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Libro N° 14334. Una Tragedia Americana. Dreiser, Theodore.


© Libro N° 14334Una Tragedia Americana. Dreiser, Theodore.  Emancipación. Octubre 4 de 2025

 

Título Original: © Una Tragedia Americana. Dreiser, Theodore.

 

Versión Original: © Una Tragedia Americana. Dreiser, Theodore.

 

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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: 

Guillermo Molina Miranda




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UNA TRAGEDIA AMERICANA

THEODORE DREISER


THEODORE DREISER




Una tragedia americana




Traducción de Mariano Horta Manzano

Prólogo de Horacio Vázquez Rial




CÍRCULO DE LECTORES

Título de la edición original: An American Tragedy


Traducción del inglés: Mariano Horta Manzano, cedida por Luis de Caralt Editor, S.A.

Revisión de la traducción: Jorge García

Diseño: Winfried Bährle

Círculo de Lectores, S.A.

Valencia, 344, 08009 Barcelona 1357929068642


Licencia editorial para Círculo de Lectores por cortesía de Theodore Dreiser Trust.


Está prohibida la venta de este libro a personas que no pertenezcan a Círculo de Lectores.


© 1925 by Horace Liveright, Inc. © 1926 by Theodore Dreiser


Depósito legal: B. 13650-1992

Fotocomposición: punt groe & associais, s.a.,

Barcelona Impresión y encuadernación:


Printer industria gráfica, s.a. N. II, Cuatro caminos s/n, 08620 Sant Vicenç dels Horts Barcelona, 1992.

Printed in Spain.


ISBN 84-226-4050-3 N.° 24166

 


UNA TRAGEDIA AMERICANA



Un obstáculo se interpone entre Clyde Griffiths y la mujer que le ha de proporcionar lo que más ambiciona en este mundo, el dinero, y ese obstáculo se llama Roberta Alden, su prometida.


Un inocente paseo en barca se convertirá en el principio de una pesadilla.




La obsesión por el éxito económico para obtener el reconocimiento social crea en la mente humana el falso espejismo de una carrera en línea recta hacia la cumbre, pero la realidad, más pronto o más tarde, se encarga de convertir esta falsa ilusión en un tortuoso hilo de Ariadna.


La ambición se convierte entonces en una cruel pesadilla. Una tragedia americana es la obra cumbre de la vida literaria del escritor americano Theodore Dreiser y se convierte en una formidable alegoría de gran calidad literaria sobre el llamado paraíso de las oportunidades. Inspirándose en un suceso real, el escritor cuenta la historia de un joven sometido al estigma de la ambición para quien el sueño americano es el sueño del poder y el dinero.


Su conciencia se encuentra escindida entre sus sentimientos hacia las personas y los que se hallan sometidos a la ambición y al dinero.





Theodore Dreiser nació en Indiana en 1871.


La necesidad le obliga a abandonar la universidad y ejerce de periodista en Chicago, Saint Louis y más tarde en Nueva York. Su primera novela, La hermana Carrie, publicada en el año 1900 fue el inicio de una larga batalla legal con la justicia que había retirado los ejemplares de las librerías como resultado del escándalo que suscitó la visión crítica de la competitiva e individualista sociedad americana. Dreiser ha publicado varios trabajos como ensayista y las novelas Jennie Gerhard (1911),


El financiero (1912), El titán (1914), El genio (1915), El estoico

(1946), y El baluarte (1946).

 


Theodore Dreiser y Una tragedia americana


THEODORE DREISER EN LA LITERATURA NORTEAMERICANA



La vida y la obra de Theodore Dreiser (1871-1945) representan, revelan y explican la historia de los Estados Unidos de América, desde su definitivo establecimiento como Estado nacional hasta su consolidación como primera potencia mundial. Nacido seis años después de la Guerra de Secesión y del asesinato de Lincoln, Dreiser muere hacia el final de la Segunda Guerra Mundial, tras haber participado activamente en el desarrollo de su país y dado testimonio de buen número de los fenómenos sociales que tuvieron lugar en su curso.


El papel de Dreiser en la narrativa norteamericana es de especial relieve. Con La hermana Carrie, publicada en 1900, no solamente inicia el siglo, sino que abre paso a una forma de entender la literatura, muy próspera en las décadas siguientes y aún viva en la actualidad: junto a Edith Wharton (1862-1937) —algo mayor que él, pero cuya primera novela, The house of myrth, no apareció hasta 1905—, Dreiser sienta las bases y perfila el proyecto del realismo crítico, característico de la novela americana moderna, que culmina en los escritores surgidos después de la Primera Guerra Mundial, la generación a la que Gertrude Stein calificó de «perdida». Dreiser recoge la herencia decimonónica y abre el camino a Sinclair Lewis, Sherwood Anderson, Scott Fitzgerald, John Dos Passos, Ernest Hemingway, William Faulkner, Thomas Wolfe, Erskine Caldwell, John Steinbeck y James T. Farrell.


El siglo XIX había llevado la marca del idealismo ético, encamado, después de Franklin, en Ralph Waldo Emerson y Henry David Thoreau. Estos autores proporcionaron los puntos de partida ideológicos imprescindibles para la construcción de un nuevo Estado democrático, y sus postulados dieron fundamento a la voz profética, sensual, a un tiempo lírica y épica de Walt Whitman, cuya obra Hojas de hierba, que se publicó por primera vez, en forma de escueto folleto, en 1855, fue creciendo hasta alcanzar, en una última edición en vida del poeta, en 1892, las enormes dimensiones hoy conocidas. Whitman presenció la transformación integral de la vida, económica, social y cultural de los Estados Unidos, que tuvo su expresión violenta y su inflexión decisiva en la Guerra Civil, pero sus sólidas convicciones republicanas y su idea, un tanto ingenua, del capitalismo en ascenso, del que fue cantor entusiasta, le impidieron ver las peores consecuencias de la expansión de las finanzas y la industria en el gran territorio unificado que Lincoln legó a los suyos.


La conquista política de ese territorio fue en parte precedente a su conquista física, muy tardía en su porción occidental. El lejano oeste, mundo de ganaderos y buscadores de oro, fue finalmente integrado por el ferrocarril, la primera de cuyas líneas, la del Central Pacific, se construyó entre Omaha (Nebraska) y San Francisco, en 1869, dos años antes del nacimiento de Dreiser; la última, la de South Pacific, de Nueva Orleans a Los Ángeles, se construyó en 1883, cuando él tenía ya doce años. El proceso de incorporación real de esa zona del país contó con testigos literarios de excepción, iniciadores de una tradición realista que Dreiser asumió para su lectura del universo financiero e industrial: Mark

 

Twain, Francis Bret Harte, Ambrose Bierce, Jack London y Willa Cather, entre otros.


A lo largo del siglo XIX, los Estados Unidos se fueron poblando por medio de una generosa política de acogida de inmigrantes europeos, que llegaron a millones —casi cinco, únicamente entre 1830 y 1860, y muchos más posteriormente— La casi absoluta libertad para el trabajo y la empresa individual que allí encontraron, al amparo de un proyecto de justicia e igualdad, les convirtió pronto en ciudadanos americanos, pero ello no impidió la aparición de una literatura en que se manifestaba la preocupación de las clases ilustradas por los vínculos históricos, culturales y morales con el viejo continente: Henry James y George Santayana son buena muestra de ello. Dreiser, no obstante descender de inmigrantes, es un escritor decididamente americano, y su visión del conjunto de la cultura de Occidente está más ligada a un patrimonio intelectual cosmopo-lita perfectamente aclimatado, que a una atención prioritaria al pasado y la experiencia de Europa. El que una personalidad tan urbana e internacional como Gertrude Stein publicase en 1925 The Making of Americans —traducido entre nosotros por Mariano Antolín Rato con el título Ser norteamericanos— da la pauta de la coincidencia de protagonismo de los intelectuales del siglo XX en los Estados Unidos, que no solamente hacían efectiva la sentencia de Thoreau de que «un solo hombre que tiene razón constituye una mayoría», sino que emprendían la crítica del sistema en que vivían, en la seguridad de estar realizando la crítica de las relaciones entre los seres humanos en todo el planeta.


Morton Dauwen Zabel, en su Historia de la literatura norteamericana, sostiene que la literatura realista crítica de la vuelta del siglo surge como respuesta a la cuestión de qué riqueza es más importante, si la de la libertad y la justicia social, o la del poder y el dinero. Según este historiador, el pueblo americano se vio forzado a preguntarse: «Los ideales de justicia y de igualdad humanas para los que fue creada esta república, ¿pueden sobrevivir en una época de agresión financiera y capitalista? ¿Puede una nación de hombres libres permanecer libre ante la gradual esclavización de las masas por la máquina, la industria y las finanzas internacionales? ¿O el creciente materialismo del mundo moderno conseguirá ahogar la gran fe en los derechos del hombre que inspiró originalmente a América?». Estas dudas, estos interrogantes, subyacen a la obra de los grandes precursores de Dreiser, los novelistas aparecidos inmediatamente después de la Guerra Civil —William Dean Howells, John Hay, Hamlin Garland—, y los realistas de la última década del XIX: Stephen Crane, Henry B. Fuller, Harold Frederic y, sobre todo, Frank Norris.




LA OBRA DE THEODORE DREISER


Theodore Dreiser nació en Indiana, en un hogar singular. Su padre era un inmigrante alemán fanáticamente católico; su madre, hija de centroeuropeos establecidos en Pensilvania, pertenecía a la iglesia menonita. Por lo que parece, estos extremos religiosos habían suscitado el rechazo del vecindario, de modo que su pobreza, que les impedía alimentar normalmente a sus hijos, no hallaba ni siquiera una mínima solidaridad compensatoria. El padre sobrevivía como trabajador temporal trashumante, mientras la madre administraba la miseria. Los hijos, tan pronto como alcanzaban la edad imprescindible, abandonaban el hogar para procurarse el sustento. Dreiser logró alcanzar

 




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la escuela secundaria. Uno de sus profesores, percatándose de sus dotes, le proporcionó dinero para un curso en la Universidad de Indiana, el único al que pudo asistir. Ejerció el periodismo en Chicago, en St. Louis y en algunas otras ciudades del Medio Oeste, antes de poder alcanzar Nueva York, donde su hermano Paul, que cambió su apellido por el de Dresser, había hecho una carrera discreta en Broadway como autor de canciones populares.


El mundo de los grandes negocios y la ambición, que hacía las veces de motor moral, tanto de sus protagonistas como de sus comparsas, fascinaban a Dreiser, situado, sin embargo, al margen de su dinámica: él nunca disfrutó de los privilegios de la riqueza americana, pero llegó a ser un profundo conocedor de los mecanismos de su creación, y un crítico agudo de quienes trepaban por la escala social ignorando todo escrúpulo. Dreiser consideraba la búsqueda del éxito como una enfermedad social, y abominaba de la dictadura del dinero, capaz de hundir en el infierno a los hombres sencillos, con sus aspiraciones y esperanzas. No obstante, Dreiser, consciente de la ley de hierro de la competencia, nunca refirió a la lucha de clases las situaciones límites de sus personajes: en su obra, es el individuo el que entra en colisión, y combate a muerte, con el conjunto de la sociedad que le circunda. Ello le aproxima claramente al Thomas Hardy de Jude el oscuro.


Esto es ya evidente en La hermana Carrie, la primera de las grandes novelas americanas del siglo XX, y la primera, también, publicada por su autor, con el decisivo apoyo de Frank Norris. Su aparición suscitó un escándalo de tal magnitud que fue retirada de las librerías e interdicta judicialmente. Dreiser recurrió y dio una larga batalla legal, antes de ver reeditado su libro, en 1908. ¿Qué encierra La hermana Carrie de tan irritante para la sociedad de su tiempo? Es la historia de una hija del campesinado del Medio Oeste, Caroline-Carrie-Meeber, de su migración a Chicago para huir de una vida miserable, y de su experiencia en la ciudad, narrada sin eufemismos ni concesiones de ningún tipo.


El tema de la mujer de clase baja que trata de abrirse paso en una sociedad dura no era novedoso, y había ocupado ya muchas páginas, desde Balzac hasta los naturalistas, antes de Dreiser. La peripecia de Carrie en Chicago se inicia en una fábrica de zapatos, pero ella necesita algo más que medios de subsistencia: vive en un mundo en que el dinero es un valor absoluto y omnipresente, y es joven y bella. La fábrica, en última instancia, no da mucho más que su lugar de origen. Entonces aparece Drout, un viajante de comercio, con el que establece una relación carnal veladamente utilitaria, y del que se separa al vincularse con Hurstwood, un hombre casado, próspero administrador de un restaurante, que lo abandona todo para seguirla. La ambición de Carrie, sin embargo, no se detiene allí, ni su idea de la felicidad está asociada al amor de un hombre: ella hará carrera en el teatro y abandonará a Hurstwood. Este es el verdadero personaje trágico de la novela: pobre, solo y deprimido, se ve abocado al vagabundeo y la mendicidad, y termina suicidándose en un sórdido albergue de Nueva York.


Con La hermana Carrie, ingresan en la literatura norteamericana la crítica despiadada de los valores burgueses y la institución familiar, y el sexo, tanto en su dimensión instintiva —en una nación puritana, llena de culpa en todo lo relativo al cuerpo— como en su dimensión económica, elementos ambos sobradamente suficientes para explicar su prohibición. Además, en un país en auge, en que se ha sobrevalorado la riqueza,

 




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Hurstwood representa el fracaso y la decadencia personal. El crítico Ludwig Lewisohn, tras preguntarse «qué fue lo que desde el comienzo puso a Theodore Dreiser aparte de sus contemporáneos y colegas, e hizo que la publicación definitiva de La hermana Carrie en 1907 constituyese una de las dos o tres fechas importantes en la historia de la civilización norteamericana», se extiende sobre la imagen personal del escritor para acabar sosteniendo que «quienes leyeron y saborearon plenamente todas las implicaciones [del libro] fueron quienes iban a liberar nuestra cultura y crear nuestra literatura moderna».


Dreiser escribió otras siete novelas, dos de ellas publicadas en forma póstuma. A la que acabamos de reseñar siguió, en 1911, Jennie Gerhard, donde se trata con inteligencia el problema de la emancipación femenina. Pero la estructura del poder y las finanzas interesaban más a Dreiser, intelectual y estéticamente, que los principios políticos. Fijó su atención en un personaje de su época, Charles Yerkes, que había hecho fortuna en la Filadelfia de finales del siglo XIX, fundando una banca y dominando económicamente en la región. Encarcelado por desfalco, Yerkes salió de la prisión para volver a empezar en Chicago, donde construyó la red de tranvías y trenes elevados, especuló y corrompió el sistema político y financiero. Obligado finalmente a salir de Chicago, marchó a Londres y, entre 1900 y 1905, presidió el grupo empresarial encargado de la construcción del metro y operó ilegalmente hasta su muerte. Dreiser convirtió a Yerkes en Frank Cowperwood, protagonista de la «trilogía del deseo»: El financiero (1912), El titán (1914) y El estoico (1946).


En 1915 apareció El genio, sobre las experiencias de un hombre con talento artístico, Eugene Witla, que reacciona violentamente contra el materialismo estético imperante. A los libros de ensayos y memorias, y a los relatos de Doce hombres, hay que añadir otra novela editada póstumamente: El baluarte (1946). Pero si con La hermana Carrie Dreiser dio lugar a un viraje en la historia de la literatura norteamericana, Una tragedia americana representa la culminación de su arte narrativo.




UNA TRAGEDIA AMERICANA


Publicada en 1925, antes que cualquiera de las obras mayores de la generación perdida — Look Homeward, Angel, de Wolfe, es de 1929—, esta novela, como las de la «trilogía del deseo», se basa en sucesos reales. En 1906, un joven del Estado de Nueva York, Chester Gillette, decidido a alcanzar el éxito económico, llegó a la conclusión de que la muchacha de origen modesto con la que se había comprometido constituía un obstáculo para su ascenso social, y la asesinó. En manos de Dreiser, Gillette se convierte en Clyde Griffiths, y su vida es un arquetipo de destino trágico en el más grande, próspero y confuso de los Estados nacionales burgueses. Según Dawen Zabel, Una tragedia americana no sólo es la obra maestra de Dreiser, sino también «su examen y su acusación más completos de las fuerzas que contribuyen a la derrota personal en la moderna sociedad competidora».


La de Clyde Griffiths es la historia de la seducción de un hombre por un sistema. Dreiser narra la transformación de un carácter, proceso en que un niño corriente deviene joven ambicioso. En cierto momento conviven en el personaje dos hombres distintos, opuestos: el que reconoce su compromiso con Roberta Alden, la joven pobre a la que ha dejado encinta, y el que, deslumbrado por la imagen de Sondra Finchley, rica y bellísima,

 




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rumia la muerte de la primera.


Lo que separa definitivamente a Griffiths de Rubempré, de Rastignac o de Sorel es la calidad de su ambición. Aunque el deseo de éxito social y de fortuna le sitúa en su proximidad, la idea de gloria, que siempre ronda a los héroes de Balzac y de Stendhal, es enteramente ajena al de Dreiser. Aquéllos actúan —y sus creadores escriben— en un medio aún estrictamente jerarquizado, en que el parvenu es un prototipo establecido, en tanto éste se mueve en un mundo señalado por la intensa movilidad social, en que la condición de nouveau riche, lejos de ser un baldón, resulta un mérito. Clyde Griffiths carece de grandeza y de estatura estética: su deseo es un deseo estúpido, indefinido, tosco, extraño a la pasión, un montón de «impulsos insidiosos» (Cari Van Doren, The American Novel) que le sumen en la indecisión y le precipitan en el fracaso. Está envuelto en la tragedia y, finalmente, la protagoniza, pero no en razón de su fuerza, sino de su debilidad.


Las circunstancias se adelantan a los deseos y a la imaginación de Griffiths, que, paralizado por la duda, no puede cometer el crimen mil veces proyectado, pero que, en cambio, presencia la muerte de Roberta, ahogada, sin hacer nada por salvarla: lo que Van Doren califica de «asesinato chapucero».


La maquinaria judicial lleva a Clyde Griffiths a la silla eléctrica inexorablemente, sin que Dreiser se pronuncie respecto de la condena. El ha expuesto una situación corriente, ha descrito un delito corriente, ha mostrado la actuación de un hombre corriente: ha compuesto una tragedia democrática. No reprocha al sistema el castigo impuesto a su personaje, sino el haberlo creado: le conmueven y le aterrorizan unas relaciones sociales capaces de producir individuos como Griffiths, de inducir en ellos aspiraciones que no son capaces de satisfacer.


Una tragedia americana es fruto de la larga experiencia literaria y de la profunda reflexión sobre la realidad de un pesimista activo, que alcanza su madurez técnica en la casi perfecta objetividad de su voz narrativa, que deja al lector el juicio último.


HORACIO VÁZQUEZ RIAL

 






























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Libro primero






CAPÍTULO PRIMERO



Primeras sombras de una noche de verano.


Las altas paredes del centro comercial de una ciudad americana de unos 400.000 habitantes. Paredes que, de momento, pueden bastar como decorado para una simple fábula.


Y en lo alto de la ancha calle, ahora relativamente silenciosa, un pequeño grupo de seis personas. Un hombre de unos cincuenta años, bajo, rechoncho, de enmarañados cabellos que asoman bajo un negro y redondo sombrero de fieltro. Un personaje de aspecto insignificante que tira de un pequeño armonio portátil tal como los que suelen usar los predicadores y cantores callejeros. Y con él una mujer unos cinco años más joven, alta, no tan corpulenta, pero de contextura sólida y vigorosa, muy sencilla de rostro y de vestido, pero sin aspecto hogareño, arrastrando de la mano a un niño de unos siete años y asiendo con la otra una Biblia y varios libros de himnos. Con estos tres, pero marchando detrás de forma independiente, una joven de unos quince años, un muchachito de doce y una niña de nueve, todos siguiendo obedientemente, pero no con demasiado entusiasmo, el rumbo de los otros.


Hacía calor, pero mezclado con una dulce languidez.


Cruzando en ángulo recto la gran calzada por la que iban caminando, discurría una segunda calle, encañonada, recorrida por multitudes y vehículos y diversas hileras de coches que tocaban sus campanas y avanzaban todo lo que podían entre los móviles y cambiantes arroyos del tráfico. Pero el pequeño grupo parecía no darse cuenta de todo lo que no fuera servir al propósito de abrirse camino entre las contendientes líneas de tráfico y los peatones que pasaban a su vera.


Habiendo llegado a una intersección en esta parte de la segunda avenida principal — en realidad se trataba de una alameda entre dos altas estructuras— ahora totalmente desprovista de cualquier clase de vida, el hombre dejó reposar el armonio, que la mujer abrió inmediatamente, disponiendo luego un atril sobre el que colocó un delgado libro de himnos. Después de entregar la Biblia al hombre, se colocó a su lado mientras el jovencito de doce años calzaba con un pedrusco la parte delantera del armonio. El hombre —que resultaba ser el padre— miró en torno suyo con ojos aparentemente llenos de confianza, y anunció, sin cuidarse de si tenía o no audiencia:


—Cantaremos primero un himno de alabanza, para que todo el que desee dar gracias al Señor pueda unírsenos. ¿Quieres tener la bondad, Hester?


Al escuchar esto, la chica mayor, que hasta entonces había tratado de aparecer lo más inconsciente e indiferente posible, acomodó su figura, más bien angulosa y sin desarrollar,




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sobre la silla de campaña colocada ante el armonio por el muchacho y pasó unas hojas del libro de himnos a la par que hacía funcionar el instrumento. Su madre observó:


—Creo que sería hermoso cantar esta noche el veintisiete: «Cuán dulce el bálsamo del amor de Jesús».


Por aquel entonces ya varios individuos de diversos géneros de vida, que regresaban a sus casas, al advertir el pequeño grupo que se disponía de esta guisa, vacilaron por un momento entre mirarlo de reojo o detenerse a comprobar la índole de su trabajo. Esta vacilación, centrada en el hombre que al parecer constituía el personaje principal de la escena, fue, aunque pasajera, captada por este último, que empezó a dirigirse a ellos como si estuvieran allí tan sólo para escucharle.


—Cantemos todos el veintisiete, o sea, «Cuán dulce el bálsamo del amor de Jesús». Entonces la joven empezó a interpretar la melodía en el órgano, emitiendo un tono


agudo pero refinado, al mismo tiempo que juntaba su voz, más bien alta, de soprano, con la de su madre y con la voz, un tanto dudosa, de barítono de su padre. Los otros niños mientras tanto canturreaban débilmente, habiendo cogido el muchacho y la jovencita sendos libros de himnos del pequeño montón apilado sobre el armonio. A medida que cantaban, el peculiar e indiferente auditorio callejero miraba fijamente, atraído por la originalidad de una familia de aspecto tan insignificante que levantaba en público su voz colectiva contra el vasto escepticismo y la apatía de la vida. Algunos se sentían interesados o conmovidos por la figura más bien dócil e inadecuada de la joven que tocaba el armonio, otros por la hechura tan poco práctica y materialmente ineficiente del padre, cuyos débiles ojos azules y más bien blanda y pobremente vestida figura hablaban más de fracaso que de otra cosa. Del grupo sólo la madre se erguía solitaria como si poseyese aquella fuerza y determinación que, aunque ciega o erróneamente, contribuyen a la supervivencia, si no al éxito en la vida. Ella, más que cualquiera de los otros, se alzaba con un ignorante, aunque, en cierto modo, respetable aire de convicción. Si ustedes la hubieran observado, con su libro de himnos puesto a un costado y la mirada clavada en el espacio que se extendía delante de ella, habrían dicho:


—Bien, he aquí una que, cualesquiera que sean sus defectos, probablemente actúa lo más posible conforme a sus creencias.


Una especie de dura fe combativa en la sabiduría y misericordia de aquel poder definidamente vigilante y todopoderoso que ella proclamaba, estaba escrita en cada uno de sus rasgos y gestos.


El amor de Jesús me salva de todo,


el amor de Dios mis pasos gobierna,


cantaba de forma resonante, aunque ligeramente nasal, entre los altos muros de los edificios adyacentes.


El muchacho se movía inquieto, descansando el cuerpo en uno y otro pie, con los ojos bajos, y durante la mayor parte del tiempo cantando sólo a medias. Una figura tan alta como esbelta coronada por una cabeza y un rostro interesantes —piel blanca, cabello negro—. Parecía más agudamente observador y decididamente más sensible que la mayoría de los otros; parecía resentirse de verdad e incluso sufrir por la posición en que se encontraba. Obviamente pagano antes que religioso, la vida le interesaba, aunque todavía

 




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era incapaz de darse cuenta del todo. Todo lo que de él podía decirse por el momento con certeza es que nada de lo que estaba haciendo por ahora le interesaba de una manera clara. Era demasiado joven, su mente demasiado sensible a clases de belleza y placer que tenían poco que ver, si es que tenían algo, con el remoto y nebuloso romance que obnubilaba las mentes de sus progenitores.


En realidad la vida en el hogar del que este joven formaba parte y los varios contactos, materiales y psíquicos, que hasta entonces habían sido suyos, no tendían a convencerle de la verdad y la fuerza de todo aquello en lo que su madre y su padre parecían creer y profesar con tanta certidumbre. Antes bien, presentaban el aspecto, a los ojos del joven, de hallarse más o menos turbados en su manera de vivir, al menos materialmente. Su padre estaba siempre leyendo la Biblia y hablando en reuniones en diferentes lugares, especialmente en la misión que él y la madre dirigían no lejos de esa esquina. Al mismo tiempo, tal como él entendía la cosa, recaudaban dinero de hombres de negocios, interesados o simplemente caritativos, de aquí y de allí, que parecían creer en tal trabajo filantrópico. No obstante, la familia estaba siempre «con el agua al cuello», nunca bien vestida, y privada de muchas comodidades y placeres que parecían bastante corrientes para otras personas. Y su padre y su madre estaban constantemente proclamando el amor y la misericordia y el cuidado que Dios tenía de él y de todos. Era obvio que había algo equivocado en algún sitio. No podía comprender bien en qué consistía, pero tampoco podía dejar de respetar a su madre, una mujer cuya fuerza y seriedad, así como su dulzura, le subyugaban. A pesar del mucho trabajo en la misión y de los cuidados familiares, se las arreglaba para mostrarse siempre abiertamente cariñosa, o al menos alentadora, declarando a menudo con mucho ahínco que «Dios proveerá» o «Dios abrirá camino», especialmente en tiempos de gran apuro a causa de la falta de comida o de ropa. Pero aparentemente, a pesar de esto, tal como él y los demás hermanos podían ver, Dios no mostraba ningún camino claro, aun cuando siempre hubiese una extrema necesidad de Su intervención favorable en los apuros.


Esta noche, mientras iba andando por la calle ancha con sus hermanas y hermano, deseó que no tuviesen que hacer esto más, o al menos que él no tuviese que formar parte de la comitiva. Otros muchachos no hacían cosas como éstas, y además, algunas veces, parecía algo vil e incluso degradante. En más de una ocasión, antes de salir a la calle de esta manera, otros muchachos iban a buscarle y se burlaban de su padre, porque éste no perdonaba ocasión de recalcar sus creencias o convicciones religiosas. Así, en un barrio en el que habían vivido cuando él no era más que un niño de siete años, como su padre preludiara toda conversación con un «Alabado sea el Señor», oía decir a los chiquillos:


—Ahí viene el viejo Alabado sea el Señor Griffiths.

O le preguntaban:

—Oye, tú eres el chico que tiene una hermana que toca el órgano. ¿No sabe tocar otra

cosa?


—¿Por qué tiene siempre que ir diciendo «Alabado sea el Señor»? Las demás gentes no lo hacen.


Era el viejo anhelo de la masa por encontrar una igualdad en todas las cosas lo que turbaba a la chiquillería y a él mismo. Ni su padre ni su madre eran como las demás personas, porque siempre estaban insistiendo acerca de la religión, y ahora, por último,

 




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incluso habían hecho de eso un negocio.


Esta noche en esta gran calle con sus coches y multitudes y altos edificios, se sentía avergonzado, expulsado de la vida normal, objeto de burla y de mofa. Los hermosos automóviles que cruzaban al lado, los peatones ociosos que se dirigían únicamente hacia los intereses y placeres que pudieran atraerlos; las alegres parejas de gente joven, riendo y bromeando, y los chiquillos mirando fijamente, todo esto le turbaba con la idea de una vida diferente, mejor, más bella que la suya o más bien que la de toda su familia.


Y, en aquel momento, individuos de aquel pasaje cambiante e inestable de la calle, que transformaba incesantemente su fisonomía en torno a ellos, parecieron captar el error psicológico de toda la escena que rodeaba a los niños, ya que dichas personas empezaron a cambiar comentarios entre sí, las más sofisticadas e indiferentes limitándose a alzar las cejas y a sonreír con desprecio y las más simpáticas o experimentadas hablando de la presencia inútil de estos niños.


—Hace ya dos o tres semanas que veo a menudo por aquí a esta gente —decía un joven dependiente que acababa de encontrarse con su muchacha y que iba escoltándola hacia un restaurante—. Deben de estar trabajando en alguna chifladura religiosa o algo por el estilo, supongo.


—El muchacho mayor no debería estar aquí. Se ve que se siente fuera de lugar, me he dado cuenta en seguida. No hay derecho a que un chiquillo haga esas cosas a menos que le guste. Claro que él no puede entender todo este lío.


Esta observación procedía de un desocupado paseante de unos cuarenta años de edad, uno de esos haraganes curiosos que se dedican a pasear por el centro comercial de una ciudad, abordando a un desconocido amable y al parecer sin prisa.


—Sí, yo también creo lo mismo —asintió el otro advirtiendo la expresión peculiar del rostro del muchacho y la lasitud de su cabeza.


En vista de la incómoda y disgustada apariencia de su cara en el momento en que la alzaba, no resultaba necesario ser muy inteligente para sugerir lo poco amable y lo absolutamente inútil que era forzar públicamente a un temperamento todavía inadecuado para absorber la importancia de servicios religiosos y psíquicos más propios de temperamentos reflexivos de edad madura. Pero, a pesar de todo, ése era el caso.


En cuanto al resto de la familia, tanto la niña como el niño más pequeño eran todavía demasiado jóvenes para comprender o preocuparse mucho por lo que sucedía en torno a ellos. En cuanto a la muchacha sentada ante el armonio, lo que más parecía importarle era llamar la atención y promover los comentarios que suscitaba su presencia y su canto, ya que más de una vez, no solamente personas desconocidas, sino su madre y su padre, le habían asegurado que tenía una voz hermosa y conmovedora, lo cual sólo era cierto en parte. No era una buena voz. En realidad ninguno de ellos entendía mucho de música. Físicamente tenía un aspecto pálido, enclenque e insignificante, sin verdadera fuerza o profundidad mental, y fácilmente se la inducía a conceder que éste era un campo excelente en el que distinguirse y atraer un poco la atención. En cuanto a los padres, estaban determinados a espiritualizar el mundo todo lo que pudieran, y, una vez concluido el himno, el padre se embarcó en una de esas melosas descripciones de las delicias propias de la entrega espiritual, consistente en la realización en uno mismo de la gracia de Dios y del amor de Jesucristo y de la voluntad divina hacia los pecadores, todo

 




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lo cual libera de los pesados cuidados de una mala conciencia.


—Todos los hombres son pecadores a los ojos del Señor —declaró— A menos que se arrepientan, a menos que acepten a Cristo y el amor y el perdón que El les brinda, nunca pueden conocer la felicidad de estar espiritualmente completos y limpios. ¡Oh, amigos míos! ¡Si llegarais a conocer la paz y el contento que sobrevienen con el entendimiento íntimo de que Cristo vivió y murió por vosotros y de que camina a vuestro lado día y noche, en la luz y en las tinieblas, cuando amanece y cuando anochece, para guardaros y fortaleceros en las tareas y preocupaciones mundanas que están ante cada uno de vosotros! ¡Oh las trampas y lazos que están tendidos en nuestro camino! Y, por el contrario, la comprobación consoladora de que Cristo está siempre con nosotros, para aconsejar, para ayudar, para animar, para curar nuestras heridas y sanarnos. ¡Oh la paz, la satisfacción, el gozo y la gloria de todo esto!


—¡Amén! —aseveró su esposa; y la hija, Hester, o Esta, tal como era llamada por la familia, movida por la necesidad de tanto apoyo público como fuese posible para todos ellos, repitió el Amén materno.


Clyde, el muchacho mayor, y la niña y el niño más pequeños se limitaron a mirar al suelo, o de cuando en cuando a su padre, con la sensación de que posiblemente todo esto podía ser muy verdadero y muy importante, pero sin embargo no tan significativo o atrayente como algunas de las otras cosas que mostraba la vida. Oían hablar demasiado de ello, y para sus mentes jóvenes y ávidas la vida parecía estar hecha de algo más que la calle y los discursos religiosos.


Finalmente, después de un segundo himno y de una arenga a cargo de la señora Griffiths, durante la cual aprovechó la oportunidad para referirse al trabajo misional llevado conjuntamente por ambos en una calle próxima, y a sus servicios a favor de la causa de Cristo en general, fue ofrecido un tercer himno, y distribuidos algunos folletos describiendo la tarea de redención realizada por la misión, aceptándose los donativos voluntarios que eran recogidos por Asa, el padre. El pequeño armonio fue cerrado, la silla de campo plegada y entregada a Clyde, la Biblia y los libros de himnos recogidos por Mr. Griffiths, y con el armonio asegurado con una correa de cuero sobre los hombros de Griffiths padre, se emprendió el camino hacia la misión.


Durante todo este tiempo, Clyde estuvo diciéndose a sí mismo que no deseaba hacer esto ni un momento más, que él y sus padres parecían chiflados y anormales —«indignos» habría sido la palabra que hubiese usado si tuviera capacidad suficiente para expresar toda la medida de su resentimiento por verse obligado a participar en aquello— y que no lo haría más si lograba impedirlo. ¿De qué les servía a ellos llevarle a él? Él no quería arrastrar semejante vida. Otros muchachos no tenían que hacer nada por el estilo. Meditaba ahora con más determinación que nunca una rebelión mediante la cual pudiese desembarazarse de la necesidad de salir de semejante forma. Que su hermana mayor fuese si quería; a ella le gustaba. Su hermano y su hermana pequeños eran demasiado jóvenes para preocuparse. Pero él...


—Esta noche la gente parecía estar más atenta que de costumbre; ha sido la impresión que he sacado —comentaba Griffiths con su esposa a medida que iban caminando, la seductora cualidad del airecillo veraniego de la noche dulcificando sus ideas y arrastrándole a una interpretación más generosa del habitual espíritu indiferente

 




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de los paseantes.


—Sí; veintisiete folletos repartidos esta noche en vez de los dieciocho que repartimos el martes.


—El amor de Cristo tiene que vencer al final —dijo el padre en tono consolador, para animarse tanto a sí mismo como a su esposa—. Los placeres y cuidados del mundo tienen mucha fuerza, pero cuando la gente se ve abrumada por la pena, entonces arraigan al-gunas de estas semillas.


—Estoy segura de eso. Ése es el pensamiento que siempre me mantiene. El dolor y el peso del pecado terminan por hacer ver a la gente el camino equivocado que iban siguiendo.


Entraron ahora en la estrecha calle lateral de la que habían emergido y después de pasar de largo una docena de puertas a partir de la esquina, entraron por la abertura de un edificio amarillento de un solo piso, construido de madera y cuya amplia ventana, así como los dos cristales situados en la puerta central, estaban pintados de un blanco grisáceo. A lo largo de la ventana y de los pequeños paneles de la doble puerta figuraba la siguiente leyenda: «La Casa de la Esperanza. Capilla de una Misión Independiente. Reuniones todos los miércoles y sábados por la noche, de ocho a diez. Los domingos a las once, a las tres y a las ocho. Bienvenido todo el mundo». Bajo esta leyenda aparecían también impresas las palabras «Dios es Amor», y luego, en letra más pequeña, «¿Cuánto tiempo hace que escribiste a tu madre?».


La pequeña compañía penetró por la amarillenta e insignificante puerta y desapareció.




CAPÍTULO 2



Que una familia tal, presentada así un tanto al desgaire, podía tener una historia diferente y más bien peculiar es algo que no costaría trabajo anticipar y que resultaría ser cierto. Realmente la familia en cuestión presentaba una de esas anomalías causadas por reflejos y motivos psíquicos y sociales de índole tal como para tentar la habilidad no sólo del psicólogo, sino del químico y del físico que trataran de descifrarla. Tomando para empezar a Asa Griffiths, el padre, éste era uno de esos individuos mal integrados y relacionados, producto de un ambiente y de una teoría de tipo religioso, pero sin ninguna idea o concepción mental propia, sin embargo sensible y, por tanto, altamente emocionable y, desde luego, sin el menor sentido práctico. Realmente resultaría difícil poner en claro qué es lo que le interesaba en la vida o cuál era la verdadera contextura de sus reacciones emotivas. Por otra parte, como ya se ha indicado, su esposa era de un temperamento más firme, pero apenas de sentido más práctico o de mayor penetración en cosa alguna.


La historia de este hombre y de su esposa no es de ningún interés particular, excepto por lo que afectaba a su hijo de doce años, Clyde Griffiths. Este joven, aparte de un cierto sentido emocional y exótico de la aventura que le caracterizaba, y que tenía más de su padre que de su madre, se hallaba dotado de una imaginación más vivida y más inteligente de las cosas, y constantemente estaba pensando en cómo podría mejorar, si se

 



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le presentase una oportunidad; sitios a los que podría ir, cosas que podría ver, y cuán diferentemente viviría con que tan sólo ciertas cosas se hicieran realidad. Lo que principalmente turbó a Clyde hasta sus quince años, y mucho tiempo después, de manera retrospectiva, fue que el oficio o profesión de sus padres era en verdad la cosa mezquina que parecía ser a los ojos de la gente. Demasiadas veces durante su juventud, en diferentes ciudades en las que sus padres habían conducido una misión o hablado en las calles — Grand Rapids, Detroit, Milwaukee, Chicago, últimamente Kansas City— había resultado obvio que las gentes, por lo menos los muchachos y muchachas con los que se encontraba, les miraban a él y a su hermano y hermanas, por el simple hecho de ser hijos de tales padres, de forma despreciativa. En varias ocasiones, y muy en contra del parecer de sus padres, que nunca aprobaban tales exhibiciones de temperamento, se había detenido a luchar con tal o cual muchacho. Pero siempre, derrotado o victorioso, había sido consciente del hecho de que el trabajo que sus padres hacían no era satisfactorio a los ojos de otras personas, sino que parecía mezquino y trivial. Y siempre estaba pensando en qué haría él por su parte, una vez que alcanzase una colocación que pudiera liberarle.


Pues los padres de Clyde no se habían mostrado nada prácticos en la cuestión del futuro de sus hijos. No comprendían la importancia o la necesidad esencial de alguna forma de aprendizaje práctico o profesional para todos y cada uno de sus vástagos. En lugar de eso, arropados en la noción de evangelizar el mundo, habían descuidado el llevar a sus hijos a la escuela en cada una de las ciudades visitadas. Se habían desplazado de aquí para allá, algunas veces en mitad mismo de una ventajosa temporada escolar, atraídos por un campo religioso mayor y más favorable en el que trabajar activamente. Y hubo ocasiones en que, resultando el trabajo poco provechoso, y siendo Asa incapaz de reunir mucho dinero con las dos labores que dominaba mejor, la jardinería y la confección de cañamazos para diversos usos, se veían sin comida suficiente o ropas decorosas, y los niños no podían ir a la escuela. Frente a tales situaciones, cualesquiera que pudiesen ser los pensamientos de los chiquillos, Asa y su mujer permanecían tan optimistas como siempre, o insistían en afirmar ese optimismo, jactándose de su fe inquebrantable en el Señor, cuya intención no podía ser menos que la de proveer lo necesario.


La combinación de hogar y misión que habitaba esta familia era lo bastante triste en la mayor parte de sus aspectos como para descorazonar al adolescente o a la muchacha media de cualquier fortaleza de espíritu. En su totalidad consistía en una larga nave de almacén en un edificio viejo y gris, construido en madera de la manera menos artística posible, que estaba situado en la parte de Kansas City que yace al norte del Independence Boulevard y al oeste de la avenida Troost, siendo llamado el lugar, o la calle exacta, Bickel, una travesía muy corta que desemboca en la avenida Missouri, calzada algo más larga, pero no menos extraña. Y toda la vecindad en que dicha casa se encontraba adolecía de un débil y nada agradable olorcillo a vida comercial, que desde hacía largo tiempo iba desplazándose poco a poco hacia el sur o hacia el oeste. Cinco manzanas más allá estaba el lugar donde dos veces por semana se celebraban las reuniones al aire libre de estos entusiastas y proselitistas religiosos.


Y era en la planta baja de este edificio, mirando hacia la calle Bickel con su frente de varios metros sombríos de casas igualmente mezquinas, donde se había improvisado una especie de vestíbulo con unas sesenta sillas plegables de madera, una tarima, un mapa de

 




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Palestina o de Tierra Santa, y a modo de decoración unos veinticinco carteles impresos, pero sin marcos, en los cuales se leía:


«El vino es un burlador, la bebida fuerte causa la rabia y aquel que resulta engañado pierde su sabiduría.»


«Toma tu escudo y tu coraza, y álzate en mi ayuda.» Libro de los Salmos, 35, 2.


«Y vosotros, mi rebaño, el rebaño de mi pastizal, sois hombres, y yo soy vuestro Dios, dice el Señor Dios.» Ezequiel, 34, 31.


«Oh Dios, Tú sabes mi locura, y mis sentidos no se te ocultan.» Libro de los Salmos,

69, 5.


«Si tenéis fe como un grano de mostaza, diréis a esta montaña que se traslade de aquí a otro lugar; y se trasladará, y nada os será imposible.» Mateo, 17, 20.


«Pues el día del Señor está cerca.» Abdías, 15.


«Pues no habrá recompensa alguna para el hombre malvado.» Proverbios, 24, 20. «No mires por tanto el vino cuando está rojo: muerde como una serpiente y


emponzoña como una víbora.» Proverbios, 23, 31-32.


Estos poderosos conjuros estaban colocados como fuentes de plata y oro en una pared de escorias.


La parte trasera de este piso vulgar era intrincada, pero estaba limpiamente dividida en tres pequeños dormitorios, una salita de estar que daba al patio y a vallas de madera no mejores que las que había en la fachada; también contaba con una combinación de cocina y comedor de exactamente tres metros cuadrados, y una habitación despensa para folletos misionales, himnarios, cajas, baúles y otras cosas de uso no inmediato, pero de presunto valor, propiedad de la familia. Esta habitación, particularmente pequeña, estaba situada justo a la espalda del vestíbulo de la misión, y a ella, antes o después de hablar, o en las ocasiones en que parecía importante celebrar una conferencia a solas, solían retirarse el señor y la señora Griffiths, y también, a veces, para meditar o rezar.


Con mucha frecuencia, Clyde, sus hermanas y su hermano pequeño habían visto a su madre o padre, o a ambos, en conferencia con alguna alma dejada de la mano de Dios o semiarrepentida que había acudido por consejo o ayuda, normalmente por ayuda. Y ahí a veces, cuando las dificultades financieras de sus padres eran mayores, se les podía encontrar meditando, o, como Asa Griffiths solía decir a veces en tono indefenso, «rogando para que se abriesen puertas», sistema más bien ineficaz, como Clyde comenzó a pensar más tarde.


Y toda la vecindad era tan triste y fracasada, que él odiaba el pensamiento de vivir allí, y mucho más de tener que formar parte de un trabajo que requería constantes peticiones de ayuda, así como constante oración y acción de gracias para poder sostenerlo.


La señora Elvira Griffiths, antes de su casamiento con Asa, no había sido más que una ignorante muchacha campesina, educada sin ideas religiosas de ninguna clase. Pero, habiéndose enamorado de Asa, se contagió del virus del evangelismo y del proselitismo que a él le dominaban, y le había seguido alegre y entusiasmada en todas sus aventuras y en todas sus peregrinaciones. Sintiéndose más bien adulada por la idea de que podía hablar y cantar con cierto arte, así como de que tenía aptitudes para atraer y persuadir y dominar a la gente con la «palabra de Dios», tal como ella la entendía, se había sentido más o menos satisfecha de sí misma en este aspecto y por tanto decidida a continuar.

 




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En ocasiones un pequeño grupo de personas seguía a los predicadores hasta su misión, o al enterarse de la existencia de ésta por el trabajo callejero de la pareja, tales personas aparecían allí más tarde, almas desviadas como hay muchas en todas partes. Y la obligación ineludible de Clyde durante los años que no había podido actuar por sí mismo era la de tener que acudir a esas reuniones. Y siempre se había sentido más irritado que seducido por los hombres y mujeres que llegaban allí. Y siempre su padre y su madre estaban diciendo «Amén» y «Gloria a Dios», y cantando himnos y después haciendo una colecta para los gastos de la reunión, colectas que, tal como él calculaba, eran lo bastante pequeñas como para no llegar del todo a mantener a flote a las distintas misiones que habían puesto en marcha.


La única cosa que realmente le interesaba en conexión con sus padres era la existencia en algún sitio del este, en una pequeña ciudad llamada Lycurgus, cerca de Utica —según le parecía a él—, de un tío, un hermano de su padre, que era totalmente diferente de todo esto. Ese tío, Samuel Griffiths, era rico. De una forma u otra, por observaciones casuales que se les escapaban a sus padres, Clyde había oído referencias a ciertas cosas que este tío suyo podría hacer por una persona si quisiera; referencias al hecho de que era un agudo y duro hombre de negocios; que tenía una gran casa y una extensa fábrica en Lycurgus para la manufactura de cuellos y camisas, donde empleaba a no menos de trescientas personas; que tenía un hijo que debía de ser, poco más o menos, de la edad de Clyde, y varias hijas, por lo menos dos, a las cuales Clyde se imaginaba viviendo en Lycurgus con el mayor lujo. Noticias de esta clase habían sido traídas aparentemente al oeste, de una manera u otra, por gente que conocía a Asa y a su hermano. Tal como Clyde se figuraba a este tío, debía de ser una especie de Creso, viviendo en medio de la comodidad y el fausto allí en el este, mientras que aquí en el oeste —Kansas City— él y sus padres y su hermano y hermanas vivían de la misma manera miserable, aburrida y precaria en que habían vivido siempre.


Pero para esto —aparte de lo que él hiciera por sí mismo, como empezó a ver pronto— no había ningún remedio. Pues a los quince años, e incluso un poco antes, Clyde comenzó a darse cuenta de que su educación, así como la de sus hermanas y hermano, había sido lamentablemente descuidada. Y le sería más bien difícil superar esta inferioridad, viendo que otros muchachos y muchachas, con más dinero y mejores hogares, eran aleccionados para distintas clases de trabajo. ¿Cómo iba uno a arrancar en tales circunstancias? Ya cuando a la edad de trece, catorce y quince años empezó a hojear los periódicos que, por ser demasiado mundanos, nunca habían sido admitidos en casa, se dio cuenta de que se necesitaba casi siempre mano de obra especializada o que eran solicitados muchachos para entrar en comercios por los que de momento no se sentía muy interesado. Porque lo cierto era que con respecto a la norma general de la juventud americana, o a la actitud normal americana hacia la vida, él se sentía a sí mismo por encima del tipo de labor puramente manual. ¿Cómo? ¡Darle vueltas a una máquina, apilar ladrillos, llegar a ser carpintero, o albañil, o fontanero, cuando muchachos no mejores que él eran oficinistas y dependientes de ultramarinos y contables y ayudantes en bancos o empleados municipales, era demasiado poco! ¿No era indigno y tan miserable como la vida que había estado llevando hasta entonces el tener que ponerse ropas viejas y levantarse por la mañana temprano y hacer todas las cosas ordinarias que esa gente tenía

 




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que hacer?


Pues Clyde era tan vano y orgulloso como pobre. Era uno de esos individuos interesantes que se miran a sí mismos como una cosa aparte, nunca del todo compenetrado y mezclado con la familia de la que era miembro, y nunca ligado por profundas obligaciones a quienes eran responsables de su llegada al mundo. Por el contrario, se sentía inclinado a estudiar a sus padres, no demasiado amarga o duramente, sino concediéndoles un ancho margen en cuanto a cualidades y aptitudes. Y, sin embargo, por más que se ocupara de tales pensamientos, nunca se sintió capaz —al menos hasta que no alcanzó los dieciséis años— de formular ninguna política con respecto a sí mismo, y ello sólo de una manera torpe y tanteante.


Incidentalmente, por aquel tiempo, la llamada o atractivo del sexo había empezado a manifestarse y el muchacho se sentía ya muy interesado y turbado por la belleza de las mujeres, por la atracción de éstas sobre él y la que él mismo pudiera ejercer personalmente. Y, de una manera natural y coincidente, la cuestión de sus trajes y de su apariencia física había empezado a turbarle no poco; el aspecto que él tenía y el que tenían otros muchachos. Ahora la resultaba penoso tener que pensar que sus trajes no estaban nada bien; que no era tan guapo como podría haberlo sido, ni tan interesante. ¡Qué cosa más mísera era haber nacido pobre y no tener a nadie que hiciera nada por uno y no ser tampoco capaz de hacer mucho por uno mismo!


Exámenes casuales de sí mismo en los espejos que hallaba al paso tendían más bien a darle la seguridad de que no era mal parecido; una nariz recta y bien dibujada, frente alta y blanca, cabello ondulado, brillante y negro, ojos muy oscuros y en ocasiones ligeramente melancólicos. Sin embargo, el hecho de que su familia era la infelicidad en persona, que él nunca había tenido verdaderos amigos, ni podría tenerlos, a su parecer, a causa del trabajo y de la conexión de sus padres, todo eso tendía ahora más y más a inducir una especie de depresión mental o de melancolía que no auguraba nada bueno para su futuro. Todo ello contribuía a hacer de él un rebelde y después a sumirle en ocasiones en un estado letárgico. A causa de sus padres, y a pesar de su propio aspecto personal, que era realmente agradable y más llamativo que el de la mayoría, se sentía inclinado a interpretar torcidamente las miradas interesadas que en ocasiones le eran lanzadas por muchachas jóvenes de vida muy diferente a la suya; la forma despreciativa y sin embargo más bien invitadora en que ellas le miraban para ver si estaba o no interesado, si era valiente o cobarde.


Y no obstante, aun antes de que hubiese ganado un solo céntimo con su propio esfuerzo, siempre se había dicho a sí mismo que toda la diferencia consistiría en tener únicamente un cuello mejor, una camisa más bonita, zapatos más elegantes, un buen traje, un abrigo suntuoso tal como los tenían otros muchachos. ¡Oh, los hermosos trajes, las bellas mansiones, los relojes, anillos, alfileres que algunos muchachos ostentaban; los jóvenes pisaverdes que no eran mayores que él! Algunos padres de muchachos de su edad llegaban incluso a dejarles sus propios coches para que los condujesen. Podía vérseles por las calles principales de Kansas City revoloteando aquí y allí como agitadas moscas. Y con ellos iban bonitas muchachas. Y él no tenía nada. Y nunca lo había tenido.


Y sin embargo el mundo estaba tan lleno de tantas cosas por hacer, había tanta gente tan feliz y triunfante. ¿Qué iba a hacer él? ¿Qué camino tomar? Había que agarrarse a algo

 




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y dominarlo, algo que le llevase a alguna parte. No podía decir el qué. No lo sabía exactamente. Y estos peculiares padres suyos no estaban en forma alguna preparados para aconsejarle.




CAPÍTULO 3


Una de las cosas que contribuyó a ensombrecer el humor de Clyde, justamente en la época en que estaba tratando de hallar alguna solución práctica para sí mismo, por no decir nada del profundo efecto descorazonador que ello tuvo sobre toda la familia Griffiths, fue el hecho de que su hermana Esta, por la que sentía no poco interés (aunque realmente tenían pocas cosas en común), se escapó de casa con un actor que estaba de paso trabajando en Kansas City y que momentáneamente se había encaprichado de ella.


La verdad con respecto a Esta era que, a pesar de su recatada educación y del aparente fervor religioso y moral que a veces parecía caracterizarla, era tan sólo una muchacha débil y sensual que de ninguna forma sabía todavía qué era lo que pensaba. A pesar de la atmósfera en que se movía, esencialmente no formaba parte de ella. Había llegado en sus prácticas y en su falsa actitud, de manera insensible y poco a poco, desde su primera infancia, hasta un extremo tal que por esta época, e incluso más tarde, ya no entendía el significado de todo aquello. Y en tanto que otras teorías o situaciones e impulsos de un carácter externo o incluso interno no surgían para chocar con aquellos supuestos previos, ella se sentía lo bastante a salvo. Pero una vez que surgieron, era obvio que sus nociones religiosas, al no estar fundadas en ninguna convicción o creencia suya propia, probablemente no resistirían el choque. Tanto más cuanto que durante todo el tiempo, y de manera no diferente a la de su hermano Clyde, sus pensamientos, así como sus emociones, estaban vagando aquí y allí — al amor, a las comodidades— en torno a cosas que por lo común tenían poco que ver, si es que tenían algo, con ninguna teoría religiosa de abnegación o autosacrificio. Dentro de ella había una química de sueños que en cierto modo contrapesaba todo cuanto se veía forzada a decir.


Pero ella no tenía ni la fuerza de Clyde ni, por otra parte, la resistencia de éste. Por lo general era una indolente, con una vaga inclinación hacia vestidos bonitos, sombreros, zapatos, cintas y cosas por el estilo, y, sobrepuesta a estas ansias, hacia la teoría o noción religiosa de que ella no debía ser así. Estaban las largas y brillantes calles de una mañana o una tarde después de la escuela o incluso ya de noche. El encanto de un grupo de muchachas bamboleándose juntas, cogidas del brazo, susurrándose secretillos, o el atractivo de muchachos bufonescos, pero que revelaban, a través de su limitada animalidad ridícula, la fuerza y el sentido de aquella química y la impaciencia por el sexo que yace en el fondo de todo pensamiento y acción juveniles. Y en ella misma, como de tiempo en tiempo observara a enamorados o pretendientes que se detenían en las esquinas o en las puertas, y que la miraban de manera ansiosa y provocativa, se producía una agitación, una palpitación de su sistema nervioso que hablaba sordamente a favor de todas las cosas en apariencia materiales de la vida y no a favor de los etéreos goces celestiales.


Y las miradas la atravesaban como un rayo invisible, pues su aspecto era agradable a

 




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la vista y se iba haciendo más y más atractiva de hora en hora. Y los sentimientos de otros despertaban en ella sentimientos de correspondencia.


Y luego un día, cuando volvía a casa de la escuela, un joven de aquella variedad conocida como «seductor» inició con ella una conversación, en gran parte a causa de una mirada y una apariencia que se asemejaban en mucho a una invitación. Y entonces poco le quedaba que hacer, pues era complaciente por naturaleza, si no amorosa. Sin embargo, tan grande había sido su aleccionamiento hogareño en cuanto a la necesidad de modestia, circunspección y pureza que, en esta ocasión, por lo menos, no hubo peligro de ningún desliz inmediato. Únicamente que este ataque, una vez realizado, fue seguido por otros, que fueron aceptados, o no evitados con la necesaria rapidez, y gradualmente sirvieron para derribar aquel muro de reserva que los preceptos de su hogar habían contribuido a erigir. Fue convirtiéndose en una muchacha que tenía sus secretos y que ocultaba sus pasos de la vista de sus padres.


Los jóvenes en ocasiones paseaban y hablaban con ella a pesar de sí misma. Demolían aquella excesiva timidez que la había caracterizado, y que había servido para rechazar a otros, por lo menos durante algún tiempo. Ahora estaba deseosa de nuevos contactos; soñaba con algún amor brillante, de tal o cual índole, alegre y maravilloso, con cualquier persona.


Finalmente, después de un paulatino pero vigoroso crecimiento interno de sentimientos y deseos, llegó este actor, una de esas vanas, hermosas y rudimentarias personalidades que no tienen más que trajes y apariencia, sin moral alguna (ningún gusto, ninguna cortesía y ni siquiera verdadera ternura), aunque de magnetismo compulsivo, que fue capaz, en el espacio de una corta semana y de unas cuantas reuniones, de engatusarla y enredarla en forma tal, que ella se dispuso realmente a hacer todo lo que él quisiera. Y la verdad era que él apenas si se cuidaba lo más mínimo de la muchacha. Para él, obtuso como era, no pasaba de ser una de tantas chicas —bastante bonita, claramente sensual e inexperimentada, una tonta que podía ser tomada con unas cuantas palabras dulces— ante la que desplegar un teatro de aparente afecto sincero, hablar de la oportunidad de una vida más grande y más libre fuera de allí, en otras grandes ciudades, haciéndola su esposa.


Y, sin embargo, sus palabras eran las mismas de un amante que fuese sincero. Todo lo que ella tenía que hacer, tal como él le explicaba, era marcharse con él y ser su prometida, inmediatamente, ahora mismo. Toda tardanza era inútil cuando se habían encontrado dos personas como ellos. Había ciertas dificultades para un casamiento aquí, que él no podía explicar —se refería a amistades—, pero en St. Louis tenía un amigo predicador que los casaría. Ella iba a tener nuevos y mejores vestidos de los que hubiese tenido nunca y conocería aventuras deliciosas y el amor. Viajaría con él y vería el gran mundo. No tendría que preocuparse de nada más que de él; y mientras que todo esto era para ella la pura verdad —la seguridad verbal de una pasión genuina—, para él era el más antiguo y útil tipo de halago, a menudo usado antes y siempre con éxito.


Así pues, en el espacio de unas simples semanas, a horas desusadas, por la mañana, por la tarde y por la noche, esta brujería química fue consumada.


Al volver a casa, más bien tarde, en la noche de un sábado de abril, después de un paseo que había dado por el centro comercial con objeto de librarse de los servicios

 




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regulares nocturnos de los sábados en la misión, Clyde se encontró a su madre y a su padre preocupados por la ausencia de Esta. Había tocado y cantado como de costumbre en la reunión. Parecía hallarse completamente bien. Después de la reunión se había ido a su cuarto, diciendo que se encontraba un poco indispuesta y que iba a acostarse pronto. Pero a las once, cuando Clyde regresó, a su madre se le había ocurrido echar un vistazo a la habitación y descubrió que la hija no estaba allí ni en toda la casa. Un cierto vacío que se notaba en el cuarto —algunas chucherías y vestidos aparecían revueltos y un viejo maletín familiar había desaparecido— fue lo primero que atrajo la atención de la madre. Después que la búsqueda por toda la casa demostró que la joven no estaba allí, Asa había salido para echar un vistazo por la calle. La muchacha solía pasear sola, o se sentaba o permanecía de pie enfrente de la misión cuando ésta se encontraba cerrada o sin visitantes.


Como esta búsqueda no revelase nada, Clyde y el padre se llegaron hasta la esquina y después recorrieron la avenida Missouri. Ni el menor rastro de Esta. A las doce regresaron y a continuación, naturalmente, la curiosidad en cuanto a su paradero fue cre-ciendo por momentos.


Al principio supusieron que podría haber dado un desacostumbrado paseo a cualquier sitio, pero cuando transcurrieron las doce y media, y finalmente la una y la una y media, y se seguía sin saber nada de Esta, estuvieron a punto de dar parte a la policía, lo cual fue evitado porque Clyde, al entrar en la habitación de su hermana, vio una nota sujeta con un alfiler a la almohada de su pequeña cama de madera —una misiva que había escapado a los ojos de su madre— Inmediatamente la cogió, curioso y comprensivo, pues a menudo él mismo se había imaginado que por su parte también emplearía este procedimiento, suponiendo que alguna vez desease marcharse subrepticiamente, procedimiento que tendría que emplear para informar a sus padres, ya que sabía que ellos nunca se resignarían a su partida a menos que se les permitiese estar enterados de todos los detalles. Pero ahora era Esta la que faltaba e indudablemente aquí había una nota parecida a la que podría haber dejado él mismo. La desenganchó, deseoso de leerla, pero en aquel momento su madre entró en la habitación y, viendo el papel en su mano, exclamó:


—¿Qué es eso? ¿Una nota? ¿Es de ella?


Él se la entregó y ella la abrió y la leyó rápidamente. Notó él que el rostro ancho y fuerte de su madre, siempre de un subido color rojizo, palidecía mientras se dirigía a la habitación contigua. Su boca grande se plegaba ahora en una firme línea recta. Su ancha y larga mano temblaba ligeramente al alzar la pequeña nota.


—¡Asa! —llamó, y entrando después en la habitación contigua donde éste se encontraba, con sus enmarañados y grises cabellos revueltos descuidadamente sobre su cabeza, dijo—: Lee esto.


Clyde, que la había seguido, vio cómo él tomaba la nota un poco nerviosamente, en su mano regordeta, sus labios siempre débiles y empezando a curvarse en el centro en arrugas diminutas por efecto de la edad, temblequeando ahora de una manera curiosa. Cualquiera que supiese la historia de su vida habría dicho que ésta era la expresión, un tanto acentuada, con la que había recibido la mayor parte de los imparables golpes que el destino le asestara en el pasado.

 




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—¡Tst! ¡Tst! ¡Tst! —fue el único sonido que hizo al principio, un ruido succionante de la lengua y del paladar, muy débil e inadecuado, según le pareció a Clyde. A continuación hubo otro ¡Tst! ¡Tst! ¡Tst!, mientras empezaba a mover la cabeza de un lado a otro. Luego:


—Pero, ¿qué supones que la haya impulsado a hacer esto?


Después se volvió y miró a su esposa, que le devolvió una mirada inexpresiva. A continuación, andando de arriba para abajo con las manos a la espalda, sus cortas piernas midiendo pasos inconscientes y extrañamente largos, sacudiendo de nuevo la cabeza, produjo otro ineficaz ¡Tst! ¡Tst! ¡Tst!


Tanto más impresionante, la señora Griffiths se mostraba ahora marcadamente diferente y más vital en esta situación de prueba, pareciendo pasar por toda su persona una especie de sombra visible, una especie de irritación o desgana ante la vida misma, juntamente con una clara angustia física. Una vez que su esposo se hubo enterado del caso, se adelantó ella y recogió la nota, después volvió a mirarla de una ojeada, con el rostro plegado en duras líneas, pero fruncidas y de aspecto desagradable. Su talante era el de alguien que estuviese intensamente inquieto e insatisfecho, alguien que con empeño salvaje intentara deshacer, sin conseguirlo, un nudo material, alguien que buscase verse libre de la queja y reprimirla y que, sin embargo, quisiera quejarse con enojo y amargura. Pues detrás de ella estaban todos aquellos años de labor y de fe religiosas que de alguna forma, en su conciencia pobremente formada, parecían indicar débilmente que en justicia le debía haber sido ahorrado todo esto. Frente a una calamidad tan grande, a ella le resultaba muy difícil, como Clyde podía apreciar, encajar el golpe, al menos de momento. Aunque, como Clyde había llegado a saber por experiencia, terminaría por conseguirlo. Pues tanto ella como Asa insistían, al modo de todos los religiosos, en separar a Dios de todo daño, error y miseria.


Por el momento, sin embargo, sólo el dolor y la rabia estaban dentro de ella, y no obstante sus labios no temblaban como los de Asa, ni sus ojos mostraban aquella profunda angustia que llenaba los de él. En lugar de eso, retrocedió un paso y volvió a examinar la carta, casi con furia, y después dijo a Asa:


—Se ha escapado con alguien y no dice...


Luego se paró de pronto, recordando la presencia de los niños; Clyde, Julia y Frank, todos presentes y todos escrutando con curiosidad, intensamente, sin creer lo que veían.


—Entra aquí —llamó ella a su esposo—, quiero hablarte un minuto. Vosotros, niños, es mejor que os vayáis a la cama. Vamos a salir un momento.


Se retiró con Asa muy precipitadamente a un cuartito situado detrás del vestíbulo de la misión. Los niños oyeron cómo ella daba la vuelta al interruptor de la luz. Después, las voces del matrimonio se oyeron en una conversación muy baja, mientras que Clyde y Julia y Frank se miraban unos a otros, aunque de Frank, siendo tan joven —sólo diez años—, escasamente podría decirse que comprendiese del todo. Incluso Julia apenas había captado el significado completo de lo sucedido. Pero Clyde, a causa de su mayor contacto con la vida y de la declaración de su madre («se ha escapado con alguien»), comprendió bastante bien. Esta se había cansado de todo lo de aquí, como él. Quizá había alguien, parecido a uno de esos dandies a quienes él veía por las calles con las muchachas más bonitas, con el cual ella se había ido. Pero, ¿adónde? Y ¿cómo era el tipo? Aquella nota decía algo, pero su madre no se la había dejado ver. Se la había quitado con demasiada

 




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rapidez. ¡Si la hubiese él mirado primero, en silencio y sólo para sí!


—¿Crees que se ha escapado para algo bueno? —le preguntó a Julia dubitativamente, mientras los padres estaban fuera de la habitación, y en vista de la expresión tan extraña y tan inexpresiva de la propia Julia.


—¿Cómo voy a saberlo? —replicó ella con cierta irritación, turbada por el disgusto de sus padres y por todos estos secreteos, así como por la acción de Esta—. Ella nunca me decía nada. Creo que le habría dado vergüenza decirme algo.


Julia, más fría emotivamente que Esta o que Clyde, se mostraba más considerada hacia sus padres, de una forma convencional, y por eso estaba más apenada. Cierto que no comprendía del todo qué era lo que pasaba, pero sospechaba algo, pues a veces había hablado con muchachas, aunque de forma muy recatada y conservadora. Ahora, sin embargo, era más bien la forma que Esta había elegido para marcharse, abandonando a sus padres y a sus hermanos y a ella misma, lo que causaba su irritación contra la hermana, porque ¿para qué tenía que irse y hacer cosas que disgustaban a sus padres de esta manera tan espantosa? Era terrible. El aire mismo estaba lleno de tristeza.


Y a medida que sus padres hablaban en el cuartito, Clyde rumiaba por su parte, pues sentía ahora una gran curiosidad por la vida. ¿Qué era lo que Esta había hecho realmente? ¿Era, como él temía y pensaba, uno de esos desagradables asuntos de raptos o porquerías sexuales sobre los que los muchachos en la escuela estaban siempre cuchicheando? ¡Qué vergüenza, si eso fuera cierto! Ella nunca podría volver. Se había ido con algún hombre. Había algo malo en eso, sin duda alguna, para una muchacha, pues todo lo que él había oído siempre era que todo tipo de contactos decentes entre muchachos y muchachas, hombres y mujeres, no hacían sino dirigirse a una cosa: al matrimonio. Y ahora Esta, además de todas las preocupaciones que ya tenía, se había ido y hecho esta cosa mala. Ciertamente este hogar suyo ya era bastante sombrío de por sí, y ahora se oscurecía más aún, en lugar de aclararse, a causa precisamente de esto. En aquel momento volvieron a entrar los padres, y ya entonces el rostro de la señora Griffiths, aunque serio y oprimido, era un poco diferente, menos salvaje quizá, más desesperanzadamente resignado,


—Esta ha creído mejor dejarnos durante algún tiempo —fue todo lo que dijo al principio, mirando a los niños que estaban aguardando con curiosidad—. Ahora no tenéis por qué preocuparos por ella en absoluto, ni pensar más sobre esto. Volverá dentro de poco, estoy segura. Ha preferido elegir su propio camino durante algún tiempo por alguna razón. Cúmplase la voluntad del Señor.


—¡Bendito sea el nombre del Señor! —interpoló Asa.


—Yo creía que ella era feliz aquí con nosotros, pero por lo visto no lo era. Quiere ver algo del mundo por sí misma, supongo. —Aquí Asa introdujo otro ¡Tst! ¡Tst! ¡Tst!—. Pero nosotros no debemos albergar pensamientos duros. Eso no nos hará ningún bien ahora; sólo pensamientos de amor y de amabilidad.


Sin embargo dijo esto con una especie de severidad que dejaba traslucir algo, un quiebro en la voz, por así decir. Continuó:


—Sólo nos cabe esperar que vea pronto cuán loca ha sido, y cuán atolondrada, y regrese. No puede prosperar en la carrera que ha emprendido ahora. No es el camino ni la voluntad del Señor. Ella es demasiado joven y ha cometido un error. Pero nosotros pode-mos perdonarla, debemos perdonarla. Nuestros corazones deben mantenerse abiertos,

 




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suaves y blandos.


Hablaba como si se estuviera dirigiendo a una reunión, pero con un rostro y una voz duros, tristes, helados.


—Ahora todos vosotros a la cama. Sólo nos queda rezar y esperar, mañana, tarde y noche, que ningún mal caiga sobre ella. Mi deseo habría sido que no hubiese hecho esto — añadió, desviándose totalmente del resto de su declaración y no pensando en realidad en absoluto en los niños que estaban presentes, sino únicamente en Esta.


¡Pero, Asa!

Vaya un padre, como Clyde pensó a menudo después.


Aparte de su propia desolación, parecía tener ojos sólo para notar y quedarse impresionado por la tristeza mucho más significativa de su esposa. Durante todo este tiempo, había permanecido como un tonto a un lado; bajo, gris, turbado, incómodo.


—Bien, bendito sea el nombre del Señor —interpolaba él de cuando en cuando—. Debemos mantener nuestros corazones abiertos. Sí, no debemos juzgar. Debemos sólo esperar lo mejor. ¡Sí, sí! ¡Alabemos al Señor, debemos alabar al Señor! ¡Amén! ¡Oh, sí! ¡Tst! ¡Tst! ¡Tst!


—Si alguien pregunta dónde está —continuó la señora Griffiths después de un rato, ignorando totalmente a su esposo y dirigiéndose a los niños que se le habían acercado— diremos que ha ido a visitar a algunos de mis parientes en Tonawanda. Eso no será la verdad, exactamente, pero como nosotros no sabemos dónde está o cuál sea la verdad...


además ella puede volver. Así pues, no debemos decir o hacer nada que pueda injuriarla hasta que no lo sepamos.


—Sí, ¡alabemos al Señor! —rezongó Asa, débilmente.

—Por tanto, si alguien pregunta alguna vez, hasta que sepamos algo, diremos eso.


—Seguro —replicó Clyde, en tono alentador, y Julia añadió:

—Muy bien.


La señora Griffiths se detuvo y miró con firmeza, pero también como disculpándose ante sus hijos. Asa, por su parte, emitió otro ¡Tst! ¡Tst! ¡Tst! y después los niños fueron llevados a la cama.


Entonces Clyde, que realmente quería saber qué era lo que decía la carta de Esta, pero que estaba convencido por una larga experiencia de que su madre no se la daría a conocer a menos que así lo creyera oportuno, se volvió de nuevo a su habitación, pues se sentía cansado. ¿Por qué no la buscaban, si había alguna esperanza de encontrarla? ¿Dónde estaba ella ahora, en este minuto? ¿En algún tren en alguna parte? Evidentemente ella no quería que la encontraran. Probablemente estaba insatisfecha, tal como él lo estaba. He aquí que él, que hacía tan poco tiempo había estado pensando en escapar a alguna parte, preguntándose cómo le sentaría eso a la familia, estaba aquí y ahora resultaba que era Esta la que se había ido antes que él. ¿Cómo afectaría todo esto a su punto de vista y a sus propias acciones en el futuro? Verdaderamente, a pesar del disgusto de su padre y de su madre, no creía que la marcha de ella constituyese una calamidad tan grande, por lo menos desde el punto de vista de una simple marcha. Tenía que ser otra cosa que aludía a algo que no estaba muy claro. El trabajo de la misión no significaba nada. Toda esta emoción y charlatanería religiosas no importaban tampoco mucho. No habían bastado para salvar a Esta. Evidentemente, tal como él mismo, tampoco ella debía de creer mucho

 




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en estas cosas.




CAPÍTULO 4


El efecto de esta conclusión personal fue el de inducir a Clyde a pensar con más constancia que nunca en sí mismo. Y el principal resultado de su pensamiento fue el de que debía hacer algo por sí mismo y pronto. Hasta entonces lo mejor que había sabido hacer era trabajar en tareas tan extrañas como las que pueden ofrecerse a muchachos entre los doce y quince años: ayudar a un hombre que se dedicaba a comprar papeles viejos durante los meses de verano, trabajar en los sótanos de unos almacenes generales durante una temporada, y los sábados, durante el período invernal, abrir cajas y desempaquetar mercancías, por lo cual recibía la magnífica suma de cinco dólares a la semana, una cantidad que por aquel tiempo casi le parecía una fortuna. Se sentía rico y, enfrentándose a la oposición de sus padres, que eran enemigos del teatro y también del cine, por considerarlos no sólo mundanos, sino pecaminosos, en ocasiones podía ir a uno o a otro, al gallinero, un género de diversión que tenía que ocultar a sus padres. Pero esto no le asustaba. Tenía la sensación de ejercer un derecho al ir con su propio dinero y también al llevarse a su hermano pequeño Frank, que se alegraba lo suficiente de poder ir con él como para no decir nada.


A finales de aquel mismo año, deseando salir de la escuela porque ya se sentía muy atrasado en los estudios, se aseguró un puesto como ayudante de camarero en uno de los modestos bares de la ciudad, anejo a un teatro que dispensaba al bar una especie de pa-tronazgo. Un cartel —«Se necesita un muchacho»— leído cuando iba camino a la escuela, fue lo que primero le llamó la atención. Más tarde, en conversación con el joven cuyo ayudante iba a ser, y del que tendría que aprender el negocio, suponiendo que fuera lo bastante voluntarioso y dócil, se enteró de que si llegaba a dominar este arte, podría reunir quince e incluso dieciocho dólares por semana. Se rumoreaba que en el bar Stroud, en la esquina de la calle Catorce y la de Baltimore, pagaban esa cantidad a sus dos dependientes. El establecimiento al que él estaba ofreciendo sus servicios pagaba solamente doce, el salario normal de la mayoría de los bares.


Pero para adquirir este arte, tal como ahora se le informaba, se requería tiempo y la ayuda amistosa de un experto. Si deseaba venir aquí y trabajar por cinco dólares para empezar —bueno, seis, puesto que ponía esa cara— podría concebir esperanzas de saber pronto muchas cosas acerca del arte de mezclar bebidas dulces y de decorar una gran variedad de helados con jarabes líquidos, convirtiéndolos así en sundaes. Durante el tiempo del aprendizaje eso significaba lavar y lustrar toda la maquinaria y accesorios de ese mostrador particular, por no decir nada de abrir y barrer el establecimiento a hora tan temprana como las siete y media de la mañana, limpiar el polvo, y entregar los pedidos que el propietario tuviera a bien enviar por su conducto. En los momentos de ocio, cuando su inmediato superior —un tal señor Sieberling— de veinte años, resplandeciente, lleno de confianza en sí mismo, locuaz, estaba demasiado ocupado para servir todos los pedidos, podían reclamarle para mezclar las bebidas menores —limonadas, coca—colas y demás por el estilo— que el comercio requería.

 




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A pesar de los inconvenientes, después de consultar con su madre, decidió aceptar esta interesante posición. Entre otras cosas porque le proveería, según sus cálculos, con todos los helados que desease completamente gratis; una ventaja que no había que pasar por alto. En segundo lugar, tal como él veía la cosa por el momento, ello era una puerta abierta para entrar en el comercio, algo de lo que carecía. Además, y no del todo desventajosamente a su parecer, este establecimiento requería su presencia por las noches hasta eso de las doce, con ciertas horas libres durante el día para compensar este extra. Y esto le retenía fuera de su casa después de la última clase nocturna, que solía ser a las diez. Ya no podían pedirle que asistiese a ninguna reunión, excepto los domingos, y ni siquiera entonces, puesto que se suponía que muchos domingos había trabajo por las tardes y por las noches.


Además de esto, el dependiente que manipulaba la fuente de soda recibía con absoluta regularidad pases del director del teatro situado en el edificio contiguo y un pasillo del cual tenía una puerta que daba al bar, conexión que resultaba fascinante para Clyde. Le parecía interesantísimo estar trabajando en un establecimiento tan íntimamente relacionado con un teatro.


Y, lo mejor de todo, como Clyde descubrió entonces para su satisfacción, y no pocas veces para su desespero, el lugar era visitado, justamente antes y después de las funciones matinales, por grupos de chicas, simultáneos o uno tras otro, que se sentaban frente al mostrador y se reían y charlaban y daban a sus cabellos y a sus mejillas retoques finales delante del espejo. Y Clyde, inocente e inexperimentado en los usos mundanos y especialmente en los del sexo opuesto, nunca se cansaba de observar la belleza, la osadía, la autosuficiencia y la dulzura de todas estas personillas, tal como él las veía. Por primera vez en su vida, mientras estaba ocupado lavando vasos, llenando los recipientes de helados y de jarabes, disponiendo los limones y las naranjas en las bandejas, se le ofrecía la oportunidad casi ininterrumpida de estudiar a estas muchachas muy de cerca. ¡Qué maravillosas eran! En su mayor parte iban muy bien vestidas y tenían un aspecto muy elegante con todos aquellos anillos, alfileres, pieles, sombreros deliciosos y bonitos zapatos que llevaban. Y a menudo las oía discutiendo sobre cosas interesantísimas: las reuniones, los bailes, las cenas, las funciones que habían visto, los lugares de Kansas City o de sus inmediaciones adonde iban a ir pronto, la diferencia entre las modas de este año y del pasado, la fascinación de ciertos actores y actrices, principalmente actores, que estaban entonces actuando en la ciudad o que iban a llegar pronto. Hasta aquel día, en su propia casa no había oído nada de todo esto.


Y con mucha frecuencia una u otra de estas jóvenes bellezas iba acompañada por un hombre vestido de etiqueta, con camisa almidonada, chistera, corbata de pajarita, guantes blancos de cabritilla y zapatos de charol, un atuendo que por aquel tiempo Clyde con-sideraba como si fuese la última palabra del mundo en verdadera distinción, belleza, galantería y exaltación. ¡Ser capaz de llevar un traje así con esa naturalidad y elegancia! ¡Ser capaz de hablarle a una muchacha con las maneras y sangre fría de estos galanteadores! ¡Qué medida más verdadera del éxito! Ninguna muchacha bien parecida, tal como él creía entonces, querría tener nada que ver con él si no entraba antes en posesión de un equipo semejante. Eso era completamente necesario, el detalle indispensable. Y una vez que lo alcanzara, suponiendo que pudiese vestir ropas tan

 




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magníficas como ésas, bueno, ¿no habría empezado entonces a andar por el camino que conducía a todas esas felicidades? Todos los goces de la vida se abrirían entonces sin duda delante de él. ¡Las amistosas sonrisas! ¡Los secretos apretones de mano, quizá un brazo en torno a la cintura de tal o cual muchacha, un beso, una promesa de matrimonio, y luego, y luego...!


Y todo esto como un brillo revelador después de tantos años de andar por las calles con su padre y su madre dedicándose a recitar plegarias en público, después de sentarse en la capilla y escuchar a extraños y estrambóticos individuos, gente depresiva y desconcertante que sólo sabían decir cómo Cristo los había salvado y qué había hecho Dios por ellos. Ahora podría librarse de todo eso. Trabajaría y ahorraría dinero y sería alguien. Decididamente, esta simple y sin embargo idílica mezcla de lugares comunes tenía todo el prestigio y milagrosa cualidad de una transfiguración especial, el auténtico espejismo de la perdida y sedienta víctima que busca en el desierto.


Sin embargo, el inconveniente de su especial situación, tal como el tiempo se encargó de demostrar rápidamente, era que por mucho que aprendiese a mezclar bebidas y aunque llegara a ganar al fin doce dólares a la semana, eso no era ninguna solución inmediata para los anhelos y ambiciones que le estaban ya royendo las entrañas. Pues Albert Sieberling, su inmediato superior, estaba dispuesto a reservarse para su disfrute exclusivo todo lo que pudiera de sus conocimientos así como las partes más agradables de la tarea. Y además estaba completamente de acuerdo con el comerciante para el que trabajaba en que Clyde, además de asistirle en la heladora, tenía que realizar todos los recados que al comerciante se le ocurrían, lo cual mantenía a Clyde ocupado durante casi todas las horas que estaba fuera de servicio.


Consiguientemente, todo esto no llevaba a ningún resultado inmediato. Clyde no podía ver que se le presentase ninguna oportunidad para vestirse mejor de como lo hacía. Peor aún, se sentía obsesionado por el hecho de que tenía muy poco dinero y muy pocos contactos y relaciones; tan pocos que, fuera de su propio hogar, estaba solo y no mucho menos aislado que antes. La fuga de Esta había arrojado una especie de ducha fría sobre el trabajo religioso que se hacía allí, y como, por lo pronto, no había vuelto, la familia, según decía ahora, estaba pensando salir de allí y trasladarse, a falta de un sitio mejor, a Denver, Colorado. Pero Clyde ya por aquel entonces estaba convencido de que no deseaba acompañarles. ¿Qué necesidad había?, se preguntaba a sí mismo. En el otro sitio habría otra misión exactamente igual que ésta.


Siempre había vivido en casa, en las habitaciones situadas en la parte trasera de la misión en la calle Bickel, pero era algo que odiaba. Y desde los once años, que era todo el tiempo que su familia llevaba residiendo en Kansas City, le había avergonzado traer amigos a la casa o a sus inmediaciones. Por esa razón siempre había evitado hacerse amigo de otros muchachos, y casi siempre había jugado o paseado solo, o con sus hermanas y hermano.


Pero ahora que tenía dieciséis años y era lo bastante mayor para seguir su propio camino, tenía que librarse de todo esto. Y sin embargo, no estaba ganando casi nada, no lo suficiente para vivir solo, y todavía no había desarrollado bastante habilidad o valor como para conseguir algo mejor.


No obstante, cuando sus padres empezaron a hablar de trasladarse a Denver, y

 




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sugirieron que allí él podría encontrar un trabajo estable, no suponiendo ni por un momento que él no querría ir, comenzó a lanzar indirectas encaminadas a dar a entender que sería mejor que él no se fuese. Le gustaba Kansas City. ¿Qué utilidad podía tener el cambio? Ahora tenía un empleo y podría conseguir algo mejor. Pero sus padres, acordándose de Esta y de la suerte que le había cabido, se sentían no poco dudosos por las consecuencias de un aventurarse tan prematuro por parte suya. Una vez que ellos estuvieran lejos, ¿dónde iba a vivir? ¿Con quién? ¿Qué clase de influencia entraría en su vida, quién estaría a mano para ayudarle y aconsejarle y guiarle por el camino recto y estrecho de la virtud tal como ellos habían hecho? Era algo sobre lo que había que pensar.


Pero espoleado por la inminencia de Denver, que ahora cada día parecía hacerse más cercana, y por el hecho de que no mucho después de esto el señor Sieberling, debido a sus galanterías demasiado obvias con el bello sexo, perdió su puesto en el almacén de bebidas, y Clyde quedó a las órdenes de un nuevo, huesudo y frío superior que no parecía necesitarle como ayudante, decidió dejar el trabajo, no inmediatamente, sino viendo más bien si en los recados que tenía que hacer fuera del establecimiento se le presentaba la oportunidad de encontrar algo mejor, Incidentalmente, al obrar así, mirando aquí y allá, se le ocurrió un día que debería hablar con el jefe del bar que estaba relacionado con el establecimiento anejo al hotel principal de la ciudad, siendo este último un gran edificio de doce pisos, que representaba, según su forma de ver las cosas, la quintaesencia del fausto y de las comodidades. Sus ventanas estaban siempre pesadamente acortinadas; la entrada principal (nunca se había atrevido a mirar más allá) era una espléndida combinación de marquesinas de cristal y de hierro, emparejadas con un corredor de mármol adornado con palmeras. A menudo había pasado por allí, preguntándose con infantil curiosidad cómo podía ser la vida en un lugar semejante. Ante sus puertas estaban siempre aguardando muchos taxis y automóviles.


Aquel día, al verse empujado por la necesidad de hacer algo por sí mismo, entró en el establecimiento que ocupaba la esquina principal, frente a la calle Catorce del barrio de Baltimore, y encontrando a una cajera en una pequeña cabina de cristal cerca de la puerta, le preguntó quién estaba a cargo de la fuente de soda. Interesada por sus maneras inciertas y tanteantes, así como por sus ojos profundos y más bien suplicantes, y juzgando instintivamente que estaba buscando trabajo, observó:


—Ah, sí, el señor Secord, aquél de allá, el jefe del almacén.


Señaló con la cabeza en dirección a un hombre bajito, meticulosamente vestido, de unos treinta y cinco años, que estaba disponiendo una muestra especial de artículos de tocador sobre la parte alta de una vitrina. Clyde se le acercó, todavía con grandes dudas acerca de cómo debe uno comportarse para conseguir algo en la vida, y lleno de timidez por lo que iba a hacer, se mantuvo primero sobre un pie y después sobre el otro, hasta que al fin, percibiendo que alguien estaba rondando en torno para algo, el hombre se volvió.


—¿Qué pasa? —preguntó.

—Por casualidad, ¿no necesitará usted un ayudante para la fuente de soda?


Clyde le arrojó una mirada que decía con la mayor claridad posible: Si tuviese usted semejante puesto, desearía que fuese tan amable como para dármelo. Lo necesito.


—No, no, no —replicó este individuo, que era rubio y vigoroso y por naturaleza un poco irritable y violento. Estaba dispuesto a volverse, pero viendo un relámpago de

 




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desengaño y depresión pasar por el rostro de Clyde, se giró y añadió—: ¿Has trabajado alguna vez en un sitio como éste?


—En un sitio tan hermoso como éste, no. No, señor —replicó Clyde, más bien conmovido por todo lo que estaba a su alrededor—. Estoy trabajando ahora en el local del señor Klimker, entre la Séptima y Brooklyn, pero no se parece en nada a esto y me gustaría conseguir algo mejor si pudiera.


—¡Uh! —prorrumpió su interlocutor, bastante complacido por el inocente tributo prestado a la superioridad de su establecimiento—. Bueno, eso es bastante razonable. Pero aquí no hay nada ahora que pueda ofrecerte. No hacemos muchos cambios. Pero si te gus-tase ser botones, podría decirte en qué sitio obtendrás quizá un puesto. Están buscando un muchacho más en el hotel que hay al lado. El jefe de los botones me dijo que necesitaba uno. Creo que a la larga sería algo tan conveniente como el estar de ayudante en una fuente de soda.


Después, viendo cómo el rostro de Clyde resplandecía de pronto, añadió:


—Pero no debes decir que soy yo quien te envío, porque no te conozco de nada. Sólo tienes que preguntar allí por el señor Squires, bajo las escaleras, y él podrá informarte del asunto.


A la mera mención de un trabajo relacionado con una institución tan imponente como el Green-Davidson, y la posibilidad de conseguirlo, Clyde abrió al principio los ojos de par en par, se sintió temblar un poco de excitación y luego, dando las gracias a su consejero por su amabilidad, fue directamente a un portal de mármol verde que daba al vestíbulo del hotel en la parte trasera del almacén. Una vez que cruzó la puerta, pudo ver un vestíbulo cuyo aspecto le resultó tanto más impresionante cuanto que durante todos sus años de temerosa pobreza no se había atrevido nunca a explorar un mundo semejante, que ahora le parecía más imponente que cuantas cosas hubiese visto en su vida. Todo era tan suntuoso. Bajo sus pies se extendía un suelo de losas de mármol blancas y negras. Sobre su cabeza un techo de cobre, de piedra y de dorados, y soportando esto, un verdadero bosque de columnas de mármol negro tan brillantemente pulimentadas como el suelo, de una lisura cristalina. Y entre las columnas, que se alineaban hacia tres entradas separadas, una a la derecha, otra a la izquierda y otra directamente hacia la avenida Dalrymple, había lámparas, estatuas, alfombras, palmeras, sillas, divanes, confidentes, un auténtico despliegue. En verdad todo era compacto, de ese pesado lujo efectista que, como alguien observó una vez sarcásticamente, estaba destinado a producir «el respeto de las masas». Realmente, para un hotel principal en una grande y rica ciudad comercial americana, era casi demasiado lujoso. Sus habitaciones, hall, vestíbulos y restaurantes estaban amueblados con demasiada riqueza, sin la gracia salvadora de la simplicidad o la sobriedad.


Cuando Clyde se detuvo, mirando a su alrededor en el vestíbulo, vio una gran masa de gente, algunas mujeres y niños, pero principalmente hombres, según pudo apreciar, bien andando o bien de pie y charlando o recostándose en las sillas, en grupos aislados. Y en departamentos pesadamente drapeados y ricamente guarnecidos había mesitas de escribir, estantes de periódicos, una oficina de telégrafo, una mercería, el mostrador de una florista, y en todas esas partes había otros grupos de gente. Se celebraba en la ciudad un congreso de dentistas, no pocos de los cuales, con sus mujeres y sus hijos, estaban

 




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alojados aquí: pero para Clyde, que no sabía nada de esto ni de los métodos ni significado de los congresos, aquélla debía ser a sus ojos la apariencia ordinaria y cotidiana de este hotel.


Miró en torno con pavor y admiración, luego, recordando el nombre de Squires, empezó a buscarle en su oficina «debajo de las escaleras». A su derecha había una magnífica escalera blanca y negra de dos alas, que ascendía en amplias y generosas curvas hasta el piso principal, separándose luego para proseguir hasta los otros.


Y entre aquellas grandes alas estaban evidentemente las oficinas del hotel, porque había por allí muchos empleados. Pero bajo el ala más próxima, junto a la pared pegado a la cual había llegado, había un alto pupitre, en el que se hallaba un joven poco más o menos de su edad con un uniforme marrón sobre el que brillaban muchos botones de cobre. Y sobre su cabeza se veía una pequeña gorra redonda, en forma de caja de píldoras, dejada caer con coquetería sobre una oreja. Estaba ocupado tomando notas con un lapicero de metal en un libro que tenía abierto delante de él. Otros varios muchachos de su' misma edad, uniformados, como él, se hallaban sentados en un largo banco que había al lado, o bien podía vérseles revoloteando aquí y allá, regresando a veces hasta el del pupitre con una tira de papel en las manos, o una llave, o tal o cual nota, y luego se volvían a sentar en el banco, al parecer para aguardar otra llamada, que, por lo visto, no tardaba en producirse. Un teléfono en el pequeño pupitre donde se hallaba el joven de uniforme estaba constantemente sonando, y después de preguntar qué deseaban, el joven tocaba un timbre que tenía delante de él, o decía «el siguiente», a lo cual respondía el primer muchacho sentado en el banco. Una vez que los llamaban se dirigían corriendo hacia una u otra de las escaleras o hacia las distintas entradas o ascensores, y casi invariablemente se les veía escoltando a individuos cuyas maletas y maletines y abrigos y bastones de golf transportaban. Había otros que desaparecían y volvían trayendo bebidas en bandejas o tal o cual paquete que llevaban a tales o cuales habitaciones. Por lo visto ése era el trabajo que él tendría que realizar, suponiendo que fuese tan afortunado como para entrar a trabajar para una institución de esta índole.


Y todo era tan movido y vivaz, que deseó poder ser tan afortunado como para asegurarse una posición aquí. Pero, ¿lo conseguiría? ¿Y dónde estaba el señor Squires? Se aproximó al joven que estaba en el pequeño pupitre.


—¿Sabe usted dónde podría encontrar al señor Squires? —preguntó.


—Por allí viene ahora —replicó el joven, alzando la mirada y examinando a Clyde con ojos grises y agudos.


Clyde miró en la dirección indicada y vio aproximarse a una persona ágil y pulcra, de aspecto decididamente sofisticado, de unos veintinueve o treinta años de edad. Era tan esbelto, fino y atildado, y estaba tan afeitado y bien vestido, que Clyde no sólo se sintió impresionado, sino aterrado a la vez; una persona de aire muy perspicaz y decidido. Su nariz era tan larga como delgada, sus ojos penetrantes, sus labios finos, su mentón saliente.


—¿Vio usted a aquel hombre alto, de cabellos grises, con esclavina escocesa que pasó por aquí hace un momento? —se detuvo para decir a su ayudante del pupitre. El ayudante asintió—. Bueno, pues me dicen que es el conde de Landreil. Acaba de llegar esta mañana con catorce baúles y cuatro criados. ¡Figúrese! Es alguien en Escocia. Aunque he oído decir

 




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que no es ése el nombre con el que viaja. Está apuntado como señor Blunt. ¿Se da usted cuenta de la manera de ser de los ingleses? No pueden negar su clase, ¿eh?


—Desde luego —contestó su ayudante con deferencia.


Al principio le echó una ojeada a Clyde, pero sin concederle ninguna atención. Su ayudante vino en ayuda de Clyde.


—Ese muchacho está esperando para verle a usted —explicó.


—¿Deseaba usted verme? —preguntó el jefe de los botones, volviéndose hacia Clyde y observando sus ropas no demasiado buenas, a la vez que hacía de él un estudio completo.


—El señor del bar —empezó a decir Clyde, al que no acababa de gustarle el aspecto del personaje que estaba delante de él, pero dispuesto a presentarse a sí mismo de la manera más agradable posible— me estuvo diciendo, es decir, me dijo que yo podría preguntarle a usted si hay aquí un puesto de botones para mí. Ahora trabajo como ayudante en el bar Klimker, entre la Séptima y Brooklyn, pero me gustaría salir de allí y él me dijo que usted podría, es decir, pensó que usted podría tener una plaza vacante.


Clyde estaba tan azorado y turbado por los ojos fríos y escrutadores del hombre que tenía enfrente, que apenas si podía articular palabra, y le costaba trabajo respirar.


Por primera vez en su vida se le ocurrió el pensamiento de que si quería abrirse camino tenía que agradar a la gente, hacer o decir algo que resultase halagador. Así pues, esbozó una sonrisa ávida y congraciadora, que dedicó al señor Squires, y añadió:


—Si quisiera usted dejarme probar, yo trataría de hacerlo lo mejor posible y pondría toda mi voluntad.


El hombre se limitó a mirarle fríamente, pero teniendo, como tenía, un espíritu avaro y calculador, a un nivel mezquino, agradándole toda persona en la que se notara voluntad y capacidad para la diplomacia, rechazó el impulso de mover la cabeza negativamente y observó:


—Pero usted no tiene la menor experiencia en este trabajo.


—No, señor; pero ¿no podría aprenderlo muy pronto si pusiera todo mi empeño? —Bueno, ya veré —observó el jefe de los botones, rascándose la cabeza con gesto de


duda—. Ahora no tengo tiempo para hablar con usted. Dése una vuelta por aquí el lunes por la tarde. Le veré a usted entonces.


Giró sobre sus talones y se marchó.


Clyde, al verse solo de esta forma, y no acabando de darse cuenta exactamente de lo que ello significaba, se quedó con los ojos muy abiertos, maravillado. ¿Sería realmente cierto que se le había invitado a volver el lunes? ¿Sería posible que...? Dio media vuelta y se apresuró a salir, temblando desde la cabeza hasta los pies. ¡Qué maravilla! Se había atrevido a pedirle a este hombre un puesto en el hotel más hermoso de Kansas City y le contestaba que viniese a verlo el lunes.


¡Oh!, ¿qué significaría eso? ¿Sería posible que le admitiesen en un mundo tan grandioso como éste... y que fuese de una manera tan rápida? ¿Podría ser verdad?

 











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CAPÍTULO 5


Los vuelos de la imaginación de Clyde en conexión con todo esto, sus sueños de lo que podría significar para él estar relacionado con una institución tan gloriosa, apenas se pueden sugerir. Pues sus ideas de magnificencia eran por lo general extremas, equivocadas y torpes; meros escapes de una fantasía reprimida e insatisfecha, que hasta entonces no había dispuesto de nada más que de sueños para alimentarse.


Regresó a sus antiguos deberes en el bar, al cabo de las horas a su casa para comer y dormir, pero en realidad todo el tiempo de este viernes y sábado y domingo y lunes hasta el atardecer estuvo literalmente flotando en el aire. Su mente no estaba en lo que hacía, y varias veces su superior en el bar tuvo que amonestarle para que «se despertara». Y al cabo de las horas de servicio, en lugar de irse directamente a casa, se dirigió al norte hacia la esquina de la calle Catorce y Baltimore, donde se alzaba este gran hotel, que no se cansaba de contemplar. Allí, incluso a medianoche, delante de cada una de las tres entradas principales, dando frente cada una a una calle distinta, estaba un portero con una larga levita marrón de muchos botones y una gorra muy alta y de visera muy larga. Y dentro, detrás de fruncidas y plegadas cortinas de seda francesa, estaban las luces todavía resplandecientes, el comedor y la parrilla americana en el sótano, cerca de una de las esquinas, permaneciendo abiertos aún estos dos lugares, en torno a los cuales había muchos taxis y coches. Y siempre sonaba música en alguna parte.


Después de vigilar el espectáculo toda la noche del viernes y la del sábado y la mañana del domingo, regresó la tarde del lunes, siguiendo la sugerencia del señor Squires, y fue saludado más bien ásperamente por dicho individuo, que por aquel entonces ya le había olvidado del todo. Sin embargo, viendo que por el momento estaba en realidad necesitado de ayuda, y opinando que Clyde podía serle de utilidad, le condujo a su pequeña oficina bajo la escalera, donde, con aires de gran superioridad y con indiferencia fingida, procedió a hacerle preguntas en cuanto a su parentela, dónde vivía, en qué y dónde había trabajado antes, cómo se ganaba su padre la vida, cuestión ésta que puso a Clyde en un aprieto, ya que era orgulloso y se avergonzaba de tener que admitir que sus padres dirigían una misión y predicaban por las calles. En lugar de lo cual replicó (lo que a veces era cierto) que su padre arreglaba lavadoras y prensadoras, y que los domingos predicaba, una actividad religiosa que no fue del todo desagradable para este jefe de muchachos que se sentían inclinados a ser cualquier cosa antes que hogareños y conservadores. ¿Podría traer referencias de donde estaba ahora trabajando? Podía.


El señor Squires procedió a explicarle que este hotel era muy severo. Muchos de los muchachos, a causa de las escenas y del espectáculo que veían aquí, así como por el contacto que tenían con un fausto exagerado al que no estaban habituados, aunque éstas no fueron las palabras usadas por el señor Squires, se sentían inclinados a perder la cabeza y a hacer tonterías. El se veía obligado constantemente a despedir a muchachos que, simplemente porque habían reunido un poco más de dinero de lo corriente, no sabían cómo conducirse. Necesitaba muchachos que fueran serviciales, educados, activos y corteses para con todo el mundo. Tenían que ser limpios y pulcros en el aspecto personal y en sus ropas, estar siempre a punto, impecables y en las debidas condiciones para el trabajo de cada día. Y todo muchacho que llegara a pensar que porque ganaba un poco de

 




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dinero podía flirtear con cualquiera o ser respondón o ir a reuniones nocturnas, y después no acudir a su hora o estar demasiado cansado para mostrarse vivo y ágil, no podía contar con estar aquí mucho tiempo. Sería despedido con la mayor rapidez. El no toleraba ninguna tontería. Eso debía quedar bien claro ahora, de una véz para siempre.


Clyde movió muchas veces la cabeza en signo de asentimiento e interpoló unos cuantos «sí, señor» y «no, señor» enérgicos, y aseguró al final que no había nada más lejos de su pensamiento y manera de ser que el soñar en cualquiera de los graves crímenes y desvaríos a que el otro había aludido. El señor Squires procedió entonces a explicarle que este hotel pagaba solamente quince dólares al mes y la comida, en la mesa de los criados, en el sótano; condiciones éstas que regían para todos los botones en cualquier época del año. Pero, y esta información llegó como una revelación muy portentosa para Clyde, todo huésped por el que cualquiera de estos muchachos hacía tal o cual cosa, llevar una maleta o entregar un vaso de agua u otro servicio parecido, le daba una propina, y muy frecuentemente una propina muy generosa, diez centavos, quince, veinticinco, más algunas veces. Y estas propinas, como explicaba el señor Squires, todas juntas, venían a representar un promedio de cuatro a seis dólares por día, nunca menos y algunas veces más; paga asombrosa, según pensó Clyde en aquel mismo momento. Su corazón dio un enorme brinco y estuvo a punto de desmayarse ante la mera mención de una suma tan elevada. ¡De cuatro a seis dólares! ¡Eso representaba de veintiocho a cuarenta y dos dólares por semana! Apenas podía creerlo. Y además de todo eso los quince dólares mensuales y la comida. Y tampoco les cobraban nada, como explicaba ahora el señor Squires, por los hermosos uniformes que llevaban. Pero el uniforme no podía llevarse o sacarse fuera del hotel. Sus horas de trabajo, tal como el señor Squires procedía a explicarle ahora, serían como sigue: los lunes, miércoles, viernes y domingos tenía que trabajar desde las seis de la mañana hasta el mediodía, y luego, tras seis horas libres, desde las seis de la tarde hasta medianoche. Los martes, jueves y sábados sólo tenía que trabajar desde el mediodía hasta las seis de la tarde, quedándole libre de esta manera, alternativamente, la tarde o la noche para su descanso. Pero tenía que tomar fuera todas las comidas que no tuviesen lugar en horas de trabajo y había de comparecer puntualmente vestido de uniforme para ser revisado e inspeccionado por su superior justo diez minutos antes de las horas de trabajo en cada turno respectivo.


En cuanto a otras cosas que por aquel momento tenía en su cabeza, el señor Squires no dijo nada. Habría otras personas, como él sabía, que se encargarían de hablar por él. Así pues, se limitó a añadir, llevando a Clyde, que por aquel entonces ya estaba completamente enajenado, al apogeo de su gozo:


—Supongo que estará usted dispuesto a empezar a trabajar ahora mismo, ¿no es así? —Sí, señor, sí, señor —replicó.


—Muy bien. —Entonces se levantó y abrió la puerta que había cerrado cuando entraron—, Oscar —dijo llamando a un muchacho sentado a la cabecera del banco de los botones, y al punto un joven talludo, más bien corpulento, de ceñido y pulcro uniforme respondió con alacridad—. Lleva a este muchacho, Clyde Griffiths, ¿no es así?, arriba al guardarropa del piso doce y mira a ver si Jacobs puede encontrarle un traje que le venga bien. Pero si no puede, dile que lo tenga arreglado para mañana. Creo que el que llevaba Silsbee le estará bastante bien.

 




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Después se volvió a su ayudante del pupitre, que en aquel momento estaba mirando. —Voy a hacerle una prueba, de todas maneras —comentó—. Póngale a uno de los muchachos para que le aleccione un poco esta noche o cuando empiece a trabajar. Vamos, Oscar —animó al joven a cargo de Clyde—. Está un poco verde en estos menesteres, pero creo  que  aprenderá  —añadió  dirigiéndose  a  su  ayudante  cuando  Clyde  y  Oscar desaparecieron en dirección a uno de los ascensores. Después procedió a dar los pasos


necesarios para que el nombre de Clyde fuese anotado en la nómina.


Mientras tanto, Clyde, a cargo de este nuevo mentor, estaba escuchando una serie de informaciones como jamás hubieran llegado previamente a sus oídos en parte alguna.


—No tienee que azuztarte zi no haa trabajao nunca en una coza como ézta —empezó este joven, cuyo apellido era Hegglund, como Clyde supo más tarde, y que venía de Jersey City, New Jersey, con su jerga exótica, sus gestos y todo lo demás. Era alto, vigoroso, ru-bio, pecoso, afable y voluble. Habían entrado en un ascensor que tenía puesto el cartelito de «empleados»—. No ée tan difízii. Yo empezé haze tre zaño en Buffalo y nunca m’a pazao na azta hora. Tó lo que tú tienee que hazé ée vée quez lo que hazen loo demáa y cómo lo hazen. ¿Comprende tú lo que quiero dezíi?


Clyde, cuya educación no dejaba de ser un poco superior a la de su guía, anotaba con bastante acritud en su pensamiento el uso de palabras tales como «difízii», «pazao», «tó», «hazé», y así sucesivamente, pero tan agradecido se sentía entonces por cualquier cortesía, que no le costaba trabajo perdonarle a su mentor, indudablemente servicial, sus peculiaridades idiomáticas.


—Miráa tó lo quezté haziendo er que zea, ezoz lo primero: mi— ráa hazta que tú zepa. Ezozloque tiene cazé. Cuando toca er timbre, zi está tú en la punta der banco, ée que te tocatí, zabe, y te ponen pie dun zalto y váa ligero. A ezta gente le guzta que uno zea ligero, ¿zabe? Y zi tú vée que arguien entra por la puerta o zale del azenzóo con una maleta y tú eztáa en la punta der banco, tú pegas un zarto aunque er jefe no haya tocao er timbre o no haya dicho «er ziguiente». Porque argunaa vezes eztá ocupao o noztá mirando y quiere que tú haga ezo, zabe. Tú tienee queztá mirando ziempre, porque zi no cogee maletaa no cogee propinaa, zabe. Tor mundo que lleve una maleta o argo puée hay que llevárzela, a no zée que no quiera que tú ze la lleve, zabe.


»Pero pa eztáa zeguro lo mejóo ée ezperáa zerca der pupitre, porque tó el que ze queda con una habitazión tiene que firmáa allí —siguió aconsejando a medida que subían en el ascensor—. Hay la mar de gente que toma una habitazión. Entonzee er gerente te da la llave y dezpué dezo tó lo que tú tienee cazé ée lleváa laj maletaa a rhabitazión. Y dezpué allí tó lo que tienee cazée ée enzendée laa luzee der cuarto de baño y der retrete, zi zon habitazionee que tienen cuarto de baño y retrete. Ezo ée pa que elloo zepan dond’eztán laa luzee, zabe. Y dezpué dezcorre laa cortinaa zi ée de día o laa baja zi ée de noche, y mira a ver zi hay toallaa en la habitazión, y zi no hay ze lo dizee a la camarera. Y entonze zi zon buena gente te dan una propina. Pero zi no te la dan, tienee tú que irte, zin poner mala cara ni ná dezo, zabe, que ze te note. Dezpué baja y zi no te han pedio que le zubaa algo: agua con hielo o ar— guna coza, entoze y haa acabao y te ponee otra vée en er banco, rápido. No ée mucho lo que hay cazé. Únicamente que ziempre tienee qu'eztáa muy vivo y no dejáa que nadie ze t’ezcape, ezo ée lo prinzipáa.


»Y dezpué d’entregáa er uniforme cuando haa acabao, no ze te orvide darle al jefe un

 




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dólar por cada turno, o zea doz dólaree loo díaa que tienee doz turnoz y un dólar cuando tienee un turno, zabe. Ezo ée lo que hay cazée aquí. Trabajamoo tóo juntoo y ezo ée lo que tienee cazée zi quiere zeguíi aquí. Lo demáa ée cuenta tuya.


Clyde comprendió.


Una parte de los veinticuatro o cuarenta y dos dólares que había calculado se desvanecían, al parecer once o doce en total; pero, ¿qué importaba? ¿No le quedaban todavía doce o quince, o más?


Y además estaban las comidas y el uniforme. ¡Cielo santo! ¡Qué paraíso! ¡Qué suerte tan fenomenal!


El señor Hegglund de Jersey City le escoltó hasta el piso doce y una vez allí le condujo a una habitación donde encontraron de guardia a un viejecito erizado y misterioso, de dudosa edad y temperamento, que inmediatamente sacó para Clyde un traje que le sentaba tan bien, que no era necesario tocarlo. Y después de probarle unas cuantas gorras, encontró una que le convenía y que le sentaba muy a propósito si se la dejaba caer sobre una oreja. Hegglund se limitó a decirle:


—Tienee que pelarte; por atráz tienee el pelo mú largo.


Conclusión a la que Clyde había llegado antes por sus propios medios; desde luego su cabello no parecía el más a propósito para aquella gorra. Y luego bajaron y dieron al señor Whipple, ayudante del señor Squires, el informe oportuno, a lo que contestó aquél:


—Muy bien. Entonces, ya está todo arreglado, ¿no es así? Bueno, empezarás a las seis. Debes llegar a las cinco y media y estar listo para ser revisado de uniforme a las seis menos cuarto.


Tras lo cual Clyde, después de ser aconsejado por Hegglund para que recogiese el uniforme y lo guardase en el vestuario del sótano y pidiese al portero la llave de su taquilla, así lo hizo y después se marchó muy nervioso, primero para cortarse el pelo y luego para poner al comente a su familia sobre la suerte tan grande que había tenido.


Era botones en el Gran Hotel Green-Davidson. Iba a llevar un uniforme, muy bonito por cierto. Iba a ganar bastante, aunque a su madre no le dijo más que once o doce dólares a la semana, entre otras cosas porque todavía· no tenía seguridad de más. Por otra parte, vio desde el primer momento que se le ofrecía una perspectiva de independencia económica para sí mismo, si no para su familia, y no quiso comprometer esto con ninguna clase de pretensiones a las que habría dado origen con seguridad su confesión de cuál iba a ser su salario verdadero. Pero dijo que iba a tener las comidas gratis, ya que tenía intención de comer fuera de casa en las horas que no estuviese en el hotel, deseo éste que siempre había tenido. Y además iba a vivir y moverse siempre en la atmósfera gloriosa de este hotel, no tendría que venir a casa antes de las doce de la noche si no lo deseaba, tendría buenos trajes, compañeros interesantes quizá, y divertirse de lo lindo, ¡hurra!


Mientras caminaba se le ocurrió el pensamiento final, audaz y delicioso, de que no tendría necesidad de volver a casa las noches que deseara ir a un teatro o a algo parecido. Podría retrasarse todo lo que quisiera y decir que había estado trabajando. ¡Y todo esto con comidas gratis y buenos trajes! ¿No era maravilloso?


El mero pensamiento era tan asombroso y fascinador que apenas podía resistirlo. Había que esperar y ver. Esperar y ver qué era lo máximo que podía lograr en este nuevo reino perfecto y maravilloso.

 




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CAPÍTULO 6



Y tal como estaban las cosas, la extraordinaria inexperiencia en asuntos económicos y sociales de los Griffiths —Asa y Elvira— se ajustó perfectamente a los sueños del muchacho. Pues ni Asa ni Elvira tenían el menor conocimiento de la verdadera clase de trabajo que iba a realizar su hijo, ni lo que dicho trabajo podría representar para él moral, imaginativa, financieramente o de cualquier otra manera. Pues ninguno de ellos había estado nunca en un hotel que no fuera de cuarta categoría. Ninguno de ellos había comido nunca en un restaurante de nivel superior a los frecuentados por otras personas de su misma clase social. Que hubiese otras formas de contacto o trabajo que la de llevar las maletas de los clientes desde el coche hasta el interior del hotel o viceversa, para un muchacho de la edad y del temperamento de Clyde, era algo que no podía ocurrírseles. Y los dos suponían ingenuamente que la paga por tal trabajo manual tenía que ser por fuerza muy pequeña, pongamos cinco o seis dólares a la semana, y por tanto inferior a los méritos y a los años de Clyde.


En vista de lo cual, la señora Griffiths, que siempre se mostraba más práctica que su esposo, y que estaba profundamente interesada por el bienestar económico de Clyde, así como por el de sus otros hijos, no dejó de extrañarse sobremanera por el hecho de que Clyde se manifestase de pronto tan entusiasmado con su nueva situación, lo cual, según él mismo contaba, llevaba consigo muchas horas de trabajo y un sueldo que no tenía nada de particular. Cierto que había sugerido que con el tiempo podría llegar a ocupar una posición más importante en el hotel, la de escribiente o algo así, pero no sabía cuándo, y en cambio en el bar parecía que, por lo menos económicamente, las perspectivas eran más favorables.


Pero al verle llegar la tarde del lunes anunciando que ya había conseguido el puesto y que ahora tenía que cambiarse de cuello y de corbata y cortarse el pelo para empezar a trabajar enseguida, se sintió más aliviada. Porque nunca le había visto tan entusiasmado por cosa alguna, y ya era bastante verlo contento y no tan enfurruñado como se mostraba a veces.


Sin embargo, el largo tiempo que estaba fuera de casa, desde las seis de la mañana hasta medianoche, viniendo si acaso algunas tardes cuando le daba por estar un rato en casa a las horas que no tenía servicio diciendo que le habían dejado salir antes, juntamente con su actitud ansiosa e inquieta y su deseo de estar siempre en la calle cuando no estaba acostado o vistiéndose o desvistiéndose, eran cosas que preocupaban a su madre y a Asa también. ¡El hotel! ¡El hotel! Todo lo que tenía que decir era que había llegado el momento de marcharse, que el trabajo le gustaba mucho y que creía que lo estaba haciendo muy bien. Era un trabajo más bonito que el del bar, y pronto llegaría a ganar más dinero, no podía decir cuánto ni cuándo.


Y durante todo aquel tiempo, los Griffiths, padre y madre, no dejaban de pensar que a causa del asunto de Esta lo que debían hacer era salir de Kansas City y— trasladarse a Denver. Y ahora más que nunca Clyde insistía en que no quería marcharse de Kansas City. Ellos podían irse, pero él tenía ahora un buen empleo y quería conservarlo. Y si le dejaban, alquilaría una habitación en cualquier parte y todo se arreglaría, propuesta que a sus padres no les hacía ninguna gracia.

 




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Pero mientras tanto en la vida de Clyde se había operado un cambio enorme. Empezando por aquella primera tarde, en que a las 5,45 apareció ante el señor Whipple, su inmediato superior, y fue aprobado, no sólo a causa de lo bien que le sentaba el nuevo uniforme, sino de su apariencia en general, el mundo había cambiado para él por completo. Alineado con otros siete en el vestíbulo del servicio, y revistados por el señor Whipple, los ocho marcharon al dar las seis hacia el banco colocado al pie del pupitre de su superior. Un tal señor Barnes, que alternaba con el señor Whipple, se hizo cargo entonces del mostrador, y los muchachos se sentaron, Clyde a la cola, para ser requeridos rápidamente por turno riguroso para realizar tal o cual servicio.


—¡Cling!

Había sonado el timbre y desaparecido el primer muchacho.

—¡Cling!

Sonó de nuevo y un segundo muchacho se puso en pie de un salto.


—¡El siguiente! ¡A la puerta del centro! —llamó el señor Barnes, y un tercer muchacho se precipitó por el amplio patio de mármol hacia la entrada indicada para recoger las maletas de un huésped recién llegado, cuyas blancas patillas y juvenil traje de tweed contemplaron los inexpertos ojos de Clyde a treinta metros de distancia. Una visión misteriosa pero sagrada: ¡una propina!


—¡El siguiente! —Era el señor Barnes llamando de nuevo—. A ver qué quiere el 913; agua helada, supongo.


Y un cuarto muchacho desaparecía.


Clyde, sin dejar de avanzar en el banco, siempre junto a Hegglund, al que le habían encomendado que lo instruyera un poco, era todo oídos y ojos y nervios. Estaba tan excitado que apenas podía respirar, y se retorcía las manos y se agitaba, hasta que Hegglund terminó por decirle:


—No te pongaa nerviozo, eztáte tranquilo, zabe. Todo irá bien. Te paza lo mizmo que cuando yo empezé, con loo nervioo de punta. Pero ezo no conviene. Ez mejóo penzáa que nadie ze fija en uno.


—¡El siguiente! —Otra vez el señor Barnes. Clyde apenas podía entender lo que le decía Hegglund— El 115 quiere papel de escribir y pluma.


Un quinto muchacho acababa de marcharse.


—Pero, ¿cómo se busca papel y pluma si alguien lo pide? —le preguntaba a su instructor como un condenado a muerte a su abogado.


—No tienee máa que íi a aquée cajón qu’eztá en aquella meza. Ya te lo dije. Y zi te piden agua helada vaz al veztíbulo dond’eztuvimoo antee.

—¡Cling!


Era el timbre del gerente. Un sexto muchacho desapareció en aquella dirección sin pronunciar palabra.


—Y ahora no te ze orvide —continuó Hegglund viendo que a él le tocaría la próxima llamada, y dándole las últimas instrucciones—, zi quieren bebidaa de cuarquiée claze vaz a la parrilla qu’eztá junto ar comedó. Pero tienee que dezíi mu claramente loo nombre de laa bebidaa, zi no z’enfadan...


—¡El siguiente!

Se levantó y se fue.

 




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Ahora Clyde era el número uno. El que había sido número cuatro estaba otra vez sentado a su lado, pero mirando ansiosamente alrededor por si alguien necesitaba algo.


—¡El siguiente! —llamó el señor Barnes.


Clyde se levantó y se plantó delante de su superior, contento de que no se tratase esta vez de nadie con maletas, pero muerto de miedo pensando en la posibilidad de que se tratara de algo que no comprendiese o que no supiera hacer rápidamente.


—Corre a ver qué quiere el 882.


Clyde se dirigió hacia uno de los dos ascensores que tenían el letrero de «empleados» y que él pensaba que era el que tenía que emplear, pero otro botones que pasaba por allí cerca le previno.


—¿Vas a una habitación? —le preguntó—. Coge el ascensor de los clientes. Ese es sólo para los criados o para las cargas.

Clyde se apresuró a deshacer su error.

—Al octavo —dijo.


Como no había nadie más en el ascensor, el muchacho negro que estaba a cargo del mismo le saludó jovialmente.


—Tú eres nuevo aquí, ¿no es verdad? No te he visto antes.

—Sí, acabo de entrar —replicó Clyde.


—Bueno, pues te gustará esto —comentó el joven de la manera más amistosa—. A todo el mundo le gusta esta casa, es lo que yo digo. Dijiste al octavo, ¿no?


Paró el ascensor y Clyde salió. Estaba demasiado nervioso como para habérsele ocurrido preguntar en qué dirección debía ir y empezó a mirar los números de las habitaciones, sólo para decidir al cabo de unos momentos que había tomado el corredor que no era. La suave alfombra marrón bajo sus pies; las paredes pintadas de un claro color crema; las lámparas eléctricas de porcelana blanca colgadas del techo, todo le parecían signos y muestras de una perfección y una superioridad social que eran casi increíbles, tan distinto de cuanto había conocido antes.


Y finalmente, habiendo encontrado el 882, llamó tímidamente y fue saludado a los pocos momentos por un trozo de un cuerpo recio y talludo en pijama azul con rayas blancas y un atisbo de cabeza redonda y rubicunda, de la que sólo podía ver un ojo y algu-nas arrugas.


—Aquí tienes un billete de dólar, hijo —exclamó el ojo al parecer, y una mano surgió entonces sosteniendo el billete. Era gruesa y roja—. Ve a una mercería, tráeme un par de ligas de calcetín, ligas Boston, de seda, y vuelve corriendo.


—Sí, señor —replicó Clyde tomando el dólar.


La puerta se cerró y Clyde se dirigió hacia el ascensor preguntándose qué podría ser una mercería. A pesar de su edad, pues tenía ya diecisiete años, el nombre le resultaba desconocido. No lo había oído antes o, por lo menos, no se había dado cuenta. Si el hombre le hubiese dicho «una tienda de caballero», le habría comprendido inmediatamente, pero le había dicho mercería, y él no sabía lo que era. Un sudor frío empezó a correrle por la frente. Sus rodillas temblaban. ¡Maldita sea! ¿Qué iba a hacer ahora? Si pudiese preguntarle a alguien, si Hegglund estuviera por allí cerca y,..


Llamó al ascensor, que estaba arriba, según vio por la flecha de luz. Pulsó el botón. El artefacto empezó a descender. Una mercería. Una mercería. De pronto se le ocurrió una

 




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idea luminosa. Admitiendo que no sabía lo que fuese una mercería, lo cierto es que el hombre necesitaba un par de ligas Boston de seda. ¿Dónde se pueden comprar unas ligas? En una tienda de las que venden artículos para caballeros. Eso era seguro. Una tienda de artículos para caballeros. Saldría e iría a una. Y al bajar, notando que a cargo del ascensor iba otro negro amistoso, le preguntó:


—¿Sabes si hay por aquí cerca una tienda de artículos para caballeros?


—Hay una en este mismo edificio, capitán, a la derecha del garaje —replicó el negro, y a continuación Clyde salió corriendo muy animado.


Pero todavía se sentía incómodo y extraño en su ajustado uniforme y con su gorro extravagante. Todo el tiempo estaba preocupado por el temor de que su redondo y pequeño casquete pudiera caérsele. Y lo sujetaba furtivamente, pero con firmeza. E irrumpiendo en el establecimiento del mercero, a cuyas puertas centelleaban unas grandes luces, exclamó:


—Quiero un par de ligas Boston de seda.


—Perfectamente, hijo, aquí tienes unas —replicó un hombre bajito y escuchimizado, de cabeza calva y brillante, faz colorada y lentes de montura de oro—. Para alguien del hotel, supongo, ¿no es así? —observó mientras envolvía la cajita y guardaba el dólar en la caja registradora—. Siempre me gusta portarme bien con los muchachos del hotel, porque también vosotros venís a comprar aquí siempre que podéis. Bueno, las ligas son setenta y cinco centavos y diez centavos para ti.


Clyde tomó la vuelta sin saber qué pensar. Si las ligas eran setenta y cinco centavos, sólo tenía que devolverle veinticinco al hombre. Entonces, los otros diez eran para él. Y además de eso, ¿todavía el cliente iba a darle otra propina?


Se dio prisa en volver al hotel y al ascensor. Los ecos de una orquesta de cuerda tocando en alguna parte llenaban el vestíbulo de sonidos deliciosos. La gente se movía aquí y allí, todos tan bien vestidos, tan a sus anchas, tan diferentes de la mayor parte de las personas que, a sus ojos, se veían por las calles o en cualquier otro sitio.


Se abrió la puerta de un ascensor. Entraron varios huéspedes. Luego Clyde y otro botones que le dirigió una mirada interesada y que se bajó en el sexto piso. En el octavo descendieron Clyde y una señora anciana. Fue corriendo hacia la puerta del cliente y llamó. El hombre abrió, ya más vestido. Tenía puestos unos pantalones y estaba afeitándose.


—De vuelta, ¿eh?


—Sí, señor —replicó Clyde alargándole el paquete y el cambio—. Dijo que eran setenta y cinco centavos.


—Es un bandido, pero puedes quedarte con el cambio de todos modos —replicó entregándole la moneda y cerrando la puerta.


Una vez fuera, Clyde se detuvo durante una fracción de segundo como si se hubiese convertido en piedra. «Treinta y cinco centavos —pensó—, treinta y cinco centavos. Y total por un paseíto de nada. ¿Es posible que las cosas sucedan aquí de esa forma? No puede ser verdad. No es posible, no puede ser así siempre.»


Y luego, con los pies hundidos en la suave blandura de la alfombra, con la mano metida en el bolsillo apretando las dos monedas, sintió como si de pronto le entraran ganas de ponerse a gritar o a reír como un loco. ¡Treinta y cinco centavos por un trabajito

 




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de nada! ¡El hombre le había dado veinticinco y el comerciante diez, y él no había tenido que hacer nada en absoluto!


Se dio prisa en bajar con el ascensor, en atravesar el vestíbulo donde una vez más le fascinaron los ecos de la orquesta y la maravilla de las gentes tan bien vestidas, y se encaminó de nuevo hacia el banco de donde había partido poco antes.


Y a continuación fue requerido para transportar las tres maletas y dos paraguas de un anciano matrimonio de granjeros que habían tomado un saloncito, un dormitorio y un cuarto de baño en el quinto piso. Durante el camino no cesaban de examinarle, tal como él notaba, pero sin decirle nada. Pero una vez en las habitaciones, y después que él, con toda diligencia, hubo hecho funcionar los interruptores de la luz, bajado las persianas y colocado las maletas en las estanterías, el más bien brusco y envarado granjero, una persona decididamente solemne y adornada con grandes patillas, terminó de estudiarle y dictaminó al fin:


—Jovencito, debo decirte que pareces un chico más educado y despierto que los que se suelen ver por estos sitios.


—Desde luego, yo tampoco creo que los hoteles sean el sitio más a propósito para los chicos jóvenes —sentenció la esposa de su corazón. Era una mujer ancha y rotunda, que hasta aquel momento había estado afanosamente ocupada en la inspección del cuarto contiguo—. No querría yo ver a ninguno de mis hijos trabajando en un hotel, con la clase de cosas que se ven por estos sitios.


—Bueno, jovencito —siguió el viejo quitándose el abrigo y rebuscando en los bolsillos de sus pantalones—. Ve abajo y tráeme tres o cuatro periódicos de la tarde, si es que los encuentras, y un jarro de agua helada, y te daré quince centavos cuando vuelvas.


—Este hotel está mejor que el de Omaha, ¿no te parece? —añadió la esposa sentenciosamente—. Tiene mejores alfombras y cortinas.


A pesar de que Clyde no era más que un novato, no pudo evitar sonreírse para sus adentros. Al exterior, sin embargo, presentaba una máscara de solemnidad que parecía borrar toda señal de pensamiento, y tomó el dinero y se marchó. Y a los pocos momentos estuvo de vuelta con el agua helada y todos los periódicos de la tarde y se alejó sonriente con sus quince centavos.


Pero esto en sí no fue más que un principio por lo que se refería a aquella tarde en particular, pues apenas se había sentado de nuevo en el banco fue requerido para dirigirse a la habitación 529, de donde le enviaron al bar a por bebidas, dos cervezas y dos sifones, dándole el encargo un grupo de jovencitos y muchachas muy bien vestidos que estaban riendo y charlando en la habitación, uno de cuyos componentes abrió la puerta lo suficiente como para instruirle sobre lo que deseaban. Pero a causa de un espejo que estaba situado encima de la repisa de la chimenea, pudo ver la reunión y a una linda muchacha con vestido y sombrero blancos sentada en el brazo de una butaca, sobre la que se reclinaba un joven que la tenía abrazada por el talle.


A Clyde se le abrieron los ojos de par en par, aunque hiciera todo lo posible por disimularlo. Y en su estado de ánimo aquella visión le causó el mismo efecto que si hubiera estado mirando por las puertas del Paraíso. He aquí que en esta habitación había muchachos y chicas que no eran mucho mayores que él mismo, riendo y charlando e incluso bebiendo, no bebidas heladas, refrescos ni cosas parecidas, sino productos tales

 




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como los que sin duda provocaban la indignación de su madre y de su padre, que siempre estaban hablando contra ellos, por conducir a la ruina, lo cual, por lo visto, aquí no preocupaba en absoluto.


Se apresuró a dirigirse al bar, y después de recoger las bebidas en una bandeja, regresó y obtuvo su dinero: dólar y medio por las bebidas y veinticinco centavos para él. Y una vez más tuvo un atisbo de la interesante escena. Solamente que ahora una de las parejas estaba bailando al compás de una cancioncilla tarareada y silbada por los otros ocupantes de la habitación.


Pero lo que le interesaba tanto como las visitas y ojeadas a los individuos alojados en los diferentes cuartos, era el panorama cambiante del vestíbulo principal, el carácter de los empleados que estaban detrás del mostrador: el encargado de las habitaciones, el de las llaves, el del correo, el cajero y el ayudante del mismo. Y las varias dependencias que estaban en torno al lugar: el despacho de las flores, el de los periódicos, el de los cigarrillos, la oficina de telégrafos, la de los taxis, todas ellas ocupadas por individuos que le parecían estar curiosamente adaptados a la atmósfera característica del lugar. Y en torno a ellos o circulando de un sitio a otro, paseando o sentados, había hombres y mujeres de aspecto impresionante, jóvenes y muchachas vestidos a la última moda, todos tan pimpantes y de apariencia tan satisfecha. Y los coches o vehículos similares en los que algunos de ellos aparecían cuando se fue aproximando la hora de la cena o más tarde. Le era posible verlos al resplandor de las luces de la calle. Los abrigos, pieles y otras pertenencias en las que aparecían envueltos o que eran transportados por otros botones o por él mismo a lo largo del gran vestíbulo hasta los coches o hasta el comedor o distintos ascensores. Y siempre eran de tejidos riquísimos, en opinión de Clyde. Todo tenía un aire magnífico. Esto, entonces, era con toda certeza lo que significaba ser rico, ser una persona prominente en el mundo, tener dinero. Significaba que podías hacer lo que querías. Que otras personas, como él mismo, aguardaban tus órdenes. Que poseías todas estas comodidades. Que obrabas como, donde y cuando querías.




CAPÍTULO 7


Y así, de todas las influencias que podrían haber afectado a Clyde por este tiempo, bien como una ayuda o un perjuicio para su desarrollo, quizá la más peligrosa para él, considerando su temperamento, fue este mismo Green-Davidson, ya que entre las dos grandes cadenas montañosas americanas no podía haberse encontrado un reino que material y espiritualmente le afectase de una manera más profunda. Su penumbroso y acolchado salón de té, tan oscuro y, sin embargo, tan alegremente avivado con luces de colores, era un lugar de citas ideal no sólo para las inexperimentadas y ávidas jovencitas de la época capaces de sentirse atraídas por un despliegue de lujo, sino también por aquellas otras bellezas de mayor experiencia y quizá un poco más ajadas que pensaban que su cutis lucía mejor bajo luces turbias e inciertas. De la misma manera, como en muchos hoteles por el estilo, era frecuente la concurrencia de un cierto tipo de varón voraz y ambicioso, de edad incierta y de situación no menos incierta en la vida, que hacía sus cálculos sobre las ventajas de aparecer por aquí al menos una vez, si no dos veces por día,

 




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a ciertas horas punta e interesantes, para ganarse de esa forma la reputación de hombre conocido en la ciudad, o rondador, o persona de posición, gusto y atractivo, o todo a la vez.


Y no mucho después de que Clyde comenzase a trabajar aquí, fue informado por estos muchachos peculiares con los que estaba asociado, uno o más de los cuales estaba constantemente sentado con él en el «banco de los botones», tal como lo llamaban, sobre la evidencia y presencia innegable (pero ello no quedó establecido sino después de mostrársele varios ejemplos conspicuos del fenómeno) de un cierto tipo de pervertido social, moralmente descalificado y socialmente tabú, que trataba de impresionar e interesar a muchachos dé su tipo, con objeto de llegar con ellos a cierta forma de relaciones ilícitas que al principio Clyde no pudo comprender. El mero pensamiento de una cosa así lo ponía enfermo. Y sin embargo, de algunos de estos muchachos, tal como ahora se le informaba, en particular de cierto joven que por aquel entonces no estaba en el mismo turno de guardia que él, se suponía que tenía un temperamento apto para «acceder», como uno de los muchachos definió el hecho.


Y la charla y los manejos que se veían en el vestíbulo y en la parrilla, por no decir nada de los restaurantes y habitaciones, eran suficientes para convencer a cualquier mente inexperimentada y de escaso discernimiento que el principal asunto de la vida en cualquiera que tuviese una elevada posición social o económica era asistir a un teatro, a un juego de pelota cuando era la estación propicia, o bailar, conducir, invitar a amigos a comer o viajar por Nueva York, Europa, Chicago, California. Y en las vidas de la mayor parte de estos muchachos había habido tal falta de todo lo que se aproximara a la comodidad o al buen gusto, no digamos al lujo, que, de una manera muy parecida a Clyde, se sentían inclinados no sólo a exagerar la importancia de todo lo que veían, sino a considerar esta súbita transición como una oportunidad para compartir todas esas delicias. ¿Quiénes eran estas gentes de dinero, y qué habían hecho para que pudieran disfrutar de tantas maravillas, mientras que otros, al parecer tan buenos como los afortunados, no tenían nada? ¿Y por qué estos últimos diferían tanto de los triunfadores? Clyde no lo comprendía. Pero estos pensamientos centelleaban por las mentes de cada uno de estos muchachos.


Al mismo tiempo la admiración, por no hablar nada de los avances privados de un cierto tipo de mujer o muchacha, que inhibida quizá por el medio social en que se encontraba, pero que disponiendo de recursos podía invadir regiones como éstas, y mediante carantoñas y sonrisas y el dinero que poseía, conseguir el favor de alguno de los jóvenes más atractivos que por allí rondaban, era objeto de muchos comentarios.


Así, un joven llamado Ratterer, sirviente en el vestíbulo, estando sentado junto a Clyde la tarde siguiente, le susurró, al ver entrar a una rubia opulenta y bien formada de unos treinta años, que llevaba un perrito bajo el brazo e iba cubierta de pieles:


—¿Ves ésa? Es una lagarta. Ya te contaré algo cuando tengamos tiempo. ¡Huy, las cosas que hace!


—¡Cuéntame, cuéntame! —pidió Clyde, aguzada su curiosidad, ya que la dama le parecía terriblemente hermosa y fascinadora.


—Oh, nada, sino que ha estado aquí con más de ocho personas distintas desde que estoy sirviendo de botones. En un principio se encaprichó de Doyle —otro botones que

 




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por aquel entonces Clyde había observado ya como si fuera la quintaesencia de la gracia chesterfieldiana, en aire y en aspecto, un joven a quien sería conveniente imitar— y estuvo con él algún tiempo, pero ahora se ha buscado otro.


—¿De verdad? —preguntó Clyde, muy asombrado y soñando si alguna vez podría tener él una suerte parecida.


—Es la pura verdad —prosiguió Ratterer— Es una de esas pájaras que nunca tiene bastante. Me han dicho que su marido es un comerciante rico de no sé qué pueblo de Kansas, pero ya hace tiempo que no viven juntos. Ella tiene una de las mejores habitaciones en el sexto piso, pero no está casi nunca. Me lo contó la doncella.


Este mismo Ratterer, que era bajito y rechoncho, pero de aspecto agradable y risueño, era tan franco y sencillo y generalmente afable, que Clyde al instante se sintió atraído por él y deseó conocerle mejor. Y Ratterer correspondió a aquel sentimiento, porque tenía la sensación de que Clyde era inocente e inexperimentado y de que agradecería todo lo que se hiciera por ayudarle.


La conversación fue interrumpida por una llamada del servicio y nunca volvió a recaer sobre esa mujer en especial, pero el efecto que produjo en Clyde fue muy hondo. La mujer tenía un aspecto muy atractivo; estaba maravillosamente formada, su piel era blanquísima y sus ojos brillantes. ¿Podía ser cierto lo que había estado contándole Ratterer? ¡Era tan bonita! Clavado en el banco miraba en sueños la visión de algo que ni siquiera ante sí mismo quería reconocer, que le ponía el vello de punta.


Estaba después la cuestión de los temperamentos y filosofías de estos muchachos. Kincella, bajo y grueso, con una cara ancha y ligeramente bobalicona, pero bien parecido y viril, tenía fama de ser un mago en los juegos de azar, y fue él quien se encargó, durante los tres primeros días, de completar la instrucción que Hegglund le había dado a Clyde. Era un joven más suave y mejor hablado que Hegglund, aunque no tan atractivo como Ratterer, ya que carecía de la simpatía de este último.


Estaba además Doyle, Eddie de nombre, al que Clyde halló muy interesante desde el primer momento, y de quien no dejó de sentirse un poco celoso, porque era muy bien parecido, de figura agradable, elegante en gestos y posturas, y con una voz dulce y acariciadora. Iba por todas partes con un aire indescriptible que parecía congraciarle de inmediato con todas las personas a las que tuviese que tratar, tanto a los empleados de detrás de los mostradores como a los desconocidos que entraban y le preguntaban tales o cuales cosas. Sus zapatos y cuello estaban tan limpios y relucientes, y su cabello tan recortado, peinado y aceitado a la moda, que muy bien podría haberse convertido en un actor de cine. Desde el primer momento, Clyde se sintió profundamente fascinado por su gusto en materia de trajes, por la elegancia de sus trajes oscuros, de sus gorras y de sus calcetines y corbatas a juego. No tenía más remedio que comprarse una chaqueta oscura con cinturón igual que aquélla. También había de tener una gorra marrón. Y un traje bien cortado y atractivo.


Similarmente, un efecto distinto, aunque también relacionado, le fue producido por Hegglund, el mismo joven que había sido el primero en instruir a Clyde en el trabajo que aquí se desarrollaba. Este Hegglund era uno de los más antiguos y experimentados botones, y tenía una considerable influencia sobre los demás a causa de su burlona y despreocupada actitud hacia todo lo que pudiese ocurrir con tal que fuese a horas

 




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distintas de su servicio en el hotel y lejos del recinto del mismo. No era tan refinado o atractivo como los otros, pero interesaba y encantaba a Clyde intensamente por razón de su misma manera de ser más ávida y dinámica, además de una gran liberalidad en cuanto concernía al dinero o a los placeres, y un valor, fuerza y atrevimiento con los que ni Doyle ni Ratterer ni Kincella podían competir, fuerza y valor sin razón ni objeto las más de las veces. Como él mismo le contó a Clyde al poco tiempo, era hijo de un panadero sueco que pocos años antes había abandonado a su mujer en Jersey City, dejando que se las compusiese lo mejor que pudiera. En consecuencia, ni Oscar ni su hermana Martha habían tenido excesiva educación o experiencias sociales distinguidas de ninguna clase. Por el contrario, a la edad de catorce años él había salido de Jersey City en un tren de mercancías y estaba abriéndose camino lo mejor que podía. Y al igual que Clyde, se mostraba morbosamente ansioso de todos los placeres que había imaginado a su alrededor y estaba siempre dispuesto a acometer aventuras en todas direcciones, faltándole, sin embargo, el miedo nervioso a las consecuencias que caracterizaba a Clyde. También tenía un amigo, un joven llamado Sparser, algo mayor que él, que era chófer de un acaudalado ciudadano de Kansas City, y que en ocasiones se las arreglaba para disponer a su placer de un coche y poder invitar a Hegglund a breves salidas aquí y allí, cortesía ésta que por deshonesta y poco convencional que pudiese ser, servía, sin embargo, para que Hegglund produjese la impresión de ser un individuo maravilloso y de mucha más importancia que cualquiera de los otros, adquiriendo a ojos de Clyde un lustre respaldado por un aplomo que no correspondía a ninguna realidad sólida.


No siendo tan atractivo como Doyle, no le era tan fácil atraer la atención de las muchachas, y aquellas a las que conseguía interesar no tenían ni mucho menos el mismo encanto o importancia. Sin embargo, se mostraba sobremanera orgulloso de tales contactos cuando podía efectuarlos, y le gustaba no poco jactarse de ellos, particularidad a la que Clyde daba más crédito que el resto, por estar dotado de menor experiencia. Por esta razón, Hegglund sentía gran simpatía por Clyde desde el primer momento, tal vez por percibir en él un auditorio benévolo y complaciente.


De esa forma, al encontrarse sentado junto a Clyde en el banco, de vez en cuando, había proseguido el curso de sus instrucciones. Kansas City era un sitio estupendo para vivir si uno sabía arreglárselas. Había trabajado en otras ciudades, Buffalo, Cleveland, Detroit, St. Louis, antes de venir aquí, pero ninguna de ellas le había gustado tanto, lo cual era un hecho que no le importaba revelar en ocasiones, principalmente porque no le había ido tan bien en tales lugares como le iba aquí. Había sido lavaplatos, limpiacoches, ayudante de fontanero y varias otras cosas antes de que por último le indujeran en Buffalo a entrar en el negocio de la hostelería. Y entonces un joven que estaba trabajando aquí, pero que ya se había ido, le persuadió para que viniese a Kansas City, «donde las propinas son tan grandes —decía— como en cualquier otra parte, y yo entiendo de esto. Además, la gente que trabaja aquí es buena gente. Si uno se porta bien con ellos, ellos se portarán bien contigo. Llevo aquí más de un año y no tengo ninguna queja. El señor Squires no te molestará lo más mínimo si no le molestas tú. Es severo, pero es porque tiene que mirar por sí mismo, y eso es natural. Pero no regaña a nadie a menos que tenga motivos. Y en cuanto al resto del personal, no hay problema. Y cuando acabas tu trabajo, todo el tiempo es tuyo».

 




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A Clyde le daba la impresión de que estos jóvenes eran los mejores amigos del mundo, exceptuando a Doyle, que se mostraba un poco engreído. Y así iban juntos en ocasiones al baile, a una cena, a un garito cerca del río? a un cabaret donde había muchachas vistosas, y así sucesivamente, un mundo del que nadie había informado a Clyde previamente y que le hacía meditar, soñar, dudar y preguntarse acerca de toda la sabiduría, encanto y delicia que se encerraría en aquello, como asimismo si le estaría o no permitido, ya que durante toda su vida se le había educado en sentido contrario. Aquello le causaba un temor que no dejaba de ser agradable mientras prestaba la más intensa atención.


En cuanto a Thomas Ratterer, era un tipo que a primera vista podía uno decir que no tenía nada de peligroso ni de hostil con relación a los demás. Era más bien bajito y rechoncho, con los cabellos negros y la piel cetrina, ojos límpidos como el agua y jovial como el primero. El también, como Clyde supo al poco tiempo, pertenecía a una familia insignificante, y no había podido aprovecharse de ninguna ventaja social o financiera. Pero tenía una manera muy particular de hacerse agradable y resultaba simpático a todos aquellos que le consultaban sus asuntos. Natural de Wichita, mudado recientemente a Kansas City, él y su hermana formaban el sostén principal de una madre viuda. Durante sus años infantiles los dos habían visto a esta madre, simpática y de buen corazón, a la que querían sinceramente, maltratada y escarnecida por un esposo infiel. Muchas veces no tenían comida que llevarse a la boca. En más de una ocasión fueron desahuciados por no pagar el alquiler de la casa. Con cierta intermitencia, Tommy y su hermana tuvieron que ser alimentados en diversas escuelas públicas. Finalmente, a la edad de catorce años, se había venido aquí, a Kansas City, donde se había procurado diversos trabajos, hasta que consiguió entrar en el Green-Davidson. Luego vinieron a unírsele su madre y su hermana, que se trasladaron desde Wichita para estar con él.


Pero mucho más que por el lujo del hotel o de estos jóvenes, a los que iba empezando a conocer con rapidez y aplomo, Clyde se sentía impresionado por el flujo de pequeños cambios que tenían lugar en él y que convertían su mano derecha en una bolsa donde se iban acumulando monedas de distintas clases, incluso de medio dólar, hasta que al llegar a las nueve de la noche del primer día se vio con cuatro dólares en el bolsillo, y a las doce, hora en que fue relevado, con no menos de seis dólares y medio.


Y de esa cantidad, como él ya estaba informado, sólo tenía que entregar al señor Squires un dólar, y todo el resto era para él por el simple hecho de haber pasado una noche interesante en un trabajo delicioso y fascinador.


Apenas podía creérselo. Parecía fantástico, casi aladinesco. Sin embargo, a las doce exactamente, cuando sonó el gong aquel primer día, se oyó un ruido de pisadas y aparecieron tres muchachos, uno para ocupar el puesto de Barnes en el pupitre y los otros dos para contestar a las llamadas. Por indicación de Barnes, los ocho que estaban presentes recibieron la orden de levantarse, vestirse de paisano y marcharse. Y una vez en el vestíbulo, en el momento de marcharse, Clyde se aproximó al señor Squires y le alargó un dólar de plata.


—Está bien —dijo el señor Squires.


Ni más ni menos. Luego Clyde, junto con los demás, pasó a su departamento, se cambió de traje y salió a las calles en penumbra con un sentimiento de felicidad y de

 




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responsabilidad ante el futuro estremeciéndole con tanta fuerza que casi le mareaba. Pensar que ahora, finalmente, ocupaba de verdad un puesto semejante. Pensar que


podía ganar otro tanto quizá todos los días.


Empezó a andar hacia su casa, siendo su primer pensamiento que debía dormir profundamente para disponerse así a cumplir en forma sus deberes por la mañana. Pero al acordarse de que al día siguiente no tenía que regresar al hotel hasta las once y media, se fue a una cafetería que estaba abierta toda la noche para tomarse una taza de café y una tarta. Y entonces recordó también que aquel día sólo tendría que trabajar desde el mediodía hasta las seis de la tarde, hora en que estaría libre hasta el día siguiente a las seis de la mañana. Y seguiría haciendo dinero. Para quedarse la mayor parte.




CAPÍTULO 8


Lo que más interesó a Clyde en un principio fue ver la forma de conservar en su poder la mayor parte del dinero que estaba ganando. Pues hasta ahora siempre que había estado trabajando y ganando algún dinero se suponía que tenía que contribuir a los gastos de la casa con una buena porción de lo que cobraba, por lo menos las tres cuartas partes de los pequeños salarios que había estado recibiendo. Pero si en esta ocasión anunciaba que percibía por lo menos veinticinco dólares o más a la semana, aparte del salario de quince dólares mensuales y de la comida, sus padres esperarían sin duda que les pagase diez o doce semanales.


Pero llevaba tanto tiempo obsesionado por el deseo de conseguir un aspecto tan atractivo como el de cualquier otro muchacho bien vestido, que ahora que tenía la posibilidad no podía resistir la tentación de equiparse tan rápidamente como le fuera posible.


En consecuencia, decidió decirle a su madre que todas las propinas que recibía no sumaban más de un dólar diario. Y con objeto de concederse mayor libertad de acción en el asunto de disponer de su tiempo libre, anunció que a menudo, además de las horas extra que se le exigían un día sí y otro no, se esperaba de él que ocupase el puesto de otros muchachos que estaban enfermos o que habían sido enviados a hacer otras cosas.


De esta forma explicó que la dirección exigía de todos los muchachos que tuviesen un aspecto impecable tanto fuera como dentro del hotel. A partir de este momento ya no podía llevar los trajes que ahora usaba. El señor Squires, dijo, había aludido a este punto de una manera que no dejaba lugar a dudas. Pero, añadió, como para paliar el golpe, que uno de los muchachos del hotel le había recomendado un sitio donde podría comprar a plazos todas las cosas que necesitaba.


Su madre era tan ingenua en estas cuestiones que se lo creyó todo.


Pero había además otras cosas. Estaba ahora en contacto diario con un tipo de joven que, a causa de su mayor experiencia del mundo y de los placeres y vicios de una vida semejante, se había visto ya inducido a practicar ciertas formas de libertinaje que incluso entonces le eran totalmente desconocidas a Clyde y que le hicieron retroceder con asombro y al principio con cierto desagrado temeroso. De esta forma, como Hegglund le indicaba, un cierto porcentaje de este grupo, del cual Clyde era ahora uno más, hacía

 




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causa común en el sentido de practicar aventuras a intervalos regulares, que usualmente tenían lugar en la noche de cobrar la paga mensual. Estas aventuras, según el humor de sus participantes y el estado de sus economías, les llevaban a menudo a cualquiera de los dos restaurantes nocturnos famosos por aquel entonces y no excesivamente respetables.


En grupos, tal como fue coligiendo gradualmente al oírles hablar, se concedían tardías cenas en las que no faltaba la bebida y tras las cuales iban a algún baile por los barrios dudosos, eligiendo a alguna que otra joven llamativa o, si fracasaba esta fuente de interés, visitaban algún burdel notorio, camuflado a menudo de pensión, donde por muchísimo menos que el dinero que cada uno llevaba, podían, tal como se jactaban a menudo, «conseguir cualquier chica de la casa». Y en aquellos sitios, por supuesto, a causa de su juventud innegable, de su ignorancia, generosidad, buen humor y aspecto agradable, eran recibidos con entusiasmo por las diversas señoras y señoritas, quienes trataban, naturalmente por razones de índole comercial, de interesarlos para que volviesen una y otra vez.


La vida de Clyde había sido hasta entonces tan mísera y sedienta de cualquier forma de placer, que desde el primer momento se puso a escuchar con oídos demasiado ansiosos los relatos de aquellas fascinantes aventuras y fantásticos goces. Y no es que aprobara este tipo de esparcimientos. En realidad al principio le ofendía y le deprimía al ver que estaba totalmente en contra de todo lo que había oído y creído durante tantos años.


Sin embargo, un cambio tan radical y un alivio tan violento del trabajo represivo y monótono dentro del cual había sido educado, no podía menos de hacerle sentir una comezón por toda la variedad y el color que esto parecía sugerir. Escuchaba con simpatía y con avidez, aunque a veces mentalmente desaprobara lo que estaba oyendo. Y viéndole tan dispuesto y jovial, primero uno y después otro de estos jóvenes le habían ido haciendo insinuaciones para acudir a tal o cual sitio: a un teatro, a un restaurante, al hogar de uno o de otro, donde se podía jugar una partida de naipes, o incluso a una de aquellas casas desvergonzadas, sugerencia esta última que Clyde en un principio rehusó decididamente. Pero poco a poco, al familiarizarse más y más con Hegglund y Ratterer, por los cuales sentía mucha simpatía, y al ser invitado por ellos para unírseles a una cena en el restaurante Frissell, decidió ir.


—Esta noche, Clyde, vamos a correr una de nuestras juergas en Frissell —le dijo Ratterer—. ¿Quieres venir con nosotros? Todavía no has estado nunca.


Por esta época, Clyde, que ya se había aclimatado a esta atmósfera calurosa, no se mostraba ya tan dudoso como en un principio. Pues ahora, imitando a Doyle, al que había estudiado muy cuidadosamente y con mucho provecho, estaba equipado con un traje marrón, gorra, abrigo, calcetines, alfiler de corbata y zapatos, todo ello lo más parecido posible a las prendas de su mentor. Y aquella indumentaria le sentaba bien, extremadamente bien, tanto que se encontraba más atractivo que lo hubiese estado nunca en su vida, y no tan sólo sus padres, sino también su hermano y su hermana pequeños estaban no poco asombrados e incluso impresionados por el cambio.


¿Cómo podía Clyde haber llegado a esta grandeza con tanta rapidez? ¿Cuánto podía haberle costado todo lo que llevaba puesto? ¿No estaría hipotecando sus futuros salarios, por esta grandeza temporal, mucho más de lo que sería prudente? Podría tener necesidades en el futuro. Sus hermanos también necesitaban cosas. Y la atmósfera moral y

 




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espiritual de un sitio que le hacía trabajar durante tantas horas y que le retenía hasta tan tarde por tan poca paga, ¿era el lugar más adecuado en donde trabajar?


A todo lo cual él replicaba, más bien astutamente, que lo que hacía era en bien suyo y que no estaba trabajando demasiado. Sus trajes no eran demasiado buenos; su madre tendría que ver los que llevaban los demás muchachos. No estaba gastando demasiado dinero. Y de todas formas, le daban mucho tiempo para pagar todo lo que había comprado.


Pero ahora se trataba de esta cena. Ya eso era otra cosa, incluso para él mismo. Se preguntaba cómo iba a arreglárselas en caso de que la reunión durase hasta muy tarde, como se esperaba, y qué explicación iba a darle a su madre y a su padre por volver a horas tan avanzadas. Ratterer le había dicho que estarían hasta las tres o las cuatro de la madrugada, aunque, naturalmente, él podría marcharse cuando quisiera. Pero, ¿qué pensarían si les daba un esquinazo semejante? Pero es que la mayor parte de los muchachos no vivían con su familia, o si lo hacían, como Ratterer, era porque tenían padres que no se preocupaban mucho de ellos.


Estaba además la cuestión de si esa cena sería en sí misma prudente. Todos estos muchachos bebían bastante y no les importaba hacerlo. Sería tonto por su parte pensar que beber constituía un peligro tan grave. Por otra parte, era verdad que no tenía por qué hacerlo si no le apetecía. Iría, y si en su casa le decían algo, explicaría que había estado trabajando hasta muy tarde. ¿Qué importancia tenía que alguna vez se retrasara un poco? ¿No era ya un hombre? ¿No estaba ganando más dinero que nadie de la familia? ¿No podía empezar a hacer lo que le gustara?


Comenzó a percibir la delicia de la libertad personal, a aspirar el aire de una aventura excitante y cautivadora. No iba a retroceder ahora por ninguna sugerencia que su madre pudiera hacerle.




CAPÍTULO 9


De esta forma la interesante velada que Clyde estaba aguardando tuvo lugar. Fue celebrada en el restaurante de Frissell, como Ratterer había anunciado. Y ya por aquel entonces Clyde, que se hallaba en excelentes relaciones con todos estos jóvenes, se mostraba de un humor magnífico al respecto.


No tenía más que echar la vista en torno y ver cuál era ahora la condición de su vida. Sólo pocas semanas antes era un individuo solitario, sin un amigo, que conocía apenas en todo el mundo a algún que otro muchacho. Y ahora, tan poco tiempo después, se veía acudiendo a esta comida con este grupo tan interesante.


Y conforme a lo que sucede en las ilusiones de la juventud, el lugar le pareció mucho más excelente e interesante de lo que realmente era. Consistía en poco más que un parador al antiguo estilo americano. Las paredes estaban cubiertas con retratos firmados por actores y actrices, junto con carteleras de diversos períodos. Y a causa de la buena calidad de la comida, por no decir nada del magnífico humor de su actual propietario, se había convertido en el punto de cita de actores de paso, políticos, hombres de negocios y, tras ellos, los seguidores que siempre se sienten arrastrados por todo lo que resulta diferente

 




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de aquello que les es familiar y conocido.


Y estos muchachos, habiendo oído alguna que otra vez a los conductores de coches y taxis que éste era uno de los sitios mejores de la ciudad, lo eligieron para sus cenas mensuales. Un solo plato de lo que quiera que fuese costaba de sesenta centavos a un dólar. El café y el té eran servidos con todos los preparativos. Se podía pedir cualquier clase de bebida. A la izquierda de la sala principal según se entraba, había una habitación más oscura y de techo bajo ¡provista de una chimenea, estancia ésta en que sólo estaba permitida la entrada a los hombres que se sentaban allí a fumar y a leer los periódicos después de las comidas, siendo éste el lugar por el que los jóvenes sentían mayor admiración. Al comer allí se sentían más mayores, más sabios, más importantes, verda-deros hombres de mundo. Y Ratterer y Hegglund, a los cuales Clyde estaba muy unido por aquel entonces, así como la mayor parte de los otros, se sentían muy satisfechos de que no hubiera en todo Kansas City un sitio tan bueno como éste.


Y así aquel día, habiendo cobrado su sueldo a mediodía y quedando libres a las seis de la tarde, se reunieron fuera del hotel en la esquina próxima al bar donde Clyde había solicitado trabajo en un principio, y se hallaban todos de un humor ruidoso y excelente: Hegglund, Ratterer, Paul Shiel, Davis Higby, otro joven, Arthur Kincella y Clyde.


—¿Oísteis lo que ha pasado con el tipo de St. Louis que estuvo ayer en dirección? — preguntó Hegglund a todo el grupo mientras caminaban— Se le ocurre poner un telegrama el sábado pasado desde St. Louis pidiendo que le reserven un saloncito, un dormitorio y un cuarto de baño para él y su esposa, y ordena que pongan flores en la habitación. Me lo ha contado Jimmy, el encargado de las llaves. Después llega y firman él y la muchacha como marido y mujer. La muchacha era una perita en dulce. ¿Os dais cuenta? Luego, el miércoles, después de tres días, la gente empezaba a estar un poco intrigada, porque no hacía más que pedir comidas y bebidas para su habitación, y dice que su mujer tiene que volver a St. Louis y que él ya no necesita todo un apartamento, sino una habitación individual y que ya pueden trasladarle su baúl y las maletas de ella a su nueva habitación hasta que llegue la hora de que ella tome el tren. Pero el baúl tampoco era de él sino de ella. Y ella no había pensado en ningún momento en marcharse, era la primera noticia que tenía. Pero él se quita de en medio y la deja tirada y sin un céntimo. Ahora no quieren dejarla salir y le han retenido el baúl y ella no hace más que llorar y telegrafiar a sus amigos para que le manden dinero para pagar la cuenta. Incluso las flores. Rosas. Y seis comidas diferentes en la habitación y todas las bebidas que él pedía.


—Sí, ya sé a quién te refieres —exclamó Paul Shiel— Yo también le subí algunas bebidas. Me di cuenta de que había algo raro en aquel tipo. Era demasiado finolis y hablaba dándose mucho tono.


Y después de todo nunca daba más de diez centavos.


—También yo me acuerdo de él —intervino Ratterer—. Me mandó a buscar el lunes todos los periódicos de Chicago y sólo me dio diez centavos. Me pareció un fanfarrón.


—Bueno, el caso es que se la pegó a todo el mundo —prosiguió Hegglund—. Y ahora están viendo si ella puede pagar. ¿Os dais cuenta?


—No me pareció que ella tuviese más de dieciocho o a lo sumo veinte años —dijo Arthur Kincella, que hasta entonces había permanecido callado.


—¿Viste tú a alguno de los dos, Clyde? —preguntó Ratterer, que se sentía inclinado a

 




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favorecer y alentar a Clyde haciéndole que tomara parte en todas las conversaciones.

—No —replicó Clyde—. No recuerdo haber visto a ninguno de los dos.


—Pues te has perdido un pájaro de cuenta. Un tío alto con una chaqueta negra muy ceñida y unos lentes de oro y un alfiler con una perla. Creí que era un inglés, un duque o algo así, por la forma que tenía de andar, siempre con un bastoncito. Hablaba recalcando mucho las palabras y daba las órdenes como si todo el mundo tuviese que estar pendiente de él.


—Eso es verdad —comentó Davis Higby—, Todos los ingleses son lo mismo. A mí no me importaría dármelas de inglés alguna vez.


Habían pasado ya dos esquinas y cruzado diversas calles, tras lo cual entraron en grupo por la puerta principal de Frissell, cuya iluminación se reflejaba en los jarrones de porcelana, los cubiertos de plata y los rostros de parroquianos con todo el zumbido y estrépito propios de un restaurante abarrotado. A Clyde le impresionó mucho el espectáculo. Aparte del Green-Davidson, nunca había estado en sitios parecidos ni con jóvenes tan sabios y experimentados.


Se abrieron camino hasta un grupo de mesas situado frente a una pared cubierta de tapices. El maître, reconociendo a Ratterer, Hegglund y Kincella como viejos clientes, puso dos mesas juntas y ordenó traer pan, mantequilla y vasos. Terminados estos arreglos, Clyde, con Ratterer y Higby, ocuparon la parte cercana a la pared y Hegglund, Kincella y Shiel se sentaron enfrente.


—Yo, para empezar, un buen manhattan —exclamó Hegglund ávidamente, mirando al público que llenaba el local y sintiéndose en aquellos momentos una persona importante. Su cutis rojizo, sus ojos agudos y azulados, su cabello azafranado, pegado a la frente, le daban el aire de una gran langosta bien cocida.


De forma similar, Arthur Kincella, una vez allí, parecía estallar de satisfacción en la euforia del momento. De manera ostentosa se alisó los puños de la chaqueta, cogió una lista de vinos y exclamó pomposamente:


—Bueno, un martini seco está bien para empezar.


—Yo prefiero un whisky con soda —observó Paul Shiel solemnemente, examinando al mismo tiempo la minuta.


—Esta noche no quiero tomar ninguno de esos cócteles —dijo Ratterer jovialmente, pero con una nota de misterio en la voz—. Ya os dije que no pienso beber mucho y estoy dispuesto a cumplir mi palabra. Creo que un vaso de vino del Rhin y un poco de soda bastarán para hacerme boca.


—Por todos los diablos, ¿oís esto? —exclamó Hegglund en tono imprecatorio— Ahora resulta que va a beber vino del Rhin. Cuando lo que siempre le ha gustado es un buen manhattan. ¿Qué mosca te ha picado hoy? Creí que pensabas pasarlo bien esta noche.


—Y sigo pensándolo —replicó Ratterer—. ¿Pero es que no puede uno divertirse sin necesidad de emborracharse? Esta noche quiero estar fresco. No quiero más rapapolvos por la mañana. La vez pasada estuve a punto de meterme en un lío.


—Eso es verdad —exclamó Arthur Kincella—, yo tampoco quiero beber tanto como para perder la cabeza, pero todavía es muy temprano para preocuparse.


—¿Tú qué dices, Higby?

 




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Hegglund se dirigió ahora al muchacho de los ojos redondos.


—Tomaré también un manhattan —replicó, y luego, mirando al camarero que estaba a su lado, preguntó—: ¿Cómo van las cosas, Dennis?


—No puedo quejarme —replicó el camarero—. Todos estos días no deja de venir gente. Y en el hotel, ¿cómo van las cosas?


—Muy bien, muy bien —repuso Higby jovialmente, estudiando la minuta.


—Y tú, Griffiths, ¿qué vas a tomar? —preguntó Hegglund que, como maestro de ceremonias, delegado por los otros para ocuparse de pedir, pagar la cuenta y dar la propina al camarero, estaba ahora desempeñando su papel.


—¿Quién, yo? ¡Oh, yo! —exclamó Clyde, no poco turbado por la pregunta, pues hasta este mismo momento no había tomado nunca nada más fuerte que un café o soda helada. No dejaba de impresionarle la forma desenvuelta y complicada en que estos jó-venes pedían cócteles y whisky. Sin duda no podía imitarlos, pero sin embargo, por lo que ya sabía de antes y había deducido de la conversación, era indudable que en estas ocasiones no se mostraban parcos en la bebida, y él no sabía cómo echarse atrás. ¿Qué pensarían si no bebía nada? Pues hasta entonces siempre se había movido entre ellos y había tratado de parecer tan hombre de mundo como cualquier otro. Pero a sus espaldas estaban todos los años durante los cuales se le había inculcado el horror a la bebida y a las malas compañías. Y aunque en lo más profundo de su corazón hacía ya mucho tiempo que se había rebelado contra todos los textos y máximas a que sus padres estaban siempre aludiendo, sin embargo no podía por menos que pensar con temor y vacilar antes de decidirse. ¿Bebería o no bebería?


Durante una fracción de segundo, mientras todas esas cosas daban vueltas en su cabeza, titubeó y añadió luego:


—Bueno, creo que me decidiré también por el vino del Rhin y la soda.


Era lo más fácil y tranquilizador que podía decir, a su entender. El carácter suave e incluso inocuo del vino del Rhin y del agua de seltz había sido subrayado por Hegglund y todos los demás, pero sin embargo Ratterer iba a tomarlo, detalle éste que hacía que su elección pareciera menos extraña y, desde su punto de vista, menos ridícula.


—¿Os dais cuenta de esto? —exclamó Hegglund en tono dramático—. Dice que tomará también vino del Rhin y seltz. Veo que esta reunión va a disolverse a las ocho y media a menos que los demás hagamos algo.


Y Davis Higby, que era más exigente y apasionado de lo que su aspecto daba a entender, se volvió hacia Ratterer:


—¿Por qué vas a empezar con vino del Rhin y seltz, Tom? ¿Es que no quieres que nos divirtamos esta noche?


—Bueno, ya os dije el porqué —dijo Ratterer—. Además, la última vez que estuvimos juntos salí con cuarenta dólares y me encontré sin un centavo cuando terminamos. Esta vez me he propuesto no perder la cabeza.


—Ah, pero eso fue en casa de las fulanas.


Clyde se sobresaltó al escuchar la palabra. Porque cuando hubiesen acabado la cena y comido y bebido bastante tenían que ir a una de esas casas, una casa mala por supuesto. No había duda de eso porque ya él sabía lo que significaba la frase. Las fulanas serían mujeres, mujeres malas, mujeres perdidas. Y se esperaba que él fuese también. ¿Pero

 




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querría, sería capaz?


Ahora, por primera vez en su vida, tenía que enfrentarse con una elección a la que le empujaba su deseo de adquirir un conocimiento más completo del gran misterio fascinante que durante tanto tiempo le había atraído y que a la vez le horripilaba y le repelía. Pues a pesar de sus muchos pensamientos con respecto a estos asuntos y a las mujeres en general, nunca había tenido contacto con ninguna de ellas de esta forma. Y he aquí que ahora...


De repente sintió por la espalda un escalofrío de terror. Su cara y sus manos se pusieron al rojo vivo y se le humedecieron luego mientras su frente y sus mejillas flameaban. Podía sentir todo esto físicamente. Pensamientos extraños, vertiginosos, arrolladores y sin embargo repulsivos se precipitaban dentro y fuera de su conciencia. El vello se le ponía de punta y se imaginaba cuadros, escenas de bacanal, que con toda rapidez e inútilmente trataba de arrancar de su imaginación. Volvían de forma inexorable. Y él deseaba que volvieran. Pero no quería. Y encima estaba no poco asustado. ¡Uff! ¿Es que no iba a tener coraje en absoluto? Estos otros individuos no estaban nada turbados por el proyecto que tenían entre manos. Estaban muy contentos. Ya habían empezado a reírse y gastarse bromas aludiendo a ciertos incidentes curiosos que habían sucedido la última vez que salieron juntos. Pero, ¿qué pensaría su madre si llegara a enterarse? ¡Su madre! No se atrevía a pensar en su madre o en su padre en este momento y arrojó a ambos resueltamente fuera de su conciencia.


—Oye, Kincella —exclamó Higby— ¿Te acuerdas de aquella pelirroja de la calle Pacific con ía que querías escaparte a Chicago?


—¿Que si me acuerdo? —replicó el divertido Kincella tomándose el martini que acababan de traerle— Pues no quería nada menos que abandonase el empleo en el hotel y le dejase ponerme un negocio de no sé qué clase. Yo no tenía que trabajar en nada, sino es-tar siempre pegado a su lado. Era lo que ella me decía.


—Sí, el único trabajo que tendrías que hacer ya sabemos cuál sería —intervino Ratterer.


El camarero puso delante de Clyde el vaso de vino de Rhin y el sifón, y el muchacho, interesado, turbado y fascinado por todo lo que oía, lo cogió y lo probó, lo encontró suave y más bien agradable, y se lo bebió de golpe. Y sin embargo, tan absorto estaba en sus pensamientos, que apenas se dio cuenta de habérselo bebido.


—Eso está bien —observó Kincella en un tono muy cordial—. Se ve que te gusta empinar el codo.


—Oh, no está malo —dijo Clyde.


Y Hegglund, viendo la rapidez con que había bebido, y dándose cuenta de que Clyde, nuevo en este ambiente y completamente verde, necesitaba ser animado y reafirmado, llamó al camarero:


—Oye, Jerry. Tráete otro de ésos y que sea un vaso grande —le susurró sin que los demás le oyeran.


Y de esta forma la comida continuó. Eran ya cerca de las once y todavía no habían agotado los diversos temas que le interesaban: historias de asuntos pasados, de trabajos antiguos, de viejas hazañas. Y por aquel entonces, Clyde ya había tenido tiempo considerable para meditar acerca de todos estos jóvenes, y se sentía inclinado a pensar que

 




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no estaba tan verde como ellos le creían y que por lo menos era en realidad más avispado que muchos de ellos, que tenía mejor mentalidad.


Porque, ¿quiénes eran ellos y cuáles eran sus ambiciones? Hegglund, por lo que podía ver, era vacío, ruidoso y alocado, una persona a la que podía uno meterse en el bolsillo mediante simple adulación. Y Higby y Kincella, muchachos interesantes y atractivos los dos, se enorgullecían de cosas que no tenían la menor importancia: Higby de saber algo sobre automóviles, porque tenía un tío en el negocio; Kincella por conocer algunos juegos de azar, incluso el de los dados. En cuanto a Ratterer y Shiel, podía ver, y lo venía notando desde hacía algún tiempo, que se contentaban con la profesión de botones y aspiraban sólo a continuar allí y nada más, cosa ésta que él no creía, ni siquiera ahora, que pudiese interesarle para siempre.


Al mismo tiempo, el tener que enfrentarse con el problema de que, de un momento a otro, propondrían marchar a uno de esos lugares donde nunca en su vida se había aventurado, para hacer allí cosas que nunca pensó hacer de esta manera, le perturbaba y le disgustaba. ¿No sería mejor excusarse en el momento de salir o bien dar el esquinazo disimuladamente y marcharse a su casa sin más preocupaciones? Porque, entre otras cosas, ¿no había oído ya decir que en tales sitios uno puede contraer las enfermedades más espantosas y que los hombres mueren miserablemente a causa de los vicios innobles iniciados de esta manera? Recordaba a su madre dando conferencias sobre esto, aunque sólo hablara de oídas. Y, sin embargo, como argumento contrario, aquí estaban todos estos muchachos que no se preocupaban lo más mínimo por lo que iban o no iban a hacer. Al revés, se mostraban de lo más alegres y divertidos, como si fuera lo más agradable del mundo.


Efectivamente, Ratterer, que por aquel entonces sentía una gran simpatía por Clyde, más por la manera que éste tenía de mirar y preguntar y escuchar que por nada de lo que hiciera o dijese, no dejaba de darle golpes con el codo, preguntándole con picardía:


—¿Qué te parece, Clyde, vas a estrenarte esta noche? —Y después se echaba a reír a carcajadas. O cuando notaba que Clyde estaba muy silencioso y pensativo le decía—: No van a morderte, hombre.


Y Hegglund, siguiéndole el humor a Ratterer y apartándose a veces de las diatribas con que se cubría de gloria, añadía:


—No te preocupes, chico. No tiene ninguna importancia. Y todos nosotros estaremos contigo para darte ánimos.


Y Clyde, nervioso e irritado, replicaba:


—Callaos los dos. Es una tontería que tratéis da daros aires conmigo. ¿Qué objeto tiene que os las deis de saber más que yo?


Y Ratterer le guiñaba el ojo a Hegglund para que no siguiera molestando y le susurraba a Clyde:


—No te enfades, hombre. Sabes que todo es broma.


Clyde se sentía muy agradecido a Ratterer y procuraba olvidar sus preocupaciones, reprochándose a sí mismo ser tan idiota como para no lograr disimular que estaba preocupado.


Pero ya a las once agotaron la conversación y la comida y la bebida y emprendieron la marcha, con Hegglund de guía. Y en lugar de la solemnidad requerida en la misión

 




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paterna sobre el examen de conciencia y la flagelación de los propios pecados, todo el mundo iba riéndose y charlando a gritos como si ante ellos sólo se extendiera una forma deliciosa de entretenimiento. Entonces, para gran disgusto y turbación de Clyde, empezaron a rememorar otras aventuras ocurridas en este ambiente entre las que había una en particular que parecía divertirles de forma extraordinaria y que se refería a una de las casas que habían visitado y que llamaban la de Bettina. Habían sido dirigidos allí primeramente por un joven alocado conocido por el apodo de Jones el mestizo, que pertenecía a la servidumbre de otro hotel. Y este muchacho y otro llamado Birmingham, juntamente con Hegglund, que había cogido una terrible borrachera, hicieron tales disparates que terminaron todos en comisaría, disparates que a Clyde le parecían absolutamente inconcebibles en muchachos de apariencia correcta, excesos tan crudos y desagradables que casi llegaron a producirle náuseas.


—¿Y te acuerdas del jarro de agua que la muchacha del segundo nos echó encima cuando salíamos? —gritó Hegglund, riéndose a mandíbula batiente.


—¿Y el gordo del tercer piso que bajó las escaleras para ver qué pasaba? —rió Kincella—. Creyó que había un fuego o un motín.


—Y tu pelea con la gordita Piggy. ¿No te acuerdas, Ratterer? —prorrumpió Shiel, hablando entre carcajadas.


—Y Ratterer aguantándose los pantalones con la mano y arrastrando los tirantes — rugió Hegglund.


—Todo fue culpa tuya —le echó en cara Higby— Si no hubieses tratado de arrancar aquel enchufe no nos habrían echado.


—Os digo que estaba bebido —protestaba Ratterer— Era el maldito coñac que vendían allí.


—Y aquel tío largo de los bigotes, un tejano, no lo olvidaré en mi vida, ni la manera que tenía de reírse —añadió Kincella—. Fue un milagro que no nos echaran a todos a la calle de mala manera.


—¡Qué noche tan fantástica! —suspiró Ratterer.

Pero Clyde se sentía más bien desazonado por la índole de aquellas revelaciones.

Habían dicho palabras cuyo sentido no podía resultarle más desagradable.


Ellos esperaban que él compartiese la alegría que les causaban aquellas revelaciones, pero eso no podía ser porque él no era de esa clase de personas. ¿Qué pensarían su madre y su padre si escuchasen cosas tan espantosas? Y sin embargo...


A medida que hablaban habían seguido andando hasta llegar a cierta casa en una calle oscura y más bien ancha, los bordes de la cual estaban llenos a ambos lados de coches y automóviles. En la esquina, a poca distancia, había algunos jóvenes en pie charlando, y por las aceras había más hombres. Y una manzana más allá paseaban dos policías con aire perezoso.


Aunque no había luz visible en ninguna ventana ni tampoco los portales estaban iluminados, sin embargo, de una manera muy curiosa, se tenía la sensación de un ambiente vivido y radiante. Uno podía percibirlo en esta calle oscura. Los taxis entraban y salían; coches de caballos, todavía en uso, pasaban con las cortinillas echadas. Y se oían golpes de puertas cerrándose y abriéndose. Y aquí y allá un haz de brillante luz atravesaba las profundas tinieblas del exterior y volvía a desaparecer. La noche estaba coronada por

 




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muchas estrellas.


Finalmente, sin que nadie hiciese ningún comentario, Hegglund, acompañado por Higby y Shiel, subió los escalones de la casa y tocó el timbre. Casi instantáneamente una muchacha negra vestida de rojo abrió la puerta.


—Buenas noches. Hagan el favor de pasar —fue el amable saludo, y los seis entraron empujando las cortinas de terciopelo que separaban el pequeño recibidor de las habitaciones principales, Clyde se vio entonces en un salón principal o recepción cuyas paredes estaban ornamentadas con cuadros de marcos dorados de muchachas desnudas o semidesnudas y algunos espejos de formas caprichosas. La habitación estaba cubierta con una alfombra de un rojo brillante sobre la que había muchas sillas doradas. En la parte de detrás había un piano vertical. Pero no parecía haber más clientes o inquilinos que la muchacha negra.


—Hagan el favor de sentarse. Pónganse cómodos. Voy a llamar a la encargada. Y subiendo a continuación escaleras arriba hacia la derecha, empezó a gritar: —Marie, Sadie, Caroline, hay unos jóvenes en el salón.


En aquel momento, desde una puerta situada en uno de los ángulos, emergió una mujer alta, delgada y más bien paliducha, de unos treinta y ocho o cuarenta años, muy erguida, muy vivaz, muy inteligente y de aspecto distinguido, ataviada sumariamente, pero con modestia, que dijo con una sonrisa desvaída y sin embargo alentadora:


—¿Eres tú, Oscar? ¿Y tú, Paul? Hola, Davis. Consideraos todos en vuestra casa. Fannie estará aquí dentro de un momento. Os traerá algo de beber. Acabo de contratar a un nuevo pianista de St. Joe. Ahora vais a oírle. Ya veréis qué chico tan listo.


Salió al corredor y llamó:

—¡Sam!


Entonces entraron en tropel nueve muchachas de diversas edades y apariencias, pero ninguna de las cuales semejaba tener más de veinticuatro o veintiocho años, ataviadas como Clyde no había visto nunca a ninguna mujer. Y todas entraban riendo y charlando, evidentemente muy satisfechas de sí mismas y en forma alguna avergonzadas de su aspecto, lo cual en algunos casos era completamente extraordinario, en opinión de Clyde, ya que sus trajes oscilaban desde los más alegres y frívolos saltos de cama hasta los más sobrios aunque no menos reveladores vestidos de baile. Y había entre ellas diversidad de tipos, de figuras y de complexiones, delgadas, vigorosas; medianas, altas o bajas; morenas o rubias o castañas. Y en cuanto a sus edades, todas parecían jóvenes. Y todas sonreían calurosa y entusiásticamente.


—Hola, querido, ¿cómo estás? ¿Quieres que bailemos un poco? ¿No te gustaría beber

algo?




CÁPÍTULO 10


Preparado como estaba Clyde para que todo esto le disgustara, e imbuido como se hallaba de máximas y costumbres contrarias a toda conducta de este estilo, sin embargo, su disposición personal era tan innatamente sensual y romántica, y tan ansioso se hallaba por todo lo que concernía al sexo, que en lugar de sentirse repelido, se hallaba completamente

 




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fascinado. La misma exuberancia carnal de la mayor parte de estas figuras, por aburridos y prosaicos que pudieran ser los cerebros que las guiaban, le interesaba en grado sumo. Después de todo, aquí había belleza de un carácter grosero y tangible, bien a la vista y susceptible de compra. Y no había ninguna dificultad de modales o inhibiciones que hubiera que vencer para entrar en relación con cualquiera de estas chicas.


Una de ellas, una morenita muy guapa, de vestido blanco y rojo con una cinta de terciopelo granate en torno a la frente, parecía hallarse decididamente a sus anchas con Higby, pues estaba bailando con él en la habitación interior al compás de una melodía de jazz aporreada al piano.


Y Ratterer, para gran sorpresa de Clyde, estaba ya sentado en una de las butacas forradas, y sobre sus rodillas se había acomodado una muchacha muy joven, de cabellos rubios y ojos azules. Ella estaba fumando un cigarrillo y taconeando con sus zapatillas doradas al compás de la melodía del piano. La escena le resultaba tan asombrosa como si hubiese salido de la lámpara de Aladino.


Y allí estaba también Hegglund, ante el cual se había plantado con los brazos en jarras una muchacha de tipo alemán o escandinavo, gordita y muy agraciada. Y ella le estaba preguntando con voz ligeramente ronca, según Clyde pudo oír:


—¿Vas a hacerme el amor esta noche?


Pero Hegglund, que aparentemente no estaba muy interesado por estos proemios, denegó con calma moviendo la cabeza, tras lo cual ella se dirigió a Kincella.


Y mientras estaba así, mirando y meditando, una rubia muy atractiva, de no menos de veinticuatro años, pero que a Clyde le parecía muchísimo más joven, acercó una silla a su lado, se acomodó y le preguntó a continuación:


—¿No baila usted? —El movió la cabeza nerviosamente— ¿Quiere que yo le enseñe? —No me gustaría probar aquí —dijo él.


—Oh, es fácil —continuó ella—. Venga. —Pero puesto que él no quería, aunque se sentía complacido por el hecho de que ella se le mostraba agradable, la muchacha añadió—: Bueno, entonces, ¿qué me dice usted de beber algo?


—Desde luego —concedió él galantemente, tras de lo cual la chica hizo una señal a la muchacha negra, que había regresado en calidad de camarera, y al momento le pusieron delante una mesita con una botella de whisky y un sifón con soda, espectáculo que dejó a Clyde tan atónito y turbado que apenas pudo hablar. Tenía cuarenta dólares en los bolsillos y el coste de las bebidas aquí, como había oído decir a los demás, era no menos de dos dólares cada una, pero aun así le aterraba el pensamiento de comprar bebidas a tal precio para una mujer semejante. Y en su casa su madre y sus hermanos pasando infinidad de apuros. Pero, no obstante, pagó varias veces sin dejar de darse cuenta de que era una extravagancia terrorífica, si no una orgía, pero ya que estaba aquí, tenía que apechugar con todo.


Y además, en su opinión, la muchacha era realmente bonita. Llevaba un vestido de noche de terciopelo azul con zapatos y medias a juego. En las orejas llevaba también pendientes azules, y su cuello, sus hombros y sus brazos eran redondeados y lisos. Lo que resultaba más perturbador era el escote que él apenas se atrevía a mirar, y las mejillas y los labios pintados, señal indudable de que era una mujer terrible. Sin embargo, no parecía muy agresiva, sino por el contrario muy humana, y no dejaba de mirar, con interés

 




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los ojos profundos, oscuros y nerviosos del muchacho.

—También usted trabaja en el Green-Davidson, ¿no es verdad? —preguntó ella.


—Sí —contestó Clyde, tratando de fingir que nada de esto le era nuevo y que ya a menudo había estado en lugares como éste y en escenas parecidas— ¿Cómo lo sabes?


—Oh, conozco a Oscar Hegglund —replicó ella—. Viene por aquí de vez en cuando. ¿Es amigo suyo?


—Sí. Es decir, trabaja en el mismo hotel que yo.

—Pero usted no ha estado aquí antes.


—No —dijo Clyde rápidamente y sin embargo con cierto tono de interrogación a su vez. ¿Por qué tenía ella que decir que él no había estado allí antes?


—Ya me parecía. Otras veces he visto a casi todos los demás muchachos, pero a ti no te he visto nunca. No llevas mucho tiempo trabajando en el hotel, ¿verdad?


—No —dijo Clyde un poco irritado, alzando y bajando las cejas y la piel de la frente a medida que hablaba, una forma de contracción y expansión que le ocurría involuntariamente siempre que estaba nervioso o que pensaba con intensidad— ¿Por qué lo dices?


—Oh, por nada. Sólo porque lo sabía. No te pareces mucho a esos otros muchachos, eres diferente.


La muchacha le sonrió de una manera extraña, como si quisiera congraciársele, sonrisa e intención que Clyde no supo cómo interpretar.


—¿Cómo diferente? —preguntó solemnemente y en tono un poco agresivo, tomando un vaso y llenándolo.


—Te apuesto una cosa —preguntó ella ignorando del todo la pregunta que él le había hecho—. A ti no te gustan mucho las chicas como yo, ¿verdad?


—Sí, ¿por qué no? —dijo él evasivamente.


—No, no, se te nota a la legua. Pero no me importa. Quizá me gustas por eso. Me gustan tus ojos. No tienes el mismo aspecto que esos otros. Eres mucho más refinado. Te lo digo yo. No te pareces a ellos en lo más mínimo.


—No sé —replicó Clyde muy complacido y halagado, frunciendo y estirando la frente como antes. Quizá esta muchacha no era en verdad tan mala como él había creído en un principio. Era más inteligente, un poco más refinada que las demás. Su vestido no era tan llamativo. Y no se le había echado encima como aquellas otras que estaban ahora con Hegglund, Higby, Kincella o Ratterer. Casi todos estaban ahora sentados en sillas o divanes por toda la habitación, con muchachas en las rodillas. Y enfrente de cada pareja había una mesita con una botella de whisky encima.


—Mirad quién está—bebiendo whisky —dijo Kincella a nadie en particular, señalando en dirección a Clyde.


—Bueno, no hace falta que me tengas miedo —prosiguió la chica, mientras Clyde admiraba sus brazos y su cuello y lanzaba ojeadas a su escote revelador que a la par le atraía y le daba vértigo—. Después de todo, no hace tanto tiempo que llevo esta vida. Y no estaría aquí si no hubiese sido por mi mala suerte. Preferiría vivir en mi casa con mi familia. Lo que pasa es que ahora ya no me quieren.


Miró al suelo con exagerada solemnidad, sin dejar de pensar en el pobre muchacho inexperimentado que era Clyde, tan verde y tan novato, así como en el dinero que le había

 




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visto sacar del bolsillo, una suma bastante respetable. Por otra parte no dejaba de ser bien parecido, no guapo ni vigoroso, pero sí agradable. Y él por su parte estaba acordándose en aquellos momentos de su hermana Esta, preguntándose dónde se habría ido y qué estaría haciendo ahora. ¿Qué le habría pasado? ¿Qué le habrían hecho? ¿Quizá esta misma muchacha había tenido la misma desgracia que su hermana? Sintió una simpatía creciente, más bien paternalista, por la muchacha, y la miró como si dijera: «Pobrecilla». Pero de momento se abstuvo de expresar ninguna opinión y no se atrevió a hacer más preguntas.


—Todos vosotros, los que venís a sitios como éste, pensáis muy mal de todo el mundo. Sé que sois así. Pero en realidad nosotras no somos tan malas como creéis.


Las cejas de Clyde volvieron a fruncirse y a alisarse. Quizá ella no era tan mala como él creía. Era una mujer mala, de eso no cabía duda; mala, pero bonita. En realidad, cuando él lanzaba una ojeada por la habitación de cuando en cuando, ninguna de las otras muchachas le llamaba más la atención. Y además ella le había creído superior a los otros chicos, más refinado; era un detalle que no se le había escapado. El cumplido produjo su efecto. En aquel momento ella estaba llenándole el vaso y le rogaba que bebiesen juntos. Llegó otro grupo de jóvenes y otras muchachas acudieron a saludarles desde las habitaciones misteriosas. Por su parte, Hegglund, Ratterer, Kincella y Higby, por lo que vio, habían desaparecido misteriosamente por aquellas escaleras que estaban separadas del salón general por unas pesadas cortinas de terciopelo. Y cuando esta otra partida de jóvenes entró, la muchacha le invitó a sentarse en uno de los divanes que estaban en la habitación interior, donde las luces eran más suaves.


Y ahora, una vez sentado allí, ella se le había acercado hasta rozarle y le tocaba las manos y finalmente lo enlazaba por el brazo y se le apretaba preguntándole si no quería ver lo bonitas que eran las habitaciones del segundo piso. Y como él vio que ahora estaba completamente solo y que nadie de los del grupo que había llegado con él estaba allí para observarle, y que esta muchacha parecía tratarle con afectuosidad y simpatía, permitió que le guiara escaleras arriba al otro lado de la cortina de terciopelo, hasta una habitacioncita decorada en rosa y azul donde él no dejó de decirse que era un loco al proceder de esta manera y que todo esto podía acabar en miseria y dolor para él. Podía contraer una enfermedad espantosa. Ella podía cobrarle más de lo que él pudiera pagar. Estaba muerto de miedo, nervioso y casi insensible a fuerza de terrores y miedos. Y sin embargo siguió adelante, y cuando la puerta se cerró a sus espaldas, esta graciosa Venus tan interesantemente redondeada se volvió en el mismo momento en que lo tenía atrapado y luego, con toda calma, delante de un alto espejo que la reflejaba entera, lo mismo que a él, empezó a desnudarse con meticulosidad...




CAPÍTULO 11


El efecto de esta aventura en Clyde fue el que podía suponerse después de conocer un mundo que le era nuevo y extraño. A pesar de toda aquella profunda curiosidad y urgente deseo que habían terminado por conducirle a aquel lugar y que le habían obligado a sucumbir, con todo, a causa de los preceptos morales con los que durante tanto tiempo había estado familiarizado y a causa también de las inhibiciones de orden nervioso que

 




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eran características de su temperamento, no pudo menos de considerar todo lo pasado como algo decididamente degradante y pecaminoso. Sus padres tenían sin duda razón cuando predicaban que todo esto era vergonzoso y bajo. Y, sin embargo, toda la aventura y el mundo en que había tenido lugar, una vez que pasaron, quedaron encendidos para él con una especie de ruda belleza pagana o encanto vulgar. Y hasta que otras cosas más interesantes no llegaron a borrarlos parcialmente, no pudo conseguir recordarlos sino con considerable interés e incluso con gusto.


Por añadidura se dijo a sí mismo que al disponer de tanto dinero como tenía ahora podía ir por allí con la frecuencia y las intenciones que se le antojaran. Si no quería no tenía por qué aparecer más; pero podría dirigirse a otros lugares que quizá no fueran tan bajos y que tuviesen un mayor refinamiento. Y no tendría por qué ir en pandilla como la otra vez.


Aunque lo mejor sería encontrar una muchacha tal como las que había visto asociadas con Sieberling o Doyle. Y de esta forma, a pesar de los turbadores pensamientos de la noche anterior, fue ganado rápidamente por esta nueva fuente de placer, si no por su marco rudimentario. Tenía que encontrar una muchacha pagana y libre para él solo, si podía ser, como la de Doyle, y gastarse con ella su dinero. Y apenas podía esperar que la oportunidad le proveyese con los medios necesarios para solazarse de esa forma.


Pero mucho más interesante y más adecuado a su propósito fue por aquel entonces el hecho de que tanto Hegglund como Ratterer, a pesar de, o posiblemente a causa de, una secreta sensación de superioridad que Clyde detectaba, se sintieron inclinados a mirarle con no poco interés y a halagarle e incluirle en casi todos sus proyectos de diversiones y placeres. Así, poco después del fin de su primera aventura, Ratterer le invitó a ir a su casa, donde, como Clyde notó en seguida, la vida era completamente distinta que en la suya.


En casa de los Griffiths todo era solemne y reservado, pues prevalecía el estilo de quienes sienten la presión del dogma y de las coerciones. En el hogar de los Ratterer sucedía exactamente todo lo contrario. La madre y hermana con las que vivía, aunque no desprovistas de toda convicción moral, ya que no religiosa, se inclinaban a considerar la vida con un gran margen de generosidad o, como un moralista habría dicho, de lasitud. Allí no había habido nunca ninguna restricción o dirección moral característica. Y por ello Ratterer y su hermana Louise, dos años más joven, hacían casi todo lo que les venía en gana, sin preocuparse demasiado. Pero la hermana era lo bastante práctica e individualista como para no cometer ningún error que pudiera perjudicarla.


Lo más interesante de todo esto era que Clyde, a pesar de un cierto freno de refinamiento que le hacía mirar con desagrado la mayoría de estas cosas, no dejaba de sentirse fascinado por la cruda pintura de la vida y la libertad que ofrecía aquel ambiente. Allí podía al menos comportarse y hacer o no hacer según le viniera en gana. Y esto le resultaba muy agradable y aleccionador, sobre todo por lo que se refería a su nerviosismo e incertidumbre con respecto al encanto y la fascinación que pudiera ejercer sobre chicas de su misma edad. Pues hasta entonces, y a pesar de su reciente visita al templo erótico al que Hegglund y los demás le habían conducido, estaba todavía convencido de que no tenía habilidad ni gracia alguna para tratar a las muchachas. La mera proximidad de éstas era suficiente para inhibirle de una manera lamentable, hacerle temblar o palpitar nerviosamente y perder la poca habilidad que tenía para conversar o seguir una broma en

 




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la forma desenfadada que lo hacían otros jóvenes. Pero ahora, en sus visitas al hogar de los Ratterer, como pronto descubrió, iba a tener amplia oportunidad para comprobar si esta timidez e incertidumbre podían ser vencidas.


Pues allí estaban las amistades de Ratterer y de su hermana, todas las cuales tenían intereses de tipo bastante ambicioso con respecto a la vida. El baile, el juego de naipes, los amoríos desenfadados y descarados se desarrollaban allí tranquilamente. En realidad hasta entonces Clyde no había podido imaginar nunca que una madre pudiese ser tan lánguida o indiferente como lo era la señora Ratterer por lo que se refería a la conducta y moralidad en general. No se habría imaginado nunca que ninguna madre pudiese admitir la fácil camaradería que existía en cuestiones sexuales en el hogar de la señora Ratterer.


Y muy pronto, a causa de varias invitaciones cordiales que le hizo Ratterer, pasó a formar parte de aquel grupo, un grupo que por lo demás, a su manera de ver, en vista de las ideas exiguas de sus miembros y el detestable inglés que hablaban, le parecía bastante inferior. Pero desde otro punto de vista, la libertad de que disfruta— ban, y el celo con que se las arreglaban para desplegar toda clase de actividades e intercambios sociales, le atraían sobremanera.


Porque desde el primer momento allí se le permitía, si ése era su antojo, tener una chica para él solo, si tenía valor suficiente para ello. Y esto, debido a las bien intencionadas ayudas de Ratterer, de su hermana y de sus amigos, pronto podría realizarlo. En realidad la cosa comenzó con ocasión de su primera visita a los Ratterer.


Louise Ratterer trabajaba en un almacén de ultramarinos y a menudo llegaba un poco tarde a cenar. En esta ocasión no apareció hasta las siete, y la comida de la familia fue consiguientemente retrasada. Mientras tanto, dos muchachas amigas de Louise llegaron para verla y hacerle una consulta relacionada con cierta cuestión, y al encontrar que se había retrasado y que Ratterer y Clyde estaban allí, se consideraron como en su propia casa, bastante impresionadas e interesadas por Clyde y su flamante indumentaria. Pues él, tan hambriento como estaba de muchachas y tímido que se sentía ante ellas, se comportaba con nervioso distanciamiento, manifestación que ellas tomaron erróneamente por una convicción de superioridad por su parte. En consecuencia, atraídas por esto mismo, determinaron demostrarle lo verdaderamente interesantes que ellas eran, seducirlo en una palabra, como si fueran vampiresas. Y a él sus crudas insinuaciones y su poco corriente descaro le resultaron extraordinariamente halagadores, tanto más cuanto que muy pronto se sintió prendido por los encantos de una de ellas, una tal Hortense Briggs, que, como Louise, no era más que una simple dependienta de un gran almacén, pero bonita y morena y muy pagada de sí misma. Y, sin embargo, desde el primer momento él pensó que ella era no poco fácil y vulgar y que por tanto estaba muy lejos de ser el tipo de muchacha que en sus sueños él había imaginado que le gustaría tener.


—Oh, ¿no ha llegado todavía? —preguntó Hortense, al ser admitida por Ratterer y ver que Clyde estaba asomado a una de las ventanas.


—¿No es eso mala suerte? Bueno, pues tendremos que esperarla un poco, si es que no os importa.


Esto último lo dijo con un mohín y un guiño que daba a entender claramente su convencimiento de que todo el mundo se sentiría encantado de tenerla allí. Tras lo cual empezó a empolvarse y a admirarse delante de un espejo colocado en la repisa de la

 




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apagada chimenea que había en el centro del comedor. Y su amiga, Greta Miller, añadió:

—Oh, sí, querido. Espero que no nos eches antes de que venga. No hemos venido a

pedirte que nos des de comer. Creíamos que ya habríais acabado de cenar.


—¿Por qué dices que esperas que no te eche? —replicó Ratterer cínicamente—. Como si se os pudiese echar cuando estáis decididas a quedaros en algún sitio. Sentaos y tocad la pianola o haced lo que queráis. La cena estará lista enseguida y Louise llegará de un momento a otro.


Se volvió al comedor en busca del periódico que estaba leyendo no sin antes presentar a Clyde. Y este último, a causa de las miradas y de los aires de las dos chicas, se sintió como si de pronto lo hubiesen echado al agua en un bote sin remos y en un mar desconocido.


—Oh, no hace falta que me invites —exclamó Greta Miller, que estaba examinando a Clyde con toda calma como si estuviera debatiendo consigo misma si era digno de entrar en el juego o no, y decidiendo que lo era—. Con todos los helados y los pasteles y las tartas y sandwiches que tenemos que comer esta noche. Precisamente veníamos a advertirle a Louise que no se atracara mucho. Kittie Keane da hoy una fiesta de cumpleaños y habrá tarta y todo lo demás. Tú también vendrás después, ¿no, Tom? — preguntó pensando en Clyde y en su posible compañía.


—No tenía intención —observó Ratterer con calma—. Clyde y yo teníamos pensado ir al teatro después de cenar.


—¡Huy, qué tontos! —intervino Hortense Briggs, más para atraer la atención hacia sí misma y desviarla de Greta que otra cosa. Estaba todavía frente al espejo, pero se volvió para lanzar una sonrisa cautivadora a todo el auditorio y particularmente a Clyde, a quien se imaginaba que su amiga estaba tratando de pescar—. Pudiendo ir allí y bailar toda la noche. Desde luego es una tontería.


—Seguro, como que bailar es lo único en que estáis pensando las tres, Louise y vosotras dos —replicó Ratterer—. No me explico cómo no se os ocurre descansar de vez en cuando. Yo estoy de pie todo el día y a veces me gusta sentarme.


En ocasiones sabía ser muy prosaico.


—Oh, no me hables de sentarme —comentó Greta Miller con una sonrisa de suficiencia y un giro sobre su pie izquierdo— con todos los compromisos que tengo esta semana. ¡Uf! —Sus ojos y sus cejas se alzaron mientras plegaba las manos dramáticamente—. Es terrible todo lo que tenemos que bailar este invierno y todo lo que hemos bailado ya, ¿verdad, Hortense? Los jueves, viernes, sábados y domingos todas las noches. —Iba contando con los dedos con mucha picardía—. Huy, verdaderamente terrible. —Le dirigió a Clyde una sonrisa irresistible pidiéndole compasión—. Figuraos que la otra noche nos encontramos con Ralf Torper, Bert Getier y Will Bassick en el Pilgrim. Tendríais que haber visto la multitud que había allí. Estaba también Sam Tilly. Estuvimos bailando hasta las cuatro de la mañana. Creí que las rodillas se me rompían. Estaba tan cansada que no sé cómo pude volver a casa.


—¡Huy!, pues lo que es yo —interrumpió Hortense a su vez alzando los brazos dramáticamente—. Creí que no podría trabajar a la mañana siguiente. Veía a los parroquianos como si fueran sombras. ¡Y buena que se puso mi madre! Todavía no se le ha pasado. No le importa tanto los sábados o los domingos, pero los días entre semana,

 




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teniendo que levantarme a las siete, es algo que no puede soportar.


—Pues yo no se lo reprocho —comentó en aquel momento la señora Ratterer, que entraba con un plato de patatas y unos pedazos de pan—. Vosotras dos vais a caer enfermas y Louise también, si no descansáis más. No hago más que decirle que no podrá conservar su puesto si no duerme más. Pero me presta la misma atención que Tom, o sea ninguna en absoluto.


—Bueno, mamá, no vas a esperar que un chico como yo se recoja temprano todos los días —se limitó a decir Ratterer.


—¡Huy!, me moriría si tuviese que quedarme en casa una sola noche —añadió Hortense Briggs—. No hay más remedio que divertirse un poco cuando se ha estado trabajando todo el día.


«Este sí que es un hogar sin complicaciones —pensó Clyde— Qué gente más liberal e indiferente. Y la manera tan sensual y alegre en que se manifiestan estas chicas. Y por lo visto a sus padres no les importa lo más mínimo. Ojalá pudiese tener una chica tan bonita como Hortense Briggs, con su pequeña boca sensual y sus ojos brillantes.»


—Todo lo que necesito es acostarme temprano dos veces por semana —anunció Greta Miller con picardía—. Mi padre piensa que estoy loca, pero es que dormir más tiempo me haría daño. —Se echó a reír frívolamente y Clyde, a pesar de sus palabras vulgares, pronunciadas con una vulgaridad aún mayor, se sintió vivamente impresionado. Esto era la juventud, la alegría, la libertad y el amor a la vida.


Y justo entonces se abrió el portón y entró como una tromba Louise Ratterer, una muchacha más bien bajita, rechoncha y vigorosa, con un abrigo a rayas rojas y un sombrerillo de fieltro azul encasquetado hasta los; ojos. Al revés que su hermano, era viva y vigorosa; además, era más inteligente y tan bonita como cualquiera de las otras dos.


—¡Huy, mira quién está aquí! —exclamó—. Qué dos pájaros de cuenta han venido a buscarme. Bueno, me he retrasado porque había un buen lío en mi libro de ventas. He tenido que ir a la oficina del cajero. Pero no era equivocación mía. Es que leyeron mal uno de los números que yo había escrito. —Luego, al observar a Clyde por primera vez, añadió—: Apuesto que sé quién es este señor, el señor Griffiths. Tom está siempre hablando de usted. Yo estaba extrañada al ver que no le traía por aquí.


Y Clyde, muy halagado, balbuceó que también a él le hubiera gustado venir antes. Pero las dos visitantes, después de conferenciar con Louise en una pequeña alcoba a


la que se retiraron, reaparecieron al momento y a fuerza de agotadoras invitaciones, que en realidad no eran necesarias, decidieron quedarse. Y Clyde, a causa de la presencia de ellas, estaba intensamente preocupado y alerta, ansioso de causar una impresión agradable y ser recibido en este círculo como un amigo. Y las tres muchachas, encontrándole atractivo, se mostraban ávidas por serle agradable, tanto que por primera vez en su vida le hicieron sentirse a sus anchas con el sexo opuesto y lograron que se le soltase la lengua.


—Precisamente veníamos a avisarte de que no comieras mucho —rió Greta Miller dirigiéndose a Louise—. Y ahora, mira, todas estamos comiendo. —Se echó a reír cordialmente—. Y tienen empanadas y pasteles y de todo en casa de Kittie.


—¡Huy!, y se supone que tendremos que bailar además. Bueno, que el cielo me ayude, es todo lo que puedo decir —resumió Hortense.

 




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La dulzura peculiar de su boca, tal como él la veía, así como la manera en que la fruncía al sonreír, hacían que Clyde estuviese fuera de sí de admiración y de placer. Le parecía completamente deliciosa, maravillosa. En verdad el efecto que le produjo le obligaba a tragar con rapidez y casi se quemó con el café. Se echó a reír y se sintió irresistiblemente alegre.


En aquel momento ella se volvió hacia él y dijo:

—Mirad lo que le he hecho hacer.


