tal vez dándole infusiones. Al pie de su cama coloqué la bobina de cobre, el tabaco, la caja de la yesca y el cuchillo que había traído. A continuación di media vuelta y me dirigí a mi caballo. Aquella gente no era digna de mi atención.

El jinete del buey me puso una mano en el hombro.

 

—Tenéis que quedaros a comer con nosotros, todos. Habéis viajado mucho, vuestros bueyes están cansados. Quedaos unos días. Después mandaré un guía que os acompañe. En estas tierras hay hombres malos. No vais a estar a salvo por vuestra cuenta. Quedaos con nosotros. Os entretendremos.

 

¿Quién era aquel hombre? Más gente empezó a agolparse a mi alrededor. Reconocí algunas caras de la banda que había salido a recibir a mi carromato. Uno le susurró algo al oído al que iba montado en el buey. Éste le devolvió un codazo al hombre. Yo recobré la compostura y hablé.

 

—Os agradezco vuestra hospitalidad. Me quedaría encantado. Pero mis hombres me están esperando. Tengo que darles instrucciones. Volveremos.

Ellos no parecieron complacidos, pero nadie me impidió montar. Fui a medio galope hasta el carromato. Detrás de mí trotaba una fila de niños.

Había problemas. Se había congregado un corro de desconocidos en la parte de atrás del vehículo, donde Klawer parecía tener una refriega con alguien. Mis otros cuatro hombres estaban de pie a un lado, impotentes.

 

—¿Qué está pasando aquí? —les pregunté. Miré a Plaatje. Éste levantó los hombros con gesto abatido. ¡Os dejo media hora, y cuando vuelvo, es el caos!

 

—Están robando, amo.

 

—¡Pues no os quedéis ahí plantados! —grité.

 

Tengo muy mal genio. Todo el mundo, incluidos los namaqua, se giraron para

 

 

 

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mirarme. Levanté el látigo por encima de la cabeza y me zambullí entre el gentío. Éste se dispersó, dejando a Klawer y a un chico desconocido abandonados a su suerte y forcejeando por algo que parecía un saquito. Yo me acerqué a ellos y me puse a azotarlos hasta que el chico se alejó tambaleándose. Klawer se quedó tumbado de espaldas agarrando el saco. ¡Buen perro guardián! Debía de tener casi cincuenta años.

 

—¡Ponte de pie! —le grité. ¡Tú estás al mando aquí! ¿Qué está pasando?

 

El hombre se puso de pie como pudo. Estaba jadeando demasiado para hablar. Me giré de golpe hacia los demás y le pillé una risita burlona a Adonis. Se encogió y el látigo le dio en los hombros.

 

—¡A uncir los bueyes! ¡Todos! ¡Ahora mismo! ¡Tiro doble!

 

Mi cara estaba inundada de sangre morada. Ellos carecían de toda voluntad, eran esclavos natos.

Los hotentotes se habían reagrupado en varios grupitos y nos estaban mirando fijamente. Yo cabalgué hacia ellos.

—¡Al primero que ponga una mano en mi carromato o en mis bueyes lo mato de un tiro con este mosquete! ¡Esta arma os matará! ¡Volved a vuestras casas!

 

Ellos me devolvieron la mirada con caras inexpresivas. El gentío crecía. Hasta mujeres con bebés se estaban acercando ahora desde la aldea.

—¡Ssss… sa! —dijo alguien entre dientes, y los demás se pusieron a repetirlo—. ¡Ssss… sa!

Era el ruido que hacen para provocar a un animal arrinconado y hacerle saltar. Los bufidos adoptaron un ritmo regular. Yo no retrocedí ni un palmo. Mi caballo se puso nervioso.

 

De la multitud salió una mujer hacia mí. Tenía las piernas arqueadas, las rodillas torcidas y los brazos extendidos horizontalmente a los lados. Por encima del tamborileo de los «Ssss…», se puso a sacudir todo el cuerpo haciendo que le temblara la grasa de los pechos y las nalgas desnudas. Con cada «¡… sa!» explosivo chasqueaba los dedos, sacudía la cabeza y echaba la pelvis bruscamente en mi dirección. Sacudiéndose y estremeciéndose de esa manera, con los pies muy separados, dando tres pasos adelante y dos atrás, avanzó hacia mí, mientras la música de los hotentotes se volvía más silenciosa y más excitada, hasta que pude oír cada chasquido de sus dedos. Ella me sonreía con los ojos entornados.

 

Levanté el arma con un solo movimiento natural y disparé al suelo a los pies de ella. No hubo eco ni apenas se levantó polvo, pero la mujer soltó un chillido de terror y cayó redonda. El gentío puso pies en polvorosa. La dejé intacta en el suelo y me giré para supervisar la yunta de los bueyes. Ella se alejó dando tumbos.

El sol ya estaba cayendo cuando dejamos atrás la aldea desierta. Seguimos rumbo al norte. Yo tenía el corazón optimista. Pronto volveríamos a estar solos y nos recuperaríamos. Viajamos hasta que fue noche cerrada. Cuando nos paramos a descansar puse guardia doble. Tuve pesadillas. Al amanecer me desperté temblando y mareado. Klawer señaló una columna de humo al sur, en la dirección de la que

 

 

 

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veníamos. Los bueyes estaban fatigados pero nos pusimos otra vez en marcha. Me envolví en una manta y me senté junto al carretero. Me dolían los huesos. Con el sol ya alto en el cielo encontramos agua y nos paramos. Detrás de nosotros, en la llanura, podíamos ver ahora figuras pequeñas y oscuras que nos seguían. Bebí y bebí y después evacué las tripas con un chorro furioso. Estaba demasiado débil para cabalgar, tal vez demasiado débil para disparar bien. Mis hombres me acostaron en el carromato con el arma a mi lado. Les dije que no tuvieran miedo, que se mantuvieran en campo abierto y que siguieran hacia el norte. Ellos pusieron a los bueyes de pie a patadas y les colocaron los arreos. Podíamos distinguir a nuestros perseguidores: treinta hombres, uno de ellos montado. El ganado se arrastraba en medio del calor. Si nos deteníamos ahora los bueyes no se inmutarían, sino que se quedarían plantados hasta morirse. Mientras Klawer me aguantaba, yo evacué heroicamente por la portezuela de atrás, preguntándome si los hechiceros hotentotes podrían adivinar mi futuro a partir de las salpicaduras. Una gran paz descendió sobre mí: el balanceo plácido del carromato, el sol tranquilo sobre la lona. Yo llevaba mi secreto sepultado dentro de mí. No se me podía tocar.

 

Pasó mucho tiempo. Me sumergí en un recuerdo de infancia de un halcón que ascendía por el cielo en una chimenea de aire caliente.

La quietud del carromato me despertó. Hice acopio de fuerzas para gritar pero lo único que conseguí fue ensuciar la cama. Estaba demasiado débil hasta para sentarme. Me dolían los ojos. Fuera se oían conversaciones, en hotentote. Intenté entender lo que estaban diciendo, pero todo poseía tres significados. Tenía que comer o perdería todas mis fuerzas.

 

Mis hombres me estaban traicionando. Estaban compinchados con los hotentotes desconocidos. Con discreción infinita extendí la mano en dirección al arma de fuego. Cerré los dedos en torno a la culata y aprecié de nuevo su solidez reconfortante y la compleja musculatura de mi brazo. De esa manera yací, bañado en mis propios olores, sonriente y escuchando. Sonaban dos voces, una cercana y otra a lo lejos.

—Lávame los pies, véndame el pecho —dijo la voz cercana. ¿Me prometes no cantar?

A lo lejos, procedente del lejano Sur, la segunda voz cantaba. La primera voz le respondía de forma interminable. Dejé de escuchar y me arrebujé para dormir otra vez.

 

Alguien me estaba manipulando sin miramientos. Unas manos toscas me levantaron, envuelto en mantas como un cadáver. Yo tenía las manos pegadas a los costados. Lloraba: mi cara estaba mojada por las lágrimas. Mi cabeza estaba por debajo de mis pies. Me estaban sacando del carromato. El sol se había ido y el cielo estaba estrellado. El dulce olor a ganado. Eran mis propios hombres los que me estaban transportando, los pude distinguir por los sombreros.

 

—Plaatje —dije en voz baja. ¿Qué me estáis haciendo?

 

—Nos haremos cargo de ti, amo, estás enfermo.

 

 

 

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Estaba sonriendo junto a mí como un ángel de la guarda. Me dejó en el suelo. El resto de mis hombres también inclinaron sus caras amables sobre mí: los hermanos Tamboer, tan jóvenes e inmaduros, Adonis y el viejo Jan Klawer, siempre bueno y fiel. Lloré de gratitud. Y ahora, mezclándose con sus caras, vi las caras de los hotentotes extranjeros, sonriéndome, asegurándome que tenían buenas intenciones. Unas manos amables me alzaron hasta dejarme sentado. Con gestos de las cejas, me disculpé por el olor. Me alzaron hasta ponerme a lomos de un buey: ¡no uno de los míos, sino el de los hotentotes desconocidos! Me quedé un momento sentado, pero mis muslos se negaron a sujetarme, me escurrí a un lado y me bajaron al suelo. Las voces que me rodeaban se pusieron a murmurar de nuevo, discutiendo sobre mi bienestar. Yo sonreí y me volví a quedar adormilado.

 

Me desperté en estado de lucidez atado a una litera extendida entre dos bueyes uncidos, sacudido y escorado, con el resto de mi tiro de bueyes jadeando pesadamente detrás de mí, mi carromato desaparecido, yo lo sabía, saqueado y abandonado. Era incapaz de relajarme, estaba agarrotado por los rigores del frío. Silbé, grazné, jadeé para atraer la atención de la extraña figura oscura que puesta del revés me llevaba del revés a través de la noche. En un momento de aritmética sobria me di cuenta de que, enfermo de quién sabe qué fiebre, había caído en manos de unos ladrones crueles que desconocían los meros rudimentos de la medicina, unos bárbaros, hijos de la naturaleza cuya hospitalidad yo había insultado el día anterior. Me sumí en una visión alucinada de mi difunta madre sentada en una silla de respaldo recto y leyendo una carta que le anunciaba mi muerte, emergí de nuevo entre espasmos de temblores y me puse a rezarle a mi Dios largo tiempo ausente para que me trajera de vuelta el sol. Las estrellas seguían brillando desde un cielo que en cualquier otro momento yo podría haber admirado por su belleza cristalina. También recé para que me llegara la inconsciencia en cualquiera de sus formas, desde la muerte al delirio. Fui recompensado con un delirio tras otro, y por fin con un frío de una profundidad tal que toda sensación pereció en mis manos y piernas.

 

—Me muero —dije, dos buenas y claras palabras holandesas—, qué humillante. Y en aquel mismo momento me di cuenta de que el cielo había empezado a

enrojecer. Bendito sea para siempre el veloz amanecer subtropical. Pasó el tiempo, entré en calor, pronto pude olvidar mi miedo de morirme por congelación y empecé a preocuparme por morir de sed. ¿Cómo había encontrado aquella gente la fuerza necesaria en mis desesperados y estúpidos bueyes para seguir dado tumbos durante toda la noche? Con bravuconería patética volví a ensuciar mis mantas. Que los muertos limpien a los muertos, yo me iba a salvar.

 

Los aullidos de los hotentotes y la reaparición de una tropa de odiosos niños parloteando y dando palmadas anunciaron el final del viaje. Se oyó a gente hablando, hablando interminablemente, mientras yo me inquietaba mucho. Luego, atravesando varias hileras de mujeres que miraban, me llevaron al puñado de chozas que marcaban el perímetro de la aldea en sí. Mientras mis hombres permanecían

 

 

 

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inexplicablemente desaparecidos, unas manos desconocidas me soltaron de mis andas y me dejaron a la sombra. Los mirones se apartaron, todos salvo un par de ancianos inquebrantables y los niños.

 

—¡Agua! —grité, y para mi sorpresa apareció una vieja con una calabaza de jícaro.

Era agua, pero con un fuerte regusto amargo y olor a cebolla. La bebí con avidez, despreciándome a mí mismo. Le dediqué una sonrisa fugaz a la vieja. Ella se marchó.

 

Klawer llegó, no tan solícito como a mí me habría gustado, y me sacó del corro de espectadores para llevarme a la choza de la menstruación, que parecía ser el lugar que me habían asignado. En la sombría intimidad de la misma me alivié tres veces, aferrado a los muslos de mi capataz para no desplomarme, dentro de una calabaza esférica que él tuvo el privilegio de vaciar entre la maleza. Esta tarea la realizó todos los días a partir de entonces. Por las mañanas y por las noches también me traía el cuenco de caldo que constituía el fundamento de la purga curativa que me estaba administrando la misma vieja que me había traído la bebida, una lúgubre esclava bosquimana con conocimientos de la farmacopea de su pueblo a la que yo a veces sorprendía mirándome desde la puerta de la choza y que respondía con silencio maleducado a mis preguntas sobre el nombre y el pronóstico de mi enfermedad, la razón de sus cuidados y (esto una debilidad) mi destino.

 

Mis fiebres iban y venían, distinguibles únicamente por las flexiones de las alas del alma que traía la fiebre y por el tedio pesado del regreso a la tierra. Volví a habitar el pasado y medité sobre mi vida como domador de la naturaleza salvaje. Medité sobre los acres de territorio nuevo que había devorado con la mirada. Medité sobre las muertes que yo había presidido, la lengua fláccida del antílope y el crujido nítido del caparazón del escarabajo. Con un ligero golpe de las alas habité en los caballos que habían vivido debajo de mí (¿qué les había parecido todo?), en el cuero paciente de mis botas, en el aire que había presionado contra mí allí adonde me movía. De esa manera progresé, mandándome a mí mismo hacia fuera desde el espacio encogido de mi lecho a fin de reposeer mi viejo mundo, y lo reposeí, hasta que, llegando a estar cara a cara con las certezas extrañas del sol y la piedra, tuve que mantenerme a distancia, dejándolas para el día en que ya no me acobardaran. El desierto de piedra reverberaba en medio de la bruma. Detrás de aquel exterior familiar de color rojo o gris —habló la piedra desde su corazón de piedra al mío—, de aquel exterior que se adentraba en todas las dimensiones deshabitadas por el hombre, tiende su emboscada un interior negro y muy, muy ajeno al mundo. Sin embargo, bajo el mazazo del explorador, ese interior inocente se transforma en un destello, en una imagen repleta, confiada y mundana del exterior rojo o gris. ¿Cómo entonces, preguntaba la piedra, puede aquel que blande el mazo y que busca penetrar en el corazón del universo estar seguro de que existen los interiores? ¿Acaso no son ficciones, esos interiores como cebos para ser violados que el universo usa para sacar afuera a sus exploradores? (Sepultado en su arca, mi corazón también llevaba toda la vida viviendo en la

 

 

 

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oscuridad. Mis tripas quedarían deslumbradas si yo me perforara a mí mismo. Estas ideas me incomodaban).

 

Medité sobre la cuestión de los sueños y tal vez incluso soñé con ella. ¿Acaso podía confiar en que todos los infortunios que se habían cernido sobre mí desde que viera por primera vez a los namaqua fueran una pesadilla? ¿Acaso los namaqua no eran más que demonios? ¿Me había convertido yo en prisionero de mi propio averno? De ser así, ¿dónde estaba el túnel que llevaba de vuelta a la luz del día? ¿Había un encantamiento que yo necesitaba conocer? ¿Era el encantamiento algo tan simple como un «estoy soñando», exclamado con convicción? Y en caso de que sí, ¿por qué me faltaba a mí la convicción? ¿Acaso temía que no sólo mi estancia entre los namaqua sino mi vida entera pudiera ser un sueño? Pero, en ese caso, ¿adónde me llevaría la salida de mi sueño? ¿A un universo en el que yo el Soñador fuera el único habitante? Pero ¿acaso yo no había llegado al mismo por medio de un pasaje tortuoso de la pequeña fábula que siempre había guardado para consolarme en las veladas solitarias, igual que el viajero perdido en el desierto se guarda sus últimas gotas de agua, eligiendo morir por decisión propia antes que morir sin elección? Pero ¿acaso esa pequeña fábula, por otro lado, no le quitaba a la vida gran parte de su sabor?

 

Le divulgué las fases de esta elegante meditación a Klawer al anochecer del tercer día de mi confinamiento, mientras las últimas golondrinas planeaban por encima del agua y emergían los primeros murciélagos. El crepúsculo siempre me ha encontrado implacable en mis seguridades. Klawer no entendió ni una palabra y encajó un «Sí, amo» en cada pausa retórica. Pero yo estaba demasiado borracho de mis propias especulaciones para ser prudente.

 

A partir del topos fértil pero en general agotado del soñarse a uno mismo y al mundo, avancé a una exposición de mi carrera como domador de la naturaleza salvaje.

 

En la naturaleza salvaje pierdo todo sentido de los límites. Es una consecuencia del espacio y de la soledad. La operación del espacio es como sigue: los cinco sentidos se despliegan desde el cuerpo que habitan, pero cuatro de ellos se extienden en un vacío. El oído no puede oír, la nariz no puede oler, la lengua no puede probar sabores, la piel no puede sentir. La piel no puede sentir: el sol se abate sobre el cuerpo, la carne y la piel se mueven dentro de una bolsa de calor, la piel se tensa en vano alrededor, todo es sol. Sólo la mirada tiene poder. La mirada es libre, se extiende por el horizonte en todas direcciones. Nada se oculta a la mirada. A medida que los demás sentidos se embotan o quedan aturdidos, mi mirada se flexiona y se extiende. Me convierto en un ojo reflectante esférico que se mueve por el yermo y lo ingiere. Destructor del yermo, me muevo por la tierra abriendo un camino devorador de un horizonte al siguiente. No hay nada que me haga girar la mirada, soy todo lo que veo. ¡Qué soledad! Ni una piedra, ni un matorral, ni una maldita hormiguita hacendosa que no esté comprendida en esta esfera de viaje. ¿Qué existe que no sea parte de mí? Soy un saco transparente con un núcleo negro lleno de imágenes y un

 

 

 

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arma de fuego.