—¡Oh!, usted no me ha hecho nada —exclamó Clyde sintiendo de pronto que una oleada de inspiración y de valor se apoderaba de él. El efecto que le causaba la muchacha le dio audacia suficiente para decir con cierta torpeza—: La verdad es que estoy un poquito mareado al ver todas las caras bonitas que me rodean.


—¡Huy!, no empieces ya a darte tan pronto por vencido, Clyde —le advirtió Ratterer cordialmente—. Estas niñas saben mucho y conseguirán que las lleves a donde se les antoje. Mejor es que no empieces por ese camino.


Pero Louise Ratterer, sin sentirse afectada lo más mínimo por lo que su hermano acababa de decir, observó:


—Usted baila, ¿verdad, señor Griffiths?


—No, no sé —replicó Clyde devuelto, de pronto a la realidad por esta pregunta y sintiendo mucha amargura por la inferioridad que esa ignorancia significaba en este círculo— Pero puede usted estar segura de que me gustaría muchísimo aprender —añadió galantemente y de forma casi suplicante, mirando primero a Hortense y después a Greta Miller y a Louise. Pero todas pretendieron no notar su preferencia, aunque Hortense resplandeció por su triunfo. No es que estuviera muy convencida de que él le resultase agradable, pero ya significaba algo triunfar con esta facilidad sobre las otras dos. Y ellas lo notaron.


—¿No estoy hecha una facha? —comentó con fingida indiferencia y superioridad ahora que estaba segura de que era su preferida. Luego, como quien no quiere la cosa, añadió—: Podría usted venir con nosotras, usted y Tom, si les interesa. Se va a bailar mucho en casa de Kittie.


Clyde empezó a sentirse deprimido y su aspecto se ensombreció. Pensar que esta muchacha, que era la que más le atraía de todas, podía despedirle a él y a todos sus ensueños y deseos simplemente por el hecho de que no sabía bailar... Y la maldita educación que le habían dado en su casa tenía la culpa de todo. Se sintió derrotado y ridículo. Qué estúpido tenía que parecer no saber bailar. Y Louise Ratterer le miraba también un poco perpleja e indiferente. Pero Greta Miller,, que le gustaba menos que Hortense, vino en su ayuda diciendo:


—¡Oh!, no es tan difícil de aprender. Puedo enseñarle en unos cuantos minutos después de la cena si usted lo desea. Sólo tiene que dar unos cuantos—pasos. Y luego ya puede usted ir a donde quiera.


Clyde se sintió agradecido y lo manifestó, añadiendo que estaba resuelto a aprender aquí o donde fuera a la primera oportunidad. Se preguntó a sí mismo por qué no habría ido antes a una academia de baile. Pero lo que más le apenaba era la indiferencia mostrada por Hortense ahora que él había dejado traslucir con toda claridad que le gustaba. Quizá ello se debía a que un tal Bert Gettler, a quien ella había mencionado previamente y con el

 




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que había ido a otros bailes, hacía imposible que ella sintiera interés por otra persona. Así es que en este aspecto su vida iba a ser siempre un fracaso. ¡Maldita sea!


Pero en el momento en que acabaron la cena y mientras los demás estaban todavía hablando, la primera que puso un disco de música de baile y se adelantó a su encuentro con las manos extendidas fue Hortense, que estaba resuelta a no ser superada por su rival en este campo. No estaba particularmente interesada o fascinada por Clyde, al menos no hasta el punto de preocuparse por él como lo hacía Greta. Pero si su amiga iba a intentar una conquista valiéndose de este procedimiento, ¿no era justo que ella se le adelantara? Y de esta forma, mientras Clyde interpretaba su cambio de actitud creyendo que le era más simpático de lo que él había pensado en un principio, ella le tomó por la mano, pensando al mismo tiempo que era demasiado vergonzoso. Sin embargo, hizo que la atención del muchacho se fijara en los pies de ambos y empezó a explicarle los primeros movimientos de la danza. Pero por ávido y agradecido que él se mostrara, casi hasta el ridículo, a ella no le hacía mucha gracia porque le juzgaba ingenuo y demasiado joven. Al mismo tiempo había en él un encanto que la impulsaba a ayudarle. Y pronto estuvo bailando con ella con completa soltura, y después con Greta y con Louise, pero siempre deseando que fuera Hortense. Y finalmente le declararon lo suficiente hábil para ir si quería.


Y entonces el pensamiento de estar cerca de ella y de poder bailar con ella de nuevo le atrajo con tanta intensidad que, a pesar del hecho de que tres jóvenes, entre ellos el ya citado Bert Gettler, aparecieron en escena para escoltarlas, y aunque él y Ratterer habían convenido previamente ir a un teatro juntos, no pudo evitar dar muestras de que prefería con mucho ir con el otro grupo, por lo que Ratterer al fin consintió en abandonar la idea del teatro. Y pronto estuvieron todos en la calle, Clyde padeciendo por el hecho de no poder ir al lado de Hortense, que estaba con Gettler, y odiando a su rival a causa de esto; pero intentando con todo mostrarse cortés con Louise y Greta, que le prestaban suficiente atención para hacerle sentir a sus anchas. Ratterer, habiendo notado su extrema preferencia y quedándose solo con él un momento, le dijo:


—Es mejor que no te cueles demasiado por esa Hortense. No creo que le convenga a nadie. Está liada con ese Gettler y con otros. No hará más que darte cuerda y no conseguirás nada.


Pero Clyde, a pesar de esta advertencia honesta y bien intencionada, no se dejó disuadir. Simplemente por unos ojos, y a causa del encanto de una sonrisa y la magia de unos movimientos graciosos y de la juventud, se sentía completamente enamorado y habría hecho cualquier cosa por una sonrisa o una mirada o un apretón de manos. Y esto a pesar del hecho de que estaba tratando con una muchacha que no tenía más cerebro que un mosquito y que estaba llegando a la etapa en que encontraba conveniente y ventajoso usar a los muchachos de su edad o un poco mayores para cualesquiera placeres o vestidos que deseara.




La reunión no resultó ser más que una de esas ebulliciones juveniles. La casa de Kittie Keane era poco más que una barraca en una calle humilde bajo desnudos árboles invernales. Pero para Clyde, a causa de la pasión que súbitamente se había encendido en él por una cara bonita, el lugar tenía el color, la forma y la alegría del amor mismo. Y las

 




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muchachas y muchachos a quienes encontró allí, muchachos y muchachas de una extracción idéntica a la de Ratterer, Hegglund y Hortense, eran a sus ojos gentes que poseían la sustancia y el tejido mismo de aquella energía, naturalidad y valor por los cuales él habría dado su alma. Y de una manera bastante curiosa, a pesar de un cierto nerviosismo por su parte, por razón de sus nuevos compañeros se vio incluido con bastante naturalidad dentro del grupo.


Y en esta ocasión el destino le permitió contemplar en plena acción un tipo de joven y de muchacha que nunca antes había tenido la dicha o la desgracia, como se prefiera, de ver. Había, por ejemplo, una clase de baile muy sensual al que Louise, Hortense y Greta se entregaban con la mayor dejadez y seguridad. Al mismo tiempo muchos de estos jóvenes llevaban whisky en un frasco de bolsillo, del que bebían no sólo ellos, sino otras personas a quienes se lo brindaban, muchachos y muchachas sin discriminación.


Y añadiéndose esto a la hilaridad general, no era raro que se entablasen relaciones íntimas, en las que también se incluían Hortense y Louise. A veces se producían peleas. Y no parecía nada extraordinario, como vio Clyde, que uno de los jóvenes abrazara a una muchacha detrás de una puerta o la sentara en su regazo en una silla colocada en un rincón apartado o que se echase con ella en un sofá susurrándole cosas íntimas que, indudablemente, eran bien recibidas por la joven. Y aunque en ningún momento sor-prendió a Hortense haciendo esto, sin embargo comprendió que ella no vacilaría en sentarse en las rodillas de diversos muchachos o en cuchichear con rivales detrás de las puertas. Y este hecho le desanimaba y le inflamaba a la vez, haciéndole pensar que no que-ría ni debía tener nada que ver con ella, porque era demasiado fácil, vulgar y desconsiderada.


Al mismo tiempo, habiendo compartido las diversas bebidas que le eran ofrecidas, para no parecer menos mundano que los otros, fue creciéndose hasta un estado de valor y de audacia que no era el suyo habitual, y se aventuró a discutir con ella y a reprocharle su conducta demasiado relajada.


—Tú eres una coqueta, ¿no? No te importa lo más mínimo divertirte un poco, ¿verdad?, sea con quien sea.


Esto lo dijo mientras estaban bailando después de la una de la noche al son de un piano tocado con no excesiva maestría por un joven llamado Wilkens. Ella estaba tratando de enseñarle un nuevo paso de una manera jovial y, sin embargo, llena de coquetería, con una mirada divertida y sensual a la vez.


—¿Qué quieres decir con eso de que soy coqueta? No te comprendo.


—Oh, ¿no me comprendes? —replicó Clyde un poco irritado y todavía tratando de disimular su verdadero enojo con una sonrisa de suficiencia—. Ya he oído contar cosas de ti. Te gusta darles cuerda a todos.


—¿Ah, sí? —replicó ella muy enojada—. Bueno, me parece que a ti no te he dado mucha, ¿no es verdad?


—Bueno, no te enfades —dijo él medio convencido, medio despechado, temiendo quizá que había ido demasiado lejos y que ahora podría perderla del todo—. No quise decir nada malo. Pero no me negarás que un montón de gente te hace la corte. Parece que les gustas a todos.


—Bueno, por supuesto que les gusto; eso ya lo sé yo. Pero no puedo remediarlo.

 




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¿Qué quieres que haga?


—Mira, voy a decirte una cosa —prorrumpió él fantasiosamente y con apasionamiento—. Puedo gastar en ti mucho más que todos ellos juntos, te lo aseguro.


Un momento antes había estado recordando los cincuenta y cinco dólares en billetes que tenía en el bolsillo.


—Oh, no sé —replicó ella, no poco intrigada por aquella oferta pecuniaria, por decirlo así, y al mismo tiempo no poco halagada por el hecho de poder inflamar así a casi todos los jóvenes que se cruzaban en su camino.


En realidad era bastante tonta, casquivana, pagada de sí misma y con la única ilusión de mirarse en todos los espejos que encontraba al paso para admirar sus ojos, su cabello, su cuello, sus manos, su figura y practicar una sonrisa especialmente cautivadora.


Al mismo tiempo se sentía, no poco afectada por el hecho de que Clyde no dejaba de tener un aspecto bastante atractivo, aunque estuviera tan verde. Le gustaba atormentar a estos principiantes. Desde luego que éste era bastante tonto, a su manera de ver. Pero estaba relacionado con el Green-Davidson, iba bien vestido y sin duda disponía de todo el dinero que, según él, estaría dispuesto a gastarse con ella. Alguno de los muchachos que le eran más simpáticos no podían, desgraciadamente, disponer de mucho dinero.


—Hay infinidad de chicos con dinero que querrían gastárselo conmigo. Inclinó la cabeza, entornó los ojos y repitió su sonrisa más fascinante. Inmediatamente el humor de Clyde se ensombreció. La brujería de la mirada


femenina resultaba un arma demasiado irresistible. La piel de su frente se, contrajo y luego volvió a alisársele. Sus ojos se encendieron de deseo y de amargura, revelando el viejo resentimiento que tenía contra la vida y contra todas las privaciones que le había tocado sufrir. No cabía duda de que todo lo que ella decía era verdad. Habría muchos otros que tendrían y podrían gastar mucho más dinero. Él estaba fanfarroneando y poniéndose en ridículo y ella se estaba burlando de él.


Después de un momento añadió débilmente:


—Ya sé que todo eso es verdad. Pero no creo que ninguno de ellos lo desee tanto como yo.


Esta espontánea sinceridad la halagó bastante. Después de todo él no era tan malo.

Seguían deslizándose lánguidamente al compás de la música.


—Bueno, no en todas partes flirteo igual que aquí. Lo que pasa es que aquí nos conocemos todos. Siempre vamos juntos a todas partes. No debes dar importancia a lo que veas por aquí.


Estaba mintiendo astutamente, pero no por eso dejaba de resultarle a él consolador lo que le decía.


—Mira, yo haría cualquier cosa si fueras buena conmigo —argüía desesperadamente y en tono de éxtasis—. No he visto nunca una chica que me guste tanto como tú. Eres divina. Estoy loco por ti. ¿Por qué no sales un día a cenar conmigo y me dejas luego llevarte a un teatro? ¿Quieres que vayamos pasado mañana por la noche o el domingo? Son las únicas noches que tengo libres. Todas las demás trabajo.


Ella vaciló al principio, pues todavía no estaba segura de si le gustaría volver a verlo. Contaba con Gettler, por no decir nada de otros, todos ellos celosos y atentos. Aunque se gastase el dinero con ella, a ella no le convenía liarse con él. Se mostraba demasiado

 




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ansioso y podía convertirse en una lata. Al mismo tiempo la coquetería natural de su temperamento no le permitía soltar al muchacho. Podía caer en las manos de Greta o de Louise. Consiguientemente terminó por convenir una cita para el próximo martes. Pero él no podría ir a su casa ni llevarla de noche, a causa del señor Gettler. Podían verse a las seis y media cerca del Green-Davidson. Y le aseguró que cenarían primero en Frissell y después irían a ver El Corsario, una comedia musical que ponían en el Libby, a sólo dos manzanas del restaurante.




CAPÍTULO 12


Por trivial que este contacto pueda parecer, fue de la mayor importancia para Clyde. Hasta entonces nunca había visto a una muchacha con tanto atractivo y que se dignase mirarle, o al menos eso era lo que él se imaginaba. Y ahora había encontrado a una que era muy bonita y que estaba lo bastante interesada como para acompañarle a cenar y a un teatro. Cierto, quizá, que era una coqueta, que no era sincera con nadie y que al principio quizá no lograse que toda su atención se fijara en él, pero, ¿quién sabe? ¿Quién podría predecir lo que iba a pasar?


Y fiel a su promesa, en efecto, el martes siguiente ella se encontró con él en la esquina de la calle catorce y de Wyandotte, cerca del Green-Davidson. Y tan excitado, radiante y complacido estaba, que apenas podía ordenar sus pensamientos y emociones y comportarse con mediana naturalidad. Pero para demostrar que era digno de ella, se había ataviado casi exóticamente, poniéndose mucha pomada en el cabello, una corbata de pajarita, una bufanda nueva de seda y calcetines de seda también para hacer resaltar sus brillantes zapatos marrones comprados para la ocasión.


Pero una vez que se vio frente à Hortense no pudo decir si todo esto le importaba a ella o no lo más mínimo, ya que, después de todo, lo que a ella le interesaba era su propia apariencia, no la de él. Y lo que es más, un truco característico de ella, decidió tenerle aguardando hasta cerca de las siete, tardanza que le sumió en la más profunda depresión de ánimo que pudiera imaginar, puesto que en aquel intervalo se podía suponer muy bien, después de todo, que ella hubiera decidido que no le interesaba en absoluto y que no sentía el menor deseo de verle de nuevo. Bueno, entonces tendría que arreglárselas sin ella, naturalmente. Pero eso demostraría que no era capaz de interesar a una chica bonita a pesar de los trajes flamantes que pudiera comprarse o del dinero que pudiese gastar. Estaba decidido a que, con muchacha o sin ella, nunca tendría una que no fuese bonita. A Ratterer y a Hegglund no parecía importarles mucho que las muchachas fuesen atractivas o no, pero en él esto era una pasión. La idea de contentarse con una que no tuviese nada de extraordinario casi le llegaba a producir náuseas.


Y sin embargo, allí estaba ahora, en la esquina en penumbra de la calle, con el resplandor de muchos anuncios y luces en torno, con cientos de peatones pasando de un lado a otro, con la idea de proyectos y citas placenteras escritas en los rostros de muchos, y él, él sólo, tendría que ir a cualquier parte, a comer solo, a asistir solo a un teatro, a volver solo a casa, para luego volver al trabajo por la mañana. Acababa de decidir que todo él no era más que un puro fracaso cuando en medio de la multitud, a corta distancia,

 




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emergieron el rostro y la figura de Hortense. Iba elegantemente vestida con una chaquetilla de terciopelo negro, un cuello de color marrón rojizo y puños a juego. Sus mejillas y sus labios estaban ligeramente retocados. Sus ojos centelleaban. Como de costumbre, tenía el aspecto de una persona muy satisfecha de sí misma.


—Hola, me he retrasado, ¿verdad? No pude evitarlo. Ya ves, se me olvidó que tenía otra cita con un muchacho, un amigo mío, bueno, una joya de muchacho. Me vi en un aprieto. Tenía que hacer algo con alguno de los dos. Estuve a punto de llamarte y cambiar la cita para otra noche, pero entonces me acordé de que no estás en el hotel después de las seis. Y como Charlie está en su oficina hasta las seis y media y algunas veces hasta más tarde, y en ese aspecto es muy buen muchacho y no se enfada ni protesta, pues le llamé a él. También iba a llevarme al teatro y a cenar. Es el encargado del estanco del Orphia. No le hizo mucha gracia. Pero le consolé diciendo que ya saldríamos otra noche. Estarás contento, ¿no? Creo que me he portado bien contigo al despedir por tu causa a un muchacho como Charlie.


Pudo captar la mirada perturbada, celosa y, sin embargo, llena de temor que había en los ojos de Clyde cuando ella empezó a hablar de otro. Y el pensamiento de ponerle celoso le resultó una perfecta delicia. Se dio cuenta de que estaba muy colado. Así pues, dobló la cabeza con languidez y le sonrió, colocándose a su lado cuando empezaron a andar.


—Desde luego, has sido muy amable al venir —no tuvo más remedio que decir, aunque la referencia a Charlie como «una joya de muchacho» parecía hacerle un nudo en la garganta y en el corazón al mismo tiempo. ¿Qué posibilidad tenía él de conservar a una chica tan bonita y tan voluntariosa?—. Esta noche estás deslumbradora —dijo, obligándose a sí mismo a mantener la charla y asombrado por la facilidad con que lo conseguía—. Me gusta mucho ese sombrerito, que te sienta tan bien, y esa chaqueta tan bonita.


Se quedó mirándola cara a cara, encendidos los ojos de admiración y de un deseo enorme. Le habría gustado besarla, besar su hermosa boca, pero no se atrevió a hacerlo allí ni, por ahora, en ninguna otra parte.


—No me extraña que tengas que romper tus compromisos. Eres lo bastante bonita. ¿No te gustarían unas rosas?


Pasaban junto a una floristería en aquellos momentos y la vista del escaparate le sugirió la idea de aquel regalo. Le había oído decir a Hegglund que a las mujeres les gustaban los hombres que tienen atenciones con ellas.


—Oh, desde luego, me gustaría alguna rosa —replicó ella girándose hacia el establecimiento—. O quizá sería mejor algunas de estas violetas. Son muy bonitas y creo que van mejor con mi chaqueta.


Le agradaba comprobar que Clyde era lo bastante galante para pensar en flores. También estaba diciéndole cosas muy bonitas. Al mismo tiempo estaba convencida de que era un muchacho que había tenido muy poco que ver, si e§ que había tenido algo, con muchachas. Y ella prefería jóvenes y hombres que tuviesen más experiencia, que no se sintiesen tan complacidos con ella y que no fuesen tan fáciles de retener. Sin embargo, no podía dejar de pensar que Clyde era un tipo mejor de hombre de los que ella solía tratar: era más refinado. Y por esta razón, a pesar de su torpeza a ojos de ella, se sentía inclinada

 




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a tolerarle por ver cómo se las arreglaba.


—Bueno, éstas son bonitas de verdad —exclamó eligiendo un ramo de violetas más bien grande y prendiéndoselo en la chaquetilla—. Creo que me quedaré con éstas.


Y mientras Clyde las pagaba se plantó delante del espejo, colocándoselas a su gusto.

Por último, satisfecha del efecto, se volvió y exclamó:

—Bueno, estoy lista —y le tomó del brazo.


Clyde, no poco asustado por la desenvoltura y los modales de la muchacha, se vio al principio en un aprieto en cuanto a sacar un tema de conversación, pero no tenía por qué preocuparse; para ella lo más interesante era su propia persona.


—¡Huy!, te digo que la semana pasada fue de locura. Estuve fuera de casa todas las noches hasta las tres. Y el domingo casi hasta el amanecer. La última vez fue anoche mismo. ¿Has estado alguna vez en Burckett? Es un sitio estupendo, con bailes en verano y patinaje el invierno. Y tienen una orquesta preciosa.


Clyde contemplaba el juego de su boca, la brillantez de sus ojos y la rapidez de sus gestos, sin preocuparse mucho por lo que ella decía.


—Estaba con nosotros Wallace Troné, que es un chico simpatiquísimo, y cuando estábamos sentadas tomando helados, se metió en la cocina y salió con un delantal de camarero y empezó a servirnos. Fue la mar de divertido y después hizo muchísimos juegos de manos con los platos y las cucharas.


Clyde suspiró, porque de ninguna manera tenía las mismas dotes que el simpático Troné.


—Y luego, el lunes por la mañana, cuando volvimos eran ya cerca de las cuatro y yo tenía que levantarme a las siete. Estaba destrozada. Pero tenía que ir al trabajo, aunque no fuese más que por lo bien que se portan conmigo en el almacén, sobre todo el señor Beck. Es el jefe de mi departamento y no sabes lo que hago sufrir al pobre hombre. Estoy segura de que soy una pesadilla para él. Un día llegué después del almuerzo y me dijo: «Mire usted, señorita Briggs (siempre me dice señorita Briggs, porque yo no permitiría que me llamase de otra forma, aviado iba a estar si lo intentara), éstas no son horas de venir; estamos en un almacén y no en un teatro». Yo me eché a reír. Es verdad que algunas veces le sacamos de quicio. Pero yo le paré los pies. Es muy amable conmigo, desde luego, y se guardaría mucho de ofenderme por nada del mundo, pero de todas maneras le dije: «Mire usted, señor Beck, guárdese usted muy bien de hablarme de esa manera; no tengo costumbre de llegar tarde y además sepa usted que éste no es el único sitio donde se puede trabajar en Kansas City».


Por aquel entonces ella y Clyde, sin que éste hubiera pronunciado apenas una sola palabra, llegaron a la altura de Frissell, con gran alivio para el muchacho. Y por vez primera en su vida tuvo la satisfacción de escoltar a una joven hasta una mesa en un lugar tan magnífico. Ahora realmente era cuando estaba empezando a tener unas cuantas experiencias dignas de tal nombre. Estaba al borde de una fascinante aventura. Porque a causa de la alta estimación que la muchacha tenía de sí misma y de la descripción exagerada que hacía de sus relaciones con jóvenes y muchachas que siempre se estaban divirtiendo, él creía que por su parte hasta ahora nunca había sabido lo que era vivir. Recordaba todos los lugares y nombres de chicos que ella le había citado y no dejaba de pensar en aquel pobre señor Beck que la temía tanto que no se atrevía a despedirla. Y

 




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cuando vio cómo ella pedía todo lo que se le antojaba, sin preocuparse lo más mínimo de lo que pudiera costar, sus ojos sólo hallaron descanso en la contemplación de su rostro, de su figura, de la forma de sus manos, de la delicadeza del brazo, de la curva de su busto, ya muy pronunciado, del arco de sus cejas y de la suavidad de sus mejillas y de su mentón. Había algo también en el tono de voz de aquella muchacha, untuoso y lánguido, que le trastornaba y le producía escalofríos. Le resultaba delicioso. Ojalá pudiera tener una muchacha así para él solo.


Pero ella, aun estando allí, seguía hablando de sí misma como si tal cosa, al parecer nada impresionada por el sitio que a él, en cambio, seguía pareciéndole notable y casi abrumador. Cuando ella dejó de mirarse en el espejo se puso a estudiar la minuta y a decidir qué le gustaría tomar: cordero con jalea de menta, nada de tortilla ni de ternera; sí, pechuga de pollo con champiñones; no, sería mejor con coliflor y judías. Y desde luego, le gustaría un cóctel. Clyde había oído decir a Hegglund que no había comida que valiese la pena sin unas cuantas bebidas previas, y había sugerido suavemente un cóctel. Y habiéndoselo tomado, y después un segundo, ella parecía más comunicativa, alegre y efusiva que nunca.


Pero durante todo el tiempo, como Clyde notaba, su actitud hacia él era más bien distante, impersonal. Si en algún momento él se aventuraba a dirigir la conversación hacia ellos mismos, aludiendo a lo profundamente interesado que estaba por ella y queriendo enterarse de si había algún otro muchacho por el que ella tuviese una predilección especial, la joven lo cortaba diciendo que todos los muchachos le eran muy simpáticos, porque todos se portaban muy bien con ella. Claro que no tenían más remedio que hacerlo, porque si no ella dejaba de verlos inmediatamente. Los ataba bien cortos. Sus ojos agudos llamearon al decir esto y su cabeza se irguió retadoramente.


A Clyde todo esto le tenía cautivado. Los gestos de la muchacha, sus posturas, sus mohines y sus actitudes le resultaban de lo más sensual y sugestivo. Parecía como si le gustara encender, prometer, dar pie a ciertas esperanzas y conclusiones y de pronto iniciar la retirada y pretender que no había nada de eso, que ella era y sería siempre de lo más reservada y arisca. En conjunto, Clyde se sentía excitado por la simple proximidad de la muchacha. Era una tortura, y sin embargo una tortura sabrosa y dulce. Le llenaban pensamientos muy parecidos a los de Tántalo cuando soñaba en lo maravilloso que sería acercarse a ella un poco, besar su boca, incluso morderla. Cubrir su boca con un beso abrumador. Estrechar y ceñir su bonita figura. Ella le miraba a veces con ojos brillantes y llenos de intención, y él se sentía enfermo y débil, casi mareado. Su único sueño era que por cualquier procedimiento, bien la simpatía o el dinero, pudiese hacerse interesante a los ojos de ella.


Y después de acompañarla al teatro y de llevarla a su casa, no pudo decir que hubiese hecho ningún progreso digno de mención. Pues durante la interpretación de El Corsario, Hortense, que, a causa de su incierto interés por el muchacho, estaba realmente interesada por la función, no supo hablar de otra cosa que de funciones similares que había visto, así como de actores y actrices y lo que opinaba sobre éstos, y de qué joven la había acompañado a cada una de las representaciones. Y Clyde, en lugar de competir con ella en desenvoltura e ingenio y comparar las experiencias de la muchacha con las suyas propias, se veía obligado a contentarse con aprobar todo lo que ella decía.

 




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Y durante todo este tiempo ella pensaba que había hecho otra conquista sólida. Y como hacía mucho tiempo que no tenía nada de virtuosa, y estaba convencida de que él tenía dinero para gastar y de que no costaría ningún trabajo convencerle para que se lo gastara con ella, concibió el proyecto de mostrarse lo bastante agradable, pero ni una pulgada más, para retenerle, captando su atención todo lo posible, mientras al mismo tiempo ella seguiría su propio camino, gozando al máximo con otros muchachos y te-niendo a Clyde en reserva para que le comprara cosas y llenara los huecos que otros no pudieran cubrir con la necesaria diversión.





CAPÍTULO 13


Durante un período de cuatro meses por lo menos, éste fue exactamente el curso de la relación. Después de su primer encuentro, él dedicaba una parte no pequeña de su tiempo libre en tratar de interesarla hasta el punto de que se preocupara de él por lo menos tanto como parecía preocuparse de otros. Al mismo tiempo no podía decir si ella dedicaba un afecto especial a alguien en particular. Ni podía creer tampoco que en todo esto hubiera sólo una inocente camaradería. Sin embargo, ella le resultaba tan incitante, que se sentía conmovido hasta el delirio por el pensamiento de que si sus peores sospechas resultaban ciertas, más tarde o más temprano ella terminaría por concederle sus favores. Tan cautivado se hallaba por este aire de sensualidad y languidez que había en la muchacha, en la cual el deseo se manifestaba en los gestos, en los caprichos, en la voz, en la manera que tenía de vestirse, que él no podía pensar en abandonarla.


Antes bien, corría tras ella como un loco. Y ella, viendo esto, le hacía feos, se le escapaba a veces, le obligaba a contentarse con poco más que las migajas de su compañía, mientras al mismo tiempo le favorecía con descripciones o cuadros de otras actividades que le hacían sentir como si le fuera imposible soportar por más tiempo ir meramente a su zaga de esta forma. Entonces era él el que solía anunciar encolerizado que no iba a verla más. No se portaba bien con él, ésa era la verdad. Pero al verla de nuevo, al notar una fría indiferencia en todo lo que ella hacía o decía, el valor le fallaba y no podía pensar en cortar el lazo.


Ella no se abstenía durante todo este tiempo de aludir a cosas que necesitaba o que le gustaría tener, cosas pequeñas al principio, una polvera, un lápiz de labios, un frasco de perfume. Más tarde, y sin haberle consentido a Clyde más que unos avances mínimos y elusivos, abandonos íntimos y lánguidos en sus brazos, que prometían mucho pero que se quedaban en nada, se hizo tan osada como para indicarle en distintas ocasiones, de diferentes maneras, bolsos, blusas, zapatos, medias y sombreros que le gustaría comprarse si tuviese dinero para ello. Y él, con objeto de retenerla junto a sí y congraciarse más con ella, procedía a comprarle tales cosas, aunque a veces y a causa de otras complicaciones relacionadas con su familia, le costara trabajo proceder así. Y sin embargo, como fue empezando a ver hacia finales del cuarto mes, aparentemente había avanzado en el favor de la muchacha poco más que en un principio. En resumen, estaba llevando a cabo una persecución febril y casi dolorosa sin ninguna promesa definida de recompensa.

 




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Mientras tanto, por lo que se refería a sus vínculos con el hogar, las irritaciones y depresiones que casi inexplicablemente poseían a los miembros de la familia Griffiths no eran diferentes de lo que siempre habían sido. Pues tras la huida de Esta había seguido un período de depresión que todavía duraba. Solamente que, además, por lo que a Clyde se refería, se veía complicado con un misterio que resultaba turbador y algo más exasperante; pues en cuanto en la familia Griffiths ocurría algo relacionado con el sexo, ningún padre del mundo podría haber sido más remilgado.


Y esto se aplicaba especialmente al misterio que había venido rondando a Esta durante algún tiempo. Se había ido. No había vuelto. Y por lo que Clyde y los demás sabían, ni una sola palabra de ninguna clase se había recibido de ella. Sin embargo, Clyde había notado que después de las primeras semanas de su ausencia, tiempo durante el cual tanto su madre como su padre habían estado muy abatidos y turbados, preocupándose mucho en cuanto a sus andanzas y el porqué de su silencio, de pronto habían cesado en sus lamentaciones, y se mostraban mucho más resignados, al menos no tan torturados por una situación que antes parecía no ofrecer esperanza de ninguna clase. El no podía explicárselo. Era evidente, y sin embargo no se decía nada. Y después, unos pocos días más tarde, Clyde tuvo ocasión de notar que su madre estaba en contacto con alguien por correo, algo muy raro en ella. Pues tan pocas eran sus conexiones sociales o de negocios, que raramente recibía o escribía una carta.


No obstante, un día, poco después que él hubiera ingresado en el Green-Davidson, llegó el correo más temprano de lo usual y encontró a su madre inclinada sobre una carta que evidentemente acababa de llegar y que parecía tenerla muy interesada. También parecía relacionarse con algo que requería disimulo, pues al verle cesó de leer de inmediato y, ruborizada y aparentemente nerviosa, se levantó y retiró la carta, sin comentar en modo alguno lo que había estado haciendo. Pero Clyde, por alguna razón, intuición quizá, tuvo la sensación de que podía ser de Esta. No estaba seguro. Y se hallaba demasiado lejos para apreciar el carácter de la escritura. Pero fuese lo que fuese, su madre no dijo nada al respecto. Ella tenía el aire de quien no desea que le hagan preguntas, y tan reservadas eran las relaciones entre madre e hijo, que a él no se le ocurrió comentar nada. Tan sólo se extrañó y luego borró el asunto parcialmente, pero no del todo, de su pensamiento.


Un mes o cinco semanas después, y justamente por el tiempo en que estaba progresando un tanto en su trabajo en el Green-Davidson, y estaba empezando a interesarse por Hortense Briggs, su madre le vino una tarde con una propuesta, muy extraña en ella. Sin explicar para qué era ni indicar a las claras que ella comprendía ahora que él podría ayudarla, le llamó al vestíbulo de la misión cuando él regresó del trabajo y, mirándole con excesiva fijeza y nerviosismo no habituales en ella, le dijo:


—¿Tú sabrías, por casualidad, Clyde, de alguien a quien yo pudiera pedirle prestados cien dólares?


Clyde se quedó tan asombrado que apenas pudo creer lo que oía, ya que sólo unas semanas antes la mera mención de cualquier suma superior a cuatro o cinco dólares en relación con su trabajo habría resultado sarcástica. Su madre lo sabía. Sin embargo, estaba haciéndole la pregunta y presumiendo, al parecer, que él podría asistirla en este trance. Y con razón, pues tanto sus trajes como su aspecto en general indicaban prosperidad.

 




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Al mismo tiempo su primer pensamiento fue, naturalmente, que ella había observado su vestuario y sus manejos y estaba convencida de que él la estaba engañando en cuanto al dinero que ganaba. Y en parte esto era verdad, pues la actitud de Clyde había cambiado tanto últimamente, que su madre se había visto obligada a adoptar una posición muy diferente con respecto a él y estaba comenzando a sentirse no poco dudosa en cuanto al control que pudiera ejercer sobre su hijo. Recientemente, desde que se había asegurado esta última colocación, a ella le parecía que Clyde se había vuelto más inteligente, más seguro, menos indeciso y más inclinado a seguir su propio camino y a adoptar sus propios puntos de vista. Y mientras que por un lado esto la había turbado no poco en un sentido, sin embargo más bien le había agradado en otro. Pues ver que Clyde, que siempre le había parecido un problema espinoso a causa de su sensibilidad e inquietud, se desarrollaba de esta forma tan interesante, era algo consolador, aunque a veces, y en vista de su muy reciente atildamiento, ella no cesaba de preocuparse y hacerse preguntas en cuanto a la clase de compañías que debía de tener ahora. Pero puesto que su trabajo era tan absorbente, y cualquiera que fuese el dinero que ganase parecía gastárselo todo en ropa, comprendía que no tenía motivo verdadero para quejarse. Su único pensamiento, por otra parte, era que quizá él estaba empezando a obrar de forma un poco egoísta, pensando demasiado en su propia comodidad, y no obstante, en vista de las largas privaciones que había tenido que sufrir, ella no se sentía con fuerza moral para echarle en cara un poco de goce mundano.


Clyde, no sintiéndose seguro de las verdaderas intenciones de su madre, se limitó a mirarla y a exclamar:


—Pero, ¿de dónde quieres que saque yo cien dólares, mamá?


Tuvo visiones de que su recién encontrada fuente de riquezas se vería agotada por demandas tan inauditas e inexplicables como ésta, y el disgusto y la desconfianza se mostraron de inmediato en su actitud.


—No esperaba que tú pudieras dármelo todo —sugirió la señora Griffiths con tacto—. Tengo un plan para conseguir la mayor parte, pero necesitaba que me ayudases a conseguir el resto. No quiero irle a tu padre con estos asuntos si puedo evitarlo, y tú eres ya lo bastante mayorcito como para sernos de ayuda.


Miró a Clyde aprobadoramente y con renovado interés. Luego añadió:

—Tu padre es tan poca cosa para los negocios, y se preocupa tanto...


Se pasó una mano grande y cansada por la cara y Clyde se sintió conmovido por su angustia, cualquiera que fuese su origen. Al mismo tiempo, aparte de que quisiese o no contribuir con algo, sentía una viva curiosidad por todo el asunto. ¡Nada menos que cien dólares! ¡Caracoles!


A los pocos momentos su madre añadió:


—Voy a decirte lo que he estado pensando. Necesito reunir cien dólares, pero no puedo explicarte ni a ti ni a nadie para qué los quiero, y no debes hacerme preguntas. En mi cajón tengo un viejo reloj de oro de tu padre y un anillo y un alfiler míos también de oro. Por estas cosas me darían por lo menos veinticinco dólares si los vendo o los empeño. Después están los cuchillos y tenedores de plata maciza y la fuente y el centro que son también de plata; sólo por la fuente me deberían dar veinticinco dólares. Pero pongamos que den por todo al menos veinte o veinticinco; he estado pensando que tú podías ir a

 




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algún buen prestamista que viviese cerca de donde trabajas. Si pudieses comprometerte después a entregarme durante algún tiempo cinco dólares más por semana, yo tengo un amigo, el señor Murch, a quien tú conoces y que suele venir por aquí, que me adelantaría lo que faltara hasta completar los cien dólares: yo le iría pagando de lo que tú me dieras. Por mi parte tengo ya reunidos cerca de diez dólares.


Miró a Clyde como diciéndole: «Ahora, con toda seguridad, no vas a abandonarme en este momento de apuro», y Clyde se ablandó, a pesar de que había estado calculando disponer para su uso particular todo lo que ganara. Efectivamente, consintió en llevar las prendas al prestamista y en entregar cinco dólares más todas las semanas hasta que estuviese pagada la deuda. Pero a pesar de ello no pudo impedir que su ánimo se resintiera por este esfuerzo extra, ya que hacía muy poco que estaba ganando tanto dinero. Y aquí estaba su madre pidiéndole más y más y, según veía el asunto, ahora iban a ser diez dólares por semana. Así siempre habría algo, pensó Clyde, que iría mal, siempre surgiría algún otro motivo de necesidad y no había seguridad de que peticiones semejantes no fueran a repetirse en el futuro.


Tomó las prendas, las llevó al establecimiento que encontró más presentable y, al ofrecérsele cuarenta y cinco dólares por todo, los tomó. Esto con los diez de su madre haría cincuenta y cinco, y con los cuarenta y cinco que pediría prestados al señor Murch, llegaría a los cien. Únicamente que ahora, tal como él veía la cosa, eso significaría que durante nueve semanas tendría que entregar diez dólares en lugar de cinco. Y eso, en vista de sus presentes aspiraciones a vestirse, a vivir y a disfrutar de una manera diferente de lo que antes había considerado necesario, no era en modo alguno una perspectiva agradable. Sin embargo, decidió hacerlo. Después de todo le debía algo a su madre. Ella había hecho muchos sacrificios por él y por los demás en tiempos pasados y él no podía mostrarse ahora egoísta. No sería decente.


Pero el pensamiento más importante que se le ocurrió entonces fue que si su madre y su padre iban a solicitar ahora de él ayuda financiera, tendrían que mostrarle una consideración más benévola que la que antes habían tenido con él. Entre otras cosas tenía que conseguir que se le permitiera entrar y salir con más libertad por lo que se refería sobre todo a las horas nocturnas. Y al mismo tiempo debían tener en cuenta que estaba vistiéndose con sus propios medios y tomando sus comidas en el hotel, lo cual constituía un ahorro no pequeño a su modo de ver.


Pero no tardó en surgir otro problema, que era éste: poco después del asunto de los cien dólares, se encontró a su madre en la calle Montrose, una de las más míseras del norte de Bickel, y que consistía enteramente en dos líneas ininterrumpidas de casas de madera de dos pisos con muchos apartamentos para alquilar. Incluso los Griffiths, pobres como eran, se habrían sentido aterrados ante la idea de tener que vivir en semejante calle. Su madre bajaba los escalones de una de las casas, en cuya ventana había colgado un cartel muy visible que decía: «Se alquilan habitaciones amuebladas». Y luego, sin volverse ni ver a Clyde al otro lado de la calle, procedió a entrar en otra casa a unas cuantas puertas de distancia y que también ostentaba un cartel por el estilo y, después de examinar la fachada con interés, subió los escalones y tocó el timbre.


La primera impresión de Clyde fue que ella estaba buscando el paradero de alguna persona por la que tuviese interés y de cuyo domicilio no estuviese segura. Pero al cruzar

 




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la calle para acercarse a ella y en el momento en que la propietaria de la casa sacaba la cabeza, oyó que su madre decía:


—¿Tiene usted una habitación para alquilar?

—Sí.

—¿Tiene baño?

—No, pero hay un baño en el segundo piso.

—¿Cuánto es a la semana?

—Cuatro dólares.

—¿Puedo verla?

—Sí, suba.


La señora Griffiths pareció vacilar, mientras Clyde se detenía a pocos metros mirándola y esperando que ella se volviese y le reconociera. Pero ella subió sin volverse.


Clyde se quedó mirando con curiosidad, porque si bien no era inconcebible de ninguna manera que su madre estuviese buscando una habitación para alguien, sin embargo era extrañísimo que lo hiciera en esta calle, cuando por regla general se valía del Ejército de Salvación o de la Asociación de Jóvenes Cristianas. Su primer impulso fue aguardar y preguntarle qué estaba haciendo allí, pero como tenía otras cosas que hacer, siguió su camino.


Aquella noche, al volver a su casa para vestirse, al ver a su madre en la cocina, le

dijo:

—Mamá, esta mañana te vi en la calle Montrose.


—Sí —replicó su madre al cabo de un momento, pero no sin que él notase que esta información repentina la había sobrecogido. Estaba pelando patatas y le lanzó una mirada de curiosidad— ¿Qué tiene de raro? —añadió con calma, pero ruborizándose al mismo tiempo, un detalle decididamente insólito por parte de ella, según pensó él.


Y aquel respingo de sorpresa fue lo que realmente interesó y captó la atención de Clyde.


—Creo que fuiste a una casa que había por allí buscando una habitación amueblada. —Sí, eso era —replicó la señora Griffiths con sencillez— Necesito una habitación para alguien que está enfermo y que no tiene mucho dinero, pero no es—fácil de


conseguir.


Se volvió como si no estuviera dispuesta a seguir discutiendo este asunto ni un momento más, y Clyde, aun dándose cuenta de su humor, no pudo resistir el deseo de añadir:


—Pero ésa no es una calle en la que convenga alquilar una habitación.


Su nuevo trabajo en el Green-Davidson ya le había movido a pensar de una manera distinta sobre el sitio donde una persona, cualquiera que fuese, debía o no vivir. Ella no le contestó y él fue a su habitación a cambiarse de traje.


Al mes siguiente, poco más o menos, viniendo una noche por la avenida Missouri vio a su madre a corta distancia avanzando en dirección opuesta. A la luz de uno de los escaparates de la calle vio que iba cargada con una maleta deteriorada y vieja que hacía mucho tiempo que estaba en casa y que no se utilizaba para nada. Al verle acercarse (como él decidió después), ella se detuvo de pronto y entró en la escalera de un edificio de tres pisos; cuando él llegó a aquella altura vio que la puerta de la calle estaba cerrada. La

 




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abrió y observó unos escalones débilmente iluminados por los que ella podría haber desaparecido. Sin embargo no se molestó en hacer más investigaciones, pues no estaba seguro, cuando llegó al sitio, si ella había entrado para visitar a alguien o no, ya que todo había sucedido muy rápidamente. Pero se puso a esperar en la otra esquina hasta que al fin la vio salir de nuevo. Y entonces, aumentando así su curiosidad, ella pareció mirar cuidadosamente antes de proseguir su camino. Fue esto lo que le hizo pensar que ella había estado tratando de ocultarse de él. Pero, ¿por qué?


Su primer impulso fue volverse y seguirla, tan interesado se sentía por sus extraños movimientos. Pero decidió luego que si ella no quería que él supiese lo que estaba haciendo, quizá sería mejor que no tratara de enterarse. Al mismo tiempo aquel gesto evasivo le causó la mayor curiosidad. ¿Por qué no quería su madre que la viera llevando una maleta? La cautela y el disimulo no formaban parte del carácter de ella, tan distinto al de él en estos aspectos. Casi al instante su pensamiento procedió a unir esta coincidencia con la otra vez en que la había visto bajando las escaleras de la casa de habitaciones de la calle Montrose, juntamente con el asunto de la carta que la había encontrado leyendo y el dinero que se había visto obligada a reunir, aquellos cien dólares. ¿Adónde se dirigiría? ¿Qué sería lo que estaba ocultando?


Estuvo especulando sobre todo esto, pero no pudo decidir si ello tendría o no una conexión definida con él o cualquier miembro de la familia hasta una semana más tarde, cuando al pasar por la calle Once, cerca de la de Baltimore, le pareció ver a Esta o al menos a una muchacha tan parecida que la habría tomado por ella en cualquier parte. Tenía la misma altura y se movía de la misma forma que Esta acostumbraba a caminar. La única diferencia, según le pareció entonces, era que estaba bastante más vieja. Pero con tanta rapidez había surgido y desaparecido en medio de la gente, que él no pudo asegurarse. Fue sólo una mirada, pero de tal intensidad que le hizo volverse y ponerse a buscarla, pero al llegar al sitio ella había desaparecido. Tan convencido estaba, sin embargo, de haberla visto, que se dirigió derecho a su casa, y al encontrarse a su madre en la misión, le anunció que estaba seguro de haber visto a Esta. Debía de estar de vuelta en Kansas City. Podría jurarlo. La había visto cerca de las calles Once y Baltimore. ¿Había tenido su madre alguna noticia de ella?


Y entonces le resultó muy curioso observar que la reacción de su madre no era exactamente la que él habría esperado en aquellas circunstancias. Por parte de él la reacción era de asombro, placer, curiosidad y simpatía, a causa de la súbita desaparición y ahora no menos súbita reaparición de su hermana. ¿Podía ser que su madre hubiese usado aquellos cien dólares para traerla de vuelta? No podía explicar por qué se le había ocurrido aquel pensamiento. Estaba maravillado. Pero si era así, ¿por qué no había venido a casa, por lo menos para decirle a la familia que estaba en la ciudad?


Esperaba que su madre se mostraría tan asombrada y perpleja como él mismo lo estaba y que preguntaría más detalles y aclaraciones. En lugar de eso se mostró claramente confusa y sobrecogida por esta información, como si estuviese oyendo hablar de algo de que ya estaba enterada y dudase tan sólo sobre la actitud que debería mostrar.


—Oh, ¿la has visto? ¿Dónde? ¿Ahora mismo? ¿Entre la Once y Baltimore? ¿No es eso muy raro? Tengo que hablarle a tu padre de esto. Es extraño que no haya venido aquí si está de vuelta.

 




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Sus ojos, como Clyde pudo advertir, en lugar de mostrar asombro tenían una expresión de vergüenza y de confusión. Su boca, como siempre le sucedía cuando se encontraba preocupada y sin saber qué hacer, se movía de una manera extraña, no solamente los labios, sino la misma mandíbula.


—Bueno, bueno —añadió ella después de una pausa—. Eso es muy raro. Quizá fuese alguien que se le parece.


Pero Clyde, examinándola con el rabillo del ojo, no llegaba a creer que estuviese tan atónita como pretendía aparentar. Y más tarde, habiendo entrado el marido y no habiéndose marchado todavía Clyde para el hotel, les oyó discutir del asunto de una manera curiosamente desapasionada y fría, como si no resultase tan sorprendente como a él le había parecido. Y durante algún tiempo no le llamaron para que explicase lo que había visto.


Luego, como si todo ocurriese a propósito para que pudiera resolver este misterio, un día se encontró a su madre por la calle Spruce, llevando esta vez una pequeña cesta al brazo. Él había notado hacía ya algún tiempo que ahora ella solía salir por las mañanas o por las tardes e incluso por las noches. En esta ocasión, y mucho antes de que ella tuviera oportunidad de verle, él había discernido su figura vigorosa envuelta en el viejo abrigo marrón que siempre usaba, y se había escondido en la calle Mylkell, esperando que ella pasara oculto tras el quicio de una puerta. Una vez hubo pasado, se deslizó detrás de ella, dejando que le precediera una media manzana. Al llegar a Dalrymple, ella cruzó hasta Beadry, que era realmente una continuación de Spruce, pero no tan fea. Las casas eran muy viejas y habían sido residencias señoriales en tiempos muy antiguos, pero ahora habían sido transformadas en pensiones y casas de alquiler. La vio penetrar en una de ellas y desaparecer, pero también vio cómo miraba inquisitivamente en torno antes de atravesar el portal.


Después que hubo entrado, Clyde se aproximó a la casa y la estudió con gran interés. ¿Qué estaba su madre haciendo allí? ¿A quién iba a ver? Apenas podría haberse explicado a sí mismo la intensa curiosidad que sentía, y sin embargo, desde que había tenido la idea de que era Esta a quien había visto en la calle, sentía la sospecha de que todo esto tenía algo que ver con ella. Estaba el asunto de las cartas, el de los cien dólares, el de la habitación amueblada en la calle Montrose.


Cerca de aquella casa de la calle Beaudry había un árbol deshojado por el invierno, y cerca de él un poste de telégrafos lo bastante cercano como para formar entre los dos una sombra protectora. Detrás de ellos podía colocarse sin ser visto y desde este observatorio vigilar las ventanas abiertas en los distintos pisos de la casa. Y por una de ellas vio a su madre moviéndose con entera soltura por una de las habitaciones. Y un momento más tarde, para asombro suyo, vio a Esta que se asomaba a una de las ventanas y colocaba un paquete en el pretil. Parecía no llevar más que una bata ligera o un salto de cama sobre los hombros. Esta vez no se había equivocado, pero se asombró al comprobar que era ella la persona con quien estaba su madre. ¿Por qué habría regresado y se ocultaría de esta manera? ¿Es que su marido, el hombre con quien se había escapado, la había dejado abandonada?


Sentía tanta curiosidad que decidió esperar un rato fuera hasta ver si su madre salía y entonces ir él mismo a visitar a Esta. Deseaba no sólo verla de nuevo, sino también

 




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enterarse del porqué de todo este misterio. Aguardó pensando en lo mucho que siempre había querido a su hermana y cuán extraño era que estuviese allí ocultándose de esta forma tan misteriosa.


Al cabo de una hora su madre salió con el cestillo al parecer vacío, ya que lo manejaba ahora con la mayor facilidad. Y lo mismo que antes, miró precavidamente en torno suyo con aquella misma expresión impasible y preocupada en el rostro que era habitual en ella en aquellos últimos días, una encrucijada entre una fe inflexible y una duda turbadora.


Clyde la vio alejarse hacia el sur camino de la misión. Después que la perdió de vista se volvió y entró en la casa. Dentro, tal como se había imaginado, halló una colección de habitaciones amuebladas, algunas de cuyas puertas ostentaban plaquitas con los nombres de los inquilinos. Como sabía por la ventana que había estado viendo desde la calle cuál tenía que ser la habitación de Esta, se dirigió allí y llamó. Y al momento un paso ligero respondió, y después de una pequeña vacilación que parecía sugerir ciertos preparativos en el interior, la puerta se abrió poco a poco y Esta miró, al principio confundida, luego con un pequeño grito de asombro y de desconcierto. Pues desaparecida toda precaución, se dio cuenta de que era a Clyde a quien estaba mirando. Inmediatamente abrió la puerta de par en par.


—¡Pero si es Clyde! —exclamó— ¿Cómo has podido encontrarme? Precisamente estaba acordándome de ti.


Inmediatamente la— abrazó y la besó. Al mismo tiempo se dio cuenta con una ligera sensación de repugnancia y pena que ella había cambiado considerablemente. Estaba más delgada, más pálida, con los ojos casi hundidos y no mejor vestida que cuando la había visto por última vez. Parecía nerviosa y deprimida. Uno de los primeros pensamientos que se le ocurrieron fue dónde estaría ahora su marido. ¿Por qué no estaba allí? ¿Qué se había hecho de él? Al mirar en torno y mirarla a ella, notó que en los ojos de Esta había confusión e incertidumbre y también una alegría no pequeña por verle de nuevo. Su boca estaba entreabierta con deseos de sonreír y darle la bienvenida, pero sus ojos mostraban que estaba luchando con un problema.


—No te esperaba aquí —añadió ella con rapidez en el momento en que él la soltó—.

No será que habrás visto...


Se detuvo al borde de una información que evidentemente no deseaba proporcionar. —Sí, he visto a mamá —replicó él—. Así es como me he enterado de que estabas aquí. La he visto salir ahora mismo y te vi a ti por la ventana. Pero, ¿cuándo has vuelto? Es rarísimo que no nos hayáis dicho nada a los demás. Eres muy estrambótica. Te vas y te estás meses sin decirnos nada. Podías por lo menos haberme escrito alguna vez. Siempre


nos hemos llevado bien, me parece a mí.


La miraba con cierta impertinencia, curioso, imperativo. Ella, por su parte, se ponía a la defensiva, inquieta, sin saber qué hacer ni decir. Contestó:


—No creí que fuera conveniente. Y ahora mismo me preguntaba quién podría ser. Nadie viene aquí. Pero tú estás elegantísimo, Clyde. Tienes ahora unos trajes preciosos. Y estás mucho más alto.


Mamá me ha dicho que estás trabajando en el Green-Davidson.

Le miraba con admiración y él se sentía impresionado por el efecto que le había

 




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causado. Al mismo tiempo no podía apartar de su mente la situación en que ella se encontraba. No cesaba de mirarle la cara, los ojos, el cuerpo alto y fofo. Y al verle la cintura y el rostro empañado, llegó a la conclusión de que había algo que no iba bien. Se notaba que iba a tener un niño. Y entonces volvió a asaltarle el pensamiento de dónde estaría su marido o por lo menos el hombre con el que se había escapado. En la misiva que dejó, según su madre, había dicho que iba a casarse. Pero ahora él percibía con toda claridad que no estaba casada. La habían abandonado y se encontraba sola en esta habitación miserable. Lo veía, lo sentía, lo comprendía.


Y pensó inmediatamente que esto era típico de todo lo que parecía ocurrir en su familia. He aquí que él había encontrado un punto de arranque, estaba tratando de ser alguien y de correr mundo y disfrutar un poco. Y aquí estaba Esta, que después de aventurarse por vez primera a conseguir algo para sí misma, llegaba a un resultado como el presente. El pensamiento le dolió y le llenó de resentimiento.


—¿Cuánto tiempo hace que has vuelto, Esta? —preguntó con gozo, sin saber apenas qué decir ahora que ya estaba allí. Al verla en esta situación, presentía gastos, preocupaciones y miserias que le hacían arrepentirse de haberse mostrado tan curioso. ¿Qué necesidad tenía de haber venido? La única consecuencia sería que tendría que ayudar.


—Oh, no hace mucho tiempo, Clyde. Un mes poco más o menos, creo. No puede hacer más.


—Ya me lo imaginaba. Te vi en la calle Once, cerca de la Baltimore, hace aproximadamente un mes. Estoy seguro —añadió menos jovialmente, un cambio que Esta notó. Al mismo tiempo él movió la cabeza, afirmando—: Supe que eras tú. Se lo dije a mamá, pero no pareció creerme. Pero ahora sé que no me equivoqué.


Miró a Esta de una manera extraña, muy orgulloso por la agudeza que había demostrado en este caso. Pero entonces se detuvo, no sabiendo ya qué decir y preguntándose si sus palabras tendrían alguna importancia. No parecía que a ella le sirviesen de mucho.


Y ella, no sabiendo en modo alguno cómo disimular su estado ni atreviéndose a confesarlo, no sabía qué decir. Era preciso hacer algo. Pues Clyde podía ver por sí mismo que la situación de su hermana era espantosa. Ella apenas podía soportar la mirada de sus ojos inquisidores. Y más para disculparse a sí misma que para explicar el silencio de su madre, observó finalmente:


—Pobre mamá. No debes creer que haya sido una rareza suya, Clyde. La verdad es que no sabe qué hacer. Todo ha sido culpa mía, desde luego. Si yo no me hubiese escapado, no le habría dado todos estos disgustos. Ella no tiene nada que ver con esto y siempre le ha ido muy mal en sus cosas.


De pronto le volvió la espalda y sus hombros empezaron a temblar y sus costados a alzarse. Se llevó las manos a la cara y hundió en ellas la cabeza; él se dio cuenta de que estaba llorando silenciosamente.


—Oh, vamos, hermana —exclamó Clyde acercándose a ella al momento y sintiéndose muy apenado por el espectáculo—. No pasa nada. ¿Qué necesidad tienes de llorar? ¿No se casó contigo el hombre con el que te fuiste?


Ella movió la cabeza denegando y sollozó con más fuerza. Y en aquel instante Clyde

 




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comprendió el verdadero sentido psicológico, tanto como social y biológico, de la condición en que se encontraba su hermana. Estaba en un aprieto, embarazada, sin dinero y sin marido. Por esto su madre había buscado una habitación. Por eso había reunido los cien dólares. Se sentía avergonzada de Esta y de su estado. Avergonzada no sólo de lo que pudiera pensar la gente fuera de la familia, sino de lo que pensarían él y Julia y Frank, temiendo quizá el efecto que la condición de Esta pudiera producirles, ya que no era justo sino inmoral a los ojos de la sociedad. Por esta razón había estado tratando de ocultarlo, inventando historias al respecto, cosa que resultaría sin duda muy embarazoso y difícil. Y sin embargo, por mala suerte, ni siquiera eso había conseguido.


Ya ahora él se sentía confuso y turbado, no sólo por la situación de su hermana y por lo que ello representaba para él y para los otros miembros de la familia aquí, en Kansas City, sino también por la actitud desconcertante y un poco inmoral, por lo que tenía de engaño, de su madre con respecto a este asunto. Ella había disimulado todo lo posible, aunque no había conseguido engañarle, pues él supo todo el tiempo que su hermana estaba ya de vuelta. Pero no es que este engaño le molestase mucho, ya que era algo casi obligado en una persona tan religiosa y decente como su madre. Pues no era cosa de darle tres cuartos al pregonero. A él tampoco le gustaría que la gente se enterase del estado en que se hallaba su hermana si podía impedirlo. Porque, ¿qué pensaría la gente? ¿Qué dirían sobre ella y sobre él mismo? ¿No era la situación general de su familia lo bastante humilde como para encima tener que añadirle esto? Por eso ahora permanecía perplejo y desconcertado mientras su hermana lloraba. Y ella, dándose cuenta de que él estaba avergonzado y triste a causa de ella, lloraba aún con más fuerza.


—Bueno, es muy desagradable —dijo Clyde, turbado y sin embargo afectuosamente, al cabo de un rato—. Tú no te habrías escapado con él si no le quisieses, ¿no es verdad? — estaba pensando en sí mismo y en Hortense Briggs— Lo siento por ti, Esta. Puedes estar segura de que lo siento mucho; pero, ¿qué consigues echándote a llorar? Hay muchísimos hombres en este mundo aparte de él. Ya verás cómo sales bien de todo esto.


—Oh, ya lo sé —sollozó Esta—, pero lo que más me duele es haber sido tan loca. He pasado unos momentos terribles. Y ahora os he traído este disgusto a mamá y a todos vosotros.


Gimoteó durante unos momentos y añadió después:


—Se fue y me dejó en un hotel en Pittsburg sin ningún dinero. Y si no hubiese sido por mamá, no sé lo que habría hecho. Me envió cien dólares cuando le escribí. Trabajé durante algún tiempo en un restaurante, mientras me fue posible. No quería escribir a casa y decir que él me había dejado. Me daba vergüenza. Pero no sabía qué hacer allí al final, cuando empecé a encontrarme mal.


Empezó a llorar de nuevo, y Clyde, al darse cuenta de todo lo que su madre había hecho e intentado hacer para ayudarla, se sintió casi más apesadumbrado por su madre que por Esta, pues Esta tenía una madre que se cuidase de ella, pero su madre no tenía nadie que la ayudara.


—No puedo trabajar todavía ni podré hacerlo durante algún tiempo —continuó—, Y mamá no quiere que vaya a casa ahora porque no le parece bien que Julia o Frank o tú os enteréis. Y desde luego tiene razón, ya lo sé. Desde luego que la tiene. Y ella no tiene nada y yo no tengo nada tampoco. Y muchas veces me siento terriblemente sola. —Sus ojos se

 




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llenaron de lágrimas y otra vez empezó a sollozar— He sido tan loca.


Y en aquel momento, Clyde sintió como si también él se fuese a echar a llorar. Pues la vida era a veces tan extraña y tan dura. Recordaba lo mal que le había tratado durante todos estos años. Hasta hacía poco nunca había tenido nada y siempre estaba deseando escaparse. Pero Esta se había escapado y he aquí lo que había conseguido. Y se acordó de ella cuando andaba entre los altos edificios del barrio comercial y cuando se sentaba ante el pequeño armonio callejero con su padre, cantando con su aspecto tan inocente y bondadoso. ¡Qué asco de vida! ¡Qué mundo más duro y más terrible! ¡Qué cosas tan extrañas por todas partes!


La miró por última vez a ella y a la habitación, y finalmente, después de asegurarle que no se quedaría sola y que él volvería, tras recomendarle que no le dijese a su madre que había estado allí y prometerle que, dentro de sus escasas posibilidades, la ayudaría en lo que necesitara, se marchó. Y mientras se dirigía al hotel para incorporarse a su trabajo, siguió rumiando cuán lamentable era todo esto y qué poco acertado había estado al seguir a su madre, pues si no lo hubiese hecho no se habría enterado. Aunque, por otra parte, más tarde o más temprano, esto habría tenido que pasar. Su madre no lo podría haber tenido oculto indefinidamente. Habría terminado por pedirle más dinero una y otra vez. ¡Pero qué miserable el individuo capaz de marcharse y dejar a su hermana en una gran ciudad desconocida y sin un céntimo! Se acordó entonces de aquella muchacha que pocos meses antes había sido abandonada en el Green—David— son con las facturas sin pagar. Y qué cómico les había parecido entonces el incidente a él y a los demás muchachos, con un toque de interés sensual en todo el asunto.


Pero en este caso se trataba de su hermana. Un individuo la había tenido en tan poco como para hacerle esta faena. Y sin embargo, ahora, por más que quisiera, no conseguía que le pareciese tan terrible como cuando la había estado oyendo llorar en la habitación. Pues aquí estaba esta ciudad ágil y brillante, llena de gente y de trabajo, y este hotel alegre en el que trabajaba. Todo ello no era tan malo. Además estaba su propio amorío con Hortense y sus propios placeres. Ya se encontraría algún arreglo para


Esta. Saldría bien parada y las cosas volverían a su cauce. Pero era deprimente pensar que formaba parte de una familia condenada a ser pobre toda la vida y sin más horizonte que predicar por las calles, no pudiendo a veces pagar el alquiler y teniendo su padre que vender alfombras y relojes para poder vivir de mala manera, mientras su hermana se escapaba y terminaba de esta forma. ¡Uf!




CAPÍTULO 14


El efecto que todo esto produjo sobre Clyde fue el de inducirle a pensar más que nunca sobre el problema de los sexos, y, por cierto, de una manera muy poco ortodoxa. Porque si bien condenaba al amante de su hermana por haberla abandonado tan cruelmente, sin embargo de ninguna forma la dejaba a ella enteramente libre de censuras. Se había escapado con él. Según ella le contaba, el individuo había estado una semana en la ciudad un año antes de que los dos huyeran juntos y fue entonces cuando tuvieron ocasión de conocerse. Al año siguiente, cuando él volvió por dos semanas, fue ella la que estuvo

 




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buscándole a toda costa, o al menos así lo sospechaba Clyde. Y en vista del propio interés que él tenía por Hortense Briggs y la manera que tenía de considerarla, no era él quién para decir que hubiese algo malo en la relación sexual en sí misma.


Más bien, tal como él veía la cosa, la dificultad estribaba no en la acción misma, sino en las consecuencias que se derivaban de no pensar o de no saber. Pues si Esta hubiese sabido más del hombre por el que estaba interesada y hubiese tenido mayor conocimiento de lo que significaba una relación con él, no habría llegado a su presente y lamentable estado. Con toda seguridad, muchachas como Hortense Briggs, Greta y Louise nunca consentirían que las pusieran en situación análoga a la de Esta. Eran demasiado realistas. Y al establecer en su mente el contraste entre tales muchachas y su hermana, era esta última la que resultaba perjudicada. Según él, debería haber sido más lista. Y así, de forma gradual, su actitud hacia su hermana fue endureciéndose hasta cierto punto, aunque sus sentimientos no llegaran a ser de indiferencia.


Pero la única influencia que estaba ahora afectándole, perturbándole y produciendo en él una profunda transformación era su encaprichamiento por Hortense Briggs, cuyo efecto era el más profundo que pudiese recibir un muchacho de su edad y de su temperamento. Ella parecía, después de los pocos contactos que habían tenido, ser la realización perfecta de todo lo que él había deseado con anterioridad en una muchacha. Era brillante, vana, insinuante y verdaderamente bonita. Sus ojos, tal como él los veía, tenían en su interior una especie de fuego danzarín. Tenía además una manera arrebatadora de fruncir y separar los labios al mismo tiempo que miraba fijamente y con indiferencia hacia delante como si no estuviese acordándose de él en absoluto, expresión ésta que inflamaba y enfebrecía al muchacho. En realidad le hacía sentirse débil y mareado, como si corrieran por sus venas diminutos hilillos de fuego, fenómeno que sólo podría describirse como una lujuria consciente, un furor indomable por algo que no podía tener, ya que era imposible besarla y abrazarla, puesto que la muchacha conseguía producir una especie de respeto y reserva en los jóvenes a quienes se proponía causar esta impresión. En realidad el tipo de muchacho que a ella le gustaba y que siempre estaba buscando era uno que pudiese barrer de un manotazo todas estas falsas ingenuidades y superioridades de ella, forzándola, incluso contra sí misma, a someterse a él.


En efecto, siempre estaba oscilando entre la simpatía y la antipatía hacia él. Y consiguientemente, él se hallaba en una duda constante en cuanto a la posición que ocupaba, estado de ánimo que ella mantenía con gran cuidado, sin permitir que se inclinase hacia un desaliento excesivo que le obligara a retirarse por completo. Después de alguna reunión, cena o función de teatro a la que ella le permitía llevarla y durante las cuales él había desplegado un tacto especial, no permitiéndose ningún gesto demasiado afirmativo, ella podía mostrarse tan complaciente y seductora como hubiese deseado el amante más ambicioso. Y esto podía durar hasta el momento mismo de la despedida, en que de pronto, ante la puerta de su casa o de la casa de otra muchacha en la que iba a pasar la noche, se volvía sin motivo aparente, limitándose a despacharle con un apretón de manos o un beso frío. En tales ocasiones, si Clyde se sentía tan loco como para tratar de conseguir por la fuerza los favores que estaba anhelando, ella se revolvía como un gato furioso, desplegando una oposición y repugnancia que ni a sí misma podría explicarse con claridad. Parecía como si su disposición mental fuera la de oponerse en redondo a todo lo

 




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que significara la más mínima imposición por parte de él. Y a causa de lo encaprichado que él estaba y de la debilidad de su situación, debida a su exagerado miedo a perderla, se veía obligado a marcharse con el ánimo aún más sombrío y deprimido.


Pero tan fuerte era la atracción que la muchacha ejercía sobre él, que no podía permanecer mucho tiempo sin verla, sino que rondaba por todas partes donde hubiese alguna oportunidad de encontrarla. En realidad, durante aquellos días, a pesar del ambiente peculiar creado por la aparición de su hermana, vivió una especie de sueño exasperado, dulce y sensual, con relación a Hortense. Si la muchacha realmente se preocupara un poco de él... Por la noche, ya acostado en su cama, pasaba mucho tiempo despierto pensando en ella, en su rostro, en la expresión de su boca y de sus ojos, en su figura, en los movimientos de su cuerpo al andar o al bailar, y ella desfilaba delante de él como si estuviese en un escenario. En sus sueños la encontraba deliciosamente cerca, apretándose contra él, su delicioso cuerpo todo suyo, y luego, en el momento de la crisis, cuando al parecer iba a entregársele del todo, se despertaba para descubrir que había desaparecido y que todo había sido una ilusión.


No obstante, había una serie de detalles en ella que parecían augurar un éxito seguro para el muchacho. En primer lugar, lo mismo que él, formaba parte de una familia pobre; era hija de un maquinista que, con su esposa, también de clase muy humilde, no conseguía más que lo suficiente para vivir con modestia. Desde su niñez no había disfrutado de nada, sino únicamente de las pequeñeces que había podido ganarse con su ingenio. Y tan bajo había sido su estado social hasta hacía poco, que nunca había llegado a entrar en contacto con muchachos más importantes que los hijos de matarifes y panaderos, golfillos más bien vulgares y aspirantes a pequeños trabajos en la vecindad. Pero ella se dio cuenta muy pronto de que podía capitalizar su apariencia física y sus encantos, y no dudó en hacerlo. No pocos de sus compañeros habían llegado incluso a hurtar dinero con tal de poder cortejarla.


Cuando tuvo edad para empezar a trabajar y entrar así en contacto con el tipo de muchacho y de hombre que le interesaba, empezó a darse cuenta de que sin necesidad de entregarse demasiado, sino actuando en todo discretamente, podía obtener beneficios más interesantes que hasta entonces. Únicamente que, como en verdad era sensual y le gustaban los placeres rudimentarios, no estaba dispuesta de ningún modo a separar sus ventajas de sus satisfacciones. Por el contrario, a menudo se veía turbada por el deseo de agradar a aquellos de quienes hacía uso, y a la inversa, no obligarse demasiado con aquellos que no le gustaban.


En el caso de Clyde, aunque sólo le gustaba un poquito, no podía, sin embargo, resistir el deseo de utilizarlo. Le agradaba la prontitud con que le proporcionaba cualquier cosa menuda por la que ella estuviera interesada, un bolso, un alfiler, unos guantes, cosas que ella podía pedir o aceptar razonablemente sin sentirse demasiado obligada. Y sin embargo, desde el primer momento, en la forma astuta y mezquina que le era peculiar, se dio cuenta de que a menos que le concediera algo y más tarde o más temprano le otorgara la recompensa definitiva que sabía que él estaba anhelando, no podría retenerle de forma indefinida.


Un pensamiento que la agitaba más que ningún otro era que Clyde parecía estar dispuesto a gastar su dinero en ella comprándole cosas caras: un traje bonito y bastante

 




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lujoso, o un sombrero, o una chaquetilla de piel como las que estaban entonces de moda, por no decir nada de unos pendientes de oro o un reloj de pulsera, cosas todas que ella veía constantemente con ojos envidiosos en los diferentes escaparates de la ciudad.


Un día, no mucho después de que Clyde hubiera descubierto a su hermana, Hortense se hallaba paseando por la calle Baltimore, cerca de la esquina con la calle Quince, el barrio de los establecimientos más lujosos de la ciudad, al mediodía, con Doris Trine, otra muchacha que trabajaba en su mismo departamento, y vio en el escaparate de una de las peleterías una chaquetilla de piel de castor que, desde el punto de vista de su complexión, color y temperamento, era exactamente lo que necesitaba para reforzar su muy limitado guardarropa. No es que fuese una prenda de alto lujo, valdría quizá unos cien dólares, pero estaba cortada de una manera tan especial que le hacía imaginar que, en cuanto se la pusiese, su encanto físico aumentaría más que nunca.

Impresionada por este pensamiento, se detuvo y exclamó:


—¡Huy, mira qué chaquetilla tan preciosa! Fíjate en las mangas, Doris. —Agarró a su compañera violentamente por el brazo—. Fíjate en el cuello. Y en esos bolsillos. ¡Huy, Dios mío! —Vibraba por la intensidad de su misma aprobación y delicia—. ¿No parece in-creíble? Es la clase de chaquetilla que he estado imaginando desde hace no sé cuánto tiempo. ¡Pobre de mí! —exclamó afectadamente, pensando tanto en el efecto que podría causar en los peatones que cruzaban junto al escaparate como en la chaquetilla misma—. Ojalá pudiese tener una así.


Cruzó las manos en un gesto de admiración mientras que Issa— dore Rubenstein, el hijo mayor del propietario, que estaba de momento fuera del alcance de la mirada de la muchacha, notó su gesto y su entusiasmo y decidió que la chaquetilla costaría lo menos veinticinco o cincuenta dólares más si aquella muchacha entraba a preguntar por ella. El precio original era de cien dólares.


—¡Vaya, vaya! —rezongó.


Pero como el joven era de ánimo sensual y algo romántico, hizo también sus especulaciones de forma bastante definida en cuanto al probable valor comercial, hablando afectivamente, de semejante prenda. Se preguntó hasta qué punto la pobreza y vanidad de una chica tan linda estarían dispuestas a ceder a cambio de tal chaquetilla.


Pero Hortense, habiendo admirado todo lo que su tiempo le permitía, se había marchado ya, todavía perdida en su sueño y saciando su vanidad con pensamientos acerca de los efectos devastadores que produciría embutida en una prenda tan maravillosa. Pero no se había detenido a preguntar el precio. Al día siguiente, sintiendo que le era necesario ver la chaqueta una vez más, volvió de nuevo, pero esta vez sola y desde luego sin la menor idea de comprársela por sus propios medios. Por el contrario, estaba sólo revolviendo vagamente el problema de cómo podría conseguir la chaqueta, suponiendo que no tuviese un precio excesivamente prohibitivo. De momento no se le ocurría pensar en nadie. Pero al ver de nuevo la prenda y también al señor Rubenstein hijo, que desde el interior del establecimiento la contemplaba de manera propiciatoria y jovial, se arriesgó a entrar.


—Le gusta a usted la chaquetilla, ¿eh? —fue el comentario conciliador de Rubenstein cuando ella abrió la puerta— Bueno, eso no demuestra sino que tiene usted muy buen gusto. Es una de las prendas más acabadas que hemos tenido nunca en nuestros

 




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escaparates. Una auténtica joya. Y qué bien le sentaría a una joven tan agraciada como usted." —La sacó del escaparate y la mantuvo en alto—. Estuve viéndola a usted cuando la examinaba ayer al mediodía.


En sus ojos había una mirada de deseo.


Notando esto y comprendiendo que un tono distante y sin embargo no del todo— inamistoso le valdría más consideración y cortesía que otro más íntimo, Hortense se limitó


a decir:

—¿Sí?

—La pura verdad. Y pensé en seguida, he aquí una muchacha que sabe apreciar una

buena prenda en cuanto la ve.

La untuosa adulación le resultó agradable a pesar de sí misma.


—Mire, mire —siguió el señor Rubenstein dándole vueltas a la chaqueta y exhibiéndola ante sus ojos—. ¿Dónde encontrará usted en todo Kansas City nada igual? Mire los forros de seda y estos bolsillos tan originales. Y los botones. No hay una chaqueta igual en toda la ciudad. Ni la habrá nunca. Nosotros mismos diseñamos nuestros modelos y nunca nos repetimos. Protegemos de esa forma a nuestros clientes. Pero venga usted aquí. —La condujo a un espejo triple que había en el fondo—. Es muy importante que sea una persona educada la que lleve esta prenda, para sacar de ella todo el efecto posible. Permítame que se la pruebe.


Y ya con luz artificial, Hortense disfrutó el privilegio de ver lo realmente atractiva que estaba ataviada de aquella manera. Ladeó la cabeza y hundió una oreja en la piel, mientras el señor Rubenstein la miraba con no escasa complacencia y casi frotándose las manos.


—¿Qué le parece? —continuó— Mire esto. ¿Qué me dice ahora? ¿No le dije que era una prenda hecha a propósito para usted? No verá nada igual en toda la ciudad. Si encuentra algo que se le parezca, le regalo ésta.


Se acercaba mucho, extendiendo sus manos regordetas con las palmas hacia arriba. —Bueno, debo confesar que me sienta bien —comentó Hortense con su alma vana


llena de anhelo—. Desde luego eso no puede negarse. —Se dio unas cuantas vueltas, olvidándose de él completamente y sin tener en cuenta el efecto que su interés podría tener en el precio. Después añadió—: ¿Cuánto es?


—Bueno, en realidad es una chaquetilla de doscientos dólares —empezó a decir el señor Rubenstein con astucia. Luego, notando una sombra de desaliento que cruzó rápidamente por el rostro de Hortense, añadió con prontitud—: Ya sé que eso parece muchísimo dinero, pero por supuesto nosotros no pedimos tanto. Ciento cincuenta es nuestro precio definitivo. Pero si esta chaquetilla estuviese expuesta en Jarek eso es lo que usted tendría que pagar y quizá más. Lo que pasa es que aquí nuestro alquiler es barato y podemos permitirnos estas rebajas. Pero desde luego vale los doscientos dólares y más.


—Es un precio terrible, espantoso —exclamó Hortense con tristeza empezando a quitarse la chaqueta. Sentía como si la vida la estuviera despojando de todo lo que vale la pena— En Biggs y Becks tienen montones de chaquetillas que son también muy bonitas y que no valen ni la mitad de este precio.


—Puede ser, puede ser. Pero no son como esta chaqueta —insistió el señor Rubenstein tercamente—. Mírela despacio. Mire el cuello. ¿Puede usted decirme que

 




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encontraría algo parecido en cualquier otro sitio? Si lo encuentra cómprelo y yo se lo pagaré a cien dólares. Fíjese que ésta es una chaqueta especial. Está copiada de uno de los modelos más elegantes que salió en Nueva York en verano, antes de que empezara la temporada. Tiene clase. No encontrará usted en ninguna parte una chaqueta como ésta.


—Bueno, pero de todos modos ciento cincuenta dólares es mucho más de lo que yo puedo pagar —comentó Hortense tristemente al tiempo que se ponía su vieja chaqueta de lana con el cuello y los puños de piel y se dirigía hacia la puerta.


—Espere un momento. ¿Le gusta a usted la chaqueta? —observó con prudencia el señor Rubenstein, después de decidir que incluso cien dólares sería demasiado para las posibilidades de la muchacha a menos que algún hombre la ayudase— Es una chaqueta de doscientos dólares. Se lo digo a usted sinceramente. Nuestro precio normal es de ciento cincuenta. Pero, puesto que le gusta tanto, si me trae ciento veinticinco dólares cerramos el trato. Y eso no tiene que resultarle difícil. Una muchacha tan encantadora como usted no puede dejar de tener una docena de admiradores que estarían muy satisfechos de regalarle la chaqueta. Yo mismo lo haría si creyese que usted iba a ser comprensiva conmigo.


Se inclinó con una mueca conciliadora, y Hortense, dándose cuenta de la insinuación y sintiéndose ofendida por su proceder, le volvió la espalda sin más comentarios. Pero al mismo tiempo no dejó de agradarle el cumplimiento implícito de aquellas palabras. Pero no era tan procaz como para creer que a cualquiera podía permitírsele el regalarle algo así. Eso no. Tenía que ser alguien que a ella le gustara o que por lo menos estuviese cautivado por ella.


Con todo, mientras el señor Rubenstein hablaba, y durante un largo rato después, su mente no dejaba de pasar revista a posibles individuos, favoritos que, atraídos por sus encantos, podrían sentirse inclinados a proporcionarle esta chaqueta. Por ejemplo, Charlie Wilkens, el del estanco, que ciertamente la admiraba mucho, pero del que no podía esperarse que hiciera mucho por ella sin obtener mucho a cambio.


Y después estaba también Robert Kain, otro joven muy alto, muy cariñoso y con muchas ambiciones respecto a ella, que estaba relacionado con una de las sucursales de la compañía de electricidad, pero su posición no era lo bastante lucrativa, un mero escribientillo.


Y además estaba ahorrando y hablando siempre de su futuro.


Luego estaba Bert Gettler, el joven que la había escoltado al baile la noche que Clyde la conoció, pero que no era más que un tipo loco por el baile y en quien no se podía confiar en una crisis como ésta. Era un simple dependiente que probablemente no ganaba más de veinte dólares a la semana y que se mostraba muy cuidadoso con sus centavos.


Pero todavía quedaba Clyde Griffiths, la persona que parecía tener dinero de verdad y desear gastárselo en ella a manos llenas. Así corrieron sus pensamientos con toda ligereza en aquellos instantes. Pero, ¿cómo podía ella, se preguntaba ya descaradamente, inducirle a que le hiciera un regalo tan costoso? No le había favorecido hasta tal punto y más bien le había tratado con indiferencia. De aquí que no estuviera nada segura del asunto. Y sin decidirse todavía a abandonar la tienda, debatiendo el coste y la belleza de la chaquetilla, el pensamiento de Clyde no dejaba de darle vueltas por la cabeza. Y todo ese tiempo el señor Rubenstein permanecía sin quitarle ojo, dándose cuenta a su manera de la

 




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naturaleza del problema con que ella se estaba enfrentando.


—Bueno, muchachita —observó finalmente—, veo que le gustaría a usted tener esta chaquetilla y a mí también me gustaría que fuese usted quien la tuviera. Y ahora voy a decirle lo que haré, y puede estar segura de que no lo haría por nadie, por ninguna otra persona de esta ciudad. Tráigame ciento quince dólares cualquier día de la semana entrante y si la chaqueta está todavía aquí se la llevará usted por ese precio. Es más, se la voy a reservar hasta el viernes inclusive. Ya más no se puede hacer, ¿no le parece?


Se encogió de hombros y adoptó la expresión del que hace un favor inmenso. Y Hortense, al marcharse, sintió que si pudiera conseguir esa chaqueta por ciento quince dólares, habría adquirido una ganga maravillosa. Y tampoco cabría duda alguna de que entonces sería la chica mejor vestida de todo Kansas City. Ahora lo difícil era conseguir de una manera u otra aquellos ciento quince dólares antes del viernes.




CAPÍTULO 15


Como Hortense sabía muy bien, Clyde estaba presionando cada vez con más insistencia tratando de conseguir la última condescendencia por parte de ella, condescendencia que, aunque ella no se lo hubiera confesado nunca, era ya privilegio de otros dos. No había momento en que estuvieran juntos en que él no insistiera sobre el hecho de lo profundamente enamorado que estaba. Y si esto era así y ella sentía por él algún interés, no debía estar siempre negándose, sino dejar que la besara todo lo que quisiera y la tuviese en sus brazos sin limitación alguna. Ella estaba siempre manteniendo citas con otros individuos y en cambio rompiendo o retrasando las que tenía con él. ¿Cuáles eran sus relaciones exactas con los demás muchachos? ¿Le interesaban más que él?


Y a ella le gustaba pensar que él estaba sufriendo por aquel deseo reprimido que tenía de ella y que esa represión constituía una verdadera tortura, lo cual la complacía de una manera exquisita, porque ése era un rasgo de sadismo que encontraba su abono en el ansia masoquista que Clyde sentía con respecto a ella.


Sin embargo, después de su encaprichamiento por la chaquetilla, la importancia del muchacho empezó a adquirir mayor consistencia. A pesar del hecho de que sólo una mañana antes había informado a Clyde con malvada complacencia de que no podría verle hasta el lunes siguiente, porque todas sus demás noches estaban comprometidas, en vista del problema de la chaqueta, planeó con toda avidez un compromiso inmediato con el joven sin que ella demostrase por su parte un interés excesivo. Estaba decidida a persuadirle para que le comprara la chaqueta. Claro que naturalmente ahora tendría que cambiar por completo de conducta. Tendría que mostrársele mucho más dulce, más insinuante. Aunque no llegara a proponerse una benevolencia absoluta, sin embargo el proyecto era lo más parecido posible.


Durante algún tiempo no se le ocurrió la forma en que proceder. ¿Cómo iba a verle hoy o lo más tardar mañana? ¿Cómo iba a arreglárselas para hacerle ver la necesidad que tenía de este regalo o de este préstamo, que era como finalmente había decidido llamar al asunto? Se le había ocurrido insinuarle que le prestara lo suficiente para comprar la chaqueta y que luego ella le iría pagando poco a poco (aunque una vez en posesión de la

 




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chaqueta ella sabía muy bien que no tendría que enfrentarse con la necesidad de pagar). O, si él no tenía tanto dinero de momento, podría sugerirle un arreglo con el señor Rubenstein para pagar a plazos. Entonces recordó las insinuaciones que le había hecho el comerciante de que a él mismo le gustaría hacerle el regalo, actitud ésta que ella debería aprovechar para conseguir que la chaqueta le fuese entregada en las mejores condiciones posibles.


Su primer plan en relación con todo esto fue de sugerirle a Louise Ratterer que invitase a su hermano y a Clyde y a un tercer muchacho llamado Scull, que estaba cortejando a Louise, para que acudiesen a cierta sala de baile a la que ella pensaba ir con el muchacho del estanco. El cambio consistiría en que rompería aquel compromiso y aparecería sola con Louise y Greta anunciando que su proyectado compañero se había puesto enfermo. Así encontraría una oportunidad para retirarse pronto con Clyde y pasar juntos por el establecimiento de Rubenstein.


Pero con el temperamento de una araña que hila su tela para coger moscas, previo que existía la posibilidad de que Louise le explicara a Clyde o a Ratterer que había sido ella, Hortense, la que había instigado la reunión. Más tarde podría darse el caso de que Clyde mencionara delante de Louise la chaquetilla y a ella no le gustaba que sus amigas supiesen cómo aumentaba su guardarropa. Por consiguiente, decidió no recurrir a Louise ni a Greta.


Y ya empezaba a preocuparse sobre cómo conseguiría encontrarse con Clyde cuando se topó con éste, que venía a buscarla al almacén para tratar de conseguir una cita para el domingo. Con gran alegría del muchacho, Hortense le saludó muy cordialmente con una sonrisa de lo más prometedora y un saludo con la mano. En aquel momento estaba ocupada con un cliente.


Acabó pronto y se acercó, mas sin dejar de observar al encargado, al que no le hacían ninguna gracia las visitas particulares. Exclamó:


—Ahora mismo estaba pensando en ti. —Después añadió en voz baja—: Haz como si no me conocieras. El encargado está mirándome.


Asombrado por la dulzura insólita del recibimiento, Clyde contestó en voz baja:

—Yo sí que estaba pensando en ti. No puedo pensar en nadie más. Ratterer dice que

me tienes sorbido el seso.


—Oh, Ratterer —replicó Hortense despectivamente, pues dicho muchacho era uno de los pocos que no se interesaba por ella en lo más mínimo, y ella lo sabía—. Se cree demasiado listo, pero yo conozco a infinidad de chicas que no lo pueden tragar.


—Oh, Tom es muy buen chico —argüyó Clyde con lealtad—. Es su manera de hablar. Pero te tiene mucha simpatía.


—No me puede ver —contestó Hortense—. Pero no hablemos más de él. ¿Qué harás hoy a las seis?


—¿Hoy? —exclamó Clyde abatido—. ¿No querrás decir que hoy no estás comprometida? Creí que tenías todas estas noches ocupadas. Tengo que ir a trabajar.


Suspiró deprimido por el pensamiento de que ella estuviese deseando pasar la tarde con él y él no pudiera aprovechar la oportunidad.


—Bueno, tengo una cita, pero no me interesa ir —continuó ella con un mohín despectivo en los labios—. No tengo por qué romperla. Lo habría hecho si estuvieses libre.

 




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El corazón de Clyde empezó a latir con rapidez en el colmo de la delicia.


—No sabes lo que me gustaría no tener que trabajar —prosiguió, mirándola—. ¿Estás segura de que no podría venir mañana por la noche? Entonces estoy libre. Y ahora venía precisamente a preguntarte si no te gustaría salir con nosotros a dar un paseo en au-tomóvil el domingo por la tarde. Un amigo de Hegglund tiene un Packard y vamos a salir todos. Pero de eso podemos hablar después. Lo que me interesa ahora es lo de mañana por la noche.


Hortense, que a causa del encargado estaba fingiendo mostrarle a Clyde algunos pañuelos, pensaba que era mala suerte que tuviesen que transcurrir veinticuatro horas antes de que el muchacho viese la chaquetilla, y al mismo tiempo fingía que reunirse con él la noche siguiente era algo dificilísimo y que tal vez no le agradaba mucho.


—Haz como si estuvieras mirando estos pañuelos —indicó temiendo que pudieran interrumpirles—. Tengo otro compromiso para mañana —continuó pensativamente— y no sé si podré romperlo. Déjame pensar. —Fingió hacer profundos cálculos—. Bueno, creo que puedo —dijo finalmente—. Por lo menos lo intentaré. Sólo por esta vez. Estarás entre la calle Quince y la Principal a las seis y cuarto, no, mejor a las seis y media, y veré si puedo ir. No es que te lo prometa, pero haré todo lo posible. ¿Te parece bien?


Le dirigió una de sus sonrisas más dulces y Clyde se vio fuera de sí por la satisfacción recibida. Pensar que ella iba a romper un compromiso por causa de él.


—Puedes estar segura de que no faltaré. ¿Pero quieres hacerme un favor? —¿De qué se trata? —preguntó ella con prudencia.


—Ponte el sombrerito negro con la cinta colorada debajo de la barbilla. Me encanta vértelo.


—Qué tonto eres —dijo ella echándose a reír. Era tan fácil agradar a Clyde—. Sí, lo llevaré —añadió—. Pero ahora vete. Se acerca ese viejo estúpido. Sé que está que trina, pero no me importa. A las seis y media, ¿eh? Hasta más ver.


Se volvió para conceder su atención a un nuevo cliente, una señora anciana que había esperado pacientemente para preguntar dónde se compraban las muselinas. Y Clyde, loco de entusiasmo por esta dicha inesperada que se le venía encima, se fue con el mayor optimismo por la salida más cercana.


No sintió una curiosidad excesiva sobre esta preferencia súbita, y a la tarde siguiente, a las seis y media en punto, a la luz de los arcos voltaicos que arrojaban su resplandor como una lluvia de oro, la muchacha apareció en el lugar de la cita. Llevaba el sombrerito que a él le gustaba y se mostraba más efusiva y bulliciosa que en ninguna otra ocasión anterior. Antes de que él tuviera tiempo de decirle lo bonita que estaba o lo contento que se sentía por verla llevar el sombrerito que a él le gustaba, empezó ella:


—No me negarás que esto es mimarte cuando por tu culpa rompo un compromiso y me pongo este sombrero que no me gusta. Lo que quisiera saber es adónde voy a llegar si sigo así.


Él resplandeció como si hubiese ganado una gran victoria. ¿Sería posible que al final se convirtiese en su favorito?


—Si supieras lo linda que estás con ese sombrero, Hortense, no te lo quitarías nunca —dijo con admiración—. Te da un aspecto delicioso.


—¿Esta porquería? —dijo ella despectivamente— La verdad es que te contentas con

 




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muy poca cosa.


—Y tus ojos son lo mismo que el terciopelo negro y suave —persistió él ansiosamente—. Son maravillosos.


Se estaba acordando de una alcoba que había en el Green—Davidson con cortinajes de terciopelo negro.


—Huy, esta noche vas lanzado —dijo ella riéndose pícaramente—. Tendré que tener mucho cuidado contigo.


Después, antes de que él pudiese replicar nada, se enzarzó en un relato totalmente falso acerca de cómo había roto un compromiso previo con un muchacho de buena sociedad que llevaba muchos días dándole la lata para que consintiera en salir con él a cenar y a bailar. Pero ella había preferido esta tarde darle esquinazo, para lo cual le había llamado por teléfono, diciéndole que no la esperara esta noche. Pero no le sirvió de nada, porque en cuanto salió del almacén se encontró con el muchacho, que estaba esperándola en la puerta, vestido como un figurín y con su auto junto a la acera. Estaba dispuesto a llevarla al Green-Davidson, pero ella no lo consintió. Por lo menos esta noche no. Tuvo que salir corriendo para que la dejase en paz. Clyde se lo creía todo.


Luego, como fueran en dirección a un nuevo restaurante que Clyde había descubierto últimamente que era mucho mejor que el Frissell, Hortense aprovechó la ocasión para irse parando en todos los escaparates diciendo que buscaba una chaquetilla que le estuviese bien, porque la que tenía se le estaba quedando vieja y necesitaba otra a toda prisa, confesión que hizo que Clyde se preguntara si estaba sugiriéndole que le comprase una.


Cuando llegaron por fin al establecimiento de Rubenstein, el escaparate estaba profusamente iluminado y en el centro se erguía la chaquetilla por la que Hortense suspiraba.


—Huy, mira qué chaquetita tan linda hay ahí —empezó a decir extáticamente, como si por primera vez se sintiera arrebatada por la belleza de la prenda—. ¿No es la cosa más linda que puede imaginarse nadie? —prosiguió entusiasmada, aumentando sus habilida-des histriónicas conforme al deseo que sentía por la prenda—. Fíjate en el cuello y en las mangas y en esos bolsillos tan preciosos. ¡Qué calentitas llevaría ahí las manos!


Miraba a Clyde con el rabillo del ojo para ver si se sentía o no impresionado.


Y él, extrañado por un interés tan intenso, miraba la chaqueta con gran curiosidad. Indudablemente era bonita, mucho. Pero, caracoles, ¿cuánto costaría una chaqueta así? ¿Es que estaría ella tratando de hacerle ver los méritos de la prenda para inducirle a que se la comprara? Tenía que ser por lo menos una chaqueta de doscientos dólares. Claro que él no tenía la menor idea de lo que costaban tales cosas. Desde luego no podía permitirse un gasto así. Especialmente ahora que tenía que entregar más dinero a su madre a causa de Esta. Y sin embargo había algo en la actitud de la muchacha que dejaba entrever que su ambición era precisamente la de que él le comprara la chaquetilla.


Se dijo con tristeza que no le faltarían muchachos que pudieran hacerle ese regalo, por ejemplo aquel ricachón que ella acababa de describirle. Porque desgraciadamente ella era una chica que tenía esa manera de pensar. Y si él no podía satisfacerle su capricho, habría otro que se adelantaría y entonces ella le dejaría plantado, despreciándole.


Para aumentar su desaliento e insatisfacción la oyó exclamar:

 




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—¡Oh!, ¿qué no daría yo por una chaquetilla así?


En realidad no había sido su propósito exponer la cuestión tan groseramente, pero era un grito que se le había escapado del alma.


Y Clyde, inexperimentado como era, y nada sutil, no pudo por menos que captar el significado de la exclamación. Aquello quería decir lo que de momento ni siquiera se atrevió a formularse a sí mismo. Si él pudiera regalarle aquella chaquetilla... ¿Tendría el valor necesario para proponerle hoy o mañana que estaba dispuesto a conseguirle aquella chaqueta si ella le daba la seguridad de que no iba a estar engañándolo como siempre? Porque desde luego no estaba dispuesto a conseguirle la prenda y luego no obtener nada a cambio.


El mero pensamiento le hacía temblar de excitación. Y ella por su parte estaba diciéndose que ésta era la última oportunidad que le ofrecía. Porque si no estaba dispuesto a comprender todo lo que ella le daría a cambio de aquella chaqueta, bueno, entonces ya no había nada que hacer. No tenía por qué seguir perdiendo el tiempo con él.


Siguieron su camino hacia el restaurante. Durante toda la cena ella no hizo más que hablar de la chaquetilla y de lo bien que le sentaría.


—Créeme —dijo retadoramente en cierto momento al darse cuenta de que a Clyde le faltaba habilidad para proponer la cuestión—, yo tengo que conseguir esa chaqueta de una manera o de otra. Estoy dispuesta a ir a la tienda de Rubenstein y pedirle que me la deje a plazos. Claro que no sé si consentirá —dijo astutamente, esperando inducir así a Clyde para que le echara una mano. Pero Clyde, horrorizado por el precio que pudiera tener una prenda semejante, no se atrevía a decir nada que pudiera comprometerle.


Al fin se atrevió a preguntar nerviosamente, sin dejar de pensar al mismo tiempo si una entrega en metálico le permitiría conseguir de ella algo más que hasta ahora. Sabía por experiencia cómo la muchacha conseguía engatusarle para obtener regalos y luego no se dejaba ni siquiera besar.


—¿Cuánto pueden pedir por eso?


Enrojeció y se enojó en su interior ante el pensamiento de lo fácilmente que ella podía jugar con él. Pero al mismo tiempo recordaba que ella acababa de decir que liaría cualquier cosa por la persona que le consiguiera esa chaqueta, si bien no lo había expresado con estas mismas palabras.


Ella vaciló en un principio, no sabiendo si decir el precio exacto o algo más. Porque si pedía plazos, lo más probable era que el señor Rubenstein aumentara el precio. Pero si decía mucho más, Clyde tal vez se asustase y se negara a ayudarla.


—Calculo que no pueden ser más de ciento veinticinco dólares. Por lo menos yo no daría ni un céntimo más.


Clyde dio un suspiro de alivio. Después de todo no era tanto como había temido. Empezó a hacer proyectos en su imaginación sobre una entrega al contado de cincuenta o sesenta dólares, pagando el resto en las dos o tres semanas próximas. Pero si le pedían todo el pago de golpe, entonces Hortense tendría que esperar, y además él tendría que saber de una manera clara si iba a ser recompensando o no por su regalo.


—Esa es una buena idea, Hortense —exclamó sin dejar traslucir hasta qué punto estaba afectado—. ¿Por qué no haces eso? ¿Por qué no preguntas primero cuánto cuesta y qué pedirían de entrega? Quizá entonces pudiera ayudarte.

 




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—Huy, eso sería maravilloso —exclamó Hortense enlazando las manos—. ¿De verdad que no te importaría? Sería estupendo. Ahora sé que la chaquetilla será mía. Sé que me la darán si hablo con vista.


Ya estaba olvidando, como Clyde veía y temía, que era él quien haría posible que la chaquetilla le fuese entregada y que iba a ser él el que pagara hasta el último céntimo.


Pero un momento después, al observar la cara tan larga que se le había puesto, añadió:


—Desde luego eres un chico encantador al ayudarme de esta forma. Puedes estar seguro de que nunca lo olvidaré. No tienes más que esperar y ya verás. No tendrás que arrepentirte. Tú espera.


Sus ojos centelleaban de alegría, leyéndose en ellos generosas promesas.


«Puede que sea joven e ingenuo, pero no es tacaño», pensaba ella, decidida ahora a recompensarle. Tan pronto como tuviese la chaquetilla, a lo más tardar dentro de una o dos semanas, sería muy buena con él y haría por él cualquier cosa. Y para recalcar sus propios pensamientos y hacerle entender lo que realmente quería decir, suavizó la mirada y la posó en él de una forma lánguida y prometedora, actitud romántica que hizo que el muchacho se sintiera débil y nervioso. La posibilidad de obtener sus favores incluso le daba una especie de miedo, pues sugería, tal como él imaginaba, una vitalidad perturbadora por parte de la muchacha, vitalidad a la que quizá él no pudiera corresponder debidamente. Se sentía ahora un tanto débil delante de ella, un poco acobardado, al verse frente a lo que él suponía que el verdadero afecto de la muchacha podía significar.


Sin embargo, dijo que si la chaquetilla no costaba más que ciento veinticinco dólares, la suma podía abonarse en tres pagos: el primero de veinticinco dólares y otros dos de cincuenta. Y ella replicó por su parte que al día siguiente iría a ver al señor Rubenstein y le hablaría para que le dejase la chaquetilla al hacer el primer pago de veinticinco dólares, o por lo menos al final de la segunda semana, cuando ya estaría pagado casi todo.


Y luego, llena de verdadera gratitud hacia Clyde, le susurró, al salir del restaurante, pegándose contra él como una gata, que nunca olvidaría esto y que la chaquetilla la estrenaría saliendo con él. Si él estaba libre irían aquel día a cenar. O si no, entonces la estrenaría el día de la excursión en automóvil, que aunque estaba planeada para el próximo domingo, también podría retrasarse.


Le sugirió luego ir a determinada sala de baile y allí se le apretó de una manera sugestiva haciéndole insinuaciones que dejaron a Clyde más bien tembloroso y turbado.


Por último, el muchacho volvió a su casa lleno de ensueños, satisfecho de no tener que entregar la primera vez más que, como máximo, cincuenta dólares. Porque había formado el proyecto de pedir prestados veinticinco dólares y pagarlos una vez comprada la chaquetilla.


Pero ¡oh la hermosa Hortense! Su encanto infinito, su delicia enorme, avasalladora, definitiva. Y pensar que todo esto por fin iba a ser suyo pronto. En verdad que los sueños se hacen con estas cosas y que así lo increíble se convierte en real.

 









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CAPÍTULO 16


Fiel a su proyecto, al día siguiente Hortense se dirigió al establecimiento del señor Rubenstein y con toda la astucia de su naturaleza colocó ante él con muchas reservas el dilema a que se veía enfrentada. ¿Podría ella por ventura tener la chaquetilla por ciento quince dólares adquiriéndola a plazos? La cabeza del señor Rubenstein osciló en una solemne negativa. Este no era un establecimiento de ventas a plazos. Si él quisiera hacer negocios de esa clase, tendría que pedir por la chaquetilla lo menos doscientos dólares.


—Pero es que yo podría entregar la primera vez cincuenta dólares de golpe al llevarme la chaquetilla —argüyó Hortense.


—Muy bien. ¿Pero quién me garantiza que voy a tener los otros sesenta y cinco, y cuándo?


—La semana próxima veinticinco; la otra, otros veinticinco, y la siguiente, los quince. —Naturalmente.  Pero  suponiendo  que  al  día  siguiente  de  llevarse  usted  la chaquetilla la coja un automóvil y la mate, ¿cómo me las arreglo yo para conseguir mi


dinero?


La pregunta era escalofriante y en realidad ella no disponía de ninguna fórmula para demostrar que habría alguien que se encargaría de pagar la chaquetilla. Aparte de que ello significaría tener que hacer un contrato y pedirle la firma a alguna persona que se hiciera responsable. No, no, ésta no era una casa de ventas a plazos, sino al contado. Por eso se le ofrecía la chaquetilla a ciento quince dólares, ni uno más ni uno menos.


El señor Rubenstein suspiró y siguió hablando. Y finalmente Hortense le preguntó si podría entregarle setenta y cinco dólares en metálico y los otros cuarenta al cabo de una semana. ¿Tampoco así le dejaría llevarse la chaquetilla?


—Una semana, ¿pero qué es una semana? —arguyo el señor Rubenstein—. Si puede usted traerme setenta y cinco dólares la semana próxima o mañana mismo y cuarenta más la semana siguiente o dentro de diez días, ¿por qué no esperar mejor ese tiempo y traer juntos los ciento quince dólares? Así la chaquetilla sería suya definitivamente y todos tan contentos. Vuelva mañana y págueme veinticinco o treinta dólares a cuenta y quitaré la chaqueta del escaparate y la guardaré dentro, reservándola para usted. Nadie podrá verla. A la semana siguiente o a la otra me trae el resto y se la lleva con toda tranquilidad.


El señor Rubenstein explicó el proceso como si fuera algo dificilísimo de entender. Pero una vez expuesto, el argumento parecía bastante sólido. Realmente le dejaba a


Hortense muy poco campo para replicar. Al mismo tiempo reducía su alegría no poco. Pensar que no podría tener la chaquetilla todavía. Y sin embargo, una vez fuera del establecimiento, su vigor se reanimó. Pues, después de todo, el tiempo fijado pasaría pronto, y si Clyde cumplía la parte que le correspondía en la promesa, la chaquetilla no tardaría en ser suya. Lo importante ahora era hacerle entregar los veinticinco o treinta dólares con que iniciar este convenio maravilloso. Y entonces, como necesitaba un nuevo sombrero que fuese con la chaquetilla, decidió decir que ésta costaría ciento veinticinco dólares en lugar de los ciento quince acordados.


Y una vez que la conclusión fue expuesta ante Clyde, éste vio que era un arreglo muy razonable y que le daba un respiro después del sentimiento de apuro que le embargaba desde la última conversación con Hortense. Pues, en definitiva, no sabía cómo esta

 




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primera semana podría procurarse más de treinta y cinco dólares. A la siguiente le resultaría más fácil, ya que se proponía pedirle a Ratterer veinte o veinticinco que, unidos a igual cantidad de sus propinas, bastarían para hacer frente al segundo pago. A la semana siguiente era su propósito pedirle diez o quince o quizá más a Hegglund, y si con esto no bastaba empeñaría el reloj que se había comprado unos meses antes y que le había costado cincuenta dólares.


Pero entonces se acordó de que su hermana estaba en aquella habitación miserable esperando el desgraciado resultado de su única aventura. ¿Cómo iba a arreglárselas ella para salir adelante? Su padre desde luego no servía, no había servido nunca para ayudar económicamente a la familia. Pero él solo, ¿cómo iba a resolverlo todo? ¿Qué necesidad tenía su padre de andar vendiendo relojes y esteras por las calles y predicar en la vía pública? ¿Por qué no habían de abandonar de una vez la idea de la misión?


Pero estaba convencido de que la situación no podría resolverse si no era por su ayuda. Y el momento difícil llegó en efecto a fines de la segunda semana de su arreglo con Hortense, cuando, con cincuenta dólares en el bolsillo, estaba planeando salir de excursión con la muchacha el domingo siguiente. Su madre entró en el dormitorio donde estaba vistiéndose y le dijo:


—Me gustaría hablar contigo un momento antes de que te vayas.


Notó que estaba muy seria cuando le dijo esto. En realidad, desde hacía unos días él no dejaba de advertir que su madre estaba pasando un apuro grave de una u otra índole. Al mismo tiempo pensaba que mientras sus recursos estuvieran hipotecados como lo estaban, él no podía hacer nada. Porque hacerlo significaba perder a Hortense. Y a esto no se atrevía.


Pero tampoco se le ocurría qué excusa razonable podría presentar a su madre para no ayudarla un poco, considerando lo mucho que se había gastado en ropa y la forma en que andaba divirtiéndose de un sitio a otro, siempre con la excusa de que iba a trabajar, pero probablemente sin que eso la engañara tanto como él pensaba. Claro que sólo dos meses antes se había visto obligado a pagar diez dólares por semana en lugar de cinco, y así lo había hecho. Pero eso sólo habría servido para hacerle ver a su madre que no le costaba gran trabajo esa contribución extraordinaria, aunque él hubiera insistido mucho en que estaba sacrificándose. Y ahora, por mucho que quisiera hacer en favor de su familia, se veía totalmente imposibilitado, ya que se lo impedía el deseo que tenía de conseguir a Hortense.


Entró al cabo de un rato en el saloncito de estar y, como de costumbre, su madre le condujo hacia uno de los bancos de la misión, en una estancia fría y destartalada.


—Yo no quería hablarte de esto, Clyde, pero no veo otra manera de arreglarlo. No cuento con nadie en quien confiar si no es en ti, que ya empiezas a ser un hombre. Pero tienes que prometerme no decírselo a nadie, ni a tus hermanos ni a tu padre. No quiero que ellos lo sepan. El caso es que Esta ha vuelto a Kansas City y está en un apuro y yo no sé qué hacer. Tengo muy poco dinero y tu padre no puede ayudarme en nada.


Se pasó una mano cansada y lenta por la frente y Clyde adivinó lo que iba a venir ahora. Su primer pensamiento fue pretender ignorar que Esta estaba en la ciudad, ya que era lo que venía haciendo desde hacía tanto tiempo. Pero ahora, de pronto, frente a la confesión de su madre y la necesidad de fingir sorpresa por su parte, si quería seguir

 




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manteniendo su disimulo, dijo:

—Sí, ya lo sé.

—¿Que lo sabes? —preguntó su madre, sorprendida.


—Sí, lo sé —repitió Clyde—. Te vi un día en la calle Beaudry, cuando entrabas en aquella casa —anunció con mucha calma—. Y vi después a Esta mirando por una de las ventanas. Así que entré después de que tú te hubieras ido.


—¿Cuánto tiempo hace de eso? —preguntó ella más por ganar tiempo que por otra

cosa.


—Hace ya cinco o seis semanas, me parece. He ido un par de veces a verla después, pero Esta no quiere que digamos nada.


—Tst, tst, tst —contestó la señora Griffiths chasqueando la lengua—. Entonces ya sabes cuál es el apuro, ¿no?

—Sí —replicó Clyde.


—Bueno, lo que tiene que ser, tiene que ser —dijo ella con resignación—. No se lo habrás dicho ni a Frank ni a Julia, ¿verdad?


—No —replicó Clyde pensando en la poca habilidad que tenía su madre para guardar un secreto. El era mucho más listo.


—Bueno, no debes decírselo —advirtió su madre solemnemente—. Es mejor que no sepan nada —añadió con una especie de mueca dolorosa mientras Clyde seguía pensando en sus relaciones con Hortense.


—Y pensar —añadió ella al cabo de un momento, empañados sus ojos por una niebla gris— que ella tenía que traernos todas estas tristezas, como si no tuviéramos ya bastante. Después de toda la instrucción y de la educación que ha tenido.


Movió la cabeza y cruzó sus grandes manos en un gesto crispado mientras Clyde la miraba fijamente pensando en aquella situación y en todo lo que podría significar para él.


Estaba allí, sentada, abatida y turbada por el papel que las circunstancias la habían obligado a desempeñar en todo esto. Ella misma se había comportado con tanta falsedad como cualquier otra persona. Y ahora he aquí que Clyde estaba totalmente informado de sus mentiras y de sus disimulos y ella parecía alocada e insincera delante de él. Pero ¿no había tratado de ahorrarle a él todo esto, a él y a los demás? Y ya era bastante mayorcito para comprender las cosas. Sin embargo, se detuvo para explicarlo todo y decir lo mal que le había sabido tener que proceder así. Al mismo tiempo le confesó por qué se veía obligada a pedirle ayuda.


—Esta va a encontrarse mal muy pronto —prosiguió diciendo súbitamente de una manera rígida, sin atreverse al parecer a mirar cara a cara a Clyde y sin embargo dispuesta a mostrarse tan franca como fuera posible—. Necesitará ver a un doctor muy pronto y alguien tendrá que quedarse con ella mientras yo no estoy. Tengo que conseguir dinero en alguna parte, por lo menos cincuenta dólares. ¿No podrías proporcionármelos de alguna forma, aunque fuera pidiéndoselos prestados a tus amigos? Después podrías írselos pagando poco a poco. En todo ese tiempo no tendrías que pagarme nada por tu habitación.


Miraba a Clyde con tanta angustia que se sintió sobrecogido por la intensidad de la súplica. Y antes de que pudiera contestar añadió:


—Aquel otro dinero, ya sabes a cuál me refiero, era para ella, para que pudiese

 




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volver aquí después que su... —vaciló buscando la palabra apropiada, pero finalmente se decidió— marido la dejó en Pittsburgh. Supongo que ella te lo habrá dicho.


—Sí, ya me lo ha contado —replicó Clyde pesadamente y con tristeza. Pues después de todo la situación de su hermana era crítica, cosa que no había querido meditar antes.


—Mira, mamá —exclamó, mientras la idea de los cincuenta dólares que tenía en el bolsillo y del destino que les tenía planeado le turbaba de forma considerable, pues era justamente la cantidad que su madre estaba buscando—, yo no sé si puedo conseguir ese dinero o no. No conozco lo bastante a los muchachos para eso. Y ellos no ganan mucho más que yo. Puedo pedir prestado un poco, pero no estaría bien.


Le costaba trabajo soltar aquello porque mentirle de esa forma a su madre no era cosa fácil. En realidad nunca había tenido ocasión de mentir en nada importante ni de una manera tan despreciable. Porque de momento tenía cincuenta dólares en el bolsillo, y Hortense estaba de una parte y su madre y hermana de otra, y el dinero podría resolver el problema de su madre tanto como el de Hortense y de una manera más respetable. ¡Cuán terrible era no ayudarla! ¿Cómo podía negarse? Nerviosamente se pasó la lengua por los labios y una mano por la cara, porque un sudor nervioso le humedecía las mejillas. Se sentía apurado, mezquino e impotente en las circunstancias actuales.


—¿Y no tienes ningún dinero tuyo que pudieras dejarme? —le preguntó su madre desalentada. Porque había cosas relacionadas con Esta que requerían un pago inmediato y ella tenía muy poco dinero.


—No, no tengo, mamá —dijo mirando a su madre avergonzado durante un momento y apartando después la vista; si ella no hubiese estado tan distraída habría notado la falsedad en su rostro. Tal como sucedió la cosa, él sufrió una oleada de conmiseración y desprecio de sí mismo debido a la pena que sentía por su madre. No podía resignarse a perder a Hortense. Tenía que tenerla. Pero su madre estaba tan sola y tan sin recursos. Era algo vergonzoso. El era un ser bajo, realmente mezquino. ¿No podría ser más tarde castigado por una cosa como ésta?


Trató de pensar en otra solución, en alguna manera de conseguir algún dinero más de los cincuenta dólares que hacían falta. Si dispusiese de más tiempo. Si a Hortense no se le hubiese ocurrido ahora justamente la idea de la chaquetilla.


—Te diré lo que puedo hacer —continuó con torpeza mientras su madre se entregaba a un profundo desaliento—. ¿Te servirían cinco dólares de algo?


—De algo servirán —replicó ella—. Puedo comprar algunas cosas.


—Bueno, te dejaré entonces eso —dijo él, pensando en reemplazarlos con las propinas de la semana siguiente que confiaba que serían más numerosas—. Y la próxima semana te daré otros diez, puedes tenerlos seguros. Aunque por otra parte tuve que pedir prestado aquel dinero que te di y todavía no he terminado de pagarlo, así que si vuelvo a pedir ahora ya te imaginas lo que podrán pensar.


Su madre suspiró pensando en la miseria que significaba tener que depender exclusivamente de su hijo. Y justamente cuando él estaba empezando a abrirse camino. ¿Qué pensaría de todo esto dentro de unos cuantos años? ¿Qué pensaría de ella, de su hermana, de toda su familia? Pues a pesar de la ambición y el valor y el deseo de abrirse camino mostrados por Clyde, ella pensaba que no estaba dotado ni física ni moral o mentalmente para una lucha demasiado dura. Por lo que a temperamento y emociones se

 




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refería, parecía tener más de su padre que de ella misma. Y casi siempre era muy fácil excitarle, hacer que se mostrara tenso y apurado, como si no sirviera mucho en las dificultades. Y era ella, a causa de Esta y de su marido y de sus vidas juntas e infortunadas, la que había causado la mayor parte de estas angustias del muchacho.


—Bueno, si no puedes, no puedes —dijo ella—. Trataré de encontrar otro medio cualquiera.


Pero de momento no se le ocurría cuál pudiese ser.




CAPÍTULO 17


En relación con el paseo en automóvil sugerido y proyectado para el domingo próximo por Hegglund en tratos con su amigo chófer, se anunció un cambio de plan. El coche, un lujoso Packard, no estaría libre aquel día, sino que tendría que ser utilizado el jueves o el viernes, sin otra alternativa. Pues, como se les había explicado a todos, si bien no con absoluto respeto por la verdad, el coche pertenecía a un cierto señor Kimbark, un caballero anciano y muy rico que por aquel entonces estaba viajando por Asia. Ahora bien, no era cierto que aquel joven fuese el chófer del señor Kimbark, sino el alocado y no muy decente hijo de Sparser, encargado de una de las fincas del anciano. El muchacho, ansioso de dárselas de algo más que encargado de una finca, quería aprovecharse del hecho de que, ocasionalmente, estaba de vigilante de los coches, y tomar el mejor de ellos para realizar un corto viaje.


Fue Hegglund quien le propuso que él y sus amigos del hotel fuesen incluidos en aquella interesante excursión. Pero después que habían sido cursadas las invitaciones de rigor llegó la noticia de que el señor Kimbark iba a regresar dentro de muy poco tiempo. Y a causa de eso, Willard Sparser había decidido de súbito que sería mejor no utilizar el coche. De improviso podrían verse sorprendidos por la llegada inesperada del propietario. Al exponer esta dificultad delante de Hegglund, que estaba ansioso por realizar el viaje, este último había insistido en la idea. ¿Por qué no usar el coche de inmediato? Había despertado el interés de todos sus amigos y ahora le resultaba odiosa la perspectiva de tener que desengañarlos. Para el viernes siguiente, entre el mediodía y las seis de la tarde, fue fijada la fecha para el viaje. Y como Hortense había cambiado sus planes, decidió ahora acompañar a Clyde, que naturalmente había sido invitado.


Pero como Hegglund les había explicado a Ratterer y a Higby, puesto que el coche iba a ser usado sin consentimiento del propietario, tendrían que reunirse más bien lejos, los hombres en una de las calles tranquilas cerca de la Diecisiete y de la avenida del Oeste, desde cuyo cruce podrían seguir hasta un lugar de cita más apropiado para las muchachas, a saber, en el cruce de las calles Veinte y Washington. Desde allí seguirían por los bulevares del parque y el puente de Aníbal hasta Excelsior Springs. Su objetivo principal era una pequeña venta, llamada de Wigwan, situada a una milla o dos del Excelsior y que estaba abierta durante todo el año. Era realmente una combinación de restaurante y de sala de baile y hotel. Un gramófono y una pianola suministraban la música necesaria. La llegada de grupos como éste no era insólita, y tanto Hegglund como Higby, que habían estado allí en diversas ocasiones, describían el lugar como estupendo.

 




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La comida era buena y la carretera excelente. Había un río cerca donde en verano se podía remar y pescar. En invierno la gente patinaba cuando estaba helado. Seguramente por este tiempo, enero, la carretera estaría llena de nieve, pero de todos modos se podría llegar con facilidad y el sitio valía la pena. Había también un pequeño lago que por esta época solía estar helado y donde, según Hegglund, que era muy dado a las fantasías, podrían patinar a gusto.


—Tiene gracia éste hablando de patinar en un viaje así —comentó Ratterer con una buena dosis de cinismo, ya que, a su modo de pensar, la excursión no tenía ningún fin deportivo, sino exclusivamente hacer el amor.


La única persona, aparte de Sparser, que estaba preocupada por las características del viaje era el mismo Clyde. El hecho de que el coche no perteneciera a su usuario era perturbador y casi inquietante. Podía suceder algo. Podían descubrirles.

—¿No crees que es peligroso utilizar ese coche? —le preguntó a


Ratterer unos días antes del viaje, cuando comprendió la procedencia dudosa del vehículo.


—Oh, yo no sé nada —replicó Ratterer, que por estar acostumbrado a tales ideas y manejos no se preocupaba mucho sobre sus consecuencias—. Yo no voy a ser quien coja el coche ni tú tampoco, ¿no? Si él quiere llevarnos es cosa suya. ¿Por qué no habría de ir? Todo lo que hace falta es estar de regreso a tiempo. Es lo único que puede preocuparme.


Y Higby, que llegaba en aquellos momentos, expresó idéntica manera de pensar. Pero Clyde siguió preocupado. Podía fallar algo; podía perder su empleo en un lío como éste. Pero tan fascinado estaba por la idea de viajar en un coche tan hermoso con Hortense y todas las demás muchachas y muchachos, que no pudo resistir la tentación de ir.


Inmediatamente después del mediodía del viernes, los participantes en la excursión fueron reuniéndose en los puntos previamente convenidos. Hegglund, Ratterer, Higby y Clyde en las calles Dieciocho y avenida del Oeste, cerca de la estación de ferrocarril. Mayda Axebroc, la muchacha de Hegglund, Lucille Nikolas, una amiga de Ratterer, y Tina Koggel, una amiga de Higby, y también Laura Siter, otra muchacha que fue traída por Tina para serle presentada a Sparser en aquella ocasión, se reunieron en el cruce de las calles Veinte y Washington. Sólo porque Hortense había mandado recado a Clyde en el último momento de que tenía que ir a su casa para algo y de que la recogieran en las calles Cuarenta y nueve y Genesee, donde vivía, tuvieron que hacerlo así, pero no sin discutir mucho.


El día, de finales de enero, se inclinaba a mostrarse sombrío con nubes bajas, especialmente en los alrededores de Kansas City. Incluso amenazaba a veces con nieve, una perspectiva muy interesante y pintoresca para los viajeros. Les gustaba.


—Huy, yo espero que nieve —exclamó Tina cuando alguien comentó la posibilidad, y Lucille Nikolas añadió—: Me encanta ver nevar de cuando en cuando.


Clyde, que durante todo el tiempo que llevaba en Kansas City no había salido nunca más allá de los arrabales, se sentía fascinado por la idea de este viaje a lugares tan distantes. Era algo completamente distinto de la rutina ordinaria. Y en esta ocasión Hortense se sentía inclinada a mostrarse muy jovial y amistosa. Se acurrucó junto a él en el asiento y cuando Clyde notó que los demás habían ceñido a sus muchachas en abrazos afectuosos, pasó su brazo en torno al talle de Hortense sin que ésta elevara ninguna

 




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protesta. Antes bien le miró y dijo:

—Veo que será mejor que me quite el sombrero.


Los demás se echaron a reír. Había algo en el tono ocurrente y nervioso de la muchacha que a veces resultaba divertido. Por lo demás se había peinado de una manera distinta que la hacía aparecer más bonita, y estaba ansiosa por ver el efecto que causaba en el grupo.


—¿Podremos bailar en alguna parte? —preguntó a las demás, aunque sin mirar a nadie.


—Puedes estar segura —dijo Higby, que ya había persuadido a Tina para que se quitase el sombrero y la estrechaba fuertemente—. Tienen una pianola y un gramófono. Si me hubiese acordado me habría traído mi corneta.


El coche iba deslizándose a gran velocidad por una carretera nevada entre campos blancos. Sparser se consideraba un campeón del volante y el verdadero propietario del coche por el momento, e intentaba ver qué velocidad alcanzaba por aquel camino.


A izquierda y derecha se difuminaban los bosques. Sobre los campos se alzaban y caían colinas como grandes olas. Un espantapájaros abría sus brazos en un huerto próximo. Y no lejos de allí una bandada de cuervos alzó el vuelo hasta perderse en un bosquecillo distante que negreaba contra un fondo de nieve.


En el asiento delantero estaba Sparser al volante, conduciendo junto a Laura Siter, con el aire de uno a quien un vehículo de tal magnificencia resultara una cosa de todos los días. Realmente estaba más interesado por Hortense, pero comprendía que era obligación suya, al menos de momento, prestar alguna atención a Laura. Y para que los demás no le sobrepasaran en galantería, pasó un brazo por encima de la muchacha, guiando el coche con una sola mano, alarde que no dejó de turbar a Clyde, que todavía estaba lleno de dudas en cuanto a la prudencia de emprender este viaje. Todos podrían hacerse trizas a una velocidad tan alocada. Hortense por su parte sólo estaba interesada por el hecho de que Sparser no había tenido ojos más que para ella y que si prestaba alguna atención a Laura Siter era porque no tenía más remedio.


Pero Ratterer, al notar el gesto del conductor, le dio con el codo a Lucille Nikolas, que a su vez advirtió a Higby para que se fijase en la caricia afectuosa que se llevaba a cabo junto al volante.


—Vas bien ahí, ¿eh, Willard? —preguntó Ratterer jovialmente, queriendo congraciarse con· él.


—Hombre, yo diría que sí —replicó Sparser con alegría, sin volverse— ¿Y tú, pequeña?

—Oh, yo estoy perfectamente —replicó Laura.


Pero Clyde estaba pensando que de todas las muchachas presentes no había ninguna que fuese ni mucho menos tan bonita como Hortense. Había venido con un vestido rojo y negro y una boina escarlata que le sentaba muy bien. Y en la mejilla izquierda, un poco más abajo de su boquita pintada, se había dibujado un lunar diminuto imitando a alguna artista de la pantalla a la que había admirado recientemente. En verdad antes de que comenzara la excursión se había propuesto eclipsar a todas las demás chicas y ahora comprendía claramente que lo había conseguido. Y Clyde, por su parte, estaba de acuerdo con ella.

 




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—Eres lo más bonito que hay aquí —le susurró Clyde apretándola con cariño. —Huy, chico, déjame respirar, ¿no? —dijo en voz alta haciendo reír a los demás. Y


Clyde se ruborizó lastimosamente.


Llegaron por fin a la venta, que no era más que una vieja casa de dos pisos a la que se había añadido otro edificio más amplio de un solo piso y en el que había un comedor, una sala de baile y un bar. Había una hermosa chimenea en la que un gran fuego crepitaba acogedoramente. Al otro lado del camino se veía el río Benton helado por completo.


—He aquí tu río —exclamó Higby jovialmente, mientras ayudaba a Tina a salir del coche, ya muy animado por los varios tragos que había tomado en ruta. Se detuvieron durante un momento para admirar la cinta plateada que serpenteaba entre los árboles.


—Ya dije que nos trajéramos los patines —suspiró Hegglund—, pero no quisisteis.

Ahora veis que yo tenía razón.


Pero entonces Lucille Nikolas, viendo las llamas reflejadas en uno de los cristales de las ventanas, exclamó:


—¡Huy, mirad, tienen fuego!


El coche fue aparcado y todos entraron en tropel en la venta, apresurándose Higby a depositar una moneda en el tocadiscos automático. Por su parte, Hegglund hizo funcionar la pianola en la que estaba puesto uno de los bailes más conocidos.


Llegó entonces un camarero y Higby empezó a preguntar qué deseaba cada uno. Mientras tanto, para mostrar todos sus encantos, Hortense se había colocado en el centro de la habitación y trataba de imitar, bailando con gracia, los andares de un oso de circo. Y Sparser, viéndola sola en mitad del salón y ansioso por interesarla, la siguió y trató de imitar sus movimientos. Ella, que tenía ganas de bailar, abandonó la imitación y le abrió los brazos para empezar con gran vivacidad un pasodoble. Inmediatamente, Clyde, que de ninguna forma era tan buen bailarín, se puso celoso y tristísimo. En la avidez que tenía por la chica, le parecía desleal por parte de ella que le dejase abandonado tan pronto. Pero ella, que se sentía más y más interesada por Sparser, por parecerle más mundano y experimentado, no prestaba atención alguna a Clyde, sino que seguía bailando con su nueva conquista cuya habilidad rítmica cuadraba encantadoramente con la suya propia. Y luego, para no ser menos, los demás empezaron a elegir sus parejas y Hegglund se puso a bailar con Mayda, Ratterer con Lucille y Higby con Tina Koggel. Este arreglo hizo que no quedara para Clyde más pareja que Laura Siter, que no le hacía mucha gracia. Era una muchacha gordita y con cara de bobalicona, de ojos azules inadecuadamente sensuales, y Clyde, que carecía de habilidades para el baile, no pudo dar con ella más que los pasos convencionales, mientras las demás parejas hacían toda clase de arabescos y piruetas.


Arrebatado por la furia, notó que Sparser, que todavía seguía con Hortense, la tenía muy apretada, mirándola a los ojos de uña manera insolente. Y ella se lo permitía. Era como si tuviese una bola de plomo en el estómago. ¿Era posible que le gustase éste por el mero hecho de disponer de un coche? Le había prometido que sería buena y cariñosa con él. Y ahora se quitaba la careta y le dejaba ver toda su volubilidad y la indiferencia que sin duda sentía por él. Quería hacer algo, dejar de bailar y apartarla de Sparser, pero no podría hacerlo hasta que no hubiese terminado el disco.


Y justamente cuando acabó, regresó el camarero con una bandeja de la que fue depositando cócteles, cervezas y sandwiches sobre tres mesitas que había juntado

 




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previamente. Acudieron todos con rapidez menos Sparser y Hortense, cosa que Clyde notó con renovada amargura. ¡No era más que una coqueta sin corazón! Realmente él no le importaba en absoluto. Y todo eso después de haberle hecho ver que estaba interesada por él y que agradecía su ayuda para la chaquetilla. ¡Que se fuera al diablo! Ahora iba a enseñarle lo que era bueno. ¿No era esto ya el final? Hasta que por fin, viendo que los demás se habían congregado junto a las mesas que estaban junto al fuego, Hortense y Sparser dejaron de bailar y se aproximaron. Clyde estaba pálido y desencajado. Permanecía en pie a uno de los lados, aparentando indiferencia. Y Laura Siter, que ya había notado su rabia y que comprendía el motivo, se apartó de él para reunirse con Tina Koggel, a la que explicó por qué se mostraba tan enfadado.


Y entonces Hortense, notando su enojo, se le acercó imitando los pasos del osito. —Huy, ¿no es una delicia? —empezó a decir—, ¡Cómo me gusta bailar con una

música tan alegre!


—Ya se ve que te gusta —replicó Clyde, inflamado de envidia y de despecho. —¿Tiene acaso algo de malo? —preguntó ella en tono ofendido, pretendiendo no


darse cuenta de por qué se mostraba tan irritado, aunque lo comprendiese perfectamente—. ¿No querrás decir que te ha molestado que baile primero con él? Eso sería una idiotez. ¿Por qué no viniste a bailar tú? Yo no podía decirle que no, ¿no te parece?


—Oh, no, desde luego no podías —replicó Clyde con sarcasmo y con voz baja y tensa, porque, lo mismo que Hortense, tampoco quería que los demás se enterasen—. Pero no tenías por qué derretirte en sus brazos ni mirarle con ojos de carnero, que es lo que has hecho. —La miraba echando chispas por los ojos—. Y no digas que no lo has hecho porque te he visto.


Al escuchar esto ella le miró extrañada, dándose cuenta no tan sólo de lo enfadado que estaba, sino de que era la primera vez que se atrevía a mostrarse tan exigente. Por lo visto se sentía ya demasiado seguro. Ella había cometido la torpeza de concederle demasiada atención. Pero al mismo tiempo comprendía que no era el momento más a propósito para demostrarle que no le interesaba lo más mínimo, ya que a toda costa necesitaba la chaquetilla sobre la que habían llegado a un acuerdo.


—Bueno, ¿no es esto el colmo? —replicó ella enfurecida tanto más cuanto que íntimamente tenía que reconocer que la acusación era del todo justa— Si tú estás loco, yo no puedo remediarlo. No tengo la culpa de que seas tan celoso. No hice más que bailar un poco con él y eso no es motivo para que te pongas así.


Hizo intención de alejarse, pero recordando que había entre ellos un convenio pendiente y que tendría que aplacarlo si quería que las cosas continuaran, le cogió de la solapa y le apartó de los demás, que ya estaban mirando y escuchando.


—Y ahora mira, no sigas de esta manera. No lo he hecho con mala intención, te lo juro. Todo el mundo baila ahora de la misma manera. Y nadie lo toma a mal. ¿Vas a ser bueno conmigo, como me prometiste, o no?


Y entonces le miró lánguidamente y con zalamería, sin apartar sus ojos de los de él, como si fuera la única persona que de verdad le interesara. Y, deliberadamente, dispuso sus labios en una sonrisa sensual, en la forma que sabía hacerlo y que por experiencia sabía que él no podía resistir, ya que parecía que estaba pidiendo que la besara.

 




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—Está bien —dijo él mirándola débil y abyectamente—. Supongo que soy un idiota, pero vi muy bien lo que estabas haciendo. Sabes que estoy loco por ti, Hortense, y que no puedo remediarlo. Me gustaría poder contenerme, pero es superior a mis fuerzas.


La miraba con tristeza. Y ella, dándose cuenta de todo el poder que tenía sobre él y de cuán fácil era dominarle, replicó:


—No seas tonto. Dentro de un rato te daré un beso, cuando los demás no estén mirando. Procura portarte bien.


Al mismo tiempo sentía con toda claridad que los ojos de Sparser estaban clavados en ella, que ella le atraía y le gustaba más que ninguna otra muchacha con la que se hubiese encontrado últimamente.




CAPÍTULO 18


Pero el momento culminante de la tarde llegó cuando, después de varios bailes y copas más, el pequeño río y sus posibilidades fueron expuestos nuevamente a la atención de todos por Hegglund, quien, mirando desde una de las ventanas, exclamó de pronto:


—¿Y si nos fuéramos a corretear por el hielo? Seguro que podríamos patinar tal como estamos.


Salieron todos revueltos y cogidos de las manos, Ratterer con Tina Koggel, Sparser con Lucille Nikolas, con la que había estado bailando hasta aquel momento, Higby con Laura Siter, a la que encontraba lo bastante interesante para un cambio temporal, y Clyde con Hortense. Pero una vez en el hielo, que no era más que una estrecha faja que se deslizaba entre árboles pelados, todo el grupo parecía una reunión de jóvenes sátiros y ninfas de tiempos antiguos. Corrían de un lado para otro cayéndose y resbalando entre risotadas y gritos.


Hortense, ayudada por Clyde al principio, se paraba aquí y allí hasta que pronto empezó a correr y a deslizarse, fingiendo un miedo exagerado. Y entonces no sólo Sparser, sino Higby, y eso a pesar de los esfuerzos de Clyde, empezaron a llamar la atención de Hortense. Se unieron a ella en aquel rudimentario patinaje, pretendiendo levantarla cuando se caía, pero aprovechando todas las ocasiones para revolcarse juntos. Y Sparser, cogiéndola de la mano, la arrastró río arriba, al parecer en contra de la voluntad de la muchacha y de los demás miembros del grupo, hasta desaparecer tras una curva que les ocultaba a las miradas de los demás. Decidido a no mostrar celos ni desconfianza, Clyde se quedó atrás. Pero no pudo impedir que le asaltara la sospecha de que Sparser pudiera aprovechar la ocasión para concertar una cita e incluso para besarla. No era imposible que ella decidiese dejarlo plantado y decirle que ya no le interesaba en absoluto. Era una verdadera agonía.


A pesar de todos sus esfuerzos, temblaba con un dolor impotente, deseando ver de nuevo a la pareja. Pero como Hegglund había invitado a los demás a darse las manos para formar el látigo, Clyde se vio cogido entre Lucille Nikolas y Mayda Axebroc, formando la cola Higby y Laura. En aquel momento llegaron Sparser y Hortense, y Clyde notó que al emprender una carrera salieron rodando hasta el borde del arroyo, sobre una orilla tapizada de cortezas y hojas secas. Y al caer Hortense, sus faldas se levantaron hasta por

 




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encima de las rodillas. Pero en lugar de mostrarse confusa, como Clyde habría deseado, permaneció así unos momentos sin embarazo alguno e incluso riéndose a carcajadas, mientras que Sparser la tenía cogida de la mano y reía también ruidosamente mostrando toda su dentadura.


«¡Maldito sea! —pensó Clyde— ¿Por qué diablos tiene que estar siempre al lado de ella y no haberse traído una amiga suya si quería pasarlo bien? ¿Qué derecho tenían a irse a un sitio en que nadie los vea? Y ella creerá que esto no tiene la menor importancia. Nunca se ha reído de mí tan a gusto. ¿Creerá que puede hacerme tragar todo lo que quiera?»


Por el momento se ensombreció aún más, pero a pesar de su desgana el látigo se formó de nuevo y Sparser y Hortense quedaron a la cola.


Se sintió muy triste y apenas pudo tomar parte en el juego. Quiso pararse y pelear con Sparser. Pero tan entusiasmado estaba Hegglund que no se dio cuenta de su enfado y siguió corriendo como si le fuera en ello la vida.


Terminaron cayéndose todos y Lucille Nikolas se quedó de rodillas en una posición tan cómica que él mismo se vio obligado a reír. Y todo el mundo estaba por el suelo gritando y carcajeando, formando un estrépito que se oía un kilómetro a la redonda. Sparser por su parte se puso a cacarear y el resultado fue de una hilaridad tan inmensa que incluso Clyde llegó a olvidar sus celos, pero sin que su humor cambiase en realidad.


Luego se sintieron todos cansados y fueron separándose por parejas, esta vez Sparser dedicándose a Laura y dejando a Clyde y Hortense solos.


Vieron un tronco que yacía al lado del río, hacia el que se dirigieron desmayadamente. Ella se sentó, y viéndole enfadado, quiso animarle tirándole del cinturón de la chaqueta y haciendo ver que él era su caballito.


Clyde la miraba sombríamente sin dejarse restañar sus heridas con aquel truco infantil.


—¿Por qué has tenido que consentir que ese Sparser te lleve por los rincones? — preguntó—. ¿Qué te ha dicho cuando estuvisteis solos?


—No me ha dicho nada.


—Oh, no, desde luego que no —replicó él cínica y amargamente— Y tampoco te habrá besado, desde luego.


—Pues claro que no —contestó ella con desprecio— Me gustaría saber por quién me tomas tú a mí. No dejo que la gente me bese en cuanto me ven por primera vez, y eso lo sabes tú muy bien, porque recordarás que a ti no te besé, ¿no es así?


—Pero quizá es que yo no te hago tanta gracia como él —dijo Clyde.


—¿Ah, sí? Pues mira, puede que tengas razón, pero no sé qué derecho tienes a decir que él me gusta. O es que no voy a poder divertirme un poco con quien quiera sin que tú tengas que estar vigilándome todo el tiempo. Así no haces más que aburrirme, para que lo sepas.


Estaba ahora verdaderamente enfadada a causa del aire de propietario que él estaba adoptando.


Y entonces Clyde, rechazado y sobrecogido por este ataque súbito por parte de ella, decidió al instante que sería mejor modificar su tono. Después de todo, ella nunca había dicho que él realmente le interesara, ni siquiera cuando formuló aquella promesa

 




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implícita.


—Está bien —dijo sombríamente al cabo de un momento, no sin un tono de amarga tristeza en su voz—, lo único que sé es que si yo me preocupase por alguien tanto como tú dices a veces que te preocupas por mí, no estaría flirteando con otras personas como tú estás haciendo.


—¿Estás seguro de eso?

—Claro que lo estoy.

—Pues me gustaría saber quién es quien flirtea de verdad.

—Tú.


—De ninguna manera, y si piensas así lo mejor es que te marches y me dejes sola, porque lo único que te gusta es pelear. Me tienes ya harta, ésa es la verdad.


—Ah, ¿te tengo harta?

—Sí, para que lo sepas.


—Entonces lo mejor será que me vaya y que no te moleste más —contestó sintiendo despertarse en él algo del valor materno.


—Es lo mejor que podrías hacer si no vas a saber comportarte de otra forma — observó ella dando unas pataditas de rabia sobre el hielo.


Pero ya Clyde empezaba a sentir que no podía cortar con ella de esa forma, que después de todo la necesitaba demasiado y estaba completamente a sus pies. Empezó a sentirse débil y a mirarla con nerviosismo. Y ella, acordándose otra vez de su chaqueta, decidió portarse con más suavidad.


—¿No estuviste mirándole a los ojos? —preguntó él débilmente, acordándose del baile de ella con Sparser.

—¿Cuándo?

—Cuando estabas bailando con él.


—No, que yo sepa no hice nada de eso. Pero suponiendo que lo hubiese hecho, ¿qué hay de malo en eso? ¿Es un crimen mirar a los ojos de otra persona?


—De la manera que tú le miraste a él, sí. No se debe mirar así a otra persona si no es la que más te gusta.


Hortense chasqueó la lengua, indignada.

—Vamos, esto es el colmo.

—Y después, en el hielo, cuando te caíste y él se quedó a tu lado cogiéndote la mano.

Si eso no es flirtear no sé lo que es.


—Pues te digo que no estaba flirteando y que me importa poco lo que quieras pensar. Allá tú. Lo que pasa es que eres tan celoso que querrías que todo el mundo estuviese muerto. Pero tú no te acuerdas de lo que hacías con Lucille Nikolas. Bien que te reías con ella cuando se te echó encima. Y sin embargo yo no me he enfadado lo más mínimo. ¿O es que quieres que en una excursión vaya a sentarme contigo encima de un tronco o a seguirte como si fuera tu sombra? ¿Qué te has creído que soy? ¿Un perrito?


Se sentía rabiosa contra Clyde al pensar que el pobre no le gustaba lo más mínimo. Estaba acordándose de Sparser, que era mucho más fascinante. Era más materialista, menos romántico, más directo. Seguro que Sparser no se quejaría así, como un niño pequeño, sino que la dejaría plantada volviéndole la espalda. Sin embargo, Clyde, a su modo, también era interesante y útil. ¿Qué otro habría hecho por ella lo que él? Y además,

 




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de todos modos, ahora no estaba tratando de que le acompañara a ningún escondite como habían hecho los demás, cada uno con su pareja, y como ella temía que él quisiese hacer también. La pelea estaba solventando ese momento difícil.


—Bueno, mira —dijo ella al cabo de un rato, decidiendo que era mejor aplacarle y que no |e costaría tanto trabajo después de todo— ¿Es que vamos a estar peleando todo el tiempo? Para eso más valía que no me hubieras dicho que viniera.


Se puso en pie y le volvió la espalda, mientras pateaba el hielo con sus zapatitos, y Clyde, una vez más atraído por su encanto, le echó los brazos alrededor y la apretó contra sí, tocándole los pechos y juntando sus labios con los de ella, tratando de fundirse en un abrazo apasionado. Pero entonces, a causa de la súbita predilección que se había despertado en ella hacia Sparser por su enfado con Clyde, ella se apartó llena de insatisfacción. No era el momento más oportuno para que él le pidiera nada y él, dándose cuenta, retrocedió y se quedó mirándola con ojos sombríos y deseosos. Por su parte ella le miró con frialdad.


—Creí que habías dicho que te gustaba un poco —exigió ahora casi salvajemente, dándose cuenta de que sus sueños de un final feliz se disolvían en nada.


—Me gustas cuando te portas bien —contestó ella desmañada y evasivamente, buscando algún modo de evitar que le recordase sus promesas.


—Sí, ya lo veo —gruñó él—. Ya veo cómo eres. Ahora estamos aquí solos y ni siquiera me dejas tocarte. Me gustaría saber a qué te referías cuando dijiste aquello.


—¿Cuando dije qué? —replicó ella sólo para ganar tiempo.

—Como si no lo supieras.


—Ah, eso. Pero no dijimos que fuera a ser así. Más bien creo que dijimos... —y se detuvo dudando.


—Sí, ya sé lo que dijiste —continuó él—. Pero ahora veo que no te gusto en absoluto y que todo consiste en eso. ¿Qué diferencia supondría para ti, si de verdad yo te gustara un poco, portarte bien conmigo ahora o la semana que viene? Lo que pasa es que tú crees que eso es una cosa que depende de lo que yo haga por ti, pero no porque yo te importe lo más mínimo.


Estaba tan desesperado que por vez primera se mostraba incisivo y valeroso.


—Eso no es cierto —saltó ella, amargada y enfurecida porque la sacaba de quicio la verdad que él acababa de exponer—. Y no me hace ninguna gracia que pienses de esa forma. No me interesa lo más mínimo esa asquerosa chaquetilla, para que lo sepas. Ahí te quedas con tu asqueroso dinero, porque lo que es yo no lo necesito. Y ahora ya puedes hacer el favor de dejarme sola. No me hace falta tu ayuda para conseguir las prendas que se me antojen.


Y tras decir esto, dio media vuelta con la clara intención de marcharse.


Pero Clyde, ansioso como de costumbre por calmarla, salió corriendo detrás de ella. —No te vayas, Hortense —suplicó—. Espera un momento. No quería decir eso, de


verdad que no quería. Estoy loco por ti, ya no sé ni lo que hago. ¿Es que no te das cuenta? Por Dios, no te vayas. No te daba el dinero para tener nada a cambio. Puedes tenerlo por nada si es que lo prefieres así. No hay en el mundo para mí nada como tú ni lo ha habido nunca. El dinero es tuyo, del todo tuyo. No quiero que me lo devuelvas. Pero yo creía que me querías un poco. ¿Es que no te importo nada, Hortense?

 




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La miraba aterrado y despavorido, y ella, notando cómo lo dominaba, aflojó un poco el paso.


—Claro que me importas —anunció ella—. Pero de todos modos, ésa no es razón para que puedas tratarme de cualquier modo. Pareces no darte cuenta de que una chica no siempre puede permitir que hagan con una lo que el muchacho quiere en algunos momentos.


—¿Qué quieres decir? —preguntó Clyde sin comprender a qué se refería la muchacha—. No te comprendo.


—Sí, sí me comprendes.

Ella no podía concebir que él no entendiera.


—Ah, sí, ya sé a lo que te refieres. Me sé de memoria lo que vas a decir ahora — siguió desalentado—. Es la excusa que ponen todas. Ya lo sé.


Estaba recitando casi al pie de la letra las palabras y entonaciones de otros chicos del hotel que, habiéndole explicado la naturaleza de situaciones análogas, le instruyeron acerca de cómo las muchachas mienten de esta forma al verse frente a dilemas demasiado apremiantes. Y Hortense se dio cuenta entonces de que él había comprendido.


—Eres un mezquino —dijo ella adoptando un aire ofendido—. Una persona no puede decirte la verdad sin que lo tomes con otra intención. Pues no importa, lo' que te digo es la verdad, lo creas o no.


—Sí, ya sé lo que pasa —replicó él con tristeza no exenta de cierta altivez, como si ésta fuera una situación de la que tenía mucha experiencia—. Todo lo que pasa es que no te gusto; no hace falta que disimules.


—Eres malo —persistía ella afectando un aire injuriado—. Te juro que es la pura verdad. Me creas o no, te lo juro. De verdad que sí.


Clyde se detuvo. Frente a este pequeño truco no había nada que pudiera decir. No podía forzarla a hacer nada. Si ella quería seguir mintiendo y fingiendo, él tenía que fingir que la creía. Y, sin embargo, una gran tristeza descendía sobre él. No iba a conseguirla, eso estaba claro. Se volvió, y ella, convencida de que él se había dado cuenta de que estaba mintiendo, creyó llegada la hora de volverse a congraciar con él.


—Por favor, Clyde, por favor —empezó ahora muy astutamente—, te aseguro que es la pura verdad. ¿Es que no vas a creerme? Te prometo que la semana próxima sin falta quedarás contento. Tienes que creerme. Cuando yo digo una cosa, la cumplo. De verdad que tú me gustas, muchísimo. ¿Es que tampoco vas a creerte eso, por favor?


Clyde, estremecido desde la cabeza hasta los pies por aquella última exclamación, convino en que la creía. Y una vez más empezó a sonreír y a recobrar su alegría. Y cuando llegaron al coche hacia donde todos iban, requeridos por Hegglund, porque se acercaba la hora, la llevaba cogida de la mano y la besaba con mucha frecuencia, del todo convencido de que su sueño llegaría a un final glorioso. ¡Oh, la delicia de conseguir al fin que todo fuera realidad!




CAPÍTULO 19


Durante la mayor parte del viaje de regreso a Kansas City no hubo nada que echase a

 




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perder la ilusión agradabilísima en que Clyde había quedado sumido. Estaba sentado junto a Hortense, que apoyaba la cabeza en su hombro. Y aunque Sparser, que había esperado a los otros antes de entrar en el coche y tomar el volante, le había apretado a ella el brazo al pasar y recibido una satisfactoria y prometedora mirada, Clyde no lo había visto.


Pero siendo ya tarde y aconsejando Hegglund, Ratterer y Higby cierta prisa, y siendo el humor de Sparser el más alegre de todos, a causa de las miradas que le dirigía Hortense, no pasó mucho tiempo antes de que las luces de los suburbios comenzaran a desfilar. Realmente el coche se había lanzado por la carretera a una velocidad suicida. Sin embargo, en un momento dado, donde el ferrocarril del este entra en la ciudad, hubo una larga, inesperada y molesta espera mientras dos trenes de mercancías se cruzaban y pasaban. Más adelante, al norte de Kansas City, comenzó a nevar con grandes copos de aguanieve, cubriendo y revistiendo la superficie de la carretera con una resbaladiza capa de barro que requería más precaución de la que hasta entonces habían observado. Eran ya más de las cinco y media. Ordinariamente otros ocho minutos a gran velocidad habrían bastado para llevar el coche a una manzana o dos del hotel. Pero esta vez, a causa de otro retraso cerca del puente de Aníbal, debido al cruce con la circulación ascendente, eran ya las seis menos veinte antes de haber cruzado el puente y alcanzado la calle Wyandotte.


Los cuatro jóvenes habían perdido toda sensación de delicia por la excursión y por el placer que la camaradería de las muchachas les había proporcionado, ya que en estos momentos estaban preocupados por llegar a tiempo o no al hotel. La pulida figura de vencejo del señor Squires aparecía ante ellos.


—Huy, si no podemos ir más deprisa —observó Ratterer a Higby, que estaba manoseando nerviosamente su reloj— no vamos a conseguir nada. Tal como va la cosa apenas tendremos tiempo para cambiarnos.


Clyde exclamó al oírle:

—¡Demonios, a ver si nos damos prisa! Ahora preferiría que no hubiésemos venido.

Se va a poner la cosa difícil si no llegamos a tiempo.

Y Hortense, percibiendo su repentina tensión e inquietud, preguntó:

—¿Crees que saldréis bien de ésta?

—A este paso, no —repuso él.


Pero Hegglund, que había estado contemplando la nevada a través de los cristales, un mundo que parecía adornado de trocitos de algodón que caían lentamente, añadió:


—Eh, Willard. Seguro que podemos ir algo más rápido. Puede significar el despido si no estamos allí a tiempo.

Y Higby, ya sin su calma y descaro de jugador de cartas, continuó:


—Nos echarán a todos si no conseguimos inventar un buen cuento. ¿No hay ninguno que pueda pensar en algo?


A lo que Clyde sólo fue capaz de contestar suspirando nerviosamente.


Y entonces, como para torturarles aún más, un inesperado cruce de vehículos aparecía en casi todas las esquinas. Y Sparser, irritado por estas lamentaciones, contemplaba con impaciencia levantar la mano a un policía de tráfico en la intersección de la calle Nueve y la de Wyandotte, en el momento en que iba a cruzar.


—¿Qué  puedo  hacer  contra  esto?  —exclamó—.  Podría  volverme  por  la  calle

 




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Washington, pero no sé si ganaremos tiempo yendo por allí.


Un minuto entero pasó antes de que señalaran paso libre. Entonces hizo girar el auto a la derecha y recorrió tres manzanas de la calle Washington.


Pero aquí las condiciones no se presentaban mejores. Dos compactas corrientes de tráfico se movían en sentidos opuestos. Y en cada cruce se perdían momentos preciosos cuando el paso se cerraba. Luego el coche llegaba hasta la esquina próxima, pasando a los demás como mejor podía.


En el cruce de la calle Washington con la Quince, Clyde dijo a Ratterer:

—¿Qué pasaría si bajáramos en la Quince y continuáramos a pie?


—No ganaréis ningún tiempo si puedo doblar aquí —replicó Sparser— Puedo llegar con el coche antes que vosotros.


Adelantaba y cruzaba a los otros coches aprovechando cada pulgada disponible. En el cruce de las calles Dieciséis y Washington, viendo lo que creyó un hueco a su izquierda, giró el coche y lo llevó hasta la calle Wyandotte otra vez. Exactamente cuando se acercaba a la esquina y estaba a punto de doblarla a gran velocidad, acercándose al bordillo de la acera para ejecutar la maniobra, una pequeña de unos diez años, que iba corriendo hacia el cruce, saltó justo enfrente del auto. Y como no había posibilidad alguna de virar para evitarla, la atropelló y arrastró unos cuantos metros antes de poder frenar. Al mismo tiempo se elevaron los gritos penetrantes de por lo menos media docena de mujeres y las voces de otros tantos hombres que habían presenciado el accidente.


Inmediatamente todos los testigos se precipitaron hacia la niña, que había sido derribada y arrollada por las ruedas. Y Sparser, al verlos reunidos alrededor de la figura extendida, fue presa de un inexplicable pánico mental, en el que se mezclaban las ideas de la policía, la cárcel, su padre, el propietario del coche y diversos castigos y penas variadas. Y aunque los demás ocupantes del coche se habían incorporado y lanzaban exclamaciones angustiadas, tales como: «¡Dios mío!, ha atropellado a una niña; ha matado a una chi-quilla. Señor, ¿qué nos va a pasar ahora?», él se volvió y exclamó:


—¡La policía! Me largo con el coche.


Y sin consultar a los demás, que estaban todavía medio incorporados pero casi sin había de miedo, metió la primera, segunda y luego la directa, y dándole a la máquina todo el gas que podía resistir, aceleró hasta más allá de la esquina siguiente.


Pero aquí, lo mismo que en la otra, estaba situado un policía, que al observar el revuelo había acudido a preguntar lo que pasaba. Cuando se acercaba, gritos de «¡Pare a ese coche, pare a ese coche!» llegaron a sus oídos. Y un hombre que corría tras el sedán desde la escena del accidente, señalaba al auto gritando:

—¡Pare a ese coche! ¡Deténgalo! ¡Ha matado a un niño!


Entonces, comprendiendo lo que quería decir, se volvió hacia el auto llevándose al mismo tiempo el silbato a la boca. Pero Sparser, habiendo oído mientras tanto los gritos y visto al policía, se arrojó velozmente con el coche por la calle Diecisiete, a lo largo de la cual aceleró hasta alcanzar casi las cuarenta millas por hora, rozando en una ocasión la rueda de un camión, raspando en otra el guardabarros de un turismo y esquivando por una pulgada escasa otros vehículos o peatones, mientras los demás ocupantes del coche estaban en su mayoría sentados como estatuas, rígidos y tensos, con los ojos muy abiertos, los puños cerrados, las caras y los labios apretados, o, como en el caso de Hortense, Lucille

 




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Nikolas y Tina Koggel, repitiendo a voces:

—¡Dios mío! ¿Qué va a pasar ahora?


Pero la policía y los que habían comenzado la persecución no iban a abandonar tan rápidamente. No pudiendo ver el número de matrícula y dándose cuenta de que el conductor del coche no tenía intención de parar, el policía produjo con su silbato un largo y estridente sonido. Y el de la esquina próxima, al ver al coche embalado y comprendiendo lo que todo esto quería decir, hizo sonar su silbato y saltando al estribo de un turismo que pasaba le ordenó que le diese caza. Y a todo esto, otros tres autos, conducidos por espíritus amantes de la aventura, se unieron a la persecución tocando las bocinas durante la marcha.


Pero el Packard era mucho más rápido que ninguno de sus perseguidores, y aunque durante las primeras manzanas se oían todavía los gritos de «¡Detened a ese auto! ¡Parad a ese coche!», pronto se desvanecieron debido a la mayor velocidad del primero, resonando sólo los largos silbidos y el estrépito de las bocinas.


Sparser había logrado una débil ventaja, y comprobando que una carrera en línea recta era lo menos apropiado para despistar a sus perseguidores, viró rápidamente hacia la calle McGee, una avenida relativamente tranquila, a lo largo de la cual corrió varias manzanas hasta desembocar en la ancha y espaciosa Gillham Parkway, que tomó en dirección sur. Pero habiendo seguido por ésta una corta distancia a gran velocidad, decidió virar otra vez, doblando hacia la calle Treinta y uno, confundiéndole las casas distantes y creyendo que este pasaje hacia el norte le ofrecería la mejor oportunidad de desembarazarse de sus perseguidores.


Luego dirigió el coche hacia la izquierda por ese camino, pensando que en estas calles de poco tráfico podría acelerar y dejar atrás a los demás autos, al menos lo bastante para que se apearan sus acompañantes y él pudiera devolver el coche al garaje.


Y esto habría sido posible si no hubiese sido porque al doblar por una de las calles más apartadas de esta barriada, donde escasamente se veían casas o peatones, decidió apagar las luces como el mejor medio de ocultar el paradero del coche. Después, todavía corriendo hacia el este, el norte, el este y el sur por turno, se introdujo finalmente en una calle donde al cabo de unos cientos de metros el pavimento de pronto se terminó. Pero como se veía otro cruce de calles unos cuarenta metros adelante y creyó que doblándolo podría encontrar otra vez un camino asfaltado, continuó, doblando luego a su izquierda cerradamente, sólo para chocar con fuerza con una pila de piedras amontonadas por un contratista y dispuestas para pavimentar el camino. Con la falta de luz no había conseguido distinguirlas. Y opuesta diagonalmente a ésta había otra pila de tablones en una acera proyectada para una obra en construcción.


Orillando el borde de la pila de piedras a gran velocidad hizo carambola, yendo el coche directamente contra la pila de tablones, con la que chocó. Sólo que en lugar de chocar de frente, el coche montó las ruedas derechas sobre lo alto de la pila, lo que hizo que se inclinara por completo hacia la izquierda, hasta perder el equilibrio y caer sobre la hierba y la nieve del camino. En ese momento, entre el chasquido de los cristales rotos y los impactos de sus propios cuerpos, los ocupantes fueron arrojados hacia delante y a la izquierda.


Lo que sucedió después es más o menos un misterio y materia de confusión no sólo

 




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para Clyde, sino para todos los demás. Sparser y Laura Siter, que iban en el asiento delantero, fueron arrojados contra el parabrisas y el techo y perdieron el sentido. Sparser tenía el hombro, la rodilla y la cadera izquierda en tal estado que era necesario dejarle en el interior del coche tal como estaba hasta que llegara una ambulancia. No podía ser sacado por la portezuela, que había quedado en alto dada la posición del coche.


En el asiento trasero, Clyde, que era el que estaba colocado junto a la portezuela de la izquierda y tenía a su derecha a Hortense, Lucille Nikolas y Ratterer, se vio aplastado por el peso de los otros tres. Ratterer se hirió la cara y las manos y sufrió contusiones en los brazos y en las caderas, pero no tan graves como para impedirle ayudar a los demás. Pues dándose cuenta de la situación de los otros, consiguió abrir la portezuela y salir fuera, tirando luego de los que estaban aprisionados.


La primera que logró salir de esta forma fue Lucille, que inmediatamente se tendió en la nieve quejándose del dolor que sentía en brazos y cabeza. Después ayudó a Hortense, a la que le sangraba la frente y la mejilla izquierda, así como las dos manos, sin que las heridas fuesen grayes, aunque ella no podía saberlo entonces. Temblaba con convulsiones nerviosas, que habían sucedido al primer estado semiinconsciente que tuvo lugar después de volcar.


Clyde, por su parte, también con la mejilla izquierda, el brazo y el hombro contusionados, pero sin más heridas, estaba pensando que debía salir de allí lo antes posible. Habían matado a una niña; un coche había sido robado y destrozado; con toda seguridad había perdido su empleo; la policía los perseguía y podría localizarles en cualquier momento.


Salió afuera y ayudó a Ratterer a sacar a Laura y a Sparser, que estaban inconscientes.


En la parte trasera, Hegglund, que era el más forzudo de todos, consiguió sacar a Mayda y a Tina Koggel, ayudado por Higby. Mientras tanto, ya en la nieve seguían sucediendo incidentes confusos y raros. Pues Hortense, a la que Clyde había atendido lo mejor posible, se dio cuenta de pronto de que su mejilla y su frente estaban sangrando. Y sobrecogida por el pánico de que su belleza hubiese podido ser dañada irreparablemente, se olvidó de todo lo demás, incluso del peligro de ser descubiertos por la policía y de haber atropellado a la niña, aparte de haber destrozado el lujoso vehículo. Empezó a gritar y a mover las manos como una loca.


—¡Oh, Dios mío! ¡Oh, Dios mío! —exclamaba desesperadamente—. ¡Qué espantoso!

¡Qué terrible! ¡Toda mi cara está cortada!


Y sintiéndose compelida a hacer algo se lanzó de pronto, sin decir una palabra a nadie, calle Treinta y cinco abajo, hacia la parte de la ciudad donde se veían luces y calles más animadas. Su único pensamiento era llegar a su casa lo antes posible con objeto de ha-cer allí algo que pudiera tranquilizarla.


Ni un solo momento pensó en las demás chicas ni en los muchachos. El pánico por su propia belleza, que creía dañada, la asaltaba en oleadas, mezclado con el recuerdo del atropello, pero sin sentirse afectada más que muy ligeramente por la persecución de la policía o por el hecho de que el auto no pertenecía a Sparser y, sin embargo, había sido destrozado. Su reacción en cuanto a Clyde era que, puesto que él la había invitado a este infortunado viaje, era quien merecía todas las censuras. Y todos los demás muchachos

 




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eran seres bestiales por haberla metido en esto y no ser luego lo bastante listos para conducirse mejor.


En cuanto a las demás muchachas, ninguna de ellas, aparte de Laura Siter, estaba seriamente herida, sino que tenían un pánico mortal a ser cogidas por la policía, arrestadas y castigadas. En consecuencia no hacían más que dar vueltas exclamando:


—¡Por Dios, daos prisa! ¡Tenemos que salir de aquí! ¡Todo esto es terrible!


—¡Callaos de una vez! Estamos haciendo todo lo que podemos. Los guardias estarán aquí de un momento a otro.


Y como en respuesta a este comentario, un guardia urbano que vivía a pocas manzanas del lugar de los hechos, al oír el accidente y los gritos, se acercó para enterarse de qué había pasado y llegó junto al coche y sus aterrados ocupantes.


—Un accidente, ¿eh? —exclamó con extraña jovialidad— ¿Hay alguien herido? ¡Caracoles! Eso tiene mala pinta. Y es un coche estupendo por lo que veo. ¿Puedo ayudar en algo?


Clyde, al oírle hablar y echar una mirada en torno, viendo que no estaba Hortense por ninguna parte y que él por la suya no podría hacer más por Sparser, pensó que debía quitarse de en medio cuanto antes. No quería que lo cogieran aquí. Le aterraba pensar en lo que le sucedería entonces, cómo sería censurado, y probablemente le castigarían, perdiendo así el mundo tan hermoso que se había edificado en poco tiempo. Lo perdería todo antes de que pudiera decir una sola palabra. Su madre se enteraría, y el señor Squires y todo el mundo. Con toda certidumbre iría a la cárcel. Era un pensamiento terrible que le desgarraba las carnes. Ya no podían hacer nada por Sparser, y si se retrasaban lo único que conseguirían es que los cogieran a todos. Así pues, sin dejar de preguntar «¿Dónde está Hortense?», salió a buscarla por los campos nevados y oscuros. Su intención era ayudarla y acompañarla hasta donde quisiese ir.


Pero justamente entonces se oyeron a cierta distancia las sirenas y las bocinas de dos motocicletas que acudían rápidamente al lugar del suceso. Pues la mujer del guardia, al oír el choque y los gritos, había telefoneado a la policía comunicando el accidente. Y entonces el urbano exclamó:


—Ya están aquí. Le dije a mi mujer que telefoneara pidiendo una ambulancia.

Al oír esto todos echaron a correr, pues se dieron cuenta de lo que podía significar.

Se veían ya las luces de los faros que se acercaban.

—Por el amor de Dios, vámonos todos —susurró Hegglund asustado.


Y cogiendo a Mayda de la mano, empezó a correr por la calle Treinta y cinco, internándose luego por los campos, lejos de la ciudad.


Clyde, temiendo la prisión, se echó a correr también, pero en lugar de seguir la dirección de Hegglund, tomó primero hacia el sur y luego hacia el sudoeste, en dirección a una de las calles más apartadas.


Solamente Sparser y Laura Siter se quedaron allí, inconscientes.


Y el primer guardia no tuvo más remedio que asombrarse enormemente por aquella desbandada general.


—¡Caracoles! —se dijo— Tienen que haber robado el coche. No es posible que fuera suyo.


Y justamente entonces llegó el primer motorista, y Clyde tuvo tiempo de escuchar las

 




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palabras que dirigía al guardia vestido de paisano, a quien había tomado por el dueño del coche:


—Así que no has podido escaparte, ¿eh? Te creías muy listo, pero te ha salido mal la cosa. ¿Qué ha pasado con el resto de la banda? ¿Dónde están?


Cuando Clyde oyó la respuesta del urbano empezó a correr con toda su alma hacia las calles más distantes y peor alumbradas de los suburbios, esperando ocultarse allí y escapar de esta forma al castigo y a la desgracia que de una manera clarísima se cernían ahora sobre él.

 































































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Libro segundo








CAPÍTULO PRIMERO



El hogar de Samuel Griffiths en Lycurgus, Nueva York, una ciudad de unos veinticinco mil habitantes, a medio camino entre Utica y Albany. Cerca de la hora de la comida; poco a poco la familia se reúne en el comedor. En esta ocasión los preparativos son de índole un poco más complicada que de costumbre, debido a que durante los cuatro últimos días el señor Samuel Griffiths, esposo y padre, ha estado ausente asistiendo a una conferencia de fabricantes de cuellos y camisas de Chicago, conferencia en la que los rivales del oeste acordaron un compromiso en cuanto a precios con los fabricantes del este. No había hecho más que llegar y había telefoneado al mediodía para comunicar que estaba ya de vuelta y que se iba a su oficina de la fábrica, donde permanecería hasta la hora de la comida.


Estando acostumbrada desde hacía mucho tiempo a los modos de un hombre práctico y convencido que creía en sí mismo y consideraba sólidos y casi definitivos todos sus juicios y decisiones, la señora Griffiths no tuvo nada que objetar. Ya llegaría su esposo cuando lo creyera conveniente y la saludaría en debida forma.


Sabiendo que él prefería pierna de cordero, después de impartir las instrucciones necesarias a la señora Truesdale, su descarada pero eficiente ama de llaves, ordenó cordero. Y habiendo decidido también las verduras y postres apropiados, se puso luego a pensar sobre su hija mayor, Myra, que, graduada varios años antes en el colegio Smith, permanecía todavía soltera. Y la razón de esto, como la señora Griffiths comprendía muy bien, aunque nunca le gustase admitirlo abiertamente, era que Myra no tenía nada de bonita. Su nariz era demasiado larga, sus ojos demasiado unidos, su barbilla no lo bastante redondeada como para darle un aspecto juvenil y agradable. Por lo general parecía demasiado pensativa y estudiosa y no solía interesarse por la sociedad de aquella ciudad. Ni poseía tampoco esa gracia especial que tanto atrae a los hombres y que caracteriza a algunas muchachas aun no siendo muy bonitas. Según su madre veía la cuestión, Myra era de un temperamento demasiado crítico e intelectual, con una mente que estaba por encima del mundo en que se movía.


Criada en medio de un lujo relativo, sin tener que preocuparse lo más mínimo por ninguno de los ásperos detalles de ganarse la vida, había tenido, sin embargo, que enfrentarse con las dificultades de abrirse camino en la aceptación social y el amor, dos objetivos que, sin belleza o encanto, eran casi tan difíciles de alcanzar como la extrema riqueza por un mendigo. Y el hecho de que durante los doce años últimos, es decir, desde que había cumplido los catorce, ella había visto las vidas de otros muchachos y jovencitas de este pequeño mundo en que se movía transcurrir alegremente, mientras que la suya estaba más o menos confinada a la lectura, la música y la obligación de mantenerse tan



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pulcra y atractivamente arreglada como fuera posible, y de ir a visitar a amigos, con la esperanza de encontrar en alguna parte y de alguna manera a algún joven que se interesase por ella, la había entristecido, si no amargado exactamente. Y esto a pesar del hecho de que el confort material de sus padres y de ella misma era excepcional.


Justamente ahora había pasado por la habitación de su madre para ir a la suya propia con el aspecto de quien no está muy interesado por nada. Su madre había estado tratando de pensar en algo que sugerirle y que la pudiera sacar de sí misma, cuando he aquí que la hija más joven, Bella, recién llegada de una visita a casa de los Finchley, sus ricos vecinos, donde se había detenido a su regreso de la escuela Snedeker, se precipitó en sus brazos.


En contraste con su hermana, que era más bien alta, morena y huesuda, Bella, si bien más baja, estaba formada más vigorosamente y con más gracia. Tenía el cabello espeso, de un color castaño oscuro, casi negro; la tez olivácea y morena teñida de rojo, y ojos castaños y joviales que centelleaban con una luz ávida e inquieta. Además de su físico sólido y bien moldeado, poseía vitalidad y animación. Sus brazos y piernas eran graciosos y activos. Evidentemente le gustaban las cosas tal como las encontraba, gozando de la vida tal como era, y de ahí que, a diferencia de su hermana, fuese muy atractiva para hombres y muchachos, hombres y mujeres, viejos y jóvenes, un hecho que su padre y su madre sabían muy bien. No había ningún peligro de que faltasen ofertas de matrimonio para ella cuando llegase la hora. Tal como su madre veía el asunto, demasiados jovencitos y hombres estaban ya rondando en torno, planteando la cuestión de un marido adecuado para ella. Ya había desplegado cierta tendencia a hacerse amigos íntimos y entrañables, no solamente entre los hijos de las familias más antiguas y conservadoras, que constituían el elemento más respetable de la ciudad, sino también, y ello disgustaba a su madre, con los hijos e hijas de algunas de las menos antiguas y por tanto socialmente menos importantes familias de la región, los hijos e hijas de comerciantes de tocino, ebanistas y empleados, que constituían un elemento financiero bastante sólido en la ciudad, pero distaban mucho de ser considerados la última palabra en la vida local.


En opinión de la señora Griffiths había demasiado baile, cabarets y excursiones en coche de una ciudad a otra sin la debida supervisión social. Sin embargo, en contraste con su hermana Myra, ¡qué alivio! Solamente desde el punto de vista de una vigilancia adecuada, o hasta que estuviese casada religiosamente y ya a salvo, se turbaba la señora Griffiths o presentaba objeciones ante sus contactos actuales, anhelos y diversiones. Deseaba protegerla.


—Bueno, ¿dónde has estado? —le preguntó cuando su hija irrumpió en la habitación, tirando en cualquier parte los libros y acercándose al fuego que ardía en la chimenea.


—No puedes figurarte, mamá —empezó Bella de una manera muy desenfadada y casi sin venir a cuento—. Los Finchley van a dejar este verano la casa que tienen en el lago Greenwood y van a trasladarse al lago Twelfth, cerca de Pinetown. Van a construir allí un nuevo bungalow. Y Sondra dice que va a estar al borde mismo del agua y no lejos, como se hace por aquí. Y van a tener una gran terraza de madera. Y un embarcadero para la canoa que el señor Finchley le va a comprar a Stuart. ¿No te parece maravilloso? Y me dice que si me dejáis puedo ir allí durante todo el verano o todo el tiempo que yo quiera. Y Gil también puede venir si quiere. ¿No es estupendo? Será magnífico. Me encantaría que tú y

 




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papá os decidieseis a edificar allí alguna vez, mamá. Me parece que todo el mundo de importancia va a empezar a trasladarse allí a toda prisa.


Hablaba tan rápida y tumultuosamente, mirando ora al fuego que ardía en la chimenea, ora a las dos altas ventanas, desde las que se veía el campo de césped y la gran avenida principal de la ciudad, que su madre no tuvo oportunidad de insertar ningún comentario hasta que toda la parrafada no estuvo concluida. Sin embargo, se las arregló para observar:


—¿Estás segura? Entonces, ¿qué me dices de los Anthony, los Nicholson y los Taylor? No he oído nada de que vayan a dejar Greenwood.


—Oh, ya sé que ni los Anthony, ni los Nicholson, ni los Taylor van a salir de aquí. ¿Quién esperaría que se trasladaran? Son demasiado anticuados. Son la clase de gente que no se muda a ningún sitio. Todo el mundo sabe que son así. Pero, sin embargo, Greenwood no es lo mismo que el lago Twelfth. Eso tú ya lo sabes. Y todo el mundo que es alguien en la costa sur va a irse allá arriba, esto puedes tenerlo por seguro. Los Cranston se irán el año que viene, dice Sondra. Y después de eso me apuesto algo a que los Harriest también se irán.


—Los Cranston, y los Harriest, y los Finchley, y Sondra —comentó su madre, medio divertida y medio irritada—. Los Cranston, y tú, y Bertine, y Sondra; eso es todo lo que oigo estos días.


Pues los Cranston y los Finchley, a pesar de un cierto aumento de éxito local en relación con este nuevo y rápido ascenso, eran, mucho más que cualquiera de los otros, motivo de considerables críticas. Eran gentes que, habiéndose trasladado la Compañía Cranston desde Albany y la Compañía de Aspiradores Eléctricos Finchley desde Buffalo, y construido grandes fábricas en el banco meridional del río Mohawk, por no decir nada de las nuevas y grandiosas casas edificadas en la avenida principal y los chalets veraniegos de Greenwood, a unas veinte millas al noroeste, estaban introduciendo un estilo más bien ostentoso y desagradable entre todos los habitantes ricos de esta región. Se entusiasmaban con el hecho de lucir los trajes más elegantes y las últimas novedades en coches y diversiones, y constituían un problema para aquellas familias que con menos medios consideraban su posición y su rango como una cosa tan fija, interesante y atractiva como la que más. Los Cranston y los Finchley se habían clavado en general como una espina en la carne del resto de la elite de Lycurgus y parecían demasiado ostentosos y agresivos.


—¿Cuántas veces te he dicho que no quiero que tengas trato con Bertine o con esa Letta Harriest o con su hermano? Son demasiado avanzados. Están por todas partes y no hacen más que charlar y hacer ostentación. Y tu padre opina lo mismo que yo. En cuanto a Sondra Finchley, si espera que va a irse con Bertine y contigo, está muy equivocada, porque tú no vas a ir con ninguna de las dos. Además, no estoy segura de que tu padre apruebe que vayas a ninguna parte sin alguien que te acompañe. No tienes bastante edad para eso. Y en cuanto a ir al lago Twelfth con los Finchley, bueno, a menos que vayamos todos juntos, no irás allí en forma alguna.


Y entonces la señora Griffiths, que se inclinaba hacia las maneras y tácticas de las familias más antiguas, si bien no mejor acomodadas, se quedó mirando a su hija con gesto reprobador.


Pero Bella no se sintió por esto nada turbada, sino simplemente irritada. Conocía a su

 




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madre y sabía que la quería, así como que estaba entusiasmada por su belleza física y por su innegable éxito en sociedad, sentimientos estos que compartía su padre, el cual la consideraba la perfección misma y se derretía ante su zalamería y su bien practicada sonrisa.


—Que no tengo bastante edad, que no tengo bastante edad —comentó Bella en tono de reproche—. Pues, ¿sabes qué? Cumpliré dieciocho años en julio. Me gustaría saber cuándo tú y papá vais a pensar que tengo edad suficiente para ir a cualquier parte sin vosotros dos. Adondequiera que vayáis, tengo que ir yo, y adondequiera que quiero ir tenéis que venir también vosotros.


—¡Bella! —censuró su madre. Luego, después de un momento de silencio, durante lo cual su hija siguió en pie con aspecto impaciente, añadió—: Por supuesto, ¿qué otra cosa podríamos hacer? Cuando tengas veintiún o veintidós años, si todavía no estás casada para entonces, será hora de dejarte ir por tu cuenta. Pero a tu edad no pienses en semejante cosa.


Bella ladeó su bonita cabeza, pues en aquel momento la puerta lateral de la escalera inferior se abrió de par en par, y Gilbert Griffiths, el hijo varón de la familia y que en figura y rostro se parecía mucho a Clyde, su primo del oeste, si bien no se le parecía nada en temperamento ni en carácter, entró y subió.


Era por aquel tiempo un joven vanidoso, fuerte y centrado en sí mismo, de veintitrés años, que, en contraste con sus dos hermanas, parecía mucho más serio y práctico. También probablemente mucho más inteligente y agresivo en cuestiones de negocios, campo éste en el que ninguna de las dos hermanas tomaba el menor interés. Era brusco e impaciente en sus modales. Consideraba que su posición social era segura y despreciaba profundamente todo lo que no fuera éxito comercial. Sin embargo, a pesar de esto se interesaba mucho por la sociedad local, de la que se consideraba a sí mismo y a su familia la parte más importante. Siempre consciente de la dignidad y rango social de su familia, regulaba sus acciones y sus palabras en la forma que le parecía más adecuada. Ordinariamente impresionaba al observador casual como una persona más bien dura y arrogante, ni tan juvenil ni tan jovial como sus años podrían haber hecho esperar. No obstante, era joven, interesante y atractivo. Tenía una lengua afilada y brillante, don del que a veces se servía para hacer comentarios incisivos y cínicos. A causa de su familia y de su posición estaba considerado como el más deseable de todos los solteros de Lycurgus. Pero estaba tan interesado por sí mismo, que apenas hallaba lugar en su cosmos para un entendimiento profundo o inteligente de cualquier otra persona.


Oyéndole subir y entrar en su habitación, que estaba en la parte trasera de la casa, junto a la habitación de Bella, ésta dejó inmediatamente a su madre y, acercándose a la puerta, dijo:


—¿Puedo entrar, Gil?

—Entra.


Estaba silbando desafinadamente y, en vista de alguna reunión en algún sitio, disponiéndose a cambiar de traje.


—¿Adónde vas?

—Ahora a comer, después a casa de los Vynant.

—Seguro que es para ver a Constance.

 




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—Seguro que no es para ver a Constance. ¿De dónde sacas tú eso?

—Como si no lo supiera.

—Déjate de tonterías. ¿Para eso has venido?


—No, no he venido para eso. ¿Qué te crees? Los Finchley van a hacerse un chalet en el lago Twelfth para el verano, en la parte derecha, y el señor Finchley le va a comprar a Stuart una canoa de más de diez metros y hacerle un embarcadero con cobertizo. ¿No es súper, nene?


—No digas súper. Y no digas nene. ¿Es que no puedes aprender a hablar bien?

Hablas como una obrera de la fábrica. ¿Es eso todo lo que te enseñan en la escuela?

—Mira quién se pone a dar lecciones. Como si tú no hablaras muchísimo peor.

Bonito ejemplo nos das.


—Yo soy cinco años mayor que tú y además soy un hombre. Pero no habrás escuchado nunca a Myra decir esas cosas.


—Oh, Myra, bueno, no hablemos de eso. Piensa sólo en la nueva casa que van a hacer y en la temporada que podríamos pasar allí en el verano. ¿No te gustaría que nos trasladáramos también allí? Si quisiéramos podríamos hacerlo, si papá y mamá estuviera conformes.


—No pienso que fuera nada especial —replicó su hermano, que en realidad estaba muy interesado—. Hay otros sitios además del lago Twelfth.


—¿Quién dice que no los haya? Pero no para la gente que nosotros conocemos por aquí. Me gustaría saber a qué otro sitio va a irse la buena sociedad de Albany y de Utica. Te digo que va a convertirse en un centro de lo más distinguido. Es lo que opina Sondra.


Y que va a tener las mejores casas junto a la costa. Por lo pronto los Cranston, los Lambert y los Harriest van a trasladarse —anunció Bella en tono definitivo y retador—. Entonces no será mucha la gente que quede en el lago Greenwood, y desde luego no las mejores familias, aunque se queden los Anthony y los Nicholson.


—¿Quién dice que los Cranston van a ir? —preguntó Gilbert, muy interesado ahora.

—¿Quién va a decirlo? Sondra.

—Pero, ¿quién se lo ha dicho a ella?

—Bertine.


—Vaya, ya veo que cada vez quieren divertirse más —comentó su hermano de una manera extraña y con un poquitín de envidia—. Pronto Lycurgus va a parecerles demasiado pequeño.


Se centró el nudo de la corbata haciendo unas cuantas muecas porque el cuello le apretaba.


Aunque Gilbert había ingresado hacía poco en la industria de la camisería, ayudando a su padre como inspector general de fabricación y con vistas a hacerse cargo un día de todo el negocio, sin embargo se sentía muy celoso del joven Grant Cranston, un muchacho de su edad, muy deslumbrante y atractivo, que era casi irresistible entre las jóvenes de su círculo. Cranston parecía opinar que era posible combinar una cierta porción de placeres sociales con el trabajo en la compañía de su padre, cosa con la que Gilbert no estaba de acuerdo. En efecto, el joven Griffiths habría preferido, a ser posible, que Cranston hijo viviese en la más perfecta ociosidad, para que así no hiciera ostentación de ambas capacidades. Pues lo cierto era que la Compañía Cranston estaba colocándose a la cabeza

 




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de las industrias principales de Lycurgus.


—Bueno —añadió al cabo de un momento—, están gastando con una rapidez mucho mayor de lo que yo consideraría prudente si tuviera su negocio. Y no son de ninguna manera la gente más rica del mundo.


Pero en realidad estaba pensando que, a diferencia de él y de sus padres, los Cranston eran tanto más temibles cuanto más ansiosos se mostraban de vida social. Les envidiaba.


—Y lo que es más —añadió Bella en tono interesado—, los Finchley van a poner una sala de baile junto al embarcadero. Y Sondra dice que Stuart espera que tú vayas allí este verano a pasar largas temporadas.


—Ah, ¿eso dijo? —replicó Gilbert un poco envidiosamente y con sarcasmo—. Querrás decir que espera que tú vayas y pases allí largas temporadas. Yo tengo que trabajar durante el verano.


—No dijo nada de eso; tú te las das de listo. Por lo demás, no nos haría ningún daño ir allí. Para lo que hay que ver en Greenwood. Un montón de viejos aburridos.


—¿Ah, sí? A mamá le gustaría oírte decir eso.

—Ya te encargarás tú de decírselo.


—Oh, no. Pierde cuidado. Pero no pienses que vamos a seguir a los Finchley o a los Cranston al lago Twelfth precisamente este verano. Claro que tú podrás ir si quieres y papá te deja.


Justo entonces volvió a sonar la puerta de abajo, y Bella, olvidando la discusión con su hermano, corrió a recibir a su padre.





CAPÍTULO 2


La cabeza de la rama de los Griffiths establecida en Lycurgus, en contraste con el padre de familia de Kansas City, era muy impresionante. Al revés que su confuso y achaparrado hermano de la Puerta de la Esperanza, a quien no había visto en más de treinta años, era de una estatura algo más que mediana, muy robusto, aunque relativamente esbelto, de ojos agudos y tono incisivo tanto en sus maneras como en sus palabras. Acostumbrado desde hacía mucho tiempo a luchar por sí mismo, y habiendo llegado, tanto por sus esfuerzos como por los resultados, a apreciar que estaba por encima del nivel medio tanto en agudeza como en capacidad comercial, se sentía inclinado a veces a mostrarse un tanto intolerante con quienes no reunían las mismas disposiciones. No es que fuera de modales mezquinos o desagradables, pero siempre estaba esforzándose por mantener un aire de calma y juicioso. Y se decía a sí mismo a manera de excusa por su afectación que estaba meramente asumiendo el valor que los otros le atribuían, otros que como él mismo también tenían éxito en la vida.


Habiendo llegado a Lycurgus unos veinticinco años antes con algún capital y la decisión de invertirlo en una nueva empresa de fabricación de cuellos que le había sido propuesta, consiguió triunfar mucho más de lo que le hubieran augurado las más halagüeñas esperanzas. Y, naturalmente, se enorgullecía de ello. Por esta época, o sea

 




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veinticinco años más tarde, su familia ocupaba una de las mejores residencias, construida con gusto refinado en la ciudad de Lycurgus. Se les estimaba también como parte de las pocas familias de prestigio de la región, encontrándose, si no entre las más antiguas, sí al menos entre las más conservadoras, respetables y afortunadas de Lycurgus. Sus dos hijos más jóvenes, si bien no la mayor, gozaban de gran popularidad entre el círculo más joven y alegre, y hasta ahora no había sucedido nada que pudiese debilitar o ensombrecer su prestigio.


Al volver de Chicago en este día particular, después de haber concluido varios convenios que aseguraban la armonía comercial y la prosperidad durante al menos un año, se sentía propenso a considerar con optimismo todas las cuestiones y a hallarse de buenas relaciones con el mundo. No había ocurrido nada que estropease su viaje. En su ausencia la Compañía Griffiths de cuellos y camisas había seguido funcionando como si él estuviera presente. Los pedidos comerciales eran de momento muy voluminosos.


Al entrar ahora en su propia casa soltó una pesada maleta y un bien cortado abrigo y se volvió para ver lo que le esperaba: Bella, que corría hacia él. Era su favorita, la cosa más agradable, diferente y artística que en todos sus años podían haberle traído: la juventud, la salud, la alegría, la inteligencia y el afecto, todo en forma de una hija bonita.


—¡Huy, papaíto! —exclamó ella con mucha dulzura y mimo cuando le vio entrar—. ¿Eres tú?


—Sí. O al menos lo que más se me parece de momento. ¿Cómo está mi niñita? Abrió sus brazos y recibió la forma redondeada de su último vástago.


—He aquí una buena muchacha, fuerte y saludable —anunció al apartar de ella sus labios afectuosos— ¿Cómo se ha estado portando mi niña desde que me marché? Supongo que no habrá sido en pasatiempos.


—He sido buenísima, papá. Puedes preguntárselo a cualquiera. Imposible ser mejor. —¿Y tu madre?


—Está perfectamente, papaíto. Está en su habitación. No creo que te haya oído llegar. —¿Y Myra? ¿Regresó ya de Albany?


—Sí, está en su habitación. La oí tocar hace poco. Yo acabo de llegar hace unos minutos.


—Tú como siempre, danzando de un lado para otro, ya te conozco.


Alzó un dedo jovialmente en un gesto admonitorio, mientras que Bella se colgaba de su brazo y subía con él las escaleras hasta el primer piso.


—No, papaíto, nada de eso —contestó con decisión y dulzura— Estuve sólo con Sondra un ratito. ¿Y sabes qué, papá? Van a dejar la casa que tienen en Greenwood para construirse un magnífico chalet en el lago Twelfth y el señor Finchley le va a regalar a Stuart una canoa estupenda y van a vivir en ese sitio todo el verano o quizá más tiempo, desde mayo a octubre. Y los Cranston quizá también hagan lo mismo.


El señor Griffiths, acostumbrado desde hacía mucho tiempo a los arrebatos de su hija pequeña, no estaba interesado de momento tanto por la idea que ella deseaba inculcarle de que el lago Twelfth era ahora más deseable socialmente que Greenwood, como por el hecho de que los Finchley pudiesen permitirse ese gasto súbito y cuantioso por meras razones sociales.


En lugar de contestar a Bella, siguió escaleras arriba y entró en la habitación de su

 




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esposa. Besó a la señora Griffiths, fue a ver a Myra, que salió a la puerta para abrazarle, y habló luego del éxito del viaje. Uno podía ver por la manera en que abrazó a su esposa que había un agradable entendimiento entre ellos y ninguna desarmonía; por la manera en que saludó a Myra podía notarse que no simpatizaba enteramente con su temperamento y punto de vista, sin que ello quisiera decir que dejase de incluirla dentro de su afecto.


Cuando estaban hablando, la señora Truesdale anunció que la comida estaba servida, y Gilbert, habiendo completado su arreglo, entró entonces.


—Ahora que me acuerdo, papá —dijo—, hay algo interesante que tendría que comunicarte en tu oficina. ¿Estarás allí mañana por la mañana?


—Perfectamente; estaré. Ve a eso del mediodía.


—Vamos ya o la comida se enfriará —advirtió la señora Griffiths con seriedad. Gilbert se dio la vuelta y bajó seguido por Griffiths, que todavía llevaba a su hija


Bella colgada del brazo. Detrás de él iban la señora Griffiths y Myra, que acababa de salir de su habitación y que se les había reunido.


Una vez sentados a la mesa, la familia empezó a discutir temas de interés local. Pues Bella, que era la principal fuente de chismorreos de la familia y que recolectaba casi todo su material en la escuela Snedeker, en la que todas las noticias sociales parecían filtrarse con la mayor rapidez, anunció de pronto:


—¿Podrás creerlo, mamá? Rosetta Nicholson, la sobrina de la señora Disston Nicholson, que estuvo aquí el verano pasado procedente del Albany, ya sabes, vino la noche de la fiesta de las alumnas a nuestro jardín; tienes que acordarte, era una muchacha con el pelo rubio y los ojos azules un poco achinados; su padre es el dueño de esa tienda de ultramarinos que está por aquí cerca; pues bien, se ha comprometido con Herbert Titham, de Utica, que estuvo visitando a la señora Lambert el verano pasado. Tú no te acuerdas de él, pero yo sí me acuerdo. Era muy alto, con el cabello negro, muy pálido, pero muy guapo, más que muchos artistas de cine.


—Ya ves, mamá —interpoló Gilbert con cinismo— Una delegación de la escuela Snedeker va de vez en cuando al cine para comparar a sus héroes favoritos.


Griffiths padre observó de pronto:


—Tuve una curiosa experiencia en Chicago esta vez, algo que creo que os gustará saber a todos vosotros.


Estaba acordándose de un encuentro accidental que había tenido dos días antes en Chicago con el hijo mayor, tal como resultó ser, de su hermano Asa. Y también se acordaba de la conclusión a que había llegado con respecto a dicho joven.


—Oh, ¿qué es, papaíto? —preguntó Bella de inmediato—. Cuéntanoslo todo. —Desembucha, papá —añadió Gilbert, quien, a causa del favor que le concedía su


padre, se sentía con libertad para hablarle de la manera más campechana.


—Bueno, pues resulta que cuando estaba en Chicago, en el Club de la Liga de la Unión, me encontré a un joven que está emparentado con nosotros, un primo de vosotros tres, el hijo mayor de mi hermano Asa, que creo que está ahora en Denver. No le he visto ni he oído hablar de él desde hace treinta años.


Hizo una pausa y carraspeó dubitativamente.


—¿No es aquel que era predicador ambulante, papaíto? —preguntó Bella alzando la mirada al techo.

 




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—Sí, el predicador. Al menos lo fue durante algún tiempo después de irse de casa. Pero su hijo me ha dado a entender que ahora ya lo ha dejado. Tiene que ver no sé qué con algún negocio de Denver, un hotel, creo.


—Pero, ¿cómo es su hijo? —interrogó Bella, que solamente conocía a jóvenes y señores de bien fundada reputación, tal como su presente estado social y la vigilancia a que estaba sometida se lo permitía y que, por tanto, se hallaba muy interesada. ¡El hijo de un propietario de un hotel del oeste!


—¿Un primo? ¿Qué edad tiene? —preguntó Gilbert inmediatamente, lleno de curiosidad en cuanto a su carácter y a su situación y capacidades.


—Bueno, es un joven muy interesante, creo yo —continuó, titubeando un poco y con algunas dudas, ya que todavía no se había formado una idea clara en cuanto a Clyde—. Es muy bien parecido y muy educado y poco más o menos de tu edad, Gil, y se te parece muchísimo, de una manera asombrosa; tiene los mismos ojos, la misma boca y, la misma barbilla. —Miró a su hijo estableciendo la comparación—. Si acaso es un poco más alto y parece más delgado, aunque no creo que lo sea en realidad.


Ante la idea de un primo que se le parecía, acaso tan atractivo en todos los aspectos como él mismo, y con su mismo apellido, Gilbert se estremeció y desazonó ligeramente. Pues aquí, en Lycurgus, hasta la fecha estaba bien y favorablemente como único hijo varón y heredero del negocio de su padre y por lo menos de un tercio del patrimonio, si no más. Y si ahora, por casualidad, salía a relucir que había un pariente, un primo de su misma edad que tenía su aspecto y que se comportaba como él, entonces... El pensamiento le resultó desagradable. Por ello, con una reacción psíquica que no pudo comprender ni dominar, decidió que ese pariente no le gustaba ni podría gustarle nunca.


—¿Qué está haciendo ahora? —preguntó en un tono áspero y más bien irritado, aunque trató de que en su voz no apareciera el enojo.


—Bueno, no creo que ocupe un puesto muy importante —sonrió Samuel Griffiths, pensativo por unos segundos—. No es más que un botones del Club de la Liga de la Unión en Chicago; pero es un muchacho muy agradable y de muy buenas maneras, me atrevería a decir. Me causó muy buena impresión. En realidad, llegó a decirme que no se le presentaban muchas oportunidades de abrirse camino en el sitio en que estaba y que le gustaría entrar en algo que le diese alguna oportunidad de abrirse camino y de llegar a ser alguien. Le dije entonces que si quería venirse aquí y probar fortuna con nosotros, podríamos ayudarle un poco y darle una ocasión para que demostrase lo que sabe hacer.


No había sido su intención manifestar tan de improviso el hecho de que se había interesado por su sobrino hasta tal extremo, sino que su proyecto era más bien esperar y exponer su idea en distintas ocasiones tanto a su esposa como a su hijo, pero como la ocasión había parecido idónea, la había aprovechado para hablar.


Y ahora que había hablado se sentía contento de haberlo hecho, porque como Clyde se parecía tanto a Gilbert, quería hacer un poco por él.


Pero Gilbert se irritó y puso de mal humor, mientras que, por el contrario, Bella y Myra, aunque no la señora Griffiths, que favorecía en todo a su único hijo varón, prefiriendo verlo sin ningún pariente carnal o rival de ninguna clase, acogieron calurosamente la idea. Un primo que fuera un Griffiths, bien parecido, poco más o menos de la edad de Gilbert, y que, como su padre contaba, era bastante agradable y bien

 




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educado, era algo que complacía a Bella y a Myra, mientras que la señora Griffiths, notando cómo se ensombrecía el rostro de Gilbert, no se mostraba tan dispuesta. A él no le gustaría. Pero por respeto a la autoridad de su marido y a su capacidad en todas las cosas, se limitó a permanecer silenciosa. Pero no así Bella.


—Oh, le vas a dar un empleo, ¿verdad, papaíto? —comentó—. Eso es interesante.

Espero que sea más guapo que el resto de nuestros primos.


—Bella —replicó la señora Griffiths, mientras que Myra, recordando a unos desmañados tíos y primos que habían venido años antes desde Vermont para visitarles durante unos días, sonrió con prudencia.


Al mismo tiempo, Gilbert, profundamente irritado, se rebelaba contra la idea. No podía admitirla en absoluto.


—Por supuesto, no vamos a cambiar nuestras normas para permitir que entren como aspirantes todas las personas que quieran y que sin saber nada deseen entrar en el negocio —dijo ásperamente.


—Oh, ya lo sé —replicó su padre—, pero con los sobrinos y los primos es distinto. Además parece muy inteligente y ambicioso. No nos haría ningún daño traernos aquí a uno de nuestros parientes y ver de qué es capaz. No veo por qué no habíamos de emplearlo a él igual que a cualquier otra persona.


—No creo que a Gil le guste mucho la idea de que haya otro individuo en Lycurgus que tenga el mismo apellido y el mismo aspecto que él —sugirió Bella burlonamente y con cierto toque de malicia, debido a que su hermano siempre la estaba criticando.


—¡Oh, qué estúpida! —prorrumpió Gilbert irritadamente— ¿Por qué no hablas con sensatez por una vez en tu vida? ¿Qué me importa a mí si tiene o no el mismo apellido, o si se me parece o no?


Su expresión era en aquel momento de gran irritación.


—Gilbert —intervino su madre en tono de reproche—, ¿cómo puedes hablar así? Y además a tu hermana.


—Bueno, no voy a hacer nada en relación con este joven si eso va a causar alguna molestia —siguió Griffiths padre—. Todo lo que sé es que su padre nunca fue muy práctico y dudo que Clyde haya tenido alguna vez una verdadera oportunidad. —Su hijo frunció las cejas ante este uso amistoso y familiar del nombre de pila de su primo—. Mi única idea al traerlo aquí era echarle una mano. No tengo la menor idea de si va a servir o no. Lo mismo puede resultar un éxito que un fracaso. Si es esto último... —Levantó la mano, como si quisiera decir: «En ese caso tendríamos que despedirle, desde luego».


—Pienso que es muy amable por tu parte —observó la señora Griffiths jovialmente y con diplomacia—. Espero que resultará* satisfactorio.


—Y hay otra cosa —añadió Griffiths prudente y sentenciosamente—. No espero que este joven, durante todo el tiempo que esté como empleado nuestro, reciba un trato diferente a cualquier otro empleado de la fábrica porque sea sobrino mío. Va a venir aquí para trabajar y no para jugar. Y mientras esté aquí a prueba cuento con que ninguno de vosotros tengáis para él ninguna atención de índole social, ni siquiera la más pequeña. De todos modos no es la clase de muchacho que trate de imponer su presencia, al menos no me causó esa impresión, y él no va a llegar aquí de ninguna manera con la idea de



* Así en el original. El tiempo verbal correcto es “resulte” (N. del escaneador).

 



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colocarse a nuestro nivel. Eso sería ridículo. Más tarde, si demuestra que realmente se lo merece y que es capaz de arreglárselas solo, que conoce su puesto y que lo conserva, y alguno de vosotros quiere mostrarle alguna pequeña atención, entonces será ocasión de volver a considerar el asunto, pero no antes.


La doncella, Amanda, ayudante de la señora Truesdale, estaba quitando los platos de la comida y se disponía a servir el postre. Pero como el señor Griffiths rara vez comía postre, y usualmente elegía este momento, a menos que hubiese invitados, para estudiar ciertos papeles bancarios que guardaba en un pequeño pupitre de la biblioteca, echó atrás su silla, se levantó, se excusó y se fue a la biblioteca contigua. Los demás se quedaron.


—Me gustaría ver qué aspecto tiene, ¿a ti no? —le preguntó Myra a su madre.


—Sí. Y espero que corresponda a las esperanzas de tu padre. Porque si no, se sentirá muy incómodo.


—No puedo comprender esto —observó Gilbert— de traer gente ahora que apenas podemos mantener a los que tenemos. Y además imaginad el jaleo que se armaría si la gente descubriera que nuestro primo sólo ha sido un botones antes de venir aquí.


—Bueno, nadie tiene por qué saberlo —dijo Myra.


—¿Y por qué no? No sé cómo vamos a prohibirle que él mismo lo cuente, a menos que se lo indiquemos expresamente, ni cómo vamos a poder evitar que venga por aquí alguien que le haya visto trabajando de botones.


Sus ojos se entornaron con expresión maligna.


—Esperemos que no pase nada. Ciertamente, no nos convendría lo más mínimo a los que estamos aquí.


Y Bella añadió:


—Espero que no sea tan aburrido como los dos hijos del tío Allen. Son los muchachos menos interesantes que he visto en mi vida.


—Bella —volvió a reprenderla su madre una vez más.




CAPÍTULO 3


El Clyde a quien Samuel Griffiths dijo haberse encontrado en el Club de la Liga de la Unión en Chicago era una versión algo modificada del que había huido de Kansas City tres años antes. Tenía ahora veinte años, era un poco más alto y más asentado, pero de constitución poco más robusta y, naturalmente, ya tenía mucha más experiencia. Pues desde que había abandonado su hogar y su trabajo en Kansas City y entrado en contacto con los rudos usos del mundo, las humildes tareas, las mezquinas habitaciones, ningún amigo íntimo con quien hablar y el verse obligado a abrirse camino de la mejor forma posible, había desarrollado una especie de confianza en sí mismo y de seguridad en sus propias fuerzas que nadie le habría supuesto tres años antes. Había en torno a él, aunque no iba tan elegante como cuando salió de Kansas City, una gentileza que agradaba, aunque en un principio no llegase a llamar la atención. Sin embargo, y esto era un rasgo muy diferente de los que tenía el Clyde que había salido de Kansas City en un vagón de mercancías, ahora adoptaba con mucha frecuencia un aire de precaución y de reserva.


Pues desde que había huido de Kansas City y por un humilde procedimiento u otro

 




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se había visto forzado a abrirse camino, llegó a la conclusión de que todo su futuro dependía de sí mismo. Su familia, tal como se daba cuenta ahora de una forma bien definida, no podía hacer nada por él. Eran muy poco prácticos y demasiado pobres: su madre, su padre, Esta, todos ellos.


Al mismo tiempo, a pesar de todas las dificultades de sus familiares, no podía dejar de sentirse atraído por ellos, por su madre en particular, y por la vieja vida hogareña que le había rodeado cuando niño, así como por su hermano y sus hermanas, incluida Esta, ya que ella, tal como él consideraba ahora la cuestión, no había caído más bajo que él sometido a circunstancias sobre las que probablemente no tenía ya dominio alguno. Y a menudo sus pensamientos y sus ansias habían regresado con una pena definida y desconcertante a causa de la forma en que había tratado a su madre, así como por el modo en que su carrera en Kansas City había sido interrumpida súbitamente; perder a Hortense Briggs había sido un golpe severo; los disgustos habían caído sobre él desde entonces; pensaba en el dolor que les habría sobrevenido a su madre y a Esta por su culpa.


Al llegar a St. Louis, dos días después de su fuga, y tras haber sido arrojado a la nieve a unos cuantos cientos de millas de Kansas City en la luz grisácea de una mañana invernal, y al mismo tiempo ser despojado de su reloj y de su abrigo por dos guardafrenos que le habían encontrado en el vagón, compró un periódico de Kansas City, La Estrella, sólo para comprobar que se habían verificado sus peores temores con relación a todo lo que había ocurrido. Pues allí, bajo titulares a dos columnas, y con columna y media de texto, estaba la historia completa de lo sucedido: una niña de once años de edad, hija de una familia bien acomodada de Kansas City, había sido atropellada y muerta casi instantáneamente, en realidad una hora más tarde; Sparser y Laura Siter estaban en un hospital y bajo arresto al mismo tiempo, vigilados por un policía que hacía guardia esperando su curación; un coche espléndido había sido muy seriamente averiado; el padre de Sparser, en ausencia del propietario del coche, a cuyas órdenes estaba, se vio reprendido y caído en desgracia por la locura, criminalidad y cinismo de su hijo.


Pero lo que era peor, el infortunado Sparser había sido ya acusado de hurto y homicidio, y deseando, sin duda, minimizar su propia participación en esta grave catástrofe, había no sólo revelado los nombres de todos los que estuvieron con él en el coche, los jóvenes en particular, y la dirección de su hotel, sino que les había acusado de ser tan culpables como él mismo, ya que le habían incitado a que aumentase la velocidad en contra de sus propios deseos, acusación que era bastante cierta, como Clyde sabía. Y el señor Squires, al ser interrogado, había facilitado a la policía y a los periodistas los nombres y direcciones de los padres de los complicados.


Esto último fue el golpe más duro de todos. Pues seguían descripciones perturbadoras de cómo los padres o parientes respectivos habían tomado la cosa al ser informados sobre las fechorías de los muchachos. La señora Ratterer, madre de Tom, había llorado y declarado que su hijo era un buen muchacho y que no había tenido intención de causar ningún daño; de eso ella estaba segura. La señora Hegglund, madre amantísima pero anciana de Oscar, había dicho que no había alma más honesta o generosa y que aquello podría explicarse porque hubiese estado bebiendo. En su propio hogar, La Estrella había descrito a su madre como una mujer que escuchó en pie muy pálida, muy sorprendida y muy angustiada la información de los hechos, cruzando y descruzando las

 




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manos con el aspecto de quien apenas puede entender lo que quiere decírsele; su madre se negó a creer que su hijo formase parte de la pandilla y aseguró que con toda probabilidad regresaría y lo explicaría todo, y que debía tratarse de un error.


Pero él no había regresado. Ni había oído hablar más del asunto. Pues debido a su miedo a la policía, así como a su madre, a sus ojos apenados y sin esperanzas, no había escrito durante meses pasados los cuales envió únicamente unas letras a su madre para decirle que estaba bien y que no se preocupara por él. No daba ni nombre ni dirección. Más tarde fue vagando de un sitio a otro, probando distintas clases de empleo, en St. Louis, Peoría, Chicago, Milwaukee, como lavaplatos en un restaurante, ayudante de camarero en un pequeño bar de suburbio, dependiente de una zapatería y en una tienda de ultramarinos y otras muchas cosas. Fue saliendo de todos estos puestos, porque ninguno llegaba a gustarle. Una vez le había mandado diez dólares y otra vez cinco, todo lo que pudo ahorrar. Después de transcurrido año y medio, decidió que la búsqueda habría disminuido ya y que su propia participación en el crimen estaría olvidada, o por lo menos no se juzgaría lo bastante importante para proseguir la persecución. Se hallaba ganándose la vida modestamente como conductor de reparto en Chicago, empleo en el que ganaba quince dólares a la semana, y resolvió que escribiría a su madre, porque ahora podía decir que tenía un cargo decente y que se había comportado en forma respetable durante largo tiempo, aunque no bajo su verdadero nombre.


Y de esa manera, en aquella ocasión, viviendo en una habitación situada en el distrito occidental de Chicago, en la calle Paulina, le había escrito a su madre la siguiente carta:


«Querida madre:


»¿Estáis todavía en Kansas City? Desearía que me escribieras diciéndomelo. También me gustaría saber de vosotros y escribiros de nuevo si es que queréis que lo haga. Sinceramente me gustaría, mamá. Estoy muy solo aquí. Pero tienes que tener cuidado y no dejar todavía que la gente sepa dónde estoy. No sería un bien para nadie y podría causarme mucho daño ahora que estoy tratando de abrirme camino. Aquella vez no hice nada malo. De verdad no lo hice, aunque los periódicos lo dijeran; me limité a ir con los demás. Pero tuve miedo de que me castigaran por algo que no había hecho. No podía regresar entonces. No había nada que echarme en cara pero tenía miedo de lo que tú y papá pudierais pensar. Pero fueron ellos los que me invitaron, mamá. Yo no le dije que fuese más aprisa ni que cogiese el coche, como él ha dicho. Lo tomó él por su cuenta y me invitó a mí y a los demás. Quizá podría acu-sársenos a todos de haber atropellado a aquella niña, pero no lo hicimos queriendo. Ninguno de nosotros. Y desde entonces me he sentido terriblemente desgraciado. Sobre todo considerando el disgusto que os he causado a vosotros. Y justo en el momento en que más me necesitabais. Mamá, espero que podrás perdonarme. ¿Puedes?


»No hago más que preguntarme cómo estarás. Y Esta, y Julia, y Frank, y papá. Deseo saber dónde estáis y qué estáis haciendo. Tú sabes cómo te quiero, mamá. Ahora tengo mucho más sentido común que antes y veo las cosas de una manera muy diferente a como solía. Quiero hacer algo en este mundo. Necesito tener éxito. Ocupo ahora un buen puesto, no tan bueno como el que tenía en K. C., pero

 




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conveniente y no de la misma clase. Pero quiero algo mejor, aunque no me gusta volver a los hoteles si puedo evitarlo. No es cosa buena para un joven como yo, porque da muchas alas. Como ves, ahora me doy cuenta mucho mejor de las cosas. Todo el mundo me aprecia donde estoy, pero yo quiero avanzar algo más en este mundo. Además no estoy ganando más que para pagar mis gastos, justo para mi habitación, mis comidas y ropa, pero estoy tratando de ahorrar un poco con objeto de entrar en otro trabajo en el que aprenda algo más. Esos son los trabajos que uno tiene que buscarse en estos tiempos, como yo lo veo ahora.


»¿Me escribirás y me dirás cómo estáis todos vosotros y qué estáis haciendo? Me gustaría mucho. Envíales mi cariño a Frank, a Julia, a papá y a Esta si están todos todavía ahí. Yo te quiero lo mismo que siempre y supongo que tú todavía me quieres un poco. No firmaré con mi nombre verdadero, porque todavía puede ser peligroso (no lo he usado desde que salí de K. C.), sino que te daré el otro, que voy a dejar de utilizar pronto para recobrar el mío verdadero. Me gustaría poderlo hacer ahora mismo, pero todavía me da miedo. Puedes escribirme si quieres a Lista de Correos, Chicago, como Harry Tenet.


»Yo iré a preguntar dentro de unos pocos días. Firmo de esta manera para no traeros más disgustos ni a vosotros ni a mí. Pero tan pronto como me sienta más seguro de que estas cosas se han olvidado, usaré mi verdadero nombre.


»Con todo cariño,

tu hijo.»



Trazó una raya donde debía estar su nombre verdadero y debajo escribió la frase «ya sabes», y echó la carta al correo.


Poco después, como su madre había estado todo ese tiempo muy preocupada pensando en él y preguntándose dónde podría estar, recibió pronto una carta desde Denver, lo cual le sorprendió muchísimo, porque contaba con que ella y el resto de la familia estarían todavía en Kansas City.




«Querido hijo:


»Me sorprendí y me alegré muchísimo al tener carta tuya y saber que estás vivo y con salud. Yo había esperado y rezado para que volvieses al camino recto y estrecho, el único camino que siempre te conducirá al triunfo y a la felicidad de cualquier clase, y para que Dios permitiese que yo me enterara de que estabas sano y salvo y trabajando en alguna parte y portándote bien. Y ahora El ha recompensado mis plegarias. Estaba segura de que lo haría. Bendito sea Su santo nombre.


»No es que yo te censure por la terrible dificultad en que te viste envuelto y que ha traído, tanto para ti como para nosotros, mucho sufrimiento y desgracia, pues sé muy bien cómo el diablo tienta y nos persigue a todos los mortales, y especialmente a los niños como tú. Oh, hijo mío, si supieras cómo tienes que estar siempre en guardia para evitar estos abismos. Y tienes por delante un largo camino. Debes estar siempre vigilante y tratar de aferrarte a las enseñanzas de nuestro Salvador, que tu madre siempre ha querido inculcar en las mentes y corazones de todos sus hijos tan

 



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queridos. Detente y escucha la voz de nuestro Señor, que siempre está con nosotros, guiando nuestros pasos por el camino áspero que conduce a un cielo más hermoso que el que nunca podamos imaginar aquí. Prométeme, hijo mío, que te aferrarás a todas tus enseñanzas primeras y que siempre tendrás presente que querer es poder y que nunca debes aceptar, por ningún motivo, una sola gota de bebida, quienquiera que sea el que te la ofrezca. Porque en la bebida es donde reina el diablo con todo su poder, el cual está siempre dispuesto a triunfar sobre las débiles. Recuerda siempre lo que te he dicho tan a menudo: “La bebida es devastadora y el vino es causa de perdición”, y en todas mis oraciones ruego para que estas palabras suenen siempre en tus oídos cada vez que te veas tentado, porque estoy segura de que ésa fue la causa verdadera de aquel terrible accidente.


»Sufrí terriblemente por aquello, Clyde, y justo en la época en que tuve que pasar una prueba espantosa con respecto a Esta. Casi tuve que darla por perdida, porque se puso muy mala. La pobre niña pagó duramente por su pecado. Tuvimos que contraer grandes deudas y trabajar muchísimo hasta vernos libres de ellas, pero al fin lo conseguimos y ahora las cosas no van mal del todo.


»Como ves, ahora estamos en Denver. Tenemos una misión propia con habitaciones para todos nosotros. Además disponemos de unas cuantas habitaciones para alquilar, de las cuales se cuida Esta, que has de saber que es ahora la señora Nixon. Tiene un hermoso niñito, que tanto a tu padre como a mí nos recuerda a ti cuando eras un bebé. Hace cosas que se parecen mucho a las que tú hacías de pequeño, por lo que casi nos da la impresión de que estás otra vez con nosotros. Algunas veces eso resulta muy consolador.


»Frank y Julia han crecido mucho y me ayudan mucho. Frank está empleado en una papelería y gana un poco de dinero para ayudarnos. Esta quiere que sigan asistiendo al colegio todo el tiempo que sea posible.


»Tu padre no está muy bien, pero por supuesto es porque se va haciendo más viejo, y resiste lo mejor que puede.


»Estoy contentísima, Clyde, al saber que estás trabajando mucho para mejorar de posición en todos los sentidos; la última noche que hablamos de esto, tu padre volvió a repetir que tu tío Samuel Griffiths, de Lycurgus, es riquísimo y tiene una gran posición, y yo pensé que quizá si tú le escribieras y le pidieras que te diese un puesto en su negocio, tal vez él accedería a hacer algo por ti. No sé por qué habría de negarse. Después de todo eres su sobrino. Ya sabes que tiene una gran fábrica de cuellos y camisas en Lycurgus y que es muy rico, según dice la gente. ¿Por qué no le escribes y pruebas? Por mi parte opino que quizá él pudiera encontrarte un buen empleo y así tendrías un trabajo seguro. Dime si haces algo en este sentido y qué te contesta él.


»Quiero que escribas a menudo, Clyde. Hazlo y cuéntanos todas tus cosas y cómo te va. ¿Lo harás? Naturalmente, te seguimos queriendo lo mismo que siempre y haremos todo lo que esté en nuestra mano por tratar de guiarte lo mejor posible. Queremos que triunfes más de lo que puedes imaginarte, pero también queremos que seas un buen muchacho y que vivas una vida recta y limpia, porque, hijo mío, ¿qué importa que un hombre gane el mundo entero si pierde su alma?

 




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»Escríbele a tu madre, Clyde, y ten siempre presente que su amor está contigo en todo momento, guiándote y alentándote a comportarte con rectitud en nombre del Señor.


»Con todo mi cariño,

tu madre.»


Y de esta forma Clyde empezó a pensar en su tío Samuel y en su gran negocio mucho antes de encontrarse con él. Había experimentado también un enorme alivio al enterarse de que sus padres no seguían en las mismas dificultades financieras con que luchaban cuando los dejó y que estaban en un hotel o al menos en una casa de habitaciones, probablemente relacionada con su nueva misión.


Luego, dos meses después de haber recibido la primera carta de su madre y mientras cada día estaba pensando que tenía que hacer algo y que no podía diferirlo más, sucedió que con ocasión de tener que entregar al Club de la Liga de la Unión, en el Boulevard Jackson, un paquete de corbatas y pañuelos que alguien que había venido a visitar Chicago había comprado en el almacén en que trabajaba, se encontró al entrar con Ratterer, que tenía puesto el uniforme de empleado del Club. Estaba a cargo de la información y de recibir en la puerta los paquetes que traían para el Club. Aunque ni él ni Ratterer comprendieron de momento que estaban frente a frente, a los pocos momentos Ratterer exclamó:


—¡Clyde!


Y luego, cogiéndole por un brazo, añadió, entusiásticamente y sin embargo con mucha prudencia y en voz muy baja:


—Bueno, esto sí que es una casualidad. ¡Diablos! ¿Quién iba a suponerlo? Pon eso aquí. ¿De dónde sales?


Y Clyde, igualmente excitado, exclamó:


—¡Que me maten si no eres Tom! ¡Qué casualidad tan grande! ¿Es que trabajas aquí? Ratterer, que al igual que Clyde, había olvidado por el momento el turbador secreto


que existía entre ellos, añadió:

—Justamente. Eso es. Llevo ya cerca de un año aquí.


Luego, con un súbito tirón del brazo a Clyde, como para recomendarle silencio, se lo llevó a un lado, fuera del alcance de un joven con el que estaba hablando cuando Clyde llegó y añadió:


—Ssh. Estoy trabajando aquí con mi verdadero nombre, pero no quiero que sepan que procedo de Kansas City. Todo el mundo cree que vengo de Cleveland.


Y al decir esto apretó el brazo de Clyde con mayor alegría y le examinó sonriente. Y Clyde, igualmente conmovido, dijo entonces:


—Perfectamente. Lo comprendo todo. Me alegro mucho de encontrarte, y por cierto mi nombre es Tenet, Harry Tenet. No lo olvides.


Y los dos se sentían radiantemente felices a causa de los viejos tiempos.

Pero Ratterer, notando el uniforme de repartidor de Clyde, observó:


—¿Con que ahora eres repartidor, eh? Bueno, eso es gracioso. Tú encargado de reparto. Quién iba a imaginárselo. Me dejas asombrado. ¿Cómo es que te has metido en esto?


Enseguida vio por la expresión de Clyde que las referencias a su posición actual no

 



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eran la cosa más agradable del mundo, puesto que Clyde observó inmediatamente:

—Bueno, ya estoy deseando dejarlo.

Ratterer añadió:

—Pero dime, quiero hablar contigo. ¿Dónde vives?

Clyde se lo dijo.


—Perfectamente. Salgo de aquí a las seis. ¿Por qué no nos encontramos después del trabajo? Yo te diré donde. ¿Qué te parece en Henrici en la calle Randolph? ¿Te parece bien? Digamos a las siete. Yo salgo a las seis y puedo estar allí a esa hora si tú puedes.


Clyde, que se sentía feliz hasta el éxtasis al encontrarse de nuevo con Ratterer, dio su asentimiento más entusiasta.


Regresó a su vehículo y continuó haciendo sus entregas, pero durante todo el resto de la tarde su mente estaba fija en el inminente encuentro con .Ratterer. Y a las cinco y media acabó el trabajo y se fue a su pensión donde se puso las ropas de paisano y después se apresuró a ir a Henrici. No llevaba más de unos minutos en la esquina cuando apareció Ratterer, muy jovial y amistoso, y vestido, si acaso, todavía mejor que en los viejos tiempos.


—Oye, es estupendo habernos encontrado, chico —empezó a decir— ¿Sabes que eres el único de la pandilla a quien he vuelto a ver desde que salí de Kansas City? Esto es estupendo. Mi hermana me escribió después que salí de casa, contándome que nadie parecía estar enterado de dónde os habíais ido todos los demás. A aquel Sparser lo condenaron a un año de cárcel, no sé si te enteraste. Un castigo duro, ¿eh? Pero no tanto por matar a la niña, sino por haber cogido el coche sin licencia y no haberse parado cuando se lo ordenaron. Por eso es por lo que más le apretaron las clavijas. Pero aquí, entre nosotros —y bajó la voz muy significativamente al llegar a este punto—, sabe Dios lo que nos hubiera pasado si nos cogen. ¡Caracoles, yo estaba muerto de miedo! Bien que corrimos. —Y una vez más empezó a reírse, pero más bien histéricamente ante el recuerdo—. Qué desbandada, ¿eh? Y dejándoles a él y a la otra muchacha. Pero ¿qué podíamos hacer? ¿Cómo se llamaba ella? Laura Siter. Y tú te quitaste de en medio antes que nadie. Y aquella niña que iba contigo también. ¿Es que la llevaste a su casa?


Clyde movió la cabeza denegando.

—No, no me fui con ella —exclamó.

—Entonces, ¿dónde fuiste? —preguntó el otro.


Clyde se lo dijo. Y después que le hubo dado una descripción completa de todos sus vagabundeos, Ratterer volvió a insistir con nuevas preguntas:


—¿No te enteraste de que aquella muchacha, Briggs, se escapó poco después a Nueva York con otro individuo? Un tipo que trabajaba en un estanco, según me contó Louise. Esta la vio poco antes de marcharse con una chaquetilla estupenda y muy emperifollada. —Clyde tuvo una mueca de tristeza—. Pero tú, la verdad, es que estabas loco por ella. Y ella no se preocupaba lo más mínimo ni de ti ni de nadie. Pero tú estabas muy colado, ¿eh?


Y le hizo un guiño divertido cogiéndole del brazo como en los viejos tiempos.


Con respecto a sí mismo procedió a desplegar una historia de aventuras más bien modestas, muy diferente de la que Clyde había narrado y en la que faltaban elementos de excitación y novedad, abundando en cambio la fe en su propia suerte y en sus posi-

 




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bilidades. Y finalmente había cogido esto porque, como él decía, en Chicago siempre se puede chupar algo.


Y desde entonces había estado siempre aquí, por supuesto de una manera muy pacífica, y nadie le había dicho una sola palabra.


A continuación procedió a explicar que justo ahora no había ninguna vacante en la Liga de la Unión, pero que le hablaría al señor Halley, que era superintendente del Club, y que si Clyde quería y el señor Halley se enteraba de algo, ya trataría de buscarle alguna salida o algún hueco.


—Pero no puedo prometerte nada seguro —le dijo a Clyde al final de la conversación que tuvieron aquella noche—, aunque haré todo lo posible.


Y luego, sólo dos días después de esta conversación tan alentadora, mientras Clyde estaba todavía debatiendo si dejaría su puesto, volvería a adoptar su verdadero nombre y recorrería los distintos hoteles en busca de trabajo, le llegó una nota a su cuarto, traída por uno de los botones de la Liga de la Unión y en la cual se leía:


«Ve a ver al señor Lightall en el Great Northern antes de mañana al mediodía. Hay una vacante allí. No es de las mejores, pero más adelante podrás conseguir algo que te convenga.»


Consiguientemente, después de telefonear al jefe de su departamento diciéndole que estaba enfermo y que no podría trabajar aquel día, Clyde se encaminó hacia el hotel que se le indicaba vestido con sus mejores ropas. Y en vista de las referencias que presentó, se le permitió que empezase a trabajar con su verdadero nombre, para gran alivio suyo. Ahora bien, en cuanto a su sueldo, quedó fijado en veinte dólares mensuales, incluidas las comidas. Las propinas, según se enteró, no pasaban de diez dólares a la semana, pero el pensamiento de que lo que se ahorraría en comidas repercutiría en un aumento de sueldo le consoló mucho, aparte de que se trataba de un trabajo mucho más sencillo, si bien tenía el inconveniente de hacerle volver a la industria hotelera, temiendo que de esa forma pudieran reconocerle y arrestarle.


No mucho después de esto, apenas unos tres meses, se produjo una vacante en el personal de la Liga de la Unión. Ratterer, que desde hacía poco se había establecido ya como ayudante diurno del jefe de personal del club, con quien estaba en muy buenas relaciones, pudo decirle a este último que conocía a la persona más adecuada para la vacante, un tal Clyde Griffiths, empleado entonces en el Great Northern. Y en consecuencia Clyde fue avisado, y después de recibir instrucciones muy útiles de Ratterer sobre la forma en que debía de establecer el primer contacto con su nuevo superior y qué era lo que tenía que decir, obtuvo la plaza.


Y aquí, a diferencia de lo que sucedía en el Great Northern y de una manera muy superior, desde un punto de vista social y material, según Clyde veía la cosa, incluso al Green-Davidson, pudo una vez más contemplar de cerca un tipo de vida que desgraciadamente afectó muchísimo su sed de posición y distinción. Pues en este club, diariamente, había constantes entradas o salidas de gente que al parecer ocupaba en el mundo una posición privilegiada bien por su inteligencia o por su rango social, gente que él no había visto antes en ninguna otra parte, miembros poderosos y bien situados, no sólo de todos los estados de su país nativo, sino de todas las naciones y continentes. Políticos americanos del norte, sur, este y oeste, los principales políticos y personajes

 




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representativos, cabezas de sus regiones respectivas, cirujanos, hombres de ciencia, físicos famosos, generales, figuras literarias y sociales, no sólo de América sino de todo el mundo.


Aquí también, y éste fue un hecho que impresionó e incluso desconcertó su sentimiento de curiosidad y le llenó de respetuoso temor, no había la menor huella de aquel elemento del sexo que había caracterizado al Green-Davidson y más recientemente al Great Northern. En efecto, por cuanto él podía recordar, el sexo parecía imponerse y motivar la mayor parte de las fases vitales con las que hasta ahora él había entrado en contacto. Pero aquí no había sexo alguno, ni el menor rastro de él. En este club no se admitía a ninguna mujer. Estos diversos y distinguidos individuos entraban y salían completamente solos y con el vigor y la reserva que caracterizan a las personas que disfrutan de un éxito rotundo. A menudo comían solos, conferenciaban sin ruido alguno en parejas o en grupos, leían sus periódicos o sus libros o iban aquí y allá en rápidos automóviles, pero en su mayor parte parecían no tomar en cuenta o al menos no sentirse afectados por aquel elemento de pasión que para su mente inmadura parecía gobernar hasta entonces y perturbar aquellos mundos mínimos en los que hasta la fecha se había movido y con los que se sentía identificado.


Probablemente uno no podía alcanzar o retener un puesto en un mundo tan notable como éste a menos que se mostrara indiferente al sexo, una pasión desgraciada por supuesto. Y de aquí que en presencia de gente semejante uno tuviese que actuar y aparecer como si tales pensamientos fuesen barridos totalmente de la propia imaginación.


Después que hubo trabajado aquí cierto tiempo, bajo la influencia de esta organización y de diversas personalidades que acudieron durante dicho período, había adoptado un aire muy señorial y reservado. Cuando se encontraba dentro del recinto del club, se sentía diferente de como era en realidad: más sometido, menos romántico, más práctico, convencido de que si se esforzaba en imitar a la gente más sobria de este mundo nuevo, con el tiempo podría llegar a ser muy superior a lo que ahora era. ¿Y quién sabe? Si trabajaba de firme y se limitaba a establecer los contactos apropiados y se conducía con el mayor cuidado, uno de estos hombres tan notables a los que veía entrar o salir podría tomarle cierto aprecio y ofrecerle una posibilidad importante en alguna otra parte, posibilidad que antes nunca había tenido y que sería el primer paso que le elevase a un mundo en el que no había entrado nunca.


Pues a decir verdad, Clyde tenía un alma que no estaba destinada a crecer. Le faltaba decididamente aquella claridad mental y la aplicación íntima y bien dirigida que a tantos otros les permite extraer de los hechos y recodos de la vida la cosa o cosas especiales que han de permitirles un avance decidido y recto.




CAPÍTULO 4


Sin embargo, tal como él ahora se imaginaba, el que hubiese avanzado tan poco se debía al hecho de que carecía de una buena educación. A causa de sus distintos viajes de ciudad en ciudad en su temprana niñez, nunca se le había permitido reunir esa cantidad de conocimiento práctico de un campo cualquiera que le capacitara, pensaba él, a aspirar a los grandes mundos de los que estos hombres parecían ser una parte integral. Sin embargo, su

 




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alma estaba ansiosa precisamente de eso. La gente que vivía en hermosas casas, que se alojaba en grandes hoteles y que contaba con personas como el señor Squires y el jefe de botones de aquí, para tenerlo todo dispuesto a su comodidad y su confort. Y él todavía no era más que un botones. Y ya estaba a punto de cumplir veintiún años. A veces este pensamiento le ponía muy triste. Deseaba y volvía a desear poder entrar en algún trabajo en el que llegase a subir y ser alguien y no permanecer toda la vida como botones, como a veces temía que podía suceder.


Por la fecha en que llegó a esta conclusión con respecto a sí mismo y estaba meditando acerca de la forma en que mejorar y salvaguardar su futuro, su tío, Samuel Griffiths, llegó a Chicago. Y teniendo relaciones aquí que hacían que dejar su tarjeta en este club fuese una cortesía obligada, se dirigió al mismo y durante varios días estuvo en el lugar conferenciando con individuos que venían a verle o afanándose por encontrarse con gente cuyas visitas parecían ser de la mayor importancia.


Y no hacía una hora que había llegado cuando Ratterer, que estaba encargado de la recepción durante el día y que un momento antes acababa de colocar la tarjeta de su tío en el tablero, le hizo una señal a Clyde, que se acercó.


—¿No decías tú que tenías un tío o un pariente llamado Griffiths en la industria de camisería y cuellos en alguna parte de Nueva York?


—Claro que sí —replicó Clyde—. Samuel Griffiths. Tiene una gran fábrica en Lycurgus. Es suya y está anunciada en todos los periódicos. También tiene un anuncio luminoso en la avenida Michigan.


—¿Le reconocerías si le vieras?

—No —replicó Clyde—. No le he visto en toda mi vida.


—Me apuesto cualquier cosa a que es el mismo individuo —comentó Ratterer consultando una pequeña hoja de registro que le había sido entregada—. Mira: Samuel Griffiths, Lycurgus, Nueva York. Es el mismo individuo, ¿no?


—Puedes estar seguro —contestó Clyde, muy interesado e incluso excitado porque éste era el mismo tío acerca del que llevaba pensando tanto tiempo.


—Llegó hace unos minutos —prosiguió informándole Ratterer— Devoy llevó sus maletas al departamento K. Es un hombre de aspecto muy impresionante. Mejor será que estés al tanto y le eches una ojeada cuando baje. Puede que sea tu tío. Es de altura más que regular y delgado. Lleva un pequeño bigote gris y un sombrero gris perla. Bien parecido. Ya te lo indicaré yo. Si es tu tío, mejor será que te esmeres con él. Puede que haga algo por ti, regalarte un cuello o dos —añadió riéndose.


Clyde se rió también como si apreciara mucho la broma, aunque en realidad estaba bastante excitado. ¡Su tío Samuel! ¡Y en este club! Bueno, ésta era la mejor oportunidad que tenía para presentarse. Había tenido la intención de escribirle antes de conseguir este puesto, pero ahora estaba aquí en este club y podía hablarle si quería.


Pero cuidado. ¿Qué pensaría su tío de él, suponiendo que decidiera presentársele? Porque otra vez no era más que un botones. ¿Cuál podría ser la actitud de su tío hacia los botones, especialmente a la edad de Clyde? Pues tenía ya más de veinte años y estaba haciéndose ya mayor para botones, si es que uno ha pensado alguna vez en serio en ser alguna otra cosa. Un hombre de su riqueza y de su posición podría considerar la profesión de botones como extraordinariamente servil, en especial cuando se daba la coincidencia de

 




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que el botones era un pariente suyo. Podría desear no tener nada que ver con él y desear incluso que no se le dirigiera en forma alguna. En este estado de ánimo permaneció durante veinticuatro horas después que supo que su tío había llegado al club.


Pero a la tarde siguiente, después de haberle visto por lo menos una docena de veces y ser capaz ya de formarse la más agradable impresión sobre él, ya que su tío parecía ser tan vivo, tan alerta, tan incisivo, tan diferente de su padre en todos los aspectos, y tan rico y respetado por todas las personas que había allí, empezó a preguntarse e incluso a temer si iba a dejar pasar esta notabilísima oportunidad. Pues después de todo, su tío no le causaba la impresión de ser una persona poco amable; al contrario, le parecía agradabilísimo. Y cuando, siguiendo la sugerencia de Ratterer, fue a la habitación de su tío para entregarle en mano una carta que había sido traída por un mensajero especial, su tío apenas le miró, sino que se limitó a recoger la carta y entregarle otra para que fuese llevada inmediatamente a su destinatario, alargándole también medio dólar.


—Ocúpate de que un muchacho lleve esta carta y quédate con el cambio —le ordenó. La excitación de Clyde era tan grande en aquellos momentos que no hizo más que preguntarse si su tío habría comprendido que era su sobrino. Pero evidentemente no era


así. Y se marchó un tanto alicaído.

Algo más tarde media docena de cartas para su tío fueron puestas en su taquilla y

Ratterer llamó la atención a Clyde:


—Si quieres verle de nuevo, aquí tienes una oportunidad. Súbele esas cartas. Creo que está en su habitación.


Y Clyde, después de alguna vacilación tomó al fin las cartas y volvió a ir una vez más a las habitaciones de su tío.

Su tío estaba escribiendo y se limitó a decir:

—Adelante.

Entonces Clyde, entrando y sonriendo más bien enigmáticamente, observó:

—Hay correo para usted, señor Griffiths.


—Muchas gracias, hijo —replicó su tío, procediendo a hurgar en sus bolsillos en busca de dinero suelto. Pero Clyde, aprovechando la oportunidad, exclamó:


—Oh, no. No quiero nada.


Y luego, antes de que su tío pudiera añadir nada, aunque le alargaba algunas monedas, continuó:


—Creo que estoy emparentado con usted, señor Griffiths. Usted es don Samuel Griffiths, de la Compañía Griffiths de Lycurgus, ¿no es verdad?


—Sí, me parece que hay algo de eso. ¿Quién eres tú? —contestó su tío mirándole con ojos escrutadores.


—Mi nombre es Clyde Griffiths. Mi padre, Asa Griffiths, es hermano de usted.


A la mención de aquel hermano que, en opinión de todos los miembros de la familia, no había sido persona de éxitos materiales, el rostro de Samuel Griffiths se frunció imperceptiblemente. Pues la mención de Asa le hizo rememorar en forma más bien desagradable la figura rechoncha y nada elegante de su hermano menor, al que no había visto en muchísimos años. Su recuerdo más claro de él era el de una persona poco más o menos de la edad de Clyde que rondaba por la casa paterna cerca de Berwick en Vermont. Pero cuán diferente. El padre de Clyde era entonces bajito, gordo y mal dotado tanto física

 




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como mentalmente, oleaginoso y un tanto blanducho por decirlo así. Su barbilla no tenía firmeza alguna, sus ojos eran de un azul desleído y sus cabellos flojos y enmarañados. Mientras que este hijo suyo era limpio, alerta, bien parecido y por lo visto de buenos modales e inteligente, como muchos botones parecían ser, según ya había notado. Y le gustó.


Sin embargo, Samuel Griffiths, que juntamente con su hermano mayor Allen había heredado la mayor parte de la moderada fortuna de su padre, y esto a causa del prejuicio de Joseph Griffiths contra su hijo menor, había sentido siempre que quizá se había cometido una injusticia con Asa. Pues Asa, no habiendo demostrado ser muy práctico o inteligente, se vio ignorado por su padre y finalmente tuvo que marcharse a la edad de Clyde, quedándose toda la fortuna, unos treinta mil dólares, entre los dos hermanos mayores a partes iguales, recibiendo Asa escasamente un millar.


Fue este pensamiento en conexión con su joven hermano el que le hizo mirar a Clyde con bastante curiosidad. Pues Clyde, como podía ver ahora, no era en forma alguna el hermano joven que tantos años antes se había visto expulsado de la casa paterna. Más bien se parecía a su propio hijo, Gilbert, según dictaminó después de un concienzudo examen. Y a pesar de los temores de Clyde, se sentía gratamente impresionado por el hecho de que ocupase un puesto, cualquiera que fuera, en este interesante club. Pues para Samuel Griffiths, que se veía más o menos confinado a las actividades limitadas y al pequeño ambiente de Lycurgus, el carácter y la posición de este club particular eran algo que inducían al respeto. Y los jóvenes que servían a los huéspedes de una institución se-mejante, poseían por lo general maneras eficientes y distinguidas. Por tanto, al ver a Clyde delante de él con su impecable uniforme gris y negro y con el aire de una persona de excelentes maneras, no pudo pensar en él· sino en forma favorable.


—No me digas —exclamó interesado—. ¿Así que tú eres el hijo de Asa? ¡Qué interesante! Bueno, realmente esto es una sorpresa. Has de saber que no he visto a tu padre ni he oído hablar de él lo más mínimo por lo menos desde hace veinticinco o veintiséis años. La última vez que supe algo de su vida él estaba en Gran Rapids, Michigan, me parece recordar, o por allí cerca. Supongo que no seguirá por aquel sitio.


—Oh, no señor —replicó Clyde, contento de poder dar esa información—. La familia vive en Denver. Yo estoy aquí solo.


—Supongo que tu padre y tu madre viven todavía.

—Sí, señor. Los dos viven.

—¿Tu padre sigue relacionado todavía con trabajos religiosos?


—Bueno, pues sí, señor —contestó Clyde un poco dubitativamente, pues todavía estaba convencido de que la forma de trabajo religioso que su padre trataba de realizar era la más pobre y la más inconsecuente desde un punto de vista social—. Únicamente que la iglesia que tiene ahora —continuó— tiene una casa de alquiler aneja. Creo que con cerca de cuarenta habitaciones. El y mi madre están a cargo de eso además de la misión.


—Ya comprendo.


Estaba tan ansioso por causarle a su tío una buena impresión, que le pareció que la situación le autorizaba a exagerar un poco.


—Bueno, me alegro de que les vaya tan bien —continuó Samuel Griffiths, impresionado por la eficiente y vigorosa apariencia de Clyde—. Supongo que te gusta esta

 




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clase de trabajo.


—Bueno, no exactamente. No, señor Griffiths, no me gusta —replicó Clyde con viveza, atento a las posibilidades que le ofrecía semejante pregunta—. Cierto que se hace bastante dinero, pero no me gusta la forma en que hay que conseguirlo. No es la idea que yo tengo de lo que debe ser un sueldo. Pero entré en esto porque no tuve ninguna oportunidad de estudiar un oficio o de entrar en alguna compañía en la que se presentase una verdadera ocasión para trabajar y abrirse camino. Mi madre me indicó una vez que debería escribirle a usted y preguntarle si había en su compañía alguna oportunidad para empezar a trabajar, pero me dio miedo pensar que a usted quizá eso no le hiciera gracia y por eso nunca me decidí.


Hizo una pausa, sonriente y sin embargo con una mirada interrogante en sus ojos. Su tío le miró con solemnidad, aprobando su apariencia y su manera general de

aproximársele en este caso, y luego replicó:

—Bueno, eso es muy interesante. Podrías haber escrito si en realidad necesitabas...


Luego, como era su costumbre en todos los asuntos, se detuvo prudentemente. Clyde notó que vacilaba antes de animarle.


—Supongo que no habrá ninguna oportunidad en su compañía —se aventuró a decir valerosamente al cabo de un momento.


Samuel Griffiths se limitó a contemplarle pensativamente. Ni le gustaba ni le dejaba de gustar esta pregunta tan directa. Sin embargo, Clyde parecía ser al menos una persona muy adaptable para el propósito. Parecía brillante y ambicioso, muy parecido a su propio hijo, y pronto podría encajar en algún departamento como jefe o ayudante de su hijo, una vez que hubiese adquirido conocimiento de los varios procesos de fabricación. De todas formas se le podía dejar probar. No había en ello ningún peligro. Por otra parte, se trataba del hijo de su joven hermano a quien quizá tanto él como su hermano mayor, Allen, debían una especie de recompensa, si no exactamente restitución.


—Bueno —dijo al cabo de un momento—, eso es algo sobre lo que tendría que pensar un poco antes de decidirme. No puedo decir de momento si hay algo o no. Tampoco te podríamos pagar al principio tanto como lo que ganas aquí —advirtió.


—Oh, eso no importa —exclamó Clyde, que se sentía fascinado por el pensamiento de relacionarse con su tío en cualquier forma, pareciéndole eso más importante que ninguna otra cosa—. Yo no esperaría mucho hasta que no fuese capaz de ganarme mi sueldo, naturalmente.


—Además, podría suceder que no te gustara esta clase de negocio, una vez que hubieses entrado en él, o bien también podría pasar que no nos gustases a nosotros. No todo el mundo se habitúa a una cosa simplemente a fuerza de tiempo.


—Bueno, si no les gustase, todo lo que ustedes tendrían que hacer sería despedirme —aseguró Clyde—. Yo siempre he pensado en una cosa así desde que oí hablar de usted y de su gran compañía.


Esta última observación agradó mucho a Samuel Griffiths. Por lo visto él y sus éxitos habían constituido una especie de ideal para este joven.


—Muy bien —dijo—. Por ahora no puedo concederte más tiempo. Pero de todos modos permaneceré aquí uno o dos días más y pensaré sobre ello. Es posible que encuentre algo para ti, pero no puedo decírtelo de momento.

 




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Y se volvió abruptamente a ocuparse de sus cartas.


Clyde, convencido de haber causado la mejor impresión posible dadas las circunstancias, y que de todo ello podría derivarse alguna cosa en su día, le dio las gracias con efusividad y se batió en rápida retirada.


Al día siguiente, habiendo rumiado el asunto y decidido que Clyde, a causa de su viveza y de su inteligencia, serviría tan bien como cualquier otro, Samuel Griffiths, después de una deliberación en cuanto a la situación en su casa, informó a Clyde de que en caso que hubiese la menor oportunidad en la fábrica, tendría mucho gusto en comunicárselo. Pero no podía ir tan lejos como para garantizarle que la oportunidad se presentaría inmediatamente. Tenía que esperar.


En consecuencia, a Clyde le sobró tiempo para especular acerca de la rapidez con que, caso de haberla algún día, se produciría una vacante para él en el negocio de su tío.


Mientras tanto, Samuel Griffiths había regresado a Lycurgus. Y después de una última conferencia con su hijo, decidió que Clyde podía ser instruido en los aspectos fundamentales del negocio, empezando desde lo más básico, en la misma forma en que había procedido con otros principiantes, ya que su idea era que Clyde fuese adquiriendo gradualmente y paso a paso los conocimientos completos de todo el funcionamiento de la industria. Y puesto que tenía que cuidarse y aparecer en forma no absolutamente incom-patible con la posición de la familia Griffiths en Lycurgus, se decidió pagarle la magnífica suma de quince dólares para empezar.


Pues aunque Samuel Griffiths, tanto como su hijo Gilbert, se daban cuenta de que esto era una paga pequeña (no para un aprendiz ordinario, pero sí para Clyde, que era un pariente), sin embargo los dos se sentían inclinados más bien hacia el punto de vista práctico que hacia el caritativo con relación a todas las personas que trabajaban para ellos, teoría que, aplicada a los principiantes de esta fábrica, establecía de una manera clara la dependencia a que tenían que someterse. Ninguno de los dos podía tolerar la teoría socialista relativa a la explotación capitalista. Tal como ambos veían la cosa, habían de organizarse estamentos sociales más y más altos a los que no pudiesen aspirar clases socialmente inferiores. Era preciso que existieran castas. Una interferencia imprudente con un mínimo necesario y un nivel social indispensable era la que se cometía cuando uno trataba de favorecer indebidamente a un pariente. Era necesario, pues, tratar a las clases e inteligencias que estaban por debajo de uno, tanto comercial como financieramente, de acuerdo con los niveles a que estuviesen acostumbrados. Y las mejores normas para esto eran las que obligaban a esos individuos inferiores a darse cuenta claramente de cuán difícil era ganar dinero. Así comprenderían cuán necesario era para todos los que estaban comprometidos en lo que padre e hijo consideraban el único trabajo realmente importante y constructivo del mundo, el de la manufactura textil, estar entrenado concienzuda y sistemáticamente en todos los detalles y procesos que comprende la obra constructiva. Y de esa forma imbuir en ellos el concepto de una vida sobria para este propósito. Eso era bueno para sus caracteres. Daba forma y fortalecía las mentes y los espíritus de quienes estaban destinados a ascender. Y quienes no estaban destinados eran mantenidos a raya de esa forma en el sitio donde se encontraban.


Consiguientemente, una semana después de todas estas deliberaciones, habiéndose ya decidido de forma definitiva la naturaleza del trabajo que Clyde iba a desempeñar, fue

 




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enviada una carta a Chicago escrita por Samuel Griffiths en persona, y en la cual éste le comunicaba que si quería podía presentarse cualquier día de las dos o tres semanas siguientes. Pero antes debía comunicarlo con una anticipación por lo menos de diez días con objeto de que pudieran tomarse las disposiciones necesarias. Y a su llegada debería ir a buscar al señor Gilbert Griffiths a las oficinas de los telares, el cual se ocuparía de todo.


Al recibir esta carta, Clyde se quedó muy emocionado y escribió inmediatamente a su madre para comunicarle que había conseguido un puesto en el negocio de su tío y que se marchaba a Lycurgus. Añadía también que iba a hacer todo lo posible por conseguir allí un verdadero triunfo. Tras de lo cual ella le escribió una larga carta encareciéndole que tuviese mucho cuidado con su propia conducta y con la de sus compañeros. Los malos compañeros eran la raíz de casi todos los errores y fracasos que ponían en peligro el porvenir de un joven ambicioso como él. Si conseguía evitar el contacto con jóvenes y muchachas indisciplinados, malignos o alocados, todo iría bien. Era muy fácil para un joven de su carácter y de su aspecto físico ser extraviado por una mala mujer. Ya había visto lo que le sucedió en Kansas City. Pero todavía era muy joven e iba a trabajar con un hombre que era muy rico y que podía hacer mucho por él si quería. Terminaba pidiéndole que escribiese con frecuencia y que le contase con todo detalle cómo le iban las cosas en su nuevo puesto.


Y de esa forma, después de haberlo notificado a su tío en el plazo requerido, Clyde emprendió por fin su viaje a Lycurgus. Pero a su llegada allí, como la misiva de su tío no le convocaba a ninguna hora especial en la oficina de la fábrica, no fue inmediatamente, sino que se dirigió en primer lugar al hotel más importante de Lycurgus, la Casa Lycurgus.


Luego, al ver que disponía de tiempo suficiente, y sintiendo gran curiosidad por el carácter de esta ciudad en la que iba a trabajar y por la posición que su tío ocupaba en ella, se dispuso a echar un vistazo. Pensaba que una vez hubiese empezado a trabajar no volvería a tener tiempo libre para dedicarse a esas investigaciones. Anduvo por la avenida central, el mismo corazón de Lycurgus, avenida que en esta parte se hallaba cruzada por varias calles de aspecto comercial, las cuales parecían constituir el centro de Lycurgus, y acaparar toda la animación y alegría de la ciudad.




CAPÍTULO 5


Pero una vez iniciado este paseo, cuán diferente le pareció todo al mundo del que acababa de llegar y al que estaba tan acostumbrado. Pues aquí, en todo lo que veía, parecía haberse reducido la existencia a una escala diminuta. El tráfico era escasísimo y la parte fabril de la ciudad consistía apenas en una pequeña agrupación de edificios grises y rojos con alguna que otra chimenea humeante, unida a la ciudad por dos puentes, uno de los cuales constituía un amplio carril por el que circulaba una hilera de coches bordeando la avenida central, y que estaba salpicado aquí y allá por pequeñas tiendas y viviendas.


Pero en la avenida central el tráfico, por oposición, era muy intenso, tanto de peatones como de automóviles. En dirección opuesta al hotel estaba el emporio de la Compañía Stark, un negocio considerable enclavado en un edificio de cuatro pisos de la-

 




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drillos blancos, cuyas numerosas ventanas y escaparates ofrecían interesantes muestras de todos sus productos. Por las inmediaciones había otro hotel de segunda categoría, una casa de exposición de automóviles y un cine.


Se encontró paseando de un sitio a otro hasta que de pronto se vio fuera del distrito comercial y en una amplia zona residencial sombreada por añosos árboles y cuyas casas parecían poseer una dignidad y reposo mucho mayores de los que él hubiese contemplado nunca. En resumen, la impresión que sacó de esta inspección tan breve del centro de la ciudad fue la de que era una villa en cierto sentido excepcional por sus riquezas, que casi pudieran calificarse de lujo. Había verjas de hierro forjado, paseos bordeados de flores, lujosos y caros automóviles y tiendas que desplegaban en sus escaparates las muestras más exquisitas de artículos de vestido, joyas y muebles.


¿Pero dónde vivían su tío y su familia? ¿En qué casa? ¿En qué calle? ¿Podía ser en un edificio tan hermoso como cualquiera de los que había contemplado?


Debía regresar de inmediato, decidió, y presentarse a su tío. Debía preguntar la dirección de la fábrica, que probablemente estaría al otro lado del río, y encaminarse allí y ver a su pariente. ¿Cómo le recibirían? ¿Qué aspecto tendría su primo Gilbert? ¿Qué impresión le causaría a este último? Se dirigió hacia la parte fabril y al poco tiempo se encontró ante los muros de la fábrica que estaba buscando. Era un edificio de ladrillos rojos, alto, de seis pisos y de una anchura inmensa. Casi todo estaba cubierto de ventanas, al menos el ala que se había añadido recientemente y que estaba dedicada en exclusiva a la fabricación de cuellos. Había varias entradas a lo largo de la calle River, cada una de ellas guardada por un empleado vestido de uniforme y con la indicación de «Solamente para empleados», excepto una en la que se leía la palabra «Oficinas».


Clyde se dirigió a esta última, y no hallando a nadie que se lo impidiera, pasó por unas puertas giratorias y se encontró ante una telefonista sentada frente a su centralita junto a una pequeña puerta que al parecer era la única entrada a la oficina principal. Por lo visto, dicha señorita era la encargada también de vigilar dicha entrada. Era bajita, gorda, de treinta y cinco años de edad y sin atractivo.


—¿Qué desea? —le preguntó a Clyde en cuanto lo vio.


—Quiero ver al señor Gilbert Griffiths —empezó a decir Clyde un poco nervioso. —¿Para qué?


—Mire, yo soy su primo. Me llamo Clyde Griffiths. Tengo aquí una carta de mi tío, don Samuel Griffiths. Creo que me está esperando.


Cuando exhibió ante ella la carta notó que su expresión severa e indiferente se transformaba y se convertía no tanto en amistosa como en asustada. Pues indudablemente la había impresionado mucho, no sólo su información sino su aspecto, y empezó a examinarle tímidamente y con curiosidad.


—Veré si está dentro —replicó con mucha más cortesía, y metió una clavija, conectada al parecer con el despacho particular del señor Gilbert Griffiths. Por lo visto le dijeron que de momento estaba ocupado y que no podía molestársele, pero ella insistió:


—Es el primo del señor Gilbert, el señor Clyde Griffiths. Trae una carta de don Samuel Griffiths.


Después le dijo a Clyde:

—¿No quiere usted sentarse? Estoy segura de que el señor Gilbert le verá dentro de

 




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un momento. Ahora está ocupado.


Y Clyde, notando la insólita deferencia con que se le trataba, una deferencia que nunca en su vida le había sido ofrecida, se sintió extrañamente conmovido. ¡Pensar que él era primo hermano de este personaje tan rico e influyente! ¡Qué fábrica tan enorme! Era de una capacidad incalculable, llena de hombres y mujeres que trabajaban sin parar.


Veía los letreros que colgaban por todas partes, designando los cargos de su tío y de su primo, y se preguntaba cuál sería el carácter de este último, si frío o jovial, amistoso u hostil.


Y mientras estaba allí sentado, meditando sobre estas cosas, oyó de pronto la voz de la mujer:


—Ya puede usted entrar. La oficina del señor Gilbert está al final del pasillo.

Cualquiera de los escribientes se la indicará a usted.


Ella se incorporó a medias con intención de abrirle la puerta, pero Clyde se le adelantó, mereciendo por ello unas gracias cordiales. Se encontró en un despacho inmenso donde bien podría haber unos cien empleados, principalmente jóvenes y muchachas. Por lo visto cada uno de ellos estaba absorto por el trabajo que tenía ante la mesa. Muchos llevaban viseras verdes que les protegían los ojos. Todos ellos usaban chaquetillas de alpaca propias para trabajar en la oficina con manguitos protectores para los puños. En torno a este espacio central, que carecía de particiones y estaba sostenido por blancas columnas, había despachos que llevaban placas con los nombres de los distintos empleados importantes de la compañía.


Siguiendo las indicaciones de la telefonista, Clyde se encaminó a una puerta entreabierta que tenía una placa en la que se leía el nombre de su primo. Se detuvo sin saber si entrar o no y luego dio unos golpecitos en la puerta. Inmediatamente una voz aguda y penetrante dijo:


—Adelante.


Y se vio ante un joven que tal vez parecía un poco mayor y más bajo que él mismo, pero desde luego muchísimo más frío y decidido, un joven en resumen como al mismo Clyde le habría gustado ser, entrenado en un sentido ejecutivo, aparentemente autoritario y eficiente. Estaba vestido, como Clyde notó en seguida, con un traje gris claro de corte muy pronunciado, pues una vez más se estaba acercando la primavera. Sus cabellos, un poco más rubios que los de Clyde, estaban meticulosamente cepillados y relucían peinados hacia atrás, y sus ojos, que Clyde sintió clavados en él desde que abrió la puerta, eran de un azul grisáceo verdoso, claros y brillantes. Tenía puestas unas gafas con montura de concha, que sólo usaba en su despacho, y los ojos que miraban desde detrás de los cristales recorrieron a Clyde velozmente y sin perder un solo detalle, desde sus zapatos hasta el sombrero de fieltro marrón que llevaba en la mano.


—Usted es mi primo, creo —comentó más bien con frialdad cuando Clyde avanzó. Gilbert hizo una pausa con una sonrisa delgada y desde luego no muy favorable en sus labios.


—Efectivamente —replicó Clyde, desconcertado y confundido por esta recepción tranquila y más bien glacial. En aquel mismo instante comprendió que nunca podría sentir la misma estimación y aprecio hacia este primo, de los que podría tener por su tío, cuya gran capacidad había erigido esta importante industria. Más bien, en lo más íntimo de su

 




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conciencia, sintió que este joven, heredero y nada más de esta industria, estaba dándose aires de superioridad que sin la habilidad de su padre no habrían podido concebirse, para demostrar ante el mundo que todo era por sus propios méritos.


Pero al mismo tiempo, Clyde sabía que los derechos que él pudiera tener a que se le mostrase aquí alguna consideración y respecto eran tan insignificantes, que se sentía agradecido por cualquier cosa que se hiciera por él, y por eso trató de ensayar su mejor sonrisa para congraciarse con su pariente. Pero Gilbert Griffiths inmediatamente pareció tomar esto como una demostración de presunción que no debía tolerarse en alguien que era un simple primo y en especial en una persona que estaba buscando un favor de él y de su padre.


No obstante, como su padre se había tomado la molestia de interesarse en persona por el joven y no le había dejado a él ninguna elección, continuó con su fría sonrisa y examen mental al tiempo que decía:


—Calculábamos que llegaría usted hoy o mañana. ¿Ha tenido un buen viaje? —Oh, sí, muy bueno —contestó Clyde, un poco confundido por esta pregunta. —Así pues, al parecer le gustaría enterarse un poco de la fabricación de cuellos, ¿no


es así?


El tono y las maneras estaban llenos de la condescendencia más humillante. —Ciertamente me gustaría aprender algo que me diese una oportunidad para seguir


trabajando aquí y hacerme un pequeño porvenir —replicó Clyde jovialmente con el deseo de aplacar todo lo posible a este joven primo.


—Bueno, ya mi padre me estuvo contando la conversación que tuvo con usted en Chicago. Por lo que me dijo deduzco que usted no tiene experiencia práctica de ninguna clase. No sabrá usted llevar los libros de contabilidad, ¿no es así?


—No, no sé —contestó Clyde un poco dolido.

—Y tampoco será usted mecanógrafo ni nada por el estilo.

—No, señor; no lo soy.


Al decir esto, Clyde sintió agudamente que su desconocimiento de cualesquiera materias era espantoso. Y entonces, Gilbert Griffiths le miró como si fuera un candidato bastante inservible desde el punto de vista de la firma.


—Bueno, lo mejor que se puede hacer con usted, creo yo —continuó como si antes no le hubiese indicado su padre exactamente lo que había que hacer en este caso—, es que comience por el departamento de mermas. Allí es donde comienza el proceso inicial y así irá usted aprendiendo desde la misma base. Luego, cuando veamos cómo se comporta usted allá abajo, podremos tratar de hacerle mejorar un poco. Si hubiese usted tenido algunos conocimientos de oficina, posiblemente se habrían utilizado sus servicios aquí arriba. —El rostro de Clyde se ensombreció al oír esto y Gilbert lo notó con agrado—, Pero es también muy conveniente que aprenda usted la parte práctica del negocio, cualquiera que vaya a ser su puesto definitivo —añadió más bien fríamente como si no deseara aportar ningún consuelo a Clyde, sino exponer la cuestión como un mero hecho.


Y viendo que Clyde no decía nada, continuó:


—Pero supongo que antes de que empiece usted a trabajar aquí, lo mejor será que se establezca en alguna parte. Todavía no habrá tomado usted ninguna habitación, ¿verdad?


—No, acabo de llegar en el tren del mediodía —replicó Clyde—. Estaba un poco

 




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sucio y fui al hotel a cepillarme un poco. Pensaba buscar alojamiento después.


—Bueno, eso está bien. Pero no tiene que buscar sitio ninguno. Ya me encargaré yo de que nuestro superintendente le conduzca a una buena pensión. Conoce la ciudad mejor que usted.


En este punto sus pensamientos eran que, después de todo, Clyde era un primo hermano y no podía dejársele vivir en cualquier parte. Al mismo tiempo le importaba mucho que Clyde no fuera a creer que la familia estaba interesada por saber dónde se alojaba. Su impresión final fue que podría con toda facilidad manejar y controlar a Clyde de manera tal que no se hiciese importante para persona alguna y de ningún modo, ni para su padre, ni para su familia, ni para el personal que trabajaba allí.


Se acercó a un timbre que había encima de su mesa y lo apretó. Una joven delgada, muy severa y reservada, con un vestido de muselina verde, apareció en la puerta.

—Dígale al señor Whiggam que venga.


La muchacha desapareció y entró luego un hombre nervioso, de estatura mediana, un poco rechoncho, que tenía el aspecto de hallarse abrumado por una gran responsabilidad. Aparentaba unos cuarenta años y su aspecto era el de una persona reprimida y no muy efusiva, y miraba en torno con curiosidad y suspicacia como si estuviera preguntándose qué nueva dificultad estaba a punto de caer sobre su cabeza. Ésta, como Clyde notó inmediatamente, parecía inclinarse constantemente hacia delante, mientras que alzaba los ojos como si prefiriese no tener que mirar a ningún lado.


—Whiggam —empezó el joven Griffiths autoritariamente—, éste es Clyde Griffiths, un primo mío. Recordará usted que ya le hablé de él.


—Sí, señor.


—Bueno, de momento se le va a poner en el departamento de mermas. Puede usted indicarle lo que tiene que hacer. Después será mejor que hable usted con la señora Braley para que le indique dónde puede encontrar una habitación. —Todo esto había sido objeto de conversación y decisión definitiva entre Gilbert y Whiggam la semana antes, pero ahora le gustaba hacerlo pasar como una sugerencia suya—. Y también convendrá que le dé usted su nombre al celador de la entrada, ya que empezará a trabajar mañana mismo, ¿comprende usted?


—Sí, señor —contestó Whiggam inclinándose con deferencia—, ¿Es eso todo?


—Sí, eso es todo —concluyó Gilbert en tono cortante—. Vaya usted con Whiggam, señor Griffiths. Él le dirá lo que tiene que hacer.


Whiggam se volvió:


—¿Quiere usted venir conmigo, señor Griffiths? —observó con deferencia, tal como notó Clyde, al parecer en vista de la actitud condescendiente de su primo, y salió del despacho con Clyde pisándole los talones. El joven Gilbert se volvió rápidamente a su mesa sin dejar de mover la cabeza con gesto dubitativo. Su idea por el momento era que mentalmente Clyde no estaba por encima de un buen botones en un hotel provinciano. De otra forma no se explicaba su interés en venir aquí. «Me pregunto qué quiere hacer aquí, y adonde cree que puede llegar.»


Y Clyde, por su parte, mientras seguía al señor Whiggam, no dejaba de pensar en el puesto tan maravilloso que ocupaba Gilbert Griffiths. Sin duda entraba y salía cuando quería, llegaba a la oficina tarde, se iba temprano y, naturalmente, vivía en alguna parte

 




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de esta interesantísima ciudad con sus padres y sus hermanas en una casa muy hermosa. Y, sin embargo, allí estaba él, el primo de Gilbert, y sobrino de un tío riquísimo, escoltado a trabajar en el departamento más ínfimo de esta gran industria.


Sin embargo, una vez estuvieron fuera de la vista y oídos del señor Gilbert Griffiths, se vio algo aliviado en sus pensamientos por la visión y ruidos de la gran fábrica. Pues aquí, en este mismo piso, pero fuera de la inmensa oficina por la que había pasado, se hallaba otra estancia mucho mayor llena de arcas y de naves en las que se alineaban enormes cantidades de cuellos guardados en bolsas de papel y dispuestos por tamaño. Dichas arcas eran llenadas por muchachos que trabajaban en los almacenes y que no dejaban de transportar cajas de cuellos que eran vaciadas por los dependientes encargados de cumplimentar los pedidos según duplicados de facturas que traían consigo.


—¿Nunca ha trabajado antes en una fábrica de cuellos, señor Griffiths? —comentó el señor Whiggam, algo más animado después que se vio fuera de la presencia de su joven jefe.


Clyde notó inmediatamente el «señor Griffiths».

—Oh, no —replicó con viveza—. Nunca he trabajado antes en nada parecido.

—Desea aprender todo el proceso de fabricación de principio a fin, supongo.


Iba andando nerviosamente por las largas naves, pero Clyde notaba que no dejaba de lanzar miradas socarronas en todas direcciones.


—Me gustaría mucho —contestó.


—Bueno, es mucho más complicado de lo que la gente cree, aunque a menudo oirá usted decir que no hay mucho que aprender.


Abrió otra puerta, cruzó un vestíbulo sombrío u entró en otra estancia, abarrotada de arcones como la primera y en los cuales se hallaban piezas y más piezas de tela blanca.


—Conviene que sepa usted algo de esto, puesto que va a trabajar en el departamento de mermas. Esta es la materia prima de la que se hacen los cuellos y las camisas. Son, como usted ve, piezas de tela blanca. Desde aquí se llevan al sótano para mojarlas y que se encojan, ya que no se pueden utilizar en la forma que están, porque entonces los cuellos encogerían después de cortados. Pero todo eso ya lo verá usted. Las mojamos y luego se ponen a secar.


Seguía andando solemnemente y Clyde experimentaba una vez más la sensación de que este hombre no estaba considerándole de ningún modo como un empleado ordinario. Su «señor Griffiths», su posición en cuanto a que Clyde iba a aprender todos los procesos de la fabricación, así como su condescendencia al explicarle lo relativo a las piezas de tela, habían convencido ya a Clyde de que se le consideraba como a quien al menos hay que rendir un pequeño homenaje.


Siguió al señor Whiggam con la curiosidad de ver qué significaba todo esto, y pronto se encontró en un enorme sótano al que se llegaba por unas escaleras que se abrían al final de un tercer vestíbulo. Allí, al resplandor de cuatro largas filas de lámparas incandescentes, discernió grandes baños de porcelana en los que aparecían sumergidas en agua hirviente piezas de tela idénticas a las que había visto arriba.


No lejos de estos baños había enormes planchas de secado que se movían con lentitud de un extremo a otro de la estancia.


Más que el enorme aspecto físico de la inmensa habitación con su ruido, su calor y su

 




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vapor, lo que captó Clyde fue la energía con que una docena de hombres y muchachos estaban ocupados en los distintos procesos. Sin excepción estaban vestidos sólo con una camiseta sin mangas, un par de viejos pantalones y alpargatas sin calcetines. Tanto el agua como la humedad general y el calor que reinaba en la habitación parecían exigir un atuendo semejante.


—Esta es la habitación o departamento de mermas —observó el señor Whiggam cuando entraron—. No es un sitio tan bonito como los demás, pero es donde comienza el proceso de fabricación. ¡Kemerer! —llamó.


Un hombre bajito, rechoncho, de pecho ancho y cara pálida y redonda, con brazos blancos y fuertes, vestido con unos pantalones sucios y arrugados y una camiseta de franela sin mangas, apareció. Lo mismo que Whiggam en presencia de Gilbert, también él pareció conturbarse mucho en presencia de Whiggam.


—Éste es Clyde Griffiths, el primo de Gilbert Griffiths. Ya te hablé de él la semana pasada, ¿recuerdas?


—Sí, señor.

—Va a empezar a trabajar aquí, en la fábrica. Vendrá mañana por la mañana.

—Sí, señor.

—Mejor es que anotes su nombre en tu lista. Vendrá a la hora de costumbre.

—Sí, señor.


El señor Whiggam, como Clyde notó, mantenía su cabeza más alta que nunca y hablaba más directa y autoritariamente que en ninguna otra ocasión anterior. Ahora parecía ser el dueño, no el subordinado.


—La gente empieza a trabajar aquí a las siete y media en punto de la mañana —le dijo el señor Whiggam a Clyde en tono informativo—, pero todo el mundo llega un poco antes, a eso de las siete y veinte, para cambiarse de ropa y llegar a sus máquinas.


»Ahora, si le parece bien —añadió—, el señor Kemerer le mostrará lo que tiene usted que hacer mañana, antes de que se vaya hoy. Así puede ahorrarse tiempo. O bien puede usted dejarlo hasta entonces si lo prefiere. A mí me da igual. Únicamente le recomiendo que esté junto a la chica del teléfono en la entrada principal a eso de las cinco y media, y haré que la señora Braley le aguarde allí. Creo que ella se encargará de mostrarle su habitación. Yo no estaré, pero pregúntele a la telefonista. Ella estará enterada. —Se volvió y añadió—: Bueno, ahora le dejo.


Bajó la cabeza y se dispuso a marcharse en el mismo momento en que Clyde dijo:

—Le estoy muy agradecido por todo, señor Whiggam.


En lugar de contestar, se limitó a agitar displicentemente una mano sarmentosa y desapareció por una de las puertas. Al instante el señor Kemerer, todavía nervioso e impresionado al parecer, empezó a su vez:


—Oh, lo que tiene usted que hacer es bien sencillo, señor Griffiths. Mañana, para empezar, sólo tiene que traer piezas de tela del piso de arriba. Pero si tiene algún traje viejo, será mejor que se lo traiga. Un traje como ése no le duraría mucho aquí.


Examinó de una manera extraña el traje limpísimo aunque barato de Clyde. Su actitud, igual que la del señor Whiggam, era una mezcla de incertidumbre y de autoridad con respecto a Clyde, de extremo respeto y, sin embargo, de alguna duda íntima, que sólo el tiempo podría resolver. Por lo visto no era ningún detalle insignificante ser un Griffiths,

 




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aunque no se fuera más que un primo y posiblemente no tan bienvenido como un pariente poderoso.


A primera vista, y considerando sus sueños en conexión con esta industria, Clyde se sentía inclinado a rebelarse. Pues el tipo de joven y hombre que veía aquí estaba, según su apreciación y a primera vista, más bien por debajo del tipo de individuos que esperaba encontrar, no pareciendo ninguno de ellos, ni con mucho, tan inteligente ni despierto como los empleados de la Liga de la Unión o del Green-Davidson. Y lo que era peor, notaba que estaban mucho más sometidos y eran más socarrones e ignorantes, meros relojes en realidad. Y sus ojos, cuando entró con el señor Whiggam, si bien fingían no estar mirando, en realidad, como Clyde pudo percibir, no perdían detalle de nada de lo que pasaba. Efectivamente, él y el señor Whiggam eran el centro de todas sus miradas. Al mismo tiempo, su manera ahorrativa y práctica de vestirse le asestó un golpe mortal en todo lo referente a cualquier idea de refinamiento que pudiera tener con relación al trabajo que se efectuaba aquí. Era una circunstancia muy desgraciada que su falta de conocimientos no le permitiera ser empleado en trabajos de oficina o algo por el estilo en los pisos de arriba.


Dio unas vueltas con el señor Kemerer, que se afanó en explicarle que éstas eran las calderas en las que las telas quedaban sumergidas toda la noche, éstos los secadores centrífugos y aquellos otros los secadores de bastidor. Después le dijo que podía irse. Y sólo eran las tres de la tarde.


Salió por la puerta más próxima y una vez que se vio fuera se felicitó a sí mismo por estar relacionado con esta gran compañía, mientras que al mismo tiempo se preguntaba si iba a resultarles satisfactorio al señor Kemerer y al señor Whiggam. Supongamos que no. Supongamos que no pudiese resistir todo esto. ¿Qué iba a pasar entonces? Era una situación endiablada. Bueno, si llegaba lo peor, tal como pensaba ahora, podría regresar a Chicago o irse quizá a Nueva York y encontrar trabajo allí.


Pero, ¿por qué Samuel Griffiths no había tenido la amabilidad de recibirle y darle la bienvenida? ¿Por qué aquel joven Gilbert Griffiths había sonreído tan cínicamente? ¿Y qué clase de mujer sería la señora Braley? ¿Había obrado cuerdamente al venir aquí? ¿Haría algo por él esta familia suya ahora que estaba en su ciudad?


Fue de esta manera como, discurriendo a lo largo de la calle River, en la que había cierto número de fábricas, y luego hacia el norte, por otras calles en las que se alzaban diversas factorías más, llegó finalmente a un arrabal miserable, en comparación del cual, no obstante su pequeñez, no había visto nada parecido en las afueras de Chicago o de Kansas City. Estaba tan irritado y deprimido por la pobreza y aspereza social y por lo crudo de aquel espectáculo, que sólo servía para poner ante sus ojos la miseria social, que inmediatamente se dio la vuelta y cruzando el río por un puente que estaba algo más hacia el oeste se encontró en un área que era verdaderamente muy distinta, una región muy parecida a la de las residencias que había estado admirando poco antes de emprender su camino hacia la fábrica. Y continuando su paseo más hacia el sur, llegó a aquella misma avenida ancha y bordeada de árboles que había visto antes y cuya apariencia exterior la identificaba como la principal zona residencial de Lycurgus. Era amplísima y bien pavimentada y se hallaba bordeada por un conjunto de casas impresionantes. Inmediatamente se sintió muy ligado con la gente que vivía en aquella

 




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calle, porque lo más probable era que su tío Samuel residiese allí. Las casas eran casi todas de estilo francés, italiano o inglés, excelentes copias de diversos períodos, aunque él no conocía este detalle.


Impresionado por su belleza y espaciosidad, iba paseando por allí y mirando a un lado y a otro, preguntándose cuál de estas casas sería la de su tío, y profundamente impresionado por la importancia de tanta riqueza. Ahora se explicaba cuán superior y condescendiente tenía que sentirse su primo Gilbert al salir por las mañanas de uno de estos lugares tan espléndidos para ir a su oficina. ,


Luego se detuvo delante de una casa a causa de los árboles, de los paseos, de los arriates bien cuidados, aunque todavía sin flores, del espacioso garaje en una de las alas, de una hermosa fuente situada a la izquierda, en el centro de la cual había un niño que sostenía un cisne en sus brazos, y a la derecha un jabalí de bronce perseguido por perros del mismo metal, espectáculo todo él que le impelió a detenerse clavado por la admiración y encantado por la dignidad del lugar, que era una versión del viejo estilo inglés. Entonces le preguntó a un desconocido que pasaba por allí, un hombre de edad mediana y de tipo más bien desmadejado:


—¿De quién en esta casa, señor?

Y el hombre replicó:


—¿Cómo? Es la residencia de Samuel Griffiths. Es el hombre que posee la gran fábrica de cuellos que está al otro lado del río.


Inmediatamente Clyde se puso rígido como si le hubieran echado un jarro de agua fría. ¡Su tío! ¡Su residencia! Entonces aquel que estaba delante de la puerta del garaje era uno de sus automóviles. Y dentro había otro, que se veía a través de la puerta entreabierta.


Realmente, en su imaginación inmadura y psíquicamente inexperta, se produjo de pronto la evocación de un mundo de rosas, de perfumes, de luces y de música. ¡La belleza! ¡El bienestar! ¡Qué miembro de su propia familia inmediata habría podido soñar nunca en que su tío viviese así! ¡Esta magnificencia! ¡Y sus propios padres tan desgraciados, tan pobres, predicando por las calles de Kansas City y sin duda también por las de Denver! ¡Conduciendo una misión! Y aunque hasta ahora ningún otro miembro de esta familia más que su helado primo se había molestado en salir a su encuentro, y eso sólo en la fábrica, y aunque se le había asignado un tipo de trabajo tan mezquino, sin embargo, se sentía enaltecido y optimista. Pues, después de todo, ¿no era él un Griffiths, un primo hermano y sobrino carnal de los dos hombres más importantes que vivían aquí y para los cuales trabajaba ahora, aunque fuese en una forma mínima? ¿Y no auguraba eso un futuro de índole diferente, mucho mejor de todo lo que hubiera conocido antes? Pues había que considerar quiénes eran los Griffiths de aquí por oposición a los Griffiths de Kansas City o de Denver. ¡Qué diferencia tan enorme! Era un detalle que había que ocultar con el mayor cuidado posible. Al mismo tiempo se sintió inmediatamente deprimido por el temor de que quizá los Griffiths de aquí, su tío o su primo, o algún amigo o agente de ellos, pudiese investigar la vida y el pasado de sus padres. ¡Cielos! ¡La cuestión de aquella niña atropellada en Kansas City! ¡El tipo de vida tan miserable de sus padres! ¡El asunto de Esta! Instantáneamente su rostro se ensombreció y sus sueños quedaron nublados. ¡Si sospechara algo la gente de aquí! ¡Si llegaran a tener el menor indicio!


¿Qué iba a ser de él entonces? ¿Cuáles podían ser sus aspiraciones? ¿Qué podía

 




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esperar de un mundo tan elevado como éste, una vez que supieran el porqué se había tomado la molestia de llegar hasta aquí?


No poco disgustado y deprimido deshizo su camino, sintiéndose de pronto totalmente vencido e insignificante.




CAPÍTULO 6


La habitación que Clyde se aseguró aquel mismo día con ayuda de la señora Braley estaba en la calle Thorpe, una vía muy diferente en calidad si no en longitud de aquella en la que residía su tío. En verdad, la diferencia era suficiente como para sellar de manera definitiva toda idea de engrandecimiento. Las casas pintadas a la manera usual de marrón o de gris, más bien ennegrecidas por el humo, los árboles invernales y desnudos, pero que a pesar del humo y del polvo parecían contener una promesa de nueva vida, todo ello era más bien melancólico. Pero cuando anduvo por allí con la señora Braley se cruzó con muchas figuras de hombres y de muchachas corrientes y con solteronas semejantes a la misma se-ñora Braley, que volvían a sus casas desde las diversas fábricas situadas al otro lado del río.


Y en la puerta la señora y él mismo fueron recibidos por una mujer no demasiado pulida con un limpio delantal de guinga anudado sobre su traje oscuro. Les condujo a una habitación del segundo piso, no demasiado pequeña ni sin ciertas comodidades en el mobiliario, la cual se podía alquilar por cuatro dólares sin comida y por siete y medio con ella, proposición esta última que fue la que decidió aceptar en vista del consejo de la señora Braley, que le dijo que era mejor de lo que conseguiría en otros sitios por el mismo importe. Y después de darle las gracias a la señora Braley, decidió quedarse en su habitación y bajar luego a cenar con un pequeño grupo de empleados por el estilo de los que estaba acostumbrado a tratar en la calle Pauline de Chicago antes de trasladarse a la atmósfera de la Liga de la Unión. Y después de cenar se fue a pasear por las calles principales de Lycurgus, teniendo ocasión de advertir la presencia de una verdadera muchedumbre de trabajadores que no se había imaginado nunca que existieran en tanta proporción, ya que no se les veía de día, sino que únicamente pululaban por las noches, muchachas y muchachos, hombres y mujeres, de varias nacionalidades y tipos, americanos, polacos, húngaros, franceses, ingleses. En su mayor parte, si no enteramente, parecían investidos con algo peculiar, ignorancia o espesor de cuerpo o de mente, o con una cierta falta de gusto y de viveza o de atrevimiento, que parecía marcarlos a todos ellos, uno por uno, como el sótano que acababa de ver esa tarde. Pero en algunas casas y almacenes, particularmente en los más próximos a la avenida Wikeagy, se encontraba un tipo mejor de muchacha y de muchacho que pertenecían, indudablemente, a los diversos grupos de oficinas de las diferentes compañías situadas al otro lado del río, un tipo activo y limpio.


Y Clyde, caminando de un sitio para otro, desde las ocho hasta las diez, percibió a esta hora que, como si todo estuviera dispuesto de antemano, de pronto las calles más congestionadas se quedaban vacías y desaparecía todo el mundo. Y al pensar en este contraste con Chicago y con Kansas City, se acordó de su amigo Ratterer y se imaginó qué

 




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diría ahora si viese la gran casa y la enorme fábrica de su tío.


Quizá a causa de su misma pequeñez, el hotel Lycurgus, limpio y brillante, parecía ser el centro de una vivaz sociedad local. Y era también interesante la oficina de correos y una iglesia de esbeltas torres que tenía anejo un antiguo y curioso cementerio que contrastaba con un establecimiento de venta de automóviles que había enfrente, no lejos de un cine de reciente construcción. Y había por allí muchachos y muchachas, hombres y mujeres, que paseaban de un lugar a otro y que parecían estar flirteando, según pudo ver Clyde. Y sobre todos ellos se cernía una nube de esperanza, celo y juventud; la esperanza, el celo y la juventud que están en el fondo de toda la energía constructiva del mundo, en cualquier parte adonde se vaya. Y finalmente regresó a su habitación de la calle Thorpe, no sin haber llegado a la conclusión de que le gustaba el lugar y que le agradaría permanecer aquí. ¡Aquella hermosa avenida Wikeagy! ¡La gran fábrica de su tío! ¡Las muchas muchachas bonitas y alegres que había visto andando con prisa de un sitio a otro!




Mientras tanto, por lo que se refería a Gilbert Griffiths, en ausencia de su padre, que estaba por aquellos días en Nueva York (un hecho que Clyde no conocía y sobre el cual Gilbert no se tomó la molestia de informarle), había comunicado a su madre y hermanas que ya había tenido su primer encuentro con Clyde; y que si bien no era la persona más aburrida del mundo, sin embargo tampoco era la más interesante. Al encontrarse con Myra, que fue a quien primero vio a las cinco y media de la tarde el mismo día de la llegada de Clyde, se molestó en declarar:


—Bueno, ese primo nuestro de Chicago se ha presentado hoy.

—¿De verdad? —preguntó Myra—. ¿Qué aspecto tiene?


El hecho de que su padre hubiese descrito a Clyde como un muchacho cortés e inteligente le había interesado, aunque conociendo a Lycurgus y la naturaleza de la vida trabajadora allí y de las oportunidades que podían presentarse al personal que trabajaba en fábricas como las que poseía su padre, se había preguntado extrañada por qué Clyde se habría molestado en venir a este sitio.


—Bueno, no parece que sea gran cosa —replicó Gilbert—. Puede que sea inteligente y no es mal parecido, pero confiesa que nunca ha tenido la menor instrucción comercial de ninguna clase. Es como todos esos muchachos que trabajan para un hotel. Supongo que cree que todo consiste en ir bien vestido. Lleva un traje marrón claro y una corbata marrón y el sombrero haciendo juego con los zapatos, también marrones. Su corbata es demasiado brillante y lleva una de esas camisas a rayas que estaban de moda hace tres o cuatro años. Además su traje no está bien cortado. No quiero decir nada todavía porque acaba de llegar y no sabemos si seguirá o no. Pero si sigue y va a dárselas por ahí de pariente nuestro habrá que cortarle las alas o avisaré al jefe para que le diga unas cuantas palabras. Por lo demás creo que encajaría bastante bien en alguno de los departamentos, después que transcurra cierto tiempo, como capataz o algo así. Incluso podría ser nombrado agente de ventas más tarde. Pero los propósitos que ha traído al venir aquí son algo que no puedo ni suponer. En realidad no creo que el jefe —volviendo a emplear la palabra con que familiarmente designaba a su padre— le aclarase cuán pocas son las oportunidades que hay aquí para alguien que no sea mago o algo semejante.

 




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Permanecía de pie con la espalda vuelta a la gran chimenea.


—Bueno, ya sabes lo que mamá estuvo diciendo el otro día sobre su padre. Ella cree que papá tiene el presentimiento de que al muchacho no se le ha ofrecido nunca la menor oportunidad en ningún sentido. Probablemente tratará de hacer algo por él, bien decida conservarlo en la fábrica o no. Mamá me dijo también que creía que papá siente que el padre de ese chico no fue tratado con justicia por el abuelo.


Myra hizo una pausa, y Gilbert, que había escuchado esta insinuación de su madre antes de ahora, prefirió ignorar lo que en ella se implicaba.


—Bueno, no es asunto mío —continuó—. Si el jefe quiere conservarle aquí si sirve para algo, es cosa suya. Únicamente que él es siempre el primero en hablar de la eficiencia en todos los departamentos y de trasladar o despedir a la gente que no le gusta.


Al reunirse más tarde con su madre y con Bella repitió las mismas noticias y las mismas ideas. La señora Griffiths suspiró; pues después de todo, en un sitio como Lycurgus y establecidos como ellos lo estaban, cualquiera que les estuviese emparentado y poseyera el mismo nombre debía ser muy circunspecto y tener modales muy cuidadosos, así como juicio y gusto. No era muy prudente por parte de su esposo haberse traído a alguien sin todas estas condiciones.


Por otra parte, Bella no estaba satisfecha en forma alguna con la descripción de Clyde hecha por su hermano. Ella no conocía a Clyde, pero conocía a Gilbert y sabía cuán rápidamente solía decidir si tal o cual persona tenía tales o cuales defectos, y tal vez en realidad ella podría juzgar de manera completamente distinta.


—Todo eso está muy bien —observó al fin después de oírle comentar a Gilbert durante la cena otras peculiaridades de Clyde—, pero si papá quiere, supongo que lo retendrá o que hará alguna otra cosa para ayudar al muchacho.


Ante esta observación, Gilbert se enojó por dentro, pues ello representaba una bofetada directa a la presunta autoridad de que disfrutaba en la fábrica de su padre, autoridad que estaba ávido de hacer más y más efectiva en todos los aspectos, como su joven hermana sabía muy bien.




En el transcurso de la mañana siguiente, Clyde, al regresar a la fábrica, halló que el nombre o el aspecto o ambas cosas, y quizá su parecido con Gilbert Griffiths, eran ventajas especiales de las que todavía no podía darse cuenta por completo. Pues al llegar a la entrada número uno, el portero de guardia le miró desconcertado.


—Oh, ¿es usted el señor Clyde Griffiths? —preguntó—. ¿Va usted a trabajar a las órdenes del señor Kemerer? Sí, ya sé. Bueno, aquel hombre de allí es el que recogerá su ficha —dijo apuntando a un viejo apoplético al que Clyde conocería más tarde como el «viejo Jeff», el celador que en un mostrador situado en el mismo vestíbulo entregaba y recogía las fichas de entrada.


Cuando Clyde se aproximó y le dijo: «Mi nombre es Clyde Griffiths y voy a trabajar abajo, con el señor Kemerer», también se asombró y respondió:


—Cierto, tiene usted razón. Sí, señor. Aquí está su ficha, señor Griffiths. El señor Kemerer me habló ayer de usted. Va a tener usted el número setenta y cinco.


Cuando Clyde empezó a bajar las escaleras que le llevaban al departamento de

 




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mermas, el celador se volvió hacia el portero, que se había acercado mientras tanto, y exclamó:


—¿No es asombroso el parecido que tiene ese chico con el señor Gilbert? Es su propio retrato. ¿Quién supones que es? ¿Un hermano, un primo o qué?


—A mí no me preguntes —replicó el portero—. Nunca le vi antes. Pero creo que está emparentado con la familia. Cuando lo vi por primera vez pensé que era el mismo Gilbert. Estuve a punto de quitarme el sombrero, pero noté que era otra persona.


Y en el departamento de mermas, cuando entró, Clyde vio que Kemerer se mostraba tan evasivo y respetuoso como el día anterior. Pues al igual que Whiggam, Kemerer todavía no había decidido cuál iba a ser la verdadera posición de Clyde dentro de esta compañía. Pues como Whiggam había informado a Kemerer el día antes, el señor Gilbert no había dicho lo más mínimo que tendiese a hacer creer al señor Whiggam que las cosas iban a ser especialmente fáciles para el muchacho, ni especialmente difíciles tampoco. Por el contrario, el señor Gilbert había dicho: «Ha de ser tratado como cualquier otro de los empleados, lo mismo en duración de la tarea que en la índole de la misma. Nada de diferencias». Sin embargo, al presentarle a Clyde había dicho: «Éste es mi primo y va a tratar de aprender este negocio», lo que podía indicar que a medida que pasara el tiempo, Clyde iba a ser transferido de departamento en departamento, hasta que dominase todo el proceso de la fabricación y de la marcha del negocio.


Por esta razón, Whiggam, después que Clyde se hubo marchado, le susurró a Kemerer, así como a algunos otros, que Clyde podría en realidad ser uno de los protegidos del jefe, y por tanto determinaron ponerse en guardia, al menos hasta que supieran cuál iba a ser su posición definitiva. Y Clyde, al notar esto, no pudo por menos que envanecerse, porque le pareció que era un síntoma que, aparte de lo que pudiera pensar o desear su primo Gilbert, presagiaba resultados favorables y el apoyo completo de su tío, que no dejaría de traducirse en ventajas para él. Así pues, cuando Kemerer procedió a explicarle que no tenía por qué creer que el trabajo era muy pesado o que había mucha tarea en estos momentos, Clyde aceptó la explicación con un ligero aire de condescendencia. Y a causa de ello, Kemerer se mostró todavía más respetuoso.


—Cuelgue su sombrero y su abrigo en una de aquellas perchas —dijo con suavidad y con deseo de congraciarse— Después tome una de aquellas carretillas y suba al primer piso para traer algunas piezas de tela. Ya le indicarán dónde cogerlas.


Los días que siguieron resultaron bastante divertidos y, sin embargo, no poco desconcertantes para Clyde, quien primero se sentía intrigado y perturbado a veces por la posición social tan peculiar que ocupaba en aquel mundo del trabajo. Pues se daba el caso de que todos los que le rodeaban en la fábrica no era individuos a quienes él habría elegido como compañeros, ya que estaban muy por debajo de los botones, chóferes o dependientes que él había conocido a lo largo de su vida. Todos y cada uno de ellos, tal como podía apreciar ahora claramente, eran personas muy rudimentarias y ásperas tanto en su físico como mentalmente. Usaban ropas de las que son corrientes en obreros comunes, es decir, las que llevan gentes que se preocupan muy poco de su apariencia personal, ya que su trabajo y las dificultades de la vida son lo que más les interesan. Por otra parte, no sabiendo quién era Clyde ni qué podía significar su llegada allí con relación a la posición individual de cada uno de ellos, se mostraban dudosos y suspicaces.

 




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Sin embargo, al cabo de una o dos semanas, habiendo llegado a enterarse de que Clyde era sobrino del presidente y primo del secretario de la compañía, y que por tanto no era probable que permaneciese mucho tiempo en estos trabajos subalternos, fueron mostrándose más amistosos, pero propensos, en vista del sentido de inferioridad que les inspiraba, a ser celosos y suspicaces en otro sentido. Pues después de todo, Clyde no era uno de ellos, y en tales circunstancias no podía serlo. Podía sonreír y ser bastante educado, pero siempre estaría en contacto con los que estuvieran por encima de ellos, quisiéralo o no él mismo, o por lo menos eso era lo que ellos pensaban. En opinión de los obreros, él formaba parte de la clase superior y toda la gente pobre sabía lo que eso significaba. Los pobres tienen que estar siempre apiñados dondequiera que se encuentren.


Por parte de Clyde, al tener que sentarse durante los primeros días en aquella habitación para almorzar, se preguntaba cómo estos hombres podían llegar a sentir algún interés por trabajos tan estúpidos y poco interesantes y por cosas tan pequeñas como las del número de obreros que empleaba tal o cual compañía, o si las vacaciones empezarían en junio o a mediados de mayo. Todos estos hombres parecían estar perdidos en la rutina de su trabajo.


Consiguientemente, su imaginación retrocedía a escenas más felices. Deseaba en ocasiones hallarse de vuelta en Chicago o en Kansas City. Se acordaba de Ratterer, y de todos sus amigos y conocidos, preguntándose qué se habría hecho de cada uno de ellos. Por ejemplo, ¿qué sería ahora de Hortense? Al fin se salió con la suya y obtuvo aquella chaquetilla por la que tanto había penado y que seguramente consiguió del dependiente del estanco y después se escapó con él, a pesar de las promesas que le había hecho a Clyde de quererlo sinceramente, cuando en realidad lo único que le interesaba era su dinero. El mero recuerdo de ella y el pensar en lo que podía haber sucedido si las cosas no hubieran tomado aquel giro inesperado, le ponían casi enfermo en ocasiones. ¿Con quién se estaría ahora mostrando amable aquella sucia mujerzuela? ¿Cómo le irían las cosas desde que había salido de Kansas City? ¿Y qué pensaría ahora si le viese a él tan bien relacionado? Claro que no es que él ocupase ninguna posición preeminente, pero ella no dejaría de sentirse impresionada al ver a su tío y a su primo y al contemplar la magnífica residencia y la inmensa fábrica de ambos. Lo más probable es que volviera a mostrársele muy cariñosa, tratando de engatusarlo de nuevo. Ya sabría él la lección que darle si creía que iba a ser tan fácil engañarlo otra vez.




CAPÍTULO 7


Por lo que se refería a su vida en la pensión de la señora Cuppy no se sentía tampoco muy feliz allí. Porque no era más que una pensión vulgar llena de sensatos trabajadores atentos sólo a su trabajo y a sus salarios y con las nociones del ambiente religioso de la clase media de Lycurgus, esencial para mantener el orden y bienestar de la comunidad. Desde el punto de vista del entretenimiento o de la diversión, no podía haber un lugar más aburrido.


Al mismo tiempo, a causa de la presencia de un tal Walter Dillard, un muchacho alocado que recientemente había llegado desde Fonda, la casa no estaba enteramente desprovista de interés para Clyde. Dicho muchacho, más o menos de la misma edad que

 




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Clyde y de idénticas ambiciones sociales, pero sin el tacto del último ni su discriminación con respecto a la vida, estaba en el departamento de prendas masculinas de la Compañía Stark. Era muy vivo, ávido y bastante atractivo físicamente, con el cabello muy rubio, un bigotillo claro y delgado y las maneras y aires delicados de un Beau Brummel de provincias. No habiendo tenido nunca ningún rango social ni disfrutado de medios suficientes, porque su padre no había sido más que un pequeño tendero de provincias fracasado, por una especie de misterioso atavismo, se sentía muy ansioso por alcanzar una posición social, cualquiera que fuese.


Pero habiendo fracasado hasta ahora en sus esfuerzos, envidiaba y se interesaba por todos aquellos que la tenían, con mucha más fuerza incluso que el mismo Clyde. La gloria y actividad de las familias directrices de esta ciudad en particular pesaban sobre él poderosamente. Y habiéndose enterado pocos días después de la llegada de Clyde de que este último estaba, en cierto modo, relacionado con este mundo superior, se sintió de lo más interesado. ¿Cómo? ¡Un Griffiths! ¡El sobrino del rico Samuel Griffiths, de Lycurgus! ¡Y en esta misma pensión! ¡Sentándose junto a él en la misma mesa! En cuanto se despertó su interés decidió que tenía que cultivar la amistad de este desconocido con toda la rapi-dez que le fuera posible. Se le presentaba aquí una verdadera oportunidad social, que tenía que aprovechar con la mayor inteligencia, un nexo de unión con una de las familias más distinguidas. Y además, ¿no era el mismo desconocido una persona joven, atractiva y probablemente tan llena de ambición como él mismo, un individuo con el que sería posible entenderse muy bien si uno sabía manejarlo? Inmediatamente puso manos a la obra. Parecía demasiado bueno para ser cierto.


En consecuencia no tardó en sugerir un paseo, aprovechando que proyectaban determinada película en un cine cercano, de la que se decía que era muy buena y muy picante. ¿No le gustaría ir a Clyde? Y a causa de su atildamiento, de su elegancia y de un no sé qué distinto del aire prosaico y basto del resto de los inquilinos, Clyde se sintió inclinado a acceder.


Pero, como reflexionó luego, sus parientes vivían también en esta ciudad y él tenía que vigilar todos los pasos que daba. Había que tener mucho cuidado de no cometer errores graves, permitiéndose amistades tan fáciles como ésta. Los Griffiths, así como todo el mundo del que formaban parte, debían vivir una vida muy apartada del resto de los mortales. Más por instinto que por reflexión se sentía inclinaclo a distanciarse y a mirar a todo el mundo con aire de superioridad, por lo cual la gente, y sobre todo este muchacho, empezó a respetarle mucho más todavía. Y aunque accedió a salir con este joven a causa de sus insistentes y casi suplicantes requerimientos, sin embargo lo hizo con toda clase de precauciones. Y esta altiva y condescendiente actitud Dillard la interpretó inmediatamente como «clase» y «relaciones». Era increíble pensar que le había encontrado en esta pensión sombría y polvorienta. Y en el mismo momento de su llegada, cuando iniciaba su carrera allí.


De esta forma sus modales fueron los del sicofante, aunque tenía mejor posición y estaba ganando por aquel entonces más dinero que Clyde, unos veintidós dólares a la semana.


—Supongo que pasará usted aquí mucho tiempo con sus parientes y sus amigos —se atrevió a preguntar en su primer paseo y después de extraer toda la información que

 




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Clyde se dignó concederle y que por cierto no fue excesiva, tras lo cual pasó a su vez a explicar su propia historia.


Su padre poseía un almacén de cereales y leguminosas. Él había venido para estudiar métodos comerciales. Poseía aquí un tío carnal que estaba relacionado con la Compañía Stark. Se había encontrado a alguna gente distinguida en esta ciudad, pero no mucha, ya que sólo llevaba cuatro meses.


Claro que nada de ello tenía comparación con los parientes de Clyde.


—Se dice que su tío de usted posee bastante más del millón de dólares. Estas casas de la avenida Wikeagy son la mejor demostración. No se ve nada igual en las ciudades de los alrededores. ¿Y es usted sobrino carnal del mismo Samuel Griffiths? Eso es espléndido. Significará para usted una ayuda importantísima en esta ciudad. Ya me gustaría tener relaciones como ésa. Le aseguro que las haría valer.


Desplegaba las alas de una fantasía ávida y esperanzada delante de Clyde, el cual de esta forma se reafirmaba en lo importante de su parentesco.


No había más que ver lo mucho que significaba para este joven desconocido.


—Oh, no sé —replicó Clyde dubitativamente, y sin embargo muy halagado por esta suposición de intimidad con personas importantes— He venido a aprender el negocio de la fabricación de cuellos y no a divertirme. Mi tío se muestra muy severo en esto, muchísimo.


—Claro, claro —contestó Dillard—, yo también sé lo que es eso porque mi tío opina de la misma manera. Quiere que me atenga exclusivamente a mi trabajo y que no pierda el tiempo en tonterías. Es el agente de compras de la Compañía Stark. Pero lo que yo digo es que no se puede estar siempre trabajando. También le gusta a uno divertirse un poco de vez en cuando.


—Sí, eso es verdad —dijo Clyde en tono condescendiente y superior por vez primera en su vida.


Siguieron paseando en silencio durante unos momentos.

—¿Baila usted?

—Sí —contestó Clyde.


—Bueno, yo también. Por aquí alrededor hay un montón de bailes baratos, pero yo nunca voy a ninguno. No se puede ir y seguirse tratando con gente distinguida. Esta es una ciudad muy rígida en ese aspecto. La gente bien deja de tratarse con uno si no elige las amistades convenientes. Es lo mismo que pasaba en Fonda. Una persona tiene que respetarse o de lo contrario pierde toda su categoría. Yo opino que eso está muy bien. Por lo demás hay aquí un montón de lindas muchachas con las que uno puede pasear, muchachas de familias decentes, no de la buena sociedad, por supuesto, pero con todo chicas de las que no se dice nada malo. Y algunas de ellas son muy bonitas y no está uno obligado a casarse con ninguna.


A Clyde se le ocurrió entonces que ése era un comienzo demasiado tentador para su vida aquí, aunque al mismo tiempo no dejaba de sentirse interesado.


—A propósito —continuó Dillard—, ¿qué va usted a hacer el próximo domingo por la tarde?


—Pues nada de particular —replicó Clyde, dándose cuenta de que éste era un nuevo problema en el que no había pensado—. No sé lo que haré, ya que de hecho no conozco

 




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nada de por aquí.


—Bien, si quiere usted salir conmigo, yo conozco a unas cuantas muchachas, todas muy bonitas. Puedo llevarle y presentarle a la familia de mi tío, si usted quiere. Son muy buena gente. Y después hay dos chicas que conozco que son dos monerías. Una de ellas trabajaba en el almacén, pero ya lo ha dejado y ahora no hace nada. La otra es su amiga íntima. Tienen un gramófono y saben bailar. Ya sé que por aquí no es costumbre bailar los domingos, pero nadie se entera. A los padres de las chicas no les importa. Después podríamos llevarlas a un cine o a algún espectáculo, no a los locales del distrito fabril, sino a otros más distinguidos.


Así se vio formulada ante Clyde la cuestión de su conducta aquí en ese aspecto. En Chicago, a causa de lo que había sucedido en Kansas City, había procurado llevar la vida más retirada y prudente posible. Luego, después de haber entrado al servicio del club, se había sentido atraído por la fantasía de vivir con arreglo a los ideales que el severo aspecto de aquella institución le habían inspirado, esto es, el conservadurismo, el trabajo sobrio, el ahorro y el tener siempre un aspecto limpio y señorial. Un paraíso de impecabilidad.


Pero aquí, a pesar de su ambiente aparentemente pacífico, había en el aire de la ciudad algo que parecía sugerir una relajación tal como esta a que aludía el joven, una forma de diversión que era probablemente bastante inocente, pero que de todos modos estaba relacionada con muchachas y con los entretenimientos que las mismas pueden proporcionar, muchachas que abundaban en la población, tal como él mismo podía ver con sus propios ojos. Las calles, después de la cena, se mostraban animadísimas y llenas de chichas bien parecidas y de muchachos. Pero, ¿qué podrían pensar sus parientes en caso de que él accediera a los planes que estaba haciéndole este joven? ¿No le había indicado él mismo que ésta era una ciudad muy pacata y que todo el mundo sabía la vida y milagros de todo el mundo? Se detuvo lleno de dudas. Entonces comprendió que tendría que decidirse. Y sintiéndose solitario y ávido de compañía, replicó:


—Sí... bueno... creo que es una buena idea. —Pero añadió, titubeando—:

Naturalmente, los parientes que tengo aquí...


—Oh, desde luego, eso se comprende —replicó Dillard con suficiencia— Tiene usted que ser cuidadoso, por supuesto. Bueno, a mí también me pasa lo mismo.


Sólo con que consiguiera pasear con un Griffiths, aunque éste fuese forastero y no conociera a mucha gente, ¿no le daría a él una aureola de crédito? Ni que decir tiene que se la daría, que se la estaba dando ya, según creía observar.


Y siguiendo adelante en sus manejos se ofreció a comprar algunos cigarrillos para Clyde, invitarle a una soda o a lo que quisiera. Pero Clyde, sintiéndose todavía muy intimidado e inseguro, se excusó al cabo de un rato, porque este joven, con su adoración complaciente de la buena sociedad y de la gente de posición, le aburría un poco, y regresó a su habitación. Había prometido escribirle a su madre y pensó que era lo mejor que podía hacer, por lo que se volvió a la pensión para además reflexionar un poco acerca de aquella nueva amistad.

 











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CAPÍTULO 8


Sin embargo, como al día siguiente era sábado y en esta época del año no se trabajaba por las tardes en esta industria, el señor Whiggam fue recorriendo los departamentos con los sobres de las pagas.


—Oh, aquí está usted, señor Griffiths —dijo como si estuviera especialmente impresionado con la posición de Clyde.


Clyde se sintió complacido al tomar el sobre por este procedimiento más bien misterioso, y volviendo a su puesto desgarró pronto el envoltorio y se guardó el dinero en los bolsillos. Después de lo cual, tomando su sombrero y su abrigo, caminó en dirección a la pensión, en la que pensaba almorzar. Pero sintiéndose muy solo, y no estando Dillard, porque se había ido a trabajar, decidió ir en tranvía a Globersville, que era una ciudad de unos veinte mil habitantes, con fama de ser tan activa si no tan bella con Lycurgus. Y aquel viaje le divirtió y le interesó mucho, porque le llevó a una ciudad muy diferente de Lycurgus en su contextura social.


Pero al día siguiente, domingo, tuvo que permanecer ocioso en Lycurgus, vagando por su cuenta. Pues resultó que por una u otra razón, Dillard se vio obligado a regresar a Fonda y no pudo cumplir lo que habían convenido. Pero al encontrarse a Clyde el lunes por la noche, le anunció que la noche del miércoles siguiente, en los sótanos de la iglesia congregacional de la avenida Digby iba a celebrarse una reunión en que se repartirían refrescos. Y según el joven Dillard, sería cosa que valdría la pena.


—Podríamos ir allí —fue lo que propuso a Clyde— y rondar un poco a las chicas. Quiero que conozca usted a mis tíos. Son buena gente, irreprochables en todos los sentidos. Y lo mismo las muchachas. No se trata de pelanduscas. Después podríamos dar una vuelta a eso de las diez y hacer una visita a casa de Zella o de Rita. Rita tiene los mejores discos de la ciudad, pero Zella tiene la mejor pista de baile. A propósito, ¿no se le ha ocurrido a usted traerse su traje de etiqueta? —preguntó.


Pues habiendo ya inspeccionado la habitación de Clyde, que estaba encima de la suya, en el tercer piso, en ausencia de su ocupante, y habiendo descubierto que sólo tenía una maleta y ningún baúl y al parecer ningún traje de etiqueta, había decidido que a pesar de que el padre de Clyde dirigiera un hotel y que Clyde mismo hubiese trabajado en el Club de la Liga de la Unión de Chicago, debía ser muy indiferente hacia el imprescindible equipo social. O si no, estaría tratando de abrirse camino exclusivamente mediante la fuerza de carácter y sin ayuda de nadie. Y esto no era exactamente de su gusto. Un hombre nunca debe descuidar estos detalles sociales indispensables. Sin embargo, Clyde era un Griffiths y eso bastaba para que se le pudieran perdonar estas cosas, por lo menos de momento.


—No, no me lo traje —replicó Clyde, que no estaba muy seguro de esta aventura que se le proponía y que se mostraba un tanto dudoso, a pesar de hacérsele insoportable su soledad—, pero tengo el propósito de comprarme uno.


Ya al venirse aquí había pensado en que éste era un detalle que le hacía mucha falta y calculaba destinar por lo menos treinta y cinco dólares de sus ahorros para comprarse un traje de etiqueta.


Dillard se puso entonces a fanfarronear acerca de que la familia de Zella Shuman no

 




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era rica, aunque poseían la casa en que vivían, pero de todos modos allí se encontraba siempre un montón de chicas bonitas. Lo mismo pasaba en casa de Rita Dickerman. El padre de Zella poseía un pequeño chalet a orillas del lago Eckerd, cerca de Fonda. Cuando llegase el verano y las vacaciones y los agradables fines de semana, él y Clyde, suponiendo que a Clyde le gustase Rita, podrían ir allí con frecuencia de visita, ya que Rita y Zella eran casi inseparables. Y las dos eran muy bonitas. Zella morena y Rita rubia, precisó con entusiasmo.


Clyde se sintió interesado por el hecho de que las chicas fuesen bonitas, y en su soledad se le abrió un pedacito de cielo por las promesas de este entrometido Dillard. Pero, ¿era prudente intimar con este joven? Esa era la cuestión, pues, después de todo, no sabía nada de él. Y por las maneras de Dillard dedujo que su entusiasmo por la fiesta se debía al hecho de que estaba interesado por las muchachas como tales a causa de una cierta libertad o relajación que las caracterizaba, más de lo que pudiera estarlo por el rango social que ellas representaban. ¿Y no había sido precisamente eso lo que había provocado su caída en Kansas City? Aquí, en Lycurgus, de todos los lugares del mundo, era donde tenía que olvidar ese pasado y aspirar a algo mejor.


No obstante, a las ocho y media del miércoles siguiente estaban los dos en la calle, Clyde lleno de ávidos deseos. Y a las nueve se encontraban en medio de una de esas reuniones eclesiásticas semirreligiosas, semisociales y semiemotivas, el objeto de las cuales es siempre reunir dinero para la iglesia y proporcionar ocasión para el chismorreo entre los mayores y para la crítica y cierta entusiástica aunque disfrazada palabrería amorosa entre los más jóvenes. Había estantes para la venta de toda clase de tartas, pasteles y helados, así como cintas, muñecas y demás artículos suministrados por los miembros y puestos a subasta en beneficio de la iglesia. El reverendo Peter Isreals, el ministro, y su esposa estaban presentes. También el tío y la tía de Dillard, un par de personajes nerviosos e insignificantes, que Clyde comprendió que no tenían ninguna importancia social. Se mostraban demasiado joviales y efusivos en la pequeña vecindad, aunque Grober Wilson, por ser un comprador de la Compañía Stark, trataba de asumir a veces un aire serio e importante.


Era un hombre achaparrado y de estatura menos que mediana que no sabía vestirse bien o que no podía permitirse ese lujo. En contraste con el atuendo casi inmaculado de su sobrino, su propio traje estaba muy lejos de tener un aspecto presentable. Lo llevaba arrugado y ligeramente sucio. Y a su corbata le pasaba lo mismo. Tenía la costumbre de frotarse las manos a la manera de un escri— bientillo vulgar, de fruncir las cejas y de rascarse a veces la nuca como si lo que fuera —a decir le hubiese costado un gran esfuerzo mental y consistiera en algo de la mayor importancia, siendo así, como Clyde comprobó, que nada de lo que decía tenía el menor interés.


Otro tanto pasaba con la oronda y vigorosa señora Wilson, que permanecía a su lado mientras el marido trataba de aparecer como todo un personaje a ojos de Clyde. No era más que una gorda voluminosa, muy colorada y oronda y con una marcada tendencia a la doble papada. Sonreía y sonreía en gran parte porque era jovial por naturaleza y para comportarse de una manera simpática, pero también porque Clyde era quien era. Pues como Clyde mismo podía ver, Walter Dillard no había perdido tiempo en impresionar a sus parientes con el hecho de que él era un Griffiths. Y también de que había trabado

 




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conocimiento con él y se había hecho amigo suyo, y ahora le estaba patrocinando en la ciudad.


—Walter nos ha contado que acaba usted de llegar para trabajar con su tío. Sé que está usted alojado en casa de la señora Cuppy. No la conozco, pero siempre he oído decir que está al frente de una casa muy hermosa y refinada. El señor Pabsley, que vive en ella, solía ir a la escuela conmigo. Pero hace ya tiempo que no le veo. ¿Lo ve usted alguna vez?


—No, no sé quién es —dijo Clyde contestando.


—Bueno, ya sabe usted que el domingo pasado estuvimos esperándole a cenar, pero Walter tuvo que ir a su casa. Pero ya vendrá usted otro día. Siempre que le parezca bien. Me encantará tenerle entre nosotros.


Fue la mujer quien habló, resplandeciente y con los ojillos grises guiñando de placer. Clyde pudo notar que a causa de la fama de su tío se le miraba a él mismo como a una celebridad social. Porque lo mismo pasó con el resto de la reunión, jóvenes y viejos,


mujeres y hombres. Todos conocían a Samuel Griffiths y a su familia de oídas, y les parecía no poco interesante y extraño el que Clyde, sobrino carnal de un hombre tan rico, estuviese aquí en medio de ellos. Lo único que decepcionaba era que los modales de Clyde resultaban demasiado dulces y no tan impresionantes como podría esperarse, no tan agresivos ni desdeñosos. Y la mayoría del público respeta la insolencia, incluso cuando pretende condenarla.


Con respecto a las muchachas jóvenes su presencia resultó aún mucho más notable, pues Dillard no perdía ocasión de hacer resaltar hasta la saciedad la importante amistad que había establecido con Clyde.


—Este es Clyde Griffiths, el sobrino de Samuel Griffiths, el primo de Gilbert Griffiths, ya sabe usted. Acaba de llegar para estudiar el negocio de la fabricación de cuellos en la industria de su tío.


Y Clyde, que se daba cuenta de cuán vacía resultaba esta pretensión, no dejaba de sentirse complacido e impresionado por el efecto que causaba. Era una frescura, por parte de este Dillard, la forma desenvuelta en que, a causa de Clyde, adoptaba una actitud paternalista hacia toda aquella gente. En esta reunión se dedicó a guiar a Clyde de un sitio a otro, rehusando dejarle solo ni un instante. Estaba dispuesto a que toda persona que le conociera hubiese de reconocer que era él quien estaba haciendo las presentaciones. Y las personas que no le parecían importantes se abstenía muy bien de presentarlas. «Esa chica no vale nada. Su padre no tiene más que un pequeño garaje. No vale la pena molestarse.» O bien: «No es nadie aquí. Un simple escribiente de nuestro almacén». Al mismo tiempo, con respecto a algunos otros, se deshacía en sonrisas y cumplidos o excusaba sus errores de índole social.


Luego Clyde fue presentado a Zella Shuman y a Rita Dickerman, quienes, por razones particulares, entre las que no era la menor un deseo de parecer más experimentadas y mundanas que los demás, llegaron un poco más tarde. Y era verdad, como Clyde descubrió luego, que eran diferentes, menos sencillas y cohibidas que las demás chicas que hasta entonces Dillard le había presentado. No tenían la misma solidez religiosa y moral que las demás, Y como el mismo Clyde notó desde el primer momento, estaban ansiosas por los placeres mundanos, sin admitirlo ellas mismas y, si era posible, sin dar motivos a que las demás personas se diesen cuenta. Y en consecuencia, hubo algo

 




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en sus modales, en la forma misma de la presentación, que le chocó y le pareció diferente del resto de este grupo eclesiástico, algo no exactamente malsano desde el punto de vista moral o religioso, pero sí mucho más libre, menos reprimido, menos reservado que en las demás muchachas.


—Ah, ¿así que usted es el señor Clyde Griffiths? —observó Zella Shuman—. Caramba, pues se parece usted muchísimo a su primo, ¿no cree? Yo le veo pasar en coche por la avenida central casi todos los días. Walter nos ha estado hablando mucho de usted. ¿Le gusta Lycurgus?


La manera en que ella había dicho «Walter», juntamente con algo íntimo y posesivo en su tono de voz, hicieron que Clyde sintiera inmediatamente que ella debía estar en relaciones mucho más estrechas y libres con Dillard de lo que él había indicado. Un pe-queño colgante de terciopelo escarlata en su garganta, dos pequeños pendientes, un traje negro bastante escotado y muy ceñido con una falda plisada, parecían indicar que no se oponía a mostrar su figura, y que la tenía en mucho aprecio, actitud ésta que, de no ser contrapesada por una pose altiva y de recato, habría excitado comentarios muy acerbos en un lugar tan mojigato.


Rita Dickerman, por su parte, era pimpante y rubia, de mejillas sonrosadas, cabellos castaño claro y ojos de un azul grisáceo. Aun faltándole la elegancia agresiva que caracterizaba a Zella, irradiaba, sin embargo, algo especial que a Clyde le parecía en armonía con el temperamento liberal, aunque secreto, de su amiga. Sus modales, tal como Clyde podía ver, aunque tenían menos sugerencias de una provocación enmascarada, eran, sin embargo, complacientes y a su modo de ver casi naturalmente incitantes. Había quedado dispuesto que ella tenía que intrigarle. Muy fascinada por Zella Shuman y girando en su órbita, ambas eran inseparables. Y cuando Clyde le fue presentado, ella le miró de una forma delicuescente y sensual que le turbó mucho. Pues aquí, en Lycurgus, tal como él estaba diciéndose por aquel entonces, había que tener mucho cuidado con la clase de amistades que uno entablaba. Y sin embargo, desgraciadamente, como en el caso de Hortense Briggs, la muchacha evocaba pensamientos de intimidad que, aunque problemáticos o distantes, no dejaban de turbar a Clyde. Pero tenía que ser cuidadoso. Precisamente una actitud tan ligera como la sugerida por los modales de Dillard y de las mismas chicas, era lo que en otro tiempo le había puesto en un aprieto.


—Ahora tomaremos un poco de helado y de pastel —sugirió Dillard después que hubieron terminado las presentaciones— y luego saldremos de aquí. Será mejor que ustedes dos se den una vuelta y saluden. Después podremos encontrarnos en el mostrador de los helados. Y finalmente, si les parece bien, podríamos salir. ¿Qué me dicen?


Miró a Zella Shuman como si le dijera: «Tú sabes que es lo más conveniente», y ella sonrió y replicó:


—Perfectamente. Podemos irnos, pero tiene que ser dentro de un rato. Veo que están por aquí mi prima Mary y mamá. Y Fred Burner. Rita y yo vamos a dar una vuelta por el salón y luego nos encontraremos con ustedes.


Tras lo cual Rita Dickerman otorgó a Clyde una sonrisa íntima y posesiva.


Después de veinte minutos de maniobras y secretos, Dillard recibió una señal por parte de Zella, y él y Clyde se apostaron cerca del mostrador de los helados, que estaba en el centro de la habitación. Pocos momentos después vinieron a unírseles casualmente Zella

 




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y Rita, con las que tomaron algunos helados y pasteles. Y luego, viéndose ya libres de todas las obligaciones y como algunas personas del público empezaban ya a marcharse, Dillard observó:


—Vámonos ya. Podemos ir a tu casa, ¿no te parece?

—Sí, sí —susurró Zella, y se dirigieron juntos hacia el guardarropa.


Clyde, todavía dudando sobre la conveniencia de todo esto, se mostraba más bien silencioso. No sabía si estaba fascinado por Rita o no. Pero una vez en la calle, fuera de la vista de la iglesia, y en medio de la muchedumbre que iba para sus casas buscando un poco de expansión, él y Rita quedaron juntos, porque Zella y Dillard se habían adelantado. Y aunque Clyde la cogió por el brazo cuando creyó llegado el momento, ella maniobró hasta liberarse y puso una mano cálida y acariciadora en el codo del muchacho. Y se le acercó estrechamente, rozando hombro con hombro y casi encima de él, haciendo comentarios sobre la vida en Lycurgus.


Había algo aterciopelado y cariñoso en su voz. A Clyde le gustaba. Y en su cuerpo había una nota de languidez y de misterio, una especie de electricidad qué le intrigaba y enardecía a pesar de sí mismo. Sentía que le gustaría acariciarle el brazo y que podría hacerlo si lo deseaba, que podría incluso pasarle el brazo por la cintura y así sucesivamente. Sin embargo, se trataba de él, de un Griffiths; tenía la lucidez suficiente para considerar que era un Griffiths de Lycurgus, y eso ya marcaba una diferencia im-portantísima, diferencia que hacía que todas las muchachas de la reunión piadosa parecieran muy interesadas por él y desearan hacerse amigas suyas. Pero a pesar de este pensamiento admonitorio, acarició el brazo de la muchacha ligeramente, sin recibir nin-gún reproche o comentario por parte de ella.


Y una vez en casa de los Shuman, que era un gran edificio anticuado de los que se hacían en serie y que estaba muy retirado entre árboles y parterres, se pusieron a sus anchas en un gran salón recibidor, que estaba mucho mejor amueblado que ningún hogar de los que Clyde había conocido hasta entonces. Inmediatamente Dillard empezó a sacar los discos, con los que parecía estar muy familiarizado, y retiró dos grandes alfombras, que dejaron al descubierto un suelo liso de madera.


—Es una de las ventajas de esta casa y estos árboles y estas agujas de tono suave — comentó en beneficio de Clyde, pues estaba todavía bajo la impresión de que éste era una persona muy calculadora que vigilaba todos los movimientos—. No se puede oír ni una sola nota en la calle, ¿verdad, Zel? Ni siquiera en el piso de arriba cuando se emplean estas agujas. Algunas veces nos hemos reunido aquí y hemos estado bailando hasta las tres o las cuatro de la madrugada y no se han enterado en toda la casa, ¿verdad, Zel?


—Es la pura verdad, pero también hay que tener en cuenta que papá es un poco duro de oído. Y mamá tampoco oye nada cuando se mete en su habitación y se pone a leer. Claro que de todas formas es muy difícil oír algo.


—Pero, ¿por qué es la gente tan enemiga del baile? —preguntó Clyde.


—Oh, no es que lo sean; la gente de las fábricas no lo es en absoluto —explicó Dillard—, pero sí la mayor parte de la gente de iglesia. Como mis tíos y casi todos los que estaban esta noche en la reunión, excepto Zel y Rita.


Dirigió a ambas una mirada alentadora y de mucha aprobación.

—Ellas son muchachas comprensivas que no se preocupan por tan poca cosa. ¿No es

 




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verdad, Zel?

La joven, que se sentía fascinada por su interlocutor, se echó a reír y asintió:

—Claro. No veo que haya nada malo en esto.


—Ni yo tampoco —intervino Rita—, ni mi padre ni mi madre. Es sólo que a ellos no les gusta hablar de esto ni tienen interés en discutir el asunto.


En aquel momento Dillard ya había puesto un disco titulado Ojos castaños, e inmediatamente Clyde y Rita y Dillard y Zella empezaron a bailar, y Clyde se encontró insensiblemente atraído a una especie de intimidad con esta muchacha, que auguraba no sabía qué. Ella bailaba tan cálidamente y con tanto entusiasmo que sugería toda suerte de ansias reprimidas. Y sus labios se curvaban en una sonrisa lírica que parecía aludir a un hambre insaciable de dulzura. Era muy bonita, y eso se notaba mejor que nunca bailando con ella y viéndola sonreír de esta forma.


«Es deliciosa —pensó Clyde—, aunque quizá un poco demasiado fácil. Cualquier individuo conseguiría casi tanto como yo, pero ella me prefiere porque cree que soy alguien.»


Y casi en el mismo momento ella observó:

—¿No es algo exquisito? Y usted baila muy bien, señor Griffiths.


—Oh, no —replicó él mirándola sonriente a los ojos—, es usted la verdadera bailarina. Yo puedo bailar sólo porque es usted la que está bailando conmigo.


Podía sentir ahora que los brazos de la muchacha eran llenos y suaves y su pecho opulento para una persona tan joven. Entusiasmada por el baile, ella estaba fuera de sí y sus gestos eran casi provocadores.


—Ahora pondremos El barco del amor —exclamó Dillard en el momento en que se acabó Ojos castaños— y usted y Zella pueden bailar juntos, mientras que Rita y yo lo haremos por nuestra parte, ¿eh, Rita?


Pero Dillard se sentía tan fascinado por su propia habilidad como danzarín, así como por el disfrute natural que le deparaba aquel arte, que ni siquiera pudo esperar al otro disco, sino que tomó a Rita por los brazos, deslizándose de un sitio a otro, trenzando pasos y ejecutando arabescos que Clyde no podría realizar nunca y que hicieron qué Dillard fuese proclamado un bailarín de alta categoría. Tras lo cual Clyde puso el disco El barco del amor.


Pero como Clyde pudo notar después de bailar con Zella, todo esto estaba planeado para ser una reunión armoniosa de dos parejas bien enlazadas que no iban a interferir entre sí, sino que más bien iban a ayudarse a disfrutar cada uno de su acompañante respectivo. Porque si bien Zella bailó con Clyde y bailó bien y le habló muchísimo, sin embargo él pudo darse cuenta de que sólo estaba interesada por Dillard y que prefería estar con él. Y luego, después de algunos bailes, mientras él y Rita charlaban sentados en un sofá, Zella y Dillard salieron de la habitación para ir a la cocina a beber. Sólo que, como Clyde observó, estuvieron allí mucho más tiempo del que habría requerido un vaso de agua.


Y del mismo modo, durante este intervalo, pareció quedar convenido que él y Rita tenían que unirse más íntimamente. Pues en un momento en que decayó la conversación, ella se levantó y sin nada que lo justificara, pues no había ni música ni palabras, le propuso bailar un poco más. Quería ensayar unos pasos que Dillard le había encargado

 




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que enseñase a su amigo. Pero a causa de la naturaleza de estos pasos, Clyde y ella tuvieron que entrar en contacto más estrecho que antes, muchísimo más. Y estando así tan juntos y al enseñarle a Clyde cómo tenía que poner el codo y el brazo, el rostro y la mejilla de la muchacha se acercaron a los del joven de una manera excesiva para el propósito y fuerza de voluntad del mismo. Al instante su dominio de sí mismo desapareció y la besó en los labios. Y luego otra vez y otra. Y en lugar de apartarlos como él pensó que ella haría, la muchacha le dejó hacer y siguió igual que estaba, sin moverse lo más mínimo, con objeto de que él pudiese seguir besándola.


Y entonces, súbitamente, cuando él se dio cuenta del abandono de aquel cuerpo cálido que estaba tan cercano al suyo, y de la presión de aquellos labios en respuesta a los suyos, comprendió que se había dejado llevar a unas relaciones que no resultaría nada fácil eludir. Y también que le costaría mucho trabajo resistir, puesto que ella le gustaba y sin duda él le gustaba a ella.




CAPÍTULO 9


Aparte del momentáneo ardor y entusiasmo que le produjo todo esto, el efecto sobre Clyde fue, lo mismo que antes, el de hacerle considerar el problema de su comportamiento. Porque he aquí que esta muchacha había aparecido en su camino, que se le aproximaba de forma directa y sugestiva. Y tras decirse a sí mismo y de prometerle a su madre que su conducta iba a ser diferente y que no iba a tener contactos o relaciones como las que habían provocado su caída en Kansas City, Rita constituía ahora un problema.

Y sin embargo...


Estaba ahora cruelmente tentado porque en su contacto con Rita había experimentado la sensación de que ella estaba aguardando de él que sugiriera una paso más, y pronto. Pero, ¿cómo y dónde? No en aquella casa amplia y desconocida. Había otras habitaciones aparte de aquella cocina a la que Dillard y Zella se habían retirado. Pero aun así, ¿qué consecuencias podrían tener tales relaciones? ¿Qué pasaría entonces? ¿No se esperaría de él que las continuase o se le pondría en una situación complicada en caso de que no quisiera? Bailó con ella y la trató en forma atrevida y agresiva, pero sin dejar de pensar: «Esto no es de ninguna forma lo que yo debiera estar haciendo. Esto es Lycurgus. Yo soy un Griffiths. Sé lo que esta gente siente hacia mí e incluso sus padres. ¿Es que ella me importa de verdad? ¿No es más bien algo relacionado con su rápida y fácil accesibilidad, que, si no es exactamente peligrosa en lo que a mi futuro aquí concierne, por lo menos no es del todo satisfactoria, sino más bien demasiado íntima?».


Estaba experimentando una sensación que estaba relacionada con su estado de ánimo en conexión con el lupanar de Kansas City, esto es, a la vez atraído y repelido. No podía hacer más que besarla y acariciarla de una forma un tanto moderada, hasta que por último Dillard y Zella regresaron, con lo que el mismo grado de intimidad no fue ya posible por más tiempo.


Las campanadas de un reloj que en alguna parte dio dos toques sugirieron súbitamente a Rita que tenía que irse, porque sus padres pondrían objeciones al hecho de permanecer fuera de su casa hasta tan tarde. Y puesto que Dillard no daba muestras de

 




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querer separarse de Zella, se siguió, por supuesto, que Clyde tenía que acompañarla a su casa, un placer que ahora había sido disminuido por una vaga sensación de desengaño o fracaso por parte de ambos. El no había estado a la altura de las circunstancias, fue el pensamiento de Clyde. Indudablemente le faltaba el valor suficiente para explotar hasta el máximo los favores que ella le había ofrecido, fue la explicación que se dio ella a sí misma de lo sucedido.


En su propia puerta, no muy distante, y con una conversación teñida de alusiones a ocasiones futuras que podrían resultar más favorables, la actitud de la muchacha fue decididamente alentadora. Se separaron, pero Clyde todavía seguía diciéndose que estas nuevas relaciones se estaban desarrollando con demasiada rapidez. No estaba seguro de que le conviniera emprender un trato semejante, por lo menos tan pronto. ¿Dónde estaban todos los buenos propósitos que se había formado antes de venir aquí? ¿Qué era lo que iba a decidir en definitiva? Y sin embargo, a causa del ardor sensual y del magnetismo de Rita, se sentía irritado por su resolución y su incapacidad para actuar como lo hubiese hecho en otras circunstancias.


Hubo dos cosas que finalmente le decidieron. Una de ellas fue la actitud de los mismos Griffiths, actitud que, aparte de la de Gilbert, no era de oposición o completa indiferencia, si bien fue un fallo por parte de Samuel Griffiths y de los otros no darse cuenta de la situación anómala, si no exactamente solitaria, en que Clyde se encontraría a menos que la familia determinase mostrarle un poco de cortesía o aconsejarle cordialmente de vez en cuando. Pero Samuel Griffiths, siempre demasiado apurado de tiempo, había concedido apenas un pensamiento a Clyde durante el primer mes. Estaba aquí, alojado decentemente, como oyó decir, sería tratado bien en un futuro próximo, y por tanto, ¿qué más podría desear?


Y de esta forma, durante cinco semanas antes de que se tomase ningún tipo de medida, para gran alivio de Gilbert Griffiths, se dejó que Clyde siguiese en aquel mundo de los sótanos preguntándose qué se tendría pensado con respecto a él. La actitud de otras personas, incluyendo a Dillard y a las chicas, hacía que su posición pareciera extraña.


Sin embargo, un mes después de haber llegado Clyde, y principalmente porque

Gilbert parecía muy satisfecho sin decir nada con relación a él, el padre preguntó un día:

—Bueno, ¿qué hay de tu primo? ¿Qué está haciendo ahora?


Y Gilbert, aunque un poco molesto por el pensamiento de qué podría augurar esta pregunta, no tuvo más remedio que contestar:


—Oh, está perfectamente. Le coloqué en el departamento de mermas. ¿No está bien

así?


—Sí, yo también creo lo mismo. Ese es un buen sitio para cualquiera que empiece. Pero, ¿qué piensas de él por ahora?


—Oh —contestó Gilbert en forma muy conservadora y decididamente independiente, un rasgo que su padre había admirado siempre en él—, no gran cosa. Supongo que está perfectamente. Sabe trabajar. Pero no me da la impresión de poder avanzar mucho en ningún aspecto. Como sabes, no tiene educación de ninguna clase. Todo el mundo puede notarlo. Por lo demás, no tiene nada de agresivo ni de enérgico. Pienso que es demasiado blando. Sin embargo, no tengo por qué molestarle. Puede arreglárselas perfectamente. A ti te resulta simpático, y yo puedo estar equivocado. Pero

 




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no tengo más remedio que pensar que su verdadera idea al venir aquí fue la de que tú hicieras por él más que por cualquier otra persona, simplemente por el hecho de que está emparentado contigo.


—Ah, tú piensas que él cuenta con eso. Bueno, pues si es así está equivocado. —Pero al mismo tiempo añadió con una sonrisa burlona—: También es posible que no sea tan poco práctico como tú crees. No lleva aquí el tiempo suficiente para que podamos dictaminar de una manera tan rotunda. Por lo menos no me produjo esa impresión en Chicago. Además hay un montón de rincones en los cuales podría encajar sin necesidad de hacer grandes gastos y aunque no sea el chico más inteligente del mundo. Si se contenta con tener un pequeño empleo durante toda su vida, es asunto suyo. No puedo impedírselo. Pero de todas formas no quiero despedirle ni tampoco convertirle en una herramienta. No sería justo. Después de todo, está emparentado con nosotros. Hay que echarle una mano y ver qué es capaz de hacer.


—Perfectamente, jefe —replicó su hijo, que esperaba que su padre no volviese a acordarse más del asunto y dejara a su sobrino en la posición donde estaba, esto es' en la más baja de todas cuantas podía ofrecer la fábrica.


Pero he aquí que, con gran disgusto suyo, Samuel Griffiths prosiguió diciendo:


—Deberíamos haberle traído alguna vez a casa a cenar. Ya lo he pensado en alguna ocasión, pero nunca he podido ocuparme antes. Tendría que haberle hablado a tu madre de ello. Todavía no habrá estado por aquí, ¿verdad?


—No, señor, no que yo sepa —replicó Gilbert estiradamente. No le gustaba en absoluto, pero tenía el tacto suficiente para no mostrar su oposición justo en estos momentos— Estábamos esperando que tú dijeras algo sobre el asunto.


—Muy bien —continuó Samuel—, así pues, te enterarás de dónde está alojado y te encargarás de que venga a vernos. El domingo próximo no sería un mal día si no tenemos otra cosa que hacer. —Notando un relampagueo de duda o de desaprobación en los ojos de su hijo, añadió—: Después de todo, Gil, es mi sobrino y tu primo, y no podemos permitirnos ignorarle completamente. No sería justo y tú lo sabes. Así es que esta noche se lo dices a tu madre o se lo diré yo, para disponer lo conveniente.


Cerró el cajón de una mesa en el que había estado buscando ciertos papeles, se levantó, cogió su sombrero y su abrigo y salió de la oficina.


A consecuencia de esta conversación le fue enviada a Clyde una invitación para que el próximo domingo apareciera a las seis y media a comer. Los domingos a la una y media se servía la comida más importante de la familia, a la que usualmente estaban invitados uno o varios de los amigos o visitantes locales. A las seis y media casi todos estos huéspedes se habían marchado ya, y a veces incluso uno o dos de los mismos Griffiths, y la colación fría que se servía entonces era compartida por el señor y la señora Griffiths y Myra, ya que Bella y Gilbert por lo general tenían otros compromisos.


En esta ocasión, sin embargo, como la señora Griffiths, Myra y Bella decidieron en conferencia, todos estarían presentes, con la excepción de Gilbert, quien, a causa de su oposición, así como también de otra cita, explicó que se detendría apenas un momento antes de marcharse. De esta forma Clyde, para gran satisfacción de Gilbert, sería recibido y atendido sin la menor oportunidad de contactos, presentaciones y explicaciones a sus amistades más importantes que por casualidad pudieran presentarse durante la tarde. Así

 




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tendrían también una oportunidad para estudiarle de cerca y ver qué impresión les causaba en todos los sentidos.


Pero mientras tanto, en relación con Dillard, Rita y Zella había habido un desarrollo que, a causa del problema que había planteado, iba a verse afectado precisamente por esta decisión de los Griffiths. Porque tras la noche en casa de los Shuman, y porque a pesar de la vacilación de Clyde en aquella ocasión, los tres, incluyendo a la propia Rita, estaban convencidos de que él se hallaba o se hallaría derretido por sus encantos, había habido varias alusiones y finalmente una invitación directa por parte de Dillard al efecto de que, a causa de la camaradería que se había establecido entre él mismo y Clyde y estas dos chicas, hiciesen un viaje de fin de semana a cualquier parte, preferentemente a Utica o Albany. Las muchachas irían, por supuesto. El se encargaría de convencer por medio de Zella a Rita para Clyde, si es que éste tenía alguna duda o temor de que ella no fuese a consentir.


—Ha de saber usted que le profesa una gran simpatía. Me contaba el otro día Zel que Rita dice a cada momento que usted es canela pura. Le ha caído en gracia, por lo que se ve.


Y palmeó a Clyde jovialmente y con gran intimidad, conducta que a Clyde, en vista de la posición en que creía encontrarse, no le hizo ninguna gracia.


Al mismo tiempo, la proposición que se le hacía, por turbadora y tentadora que pudiera resultar desde un cierto punto de vista, lo más probable era que le causara enormes molestias, ya que en primer lugar estaba la cuestión del dinero, del que él andaba muy escaso con sus quince dólares a la semana, y era de esperar que estas salidas originaran gastos que no podría costear. Los transportes en autobús, las comidas, la cuenta del hotel, quizá un paseo o dos en automóvil. Y luego estaba el inconveniente de que entraría en contacto más estrecho con Rita, a la cual apenas conocía. Y esto podría traer como consecuencia intimar también en Lycurgus y verse comprometido a tener que visitarla con regularidad e ir juntos a determinados lugares con el consiguiente peligro de que algún Griffiths, sobre todo su primo Gilbert, se enterase o lo viese con sus propios ojos. Por lo visto, y ello era lo más natural, era el miembro de la familia que más estaba en la calle, como lo confirmaba el hecho de que Zella hubiese dicho que lo veía a menudo en coche por la avenida central, lo cual conllevaba el peligro de que alguna vez pudieran encontrárselo cuando estuvieran juntos; ello daría a entender que estaba en relaciones tan íntimas con la muchacha como cualquier otro dependiente de almacén tipo Dillard que no tenía por qué tomar tantas precauciones. Eso sería el fin de su carrera. Sabe Dios las consecuencias que podrían originarse.


Tosió y presentó varias excusas. Justo ahora tenía un montón de trabajo atrasado. Además tenía que pensarlo mucho antes de correr un riesgo semejante, ya que todo el mundo sabía la forma de pensar de sus parientes. Por otra parte, tanto este domingo como el siguiente la fábrica iba a retenerle en Lycurgus para unos trabajos. Después que pasaran aquellos dos domingos, sería cuestión de pensarlo. Y en realidad, en forma oscilante, sus pensamientos seguían esta fluctuación ya que el recuerdo de los encantos de Rita no dejaba de acudir a su mente haciéndole preguntarse si no sería deseable fijar aquel encuentro para alguna otra ocasión. Por otra parte la verdad era que estaba ahorrando para comprarse un traje nuevo y un sombrero.


Pero entonces, aunque no en el mismo momento, le llegó la invitación de los

 




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Griffiths. Al volver de su trabajo muy cansado una tarde y todavía rumiando acerca de la alegre aventura propuesta por Dillard, encontró en la mesa de su habitación una nota escrita en un papel muy grueso y hermoso que había sido entregada en su ausencia por uno de los criados de los Griffiths. El mensaje le resultó tanto más impresionante cuanto que en la solapa del sobre aparecían grabadas en relieve las iniciales «E. G.».


Lo abrió inmediatamente y leyó con avidez:


«Mi querido sobrino:


»Desde tu llegada mi esposo ha estado fuera la mayor parte


del tiempo, y aunque habríamos deseado tenerte con nosotros antes, pensamos que era mejor esperar hasta que él dispusiese de un poco de tiempo. Ahora está más desocupado y nos alegraría mucho que vinieras a cenar con nosotros el próximo do-mingo a las seis de la tarde. Cenamos en familia, sólo nosotros, por eso no necesitas molestarte en escribir ni en telefonear en respuesta. Y tampoco es necesario que te vistas de etiqueta para esta ocasión. Pero ven si puedes. Todos nos sentiremos muy felices de verte.


»Sinceramente, tu tía,

ELIZABETH GRIFFITHS.»



Al leer esto, Clyde, que durante todo este silencio y el desempeño de una tarea en el departamento de mermas que le resultaba desconsoladora se había ido sintiendo más y más abatido por el pensamiento de que posiblemente, después de todo, este intento suyo iba a resultar en vano y que iba a verse excluido de todo contacto con sus grandes parientes, se vio alentado y enardecido muy románticamente y por tanto de una manera muy poco práctica. Pues sólo había que ver aquella carta grandiosa en la que se decía «nos sentiremos muy felices viéndote», que parecía indicar que quizá, después de todo, no tenían mal concepto de él. El señor Samuel Griffiths había estado fuera todo el tiempo. Eso era todo. Ahora conseguiría ver a su tía y a sus primas y el interior de aquella gran casa. Sería maravilloso. Incluso cabía dentro de lo posible que después se lo llevaran a vivir con ellos, ¿por qué no? Pero lo que resultaba más notable era que le hiciesen esta invitación ahora, precisamente cuando parecía que habían decidido ya olvidarle del todo.


Con esto, su interés, así como su debilidad por Rita, si no por Zella y Dillard, empezaron a evaporarse. ¡Cómo! Mezclarse con gente tan por debajo de él, un Griffiths, a costa de poner en peligro su conexión con esta importante familia. ¡Nunca! Era un gran error. ¿No llegaba esta carta en el momento justo para demostrárselo? Y afortunadamente, ¡cuán afortunadamente!, había tenido el buen sentido necesario para no dejarse arrastrar por nada de esto.


Y por eso ahora, sin gran dificultad, y porque lo más probable era que fuese necesario proceder así, tendría que ir eliminando poco a poco su contacto con Dillard y abandonar la pensión de la señora Cuppy si era necesario, o decir que su tío le había hecho alguna advertencia, en definitiva cualquier cosa que le apartase de gente semejante. No le convenía lo más mínimo. Ponía en peligro sus perspectivas en relación con este nuevo giro de los acontecimientos. Y en lugar de preocuparse ahora por Rita y por el viaje a Utica, empezó a pensar una vez más acerca de la naturaleza de la vida privada de los

 




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Griffiths, de los lugares fascinantes a donde acudirían, de la gente interesantísima con la que entrarían en contacto. E inmediatamente comenzó a pensar en la necesidad de un traje de etiqueta o al menos un smoking y pantalones. Así pues, a la mañana siguiente obtuvo permiso del señor Kemerer para salir de once a una y comprarse una chaqueta y pantalones y zapatos de charol, así como una bufanda de seda blanca con el dinero que había ahorrado. Ya en posesión de estas ropas se sintió a salvo. Tenía que causar una buena impresión.


Y todo el período de tiempo entre aquella carta y el domingo por la tarde, en lugar de seguir pensando en Rita o en Dillard o en Zella, no hizo más que pensar en esta oportunidad. Indudablemente era un acontecimiento ser admitido en presencia de gente tan magnífica.


La única contrapartida de todo esto, tal como él se daba cuenta, era Gilbert Griffiths, que siempre que le veía le examinaba con ojos fríos y duros. Lo más probable era que estuviese allí y que adoptase si podía una actitud superior que le hiciese sentirse a él en posición inferior, ya que Clyde tenía a veces la debilidad de admitir que era muy inferior al otro. Y no cabía duda de que si trataba de comportarse con demasiada desenvoltura en presencia de esta familia, lo más probable sería que Gilbert tratase de perjudicarle en su trabajo en la fábrica. Podía tratar, por ejemplo, de que su padre oyera acerca de él solamente cosas desfavorables. Y por supuesto si le retenía en aquel miserable departamento de mermas, y no se le daba oportunidad de ninguna clase, ¿cómo podía llegar a ningún lado o convertirse en alguien? Había sido mala suerte que al llegar allí se encontrase con un Gilbert que se le parecía tanto y que se le mostraba tan contrario sin ninguna razón.


Sin embargo, a pesar de todas sus dudas, decidió extraer las máximas ventajas de esta oportunidad, y en consecuencia el domingo por la tarde a las seis en punto se vio delante de la residencia de los Griffiths, con los nervios de punta, a causa de la prueba que tenía que afrontar. Y cuando llegó a la puerta principal, una ancha y arqueada verja de hierro forjado que daba a un amplio paseo enladrillado que conducía hasta la entrada principal, levantó el pesado pestillo que mantenía la verja cerrada con una sensación casi estremecedora de aventura. Y cuando fue avanzando por el paseo sintió que Gilbert Griffiths o alguna de las dos hermanas le estaban mirando con ojos críticos y observadores. Quizá el señor Samuel lo observaba desde una de esas ventanas cubiertas con pesados cortinajes. En el primer piso había varias luces que resplandecían con un brillo dulce y acogedor.


Pero esta sensación fue muy breve. Pues inmediatamente la puerta fue abierta por un criado que le recogió el abrigo y le invitó a pasar al espacioso recibidor, que era muy impresionante. A Clyde, incluso después del Green-Davidson y de la Liga de la Unión, le pareció una estancia muy bella. Contenía muebles muy hermosos y ricas alfombras y tapices. En una ancha y alta chimenea ardía un hermoso fuego y delante de él estaban colocados en círculo divanes y sillas. Había lámparas por todas partes, un reloj de pie y una gran mesa. En la habitación no había nadie en aquel momento, pero no hizo Clyde más que echar una ojeada en torno cuando oyó un crujido de seda a sus espaldas, procedente de una gran escalera que descendía desde las habitaciones superiores. Y desde allí vio que se le aproximaba la señora Griffiths, una mujer lánguida, angular y de aspecto

 




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ajado. Pero sus pasos eran vivos, sus modales corteses, aunque no efusivos, tal como era su costumbre, y al cabo de pocos momentos él se tranquilizó en su presencia.


—Mi sobrino, supongo —sonrió ella.


—Sí —replicó Clyde simplemente, y a causa de su nerviosismo, con insólita dignidad—. Soy Clyde Griffiths.


—Me alegro mucho de verle y darle la bienvenida a nuestro hogar —dijo la señora Griffiths con un aplomo que años de contacto con la alta sociedad local habían terminado por darle—. Y mis hijos se alegrarán también, desde luego. Bella no está aquí de momento, ni Gilbert tampoco, pero creo que llegarán pronto. Mi marido está descansando, pero le oí hace poco, y bajará dentro de un momento. ¿No quiere usted sentarse?


Se encaminó hacia un amplio diván que había entre ellos.


—Cenamos siempre solos los domingos por la noche, por eso pensé que sería muy agradable que usted nos acompañase hoy. ¿Le va gustando Lycurgus?


Se acomodó en uno de los divanes situados ante la chimenea y Clyde, más bien con cierta torpeza, se sentó a una respetuosa distancia.


—Oh, me gusta muchísimo —observó, esforzándose por mostrarse amable y jovial y esbozar una sonrisa— Desde luego todavía no he visto mucho, pero lo que he visto me encanta. Creo que habrá pocas calles tan hermosas como ésta —añadió con entusiasmo—. Las casas y los jardines son preciosos.


—Sí, aquí en Lycurgus estamos muy orgullosos de nuestra avenida —sonrió la señora Griffiths, que no dejaba nunca de sentirse muy satisfecha por la gracia y el rango de su propia casa en la calle. Ella y su esposo habían anhelado siempre llegar a poseerla—. Todo el mundo que la ve se lleva la misma impresión. Fue trazada hace muchos años, cuando Lycurgus no era más que un pueblo. Sólo durante los últimos quince años se ha hecho tan hermosa como está ahora. Pero tiene usted que contarme cosas sobre su padre y su madre. Como sabe, nunca he tenido ocasión de conocerlos, pero le he oído hablar a mi esposo a menudo de ellos, es decir, de su hermano —se corrigió— No creo que se haya encontrado nunca con su madre de usted. ¿Cómo está su padre?


—Oh, está muy bien —replicó Clyde con sencillez—. Y mamá también. Están viviendo ahora en Denver. Durante algún tiempo vivimos en Kansas City, pero hace ya tres años que salieron de allí. Tuve, hace poco, una carta de mi madre. Me dice que todo les va perfectamente.


—¿Entonces se escribe usted con ella? Eso es muy hermoso.


Se sonrió, pues ya había empezado a sentirse interesada y, en general, le agradaba el aspecto de Clyde. Este tenía un aire muy atildado y presentable, tan parecido a su propio hijo que al principio ella se quedó un poco extrañada e intrigada. De hecho Clyde era más alto, estaba mejor proporcionado y por tanto resultaba mejor parecido, aunque ella nunca podría admitir un hecho semejante. Pues para ella, Gilbert, aunque intolerante y desdeñoso a veces, incluso con respecto a ella misma, simulando un afecto que tenía más de convención que de realidad, era sin embargo una persona dinámica y agresiva que se colocaba a sí mismo y a sus conclusiones delante de cualquier otra cosa o persona que se pusiera de por medio. Mientras que Cfyde era más blando y vago y desvaído. La fuerza de su hijo se debía a la capacidad innata de su marido y a la fibra de algunos parientes de la rama materna que no habían sido muy diferentes de Gilbert, mientras que Cfyde

 




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probablemente había heredado la debilidad de carácter de sus padres.


Pero habiendo resuelto este problema en favor de su hijo, la señora Griffiths estaba a punto de preguntarle por sus hermanas y hermanos, cuando fueron interrumpidos por Samuel Griffiths, que apareció en aquellos momentos. Midiendo a Clyde con la mirada en el mismo momento en que éste se ponía en pie, y observándole una vez más con ojos escrutadores y encontrándole de apariencia muy satisfactoria, observó:


—Bueno, bueno, ¿así que ya estás por aquí? Creo que ya te han colocado sin que yo te haya visto.


—Sí, señor —replicó Clyde con mucha deferencia y casi inclinándose en presencia de tan gran hombre.


—Bueno, eso está bien. Siéntate, siéntate. Me alegro mucho de que lo hicieran. He oído decir que estás trabajando por ahora en el departamento de mermas. No es un lugar muy agradable, pero no es mal sitio para empezar, desde el mismo comienzo. La mejor gente suele arrancar a veces de los sitios más bajos. —Sonrió y añadió—: Yo estaba fuera de la ciudad cuando llegaste; si no, ya te habría visto.


—Sí, señor —replicó Cfyde, que todavía no se había atrevido a sentarse hasta que no vio al señor Griffiths hundirse en una amplia butaca colocada cerca del diván. Y este último, al ver a Clyde con smoking, camisa almidonada y corbata negra; en contraste con el uniforme del club con que le había visto en Chicago, se sintió inclinado a pensar que su aspecto era aún más atractivo que antes, no tan insignificante y desmañado como su hijo Gilbert había dado a entender. Sin embargo, no siendo insensible a la convicción de que en un negocio era necesaria la fuerza y la energía, y percibiendo que a Cfyde le faltaban indudablemente tales cualidades, deseó que el muchacho tuviese un poco más de vigor y de fibra.


Ello se reflejaría en los logros de la familia Griffiths y podría haber sido del agrado de su hijo.


—¿Te gusta el sitio donde estás ahora? —preguntó en tono condescendiente. —Bueno, señor, sí, es decir, no es que me guste exactamente —contestó Clyde con


sinceridad—. Pero no me importa. Es una forma de empezar tan buena como cualquier otra.


Por el momento el pensamiento que tenía en su mente era que debía producirle a su tío la impresión de que había en él madera para algo mejor. Y el hecho de que su primo Gilbert no estuviese presente en aquellos momentos le daba el valor necesario.


—Bueno, ése es el espíritu que hay que tener —comentó Samuel Griffiths complacido—. No es la parte más agradable del proceso, lo admito, pero es una de las cosas esenciales que hay que conocer para empezar bien. Y desde luego hoy día requiere un poco de tiempo abrirse camino en cualquier negocio.


De esta frase Clyde dedujo que todavía tendría que permanecer un tiempo en aquel sombrío mundo subterráneo.


Pero mientras estaba pensando en esto llegó Myra, que sentía gran curiosidad por ver qué aspecto tenía y que se quedó muy complacida al comprobar que no era tan insignificante como Gilbert lo había descrito. Notó que había algo en los ojos de Clyde, algo nervioso, furtivo, suplicante o ansioso, y el hecho le interesó por recordarle quizá que tampoco ella era un éxito socialmente o de ninguna forma.

 




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—Tu primo Clyde Griffiths, Myra —observó Samuel en tono casual cuando Clyde se levantó.


—Mi hija Myra —añadió dirigiéndose a Clyde—. Este es el joven de que te he estado hablando.


Clyde se inclinó y tomó la mano fría y no muy vital que Myra le extendía, pero sintiendo sin embargo que era una bienvenida más amistosa y considerada que la de los otros.


—Bueno, espero que le guste esto ahora que está usted aquí —empezó a decir ella jovialmente—. A todos nosotros nos gusta mucho Lycurgus, pero supongo que después de Chicago a usted no podrá impresionarle mucho.


Sonrió, y Clyde, sintiéndose muy azorado en presencia de todos estos parientes tan superiores, replicó con un gracias rígido y se dispuso a sentarse de nuevo cuando se abrió la puerta y entró Gilbert Griffiths. Esto había sido precedido por el zumbido de un motor; un coche acababa de detenerse ante la gran entrada de la parte este.


—Espera un momento, Dolge —le gritó a alguien que estaba fuera—. No tardaré mucho. —Luego, volviéndose a la familia, añadió—: Excusadme, volveré dentro de un minuto.


Se dirigió hacia las escaleras y volvió al cabo de un rato enfrentándose con Clyde, si no con los demás, con la misma mirada fría y aire desconsiderado que tan a menudo turbaban a éste en la fábrica. Llevaba una chaqueta de motorista muy entallada y de gran-des rayas, un casco de cuero y guantes del mismo material que le daban un aire casi militar. Después de saludar a Clyde con bastante frialdad con una inclinación de cabeza y añadir «¿Cómo está usted?», apoyó una mano en el hombro de su padre y observó:


—Bueno, papá. Y también tú, mamá. Siento no poder estar con vosotros esta noche. Pero tengo que ir con Dolge y Eustis a llevar a Constance y a Jacqueline. Hay una reunión en casa de los Bridgemans. Pero estaré de vuelta antes del amanecer. O si no, en la oficina. ¿Deseas algo, papá? —le preguntó al señor Griffiths.


—No, nada —contestó su padre—. Pero me parece que vas a trasnochar demasiado, ¿no crees?


—Oh, nada de eso —replicó su hijo, ignorando totalmente a Clyde— Espero estar de vuelta a eso de las dos.


Volvió a darle unas palmaditas joviales a su padre en el hombro.

—Espero que no conduzcas a la velocidad que acostumbras —se quejó su madre—.

Es muy peligroso.

—Quince millas por hora, mamá, quince millas por hora. Me sé bien las reglas.

Sonrió con suficiencia.


Clyde no dejó de notar el tono de condescendencia y autoridad que acompañaba a todas estas frases. Por lo visto, lo mismo aquí que en la fábrica, era una persona con la que había que contar. Excepto tal vez su padre, no había nadie a quien se sintiera obligado a prestar ninguna reverencia. Qué actitud tan superior, pensó Clyde.


Cuán maravilloso ser simplemente un hijo que sin haberse tenido que ganar a pulso todo esto pudiera sin embargo ser una persona tan importante, tomarse a sí mismo tan en serio, ejercer tanto mando y autoridad. Se explicaba que este joven se sintiese muy superior a él y le tratase con esta absoluta indiferencia. Qué maravilla ser tan joven y tener

 




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ya tanta autoridad.




CAPÍTULO 10


En este momento una doncella anunció que la cena estaba lista e inmediatamente Gilbert emprendió la marcha. Al mismo tiempo la familia se levantó y la señora Griffiths preguntó a la doncella:


—¿Ha telefoneado la señorita Bella?

—No, señora —replicó la doncella—, todavía no.


—Bueno, dígale a la señorita Truesdale que llame a casa de los Finchley y pregunte si está allí. Que le diga que quiero que venga a casa inmediatamente.


La doncella se retiró un momento mientras el grupo se encaminaba hacia el comedor situado a la derecha de la escalera, al fondo. Una vez más Clyde se dio cuenta de que era otra habitación espléndida, pintada toda de color castaño claro con una larga mesa de nogal tallado que evidentemente se usaba sólo en ocasiones especiales. Estaba rodeada por sillas de altos respaldos y alumbrada por candelabros situados a espacios regulares. Pero era en otra salita más reducida donde iban a cenar, hecho éste que por una u otra razón le resultó a Clyde muy diferente de lo que había esperado.


Sentado cómodamente, se encontró de pronto contestando preguntas relativas a su familia, su clase de vida, su pasado y su presente. ¿Qué edad tenía ahora su padre? ¿Y su madre? ¿Cuáles habían sido los paraderos de su familia antes de trasladarse a Denver? ¿Cuántos hermanos y hermanas tenía? ¿Qué edad tenía su hermana Esta? ¿Qué hacía ella? ¿Y los otros? ¿Le gustaba a su padre llevar un hotel? ¿Cuál había sido el trabajo de su padre en Kansas City? ¿Cuánto tiempo había vivido allí la familia?


Clyde estaba no poco turbado y embarazado por esta cadena de preguntas que le formulaban más bien pesada y solemnemente Samuel Griffiths y su esposa. Y de las vacilaciones de Clyde al con— testar, especialmente sobre la clase de vida que llevó la familia en Kansas City, dedujeron ambos que él estaba molesto y confuso por alguna de las preguntas. Lo atribuyeron, naturalmente, a la extrema pobreza de sus parientes.


—Supongo que usted comenzaría su trabajo en hoteles de Kansas City, después de salir de la escuela, ¿no es verdad?


Clyde enrojeció intensamente recordando el incidente del coche robado y lo poco que en realidad había acudido a la escuela. Ciertamente no le gustaba la idea de verse identificado con la vida de Kansas City, y mucho menos con la del Green-Davidson.


Pero afortunadamente en este momento se abrió la puerta y entró Bella acompañada por dos muchachas como las que Clyde siempre habría supuesto que pertenecerían a aquel mundo. Cuán diferentes de Rita y Zella, por las cuales tan recientemente habían sido perturbados sus pensamientos. El no identificó a Bella, naturalmente, hasta que ella procedió a dirigirse con toda familiaridad a sus padres. Pero las otras parecían tan diferentes a las que él había conocido y tan superiores. Una era Sondra Finchley, tan citada por Bella a su madre, una muchacha tan elegante, vana y dulce como jamás había tenido Clyde ante sus ojos. Estaba vestida con un traje estrechamente ceñido que se ajustaba a su silueta y que se veía realzado por un sombrerito negro de piel que llevaba echado hacia

 




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delante tapándole casi los ojos. Un cinturón de piel del mismo color rodeaba su cintura. En una mano llevaba una correa con la que sujetaba un perrito francés y sobre el otro antebrazo sostenía un llamativo abrigo de cuadros negros y grises, no demasiado pronunciados, que daba la impresión de haber sido cortado por un sastre. A los ojos de Clyde era la mujer más adorable que había visto en todos los días de su vida. Realmente el efecto que le produjo fue el de una descarga eléctrica, despertando en él una curiosa sensación de ser algo deseable e inaccesible, un deseo de conseguirla y sin embargo sentir, casi con agonía, que no estaba destinado a obtener de ella una sola mirada. Esto le torturaba y le confundía. Durante unos momentos tuvo un deseo intensísimo de cerrar los ojos y apartarla así de su mente, y a continuación el de mirarla sólo a ella constantemente: estaba cautivado.


Sin embargo, tanto si la miraba como si no, ella no reparó en él al principio, exclamando mientras se dirigía a su perro:


—Ahora, Bissell, si no te comportas te voy a llevar fuera y amarrarte. Oh, no creo que pueda quedarme aquí ni un momento si no se calma un poco.


Pues el perro había visto unos gatos y estaba tirando para tratar de soltarse.


Además de ella estaba la otra muchacha, a la que Clyde no concedió tanto interés, aunque sin embargo, de acuerdo con los dictados de la moda, era tan elegante como Sondra y quizá para algunos igual de atractiva. Era rubia, con el cabello liso, de ojos grises verdosos de forma almendrada, tipo pequeño, graciosa y con modales furtivos y felinos. Al entrar, inmediatamente cruzó la habitación hasta el final de la mesa donde estaba sentada la señora Griffiths, y apoyándose en ella comenzó a ronronear:


—Oh, ¿cómo está usted, señora Griffiths? Estoy tan contenta de volver a verla. Hace ya bastante tiempo que no venía por aquí, ¿verdad? Pero desde entonces mamá y yo hemos estado fuera. Ella y Grant están hoy en Albany. Y yo acabo de sacar a Bella y a Sondra de casa de los Lamberts. Están ustedes en familia, ¿no es verdad? ¿Cómo estás, Myra? —exclamó, y alargó el brazo sobre el hombro de la señora Griffiths para tocar a Myra, como si fuera una mera fórmula más que otra cosa.


Mientras tanto, Bella, que después de Sondra le parecía a Clyde la más encantadora, estaba diciendo:


—Oh, me he retrasado. Lo siento, papá. Lo siento, mamá. ¿No llego a tiempo? Entonces, como si viera por primera vez a Clyde, aunque él se había levantado


cuando ellas entraron y seguía todavía en pie, se interrumpió con fingida modestia, lo mismo que las otras. Y Clyde, excesivamente sensible a tales modales y cumplidos, estaba algo trémulo por su propia incapacidad mientras esperaba ser presentado. Pues para él, la juventud y la belleza de estas muchachas representaba el triunfo definitivo de la mujer. Su debilidad por Hortense Briggs, por no hablar de Rita, que no eran con mucho tan atractivas como éstas, da idea del efecto que sobre él producían los atavíos de la feminidad, aparte de los méritos propios de la mujer que los luciera.


—Bella —observó Samuel Griffiths gravemente, al notar que Clyde seguía todavía en pie—, éste es tu primo Clyde.


—Oh, sí —replicó Bella observando que Clyde se parecía extraordinariamente a Gilbert— ¿Cómo está usted? Mamá me había dicho que vendría a visitarnos uno de estos días. —Extendió un dedo o dos, volviéndose luego hacia sus amigas diciendo—: Mis

 




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amigas, la señorita Finchley y la señorita Cranston, el señor Griffiths.


Las dos muchachas saludaron de un modo seco y convencional, al mismo tiempo que estudiaban a Clyde con atención:


—Bueno, se parece horrores a Gil, ¿verdad? —cuchicheó Sondra a Bertine, que se había aproximado a ella.


—Nunca he visto nada igual —replicó Bertine—. En realidad éste es algo mejor, ¿verdad?, mucho mejor.


Sondra asintió, complacida, en primer lugar porque Clyde resultaba más atractivo que el hermano de Bella, a quien ella detestaba, y en segundo lugar porque estaba claro que él estaba impresionado por ella, lo que Sondra creía que era un deber de todo joven que la conociera. Pero, tras haber aceptado este homenaje, viendo que su mirada se dirigía hacia ella persistentemente, dedujo que no necesitaba dedicar más atención a este joven por el momento. Era demasiado fácil.


Pero entonces la señora Griffiths, que no había previsto esta visita y estaba un poco irritada con Bella por haber presentado a sus amigas, ya que inevitablemente surgiría en seguida la cuestión de la posición social de Clyde, observó:


—¿No harían ustedes mejor dejando los abrigos? Le diré a Nadine que traiga unos cubiertos a este extremo de la mesa. Tú, Bella, puedes sentarte junto a tu padre.


—Oh, no, de ninguna forma.


—No, de verdad, íbamos camino de casa. No puedo quedarme ni un minuto — fueron las excusas de Sondra y Bertine.


Pero ahora que estaban allí, y Clyde había resultado ser tan atractivo, estaban interesadas en averiguar qué rango social, si es que tenía alguno, le correspondía. Gilbert Griffiths, como ambas sabían, estaba muy lejos de ser popular en algunos círculos, en el de ellas mismas en particular, a pesar de lo mucho que apreciaban a Bella. Era, para estas dos muchachas tan pagadas de sí mismas, demasiado agresivo, voluntarioso y despreciativo a veces. Mientras que Clyde, a juzgar por sus miradas, era mucho más maleable. Y si ahora resultaba que era de un nivel social análogo, o que los


Griffiths así lo creían, sería decididamente un buen partido. De todas formas sería interesante saber si era rico. Pero este pensamiento fue casi instantáneamente contestado por la señora Griffiths, quien indicó a Bertine en forma más bien decidida e intencionada:


—El señor Griffiths es un sobrino nuestro que ha venido a ver si puede obtener un puesto en la fábrica de mi marido. Es un joven que ha de labrarse un porvenir en el mundo y mi marido ha sido lo bastante bondadoso para concederle una oportunidad.


Clyde se ruborizó, ya que esto era una clara indicación de que su posición social estaba decididamente por debajo de la de los Griffiths o la de estas muchachas. Al mismo tiempo se dio cuenta de que la mirada de Bertine Cranston, que sólo estaba interesada por los jóvenes que tenían medios de vida propios, pasó de la curiosidad a una marcada indiferencia.


Sin embargo, Sondra Finchley, no tan práctica como su amiga, aunque de una posición superior por ser más atractiva y tener sus padres más medios de fortuna, volvió a examinar a Clyde y pensó que era una verdadera lástima. Era en realidad muy atractivo.


Al mismo tiempo, Samuel Griffiths, que tenía una especial simpatía por Sondra, aunque no por Bertine, a quien tampoco apreciaba la señora Griffiths por astuta y

 




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engañosa, llamó a Sondra:


—Ven aquí, ata al perro a una de las sillas del comedor y siéntate conmigo. Deja el abrigo sobre esa silla. Aquí hay suficiente sitio.


Y se apartó un poco para dejarle un lugar libre.


—Pero no puedo, tío Samuel —protestó Sondra familiar y teatralmente, aunque con dulzura, tratando de congraciarse por esta afectada familiaridad—. Ya vamos con retraso. Además, Bissell no se portaría bien. Bertine y yo vamos ya para casa, de verdad.


—Oh, sí, papá —continuó Bella rápidamente—, el caballo de Bertine se clavó algo ayer en la pezuña y hoy anda cojo. Y en su casa no están ni Grant ni su padre. Ella quiere saber si tú conoces algún remedio.


—¿Qué pata es? —preguntó Griffiths interesado, mientras Clyde continuaba mirando a Sondra. Era deliciosa, pensaba, con su nariz tan pequeña y respingona y el labio superior arqueado hacia arriba.


—La anterior izquierda. Estaba cabalgando ayer por la tarde en el East Kingston. Jerry perdió una herradura y debe haberse clavado una astilla, pero Joe no parece capaz de encontrarla.


—¿Crees que lo montaste mucho tiempo después de eso?

—Unas ocho millas, todo el camino de vuelta a casa.

—Bueno, harías mejor en ponerle linimento y un vendaje y llamar a un veterinario.

Estoy seguro que se pondrá bien.


El grupo no mostraba intención alguna de marcharse y Clyde, abandonado completamente a sí mismo por el momento, estaba pensando en qué fácil y delicioso mundo debía ser este de la sociedad local. Pues allí estaban ellos sin una preocupación ni, aparentemente, molestia alguna. Toda su charla versaba sobre las casas que iban a edificar, los caballos que iban a montar, los amigos a quienes habían visto últimamente, los sitios adonde iban a ir y las cosas que iban a hacer. Gilbert hacía solo un momento que los había dejado para conducir su automóvil con un grupo de jóvenes. Bella, su prima, pasando el tiempo con esta muchachas en las hermosas casas de esta calle, mientras él se veía confinado a la pequeña habitación de un tercer piso, en casa de la señorita Cuppy, y sin ningún sitio adonde ir. Y con sólo quince dólares a la semana. Y a la mañana siguiente él estaría ya trabajando en el sótano de la fábrica otra vez, mientras estas muchachas se levantaban para divertirse un día más. Y allá, en Denver, estaban sus padres con su pequeña casa de huéspedes y la misión, que él no se atrevía ni aun a describir detalladamente.


De pronto las dos muchachas dijeron que tenían que marcharse ya y se despidieron. Y él y los Griffiths de nuevo se quedaron solos, él con la sensación de que estaba fuera de lugar y olvidado, ya que Samuel Griffiths y su esposa y Bella, si no Myra, parecían pensar que sólo le estaban permitiendo mirar a un mundo al que no pertenecía y que, debido a su pobreza, le sería imposible encontrar en este ambiente un lugar apropiado, por mucho que pudiera soñar en relacionarse con muchachas tan maravillosas como ellas tres.


E inmediatamente se sintió triste, muy triste, y sus ojos y su ánimo se ensombrecieron tanto que no sólo Samuel Griffiths y su esposa, sino también Myra, se dieron cuenta de ello. Si él pudiera introducirse en este mundo, descubrir algún camino. Pero del grupo sólo Myra, y ninguno de los demás, se daba cuenta de que se sentía

 




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solitario y deprimido. Y en consecuencia, cuando todos se levantaron para volver a la gran sala de estar (Samuel regañando a Bella por la costumbre de ésta de hacer esperar a su familia), fue Myra quien se acercó a Clyde para decirle:


—Creo que después de que haya estado aquí algún tiempo, Lycurgus le gustará todavía más que ahora. Hay muchos lugares interesantes adonde ir por los alrededores, los lagos y los Adirondacks están exactamente al norte a unas setenta millas. Y cuando venga el verano y nos hayamos ido a Greenwood, estoy segura de que papá y mamá querrán que pase usted allí con nosotros unos días.


No estaba en forma alguna segura de que esto fuera verdad, pero, dadas las circunstancias, tanto si lo era como si no, sentía que era apropiado decírselo. Y después de esto, ya que él se sentía más cómodo con ella, siguió hablando con Myra todo lo que pudo, sin olvidar a Bella y a sus tíos, hasta más de las nueve y media en que, sintiéndose súbitamente muy desplazado y solo, se levantó diciendo que tenía que madrugar al día siguiente. Y Samuel Griffiths, al despedirse, le acompañó hasta la puerta y sintiendo que Clyde era más bien simpático y, sin embargo, a causa de su pobreza, iba probablemente a ser olvidado en adelante, no sólo por su familia, sino también por él mismo, observó jovialmente y, según esperaba, a modo de compensación:


—Es bonito esto, ¿verdad? La avenida Wikeagy no ha empezado todavía a demostrar lo hermosa que puede ponerse porque la primavera no ha comenzado aún del todo. Pero dentro de unas pocas semanas —y miró inquisitivamente al cielo y olió el aire abrileño— la tendremos aquí. Todos los árboles y plantas estarán florecidos y podrás ver qué bonito es esto. Buenas noches.


Sonrió y puso una nota muy cordial en su voz, y una vez más, Clyde sintió que, a pesar de la actitud de Gilbert lo más seguro es que su padre no fuera completamente indiferente hacia él.




CAPÍTULO II


Trascurrieron los días y aunque no llegaba una palabra de los Griffiths, Clyde se sentía todavía inclinado a exagerar la importancia de este único contacto y a soñar de vez en cuando acerca de deliciosos encuentros con muchachas y de cuán maravilloso sería si pudiera surgir una relación amorosa con alguna de las chicas. La belleza del mundo en que se movían. El lujo y el encanto contrapuestos a éste del que él formaba parte. ¡Dillard! ¡Rita! ¡Bah! Ellos en realidad habían muerto para él. Aspiraba a esos otros o a nada ahora que los había conocido, y trataba de mostrar hacia Dillard una actitud tan distante como le era posible, lo que le enajenó gradualmente la amistad del joven, ya que vio en Clyde el snob que potencialmente existía dentro de él y que habría salido a la luz si hubiera conseguido lo que deseaba.


Sin embargo, como comenzó a ver más tarde, el tiempo pasaba y seguía abandonado en su trabajo, deprimido por la rutina, el salario escaso, los vulgares conocidos de una humilde casa de huéspedes, por lo que comenzó a pensar, si no en volver a Rita y Dillard, ya que ahora no podía pensar en ellos con agrado, sí en dar por terminada esta aventura y volver a Chicago o ir a Nueva York, donde estaba seguro de que podría entrar al servicio

 




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de algún hotel si fuera preciso. Pero entonces, como para reanimar su valor y confirmar sus antiguos sueños, sucedió algo que le hizo pensar que en realidad estaba comenzando a subir en la estimación de los Griffiths, padre e hijo, tanto si lo tomaban en consideración socialmente como si no. Pues ocurrió que un sábado, durante la primavera, Samuel Griffiths decidió realizar una inspección general por la fábrica acompañado por Joshua Whiggam. Al llegar al departamento de mermas, poco más o menos a mediodía, vio por primera vez con tristeza a Clyde en camiseta y pantalones trabajando en el extremo alimentador de dos de los bastidores de encogido, ya que por esta época su sobrino había adquirido el entrenamiento necesario tanto para «alimentar» como para «retirar».


Y recordando cuán limpio y presentable había parecido en su casa sólo unas pocas semanas antes, se sintió decididamente molesto por el contraste. Pues una de las cosas que había notado en Clyde, tanto en Chicago como en su propia casa, era que tenía una apariencia limpia y agradable. Y él, casi tanto como su hijo, se sentía orgulloso, no sólo del apellido, sino de la apariencia social de los Griffiths ante los empleados de la fábrica, tanto como ante la comunidad en general. A la vista de Clyde, tan parecido a Gilbert, con su camiseta sin mangas y los pantalones, trabajando entre estos hombres, quedó más impresionado que en ninguna otra ocasión anterior por el hecho de que Clyde era su sobrino y, por tanto, no debía obligársele a continuar por más tiempo en este trabajo tan humillante. A los demás empleados podría parecerles que él, Samuel Griffiths, era injustamente indiferente al significado de tal parentesco.


Sin embargo, sin decir una palabra a Whiggam ni a ningún otro en ese momento, esperó a que su hijo volviese el lunes por la mañana de una excursión que había emprendido fuera de la ciudad, y llamándole en seguida a su despacho observó:


—El sábado di una vuelta por la fábrica y encontré al joven Clyde todavía en el departamento de mermas.


—¿Y qué pasa, papá? —replicó su hijo, interesado por la forma en que su padre mencionaba en esta ocasión a Clyde— Otros antes que él han trabajado allá abajo y no se han sentido ofendidos por ello.


—Todo eso es cierto, pero no eran sobrinos míos. Y no se parecían a ti tanto como él —comentario éste que irritó mucho a Gilbert—. No quiero, te digo. No lo creo justo y temo que tampoco lo consideren normal otros que ven cómo se te parece y saben que es primo tuyo y sobrino mío. No me di cuenta al principio porque no había estado abajo últimamente, pero no creo que sea prudente mantenerle más tiempo haciendo esa clase de trabajo. No lo hará más. Tendremos que ascenderlo, pasarle a cualquier puesto donde pueda ir vestido de otra forma.


Sus ojos se oscurecieron y frunció las cejas. La impresión que le había causado Clyde con ropa de faena y empapado de sudor no había sido nada agradable.


—Pero yo te expliqué cuál iba a ser su trabajo, papá —insistió Gilbert ansiosamente a causa de su innata oposición a conservar a Clyde si era posible evitarlo—. No estoy seguro de poder encontrar ahora mismo un lugar a propósito para él en ningún sitio, al menos no sin tener que despedir a algún otro que lleva aquí mucho tiempo y que ha trabajado con ahínco para obtener un buen puesto. El no conoce ninguno de los demás trabajos ni tiene instrucción más que para lo que está haciendo.


—No lo sé ni me importa —replicó Griffiths padre, dándose cuenta de que su hijo

 




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estaba un poco celoso y en consecuencia dispuesto a ser injusto con Clyde—. Ése no es lugar para él y no lo tendré allí ni un momento más. Ya ha estado más tiempo de la cuenta. Y no puedo permitir que el apellido de nuestra familia pueda significar menos de lo que ahora significa, es decir, reserva, capacidad, energía y buen juicio. Eso no sería bueno para el negocio. Y cualquier disminución del concepto que tienen de nosotros sería muy perjudicial para el negocio. ¿Comprendes lo que quiero decir, verdad?


—Sí, te comprendo perfectamente, jefe.


—Bien, entonces haz lo que te he dicho. Ponte de acuerdo con Whiggam y trata de encontrar un puesto para Clyde en que no figure como una herramienta o un trabajador manual. Fue un error ponerlo allá abajo al principio. Debe haber algún pequeño puesto en alguno de los departamentos que sea propio para él como jefe de algo, o primer o segundo o tercer ayudante de alguien, y donde pueda llevar un traje decente y parecer una persona. Y, si fuera preciso, le dejas que se marche a su casa con toda la paga hasta que encuentres algo para él. Pero necesito que cambie de puesto. A propósito, ¿cuánto se le está pagando ahora?


—Unos quince dólares, creo —replicó Gilbert con suavidad.


—No es bastante, si ha de aparecer correctamente vestido. Mejor ponle veinticinco. Es más de lo que merece, ya lo sé, pero no puedo evitarlo. Ha de tener bastante para vivir mientras esté aquí, y desde ahora en adelante prefiero pagarle más antes de que alguien pueda pensar que no lo tratamos con justicia.


—De acuerdo, de acuerdo, jefe. Por favor no te enfades por esto, ¿quieres? —se lamentó Gilbert, notando la irritación de su padre—. Tampoco es mía toda la culpa. Estuviste de acuerdo con su primer trabajo cuando te lo indiqué, ¿verdad? Pero creo que tienes razón. Déjalo en mis manos. Yo encontraré un lugar decente para él.


Y volviéndose, salió en busca de Whiggam, aunque al mismo tiempo pensando en cómo iba a evitar que Clyde tuviera la idea de que era una persona importante y dejarle claro que esto se iba a hacer como un favor y no por méritos.


E inmediatamente encontró a Whiggam, quien, después de una aproximación muy diplomática por parte de Gilbert, se estrujó el cerebro, se rascó la cabeza, salió y volvió al cabo de un rato para decir que la única cosa que se le ocurría, ya que Clyde carecía de toda instrucción técnica, era el puesto de ayudante del señor Liggett, que era el capataz a cargo de cinco grandes salas de costura en el quinto piso, y que tenía en sus manos una sección pequeña y muy especial, aunque en ninguna forma técnica, que requería la inspección separada de un ayudante.


Esta era la sala de sellado, Una habitación separada al este del piso de costura, donde se recibían diariamente de la sala de corte de setenta y cinco a cien mil docenas de cuellos sin coser, de diferentes clases y tamaños. Y aquí un grupo de muchachas les ponían un sello de acuerdo con las pequeñas tiras de papel con el tamaño y clase del cuello. La única misión del capataz ayudante a cargo de esta sala, como Gilbert sabía muy bien, era, además de mantener el debido orden y decoro, vigilar para que el proceso del estampado de los sellos continuara sin interrupción. También, una vez que las setenta y cinco a cien mil docenas de cuellos estaban debidamente sellados y entregados a las costureras, que trabajaban al lado, en la habitación mayor, había que vigilar que se hubieran anotado oportunamente en el libro de entrada. Y que el número de docenas selladas por cada

 




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muchacha estuviese anotado a su vez, con objeto de que cada muchacha percibiese la paga correspondiente a sus servicios.


Para este propósito había una pequeña mesa y varios libros de entradas, según los tamaños y la calidad. Realmente era el trabajo de un escribiente de muy inferior categoría y a veces había sido desempeñado por gente joven o muy anciana, según las disponibilidades de personal.


Pero lo que temía Whiggam en relación con Clyde y que no dejó de indicarle a Gilbert en esta ocasión, fue que a causa de su inexperiencia y juventud, Clyde no pudiera mostrarse desde un principio tan exigente e insistente como requería el trabajo. Aquí no había más que muchachas, algunas de ellas muy atractivas. ¿Y era prudente colocar en semejante sitio a un joven de la edad y del aspecto de Clyde? Porque si era demasiado susceptible, como bien podía suceder a sus años, no se mostraría lo bastante severo y las muchachas se le subirían a las barbas. Y si sucedía eso no podría conservársele allí mucho tiempo. Pero por otra parte era la única vacante que había en la fábrica por aquel momento. Así es que no quedaba más remedio que hacer una prueba. No transcurriría mucho tiempo antes de que el señor Liggett o él mismo se enterasen de la posibilidad de hallar un puesto más adecuado o de si servía o no el muchacho para el trabajo. En ese caso ya sería cuestión de pensar en un cambio.


Consiguientemente, a eso de las tres de la tarde de aquel mismo lunes, mandaron buscar a Clyde y, siguiendo el método de Gilbert, tuvo que esperar quince minutos antes de ser admitido a su presencia.


—Bueno, ¿cómo le va a usted por allá abajo? —le preguntó Gilbert fríamente y en tono inquisitorial.


Y Clyde, que siempre experimentaba una profunda depresión cuando tenía que enfrentarse con su primo, replicó con una sonrisa débil y forzada:


—Oh, poco más o menos lo mismo que antes, señor Griffiths. No puedo quejarme.

Me gusta bastante. Estoy aprendiendo algo, creo.

—¿Usted cree?


—Bueno, yo sé que he aprendido algunas cosas, naturalmente —añadió Clyde, ruborizándose intensamente y sintiendo un profundo resentimiento al mismo tiempo que conseguía esbozar una sonrisa casi de excusa.


—Bien, eso está algo mejor. Difícilmente podría estar un hombre tanto tiempo como usted ha estado abajo sin llegar a saber si había o no aprendido algo.


Después, decidiendo que había estado quizá demasiado severo, modificó su tono y añadió:


—Pero no le he mandado llamar para eso. Hay otro asunto que quiero tratar con usted. Dígame, ¿ha tenido alguna vez en su vida a cargo suyo a otras personas?


—Creo que no he comprendido muy bien su pregunta —replicó Clyde que, al estar un poco nervioso y azorado, no había comprendido en absoluto el significado de la cuestión.


—Quiero decir que si ha tenido alguna vez a alguien a sus órdenes, a una o varias personas en un departamento. Si ha sido capataz o algo parecido o ayudante de alguna clase.


—No, señor, nunca lo he sido —respondió Clyde tan nervioso que casi

 




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tartamudeaba. Pues el tono de Gilbert era muy severo, frío y altamente despreciativo. Al mismo tiempo, ahora que había captado el sentido de la pregunta, comprendía también lo que ésta implicaba. A pesar de toda la severidad de su primo, de sus malos modales hacia él, todavía podía pensar que sus jefes estaban tratando de nombrarle capataz y poner a sus órdenes a varias personas. ¡Eso debía ser! Inmediatamente sus dedos comenzaron a temblar y se le puso la carne de gallina—: Pero he visto cómo se hace en los clubs y en los hoteles —añadió rápidamente— y creo que podría arreglármelas si se me diese una oportunidad.


Sus mejillas estaba ahora muy rojas y sus ojos parecían claros como el cristal.


—No es lo mismo. No es lo mismo —insistió Gilbert incisivamente—. Ver y hacer son dos cosas completamente diferentes. Una persona sin experiencia alguna puede pensar mucho, pero cuando se trata de poner en práctica sus pensamientos no es capaz de hacerlo. De todas formas éste es un negocio que requiere personas que lo conozcan.


Miró con fijeza y críticamente a Clyde mientras que éste, sintiendo que debía estar equivocado en su idea de que se iba a hacer algo por él, comenzó a tranquilizarse. Sus mejillas recobraron su palidez normal y la luz murió en sus ojos.


—Sí, señor, supongo que eso es verdad —comentó.


—Pero en este caso usted no necesita suponer —insistió Gilbert—. ¿Ve usted? Esto es lo molesto de las personas que no saben. Están siempre suponiendo.


La verdad era que Gilbert estaba tan irritado al pensar que debía buscar un puesto para su primo, y eso a pesar de que éste no había hecho nada en absoluto para merecerlo, que difícilmente podía disimular el mal humor que le dominaba.


—Tiene usted razón, lo sé —dijo Clyde apaciguadoramente, ya que todavía tenía esperanzas de ascenso.


—Bien, el hecho es —continuó Gilbert— el siguiente. Yo podría haberle colocado en el departamento de contabilidad del negocio cuando usted vino por primera vez, si usted hubiera estado técnicamente capacitado para ello. —La frase «técnicamente capacitado» abrumó y aterrorizó a Clyde, ya que difícilmente comprendía lo que significaba—. Tal como están las cosas —continuó Gilbert sin darle importancia— hemos de hacer todo lo que podamos por usted. Sabíamos que no era muy agradable trabajar abajo, pero entonces no podíamos hacer nada más. —Tamborileó con los dedos sobre la mesa—. Pero la razón por la que le he llamado hoy es ésta: quiero discutir con usted acerca de una vacante que ha surgido en uno de nuestros departamentos y nos estamos preguntando, mi padre y yo, si usted sería capaz de desempeñarla. —De nuevo el ánimo de Clyde se elevó asombrosamente—. Los dos, mi padre y yo —continuó—, hemos estado pensando algún tiempo que nos gustaría hacer algo por usted, pero como ye he dicho, su falta de capacitación de cualquier clase lo hace muy difícil. Usted no ha tenido educación comercial ni técnica y esto lo hace todo doblemente difícil. —Hizo una pausa lo bastante larga para permitir que estas ideas profundizasen en Clyde, produciendo en él el sentimiento de que era en realidad un intruso—. Sin embargo —añadió después de un momento—, hemos decidido darle a usted una oportunidad para algo mejor de lo que está haciendo ahora. No podíamos permitir que permaneciera abajo indefinidamente. Ahora le diré lo que he pensado.


Y procedió a explicar la naturaleza del trabajo en el quinto piso. Cuando poco

 




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después fue llamado Whiggam, Gilbert observó:


—Whiggam, he estado diciéndole a mi primo lo que hablamos esta mañana y lo que le dije sobre nuestro plan de probarle como jefe de aquel departamento. Así que condúzcalo al señor Liggett y él u otro cualquiera que le explique la clase de trabajo que ha de desempeñar allí. Se lo agradeceré. —Se volvió a su mesa—. Después puede enviármelo de nuevo —añadió—. Tengo que hablarle nuevamente.


Entonces se levantó y despidió a los dos con un gesto de la mano, y Whiggam, todavía algo dudoso en cuanto al resultado de la prueba, pero ahora con gran ansiedad por complacer a Clyde, ya que no podía saber lo que éste llegaría a ser, emprendió el camino hacia el departamento del señor Liggett. Y allí, entre el estruendoso zumbido de las máquinas, Clyde fue conducido hasta el extremo oeste del edificio a una sala mucho más pequeña que estaba separada de la gran nave simplemente por una baranda. En ella había unas veinticinco muchachas y sus ayudantas con cestos, que aparentemente hacían todo lo posible por rivalizar con una corriente constante de paquetes de cuellos sin coser que caían a través de varios buzones desde el piso superior.


Y en ese mismo momento, después de haber sido presentado al señor Liggett, fue acompañado hasta una mesa rodeada por una barandilla, a la que estaba sentada una muchacha pequeña y rechoncha, de una edad aproximada a la suya, no muy atractiva, que se levantó cuando ellos se acercaron.


—Esta es la señorita Todd —comenzó el señor Whiggam—. Ha estado a cargo de esto desde hace unos diez días en ausencia de la señorita Angier. Y lo que quiero que haga usted ahora, señorita Todd, es que explique al señor Griffiths aquí presente, tan rápida y claramente como sea posible, lo que hay que hacer en este puesto. Y después, más adelante, cuando él venga a este sitio, quisiera que le ayudara usted a tomar nota de las cosas, hasta que él vea qué es lo que tiene que hacer y crea que puede hacerlo por sí mismo. ¿Lo hará usted, verdad?


—Naturalmente, señor Whiggam. Me alegrará mucho poder hacerlo —replicó amablemente la señorita Todd, y a continuación comenzó a extender los libros y a enseñar a Clyde cómo se efectuaban las entradas y las salidas, y más tarde cómo se hacían los sellados, cómo las muchachas de los cestos tomaban los paquetes de cuellos que bajaban por los buzones y cómo los distribuían según las necesidades de las muchachas, y cómo después, tan pronto como estaban sellados, otras muchachas los llevaban en cestos a la nave de costura. Y Clyde, muy interesado, comprendió que podría hacerlo, aunque solo entre tantas mujeres se sintiera un poco extraño. Pues había en total muchas, muchísimas mujeres, cientos de ellas, extendiéndose a lo lejos entre blancas paredes y columnas hasta el costado oriental del edificio. Y las altas ventanas que alcanzaban desde el suelo hasta el techo lo inundaban todo de una intensa luz. No todas las mujeres eran bonitas. Las vio con el rabillo del ojo, mientras primero la señorita Todd y después Whiggam y hasta Liggett trataban de explicarle detalles del trabajo.


—La cosa importante —explicó Whiggam al cabo de un momento— es ver que no hay error en cuanto al número de cuellos que bajan del piso superior para ser sellados y también que no hay retraso alguno al estamparles el sello y mandarlos a las costureras. También que el trabajo realizado por cada una de las muchachas haya sido debidamente registrado para que no haya error alguno al pagarle su trabajo.

 




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Al fin Clyde supo lo que se exigía de él y las condiciones en que debía trabajar y dijo que ya estaba enterado. Estaba muy nervioso, pero decidió rápidamente que si podían hacerlo muchachas, él también podría. Y como Liggett y Whiggam, interesados por su parentesco con Gilbert, parecían muy amistosos e insistían en que estaban seguros de que no habría allí nada que él no pudiera hacer, volvió poco después con Whiggam al despacho de Gilbert, quien, al verlo entrar, observó:


—Bien, ¿cuál es la contestación? ¿Sí o no? ¿Cree usted que es capaz de hacerlo o no? —Bueno, sé que puedo hacerlo —replicó Clyde con mucho coraje, aunque con el


sentimiento íntimo de que no lo haría bien a menos que la fortuna le siguiera favoreciendo. Había que tener en cuenta muchas cosas, tanto el favor de los superiores como el de los que estuvieran a su alrededor, y ¿estarían siempre dispuestos a ayudarle?


—Entonces, muy bien. Ahora siéntese un momento —continuó Gilbert—. Quiero decirle algo más en relación con el trabajo de ahí arriba. Le parece fácil, ¿no es verdad?


—No, no puedo decir que parezca precisamente fácil —respondió Clyde, violento y un poco pálido, pues a causa de su falta de experiencia creía que ésta era una gran oportunidad, algo que requería todo su cuidado y su valor—. Es justamente lo que creo que puedo hacer. En realidad sé que lo puedo desempeñar y me gustaría probar.


—Bueno, esto suena un poco mejor —dijo Gilbert algo más amablemente—. Y ahora tengo que decirle algo más. Creo que usted nunca había supuesto que hubiera aquí una nave con tantas muchachas, ¿verdad?


—No, señor, no lo sabía —replicó Clyde—. Sabía que las había en algún sitio del edificio, pero no sabía exactamente dónde estaban.


—Justo —continuó Gilbert—. Esa planta está operada prácticamente por mujeres desde el sótano hasta el techo. En el departamento de confección se puede decir que hay diez mujeres por hombre. A causa de esto cualquiera a quien confiamos alguna responsabilidad en este departamento debe ser fiable en cuanto a su carácter moral y religioso. Si usted no estuviera emparentado con nosotros, razón por la que sabemos algo sobre usted, no habríamos pensado en colocarle en ese puesto ni en ningún otro en que tuviera mando hasta que no le conociéramos debidamente. Pero no crea que por el hecho de ser pariente nuestro no ha de observar una conducta intachable en todo lo que se relacione con su cargo. Precisamente por ello ha de ser usted más estricto de lo que sería otro cualquiera. ¿Comprende usted por qué? ¿Y el significado que tiene aquí el apellido Griffiths?


—Sí, señor —replicó Clyde.


—Entonces, muy bien —continuó Gilbert—. Antes de colocar a nadie en una posición de autoridad, hemos de estar absolutamente seguros de que va a conducirse como un caballero, de que las mujeres que están trabajando aquí van a recibir siempre un trato correcto. Si un joven, o un viejo, viene a esta fábrica alguna vez e imagina que porque hay mujeres trabajando se le permite flirtear o bromear con ellas descuidando su trabajo, está condenado de antemano a permanecer muy poco tiempo en su cargo. Los hombres y las mujeres que trabajan para nosotros han de recordar que son empleados nuestros al principio, al fin y siempre y han de mantener esa actitud con sus subordinados aun en la calle. Y, a menos que se comporten así, si oímos algo en contra de este precepto, ese hombre o mujer está acabado para nosotros. No le querremos y no le tendremos. Y una

 




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vez que hemos terminado con él, hemos terminado para siempre.


Hizo una pausa, miró fijamente a Clyde, como esperando su asentimiento, y continuó:


—Espero haberme expresado con suficiente claridad. Creo que no tendremos molestia alguna de esta clase en cuanto a usted se refiere.


Y Clyde replicó:

—Sí, lo comprendo. Creo que es justo. Sé que ésa es la forma en que ha de ser.

—Y debe ser —añadió Gilbert.

—Y debe ser —repitió Clyde.


Al mismo tiempo se estaba preguntando si era verdad todo lo que decía Gilbert. ¿No había oído él mismo ya a las muchachas de la fábrica hablar sobre estas cosas en tono desenfadado? Sin embargo, en ese momento él no se relacionaba con ninguna de las jóvenes del piso de costura. Su estado de ánimo y su decisión actuales eran que, debido a su excesivo interés por las chicas, sería mejor no tener nada que ver con ellas, no hablarle jamás a ninguna, y conservar una actitud muy distante y fría, tal como Gilbert hacía con él mismo. Tenía que hacerlo así, al menos si quería conservar su puesto. Y estaba decidido a conservarlo y a conducirse siempre como su primo deseaba.


—Bueno, ahora —siguió Gilbert como un suplemento a los propios pensamientos de Clyde—, lo que quiero que me diga es si, después de molestarnos en ponerle en ese departamento, aunque sea temporalmente, puedo confiar en que sabrá usted llevar la cabeza sobre los hombros y vigilará concienzudamente el trabajo, o si va a tener la cabeza siempre distraída sin fijar la atención en su tarea, sólo por el hecho de estar trabajando entre tantas mujeres y chicas. ¿Podrá usted hacerlo?


—Sí, señor, sé que puedo hacerlo —replicó Clyde muy impresionado por la concisa pregunta de su primo, aunque, después de lo de Rita, un poco dudoso.


—Si no puede usted, ahora es el momento de decirlo —persistió Gilbert—. Usted es, por la sangre, un miembro de nuestra familia. Y especialmente en una situación como ésta, usted nos representa. No podemos tener quejas contra usted por el trabajo de su departamento. Por eso necesito que esté siempre en guardia y vigile todos sus pasos desde ahora en adelante. Ni la cosa más pequeña puede ocurrir relacionada con usted que alguien pueda comentar desfavorablemente. Lo comprende, ¿verdad?


—Sí, señor —replicó Clyde con toda solemnidad—. Lo comprendo. Me conduciré debidamente o seré despedido.


Y estaba en ese momento pensado seriamente que él quería y podía comportarse como le indicaban. El gran número de muchachas y mujeres de toda edad que estaban arriba le parecía muy remoto y de ninguna importancia para él.


—Muy bien. Ahora voy a decirle otra cosa. Quiero que salga y se marche a su casa por todo el día y medite sobre todo eso que le he dicho. Después, mañana por la mañana, vuelva y empiece a trabajar arriba si todavía está decidido. Su salario será desde ahora en adelante de veinticinco dólares, y deseo que vaya siempre limpio y presentable de tal forma que sea un ejemplo para todos los demás que tienen a su cargo un departamento.


Se levantó con actitud fría y distante, pero Clyde, muy envalentonado y entusiasmado por este repentino aumento, así como por la advertencia sobre que debía vestir bien, se sentía tan agradecido a su primo que deseaba mostrarse amistoso con él.

 




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Ciertamente era frío, duro y vano, pero, sin embargo, debía pensar bien de él, lo mismo que su tío, para hacer todo esto por él de una forma tan rápida. Y si alguna vez era capaz de hacerse amigo del Gilbert, estar con él en buenas relaciones, ¿qué honores comerciales y sociales no le concederían?


Tan exaltado estaba en ese momento que al salir de la gran sala marchaba alegremente a grandes zancadas, habiendo resuelto que desde ahora en adelante, pasara lo que pasara, y como prueba de lo que era capaz en cuanto al trabajo y a la vida misma, iba a ser todo lo que su tío y su primo esperaban de él, frío, helado y hasta severo si era preciso, en todo lo que concernía a las mujeres y chicas de su departamento. Se acabaron las relaciones con Dillard o Rita o cualquiera de esa clase, al menos por el momento.




CAPÍTULO 12


¡Veinticinco dólares a la semana! ¡Ser jefe de un departamento en el que había empleadas veinticinco mujeres! ¡Llevar otra vez buenos trajes! ¡Sentarse ante una mesa de oficina en el departamento, contemplando un espléndido panorama del río y sintiendo que al fin, después de casi dos meses en ese absurdo departamento del sótano, era una figura de relieve en tan enorme institución! Y a causa de su parentesco y de su nueva dignidad, Whiggam, lo mismo que Liggett, le daban consejos instructivos y eficaces comentarios de vez en cuando. Y algunos de los jefes de los demás departamentos, incluso varios del despacho de enfrente, un interventor y un encargado de publicidad, se paraban a veces al pasar para saludarle. Y los detalles del trabajo ya los dominaba lo suficiente para permitirse a veces echar un vistazo por los alrededores, tomando interés por la fábrica como un todo, su proceso industrial y su suministro, de dónde venía la gran cantidad de tela de algodón, cómo se cortaban las piezas en una enorme nave por encima de la suya en la que trabajaban centenares de veteranos cortadores que recibían muy buenos salarios; supo que existía una oficina de colocación para reclutar aspirantes, un médico de la compañía, un hospital, un comedor especial donde se permitía que comieran los oficiales y nadie más, y que él, por ser jefe de departamento, podía ahora almorzar con los otros en un restaurante especial si lo deseaba y se lo podía costear. También se enteró de que a varias millas de Lycurgus, en el Mohawk, cerca de un poblado llamado Van Troup, había un club para el personal de las fábricas de la comarca, al que pertenecía la mayor parte de los jefes de departamento de las distintas fábricas establecidas por los alrededores. Sin embargo, como también llegó a saber, Griffiths y Compañía no aprobaban que sus oficiales se mezclasen con los de otras fábricas, por lo que pocos de ellos se atrevían a hacerlo. Sin embargo, él, como miembro de la familia, según le dijo Liggett en una ocasión, podría probablemente hacer lo que quisiera. Pero él decidió, debido al severo aviso de Gilbert tanto como a sus relaciones de parentesco con los propietarios, que haría mejor permaneciendo tan distante como le fuera posible. Y así, sonriendo y comportándose con la mayor jovialidad posible para con todos, sin embargo, en general, y con objeto de evitar a Dillard y a otros de su calaña, se acostumbró, aunque esto le hiciera vivir una vida mucho más solitaria, a regresar a sus habitaciones o a dar vueltas por las plazas públicas de las ciudades de los alrededores las tardes de los sábados y de los domingos, o bien,

 




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como pensó que eso podría ganarle la estima de sus parientes, empezó a asistir a una de las principales iglesias presbiterianas a la que, según se enteró, solían acudir los Griffiths. Pero a pesar de esta vida, nunca llegó a entrar en contacto personal con ellos, ya que desde junio hasta septiembre pasaban sus fines de semana en el lago Greenwood, donde veraneaba la buena sociedad de la región.


En efecto, la vida veraniega de Lycurgus, por lo que se refería a la buena sociedad, era muy aburrida. No ocurría nada de particular en la ciudad, aunque en el mes de mayo había habido varios asuntos relacionados con los Griffiths y sus amigos, de los que Clyde había leído algo en los periódicos o presenciado a distancia: una recepción con motivo del reparto de diplomas y un baile en la escuela Snedeker, una fiesta campestre en las propiedades de los Griffiths, con una marquesina en una parte del césped y linternas chinas colgadas entre los árboles. Clyde había observado esto por casualidad un día que estaba paseando. Aquella familia le suscitaba muchos pensamientos curiosos y ávidos, con su altísima posición y el parentesco que le unía a ella. Pero habiéndole colocado confortablemente en una pequeña posición que no era muy ardua, los Griffiths procedieron ahora a apartarle de sus mentes. Él estaba portándose bien y quizá más tarde le concedieran permiso para verlos alguna que otra vez.


Y luego leyó que el 20 de junio iba a celebrarse, según decía La Estrella de Lycurgus, la carrera floral de automóviles entre Lycurgus y otras ciudades, carrera que este año iba a celebrarse en Lycurgus y que iba a ser el último acontecimiento social de importancia, tal como La Estrella decía, antes de que comenzase el éxodo anual a los lagos y a las montañas. Y los nombres de Bella, Bertine y Sondra, por no decir nada del de Gilbert, se mencionaban como contendientes y defensores del hermoso nombre de Lycurgus. Y como esto tuvo lugar un sábado por la tarde, Clyde, vestido de punta en blanco, decidió pasar por un espectador ordinario para poder contemplar una vez más a la muchacha que tantísima impresión le había causado a simple vista, la cual desfiló en una carroza hecha con diversos adornos de flores amarillas en representación de una leyenda india relacionada con el río de la localidad. Con el cabello oscuro recogido a la manera de las indias, adornado con una pluma amarilla, la muchacha se mostraba lo bastante impresionante como para obtener no solamente un premio sino para volver a capturar la fantasía del joven Clyde, el cual no dejaba de soñar en lo maravilloso que sería pertenecer a aquel mundo tan magnífico.


En el mismo desfile había visto a Gilbert Griffiths, acompañado por una muchacha muy atractiva; ambos iban montados en una carroza de cuatro pisos que representaba las cuatro estaciones. Y en otra carroza iba Bella Griffiths, que representaba la primavera, acurrucada junto a una cascada de oscuras violetas. El efecto era impresionante y dejó a Clyde en un estado de ánimo muy propicio para el amor, para la juventud y para la aventura, estado de ánimo que era delicioso, pero a la vez muy penoso. Después de todo, quizá habría hecho bien en conservar a Rita.


Mientras tanto seguía viviendo lo mismo que antes, sólo que con mucha más holgura en cuanto se refería a sus propios pensamientos. Pues la primera idea que había tenido después de recibir aquel sueldo tan elevado era dejar la pensión de la señora Cuppy y alquilar una habitación mejor en alguna casa particular que, aunque estuviese más lejos de su trabajo, se encontrase sin embargo en una calle de más importancia. Así cesaría todo

 




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contacto con Dillard. Y ahora, puesto que su tío le había ayudado, era posible que algún representante suyo o de Gilbert quisiese alguna vez dar una vuelta para ver el sitio donde estaba alojado. ¿Y qué pensaría si le veía en una habitación tan mezquina?


Diez días después del aumento, le fue posible obtener una habitación en una buena casa de una de las mejores calles, nada menos que en la avenida Jefferson, que era paralela a la avenida donde vivía su tío. Era el hogar de una viuda cuyo esposo había sido gerente de una fábrica, la cual tenía dos habitaciones para alquilar con objeto de poder mantener un hogar que estaba por encima del nivel de una persona de su posición en Lycurgus. Y como la señora Peyton llevaba mucho tiempo residiendo en la ciudad y conocía muchísimo a los Griffiths, advirtió en seguida no sólo el nombre sino el parecido que Clyde tenía con Gilbert. Intensamente interesada por ello, así como por su apariencia general, inmediatamente le ofreció una habitación excepcional por sólo cinco dólares a la semana, habitación que él aceptó sin dudarlo.


En relación con su trabajo en la fábrica, sin embargo, y a pesar de que había forjado resoluciones drásticas con respecto a ayudar a personas que estaban por debajo de él, no obstante no siempre le era posible mantener la mente ocupada exclusivamente en la rutina mecánica del trabajo sin preocuparse de la presencia de las muchachas, ya que por lo menos unas cuantas de ellas eran muy atractivas. Pues era verano, a últimos de junio. Y en toda la fábrica, especialmente a eso de las dos, las tres y las cuatro de la tarde, cuando la incesante repetición del trabajo parecía cernerse sobre todos, una indiferencia no lejana a la languidez y en algunos casos a la sensualidad semejaba arrastrarse por el lugar. Había tantas muchachas y chicas de tipos y maneras tan diferentes. Y aquí estaban muy lejos de cualquier hombre o de cualquier placer de cualquier tipo y todas a solas con él. Y el aire de aquel lugar era casi siempre pesado y físicamente relajante, y por las muchas ventanas abiertas que llegaban desde el techo hasta el suelo, podía verse el río fluyendo y serpenteando con sus riberas cubiertas de verde hierba y sombreado a trozos por las ramas de los árboles. Siempre parecía aludir a los placeres que se podrían encontrar paseando por sus orillas. Y puesto que los trabajos que aquí se desarrollaban podían hacerse de una manera tan mecánica que la mente se encontraba libre para vagar en pensamientos relacionados con una u otra clase de placeres, las jóvenes estaban la mayor parte del tiempo pensando en ellas mismas y qué es lo que harían suponiendo que no estuviesen encadenadas a aquella rutina.


Y como sus disposiciones de ánimo eran tan vivas y tan apasionadas, a menudo se sentían propensas a fijar su atención en el objeto que tenían más cercano. Y como Clyde era siempre el único varón que estaba presente y en aquellos días iba vestido con sus mejores trajes, se sentían inclinadas a fijarse en él. Estaban en realidad llenas de toda suerte de nociones fantásticas con respecto a las relaciones del muchacho con los Griffiths y con sus iguales, así como de dónde vivía y de qué forma y cómo sería la muchacha por la que él pudiera interesarse. Y él, a su vez, cuando no se veía demasiado constreñido por el recuerdo de lo que le había dicho Gilbert Griffiths se sentía inclinado a pensar en ellas, sobre todo en determinadas muchachas, con unos pensamientos que bordeaban lo sensual. Pues a pesar de los deseos de la Compañía Griffiths y a pesar de Rita, o quizá precisamente a causa de ella, se hallaba a sí mismo interesándose poco a poco cada vez más por tres muchachas diferentes que había aquí. Eran de corte pagano y amantes del

 




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placer, y pensaban que Clyde era muy guapo. Ruza Nicoforich, una muchacha rusoamericana, grandota, rubia y sensual, de ojos castaños y nariz y barbilla muy anchas, se sentía muy atraída por él. Pero como él se conducía de aquella manera tan particular, la pobre muchacha apenas se atrevía a levantar sus pensamientos. Pues para ella, verle con aquellos cabellos tan bien peinados y aquella camisa tan brillante, las mangas de la cual estaban subidas hasta los codos debido a aquel tiempo tan caluroso, le parecía algo demasiado perfecto para ser real. La chica admiraba sus zapatos castaños tan limpios, su cinturón de cuero tan hermoso y la corbata tan bien hecha que llevaba.


Y estaba también Martha Bordaloue, una muchachita rechoncha, de procedencia canadiense-francesa, de figura recortada y de muslos rollizos, con el cabello rubio y tirando a rojo y los ojos de un azul verdoso, con las mejillas muy sonrosadas y manos regordetas y pequeñas. Ignorante y pagana, veía en Clyde a alguien a quien, si llegase la hora, suponiendo que él quisiese, ella le daría una bienvenida muy ansiosa. Al mismo tiempo, como era felina y salvaje, odiaba a quienquiera que tratase de despertar el interés del muchacho y despreciaba a Ruza por aquella razón. Porque no se le escapaba ver cómo Ruza trataba de rozarse o de apoyarse en Clyde cada vez que él se ponía lo bastante cerca. Al mismo tiempo ella buscaba llamarle la atención utilizando todos los trucos que le eran conocidos: dejar la blusa abierta para que se viese el nacimiento de sus blancos pechos, remangarse la falda para que se le viesen las pantorrillas cuando estaba trabajando y ostentar sus redondos brazos para mostrarle que, físicamente por lo menos, no tenía nada que envidiarle a nadie. Y los astutos suspiros y las miradas lánguidas que le lanzaba cuando él estaba cerca hacían que Ruza tuviera que exclamar:


—¡Esa gata francesa! ¡Hace todo lo que puede para que la mire!

Y por causa de Clyde tenía un deseo sincero de golpearla.


Y estaba también la regordeta y alegre Flora Brandt, decididamente un tipo americano de clase baja, pero de rasgos muy seductores, cabello negro, ojos grandes y oscuros con grandes pestañas, nariz recta, labios gruesos, sensuales y bonitos, cuerpo vigoroso y no desagradable, que de día en día, desde que él había llegado, no dejaba de mirarle como diciéndole:


—¿Qué, no crees que soy atractiva?