 

El arma de fuego representa la esperanza de que exista algo que no sea uno mismo. El arma de fuego es nuestra última defensa contra el aislamiento dentro de la esfera de viaje. El arma de fuego es nuestra mediadora con el mundo y por tanto nuestra salvadora. Las noticias que trae el arma de fuego: fulanito está afuera, no tengas miedo. El arma de fuego nos salva del miedo de que toda la vida esté dentro de nosotros. Lo hace desplegando a nuestros pies todas las pruebas que necesitamos de un mundo moribundo y por tanto vivo. Yo me muevo por la naturaleza salvaje con mi arma de fuego echada al hombro en el margen de mi mirada y mato elefantes, hipopótamos, rinocerontes, búfalos, leones, leopardos, perros, jirafas, antílopes y ciervos de todas las clases, aves de caza de todas las clases, liebres y serpientes. Detrás de mí voy dejando una montaña de piel, huesos, cartílago no comestible y excremento. Todo esto es la pirámide que voy dispersando en honor a la vida. Es la obra de mi vida, mi proclama incesante de la alteridad de los muertos y por tanto de la alteridad de la vida. También un arbusto está vivo, no hay duda. Desde un punto de vista práctico, sin embargo, un arma de fuego es inútil contra el mismo. Hay otras extensiones del yo que podrían ser eficaces contra los arbustos y los árboles y que convierten sus muertes en himnos a la vida, un aparato lanzallamas, por ejemplo. Pero en cuanto a un arma de fuego, una descarga de perdigones disparada a un árbol no quiere decir nada, un árbol no sangra, permanece impávido, vive atrapado en su arbolidad, ahí afuera y por tanto aquí dentro. A diferencia de la liebre que suelta su último jadeo a tus pies. La muerte de la liebre es la lógica de la salvación. Porque o bien estaba viviendo ahí fuera y al morir entra en un mundo de objetos, y por tanto yo quedo satisfecho, o bien estaba viviendo dentro de mí y se niega a morir dentro de mí, puesto que sabemos que ningún hombre ha odiado nunca su propia carne, que la carne se niega a matarse a sí misma, que todo suicidio es una declaración de que el que mata no el mismo que la víctima. La muerte de la liebre es mi carne metafísica, igual que la carne de la liebre se convierte en la carne de mis perros. La liebre muere para evitar que mi alma se funda con el mundo. Todos los honores para la liebre. Y tampoco es fácil de alcanzar.

 

No podemos hacer recuento de la naturaleza salvaje. La naturaleza salvaje es una porque carece de límites. Podemos contar higueras, podemos contar ovejas porque el huerto y la granja están cercados. La esencia del árbol de huerto y de la oveja de granja es el hecho de que están numerados. Nuestro comercio con la naturaleza salvaje es una empresa inagotable de convertirla en huerto y en granja. Cuando no podemos cercarla para hacer recuento la reducimos a números por otros medios. Toda criatura salvaje que yo mato cruza la frontera entre la naturaleza salvaje y el número. He presidido la transformación en números de diez mil criaturas, y eso omitiendo a los innumerables insectos que han expirado bajo mis pies. Soy un cazador, un domador de la naturaleza salvaje, un héroe de la enumeración. Quien no entiende los números no entiende la muerte. La muerte es para él igual de incomprensible que

 

 

 

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para un animal. Esto es cierto para el bosquimano, y se puede ver en su lenguaje, que no incluye un procedimiento para contar cosas.

 

El instrumento de supervivencia en la naturaleza salvaje es el arma de fuego, pero la necesidad de la misma no es física sino metafísica. Las tribus nativas han sobrevivido sin el arma de fuego. Yo también podría sobrevivir en el yermo armado únicamente con arco y flechas, pero me temo que al verme tan desprotegido perecería no de hambre sino de esa enfermedad del espíritu que lleva al babuino enjaulado a sacarse las entrañas. Ahora que el arma de fuego ha llegado entre ellos, las tribus nativas están condenadas no sólo porque dicha arma los matará en grandes cantidades, sino porque el ansia de la misma los alienará de la naturaleza salvaje. Todo territorio por el que yo desfilo con mi arma se convierte en un territorio desgajado del pasado y vinculado al futuro.

 

A este sermón Klawer no respondió ni una palabra, sino que sugirió humildemente que se estaba haciendo tarde y que me convenía dormir. Klawer vivía a mi lado desde mi niñez. Habíamos llevado la misma vida de puertas afuera. Y sin embargo él no entendía nada. Lo despedí.

 

Los salvajes no tienen armas de fuego. Ése es el significado práctico del salvajismo, que podemos definir como una esclavitud al espacio, igual que se habla, en el polo opuesto, del dominio del espacio que tiene el explorador. La relación de amo y salvaje es una relación espacial. El altiplano africano es llano, el avance del salvaje a través del espacio es continuo. Se acerca desde los márgenes del horizonte, creciendo hasta convertirse en hombre bajo mi mirada, hasta que llega al borde de esa zona precaria en la que, invulnerable a sus armas, yo domino su vida. A través de este orificio yo contemplo cómo se acerca llevando la naturaleza salvaje en su corazón. En el extremo lejano él no es nada para mí y probablemente yo no soy nada para él. En el extremo próximo, el miedo mutuo nos llevará a nuestras pequeñas comedias de hombre y hombre, buscador de oro y guía, benefactor y beneficiario, víctima y asesino, maestro y alumno, padre e hijo. Él lo cruza, sin embargo, no en calidad de ninguno de esos personajes, sino como representante de ese ahí fuera que mi mirada una vez englobó e ingirió y que ahora promete englobarme a mí, ingerirme y proyectarme a través de sí mismo en forma de mancha en un campo que podemos llamar aniquilación o bien historia. Él amenaza con tener una historia en la que yo seré un término. He ahí la base material de la enfermedad del alma del amo. Tantas veces, al despertar o al soñar, ha vivido su alma el avance del salvaje que ésa se ha vuelto una forma ideal de la vida de penetración. Un carromato avanza a través del calor y la desolación. A millas de distancia emergen figuras oscuras, se ve que son hombres, se ve que son salvajes, el carromato sigue avanzando, las figuras se acercan, cruzan el último centenar de metros, el carromato se detiene, los bueyes se desploman, no se oye nada más que el jadeo y el chirrido de las cigarras. Allí está plantado él, habitando el lugar prescrito a cuatro pasos de distancia y tres pies más abajo, la resignación flota en el aire, ahora vamos a sobrevivir de tabaco regalado y

 

 

 

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palabras de paz, instrucciones para llegar al agua y advertencias contra bandoleros, demostraciones de armas de fuego, murmullos de sobrecogimiento, y por fin una vida entera de ese ruido suave de unos pasos desnudos que nos siguen. La persecución tortuosa que termina en la línea recta y franca, la transformación de salvaje en seguidor enigmático, y el poco claro movimiento del alma (fatiga, alivio, falta de curiosidad, terror) que acompaña a esa transformación familiar, cosas que sentimos como tendencias del destino y condiciones de la vida.

 

Todo esto lo pensé al recordarme el derecho de nacimiento salvaje de Jan Klawer, hotentote.

Klawer vino a la mañana siguiente. Le pregunté qué le parecía lo que yo le había dicho. Me contestó que él no era más que un pobre negrito. Yo me quedé satisfecho. Le pregunté por qué no habían venido a verme el resto de mis hombres. Él me dijo que sí que habían venido, pero mientras yo estaba demasiado enfermo. Le acusé de mentir. Le dije que si hubieran venido habrían estado en mis pesadillas. Le pedí que lo intentara otra vez. Él me dijo que tenían miedo de mi enfermedad. Le acusé de mentir. Sí, amo, dijo él. Le pedí que lo intentara otra vez. Él me dijo que los hotentotes les habían metido miedo de aquellas chozas (las chozas del otro lado del río). Lo fulminé con la mirada hasta que él se retorció e hizo un bailecito incómodo de esclavo.

 

¿Qué demonios me pasaba?, pregunté. ¿Acaso tenía la enfermedad de los hotentotes? Él me aseguró que no. La enfermedad de los hotentotes era para los hotentotes, me dijo. Me recuperaría en cuestión de días.

 

¿Qué había pasado con mi carromato, mis bueyes, mis caballos? El carromato seguía en el mismo sitio donde lo habíamos dejado en plena noche, y me aseguró que no tendría problema para encontrarlo. Su contenido, sin embargo, había sido saqueado, con la salvedad de objetos patentemente inútiles como el balde del alquitrán. Mi ganado y mis caballos estaban paciendo junto con el ganado de los hotentotes.

 

Le di orden de que la próxima vez que viniera trajera con él a mis hombres. Él hizo una reverencia y retrocedió. Su visita me había dejado agotado. Deseaba regresar a mis ensoñaciones pero no podía. Había caído en un lapso irritante de lucidez y de ansiedad. Se me estaba formando una erupción en la nalga izquierda, a un par de centímetros del ano. ¿Era posible que fuera un cáncer? ¿Acaso los cánceres crecían en las nalgas? ¿O acaso no era más que un grano gigante, un efecto secundario de la desagradable sopa amarilla que me chorreaba por allí? Yo le decía siempre a Klawer que me limpiara, y él lo hacía, pero solamente con un retal de lana. Los hotentotes no saben nada del jabón y evitan el agua hasta el extremo de hacerse un nudo en el prepucio cuando nadan. De ahí el olor nocivo de las hendiduras de sus mujeres.

 

A cada hora yo me palpaba aquella ampolla de carne. No me importaba morir, pero no quería morir a causa de la putrefacción del trasero. Habría estado encantado

 

 

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de expirar en plena batalla, de una puñalada en el corazón, rodeado de montones de enemigos caídos. Habría accedido a morir de fiebres, consumido corporalmente pero inflamado hasta el fin por fantasías omnipotentes. Hasta habría consentido morir en la estaca de los sacrificios: si los hotentotes hubieran sido un pueblo de más alta ralea, un pueblo dado al ritual, si me hubieran mantenido cautivo hasta la salida de la luna y entonces me hubieran llevado por entre hileras de observadores silenciosos hasta una estaca donde, atado por sacerdotes de caras inexpresivas, hubiera pasado por el calvario arcádico de perder uñas de los pies, dedos de los pies, uñas de las manos, dedos de las manos, nariz, orejas, ojos, lengua y partes pudendas, todo el proceso con acompañamiento de aullidos de la angustia más pura y rematado por un clímax de destripamiento formal, entonces es posible, sí, es posible que yo hubiera disfrutado, es posible que me hubiera dejado llevar por el espíritu de aquello, que me hubiera entregado al ritual, que me hubiera convertido en el sacrificio, y que hubiera muerto con la sensación de haber formado parte de un conjunto estético satisfactorio, si es que todavía es posible sentir algo al final de esa clase de conjuntos estéticos. Pero aunque no era descabellado que en un ataque de aburrimiento los hotentotes me sacaran los sesos a porrazos, era poco probable que, al carecer de religión y por ende de todo ritual, me sometieran a un sacrificio ritual. Ni siquiera tenían un corpus de magia, entendido como algo distinto de las supersticiones ocasionales. Los hotentotes solamente admiten la existencia de un Creador porque el esfuerzo de concebir un universo carente del mismo les resulta demasiado agotador. La razón de que la creación consista en espacios llenos intercalados con otros vacíos es una cuestión que no les compete. Dios tiene su propia vida que vivir, provista de quién sabe qué penas y gratificaciones, en su propia casa. En la medida en que Dios usa su poder a tontas y a locas uno puede bromear sobre él. Para lo demás, la actitud correcta es el desapego. «Yo sé que despojado de mí, Dios no puede vivir ni un instante. Si en la nada yo caigo, él pasará a mejor vida», cantan los hotentotes.

 

Me imaginaba la hinchazón de mi nalga como un bulbo que echaba raíces postulares dentro de mi carne fértil. Se había vuelto sensible a la presión, pero si uno lo acariciaba suavemente con los dedos todavía producía un picor agradable. De esa manera no me sentía del todo solo.

 

Un niño deambuló hasta mi choza y se quedó al lado de mi cama, examinándome. No tenía nariz ni orejas, y tanto los dientes incisivos superiores como los inferiores le sobresalían de la boca en sentido horizontal. Se le habían caído retales de piel de la cara, las manos y las piernas, dejando al descubierto un yo interior rosado que constituía una pobre imitación de la coloración europea. Se quedó allí de pie hasta que se le acostumbraron los ojos a la penumbra. Le dije que era un sueño y le ordené que no me tocara, a lo cual él dio media vuelta y salió de la choza de puntillas. Me arrastré detrás de él, pero se había esfumado. Necesitaba comer mejor. Desde el inicio de mi encierro no había comido nada más que caldo sin carne. El estómago me gruñía, las tripas se me movían infructuosamente. Tumbado boca abajo en el polvo

 

 

 

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pedí comida a gritos. Era primera hora de la tarde, y distinguí varias figuras reclinadas a la sombra de las chozas del otro lado del arroyo. El chico marrón y rosado reapareció por detrás de la choza de al lado.

 

—¡Comida! —grité. ¡Dile a tu madre que necesito comida de la buena!

 

Él se alejó con andares de pato. Me quedé dormido sobre el polvo. Me desperté cuando ya se estaba poniendo el sol. La llaga me latía de dolor. Del otro lado del arroyo venían interjecciones furiosas: «¡A la izquierda! ¡Ese de ahí! ¡Mío!». Dos hombres acuclillados el uno frente al otro bajo el resplandor mortecino del sol. Se dedicaban a estirar los brazos en todas direcciones, con las manos ahora juntas y un momento después completamente separadas. Ladraban y reían a carcajadas; se arrodillaban, se erguían y vuelta a empezar. Decidí que debía de ser un juego arcaico de los hotentotes. Ya faltaba poco para la hora de alimentarme. Klawer me trajo la sopa de la hechicera. Le exigí carne. Él me trajo carne seca. Le hinqué el diente como un perro.

 

No cabía duda, mi estómago no estaba listo para grandes esfuerzos. Se pasó la noche entera contorsionándose por culpa de aquella tiras de carne masticada, y por fin las expulsó en forma de chorros ácidos que corroyeron la delicada superficie de mi forúnculo. El retal de lana más untuoso en la mano más amable de Klawer ya no podría extraerle ningún temblor de placer. En cambio, empezó un vago dolor, un pequeño latido acompasado con el gran latido de mi corazón. Consulté con Klawer: ¿qué me podía procurar él que calmara mi estómago sin reducirme a una debilidad infantil? Necesitaba gachas, me dijo él, unas gachas suaves a base de cereal machacado y hervido a fuego lento durante horas. Maldije a los hotentotes por su imprevisión. No cultivaban cereales. Lo que ellos ofrecían en abundancia, y precisamente hoy, era grasa de hipopótamo. Los cazadores habían regresado del gran río con trineos llenos de la carne a medio curar de una vaca que había caído en uno de sus fosos. También habían traído, amarrado patas arriba en un trineo, cien kilos de carne viva y delicada, el ternero que los cazadores habían atrapado mientras se encontraba desprevenido mirando cómo su madre se desangraba en las estacas. En aquel momento las mujeres estaban aporreando al ternero con garrotes a modo de preparación para su matanza: al romper los vasos sanguíneos menores mientras su corazón todavía palpitaba, disminuían el derrame de sangre de su ya pálida carne. En una ocasión el ternero debió de escaparse de las mujeres, porque se acercó al trote procedente de detrás de las chozas perseguido entre risas por un gentío. Se metió con un chapoteo en el arroyo y le permitieron quedarse un momento allí temblando y jadeando antes de volver a pincharlo para que regresara al sitio de la matanza. Fantaseé con su lengua o su hígado asados, pero era consciente de no tener estómago para una tarea tan elemental. Así que mandé a Klawer que se asegurara de que guardaran un poco de carne magra para hacerme caldo. Y gracias a que se quedó presente mientras trinchaban la carne, se las apañó para conseguir unos restos que, después de desprenderles la grasa y añadirles cebolla silvestre, sirvieron para darme

 

 

 

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una sopa bien saludable, la primera comida apetitosa que yo había probado estando en cautividad, y que no me provocó un rechazo inmediato.

 

De un humor estupendo, mandé a Klawer a que tomara parte en las festividades y me aposenté en el portal de mi choza a escuchar, ya que el claro del centro del campamento quedaba fuera de mi campo visual. El aire melancólico «Ho-ta ti-te se», cantado al unísono por dos mujeres y acompañado de los golpes rítmicos de la enorme mano de mortero, me llegó a través del crepúsculo mezclado con el gorjeo de los pájaros en los árboles. A medida que oscurecía, empecé a ver por encima de los tejados el resplandor de la enorme fogata. Los cantos se detuvieron, y durante un largo intervalo lo único que llegó a mis oídos fue el balbuceo lejano de los gritos y las risas. Luego, a través de la oscuridad, me llegaron lo sonidos que yo había estado esperando escuchar: el tañido vacilante de las flautas de bambú y los golpes sordos del arco de madera. Se había acabado la primera ronda del banquete, ahora habría pantomimas y bailes. La cosa continuaría toda la noche, no habría descanso hasta que se acabaran todos aquellos cientos de kilos de hipopótamo y todas las reservas de leche fermentada y de miel. Me alivió el hecho de sentirme cada vez más impaciente y aburrido de mi situación. El aburrimiento es un sentimiento no disponible para los hotentotes: es un signo de humanidad más elevada. Me debía de estar curando. Me puse de pie. Hubo un momento de vértigo, pero me aguanté bastante bien. Sosteniendo las nalgas separadas y descansando con frecuencia caminé hasta mi orilla del arroyo, donde pasé un rato tumbado contemplando las siluetas que se recortaban contra la enorme fogata. Luego crucé el arroyo y avancé entre las chozas, como un fantasma o un maltrecho antepasado aguafiestas.

 

—¡Está aquí! ¡Está aquí! —gritó una mujer, y de pronto me vi rodeado.

 

El tañido de las flautas se apagó. Se oyó algo parecido al silencio. Ellos se mantuvieron a distancia.

—Vengo en son de paz —dije.

 

Una mujer empezó a aullar en tono agudo. Se oyeron risotadas entre la multitud y emergió un lento batir rítmico de palmas. Un hombre se abrió paso a empujones. Yo lo reconocí: el jinete del buey.

 

—¡Tienes que irte! —me dijo. ¡Vete, vete!

 

Hizo un gesto con el brazo en dirección al arroyo y se me acercó con furia. Me di la vuelta y me marché. Mis nalgas se rozaban entre ellas, pero no podía permitirme un mal gesto. La multitud se abrió y se me quedó mirando, salvo los niños que trotaban hacia atrás delante de mí haciendo ruidos de succión y gritando «¡Ven, ven!», Tuve un ataque de vértigo, esta vez por culpa de la sangre enfurecida que me inundaba la cabeza, y me vi obligado a quedarme un rato con las manos apoyadas en las rodillas.

 

Los niños se quedaron a su lado del arroyo. Mientras yo empezaba a cruzarlo sentí una mano bajo el codo. Era Jan Klawer, completamente avergonzado. Yo rechiné los dientes y me lo sacudí de encima. Las flautas habían vuelto a emprender

 

 

 

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un baile furioso. Con el fuego de fondo, vi las dos hileras que avanzaban lentamente en círculo, primero la hilera de hombres encabezada por los nueve tañedores de flauta con su escala de nueve notas, y detrás la hilera de las mujeres. Los hombres daban tres pasos adelante y dos atrás, con las espaldas encorvadas y las rodillas y los pies doblados hacia fuera. Las mujeres avanzaban con pasitos mecánicos, con los traseros apuntando hacia arriba y marcando ligeramente el compás con las manos. La canción era la muy sugerente «Paloma nama». Los mareantes lamentos monocordes de las flautas, en los cuales los temblores percusivos del arco de madera se insertaban con un contoneo de las caderas; el enrevesamiento de las posturas de los hombres, sintonizados tras sus párpados cerrados con elaboraciones privadas de melodía y ritmo, y la ironía astuta con que las mujeres compaginaban los movimientos diminutos de sus manos y pies con la quietud enorme de sus caderas, todo ello me llenó de una ansiedad nueva y un terror sensual. La danza tomaba su inspiración de los preliminares sexuales de la paloma: el hombre hincha el plumaje y persigue a la hembra en un paseo bamboleante, la hembra avanza unos pocos centímetros por delante de él y finge que no lo ve. La danza sugería con gracia aquella persecución circular. Pero además de describir la persecución también sacaba a la luz lo que había detrás de la misma, dos formas de sexualidad, la una sacerdotal y extática, la otra lujosa y cortés. Nada me habría aliviado más que el hecho de que los ritmos se simplificaran y los bailarines abandonaran su pantomima y retozaran en un sincero frenesí sexual que culminara en un coito masivo. Siempre me ha gustado contemplar el coito, ya sea el de los animales o el de los esclavos. Nada humano me es ajeno. Así que poniendo bajo control mi ansiedad, continué mirando hasta que una fresca brisa nocturna me mandó de vuelta a mi cama.

 

Me desperté a la mañana siguiente muerto de hambre. La fiebre y la debilidad habían desaparecido, y lo único que quedaba era el forúnculo. Lo puse a prueba presionándolo con suavidad y obtuve a modo de recompensa un agudo acceso de dolor y una lenta detumescencia. Me habría encantado tener un espejo.

 

Klawer no apareció con la comida. Yo no vacilé en cruzar el arroyo hasta el campamento principal: después de una orgía como la de la noche anterior los hotentotes se pasarían el día entero dormidos. Cualquier enemigo podría haberlos erradicado.

 

La primera choza en la que miré contenía a gente desconocida durmiendo. En la segunda encontré a mis hombres desaparecidos. Los hermanos Tamboer estaban junto a la puerta, bajo una manta de piel de búfalo. Dormidos, se dedicaban el uno al otro sonrisas amables e infantiles. Entre ellos había acostada una chica que se me quedó mirando fijamente con los ojos abiertos como platos. Apenas se le habían formado los pechos. La habían cogido a la mejor edad. Mientras retrocedía, divisé más formas dormidas en la penumbra de más atrás.

 

También exploré mi lado del arroyo. La choza contigua a la mía albergaba al anciano, el jefe al que yo había visitado. Tenía la mandíbula sujeta con una correa y

 

 

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los brazos cruzados. Le levanté la manta y le encontré la pierna izquierda enfundada de la rodilla a la entrepierna en un vendaje muy prieto del que salía olor a putrefacción. Tenía la barriga cosida.

 

El niño rosado y marrón estaba orinando junto a la puerta de la choza de al lado. Al verme se escabulló al interior, y reapareció agarrado al delantal de una mujer sin nariz que llevaba un cucharón en la mano. La saludé. Ella abrió mucho la boca y me señaló el interior. Negué con la cabeza. De su garganta salió un ruido áspero. Di media vuelta y me marché. Seguía sin haber rastro de Klawer. Regresé a la choza de los hermanos Tamboer y, venciendo una falsa sensación de vergüenza, entré. Los chicos seguían tumbados como antes, la chica seguía despierta. La miré fijamente, nada convencido de que no fuera a levantar la voz y avergonzarme. Ella me devolvió la sonrisa, presumiblemente una sonrisa de invitación, aunque yo apenas podía creer que fuera tan corta de luces como para creer que yo iba a compartir cama con mis sirvientes y su mujerzuela. Así que no le hice caso y seguí adentrándome en la choza. El siguiente que dormía allí era Plaatje. Su cara también se mostraba pacífica, nada que ver con el carácter ansioso y temeroso que yo sabía que tenía. A continuación encontré al desaparecido Klawer. Estaba dormido abrazando la cintura de una mujer, una criatura montañosa de mejillas hundidas a quien el pelo le olía a grasa. Acurrucada a su vez junto a ella había una criatura de unos cinco años. Estrujé con mis garras el hombro de Klawer y le susurré al oído. Los párpados se le estremecieron y el cuerpo se le contrajo como si fuera un insecto que no tiene más defensa que fingir que es un cagarro de lagarto.

 

—¡Klawer! —tronó mi susurro en su oído.

 

Él abrió los ojos con plena conciencia, me echó un vistazo de reojo y por fin su mirada se posó como si fuera de piedra en el pescuezo inmundo de la mujer. El primer rubor de júbilo que yo sentía en varias semanas me recorrió las venas.

 

—¡Klawer! —susurré yo, y estaba claro que él debía de haber oído la risa de mi voz. ¿Dónde está mi desayuno? Quiero mi desayuno.

Él no me quiso mirar, ni tampoco quiso hablar, y no cabía duda de que le habían empezado a sudar las axilas.

—¡Ponte de pie, te estoy hablando! ¿Dónde está mi desayuno?

 

Con un suspiro él soltó a la mujer, se puso de rodillas en la cama y buscó a tientas su ropa, un anciano abatido con un pene largo y colgante del color de la ceniza.

 

—¡Amo! ¡Perdone, amo! —Ahora fue Plaatje el que habló, tumbado boca arriba con una mano debajo de la cabeza y dirigiéndose a mí. ¿Por qué el amo no nos deja dormir?

 

Su mirada se posó sobre la mía. Fruncí los labios en una expresión que sin duda él debía de conocer y temer de los viejos tiempos, pero no se inmutó. Tenía una sonrisa hotentote en la cara. Yo no sabía quién más estaba despierto y escuchando, pero no me podía permitir quitar la vista de encima de Plaatje.

 

—Estamos cansados, nos fuimos a dormir tarde, queremos dormir. El amo nos

 

 

 

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tiene que dejar dormir. —Un largo silencio. Si el amo quiere desayuno, tal vez el amo tiene que buscárselo por su cuenta.

 

Di un paso en su dirección. Al segundo paso le habría dado una patada. En los viejos tiempos una patada así, justo debajo de la mandíbula, le habría descoyuntado todos los tendones del cuello y le habría partido la cervical. Pero después de dar yo el primer paso, él apartó de golpe la esquina de su manta. En la plácida mano que yacía junto a su muslo había un cuchillo. Ya no me podía permitir errar el golpe. La próxima vez, me dije a mí mismo, la próxima vez.

 

—El amo es un hombre enfermo. —Plaatje estaba yendo demasiado lejos. El amo tiene que acostarse y recuperar sus fuerzas. Más tarde, cuando nos levantemos, le mandaremos algo al amo. El amo vive allí, al otro lado del arroyo. ¿Verdad, amo?

—¡Ven! —le dije a Klawer, y salí dando zancadas de la choza.

 

—¿Qué le gustaría al amo que le mandáramos? —gritó Plaatje. ¿El amo quiere un poco de rabo? El interior de la choza estalló en risitas y chillidos burlones, sobre los cuales flotaba la voz de Plaatje. ¡Tal vez le mandemos al amo un rabo bien joven y gordo!

 

Las ráfagas de procacidades pasaron volando a mi lado mientras yo salía de la aldea dormida.

Esperé en mi choza hasta que Klawer apareció, tal como yo sabía que haría. El hábito de la obediencia no se rompe con facilidad. Se disculpó vilmente en nombre de Plaatje: que si no sabía lo que estaba haciendo, que si sólo se estaba pavoneando, que si no era más que un chaval, que si estaba sobreexcitado, que si había bebido demasiado, que si aquella gente lo estaba llevando por el mal camino, y más cosas por el estilo. A continuación me trajo galletas, galletas de mi propia tina de galletas, de la que los hotentotes habían comido durante su banquete. Agradecí la llegada de comida civilizada.

 

—¿Quién es la señorita? —pregunté. Estás demasiado viejo para esas cosas, Klawer. Nada como un poco de humor para aligerar el ambiente. Klawer volvió a ser el de siempre, con su sonrisita y un movimiento nervioso. Él estaba fuera de toda duda. Klawer, nos vamos.

 

—Sí, amo.

 

Había preparativos que hacer, un preparativo en particular. Yo no podía cabalgar, no podía ni andar, dado el caso, en el estado en que me encontraba. Tenía que sajar mi forúnculo. Así que guardándome los útiles retales me fui andando corriente arriba hasta que los arbustos me escondieron del campamento. A continuación me quité los pantalones, apoyé la cabeza en una roca y, tumbado sobre la zona lumbar con las rodillas en alto, me unté escrupulosamente mi joya ardiente con la lana húmeda. Me fastidiaba el no poder verla. ¿Cómo era de grande? Solamente se podía confiar en los ojos, ya que las yemas de mis dedos se negaban a distinguir entre su propia sensación y la sensación de la piel que tocaban, de manera que en un momento dado me informaban de un grano rodeado de varios acres de dolor graduado, y un momento

 

 

 

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después de una colina de pus que se elevaba formando una cúspide delicada.

 

Agarré la bola de pus entre los nudillos de los pulgares y me preparé para la gran violación. Me armé de coraje y apreté, manteniendo la presión con toda la furia, más o menos, pese a la postura, de un hombre adulto en la flor de la vida, a través de un clímax tras otro de dolor, e incluso a través de los susurros de consuelo del fracaso. «Es la dieta», decían dichos suspiros. Me detuve. Mis tejidos destrozados emitían una alarma de repulsa latiente. Yo me debatía entre el orgullo por la testarudez de mi vástago y los rezos por que mi corazón se detuviera aunque fuera un momento. Me manaba sudor frío de la cara. Mis tripas se habían vuelto a licuar. Me levanté como pude y me puse en cuclillas sobre el arroyo. Un paroxismo de pus amarillo se deslizó corriente abajo. Me lavé y me preparé para un nuevo intento.

 

La piel debía de haber quedado debilitada por mis esfuerzos. Porque de repente, con sorpresa exquisita, oí, o si no lo oí lo sentí en los tímpanos, que los tejidos cedían y bañaban mis dedos primero con un chorro brusco y luego con un flujo continuo de calor líquido. Mi cuerpo se relajó, y mientras continuaba exprimiendo la fístula con la mano derecha me pude llevar la izquierda a los órganos sensoriales de la cara para permitirme las indulgencias de la inhalación y el escrutinio. Ésa debe de ser la gratificación que les queda a los condenados.

 

Fue durante este posludio, mientras me encontraba sumergiendo las nalgas en la corriente de agua y disfrutando de su frescor, cuando llegó la interrupción. Un grupo de niños, aquellos niños detestables que no habían desaprovechado una sola oportunidad para hostigar al forastero que había entre ellos, salieron chillando de la maleza desde la que me habían estado espiando y me arrebataron la ropa de la orilla donde yo la había dejado. Abandonando con indignación mi idilio, me quedé en el agua con las piernas arqueadas como una oveja mientras ellos retozaban de un lado para otro agitando mis pantalones y desafiándome a que los recuperara.

Si ellos habían calculado que la sorpresa y la vergüenza me dejarían impotente, que podían contar con una mañana de diversión saludable en la que Culosangriento Piernaspeludas se dedicara a perseguirlos a trompicones entre sonrisas afligidas y súplicas jocosas, parándose de vez en cuando para sacarse pinchos de los pies, entonces habían calculado mal. Rugiendo como un león y envuelto en espuma como Afrodita, me lancé sobre ellos. Mis garras arrancaron ribetes de piel y carne de sus espaldas en fuga. Un puño enorme abatió a uno poderosamente. Caí sobre su espalda igual que Jehová, y mientras sus pequeños compañeros de juegos se dispersaban por la maleza y se reagrupaban, yo le molí la cara contra las piedras, lo levanté a la fuerza, lo derribé de una patada (con la parte anterior de la planta del pie, para no romperme un dedo), lo levanté a la fuerza, lo derribé de una patada, y vuelta a empezar, y todo ese tiempo les estuve gritando a sus amigos, en el hotentote más malsonante que me venía a la cabeza, exhortaciones a que vinieran y pelearan como hombres. Aquello fue una imprudencia. Primero regresó uno de ellos y después la pandilla entera. Agarrados a mi espalda, tirándome de los brazos y las piernas, me

 

 

 

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derribaron al suelo. Grité de furia, di una dentellada y me incorporé de golpe con la boca llena de pelo y de una oreja humana. Por un momento me erguí triunfal. Después me cayó en la punta del hombro un golpe de madera que me dejó el brazo insensible. Me desplomé una vez más. Como un enorme escarabajo me quedé tumbado boca arriba y me dediqué a parar los golpes de rodillas y pies que me llovían sobre el abdomen vulnerable. A través del remolino de brazos y piernas vislumbré lo que me había golpeado. Era un palo en manos de un recién llegado, un adulto, que ahora estaba dando vueltas a la refriega en busca de otra oportunidad de golpear. También había otros protectores. Yo había perdido. Ya no podía hacer otra cosa que sobrevivir.

 

Me sometieron a todas clase de humillaciones, me pusieron de pie a la fuerza y me tiraron por el suelo, me zarandearon de unas manos a otras y me rociaron con una lluvia de polvo y arena. No ofrecí resistencia, con lo que convertí su furia en desprecio clínico. Ellos estaban decididos a infligir una última humillación. Y yo estaba decidido a salir de aquello. Con unos adversarios que desconocían o incluso despreciaban el principio del honor, aquellas metas no eran incompatibles. Tanto yo como ellos podíamos darnos por satisfechos.

 

Desnudo y cubierto de inmundicia, me arrodillé en el centro del corro y me tapé la cara con las manos, sofocando mis sollozos con el recuerdo de quién era yo. A mi lado pasaron corriendo dos niños. La soga que llevaban cogida me pilló por debajo de los codos, después por debajo de las axilas y por fin me lanzó de espaldas al suelo. Me coloqué en posición fetal protegiéndome la cara. Un momento largo de quietud, susurros, risas. Varios cuerpos me cayeron encima; me quedé asfixiado e inmovilizado contra el suelo. Las hormigas, sacadas de sus hormigueros violados, enfurecidas y perplejas, segando con las pinzas diminutas y con los cuerpos hinchados de ácido, descendieron entre mis nalgas abiertas, sobre mi ano irritado, sobre mi raja supurante y mis testículos noblemente cargados. Grité de dolor y vergüenza.

 

—¡Dejadme ir a casa! —grité. ¡Dejadme ir, me quiero ir a casa, me quiero ir a casa!

Hice fuerza patéticamente con los músculos hasta entonces nunca agotados de mi perineo y no conseguí nada.

Me invadió una desesperación enclaustrada. Había alguien sentado sobre mi cabeza, yo ni siquiera podía mover la mandíbula. El dolor se volvió trivial. Se me ocurrió que podía morir de asfixia sin que a aquella gente le importara. Estaba claro que me estaban torturando en exceso, estaba claro que aquello lo podía ver cualquiera. Y sin embargo no lo hacían por maldad. «Están aburridos», me dije. «Lo hacen porque sus vidas están desoladamente vacías». Y añadí: «Lo que el criminal no siente es su crimen. No soy nada para ellos, nada más que una ocasión». Más allá de la furia, más allá del dolor, más allá del miedo, me retraje a mi interior y en mi útero de hielo sumé los beneficios y las pérdidas.

 

 

 

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La oreja que yo había arrancado de un mordisco no cayó en el olvido.

 

—Vete. Déjanos. Ya no podemos darte refugio.

 

—Es lo único que quiero. Irme.

 

—¿Es que no tienes hijos? ¿No sabes jugar con los niños? ¡Has mutilado a ese niño!

—No ha sido culpa mía.

 

—¡Claro que ha sido culpa tuya! Estás loco, ya no podemos tenerte aquí. Ya no estás enfermo. Tienes que irte.

—Es lo único que quiero. Pero antes me tenéis que dar mis cosas. Mis cosas. —¿Tus cosas?

—Mis bueyes. Mis caballos. Mis armas. Mis hombres. Mi carromato. Las cosas que había en él. Tenéis que enseñarme dónde está mi carromato.

 

 

 

Me dirigí a mis hombres. Klawer, Plaatje, Adonis y los hermanos Tamboer.