Y también tenía otras miradas que querían decir:


—¿Cómo puedes continuar ignorándome? Hay montones de tipos que estarían encantados con tu suerte, te lo digo yo.


Y en relación con las tres, al cabo de un tiempo le vino la idea de que, puesto que eran tan diferentes, más vulgares de lo que él pensaba, menos bien guardadas y menos agudamente interesadas en los aspectos convencionales de sus contactos, podía ser factible, sin que nadie le descubriera, jugar con una o con otra o con las tres por turno si su interés le llevaba tan lejos, sin peligro de ser descubierto, particularmente si de antemano procuraba dejarles claro que era él quien estaba condescendiendo al advertir siquiera su existencia. Muy ciertamente, si había de juzgar por las acciones de ellas, las tres estaban deseando recompensarle si se tomaba la molestia de fijar en ellas su atención y luego no pensarían nada malo si a continuación prefería ignorarlas como estaba obligado para mantener su posición. Siñ embargo, habiendo dado su palabra a Gilbert Griffiths, no estaba todavía en disposición de ánimo tal como para quebrantar su promesa. Estos eran

 




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meros pensamientos que de cuando en cuando se despertaban en él por una situación que le resultaba en extremo difícil. La suya era una disposición fácil y a menudo intensamente inflamada por la química del sexo y la fórmula de la belleza. No podía resistir fácilmente la llamada del sexo. Y por las acciones y aproximaciones de cada una, se sentía tentado muchas veces, especialmente en aquellos días cálidos y lánguidos del verano, sin ningún sitio a donde ir y ninguna persona íntima con la que pasear. De tiempo en tiempo no podía resistir el acercarse a estas chicas que estaban tratando de tentarle, aunque en vista de sus miradas y de sus insinuaciones, a veces muy mal disimuladas, mantenían una altivez y una fingida indiferencia que en él resultaban notables.


Pero justamente por esta época hubo un aluvión de pedidos, que dieron origen a la necesidad, según Whiggam y Liggett aconsejaron, de que Clyde tomase unas cuantas muchachas más que quisieran trabajar por un mínimo hasta que hubiesen aprendido y dominado la técnica, en cuyo caso ya podrían ganar más. Había muchas que querían emplearse. En tiempos en que no se recibían muchos pedidos, todas estas ofertas eran rechazadas o bien se colgaba el cartelito de «No hay vacantes».


Como Clyde era relativamente nuevo en este trabajo y por tanto todavía no había contratado ni despedido a nadie, se convino entre Whiggam y Liggett que todo el personal así contratado fuese examinado primero por Liggett, que también estaba buscando costureras. Y en caso de encontrar alguna que prometiera servir en el departamento de sellado, sería enviada a Clyde con la sugerencia de que la probara. Sólo que antes de mandar ninguna a Clyde, Liggett tuvo buen cuidado de explicarle que en relación con esta admisión temporal y el posterior despido había un sistema. Uno no podía dar a una obrera nueva, por muy bien que ésta hiciera su trabajo, la sensación de que estaba haciéndolo mejor de lo corriente, hasta que su capacidad se hubiese desarrollado por completo. Esto interfería su propia mejora como trabajador. De esta forma se podían tomar cuantas muchachas fueran precisas para hacer frente a una situación determinada, y luego, cuando el apuro hubiese terminado, despedirlas, a menos que, a veces, se encontrara una trabajadora excepcionalmente rápida. En ese caso era siempre aconsejable tratar de retener a tal persona, ya desplazando a una menos satisfactoria o transfiriéndola a algún otro departamento para hacer sitio así a nueva sangre y nuevas energías.


Al día siguiente, después de aquella noticia de un pedido importante, llegaron cuatro muchachas, escoltadas siempre por Liggett, que en cada caso explicaba a Clyde:


—Aquí hay una muchacha que quisiera trabajar con nosotros. Se llama señorita Tyndall. Puede usted hacerle una prueba.


Y Clyde, después de preguntarle dónde había trabajado y cuáles eran sus experiencias en labores análogas, le explicaba la naturaleza del trabajo y el sueldo; luego llamaba a la señorita Todd para que le diese trabajo, teniendo más tarde que decidir entre los dos si valía la pena conservarla o no.


Hasta ahora, aparte de las muchachas por las que se sentía atraído, Clyde no había quedado favorablemente impresionado por el tipo de joven que trabajaba con él. Pues en su mayor parte, tal como él comprobaba ahora, se trataba de chicas pesadas y poco inteligentes y él soñaba con muchachas bien parecidas y de aspecto elegante. ¿Por qué no? ¿Es que no había ninguna en Lycurgus, en este mundo de fábricas? Las de aquí todas tenían manos gordas y feas, caras anchas, piernas y muslos gruesos. Algunas de ellas

 




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incluso hablaban con un acento detestable, por tratarse de polacas o hijas de polacos, que vivían en los arrabales miserables al norte de las fábricas. Y todas estaban interesadas en pescar a algún muchacho con el que ir a bailar y nada más. También Clyde había notado que los tipos americanos que se hallaban aquí eran decididamente de una complexión muy distinta, más delgados, más nerviosos y en general más angulosos y con una reserva, en conjunto debido a prejuicios raciales, morales y religiosos, que no les permitía mezclarse fácilmente con esta otra gente o con cualquiera que no formase parte de su misma idiosincrasia.


Pero entre las muchachas que le trajeron para realizar trabajos extraordinarios o las que fueron sometidas a prueba durante este primer día y los siguientes, llegó por fin una que interesó a Clyde mucho más que ninguna otra en su vida. Era, tal como decidió a primera vista, más inteligente y agradable, más espiritual, aunque aparentemente no menos vigorosa, si bien proporcionada con mayor gracia. En realidad, en cuanto la vio por primera vez le pareció que poseía un encanto que no tenía nadie en aquel departamento, una cierta viveza y expresión de asombro combinada con una especie de valor, confianza en sí misma y determinación que la caracterizaba en seguida como una joven poseedora de voluntad y de convicción en un grado notable. Sin embargo, como ella dijera que no tenía experiencia alguna en esta clase de trabajo, existía una inseguridad acerca de si sus servicios serían útiles allí o en cualquier otro departamento.


Su nombre era Roberta Alden, y, como explicó inmediatamente, con anterioridad había trabajado en una pequeña fábrica de calcetería situada en una ciudad llamada Trippetts Mills, cincuenta millas al norte de Lycurgus. Llevaba puesto un pequeño sombrero marrón que no tenía aspecto de ser demasiado nuevo y que enmarcaba un rostro pequeño, regular y bonito aureolado por un cabello brillante, de color castaño claro. Sus ojos eran de un azul grisáceo y translúcido. Su vestido era corriente y sus zapatos tampoco tenían muy buen aspecto y eran de tacones bajos. Tenía la apariencia de una persona práctica y seria, y sin embargo era tan brillante, limpia y bien dispuesta y poseía tanta esperanza y vigor, que Liggett, que fue el primero en hablar con ella, se sintió cautivado al instante. Decididamente, estaba por encima del tipo medio de muchachas que trabajaban en la sección y no pudo dejar de preguntarse qué clase de muchacha sería a medida que hablaba con ella, pues parecía encontrarse muy tensa, un poco turbada por la entrevista, como si todo esto constituyera para ella una gran aventura.


Explicaba que hasta entonces había estado viviendo con sus padres cerca de una ciudad llamada Biltz, pero ahora estaba residiendo aquí con unos amigos. Se expresaba con tanta sencillez y sinceridad, que Clyde se sintió muy conmovido por ella, y por esta razón deseó ayudarla. Al mismo tiempo se preguntaba si no estaba muy por encima del tipo de trabajo que estaba buscando.


Sus ojos eran tan redondos y azules e inteligentes y sus labios, nariz, orejas y manos tan pequeños y tan agradables.


—Entonces, ¿va usted a vivir en Lycurgus si obtiene trabajo aquí? —le preguntó, deseoso de prolongar la conversación.


—Sí —dijo ella mirándole directamente y con gran franqueza.

—¿Quiere decirme su nombre otra vez?

Tomó un papel para anotarlo.

 




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—Roberta Alden.

—¿Y su dirección aquí?

—Calle Taylor, número 228.


—Yo mismo no sé dónde está eso —informó porque le gustaba hablar con ella—. No hace mucho tiempo que estoy aquí. —Se extrañó después del hecho de haberle hablado tan rápidamente acerca de sí mismo. Luego añadió—: No sé si el señor Liggett le ha dicho a usted todo lo relativo al trabajo que se realiza aquí. Pero como usted sabrá, éste es el sitio donde se estampan los cuellos. Le mostraré cómo se hace si se acerca un poco —dijo, y le indicó el camino hacia una mesa cercana donde estaban trabajando las estampadoras.


Después de hacerle observar cómo se hacía, y sin llamar a la señorita Todd, cogió él mismo uno de los cuellos y procedió a explicarle todo lo que previamente le habían explicado a él mismo.


Al mismo tiempo, a causa de la intensidad con que ella le observaba sin perder ninguno de sus gestos y de lo seriamente que parecía tomar todo lo que él decía, se sintió un poco nervioso y embarazado. Había algo escrutador y penetrante en la mirada de la muchacha. Después que le hubo explicado la índole del trabajo y la cantidad máxima que hacían algunas muchachas y la mínima que hacían otras, ella convino en que le gustaría probar, por lo que llamó a la señorita Todd, que la llevó a una habitación para que pudiese colgar su abrigo y su sombrero. A los pocos momentos la vio regresar con unas guedejas rubias encima de la frente, las mejillas ligeramente sonrosadas y los ojos muy atentos y serios. Clyde observó cómo ella se alzaba las mangas y revelaba un bonito par de antebrazos. Después comenzó a trabajar y por sus gestos Clyde adivinó que se mostraría rápida y segura. Parecía muy ansiosa por obtener el puesto.


Después de haber trabajado un poco, él se colocó a su lado y vio cómo cogía los cuellos y los estampaba. Y observó también la seguridad y rapidez con que lo hacía. Luego, como hubiese un segundo en que ella se volviese y le mirase, dirigiéndole una inocente pero cariñosa sonrisa, él sonrió a su vez muy complacido.


—Bueno, veo que servirá usted perfectamente —se aventuró a decir, sin poder remediar su deseo de que así fuera.


E instantáneamente, aunque sólo durante un segundo, ella se volvió y le sonrió de nuevo. Y Clyde, a pesar de sí mismo, se sobresaltó. Le gustó desde ese mismo momento, pero a causa de la posición que ocupaba, así como por la promesa que había hecho a Gilbert, tenía que ser muy cuidadoso en las relaciones que entablara con cualquiera de las muchachas que trabajaban en esta sección, aunque se tratase de una chica tan encantadora como ésta. No le convenía. Había estado guardándose a sí mismo en lo relativo a las demás muchachas y también ahora tenía que hacer otro tanto en relación con ésta, obligación que le parecía muy desagradable, ya que se sentía muy atraído por ella. Era muy bonita y aguda. Pero era una trabajadora, recordó ahora, una chica de fábrica, como diría Gilbert, y él era su superior. Pero eso no impedía que fuese bonita e inteligente.


Instantáneamente se dedicó a revisar a las otras que habían entrado el mismo día, y finalmente se acercó a la señorita Todd para pedirle que le informase con rapidez de cómo iba portándose la señorita Alden, dato que le interesaba conocer.


Pero al mismo tiempo que se había dirigido a Roberta y que ésta le había sonreído, Ruza Nicoforich, que estaba trabajando dos mesas más allá, le dio con el codo a la

 




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muchacha que estaba a su lado, y sin que nadie lo notara le hizo primeramente un guiño y después indicó con un ligero movimiento de cabeza tanto a Clyde como a Roberta. Su amiga había de vigilarles. Y después que Clyde se hubo alejado y Roberta siguió trabajando como antes, la amiga se inclinó y susurró:


—Él dice que ella trabaja muy bien.

Luego alzó las cejas y apretó los labios. Y Ruza replicó, tan bajito que nadie pudo

oírla:

—Bonito, ¿eh? Y parecía que no tenía ojos para nadie.


Luego las dos sonrieron con mucha cautela, unidas por el secreto. Pero Ruza Nicoforich estaba celosa.




CAPÍTULO 13


Las razones por las que una muchacha del tipo de Roberta tuviese que estar buscando trabajo en Griffiths y Compañía en esta época y en tales circunstancias, no dejan de tener un gran interés. Pues poco después de lo sucedido a Clyde y sus amigos en Kansas City, lo cual le obligó a llevar una vida muy distinta desde entonces, ella por su parte consideró también su propia vida como una gran decepción. Era la hija de Titus Alden, un granjero establecido cerca de Biltz, una pequeña ciudad del condado de Mimico, unas cincuenta millas al norte. Y desde su juventud ella había visto sólo una gran pobreza. Su padre, el más joven de los tres hijos de Ephraim Alden, que había sido granjero en esa región antes que él, tuvo tan poco éxito que a los cuarenta y ocho años estaba todavía viviendo en una casa que, aunque vieja y muy necesitada de reparación por aquel tiempo, que fue cuando su padre se la dejó en herencia, el gasto parecía un derroche. La casa en sí misma, que en sus orígenes fue un ejemplo encantador de aquel gusto excelente que produjo aquellos deliciosos hogares con aleros que embellecen las calles de las ciudades de Nueva Inglaterra, estaba ya por aquel entonces tan reducida por falta de pintura y de tablas, que habían caído carcomidas, que presentaba al mundo un aspecto decididamente melancólico, como si estuviera tosiendo y quejándose: «Bueno, tampoco a mí las cosas me van bien».


El interior de la casa se correspondía con el exterior. Los pisos y las escaleras crujían de forma lastimosa. Algunas de las ventanas tenían los batientes completos, pero otras no. Los muebles de épocas distintas, pero todos en mal estado, estaban mezclados y colocados de una manera tan extravagante que apenas puede describirse.


En cuanto a los padres de Roberta, eran ejemplos excelentes de aquel tipo nativo de americano que resiste los hechos y adora las ilusiones. Titus Alden era uno de aquella vasta multitud de individuos que nacen, pasan por el mundo y mueren sin hacer una sola cosa a derechas. Parece como si estuvieran condenados a equivocarse siempre y a errar en medio de una niebla. Como sus dos hermanos, ambos mayores y casi tan nebulosos como él mismo, Titus era granjero solamente porque su padre lo había sido. Y se encontraba allí, en aquella granja, porque le había sido cedida en testamento y porque era más fácil permanecer y tratar de trabajar en ella que irse a otro lado cualquiera. Era republicano porque su padre antes que él había sido republicano y porque este condado lo era. Nunca

 




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se le ocurrió ser de otra forma. Y como en política y religión, había tomado prestadas todas sus nociones de lo que era justo e injusto de aquellos que le rodeaban. Ningún miembro de la familia, ni uno solo, había leído en ninguna ocasión un libro serio, inteligente o bien informado. Pero, sin embargo, todos eran individuos excelentes en cuanto a las conversaciones, a la moral y a la religión se refiere, honrados, justos, temerosos de Dios y respetables.


En cuanto concierne a la hija de tales padres, y teniendo en cuenta los dones naturales que la capacitaban para extraer de este mundo algo mejor de lo que derivaba de él, ella era, en parte al menos, un reflejo de las nociones religiosas y morales que preva-lecían allí por aquel entonces y que constituían los puntos de vista de los ministros locales y de los laicos en general. Al mismo tiempo, a causa de un temperamento cálido, imaginativo y sensual, estaba llena, una vez que alcanzó los quince y dieciséis años, con el sueño, viejo como el mundo, de todas las hijas de Eva, desde la más recatada a la más hermosa, de que su belleza o encanto podría algún día atraer de forma irresistible el alma de un hombre u hombres determinados.


De esta forma, aunque durante toda su infancia y adolescencia estuvo obligada a compartir una deprimente y fastidiosa pobreza, sin embargo, a causa de su imaginación innata, estaba siempre pensando en algo mejor. Quizá algún día, quién sabe, una gran ciudad como Albany o Utica. Una vida nueva y más rica.


Y entonces, ¡qué sueños! Y en el huerto, un día de primavera, entre sus catorce y dieciocho años, cuando el temprano sol de mayo hacía lámparas sonrosadas de cada árbol añoso y el suelo estaba alfombrado de pétalos caedizos y olorosos, ella solía ponerse en pie y respirar y algunas veces reír o incluso suspirar con los brazos levantados en alto o abiertos de par en par hacia la vida. ¡Estar viva! ¡Tener juventud y el mundo delante de una! ¡Acordarse de los ojos y de las sonrisas de algún joven de la región que por mera casualidad había pasado junto a ella y la había mirado, y que podría no volver a mirarla nunca más, pero que, sin embargo, por haber hecho eso, había agitado su alma joven y la había hecho soñar!


Con todo no dejaba de ser tímida y por tanto recatada, temerosa hacia los hombres, especialmente hacia los tipos más ordinarios, comunes en la región. Y ellos, a su vez, repelidos por su timidez y refinamiento, tendían a apartarse de ella, a pesar de su encanto físico, que era demasiado delicado para su gusto. No obstante, a la edad de dieciséis años, habiéndose trasladado a Biltz con objeto de trabajar en un almacén de leguminosas por cinco dólares a la semana, vio a muchos jóvenes que la atrajeron. Pero a causa de su propia disposición de ánimo con respecto a la posición de su familia, así como por el hecho de que a sus ojos inexperimentados ellos parecían mucho mejor colocados que ella misma, estaba convencida de que no se interesaban por ella. Y fue otra vez su propia manera de ser la que tuvo la culpa de que ellos se alejaran casi completamente. Sin embargo siguió trabajando en aquel almacén hasta que tuvo entre dieciocho y diecinueve años, percibiendo durante todo ese tiempo que en realidad no estaba haciendo nada para sí misma, porque estaba demasiado identificada con su· hogar y con su familia, que parecían necesitarla.


Y aproximadamente por esa época sucedió una cosa casi revolucionaria en esa parte del mundo. Porque a causa de la baratura de la mano de obra en una comarca tan

 




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extremadamente rural, se construyó una pequeña fábrica de calcetería en Trippetts Mills. Y aunque Roberta, en virtud de los puntos de vista y normas que prevalecían por aquella región, había concebido la idea de que este tipo de trabajo era inferior a sus merecimientos, sin embargo se había sentido fascinada por los altos salarios que se pagaban. En consecuencia se había dirigido a Trippetts Mills, donde se alojó en casa de un vecino que antes había vivido en Biltz, y regresando a casa todas las tardes de los sábados, planeaba reunir los medios con los que proporcionarse una educación, un curso en alguna escuela comercial de Homer o Lycurgus, o en alguna otra parte a propósito y que le conviniera más, como, por ejemplo, aprender teneduría de libros o mecanografía.


Y en conexión con este sueño y con estos intentos de ahorro transcurrieron dos años. Y mientras tanto, aunque ganaba más dinero (finalmente doce dólares a la semana), sin embargo, a causa de que varios miembros de su familia necesitaban pequeñas cosas y ella deseaba aliviar hasta cierto punto las privaciones que ella misma sufría de otras, casi todo lo que ganaba se gastaba.


También aquí, como en Biltz, la mayoría de los jóvenes de la ciudad, que estaban mejor equipados que ella intelectual y temperamentalmente, seguían considerando al mero tipo de fábrica como muy por debajo de ellos en muchos aspectos. Y aunque Roberta estaba muy lejos de ser de aquel tipo, con todo, habiéndose asociado con las de su clase, se sentía inclinada a absorber algo de su psicología con respecto a los muchachos. En realidad, por aquel entonces estaba más bien aliviada de que ninguno de los chicos por los que ella se interesaba estuviese interesado a su vez por ella, al menos no con legítimas intenciones.


Y luego ocurrieron dos cosas que le hicieron pensar no sólo seriamente en el matrimonio, sino acerca de su propio futuro, llegara a casarse o no. Pues su hermana Agnes, que entonces tenía veinte años, y que era tres años más joven que ella, habiéndose reencontrado recientemente con un joven maestro de escuela que durante algún tiempo había estado a cargo de la escuela del distrito cerca de la granja de los Alden, y hallándole más de su gusto ahora que cuando ella frecuentaba la escuela, había decidido casarse con él. Y esto significaba, tal como Roberta veía la cosa, que ella misma estaba a punto de convertirse en una solterona a menos que se casase pronto. Sin embargo no sabía qué hacer, hasta que de pronto la calcetería de Trippetts Mills cerró inesperadamente para no volver a abrir nunca. Y entonces, con objeto de asistir a su madre, así como de ayudar a preparar el ajuar de su hermana, regresó a Biltz.


Pero entonces sucedió una tercera cosa que decididamente afectó sus sueños y sus plantes. Grace Marr, una chica a la que había conocido en Trippetts Mills, se había ido a Lycurgus y al cabo de unas cuantas semanas se las había arreglado para emplearse en la Compañía Finchley, con un salario de quince dólares a la semana, e inmediatamente le escribió a Roberta explicándole las oportunidades que había por aquel entonces en Lycurgus. Pues al pasar por delante de la Compañía Griffiths, cosa que tenía que hacer todos los días, había visto un gran cartel colocado en la puerta este y que era por donde entraban los empleados, cartel en el que se leía: «Se necesitan muchachas». Una investigación reveló que las muchachas de dicha compañía siempre comenzaban con un sueldo inicial de nueve o diez dólares, pero que rápidamente aprendían una u otra de las distintas fases del trabajo que se desarrollaba en la fábrica y entonces, una vez que se

 




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mostraban lo bastante adelantadas, podían ganar con frecuencia hasta de catorce a dieciséis dólares, según la habilidad de cada una. Y como la comida y la habitación sólo venían a consumir siete dólares del total que se ganaba, estaba encantada de comunicar a Roberta, hacia la que sentía muchísima simpatía, que debía venirse con ella y alojarse en su misma habitación, si es que le agradaba la propuesta.


Roberta, habiendo ya llegado a una situación tal en que comprendía que no podía soportar por más tiempo la vida de la granja, sino que tenía que actuar por sí misma de una vez, acordó finalmente con su madre que la abandonaría con objeto de poderla ayudar con su salario.


Pero una vez en Lycurgus y empleada por Clyde, su vida, después del primer interés que un cambio tan grande había supuesto para ella, no se vio mucho más ensanchada social o materialmente de lo que hubiese estado en Biltz o en Trippetts Mills. Pues a pesar de la jovial intimidad de Grace Marr, joven que no era en modo alguno tan atractiva como Roberta y que a causa del encanto de Roberta y de su alegría, por lo general afectada, contaba con ella para proporcionarse así un solaz y una compañía de los que de otra forma habría carecido, a pesar de ello el mundo en el que se veía sumergida era escasamente más liberal o divertido que aquel otro del que procedía.


Pues para empezar, los Newton, hermana y cuñado de Grace Marr, con los que ella vivía, a pesar de que no se mostraban faltos de amabilidad, sin embargo resultaban ser de un tipo parecido a las gentes con las que ella, bien en Biltz o bien en Trippetts Mills, había estado en contacto constante. Constituían la clase de trabajadores fabriles más ordinarios de una ciudad pequeña, religiosos y estrechos de miras hasta un grado bastante exagerado. George Newton, como todo el mundo podía ver y percibir, era una persona agradable aunque no muy emotiva ni romántica, que consideraba sus diversos pequeños planes en relación consigo mismo y con su futuro como cosas de la más extraordinaria importancia. En primer lugar estaba ahorrando el poco dinero que podía dejar aparte del salario que ganaba como capataz en la fábrica Cranston, ahorros que le permitirían embarcarse en algún negocio para el que se juzgaba especialmente capacitado. Y a este fin, y con objeto de aumentar sus parcos ahorros, había concebido con su esposa el proyecto de arrendar un viejo caserón de la calle Taylor que permitía el alquiler de bastantes habitaciones para pagar el importe de la renta y además suministrar el alimento para la comida de cinco huéspedes, ya que su trabajo y las molestias que originaba aquel negocio tenían que considerarlos como gratuitos. Y por otra parte, Grace Marr, lo mismo que la esposa de Newton, Mary, eran de aquel tipo que aquí como en cualquier otra parte encuentra el grueso de su satisfacción social en asuntos tan insignificantes como la organización de un pequeño hogar, la afirmación de su importancia y de su integridad en una vecindad mezquina y altamente convencional y en la contemplación de la vida y de la conducta de las personas a través de creencias puramente sectarias.


De esta forma, una vez que formó parte de este hogar particular, Roberta encontró, al cabo de cierto tiempo, que era estrecho y restringido, no del todo diferente de los varios hogares estrechos y restringidos que había en Biltz. Y estas líneas de conducta, de acuerdo con los Newton y con otras personas parecidas, tenían que ser estrictamente observadas. Nada bueno podía provenir de violarlas. Si uno trabajaba en una fábrica tenía que acomodarse al mundo y a las costumbres de los empleados cristianos. En consecuencia, todos los días, y eso no mucho después de llegar, se levantaba y ponía la mejor cara posible ante un desayuno no muy satisfactorio que era servido en el comedor de los Newton, desayuno que usualmente compartían otras dos muchachas además de Grace y más o menos de su misma edad: Opal Celiss y Olive Poppe, que estaban empleadas en la Compañía Cranston. También había un joven electricista que trabajaba en la central de la ciudad. E inmediatamente después del desayuno tenía que unirse a una larga procesión que día tras día a aquella misma hora se dirigía por el puente hacia las fábricas situadas al otro lado del río. Pues nada más salir a su puerta se encontraba de forma invariable con una gran cantidad de muchachas y mujeres, muchachos y hombres de las fábricas, aproximadamente de las mismas edades, por no decir nada de muchas mujeres viejas y de aire cansado que más bien tenían el aspecto de arpías que de seres humanos, personas que habían ido saliendo de las diversas calles y casas de la vecindad. Y como la multitud, a causa del desagüe humano que tenía lugar desde diversas calles, se apretaba en la avenida central, había muchos requiebros a las muchachas más bonitas por parte de un cierto tipo de hombre de fábrica, que, no conociendo a ninguna de ellas, buscaba, como Roberta se daba cuenta muy bien, contactos no permitidos o incluso cosas peores. Sin embargo, había muchos dengues y bromas por parte de algunas muchachas, que no eran de ningún modo tan severas como muchas de las que ella había conocido en otras partes. ¡Una cosa chocante!

Y por la noche el mismo torrente, de vuelta de las fábricas, cruzaba el puente regresando por el mismo sitio por donde habían ido. Y Roberta, a causa de su educación moral y social y de su manera de ser, y a pesar de sus miradas decididas, de su encanto y de sus fuertes deseos, se sentía sola y desamparada. ¡Oh, qué triste ver que todo el mundo estaba tan contento y ella tan solitaria! Llegaba siempre a su casa después de las seis. Y después de cenar realmente ya no había muchas cosas que hacer, a menos que ella y Grace asistieran a uno u otro de los cines o bien que consintiera en unirse con los Newton y Grace para acudir a alguna reunión de la iglesia metodista.

No obstante todo esto y aunque formaba parte de este hogar y trabajaba para Clyde, estaba encantada con el cambio. Aquella gran ciudad. Aquella hermosa avenida central con sus tiendas y sus cines. Aquellas grandes fábricas. Y además aquel señor Griffiths, tan joven, tan atractivo, sonriendo e interesándose por ella.



CAPÍTULO 14

De la misma manera Clyde, por el solo hecho de haber trabado conocimiento con ella, se veía grandemente agitado. Desde el abortado contacto con Dillard, Rita y Zella, y después de la insignificante invitación de los Griffiths, con su presentación y el vislumbrar pasajero de personajes tales como Bella, Sondra Finchley y Bertine

Cranston, se sentía realmente solitario. ¡Aquel mundo! Pero evidentemente no se le permitía penetrar en él. Y sin embargo, a causa de sus vanas esperanzas, había decidido reprimirse a sí mismo de esta manera. ¿Y para conseguir qué? ¿No era verdad que si acaso estaba más solitario que antes? ¡La señora Peyton! Yendo y viniendo él a su trabajo, pero meramente saludando con una inclinación de cabeza o cruzando unas palabras casuales o
 



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incluso algunas frases amables con alguno de los comerciantes que tenían tiendas a lo largo de la avenida central y que solían dirigirle alguna palabra, o incluso con alguna de las chicas de la fábrica, por las que él o no estaba interesado en absoluto o no se atrevía a entablar ninguna amistad. ¿Qué era todo esto? Realmente menos que nada. Y sin embargo, como contrapartida, ¿no era él, desde luego, un Griffiths y con eso ya tenía título bastante para merecer el respeto y la reverencia de todo el mundo? ¡Qué situación, realmente! ¿Qué hacer?

Y al mismo tiempo, Roberta Alden, una vez que estuvo colocada, se fue familiarizando más y más con las condiciones locales, así como con la presencia de Clyde, el encanto de éste, el interés evasivo y sin embargo sensible que tenía por ella. Al mismo tiempo la muchacha se sentía turbada con respecto a su propio estado anímico. Pues una vez que había entrado a formar parte del hogar al cual se había unido, estaba dándose cuenta de los varios tabúes y restricciones que hacían que pareciera que nunca fuese posible expresar interés por Clyde o por cualquiera que estuviese sobre ella oficialmente.

Pues había un tabú local con respecto a las muchachas de la fábrica que aspiraban o que se permitían sentirse interesadas por sus oficiales y superiores. Las muchachas religiosas, morales y reservadas no hacían eso. Y una vez más, como descubrió pronto, la línea de demarcación y de estratificación entre los ricos y los pobres en Lycurgus era tan tajante como si estuviese cortada por un cuchillo o dividida por una alta pared. Y había otro tabú con respecto a las chicas y hombres de familias extranjeras, ¡ignorantes, bajos, inmorales, no americanos! Sobre todas las cosas, una muchacha tenía que evitar tener nada que ver con esa gente.

Pero entre esta parte de la población, tal como ella podía ver, es decir, el grupo de la clase media inferior, religiosa y moral, al que ella y otras de sus íntimas pertenecían, el baile o las distracciones locales, tales como pasear por las calles o ir a un cine, eran también tabú. Pero el caso era que ella por este tiempo estaba interesándose por el baile. Peor que esto, los varios jóvenes y muchachas de la iglesia a que ella y Grace Marr acudían al principio, no se sentían inclinados a ver a Roberta o a Grace como iguales, ya que ellos, en su mayor parte, eran miembros de familias más antiguas y de mejor posición en la ciudad. De esta forma ocurrió que al cabo de unas pocas semanas de reuniones y servicios eclesiásticos, las dos estaban poco más o menos en el mismo punto de donde habían salido, todo lo convencional y aceptable que se quisiera, pero sin el entretenimiento y diversión que normalmente alcanzaban aquellos que eran de la misma iglesia pero que estaban mejor situados.

Y de esta forma sucedió que Roberta, después de encontrarse con Clyde y de percibir el mundo superior en que ella se imaginaba que él se movía, y quedando prendada por el encanto de su personalidad, se sintió poseída por el mismo virus de la ambición y de la inquietud que a él le afligía. Todos los días que iba a la fábrica no podía evitar sentir que los ojos de él estaban posados sobre ella de una manera tranquila, intensa y sin embargo dudosa. Con todo, también sentía que él se mostraba demasiado incierto acerca de lo que ella pensaría sobre cualquier insinuación que le hiciera, por el riesgo de obtener una repulsa o una interpretación ofensiva por parte suya. Y no obstante, a veces, después de las primeras dos semanas de su estancia en Lycurgus, deseaba que él le hablase, que diese un primer paso, pero otras veces deseaba que no se atreviera, porque eso sería espantoso e
 



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imposible. Las otras muchachas de la fábrica se darían cuenta inmediatamente. Y puesto que todas comprendían que él era demasiado bueno o demasiado remoto para ellas, notarían que estaba haciendo una excepción en su caso y expondrían su propia interpretación sobre el asunto. Y ella sabía que la clase de muchachas que trabajaban en el departamento de estampado de los Griffiths darían sólo una interpretación: la ligereza moral.

Al mismo tiempo, en lo que se refería a la inclinación que Clyde sentía hacia ella, estaba la regla expuesta por Gilbert. Y aunque, debido a ésta, él simulaba no fijarse en nadie, no prestando más atención a una muchacha que a otra hasta entonces, se sentía inconscientemente tentado de acercarse a su mesa para ver cómo estaba progresando. Como ya había visto desde el principio, resultó ser una obrera rápida e inteligente que pronto dominó sin muchos consejos de nadie todos los trucos del trabajo, y de este modo llegó pronto a ganar como las otras, unos quince dólares a la semana. Y su humor era siempre alegre y feliz por el privilegio de estar trabajando en tal sitio. Y contenta porque él, a veces, le dispensaba alguna atención.

Al poco tiempo notó con sorpresa, ya que para él era refinada y diferente, una cierta alegría y exuberancia que era no sólo emocional, sino, en cierta forma delicada y poética, sensual. También resultó que a pesar de su diferencia y reserva era capaz de hacer amistades con las demás, y parecía comprender los puntos de vista de la mayor parte de las chicas extranjeras, que eran tan esencialmente distintas a ella. Pues oyéndola hablar sobre el trabajo, al principio con Lena Schlicht, Hoda Petkanas, Angelina Pitti y, más tarde, con algunas otras, dedujo que Roberta no era ni mucho menos tan convencional como las otras muchachas americanas. Y sin embargo, no parecía que por eso le perdiera el respeto.

Un mediodía, al volver del comedor situado en el piso inferior algo antes que de costumbre, la encontró junto con varias chicas extranjeras, así como cuatro de las americanas, rodeando a la polaca Mary, una de las más alegres y rudas de las extranjeras, que estaba explicando en forma desenvuelta cómo cierto individuo a quien había encontrado la noche anterior le había dado un bolso de piel y con qué propósito.

—Tengo que ir con él y ser su novia —anunció con una mueca mientras agitaba el bolso ante el interesado grupo—. Y yo dije: «Me lo llevaré y lo pensaré». Un bolso muy bonito, ¿verdad? —añadió abriendo el cierre y levantándolo para que todas lo viesen—. Dime —continuó, dirigiéndose a Roberta—, ¿qué debo hacer? ¿Quedarme con él y ser su novia, o devolvérselo? Me gusta muchísimo el bolso, desde luego.

Y aunque, de acuerdo con las leyes de su educación, según creía Clyde, Roberta debía estar molesta por todo eso, no lo estaba en absoluto, como pudo darse cuenta. Si se podía juzgar por su cara, estaba muy divertida.

Instantáneamente replicó, con una alegre sonrisa:

—Bueno, eso depende de lo guapo que sea, Mary. Si es muy atractivo creo que yo le echaría el lazo por algún tiempo, y de todas formas conservaría el bolso tanto como pudiera.

—Oh, pero él no quiere esperar —declaró Mary sutilmente y con un claro y agudo sentido del riesgo de la situación mientras guiñaba el ojo a Clyde, que se había aproximado— He de devolverle el bolso o ser su novia esta misma noche. Y un bolso tan bueno no puedo comprármelo yo. —Consideró el bolso de nuevo arrugando la nariz al
 



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notar lo cómico de la situación y continuó—: Entonces, ¿qué hago?

«Eso es algo fuerte para una muchacha de campo como la señorita Alden. Quizá no le esté gustando», pensaba Clyde.

Sin embargo, Roberta, como pudo ver, parecía estar a gusto en la conversación, aunque pretendiera estar confundida.

—Oh, estás en un aprieto —comentó—. No sé lo que puedes hacer.

Abrió los ojos desmesuradamente y simuló perplejidad. Sin embargo, Clyde vio que estaba sólo representando una comedia por divertirse y continuar la broma.

En ese momento, Lena, una chica holandesa de cabellos rizados, se inclinó hacia delante y dijo:

—Yo aceptaré el bolso y a él también, si tú no ío quieres. ¿Dónde está el bolso? En estos días no tengo pareja.

Se alzó para quitarle el bolso a Mary, que lo apartó con rapidez de ella. Y hubo una divertida escena entre las muchachas, que reían al contemplar esta excéntrica persecución. Hasta Roberta se echó a reír ruidosamente, un hecho que Clyde notó con placer, pues le gustaba este tipo de humor áspero, considerándolo un mero juego inocente.

—Bueno, puede que tengas razón, Lena —le oyó él decir justamente cuando la sirena empezó a sonar y los centenares de máquinas de coser de la sala contigua comenzaron su zumbido—. Un buen hombre no se encuentra todos los días.

Sus ojos azules estaban chispeantes y sus labios, modelados muy tentadoramente, se abrían en una ancha sonrisa. Había más humor en lo que decía que otra cosa, como Clyde pudo ver, y de todas maneras comprendió que no era tan estrecha de miras como él había temido. Era humana, alegre, tolerante y de buen natural. Había en ella una buena parte de jocosidad. Y a pesar de que sus trajes eran pobres y de que usaba el mismo sombrerito marrón redondo y el mismo traje azul que había traído el primer día, era más bonita que ninguna. Y nunca necesitaba pintarse los labios y las mejillas como las muchachas extranjeras, cuyos rostros a veces semejaban pasteles coloreados. ¡Y qué bonitos eran sus brazos y su cuello, redondos y elegantemente torneados! Y había una cierta gracia y abandono en todos sus gestos cuando empezaba a trabajar, como si realmente estuviese disfrutando con lo que hacía. Y como trabajaba durante las horas más cálidas del día, se le formaban encima del labio superior, en la barbilla y en la frente pequeñas gotas de sudor que se detenía a enjugar con el pañuelo, pero que a él le parecían joyas para aumentar su encanto.

Días maravillosos aquellos para Clyde. Pues una vez más y en este mismo sitio en el cual podía estar todo el día al lado de ella, tenía una muchacha a la que podía estudiar, admirar y gradualmente anhelar con todo el deseo de que era capaz, con el mismo deseo que había anhelado a Hortense Briggs, sólo que con más satisfacción, ya que la veía más sencilla, más infantil y respetable. Y aunque durante largo tiempo Roberta estuvo, o fingía estarlo, del todo indiferente o inconsciente del efecto que causaba sobre él, sin embargo desde el primer momento esto no era verdad. Únicamente estaba turbada en cuanto a la actitud que adoptar. La belleza del rostro y de las manos del muchacho; la negrura y suavidad de su cabello; la oscuridad, melancolía y brillo de sus ojos. Era atractivo, oh, muchísimo. Realmente guapo a juicio de ella.

Y luego como un día, poco tiempo después, Gilbert Griffiths, dando vueltas de un
 



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sitio para otro, se detuviese a charlar con Clyde, ella se vio inducida a imaginar que Clyde era realmente una figura mucho más importante desde el punto de vista social y financiero de lo que ella había pensado. Pues justo cuando Gilbert estaba acercándose, Lena Schlicht, que estaba trabajando junto a ella, se inclinó para decir:

—Aquí viene Gilbert Griffiths. Su padre es el dueño de toda la fábrica y cuando muera será suya, según dicen. Y él es su primo —añadió señalando a Clyde—. Se parecen muchísimo, ¿no es verdad?

—Sí, se parecen —replicó Roberta, estudiando atentamente no sólo a Clyde, sino a Gilbert—, solamente que yo creo que Clyde Griffiths es mejor parecido, ¿no opinas igual?

Hoda Petkanas, que estaba sentada al otro lado de Roberta y que oyó esta última observación, se echó a reír.

—Eso es lo que piensa todo el mundo aquí. Por otra parte, no es tan estirado como Gilbert.

—¿Es rico él también? —preguntó Roberta refiriéndose a Clyde.

—No lo sé. Dicen que no —contestó la otra frunciendo los labios en una mueca de duda, sintiéndose tan interesada por Clyde como todas las demás—. Trabajaba en la sección de mermas antes de subir aquí. Pero hace poco que ha venido para aprender el negocio. Quizá no siga trabajando en este sitio por mucho tiempo.

Roberta se sintió súbitamente turbada por esta última observación. No había estado pensando, o por lo menos eso se decía a sí misma, sobre Clyde en forma romántica, y sin embargo la idea de que pudiera marcharse de repente y no verle nunca más la perturbaba ahora muchísimo. Era un muchacho tan joven, tan vivo y tan atractivo. Y además estaba muy interesado por ella. Sí, eso era evidente. Era un error pensar, por otra parte, que ella pudiese interesarle de verdad y por tanto era inútil tratar de atraerle con ningún gesto, ya que él era aquí una persona importantísima, muy por encima de ella.

Pues fiel a su complejo de inferioridad, en el momento en que oyó decir que Clyde estaba tan magníficamente relacionado e incluso podía tener dinero, Roberta no se sentía ya tan segura de que él pudiese tener ningún interés legítimo por ella. Porque, ¿qué interés iba a tener por una pobre chica trabajadora? ¿Y no era el sobrino de un hombre muy rico? Desde luego, no podía casarse con ella. ¿Y qué otra cosa decente podía él esperar de ella? Tenía que estar en guardia con respecto al muchacho.



CAPÍTULO 15

Los pensamientos de Clyde por este tiempo con relación a Roberta y a su situación general en Lycurgus eran en su mayor parte confusos y enmarañados. Pues, ¿no le había puesto en guardia Gilbert contra hacerse amigo de las muchachas que trabajaban con él? Por otra parte, en cuanto se refería a su vida cotidiana, su condición seguía siendo la misma de antes. Aparte del hecho de que su traslado a casa de la señora Peyton le había llevado a una calle mejor y a una vecindad más distinguida, en realidad no estaba tan a gusto como en casa de la señora Cuppy. Pues allí al menos habría entrado en contacto con jóvenes divertidos si él hubiese considerado prudente asociarse con ellos. Pero ahora, aparte de un hermano soltero que era tan viejo como la misma señora Peyton, y de un hijo de treinta
 



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años, orgulloso y reservado, que estaba empleado en uno de los bancos de Lycurgus, no veía a nadie que pudiese o quisiese tomarse la molestia de entretenerlo. Como las demás personas con que entraba en contacto, le creían relacionado con gente tan distinguida que resultaba innecesario e incluso presuntuoso para ellos sugerirle otras formas de entretenimiento.

Por otra parte, si bien Roberta no pertenecía a aquel mundo elevado a que él aspiraba ahora, sin embargo había algo en torno de ella que le atraía de una manera extraordinaria. Día tras día y al estar tanto tiempo solo, y más todavía a causa de una atracción muy fuerte o un impulso temperamental que estaba afirmándose definitivamente, él no podía por más tiempo mantener los ojos separados de ella ni ella los suyos separados de él. Había por tanto miradas evasivas y sin embargo extenuantes, febriles, entre ambos. Y después de una de estas miradas lanzadas por él tras una rápida y furtiva ojeada lanzada por ella, pero con la idea de que él no la observase, se encontraba débil y febril. Su bonita boca, sus deliciosos y grandes ojos, su sonrisa radiante y tan a menudo tímida y evasiva, aquellos brazos tan bonitos, aquella figura esbelta, sensual, de movimientos rápidos y vivos. Si se atreviera a mostrarse un día amistoso con ella, si se atreviera a hablarle y a verla luego en cualquier parte, si ella quisiera y él se atreviera...

Confusión. Deseo. Horas de inflamación y de ansia. Pues realmente él estaba no sólo desconcertado sino irritado por los contrastes anómalos y paradójicos que su vida presentaba, por su soledad y distanciamiento. Pues todo aquel que le conocía imaginaba que él estaba disfrutando socialmente de una manera interesantísima y agradable.

Por eso mismo y con objeto de distraerse de algún modo adecuado a su rango, y para mantenerse fuera de la vista de aquellas personas que se imaginaban que estaba mucho más entretenido de lo que estaba en realidad, se había dedicado, desde hacía poco tiempo, los sábados por la tarde y los domingos, a realizar pequeños viajes a los pueblos de los alrededores, donde había lanchas, playas y balnearios, y en los que alquilaban trajes de baño. Y allí, como siempre estaba pensando que si por casualidad se encontraba con los Griffiths y éstos le ayudaban a subir hasta su esfera, necesitaría disponer de conocimientos útiles en la buena sociedad, y por encontrarse con un hombre que le tomó mucha simpatía y que sabía nadar y bucear, aprendió a hacer estas dos cosas magníficamente bien. Pero lo que realmente le fascinaba era viajar en canoa. Le agradaba muchísimo la apariencia pintoresca y veraniega que adoptaba cuando con una camisa fresca y unos zapatos de lona iba por los lagos en una de esas canoas brillantes, coloradas, verdes o azules, que se alquilaban por horas. Y en tales ocasiones estos escenarios veraniegos parecían poseer una cualidad etérea, de hadas, especialmente cuando había una o dos nubes de verano colgadas en lo alto. Y entonces su mente se complacía en soñar despierto: lo bueno que sería ser miembro de uno de esos grupos que frecuentaban los balnearios más conocidos del norte y que se dedicaban a bailar, a jugar al golf, al tenis, a pasear en canoa y todas las demás cosas que se pueden encontrar en semejantes lugares y que eran propias de los ricos de Lycurgus.

Pero sucedió por este tiempo que Roberta, con su amiga Grace, descubrió el lago Crum y decidió, con la aprobación del señor y de la señora Newton, que era uno de los balnearios mejores y más reservados que había por los alrededores. Y de esta manera pasó que ellas, que también se acostumbraron a salir los sábados por la tarde o los domingos,
 



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paseando por la costa occidental hasta unos árboles, se sentaban allí y miraban el agua, porque no sabían ni remar, ni guiar una canoa ni nadar. También había flores silvestres y moras que se podían coger. Y en ciertos lugares pantanosos, a los que se podía llegar arriesgándose un poco, se alcanzaban lirios blancos con sus delicados pistilos amarillentos. Flores que eran decididamente tentadoras, y en dos ocasiones las paseantes le habían traído a la señora Newton grandes brazadas de flores de los campos y de los matorrales de la costa.

En la tarde del tercer sábado de julio, Clyde, tan solitario como siempre, estaba remando en una canoa azul oscuro a lo largo de la orilla meridional del lago y a una milla y media del embarcadero donde se alquilaban las canoas. Se había quitado la chaqueta y el sombrero y con un estado de ánimo inquieto y lleno de resentimiento estaba imaginando cosas vanas con respecto al tipo de vida que realmente le gustaría llevar.

En diferentes puntos del lago había canoas, o bien los compañeros más torpes de las mismas, que eran los botes de remo, y a bordo se reían muchachos y muchachas, hombres y mujeres. Y por el agua, rebotando sobre las olas, llegaban en ocasiones ecos de sus risas y trozos de su conversación. Y en la distancia se veían otras canoas y otros soñadores que estaban disfrutando de un amor feliz, como Clyde decidía invariablemente, lo cual contrastaba de la manera más aguda con su propia soledad.

Comoquiera que fuese, la vista de cualquier muchacho con su muchacha era suficiente para despertar la libido reprimida y exigente de su naturaleza. Y esto hacía que su mente imaginase otro cuadro, en el cual, si la fortuna le hubiese favorecido en primer lugar por el nacimiento, él estaría ahora en alguna canoa en un lago distinguido con Sondra Finchley o alguna otra joven, remando y admirando las costas de un escenario mejor que éste. ¿O por qué no podía estar montando a caballo, o jugando al tenis, o en un baile de noche, o yendo en un automóvil magnífico con Sondra a su lado? Se sentía tan dejado a un lado, tan solitario, inquieto y torturado por todo lo que veía aquí, que le parecía que dondequiera que mirase estaba condenado a ver el triunfo del amor, de la aventura. ¿Qué hacer? ¿Adónde ir? No podía seguir siempre solo de esta manera. Se sentía demasiado desgraciado.

Tanto su memoria como su estado de ánimo llevaban su mente a los pocos días felices que había disfrutado en Kansas City antes de aquel terrible accidente y se acordaba de todos sus compañeros, del alegre grupo del que iba comenzando a ser uno más, justamente cuando ocurrió aquella terrible desgracia. Y luego pensaba en Dillard, Rita y Zella, una compañía que habría sido mucho mejor que esta soledad, desde luego. ¿Es que los Griffiths no iban a hacer por él más que lo poco que habían hecho? ¿Es que había venido exclusivamente para ser menospreciado por su primo, puesto a un lado o ignorado completamente por toda la brillante sociedad de la que los hijos de su rico tío formaban parte?

Evidentemente, por todos los incidentes curiosos que se veían, incluso en aquella tranquila tarde de verano, podía darse cuenta de cuán privilegiadamente, con qué facilidad y con qué felicidad, al parecer perfecta, vivían todos los que formaban parte de aquel grupo.

Todos los días se leían en los periódicos locales noticias acerca de la llegada o salida de tales o cuales señores, y los grandes y lujosos coches de Samuel y de Gilbert Griffiths
 



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estaban aparcados en la entrada principal de las oficinas los días que regresaban a Lycurgus, y en ocasiones se podía ver a un grupo de jóvenes de buena sociedad en el hotel Lycurgus o delante de una de las hermosas casas de la avenida; jóvenes y muchachas que habían regresado a la ciudad para permanecer unas horas o una noche.

Y en la misma fábrica aparecían también Gilbert o Samuel con frescos trajes veraniegos y eran atendidos por todos los jefes y alto personal de la compañía y practicaban una austera inspección de la inmensa fábrica, consultando o escuchando informes de los encargados de los departamentos de menor importancia. Y sin embargo, aquí estaba él, un primo del mismo Gilbert, un sobrino carnal del distinguido Samuel, dado de lado por todo el mundo sin otra razón, a su parecer, que la de no ser lo bastante distinguido para alternar con ellos. Su padre no tenía la capacidad de su tío, su madre no era tan distinguida o experimentada como su tía, displicente, superior y fría. ¿No sería mejor marcharse? ¿No había realizado un viaje imprudente, después de todo, al venirse aquí? ¿Qué era lo que sus parientes pensaban hacer por él, si es que en realidad iban a hacer algo?

En su soledad, resentimiento y decepción, su mente saltó ahora desde los Griffiths y su mundo, y particularmente desde aquella hermosísima Sondra Finchley, a la que recordaba con un agudo estremecimiento, a Roberta y al mundo que tanto ella como él conocían. Pues aunque era una pobre muchacha de fábrica, sin embargo era mucho más atractiva que cualquier otra de las muchachas con las que estaba en contacto diario.

¡Qué poco generoso y qué ridículo por parte de los Griffiths era insistir en que un hombre de su posición no debía tratarse con una muchacha como Roberta, por ejemplo! Y eso simplemente porque trabajaba en la fábrica. El no podía ni siquiera hacerse amigo de ella y tampoco traerla a uno de estos lagos o visitarla en su casa. Y sin embargo, no podía tampoco ir con otra que fuera más digna de él, quizá por falta de medios o de relaciones. Y por otra parte, ella era muy atractiva y le resultaba especialmente seductora. Podía ver cómo trabajaba con sus rápidos y graciosos movimientos. Sus brazos y sus manos bien formados, su piel lisa, sus ojos brillantes y la forma que tenía de sonreír. Sus pensamientos eran guiados por las mismas ilusiones que regularmente se apoderaban de él en la fábrica. Pues pobre o no, era una simple muchacha que tenía la desgracia de ser trabajadora, y él veía cuán feliz podría ser con ella si no tuviese la obligación de tomarla como esposa. Pues actualmente sus ambiciones en relación con el matrimonio estaban firmemente magnetizadas por el mundo de los Griffiths. Sin embargo, sus deseos estaban inflamados por aquella joven. Si se atreviera solamente a hablarle más a menudo, a acompañarla a su casa algún día desde la fábrica, a traerla a este lago un sábado o un domingo y remar por aquí, descansando y soñando con ella...

Se acercó a un grupo de árboles y arbustos que rodeaban un pequeño charco en la orilla, en el que flotaban lirios acuáticos con sus grandes hojas descansando sobre el agua quieta. En la orilla había una muchacha de pie admirándolos. Se había quitado el sombrero y con una mano hacía pantalla ante sus ojos porque estaba de cara al sol y quería mirar al agua. Sus labios estaban entreabiertos de asombro. Era muy bonita, pensó él, deteniéndose para poder admirarla. Las mangas de una blusa de color azul pálido le llegaban hasta los codos. Y llevaba una falda de franela de un azul más oscuro que acentuaba la esbeltez de su figura. ¡No era Roberta! ¡No podía serlo! ¡Pero lo era!
 



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Casi antes de haberlo decidido, estaba ya junto a ella, a unos veinte pies de la costa, y la estaba mirando con la cara radiante de alguien que de pronto y casi sin poder creerlo ve realizado un sueño. Como si fuera una aparición surgiendo súbitamente de la nada, un esfuerzo poético que tomaba la forma del humo o de una energía vibrante, ella le miraba a su vez fijamente, con los labios fruncidos en un dibujo bellísimo que adoptaban siempre que una gran alegría se apoderaba de su ánimo.

—¡Cielo santo, la señorita Alden! Porque, ¿es usted, verdad? —exclamó él—. Estaba preguntándome quién sería. No podía distinguirla desde donde me hallaba.

—Pues sí, soy yo —dijo ella riéndose, desconcertada y al mismo tiempo un poco azorada al ver que se trataba de él.

Pues a pesar del placer evidente que sentía viéndole y que únicamente reprimió los dos o tres primeros minutos, al instante comenzó a estar turbada por diversos pensamientos relativos al muchacho y a las dificultades que la relación con él parecía pronosticar. Ya que este encuentro quizá significase un contacto y una amistad, y ella ya no tenía fuerzas para resistir más, pensase el mundo lo que quisiese. Por otra parte, estaba con ella su amiga Grace Marr. ¿Es que iba a dejar que conociera a Clyde y que pudiese interesarse por él? Se sentía turbada. Pero al mismo tiempo no podía dejar de sonreírle y mirarle de una manera franca y acogedora. Había estado pensando en él muchísimo y deseando encontrárselo de una manera recomendable, segura y feliz. Y he aquí que se encontraba delante de ella. Y no podía haber nada más inocente que su presencia aquí.

—¿Ha salido a dar un paseo? —dijo él, aunque a causa de su mismo placer y del miedo que tenía de ella en realidad, se sentía no poco embarazado ahora que la veía delante de él. Al mismo tiempo añadió, recordando lo intensamente que ella estaba mirando el agua—: ¿Es que quiere usted algunos de esos lirios acuáticos? ¿Es eso lo que andaba buscando?

—Eso es —replicó ella todavía sonriendo y mirándole de frente, pues la visión de su cabello oscuro enmarañado por el viento, la camisa de un azul pálido y abierta en el cuello, con las mangas subidas y el remo amarillo sobre la hermosa canoa azul, todo eso la dejaba electrizada.

Ojalá pudiera conquistar un muchacho así para ella sola y para nadie más. Le parecía que eso sería el paraíso y que si pudiera tenerle no necesitaba ya nada más en este mundo. Y he aquí que a sus mismos pies aparecía él en esta brillante canoa, en esta clara tarde de julio y en este mundo de verano de una manera tan maravillosa. Y ahora estaba mirándola sonriente y de una forma admirativa. Su amiga estaba algo más atrás cogiendo margaritas y ella había venido a ver si encontraba algunos lirios.

—Estaba mirando si habría algún paso para llegar hasta esos tan hermosos que están ahí —continuó un poco nerviosamente, revelándose en su voz casi una nota de terror—. Pero no he descubierto ningún paso por este sitio.

—Le traeré todos los que usted quiera —exclamó él con vivacidad y alegría—.
Quédese donde está; yo se los traeré.

Pero luego, cayendo en la cuenta de cuánto más agradable sería que ella viniese con él, añadió:

—Pero veamos, ¿por qué no sube usted conmigo? Hay sitio de sobra y puedo llevarla a cualquier parte. Hay montones de lirios más hermosos en otras partes del lago. Vi
 



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cientos de ellos allí, junto a aquella isla.

Roberta miró en la dirección que él indicaba. Y cuando lo hizo observó que por allí cerca había otra canoa en la que estaba un muchacho de la edad de Clyde y una muchacha no mucho mayor que ella misma. La muchacha llevaba un vestido blanco y un sombrero rojo y la canoa era verde. Y a cierta distancia, justamente a la altura de la isla a que Clyde se había referido, había otra canoa amarilla, con otro muchacho y otra muchacha. Pensó que le gustaría montar en el bote sin su compañera si era posible, o con ella si no había más remedio. Pero necesitaba con gran ardor tenerle para ella sola. Si se le hubiese ocurrido venir sola... Porque si Grace Marr tomaba parte, ella sabría todo lo que pasaba y más tarde se iría de la lengua, o quizá dedujera algo si se enteraba de que seguía la amistad entre ellos. Y por otra parte, si ella no consentía en irse con él, corría el peligro de que el muchacho se enfadara y pudiese tomarle antipatía o dejar de estar interesado, y eso sería espantoso.

Seguía allí mirando fijamente y pensando, y Clyde, turbado y apenado por la vacilación de la muchacha, y por su propia soledad y el deseo que tenía de ella, exclamó súbitamente:

—Oh, por favor, no diga que no. Venga usted, ¿quiere? Le gustará. Me haría muy feliz. Después buscaremos todos los lirios que usted quiera. Puedo llevarla a cualquier sitio que se le antoje; será cuestión de diez minutos.

Ella no dejó de observar el «Me haría muy feliz». Eso la aplacó y le dio fuerzas. Se notaba que él no tenía intención ninguna de aprovecharse de ella.

—Pero es que está aquí mi amiga —exclamó ella casi con tristeza y dubitativamente, porque quería ir sola y por nada del mundo le habría gustado que ninguna persona, y menos Grace Marr, estuviese con ella en este momento. ¿Por qué había tenido que traérsela? No era nada bonita y a Clyde podía no caerle bien, y eso podría estropear la ocasión—. Además —añadió casi en el mismo momento y mientras muchas ideas contradictorias luchaban en su mente—, quizá sería mejor que yo no fuera. ¿Hay algún peligro?

—Oh, no tiene usted que sentir miedo alguno —dijo Clyde riéndose y notando que ella estaba a punto de ceder—. Es perfectamente seguro —añadió ansiosamente. Luego, maniobrando el bote hasta acercarlo a la orilla, que estaba a un pie por encima del agua, y amarrándolo a una raíz cercana, dijo—: Desde luego, no correrá peligro alguno. Llame a su amiga si quiere, y yo remaré con las dos. Hay sitio bastante para tres personas y hay montones de lirios por todas partes.

Con la cabeza señaló hacia la parte oriental del lago.

Roberta no pudo resistir por más tiempo y se agarró a una rama próxima para afianzarse. Al mismo tiempo empezó a gritar a su amiga, pues había decidido que sería mejor incluirla en el paseo.

—¡Grace! ¡Grace! ¿Dónde estás?
Una voz lejana contestó rápidamente:
—¡Estoy aquí! ¿Qué quieres?
—Ven aquí. Ven ahora mismo. Tengo que decirte una cosa.
—No. Ven tú aquí. Todo esto está lleno de margaritas.
—No, ven tú aquí. Hay una persona que quiere llevarnos en bote.
 



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Pretendía decir esto a gritos, pero algo le falló en la voz y su amiga continuó cogiendo flores. Roberta frunció el ceño. No sabía qué hacer.

—Oh, muy bien —decidió de pronto, e incorporándose añadió—: Supongo que podremos ir remando hasta donde está ella.

Y Clyde, encantado, exclamó:

—Esa es una magnífica idea. Estupendo. Suba usted. Cogeremos primero sus lirios y luego, si ella no ha venido, iremos remando hasta donde está. Usted póngase en el centro y así el bote no perderá el equilibrio.

Él estaba en popa contemplándola fijamente, y Roberta le miraba nerviosa pero con ardor. En realidad era como si de pronto estuviese colmada de alegría, envuelta en una neblina de felicidad.

Se balanceó sobre un pie.
—¿Seguro que no habrá ningún peligro?

—Seguro, seguro —recalcó Clyde—. Yo aguanto el bote. Usted apóyese en esa rama y suba.

Mantuvo el bote muy quieto hasta que ella entró. Luego, cuando el bote se inclinó hacia un lado, ella se cayó encima de los cojines de los asientos dando un pequeño grito. A Clyde le pareció como una niña.

—Todo va bien —dijo animándola— Siéntese ahí, en el centro. No se moverá. ¡Qué casualidad! Todavía no salgo de mi asombro. La verdad es que precisamente en estos momentos venía yo pensando en usted y preguntándome si le gustaría conocer un sitio como éste. Y de pronto nos encontramos y estamos reunidos.

Hizo un gesto con la mano, queriendo expresar su asombro.

Y Roberta, fascinada por esta conversación, pero un poco asustada también, preguntó:

—¿Es verdad eso?
Estaba recordando sus propios pensamientos en cuanto a él.

—Sí, y hay más todavía —añadió Clyde—. En realidad he estado pensando en usted todo el día. Esa es la pura verdad.

Sonrió y añadió luego, con un tono de gran sinceridad:

—Estaba deseando encontrarla a usted en cualquier sitio esta mañana y traerla a dar un paseo por estos lugares.

—Vamos, señor Griffiths, usted sabe muy bien que eso no es verdad —se defendió Roberta, temiendo que este encuentro repentino se tornase demasiado íntimo y tomara un giro sentimental con excesiva rapidez. Y eso no le gustaba, porque tenía miedo de él y de ella misma, sobre todo ahora que podía mirarle a sus anchas. Si bien trataba de mostrarse fría y poco interesada, era una postura que no le resultaba nada cómoda.

—Es la pura verdad —insistió Clyde.

—Bueno, tengo que admitir que es un sitio bonito —concedió Roberta—. Pero ya he estado aquí unas cuantas veces con mi amiga.

Clyde se mostraba a cada momento más encantado. Ella ahora le sonreía llena de alegría.

—Oh, ¿ya ha estado usted? —exclamó, y entonces empezó a explicarle lo mucho que le gustaba venir por aquí y cómo había aprendido a nadar.
 



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—Y pensar que mientras que yo iba de un sitio a otro estaba usted aquí, en la orilla, mirando esos lirios. ¿No es raro? Casi me caí del bote por la sorpresa. Creo que nunca la he visto a usted tan bonita como ahí, de pie en la orilla.

—Vamos, señor Griffiths —volvió a repetir Roberta prudentemente— No debe usted empezar por ese camino. Temo que sea usted un adulador espantoso. No tendré más remedio que pensarlo si sigue hablando de esa forma.

Clyde la volvió a mirar turbado, y ella volvió a sonreírle, porque lo encontró más guapo que nunca. Pero se preguntó a sí misma qué pensaría él si ella tuviese valor para decirle que, poco antes que él apareciera, ella estaba pensando también en él y deseando que fuera él quien estuviese a su lado y no Grace. Y cómo los dos podrían estar sentados hablando, quizá con las manos enlazadas. E incluso él podría rodearle la cintura con el brazo y ella se lo permitiría, lo cual sería terrible si por casualidad los veía alguien. Y tampoco a él le convendría que se supiera esto, de ninguna forma. Así pues, lo mejor era no decirle nada, porque entonces corría el peligro de parecer demasiado íntima y atrevida. Pero de todas formas era la pura verdad. Lo malo era lo que pensaría la gente de él y de ella si viesen cómo paseaban en bote. Él, un jefe de la fábrica, y ella, una empleada de su departamento. La conclusión era inevitable. Quizá hasta el escándalo. Y sin embargo, Grace Marr estaba por aquí o lo estaría pronto. Y tendría que explicárselo todo, desde luego. Le diría que él estaba remando por el lago y que la conocía, y que, ¿por qué no había de ayudarla a coger lirios si le apetecía?

Ya Clyde había maniobrado con el bote, de forma que ahora se encontraban entre los lirios. A medida que seguía hablando, con el remo ya a un lado, iba cortando las flores y alargándoselas a ella, mientras la muchacha permanecía reclinada en el asiento, con una mano fuera del bote, rozando el agua, como veía hacer a otras muchachas en botes próximos. Y sintió que todos sus pensamientos se dulcificaban ante la belleza de la cabeza y de los brazos del muchacho y de aquel cabello enmarañado que le caía en rizos sobre la frente. ¡Qué guapo era!



CAPÍTULO 16

Lo ocurrido aquella tarde resultó tan maravilloso para los dos, que durante los días siguientes ni uno ni otro pudo dejar de pensar acerca de lo maravilloso que resultaba que una cosa tan romántica y encantadora les hubiese unido íntimamente precisamente en los momentos en que, cada uno por su parte, estaba meditando acerca de si sería prudente conocerse de una manera diferente a la de empleada y jefe.

Al cabo de unos pocos momentos de conversación en el bote, durante los cuales él había estado comentando la belleza de los lirios y lo contento que estaba de podérselos coger, recogieron a su amiga Grace, y finalmente regresaron al embarcadero.

Una vez en tierra ella vaciló acerca de lo que debía hacer ahora, pues se veían enfrentados con el problema de regresar a Lycurgus juntos. Y tal como Roberta veía la cosa, eso no parecería bien y daría motivos a habladurías. Y él por su parte estaba pensando en Gilbert y en otras personas que le conocían, así como en los trastornos que podrían surgir de todo esto. Lo que diría Gilbert si se enterase. Y de esta forma tanto él
 



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como ella, como asimismo Grace, se mostraron vacilantes acerca de si era prudente regresar juntos. La propia reputación de Grace y el hecho de que sabía que Clyde no estaba interesado por ella, la irritaban. Y Roberta, dándose cuenta de su actitud, le dijo:

—¿No crees que sería mejor que nos excusáramos con algún pretexto?

Y en seguida Roberta trató de pensar cuál sería la manera más conveniente para poder marcharse de una manera grata y sin ofender a Clyde. Personalmente le habría encantado estar a solas con él y habría preferido regresar juntos. Pero con Grace aquí y además con esa actitud tan reservada, nunca. Tenía que pensar en alguna excusa.

Al mismo tiempo Clyde estaba también preguntándose qué iba a hacer ahora, si volver con ellas y desafiar la posibilidad de que alguien le viese y fuera con el cuento a Gilbert Griffiths o escabullirse con algún pretexto. Pero no se le ocurría ninguno y estaba a punto de acompañarlas hasta el autobús, cuando el joven electricista que vivía también en la casa de los Newton y que estaba allí, en el balneario, les dio un grito a las muchachas. Estaba con un amigo que tenía un coche pequeño y se hallaban a punto de regresar a la ciudad.

—¡Bueno, esto sí que es suerte! —exclamó—. ¿Cómo está usted, señorita Alden? ¿Cómo está usted, señorita Marr? ¿No querrán venirse ustedes ahora? Porque si quieren podemos llevarlas en nuestro coche.

Estas frases no sólo las oyó Roberta, sino Clyde también. E inmediatamente la primera dijo que, puesto que era un poco tarde y tanto ella como Grace tenían que asistir a los servicios de la iglesia con la familia Newton, lo más conveniente sería regresar por este procedimiento. Sin embargo, tenía también la esperanza de que el electricista invitaría a Clyde y éste aceptaría. Pero Clyde inmediatamente rehusó. Explicó que había decidido permanecer un poco más. Y de esa forma Roberta le abandonó con una mirada que daba a entender con suficiente claridad la gratitud y delicia que sentía. Lo habían pasado los dos tan bien... Y él, a su vez, a pesar de la preocupación que sentía en cuanto a la prudencia de todo ello, no dejaba de rumiar acerca de lo triste que resultaba que él y Roberta no hubiesen podido seguir juntos varias horas más. E inmediatamente que ellas se fueron, él regresó a la ciudad solo.

A la mañana siguiente estaba más ansioso que nunca por ver de nuevo a Roberta. Y aunque la naturaleza peculiarmente expuesta del trabajo de la fábrica le hacía imposible demostrar sus sentimientos, sin embargo por las rápidas, admirativas e inquisitivas sonrisas que jugaban en su rostro y resplandecían en sus ojos, ella comprendió que él estaba tan entusiasmado si no más que la tarde anterior. Y por su parte, aunque comprendía que una crisis de una u otra clase era inminente, y a pesar de la necesidad que sentía de secreto, no pudo evitar dirigirle a su vez una cálida y complaciente mirada respondiendo a la del muchacho. ¡La maravilla de que él estuviese interesado por ella! ¡La maravilla y el escalofrío!

Clyde decidió enseguida que era indudable que sus atenciones se veían muy bien acogidas. Y también que podía arriesgarse a decirle algo a la muchacha, suponiendo que se ofreciera una oportunidad adecuada. Y de esta forma, después de aguardar durante una hora, al ver que dos trabajadoras se levantaban de los sitios que ocupaban al lado de la muchacha, aprovechó la ocasión para acercarse a ella y recoger uno de los cuellos que acababa de estampar, diciendo, como si estuviese hablando del trabajo:
 



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—Sentí muchísimo tener que dejarla anoche. Me gustaría mucho que hoy, al salir, paseásemos usted y yo solos, ¿acepta?

Roberta se volvió, dándose cuenta de que había llegado el momento de decidir si alentar o rechazar las atenciones del muchacho. Al mismo tiempo se sentía ávida, casi hasta el vértigo, por aceptar sus atenciones, sin preocuparse del problema que las mismas le planteaban. ¡Sus ojos! ¡Sus cabellos! ¡Sus manos! Y luego, en lugar de rechazarle o desanimarle de cualquier forma, se limitó a mirarle, pero con ojos tan débiles y delicuescentes que no podían expresar otra cosa más que la complacencia y la incertidumbre. Clyde vio que ella se sentía atraída por él sin defensa, tal como él mismo por ella. En el mismo momento se decidió a decir algo más, cuando pudiera, como, por ejemplo, dónde podrían encontrarse cuando nadie estuviera presente, pues era claro que ella se mostraba no menos ansiosa que él de que nadie la observara. Y él se daba cuenta aquel día con más agudeza que nunca de que estaba empezando a pisar un terreno peligroso.

Comenzó por cometer varios errores en sus cálculos, sintiendo que, estando ella tan cerca, él no podía de ninguna manera concentrarse en sus tareas. Ella era demasiado atractiva, demasiado llamativa para sentirse tranquilo. Había algo tan cálido, alegre y acogedor en ella, que él comprendía que si pudiera persuadirla para que le amase podría contarse entre los más afortunados de los hombres. Sin embargo, el problema seguía siendo el mismo, y aunque el día antes en el lago había estado pensando que su posición no era en modo alguno tan satisfactoria como debía, sin embargo, ya contando con Roberta, como parecía que ella se hallaba dispuesta, ¿no le resultaría a él mucho más delicioso permanecer aquí? ¿No podría, en cuanto al tiempo se refiere, soportar de esta forma la indiferencia prolongada de los Griffiths? Y, quién sabe, ¿no podrían ellos interesarse por él y considerarle como una figura apta desde el punto de vista social si no hacía nada que les ofendiera? Pero he aquí que ahora estaba tratando de hacer exactamente la única cosa que le había sido prohibida de una manera expresa. Pues, ¿no era esto lo que Gilbert le había advertido? Pero si podía llegar a algún entendimiento con la muchacha, quizá pudiera encontrarse con ella en forma clandestina, obviando así todas las posibilidades de crítica.

De esta forma Clyde, sentado en su mesa o dando vueltas de un lado a otro, no dejaba de pensar siempre en lo mismo. Pues ahora su mente, incluso al tenerse que enfrentar con sus obligaciones, estaba del todo poseída por ella, no podía pensar en ninguna otra cosa. Había decidido sugerir un primer encuentro, si ella quería, en un pequeño parque al oeste del primer balneario situado sobre el río. Pero durante todo el día estuvieron las muchachas trabajando tan cerca las unas de las otras, que no tuvo la menor oportunidad de hablar con ella. De esta forma llegó el mediodía y tuvo que bajar para tomar su almuerzo, regresando más temprano que de costumbre con la esperanza de encontrársela lo bastante aislada como para poderle decir algo. Pero estuvo rodeada por las otras todo el tiempo y transcurrió así la tarde entera sin que se ofreciese la menor oportunidad.

Sin embargo, al salir, pensó que si por casualidad la veía sola por alguna calle, podría aventurarse a hablarle. Porque ella estaba también deseándolo, y de eso él se daba cuenta sin importar lo que hubiese podido pensar con anterioridad. Y él debía encontrar alguna
 



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forma que pareciera casual y que tanto a ella como a las demás semejara un accidente sin importancia. Pero cuando la sirena sonó y ella salió del edificio, otra muchacha iba a su lado, y de esa forma no le quedó más remedio que pensar en otro procedimiento.

Pero aquella misma noche, en lugar de quedarse ocioso en casa de la señora Peyton o de irse a un cine, como solía hacer a menudo, o pasear solo con objeto de aliviar su inquietud y su malhumor, decidió acercarse a casa de Roberta en la calle Taylor. No era una casa agradable, pensó, ni tan atractiva como la de la señora Cuppy o la casa en que él vivía ahora. Era demasiado vieja y sombría y la vecindad muy humilde, aunque de gente decente. Pero las luces que se veían en diversas habitaciones a esta hora tan temprana parecían tener un aspecto amistoso y jovial. Y los pocos árboles que había por allí tenían también un aspecto muy acogedor. ¿Qué estaría haciendo ahora? ¿Por qué no se habría quedado esperándole en la fábrica? ¿Cómo no se dio cuenta de que él estaba en el exterior esperándola? Deseaba intensamente que ella se diese cuenta de que él estaba en la calle y obligarla así a salir. Pero no lo hizo. Por el contrario, observó que el señor Shurlock, el electricista, salía y desaparecía en dirección a la avenida central. Y después de esto distintas personas fueron saliendo de diferentes casas de la calle dirigiéndose al mismo sitio, lo que le obligaba a pasear nervioso por la manzana con objeto de que no se fijaran en él. Al mismo tiempo no dejaba de suspirar, porque hacía una noche magnífica. La luna llena se alzó a eso de las nueve y media, grande y amarilla entre las chimeneas, y él se sintió aún más solitario.

Pero a las diez, habiendo aumentado el resplandor de la luna sin que Roberta apareciera, decidió que era mejor marcharse. No parecía prudente quedarse rondando. Pero como la noche era tan hermosa le desagradó el pensamiento de meterse en una habitación y en lugar de eso se dirigió a la avenida Wikeagy, mirando las hermosas casas que había en ella, entre ellas la de su tío Samuel. Ahora todos sus ocupantes estaban en sus lugares de veraneo. Las casas estaban a oscuras. Y Sondra Finchley y Bertine Cranston y toda aquella pandilla, ¿qué podrían estar haciendo en una noche como ésta? ¿Estarían bailando? ¿Estarían dando un paseo en coche? ¿Estarían haciendo el amor? Era difícil ser pobre, no tener dinero y posición y no poder hacer en la vida lo que uno desea; todo ello le resultaba muy duro.

Y a la mañana siguiente, más animoso que de costumbre, salió de la casa de la señora Peyton a las siete menos cuarto, deseoso de encontrar alguna forma de renovar sus atenciones hacia Roberta. Porque allí estaba aquella multitud de trabajadores que marchaban ahora hacia el norte, a lo largo de la avenida central. Y ella sería una unidad de esa multitud, naturalmente, a eso de las siete y diez. Pero su recorrido hasta la fábrica resultó infructuoso. Pues después de tomar una taza de café en uno de los pequeños restaurantes situados cerca de la oficina de correos, y después de andar a lo largo de la avenida central, hacia la fábrica, deteniéndose en un estanco por si veía a Roberta llegar sola, fue recompensado por la visión de la muchacha, pero otra vez con Grace Marr. Qué maldito y miserable mundo éste, decidió inmediatamente, y qué difícil era en esta mezquina ciudad encontrarse a solas con nadie. Casi todo el mundo conocía a casi todo el mundo. Por otra parte, Roberta sabía que él estaba deseando encontrar una oportunidad propicia para hablar con ella. ¿Entonces por qué no venía sola? Ya ayer él la había mirado con bastante claridad. Y, sin embargo, ahora venía con Grace Marr y parecía estar muy
 



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contenta. ¿Qué era lo que pensaba en realidad?

Cuando llegó a la fábrica estaba muy amargado. Pero la vista de Roberta, que se colocaba en su puesto en el banco y que le saludaba con un jovial buenos días y una cariñosa sonrisa, le hizo sentirse mucho mejor y comprender que todo no estaba perdido.

Eran ya las tres de la tarde, y la calma debida al calor de aquella hora, a la rutina del trabajo y al resplandor de la luz reflejada por el río se cernía sobre todo. El tac tac de los sellos de metal sobre los cientos de cuellos era apenas perceptible junto al zumbido de las máquinas de coser y si acaso era aún más débil que de costumbre. Ruza Nicoforich y otras cuatro muchachas estaban cantando una canción que alguna había iniciado y que se titulaba La novia. Y Roberta, consciente en todo momento de los ojos de Clyde, así como de su estado de ánimo, estaba pensando cuánto tiempo tardaría el muchacho en acercarse para decir alguna palabra. Pues también ella deseaba que lo hiciera, y a causa de las palabras que había susurrado el día anterior, estaba segura de que no tardaría mucho, porque él no podría resistir mucho tiempo.

Ya la tarde anterior sus ojos se lo habían dado a entender claramente. Sin embargo, a causa de los impedimentos que existían, ella se daba cuenta de que Clyde estaría pasando un mal rato imaginando qué procedimiento utilizar para decirle algo. Y en ciertos momentos se sentía contenta porque era precisamente entonces cuando comprendía que necesitaba la seguridad que la presencia de tantas muchachas le concedía.

Y mientras estaba pensando en todo esto, estampando en su mesa con las otras, descubrió de pronto que un mazo de cuellos que había estampado ya como del dieciséis no eran de aquella talla sino más pequeños. Lo miró rápida y nerviosamente y luego decidió que no había más solución que poner el mazo a un lado y esperar el comentario de uno de los capataces, incluyendo a Clyde, o llevárselo a éste mismo directamente, que era la mejor solución porque impedía que cualquier otro se diese cuenta antes que él mismo. Eso era lo que hacían las muchachas cuando cometían errores de esta índole. E incluso las muchachas ya entrenadas no dejaban de cometer de vez en cuando algún error.

Pero, sin embargo, y a pesar de sus deseos, todavía vacilaba porque eso la haría enfrentarse directamente con Clyde, dándole así a éste la oportunidad que estaba buscando. Pero lo más terrorífico es que le daría a ella la oportunidad que ella misma estaba buscando también. Vaciló entre la lealtad a Clyde como superintendente y la lealtad a las viejas convenciones en que ella estaba educada y que eran opuestas a su nuevo y dominante deseo y a su ansia reprimida de que Clyde le hablase, pero por fin cogió el mazo de cuellos y lo puso sobre la mesa del muchacho. Pero sus manos, al hacerlo, temblaban. Su rostro estaba blanco, su garganta seca. En aquel momento, daba la casualidad de que él estaba tratando en vano de calcular el trabajo de las diferentes chicas a la vista de los montones que estaban colocados delante de él, y estaba pasando un mal rato porque su mente no estaba en lo que hacía.

Y entonces levantó la cabeza. Allí estaba Roberta inclinándose hacia él. Los nervios se le pusieron de punta, la garganta y los labios secos, pues aquí y en este mismo instante estaba su oportunidad. Y como pudo notar, Roberta estaba preocupada por el esfuerzo que su atrevimiento y su autoengaño estaban exigiendo de sus nervios y de su corazón.

—Ha habido un error con este mazo de cuellos —dijo ella—. No lo noté hasta que no los estampé casi todos. Son del quince y medio y los he estampado del dieciséis. Lo siento.
 



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Clyde notó, cuando ella decía esto, que estaba tratando de sonreír un poco y de parecer tranquila, pero sus mejillas estaban muy pálidas y sus manos, en particular la que sostenía el mazo, temblaban. Al instante se dio cuenta de que aunque la lealtad y el orden la hacían venir ante él para confesar su error, sin embargo había otra cosa más. De una manera débil, asustada, pero atraída por el amor, ella estaba cortejándole, dándole la oportunidad que él buscaba, deseando que se aprovechara de esa misma oportunidad. Y él, embarazado y conmovido por esta súbita visita, se sintió a la par alentado y endurecido en una especie de descaro y de galantería tal como nunca había sentido con anterioridad. Estaba buscándole, eso estaba claro. Estaba interesada, y era lo bastante inteligente para preparar la ocasión que le permitiese a él hablar. ¡Maravilloso! Su atrevimiento resultaba muy dulce.

—Oh, perfectamente —dijo él fingiendo un coraje y un atrevimiento frente a ella que todavía estaba muy lejos de sentir—. Los enviaré ahora mismo al departamento de lavado y después veremos si se pueden estampar de nuevo. Realmente no es equivocación nuestra.

Sonrió cálidamente y ella aceptó su mirada con una contenida sonrisa, volviéndose ya y temiendo haber manifestado con demasiada claridad lo que la había traído.

—Pero no se vaya usted —añadió él rápidamente—. Quiero preguntarle algo. He estado tratando de hablar con usted desde el domingo. Quisiera encontrarme con usted en alguna parte, ¿le parece bien? Aquí hay una regla que dice que un jefe de departamento no puede tener nada que ver con una chica que trabaje a sus órdenes; afuera quiero decir. Pero necesito verla de todos modos, ¿quiere usted? Usted sabe —y él le sonrió a los ojos zalameramente y en forma marrullera— que estoy loco por usted desde el mismo día que entró aquí y que lo del domingo fue mucho peor.

Y ahora no voy a consentir que ninguna vieja regla venga a interponerse entre usted y yo si puedo evitarlo. ¿Quiere usted?

—Oh, no sé si puedo hacer eso o no —replicó Roberta, que, ahora que había logrado lo que estaba deseando, se sentía aterrorizada por el atrevimiento que ella misma había tenido. Empezó a mirar alrededor nerviosamente, pareciéndole como si todos los ojos que había en la habitación estuviesen fijos en ella—. Vivo con el señor y la señora Newton, hermana y cuñado de mi amiga, como usted sabe, y son muy severos. No es lo mismo que si yo... —Iba a añadir «estuviera en casa», pero Clyde la interrumpió.

—Oh, por favor, no me diga que no quiere. Por favor, no me lo diga. Necesito verla a usted. No quiero causarle ninguna molestia, eso es todo. Si fuese de otra manera no me importaría ir a su casa. Si usted lo prefiere tendré sin embargo mucho gusto en ir allí. Us-ted sabrá qué es lo mejor.

—Oh, no, no debe usted hacer eso —le advirtió Roberta—. Por lo menos no todavía. Estaba tan confusa que de una manera completamente inconsciente le estaba dando a

entender a Clyde que esperaba que entrase en su casa más adelante.

—Bueno —sonrió Clyde, que pudo ver que ella estaba cediendo en parte—. Podríamos encontrarnos en alguna calle, la misma en que usted vive, si quiere. Por allí no hay demasiadas casas. En cambio hay un pequeño parque que está a la derecha del río. Podríamos vernos allí. Yo la esperaría en el sitio donde se detiene el autobús. ¿Vendrá usted?
 



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—Oh, creo que me daría miedo hacer eso, quiero decir ir tan lejos. Nunca he hecho nada por el estilo.

Tenía un aspecto tan inocente y tan franco al decir esto, que Clyde casi se vio fuera de sí ante su dulzura. ¡Y pensar que estaba acordando una cita clandestina con ella!

—Me da miedo ir sola a ningún sitio, ¿sabe usted? La gente habla aquí mucho, según se dice, y podría verme alguien. Pero...

—Sí, ¿pero qué?
—Temo que llevo ya mucho tiempo aquí en su despacho, ¿no cree usted?

En realidad dijo esto último casi suspirando. Y Clyde, dándose cuenta de su franqueza, aunque no había nada realmente insólito, habló rápidamente y con esfuerzo:

—Bueno, entonces ¿qué le parece al final de la calle donde usted vive? ¿No podría usted venir un ratito esta noche, media hora o así?

—Oh, no puede ser esta noche, no tan pronto. Primero tengo que pensarlo, usted sabe. Arreglar las cosas, eso es. Pero quizá otro día.

Estaba tan excitada y turbada por esta gran aventura suya que su rostro, como el de Clyde a veces, cambiaba de una media sonrisa a un medio ceño, sin que ella se diera cuenta de que se estaban registrando en sus facciones aquellos cambios.

—Bueno, ¿qué le parece el miércoles por la noche a las ocho y media o a las nueve? ¿Podría usted hacerlo? Por favor, dígamelo.

Roberta consideró la cosa con mucha angustia y nerviosamente. Clyde estaba enormemente fascinado por su aspecto en aquel momento, pues ella miraba en torno dándose cuenta, o al menos así parecía, de que estaba siendo observada, y de que la charla se alargaba demasiado.

—Supongo que será mejor que vuelva a mi trabajo —replicó sin llegarle a contestar en realidad.

—Espere un minuto —insistió Clyde—. No hemos fijado la hora para el miércoles. ¿Irá usted? Digamos que a las nueve o a las ocho y media, o a la hora que prefiera. Estaré esperándola después de las ocho si le parece. ¿Quiere usted?

—Perfectamente, digamos a las ocho y media o entre las ocho y media y las nueve, si es que puedo. ¿Está bien así? Iré si puedo, téngalo presente; si sucede algo, se lo diré a usted mañana.

Se sonrojó y miró en torno una vez más, con una mirada azorada y nerviosa, y después volvió a su banco temblando visiblemente de pies a cabeza y con el aspecto tan culpable como el de una persona cogida con las manos manchadas en algún crimen es-pantoso. Y Clyde, en su mesa, estaba casi rechinando los dientes por la excitación. La maravilla de su asentimiento, de haberse él atrevido a hablarle de esta forma, del valor de ella en arriesgarse a concertar una cita con él en Lycurgus, donde era tan conocida. ¡Qué excitante era todo!

Por su parte, Roberta estaba pensando cuán maravilloso sería pasear y hablar con él a la luz de la luna, sentir la presión de su brazo y oír su voz suave y acariciadora.
 










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CAPÍTULO 17

Era ya noche cerrada cuando Roberta salió el miércoles para ir al encuentro de Clyde. Pero antes tuvo que sufrir enormes tormentos y meditaciones por el hecho de haber dado su conformidad y de haber fijado esta cita. Pues no sólo existía la dificultad de haber tenido que superar sus propios escrúpulos íntimos, sino que además estaba el problema de la atmósfera estrecha, religiosa y convencional de la casa de los Newton. Porque desde que llegó apenas había ido a ningún sitio si no era acompañada de Grace Marr. Además, en esta ocasión, cosa que se había olvidado decirle a Clyde, había acordado ir con los Newton y Grace a la iglesia baptista, donde iba a celebrarse un servicio nocturno que sería seguido por una reunión de sociedad en la que habría juegos, pastelillos, té y helados.

A consecuencia de esto se quedó muy preocupada en cuanto a cómo arreglárselas, hasta que recordó que un día o dos antes el señor Liggett, al notar lo rápida y eficiente que era, había ordenado que aprendiera una de las fases que se desarrollaban en la nave de costura de al lado, y que se pusiera en manos de la señora Braley, quien le enseñaría. Y ahora que coincidían en la misma noche la invitación de Clyde y esta reunión en la iglesia, decidió decir que tenía una cita con la señora Braley en casa de ésta. Sólo que decidió también que esperaría justo hasta poco antes de la cena del miércoles y diría entonces que la señora Braley la había invitado a ir a su casa. Entonces podría ver a Clyde. Y a la hora en que los Newton y Grace volvieran, ella podía estar de vuelta.

Oh, qué agradable sería tener otra charla con él, oírle decir otra vez, como hizo en el bote, que nunca había visto a ninguna muchacha tan bonita, mientras ella permanecía sentada en el banco contemplando los lirios acuáticos. Muchos, muchísimos pensamientos, vagos, inquietantes, llenos de color, acudían a ella: cómo y dónde irían, dónde estarían, qué haría desde ahora en adelante para ser amiga de él sin perjuicio de ella o de él mismo. Si fuera necesario, decidió, podría renunciar al puesto en la fábrica y obtener una plaza en algún sitio, un cambio que absolvería a Clyde de cualquier responsabilidad en cuanto a ella.

Había, sin embargo, otra fase tanto mental como emocional en cuanto a todo esto y que se relacionaba con sus vestidos. Pues desde que llegó a Lycurgus había notado que las muchachas más inteligentes de aquí se vestían mejor que las de Biltz y Trippetts Mills. Durante este tiempo ella había estado enviando una buena parte de su salario a su madre, cantidad que le hubiese proporcionado gran holgura caso de habérsela quedado para sí. Pero ahora que Clyde se sentía tan inclinado por ella, estaba preocupada acerca de su apariencia, y la tarde después de su conversación con él en la fábrica había estado revolviendo en su pequeño ropero y había escogido un sombrero azul que Clyde no había visto todavía, una falda a cuadros azules y blancos y un par de zapatos blancos de lona comprados en Biltz el verano anterior. Su plan era esperar hasta que los Newton y Grace salieran para la iglesia y entonces vestirse rápidamente y marcharse.

A las ocho y treinta, cuando la noche había caído por completo, anduvo hacia el este por la calle Taylor hasta la avenida central, y después por un atajo volvió de nuevo hacia el oeste en dirección al lugar convenido. Clyde estaba allí. Apoyado en una vieja cerca de madera que rodeaba un pequeño campo de maíz de unos cinco acres, estaba contemplando el interesante espectáculo de la pequeña ciudad en muchos de cuyos
 



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hogares se veían las luces encendidas a través de los árboles. El aire estaba cargado de aromas, las mezcladas fragancias de muchas flores y hierbas. Una débil brisa alzaba los largos tallos del maíz y, más arriba, las hojas de los árboles. Y había estrellas. Allí estaban la Osa Mayor y la Osa Menor y la Vía Láctea, que su madre hacía tiempo le había enseñado a identificar.

Y estaba él, pensando cuán diferente era su posición aquí de la de Kansas City. Allí se había mostrado muy nervioso en relación con Hortense Briggs o cualquier otra muchacha. En realidad le asustaba casi dirigirle a una la palabra. Mientras que aquí, y sobre todo desde que tuvo a su cargo el departamento de estampillado, había llegado a darse cuenta de que era más atractivo de lo que jamás hubiera creído ser. También había observado que las muchachas se sentían atraídas hacia él y que no las temía tanto como antes. Los ojos de la misma Roberta le habían demostrado ese mismo día lo mucho que se sentía atraída por él. Ella era su muchacha. Y cuando ella llegara, él la rodearía con sus brazos y la besaría. Y ella no sería capaz de resistirse.

Estaba escuchando, soñando y esperando, cuando de pronto la vio venir. Aparecía bien ataviada y animada y, sin embargo, nerviosa, y se paró en el final de la calle mirando a su alrededor como un animal prudente y asustado. Inmediatamente, Clyde corrió hacia ella y la llamó suavemente:

—¡Eh! Es fantástico que haya usted venido. ¿Tuvo usted algún problema?

El estaba pensando que parecía mucho más agradable que Hortense Briggs o Rita Dickerman, la una tan calculadora, la otra tan libre sensualmente, tan independiente.

—¿Tuvo usted algún problema?

E inmediatamente ella cayó en una detallada y pintoresca relación, no sólo de la equivocación en cuanto a su olvidada reunión de esa noche con los Newton en la iglesia, sino a la determinación de Grace Marr de no ir sin ella, y cómo tuvo que mentir, oh, terriblemente, sobre tener que ir a casa de la señora Braley para aprender la costura de los cuellos, un cambio de puesto del que Clyde no había oído nada, por lo que se sintió intensamente interesado, ya que inmediatamente pensó que Liggett podría estar intentando quitarla de su dependencia. Procedió a preguntarle sobre esto antes de que ella pudiera continuar su relato, un interés del que Roberta se dio cuenta y a causa del cual se sintió muy complacida.

—Pero no puedo estar mucho tiempo, ¿sabe usted? —explicó ella vivamente y con calor en la primera oportunidad, mientras que Clyde la cogía del brazo y se dirigía hacia el río al norte del lugar—. Las reuniones de la iglesia baptista nunca duran más allá de las diez y media o de las once, y ellos regresan en seguida. Por eso tengo que arreglármelas para estar de vuelta antes.

Después dio muchas razones acerca de por qué sería imprudente por su parte estar fuera hasta después de las diez, razones que desagradaron a Clyde, aun convenciéndole por su prudencia. El había concebido esperanzas de que podría retenerla más tiempo. Pero viendo que el rato iba a ser corto, se mostró tanto más ansioso de contacto íntimo con ella, y empezó haciéndole cumplidos sobre su bonito sombrero y su chaquetilla y lo bien que le sentaban. Inmediatamente trató de poner su brazo en torno a la cintura de Roberta, pero comprendiendo la muchacha que éste era un avance demasiado rápido, separó el brazo del joven o trató de hacerlo, diciendo con su voz más suave y al mismo tiempo más
 



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acariciadora:

—Vamos, vamos, eso no está bien. ¿No puede usted limitarse a llevarme del brazo o dejarme que yo vaya cogida del suyo?

Pero él notó que una vez que le había persuadido para que liberase su cintura ella se colgó de su brazo con gesto apretado y candente, acomodando su paso al de él. Al instante él pensó que sus maneras eran muy naturales y poco afectadas, ahora que se había roto el hielo entre ambos.

Y ella no dejaba de hablar. Le gustaba mucho Lycurgus, pero pensaba que era la ciudad más religiosa en que ella hubiese estado nunca, todavía peor que Biltz o que Trippetts Mills. Y luego tuvo que explicarle a Clyde cómo eran Biltz y Trippetts Mills y también le dijo algo sobre su casa, pero muy poco porque no le gustaba hablar de eso. Y luego volvió a referirse a los Newton y a Grace Marr e insistió en lo mucho que vigilaban cada uno de sus movimientos. Clyde estaba pensando mientras tanto en cuán distinta era de Hortense Briggs o de Rita, o de cualquier otra muchacha que hubiese conocido, ya que ésta era mucho más sencilla y confiada, de ninguna forma tan descarada como Rita, ni tan exigente, vana o pretenciosa como Hortense, aunque en realidad era igual de bonita y mucho más dulce. No podía quitarse del pensamiento que si estuviese mejor vestida parecería mucho más atractiva. Y una vez más se preguntaba lo que pensaría de él y de su actitud hacia Hortense en contraste con la actitud que ahora adoptaba con ella, si llegase a saber cuáles habían sido aquellas relaciones.

—Tienes que saber —le dijo en la primera oportunidad— que he estado tratando de hablarte desde que viniste a trabajar en la fábrica, pero ya sabes lo mucho que vigila allí todo el mundo. Son el colmo. Me dijeron al ponerme allí que no tenía que interesarme por ninguna muchacha y así traté de hacerlo. Pero el caso es que no puedo conseguirlo, ¿comprendes?

Apretó su brazo cariñosamente, luego se detuvo de pronto y desenlazando su brazo del de la muchacha, la ciñó con los dos.

—Sabes, Roberta, estoy loco por ti. Es la pura verdad. Creo que eres la cosa más linda y dulce que haya visto nunca. ¿Te importa que te lo diga? Desde que llegaste apenas puedo dormir. Es la pura verdad, te lo digo sinceramente. No hago más que pensar en ti. Tienes unos ojos tan bonitos y un cabello tan precioso. Esta noche estás encantadora, deliciosa. ¡Oh, Roberta!

Y de pronto cogió el rostro de la muchacha entre sus dos manos y la besó, antes de que ella pudiera evadirse. Después de haberlo hecho la siguió reteniendo mientras ella se resistía, aunque le resultaba casi imposible mostrar resistencia alguna. Más bien le parecía como si tuviese necesidad de poner sus brazos alrededor de él y estrecharle fuertemente, y ello la desconcertaba y la turbaba. Era espantoso. ¿Qué pensaría, qué diría la gente si lo supiera? Ella era una mala muchacha, y sin embargo, le gustaba ser de esta forma, estar cerca de él, en un estado de ánimo como no había conocido nunca en su vida.

—Oh, no debe usted hacer eso, señor Griffiths —se defendió ella—. De verdad, no debe hacerlo. Por favor. Podría vernos alguien. Me parece que oigo pasos. Por favor, déjeme.

Miraba en torno muy asustada, al parecer, mientras Clyde sonreía extáticamente. La vida le había ofrecido por fin una dulzura maravillosa.
 



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—Sepa usted que nunca en mi vida he hecho nada parecido —continuó ella— De verdad, no lo he hecho nunca. Por favor. Fue solamente porque usted dijo...

Clyde estaba ahora abrazándola fuertemente, sin decir nada por respuesta, con el rostro pálido y los oscuros ojos muy cerca de los de ella. La besó una vez y otra a pesar de sus protestas; su pequeña boca y barbilla y mejillas le parecían demasiado bellas, demasiado irresistibles, y luego murmuró débilmente, pues estaba demasiado excitado para hablar con vigor:

—Oh, Roberta, querida, querida, dime que me quieres, por favor, dímelo. Sé que me quieres, Roberta, estoy seguro. Por favor, dímelo ahora. Estoy loco por ti. Tenemos muy poco tiempo.

La besó de nuevo en la mejilla y en la boca, y de pronto la sintió relajarse. Estaba completamente quieta y sin resistencia en sus brazos. Él se sintió maravillado por algo, no podía decir exactamente por qué. Y de pronto vio que había lágrimas en el rostro de la muchacha, la cual inclinaba la cabeza sobre su hombro y decía débilmente:

—Sí, sí, te quiero, te quiero.

Después hubo un sollozo, mitad de angustia mitad de delicia en la voz de la muchacha y Clyde se dio cuenta. Se sintió tan conmovido por su sinceridad y sencillez, que las lágrimas subieron a sus ojos.

—Está bien, Roberta, está bien. Por favor, no llores. Creo que eres encantadora. Lo creo, lo creo, Roberta.

Miró al cielo, donde por encima de los tejados bajos de la ciudad brillaba el delgado y amarillento arco de la luna creciente de julio. Parecía en aquel momento como si la vida le hubiese dado todo, absolutamente todo lo que podía pedir.



CAPÍTULO 18

La culminación de este encuentro no fue más que el preludio de una serie de contactos y goces que iban a extenderse por un período indefinido. Habían descubierto el amor. Se sentían deliciosamente felices, cualesquiera que fuesen los problemas que tuviesen que afrontar. Pero en cuanto a la manera y a los medios de seguir adelante, el asunto presentaba un cariz distinto. Pues no sólo estaba la cuestión de las relaciones de ella con los Newton en lo referente a seguir tratando a Clyde de una manera normal, sino que la misma Grace Marr ofrecía un problema independiente. Mucho más que Roberta, estaba encadenada no solamente por su aspecto físico nada agradable, sino por las estrechas enseñanzas y la educación doméstica de su temprana vida social y religiosa. Sin embargo, también quería sentirse alegre y libre. Y en Roberta, que, siendo alegre y dicharachera a veces, estaba sin embargo dentro de las convenciones que encadenaban a Grace, ésta se imaginaba que veía a alguien que no estaba tan atada. Y por esto se pegó estrechamente a ella y, en opinión de Roberta, de una manera ya un poco pesada. Se imaginaba que podían cambiar ideas y bromas y confidencias con respecto a su vida amorosa y a sus respectivos sueños sin ofensa mutua. Y el contar con este desahogo era su único solaz en un mundo que de otra forma le habría parecido enteramente gris.

Pero Roberta, incluso antes de la llegada de Clyde a su vida, no quería tener a nadie
 



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tan encima de ella. Eso era una lata. Y después no tuvo más remedio que inhibirse con respecto a él en lo que concernía a Grace. Pues no sólo sabía que Grace se enfadaría por esa súbita deserción, sino que no tenía ningún deseo de analizar el estado de ánimo súbito y revolucionario que ahora la poseía. Habiéndole encontrado y amado inmediatamente, tenía miedo de pensar qué es lo que se proponía al proceder de esta forma con respecto al muchacho. Porque, ¿no estaban aquí prohibidas estas relaciones entre clases diferentes? Ella sabía que lo estaban. De aquí que no se permitiese a sí misma hablar de Clyde en absoluto.

En consecuencia, la tarde del lunes que siguió al domingo del lago, cuando Grace preguntó muy alegre y familiarmente acerca de Clyde, Roberta decidió al punto no parecer ni muchísimo menos tan interesada por él como Grace podría estar imaginando. Consiguientemente, dijo tan sólo que había sido muy amable con ella y le había preguntado por Grace, observación que hizo que esta última mirase astutamente preguntándose si la otra le estaría diciendo la verdad.

—Se mostró tan entusiasmado que creí que estaba completamente chiflado por ti. —Qué tontería —replicó Roberta abruptamente y un poco alarmada—. Ni siquiera

sabe que existo. Además es una regla de la compañía que no puede permitirse tener amistad conmigo mientras yo esté trabajando allí.

Esta última observación, más que ninguna otra cosa, sirvió para apaciguar las sospechas de Grace con respecto a Clyde y Roberta, pues era una de esas mentes convencionales que apenas pueden permitirse pensar en infringir las reglas de una compañía. Sin embargo, Roberta temió que Grace pudiera asociarles mentalmente como pareja, y decidió mostrarse doblemente prudente con respecto al muchacho, fingiendo un distanciamiento que estaba muy lejos de sentir.

Pero todo esto era previo a las molestias, fatigas y miedos que no tenían nada que ver con lo que había pasado antes, sino que empezaron a surgir inmediatamente después. Pues una vez que ella había llegado a un completo entendimiento emotivo con Clyde, no veía forma de encontrarse con él sino de una manera clandestina y eso tan raramente y con tanta incertidumbre que ni siquiera podía llegar a decir en cada ocasión si habría posibilidad de encontrarse de nuevo.

—Mira, eso es lo que pasa —le explicó ella a Clyde cuando unas pocas tardes después pudo arreglárselas para salir durante una hora y estuvieron paseando por el terreno que se extiende desde el final de la calle Taylor hasta el río, donde había algunos campos y un banco de arena en las orillas—. Los Newton nunca van a ningún lado sin invitarme. Y aunque lo hicieran, Grace nunca sale si yo no voy con ella. Esto es porque como estuvimos tanto tiempo juntas en Trippetts Mills, ella me considera como si fuese parte de la familia. Pero ahora es diferente, y sin embargo, no veo la manera de arreglarlo. No puedo decir adónde voy ni con quién.

—Ya lo sé, preciosa —replicó él, suave y dulcemente—. Todo eso es verdad. Pero, ¿cómo vamos a arreglárnoslas? No puedes esperar que me ponga a hablar contigo en la fábrica, ¿no es así?

La miró tan solemnemente y de una manera tan suplicante que ella se sintió llena de simpatía por el muchacho, y con objeto de aliviarle, añadió:

—No, no quiero que hagas eso, cariño. Tú sabes que no. Pero, ¿qué puedo hacer por
 



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mi parte?

Colocó su mano blanda y cariñosa en el dorso de una de las delgadas, largas y nerviosas manos de Clyde.

—Voy a decirte lo que he estado pensando —continuó ella después de un período de reflexión—. Tengo una hermana que vive en Homer, Nueva York. Está a unas treinta y cinco millas al norte de aquí. Yo podría decir que voy allí algún sábado por la tarde o al-gún domingo. Ella me ha escrito varias veces para que vaya, pero nunca se me ha ocurrido hacerlo. Ahora, en cambio, podría ir, es decir, podría...

—Oh, ¿por qué no hacerlo? —exclamó Clyde ansiosamente—. Eso es estupendo. ¡Una idea magnífica!

—Déjame pensar —añadió ella ignorando su exclamación—. Si no recuerdo mal, hay que ir primero a Fonda y cambiar allí de coche. Pero yo podría salir de aquí en cualquier momento en el tranvía; hay solamente dos trenes al día desde Fonda, uno a las dos, y otro los sábados a las siete. De esta forma yo podría salir de aquí antes de las dos, y si después no consigo coger el tren de las dos, todo estaría perfectamente, ¿comprendes? Podría irme en el de las siete.

Y tú estarías ya allí o te encontrarías conmigo durante el camino y así nadie podría vernos, luego yo me iría y tú regresarías. Puedo arreglarlo con mi hermana, estoy segura. Tendré que escribirle.

—Pero, ¿qué vamos a hacer mientras tanto? —preguntó él lastimeramente—. Porque va a resultar un tiempo muy largo, date cuenta.

—Bueno, ya veré lo que se me ocurre, pero no estoy segura, querido. Ya veré. Y tú piensa también por tu cuenta. Pero ahora tengo que volver inmediatamente —añadió nerviosa.

Seguidamente se levantó, haciendo que Clyde lo hiciese también, y al consultar el reloj de éste descubrieron que ya eran cerca de las diez.

—¿Pero qué vamos a hacer? —continuó insistiendo—, ¿Por qué no puedes decir que el domingo que viene vas a ir a otra iglesia distinta y nos encontramos en cualquier parte? ¿Cómo iban ellos a darse cuenta?

Inmediatamente, Clyde notó que el rostro de Roberta se ensombrecía levemente, pues él estaba tocando algo que había prendido en ella de una manera muy intensa desde su más temprana juventud, dejándole unas convicciones que no resultaba nada fácil infringir.

—¡Huy, por Dios! —replicó ella con entera solemnidad—. No haría eso en la vida.
No creo que estuviera bien y no me sentiría nada tranquila.

Al punto, Clyde se dio cuenta de que estaba pisando un terreno peligroso y retiró la sugerencia porque no quería ofender ni asustar a la muchacha de ningún modo.

—Bien, sea como tú dices. Únicamente se me había ocurrido porque parece que no te resulta fácil pensar en ningún otro procedimiento.

—No, no, querido —se defendió ella suavemente, notando que él podría haber creído que ella estaba ofendida—. Está bien lo que has dicho, lo que pasa es que no podría hacerlo. Es superior a mis fuerzas.

Clyde movió la cabeza. Un recuerdo de sus propias inhibiciones juveniles le hizo sentir que tal vez no era propio de él el haber sugerido aquel engaño.
 



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Regresaron en dirección a la calle Taylor sin haber llegado a ninguna solución, aparte de aquel proyectado viaje a Fonda. En lugar de eso, después de besarla una y otra vez, y justo antes de despedirse de ella, lo mejor que pudo sugerir fue que ambos tratasen de pensar en cualquier otro procedimiento para volverse a reunir antes, si es que resultaba posible. Roberta, después de arrojar sus brazos en torno al cuello del muchacho por un momento, salió corriendo hacia la calle Taylor, y su pequeña figura se desvaneció a la luz de la luna.

Sin embargo, aparte de otro encuentro nocturno que resultó posible simulando un segundo compromiso con la señora Braley, no hubo ninguna reunión más hasta el sábado siguiente, cuando Roberta salió para Fonda. Clyde, habiéndose enterado de la hora exacta, abandonó el vagón que iba en cabeza y se reunió con Roberta en la primera estación situada en el camino hacia el oeste. Desde aquel momento hasta la noche, en que ella hubo de coger el tren de las siete, fueron indeciblemente felices paseando cerca de la pequeña ciudad que a ambos les resultaba relativamente desconocida.

Unas cuantas millas antes de Fonda llegaron a un parque de recreo en el que había diversas clases de entretenimientos, entre ellos una fila de aeroplanos, un laberinto, una vieja presa y una sala de baile con un pequeño lago con botes. En opinión de ambos éste era un lugar idílico por tener una isla que estaba en el centro del lago y en la cual se encontraba un oso cautivo en una jaula. Desde que habían llegado a Lycurgus, Roberta no se había aventurado a visitar ninguno de los parajes de los alrededores y que eran muy parecidos a éste, sólo que mucho más estridentes. A la vista del espectáculo, los dos rompieron en exclamaciones y Clyde propuso en seguida quedarse allí, ya que estaban cerca de Fonda y podrían entretenerse mucho más en aquel lugar, por lo que descendieron en aquel apeadero.

Y haciéndose cargo de la maleta de Roberta, el muchacho la guió hasta el mostrador de un hombre que vendía salchichas. Luego montaron en los caballitos, colocándose la muchacha encima de una cebra de cartón mientras él le pasaba un brazo por la cintura.

Y por ruidosa y vulgar que pudiese parecer la escena, el hecho de que por fin tenía allí a la muchacha para él solo, y que ella le tenía a él de la misma forma, sin peligro de que nadie pudiese verlos, era suficiente para despertar en ambos una especie de éxtasis muy en desproporción con la pequeñez del escenario frágil e infantil en que se hallaban.

Dieron varias vueltas en la ruidosa máquina y luego se dedicaron a contemplar a los ociosos veraneantes que remaban en el lago en ligeros botes o bien a los que se hacían la ilusión de volar en los alegres aeroplanos o que se elevaban en la noria.

Los dos contemplaban los bosquecillos y el cielo al otro lado del lago y a los bailarines que se entretenían en la sala de baile, los dos soñando y fantaseando, y de pronto Clyde preguntó:

—Tú bailas, ¿verdad, Roberta?

—No, no bailo —replicó ella con cierta tristeza, porque en aquel mismo momento estaba admirando las felices parejas, con la melancolía y la pena que la hacían sentirse desgraciada por el hecho de que nunca se le hubiese permitido bailar.

Puede que no fuese bien ni resultase moral, ya que la iglesia a que ella pertenecía así lo afirmaba, pero de todas formas, encontrándose aquí y enamorados, la verdad era que aquello no le parecía una cosa tan mala. ¿Por qué no había de bailar la gente? Muchachas
 



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como ella y muchachos como Clyde. Ya ella había oído decir a su propio hermano y a su hermana, a pesar de las opiniones de sus padres, que en cuanto se les presentase la oportunidad iban a aprender a bailar.

—Oh, pues no tiene nada de malo —exclamó él, pensando cuán delicioso sería tener a Roberta en sus brazos—. Podríamos pasarlo tan bien si tú supieras... Yo podría enseñarte en pocos minutos si me dejas.

—Pero es que yo no sé nada —replicó ella mimosamente, pero mostrando en sus ojos que la sugerencia no dejaba de causarle efecto—. Creo que no sirvo lo más mínimo para eso. Y además tú sabes que bailar no se considera bien donde yo vivo. Y tampoco mi iglesia lo aprueba. Sé que a mis padres no les haría ninguna gracia.

—Antiguallas —replicó Clyde alocada y alegremente—, eso son tonterías, Roberta. Hoy baila todo el mundo o casi todo el mundo. ¿Cómo puedes creer que sea malo?

—Ya sé que mucha gente piensa así —replicó Roberta un poco irritada—, y puede ser que lo hagan las gentes de tu clase, aunque también conozco a muchas chicas de la fábrica que desde luego bailan. Y supongo que vosotros, los que tenéis dinero y posición, encontráis que todo está bien. Pero para una muchacha como yo es diferente. Además, supongo que tus padres no serán tan severos como los míos.

—Ah, ¿eso es lo que crees? —dijo Clyde riéndose, que no había dejado de darse cuenta de la frase de ella referente a su clase y su posición y su dinero—. Pues mira — continuó—, eran tan severos como los tuyos o todavía más, me atrevería a apostar. Pero, sin embargo, no por eso he dejado de bailar. Porque yo no veo que en bailar haya nada malo. Anda, ven conmigo, Roberta, déjame enseñarte. Es realmente maravilloso. ¿No quieres, querida?

Le pasó un brazo por la cintura y la miró a los ojos, y ella casi se abandonó, completamente debilitada por el deseo que sentía por él.

Justo entonces los caballitos se habían parado, y sin ningún plan fijo ni sugerencia, los dos se dirigieron instintivamente hacia el baile, donde las parejas, no muchas, pero si entusiastas, estaban moviéndose con vivacidad. Una gramola de considerable tamaño tocaba fox-trots y one-steps. En un rincón, ya que todo el resto de la pista de baile estaba oculto por biombos, una bonita taquillera recogía los tickets, diez centavos por pareja. Pero el color, la música y el movimiento de los bailarines llegaban rítmicamente, embargando los ánimos de Clyde y Roberta.

La gramola cesó de tocar y las parejas comenzaron a salir. Pero tan pronto como salieron, los tickets se vendieron de nuevo a otras parejas para un nuevo baile.

—Creo que no podré —protestó Roberta cuando Clyde la condujo a la ventanilla de tickets—. Temo que soy demasiado torpe. No he bailado nunca, ¿sabes?

—¿Tú torpe, Roberta? —exclamó él—. ¡Oh, qué locura! Eres más bonita y graciosa que ninguna. Ya verás. Serás una bailarina maravillosa.

Pagó y entraron.

Impulsado por un valor constituido en sus tres cuartas partes por la creencia de ella en su posición en el alto círculo social de Lycurgus y en su posesión de medios de fortuna, la condujo a un rincón de la pista e inmediatamente comenzó a explicarle los pasos. Éstos no eran muy difíciles y para una muchacha de la gracia natural de Roberta resultaron fáciles. En cuanto empezó la música y Clyde la atrajo hacia él, ella adoptó las posturas y
 



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realizó los pasos sin esfuerzo alguno, y se movieron juntos rítmicamente de forma instintiva por parte de ella. Era el resultado de la maravillosa sensación de ser llevada y conducida por él, el ritmo ajustado de su cuerpo ceñido al de ella, lo que le hizo adaptarse tan rápidamente.

—Oh, cariño —cuchicheó él—, ¿No eres acaso la más bonita de las que están bailando? Has aprendido en seguida. Eres la más maravillosa de todas.

Dieron la vuelta completa a la pista una vez más, luego una tercera vez, y para entonces Roberta estaba ya perdida en una sensación de delicia como nunca había experimentado antes. ¡Pensar que estaba bailando! ¡Era tan maravilloso! ¡Y con Clyde! Él era tan ágil, tan lleno de gracia, el más guapo de todos los jóvenes que estaban en la pista, pensaba ella. Y él, por su parte, pensaba que nunca había conocido una muchacha más adorable que Roberta. Era tan alegre, tan juiciosa y complaciente. Ella no trataría de engañarle por motivos crematísticos. Y en cuanto a Sondra Finchley, bueno, ella lo había ignorado y él podría igualmente borrarla de su pensamiento y, sin embargo, aun allí, y con Roberta en sus brazos, no podía olvidarla del todo.

A las cinco y media, cuando la gramola dejó de tocar por falta de clientes y apareció un cartel diciendo «Próximo concierto, a las 7,30», estaban todavía danzando.

Luego fueron a tomar un helado, más tarde algo de comer, y para entonces, tan rápidamente se había deslizado el tiempo, fue necesario tomar el primer coche para la estación de Fonda.

Cuando se acercaban al término de su viaje, ambos, Clyde y Roberta, estaban llenos de planes sobre la forma en que habrían de arreglárselas para verse al día siguiente. Pues Roberta estaría entonces de vuelta y si pudiera arreglárselas para dejar a su hermana a tiempo el domingo, él podría venir de Lycurgus a esperarla. Podrían así demorarse por Fonda hasta las once al menos, cuando el último tren del sur procedente de Homer tenía marcada la salida.

Y pretendiendo que ella había llegado en este último podrían entonces, suponiendo que no hubiera nadie que los conociera en el autobús para Lycurgus, viajar juntos hasta la ciudad.

Tal como lo acordaron lo hicieron. Y en las oscuras callejuelas de los arrabales de Fonda, pasearon y hablaron y planearon, y Roberta le contó a Clyde algo, aunque no mucho, de su hogar familiar en Biltz.

Pero la cosa más importante, aparte del amor que cada uno sentía por el otro y de su expresión inmediata en besos y abrazos, fue el cómo y dónde realizar posteriores encuentros. Tenían que encontrar una forma, sólo que, como Roberta veía, ella tendría que encargarse de encontrar la solución, y eso pronto. Pues mientras que Clyde estaba claramente impaciente y ávido de estar con ella todo el tiempo posible, no parecía capaz de hacer sugerencias útiles.

Claro que esto, como ella también veía, no era fácil. Pues la posibilidad de otra visita a su hermana en Homer o a sus padres en Biltz no podía tenerse en cuenta hasta pasado al menos un mes. Y, aparte de ésas, ¿qué otras excusas había? Nuevas amigas en la fábrica, la oficina de Correos, la biblioteca, la YWCA1 fueron todas sugerencias de Clyde en ese momento. Pero con eso sólo se conseguían una hora o dos a lo sumo, y lo que Clyde quería


1 Siglas de Young Women's Christian Association, Asociación de Jóvenes Cristianas. (N. del T.)
 


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era otro fin de semana como el que estaba terminado. Y quedaban tan pocos fines de semana estivales.



CAPÍTULO 19

El regreso de Roberta y Clyde, lo mismo que su escapada juntos, pasó completamente inadvertido, como ellos pensaron. En el coche de Fonda no reconocieron a nadie. Y en casa de los Newton, Grace estaba ya en la cama. Se despabiló sólo lo suficiente para hacer unas pocas preguntas acerca de la excursión y éstas fueron casuales e indiferentes. ¿Cómo estaba la hermana de Roberta? ¿Había estado todo el día en Homer o había ido a Biltz o a Trippetts Mills? (Roberta explicó que había permanecido en casa de su hermana.) La misma Grace tendría que ir pronto a ver a sus padres a Trippetts Mills. Después cayó otra vez dormida.

Pero a la hora de cenar, la noche siguiente, las señoritas Opal Celiss y Olive Poppe, que no se habían sentado en la mesa en el desayuno por haber regresado demasiado tarde de Fonda, la misma comarca en que Roberta había pasado la tarde del sábado, se sentaron y en cuanto entró Roberta lanzaron unas pocas observaciones significativas y, en cuanto a Roberta, decididamente molestas.

—Oh, aquí está usted. Miren quién ha vuelto del parque Starlight. ¿Qué le parece el baile de allí, señorita Alden? Nosotras la vimos a usted, pero usted no nos vio. —Y antes de que Roberta tuviera tiempo de pensar una respuesta, añadió la señorita Celiss—: Tratamos de que usted nos viera, pero usted no tenía ojos más que para Clyde, por lo visto. Yo diría que baila usted muy bien.

Inmediatamente Roberta, que nunca había estado en relaciones muy amistosas con ninguna de esas dos muchachas y que no tenía el descaro ni la fantasía precisos para zafarse de una acusación tan rápida, inesperada y precisa, se ruborizó intensamente. Quedó sin habla y como paralizada, recordando que había dicho a Grace que había estado en casa de su hermana todo el día. Y enfrente de ella estaba Grace sentada, mirándola fijamente con los labios fruncidos como si fuera a exclamar: «Vaya, esto sí que es bueno. Conque bailando. Y con un hombre». Y en la cabecera de la mesa estaba George Newton, delgado, meticuloso, curioso, con sus ojos oscuros, su nariz y su puntiaguda barbilla vueltos hacia ella.

Pero al instante, dándose cuenta de que debía decir algo, replicó:

—Oh, sí. Es verdad. Estuve allí un rato. Algunos amigos de mi hermana iban para allá y yo fui con ellos. —Estuvo a punto de añadir: «No nos quedamos mucho tiempo», pero se interrumpió. Pues en ese mismo momento una cierta cualidad belicosa que había heredado de su madre y que había mantenido anteriormente ante Grace, vino en su ayuda. Después de todo, ¿por qué no podía ir ella al parque Starlight si lo deseaba? ¿Y qué derecho tenían los Newton o Grace o cualquier otro a hacerle preguntas sobre esto? Ella pagaba su alojamiento. Sin embargo, como ella misma reconocía, había sido cogida en una mentira deliberada, y todo debido a vivir en un lugar donde estaba siendo continuamente interrogada y vigilada en sus más mínimos movimientos.

—No creo que fuera un muchacho de Lycurgus —añadió la señorita Poppe
 



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curiosamente—. No recuerdo haberle visto jamás por aquí.

—No, no es de aquí —replicó Roberta fría y secamente, pues ahora estaba molesta por haber sido cogida en una falsedad ante Grace.

Temía también que ésta se sintiera molesta por su secreto y por haberla ignorado últimamente. Inmediatamente sintió el deseo de levantarse de la mesa y marcharse para no volver más. Pero en lugar de eso hizo todo lo posible por serenarse, y dirigió a las dos muchachas, a las que nunca había demostrado mucha familiaridad, una mirada resuelta. Al mismo tiempo miró a Grace y al señor Newton en forma algo provocadora. Si se decía algo más estaba dispuesta a dar un nombre falso o dos de supuestos amigos de su cuñado en Homer, o, todavía mejor, se negaría a dar cualquier información si se la pedían. ¿Por qué tenía que hacerlo?

Sin embargo, como comprobó esa misma noche, no había quedado libre de preguntas. Grace, que fue a su habitación poco después de cenar, le reprochó:

—Creí que habías dicho que estuviste todo el tiempo en casa de tu hermana.

—Bien, ¿y qué si dije eso? —replicó Roberta desafiadoramente y hasta con amargura, pero sin una palabra de explicación, pues creía que Grace estaba tratando de catequizarla sobre principios morales, cuando el verdadero motivo de su disgusto era el distanciamiento que demostraba y el olvido en que parecía tenerla.

—Bueno, no tendrás que mentirme más en el futuro para ir dondequiera que sea y ver a quien te plazca sin mí. Yo no quiero ir contigo. Y lo que es más, no quiero saber a dónde vas ni con quien. No quiero que me digas una cosa y luego George y Mary descubran que no es cierto y que estás sólo tratando de huir de mí o que yo estoy mintiéndoles a ellos para protegerme a mí misma. No quiero que me pongas en esa situación.

Grace se mostraba muy molesta, triste y con ganas de discutir, y Roberta podía ver claramente que no había más salida de esta situación tan tirante que terminar de una vez. Grace era una sanguijuela siempre pegada a ella. No tenía vida propia y no se daba maña para conseguirse una. Mientras la tuviera rondando por sus alrededores, Grace querría participar en todos sus pensamientos y estados de ánimo. Y, sin embargo, si le hablaba de Clyde se mostraría molesta y criticona y continuamente estaría tratando de disuadirla o hasta de reñirla. Por lo tanto replicó sencillamente:

—Oh, bueno. Tómalo así si quieres. No me importa. No pienso contarte nada a menos que me apetezca.

E inmediatamente, Grace concibió la idea de que Roberta no la quería ya y que no quería tener nada que ver con ella. Se levantó al instante y salió de la habitación con la cabeza muy alta y toda ella muy estirada. Y Roberta, al darse cuenta de que se había creado un enemigo, deseó salir de la casa. Estaban todos demasiado próximos los unos a los otros. Ellos nunca comprenderían o tolerarían estas relaciones clandestinas con Clyde, tan necesarias para él aparentemente, según él mismo le había explicado, tan molestas y aun desgraciadas para ella desde un punto de vista, y sin embargo tan preciosas. Ella lo amaba, mucho, muchísimo. Y debía encontrar una fórmula para protegerse a sí misma y protegerle a él. Tenía que buscar otra habitación.

Pero en esos momentos el asunto requería más valor y decisión de los que podía reunir. La falta de protección de vivir en una casa con personas desconocidas. Lo que esto
 



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podría insinuar. Las explicaciones a su madre y a su hermana, quizá. Pero permanecer allí después de esto era imposible, tanto por la actitud de Grace como por la de los Newton, particularmente la de la señora Newton, la hermana de Grace, que había adoptado la de los primitivos puritanos cuando sorprendían a un «hermano» o «hermana» en un grave pecado. ¡Roberta estuvo bailando! ¡Y secretamente! Había sido sorprendida con un joven cuya presencia no se explicaba por su viaje a casa de su hermana, sin decir nada del parque Starlight. Además, en la mente de Roberta surgió la idea de que, bajo las condiciones de espionaje en que ahora tendría que vivir irremisiblemente, sin hablar de la actitud infeliz y dictatorial de Grace, tendría pocas posibilidades de estar con Clyde tan intensamente como lo deseaba. Y de acuerdo con todo esto, después de dos días de tristes pensamientos y tras una conferencia con Clyde, que era partidario de que se marchara a una nueva habitación con completa independencia y donde no fuera conocida ni espiada, procedió a tomar una o dos horas de permiso; y habiéndose fijado el sector sudeste de la ciudad como el más conveniente por ser donde habría menos probabilidad de encontrarse con los Newton o con cualquiera de los que ella hubiese conocido en casa de éstos, estuvo preguntando por allí, y poco después de una hora de búsqueda encontró un sitio que le gustó. Era una vieja casa de ladrillos en la calle Elms, ocupada por un tapicero y su esposa y dos hijas, una de las cuales trabajaba en una de las fábricas locales y la otra estaba todavía en la escuela. La habitación estaba en el principal a la derecha de un pequeño vestíbulo y con vistas a la calle. Una puerta de este mismo vestíbulo daba a una sala de estar que separaba la habitación del resto de la casa y permitía entrar y salir sin cruzarse con el resto de los moradores. Y, puesto que estaba decidida a encontrarse con Clyde clandestinamente, esto, como vio en seguida, era algo muy importante.

Además, como dedujo de una conversación con la señora Gilpin, la dueña de la nueva casa, el carácter de sus moradores no era tan inquisitivo ni tan estricto como el de los Newton. La señora Gilpin era alta, pasiva, limpia, no muy lista y tenía casi cincuenta años. Informó a Roberta de que por regla general no tenía huéspedes, ya que la familia tenía medios suficientes para ir tirando. Sin embargo, ya que la habitación raramente se usaba, que estaba separada del resto de la casa, y puesto que su marido no se oponía, había decidido alquilarla. Y además, ella prefería alguien que trabajara como Roberta, una muchacha y no un hombre, y a quien le agradara desayunar y cenar con la familia. En vista de que ella no hizo preguntas en cuanto a su familia o a sus amistades, y parecía sencillamente mirarla con interés y haber quedado favorablemente impresionada por su apariencia, Roberta dedujo que aquí no había normas tales como las que imperaban en casa de los Newton.

Y, sin embargo, tuvo muchos escrúpulos por mudarse de esta forma. Pues en todo este proceder completamente clandestino se advertía, como ella veía ahora, una sensación extraña y hasta pecaminosa, y sobre todo, en la riña y posterior ruptura con Grace Marr, su única amiga, y con los Newton como consecuencia, cuando, como ella sabía muy bien, debía únicamente a Grace el estar aquí. Suponiendo que sus padres o su hermana, la de Homer, se enteraran de esto por alguna conocida de Grace, ¿qué pensarían de su salida de casa de los Newton de esta forma? ¿Estaba bien? ¿Era posible hacer cosas como éstas, y tan pronto, después de su llegada a Lycurgus? Estaba comenzando a sentir como si sus impecables normas de conducta estuvieran desmoronándose.
 



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Y, sin embargo, estaba Clyde. ¿Podía ella abandonarle ahora? Después de muchos sufrimientos morales decidió que no podía.

Y de acuerdo con esto, después de pagar una cantidad como señal y quedar de acuerdo en ocupar la habitación uno de los próximos días, volvió a su trabajo y esa misma tarde, después de cenar, anunció a la señora Newton que iba a mudarse. Su explicación premeditada fue que recientemente había pensado traerse a vivir con ella a su hermano y hermana más jóvenes, y puesto que uno de ellos o los dos iban probablemente a venir pronto, creía mejor estar preparada para recibirlos.

Los Newton, lo mismo que Grace, sintiendo que todo era debido a las nuevas relaciones que Roberta había establecido recientemente y que estaba intentando separarse de Grace, estuvieron contentos de verla marchar. Claramente, ella estaba entregándose a un tipo de aventura que ellos no podían aprobar. También estaba claro que no iba a resultar tan beneficiosa para Grace como habían pensado en un principio. Seguramente, ella sabía lo que estaba haciendo. Pero más probable era que estuviese siendo arrastrada por visiones de grandeza poco acordes con la vida recatada que había llevado en Trippetts Mills.

Y la misma Roberta, una vez dado este paso y acomodada a esta nueva atmósfera (aparte de que le daba una libertad mucho mayor en cuanto a sus relaciones con Clyde), se mostraba dudosa en cuanto el camino a seguir. Quizá, quizá, se había comportado apresuradamente impulsada por la ira y se arrepentiría de ello más tarde. Pero ya lo había hecho y no tenía remedio. Por lo tanto se propuso probar algún tiempo.

Para salvar su propia conciencia más que para otra cosa, escribió inmediatamente a su madre y a su hermana dando una excusa del motivo de haberse marchado de casa de los Newton. Grace se estaba haciendo demasiado dominante y egoísta. Había llegado a ser insoportable. Sin embargo, su madre no debía preocuparse. Tenía una habitación para ella sola y podía ahora alojar a Tom y a Emily o a su madre y Agnes, en el caso de que alguna vez quisieran venir a visitarla. Y podría presentarles a los Gilpin, a los que procedió a describir.

A pesar de todo, su pensamiento fundamental en relación con su situación actual, en lo que concernía a la gran pasión que Clyde sentía por ella, y ella por él, era que seguramente estaba jugando con fuego y quizá el resultado fuera su descrédito social. Pues aunque conscientemente no deseaba enfrentarse con el hecho de que esa habitación, su posición en relación con el resto de la casa, le había resultado de la mayor importancia la primera vez que la vio, sin embargo, subconscientemente, ella lo sabía muy bien. El camino que estaba siguiendo era peligroso, eso lo sabía. Y, sin embargo, como se preguntaba ahora tan a menudo, ¿qué otra cosa podía hacer?



CAPÍTULO 20

No obstante, como Roberta y Clyde descubrieron pronto, después de varias semanas en las que se veían aquí y allá, en los lugares a que podían ir utilizando las líneas interurbanas, había todavía inconvenientes, y el principal de ellos era la actitud de los dos en cuanto a esta habitación, y de qué uso sería para ambos, si es que tenía alguno. Pues
 



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aunque, en el caso de Clyde, nunca se había confesado a sí mismo abiertamente que sus intenciones en cuanto a Roberta fueran en forma alguna diferentes a las de cualquier muchacho hacia cualquier chica por la que se tuviera una consideración social convencional, sin embargo, ahora que ella se había mudado a la nueva habitación, había un inerradicable y quizá censurable, aunque muy humano y casi inevitable, deseo de algo más, la posibilidad de una intimidad cada vez mayor, con un control de Roberta, de sus pensamientos y de sus actos, de tal forma que al fin fuera completamente suya. Pero, ¿cómo? ¿Por medio del matrimonio y la existencia convencional y permanente que a partir de entonces ambos deberían seguir? Él nunca se había dicho tanto a sí mismo. Pues al flirtear con ella o con cualquier otra muchacha de una posición social inferior a la de los Griffiths (inferior, por ejemplo, a la de Sondra Finchley o Bertine Cranston), él no quería, debido principalmente a la actitud de sus parientes recién hallados y a su muy alta posición en la ciudad, tomar en consideración un matrimonio desventajoso. ¿Y qué pensarían ellos si llegaran a saberlo? Pues, socialmente, como él veía ahora, si no antes de llegar a este punto, se le suponía por encima de la clase de Roberta y él debía, naturalmente, aprovecharse de esta creencia. Además, estaban todos aquellos que le conocían, al menos los que hablaban con él. Por otra parte, debido a la gran atracción que ella sentía por él, no había sido capaz de decirle hasta ahora que no era digna de él o que él no podría ser feliz en caso de que fuera posible o aconsejable contraer matrimonio con ella.

Había otra cosa que contribuía a complicar el asunto. Y era que el otoño, con sus vientos desapacibles y sus noches heladas, se estaba echando encima. Ya estaba cerca octubre y la mayor parte de aquellos lugares al aire libre que, hasta mitad de septiembre al menos, habían servido para distraerse, y que estaban a una distancia suficiente de Lycurgus para sentirse a salvo, estaban comenzando a cerrarse hasta la próxima temporada de verano. Y los bailes, excepto en las salas de las ciudades próximas y que, debido a la forma en que ella los consideraba, eran inaceptables, estaban también terminando por este tiempo. En cuanto a las iglesias, los cines y los restaurantes de Lycurgus, ¿cómo, dadas las circunstancias, debido a la posición de Clyde, podían atreverse a ir juntos a cualquiera de estos sitios? No podía ser, como ambos acordaron. Y aun cuando ahora los movimientos de Roberta no estaban coartados, no había lugar adonde ir a menos que, mediante un reajuste de sus relaciones, le fuera permitido visitarla en casa de los Gilpin. Pero esto, como él sabía, a ella no se le ocurriría pensarlo, y él, al principio, no tuvo ni siquiera el valor de sugerirlo.

Con todo, estaban en el final de una de las calles, una temprana noche de octubre, unas seis semanas después de que ella se hubiera trasladado a su nueva habitación. Las estrellas brillaban. El aire era frío. Las hojas comenzaban a caer. Roberta había vuelto a usar un abrigo tres cuartos, de invierno, a rayas verdes y crema, que acostumbraba a llevar en esta estación del año. Su sombrero era oscuro, adornado con cuero marrón. Había habido besos entre ellos, la misma fiebre que había estado dominándolos desde el primer encuentro, sólo que más pronunciada si acaso.

—Hace frío, ¿verdad?
Fue Clyde quien habló. Eran las once en punto y helaba.
—Sí, eso se diría. Pronto habré de buscar un abrigo más grueso.
—No sé lo que vamos a hacer de ahora en adelante. No hay ningún sitio adonde ir, y
 



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no va a ser muy agradable pasear todas las noches por las calles de esta forma. ¿No crees que podríamos arreglárnoslas para que yo pudiera verte en casa de los Gilpin un rato? Ahora no es igual que en casa de los Newton.

—Oh, ya lo sé. Pero ellos acostumbran a estar en la salita todas las noches hasta las diez y media o las once, poco más o menos. Y, además, las dos chicas entran y salen a cada momento hasta las doce y a menudo se quedan conmigo. No veo cómo podría hacerlo. Además yo creía que tú no querías que te vieran conmigo y si vas allí no podré evitar tener que presentarte.

—Oh, pero yo no quiero decir de esa forma —replicó Clyde audazmente, y sin embargo con la sensación de que Roberta se mostraba demasiado remilgada y que ya era hora de que adoptara una actitud más complaciente hacia él, si es verdad que lo quería tanto como aparentaba—. ¿Por qué no podría yo quedarme dentro un rato? Ellos no tienen por qué enterarse, ¿verdad? —Sacó su reloj y vio, con la ayuda de una cerilla, que eran las once y media. Le enseñó el reloj—. Ahora no habrá nadie, ¿verdad?

Ella sacudió la cabeza negándose. El pensamiento no sólo la aterrorizaba, sino que la hizo sentirse mal. Clyde se estaba haciendo demasiado atrevido al sugerir una cosa semejante. Además, esta sugerencia encarnaba todos los miedos secretos y estados de ánimo encontrados que hasta ahora, aunque existentes en ella, no quería ver ni enfrentarse con ellos. Había en ello algo ruin, pecaminoso, terrible. No quería. De ello estaba segura. Al mismo tiempo dentro de ella existía un impulso dominante de deseo reprimido y temido que ahora golpeaba ruidosamente para darse a conocer.

—No, no. No puedo consentirlo. No estaría bien. No quiero. Alguien podría vernos.
Alguien podría conocerte.

En este momento la repulsión moral fue tan grande que inconscientemente se debatió para liberarse de su abrazo.

Clyde sintió cuán profunda fue esta repentina revuelta. Y con ello se sintió tanto más dominado por el flagelante deseo de poseer a la muchacha, a la que ahora veía inalcanzable. Una docena de seductoras excusas vinieron a sus labios.

—Oh, ¿quién iba a vernos a estas horas de la noche? No hay nadie por aquí. ¿Por qué no podemos ir un momento hasta allí si queremos? Nadie nos oiría. No hace falta hablar en voz alta. No hay nadie en la calle ahora. Vamos hasta la casa y veremos si hay alguien levantado todavía.

Hasta entonces ella nunca le había permitido acercarse a más de media manzana de la casa, siendo sus negativas nerviosas y decididas. Sin embargo, en esta ocasión Clyde estaba resultando un poco rebelde, y Roberta, estando en alguna forma en deuda con él como su superior y su amante, fue incapaz de impedirle que llegara con ella hasta las proximidades de la casa, donde se pararon. Ningún sonido se oía en parte alguna, excepto los ladridos de un perro en la lejanía. Y en la casa no había ninguna luz visible.

—¿Ves? No hay nadie levantado —protestó Clyde, tranquilizándola—, ¿Por qué no podemos entrar un rato si queremos? ¿Quién lo iba a saber? No tenemos por qué hacer ruido. Además, ¿qué hay de malo en ello? Otra gente lo hace. No es tan terrible para una muchacha llevar a un amigo a su habitación si ella quiere.

—Ah, ¿no lo es? Bueno, quizá no lo sea en tu ambiente. Pero yo sé lo que está bien, y no creo que esto lo esté. No lo haré.
 



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Inmediatamente después de hablar el corazón de Roberta experimentó una punzada débil y dolorosa, pues al decirlo había demostrado más independencia y desafío del que él hubiera visto hasta entonces y del que ella misma se hubiera considerado jamás capaz. Esto la asustó un poco. Quizá él no la querría tanto si ella continuaba hablando de esta forma.

El humor de Clyde se ensombreció súbitamente. ¿Por qué obraba ella así? Era demasiado prudente, demasiado temerosa de un poco de vida o de placer. Otras muchachas no eran así. Rita, las muchachas mismas de la fábrica. Ella decía amarle. No se oponía a que la tuviera en sus brazos y la besara bajo un árbol al final de la calle. Pero cuando llegaba a algo más privado o íntimo, no quería consentírselo. ¿Qué clase de muchacha era? ¿De qué servía continuar con todo esto? ¿Iba a ser otro caso como el de Hortense Briggs con todas sus astucias y evasiones? Naturalmente, Roberta no era en forma alguna como ella, pero sin embargo también se mostraba terca.

Aunque Roberta no pudo ver su cara supo que estaba enfadado como nunca antes. —Bueno, si no quieres ir no tienes por qué hacerlo —llegaron sus palabras con un

timbre decididamente frío—. Hay otros sitios adonde puedo ir. Ya me he dado cuenta de que nunca quieres hacer lo que digo. Me gustaría saber qué es lo que crees que vamos a hacer. No podemos pasear por las calles todas las noches.

Su tono era triste y sentencioso, más agresivo y amargo que en cualquier ocasión anterior. Y sus referencias a otros sitios sacudieron y asustaron a Roberta, tanto que casi instantáneamente su estado de ánimo cambió. ¡Esas otras muchachas de su propio mundo! ¡Sin duda él las veía de vez en cuando! ¡Aquellas otras muchachas de la fábrica que estaban siempre tratando de atraer sus miradas! Ella las había visto intentándolo, y muy a menudo. Esa Ruza Nicoforich, tan ordinaria, pero bonita, demasiado. Y esa Flora Brandt. Y Martha Bordaloue, ¡uf! Pensar que alguien tan guapo como él era perseguido por desgraciadas como ésas. Sin embargo, a causa de esto, ella temía que él la creyera demasiado difícil, alguien sin la experiencia o el atrevimiento a los que él, en su mundo superior, estaba acostumbrado, y se volviera hacia una de las otras. Entonces lo perdería. El pensamiento la aterrorizó. Inmediatamente su actitud cambió del desafío a la súplica persuasiva.

—Oh, por favor, Clyde, no seas malo conmigo ahora, ¿quieres? Tú sabes que me gustaría si pudiera. No puedo hacer una cosa así. ¿Es que no lo ves? Tú lo sabes. Seguro que nos descubrirán. ¿Y cómo te sentaría si alguien llegara a vernos o a reconocerte? —En forma suplicante ella puso una mano en su brazo, después alrededor de su muñeca, y él pudo darse cuenta de que a pesar de su tenaz oposición un momento antes, ella estaba muy inquieta, penosamente preocupada— Por favor, no me lo pidas —añadió ella en tono lastimero.

—Bien, ¿por qué dejaste entonces a los Newton? —preguntó malhumoradamente—, Yo no sé dónde podremos ir ahora si no me dejas ir a verte a tu casa de vez en cuando. No tenemos ningún otro sitio.

El pensamiento concedió una pausa a Roberta. Estaba claro que esta relación no iba a mantenerse dentro de los límites convencionales. Al mismo tiempo ella no veía cómo podía hacerse cómplice de una cosa semejante. Le parecía demasiado libre, demasiado in-moral y perverso.
 



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—Yo creía que —dijo ella débil y apaciblemente— podríamos ir a cualquier sitio los sábados y domingos.

—Pero, ¿dónde podemos ir ahora los sábados y domingos? Todo está cerrado.

Otra vez Roberta se vio atormentada por estos problemas sin respuesta que asediaban a ambos, y exclamó fútilmente:

—Oh, me gustaría saber qué hacer.

—Todo esto sería muy fácil si tú quisieras hacerlo, pero la dificultad contigo es que nunca quieres.

Ella seguía en pie, mientras el viento de la noche silbaba entre las hojas secas. Evidentemente, el problema que tanto había temido estaba ya encima. ¿Podía acceder a lo que él le proponía pese a su estricta y rígida educación? Se veía desgarrada por fuerzas contradictorias, fuerzas urgentes y poderosas ambas. De una parte, por muy penoso que fuera para su moral y para su situación social, se sentía dispuesta a ceder; de otra veía que era su deber rechazar de una vez para siempre una sugerencia tan atrevida. Sin embargo, a pesar de esta decisión, y a causa de su invencible atracción hacia el muchacho, no podía hacer otra cosa que suplicarle tiernamente.

—No puedo, Clyde. No puedo. Yo querría si pudiera, pero es superior a mis fuerzas.
No estaría bien.

Ella le miró a la cara, un óvalo pálido en la oscuridad, tratando de adivinar si comprendía su actitud, si simpatizaba con ella, si se decidía a su favor. Pero, irritado por esta clara y definitiva negativa, no estaba dispuesto a ceder. Todo esto, como veía ahora, olía a los mismos fracasos que habían acompañado su larga serie de atenciones hacia Hortense Briggs. No estaba dispuesto a seguir por más tiempo en esta postura, de eso ella podía estar segura. Y si ésta era la forma en que pensaba comportarse, bien, podía hacerlo, pero no con él. El podría conseguir muchas chicas, montones de ellas, que le tratarían mejor que ella.

Encogiéndose de hombros con irritación, cosa que ella pudo ver, se volvió y comenzó a alejarse diciendo mientras lo hacía:

—Oh, está bien, si ésta es la forma en que consideras el asunto.
Y Roberta quedó allí plantada, sin habla y aterrorizada.

—Por favor, Clyde, no te vayas. Por favor, no me abandones —exclamó repentina y patéticamente, cambiando su actitud de desafío y valor bajo el peso de una profunda e infinita tristeza—. No te vayas. Te amo, Clyde. Lo haría si pudiera. Tú lo sabes.

—Sí, sí. Lo sé, no hace falta que me lo digas.

Fue su experiencia con Hortense y Rita lo que le impulsó a adoptar esta actitud. De un tirón liberó su brazo de la mano de ella y comenzó a caminar rápidamente en la oscuridad.

Y Roberta, sobrecogida por este repentino desenlace, tan penoso para ambos, le llamó:

—¡Clyde!

Y después corrió tras él un poco, confiando en que él se pararía y le permitiría explicarse otra vez. Pero no se volvió. Continuó, al contrario, aún más rápidamente. Por el momento todo lo que ella podía hacer era lanzarse tras él, alcanzarle y, a la fuerza si era preciso, retenerle. ¡Su Clyde! Y comenzó a correr un buen trozo en la dirección que él
 



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había tomado, pero de pronto se paró al darse cuenta de la suplicante, lastimosa y comprometedora actitud en que, por primera vez en su vida, se veía. Pues por una parte todos los frenos convencionales debidos a su educación la estaban conteniendo para que permaneciera firme y no se condujera de esta forma, mientras que por otra todos sus deseos de amor, de comprensión, de intimidad, la impulsaban a correr tras él antes de que fuera demasiado tarde y hubiera desaparecido. Su bella cara, sus hermosas manos. Sus ojos. Todavía se escuchaba el eco de sus pasos. Y sin embargo, tan fuertes eran las convenciones que influían sobre ella en esta ocasión, que, aun sufriendo horriblemente, el equilibrio entre las dos fuerzas se rompió, y se detuvo, sintiendo que no podía ni seguir adelante ni quedarse esperando, que no tenía más remedio que aceptar y soportar que una amistad maravillosa se había roto de repente.

La pena oprimió su corazón y empalideció sus labios. Siguió allí, aterida y silenciosa, incapaz de pronunciar una palabra ni aun el nombre de Clyde, que persistentemente subía a su garganta. Sólo en su pensamiento murmuraba: «Clyde, no te vayas, por favor, Clyde, no te vayas». Pero él estaba ya fuera del alcance de su voz, marchando vivamente, airado, el clic de sus pasos oyéndose cada vez más débilmente.

Este fue el primer relámpago cegador, la primera herida que el amor causó a Roberta.



CAPÍTULO 21

El estado mental de Roberta durante esa noche no se puede describir fácilmente. Pues aquí estaba el verdadero y punzante amor, y en la juventud el amor punzante y verdadero es difícil de soportar. Además, estaba íntimamente relacionado con las fantasías más excitantes y grandiosas en cuanto a las condiciones sociales y materiales de Clyde en la ciudad, fantasías que no tenían nada que ver con nada que él hubiera dicho o planeado, sino que estaban simplemente fundadas en conjeturas o adivinanzas suyas sobre las que él no tenía control alguno. Y el propio hogar de Roberta, tanto como su situación personal, eran muy desafortunados, sin promesa o esperanza alguna para ella. Había discutido con él, dejándole marcharse enfadado por su culpa. Por otra parte, ¿no estaba él comenzando a presionar demasiado ardientemente para llevarla a esas molestas y sin duda espantosas libertades y familiaridades que su conciencia rígidamente educada no le permitía considerar correctas? ¿Qué iba a hacer ahora? ¿Qué iba a decir?

Esto fue lo que se dijo en la oscuridad de su habitación, después de haberse desnudado lentamente y de meterse en la anticuada cama: «No, no lo haré. No debo. No puedo. Seré una mala muchacha si lo hago. No lo haré por él ni aun cuando me pida que lo haga y me amenace con dejarme si me niego. Debería avergonzarse de pedírmelo». Y en el mismo momento, o poco después, pasaba a preguntarse qué otras cosas, dadas las circunstancias, podían hacer. Pues en realidad, Clyde tenía razón, al menos en parte, al decir que difícilmente podrían encontrar un sitio adonde ir sin ser reconocidos. ¡Qué injusta era la regla de la compañía! Y sin duda, aparte de esta regla, los Griffiths pensarían mal de él si sabían de sus relaciones con ella, y lo mismo harían los Newton y los Gilpin en cuanto llegasen a enterarse de quién era él. Y si la noticia llegaba a conocimiento de la gente, dañaría a ambos. Y ella no quería hacer nada que pudiera perjudicarle, nunca lo
 



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haría.

Una cosa que se le ocurrió en este momento fue que podría conseguir un puesto en otro sitio, de tal forma que el problema quedase resuelto por esta parte, un problema que, por el momento, parecía tener poco que ver con el deseo más inmediato e íntimo de él de entrar en su habitación. Pero esto significaría que ya no podría verle durante el día, sólo por la noche. Y además no todas las noches, desde luego. Por tanto, abandonó el pensamiento de buscar empleo en otro sitio.

Al mismo tiempo, meditaba, mañana vendría el alba y allí estaría Clyde, en la fábrica. Supongamos que él no le hablara a ella ni ella a él. ¡Imposible! ¡Ridículo! ¡Terrible! El simple pensamiento la hizo incorporarse en la cama contemplando una imagen de Clyde que la miraba fría e indiferentemente.

Al instante estuvo en pie y encendió uno de los globos que colgaban del centro del techo. Fue al espejo, que estaba en la pared, sobre el viejo tocador de nogal, y se plantó frente a él. Ya imaginaba oscuras ojeras en su cara. Se sintió aterida, fría, y sacudió su cabeza de forma indefensa y distraída. El no podría tratar de hacer eso. No podía ser tan cruel con ella. Si supiese qué difícil, cuán imposible era lo que le pedía. Oh, si viniera pronto el día para poder ver su cara de nuevo. Si llegara otra noche tan sólo en que ella pudiera tener sus manos entre las suyas, sentir sus brazos alrededor de su cuerpo.

—Clyde, Clyde —exclamó casi en voz alta—, tú no me harás eso, ¿verdad? No podrías hacerlo.

Cruzó la estancia hasta una vieja, desteñida y decrépita silla que estaba en el centro de la habitación, junto a una pequeña mesa, en la que había algunos libros y revistas, el Saturday Evening Post, Munsey’s, el Popular Science Monthly, Bebe’s Garden Seeds, y para escapar a sus deprimentes pensamientos se sentó, con la barbilla entre las manos y los codos sobre sus rodillas. Pero los penosos pensamientos continuaron y una sensación de frío la envolvió, por lo que cogió un edredón de la cama y se lo echó por encima. A continuación tomó una de las revistas, para arrojarla seguidamente.

—No, no, no, él no podría hacerme eso ni querría.

Ella no se lo permitiría. El había dicho que estaba loco por ella, que estaba perdidamente enamorado de ella. ¡Habían estado juntos en tantos sitios maravillosos!

Y después, sin saber lo que hacía, pasaba de la silla a la cama, sentándose en el borde con la barbilla en las palmas de las manos y los codos en las rodillas, o se ponía delante del espejo o atisbaba incansablemente en la oscuridad para ver si había alguna traza del nuevo día. Y a las seis, y a las seis y media, cuando se estaba aproximando el momento de vestirse, estaba todavía allí, en la silla o en el borde de la cama o en la esquina ante el espejo.

Pero al fin había llegando a una conclusión, y era que de ninguna forma permitiría que Clyde la dejara. Eso no podía ser. Habría algo que ella pudiese decir o hacer que le obligase a amarla todavía, aunque debiera permitirle entrar en la habitación de vez en cuando, alguna otra habitación en otra casa de alquiler quizá, donde ella pudiera tener arreglado el asunto de antemano, decir que él era su hermano o algo así.

Pero el humor que dominaba a Clyde era de una naturaleza muy diferente. Para comprender toda su obstinación y la súbita agresividad que había desarrollado de pronto, es preciso volver a Kansas City y al período en que había sido mantenido tan fútilmente
 



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en espera de una compensación por parte de Hortense Briggs. También el haber tenido que dejar a Rita, aunque no definitivamente. Pues aunque las condiciones y la situación presentes fueran muy diferentes, y él no tuviera autoridad moral para acusar a Roberta de una actitud como la de Hortense Briggs, quedaba todavía el hecho de que muchas chicas, todas ellas, eran claramente tercas y precavidas, colocándose siempre aparte y aun por encima del hombre medio, obligándole así a hacer cosas por ellas sin que ellas se creyeran obligadas a hacer nada en justa correspondencia. Ratterer ya le había dicho siempre que en lo que se refería a las chicas, él, Clyde, era poco más o menos un loco, demasiado fácil, demasiado ávido de mostrar su juego y dejar que ellas supieran todo lo que sentía. En lugar de esto, como Ratterer le había explicado, Clyde era bien parecido, tenía ventajas, y ¿por qué había de arrastrarse tras las chicas a menos que ellas lo quisiesen mucho? Este pensamiento y este cumplido le habían impresionado muchísimo en su día. Sólo a causa de los fracasos sufridos con Hortense y Rita se mostraba ansioso. Sin embargo, otra vez estaba en peligro de repetir o soportar el fracaso con Rita y Hortense.

Al mismo tiempo no dejaba de recriminarse pensando que al tratar de persuadir a Roberta, estaba presionando para conseguir unas relaciones poco legítimas y que podrían resultar peligrosas en el futuro. Pues, como veía ahora de una forma vaga y confusa, si buscaba semejantes relaciones a pesar de los prejuicios y la educación de ella, ésta las consideraría como algo malo, por lo que estaba dando pie a Roberta para que en un futuro le reclamase de una forma nada fácil de ignorar. Pues, después de todo, él era el agresor, no ella. Y a causa de esto, y fuera la que fuese la continuación de estas relaciones, ¿no estaría ella en posición de pedir de él más de lo que estaba dispuesto a concederle? En el trasfondo de su pensamiento se escondía algo que aun ahora le aseguraba que nunca se casaría con ella, en vista de sus altas relaciones familiares. Por tanto, ¿debía él insistir o no? Y si lo hacía, ¿podía evitar que fuera el preludio de alguna reclamación en el futuro?

El no estudió tan detalladamente sus pensamientos y sentimientos, pero aproximadamente ésta era su naturaleza. Sin embargo, era tan grande la seducción temperamental y física de Roberta que a pesar del impulso que parecía insinuarle que era peligroso insistir, se dijo que a menos que le permitiera entrar en su habitación, no tendría más que ver con ella, ya que el deseo que sentía por Roberta lo dominaba todo.

Esta disputa, que es propia de toda primera unión entre los sexos, ya sea en matrimonio o no, fue reñida al día siguiente en la factoría. Y sin embargo, se hizo sin una palabra por ninguna de las dos partes. Pues Clyde, aunque creía estar profundamente enamorado de Roberta, no se hallaba en realidad tan interesado, sino lo normal en alguien que es egoísta y ambicioso por naturaleza y que por eso puede dominarse y ser dueño de sus impulsos. Y estaba decidido a adoptar la actitud del injuriado y dispuesto a no continuar su amistad ni a ceder lo más mínimo, a menos que ella hiciese alguna concesión que pudiera aplacarle.

Consiguientemente, aquella mañana entró en el departamento de estampado con el aire y el rostro de alguien que estuviese preocupado con asuntos que poco tenían que ver, si es que tenían que ver algo, con lo que había ocurrido la noche antes. Pero, estando poco seguro de que esa actitud fuera a conducir a otra cosa que a la derrota, se sentía muy deprimido y desesperanzado. Pues, después de todo, la visión de Roberta, recién llegada, y aunque pálida y distraída, tan encantadora y enérgica como siempre, no pudo causarle
 



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la impresión de una inmediata o definitiva victoria. Y conociéndola tan bien como la conocía por entonces, estaba sólo débilmente animado por la esperanza de que la muchacha todavía cedería.

La miró repetidamente cuando ella no le estaba mirando. Y cuando ella a su vez le miraba con fijeza, pero tímidamente, en los momentos en que él no la miraba, y más tarde cuando vio que él ya directa o indirectamente no apartaba sus ojos de ella, se dio cuenta de que por parte del muchacho no podía extraer ninguna señal de arrepentimiento. Y luego, con amargo desengaño por su parte, no sólo él fingió ignorarla, sino que por vez primera desde que estaban tan interesados el uno por el otro, fingió prestar, si no exactamente una atención clara hacia otras muchachas que siempre le habían mirado con gran simpatía, o por lo menos ella así se lo imaginaba, un mínimo de amabilidad que parecía una pequeña insinuación por su parte.

Pues ahora estaba mirando por encima del hombro de Ruza Nicoforich, que tenía la cara vuelta con languidez, mientras él comentaba algo que no parecía estar directamente relacionado con el trabajo que tenía entre manos, pues ambos estaban sonriendo de manera complaciente. Y luego, al poco tiempo se colocó junto a Martha Bordaloue, que tenía desnudos los hombros y los brazos. A pesar de ser algo rechoncha y tener un aire decididamente extranjero, había algo en ella que a muchos hombres no dejaría de gustarles. Y también con ella Clyde estaba intentando bromear.

Y más tarde fue Flora Brandt, la atractiva muchacha americana, que Clyde no dejaba de tratar con marcada simpatía, como Roberta podía ver. Pero a pesar de estas pruebas, ella nunca hubiese podido creer que él se interesase por ninguna de estas chicas.

El caso era que él no parecía observar su presencia en absoluto, aunque en cambio encontraba tiempo para decir alguna que otra palabra agradable a las demás muchachas. Y eso resultaba amargo y muy cruel, y no tenía más remedio que despreciar profundamente a estas chicas que con sus miradas y sus francas insinuaciones trataban de arrebatárselo. Resultaba terrible. Sin duda ahora la odiaba, pues de otra forma no podría portarse así, especialmente después de todo lo que había habido entre ellos.

Las horas se arrastraron para los dos, tan dolorosas para Clyde como para Roberta. En él había una inquietud febril y dolorosa motivada por la impaciencia, que constituye el principal obstáculo para los hombres ambiciosos, cualquiera que sea la naturaleza de su ambición. Se sentía torturado hora tras hora por el pensamiento de que iba a perder a Roberta o de que para recobrarla tendría que ceder a todas sus exigencias.

Y ella, por su parte, se sentía desgarrada, no tanto por si tendría que ceder a sus deseos, pues en realidad ésa era una preocupación menor, sino por la duda de si Clyde se sentiría satisfecho incluso después de la intimidad que tuviesen en algún sitio privado. Pues más de esto no quería ella conceder, nunca. Pero resultaba terrible esta incertidumbre y su enorme indiferencia. Apenas podía soportarlo de minuto en minuto, y mucho menos de hora en hora, y por último, en una agonía de insatisfacción consigo misma por haberse acarreado tantas angustias, se retiró a la habitación de descanso a eso de las tres de la tarde, y allí, con la ayuda de un trozo de papel que encontró en el suelo y un trocito de lápiz que tenía consigo, compuso una breve nota.

«Por favor, Clyde, no me vuelvas loca, te lo ruego. Por favor, no lo hagas. Mírame y
 



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háblame. Lamento terriblemente lo de la noche pasada, de verdad, terriblemente. Y esta noche quiero verte, si puedes, al final de la calle Elms, a las 8.30. Tengo algo que decirte. Ven, por favor. Y te ruego que me mires y que me digas que vendrás, aunque estés enfadado. No tendrás que arrepentirte. Te quiero muchísimo y tú lo sabes.

»Tu afligida,
ROBERTA»

Y con el estado de ánimo de alguien que buscase agónicamente una droga, dobló el papel y al volver a la estancia pasó junto a la mesa de Clyde. El estaba inclinado sobre unas notas. Rápidamente, en el momento de pasar, ella colocó el papel entre sus manos. El la miró un instante, todavía con los ojos oscuros endurecidos por el dolor, la inquietud y la insatisfacción que habían pesado sobre él todo el día, y viendo la figura de Roberta que se retiraba, así como el papel que le había dejado en las manos, inmediatamente se relajó, sintiendo una oleada de satisfacción y de delicia. Abrió el papel y lo leyó, e instantáneamente su cuerpo se llenó de una cálida y debilitadora sensación.

Y Roberta, a su vez, habiendo llegado hasta su puesto y deteniéndose para observar si alguien se había dado cuenta de sus movimientos, miró en torno con precaución, nerviosa y desalentada. Pero viendo que Clyde la miraba con fijeza y que en sus ojos había una luz de complacencia y en sus labios una sonrisa y que su cabeza se inclinaba en un asentimiento feliz, de pronto ella experimentó una sensación de vértigo, como si su sangre, hasta entonces constreñida, se pusiese de pronto en movimiento. Y todos los secos pantanos y las escuálidas y sombrías orillas de su alma, con riachuelos agotados y lagos de dolor que parecían secar todo su ser, se llenaron instantáneamente de aquella caudalosa oleada de vida y de amor.

Él se reuniría con ella. Se encontrarían esta noche. La rodearía con sus brazos y la besaría como antes. Ella podría mirarle a los ojos. No pelearían nunca más, nunca, nunca, si ella podía evitarlo.



CAPÍTULO 22

¡La maravilla y la delicia de una relación más nueva y más íntima, de protestas acalladas, de escrúpulos superados! Días en que ambos, habiendo luchado en vano contra la suprema intimidad que cada uno sabía que el otro estaba deseando conseguir y que finalmente se lograba, miraban con ansia la noche que se aproximaba, con una angustia que era como una fiebre que diese cuerpo al terror. ¡Y cuántas preocupaciones y protestas por parte de Roberta y qué determinación, no sin un cierto regusto de maldad, de seducción y de engaño, por parte de Clyde! Pero una vez conseguida la cosa, un salvaje placer convulsivo agitaba a ambos.

Y luego estaba la exigencia por parte de Roberta de que, pasase lo que pasase, si llegaban las consecuencias naturales de una intimidad tan enorme, él nunca la abandonaría, ya que sin su ayuda ella se sentiría indefensa. Pero todo esto sin ninguna alusión formal a un matrimonio. Y él, tan totalmente dominado y arrastrado por su deseo, se decía a sí mismo que nunca, nunca, se sentiría obligado a pasos mayores. No lo haría nunca. Y noches y noches, ya con todos los escrúpulos de lado, por mucho que Roberta se
 


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condenase a sí misma y se reprochase durante todo el día, se entregaban uno a otro totalmente. Luego soñaban incansable y salvajemente acerca de la alegría experimentada, deseando un día y otro que las horas pasasen con rapidez y que llegase la noche, discreta, recompensadora y febril.

Y Clyde se daba cuenta, igual que Roberta, que por su parte estaba convencida de ello, de que todo esto era un pecado, un pecado gravísimo y mortal, puesto que tanto su madre como su padre le habían recalcado infinidad de veces la pena en que incurre el seductor que arrebata su presa fuera de los límites sagrados del matrimonio. Y Roberta, tratando de otear nerviosamente el incierto futuro, se preguntaba qué sería de ella si por una fatalidad cualquiera Clyde cambiase de pensamiento o la engañara. Pero cuando volvía la noche su estado de ánimo cambiaba, y tanto ella como él se apresuraban a encontrarse en cualquier parte, y más tarde, en el silencio de la medianoche, se deslizaban a aquella habitación oscura, que parecía ser para ambos un paraíso mucho mayor y más sólido que el que pudiesen llegar a conocer nunca, tan salvaje e incurable es la fiebre de la juventud.

A veces, a pesar de todas sus otras dudas y miedos, a causa del súbito abandono de Roberta a todos sus deseos, Clyde sentía por vez primera, realmente por vez primera en todos sus años febriles, que por fin había llegado a ser un hombre de mundo, un hombre que estaba empezando a conocer de verdad a las mujeres. Y de esta forma adoptaba un aire que parecía decir sin palabras: «Fijaos, ya no soy el inocente inexperimentado y cándido de hace unas semanas, sino un individuo de peso, alguien que sabe lo que es la vida. ¿Qué tiene ninguno de estos jóvenes presuntuosos o de estas muchachas alegres que yo no tenga? Y si yo quisiera, si fuese menos leal de lo que soy, ¿qué no podría yo tener?».

Y todo esto venía a probarle que la idea que se había formado a causa de Hortense Briggs y también en cierto modo de Rita, esto es, que no podía tener éxito o que siempre sufriría de mala suerte con las muchachas, era totalmente falsa. Pues después de todo, y a pesar de diversos fracasos e inhibiciones, lo cierto era que podía decirse que estaba hecho de la madera de los donjuanes o de los lo taños.

Pues si Roberta ahora estaba del todo decidida a sacrificarse por él de esta forma, ¿no era eso señal de que en lo sucesivo podría haber otras?

A causa de ello, y a pesar de la indiferencia de los Griffiths, andaba más erguido que hasta entonces. Aunque ninguno de los que estaban relacionados con él parecía darse cuenta de nada, sin embargo él se miraba de vez en cuando al espejo con una seguridad y admiración que hasta entonces nunca había poseído. Pues ahora Roberta, dándose cuenta de que su futuro dependía en realidad de la voluntad y capricho del muchacho, se había consagrado a halagarle constantemente y mostrarse tan complaciente y sumisa como le era posible. En realidad, según la noción que ella tenía de lo que debía ser una vida decente, se sentía suya por completo, tanto como una esposa lo es del marido, para que éste haga con ella lo que desee.

Y de esta manera, durante algún tiempo Clyde olvidó su deprimente situación y se contentó con poder dedicarse a la muchacha sin pensar en el futuro. La única cosa que le turbaba a veces era, posiblemente en relación con el temor que ella había expresado en un principio, que algo pudiese ir mal, lo cual, considerando la devoción exclusiva que ella le tenía, podría resultar muy inconveniente. Pero al mismo tiempo no se molestaba en
 



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pensar seriamente sobre aquello. Por lo pronto ahora tenía a Roberta. Estas relaciones, por lo que cada uno de ellos podía ver o adivinar, constituían un profundo secreto. Los placeres de esta luna de miel clandestina estaban en todo su apogeo. Y los restantes días de noviembre y principios de diciembre, vivos y a menudo soleados y cálidos, pasaron como en un sueño, como un paraíso estático en el centro mismo de un mundo convencional, mezquino y de jornales mal pagados.

Mientras tanto los Griffiths habían estado fuera de la ciudad desde mediados de junio, y desde su partida Clyde no había dejado de meditar acerca de ellos y de todo lo que representaban en su vida y en la de la ciudad. Su gran casa cerrada y silenciosa, excepto por los jardineros y algún que otro chófer y criado que podían verse al pasar, era para él como una especie de reliquia, el símbolo de aquella altura y encumbramiento a los que algún día, por algún giro del destino, esperaba ascender. Pues nunca había podido ex-pulsar de su mente el pensamiento de que su futuro estaría identificado de una manera o de otra con la grandeza que veía expuesta ante sus ojos.

Pero por lo que se refería a los movimientos de la familia Griffiths y de sus iguales fuera de Lycurgus, sabía sólo lo que de vez en cuando leía en las columnas de sociedad de los dos periódicos locales, que describían obsequiosamente las idas y venidas de todos aquellos que estaban relacionados con las familias más importantes de la ciudad. A veces, después de leer esos artículos, se había figurado interiormente, incluso cuando estaba con Roberta en algún balneario poco conocido, a Gilbert Griffiths en su espléndido coche, a Bella, a Bertine y a Sondra bailando, navegando en canoa a la luz de la luna, jugando a tenis, montando a caballo en alguno de los magníficos lugares donde se decía que estaban en dichos momentos. El pensamiento no dejaba de resultarle doloroso y a veces casi insoportable, alumbrando con claridad abrumadora su relación con Roberta. Pues, después de todo, ¿quién era ella? ¡Una muchacha de fábrica! La hija de unos padres que vivían y trabajaban en el campo y que estaba obligada a trabajar para ganarse la vida. Mientras que él, con sólo que la fortuna le favoreciese un poco... ¿Iba esto a ser el fin de todos sus sueños de una vida superior en Lycurgus?

Y de esta forma tenía momentos de humor sombrío, especialmente después que ella le dejaba, y sus pensamientos iban rumbo a la depresión. Realmente ella no era de su rango, al menos del de los Griffiths, al cual él tan ansiosamente aspiraba. Pero al mismo tiempo, cualquiera que fuese el humor que le provocaban los artículos que leía en el periódico, seguía volviendo a Roberta, ya que no dejaba en forma alguna de verla como algo delicioso, exquisito y excelente desde el punto de vista de la belleza, del placer y de la dulzura, atributos y encantos que eran los que mejor se identificaban en cualquier objeto delicioso.

Pero habiendo regresado los Griffiths y sus amigos a la ciudad, y recobrado Lycurgus una vez más su aspecto animado desde el punto de vista industrial y social, que invariablemente lo caracterizaba durante siete meses por lo menos al año, se sintió nuevamente intrigado, y aun más que antes, por el encanto de todo aquello. ¡La belleza de las casas en torno a la avenida Wikeagy y a sus bocacalles! La sensación insólita y apasionante de movimiento y de vida que se manifestaba en todas ellas. ¡Oh, si él pudiese formar parte de eso!
 





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CAPÍTULO 23

Y luego, una noche de noviembre, cuando Clyde estaba paseando a lo largo de la avenida Wikeagy, justamente al oeste de la avenida central, una parte de la famosa calzada de tanto relieve local, y que se había acostumbrado a atravesar desde que vivía en casa de la señora Peyton, ocurrió una cosa que, por lo que afectaba a él y a los Griffiths, estaba destinada a iniciar una cadena de acontecimientos que ninguno de ellos habría podido prever nunca. Por aquel tiempo sonaba en su corazón el cántico que es herencia de la juventud ambiciosa y que la muerte del viejo año, en lugar de acallar, parece que no hace más que acentuar. Tenía una buena posición. Se le respetaba. Aparte de lo que necesitaba para pagar su habitación y su comida, disponía de no menos de quince dólares a la semana para gastárselos en él y en Roberta, una suma que, aunque no fuese tan grande como la que había cobrado en el Green-Davidson o en la Liga de la Unión, no se veía mermada por las miserias familiares en un sitio o amargada por la soledad personal en el otro. Y tenía a Roberta, que se le entregaba en secreto. Y los Griffiths, gracias a Dios, ni sabían ni debían saber nada de aquello, aunque en caso de dificultades no se le ocurría cómo evitar que llegara a su conocimiento. Pero no podía ni pensarlo. Su disposición de ánimo no era la más a propósito para ocuparse sino de los cuidados más inmediatos.

Aunque los Griffiths y sus amigos no hubiesen decidido reconocerle socialmente, sin embargo más y más personas de la ciudad que no estaban relacionadas con la sociedad local y que le conocían lo habían hecho. Precisamente ese mismo día, a causa de que la primavera anterior le habían hecho jefe de un departamento, y Samuel Griffiths se había detenido hacía poco para dirigirle unas palabras, nada menos que el señor Rudolph Smillie, uno de los varios vicepresidentes de la compañía, le había preguntado en forma muy cordial si jugaba al golf, puesto que si era así, cuando la primavera llegase, le recomendaba que se inscribiese en uno de los clubs más importantes a unas seis millas de la ciudad. Ahora bien, eso sólo podía significar que el señor Smillie estaba empezando a considerarle como una posibilidad social y que tanto él como muchos otros relacionados con la fábrica se estaban dando cuenta de que era una persona de relativa importancia en relación con los Griffiths si no con la fábrica misma.

Este pensamiento, junto con la perspectiva de que una vez más después de la cena iba a ver a Roberta a eso de las once de la noche o quizá antes, le animaban y le hacían andar con viveza y con alegría. Pues habiéndose permitido el peligro de esta aventura secreta tantas veces, los dos estaban volviéndose cada vez más atrevidos sin darse cuenta. No habiendo sido sorprendidos hasta la fecha, acariciaban la ilusión de que posiblemente no lo serían nunca. O si llegaban a serlo, Clyde podía ser presentado como su hermano o su primo, cualquier cosa para evitar el escándalo inmediato. Más tarde, para evitar los comentarios o el escándalo, como ambos habían convenido después de alguna que otra discusión, Roberta podría trasladarse a cualquier otro lugar, en el que se repetiría la misma rutina. Ello resultaría fácil, o al menos sería mejor que no tener ninguna posibilidad de verse. Y Roberta se había visto obligada a aceptar.

Sin embargo, en esta ocasión se produjo un encuentro y una interrupción que llevó los pensamientos de Clyde por una dirección completamente distinta. Al llegar a la



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primera de las casas más importantes de la avenida Wikeagy, aunque no tenía la menor idea de quién vivía allí, miró con interés la verja de hierro forjado, así como el césped débilmente iluminado por las lámparas de la calle y sobre la superficie del cual podía percibir montones de hojas secas recién caídas y arrastradas por remolinos de viento.

Se mostraba todo tan majestuosamente severo, plácido, reservado y hermoso cuando lo vio, que se sintió conmovido por la dignidad y riqueza del espectáculo. Y cuando se aproximó a la puerta principal, sobre la cual ardían dos grandes luces, que formaban un círculo resplandeciente en torno, un coche de gran tamaño y solidez se paró justo enfrente de él. Cuando el chófer bajó y abrió la portezuela, Clyde reconoció al instante a Sondra Finchley, que se inclinaba hacia delante en el coche.

—Vaya usted a la entrada lateral, David, y dígale a la señorita Miriam que no puedo esperarla porque voy a cenar a casa de los Trunbull, pero que estaré de vuelta a las nueve. Si ella no está aquí, déjele esta nota y dese prisa, ¿quiere?

La voz y las maneras tenían aquel aire imperioso y no obstante agradable que tanto había impresionado a Clyde la primavera anterior.

Al mismo tiempo, viendo, tal como ella creyó, a Gilbert Griffiths que se aproximaba por la acera, ella exclamó:

—¡Hola! ¿Paseando de noche? Si quieres esperarte un minuto, te llevaré en el coche.
Acabo de mandar a David a entregar una nota. No tardará mucho.

Ahora bien, Sondra Finchley, a pesar de que estaba interesada por Bella y por la riqueza y prestigio de los Griffiths, no sentía mucha simpatía por Gilbert. Éste se le había mostrado indiferente desde un principio cuando ella trató de cultivar su amistad, y se había seguido mostrando frío. Le había herido su orgullo. Y para ella, que reventaba de vanidad y de amor propio, ésta era la peor de las ofensas, y no podía perdonársela. No toleraba la menor traza de personalidad en otra persona y muchísimo menos en el vano, frío y egoísta hermano de Bella. Éste tenía una opinión demasiado elevada de sí mismo, a juicio de ella, y estaba demasiado lleno de vanidad para ser de utilidad a nadie. «¡Uf, qué necio!» Así era como invariablemente pensaba de él. «¿Quién se cree que es? Se piensa que es un personaje. Cualquiera diría que es un Rockefeller o un Morgan. Por mi parte no puedo verle nada interesante. Le tengo simpatía a Bella. Creo que es deliciosa. Pero no puedo ver a ese idiota. Sé que le gustaría encontrar a una muchacha que se volviera loca por él. Pero puede estar seguro de que no seré yo.» En general éstos eran los comentarios que Sondra hacía sobre los actos y palabras de Gilbert cuando le eran comunicados por las amigas.

Y por su parte, Gilbert, al oír contar las excursiones, ideas y aspiraciones de Sondra sobre las que Bella le informaba de vez en cuando, acostumbraba a comentar: «¿Quién, esa pequeña tonta? ¿Quién se cree que es? Si no tiene dos dedos de frente...».

Sin embargo, los lazos sociales entre las familias encumbradas de Lycurgus eran tan estrechos y eran tan pocos los solteros verdaderamente elegibles, que se hacía casi necesario y obligatorio poner buena cara incluso a los más antipáticos. Por eso saludó a Gilbert como si se alegrase muchísimo de verle. Y como se apartase ligeramente de la puerta para hacerle sitio, Clyde, casi petrificado por este inesperado encuentro y completamente desconcertado y fuera de sí, no estando seguro de haber oído bien, se aproximó con las maneras de un perro cariñoso y agradecido de buena educación y
 



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temperamento ejemplar.

—¡Oh, buenas noches! —exclamó quitándose el sombrero y saludando— ¿Cómo está usted?

Mientras, su mente registraba que era en verdad la bellísima y exquisita Sondra, a la que meses antes había sido presentado en casa de su tío y de cuyas actividades sociales había estado leyendo en los periódicos durante el verano anterior. Y ahora aquí estaba, tan encantadora como siempre, sentada en este hermoso coche y al parecer abordándole. Pero Sondra, dándose cuenta al momento del error, se sintió completamente turbada y sin saber cómo salir de una situación un tanto grotesca.

—Oh, perdóneme, es usted el señor Clyde Griffiths. Ahora me doy cuenta. Ha sido un error mío. Creí que era usted Gilbert. No le pude distinguir bien con esta luz.

De momento adoptó un aire embarazado y distante, que Clyde no dejó de percibir y que comprendió que daba a entender que había cometido un error que no resultaba muy halagador para él mismo ni muy satisfactorio para ella. Y esto hizo que a su vez se sintiera confuso y tuviera ansias de retirarse.

—Oh, perdóneme. No tiene importancia. No quería molestar. Creí que...
Se sonrojó y retrocedió realmente turbado.

Pero entonces Sondra, viendo de inmediato que Clyde era mucho más atractivo que su primo y bastante menos desconfiado, y que se mostraba muy impresionado por sus encantos así como por su rango social, se inclinó lo suficiente para decir con una sonrisa encantadora:

—Pero si todo está perfectamente. Entre, por favor, y déjeme llevarle adonde vaya.
Me encantaría. Estaría muy contenta si pudiese llevarle a cualquier parte.

Pues había en las maneras de Clyde, en el instante en que supo que había sido saludado por error, algo que le hizo comprender a la muchacha que él se sentía herido, humillado y decepcionado, ya que en sus ojos había una mirada de tristeza, y una sonrisa titubeante y de dolorosa disculpa insinuándose en sus labios.

—Bueno, claro, desde luego —dijo él atropelladamente—, es decir, si usted quiere. Comprendo cómo ha sido. No tiene importancia. Pero no tiene usted que molestarse si no lo desea. Yo creía...

Estaba empezando a darse la vuelta para irse, pero se sentía tan atraído por ella que no tuvo fuerzas para separarse antes de volver a escuchar las palabras:

—Oh, por favor, entre, señor Griffiths. Me alegraré mucho de que lo haga. David no tardará ni un momento en llevarle adonde quiera, estoy segura. Y siento lo otro, realmente lo siento. No era mi intención, sabe usted, que sólo porque no fuese usted Gilbert Griffiths...

Él se detuvo y como hechizado dio un paso adelante y entró en el coche, deslizándose hasta colocarse en el asiento junto a ella.

Y ella, interesada por su personalidad, empezó a mirarle, alegrándose de que fuera él en lugar de Gilbert. Con objeto de poderle ver mejor y al mismo tiempo para poner de manifiesto sus encantos arrebatadores, tal como ella los consideraba, delante de Clyde, encendió la luz del techo. Y cuando el chófer volvió, ella le preguntó a Clyde adonde quería ir, indicando él la dirección con bastante repugnancia, ya que era muy diferente de la calle donde ella residía. Cuando el coche se puso en marcha se sintió animado por un
 



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febril deseo de aprovechar esta breve ocasión para impresionar a la muchacha favorablemente, y así tal vez hacerle entablar relación en alguna otra ocasión. Porque seguía estando muy ansioso por pertenecer a su mundo.

—Es usted muy amable al llevarme de esta manera —dijo él volviéndose hacia ella, y añadió sonriendo—: No se me ocurrió pensar que era a mi primo a quien usted creía estar hablando, pues entonces no me habría acercado de la forma que lo hice.

—Oh, no se preocupe por eso. Ya está olvidado —replicó Sondra cansadamente con una especie de acerada dulzura en su voz. La impresión que había tenido de él en el primer momento no había sido en forma alguna tan fuerte—. Ha sido error mío, no de usted. Pero ahora me alegro de haberlo cometido de todas maneras —añadió ella en forma muy clara y con una sonrisa amistosa—. Creo que de todas formas le habría recogido a usted con más gusto que a Gil. No nos llevamos demasiado bien él y yo. Siempre reñimos muchísimo dondequiera que nos encontremos.

Volvió a sonreír, completamente recobrada de su turbación momentánea, y luego se echó hacia atrás de la forma más principesca, examinando con aguda mirada y con interés las regulares facciones de Clyde. Pensó que éste tenía unos dulces ojos risueños. Y después de todo, tal como razonó a continuación, era el primo de Bella y de Gilbert y tenía aspecto de hallarse en buena posición.

—Caramba, eso no está bien —dijo él, con un torpe deseo de mostrarse seguro de sí mismo e incluso un tanto ingenioso en su presencia.

—Oh, en realidad no tiene la menor importancia. Es sólo que peleamos de vez en cuando, eso es todo.

Vio que él estaba nervioso y confundido y que decididamente se sentía turbado en su presencia y le agradó pensar que ella pudiese turbarle y embarazarle tanto.

—¿Está usted todavía trabajando con su tío?

—Oh, sí —replicó Clyde prontamente, como si el hecho de que pudiera no estar trabajando en la fábrica fuese de una enorme importancia para ella— Ahora soy encargado de un departamento en el piso superior.

—¿Ah, sí? Pues no sabía nada. Claro que no he vuelto a verle desde aquella vez. Supongo que no dispone usted de mucho tiempo libre, ¿verdad?

Le miró de forma comprensiva, como si quisiera decirle: «Sus parientes no están muy interesados por usted», pero como el muchacho le gustaba en realidad, dijo en lugar de eso:

—Supongo que ha estado usted en la ciudad todo el verano.

—Sí —replicó Clyde con sencillez y decisión—. Tenía que estarlo, ¿sabe usted? El trabajo me retiene aquí. Pero he leído los periódicos con frecuencia y visto su nombre y sus éxitos en las competiciones de tenis y en las carreras de caballos, y también la vi en aquel desfile de carrozas que hubo a últimos de junio. Y por cierto me pareció que estaba usted bellísima, como un ángel.

Había en sus ojos un resplandor admirativo y suplicante que la encantaba. ¡Qué muchacho tan agradable, tan diferente de Gilbert! Y pensar que se mostraba tan rendido y sin esperanzas, cuando ella en realidad no sentía por él más que un interés pasajero. Eso la hizo ponerse un poco triste y la indujo a extremar su amabilidad. Además se le ocurrió qué pensaría Gilbert si supiese que este primo suyo estaba tan interesado por ella y cómo
 



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se enfadaría al saberlo, ya que la opinión que tenía de Sondra era que no servía para nada. Sería una buena lección ayudar a ascender a Clyde y situarle en un puesto muy superior al que Gilbert pudiese llegar nunca. El pensamiento tuvo para ella un saborcillo agradable.

Pero desgraciadamente en este momento el coche llegó ante la puerta de la señora Peyton y se detuvo. La aventura para Clyde y para ella parecía haber terminado por completo.

—Es usted amabilísimo al decirme un cumplido así. No lo olvidaré.

Sonrió gratamente y cuando el chófer abrió la portezuela y Clyde bajó, todavía con los nervios en tensión a causa de la grandeza e importancia de este encuentro, ella le dijo:

—Así pues, ¿es aquí donde usted vive? ¿Y espera pasar aquí todo el invierno?

—Oh, sí, seguro. O por lo menos así lo espero —contestó él con avidez, expresando con su mirada todo lo que quería decir.

—Bueno, entonces quizá le vea alguna otra vez. Por lo menos así lo espero yo también.

Le hizo una inclinación de cabeza y le alargó la mano con la más insinuante y cautivadora de sus sonrisas, y él, ansioso hasta el extremo de la locura, contestó:

—Oh, yo también lo espero.

—Buenas noches, buenas noches —exclamó ella cuando el coche se puso en marcha, y Clyde, sin dejar de mirar, se preguntaba si alguna otra vez podría verla tan de cerca y de una manera tan íntima.

¡Pensar que tenía que encontrársela de esta manera! Y ella se había mostrado muy diferente de aquella primera vez en que, como él recordaba muy bien, no se había interesado por él lo más mínimo.

Lleno de esperanzas y un poco envanecido se dio la vuelta y se dirigió hacia su propia puerta.

Y Sondra, mientras tanto, se preguntaba por qué los Griffiths no se interesaban lo más mínimo por este pariente.



CAPÍTULO 24

El efecto de este encuentro casual fue realmente perturbador en más de un sentido. Pues ahora, a pesar de la comodidad y satisfacción que sentía con Roberta, una vez más, y de forma positiva y arrebatadora, quedaba planteada la cuestión de sus posibilidades sociales. Y lo más extraño era que se centraba en la muchacha de nivel superior que mejor encarnaba y simbolizaba para él aquel rango magnificente. ¡La hermosísima Sondra Finchley! ¡Su rostro bellísimo, sus trajes elegantes, su conducta alegre y superior! Sí la primera vez que se encontraron hubiese sabido cómo arreglárselas para hacer que ella se interesara... Si pudiera conseguirlo ahora...

El hecho de que sus relaciones con Roberta fuesen ahora lo que eran no tenía la suficiente importancia o peso para rebajar el impulso temperamental o imaginativo causado por una muchacha como Sondra y todo lo que ella representaba. ¡Pensar en la compañía Finchley de aspiradores eléctricos, que era una de las mayores industrias que había en el lugar! Sus altos muros y sus chimeneas formaban parte del paisaje del otro
 



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lado del río. Y la residencia de los Finchley, en la avenida Wikeagy, cerca de la de los Griffiths, era una de las más impresionantes que se había alzado a la última moda arquitectónica en la ciudad: el renacimiento italiano, con mármoles de color crema. Y los Finchley eran una de las familias más encumbradas de Lycurgus.

¡Ah, si pudiese conocer a esta muchacha perfecta más íntimamente! Si ella le mirase de forma favorable y, con motivo de ese mismo favor, llegase él a formar parte del hermoso mundo al que ella pertenecía. ¿No era él un Griffiths tan bien parecido como el propio Gilbert? Y resultaría tan atractivo como este último si tuviese tanto dinero como él o por lo menos una parte. Poder vestirse como lo hacía Gilbert Griffiths; ir de un lado a otro en uno de esos hermosos coches que él conducía. Entonces no tendría nada de raro que una muchacha como Sondra estuviese encantada de concederle su atención, y ¿quién sabe?, incluso enamorarse de él. Pero ahora, como pensaba sombríamente, sólo le quedaba esperar, esperar y esperar.

¡Al diablo! Esta noche no podría reunirse con Roberta. Tendría que inventar alguna excusa, decirle por la mañana que le habían llamado su tío o su primo para hacer algún trabajo. No podía ni quería ir con los sentimientos que tenía ahora.

Todo esto fue el efecto de la riqueza, de la belleza, del peculiar estado social al que aspiraba tan ardientemente, sobre un temperamento que era tan fluido e inestable como el agua.

Por otra parte, más tarde, pensando en su encuentro con Clyde, Sondra quedó definitivamente impresionada por lo que sólo podría describirse como el encanto que para ella tenía el muchacho, tanto más en este caso, puesto que representaba un contraste a las ofensas de su primo. Sus trajes y sus maneras, así como la observación que había hecho acerca del puesto nuevo que ocupaba en la fábrica, parecían indicar que estaba mejor situado de lo que se había imaginado en un principio. Pero también recordaba que aunque había estado con Bella todo el verano y se había encontrado con Gilbert, Myra y sus padres de vez en cuando, nunca se había pronunciado una sola palabra referente a Clyde. En realidad toda la información que poseía acerca de él era la que le había suministrado en un principio la señora Griffiths, quien le dijo que era un sobrino pobre al que su marido había traído del oeste para ayudarle de alguna forma. Pero ahora, al encontrarse nuevamente a Clyde, no le pareció tan insignificante ni oprimido de manera alguna por la pobreza, sino muy interesante y más bien atildado y muy atractivo, y claramente ansioso de ser tomado en serio por una muchacha como ella, tal como pudo colegir, y esto, proviniendo de un primo de Gilbert, un Griffiths, era halagador.

Cuando llegó a casa de los Trunbull, una familia que se centraba alrededor de un tal Douglas Trunbull, un próspero abogado y especulador de la región, viudo, que por razón de sus hijos así como de sus buenas maneras y de su sutileza legal se las había arreglado para congraciarse con los mejores círculos de la sociedad de Lycurgus, de pronto le dijo a Jill Trunbull, la mayor de las dos hijas del abogado:

—¿Sabes que me ha pasado hoy una cosa muy divertida?

Y procedió a relatarle con todo detalle lo que le había ocurrido. Después, durante la cena, Jill, que al parecer encontró el incidente fascinador, se lo contó a su vez a Gertrude y a Tracy, la hija más joven y el único hijo de la familia Trunbull.

—Ah, sí —observó Tracy Trunbull, que estudiaba derecho en la oficina de su
 



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padre—, ya he visto a ese individuo por lo menos tres o cuatro veces en la avenida central. Se parece muchísimo a Gil, ¿verdad? Únicamente que no es tan fanfarrón. Este verano le he saludado dos o tres veces por error creyendo que era Gil.

—Oh, yo también le he visto —comentó Gertrude Trunbull—, Lleva una gorra y una chaqueta con cinturón como Gilbert Griffiths algunas veces, ¿no es verdad? Arabella Starck me lo señaló una vez y luego Jill y yo le vimos pasar junto a la casa de los Starck un sábado por la tarde. Pero es muchísimo mejor parecido que Gil, creo yo.

Esto confirmó a Sondra en sus propios pensamientos con respecto a Clyde y añadió entonces:

—Bertine Cranston y yo le conocimos una noche de la primavera pasada en casa de los Griffiths. Entonces pensamos que era muy poca cosa. Pero me gustaría que lo vierais ahora: está muy guapo, con unos ojos dulcísimos y una sonrisa encantadora.

—Vamos, Sondra —comentó Jill Trunbull, que, aparte de Bertine y Bella, era la amiga más íntima de Sondra, por haber sido compañeras de clase en la escuela Snedeker—, conozco a alguien que se sentiría celoso si te oyera decir eso.

—Y tampoco creo que le gustara a Gil Griffiths oír que su primo es mejor parecido que él —intervino Tracy Trunbull.

—Oh, ese tonto —bufó Sondra irritada—. Cree que es el mejor del mundo. Me apostaría cualquier cosa a que es por su culpa que los Griffiths no quieren saber nada de este pariente. Estoy segura de eso ahora que pienso sobre el particular. A Bella le gustaría, por supuesto, ya que la primavera pasada le oí comentar que su primo le parecía muy guapo. Y Myra sería incapaz de ofender a nadie. Sería una broma estupenda si alguna de nosotras le tendiese una mano durante algún tiempo y empezase a invitarle aquí y allí, sólo un poco, claro, para divertirnos, a ver cómo se las arreglaba. Y cómo lo tomarían los Griffiths. Sé que no pasaría nada con el señor Griffiths ni con Myra o Bella, pero estoy segura de que a Gil no le haría gracia. No puedo hacerlo yo, porque soy demasiado amiga de Bella, pero sé quién podría hacerlo sin que tuviesen motivo para sospechar.

Se detuvo pensando en Bertine Cranston y en la gran antipatía que ésta profesaba a Gilbert y a la señora Griffiths.

—Me pregunto si sabrá bailar o montar a caballo, jugar a tenis o algo parecido.
Se interrumpió, meditando divertida, mientras las otras la miraban.

Y Jill Trunbull, una muchacha inquieta y ávida como la misma Sondra, aunque sin su atractivo ni su brillantez, observó:

—Realmente sería una buena broma. Pero, ¿estás segura de que a los Griffiths les desagradaría de verdad?

—¿Qué importa? —prosiguió Sondra— No pueden hacer más que ignorarle. Y no creo que a nadie le importe. Desde luego, no a la gente que le invite.

—Vamos, chicas, ¿es que queréis armar un lío en la ciudad? —intervino Tracy Trunbull—. Estoy seguro de que eso es lo que pasará al final. A Gil Griffiths no le hará ninguna gracia, podéis apostarlo. A mí no me la haría si estuviese en su posición. Si queréis formar un buen jaleo podéis hacerlo, pero el resultado será ése; lo sé de antemano.

El temperamento de Sondra Finchley era el más a propósito para que una idea de esta clase le encantara. Pero por interesante que la ocurrencia pudiera parecerle en aquellos momentos, nada se habría concretado si, después de esta conversación y de
 



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varias otras sostenidas con Bertine Cranston, Jill Trunbull, Patricia Anthony y Arabella Starck, las noticias de esta aventura, juntamente con algunos comentarios relativos a él mismo, no hubiesen llegado finalmente a oídos de Gilbert Griffiths por medio de Constance Winant, a quien, según los chismorreos locales, él estaba haciendo la corte. Y Constance, con la esperanza de que finalmente Gilbert se casaría con ella, se sintió irritada al saber que Sondra había resuelto interesarse por Clyde tan sólo por el gusto de proclamar que éste era mucho más atractivo que Gilbert. Por eso, tanto para desahogarse ella misma como para trazar algún plan para vengarse de Sondra, si era posible, le contó a su vez todo el asunto a Gilbert, quien inmediatamente procedió a hacer comentarios cortantes acerca de Clyde y de Sondra. Y estos comentarios le fueron transmitidos a Sondra con cierta exageración por parte de Constance, y lograron el efecto deseado. Sirvieron para despertar en ella un deseo más agudo de venganza, ya que si se lo proponía podía mostrarse amable con Clyde y hacer que otros se mostraran amables también. Esto significaría que quizá Gilbert tuviese que enfrentarse en la buena sociedad con un rival de su misma categoría y que además era su propio primo, que, aunque pobre, llegaría a ser más apreciado. ¡Qué bromazo! Al mismo tiempo se le ocurrió una forma para introducir a Clyde muy fácilmente y, sin embargo, sin dejarlo traslucir ni causarse ningún daño a sí misma si la cosa no terminaba como eran sus deseos.

Pues en Lycurgus, entre los miembros jóvenes de las familias distinguidas cuyos hijos habían estudiado en la escuela Snedeker, existía un club más bien informal y un tanto impreciso llamado «De vez en cuando». No tenía una organización definida, ni directiva, ni domicilio social. Cualquiera que por su rango o sus relaciones sociales estuviese capacitado, podía formar parte del mismo y convocar una reunión de miembros dando una cena, un baile o un té en su casa.

¡Y qué sencillo sería, pensaba Sondra buscando un procedimiento adecuado para introducir a Clyde, si otra persona que no fuera ella pudiese ser inducida a invitar al muchacho! Por ejemplo, cuán fácil sería que Jill Trunbull diese una cena a la que Clyde pudiera ser invitado. De esta forma podría verle otra vez y comprobar hasta qué punto estaba interesado por ella y cómo se comportaba en la buena sociedad.

Consiguientemente, se anunció una pequeña cena del club para sus amigos el primer jueves de diciembre, siendo Jill Trunbull la anfitriona. A dicha cena fueron invitadas Sondra y su hermano Stuart, Tracy y Gertrude Trunbull, Arabella Starck, Bertine y su hermano, y algunas otras personas de Utica y Globersville. Y Clyde. Pero con objeto de defender a Clyde contra cualquier fracaso o incluso contra comentarios envidiosos de cualquier índole, no sólo ella, sino Bertine, Jill y Gertrude iban a mostrarse atentas y consideradas con él. Se ocuparían de que su programa de baile estuviese completo y que ni en la cena ni en la pista se viese solo, sino que muy astutamente fuese pasando de una a otra hasta que la fiesta terminase. Porque, gracias a esto, otras personas podrían simpatizar con él, lo cual borraría toda sospecha de que era sólo Sondra la que se había interesado por él, y además resultaría aún más irritante para Gilbert, aunque no para Bella ni para los demás miembros de la familia Griffiths.

Y de acuerdo con este plan, así se hizo.

En consecuencia, Clyde, al regresar de la fábrica una de las primeras noches de diciembre, dos semanas después de su encuentro con Sondra, quedó sorprendido al ver
 



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un sobre color crema apoyado en el espejo de su tocador. Estaba escrito con una letra grande, picuda y desconocida. Le dio la vuelta tratando de descubrir su origen. En el reverso estaban las iniciales B. T. o J. T., pues no se podía distinguir con los complicados arabescos de la caligrafía. Lo abrió y extrajo una cartulina en la que se leía:



El Club «De vez en cuando»
Celebrará su primera
Cena-danza de invierno
En casa de Douglas Trunbull,

Avenida Wikeagy, 135,
El jueves 4 de diciembre.
Está usted cordialmente invitado.
¿Quiere tener la amabilidad
De contestar a la señorita Jill Trunbull?


En el reverso, con la misma caligrafía, había unas líneas que decían:



«Estimado señor Griffiths:

»He pensado que le gustaría a usted venir. No será nada formal. Y estoy segura de que le gustará. Si es así, ¿quiere contestar a Jill Trunbull?

SONDRA FlNCHLEY»


Completamente asombrado y electrizado, Clyde siguió de pie mirando fijamente. Pues desde aquel segundo encuentro con ella, se sentía mucho más hondamente fascinado que antes por el sueño de que alguna vez, de alguna manera, ascendería del humilde lugar que ahora ocupaba. Tal como veía las cosas, valía mucho más que el mundo vulgar que le rodeaba. Y ahora surgía esto, una invitación procedente del club «De vez en cuando», del que nunca había oído hablar, pero que indudablemente tenía que ser de gran importancia, puesto que estaba respaldado por gente tan excepcional. ¿Y no estaba al reverso de la invitación la nota personal de la misma Sondra? ¿No era aquello maravilloso?

Tan atónito estaba que apenas podía contener su alegría, yendo como loco de un rincón a otro de la habitación, mirándose en el espejo, lavándose la cara y las manos, decidiendo luego que su corbata no era la más adecuada y cambiándosela por otra, pensando a continuación qué traje ponerse y volviendo a recordar una y otra vez la forma en que le había tratado Sondra durante su último encuentro, cómo le había mirado y cómo le había sonreído. Al mismo tiempo no podía por menos que preguntarse, incluso en aquel momento mismo, qué es lo que pensaría Roberta si por algún poder sobrenatural de observación pudiera contemplar su presente alegría ante esta nota. Pues claramente, y a causa de que hacía ya tiempo que él no se regía por las nociones morales de sus padres, se
 



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había puesto en cuanto a ella en una posición que seguramente no dejaría de afligirla en caso de que descubriese la naturaleza de su actual disposición de ánimo, cosa, que a él no dejaba de turbarle un tanto, pero que no servía para modificar en lo más mínimo sus pensamientos con respecto a Sondra.

¡Aquella muchacha maravillosa! ¡Aquella belleza!
¡Aquel mundo de riqueza y de posición social en el que ella vivía!

Al mismo tiempo, tan innatamente paganos y poco convencionales eran sus pensamientos con respecto a todo esto, que no podía por menos de preguntarse, y eso con bastante seriedad, por qué no había de permitírsele dirigir sus pensamientos hacia Sondra, apartándolos de Roberta, puesto que era la primera la que de momento le proporcionaba la delicia más intensa. Roberta no podía saber nada acerca de esto. No podía ver dentro de su mente ni podía sospechar nada de semejantes experiencias a menos que él se las comunicara. Y con toda seguridad él no tenía la menor intención de decirle nada. ¿Qué daño había, se preguntaba a sí mismo, en el hecho de que un pobre muchacho como él aspirase a mejorar? Otros jóvenes tan pobres como él se habían casado con muchachas tan ricas como Sondra.

Pues a pesar de todo lo ocurrido entre él y Roberta, no le había dado nunca, tal como recordaba ahora con toda claridad, palabra de casarse con ella, excepto bajo determinada condición. Y tal condición, especialmente con el conocimiento que él había adquirido con excesiva claridad en Kansas City, no era probable que se diese, según pensaba él por aquel entonces.

Y Sondra, ahora que había irrumpido súbitamente otra vez en su camino, era como una fiebre para la alocada fantasía del muchacho. Esa diosa, en su ermita de oro y de brocados tan profundamente atractiva para él, se había dignado acordarse de él de manera franca y directa y sugerir que fuese invitado. Y sin duda alguna, ella, ella en persona, iba a estar allí. Un pensamiento que le excitaba fuera de toda medida.

¿Y qué iban a pensar Gilbert y los Griffiths si se enteraban de este asunto, como seguramente ocurriría? ¿O si se lo encontraban más tarde en otra reunión a la que Sondra quisiera invitarle? Era algo en lo que no había de pensar. ¿Les irritaría o les agradaría? ¿Les haría pensar mejor o peor de él? Pues después de todo la verdad era que él no tenía la culpa. ¿No había sido debidamente invitado por gente de Lycurgus del mismo rango que ellos, a quienes con toda seguridad estaban obligados a respetar? Y desde luego, no había sido por ninguna artimaña suya, sino por un simple accidente, hechos que no podrían reprochársele como si hubiese habido un propósito deliberado. Y como carecía de matices más finos de discriminación mental, experimentaba un placer irónico y astuto ante la idea de que ahora Gilbert y los Griffiths se verían obligados a contar con él, quisieran o no, e incluso tendrían que invitarle a su casa.

Pues si esta otra gente lo hacía, ¿por qué iban a abstenerse ellos? ¡Qué alegría! Y todo esto a pesar del gran desprecio que Gilbert manifestaba hacia él. Se complacía mucho pensándolo y dándose cuenta de que por mucho que Gilbert se irritase, ni su tío ni Myra harían lo mismo, y que por tanto se encontraría a salvo de cualquier deseo secreto por parte de Gilbert de vengarse de él.

¡Pero qué maravillosa era esta invitación! ¿Y por qué estas líneas intrigantes de Sondra a menos que estuviese interesada por él? ¿Por qué? El pensamiento era tan
 



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turbador, que Clyde apenas pudo tragar su cena aquella noche. Cogió la cartulina y besó las líneas. En lugar de ir a ver a Roberta como de costumbre, decidió, como en ocasión de su primer encuentro con Sondra, pasear un rato, luego volver a su habitación y retirarse pronto. Y por la mañana, como la otra vez, podría presentar alguna excusa, decir que había estado en casa de los Griffiths o de alguno de los jefes de la fábrica con objeto de escuchar una explicación relativa al trabajo, ya que a menudo se daban conferencias de esta índole. Pues en vista de lo que había pasado no tenía el menor deseo de ver o hablar a Roberta esta noche. No podía. El otro pensamiento, el de Sondra y el de su interés por él, era demasiado excitante.