 

—Ahora nos vamos. Volvemos a estar solos. Tenemos que encontrar el camino de vuelta a la civilización. No va a ser un viaje fácil. No tenemos nada, ni carromato, ni bueyes, ni caballos ni armas, nada más que lo que nos echemos a la espalda. Nos lo han robado todo. Ya veis entre qué clase de gente hemos estado viviendo. Vosotros también fuisteis unos inocentes por confiar en ellos.

 

»Recoged vuestras cosas. Coged toda la comida que podáis, sobre todo comida de la nuestra del carromato, si es que queda algo. Coged odres para el agua. Pero nada que pese demasiado. Tenemos cientos de millas de camino y yo soy un hombre enfermo. Me cuesta caminar y no puedo cargar cosas. Vamos a tener que vivir del veld como bosquimanos.

 

Adonis soltó una palabrota. Yo di un paso adelante y le propiné un bofetón en la cara. Demasiado borracho para apartarse, él se abalanzó hacia delante y me agarró de los hombros. Forcejeé pero él no me soltó. Tenía su cara en mi pecho. No había duda de que estaba babeando. Sobre su espalda encorvada acechaba Plaatje, el mismo que acababa de aprender a hablar. Plaatje repitió la obscenidad. A mí me pareció mejor enfrentarme a él erguido con las manos a los costados, sin hacer caso a Adonis.

 

—El amo puede irse —dijo Plaatje. El amo y el negrito domesticado del amo. Le decimos adiós, amo, adiós y buena suerte. Pero amo, vigile a quién pega la próxima vez. Me puso un índice suavemente debajo de la barbilla. Cuidado, amo, ¿entiende?

La próxima vez, negrito, la próxima vez.

 

Así que me quedé con Klawer.

 

—Bueno, ya has oído lo que he dicho, ve a buscar nuestras cosas. No pienso esperar.

—Sí, amo.

 

Se tomó un rato largo. El viejo Klawer, tan bueno y fiel: buen sirviente pero no

 

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muy listo. Tenía problemas para conseguir que le dieran comida. Me puse a escuchar a los pájaros, a las cigarras y a un bebé a lo lejos que tenía retortijones. La gente me miraba, pues no tenían nada mejor que hacer con su tiempo. No les presté atención, me quedé cómodamente de pie con las manos detrás de la espalda. Estoy entre vosotros pero no soy uno de vosotros. Me sentía tranquilo y tonificado. Me marchaba. No había fracasado. No había muerto, y por tanto había ganado.

Klawer regresó con una manta enrollada y el forraje: una pequeña bolsa llena de galletas y carne seca, y no traía odres de agua sino dos calabazas de jícaro unidas con una cuerda, unos trastos ridiculamente mujeriles que rebotaban cuando uno andaba.

 

—Vuelve y consigue odres —le dije. No podemos usar esas cosas.

 

—No nos quieren dar odres, amo.

 

—¿Y qué pasa con nuestros odres?

 

—No nos los quieren devolver, amo.

 

—¿Tienes un cuchillo?

 

—Sí, amo.

 

—Dámelo.

 

Nos íbamos a adentrar en el yermo con cuchillo y pedernal. Sonreí.

 

Partimos en dirección sudeste hacia el Leeuwen, yo en cabeza, mostrándome garboso por una cuestión de apariencias, y Klawer dando tumbos detrás. No hubo despedida, pese a que había mucha gente mirando. Los niños, que anteriormente habían corrido de un lado a otro junto a nosotros, se mostraron recelosos. Yo les había enseñado una lección. Los cuatro renegados también se nos quedaron mirando, sin ninguna vergüenza. Me pregunté qué clase de vida se imaginaban que iban a llevar entre los hotentotes salvajes.

 

Llegamos al río Leeuwen al día siguiente. Me producía un placer abstracto el adentrarme en el número finito de millas que me llevarían a casa, así que emprendí mi caminata renqueante y patizamba con buen humor. Cuando me costaba mucho seguir adelante, le pedía a Klawer que me llevara a cuestas, y él lo hacía, un tramo cada vez y sin rechistar. Mis heces ya eran saludables. Dormíamos juntos para protegernos del frío.

 

Acampamos unos cuantos días junto al Leuween a fin de recuperar fuerzas para el viaje al sur. Se nos agotaron los suministros, pero vivíamos bastante bien a base de raíces y polluelos de nido que cocíamos en barro y nos comíamos de doce en doce, con huesos y todo. Yo preparé witgatkoffie y lo disfruté. Me tallé un arco de sauce y me pasé varias mañanas acechando con flechas untadas de giftbol a cualquier animal que se acercara a beber. Disparé a un ciervo al que Klawer se pasó todo el día siguiendo el rastro pero que no llegó a atrapar. Después disparé a otro y ése sí que lo atrapó. Como no teníamos sal no podíamos conservar la carne, así que nos atracamos para que no se echara a perder. Llevábamos una vida de bosquimanos. Arreglé mis zapatos.

 

Con tranquilidad bajamos el río. La nalga se me estaba curando, y yo confiaba en

 

 

 

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que mi arco nos pudiera mantener con vida durante la primavera.

 

Me estaba deshaciendo de mis lazos.

 

Llegamos al vado del Gran Río. El río estaba crecido después de las primeras lluvias de la primavera. Acampamos dos días en la orilla pero las aguas no bajaron. Decidí probar a cruzar.

 

Nos atamos el uno al otro lo mejor que pudimos. El vado tenía un cuarto de milla de ancho y el agua corría veloz por los bajos, aunque en ningún punto nos cubría por encima del pecho. Avanzamos muy despacio, paso a paso. Luego Klawer, que iba en cabeza palpando el fondo con un bastón, no acertó inexplicablemente a distinguir un hoyo de hipopótamos y perdió pie. La violencia de la corriente partió de inmediato los nudos que nos ataban y se llevó a Klawer de los bajos a las aguas profundas. Con horror, contemplé cómo mi fiel sirviente y compañero era arrastrado por la corriente entre forcejeos, gritando súplicas entrecortadas de ayuda que yo no podía prestarle, un hombre a quien yo nunca había oído levantar la voz, hasta que desapareció de mi vista en un recodo del río y fue a su muerte llevándose consigo la manta y la comida.

 

Tardamos una hora entera en cruzar, porque tuvimos que palpar el fondo antes de cada paso por miedo a caer en un hoyo de hipopótamos y ser barridos por la corriente. Finalmente, sin embargo, empapados y temblando, alcanzamos la orilla sur y encendimos un fuego discreto para secar nuestra ropa y las mantas. Era media tarde, soplaba una brisa traicionera y, temiendo a la enfermedad por encima de todo, me cuidé de dar unos brincos de un lado a otro y así evitar que se me enfriaran las articulaciones. En cambio Klawer, después de tender nuestra ropa, se acuclilló con desaliento frente a las llamas, abrazando su cuerpo desnudo y tostándose la piel. A ese error, unido al error de llevar puesta ropa mojada, atribuyo su enfermedad. Aquella noche no consiguió entrar en calor, sino que se arrebujó contra mí presa de violentos temblores. Por la mañana tenía fiebre y nada de hambre. Como yo no tenía conocimientos de herbolario, lo llené de agua caliente y lo mantuve bien tapado. Pero el fuego no le dio ningún calor interior, y se pasó otra noche temblando. También descendió un rocío abundante, que difundió una sutil humedad. Él tosía con aspereza y sin parar. Me decepcionó no ver ninguna fe en sus ojos. Si él hubiera creído en mí, o en cualquier otra cosa, se habría recuperado. Pero tenía constitución de esclavo, era resistente a los golpes cotidianos de la vida pero frágil en el desastre.

 

Calculé que en las noches húmedas del valle del Gran Río su salud sólo se deterioraría. Por tanto, antes de que lo abandonaran sus últimas fuerzas lo saqué de su desesperanza y lo apremié a que iniciara el abrupto ascenso hacia el sur. Deteniéndonos a menudo, cubrimos la mitad de la distancia. Luego la violenta tos lo hizo caer de rodillas. Le dejé descansar una hora y traté de convencerlo de que comiera algo. Aquella parada fue otra equivocación, porque los músculos se le agarrotaron y le impidieron moverse de tanto que le dolían. Encontré una pequeña caverna en una vertiente de la colina, lo acomodé en ella y encendí un fuego en la entrada para protegernos de los vientos nocturnos a los que ahora estábamos

 

 

 

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expuestos. Por la mañana Klawer estaba paralizado. Parecía entender vagamente mis órdenes pero no podía ejecutarlas ni siquiera responder a ellas. De su boca salían vocablos lentos y pesados. Le hice levantarse y él se desplomó.

 

—Klawer, viejo amigo —le dije. La cosa pinta mal para ti. Pero no temas, no te voy a abandonar.

Me pasé la mañana buscando comida, pero no encontré nada. Cuando volví él estaba más lúcido y me dijo, con más fuerza:

—Vámonos, amo, ya puedo andar.

 

Por desgracia, no apareció ningún hotentote amistoso con una litera. Ascendimos lentamente en medio del calor de la tarde. Bajo el fuego agonizante del sol alcanzamos la cima y contemplamos el desierto interminable de roca roja.

 

—No, amo —dijo Klawer. No puedo hacerlo, tiene que dejarme.

 

Un momento noble, digno de ser recordado.

 

—Klawer —dije yo. Tenemos que ser realistas. Aquí podemos morir los dos. En cambio, si voy yo solo tan deprisa como pueda y vuelvo a caballo de las Khamies, te puedo traer ayuda tal vez dentro de una semana. Así pues, ¿me voy? ¿Qué te parece?

 

—Sí, amo, váyase. Estaré bien.

 

—Me quedaré para cuidarte esta noche y por la mañana podemos reunir comida.

 

Te dejaré agua.

 

De esa forma quedó sellado nuestro pacto. Hice todo lo necesario por él. Levanté un cortavientos, recogí leña y todas las plantas comestibles que pude reconocer.

—Adiós, amo —dijo él, y lloró.

 

A mí también se me llenaron los ojos de lágrimas. Me alejé pesadamente. Él se despidió con la mano.

Me acababa de quedar solo. Ya no tenía a Klawer de testigo. Me entusiasmé como un joven que acaba de perder a su madre. Allí estaba yo, libre para iniciarme a mí mismo en el desierto. Canté, gruñí, soplé, rugí, grité, cloqueé, silbé, bailé, pisoteé el suelo, me postré, giré sobre mí mismo, me senté en el suelo, escupí en el suelo, le di patadas, lo abracé, lo arañé. Llevé a cabo todas y cada una de las cópulas posibles capaces de unir al mundo con un cazador de elefantes armado con un arco y enloquecido por la libertad después de setenta días de ojos que veían y orejas que oían. Compuse una tonadilla y la canté:

 

Hotentote, hotentote,

 

yo no soy un hotentote.

 

 

Sonaba mejor en holandés que en nama, que todavía perduraba en el tiempo floreciente de las inflexiones. Cavé una vaina en el suelo y habría llevado a cabo el acto primordial de no ser porque la diversión y las risas me habían reducido a una oscilación de diez centímetros y a la micción involuntaria.

 

—Dios —grité. Dios, Dios, Dios, ¿por qué me quieres tanto? Me puse a soltar

 

 

 

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espuma y babas. No hubo truenos ni rayos. Me reí hasta que me dolieron los músculos que me acunaban el cráneo. Yo también te amo, Dios. Lo amo todo. Amo las piedras y la arena y los matorrales y el cielo y a Klawer y a esos otros y hasta el último gusano y mosca del mundo. Pero Dios, no dejes que ellos me quieran a mí. No me gustan los cómplices, Dios, quiero estar a solas.

 

Fue agradable oír aquello. Pero las piedras, decidí, tan introvertidas y tan enfrascadas en su existencia silenciosa, eran al fin y al cabo mis favoritas.

Me quité la ropa y me envolví en mantas. Mis pies se frotaban extáticos entre ellos, mis muslos yacían juntos como amantes, mis brazos me abrazaban el pecho. Contemplé el milagro de los cielos y me deslicé en un sueño en el que un lento torrente de leche, cálido y balsámico, se derramaba desde el cielo sobre mi garganta ansiosa.

 

 

 

Hay un pequeño escarabajo negro que se encuentra cerca del agua y que a mí siempre me ha gustado. Si levantas la roca bajo la que vive, se va correteando. Si le bloqueas el camino, intentará ir por otro. Si le bloqueas todos los caminos, o si lo coges del suelo, encoge las patas debajo del cuerpo y finge que está muerto. Nada le disuade de esa farsa, de ahí la idea popular de que muere de miedo. Le puedes arrancar las patas una tras otra y ni se inmuta. Es sólo cuando le arrancas la cabeza del cuerpo que lo recorre un escalofrío insectil. Y ciertamente involuntario.

 

¿Qué le pasa por la cabeza en esos últimos momentos? Tal vez no tiene mente, tal vez su mente se manifiesta como una simple conducta, que es lo que dicen de la mantis religiosa (hotnotsgod). Pese a todo, en un sentido formal es una verdadera criatura de Zenón. «Ahora sólo estoy a medio camino de la muerte. Ahora sólo estoy tres cuartas partes muerto. Ahora sólo estoy siete octavos muerto. El secreto de mi vida se retrae infinitamente bajo el contacto de tu dedo. Tú y yo podemos pasarnos la eternidad fraccionando el tiempo. Si me quedo quieto el tiempo suficiente te acabarás yendo. Ahora sólo estoy quince dieciseisavos muerto».

Bajo cautiverio hotentote yo no había dejado de tener en mente al escarabajo de Zenón. Había habido patas, patas metafóricas, y también muchas otras cosas, que yo había estado preparado para perder. En el callejón más sin salida del laberinto de mi yo, ahí me había ocultado, abandonando milla tras milla de defensas. El asalto hotentote había resultado decepcionante. Había sido un ataque a mi vergüenza, lo cual era una estrategia juiciosa. Pero desde el principio había quedado enmarañado, en un cuerpo que participaba demasiado del laberinto, por la continuidad de mi exterior con la superficie interior de mi tracto digestivo. El cuerpo masculino no tiene espacio interior. Los hotentotes no sabían nada de la penetración. Para la penetración hacen falta ojos azules.

 

¿Con qué nuevos ojos de conocimiento, me pregunté a mí mismo, me iba a ver cuando me viera, ahora que había sido violado por los paganos con sus risas

 

 

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socarronas? ¿Me iba a conocer mejor? Alrededor de los antebrazos y el cuello me habían quedado unos aros que constituían la demarcación entre la piel áspera de color marrón rojizo del yo invasor de la naturaleza salvaje y cazador de elefantes, y la del yo víctima paciente de los hotentotes. Me abracé los hombros blancos. Me acaricié las nalgas blancas, ansiaba un espejo. Tal vez encontrara un estanque, un estanque pequeño y límpido con un lecho oscuro, en el que me pudiera poner de pie y, enmarcado por las nubes en constante recomposición, verme a mí mismo tal como me habían visto los demás, así como distinguir por fin el bulto del que mis dedos tanto me habían hablado, la cicatriz de la violencia que yo había ejercido contra mí mismo.

 

Continué con mi exploración de los hotentotes, intentando encontrarles un lugar en mi historia.

Me había decepcionado el que no hubieran conseguido entrar más profundamente en mí. Habían violado mi intimidad, todas mis intimidades, desde mi propiedad privada hasta la intimidad de mi cuerpo. Habían metido veneno en mí. Y, sin embargo, ¿podía estar seguro de que me habían envenenado? ¿No llevaría tal vez mucho tiempo poniéndome enfermo, o acaso simplemente no estaba acostumbrado a la comida de los hotentotes? Si me habían envenenado, ¿acaso me habían envenenado con un veneno instructivo, elocuente y penetrante, basándose en el principio de que a cada hombre su propia carne, o bien, poco familiarizados con los venenos, me habían suministrado una dosis insuficiente? Pero ¿cómo podían unos salvajes no estar familiarizados con la traición y el veneno? Pero ¿acaso eran verdaderos salvajes, aquellos hotentotes namaqua? ¿Por qué habían cuidado de mí? ¿Y por qué me habían soltado? ¿Por qué no me habían matado? ¿Por qué sus torturas habían sido tan poco sistemáticas e incluso tan poco entusiastas? ¿Acaso yo tenía que entender las atenciones desganadas que me habían prodigado como una muestra de desprecio? ¿Acaso yo como persona les resultaba poco excitante? ¿Acaso alguna otra víctima les habría excitado hasta un punto de verdadero salvajismo? ¿Y qué era el verdadero salvajismo en este contexto? El salvajismo era una forma de vida basada en el desprecio por el valor de la vida humana y en la obtención del placer sensual mediante el dolor ajeno. ¿Qué pruebas de desprecio por la vida o de placer basado en el dolor podía encontrar yo en la forma en que me habían tratado? ¿Qué pruebas había siquiera de que tuvieran un estilo de vida dotado de alguna coherencia? Yo había vivido entre ellos y no había visto ningún gobierno, ni leyes, ni religión ni artes más allá del cantar danzas obscenas. Aparte de su codicia por la basura de mi carromato, ¿acaso habían mostrado algún atributo consistente que no fuera la pereza y el apetito por la carne? Y, una vez saqueado, ¿acaso había sido para ellos algo más que una pura irrelevancia? Para aquella gente que entendía la vida como una mera secuencia de accidentes, ¿acaso yo no había sido un accidente más? ¿Acaso no se podía hacer nada para obligarles a que me tomaran más en serio?

 

Desde la cómoda crisálida de mis mantas extendí los brazos hacia el sol. Nos

 

 

 

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estábamos acercando a ese momento de la mañana en que la piel y el aire están a la misma temperatura. Me escurrí afuera y extendí las alas. Durante un minuto me permití disfrutar del desdibujamiento de los límites. Los dedos de mis pies estaban disfrutando en la arena. Di unos cuantos pasos, pero las piedras seguían siendo piedras. A los zapatos no podía renunciar. Los namaqua, decidí, no eran salvajes verdaderos. Hasta yo sabía más del salvajismo que ellos. No merecía la pena prestarles atención. Era hora de irse. Ataviado únicamente con zapatos y con mi gloriosa hombría, con la ropa en un hatillo a la espada, emprendí la caminata hacia el sur.