CAPÍTULO 25

Pero mientras tanto, con respecto a sus relaciones con Roberta, aunque no hubo ni la menor referencia a Sondra, sin embargo, estando cerca de la primera en la fábrica o en su propia habitación, no podía evitar que sus pensamientos volasen hacia Sondra y hacia el encumbrado mundo en que ésta debía moverse. Y Roberta se daba cuenta en determinados momentos de que había un distanciamiento y una enajenación en los pensamientos y en la actitud del muchacho que nada tenían que ver con ella y se preguntaba qué era lo que desde hacía algún tiempo estaba empezando a ocupar su mente por completo. Y él, a su vez, cuando ella no estaba mirando, no hacía más que pensar o suponer por qué motivo una muchacha como Sondra estaría interesada por una persona como él. ¿Qué tenía que ver Roberta con todo esto? ¿Qué importaban las relaciones íntimas establecidas entre los dos? ¿Qué le importaba ella (bueno, en realidad sí le importaba algo) comparada con los rayos de esta nueva luz, que ofuscaba totalmente el poco o mucho resplandor que pudiese tener Roberta? ¿Es que estaba equivocado? ¿Es que hacía mal obrando así? Su madre diría que sí. Y su padre también. Y quizá todo el mundo que pensase rectamente acerca de la vida; puede ser que incluso Sondra Finchley, los Griffiths, todos.

¡Y sin embargo! ¡Y sin embargo! Estaba cayendo la primera nevada ligera del año cuando Clyde, ataviado con un nuevo sombrero de copa y una bufanda de seda blanca, prendas ambas sugeridas por un amigo mercero, Orrin Schort, con el que recientemente había entrado en contacto, y con un nuevo paraguas de seda para protegerse de la nieve, emprendió su camino hacia la muy interesante, si bien no muy imponente residencia de los Trunbull en la avenida Wikeagy. Era pintoresca, baja y graciosa, y las luces que se escapaban a través de las muchas cortinas producían un efecto de tarjeta navideña. Y delante de ella, incluso a la temprana hora en que él llegó, estaban ya alineados seis hermosos coches de distintos tamaños y colores. La visión de los mismos, blanqueados por la nieve reciente, le produjo una sensación de carencia que no parecía probable que se fuese a remediar pronto: era muy consciente de la falta de medios con que equiparse para casos como el presente. Una vez se aproximó a la puerta pudo oír voces, risas y conversaciones mezcladas.

Un criado alto y flaco se hizo cargo de su sombrero, su abrigo y su paraguas, y luego hubo de enfrentarse con Jill Trunbull, que aparentemente estaba esperándole, una
 



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muchacha sencilla, de rizados cabellos rubios, no muy bonita, pero viva y elegante, vestida de satén blanco con los brazos y los hombros desnudos y una diadema en la frente.

—No hace falta que se moleste en decirme quién es —dijo ella alegremente, aproximándose y dándole la mano a Clyde—. Soy Jill Trunbull, la señorita Finchley no ha venido todavía. Pero supongo que puedo hacer los honores yo misma. Venga conmigo y nos reuniremos con los demás.

Le guió por una serie de habitaciones que parecían estar unidas entre sí en ángulo recto, añadiendo a medida que caminaban:

—Se parece usted muchísimo a Gil Griffiths, ¿no es así?

—¿De verdad? —sonrió Clyde con sencillez y coraje, muy halagado por la comparación.

Los techos eran bajos. Bonitas lámparas estaban disimuladas tras pantallas coloreadas en las paredes de paneles oscuros. Chimeneas encendidas en dos habitaciones contiguas arrojaban un sonrosado resplandor sobre un mobiliario en el que abundaban los cojines y el confort. Había cuadros, libros, objetos de arte.

—Mira, Tracy, encárgate tú de anunciar, ¿quieres? —exclamó ella—. Mi hermano Tracy Trunbull, el señor Griffiths. El señor Clyde Griffiths, os lo presento a todos —añadió ella mirando a todos, que a su vez fijaron sus ojos en él mientras Tracy Trunbull le daba la mano. Clyde, que experimentaba la sensación de estar siendo estudiado, sin embargo esbozó una cálida sonrisa. Al mismo tiempo se dio cuenta de que por el momento al menos toda conversación se había detenido.

—No dejen ustedes de hablar por mí —se aventuró a decir con una sonrisa que hizo que muchos de los presentes creyeran que estaba a sus anchas y que no carecía de recursos.

—No voy a hacer las presentaciones una por una —observó Tracy—, sino que nos quedaremos donde estamos e iré señalando. Esa es mi hermana, Gertrude, que está hablando con Scott Nicholson.

Clyde notó que una muchacha bajita y morena, vestida de color rosa y con una cara bonita y un tanto picara, le hacía una inclinación de cabeza. Y al lado de ella había un joven de aspecto agradable y mejillas sonrosadas que le hizo una inclinación jovial.

—¿Cómo está usted?

Y a pocos pies de él, junto a una ventana, estaba una muchacha alta y esbelta vestida de oscuro y de rasgos nada agraciados hablando con un joven ancho de hombros y de pecho poderoso que era más bajo que ella, los cuales fueron presentados como Arabella Starck y Frank Harriet.

—Están discutiendo sobre el reciente partido de fútbol entre el Cornell y el Syracuse... Burchard Haylor y la señorita Phant, de Utica —siguió con demasiada rapidez para que Clyde pudiese tomar nota mental— Perley Haynes y la señorita Vanda Steele...; bueno, y creo que eso es todo. Ah, no. Aquí vienen Grant y Nina Temple.

Clyde se detuvo y miró a un joven alto y atildado, de rostro anguloso y duros ojos grises, que acompañaba a una muchachita joven y rechoncha que iba vestida de color gris perla y que tenía un estudiado rizo de cabello castaño encima de la frente.

—Hola, Jill. Hola, Vanda. Hola, Wynette.
 



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En medio de estos saludos, Clyde fue presentado a los dos recién llegados, ninguno de los cuales pareció concederle mucha atención.

—Creímos que no podríamos venir —siguió el joven hablándole a todo el mundo al mismo tiempo—. Nina no quería venir, pero yo le había prometido a Bertine y a Jill que vendríamos. Estábamos en casa de los Barleys. Y no podéis imaginar quién estaba allí. Van Peterson y Rhoda Hull. Han venido a pasar el día.

—No me digas —exclamó Scott Nicholson, un individuo muy decidido y al parecer muy pagado de sí mismo. Clyde estaba sobrecogido por el sentido tan marcado de seguridad social y de desenvoltura que parecía tener todo el mundo—. ¿Por qué no los trajiste? Me hubiera gustado ver otra vez a Rhoda, y también a Van.

—No podían. Tenían que volver temprano, dijeron. Es probable que se pasen luego un minuto. Caramba, ¿todavía no está servida la cena? Yo contaba con sentarme inmediatamente.

—¡Estos abogados! ¿No sabéis que no comen con frecuencia? —comentó Frank Harriet, que era un joven bajito, pero de anchos hombros y agradable sonrisa, muy bien parecido y de dientes blancos y regulares. A Clyde le resultó simpático.

—Bueno, si ellos comen o no, nosotros sí, o si no me voy. ¿Se han enterado ustedes de quién va a formar parte del equipo del Cornell el año próximo?

Esta conversación sobre colegios relativa a Cornell y compartida por Harriet, Cranston y otros, no podía ser comprendida por Clyde. Apenas había oído hablar de los diversos colegios que a este grupo le resultaban tan familiares. Al mismo tiempo era lo bastante prudente para darse cuenta de su ignorancia y mantenerse al margen de cualquier pregunta o conversación que pudiera referirse a estos temas. Sin embargo, a causa precisamente de esto, se sintió desplazado de inmediato. Esta gente estaba mejor informada que él, todos habían estado en colegios. Quizá él hubiese tenido otras perspectivas si hubiese asistido a alguna escuela. En Kansas City había oído hablar de la Universidad de Kansas, la cual no estaba muy lejos. También había oído hablar de la Universidad de Missouri. Y de la Universidad de Chicago. ¿No podría decir que había estado en una de ellas, en la de Kansas, por ejemplo, durante algún tiempo? Inmediatamente se propuso hacer esa ostentación si alguien le preguntaba y pensó luego que también tendría que referirse a los estudios que había cursado. En alguna parte había oído hablar de matemáticas. ¿Por qué no mencionarlas?

Pero esta gente, por lo que podía ver, estaba demasiado interesada en sí misma para prestarle a él ninguna atención por ahora. Podía ser un Griffiths importante en algún sitio, pero no aquí, lo cual resultaba evidente. Y como Tracy Trunbull le había dejado un momento para decirle algo a Wynette Phant, se sintió completamente solo, abrumado e impotente y sin tener a nadie con quien hablar. Pero justamente entonces la muchacha bajita y morena, Gertrude, se le acercó.

—La gente está tardando un poco en llegar. Siempre pasa lo mismo. Si decimos a las ocho, llegan a las ocho y media o las nueve. ¿No es verdad que siempre pasa lo mismo?

—Desde luego —replicó Clyde agradecidamente, tratando de parecer tan desenvuelto y vivaz como le fuera posible.

—Yo soy Gertrude Trunbull —repitió ella—. La hermana de la guapa Jill —dijo con una sonrisa crítica, pero divertida, jugando en su boca y en sus ojos—. Usted me hizo una
 



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inclinación de cabeza, pero no me conoce. De todas formas hemos oído hablar muchísimo de usted. —Quería ver si conseguía turbar un poco a Clyde—. Un misterioso Griffiths, aquí, en Lycurgus, al que nadie parece haber visto nunca. Pero yo le saludé a usted una vez en la avenida central. Usted estaba entrando en la confitería de Rich y se dio cuenta. ¿Le gustan a usted los bombones?

—Oh, sí, me gustan mucho los bombones. ¿Por qué? —preguntó Clyde al momento turbado y molesto, puesto que era para Roberta para quien había estado comprando los bombones. Pero al mismo tiempo no podía menos que sentirse más a sus anchas con esta muchacha que con ninguna otra, pues aunque cínica y no muy atractiva, sus maneras eran joviales y le salvaba del aislamiento y por tanto de la falta de confianza.

—Eso es lo que dice usted ahora —rió ella con una mirada maliciosa en los ojos—. Pero lo más probable es que los estuviese comprando para alguna muchacha. Porque usted tendrá alguna muchacha, ¿no es así?

—¿Por qué había...? —Clyde se detuvo durante una fracción de segundo porque cuando ella le preguntó se acordó de Roberta y la posibilidad de que alguien le hubiese visto con ella centelleó en su cerebro. Pero al mismo tiempo no dejaba de pensar en lo atrevida, chispeante e inteligente que era esta chica, tan diferente de todas las que había conocido antes. Pero sin más pausa añadió—: No, no tengo. ¿Por qué se le ocurre a usted eso?

Y al decirlo le asaltó el pensamiento de lo que Roberta opinaría sobre él si pudiese
oírle.

—¡Vaya pregunta! —continuó él ahora un poco nerviosamente—. Lo que pasa es que usted quiere tomarme el pelo, ¿no?

—¿Quién, yo? Oh, no, de ninguna manera. No me gusta hacer nada por el estilo. Pero estoy segura de todas maneras de que usted tiene una muchacha. A veces me gusta hacer preguntas sólo para ver qué dice la gente que no quiere que se sepa lo que piensa. — Miró a los ojos de Clyde con una mezcla de burla y de desafío—. Sé positivamente que usted tiene una muchacha. Todos los chicos bien parecidos la tienen.

—Oh, ¿es que yo soy bien parecido? —preguntó él nerviosamente, divertido y complacido— ¿Quién dijo eso?

—Como si usted no lo supiera. Bueno, varias personas. Yo soy una de ellas. Y Sondra Finchley piensa también que usted es bien parecido. Ella se interesa únicamente por hombres que lo son. Y lo mismo hace mi hermana Jill en este aspecto. Sólo le gustan los hombres guapos. Yo soy diferente porque no soy nada guapa.

Guiñó el ojo de una manera picaresca, haciendo que él se sintiera extrañamente desplazado e incapaz en absoluto de medir sus armas con una muchacha semejante, pero al mismo tiempo muy halagado y divertido.

—Pero no crea que es usted más guapo que su primo —prosiguió ella con dureza y casi en tono de reto—. Algunas personas piensan que usted lo es.

Aunque un poco sobrecogido y, sin embargo, complacido por esta cuestión que le presentaba precisamente como lo que a él le habría gustado ser, y aunque intrigado por este interés de la muchacha hacia él, con todo Clyde nunca habría soñado en aventurar una afirmación semejante, aunque la hubiese creído. Demasiado vívidamente trajo los rasgos agresivos y determinados e incluso a veces vengativos de Gilbert ante sus ojos, un
 



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Gilbert que, si llegaba a enterarse, no vacilaría un momento en aplastarle.

—Bueno, pero es que yo no pienso nada de eso —dijo él riéndose—. De verdad que no. Faltaría más.

—Puede ser que usted no lo piense, pero el caso es que es usted como es. Y eso no le ayudará mucho, a menos que usted tenga dinero, es decir, si quiere alternar con gente que lo tiene. —Levantó la vista hasta él y añadió con suavidad—; A la gente le gusta más el dinero que la apariencia física.

Qué muchacha más brusca era ésta, pensó él. Y qué declaración tan dura y tan fría.
No dejó de sobrecogerle, aunque ésa no hubiese sido la intención de Gertrude.

Pero justo entonces entró Sondra con un joven al que Clyde no conocía, un individuo alto, huesudo, pero vestido con muchísima elegancia. Y después de ellos, con otras personas, Bertine y Stuart Finchley.

—Aquí está ya —añadió Gertrude con cierto desprecio, pues estaba resentida por el hecho de que Sondra era mucho más guapa que ella o que su hermana y también porque hubiese mostrado interés hacia Clyde—. Estará tratando de ver si usted se da cuenta de lo bonita que viene, pues si no se decepcionará.

El impacto de esta observación, un reflejo de la verdad exacta, no era necesario para inducir a Clyde a mirar atentamente, y casi con avidez. Pues, aparte de su posición social y de los medios y gusto en vestidos y maneras, Sondra era de la clase exacta y del espíritu mismo que más le intrigaban: una Hortense Briggs refinada (a causa de sus medios y de su posición), menos salvaje, aunque escasamente menos centrada en sí misma. A su manera pequeña e intensa era una Afrodita en búsqueda constante, ansiosa por probar en cualquiera lo bastante atractivo el poder destructivo de sus encantos, pero al mismo tiempo reteniendo su propia personalidad e individualidad libre de toda alianza o compromiso embarazosos. Sin embargo, por varias razones que ella no podía explicarse del todo a sí misma, Clyde la impresionaba. Podría no ser nada social o financieramente, pero le resultaba interesante.

De aquí que ahora se mostrase ansiosa, primero por ver si él estaba presente, después por asegurarse de que no concebía la menor sospecha de que era ella quien le había visto primero, y por último actuar con la mayor grandiosidad posible en beneficio suyo, un procedimiento y tipo de acción que era muy típico de una Hortense y que estaba magníficamente calculado para impresionarle. La miró y la vio moviéndose de un lado a otro con un vaporoso tra— je de baile en el que alternaba el amarillo más pálido con el anaranjado más profundo para hacer realzar sus ojos y sus cabellos oscuros. Y habiendo cambiado una docena o más de «oh» y «hola», y referencias a tal o cual acontecimiento local, por último condescendió en mostrar que se había dado cuenta de su presencia.

—Oh, ¿está usted aquí? ¿Ha decidido venir después de todo? No estaba segura de que le pareciese que valía la pena. Naturalmente, habrá sido usted presentado a todo el mundo, ¿no es verdad?

Miró alrededor como si quisiera decir que si no lo habían hecho, ella estaba dispuesta a servirle de esa forma. Los demás, no tan impresionados por Clyde, no dejaban sin embargo de interesarse un poco por el hecho de que ella lo patrocinara con tanta viveza.

—Sí, creo que conozco ya a casi todo el mundo.
—Excepto a Freddie Sells. Acaba de entrar conmigo. Ven aquí, Freddie —dijo
 



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llamando a un joven alto y esbelto de mejillas imberbes y cabellos rizados que se aproximó dando saltitos de la misma forma que un colibrí podría haberse acercado a un vulgar gorrión.

—Este es Clyde Griffiths, como te iba diciendo, Fred —empezó ella con calor— ¿No se parece muchísimo a Gilbert?

—Desde luego que sí —exclamó esta persona amable que parecía turbarse y mirar con temor cuando estaba cerca—. He oído decir que usted es primo de Gil. Yo le conozco muy bien. Fuimos juntos a Princeton. Está usted empleado en la fábrica, supongo.

—Sí, lo estoy —dijo Clyde, quien ante un joven que evidentemente tenía unos estudios y una educación muy superiores a las suyas se sentía no poco empequeñecido. Empezó a temer que este individuo quisiese hablarle de cosas que él no podía comprender.
—Está a cargo de algún departamento, supongo.
—Sí, lo estoy —dijo Clyde prudentemente y con nerviosismo.

—¿Sabe usted? —continuó el señor Sells, con vivacidad e interesándose, desde el momento que empezó a surgir la posibilidad de una conversación comercial y técnica—, yo siempre me he preguntado qué se puede sacar del negocio de los cuellos si no es exclu-sivamente dinero. Gil y yo solíamos discutir sobre esto cuando estábamos en el colegio. Él acostumbraba a decirme que hacer y distribuir cuellos no deja de tener una importancia social, ofrecer refinamiento y buenas maneras a personas que no los tendrían si no hubiese cuellos baratos. Creo que debió leer eso en algún libro. Yo siempre me reía de él.

Clyde estuvo a punto de improvisar una respuesta, aunque la cuestión estuviese por encima de su capacidad. «Importancia social.» Él entendía por eso alguna profunda información científica que el otro había adquirido en la universidad. Fue salvado por una respuesta totalmente informal de Sondra, quien, sin siquiera darse cuenta de la dificultad con que se enfrentaba su protegido, exclamó:

—Oh, no discutamos, Freddie. Eso no es interesante. Por lo demás, quiero que conozca a mi hermano y a Bertine. Se acordará usted de la señorita Cranston. Estuvo conmigo en casa de su tío la primavera pasada.

Clyde se volvió mientras Sells encajaba el desaire lo mejor posible.

—Sí, desde luego —empezó a decir Clyde, que había estado estudiando a la pareja con gran interés.

Aparte de Sondra, Bertine le parecía extraordinariamente atractiva, aunque no la comprendiera en absoluto. Era una muchacha complicada, poco franca y astuta, y evocaba en él una confusa sensación de ineficacia y, por tanto, de incertidumbre en el mundo con que estaba relacionada.

—Oh, ¿cómo está usted? Me agrada verle de nuevo —dijo ella con languidez, mientras sus ojos verdosos le recorrían de una manera risueña, pero a la vez indiferente y crítica. Le juzgaba atractivo, pero no tan práctico ni tan duro como ella habría preferido—. Supongo que habrá estado usted muy ocupado con su trabajo. Pero ya que ha venido esta vez, espero que le veremos de vez en cuando.

—Sí, yo también lo espero —replicó él mostrando sus dientes regulares.

Los ojos de la muchacha parecían decir que no creía nada de lo que ella misma estaba diciendo y que él no lo creía tampoco, pero que era necesario y divertido decir cosas por el
 



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estilo.

Una versión algo modificada de este tipo de conversación le fue concedida por Stuart, el hermano de Sondra.

—Oh, ¿cómo está usted? Me alegro de conocerle. Mi hermana me ha estado hablando de usted. ¿Va a estar mucho tiempo en Lycurgus? Espero que lo haga. Nos veremos alguna que otra vez, supongo.

Clyde no se sentía demasiado seguro, pero admiraba la forma fácil y superficial con que Stuart se reía y mostraba sus blancos dientes iguales en una sonrisa rápida, jovial e indiferente. Y admiró también la desenvoltura con que se volvió y cogió a Wynette Phant por el brazo cuando ésta pasaba.

—Espera un minuto, Wynn. Tengo que preguntarte algo.

Se fue a otra habitación, muy pegado a la muchacha y hablando deprisa. Y Clyde tuvo tiempo de notar que su traje estaba perfectamente cortado.

Qué mundo tan alegre, pensó. Qué mundo tan vivo. Y entonces Jill Trunbull empezó a gritar:

—Vamos, no es culpa mía. El cocinero se pone histérico por cualquier cosa y además todos habéis llegado tarde. Así es que hay que comer ahora y bailar luego.

—Usted puede sentarse entre la señorita Trunbull y yo cuando haya ella terminado de colocar a los demás —le aseguró Sondra—. ¿No será eso perfecto? Y ahora puede usted llevarme.

Deslizó su blanco brazo bajo el de Clyde y éste sintió como si lentamente, pero con seguridad, estuviese siendo transportado al paraíso.



CAPÍTULO 26

La cena misma no fue más que un charloteo acerca de un montón de lugares, personalidades y planes, muchos de los cuales no tenían nada que ver con ninguna cuestión que Clyde conociese. Sin embargo, por razón de su atractivo personal, se las arregló pronto para superar la sensación de extrañeza y de indiferencia entre algunas personas, particularmente entre las muchachas del grupo, que estaban interesadas por el hecho de que Sondra Finchley le tenía simpatía. Y Jill Trunbull, sentada a su lado, quería saber de dónde venía, cuál era su vida de familia y sus parientes, por qué había decidido venirse a Lycurgus, preguntas que, lanzadas entre comentarios relativos a diferentes muchachas y sus novios, daban a Clyde la pauta necesaria. No sintió la necesidad de admitir la verdad en relación con su familia. Así pues, dijo que su padre dirigía un hotel en Denver, no muy grande, pero de todos modos un hotel. Y también que había venido a Lycurgus porque su tío le había sugerido en Chicago que viniese a aprender el negocio de los cuellos. No estaba seguro de hallarse interesado del todo ni de continuar indefinidamente a menos que valiese la pena; así es que estaba tratando de ver si podría tener alguna importancia para su futuro, una observación que hizo que Sondra, que también estaba escuchando, así como Jill, a quien la observación iba dirigida, considerasen que a pesar de todos los rumores propagados por Gilbert, Clyde debía de poseer algunos medios y posición, a la que, en caso que no le fuese bien aquí, podría regresar.
 



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Esto en sí mismo era importante, no sólo para Sondra y para Jill, sino para todos los demás. Pues, a pesar de su aspecto y de su encanto y de sus relaciones familiares, el pensamiento de que era un mero Don Nadie, como Constance Winant había informado, buscando relacionarse con la familia de su primo, era inquietante. Uno no podía mostrarse más que simplemente amistoso con un escribiente sin dinero o pensionista, cualesquiera que fuesen sus relaciones familiares, mientras que si tenía un poco de dinero y una situación en cualquier otro sitio, la cuestión era del todo diferente.

Entonces Sondra, aliviada por esto y por el hecho de que estaba resultando mucho más aceptable de lo que ella había imaginado, se sintió inclinada a tratarle con mayor consideración de la que de otra forma le habría concedido.

—¿Va a permitirme que baile con usted después de cenar? —fue una de las primeras cosas que él le dijo aprovechando una sonrisa jovial que le dirigió ella en medio de una charla relativa a un baile próximo en algún sitio.

—Claro, desde luego, si usted quiere —replicó ella con coquetería, tratando de intrigarlo y envolverlo en más romanticismos relacionados con ella.

—¿Solamente uno?

—¿Cuántos quiere usted? Hay docenas de muchachos aquí, ya ve usted. ¿Cogió un programa al entrar?

—No vi ninguno.

—No se preocupe. Después de la cena podrá coger uno. Y puede apuntarme para el tres y el ocho. Eso le dará lugar para otras.

Sonrió hechiceramente:
—Tiene usted que portarse bien con todo el mundo, ya lo sabe.

—Sí, ya lo sé. Pero desde que la vi a usted en casa de mi tío el pasado mes de abril he estado deseando verla de nuevo. No hacía más que buscar su nombre en los periódicos.

La miraba ansiosa e interrogativamente, y a pesar de ella misma, Sondra se sintió cautivada por esta ingenua confesión. Evidentemente él no podía permitirse ir adonde ella iba ni hacer lo que ella hacía, pero de todas formas se molestaba en seguir su nombre y sus movimientos en la prensa. No pudo resistir el deseo de saber algo más.

—Oh, ¿lo leía usted? —preguntó— ¿No es bonito eso? ¿Pero qué leía acerca de mí? —Que estuvo usted en los lagos Twelfth y Greenwood y en el Sharon para las

competiciones de natación. También vi que fue usted al de Paul Smith. Los periódicos de aquí parecían pensar que estaba usted interesada por alguien del lago Schroon y que podría casarse con él.

—Oh, ¿dijeron eso? Qué tontos. Los periódicos siempre dicen tonterías así.

Su tono implicaba que él podía haber estado pecando de entrometido. Clyde se mostró embarazado. Esto hizo que la muchacha se dulcificase y al cabo de un momento reanudó la conversación en el mismo tono anterior.

—¿Le gusta a usted montar a caballo? —preguntó ella con dulzura y en tono apaciguador.

—Nunca lo he hecho. En realidad no he tenido nunca oportunidad, pero siempre he pensado que podría aprender si lo intentase.

—Desde luego, no es difícil. Si usted tomase una lección o dos podría aprender, y — añadió en un tono algo más bajo— podríamos dar un paseo algunas veces. Hay montones
 



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de caballos en nuestras cuadras, que a usted le gustarían mucho, estoy segura.

A Clyde le hormigueó la raíz de los cabellos. Estaba siendo invitado por Sondra a montar con ella a caballo alguna que otra vez y podría usar tranquilamente una de sus monturas.

—Oh, eso me gustaría muchísimo —dijo—, sería maravilloso.

Todos estaban levantándose de la mesa. Apenas nadie seguía interesado por la cena, porque había llegado un cuarteto y los compases de un fox—trot salían ya del saloncito adyacente, una estancia amplia de la que se habían retirado todos los muebles que podían ser un obstáculo, excepto las sillas, que se dejaron junto a las paredes.

—Mejor es que vaya usted a buscar su programa antes de que se adelanten los demás —le previno Sondra.

—Sí, voy ahora mismo —dijo Clyde—, ¿pero sólo voy a conseguir dos con usted? —Bueno, pongamos que sean el tres, el cinco y el ocho en la primera mitad.

Le hizo una alegre señal de despedida y él se precipitó en busca de un carnet de
baile.

Las danzas eran todas del tipo de fox-trot de la época, con interpolaciones y variaciones de acuerdo con la manera de ser y los temperamentos de los bailarines. Habiendo bailado tanto con Roberta durante el mes precedente, Clyde estaba en excelente forma y no cabía en sí de satisfacción con el pensamiento de que por fin estaba en relación social e incluso afectiva con una muchacha tan maravillosa como Sondra.

Y aunque estaba deseando parecer cortés e interesado hacia las otras muchachas con las que bailaba, se sentía casi embriagado por contemplaciones pasajeras de Sondra. Esta se deslizaba tan lánguida y soñadoramente en brazos de Grant Cranston, aunque mirando solapadamente en dirección a Clyde cuando éste estaba cerca, permitiéndole percibir así cuán graciosa, romántica y poética era su actitud hacia todas las cosas y cuán parecida a una flor viviente era toda ella. Y Nina Temple, con la que estaba bailando en aquellos momentos, observó entonces:

—Es deliciosa, ¿verdad?

—¿Quién? —preguntó Clyde, fingiendo una inocencia que no pudo reforzar físicamente, pues sus mejillas y su frente se sonrojaron— No sé a quién se refiere usted.

—¿No lo sabe? ¿Entonces por qué se ruboriza usted?

Él se había dado cuenta de que estaba ruborizándose. Y que su evasiva había sido ridícula. Se volvió, pero en aquel momento la música se detuvo y los bailarines se dirigieron a sus sillas. Sondra se apartó con Grant Cranston y Clyde condujo a Nina a una butaca con cojines que había junto a una ventana de la biblioteca.

Y en relación con Bertine, con la que bailó a continuación, se vio asimismo ligeramente herido por la fría y cínica altivez con que ella aceptaba y exigía sus atenciones. Lo que principalmente le interesaba en cuanto a Clyde era el hecho de que Sondra lo encontrase atractivo.

—Baila usted bien, ¿verdad? Supongo que habrá bailado muchísimo antes de venir aquí. ¿No era en Chicago? ¿O dónde?

Hablaba despacio y con indiferencia.

—Estuve en Chicago antes de venir aquí, pero no bailé mucho. Tenía que trabajar. Estaba pensando ahora en estas muchachas que tenían todo lo que querían, en
 



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contraste con muchachas como Roberta que no tenían nada. Y sin embargo, tal como él sintió en este caso particular, Roberta le gustaba más. Era más dulce, más cálida y más amable, no tan fría.

Cuando la música empezó de nuevo con la sonora melancolía de un saxofón que intervenía a veces, Sondra se le acercó y colocó su mano derecha en la izquierda de él y le permitió que pusiese su brazo en torno a su cintura, un contacto fácil, jovial y desembarazado que, en medio de los sueños que Clyde tenía en cuanto a ella, resultaba estremecedor.

Y luego, con su manera coqueta y artificiosa, ella le sonrió a los ojos, una sonrisa blanda, engañosa y sin embargo aparentemente prometedora, que hizo que el corazón del muchacho latiera más de prisa y que su garganta se apretara. El perfume delicado que ella llevaba despertaba en él el mismo estremecimiento que si fuera la fragancia de la primavera.

—¿Lo está pasando bien?
—Sí, mientras la miro a usted.
—¿Cuando hay tantísimas otras chicas bonitas a las que mirar?
—Oh, no hay ninguna muchacha tan bonita como usted.

—Y yo bailo mejor que ninguna otra muchacha, y soy la más guapa de todas las muchachas de aquí. Ahora bien, ya lo he dicho todo por usted. ¿Qué va a decir ahora?

Le miraba con malicia, y Clyde, dándose cuenta de que tenía que tratar con un tipo muy diferente al de Roberta, se sintió desconcertado y se ruborizó.

—Ya veo —dijo él seriamente—. Todos los muchachos le dicen a usted eso, así que yo no necesito hacerlo.
—Oh, no. No todos los muchachos.
Sondra se sintió intrigada y desarmada al punto por la simplicidad de su respuesta.
—Hay mucha gente que no cree que yo sea bonita.

—¿Cómo va a ser eso posible? —replicó él con gran jovialidad, pues al punto se dio cuenta de que ella estaba burlándose de él. Y no obstante no se atrevió a aventurar otro cumplido. En lugar de eso buscó otra cosa que decir, y retornando a la conversación de la mesa acerca de la equitación y del tenis, preguntó ahora—: A usted le gustan todos los deportes al aire libre, ¿verdad?

—Naturalmente —fue la respuesta rápida y entusiasta—. No hay nada que me guste más. Me vuelve loca montar a caballo, el tenis, la natación, ir en canoa, el esquí acuático. Usted nada, ¿verdad?

—Desde luego —dijo Clyde con suficiencia.
—¿Juega usted al tenis?

—Bueno, he empezado hace poco —dijo, temiendo admitir que no jugaba en absoluto.

—Oh, me encanta el tenis. Podríamos jugar alguna vez juntos.

El ánimo de Clyde se reanimó totalmente entonces. Y después de tararear muy bajito los compases de una popular canción amorosa, ella prosiguió de nuevo:

—Bella Griffiths, Stuart, Grant y yo jugamos unos dobles magníficos. Ganamos casi todas las finales en Greenwood y en el lago Twelfth el verano pasado. Y por lo que se refiere a esquí acuático y a bucear tendría usted que verme. Tenemos la canoa más rápida
 



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del lago Twelfth, es decir, Stuart la tiene. Hace setenta millas por hora.

Inmediatamente, Clyde se dio cuenta de que había puesto el dedo en el único asunto que no sólo la fascinaba, sino que la excitaba. Pues ello no sólo implicaba ejercicios al aire libre en los que ella claramente sobresalía, sino también triunfar y conseguir laureles en actividades deportivas que eran las que más interesaban a aquellos con los que estaba socialmente relacionada. Y por último, aunque esto era algo que ella no pensó hasta más tarde, la embriagaba también la oportunidad que todo esto le proporcionaba para frecuentes cambios de vestimenta y por tanto para la ostentación social, que era una cosa que le interesaba más que ninguna otra. ¡Qué aspecto tan magnífico tenía en un traje de baño, en un atuendo de automovilista, de amazona, de jugadora de tenis, de bailarina!

Siguieron bailando juntos entusiasmados, por lo menos de momento, por el mutuo reconocimiento del interés que cada uno sentía por el otro; un cierto ardor o entusiasmo momentáneo que tomó la forma de miradas joviales e inquisitivas de unos ojos a otros, sugerencias por parte de Sondra de que suponiendo que Clyde estuviese dotado atléticamente, financieramente y de otras maneras para un mundo semejante, sería posible que fuese invitado por ella aquí y allí; nociones éstas demasiado amplias y falsas en cuanto a él, ya que en realidad, bajo la superficie de la aparente convicción y seguridad del muchacho fluía una corriente más profunda de autodesconfianza que se mostraba en una especie de luz ansiosa y ligeramente tétrica en sus ojos. El vigor y seguridad de su voz estaban minados, si Sondra hubiese podido definirlo, por algo que no era confianza en absoluto.

—Oh, el baile ha terminado —dijo él tristemente.
—A ver si conseguimos que lo repitan —dijo ella aplaudiendo.

La orquesta atacó luego una melodía muy movida y las parejas se deslizaron una vez más abandonándose al ritmo de la música como barquitos alzados y abatidos sobre un mar rudo, pero amistoso.

—Oh, estoy tan contento de estar otra vez con usted, de estar bailando con usted. Es maravilloso... Sondra.

—Pero no debe usted llamarme así, ya lo sabe. No me conoce lo suficiente. —Quiero decir señorita Finchley. Pero no va a volverme loco otra vez, ¿verdad? El rostro del muchacho estaba de nuevo muy triste y muy pálido, y ella lo advirtió. —No, ¿pero es que le vuelvo loco? De verdad que no quería hacerlo. Me agrada

usted..., un poco... cuando no se pone sentimental.

La música se detuvo. Las pisadas que habían sido hasta ahora suaves y lánguidas se convirtieron en pasos.
Era Sondra la que preguntaba.
—Me gustaría ver si todavía está nevando afuera, ¿a usted no?
—Oh, sí, vayamos.

A través de las parejas en movimiento se dirigieron hacia una ventana lateral para descubrir un mundo espesamente cubierto de blanda nieve silenciosa y como de algodón. El aire estaba lleno del callado descenso de copos ligeros como plumas.
 








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CAPÍTULO 27

Los siguientes días de diciembre aportaron a Clyde algunos acontecimientos agradables, pero también complicados y perturbadores. Pues Sondra Finchley, habiéndole hallado tan rendido admirador suyo, desde el primer momento se sintió inclinada a no olvidarle ni descuidarle. Pero, dada la posición social prominente que ocupaba, estuvo dudando en un principio sobre la forma más conveniente de proceder. Pues Clyde era demasiado pobre e ignorado por los mismos Griffiths, resultando así muy arriesgado mostrar un marcado interés hacia el muchacho.

Y ahora, además de la primera razón que lo había motivado todo, es decir, sus deseos de irritar a Gilbert haciéndose amiga de su primo, había otro impulso. Él le gustaba. Su encanto y la reverencia que sentía por ella y por su rango la adulaban y la intrigaban. Pues el suyo era un temperamento que requería adulación en la medida en que Clyde se la suministraba, una adulación sincera y romántica. Y al mismo tiempo él representaba la encarnación de atributos tanto físicos como mentales que a ella le resultaban agradables: impulso amoroso sin el valor suficiente para, llegado el momento, enojarla demasiado; reverencia que, sin embargo, no dejaba de considerarla como un ser muy humano; una animación física y mental que encajaba por completo con la suya propia.

Por todo esto no dejaba de resultar turbador para Sondra cómo proceder con Clyde sin atraer demasiado la atención ni suscitar críticas hacia sí misma, pensamiento que mantuvo su pequeño y astuto cerebro trabajando por las noches cuando se acostaba. Sin embargo, aquellos que habían conocido al muchacho en casa de los Trunbull quedaron tan impresionados por el interés de ella aquella noche y por el hecho de que él se hubiese mostrado tan complaciente y afable que, a su vez, particularmente las muchachas, decidieron que era un joven muy presentable.

Y en consecuencia, dos semanas más tarde, Clyde, al buscar regalos navideños baratos en la tienda de Stark para su madre, padre, hermanas, hermano y Roberta, se encontró allí con Jill Trunbull, que también estaba de compras, y fue invitado a asistir a un baile antes de Navidades que iba a celebrarse a la noche siguiente en casa de Vanda Steele en Globersville. La misma Jill iba a asistir con Frank Harriet y no estaba segura de si Sondra Finchley iría o no. Por lo visto tenía otro compromiso por el estilo, pero con todo procuraría asistir si le era posible. Su hermana Gertrude se alegraría de tenerle a él por pareja, lo cual era una fórmula muy cortés de solucionarle a Gertrude la papeleta. Además, a juicio de ella, si Sondra se enteraba de que Clyde iba a estar allí, ello podría inducirla a romper su otro compromiso.

—Tracy se alegrará de recogerle a usted en el coche —prosiguió ella—, o quizá aceptase usted venir a cenar con nosotros antes de salir. Será sólo una cena familiar, pero nos encantaría tenerle entre nosotros. El baile no empieza hasta las once.

El baile era para el viernes por la noche, y precisamente para entonces Clyde había arreglado las cosas con objeto de estar con Roberta, porque al día siguiente ella iba a marcharse de vacaciones navideñas durante tres días que iba a pasar en casa de sus padres; era el período más largo que iba a estar separada de él. Y aparte de que él sabía que ella tenía la intención de obsequiarle con una pluma estilográfica y un lapicero Eversharp, la muchacha, además, se había mostrado muy deseosa de que él pasara en su
 



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compañía esta última noche, hecho que no había dejado de recalcarle. El, por su parte, había concebido el proyecto de hacer uso de esa última noche para sorprender a la muchacha regalándole un neceser blanco y negro.

Pero ahora, tan excitado estaba por la posibilidad de un reencuentro con Sondra, que decidió que cancelaría esta última cita con Roberta, aunque no sin alguna preocupación en cuanto a la dificultad, así como en cuanto a la decencia de proceder así. Pues a pesar del hecho de que ahora estaba encandilado por Sondra, sin embargo todavía seguía profundamente interesado por Roberta y no le gustaba agraviarla de esta manera. Sabía que se sentiría muy decepcionada. Pero al mismo tiempo tan halagado y engreído se sintió por este súbito, aunque tardío desarrollo de sus actividades sociales, que no le cabía en la cabeza excusarse con Jill. ¿Cómo? ¿Dejar de visitar a los Steele en Globersville en compañía de los Trunbull y además sin ayuda de los Griffiths? Podía ser desleal, cruel y traidor hacia Roberta, pero ¿no existía la posibilidad de encontrarse con Sondra? En consecuencia anunció que iría, e inmediatamente después decidió que se dirigiría a Roberta y presentaría alguna excusa, por ejemplo que los Griffiths le habían invitado a cenar. Esto sería suficientemente poderoso y significativo para ella. Pero como cuando llegó ella no estaba, decidió explicárselo a la mañana siguiente en la fábrica, si era necesario entregándole una nota. Para consolarla decidió que le prometería acompañarla el sábado hasta Fonda y entonces allí le daría el regalo.

Pero el viernes por la mañana en la fábrica, en lugar de darle la explicación con la seriedad e incluso disgusto que antes le habrían dominado, se limitó a susurrar:

—Tengo que romper el compromiso para esta noche, querida. Me han invitado a casa de mi tío y tengo que ir. Y no estoy seguro de poder salir pronto. Lo intentaré si no me retienen mucho tiempo. Pero si no voy iré a acompañarte al autobús de Fonda mañana. Hay algo que quiero darte. No te enfades. Me lo han dicho esta misma mañana, si no te lo habría comunicado antes. No vas a enfadarte, ¿verdad?

La miraba con la mayor tristeza que le fue posible fingir para expresar lo disgustado que estaba él mismo.

Pero Roberta, al ver que los regalos y la feliz noche de despedida eran cancelados de esta manera casual, y por primera vez además de esta forma, movió la cabeza negativamente, como si dijera «oh, no», pero su espíritu sufrió una grave depresión y no hacía más que preguntarse qué significaría esta súbita deserción. Pues hasta este momento, Clyde había sido la atención en persona, disimulando su reciente relación con Sondra tras un velo de supuesto e invariable afecto que había sido suficiente para engañar a Roberta. Podía ser verdad, como él decía, que una invitación ineludible hubiese causado todo esto. Pero ¡con la noche feliz que ella había planeado! Y ahora no estarían juntos durante tres días enteros. Se sintió molesta y disgustada en la fábrica y en su habitación, pensando que Clyde por lo menos podría haber sugerido venir a su habitación más tarde, después de la cena en casa de su tío, con objeto de que ella pudiera darle los regalos. Pero su excusa había sido que la cena podría durar hasta muy tarde y que no tenía seguridad de nada. Luego habían hablado de ir otro día a alguna otra parte.

Pero mientras tanto, Clyde, al ir a casa de los Trunbull y más tarde a la de los Steele, se vio halagado y reafirmado por una serie de progresos como un mes antes no se habría atrevido a soñar. Pues en casa de los Steele se vio prontamente presentado a una veintena
 



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de personalidades que, al saber que era amigo de los Trunbull y además un Griffiths que había sido llamado a tomar parte en los negocios familiares, o por lo menos a intervenir en ellos rápidamente, fue al final solicitado con cordiales invitaciones para asistir a un baile de año nuevo en casa de los Yandams, en Globersville, así como a una cena y baile que iba a celebrarse la víspera de Navidad en casa de los Harriet en Lycurgus, fiesta a la cual tanto Gilbert como su hermana Bella, así como Sondra, Bertine y otras estaban invitados.

Y por último, a media noche apareció Sondra en escena acompañada por Scott Nicholson, Freddie Sells y Bertine, al principio fingiendo no haberse dado cuenta en absoluto de la presencia de Clyde, pero por último dignándose saludarle con un:

—Hola, no esperaba encontrarle a usted por aquí.

Estaba ataviada de una manera muy llamativa con un chal español rojo. Pero Clyde pudo percibir desde el primer momento que ella se había dado cuenta de su presencia, y a la primera oportunidad que se le presentó se acercó a ella para preguntarle con ansiedad:

—¿Es que no va a bailar usted nunca conmigo?

—¿Por qué no, si usted lo desea? Creí que me había olvidado usted completamente —dijo ella burlona.

—Como si yo pudiera olvidarla. La única razón por la que estoy aquí esta noche es porque pensé que podría verla a usted otra vez. No he pensado en nadie más desde que nos separamos.

En verdad estaba tan encaprichado por ella, por sus maneras y el aire que se daba, que en lugar de sentirse irritado por su fingida indiferencia, se sentía más y más atraído. Y esto no dejaba de darle una intensidad que a ella le resultaba del todo fascinante, pues sus ojos brillaban entre los párpados entornados con un deseo ardiente que resultaba turbador.

—Dios mío, sabe usted decir las cosas más bonitas y de la manera más agradable cuando se lo propone.

En aquel momento estaba ella jugueteando con una alta peineta española que tenía en sus cabellos, y sonrió para añadir:

—Y además las dice usted como si las sintiera de verdad.

—¿Es que quiere usted decir que no me cree, Sondra? —preguntó él casi febrilmente, mientras que oírse llamada de nuevo por su nombre propio la excitaba a ella casi tanto como a él mismo. Aunque propensa a enfadarse por una presunción semejante, en el caso del muchacho la dejó pasar porque le resultaba agradable.

—Oh, sí, desde luego que le creo —dijo ella un tanto dubitativamente y por primera vez nerviosa al tener que tratar con él. Le estaba resultando un poco difícil descifrar cuál era la línea de conducta más adecuada para tratar al muchacho, si convenía frenarle más o menos—. Pero ahora tiene usted que decir qué baile quiere. Veo que hay otros que se acercan.

Y a continuación le tendió su pequeño programa de manera coqueta e intrigante:
—Puede usted elegir el once. Es el que viene a continuación de éste.
—¿Y eso es todo?

—Bueno, y el catorce también, ambicioso —dijo ella con una mirada risueña en los ojos que esclavizó a Clyde por completo.

Como seguidamente se enterara ella en el curso de un baile con Franz Harriet, de que
 



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Clyde había sido invitado a casa de éste para la víspera de Navidad, así como de que Jessica Phant le había invitado a ir a Utica para la víspera de Año Nuevo, inmediatamente juzgó que estaba predestinado a un verdadero éxito en sociedad y decidió que lo más probable era que no fuese a constituir la carga que ella había temido. Era encantador; de eso no cabía duda. Y además le estaba completamente rendido. Por consiguiente, como pensó ella en aquel mismo momento, era muy posible que algunas otras muchachas, al verle reconocido por las mejores familias de aquí y de otros lugares, se interesaran lo suficiente, o se sintieran lo bastante atraídas como para tratar de vencer la devoción que él sentía por ella. Siendo de disposición vana y presuntuosa, decidió que las cosas no iban a ir de esta manera. Por eso, en el curso de su segundo baile con Clyde, le dijo:

—Ha sido usted invitado por los Harriet para la víspera de Navidad, ¿no es así? —Sí, y todo se lo debo a usted —exclamó él calurosamente— Usted irá también, ¿no? —Oh, lo siento muchísimo. Estoy invitada y me hubiera gustado mucho ir. Pero la

verdad es que ya hace algún tiempo que me comprometí para ir a Albany y a Saratoga durante las vacaciones. Me iré mañana, pero volveré antes de Año Nuevo. Algunos amigos de Freddie van a dar una fiesta de Nochevieja en Schenectady.

Y vamos a ir la prima de usted, Bella, y mi hermano Stuart, Grant y Bertine. Si usted quisiera podría venir con nosotros.

Había estado a punto de decir «conmigo», pero lo había sustituido por «nosotros». Había pensado que con esta propuesta podría demostrar con toda certidumbre su dominio sobre él delante de todos los demás, ya que así anulaba la invitación de la señorita Phant. E inmediatamente Clyde aceptó entusiasmado, ya que esto le pondría de nuevo en contacto con ella.

Al mismo tiempo se quedó atónito y casi aterrado por el hecho de que de esta manera casual y sin embargo muy íntima y definida ella estaba planeando que él volviese a encontrarse con Bella, que inmediatamente transmitiría la noticia a toda la familia. ¿Y qué iba a pasar entonces, teniendo en cuenta que los Griffiths no le habían invitado nunca, ni siquiera por Navidad? Pues a pesar de que Clyde había sido recogido por Sondra en su coche, así como que más tarde había sido invitado al club, y todo esto había llegado a oídos de sus parientes, sin embargo todavía no habían hecho nada. Gilbert Griffiths estaba encolerizado, su padre y su madre desconcertados en cuanto a la línea de conducta más apropiada, pero mientras tanto permanecían inactivos.

Pero el grupo, según los informes de Sondra, podría quedarse en Schenectady hasta la mañana siguiente, hecho que no se molestó en explicarle a Clyde en un principio. Y cuando lo hizo él ya se había olvidado de que Roberta, que por aquel entonces ya habría regresado de su larga estancia en Biltz, tras haberse visto abandonada en Navidad, seguramente estaría esperando que pasara con ella la víspera del Año Nuevo. Ésa era una complicación con que tendría que enfrentarse más tarde. Por lo pronto sólo vio una especie de bienaventuranza en el hecho de que Sondra se hubiese acordado de él, e inmediatamente aceptó con ansia y con entusiasmo.

—Pero sabe usted —dijo ella prudentemente—, no debe concederme tanta atención cuando estemos en tal o cual sitio ni interpretar equivocadamente que yo no se la conceda a usted. Es muy posible que no pueda seguir viéndole mucho si usted se muestra demasiado expresivo. Ya le diré algo sobre esto más tarde. Tiene usted que saber que mi
 



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padre y mi madre son personas un poco raras. Y también lo son algunas de las amistades que tengo aquí. Pero si se comporta bien y de una manera más bien indiferente, ya sabe usted, quizá me sea posible seguirle viendo un poco este invierno. ¿Comprende?

Maravillado lo indecible por esta confesión motivada, como él bien sabía, por sus aproximaciones demasiado ardientes, la miró con ansia y de manera implorante.

—Pero yo le importo un poquito, ¿verdad? —medio preguntó, medio imploró él con los ojos resplandecientes de aquella luz que tanto le fascinaba.

Y recatada y sin embargo atraída, turbada sensual y emotivamente, pero todavía dudando de la prudencia de su conducta, Sondra replicó:

—Bueno, si quiere usted que le diga, me importa y no me importa. Es decir, no lo puedo afirmar todavía. Siento mucha simpatía por usted. A veces pienso que más que por otras personas. Pero como usted sabe, todavía no nos conocemos bien. De todos modos, usted vendrá conmigo a Schenectady, ¿no es así?

—¿Cómo no?
—Ya le pondré unas líneas, o le llamaré. ¿Tendrá usted teléfono, no?
Él le dio el número.

—Y si por casualidad hay algún cambio o tengo que romper el compromiso, no se preocupe. Ya le veré en cualquier otra parte con toda seguridad.

Le sonrió y Clyde tuvo la sensación de hallarse tiritando. El mero pensamiento de que ella se mostrara tan franca con él y le dijese que se interesaba por él a veces, era suficiente para hacerle sentir una alegría lindante con la locura. Pensar que esta hermosa muchacha estaba ansiosa por incluirle en su vida si le era posible, esta maravillosa muchacha que estaba rodeada por tantísimos amigos y admiradores entre los cuales podría elegir al que quisiera.



CAPÍTULO 28

Seis y media de la mañana siguiente. Clyde, después de una sola hora de descanso tras su regreso de Globersville, se levantó con la mente llena de pensamientos mezclados y turbados sobre cómo reajustar su relación con Roberta. Esta se iba hoy a Biltz. Él había prometido acompañarla a Fonda. Pero ahora no quería ir. Naturalmente tenía que inventar alguna excusa. Pero ¿cuál?

Por suerte el día antes había oído decir que Whiggam le decía a Liggett que iba a haber una reunión de jefes de departamento después de la hora de cierre en la oficina de Smillie, y que tenía que asistir. A Clyde no se le dijo nada, ya que su departamento estaba incluido en el de Liggett, pero ahora decidió que podía poner esto como excusa y en consecuencia, una hora antes del mediodía, deslizó una nota en el pupitre de la muchacha, en la que decía:


«Cariño: Lo siento muchísimo, pero acaban de decirme que tengo que acudir a una reunión de jefes de departamento a las tres. Esto significa que no puedo ir contigo a Fonda, pero estaré unos minutos en el taller después de cerrar. Tengo algo que quiero darte, así es que toma tus precauciones y espérame. Pero no te enfades
 


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demasiado. No se puede remediar. Seguro que te veré cuando vuelva el miércoles.

CLYDE»

Al principio, como no pudo leer la nota inmediatamente, Roberta se sintió complacida porque se imaginaba que contenía alguna palabra favorable acerca de lo que sucedería aquella tarde. Pero al abrirla en la sala de descanso de las mujeres unos pocos minutos más tarde, su rostro se descompuso. Esto se sumaba al desengaño de la noche precedente, durante la cual Clyde no había aparecido, así como al aire del muchacho durante la mañana, que a ella le había parecido de excesivo ensimismamiento, si no de indiferencia absoluta, por lo que empezaba a preguntarse qué es lo que significaría todo este cambio tan repentino. Quizá no podía dejar de asistir a una reunión lo mismo que no podía faltar a casa de su tío cuando era invitado. Pero el día antes, cuando le comunicó que no podría estar con ella por la noche, su actitud era menos sombría de lo que su supuesto afecto y la perspectiva de la separación habrían hecho esperar. Después de todo, él sabía ya que ella iba a marcharse durante tres días. Sabía también que nada podía apenarla tanto como estar ausente durante un período tan largo de tiempo.

Inmediatamente su estado de ánimo pasó de la esperanza a la más profunda depresión, una inmensa melancolía. La vida estaba haciendo siempre cosas por el estilo. He aquí que ahora, dos días antes de Navidad, tenía que marcharse a Biltz, donde no había más alegría que la que ella pudiera llevar consigo, y estaría completamente sola, y sin un solo momento con él. Volvió a su banco mostrando en su rostro toda la infelicidad que de pronto había caído sobre ella. Sus modales eran apáticos y sus movimientos indiferentes, un cambio que Clyde no dejó de notar; pero con todo, a causa de su súbito y desesperado sentimiento hacia Sondra, no se sintió inclinado lo más mínimo al arrepentimiento.

A la una, las sirenas gigantescas de algunas de las fábricas próximas anunciaron la hora de cierre de los sábados y tanto él como Roberta se encaminaron por separado a la habitación de ésta. Y él no hacía más que pensar qué era lo que podría decir ahora. ¿Qué hacer? ¿Cómo, en vista de la muerte de su afecto, fingir un interés que no sentía? ¿Cómo continuar con unas relaciones que, por vivas y vigorosas que pudiesen haber sido tan sólo quince días antes, parecían ahora anémicas y descoloridas? No es que él intentase decir o indicar en modo alguno que ya ella no le interesaba lo más mínimo, porque, ¿de qué servía mostrarse tan cruel y qué ventaja tendría con respecto a Roberta decir algo semejante? ¿Qué hacer? Y por otra parte, tampoco quería, en vista de sus apetencias y perspectivas con relación a Sondra, continuar una relación amorosa que no era ni cierta ni sólida y que tan sólo podía tender a mantener las cosas tal como estaban. ¡Imposible! Por otra parte, al primer síntoma de amor recíproco por parte de Sondra, ¿no estaría él ansioso y resuelto a abandonar a Roberta si le era posible? ¿Por qué no? En contraste con la posición y la belleza de Sondra, ¿qué tenía Roberta que ofrecerle? ¿Y estaría bien por parte de una muchacha de posición tan baja como Roberta, y considerando las relaciones y posibilidades que Sondra ofrecía, exigir o suponer que él podía continuar mostrándole un interés profundo y único a ella y ninguno a la otra? Eso no estaría bien, ¿no es verdad?

Y así era cómo especulaba mientras Roberta, que le precedía en el camino hacia su
 



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propia habitación, no hacía más que preguntarse qué significaba lo que había caído de improviso sobre ella, sobre Clyde, esta súbita indiferencia, este deseo de romper una cita acordada para antes de Navidad, y cuando ella estaba a punto de marcharse a su casa y no verle durante tres días, pasando la Navidad fuera, sin que él desease siquiera acompañarla hasta Fonda. Porque él podía decir que se debía a una reunión, pero, ¿era cierto? Ella podría haberle esperado incluso hasta las cuatro si fuese necesario, pero algo en la actitud del muchacho había excluido tal posibilidad, algo distante y evasivo. ¿Qué significaba todo aquello? Y además, después de establecer hacía tan poco tiempo aquella intimidad que, en un principio por lo menos, había parecido unirlos de una manera tan invisible. ¿Presagiaba esto un cambio, un peligro o incluso el final de su maravilloso sueño de amor? ¡Oh, Dios mío! Y ella le había dado tantísimo y ahora su lealtad lo significaba todo para ella, su futuro, su vida.

Permanecía de pie en medio de su habitación planteándose este nuevo problema cuando Clyde llegó, con su paquete de Navidades debajo del brazo, pero todavía fijo en su determinación de modificar sus presentes relaciones con Roberta, aunque al mismo tiempo ansioso por no darlo a entender en lo más mínimo.

—Estoy terriblemente disgustado por todo esto, Bert —comenzó con animación, con un tono que era una mezcla de alegría fingida, de simpatía y de incertidumbre—. No tenía la menor idea hasta hace un par de horas de que íbamos a celebrar esta reunión. Pero tú sabes cómo son estas cosas. No puedes librarte de una obligación así. No estás muy enfadada, ¿verdad?

Pues ya, por la expresión de ella en la fábrica así como aquí mismo, había colegido que su humor era de lo más sombrío.

—Me alegro, no obstante, de haber tenido la oportunidad de traerte esto —añadió alargándole el regalo— Quise traértelo anoche, pero otras ocupaciones me lo impidieron. De verdad, lo siento muchísimo. Siento todo lo que ha pasado.

Así como la noche antes se habría mostrado encantada si le hubiese traído el regalo, ahora Roberta se limitó a colocar la caja encima de la mesa, sin el entusiasmo que podría haber sentido en otra ocasión.

—¿Lo pasaste bien anoche, querido? —preguntó ella con curiosidad por el acontecimiento que le había privado de la visita del muchacho.

—Oh, bastante bien —replicó Clyde, deseoso de ofrecer un rostro tan impasible como fuera posible acerca de la noche que tanto había significado para él y que presagiaba tan gran peligro para ella—. Creo que te dije que iba a cenar a casa de mi tío. Pero en realidad cuando llegué allí me dijeron que deseaban que acompañase a Bella y a Myra a hacer unas visitas a Globersville. Hay allí una familia, los Steele, que son unas personas muy importantes. Bueno, pues el caso era que daban un baile y que querían que yo las llevase porque Gil no podía ir. Pero no me resultó nada interesante y me alegré cuando todo se acabó.

Usaba los nombres de Bella, Myra y Gilbert como si fueran desde hacía mucho tiempo amigos íntimos, una intimidad que siempre impresionaba mucho a Roberta.

—¿Entonces no llegaste a tiempo para venir aquí, verdad?

—No, no pude porque tuve que esperar a que regresara todo el grupo. No podía marcharme yo solo. Pero, ¿no vas a abrir tu regalo? —añadió él, deseoso de apartar los
 



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pensamientos de la muchacha del tema.

Ella comenzó a desatar la cinta del obsequio, al mismo tiempo que su imaginación era asaltada por la reunión que él acababa de mencionar. ¿Qué otras muchachas además de Bella y de Myra habían estado allí? ¿No habría por casualidad alguna otra por la que él pudiera haberse interesado últimamente? Él siempre estaba hablando acerca de Sondra Finchley, Bertine Cranston y Jill Trunbull. ¿Estaban por casualidad en esta reunión?

—¿Quiénes estaban allí además de tus primas? —preguntó ella de pronto.

—Oh, un montón de gente que tú no conoces. Veinte o treinta personas de diferentes lugares de los alrededores.

—¿Alguien más de Lycurgus, aparte de tus primas? —insistió ella.

—Oh, unas cuantas personas. Recogimos a Jill Trunbull y a su hermana porque Bella se empeñó. Arabella Stark y Perley Haynes estaban ya allí cuando llegamos.

No hizo ninguna mención de Sondra ni de ninguna de las otras que tanto le interesaban.

Pero a causa de la manera de decirlo, algo en el tono de su voz y un titubeo en sus ojos, la respuesta no satisfizo a Roberta. Estaba en verdad turbada por esta nueva complicación, pero comprendió que en las actuales circunstancias lo más prudente sería no importunar demasiado a Clyde. Podía enfadarse. Después de todo él siempre había estado identificado con ese alto mundo desde que ella le había conocido. Y no quería hacerle sentir que estaba tratando de ejercer algún derecho sobre él, aunque eso fuese lo que en realidad deseaba con ardor.

—Me habría gustado mucho estar contigo la noche pasada para darte tu regalo —fue lo que ella dijo, tanto para desviar sus propios pensamientos como para implorarle que no la desatendiera. Clyde percibió el dolor en su voz, y como de costumbre, eso le conmovió, sólo que ahora no quería ni podía permitir que este sentimiento se apoderase de él con la fuerza con que lo habría hecho en cualquier otra ocasión.

—Pero tú sabes lo que pasó, Bert —replicó él, casi en tono de bravata—. Acabo de decírtelo.

—Ya lo sé —replicó ella tristemente, intentando disimular el verdadero estado de ánimo que la dominaba.

Al mismo tiempo estaba quitando el papel y abriendo la tapa de la caja que contenía su neceser. Y una vez abierta, su humor cambió ligeramente, porque antes nunca había poseído nada tan valioso.

—Oh, es hermoso, ¿verdad? —exclamó ella, cautivada a pesar de sí misma— No esperaba nada semejante. Mis dos pequeños regalos van a parecerte muy poca cosa.

Cruzó la habitación en seguida para alcanzar sus obsequios. Pero Clyde pudo ver que, aunque su regalo era excepcional, con todo no era suficiente para vencer la depresión que su indiferencia había producido en la muchacha. La continuación de su amor era para ella más vital que ningún regalo.

—Te gusta, ¿verdad? —preguntó, deseando contra toda esperanza que el obsequio la distrajese.

—Desde luego, querido —replicó ella, mirando el objeto con interés—. Pero mis regalos no van a parecerte nada —añadió sombríamente y no poco deprimida por el fracaso de todos sus planes—. Pero te serán útiles y los llevarás siempre contigo, cerca de
 



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tu corazón, donde yo necesito estar.

Le alargó la cajita qué contenía el lapicero de metal Eversharp y la pluma estilográfica de plata que había comprado, porque se imaginaba que le serían útiles en su trabajo de la fábrica. Dos semanas antes él la habría tomado en sus brazos y tratado de consolar por el dolor que le estaba causando. Pero ahora se limitó meramente a permanecer allí, preguntándose de qué manera, sin parecer demasiado distante, podía consolarla y, sin embargo, no recaer en las demostraciones de afecto acostumbradas. Y en consecuencia estalló en palabras entusiásticas, pero algo vacías, con respecto al regalo que ella le había hecho.

—¡Son estupendos, cariño, y justo lo que necesitaba! No podías haberme regalado nada más práctico. Los usaré a cada momento.

Pareció examinarlos con el más profundo placer y luego se los metió en el bolsillo, listos para usar. Y como por el momento ella estaba ante él tan abatida y anhelante, encarnando todo el atractivo de las antiguas relaciones, él la rodeó en sus brazos y la besó. Estaba triste, no cabía duda de ello. Y cuando ella arrojó sus brazos en torno a su cuello y rompió en llanto, él la retuvo junto a sí, diciendo que no había causa alguna para todo esto y que ella estaría de vuelta el miércoles y todo seguiría como antes. Al mismo tiempo estaba pensando que eso no era verdad, y que todo resultaba muy extraño, en vista de que hacía poco tiempo había estado tan interesado por ella. Era asombroso cómo otra muchacha podía cambiarle de esta forma. Pero así era. Y aunque Roberta creyese que le importaba lo mismo que antes, la verdad es que no era así ni lo volvería a ser nunca. A causa de esto se sentía muy apesadumbrado por ella.

Algo de esta disposición de ánimo tan reciente le llegó entonces a Roberta, aunque escuchase sus palabras y recibiese sus caricias. Unas y otras no conseguían dar una impresión de sinceridad. El aire del muchacho parecía demasiado inquieto, sus abrazos demasiado apáticos, su tono sin ternura verdadera. Otra prueba fue añadida cuando trató de liberarse mirando su reloj y diciendo: —Me temo que tengo que irme ahora, cariño. Son las tres menos veinte y la reunión es a las tres. Me habría gustado acompañarte, pero ya te veré cuando vuelvas.

Se inclinó para besarla, pero sin que Roberta dejara de percibir una vez más de forma clarísima que su actitud era diferente, más fría. Se mostraba interesado y amable, pero sus pensamientos estaban en otra parte, y justo en esta época del año, además, entre todas las épocas posibles. Trató de reunir todas sus fuerzas y su respeto a sí misma y lo consiguió en parte, diciendo, más bien fríamente y con alguna determinación:

—Bueno, no quiero que te retrases, Clyde. Mejor es que te des prisa. Pero no quiero estar allí más que la noche de Navidad. ¿Supones que si vuelvo el mismo día de Navidad por la tarde te sería posible venir? No me gustaría llegar tarde el miércoles al trabajo.

—Desde luego que estaré, cariño —replicó Clyde jovialmente e incluso con franqueza, pues no tenía ningún otro plan y no deseaba rehuirla tan pronto y con tanto descaro de momento—. ¿A qué hora esperas llegar?

La hora iba a ser a las ocho, y él decidió que de todas formas en aquella ocasión sería aceptable una cita. Volvió a sacar su reloj. —Tengo que irme ahora —dijo dirigiéndose hacia la puerta. Nerviosa por el significado que podría tener todo aquello, sobre todo con respecto al futuro, ella se le acercó y cogiéndole de la solapa y mirándole a los ojos, medio
 



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le imploró y medio le exigió: —Entonces, ¿seguro que vendrás la noche de Navidad, Clyde? No harás ninguna otra cosa esa noche ni contraerás otros compromisos, ¿verdad?

—No te preocupes. Ya me conoces. El otro día ya sabes que no pude evitarlo, querida. Pero estaré aquí el martes, te lo aseguro —replicó.

Y después de besarla, se apresuró a salir, sintiendo quizá que no estaba actuando tan prudentemente como debía, pero sin ver de qué otra forma podía hacerlo. Un hombre no podía romper con una muchacha tal como él estaba tratando de hacerlo sin desplegar un poco de tacto o de diplomacia, ¿no es así? No tendría sentido alguno no desplegar una verdadera habilidad, ¿no es cierto? Tenía que haber otra forma mejor que aquélla, sin duda. Al mismo tiempo sus pensamientos estaban ya corriendo con anticipación hacia Sondra y hacia la víspera de Año Nuevo. Iba a ir con ella a una fiesta en Schenectady y entonces tendría oportunidad para juzgar si realmente estaba tan interesada por él como había demostrado la noche antes.

Después que se hubo ido, Roberta se quedó en un estado de ánimo desolado y triste y siguió mirando al muchacho desde la ventana, preguntándose cuál iba a ser su futuro. Suponiendo, por ejemplo, que por cualquier razón cesara de interesarse por ella. Le había dado demasiado. Y su futuro dependía de él, de su amor continuado. ¿Iba él a cansarse de ella, a no querer verla? ¡Oh, cuán terrible sería eso! ¿Qué podría hacer ella entonces? Si no se le hubiese entregado, si no se hubiese rendido tan fácilmente y con tanta prontitud ante sus demandas...

Miró fuera de la ventana las desnudas ramas de los árboles blanqueadas por la nieve y suspiró. ¡Las vacaciones! Y marcharse de esta manera. ¡Oh! Además él estaba tan altamente situado en la sociedad local. Y había tantas cosas más brillantes y mejores que las que ella pudiera ofrecerle.

Movió la cabeza dubitativamente, examinó su rostro en el espejo, reunió los pocos regalos y objetos que iba a llevarse consigo a su casa, y se marchó.



CAPÍTULO 29

Biltz y la mísera granja después de Clyde y de Lycurgus eran deprimentes para Roberta, pues todo allí estaba demasiado estrechamente identificado con privaciones y represiones que hacían palidecer las emociones normalmente suscitadas por el hogar.

Cuando bajó del tren en el ruinoso y vetusto edificio que hacía las veces de estación, observó a su padre con el mismo viejo abrigo de invierno que llevaba desde hacía una docena de años, esperándola con el viejo carruaje de la familia, un coche decrépito pero todavía con aire de calesa, y un caballo tan huesudo y cansado como el propietario mismo. Este, como ella siempre había pensado, tenía el aspecto de un hombre viejo y derrotado. Su rostro resplandeció cuando vio a Roberta, pues siempre había sido su hija favorita, y se puso a charlar con alegría cuando ella montó a su lado y dieron la vuelta para tomar el camino que conducía a la casa de campo, un camino serpenteante y sucio cuando ya excelentes carreteras eran corrientes en todas partes.

A medida que avanzaban, Roberta comprobaba mentalmente la presencia de cada árbol, curva o seto con los que estaba familiarizada. Pero no eran pensamientos felices.
 



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Estaba todo demasiado desvencijado. La granja misma, junto con la enfermedad crónica y la ineficacia de Titus y la incapacidad del muchacho más joven, Tom, o de su madre, para ayudar, seguía constituyendo una carga tan pesada como siempre. Una hipoteca de dos mil dólares con que había sido gravada años antes nunca llegó a pagarse, la chimenea norte estaba todavía sin arreglar, los escalones crujían más que nunca y las paredes, setos y edificios colindantes no habían cambiado en nada, salvo por la nota pintoresca de la nieve de invierno que los tapaba. Incluso el mobiliario seguía siendo la misma mezcolanza que había sido siempre. Y allí estaban su madre, su hermana menor y su hermano, que no sabían nada de sus relaciones con Clyde, puesto que él aquí era meramente un nombre, y suponían que ella estaba encantada de todo corazón por encontrarse junto a ellos una vez más. Sin embargo, a causa de lo que ella sabía de su propia vida y de la incierta actitud demostrada por Clyde, se sentía, en todo caso, más deprimida que antes.

Realmente, el hecho de que, a pesar de su aparente éxito reciente, se había comprometido en forma tal que, a menos que un matrimonio con Clyde la capacitase para readaptarse al nivel moral que sus padres comprendían y aprobaban, ella, en lugar de ser un ejemplo de lenta y modesta mejora para todos, podía considerarse que se había rebajado aún más todavía, era suficiente para deprimirla y abatirla. Era un pensamiento muy deprimente y acongojados

Peor y más penoso aún era que, por las ilusiones que desde el primer momento la habían dominado con respecto a Clyde, no había podido confiarse a su madre o a ninguna otra persona. Pues dudaba si su madre no consideraría que sus aspiraciones eran un tanto exageradas. Y podría hacerle preguntas con respecto a él y a ella misma que resultarían embarazosas. Al mismo tiempo, a menos que tuviese algún confidente en quien pudiera desahogarse de verdad, todas sus dolorosas dudas con respecto a ella misma y a Clyde tenían que seguir en secreto.

Después de hablar unos momentos con Tom y Emily, se fue a la cocina, donde su madre estaba ocupada con varios preparativos navideños. Su pensamiento era allanar el camino con alguna observación referente a la granja y a su vida en Lycurgus, pero cuando entró, su madre levantó la vista para decirle:

—¿Qué tal te resulta volver al campo? Supongo que todo esto te parecerá muy pobre comparado con Lycurgus —dijo con cierta melancolía.

Roberta pudo deducir del tono de voz de su madre y de la mirada más bien admirativa que le dirigió, que estaba pensando que ella había mejorado mucho de posición. Al instante se dirigió a ella y, abrazándola cariñosamente, exclamó:

—¡Oh, mamá, donde estés tú será siempre el sitio más bonito! ¿No sabías eso?

Como respuesta su madre se limitó a mirarla con ojos cariñosos y llenos de buenos deseos y a darle unas palmaditas en la espalda.

—Bueno, Roberta —añadió tranquilamente—, tú sabes todo lo que representas para
mí.

Algo en la voz de su madre, que resumía los largos años de cariñoso entendimiento entre ellas, basado no solamente en un mutuo deseo de felicidad, sino en una completa franqueza con respecto a todas las emociones que hasta entonces habían dominado a ambas, la conmovió casi hasta el punto de hacerla llorar. Su garganta se apretó y sus ojos se humedecieron, aunque trató de dominar cualquier muestra de emoción. Anhelaba
 



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contárselo todo. Al mismo tiempo la pasión que sentía por Clyde, así como el hecho de que se había comprometido como lo había hecho, demostraban que había erigido una barrera que no podía ser fácilmente derribada. Los prejuicios de su familia eran demasiado fuertes, incluso los de su madre.

Vaciló un momento, deseando poder, rápida y claramente, presentarle a su madre el problema que pesaba sobre ella y recibir su simpatía, si no su ayuda. Pero en lugar de eso se limitó a decir:

—Oh, me gustaría que hubieses estado conmigo todo este tiempo en Lycurgus, mamá. Quizá...

Se detuvo, dándose cuenta de que había estado al borde de hablar sin la debida precaución. Su pensamiento fue que teniendo a su madre al lado podría haber resistido los insistentes deseos de Clyde.

—Sí, supongo que me echas de menos —continuó su madre—, pero es mejor para ti, ¿no crees? Tú sabes cómo están las cosas por aquí y te gusta tu trabajo. Porque tu trabajo te gusta, ¿no es así?

—Oh, el trabajo es bastante bonito. Esa parte me gusta. Resulta agradable poder ayudar aquí un poco, pero ya no es tan bonito el tener que vivir sola.

—¿Por qué dejaste a los Newton, Roberta? ¿Fue Grace tan desagradable? Yo pensaba que te resultaría grata su compañía.

—Oh, lo fue al principio —replicó Roberta—. Sólo que como ella no tenía ningún amigo propio, se sentía muy celosa de cualquiera que me prestase la menor atención. Yo no podía ir a ninguna parte sin llevarla conmigo y tenía que acompañarla a todos los sitios.

Y tú ya sabes cómo es eso, mamá. Dos muchachas no pueden ir con un mismo joven. —Sí, ya sé cómo es eso, Roberta. —Su madre se echó a reír un poco, después

añadió—: ¿Quién es él?

—Es el señor Griffiths, mamá —añadió ella después de un momento de vacilación, percibiendo el carácter excepcional de sus relaciones en contraste con este mundo tan sencillo de aquí, contraste que brilló ante sus ojos como un relámpago. Pues a pesar de todos sus temores, incluso la mera posibilidad de unir su vida con la de Clyde resultaba algo maravilloso—. Pero no quiero que menciones su nombre a nadie todavía —añadió—. El tampoco quiere. Sus parientes son muy ricos, ¿sabes? Son los propietarios de la compañía, es decir, lo es su tío. Pero hay una regla que obliga a todas las personas que trabajan en la compañía y que están a cargo de un departamento. Quiero decir que no pueden tener nada que ver con ninguna de las muchachas. Y él no quería nada con ninguna de las demás. Pero yo le gusto y él me gusta, y entre nosotros es algo diferente. Además, voy a despedirme pronto y a buscar un empleo en algún otro sitio y entonces ya no habrá dificultad alguna. Se lo podré decir a todo el mundo, y él también.

Roberta estaba pensando que, en vista del reciente cambio de actitud por parte de Clyde, así como también a causa de la manera en que ella se le había entregado totalmente, sin las debidas precauciones por vía del matrimonio, ello no era exactamente cierto. El podría querer que nunca se le dijese la verdad a nadie, por poco miedo que sintiese. Y a menos que él fuese a continuar amándola y a casarse con ella, ella tampoco podía querer que nadie lo supiese tampoco. ¡En qué desdichada, vergonzosa y difícil
 



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posición se había colocado a sí misma!

Por otra parte, la señora Alden, al enterarse de la naturaleza extraña y al parecer clandestina de estas relaciones, se sintió no sólo turbada, sino desconcertada, pues estaba muy interesada en la felicidad de Roberta. Pues aunque, como se dijo a sí misma entonces, Roberta fuese una muchacha tan buena, pura y cuidadosa, la mejor y menos egoísta y más prudente de todas sus hijas, ¿sería posible que...? Pero no, nadie podría comprometer o traicionar con facilidad a Roberta. Era demasiado conservadora y buena. La señora Alden por tanto añadió:

—¿Un pariente del propietario, dices? ¿Del señor Samuel Griffiths, acerca del cual escribiste?

—Sí, mamá. Es su sobrino.

—¿El joven que está en la fábrica? —preguntó su madre al mismo tiempo que se asombraba de cómo Roberta habría conseguido atraer a un hombre de la posición de Clyde, pues desde el primer momento se le había hecho evidente que era un miembro de la familia propietaria de la fábrica.

Esto en sí mismo era un hecho preocupante. El desenlace típico de tales relaciones, comunes en el mundo entero, hacía que se sintiese muy temerosa ante una relación como la que al parecer estaba fomentando Roberta. Sin embargo, no estaba del todo convencida de que una muchacha del mérito de Roberta y con su sentido práctico no pudiese continuar una intimidad de esa índole sin daño para sí misma.

—Sí —replicó Roberta simplemente.
—¿Qué aspecto tiene?

—¡Oh, es muy guapo! Muy bien parecido y muy bueno conmigo. No creo que el sitio en que estoy trabajando fuese tan agradable si no estuviera él, que es tan refinado y que mantiene a raya a las muchachas de la fábrica. Es sobrino del presidente de la compañía y las muchachas, naturalmente, tienen que respetarle.

—Bueno, eso está bien, me parece. Creo que es mucho mejor trabajar para gente educada que para cualquiera. Sé que no te gustaba nada el trabajo de Trippetts Mills. ¿Te ve él con frecuencia, Roberta?

—Sí, muy a menudo —replicó Roberta sonrojándose ligeramente porque se daba cuenta de que no podía ser enteramente franca con su madre.

La señora Alden, levantando la vista y mirándola un momento, notó esto, e interpretándolo como un síntoma de turbación preguntó con cierta malicia:

—A ti él té gusta, ¿verdad?
—Sí, mamá —replicó Roberta, simple y francamente.
—¿Y él? ¿Le gustas tú a él?

Roberta cruzó la estancia hasta la ventana de la cocina. Bajo ésta, en la base de la cuesta que conducía hasta la noria y a uno de los campos más productivos de la granja, estaban alineados todos los desvencijados edificios, que hablaban con claridad de las pobres condiciones económicas en que había caído la familia. En efecto, durante los últimos diez años esas casuchas se habían convertido en símbolos de ineficiencia y de escasez. Precisamente en este momento, frías y cubiertas de nieve, se identificaban en su mente como la antítesis de todo aquello a que su imaginación había aspirado. Y de forma un poco extraña, la última de ellas se identificaba con Clyde. Lo sombrío opuesto a lo feliz,
 



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el fracaso en amor opuesto al triunfo. Suponiendo que él la amase realmente y quisiera apartarla de todo esto, entonces posiblemente la frialdad que allí reinaba desaparecería para ella y para su madre. Pero suponiendo que no lo hiciera, entonces todos los resultados de sus sueños, posiblemente equivocados, caerían no solamente sobre su cabeza sino también sobre las demás personas, su madre en primer lugar. Le turbaba no saber qué decir, pero al fin observó:
 

—Bueno, él dice que sí.

—¿Crees que tiene intenciones de casarse tímidamente y con esperanza, porque de todos descansaban en su mayor parte en Roberta.

—Bueno, te diré, mamá...
 


contigo? —preguntó la señora Alden sus hijos su corazón y sus ilusiones

 
La frase no fue terminada, porque justo en aquel momento Emily, entrando a toda prisa por la puerta principal, exclamó:

—Oh, está aquí Gif. Ha venido en automóvil. Supongo que le ha traído alguien, y viene con cuatro o cinco paquetes.

E inmediatamente entró Tom con el hermano mayor, quien, vestido con un abrigo nuevo, fruto de su carrera en la compañía de electricidad de Schenectady, saludó a su madre cariñosamente, y después a Roberta.

—Bueno, Gifford —exclamó su madre—. No te esperábamos hasta las nueve. ¿Cómo es que has llegado tan pronto?

—La verdad es que no contaba con ello. Me dijo el señor Rerick, en Schenectady, si quería volver con él. He visto cómo el viejo Pop Myers ha puesto por fin el segundo piso a su casa, Roberta —dijo volviéndose hacia su hermana— Supongo que ahora transcurrirá otro año antes de que pueda ponerle el techo.

—Lo mismo creo yo —replicó Roberta, que conocía bien el carácter del viejo de Trippetts Mills.

Mientras tanto le había ayudado a quitarse su abrigo y Emily estaba observando con curiosidad los paquetes apilados en la mesa del comedor.

—Las manos fuera, Em —dijo Gifford a su hermana más joven—. No hay que tocar esas cosas hasta la mañana de Navidad. ¿Ha cortado alguien ya el árbol? Eso fue trabajo mío el año pasado.

—Todavía está por hacer, Gifford —replicó su madre—. Le dije a Tom que aguardase hasta que vinieses, porque tú sabes elegir mejor.

En aquel momento entró por la puerta de la cocina Titus con un brazado de leña, con el rostro sombrío y los codos y rodillas angulosos en rudo contraste con la esperanzadora apariencia de la generación más joven. Roberta notó cómo se detenía sonriéndole a su hijo, y como estaba tan ansiosa de que todo fuera mejor para los diferentes miembros de la familia, se aproximó a su padre y le abrazó, mientras le decía:

—Sé que Santa Claus le ha traído a mi papaíto algo que le gustará.

Se trataba de una bufanda roja que ella sabía que le abrigaría mientras realizaba sus trabajos alrededor de la casa, y estaba ansiosa de que llegara la mañana de Navidad y él pudiese admirarla.

Luego se puso un delantal para ayudar a su madre a preparar la comida de la noche. Como no se dio otro momento para hablar a solas entre ellas, no surgió la oportunidad de
 



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decir nada más sobre el tema en el que ambas estaban tan interesadas, el tema de Clyde, hasta el cabo de varias horas, pasadas las cuales Roberta encontró ocasión de decir:

—Todo lo que te he dicho no se lo debes decir a nadie. Yo le dije que no le contaría a nadie mi secreto, y tú tampoco debes hacerlo.

—Y no lo haré, querida. Pero de todos modos estoy bastante extrañada. Aunque supongo que tú sabrás lo que estás haciendo. Ya eres lo bastante mayorcita para cuidarte de ti misma, ¿no es así, Roberta?

—Así es, mamá, y no debes preocuparte por mí —añadió viendo pasar una sombra no de desconfianza, sino de duda por el rostro tan amado de su madre.

Tenía que tener el mayor cuidado para no preocuparla con otras cosas cuando ya con la granja misma le sobraban preocupaciones.

El domingo por la mañana llegaron los Gabel con noticias de su progreso social en Homer. Aunque la hermana de Roberta no era tan atractiva como ella, y Fred Gabel no era un hombre que hubiese interesado nunca a Roberta, sin embargo, después de sus turbadores pensamientos con respecto a Clyde, ver a Agnes contenta y a gusto en la pequeña seguridad que el matrimonio y su marido, no demasiado exigente, le deparaban, fue suficiente para hacer surgir en ella la duda y el desconsuelo que la habían estado asaltando desde la mañana anterior. ¿No sería mejor, pensaba ella, estar casada con un hombre poco atractivo pero sólido y seguro como Fred Gabel, que no tener que ocupar la posición anómala en que ella ahora se encontraba en sus relaciones con Clyde? Pues aquí estaba ahora Gabel hablando animadamente de las mejoras que había conseguido durante el año que llevaban de casados. Durante ese tiempo había podido abandonar su posición como maestro en Homer y tomar parte en una pequeña librería y papelería con un departamento de juguetes y una fuente de soda. Habían realizado un buen negocio. Agnes, si todo iba bien, podría comprar un recibidor el verano próximo. Fred ya le había regalado un fonógrafo para Navidad. En prueba de su bienestar habían traído regalos para todos los Alden.

Pero Gabel se había traído un ejemplar de La Estrella de Lycurgus, y durante el desayuno, que a causa de los visitantes se celebró aquella mañana insólitamente tarde, estuvo leyendo las noticias de aquella ciudad, pues en Lycurgus estaba situada la casa central, de la que se aseguraba una parte del género.

—Bueno, veo que las cosas van viento en popa en tu ciudad, Roberta —observó él—. La Estrella dice aquí que la compañía Griffiths ha recibido un pedido de ciento veinte mil cuellos sólo de los comerciantes de Buffalo. Bien tienen que estar ganando dinero.

—Siempre hay mucho que hacer en mi departamento, eso desde luego —replicó Roberta con animación—. Nosotros no notamos en lo más mínimo si el negocio va bien o mal. Sospecho que siempre va bien.

—Eso tiene que resultar muy agradable para esa gente. No tienen que preocuparse de nada. Alguien estuvo diciendo que iban a construir una nueva fábrica en Ilion únicamente para la confección de camisas. ¿Has oído hablar de eso?

—No, no he oído nada. Puede que sea otra compañía.

—A propósito, ¿cómo se llama ese joven que decías que estaba encargado de tu departamento? ¿No era también un Griffiths? —preguntó él con viveza viendo la página editorial, en la que también había noticias sobre la sociedad de Lycurgus.
 



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—Sí, su nombre es Griffiths, Clyde Griffiths. ¿Por qué?

—Creo que vi su nombre por aquí hace un minuto. Sólo quería comprobar si se trata del mismo individuo. Seguro, aquí lo tienes. ¿No es éste?

Le pasó el periódico a Roberta señalándole con el dedo un artículo que decía:

«La señorita Vanda Steele, de Globersville, fue anfitriona en un baile íntimo celebrado en su casa de aquella ciudad la noche del viernes, en el que estuvieron presentes varios miembros prominentes de la sociedad de Lycurgus, entre ellos la señorita Sondra Finchley, Bertine Cranston, Gertrude Trunbull y Perley Haynes, y los señores Clyde Griffiths, Frank Harriet, Tracy Trunbull, Grant Cranston y Scott Nicholson. La reunión, como es usual siempre que se reúnen grupos de jóvenes, no se disolvió hasta bastante tarde, y los miembros de Lycurgus regresaron en automóvil poco antes del alba. Se rumorea que la mayor parte de los componentes de este grupo se reunirán de nuevo en casa de los Ellerslie, en Schenectady, la víspera de Año Nuevo para otro acontecimiento de esta misma alegre naturaleza.»

—Parece ser todo un personaje —observó Gabel mientras Roberta estaba leyendo. La primera cosa que se le ocurrió a Roberta al leer esta gacetilla fue que tenía muy

poco que ver, si es que tenía algo, con el grupo con el que Clyde había dicho que estuvo presente. En primer lugar no se hacía ninguna mención de Myra o de Bella Griffiths. Por otra parte, todos aquellos nombres con los cuales, a causa de las referencias frecuentes que le hacía Clyde, ella estaba familiarizándose, eran citados como asistentes. Sondra Finchley, Bertine Cranston, las muchachas Trunbull, Perley Haynes. El había dicho que no resultó nada interesante, y aquí se hablaba de algo muy alegre y se contaba con él para otro compromiso del mismo carácter la víspera de Año Nuevo, en la que ella contaba con su compañía. El no había ni siquiera mencionado este compromiso de Año Nuevo. Y quizá en el último minuto pensaría alguna excusa, lo mismo que había hecho para la noche del viernes pasado. ¡Oh, Dios mío! ¿Qué significaba todo esto?

Inmediatamente el poco sabor romántico que este regreso navideño a casa pudiese tener para ella se disipó. Empezó a preguntarse si realmente Clyde la quería como le había dado a entender. El estado sombrío al que su pasión incurable por él la había conducido la apenaba ahora terriblemente. Pues sin él y sin matrimonio, sin hogar e hijos, sin una posición decente en el mundo, como a la que ella estaba acostumbrada, ¿qué le quedaba por esperar? Y aparte del continuado afecto del muchacho por ella, si realmente era continuado, ¿qué seguridad tenía, en vista de incidentes tales como éstos, de que no fuera a abandonarla? Y si esto último resultaba ser cierto, he aquí que su futuro, por lo que se refería al matrimonio con cualquier otra persona, quedaría comprometido o tal vez imposibilitado.

Se quedó absolutamente silenciosa. Y aunque Gabel preguntó:
—Es ese individuo, ¿no es así?
Se levantó sin contestar y dijo:

—Perdona un momento, tengo que coger algo de mi maleta. —Y se apresuró a volver a su antigua habitación del piso de arriba.

Una vez allí se sentó en la cama y poniendo la barbilla entre las manos, una costumbre que tenía cuando la dominaban pensamientos urgentes o turbadores, se quedó mirando al suelo.
 



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¿Dónde estaba Clyde ahora?

¿A cuál de estas muchachas, si es que a alguna, llevó él a la reunión de la señorita Steele? ¿Estaba muy interesado por ella? Hasta este mismo día, a causa de la inquebrantable devoción que Clyde le profesaba, no se había molestado siquiera en pensar que pudiese existir otra muchacha.

¡Pero ahora, ahora!

Se levantó y anduvo hasta la ventana para mirar el huerto, como cuando de muchacha se había sentido tantas veces sobrecogida por la belleza de la vida. La escena era lastimosamente fría y desnuda. Las delgadas y heladas ramas de los árboles, los grises despojos caídos en el suelo, alguna hoja solitaria y temblorosa. Y la nieve.

Y los desvencijados edificios que necesitaban reparación. Y Clyde, que empezaba a mirarla con indiferencia. Entonces le vino de súbito el pensamiento de que no debía permanecer allí ni un minuto más si podía evitarlo, ni siquiera este día, si era posible. Debía regresar a Lycurgus y estar cerca de Clyde, aunque no fuera más que para persuadirle de que volviese a concederle su antiguo afecto o si no para que su presencia le impidiese dedicarse de lleno a aquellas otras muchachas. Decididamente, apartarse así, incluso para unas vacaciones, no era nada prudente. En su ausencia podría abandonarla del todo por otra muchacha, y si eso sucedía sería culpa de ella misma, de la propia Roberta. Inmediatamente se preguntó qué excusa podría dar para regresar este mismo día. Pero dándose cuenta de que, en vista de todos los preparativos, su marcha parecería irrazonable, sobre todo a su madre, decidió aguantar, como había pensado, hasta la tarde de Navidad, y después regresar para no dejarlo nunca de nuevo durante un período tan largo.

Pero mientras tanto todos sus pensamientos giraban en torno a cómo sentirse segura del interés continuado de Clyde, así como de su apoyo social y sentimental con el consiguiente matrimonio. Y suponiendo que él le hubiese mentido, ¿cómo podría ella influir sobre él para que no volviese a hacerlo de nuevo? ¿Cómo hacerle sentir que esta mentira entre ellos no estaba bien? ¿Cómo arraigar en su corazón frente a los sueños engendrados por los posibles encantos de otra?

¿Cómo, cómo?



CAPÍTULO 30

Pero el regreso de Roberta a Lycurgus y a su habitación en casa de los Gilpin la noche de Navidad no se vio acompañado de señal ni explicación algunas por parte de Clyde. Entretanto había tenido lugar una complicación relacionada con los Griffiths que si ella o Clyde hubiesen sabido de antemano les habría interesado a ambos no poco. Tras el baile de los Steele, aquella misma gacetilla leída por Roberta cayó bajo los ojos de Gilbert. Estaba sentado tomando el desayuno el domingo que siguió a la reunión y se disponía a tomarse una taza de café cuando vio la noticia. En el mismo instante sus dientes chocaron con el mismo chasquido que puede producir una persona al cerrar la tapa del reloj, y en lugar de beber depositó la taza sobre la mesa y examinó la gacetilla con más cuidado. No había nadie más que su madre en la habitación con él, pero sabiendo que ella más que
 



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ninguno de los otros compartía sus puntos de vista con respecto a Clyde, le pasó el periódico.

—Mira quién ha entrado ahora en sociedad —le dijo con rudo sarcasmo mientras el brillo de sus ojos daba a conocer la dura oposición que sentía—. Dentro de nada le tendremos aquí también nosotros.

—¿A quién? —preguntó la señora Griffiths, y tomó el periódico y examinó la gacetilla calmosa y escrutadoramente, pero no sin una ligera expresión de sorpresa cuando leyó el nombre.

Pues aunque el hecho de que Clyde había sido recogido por Sondra en su coche poco tiempo antes y más tarde invitado a cenar en casa de los Trunbull había sido comunicado a la familia algún tiempo antes, una noticia de sociedad en La Estrella era diferente.

—Lo que me pregunto es cómo ha conseguido ser invitado —reflexionó la señora Griffiths, que no dejaba de darse cuenta de cuál era el estado de ánimo de su hijo con respecto al asunto.

—¿Quién va a ser sino esa descarada de Sondra, ese renacuajo estúpido? —contestó Gilbert— Se ha formado la idea no sé cómo, quizás a causa de Bella, de que no queremos tener nada que ver con él, y piensa que es una manera de molestarme y vengarse así de alguna de las cosas que yo le he hecho o que cree que le he hecho. De todos modos ella cree que no me gusta y en eso tiene razón, porque no me gusta en absoluto y Bella lo sabe también. Y lo mismo digo con respecto a esa estúpida de Bertine. Las dos están siempre con Bella. No son más que una partida de niñas tontas y lo mismo puede decirse de sus hermanos, y algún día les va a pasar algo malo. Acuérdate de lo que te digo. Ninguno de ellos trabaja en lo más mínimo y se pasan todo el año jugando y bailando y corriendo de un sitio a otro como si no hubiera otra cosa que hacer. Y lo que no puedo comprender es cómo papá y tú permitís que Bella haga otro tanto.

Al oír esto su madre protestó. No le era posible apartar a Bella totalmente de este grupo de la sociedad local y dirigirla exclusivamente hacia los hogares de otras personas. Todo el mundo estaba muy mezclado, y además Bella se iba haciendo mayor y estaba acostumbrándose a pensar por su cuenta.

A pesar de la disculpa de su madre y sobre todo después de la publicación de esta gacetilla, la oposición de Gilbert a las ambiciones y oportunidades sociales de Clyde no disminuyó lo más mínimo. ¿Cómo ese desgraciado primillo suyo había realizado en primer lugar la enorme ofensa, imperdonable, de parecérsele, y en segundo lugar de venir allí y unirse a una familia tan superior?

Y eso a pesar de que le había mostrado con toda claridad desde el primer momento que no sentía la menor simpatía por él, que no le necesitaba y que no le soportaría ni un solo momento a su lado si de él dependiera.

—No tiene ningún dinero —declaró por último y muy amargamente a su madre— y está aquí cogido por los cabellos, como si dijéramos. ¿Y para qué todo esto? Si esta gente lo recoge, ¿qué puede él hacer? Desde luego, no tiene dinero para vivir como ellos ni tampoco puede conseguirlo. Y aunque pudiera, su trabajo aquí no le permitiría ir a muchos sitios, a menos que alguien se tomase la molestia de darle una paga. Y no sé cómo va a arreglárselas para desempeñar su trabajo y poder alternar con toda esa pandilla, que siempre está dispuesta a hacer algo nuevo.
 



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En realidad estaba pensando si Clyde pensaba formar parte del grupo de una manera regular, y en ese caso, ¿qué hacer? Porque si iba a ser encumbrado de esa forma, ¿cómo él mismo o su familia iban a evitar mostrarse educados con él? Pues obviamente, como habían de mostrar los acontecimientos, su padre no iba a consentir que se le mantuviera al margen.

En realidad, a continuación de esta charla, cuando la señora Griffiths puso el periódico, así como una versión del punto de vista de Gilbert, delante de su esposo, en la misma mesa del desayuno, el señor Griffiths, fiel a su actitud original con respecto a Clyde, no se mostró inclinado a compartir la opinión de su hijo. Por el contrario, pareció, a juicio de la señora Griffiths, como si considerase el acontecimiento recogido en la gacetilla como una especie de justificación de las ideas que tuvo desde un principio al respecto.

—Debo decir —empezó él después de escuchar a su esposa hasta el fin— que no puedo ver qué hay de malo en que vaya a una reunión de vez en cuando o sea invitado aquí o allí aunque no tenga dinero. Es más un cumplido hacia él y hacia nosotros que otra cosa. Ya sé cómo piensa Gil. Pero a mí me parece que Clyde es mejor de lo que cree. De todos modos, no puedo ni quiero hacer nada para perjudicarle. Le dije que viniera aquí y lo menos que puedo hacer es darle oportunidad para mejorar de situación. Parece que está cumpliendo su trabajo a entera satisfacción. Además, ¿qué pensaría la gente si yo le tratase de otra forma?

Y más tarde, a causa de algunas observaciones adicionales por parte de Gilbert a su madre, añadió:

—Creo que es mucho mejor que vaya con gente distinguida que no con gente de clase baja; eso es indudable. Es un muchacho fino y educado, y por lo que sé, en la fábrica trabaja bien. En realidad creo que habríamos hecho mejor si le hubiésemos invitado a venir al lago el verano pasado durante algunos días, como yo sugerí. Tal como están las cosas, si no hacemos algo pronto, parecerá como si creyéramos que no es lo bastante bueno para nosotros cuando, en cambio, las demás gentes opinan que lo es para ellos. Si queréis mi consejo, deberíais invitarle aquí en Navidad o en Año Nuevo para demostrar que no le tenemos en menos de lo que le tienen nuestros amigos.

Esta sugerencia, una vez le fue comunicada a Gilbert por su madre, hizo que éste exclamara:

—¡Bueno, que me cuelguen! De acuerdo, pero que no piensen que voy a llegar al extremo de mostrarme amable con él. Es asombroso, si papá piensa que su sobrino es tan capaz, que no le proporcione una posición sólida en alguna parte.

Al mismo tiempo, es posible que nada hubiese salido de esto a no ser que Bella, al regresar aquel mismo día de Albany, no se hubiese enterado, por visitas y conversaciones telefónicas con Sondra y Bertine, de lo ocurrido en relación con Clyde, así como que había sido invitado al baile de la víspera de Año Nuevo en casa de los Ellerslie, en Schenectady, baile al que Bella había sido invitada antes de pensar en Clyde.

Esta súbita complicación, una vez comunicada por Bella a su madre, resultó de suficiente importancia para hacer que la señora Griffiths y Samuel, aunque no Gilbert, decidieran comportarse lo mejor posible en una situación que, con toda evidencia, les ha-bía sido impuesta, e invitar ellos mismos a Clyde a cenar el día de Navidad, expediente tranquilizador con el que estaban relacionados muchos otros asuntos. Pues esto, como
 



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decidieron entonces, serviría para poner en claro delante de los demás invitados que Clyde no era tan ignorado como algunas personas pudieran imaginar. Era lo único razonable que se podía hacer en esta fecha ya tan atrasada. Y Gilbert, al enterarse de esto y darse cuenta de que se veía acorralado, exclamó agriamente:

—Oh, muy bien. Invitadle si queréis, si ésa es la forma en que papá y tú veis la cuestión, aunque yo no veo necesidad alguna de hacerlo. Pero, en fin, eso es cosa vuestra. Constance y yo nos vamos a Utica por la tarde; así es que yo no puedo estar aquí.

Estaba pensando en lo ultrajante que era que una muchacha a la que tenía tanta antipatía como Sondra pudiera así, mediante sus conspiraciones y manejos, echarle encima a su propio primo sin que él pudiera evitarlo. ¡Y que un mendigo como Clyde tratase de incorporarse solapadamente a un lugar donde sabía que no se le quería en lo más mínimo! ¡Vaya un individuo!

Y de esta forma sucedió que el lunes por la mañana Clyde recibió otra carta de los Griffiths, esta vez firmada por Myra, pidiéndole que fuese a comer con ellos a las dos de la tarde del día de Navidad. Como esa hora no parecía interferir de momento con su reunión con Roberta a las ocho, meramente se entregó a un extremo regocijo con respecto a todo lo que sucedía, viendo que por fin iba a situarse socialmente tan bien como cualquier otro. Pues aunque no tenía dinero, no había más que ver cómo estaba siendo recibido, y por los Griffiths también, aparte de todos los demás. Y Sondra se interesaba mucho por él, hablando y actuando como si estuviera dispuesta a declararse enamorada. Y Gilbert estaba acorralado por su popularidad social. ¿Qué había que decir de todo esto? Demostraba, tal como él sentía ahora, que por lo menos sus parientes no le habían olvidado o que, a causa de su éxito reciente en otras direcciones, juzgaban necesario mostrarse amables con él: era lo mismo que un laurel de victoria para un competidor. Contemplaba todo lo sucedido con el mismo placer que si durante su transcurso no se hubiese producido ningún paréntesis.



CAPÍTULO 31

Desgraciadamente, sin embargo, la comida de Navidad en casa de los Griffiths, a la que asistían los Starck y su hija Arabella, el señor y la señora Wynant, que en ausencia de su hija Constance y de Gilbert vinieron a comer con los Griffiths, los Arnold, Anthony, Harriet, Taylor y otras personas de nota en Lycurgus, de tal manera impresionó e incluso aterró a Clyde, que aunque dieron las cinco y luego las seis, se sintió completamente incapaz de marcharse o de pensar en sus obligaciones con respecto a Roberta. Incluso cuando, poco antes de las seis, la mayor parte de los invitados empezó a levantarse y a despedirse y marcharse (y cuando también él debería haber hecho lo mismo pensando en su cita con Roberta), al ser abordado por Violet Taylor, que formaba parte del grupo de los jóvenes, y que empezó a hablar de una fiesta que se celebraría aquella misma tarde en casa de los Anthony, agregando muy insistentemente «usted va a venir también, ¿no es verdad?», él accedió de inmediato, aunque su promesa a Roberta le hizo recordar que ella probablemente estaría ya de vuelta y esperándole. Pero todavía le quedaba tiempo, ¿no era así?

Sin embargo, una vez en casa de los Anthony, y hablando y bailando con diversas
 



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chicas, la obligación se le olvidó. Pero a las nueve de la noche comenzó a preocuparle un poco. Ya a esa hora ella debía de estar en su habitación preguntándose qué le habría sucedido. Y además en la noche de Navidad. Y después de haber estado fuera tres días seguidos.

Interiormente se puso más y más inquieto y turbado, mientras que por fuera mantenía el mismo espíritu jovial que le había caracterizado durante toda la tarde. Afortunadamente para su estado de ánimo, este mismo grupo, tras haber bailado todas las noches de la semana pasada casi hasta el agotamiento, se sintió entonces rendido por el cansancio y a las once y media se dispersó. Y después de haber acompañado a Bella hasta su puerta, Clyde se apresuró a dirigirse a la calle Elms para ver si por casualidad Roberta estaba todavía despierta.

Cuando se acercó a casa de los Gilpin percibió a través de los arbustos y árboles cubiertos de nieve el resplandor de su lámpara.

Y en aquel momento, sintiéndose turbado por lo que tendría que decir y cómo excusarse por este retraso inexplicable, se detuvo cerca de uno de los grandes árboles que bordeaban la calle, debatiendo consigo mismo qué alegar. ¿Insistiría en que había estado de nuevo en casa de los Griffiths, o dónde? Pues según su historia previa acababa de estar allí el pasado viernes. En los meses anteriores en que no tenía contactos sociales, sino que se limitaba a urdir mentiras románticas en torno a ellos, las falsedades que le contaba a la muchacha no le producían molestias de ninguna clase. No eran reales y no le ocupaban ninguna parte de su tiempo ni interferían con ninguno de sus encuentros con ella. Pero ahora, en vista de la realidad de estas nuevas relaciones y de su significado para su futuro, era presa de la vacilación. Su rápida conclusión fue la de explicar su ausencia esta noche mediante una segunda invitación que había llegado más tarde y también diciendo que como los Griffiths estaban potencialmente a cargo de su bienestar material, se tornaba más y más un deber y no un placer ocioso el abandonarla de esta manera cuando ellos se lo ordenaban. ¿Es que podía acaso remediarlo? Y con esta verdad a medias en su mente, cruzó la nieve y llamó con suavidad en su ventana.

Inmediatamente se apagó la luz y un momento más tarde se alzó la cortina. Luego Roberta, que había estado meditando dolorosamente, abrió la puerta y le dejó entrar, habiendo primero encendido una bujía como era su costumbre, con objeto de evitar en lo posible que pudiesen verla, y al punto dijo él en un susurro:

—¡Estos líos de la alta sociedad están empezando a ser un fastidio, querida! Nunca vi una ciudad como ésta. Una vez que Vas con estas gentes a un sitio para hacer una cosa, siempre quieren que hagas otra más. Están siempre dispuestos a divertirse. Cuando fui allí el viernes —se refería a su mentira acerca de haber ido a casa de los Griffiths— pensé que ya sería la última vez hasta después de las vacaciones. Pero ayer, recibí una nota diciendo que me esperaban sin falta hoy mismo para comer.

»Y hoy, cuando pensé que la comida empezaría a las dos —continuó explicando— y acabaría a tiempo para poder estar aquí a las ocho como te prometí, resulta que no empezó hasta las tres, y no ha terminado hasta hace unos pocos minutos. ¿No es el colmo? Hace ya cuatro horas que estaba deseando venir. ¿Cómo lo has pasado tú, querida? ¿Te has divertido? Espero que sí. ¿Les gustó el regalo que te di?

Disparó todas estas preguntas, a las cuales ella contestó con breves y sombrías
 



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respuestas, sin dejar de mirarle todo el tiempo como si dijera: «Oh, Clyde, ¿cómo puedes tratarme así?».

Pero Clyde estaba tan interesado por su propia coartada y por la manera de convencer a Roberta de la verdad de su historia, que ni antes ni después de quitarse su abrigo, su bufanda y sus guantes y alisarse el cabello, la miró directamente ni con ternura, ni en realidad hizo nada que pudiera demostrar a la muchacha que estaba de verdad encantado de verla de nuevo. Por el contrario, estaba tan nervioso y en parte turbado, que a pesar de sus expresiones y actos ella podía darse cuenta de que, aparte de mostrarse alegre por verla de nuevo, estaba más interesado por sí mismo y por su retraso que por ella. Y aunque al cabo de unos pocos momentos la tomó en sus brazos y apretó sus labios contra los de ella, con todo, lo mismo que el sábado, Roberta pudo darse cuenta de que sólo estaba con ella en parte. Otras cosas, los asuntos que le habían mantenido lejos de ella el viernes por la noche y aquella misma noche, estaban perturbando sus pensamientos y los de ella misma.

Le miró sin creerle, aunque sin desear dejar de creerle del todo. Muy bien podía haber estado en casa de los Griffiths, tal como decía, y también éstos podían haberle retenido. Y también era posible que no hubiese estado allí. Pues ella no podía dejar de acordarse de que el sábado pasado dijo que había estado en casa de sus tíos el viernes, mientras el periódico, por otra parte, afirmaba que había estado en Globersville. Pero si le preguntaba ahora con demasiada insistencia, ¿no se enfadaría y le diría todavía más men-tiras? Pues después de todo ella no podía evitar pensar que, aparte del amor que él tuviera por ella, no tenía ningún derecho sobre él. Pero no podía imaginarse en forma alguna que Clyde hubiera cambiado tan rápidamente.

—Entonces por eso no has venido esta noche, ¿no es verdad? —preguntó ella con más irritación de la que hubiese demostrado con él en ninguna otra ocasión anterior—. Creo que me dijiste y me aseguraste que no permitirías que nada se interpusiera — continuó con un poco de amargura.

—Cierto, así lo hice —admitió él— Y habría venido, de no ser por la carta que recibí. Tú sabes que yo no permitiría que se interpusiera ninguna persona, excepto mi tío, pero no pude desairarlos cuando me invitaron a su casa el día de Navidad. Es algo muy im-portante. No parecería bien, especialmente teniendo en cuenta que tú ibas a estar aquí esta tarde, ¿no te parece?

La manera y el tono en que dijo esto demostraron a Roberta con claridad qué importancia concedía él a esta relación con sus parientes y cuán insignificante tendría que parecerle ella en comparación con estas relaciones. Entonces se le ocurrió que a pesar de todo el entusiasmo y de las demostraciones del muchacho en un principio, posiblemente ella significó mucho menos en su estimación de lo que había juzgado. Y eso significaba que todos los sueños y sacrificios hasta entonces habían sido en vano. Se quedó aterrada.

—Bueno, de todas formas —continuó ella dubitativamente en vista de lo que estaba sucediendo—, ¿no crees tú, Clyde, que podrías haber dejado una nota advirtiéndome lo que iba a pasar para que yo estuviese enterada en el mismo momento de llegar?

Preguntó esto suavemente, no deseando irritarle demasiado.

—Pero te acabo de decir, querida, que no esperaba retrasarme tanto. Creí que todo terminaría como máximo a las seis de la tarde.
 



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—Sí, ya lo sé, pero de todos modos...

El rostro de Roberta adoptó una expresión turbada y nerviosa, en la que estaban mezclados el miedo, la pena, la depresión, la desconfianza, el arrepentimiento y un rastro de desesperación, todo lo cual se traslucía en sus ojos, que estaban ahora fijos en él abiertos y solemnes. Ello le hizo sufrir con la sensación de que la había maltratado y engañado no poco. Y como sus ojos eran tan elocuentes, Clyde se sonrojó con un rubor que coloreó profundamente sus pálidas mejillas. Pero sin parecer darse cuenta ni recalcarlo de ninguna forma por el momento, Roberta añadió, al cabo de un instante:

—He visto que el periódico mencionaba la reunión de Globersville, y no decía que tus primas estuviesen allí. ¿Es que no estuvieron?

Por vez primera ella le preguntaba como si lo pusiera en duda, complicación ésta que Clyde apenas podría haberse imaginado de la muchacha hasta aquel entonces, y más que ninguna otra cosa, ello le turbó y le irritó.

—Desde luego que estuvieron —replicó falsamente—. ¿Qué necesidad tienes de preguntarlo otra vez si yo te dije que estuvieron allí?

—Bueno, querido, no quería insinuar nada. Sólo era por enterarme. Pero noté que el periódico mencionaba a todas las otras personas de Lycurgus de las que siempre estás hablando, esto es, Sondra Finchley y Bertine Cranston. Tú no mencionaste más que a los Trunbull.

Su tono hizo que él se encrespara y se enfadase, como Roberta notó muy bien.

—Sí, yo también lo he leído, pero no es así. Si ellas estaban allí, yo no las vi. Los periódicos no siempre dicen la verdad,

A pesar de un cierto enfado e irritación por verse atrapado de esta forma, su manera de reaccionar no resultaba convincente y él lo sabía. Y empezó a enfadarse por el hecho de que ella le hiciera tantas preguntas. ¿Por qué tenía que preguntarle? ¿No era él una persona de suficiente importancia para moverse en este nuevo mundo sin necesidad de intromisiones?

En lugar de desmentirle o de seguir haciendo reproches, ella se limitó a mirarle con una expresión de anhelo ultrajado. Ahora no le creía del todo, pero tampoco desconfiaba totalmente. Una parte de lo que él decía era tal vez verdad. Más importante era que él la respetase lo bastante para no mentirle ni tratarla de mala manera. Pero, ¿cómo iba a conseguirlo si Clyde no quería mostrarse sincero ni amable? Se apartó de él unos cuantos pasos y con un gesto de impotencia dijo:

—Oh, Clyde, no tienes por qué contarme nada. ¿Es que no lo sabes? No me importaría que fueses adonde quisieras, pero que me lo dijeses de antemano y no me dejases así tan sola en una noche de Navidad. Eso es lo que me hiere.

—Pero es que te estoy diciendo la pura verdad, Bert —reiteró él enojadamente—. Yo no tengo la culpa de que los periódicos digan las cosas equivocadas. Los Griffiths estuvieron allí, y puedo probarlo. Hoy he venido tan pronto como me ha sido posible. ¿Por qué tienes que enfadarte de esta manera? Ya te he dicho cómo han sucedido las cosas. Yo no puedo hacer siempre lo que más me gusta. Me llamaron en el último minuto y quisieron que fuese sin falta. Y hasta ahora no he podido librarme de ellos. ¿Qué necesidad hay de formar tanto alboroto por una cosa así?

Se  quedó  mirándola  desafiante,  mientras  Roberta,  acorralada,  se  veía  en  un
 



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verdadero apuro sobre la forma de proceder. La gacetilla acerca de la víspera de Año Nuevo estaba en su mente, pero comprendía que no sería prudente decir nada más por ahora. Más desgarradoramente que nunca estaba ahora identificando al muchacho con aquella vida alegre de la que él, pero no ella, formaba parte. Y vacilaba también ante hacerle comprender cuán dura era la tortura de los celos que ahora estaban empezando a asaltarla. Ellos lo pasaban muy bien en aquel mundo hermoso, él y las demás personas a las que él conocía, pero a ella no le quedaba nada.

Y además en estos últimos tiempos él estaba siempre mencionando a aquella Sondra Finchley y aquella Bertine Cranston de las que hablaban los periódicos. ¿Era quizá una de aquéllas por quien Clyde estaba interesado?

—¿Te gusta esa señorita Finchley? —preguntó ella de pronto, mirándole en la sombra con deseos de obtener alguna pequeña satisfacción, alguna pequeña luz en este apuro que la torturaba.

Inmediatamente Clyde comprendió la importancia de la pregunta, que revelaba un interés mal disimulado, una sensación de celos y de impotencia, todo ello más en la voz de la muchacha que en la expresión de su rostro. Había algo suave, implorante y triste en su voz algunas veces, especialmente cuando estaba muy deprimida. Al mismo tiempo se vio ligeramente sobrecogido por la exactitud con que ella parecía fijarse en Sondra. Inmediatamente comprendió que no convenía que ella se enterase, porque eso la irritaría. Al mismo tiempo la vanidad con respecto a su posición social, que hora por hora parecía irse volviendo más segura, le impulsó a decir:

—Oh, claro que me gusta. Es muy bonita y baila muy bien. Y tiene muchísimo dinero y se viste con mucho gusto.

Estuvo a punto de añadir que aparte de esto Sondra no le atraía de ninguna otra forma, pero Roberta, percibiendo algo del verdadero interés que él sentía por aquella muchacha, así como el hondo abismo que se extendía entre ella y el mundo de Clyde, exclamó súbitamente:

—Sí, ¿y quién no tendría ese gusto, con todo el dinero de que dispone? Si yo tuviese tanto dinero, también podría vestir muy bien.

Y para asombro e incluso terror del muchacho, en este punto su voz se alzó de repente en un tono vibrante, rompiéndose luego como en un sollozo. Y como pudo ver y comprender al mismo tiempo, ella estaba herida, terrible y penosamente herida, con el corazón destrozado y celoso; y al punto, aunque su primer impulso fue mostrarse otra vez enfadado y desafiante, su humor de pronto se suavizó. Pues ahora le apenaba no poco que alguien de quien hasta entonces él había estado tan enamorado tuviese que sufrir por causa suya, pues él conocía por experiencia el dolor de los celos a causa de Hortense. Casi podía verse a sí mismo en el lugar de Roberta. Y por esta razón, si no por otra, dijo ahora con mucha dulzura:

—Vamos, Bert, como si yo te fuera a hablar de ella o de alguna otra para hacerte sufrir. No he querido decir que esté especialmente interesado por ella. Lo único que he hecho es explicarte las razones de que ella me guste, eso es todo.

—Sí, ya lo sé —replicó Roberta, tensa y nerviosa delante de él, con la cara blanca, las manos cruzadas con fuerza y mirándole dubitativamente a la par que como implorándole—. Pero ellas tienen todo lo que quieren. Tú sabes que sí. Y yo no tengo
 



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nada, nada. Y para mí es imposible defenderme contra ellas, con todo lo que ellas tienen. Su voz se rompió, y cesó de hablar, con los ojos llenos de lágrimas y los labios

temblorosos. Rápidamente ocultó el rostro entre las manos y dio media vuelta mientras los hombros le temblaban. En verdad su cuerpo estaba ahora desgarrado por los sollozos más desesperados y convulsivos, hasta el punto que Clyde, perplejo y atónito por este despliegue repentino de una emoción avasalladora y poderosa, se sintió también profundamente conmovido. Porque, evidentemente, esto no era ningún truco o escena destinada a influir sobre él, sino más bien una súbita y abrumadora visión de ella misma, tal como él podía percibir, de una muchacha solitaria y aislada, sin amigas ni perspectivas de tenerlas, en contraste con aquellas otras por las que él estaba ahora tan interesado y que tenían muchísimas más cosas; en realidad lo tenían todo. Pues detrás de Roberta se acumulaban todos los años solitarios y míseros que habían entristecido su juventud y que ahora se mostraban tan vividos a causa de su reciente visita. En verdad, ella estaba intensamente conmovida, de una manera abrumadora y sin esperanza.

Y entonces desde el mismo fondo de su corazón, ella exclamó:

—¡Si yo hubiese tenido alguna vez una oportunidad semejante, si yo hubiese estado alguna vez en algún sitio o visto algo! Pero ser criada en el campo y sin dinero, ni ropas, ni nada, ni nadie que te enseñe nada...

En el momento en que dijo estas cosas se arrepintió inmediatamente y se avergonzó por haber hecho una confesión tan débil y autocondenatoria, puesto que eso era lo que estaba turbándole a él en relación con ella, no cabía duda.

—Oh, Roberta, cariño —dijo al instante y con ternura, poniendo sus brazos en torno a ella, genuinamente conmovido por el abandono que él mismo sentía—. No debes llorar de esta manera, querida. No debes. Yo no quería herirte, de verdad que no quería. Sinceramente no quería, querida. Ya sé que lo has pasado muy mal, cariño. Ya sé lo que sientes y cómo has tenido que luchar contra las cosas de una manera o de otra. Claro que lo sé, Roberta, y no debes llorar, querida. Yo te sigo queriendo lo mismo. De verdad que te sigo queriendo y siempre te querré. Lo siento si te he ofendido, sinceramente lo siento. No he podido evitar no venir esta noche, sinceramente, ni tampoco el viernes pasado. La verdad es que no fue posible. Pero no volveré a hacerlo si puedo evitarlo. Sinceramente no volveré. Tú eres la muchacha más dulce y más querida para mí. Y tienes un cabello y unos ojos tan bonitos, y una figura tan hermosa. De verdad que los tienes, Roberta. Y sabes bailar tan bien como pueda bailar cualquiera. Y eres tan linda como la que más, de verdad que lo eres, querida. ¿Quieres no llorar más, cariño? Por favor, no llores. Lo siento muchísimo, nena, si te he ofendido de alguna forma.

Había a veces en Clyde cierta disposición para la ternura causada por experiencias, desengaños y dificultades en su propia vida, que salía a relucir en circunstancias como éstas. En tales momentos tenía una voz suave y acariciadora. Sus maneras eran tiernas y gentiles como las de una madre con su pequeño. Atraía a una muchacha como Roberta intensamente. Al mismo tiempo esta emoción en él, aunque vivida, era breve. Era como el trueno de una tormenta de verano que pronto viene y pronto se va. Pero en este caso fue suficiente para hacer que Roberta sintiese que él la entendía totalmente y simpatizaba con ella y quizá la quisiese tanto más a causa de ello. De todos modos las cosas no iban tan mal de momento. Ella le tenía, así como tenía su amor y su simpatía hasta un grado muy
 



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elevado, y a causa de esto y del gran consuelo que ella encontraba y de sus palabras apaciguadoras, empezó a secarse los ojos, a decir que lamentaba que él pensase que era una llorona y que la perdonase porque al llorar había mojado la camisa impecable que él llevaba. No volvería a hacerlo más si Clyde la perdonaba ahora, el cual, mientras tanto, movido por una pasión que apenas creía que pudiese estar en su interior, continuaba ahora besándole las manos, las mejillas y finalmente los labios.

Y entre estos lloros e imprecaciones y besos fue él quien le aseguró a la muchacha, muy falsamente en este caso (puesto que en realidad quien le importaba era Sondra, de una manera que, aunque diferente, era igual de vital, quizá más todavía), que él la seguía considerando como en el primer momento, la última y la primera en su corazón, siempre, siempre. Una declaración que hizo que ella sintiera que quizá, después de todo, podía haberle juzgado mal, hasta el punto que su posición, si así podía llamarse, era más segura si no más maravillosa que antes, muy superior a la de aquellas otras muchachas que quizá podían verle en sociedad, pero a las que él no amaba.



CAPÍTULO 32

Clyde formaba ahora parte de la escena social de la temporada de invierno. Habiéndole presentado los Griffiths a sus amigos y conocidos, se siguió como un hecho normal el que fuera recibido en muchos hogares. Pero en este ambiente muy limitado, donde todo el mundo conocía a todo el mundo, la riqueza de una persona era tan considerada, y en algunos casos aún más, que las relaciones sociales. Pues estas familias distinguidas estaban convencidas de que no sólo el rango familiar sino el dinero era el sésamo milagroso que abría el camino de la felicidad para toda unión afortunada. Y en consecuencia, aunque considerando a Clyde elegible desde el punto de vista social, con todo, como se había susurrado que sus medios eran muy exiguos, no se sentían inclinadas a considerarle como yerno. De aquí, por tanto, que mientras se mostraban dispuestas a abrumarle con invitaciones, sin embargo, por lo que se refería a sus propias hijas y a las de sus amigos, abundaban advertencias en cuanto a la prudencia de frecuentarlo.

No obstante, como la disposición de Sondra y de su grupo era bastante amistosa, y las observaciones y comentarios de los amigos y de los padres no eran todavía demasiado definidos, Clyde continuó recibiendo invitaciones del tipo que a él le interesaban, es decir, para reuniones que empezaban y terminaban con un baile. Y aunque su bolsa era flaca, sin embargo se las arreglaba bastante bien. Pues una vez que Sondra se interesó por él, no tardó en darse cuenta del estado financiero del muchacho y se preocupó por conseguir que la amistad que Clyde sentía por ella le resultase lo menos costosa posible. Y a causa de esta actitud por su parte, que sucesivamente fue adoptada por Bertine, Grant Cranston y otros, Clyde podía, especialmente cuando la reunión era local, ir aquí y allí sin tener que gastar dinero. Incluso cuando la reunión era fuera de Lycurgus y él consentía en ir, algún coche era enviado para recogerle.

Frecuentemente, como después de la excursión en la víspera de Año Nuevo a Schenectady, que resultó ser una salida de verdadera importancia, tanto para Clyde como para Sondra, puesto que en aquella ocasión ella se comportó todavía más cariñosamente
 



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que antes, era la misma Sondra la que solía recogerle en su coche. Pues en verdad él había conseguido impresionarla. Y de una manera que era la que más halagaba la vanidad de la muchacha, al mismo tiempo que se avenía muy bien con el rasgo más fino que había en ella, esto es, un cálido deseo de tener a alguien, algún joven como Clyde, que era a la vez atractivo y de rango social, dependiendo por completo de ella. Sabía que sus padres no aprobarían nunca unas relaciones entre ella y Clyde a causa de la pobreza de este último. Desde un principio ella había excluido unas relaciones de esta índole, aunque ahora se sorprendía a sí misma deseando que pudiera ocurrir algo por el estilo.

Pero ninguna oportunidad para intimidades mayores ocurrió hasta una noche dos semanas después de la reunión de Año Nuevo. Regresaban de una fiesta similar celebrada en Amsterdam, y después que Bella Griffiths, Grant y Bertine Cranston fueron llevados a sus respectivos hogares, Stuart Finchley dijo:
—Ahora le llevaremos a su casa, Griffiths.

Inmediatamente Sondra, encantada por la compañía de Clyde y no deseando despedirse tan pronto, dijo:

—Si quiere venir a casa, le haré un poco de chocolate antes de que se vaya. ¿Le gustaría?

—Oh, sí —contestó Clyde alegremente.
—Vamos, entonces —dijo Stuart, dirigiendo el coche hacia la casa de los Finchley—.
Pero lo que es yo, pienso acostarme. Son ya más de las tres.

—Eso es lo que se llama ser un buen hermano. Mientras se duerme aumenta la hermosura —replicó Sondra.

Y habiendo metido el coche en el garaje, los tres entraron en la cocina por la puerta trasera. Una vez su hermano se retiró, Sondra le dijo a Clyde que se sentara a la mesa de los criados mientras ella traía los ingredientes. Pero él, impresionado por todo aquel equipo culinario, como no había visto nunca otro, no dejaba de mirar, asombrándose por la riqueza que todo ello daba a entender.

—Caramba, ésta sí que es una cocina hermosa —observó él— Podrán ustedes cocinar aquí un montón de cosas, ¿no es así?

Y ella, dándose cuenta de que él no estaba acostumbrado a instalaciones de esta categoría antes de venir a Lycurgus y que por tanto era todavía mucho más fácil impresionarlo, replicó:

—¡Oh, no sé! ¿Es que todas las cocinas no son tan grandes como ésta?

Clyde, pensando en la pobreza que él había conocido, y suponiendo por tanto que ella apenas conocía nada que fuese más pequeño que esto, se sintió tanto más sobrecogido por el mundo al que ella pertenecía. ¡Qué medios! Pensar sólo estar casado con una muchacha semejante, a la que le parecía lo más natural del mundo una cosa así. Uno tendría que tener un cocinero y criados, una gran casa y un coche, no trabajar para nadie, y sólo dar órdenes y más órdenes, un pensamiento que le imponía enormemente. Todo ello hacía que los estudiados gestos y poses de la muchacha le parecieran tanto más impresionantes. Y ella, dándose cuenta de la importancia que todo ello tenía para Clyde, se sintió inclinada a exagerar la familiaridad que tenía con estas cosas. Para él, más que para ninguna otra persona, como ella vio ahora, ella era como una estrella, un paradigma de lujo y de supremacía social.
 



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Habiendo preparado chocolate en una vulgar cacerola de aluminio, para impresionarle más buscó un pesado servicio de plata que estaba en otra habitación. Vertió el chocolate en una jarra ostentosamente adornada y lo llevó luego a la mesa y lo puso ante él. Luego, contoneándose a su lado, dijo:

—¿No tiene gracia? Me gusta muchísimo andar de esta manera por la cocina, pero sólo puedo hacerlo cuando no está el cocinero. No deja que nadie esté aquí mientras está trabajando.

—Oh, ¿así es? —preguntó Clyde, que no sabía nada de las maneras que adoptan los cocineros en las casas particulares, pregunta que convenció por completo a Sondra de que tenía que haber muy pocos medios en el mundo del cual él procedía. Sin embargo, como había llegado a significar tanto para ella, no estaba dispuesta de ninguna manera a retroceder. Y por eso, cuando finalmente él exclamó—: ¿No es maravilloso estar juntos como ahora, Sondra?

Figúrate que apenas he tenido una oportunidad para decirte una palabra a solas en toda la noche...

Ella replicó, sin sentirse en modo alguno irritada por la familiaridad:

—¿Tú crees? Me alegra que pienses así. —Y sonrió con una ligera suficiencia, aunque afectuosamente.

Y al verla ahora con su vestido de noche de satén blanco y cuentas de cristal, sus frágiles zapatitos balanceándose tan íntimamente cerca, su delicado perfume, se sintió lleno de agitación. En efecto, sus sueños estaban inflamados. La juventud, la belleza, una riqueza como ésta, qué no podrían significar. Y ella, sintiendo la intensidad de su admiración y contagiada en parte al menos por el embeleso y fervor que tan decididamente dominaban al muchacho, se sintió turbada hasta el punto de ver en él a alguien por quien podría sentir algo muy fuerte. ¿No eran sus ojos brillantes y oscuros, muy expresivos y ávidos? ¡Y su cabello! Tenía un aspecto tan atrayente cayendo así sobre su frente blanca. Deseaba podérselo tocar ahora, alisarlo entre sus manos y rozarle las mejillas. Y sus manos, que eran delgadas y sensibles y elegantes. Lo mismo que Roberta, y Hortense y Rita antes que ella, se dio cuenta de aquellas manos.

Pero él estaba ahora silencioso en un silencio tenso que temía romper con palabras.
Pues estaba pensando:

«Oh, si pudiera decirle cuán hermosa pienso que es. Si pudiera poner mis brazos alrededor suyo y besarla, y besarla, y besarla, y tomar también sus besos.»

Y de una forma extraña, considerando sus primeras aproximaciones a Roberta, el pensamiento carecía de lujuria, era sólo el deseo de abrazar y apretar un objeto perfecto. Realmente, sus ojos irradiaban con entera claridad este deseo y esta intensidad. Y aunque ella lo notaba y en parte la inquietaba, porque era el aspecto que más temía en Clyde, sin embargo, estaba intrigada hasta el extremo de desear conocer su significado profundo.

Y por eso le dijo en tono travieso:
—¿Hay algo que quieras decirme?

—Me gustaría decirte un montón de cosas, Sondra, si tú me dejaras —replicó él ávidamente— Pero me dijiste que no lo hiciera.

—Oh, desde luego que te lo dije. Y te lo dije tal como lo pienso. Me alegro de que lo tengas en cuenta.
 



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Hubo una sonrisa provocadora en sus labios y una mirada en sus ojos que parecía decir: «Pero tú realmente no creerás que yo opine así, ¿no es verdad?».

Sobrecogido por la sugerencia que había en sus ojos, Clyde se levantó y tomándola por las dos manos, mirándola a los ojos, dijo:

—Tú no lo crees en serio, ¿verdad, Sondra? No pensarás de esa forma. Oh, me gustaría tanto poderte decir todo lo que estoy pensando.

Sus ojos hablaban, y ella por su parte, consciente una vez más de cuán fácil resultaba inflamarle, y sin embargo no queriendo permitirle que procediera de acuerdo con sus deseos, se apartó de él y dijo:

—Oh, sí, desde luego que pienso de esa forma. Pero es que tú lo tomas todo demasiado en serio, ¿no es así?

Pero al mismo tiempo, y a pesar de ella misma, su expresión se relajó y sonrió una vez más.

—No puedo remediarlo, Sondra. ¡No puedo! ¡No puedo! —empezó él, ávidamente y con vehemencia—. Tú no puedes saber el efecto que me causas. Eres tan bella. Oh, lo eres. Tú sabes que lo eres. Pienso en ti todo el tiempo. Es la pura verdad, Sondra. Has hecho que esté loco por ti, tanto que apenas puedo dormir de tanto pensar en ti. Sí, estoy loco. Nunca voy a ninguna parte ni te veo en ningún sitio, pero siempre estoy pensando en ti. Incluso esta noche cuando te vi bailando con todos esos apenas pude soportarlo. Quería que estuvieses bailando conmigo y con nadie más. Tienes unos ojos tan maravillosos, Sondra, y una boca tan bonita y una barbilla, y una sonrisa tan encantadora.

Alzó las manos como para acariciarla con dulzura, pero luego las retiró, y al mismo tiempo miraba soñadoramente sus ojos como pudiera mirar un devoto los de un santo. Luego, súbitamente, puso sus brazos en torno a ella y la atrajo hacia sí. Ella, estremecida y seducida en parte por sus palabras, en lugar de resistir como habría hecho en cualquier otro caso, le miró fascinada por su entusiasmo. Estaba tan atraída y embelesada por la pasión que él sentía por ella que le parecía como si pudiera corresponderle como él deseaba, como si le importase mucho. Sí, mucho, muchísimo, con tal de atreverse. El también era maravilloso, aun cuando fuese pobre, mucho más intenso y dinámico que ninguno de los otros jóvenes a quienes ella conocía. ¿No sería maravilloso si, permitiéndolo sus padres y su rango social, pudiese compartir su pasión? Simultáneamente le vino el pensamiento de que si sus padres se enteraran no le sería posible continuar estas relaciones en forma alguna y mucho menos desarrollarlas o disfrutar de ellas en el futuro. Pero sin tener en cuenta ahora este pensamiento, que la detuvo y paralizó un instante, continuó deseándolo. Sus ojos se mostraban cálidos y tiernos, sus labios se curvaban en una graciosa sonrisa.

—Creo que no deberías decirme todas esas cosas. Sé que no deberías —protestó ella débilmente, pero mirándole con cariño—. No se debe hacer, lo sé, pero sin embargo...

—¿Por qué no? ¿Por qué no está bien, Sondra? ¿Por qué no, cuando te quiero tanto?
Sus ojos se nublaron de tristeza, y ella, al notarlo, exclamó con ternura:
—Oh, bien. —Después se detuvo—. Yo, yo...

Estuvo a punto de añadir: «No pienses que nos dejarán seguir estas relaciones», pero en lugar de eso se limitó a replicar:

—Me temo que no te conozco lo bastante bien.
 



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—Oh, Sondra, te quiero y estoy loco por ti. ¿Es que no te das cuenta de lo muchísimo que te quiero?

A causa de la incertidumbre expresada por ella, los ojos del muchacho estaban ahora ansiosos, asustados, tristes. Aquella mezcla produjo en la joven un intenso efecto. Meramente se limitó a mirarle en forma dubitativa, preguntándose cuál podría ser el resultado de un amor tan grande como éste. Y él, al notar la vacilación de sus ojos, la estrechó con más fuerza y la besó. En lugar de ofenderse, ella durante un momento se dejó ceñir por sus brazos llena de gozo y luego, de pronto, se apartó al darse cuenta de lo que le estaba permitiendo hacer al besarla de esta forma y lo que ello podría significar para él, pensamiento que al instante la hizo recobrar toda su entereza.

—Creo que será mejor que te vayas —dijo decididamente, aunque no sin amabilidad— ¿No crees?

Y Clyde, que estaba sorprendido y un tanto sobrecogido por su propia audacia, imploró más bien débilmente y en tono sumiso:

—¿Estás enfadada?

Y ella, dándose cuenta a su vez de aquella sumisión, que era la del esclavo por el dueño, y en parte complacida y en parte disgustada porque, como Roberta y Hortense, también ella prefería ser dominada a dominar, movió la cabeza negativamente y con cierta tristeza.

—Es muy tarde —fue todo lo que dijo sonriendo con ternura.

Clyde, dándose cuenta de que por alguna razón no debía decir nada más, no tuvo el valor o la persistencia para seguir adelante, sino que recogió su abrigo y mirándola triste, pero obedientemente, se marchó.



CAPÍTULO 33

Una de las cosas que Roberta descubrió pronto fue que sus intuiciones con respecto a Clyde no carecían de fundamento. Pues exactamente como antes, aunque con la excusa de que no tenía remedio, continuaron sucediéndose los mismos cambios de plan en el último momento y las ausencias imprevistas. Y aunque ella se quejaba a veces, o imploraba, o meramente se contentaba con silenciosos y no siempre evidentes ataques de melancolía, sin embargo no conseguía ninguna modificación o mejora efectiva. Pues Clyde estaba desesperadamente enamorado de Sondra y de ninguna manera podía ser conmovido por Roberta. ¡Sondra era demasiado maravillosa!

Al mismo tiempo, como estaba todas las horas del día en la misma habitación que Clyde, éste no podía menos de advertir algunos de los pensamientos que ocupaban la mente de la muchacha, pensamientos sombríos, tristes, desesperados. Y los remordimientos se apoderaban de él a veces en forma tan clara y desgarradora como si fuesen voces de acusación o de queja, tanto que él no podía remediar sugerirle como compensación que le gustaría verla y que iba a ir tal o cual noche si ella estaba esperándole. Y por triste que ella estuviese, seguía tan enamorada de él, que no podía resistirse a que fuera a verla. Y una vez juntos, el recuerdo del pasado, así como la habitación misma, no dejaban de tener su persuasión y por lo tanto su compulsión
 



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emotiva.

Pero anticipando insensatamente, como él hacía, un futuro más substancial que el que las circunstancias locales garantizaban, estaba más preocupado que nunca por que sus relaciones con Roberta pudiesen de alguna forma resultar contraproducentes. Suponiendo que Sondra alguna vez, de alguna manera, descubriese algo relacionado con Roberta, el resultado sería desastroso. O que Roberta se diese cuenta de la devoción que él sentía por Sondra y de esa forma desarrollase un resentimiento que la impulsase a denunciarle o a formarle un escándalo. Pues después del compromiso de la víspera de Año Nuevo, él aparecía con demasiada frecuencia por las mañanas en la fábrica con excusas de que a causa de alguna invitación de los Griffiths, Harriet u otros no podría cumplir un compromiso con ella aquella noche, compromiso que había contraído un día o dos antes. Y más tarde, en tres ocasiones diferentes, porque Sondra le había llamado para llevarle en su coche, él se había marchado sin decir una palabra, confiando en lo que pudiera ocurrírsele al día siguiente a manera de excusa para suavizar el asunto.

Pero por anómala, si no exactamente sin precedentes, que pueda parecer esta condición de simpatía y oposición mezcladas, dio nacimiento al final a un sentimiento en él de que pasara lo que pasase debía encontrar algún método para romper este lazo, incluso aun cuando ello lacerara a Roberta hasta el punto de la muerte (¿Por qué tenía él que preocuparse? Nunca le había dicho que se iba a casar con ella) o pusiera en peligro su propia posición en caso de que ella no se mostrara dispuesta a soltarle tan silenciosamente como él deseara. En otras ocasiones, todo esto le hacía sentir que en realidad él era una persona mezquina, desvergonzada y cruel por haberse aprovechado indebidamente de una muchacha que, siguiendo su propia manera de ser, nunca se habría visto envuelta en dificultades con nadie. Y esta última manera de pensar, a pesar de subterfugios y mentiras y abandonos mal disculpados y ausencias a causa de otros compromisos —tan extraña es la libido de la raza— le llevaba a poner en obra el mandato impuesto sobre Adán y su descendencia: «Tu deseo estará con tu compañera».

Pero sea dicho con referencia a las relaciones entre ambos, que en ninguna ocasión, debido a la inexperiencia de Clyde, así como a la de Roberta, tomaron precaución alguna más que los más sencillos, y en su mayor parte insatisfactorios, métodos anticonceptivos. Aproximadamente a mediados de febrero, y precisamente por la época en que Clyde, a causa del continuado favor de Sondra, había llegado al punto en que estaba determinado a acabar de una vez para siempre, no sólo su relación física con Roberta, sino cualquier otro trato con ella, la muchacha por su parte estaba comenzando a ver claramente que, a pesar del pasajero enamoramiento de él e incurable amor de ella, toda persecución que hiciera del muchacho era inútil, y que su orgullo de mujer se sentiría más satisfecho, aunque fuera a costa del dolor de su corazón, si se marchaba y se buscaba alguna ayuda financiera en cualquier otro sitio que le permitiese vivir y ayudar a sus padres y olvidar a Clyde si podía. Desgraciadamente para este proyecto, se vio obligada, con gran dolor y consternación, a entrar una mañana en la fábrica, justamente por este tiempo, con el rostro lleno de dudas y temores aún más graves y terroríficos de los que le habían asaltado hasta entonces. Pues ahora, además de sus propias conclusiones con respecto a Clyde, la había acometido aquella noche el sombrío y oprimente terror de que ni siquiera la ruptura sería ahora posible, al menos de momento. Porque a causa del afecto inagotable que había
 



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sentido por Clyde y al que había rendido todos sus sentimientos, en el momento que menos les convenía a ambos, estaba embarazada.

Desde el momento en que había cedido a su súplica, había llevado muy bien la cuenta de los días y siempre había podido felicitarse de que todo seguía bien. Pero ya hacía cuarenta y ocho horas que, a pesar de tener el tiempo calculado, no había habido ningún síntoma. Y cuatro días antes era la última vez que Clyde había estado con ella. Y su actitud en la fábrica era más remota e indiferente que nunca.

¡Y ahora esto!

Ella no tenía nadie más a quien volverse. Y él le mostraba ese humor lejano e indiferente.

A causa de su pánico, inducida por el miedo de que tanto con la ayuda de Clyde como sin su apoyo no podría salvarse fácilmente de la situación en que se encontraba, se imaginaba lo que pasaría en su casa, con su madre, sus parientes, todos los que la co-nocían, y cuáles serían sus pensamientos en caso de que una desgracia así sobreviniera ahora. Pues Roberta miraba con terror extremo la opinión de la sociedad en general y lo que otras personas pudieran decir. ¡El estigma de la concupiscencia no sancionada! ¡La vergüenza de un hijo ilegítimo! Era algo terrorífico, como ella había pensado siempre al escuchar a muchachas y mujeres hablar de la vida y del matrimonio y del adulterio y de las miserias que habían sobrevenido a las muchachas que se habían entregado a hombres y que a continuación habían sido abandonadas, al revés de lo que le ocurría a una mujer cuando estaba casada y sostenida por el amor y la fuerza de un hombre, un amor por ejemplo como el que su cuñado Gabel sentía por su hermana Agnes, y como el que sin duda alguna unió a su padre y a su madre en los primeros años del matrimonio, y el que Clyde había tenido por ella cuando tan fervientemente le había declarado que la amaba.

¡Pero ahora, ahora!

No podía permitir que ningún pensamiento relacionado con la actual actitud de Clyde la detuviera. Sin pensar en ninguna otra cosa, él tenía la obligación de ayudarla. Ella no sabría qué hacer en tales circunstancias, qué camino toman Y sin duda alguna, Clyde lo sabía. De todos modos éste le había dicho una vez que estaría a su lado en caso de que algo sucediera. Y aunque, por ser la primera vez, incluso al tercer día de llegar en estas condiciones a la fábrica, imaginó que podía estar exagerando el peligro y que quizá se trataba de algún trastorno o retraso físico, sin embargo a últimas horas de la tarde, no habiéndose producido cambio alguno, comenzó a sentirse presa de los más indecibles terrores. Todo el poco valor que hasta entonces la había animado empezó a romperse y a vacilar. Estaba totalmente sola, a menos que él acudiese ahora. Y ella necesitaba consuelo y buenos consejos, consejos de amor. ¡Oh, Clyde! ¡Clyde! ¡Si no se mostrase tan indiferente hacia ella! ¡Aquello no debía ser! El no podía portarse así. Había que hacer algo, y bien, con rapidez, pues de otra forma, Dios Santo, qué cosa tan terrible podría suceder.

Inmediatamente detuvo su trabajo entre las cuatro y las cinco de la tarde y se apresuró a retirarse al tocador. Y allí escribió una nota, apresurada, histérica, un garabato.

«Clyde, tengo que verte esta noche, sin falta. No puedes faltar, no debes. Tengo algo que decirte. Por favor, ven tan pronto como sea posible después del trabajo, o reúnete conmigo en cualquier parte. No estoy enfadada ni furiosa por nada. Pero tengo que verte esta noche, sin falta. Por favor, dime dónde.
 


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ROBERTA»

Y él, percibiendo algo nuevo, extraño y completamente aterrorizado en esta nota en el mismo momento en que la leyó, al punto alzó la vista hacia la muchacha y al ver su rostro tan blanco y tan desencajado le hizo una señal indicándole que se reuniría con ella. Pues a juzgar por su rostro, lo que tuviera que decirle había de ser de la mayor importancia para ella, ya que si no, no se explicaba aquella tensión y nerviosismo por su parte. Y aunque tenía un compromiso para más tarde, como recordó ahora preocupado, ya que tenía que cenar en casa de los Stark, sin embargo era necesario ver— la primero. Pero, ¿de qué se trataría? ¿Habría muerto alguien o estaría herido o le habría pasado algo a un familiar de Roberta?

A las cinco y media se puso en camino hacia el lugar convenido, preguntándose qué sería lo que la tenía tan pálida y preocupada. Pero al mismo tiempo se decía a sí mismo que si sus sueños con respecto a Sondra llegaban a realizarse no debía permitir ser atrapado de nuevo por ninguna simpatía o emoción, sino que debía mantener su nueva actitud distanciada con objeto de que Roberta advirtiese que ya él no la miraba como antes. Al llegar al sitio designado, a las seis de la tarde, la encontró apoyada contra un árbol en la sombra. Su aspecto era de desesperación y de angustia.

—¿Qué te pasa, Bert? ¿Por qué estás tan asustada? ¿Qué ha sucedido?

Incluso su afecto claramente en disminución fue estimulado de nuevo por la visible necesidad de ayuda de la muchacha.

—Oh, Clyde —dijo ella por último—, apenas sé cómo decírtelo. Sería tan terrible para mí si fuese verdad.

Su voz, tensa pero baja, era en sí misma una clara prueba de su angustia y de su incertidumbre.

—¿Por qué, qué es lo que pasa, Bert? ¿Por qué no me lo dices? —repitió él vivamente, pero con prudencia, adoptando un tono de displicente seguridad que no dominaba del todo en este caso— ¿Qué va mal? ¿Por qué estás tan excitada? Estás temblando.

Como nunca en su vida había tenido que enfrentarse con un apuro semejante, no se le ocurrió siquiera la verdadera dificultad. Al mismo tiempo, sintiéndose más bien distante por la manera en que había estado tratándola últimamente, estaba dudoso en cuanto a la actitud que debía adoptar en una situación así. Siendo sensible a los estímulos convencionales o morales como todavía lo era, no podía con todo pensar en nada deshonroso, aunque se vieran complicadas sus ambiciones más altas, sin un cierto grado de pena o al menos de vergüenza. Por otra parte, como también estaba ansioso por cumplir con su compromiso de asistir a aquella cena a la que había sido invitado y no retrasarse por este contratiempo, su tono tenía también algo de impaciencia. A Roberta no se le escapó.

—Tú sabes, Clyde —imploró ella a la vez con firmeza y con angustia, ya que la misma dificultad de su estado le daba ánimos para mostrarse atrevida y exigente—, que una vez me dijiste que si algo iba mal me ayudarías.

Inmediatamente, a causa de aquellas pocas últimas y, como él las consideraba ahora, fatales visitas a la habitación de la muchacha, en ocasión de las cuales con motivo de algún


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sentimiento que aún permanecía y del deseo por parte de ambos se había visto impulsado a entrar en relaciones físicas esporádicas y decididamente imprudentes con ella, se dio cuenta ahora de la dificultad. Y era una dificultad grave, urgente y peligrosa, si es que resultaba cierta. También él merecía censuras, y éste era un apuro verdadero que tenía que ser superado, y además rápidamente, a menos de tener que enfrentarse con un peligro todavía mayor. Sin embargo, al mismo tiempo, su muy reciente y sin embargo fortísima indiferencia le dispuso a suponer que podría ser poco más que una estratagema o una argucia amorosa o un poco de estrategia destinada a retener o reconquistar su interés a pesar de él mismo, pensamiento que sólo en parte se sintió dispuesto a aceptar. La actitud de la muchacha era demasiado lamentable y desesperada. Y con la primera turbia idea de cuán desastrosa resultaría una complicación así si pudiera esgrimirse contra él, empezó a sentirse más alarmado que irritado. Tanto fue así que exclamó:

—Sí, pero ¿cómo sabes tú que algo va mal? No puedes estar segura tan pronto, ¿no es así? ¿Cómo vas a poder? Probablemente estarás bien mañana, ¿no crees?

Al mismo tiempo su voz estaba empezando a sugerir la incertidumbre que sentía. —Oh, no, no lo creo, Clyde. Ojalá fuera de esa manera. Hace ya dos días completos,

y nunca me ha pasado una cosa así antes.

Su actitud al decir esto era tan lastimosa y de autoconmiseración que él no tuvo más remedio que rechazar el pensamiento de una intriga.

Al mismo tiempo, deseando no tener que afrontar un hecho tan descorazonador, añadió:

—Bueno, pero eso puede no significar nada. Hay muchachas que se retrasan más de dos días, ¿no es así?

El tono, que implicaba incertidumbre e incluso ingenuidad, cosas que previamente no habían parecido características suyas, fue suficiente para alarmar a Roberta hasta el punto de verse obligada a exclamar:

—Oh, no, no creo que sea así. De todos modos sería terrible si algo fuera mal. ¿Qué crees que debo hacer? ¿No sabes nada que pudiera tomar?

Inmediatamente, Clyde, que se había mostrado tan animoso y ávido al establecer estas relaciones y que había dado a Roberta la impresión de ser un joven sofisticado que sabía mucho más de la vida que ella, y al cual todos los peligros y dificultades de unas relaciones podían confiarse con entera seguridad, se vio en un aprieto terrible en cuanto a lo que convendría hacer. Efectivamente, tal como él mismo se daba cuenta ahora, estaba tan poco informado con respecto a los misterios del sexo y las posibles complicaciones derivadas de una situación semejante como podía estarlo cualquier joven de sus años. Cierto que antes de ir allí había estado en Kansas City y Chicago con botones de hotel como Ratterer, Higby, Hegglund y otros, y había escuchado muchas de sus jactancias y habladurías. Pero sus conocimientos, a pesar de todas sus fanfarronadas, como él sospechaba ahora, dependían de muchachas que eran tan descuidadas y tan poco expertas como ellos mismos. Y además de todo eso, aunque él no estaba de ninguna manera enterado con suficiente claridad, había poco más que rumores sobre específicos y preventivos con los cuales doctores desaprensivos y farmacéuticos sin escrúpulos embaucan a los Hegglund y Ratterer. Pero aun así, ¿dónde obtener tales cosas en una pequeña ciudad como Lycurgus? Desde que rompió con Dillard no tenía amigos íntimos y
 



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mucho menos de la suficiente confianza como para contar con su ayuda en una crisis semejante.

Lo mejor que se le ocurrió pensar por el momento fue en hacer una visita a algún farmacéutico local o de los pueblos de los alrededores que quisiera, por un precio determinado, suministrarle alguna receta útil o alguna información. Pero, ¿por cuánto dinero? Y, ¿cuáles serían los peligros de un proceder semejante? ¿Es que no iban a hablar? ¿No iban a hacer preguntas? ¿No iban a comentar con otras personas acerca de tales demandas o necesidades? Él se parecía tanto a Gilbert Griffiths, persona conocidísima en Lycurgus, que cualquiera que le tomara por Gilbert podría empezar a hablar del asunto y desencadenar así un escándalo.

Y esta terrible situación surgía ahora, cuando las cosas con Sondra habían avanzado hasta el punto de que ella le permitía ya que él la besara en secreto, y, más agradable todavía, exhibía pequeñas muestras de su afecto y de buena voluntad en forma de regalos de corbatas, un lápiz de oro, una caja de pañuelos, todo entregado a su puerta en su ausencia con una pequeña tarjeta con sus iniciales, obsequios que a él le habían hecho sentirse seguro de que su futuro con ella era más y más prometedor. Tanto más cuanto que incluso el matrimonio, suponiendo que su familia no se mostrase demasiado contraria y que a ella le durase su enamoramiento y su diplomacia, era algo que no estaba fuera de los límites de la posibilidad. Él no podía estar seguro, desde luego. Las verdaderas intenciones y el verdadero afecto de Sondra estaban hasta ahora velados tras una evasividad exasperante que hacía a la muchacha tanto más deseable. Sin embargo, todas estas cosas eran las que habían hecho que él sintiese que ahora debía, y además rápidamente, eliminar con la mayor habilidad y con la menor irritación posible su intimidad con Roberta.

Por esa razón, por tanto, anunció ahora, con fingida seguridad:

—Bueno, yo no me preocuparía más esta noche si estuviese en tu lugar. Puedes estar perfectamente, como sabes. No puedes estar segura. De todos modos necesito de un poco de tiempo para ver qué puedo hacer. Creo que podré conseguirte algo. Pero no te excites tanto.

Al mismo tiempo estaba muy lejos de sentirse tan seguro como manifestaba. En realidad estaba muy afectado. Su determinación original de cortar con ella se veía ahora complicada por el hecho de que tenía que hacer frente a un apuro que significaba verdadero peligro, a menos que por alguna argumentación él pudiera absolverse de cualquier responsabilidad en relación con la joven; una posibilidad que, en vista del hecho de que Roberta todavía trabajaba para él, de que él le había escrito algunas notas, y de que la palabra más mínima de ella precipitaría una investigación fatal, era suficiente para hacerle comprender que debía ayudarla con rapidez y sin que un soplo de información se filtrara en ninguna dirección. Al mismo tiempo hay que decir que a causa de todo lo que había habido entre ellos, él no presentó ninguna objeción en cuanto a atenderla de cualquier forma que pudiese, pero en el supuesto de que no pudiese (fue así como sus pensamientos discurrieron, hacia una conclusión adversa a todo ello y enteramente factible), bueno, entonces, ¿es que no era posible al menos negar que él había tenido relaciones de esta índole con Roberta y evadirse así? Eso podría ser una manera de zafarse, si no estuviera tan acorralado como lo estaba.
 



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Pero lo más embarazoso de todo era que no conocía nada que realmente sirviera de algo en tales casos, a no ser un doctor. Pero eso también significaría dinero, tiempo, peligro y sabe Dios cuántas cosas más. El la vería por la mañana y, si entonces no estaba completamente bien, actuaría.

Y Roberta, sintiéndose abandonada por primera vez de esta manera superficial y más bien indiferente, y en una crisis semejante, regresó a su habitación con sus pensamientos y sus temores, más oprimida y angustiada que nunca.



CAPÍTULO 34

Pero los recursos de Clyde en una situación semejante eran muy exiguos. Pues aparte de Liggett, Whiggan y unos pocos encargados menores de departamentos, personas agradables, pero más bien distantes, todos los cuales le miraban claramente como a alguien superior a quien apenas podía uno aproximarse con familiaridad o confianza, no había nadie a quien pudiera acudir. En cuanto se refería al grupo social al cual estaba ahora tan interesado por ligarse, habría sido absurdo por su parte intentar, por astutamente que lo hiciera, extraer alguna información de esa índole. Porque si bien los jóvenes de aquel ambiente tenían algunas que otras aventuras acá y acullá, y a causa de su apariencia física, de sus gustos y de sus medios se concedían algunas que otras ocasiones de libertinaje, pecadillos propios de la juventud, ocasiones que ni él ni los demás podrían soñar en proporcionarse, sin embargo se hallaba muy lejos de tener una intimidad verdadera con cualquiera de ellos a los que hubiera podido soñar en aproximarse buscando una información útil.

La idea mejor que se le ocurrió casi inmediatamente después de dejar a Roberta, fue que en lugar de preguntar a ningún farmacéutico, doctor o persona de Lycurgus, especialmente a ningún doctor, puesto que toda la profesión médica aquí, lo mismo que en cualquier otra parte, le parecía algo demasiado remoto, frío, falto de simpatía y sin duda muy caro e inamistoso con respecto a una aventura tan inmoral como ésta, era mejor ir a alguna ciudad cercana, preferiblemente a Schenectady, ya que era mayor y más próxima que ninguna otra, y preguntar allí qué podía hacerse, si es que había algo, para salvar una situación semejante.

Al mismo tiempo, la necesidad de una decisión y acción pronta era tan grande que incluso de camino hacia casa de los Stark, y sin saber de ninguna droga o prescripción por que preguntar, resolvió ir a Schenectady la próxima noche. Sólo que eso significaba, como razonó más tarde, que tendría que transcurrir todo un día antes de que pudiera hacerse algo por Roberta, y que, a los ojos de ella, así como a los suyos propios, eso sería dejarla abandonada al peligro que cualquier retraso pudiese significar. Por tanto, decidió actuar de inmediato si podía; excusarse ante los Stark e ir a Schenectady en el interurbano antes de que las farmacias cerrasen. Pero, una vez allí, ¿qué iba a hacer? ¿Cómo afrontar al farmacéutico local y qué pedirle? Su mente se hallaba turbada por angustiosos y desorbitados pensamientos en cuanto a lo que el farmacéutico pudiera pensar, ver o decir. ¡Si estuviesen allí Ratterer o Hegglund! Ellos estarían enterados y se alegrarían de poderle ayudar. O el mismo Higby. Pero en Lycurgus se hallaba ahora completamente solo, pues
 



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Roberta no sabía nada en absoluto. Naturalmente tendría que existir algo. Si no, si él fracasaba, regresaría y le escribiría a Ratterer a Chicago, y con objeto de mantenerse alejado de este asunto todo lo que le fuera posible diría que estaba escribiendo en nombre de un amigo.

Una vez en Schenectady, puesto que nadie le conocía, podría decir desde luego (el pensamiento le vino como una inspiración) que era un recién casado, ¿por qué no?, y que su esposa, en vista de la escasez de medios con que contaban, había decidido tomar algo que le permitiese escapar de un estado semejante. ¿Qué había de malo en algo así? Una pareja recién casada bien podía encontrarse en tal apuro. Y posiblemente el farmacéutico se sentiría un poco conmovido en una situación semejante y se alegraría de poderle recomendar algo. ¿Por qué no? Eso no sería ningún crimen. Era posible que los dos primeros rehusaran, pero un tercero aceptaría. Y entonces se vería libre de todo esto. Y después nunca de nuevo, sin saber muchísimo más de lo que sabía ahora, se dejaría arrastrar a un apuro como éste. ¡Nunca! Era espantoso.

Se dirigió a casa de los Stark muy nervioso y angustiándose más y más por momentos. Tanto que cuando la cena hubo terminado, declaró, cuando no eran más que las nueve y media, que en el último momento le habían encomendado en la fábrica un informe muy fastidioso de todo el mes y que tenía que entregar cuanto antes. Y puesto que no era un trabajo que pudiese hacer en la oficina, se veía obligado a ir a su habitación y realizarlo allí, rasgo éste de enérgico y ambicioso espíritu comercial, tal como lo consideraron los Stark, digno de su admiración y simpatía. Y en consecuencia fue excusado.

Pero llegado a Schenectady, apenas tuvo tiempo para echar un vistazo en derredor porque el último tren para Lycurgus iba a salir de un momento a otro. Los nervios empezaron a fallarle. ¿Es que tenía suficiente aspecto de joven recién casado para convencer a cualquiera? Además, ¿tales abortivos no estaban muy mal considerados incluso por los farmacéuticos?

Paseando arriba y abajo por la calle principal todavía brillantemente alumbrada a aquella hora, mirando a los escaparates de una y otra farmacia, decidió por diferentes razones que cada una de ellas no era la más apropiada. En una, como vio de un vistazo, había un hombre recio, sobrio, pulcramente afeitado y de unos cincuenta años, cuyos ojos y cuyos cabellos de un gris acerado parecieron indicarle a Clyde que sin duda se negaría a ayudar a alguien tan joven como él, que no creería que estuviese casado ni admitiría que dispusiese de remedios semejantes, sospechando más bien que estuviera en relaciones ilícitas con alguna muchacha joven y soltera. Tenía un aspecto totalmente sobrio, temeroso de Dios, muy respetable y convencional. No, no podría pedirle nada. No tuvo el valor para entrar y enfrentarse con semejante persona.

En otra farmacia observó a un hombre bajito, de aspecto agudo y astuto, y de unos treinta y cinco años, que le pareció a primera vista bastante satisfactorio, sólo que a los pocos segundos descubrió también la presencia de una mujer joven de no más de veinte o veinticinco años. Y suponiendo que fuera ella la que se acercara a atenderle, se produciría entonces una situación embarazosa e imposible, o bien si era el hombre el que le abordara, tampoco dejaba de ser probable que ella se acercase a escuchar. En consecuencia abandonó aquel lugar, y un tercero, y un cuarto, y un quinto, por varias y sin embargo
 



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igualmente poderosas razones: parroquianos dentro, una muchacha y un muchacho en una fuente de soda enfrente, un propietario erguido junto a la puerta y vigilando a Clyde cuando miró el interior, desconcertándole antes de que tuviese tiempo de considerar si debía entrar o no.

Finalmente, sin embargo, después de haber renunciado a tantas, decidió que debía actuar o regresar derrotado, habiendo perdido su tiempo y el importe del viaje. Volviendo a un establecimiento de los más mezquinos en una calle lateral, en la que un momento antes había visto una farmacia vacía, entró y, reuniendo todo el valor de que disponía, empezó a decir:

—Necesitaría saber algo. Necesitaría saber si usted conoce algún producto. Bueno, mire, se trata de lo siguiente: estoy recién casado y mi esposa cree haberse quedado embarazada y yo no puedo, por ahora, permitirme el lujo de tener niños, si es que puedo evitarlo. ¿No hay ningún producto que pueda tomar una mujer para verse libre?

Su actitud era lo bastante animada y confidencial, aunque mezclada con un gran nerviosismo y con la íntima convicción de que el farmacéutico debía sospechar que estaba mintiendo. Al mismo tiempo, aunque no lo sabía, estaba hablándole a un fervoroso devoto del grupo metodista que no creía que fuese lícito interferir con la naturaleza. Expedientes semejantes iban en contra de la ley de Dios y él no tenía nada en su almacén que pudiese, de manera alguna, interferir con los caminos del Creador. Al mismo tiempo era un comerciante demasiado bueno para espantar a un posible cliente, y por eso le dijo:

—Lo siento, joven, pero me temo que no puedo ayudarle en este caso. No tengo productos de esa índole en mi establecimiento, nunca he comerciado en eso porque no creo en su eficacia. Puede ser, sin embargo, que algún otro establecimiento de la ciudad tenga algo, pero yo no puedo darle más detalles.

Sus maneras, mientras hablaba, estaban revestidas de solemnidad, con el tono convencido, grave y moralista del que sabe que tiene razón.

E inmediatamente Clyde coligió, y con bastante acierto en este caso, que el hombre lo censuraba. Esto redujo a una cantidad mínima la poca confianza con que había comenzado su búsqueda. Y, sin embargo, como el comerciante no le había reprochado directamente e incluso le había dicho que quizá cualquier otro farmacéutico tuviese uno de esos productos, reunió ánimos al cabo de pocos momentos y después de un breve recorrido aquí y allá y tras mirar de un escaparate a otro, finalmente descubrió a un séptimo vendedor que estaba solo. Entró, y después de repetir su primera explicación, fue informado con mucho secreto y sin embargo de un modo casual, por la persona delgada, sombría y jesuítica que le atendió, no el propietario en este caso, que en efecto existía semejante remedio.

Sí. ¿Deseaba una caja? Eso (porque Clyde le preguntó el precio) le costaría seis dólares, una suma aterradora para Clyde. No obstante, como el gasto parecía inevitable y encontrar algo por fin era un gran alivio, inmediatamente dijo que se lo llevaría, y el dependiente, trayéndole algo que designó como un producto muy eficaz, se lo envolvió, tras lo cual Clyde pagó y se marchó.

Y entonces se sintió en verdad tan aliviado, tan grande había sido la angustia que sintiera hasta ese momento, que se hubiera puesto a bailar de alegría. Porque aquí había una cura, y produciría efecto sin duda alguna. El excesivo y casi ultrajante precio así
 



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parecía prometerlo. En vista de las circunstancias, ¿no podía considerarse incluso una suma moderada teniendo en cuenta la importancia de todo lo que iba a verse libre con tanta facilidad?

Sin embargo, se olvidó de preguntar cualquier información adicional o instrucciones especiales que hubiesen podido resultar valiosas, y en lugar de eso, con el paquete en el bolsillo, y su ego interno felicitándose por su suerte y por su eficiencia en una crisis como ésta, inmediatamente regresó a Lycurgus, y llegado allí se dirigió a la habitación de Roberta.

Ella, lo mismo que él, impresionada por su éxito en conseguir algo que tanto el uno como el otro creían que no existía o que, si existía, sería muy difícil de encontrar, se sintió enormemente aliviada. En efecto, volvió a sentirse impresionada por su capacidad y su eficiencia, cualidades con las que, por lo menos hasta este momento, siempre le había adornado en su imaginación. También resultaba que él se mostraba más generoso y considerado de lo que en las presentes circunstancias ella creía que iba a mostrarse. Por lo menos no la había abandonado fríamente a su suerte, como en su pánico ella había imaginado que haría. Y este hecho, incluso en vista de su anterior indiferencia, fue suficiente para suavizar su humor con respecto al muchacho. De esta forma, con una especie de ebullición, basada en sus grandes esperanzas, deshizo el paquete que contenía las píldoras y leyó las indicaciones, mientras no dejaba de asegurarle su gratitud y que nunca olvidaría lo bien que se había portado en este caso. Pero al mismo tiempo, incluso en el momento en que estaba desatando el paquete, pensó que, suponiendo que no causaran efecto, ¿qué iba a pasar entonces? ¿Cómo iba a arreglar entonces el asunto? No obstante, por ahora, tal como ella razonó, debía sentirse satisfecha y agradecida, y al instante se tomó una de las píldoras.

Pero una vez que hubo ofrecido sus expresiones de gratitud y cuando Clyde comprendió que podían ser consideradas como insinuaciones para una nueva intimidad entre ambos, se refugió en la actitud que durante los días pasados le había caracterizado en la fábrica. En ninguna circunstancia debía permitirse ahora languideces en este aspecto. Y si la droga resultaba eficaz, como él esperaba muy seriamente, éste debía ser el último de todos los encuentros, excepto algún que otro muy casual y accidental. Pues había demasiado peligro, como esta crisis había mostrado, demasiado que perder por su parte; en suma, tan sólo preocupaciones, molestias y gastos.

En consecuencia se retiró a su antigua reserva:

—Bueno, ya estás bien, ¿verdad? Por lo menos esperémoslo así. Dicen que hay que tomar una cada dos horas durante las ocho o diez primeras horas. Y si te sientes un poco enferma, no tiene la menor importancia. Puedes faltar un día o dos a la fábrica, pero eso no te importará con tal de poder salir del apuro, ¿no es así? Yo vendré a verte mañana por la noche para ver cómo estás, si es que no te levantas mañana.

Se echó a reír con jovialidad mientras Roberta le miraba con fijeza, incapaz de asociar su actitud de actual indiferencia con su antigua pasión y su profunda solicitud. ¡Su antigua pasión! ¡Y ahora esto! Y, sin embargo, dadas las circunstancias, como era agradecida, le sonrió cordialmente y él le contestó en la misma forma. Pero viéndole marcharse y cerrar la puerta sin demostración cariñosa de ninguna clase, volvió a su cama sacudiendo la cabeza dubitativamente. Porque, suponiendo que este remedio no tuviese efecto, ¿y si
 



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Clyde continuaba con esta misma actitud remota e indiferente hacia ella? Entonces, ¿qué iba a pasar? Porque, a menos que resultase efectivo, él podría sentir una indiferencia tal que no deseara seguirla ayudando. ¿O es que seguiría? ¿Podría él hacer eso? Era él quien la había puesto en esta dificultad, y contra su voluntad expresa, y le había asegurado de forma decidida que no le sucedería nada. Y ahora ella tenía que quedarse sola y preocupada, sin una persona siquiera a la que volverse, excepto él, y él la dejaba para irse con otras en la seguridad de que ella se sentía completamente bien. ¡Y era él quien había causado todo esto! ¿Era justo?

—¡Oh, Clyde! ¡Clyde!



CAPÍTULO 35

Pero el remedio que compró no produjo ningún efecto. Y a causa de las náuseas y del consejo de Clyde no fue a la fábrica, sino que se quedó en la cama rumiando su desconsuelo. Al no conseguir ningún resultado, empezó a tomar dos píldoras cada hora en lugar de una, ansiosa por escapar a la suerte que al parecer se había abatido sobre ella. Y de esta forma se puso muy enferma, tanto que cuando Clyde llegó a las seis y media se sintió conmovido por su rostro mortalmente pálido, sus chupadas mejillas y sus ojos grandes y nerviosos, cuyas pupilas estaban exageradamente dilatadas. Era claro que estaba atravesando una crisis, precisamente por causa suya, y mientras se sentía aterrado, al mismo tiempo se apiadaba de ella. Con todo, tan confuso y perplejo estaba por el pro-blema que el estado de la muchacha representaba, que su mente saltó ahora adelante, pensando en las varias fases y eventualidades que implicaba un fracaso como éste. ¡La necesidad de consejos adecuados o de la asistencia de algún médico! Pero, ¿dónde, cómo y quién? Y además, como se preguntaba ahora a sí mismo, ¿dónde iba a obtener el dinero para tales complicaciones?

Evidentemente, si no se le ocurría nada sería necesario ir al farmacéutico de inmediato y preguntarle si había alguna otra cosa, alguna droga o producto que pudiera causar efecto. O, si no, acudir entonces a algún doctor barato de dondequiera que fuese, el cual, por una pequeña cantidad o una promesa de pago a plazos, quisiera ayudar en este caso.

Sin embargo, aunque este asunto era tan importante, casi trágico, una vez más su espíritu se escapaba con ligereza a otra parte. Pues ahora se acordaba de que tenía una cita con Sondra en casa de los Cranston, donde a las nueve, él y ella, junto con otras personas, iban a reunirse y a celebrar, como de costumbre, una fiesta. Sin embargo, una vez en casa de los Cranston y a pesar del intenso atractivo de Sondra, no podía apartar de su mente el estado de Roberta, la cual surgía ante él como un espectro. Suponiendo que cualquiera de las personas que estaban allí reunidas, Nadine Harriet, Perley Haynes, Violet Taylor, Jill Trunbull, Bella, Bertine o Sondra, tuviese la menor sospecha de la escena que él acababa de presenciar... A pesar de que Sondra, sentada al piano, le lanzó una sonrisa de bienvenida volviendo la cabeza cuando él entró, sus pensamientos seguían estando con Roberta. Debía ir allí de nuevo una vez que la fiesta hubiese acabado, para ver cómo estaba y aliviar su espíritu en caso de que ella se encontrase mejor. En caso contrario,
 



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debía escribir de inmediato a Ratterer solicitando consejo.

A pesar de su angustia intentaba mostrarse tan alegre y despreocupado como siempre, bailando primero con Perley Haynes y luego con Nadine y finalmente, mientras esperaba una oportunidad para bailar con Sondra, se aproximó a un grupo que estaba ayudando a Vanda Steele a resolver un nuevo juego de salón. Y entonces afirmó que él podía leer mensajes escritos en un papel y guardados en sobres (el viejo truco de las cartas en serie que había visto en un antiguo libro de juegos de salón de los Peyton). Había planeado usarlo antes con objeto de darse a sí mismo un aire de desembarazo e inteligencia, pero esta noche lo estaba usando para liberar su mente del problema que pesaba sobre él. Y aunque con la ayuda de Nadine Harriet, a la que puso en el secreto, consiguió desconcertar a los demás, con todo, su mente no estaba en lo que hacía. Roberta estaba siempre allí. Suponiendo que efectivamente algo fuera mal y él no pudiese librarla... Ella esperaría que él se casara, tanto miedo tenía a sus padres y a la gente. ¿Qué iba a hacer entonces? Perdería a la hermosa Sondra y ésta podría incluso enterarse de cómo y por qué la había perdido. Pero sería una locura por parte de Roberta esperar que lo hiciera. No quería hacerlo. No podía hacerlo.

Una cosa era segura. Él tenía que salir de aquello. ¡Tenía que salir! Pero, ¿cómo?
¿Cómo?

Y aunque a las doce de la noche Sondra le indicó que estaba dispuesta a irse y que si quería podría acompañarla hasta su puerta (e incluso detenerse allí unos momentos), y a pesar de que cuando llegaron, a la sombra de la pérgola que adornaba la puerta principal, ella le había permitido besarla y le dijo que estaba empezando a pensar que él era el muchacho más encantador que hubiera visto nunca y que la primavera siguiente, cuando la familia se trasladase al lago Twelfth, ella iba a ver si se le ocurría algún medio para conseguir tenerle allí todos los fines de semana, con todo, a causa de su problema en relación con Roberta, Clyde estaba tan preocupado que no pudo gozar completamente de esta nueva y para él excitante demostración de afecto por parte de Sondra, esta nueva y asombrosa victoria social y emotiva que había conseguido.

Debía enviar una carta a Ratterer esta noche. Pero antes de eso debía volver a ver a Roberta como había prometido y descubrir si estaba mejor. Y después debía ir a Schenectady por la mañana para ver al farmacéutico. Pues había que hacer algo a menos que ella estuviese mejor esta noche.

Y de esta forma, con los besos de Sondra todavía temblándole en los labios, la dejó para ir a casa de Roberta, cuyo blanco rostro y ojos turbados le dijeron en cuanto entró en su habitación que ningún cambio había tenido lugar. Si acaso estaba algo peor y más deprimida que antes, habiéndola debilitado la dosis excesiva hasta el punto de encontrarse realmente enferma. Sin embargo, como ella dijo, nada importaba con tal de que pudiera salir de esto, ya que ella prefería morir antes que tener que afrontar las consecuencias. Y Clyde, dándose cuenta de lo que ella quería decir y de que estaba sinceramente preocupada también por él mismo, se angustió por ella. Pero su indiferencia anterior y la manera en que se había marchado y la había dejado sola esta misma noche, impidieron que Roberta se diese cuenta de que él se preocupaba por ella. Y esto le dolió terriblemente. Pues se daba cuenta ahora de que él no la quería ya lo más mínimo, incluso aunque dijera que no debía preocuparse y que si la droga no causaba efecto él conseguiría alguna otra
 



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cosa; que lo primero que iba a hacer por la mañana era ir de nuevo a la farmacia de Schenectady para ver si podían sugerirle algún otro remedio.

Pero los Gilpin no tenían teléfono, y puesto que él nunca se aventuró a visitarla en su habitación durante el día ni nunca le permitió a ella que le llamase a casa de la señora Peyton, su plan tendría que esperar a la mañana siguiente antes del trabajo. Si ella me-joraba, las dos preocupaciones desaparecerían; si no, se agravarían aún más. En ese caso él partiría para Schenectady de inmediato, y telefonearía al señor Liggett para decirle que tenía algunos asuntos urgentes que atender.

De todos modos los dos estaban terriblemente deprimidos y temerosos por lo que esto podría significar para cada uno de ellos. Clyde no llegaba a convencerse de que en caso de que Roberta no se viera liberada, él podría escapar sin indemnizarla de alguna for-ma que no fuese el casamiento, ya que ella le había recordado que él había prometido arreglarlo todo. Pero lo que él había querido decir con aquella frase es lo que se preguntaba ahora a sí mismo. No el casamiento, con toda seguridad, puesto que su idea no era la de casarse con ella en forma alguna, sino más bien entretenerse felizmente en el amor, aunque, como él bien sabía, la muchacha no tenía este concepto de los pensamientos de él por aquella época. Se vio obligado a admitir que probablemente ella había creído que sus intenciones eran más serias o de otra forma no se habría entregado a él en absoluto.

Pero después de llegar a su casa y escribirle a Ratterer y echar la carta al correo, Clyde pasó una noche muy mala. A la mañana siguiente hizo una visita al farmacéutico de Schenectady, observando al pasar que la persiana de la habitación de Roberta estaba bajada hasta el centro cuando él cruzó por delante. Pero en esta ocasión el comerciante de Schenectady se limitó a aconsejar un baño caliente y por tanto debilitador, que se le había olvidado mencionar la primera vez. También algún tipo agotador de ejercicio físico. Pero notando la turbada expresión de Clyde y juzgando que la situación le tenía muy preocupado, observó:

—Desde luego, el hecho de que su mujer se haya retrasado un mes no significa nada serio. A las mujeres les pasa eso algunas veces. De todos modos no puede usted estar seguro hasta que no haya llegado el segundo mes. Cualquier doctor le diría a usted lo mismo. Si ella es nerviosa haga que vuelva a probar el preparado. Pero aunque no produzca efecto, usted no puede estar seguro. Ella podría encontrarse perfectamente bien al mes siguiente sin necesidad de nada.

Débilmente aliviado por esta información, Clyde estuvo a punto de marcharse, pues Roberta podía estar equivocada. El y ella podrían haberse estado preocupando sin necesidad. Con todo, y la cabeza le daba vueltas cuando pensaba en ello, podía haber un peligro verdadero. Y esperar hasta el fin del segundo período sólo significaría que había transcurrido un mes más y que no se había logrado nada, lo cual le aterraba. En consecuencia observó ahora:

—En caso de que las cosas no se arreglen, ¿no sabe usted de algún doctor al que pudiera acudir? Éste es un asunto muy grave para nosotros dos, y me gustaría que la cosa se arreglase cuanto antes.

Algo en la manera que tuvo Clyde de decir esto, su extremo nerviosismo, así como su deseo de encontrar alguna fórmula de aborto que el farmacéutico consideraba con alguna lógica muy diferente de una simple preparación, le hicieron mirar suspicazmente a
 



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Clyde, agitándose en su cerebro el pensamiento de que lo más probable, después de todo, era que Clyde no estuviese casado, sino que se tratase de uno de esos líos de jóvenes que entrañan la perdición y dificultades futuras para una muchacha inexperta. De aquí que su talante cambiase ahora, y en lugar de mostrarse dispuesto a ayudar, dijera con frialdad:

—Bueno, puede que haya un doctor por aquí cerca, pero si lo hay no lo sé. Y nunca me comprometería a enviar a nadie a un doctor de ésos. Va contra la ley. Desde luego un doctor que fuese sorprendido haciendo una cosa semejante no lo pasaría nada bien. Con esto no quiero decir, sin embargo, que no esté usted en libertad para buscar por sí mismo si lo desea —añadió gravemente arrojando a Clyde una mirada suspicaz e inquisitiva y decidiendo que sería mejor no seguir tratando con una persona semejante.

Clyde, por tanto, regresó a Roberta con la misma prescripción renovada, aunque ella había protestado muy decididamente diciendo que, puesto que la primera caja no había surtido efecto, era inútil seguir tomando más. Pero como él insistió, ella aceptó probar de nuevo la droga con arreglo a las nuevas instrucciones, aunque el argumento de que un resfriado o los nervios eran la posible causa fue únicamente suficiente para convencerla de que Clyde estaba al final de sus recursos en lo que a ella se refería, o que si no era así, es que no se daba cuenta de la importancia que el problema podría tener, tanto para ella como para él. Y suponiendo que este nuevo tratamiento no surtiera efecto, entonces, ¿qué iba a pasar? ¿Iba él a dejar que las cosas se quedaran así y no hacer nada más?

Sin embargo, tan peculiar era la naturaleza de Clyde, que en vista de sus propios miedos con respecto a su futuro, y porque no le resultaba nada agradable sentirse hostigado de esta manera en perjuicio de sus otros intereses, la seguridad de que el plazo de un mes no tenía por qué resultar fatal fue suficiente para hacer que prefiriera esperar, y más bien con indiferencia, durante aquel período de tiempo. Roberta podía estar equivocada. Podía estar formando todo este jaleo para nada. Esperaría a ver cómo se sentía después de haber probado el nuevo procedimiento.

Pero el tratamiento fracasó. A pesar de que en su angustia Roberta regresó a la fábrica con objeto de cansarse, hasta que todas las muchachas del departamento le aseguraron que tenía cara de enferma y que no debía trabajar estando tan mal, nada salió de ello. Y el hecho de que Clyde pudiera confiar en la seguridad que le había dado el farmacéutico de que el retraso de un primer mes no era de ninguna importancia, sólo servía para asustarla muchísimo más.

La verdad era que en esta crisis él se comportó como una ilustración interesante del enorme handicap que imponen la ignorancia, la juventud, la pobreza y el miedo. Técnicamente no conocía siquiera el significado de la palabra «comadrona», o la naturaleza de los servicios prestados por ésta. (Y había tres en Lycurgus, por esta época, en el distrito de las familias extranjeras.) Por otra parte, él había estado en Lycurgus tan poco tiempo, y aparte de hombres jóvenes y de Dillard, con quien había intimado, y los varios jefes de departamento de la fábrica, no conocía a nadie, excepto a algún que otro barbero, mercero o vendedor de cigarrillos o similares, la mayoría de los cuales, a su entender, eran demasiado obtusos e ignorantes para sus propósitos.

Una cosa, sin embargo, que le hacía detenerse antes de buscar un médico era a quién dirigirse y cómo. Ir él en persona era inconcebible. En primer lugar, se parecía demasiado a Gilbert Griffiths, que evidentemente era muy conocido y con el cual podrían
 



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confundirle. Además, yendo tan bien vestido como iba, el médico le cobraría más y además le haría toda clase de preguntas embarazosas, mientras que si la cuestión pudiera arreglarse por medio de alguna otra persona que explicase los detalles antes de que fuera Roberta... ¿Y por qué no Roberta misma? ¿Por qué no? Ella tenía un aspecto tan sencillo e inocente y tan conmovedor e implorante en todo momento. Y en una situación como ésta, tan deprimida y vencida como se hallaba, bueno... Pues, después de todo, como él ahora argüía consigo mismo, era ella y no él quien tenía que afrontar el problema.

Y además, como se le ocurrió entonces, ¿no podría Roberta conseguir un precio más barato? Pues con ese aspecto que tenía ahora, tan afligido y derrotado... Si únicamente pudiera conseguir que ella repitiese que había sido abandonada por algún joven cuyo nombre se negaba a divulgar, el médico, viendo a una muchacha como ella, sola y en tal estado, sin nadie que cuidase de ella, ¿cómo iba a negarse? Incluso podría ser que la ayudase sin cobrarle nada. ¿Quién podría decir que no? Y eso resolvería el problema por completo.

Y en consecuencia se aproximó ahora a Roberta con la intención de sugerirle que, suponiendo que él pudiese encontrar a un médico y por ser su posición aquí la que era, ella debía hablar por sí misma. Pero antes de poder hablar, Roberta al instante le preguntó si se había enterado o conseguido algo. ¿No había ningún otro remedio que pudiera comprarse? Y como esto le daba a Clyde la oportunidad que deseaba, explicó:

—Bueno, he estado preguntando aquí y allí y visitando las farmacias y todo el mundo me dice que si este producto no causa efecto, ningún otro servirá. Eso me ata las manos, a no ser que quieras ver a un doctor. Pero la dificultad estriba en que no son fáciles de encontrar doctores capaces de mantener la boca cerrada. He hablado con algunos individuos sin decirles, naturalmente, de quién se trataba, pero no es fácil encontrar ninguno aquí, porque todos tienen mucho miedo. Es algo que va contra la ley, como tú sabes. Pero lo que necesito saber es, suponiendo que pudiera encontrar un médico capaz de hacerlo, si tú tendrías el nervio suficiente para ir a él y decirle en qué consiste la dificultad. Eso es lo que tienes que decirme.

Ella le miró turbadamente, sin coger la alusión de que ella tendría que ir sola, sino suponiendo que, naturalmente, él la acompañaría. Luego, concentrando la mente en la necesidad de afrontar a un doctor en su compañía, exclamó en primer lugar:

—Oh, querido, ¿no es terrible tener que acudir a un doctor de esta manera? Entonces sabrá todo lo que ha pasado entre nosotros, ¿no es así? Y además es peligroso, ¿no es verdad? Aunque supongo que no puede ser mucho peor que esas píldoras.

Siguió haciendo preguntas más íntimas en cuanto a lo que podría hacerse y cómo, pero Clyde no supo responder.

—Oh, no te pongas nerviosa ahora por eso —dijo él—. No va a hacerte daño, lo sé. Además, tendremos suerte si encontramos a alguien que lo haga. Lo que necesito saber es si cuando encuentre un doctor te atreverás a ir sola a verle. —Roberta quedó como herida por el rayo, pero él continuó imperturbable—: Tal como las cosas están aquí conmigo, yo no puedo acompañarte, eso es lógico. Hay mucha gente que me conoce, y además me parezco mucho a Gilbert y a él le conoce todo el mundo. Si me confunden con él, o descubren que soy su primo, entonces el lío será mayúsculo.

Sus ojos eran no sólo un resumen de lo desdichado que se sentiría si se viese
 



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expuesto ante todo Lycurgus de esta forma, sino que también en ellos alentaba una sombra de su mezquino papel al ocultarse por completo en medio del apuro de la muchacha. Y sin embargo, tan torturado estaba por el miedo de lo que podría caerle encima, en caso de que no consiguiera hacer las cosas como las había pensado, que estaba preparado, pensase o dijese Roberta lo que quisiera, a mantenerse inflexible. Pero Roberta, dándose cuenta sólo de que pensaba enviarla sin su compañía, exclamó ahora con incredulidad:

—¡Sola no, Clyde! ¡Oh, no, no podría hacer eso! ¡Oh, no, querido, no! Me daría un pánico mortal... ¡Dios mío, no! Me asustaría tanto que no sabría qué hacer. Figúrate mis sentimientos tratando de explicárselos yo sola. No podría nunca. Además, ¿cómo iba a saber qué decirle, cómo empezar? Tú tienes que ir conmigo la primera vez, eso es todo, y hablar, o yo no podré ir nunca, pase lo que pase.

Sus ojos estaban desorbitados, y su rostro, al tiempo que registraba toda la depresión y el miedo que había experimentado, estaba transfigurado por una clara oposición.

Pero Clyde tampoco se dejaba convencer.

—Tú sabes cuál es mi situación aquí, Bert. Yo no puedo ir, y eso es lo que hay. Porque figúrate que alguien me viese, figúrate que alguien me reconociera. ¿Qué iba a pasar entonces? Tú sabes que yo he rondado muchas veces por este barrio. Es una locura que vaya. Además será mucho más fácil para ti que para mí. Ningún doctor va a preocuparse mucho de que acudas a verle, especialmente si vas sola. Creerá tan sólo que eres una muchacha en un apuro y que no tiene a nadie que la ayude. Pero si voy yo y hay alguien que sepa algo sobre los Griffiths, entonces la factura será imponente. Tendrá motivos para pensar que estoy forrado de dinero. Además, si después no puedo pagarle, iría a mi tío o a mi primo, y entonces se fastidió todo. Sería el fin de mi carrera. Y si pierdo mi colocación y me quedo sin dinero y con todo este escándalo a mis espaldas, ¿dónde quieres que meta la cabeza después? Lo más seguro es que luego no pudiese ocuparme de ti, ¿y entonces qué ibas a hacer? Creo que es mejor que te des cuenta y veas todos los inconvenientes. Mi nombre no puede mezclar— se en el asunto sin grandes dificultades para los dos. Hay que mantenerlo a un lado, eso es todo, y la única manera es que yo no tenga que ver nada con ningún doctor. Además él sentirá más lástima de ti que de mí. Eso no puedes negármelo.

Sus ojos estaban angustiados y resueltos, y, como Roberta pudo deducir de su aspecto, una cierta dureza, o al menos desafío, el resultado de un gran terror, se mostraba en cada uno de sus gestos. Estaba resuelto a proteger su propio nombre, pasase lo que pasase, cosa que a causa de la propia aquiescencia de ella hasta entonces, todavía la impresionaba en gran medida.

—¡Oh, Dios mío, Dios mío! —exclamó ella nerviosamente y con tristeza, sintiendo el terror drástico y creciente de la situación que se cernía sobre su cabeza—. No sé qué vamos a hacer entonces. No lo sé. Porque yo no puedo hacer lo que me dices. Es tan duro, tan terrible. Me sentiría avergonzadísima y asustada si tuviera que ir sola.

Pero al mismo tiempo empezaba a sentir que sí podría y querría ir sola si fuese necesario. Porque, ¿qué otra cosa podía hacer? ¿Y cómo iba a obligarle a él, en vista de sus propios miedos y del peligro de comprometer su posición? El empezó a hablar de nuevo, más en plan de autodefensa que por ningún otro motivo:
 



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—Además, si no se hace así, este asunto va a costar mucho dinero y no sé cómo pagarlo, Bert. Realmente no lo sé. Yo no gano mucho, tú lo sabes, sólo veinticinco dólares por semana (la necesidad le obligaba ahora a hablar con franqueza) y no tengo nada ahorrado, ni un céntimo. Y tú sabes tan bien como yo mi manera de vivir. Gastamos juntos la mayor parte del dinero. Además, si yo voy y él cree que tengo dinero, podría cobrarme más de lo que consiga reunir. Pero si vas tú y le dices cómo están las cosas, y que no tienes nada, si le dices que yo me he escapado o alguna cosa por el estilo, entonces...

Se detuvo porque, cuando dijo esto, vio pasar por el rostro de Roberta un relámpago de vergüenza, desprecio y desesperación de estar mezclada en algo tan vil y mezquino, y sin embargo, a pesar de esta astuta tergiversación por parte de él, tan grande es el poder de la necesidad, que ella pudo ver con todo que había cierta lógica en los argumentos de Clyde. El podría estarla usando como un velo, como una máscara, tras el cual él, y ella también, estaba tratando de ocultarse. Pero de todas formas, por vergonzoso que resultara, éste era el duro y escarpado acantilado de los hechos y al pie del mismo rompían las olas destructoras y voraces de la necesidad. Le oyó decir:

—No es necesario que des tu verdadero nombre ni paradero. Mi intención no es buscar un doctor de por aquí. Luego si le dices que no cuentas con mucho dinero, nada más que tu salario semanal...

Ella se sintió agotada al pensar en todo esto y la fuerza de sus argumentos fue convenciéndola poco a poco. Pues por falso y repulsivo que pareciera todo el plan, no había otro en vista de que la situación, tanto de ella como de Clyde, era desesperada. Y por honrada y puntillosa que pudiese ser normalmente en la cuestión de decir la verdad y de comportarse honestamente, sin embargo ésta era una de esas arremolinadas tempestades de la realidad y de los hechos, en las que las cartas y brújulas ordinarias de las mediciones morales resultaban de poco uso.

Y de esta forma, insistiendo Clyde en que tendrían que ir a algún doctor de otra población, de Utica o de Albany quizá, pero siempre advirtiendo que sería ella quien iría, la conversación llegó a su fin. Y él, habiendo triunfado en salvar su propia persona del embrollo, se animó hasta el extremo de pensar que inmediatamente, por un golpe de suerte, encontraría a un doctor para Roberta. De esta manera sus terribles preocupaciones habrían terminado. Y después de eso ella podría seguir su camino con la mayor seguridad, y él, por su parte, después de haber hecho todo lo que estaba en su mano, podría seguir avanzando hacia el glorioso desenlace que le esperaba al final con sólo que este caso quedara arreglado.



CAPÍTULO 36

Sin embargo, horas e incluso días, y al fin una semana, y luego diez días, pasaron sin noticias de Clyde con respecto a ningún doctor al cual pudiera ir. Porque aunque le había dicho tantas cosas, la verdad era que todavía no sabía a quién acudir. Y cada hora y día eran para él una amenaza tan grande como para ella. Y las miradas de la muchacha así como sus preguntas registraban cuán intensos y vitales y en algunos momentos hasta clamorosos eran sus sufrimientos morales. También él se veía hostigado casi hasta el
 



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punto del colapso nervioso por su propia incapacidad para pensar en ningún medio rápido y seguro para ayudarla. ¿Dónde vivía un médico a quien él pudiese enviarla con alguna seguridad?

Al cabo de un tiempo, sin embargo, al recorrer los nombres de todas las personas que conocía, finalmente se le apareció una remota esperanza en Orrin Schort, el joven que regentaba el pequeño establecimiento de artículos para caballeros de Lycurgus, dedicado más o menos en exclusiva a los jóvenes ricos de la ciudad. Era un muchacho aproximadamente de su misma edad e inclinaciones, como Clyde había sospechado, y el cual en todo momento le había resultado útil por sus consejos en asuntos de vestuario y de estilo en general. En realidad, como Clyde había notado desde hacía algún tiempo, Schort era una persona viva, llena de curiosidad y de tacto y que, además de resultar muy atractivo para las muchachas, era también muy cortés con sus clientes, en especial con aquellos a quienes consideraba por encima de él en la escala social, entre ellos Clyde. Pues tras descubrir que Clyde estaba emparentado con los Griffiths, Schort había intentado, como medio para su avance general en otras direcciones, trabar con él una relación tal jovial e íntima como fuera posible, sólo que, a juicio de Clyde, y en vista de la actitud general de sus encumbrados parientes, no había sido posible, por lo menos hasta ese momento, considerar en serio una intimidad semejante. Y sin embargo, encontrando a Schort tan afable y servicial en general, no se mostró reacio a sostener una relación fácil y superficial con él, que Schort pareció aceptar con gran complacencia. Desde un principio su actitud fue siempre desenvuelta y parecía llena de solicitud. Y tanto era así que de entre aquellos con los que Clyde podía estar en contacto ya íntimo ya casual, Schort era el único que ofrecía al menos la oportunidad de hacer preguntas que pudiesen conllevar alguna información útil y provechosa.

En consecuencia, al pasar por el establecimiento de Schort todas las mañanas y las tardes, una vez que empezó a considerarlo de utilidad, se esforzó en saludarle y sonreírle de forma muy amistosa, hasta que transcurrieron por lo menos tres días. Y entonces, sintiendo que había preparado el camino todo lo que su actual apuro podía permitirle, se detuvo allí no del todo seguro de que en esta primera ocasión pudiese abordar el peligroso tema. El cuento que había decidido contarle a Schort era que un joven trabajador de la fábrica, recién casado y que se veía amenazado por la llegada de un heredero al que no podría atender decorosamente, había acudido a él en busca de información sobre un doctor que le ayudase. La única adición interesante que Clyde se proponía hacer a esto era que el joven, por ser muy pobre y tímido y no muy inteligente, no podía hacer mucho por sí mismo. De forma que él, Clyde, estando mejor informado, aunque nuevo en la localidad, no podía recomendarle directamente ningún médico (pensamiento éste destinado a imbuir en la mente de Schort la idea de que él mismo nunca se hallaba tan indefenso ni era probable que pudiese ocurrírsele solicitar un consejo semejante por su parte), y le había aconsejado al joven trabajador un remedio temporal. Pero desgraciadamente, seguía su historia, este remedio no había causado efecto. Por eso era preciso algo más seguro; por lo menos un médico. Y Schort, habiendo estado aquí más tiempo, y, como él le había oído explicar en cierta ocasión, procedente de Globersville, seguro, tal como Clyde argüía ahora consigo mismo, que debía conocer al menos a un médico. Pero con objeto de apartar las sospechas de sí mismo, iba a añadir que,
 



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naturalmente, podría conseguir con toda probabilidad la información en su propio círculo, pero que, como la situación era tan insólita (cualquier referencia a una cosa semejante en su propio mundo daría lugar a que su grupo comenzase molestas habladurías), prefería preguntarle a alguien como Schort, que como favor especial se debía abstener de hacer comentarios.

Como dio la casualidad en esta ocasión que el mismo Schort, debido a un día muy bueno de negocios, estaba de un humor excelente, al entrar Clyde a comprarse un par de calcetines, empezó a decir:

—Bien, bien, me alegro de verle de nuevo, señor Griffiths. ¿Cómo está usted? Estaba pensando precisamente que cuando le viese iba a rogarle que se detuviese para enseñarle algunas cosas que he recibido desde la última vez que estuvo usted aquí. ¿Cómo van los asuntos de la compañía?

Las maneras de Schort, siempre vivaces, eran en esta ocasión doblemente alentadoras, ya que sentía simpatía por Clyde, pero este último estaba tan aterrado por su proyecto que apenas podía decidirse a formular la pregunta con el aire negligente que le habría gustado emplear.

Sin embargo, al hallarse ya en la tienda y al parecer en ocasión propicia para llevar a cabo su plan, comenzó a decir:

—Oh, todo va muy bien. No puedo quejarme. Tengo todo lo que quiero, usted ya lo
sabe.

Al mismo tiempo empezó a revolver nerviosamente algunas corbatas colgadas en varillas movibles de níquel. Pero antes de que desperdiciara un momento fijándose en ellas, el señor Schort, revolviendo y extendiendo algunas cajas de corbatas muy especiales que sacó de una estantería a su espalda, observó:

—No se moleste en mirar ésas, señor Griffiths. Mire estas otras. Son las que quería enseñarle y no le costarán a usted mucho más. Precisamente las acabo de recibir esta mañana desde Nueva York.

Entresacó algunos mazos de seis cada uno, los más modernos, según explicó.
—¿Ha visto algo como esto por aquí? Estoy seguro de que no.

Miró a Clyde sonriente, deseando con sinceridad que un joven tan bien relacionado, aunque no tan rico como los otros, se hiciese amigo suyo. Eso le situaría en la ciudad.

Clyde, examinando las corbatas y sospechando lo que Schort pensaba, se sentía tan turbado y confuso que apenas pudo pensar y hablar con arreglo al plan que se había fijado.

—Muy bonitas, desde luego —dijo examinándolas y sintiendo que en otra ocasión le habría gustado mucho elegir dos de ellas— Creo que me quedaré con ésta y con esta otra también.

Separó las dos y las estuvo comparando cuidadosamente mientras pensaba cómo exponer el asunto muchísimo más importante que le había traído allí. Porque, ¿cómo podía entretenerse en comprar corbatas, tonteando de esta manera, cuando todo lo que quería era hacerle preguntas a Schort acerca del otro asunto? Sin embargo, le resultaba ahora muy difícil, terriblemente difícil. Pero no tenía más remedio que hacerlo, aunque quizá no de forma tan abrupta. Seguiría mirando cosas un poco más con objeto de desviar toda sospecha y pediría que le enseñase algunos calcetines. Únicamente que la verdad era
 



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que no tenía por qué hacerlo, ya que no necesitaba nada. Sondra le había regalado hacía poco una docena de pañuelos, algunos cuellos, corbatas y calcetines. No obstante, cada vez que se decidía a hablar sentía una sensación de vacío en la boca del estómago, un temor de que no podría ni sabría desarrollar el asunto con la necesaria naturalidad y convicción. Era todo tan poco normal, tan sospechoso. Probablemente no sería capaz de ser franco con Schort esta tarde. Y sin embargo, como argüía consigo mismo, ¿cuándo podría hallar una ocasión más propicia?

Schort, habiendo ido entretanto a la parte trasera del establecimiento, regresó ahora con una sonrisa muy insinuante e incluso picara en el rostro, y empezó a decir:

—Ya le vi el jueves pasado por la noche, a eso de las nueve, cuando entraba usted en casa de los Finchley, ¿no es así? Tienen una hermosa casa y unos jardines espléndidos.

Clyde vio que Schort estaba realmente impresionado por su posición social. Había en su voz una gran parte de admiración mezclada con unas gotas de servilismo, e inmediatamente cobró ánimos, ya que se dio cuenta de que, dominando al otro con su actitud, dijera lo que dijese, todo estaría teñido, en parte al menos, por el respeto y la consideración de su admirador. Y después de examinar los calcetines y decidir que un par al menos dulcificaría la dificultad de su demanda, añadió:

—Hombre, a propósito, antes de que se me olvide. Quería preguntarle a usted una cosa. Quizá pueda indicarme algo que quiero saber. Uno de los muchachos de la fábrica, un joven que lleva casado poco tiempo, creo que unos cuatro meses, está en un apuro a causa de su mujer. —Se detuvo, porque debido a su incertidumbre, le pareció notar que la expresión de Schort cambiaba ligeramente. Pero, habiendo ido tan lejos, no sabía ahora cómo retroceder. Así es que se echó a reír nerviosamente, y luego añadió—: No sé por qué me vienen siempre con sus historias, supongo que creen que estoy enterado de todas estas cosas. —Se echó a reír de nuevo—. Lo que pasa es que aquí soy completamente nuevo y no conozco todavía el ambiente, pero usted, que creo que lleva más tiempo que yo, quizá pudiera darme una indicación.

Sus maneras al decir esto eran de una despreocupación tan grande como pudo adoptar haciendo un esfuerzo máximo, mientras pensaba al mismo tiempo que todo esto era un error y que Schort pensaría sin duda que estaba loco o algo peor. Pero Schort, sobrecogido por la naturaleza de la pregunta, que comprendía que era muy extraña en boca de Clyde (había notado el súbito retroceso de Clyde y su ligero nerviosismo), se sentía, sin embargo, complacido por el pensamiento de que incluso tratándose de un tema tan chocante como éste, él podría ser el recipiente de la confidencia del joven, por lo que al instante recobró su anterior pose de afabilidad, y replicó:

—Cómo, desde luego, si hay algo en que pueda ayudarle, señor Griffiths, me alegrará mucho poder servirle. Continúe, ¿de qué se trata?

—Bueno, la cosa consiste en lo siguiente —contestó Clyde no poco animado por la cordial respuesta del otro, pero bajando la voz con objeto de darle al espantoso tema su propio ambiente de oscuridad, por decirlo así—. Su esposa hace ya dos meses que ha perdido la regla y él no tiene medios para alimentar a un pequeñín y no sabe cómo salir del apuro. Cuando me vino el mes pasado por vez primera con la historia, le recomendé cierta medicina que suele causar efecto. —Esto lo dijo para impresionar a Schort con su propia sabiduría personal y su abundancia de recursos en tales situaciones y por tanto
 



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para implicar su propia habilidad, por decirlo así—. Pero sospecho que no supo usarla bien. De todos modos ahora está muy preocupado por el asunto y necesita un médico que pueda hacer algo por su mujer, usted me comprende. Pero yo no conozco a ninguno en Lycurgus. Llevo poco tiempo. Si estuviese en Kansas City o en Chicago —interpoló con seguridad— sabría muy bien qué hacer. Conocía allí a tres o cuatro doctores. —Para impresionar a Schort intentó una sonrisa de suficiencia—. Pero aquí es diferente. Y si me dedico a preguntar a la gente que conozco o me dirijo a mis parientes, no lo comprenderán. Por eso pensé que quizá usted conozca a alguien y no le importe decírmelo. En realidad no es cosa que me preocupe lo más mínimo, pero lo siento por el pobre muchacho.

Hizo una pausa y su rostro, en gran parte a causa de la expresión interesada y servicial que se leía en la cara de Schort, expresaba más confianza que al comenzar. Y aunque Schort estaba todavía sorprendido, no dejaba de complacerle poderse mostrar de toda la utilidad que estuviese en sus manos.

—Dice usted que hace ya dos meses, ¿no es así?
—Sí.
—Y el producto que usted recomendó no produjo efecto, ¿verdad?
—No.
—Y ella lo ha probado también este mes, ¿no es eso?
—Sí.

—Bueno, el asunto es malo, desde luego. Me temo que está bien cogida. La dificultad estriba, señor Griffiths, en que yo tampoco llevo aquí mucho tiempo. Compré esta tienda hace sólo año y medio. Ahora bien, si estuviese en Globersville...