 

Tenía encomendada una tarea, encontrar el camino a casa, que no era poco, y sin embargo era una tarea que yo, que siempre miraba el lado positivo de las cosas, prefería contemplar como un juego o un concurso. Las tareas siempre resultan un poco deprimentes, el hecho de que las encomiende otro con su voluntad ajena. Mientras que con los juegos, con mis juegos, yo jugaba contra un universo indiferente, y me inventaba reglas sobre la marcha. Desde ese punto de vista, el hecho de que los hotentotes me hubieran expulsado no suponía más que la oportunidad de llevar a cabo un concurso en el que yo, provisto de un equipamiento primitivo, tenía que cruzar andando trescientas millas de maleza. En otro momento la misma circunstancia podría iniciar una competición completamente distinta entre yo y el universo circundante, en la que tal vez se me exigiera reunir una fuerza expedicionaria y regresar triunfalmente para castigar a mis depredadores y recuperar mis propiedades. De acuerdo con las normas de un tercer juego posible, tal vez yo, en el curso de mis exploraciones, tuviera que caer en manos de unos hotentotes desconocidos y sobrevivir a los malos tratos, la degradación, la traición y la expulsión. De acuerdo con un cuarto, tal vez tuviera que sufrir los tormentos del hambre y la sed hasta terminar encogido a la sombra de un espino y morir.

 

En cada juego el desafío era sufrir la historia, y yo obtenía la victoria si sobrevivía. El cuarto juego era el más interesante, el caso zenoniano en el que sólo sobrevivía una fracción de mi yo que disminuía de forma infinita, el eco ficticio de un «yo» diminuto que susurraba a través de la eternidad vacía. Mi presente empresa, el ejemplo uno, llegar a casa, presentaba el peligro de la monotonía. Mi regresión de cazador de elefantes bien aprovisionado a bosquimano de piel blanca era insignificante. Lo perdido, perdido estaba, y tal vez de manera irrecuperable, de momento. Ni siquiera la piel blanca era indispensable. Lo que resultaba deprimente de aquellas trescientas millas era regresar por el mismo camino, las viejas pisadas, el paisaje familiar. ¿Sería yo capaz de trasladarme con sobriedad a través de la historia ya contada, de regresar a una vida de granjero tediosa y decente en el menor tiempo posible, o bien me debilitaría y en un arranque de aburrimiento partiría por un camino nuevo, me implicaría en una vida nueva, tal vez aquella vida de bosquimano blanco que se me había estado insinuando? Tenía que andarme con cuidado. En una vida sin reglas yo podía explotar hasta los confines mismos del universo. Con obstinación me

 

 

 

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dedicaba a poner un pie delante del otro. Para mantener la mente alimentada computaba todos los denominadores que se me ocurrían. Los más elevados eran como de costumbre los mejores: el número de pasos que cabían en trescientas millas, el número de minutos que hay en un mes. Me permití aventuras de caza, las que corresponden a un arquero pacientemente acuclillado a sotavento de un arbusto o bien trotando detrás de un rastro de sangre. Una serpiente se descolgó de una rama y me dio un golpecito en la mejilla. Un ciervo de astas afiladas traicionó a su naturaleza y vino a donde yo estaba. Pero ni estas historias ni el cálculo ajetreado de porcentajes me libraron de ver el elemento de obligación. Llenaba mi tiempo con el hambre y la sed, dos deberes más de quien viaja por el desierto. Pero ansiaba la novedad. Convertido en un delgado producto de mi anterior yo gordo, seguí caminando pesadamente, buscando comida y bebida con diligencia, devorando las millas, frotándome la piel con la grasa corporal de animales muertos para protegerla de un sol que me llevaba al rosa y al rojo pero que no me acababa de poner marrón.

 

Sólo reviví al alcanzar los márgenes de un asentamiento humano. Nada más ver las vacas dóciles y enormes dispersas por la hierba, un chorro de vida nueva me entró en el corazón. Con astucia de cazador, me acerqué sigilosamente a una rezagada y la acuchillé. Luego, desde un escondrijo entre las hierbas altas, le planté una flecha certera en el muslo al pastor. Valiéndome de aullidos y piedras hice que sus animales entraran en estampida. Me resarcí con un día entero de ansias de sangre y anarquía, la crónica del cual llenaría otro libro, un asalto a la propiedad colonial que me hizo crecer de nuevo hasta adquirir estatura de hombre y cuyas consecuencias cayeron sobre las cabezas desafortunadas de los bosquimanos.

 

El 12 de octubre de 1760 al anochecer llegué a los postes de demarcación de mis tierras. Sin ser visto por nadie me puse la ropa y enterré mi arco. Como si fuera Dios descendí vertiginosamente sobre una oveja, una pobre bestia inocente que no había visto nunca a su amo y que únicamente estaba pensando en irse a dormir, y la degollé. De la ventana de la cocina venía una cálida luz doméstica. No salió a saludarme ningún sabueso fiel. Llevando el hígado, mi pieza de carne favorita, abrí la puerta de un golpe. Estaba de vuelta.

 

 

 

SEGUNDO VIAJE A LA TIERRA DE LOS NAMAQUA GRANDES [Expedición del capitán Hendrik Hop, 16 de agosto de 1761 al 27 de abril de 1762]

 

Caímos sobre su campamento al amanecer, la hora que recomiendan los autores clásicos para la guerra, rodeados de un halo de vetas rojas de cielo que presagiaban una tarde borrascosa. Una niña, una bonita criatura que iba de camino al arroyo con una olla sobre la cabeza, era la única alma a la vista, aunque las voces de otros invisibles removían el aire plácido. Ella oyó nuestros caballos, levantó la vista, soltó un gemido y echo a correr, con la olla todavía en equilibrio, una gesta nada

 

 

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desdeñable. Un disparo, uno de esos disparos sencillos y escuetos que siempre he admirado, la alcanzó entre los omóplatos y la arrojó al suelo con la fuerza de una coz de caballo. Aquella primera muerte limpia en el suelo, su modesta falta de eco, saldrá rodando tan dura y limpia como una canica de mi cerebro cuando me muera. No te fallaré, hermosa muerte, juré, y fuimos trotando a donde las primeras figuras asombradas miraban fijamente desde las puertas de sus chozas. Añadan ustedes el humo matinal que se elevaba recto en el aire y las primeras moscas acercándose al cadáver, y tendrán el retablo completo.

 

Desalojamos la aldea, tanto el campamento principal como las chozas del otro lado del río, y juntamos a todo el mundo, hombres, mujeres y niños, los cojos, los ciegos y los postrados. Los cuatro desertores seguían entre ellos: Plaatje, Adonis y los hermanos Tamboer. Los saludé con la cabeza. Ellos hicieron reverencias. Adonis dijo: «Amo». Tenían buen aspecto. Mis armas robadas fueron recuperadas.

Ordené a mis cuatro hombres que se adelantaran a los demás. Ellos avanzaron hasta detenerse frente a mi caballo, un poco encogidos, y yo les dediqué un breve sermón, hablando en holandés para indicarles a los hotentotes que mis sirvientes no formaban parte de ellos y usando a uno de los soldados griqua para que tradujera.

No necesitamos que Dios sea bueno, le dije, lo único que le pedimos es que no nos olvide nunca. Aquellos de nosotros a quienes se les ocurra dudar momentáneamente de que estamos incluidos en el gran sistema de dividendos y castigos pueden obtener consuelo de la observación de Nuestro Señor sobre la caída del gorrión: el gorrión es poco importante pero nunca cae en el olvido. Siendo como soy explorador de tierras salvajes siempre me he considerado un evangelista y me he esforzado por llevar a los paganos el evangelio del gorrión, que cae pero cae dentro de un plan. Hay actos de justicia, les digo (les dije), y actos de injusticia, y todos tienen su lugar en la economía del conjunto. Tened fe, y sentid alivio, pues igual que el gorrión no caeréis en el olvido.

 

A continuación dicté sobre ellos sentencia de muerte. En un mundo ideal habría esperado a la mañana siguiente para ejecutarlos, ya que las ejecuciones en mitad del día no son tan conmovedoras como un pelotón de fusilamiento en un amanecer lleno de rocío. Pero me negué a mí mismo aquel placer. Ordené a los griqua que se los llevaran. Los Tamboer se alejaron sin protestar, personas insignificantes barridas por la marea de la historia. Plaatje me miró, sabía que estaba muerto, no se molestó en suplicar. Adonis, sin embargo, a quien yo siempre había sospechado que un día despreciaría, lloró y gritó y trató de gatear hasta mí. Este empeño se lo impidieron no solamente los griqua, sino también sus nuevos amigos hotentotes, que se pusieron a chillar: «¡Es un mal tipo, amo! ¡Lléveselo, amo, no lo queremos!». Adonis se puso a jadear a mis pies:

 

—¡Sólo soy un pobre negrito, amo, deme otra oportunidad, amo, padre, le daré a mi amo todo, por favor, por favor, por favor!

El abatimiento y la debilidad se adueñaron de mí, y me aparté de él. Llevaba

 

 

 

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meses nutriéndome de aquel día, que ya había poblado de retribución y muerte. Aquel día yo regresaría como una nube de tormenta, proyectando la sombra de mi justicia sobre una pequeña parte de la tierra. Pero aquella chusma abyecta y traicionera me estaba diciendo que allí y en cualquier otra parte de aquel continente no habría resistencia alguna a mi poder ni tampoco límite alguno a su proyección. Mi desesperación estaba causada por el pleno indistinto, que al fin y al cabo no es más que el vacío disfrazado de ser.

 

El sol estaba alto y nadie sentía calidez. Nuestros caballos se meneaban incómodos a derecha e izquierda. No se oía más ruido que el frío silbido de las imágenes que me recorrían el cerebro. Y todas eran inadecuadas. No había nada que se quedara grabado en aquellos cuerpos, nada que se les pudiera arrancar ni meter a la fuerza por sus orificios, ni que se correspondiera con la desolada infinitud del poder que yo tenía sobre ellos. Podían morir de forma sumaria o bien entre los dolores más atroces, yo podía dejar que fueran pasto de los buitres y al cabo de una semana ya nadie los recordaría. Lo que yo estaba padeciendo no era más que un fracaso de la imaginación ante el vacío. Estaba enfermo hasta las entrañas.

 

Me encaminé al gólgota que les había indicado, el muladar de la aldea, donde los cuatro ladrones ya me estaban esperando en compañía de Scheffer y de los guardias. Detrás de mí, la primera choza empezó a arder y a humear. Los griqua estaban haciendo lo que yo les había dicho: reunir a todo el ganado, borrar la aldea de la faz de la tierra, y hacer lo que correspondía hacer con los hotentotes. Llegué con Scheffer y los prisioneros. Estábamos demasiado cerca de la aldea para hablar en privado. Les ordené que se alejaran más. Un hombre, un hotentote robusto, echó a correr detrás de nosotros agarrando contra su pecho un enorme fardo marrón. Un griqua con chaqueta verde y gorra escarlata se puso a perseguirlo blandiendo un sable. El sable cayó en silencio sobre el hombro del hotentote. El fardo se deslizó hasta el suelo y echó a correr también. Era una criatura, bastante grande. ¿Por qué la había estado llevando el hombre en brazos? Ahora el griqua perseguía a la criatura. Le hizo una zancadilla y cayó sobre ella. El hotentote estaba sentado agarrándose el hombro. Ya no parecía interesado en la criatura. El griqua le estaba haciendo cosas a la criatura en el suelo. Debía de ser una niña. A mí no se me ocurría que pudiera desear a ninguna de las niñas hotentotes, salvo quizás la que había caído hacia delante tan limpiamente con el primer disparo. Uno siempre se podía consolar con una ironía semejante.

 

Llegamos a la cima de un ligero promontorio y nos detuvimos para mirar atrás y fumar una pipa. Los zarzos y pieles de las chozas humeaban y sin duda también apestaban. Los hotentotes, vigilados por tres soldados de aspecto ocioso, estaban sentados todos juntos a cierta distancia de la aldea. Ahora parecían guardar silencio. Pude distinguir a dos hombres, Roos y Van Nieuwkerk, o tal vez Badenhorst, a caballo. Los demás estarían presumiblemente ocupados. Me eché a temblar, con temblores largos que me venían cada minuto o dos, aunque no tenía frío. Me sentía más tranquilo. Mi mente se mecía dentro de mi cuerpo igual que una botella en el

 

 

 

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mar. Estaba feliz.

 

Miré a Plaatje, que me devolvió rápidamente la mirada. Él sabía que era mi hombre. Los blancos de sus ojos estaban nublados de amarillo. Nos cebamos cada uno con la cara del otro. El viento, tan ligero que yo no lo había notado, me trajo flotando el olor de su miedo, miedo y tal vez un poco de orina. Saqué una tajada de carne seca de mi bolsa y se la ofrecí. Él no la cogió. Me acerqué más y le apreté la carne contra los labios. Los tenía resecos y no los abrió. Me mostré paciente. El tiempo estaba de mi lado. Sostuve la carne allí, y al final los labios se entreabrieron, una lengua reseca salió, la carne se pegó a ella y desapareció. Esperé. Las mandíbulas se movieron una, dos y tres veces. Ahora lo único que le faltaba era tragar. Le hice una señal con la cabeza. Los músculos de su garganta se ahuecaron. Ya estaba. Pero de pronto —quién lo iba a decir—, un espasmo le subió como una erupción desde el vientre, se le abrió la boca, le volvió a emerger la lengua y le vino una arcada, una arcada limpia y seca que dejó la carne roja y empapada abandonada sobre su pecho. Su mirada se disculpó como la de un perro. A mí no me molestó. Lo estaba haciendo bien.

 

Los griqua se pusieron a atarles las manos. En la aldea había alguien chillando lo bastante fuerte como para que sus gritos, débiles y aburridos, uno tras otro, nos llegaran desde media milla de distancia. Intenté escucharlos igual que uno escucha el canto de las ranas, como una simple pauta. Pero la pauta que yo escuchaba ahora carecía de interés. Deseé que aquellos gritos se acabaran.

 

Los prisioneros también estaban siendo aburridos. Tendríamos que haber bajado el cerro hasta la agradable hondonada que había detrás del mismo. Pero los dos Tamboer estaban apoyados con todo su peso sobre sus guardias y se negaban a andar, mientras que Adonis, cada vez que tiraban de él para ponerlo de pie, se desplomaba sumariamente al suelo. Sólo Plaatje estaba de pie y dispuesto, mirándome a los ojos. Le hice un gesto señalando colina abajo y les dije a los griqua que trajeran a los demás por los medios que fueran. Uno cogió a Adonis de los tobillos y se puso a arrastrarlo. Con las manos atadas detrás de la espalda, no se podía proteger de las rocas y empezó a soltar gritos de arrepentimiento. Se le permitió ponerse de pie. De nuevo se negó a marchar. Estaba histérico.

 

—Amo, amo, mi querido amo —balbuceaba—, el amo sabe que sólo soy un negrito tonto, por favor, amo, por favor.

Por encima de todo yo no quería que él trastornara mi tranquilidad.

 

—Tirad de sus brazos —dije.

 

El griqua lo cogió de la cuerda que le ataba las muñecas. Él cayó, tenía los brazos retorcidos por encima de la cabeza y se puso a soltar gritos de dolor.

 

—Córtala —le dije. Le estás rompiendo los brazos. Y corté yo mismo la cuerda. El griqua empezó a bajar la colina tirándole del brazo. Él no causó problemas, se

fue deslizando sobre las nalgas y pateando con los talones para ayudarse a avanzar. Los Tamboer empezaron a seguirlo. Uno iba caminando con la cabeza gacha, se había

 

 

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rendido. El otro también caminaba, pero presionado por la espalda, apoyándose hacia atrás, sin cooperar. Al pie de la colina, adoptó un trotecillo extraño con la cabeza gacha y las manos extendidas tras la espalda como si fuera una gallina corriendo. Cruzó al trote la hondonada, después aminoró la marcha y avanzó con cuidado entre las rocas de la ladera siguiente.

 

—Se está escapando, amo —dijo el griqua que yo tenía al lado. ¿Quiere que le haga volver?

Los demás estaban riendo y soltando gritos de burla.

 

—Déjeme que pruebe a dispararle —dijo Scheffer.

 

—Dispare —dije.

 

El chico debía de estar a unos cincuenta metros, moviéndose al ritmo de alguien que anda. Scheffer le disparó y él se quedó tumbado de lado. Los griqua lo trajeron sangrando abundantemente de una herida en la cadera. Tenía la cara verde.

—Pietje —dijo su hermano.

 

—No —dije. Esto no lo pienso tolerar, dispárele, remátelo.

 

Scheffer cargó de nuevo y le pegó un tiro que le atravesó la cabeza.

 

—¿Está acabado? —dijo Scheffer.

 

—Está acabado, amo.

 

Adonis estaba volviendo a causar problemas. Se dejó caer al suelo y no se quiso poner de pie. Pensé que tal vez se hubiera desmayado, pero tenía los ojos abiertos y miraba en mi dirección, aunque tal vez enfocando algo que yo tenía detrás de la cabeza.

 

—Ponte de pie —le dije. No estoy de broma, te dispararé ahí mismo.

 

Le puse el cañón del arma contra la frente.

 

—¡Levántate!

 

Él tenía la cara vacía. Cuando apreté el gatillo él apartó la cabeza bruscamente y la bala no le dio. Scheffer estaba fumando su pipa y sonriendo. Me sonrojé exageradamente. Le puse el pie sobre el pecho a Adonis para inmovilizarlo y volví a cargar.

 

—Por favor, amo, por favor —dijo. Me duele el brazo.

 

Le puse el cañón contra los labios.

 

—Muérdelo —le dije.

 

Él se negó a morderlo. Di un pisotón. Le empezaron a sangrar los labios y se le relajó la mandíbula. Le metí el cañón tan adentro que le vinieron arcadas. Le tenía bien sujeta la cabeza entre los tobillos. Detrás de mí su esfínter cedió y un hedor intenso llenó el aire.