Se detuvo durante un momento como si, al igual que Clyde, tuviese también sus dudas en cuanto a la prudencia de entrar en detalles de esta clase, pero al cabo de unos pocos segundos continuó:

—Como usted sabe, una cosa así no es nada fácil, se esté donde se esté. Los doctores siempre tienen miedo de verse en dificultades. Una vez oí contar un caso de una persona de por aquí que fue a ver a un doctor que vivía a unas cuantas millas de distancia. Pero la muchacha era de muy buena familia, y el individuo que abusó de ella también muy conocido. Lo que no sé es si ese doctor haría algo por una desconocida, aunque puede que sí. A mi entender esas cosas pasan a cada momento, así es que no perdería usted nada con probar. Si usted quiere enviarle a ese individuo, dígale que no me mencione, porque yo soy muy conocido y no quiero verme mezclado si algo fuese mal. Ya sabe usted cómo son estas cosas.
Y Clyde, a su vez, replicó con agradecimiento:

—Oh, desde luego, él lo comprenderá perfectamente. Le diré que no mencione ningún nombre.

Y tras recibir el nombre del doctor, extrajo un lápiz y una libreta de su bolsillo con objeto de que la importante información no se le escapase.

Schort, dándose cuenta de su alegría, se preguntó si sería un trabajador, o si no sería el mismo Clyde el que estaría en este apuro. ¿Por qué iba a preocuparse de un obrero? De todos modos, le alegró ser de utilidad, aunque al mismo tiempo pensó en el chismorreo local suponiendo que en el futuro se descubriese el asunto. Y también cayó en la cuenta de
 



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que Clyde, a menos que estuviese divirtiéndose con alguna muchacha y se viese él mismo en un apuro, no iba a ser tan loco como para ayudar a nadie en este trance, particularmente a un trabajador. Podía apostarse que no lo haría.

Sin embargo, repitió el nombre, así como la dirección más exacta que pudo recordar, dando la parada del autobús y una descripción de la casa. Clyde, tras obtener lo que deseaba, le dio las gracias y después se marchó mientras el comerciante le seguía suspicazmente con la mirada. «¡Estos señoritos ricos! —pensó—. Es una pregunta curiosa viniendo de alguien como él. Lo lógico sería que con toda la gente a la que conoce encontrara alguien que pudiese informarle con más rapidez que yo. Sin embargo, quizá es precisamente por eso por lo que tiene miedo de preguntar. No se puede saber quién es la muchacha a la que habrá puesto en un apuro, quizá esa misma Finchley con la que está tonteando. Nunca puede estarse seguro. Le veo ir con ella bastante a menudo y la muchacha es bastante alegre. Pero, caramba, eso sería el...»



CAPÍTULO 37

La información así obtenida fue un alivio, pero sólo en parte. Tanto para Clyde como para Roberta no habría ahora ningún auténtico respiro hasta que el problema estuviese definitivamente resuelto. Y aunque al cabo de pocos momentos de haber obtenido la información acudió a verla y explicó que por fin había conseguido el nombre de alguien que podría ayudarla, con todo quedaba todavía la grave cuestión de animarla para ver al doctor sola, preparar la historia que iba a disculparle a él y al mismo tiempo granjearse la suficiente simpatía para inducir al doctor a que sus honorarios fueran meramente nominales.

Pero ahora, en lugar de protestar como al principio había temido que haría, Roberta se sintió movida a dar su aquiescencia. Tantas cosas en la actitud de Clyde desde las Navidades la habían asombrado, que estaba desconcertada y no tenía más deseo que verse libre de su carga sin dar ningún escándalo que pudiese perjudicarlos a ambos, y luego seguir sola su propio camino por patético y desgarrador que ello pudiese ser. Desde el momento en que parecía que él había dejado de quererla y evidentemente deseaba verse libre, ella no podía en forma alguna obligarle a hacer otra cosa que seguir sus propios deseos. Ella había vivido y podía seguir viviendo sin él, con tal de verse libre de todo esto. Sin embargo, al mismo tiempo que se decía estas cosas, y el significado profundo de todo ello la invadía, el recuerdo de los días felices que no volverían nunca la obligaban a llevarse las manos a los ojos para enjugar lágrimas incontenibles. ¡Pensar que todo tenía que terminar de esta manera!

No obstante, cuando fue a verla la misma tarde después de su visita a Schort, con el aire satisfecho de quien ha logrado algo que vale verdaderamente la pena, ella se limitó a decir, después de escuchar sus explicaciones en la forma más atenta que pudo:

—¿De verdad sabes dónde, Clyde? ¿Podremos llegar hasta allí en el autobús sin muchas molestias o tendremos que andar mucho?

Y después que él le hubo explicado que no era más que un arrabal de Globersville, y que había una parada interurbana a un cuarto de milla de la casa, ella añadió:
 



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—¿Está en casa por la noche, o tendremos que ir de día? Sería mucho mejor si pudiéramos ir de noche. Así habría muchos menos riesgos de ser vistos.

Y al recibir la seguridad de que el doctor estaba de noche, tal como Clyde se había enterado por el mismo Schort, ella continuó:

—Pero, ¿sabes si es joven o si es viejo? Me sentiría mucho más segura y a mis anchas si fuera viejo. No me gustan los doctores jóvenes. Nosotros siempre hemos tenido un médico viejo en casa y yo me sentiría más a gusto hablándole a alguien como él.

Clyde no lo sabía. No se le había ocurrido preguntarlo, pero para darle ánimo se aventuró a decir que era de edad mediana, lo que resultó ser verdad.

A la noche siguiente partieron los dos, pero por separado, como de costumbre, para Fonda, donde era necesario cambiar de autobús. E inmediatamente, ya en el barrio de la residencia del médico, se apearon y prosiguieron su camino por una carretera que en aquel tiempo de mediados de invierno estaba todavía cubierta de nieve compacta. Ofrecía un suelo bastante liso para sus pasos rápidos. En aquellos días ya no existía la intimidad turbadora que antes había caracterizado a ambos. En aquellos días, distintos y sin embargo tan recientes, como Roberta estaba siempre pensando, él se habría alegrado muchísimo de estar, si no en una ocasión como ésta, sí en un lugar así, para retrasar sus pasos, poner un brazo en torno de su cintura y hablar sobre cualquier cosa: la noche, el trabajo en la fábrica, el señor Liggett, su tío, las películas, algún lugar adonde ir, algo que les gustaría hacer juntos si pudieran. Pero ahora... Y en esta ocasión particular, cuando más que nunca ella habría necesitado toda la fuerza de su cariño y de su apoyo, él, como se veía claramente, estaba preocupado hasta el nerviosismo tan sólo por si ella iba a asustarse y a equivocarse; si iba a decir la cosa justa y en el momento oportuno y si iba a convencer al doctor para que hiciera algo por ella sólo por unos honorarios nominales.

—Bueno, Bert, ¿cómo te sientes? ¿Bien? No irás a resfriarte, ¿verdad? Caramba, espero que no, porque ésta va a ser una buena oportunidad de librarte de todo y quedarnos tranquilos para siempre. Y no es que vayas a dirigirte a alguien que no haya hecho cosas como ésta antes, ya sabes, porque este individuo tiene experiencia. De eso me aseguré muy bien. Todo lo que tienes que hacer es decir, bueno, tú ya sabes, que estás en un apuro y que no sabes cómo salir de él si no te ayuda de alguna manera, porque no tienes amigos a los que acudir. Y además, tal como están las cosas, no podrías acudir a ellos aunque lo necesitases. Así te lo han hecho saber a las claras. Después, si él te pregunta dónde estoy yo o quién soy, le dices que era un individuo de por aquí, pero que me he ido, y le das el primer nombre que se te ocurra, pero insiste en que me he ido y que tú no sabes dónde estoy, que me he quitado de en medio, en una palabra. Después le dices que no habrías acudido si no te hubieses enterado de otro caso en que él ayudó a alguien, que lo sabes porque te lo dijo una muchacha. Sobre todo no le digas que cobras mucho, porque si lo haces nos pasará una factura más grande que lo que yo puedo pagar, a menos que podamos pagarle a plazos o algo por el estilo, eso tú lo verás.

Clyde estaba tan nervioso y tan lleno de la necesidad de imbuir a Roberta de la energía y valor suficientes para salir con éxito de todo esto, ahora que había conseguido traerla hasta aquí, que apenas se daba cuenta de lo inadecuado e incluso trivial que resultaba su consejo inexperimentado y torpe en cuanto se refería al apuro de la muchacha y a la disposición de ánimo y temperamento del médico. Y ella, por su parte, no sólo
 



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estaba pensando en lo fácil que a él le resultaba mantenerse al margen y hacer sugerencias, mientras ella tenía que seguir adelante completamente sola, sino que además no hacía más que pensar en sí mismo sin acordarse de ella para nada, sino tan sólo en verse libre de todo sin gastos y sin molestias.

Al mismo tiempo, incluso en esta ocasión, a pesar de todo lo que pasaba, se sentía decididamente atraída por él, por su rostro pálido, sus manos delgadas, sus maneras nerviosas. Y aunque sabía que hablaba para animarla a hacer lo que él no tenía ni la habilidad ni el valor de hacer por sí mismo, no estaba enfadada. En cambio, iba diciéndose interiormente que no haría nada en absoluto de todo cuanto Clyde le estaba aconsejando con tanta vehemencia y que ella consideraba impropio. Lo que iba a decir no era que la habían abandonado, pues le parecía una confesión muy desagradable y que iba en descrédito de ella misma, sino que estaba casada y que tanto ella como su esposo eran demasiado pobres para permitirse un hijo por ahora; la misma historia que Clyde le había contado al farmacéutico en Schenectady, según ella recordaba. Pues, después de todo, ¿qué sabía Clyde de sus verdaderos sentimientos? Y él no iba a acompañarla y a hacerle las cosas más fáciles.

Pero dominada por el puro instinto femenino de colgarse de alguien en busca de apoyo, se volvió hacia Clyde, apoderándose de sus manos y permaneciendo muy quieta, deseando que él la consolara y le dijese que todo iría bien y que no debía tener ningún miedo. Y aunque él ya no la quería, en vista de esta evidencia involuntaria de la antigua confianza de la muchacha en él, soltó las manos y abrazándola, más para animarla que por ninguna otra cosa, observó:

—Vamos, vamos, Bert. Caramba, no puedes hacer eso ahora, ¿sabes? No debes perder los nervios ahora que estamos aquí. No te será muy difícil una vez estés allí, estoy seguro. Todo lo que tienes que hacer es subir y tocar el timbre, y cuando él abra, o quienquiera que sea, decir que necesitas ver al doctor a solas. Entonces él comprenderá que se trata de algo reservado y todo será más sencillo.

Siguió dando consejos de la misma clase, y ella, dándose cuenta de su falta de sentimiento sincero en este momento en que su situación era más desesperada, se separó con todo el vigor que pudo y dijo:

—Bueno, espera aquí entonces, ¿quieres? No te vayas muy lejos. Puedo volver en seguida. —Tras lo cual se introdujo en las tinieblas del otro lado de la verja y anduvo por el sendero que conducía hasta la puerta principal.

En respuesta a su llamada la puerta fue abierta por uno de esos médicos provincianos de aspecto honesto y mentalidad recta, el cual no obstante la opinión de Clyde y Schort, respondía al típico practicante rural: solemne, prudente, moral, religioso hasta cierto punto, con opiniones que él consideraba liberales y otras que una persona claramente liberal habría considerado estrechas y atrasadas. Sin embargo, a causa de la ignorancia y estupidez de las personas que le rodeaban, podía creerse a sí mismo un personaje muy instruido. En contacto constante con todas las manifestaciones de la ignorancia y del abandono, así como con la sobriedad, energía, conservadurismo, éxito y demás cualidades de esta índole, se sentía inclinado, cuando los hechos parecían anular sus rápidas conclusiones con respecto a muchas cosas, a suspender su juicio entre las pretensiones disputadas del cielo y del infierno y dejarlo todo en suspenso e indeciso.
 



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Físicamente era bajo, rechoncho, con cuello de toro y, sin embargo, de rasgos agradables, con vivos ojos grises y boca y sonrisa agradables. Su cabello corto de un gris acerado estaba peinado a la moda del campo, un rasgo de vanidad rural. Y sus brazos y manos, estas últimas gordezuelas y pequeñas, pero sensibles, colgaban pasivamente a sus costados. Tenía cincuenta y ocho años, estaba casado y era padre de tres hijos, uno de los cuales estudiaba ya medicina con objeto de suceder a su padre en la consulta.

Después de introducir a Roberta en un saloncito corriente y pedirle que aguardara hasta que hubiese acabado de cenar, volvió a aparecer a la puerta de una habitación interior o despacho igualmente corriente, donde una mesa, dos sillas, algunos instrumentos médicos, libros y una pequeña antecámara que contenía algunos objetos profesionales revelaban que era el lugar donde recibía a sus pacientes. Dijo a la muchacha que tomara asiento en una de las sillas. Y a causa de su cabello gris, de su solidez, así como de la extraña costumbre que tenía de guiñar los ojos, Roberta se sintió no poco asustada, aunque de ninguna manera tan mal impresionada como había temido. Por lo menos era viejo y parecía inteligente y conservador, si no del todo simpático o afable en sus maneras. Y después de mirarla con curiosidad un momento como si tratase de reconocer a alguien de su inmediata vecindad, empezó a decir:

—Bueno, ¿quién es usted, por favor? ¿En qué puedo servirla?

Su voz era profunda y tranquilizadora, hecho éste que Roberta agradeció lo indecible. Al mismo tiempo, aterrada por el pensamiento de que ya había llegado al sitio y al momento en que tendría que decir la degradante verdad acerca de sí misma, no podía más que permanecer allí sentada con los ojos fijos en él y luego en el suelo, mientras empezaba a juguetear con el asa del pequeño bolso que llevaba consigo.

—Bueno, usted verá —empezó ella, angustiada y nerviosamente, traicionando en su actitud el terrible esfuerzo a que se veía sometida—. Vine porque... es decir... he venido...

quiero decir... no sé si podré contarle lo que me pasa. Éste es el caso. Creí que podría explicárselo, pero ahora que estoy aquí y le veo a usted... —Se detuvo y se echó atrás en su silla como si estuviera dispuesta a levantarse y al mismo tiempo añadió—: ¡Oh, Dios mío, qué espantoso es todo esto! Estoy tan nerviosa y...

—Bueno, vamos a ver, querida —dijo él en tono tranquilizador, impresionado por su apariencia atractiva y sin embargo sobria, y preguntándose qué podía trastornar tanto a una muchacha de aspecto tan modesto, tranquilo y juicioso, al mismo tiempo que le divertía no poco la frase de «ahora que le veo a usted»—. ¿Qué es eso de «ahora que le veo a usted»? —continuó—. ¿Tanto la asusto? No soy más que un sencillo doctor rural, como usted sabe, y creo que no tengo nada de aterrador, aunque usted parezca pensar lo contrario. Puede tener la seguridad de que escucharé todo lo que me diga y no debe tener ningún miedo. Si hay algo en que pueda servirla, lo haré.

Se mostraba claramente agradable, pensó ella, y sin embargo tenía tal aspecto de seriedad, de reserva y convencionalismo, que estaba segura de que cuando le dijera de lo que se trataba se escandalizaría mucho, y entonces, ¿qué iba a pasar? ¿Querría hacer algo por ella? Y si quería, ¿cómo iba a arreglárselas con la cuestión del dinero, porque sin duda ése era un punto que no tardaría en salir a colación? Si Clyde o alguna otra persona estuviese aquí para hablar en lugar de ella... Sin embargo, ya que había llegado no tenía más remedio que hablar. No podía marcharse sin hacerlo. Una vez más se movió con
 



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agitación, jugando con un botón de su abrigo, al que dio vueltas entre el pulgar y el índice, y luego continuó, a tropezones:

—Pero es el caso que... se trata... bueno, es algo distinto, sabe usted, y yo no sé qué pensará... porque yo... bueno... yo...

Una vez más se detuvo, incapaz de seguir, pasando del blanco al rojo y viceversa mientras hablaba. Y a causa de la turbada modestia de sus palabras, así como de la claridad de sus ojos, la palidez de su frente, la sobriedad de sus maneras y de su vestido, el doctor apenas pudo llegar a pensar por un momento que se tratase sino de una de esas exhibiciones morbosas de la inocencia, o más bien de la inexperiencia, en relación con algo relativo al cuerpo humano, cosa característica de las muchachas jóvenes y no sofisticadas en algunos casos. Y de esa forma, estaba a punto de repetir su fórmula habitual en circunstancias semejantes de que podía decirlo todo sin miedo o vacilación, se tratase de lo que se tratara, cuando un segundo pensamiento, basado en el encanto y el vigor de Roberta, así como en las oleadas contradictorias que acometían los centros cerebrales receptivos de la muchacha, le hicieron pensar en que tal vez pudiese estar equivocado. Después de todo, ¿por qué no podía ser éste otro de esos turbios casos juveniles en que estaban mezclados la inmoralidad y el libertinaje? Ella era muy joven, saludable y atractiva, aparte de que muchos de tales casos se daban principalmente entre las muchachas de apariencia más respetable. Y siempre traían preocupaciones y disgustos para los doctores. Y por varias razones relacionadas con su propio temperamento, que era reservado y distante, así como por la naturaleza de todo aquel mundo social provinciano, le disgustaba verse envuelto en aquellas complicaciones. Eran casos ilegales, peligrosos, que por lo general no conllevaban paga alguna, y los sentimientos de este pequeño mundo local estaban siempre en contra de tales prácticas, como él sabía muy bien. Además, personalmente se sentía más o menos irritado contra estos jóvenes libertinos, muchachos o muchachas, que se tomaban la licencia de ejercitar las funciones normales de sus naturalezas sin freno alguno, pero que también estaban dispuestos a sustraerse a las obligaciones sociales que ello traía aparejadas, el matrimonio ante todo. Y por eso, aunque en algunos casos en el pasado, en los diez años últimos, cuando consideraciones familiares, de vecindad o religiosas se lo habían hecho aconsejable, había ayudado a librar de las consecuencias de su locura a varias jóvenes de buena familia que habían caído y no podían ser rescatadas de otra manera, con todo se sentía opuesto a ayudar, con su propia habilidad o su consejo, a remediar retrasos o percances que no estuviesen recomendados con mucho empeño por otras personas. Era demasiado peligroso. De ordinario su costumbre era aconsejar el matrimonio inmediato. O cuando esta solución no era posible, porque el perpetrador de la infamia había levantado el vuelo, entonces procuraba no mezclarse lo más mínimo en el asunto. Era demasiado peligroso, ética y socialmente equivocado, y estaba penado por la ley.

En consecuencia miró ahora a Roberta de una manera muy severa. De ninguna forma, se dijo a sí mismo, se permitiría sentirse comprometido emotivamente o de cualquier otra forma en este asuntó. Y así, con objeto de ayudarse a sí mismo tanto como a la muchacha para conseguir un equilibrio que les permitiera a ambos explicarse sin demasiado trabajo, se dirigió hacia su libro de registro y abriéndolo, dijo:

—Veamos si podemos poner las cosas en claro. ¿Cómo se llama usted?
 



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—Ruth Howard. Señora Howard —replicó Roberta nerviosamente y con gran tensión, acordándose al punto de un nombre que Clyde le había sugerido.

Y entonces, al oír que la joven estaba casada, respiró más desahogado. Pero, ¿por qué entonces las lágrimas? ¿Qué razón podía tener una joven casada para mostrarse tan tímida y nerviosa?

—¿Y cuál es el nombre propio de su marido? —continuó él.

Tan sencilla como era la pregunta, y tan fácil como habría sido contestarla, Roberta, sin embargo, vaciló.

—Gifford —contestó, el nombre de su hermano mayor.
—Vive usted por aquí cerca, supongo.
—En Fonda.
—Sí. Y, ¿qué edad tiene usted?
—Veintidós.

—¿Cuánto tiempo lleva usted casada?

Esta pregunta, tan íntimamente relacionada con el problema que tenía ante sí, la hizo vacilar de nuevo antes de decir:

—Déjeme ver... tres meses.

Inmediatamente el doctor Glenn volvió a dudar, aunque no dejó aparentarlo delante de ella. La vacilación de la muchacha le preocupaba. ¿Por qué esa incertidumbre? Estaba preguntándose de nuevo si tenía delante una muchacha de confianza o si sus primeras sospechas eran acertadas. En consecuencia preguntó ahora:

—Bueno, ¿y en qué consiste la dificultad, señora Howard? No hace falta que vacile usted en decírmelo en absoluto. Estoy habituado a cosas como ésta durante años, de cualquier clase que sean. Esa es mi profesión, escuchar los apuros de la gente.

—Bueno —empezó Roberta, otra vez nerviosa, porque la terrible confesión le dejaba seca la garganta y casi le paralizaba la lengua, mientras seguía dándole vueltas al mismo botón de su abrigo y miraba el suelo con fijeza—. Se trata de que... ¿sabe usted?... mi marido no gana mucho dinero... y yo tengo que trabajar para ayudar y ninguno de los dos tiene un buen sueldo. —Se asombraba a sí misma de su propia habilidad para mentir de esta manera, ella que siempre había odiado la mentira—. Por eso... naturalmente… no podemos permitirnos... tener... bueno, ningún niño... usted comprende, tan pronto y...

Se detuvo con el aliento entrecortado, incapaz de seguir adelante con esta mentira descarada.

El doctor, creyendo al fin darse cuenta del verdadero problema, esto es, que era una muchacha recién casada que se veía frente al apuro que estaba tratando de explicar, pero que no deseaba recurrir al aborto, no queriendo descorazonar demasiado a una pareja joven que empezaba a abrirse camino en la vida, la miró con más simpatía, conmoviéndole el desgraciado apuro de estos jóvenes, así como la modestia de la muchacha que acudía a él en una situación tan delicada. Era muy desagradable. La gente joven en esta época tenía que pasar ratos muy amargos, por lo menos mientras empezaban a abrirse camino. Y sin duda tenían que hacer frente a situaciones financieras muy apretadas. A casi toda la gente joven le pasaba lo mismo. No obstante, la cuestión de una operación abortiva o interferencia en los procesos de la vida, bueno, eso era un asunto turbio y antinatural en el mejor de los casos, y del cual no quería saber nada en absoluto.
 



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Por otra parte, la gente joven y saludable, aunque sea pobre, sabe muy bien a lo que se compromete al contraer matrimonio. Y no era imposible que trabajando los dos pudiesen arreglárselas de alguna forma.

Y entonces, estirándose en su silla en forma muy solemne y autoritaria empezó a decir:

—Comprendo qué es lo que usted quiere decirme, señora Howard. Pero me pregunto también si ha considerado usted qué serio y qué grave es lo que tiene en mente. Pero —añadió de pronto, ante el pensamiento de si su propia reputación estaba manchada de alguna forma por el rumor de algo que hubiese hecho en el pasado—, ¿por qué se le ocurrió venir a mí precisamente?

Algo en el tono de su voz, en la manera en que hizo la pregunta, la prudencia que revelaba la misma, así como el posible resentimiento que podría causarle pensar que cualquiera sospechaba de él que sería capaz de realizar cosas de esa índole, hicieron que Roberta vacilara y comprendiese que decir que había sido enviada por alguien podría resultar peligroso. Quizá sería mejor no decir que le habían dado su nombre. Eso podría tomarlo como un insulto a su carácter de médico honorable. Un instinto innato de diplomacia vino en su ayuda en este caso, y replicó:

—He visto varias veces al pasar la placa que tiene usted en la puerta y he oído decir que es usted un buen médico.

Aplacada así la incertidumbre del doctor, continuó éste:

—En primer lugar, la cosa que usted quiere es algo que mi conciencia no me permitiría aconsejarle. Comprendo, desde luego, que usted lo considere necesario. Usted y su marido son jóvenes y no tienen mucho dinero, y ambos temen que un trastorno de esta índole sea una gran molestia en todos los aspectos. Y sin duda lo será. Con todo, a mi juicio, el matrimonio es algo muy sagrado, y los hijos son una bendición, no una maldición. Y cuando usted fue al altar hace tres meses, probablemente ya sabría que tendría que afrontar una situación como ésta. Toda la gente que se casa joven lo sabe, creo yo. Sé que ahora la tendencia del día en algunos sectores se inclina mucho en esta dirección, siento decirlo. Son aquellos que consideran justo apartar las responsabilidades normales en tales casos y practicar tales operaciones, pero eso es muy peligroso, señora Howard, muy peligroso legal y éticamente, y desde el punto de vista médico es muy arriesgado. Muchas mujeres que tratan de escapar al alumbramiento de esta forma mueren en el empeño. Además, es motivo de cárcel para el doctor, cualquiera que sea, el asistirlas, haya malas consecuencias o no. Supongo que usted lo sabe. De todos modos, yo, por lo que a mí se refiere, me opongo en redondo a este género de cosas desde todos los puntos de vista. La única excusa que puedo ver para ello es cuando, por ejemplo, la vida de la madre depende de una operación semejante. Pero no de otra forma. En tales casos la profesión médica está de acuerdo. Pero estoy seguro de que con usted no ocurre nada por el estilo. Me parece una muchacha fuerte y saludable. La maternidad no tendrá consecuencias serias para usted. Y en cuanto a motivos económicos, ¿no cree que si sigue adelante y tiene ese niño, usted y su marido encontrarán medios para defenderse? ¿Dice usted que su marido es electricista?

—Sí —replicó Roberta nerviosamente, no poco asustada y subyugada por aquella solemne lección de moralidad.
 



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—Bueno, pues tanto mejor —continuó él— Esa no es una profesión insignificante. Tengo entendido que los electricistas ganan bastante. Y cuando usted considere fríamente qué serio es lo que ha pensado hacer, que ha estado planeando destruir una vida joven que tiene tanto derecho a la existencia como usted tiene a la suya... —hizo una pausa con objeto de dejar que la sustancia de lo que estaba diciendo penetrase en su interlocutora—, entonces dejará de pensar así y lo considerará todo de otra manera, y también su marido. Por lo demás —añadió con un tono de voz diplomático y más paternal y casi intrigante—, creo que una vez que tengan el niño no les irá peor que ahora. Dígame —añadió en este punto con curiosidad—, ¿sabe su marido que ha dado usted este paso? ¿O es sólo un plan que ha tramado usted para ahorrarle dificultades?

Casi sonrió jovialmente, imaginando que había atrapado a Roberta presa de un miedo nervioso y femenino, pensando que si era así podría apartarla con facilidad de su idea presente. Y ella, dándose cuenta de lo que él pretendía y comprendiendo que una mentira más o menos ni la ayudaría ni podría perjudicarla, replicó al punto:

—Sí, él lo sabe.

—Bueno, entonces —continuó él, un poco sorprendido de que su suposición hubiese resultado incorrecta, pero no menos dispuesto a disuadirles, tanto a ella como a él—, creo que ustedes dos deben considerar muy seriamente la cuestión antes de seguir adelante. Sé que cuando la gente joven tiene que afrontar por primera vez una situación como ésta, siempre miran el lado más sombrío de la cosa, pero la verdad es que no es tan terrible como parece. Es lo que nos pasó a mi esposa y a mí cuando vimos que se acercaba el primer hijo. Pero seguimos adelante. Y si ustedes dejan de preocuparse de eso, lo verán bajo una luz diferente, estoy seguro. Y así además no tendrán ningún peso en la conciencia.

Cesó de hablar, razonablemente seguro de haber dispersado el temor así como la determinación que había hecho acudir a Roberta, la cual, siendo una esposa sensata, no podría por menos que desistir de su plan y marcharse.

Pero en lugar de acceder o de levantarse para marcharse, como él pensó que haría, ella le dirigió una mirada aterrorizada y al instante rompió a llorar. Pues el efecto total de su discurso había sido resucitar con más fuerza que nunca el aspecto moral, social o convencional de la situación que ella estaba tratando de apartar de sus pensamientos, y que, en circunstancias ordinarias, suponiendo que hubiese estado en efecto casada, habría sido exactamente la actitud que ella hubiese tomado. Pero ahora, al comprobar que su problema no iba a resolverse, al menos por este hombre, se apoderó de ella lo que podría describirse como un ataque de pánico.

Súbitamente, empezando a abrir y cerrar los dedos y al mismo tiempo entrechocando las rodillas, mientras su rostro se desfiguraba de pena y de terror, exclamó:

—Pero usted no comprende, doctor, usted no comprende. ¡Tengo que librarme de esto como sea! Es preciso. No hay nada en absoluto de lo que le he dicho a usted. No estoy casada. No tengo marido. Pero ¡oh!, usted no sabe lo que esto significa para mí. ¡Mi familia! ¡Mi padre! ¡Mi madre! No puedo decirles nada. Tengo que librarme de esto. ¡Tengo que hacerlo! ¡Sin remedio! ¡Oh, usted no sabe! ¡Tengo que hacerlo! ¡Sin falta! ¡Sin falta!

Empezó a balancearse hacia delante y hacia atrás, al mismo tiempo que se agitaba a
 



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un lado y otro como en un trance.

El médico, sorprendido y conmovido por esta súbita demostración, y sin embargo al mismo tiempo complacido de que su sospecha original hubiese sido correcta, y de que por tanto Roberta le había estado mintiendo, a la par que seguía deseando mantenerse al margen del asunto, para lo cual tenía que adoptar una actitud firme o incluso implacable, preguntó con solemnidad:

—¿Dice usted que no está casada?

Por toda respuesta, Roberta se limitó a mover la cabeza negativamente y continuó llorando. Y por fin, dándose cuenta de la importancia de la situación, el doctor Glenn se levantó, con el rostro lleno de turbada y sin embargo conservadora precaución y simpatía. Pero permaneció sin decir nada un rato, mirándola mientras lloraba. Más tarde añadió:

—Bueno, bueno, esto es muy desagradable. Lo siento.

Pero temiendo ablandarse de algún modo, se limitó a detenerse, añadiendo después de un rato en forma dubitativa y apaciguadora:

—No debe usted llorar. Eso no le servirá de nada. —Después se detuvo de nuevo, resuelto todavía a no tener nada que ver con este caso. Sin embargo, un tanto curioso en cuanto a la verdadera naturaleza de la historia, preguntó al fin—: Bueno, entonces ¿dónde está el joven que ha sido la causa de su apuro? ¿Está aquí?

Todavía abrumada por la vergüenza y la desesperación, incapaz de hablar, Roberta se limitó a mover la cabeza negativamente.

—Pero él sabe que está usted en un apuro, ¿no es así?
—Sí —replicó Roberta, débilmente.
—¿Y no se quiere casar con usted?
—Se ha ido.

—Ah, ya veo. ¡El muy sinvergüenza! ¿Y no sabe usted dónde?
—No —mintió Roberta sin fuerza.
—¿Cuánto tiempo hace que la dejó?
—Cerca de una semana. —Volvió a mentir una vez más.
—Y, ¿no sabe usted dónde está?
—No.

—¿Cuánto tiempo hace que se siente usted mal? —Ahora hace ya más de dos semanas —sollozó Roberta. —¿Y antes ha estado siempre bien? —Sí.

—Bueno, en primer lugar —su tono era más consolador y agradable que antes; parecía estar urdiendo una excusa para librarse de un caso que no prometía nada más que peligros y dificultades— esto puede que no sea tan serio como usted cree. Sé que usted está muy asustada, pero no es tan raro como parece que a las mujeres les falte un período. De todos modos, sin un examen no sería posible estar seguro, y en todo caso lo más aconsejable sería esperar otras dos semanas. Entonces puede resultar que no haya nada de lo dicho. No me sorprendería que resultase así. Parece que usted es demasiado sensible y nerviosa y eso algunas veces produce retrasos de esa índole, debidos al mero nerviosismo. De todos modos, si usted sigue mi consejo, cualquiera que sea el camino que decida tomar, no debe hacer sino irse a casa y esperar hasta estar realmente segura. Pues aunque
 



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decidiera hacer algo, no sería aconsejable que lo hiciera antes de ese tiempo.

—Pero es que he tomado ya algunas píldoras y no me han producido el menor efecto —argüyó Roberta.

—¿De qué eran? —preguntó el doctor Glenn con interés, y después se limitó a contestar—: Ah, ésas. Bueno, desde luego no podían servirle de nada si realmente está usted embarazada. Pero, con todo, le sugiero que espere, y si ve usted que pasa su segundo período, entonces será tiempo de actuar, aunque yo le aconsejo seriamente, incluso entonces, que no haga nada si puede evitarlo, porque considero que es un error interferir con la naturaleza de esa manera. Sería mucho mejor que usted arreglase las cosas para poder tener el niño y cuidarse de él. De ese modo no tendría sobre su conciencia el pecado de haber destruido una vida.

Parecía muy grave y se sentía muy justo mientras decía esto. Pero Roberta, al tener que enfrentarse con terrores que él por lo visto era incapaz de comprender, sólo exclamó, tan dramáticamente como antes:

—¡Pero yo no puedo hacer eso, doctor, se lo digo a usted! ¡No puedo! ¡No puedo! Usted no comprende. Oh, no sé qué hacer a menos que encuentre algún medio para librarme de esto. ¡No sé! ¡No sé! ¡No sé!

Movía la cabeza y cruzaba los dedos balanceándose de un sitio para otro, mientras que el doctor Glenn, impresionado por los terrores de la muchacha, por la miseria de la locura que, como veía, la había conducido a este trance espantoso, sin embargo se sentía profesionalmente distanciado por la índole de un caso que no presagiaba más que dificultades para él, así que se plantó delante de Roberta y añadió:

—Como le dije antes, señorita... Howard, si es ése su nombre, me opongo en redondo a operaciones de esa índole, lo mismo que me opongo a la locura que hace que muchachas y jóvenes lleguen al punto de creer que tales operaciones son necesarias. Un médico no puede intervenir en un caso de esta clase a menos que desee pasar diez años en la cárcel, y pienso que la ley es justa. No es que no me dé cuenta de cuán dolorosa tiene que resultarle su situación. Pero siempre hay gente que desea ayudar a muchachas que se encuentran en su situación, con tal que dicha muchacha no desee hacer nada que sea injusto moral y legalmente. Y por eso el mejor consejo que puedo darle ahora es que no haga nada en absoluto en este momento ni en ningún otro. Mejor es que se vaya a casa y vea a sus padres y se lo confiese todo. Será mucho mejor, mucho mejor, se lo aseguro. No será tan duro como usted cree ni tan malvado como aquel otro procedimiento. No olvide que se trata de una vida, una vida humana, si es realmente como usted piensa. Una vida humana que usted está tratando de extinguir, y yo no puedo ayudarle a hacerlo. Realmente no puedo. Quizá hay doctores, yo sé que los hay, hombres aquí y allá que consideran su ética profesional de una manera menos seria que yo, pero no puedo convertirme en una de esas personas. Lo siento muchísimo.

»Por eso lo mejor que puedo decirle es que vaya a casa de sus padres y lo confiese todo. Ahora puede parecerle duro, pero a la larga se sentirá usted mejor. Si le sirve de consuelo puede decirles que vengan a verme y yo les hablaré. Trataré de hacerles ver que no es tampoco el fin del mundo. Pero en cuanto a hacer lo que usted quiere, lo siento mucho, muchísimo, pero no puedo. Mi conciencia no me lo permitiría.

Se detuvo y la miró con simpatía, pero con una mirada decidida y concluyente en sus
 



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ojos. Y Roberta, aterrada por ese súbito fin de todas las esperanzas que había puesto en él y dándose cuenta al final no sólo de que había estado engañada por la información de Clyde con respecto a este doctor, sino de que su alegato tanto técnico como emotivo había fracasado, anduvo ahora vacilante hacia la puerta, con todos los terrores del futuro apelotonándose sobre su cabeza. Y una vez que se vio en la oscuridad, después que el doctor hubo cerrado muy cortés y apesadumbradamente la puerta tras ella, se detuvo para apoyarse contra un árbol que había allí, faltándole toda fuerza física y sostenida tan sólo por sus nervios. Él se había negado a ayudarla. Se había negado a ayudarla. Y ahora, ¿qué?




CAPÍTULO 38

El primer efecto de la decisión del doctor fue aterrorizar a los dos sobremanera. Pues al parecer la deshonra se cernía sobre Roberta, y el escándalo y la ruina aguardaban a Clyde. Y al parecer ésta era la única solución que les quedaba. Luego, gradualmente, para Clyde al menos, hubo un ligero alivio en la pesada carga. Quizá, después de todo, como el doctor había sugerido, el fin no había llegado todavía. Había la remota posibilidad sugerida por el farmacéutico, por Schort y por el doctor, de que Roberta pudiese estar equivocada. Y esto, aunque no producía una reacción feliz en ella, tuvo el resultado insatisfactorio de inducir a Clyde a una letargia basada sobre todo en el miedo siempre ominoso de su incapacidad para enfrentarse con esta situación, así como la certidumbre del escándalo social, todo lo cual hizo que en lugar de luchar con mayor desesperación, difiriese toda acción inmediata. Pues así era su naturaleza, y aunque se daba cuenta claramente de las probables consecuencias trágicas que se sucederían si no actuaba, con todo le era difícil pensar a qué otra persona podría dirigirse sin peligro para sí mismo. ¡Era terrible que el doctor al que ella había suplicado y que según el consejo de Schort habría podido ayudarla se hubiese portado de esa manera!

Pero aparte de pensamientos nerviosos acerca de a quién dirigirse a continuación, no se le ocurrió nadie en particular antes de que pasasen las dos semanas o más. Era muy difícil preguntarle a alguien. Era algo que no se podía hacer así como así. Además, ¿a quién podría peguntar ahora? ¿A quién dirigirse? Estas cosas necesitaban tiempo, ¿no era así? Pero mientras tanto los días continuaban deslizándose y tanto él como Roberta tenían tiempo de sobra para considerar qué pasos dar, el uno con respecto al otro, en caso de que no se encontrase ninguna solución médica o quirúrgica. Pues Roberta, al tiempo que le instaba a ayudarla, no tanto por palabras como por su expresión y estado de ánimo en el trabajo, estaba determinada a no reñir sola esta batalla, porque creía que no podría. Por otra parte, como podía ver muy bien, Clyde no hacía nada. Pues, aparte de lo que ya había intentado, se veía del todo desconcertado en cuanto al camino a tomar. No tenía ningún amigo íntimo y en consecuencia sólo podía presentar el problema como algo imaginario a alguna que otra persona aquí o allí con la esperanza de obtener alguna información útil. Al mismo tiempo, y por poco práctico y evasivo que pudiera parecer, estaba aquel mundo gozoso del cual Sondra formaba parte, cuando, a pesar del desgraciado estado y humor de Roberta, él era requerido a ir aquí y allá, e iba, porque al hacerlo aliviaba su imaginación
 



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del temido espectro del desastre que estaba constantemente delante de él. ¡Si pudiese liberarla de esto! ¡Si lo consiguiese de alguna forma! Pero cómo, sin dinero, sin amigos íntimos, sin un conocimiento más cercano de la vida médica o, si no eso exactamente, del mundo subterráneo de la francmasonería sexual que algunas personas, por ejemplo los botones del Green-Davidson, parecían conocer. Desde luego le había escrito a Ratterer, pero no había habido respuesta alguna, puesto que Ratterer se había trasladado a Florida y todavía no le había llegado la carta de Clyde. Y en Lycurgus, todas aquellas personas a las que conocía mejor estaban ligadas o con la fábrica o con la alta sociedad, individuos por una parte demasiado inexperimentados o peligrosos o, por la otra, demasiado remotos y comprometedores, ya que no tenía suficiente intimidad con ninguno de ellos como para pedirles un secreto absoluto.

Al mismo tiempo tenía que hacer algo; no podía seguir tranquilo y desentenderse. Sin duda Roberta no le permitiría por mucho tiempo que lo hiciera, expuesta como estaba al escándalo. Y de esta forma, de cuando en cuando se desesperaba y se agarraba como a un clavo ardiendo a las oportunidades más nimias. Así, por ejemplo, un capataz conocido suyo que se refirió cierto día a una muchacha de su departamento que se había quedado embarazada y que se había visto obligada a pedir permiso, le dio una oportunidad para preguntar qué creía él que haría una muchacha así en caso de que no pudiera alimentar a su hijo o no quisiera tenerlo. Pero el mencionado capataz, tan poco informado como él mismo, observó meramente que la chica probablemente tendría que ir a un doctor si conocía alguno o pechar con las consecuencias, lo cual dejó a Clyde exactamente en el mismo sitio en que estaba. En otra ocasión, en una charla en la barbería referente a un caso registrado en el periódico local en el que una muchacha denunciaba a un individuo por rompimiento de promesa, se hizo la observación de que nunca lo habría denunciado a menos que se viese obligada a ello. Y entonces Clyde cogió la oportunidad para observar esperanzadamente:

—¿Pero no creen ustedes que ella podría encontrar alguna manera de salir del apuro sin necesidad de tener que casarse con un individuo que no le gusta?

—Bueno, eso no es tan fácil como usted cree, en especial en esta región —explicó el individuo que estaba cortándose el cabello—. En primer lugar va contra la ley. Y además cuesta un montón de dinero. Y como no gane uno mucho, el dinero siempre es preocupante.

El chirrido de las tijeras acompañaba los pensamientos de Clyde que, por propia experiencia, comprendía cuán cierto era todo aquello. Si tuviese un montón de dinero, aunque sólo fuesen unos cientos de dólares, podría arriesgarse y persuadir a Roberta para que se fuera a cualquier lado a hacerse la operación por su cuenta, dejándole a él tranquilo.

Pero cada día se repetía una y otra vez que era preciso hacer algo. Y Roberta también se decía a sí misma que tenía que actuar y no seguir dependiendo de Clyde si éste iba a comportarse siempre de la misma manera. No era posible tomar a broma o menospreciar un terror de esta índole. Era una cruel imposición la que pesaba sobre ella. Clyde no se daba cuenta de cuán terriblemente la afectaba a ella todo esto, e incluso a él mismo. Pues desde luego, si él no se mostraba dispuesto a ayudarla a salir de todo esto, como había dicho que haría en un principio, entonces ella tampoco estaba resignada a afrontar sola la
 



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tormenta que sobrevendría. ¡Nunca, nunca, nunca! Pues después de todo, como Roberta veía el asunto, Clyde era un hombre, tenía una buena posición, y no era él sino ella la que estaba en una situación comprometida de la que no se podía salvar por sus propios medios.

Y comenzando desde el segundo día a partir del segundo período, cuando descubrió de una manera irrebatible que sus peores sospechas eran ciertas, no sólo recalcó el hecho de que estaba angustiada de una manera indecible, sino que al tercer día le anunció en una nota que iba a ir de nuevo a ver al doctor de Globersville aquella misma noche, sin tener en cuenta para nada su negativa anterior, tan grande era su necesidad, y pidiéndole a Clyde que la acompañara, petición que, puesto que él no había conseguido hacer nada, tuvo que aceptar, aunque tenía un compromiso anterior con Sondra, porque comprendió que aquello era de mayor importancia que ninguna otra cosa. Tuvo que excusarse con Sondra con el pretexto del trabajo.

Por consiguiente se hizo un segundo viaje, y esta vez él y Roberta sostuvieron una larga y nerviosa conversación por el camino, que no dio por resultado más que algunas explicaciones acerca de por qué no había conseguido enterarse de nada, más ciertos consejos dirigidos a la muchacha y relativos al valor que había demostrado al decidirse por sí misma a ver al médico.

Pero una vez más el doctor se negó a intervenir. Después de esperarle durante cerca de una hora, Roberta sólo pudo decirle que su estado no había variado y que el terror la tenía destrozada, pero no recibió ninguna insinuación del médico de que estuviese dispuesto a actuar como ella deseaba. Para él era algo que iba contra su ética y sus prejuicios.

Una vez más, regresó Roberta, esta vez demasiado triste para llorar, aplastada bajo el peso de un peligro inminente y los miedos y amarguras que la aguardaban.

Clyde, al enterarse de esta derrota, se vio al fin reducido a un silencio nervioso y lúgubre, absolutamente vacío de toda sugerencia útil. No podía decir nada y estaba temeroso de que Roberta fuera a hacerle alguna demanda que social o económicamente él no pudiera atender. Sin embargo, la muchacha no dijo nada cuando llegaron a su casa, sino que se sentó y se puso a mirar por la ventana pensando en su terrible impotencia que a cada minuto se hacía más real y espantosa. A manera de excusa alegó que tenía jaqueca. Necesitaba estar sola, seguir pensando, tratar de encontrar una solución. Tenía que haber una solución. Ella lo sabía. Pero, ¿cuál? ¿Cómo? ¿Qué podía hacer? ¿Cómo podía escapar? Se sentía como un animal acorralado que lucha por su vida contra un gran número de enemigos, y pensaba en millares de soluciones totalmente remotas e imposibles, para volver de forma inconsciente al único y verdadero camino y a la única solución acertada, la del matrimonio. ¿Y por qué no? ¿No se lo había dado todo a Clyde, a pesar de que iba en contra de sus principios? ¿No la había persuadido él con engaños? ¿Por qué tenía que darle la espalda? Pues a veces, y en especial desde que esta crisis latente se había desarrollado, las maneras de Clyde, a causa de Sondra y de los Griffiths y de lo que él comprendía que sería el efecto fatal de todo ello con respecto a los sueños que tenía en la localidad, eran lo bastante claras para poner de manifiesto que su amor había muerto del todo, y que no pensaba en lo que significaba para Roberta su situación, sino tan sólo en lo que le atañía a él y el perjuicio que todo aquello podía causarle. Y como ello no era cosa
 



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que a ella le preocupase demasiado, sólo sirvió para irritarla y llegar a la decisión de que en un estado tan desesperado, estaba justificada al solicitar con más fuerza de lo que hubiera hecho en circunstancias ordinarias, algo que antes apenas hubiese soñado, el matrimonio, ya que no quedaba ninguna otra salida. ¿Y por qué no? ¿No era su vida tan buena como la de él? ¿Y no se había él ligado a ella voluntariamente? Entonces, ¿por qué no luchaba ahora por ayudarla o, en vista de que ya no se podía hacer otra cosa, realizar el sacrificio final que era el único medio por el que al parecer ella podría ser rescatada? Porque, ¿quiénes eran todas esas gentes de la buena sociedad por las que él se interesaba tanto? ¿Por qué tenía que pedirle que sacrificara su futuro y su buen nombre sólo en interés de él? Los demás no habían hecho mucho por Clyde, por lo menos no tanto como ella. Y, sólo porque él se había cansado, después de persuadirla a acceder a sus deseos, ¿era eso razón suficiente para que en esta crisis se considerara autorizado a abandonarla? Después de todo, la gente de la buena sociedad por la que él se sentía tan interesado, cualesquiera que fuesen sus relaciones con ellos, ¿no pensarían que ella estaba del todo justificada al dar el paso a que se veía obligada?

Rumió mucho esta cuestión, sobre todo al regreso de su segunda tentativa para inducir al doctor Glenn a que la ayudara. Por momentos su rostro fue tomando una expresión desafiante y resuelta, que parecía nueva en ella, pero que había ido desarrollándose al verse sometida a esta presión. Sus mandíbulas se endurecieron. Había llegado a una decisión. Clyde tendría que casarse con ella. Tenía que obligarle si no había otra forma de librarse del apuro. Tenía que hacerlo, tenía que hacerlo. No cabía sino pensar en su casa, en su madre, en Grace Marr, en los Newton, en todos los que la conocían; en el terror y la pena y la vergüenza que caería sobre todos aquellos que de una u otra forma estaban relacionados con ella: su padre, sus hermanos, sus hermanas, ¡imposible, imposible! No debía y no podía ser. Imposible. Podía parecer un poco duro por su parte, incluso ahora, tener que insistir sobre esto, considerando el énfasis con que Clyde había recalcado todos los proyectos que acariciaba en la ciudad. Pero, ¿qué otra cosa podía hacer?

Así pues, al día siguiente, y con no poco asombro para él, puesto que la noche antes habían estado tantas horas juntos, Clyde recibió otra nota diciéndole que tenía que verle de nuevo aquella noche. Roberta tenía algo que decirle, y había algo en el tono de la nota que parecía indicar o sugerir una especie de desafío a cualquier negativa, desafío hasta entonces nunca mostrado por ella. El pensamiento de que la situación, a menos que fuese resuelta de inmediato, iba con toda seguridad a convertirse en desastrosa, pesó de tal manera sobre Clyde que no pudo sino poner la mejor cara posible y consentir en ir y enterarse de qué era lo que ella tenía que ofrecer a manera de solución o, en otro caso, de qué tenía que quejarse.

Al llegar a su habitación unas horas más tarde, la encontró en una disposición de ánimo que le pareció más sensata y tranquila que la que hubiese tenido en ningún momento desde que había aparecido esta dificultad, cosa que le sorprendió no poco ya que había esperado encontrársela deshecha en lágrimas. Pero ahora, si acaso, parecía mostrarse más complaciente. Ello se debía a que los pensamientos de la muchacha, en cuanto a la forma de llegar a una conclusión satisfactoria para ella, la habían hecho poner en juego una astucia innata que ahora estaba tratando de ejercitarse.
 



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Enseguida, antes de exteriorizar su pensamiento, empezó ella por preguntar:

—No habrás encontrado a ningún otro doctor, ¿verdad, Clyde? Ni se te habrá ocurrido ninguna otra cosa.

—No, no he encontrado nada, Bert —replicó él muy preocupado, con su vigor mental agotado casi hasta el punto del colapso— He estado buscando, como tú sabes, pero es muy difícil encontrar a alguien que no tema complicarse en un caso semejante. Sinceramente, para decirte la verdad, Bert, estoy sin solución. No sé qué vamos a hacer a menos que se te ocurra alguna cosa. Tú no habrás pensado, ni te habrás enterado de ningún otro procedimiento, ¿verdad?

Pues, durante la conversación que habían mantenido tras la primera visita al doctor, Clyde le había sugerido que se hiciese amiga de alguna de las muchachas extranjeras y de ese modo podría obtener información que fuese de utilidad para ambos. Pero Roberta no era de un temperamento que permitiese una de esas amistades fáciles, y nada había salido de ello.

Sin embargo, la declaración que él había hecho de que estaba sin recursos, ofreció a Roberta la oportunidad que estaba esperando para presentar una proposición inevitable y que no podía retrasarse por más tiempo. Pero temerosa en cuanto a la forma en que reaccionaría Clyde, vacilaba sobre cómo decírselo, y, después de mover la cabeza unas cuantas veces y manifestar un nerviosismo bastante real, dijo con frialdad:

—Bueno, Clyde, voy a decírtelo. He estado pensando detenidamente y no veo manera de salir del paso a menos que, bueno, a menos que te cases conmigo. Ya han pasado dos meses, como sabes, y si no nos casamos de inmediato todo el mundo se enterará, ¿no es así?

Su aspecto al decir esto era una mezcla de valor nacido de la convicción de que tenía razón, e incertidumbre acerca de la actitud de Clyde, que era tanto más confusa por una súbita mirada de sorpresa, de resentimiento, incertidumbre y miedo que operaron en él una amplia transformación. Aquel cambio en la actitud de la muchacha le indicaba que ésta trataba de causarle un perjuicio incalculable. Porque desde que se había ido acercando más y más a Sondra, sus esperanzas habían ido subiendo más y más, por lo que al escuchar ahora la demanda por parte de Roberta sus cejas se fruncieron y su actitud pasó de una consideración afable, aunque nerviosa, a una mezcla de miedo, de oposición y también de determinación a evadir toda solución drástica. Porque esto significaría la ruina completa para él, la pérdida de Sondra, de su empleo, de sus esperanzas sociales y ambiciones en relación con los Griffiths, de todo. Un pensamiento que le ponía enfermo y que al mismo tiempo le hizo vacilar. ¡No quería! ¡No quería casarse con Roberta! ¡Nunca! ¡Nunca! ¡Nunca!

Pero al cabo de un momento exclamó de forma equívoca:

—Bueno, eso está muy bien para ti, Bert, porque te lo soluciona todo sin preocupación ninguna. Pero, ¿qué pasa conmigo? No debes olvidar que las cosas no van a resultarme nada fáciles, tal como están las circunstancias. Tú sabes que no tengo dinero. Todo lo que tengo es mi empleo. Además, mi familia no sabe nada de ti, ni una palabra. Y si se descubre de pronto que hemos estado juntos todo este tiempo, y que vamos a tener un hijo, y que tengo que casarme ahora a toda prisa, entonces se darán cuenta de que les he estado engañando y sin duda se enfadarán. Y entonces, ¿qué? Podrían incluso
 



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despedirme. —Se detuvo para ver qué efecto causaba esa explicación, pero notando la expresión algo dudosa que en los últimos días caracterizaba el rostro de Roberta siempre que él empezaba a excusarse, añadió evasiva y esperanzadamente, tratando por alguna estratagema de poder diferir esta exigencia repentina—: Además, no estoy tan seguro de no poder encontrar todavía un doctor. Hasta ahora no he tenido mucha suerte, pero no siempre va a ser así. Todavía queda un poco de tiempo, ¿no es verdad? Seguro que sí. Hasta los tres meses hay tiempo suficiente. —Había recibido mientras tanto una carta de Ratterer que contenía este comentario—. Y el otro día oí hablar de un doctor de Albany que puede hacer estas cosas, pero quería ir y enterarme antes de decírtelo.

Su actitud, mientras hablaba, era tan equívoca que Roberta estuvo segura de que estaba mintiendo para ganar tiempo. No había ningún doctor en Albany. Además, estaba claro que se sentía ofendido por la sugerencia que le había hecho y sólo estaba pensando en alguna evasiva. Y ella sabía bien que en ningún momento le había dicho francamente que se casaría con ella. Y si bien podía pedírselo, en realidad ella no podía obligarle a hacer nada. Clyde podría marcharse a cualquier otro lado, como dijo en cierta ocasión, si perdía su puesto a causa suya. Y cuánto más grande sería este impulso, si este mundo por el que ahora estaba tan interesado le era arrebatado y además tenía que afrontar la necesidad de hacerse cargo de ella y del niño. Por eso se mostró más precavida y decidió modificar su primer impulso de hablar de una manera clara y exigente, por grande que fuese la necesidad que tenía de hacerlo. Y tan perturbado estaba él por el brillante mundo del que Sondra era el centro y que ahora estaba en juego, que apenas podía pensar con claridad. Iba a perderlo por un mundo como el que él y Roberta podrían procurarse por sí mismos: un pequeño hogar, un bebé, una vida rutinaria de trabajo y tener que cuidarse de ella y del niño con un salario como el que ganaba y que probablemente no sería nunca ascendido. ¡Dios! Le acometió una sensación de náuseas. No podía y no quería hacerlo. Y, sin embargo, como vio ahora, todos sus sueños podían derrumbarse a causa de Roberta y de cualquier paso equivocado que pudiera dar. Esto le obligó a mostrarse precavido y por primera vez en su vida comprendió que el tacto y la astucia eran de una imperiosa necesidad.

Al mismo tiempo, Clyde sentía en su fuero interno que era vergonzoso este cambio enorme que se iba produciendo en él.

Pero Roberta le estaba diciendo:

—Oh, ya lo sé, Clyde, pero tú mismo acabas de decir que ahora estás sin solución, ¿no es así? Y cada día que pasa las cosas se ponen mucho peor para mí, si no podemos conseguir un doctor. La gente no puede casarse y tener un niño a los pocos meses, eso tú lo sabes. Todo el mundo lo sabe y todo el mundo se daría cuenta. Además, yo tengo que considerarme a mí misma, como tú te consideras. Y también tengo que tener consideración para con el niño. —A la mera mención del niño, Clyde hizo una mueca y se encogió como si le hubieran abofeteado. Ella lo notó—. No tengo más remedio que hacer una de estas dos cosas, Clyde. O casarme o salir de esto, y no parece que tú puedas ayudarme. Si tienes tanto miedo de lo que pueda pensar tu tío o de lo que pueda hacer en caso de que nos casáramos —añadió ella nerviosamente, pero con suavidad—, ¿por qué no hacerlo ahora mismo y mantenerlo secreto durante algún tiempo, todo el que pudiéramos, o todo el que tú creyeses conveniente? —añadió con astucia—. Mientras
 



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tanto, yo podría irme a casa y decirles a mis padres que estoy casada, pero que es una cosa que hay que mantener en secreto durante algún tiempo. Luego, cuando llegase el momento y las cosas se pusiesen tan mal que no pudiésemos continuar aquí más tiempo sin decirlo, ¿por qué no habíamos de irnos a otra parte? Es decir, si tú no quieres que tu tío lo sepa. O bien podríamos decir que estábamos casados desde hacía algún tiempo. Hay muchísimos matrimonios jóvenes que lo hacen hoy día. Y en cuanto a salir adelante — continuó ella notando una súbita sombra gris que pasaba por el rostro de Clyde como una nube—, ¿por qué no podríamos encontrar trabajo en otra parte? Yo sé que podría una vez que el niño hubiese nacido.

Cuando ella empezó a hablar, Clyde se había sentado en el filo de la cama, escuchando nerviosa y dubitativamente todo lo que ella tenía que decir. Pero cuando llegó a la parte del matrimonio y de marcharse fuera, se levantó, asaltado por un impulso irresistible de moverse. Y cuando ella concluyó con la sugerencia rutinaria de trabajar tan pronto como el niño hubiese nacido, él la miró con poco menos que pánico en los ojos. Pensar en casarse y en trabajar tanto, cuando con un poco de suerte y sin interferencias por parte de Roberta, podría casarse con Sondra.

—Oh, sí, todo eso está muy bien para ti, Bert. Eso te lo arregla todo, pero ¿qué pasa conmigo? Caramba, yo no he hecho más que empezar, como si dijéramos, y si ahora tengo que preparar las maletas y marcharme, como desde luego tendría que hacer si ellos se enterasen, no sé qué iba a ser de mí. No tengo ningún negocio ni comercio del que pudiéramos vivir. Los dos lo pasaríamos muy mal. Además mi tío me ofreció esta oportunidad porque yo se la pedí, y si me fuese ahora ya nunca haría nada más por mí.

En su excitación se olvidaba de que una y otra vez en el pasado le había indicado a Roberta que la situación de sus padres no era del todo mala y que si las cosas no marchaban a su gusto aquí, podría regresar al oeste y quizá encontrara allí algo que hacer. Y fue un recuerdo general de todo esto lo que hizo que la joven preguntara:

—¿No podríamos irnos a Denver o a algún sitio parecido? ¿Es que tu padre iba a negarse a ayudarte por lo menos durante algún tiempo?

Su tono era muy suave e implorante, una tentativa para hacer que Clyde comprendiera que las cosas no tenían por qué ponerse tan mal como había estado imaginando. Pero la mera mención de su padre en relación con el problema, la suposición de que, de todas las personas del mundo, fuese a ser él precisamente un refugio para ambos, era demasiado. Ello mostraba cuán equivocada era la idea que ella tenía en cuanto a la posición verdadera de Clyde en este mundo. Peor todavía, ella esperaba ayuda por aquel lado. Y, al no encontrarla, más tarde podría reprocharle sus mentiras en relación con su familia. Se hacía muy clara entonces la necesidad de frustrar, si era posible, y además inmediatamente, cualquier idea de matrimonio. No podía ser; nunca.

Y, sin embargo, ¿cómo iba a oponerse con firmeza, puesto que ella sentía que tenía cierto derecho? ¿Cómo decirle abierta y fríamente que no podía ni quería casarse con ella? Y, a menos que lo hiciera así, Roberta podría pensar que estaba en su legítimo derecho a obligarle al matrimonio. Podía incluso sentirse justificada para dirigirse a su tío o a su primo (se imaginaba los ojos fríos de Gilbert) y acusarlo. ¡Y entonces vendría la ruina! El fin de todos sus sueños en relación con Sondra y con cualquier otra esperanza. Pero todo lo que se le ocurrió decir fue:
 



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—Pero yo no puedo hacer eso, Bert, no por ahora, al menos. —Una observación que hizo que Roberta supusiera que el matrimonio, tal como ella lo había insinuado al fin, no era una posibilidad a la que, en ciertas circunstancias, él tuviese valor para oponerse, ya que había dicho «no ahora al menos». Pero en el mismo momento en que estaba pensándolo, él continuó con rapidez—: Además, yo no quiero casarme tan pronto. Es muy importante para mí en estos momentos. En primer lugar soy todavía muy joven y no me interesa en lo más mínimo. Y no puedo salir de aquí. En ningún otro sitio estaría la mitad de bien. Tú no te das cuenta de lo que esta oportunidad significa para mí. Mi padre está muy bien, pero no puede hacer lo que mi tío es capaz de hacer. Eso es algo que tú no entiendes porque, si no, no me pedirías que me casara.

Se detuvo, mostrando en su rostro un cuadro vivísimo de miedo y de oposición. No era muy distinto a un animal acosado, perseguido con destreza por cazadores y jaurías. Pero Roberta, imaginándose que su total defección había sido causada por la alta sociedad de Lycurgus en contraste con su propia condición social, y no porque influyese el atractivo superior de ninguna muchacha particular, replicó entonces con resentimiento, aunque no deseaba darlo a entender:

—Oh, sí, ya sé por qué no puedes salir de aquí. No es tanto tu posición sino la de esa gente de la buena sociedad con la que siempre estás ahora. Ya lo sé. Ya no te preocupas de mí lo más mínimo, Clyde, eso es, y no quieres abandonar a esa gente por causa mía. Sé que es eso y nada más. Pero no hace mucho tiempo no ocurría lo mismo, aunque ahora parece que no lo recuerdas. —Sus mejillas echaban fuego y sus ojos llameaban al hablar. Se detuvo un momento mientras él la miraba preguntándose adonde iría a parar—: Pero tú no puedes abandonarme y decirme que me las arregle como quiera, porque no lo consentiré, Clyde. ¡No puedo! ¡No puedo! Te lo digo. —Creció su tensión nerviosa—: Significa demasiado para mí. No sé cómo arreglármelas sola y, además, no tengo a nadie a quien dirigirme sino a ti, y tienes que ayudarme. Tengo que conseguir salir de todo esto, Clyde, tengo que conseguirlo. No voy a consentir que se me abandone para tener que afrontar a mi gente y a todo el mundo sin ninguna ayuda ni solución. —Al decir esto, sus ojos se volvieron hacia él implorantemente, pero con salvajismo, a la par que lo recalcaba todo con sus manos que cruzaba y descruzaba de una manera dramática—: Y si no puedes librarme de la manera que habías pensado —continuó con una agonía aún mayor, como Clyde podía ver—, entonces tienes que ayudarme a salir de esto de otra manera, eso es todo. Al menos hasta que yo pueda valérmelas por mí misma no consentiré que se me abandone. No te pido que te cases conmigo para siempre —añadió Roberta con la idea de que si presentaba su petición modificada de alguna forma, podría inducir a Clyde a que se casase con ella y bien podía ser que después los sentimientos de él cambiasen y se hiciesen mucho más amables—. Después podrías dejarme al cabo de algún tiempo si quisieses. Después que yo salga del apuro. No puedo impedirte que lo hagas y no se me ocurriría hacerlo de ningún modo. Pero ahora no puedes dejarme. No puedes. ¡No puedes! Además —añadió—, yo no quise llegar a esta situación y sabes muy bien que no habría accedido nunca, pero tú me obligaste. Nadie más que tú me obligó a dejarte entrar aquí. Y ahora quieres que me las componga yo sola, sólo porque piensas que no vas a poder codearte más con la buena sociedad si descubren que yo existo.

Se detuvo, porque el esfuerzo de esta disputa resultaba demasiado agotador para sus
 



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cansados nervios. Al mismo tiempo empezó a sollozar nerviosamente, pero no con violencia, en un marcado esfuerzo de autodominio y de recuperación que subrayaba cada uno de sus gestos.

Durante unos minutos estuvieron ambos de pie, él mirando sombríamente y preguntándose qué iba a responder a las palabras de Roberta, y ella luchando y arreglándoselas al fin para recobrar su aplomo. Entonces la muchacha añadió:

—Oh, ¿qué es lo que hay en mí ahora que me hace tan diferente de lo que era hace un par de meses, Clyde? ¿Quieres decírmelo? Me gustaría saberlo. ¿Qué es lo que te ha hecho cambiar así? Hasta Navidad casi, fuiste conmigo tan bondadoso como pueda serlo la persona más cariñosa. Estabas conmigo todo el tiempo que tenías libre, y desde entonces apenas ha habido una noche en que no tenga que rogarte que vengas. ¿Quién es? ¿Qué es? Alguna otra muchacha, ¿o qué? Me gustaría saberlo; ¿es esa Sondra Finchley o Bertine Cranston o quién?

Sus ojos al decir esto lo escudriñaban. Porque hasta aquel momento, como Clyde podía comprobar con satisfacción, ya que temía el efecto sobre Roberta de un conocimiento definido y absoluto sobre Sondra, aquélla no tenía ninguna sospecha específica y mucho menos un conocimiento positivo con respecto a ninguna muchacha. Siendo un cobarde, en vista de su apuro presente y de los presuntos derechos y amenazas que ella quería ejercer sobre él, sentía miedo de decir quién era la causa real de este cambio. En lugar de eso replicó casi impasible ante su pena, puesto que realmente ya no se preocupaba por Roberta lo más mínimo:

—Estás totalmente equivocada, Bert. ¿No ves en qué consiste la dificultad? Se trata de mi futuro. Si me voy no volverá a presentárseme una oportunidad semejante. Y si tengo que casarme de esta manera o salir de aquí, todo se irá al diablo. Necesito esperar y conseguir un buen puesto antes de casarme, compréndelo, ahorrar algún dinero, y si hago lo que me dices no tendré ninguna oportunidad y tú no la tendrás tampoco —añadió débilmente, olvidando por el momento que hasta entonces había estado indicando con bastante claridad que no quería saber nada de ella de ninguna forma—. Además — continuó—, si pudieses encontrar alguna solución o si quisieses marcharte por tu cuenta a alguna parte durante algún tiempo, Bert, y arreglártelas sola, yo podría enviarte el dinero que necesitaras, sé que podría. Lo reuniría desde ahora mismo hasta el momento en que te hiciera falta.

Su rostro, al decir esto, y como Roberta vio claramente, reflejaba el fracaso completo de todos sus planes recientes con relación a ella. Y la joven, dándose cuenta de que la indiferencia con que él la miraba había llegado hasta el extremo de poder disponer de su persona y de su futuro hijo de esta manera indiferente y sin corazón, se sintió no sólo indignada en parte, sino al mismo tiempo aterrada por el significado de todo ello.

—Oh, Clyde —exclamó ahora intrépidamente y con más valor y desafío que el que hubiese tenido jamás desde que se conocían—. ¡Cómo has cambiado! Y qué duro puedes ser. Querer que yo me vaya sola para que tú puedas salvarte y permanecer aquí y casarte con cualquiera mientras yo me coloco fuera de tu camino. Pues no, no lo haré. No está bien. Y no lo haré, eso es todo. No lo haré. Es lo único que puedo contestarte. Debes encontrar a alguien que me libre de todo esto o casarte conmigo, al menos el tiempo sufi-ciente para que yo tenga el niño y me coloque en la posición debida delante de mi familia
 



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y de todas las personas que me conocen. Luego no me importa que me dejes, porque ahora veo que en realidad no te preocupas por mí lo más mínimo, y si ésa es la manera que tienes de considerarme, yo no te necesito más de lo que tú me necesitas a mí. Pero de todas formas, tienes que ayudarme ahora, eso desde luego. Pero, oh, Dios mío —comenzó a decir sollozando de nuevo, con suavidad y amargura—, pensar que todo nuestro amor tenía que terminar así, que se me pide que me vaya por mi cuenta, completamente sola, sin nadie, mientras tú te quedas aquí. ¡Oh, Dios mío! ¡Oh, Dios mío! Y con un niño en los brazos además. Y sin marido.

Cruzaba las manos y balanceaba la cabeza lúgubremente. Clyde, dándose buena cuenta de que su propuesta era fría e indiferente, no podía, sin embargo, en vista de su intenso deseo por Sondra, pensar en nada mejor o más seguro, y permanecía allí de pie incapaz por el momento de pensar en nada más que decir.

Y aunque siguieron discutiendo un rato sobre el mismo tema, la conclusión fue que Clyde dispondría de otra semana o todo lo más dos para ver si encontraba a un médico o a alguien que quisiera ayudarle. Después de eso, bueno, después de eso quedaba tácita, si no abiertamente expresada, la amenaza que había en las palabras de Roberta, esto es, que tendría que casarse con ella, si no permanentemente, sí, por lo menos, de una manera temporal, pero con todas las de la ley, hasta que de nuevo ella pudiese valerse por sí misma, amenaza que era tan humillante para Roberta como torturante para él.



CAPÍTULO 39

Puntos de vista opuestos como éstos, especialmente cuando no existe una verdadera habilidad para afrontar una situación semejante, sólo sirven para aumentar las dificultades e incluso llegar al desastre final, a menos que la suerte ayude de alguna forma. Y la suerte no ayudó. La presencia de Roberta en la fábrica era algo que Clyde no podía apartar de su mente. Si consiguiera tan sólo persuadirla para que se marchase y se fuese a alguna otra parte a vivir y a trabajar, de forma que no tuviese que verla siempre, entonces podría pensar con más calma. Porque mientras ella le estuviese preguntando continuamente, más con su presencia que de palabra, qué es lo que pensaba hacer, le resultaba imposible pensar en nada. Y el hecho de que ya no la quería como antes tendía a reducir su apreciación de lo que le era debido a la muchacha. Estaba además encaprichado con Sondra y por eso tenía también turbados los pensamientos.

Pues en las mismas fauces de este grave dilema continuaba persiguiendo su ardoroso sueño en relación con Sondra, y la oscura situación de Roberta no le parecía a veces más que una nube que sombreaba a la otra. Y de aquí que por las noches, o tan a menudo como las exigencias de su relación con Roberta se lo permitían, se concedía todas las oportunidades que sus florecientes relaciones le proporcionaban. Unas veces, para gran orgullo y satisfacción suyos, se le invitaba a una cena en casa de los Harriet o de los Taylor, otras veces a una fiesta en casa de los Finchley o de los Cranston, como pareja de Sondra o con la esperanza de encontrársela allí. Y ahora, también, sin muchos de los antiguos disimulos o intentos de subterfugio que habían caracterizado previamente la curiosidad de Sondra con respecto a él, ésta en ocasiones le buscaba abiertamente y
 



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establecía oportunidades de contacto social. Contactos que, estando siempre justificados por una reunión en grupo, parecían no tener ninguna significación especial entre los ma-yores más conservadores.

Pues aunque la señora Finchley, que era especialmente astuta, se había mostrado al principio dudosa en cuanto a las atenciones concedidas a Clyde por su hija, observando con todo que Clyde era cada vez mejor acogido, no sólo en su propia casa por el grupo del que su hija formaba parte, sino en otros lugares, se sintió al fin inclinada a imaginar que debía estar más sólidamente situado de lo que ella se había figurado, y preguntaba a su hijo e incluso a Sondra sobre él. Pero Sondra solamente le dijo que, puesto que era primo de Gil y de Bella Griffiths, y era aceptado por todo el mundo por ser tan encantador, aunque no tuviese dinero, ella no podía ver por qué ella y Stuart no podían acogerle también. Así pues, su madre quedó convencida de momento, pero le advirtió a su hija que en ninguna circunstancia se hiciesen demasiado amigos. Y Sondra, dándose cuenta de que en parte su madre tenía razón, pero sintiéndose atraída por Clyde, se hallaba ahora resuelta a engañarla, al menos hasta el extremo de llegar a una franca clandestinidad con Clyde en lo que estuviera en sus manos. Tanto era así, que todo aquel que tuviese conocimiento de los encuentros que se producían entre Clyde y Sondra podría haber informado de que el entendimiento actual entre ambos estaba adquiriendo una intensidad que habría chocado a los Finchley si se hubiesen enterado. Pues, aparte de lo que Clyde había sido, y de lo que todavía estaba soñando con respecto a ella, Sondra estaba realmente absorbida por pensamientos y disposiciones de ánimo con respecto a él que llegaban casi al borde mismo de los aspectos más destructivos de la más profunda química del amor. Realmente, además de apretones de manos, besos y miradas de intensa admiración, siempre concebidos cuando era de suponer que nadie estaba mirando, estaban aquellas nebulosas y con todo intensas fantasías relativas a un futuro que de una manera u otra, no clara todavía para ninguno de los dos, incluía siempre al uno en el pensamiento del otro.

Los días de verano no tardarían en llegar, y ambos estarían en una canoa en el lago Twelfth, las largas sombras de los árboles en la orilla se extenderían sobre el agua plateada, el viento rizaría la superficie mientras él remaba y ella descansaba y la torturaba con alusiones al futuro; un cierto sendero serpearía por el bosque, alfombrado por la hierba y aclarado por el sol al sur y al oeste de las propiedades de los Cranston y de los Phant, cerca de la de ellos, a través del cual podrían caminar en junio y julio hacia un paisaje maravilloso llamado Punta de la Inspiración, que estaba unas siete millas al oeste; irían también a la feria rural de Sharon, en la cual, con un traje de gitana, la esencia del romanticismo mismo, Sondra estaría a cargo de una barraca o, en su traje más elegante de amazona, haría una exhibición de equitación. Y luego tés y bailes por las tardes y a la luz de la luna, durante los cuales, languideciendo en sus brazos, hablarían sus ojos.

Ninguna de las obligaciones de la vida cotidiana. Ninguna de las inhibiciones que el dominio y la posible oposición futura de sus padres podría implicar. Sólo amor y verano, un progreso idílico y feliz hacia una unión final segura y sin oposición que se lo entregaría a ella para siempre.

Y mientras tanto, en lo que a Roberta se refería, dos largos meses más, espantosos y terroríficos, iban transcurriendo sin la acción meditada por ella y que tenía que producirse
 



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si Clyde no hacía nada. Porque, convencida como estaba de que aparte de meditar y pensar acerca de la manera de eludir su responsabilidad, Clyde no tenía ninguna intención verdadera de casarse con ella, con todo, también ella vacilaba, ya que temía llegar a la acción. Pues en varias conferencias que siguieron a aquella en que había indicado que esperaba que la tomase en matrimonio, él había reiterado, si bien vagamente, una velada amenaza de que en caso de que ella apelase a su tío, él no se sentiría obligado a casarse, porque entonces, después de todo, le convendría más irse a alguna otra parte.

La forma en que Clyde planteaba la cuestión era que a menos que no le molestasen en su posición presente, él no se podría casar con ella ni ayudarla cuando llegase el momento, alusión que hizo que Roberta reflexionara acerca de la dureza de Clyde, aunque, si hubiese meditado lo suficiente, la hubiese advertido en el mismo momento en que la obligó a que le dejase entrar en su habitación.

Además de esto y aun cuando ella no estaba haciendo nada y sin embargo él temía que en cualquier momento pudiera hacerlo, cambió en parte al menos su actitud de completa indiferencia, que era la que había producido la amenaza expresada por Roberta, y la trocó por una de interés simulado y de buena voluntad y amistad. Pues la condición precaria en que se encontraba Clyde era lo bastante terrorífica para aconsejarle más diplomacia de la que hasta ahora le había caracterizado. Por otra parte, era lo bastante alocado para esperar, si no para creer del todo, que si una vez más se conducía como si todavía mantuviese un sentimiento vivo del problema que la afligía y como si estuviese dispuesto, en caso de que no hubiera otra solución, a casarse con ella (aunque nunca pudo ser persuadido a definirse en este sentido), podría anular la determinación de la muchacha de obligarle a actuar demasiado pronto y así dejarle más tiempo para agotar cualquier posibilidad de evadir el casamiento sin verse obligado a huir.

Y aunque Roberta se daba cuenta de la razón de este cambio súbito, con todo se sentía tan solitaria y acongojada que estaba deseando dar oídos a las observaciones joviales y burlonas, si no exactamente afectuosas de Clyde. También la obligaba a esperar el hecho de que así él podría no sólo ahorrar dinero, sino también formar algún plan que le permitiese pedir unas vacaciones, casarse con ella y luego dejarla establecida a ella y al niño como a una mujer legalmente casada en cualquier otra parte, tras lo cual, aunque esto no se lo explicaba por ahora, él regresaría a Lycurgus y desde allí le mandaría toda la ayuda que pudiese. Pero a condición, desde luego, de que nunca, a menos que él le diese permiso, podría Roberta afirmar que se había casado con ella o identificarlo como padre de su hijo. De esta manera quedaba entendido que, como ella misma había prometido, si él consentía en casarse, luego ella se encargaría de dar los pasos necesarios para conseguir el divorcio por abandono o cualquier otro pretexto, desde un sitio lo bastante distante de Lycurgus para que nadie pudiese enterarse.

Y eso se efectuaría al cabo de un tiempo razonable después del matrimonio, aunque Clyde no estaba muy convencido de que ella, después de casada, suponiendo que él accediera, consintiera luego en solicitar el divorcio.

Pero Clyde, desde luego, no era sincero en las propuestas que hacía por aquel tiempo, y realmente no le importaba que Roberta fuese sincera o no. No tenía la menor intención de abandonar Lycurgus aunque fuese sólo por el pequeño período de tiempo necesario para librar a Roberta de su presente apuro. Pues eso significaría tenerse que
 



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separar de Sondra, y una ausencia así, por pequeña que fuese, podría perjudicar gravemente sus planes. Por lo tanto, se complacía en imaginar algún matrimonio falso, tal como los que había visto en películas melodramáticas, con un sacerdote simulado y testigos amañados para engañar a alguna muchacha de campo de una inocencia que no era de ninguna forma la de Roberta. Pero todo ello requería tal despliegue de tiempo, recursos, valor y sutileza que Clyde, después de una ligera reflexión, tuvo la suficiente prudencia para darse cuenta de que eso estaba más allá de sus posibilidades.

Otras veces, sabiendo que, a menos que se presentase una ayuda imprevista, iba de cabeza hacia un desastre que no podía retrasarse por más tiempo, se permitía soñar que, una vez que la hora fatal se echase encima y Roberta no consintiera en alejarse a pesar de sus razonamientos y estuviese dispuesta a denunciarle, él podría sencillamente negar cualquier tipo de relaciones con ella y diría que no habían sido más que las propias de un encargado y una empleada. Pero todo esto no era más que terror.

Al mismo tiempo, a primeros de mayo, cuando Roberta, a causa de varios síntomas y achaques, estaba empezando a insistirle a Clyde que de ninguna forma podía esperarse que conservase su puesto en la fábrica o que trabajase después del primero de junio, ya que por aquel entonces probablemente las muchachas que estaban con ella empezarían a notar algo, Sondra le dijo que, no mucho más tarde del cuatro o cinco de junio, ella y su madre y Stuart, junto con algunos criados, iban a desplazarse a su nuevo alojamiento del lago Twelfth con objeto de inspeccionar ciertas instalaciones que había que hacer antes de que comenzase la estación veraniega. Y que, después de eso, no más tarde del dieciocho, en cuya fecha los Cranston, los Harriet y algunos otros habrían llegado, incluyendo visitas muy probables de Bella y Myra, él recibiría una invitación para pasar un fin de semana con los Cranston, con los cuales Sondra, por medio de Bertine, se las arreglaría para conseguirlo. Y después, mostrándose muy propicias las circunstancias generales, habría por supuesto otras invitaciones de fin de semana de los Harriet, los Phant y algunos otros que vivían en el lago, así como también de los Griffiths en Greenwood, a donde, gracias a Bella, él podría acudir fácilmente. Y durante dos semanas de vacaciones en julio, Clyde podría alojarse bien en el casino, que estaba en Pine Point, o quizá los Cranston o los Harriet, a sugerencia de ella, podrían decidirse a invitarle. De todos modos, como Clyde podía ver, y con no más gastos de los que exigían sus días de trabajo, podría ver no poco de aquella vida en el lago de la que había leído tanto en los periódicos locales, sin contar a Sondra en una u otra de las casas cuyos dueños no se mostraban tan reacios a su presencia y a sus progresos sentimentales como los padres de Sondra.

Pues fue entonces cuando por primera vez ella se decidió a explicarle que su padre y su madre, a causa de las continuas y marcadas atenciones que él tenía con ella, estaban empezando a hablar sobre un viaje por toda Europa que las mantendría a ella y a Stuart y a su madre en el extranjero durante dos años por lo menos. Pero como al escuchar esta noticia tanto el rostro como el espíritu de Clyde se ensombrecieron, y Sondra estaba lo bastante enamorada para sufrir por ello, le dio inmediatamente la seguridad de que no era necesario que se apurase tanto, que no debía hacerlo, que todo se arreglaría, que estaba segura. Pues cuando llegara el momento ya se encargaría de cambiar la actitud de su madre con otro plan diferente. Pero en lo que consistiría este plan no quiso explicárselo de momento, aunque en la imaginación sobreexcitada de Clyde tomó la forma de un rapto y
 



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de un casamiento que ya no podría ser impedido por los padres de la muchacha, pensasen lo que pensasen. Y lo cierto era que de una forma vaga y todavía reprimida, un pensamiento así estaba empezando a formarse en la mente de Sondra. Pues, como procedió a explicarle entonces a Clyde, estaba claro que su madre estaba intentando guiarla hacia un enlace puramente social con un joven que la había estado cortejando el año anterior. Pero a causa de su pasión actual por Clyde, como Sondra declaraba ahora con alegría, no sería fácil obligarla.

—La única dificultad es que todavía no soy mayor de edad —añadía ella con vivacidad y tono desafiante—. Desde luego en ese aspecto me tienen cogida. Pero en el mes de octubre ya seré mayor de edad y entonces no podrán obligarme a nada. Creo que tengo derecho a casarme con la persona que me agrade y si no puedo hacerlo por las buenas, hay muchas maneras de conseguir las cosas.

La idea fue como un veneno dulce y perturbador para la imaginación de Clyde. Fermentó en él y le descompuso mentalmente. Si no estuviera Roberta de por medio. Aquel problema insoluble y terrorífico. A no ser por esto y por la oposición de los padres de Sondra, que ésta se creía capaz de vencer, ¿no era el cielo mismo el que le estaba aguardando? Sondra, el lago Twelfth, la buena sociedad, la riqueza, el amor y la hermosura. Le faltaba poco para enloquecer pensando en todo ello. Una vez que estuviesen casados, ¿qué podrían hacer los padres de Sondra? Tan sólo dar su aquiescencia y admitirlos en su hogar resplandeciente de Lycurgus o proveerlos de alguna otra forma. A él sin duda alguna terminarían por darle un puesto relacionado con la Compañía de Aspiradores Eléctricos Finchley. Y entonces sería igual, si no superior, a Gilbert Griffiths y a todos aquellos que en un principio le habían ignorado, y sería heredero conjunto con Stuart de todas las propiedades de los Finchley. Y con Sondra como joya central de un esplendor tan súbito y tan aladinesco. No concedía un solo pensamiento acerca de cómo superar el período de tiempo entre entonces y octubre, ni tampoco consideraba con seriedad que Roberta estaba pidiéndole que se casase con ella. Podría quitársela de encima, pensaba. Y, sin embargo, al mismo tiempo, era consciente de que nunca antes había estado tan expuesto al borde del desastre. Podía ser que su deber a los ojos del mundo, su madre por lo menos lo diría así, consistiese en salvar a Roberta. Pero en el caso de su hermana Esta, ¿quién había venido en su ayuda? ¿Su amante? Se había escapado sin dejar rastro y ella no se había muerto. Y ¿por qué, no siendo Roberta mejor que su hermana, trataba de destruirle de esa forma? ¿Por qué le forzaba a hacer algo que sería poco menos que un suicidio social, pasional y emotivo? Más tarde, si ella le ahorraba ese trago, él podría hacer muchísimo más a su favor, con el dinero de Sondra, desde luego. El no podía consentir y no consentiría que ella lo anulase. Su vida quedaría arruinada.



CAPÍTULO 40

Dos incidentes que ocurrieron por entonces tendieron todavía más a agudizar los puntos de vista contrarios de Clyde y Roberta. Uno de éstos no fue más que un atisbo que tuvo Roberta una noche de Clyde en la avenida central, enfrente de la oficina de correos, diciéndole algunas palabras a Arabela Stark, que estaba en un coche grande e
 



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impresionante, esperando a su padre que se hallaba todavía en el edificio de enfrente. Y la señorita Stark, ataviada a la moda de la estación, de su mundo y de su propio gusto pretencioso, se hallaba afectadamente sentada ante el volante, no sólo para beneficio de Clyde, sino del público en general. Y a Roberta, que por aquel entonces se veía reducida al borde de la desesperación entre la tardanza de Clyde y su propia determinación de obligarle a actuar, la otra muchacha le pareció poco menos que un epítome de toda la seguridad, lujo e irresponsabilidad que tanto atraían a Clyde y que le hacían retrasarse y mostrarse indiferente en cuanto al amargo estado que ella tenía que afrontar. Porque aparte del derecho que ella tenía por la situación en que se encontraba, ¿qué podía ofrecerle comparado con todo aquello a lo que tendría que renunciar en caso de acceder a su petición? Nada; un pensamiento que estaba muy lejos de resultar alentador.

Pero, en aquel momento de contraste entre su propio estado lastimoso y de abandono y el de aquella señorita Stark, se sintió presa de un humor todavía más quejumbroso e irascible que antes. No era justo. No estaba bien. Pues durante las varias semanas que habían transcurrido desde que por última vez discutieron el asunto, Clyde apenas le había dicho una palabra en la fábrica o en cualquier otra parte y mucho menos la había ido a visitar a su habitación, pues temía la pregunta rutinaria que él no podía responder. Y esto hacía que Roberta sintiera no sólo que la estaba abandonando sino que además la ofendía con gran rudeza.

Pero cuando iba hacia su casa después de contemplar esta escena trivial y significativa, su corazón no estaba tan irritado como triste y dolorido, a causa del amor y de la alegría que habían desaparecido y que probablemente no iban a volver nunca jamás... jamás... jamás... ¡Oh, qué terrible... qué terrible!

Por otra parte, Clyde, más o menos en esta misma época, fue llamado a presenciar una escena relacionada con Roberta, escena que, como algunos podrían pensar, sólo un hado irónico o incluso malicioso podía haber permitido que llegase a pasar. Pues mientras iba en coche al norte de la región el domingo siguiente en dirección al lago Arrow para alojarse en casa de los Trunbull y disfrutar de un fin de semana primaveral planeado por Sondra, hallándose el lugar de reunión cerca de Biltz, que estaba en el trayecto del viaje, se vio obligado a desviarse hacia el este en dirección a la casa de la familia de Roberta. Y llegando al fin a una carretera que iba de norte a sur y que saliendo directamente de Trippettsville pasaba por la finca de los Alden, tuvieron que tomar por allí. En aquel momento, Tracy Trunbull, que era el que conducía, pidió que bajase alguien a preguntar en la finca adyacente si era éste el camino que conducía a Biltz. Y Clyde, que era el que estaba más cerca de la puerta, salió. Y entonces, al ver el nombre del buzón y que evidentemente pertenecía a aquella casa desvencijada, se asombró no poco al notar que el nombre era el de Titus Alden, padre de Roberta. Al instante se le ocurrió que ésta tenía que ser la casa de su familia, ya que ella le había contado que sus padres vivían cerca de Biltz. Esto le hizo detenerse y vacilar durante algunos momentos acerca de la conveniencia de entrar o no, puesto que una vez le había dado un pequeño retrato a Roberta y ésta podría haberlo enseñado en su casa. Además, la mera identificación de esta casucha estropeada con Roberta y, por tanto, consigo mismo, fue suficiente para hacerle desear volverse y salir corriendo.

Pero Sondra, que estaba sentada a su lado en el coche y que notó su vacilación,
 



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exclamó:
—¿Qué te pasa, Clyde? ¿Tienes miedo a los fantasmas?

Y él, dándose cuenta inmediatamente de que si no actuaba en seguida, ellos comentarían su actitud, siguió por el camino. Pero el efecto de aquella casa, una vez que la hubo contemplado a fondo, fue suficiente para despertar en su cerebro los pensamientos más turbadores y miserables. Porque, qué casa, Dios mío. ¡Tan solitaria y desnuda, incluso en éste brillante tiempo primaveral! El tejado lleno de grietas y de huecos. La chimenea rota por la punta con trozos de cemento caídos en la base, el sendero irregular que ahora iba subiendo lentamente. Se sintió no poco amargado ante las piedras rotas que servían de escalones a la puerta principal. Y todos los viejos edificios adyacentes sin pintura alguna, tanto más espantosos a la luz del sol.

Pensar que aquélla era la casa de Roberta. Y pensar, en vista de todo aquello a lo que él aspiraba ahora en relación con Sondra y el grupo social de Lycurgus, que le estuviese pidiendo casarse con él. Sondra en el coche con él, viendo aquella pobreza. La sombría miseria de todo aquello. ¡Cuánto se había alejado de unos comienzos parecidos a éstos!

Con una sensación debilitadora y de náuseas en la boca del estómago, como si alguien le hubiese propinado un golpe, se aproximó a la puerta. Y entonces, como para angustiarle más todavía, si eso fuera posible, la puerta fue abierta por Titus Alden, quien con una vieja chaqueta rota por los codos, unos arrugados y bastos pantalones, y unos zapatos camperos, rudos y sin brillo, le preguntó con la mirada qué deseaba. Clyde, sintiéndose sobrecogido por la vestimenta, así como por el marcado parecido con Roberta en los ojos y en la boca, le preguntó rápidamente por el camino hacia Biltz. Y aunque habría preferido una rápida indicación para así poder volverse en seguida, Titus prefirió salir al patio y allí, con un gesto del brazo, hacer las indicaciones de cuál era la mejor combinación para llegar a donde querían. Clyde le dio las gracias con brevedad y se dio la vuelta casi antes de que terminara el otro de hablar, corriendo a toda prisa.

Pues, como ahora recordaba, y con un enorme sentimiento de depresión, Roberta estaría pensando en él todo este tiempo, y a pesar de todo lo que Lycurgus tenía que ofrecerle, esto es, Sondra, la primavera en puertas y el verano, el amor y la aventura, la alegría, la posición, el poder, la otra creía que iba a abandonarlo todo y a escaparse para casarse con ella. ¡Para esconderse en algún sitio ignorado! ¡Oh, qué horrible! Y con un hijo a su edad. Oh, ¿por qué había sido tan loco y tan débil como para comprometerse con Roberta de manera tan íntima? Sólo a causa de unas cuantas noches de soledad. Oh, ¿por qué no había podido esperar y entonces este otro mundo se le habría abierto de la misma manera? ¡Si hubiese sabido esperar!

Ahora, sin duda, a menos que pudiese con rapidez y facilidad desembarazarse de ella, todo este otro espléndido porvenir quedaría apartado de su camino y este otro mundo del que él había surgido podría extender sus brazos lúgubres corroídos por la pobreza y envolverle una vez más, tal como la pobreza de su familia le había envuelto y casi estrangulado en un principio. Y se le ocurrió, de una forma vaga y por primera vez, cuán extraño era que esta muchacha y él, cuyos orígenes eran tan similares, se hubiesen sentido atraídos el uno hacia el otro en un principio. ¿Por qué habría sido? ¡Qué extraña era la vida de todos modos! Pero lo más angustioso de todo era cómo hallar un medio para librarse. Y desde aquel punto, en este mismo viaje, su mente se puso en movimiento
 



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buscando una solución. Una palabra de queja de Roberta o de los padres de ésta a su tío o a Gilbert, y todo habría acabado para él.

El pensamiento le turbó de tal forma que una vez en el coche, aunque antes había estado charlando con los demás acerca de lo que podía aguardarles a manera de diversión, permaneció ahora silencioso. Y Sondra, que estaba sentada a su lado y que anteriormente le había estado susurrando a intervalos sobre los planes que tenía para el verano, ahora, en lugar de reanudar sus murmullos, le dijo:

—¿Qué le ha pasado a mi cariñito? —Cuando Clyde parecía estar de mal humor ella le trataba con estos mimos porque sabía que tenían un efecto casi eléctrico, aunque dulcemente atormentador, sobre el muchacho. Éste le llamaba a veces su niñita—. Ahora tiene toda la cara enfurruñada. Hace un poquito era todo sonrisas. Sondra quiere que ponga otra vez la carita alegre. Sonríele a Sondra. Acaricia los bracitos de Sondra como un niño bueno, Clyde.

Se volvió para mirarle a los ojos y ver si estos mimos infantiles habían causado algún efecto, y Clyde, naturalmente, hizo todo lo posible por sonreír. Pero aun así, y frente a la evidencia del amor maravilloso que Sondra sentía por él, el espectro de Roberta y todo lo que ésta representaba en relación con su porvenir estaba siempre delante suyo; su embarazo, su determinación al respecto, la imposibilidad manifiesta de hacer ya otra cosa a estas alturas que no fuera casarse y huir con ella.

Antes que dejarse atrapar en una cosa así, sería mejor marcharse, aunque perdiese a Sondra y todo lo demás, lo mismo que había hecho cuando el caso de la niña muerta en Kansas City, y que no se volviese a oír hablar más de él en Lycurgus. ¡Pero perder a Sondra, las relaciones que tenía aquí, su tío, este mundo! ¡La pérdida! ¡La pérdida! La miseria de estar vagando una vez más de un sitio para otro, de verse obligado a escribir a su madre otra vez refiriéndose a los motivos de su fuga, que alguien podría explicarle a ella posteriormente, haciéndole un flaco favor. Y pensar en sus mismos padres. Y todo el tiempo que llevaba escribiéndole a su madre diciéndole que la vida le iba tan bien. ¿Es que durante toda su vida le iban a estar pasando cosas como ésta? Escapar de una situación para caer en otra y volver a empezar en cualquier otro lado, quizá sólo para verse obligado a huir de algo peor. No, no podía escapar de nuevo. Tenía que afrontar lo que fuera y resolverlo de alguna forma. ¡Tenía que hacerlo!



CAPÍTULO 41

Llegado el cinco de junio, los Finchley se marcharon, tal como Sondra había indicado, pero no sin que ésta le recordase que estuviese preparado a ir a casa de los Cranston al cabo de dos o tres semanas, cosa que ella le avisaría más tarde de una manera clara. Aquella partida afectó tanto a Clyde que apenas pudo pensar qué haría durante su ausencia, deprimido como estaba por el apuro que representaba la situación de Roberta. Y también por esta época, habiéndose hecho tan urgentes los temores y demandas de Roberta que ya a él no le era posible conseguir que la muchacha esperase más, se decidió a actuar. Por mucho que quisiera disimularlo, el problema de la joven, tal como ella misma lo veía, estaba ya tan crítico y avanzado que no podía disimularse de ninguna manera. Su figura,
 



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tal como ella insistía (aunque esto era más bien exceso de imaginación por su parte), se había alterado hasta tal punto que ya no le era posible seguir ocultándolo, y todas las chicas que trabajaban con ella en la fábrica se darían cuenta. Ya no podía trabajar o dormir con comodidad, no podía seguir así por más tiempo. Sufría los primeros dolores, puramente imaginarios en su caso. Clyde tenía que casarse ahora, como él mismo había indicado que haría, e irse con ella a cualquier parte, lo mismo daba, cerca o lejos, y estar con ella el tiempo preciso hasta que este terrible peligro pasara. Y ella accedería, como argumentaba ahora, a dejarle marchar de nuevo tan pronto como el niño hubiese nacido, de verdad que lo haría, y no le pediría nada más nunca, nunca. Pero ahora, esta misma semana, no más tarde del día quince como máximo, él tendría que disponer las cosas para marcharse con ella como había prometido.

Eso significaba que tendría que salir antes de visitar a Sondra en el lago Twelfth, y no verla nunca más. Y además, como él sabía muy bien, no había ahorrado la suma necesaria para hacer posible la nueva aventura sobre la que Roberta estaba insistiendo. Fue en vano que Roberta le explicara que ella por su parte había ahorrado cien dólares, y que podrían utilizarlos, una vez que estuviesen casados, o bien para pagar los gastos del viaje. Todo lo que podía ver o sentir era que esto significaba la pérdida de todo para él, y que tendría que marcharse con ella a algún lugar relativamente cercano y encontrar trabajo en lo que fuera, con objeto de ayudarla lo mejor posible. ¡Pero la miseria de un camino semejante! La renuncia a todos sus sueños espléndidos. Y sin embargo, por más que se exprimió el cerebro, no pudo pensar en nada mejor que en que Roberta lo dejase por unos días y se fuese a su casa a esperar el momento oportuno, ya que, como él argüía, y muy astutamente, a su parecer, necesitaba unas cuantas semanas para preparar lo que se les avecinaba. Pues a pesar de todo su esfuerzo, como aseguraba falsamente, no había podido ahorrar todo lo que esperaba. Necesitaba por lo menos tres o cuatro semanas más para completar una suma aconsejable en vista de sus planes. Ella misma sabía que no podía ser menos de ciento cincuenta o doscientos dólares, cantidades muy grandes a ojos de la muchacha, siendo así que, además de su salario corriente, Clyde no había reunido más que cuarenta dólares y estaba soñando con usar ésa y cualquier otra cantidad que pudiese reunir entretanto para hacer frente a los gastos que pudieran presentarse durante su proyectada visita al lago Twelfth.

Pero para afianzar su sugerencia de que Roberta regresase a su casa por un corto período, añadió que también a ella le resultaría muy conveniente. No podía lanzarse a un viaje como éste, que implicaba un matrimonio y cambio de relaciones sociales en todos los aspectos, sin mejorar su guardarropa. ¿Por qué no tomar una parte de los cien dólares que ella tenía guardados para ese uso? Tan desesperado era el estado de Clyde que incluso sugirió eso. Roberta, en vista de su propia incertidumbre en cuanto a la fecha de dar a luz, así como sobre lo que podría ser de ella si no preparaba o compraba algunas cosas para el bebé, comenzó a pensar que cualquiera que fuese el propósito de la sugerencia, que como todas las demás estaba relacionada con la tardanza, sería prudente que se tomase una quincena o tres semanas para, con la ayuda de una costurera barata pero tolerable que a veces había trabajado para su hermana, hacerse por lo menos un traje de tarde de tafetán gris estampado como el que había visto una vez en una película y con el cual, si Clyde cumplía su palabra, podría vestirse para la boda. Para hacer juego con este agradable y
 



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sencillo traje, planeaba añadir un elegante sombrero de seda gris, en forma de saquito, con cerezas rosas o escarlatas puestas en guirnalda alrededor de las alas, además de un bonito traje de viaje de sarga azul, que, junto con unos zapatos marrones y un sombrero también marrón, harían de ella una novia tan elegante como cualquier otra. El hecho de que preparativos tales como éstos significaban retrasos y gastos adicionales, o de que Clyde podría, después de todo, no casarse con ella, o de que este casamiento era algo tan forzado, no fue suficiente para apartarla del pensamiento de que el matrimonio era una cosa grande, un sacramento, cuyo colorido y el romanticismo con que estaba investido a sus ojos no podía desaparecer ni siquiera cuando se daba un cúmulo de circunstancias tan insatisfactorias como éstas. Y, con bastante extrañeza a los ojos de un posible observador, a pesar de todas las difíciles y molestas relaciones que se habían entablado entre ambos, todavía seguía mirando a Clyde con una luz muy parecida a la de los primeros días. Era un Griffiths, un joven de distinción social, si no financiera, con el que todas las muchachas de la posición de Roberta, así como muchas que estaban por encima, se sentirían encantadas de contraer matrimonio. El podría haber presentado objeciones al casamiento, pero seguía siendo una persona importante a pesar de todo. Y era además alguien con quien, simplemente con que se tomase la molestia de quererla un poquito, podría ser muy feliz. Y de todos modos, una vez la había amado. Y se decía de los hombres, de algunos hombres al menos (así se lo había oído decir a su madre y a otras mujeres), que una vez se les daba un hijo, se producía un gran cambio en su actitud hacía la madre en algunas ocasiones. Llegaban a sentir simpatía por la madre también.

De cualquier modo y por algún tiempo, aunque fuese muy poco, si lo que ella había pedido iba a cumplirse estrictamente, le tendría consigo para asistirla en esta gran crisis, darle su nombre al niño y ayudarla hasta que pudiese establecerse por sí misma de una manera u otra.

De momento, por tanto, y sin ningún otro plan más que éste, aunque con grandes recelos y tormentos, ya que, como podía ver, Clyde se mostraba muy indiferente, ella estuvo de acuerdo. Y fue con esta disposición de ánimo como cinco días más tarde, y después de haber escrito Roberta a sus padres diciéndoles que iba a ir a casa por dos semanas al menos, para hacerse un vestido o dos y descansar un poco porque no se encontraba muy bien, Clyde la vio salir para su hogar en Biltz, acompañándola hasta Fonda. Pero por lo que a él se refería y puesto que en realidad no tenía ninguna idea concreta, le pareció importante que el silencio, el silencio era lo esencial ahora, de forma que, incluso bajo el filo inminente del puñal del desastre, sólo era capaz de pensar más, y más, y más, sin sentirse obligado a hacer nada, y sin verse torturado de momento por la idea de que Roberta, en algún ataque de nervios, de mal humor o de frenesí, dijera o hiciera algo que, suponiendo que a él se le ocurriese cualquier idea útil o plan en relación con Sondra, le impidiese ponerlo en práctica.

Y por el mismo tiempo Sondra le escribía notas alegres desde el lago Twelfth, diciendo que esperaba su llegada para un poco más tarde. Agua azul, blancas velas, tenis, golf, montar a caballo, conducir. Ella lo había arreglado todo con Bertine, según decía. ¡Y le mandaba besos, besos, besos!
 







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CAPÍTULO 42

Dos cartas que llegaron por este tiempo y simultáneamente no hicieron más que acentuar la dificultad del asunto:

Pine Point Landing, 10 de junio
«Mi querido Clyde:

»¿Cómo está mi niñito? ¿Bien? Esto está maravilloso. Montones de gente han llegado ya y están viniendo más y más cada día. El Casino y las pistas del golf están abiertos en Pine Point y hay muchísima gente por todas partes. Me he enterado de que Stuart y Grant van a ir hoy con sus canoas a la isla Gray. Tienes que darte prisa y venir, querido. Es demasiado hermoso para contarlo con palabras. Prados verdes para galopar. Y natación y baile en el Casino todas las tardes a las cuatro. Acabo de volver de un paseo con Dickey y volveré a salir después del almuerzo para echar esta carta. Bertine dice que te escribirá una carta hoy o mañana para que vengas cualquier fin de semana o en cualquier momento, así que cuando Sondrita te diga ven, vienes, ¿me oyes?, o si no Sondrita cogerá el cinturón. Porque eres un niño muy malo.

»¿Está el niño trabajando mucho en la vieja y mala fábrica? Sondrita desearía que estuviese aquí con ella. Montaríamos a caballo, iríamos en canoa, nadaríamos y bailaríamos. No te olvides de traerte tus raquetas de tenis y tus palos de golf. Hay unos campos muy buenos en el Casino.

»Esta mañana, cuando estaba montando a caballo, un pájaro pasó rozando las orejas de Dickey. Este se asustó y pegó un bote y Sondrita se cayó y se arañó. ¿No está triste Clyde por su Sondrita?

»Ella está escribiendo hoy cartas a todo el mundo. Después del almuerzo y de montar a caballo para ir a echar las cartas, Sondrita, Bertine y Nina van a ir al Casino. ¿No desearías estar aquí? Podríamos bailar a los acordes de Pichoncito. A Sondrita le gusta mucho esa canción. Pero ahora tiene que vestirse. Te diré más cositas mañana, niño malo. Y cuando Bertine te escriba, contesta en seguida. ¿Ves todos estos puntitos?

Son besitos. Grandes y pequeñitos. Y todos para el niño malo. Escríbele a Sondrita todos los días y ella te escribirá también.

»Más besos.

SONDRA»

A lo cual Clyde respondió ansiosamente y de manera parecida. Pero casi en el mismo correo, cuando menos el mismo día, le llegó la siguiente carta de Roberta:

Biltz, 10 de junio,

«Querido Clyde:

»Estoy a punto de irme a la cama, pero quiero escribirte unas cuantas líneas. He tenido un viaje tan fastidioso para llegar aquí que me siento casi enferma. En primer lugar no me gustaba mucho venir sola, como tú sabes. Me siento demasiado turbada e insegura acerca de todo, aunque trato de no sentirme así ahora que tenemos ya nuestro plan y que vas a venir a buscarme como dijiste.
 



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(En este punto, al mismo tiempo que casi se sintió enfermo por el recuerdo del miserable mundo rural en que ella vivía, con todo, a causa de la infortunada e inevitable relación de Roberta con este mundo, experimentó uno de sus viejos ataques de remordimientos y lástima con respecto a ella. Pues después de todo, no era culpa de la muchacha. Tenía tan pocas cosas con las que contar: tan sólo su trabajo y un matrimonio vulgar. Por vez primera en muchos días, y en ausencia de ambas muchachas, era capaz de pensar con claridad y de simpatizar con Roberta, si bien de una manera sombría. El resto de la carta decía:)

»Aquí todo está ahora muy bonito. Los árboles están de un verde hermosísimo y las flores brotan. Puedo oír a las abejas en el huerto siempre que me acerco a las ventanas que dan al sur. En el camino, en lugar de venir directamente a casa, decidí pararme en Homer para ver a mi hermana y a mi cuñado, ya que no estoy nada segura de cuándo podré volver a verlos de nuevo, si es que los veo alguna vez, pues estoy resuelta a que me vean respetable o no me vean de forma alguna. No debes pensar por esto que yo quiera decir nada duro o desagradable. Solamente estoy triste. Tienen una casita tan mona allí, Clyde, con muebles lindos e incluso un gramófono, y Agnes se siente muy feliz con Fred. Espero que siempre lo sea. No puedo por menos que pensar en el hogar tan agradable que nosotros podíamos haber tenido con sólo que mis sueños se hubiesen hecho realidad. Y casi todo el tiempo que estuve allí Fred no dejaba de hacer bromas sobre por qué no me casaba, hasta que por fin le dije: “Bueno, Fred, no estés tan seguro de que no vaya a casarme uno de estos días. Todas las cosas buenas le llegan al que sabe esperar, ya lo sabes”. “Sí, a menos que te toque estar esperando toda la vida”, fue su respuesta.

»Pero me he alegrado muchísimo por ver a mamá de nuevo, Clyde. Es tan cariñosa, tan servicial y tan paciente. La madre más dulce y más querida que haya habido nunca, nunca. Y me resulta odioso tenerla que herir de alguna forma. También me alegré al ver a Tom y a Emily. Todos los días vienen amigos a visitarles y quieren que yo forme parte de sus reuniones, pero no me siento lo bastante bien para eso ni para hacer las cosas que ellos quieren: jugar a las cartas, acertijos y bailes.



(En este punto Clyde no pudo evitar evocar en su propia mente la visión de aquel mundo miserable de familia del que ella formaba parte y que él había visto hacía tan poco tiempo: ¡aquella casa desvencijada! ¡Aquellas chimeneas caídas! ¡Su rudo padre! Y el contraste de una cara como ésta con la otra de Sondra.)


»Papá y mamá, lo mismo que Tom y Emily, están pendientes de mí y sólo desean complacerme en todo. Y yo me siento llena de remordimientos cuando pienso lo que sentirían si supieran la verdad, pues, desde luego, tengo que fingir que es el trabajo lo que me hace sentir tan cansada y tan deprimida como estoy a veces. Mamá no deja de decir que debo quedarme mucho tiempo o bien dejar el trabajo y ponerme bien del todo; pero, naturalmente, no sabe nada, pobrecilla. ¡Si lo supiera! No puedo decirte lo que esto me hace sufrir en muchos momentos, Clyde. ¡Oh, Dios mío!
 



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»Pero, bueno, no debo entristecerte con mis pensamientos amargos. No debo estar triste, como te dije, si tú vienes por fin y me llevas como hemos convenido. Y no es que esto me pase siempre, Clyde. No todo el tiempo estoy así. Ya he empezado a prepararlo todo, tardaré aún dos o tres semanas y será suficiente para que pueda pensar en otra cosa sino en el trabajo. Pero tú vendrás a buscarme, ¿no es así, querido? No puedes decepcionarme más tiempo y hacerme sufrir como en esta última época, en que has estado tan distante y que ha durado tanto tiempo, casi desde antes de Navidad. Pero verdaderamente tú fuiste bueno conmigo. Te prometo no ser una carga para ti porque sé que ya no me quieres y por eso no me importa mucho lo que vaya a pasar después, con tal de verme ahora libre de esto. Pero te prometo no ser una carga para ti.

»Oh, querido, no hagas caso de este borrón. Es que estos días me resulta muy difícil dominarme como me dominaba antes.

»Pero voy a referirme a lo que iba. La familia piensa que estos vestidos son para ir a reuniones en Lycurgus y que debo estarlo pasando maravillosamente bien. Bueno, mejor es que crean eso. Es posible que tenga que ir a Fonda a comprar algunas cosas, si no envío a la señora Anse, la costurera, y si es así y tú necesitas verme de nuevo antes de venir, aunque supongo que no, podríamos ponernos de acuerdo. Me gustaría verte y hablarte de nuevo, si no te importa, antes de que emprendamos el viaje. Todo esto me parece muy extraño, Clyde, tener que hacerme estos trajes y desear tantísimo verte y saber, sin embargo, que a ti no te apetece. Pero espero que estarás satisfecho por haberme hecho salir de Lycurgus y venir aquí, y poder hacer lo que tú llamas divertirte. ¿Son diversiones mucho mejores que las que acostumbrábamos a tener el verano pasado cuando nos íbamos a los lagos y a todos los demás sitios? Pero cualesquiera que sean, Clyde, sin duda puedes permitírtelas sin sentirte apenado por mí. Sé que te parece difícil la situación, pero no debes olvidar que si yo fuese como alguien que yo me sé, podría y sabría pedir más. Pero como te dije, yo no soy de esa manera ni lo podré ser nunca. Si de verdad no me necesitas ya para nada después de haberme ayudado como me dijiste, podrás irte.

»Por favor, escríbeme, Clyde, una carta larga y cariñosa, aunque te cueste trabajo, y dime que aunque no me hayas echado de menos como antes, vendrás pronto a recogerme, si es posible antes de que transcurran las dos semanas que faltan hasta el sábado.

»Querido, no te enfades por las cosas terribles que escribo, pero estoy tan triste, tan cansada y tan sola a veces que no puedo remediarlo. Necesito alguien con quien hablar, no una persona de aquí, porque ellos no comprenden y yo no puedo contar mis penas a nadie.

»Bueno, te dije que no iba a ponerme triste, ni sombría, ni enfadada, y no lo he conseguido, ¿verdad? Pero te prometo que será mejor la próxima vez, mañana o pasado, porque me alivia muchísimo escribirte. Y escríbeme tú también, aunque no sea más que unas palabras para animarme mientras estoy aquí esperando, y aunque las pienses o no, me hacen muchísima falta. Espero tu llegada. Yo me sentiré muy feliz y agradecida y trataré de no molestarte de ninguna manera.

»Tu afligida,
 



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BERT»



Y fue el contraste entre estas dos escenas lo que al fin le llevó a la conclusión de que nunca se casaría con Roberta, nunca, ni iría siquiera a reunirse con ella en Biltz, ni la dejaría volver a reunirse con él, si podía evitarlo. Porque la ida de él o el regreso de ella, ¿no iba a poner fin a todas las alegrías que tan recientemente había estado experimentando, y haría imposible además estar con Sondra este verano en el lago Twelfth, y estropearía sus planes de escaparse con esta última y casarse con ella? En nombre de Dios, ¿es que no había ninguna solución? ¿Ninguna salida de esta horrible dificultad que ahora se le presentaba?

Y en un arrebato de desesperación, después de haber encontrado las cartas en su habitación a su regreso del trabajo una cálida noche de junio, se arrojó sobre el lecho y se puso a gemir. ¡La miseria de todo esto! ¡El horror de su problema insoluble! ¿No había ninguna fórmula para conseguir que Roberta accediese a irse y permanecer lejos, a estar en su casa quizá por más tiempo, mientras él le enviaba diez dólares por semana o doce, incluso la mitad de su salario? ¿O no podría irse ella a alguna ciudad vecina, Fonda, Globersville, Schenectady, en que pudiera arreglárselas por sí misma y alquilar una habitación y permanecer allí hasta que llegase el momento de acudir a algún doctor o a alguna comadrona? El podría ayudarla a encontrar a alguien cuando llegase el momento, con tal de que ella consintiese en no mencionar su nombre.

Pero eso de querer que él fuera a Biltz o que se reuniese con ella en cualquier otro sitio y además dentro de dos semanas o menos, era demasiado. No quería, no quería. Haría algo desesperado si ella trataba de obligarle; se escaparía o quizá fuese al lago Twelfth antes de que llegase el momento de ir a Biltz, y entonces persuadiría a Sondra si podía. ¡Qué fantástica oportunidad sería para que se escapase con él y se casasen, aunque ella todavía no tuviese los dieciocho años! Entonces, la familia de Sondra no podría divorciarles, y Roberta no podría localizarle sino sólo quejarse, pero él lo negaría todo, diría que no habían existido relaciones íntimas entre ambos, sino sólo las propias de un jefe de departamento con cualquier muchacha que trabajara a sus órdenes. No había sido presentado a los Gilpin, ni había ido con Roberta a ver al doctor de Globersville, y ella le había asegurado que no había mencionado su nombre.

¡Pero el coraje que se necesitaría para negarlo todo!

El valor que sería necesario. El valor para hacer frente a Roberta cuando, como él sabía, se le presentase con sus ojos firmes, acusadores, horrorizados, sus ojos azules e inocentes. Sería tan difícil como enfrentarse con lo más difícil del mundo. ¿Y podría él hacerlo? ¿Tendría el valor necesario? ¿Iría todo bien si lo hacía? ¿Le creería Sondra una vez que se enterase?

Pero de todos modos, siguiendo en pos de esta idea, la ejecutara finalmente o no, como de todos modos iba a ir al lago Twelfth, tenía que escribirle una carta a Sondra diciéndole que iría. Y esto lo hizo de inmediato, escribiendo apasionadamente y con furor. Al mismo tiempo decidió no escribir a Roberta. Quizá llamarla por teléfono, puesto que ella le había dicho que un vecino suyo tenía uno, y si por alguna razón necesitaba ponerse en contacto con ella, podría utilizar aquel medio. Pues mencionar el problema por escrito,
 



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incluso de la manera más disimulada, le pondría en sus manos, y proporcionaría a Roberta exactamente el tipo de prueba con respecto a sus relaciones que ella más necesitaba, especialmente cuando estaba tan decidido a no casarse. ¡La vileza de todo esto!

Era bajo y mezquino, no cabía duda. Pero con que Roberta se hubiera mostrado un poco más razonable, no habría soñado nunca en planear algo tan bajo y tan miserable. Pero, ¡oh, Sondra! ¡Sondra! Y la gran finca que ella había descrito, enclavada en la orilla occidental del lago Twelfth. ¡Qué hermoso debía ser aquello! ¡No podía remediarlo! ¡Tenía que actuar y planear tal como lo estaba haciendo! ¡Tenía que hacerlo!

Luego se levantó y fue a echar al correo la carta para Sondra. Y entonces compró un periódico de la noche, y ojeando las noticias locales relativas a las personas que conocía, para distraer su mente en aquellos momentos, he aquí que en la primera página del Times-Union de Albany vio un titular que decía:

DOBLE ACCIDENTE TRÁGICO EN EL LAGO PASS.— VUELCA UN BOTE Y LOS SOMBREROS QUE QUEDAN FLOTANDO REVELAN LA PÉRDIDA PROBABLE DE

DOS VIDAS EN EL BALNEARIO, CERCA DE PITTSFIELD.— SE RECOBRA EL CUERPO SIN IDENTIFICAR DE UNA MUCHACHA.— FALTA TODAVÍA EL DE SU COMPAÑERO.

A causa del gran interés que Clyde sentía por el deporte del remo, y en realidad por toda clase de actividades acuáticas, así como por su propia destreza en todo lo referente al remo, a la natación y a bucear, leyó entonces con interés:

«Pancoast, Mass., 7 de junio — Lo que al parecer resultó ser un fatal paseo en bote, tuvo lugar aquí anteayer. Un hombre inidentificado y una muchacha, que venían presumiblemente de Pittsfield a pasar el día en el lago Pass, perdieron la vida.

»El jueves por la mañana, un hombre y una muchacha, que dijeron a Thomas Lucas, encargado del restaurante del Casino y del embarcadero de aquel lugar, que venían de Pittsfield, alquilaron un pequeño bote de remos a eso de las diez de la mañana, y con una cesta, que contenía probablemente el almuerzo, partieron hacia el extremo norte del lago. A las siete de la tarde del mismo día, en vista de que no regresaban, el señor Lucas, en compañía de su hijo Jeffrey, dio una vuelta al lago en su canoa a motor y descubrió el bote volcado cerca de la orilla norte, pero ninguna huella de los ocupantes. Pensando de momento que podía ser otro caso de gente que alquila el bote y luego desaparece con objeto de evitar el pago, se llevó la embarcación a su amarradero.

»Pero esta mañana, con la duda de si habría ocurrido o no un accidente, él y su ayudante, Fred Walsh, junto con su hijo, hicieron un recorrido de la costa norte y finalmente dieron con los sombreros de la muchacha y del hombre flotando entre unos juncos cerca de la playa. De inmediato se organizó una partida de dragado, y a las tres de la tarde de hoy el cuerpo de una muchacha, de la que nada se sabe, excepto que llegó con su compañero, fue descubierto y llevado a las autoridades. El del hombre no se ha encontrado todavía. Como el agua en las proximidades del accidente tiene una profundidad superior a los treinta pies, no es seguro si el dragado conseguirá recuperar el otro cuerpo o no. En el caso de un accidente similar que tuvo lugar aquí hace unos quince
 



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años, ninguno de los dos cuerpos llegó a recobrarse nunca.

»En el forro de la chaquetilla que llevaba la muchacha iba cosida la marca de un comerciante de Pittsfield. También en el forro del zapato se leía el nombre de Jacobs, de aquella misma ciudad. Pero con sólo estos datos no resultaba posible establecer su iden-tidad. Las autoridades suponen que llevaba un bolso de una u otra clase que debe haberse quedado en el fondo del lago.

»Del hombre se recuerda que era alto, moreno, de unos treinta y cinco años de edad y que llevaba un traje verde de verano y un sombrero de paja con una cinta blanca y azul. La muchacha no tenía más de veinticinco años, medía cinco pies y cinco pulgadas de estatura y pesaba unas ciento treinta libras. Llevaba el cabello, que era largo y castaño oscuro, en trenzas alrededor de la frente. En el dedo de su mano izquierda hay un pequeño anillo de oro que lleva engarzada una amatista. La policía de Pittsfield y de otras ciudades de esta región ha sido notificada, pero hasta ahora no se ha recibido noticia alguna en cuanto a su identidad.»

Esta gacetilla, bastante al día en los usuales accidentes veraniegos, le interesó a Clyde sólo ligeramente. Parecía extraño, desde luego, que una muchacha y un hombre llegasen a un lago y pudiesen así, en un pequeño bote y en pleno día, perder sus vidas. También era extraño que después nadie fuera capaz de identificar a uno o a otro. Y sin embargo, así era. El hombre había desaparecido por completo. Echó el periódico a un lado, poco interesado al principio, y se preocupó del problema que realmente le estaba atormentando: lo que iba a hacer. Pero algo más tarde, cuando estaba apagando la luz antes de meterse en la cama y pensando todavía sobre el complicado problema que su propia vida presentaba, fue asaltado por el pensamiento (¿qué susurro del diablo?, ¿qué funesta alusión de un malvado espíritu?) de que suponiendo que él y Roberta, no, digamos él y Sondra (no, Sondra sabía nadar muy bien, y él también sabía), suponiendo que él y Roberta estuviesen en un pequeño bote en alguna parte y éste volcase, poniendo fin así a la espantosa complicación que de tal manera le estaba persiguiendo... ¡Qué escapatoria! ¡Qué alivio de un problema gigantesco y destructor! Por otra parte, cuidado, ¡no tan rápido! ¿Cómo podía un hombre pensar siquiera en una solución así en relación con un problema tan difícil como el suyo sin cometer un crimen de conciencia, un horrible, terrible crimen? No debía pensar siquiera en semejante cosa. Era algo malo, malo, terriblemente malo. Sin embargo, suponiendo, por accidente, desde luego, que una cosa así ocurriera... ¿No sería eso el fin de todas sus preocupaciones en relación con Roberta? No sentiría más terror frente a ella, ni más miedo ni dolor en cuanto a Sondra. Una solución silenciosa, sin complicaciones, sin luchas, una solución de todas sus dificultades, y gozaría de alegría para siempre. Sólo la muerte accidental e impremeditada de alguien que se ahoga y luego un glorioso futuro.

Pero pensar en una cosa así en relación con Roberta en esta época (¿por qué razón su mente persistía en identificarla con ello?) era terrible, y no debía permitir que tal pensamiento entrase en su mente. ¡Nunca, nunca, nunca! No debía. ¡Era horrible! ¡Terrible! ¡Una idea de asesinato, nada menos! ¡¡¡Asesinato!!! Y sin embargo tan abrumado se había sentido, y todavía lo estaba, por la carta que le había escrito Roberta, en contraste con la de Sondra, tan deliciosa y atrayente era la descripción de la vida que en la última se
 



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trazaba, que no pudo, a pesar de todos sus esfuerzos, eliminar del todo aquella solución, al parecer tan fácil y tan natural, de todo su problema: la de que un accidente pudiese ocurrirles a él y a Roberta. Porque, después de todo, él no estaba planeando ningún crimen, ¿verdad? Estaba pensando meramente en un accidente que, si hubiese ocurrido o pudiese ocurrir... Ah, pero eso de que «pudiese ocurrir». Allí estaba el pensamiento malo y funesto acerca del cual no debía, no debía meditar. NO DEBÍA. Y sin embargo, y sin embargo... El era un excelente nadador y podía llegar hasta la costa, sin duda alguna, cualquiera que fuera la distancia. Mientras que Roberta, como él sabía por haberse bañado con ella en alguna playa el verano anterior, no sabía nadar. Y luego, a menos que él decidiese ayudarla, por supuesto...

A medida que pensaba más en ello, sentado a la luz de la lámpara en su propia habitación, entre las nueve y media y las diez de la noche, le asaltó un extraño y perturbador hormigueo en la piel y en los cabellos y en la punta de los dedos. ¡El horror de semejante pensamiento! Y que le fuera presentado tan oportunamente por el periódico. ¿No era eso extraño? Además, en el norte, en aquella región adonde iba a ir ahora a reunirse con Sondra, había muchos, muchísimos lagos por todas partes, ¿no era así? Docenas de lagos cerca de donde Sondra estaba. Eso era lo que ésta le había dicho. Y a Roberta le gustaba dar paseos al aire libre y también el agua, aunque no sabía nadar, no sabía nadar, no sabía nadar. Y ellos, o al menos él, iba a ir a donde había lagos, o podían ir los dos, ¿por qué no?, puesto que ambos habían hablado de unas vacaciones como despedida final.

Pero, ¡no!, ¡no! ¡El mero pensamiento de un accidente semejante en relación con Roberta, por mucho que desease verse libre de ella, era pecaminoso, sombrío y terrible! No debía permitir que su mente lo acariciase ni siquiera un momento. ¡Era demasiado malvado, demasiado vil, demasiado terrible! ¡Oh, pensamiento espantoso ! ¡Pensar que se le hubiera podido ocurrir! ¡Y en esta ocasión precisamente, cuando ella le estaba exigiendo que se marchasen juntos!

¡Muerte!
¡Asesinato!
¡El asesinato de Roberta!

Pero escaparía, desde luego, de ella. ¡De esta exigencia irrazonable, inflexible, invariable de ella! Estaba totalmente helado, totalmente sudoroso con el mero pensamiento de tener que casarse.

Y ahora, cuando, cuando... ¡Pero no debía pensar en eso! ¡Y además la muerte de aquel niño por nacer!

Pero, ¿cómo podía una persona ni siquiera pensar en hacer una cosa así a sangre fría? Y sin embargo, mucha gente se ahogaba fortuitamente: muchachos y muchachas, hombres y mujeres, aquí y allí, por todas partes del mundo, en la época del verano. Desde luego, no quería que le pasase nada malo a Roberta. Y especialmente en estos momentos. El no era de esa clase de personas. No lo era. No lo era. No lo era. El solo pensamiento hacía que un sudor pegajoso le empapase las manos y la cara. No era esa clase de persona. La gente decente, la gente cuerda no piensa en tales cosas. Y de la misma forma tampoco él pensaría a partir de este momento.

En un estado trémulo de insatisfacción consigo mismo, de que se le hubiese podido
 



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ocurrir un pensamiento tan espantoso, se levantó y encendió la lámpara y releyó aquella gacetilla desconcertante de manera tan fría y reprobadora como pudo, sintiendo que al hacerlo hacía lo posible para olvidarlo de una vez por todas. Después, habiéndose serenado, se vistió y salió de la casa para darse un paseo, para alejarse del pensamiento, insinuante y solapado, que le había estado turbando hasta entonces. Y al cabo de un rato, sintiéndose mejor, más libre, más natural, más humano, como él deseaba sentirse, regresó a su habitación, con intención de dormir y con la sensación de que había logrado eliminar del todo una tentación insidiosa y horrible. ¡Nunca más debía pensar de nuevo en ello! Nunca más debía pensar de nuevo en ello. No debía nunca, nunca, nunca, pensar en ello, nunca.

Y después, cayendo en un sueño nervioso y febril, al poco tiempo se encontró soñando con un perro negro y salvaje que estaba tratando de morderle. Habiendo escapado de las fauces del animal y despertándose en medio de un gran terror, volvió luego a quedarse dormido una vez más. Pero ahora estaba en un lugar muy sombrío y lúgubre, un bosque o una cueva o un cañón estrecho entre altas colinas, por el cual parecía abrirse un sendero prometedor al principio. Pero pronto el sendero, a medida que avanzaba, se iba haciendo más y más estrecho y oscuro, y al final desaparecía totalmente. Y entonces, volviéndose para ver si podía regresar por donde había venido, se encontró con que detrás suyo había unas serpientes enmarañadas que al principio semejaban más bien pilas de leña. Pero en lo alto de las mismas ondulaban las amenazadoras cabezas de una veintena de reptiles, de lenguas bífidas y ojos de ágata. Y enfrente ahora, al volverse con rapidez, vio un animal cornudo y salvaje, verdaderamente enorme, el cual aplastando los arbustos cerraba el paso en aquella dirección. Y entonces, horrorizado, llorando con desesperación, se despertó una vez más para no dormirse de nuevo aquella noche.



CAPÍTULO 43

Sin embargo, el pensamiento del lago, conectado como estaba con el apuro con que se veía enfrentado, y abrumado como él se veía, no podía ser expulsado tan fácilmente como deseaba. Relacionado como estaba con su problema personal, era turbador, enojoso y alteraba su mente. Esta tragedia fácil, al parecer irreprochable, aunque espantosa, en el lago Pass, tuvo su peso. El cuerpo de la muchacha, como ahora alguna fuerza peculiar de su propio cerebro le obligaba a advertir, fue encontrado, pero no el del hombre. En aquel hecho interesante, y esto totalmente a pesar de sí mismo, se reflejaba una sugerencia que insistía en albergarse en su mente: la de suponer que muy bien podía darse el caso de que el cuerpo del hombre no estuviese en absoluto en el lago. Puesto que, dándose el caso de que la gente malvada desea en ocasiones desembarazarse de otras personas, ¿por qué no había aquel hombre de haber salido con la muchacha con la única intención de librarse de ella? Un truco muy simple y diabólico, desde luego, pero que, en esta ocasión, por lo menos, parecía haber tenido un resultado admirable.

Pero en cuanto a aceptar una sugerencia tan malvada y llevarla a cabo, ¡eso nunca! Sin embargo, allí estaba su propio problema aumentando más y más, ya que cada día, o al menos un día sí y otro no, le llegaban cartas de Roberta o una nota de Sondra,
 



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manteniendo sus respectivas misivas el mismo contraste entre la holgura y la miseria, el buen humor y la derrota y la incertidumbre.

A Roberta, puesto que no quería escribirle, la telefoneaba brevemente y de la manera menos comprometedora posible. ¿Cómo estaba? Se alegraba mucho de tener noticias suyas y de saber que estaba en el campo y en su casa, donde se debía pasar mucho mejor que aquí, en la fábrica, con este tiempo. Desde luego, todo iba muy bien, y excepto por un súbito alud de pedidos que había hecho que estos dos últimos días fuesen bastante duros, todo seguía como antes. Él estaba haciendo todo lo que podía para ahorrar cierta cantidad de dinero para un proyecto determinado del que ella estaba enterada, pero no había ninguna otra cosa que le preocupase de momento y ella tampoco tenía que preocuparse. Él no había escrito antes a causa del trabajo, y no podía escribir mucho. Había muchas cosas que hacer, pero la echaba de menos al no ver— la en su lugar acostumbrado, y esperaba verla pronto de nuevo. Si ella iba a ir a Lycurgus como decía, y realmente creía importante verle, bueno, eso podría arreglarse; pero, ¿era necesario hacerlo ahora? Él estaba muy ocupado y esperaba verla más tarde, por supuesto.

Pero al mismo tiempo estaba escribiéndole a Sondra que seguramente el día 18, y el siguiente fin de semana si era posible, estaría con ella.

De esta forma, en virtud de su tergiversación mental, inspirado y animado como estaba por su deseo de Sondra y su incapacidad de afrontar los hechos en relación a Roberta, consiguió el muy codiciado privilegio de ver de nuevo a la primera, durante un fin de semana, y en un paisaje como nunca antes en su vida había tenido la dicha de contemplar.

Cuando llegó al embarcadero de Sharon, anejo a la terraza que estaba en el parador enclavado al pie del lago Twelfth, fue recibido por Bertine y por el hermano de ésta, así como por Sondra, quienes habían venido a recogerle en la canoa de Grant. Las brillantes aguas azules de la Cadena India... Los altos, oscuros y afilados pinos en forma de lanza que se erguían como centinelas a ambas orillas y daban a las agua una doble fila de negras sombras al reflejarse en ellas tan claramente... Las viviendas, grandes y pequeñas, blancas y rojas, verdes y marrones, que había por todas partes, con sus refugios para los botes. Pabellones junto a la orilla. Algún muellecillo que se destacaba desde un chalet espacioso y a veces majestuoso, como los que poseían los Cranston, los Finchley y otros. Los botes y canoas verdes y azules. El alegre hotel y los pabellones de Pine Point ya correcta y elegantemente preparados para los primeros visitantes. Y luego el muelle y el embarcadero del chalet de los mismos Cranston, con dos perros rusos recientemente adquiridos por Bertine y que estaban echados sobre la hierba que había junto a la orilla, al parecer aguardando su llegada, y un criado llamado John, uno de los seis que atendían a la familia, esperando para recoger la única maleta de Clyde, su raqueta de tenis y sus palos de golf. Pero lo que más le impresionó de todo fue la casa amplísima y sin embargo graciosamente construida, con sus brillantes muros bordeados de geranios y su amplia terraza desde la que se dominaba una bella vista del lago, así como los coches de los distintos huéspedes que, vestidos para jugar al golf o al tenis o para pasear, se veían yendo ociosamente de un lado a otro.

A indicación de Bertine, John le condujo a una espaciosa habitación con vistas al lago, donde tuvo el privilegio de tomar un baño y cambiarse para jugar a tenis con Sondra,
 



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Bertine y Grant. Después de la cena, Sondra, que estaba por aquel entonces en casa de Bertine, le explicó que iba a ir con esta última y con Grant al Casino, donde sería presentado a todas las personas a las que valía la pena conocer. Habría baile. Mañana, muy temprano, antes del desayuno, si quería, podría montar a caballo con ella y con Bertine y dar un paseo por los bosques hasta Punta de la Inspiración, para dominar desde allí una vista más amplia del lago. Y, como se enteró entonces, excepto unos cuantos caminos como éste, el bosque era impenetrable en más de cuarenta millas. Sin una brújula o un guía, como se le dijo, uno podría estar andando hasta morirse, tan difícil era orientarse. Y después del desayuno y de nadar, ella, Bertine y Nina Temple le demostrarían su dominio del nuevo esquí acuático de Sondra. Después de eso el almuerzo, tenis o golf y un paseo hasta el Casino para el té. Después de cenar, habría un baile en el chalet de los Brookshaws de Utica, al otro lado del lago.

A la hora de su llegada, como Clyde pudo ver, el programa para el fin de semana estaba ya completo. Pero que él y Sondra podrían estar juntos no sólo momentos, sino posiblemente horas enteras, era algo de lo que estaba muy bien enterado. Y entonces ya vería qué nuevas delicias, gracias al temperamento polifacético de la muchacha, proporcionaba aquella ocasión maravillosa. Para él, a pesar de la fastidiosa carga de Roberta, que por lo menos durante este fin de semana podría dejar a un lado, era como si estuviese en el paraíso.

Y en las pistas de tenis de los Cranston le pareció como si nunca antes hubiese visto a Sondra, ataviada con una severa falda corta de tenis y una blusa, con un pañuelo amarillo y verde de lunares atado en torno al cabello, tan alegre, graciosa y feliz. ¡La sonrisa que había en sus labios! ¡La alegre, risueña luz de promesa que había en sus ojos cada vez que le miraba! De vez en cuando, mientras corría en el curso del juego, era como si fuese un pájaro lanzado al vuelo, su raqueta en alto, tocando apenas la tierra con la punta de los pies, con la cabeza hacia atrás, los labios entreabiertos y sonriendo siempre. Y al llamarle veinte veces, treinta veces, cuarenta veces, «querido», lo hacía siempre con un acento risueño que a él le daba escalofríos y al mismo tiempo le entristecía, como si se regocijara desde un determinado punto de vista, por la perspectiva de tenerla, si estuviese libre para tomarla ahora. ¡Pero aquella negra barrera que él mismo había construido!

Y después se veía en otra escena, cuando un sol brillante se derramaba como un diluvio de luz cristalina encima de una alfombra verde que se extendía desde los altos pinos hasta las plateadas y rizadas aguas del lago. Y a la altura de la orilla, en media docena de direcciones diferentes, las brillantes velas blancas de pequeños botes, los manchones blancos y verdes y amarillos donde los botes de remo de amantes ociosos cruzaban al sol. Tiempo de verano, ocio, calor, color, bienestar, belleza, amor, todo lo que él había soñado el verano antes, cuando estaba tan solo.

Por momentos a Clyde le parecía que iba a saltar desde la alegría misma al cumplimiento cierto de un gran deseo que estaba a su alcance; otras veces el pensamiento de Roberta barría su alma como un viento helado y era como si nada pudiese ser más triste y más terrible que esa amenaza en comparación con los sueños de belleza, amor y felicidad que ahora le circundaban. ¡Aquella terrible gacetilla acerca del lago y de las dos personas ahogadas! La probabilidad de que a pesar de su plan fantástico de casamiento con Sondra dentro de una semana, o dos o tres todo lo más, tendría que dejarlo todo para
 



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siempre. Y entonces, de pronto, los demás se daban cuenta de que estaba equivocándose, jugando mal, y le gritaban: «Pero Clyde, ¿en qué estás pensando?». Y desde las más oscuras profundidades de su corazón habría contestado: «En Roberta».

En casa de los Brookshaws, aquella noche, hubo una elegante reunión de amigos de Sondra, de Bertine y de los demás. En la pista de baile simuló un reencuentro con Sondra, toda sonrisas, pues estaba pretendiendo, a causa de algunas personas, su padre y su madre en particular, que no había visto a Clyde antes, que ni siquiera sabía que Clyde estaba en el lago.

—Ah, ¿está usted aquí? ¡Qué magnífico! ¿En casa de los Cranston? ¡Qué curioso! Es la casa de al lado de la nuestra. Nos veremos con frecuencia. ¿Qué le parece si mañana diésemos un paseo a caballo antes de las siete? Bertine y yo lo hacemos casi todos los días. Y además, si no hay novedad, tendremos un picnic con canoas y botes. No se preocupe si no sabe montar bien. Le diré a Bertine que le deje a Jerry, es una oveja. Y no se preocupe tampoco por el equipo. Grant tiene de sobra de todo. Bailaré las dos piezas próximas con otros chicos, pero durante la tercera me sentaré con usted un rato. Hay un sitio muy bonito en la terraza.

Le alargó la mano, pero con una mirada de complicidad en sus ojos. Y más tarde, entre las sombras, él acercó su rostro al de ella cuando nadie les estaba mirando, y la muchacha le besó con avidez. Antes de que la noche acabara, se las habían arreglado para dar un paseo por una senda que conducía desde la casa hasta la orilla del lago y allí se abrazaron bajo la luz de la luna.

—Sondra está muy contenta por tener aquí a su Clyde. Le ha echado mucho de menos.

Le alisaba el cabello mientras él la besaba, y Clyde, acordándose de la sombra que tan ominosamente se cernía sobre ellos, la estrujaba fervientemente, con desesperación.

—¡Oh, mi encantadora niñita —exclamó—, mi bellísima Sondra! Si supieras lo mucho que te amo, si lo supieras de verdad. ¡Cómo me gustaría poder decírtelo! Es lo que más me gustaría en este mundo.

Pero no podía ahora ni quizá nunca. Nunca se atrevería a hablarle de la negra barrera que se interponía entre ellos. Pues debido a la educación de la muchacha, a las normas de amor y de matrimonio que le habían sido inculcadas, nunca comprendería, nunca haría un sacrificio tan grande por mucho que le amase. Y él se vería abandonado en ese mismo momento, mientras ella le miraría con horror.

Pero al ver la muchacha sus ojos y su rostro pálido y tenso, y el brillo de la luna que hacía chispear sus pupilas, exclamó mientras se aferraba a él:

—¿Tanto quiere él a Sondra? Oh, mi dulce muchacho. Sondra también le quiere muchísimo.

Le tomó la cabeza entre las manos y se la sujetó con firmeza, besándole rápida y ardientemente una docena de veces.

—Y Sondra nunca renunciará a su Clyde. No lo hará nunca. No tienes más que esperar un poco. No importa lo que pase. Puede que no sea fácil, pero Sondra no renunciará. —Luego, repentinamente y de una manera muy práctica, como hacía a menudo, exclamó—: Pero ahora tenemos que irnos. No, no más besos. Sondra dice que no y no. Nos estarán echando de menos.
 
Y poniéndose rígida y cogiéndole por el brazo le arrastró de regreso a la casa a tiempo de encontrarse con Palmer Thurston, que estaba buscándola.

A la mañana siguiente, fiel a su promesa, dieron el paseo hasta Punta de la Inspiración antes de las siete; Bertine y Sondra vestían con brillantes chaquetillas rojas y blancos pantalones de montar y botas negras; iban con el cabello suelto y flotando al viento, cabalgando vivamente en vanguardia durante la mayor parte del tiempo, y luego regresando al galope para unirse con él. O bien Sondra le animaba alegremente para que avanzara, o las dos avanzaban riendo y dando gritos unos cientos de metros por delante en alguna cueva de árboles donde él no podía descubrirlas. A causa del interés que Sondra manifestaba tan claramente por él aquellos días, un interés que la misma Bertine había empezado a comprender que podría terminar en matrimonio si no surgía ninguna complicación de familia que pudiera impedirlo, ella, Bertine, era toda sonrisas, el alma misma de la cordialidad, insistiendo afablemente para que Clyde viniese y se quedase durante el verano; ella les protegería a ambos y nadie tendría motivo para hacer ningún comentario. Y Clyde temblaba de excitación, pero no dejaba de rumiar, ocasionalmente, y a pesar de sí mismo, volviendo a la idea que la gacetilla del periódico le había inspirado, y a la par luchando contra ella, tratando de borrarla por completo.

Y luego, en determinado momento, Sondra se dirige a un empinado sendero que conducía a una fuente entre piedras y musgos al pie de oscuros árboles y llama a Clyde diciendo:

—Baja. Jerry conoce el camino. No resbalará. Ven y bebe un trago. Todo el que lo hace se dice que vuelve pronto.

E inmediatamente él bajó y se apeó para beber y ella exclamó:

—Quería decirte una cosa. Ya te darías cuenta de la cara que puso mamá la otra noche, cuando se enteró de que estabas aquí. No puede estar segura de que yo tenga nada que ver con esto, porque cree que Bertine está interesada por ti. Yo se lo di a entender. Pero de todas maneras sospecha algo, y no se le aparta la idea de la mente. Pero por ahora no puede decir nada. Yo he hablado con Bertine hace unos instantes y ella se ha mostrado conforme en ayudarme todo lo que pueda. Pero tenemos que ser más cuidadosos que nunca, porque creo que mamá teme que yo haga cualquier cosa, no sé qué. Y desea que nos vayamos de aquí, ahora mismo quizá, para que no pueda verte. Tú sabes que según su opinión no debo interesarme por nadie que a ella no le guste. Sabes cuál es su manera de ser. Lo mismo hace con Stuart. Pero si tienes buen cuidado de no mostrarte demasiado solícito cuando estemos en alguna reunión, entonces no hará nada, al menos por ahora. Más tarde, llegado el caso, cuando estemos de vuelta en Lycurgus, las cosas cambiarán. Entonces seré mayor de edad y ya veré qué puedo hacer. Nunca he querido antes a nadie, pero a ti te quiero y no renunciaré a ti por nada del mundo, eso es todo, no renunciaré. Ya pueden hacer lo que quieran.


Dio unas pataditas y se golpeó las botas con la fusta mientras los dos caballos pacían ociosamente en torno. Clyde, embelesado y atónito por esta segunda y definida declaración, así como inflamado por la idea de que si ahora sugiriese el rapto y el casamiento podría librarse de la espada que tan amenazadoramente pendía sobre él, miró a Sondra con los ojos llenos de una ansiosa esperanza y de un temor nervioso. Pues ella podría negarse a cambiar de manera de pensar, extrañada por lo repentino de su

 




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sugerencia. Y él no tenía dinero ni sitio donde pudieran ir en caso de que ella aceptase su proposición. Pero quizá ella lo tenía o podría tenerlo. Y habiendo consentido, ¿no iba luego a ayudarle? Naturalmente. De todos modos comprendió que debía hablar, sin preocuparse por el futuro.


Y así dijo:


—¿Por qué no podrías escaparte ahora conmigo, Sondra querida? Falta muchísimo tiempo hasta que suceda lo que dices y yo te necesito. ¿Por qué no hacerlo? Tu madre no consentirá nunca que me case contigo. Pero si nos vamos ahora, no tendría más remedio que resignarse, ¿no es así? Y luego, al cabo de unos cuantos meses, tú podrías escribirle y a ella ya no le importaría. ¿Por qué no marcharnos, Sondra?


Su voz era implorante, sus ojos estaban llenos de un triste temor a la negativa y al futuro que se extendería si ella se negaba.


Tan sobrecogida se sintió Sondra entonces por el temor que el estado de ánimo del muchacho revelaba, que se detuvo, no escandalizada por la sugerencia en lo más mínimo, sino decididamente conmovida, así como halagada por haberle inspirado a Clyde una pasión tan fuerte y tan arrolladora. Era tan impetuoso, tan fogoso como la llama que ella misma había creado, a su parecer; fogosidad que ella era incapaz de sentir, como comprendía muy bien, llama que nunca había visto ni en él ni en ninguna otra persona. ¿Y no sería maravilloso si pudiese escaparse con él en secreto al Canadá o a Nueva York o a Boston? La excitación que su rapto crearía aquí y en otras partes, en Lycurgus, Albany, Utica. Las conversaciones y los sentimientos que se despertarían en su propia familia y en otras personas. Y Gilbert, que quedaría emparentado con ella a pesar de su repugnancia, y los Griffiths también, a quienes su madre y su padre tanto admiraban.


Por un momento se vio escrito en sus ojos el deseo y la determinación de hacer lo que él le sugería, escaparse, dar una gran demostración de su amor intenso y verdadero. Porque, una vez casada, ¿qué podrían hacer sus padres? ¿Y no era Clyde digno de ella y de ellos también? Naturalmente, comprendió de todos modos que él no era todo lo que debía ser, puesto que no tenía tanto dinero como ellos. Pero podría tenerlo después que se casase con ella y ocupar un puesto en el negocio de su padre, lo mismo que Gil Griffiths lo ocupaba en el del suyo.


Pero un momento más tarde, pensando en su vida aquí y lo que semejante fuga significaría para su padre y para su madre justa— mente entonces, en el comienzo mismo de la estación veraniega, así como el trastorno que todo ello originaría en sus propios planes y que haría que su madre se sintiese especialmente enfadada, y que llegase incluso a conseguir la disolución del matrimonio basándose en el hecho de que no era mayor de edad, se detuvo, reemplazando la alegre luz de la aventura con un marcado rasgo material y práctico que le era característico. ¿Qué diferencia podría haber de todos modos en esperar unos cuantos meses más? Esa espera, sin duda ninguna, le evitaría a Clyde tener que separarse de ella para siempre, mientras que la fuga actual podría ser causa segura de separación.


Por consiguiente movió la cabeza de una manera cierta, positiva y sin embargo afectuosa, que ya por aquel entonces Clyde reconocía como presagio de derrota, la más penosa e irremediable derrota que le hubiese sobrevenido nunca. ¡Sondra no se iría! Entonces él estaba perdido, perdido, y a ella la había perdido también para siempre. ¡Oh,

 




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Dios mío! Mientras que la cara de la muchacha se dulcificaba con una ternura que no solía mostrar, ni siquiera cuando estaba más conmovida, dijo:


—Lo haría, cariño, si no creyese que es mejor no hacerlo ahora. Es demasiado pronto. Mamá no aprobaría nunca una cosa así. Sé que no la aprobaría. Además tiene sus planes para pasarlo muy bien aquí este verano, y especialmente pensando en mí. Quiere que me porte bien con... bueno, tú sabes ya a quien me refiero. Ésa es una cosa que puedo hacer sin que se interponga entre nosotros lo más mínimo, pero a ella no puedo disgustarla. — Se detuvo para dirigirle una sonrisa tranquilizadora— Pero tú puedes venir aquí con toda la frecuencia que quieras y ni ella ni los demás podrán pensar nada malo porque tú no serás nuestro huésped. Ya lo tengo arreglado todo con Bertine. Y eso significa que podemos vernos aquí este verano todo lo que queramos, ¿no comprendes? Luego, en otoño, cuando yo regrese, si veo que no puedo relacionarme contigo ni pensar en prometernos, entonces me escaparé. Sí, lo haré, querido, lo haré de verdad, sin falta.


—¡Querida! ¡En otoño!


Ella se detuvo mostrando en sus ojos una apreciación muy aguda de todas las dificultades que se extendían entre ambos, al mismo tiempo que tomaba en las suyas las manos del muchacho y le miraba al rostro. Luego, impulsivamente y de una manera que no admitía réplica, le lanzó los brazos al cuello, le hizo bajar la cabeza y le besó.


—¿Es que no lo ves, cariño? Por favor, no te pongas tan triste. Sondra quiere muchísimo a Clyde. Y hará todo lo que haya que hacer para que las cosas se arreglen. Sí, lo hará. Y los demás tendrán que hacerlo también. No tienes más que esperar un poco. Ella nunca renunciará a él, nunca, nunca.


Clyde, dándose cuenta de que no disponía de un solo argumento con que replicar, ni uno solo realmente que no la hiciera sospechar de su ansiedad, y que esto, a causa de la exigencia de Roberta, y a menos, a menos, bueno, a menos que Roberta le dejase libre, significaría una derrota completa para él, la miró sombríamente y hasta con desesperación. ¡Su enorme belleza! ¡Lo maravilloso de aquel mundo! ¡Y sin embargo, que no se le permitiera entrar nunca en él! ¡Y Roberta con su exigencia y la promesa de él en primer término! Y ninguna forma de escapatoria, si no era la fuga. ¡Dios mío!


En este punto le dirigió una mirada nerviosa y casi perturbada, nunca tan definida y tan potente en ninguna otra ocasión de su vida, una mirada fronteriza entre la razón y la locura, de tanta fuerza que incluso Sondra se dio cuenta de la expresión de los ojos del muchacho. Miró como un enfermo, con una mirada desquiciada, increíblemente desesperada. Tanto fue así, que ella exclamó:


—Pero, ¿qué te pasa, Clyde, querido, qué tienes? ¡Huy!, no te he visto nunca así, no puedo explicarme, pareces estar desesperado o... ¿Tanto me amas? ¿Y no puedes esperar siquiera tres o cuatro meses? Pero, oh, sí, él puede también. Esto no será tan malo como él cree. Estará conmigo casi todo el tiempo, el niñito querido. Y cuando no esté, Sondra le escribirá todos los días, todos los días.


—¡Pero, Sondra! ¡Sondra! Si pudiera decírtelo. Si supieras cuánto significa esto para

mí...


Se detuvo en este momento, porque, como pudo observar muy bien, la expresión de Sondra revelaba una pregunta muda e interesada sobre por qué era tan urgente que se escapase precisamente en este mismo momento. E inmediatamente, por su parte, Clyde,

 




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dándose cuenta de cuán enorme era el poder del gran mundo sobre ella, cuán integralmente formaba parte del mismo, y cómo, por mucha insistencia que él pusiera en su petición, lo único que conseguiría sería hacerla dudar sobre la prudencia de su amor por él, se vio movido a desistir, seguro de que si hablaba conseguiría que la muchacha le empezase a hacer preguntas que podrían inducirla a modificar su entusiasmo hasta el extremo de que incluso el proyecto del otoño podría cancelarse.


Y así, en lugar de seguir explicando por qué necesitaba una decisión por su parte, se limitó a desistir, diciendo:


—Es porque te necesito, querida, en todo momento. Eso es, sólo eso. Es como si me resultara imposible alejarme de ti ni un solo minuto. Estoy hambriento de ti en todo momento.


Pero Sondra, halagada como estaba por esta pasión, y correspondiéndola en parte al menos, volvió a repetir las cosas que había dicho antes. Debían esperar. Todo se arreglaría en el otoño. Y Clyde, completamente mudo a causa de su derrota, pero incapaz de substraerse o negarse a la delicia de estar con ella, hizo lo que pudo por recobrar su buen humor, y pensar, pensar, pensar, que de alguna manera, de alguna forma, quizá por medio de aquel plan del bote o de alguna otra manera...


Pero, ¿de qué otra manera?


Pero no, no, no, eso no. El no era un asesino y nunca podría hacerlo. El no era un asesino, nunca, nunca, nunca.


Y sin embargo, esta pérdida.

Este inminente desastre.

¿Cómo evitarlo y conseguir a Sondra?

¿Cómo, cómo, cómo?




CAPÍTULO 44


Luego, a su regreso a Lycurgus en las primeras horas de la mañana del lunes, llegó la siguiente carta de Roberta:


«Querido Clyde:


»Querido mío, he oído a menudo el refrán de que “al perro flaco todo son pulgas”, pero nunca he sabido lo que significaba hasta hoy. Casi la primera persona a quien vi esta mañana fue al señor Wilcox, un vecino nuestro que vino a decir que la señora Anse no saldrá hoy debido a un trabajo que tiene que hacer para la señora Dinwidie en Biltz, aunque ayer al marcharse quedó todo arreglado para que yo pudiese ayudarla un poco en la costura y adelantar así las cosas. Y ahora resulta que no estará aquí hasta mañana. A continuación llegó la noticia de que la hermana de mamá, la señora Nichols, está muy enferma, y mamá tuvo que ir a su casa en Baker’s Pond, que está a unas doce millas al este de aquí. Tom tuvo que llevarla en el coche, aunque debería haberse quedado para ayudar a papá con el trabajo que hay que hacer en la granja. Y no sé si mamá podrá volver antes del domingo. Si yo estuviese mejor y no tuviese tanto trabajo entre manos, supongo que tendría que ir también,

 




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aunque mamá insiste en que no es necesario.


»Luego, Emily y Tom, pensando que yo me encuentro perfectamente y que eso podría divertirme, habían citado a cuatro muchachas y a cuatro muchachos para que viniesen esta noche a celebrar una fiesta, con helados y pasteles que íbamos a hacer Emily, mamá y yo misma. Pero luego, mi pobre hermana tuvo que llamar por el teléfono del señor Wilcox, que tenemos a medias, con objeto de aplazar la reunión a la semana próxima si es posible. Y ahora está descorazonada y triste, como es natural.


»Por mi parte, estoy tratando de ponerle al mal tiempo buena cara, como dice el refrán. Pero cuesta mucho trabajo, querido, te lo digo yo. Pues hasta ahora sólo he tenido tres pequeñas conversaciones telefónicas contigo, diciendo que no crees que tengas el dinero necesario antes del 5 de julio. Y para acabar de rematar las cosas, me acabo de enterar hoy de que mamá y papá han decidido ir a visitar a mi tío Charlie, en Hamilton, pasando el día 4 (del 4 al 15) y llevarme con ellos, a menos que yo decida volverme a Lycurgus, mientras que Tom y Emily visitan a mi hermana en Homer. Pero, querido, yo no puedo ir, como tú sabes. Estoy demasiado enferma y cansada. La última noche vomité mucho; estoy medio muerta todo el día, y casi me vuelvo loca por las noches.


»Querido, ¿qué podemos hacer? ¿No podrías venir a buscarme antes del 3 de julio, que será la fecha en que ellos se vayan? Tendrías que venir por mí antes de entonces, porque no puedo hacer un viaje tan largo. Está a cincuenta millas de aquí. Yo podría decir que no voy si estoy totalmente segura de que tú vas a llegar antes de que emprendamos la marcha. Pero tengo que estar segura de que vas a venir.


»Clyde, no he hecho más que llorar desde que estoy aquí. Si tú estuvieses no me sentiría tan mal. Trato de ser valiente, querido, pero no puedo remediar pensar a veces que nunca vas a venir a buscarme, ya que no me has escrito ni una simple nota y sólo me has hablado tres veces desde que estoy aquí. Pero después me digo que es imposible que vayas a portarte tan mal, sobre todo después de tus promesas. Oh, desde luego, vendrás, ¿no es así? Ahora todo me molesta muchísimo, Clyde, por una causa u otra, y estoy además muy asustada, querido. Me acuerdo del verano pasado y después de este otro, y de todos mis sueños. ¿Te importaría mucho venir unos pocos días antes de lo que tienes pensado? Aunque tuviésemos que arreglarnos con un poco menos. Sé que podríamos hacerlo. Yo puedo ser muy ahorrativa. Trataré de tener mis vestidos hechos cuanto antes. Si no, me arreglaré con los que tenga y ya los acabaré más tarde. Y trataré de ser valiente, querido, y no aburrirte mucho, con tal de que vengas. Debes venir, tú lo sabes, Clyde. No hay otra solución, aunque por tu bien yo desearía que la hubiese.


»Por favor, por favor, Clyde, escríbeme y dime que estarás aquí cuando acabe el plazo que has dicho. Me preocupo mucho y estoy muy sola. Volveré inmediatamente si tú no llegas en la fecha que dijiste. Sé que no te gustará que te diga esto, pero, Clyde, no puedo seguir aquí, eso es todo. Y tampoco puedo irme con papá y mamá, así que sólo queda esta solución. Creo que no podré dormir ni un minuto esta noche, así que, por favor, escríbeme, y en tu carta dime que no me preocupe y que vendrás a buscarme. Si pudieses venir hoy, querido, o este fin de semana, no me sentiría tan

 




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triste. Pero, ¡dos semanas más! Todo el mundo está acostado y la casa está en silencio, así es que pongo punto final.


»Pero, por favor, escríbeme, querido, y si no lo haces, llámame sin falta mañana, porque no podré descansar ni un solo minuto hasta tener noticias tuyas.


»Tu desgraciada,

ROBERTA


»P. S.: Ésa es una carta horrible, pero me es imposible escribir otra mejor. Estoy muy triste.»


Pero el día en que esta carta llegó a Lycurgus, Clyde no estaba allí para contestarla inmediatamente. Y a causa de esto, Roberta, del humor más sombrío e histérico y llena de los pensamientos más lúgubres, se sentó a escribir el sábado por la tarde, y, medio convencida como estaba de que él podría haberse marchado hacia algún punto distante sin dirigirle ni una sola palabra, casi gritó o rugió, si hubiera que describir propiamente el estado de ánimo que alentaba en la siguiente carta:



Biltz, sábado 14 de junio.

«Mi querido Clyde:


»Te escribo para decirte que vuelvo a Lycurgus. Simplemente no puedo estar aquí más tiempo. Mamá me fastidia y no hace más que preguntarme por qué lloro tanto, y yo me siento muy enferma. Ya sé que te prometí que iba a estar aquí hasta el 25 o el 26, pero tú me dijiste que me escribirías, cosa que nunca has hecho, sino únicamente alguna que otra llamada telefónica, y estoy ya medio loca. Me desperté esta mañana y no pude evitar echarme a llorar; esta tarde mi dolor de cabeza es espantoso.


»Temo muchísimo que no vengas y estoy muy asustada, querido. Por favor, ven y sácame de aquí y llévame a algún sitio, el que sea, de forma que no tenga que seguir preocupándome. Temo mucho que papá y mamá me hagan confesar todo el asunto o lo descubran por sí mismos.


»Oh, Clyde, nunca te darás cuenta. Dijiste que vendrías, y algunas veces creo de verdad que vendrás. Pero otras veces no hago más que pensar en otras cosas y estoy completamente segura de que no vendrás, sobre todo porque ni escribes ni telefoneas. Desearía que me escribieses y me dijeses que vas a venir y entonces yo te aguardaría. Tan pronto como tengas esta carta deseo que me escribas y me digas el día exacto que vas a venir, no más tarde del primero de mes, porque no puedo estar aquí más tiempo. Clyde, no hay una muchacha en todo el mundo que sea tan desgraciada como yo, y es por tu culpa que estoy así. Pero yo tampoco quería decir esto, querido. Hubo un tiempo en que fuiste bueno conmigo, y también lo has sido ahora al ofrecerte a venir. Y si vienes yo te quedaré muy agradecida. Cuando leas esto, si crees que no tengo razón, no te enfades, Clyde, sino piensa que estoy medio loca de dolor y de preocupación y que no sé qué hacer. Por favor, escríbeme, Clyde. ¡Si supieras cómo necesito una palabra tuya!

 





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ROBERTA»


Esta carta, acompañada por la amenaza de volver a Lycurgus, fue suficiente para poner a Clyde en un estado no muy diferente del de Roberta. No tenía ninguna excusa, más o menos plausible, que ofrecer a Roberta para retrasar sus exigencias. Se estrujaba el cerebro. No debía escribirle ninguna carta larga y que pudiera servir para acusarle. Eso sería una locura en vista de su determinación a no casarse con ella. Por otra parte, su humor, con los abrazos y los besos de Sondra tan recientes, no era el más oportuno para una cosa así. No podía, aunque quisiera.


Al mismo tiempo, tenía que hacer algo inmediatamente, como podía juzgar, con objeto de apaciguar el ánimo de Roberta, al parecer desesperado. Diez minutos después de leer la última de estas dos cartas, estaba tratando de ponerse en contacto con Roberta por teléfono. Y habiendo conseguido localizarla después de media hora de dificultades y de impaciencia, oyó su voz, delgada y más bien quejumbrosa según le pareció en un principio, pero ello se debía tan sólo a una conexión deficiente. La voz decía:


—Hola, Clyde. Estoy muy contenta de que hayas llamado. He estado terriblemente nerviosa. ¿Te llegaron mis dos cartas? Estaba a punto de salir de aquí esta mañana si no tenía noticias tuyas. No puedo soportar estar sin noticias. ¿Dónde has estado, querido? ¿Leiste lo que te decía de que mis padres salen de viaje? Es verdad. ¿Por qué no escribes, Clyde, o me llamas de vez en cuando? ¿Qué hago acerca de lo que te decía en mi carta sobre el día 3? ¿Seguro que vendrás para entonces? ¿O tengo que ir a buscarte a alguna parte? He estado muy nerviosa los últimos tres o cuatro días, pero ahora que te oigo de nuevo, quizá pueda tranquilizarme un poco. Me gustaría que me escribieses una nota cada dos o tres días, Clyde. ¿Por qué no lo haces? No me has escrito ni una sola vez desde que estoy aquí. No puedo decirte en qué estado me encuentro y qué difícil me resulta mantenerme tranquila.


Era evidente que Roberta estaba muy nerviosa y asustada. En realidad, a pesar de que la casa desde la que estaba telefoneando estaba vacía en aquellos momentos, estaba hablando muy indiscretamente, le pareció a Clyde. Y no le tranquilizó demasiado el hecho de que ella le explicase que estaba sola y que nadie podía oírla. El no quería que usase su nombre ni que se refiriese a las cartas que le había escrito.


Sin hablar con demasiada claridad, trató de explicarle que estaba demasiado ocupado y que le resultaba muy difícil escribirle como ella deseaba. ¿No había dicho que iba a ir alrededor del 28 si podía? Bueno, haría todo lo posible, aunque le parecía que sería necesario retrasar la cosa una semana o así, hasta el 7 u 8 de julio, el tiempo necesario para conseguir unos cincuenta dólares extra que necesitaba. Pero realmente lo que estaba detrás de todo esto era hacer una visita más a Sondra, como estaba deseando, otro fin de semana. ¡Pero esas exigencias de Roberta ahora! ¿Es que no podía irse con sus padres durante una semana y dejar que él fuese a buscarla o que ella viniera a reunirse con él? Eso le daría más tiempo, que era lo que necesitaba, y...


Pero entonces Roberta estalló en un ataque de nervios diciendo que si ése era el caso, pensaba volver a su habitación en casa de los Gilpin si podía, y no iba a desperdiciar su tiempo saliendo de viaje y esperándole cuando tal vez él no llegaría, por lo que Clyde decidió que podría decir muy bien que iba a ir el día 3, o que si no iba al menos lo dejaría todo arreglado con ella para reunirse en un sitio determinado. Pues incluso en aquellos

 



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momentos todavía no había decidido qué hacer. Necesitaba más tiempo para pensar, más tiempo para pensar.


Y por eso alteró ahora el tono y dijo:


—Escucha, Roberta. Haz el favor de no enfadarte conmigo. Hablas como si yo no tuviera también mis dificultades. Tú no sabes lo que todo esto puede costarme y parece que no te preocupa mucho. Sé que estás angustiada y todo eso, pero ¿cómo crees que estoy yo? Estoy haciendo todo lo que puedo, aparte de las muchas cosas en que tengo que pensar. ¿Y no podrías tener paciencia hasta el día 3? Te ruego que la tengas. Te prometo escribirte, y si no lo hago te llamaré un día sí y otro no. Pero no me gusta que uses mi nombre como hiciste hace poco. Eso no causará más que dificultades. Te ruego que no lo hagas. Cuando llame de nuevo diré que soy un tal señor Baker, y tú puedes decir el nombre que se te ocurra. Luego, si por cualquier circunstancia no pudiésemos vernos el día 3, tú podrías volver a Lycurgus si quisieras, o a algún otro sitio próximo, y después saldríamos lo antes posible.


Su tono era implorante y apaciguador, matizado como estaba, a causa de su aprieto actual, con un rastro de aquella vieja ternura y aparente indefensión que a veces habían cautivado a Roberta, e incluso ahora le granjeó una gratitud extraña e inmotivada. Tanto fue así que Roberta contestó con calor y llena de emoción:


—Oh, no, querido. No es necesario nada de eso. Tú sabes que no es ésa mi intención. Se trata sólo de que las cosas me van muy mal y no puedo contenerme. Tú lo sabes, ¿verdad, Clyde? No puedo dejar de quererte. Supongo que siempre me pasará lo mismo. Y no quiero hacer nada que pueda molestarte, querido, no si me es posible evitarlo.


Y Clyde, oyendo el tono de cariño verdadero, y comprendiendo que volvía a recobrar el imperio que había tenido sobre ella, se dispuso a desempeñar de nuevo el papel de amante, aunque sólo fuese para disuadir a Roberta de que se mostrara demasiado dura y exigente con él en estos días. Porque si bien ya no le gustaba, se dijo a sí mismo, si bien no podía pensar en casarse con ella, sobre todo en vista de sus nuevos sueños, podía al menos mostrarse simpático, ¿no es verdad? Y de esta manera la conversación acabó con una nueva tregua.


El día precedente, un día de actividades más bien escasas en los lagos, de los que acababa de regresar, él, Sondra, Stuart y Bertine, así como Nina Temple y un joven llamado Harley Baggott, que entonces estaba visitado a los Thurston, habían ido en canoa desde el lago Twelfth hasta la bahía Three Mile, un pequeño balneario a unas cincuenta y cinco millas al norte, y desde allí, entre altísimos muros de pinos, hasta Big Bittern y a otros pequeños lagos perdidos entre los grandes pinares de la región al norte del lago Trine. Y durante el viaje, Clyde, como ahora recordaba muy bien, se había sentido extrañamente impresionado en algunos momentos y en algunos lugares por el carácter desolado y solitario de la región. Los estrechos caminillos excavados por la lluvia nacían de las orillas y serpenteaban en torno a los altos árboles, silenciosos y oscuros, bosques en el sentido más amplio de la palabra, que se extendían millas y millas por todos lados. La naturaleza decadente y lúgubre de algunos de los lugares que iban dejando atrás y que no tenían más vegetación que viñedos silvestres semejaba un campo de batalla con muertos en putrefacción, como parecían los troncos caídos unos encima de otros en los terrenos pantanosos donde la tierra se había hundido. Las ranas saltaban entre los juncos o entre

 




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los troncos en esta época cálida de junio y al parecer estaban acostumbradas a tomar allí el sol sin que las molestasen; estaban además les espirales de las ratas de agua, el atisbo de una cola de serpiente asustada por la canoa y que se escondía entre las plantas acuáticas de las orillas.


Al ver uno de estos sitios, Clyde, por alguna razón, pensó en el accidente del lago Pass. No se dio cuenta de ello, pero al momento su propia necesidad subconsciente estaba contemplando la soledad y la utilidad, a veces, de aquellos lugares desolados. En un sitio se alzó un grajo solitario lanzando su grito ronco y estridente, yendo a ocultarse entre la espesura del bosque. Ante este sonido, Clyde se agitó nerviosamente y se sentó muy rígido. Era muy diferente a cualquier otro pájaro que hubiese oído nunca.


—¿Qué fue eso? —le preguntó a Harley Baggott, que iba a su lado.

—¿El qué?

—Eso, ese pájaro o lo que fuera que ha pasado volando por encima de nosotros.


—No he oído ningún pájaro.

—Qué sonido más raro. Me ha puesto los pelos de punta.


Lo que más le interesó y emocionó en esta región casi deshabitada fue que hubiera tantos lagos solitarios de los que nunca en su vida había oído hablar.


El territorio que iban recorriendo tenía aquí y allá profundas pinedas. Y sólo en ocasiones, al pasar junto a uno de estos bosques, veían alguna señal de una finca o una vivienda, a la que sólo se podía llegar por senderos que desaparecían entre oscuros árboles. Por lo general, las costas de los lagos más remotos aparecían totalmente deshabitadas o si acaso se veía una cabaña o una vivienda distante en algún montículo rodeado de pinos.


Pero, ¿por qué tenía que acordarse de aquel otro lago de Massachusetts? ¡Aquel bote!

¡El cuerpo de aquella muchacha, pero no el del hombre que la acompañaba! ¡Qué terrible!


Recordó más tarde, ya en su habitación, después de su última conversación con Roberta, que al cabo de unas cuantas millas más habían llegado al extremo norte de un lago muy largo y muy estrecho, en el centro del cual había una isla deshabitada. Y excepto por una pequeña casita que había en la ribera superior todo parecía muy solitario y no se veía ni una lancha ni una canoa. Y el agua, rizada por un ligero vientecillo y resplandeciendo al sol de la tarde, era de un intenso azul que sugería, como después fue confirmado por un guía que estaba descansando en la terraza de la pequeña cabaña, que era muy profunda, «de setenta a cien pies».


En este punto, Harley Baggott, que estaba interesado por las posibilidades de pesca, para comunicárselas a su padre, que pensaba venir a la región dentro de pocos días, preguntó:


—¿Es muy largo este lago?

—Oh, tiene cerca de siete millas.

—¿Hay peces en él?


—No tiene más que echar un anzuelo y probar. A la altura de la isla por el lado sur hay una pequeña bahía donde se dice que están las mejores pesquerías de este lago. He visto a dos hombres volver con más de setenta y cinco piezas en dos horas.


El guía, un hombre delgado, alto y de tipo agitanado, con una cabeza larga y estrecha y unos ojos pequeños, agudos y de un azul brillante, estalló en una risa burlona mientras

 




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estudiaba el grupo:

—¿No piensan ustedes probar suerte hoy?


—No, le pregunto por encargo de mi padre. Quizá venga la semana que viene. Estoy buscándole alojamiento.


—Bueno, no son tan buenos como en otros lagos, pero a los peces eso les da igual.

Les sonrió a todos con una expresión un tanto sardónica.


Clyde nunca había visto antes este tipo de individuo. Estaba fascinado por este mundo solitario, en contraste con las ciudades que eran todo lo que había conocido así como el ambiente lujoso que, tanto en casa de los Cranston como en otros lugares, le ro-deaba por aquel entonces. La extraña naturaleza, relativamente desierta, de esta región contrastaba con la vida animada y vigorosa de Lycurgus, a menos de cien millas hacia el sur.


—Esta parte del país me fastidia —comentó Stuart Finchley en este momento—. Está tan cerca de la Cadena y, sin embargo, es tan diferente, pues por lo que se ve, aquí no vive casi nadie.


—Bueno, excepto los campamentos en verano y la gente que viene a cazar ciervos en el otoño, no hay mucha gente por aquí después del primero de septiembre —comentó el guía—. Yo llevo ya diecisiete años de guía por aquí y desde luego hay mucha más gente en los demás lagos, principalmente en los de la Cadena, durante el verano. Hay que conocer esta región muy bien para poder llegar hasta aquí, aunque desde luego el ferrocarril no está a más de cinco millas. La estación es Gun Lodge. Desde allí traemos a la gente en autobús. Y en la punta sur hay una especie de camino que lleva al lago Greiss y a la bahía Three Mile. Están hablando de hacer otro hasta el lago Long, pero por ahora no es más que un proyecto. En cuanto a los demás lagos de por aquí, no hay camino, por lo menos para ir en coche.


Clyde, lo mismo que los otros, se impresionó por la soledad y misterio de esta región. Y pensar que estaba tan cerca de Lycurgus, no más de cien millas por carretera y setenta por ferrocarril, como pudo enterarse por fin.


Pero ahora, una vez en Lycurgus, y de vuelta en su habitación después de haberse explicado con Roberta, volvió a encontrar en su mesa de escritorio el mismo periódico que contenía el relato de la tragedia del lago Pass. Y a pesar de sí mismo, sus ojos volvieron a seguir una vez más, nerviosamente pero con fijeza, todo el artículo hasta la última palabra con sus detalles sugestivos y provocadores. El modo en que la pareja perdida había llegado por primera vez a la casa de los botes; la forma vulgar y nada sospechosa en que habían alquilado un bote para dar un paseo; el modo en que habían desaparecido hacia el extremo norte; y luego el bote volcado, los remos y los sombreros flotando cerca de la costa. Se quedó de pie leyendo a la luz de la tarde que ya iba extinguiéndose. Fuera de las ventanas estaban las negras ramas de los pinos de los que el día anterior se había acordado y que ahora le sugerían aquellos mismos pinos y abetos a orillas de los lagos.


Pero ¡buen Dios!, ¿qué es lo que estaba pensando? ¡Él, Clyde Griffiths! ¡El sobrino de Samuel Griffiths! ¿Qué estaba incubando? ¡Un asesinato! Esto es lo que hacía. Esta terrible gacetilla, este accidente del diablo o esa maquinación estaba siempre delante de sus ojos. Un crimen horrible, por el que se electrocutaría al autor, si era cogido. Además, él no podía matar a nadie y mucho menos a Roberta. Oh, no. Decididamente no, después de

 




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todo lo que había habido entre ellos. Y, sin embargo, ¡este otro mundo! Sondra, a la que estaba seguro de perder a menos que actuase pronto de alguna forma...


Sus manos temblaban, sus párpados se estremecían. Luego sintió un hormigueo en la raíz de sus cabellos y por todo el cuerpo le corrió un escalofrío en oleadas. ¡Asesinato! Volcar un bote en aguas profundas, lo que desde luego podía suceder en cualquier parte, y por accidente, como en el lago Pass. Y Roberta no sabía nadar. El estaba enterado. Pero ella podía salvarse de algún modo, gritar, agarrarse al bote, y luego, si alguien la oía, y ella hablaba después... Un sudor helado empapó ahora su frente; sus labios temblaron y de pronto sintió la garganta seca. Para impedir una cosa como ésta tendría que..., pero no, él no era de esa forma. El no podía hacer una cosa semejante, golpear a nadie, a una mucha-cha, Roberta, y ahogarla en el agua después de una lucha. Oh, no, no, no, nada de eso. ¡Imposible!


Tomó su sombrero de paja y salió, antes de que alguien le oyera pensar, como él lo habría expresado, aquellos horribles, terribles pensamientos. No podía y no quería tenerlos de ahora en adelante. Él no era de esa clase de personas. Y, sin embargo, y sin embargo, estos pensamientos... La solución, si es que la quería adoptar. El modo de permanecer en Lycurgus, de no tener que marcharse, de casarse con Sondra, de librarse de Roberta y todo, todo, a costa sólo de un poco de valor y de atrevimiento. ¡Pero no!


Anduvo y anduvo, lejos de Lycurgus, por una carretera que llevaba hacia el sudeste y que pasaba por un distrito rural pobre y nada frecuentado. Allí podría pensar a solas, y nadie oiría sus pensamientos.


El día se iba desvaneciendo entre las sombras. Empezaban a encenderse lámparas aquí y allí en las casitas. Las arboledas de los campos estaban empezando a difuminarse como humo. Y aunque hacía calor y el aire estaba sin vida y letárgico, él andaba deprisa, pensando, y sudando a medida que pensaba, como si estuviera tratando de alejarse y verse libre de algún demonio interior.


«¡Aquel lago lúgubre y solitario allá arriba!

»¡Aquella isla hacia el sur!

»¿Quién podría ver?

»¿Quién podría oír?


»Aquella estación en Gun Lodge con un autobús que iba hasta el lago en aquella época del año. (Ah, se acordaba de eso, ¿no? ¡El muy canalla!) Era terrible, acordarse de una cosa así en relación con algo semejante. Pero si iba a pensar en tales cosas, mejor haría pensando bien, llegó a decidirse a sí mismo, o dejar de pensar ahora mismo, para siempre. ¡Pero Sondra! ¡Roberta! ¡Si fuera cogido sería electrocutado! Y, sin embargo, la miseria de su estado presente. ¡Las dificultades! El peligro de perder a Sondra. Y, sin embargo, el asesinato...»


Enjugó su rostro sudoroso, se detuvo y miró un grupo de árboles que había al otro lado de un campo y que le recordaban los árboles de..., bueno... no le gustaba este camino. Estaba oscureciendo demasiado. Sería mejor dar media vuelta y regresar. Pero aquel camino que iba hacia el sur y que llegaba a la bahía de Three Mile y al lago Greiss, y luego hasta Sharon y el chalet de los Cranston, donde él podría llegar con toda facilidad. ¡Dios! Big Bittern, los árboles en torno se pondrían de noche como éstos, borrosos y lúgubres. Tendría que ser a la caída de la tarde, desde luego. Nadie intentaría... bueno... por la

 




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mañana, cuando había tanta luz. Sólo un loco lo haría. Pero de noche, al oscurecer, como ahora, o un poco más tarde. Pero maldito sea, no tenía que escuchar tales pensamientos. Pero probablemente nadie le vería a él ni a Roberta, ¿o tal vez sí? Sería tan fácil ir a un sitio como Big Bittern con el pretexto de un viaje de bodas, antes del día 4, pongamos, o después, del 4 al 5, cuando hubiese poca gente. Y dar el nombre de otra persona, no el suyo, de forma que nadie pudiese identificarlo después. Y luego también sería muy fácil volver a Sharon y a casa de los Cranston a media noche, o a la mañana siguiente quizá, y una vez allí fingir que había venido por el norte en aquel tren de la mañana que llegaba a eso de las diez. Y entonces...


Maldita sea. ¿Por qué tenía su mente que seguir dándole vueltas a la idea? ¿Estaba planeando en serio hacer una cosa como ésta? ¡No podía estarlo! El, Clyde Griffiths, no podía hacer una cosa semejante. Eso no era posible. No podía ser. ¡Desde luego! Era todo imposible, demasiado malvado, imaginar que él, Clyde Griffiths, pudiese llegar a ejecutar una acción como ésa. Y, sin embargo...


Y de esta forma un sentimiento misterioso de bajeza por un crimen tan sombrío siguió insistiendo en abrirse camino. Decidió volver sus pasos hacia Lycurgus, donde al menos estaría en medio de la gente.




CAPÍTULO 45


Hay momentos en los que personas imaginativas o morbosamente atormentadas, esto es, aquellos cuya mente se ve asaltada y al mismo tiempo no tienen la fuerza suficiente para resistir el problema con el que tienen que enfrentarse, vacilan o se resisten a ser derribados, y la mente tantea hasta un extremo tal que la sinrazón y el caos pueden prevalecer contra toda lógica. En tales casos la voluntad y el valor, atacados por alguna gran dificultad que ni pueden dominar ni resistir, parecen retroceder en fuga precipitada; dejando tan sólo el pánico y la locura.


En este caso, la mente de Clyde bien podría haberse comparado con un ejército pequeño y derrotado en franca fuga delante de otro mayor. Sin embargo, en determinadas ocasiones y en su marcha precipitada, se detenía por un momento para meditar acerca de alguna forma de escapar a la completa destrucción, y en su pánico recurría a los más lúgubres y fantásticos planes de escape de un hado inminente, pero totalmente ineludible. La angustiada y enfebrecida mirada que había en algunos momentos en sus ojos, la manera cómo, de instante en instante y de hora en hora, volvía y revolvía sus acciones y pensamientos poco equilibrados, demostraban que no quedaba ni la menor vía de escape. Y, sin embargo, también por momentos la solución sugerida por la gacetilla publicada en el periódico se adelantaba una y otra vez, psicogenética— mente, nacida de su propia búsqueda turbulenta, ávida y decepcionada. Y por eso mismo insistía.


Realmente, era como si desde las profundidades de algún mundo más bajo nunca antes sospechado por él o imaginado... una región distinta de la de la vida y de la muerte y poblada por criaturas extrañas... hubiese ahora aparecido de repente, como los genios de la lámpara de Aladino, como el espíritu emergido como humo del jardín místico en la red del pescador, la sustancia misma de algún deseo absorbente y diabólico o de una

 




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sabiduría oculta en su propia naturaleza, y que ahora abominable y, sin embargo, atrayente, horrible y sin embargo intrigante, amistosa y sin embargo cruel, le ofreciera una elección entre un mal que amenazaba con destruirle (contra su oposición más profunda) y un segundo mal que aunque pudiese disgustar o repeler o aterrorizar, con todo facilitaba una salida para la libertad, el éxito y el amor.


Realmente, la sección rectora de su cerebro en aquellos momentos bien podía haberse comparado con un vestíbulo recatado y silencioso en el que solitario y perturbado, incluso a pesar de sí mismo, se sentara ahora a pensar en los malvados y terroríficos deseos o consejos de alguna oscura naturaleza, sin poder para llevarla adelante ni para apartarse de ella.


Ahora el genio de su parte más sombría y oscura estaba hablando. Y decía:


—¿Tú querías escapar de las exigencias de Roberta que hasta este punto y hora te han parecido ineludibles? ¡Mira! Te traigo una solución. Es la solución del lago, el lago Pass. Esta gacetilla que tú has leído, ¿crees que fue colocada en tus manos para nada? Recuerda Big Bittern, el agua profunda, de un azul oscuro, la isla al sur, la carretera solitaria a la bahía de Three Mile. ¡Qué conveniente para tus necesidades! Un bote de remos o una canoa volcados en el lago y Roberta se borraría para siempre de tu vida. ¡Ella no sabe nadar! El lago, el lago, que has visto, que yo te he mostrado, ¿no es ideal para el propósito? Tan apartado y tan poco frecuentado y sin embargo bastante cerca, sólo a un centenar de milks de aquí. Y qué fácil para ti y para Roberta ir allí, en este viaje de bodas imaginario que ya has convenido en realizar.


Y todo lo que tienes que hacer ahora es cambiar tu nombre, y el de ella, o dejar que ella use el suyo propio y tú cambias el tuyo. Tú nunca has permitido que ella hable de ti ni de vuestras relaciones, y ella nunca lo ha hecho. Tú no le has escrito más que notas inocuas. Y ahora si tú te encontrases con ella en alguna parte como ya has convenido, y sin que nadie te vea, podrías viajar con ella, como en el pasado, hasta Fonda, hasta Big Bittern o hasta algún punto cerca de allí.


—Pero no hay ningún hotel en Big Bittern —corrigió Clyde—. Sólo una cabaña con muy poca gente y que no está muy bien.


—Tanto mejor. Menos gente habrá.


—Pero podemos ser vistos juntos en el tren. Yo sería identificado como su acompañante.


—¿Te vieron en Fonda, en Globersville, en Little Falls? ¿No os montabais en coches o asientos separados antes? ¿No podríais hacer lo mismo ahora? ¿No va a ser un matrimonio secreto? Entonces, ¿por qué no una luna de miel secreta?

—Muy cierto, muy cierto.


—Y una vez que hayas arreglado eso y hayas llegado a Big Bittern o a algún lago parecido, como hay muchos por allí, será fácil remar en el lago. Ninguna pregunta. Ningún registro de tu propio nombre o el de Roberta. Un bote alquilado para una hora o para medio día o para un día. Viste la isla que está al sur de aquel lago solitario. ¿No es hermosa? Es digna de verse. ¿Por qué no habías de ir allí en semejante viaje de placer antes del matrimonio? ¿No se sentiría ella feliz haciendo, tan preocupada y angustiada como está ahora, un paseo, un descanso antes de su nueva vida? ¿No es eso lógico, plausible? Y ninguno de vosotros regresará nunca. Ambos os ahogaréis, ¿no es así? ¿Quién

 




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estará allí para ver? Un guía o dos, el hombre que te alquile el bote, el hombre del hostal. Pero, ¿cómo van a saber quién eres tú? ¿O quién es ella? Y ya oíste hablar de la profundidad del agua.


—Pero es que yo no quiero matarla. Yo no quiero matarla. Yo no quiero hacerle daño de ninguna manera. Si ella quisiera dejarme marchar y siguiera su propio camino, yo estaría muy contento y muy feliz con no verla nunca más.


—Pero es que ella no te dejará ir ni se irá por su camino a menos que tú la acompañes. Y si tú vas por el suyo, sería sin Sondra y sin todo lo que ella representa. Perderás todo lo que es agradable en la vida: tu posición con tu tío, tus amigos, sus coches, los bailes, las visitas a los chalets de los lagos. Y después, ¿qué? ¡Un pequeño empleo de paga escasa! Otro período de peregrinaje semejante al que siguió a aquel accidente de Kansas City. Nunca otra oportunidad como ésta en ninguna parte. ¿Prefieres eso?


—¿Pero no podría ocurrir un accidente, algo que destruyese todos mis sueños, mi futuro, como en Kansas City?


—Un accidente, pero no el mismo. En este caso el plan está en tus manos. Puedes arreglarlo todo como tú quieras. ¡Y qué fácilmente! Muchos botes vuelcan cada verano y sus ocupantes se ahogan, porque en la mayoría de los casos no saben nadar. ¿Y se sabrá alguna vez si el hombre que estaba con Roberta Alden en Big Bittern sabía nadar? De todas las muertes, la muerte por inmersión es la más fácil: ningún ruido, ningún grito, quizá el golpe accidental de un remo, o del costado de un bote. ¡Y luego silencio! Libertad. Un cuerpo que nadie puede encontrar nunca. O si se encontrara y fuera identificado, no será difícil, si te tomas la molestia de planearlo, de hacer como si hubieses estado en otro lado, visitando cualquiera de los otros lagos antes de decidirte a ir al lago Twelfth. ¿Qué hay de peligroso en ello? ¿Dónde está el fallo?


—Pero suponiendo que yo volcase el bote y ella no se ahogase, entonces, ¿qué? Se agarraría al bote, gritaría, sería salvada y contaría después que... Pero, no, no puedo hacerlo; no lo haré. No la golpearé. Eso sería demasiado terrible... demasiado vil.


—Pero un pequeño golpe, un golpecito en tales circunstancias sería suficiente para confundirla y desarmarla. Triste, sí, pero ella tiene una oportunidad de seguir su propio camino, ¿no? Y ella no quiere, ni te deja seguir el tuyo. Bueno, entonces, ¿es esto tan malo?


Y no te olvides que después está la hermosa Sondra y un hogar con ella en Lycurgus, y riqueza, una posición como no podrías nunca obtener de nuevo, nunca, nunca. Amor y felicidad no equiparables a nadie, superiores incluso a tu primo Gilbert.


La voz cesó arrastrándose en las sombras; silencio, sueños.


Y Clyde, meditándolo todo, no estaba todavía convencido. Miedos oscuros o su propia conciencia suplantaban el consejo de la voz del gran vestíbulo. Pero, luego, pensando en Sondra y en todo lo que ella representaba, y luego en Roberta, la oscura personalidad regresaba rápidamente y con mayor suavidad y sutileza aún.


—Ah, todavía pensando en el mismo asunto. Y no has encontrado una solución ni la encontrarás. Te la he apuntado ya y te he dicho, con todos mis deseos de ayudarte, cuál es la única solución, la única solución. Es un lago largo. Y sería fácil remar por allí hasta algún lugar apartado, algún escondrijo invisible, cerca de la costa sur, donde el agua es profunda. Y desde allí qué fácil sería ir andando por los bosques hasta la bahía de Three Mile y el lago Greiss, y luego hasta la casa de los Cranston. Hay un bote, como tú sabes.

 




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Qué cobarde eres, qué carente de valor para conseguir lo que deseas por encima de todas las cosas, la belleza, la riqueza, la posición, la solución de todos tus deseos materiales y espirituales. Y con la pobreza, la vulgaridad, el trabajo duro y mezquino como contrapartida a todo esto. Tienes que escoger, escoger. Y después actuar. ¡Debes hacerlo! ¡Debes hacerlo! ¡Debes! ¡Debes!


De esta forma, la voz resonaba desde lo remoto de la enorme cámara.


Y Clyde, escuchando al principio con horror, con terror, más tarde con una calma imparcial y filosófica, como uno que, enteramente aparte de lo que pueda pensar o hacer, está todavía capacitado para considerar incluso las propuestas más salvajes y más desesperadas para su liberación, a causa de su propia flaqueza ante placeres y sueños que no podía decidirse a rechazar, se hallaba psíquicamente turbado hasta el punto que estaba empezando a pensar que ello podía ser posible. ¿Por qué no? ¿No era, como decía la voz, un camino para que todos sus deseos y sueños se hiciesen reales a cambio de una sola maldad? Sin embargo, en su caso, a causa de las debilidades de su propia inestable voluntad, altamente variable, el problema no iba a resolverse entonces ni durante los diez días siguientes, a decir verdad.


No podía decidir en tal asunto por sí mismo ni tampoco quería. Como de costumbre se veía forzado a actuar o a abandonar este pensamiento salvaje y terrible. Pero durante este tiempo recibió una serie de cartas —siete de Roberta, cinco de Sondra— en las cuales en tonos sombríos por lo que a Roberta se refería, coloridos y alegres en las que venían de Sondra, se pintaban las fases ahora tan agudamente en contraste con la negra perspectiva que se extendía ante él. A las de Roberta, suplicantes y amenazadoras como eran, Clyde no se atrevía a contestar, ni siquiera por teléfono. Pues ahora razonaba que contestar sería sólo atraer a Roberta a su perdición, a la perdición de ella misma, tal como estaba esbozada en la tragedia del lago Pass.


Al mismo tiempo, en varias notas dirigidas a Sondra, daba curso a las más apasionadas declaraciones de amor —su encantadora, su maravillosa muchacha—, cuán ansioso estaba por hallarse en el lago Twelfth el día cuatro por la mañana, si podía, y cuán excitado estaba por verla de nuevo. Pero había ciertos detalles en relación con su trabajo que podrían retrasarle un día, o dos, o tres —no podía decir cuántos todavía—, pero le escribiría el día dos lo más tarde, cuando lo supiese seguro. Pero se decía a sí mismo mientras escribía, que si ella supiera cuáles eran estos detalles... Sin embargo, al escribir, y sin haber todavía contestado la última e importuna carta de Roberta, estaba diciéndose a sí mismo que esto no significaba que estuviera planeando ir en absoluto en busca de Roberta, o que si lo hacía, no quería decir que fuese a matarla. Ni siquiera por un momento se lo propuso, o se lo planteó con claridad, ni afrontó con valor y sangre fría el pensamiento de cometer un crimen tan cruel. Por el contrario, cuanto más se aproximaba a una resolución final, tanto más odiosa y terrible le parecía la idea, y por ello tanto más improbable le parecía que pudiese alguna vez ejecutarla. Era verdad que de minuto en minuto —arguyendo consigo mismo constantemente—, torturado por agonías mentales y huyendo de innumerables terrores morales y sociales, estaba pensando de vez en cuanto que podrían ir a Big Bittern con objeto de apaciguarla sobre sus exigencias y amenazas y por tanto (una vez más evasión-tergiversación internas) conseguir más tiempo para decidir qué camino tomar.

 




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El camino del lago.

¡¡El camino del lago!!


Pero una vez allí, ¿quién podría decir si era aconsejable o no? Quizá incluso persuadiera a Roberta para que adoptase otro punto de vista. Porque, dijérase lo que se dijera, ciertamente ella estaba actuando muy injusta y capciosamente en todo esto. Estaba, tal como él veía el asunto, haciendo una montaña —un terror inmenso— de un estado que, en el peor de los casos, no era diferente del de su hermana Esta. Y Esta no había obligado a nadie a que se casara con ella. Y no veía en qué eran los Alden mejores que sus propios padres: pobres campesinos comparados con pobres predicadores. Y ¿por qué tenía él que preocuparse tanto de lo que aquéllos pensarían, cuando Esta no se había molestado en pensar lo que sentirían sus propios padres?


A pesar de todo lo que había dicho Roberta de que él merecía censura, ¿es que ella se había portado de forma irreprochable? Desde luego él había hecho todo lo posible para atraerla y seducirla, o como se quisiera llamar, pero aun así, ¿podría ella ser considerada irreprochable? ¿No podía haberse negado, si estaba tan segura de que aquello era inmoral? Pero no lo había hecho. Y por otra parte, en cuanto a él se refería, ¿no lo había intentado todo para ayudarla a salir del atolladero? Y, además, también él tenía muy poco dinero. Y estaba en una situación muy difícil. Roberta era tan censurable como él mismo. Y, sin embargo, ahora estaba dispuesta a arrastrarle con ella. Insistía en que se casase, mientras que si siguiese su propio camino —como sería posible con su ayuda— podría salvar a ambos de este apuro.


Pero no, ella no quería, y él no iba a casarse con ella, y eso era todo. Que no pensara Roberta que iba a hacer lo que quisiera. ¡No, no, no! A veces, cuando se encontraba de un humor parecido, se sentía capaz de hacer cualquier cosa, de ahogarla con toda facilidad, y ella se lo tendría bien merecido.


Luego surgía el temor a lo que la sociedad pensaría y haría si se enterase, a lo que él pensaría de sí mismo. Ello le convenció de que, por mucho que desease permanecer, no era persona capaz de cometer un crimen y por consiguiente tendría que marcharse.


De esa forma transcurrieron martes, miércoles y jueves, después de haber recibido la carta de Roberta del lunes. Y luego, el jueves por la noche, después de un día de grandes torturas mentales para él y para Roberta, he aquí la carta que recibió:


Biltz, miércoles 30 de junio

«Querido Clyde:


»Esta es para decirte que a menos que sepa de ti por teléfono o por carta antes del mediodía del viernes, estaré en Lycurgus esa misma noche, y todo el mundo sabrá cómo me has tratado. No puedo y no quiero esperar una hora más. Lamento verme obligada a dar este paso, pero tú has dejado pasar en silencio todo este tiempo: el sábado es el día tres, y no hay planes de ninguna clase. Toda mi vida está arruinada y también la tuya en cierto modo, pero no puedo convencerme de que yo tenga la culpa. He hecho todo lo posible para evitar el escándalo, pero si no contestas estaré en Lycurgus por la noche, y todo el mundo sabrá cómo eres. No puedo ni quiero esperar una hora más.


ROBERTA»

 





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Con esta carta en sus manos, tuvo que enfrentarse por fin con el hecho de que tenía que actuar. ¡Roberta venía de verdad! A menos que pudiera apaciguarla o detenerla de algún modo, estaría aquí, mañana, el día dos. Pero el día dos o el tres, o en cualquier momento que no fuera hasta después del cuatro, no era oportuno marcharse con ella. La gente de excursión sería muy numerosa. Existía el riesgo de verse y encontrarse con muchas personas. Tenía que haber más secreto. Necesitaba un poco más de tiempo para estar listo. Tenía que pensar rápidamente y actuar. ¡Gran Dios! Estar listo. No podía telefonearle y decirle que había estado enfermo o tan preocupado por el dinero o por cualquier otra cosa, que no había podido escribirle, y que además su tío le había mandado recado para que fuese al lago Greenwood el día cuatro. ¡Su tío! ¡Su tío! No, eso no le convenía. Había utilizado su nombre con demasiada frecuencia. Pero, ¿qué importancia tenía ahora para él o para ella, si él veía a su tío una vez más o no? Iba a irse de una vez para siempre, o por lo menos eso era lo que le había estado contando a Roberta por causa de ella, ¿no era así? Y por tanto sería mejor que le dijera que iba a ver a su tío, con objeto de explicarle que tenía que ausentarse, para poder regresar dentro de un año. Ella quizá le creyese. De todos modos tenía que decirle algo que la apaciguara hasta el día cuatro — hacerla permanecer donde estaba hasta que pudiese perfeccionar su plan— y dirigirse al sitio en que pudiese hacer una cosa u otra. Una cosa u otra.


Sin planear nada más que esto de momento, se apresuró a ir al teléfono más próximo y más discreto. Y, localizándola una vez más, empezó una de esas largas, evasivas y en este caso congraciadoras explicaciones que finalmente, después de haber insistido en que había estado enfermo —confinado en su habitación con fiebre y por tanto incapaz de acercarse al teléfono— y porque, como dijo ahora, había decidido que sería mejor darle alguna explicación a su tío, con objeto de poder regresar alguna vez si era necesario; él, usando tonos suplicantes aunque en realidad nada afectuosos, y pidiéndole a ella que considerara en qué estado se había hallado él mismo, consiguió no sólo hacerle creer que existía alguna excusa para su retraso y su silencio, sino también iniciar el plan que ahora tenía en mente; el cual consistía en que si ella podía esperar hasta el día seis, entonces él, sin falta, iría a buscarla a cualquier sitio que ella dijera —Homer, Fonda, Lycurgus, Little Falls—, pero que como estaban procurando mantenerlo todo en secreto, él le sugería que fuese a Fonda el día seis por la mañana con objeto de tomar el tren del mediodía para Utica. Allí podrían pasar la noche, ya que no era cosa de discutir planes por teléfono en este momento, y luego pondrían en práctica lo que hubiesen acordado. Además, él entonces podría decirle con más conocimiento de causa qué convenía hacer. Tenía una idea —un pequeño viaje quizá, a alguna parte, antes de casarse o después, como ella desease, pero algo bonito de todos modos— (su voz enronqueció y sus rodillas y manos temblaron ligeramente al decir esto, pero Roberta no podía percibir la súbita perturbación que se había producido en él). Pero no debía hacerle preguntas. No podía decírselo por teléfono. Con absoluta seguridad, al mediodía del seis, él estaría en el andén de la estación de Fonda. Todo lo que Roberta tenía que hacer, después de verle, era comprar su billete para Utica y entrar en uno de los vagones, y él compraría el suyo por separado y entraría en otro vagón —el de delante o detrás de ella— Durante el camino, por si no hubiera visto dónde había entrado, él pasaría por el vagón donde ella estuviese con el pretexto de ir a beber algo, para que se diese cuenta de que él estaba allí —nada más que eso—, pero no

 





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debía hablarle. Después, una vez en Utica, ella se encargaría de su propia maleta, y él la seguiría hasta una esquina apartada. Después de lo cual, él se encargaría de llevarle la maleta y se irían luego a un pequeño hotel y entonces ya se cuidaría él del resto.


Pero ella tenía que hacer lo dicho. ¿Tendría la suficiente confianza en él? Si era así, volvería a llamarla el día tres —esto es, al día siguiente— y el seis por la mañana seguro, para que tanto él como ella supiesen que todo iba bien, que ella iba a ponerse en camino y que él estaría allí. ¿Qué decía? ¿Que si el baúl? ¿El pequeño? Desde luego. Si lo necesitaba podía traérselo. Pero si estuviese en su lugar, no se molestaría en traerse muchas cosas, ya que una vez instalada en alguna parte, sería fácil mandar a buscar las cosas que de verdad le hicieran falta.


Mientras Clyde estaba al teléfono en un pequeño bar de los suburbios y hablaba —el solitario dueño se hallaba sumido en una novela estúpida entre sus botellas y vasos tras el mostrador— parecía como si el gigante Efrit, que se había materializado antes en los silenciosos vestíbulos de su cerebro, estuviese una vez más a su lado; que fuese él mismo, frío, obtuso y temeroso, la persona a través de la cual hablase el otro, sin que él hablase verdaderamente por sí mismo.


¡Ve al lago que visitaste con Sondra!

Ve a esa región desde la estación de Lycurgus o desde el muelle.


Ve hacia el extremo sur y una vez allí sigue andando en esa dirección. Elige un bote que pueda volcarse fácilmente; uno con el fondo redondeado, tal como los que has visto en el lago Crump y más arriba.


Compra un sombrero nuevo y déjalo en el lago —un sombrero que no pueda identificarse como tuyo—. Puedes incluso quitarle la etiqueta para que no puedan seguirle la pista.


Coloca todas tus cosas en tu maleta, pero déjala aquí, a fin de que, en el supuesto de que algo funcione mal, puedas regresar rápidamente, cogerla y marcharte.


Y llévate contigo sólo las cosas que den la impresión de que has ido de excursión al lago Twelfth, no más lejos, de forma que si te buscan en el lago Twelfth, parezca como si hubieses ido allí y a ninguna otra parte.


Dile a Roberta que tienes intención de casarte después de la excursión, pero no antes. Y si es necesario le das un pequeño golpe, como para aturdiría —no más—, de


manera que al caer en el agua se ahogue con más facilidad.

¡No temas!

¡No seas débil!


Ve por los bosques de noche, no de día, de forma que cuando te vean de nuevo estés en la bahía de Three Mile o en Sharon, y puedas decir que viniste de Racquette o del sur del lago Long, o del norte de Lycurgus.


Usa un nombre falso y altera tu letra todo lo posible.

Convéncete de que vas a lograr el éxito.


Y susurra, susurra; haz que tu lenguaje sea tierno, tu tono suave, insinuante, amoroso. Tiene que ser así si quieres ganártela para que haga tu voluntad.


De esta manera el gigante hablaba a la parte más oscura de su ser.

 








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CAPÍTULO 46


El jueves al mediodía, seis de julio, en el andén de la estación del ferrocarril que va desde Fonda a Utica, Roberta bajó del tren que venía, desde Biltz, para esperar a Clyde, pues el tren que ibà a llevarlos a Utica no llegaba hasta dentro de media hora. Y quince minutos más tarde, Clyde llegó por una calle lateral y se aproximó a la estación desde el sur, por donde Roberta no podía verle, tras lo cual se apostó en la esquina oeste del edificio y, oculto tras un montón de cajas, pudo examinarla. ¡Qué delgada y pálida estaba! Por contraste con Sondra, qué mal vestida iba con el traje azul y el sombrerito marrón con que se había equipado para la ocasión; era la promesa de una vida precaria y difícil en contraste con la ofrecida por Sondra. Y ella quería obligarle a renunciar a Sondra con objeto de que se casase con ella, de cuya unión él no podría liberarse hasta que Sondra y todo lo que representaba no fuesen más que un recuerdo. La diferencia entre las actitudes de estas dos muchachas era absoluta: Sondra ofreciéndolo todo, no pidiendo nada de él; Roberta, sin darle nada, pidiéndolo todo.


Una oleada de oscuro y amargo resentimiento se abatió sobre él y no pudo menos que sentir simpatía hacia aquel desconocido del lago Pass, a quien deseaba secretamente que hubiese tenido éxito. Quizá él también, al verse abocado a una situación como ésta, había procedido de igual manera. Y quizá había sido hábil después de todo, y por eso no le habían descubierto. Sus nervios se tensaban. Sus ojos estaban sombríos, resentidos y sin embargo nerviosos. ¿No podría irle bien a él?


Pero he aquí que ahora estaba en el mismo andén que ella como resultado de sus persistentes e ilógicas demandas, y ahora tenía que pensar cómo y de qué manera podría ejecutar los planes que, durante cuatro días, desde el momento en que la había telefoneado, y de una forma más turbia durante los diez días precedentes, había estado proyectando. En sus planes no debía haber ninguna interferencia. ¡Debía actuar! No debía permitir que el miedo influyera sobre él en nada de lo que había proyectado.


Y así fue como avanzó con objeto de que ella pudiera verle, al mismo tiempo que le dirigía una mirada prudente y al parecer amistosa como diciendo: «Ya ves que estoy aquí». ¡Pero detrás de la mirada! Si ella hubiese podido perforar la superficie y percibir aquel estado de ánimo oscuro y torturado, qué rápidamente habría huido. Pero ahora, viéndole allí, una sombra oscura que estaba formándose en sus ojos se desvaneció, las comisuras de su boca se curvaron, y sin aparentar reconocerle, sin embargo sonrió e inmediatamente se dirigió a la ventanilla para comprar su billete para Utica, conforme a las instrucciones que él le había dado.


Estaba pensando que por fin, por fin Clyde había venido. E iba a llevársela consigo. Y experimentó una oleada de gratitud. Porque iban a estar juntos por lo menos siete u ocho meses.


Y aunque se necesitaría tacto y paciencia para arreglar las cosas, con todo podría quizá conseguirse. Desde ahora en adelante, ella sería el espíritu mismo de la prudencia; no debía hacer ni decir nada que pudiese irritarle de ninguna manera, pues naturalmente Clyde no estaría del mejor humor. Pero el muchacho debía de haber cambiado bastante — quizá estaba viéndola ahora con otros ojos— y estar simpatizando con ella un poco, puesto que parecía al menos haber sucumbido jovialmente ante lo inevitable. Al mismo

 




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tiempo, advirtiendo su traje gris claro, su nuevo sombrero de paja, sus zapatos brillantes, la maleta de piel oscura y (frívolo capricho de él en este caso) el trípode de una máquina fotográfica recientemente comprada, así como su raqueta de tenis puesta a un costado — más que nada para tapar las iniciales C. G—, se sintió invadida por lo que en otros tiempos había sido su manera de considerar y de desear al muchacho en vista de su aspecto y de su temperamento. Él era todavía, y a pesar de su presente indiferencia hacia ella, su Clyde.


Habiéndola visto comprar su billete, fue él ahora a sacar el suyo, y luego, con otra mirada de reconocimiento, que decía que ya estaba todo arreglado, se volvió ahora hacia el extremo este del andén, mientras ella regresaba a su posición en el extremo opuesto.


(¿Por qué estaba mirándole tan fijamente aquel viejo con su destrozado abrigo de invierno, su astroso sombrero y una jaula envuelta en papel de estraza? ¿Es que se daba cuenta de algo? ¿Le conocía quizá? ¿Había trabajado alguna vez en Lycurgus o le había visto antes?)


Iba a comprarse hoy un segundo sombrero de paja en Utica —tenía que acordarse—, un sombrero de paja con una etiqueta de Utica, que se pondría en lugar del que llevaba ahora. Luego, cuando ella no estuviese mirando, pondría el viejo en su maleta junto con las demás cosas. Para ello tenía que dejarla algunos momentos después que llegasen a Utica —en la cantina o en la biblioteca o en algún otro sitio—, o quizá, como había pensado en un principio, llevarla a algún pequeño hotel en cualquier parte y firmar como el señor y la señora Carl Graham o Clifford Golden o Gehring (había una muchacha en la fábrica que tenía ese nombre), de forma que si alguna vez se les seguía la pista, se pensaría que Roberta se había fugado con algún otro hombre.


(Aquel silbato de un tren a lo lejos. Debía estar llegando. Su reloj le indicó que eran las doce y veintisiete.)


Y una vez más tenía que decidir cuál debía ser su actitud hacia ella en Utica, si muy cordial o lo contrario. Pues por teléfono, desde luego, había hablado muy suave y jovialmente porque no tenía más remedio. Quizá sería mejor mantenerse así, o de lo contrario ella podría enfadarse o sospechar algo o resistirse, y eso lo dificultaría todo.


(¿Nunca iba a llegar ese tren?)


Al mismo tiempo iba a ser muy difícil mostrarse agradable cuando, después de todo ello, ella estaba arrastrándole de aquel modo, esperando que él hiciese todo lo que ella quería y encima que se mostrase cariñoso. ¡Maldita sea! Y, sin embargo, suponiendo que ella captase algo de sus pensamientos ocultos, se negaría a seguir este camino y destrozaría sus planes.


(Ojalá sus rodillas y manos no temblasen tanto algunas veces.)


Pero, ¿cómo iba ella a darse cuenta de nada, cuando ni siquiera él mismo estaba seguro de si sería capaz de seguir adelante o no? Lo único que sabía era que iba a salir con ella, y eso era todo. Él no podía volcar el bote, como había decidido el día antes, pero tampoco podía casarse con ella.


Pero he aquí que el tren ya había llegado. Y allí estaba Roberta subiendo su maleta. ¿Era demasiado pesada para ella en su presente estado? Probablemente lo era. Bueno, tanto peor. Hacía mucho calor, además. De todos modos él la ayudaría más tarde, cuando nadie pudiese verlos. Estaba mirándole ahora para estar segura de que él también se montaba, lo mismo que todos aquellos días, tan llena de sospechas y de dudas. Pero había

 




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un asiento en la parte trasera del coche y además a la sombra. No estaba mal. Él se instalaría confortablemente y miraría hacia fuera. Porque al salir de Fonda, una milla o dos después, estaba el río Mohawk, que pasaba por Lycurgus y junto a la fábrica, y a lo largo de cuyas orillas él y Roberta habían paseado el año anterior, por esta misma época. Pero el recuerdo de aquello resultaba ahora muy lejos de ser agradable, por lo que dirigió la vista hacia un periódico que había comprado, y tras el cual logró ocultarse todo lo que le fue posible, mientras que una vez más empezaba a estudiar los detalles de una escena imaginaria que ahora le preocupaba —la naturaleza de la región en torno a Big Bittern—, que desde aquella importante conversación con Roberta por teléfono, había estado interesándole más que ninguna otra geografía del mundo.


Pues el viernes, después de la conversación, se había detenido en el ayuntamiento de Lycurgus y se había hecho con tres folletos diferentes relativos a hoteles, paradores, ventas y otros alojamientos en las regiones más remotas, más allá de Big Bittern y el lago Long. (Ojalá hubiera alguna forma de poder llegar a uno de esos lagos desiertos que se describían en la guía de Big Bittern, sólo que quizá no habría botes de remo en ninguno de ellos.) Y el sábado consiguió otros prospectos relativos al mismo asunto (ahora los tenía en sus bolsillos). Y todos ellos mostraban los muchísimos lagos y albergues que había a lo largo de este mismo ferrocarril que corría hacia el norte de Big Bittern, a los cuales él y Roberta podrían ir de excursión un día o dos si ella quería —una noche, de todos modos, antes de ir a Big Bittern y al lago Grass—, habiendo él notado en particular un hermoso lago que estaba cerca de la estación, y que tenía tres paradores o residencias campestres, donde podrían establecerse los dos por veinte dólares a la semana. Eso significaba que por una noche dos personas sólo tendrían que pagar unos cinco dólares. Debía ser así, y eso era lo que iba a decirle a ella, tal como había estado planeando estos últimos días: que necesitaba un poco de descanso antes de ir a un sitio nuevo. Que no costaría mucho, cerca de quince dólares entre viajes y todo, si decidían ir al lago Grass por una noche, la noche después de llegar a Utica, o por la mañana de todas formas. Y tendría que describírselo todo como una especie de viaje de luna de miel —una excursión agradable— antes de casarse.


Y no accedería a ningún plan que ella propusiera en el sentido de casarse antes; eso de ningún modo.


(Aquellos cinco pájaros volando hacia aquella arboleda a lo lejos, debajo de aquella colina.) Desde luego, no iría directamente a Big Bittern desde Utica para dar un paseo en


bote, teniendo para eso que hacer un viaje de setenta millas. Eso parecería muy raro. La haría sospechar quizá. Sería mejor, puesto que tenía que separarse de Roberta para comprarse un sombrero en Utica, pasar esta primera noche en un hotel barato y poco conocido, y una vez allí, sugerir ir hasta el lago Grass. Y desde allí podían ir a Big Bittern por la mañana. Podría decir que Big Bittern era más bonito, o que podrían bajar a la bahía de Three Mile —una aldea que conocía—, donde podrían casarse, pero en ruta pararse en Big Bittern como una especie de capricho. Diría que quería enseñarle el lago, tomar algunas fotos. Había traído su cámara para eso y para otras fotos de Sondra más tarde.


¡La vileza de este plan suyo!

(Aquellas nueve vacas blanquinegras en la falda de aquella colina.)

Pero además, el hecho de que llevase aquel trípode junto con su raqueta de tenis a un

 




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costado de la maleta, ¿no podía hacer que la gente imaginara que eran turistas de algún lugar lejano y no de los alrededores? ¿No dijo el guía que el agua en aquel lago tenía setenta y cinco pies de profundidad, lo mismo que en el lago Pass?


Y en cuanto a la posibilidad de que Roberta se agarrara, ¿qué pasaría? Todavía ni siquiera había pensado en ello.


(Aquellos tres automóviles corriendo por la carretera casi a la misma velocidad que el tren.) Bueno, al bajar del lago Grass, después de estar una noche allí (él podría decir que


iba a casarse con ella en la bahía de Three Mile, al extremo norte del lago Greiss, donde vivía un cura al que él conocía), la induciría a que dejase su maleta en la estación de Gun Lodge, donde tomarían el autobús para Big Bittern, mientras que él se llevaría la suya consigo. Podría decirle a alguien, al hombre de los botes quizá, o al chófer, que llevaba la cámara en la maleta, y preguntar dónde había mejores vistas. O quizá el almuerzo. ¿No sería eso una idea mejor: comprar un almuerzo y engañar así a Roberta también? Y eso tendería también a confundir al conductor, ¿no era así? La gente a veces se lleva máquinas fotográficas en las maletas cuando sale a los lagos. De todos modos era muy necesario llevarse su maleta en este caso. Porque si no, ¿para qué el plan de irse al sur de aquella isla y desde allí luego atravesar los bosques?


(¡Oh, la crueldad y el horror de este plan! ¿Podría realmente ejecutarlo?)


Pero el extraño grito de aquel pájaro de Big Bittern. No le había gustado aquello, ni el encuentro con aquel guía que quizá pudiera recordarle ahora. Él no había hablado en absoluto, ni siquiera había saltado a tierra, y no recordaba que el guía le hubiese mirado una sola vez; había hablado sólo con Grant Cranston y con Harley Baggott, que eran los que habían hecho toda la conversación. Pero, suponiendo que el guía estuviese allí y que le recordase... Pero, ¿cómo iba a recordarle si no le había visto? Probablemente no le recordaría en absoluto, quizá ni siquiera estuviese allí. Pero, ¿por qué tenían que estar ahora sus manos y su cara húmedas todo el tiempo —mojadas y casi frías— y sus rodillas temblorosas?


(El tren estaba siguiendo la curva exacta del río, como el verano pasado él y Roberta. Pero

no...)


Tan pronto como llegasen a Utica ésta sería la forma en que actuaría y retendría el proyecto en su mente y no se desviaría por nada. No debía, no debía. La dejaría subir la calle delante de él, digamos un centenar de pasos o así, de forma que nadie pensara que él la iba siguiendo, por supuesto. Y luego, cuando estuvieran solos se reuniría con ella y le explicaría todo lo necesario; se mostraría muy amable, como si ahora Roberta le importase más que nunca. Tenía que hacerlo si quería conseguir de ella lo que deseaba. Y luego... y luego, oh, sí, hacerla esperar mientras iba por aquel sombrero extra que iba, bueno, que dejaría en el lago, quizá. Y los remos también, por supuesto. Y el sombrero de ella, y... bueno...


(El largo y triste silbato de este tren. Maldita sea. Ya estaba poniéndose un poco nervioso.) Pero antes de ir al hotel, tendría que volver a la estación y poner su sombrero nuevo


en la maleta, o mejor todavía, llevarlo puesto mientras buscaba hotel, y luego, antes de volver a buscar a Roberta, coger el sombrero y guardarlo en la maleta. Después iría a buscarla y la haría venir hasta la puerta del hotel y le diría que aguardase mientras iba por las maletas. Y, desde luego, si no había nadie alrededor o muy poca gente, entrarían

 




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juntos, sólo que ella tendría que esperar en el tocador de señoras un rato, mientras él iba y se inscribía como Charles Golden. Y luego, bueno, por la mañana, si ella estaba conforme, o por la noche, si había algún tren —tendría que enterarse de eso—, podrían ir hasta el lago Grass en coches separados hasta que por fin hubiesen pasado más allá del lago Twelfth y de Sharon.


(Allí estaba el hermoso chalet de los Cranston y Sondra.)

Y luego, y luego...


(Aquel gran granero rojo y aquella casita blanca a su lado. Y aquel molino de viento. Como aquellas casas y graneros que había visto en Illinois y en Missouri. Y en Chicago también.)


Y al mismo tiempo, Roberta en el coche de delante, pensaba que Clyde no se había mostrado muy duro con ella. Desde luego tendría que resultarle muy desagradable venir de Lycurgus de esta forma, cuando podía estar disfrutando como deseaba, Pero por otra parte, aquí estaba ella y no había ninguna otra forma de arreglar la cosa. Tenía que mostrarse muy animada y no interponerse demasiado en su camino. Sin embargo, no debía mostrarse asustada o débil tampoco, pues después de todo era Clyde quien la había colocado en esta situación. Y no estaba haciendo más que cumplir su deber, y para él no era una cosa del otro mundo. Ella iba a tener que cuidarse de un niño en el futuro, con todas las molestias que esto traería consigo Y más tarde tendría que explicarles a sus padres todo el misterio de su presente desaparición y casamiento, si es que Clyde realmente llegaba a casarse con ella. Pero ella tenía que insistir —y pronto— en obtener un certificado de matrimonio, tanto para sí misma como a causa del niño. Luego, él podría obtener un divorcio si le interesaba. Ella seguiría siendo la señora Griffiths. Y el niño de Clyde y suyo sería un Griffiths también. Eso ya era algo.


(Qué hermoso estaba el río. Le recordaba el Mohawk y los paseos que ella y Clyde habían dado el verano pasado cuando se conocieron por primera vez. ¡Oh, el verano pasado! ¡Y ahora esto!)


Y luego se instalarían en alguna parte, en una o dos habitaciones, sin duda. ¿Dónde?, se preguntaba, ¿en qué villa o ciudad? ¿A qué distancia de Lycurgus o de Biltz? Cuanto más lejos de Biltz mejor, aunque a ella le gustaría ver de nuevo a su padre y a su madre pronto, tan pronto como pudiera. Pero ¿qué importaba, mientras viajasen juntos y fuesen a casarse?


¿Habría él observado su traje azul y su sombrerito marrón? ¿Y la habría encontrado atractiva comparada con aquellas muchachas ricas con las que alternaba ahora? Ella tenía que mostrar ahora mucho tacto, no irritarle de ninguna manera. Pero, oh, la vida tan feliz que podrían tener con sólo que... con sólo que él la quisiera un poco...


Al fin llegaron a Utica, y en una calle tranquila, Clyde se reunió con Roberta, adoptando una expresión mezcla de jovialidad inocente y de buena voluntad, templada por la preocupación, que era realmente una máscara para el temor por la acción que estaba maquinando, su facultad para ejecutarla, las consecuencias en caso de que fracasara.




CAPÍTULO 47


Tal como planearon aquella noche, emprendieron un viaje al lago Grass en coches separados a la mañana siguiente, pero a su llegada, y para sorpresa de Clyde, aquello

 




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resultó más animado de lo que había supuesto. Se sintió muy asustado por tanta animación. Porque había imaginado que esto, lo mismo que Big Bittern, estaría casi desierto. Pero ahora, como ambos podían ver, era plena temporada veraniega y aquel lugar de reunión de una pequeña organización religiosa, los Winebrennarianos de Pensilvania, con un tabernáculo y numerosas cabañas a las orillas del lago, no lejos de la estación. Y Roberta exclamó de inmediato:


—Mira, qué casualidad. ¿Por qué no podría casarnos el ministro de esta iglesia?

Y Clyde, desconcertado y turbado por esta complicación súbita, anunció al instante:

—Quizá sí; dentro de un rato iré a informarme —pero con la mente ocupada en

planes para engañarla.


Se la llevaría en un bote después de inscribirse y de instalarse para algún tiempo. O si se encontrara un sitio lo bastante remoto..., pero no, había demasiada gente. El lago no era lo bastante grande, y probablemente no muy profundo. Era negro como el alquitrán, y estaba bordeado al este y al norte por altos pinos que semejaban lanzas de gigantescos centinelas, ogros casi, tan lúgubres, sombrías y fantásticas eran ahora sus ideas. Pero todavía había mucha gente en el lago, al menos diez personas.


La lobreguez de todo aquello.

La dificultad.


Interiormente repetía: uno no puede andar desde aquí por los bosques hasta la bahía de Three Mile. Oh, no. Quedaba ahora a unas treinta millas al sur. Y además, este lago estaba menos solitario, probablemente observado a todas horas por miembros del grupo religioso. ¿Qué podía decir? ¿Que había preguntado y que no podía obtenerse ninguna licencia de matrimonio aquí? O que el ministro estaba fuera, o que había pedido ciertos documentos que él no tenía... bueno, algo que sirviese para tranquilizar a Roberta hasta que llegase la hora en que el tren partiese hacia Big Bittern y a Sharon, donde, desde luego, podrían casarse.


¿Por qué tenía que mostrarse ella tan insistente? ¿Por qué, si no era por su terca determinación a forzarle de esta manera, se veía obligado a ir con ella de un sitio para otro? Cada hora era una tortura, cada minuto una crucifixión mental, cuando en cambio, ¡si estuviese libre de ella! Oh, Sondra, Sondra, si tú ahora, desde tu alta situación, te inclinases y me ayudaras. ¡No más mentiras! ¡No más sufrimientos! ¡No más miserias de ninguna clase!


Pero en lugar de eso, más mentiras. Un paseo en busca de lirios de agua que a causa de su propia inquietud le desagradó a Roberta tanto como a sí mismo. Pues ella iba pensando mientras remaban, ¿por qué tanta indiferencia hacia esta posibilidad de matrimonio? Todo se habría arreglado, dándole a esta excursión la cualidad soñadora que podría y debería haber tenido si todo se hubiese solucionado ya en Utica, como ella siempre había querido. Pero esta espera, esta evasiva tan propia de Clyde, y su humor vacilante, indefinido, incierto siempre... Empezaba a preguntarse cuáles serían sus intenciones, si verdaderamente tenía el propósito de casarse con ella, tal como había prometido. Mañana, o al día siguiente todo lo más, se pondría en claro la cuestión. Por tanto, ¿por qué preocuparse ahora?


Y luego, al día siguiente al mediodía, Clyde bajó del tren en Gun Lodge y escoltó a Roberta hasta la parada de autobús, pero persuadiéndola de que, puesto que iban a volver

 




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por el mismo camino, lo mejor sería que dejase su maleta aquí, mientras que él, a causa de su cámara fotográfica, así como del almuerzo que les habían preparado en el lago Grass y que había guardado en su maletín, se lo llevaría consigo, y así almorzarían en el lago. Pero al llegar al autobús, se sintió sobrecogido por el hecho de que el conductor era el mismo guía a quien había oído hablar en Big Bittern. ¿Qué iba a pasar si resultaba que este guía le había visto y le recordaba? ¿No iba a acordarse por lo menos del hermoso coche de los Finchley, con Bertine y Stuart sentados en la parte delantera, y él y Sondra detrás, y Grant y Harley Baggott hablándole desde fuera?


Inmediatamente el sudor frío que había marcado sus momentos más nerviosos y aterrorizados durante las pasadas semanas, brotó ahora en su cara y en sus manos. ¿En qué había estado pensando, idiota? ¿Qué manera de hacer planes era ésta? En nombre de Dios, ¿cómo esperar llevar a cabo una cosa semejante procediendo de un modo tan estúpido? Era como haberse olvidado de traer su gorra desde Lycurgus a Utica, o al menos sacarla de su maleta antes de comprar el sombrero de paja; era como no haber comprado dicho sombrero hasta haber llegado a Utica.


Pero el guía no le recordaba, ¡gracias a Dios! Por el contrario, le preguntó con bastante curiosidad, y como si de un desconocido total se tratase:


—¿Van a ir al parador de Big Bittern? ¿Es la primera vez que vienen por aquí?

Y Clyde, muy aliviado y, sin embargo, tembloroso, replicó:


—Sí. —Y luego, en su excitación nerviosa, preguntó—: ¿Ha venido hoy mucha gente? —Una pregunta que al momento le pareció de loco. ¿Cómo, de todas las preguntas posibles, se le ocurría hacer precisamente aquélla? Oh, Dios mío, ¿es que nunca iban a terminar sus estúpidos errores autodestructivos?


Tan turbado estaba, que apenas oyó la respuesta del guía, como si una voz le hablase desde una gran distancia:


—No mucha. Unas seis o siete personas supongo. El día cuatro vinieron unos treinta, pero la mayor parte se fueron ayer.


La tranquilidad de los pinos a lo largo de la turbia carretera amarilla que iban recorriendo; el frescor y el silencio; las sombras oscuras, y las profundidades púrpuras y grises que había en ellos, incluso en pleno mediodía. Si uno se deslizase por aquí de noche o de día, ¿quién podría encontrarle? Un pinzón lanzó desde las profundidades su grito metálico, una calandria temblando en alguna rama distante llenó las sombras de plata con su canción perfecta. Y Roberta, a medida que el autobús cruzaba arroyuelos y rudos puente— cilios de madera, comentaba la claridad y el brillo del agua.


—¿No es maravilloso todo esto? ¿Oyes el rumor del agua, Clyde? ¡Oh, la frescura de este aire!


¡Y sin embargo, ella iba a morir tan pronto!

¡Dios mío!


Pero suponiendo ahora que en Big Bittern, en el parador y en el varadero de los botes hubiese mucha gente... O que por casualidad el lago estuviese lleno de gente pescando, de forma que no quedase ningún lugar desierto... ¡Y qué extraño que no se le hubiese ocurrido antes! Este lago no estaba probablemente tan vacío como él se había imaginado, o no lo estaría hoy, lo mismo que el lago Grass. Y entonces, ¿qué?


Bueno, huir, entonces, huir, y que las cosas quedaran como estaban. Este esfuerzo era

 




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demasiado, un infierno; se moriría si seguía pensando en tales cosas. ¿Cómo podía haber soñado en mejorar su fortuna con un plan tan salvaje y tan brutal: matarla y después escapar, o más bien, matarla y fingir que ambos se habían ahogado, mientras que él, el verdadero asesino, se escapaba para disfrutar de la vida y de la felicidad? ¡Qué plan tan horrible! Y sin embargo, ¿qué otra cosa podía hacer? ¿Qué? ¿No había hecho todo este camino precisamente para ello? ¿E iba ahora a volverse atrás?


Y todo este tiempo Roberta, a su lado, estaba imaginando que iba a casarse, mañana por la mañana, con toda seguridad, y ahora solamente disfrutaba del hermoso lago, del cual Clyde había estado hablando, como si fuese algo más importante y deleitoso que nada de lo que hubiese habido antes en la vida de ambos.


El guía estaba hablando de nuevo, esta vez a Clyde:


—Por lo visto, no piensan ustedes quedarse, supongo. He visto que ha dejado usted en consigna la maleta de la señorita.


Señaló con la cabeza en dirección a Gun Lodge.


—No, volvemos esta noche para coger el tren de las ocho y diez. Usted también lleva gente a esa hora, ¿no es así?


—Oh, desde luego.

—Ya me informaron de eso en el lago Grass.


Pero, ¿por qué tenía que haber hecho esa referencia al lago Grass? Eso demostraba que él y Roberta habían estado en él antes de venir aquí. Pero este estúpido con su referencia a «la maleta de la señorita» y a haberla dejado en Gun Lodge... ¡Maldito fuese! ¿Por qué no se ocupaba de sus propios asuntos? ¿Y por qué había decidido que él y Roberta no estaban casados? ¿O es que no lo creía? De todos modos, ¿por qué tal pregunta cuando llevaban dos maletas y él se había traído una? ¡Qué extraño! ¡Qué frescura! ¿Cómo podía él saber, o sospechar nada? Pero, ¿qué importancia tenía eso de casados o no casados? Si a ella no la encontraban, el «casada o no casada» no supondría la menor diferencia, ¿no? Y si la encontraban y se descubría que no estaba casada, ¿no probaría eso que se había escapado con alguna otra persona? ¡Naturalmente! Así es que, ¿por qué preocuparse ahora?


Y Roberta preguntó:

—¿Hay más hoteles o pensiones en el lago además de ese al que vamos?


—Ninguno, señorita, fuera de ese parador. Ayer estuvo de excursión un grupo de muchachos y muchachas en la costa este, creo, a una milla o así del parador, pero no sé si siguen allí o no. Hoy no he visto a nadie.


¿Un montón de muchachos y muchachas? ¡Por el amor de Dios! ¿Y no podían estar todos ahora en el agua, remando o navegando a vela o de cualquier otra forma? ¡Y él aquí con Roberta! ¡Quizá algunos de ellos del lago Twelfth! Sondra, Harriet, Stuart y Bertine habían venido dos semanas antes. ¡Tal vez se tratase de ellos! Y además, entonces, tenía que haber un camino al este del lago. Toda esta información y la presencia de ellos haría inútil el viaje. ¡Qué plan tan estúpido! Un plan tan descabellado como éste, cuando, si hubiera podido disponer de más tiempo, habría elegido un lago todavía más lejano y habría... Sólo que había estado tan torturado estos últimos días, que apenas sabía ya qué pensar. Bueno, ahora vería lo que podía hacer. Si había mucha gente tendría que arreglárselas para remar hasta un sitio realmente solitario o dar la vuelta y regresar al lago

 




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Grass, ¿o adonde? Oh, ¿qué podría o qué se le ocurriría hacer si había demasiada gente? Pero justo entonces una larga hilera de árboles verdes se extendía hasta el lago


mismo y hasta el pequeño parador con su terraza que daba a las aguas azul oscuro de Big Bittern. Y allí estaba aquel varadero bajo, de techo colorado, junto al agua, a la derecha, que había visto antes, cuando estuvo allí. Y Roberta exclamó ante la vista:


—Oh, es hermosísimo, ¿no es verdad?


Clyde examinó aquella oscura y baja isla distante, hacia el sur, y viendo que había poca gente por los alrededores y nadie en el lago mismo, exclamó nerviosamente:


—Sí, sí, tienes razón —dijo con una sensación helada.


Y luego el propietario del parador en persona apareció y se aproximó un hombre de estatura mediana, cara rojiza y anchos hombros que preguntó:


—¿Quieren quedarse unos cuantos días?


Pero Clyde, irritado por esta nueva complicación y después de pagarle un dólar al guía, contestó secamente y con enojo:


—No, no hemos venido más que para pasar la tarde. Nos vamos por la noche.

—Entonces se quedarán para cenar, supongo. El tren no sale hasta las ocho y cuarto.

—Oh, sí, eso es. Seguro. Sí, en ese caso, cenaremos.


Pues, naturalmente, Roberta, en su luna de miel, el día antes de su boda y en un viaje como éste, estaría aguardando su cena. ¡Maldito fuese aquel estúpido palurdo!


—Bueno, entonces le cogeré la maleta y puede usted registrarse. Su esposa querrá refrescarse un poco.


Indicó el camino, llevando la maleta en la mano, aunque el deseo de Clyde era arrancársela. Pues no había contado con tener que registrarse ni tampoco con tener que dejar la maleta. Y no la dejaría. La recuperaría y alquilaría un bote. Pero lo cierto es que se vio obligado a hacerlo «para cumplir las reglas», como dijo el encargado, firmando «Clifford Golden y esposa» antes de poder recuperar su maleta.


Y luego, para añadirse al nerviosismo y confusión, Roberta anunció que a causa del calor y del hecho de que iban a regresar a cenar, iba a dejar su sombrero y su chaquetilla, un sombrero con la etiqueta de Braunstein, de Lycurgus, y que en aquel momento le hizo meditar acerca de la prudencia de dejar que se lo quitara. Pero había decidido que quizá después, si él realmente hacía algo, no podía suponer ninguna diferencia que el sombrero estuviese allí o no. No iba a ser identificada si la encontraban, y si no la encontraban, ¿quién iba a saber quién era?


En un estado mental confuso y turbulento, dándose cuenta apenas de la importancia de cualquier acto, tomó su maleta y se puso en camino hacia el embarcadero de la caseta de los botes. Y luego, después de depositar la maleta en el bote, preguntó al vigilante si sabía dónde se podían contemplar las mejores vistas, porque quería fotografiarlas. Y hecho esto, terminada la fútil explicación, ayudó a Roberta (una figura casi nebulosa bajando a un insubstancial bote de remos sobre un lago puramente fantasmagórico) y descendió tras ella, se sentó en el centro y tomó los remos.


La quieta, cristalina, iridiscente superficie del lago que ahora a ambos les parecía no tanto agua como aceite, cristal fundido que, de enorme amplitud y peso, quedaba muy por debajo de la tierra.


Y la ligereza, frescura y embriaguez del aire soplando aquí y allí, rizando apenas la

 




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superficie del lago. Y la suavidad y aterciopelada espesura de los altos pinos junto a las orillas. Por todas partes pinos, altos y como lanzas. Y sobre ellos los encorvados lomos de los oscuros y distantes Adirondacks a lo lejos. No se veía a un solo remero. Ni una casa o cabaña. Trató de descubrir el campamento juvenil de que había hablado el guía. No lo consiguió. Trató de distinguir las voces de quienes pudieran estar por allí, o cualquier otra voz. Pero, excepto el chasquido de sus propios remos al meterlos en el agua y la voz del vigilante y del guía, que estaban de conversación a cincuenta, cien, doscientos, trescientos metros a sus espaldas, no se oía ningún sonido.


—¿No es esto tranquilo y pacífico? —Era Roberta quien estaba hablando—. ¡Parece haber aquí tanta calma! Creo que es hermoso, realmente mucho más hermoso que el otro lago. Estos árboles son muy altos, ¿verdad? Y aquellas montañas. He estado pensando durante todo el viaje qué fresca y silenciosa era la carretera, incluso un poco sombría.

—¿Le dijiste a alguien del parador dónde hemos estado?

—No. ¿Por qué lo preguntas?


—Oh, pensé que podrías haber hablado con alguien. No parece que haya mucha gente hoy por aquí, ¿verdad?


—No, no veo a nadie en el lago. Vi a dos hombres que estaban en la sala de billar de la parte trasera, y una muchacha que estaba en el tocador de señoras, eso es todo. ¿Está el agua muy fría?


Había alargado la mano por uno de los costados y estaba sumergiéndola en las burbujas levantadas por los remos.


—¿Lo está? Todavía no la he tocado —dijo él.


Dejó de remar y sacó la mano, luego continuó. No quería remar directamente hasta la isla que estaba al sur. Estaba demasiado lejos, era demasiado pronto. A ella podría parecerle extraño. Mejor esperar un poco. Un poco de tiempo para pensar, un poco de tiempo para atar cabos. Roberta querría tomar su almuerzo (¡su almuerzo!) y había un rinconcito encantador a una milla de distancia hacia el oeste. Podían ir allí y comer primero, o por lo menos ella podría, porque él no iba a comer hoy. Y luego, y luego...


Ella estaba mirando el mismo trozo de terreno que él, un cuerno de tierra que se curvaba hacia el sur y que, sin embargo, se introducía mucho en el agua y estaba cercado por altos pinos. Y entonces ella dijo:


—¿Se te ha ocurrido ya algún sitio, querido, donde podamos pararnos a comer? Yo tengo ya un poco de hambre, ¿tú no?


¡Si no le llamara querido a cada momento!


El pequeño parador y la casa de los botes se iban haciendo más pequeños por momentos, semejando ahora aquel otro varadero y pabellón del lago Crum el primer día que él había estado remando, mientras deseaba vehementemente poder venir a un lago de los Adirondacks, soñando con un lago así y deseando encontrarse con una muchacha como Roberta... Y sobre su cabeza había una de aquellas mismas nubes de algodón idéntica a la que había flotado sobre él en el lago Crum en aquel día fatídico.


¡El horror de este esfuerzo!


Podían buscar aquí lirios de agua para matar un poco el tiempo, antes de... matar el tiempo... matar. Dios mío, tenía que dejar de pensar en esto, si es que por fin iba a hacerlo. Por lo menos no tenía que pensar en eso ahora.

 




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En el pedazo de tierra elegido por Roberta, en una diminuta bahía con una pequeña playa curva y del color de la miel, libre de cualquier mirada curiosa, hicieron alto. Y luego ambos descendieron con bastante normalidad. Roberta, después, sacó el almuerzo con muchas precauciones de su maleta, extendiéndolo sobre un periódico en la arena, mientras Clyde paseaba de un sitio a otro, haciendo forzados y sin embargo admirativos comentarios sobre la belleza del escenario, los pinos y la curva de esta pequeña bahía, pero pensando, pensando, pensando en la isla más lejana, y en otra bahía en alguna parte, donde fuera, y en el valor que le faltaba, y en que tenía que llevar a cabo este asunto cruel y terrible que tenía ante él, no permitir que esta oportunidad cuidadosamente planeada se le escapase de las manos, si es que no quería salir huyendo y abandonar todo lo que más deseaba conservar.


Y sin embargo, el horror de este asunto y el peligro, ahora que estaba todo tan cerca, el peligro de cometer un error de alguna clase, aunque no fuera más que no poder volcar el bote, no ser capaz de... de... ¡Oh, Dios mío! Y por consiguiente quizá se probase luego que él era... un asesino. ¡Detenido! Juzgado. (No podía, no quería seguir adelante con esto. ¡No, no, no!)


Y no obstante, Roberta estaba sentada junto a él en la arena, sintiéndose en paz con todo el mundo como él podía ver. Y empezaba a ronronear un poco y a hacer referencias prácticas sobre su futura vida juntos, su situación material y financiera de ahora en adelante, cómo y adónde iban a irse desde aquí, a Syracuse muy probablemente, puesto que Clyde parecía no tener ninguna objeción. ¿Qué harían una vez allí? Roberta había oído contar a su cuñado Fred Gabel que había una nueva fábrica de cuellos y camisas que estaba empezando a funcionar en Syracuse. ¿No le sería posible a Clyde, al menos por ahora, conseguir un empleo? Y luego, más tarde, cuando ella hubiera salido del paso, ¿no podría también ella emplearse en la misma compañía o en alguna otra? De momento, puesto que tenían tan poco dinero, podrían tomar una pequeña habitación para los dos, en alguna casa particular, o si a él no le gustaba, puesto que no estaban tan unidos como en otros tiempos, entonces dos habitaciones contiguas. Ella todavía podía percibir la oposición indomable del muchacho bajo toda esta máscara de cortesía y consideración.


Y él seguía pensando. Oh, bueno, ¿qué importaba ahora esta charla? Ni si él consentía o no. Nada importaba puesto que ni él, ni ella tampoco, iban a seguir ese camino. ¡Gran Dios! Pero aquí estaba él hablando como si mañana ella fuese a existir todavía. No sería así.


Si sólo sus rodillas no temblaran, y sus manos, su cara y su cuerpo no estuvieran tan sudorosos.


Después de comer, remaron por la ribera de este pequeño lago, hacia aquella isla, con Clyde mirando nerviosa y preocupadamente aquí y allí para comprobar que no hubiese nadie a la vista en tierra o en el agua, nadie. Todo estaba tranquilo y desierto, gracias a Dios. Aquí, o en cualquier otra parte de por aquí podría llevar adelante su proyecto con sólo qué tuviera el valor necesario. Pero no lo tenía. Roberta hundía la mano en el agua, preguntándole si creía que podrían encontrar lirios de agua u otras flores silvestres por la orilla. ¡Lirios de agua! ¡Flores silvestres! Clyde se convencía a sí mismo, a medida que avanzaban, de que no había caminos, chozas, tiendas, senderos, nada en forma de vivienda entre estos altos, espesos, alineados pinos, ninguna huella de ningún

 




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bote sobre la amplia superficie de este hermoso lago en este hermoso día. Pero, ¿no podría haber algún solitario cazador, o trampero, o guía, o pescador en estos bosques o a lo largo de las orillas? ¿Era posible que no lo hubiera? ¿Y suponiendo que hubiese alguien por aquí, en alguna parte? ¡Y vigilando!


¡Hado!

¡Destrucción!


¡Muerte! Pero no oyó ningún sonido ni vio ningún humo. Solamente estos altos, verdes pinos en forma de lanza, de una palidez cenicienta bajo el duro sol de la tarde, sus desnudos y esqueléticos brazos extendidos casi en un gesto amenazador.


¡Muerte!


Y el duro grito metálico de algún pinzón sumergiéndose en las espesuras de los bosques. O el solitario y espectral tap, tap, tap de algún pájaro carpintero, la línea roja de un jilguero en vuelo, la amarilla y negra de una pajarita de las nieves.


¡Oh, el sol brilla luminoso en mi viejo hogar de Kentucky!



Era Roberta cantando alegremente, con una mano metida en el agua de un azul profundo.


Y después, un poco más tarde:


Estaré allí el domingo si quieres,


uno de los bailables populares de la época.


Y luego, al fin, después de toda una hora de remar, de rumiar, de pararse a mirar algún sitio encantador de la orilla, de avistar algunos islotes apartados que prometían abundancia de lirios de agua, y con Roberta siempre diciendo que no debían perder de vista la hora y permanecer demasiado tiempo, llegaron por fin a la bahía, al sur mismo de la isla. Un trozo de agua bello pero fúnebremente cercado de pinos y de tierra, como un pequeño lago, unido por una especie de estrecho al lago mayor, y sin embargo bastante caudaloso, de quizá unas diez hectáreas de superficie y forma casi circular. Este estanque o laguna estaba rodeado de árboles hacia el este, norte, sur, oeste, excepto por donde la isla estaba separada de tierra firme. Y nenúfares y lirios de agua crecían aquí y allí a lo largo de sus orillas. Y había algo que sugería un pozo o ciénaga, ideal para alguien que estuviese cansado de la vida y de sus cuidados, ansioso de alejarse de la lucha y de las contiendas del mundo y que podría elegir muy prudente y lúgubremente este paraje.


Y cuando se deslizaron dentro de él, esta quieta agua oscura pareció apoderarse de Clyde como ninguna otra cosa aquí o en alguna otra parte lo hubiese hecho nunca, cambiándole el estado de ánimo. Pues una vez aquí le pareció verse realmente empujado o atraído por el ambiente, y habiendo costeado sus quietas orillas, creía estar avanzando, avanzando, en un espacio infinito en el que no existía objeto alguno, ningún proyecto, ningún plan, ningún problema que tuviese que ser resuelto, nada. ¡La insidiosa belleza del lugar! Verdaderamente parecía burlarse de él este sitio tan extraño, esta laguna oscura, rodeada por todas partes por estos maravillosos pinos. Y el agua misma con el aspecto de una inmensa perla negra arrojada por alguna mano poderosa y colérica, como juego o fantasía quizá, en el fondo de este valle de oscuro terciopelo verde, y que parecía no tener

 




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fondo.


Y sin embargo, ¿qué sugería el lugar? ¡Muerte! ¡Muerte! Más definidamente que nada que hubiese visto antes. ¡Muerte! Pero con todo, un tipo de muerte tranquila, callada, sin protestas, una muerte en la que uno, por elección o hipnosis o indecible cansancio, podría sumergirse gozosa y agradecidamente. Tan quieto, tan sombreado, tan sereno. Aun Roberta hizo exclamaciones de ese estilo. Y entonces él sintió por vez primera la presión de unas manos fuertes, y sin embargo amistosas, posadas firmemente sobre sus hombros. ¡El consuelo de esas manos! ¡El calor! ¡La fuerza! Pues ahora parecían ejercer sobre él un efecto vigorizador, y a él le gustaba su seguridad y su apoyo. ¡Si no se apartasen nunca! ¡Si quisieran permanecer siempre las manos de este amigo! Porque, ¿cuándo había él conocido nunca esta sensación confortante y casi tierna en toda su vida anterior? En ninguna parte, y de alguna manera esto le calmó y pareció como si se deslizara fuera de la realidad de todas las cosas.


Desde luego que Roberta estaba allí, pero por ahora se había desvanecido en una sombra o pensamiento, una ilusión más vaporosa que real. Y si bien seguía existiendo en torno de ella algo de color y de forma que sugerían la realidad, con todo era muy in-sustancial, muchísimo, y una vez más se sintió extrañamente solitario. Pues las manos del amigo habían desaparecido también. Clyde estaba solo, muy solo y desolado en este reino sombrío y bello al que había sido conducido y en el que le habían dejado abandonado. También sintió un frío extraño, el encanto de esta misteriosa belleza abrumándole como una especie de escalofrío.


Había venido aquí, ¿para qué?

Y tenía que hacer, ¿qué?

¿Matar a Roberta? ¡Oh, no!


Y una vez más bajó la cabeza y miró fijamente las fascinantes pero traicioneras profundidades de aquella laguna magnética, azulada, púrpura, que, a medida que continuaba mirando, parecía cambiar caleidoscópicamente como una gran bola cristalina. Pero, ¿qué era lo que se movía en este cristal? ¡Una forma! Se hizo más próxima, más clara, y finalmente reconoció a Roberta luchando y agitando sus delgados brazos blancos fuera del agua y tendiéndolos hacia él. ¡Dios mío! ¡Qué terrible! ¡La expresión de su rostro! En nombre de Dios, ¿qué estaba pensando? ¡Muerte! ¡Asesinato!


Y de pronto, dándose cuenta de que su valor, con el que había contado tanto tiempo, estaba abandonándole, se sintió instantánea y conscientemente bucear en las profundidades de su ser en un vano intento por recuperarlo.


¡Kit, kit, kit, ca-a-a-ah!

¡Kit, kit, kit, ca-a-a-ah!


¡Kit, kit, kit, ca-a-a-ah!


(El lúgubre, obsesionante grito de aquel pájaro extraterrestre otra vez. ¡Tan frío, tan duro! Aquí estaba una vez más para sobresaltarle y hacerle volver desde la evasión de su alma a un estado de comprobación del programa inmediato, real o irreal, con todos sus ángulos torturadores que se extendían delante de él.)


¡Debía afrontar esta cosa!

¡Kit, kit, kit, ca-a-a-ah!

¡Kit, kit, kit, ca-a-a-ah!

 




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¿Qué era ese sonido? ¿Una advertencia? ¿Una protesta? ¿Una condena? El mismo pájaro que había marcado el nacimiento preciso de tan miserable plan. Porque ahora aquel odioso pájaro estaba allí, en aquel árbol muerto. Y ahora estaba volando a otro, también muerto, en un islote un poco más lejano, y graznando de la manera en que lo hacía. ¡Dios mío!


Y luego regresaron a la playa otra vez en contra de sus deseos. Pues Clyde, con objeto de justificar su maleta, tenía que sugerir ahora tomar algunas fotos del paisaje, y de Roberta, y de él a ser posible, en tierra y en el agua. Con lo cual conseguiría llevar a la muchacha de nuevo al bote sin su maleta, que se quedaría segura y seca en tierra. Y una vez en tierra, fingiría de momento estar buscando vistas aquí y allí, mientras fijaba en su mente el árbol exacto bajo el cual dejaría la maleta para su regreso, que debía ser pronto, debía ser pronto. Ya no volverían a la playa juntos. ¡Nunca! ¡Nunca! Y eso a pesar de que Roberta protestaba de que estaba cansada, y si él no creía que ya era hora de volver. Debían ser más de las cinco, seguramente. Clyde le aseguraba que volverían enseguida, después que hubiese sacado una o dos fotos más de ella en el bote con aquellos árboles maravillosos, y aquella isla, y esta agua oscura en torno y por debajo de su figura.


¡Sus manos húmedas, mojadas, nerviosas!

Y sus ojos oscuros, brillantes, nerviosos, mirando a todas partes menos a ella.


De nuevo, una vez más se adentraron en el agua, a unos ciento cincuenta metros de la orilla, mientras él manejaba fútilmente la dura y pesada cámara, que ahora tenía entre las manos, cuando el bote estaba ya cerca del centro. Y entonces, en este punto y hora, miró temerosamente en torno. Pues ahora, ahora, a pesar de sí mismo, llegaba el largamente evadido y sin embargo insoslayable momento. Y ninguna voz, figura o sonido en la orilla. ¡Ningún camino, cabaña o humo! ¡Y el momento que él o alguien había planeado para él, y ahora iba a decidir su destino, estaba allí! ¡El momento de la acción, de la crisis! Todo lo que él necesitaba hacer ahora era balancearse rápida y salvajemente, saltar y volcar el bote; o si fracasaba, zarandearlo con viveza, y si Roberta protestaba demasiado, golpearla con la cámara que llevaba en la mano o uno de los remos que tenía a su diestra. Podía hacerlo, podía ser hecho, rápida y simplemente, con sólo reunir la suficiente entereza y coraje, y luego salir nadando con rapidez hacia la libertad, hacia el éxito, desde luego hacia Sondra y la felicidad, hacia una vida más grande y más dulce que la que nunca hubiera conocido.


Pero, ¿por qué estaba aguardando?

¿Qué le pasaba ahora, después de todo?

¿Por qué estaba aguardando?


En este momento crítico, y en vista de la profunda, de la más urgente necesidad de acción, sintió un súbito espasmo de la voluntad, del valor, del odio y de la rabia suficientes. Y Roberta en su asiento en la popa del bote miraba a su rostro turbado y luego súbitamente distorsionado y fulgurante, pero débil e incluso desequilibrado, un rostro que en lugar de enfadado, parecía feroz, demoníaco, confuso y con todo expresivo entre el miedo (una revulsión química contra la muerte o la brutalidad asesina que produciría la muerte) y un acosado e inquieto y sin embargo autorreprimido deseo de hacer, hacer, hacer. Esta lucha interna quedó indecisa en este punto y hora, en equilibrio entre un poderoso impulso por hacer y, sin embargo, por no hacer.

 




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Y entretanto sus ojos —las pupilas de los cuales se hacían por momentos más grandes y brillantes—, su rostro, su cuerpo y sus manos estaban tensos y contraídos; la quietud de su posición, la equilibrada inmovilidad de su estado de ánimo, más y más ominoso, pero que en verdad no sugería un brutal y determinado poder para destruir, sino la inminencia del trance o espasmo.


Y Roberta, notando de pronto lo extraño de su aspecto, de su turbación física y mental, que tan extraña y penosamente contrastaba con este escenario, exclamó:


—¿Qué, Clyde? ¡Clyde! ¿Qué es? ¿Qué te pasa? Tienes un aspecto tan extraño, tan... tan... No te he visto nunca de esa forma. ¿Qué pasa?


Y levantándose, o más bien inclinándose hacia delante, y apoyándose en una de las tablas, trató de aproximársele, porque parecía como si él fuese a caerse dentro del bote, o a un lado, hacia el agua. Clyde advirtió al instante la profundidad de su propio fracaso, su propia cobardía, abandonándose a una marea de odio, no solamente contra sí mismo, sino contra Roberta, contra el poder de ésta, o el de la vida que lo ataba de esta manera. Y sin embargo, temía actuar, no quería actuar, solamente decir que nunca, nunca se casaría con ella, que nunca, ni aunque ella diera un escándalo, consentiría en casarse con ella, que estaba enamorado de Sondra y que sólo se uniría a ésta, y sin embargo, no podía decirlo siquiera. Por el contrario se sentía enfadado, confuso y llameante. Y luego, cuando ella se le acercó, tratando de tomar sus manos entre las suyas y de quitarle la cámara para ponerla en el bote, él se arrojó contra ella, pero sin otra intención que liberarse de su contacto, de su súplica, de su simpatía, de su presencia para siempre. ¡Dios mío!


Pero (empuñando todavía la cámara) la golpeó con tanta vehemencia como para no sólo herir sus labios, nariz y barbilla, sino para arrojarla de costado hacia la banda izquierda, lo que hizo que el bote se inclinara hasta el borde mismo del agua. Y luego él, agitado por sus agudos gritos (debidos tanto a la inclinación del bote como al corte en la nariz y en el labio), se acercó y la levantó, en parte para ayudarla o reconquistarla y en parte para disculparse por el golpe no intencionado, pero al hacer así volcó completamente el bote y él mismo y Roberta fueron arrojados al instante al agua. Y el filo izquierdo del bote golpeó a Roberta cuando ésta se hundía, y luego salió por vez primera su frenético y contorsionado rostro dirigido hacia Clyde, que por aquel entonces se había enderezado. Porque ella estaba petrificada, inmovilizada por el horror, ininteligible por el dolor y el miedo, su miedo de toda la vida al agua y a ahogarse, y el golpe que él le había propinado de una manera tan inconsciente.


—¡Socorro! ¡Socorro! ¡Oh, Dios mío, me ahogo, me ahogo! ¡Socorro! ¡Oh, Dios mío!

¡Clyde! ¡Clyde!




¡Y luego Clyde siguió oyendo la voz en sus oídos!


«Pero esto, esto, esto, ¿no era lo que habías estado pensando y deseando en tu gran apuro? ¡Pues mira! Porque a pesar de tu miedo, de tu cobardía, esto, esto ha sucedido para ti. Un accidente, un golpe no intencionado por tu parte está ahora ahorrándote el trabajo de todo lo que intentabas, y que sin embargo no tuviste el valor de hacer Pero, ¿quieres ahora, y cuando no lo necesitas, puesto que es un accidente, ir a su rescate, sumergirte una vez más en el horror de la derrota y fracaso que de tal manera te han torturado y de los

 




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cuales ahora puedes evadirte? Podrías salvarla. ¡Pero no podrías! Porque mira cómo lucha. Está aterrada. Es incapaz de salvarse por sí misma a causa del pánico, y si te acercas a ella ahora, puede también causarte le muerte a ti. ¡Pero tú deseas vivir! Y si ella viviera haría que tu vida no valiera la pena. Espera sólo un momento, ¡sólo una fracción de segundo! Espera, espera, ignora la angustia de su voz. Y luego... y luego... ¡Pero mira! Ya se acabó todo. Ahora se está hundiendo. Nunca, nunca la verás viva, nunca más. Y ahí está tu sombrero en el agua, como tú deseabas. Y en el bote, prendido a aquel tolete, un velo de Roberta. Déjalo. ¿No demostrará eso que fue un accidente?»


Y aparte de eso, nada, sólo unas cuantas burbujas, la paz y la solemnidad de un escenario maravilloso. Y luego, una vez más, la voz de aquel pajarraco lúgubre, desdeñoso, burlón, solitario.


¡Kit, kit, kit, ca-a-a-ah!

¡Kit, kit, kit, ca-a-a-ah!


¡Kit, kit, kit, ca-a-a-ah!

El grito de aquel pájaro diabólico en aquella rama muerta, su canto fúnebre.


Y luego Clyde, con el sonido de los gritos de Roberta todavía en sus oídos, aquella última, frenética, implorante mirada en los ojos de ella, nadó lúgubre y oscuramente hacia la playa. Le quedaba el pensamiento de que, después de todo, él no la había matado. No, no. Gracias a Dios por eso. Él no la había matado. Y sin embargo (al trepar por la orilla y escurrirse el agua de sus ropas), ¿la había matado? ¿O no? Porque, ¿no se había negado a acudir a salvarla cuando podría haberla salvado, y la culpa de que se hubiera caído al agua, aunque accidentalmente, no era toda suya? Y sin embargo... y sin embargo...


La oscuridad y el silencio de un día que acaba. Un lugar oculto en las profundidades de los bosques, donde solitario y empapado, con la maleta seca a su lado, estaba Clyde, y mediante la espera trataba de secarse. Pero mientras tanto, sacó de la maleta el trípode de su cámara y buscó un oscuro y podrido tronco en los bosques para ocultarlo. ¿Le habría visto alguien? ¿Habría alguien mirando? Luego emprendió el regreso, preguntándose qué dirección debía seguir. Tenía que ir hacia el oeste y luego hacia el sur. No debía dar vueltas. Pero el grito repetido de aquel pájaro era capaz de atacarle los nervios. Y luego la lobreguez, a pesar de las estrellas de verano. Y un joven abriéndose camino por un bosque oscuro e inhabitado, con un sombrero de paja seco en la cabeza, una maleta en la mano, andando viva y, sin embargo, cautamente hacia el sur, hacia el sur.

 
























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Libro tercero






CAPÍTULO PRIMERO



El condado de Cataraqui se extiende a lo largo del límite septentrional del pueblo conocido bajo el nombre de Three Mile Bay, situado al sur de la frontera canadiense. Al este están Senaschet y los Lagos Indios y al oeste los ríos Rock y Scarf; total, una anchura de treinta millas. Su mayor parte está cubierta por bosques y lagos deshabitados, pero moteados aquí y allí con pueblos y aldeas tales como Koontz, Grass Lake, North Wallace, Brown Lake y Bridgeburg, la sede del condado o capital, en la cual residen unas dos mil almas del total de quince mil que habitan el condado. El centro de la ciudad está ocupado por un viejo pero elegante edificio que hace las veces de tribunal o consistorio, dotado con una cúpula alrededor de la cual vuelan las palomas. Las cuatro calles principales de la pequeña villa desembocan en esa plaza.


En la oficina del coroner del condado, situada en la esquina nordeste del edificio, el viernes nueve de julio, se hallaba Fred Heit, el coroner, un individuo corpulento y de anchos hombros con patillas de un gris terroso que habrían honrado a un patriarca mormón. Su rostro era ancho y sus manos y pies también. Y su cintura estaba en proporción.


Pero en el momento en que comienza esta escena, a eso de las dos y media de la tarde, estaba pasando soñolientamente las hojas de un catálogo que su esposa le había pedido que solicitara.


Y mientras consultaba en sus páginas los precios de zapatos, chaquetas, sombreros y gorras para sus cinco hijos, así como un chaquetón para él de proporciones adecuadas, cuello alto, cinturón respetable y botones impresionantes que atrajesen las miradas de los demás, se detuvo a considerar desconsoladamente que el presupuesto familiar de tres mil dólares al año no le permitiría nunca tan gran lujo para el invierno próximo, en especial porque su esposa, Ella, se había encaprichado de una chaqueta de piel hacía lo menos tres inviernos.


Sin embargo, cualquiera que hubiese podido ser el curso de sus pensamientos en esta ocasión, se vieron interrumpidos por una llamada telefónica.


—Sí, aquí el señor Heit al habla.

—Aquí Wallace Upham de Big Bittern.


—Dígame, Wallace. Una pareja de jóvenes que se ha ahogado. Bien, espere un momento.


Se volvió hacia el joven activista que ganaba un salario del condado bajo el cargo de «secretario del coroner».


—Anote los datos, Earl.

Luego, al teléfono:

—Perfectamente, Wallace, ahora dígame los hechos, sí, todos los detalles. Se ha



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encontrado el cuerpo de una mujer, pero no el del marido, sí, un bote volcado en la ribera sur, sí, sombrero de paja sin ninguna etiqueta; algunas señales en la boca y en los ojos de la mujer, su chaquetilla y su sombrero en el parador, sí, una carta en uno de los bolsillos de la chaquetilla. ¿Dirigida a quién? Señora de Titus Alden, Biltz, sí. Todavía están dragando en busca del cuerpo del hombre, ¿no es así? Ninguna señal por ahora. Ya comprendo. Perfectamente, Wallace. Bueno, le diré, Wallace, que dejen por ahora la chaquetilla y el sombrero donde están. Déjeme ver. Son ahora las dos y media. Estaré ahí a las cuatro. Pasa el autobús del parador, ¿no es así? Bueno, pues estaré a esa hora, con toda seguridad. Y, Wallace, quisiera que anotase los nombres de todas las personas que vieron extraer el cuerpo. ¿Cómo? ¿Por lo menos seis metros de profundidad? Sí, un velo enganchado en uno de los toletes, sí, un velo marrón, ya sé, eso es todo. Bueno, que lo dejen todo tal como se encontró, Wallace, y yo estaré ahí en seguida. Sí, Wallace, gracias, hasta luego.


Lentamente, el señor Heit volvió a colocar el auricular en su horquilla y con la misma lentitud se levantó del gran sillón de roble en que estaba sentado, frotándose las pobladas patillas, mientras examinaba a Earl Newcomb, combinación de mecanógrafo, escribiente, recadero y muchas cosas más.


_¿Lo has anotado todo, no, Earl?

—Sí, señor.


—Bueno, pues será mejor que cojas tu sombrero y te vengas conmigo. Tenemos que coger el tren de las tres y diez. Mejor será que te lleves unos cuantos formularios para irlos rellenando en el tren. Para estar seguros, puedes coger unos quince o veinte, y tomar los nombres de todos los testigos que estén en el lugar. Y también convendrá que llames a la señora Heit y le digas que estaré de vuelta para cenar esta noche si consigo tomar el último tren. O puede ser que tengamos que quedarnos hasta mañana. Nunca se puede decir en estos casos qué complicaciones va a haber y es mejor ir prevenidos.


Heit se dirigió a un guardarropa que había en uno de los rincones de la vieja y destartalada habitación y extrajo un gran sombrero de paja de ala blanda, cuyos curvados bordes parecían resaltar el grotesco efecto de sus ojos saltones y de sus voluminosas patillas, y habiéndose equipado de esta forma, dijo:


—Voy a ir un momento a la oficina del sheriff, Earl. Conviene que llames al Republican y al Democrat y se lo cuentes, no vayan a creer que les ocultamos algo. Después me reuniré contigo en la estación.


Y se marchó.


Y Earl Newcomb, un joven alto, esbelto, de cabeza chata y unos diecinueve años, de maneras muy serias, aunque a veces algo tontas, inmediatamente se apoderó de un montón de citaciones, y mientras se las guardaba en el bolsillo, se puso al habla con la señora Heit por teléfono. Y luego, después de explicar a los periódicos que dos personas habían muerto ahogadas en Big Bittern, cogió su sombrero de paja adornado con una cinta azul y que era dos números mayor que su talla, y se precipitó al vestíbulo, donde se encontró, por estar abierta de par en par la puerta del despacho del fiscal público, a Zillah Saunders, solterona y solitaria mecanógrafa del localmente famoso Orville W. Mason, fiscal del distrito. Ella iba a entrar en la oficina, pero sorprendida por la preocupación y apresuramiento del señor Newcomb, usualmente mucho más tranquilo, le preguntó:


—Hola, Earl. ¿Qué sucede? ¿Adónde vas tan deprisa?

 




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—Dos personas ahogadas en Big Bittern. Nos hemos enterado ahora. Quizá algo peor. Va el señor Heit y yo voy con él. Hemos de tomar el tren a las tres y diez.


—¿Quién ha informado? ¿Se trata de alguien de aquí?


—No lo sé todavía, pero no lo creo. Había una carta en el bolsillo de la muchacha dirigida a alguien de Biltz, condado de Mimico, una tal señora Alden. Ya te contaré cuando volvamos o te telefonearé.


—¡Dios Santo! Si es un crimen el señor Mason estará interesado, ¿no es así? —Seguramente. Ya le telefonearé, o lo hará el mismo señor Heit. Si ves a Bud Parker


o a Karel Badnell, diles que he tenido que salir fuera, y haz el favor de llamar a mi madre, ¿quieres? Me temo que yo no tendré tiempo.


—Pierde cuidado, Earl.

—Gracias.


Muy interesado por esta inesperada complicación en la aburrida vida de su jefe, bajó alegremente e incluso con vivacidad los escalones de la Audiencia del condado de Cataraqui, mientras la señorita Saunders, sabiendo que su jefe estaba fuera, en algún asunto relacionado con la próxima convención republicana del condado, y no habiendo ninguna otra persona en su oficina en estos momentos, se fue al despacho del interventor, donde sería posible encontrar a alguien con quien comentar las noticias de esta tragedia, al parecer importante, del lago.




CAPÍTULO 2


La información obtenida por el coroner Heit y su ayudante era de un carácter singular y perturbador. En primer lugar, porque a causa de la desaparición de un bote y de una pareja aparentemente feliz y atractiva dedicada a fotografiar vistas, motivó una búsqueda instigada por el hotelero del lugar, la cual reveló en la caleta de la Luna la presencia de un bote volcado, así como también un sombrero y un velo. E inmediatamente esos eficaces empleados, así como los guías y huéspedes del parador que quisieron tomar parte en la búsqueda, empezaron a bucear en las aguas, o por medio de largas pértigas equipadas con ganchos a tratar de sacar a flote uno o ambos cuerpos. El hecho, tal como era referido por Sim Shoop, el guía, así como por el hotelero y el arrendador de botes, era que la muchacha desaparecida era a la vez joven y atractiva y su compañero al parecer un muchacho de buena posición, lo cual fue suficiente para despertar el interés del grupo del lago, compuesto por leñadores y empleados del hotel. Y además había intensa curiosidad acerca de cómo, en un día tan hermoso y sin viento, pudo ocurrir un accidente tan extraño.


Pero lo que creó mucha más excitación al cabo de poco tiempo fue que, en pleno mediodía, uno de los hombres encargados de sondear, John Pole, un leñador, consiguiera al fin sacar a flote a Roberta enganchada por la falda de su vestido, claramente herida en la cara, los labios, la nariz y el ojo derecho, hecho que a todos los presentes les pareció muy sospechoso. Realmente, John Pole, quien con Joe Rainer fue el que consiguió sacarla a la superficie, exclamó en cuanto la vio:


—Mírenla a la pobrecilla. No parece pesar nada en absoluto. Parece un milagro que haya podido hundirse.

 




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Y luego, recogiéndola en sus fuertes brazos, la sacó chorreando y sin vida, mientras que sus compañeros hacían señales a los demás hombres empeñados en la búsqueda, los cuales acudieron de inmediato. Y apartando de la cara el cabello que el agua había pegado al cadáver, añadió:


—Mira bien lo que te digo, Joe. Fíjate aquí. Parece como si la chiquilla hubiese sido golpeada con algo. ¡Mira esto, Joe!


Inmediatamente el grupo de leñadores y huéspedes del parador se acercaron con sus botes para ver los cardenales en el rostro de Roberta.


Y más adelante, cuando el cuerpo de Roberta fue llevado a casa del botero y se reanudó la búsqueda del hombre desaparecido, las sospechas empezaron a tomar cuerpo en frases como éstas:


—Bueno, todo parece muy raro, y además están esos cardenales. Es curioso que un bote pueda volcarse en un día como el de ayer; pronto sabremos si el otro tipo se ahogó también o no.


Pero después de horas enteras de búsqueda infructuosa fue cuajando la sospecha de que el individuo en cuestión no estaba allí, pensamiento perturbador para todo el mundo.


A continuación, el guía que trajo a Clyde y a Roberta desde Gun Lodge y que había estado conferenciando con los posaderos de Big Bittern y de Grass Lake, pudo determinar por su cuenta: i) que la muchacha ahogada había dejado su maleta en Gun Lodge, mientras que Clifford Golden había tomado consigo la suya; 2) que había una extraña discrepancia entre los registros de Grass Lake y de Big Bittern, ya que los nombres de Carl Graham y de Clifford Golden fueron cuidadosamente comparados por los dos encargados, estableciéndose que correspondían a la misma persona, y 3) que el llamado Clifford Golden o Carl Graham le había preguntado al guía que le había traído en el autobús a Big Bittern si había mucha gente en el lago aquel día. Y por consiguiente las sospechas así engendradas fueron cuajando en la certidumbre de que había algo turbio. Apenas cabía duda sobre ello.


Inmediatamente después de su llegada se le hizo comprender al coroner Heit que estos hombres de los bosques del norte estaban muy impresionados y además que sus sospechas eran muy vehementes. No creían que el cuerpo de Clifford Golden o de Cari Graham hubiese desaparecido de forma alguna en el fondo del lago. El resultado de todo esto fue que al contemplar Heit el cuerpo de la muchacha desconocida depositado cuidadosamente en un catre de la casa de los botes, y encontrándola joven y atractiva, se sintió muy afectado, no sólo por su aspecto, sino también por la atmósfera de sospechas que reinaba en torno. Peor todavía, al retirarse al despacho del gerente del parador y serle entregada la carta hallada en el bolsillo de la chaquetilla de Roberta, se vio impulsado a concebir una sospecha sombría e inamovible. Pues leyó:


«Queridísima mamá:


»Hemos llegado aquí y vamos a casarnos, pero esto es sólo para que lo leas tú. Por favor, no le digas nada todavía a papá ni a nadie, porque es una cosa que por ahora no debe saberse. En Navidades te dije por qué. Y no debes preocuparte ni hacer preguntas ni decirle nada a nadie, excepto que sabes dónde estoy y que estoy bien, nada más. Y no debes preocuparte por mí, porque estoy bien. Te envío un abrazo y un beso en cada mejilla, mamá. Estáte tranquila y hazle comprender a papá

 



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que todo va bien, pero sin decirle nada más, ni a Emily, ni a Tom, ni a Gifford, ¿comprendes? Te envío muchos besos, muy cariñosos.


»Un fuerte abrazo de

BERT


»P. S.— Esto tiene que ser un secreto entre nosotras dos hasta que te vuelva a decir algo.»


Y en el ángulo superior derecho del papel, así como en el sobre, estaban impresas las palabras «Albergue Grass Lake, lago Grass, Nueva York, Jack Evans, propietario». Y la carta había sido escrita evidentemente la mañana siguiente a la noche que pasaron en Grass Lake como el señor y la señora Carl Graham.


¡La desvergüenza de las jóvenes de hoy en día!


Porque, según indicaba esta carta, los dos habían permanecido juntos en la fonda como marido y mujer a pesar de que no estaban todavía casados. Frunció el ceño durante la lectura, porque también él tenía hijas, a las que quería muchísimo. Pero en este momento se le ocurrió además una idea. Era inminente una elección cuatrienal en el condado, teniendo que celebrarse la votación en el próximo mes de noviembre, en la cual sería elegida para otros tres años la plana completa de los jueces del condado, incluyendo su propio cargo, y además este año un juez del condado, cuyo mandato sería de seis años. En agosto, de aquí a seis semanas, iban a celebrarse las convenciones republicana y democrática, en las que serían elegidos los candidatos normales de los partidos para dichos cargos. Pero para ninguno de éstos, más que para el de juez del condado, cabía abrigar ninguna esperanza, puesto que él ya había sido procurador del distrito durante dos mandatos consecutivos, período cuya larga duración se debía al hecho no sólo de que era un buen orador de la vieja escuela, sino a que, como jefe supremo del condado en el aspecto judicial, estaba en una posición que le permitía hacer numerosos favores a sus amigos. Pero ahora, a menos que fuese tan afortunado como para que lo designaran juez del condado, la derrota y el hundimiento políticos estaban en puertas. Porque durante todo el plazo de su mandato no había habido ningún caso realmente importante con el que distinguirse y que le diese derecho a esperar el agradecimiento del pueblo. Pero ahora...


Ahora, como el coroner preveía con astucia, este caso podría resultar lo más adecuado para fijar la atención y el favor del pueblo sobre una persona, el fiscal público del distrito, un íntimo y servicial amigo suyo, y de esa forma su crédito y su fuerza se apuntalarían lo suficiente como para que en las elecciones próximas todos resultasen triunfantes, ya que el fiscal público no sólo ganaría el nombramiento para sí mismo sino su designación como juez durante seis años. Cosas más extrañas que éstas habían sucedido en el mundo de la política.


Inmediatamente decidió no contestar ninguna pregunta en relación a la carta hallada entre los efectos de la víctima, ya que prometía una rápida solución del misterio que rodeaba al perpetrador del crimen, si es que había habido tal crimen, más un crédito excepcional en la presente situación política para toda aquella persona que lo solucionara. Al mismo tiempo ordenó de inmediato a Earl Newcomb, así como al guía que había traído a Roberta y a Clyde a Big Bittern, que volviesen a la estación de Gun Lodge, de donde

 




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había venido la pareja, y dijesen que bajo ninguna circunstancia habían de entregar la maleta a otra persona que no fuese él mismo o un representante del fiscal del distrito. Luego, cuando estaba a punto de telefonear a Biltz para asegurarse de si existía allí una familia Alden que tuviese una hija llamada Bert, o posiblemente Alberta, fue, a su parecer providencialmente, interrumpido por dos hombres y un muchacho, tramperos y cazadores de la región, los cuales, acompañados por una multitud de gente ya enterada de la tragedia, irrumpieron en su presencia. Pues traían noticias, ¡noticias de la mayor importancia! Tal como relataban, con muchas interrupciones y correcciones, a eso de las cinco de la tarde del día en que Roberta se ahogó, salían ellos de Three Mile Bay, a unas doce millas al sur de Big Bittern, para cazar y pescar en las proximidades de este lago. Y, como testificaban unánimemente, en la noche en cuestión, a eso de las nueve, cuando estaban ya casi llegando a la costa sur de Big Bittern —quizá unas tres millas al sur— se encontraron con un joven, a quien tomaron por un forastero caminando desde la posada de Big Bittern hacia el sur, en dirección al pueblo de Three Mile Bay. Era un joven muy bien vestido, con demasiada elegancia para estos parajes, según dijeron, con un sombrero de paja y una maleta, y en aquellos momentos ellos se asombraron de verle haciendo aquel viaje a pie y a semejante hora, ya que había un tren que iba hacia el sur y que salía todas las mañanas a las nueve, con el cual no se tardaba más de una hora en llegar a Three Mile Bay. Y ¿por qué, además, se sobresaltó tanto al encontrarse con ellos? Porque, tal como lo describían, al toparse con ellos en el bosque, había retrocedido como sobresaltado, más aún, aterrorizado, como alguien que está dispuesto a echar a correr. Desde luego, el farol que llevaban daba muy poca luz, porque la luna estaba todavía en lo alto, y andaban despacio, como gentes atentas a cualquier clase de vida salvaje. Al mismo tiempo, tratándose de una parte completamente segura del país, atravesada en su mayoría por ciudadanos honrados como ellos mismos, no había necesidad alguna de que ningún joven diese un salto como si estuviera tratando de esconderse en el bosque. Sin embargo, cuando el más joven del grupo, Bud Brunig, que era el que llevaba el farol, lo levantó, el desconocido pareció recobrar su aplomo y después de un momento, en respuesta a las buenas noches de ellos, contestó: «Buenas noches. ¿Queda muy lejos Three Mile Bay?». Ellos respondieron: «Unas siete millas», tras lo cual él siguió andando, y ellos también, comentando el encuentro.


Como la descripción de ese joven concordaba casi al detalle con la dada por el guía que había traído a Clyde desde Gun Lodge, así como la suministrada por los posaderos de Big Bittern y Grass Lake, parecía evidente que debía tratarse del mismo que había estado en aquel bote con la misteriosa muchacha muerta.


Inmediatamente, Earl Newcomb le sugirió a su jefe que le permitiese telefonear al posadero de Three Mile Bay para ver si por casualidad ese misterioso desconocido había sido visto o se había inscrito en el registro de la fonda. Resultó que no. Ni al parecer le había visto por aquel entonces otra persona que no fueran los tramperos. En realidad había desaparecido como si se lo hubiera tragado la tierra, aunque al anochecer de aquel mismo día se aclaró que a la mañana siguiente del encuentro casual de los cazadores con el desconocido, un joven de los mismos rasgos y que llevaba una maleta, pero una gorra, y no un sombrero de paja, había tomado pasaje para Sharon en el vaporcito Cygnus, que hace el servicio entre ese lugar y Three Mile Bay. Pero una vez más, después de aquel

 




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punto, la pista parecía desvanecerse. Nadie en Sharon, por lo menos hasta ahora, parecía acordarse ni de la llegada ni de la partida de semejante persona. Ni siquiera el capitán del barco, como testificó más tarde, había advertido a aquel pasajero, ya que aquel día habían cruzado el lago otros catorce más y no podía estar seguro en cuanto a una persona determinada.


Pero por lo que se refería al grupo de Big Bittern, la conclusión a que llegaron, lenta pero definidamente, todos sus miembros, fue que, quienquiera que fuese el individuo, se trataba de un canalla redomado, un miserable reptil.


Por consiguiente fue afianzándose y creciendo en los corazones de todos un deseo muy urgente de que fuera perseguido y capturado. ¡El sinvergüenza! ¡El asesino! E inmediatamente se extendieron por toda la región, de viva voz, por teléfono, por telégrafo, noticias que llegaron a periódicos tales como The Argus y Times-Union del Albany y La Estrella de Lycurgus sobre esta patética tragedia, con la alusión además de que podía encubrir un crimen del carácter más grave.




CAPÍTULO 3


El coroner Heit, habiendo cumplido sus deberes oficiales por aquel momento, se preguntaba, a medida que viajaba hacia el sur en aquel tren junto al lago, qué tendría que hacer a continuación. Cuál era el próximo paso que debía dar en este patético asunto. Pues el coroner, al mirar a Roberta antes de irse, se sentía profundamente conmovido. Parecía tan joven, y tenía un aire de tanta inocencia y belleza. El vestido de sarga azul la ceñía estrechamente, tenía las manos muy pequeñas y cruzadas sobre el pecho, su cabello espeso y oscuro estaba todavía humedecido por las veinticuatro horas de permanencia en el agua, pero había un no sé qué que sugería algo de la vivacidad y pasión que la habían caracteri-zado en vida; todo parecía indicar una dulzura que parecía no tener nada que ver con ningún crimen.


Pero por deplorable que pudiera ser la cosa, y sin duda lo era, había otro aspecto del caso que le afectaba más vitalmente a él mismo. ¿Debía ir él a Biltz y transmitir a la señora Alden de la carta la noticia espantosa de la muerte de su hija, haciéndole preguntas al mismo tiempo acerca del carácter y andanzas del hombre que había estado con ella, o debía primero ir al despacho del fiscal del distrito, Mason, en Bridgeburg, y, comunicándole todos los detalles del caso, permitir que dicho caballero asumiese la penosa responsabilidad de afligir un hogar probablemente de una respetabilidad impecable? Porque había que tener en cuenta la situación política. Y si bien él podía actuar y ganarse así una reputación personal, había por otra parte que pensar en la situación general del partido. Un hombre fuerte tenía que ponerse a la cabeza de la representación del partido, y este caso representaba una oportunidad inmejorable. La segunda solución parecía la más acertada. Le proporcionaría a su amigo, el fiscal del distrito, una ocasión magnífica. Una vez llegó a Bridgeburg con este estado de ánimo, penetró solemnemente en el despacho de Orville W. Mason, quien de inmediato tomó asiento, presa de la mayor atención, percibiendo algo de gran importancia en la actitud del coroner.


Mason era un individuo bajo y vigoroso físicamente, de pecho ancho y anchas

 




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espaldas, pero a finales de su juventud tuvo la desgracia de romperse la nariz, lo cual daba a su rostro, que sin eso habría sido agradable e incluso impresionante, un aspecto repelente y casi siniestro. Sin embargo, no había nada de siniestro en él. Era más bien romántico y emotivo. Su juventud había sido pobre, lo cual hacía que mirara a aquellos a quienes la vida había tratado con más amabilidad como injustamente favorecidos. Hijo de la pobre viuda de un granjero, había visto a su madre pasar tales apuros para sacarle adelante, que desde que él alcanzó la edad de doce años renunció a todas las alegrías de la juventud con objeto de ayudarla. Y luego, a los catorce años, mientras estaba patinando, se cayó y se rompió la nariz, de tal forma que quedó con el rostro desfigurado para siempre. Por eso, sintiéndose en situación de inferioridad en las reuniones juveniles que proporcionaban a los otros muchachos la compañía femenina que él tanto anhelaba, había ido creciendo con una sensibilidad excesiva en cuanto a su defecto facial.


Y esto llegó finalmente a producir lo que los freudianos suelen describir como un complejo sexual psíquico a causa de una cicatriz.


A la edad de diecisiete años, sin embargo, había logrado interesar al publicista y editor del Republican de Bridgeburg hasta el extremo de llegar a establecerse como redactor oficial de la ciudad. Más tarde se hizo corresponsal del condado de Cataraqui para periódicos tales como el Times-Union de Albany y La Estrella de Utica, y finalmente consiguió el privilegio de estudiar derecho en el despacho de un antiguo juez: Davis Richofer, de Bridgeburg. Y pocos años más tarde, después de ser admitido en el foro, fue apoyado por varios políticos y comerciantes del condado que lograron que fuese enviado a la Cámara Baja de la legislatura del Estado por seis años consecutivos, donde, gracias a una adaptabilidad modesta, y al mismo tiempo astuta y ambiciosa, para hacer lo que se le mandaba, alcanzó el favor de aquellos que estaban en la capital, al mismo tiempo que seguía reteniendo la buena voluntad de sus paisanos y correligionarios. Más tarde, de regreso a Bridgeburg y gracias a sus dotes de orador, consiguió primero el cargo de ayudante del fiscal del distrito por cuatro años, y luego fue elegido interventor y, por último, fiscal del distrito por dos mandatos de cuatro años cada uno. Habiendo adquirido finalmente una posición tal alta, pudo casarse con la hija de un comerciante local de alguna posición, y habían tenido dos hijos.


Con respecto a este caso particular ya le había oído contar a la señorita Saunders todo lo que ésta sabía sobre el asunto, y, como el coroner, se había sentido en seguida atraído por la publicidad que se derivaría de un caso como éste y que era justo lo que necesitaba para revivir un prestigio político en decadencia y resolver quizá el problema de su futuro. De todos modos estaba profundamente interesado. Así es que ahora, al ver a Heit, mostró con claridad el gran interés que sentía por el caso.


—Y bien, coroner Heit.


—Bueno, Orville, acabo de regresar de Big Bittern. Me parece que te traigo un caso que te va a robar buena parte de tu tiempo.


Los grandes ojos de Heit chispearon e insinuaron muchas más cosas de las que se desprendían de su observación no muy alentadora.


—¿Te refieres al caso del lago? —replicó el fiscal del distrito. —Sí, señor. A eso precisamente —contestó el coroner. —¿Tienes algún motivo para pensar que hay algo raro?

 




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—Bueno, la verdad es, Orville, que apenas puede caber duda de que se trata de un asesinato. —Los pesados ojos de Heit centellearon sombríamente—. Por supuesto, es mejor asegurarse antes, y esto te lo estoy diciendo en plan confidencial, porque todavía no estoy convencido de que el cuerpo del joven no se halle en el fondo del lago. Pero todo parece muy sospechoso, Orville. Ha habido por lo menos quince hombres en botes de remo todo el día de ayer y el de hoy dragando la parte sur del lago. Tengo un cierto número de muchachos haciendo sondeos aquí y allí, y el agua no tiene mayor profundidad de ocho metros en ningún sitio. Pero hasta ahora no hay ni el menor rastro de él. A ella la sacaron ayer a la una de la tarde, cuando sólo llevaban unas pocas horas dragando, y por cierto que es una muchacha preciosa, Orville, jovencísima, de unos dieciocho o veinte años, calculo yo, no más. Pero hay algunas circunstancias muy sospechosas en todo ello que me hacen pensar que no es probable que él se encuentre en el lago. En realidad, no he visto ningún caso que se parezca más a un crimen diabólico que éste.


Al decir esto empezó a buscar en el bolsillo de la derecha de su muy usado y arrugado traje de lino y sacó la carta de Roberta, que alargó a su amigo, mientras él mismo cogía una silla, que acercó a la mesa, en tanto que el fiscal del distrito procedía a la lectura.


—Bueno, esto me parece bastante sospechoso, ¿no es así? —anunció cuando hubo acabado—. Dices que todavía no le han encontrado. Bueno, ¿te has puesto ya en contacto con esta mujer para ver qué es lo que sabe?


—No, Orville, no he hecho nada de eso —contestó Heit despacio y meditativamente—. Y te diré por qué. El hecho es que decidí anoche que este caso debería tratarlo contigo antes de hacer nada. Tú sabes cómo está la situación política. Y hasta qué punto llevar bien un caso como éste afectaría a la opinión pública. Aunque yo, desde luego, opino que la política no debería mezclarse con los crímenes, sin embargo no veo ninguna razón para que no tratemos este caso de forma que nos beneficie a los dos. Por eso he pensado que convenía más que viniera antes a verte. Naturalmente, si tú quieres, Orville, seguiré adelante. Es sólo que pensé que quizá fuera mejor que tú resolvieses el caso. Tú sabes lo que eso puede significar desde el punto de vista político y yo sé que eres capaz de hacerlo, Orville.


—Gracias, Fred, gracias —replicó Mason con solemnidad, dando golpecitos en la mesa con la carta y mirando por el rabillo del ojo a su amigo—. Te agradezco mucho tu opinión y, desde luego, has trazado el mejor plan posible. ¿Estás seguro de que nadie sino tú ha visto esta carta?


—Sólo el sobre. Y éste tan sólo lo ha visto el señor Hubbard, el propietario de la fonda, y me ha dicho que la encontró en el bolsillo de la chaquetilla de la muchacha y que se hizo cargo de ella por miedo a que pudiera desaparecer o que fuera abierta antes de que yo llegase. Dice que tuvo la sensación de que había algo raro desde el momento en que se enteró de la muerte. El joven se había comportado de una manera muy extraña, a su parecer.


—Muy bien, Fred. Supongo que no habrán dicho nada de esto a ninguno de los presentes, ¿no es así? Voy a ir allí de inmediato, por supuesto. Pero, ¿qué otra cosa has descubierto, algún detalle más?


El señor Mason se mostraba ahora alerta, inquisitivo, dinámico y un tanto dictatorial

 




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en sus maneras, incluso hacia su viejo amigo.


—Muchas cosas, muchas cosas —replicó el coroner con solemnidad—. Hay unos cortes o señales sospechosos en el ojo derecho de la muchacha y encima de la sien izquierda, así como en los labios y en la nariz, como si a la pobrecilla la hubiesen golpeado con algo, una piedra o un palo o uno de los remos. No es más que una niña, Orville, si se tiene en cuenta su estatura; una niña muy bonita, pero no del todo buena, como voy a demostrarte ahora.


Al llegar a este punto el coroner se detuvo para extraer un gran pañuelo con el que se sonó ruidosamente; a continuación se alisó la barba de manera muy ceremoniosa.


—No tuve tiempo para llamar a ningún médico y, además, voy a celebrar la encuesta aquí el lunes, si puedo. He ordenado que trasladen hoy el cuerpo. Pero la prueba más sospechosa de todas las que se han reunido hasta ahora, Orville, procede del testimonio de dos hombres y un muchacho que viven en Three Mile Bay y que el jueves por la noche se dirigían a Big Bittern a pie para pescar y cazar. Le dije a Earl que tomase sus nombres y que los citase para la encuesta del lunes próximo.


Y el coroner procedió a detallar el testimonio de aquéllos acerca del encuentro accidental que habían tenido con Clyde.


—Bien, bien —exclamó el fiscal del distrito, muy interesado.


—Luego hay otra cosa, Orville —continuó el coroner—. Hice que Earl telefoneara a la gente en Three Mile Bay, al propietario del hotel de allí, así como al administrador de correos y al jefe de los municipales, pero la única persona que parece haber visto al joven es el capitán del vapor que hace el servicio entre Three Mile Bay y Sharon. Creo que conoces al individuo, el capitán Mooney. También le he encargado a Earl que lo cite. Según sus declaraciones, el viernes por la mañana, a las ocho y media, poco antes de que su barco partiera para Sharon en el primer viaje, este mismo joven, o alguien muy parecido a la descripción que poseemos, con una maleta y una gorra (tenía un sombrero de paja cuando se encontró con los tres hombres) subió a bordo, pagó el importe hasta Sharon y se bajó allí. Un tipo bien parecido, dice el capitán. Muy atildado y bien vestido, con aspecto de joven de buena sociedad y muy desenvuelto.


—Ya, ya —comentó Mason.


—También hice que Earl telefoneara a la gente de Sharon, a quienquiera que localizase, para averiguar si alguien le había visto bajar, pero cuando le dejé anoche todavía no había aparecido nadie que le recordase. Pero le dejé encargo a Earl para que telegrafiase una descripción a todos los hoteles y paradores veraniegos de los alrededores para que estén ojo avizor. Creí que aprobarías esta medida. Pero lo mejor será que me des una orden para hacerme cargo de la maleta que está en la estación de Gun Lodge. Puede contener algo importante. Iré yo mismo a recogerla. Después quiero ir a Grass Lake, a Three Mile Bay y a Sharon hoy mismo, si puedo, y ver qué más se puede descubrir. Pero me temo, Orville, que es un caso claro de asesinato. La manera en que se llevó a la joven al hotel de Grass Lake y se inscribió luego con otro nombre distinto en Big Bittern, y la forma en que hizo que ella dejara su maleta mientras él se llevaba la suya... —Meneó la cabeza con mucha solemnidad—. Ése no es el comportamiento de un joven honrado, Orville, y tú lo sabes. Lo que no puedo comprender es cómo sus padres la dejaron ir a ningún sitio con un hombre sin conocerlo a fondo.

 




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—Eso es verdad —replicó Mason con tacto, pero sintiendo una intensa curiosidad por el hecho de que al menos se había establecido en parte que la muchacha en cuestión no era tan buena como debería haber sido. ¡Adulterio! Y con algún joven de buena posición, no cabía duda, de alguna de las grandes ciudades del sur. ¡La prominencia y publicidad del caso iban a verse muy probablemente incrementadas! Al punto se levantó, muy excitado. ¡Si consiguiera prender a un criminal tan rastrero, en vista de la gran sensación que un asesinato tan brutal iba sin duda a inspirar! La convención de agosto y las designaciones de candidatos. La elección en puertas—. Bueno, que me aspen — exclamó, ya que la presencia de Heit, un hombre religioso y conservador, le impedía otra exclamación más expresiva— Creo que estamos sobre la pista de algo importante, Fred. Realmente lo creo. Me parece algo muy siniestro, un crimen horroroso. Supongo que lo primero que habrá que hacer es telefonear desde aquí y preguntar si existe una familia Alden y dónde viven exactamente. No hay más que cincuenta millas en coche, si es que las hay. Pero son unos caminos muy malos. —Luego añadió—: Esa pobre mujer. Temo la escena que va a producirse. Va a resultar muy penosa, lo sé.


Después llamó a Zillah y le pidió que comprobase si una persona llamada Titus Alden vivía cerca de Biltz. También cómo llegar hasta allí. A continuación dijo:


—Lo primero que hay que hacer es que vuelva Burton aquí —Burton era Burton Burleigh, su ayudante legal, que se había ido a pasar unas vacaciones de fin de semana— y encargarle que te suministre todo lo que necesites, Fred, en cuestión de órdenes y demás cosas, mientras yo voy a ver a esa pobre mujer. Y luego, si haces que Earl vuelva aquí y traiga esa maleta, te estaré muy agradecido. Me traeré conmigo al padre para identificar el cuerpo. Pero no digas nada en absoluto por ahora sobre la carta ni sobre mi visita a Biltz hasta más tarde. —Agarró la mano de su amigo—. Mientras tanto —prosiguió con cierta solemnidad, anticipando en aquellos momentos las grandes ocasiones que se avecinaban—, quiero darte las gracias, Fred. Lo hago de todo corazón y te aseguro que nunca lo olvidaré. Tú sabes que es así, ¿no es verdad? —Miró a los ojos de su amigo—. Esto puede resultar mucho más provechoso de lo que creemos. Parece que será el caso más grande y más importante de todos cuantos hemos tenido durante mi mandato, y si podemos resolverlo con rapidez, antes de que se celebren las elecciones, puede favorecernos mucho, ¿no te parece?


—Completamente de acuerdo, Orville, completamente —comentó Fred Heit— No es que yo crea, como dije antes, que debamos mezclar la política con una cosa como ésta, pero puesto que las circunstancias se han puesto así... —Se detuvo en actitud meditativa.


—Y entretanto —continuó el fiscal del distrito—, si conseguimos que Earl saque algunas fotos o croquis de la posición exacta que ocupaban el bote, los remos y el sombrero cuando fueron hallados, así como indicar el lugar donde se encontró el cuerpo, y citar a todos los testigos que puedas, yo me ocuparé de que se reúnan todos los comprobantes en la intervención. Y mañana o el lunes los recogería para servirme de ellos en todo lo que fuese necesario.


Al decir esto agarró la mano derecha de Heit y le dio unas palmaditas en el hombro. Y Heit, muy complacido por aquellas demostraciones tan efusivas, y por tanto esperanzadoras para el futuro, recogió su lúgubre sombrero de paja y, abotonándose la delgada y deslucida chaqueta, regresó a su despacho para ponerse en contacto con su fiel

 




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Earl por teléfono e instruirle sobre lo que tenía que hacer, así como anunciarle que él mismo iba a regresar al escenario del crimen.




CAPÍTULO 4


Orville Mason simpatizó de inmediato con una familia que a simple vista le causó la impresión de que quizá había, como él mismo, sufrido los latigazos, desprecios y contratiempos de la vida. Cuando llegó en su coche oficial desde Bridgeburg, a eso de las cuatro de la tarde de aquel sábado, vio la vieja y ruinosa casa de campo y a Titus Alden en persona en mangas de camisa y chaleco saliendo de una porqueriza al pie de la colina, sugiriendo con su rostro y con su cuerpo la idea de un hombre que en todo momento se siente abrumado por la pobreza. Y entonces Mason lamentó no haber telefoneado antes de salir de Bridgeburg, porque ahora podía apreciar que la noticia de la muerte de su hija iba a impresionar a este hombre de una manera terrible. Al mismo tiempo, Titus, al advertirlo y suponer que pudiera tratarse de alguien extraviado, se le acercó con cortesía.


—¿Es aquí donde vive el señor Titus Alden?

—Sí, señor, ése es mi nombre.


—Señor Alden, me llamo Mason. Soy de Bridgeburg, fiscal del distrito del condado de Cataraqui.


—Sí, señor —replicó Titus, preguntándose por qué extraña circunstancia el fiscal del distrito de un condado tan distante tendría que acercársele y preguntar por él. Y Mason miró entonces a Titus, no sabiendo cómo empezar. La amargura de la noticia que tenía que comunicar, el poder abrumador de la misma sobre un alma tan débil e inadaptada. Se habían detenido bajo uno de los grandes y oscuros abetos del frente de la casa. El viento susurraba en sus agujas un murmullo viejo como el mundo.


—Señor Alden —empezó Mason, con más solemnidad y delicadeza de las que ordinariamente le caracterizaban—, ¿es usted padre de una muchacha llamada Bert, o Alberta, no es así? No estoy seguro de emplear el nombre correcto.


—Roberta —corrigió Titus Alden, con una sensación desagradable que le sobrecogió en el momento de hablar.


Y Mason, antes de hacer imposible, probablemente, que este hombre le informara de manera coherente acerca de todo lo que deseaba saber, empezó por preguntar:


—A propósito, ¿conoce usted por casualidad a un joven de estos alrededores llamado Clifford Golden?


—No recuerdo haber oído hablar nunca de semejante persona —repitió Titus con lentitud.


—¿O a un tal Carl Graham?

—No, señor. Tampoco hay nadie de ese nombre que yo recuerde.


—Ya me lo imaginaba —exclamó Mason, más para sí mismo que para Titus— A propósito —continuó en forma astuta y autoritaria—, ¿dónde está ahora su hija?


—¿Cómo? Actualmente está en Lycurgus. Trabaja allí. Pero, ¿por qué pregunta usted eso? ¿Ha hecho algo que no debiera? ¿Ha ido a verle a usted por algo?


Esbozó una difícil sonrisa, mientras sus ojos, de un gris azulado, empezaban a

 




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perturbarse por las desconcertantes preguntas.


—Un momento, señor Alden —prosiguió Mason con suavidad, pero al mismo tiempo con mucha firmeza y efectividad—. Se lo explicaré todo dentro de un momento. Pero ahora quiero hacerle unas preguntas. —Y miró a Titus con seriedad y simpatía—. ¿Cuánto tiempo hace que vio a su hija por última vez?


—Pues salió de aquí el martes por la mañana de regreso para Lycurgus. Trabaja allí en la compañía Griffiths de cuellos y camisas. ¿Pero...?


—Un momento más —insistió el fiscal del distrito imperativamente—, se lo explicaré todo dentro de un momento. Estuvo aquí el fin de semana, probablemente. ¿No es eso?


—Estuvo aquí a pasar unas vacaciones durante un mes poco más o menos —explicó Titus lenta y meticulosamente—. No se sentía muy bien y se vino a casa a descansar un poco. Pero estaba bien cuando se marchó. No irá usted a decirme, señor Mason, que le ha pasado algo, ¿verdad? —Alzó una mano larga y morena hasta su mentón y mejilla en un gesto nervioso—. Si supiera que le ha pasado algo... —Se pasó la mano por su ralo cabello grisáceo.


—¿No ha tenido usted noticias de ella desde que se marchó? —prosiguió Mason con placidez, dispuesto a extraer toda la información posible antes de asestar el gran golpe—. ¿Alguna noticia de que fuera a ir a algún sitio o que iba a regresar aquí?


—No, señor, no sabemos nada. No estará herida, ¿verdad? Ni habrá hecho nada que la haya puesto en un apuro. Pero no, eso no puede ser. ¡Pero esas preguntas! La forma que tiene usted de hablar...


Estaba ahora temblando ligeramente, y su mano, que buscaba sus labios pálidos y delgados, jugaba visiblemente y sin motivo alrededor de la boca. Pero en lugar de contestarle, el fiscal del distrito extrajo de su bolsillo la carta de Roberta a su madre, y enseñando sólo la escritura del sobre preguntó:


—¿Es ésta la letra de su hija?


—Sí, señor, ésa es su letra —replicó Titus alzando la voz ligeramente— Pero, ¿qué es esto, señor fiscal? ¿Cómo está en su poder? ¿Qué ocurre? —Cruzó las manos nerviosamente, pues en los ojos de Mason presintió ahora la tragedia de alguna manera—. ¿Qué, qué es lo que... ha escrito Roberta en esa carta? ¡Tiene usted que decirme si le ha pasado algo a mi hija!


Empezó a mirar nerviosamente en torno, excitado, como si tuviera la intención de entrar en la casa en busca de ayuda, comunicar a su esposa el espanto que se le estaba viniendo encima, mientras que Mason, viendo la angustia en que le había sumido, le agarró con fuerza pero con habilidad por el brazo y empezó a decirle:


—Señor Alden, ésta es una de esas horas negras en las vidas de algunos de nosotros en que se necesita echar mano de todo el valor de que podemos disponer. Vacilaba en decírselo porque soy un hombre que he visto algo de la vida y sé cómo va a sufrir usted.


—¡Está herida! ¡Está muerta, quizá! —exclamó Titus, casi a gritos, dilatándosele las pupilas.


Orville Mason asintió.


—¡Roberta! ¡Mi primogénita! ¡Dios mío! ¡Padre celestial! —Su cuerpo se dobló como si hubiese recibido un golpe y se apoyó para mantenerse en pie contra un árbol próximo— Pero, ¿cómo? ¿Dónde? ¿En la fábrica con una máquina? ¡Oh, Dios santo!

 




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Se volvió como si fuera a ir en busca de su esposa, mientras que el fiscal del distrito trataba de contenerle.


—Un momento, señor Alden, un momento. No debe usted ir a buscar a su esposa todavía. Comprendo que esto es muy duro y terrible, pero déjeme explicarle. No ha sido en Lycurgus. No ha sido con ninguna máquina. ¡No! ¡No! ¡Ahogada! En Big Bittern! Estuvo allí de excursión el jueves, ¿comprende usted? ¿Me oye? El jueves. Se ahogó en Big Bittern el jueves en un bote. Volcó.


Los gestos excitados y las palabras de Titus en este momento perturbaron hasta tal punto al fiscal del distrito, que se vio incapaz de explicar con la calma que le hubiese gustado el proceso de la muerte. Desde el momento en que la muerte de Roberta había sido mencionada por Mason, el estado mental de Alden fue el de un loco. Después de sus primeras peticiones empezó a exhalar una serie de gruñidos animalescos como si le estuvieran sacando el resuello del cuerpo. Al mismo tiempo se inclinaba abrumado por la pena, luego se golpeaba las manos y se mesaba los cabellos.


—¡Mi Roberta! ¡Mi hija! ¡Oh, no, no, Roberta! ¡Oh, Dios mío! ¡Ahogada! No puede ser. Y su madre que estaba hablando de ella no hace ni una hora. Esto será su muerte cuando se entere y me matará a mí también. Sí, me matará. Oh, mi pobre, mi querida niña. ¡Mi encanto! No soy lo bastante fuerte para resistir esto, señor fiscal.


Se apoyó pesada y desmadejadamente en los brazos de Mason, que lo sostuvo lo mejor que pudo. Luego, al cabo de un momento, se volvió hacia la puerta principal de la casa de una manera alelada y errática mirándola como pudiera hacerlo un loco.


—¿Quién va a decírselo? —preguntaba—. ¿Cómo decírselo?


—Pero, señor Alden —le consolaba Masón—, por su propio bien, por el bien de su esposa, tengo que pedirle ahora que se calme y que me ayude a considerar este asunto tan seriamente como lo haría usted si no se tratara de su hija. Hay mucho más de lo que le he dicho. Pero tiene usted que conservar la calma. Debe permitirme que le explique. Todo esto es terrible y comprendo su dolor a la perfección. Sé lo que significa. Pero hay algunos hechos penosos y espantosos que usted tiene que conocer. Escuche. Escuche.


Y entonces, todavía agarrando a Titus por el brazo, procedió a explicarle tan rápida y convincentemente como le fue posible los varios hechos y sospechas adicionales en relación con la muerte de Roberta, dándole al fin la carta para que la leyera, y para resumir dijo:


—¡Un crimen! ¡Un crimen, señor Alden! Eso es lo que pensamos en Bridgeburg, o al menos lo que tememos; un crimen evidente, un asesinato, señor Alden, para emplear la fría y dura palabra. —Hizo una pausa, mientras Alden, impresionado por la noción de crimen, miraba como una persona que no comprendiera bien. Y, mientras miraba muy fijo, Mason continuaba—: Y aunque respeto muchísimo sus sentimientos, con todo, como representante máximo de la ley en mi condado, he comprendido que era mi deber personal venir hoy aquí con objeto de descubrir si hay algo que usted o su esposa o alguien de su familia sepa con respecto a ese Clifford Golden o Carl Graham, o quienquiera que sea el que haya engañado a su hija atrayéndola a ese lago solitario. Y aunque comprendo su horrible sufrimiento ahora, señor Alden, mantengo que es y debe ser deseo y obligación de usted ayudarnos a aclarar el asunto. Esta carta que le he enseñado parece indicar que su esposa por lo menos está enterada de algo referente a este

 




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individuo, su nombre en todo caso. —Y dio unos golpecitos a la carta de manera enfática y significativa.


En el momento en que el elemento de violencia y de maldad contra su hija se unió al de la amarga pérdida, hubo suficiente instinto animal, así como curiosidad, resentimiento y amor a la caza inherente en Titus como para hacerle recobrar el equilibrio y prestar oído solemne y silenciosamente a lo que el fiscal del distrito estaba diciendo. Su hija no sólo ahogada, sino asesinada, ¡y por el mismo joven con quien, según la carta, ella tenía intenciones de casarse! ¡Y él, su padre, sin tener la menor idea de su existencia! Qué extraño que su esposa lo supiera y él no. Y que Roberta no quisiera que él lo supiera.


E inmediatamente, a causa en su mayor parte de la religión, de las convenciones y de una desconfianza rural muy extendida contra toda vida urbana y contra el misterio y perversidad de sus caminos tortuosos, surgió en su mente la idea de un seductor de ciudad, algún joven rico probablemente, al que Roberta habría conocido desde que fue a Lycurgus y que habría podido seducirla con una promesa de matrimonio que de ninguna manera estaba dispuesto a cumplir. Y entonces se inflamó en su mente un deseo terrible e incontrolable de venganza contra aquel que pudo planear un crimen tan horrible como éste contra su hija. ¡El canalla! ¡El raptor! ¡El asesino!


Él y su esposa habían estado creyendo que Roberta estaba pacífica y felizmente abriéndose un camino duro y honrado en Lycurgus con objeto de ayudarles a ellos y a sí misma. Y desde el jueves por la tarde su cuerpo había permanecido muerto bajo las aguas de aquel lago. Y ellos durmiendo en sus camas, o paseando en total ignorancia de su espantoso fin. Y ahora su cuerpo yacía en alguna habitación extraña o en un depósito, sin ser contemplado ni atendido por nadie que la quisiera, para ser trasladado a Bridgeburg por fríos e indiferentes empleados públicos.


—Si hay un Dios —exclamó excitadamente—, no permitirá que un canalla semejante quede sin castigo. ¡Oh, no, Él no lo consentirá! «Pero he de ver —citó de pronto— los hijos de los justos abandonados y su prole mendigando un pedazo de pan.» —Al mismo tiem-po, sintiéndose dominado por una frenética necesidad de acción, añadió—: Tengo que hablarle a mi mujer ahora mismo. Sí, no tengo más remedio. No, no, usted espérese aquí. Tengo que decírselo a ella primero, yo solo. Volveré en seguida, volveré. Usted espere aquí. Sé que esto la matará. Pero tiene que saberlo. Quizá pueda decirnos quién es y entonces podamos cogerle antes de que se escape demasiado lejos. Pero, ¡oh, mi pobre niña! ¡Mi pobre y querida Roberta! ¡Mi buena hija, tan fiel, tan cariñosa!


Y así, hablando como un sonámbulo, con los ojos y el rostro expresando sólo a medias un dolor de persona cuerda, se volvió dando tumbos como un autómata hacia aquella parte de la casa donde él sabía que la señora Alden estaba preparando algunos platos extra para el día siguiente, que era domingo. Pero una vez allí se detuvo en el umbral sin tener el valor para seguir. ¡Expresión viviente del hombre que lleva en sí todo el pathos de la humanidad indefensa frente a las implacables, inexplicables e indiferentes fuerzas de la vida!


La señora Alden se volvió, y a la vista de su expresión extenuada, dejó caer sus manos inertes. El mensaje de los ojos de su marido disipó de inmediato la expresión sencilla, cansada y pacífica que había en los suyos.


—¡Titus! ¡Por el amor de Dios! ¿Qué pasa?

 




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Manos alzadas, boca entreabierta, una tensión funambulesca, excéntrica e incalculada y luego dilatación de las pupilas, y luego la palabra: «¡Roberta!».


—¿Qué le ha pasado? ¿Qué le ha pasado? Titus, ¿qué le ha pasado?

Silencio. Más contracciones nerviosas de la boca, de los ojos, de las manos. Luego...


—¡Muerta! ¡Se ha... se ha ahogado! —seguido por un total derrumbamiento en un banco que estaba al lado de la puerta. La señora Alden miró con fijeza por un momento, sin comprender del todo al principio, y a continuación, al asimilar las palabras de su esposo, cayó al suelo pesadamente sin pronunciar una sola palabra. Y Titus se quedó mirándola y moviendo la cabeza como si dijera: «Muy bien. Así tenía que ser. Momentáneo escape para ella de la contemplación de hecho tan horrible». Y luego se levantó lentamente, fue hacia ella y se arrodilló a su lado, estirándola a todo lo largo. Luego fue lentamente hacia la puerta dando un rodeo para llegar hasta el frente de la casa, donde Orville Mason estaba sentado en los rotos escalones, reflexionando especulativamente, junto con el sol de la tarde en el oeste, sobre el dolor que este solitario e incompetente granjero estaba transmitiéndole a su esposa. Y deseó entonces que pudiese ser de otra manera, que tal suceso, por provechoso que resultase para él mismo, no hubiera tenido lugar.


Pero ahora, a la vista de Titus Alden, dio un salto y precedió a la figura esquelética del anciano dentro de la casa. Y encontrando a la señora Alden, tan pequeña casi como su hija, e igual de pálida y quieta, la cogió en sus fuertes brazos y la llevó, atravesando el comedor, hasta el diván de la sala de estar, donde la colocó. Y allí, después de tomarle el pulso y de precipitarse en busca de un poco de agua, no dejaba de buscar a alguien, un hijo, una hija, un vecino, alguien. Pero no viendo a nadie, volvió con el agua para rociarle un poco la cara y las manos.


—¿Hay algún médico por aquí cerca? —le dijo a Titus, que se había arrodillado junto a su esposa.


—En Biltz, sí, el doctor Crane.

—¿Tiene usted o alguien de por aquí un teléfono?


—El señor Wilcox. —Señaló en dirección de la casa de Wilcox, cuyo teléfono había usado Roberta hacía tan poco tiempo.


—Quédese usted cuidándola. Volveré.


Tras lo cual salió de la casa a llamar a Crane o a cualquier otro médico, y luego volvió a toda prisa con la señora Wilcox y su hija.


Y luego esperó hasta que fueron llegando los vecinos y por fin el doctor Crane, con el que deliberó acerca de la conveniencia de seguir tratando con la señora Alden sobre el crimen que le había traído aquí. Y el doctor Crane, muy impresionado por las maneras legales y solemnes del señor Mason, admitió que eso sería lo mejor.


Al cabo de un rato la señora Alden, tratada con heroína y condolida por todos los presentes, estuvo en condiciones para oír en primer lugar cuáles habían sido las circunstancias; luego fue preguntada acerca de la identidad del desconocido mencionado en la carta de Roberta. La única persona a la que la señora Alden podía recordar mencionada por Roberta, y eso únicamente una vez antes de Navidad, era Clyde Griffiths, sobrino del acaudalado Samuel Griffiths de Lycurgus, y jefe del departamento en el que Roberta trabajaba.

 




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Pero esto en sí mismo, como Mason y también los Alden comprendieron en seguida, era algo que seguramente no podía tomarse en el sentido de que el sobrino de un hombre tan importante pudiera ser acusado del asesinato de Roberta. ¡Riqueza! ¡Posición! Realmente, en vista de una acusación de esa índole, Mason se sintió inclinado a detenerse y reflexionar. Pues la diferencia social entre este hombre y la muchacha, según el punto de vista del fiscal, era demasiado grande. Pero precisamente podía tratarse de eso. ¿Por qué no? ¿No era probable que un joven de una posición desahogada cortejase de una manera ligera y secreta a una muchacha que, como Roberta, era atractiva y bonita según decía Heit? ¿No trabajaba ella en la fábrica de su tío? ¿Y no era pobre? Además, como Fred Heit había explicado, quienquiera que hubiera estado con la muchacha en el momento de su muerte, ella no había vacilado en vivir con él antes de casarse. ¿Y no era ésa una actitud característica de un joven rico y corrompido hacia una muchacha humilde? A causa de sus primeros fracasos cuando trataba de establecerse, la idea no dejaba de parecerle acertada. ¡Los malvados ricos! ¡Los ricos indiferentes! Y aquí estaban la madre y el padre creyendo con la mayor firmeza en la inocencia y virtud de la muchacha.


Posteriores preguntas a la señora Alden sólo pusieron de manifiesto que nunca había visto al mencionado joven y que nunca había oído hablar de ningún otro. El único dato adicional que ella o su marido podían suministrar era que durante su última estancia en casa durante un mes, Roberta no se había sentido bien en absoluto, sino que había vagado quejosa por toda la casa y descansado mucho tiempo. También que había escrito cierto número de cartas que había entregado al cartero o que había depositado en el buzón del cruce de carreteras. Ni el señor ni la señora Alden sabían a quién estaban dirigidas, aunque el cartero probablemente lo sabría, como Mason pensó con rapidez. También que durante este período había estado ocupada haciéndose algunos vestidos, por lo menos cuatro. Y que durante la mayor parte de su estancia había recibido un cierto número de llamadas telefónicas de un tal Baker, como Titus le había oído decir al señor Wilcox. Asimismo, que al marcharse, sólo se había llevado el equipaje que podía transportar por sí misma: su pequeño baúl-maleta y su maletín. El baúl lo había facturado en la estación, pero adonde, si no era a Lycurgus, Titus no podía saberlo.


Pero ahora, en el momento en que estaba concediendo gran importancia al nombre de Baker, penetró en la mente de Mason la coincidencia de «¡Clifford Golden! ¡Cari Graham! ¡Clyde Griffiths!» e inmediatamente la identidad de las iniciales, así como la relativa eufonía de los nombres le dieron que pensar. Una coincidencia asombrosa, verdaderamente, si este Clyde Griffiths no tenía nada que ver con el crimen. Inmediatamente sintió ansias de ir en busca del cartero y preguntarle.


Pero puesto que Titus Alden era importante no sólo como testigo para identificar el cuerpo de Roberta y el contenido del maletín dejado por ella en Gun Lodge, sino también para persuadir al cartero de que hablase con toda libertad, le pidió que se vistiese y le acompañase, asegurándole que le permitiría regresar al día siguiente.


Después de advertir a la señora Alden que no hablase con nadie sobre el asunto, se dirigió a la oficina de correos para preguntar al cartero. Dicho individuo, una vez localizado, al ser requerido para declarar, en presencia de Titus que estaba al lado del fiscal del distrito como un cadáver galvanizado, recordó, no sólo que había habido unas cuantas cartas, no menos de doce o incluso quince, que le habían sido entregadas por

 




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Roberta durante su reciente estancia, sino que todas ellas estaban destinadas a alguien de Lycurgus de nombre, a ver si recordaba, Clyde Griffiths, seguro, dirigidas todas a Lista de Correos. A continuación el fiscal del distrito procedió a acompañarle al despacho de un notario local donde fue hecha una declaración en regla, después de lo cual fue a su propia oficina, y al enterarse de que el cuerpo de Roberta había sido llevado a Bridgeburg, condujo hacia allá lo más velozmente que pudo. Y una vez en presencia del cuerpo, junto con Titus, Burton Burleigh, Heit y Earl Newcomb, pudo establecer definitivamente, mientras Titus, medio enloquecido, contemplaba los rasgos de su hija, primero que verdaderamente era Roberta Alden y después que no era del tipo de muchachas que se prestan con frivolidad a la clase de relaciones sugeridas por el registro del hotel de Grass Lake. Decidió rotundamente que no. Este era un caso de vil y perversa seducción así como de asesinato. ¡Oh, el canalla! Más que canalla todavía. El valor político del asunto se vio casi oscurecido por un vivo resentimiento social contra los hombres de fortuna en general.


Pero este contacto particular con la muerta, realizado a las diez de la noche en la sala de recepción de los hermanos Lutz, propietarios de pompas fúnebres, y con Titus Alden de rodillas al lado de su hija, cuyas pequeñas y frías manos llevaba emocionadamente a sus labios, constituía un espectáculo que no auguraba una opinión imparcial en el aspecto legal. Los ojos de todos los circunstantes estaban llenos de lágrimas.


Y entonces Titus Alden insertó una nota nueva y muy dramática en la situación. Porque, mientras los hermanos Lutz, con tres de sus amigos, miraban consternados entre las cabezas de los demás curiosos, de pronto se levantó y dirigiéndose salvajemente hacia Mason, exclamó:


—Quiero que descubra usted al miserable que ha hecho esto, señor fiscal. Quiero que se le haga sufrir lo mismo que esta niña pura y buena ha sufrido. Ha sido asesinada; eso es todo. Nadie sino un asesino llevaría a una muchacha a un lago como aquél y la golpearía como todo el mundo puede ver que ha sido golpeada. —Señalaba con el brazo a su hija muerta—. No tengo dinero para perseguir a un canalla semejante. Pero trabajaré. Venderé mi granja.


Su voz se rompió y pareció como si fuera a desplomarse al suelo, cuando se volvió de nuevo hacia Roberta. Y entonces Orville Mason, conmovido por el dolor, pero también por el espíritu de venganza de este padre, se adelantó para exclamar:


—Cálmese usted, señor Alden. Sabemos que ésta es su hija. Pongo a todos estos caballeros como testigos de su identificación. Y si se prueba que su hija fue asesinada como parece, le prometo a usted, señor Alden, como fiscal de distrito de este condado, que por mi parte no se ahorrará ni tiempo ni dinero ni energía en perseguir al canalla y traerle delante a las autoridades correspondientes. Si la justicia del condado de Cataraqui es lo que yo creo que es, puede usted dejar la decisión a cualquier jurado que pueda convocar nuestra audiencia. Y tampoco tendrá usted que vender su granja.


El señor Mason, a causa de su profunda, aunque repentina, emoción, así como por la presencia del estremecido auditorio, estaba en uno de sus momentos oratorios más contundentes y conmovedores.


Y uno de los hermanos Lutz, Ed, encargado de todos los negocios del coroner del condado, exclamó:


—Ésa es la cuestión, Orville. Tú eres la clase de fiscal de distrito que a nosotros nos

 




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agrada.

Everett Beeker exclamó entonces:


—Manos a la obra, señor Mason. Estaremos con usted como un solo hombre cuando llegue el momento.


Y Fred Heit, así como su ayudante, conmovidos por la pose dramática de Mason, por su aspecto pintoresco e incluso heroico en aquel momento, se le unieron más estrechamente, Heit tomó la mano de su amigo, y Earl exclamó:


—Más poder para usted, señor Mason. Haremos todo lo que podamos, esté seguro. Y no se olvide de que la maleta que ella dejó en Gun Lodge está ahora en su oficina. Se la di a Burton hace dos horas.


—Eso está bien. Casi me había olvidado —exclamó Mason con mucha calma y un gran sentido práctico en aquellos momentos, habiéndose disipado en su mente el estallido anterior de emoción y oratoria, mezclado con una aprobación que hasta entonces no había experimentado en ningún caso a su cargo.




CAPÍTULO 5


Cuando se dirigió a su oficina, acompañado por Alden y por los funcionarios que intervenían en el caso, su mente no dejaba de darle vueltas al motivo de este crimen odioso. ¿Cuál sería el motivo? A causa de las privaciones sexuales de su juventud, su mente tendía continuamente a volver sobre esto. Y meditando sobre la belleza y encanto de Roberta, en contraste con su pobreza y su educación moral y religiosa, se sentía convencido de que con toda probabilidad este hombre o muchacho, quienquiera que fuese, la había seducido y más tarde, tras cansarse de ella, había elegido este medio para quitársela de encima, este engañoso y mortal viaje de bodas al lago. E inmediatamente concibió un enorme odio personal contra el hombre. ¡El malvado rico! ¡El rico ocioso! El perverso y ruin rico, como este joven Clyde Griffiths. Si lograra cogerlo...


Al mismo tiempo se le ocurrió de pronto que a causa de las circunstancias peculiares que envolvían el caso, si la muchacha estuvo cohabitando con un hombre, muy bien pudiera ser que estuviese embarazada. E inmediatamente esta sospecha fue suficiente, no sólo para despertar su curiosidad en cuanto a todos los detalles que habían conducido a tal situación, sino también para hacerle sentir gran ansia de establecer por sí mismo si sus sospechas eran verdaderas. Al instante comenzó a pensar en un doctor adecuado para realizar una autopsia, si no aquí, en Utica o en Albany, así como también en comunicar sus sospechas a Heit sobre el asunto, y de que se aclarara no sólo esto, sino la importancia de los golpes que tenía en la cara.


Con respecto a la maleta y a su contenido, que era el asunto inmediato que tenía por delante, fue lo bastante afortunado para encontrar unas pruebas de la mayor importancia. Pues, aparte de los vestidos y sombreros hechos por Roberta, su ropa interior, un par de ligas de seda compradas en la casa Braunstein de Lycurgus y todavía en su caja original, estaba el neceser que Clyde le había regalado las pasadas Navidades. Y en él la pequeña tarjeta blanca, en la que Clyde había escrito: «Para Bert, de Clyde. Felices Navidades». Pero ningún apellido. Y la caligrafía era un garabato precipitado, puesto que había sido

 




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escrito en la época en que Clyde estaba ansioso por hallarse lejos de ella.


Inmediatamente a Mason se le ocurrió que era muy extraño que la presencia de este neceser en la maleta, junto con la tarjeta, no fuese conocida por el asesino. Pero si así era, y no había retirado la tarjeta, ¿podía concebirse que el propio Clyde fuera el criminal? ¿Dejaría un hombre que pensaba cometer un asesinato una tarjeta como ésta con su propia escritura en ella? ¿Qué clase de conspirador y homicida era éste? Inmediatamente después pensó: «Supongamos que la presencia de la tarjeta pudiera ser ocultada hasta el día del juicio y luego exhibida de pronto, en caso de que el criminal negase que había tenido cualquier intimidad con la muchacha o que le hubiese dado ningún neceser...». Por lo pronto tomó la tarjeta y se la guardó en el bolsillo, pero no antes de que Earl Newcomb, que la había estado mirando cuidadosamente, observase:


—No estoy seguro, señor Mason, pero me parece la misma letra del registro de la fonda de Big Bittern.


Mason replicó:

—Bueno, no se tardará mucho en comprobarlo.


Después le dijo a Heit que le siguiera a la habitación contigua, donde a solas con él, libre de la observación y de los oídos de los otros, empezó a decir:


—Bueno, Fred, es como tú pensabas. Ella sabía con quién iba. —Se estaba refiriendo a su propio parecer por teléfono desde Biltz de que la señora Alden había identificado al criminal—. Pero no lo podrías adivinar en mil años, a menos que yo te lo dijese.


Se inclinó hacia delante y miró a Heit con astucia.

—No lo dudo, Orville. No tengo la menor idea.

—Bueno, ¿tú has oído hablar de Griffiths y Cía., de Lycurgus?

—¿No será la gente de la fábrica de cuellos?


—Sí, esos mismos.


—¡No será el hijo! —Los ojos de Fred Heit se abrieron como nunca lo habían hecho durante años. Su mano ancha y morena asió el extremo de su barba.


—No, el hijo no. ¡Un sobrino!

—¡Sobrino! ¿De Samuel Griffiths? ¡No puede ser!


El anciano coroner, moralista, religioso, político y comerciante se mesó nuevamente la barba y se quedó mirando muy fijo.


—Los hechos parecen apuntar en esa dirección, Fred, al menos por ahora. A pesar de todo voy a ir allí esta noche, y mañana espero saber muchísimo más. Pero los Alden son el tipo de familia rural más mísera, ya sabes. La muchacha trabajaba para Griffiths y Cía. en Lycurgus y este sobrino, Clyde Griffiths, según he podido enterarme, está a cargo del departamento en que ella se hallaba.


—¡Xst! ¡Tst! ¡Tst! —interpoló el coroner.


—Ella estuvo en su casa durante un mes, enferma —dijo recalcando la palabra—, justo antes de emprender este viaje el pasado martes. Y durante todo ese tiempo le escribió por lo menos diez cartas, quizá más. Estoy enterado de eso por el cartero rural. Tengo aquí su declaración. Todas dirigidas a Clyde Griffiths en Lycurgus. Ya tengo el número de la casa. Y el nombre de la familia con la que vive. Telefoneé desde Biltz. Voy a llevarme al viejo conmigo por si surge algo de lo que él pueda estar enterado.


—Sí, sí, Orville. Comprendo. Ya veo. ¡Pero un Griffiths!

 




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Y una vez más restalló la lengua.


—Pero quiero hablarte sobre la encuesta —siguió diciendo Mason rápida y contundentemente—. He estado pensando que no podía ser sólo por no quererse casar con ella por lo que la mató. Eso no me parece razonable. —Y añadió la mayor parte de los pensamientos que le habían hecho llegar a la conclusión de que Roberta debía de estar embarazada. Al momento, Heit se mostró de acuerdo con él.


—Bueno, eso hace necesaria la autopsia —resumió Masón—, así como opinión médica en cuanto a esas heridas. Tenemos que saberlo todo sin una sombra de duda, Fred, y antes de que el cuerpo sea retirado, hay que determinar si la muchacha fue muerta antes de ser lanzada del bote, o sólo aturdida y luego lanzada, o el bote volcado. Eso es vital para el caso, como tú sabes. No podremos hacer nada a menos que estemos muy seguros sobre estos extremos. Pero, ¿cómo son los médicos de por aquí? ¿Crees que podrán establecer todos estos puntos de tal manera que luego no tengan que desdecirse ante el tribunal?


Mason se mostraba dudoso. Ya estaba construyendo su caso.


—Bueno, en cuanto a eso, Orville —replicó Heit con lentitud—, no puedo contestarte con exactitud. Quizá tú puedes juzgar mejor que yo. Ya le he pedido al doctor Mitchell que venga mañana y eche una ojeada, y también a Betts. Pero si hay algún otro doctor que tú prefieras: Bavo o Lincoln o Coldwater... ¿Qué te parece Bavo?


—Prefiero a Webster, de Utica —prosiguió Masón—, o a Beemis, o a ambos. Cuatro o cinco opiniones en un caso como éste no serán demasiadas.


Y Heit, comprendiendo la importancia de la gran responsabilidad que ahora pesaba sobre él, añadió:


—Bueno, creo que tienes razón, Orville. Quizá cuatro o cinco sean mejor que uno o dos. Pero eso significa que la encuesta deberá ser aplazada un día o dos más hasta que todos esos hombres estén aquí.


—¡Exactamente! ¡Exactamente! —continuó Mason—. Y además también resultará muy conveniente en vista de que esta noche voy a ir a Lycurgus a ver qué averiguo. Nunca se sabe. Puede que lo atrape. Espero conseguir por lo menos alguna pista. Porque va a ser un asunto grave, Fred. Va a ser el caso más difícil que haya tenido nunca en mi carrera, y tú en la tuya, y hemos de andar con mucho cuidado en todo lo que hacemos. Lo más probable es que sea rico, y tratará de luchar. Además tiene familia para respaldarlo.


Se pasó una mano nerviosa por los cabellos, y luego añadió:


—Bueno, esto está ya. Ahora lo primero que hay que hacer es avisar a Beemis y a Webster de Utica, mejor telegrafiarles esta noche o hablarles por teléfono. Y a Sprull de Albany, y luego, para estar a bien con la gente de aquí, también convendría llamar a Lincoln y a Betts. Y quizá a Bavo. —Se permitió la sombra más leve de una sonrisa—. Mientras tanto voy a salir, Fred. Arregla las cosas para que estén aquí el lunes o el martes en lugar de mañana. Espero estar de vuelta entonces y si es así podré acompañarte. Si puedes, mejor que los tengas aquí el lunes, cuanto antes mejor, y ya veremos qué nos aclaran.


Se dirigió a un cajón del que extrajo unos cuantos mandamientos extraordinarios. Y luego a la habitación exterior para explicarle a Alden el viaje que tenían en perspectiva. Burleigh llamó a su esposa, a la que explicó la naturaleza de su trabajo y la prisa que le

 




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corría: no podría estar de vuelta antes del lunes.


Durante todo el camino a Utica, adonde tardaron tres horas en llegar, así como durante la espera de una hora para poder coger el tren hacia Lycurgus, y durante la hora y veinte de aquel viaje, que terminó cerca de las siete, Orville Mason estuvo ocupado extrayendo del agotado Titus todo lo que pudo referente a su humilde pasado y al de Roberta; en cuanto a esta última, su generosidad, lealtad, virtud, dulzura de corazón, y los lugares y condiciones en que previamente había trabajado, y lo que ella le había ido mandando, y lo que había hecho con el dinero. Una humilde historia que él podía apreciar cumplidamente.


Llegado a Lycurgus, con Titus a su lado, se dirigió con la mayor rapidez al hotel, donde tomó una habitación para el anciano con objeto de que pudiera descansar. Y después fue al despacho del fiscal del distrito local, del que tenía que obtener autorización para proceder, así como la ayuda de un funcionario que siguiese sus instrucciones. Una vez le proporcionaron un detective vestido de paisano, se dirigió a la habitación de Clyde en la calle Taylor, sin grandes esperanzas de encontrarlo allí. Pero la señora Peyton apareció y anunció que Clyde vivía en la casa, pero que ahora estaba ausente, pues el martes se había ido a visitar a algunos amigos del lago Twelfth, según creía. Entonces Mason se vio desagradablemente obligado a anunciar, primero que era el fiscal del distrito del condado de Cataraqui, y, además, que a causa de ciertas circunstancias sospechosas en relación con la muerte de una muchacha en Big Bittern, tenía que entrar en la habitación de Clyde, declaración que de tal manera asombró a la señora Peyton que no tuvo más remedio que retroceder, con una expresión que era una mezcla de sorpresa, horror e incredulidad extendiéndose por todo su rostro.


—¡No puede ser el señor Clyde Griffiths! ¡Qué ridiculez! Si es el sobrino del señor Samuel Griffiths y muy conocido aquí. Estoy segura de que pueden informarle de todo en la residencia familiar, si es que quieren saber algo. Pero una cosa así es imposible.


Y miraba tanto a Mason como al detective local, que ya estaba enseñando su insignia oficial, como si dudase de su autoridad y honradez.


Al mismo tiempo, el detective, ya familiarizado con circunstancias parecidas, se había colocado al pie de la escalera que conducía al piso de arriba. Y Mason sacó del bolsillo una orden de registro, de la que había tenido la precaución de proveerse.


—Lo siento, señora, pero me veo obligado a pedirle que nos enseñe la habitación de ese señor. Esto es una orden de registro y este funcionario está aquí a mis órdenes.


E inmediatamente, convencida de la inutilidad de discutir con la ley, la mujer indicó nerviosamente la habitación de Clyde, sin dejar de pensar que se estaba cometiendo un error monstruoso, muy desagradable e insultante.


Una vez en la habitación de Clyde, empezaron a mirar aquí y allí. Y al punto ambos observaron un baúl pequeño y no muy fuerte, que estaba cerrado y de pie en un rincón, y que el señor Faunce, el detective, levantó de inmediato para apreciar su peso y capacidad, mientras que Mason examinaba cada una de las cosas de la habitación, los contenidos de todos los cajones y cajas, así como los bolsillos de todos los trajes. Y en uno de los cajones encontró la hojita de un libro de notas en la que Clyde había escrito: «Miércoles, 20 de febrero, cena con los Stark. Viernes, 22,Trunbull», y Mason al punto comparó la letra con la de la tarjeta que tenía en su bolsillo, y al convencerse de que estaba en la habitación del

 




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hombre que buscaba, recogió otras invitaciones que había en el mismo cajón y miró luego hacia el baúl que el detective estaba contemplando.


—¿Qué me dice usted de esto, jefe? ¿Quiere llevárselo tal como está o prefiere que lo abramos aquí?


—Creo —dijo Mason con solemnidad— que será mejor que lo abramos aquí, Faunce.

Más tarde enviaré a buscarlo, pero necesito saber lo que contiene.

El detective se sacó del bolsillo un cincel y miró en torno buscando un martillo.

—No es muy fuerte —dijo—. Puedo descerrajarlo si quiere.


En este momento la señora Peyton, muy asombrada por estas manipulaciones, y ansiosa de evitar toda violencia, exclamó:


—Puedo darles un martillo si lo desean, pero, ¿por qué no esperar y llamar a un cerrajero? Nunca he visto una cosa igual en toda mi vida.


Pero el detective se hizo con un martillo e hizo saltar la cerradura; el interior reveló diversas prendas sin importancia del guardarropa de Clyde. Pero, además, en uno de los rincones, en un paquete, estaban las últimas quince cartas de Roberta escritas desde Biltz, junto con un retrato suyo del año anterior, y otro manojo de papeles consistentes en todas las notas e invitaciones escritas por Sondra antes de marcharse a Pine Point. Las cartas que había escrito desde allí las tenía Clyde consigo, junto a su corazón. Y, todavía más acusadoras, once cartas de su madre en un tercer paquete, dirigidas las dos primeras a Harry Tenet, Lista de Correos, Chicago —un detalle muy sospechoso a primera vista— y las demás a Clyde Griffiths, bien a la Liga de la Unión de Chicago, bien a Lycurgus.


Sin comprobar qué más pudiera contener el baúl, el fiscal empezó a abrir dichas cartas y a leerlas, primero tres de Roberta, de las que se desprendía con claridad la razón por que se había ido a Biltz; luego las tres primeras de su madre, escritas en papel conmovedoramente ordinario, en las que se hacía alusión a las locuras de la vida, así como a la naturaleza del accidente que le había empujado fuera de Kansas City, dándole al mismo tiempo consejos muy solícitos y tiernos en cuanto al camino recto que debería se-guir en el futuro, el efecto general de los cuales fue el de transmitir a un hombre del temperamento reprimido y la limitada experiencia social de Mason la impresión de que desde el mismo comienzo este individuo había sido de carácter desenfrenado, torcido y descarriado.


Al mismo tiempo, y para gran sorpresa suya, se enteró de que excepto lo que su tío rico hubiese podido hacer por él, Clyde era evidentemente de una rama de la familia Griffiths pobre y muy religiosa. Aunque de ordinario esto podría haber influido en él un poco a favor de Clyde, sin embargo, ahora, en vista de las notas de Sondra, así como de las cartas patéticas de Roberta y de la referencia de su madre a algún crimen anterior en Kansas City, se convenció no sólo de que Clyde tenía predisposición para el delito, sino de que era capaz de ejecutarlo a sangre fría. Aquel crimen en Kansas City. Tenía que telegrafiar al fiscal del distrito de allí pidiéndole detalles.


Con este pensamiento en mente se dedicó a hojear con más brevedad, pero no con menos agudeza y ojo crítico, las varias notas, invitaciones y mensajes de amor de Sondra, todos en papel perfumado y con monograma, que iban adquiriendo mayor amistad e in-timidad a medida que la correspondencia progresaba, hasta que al fin comenzaba siempre: «Clyde mío», «Dulces Ojitos Negros» o «Mi dulce niño», y estaban firmados por

 




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«Sondrita» o «Tu Sondra». Y algunos de ellos tenían fechas tan recientes como 10, 15, 26 de mayo, hasta el mismo momento, como Mason notó de inmediato, en que las cartas más dolidas de Roberta empezaron a llegar.


Todo estaba claro. Una muchacha relegada a segundo término, mientras que el individuo tenía la desfachatez de congraciarse el afecto de otra, que, por lo visto, era de una posición social mucho más alta.


Aunque fascinado y excitado por esta interesante evolución de los acontecimientos, se dio cuenta al mismo tiempo de que ésta no era ocasión para sentarse a meditar. Ni mucho menos. El baúl debía ser trasladado de inmediato a su hotel. Más tarde seguiría investigando hasta averiguar, si podía, dónde se hallaba el individuo, y dispondría todo lo necesario para su captura. Y mientras ordenaba al detective que llamase al departamento de policía y dispusiese lo necesario para el traslado del baúl, se apresuró a ir a la residencia de Samuel Griffiths, donde sólo pudo enterarse de que ningún miembro de la familia estaba en la ciudad. Estaban todos en el lago Greenwood. Pero una llamada telefónica le informó de que, según las noticias que allí tenían, Clyde Griffiths, su sobrino, estaba en el chalet de los Cranston, en el lago Twelfth, cerca de Sharon.


Mason decidió trasladarse enseguida a Sharon y a Pine Point en persona, con una descripción detallada de Clyde, citando en Sharon al sheriff de Bridgeburg, a Heit y a su ayudante, donde se reuniría con ellos.


Luego, haciendo ver que llamaba en nombre de la señora Peyton, habló con el chalet de los Cranston en Pine Point y le dijeron que Clyde había salido de excursión con un grupo hacia el lago Bear, a unas treinta millas de distancia.


Inmediatamente Mason volvió a llamar al sheriff de Bridgeburg y le dio instrucciones para que se llevara con él a cuatro o cinco agentes, de forma que la partida de búsqueda pudiera dividirse en Sharon y detener a Clyde dondequiera que estuviese. Y que lo re-cluyera en la cárcel de Bridgeburg, donde podría explicar, según el proceso regular de la ley, las sorprendentes circunstancias que de manera tan abrumadora parecían señalarle como asesino de Roberta Alden.




CAPÍTULO 6


Mientras tanto, el estado mental de Clyde desde el momento en que, después de cerrarse el agua sobre Roberta, había emprendido su camino hacia la costa, y luego, después de cambiarse de traje, había llegado a Sharon y al chalet de los Cranston, era de completa perturbación, causada principalmente por el miedo y la confusión que reinaban en su espíritu sobre si fue él o no quien provocó el fin prematuro de la muchacha. Al mismo tiempo se daba cuenta de que si le encontraban marchando hacia el sur en lugar de ir hacia el norte, a la posada de Big Bittern, para informar sobre el accidente, ello parecería lo bastante duro y cruel por su parte como para convencer a cualquiera de que había que acusarle de asesinato. Y eso le torturaba ferozmente. Pues, tal como veía ahora la cosa, no se consideraba a sí mismo culpable, ya que en el último momento había experimentado un gran cambio en su corazón.


Pero, ¿quién iba a creerle ahora, puesto que no había regresado a explicar? ¡Y nunca

 




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volvería! Porque si Sondra se enteraba de que había estado en aquel lago con una muchacha de la fábrica y que se habían hecho pasar por marido y mujer... ¡Dios mío!


Y luego tener que explicárselo todo a su tío o a su primo, frío y duro, o a toda la gente elegante y cínica de Lycurgus. ¡No! ¡No! ¡Habiendo ido tan lejos, tenía que seguir adelante! El desastre, si no la muerte, estaban en la dirección opuesta. Tenía que capear lo mejor que pudiera esta situación terrible, aprovecharse al máximo del plan que había acabado tan extrañamente y de una manera algo exculpatoria para él.


¡Pero estos bosques! La noche que se echaba encima. La misteriosa soledad y el peligro del ambiente. ¿Qué hacer, qué decir, si se encontraba con alguien? Estaba tan confundido, tan enfermo, tanto mental como físicamente. Crujía una rama y salía corriendo como una liebre.


Y en este estado, después de haber recobrado su maleta y de haberse cambiado de traje, escurriendo sus ropas mojadas y tratando de secarlas, y luego guardándolas en su maleta entre algunas ramas secas y agujas de pino, siguió meditando más y más sobre su posición, tan extraña y peligrosa. Porque suponiendo que cuando la golpeó sin intención y ella se cayó al agua y lanzó aquellos gritos tan estridentes, hubiese estado alguien en la orilla, uno de esos hombres fuertes y curtidos que había visto durante el día, dicho hombre podría estar en aquellos momentos dando la alarma en la región y reuniendo un puñado de ciudadanos que se dedicasen a su captura esta misma noche... ¡Un hombre cazado! Le harían volver y nadie creería nunca que no la había golpeado intencionadamente. Podrían incluso lincharle antes de asegurarse un juicio en regla. Era posible. Se había hecho otras veces. Una soga alrededor del cuello. O fusilado en estos bosques quizá. Y sin una oportunidad para explicar cómo había sucedido todo, cuán acosado y torturado había estado por ella durante tanto tiempo. Nunca lo comprenderían.


Y pensando de esta forma se apresuraba a seguir adelante más y más aprisa, tan aprisa como se lo permitían los pinos jóvenes y las ramas caídas que a veces crujían ominosamente, pensando siempre que el camino hacia Three Mile Bay tenía que estar a mano derecha y la luna a la izquierda.


Pero, Dios mío, ¿qué era esto?

¡Oh, qué sonido tan terrible!

¡Como un espíritu susurrante y rechinante en medio de la oscuridad!

¡Allí!

¿Qué era?


Dejó caer la maleta y le inundó un sudor frío. Se escondió detrás de un árbol, tiritando de miedo.

¡Ese sonido!


¡Pero no era más que el chillido de una lechuza! Ya lo había oído varias semanas antes en el chalet de los Cranston. ¡Pero aquí! ¡En este bosque! ¡En esta oscuridad! Tenía que salir de allí cuanto antes. No había más remedio. No debía seguir acariciando ideas tan lúgubres y espantosas o de lo contrario no podría conservar su fuerza y su valor en absoluto.


¡Pero aquella mirada en los ojos de Roberta! ¡Aquella última mirada implorante! ¡Dios mío! ¡No podía dejar de verla! ¡Sus gritos desgarradores y terribles! ¿Es que no iba a dejar nunca de oírlos?

 




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¿Había ella comprendido que cuando la golpeó no fue un golpe intencionado, sino un mero gesto de cólera y protesta? ¿Sabía ella eso ahora, dondequiera que estuviese en el fondo del lago, o en la oscuridad de estos bosques, a su lado quizá? ¡Espíritus! ¡El de Roberta! ¡Tenía que salir de allí, salir de allí! Y sin embargo, estos bosques ofrecían una relativa seguridad. No debía precipitarse en salir a ninguna carretera. ¡Gente que venía en su busca quizá! Pero, ¿es que la gente vive en realidad después de la muerte? ¿Había fantasmas? ¿Y sabían la verdad? Entonces ella tenía que saber... Pero también sabría cómo lo había preparado todo antes. ¿Y qué pensaría de eso? ¿Estaba ella ahora aquí, reprochándole y persiguiéndole lúgubremente con acusaciones equivocadas o ciertas, al menos de que había intentado matarla desde un principio? ¡Porque ésa era la verdad! ¡Lo era! Y ése era el gran pecado, desde luego. Incluso aunque no la hubiera matado, ¡algo había hecho por conseguirlo! Eso era verdad.


Pero los fantasmas, Dios mío, pueden perseguirle a uno después de la muerte, tratando de acusarlo y castigarlo, poniendo a la gente sobre la pista, tal vez. ¿Quién podía decir que no era así? Su madre les había confesado a él y a sus hermanos que creía en los espíritus.


Y luego, por fin, la luna, después de tres horas de ir tropezando, escuchando, aguardando, sudando, temblando. ¡Nadie a la vista, gracias a Dios! Y las estrellas sobre su cabeza, brillantes y suaves como en Pine Point, donde estaba Sondra. ¡Si ésta pudiese verle ahora, escapando del cadáver de Roberta en el lago, su propio sombrero flotando sobre las aguas! ¡Si hubiese oído los gritos de Roberta! ¡Qué extraño que nunca, nunca, nunca pudiese decirle que por su causa, por causa de su belleza, de la pasión que sentía por ella y de todo lo que ella había llegado a significar para él, había sido capaz de... bueno... de intentar esta cosa terrible: matar a una muchacha a la que en otros tiempos había amado! ¡Y durante toda su vida este pensamiento estaría a solas con él! ¡Nunca podría arrancárselo, nunca, nunca! Era algo que jamás se le había ocurrido antes, que le pudiera pasar esto. Y era algo terrible.


Pero luego, de súbito, en medio de la oscuridad, a eso de las once de la noche, como calculó después, porque el agua había parado su reloj, y después de haber llegado a la carretera principal por el oeste y andado una milla o dos, aparecieron aquellos tres hombres, veloces, como espíritus surgiendo de las sombras de los bosques. Pensó al principio que le habrían visto en el momento en que golpeaba a Roberta o poco después, y que ahora venían a buscarle. ¡El sudor frío de aquellos momentos! Y aquel muchacho que había alzado el farol para verle mejor la cara. No cabía duda de que él había mostrado un miedo y una turbación muy sospechosos, por lo que decidió luego apresurarse más y no dejarse ver por nadie.


Luego, horas más tarde y cuando ya la luna estaba poniéndose por el oeste, llegó a Three Mile Bay, un pueblecito situado al extremo de la llamada Cordillera India, donde no creyó prudente entrar, por lo que aguardó en un bosquecillo de pinos hasta que un reloj cercano le indicó que ya era hora de tomar el vapor para


Sharon. Y una vez allí telefoneó a Bertine y a Sondra para decirles que había llegado, y le dijeron que enviarían un coche a recogerlo.


Y en respuesta al saludo del chófer de la familia de los Cranston, al que conocía muy bien, y que le sonrió dándole la bienvenida, pudo fingir una sonrisa jovial y

 




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despreocupada, aunque por dentro seguía perturbado por su gran terror. Pues no cabía duda de que los tres hombres con quienes se había tropezado habrían llegado ya a Big Bittern. Y quizá ya habrían empezado a buscarle a él y a Roberta, y habrían descubierto el bote volcado, y el sombrero, y el velo.


Bueno, pero Clifford Golden o Carl Graham, sus nombres supuestos, no tenían por qué identificarse con el de Clyde Griffiths, ya que él había tomado todas las precauciones posibles e incluso había rebuscado en la maleta—baúl y en el maletín de Roberta mientras estaban en Grass Lake. Y aunque ella fuera identificada, sus padres supondrían que se había escapado con alguien y querrían echarle tierra al asunto. Comoquiera que fuese, él debía esperar lo mejor, conservar los nervios bien firmes, ponerle al mal tiempo buena cara, de forma que nadie se extrañase de su actitud, que además no tenía por qué ser la de un asesino, puesto que en realidad él no la había matado.


Aquí estaba, en este hermoso coche. Y Sondra, lo mismo que Bertine, le esperaba. Tendría que decir que acababa de llegar de Albany, que había estado realizando unos encargos para su tío que le habían ocupado todo el tiempo desde el martes. Pero aunque sería increíblemente feliz con Sondra, sin embargo siempre estarían en su mente aquellas cosas espantosas en las que en todo momento se vería obligado a pensar. El peligro de no haber borrado todos los rastros que podían acusarle... ¿Y si hubiera pasado eso? ¡El escándalo! ¡La detención! ¡Quizá la acusación apresurada e injusta, incluso una condena! A menos que consiguiese explicar lo de aquel golpe imprevisto... El final de todos sus sueños sobre Sondra, sobre Lycurgus, sobre la clase de vida grandiosa que había anhelado. Pero, ¿podría explicarlo? ¿Podría? ¡Dios mío!




CAPÍTULO 7


Desde el viernes por la mañana hasta el siguiente martes al mediodía, en el escenario que antes tanto le regocijaba y atraía, Clyde ahora sufría los miedos y terrores más espantosos. Porque, una vez recibido por Sondra y por Bertine en la puerta del chalet de los Cranston, que le mostraron la habitación que iba a ocupar, no podía por menos que comparar todas estas delicias con el peligro de su inmediata y completa destrucción.


Cuando entró, Sondra le susurró mimosamente:


—¡Malo! Te estás una semana haciendo el tonto por ahí cuando podrías haber estado con nosotras. ¡Y Sondra no hacía más que pensar en cositas buenas para ti! ¡Merecerías unos azotes! Ya iba a llamar para preguntar dónde estabas.


Pero al mismo tiempo sus ojos dejaban entrever el encapricha— miento que ahora la dominaba.


Y él, a pesar de sus turbados pensamientos, esbozó una alegre sonrisa, pues una vez en presencia de Sondra, incluso el terror de la muerte de Roberta y su propio peligro actual parecían disminuir. ¡Si todo saliera bien y no pudieran seguirle el rastro! ¡Un camino llano! ¡Un futuro maravilloso! ¡Su belleza! ¡Su amor! ¡Su riqueza! Pero al ser introducido en la habitación y serle traída la maleta, se puso nervioso por la cuestión del traje. Estaba húmedo y arrugado. Tenía que esconderlo en la parte superior de algún armario. Y en el momento en que se vio solo y con la puerta cerrada, sin saber qué decidir

 




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en cuanto al traje, hizo un paquete con él, sintiéndose terrible y morbosamente consciente del misterio y del drama, así como del pathos que era su vida toda. Pensó en todo aquello con que había entrado en contacto en el este desde que llegó y cuán poco tuvo en su juventud. Cuán poco tenía ahora, en realidad. La espaciosidad y lujo de esta habitación en contraste con la que ocupaba en Lycurgus. Lo extraño de estar aquí después de todo lo de ayer. Las azules aguas del brillante lago que se veía fuera en contraste con las aguas oscuras de Big Bittern. Y todos los muchachos y muchachas jugando al tenis o tendidos a la sombra de los árboles.


Después de bañarse y vestirse, Clyde adoptó un aire jovial, aunque sus nervios permanecieron tensos y su estado de ánimo aterrorizado. Y luego bajó adonde estaban Sondra y los demás y fue saludado por Jill Trunbull, que expresó su extrañeza por no haberle visto en tanto tiempo. Y él sonrió con complicidad a Sondra, ansiando como nunca su simpatía y su afecto, y replicó con toda la naturalidad que pudo:


—He estado trabajando en Albany desde el martes. He pasado mucho calor. Aquí se está estupendamente.


Y luego Sondra exclamó:


—¡Ahora que me acuerdo! Tengo que telefonear hoy a Bella. Me prometió venir a la carrera de caballos.


Empezó a charlar sobre caballos y perros. Clyde escuchaba intensamente, con el afán de aparentar que formaba parte de todo aquello, pero rumiando con desesperación sobre lo que tan de cerca le afectaba. Aquellos tres hombres. Roberta. Quizá ya habían encontrado su cuerpo. Pero, ¿era posible que a una profundidad, pongamos de veinte metros, pudieran encontrarla? ¿O que pudiesen identificarle como Clifford Golden o Carl Graham? ¿Cómo? ¿No había él borrado todas sus huellas, excepto por el encuentro con aquellos tres hombres? ¡Aquellos tres hombres! Sintió un profundo escalofrío que no pudo reprimir.


Y luego Sondra, dándose cuenta de la depresión que le dominaba y achacándola a su falta de dinero, se propuso entregarle más tarde setenta y cinco dólares de sus ahorros, para que no se sintiera cohibido, y propuso luego un partido de tenis en el que ella jugaría de compañera con Clyde, apostándose el almuerzo de los cuatro.


Clyde estaba muerto de pánico, porque se acordaba de los escasos veinticinco dólares que le quedaban después de todas sus penosas aventuras. ¡Aquí un almuerzo para cuatro no costaría menos de ocho o diez dólares! Quizá más. Y Sondra, dándose cuenta de su apuro, lo llamó aparte y le entregó un puñado de billetes.


—¡Silencio! ¡Ni una palabra! ¡Date prisa! Es para pagar el almuerzo en caso de que perdamos, o para otras cosas. Ya te lo diré después. ¡Cómo te quiero, niño mío!


Y después del partido, en el que no hizo mal papel del todo, a pesar de su poca experiencia y de lo turbado que estaba, Sondra le propuso una excursión que iban a hacer ella y unos cuantos más, que empezaría al día siguiente por la tarde y que consistiría en un viaje hasta el lago Bear, llevándose tiendas y equipos y pasando en canoa por algunos parajes. Irían acompañados por dos o tres criados, así como por alguna que otra señora de edad que haría de carabina. ¡Los paseos que darían por los bosques! ¡Las oportunidades para estar a solas sin que nadie les interrumpiera por lo menos durante una semana!


Clyde pensó que lo más acertado sería ir. Saldría de estos parajes, le alejaría del

 




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escenario del... bueno, del accidente, en caso de que alguien estuviese buscando a una persona que se le pareciese. Pero entonces se le ocurrió de pronto que no debería marcharse sin saber si ya se sospechaba de alguien. Y en el Casino se enteró de que no habría periódicos hasta las siete o siete y media. Tendría que esperar hasta entonces.


Después del almuerzo hubo natación y baile, y luego regresaron a casa de los Cranston, y quedaron en reunirse en el chalet de los Harriet.


Fue el primero en llegar, pero no había salido todavía ningún periódico. Sin embargo, media hora más tarde, cuando estaba ya charlando con los demás, pero sin dejar de pensar sobre lo mismo, Sondra llegó diciendo:


—¿No os habéis enterado? Tengo algo que deciros. Se han ahogado dos personas esta mañana o ayer en Big Bittern; acaba de decírmelo Blanche Locke por teléfono. Ha estado hoy en Three Mile Bay y dice que han encontrado el cuerpo de la muchacha pero no el del hombre. Se ahogaron por la parte sur del lago, dicen.


Inmediatamente Clyde se sentó, blanco y rígido, sus labios una línea exangüe, sus ojos fijos en el distante escenario de Big Bittern, en los altos pinos y en el agua oscura cerrándose sobre Roberta. Así pues, habían encontrado su cuerpo. Y ahora creían que el suyo estaba también allá abajo, tal como había planeado. Pero tenía que seguir escuchando a pesar del mareo que sentía.


—¡Qué barbaridad! —exclamó Buchard Taylor, dejando de tocar su mandolina—. ¿Alguien que conozcamos?


—Dice que todavía no ha podido enterarse.


—Nunca me ha gustado ese lago —intervino Frank Harriet—. Es muy solitario. Papá y yo estuvimos pescando el año pasado, pero nos quedamos muy poco tiempo. Es demasiado lúgubre.


—Estuvimos allí hace unas tres semanas, ¿no te acuerdas, Sondra? —preguntó Harley Baggott— No me gustó nada.


—Sí, me acuerdo —replicó Sondra—. Un sitio muy solitario. No puedo imaginar que a nadie le guste ir allí.


—Bueno, espero que no sea nadie conocido —añadió Buchard pensativamente—.

Nos echaría a perder las vacaciones.


Clyde humedeció sus labios secos con la punta de la lengua y tragó saliva para mojar su garganta.


Se le ocurrió de pronto por vez primera la idea de las huellas que habrían dejado sus pisadas en el fango. ¿Las habrían visto? ¿Podrían estar siguiéndole? ¡Y aquel traje húmedo en la habitación de los Cranston! ¿Y si alguien había entrado en su ausencia para curiosear? ¿Por qué no lo había arrojado al lago con una piedra? ¿Qué había estado pensando en una situación tan desesperada?


Se levantó con los ojos vidriosos de terror. Tenía que salir de aquí, ocultar el traje en cualquier parte. Pero no podía alejarse tan de improviso; llamaría la atención.


Reuniendo todas sus fuerzas se acercó a Sondra y con voz que quiso que sonara indiferente, pero llena de temblor, dijo:


—Un mal asunto, ¿verdad?


—Desde luego que lo es —replicó Sondra volviéndose hacia él y dando con él unos pasos, de forma que se quedaron solos, un poco alejados de los demás.

 




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Pero entonces ella se dio cuenta de la extrema palidez del muchacho. —¿Qué te pasa, Clyde? ¿No te sientes bien esta noche o es el reflejo de la luz? —Estoy bien. Debe ser la luz. Y que ayer tuve un día terrible.


—¿Por qué no me lo dijiste antes, tonto? ¿Quieres descansar un poco en la habitación de Frank? A él no le importará.


Pero él se opuso, lleno de pánico, y sólo consintió en retirarse unos momentos con el pretexto de ir a tomar una bebida, pero quedando de acuerdo con Sondra en que se retirarían más temprano de lo que tenían pensado, lo cual hicieron, en efecto, a las diez y media. Y una vez en su habitación cogió el paquete del traje, salió hasta la orilla del lago, que sólo distaba unos cientos de metros, y atando una piedra al paquete lo arrojó tan lejos como sus fuerzas le permitieron. Y luego regresó tan silenciosa, subrepticia y nerviosamente como había salido, sin dejar de reflexionar sobre lo que podría traerle el día de mañana y sobre lo que, si aparecía alguien para preguntarle, habría de decir.




CAPÍTULO 8


Se levantó por la mañana después de una noche casi en vela y de pesadillas torturadoras relacionadas con Roberta y con hombres que venían a detenerle. Sentía los nervios destrozados y un gran dolor en los ojos. Luego se aventuró a bajar y vio al chófer sacar uno de los coches. Le encargó que le trajese todos los periódicos de la mañana de Albany y de Utica. Cuando el chófer regresó, Clyde cerró la puerta de su cuarto y desplegó uno de los diarios, que traía en grandes titulares:


MUERTE MISTERIOSA DE UNA MUCHACHA.— SU CUERPO ENCONTRADO AYER EN UNO DE LOS LAGOS DE LOS ADIRONDACKS.— NO SE ENCUENTRA AL


HOMBRE QUE LA ACOMPAÑABA.


Aterrado y pálido se sentó en una silla cerca de la ventana y empezó a leer:

«Bridgeburg, 9 de julio.— El cuerpo de una muchacha desconocida,


presumiblemente esposa de un joven que se inscribió el miércoles por la mañana en el parador de Grass Lake como Carl Graham y esposa, y más tarde, el jueves al mediodía, en el parador de Big Bittern, como Clifford Golden y esposa, fue extraído de las aguas del extremo meridional de Big Bittern poco antes del mediodía de ayer. A causa de un bote volcado, así como de un sombrero de paja masculino que se encontraron flotando sobre el agua en la bahía de la Luna, se ha estado dragando con pértigas y redes toda la mañana. Pero a las siete de la tarde el cuerpo del hombre todavía no había sido recobrado, y según el coroner Heit de Bridgeburg, que a las dos de la tarde acudió al escenario de la tragedia, no se considera probable que así sea. Ciertos cardenales y erosiones en la cabeza de la joven muerta, así como el testimonio de tres hombres que acudieron al lugar mientras proseguía la búsqueda y que manifestaron haberse encontrado con un joven, que respondía a la descripción de Golden o de Graham, en los bosques al sur del lago la noche antes, han hecho que muchas personas lleguen a la conclusión de que se ha cometido un crimen y de que el asesino está tratando de escapar.


»El maletín de cuero de la muchacha, así como su sombrero y una chaquetilla

 



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pertenecientes a la misma, han sido recuperados, el primero en la consigna de Gun Lodge, que es una estación de ferrocarril a cinco millas al este de Big Bittern, y los segundos en el guardarropa del parador del lago, donde se dice que Graham o Golden se llevó consigo su propia maleta.


»Según el posadero de Big Bittern, la pareja a su llegada se inscribió como Clifford Golden y esposa, de Albany. Permanecieron en la posada sólo unos minutos, mientras Golden ultimaba en el varadero contiguo el alquiler de un bote ligero, en el cual, llevando su maleta y acompañado por la muchacha, salió del lago. No regresaron, y ayer por la mañana el bote se encontró boca arriba en la parte que se conoce con el nombre de bahía de la Luna, una pequeña ensenada que está en el extremo sur del lago, y de cuyas aguas se recuperó poco después el cuerpo de la joven. Como en el lago no hay rocas y las heridas en la cara son muy pronunciadas, ha surgido de inmediato la sospecha de que se pueda haber ejercido violencia sobre la muchacha. Eso, junto con el testimonio de los tres hombres, así como el hecho de que el sombrero de paja que se encontró por las inmediaciones no contenía ninguna etiqueta o marca que sirviera para la identificación, ha hecho que el coroner Heit afirme que a menos que se encuentre el cuerpo del hombre se supondrá que se ha cometido un asesinato.


»Golden o Graham, tal como es descrito por los encargados, huéspedes y guías de Grass Lake y Big Bittern, tiene unos veinticuatro o veinticinco años; es esbelto, moreno, y de una estatura de un metro setenta y cinco centímetros. En el momento de su llegada iba vestido con un traje gris claro, zapatos marrones y sombrero de paja, y llevaba una maleta marrón, a la que estaba atada una raqueta y otro objeto, tal vez un bastón.


»El sombrero y la chaquetilla dejados por la muchacha en el parador eran marrón claro y oscuro respectivamente; su vestido, azul oscuro.


»Se ha enviado noticia a todas las estaciones de ferrocarril de estos alrededores para que estén al acecho de Golden o Graham, con objeto de que pueda ser detenido si está vivo e intenta escapar. El cuerpo de la muchacha ahogada va a ser trasladado a Bridgeburg, la capital del condado, donde se celebrará más tarde una encuesta.»


En un silencio helado se quedó sentado y meditando. Era posible que la noticia de un crimen tan abominable como éste, así como el hecho de que había sido cometido en esta zona, causase una excitación tan marcada como para hacer que muchos, quizá todos sus habitantes, se dedicasen a ir de un lado a otro con la esperanza de descubrir al asesino. ¿No sería mejor, por tanto, puesto que estaban tan sobre su pista, ir a las autoridades de Big Bittern o a las de aquí y hacer una confesión completa de todo lo ocurrido, el proyecto original y las razones para el mismo, explicando cómo, en el momento final, él no la había matado, porque había experimentado remordimientos y no había sido capaz de ejecutar su plan? Pero no. Eso sería confesar ante Sondra y ante los Griffiths todo lo que había habido entre él y Roberta, y entonces estaba seguro de que todo habría acabado para él. Y además, ¿iban a creerle ahora, después de su fuga y de aquellas heridas de que hablaban? ¿No daba en efecto la impresión de que la había matado, sin que importase la forma en que tratara de explicar que no lo había hecho?


No era improbable tampoco que algunas de las personas que le habían visto pudiesen identificarle a causa de esta descripción impresa, aunque no llevase ya el traje gris o el sombrero de paja. ¡Dios mío! Estaban buscándole, o más bien, estaban buscando a

 




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ese Clifford Golden o Carl Graham, que tenía su apariencia, ¡para acusarle de asesinato! ¡Pero puesto que él tenía el aspecto exacto de Clifford Golden y le vieron aquellos tres hombres...! Empezó a tiritar. Y peor todavía. Un nuevo y horrible pensamiento, en este instante y por vez primera, flameó en su mente: ¡la similitud de aquellas iniciales con las suyas propias! Nunca había pensado que pudiera ser un detalle perjudicial, pero ahora se daba cuenta de su error. ¿Cómo no se le había ocurrido pensarlo? ¿Por qué? ¿Por qué? ¡Oh, Dios mío!


Justamente entonces recibió una llamada telefónica de Sondra. Se vio obligado a contenerse con objeto de hacer un papel aceptable. ¿Cómo estaba esta mañana su niñito enfermo? ¿Un poquito mejor? ¡Qué espantoso que aquella enfermedad le hubiese sobrevenido la noche antes tan de pronto! ¿Estaba ahora de verdad bien? ¿Y podría ir a la excursión? ¡Eso era estupendo! Ella había temido tantísimo y había estado tan preocupada toda la noche de que estuviese demasiado enfermo para poder ir... Pero si iba, todo estaba ya arreglado. ¡Querido! ¡Niño precioso! ¿La seguía queriendo su niñito? Ella estaba segura de que el viaje le sentaría muy bien. Pero ahora, hasta el mediodía, querido, tendría que emplear todo el tiempo que le quedaba libre para arreglarse, y a la una o a la una y media todo el mundo estaría en el muelle del Casino. ¡Y entonces, huy! ¡Cuánto se iban a divertir! El iría con Bertine y Grant y los demás, y luego, en el muelle, se trasladaría a la lancha de Stuart. Estaba segura de que se iban a divertir mucho, pero ahora tenía que dejarle.


Y una vez más Sondra volvió a desaparecer como un colibrí.


Pero tendría que esperar tres horas antes de poder marcharse y así evitar el peligro de encontrarse con alguien que estuviera buscando a Clifford Golden o a Carl Graham. Aunque muy bien podría esconderse entre los bosquecillos que estaban a la orilla del lago, o sentarse abajo, con la maleta preparada, y vigilar sí alguien se aproximaba por el camino o por el lago mismo. Si veía a alguien que le pareciese sospechoso podría salir huyendo. Y en efecto así lo hizo, como pudiera hacerlo un animal perseguido.


Pero por fin, a la una, embarcó en la lancha de los Cranston, y una vez que se reunieron con los demás y con los criados, se pusieron el marcha hacia el lago Bear.


El viaje habría resultado muy alegre si no hubiese tantas amenazas sobre él. El placer exquisito de estar junto a Sondra, cuyos ojos no dejaban de expresar todo su amor. Pero esa búsqueda de Clifford Golden o de Carl Graham... Todos los demás excursionistas habían leído la descripción, pero no se le ocurría a ninguno pensar en él. ¡Pero si supiesen! ¡Si sospechasen algo! ¡El horror! ¡El escándalo! ¡La policía! Serían los primeros en abandonarle, todos, excepto quizá Sondra. E incluso ella también. Sí, ella desde luego. El horror que habría en sus ojos.


Y luego, aquella tarde, a la caída del sol, en la ribera oeste de este mismo lago, en su suave declive que era tan liso como un césped bien cuidado, hicieron acampada en cinco tiendas de diferentes colores en torno a un fuego, como un poblado indio, con los cocineros y los criados a cierta distancia. Media docena de canoas estaban amarradas en la orilla como brillantes peces. Y luego la cena en torno al gran fuego. Baggott, Harriet, Stuart y Grant, después de poner música para que bailaran los demás, organizaron, a la luz de una lámpara de petróleo, una partida de póker. Y los demás se dedicaron a cantar canciones de otras excursiones o de la universidad, ninguna de las cuales sabía Clyde, pero a las que trataba de unirse lo mejor que podía. Y grandes carcajadas. Y apuestas

 




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sobre quién pescaría el primer pez, o cazaría la primera perdiz, o ganaría la primera carrera. Por último, planes solemnes para trasladar el campamento por lo menos diez millas más hacia el este, el día siguiente, después del desayuno, a un lugar donde había una playa ideal y donde estarían a unas cinco millas de la posada de Metissic, en la que podrían almorzar y bailar a placer.


Y luego el silencio y la belleza del campamento por la noche, después que todo el mundo al parecer se había ido a la cama. ¡Las estrellas! El agua penumbrosa, rizándose suavemente bajo el viento ligero, los altos y misteriosos pinos susurrando con las brisas, los graznidos de los pájaros nocturnos y de las lechuzas, demasiado turbadores para que Clyde pudiera escucharlos con otro ánimo que no fuese el de una angustia íntima. La maravilla y la gloria de todo esto, si no fuera hostigado como por un esqueleto, por el ho-rror no sólo de lo que le había hecho a Roberta, sino por el peligro y el poder de la ley que le juzgaba un asesino. Y luego Sondra, después de irse los otros a la cama o desaparecer en la oscuridad, se deslizó para tener unas últimas palabras y besos con él bajo las estrellas. Y él le susurró cuán feliz se sentía, cuán agradecido le estaba por todo su amor y su fe, y en cierto momento casi se sintió tentado a preguntarle si en caso de que él resultase no ser tan bueno como ella se imaginaba, todavía seguiría queriéndole un poquito y no le odiaría del todo, pero se contuvo por el miedo a que, después de la exhibición de terror de la noche precedente, ella pudiera relacionar su actual estado de ánimo con aquello o con el horrible y destructivo secreto que le estaba royendo las entrañas.


Después tuvo que acostarse en una tienda de cuatro con Baggott, Harriet y Grant, y escuchó nerviosamente durante horas el ruido de cualquier paso que pudiera acercarse y que significaría ¡la ley!, ¡la detención!, ¡el escándalo! La muerte. Y se despertó dos veces en la noche a causa de sueños espantosos y destructivos y con la sensación y el temor de haber gritado mientras soñaba.


Pero luego la gloria de la mañana una vez más, con su sol rotundo y amarillo surgiendo sobre las aguas del lago, y la laguna al otro lado, donde había patos que chapoteaban. Y al cabo de un rato Grant, Stuart y Harley se montaron en las canoas medio vestidos y con escopetas con la esperanza de cobrar alguna pieza, pero regresaron sin nada para gran regocijo de todos los demás. Y los muchachos y muchachas salieron en multicolores trajes de baño para zambullirse en el agua gritando alegremente. Y el desa-yuno fue a las nueve, y luego toda la brillante flotilla de canoas se dirigió hacia el este entre un gran alboroto de instrumentos musicales y de canciones y risas.


—¿Qué le pasa ahora a mi niñito? ¿Por qué tiene la carita tan enfurruñada? ¿Es que no va a ser nunca feliz con su Sondra y todos estos muchachitos tan simpáticos?


Clyde se dio cuenta al instante de que tenía que fingir que estaba muy alegre y despreocupado.


Y luego los demás anunciaron que la hermosa playa estaba ya a la vista, y que en ella había sitio para las tiendas y todo lo demás. Más tarde empezó el usual programa de actividades y diversiones de aquella agradable tarde de domingo. Y Clyde y Sondra, lo mismo que otras parejas, se deslizaron hacia un sitio apartado donde hablar de todos sus planes para el futuro, aunque la señora Finchley se mostrase más reacia que nunca a la intimidad con Clyde.


—Pero yo le dije que cómo iba a poder rechazarte, siendo tan popular como eres.

 




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Porque mi niñito es tan guapo... Todo el mundo piensa lo mismo, incluso los muchachos.



A aquella misma hora, en la terraza de la posada Silver, en Sharon, el fiscal Mason con su ayudante, el coroner Heit con el suyo y el sheriff Slack junto con tres subordinados y tres oficiales, Kraut, Sissel y Swenk, conferenciaban en cuanto a los mejores y más seguros métodos para una inmediata captura.


—Se ha ido al lago Bear. Debemos seguirle y atraparlo antes de que se entere de que le buscamos.


Se dividieron en tres grupos para ir, respectivamente, a Sharon, a Three Mile Bay y al lago Bear.


El lunes por la mañana Mason, con Slack y sus tres oficiales, llegaron al campamento abandonado la mañana anterior. Y allí dividieron sus fuerzas en tres grupos con la consigna de avisarse entre sí con tiros de pistola cuando alguno localizara al sospechoso.


Y a esa misma hora, Clyde iba con Harley Baggott, Bertine y Sondra en una de las canoas, sin dejar de mirar hacia atrás y de hacerse preguntas. Su única esperanza era que no sabían su nombre, como demostraban los periódicos. ¿Por qué preocuparse entonces? Además, siempre le sería posible escapar y esconderse en los bosques.


El lunes por la mañana llegaron por fin a aquel tramo de playa bellísimo, donde se montaron las tiendas.


Y a las cuatro de la tarde llegó Swenk, que vio a cierta distancia un grupo de hasta seis personas en el agua, por lo que se retiró un poco para mantenerse alejado y poder dar la señal convenida a los demás perseguidores. A su disparo respondieron los del sheriff Slack y Mason, y todos se encaminaron en la misma dirección.


Clyde, que estaba en el agua al lado de Sondra, se extrañó de inmediato. ¡El sonido ominoso de aquel primer disparo! ¡Seguido por otras señales adicionales, lejos, pero al parecer en respuesta a la primera! ¡Y el pesado silencio que se hizo luego! ¿Qué era eso? Harley Baggott bromeaba:


—Esos tipos no saben que estamos en veda.


—Eh, vosotros —gritó Grant Cranston hacia la lejanía—, esos patos son míos; dejadlos en paz.


—Si disparan tan bien como tú, no les harán mucho daño —dijo Bertine.


Clyde, mientras trataba de sonreír, miraba en la dirección donde habían sonado las detonaciones, escuchando como un animal acorralado.


¿Qué era este impulso de salir enseguida del agua, vestirse y huir? ¡Aprisa! ¡Aprisa! ¡A tu tienda! ¡A los bosques, aprisa! En un momento en que los demás no estaban mirando, se fue a su tienda, se puso el traje azul de diario y la gorra que todavía tenía consigo y se lanzó a los bosques situados detrás del campamento, para poder allí pensar y decidir, lejos de donde pudiera vérsele desde el agua, por temor no sabía bien a qué; pero, ¿qué significaban exactamente esos disparos?


¡Pero Sondra! Y las palabras pronunciadas por ella el sábado, y ayer, y hoy. ¿Podía dejarla de esta manera sin estar seguro? ¿Podía? ¡Sus besos! ¡Sus maravillosas promesas sobre el futuro! ¿Qué pensaría ahora, qué pensarían los demás, en el caso que no regresase? Seguro que le identificarían con Clifford Golden o Carl Graham.


Luego reflexionó sobre la posible falta de fundamento de sus temores, basados tan

 




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sólo en algo que tal vez no era más que unos disparos casuales de cazadores apostados en el lago o en los bosques. Y luego se detuvo y debatió consigo mismo si debería volver o no. Pero el consuelo de estos árboles altos y corpulentos, la suavidad y silencio de las agujas secas que alfombraban la tierra, de los matorrales entre los que uno podía esconderse hasta que la noche cayera de nuevo. Y luego huir, huir. Pero, sin embargo, se volvió, con intención de regresar al campamento y ver si había llegado alguien. (Podría decir que había ido a dar un paseo y que se había perdido en los bosques.)


Pero en aquel mismo momento, tras un grupo protector de árboles situados por lo menos a dos millas al oeste del campamento, se celebraba una conferencia entre Mason, Slack y todos los demás. Y más tarde, como resultado, y cuando Clyde ya iba acercándose al campamento, Mason y Swenk remaron en un bote, se acercaron y preguntaron a los que estaban en la orilla si un tal señor Clyde Griffiths estaba presente y si podrían verle. Y Harley Baggott, que era el que estaba más cerca, replicó:


—Desde luego. Debe estar por aquí cerca.

Y Stuart Finchley se puso a llamar:

—¡Eh, Griffiths!

No obtuvo ninguna respuesta.


Pero Clyde, no lo bastante próximo para enterarse de nada de esto, proseguía su camino de regreso al campamento, muy lentamente y con grandes precauciones. Mason, llegando a la conclusión de que posiblemente estaría desprevenido, decidió aguardar unos minutos, mientras que enviaba a Swenk para que diese una vuelta por los bosques y avisase a los demás.


Y mientras tanto, Clyde, ya a menos de un kilómetro, oía todavía como un susurro que le aconsejaba: «Corre, corre, no te retrases», pero vacilaba y pensaba en Sondra, en esta vida maravillosa. ¿Debería irse? Y se decía a sí mismo que podría cometer un error más grave yéndose que quedándose. Esos disparos podían no ser nada, meros cazadores, y, sin embargo, podían costarle todo. Y al final se tranquilizó, aunque diciéndose que quizá sería mejor no volver por ahora, por lo menos hasta más tarde, después que anocheciera, para ver si aquellos extraños disparos habían significado algo.


Pero luego otra vez se detuvo y dudó, mientras cantaban jilgueros y calandrias. Y no dejaba de atisbar y husmear nerviosamente.


Y luego, de improviso, a no más de cincuenta pies de distancia, salió de entre los altos troncos de los árboles que tenía delante de él un hombre con patillas muy largas, vestido a la usanza de los cazadores, que se aproximó rápida y silenciosamente. Un hombre alto, huesudo, de ojos duros, con sombrero marrón de fieltro y un traje gris que le venía holgado. Aquel individuo exclamó inmediatamente, haciendo que la sangre de Clyde se helara de terror y que se quedase clavado en el sitio:


—Deténgase un momento, señor. ¡No se mueva! ¿Se llama usted por casualidad Clyde Griffiths?


Clyde notó la dura mirada inquisitiva en los ojos del desconocido, así como el hecho de que ya había sacado un revólver y estaba levantándolo. La perentoriedad y autoridad del hombre le produjeron un temblor frío que le corrió por toda la médula. ¿Es que realmente le estaban capturando? ¿Habían venido en realidad en su busca los oficiales de la ley? ¡Dios mío! ¡Ninguna esperanza de fuga! ¿Por qué no se había escapado? Oh, ¿por

 




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qué no? Y al punto se sintió débil y abatido, pero no quiso acusarse a sí mismo replicando:

«No», sino que un impulso más acertado le hizo declarar:

—Sí; ése es mi nombre.


—Forma usted parte del grupo que está acampado en la playa, ¿no es así? —Sí, señor.


—Muy bien, señor Griffiths. Perdone lo del revólver. Se me ha encargado que le detenga a usted, sea como sea, eso es todo. Me llamo Kraut, Nicholas Kraut. Soy uno de los oficiales del sheriff del condado de Cataraqui. Y tengo aquí una orden para detenerle a usted. Supongo que ya sabrá de lo que se trata y que estará dispuesto a acompañarme sin hacer ninguna tontería.


Y al decir esto el señor Kraut empuñó con más firmeza el arma amenazadora y miró a Clyde de forma concluyente y firme.


—No... no sé nada —replicó Clyde, con el rostro blanco y estragado—. Pero si tiene usted una orden de detención, le acompañaré, desde luego. Pero lo que... lo que... yo no comprendo —su voz empezó a temblar ligeramente al decir esto— es por qué me detiene usted.


—Conque no lo sabe, ¿eh? ¿No estuvo usted por casualidad en Big Bittern o en Grass Lake el miércoles o el jueves pasado?


—No, señor, no estuve allí —musitó Clyde.


—¿Y no sabe usted tampoco nada de una muchacha, Roberta Alden, de Biltz, que se ahogó y que se supone que estaba con usted?


—¡Por Dios, de ninguna manera! —replicó Clyde nerviosa y temblorosamente, pues la sola mención del nombre y la dirección de Roberta en boca de este desconocido le sobresaltó en gran medida. ¡Así que ya lo sabían! Habían obtenido una pista. ¡Su verda-dero nombre y el de Roberta también!—. ¿Se supone que he cometido un asesinato? — añadió con voz debilísima, que no era más que un soplo.


—Entonces, ¿no sabe usted que esta joven se ahogó el jueves pasado? ¿Y no estaba usted con ella?


El señor Kraut fijó en él unos ojos duros, inquisitivos, incrédulos.


—¡Cómo! ¡Desde luego que no estuve! —replicó Clyde, no acordándose ahora más que de una cosa: que tenía que negarlo todo, hasta que pensase o supiese qué otra cosa hacer o decir.


—¿Y no se encontró usted a tres hombres cuando iba andando desde Big Bittern hasta Three Mile Bay, el jueves pasado, a eso de las once de la noche?


—De ninguna manera, señor. Desde luego que no. Yo no estaba allí, ya se lo he dicho.


—Muy bien, señor Griffiths, no tengo nada más que decir. Mi misión consiste en detenerle a usted, Clyde Griffiths, por el asesinato de Roberta Alden. Es usted mi prisionero.


Sacó, más por hacer una demostración de fuerza y autoridad que por ningún otro motivo, un par de esposas de acero, a la vista de las cuales Clyde se encogió y se echó a temblar como si le hubiesen golpeado.


—No necesita usted ponerme eso, señor —imploró—. Le pido que no lo haga. Nunca me ha pasado una cosa así. Le acompañaré sin necesidad de eso.

 




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Miraba ansiosa y tristemente los árboles de alrededor, las profundidades acogedoras en las que debería haberse sumergido momentos antes para estar seguro.


—Está bien —replicó Kraut—. Pero no haga tonterías.

Y cogió a Clyde por uno de sus brazos casi agarrotados.


—¿Le importa si le hago una pregunta? —interrogó Clyde débil y temerosamente a medida que iban avanzando, con la idea de Sondra y de los demás agitándose cegadora y lastimosamente delante de sus ojos. ¡Sondra! ¡Sondra! ¡Regresar con un asesino detenido! ¡Y delante de ella y de Bertine! ¡Oh, no!—. ¿Piensa usted llevarme de nuevo al campamento?


—Sí, señor, allí es donde pienso llevarle. Ésas son las órdenes que tengo. Están allí el fiscal del distrito y el sheriff del condado.


—Oh, ya sé, ya sé —imploró Clyde histéricamente, pues ya había abandonado casi toda resistencia—; pero, ¿no podría usted dar un rodeo, porque allí están mis amigos, usted sabe, y me repugnaría... podría usted dar un rodeo y llevarme por otra vía? Tengo una razón muy especial, quiero decir, oh Dios mío, le suplico que no me lleve allí, ¿quiere usted, señor Kraut?


Ahora le pareció a Kraut muy aniñado y débil, de rasgos limpios, de aspecto más bien inocente, bien vestido y de buenos modales, no el tipo salvaje, brutal y asesino que había esperado encontrar. En realidad, pertenecía a la clase que él, Kraut, se sentía inclinado a respetar. ¿Y no podría ser, después de todo, un joven de relaciones muy elevadas? Las conversaciones que había escuchado hasta entonces indicaban que este joven estaba emparenta— do con una de las mejores familias de Lycurgus. Y en consecuencia se sintió impulsado a una pequeña muestra de cortesía y respondió, por tanto:


—Muy bien, joven, no necesito mostrarme demasiado duro con usted. Después de todo yo no soy el sheriff ni el fiscal, sólo el oficial encargado de detenerle. Hay otros que podrá decir lo que hay que hacer con usted, y cuando lleguemos adonde están, podrá usted pedirles lo que quiera, y ellos decidirán. Pero, ¿y sus cosas personales, ropas, etcétera? Estarán en el campamento, ¿no es eso?


—Sí, pero eso no importa —replicó Clyde, nerviosa y ansiosamente—. Ya las recobraré. Pero no quiero ir allí ahora, si se puede evitar.


—Perfectamente, vamos pues —replicó el señor Kraut.


Y de esta forma siguieron andando juntos en silencio, mientras que las altas ramas de los árboles formaban en la oscuridad creciente solemnes naves por las que discurrían como pudieran hacerlo unos devotos por la nave de una catedral, los ojos de Clyde contemplando nerviosa y cansadamente una franja rojiza todavía visible entre los árboles hacia el oeste.


¡Acusado de asesinato! ¡Roberta muerta! ¡Y Sondra muerta... para él! ¡Y los Griffiths!

¡Y su tío! ¡Y su madre! ¡Y toda esa gente del campamento!


¡Oh! ¡Oh, Dios mío! ¿Por qué no había corrido cuando aquel impulso, lo que quiera que fuese, le aconsejó que huyera?

 









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CAPÍTULO 9


En ausencia de Clyde, las impresiones recogidas por el señor Mason sobre el mundo en que aquél se movía, complementando y confirmando las de Lycurgus y Sharon, fueron suficientes para cortarle las alas en cuanto a la posible facilidad con que previamente se había imaginado que podría tenerle convicto y confeso. Pues alrededor suyo había una escena que sugería gran abundancia de medios económicos, así como el poder necesario para acallar un escándalo como éste. Riqueza. Lujo. Nombres importantes y amistades que no dejarían de ofrecer su protección, sin duda alguna. ¿No era muy posible que los ricos y poderosos Griffiths, siendo cogido su sobrino de esta forma y cualquiera que fuese su crimen, diesen los pasos necesarios para servirse del mayor talento legal disponible, con objeto de proteger su nombre? Sin duda, y entonces, con todas las dilaciones que semejante talento podría asegurar, sería muy fácil que no llegara a condenarle, tras lo cual sería apartado como parte interesada y no sería designado ni elegido para la magistratura que tanto anhelaba y necesitaba.


Sentado ante el círculo de atractivas tiendas situadas frente al lago y preparando una caña de pescar y un anzuelo estaba Harley Baggott, con un suéter de brillantes colores y pantalones de franela.


Y por las puertas entreabiertas de las diversas tiendas podían atisbarse otras personas acicalándose tras el baño reciente. Dudando sobre la conveniencia de manifestar a las claras el objeto de su llegada, optó por permanecer silencioso durante algún tiempo, mientras meditaba sobre la diferencia entre su propia juventud o la de Roberta Alden y la de estas otras personas. Era natural, a su modo de ver, que un individuo de este mundo abusase de una muchacha como Roberta de manera mezquina y brutal, esperando desembarazarse de ella en cuanto le fastidiase. Pero, ansioso por lograr todas las ventajas que pudiera antes de que se concertaran contra él posibles influencias enemigas, se aproximó por fin a Baggott, y muy ácidamente, aunque con toda la amabilidad que era capaz de desplegar, observó:


—Un sitio delicioso para hacer camping, ¿verdad?

—Sí; eso creemos.

—Forman ustedes un grupo de los residentes en chalets y hoteles de Sharon, ¿no es

así?

—Así es. De las riberas del sur y del oeste principalmente.

—De los Griffiths no habrá nadie más que el señor Clyde, supongo.

—Nada más. Los otros creo que están todavía en Greenwood.

—Desde luego, usted conocerá personalmente al señor Clyde Griffiths.


—Claro; es uno del grupo.

—¿No sabe usted cuánto tiempo lleva aquí, quiero decir con los Cranston?


—Desde el viernes, creo. Por lo menos yo le vi el viernes por la mañana. Pero él mismo estará de vuelta pronto y podrá usted preguntarle lo que quiera —resumió Baggott, empezando a pensar que el señor Mason era demasiado preguntón y además no pertenecía ni a su mundo ni al de Clyde.


Justo entonces salían de una de las tiendas Bertine y Sondra, pronunciando la primera el nombre de su amiga, lo que dio a Mason la oportunidad que deseaba: ver y

 




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estudiar por un momento a la muchacha que tan trágicamente y, sin duda alguna, de forma involuntaria, había reemplazado a Roberta en los amores de Clyde. Y, como pudo ver por sí mismo, era más bella e iba mejor vestida de lo que la otra hubiese podido esperar nunca. Y estaba viva, al contrario que la otra, muerta y en el depósito de cadáveres de Bridgeburg.


Pero mientras él seguía mirando, he aquí que Sondra se volvió para gritarle a Harley:

—Oye, si ves a Clyde, dile que venga a reunirse con nosotras, ¿quieres?

Y él le replicó:

—¿Tú crees que le tengo que decir eso a tu sombra?


Mason, impresionado por el ambiente y el drama, miró en torno intensamente y casi con excitación. Ahora estaba ya muy claro por qué había querido desembarazarse de la muchacha, el verdadero motivo, el subterráneo. Esta hermosa muchacha de aquí, así como este lujo al que aspiraba. ¡Y pensar que a un joven de sus años y de sus posibilidades se le ocurriese un plan tan horrible! ¡Increíble! Y sólo cuatro días después del asesinato de la otra muchacha, estaba cortejando a esta hermosa joven y esperando casarse con ella, como Roberta había esperado casarse con él. ¡Las increíbles vilezas de la vida!


Ahora, casi a punto ya, en vista de que Clyde no aparecía, de presentarse de forma oficial y proceder al registro y confiscación de los efectos personales del sospechoso, se presentó Ed Swenk y con un movimiento de cabeza la indicó que le siguiera. Y una vez a la sombra de los árboles circundantes, vio a Nicholas Kraut al lado de un joven esbelto y bien vestido, de la edad que se le calculaba a Clyde y que por la palidez cerúlea de su rostro supuso que era el mismo a quien buscaban. E inmediatamente se le aproximó, como pudiera hacerlo una avispa irritada o un abejorro, deteniéndose sólo primero para preguntarle a Swenk dónde había sido atrapado y por quién, y luego mirando a Clyde crítica y austeramente, como correspondía a un representante del poder y la majestad de la ley.


—Así pues, es usted Clyde Griffiths, ¿no es así?

—Sí, señor.


—Bueno, señor Griffiths, me llamo Orville Mason. Soy el fiscal de distrito del condado en el que están situados Big Bittern y Grass Lake. Supongo que le resultan bastante conocidos esos dos lugares, ¿no es así?


Hizo una pausa para ver el efecto de su comentario, más bien sardónico. Sin embargo, aunque esperaba verle pestañear y crisparse, Clyde sólo se limitó a mirarle con fijeza mostrando en sus ojos oscuros y nerviosos una enorme tensión.


—No, señor; no puedo decir que los conozca.


Porque durante cada paso que había ido dando por los bosques para volver había ido creciendo dentro de él la profunda e inconmovible convicción de que cualesquiera que fuesen las pruebas y acusaciones que pudieran aparecer contra él, no diría nada con respecto a sí mismo ni con respecto a su relación con Roberta, ni tampoco en cuanto a su visita a Big Bittern o a Grass Lake. No lo haría. Porque eso sería tanto como una confesión de culpabilidad en relación con algo de lo que realmente él no era culpable. Y nadie creería, nunca, ni Sondra, ni los Griffiths, ni ninguno de los encopetados amigos de éstos, que él hubiese podido ser culpable ni siquiera de pensar en una cosa así. Pero aquí estaban, todos al alcance de la voz, y en cualquier momento podrían acercarse y enterarse

 




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del significado de su arresto. Y mientras seguía sintiendo la necesidad de negar cualquier conocimiento en relación con el asunto, sin embargo, al mismo tiempo estaba aterrorizado por la presencia de este hombre, por la oposición y animadversión que semejante actitud pudiera despertar en él. Esa nariz rota, esos ojos grandes y severos...


Mason lo examinó como a un animal fabuloso y desesperado, sintiéndose irritado por su negativa, pero suponiendo también, por su atribulada expresión, que podría obligarle sin duda a confesar su culpa, continuó:


—Por supuesto, ya sabe usted de lo que se le acusa, ¿no es así, señor Griffiths? —Sí, señor; me lo acaba de decir este hombre. —Y usted lo admite, ¿no?


—¡Cómo! De ninguna manera, señor; claro que no lo admito —replicó Clyde con sus labios delgados y ahora blancos en torno a sus bien formados dientes, sus ojos llenos de un terror profundo, trémulo pero evasivo.


—¡Qué estupidez! ¡Qué desvergüenza! ¿Niega usted que ha estado en Grass Lake y en Big Bittern el miércoles y el jueves pasados?


—Sí, señor.


—Bueno, entonces —y ahora Mason se envaró de una manera irritada y al mismo tiempo inquisitorial— supongo que también va a negar que conoce a Roberta Alden, la muchacha que se llevó usted a Grass Lake y luego a Big Bittern, y con la que salió en un bote el jueves pasado, la muchacha con la que estuvo usted en relaciones en Lycurgus durante todo el año pasado, que vivía en casa de la señora Gilpin y que trabajaba a las órdenes de usted en su departamento de la Compañía Griffiths, la muchacha a la que regaló usted un neceser las pasadas Navidades. Supongo que va usted a decir que no se llama Clyde Griffiths y que no ha estado usted viviendo en casa de la señora Peyton, en la calle Taylor, y que éstas no son las cartas y las postales que hemos encontrado en su baúl, de Roberta Alden y de la señorita Finchley, todas estas cartas y notas.


Fue sacando las cartas y postales a medida que hablaba y las blandió delante de Clyde. Y en este punto de su arenga, echando adelante su ancha cara, con su nariz plana y rota y su barbilla algo agresiva hacia Clyde, fulminándole con sus ojos fríos y despreciativos, hizo que el muchacho retrocediera temblando casi perceptiblemente, mientras helados escalofríos recorrían su columna vertebral de arriba abajo y le afectaban el corazón y el cerebro. ¡Esas cartas! ¡Toda esta información concerniente a él! Y además, en su maleta de la tienda de campaña encontrarían las cartas más recientes de Sondra, en las que ella escribía cómo fugarse juntos este otoño. ¡Cuánto mejor que las hubiera destruido! Ahora este hombre podría encontrarlas y hacerles preguntas a Sondra y a todos los demás. Se encogió espiritualmente, mientras los acusadores efectos de su plan tan pobremente concebido y ejecutado pesaban sobre él como el mundo sobre los hombros de un débil Atlas.


Y sin embargo, dándose cuenta de que debía decir algo, pero no queriendo confesar nada, al fin replicó:


—Cierto que mi nombre es Clyde Griffiths, pero todo lo demás es mentira. No sé nada sobre todo lo demás.


—¡Déjese de tonterías, señor Griffiths! No empiece tratando de engañarme. No conseguirá nada por ese camino. Eso no le ayudará conmigo, y además no tengo tiempo

 




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que perder. Recuerde que estos hombres son testigos de cuanto usted dice. Acabo de llegar de Lycurgus, de la habitación que usted ocupa en casa de la señora Peyton, y tengo en mi posesión su baúl y las cartas de Roberta Alden, prueba indiscutible de que usted conocía a esa muchacha, que la cortejó y la sedujo el pasado invierno, y que después, esta primavera, cuando quedó embarazada de usted, la indujo primero a que se marchase a su casa, y luego a hacer este viaje, según usted dijo, para contraer matrimonio. Bueno, usted la desposó en realidad, pero fue con la tumba, ¡así es cómo usted la desposó: con el agua del fondo del lago de Big Bittern! ¡Y ahora quiere usted negarlo, cuando le digo que tengo todas las pruebas que necesito en mi poder, y me dice que ni siquiera la conoce! ¡Bueno, que me condenen si todo esto no es una canallada!


A medida que hablaba, su voz se iba elevando de tono, tanto que Clyde temió que la oyeran en el campamento. Sondra misma podía oírla y acudir. Y aunque ante el alud de pruebas condenatorias tan rápidamente esbozadas por Mason, su garganta se apretó y sus manos apenas pudieron reprimir una crispación nerviosa, al terminar la parrafada se limitó a contestar:


—Lo niego todo, señor.


—Bueno, que me condenen —reiteró Mason—. Puedo creer muy bien que haya matado a una muchacha y que luego se haya quitado de en medio como lo ha hecho, ¡y estando ella además en semejantes condiciones! ¡Pero tratar luego de negar las cartas que ella le ha escrito! Es como si quisiese negar que está vivo. Estas postales y notas, por otra parte, ¿qué me dice usted sobre ellas? ¿Qué hay sobre eso? ¿Intenta usted decirme que no son de la señorita Finchley?


Las blandió delante de los ojos de Clyde. Clyde, viendo que la verdad concerniente a las mismas podía ser probada en este punto y hora, por estar Sondra al alcance de la voz, replicó:


—No, no niego que sean de ella.


—Muy bien. Pero estas otras que había en su baúl, en la habitación de usted, ¿no son las que le escribió la señorita Alden?


—No puedo admitir eso —replicó pestañeando débilmente mientras Mason agitaba las cartas de Roberta delante de sus ojos.


—¡Es inconcebible! —gritó Mason en un arrebato de cólera— ¡Semejante estupidez! ¡Semejante frescura! Oh, muy bien,— dejemos eso por ahora. Ya lo demostraré fácilmente cuando llegue la hora. Pero lo que no comprendo es que siga usted obstinándose en negarlo, sabiendo que tengo todas las pruebas. ¡Es superior a mis fuerzas! Una tarjeta con su propia letra y que se olvidó de sacar del maletín que hizo dejar a la muchacha en Gun Lodge, mientras que usted bien que cogía el suyo propio. Señor Carl Graham, señor Clifford Golden, señor Clyde Griffiths, una tarjeta en la que usted escribió: «De Clyde a Bert. Felices Navidades». ¿Se acuerda de eso? Bueno, aquí está.


Y al decir esto echó mano al bolsillo, extrajo la pequeña tarjeta encontrada en el neceser y la blandió ante las narices de Clyde.


—¿Ha olvidado también esto? ¡Es su misma letra!

Luego se detuvo, y al no obtener ninguna respuesta, añadió por fin:


—¡Pero es usted un asno! ¡Qué plan más ridículo el suyo el de utilizar sus mismas iniciales para inventar esos nombres falsos: señor Carl Graham, señor Clifford Golden!

 




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Al mismo tiempo, dándose cuenta completa de la importancia que tendría una confesión y preguntándose cómo podría conseguirla en este mismo momento, Mason, súbitamente, en vista de la expresión de Clyde, de su rostro helado por el terror, lo que sugería la idea de que quizá estaba demasiado asustado para hablar, cambió de táctica, al menos hasta el punto de bajar la voz, suavizar las formidables arrugas de su frente y también las que le circundaban la boca.


—Ya ve usted, Griffiths, las cosas están así —comenzó ahora con mucha más calma y sencillez—. El mentir o el negar por negar en estas circunstancias no puede ayudarle a usted lo más mínimo.


Sólo puede perjudicarle, ésa es la verdad. Puede pensar que me he mostrado un poco rudo al hacerle las preguntas, pero es sólo porque este caso me ha hecho trabajar muchísimo, tratando de atrapar a alguien que yo me imaginaba muy diferente a usted. Pero ahora que le veo, y veo la manera que tiene usted de reaccionar, y cuán asustado está por lo sucedido, se me acaba de ocurrir que quizá en relación con este caso pueda haber circunstancias atenuantes, que si usted nos las explica, podrían arrojar una luz algo diferente sobre el asunto. Desde luego yo no sé nada. Usted mismo debe ser el mejor juez, pero estoy exponiéndole la idea en lo que vale. Pues, por supuesto, están estas cartas. Además, cuando lleguemos mañana a Three Mile Bay, como espero, estarán allí los tres hombres que le encontraron la otra noche cuando caminaba usted hacia el sur desde Big Bittern. Y no solamente ésos, sino el posadero de Grass Lake, el de Big Bittern, el hombre que le alquiló allí el bote y el chófer que les llevó a usted y a Roberta desde Gun Lodge. Todos ellos le identificarán a usted. ¿Es que cree que no van a reconocerle, absolutamente todos ellos, y que no van a poder decir que fue usted el que estuvo con ella, y que cuando llegue el momento no va a haber un jurado que los crea?


Y todo esto lo registraba Clyde en su mente como una máquina, pero sin decir nada, mirando con expresión fija y helada.


—Y no sólo eso —continuó Mason muy suavemente y con el tono de una persona que quiere congraciarse—, sino que además está la señora Peyton. Ella me vio coger estas cartas y tarjetas de su baúl en su propia habitación y del cajón de su mesa. Además están todas las muchachas de la fábrica donde trabajaban usted y la señorita Alden. ¿Se supone que no van a recordar todo lo habido entre ella y usted cuando se enteren de que ella ha muerto? ¡Qué tontería! Es algo que tiene usted que ver por sí mismo, tire por donde tire. No puedo ocultar nada. Sería darse con la cabeza contra la pared. Debe usted comprenderlo.


Se detuvo otra vez con la esperanza de obtener una confesión. Pero Clyde, todavía convencido de que admitir algo en relación con Roberta o con Big Bittern presagiaba la ruina, seguía mirando fijo, mientras Mason procedía a añadir:


—Perfectamente, Griffiths, voy a decirle ahora otra cosa más, y no podría darle mejor consejo si fuera usted mi propio hijo o hermano y estuviese tratando de sacarle de esto en lugar de instándole a decir la verdad. Si espera usted conseguir algo por sí mismo, no le ayudará nada negarlo todo de la manera en que lo está haciendo. Está sólo enredando las cosas y condenándose a los ojos de la gente. ¿Por qué no decir que usted la conocía y que estuvo allí con ella ya que ella le escribió esas cartas y terminar así de una vez? Eso es algo de lo que no puede usted librarse por mucho que quiera. Cualquier persona razonable, su

 




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propia madre si estuviese aquí, le diría lo mismo. Es ridículo lo que está haciendo y denota más bien culpabilidad que inocencia. ¿Por qué no aclarar los hechos antes de que sea demasiado tarde para tomar en cuenta cualquier circunstancia atenuante, si es que hay alguna? Y si lo hace ahora, y puedo ayudarle de alguna forma, le prometo aquí mismo que me alegraré mucho de hacer todo lo que esté en mi mano. Pues, después de todo, yo no me he propuesto cazar a un hombre hasta la muerte, ni hacerle confesar algo que no ha hecho, sino meramente llegar a la verdad del caso. Pero si usted va a negar incluso que conocía a esta muchacha cuando le digo que tengo todas las pruebas necesarias, bueno, entonces... —Y aquí el fiscal levantó las manos en un gesto de cansancio y disgusto.


Pero ahora como antes, Clyde permaneció silencioso y pálido. A pesar de todo lo que Mason había revelado, y de todo lo que este consejo, al parecer amistoso e íntimo, implicaba, con todo no podía concebir que no resultara desastrosa para él incluso la mera admisión de que conocía a Roberta. ¡Lo fatal que resultaría tal confesión a los ojos de todos sus conocidos de aquí! La conclusión de todos sus sueños en relación con Sondra y esta vida. Y por eso siguió en silencio. Y entonces, Mason, irritado sobremanera, exclamó finalmente:


—Oh, muy bien, entonces. Así pues, ha decidido usted no hablar, ¿no es eso?

Y Clyde, lívido y débil, replicó:

—No tengo nada que ver con su muerte. Eso es todo lo que puedo decir ahora.


Y sin embargo, pensaba en el mismo momento en que lo decía, que quizá habría sido mejor no hacerlo, que quizá habría sido mejor decir que conocía a Roberta, que había estado en el lago con ella, si de eso se trataba, pero que nunca había intentado matarla, que se había ahogado por mero accidente. Porque él no la había golpeado en absoluto, excepto por accidente, ¿no era así? ¿O sería mejor no confesar que la había golpeado en forma alguna? Porque, ¿quién iba a creer en tales circunstancias que la hubiese golpeado con una cámara por mera casualidad? Pero sería mejor no mencionar la cámara, puesto que no se hablaba de ella en los periódicos que había leído ni se decía que tuviese ninguna.


Todavía estaba meditando cuando Mason exclamó:

—Así pues, ¿admite usted que la conocía?

—No, señor.


—Entonces, está bien —añadió el otro dirigiéndose hacia los demás—. Supongo que lo único que nos queda por hacer es llevarlo al campamento y preguntar a esa gente qué saben sobre él. Quizá saquemos así algo de este pajarraco: enfrentándole con sus amigos. Su maleta y sus cosas están todavía en una de esas tiendas, creo. Pues bien, caballeros, vamos a llevar allí a este personaje, y veremos qué dicen los demás.


Y entonces, rápida y fríamente, dio media vuelta, mientras que Clyde, encogiéndose ante el horror que se le echaba encima, exclamaba:


—¡Oh, no, por favor! ¡No puede hablar usted en serio! ¡No pensará hacer eso! ¡Por favor, no!


Y en este punto Kraut intervino y dijo:


—Me pidió que diésemos un rodeo por el bosque y que le rogase a usted que no lo llevara al campamento.


—Conque ahí le aprieta el zapato, ¿eh? —exclamó Mason al oír esto—. El caballero es demasiado exquisito para soportar ser conducido ante las señoras y caballeros de la

 




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colonia del lago Twelfth, pero ni siquiera quiere admitir que conocía a la pobre obrera que trabajaba para él. Muy bien. Entonces, mi delicado amigo, desembuche todo lo que sabe o va allí de cabeza ahora mismo. —Se detuvo un momento para comprobar el efecto de sus palabras—. Reuniremos a todas las personas que hay ahí y les explicaremos cómo están las cosas, y después veremos si sigue usted obstinándose en negarlo todo. —Y notando todavía un gesto de vacilación en Clyde añadió—: Tráiganlo, muchachos.


Mason empezó a andar unos cuantos pasos, mientras que Kraut cogía a Clyde por un brazo y Swenk por el otro. Entonces el muchacho exclamó:


—¡Oh, por favor, no! No lo haga, señor Mason. No quiero volver allí, se lo ruego. No es que sea culpable, pero puede usted recoger todas mis cosas sin necesidad de que yo vaya. Eso es muy importante ahora para mí.


Oleadas de sudor empapaban una vez más su pálido rostro y sus manos, y estaba mortalmente frío.


—No quiere ir, ¿eh? —exclamó Mason deteniéndose al escucharlo—, Sería herir su orgullo, ¿no? Bueno, supongamos que usted contesta algunas de las cosas que necesito conocer, y además de una manera clara y rápida, o de lo contrario iremos inmediatamente, sin aguardar ni un momento más. Vamos, va a contestar usted, ¿sí o no?