 

—Vigila tus modales, negrito —dije.

 

Me arrepentí de aquella vulgaridad. El disparo sonó tan poco importante como una bala disparada a la arena. Lo que fuera que le pasó en la papilla que tenía dentro de la cabeza le dejó los ojos bizcos. Scheffer lo examinó y se rió. Deseé que Scheffer se marchara.

 

—¿No puede hacer que esos hombres se pongan de pie? —me dijo Scheffer.

 

—Ponedlos de pie —les dije a los griqua.

 

Los dos se pusieron de pie sin dar problemas. El chico Tamboer no sabía lo que estaba haciendo. Plaatje estaba siendo valiente. Los griqua se hicieron a un lado y Scheffer y yo nos echamos atrás.

 

—Usted encárguese del de la izquierda —dijo Scheffer, y liquidó al Tamboer de un tiro.

Disparé y bajé el arma. Plaatje seguía de pie.

 

—¡Cae, maldito seas! —le dije. Plaatje dio dos pasos adelante.

 

—¡Tú, mátalo, no está muerto! —grité, señalando al griqua que estaba más cerca de él. Sí, sí, tú, usa tu espada: ¡en el cuello!

Corté el aire con el borde de la mano. El hombre le dio un sablazo a Plaatje en el cuello. Plaatje cayó de cara. Nos agolpamos a su alrededor. Tenía una protuberancia azul en la base del cráneo donde había recibido el golpe.

 

—Dadle la vuelta —dije.

 

La herida de bala estaba en el pecho, justo debajo de la garganta. Tenía la cara tranquila, estaba consciente y mirándome.

—Bueno —dijo Scheffer—, ahora les dejo, quiero ver qué está pasando por allí.

 

Y se marchó.

 

De niño a uno le enseñan a rematar a los pájaros heridos. Hay que coger el cuello del pájaro entre el índice y el dedo corazón, con la cabeza en la palma de la mano. Luego uno tira del pájaro hacia abajo, moviendo la muñeca como quien destapa una botella. Normalmente el cuerpo se desprende y cae dejando atrás la cabeza. Pero si uno actúa con aprensión y no aplica la fuerza suficiente, el pájaro se resiste a morir, con el cuello desollado y la tráquea aplastada. Los cuellos delgados y rojos de aquellos pájaros siempre me llenaban de compasión y desagrado. El asco me impedía repetir el tirón, y las modalidades más sucias de aniquilación, como aplastar la cabeza a pisotones, me provocaban escalofríos. De manera que me quedaba así, acunando la criatura agonizante en las manos, dando rienda suelta a las lágrimas de mi compasión por todas las criaturas diminutas, impotentes y sufrientes, hasta que el animal perecía.

 

Ésa fue la emoción que despertó de nuevo en mí aquél cuya salida de este mundo yo había errado de manera tan poco amable, pero que estaba en el camino de dicha salida. Abrió los ojos y borboteó incómodamente a través de la sangre que estaba inundándole los pulmones y manándole hacia fuera en forma de una sábana roja sobre el pecho y el suelo. Qué generoso, pensé, yo que había sido más ruin con la sangre que con ningún otro de mis fluidos. Me arrodillé junto a él y me lo quedé mirando a los ojos. Él me devolvió la mirada, lleno de confianza. Era lo bastante listo como para saber que yo ya no suponía ninguna amenaza, que ya nadie lo podía amenazar. Yo no quería perder su respeto. Le cogí con suavidad la cabeza y los hombros y lo levanté un poco. Yo tenía los brazos empapados de sangre. Se le estaba desenfocando la mirada. Los ojos se le habían vuelto del color de los posos del vino.

 

Se estaba muriendo deprisa.

 

—Valor —dije. Te admiramos.

 

Él no entendía nada. A mí me temblaba un músculo en la mandíbula. Él no veía nada. Yo lo dejé en el suelo con suavidad. En su interior profundo, como si estuvieran perdidos en el fondo de un pozo, sus pulmones seguían borboteando. Luego se le contrajo el diafragma y soltó un estornudo desde el pecho, una explosión que me roció de sangre, agua y algo que imaginé que eran restos de sus entrañas. De esa manera pereció.

 

En relación a esas cuatro muertes y todas las demás que ocurrieron, diré lo siguiente, si cabe alguna clase de palinodia explicativa o expiatoria.

¿Cómo sé yo que Johannes Plaatje, o incluso Adonis, por no hablar de los hotentotes muertos, no eran un mundo inmenso de placer que se ocultaba a mis sentidos? ¿No es posible que yo matara algo de un valor inestimable?

 

Soy un explorador. Mi esencia es abrir lo que está cerrado, llevar la luz a lo que está oscuro. Si los hotentotes albergan un mundo inmenso de placer, se trata de un mundo impenetrable, impenetrable para los hombres como yo, que o bien tenemos que bordearlo, lo cual implica evadir nuestra misión, o bien apartarlo de en medio. En cuanto a mis sirvientes, gente sin raíces, irrecuperable para su propia cultura y vestidos con los harapos de sus amos, sé con certeza que su vida no albergaba nada más que ansiedad, resentimiento y libertinaje. Murieron en medio de una tormenta de terror, sin entender nada. Eran gente de intelecto limitado y gente con existencias limitadas. Murieron el día que los expulsé de mi cabeza.

 

¿Qué lograron las muertes de todas esas personas?

 

Gracias a sus muertes yo, que después de que me expulsaran había vagado por el desierto como un pálido símbolo, afirmé una vez más mi realidad. Matar no me gusta más que a cualquier otro hombre, pero he asumido la tarea de ser quien aprieta el gatillo, llevando a cabo este sacrificio por mí mismo y por mis compatriotas, que existen, y cometiendo sobre la gente oscura los asesinatos que todos hemos deseado. Todos son culpables, sin excepción. Incluyo a los hotentotes. ¿Quién sabe por que crímenes inimaginables del espíritu murieron, a través de mí? El juicio de Dios es justo, incensurable e incomprensible. Su piedad no atiende al mérito. Soy una herramienta en manos de la historia.

 

¿Sufriré?

 

Le tengo demasiado pavor a la muerte. Yo también he pasado noches en vela computando el porcentaje ya devorado de setenta años e imaginándome a mí mismo el día después de mi defunción, cuando el suplente del encargado de la funeraria me abra en canal y extraiga de su pulcro lecho los órganos de mi yo interior que tanto he apreciado. (¿Adónde van a parar?, me pregunto. ¿Acaso se tiran a los ahorrativos cerdos?).

 

Y, sin embargo, la verdad más cierta es que mi muerte es un simple cuento de invierno que me narro para asustarme, para hacer que mis mantas sean más cómodas.

 

Un mundo sin mí es inconcebible.

 

Por otro lado, si sucede lo peor descubrirán ustedes que no siento un apego irrevocable por la vida. Me sé mis lecciones. También puedo retraerme por los pasillos infinitos de mi yo cuando me hagan señas con el dedo para que me acerque. También puedo adquirir y habitar un punto de vista desde el cual, igual que Plaatje, igual que Adonis, igual que Tamboer y Tamboer, igual que los namaqua, se pueda ver que soy superfluo. En el momento presente no me importa habitar ese punto de vista. Pero cuando llegue el día descubrirán ustedes que el hecho de estar vivo o muerto, de haber vivido o no haber nacido nunca, jamás me ha importado lo más mínimo. Tengo otras cosas en que pensar.

 


EPÍLOGO

 

 

 

 

Entre los héroes que se aventuraron por primera vez en el interior de Sudáfrica y trajeron noticias de lo que habíamos heredado, Jacobus Coetzee ha ocupado hasta la fecha un lugar menor pero honorable. Los estudiosos de nuestra temprana historia lo reconocen como el descubridor del río Orange y de la jirafa. Y, sin embargo, en nuestras torres de marfil también nos hemos sonreído con indulgencia a expensas del crédulo cazador que le contó en su informe al gobernador Rijk Tulbagh aquella fábula sobre hombres melenudos en el lejano norte que provocó el envío de la infructuosa expedición de Hendrik Hop en 1761-1762. Las meras circunstancias, en especial la narración truncada de las expediciones de Coetzee que ha existido hasta el momento, han conspirado para conservar el estereotipo y esconder de nosotros la verdadera estatura del hombre. La narración recibida hasta el momento como definitiva es la obra de otro hombre, un escritorzuelo del Castillo que escuchó el relato de Coetzee con impaciencia de burócrata y que garabateó un resumen apresurado para presentárselo al gobernador[1]. Dicho resumen recoge únicamente aquella información que se creyó que podía tener valor para la Compañía, en otras palabras, la información relacionada con los depósitos de mineral metalífero y con el potencial de las tribus del interior como fuentes de suministros. Podemos estar seguros de que fue únicamente el instinto comercial del escriba de la Compañía lo que le movió a transcribir para nuestros ojos el relato en el que se basa la ligera fama de Coetzee, el relato de esa gente «de apariencia leonada o amarilla con melenas largas y ropa de hilo» que vivía en el norte.

 

La presente obra se aventura a presentar una perspectiva más completa y por tanto más justa de Jacobus Coetzee. Es una obra de devoción pero también un texto de historia: una obra de devoción hacia un antepasado y uno de los fundadores de nuestro pueblo, y también una obra que ofrece pruebas históricas a fin de corregir ciertas distorsiones antiheroicas que se han ido infiltrando en nuestra noción de la gran era de la exploración en que el hombre Blanco estableció contacto por primera vez con los pueblos nativos de nuestro interior[2].

 

Jacobus Janszoon Coetzee (Coetsee, Coetsé) fue el bisnieto de Dirk Coetzee, burgués que emigró de Holanda al Cabo en 1676. Las generaciones de los Coetzee son una buena ilustración de la dispersión gradual por el interior que ha constituido la historia de puertas afuera —la fábula— del hombre Blanco en Sudáfrica, siempre viajando hacia el norte furioso o asqueado por las restricciones del gobierno, ya fuera este holandés o británico. Nuestra gente tiene un gran componente anárquico. Creemos en la justicia pero nunca hemos aceptado de buena gana las leyes. Dirk Coetzee emigró a Stellenbosch. Setenta años más tarde, Jacobus Coetzee viajó a las Piquetberg, donde vivió como ganadero y cazador. Fue desde allí, desde su granja situada cerca de donde hoy está el pueblo de Aurora, donde emprendió sus expediciones para cazar elefantes, entre ellas la expedición de 1760.

Entender la vida de aquel granjero poco conocido requiere un acto positivo de imaginación. Coetzee formó parte de una marea creciente de gente que le daba la espalda al sur. Para muchos granjeros del interior, el esfuerzo mensual de satisfacer las demandas de carne, cereales, fruta y verduras que les planteaba la voraz Compañía para sus hombres en las Indias Orientales, unas provisiones que se tenían que llevar al Cabo en carromatos de bueyes y por caminos poco adecuados, se había vuelto excesivo. Aquellos hombres volvieron la mirada a las llanuras desnudas del interior y se vieron a sí mismos convertidos en amos de sus propias vidas. Plántate en la punta misma del Cabo y contempla el mar. ¿En qué piensas? En el Sur: mares negros, hielo, blancura. Sales del Cabo, tal vez a caballo, y durante millas y más millas sigues escapando del Sur. Y luego, clic, a cierta distancia variable de la costa te has liberado del Sur. Entras en una traicionera zona neutral libre de la sensación de destino. Luego, a medida que avanzas hacia el norte, clic, estás en una segunda zona del destino, rumbo al Norte. No hay nada más que Norte. En su viaje al norte Coetzee vio las cosas, por decirlo de alguna manera, con el ojo esférico de una rana o de un sapo: todo lo que lo rodeaba (rana) estaba delante de él (hombre). En términos históricos, aquél era el futuro que había creado al renunciar a un contrato de la Compañía que estipulaba trigo y verduras a cambio de ganado.

 

Gracias a visitantes extranjeros como Vaillant, Sparrman, Kolbe, o incluso a ese altanero caballero inglés, Barrow, nos hacemos una idea bastante precisa de la naturaleza de la vida diaria de aquel granjero de la frontera. Nos lo imaginamos vestido con la ropa tosca de trabajo que llevaba todo el año y sus zapatos de piel de león, con su sombrero de ala redonda en la cabeza y el látigo durmiendo en la parte interior del codo, plantado con mirada vigilante junto a su carromato o en su stoep listo para darle la bienvenida al viajero con una hospitalidad que, en opinión de Dominicus, solamente era comparable con la de los germanos de la antigüedad. O bien nos lo imaginamos en medio de un retablo sobre el que Barrow escupía gran cantidad de desprecio, pero que para unos ojos inocentes también posee una belleza pastoral: sentado al anochecer con su familia, lavándose en un pilón el sudor de una jornada de trabajo de los pies a modo de preparación para las oraciones y el connubio vespertino. O bien apeándose de su silla de montar, dejando caer primero el pie derecho y luego el izquierdo, junto al cadáver de un órice recién cazado, el humo de color cobalto procedente del cañón de su arma tal vez ya completamente mezclado con el azul más claro del cielo. En todas esas escenas, se nos presenta como un hombre silencioso. No contamos con ningún retrato de su época. No hay duda de que llevaba barba.

 

A la Compañía le interesaban los beneficios fáciles. El propio Van Riebeeck había mandado expediciones al interior en busca de miel, cera, plumas de avestruz, colmillos de elefante, plata, oro, perlas, concha de tortuga, almizcle, civeta, ámbar, pieles y cualquier otra cosa. Aquellos bienes eran objeto de trueque. A cambio de ellos los agentes de la Compañía suministraban artículos por los cuales el nombre del hombre Blanco se susurraba a lo largo y ancho de Africa: tabaco, licores espirituosos, cuentas y otros artefactos de cristal, metales, armas de fuego y pólvora. No nos permitiremos aquí el sarcasmo fácil de los comentaristas de nuestra época sobre dicho comercio. Las tribus del interior vendían sus rebaños de vacas y de ovejas a cambio de chatarra. Ésa es la verdad. Era una pérdida necesaria de la inocencia. El pastor a quien el llanto de los niños hambrientos despertaba de su estupor alcohólico para encontrarse sus pastos vacíos para siempre aprendía de esa manera la lección de la Caída: no se puede vivir en el Edén para siempre. Los hombres de la Compañía únicamente estaban interpretando el papel del ángel con la espada llameante en aquella representación de la creación de Dios. El pastor acababa de dar un paso triste en su evolución hacia el estatus de ciudadano del mundo. Podemos reconfortarnos con esta idea.

 

Al Castillo le interesaban los beneficios fáciles, pero solamente en la medida en que no acarrearan responsabilidades añadidas. «Le suplicamos a la Dirección que asigne veinticinco mercenarios hessianos más a nuestro mando. La depravación de los bosquimanos es tal, y la frontera de la Colonia ha crecido tanto en longitud, que se ha vuelto imperativo establecer un puesto para proteger el camino que viene de Graaf Reynet, en el que hace dos semanas el burgués libre Willem Barendt y sus hijos fueron asesinados junto con sus sirvientes, y dos mil cabezas de ganado fueron robadas». Podemos imaginarnos la vergüenza de un Mando forzado a escribir una carta así, y por tanto la desconfianza con que se examinaban las peticiones de los burgueses que pedían derechos de pasto cada vez más lejos del Castillo, cada vez más al norte. Podemos maravillarnos del hecho de que se le concedieran dichos derechos a Coetzee en 1758. Con qué confianza se le debía de contemplar. Mientras que algunos hombres de la frontera no visitaban la Ciudad del Cabo más que una vez en la vida, poniéndose sus mejores galas negras y viajando en sus carromatos de bueyes, con sus novias siguiéndolos en carromatos separados por una cuestión de decoro, para casarse en la Groote Kerk, Coetzee viajaba allí cada año o cada dos con un cargamento de pieles y colmillos. Luego se volvía al norte, flemático, con sus bueyes marchando a un ritmo tenaz de dos millas por hora, con dos barriles de pólvora atados a la parte de atrás, té, azúcar, tabaco y el largo látigo de piel de hipopótamo erguido en su soporte. Cuando llegue el momento oportuno describiré el carromato.

 

Barrow acusa a los colonos, a quienes llama erróneamente el campesinado, de emprender bárbaros juegos de mutilación con sus animales. Registra el ejemplo de un granjero que encendió un fuego debajo de un tiro de bueyes cansados[3]. Barrow fue víctima de muchos de los entusiasmos y prejuicios de la Europa de la Ilustración. Vino al Cabo a ver lo que él quería ver: salvajes nobles, un campesinado holandés perezoso y brutal y una misión civilizadora echada a perder. Hizo sus recomendaciones y se marchó: China ya estaba, Africa ya estaba, ¿qué venía a 

continuación? Pero Barrow está muerto y su campesinado sobrevive. En cualquier caso, no es probable que Coetzee, un hombre humilde que no jugaba a ser Dios, torturara a sus animales. (En este contexto, no puedo evitar citar al más eminente de los misioneros británicos, John Philip, cuyas palabras revelan a la perfección la connivencia de sus correligionarios con la misión imperial: «Mientras nuestros misioneros van por todas partes esparciendo las semillas de la civilización, el orden social y la felicidad, al mismo tiempo están extendiendo de la forma más inocua los intereses británicos, la influencia británica y el Imperio británico. Allí donde el misionero coloca su estandarte en medio de una tribu salvaje, los prejuicios de ésta contra el gobierno colonial crecen al crearse necesidades artificiales[4]»). Sí: el salvaje debe cubrir su desnudez con ropa y arar la tierra porque Manchester exporta calzas de cuero y Birmingham rejas de arado. En vano esperamos a un británico que exporte las virtudes de la humildad, el respeto y la diligencia. En las cosas de esta vida, dijo Zwingli, es el trabajador el que está más cerca de Dios).

 

Coetzee era, como ya he dicho, conocido y digno de confianza en el Castillo. De ahí que le concedieran la tierra, y de ahí también que obtuviera licencia para cazar más allá de los límites de la Colonia. Porque aunque en la Colonia todavía abundaba la vida salvaje, a los animales más grandes como el elefante y el hipopótamo se los había perseguido con tanto fervor que se habían retirado a las tierras salvajes del norte. El comercio de marfil dependía por tanto del trueque y de las considerablemente peligrosas expediciones de caza: en Burchell leemos la historia de un cazador, un tal Carel Krieger, que es derribado de su caballo por un toro enloquecido, en una época en que (según censo de 1798) la población de hombres Blancos era de 5.546[5]. Krieger era una pérdida mucho más importante, en términos proporcionales, que ninguno de aquellos millares de bastardos engendrados con esclavas por salvajes progenitores escoceses que los dueños de esclavos mantenían para mejorar el linaje de los mismos[6]. De pasada podemos detenernos y echar un vistazo compungido a la pusilánime política de la Compañía en relación a la colonización Blanca, y contemplar con pesar y asombro el estancamiento de la población de Holanda durante el siglo XVIII (¿pereza?, ¿satisfacción consigo mismos?), y con una admiración nostálgica el crecimiento de Estados Unidos, que en la misma época aumentaron exponencialmente su población Blanca y controlaron con tanta eficacia el crecimiento de su población nativa que hacia 1870 había menos indios de los que había habido nunca. Todo el mundo era imprescindible en los primeros tiempos de la Colonia del Cabo. Sin embargo, en 1802 el propio hijo de Coetzee fue asesinado a manos de sus esclavos, y de toda su familia la única que sobrevivió fue su esposa[7]. Confiamos en que se volviera a casar.

 

El 14 de julio de 1760, en pleno invierno, Coetzee emprendió su expedición al norte. Se llevó con él seis sirvientes hotentotes y veinticuatro bueyes, dos tiros, para su carromato. Viajando de noche para que el ganado pudiera pacer de día, y haciendo turnos de doce horas, siguió la ruta de la expedición de Van Der Stel de 1685. Avanzó muy despacio por un territorio de extrañas colinas piramidales de arenisca y de llanuras arenosas donde sus ruedas se hundían hasta el eje. Erosionadas por el viento y la lluvia, las colinas presentaban un aspecto nudoso y melancólico. Les costó tres días cruzar el valle arenoso de Verloren Vallei. Los expedicionarios subsistían a base de las ovejas que mataban (esas ovejas del Cabo de rabo grueso) y de lo que caía bajo sus disparos, tal vez el gregario springbok. Los hotentotes de Coetzee no habían dejado de lado sus viejos hábitos alimentarios. Cortaban filetes del animal muerto y les desgajaban tiras en espiral igual que uno monda una manzana, si es que uno monda sus manzanas en espiral. Esas tiras las echaban sobre las cenizas del fuego y se las comían medio crudas. Otro hábito, de origen tal vez religioso, aunque es difícil ver qué se podría dignificar con el nombre de religión entre los hotentotes, por fortuna había desaparecido: el hábito de abrir en canal la garganta y el vientre de la oveja para que la sangre se derramara dentro de las visceras, después remover la mezcla con un palo y bebérsela con entusiasmo para presunto beneficio del espíritu. Cuando meditamos sobre esas prácticas podemos dar ciertamente las gracias de que en el contacto entre europeos y hotentotes el ejercicio de la influencia cultural lo llevaran a cabo exclusivamente los primeros sobre los segundos. Tendremos ocasión más adelante de reprobar otras prácticas culturales de los hotentotes, cuando la fuerza de mi comentario se sienta con mayor intensidad.

 

(«… Ãten tãten, ãten tãten», les cantaron los nativos del Cabo a los marineros naufragados del Haerlem, «ãten tãten, ãten tãten», y bailaban a un compás de dos por cuatro[8]». De ahí el apelativo hotentote).

 

El 18 de julio Coetzee cruzó el río Olifants en la latitud 31° 51’. Aquel río perenne corría con fuerza, y uno de sus bueyes debilitados se vio arrastrado a un destino acuático fatal. Diez años después de que Coetzee lo cruzara, los granjeros con cultivos de arroz afianzaron las orillas del río. Aunque técnicamente estaba en tierras de los bosquimanos, él todavía no se había encontrado con nadie. Giró en dirección nororiental para evitar el desierto de la costa. Con todos los bueyes uncidos emprendió el paso de las montañas Nardouw. El paso del tiempo ha erosionado esas montañas labrando en ellas grotescas cámaras, arcos y columnatas. Unos ojos recelosos contemplaron la comitiva desde nidos de montaña situados muy por encima del paso. Eran los ojos de los bosquimanos, que se tumbaban boca abajo sobre las altas cornisas rocosas, con sus arcos diminutos en la mano izquierda y sus aljabas de setenta u ochenta flechas cortas sobresaliéndoles en ángulo oblicuo de la cadera. Aquellos bosquimanos tenían buenas razones para mantenerse a una distancia respetuosa de las armas de fuego de los colonos. Debido a que vivían como cazadores y recolectores de raíces comestibles y frutas silvestres, los había afectado dolorosamente la disminución de la población de antílopes, de manera que habían empezado a acechar en las afueras de los asentamientos en espera de la oportunidad de asaltar a un granjero desprevenido y marcharse con su rebaño. A los animales robados se los trataba de forma bárbara. Junto con los esquimales, los bosquimanos compartían la creencia repugnante de que los animales han sido colocados en la tierra no solamente para el sustento del hombre, sino también para gratificar sus apetitos más perversos. De la carne viva de un animal herido se arrancaba la parte gangrenosa con cuchillos romos de piedra. Al buey robado le cortaban un anca y se la comían delante de los ojos agonizantes de la bestia. Y si alguna vez el granjero estaba persiguiendo a los ladrones y parecía que los podía alcanzar, estos le cortaban despiadadamente al ganado el ligamento del corvejón y lo abandonaban. Para protegerse de semejantes depravaciones, los granjeros se habían organizado en forma de comandos defensivos cuyo propósito era crear una zona neutral o cinturón libre entre las granjas y la tierra salvaje por la que se movían los bosquimanos. Al carecer de los recursos para patrullar esa zona, el instrumento que adoptaron a regañadientes para mantenerla libre fue el terror. Pobre del bosquimano al que vieran en los límites del asentamiento. No importaba cómo de ligero de pies o hábil con el arco fuera, pronto descubría que no podía competir con las armas de fuego del comando montado. Empujados cada vez más al norte por esta presión implacable (y cada vez más al oeste por los invasores bantúes), los bosquimanos encontraron su refugio más seguro en el monte bajo de Kalahari, donde todavía en la actualidad mantienen sus costumbres ancestrales.

 

No olviden ustedes, sin embargo, que la política de terror no era indiscriminada. Mientras que los varones bosquimanos adultos resultaron ser incapaces de adaptarse al trabajo en el campo, sus hijos solían ser manejables, los hijos varones, con su conocimiento asombroso del veld, y daban pastores de rebaños muy buenos, mientras que las viudas y las hijas hembras pronto se volvían lo bastante dóciles como para trabajar en la casa. Por tanto las expediciones de los comandos no eran en ningún sentido genocidas. Incluso algunos varones adultos sobrevivían en cautividad. Wilhelm Bleek, el famoso estudioso de los idiomas bosquimanos, encontró a sus dos principales informadores en sendos ancianos que trabajaban con grilletes en el rompeolas de Ciudad del Cabo.

 

El paso de las montañas Nardouw permitió a Coetzee divisar la escarpadura de Onder Bokkeveld, que bordeó. Ahora el suelo era áspero y pedregoso. Las lluvias llegaron tarde en 1760, y la comitiva usó todos los refugios que pudo encontrar para protegerse de las tormentas eléctricas repentinas con granizo tan grande como huevos de paloma (14 mm de diámetro). Los bueyes aterrados se acurrucaban juntos y los hombres se acuclillaban al abrigo del carromato, fumando y diciendo palabrotas. En el distrito de las Piquetberg se cultivaba tabaco, pero no en la granja de Coetzee. Es bien sabido que el tabaco y el coñac fueron cruciales para corromper la cultura de los hotentotes. A cambio de esos lujos los hotentotes se desprendieron de su riqueza en vacas y ovejas, reduciéndose a sí mismos a la condición de raza de ladrones, vagabundos y mendigos. Del estupor que les inducía el tabaco no los sacaba ni siquiera el hambre. Se pasaban el día entero tumbados junto a sus chozas, rotando para mantenerse al sol cuando hacía fresco y a la sombra cuando hacía calor, con una indolencia tal que su refugio del hambre no era el cansancio de la caza sino el sueño anodino o la música atroz del gowra, un instrumento de cierto interés que describiré más adelante. El efecto narcótico del tabaco era bien conocido por los hotentotes, que se divertían envenenando serpientes con aceite de nicotina de sus pipas.

 

Los sirvientes de Coetzee se habían visto divorciados a la fuerza de la indolencia de una cultura tribal degenerada. Después de perder su ganado, ellos o bien sus padres habían emigrado hasta situarse en la órbita de Coetzee. A cambio de su trabajo se les permitía construir sus chozas en la tierra de éste y llevar sus pequeños rebaños con los de él. Se les pagaba con cereales, azúcar y otros artículos esenciales, y con cantidades juiciosas de tabaco y coñac. Así es como Coetzee puso en su granja los cimientos de otra de esas relaciones duraderas en las que granjeros y sirvientes bailan lentamente en paralelo por el tiempo, el hijo del granjero y el hijo del sirviente jugando juntos a los dolosse. En el idioma hotentote no existía una palabra que significara «sí». Para representar su asentimiento, el hotentote repetía la última frase de la orden de su amo. El idioma hotentote ha perecido, pero uno todavía puede oír esos colofones antifonales en las granjas del Cabo Oeste, en afrikaans: «Llévalos al campamento norte». «Al campamento norte, amo». Sus chozas de zarzos curvados han dejado paso a casas de barro con tejados de hierro ondulado fabricadas en Benoni. Pero ni siquiera estas casas consiguen ser pintorescas: humo saliendo de sus fogones de madera, calabazas sobre el tejado, traseros desnudos de niños, etcétera. Existe en la historia un principio de estabilidad que refina a partir de todos los conflictos aquellas configuraciones con mayor probabilidad de perdurar. La granja silenciosa en la ladera, las chozas silenciosas en la hondonada, el cielo estrellado.

 

La región por la que ahora pasaba Coetzee no era virgen a las miradas europeas. Por allí habían pasado cazadores y comerciantes, a menudo sin el conocimiento de la Compañía. Pero la región era tan enorme, y sus exploradores tan escasos, que los historiadores podían considerar de manera legítima que sus rasgos eran desconocidos, y hacerse entre ellos la pregunta: ¿quién descubrió esto? O para ser más precisos, ¿qué europeo descubrió esto?, porque aunque la población nativa del subcontinente siempre ha sido escasa, nunca podemos estar seguros de que los primeros ojos que vieron un fenómeno indígena determinado no fueran ojos indígenas. Coetzee trazó su doble pasada (viaje de ida, viaje de regreso) a través del territorio parcialmente desconocido que había entre las Piquetberg y el río Orange, distinguiendo con su atenta mirada de cazador cada matorral que había a un radio de cien yardas de su carromato (los insectos y los reptiles más pequeños se retiran ante la mirada del descubridor). Estamos todos de acuerdo en que el camelopardo (la jirafa) se lo debemos a él, en su variedad austral. Pero discrepando de Thunberg, Sparrman, Paterson et al., los caballeros botánicos que inundaron el Cabo con el cambio de siglo, permítanme que reivindique para Coetzee el geelvygie (Malephora mollis), un suculento bocado tan astringente que los carneros furiosos la desentierran con los cuernos. El criterio para asignar descubrimientos que empleaban los caballeros de Europa era claramente provinciano. Requerían que todo espécimen llenara un hueco en sus taxonomías europeas. Pero cuando los bosquimanos vieron por primera vez la hierba que nosotros llamamos Asistida brevifolia, y hablaron entre ellos y descubrieron que era desconocida y la llamaron twaa, ¿acaso no se creó entre ellos un orden botánico implícito en el que la twaa encontraba su lugar? Y si aceptamos conceptos tales como una taxonomía bosquimana y un descubrimiento de los bosquimanos, ¿acaso no tenemos que aceptar los conceptos de una taxonomía de frontera y de un descubrimiento de los hombres de la frontera? «Yo no conozco esto, mi gente no lo conoce, pero al mismo tiempo sé cómo es, es como el rooigras, es una especie de rooigras, lo llamaré boesmansgras». Así se produce el momento interior de descubrimiento. A su manera Coetzee cabalgó como un dios a través de un mundo que solamente en parte disponía de nombres, diferenciando las cosas y otorgándoles existencia.

 

Ojalá yo tuviera aventuras de caza que narrar: un elefante macho girando de repente sobre sí mismo, por ejemplo, y destripando a un caballo, y el desventurado jinete salvado de sus colmillos iracundos gracias únicamente a un disparo oportuno. O una leona herida saltando sobre un porteador hotentote y liquidada demasiado tarde (ojos verdes, encías rojas) para impedir que el maloliente contenido del abdomen del porteador fuera lanzado al cielo. Las aventuras de caza le otorgan emoción, por espuria que sea, a la Historia. Su estructura es dramáticamente satisfactoria: complacencia (tengo un arma de fuego), turbación (mi arma no está cargada y tú tienes dientes/colmillos/cuernos), alivio (te tiras encima de otro y te acabo disparando pese a todo). Por desgracia Coetzee no era de esos cazadores que viven con frecuencia semejantes aventuras. Solamente disparó a dos elefantes durante la expedición que nos ocupa, y ambos (me estoy adelantando a mi historia) al norte del Orange. Un ojeador regresó avisando de que había una manada. Sin ser detectados, Coetzee y un porteador se les acercaron a pie (los elefantes, como sabemos, tienen mala vista, y los cazadores tenían el viento a favor). Coetzee se quitó los pantalones, como es costumbre entre los cazadores de elefantes, y abatió a un macho de un solo balazo detrás del hombro. La manada dio media vuelta y empezó a alejarse pesadamente. Coetzee corrió hasta su caballo y se puso a perseguirlos. Desde bastante cerca disparó al vientre de una hembra rezagada, obligándola a reducir la marcha hasta adoptar una caminata agonizante. Después llevó a cabo una maniobra que, aunque de apariencia peligrosa, era bastante ortodoxa. Volvió a cargar y giró por delante de la hembra. Desconcertada, ésta se detuvo a recuperar fuerzas, momento en el cual el porteador hotentote se aproximó a la bestia y le cortó de un hachazo el tendón de Aquiles. A continuación Coetzee se le acercó con tranquilidad y la despachó de un tiro detrás de la oreja. Le cortaron los colmillos y regresaron al carromato. Aquella noche (29 de agosto) los cazadores comieron corazón de elefante, una notoria exquisitez. La pata también es muy preciada, pero Coetzee la encontraba insípida. Confío en que hayan disfrutado ustedes de esta aventura.


Con el cruce de la latitud 31° S la expedición entró en el territorio de los namaqua. Ojalá pudiera alargarme sobre este pueblo considerablemente interesante. Nunca hay que confundir a los namaqua con los hotentotes del Cabo, un pueblo envilecido cuya organización tribal se desplomó para siempre bajo la arremetida de la viruela en 1713 y a los que Barrow llama justamente «los miembros más indefensos y desgraciados de la raza humana, cuyas caras se encuentran continuamente cubiertas de melancolía y pesimismo, cuyo nombre será olvidado o únicamente recordado como el de un difunto de poca monta[9]». Los namaqua cedieron a la presión de los asentamientos de la gente Blanca, pero no se hundieron hasta 1907. Los emisarios que les fueron enviados en 1661 fueron agasajados por un centenar de músicos. El siguiente enviado no los pudo encontrar, porque ya habían viajado a sus refugios en el interior.

 

Los namaqua eran de estatura media. Los hombres eran esbeltos y las mujeres gordezuelas. Sus pieles eran de color marrón amarillento, sus ojos negros y penetrantes como los de los bosquimanos (Bleek asegura que a simple vista los bosquimanos ya habían distinguido los satélites de Júpiter siglos antes que Galileo). Habiendo dominado el truco de introducirse los testículos de vuelta en el cuerpo, sus hombres eran reputados por la ligereza de sus pies. Sus mujeres, igual que las del antiguo Egipto, padecían una perceptible protuberancia de los labia minora, pero dado que era lo único que conocían, no lo veían como un defecto. Una gente muy interesante, y hasta muy curiosa, para el antropólogo. Fueron ellos quienes inventaron la espuela capuchina. A modo de protección contra la enfermedad se enrollaban alrededor del cuello tripas de leopardo. Su ansia de grasa era insaciable. Estruendosa era su celebración cuando daban con una ballena varada. Su sistema de parentesco. El amor romántico (la historia de la chica frustrada que se tiró por un precipicio[10]). Sus costumbres funerarias. La amputación de dedos como testimonio del dolor por la muerte de un ser querido. Las virtudes curativas de la orina masculina. Sus leyes y castigos: por robo de ganado, un baño en resina caliente; por incesto, amputación de un miembro; por homicidio, la extracción de los sesos a golpes. Su reticencia a venerar a un Ser Supremo («¿Por qué tenemos que rezarle a alguien que a veces trae sequía excesiva y a veces lluvias excesivas, cuando tendríamos que ver llover con moderación y de forma conveniente?»[11]). Material suficiente para un libro.

 

De esta manera la caravana de Coetzee entró en la tierra namaqua. Su carromato contenía: cuentas de porcelana negras, blancas y azules, tabaco, cuchillos, espejos, alambre de latón, tres mosquetes, balas, un barril de pólvora, un saco de perdigones, pedernales, lingotes de plomo y un molde para balas, mantas, una sierra, una pala, una hachuela, púas, clavos, cuerdas, lona, una aguja para velas, piel de buey, yugos, ronzales, alquitrán, brea, sebo, resina, pezoneras, garfios, aros, un fanal, arroz, galletas, harina, coñac, tres toneles de agua, un cofre de medicina y muchas otras cosas: la civilización, de hecho, in ovo. Cuando ya divisaban las Khamiesberg, su carromato se hundió hasta los ejes en la arena blanda. Después de extraerlo, se hundió otra vez. Bajo la presión de un doble tiro de bueyes, el eje (disselboom) se rompió. Aquel primer infortunio de la expedición dejó a sus sirvientes sumidos en una apatía desesperante. Carentes de toda iniciativa, se quedaron plantados con los ojos vidriosos y dando caladas a sus pipas. Una gente sin futuro. Solamente cuando se les bramó se movieron para descargar el carromato, amarrar el eje roto, construir un lecho de ramas y sacarlo a rastras. El resto del día lo pasaron cambiando el eje. El antiguo había sido de madera de assegaai. El nuevo era de madera de hierro, no tan resistente pero más duro y pesado. Por fortuna el encaje (tang) no estaba dañado.

 

Coetzee no miró ni a la derecha ni a la izquierda mientras pasaba por los desfiladeros de las montañas Khamies. Por la noche los termómetros se ponían por debajo del punto de congelación. Las cimas estaban nevadas. Por la mañana había que poner de pie al ganado, que tenía las articulaciones congeladas, pasándoles un palo en sentido longitudinal por debajo del pecho y el vientre. En una de sus paradas (18 de agosto) la expedición dejó atrás lo siguiente: las cenizas de la fogata nocturna, completa la combustión, un rasgo de los climas secos; heces en forma de montoncitos dispersos por una zona amplia, herbívoras en campo abierto y carnívoras detrás de las rocas; manchas de orina con restos minúsculos de sales de cobre; hojas de té; los huesos de las patas de un springbok; doce centímetros de cuerda trenzada de cuero de buey; cenizas de tabaco, y una bala de mosquete. Las heces se secaron a lo largo del día. La cuerda y los huesos se los comió una hiena el 22 de agosto. Una tormenta el 2 de noviembre dispersó todo lo demás. La bala de mosquete no estaba en el lugar el 18 de agosto de 1933.

 

Del cuero cabelludo y la barba, pelos muertos y escamas. De los oídos, migas de cera. De la nariz, mocos y sangre (Klawer y Dikkop, una caída el primero y varios golpes el segundo). De los ojos, lágrimas y una pasta legañosa. De la boca, sangre, dientes podridos, cálculos, flema, vómito. De la piel, pus, sangre, costras, plasma supurante (Plaatje, quemadura de pólvora), sudor, sebo, escamas, pelo. Fragmentos de uñas, podredumbre interdactilar. Orina y las minúsculas piedras de riñón (el agua del Cabo es rica en álcalis). Esmegma (la circuncisión está restringida a los bantúes). Materia fecal, sangre, pus (Dikkop, veneno). Semen (todos). Estos restos, depositados por Sudáfrica a lo largo de dos recorridos, pronto desaparecieron bajo el sol, el viento, la lluvia y las atenciones del reino insectil, aunque sus constituyentes atómicos continúan por supuesto entre nosotros. Scripta manent. Las balas de mosquete —las que alcanzaron su objetivo y fueron posteriormente extraídas; las que alcanzaron su objetivo más o menos pero nunca fueron recuperadas, después de que su objetivo deambulara por el veld hasta trastabillar y caer por culpa de la pérdida de sangre, o bien recobrara las fuerzas lentamente durante un periodo de varias semanas y sobreviviera convertido en madre del plomo; y por fin aquellas que no alcanzaron su objetivo, sino que cayeron a la tierra y se incrustaron en ella, o bien se desplomaron sin fuerza en su superficie— conmemoraron su viaje en ambos sentidos. En los desfiladeros de las montañas Khamies abundaba la caza. Los desiertos del Koa eran yermos y presentaban una gran variedad de peligros. Nunca llovía. El agua para beber llegaba de manantiales subterráneos cuyas bocas los bosquimanos cubrían para reducir la evaporación. Los bosquimanos del desierto son todavía hoy conocidos por su crueldad. Preparaban veneno aporreando el cuerpo de cierta araña negra, del género Mygale, dentro del jugo de la Amaryllis toxicaría (giftbol). Un simple arañazo de una punta de flecha cubierta de aquel veneno tenía como resultado la permanencia del veneno y una muerte dolorosa. A los enemigos capturados se los destripaba y en una variante sin par del uroboros se les daban sus propias entrañas para que las digirieran, o bien se los enterraba hasta el cuello y se los dejaba allí para que fueran pasto de los buitres, o se los despojaba de las plantas de los pies. La seguridad de la expedición de Coetzee dependía de su velocidad y su vigilancia. Viajando de noche, cubrieron las cien millas que los separaban del Gran Río en cinco días. Murieron varias piezas de ganado. Las siguientes cosas también contribuyeron a su supervivencia.

 

Un lecho de trufas (raíces de kambros, del género Terfezia), 29° 29’ S, 18° 25’ E. Una avutarda (gompou, Otis kori, descubrimiento atribuido a Burchell) de

 

dieciséis kilos de peso, que pereció bajo un diluvio de perdigones y guijarros procedentes del arma de Klawer. Por desgracia, esta avutarda se encuentra casi extinta.

 

Un korhaan, de nueve kilos de peso, despojado de la capacidad de volar por un perdigón de la misma arma de fuego (¡bravo, Klawer!) y de la cabeza después de una persecución al amanecer por el veld (zig korhaan, zig Klawer, zag korhaan, zag Klawer), 29° 20’ S, 18° 27’ E.

 

Hormigas fritas, una comida en la que solamente participaron los hotentotes, 29° 16’ S, 18° 26’ E.

Y así es como el 24 de agosto Coetzee llegó al Gran Río (el Gariep, el Orange). La imagen que lo esperaba era majestuosa, el agua fluyendo con fuerza por su amplio cauce, su rugido resonando en los acantilados. Allí podría haber descansado todo el día, podría haber instalado su morada, disfrutando de la sombra de los sauces (el Salix gariepina, no el sauce llorón) e inhalando las frescas brisas. Sus hotentotes, contentos de poderse resguardar del sol abrasador, habían tirado a un lado su ropa y estaban tumbados desnudos a la sombra o bien nadaban sin miedo en la corriente. El arrullo de las palomas alivió su oído. El ganado, desyuntado, bebía en la orilla del agua. El vio que las orillas, vestidas de árboles (zwartebast, karreehout), podían cubrir todas las necesidades de madera de la colonización. No podía ver que el curso del río estaba plagado de cascadas y rápidos, ni que desembocaba en una franja costera particularmente desolada. Tuvo un sueño paternal de balsas cargadas de productos navegando río abajo y de las goletas que las esperaban en el mar.

 

Bautizó a su descubrimiento el Gran Río. Un tal Robert Jacob Gordon, que nació en Doesburg en 1743 y se suicidó en Ciudad del Cabo en 1795, llegó al Gran Río en 1777 y lo rebautizó en honor a la Casa de Orange. Lamentablemente el segundo apelativo es el que ha perdurado.

 

Y ya hemos llegado al final de la parte de la narración de Coetzee que pertenece a los anales de la exploración. Su viaje y su estancia al norte del Gran Río, su regreso y su segunda expedición en compañía de Hendrik Hop, por muy llenos de incidentes que estén, vienen a ser sin embargo irrelevantes para la historia. El empuje del hombre hacia el futuro es la Historia. Todo lo demás, los coqueteos en los márgenes, el camino reandado, pertenece a la anécdota, a la velada junto al fuego del hogar.

 

Después de vadear el Gran Río, Coetzee giró al nordeste siguiendo el río Leeuwen (//Houm). Durante cuatro días el terreno fue montañoso. Al quinto día salió a una llanura plana y cubierta de hierba, la tierra de los namaqua grandes. Parlamentó con sus líderes, asegurándoles que su única intención era cazar elefantes y recordándoles que viajaba bajo la protección del gobernador. Apaciguados por esta información, ellos lo dejaron pasar. Acampó en un manantial caliente que bautizó Warmbad. Hoy en día el manantial está cerrado y suministra agua a un hotel. Al aparecer ante su vista las Bunsenberg dio media vuelta. Por el camino se encontró con un grupo de namaqua que le dijeron que a diez días de marcha más al norte vivía «una especie de gente que ellos llamaban los damroqua, de apariencia leonada o amarilla, con melenas largas y ropa de hilo».

 

Abatió a tiros a dos bestias que en su inocencia creyó que eran una variedad de camello (kameelperd, jirafa), y se llevó las pieles a casa.

Regresó a su granja el 12 de octubre de 1760.

 

Confío en haber logrado evocar parte de la realidad de aquel extraordinario hombre .

 


 

APÉNDICE: DECLARACIÓN DE JACOBUS COETZEE

 

(1760)

 

 

Narración encargada por el Muy Honorable Rijk Tulbagh, consejero extraordinario de las Indias Holandesas y gobernador del Cabo de Buena Esperanza y de todas las dependencias del mismo, etc., etc., y llevada a cabo por el burgués Jacobus Coetsé, Janszoon, en relación al viaje emprendido por éste en el territorio de los namaqua grandes, tal como sigue:

 

 

Que el narrador, gozando de permiso por escrito del honorable gobernador para viajar al interior con el fin de cazar elefantes, el 16 de julio del año presente abandonó su morada cerca de las Piquetbergen con un carromato y seis hotentotes, cruzó los ríos Oliphants, Groene y Cous, y viajó hasta las Coperbergen visitadas por el gobernador Van Der Stel en el año 1685.

 

Que el narrador siguió avanzando hacia el norte y que después de viajar durante cuarenta días llegó al Gran Río, que el narrador no tiene conocimiento de que ninguna nación europea haya cruzado nunca, y que tiene por todas partes al menos cien o ciento veinte metros de ancho y es en su mayor parte muy profundo, salvo allí donde lo cruzó el narrador aprovechando un banco de arena ancho, y que en ambas orillas está infestado de los llamados Juncos Patrios. Que el narrador encontró ambas orillas cubiertas de una especie de arena o polvillo fino amarillo y reluciente, y que debido a su belleza recogió un poco y se lo llevó [sic] de vuelta con él.

Después de pasar el mencionado Gran Río, el narrador siguió viajando cada vez más al norte a lo largo de otro río que es afluente del ya mencionado Gran Río y que él bautizó como río León por la gran cantidad de leones que encontró en el lugar. El narrador se vio obligado a mantener el rumbo a lo largo del mencionado río durante cuatro días enteros antes de llegar el quinto día a una región llana y exuberante, el inicio de la tierra de los namaqua grandes, que habían vivido anteriormente a este lado del Gran Río pero que unos veinte años atrás emigraron al otro lado del mismo.

Una vez entre los namaqua grandes el narrador percibió que su llegada era contemplada por estos con cierto recelo; los nativos aparecían en gran número y ansiosos por decirle que su llegada les agradaba bien poco y que entre ellos su persona corría peligro. Pero al hacerles saber que había partido con permiso de Su Señoría el gobernador únicamente para cazar elefantes, sin tener más intención que ésa, y al hacerles una demostración de sus armas, ellos adoptaron una disposición más pacífica y le permitieron continuar su expedición al norte por sus tierras. El narrador afirma que le ayudó mucho el hecho de hablar con fluidez la lengua de los namaqua pequeños, que también se entiende entre esa nación, y que de esa manera les pudo explicar su Objetivo.

 

Después de viajar dos jornadas más desde allí, y después de detenerse el primer día junto a un manantial caliente, el narrador llegó el segundo día a una alta montaña que dado que estaba compuesta casi por completo de rocas negras él bautizó como el Swarteberg. Allí se le apareció una segunda tropa de namaqua, de naturaleza más amable que la primera, que le contó que a veinte días de viaje al norte del mencionado Swarteberg habitaba una gente locuaz que ellos llamaban los damraqua, de apariencia leonada o amarilla con melenas largas y ropa de hilo. Que el emisario de los damraqua había encontrado un traicionero final hacía poco tiempo a manos de unos sirvientes que por falta de metas habían caído en la Negra Melancolía. Que aquellos sirvientes habían huido con los namaqua que el narrador había conocido primero y que todavía habitaban entre ellos. Que por tanto él tenía que tratar con cautela con los antes mencionados y cuidarse siempre de su persona.

 

Por lo que respecta a dichos namaqua grandes, son según el narrador un pueblo notablemente extenso y cuentan con abundante ganado y ovejas de excelente calidad gracias a los pastos exuberantes y a los diversos arroyos que fluyen por su tierra. Con respecto a sus chozas, modo de vida, comida, ropa y armas, difieren poco de los demás hotentotes salvo por el hecho de que en vez de pieles de borrego se visten con pellejos de chacal y no se untan el cuerpo de grasa. Por lo demás les gustan las cuentas pero por encima de todo el cobre.

 

Habitan también en esa tierra de los namaqua grandes multitud de leones y rinocerontes, además de un animal hasta el momento desconocido, que no es tan pesado como el elefante pero sí considerablemente más alto, y que el narrador plantea a modo de conjetura, basándose además en su largo cuello, espalda con joroba y largas piernas, que si no es el verdadero camello, por lo menos es una especie del mismo. Estos animales son tan lentos y torpes de andares que en cierta ocasión el narrador después de perseguirlos alcanzó y abatió a dos de ellos sin dificultades, ambos hembras, una de las cuales tenía una cría que el narrador mantuvo con vida unos catorce días dándole salvado y agua, pero que acabó muriendo por falta de leche y comida adecuada, y cuyo pellejo el narrador se llevó consigo. El aspecto del animal adulto estaba sin embargo mal concebido por su piel, puesto que el joven está moteado y no tiene joroba en el lomo, mientras que el adulto carece de motas y tiene grandes jorobas. La carne de estos animales, sobre todo la de los jóvenes, es considerada por los namaqua una exquisitez excepcional.

 

El narrador también cuenta que encontró en dicha tierra de los namaqua grandes árboles enormes, el corazón de cuya madera más interior era de un tono rojo intenso poco común, y cuyas ramas estaban cargadas de hojas de trébol de gran tamaño y de flores amarillas. Y que encontró, además de varias montañas de cobre hasta entonces desconocidas, a unos cuatro días de viaje del Gran Río, una montaña completamente cubierta de un mineral amarillo resplandeciente, del que arrancó pequeños fragmentos y se los llevó consigo.

 

El narrador calcula que en total viajó durante unas buenas cincuenta y cuatro jornadas hacia el interior desde su antes mencionada granja de las Piquetbergen, y que en todo ese tiempo no disparó más que a dos elefantes, pero que varias veces vio sus huellas, y que a continuación regresó por el mismo camino que había tomado en el viaje hasta allí, y que en el viaje de regreso lo abandonaron sus sirvientes, pero no lo molestaron los mencionados namaqua y tampoco se encontró con los namaqua pequeños que cinco años antes partieron cruzando el río Cous.

 

Narrado al secretariado político en el Castillo de Buena Esperanza el 18 de noviembre de 1760.

 

X

 

Esta marca fue hecha por el narrador en mi presencia.

 

O. M. Bergh, Consejero y Secretario

 

Como testigos, L. Lund, P. L. Le Seuer

 

 

 


JOHN MAXWELL COETZEE (Ciudad del Cabo, Sudáfrica, 1940). J. M. Coetzee, Premio Nobel de Literatura en 2003, nació el 9 de febrero de 1940 en Ciudad del Cabo. Hijo de un abogado, este escritor, profesor y académico, se graduó en matemáticas y lengua inglesa en su ciudad natal y posteriormente se trasladó a Londres, donde trabajó como programador de ordenadores. En 1965 abandonó la capital británica y se instaló en Estados Unidos, donde estudió lingüística y literatura. En 2002 emigró de nuevo, esta vez a Australia, donde ejerce como profesor en la Universidad de Adelaida.

 

Debutó en 1974 como autor de ficción con Tierras del Poniente al que siguió En medio de ninguna parte (1977). En 1980 alcanzó notoriedad a raíz de la publicación de Esperando a los bárbaros y en 1983 obtiene su primer Premio Booker con Vida y época de Michael K. A partir de ese momento, la carrera literaria de Coetzee es cada vez más reconocida publicando otras novelas como: Foe (1986), una versión muy particular de las aventuras de Robinson Crusoe; La edad de hierro (1990); El maestro de Petersburgo (1994); Infancia (1998); Desgracia (1999) que le significa su segundo premio Booker; Juventud (2002); Elizabeth Costello (2003); Diario de un mal año (2007); Verano (2009) y La infancia de Jesús (2013).

 

Infancia, Juventud y Verano componen su autobiografía.

 

En España, J. M. Coetzee ha sido galardonado con el Premi Llibreter 2003.


 

Notas

 

 

[1]   Preparado por el Secretariado Político en el Castillo de Buena Esperanza, este documento ha sido publicado por E. C. Godée Molsbergen en su Reizen in Zuid Afrika in de Hollandse Tijd (La Haya, 1916), vol. 1, pp. 18-22. <<

 

[2]   Los hero-herero. Sobre la interesante especulación, aceptada por Von Trotha, de que el nombre de los herero deriva de la expresión ova erero, «pueblos de antaño», véase Heinrich Vedder, The Native Tribes of South Africa (Ciudad del Cabo, 1928), p. 155. <<


[3]   John Barrow, Travels in the Interior of Southern Africa (Londres, 1801), vol. 1, pp. 182-184. <<

 

[4]   Researches in South Africa (Londres, 1828), p. IX. <<

  

[5]   William J. Burchell, Travels in the Interior of Southern Africa (Londres, 1822), vol. 1, p. 301. <<

 

[6]   Anónimo, Remarks on the Demoralising Influence of Slavery (Londres, 1828), p. 101. <<

 

[7]   H. Lichtenstein registra este relato atroz en su Travels in Southern Africa (1811) (Ciudad del Cabo, 1928), vol. l, p. 125. <<

 

[8]   Diario de Leendert Janssen, códice de La Haya 1067 bis (OD 1648 II). <<

 

[9]   Barrow, Travels, vol. l, pp. 144, 148, 152. <<

 

[10] Olfert Dapper, Naukeurige Beschrijvinge der Afrikaensche Gewesten (Amsterdam, 1668), p. 72. <<

 

[11] Dapper, p. 85. <<

 



FIN

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