Y se volvió para enfrentarse con Clyde, quien, con labios temblorosos y ojos confusos, anunció nerviosa y enfáticamente: —Desde luego que la conocía. Desde luego que sí. Naturalmente. Esas cartas lo demuestran. Pero, ¿qué importa eso? Yo no la maté. Ni fui tampoco al lago con intención de matarla. No es verdad, no es verdad, se lo juro. Fue todo un accidente. Ni siquiera quería llevarla allí ni a ninguna parte. Era ella la que quería que nos fuésemos juntos a algún lado porque, porque, bueno, ya lo sabe usted, sus cartas lo dicen. Y yo sólo estaba tratando de darle el esquinazo en alguna parte, porque no quería casarme con ella, eso es todo. Y la llevé allí, no para matarla, de ninguna manera, sino para tratar de persuadirla, sólo para eso. Y yo no volqué el bote, al menos no me propuse volcarlo. El viento se llevó mi sombrero, y los dos, ella y yo, nos echamos a la misma banda para cogerlo, y el bote volcó, eso es todo. El filo del bote le dio en la cabeza. Yo lo vi, pero estaba demasiado asustado para acercarme a ella, porque temí que pudiera arrastrarme al fondo. Y luego se hundió. Y yo nadé hasta la playa. Esa es toda la verdad delante de Dios.


Su rostro, a medida que iba hablando se le arrebolaba, y las manos también. Pero sus ojos estaban torturados, y eran como pozos de angustia. Estaba pensando: «Quizá no hubo viento aquella tarde y ellos descubran ese detalle. O tal vez encuentren el trípode oculto en un tronco y entonces creerán que es con eso con lo que la golpeé». Estaba sudoroso y temblando.


Pero Mason ya estaba empezando a hacerle nuevas preguntas.


—Espere, veamos un momento. ¿Dice usted que no se la llevó allí con intención de matarla?


—Desde luego que no; no, señor.


—Entonces, ¿cómo es que se registró usted con dos nombres diferentes en los registros de Big Bittern y Grass Lake?


—Porque no quería que nadie se enterase de que había estado allí con ella.

—Ya veo. No quería que se produjera ningún escándalo por el estado en que ella se

 




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encontraba.

—No, señor. Sí, señor, eso es.


—Pero a usted no le importaba que el nombre de ella quedase deshonrado cuando fuese encontrada luego.


—Pero es que yo no sabía que se iba a ahogar —replicó Clyde, sagaz y astutamente, dándose cuenta a tiempo de la trampa que le tendía la pregunta.


—Pero en cambio sabía que usted no iba a regresar al mismo sitio. Desde luego usted lo sabía, ¿no es así?


—¡Cómo! No, señor; yo no sabía que no iba a volver al mismo sitio. Yo pensaba que

sí.


«Bastante listo, bastante listo», pensó Mason para sí, pero sin decir nada, y luego dijo con rapidez:


—Y por eso, con objeto de que pareciera lo más normal no volver al mismo sitio, se llevó usted su propia maleta y dejó allí la de ella. ¿Es eso natural? ¿Cómo se explica?


—Pero yo no me la llevé porque fuera a escaparme. Decidimos guardar en ella el almuerzo.


—¿Decidimos, o decidió usted?

—Decidimos los dos.


—¿Y tuvo usted que llevarse una maleta tan grande para guardar un almuerzo tan pequeño? ¿No podía haberlo envuelto en un papel o haberlo guardado en el bolso de ella?


—Bueno, su bolso estaba atestado, y a mí no me gusta llevar paquetes ni envoltorios. —Ah, comprendo. Demasiado sensitivo y orgulloso, ¿eh? Pero no lo bastante como para no hacer toda una caminata con una pesada maleta, pongamos doce millas, de noche,

hasta Three Mile Bay. Eso no le dio vergüenza, ¿verdad?


—Bueno, después que ella se ahogó yo no quería que se supiese que había estado con ella, y como tenía que marcharme...


Se detuvo, mientras que Mason se limitaba a mirarle, pensando en las muchas, muchísimas preguntas que tendría que formularle todavía, y que, como él sabía o sospechaba, al otro le resultaría imposible contestar de forma satisfactoria. Pero se estaba haciendo tarde, y había que volver al campamento para recoger las pertenencias de Clyde, su maleta y posiblemente el traje que había llevado aquel día en Big Bittern, uno gris, había oído decir, no este otro que llevaba ahora. Durante el camino sobraría tiempo para seguirle haciendo preguntas.


De esta forma, aunque le desagradaba mucho tener que proceder así de momento, dio todo por concluido con:


—Está bien, Griffiths; dejaremos el interrogatorio para más tarde. Puede que lo que haya dicho sea verdad; no lo sé. Por su bien, espero que lo sea. De todas formas puede usted ir con el señor Kraut. Él le indicará el camino. —Y luego, volviéndose a Kraut y Swenk, exclamó—: Bien muchachos. Ahora os diré lo que vamos a hacer. Se está haciendo tarde y tenemos que ir de prisa si queremos llegar a algún sitio esta noche. Usted, señor Kraut, se encargará de llevar a este joven hasta nuestras dos canoas y aguardará allí. Déles una voz al sheriff y a Sissel para indicarles que estamos listos. Swenk y yo bajaremos en la otra canoa tan pronto como podamos.


Después de decir esto, él y Swenk avanzaron hacia el campamento en medio de la

 




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creciente oscuridad.




CAPÍTULO 10


El efecto de la reaparición de Mason en el campamento con la noticia, anunciada primero a Frank Harriet, luego a Harley Baggott y a Grant Cranston, de que Clyde estaba detenido, que había confesado haber estado con Roberta en Big Bittern, si bien no haberla matado, y que él, Mason, estaba allí con Swenk para recoger sus efectos personales, fue suficiente para destruir aquella hermosa excursión como por ensalmo. Porque aunque el asombro y la incredulidad y una confusión atónita, los dominaron a todos, sin embargo aquí estaba Mason preguntando cuáles eran las cosas de Clyde, y afirmando que sólo a petición propia, éste no era conducido para identificar sus objetos personales.


Frank Harriet, el más práctico del grupo, dándose cuenta de la verdad y autoridad del fiscal, al instante indicó el camino hasta la tienda de Clyde, donde Mason empezó a realizar un examen del contenido de la maleta y trajes, mientras que Grant Cranston, lo mismo que Baggott, conscientes del gran interés de Sondra por Clyde, se alejaron para llamar primero a Stuart, luego a Bertine, y finalmente a Sondra, apartando a ésta del resto del grupo e informándola en secreto de todo lo que estaba ocurriendo. Y ella, en cuanto se dio cuenta, se puso muy pálida y se desmayó en los brazos de Grant. Entonces fue conducida a su tienda, donde, después de recobrar el conocimiento, exclamó:


—¡No creo una palabra de todo eso! ¡No es verdad! ¡No puede ser! ¡Ese pobre muchacho! ¡Oh, Clyde! ¿Dónde está? ¿Adónde se lo han llevado?


Pero Stuart y Grant, de ninguna manera tan emotivamente impresionados como ella, le advirtieron que debía guardar silencio. Podía ser verdad después de todo. Suponiendo que lo fuera, los demás se enterarían, ¿no? Y suponiendo que no fuera verdad, él pronto podría probar su inocencia y ser puesto en libertad, ¿no? No servía de nada comportarse ahora de esta forma.


Entonces Sondra, al admitir en sus pensamientos la mera posibilidad de una cosa así, empezó a aterrarse.


Clyde tenía que ser inocente. Debía tratarse de un error. Pero luego hizo memoria y se puso a pensar en la noticia que escuchó por teléfono, y cómo Clyde se había puesto blanco y enfermo, casi al borde del derrumbamiento. ¡Oh, no, no podía ser! Pero estaba su retraso desde Lycurgus, el hecho de no haber llegado hasta el viernes. El no haberle escrito en todo ese tiempo. Volvió a desmayarse al pensar en el horror de la acusación, mientras que Grant y los demás convenían que lo mejor sería levantar el campamento, ahora o por la mañana temprano, y regresar a Sharon.


Sondra recobró el conocimiento al cabo de un rato y anunció irritadamente que tenía que irse en seguida, que no podía soportar este sitio, y rogó a Bertine y a los demás que no dijeran nada de sus desmayos, porque eso daría motivos para habladurías. Y pensaba todo este tiempo en cómo podría rescatar sus cartas. ¡Cielos! ¿Y si hubiesen caído en manos de la policía y las publicasen los periódicos? Y, sin embargo, conmovida por el amor que sentía por Clyde, se sentía por primera vez en su corta vida zarandeada por las crueles y duras realidades de la existencia que se echaban encima de su manera de ser

 




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frívola y casquivana.


Y de esta forma se decidió de inmediato que ella se marcharía con Stuart, Bertine y Grant a la posada Metissic, y desde allí se dirigirían a Albany y finalmente a Sharon.


Mientras tanto, Mason, después de hacerse cargo de todas las pertenencias de Clyde, se apresuró a regresar a Three Mile Bay, adonde llegó a última hora del martes por la noche. Y durante el camino no dejó de hacer preguntas a Clyde, especialmente al no haber encontrado entre sus cosas el traje gris que se decía que llevaba puesto en Big Bittern.


Clyde, turbado por esta nueva complicación, negó que hubiese llevado puesto un traje gris, insistiendo en que siempre había usado el mismo que llevaba.


—Pero, ¿es que no se lo mojó?

—Sí.

—Entonces, ¿dónde se lo lavaron y plancharon después?

—En Sharon.


—¿En Sharon?

—Sí, señor.

—¿Por un sastre de allí?

—Sí, señor.

—¿Qué sastre?

Clyde no podía recordar.


—¿Entonces usted lo llevó arrugado y mojado desde Big Bittern hasta Sharon? —Sí, señor.


—Y desde luego nadie se dio cuenta.

—Que yo recuerde, nadie.


—Que usted recuerde, nadie, ¿eh? Bueno, ya veremos eso más tarde —dijo, decidiendo en su fuero interno que Clyde era indudablemente un asesino que había premeditado su crimen, y que él ya le haría declarar dónde había escondido el traje.


Después estaba la cuestión del sombrero de paja encontrado en el lago. ¿Qué había sobre eso? Al admitir que el viento le había arrancado el sombrero, Clyde había dado a entender que llevaba un sombrero en el lago, pero no necesariamente el que se había encontrado en el lago. Pero ahora, Mason estaba decidido a establecer de una manera clara, sin la presencia de ningún testigo, la pertenencia del sombrero encontrado en el agua, así como la existencia de un segundo sombrero utilizado más tarde.


—Aquel sombrero suyo de paja que dice usted que el viento le tiró al agua, ¿no intentó recobrarlo?


—No, señor.

—En la excitación del momento, no pensó en eso, ¿verdad?


—Exacto.


—Pero de todas formas, usted llevaba puesto otro sombrero de paja cuando hizo la caminata por los bosques. ¿Dónde lo consiguió?


Clyde, atrapado y desconcertado, se detuvo durante una fracción de segundo, asustado y preguntándose si se podría o no probar que este sombrero que llevaba ahora era el mismo que había usado en el bosque, o si el que estaba en el agua había sido comprado en Utica, como era el caso. Y entonces decidió mentir.


—Pero es que yo no tenía otro sombrero de paja.

 




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Sin prestar atención a esta frase, Mason se levantó, le quitó a Clyde el sombrero de la cabeza y procedió a examinar su etiqueta: Stark y Cía., Lycurgus.


—Ya veo que éste tiene etiqueta. Comprado en Lycurgus, ¿eh?

—Sí, señor.

—¿Cuándo?

—En junio pasado.


—¿Pero usted está seguro de que éste no era el que llevaba puesto en el bosque aquella noche?


—Sí, señor; estoy seguro.

—Bueno, entonces, ¿dónde estaba éste?


Y Clyde otra vez se detuvo como delante de una trampa y pensó: «¡Dios mío! ¿Cómo voy a explicar esto ahora? ¿Por qué he admitido que el del lago era mío?». Pero al momento se acordó de que, lo hubiera negado o no, la gente de Grass Lake y Big Bittern recordarían que llevaba un sombrero de paja.


—¿Dónde estaba? —insistió Mason.

Y Clyde dijo por fin:


—Oh, es que en otra ocasión estuve ya antes en Pine Point, me lo dejé olvidado y lo he encontrado al volver.


—Oh, ya veo. Muy conveniente, diría yo.


Estaba empezando a creer que tenía que habérselas con una persona muy escurridiza, por lo que era preciso preparar las trampas con mayor astucia, determinando al mismo tiempo citar a los Cranston y a todos los miembros de la acampada del lago Bear para descubrir si alguno recordaba haber visto a Clyde con sombrero y si era verdad que se había dejado un sombrero de paja la vez anterior. Estaba mintiendo, desde luego, y lo atraparía.


Para Clyde no hubo ya ni un solo momento de paz desde este instante hasta que llegaron a Bridgeburg y a la cárcel del condado. Porque, por mucho que se negara a contestar, Mason estaba a cada momento asaltándole con preguntas tales como: «¿Por qué, si lo que querían ustedes hacer era almorzar en algún sitio de la orilla, fue usted remando hasta aquel extremo del lago, que además no es de los sitios más hermosos? ¿Dónde pasó usted el resto de la tarde?». Luego, refiriéndose a las cartas de Sondra, encontradas en su maleta, le preguntó: «¿Cuánto tiempo hacía que la conocía? ¿Estaba él tan enamorado de ella como ella parecía estarlo de él? ¿No era por la promesa de la muchacha de casarse con él en el otoño por lo que se había decidido a matar a la señorita Alden?».


Pero mientras que Clyde se turbaba y protestaba contra esta última acusación, en cambio, el resto del tiempo se limitaba a mirar silenciosa y lastimeramente con sus ojos torturados y míseros.


Tuvo que pasar toda una noche en la buhardilla de una granja, situada en el extremo occidental del lago, tumbado en un jergón, echado en el suelo, mientras que los agentes hacían guardia por turno, pistola en mano, y Mason y el sheriff y otros dormían en la planta baja. Y algunos vecinos, a causa de los rumores, llegaron por la mañana a preguntar:


—Hemos oído decir que el individuo que mató a la muchacha en Big Bittern está aquí, ¿es verdad? —Y esperaron para poderlo ver al amanecer.

 




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Y luego, en otro pueblecito que les cogía de paso, así como en Three Mile Bay, grandes muchedumbres de granjeros y comerciantes, veraneantes y niños, se congregaron al parecer porque alguien había dado la noticia por teléfono. En último lugar estaban Burleigh, Heit y Newcomb, quien, a causa de información previamente comunicada por teléfono, se había traído a un tal Gabriel Gregg, un juez de paz muy meticuloso. Y entonces Mason, delante de este juez, acusó a Clyde de la muerte de Roberta y de que debía ser retenido legalmente como testigo material en la cárcel del condado de Bridgeburg, en la que fue al momento encerrado.


Una vez allí, Clyde se arrojó sobre el jergón apretándose la cabeza en un arrebato de agonía y desesperación. Eran las tres de la mañana y fuera de la cárcel había visto una multitud amenazadora de no menos de quinientas personas. Porque ya había corrido la noticia de que a causa de su deseo de casarse con una joven rica había golpeado y asesinado con brutalidad a una muchacha obrera y encantadora cuya única falta había consistido en quererle demasiado. Se habían oído gritos amenazadores de:


—¡Aquí está el sucio bastardo! ¡Colgarás por esto, canalla, espera y verás!


Clyde se había acercado al sheriff temiendo que en realidad fueran a matarle, y pensando: «Entonces creen de verdad que yo la maté! ¡Y quizá intenten lincharme!». Tan confundido y mísero se sentía, que a la vista de la reja de hierro de la cárcel que se abría ante él para recibirle, había dado un profundo suspiro de alivio a causa de la protección que la misma le suministraba.


Pero una vez en su celda siguió sufriendo sin cesar toda la noche debido a todo lo que había perdido. ¡Sondra! ¡Los Griffiths! ¡Bertine! Toda la gente de Lycurgus se enteraría de esto por la mañana. Su madre, el mundo entero. ¿Dónde estaba Sondra ahora? Pues sin duda Mason se lo habría contado todo a ella y a los demás cuando fue a recoger sus cosas. Y ellos le tendrían ahora por lo que era: un asesino. Pero si alguien supiese cómo había sucedido todo... Si Sondra, su madre o alguien supiese comprender la verdad...


Quizá podría explicárselo todo a Mason, antes de que la cosa siguiese adelante, refiriéndole exactamente cómo había sucedido. Pero eso entrañaba una explicación sobre su proyecto, su verdadero intento desde un principio, lo de la cámara, lo de alejarse nadando. Aquel golpe no intencionado (¿pero quién iba a creerlo?), el ocultar el trípode después. De todos modos lo más probable es que fuera juzgado y ejecutado por asesinato dijera lo que dijese. Lo electrocutarían de todas formas. ¡Qué horror! Ojalá no hubiese dejado aquellas cartas de Roberta y de su madre en su habitación. Y entonces se acordó de que en una de las cartas de su madre, ésta mencionaba aquel asunto de Kansas City, y Mason se enteraría también de eso. Si no hubiese cometido tantas torpezas una detrás de otra, quizá ahora podría ocultarse en Boston o en Nueva York.


Lleno de angustia, no pudo dormir en absoluto, sino que paseaba arriba y abajo o se sentaba en el filo del duro camastro, sin dejar de pensar. Y al amanecer, un huesudo y anciano carcelero vestido con un uniforme azul muy descolorido, trajo una bandeja de hierro en la que había una taza de café, un poco de pan y un pedazo de jamón con un huevo, aunque Clyde no tenía ninguna hambre.


Más tarde fueron asomándose el sheriff mismo y sus subordinados para preguntarle si necesitaba algo, pero todos ellos revelaban en sus ojos el asombro, disgusto y horror con que les había llenado este supuesto crimen suyo.

 




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Clyde, mirándoles entre los barrotes, trataba de comportarse cortésmente, ya que ahora estaba en sus manos y podrían hacer con él lo que quisieran.




CAPÍTULO 11


En relación con la autopsia y sus resultados se redactó un informe definitivo. Los cinco doctores opinaban que: «Se observa una herida en la boca y en la nariz; la aleta de la nariz parece haber sido ligeramente golpeada, los labios están hinchados, un diente medio suelto, y existe una hinchazón en la membrana mucosa de los labios, heridas éstas que no son fatales. La herida principal está localizada en el cráneo (lo mismo que Clyde había mantenido en su primera confesión), que parece haber sido dañado gravemente por un golpe con un instrumento afilado, y se observan signos de fractura y hemorragia interna que muy bien podrían haber producido la muerte».


Pero el agua hallada en los pulmones era una prueba indudable de que Roberta no estaba muerta cuando fue arrojada al agua, sino que se ahogó tal como Clyde había afirmado. Y no había otros signos de violencia o lucha, aunque sus brazos y dedos aparecían arañados de forma que indicaban que pudo tratar de aferrarse a algo. ¿Al costado del bote? ¿Podría ser eso? ¿Podría después de todo la historia de Clyde contener una pizca de verdad? Desde luego estas circunstancias parecían favorecerle un poco. Sin embargo, como Mason y los demás convinieron, todos los detalles más bien parecían probar que aunque él no la hubiese matado antes de arrojarla al agua, sin embargo no había dejado de golpearla para lanzarla inconsciente al lago.

Pero, ¿con qué la habría golpeado? ¡Si se consiguiera hacerle confesar!


Entonces Mason tuvo una inspiración. Se llevaría a Clyde y, aunque la ley prohibía de manera específica obligar a las personas acusadas, haría que el muchacho reconstituyese todas las escenas del crimen. Y, aunque quizá así no se delatara de ninguna forma, con todo, sus acciones podrían revelar el escondite del traje o sugerir el instrumento con que había asestado el golpe.


Y en consecuencia, al tercer día siguiente al encarcelamiento de Clyde, se hizo una segunda visita a Big Bittern en la que tomaron parte Kraut, Mason y los demás. Kraut, siguiendo instrucciones de Mason, no hacía más que sonsacar a Clyde para que dijese toda la verdad y de esa forma, le aseguraba, poder escapar de la silla eléctrica con cadena perpetua o veinte años.


Pero Clyde, a causa del mismo miedo que le había dominado en el lago Bear, mantuvo un profundo silencio. Pues, ¿por qué tenía que confesar que la había golpeado, cuando en realidad no lo había hecho adrede?


En el lago se tomaron medidas entre el lugar donde Roberta se había ahogado y donde había desembarcado Clyde. En aquellos momentos, el ayudante del coroner vino en busca de Mason con un importante descubrimiento, el trípode que Clyde había escondido, y con el cual creyeron entonces Mason y los demás que habría asestado el golpe a Roberta en la cabeza, tras lo cual se la habría llevado al bote para arrojarla al agua más tarde. Pero Clyde se puso entonces muy pálido y negó que tuviese ningún trípode ni ninguna cámara, por lo que Mason decidió volver a preguntar a todos los testigos.

 




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Y antes de que acabara el día se enteró por el guía que había servido como chófer, así como por el encargado de los botes y por una camarera de Grass Lake, de que llevaba un conjunto de palos a un lado de la maleta que debía ser el trípode en cuestión.


Entonces Burton Burleigh pensó que no habría sido quizá con el trípode con lo que la había golpeado sino con la cámara misma, y a causa de esta conclusión, Mason ordenó que unos cuantos hombres bucearan en el lugar donde se había encontrado el cuerpo de Roberta, con el resultado de que al cabo de todo un día de trabajo fue hallada la cámara que Clyde había dejado caer y cuyas medidas coincidían exactamente con las heridas que se observaban en el rostro de Roberta.


Pero en la cámara no existía el menor rastro de sangre ni tampoco en el costado ni en el fondo del bote, que había sido llevado a Bridgeburg para ser examinado.


Burton Burleigh era una persona muy astuta, y pronto meditó sobre lo fácil que sería, si se necesitaba una prueba irrefutable, cortarse un dedo y dejarlo sangrar en el costado del bote o en el filo de la cámara. Y lo fácil que sería también arrancarle a Roberta dos o tres cabellos y prenderlos del borde de la cámara o del tolete donde había quedado enganchado su velo. Y después de meditarlo decidió, en efecto, hacer una visita al depósito y hacerse con unos cuantos cabellos de Roberta. Pues estaba convencido de que Clyde había asesinado a la muchacha a sangre fría y no le parecía justo que por falta de pruebas este muchacho silencioso pudiera ser absuelto.


Por consiguiente, el mismo día que Heit y Mason midieron de nuevo las heridas del rostro y de la cabeza de Roberta, Burleigh enrolló hábilmente dos cabellos de Roberta en la tapa y el objetivo de la cámara, de forma que, al observarlo más tarde Mason y Heit, aunque se asombraron de no haberlos visto antes, sin embargo llegaron a la conclusión de la evidente culpabilidad de Clyde.


Pero precisamente por ser irrefutable el testimonio, decidieron no decir nada por ahora sobre la cámara y hacer callar a todos los que estaban enterados del asunto. Porque, suponiendo que Clyde persistiera en negar que había llevado una cámara, en la que los químicos pudieron ver diversas fotos de Roberta, resultaría muy comprometedor para Clyde que en el mismo día del juicio fuera exhibida dicha cámara con las fotos que contenía.


A continuación Mason decidió hablar con el gobernador del estado con el propósito de que se concediera para el juicio un plazo especial que era el que más le convenía para su campaña política. Porque ¿qué necesidad había de retrasar nada? ¿Por qué permitir que un criminal como éste pudiese elaborar algún plan de escape?


Y especialmente cuando Mason esperaba de este juicio el afianzamiento definitivo de su fama legal y política en todo el país.




CAPÍTULO 12


De esta forma se creó en el condado norte una sensación de primera magnitud, con todos los elementos capaces de darle mayor coloridor amor, romanticismo, riqueza, pobreza y muerte. E inmediatamente comenzaron a circular descripciones pintorescas de dónde y cómo Clyde había vivido en Lycurgus, con quién había estado relacionado, cómo se las

 




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había arreglado para ocultar sus relaciones con una muchacha mientras planeaba fugarse con otra, detalles todos éstos muy del gusto de los periódicos sensacionalistas. De todas las grandes ciudades llegaron periodistas para enterarse de los detalles completos del crimen. ¿Quién era la hermosa muchacha acaudalada de la que se decía que Griffiths estaba enamorado? ¿Dónde vivía? ¿Cuáles eran las relaciones exactas de Clyde con ella? Pero Mason, aterrado por la riqueza de los Finchley y de los Griffiths, se resistía a revelar el nombre de Sondra, afirmando por el momento que se trataba de la hija de un fabricante muy rico de Lycurgus, cuyo nombre no podía decir, pero no dudando en mostrar el paquete de cartas que Clyde había atado con una cinta.


Por otra parte, las cartas de Roberta fueron descritas con todo detalle, incluso con trozos de alguna, los más poéticos y melancólicos, que fueron suministrados a la prensa, ya que no había nadie que protegiera a la muerta. Y a raíz de su publicación se alzó una oleada de odio contra Clyde, así como de lástima hacia la muchacha, la pobre y desgraciada campesina que no tenía a nadie sino a él y a quien no sólo había engañado cruelmente, sino que además había asesinado. ¿No era la horca demasiado buena para él?


Y entonces un joven reportero del periódico de Utica, romántico por naturaleza, llegó al hogar de los Alden y suministró al mundo una exacta descripción de la angustiada señora Alden, la cual no hacía más que trazar cuadros conmovedores sobre la bondad y pureza de su hija.


En cambio, de los Griffiths o de otros miembros de la sociedad local, no se obtuvo más que un completo silencio. Pues por lo que atañía a Samuel Griffiths, le fue imposible en un principio creer que Clyde hubiese sido capaz de algo semejante. Tenía que haber algún error. Sin duda habían confundido a Clyde con otro.


Pero Gilbert, que era el que les había llevado la noticia, procedió a explicar que sin duda era cierta, ya que la muchacha había trabajado en la fábrica a las órdenes de Clyde, y el fiscal de Bridgeburg aseguraba estar en posesión de las cartas que la muerta le había escrito a Clyde y que éste reconocía haber recibido.


—Bueno —dijo Samuel—, no te precipites y sobre todo no hables con nadie de esto hasta que yo vuelva. Dile a Smillie que trate con los periódicos para que atajen todo comentario hasta que yo esté de regreso. Dile también que vea a Clyde si puede y al fiscal del distrito para conseguir toda la información posible. Y que vaya a ver también los periódicos que hayan hablado del asunto.


Aproximadamente por la misma época, en el hogar de los Finchley, en el lago Twelfth, Sondra en persona, después de cuarenta y ocho horas de pensamientos torturadores relativos al asombroso suceso que había puesto fin a todas sus fantasías juveniles con respecto a Clyde, decidió por último confesárselo todo a su padre, con el que estaba más compenetrada que con su madre. Así pues, se le acercó cuando estaba en la biblioteca, que era donde solía sentarse después de comer para leer o estudiar sus diversos negocios. Pero habiendo llegado a su lado, empezó a sollozar, pues estaba abrumada por el fracaso de su amor por Clyde, así como por el escándalo que estaba a punto de caer sobre ella y su familia. ¿Qué diría su madre ahora, después de todas sus advertencias? ¿Y su padre? ¿Y Gilbert Griffiths y su novia?


Sus sollozos llamaron de inmediato la atención de su padre, que la miró atónito sin comprender en absoluto los motivos. Pero percibiendo algo espantoso, la abrazó y la

 




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consoló murmurando:

—Vamos, vamos, ¿qué le ha pasado a mi niñita? ¿Qué le han hecho?


Y luego, con gran asombro, escuchó la confesión completa de todo lo que había ocurrido: el primer encuentro con Clyde, cómo ella se interesó por él, la actitud de los Griffiths, sus cartas, su enamoramiento, y ahora esta espantosa acusación y arresto. Y una vez más se echó a llorar como si el corazón fuera a rompérsele, pero sabiendo muy bien que al final obtendría la simpatía y el perdón de su padre, por mucho que éste sufriese.


Finchley padre, después de las exclamaciones de rigor nacidas de su irritación y de su asombro, procedió luego, mientras Sondra seguía llorando, a llamar a su esposa, con objeto de explicarle la naturaleza del caso, y luego llamó por teléfono a Legare Atterbury, abogado, senador del Estado, presidente del Comité Republicano del Estado y consejero suyo particular durante los pasados años, para explicarle la gran dificultad en que su hija se encontraba y también para preguntarle qué actitud le parecía más recomendable.


—Bueno, veamos —contestó Atterbury—, yo no me preocuparía demasiado, señor Finchley. Creo que todo podrá arreglarse. Me pondré en contacto con el fiscal del condado de Cataraqui y por lo menos haré que las cartas no sean entregadas a los periódicos y quizá que tampoco se mencione el nombre de ustedes en el juicio.


Después de esta conversación, Atterbury llamó a su vez a Mason y al instante concertó una entrevista con él en la que se decidió que las cartas sólo serían examinadas por el jurado, a menos que Clyde prefiriese confesar antes y no hubiera necesidad.


A continuación, la familia Finchley creyó que lo mejor sería que la madre y los dos hijos se trasladasen a cualquier punto de la costa de Maine, mientras que el padre regresaría a Lycurgus y a Albany, ya que no parecía prudente seguir al alcance de reporteros o amigos inoportunos. De esta forma la familia Finchley viajó a Narragansett, donde bajo el nombre de Wilson se ocultaron durante seis semanas.


Mientras tanto, Smillie, cumpliendo instrucciones de Griffiths, se dirigió a Bridgeburg, y después de estar dos horas hablando con Mason fue a la cárcel a ver a Clyde a solas, según le había autorizado el fiscal, el cual creía que lo más prudente era persuadir a Clyde para que hiciese una confesión completa, ya que así tendría ciertas posibilidades de obtener clemencia y por lo menos se evitaría un gran escándalo social que sería aireado en todos los periódicos.


De esta forma, Smillie se dirigió a la celda de Clyde en la que éste, muy sombría y desesperadamente, no cesaba de preguntarse qué hacer. Pero a la mera mención del nombre de Smillie se encogió como si le hubiesen golpeado. ¡Los Griffiths, Samuel Griffiths y Gilbert! Su representante personal. Y ahora, ¿qué iba a decir? Porque, argüía consigo mismo, no cabía ninguna duda de que si Smillie había hablado con Mason, le creería culpable. ¿Y qué iba él a decir ahora? ¿Qué clase de historia iba a contar, la verdad o qué? Pero no tuvo mucho tiempo para pensar, porque mientras trataba de hacerlo, Smillie fue introducido en la celda. Y entonces sólo pudo humedecerse sus secos labios con la lengua y balbucir un saludo confuso, al cual Smillie replicó con forzada jovialidad:


—¿Qué tal, Clyde? Siento mucho verle en un sitio como éste. —Y luego continuó—: Los periódicos y el fiscal de aquí están llenos de ideas absurdas en cuanto a la dificultad en que usted se halla, pero supongo que tiene que tratarse de un error. Y eso es lo que vengo a descubrir. Su tío me telefoneó esta mañana para que me enterase de todo, así es

 




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que si usted quiere contármelo con todo detalle...


Hizo una pausa, confiado en lo que el fiscal le había dicho y esperando que no le costaría ningún trabajo hacer confesar a Clyde.


Y éste, después de humedecerse una vez más los labios, empezó a decir:


—Supongo que tengo las cosas bastante mal, señor Smillie. No pensaba, cuando conocí a la señorita Alden, que me iba a meter en un embrollo como éste. Pero yo no la maté, y ésa es toda la verdad delante de Dios. Ni siquiera deseé nunca matarla ni llevarla a aquel lago. Es lo que he estado diciendo en todo momento al fiscal. Sé que éste tiene algunas cartas que ella me escribió, pero esas cartas sólo demuestran que ella quería que nos marchásemos juntos a alguna parte, pero no que yo quisiera llevarla...


Hizo una pausa, esperando que Smillie aprobaría esta declaración. Y Smillie, notando que esto concordaba con las afirmaciones de Mason, replicó:

—Sí, ya estoy enterado, me ha enseñado las cartas.


—Sabía que lo haría —continuó Clyde débilmente—, Pero ya sabe usted lo que pasa a veces, señor Smillie. Un hombre puede meterse en un lío a causa de una muchacha. Al principio me gustaba Roberta, ésa es la verdad, y llegué con ella hasta el punto que muestran esas cartas. Pero ya sabe usted la regla que prohíbe que un jefe de departamento tenga algo que ver con las mujeres que trabajan a sus órdenes. Toda la dificultad surgió de ahí. Temía que la gente se enterase.


—Ya comprendo.


Y así, poco a poco, cada vez menos tenso, ya que Smillie parecía escucharle con simpatía, refirió su intimidad con Roberta, así como los puntos en que estribaba su defensa. Pero no hizo la menor mención de la cámara o de los dos sombreros y el traje desaparecido, cosas éstas que le preocupaban constante y enormemente.


Y Smillie, acordándose de lo que le había dicho Mason, le preguntó:


—Pero, ¿qué hay acerca de esos dos sombreros, Clyde? El fiscal me ha dicho que usted ha admitido que tenía dos sombreros de paja, el que se encontró en el lago y el que llevaba después.


Clyde, sin saber qué decir, replicó:

—Pero es que yo no llevaba un sombrero de paja después, sino una gorra.

—Dicen que en el lago Bear usted lo llevaba.


—Sí, tenía uno allí, pero me lo había dejado olvidado la primera vez que estuve en casa de los Cranston.


—Pero es que también hablan de un traje gris que dicen que usted llevaba entonces. —No, yo llevaba un traje azul. Ahora me lo han quitado y me han dado este otro. —Por lo visto no encuentran el sitio donde se lo plancharon a usted en Sharon. ¿No


es allí donde se lo plancharon?

—Sí, señor.

—¿Quién?


—Bueno, no puedo recordarlo ahora. Pero creo que encontraría al hombre si me diese una vuelta por allí; es un sitio que está cerca del embarcadero. —Al mismo tiempo que decía esto tenía baja la mirada, apartándola de Smillie.


Éste procedió luego a preguntarle acerca de la maleta que se había llevado al bote, y si no le habría sido posible ayudar a Roberta después de volcar. Clyde explicó que se

 




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hubiera ahogado también si ella le agarraba, pero añadió ahora, por primera vez, que le había gritado a la muchacha que se cogiese al bote, mientras que antes había dicho que el bote se alejó de los dos. Smillie recordó que Mason le había informado en este sentido, y en relación con la historia de que el viento le había arrancado el sombrero, había dicho que podía probar, tanto por testigos como por informes del Gobierno de los Estados Unidos, que no hubo ni un soplo de aire en aquel día de completa calma. Por tanto era evidente que Clyde estaba mintiendo. Su historia era demasiado frágil. Pero Smillie, que no deseaba turbarle, se limitaba a decir «ya comprendo» o «desde luego» y otras frases alentadoras.


Por fin llegó el momento de preguntarle sobre las señales que Roberta tenía en la cara y en la cabeza. Pues Mason le había llamado la atención sobre eso, insistiendo en que ningún golpe contra el bote podría causar a la vez heridas tan distintas. Pero Clyde se obstinaba en que solamente era el bote lo que la había golpeado y que no comprendía qué otra cosa pudiera haberla herido a la vez. Pero ya entonces comenzaba a ver cuán poco fundamento tenía esta explicación. Pues estaba claro que su aspecto intranquilo y turbado no era el más a propósito para convencer a Smillie. Por otra parte, éste consideraba que no haber ayudado a Roberta era algo canallesco, una excusa sin consistencia para dejar que muriera.


Al cabo, cansado y descorazonado y sin fuerzas para seguir mintiendo, se calló por fin. Y Smillie, sin saber ya qué decir, declaró finalmente:


—Bueno, temo que ha llegado la hora de irme, Clyde. Están muy mal las carreteras para volver a Sharon. Pero me he alegrado mucho de escuchar su versión de lo sucedido. Se lo transmitiré todo a su tío tal como usted me lo ha contado. Pero mientras tanto, si yo fuera usted, hablaría lo menos posible, hasta que vuelva a tener noticias mías. He recibido instrucciones para buscarle un abogado que le defienda en este caso, pero como es tarde y nuestro consejero principal estará de vuelta mañana, creo que será mejor esperar a hablar con él. Él mismo vendrá por aquí o enviará a otra persona para darle a usted los consejos más convenientes.


Tras esta recomendación final se marchó dejando a Clyde con sus pensamientos, convencido de la culpabilidad del muchacho. Ni siquiera los millones de Griffiths podrían librarle de una suerte que se tenía muy bien merecida.




CAPÍTULO 13


El día siguiente por la mañana, Samuel Griffiths, con su hijo Gilbert, estaba escuchando en el salón de su casa de Lycurgus el informe de Smillie sobre Clyde y Mason. Y Gilbert Griffiths se mostraba muy agitado y enfurecido por todo lo que oía, llegando a exclamar una de las veces:


—¡Qué maldito diablo! ¡Qué sucia bestia! ¿No te lo dije yo, papá? ¿No te previne contra él?


Samuel Griffiths meditaba sobre lo mal que había juzgado a Clyde y dirigió a Gilbert una mirada que parecía decir: «No se trata aquí de discutir mi equivocación sino la situación actual».

 




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Gilbert pensaba por su cuenta: «¡El asesino! Y esa estúpida de Sondra Finchley tratando de elevarle para molestarme a mí. ¡La muy estúpida! Se tiene bien merecido todo lo que le pasa. ¡Qué tragedia! ¡Quizá una ejecución! ¡Y en nuestra familia!».


Samuel Griffiths, por su parte, hacía memoria de todo lo que había ocurrido desde que Clyde había llegado a Lycurgus.


El haberle dejado trabajar al principio en aquellos sótanos, alejado de toda la familia, abandonado a sus propios recursos. ¿No podría eso haber contribuido un poco a este horror? Y luego haberle puesto a cargo de aquellas muchachas. Ahora comprendía que había sido un gran error, aunque, por supuesto, no justificaba de ninguna manera la acción cometida por Clyde. ¡La maldad de una mente semejante, los deseos carnales y desenfrenados! ¡La brutalidad sin nombre de seducir a aquella muchacha y luego, a causa de Sondra, desembarazarse de ella! ¡Y ahora se hallaba en la cárcel, sin una explicación mejor de todas las sorprendentes circunstancias que no haber intentado matarla y que el viento le había arrancado el sombrero! ¡Qué argumento tan débil! Tampoco tenía explicación adecuada sobre la existencia de los dos sombreros o de la falta del traje o de no haber ido en ayuda de la muchacha en el agua. Además estaban esas señales inexplicables en el rostro de la muerta. Todos estos detalles demostraban su culpabilidad.


—¡Espantoso, espantoso! —exclamó—. Realmente no puedo concebirlo. Parece imposible que alguien de mi sangre pueda ser culpable de una cosa así.


Y luego, después de cerca de hora y media de preguntas y más preguntas, tratando de encontrar otra interpretación que la que se derivaba del informe suministrado por Smillie, Samuel Griffiths se detuvo y declaró:


—Desde luego, todo presenta muy mal aspecto, pero no puedo condenarle completamente sin más conocimiento que el que tenemos. Debe haber otros hechos que todavía no han salido a la luz, algunos pequeños detalles que todavía no conocemos, alguna disculpa de una u otra índole que haga que esto no parezca un crimen tan atroz. ¿Ha llegado ya el consejero, el señor Broogart, de Boston?


—Sí, está aquí —replicó Gilbert.


—Bueno, pues que venga a verme esta tarde a las dos. Puede que se le ocurra alguna sugerencia valiosa, aunque no veo cuál pueda ser. Sólo una cosa se me ocurre decir, que espero que no sea culpable. Y estoy dispuesto a dar todos los pasos necesarios para descubrir si lo es o no, y si no lo es, defenderle hasta el límite que permita la ley. Pero nada más. No puedo tratar de salvar a un asesino tan atroz, aunque se trate de mi sobrino. Sí es culpable tendrá que cargar con las consecuencias.


Y tras decir esto, se retiró pesadamente, mientras Smillie y el propio Gilbert le veían marchar impresionados.


Luego compareció el señor Broogart, un hombre grueso y bien vestido, abogado de la compañía, que tenía un ojo medio cubierto por un párpado caído y un estómago más bien protuberante, y daba la impresión de ser una especie de globo capaz de deslizarse a impulso de las más ligeras brisas de interpretaciones o decisiones legales de cualquier índole. En ausencia de otro hecho adicional, la culpabilidad de Clyde le parecía evidente. Pensaba que era muy difícil elaborar una defensa aceptable, a menos que hubiese hechos que favorecieran a Clyde y que hasta ahora no hubiesen aparecido.


Por otra parte, sin enviar primero a un experto que pudiese interrogar hábilmente a

 




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Clyde, no podría decirse si había o no esperanzas de elaborar una defensa. En su oficina había un tal señor Catchuman, un hombre muy inteligente, que podría ser enviado a una misión semejante, y había además otros varios aspectos en este caso que, a su juicio, necesitaban un cuidadoso examen previo antes de llegar a una decisión. Pues desde luego, como sabían los señores Griffiths, en Utica, en la ciudad de Nueva York y en Albany había abogados criminalistas muy versados en las estratagemas del derecho penal. Y cualquiera de ellos, sin duda alguna, con la esperanza de unos honorarios elevados, sin tener en cuenta el aspecto primario de una situación determinada, podría ser inducido a hacerse cargo de una defensa semejante. Y no cabía duda que por medio de recursos, apelaciones, etc., conseguirían diferir y por fin obtener un veredicto definitivo que implicase algo menos que la muerte, si éste era el deseo del cabeza de tan importante familia. Por otra parte, existía el hecho innegable de que un juicio así, tan duramente reñido, tendría una repercusión considerable desde el punto de vista de la publicidad y quizá eso no le conviniera al señor Griffiths, ya que lo más probable sería que la gente dijese, justa o injustamente, que estaba usando su gran riqueza para tratar de burlar a la justicia, ya que el público sentía en tales casos un gran prejuicio contra el dinero. Pero, sin embargo, también esperaría que los Griffiths realizaran alguna defensa, por todo lo cual era necesario ahora que decidieran el procedimiento a seguir: si elegir abogados criminalistas muy distinguidos o a alguno de menos categoría o de ninguna categoría en absoluto. Pues desde luego era posible, sin apenas llamar la atención, proveer a Clyde de un abogado inteligente y, sin embargo, de tipo conservador, alguno de Bridgeburg, cuyo deber consistiría en conseguir que las referencias ofensivas para la familia se vieran reducidas a un mínimo en los periódicos sensacionalistas.


Por lo tanto, después de tres horas de conferencia, el propio Samuel Griffiths decidió por fin que el señor Broogart enviase al señor Catchuman a Bridgeburg para interrogar a Clyde y luego, según fuesen sus conclusiones en cuanto a su culpabilidad o inocencia, para elegir entre los abogados locales al que mejor representara los intereses del acusado, pero todo ello dentro de un procedimiento estrictamente legal, sin tratar de burlar a la justicia con estratagemas de ninguna clase.




CAPÍTULO 14


El señor Catchuman no resultó ser de ninguna manera la persona más indicada para extraer de Clyde algo más de lo que hubiesen conseguido Mason o Smillie. Aunque astuto en demasía, no tenía tacto ninguno para las emociones, como era necesario en el caso de Clyde. Se mostraba demasiado legal, demasiado frío y poco emotivo. Y en consecuencia, después de marear a Clyde durante cuatro horas seguidas de una calurosa tarde de julio, se vio obligado finalmente a desistir sacando la impresión de que como autor de un crimen, Clyde era, probablemente, el más asombroso ejemplo de incapacidad y torpeza con que hubiese tropezado nunca.


Pues Clyde seguía negando haber poseído ninguna cámara, así como que el trípode encontrado correspondiera a una cámara de su propiedad, mentira que irritó tanto a Catchuman, que decidió no seguir discutiendo con él.

 




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Pero como al mismo tiempo Broogart le había dado instrucciones en el sentido de que, cualquiera que fuesen sus conclusiones personales con respecto a Clyde, era indispensable un abogado, ya que la caridad, si no el honor de los Griffiths, estaba en entredicho, decidió buscar uno antes de marcharse. En consecuencia, y sin tener conocimiento alguno de la situación política local, se dirigió al despacho de Ira Kellogg, presidente del Banco Nacional del condado de Cataraqui y personalidad que, aunque Catchuman lo ignorase, era relevante en el partido demócrata. A causa de sus opiniones religiosas y morales, este mismo Kellogg estaba ya muy escandalizado e irritado por el crimen de que se acusaba a Clyde. Pero por otra parte, como sabía muy bien que este caso iba a preparar el camino para el triunfo de los republicanos, no era ciego a la necesidad de buscar un buen contrincante para Mason. Evidentemente la suerte estaba jugando a favor de la maquinaria republicana, mediante la persona y el crimen de Clyde.


Pues desde el descubrimiento de este asesinato, Mason estaba gozando de una publicidad y notoriedad, incluso nacionales, de las que ningún fiscal de distrito de esta región había disfrutado desde hacía muchos años. Corresponsales, reporteros y fotógrafos de periódicos de ciudades distantes llegaban cada día para entrevistarse con Clyde o Mason o para tomar apuntes o fotos de los mismos y de los miembros de la familia Alden; asimismo Mason era receptor de elogios desmesurados a los que se unían incluso los votantes demócratas, al asegurar unánimemente que Mason tenía toda la razón, que estaba tratando a este joven asesino de la manera que se merecía, y que ni la riqueza de los Griffiths ni la familia de aquella joven acaudalada a la que había estado tratando de conquistar, iban a influir lo más mínimo sobre este joven tribuno del pueblo, el cual era un fiscal auténtico, que no había permitido «que la hierba le creciera bajo los pies».


Antes de la visita de Catchuman, había sido convocado un jurado preliminar para la encuesta previa del coroner, habiéndose pronunciado el veredicto de que la muchacha fallecida había muerto a causa del plan maquinado y ejecutado por Clyde Griffiths, preso en la cárcel de Bridgeburg y que tendría que aguardar el veredicto del jurado del condado. Y entonces fue cuando Catchuman preguntó acerca de la posibilidad de encontrar un abogado que se encargase de la defensa de Clyde. E inmediatamente a Kellogg se le ocurrió el nombre del honorable Alwin Belknap, de esta misma ciudad, un individuo que había sido dos veces senador del Estado, tres veces asambleísta de los demócratas de esta región, y al que se consideraba como el más capacitado para ocupar un alto puesto en la localidad en caso de que los demócratas llegaran a hacerse con el poder. Aunque el señor Kellogg no se molestó en explicar a Catchuman todos los complicados detalles de la interesante situación política, sí le dijo que el señor Belknap era un hombre excepcional, ideal para enfrentarse a Mason.


Tras esto, Kellogg se ofreció a conducir personalmente a Catchuman al despacho de Belknap, donde fueron saludados por un hombre de aspecto activo y servicial de unos cuarenta y ocho años, cuyos ojos, de un gris azulado, impresionaron a Catchuman como ventanas psíquicas de una mente decididamente astuta. Pues Belknap estaba acostumbrado a conducirse con un aire de grandiosidad que le valía el respeto de todo el mundo. Se había graduado por la universidad, y en su juventud, a causa de su aspecto, de sus medios económicos y de su posición social en la localidad (su padre había sido juez al mismo tiempo que senador de la región), había visto mucho de lo que puede llamarse

 




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vida urbana en todo lo referente a las cuestiones sexuales que tanto preocupaban a hombres como Mason, y para las que él tenía por su parte una conciencia mucho más permisiva.


En realidad era la persona ideal para ocuparse de un caso como el de Clyde con mucha menos vehemencia y fiebre que Mason. Pues una vez, cuando tenía veinte años, él mismo se había visto atrapado por dos muchachas, con una de las cuales estaba sólo tonteando, mientras que se hallaba enamorado seriamente de la otra. Y habiendo seducido a la primera y teniendo que hacer frente a un matrimonio o bien optar por la fuga, eligió esto último. Pero no sin exponer antes el asunto a su padre, el cual le aconsejó que se tomase unas vacaciones, durante las cuales se requirieron los servicios del médico de la familia con el resultado de que por mil dólares y los gastos necesarios para alojar en Utica a la muchacha embarazada, el padre logró finalmente liberar a su hijo y hacer posible su regreso y su matrimonio con la otra muchacha.


Por esta razón, aunque de ninguna manera simpatizase con los procedimientos crueles y drásticos de Clyde para intentar escapar, así como muy perplejo por el caso, pues nunca en todos sus años de práctica legal había podido comprender la psicología de un asesino, con todo, a causa de la influencia amorosa de una rica muchacha, cuyo nombre no se había divulgado todavía, se sentía inclinado a sospechar que Clyde había sido traicionado o embelesado. ¿No era pobre, orgulloso y ambicioso? Había oído decirlo y al mismo tiempo había estado pensando que él mismo podría muy bien aprovecharse de la situación política y conseguir que el caso fuese aplazado para que se juzgara después de que Mason hubiese terminado su mandato, lo cual significaría la derrota de este último. Él y su joven y reciente socio, Reuben Jephson, que acababa de llegar de Vermont, habían estado pensando en eso.


Y ahora, he aquí que se presentaba el señor Catchuman acompañado por el señor Kellogg. Y después de una conferencia entre los tres, arguyendo el último lo ventajoso que sería para él, políticamente, hacerse cargo de tal defensa, se decidió a ello después de consultar con su socio.


Entonces Catchuman le entregó una carta de presentación para Clyde, mientras que Jephson se dirigía a Mason para informarle de que se hacían cargo de la defensa del detenido como representantes de Samuel Griffiths, pidiéndole que entregase un detallado informe por escrito de todos los cargos que se le hacían, así como de las pruebas acumuladas hasta ahora, el resultado de la autopsia y el acta de la encuesta del coroner. Al mismo tiempo le comunicaban que iban a solicitar la exhumación del cuerpo de la señorita Alden para que otros doctores convocados por la defensa pudieran examinarlo, proposición que Mason tuvo que aceptar para evitar mayores dificultades.


Habiendo sido arreglados estos detalles, Belknap anunció que iba a ir a la cárcel a ver a Clyde. Era ya tarde y todavía no había cenado, pero quería tener una entrevista con el joven, del cual le dijo Catchuman que se mostraba muy difícil. Pero Belknap, halagado como estaba por su oposición a Mason y por su convicción de hallarse bien dispuesto para entender a Clyde, estaba lleno además de un alto grado de curiosidad. ¡Lo romántico y dramático de un crimen como éste! ¿Qué clase de muchacha sería esta Sondra Finchley de la que había oído hablar por conductos misteriosos? ¿Podría testificar quizá en defensa de Clyde? Ya se había enterado de que su nombre no podía mencionarse en este caso, puesto

 




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que altas exigencias políticas así lo aconsejaban. Estaba realmente ansioso de poder hablar con este escurridizo y ambicioso joven.


Sin embargo, al llegar a la cárcel, después de mostrar al sheriff la carta de Catchuman, le pidió como favor especial que le dejase observar a Clyde, sin que éste pudiese verle, dentro de su celda. Pudo así contemplarle tendido sobre el jergón, echado boca abajo y con los brazos puestos encima de la cabeza, con una bandeja al lado que no había tocado. Pues desde la partida de Catchuman, se sentía más derrotado que nunca. En efecto, su situación le parecía tan desesperada, que estaba llorando, y los hombros le temblaban por los sollozos contenidos. A la vista de esto, y acordándose de sus propias aventuras juveniles, Belknap se sintió muy apenado por el muchacho. Ningún asesino despiadado, a su manera de ver, lloraría de esa forma.


Aproximándose a la puerta de la celda, después de una pausa, empezó a decir:


—Vamos, vamos, Clyde, eso no se hace. No debes darte por vencido de esa forma. Tu caso tal vez no sea tan desesperado como tú crees. ¿No te gustaría sentarte tranquilamente y hablar con un abogado que cree que es posible hacer algo por ti? Me llamo Belknap, Alwin Belknap. Vivo aquí mismo en Bridgeburg y me ha enviado ese otro señor que estuvo aquí hace un rato, Catchuman creo que se llama. Por lo visto no te has entendido muy bien con él. Pero aquí tengo una carta suya autorizándome a representarte. ¿Quieres verla?


Se la alargó jovialmente y con tono autoritario entre los estrechos barrotes hacia los que Clyde, lleno de curiosidad y de dudas, se aproximaba en aquellos momentos. Pues había algo tan cordial e insólito y aparentemente simpático y comprensivo en la voz de este hombre, que Clyde tomó ánimos. Y sin vacilación tomó la carta y la miró, y luego la devolvió con una sonrisa.


—Así me gusta —continuó Belknap en tono muy convincente, complacido por el efecto que había causado y que atribuía enteramente a su propio encanto y magnetismo—. Así está mejor. Sé que vamos a entendernos. Lo presiento. Vas a hablarme con naturalidad y confianza, como lo harías con tu propia madre. Y sin miedo a que ninguna palabra tuya pueda llegar a oídos de otra persona, a menos que tú lo desees, ¿comprendes? Voy a ser tu abogado, Clyde, si tú me lo permites, y tú vas a ser mi cliente. Mañana vamos a tener una entrevista, o cuando tú quieras, y me vas a decir todo lo que creas que debo conocer para ayudarte. Voy a demostrarte que cuanto más me ayudes tú en mi tarea, tanto más te ayudaré yo a ti, ¿comprendes? Te aseguro que voy a esforzarme para sacarte de todo esto. ¿Qué te parece, Clyde?


Sonrió de una manera muy alentadora y simpática, casi afectuosamente. Clyde, sintiendo por primera vez desde su llegada, que había encontrado a alguien en quien confiar sin peligro, estaba pensando que quizá sería mejor decírselo todo a este hombre, sin omitir ningún detalle. No podría explicar por qué sentía tal confianza en él; simplemente le resultaba simpático. De una mañera rápida, aunque confusa, comprendió que el abogado le entendería e incluso podría simpatizar con él si lo supiese todo o casi todo. Y después que Belknap le explicó cuán ansioso estaba aquel enemigo suyo, Mason, por condenarle, y que él estaba seguro de poder retrasar el caso hasta que dicho personaje hubiese cesado en su mandato, Clyde anunció que si le dejaba la noche para pensar sobre el asunto, mañana o cualquier otro día se lo contaría todo.

 




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Así pues, al día siguiente, Belknap, sentado en un taburete, estaba escuchando la historia que Clyde explicaba, sentado en el filo de su camastro, de todos los detalles de su vida desde que había llegado a Lycurgus. Cómo y por qué había ido allí, el incidente de la niña muerta en Kansas City, su encuentro con Roberta y el deseo que sintió por ella; su embarazo y cómo había tratado de hacerla abortar hasta que, habiéndole ella amenazado con un escándalo, él, con gran angustia y terror por su parte, leyó aquella gacetilla en el periódico y trató de imitar el accidente. Pero nunca fue una cosa premeditada como Belknap podía pensar. Ni la había matado de una manera intencionada. No, desde luego que no. El señor Belknap tenía que creerle. Nunca llegó a golpearla adrede. ¡No, no y no! Había sido un accidente. Desde luego que había habido una cámara, y el trípode que Mason decía haber encontrado era sin duda de su propiedad. Lo había escondido debajo de un tronco, después de haber golpeado por accidente a Roberta con la cámara y de ver que dicha cámara se hundía en las aguas, en cuyo fondo estaría todavía sin duda, con fotos de él y de Roberta si es que la película no se había disuelto ya. Pero desde luego no la había golpeado con intención. Desde luego que no. Ella se le había acercado y él le había dado el golpe, pero sin querer. El bote había volcado. Y después, con toda la veracidad que pudo, describió cómo le pareció hallarse en una especie de trance, porque, habiendo llegado tan lejos en sus propósitos, sin embargo no podía seguir avanzando.


Pero mientras tanto, Belknap, cansado y confundido por esta extraña historia, cuya inverosimilitud le parecía absoluta y con la que no se podría convencer a ningún jurado de la región, lleno de incertidumbre y de perplejidad, se levantó y colocó sus manos en los hombros de Clyde mientras decía:


—Bueno, creo que está bien por hoy, Clyde. Comprendo cuáles son tus sentimientos y supongo lo mucho que todo esto te afecta y lo cansado que estarás, pero me alegro muchísimo de que me hayas dado esta información tan valiosa, porque me doy cuenta de lo difícil que tiene que haberte resultado. Hoy no hace falta que hables más. Quedan más días y hay unas cuantas cosas que tengo que hacer antes de seguir contigo. Por ahora dedícate a dormir y a descansar. Necesitas reunir todas tus fuerzas para el trabajo que hemos de emprender dentro de poco. Pero ahora no debes preocuparte, porque no hay necesidad, ¿comprendes? Te sacaré de todo esto, o te sacaremos, mi socio y yo. Tengo un socio que voy a traer aquí dentro de poco y que también te gustará. Pero hay una o dos cosas en las que quiero que pienses y a las cuales debes aferrarte con firmeza, y una de éstas es que no dejes que nadie te asuste por nada, porque o yo o mi socio estaremos aquí por lo menos una vez cada día para que nos digas lo que estimes necesario. Pero no debes hablar con nadie más, ni con Mason, ni con el sheriff, ni con los carceleros, ni con nadie, a menos que yo te lo indique. Con nadie, ¿me oyes? Y sobre todo no llores más. Tanto si eres inocente como un ángel o malvado como el mismo demonio, lo peor que puedes hacer es llorar delante de alguien. El público y los oficiales de la prisión no lo comprenden; siempre consideran el llanto como una debilidad o una confesión de culpabilidad. Y yo no quiero que nadie piense de ti semejante cosa, especialmente cuando sé que no eres en realidad culpable. Ahora lo sé. Lo creo. ¿Comprendes? Así es que tienes que mantenerte altivo ante Mason y ante cualquiera. En realidad, de ahora en adelante, quiero que aprendas a reír un poco o, por lo menos, a sonreír y a pasar parte del día con la gente que te rodea. Hay un viejo refrán en derecho que dice que el convencimiento de la propia inocencia da la calma

 




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a cualquiera. Piensa y compórtate como inocente. No te sientes y te pongas a rumiar con el aspecto de quien ha perdido hasta el último amigo, ya que eso no es verdad. Yo estoy aquí y también mi socio, el señor Jephson. Le traeré dentro de uno o dos días, y tú le considerarás y te portarás con él exactamente de la misma manera que conmigo. Ten confianza en él, porque en asuntos legales está todavía más enterado que yo en algunos aspectos. Y mañana voy a traerte dos o tres libros y algunas revistas y periódicos, y quiero que los leas o que mires las fotos. Así te librarás de preocupaciones.


Clyde esbozó una débil sonrisa y asintió con una inclinación de cabeza.


—De ahora en adelante también, aunque no seas religioso, irás a los servicios que se celebran aquí en la cárcel los domingos. Quiero que asistas con regularidad, es decir, si te invitan a que lo hagas. Porque ésta es una región muy religiosa y quiero que causes la mejor impresión posible. No te importe lo que la gente hable o la manera que tenga de mirarte; tú haz como te digo. Y si este individuo, Mason, o cualquier otro te sigue molestando, me envías una nota. Y ahora que me voy tienes que sonreírme alegremente al salir, lo mismo que me sonreíste al entrar. Y no hablar con nadie, ¿comprendes?


Luego, sacudiendo a Clyde con viveza por los hombros y dándole unas palmaditas en la espalda, salió mientras iba pensando: «¿Pero es que creo que este individuo es tan inocente como dice? ¿Es posible que una persona golpee a una muchacha y no sepa que lo está haciendo intencionadamente? ¿Y que después se aleje nadando porque tema que si se acerca a ella pueda ahogarse también? ¡Malo, malo! ¿Qué doce hombres van a creerse esto? ¡Y esa maleta, esos dos sombreros, ese traje que falta! Y, sin embargo, jura y perjura que. no la golpeó con intención. Pero, ¿y la cuestión del proyecto, de la tentativa, que es igualmente criminal a los ojos de la ley? ¿Está diciendo la verdad o sigue mintiendo, tratando quizá de engañarse a sí mismo al mismo tiempo que a mí? Y esa cámara, tendríamos que apoderarnos de ella antes de que Mason la encuentre y la presente. Y el traje. Tendríamos que encontrarlo y mencionarlo, decir por ejemplo que todo el tiempo ha estado en nuestro poder y enviarlo a Lycurgus para que lo limpien y lo planchen. Pero no, no, espera un minuto, tengo que pensar sobre todo esto».


Tras haber estudiado la cuestión, decidió cansadamente que quizá sería mejor no tratar de hacer uso de la historia de Clyde, sino más bien inventar otra distinta, que podría ser esta misma cambiada o modificada de forma que hiciese parecer el acto menos cruel o criminal.




CAPÍTULO 15


El señor Reuben Jephson era muy distinto de todos los que hasta entonces habían visto a Clyde o se habían interesado legalmente por el caso. Era joven, alto, esbelto, de cabello castaño, frío, pero no en un sentido espiritual, y con una decisión y voluntad que tenían la fuerza y la flexibilidad del acero. Tenía una habilidad mental que en astucia y en clarividencia era muy semejante a la de un lince. Sus ojos inteligentes y agudos brillaban muy azules en su rostro moreno. Había ímpetu y curiosidad en su nariz larga, vigor en sus manos y en su cuerpo. No perdió ni un minuto en cuanto descubrió que existía una posibilidad de que él y su socio se encargaran de la defensa de Clyde, por lo cual, una vez

 




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que eso fue ya un hecho, repasó minuciosamente la encuesta del coroner, los informes de los doctores y las cartas de Roberta y Sondra. Y al verse ahora frente a Belknap, que le explicaba que Clyde admitía en efecto haber planeado la muerte de Roberta, aunque no haberla realizado de hecho, puesto que en el momento fatal algún estado cataléptico de la mente o algún remordimiento habían intervenido y le habían hecho golpearla fortuitamente, se limitó a mirar con fijeza, sin la sombra de una sonrisa y sin comentarios de ninguna clase.


—Pero él no se hallaba en tal estado cuando salió con ella, ¿no es así?

—Efectivamente.

—¿Ni cuando se alejó nadando?

—Desde luego que no.


—¿Ni cuando se fue por los bosques y se cambió de traje y de sombrero y ocultó aquel trípode?


—Tampoco.


—Desde luego ya se dará usted cuenta de que a los ojos de la ley, si hacemos uso de la propia historia, él es tan culpable como si la hubiera golpeado a sabiendas, y el juez tendrá que hacer la instrucción en este sentido. —Sí, ya lo sé. Ya he pensado en todo esto.


—Bueno, pues entonces...


—Mire, Jephson, desde luego se trata de un caso muy difícil, eso está claro. A mi parecer, Mason tiene todas las bazas. Si podemos salvar al muchacho, será un milagro. Pero tal como yo veo la cosa, no estoy tan seguro de que nos convenga mencionar la catalepsia, a menos que queramos alegar locura o locura emotiva o alguna cosa parecida, como en el caso que ya tuvimos de Harry Thaw, por ejemplo.


Hizo una pausa y se frotó las sienes que ya empezaban a ponérsele grises, con un gesto dubitativo.


—Pues mire, por asombroso que pueda parecerle, no llego a creerlo culpable. Por lo menos no estoy del todo convencido. Para decirle la verdad, éste es uno de los casos más enigmáticos que he conocido en mi vida. El individuo no es de ninguna manera tan duro como usted cree, o tan frío, sino un muchacho sencillo y afectuoso, ya lo verá usted mismo. Tiene sólo veintiuno o veintidós años. Y a pesar de su parentesco con los Griffiths, es muy pobre, un simple escribiente. Dice que sus padres son pobres también. Están encargados de una misión, en no sé qué parte del oeste, en Denver creo. Antes tuvieron otra misión en Kansas City. Hace cuatro años que salió de su casa. En realidad se vio metido en un buen jaleo allí en Kansas City cuando estaba trabajando como botones en uno de los hoteles, y tuvo que salir huyendo. Eso es algo de lo que tenemos que enterarnos con relación a Mason: saber si éste está al tanto o no. Al parecer ocurrió que un grupo de muchachos mataron a una niña con un auto que había cogido uno de ellos. Tenemos que informarnos bien, porque si Mason está enterado lo sacará a relucir en el momento que menos se espere.


—No se apuntará ese tanto si voy yo a Kansas City a investigar —replicó Jephson con ojos azules y brillantes.


Y Belknap continuó contándole a Jephson todo lo que conocía sobre la vida de Clyde desde su niñez hasta que concibió el proyecto de matar a Roberta.

 




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—Y a pesar de eso, ¿siente usted dudas de si en realidad la mató o no? —preguntó Jephson al final.


—Sí, le repito que no estoy convencido de que lo hiciera. Pero sé que sigue enamorado de la otra muchacha. Su expresión cambia en cuanto se la menciona.


—Pero, ¿qué dice de la muerta?


—Formó el proyecto de matarla, precisamente por las ideas fantásticas que concibió acerca de la acaudalada joven de la que se enamoró tan perdidamente. Ya sabe usted lo que pasa con los muchachos que no han tenido mucho trato con chicas y que toda su vida han estado faltos de dinero; les vienen ideas extravagantes de grandeza.


—¿Cree usted que pueda estar un poco loco?


—Bueno, es posible, por lo menos obseso, hipnotizado, un cerebro tempestuoso como dicen en Nueva York. Pero desde luego todavía está muy enamorado de esta otra muchacha, la cual también quería casarse con él. Comprendo el caso porque yo mismo me vi una vez en un aprieto parecido.


Hizo un paréntesis para contar la historia a su socio.


—A propósito —continuó—, el detenido ha mencionado la noticia que leyó en el periódico sobre una pareja que se ahogó el dieciocho o el diecinueve de junio. Hay que buscar ese ejemplar.


—Ya me encargaré de eso —replicó Jephson.


—Lo que quiero que haga usted mañana —continuó Belknap— es ir allí conmigo y ver qué impresión le causa. Yo quiero asistir para ver si se lo cuenta a usted todo de la misma manera que a mí. Quiero que me dé usted su punto de vista personal.


Por tanto, al día siguiente fueron a visitar a Clyde a la cárcel. Y Jephson, después de tener una entrevista con él y de meditar una vez más sobre su extraña historia, no pudo decidirse a creer ni en la inocencia completa, ni en la culpabilidad de Clyde con respecto al golpe y a la muerte de Roberta. Porque si era verdad que no la había golpeado a propósito, ¿por qué se alejó luego nadando y dejó que se ahogara? Sin duda a un jurado le costaría mucho más trabajo creer en su inocencia.


Al mismo tiempo estaba la cuestión mencionada por Belknap sobre la posibilidad de que Clyde estuviese mentalmente trastornado o desequilibrado en la época en que concibió el proyecto basado en la noticia del periódico y decidió actuar en consecuencia. Desde luego cabía dentro de lo posible, pero personalmente, Jephson opinaba que Clyde estaba ahora totalmente cuerdo y sano. A su entender, el muchacho era más duro y astuto de lo que Belknap creía, con una astucia modificada desde luego por ciertos modales suaves y educados que le hacían simpático a la gente.


Pero Clyde no se mostraba propicio de ninguna manera a confiar en Jephson tanto como había confiado en Belknap, actitud que en un principio le atrajo un poco de antipatía por parte del abogado. Al mismo tiempo, había en Jephson una seriedad eficiente e íntegra que pronto convenció a Clyde de que se tomaba el caso de una manera técnica, no emotiva. Y al cabo de algún tiempo empezó a pensar que este joven podría hacer por él más que el mismo Belknap.


—Desde luego ya se dará usted cuenta de que las cartas que le escribió a usted la señorita Alden son muy graves, ¿verdad? —empezó diciendo Jephson, después de escuchar el relato de Clyde.

 




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—Sí, señor.


—Son muy significativas para cualquier persona que no conozca todos los hechos, y pueden indisponer contra usted a cualquier jurado, sobre todo si se comparan con las de la señorita Finchley.


—Sí, supongo que puede pasar eso —replicó Clyde—, pero la verdad es que ella no se mostró siempre de esa forma. Fue únicamente cuando se quedó en estado y después de marcharse porque yo se lo dije, cuando empezó a escribirme en ese tono.


—Ya sé, ya sé. Y ésa es una cuestión que tenemos que estudiar muy bien. Si hubiese alguna manera de conseguir que esas cartas no se exhibieran —dijo volviéndose hacia Belknap. Luego le dijo a Clyde—: Pero lo que quiero preguntarle ahora es eso: usted estuvo en relaciones con ella más o menos un año, ¿no es así?


—Sí.


—En todo ese tiempo que usted estuvo con ella, o antes, ¿se mostró la muchacha amiga o incluso amiga íntima de algún otro joven, es decir, está usted enterado de algo?


Como Clyde pudo ver, a Jephson no le importaba presentar cualquier idea o estratagema que ofreciera una posibilidad de escape. Pero lejos de sentirse animado por esa sugerencia, se escandalizó. Era vergonzoso tratar de envolver a Roberta en una mentira semejante. No podía ni quería consentir una insinuación tan falsa, y por eso replicó:


—No, señor. Nunca me enteré de que fuese con ningún otro. En realidad sé que nunca fue con nadie.


—Muy bien. Eso lo aclara todo —replicó Jephson— Ya había pensado yo por las cartas que lo que usted dice es verdad, pero al mismo tiempo conviene conocer todos los hechos. La diferencia sería muy grande si existiese algún otro muchacho.


Clyde no comprendió bien si trataba de sugerirle la idea o no, pero de todas formas consideró que no valía la pena tomarla en cuenta, aunque al mismo tiempo no dejaba de pensar: «¡Si este hombre lograra elaborar una buena defensa para mí! Tiene un aspecto tan astuto».


—Bueno, entonces —continuó Jephson, en el mismo tono duro e inquisitivo, desprovisto, a juicio de Clyde, de todo sentimentalismo o lástima—, hay otra cosa que le quiero preguntar. Durante todo el tiempo que usted la conoció, antes o después de tener relaciones íntimas con ella, ¿le escribió la muchacha alguna carta ruin o sarcástica o exigente y amenazadora?


—No, señor, nunca hizo nada de eso —replicó Clyde—. Excepto en las cartas finales quizá, en la última en concreto.

—Y usted no le escribió nunca, supongo.

—No, señor, no le escribí nunca.

—¿Por qué?


—Bueno, estábamos juntos en la fábrica como usted sabe. Y al final, cuando se fue a su casa, a mí me daba miedo escribir.


—Ya comprendo.


Al mismo tiempo, como Clyde procedió ahora a referir, y eso con toda honradez, Roberta a veces estaba muy lejos de mostrarse de un carácter dulce, pues en realidad podía ser resuelta e incluso terca. Y no había prestado ninguna atención a sus ruegos de

 




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que casarse con ella significaría su ruina en todos los sentidos, a pesar de que él se ofreció a pagarle su manutención. Esa actitud de ella, explicó, fue la que había causado toda la dificultad, mientras que, en cambio, la señorita Finchley (y aquí Clyde introdujo una nota de reverencia y entusiasmo que Jephson notó en seguida) se mostraba ansiosa por favorecerle en todos los sentidos.


—Así es que usted, en realidad, quería muchísimo a la señorita Finchley, ¿no es así? —Sí, señor.


—Y después de haberla conocido ya no le importaba nada Roberta, ¿no es verdad? —Sí, no podía soportarla.


—Ya comprendo —observó Jephson asintiendo con solemnes movimientos de cabeza, meditando al mismo tiempo cuán fútil e incluso peligroso sería hacerle saber esto al jurado. Y luego pensó en que posiblemente lo mejor sería seguir la sugerencia previa de Belknap, basada en el procedimiento consuetudinario legal de la época, de alegar insania o desequilibrios cerebrales producidos por la situación terrorífica en que imaginaba estar. Pero dejando eso a un lado, prosiguió ahora—: Dice usted que algo le sobrevino en el bote aquel día, que en realidad usted no supo lo que estaba haciendo en el momento en que la golpeaba.


—Sí, señor, ésa es la verdad.


Y Clyde se puso a explicar una vez más cuál había sido su estado en aquellos momentos.


—Perfectamente, perfectamente, le creo —replicó Jephson aparentando creer lo que Clyde decía, pero incapaz en realidad de concebirlo en absoluto—. Pero ya se dará usted cuenta, desde luego, de que ningún jurado, en vista de todas las demás circunstancias, va a creer una cosa así —anunció ahora—. Hay demasiados detalles que necesitan explicación y que no podemos poner en claro tal como están las cosas. No sé cómo vamos a arreglárnoslas. —Ahora se había vuelto y se estaba dirigiendo a Belknap—. Esos dos sombreros y esa maleta, a menos que aleguemos locura o algo por el estilo. No estoy nada seguro en cuanto a ellos. ¿Ha habido algún caso de locura en su familia del cual esté usted enterado? —añadió entonces, dirigiéndose a Clyde una vez más.


—No, señor, ninguno que yo sepa.


—¿Ningún tío, primo o abuelo que haya sufrido ataques o tenido ideas extravagantes o algo por el estilo?


—No he oído nada de eso, señor.


—Y los parientes ricos que usted tiene en Lycurgus supongo que no se prestarían a probar nada de esa índole.

—Me temo que no, señor —replicó Clyde, pensando en Gilbert.


—Bueno, déjeme ver —continuó Jephson al cabo de un rato—. El caso va a ser bastante difícil. Pero no veo cuál podría ser el curso más seguro.


En este momento volvió a dirigirse a Belknap y empezó a preguntarle qué pensaba sobre la teoría de un suicidio, ya que las cartas de Roberta mostraban un tono melancólico que fácilmente podría haber desembocado en pensamientos de suicidio.


—Estaría en contradicción con la historia de él sobre que el viento le tiró el sombrero y que al tratar de recuperarlo volcó el bote —objetó Belknap como si Clyde no estuviese presente.

 




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—Sí, eso es verdad, pero quizá pudiéramos decir que como él se sentía responsable moralmente del estado que la había inducido a quitarse la vida, no quería confesar la verdad de su suicidio.


Clyde hizo una mueca al escucharlos, pero ninguno de los dos se tomaba la molestia de fijarse en él. Hablaban como si no estuviera presente o como si no pudiese manifestar opinión alguna en el asunto, procedimiento que le asombraba, pero contra el cual no quería objetar nada puesto que se sentía tan impotente.


—Pero los nombres falsos, los dos sombreros, el traje, la maleta —insistió Belknap con monotonía, en un tono que demostró a Clyde cuán seria consideraba su situación.


—Bueno, cualquiera que sea la teoría que forjemos, todas estas cosas tienen que ser explicadas de una forma u otra —replicó Jephson en tono dubitativo—. No podemos admitir la historia verdadera de su proyecto a menos que aleguemos locura.


Cruzó las manos cansadamente, como diciendo: «La verdad es que no sé qué se puede hacer en todo esto».


—Pero —insistió Belknap— lo que tenemos que hacer es pensar en algo que suscite un poco de simpatía a favor suyo.


Y entonces se volvió una vez más hacia Clyde como si no hubiese estado presente en la discusión, mirándole de una forma que parecía decir: «En realidad es usted un problema muy peliagudo».


Y Jephson observó entonces:


—Ah, sí, el traje que arrojó usted al lago cerca de la casa de los Cranston es muy importante; tiene que describirme el sitio con toda la exactitud que pueda.


Clyde le suministró todos los detalles que pudo recordar y añadió luego:

—Si pudiese yo mismo ir allí, lo encontraría con toda facilidad.


—Sí, ya lo sé, pero entonces tendría que acompañarle Mason.

Luego, volviéndose hacia Belknap y bajando un poco la voz, añadió:


—Hemos de recuperar el traje y hacer que lo laven y lo planchen, alegando luego que fue enviado por él mismo y no escondido.


—Claro, es lo mejor —comentó Belknap con despreocupación, mientras Clyde permanecía escuchando curiosamente, un poco asombrado por este descarado programa de engaño y falsedad a su favor.


—Y con respecto a la cámara que se le cayó en el lago, hemos de hacer todo lo posible por encontrarla. Mason puede estar enterado de su existencia o sospechar que está allí. De todos modos es muy importante que la encontremos nosotros antes que él.


—Desde luego —corroboró Belknap.


—Luego está la cuestión de la maleta que tiene Mason. No la he visto todavía, pero la veré mañana. ¿Puso usted en ella el traje, mojado como estaba, cuando salió del agua?


—No, señor. Primero lo escurrí y lo sequé todo lo que pude. Luego lo envolví en el papel donde habíamos llevado la comida, y después lo puse entre agujas secas de pino.


—¿Así es que usted cree que no hay señales de humedad en la maleta?

—Creo que no.

—Pero, ¿no está totalmente seguro?

—Ahora que me lo pregunta, no puedo decir que lo esté, no, señor.

—Bueno, yo mismo lo veré mañana. Y en cuanto a las señales que ella tenía en la

 




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cara, ¿no le ha confesado usted a nadie haberla golpeado?

—No, señor, a nadie.


—Y el golpe que tenía encima de la cabeza, ¿dice usted que se lo causó el bote? —Sí, señor.


—Pero los demás creen que pudo usted dárselo con la cámara.

—Sí, señor, eso supongo.


—Bueno, entonces he aquí cómo yo veo la cosa —dijo Jephson volviéndose de nuevo hacia Belknap—: Creo que podremos decir con toda seguridad, cuando llegue el momento, que esas marcas que tenía en la cara no fueron hechas por él, sino por los ganchos y pértigas con que estuvieron buscándola, y si no durante el traslado al tren y al depósito de cadáveres.


—Desde luego, a Mason le costará trabajo probar que no se hicieron así —replicó Belknap.


—Y en cuanto al trípode, podemos exhumar el cuerpo y tomar nuestras propias medidas del cráneo y de la anchura del borde del bote, de tal manera que Mason no pueda aducir el uso del trípode.


Los ojos del señor Jephson parecían muy pequeños, muy claros y muy azules al decir esto. En todo él había un aire de extremada agudeza. Y a Clyde le pareció que este joven era el más señalado para defenderle. Se mostraba tan astuto y tan práctico, tan directo, tan frío e indiferente, que inspiraba la misma confianza que una máquina incontrolable llena de potencia.


Cuando por último la pareja hubo de marcharse, Clyde se sintió triste. Porque mientras estaba con ellos, haciendo planes y proyectos con respecto a sí mismo, se sentía mucho más fuerte, más esperanzado, más seguro de quedar en libertad en alguna fecha futura.




CAPÍTULO 16


El resultado de todo esto fue, sin embargo, que el medio más fácil y seguro de defensa sería alegar locura o desequilibrio mental, una aberración temporal debida al amor y a la ilusión de grandeza despertada en Clyde por Sondra Finchley y la amenaza de destrucción por Roberta de todos sus sueños y planes. Pero como tanto Samuel como Gilbert se negaron a ayudar al engaño, esta línea de defensa hubo de ser abandonada.


Y entonces Belknap y su socio tuvieron que reconsiderar el caso. Pues cualquier otra defensa parecía no ofrecer fundamento ninguno.


—Le digo a usted —observó el concienzudo Jephson, después de examinar las cartas de Roberta y de Sondra— que las cartas de la señorita Alden son el hueso más duro que hemos de roer. Lo mejor sería no mencionarlas.


Belknap coincidió con vehemencia.


Pero al mismo tiempo había que forjar algún plan. Y después de varias reuniones, Jephson sugirió que la mejor defensa sería decir que Clyde nunca había pensado en cometer un asesinato, sino que sólo trataba de influir sobre Roberta para que se separase de él, por lo cual se decidió a acompañarla en un pequeño viaje sin saber adónde dirigirse.

 




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—Todo eso está muy bien —comentó Belknap—, pero es como reconocer que no deseaba casarse con ella en absoluto, lo cual pondría contra él al jurado.


—Pero es que mi plan consiste en dejar los hechos tal como están y tal como él los explica, exceptuando, claro está, la cuestión del golpe, y luego irlos explicando uno a uno, sin denegarlos de ninguna forma.


—Sí, pero, ¿cómo? —preguntó Belknap.


Jephson se dirigió hacia la ventana y empezó a hablar como si lo estuviera haciendo con alguien que se encontrase afuera:


—Realiza ese viaje porque está asustado y comprende que tiene que hacer algo o verse expuesto a un escándalo. Firma los registros con nombres supuestos porque teme que alguien de Lycurgus pueda enterarse que ha estado por aquí con una muchacha. Tiene el plan de confesarle todo lo referente a la otra joven, pero cuando inicia el viaje y ve lo enferma, cansada y triste que ella está, decide pasar dos noches con ella. En ese tiempo su corazón experimenta un cambio. Siente lástima y está avergonzado de sí mismo, del pecado que ha cometido. Eso será una buena alegación para todos los respetables señores que compondrán el jurado, ¿no es así?


—Puede ser —comentó Belknap, que estaba muy interesado y concebía ya algunas esperanzas.


—Él ve que la ha perjudicado —continuó Jephson absorto en su plan como una araña que tejiese su tela—, y a pesar de su afecto por la otra muchacha, está ahora dispuesto a hacer lo que debe con Roberta, porque se siente avergonzado de sí mismo. Eso explica lo sombrío de su aspecto aquellas dos noches que pasó con ella en Utica y en Grass Lake.


—Ya comprendo. Pero, ¿cómo se explica entonces lo del bote y lo de la maleta, y lo de su visita a la señorita Finchley después que pasó lo que pasó?


—Espere un momento. Ya se lo contaré todo —continuó Jephson atravesando el espacio con sus ojos azules como un poderoso rayo eléctrico— Desde luego, fue en el bote con ella y desde luego se llevó la maleta, e hizo todo lo demás. Pero, ¿por qué? ¿Quiere usted saber por qué? Yo se lo diré. Sentía lástima de ella, y quería casarse, pero recuerde bien que eso lo decidió después de haber pasado dos noches con ella. Pero una vez que se ahogó, accidentalmente, desde luego, se impuso la realidad de su amor por la otra muchacha, a la que seguía queriendo. ¿Comprende?


—Comprendo.


—¿Y cómo puede nadie demostrar que no experimentara tal cambio, si él lo dice y se aferra a ello?


—Ya lo veo, pero tendrá que contar una historia muy convincente —contestó Belknap titubeando—. Y está además la cuestión de los dos sombreros. ¿Cómo va a explicarla?


—Ahora llegaremos a eso. Uno de los que tenía estaba un poco manchado y por eso decidió comprarse otro. En cuanto a la historia que le dijo a Mason de haber llevado una gorra, era porque estaba asustado y mintió para salir del paso. Ahora bien, después de experimentar aquel cambio de sentimientos tendría que escribirle a la otra muchacha o ir a verla y contárselo todo, es decir, el daño causado a Roberta.


—Ya veo.

 




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—Porque creo que no podemos mantener a esta segunda joven totalmente alejada del caso; habrá que hacerla comparecer, me temo. Porque si Roberta insiste en que él debe casarse con ella, a pesar de su confesión de que está enamorado de la señorita Finchley, entonces la misma Roberta no puede poner objeciones a que él vaya a despedirse de la otra.


—Ya comprendo.


—Una vez que ella le dé permiso él contraerá matrimonio, bien en Three Miles Bay o en algún otro lugar.


—Sí.


—Pero no debe usted olvidar que mientras ella está viva él está angustiado y perplejo. Y que es sólo después de esa segunda noche en Grass Lake cuando empieza a comprender cuán mal se ha portado. Esto es porque sucede algo. Quizá porque ella se echa a llorar o porque dice que quisiera morirse, tal como insinúa en sus cartas.


—Sí.


—Y por eso él quiere encontrar un sitio tranquilo donde poder sentarse en paz y hablar tranquilamente, sin que nadie los oiga o los vea.


—Está bien, siga.

—Bueno, él se acuerda de Big Bittern. Ha estado por allí cerca alguna otra vez y

recuerda que está próximo al pueblecito de Three Miles Bay, donde podrán casarse si es


que deciden hacerlo.

—Comprendo.


—Si deciden que no, es decir, si ella, después de escuchar su confesión completa, no quiere ya casarse, él podrá volver remando a la fonda, y él o ella podrán permanecer allí.

—Sí, sí.


—Mientras tanto, para no tener ningún retraso ni verse obligado a permanecer en la fonda, que es más bien cara, se lleva el almuerzo en la maleta y también su cámara, porque quiere tomar algunas fotos, y de esa forma explicamos la existencia de la cámara, si es que Mason se ha enterado de la misma. Siempre es mejor que lo expliquemos nosotros que Mason.


—Ya comprendo, ya comprendo —exclamó Belknap, muy interesado y llegando a sonreír y a frotarse las manos.


—Así pues, salen al lago.

—Sí.

—Y empiezan a remar.

—Sí.

—Y finalmente, después del almuerzo en la playa y de hacer algunas fotos...


—Sí.

—Decide contarle cómo están las cosas. Él está dispuesto, decidido...

—Comprendo.

—Sólo que antes de hacerlo quiere tomar una o dos fotos más de ella en el bote.

—Sí.

—Y entonces se lo dice a ella, ¿comprende?

—Sí.

—Y montan en el bote otra vez para remar un poco, tal como hizo en realidad,

 




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¿comprende?

—Sí.


—Pero como tiene la intención de volver a la playa para coger algunas flores, él deja la maleta en la orilla, ¿comprende? Eso explica la cuestión de la maleta.


—Sí.


—Pero antes de tomar las fotos del bote en medio del lago, él empieza a contarle todo el amor que siente por la otra muchacha, pero que si ella quiere se casará a pesar de todo y le escribirá a la otra una carta. O bien, si ella no quiere ya casarse con él, en vista de que está enamorado de otra...


—Sí, continúe —le interrumpió Belknap ansiosamente.


—Bueno —continuó Jephson—, le dice que se encargaría de ella y la ayudaría a vivir con el dinero que consiguiese después de casarse con la muchacha rica.

—Sí.


—Pero ella dice que no renuncia a casarse y que tiene que cortar con la señorita Finchley.


—Comprendo. ¿Y él se muestra conforme?


—Desde luego. Y ella se muestra tan agradecida que en su excitación da un salto para dirigirse hacia él, ¿comprende?


—Sí.


—Y el bote se bambolea un poco, y él da un salto para sujetarla, porque teme que vaya a caerse, ¿comprende?


—Sí, ya comprendo.


—Bueno, ahora podemos decir que tenía o no la cámara en la mano, según usted crea más conveniente.


—Sí, ya veo adonde quiere usted ir a parar.


—Bueno, tenga él la cámara en la mano o no, el caso es que él o ella resbalan, y el movimiento de los cuerpos hace que el bote vuelque y que el muchacho le dé a ella un golpe, o no se lo dé, según a usted le parezca mejor, pero accidentalmente, desde luego.


—Sí, ya comprendo, y me parece formidable —exclamó Belknap—. Estupendo, excelente.


—Y el bote la golpea en la cabeza y también a él un poco, de forma que lo deja algo mareado.


—Comprendo.


—Y él oye sus gritos y la ve, pero está bastante aturdido. Y cuando ya se ha recuperado lo suficiente como para hacer algo...


—Ella ha desaparecido —concluyó Belknap con calma—. Ahogada. Lo comprendo muy bien.


—Y entonces, a causa de todas las demás circunstancias sospechosas y la falsedad de los nombres, como ella ha desaparecido y él ya no puede hacer nada de todos modos, ya que los padres de ella no estaban enterados de su estado, ¿usted comprende?...


—Ya veo.


—Se escapa asustado, un cobarde moral, como hemos de calificarle desde un principio, ansioso por seguir en buenas relaciones con su tío y no perder su puesto en la sociedad. ¿No lo explica esto todo?

 




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—Es la mejor explicación posible y le doy a usted la enhorabuena. No creo que se pueda encontrar ninguna mejor. Si no le absuelven, por lo menos podría librarse con unos veinte años como máximo.


—Pero, naturalmente, usted sabe lo que esto significa —añadió ahora Jephson suavemente y con mucha calma.


—Sí, ya lo sé, que nos veremos obligados a ponerlo en el estrado de los testigos.

Desde luego, ya lo veo. Pero es la única oportunidad que le queda.


—Y no dará la impresión de ser un individuo muy firme y convincente. Me temo que es demasiado nervioso y emocional.


—Sí, ya lo sé —replicó Belknap rápidamente—. Se desconcierta con facilidad. Mason le perseguirá como un toro salvaje. Pero tenemos que aleccionarle bien, entrenarle a fondo. Hacerle comprender que ésta es su única oportunidad, que su vida depende de esto. Entrenarle durante meses.


—Si fracasa está perdido. Si pudiéramos hacer algo para infundirle valor, enseñarle la forma de actuar.


Los ojos de Jephson parecían estar mirando directamente la sala del tribunal y a Clyde en la tarima frente a Mason. Y luego cogió las cartas de Roberta, esto es, unas copias suministradas por el mismo Mason, y mirándolas pensativamente, concluyó:


—¡Si no fuera por esas cartas! —Las sopesó en la mano y exclamó sombríamente—: ¡Cristo! ¡Qué caso más difícil! Pero no tenemos que darnos por vencidos. Todavía no hemos empezado a luchar. Y de todos modos tendremos una publicidad clamorosa. A propósito —añadió—, he encontrado un individuo que va a dragar aquella parte del lago para ver si descubre la cámara. Deséeme suerte.


—Y tanto —replicó Belknap.




CAPÍTULO 17


¡La lucha y la excitación de un gran juicio criminal! Belknap y Jephson, después de consultar con Broogart y Catchuman, recibieron la contestación de que éstos consideraban el plan de Jephson la única solución posible, siempre que se hiciera la mínima referencia a los Griffiths.


E inmediatamente después los señores Belknap y Jephson empezaron a hacer declaraciones sobre la fe que tenían en Clyde, presentando a éste como a una persona muy perjudicada y enteramente incomprendida, cuyas intenciones y acciones con respecto a la señorita Alden diferían tanto de lo expuesto por Mason como lo blanco de lo negro. Proclamaron que la prisa del fiscal del distrito por conseguir un aplazamiento especial del Tribunal Supremo tenía sin duda un sentido político, y no meramente legal. Si no, ¿por qué tanta prisa, especialmente en vista de unas elecciones inminentes en el condado? ¿No habría en todo esto un plan para usar el resultado del juicio en favor de las ambiciones políticas de una persona o grupo de personas determinadas? Los señores Belknap y Jephson esperaban que no existiese semejante anomalía.


Pero sin tener en cuenta los planes, prejuicios o aspiraciones políticas de ninguna persona o grupo particulares, la defensa en este caso se proponía no permitir que un

 




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muchacho tan inocente como Clyde, atrapado en el lazo de las circunstancias, como el informe de la defensa estaba dispuesto a demostrar, fuese enviado a la silla eléctrica meramente para conseguir una victoria del partido republicano en noviembre. Además, para combatir tan extrañas y equívocas circunstancias, la defensa requería un considerable período de tiempo para preparar su caso. Por tanto, sería necesario presentar una protesta formal en Albany contra la solicitud hecha al gobernador por el fiscal del distrito pidiendo un plazo especial del Tribunal Supremo. No había necesidad alguna, ya que la fecha normal para celebrar el juicio caería en enero, y la preparación del caso requeriría bastante más tiempo.


Mientras que esta fuerte aunque tardía réplica era escuchada con la debida gravedad por los representantes de los diversos periódicos, Mason contraatacó con vigor la «caprichosa» afirmación de que existía una conspiración política, así como de que era evidente la inocencia de Clyde. «¿Qué razón tengo yo, un representante de todo el pueblo de este condado, para enviar a este hombre a parte alguna o para esgrimir una sola acusación contra él si las acusaciones no se manifiestan por sí mismas? ¿Es que no son las mismas pruebas las que muestran que él mató a la muchacha? ¿Ha dicho o hecho alguna cosa que aclare cualquiera de las circunstancias sospechosas? ¡No! Silencio o mentira. Y hasta que tales circunstancias no sean desmentidas por estos inteligentes señores, yo seguiré mi camino. Tengo todas las pruebas necesarias para declarar convicto a este joven criminal. Y retrasar el juicio hasta enero, cuando yo ya no ocuparé el cargo, como ellos saben muy bien, y cuando una nueva persona tendrá que estudiar las pruebas con las que yo ya me he familiarizado, es causar grandes gastos al condado. Pues todos los testigos que he reunido están ahora a mano y es fácil hacerles venir a Bridgeburg sin grandes gastos. Pero, ¿dónde estarán en los meses de enero y febrero, especialmente después que la defensa haya hecho todo lo que esté en su mano para desperdigarlos? ¡No, señor! No consentiré tal cosa. Pero si dentro de diez días o de diez semanas a partir de este momento pueden aportarme algún dato que demuestre que algunos de mis cargos no son ciertos, me prestaré de buena gana a ir con ellos delante del juez, y si pueden mostrarle alguna prueba que tengan o crean tener, o que hay algún testigo distante que pueda servir para probar la inocencia de este individuo, entonces consentiré en todo lo que pidan. Yo mismo solicitaría del juez que les concediese todo el tiempo que crean necesario, aunque ello haga que el juicio tenga que celebrarse cuando mi mandato ya haya terminado. Pero si el juicio se celebra estando yo aquí, como espero honradamente que sucederá, actuaré con la máxima energía, no porque esté buscando ningún cargo de ninguna clase, sino porque soy ahora el fiscal del distrito y es mi deber obrar así. Y en cuanto a mi relación con la política, también el señor Belknap está metido en política, ¿no es así? La vez pasada luchó contra mí, y he oído decir que desea volver a luchar.»


Así pues se dirigió a Albany para convencer al gobernador de la urgente necesidad que había de una convocatoria inmediata y especial del tribunal para que Clyde fuese juzgado. Y el gobernador, después de oír los argumentos tanto de Mason como de Belknap, decidió a favor del primero, pues la concesión de una convocatoria especial no implicaba la supresión de ningún aplazamiento del juicio, y nada de lo aportado hasta ahora por la defensa parecía indicar que fuera indispensable un retraso. Además, eso sería cuestión del juez designado por el Tribunal Supremo para considerar tales argumentos, no

 




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de él mismo. En consecuencia se ordenó una convocatoria especial del Tribunal Supremo, presidido por el juez Frederic Oberwaltzer del XI distrito judicial. Y cuando Mason compareció ante él con la solicitud de que fijase fecha para un juicio especial de gran jurado, se fijó el cinco de agosto.


Y una vez reunida aquella corporación, a Mason no le costó ningún trabajo conseguir que Clyde quedase procesado.


Después de eso, todo lo más que pudieron hacer Belknap y Jephson fue comparecer ante Oberwaltzer, un demócrata, que debía su nombramiento a un gobernador anterior, arguyendo la necesidad de un aplazamiento, por el motivo de que no sería posible encontrar doce hombres residentes en el condado de Cataraqui que no estuviesen ya predispuestos fuertemente contra Clyde y tan convencidos de su culpabilidad que sería inútil intentar defenderle.


—Pero, ¿adónde quiere usted ir a parar? —preguntó el juez, que era bastante imparcial.


—El público ha sido indebidamente soliviantado. Es imposible encontrar a doce hombres capaces de juzgar con imparcialidad.


—¡Qué tontería! —exclamó Mason con acritud—. Los periódicos han publicado por su cuenta muchos más datos contrarios al acusado que los que yo haya podido comunicar. Si se ha formado algún prejuicio, es porque lo han despertado hechos que son del dominio público. Por otra parte, si este caso se trasladase a un condado distante, cuando la mayoría de los testigos residen aquí, los gastos serían enormes, aparte de innecesarios.


El juez Oberwaltzer, que era un hombre lento y meticuloso, inclinado a favorecer los procedimientos tradicionales en todos los aspectos, dio su conformidad a la petición de Mason y al cabo de cinco días resolvió denegar el aplazamiento.


Pero con la entrada en liza de los señores Belknap y Jephson, Mason creyó prudente redoblar sus propios esfuerzos con objeto de condenar a Clyde. Temía tanto al joven Jephson como al mismo Belknap. Y por esa razón volvió a hacer una visita a Lycurgus, donde se enteró entre otras cosas de lo siguiente: i) Dónde había comprado la cámara Clyde. 2) Que tres días antes de su partida para Big Bittern le había dicho a la señora Peyton que estaba pensando llevarse la cámara y algunos rollos de película. 3) Que un comerciante llamado Orrin Schort le había dado un consejo a Clyde en relación con una supuesta obrera embarazada y que él le había recomendado un tal doctor Glenn, de Globersville.. 4) Que el doctor Glenn identificó a Roberta por su foto. 5) Que fue hallado el comerciante en cuyo establecimiento de Utica había comprado Clyde el sombrero.


Además de esto, apareció una campesina que en el vapor Cygnus había advertido la presencia de Clyde, la cual le escribió a Mason diciéndole que recordaba que Clyde llevaba un sombrero de paja y que bajó del barco en Sharon, prueba ésta que hizo que Mason tuviera la sensación de que la providencia o el hado estaban trabajando a su favor. Y lo último de todo, pero lo más importante, fue una comunicación que le llegó de una mujer residente en Bedfort, Pensilvania, la cual le informaba de que, durante la semana del 3 al 10 de julio, ella y su esposo habían estado haciendo camping en la ribera oriental de Big Bittern, cerca del extremo meridional del lago. Y mientras remaban en la tarde del 8 de julio, a eso de las seis, ella había oído un grito que sonaba como el de una mujer o muchacha en peligro, un grito de terror o lamento. Era muy débil y parecía provenir de la

 




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isla que estaba al sudoeste de la bahía en que el matrimonio se hallaba pescando.


Mason se propuso entonces guardar absoluto silencio sobre esta información y sobre la cámara y película, así como sobre los datos relativos a la transgresión cometida por Clyde en Kansas City, retrasando la publicación de los mismos hasta los días anteriores al juicio, o durante el juicio mismo, cuando sería imposible para la defensa tratar de refutar o de impugnar la cuestión de una u otra forma.


En cuanto a Belknap y Jephson, aparte de aleccionar a Clyde en cuanto a su defensa general basada en el cambio de sentimientos que habría experimentado al llegar a Grass Lake, y la explicación sobre los dos sombreros y la maleta, no veían que pudiera hacerse mucho más. También consiguieron rescatar el traje oculto en el lago Fourth, pero no así la cámara caída en Big Bittern, por lo que Jephson sospechó que la debía tener Mason, decidiendo entonces que se referiría a ella a la primera oportunidad que se le presentase en el juicio. Pero en cuanto al hecho de que Clyde la hubiese utilizado para golpearla, se decidió que no se hablaría de ello en absoluto, aunque después de exhumar el cuerpo de Roberta se llegó a la conclusión de que las señales que tenía en la cara correspondían bastante bien con el tamaño y la forma de la cámara.


En primer lugar los abogados tenían grandes dudas acerca de la habilidad de Clyde como testigo. ¿Habría en sus palabras la fuerza suficiente para convencer al jurado de que había golpeado a Roberta sin intención? Pues todo dependería de si el jurado le creía o no. Y si no creían que la había golpeado accidentalmente, entonces, por supuesto, el veredicto sería de culpabilidad.


Por todo esto se prepararon para aguardar la llegada del juicio, trabajando sólo en el sentido de que su carácter anteriormente había sido ejemplar, aunque se encontraban con la dificultad de que en Lycurgus aparentaba ser modélico, mientras en privado se comportaba de forma muy distinta, y en Kansas City sus primeros esfuerzos por ganarse la vida habían culminado en un gran escándalo.


Aparte de esto, lo peor era que ni un solo miembro de su familia había acudido a defenderle, por lo cual los abogados creyeron que sería conveniente informar a sus padres, ya que de otra forma parecería que Clyde era un paria del que huían todos sus familiares.


Por otra parte, los Griffiths de Lycurgus no mostraban el menor deseo de que viniese ningún miembro de la otra rama familiar, y Clyde estaba de acuerdo con este punto de vista, porque temía el dolor que iba a ocasionar a su madre la espantosa noticia de su encarcelamiento.


A su entender era una suerte que sus padres no se hubiesen enterado todavía de nada en Denver, ya que a causa de sus peculiares creencias religiosas y morales ningún periódico entraba en la casa ni en la misión.


Pero una noche, aproximadamente por esta época, su hermana Esta, que algún tiempo después de haber llegado Clyde a Lycurgus se había casado y estaba viviendo en la parte sudeste de Denver, leyó por casualidad un periódico que publicaba el procesamiento de Clyde por el gran jurado de Bridgeburg:


PROCESAMIENTO DE UN MUCHACHO ACUSADO DE HABER DADO MUERTE A UNA OBRERA


«Bridgeburg, 6 de agosto — Un gran jurado especial ha sido designado por el

 




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gobernador Stourdecback, de este estado, para procesar a Clyde Griffiths, sobrino del acaudalado fabricante de cuellos del mismo apellido, de Lycurgus, acusado recientemente de haber matado a la señorita Roberta Alden en el lago Big Bittern el 8 de julio pasado.


»A continuación del procesamiento, Griffiths, que a pesar de unas pruebas casi abrumadoras ha persistido en afirmar que el crimen que se le imputa fue un accidente y que, acompañado por sus defensores, Alwin Belknap y Reuben Jephson, de esta ciudad, compareció ante el juez del Tribunal Supremo, Oberwaltzer, alegó inocencia. Ha sido devuelto a la cárcel hasta el juicio, que se celebrará el 15 de octubre.


»El joven Griffiths, que sólo tiene veintidós años de edad, y que hasta el día de su detención era un miembro respetado de la sociedad elegante de Lycurgus, está acusado de haber aturdido y ahogado luego a su novia, de la clase trabajadora, a la que había seducido y de la que quería separarse en favor de una joven más rica. Los defensores de este caso han sido elegidos por su acaudalado tío de Lycurgus, que hasta ahora ha permanecido a distancia. Pero aparte de éste, se afirma en la localidad que ningún pariente ha venido a ayudarle en su defensa.»




Después de leer Esta la noticia se fue corriendo a casa de su madre. A pesar de la claridad de la gacetilla, no podía creer que se tratase de Clyde. Sin embargo, era innegable la coincidencia de ciudades y apellidos, y además estaba la ausencia de los padres o parientes.


Tan pronto como pudo se presentó en la casa que era a la vez hogar y misión y que tenía el nombre de «Estrella de la Esperanza», situada en la calle Bildwell, establecimiento que era poco mejor que el de Kansas City. Pues si bien ofrecía un cierto número de habitaciones para viajeros al precio de veinticinco centavos por noche, representaba mucho más trabajo que provecho. Por otra parte, tanto Frank como Julia trataban de ganarse la vida por su cuenta, dejando el trabajo de la misión a cargo de su padre y de su madre. Julia, que tenía ya diecinueve años, estaba de cajera en un restaurante y Frank, que ya se acercaba a los diecisiete, había encontrado trabajo con un frutero. En realidad, la única criatura que estaba en la casa durante el día era el pequeño Russell, el hijo ilegítimo de Esta, de tres o cuatro años de edad, y al que sus abuelos hacían pasar por un huérfano adoptado en Kansas City. Era un niño de cabellos negros, que en algunos aspectos se parecía a Clyde y que, incluso a esta temprana edad, como Clyde antes que él, estaba siendo instruido en aquellas verdades fundamentales que habían irritado a Clyde durante su infancia.


En el momento en que Esta, ahora una esposa sumisa y reservada, entró en la casa, la señora Griffiths estaba ocupada barriendo y limpiando el polvo y haciendo las camas. Pero al ver a su hija a esta hora insólita haciéndole señas para que entrase en una habitación desocupada, con las mejillas muy pálidas, la señora Griffiths, que, a causa de años de dificultades de diversa índole, estaba más o menos acostumbrada a escenas parecidas, se detuvo perpleja con una nube de miedo brillando en sus ojos. ¿Qué nueva desgracia o enfermedad se avecinaba? Porque, decididamente, los débiles ojos grises de Esta y toda su actitud indicaban alguna calamidad. Y en su mano traía doblado un periódico que abrió, y después de dirigir a su madre una mirada muy solícita, señaló la gacetilla, hacia la cual dirigió ahora su mirada la señora Griffiths. Pero, ¿qué era aquello?

 



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PROCESAMIENTO DE UN MUCHACHO ACUSADO DE HABER DADO MUERTE A UNA OBRERA QUE ERA SU NOVIA.


ACUSADO DE HABER DADO MUERTE A LA SEÑORITA ROBERTA ALDEN EN EL LAGO DE BIG BITTERN EL OCHO DE JULIO PASADO.


EN EL PROCESAMIENTO SE LE ACUSA DE ASESINATO.

A PESAR DE LAS PRUEBAS CASI ABRUMADORAS ALEGÓ INOCENCIA.

EL JUICIO SE CELEBRARÁ EL DÍA QUINCE DE OCTUBRE.

ATURDIÓ Y AHOGÓ A SU NOVIA,

QUE ERA UNA OBRERA.

NO SE HA PRESENTADO NINGÚN PARIENTE.


De esta manera fue cómo sus ojos y su mente seleccionaron las líneas más esenciales.

Y luego, rápidamente, volvió a leerlas:


CLYDE GRIFFITHS, SOBRINO DEL ACAUDALADO FABRICANTE DE CUELLOS DE LYCURGUS, NUEVA YORK.


¡Clyde, su hijo! ¡Y no hacía nada de tiempo, pero no, ya hacía más de un mes, y habían estado un poco preocupados, ella y Asa, porque él no había...! ¡El ocho de julio! ¡Y ahora era el once de agosto! ¡Entonces sí! ¡Pero no podía ser su hijo! ¡Imposible! ¡Clyde asesino de una muchacha que era su novia! ¡Pero él no era así! ¡Le había escrito que estaba progresando, que era jefe de un gran departamento con buen porvenir! ¡Pero no había hablado de ninguna muchacha! ¡Y ahora! ¡Y aquella otra niña de Kansas City! ¡Dios misericordioso! ¡Y los Griffiths de Lycurgus, el hermano de su marido, lo sabía y no había escrito ni una línea! ¡Avergonzado, asqueado sin duda! ¡Indiferente! Aunque había nombrado dos abogados. ¡Pero qué horror! ¡Asa! ¡Sus otros hijos! ¡Lo que dirían los periódicos! ¡Esta misión! ¡Tendrían que dejarla e irse de nuevo a otro lado! Pero, ¿era culpable o no? Ella tenía que saberlo antes de juzgar o pensar. Y este periódico decía que él se había declarado inocente. ¡Oh, aquel malvado, mundano y lujoso hotel de Kansas City! ¡Aquellos malos muchachos! ¡Aquellos dos años durante los cuales había estado vagabundeando de un sitio a otro, sin escribir, haciéndose pasar por Harry Tenet! ¿Haciendo qué? ¿Aprendiendo qué?


Se detuvo, llena de un intenso dolor y terror que ninguna fe en las verdades reveladas y consoladoras de Dios y de la misericordia y la salvación que ella estaba siempre proclamando podían de momento calmar. ¡Su hijo! ¡Su Clyde! ¡En la cárcel, acusado de asesinato! ¡Tenía que telegrafiar! ¡Tenía que escribir! ¡Tenía que ir quizá! Pero, ¿cómo conseguir el dinero? ¿Qué hacer cuando llegase allí? ¿Cómo reunir valor y fe para soportarlo? Porque tampoco esta vez ni Asa, ni Frank, ni Julia debían enterarse. Asa, con su fe remolona y meticulosa, sus ojos débiles y su cuerpo en decadencia. ¿Y se podía cargar a Frank y a Julia, que ahora empezaban a vivir, con este peso? ¿Se les podía marcar así?


¡Dios misericordioso! ¿Es que no iban a terminar nunca sus calamidades?

Se volvió, sus grandes y trabajadas manos temblando ligeramente, agitando el



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periódico que sostenía, mientras que Esta, que simpatizaba mucho con su madre por todo lo que se había visto obligada a sufrir, permanecía de pie a su lado. ¡Tenía a veces un aspecto tan cansado, y ahora esto! Sin embargo, como ella sabía, su madre era la más fuerte de la familia, tan derecha, con unos hombros tan recios, tan desafiante, un verdadero pastor de almas en su camino sembrado de cruces.


—Mamá, no puedo creer que se trate de Clyde —fue todo lo que Esta pudo decir—. No puede ser, ¿verdad?


Pero la señora Griffiths continuaba mirando con fijeza aquellos titulares ominosos; luego, con rapidez, sus ojos, de un gris azulado, recorrieron la habitación. Su rostro ancho estaba blanco y dignificado por un enorme esfuerzo y una pena enorme. Su descarriado, mal aconsejado y sin duda desgraciado hijo, con todos sus locos sueños de gloria, estaba ahora en peligro de muerte, de ser electrocutado por un crimen, ¡por asesinato! Había matado a alguien, a una pobre muchacha trabajadora, decía el periódico.


—¡Ssh! —siseó poniéndose un dedo en los labios como señal—. Él —dijo indicando a Asa— no debe saber nada todavía. Debemos primero telegrafiar o escribir. Haremos que respondan a tu casa. Te daré el dinero. Pero ahora tengo que sentarme en alguna parte du-rante un minuto. Me encuentro un poco débil. Me sentaré aquí. Tráeme la biblia.


En la mesita de noche había una biblia, que, después de sentarse en el borde de una vulgar cama de hierro, abrió instintivamente por los salmos tres y cuatro.


¡Señor, cómo han aumentado mis dolores!

¡Óyeme cuando te llamo, oh Dios de mi justicia!


Y luego siguió leyendo en silencio, incluso con placidez, los salmos seis, ocho, diez, trece, veintitrés, noventa y uno, mientras que Esta permanecía a su lado de pie en silencioso asombro y desconsuelo.


—Oh, mamá, no puedo creerlo, ¡oh, es terrible!


Pero la señora Griffiths seguía leyendo. Era como si, a pesar de todo, fuese capaz de retirarse a algún lugar tranquilo y silencioso, donde, al menos por cierto tiempo, ninguna desgracia humana podía alcanzarla. Luego, al fin, cerrando el libro con toda calma y levantándose, dijo:


—Ahora tenemos que pensar qué es lo que vamos a decir y a quién vamos a enviar el telegrama, que será para Clyde, desde luego, al sitio donde se halla ahora, Bridgeburg — añadió mirando el periódico, e interpolando luego de la biblia—: «¡Cuán terribles cosas Tú nos contestarás en Tu justicia, oh Dios!». O quizá a esos dos abogados cuyos nombres figuran aquí. Me da miedo telegrafiar al hermano de Asa, por temor a que pueda contestarle. «Tú eres mi báculo y mi fuerza. En Ti confiaré.» Pero supongo que le darán el telegrama si se lo enviamos por conducto del juez o de los abogados, ¿no crees? Sería mejor si pudiésemos enviarlo directamente, supongo. «Me conduce por las aguas tranquilas.» Dile sólo que he leído la noticia y que todavía confío en él y le quiero, pero que tiene que decirme la verdad y lo que puedo hacer. Si necesita dinero, ya nos las arreglaremos, supongo. «El restaura mi alma.»


Y luego, a pesar de su súbita paz momentánea, una vez más volvió a cruzar nerviosamente sus manos grandes y ásperas.


—Oh, no puede ser verdad. ¡Oh, Dios mío, no! Después de todo es mi hijo. Todos le

 



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amamos y tenemos fe en él. Hemos de decírselo. Dios le salvará. Vigilad y orad. Tened fe. «Bajo Sus alas tendrás confianza.»


Estaba tan fuera de sí que apenas sabía lo que estaba diciendo.

Y esta, a su lado, no dejaba de repetir:

—Sí, mamá, desde luego que sí. Yo lo haré. Sé que todo se arreglará.


Pero ella también estaba diciéndose a sí misma: «¡Dios mío, Dios mío! ¿Qué puede ser peor que esto, ser acusado de asesinato? Pero no puede ser verdad, desde luego, no puede ser. ¡Si él se enterase! (Estaba pensando en su marido.) Y está también Russell.


Y el lío que tuvo Clyde en Kansas City. ¡Pobre mamá! ¡Cuánto ha sufrido!».


Al cabo de un rato, y evitando a Asa, que estaba en la habitación contigua ayudando a la limpieza, las dos bajaron a la sala de la misión, en la que reinaba el silencio y había muchos carteles que proclamaban la caridad, la sabiduría y la justicia de Dios.




CAPÍTULO 18


El telegrama, redactado conforme al estado de ánimo que se acaba de describir, fue inmediatamente enviado a Belknap y Jephson, quienes aconsejaron en seguida a Clyde lo que había de contestar: que todo iba bien; que tenía los mejores consejeros y no necesitaba ayuda financiera alguna. También que, según sus abogados, sería mejor que no apareciera ninguno de los miembros de la familia, puesto que todo lo que se podía hacer para ayudarle ya se estaba haciendo. Al mismo tiempo los abogados escribieron al señor Griffiths asegurándole su interés por Clyde y aconsejándole que dejara tranquilo el asunto por el momento como ellos mismos hacían.


A pesar de que los Griffiths fueron de esta forma inducidos a no presentarse, ni Belknap ni Jephson se mostraron contrarios a que los periódicos publicaran noticias de los parientes más próximos de Clyde, ya que éstas se referían continuamente a la fe y el total aislamiento en que éstos vivían. En esto se vieron ayudados por el hecho de que, al recibirse el telegrama de su madre en Bridgeburg, fue inmediatamente leído por algunos individuos que estaban particularmente interesados en el caso y, por mediación de éstos, fue comunicado al público y a la prensa, con el resultado de que en Denver la familia fue rápidamente localizada y entrevistada. Y poco después circulaba en todos los periódicos de ambas regiones una descripción más o menos completa del estado de la familia de Clyde, la naturaleza de la misión que dirigían, sus estrechas y rígidas creencias y conducta, y hasta el detalle de que, a menudo, durante su adolescencia, Clyde había sido llevado por las calles para cantar y rezar, revelación ésta que sacudió a la sociedad de Lycurgus y del lago Twelfth casi tanto como el crimen.


Al mismo tiempo, la señora Griffiths, siendo como era una mujer honrada y sincera de todo corazón en cuanto a su fe y la bondad de su tarea, no dudaba en relatar a reportero tras reportero que iba a entrevistarla, todos los detalles de la actividad misionera de su marido y ella misma en Denver y en otras partes. También explicaba que ni Clyde ni ninguno de sus demás hijos habían disfrutado nunca de las oportunidades de la mayoría de los hombres. Sin embargo, su hijo, cualquiera que fuese el cargo de que ahora se le acusaba, no era malo por naturaleza, y ella no podía creer que fuese culpable de tal

 




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crimen. Todo era una desgraciada y accidental combinación de circunstancias que él explicaría en el juicio. De todas formas, por muy imprudente que fuese lo que había hecho, todo debía atribuirse a un desafortunado accidente que destrozó el trabajo de la misión en Kansas City varios años antes y que obligó a la familia a mudarse a Denver, dejando que Clyde siguiera su propio camino. Y a causa de sus consejos, él escribió al rico hermano de su marido en Lycurgus, quien le contrató; toda una serie de declaraciones que hicieron que, en su celda, Clyde se irritara con una especie de mísero orgullo y resentimiento que le obligaron a escribir a su madre en tono de queja. ¿Por qué tenía que hablar siempre tanto acerca del pasado y del trabajo que ella y su padre habían desempeñado, cuando ella sabía perfectamente que a él nunca le había gustado y que le molestaba ir con ellos por las calles? Mucha gente no veía las cosas como ella y su padre, sobre todo su tío y su primo y todas esas personas ricas que él había llegado a conocer, y que podían seguir su camino de una forma diferente y mucho más brillante. Y ahora, como él se decía, Sondra sin duda leería todo lo que él había confiado en ocultar.


Sin embargo, a pesar de todo, y a causa de la mucha sinceridad y energía de su madre, él no podía evitar pensar en ella con afecto y respeto, y, debido al seguro e inquebrantable amor que ella le tenía, con emoción. Pues en contestación a su carta ella le escribió diciéndole que estaba verdaderamente apenada si había herido sus sentimientos o le había ofendido de alguna forma. Pero, ¿no debía decirse siempre la verdad? Los caminos de Dios eran los mejores y sin duda ningún daño podía sobrevenir por estar a Su servicio. Clyde no debía pedirle que mintiera. Pero si él decía una sola palabra, ella con gusto intentaría obtener el dinero necesario para venir en su ayuda, sentarse en su celda y trazar un plan con él, con las manos de él entre las suyas. Pero como Clyde la conocía tan bien y recordaba las veces en que había hablado de esa forma, decidió que su madre no debía venir todavía, pues le pediría que dijera la verdad con aquellos claros y tranquilos ojos azules clavados en los suyos. No podría resistirlo.


Pues, alzado ceñudamente frente a él, como una inmensa roca de basalto por encima de un mar agitado y furioso, se erguía el juicio, con todo lo que éste implicaba, y en especial el fiero ataque de Mason, al que sólo podía hacer frente, en su mayor parte, con las mentiras forjadas por Jephson y Belknap. Pues, aunque estaba constantemente procurando apaciguar su conciencia pensando que, en el último momento, no había tenido valor para golpear a Roberta, sin embargo, presentar y defender la otra historia era muy difícil para él, un hecho del que tanto Belknap como Jephson se daban cuenta y que obligaba al último a presentarse con mucha frecuencia en la celda de Clyde con el saludo: «Bueno, ¿cómo va hoy ese truco?».


El corte de los trajes de Jephson era anticuado y mezquino. ¡El molesto efecto de su sombrero marrón oscuro inclinado sobre sus ojos! Sus grandes, huesudas y nudosas manos, que sugerían una presión enorme. Y los duros y pequeños ojos azules, brillando con una sutil y decidida astucia, que él trataba de inocular a Clyde.


—¿Ha venido algún predicador hoy? ¿Alguna muchacha de la comarca o alguno de los muchachos de Mason?


Pues durante este tiempo, debido al enorme interés levantado por la trágica muerte de Roberta, tanto como por la existencia de su rica y hermosa rival, Clyde era visitado por gente con una profunda curiosidad por asuntos criminales o sexuales: abogados, doctores,

 




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comerciantes, zafios evangelizadores o curas, todos amigos o conocidos de alguno de los funcionarios de justicia de la ciudad, y que, de pie ante la puerta de su celda, en los momentos más inesperados, y después de vigilarle con ojos curiosos, resentidos u horrorizados, preguntaban cosas como: «¿Rezas, hermano?


¿Te arrodillas y rezas?». (Clyde en tales ocasiones se acordaba de su madre y de su padre.) ¿Había hecho la paz con Dios? ¿Podía negar realmente que había matado a Roberta Alden? También acudieron tres campesinas, que le preguntaron: «¿Le importaría decirnos el nombre de la muchacha de la que se supone que usted estaba enamorado? ¿Dónde está ella ahora? No se lo diremos a nadie. ¿Aparecerá en el juicio?». Preguntas que Clyde no podía más que ignorar, o si no, contestar tan equívoca, evasiva o indiferentemente como le era posible. Pues aunque se sentía inclinado a mostrarse resentido, ¿no estaba siendo constantemente instruido por Belknap y Jephson en el sentido de que, por el bien de su propia causa, debía tratar de aparecer cordial, correcto y optimista? Después estaban también los periodistas, hombres y mujeres, acompañados por dibujantes o fotógrafos, para entrevistarle y hacer estudios sobre él. Pero con éstos, la mayor parte de las veces, siguiendo el consejo de Belknap y Jephson, rehusaba hablar o decía sólo lo que sus abogados le permitían.


—No puede hablar todo lo que quisiera —le había sugerido Jephson, en tono amable—, lo mismo que no puede usted quedarse sin decir nada. Hay que vigilar lo que se dice, ya sabe usted. Y que no desaparezca la sonrisa, ¿comprende? Hay que estar alerta con las preguntas comprendidas en esta lista, ¿entendido? —Había provisto a Clyde de una larga lista de posibles preguntas que sin duda le serían dirigidas y que él debía contestar de acuerdo con las respuestas escritas a máquina, si no se le ocurría nada mejor. Todas ellas relataban la excursión a Big Bittern, su razón para tener un sombrero de más, su cambio de decisión, el porqué, el cuándo y dónde de éste— Ésta es su letanía, ¿comprende?


Y después encendía un cigarrillo sin ofrecerle siquiera a Clyde, ya que para conseguir una reputación de sobriedad éste no debía fumar en la cárcel.


Por un momento, después de cada visita, Clyde se creía que podía y haría exactamente lo que Jephson había dicho: andar animada y elegantemente en el tribunal, resistir la mirada de todos, hasta la del mismo Mason, olvidar que le temía una vez en la tarima de los testigos, olvidar el terror que le producía el que Mason conociera tantos hechos que él debía explicar con su lista de respuestas, olvidar a Roberta y su último grito, y toda la angustia y la miseria que le sobrevino con la pérdida de Sondra y de su brillante mundo.


Sin embargo, cuando la noche caía una vez más, o el día se arrastraba con la única compañía del flaco y barbudo Kraut o del astuto y evasivo Sissel, paseando por las cercanías, o viniendo a la puerta a decir «¡Hola!», o a comentar algo ocurrido en la ciudad o para jugar al ajedrez o a las damas, Clyde se convencía más y más de que, después de todo, no le quedaba ninguna esperanza. ¡Pues cuán solo estaba exceptuando a sus abogados, sus padres y hermanos! Naturalmente, ni una sola palabra de Sondra. Pues, habiéndose ésta recobrado en parte de la conmoción y el horror primeros, pensaba ahora de él que, después de todo, fue por amor a ella, quizá, por lo que había asesinado a Roberta, convirtiéndose en el paria y víctima que actualmente era. Sin embargo, a causa

 




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del inmenso horror y repulsión expresados por el mundo, ella no se atrevía en forma alguna a enviarle una sola palabra. ¿No era Clyde un asesino? Y además, esta mísera familia suya, descrita como predicadores callejeros, y él mismo, también, como un muchacho de los que cantan y rezan en una misión. Pero a veces volvía a pensar en él, completamente en contra de su voluntad, con un entusiasmo ávido, irrazonable y artificioso. (¡Cuán profundamente debía haberla querido para osar aventurarse a una acción tan grave!) Y desde entonces se preguntaba ella si no sería posible, una vez que el caso estuviese menos fresco a ojos del público, comunicarse con él de forma reservada y anónima, sólo para hacerle saber que tal vez, a causa del amor que él le había profesado, no iba a ser del todo olvidado. Pero enseguida decidía que no, no; si sus padres... si llegaran a saberlo... o a adivinarlo... o el público... o los conocidos. No ahora, oh, no ahora al menos. Quizá más tarde, si él estuviera libre... o convicto... ella no podía decirlo. Pero sufría una espantosa angustia, por lo qué detestaba y aborrecía el horrible crimen por el cual él había intentado llegar hasta ella.


Y mientras tanto, en su celda, Clyde paseaba de un extremo a otro, o miraba al patio cuadrado a través de la ventana de gruesos barrotes, o leía y releía los periódicos, u hojeaba las páginas de las revistas o los libros proporcionados por sus abogados, o jugaba a las damas o al ajedrez, o ingería sus comidas que, gracias a Belknap y Jephson (a petición del tío de Clyde), eran mejores que las que normalmente se servían a los presos.


Sin embargo, el pensamiento una y otra vez reiterado de la pérdida de Sondra le hacía creer, como a veces veía claramente, que la suya era una lucha inútil.


A veces, en mitad de la noche o justo antes de amanecer, con toda la prisión en silencio, veía en sueños una fantasmagórica imagen de todo lo que más había temido, y entonces se disipaba todo su valor, mientras su corazón latía salvajemente, sus ojos permanecían extraviados y una fría y húmeda cortina cubría su cara y sus manos. ¡Esa silla, en alguna parte de la penitenciaría del estado! Había leído algo acerca de ella y cómo en ella morían los hombres. Y luego volvía a pasear arriba y abajo, pensando en cómo, cómo, en caso de que no llegara a conseguir todo lo que Jephson creía —en caso de que fuera condenado y se le denegara un nuevo juicio—, entonces, bueno, entonces, podría fugarse, quizá, de una cárcel como ésta, y huir. Estas viejas paredes de ladrillos. ¿Qué espesor tendrían? Pero quizá fuera posible con un martillo o con una piedra, o con algo que alguien pudiera traerle —su hermano Frank, o su hermana Julia, o Ratterer, o Hegglund—, tan sólo con que pudiera entrar en contacto con alguno de ellos y conseguir que le proporcionaran algo parecido. ¡Si pudiera tan sólo conseguir una sierra, para aserrar esos barrotes! ¡Y luego correr, correr como debería haber hecho en los bosques aquella vez! Pero, ¿cómo, y adonde?




CAPÍTULO 19


El 15 de octubre, nubes grises cubrían el cielo y un duro viento propio de enero amontonaba en pilas las hojas caídas, dispersándolas luego con tornadizas y quebradas ráfagas como pájaros asustados. Y, a pesar de la sensación de lucha y tragedia en el pensamiento de muchos, con una silla eléctrica como telón de fondo, se respiraba también

 




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un ambiente de vacaciones o festividad, con cientos de rancheros, leñadores y comerciantes que entraban con sus Ford y sus Buick, y los rancheros con sus esposas e incluso sus hijos de pecho. Y luego, holgazaneaban a lo largo y lo ancho de la plaza pública mucho antes de la hora señalada para el comienzo del juicio, o, cuando se aproximaba la hora, se congregaban ante la puerta de la cárcel del condado con la esperanza de echar una ojeada a Clyde, o ante la puerta de la audiencia, muy próxima a la cárcel, que era la única entrada para el público y para Clyde, y desde donde podían verlo pasar y asegurarse la entrada en la sala cuando llegara la hora. Una bandada de palomas se reunía desganadamente en los aleros y canalones del último piso y en el techo de la vieja audiencia.


Mason y su equipo de asesores —Burton Burleigh, Earl Newcomb, Zillah Saunders y un joven licenciado en derecho de Bridgeburg, llamado Manigault— trataban de ordenar las pruebas y de dirigir o instruir a los testigos y a las personas convocadas para formar el jurado, que estaban ya reuniéndose en la antecámara del juzgado, ahora conocido por casi toda la nación. Y junto con los gritos de «¡Cacahuetes!», «¡Palomitas!», «¡Perros calientes!», se oía: «¡Compre la historia de Clyde Griffiths con todas las cartas de Roberta Alden! ¡Sólo veinticinco centavos!». (Se trataba de una serie de copias de las cartas de Roberta, que habían sido robadas de la oficina de Mason por un amigo de Burton Burleigh y vendidas a un editor de periódicos sensacionalistas de Binghamton, quien inmediatamente las recopiló en un librillo juntamente con un compendio del «gran complot» y las fotos de Roberta y Clyde.)


Y mientras tanto, arriba, en la sala de recepción o conferencias de la cárcel, se hallaban Alwin Belknap y Reuben Jephson al lado de Clyde, correctamente vestido con el mismo traje que había procurado hundir para siempre en las aguas del lago Twelfth. Y con una nueva corbata y camisa y zapatos estaba bastante presentable. Jephson, largo y delgado, iba vestido desaseadamente, como de costumbre, pero daba una impresión de agilidad y fuerza, que tanta sensación producía en Clyde, en cada línea de su rostro o en cada movimiento o gesto de su cuerpo. Belknap, que parecía un petimetre de Albany, era el que había de hacer la presentación del caso, así como el interrogatorio, y en este momento estaba diciendo:


—Ahora no irás a parecer asustado o nervioso por nada que puedan decir o hacer, ¿verdad, Clyde? Nosotros estaremos contigo, como sabes, durante todo el juicio. Te sentarás entre nosotros. Y vas a sonreír y a aparentar que la cosa no va contigo o que no te interesa, lo que quieras, pero nunca que estás asustado. Sin embargo, no debes parecer demasiado descarado o alegre, porque podrían pensar que no te estás tomando la cosa en serio. ¿Comprendes? Durante todo el tiempo debes mostrar unos modales apacibles, caballerescos y simpáticos. Y confiados. Puesto que si demuestras miedo, eso puede causarnos a ti y a nosotros un gran daño. Dado que eres inocente no tienes ninguna razón para sentirte asustado, aunque estés triste, por supuesto. Comprendes todo esto, ¿verdad?


—Sí, señor, lo comprendo —replicó Clyde—. Lo haré como usted dice. Además, yo no la golpeé adrede y ésta es la verdad. Así, ¿por qué he de temer?


En este momento miró a Jephson, de quien, por razones físicas, sentía mayor dependencia. En efecto, las palabras que acababa de pronunciar eran las mismas que Jephson había estado inculcándole durante los dos últimos meses. Jephson se acercó más a

 




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él y mirándole fijamente con sus ojos azules que le daban valor y lo sostenían, empezó a decir:


—No eres culpable. No eres culpable, Clyde, ¿lo ves? Ahora lo comprendes y siempre debes creerlo y recordarlo, porque es la verdad. No intentes olvidarlo, ¿lo oyes? Para eso juras. Nos lo has jurado a Belknap y a mí y nosotros te creemos. Ahora bien, ello no implica necesariamente que, debido a las circunstancias, vayamos a ser capaces de hacer que todo el jurado lo crea por completo tal como tú lo dices. Esto no pasa en ninguna parte. Ya te lo he dicho antes. Tú sabes cuál es la verdad y nosotros también la sabemos. Pero para conseguir que se te haga justicia tenemos que elaborar algo más, una falsedad que sustituya a los hechos reales. El hecho real es que no la golpeaste intencionadamente, pero eso no podemos esperar hacérselo ver al jurado sin disfrazarlo de alguna manera. ¿Lo comprendes?


—Sí, señor —replicó Clyde, aterrado e intrigado por este hombre.


—Y por esa razón, como te he dicho tantas veces, hemos ideado esta otra historia acerca de un cambio de sentimientos. No se ajusta completamente a la verdad en cuanto al tiempo, pero es cierto que experimentaste un cambio de sentimientos allí en el bote. Y ésa es nuestra justificación. Pero ellos no van a creer nunca en eso dadas las circunstancias, así es que vamos únicamente a adelantar un poco ese cambio de sentimientos, ¿comprendes? Haremos ver que te sucedió antes de que llegases a entrar en aquel bote.


Y aunque sabemos que no es del todo la verdad, sin embargo tampoco es verdad la acusación de que tú la golpeaste a propósito, y no es justo que te electrocuten por algo que no es verdad, por lo menos no con mi consentimiento. —Miró a Clyde a los ojos un momento, y luego añadió—: Es como si, teniendo que pagar un precio por patatas o trajes o ropas, lo hicieras con trigo o alubias en lugar de con dinero, aunque tuvieras dinero con que pagar, simplemente porque alguien tuviese la absurda opinión de que tu dinero no es auténtico. Por eso tenemos que usar el trigo o las alubias. Y son alubias lo que vas a entregar. Pero la justificación es que no eres culpable. Tú no eres culpable. Me has jurado que no tuviste intención en absoluto de golpearla, por mucho que lo desearas en un principio. Y eso me basta. No eres culpable.


Luego, de una manera firme y convincente, decidido como estaba a transmitir su propia seguridad a Clyde, le cogió por las solapas, y después de mirarle fijamente a los ojos nerviosos, castaños y algo asustados, añadió:


—Y ahora, siempre que te sientas débil o nervioso o, cuando te encuentres en el banquillo, quiero que recuerdes siempre esto y te lo repitas a ti mismo: «No soy culpable. No soy culpable. Y no pueden condenarme con justicia, puesto que no lo soy». Y si eso no te da ánimos me miras a mí. Yo estaré allí. Todo lo que tienes que hacer, si te sientes asustado, es mirarme a los ojos, como yo te estoy mirando a ti, y entonces te darás cuenta de que quiero que te defiendas y que hagas lo que te digo ahora, que jures todas las cosas que ahora te estamos pidiendo que jures, aunque te parezcan mentira, y sea lo que sea lo que pienses acerca de ellas. No voy a dejar que te condenen por algo que no has hecho, simplemente porque no te dejen declarar la verdad. No lo consentiré si puedo impedirlo. Eso es todo por ahora.


Después de hablar le dio una palmadita jovial en la espalda, mientras que Clyde, extrañamente animado, sentía, por lo menos de momento, que podría hacer lo que se le

 




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pedía, y lo haría.


Jephson sacó su reloj, y tras mirar a Belknap dirigió la vista a la ventana más próxima, por la que se veía la multitud agrupada en el atrio de la audiencia y otro grupo que incluía a periodistas y mujeres, fotógrafos y dibujantes, reunidos apretadamente ante la puerta de la cárcel, ansiosos por fotografiar a Clyde o a cualquiera relacionado con el caso. Y prosiguió con calma:


—Bueno, ya es cerca de la hora, creo. Parece como si todo Cataraqui quisiera entrar. Vamos a tener un nutrido auditorio. —Y volviéndose hacia Clyde una vez más, añadió—: No te dejes impresionar por esa gente, Clyde. No son más que un montón de campesinos que han llegado a la ciudad para ver una función.


A continuación Belknap y Jephson salieron. Y Kraut y Sissel entraron para hacerse cargo de Clyde, mientras los dos abogados pasaban entre susurros y cruzaban el patio cubierto de césped.


Y después de ellos, al cabo de cinco minutos, precedido por Slack y Sissel y seguido por Kraut y Swenk, protegido además a ambos lados por otros dos guardias, encargados de evitar cualquier ataque contra él, salió el propio Clyde, tratando de adoptar un aspecto tan despreocupado y tranquilo como le era posible, aunque siempre un poco nervioso y con el temor de que en cualquier momento pudiese sonar un disparo de revólver o saltar alguien contra él con un cuchillo en la mano. Pero en realidad sólo hubo gritos de «aquí viene, aquí viene, éste es. ¿Verdad que parece imposible que haya podido hacer una cosa semejante?».


Luego sonaron los chasquidos de las cámaras y los guardias se acercaron a él más apretadamente, mientras Clyde hacía todo lo posible por ocultarse.


Subieron los cinco escalones de piedra que llevaban a una puerta de la vieja audiencia. Y luego subieron por otra escalera hasta una sala larga y ancha de alto techo, con estrechas ventanas por las que se filtraba la luz. Y en uno de los extremos había una tarima con un banco de madera adosado a la pared. Y detrás un retrato, y a ambos lados blancos bancos en fila, dispuestos a modo de gradas, todos llenos de gente que le miraba con ojos agudos. Pudo ver a Belknap y Jephson detrás de una mesa y entre ellos un taburete vacío para él, y se dio cuenta de que todas las miradas y los rostros se dirigían en su dirección, miradas que no sentía el menor deseo de devolver.


Enfrente, en otra mesa de la misma forma estaban Mason y otros hombres a los que podía recordar, Earl Newcomb y Burton Burleigh, acompañados por otro individuo al que nunca había visto antes. Los cuatro le miraron fijamente cuando entró.


También estaba cerca un grupo de hombres y mujeres, periodistas y dibujantes. Recordando el consejo de Belknap, hizo un esfuerzo por adoptar un aire de


desenvoltura y valor, desmentido hasta cierto punto por su rostro pálido y estragado y su mirada empañada. Y entonces se oyeron unos golpes pausados en alguna parte. Y luego una voz:


—¡Orden en la sala! ¡Que todo el mundo haga el favor de ponerse de pie!


Los susurros y la agitación del auditorio se convirtieron en un silencio completo. Por una puerta situada a la derecha entró un hombre de aspecto pulido y remilgado con faz muy rasurada, envuelto en una amplia toga negra, el cual se dirigió rápidamente a la gran silla que había detrás de la mesa y después de mirar delante de sí pero sin parecer ver a

 




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nadie, tomó asiento. Todo el mundo se sentó a continuación.


Uno de los ujieres anunció que la sesión quedaba abierta y luego otro individuo se levantó para decir:


—El estado de Nueva York contra Clyde Griffiths.


Entonces Mason, levantándose y colocándose delante de su mesa, anunció de inmediato.


—El pueblo está preparado.

Tras lo cual, Belknap se levantó y en forma cortés y afable declaró:

—La defensa está preparada.


Luego, el mismo funcionario desplegó un trozo de papel y llamó a «Simeón Dinsmore», tras lo cual un hombre pequeño, encorvado y con un traje marrón, con manos como garras y rostro de hurón, avanzó de inmediato hacia el estrado y tomó asiento. Al punto se le acercó Mason, que con gran vivacidad empezó a preguntarle su edad, su profesión, si estaba soltero o casado, cuántos hijos tenía y si creía o no en la pena capital. La última pregunta pareció agitar en el interrogado algo parecido al resentimiento o a alguna emoción reprimida, pues contestó con énfasis:


—Desde luego que sí, para algunas personas —réplica que hizo que Mason sonriera ligeramente y que Jephson se volviera a mirar a Belknap, el cual murmuró en tono sarcástico:


—Y todavía hablan de la posibilidad de celebrar un juicio justo.


Pero al mismo tiempo, Mason, comprendiendo que este granjero, si bien honrado, era demasiado enfático en sus creencias, dijo:


—Con el consentimiento del tribunal, el pueblo rechaza a este candidato.


Belknap, después de una mirada interrogativa del juez, asintió dando su consentimiento y el jurado quedó rechazado.


El escribiente sacó de la caja una segunda tira de papel y ex clamó:

—Dudley Sheerline.


Tras lo cual compareció un hombre alto y delgado entre los treinta y ocho y cuarenta años, vestido correctamente y de maneras meticulosas y cautas, el cual se aproximó y ocupó su puesto en el estrado. Mason volvió a hacerle las mismas preguntas que al otro.


Mientras tanto, Clyde, a pesar de las advertencias preliminares de Belknap y Jephson, se sentía envarado, muerto de miedo y sin sangre. Porque se daba cuenta de que el auditorio le era hostil. Pensaba con terror que sin duda estaban allí el padre y la madre y quizá también las hermanas y hermanos de Roberta, mirándole todos y deseando en sus corazones que sufriera por lo que había hecho.


Y quizá también habría personas de Lycurgus y de Twelfth Lake, ninguna de las cuales se había tomado la menor molestia por ponerse en contacto con él y que ahora le creerían un malvado, sin preocuparse por conocer la otra parte de la historia, lo que había sufrido por las exigencias de Roberta y su amor por Sondra y todo lo que ésta constituía para él.


Pero a causa del consejo de Belknap y Jephson tenía que estar sentado y sonreír y afrontar las miradas de la gente con ánimo y entereza. Así pues, volvió la cabeza y de momento se sintió del todo desconcertado. Porque a su izquierda, en uno de aquellos bancos, había una mujer o muchacha que parecía la misma imagen viviente de Roberta.

 




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Era aquella hermana de la que Roberta le había hablado tan a menudo. El enorme parecido le causó una gran conmoción y el corazón casi se le detuvo. Ella le estaba mirando con ojos espectrales, pero verdaderos, ojos salvajes y acusadores. Y a su lado había otra muchacha que también se le parecía un poco, y junto a ella aquel anciano, el padre de Roberta, con el que había hablado en su granja el día que fue en busca de información y que ahora le miraba con ferocidad, con una mirada gris y cansada que decía con claridad: «¡Asesino, asesino!». Y junto a él había una mujercita dulce y desencajada, de unos cincuenta años, que al observar su mirada apartó los ojos con dolor, pero no con odio.


El también desvió la mirada y fijó su atención en las manos de Belknap y Jephson, observando la diferencia entre las cortas y blancas del último y las largas y morenas del otro. Y oyó la voz de Jephson que le decía:

—Siéntate bien derecho. Mira alrededor. No te amilanes. Sonríe con naturalidad.


Esta gente no puede hacerte daño. No son más que unos campesinos curiosos.


Pero Clyde notaba que varios reporteros y dibujantes estaban estudiándole con avidez, manejando sus plumas o sus lápices. Luego todas aquellas cosas saldrían en los periódicos que su madre leería en Denver y que la demás gente leería en Lycurgus. Trató de sobreponerse a su pánico y seguir observando al auditorio.


Pero al hacerlo, vio que cerca de una de las ventanas estaba Tracy Trunbull, que evidentemente habría venido por curiosidad profesional, y cinco filas más allá estaban el señor y la señora Gilpin, que sin duda declararían sus visitas a Roberta. Vio también al matrimonio Newton y a Grace Marr, la amiga de Roberta, y a otras muchas personas relacionadas con los sucesos ocurridos en los últimos meses.


Por encima de sus pensamientos y sus terrores seguía resonando la voz dura y enérgica de Mason interrogando a los posibles jurados y exclamando de vez en cuando la fórmula de «aceptable para el pueblo».


Pero por último le resultó muy agradable oír la voz del secretario anunciando que la sesión quedaba aplazada hasta las dos de la tarde.


Y luego el regreso a la cárcel, de una manera análoga a como había venido hasta la audiencia, con la multitud agrupándose en las cercanías, mirándole y haciendo duros comentarios. Una mujer alta y voluminosa se acercó lo más posible y le miró al rostro, al mismo tiempo que exclamaba:


—Dejadme que le vea. Quiero echarte una ojeada, jovencito. También yo tengo dos

hijas.


Pero no se acercó nadie de Lycurgus o de Twelfth Lake. Desde luego ni el menor atisbo de Sondra. Tanto Jephson como Belknap le habían asegurado que no aparecería. A ser posible ni siquiera su nombre sería mencionado. Los Griffiths, lo mismo que los Finchley, se oponían a ello.




CAPÍTULO 20


Después, Mason y Belknap pasaron cinco días completos seleccionando abjurado. Pero al fin los doce hombres que habían de juzgar a Clyde prestaron juramento y se sentaron en

 




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sus puestos. Eran hombres ancianos y canosos, o curtidos y arrugados, rancheros y tenderos, con algún que otro agente de la Ford, un posadero del lago Tom Dixon, un comerciante en frutas secas de Bridgeburg, y un viajante de una compañía de seguros que residía en Purday, exactamente al norte del lago Grass. Y todos, menos uno, casados. Y todos religiosos, si no morales, y todos convencidos de la culpabilidad de Clyde antes de ocupar sus puestos en el jurado, pero tranquilos a causa del concepto casi unánime que tenían de sí mismos, ya que se consideraban hombres de amplias miras y sin prejuicios, y porque estaban muy interesados en figurar como jurados en este caso tan excitante, convencidos de que podrían desempeñar su misión clara e imparcialmente, juzgando los hechos que se presentaran ante ellos.


A continuación todos se fueron levantando y prestaron juramento.

E inmediatamente Mason se levantó a su vez y dijo:

—Señores del jurado.


Clyde, lo mismo que Belknap y Jephson, miraban hacia los miembros del jurado preguntándose cuál sería la impresión que causaría en ellos el exordio de Mason. Pues un fiscal más dinámico y electrizante que él en estas circunstancias no podía hallarse.


Ésta era su oportunidad. ¿No estaban fijos en él los ojos de todos los ciudadanos de los Estados Unidos? Así lo creía él. Era como si alguien hubiera dicho de pronto: «¡Luz! ¡Cámara!».


—Sin duda, muchos de ustedes se han sentido cansados y confusos durante la pasada semana —comenzó— por el excesivo cuidado que los abogados han prestado en este caso a las listas de las que ustedes doce han resultado escogidos. No ha sido cosa fácil encontrar a doce hombres a quienes puedan ser expuestos todos los hechos de esta asombrosa causa, para que sean considerados con toda la imparcialidad y comprensión que la ley ordena. Por mi parte, señores, el cuidado que he puesto ha sido sólo por un motivo: que se haga justicia. No ha habido malicia ni nociones preconcebidas de ninguna clase. El día nueve de julio yo aún no sabía nada de este acusado ni de su víctima ni del crimen que se le imputa. Pero, señores del jurado, a pesar de lo confundido e incrédulo que me sentí al principio, al oír que un hombre de la edad, educación y relaciones del acusado podía haber cometido tal delito, paso a paso me vi obligado a alterar y más tarde a olvidar para siempre mis dudas primeras y deducir del conjunto de las pruebas que era mi deber proseguir la acción en beneficio del pueblo.


»Pero procedamos a considerar los hechos. En ellos intervienen dos mujeres. Una está muerta. La otra —y entonces se volvió hacia donde estaba sentado Clyde y señaló con un dedo a Belknap y Jephson—, por acuerdo entre la acusación y la defensa no va a ser nombrada aquí, ya que ningún bien puede derivarse de infligirle esta molestia innecesaria. En efecto, el único propósito de cada palabra y de cada hecho tal como serán presentados por esta acusación es que, de acuerdo con las leyes de este estado y con el crimen de que se acusa al procesado, se haga justicia. Justicia, señores, exacta e imparcial. Pero si ustedes no actúan honradamente y no emiten un veredicto justo de acuerdo con las pruebas, el pueblo del estado de Nueva York y la población de la comarca de Cataraqui sufrirá un serio agravio. Pues el pueblo les contempla a ustedes y les pedirá cuenta de sus razonamientos y de su decisión final en este caso.


En este momento, Mason hizo una pausa y después, volviéndose dramáticamente

 




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hacia Clyde, y apuntándole con su índice derecho, continuó:


—El pueblo del estado de Nueva York —y recalcó sus palabras como si deseara darles el valor y la sonoridad de un trueno— acusa al procesado que se sienta en el banquillo del delito de homicidio en primer grado. Le acusa de que voluntariamente, con premeditación, crueldad y engaño, asesinó a Roberta Alden, hija de un granjero que desde hace varios años vive en el pueblo de Biltz, en el condado de Mimico. Lo acusa de que después de cometido el crimen intentó ocultar del conocimiento y de la justicia el cadáver de su víctima. Lo acusa —y entretanto Clyde, debido al consejo de Jephson, estaba erguido mirando por encima de Mason, quien a su vez le miraba a él directamente a los ojos— de que este mismo Clyde Griffiths, aun antes de cometer el crimen, premeditó durante semanas enteras su plan, y luego, con malicia y a sangre fría lo llevó a cabo.


»Y al acusarle de todo esto, el pueblo del estado de Nueva York les mostrará a ustedes las pruebas de cada una de estas afirmaciones. Se les darán a ustedes hechos, y de esos hechos, ustedes, y no yo, serán los únicos jueces.


Y de nuevo hizo una pausa y cambió de postura mientras la multitud, ávidamente, se inclinaba hacia adelante hambrienta y sedienta de cada palabra que pronunciaba. Luego, levantando dramáticamente el brazo derecho, echó hacia atrás sus rizados cabellos y resumió:


—Señores, no me llevará mucho tiempo describirles el tipo de la muchacha cuya vida fue tan cruelmente borrada bajo las aguas de Big Bittern. Durante los veinte años de su vida —Mason sabía muy bien que tenía veintitrés y era dos años mayor que Clyde— ninguna persona de las que la conocieron pudo decir nada en contra de su carácter. Y estoy seguro de que en este juicio no saldrá a relucir ninguna prueba en contra de ella. Hace más o menos un año, el diecinueve de julio, se fue a la ciudad de Lycurgus a fin de poder ayudar a su familia con el trabajo de sus manos.


Y entonces los sollozos de sus padres, hermanas y hermanos se oyeron en toda la

sala.

—Señores... —continuó Mason con su exposición.


A continuación describió la vida de Roberta desde que abandonó su hogar para reunirse con Grace Marr hasta que encontró a Clyde en Crum Lake, y cómo rompió con su amiga y sus hermanos, los Newton, por culpa suya, y cómo aceptó su imposición de vivir sola, entre gente extraña, ocultando los motivos de este cambio a sus padres, y cómo, finalmente, sucumbió a su engaño. Las cartas que ella le escribió desde Biltz detallaban cada paso de esta historia. Y luego, por el mismo meticuloso procedimiento, procedió a exponer los hechos relativos a Clyde; su interés por la buena sociedad de Lycurgus y por la rica y bella señorita X, la cual, debido a su inocencia y bondad, le dejó creer que podía aspirar a su mano, lo que sin querer había despertado en él una pasión que había sido causa de su cambio de sentimientos hacia Roberta. De todo ello había resultado, como Mason probaría a su debido tiempo, la maquinación que había acabado con la vida de Roberta.


—Pero, ¿quién es el individuo —exclamó repentina y dramáticamente en este momento— al que cargo con tantas responsabilidades? Ahí está sentado. ¿Es hijo de padres derrochadores, un producto de los barrios bajos, alguien a quien se ha negado la oportunidad de una concepción limpia y honorable de los valores y deberes de una vida

 




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decente y respetable? ¿Es así? Al contrario. Su padre es del mismo linaje que ha dado a Lycurgus una de sus mayores y más constructivas industrias, la compañía Griffiths. Él era pobre, sí, no hay duda. Pero no más que Roberta Alden, y el carácter de ésta no parece haber sido afectado por su pobreza. Los padres del acusado, en Kansas City, en Denver, y antes en Chicago y en Michigan, resultan ser predicadores sin tacha del tipo que rige las misiones religiosas, personas que, por lo que puedo colegir, son sinceramente religiosas y se basan en rectos principios morales. Pero éste, su hijo mayor, de quien se podía haber esperado que hubiese estado más profundamente influido por ellos, sale tempranamente de su mundo y escoge una vida alegre y deslumbrante. Se convierte en botones de un notorio hotel de Kansas City, el Green-Davidson.


Y entonces procedió a explicar que Clyde había sido siempre un bala perdida, uno que, quizá por alguna rareza de temperamento, prefería vagabundear de aquí para allá. Más tarde, según explicó a continuación, se le había dado un importante puesto como jefe de departamento en la conocida fábrica de su tío en Lycurgus. Y luego, gradualmente, fue presentado en los círculos en que su tío y los hijos de éste eran conocidos. Y su salario era tal que podía permitirse una habitación en una de las mejores residencias de la ciudad, mientras que la muchacha a la que había matado vivía en una mezquina habitación en una calle apartada.


—Y sin embargo —continuó—, se ha hablado mucho de la juventud del procesado. —Aquí se permitió una sonrisa desdeñosa—. Por su consejero y por otras personas ha sido llamado en los periódicos, una y otra vez, un muchacho. De ningún modo es un muchacho. Es todo un hombre. Ha tenido más ventajas sociales y de instrucción que cualquiera de ustedes que se sientan en el jurado. Ha viajado. En hoteles y casinos y en la sociedad con la que tan íntimamente estaba conectado en Lycurgus, ha estado en contacto con gente decente, respetable e incluso capaz y distinguida. A decir verdad, en el momento de su detención, hace dos meses, formaba parte de un grupo elegante que veraneaba en los lagos de esta región. Recordad eso. Su mente está del todo madura y no tiene nada de .chiquillo. Está perfectamente equilibrado.


»Señores, el estado probará en seguida —prosiguió— que no habían transcurrido todavía cuatro meses desde que el acusado llegó a Lycurgus cuando la víctima fue a trabajar en el departamento del cual estaba encargado. Y no habían transcurrido más de dos meses cuando él la indujo a mudarse del hogar respetable y religioso que ella había elegido en Lycurgus a otro del que ella no sabía nada y cuya principal ventaja, como vio él, fue que ofrecía secreto, apartamiento y ningún peligro para el vil propósito que él ya había concebido con respecto a la muchacha.


»Había una regla en la compañía Griffiths, como mostraremos más tarde en este juicio, que explica mucho, y que consistía en que ningún empleado superior o jefe de departamento podía tener nada que ver con ninguna muchacha que trabajase a sus órdenes o para la fábrica, ni dentro ni fuera de la misma. Se había previsto así con objeto de velar por la moralidad y el honor de las mujeres que trabajan para esa gran compañía. Y poco después de llegar allí este hombre fue instruido sobre dicha regla. Pero, ¿se dejó asustar por eso? ¿Se dejó influir por la consideración y el favor que su tío le había mostrado? En lo más mínimo. Secreto y secreto. Desde el principio mismo. Seducción y seducción. El disfrute inmoral, ilegal y socialmente condenado del cuerpo de la muchacha

 




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fuera del palio ennoblecedor del matrimonio.


»Ése fue su propósito, señores. Pero, ¿sabía alguien en Lycurgus o en cualquier otra parte que existiesen tales relaciones entre él y Roberta Alden? Ni un alma. He podido comprobar que absolutamente nadie se enteró de que tales relaciones existían hasta que no murió la muchacha. Ni una sola persona. Pensad en lo que significa eso.


»Señores del jurado —y aquí su voz tomó un tono casi reverencial—, Roberta Alden amaba al acusado con toda la fuerza de su alma. Le amaba con ese amor que es el misterio supremo del cerebro y del corazón humano, que desafía con su fuerza todo miedo a la vergüenza o al castigo. Era una muchacha sincera, humana, decente y gentil, una muchacha amante y apasionada. Y amaba como sólo puede amar un alma generosa, confiada y abnegada. Por amarle así le entregó al fin todo lo que una mujer puede en-tregar al hombre a quien quiere.


»Amigos, ésta es una cosa que ha sucedido millones de veces en este mundo y que volverá a suceder millones de veces en el futuro. No es nada nuevo y nunca será viejo.


»Pero en enero o febrero pasados, esta muchacha, que ahora está muerta en su tumba, se vio obligada a acudir al acusado, Clyde Griffiths, para decirle que estaba a punto de ser madre. Más tarde les demostraremos a ustedes que ella le suplicó que abandonasen la localidad y la hiciera su esposa.


»Pero, ¿lo hizo él? ¿Quiso hacerlo? De ninguna manera. Por aquel entonces había sobrevenido un cambio en los sueños y en los afectos de Clyde Griffiths. Había tenido tiempo para descubrir que el nombre de Griffiths en Lycurgus era bastante para abrir en aquella localidad las puertas de los círculos más exclusivos, que el hombre que no era nadie en Kansas City o en Chicago era aquí una persona de peso, y que eso podía ponerle en contacto con muchachas de educación y de medios, muchachas que se movían lejos de la esfera a la que pertenecía Roberta Alden. Y no sólo eso, sino que había encontrado a una muchacha de la que se había prendado por su belleza, su riqueza y su posición y al lado de la cual la sencilla joven de la fábrica quedaba reducida al papel patético de la engañada en la mísera y secreta habitación que él le había buscado, una muchacha lo bastante buena para ser engañada, pero no para desposarla. Y no la desposó.


Hizo una pausa, pero sólo por un momento, y luego continuó:


—Pero en ningún momento he podido encontrar la menor modificación o interrupción en ninguna de las actividades sociales que tanto le atraían. Al contrario, desde enero hasta el 5 de julio pasado, y después, sí, incluso después de verse ella obligada a decirle que a menos que se trasladasen a otra ciudad para casarse, tendría que apelar al sentido de justicia de la comunidad, e incluso después de que ella estaba fría y muerta bajo las aguas de Big Bittern, siguió alternando en bailes, cenas, excursiones automovilísticas, alegres viajes a Twelfth Lake y Bear Lake, sin que al parecer por un solo momento le preocupase la grave situación moral y social de la muchacha.


Al llegar a este punto hizo una pausa y dirigió la mirada hacia Belknap y Jephson, que estaban lo bastante tranquilos para responder con una sonrisa, primero hacia el que hablaba y luego entre sí, aunque Clyde, aterrorizado por la vehemencia de aquellas palabras, se asustó al notar cuánta exageración y falta de honradez había en el discurso. Pero mientras pensaba aquello, Mason continuó:


—Por esa época, señores, como ya he indicado, Roberta Alden había insistido una y

 




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otra vez para que Griffiths se casara con ella.


Y él había prometido hacerlo. Sin embargo, como todas las pruebas demostrarán, él nunca tuvo la menor intención de hacerlo. Por el contrario, cuando la situación de la muchacha fue tal que él no podía ya resistir por más tiempo su súplica o el peligro que su presencia entrañaba en Lycurgus, la indujo a irse a casa de sus padres con el pretexto de que necesitaría hacerse algunos vestidos hasta el día en que él fuera a recogerla y se trasladasen a alguna ciudad distante donde celebrar el casamiento y poder ella traer su hijo al mundo honorablemente. Y según las cartas de ella, que mostraré luego, aquello tenía que suceder a las tres semanas de haberse ido a vivir con sus padres. Pero, ¿fue él a buscarla como había prometido? No, no acudió nunca.


»Finalmente, y tan sólo porque no había otra solución, él le permitió a ella venir, el 6 de julio pasado, justo dos días antes de su muerte. Pero no antes. En el intervalo, o sea desde el 5 de junio al 6 de julio permitió que se angustiara en la pequeña casa de las afueras de Biltz en el condado de Mimico, viniendo las vecinas a ayudarla a hacerse unas ropas que ella no se atrevía a confesar que eran su traje de novia. Ella sospechaba y temía que el acusado no acudiese nunca. Pues diariamente, y en ocasiones hasta dos veces al día, ella le escribía comunicándole sus temores y pidiéndole que le asegurara por carta o de palabra, de una u otra forma, que vendría y se la llevaría.


»Pero, ¿llegó él a hacerlo? Nunca por carta. Nunca. Oh, no, señores, eso de ninguna forma. Por el contrario, tan sólo algunos mensajes telefónicos, que son cosas a las que no se puede seguir el rastro con facilidad. Y además tan breves y escasos que ella no tenía más remedio que quejarse amargamente por su falta de interés y consideración. Por eso, desesperada después de cinco semanas, escribió lo siguiente: “ésta es para decirte que a menos que sepa de ti por teléfono o carta antes del mediodía del viernes, iré a Lycurgus y el mundo sabrá cómo me has tratado”. Estas son las palabras, señores, que la pobre muchacha se vio obligada por fin a escribir.


»Pero, ¿quería Clyde Griffiths que el mundo supiese la forma en que había tratado a la muchacha? Desde luego que no. Y a partir de aquel momento empezó a forjar en su mente un plan con el cual evitar el escándalo y sellar los labios de Roberta Alden para siempre. Y, señores, el estado probará que de esa forma cerró él la boca de la muchacha.


Al llegar a este punto, Mason exhibió un mapa de la región de los Adirondacks, que había mandado confeccionar para ese propósito, y sobre el cual estaban dibujados con tinta roja los movimientos de Clyde antes y después de la muerte de la muchacha hasta el momento de ser detenido en el lago Bear. Al hacerlo, marcó una pausa y procedió a explicar al jurado el plan de Clyde para ocultar su identidad, los diversos registros falsos, los dos sombreros. Explicó también que en el tren entre Fonda y Utica, lo mismo que entre Utica y el lago Grass, él no se había montado en el mismo coche que Roberta. Y luego anunció:


—No olviden ustedes, señores, que aunque él había indicado previamente a Roberta que éste iba a ser el viaje de bodas, él no quería que nadie supiese que estaba con su novia, ni siquiera después de haber llegado a Big Bittern. Pues estaba tratando no de casarse con ella sino de encontrar un paraje en el cual poder arrebatarle la vida. ¿Pero le impidió eso, veinticuatro o cuarenta y ocho horas antes de aquel momento, tenerla en sus brazos y repetirle las promesas que no tenía intención alguna de cumplir? ¿Se lo impidió? Les

 




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mostraré a ustedes los registros de dos de los hoteles en que permanecieron, y en los que, a causa de su supuesto matrimonio, ocuparon una sola habitación. Pero la única razón de que transcurrieran cuarenta y ocho horas en lugar de veinticuatro fue que él había cometido un error con respecto a la soledad de Grass Lake. Hallándolo lleno de vida, centro de una colonia veraniega de gente religiosa, decidió dirigirse a Big Bittern, que era más solitario. Y de esa forma tienen ustedes, señores, el asombroso y amargo espectáculo de un joven en apariencia inocente e incomprendido que arrastra a una muchacha cansada y dolorida de sitio en sitio con objeto de buscar un lago lo bastante desierto para ahogarla. Y eso cuando a ella sólo le faltan cuatro meses para ser madre.


»Y luego, habiendo llegado por fin a un lago lo bastante solitario, la saca del parador donde una vez más se había registrado falsamente como el señor Clifford Golden y esposa, la mete en un bote y la lleva hacia la muerte. La pobre criatura pensaba que no era más que una excursión antes del matrimonio del que él tanto hablaba y que lo iba a sellar y santificar todo. ¡Sellarlo y santificarlo! Sellar y santificar como pueden sellar y santificar las aguas que se cierran sobre la cabeza, pero no de otra manera, de ninguna otra manera. Y él después se escabulle, como un loco que se aparta de su víctima, y se dirige hacia la libertad, hacia un matrimonio de conveniencia, hacia un bienestar social y material, mientras la víctima duerme callada y anónima en su tumba de agua.


»Pero, oh, señores, los caminos de la providencia o de Dios no son los mismos que nosotros trazamos. ¡El hombre propone, pero es Dios, Dios, quien dispone!


»Estoy seguro de que la defensa se está preguntando cómo puedo saber que ella pensaba todavía que iban a casarse después de dejar el parador de Big Bittern. Y no tengo la menor duda de que le serviría de consuelo saber que no tengo medio alguno de conocer los verdaderos pensamientos de la víctima. Pero cuán profundo y agudo debió de ser ese pensamiento que adivinó y previo todas las contingencias del asunto. Pues ahí, tal como lo ven ustedes, sentado en el banquillo, pero tranquilo con la confianza de que sus defensores lo sacarán libre de este asunto —y al oír esto Clyde, tieso y rígido, sintiendo un hormigueo en las raíces de sus cabellos, y con las manos entrecruzadas debajo de la mesa, tembló levemente—, él no sabe que la muchacha, mientras estaba en su habitación en el parador del lago Grass, había escrito a su madre una carta que no había tenido tiempo de echar al correo, y que estaba en el bolsillo de su abrigo, dejado en el parador a causa del calor del día y porque ella pensaba por supuesto volver. Y esa carta está aquí ahora sobre esta mesa.


En este punto los dientes de Clyde rechinaron. Se estremeció con un escalofrío. Era cierto que ella había dejado su abrigo. Y Belknap y Jephson, sentados junto a él, se preguntaban lo que podría significar esa carta. ¡Qué fatalidad si, después de todo, eso hiciera imposible o estropeara el plan de defensa que habían trazado! Sólo podían esperar y ver.


—En esa carta —continuó Mason— ella explica por qué está allí, para casarse nada menos —y entonces Jephson y Belknap, lo mismo que Clyde, respiraron tranquilizados, ya que esto concordaba con el plan establecido por ellos—, al cabo de uno o dos días — continuó Mason, pensando todavía que estaba acribillando con sus palabras a Clyde.


»Pero Griffiths, o Graham, de Albany o Syracuse, como ustedes quieran llamarle, sabía más que ella. Sabía que él no iba a regresar. Y llevó consigo todos sus efectos

 




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personales al bote. Durante toda la tarde, desde el mediodía hasta el atardecer, estuvo buscando en el lago solitario un lugar a propósito, un lugar que no pudiera ser fácilmente observado desde la costa, como demostraremos en su momento. Y cuando caía la tarde encontró el sitio. Y andando hacia el sur a través de los bosques más tarde, con un nuevo sombrero de paja en la cabeza y un ipaletín seco y limpio en la mano, él se imaginaba que estaba a salvo. Clifford Golden ya no existía; Carl Graham ya no existía, estaba ahogado, en el fondo del Big Bittern, junto a Roberta Alden. Pero Clyde Griffiths estaba vivo y libre, y de camino hacia el lago Twelfth, hacia la sociedad que tanto amaba.


»Señores, Clyde Griffiths mató a Roberta Alden antes de arrojarla al lago. La golpeó en la cara y en la cabeza y él creía que nadie podía verlo. Pero cuando su último grito de agonía cruzaba por encima de las aguas del Big Bittern, había un testigo que presenciaba el hecho, y antes de que la acusación haya terminado con este caso ese testigo comparecerá ante ustedes para contarles la verdadera historia.


Mason no tenía testigo alguno, pero no pudo resistir la tentación de arrojar una idea tan perturbadora en el campo contrario.


Y desde luego el resultado fue tal como él esperaba y aún más. Pues Clyde, que durante todo el tiempo, y en especial desde la mención de la carta, había estado mirándole con una expresión imperturbable de inocencia, primero se puso rígido y luego se acobardó. ¡Un testigo! ¡Y estaba aquí para declarar! ¡Dios mío! Entonces él, quienquiera que fuera, acechando en la costa solitaria del lago, había visto el golpe inesperado, y oído los gritos de ella, y visto también que él no intentó socorrerla. Le había visto nadar hasta la costa y escabullirse, quizá le había espiado en el bosque mientras se cambiaba de traje. ¡Dios mío! Sus manos estaban ahora agarradas a los bordes del asiento, y su cabeza cayó hacia atrás con una sacudida, pues esto significaba la muerte, su ejecución con toda seguridad. ¡Dios! ¡No había esperanza ninguna! Su cabeza se inclinó a un lado y él miró como si estuviese en estado de coma.


En cuanto a Belknap, la revelación de Mason al principio hizo que soltara el lápiz con que estaba tomando notas, luego miró desconcertado puesto que ellos no podrían nunca desvirtuar una prueba como ésa. Pero inmediatamente, recordando cuán desconcertado debía estar apareciendo ante todos, se recobró. ¿Podía ser que Clyde les hubiera estado mintiendo y que, después de todo, la hubiera matado intencionadamente y ante la vista de este testigo inesperado? Si era así sería necesario para ellos retirarse de un caso tan desesperado e impopular.


En cuanto a Jephson, se sintió en el primer momento aturdido y derrumbado. Y por su cerebro, y por su mente enérgica y no fácilmente impresionable, corrieron en seguida pensamientos tales como: ¿había realmente un testigo?, ¿había mentido Clyde? Entonces los dados estaban ya echados, pues, ¿no había admitido él ya ante ellos que había golpeado a Roberta y el testigo debía haberlo visto? Y de esta forma era imposible alegar la excusa de un cambio en los sentimientos de Clyde. ¿Quién iba a creer en eso después de un testimonio semejante?


Pero debido a la clara argumentación mental habitual en él y a la determinación de su carácter, no se permitió quedar completamente confundido por este anuncio inesperado. En lugar de eso se volvió, y, después de contemplar los semblantes aturdidos y todavía sobresaltados de Belknap y Clyde, comentó:

 




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—No lo creo. Está mintiendo o fanfarroneando. De todas formas esperaremos y ya veremos lo que hay. Falta mucho hasta nuestra intervención. Fíjate en todos los testigos que han de comparecer.


Y nosotros podremos también interrogarlos durante toda la semana, si queremos, hasta que salga de quicio la acusación. Hay mucho tiempo para hacer muchas cosas, descubrir mientras tanto algo sobre este testigo. Y además, hay la posibilidad de un suicidio de ella o la de lo que realmente sucedió. Podemos dejar que Clyde siga jurando que es verdad lo que él asegura, que tuvo como un trance cataléptico, que no tuvo valor para asesinarla. No es posible que nadie pueda haberlo visto desde una distancia de unos quinientos pies. —Sonrió serenamente. Y casi al mismo tiempo añadió, en forma que no pudiera oírle Clyde—: Podremos conseguir sacarle de esto con veinte años lo más, ¿no crees?




CAPÍTULO 21


Después vinieron los testigos, las declaraciones, los interrogatorios, hasta el número de ciento veintisiete. Y el testimonio de éstos, especialmente el de los doctores, tres guías, la mujer que oyó el último grito de Roberta, fueron repetidamente objetados por Jephson y Belknap, pues haciendo ver los puntos débiles de sus declaraciones y los errores y diferencias entre los distintos testimonios conseguirían hacer más plausible el plan de defensa preparado. Con todo esto el caso se fue arrastrando hasta noviembre, y luego Mason fue abrumadoramente elegido para el puesto de juez que tanto había ansiado. Y a causa de la mucha fuerza del asunto en sí y de la rivalidad entre ambas partes, el público, de costa a costa, fue tomando más y más interés. Y claramente, conforme iban pasando los días e iban viendo los periodistas durante el juicio, Clyde parecía más y más culpable. Él, sin embargo, cumpliendo las repetidas órdenes de Jephson, se enfrentaba con cada testigo que lo acusaba con calma y aun con desafío,


—¿Su nombre?

—Titus Alden.

—¿Es usted el padre de Roberta Alden?

—Sí, señor.


—Bien, entonces, señor Alden, ¿querría usted explicar al jurado cómo y en qué circunstancias fue su hija Roberta a Lycurgus?


—Protesto. La pregunta es improcedente, sin importancia e innecesaria —saltó Belknap.


—La relacionaré con el caso —replicó Mason mirando al juez.


Éste decidió que Titus podía contestar a la pregunta, pero que su respuesta no constaría en acta si verdaderamente no se relacionaba con el caso.


—Fue allí para obtener trabajo —explicó Titus.

—¿Y por qué fue allí a buscar trabajo?


Otra objeción, y al anciano se le permitió contestar después de que las formalidades fueron cumplidas.


—Bueno, la granja que tenemos cerca de Biltz no daba mucho, y era muy necesaria

 




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para los chicos una ayuda, y siendo la mayor Bobbie...

—Protesto, esa respuesta no debe constar en acta.

—Se admite la protesta.


—Bobbie era un nombre cariñoso que daba usted a Roberta, ¿no es verdad? —Protesto, la pregunta es objetable por...


—Sí, señor. Bobbie era como la llamábamos en casa.


Clyde escuchaba atentamente, rígido e inexpresivo, aunque en realidad estaba bastante sorprendido por el hecho de que ella nunca le hubiese dicho cómo la llamaban sus familiares. Él la llamaba Bert, pero nunca llegó a saber que en la granja su nombre era Bobbie.


Y entre un caos de protestas, discusiones, decisiones del juez y aclaraciones, Alden continuó, guiado por Mason, explicando cómo su hija había decidido marcharse a Lycurgus después de recibir una carta de Grace Marr, y vivir con el señor y la señora Newton. Y después de encontrar un trabajo fijo en la compañía Griffiths siguió en Lycurgus sin que ellos pudieran verla casi nunca hasta junio, en que ella volvió a la granja para descansar y hacerse algunos vestidos.


—¿Ninguna noticia de planes de matrimonio?

—Ninguna.


Roberta en la granja había escrito muchas cartas, aunque entonces él no sabía a quién iban dirigidas. Y había estado deprimida y enferma. Dos veces la había visto llorando, aunque él no dijo nada por darse cuenta de que ella no quería que lo advirtieran. Había habido varias llamadas por teléfono desde Lycurgus, la última el cuatro o cinco de julio, el día antes de que ella los dejara, de eso estaba seguro.


—¿Y qué llevaba ella consigo cuando se marchó?

—Su bolso y su maleta pequeña.

—¿Y reconocería usted el bolso que llevaba, si lo viera?

—Sí, señor.

—¿Es éste el bolso?


Un ayudante del fiscal del distrito se adelantó con el bolso para que Titus Alden pudiera verlo de cerca.


Alden, después de mirarlo y secarse las lágrimas con el dorso de la mano, anunció:

—Sí, señor.


Y entonces, con todo dramatismo, conforme hacía Mason en todos los puntos relacionados con el caso, un ayudante se adelantó con una pequeña maleta, y Titus Alden, su esposa, hijas e hijos, a la vista de la misma comenzaron a sollozar. Y después de haber sido identificada como propiedad de Roberta, el bolso y más tarde la maleta fueron abiertos. Y fueron sacados, exhibidos e identificados los vestidos hechos por Roberta, algo de ropa interior, zapatos, sombreros, el neceser que le había regalado Clyde, retratos de su padre y de su madre, de sus hermanos y hermanas, un libro viejo de cocina, algunas cucharas, tenedores, cuchillos y frasquitos de sal y de pimienta, todo ello regalo de su abuela y atesorado por ella para su futura vida matrimonial.


Todo esto tuvo lugar con respecto a la objeción de Belknap y a la promesa de Mason de «relacionar una cosa con otra», promesa que, sin embargo, fue incapaz de mantener, por lo que se acordó que la prueba quedara sin constancia en acta. Pero lo cierto es que su

 




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patetismo había ya impresionado profundamente los pensamientos y corazones de los miembros del jurado. Y la crítica realizada por Belknap sobre la táctica de Mason sólo sirvió para que este último protestara enfurecido:


—¿Quién está dirigiendo la acusación?

A lo cual replicó Belknap:


—El candidato republicano para juez de este condado, según creo —provocando así una oleada de risas que hizo que Mason vociferara.


—¡Señoría, protesto! Es una tentativa ilegal y que carece de ética tratar de inmiscuir en este caso una cuestión política que nada tiene que ver. Astuta y maliciosamente se pretende llevar al convencimiento del jurado que porque soy la persona designada por los republicanos para candidato a juez del condado, me es imposible conducir imparcial y honradamente la acusación de este caso. Y ahora solicito una disculpa, y habrá que dármela antes de que continúe ni un momento más este asunto.


Después de lo cual, el juez Oberwaltzer, sintiendo que se había producido una seria violación de las normas del tribunal, procedió a convocar a Belknap y a Mason ante él, y después de escuchar una detallada y educada interpretación de lo que habían querido decir y de lo que no habían querido decir, ordenó al fin, bajo pena de desacato en caso contrario, que ninguno de ellos se refiriera a la situación política en forma alguna.


Sin embargo, Belknap y Jephson estaban convencidos de que su humorístico comentario en cuanto a la candidatura de Mason podía ser de algún beneficio en cuanto a la apreciación por los miembros del jurado de los motivos de éste para actuar con tanto dramatismo en este caso.


Pero todavía quedaban más y más testigos.


Grace Marr se sentó ahora en el banco de los testigos, y de una manera voluble y dicharachera empezó a describir cómo y dónde había conocido por primera vez a Roberta, la muchacha pura, virginal y religiosa que era, pero cómo, después de haberse encontrado con Clyde en el lago Crum, había experimentado un gran cambio. Se mostraba más secreta y reservada y empleaba toda clase de falsas excusas para aventuras nuevas y extrañas, como por ejemplo salir de noche y quedarse hasta tarde, diciendo haber estado en sitios donde en realidad no había estado, hasta que por fin, a causa de las críticas que ella, Grace Marr, se había atrevido a hacer, se marchó de pronto, sin dar ninguna dirección. Pero había un hombre, y aquel hombre era Clyde Griffiths, ya que una noche de septiembre o de octubre del pasado año ella había seguido a Roberta hasta su habitación y la había visto con Clyde a cierta distancia, cerca de la casa de los Gilpin. Estaba en pie debajo de unos árboles y él tenía el brazo en su cintura.


Después de aquello, Belknap, siguiendo una sugerencia de Jephson, la interrogó y de la manera más astuta posible trató de descubrir si antes de llegar a Lycurgus, Roberta había sido tan religiosa y moral como la señorita Marr trataba de hacerla parecer. Pero la señorita Marr, disgustada e irritable, insistió en que hasta el día del encuentro con Clyde en el lago, Roberta había sido una muchacha toda verdad y pureza, por lo menos por lo que ella sabía.


Luego comparecieron los Newton, prestando juramento en sentido análogo.


A continuación los Gilpin, el marido, la esposa y las hijas, cada uno de ellos prestando juramento sólo sobre lo que había visto u oído. La señora Gilpin informó de la

 




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llegada de Roberta con un bolso y una maleta, los mismos que fueron identificados por Titus. Dijo que parecía estar casi siempre sola, rehusando establecer contacto amistoso con la familia. Pero más tarde, a últimos de noviembre, aunque ella nunca tuvo valor para decir nada sobre aquello a causa de la dulzura y buen comportamiento de la muchacha, ella y sus dos hijas se habían dado cuenta de que en ocasiones, después de las once, parecía como si Roberta recibiese a alguien en su habitación, pero sin que se supiese a quién. Y una vez más en su interrogatorio, Belknap trató de obtener alguna impresión que pusiera de manifiesto que Roberta era menos reservada y puritana de lo que todos los testigos la habían descrito, pero fracasó en sus propósitos, ya que la señora Gilpin, lo mismo que su marido, sentía mucho afecto por la muchacha y sólo bajo presión de Mason y más tarde de Belknap declaró las visitas de Clyde.


Y luego, la hija mayor, Stella, declaró que a finales de octubre o primeros de noviembre, poco después de que Roberta hubiese tomado la habitación, ella había pasado a su lado mientras estaba acompañada por un hombre, al que ahora podía identificar como Clyde, y notó que estaban peleándose y se detuvo a escuchar, aunque no distinguió las palabras, si bien podía recordar que ella no le quería dejar entrar en su habitación, porque no le parecía bien.


Clyde escuchaba todo aquello con asombro, porque durante los días de sus relaciones más íntimas con Roberta siempre se había creído inobservado. Mason insistía en aquel extremo para demostrar que Roberta había sido seducida, ya que no quería acceder a los deseos de Clyde. Belknap, dándose cuenta, trataba de confundir a Stella en su identificación de Clyde, pero sin conseguirlo de una manera efectiva. Y luego prestaron testimonio Whiggam y Liggett sobre la fecha en que Clyde llegó a la fábrica, así como Roberta, y que nunca se trataron en forma que pudiera dar a entender que había algo entre ellos.


Desfilaron después otros testigos. La señora Peyton habló de las actividades sociales del muchacho; la señora Alden testificó que, en las navidades del año anterior, Roberta le había confesado que el jefe que tenía en la fábrica la miraba con interés, pero que eso había que mantenerlo secreto. Testificaron también los jóvenes de la buena sociedad que habían ido a reuniones con el acusado, Un farmacéutico identificó a Clyde como el joven que fue a pedirle una medicina para conseguir un aborto. También declaró el comerciante al que Clyde le había preguntado si conocía a un médico que pudiese ayudar a una joven casada que no quería tener hijos. El doctor Glenn informó sobre la visita de Roberta y dijo que se había negado a prestarle ayuda.


Luego, un granjero vecino de los Alden manifestó haber escuchado parte de una conferencia telefónica sostenida por Roberta, a la que había oído decir: «Pero, Clyde, yo no puedo esperar tanto tiempo. Sabes que no puedo y no esperaré». Un dato análogo fue proporcionado por la hija del mismo granjero.


También el servicio de correos informó sobre las cartas recibidas por Clyde. Y luego desfiló todo aquel que recordaba a la pareja en el último viaje realizado por la misma, así como la gente que la había reconocido en los hoteles donde habían estado, y comparecieron expertos que juraron que la escritura era la misma en todos los registros a pesar de la diferencia de nombres.

 






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CAPÍTULO 22


El día undécimo del juicio compareció el escribiente del parador de Utica, que recordaba la llegada de Clyde y de Roberta. También prestó declaración el maquinista del tren que hacía el servicio entre Utica y Grass Lake. Y el propietario del parador de Grass Lake. Y una de las camareras, que manifestó haber escuchado a Clyde discutiendo con Roberta sobre la imposibilidad de obtener allí una licencia de matrimonio. Desfilaron a continuación todos los testigos relacionados con la fuga de Clyde después de ocurrido el accidente, entre ellos los tres hombres con los que se encontró en el bosque, cuyo testimonio fue muy perjudicial para Clyde, ya que describieron el terror experimentado por éste al tropezar con ellos. Luego siguió la historia del descubrimiento del bote y el del cuerpo de Roberta y por último la llegada de Heit y su hallazgo de la carta en la chaqueta de la muchacha. A continuación comparecieron el capitán del barco y la muchacha de la granja, el chófer de los Cranston y las personas que intervinieron en su detención, contribuyendo todas ellas a perjudicar enormemente al acusado, ya que lo describían como persona falsa, evasiva y aterrorizada.


Pero indudablemente el testimonio más grave y perjudicial era el relativo a la cámara y al trípode y a las circunstancias relacionadas con el hallazgo de los mismos, punto en el que Mason insistió mucho con objeto de conseguir que el acusado quedara convicto. Para ello, a pesar de las objeciones de Belknap y Jephson, adujo que Clyde, al ser preguntado si poseía una cámara o un trípode, había negado todo conocimiento del asunto, expresando Belknap y Jephson su protesta más furibunda.


Inmediatamente se aportaron las actuaciones hechas por el juez Oberwaltzer, constando entre ellas un papel firmado por los distintos agentes y en el que se declaraba que Clyde, al mostrársele el trípode y preguntársele si tenía uno, había negado repetidamente y con vehemencia que fuese de su propiedad.


A continuación fue hecho comparecer el comerciante al que Clyde Griffiths había comprado la cámara y el trípode, y después de establecerse su propiedad se pasó a tratar de la película encontrada en la cámara y ya revelada.


Luego, Floyd Thurston, uno de los invitados en la quinta de Cranston en Sharon en junio, en ocasión de la primera visita de Clyde allí, pasó al estrado para declarar que en aquella ocasión el acusado había sacado cierta cantidad de fotos con una cámara cuyo tamaño y descripción eran idénticos a los de aquella otra que se le mostraba, pero no pudo identificarla de una manera precisa, por lo que su testimonio no fue tomado en cuenta.


Después de aquel testigo compareció Edna Patterson, doncella en el parador de Grass Lake, la cual juró que al entrar en la habitación que Clyde y Roberta ocuparon en la noche del 8 de julio, ella había visto a Clyde con una cámara en las manos, del tamaño y color, por lo que podía recordar, idénticos a aquella otra que se le mostraba. Al mismo tiempo, ella había visto también un trípode. Y Clyde, en su estado curiosamente meditativo y medio hipnotizado, recordaba bastante bien la entrada de aquella muchacha en la habitación y se maravillaba y sufría por la irrompible cadena de hechos que de tal forma podía ser forjada por testigos procedentes de sitios tan variados, inesperados y sin relación entre sí, y al cabo de tanto tiempo, además.




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Después de aquella criada, pero en días diferentes, y mientras Belknap y Jephson defendían cada pulgada del terreno en cuanto a la admisibilidad de todo aquello, hubo el testimonio de los cinco doctores a los que Mason había convocado en el momento en que el cuerpo de Roberta fue llevado por vez primera a Bridgeburg, y los cuales juraron a su vez que las heridas, tanto las de la cara como la de la cabeza, eran suficientes, considerando las condiciones físicas de Roberta, para aturdiría. Y a causa del estado en que se hallaban en los pulmones de la muchacha habían podido llegar a la conclusión de que el momento en que por primera vez el cuerpo de ella había entrado en el agua, la víctima debía estar todavía viva, aunque no necesariamente consciente. Pero en cuanto a la naturaleza del instrumento utilizado para causar estas heridas, ellos no podían lanzar ninguna conjetura, teniendo que limitarse a decir que debía haber sido un objeto romo. Y ninguna habilidad por parte de Belknap o Jephson pudo inducirles a admitir que los golpes podrían haber sido de un carácter tan ligero como para no aturdiría ni hacerle perder el conocimiento. La lesión principal parecía estar en la parte superior del cráneo, habiendo sido lo bastante profunda para causar un derramamiento de sangre, aportando fotografías para corroborar sus conclusiones.


En este momento psicológico, cuando tanto el auditorio como el jurado estaban más penosa y realmente conmovidos, un cierto número de fotografías del rostro de Roberta, hechas en ocasión de que Heit, los doctores y los hermanos Lutz estaban al cuidado del cadáver de la misma, fueron exhibidas. Y se vio entonces que las medidas de los arañazos de la cara de la muchacha correspondían exactamente con los lados de la cámara. Inmediatamente después, Burton Burleigh subió al estrado de los testigos para declarar cómo había descubierto las dos hebras de cabello que correspondían con el de Roberta, o por lo menos así Mason trataba de demostrarlo, prendidas entre el objetivo y la tapa. Y luego, después de horas y horas, Belknap, enfurecido y con los nervios deshechos por esta clase de prueba y tratando de desvirtuarla con sarcasmos, terminó por arrancarse un cabello de su cabeza y preguntar a los miembros del jurado si se atreverían a decir que un simple cabello podía ser una indicación del color general del cabello de una persona, y si no era así, que cómo podían estar dispuestos a creer que aquellos cabellos en particular fuesen o no de Roberta.


Mason entonces llamó a una tal señora Rutger Donahue, que procedió, de la manera más calmosa y más plácida, a explicar cómo el 8 de julio pasado, entre las cinco y media y las seis de la tarde, ella y su esposo, después de montar una tienda de campaña más arriba de la bahía de la Luna, habían empezado a remar y a pescar, y cómo, a poco menos de un kilómetro de distancia de la costa, y a menos de medio kilómetro de los bosques que delimitan la cala de la Luna, ella había oído un grito.


—¿Dice usted que sucedió entre las cinco y las seis de la tarde?

—Sí, señor.

—¿Quiere repetir en qué fecha?

—El 8 de julio.

—¿Y dónde estaba usted exactamente en aquel momento?

—Estábamos...

—No diga estábamos. ¿Dónde estaba usted?

—Estaba cruzando la bahía del Sur, en un bote de remos con mi esposo.

 




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—Está bien. Ahora díganos qué sucedió después. —Cuando llegamos al centro de la bahía oí un grito. —¿Cómo era?


—Era un grito penetrante, como el de una persona que sufre un dolor o que está en peligro. Era un grito agudo, inolvidable.


En ese momento fue presentada una objeción para que aquella apreciación no constara en acta, y se concedió que no fuera registrada la última frase.


—¿De dónde procedía aquel grito?


—De cierta distancia. Parecía venir de dentro de los bosques o algo más allá. —¿Sabía usted entonces que existía otra bahía o pequeña ensenada al otro lado del


bosque?

—No, señor.


—Bueno, ¿qué pensó usted entonces? ¿Que aquello podía provenir de los bosques situados al sur de donde usted se hallaba?


La defensa presentó una protesta, que fue denegada.


—Y ahora, díganos, ¿era un grito de hombre o de mujer? ¿Qué clase de grito era? —Era un grito de mujer, y decía algo así como: «¡Oh, no!» o «¡Oh, Dios mío!», muy


penetrante y claro, pero distante, naturalmente. Un grito como el que pudiera lanzar alguien presa de un dolor.


—¿Está usted segura de que no podría equivocarse en cuanto a la índole del grito, si era de hombre o de mujer?


—No, señor. Estoy segura. Era un grito de muchacha. Resultaba demasiado agudo para tratarse de la voz de un hombre o de un muchacho. No podía ser más que un grito de mujer.


—Ya veo. Y ahora, díganos, señora Donahue, ¿ve usted este pun— tito en el mapa que nos muestra dónde se encontró el cuerpo de Roberta Alden?


—Sí, señor.


—¿Y ve usted este otro puntito, por encima de estos árboles, que muestra aproximadamente el sitio donde estaba su bote?


—Sí, señor.


—¿Cree usted que aquel grito procedía de este punto de la bahía de la Luna? La defensa protestó y la protesta fue admitida. —¿Y se repitió aquel grito?


—No, señor. Aguardé y llamé la atención de mi esposo y los dos estuvimos esperando, pero no volvió a oírse.


Entonces Belknap se mostró ansioso por probar que podía haber sido un grito de terror, pero no de dolor o de lamento, esforzándose en conseguir que la mujer o su esposo, que también había subido al estrado, cayeran en alguna contradicción. Pero el matrimonio no se dejaba convencer. De ninguna forma, insistían, podría borrárseles de la mente el recuerdo triste y profundo que les había dejado aquella voz de mujer. A los dos les había obsesionado y una vez en el campamento siguieron hablando de aquello. Como se hizo de noche el marido no se atrevió a acercarse al sitio de donde había procedido el grito; y como su mujer estimaba que una mujer o una muchacha podía haber sido asesinada en aquellos bosques, no quisieron permanecer más tiempo y a la mañana siguiente, muy

 




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temprano, se trasladaron a otro lugar.


Thomas Barret, otro guía de los Adirondacks, relacionado con un campamento en el lago Dam, declaró que en la hora a que la señora Donahue había hecho referencia, él iba andando por la playa hacia el parador de Big Bittern y había visto no sólo a un hombre y a una mujer a la altura de la playa en la posición poco más o menos descrita, sino que a sus espaldas, hacia la costa sur de aquella bahía, había advertido la tienda de campaña de dichos excursionistas. También había notado que desde ningún punto exterior a la misma bahía de la Luna, a menos que fuese desde su misma entrada, podría observar nadie bote alguno. La entrada era estrecha y bloqueaba toda visión desde el lago propiamente dicho. Comparecieron otros testigos para declarar lo mismo.


En este momento psicológico, cuando el sol de la tarde estaba ya empezando a desaparecer en la alta y angosta sala de la audiencia, como si todo lo tuviera cuidadosamente planeado de antemano, Mason empezó a leer todas las cartas de Roberta, una por una, de una forma muy simple y nada declamatoria, pero con toda la simpatía y emoción que su primera lectura habían suscitado en él. Le habían hecho llorar.


Empezó con la carta número i, fechada el 8 de junio, sólo tres días después de salir la muchacha de Lycurgus, y fue siguiendo hasta llegar a las cartas catorce, quince, dieciséis y diecisiete, en las cuales, bien a trocitos o por referencias importantes hechas aquí y allí, ella relataba su conformidad con el plan de Clyde de venir a recogerla al cabo de semanas, luego dentro de un mes, después del 8 o el 9 de julio, y por último la súbita amenaza de ella que precipitó la decisión repentina de Clyde de ir a encontrarla en Fonda.


Y mientras Mason las leía todas de una manera muy conmovedora, los ojos húmedos y los pañuelos, y las toses en el auditorio y entre los jurados, demostraban la importancia de aquellas misivas:


«Tú decías que no debía preocuparme ni pensar en lo que siento, sino divertirme. Eso podrás decirlo tú, que estás rodeado por tus amigos e invitado a todas partes. A mí me resulta difícil hablarte por teléfono desde casa de los Wilcox, pues siempre hay alguien a la escucha y tú constantemente me adviertes que no diga esto o aquello. Pero tengo muchas cosas que preguntarte y nunca hallo la oportunidad. Y siempre dices que todo va a arreglarse. Pero al final no me dijiste por qué no vas a venir el 27, o si lo dijiste no pude entenderlo porque había mucho ruido en la línea. Lo que sé es que vas a tardar en venir. Y eso no puede ser, Clyde. El día 3 mis padres se van a Hamilton, donde vive mi tío. Tom y Emily se van el mismo día a casa de mi hermana. Pero yo ni puedo ni quiero ir otra vez allí y no puedo quedarme aquí completamente sola. Por eso debes venir sin falta, tal como me prometiste. No puedo esperar más, Clyde, estando como estoy. Debes venir y llevarme contigo a otro lado. Por favor, te ruego que no me hagas sufrir más con nuevas tardanzas.»


Y luego decía:


«Clyde, me vine a casa porque creí que podía confiar en ti. Me dijiste con toda solemnidad que no tardarías más de tres semanas en venir a buscarme, cuando lo tuvieras todo dispuesto y hubieras reunido el dinero suficiente para vivir juntos

 




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hasta que pudieses encontrar un nuevo trabajo. Pero ayer, a pesar de ser el 3 de julio, cuando ya hace cerca de un mes que nos separamos, tú todavía no estás seguro de cuándo vas a venir a buscarme, a pesar de que mis padres se van a ir a Hamilton para pasar allí diez días. Ya sé que has dicho que vendrías, pero veo que sólo lo hacías para tranquilizarme. Y eso me tiene muy preocupada.


»Porque te digo, Clyde, que estoy enferma, muy enferma. A cada momento me estoy desmayando. Y además estoy tan preocupada por lo que habré de hacer si tú no vienes, que estoy casi fuera de mí.»


«Clyde, yo sé que ya no me quieres como antes y que te gustaría que las cosas hubieran pasado de otra forma. Pero, ¿qué voy a hacer? Sé que dirás que la culpa ha sido tan mía como tuya. Y el mundo también pensaría lo mismo si lo supiera. Pero acuérdate de las veces que te pedí que no me obligaras a hacer lo que yo no quería y el miedo que me daba que alguna vez tuviese que lamentarlo, aunque te quería demasiado para dejarte ir si insistías en tu deseo.»


«Clyde, ojalá pudiese morir. Eso lo resolvería todo. He rezado y rezado para que eso suceda, sí, lo he hecho. Pues la vida no significa para mí ni muchísimo menos lo que era cuando te conocí y tú me querías. Oh, aquellos días felices. Si las cosas fueran diferentes. Si yo no fuera un obstáculo en tu camino, todo sería mejor para mí y para todos. Pero no puedo ahora, Clyde, sin un penique y sin medio alguno para salvar el nombre de nuestro hijo si no es de esta forma. Sin embargo, si no fuera por la terrible pena y la desgracia que ello acarrearía a mi madre y a mi padre y a toda mi familia, me gustaría poner fin a todo esto de una manera distinta. De verdad que sí.»


Y una vez más:


«Oh, Clyde, Clyde, la vida es tan diferente hoy de lo que era el año pasado. Piensa, entonces íbamos a Crum y a los demás lagos cerca de Fonda y a otros sitios, pero ahora... Justamente ahora algunos muchachos y muchachas amigos de Tom y Emily han venido a buscarlos para ir a recoger fresas, y cuando les vi marchar y supe que ni puedo ni podré nunca ser ya como ellos, lloré y lloré, sin poder parar.»


«Hoy he estado diciendo adiós a muchos sitios de por aquí. Hay muchas cosas que me son queridas y que no podré olvidar nunca. He vivido aquí toda mi vida, como tú sabes. Primero está la casa con sus grandes manchas de musgo verde, y al pasar junto a ella le dije adiós, pues sé que no volveré pronto, quizá nunca. Y luego le dije adiós al viejo manzano a la sombra del cual jugaba con mis hermanas y hermanos y después me despedí de la casita en el huerto donde también jugábamos a veces.


»Oh, Clyde, no puedes darte cuenta de todo lo que esto significa para mí. Me parece como si nunca más fuese a ver de nuevo mi casa. Y no sabes lo que siento por mi pobre y querida mamá y lo arrepentida que estoy de haberla engañado. Ella nunca se enfada y siempre me ayuda muchísimo. Algunas veces creo que tendría valor para decírselo, pero no puedo. Bastante preocupada está ya y yo no me

 




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atrevería a desgarrarle el corazón de esa forma. No, si me voy y vuelvo alguna vez, lo mismo de casada que muerta, porque eso ahora no es una gran diferencia, ella nunca sabrá nada de todo esto, y yo no le habré causado ningún dolor, y eso significa para mí más que la vida misma. Así pues, adiós, Clyde, hasta que me reúna contigo, tal como me has dicho por teléfono. Y perdóname todas las molestias que te estoy causando.


»Tu afligida,

ROBERTA»


Y poniendo punto final a la lectura, el mismo Mason, con lágrimas en los ojos, volviéndose hacia sus notas, cansado, pero triunfante, con la sensación de haber elaborado una acusación irrebatible, tal como él lo veía, exclamó entonces:

—La acusación no tiene más que decir.


En aquel momento, la señora Alden, en la audiencia con su marido y Emily, agotada no solamente por la larga prueba del juicio, sino por aquel detalle de las cartas, prorrumpió en un grito ahogado pero claramente perceptible y cayó luego hacia delante desmayada. Clyde, muy sobreexcitado, al oírla gritar y verla caer, se puso en pie de un salto, pero la mano de Jephson le retuvo inmediatamente, mientras que los ujieres y otras personas ayudaban a Titus y a su mujer a salir de la sala. Parte del público, si no todo, se conmovió y se indignó contra Clyde por aquel incidente, como si el muchacho hubiese cometido otro crimen más.


Pero tras aquella excitación y siendo ya completamente de noche, cuando las agujas del reloj señalaban las cinco, y estando todo el mundo cansado, el juez Oberwaltzer manifestó su intención de aplazar el juicio hasta la mañana siguiente.


Y al momento, los periodistas, escritores y dibujantes se levantaron de sus asientos y empezaron a comentar que al otro día empezaría la defensa, y se preguntaban quiénes serían los testigos y dónde estarían y si a Clyde se le permitiría subir al estrado para defenderse a sí mismo en vista de la abrumadora cantidad de pruebas que había contra él, o si sus abogados se contentarían con sacar a relucir algún argumento sobre debilidad mental y moral que pudiese inducir al menos a una condena de prisión perpetua.


Clyde, silbado y maldecido cuando salió de la audiencia, se preguntaba si por la mañana, tal como habían planeado desde hacía tanto tiempo, tendría valor para levantarse y subir al estrado. Pensaba también si no habría otra manera, en caso de que nadie le estuviese mirando (no lo esposaron para ir o salir de la cárcel), quizá a la noche siguiente, cuando todos estuvieran levantándose, la gente moviéndose y los guardias acercándose a él, bueno, si podría tan sólo correr, o andar fácil y tranquilamente, pero al mismo tiempo con rapidez y al parecer sin intención hacia la escalera y luego bajar y salir e ir, bueno, adonde fuera, hacia aquella puertecita de la escalera principal que había visto desde la cárcel. Si pudiera llegar a alguno de los bosques, y luego andar y andar, o correr y correr, tal vez, sin pararse, y sin comer, durante días quizá, hasta que, bueno, hasta que se hubiese alejado y llegado a cualquier parte... Era una esperanza, desde luego. Podrían matarlo a tiros o capturarlo con perros y hombres, pero todavía quedaba una esperanza, ¿no?


Porque de esta otra manera no había esperanza en absoluto. Nadie, absolutamente

 




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nadie, después de todo esto, iba a creerle inocente. Y él no quería morir de aquella manera. ¡No, no de aquella manera!


Y de esa forma transcurrió otra noche miserable, negra y fatigosa. Y luego otra mañana miserable, gris y desapacible.




CAPÍTULO 23


A las ocho de la mañana siguiente los periódicos de la ciudad estaban en los quioscos con destacados titulares, que informaban a todo el mundo claramente de que:


LA ACUSACIÓN EN EL CASO DE GRIFFITHS SE CIERRA CON UN IMPRESIONANTE DILUVIO DE PRUEBAS:


SE REVELA DE MANERA IRREBATIBLE TANTO EL MOTIVO COMO EL MÉTODO.


LAS HUELLAS DE GOLPES EN LA CARA Y EN LA CABEZA CORRESPONDEN A UN COSTADO DE LA CÁMARA.


LA MADRE DE LA MUCHACHA SE DESMAYA AL TERMINARSE LA DRAMÁTICA LECTURA DE LAS CARTAS DE LA HIJA.


La manera arquitectónica en que Mason había elaborado su caso, así como su presentación arrebatadora y dramática del mismo, bastaban para suscitar en Belknap y en Jephson, y en Clyde, la convicción momentánea de que habían sido completamente derrotados, que no era concebible astucia alguna por la que pudieran convencer al jurado de que Clyde no era un canalla.


Todos los periódicos felicitaban a Mason por la forma en que había presentado su caso. Clyde estaba muy abatido y entristecido por el convencimiento de que su madre estaría leyendo todo lo que había sucedido el día anterior. Le pediría a Jephson que le pusiera un telegrama diciéndole que no creyese nada de lo que pudiera leer. Y también a Frank, a Julia y a Esta. Sin duda alguna Sondra estaría leyendo todo eso; pero, sin embargo, en todos estos días y en todas estas negras noches, no había recibido ni siquiera una palabra de ella. De vez en cuando se leía una referencia en los periódicos a una cierta señorita X, pero en ninguna ocasión una identificación concreta. Eso es lo que una familia con dinero podía hacer por uno. Y aquel mismo día empezaría su defensa y él tendría que presentarse como único testigo. Pero se preguntaba a sí mismo, ¿iba a poder? El público. Los sentimientos del mismo. El agotamiento nervioso que le causarían la incredulidad y el odio del auditorio. Y después de que Belknap hubiese terminado con él, entonces le tocaría el turno a Mason. Todo era muy cómodo para Belknap y Jephson. No corrían el menor peligro de ser torturados, como él estaba seguro de serlo.


Sin embargo, tenía que enfrentarse con todo esto, pasar una hora con Jephson y Belknap en su celda, y verse de nuevo en la sala de la audiencia, bajo la persistente mirada escrutadora de aquel jurado vulgar y bajo las miradas del auditorio tensamente interesado. Luego Belknap se irguió delante del jurado y después de contemplar solemnemente a cada uno de sus miembros, empezó:

 




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—Señores, hace más de tres semanas el fiscal les dijo que, a causa de las pruebas que estaba a punto de presentar, consideraran culpable al preso que está en el banquillo acusado del crimen que se le imputa. Desde entonces ha transcurrido un procedimiento largo y tedioso. Los actos alocados e inexpertos, pero por lo demás inocentes y sin intención, de un muchacho de quince a dieciséis años han desfilado delante de ustedes como si fueran las acciones de un criminal empedernido, y evidentemente, con la intención de suscitar en ustedes un prejuicio contra el acusado, que, con la excepción de un accidente mal interpretado en Kansas City, el accidente interpretado de la manera más brutal y salvaje que yo haya presenciado nunca en mi vida profesional, ha vivido, puede decirse, una vida limpia, enérgica, irreprochable e inocente, tal como cualquier muchacho de su edad en cualquier parte del mundo. Ustedes han oído cómo ha sido calificado de hombre, hombre hecho y derecho, de criminal y de producto del crimen vomitado del antro mismo del infierno. Y sin embargo, no tiene más que veintiún años. Ahí está sentado. Y me atrevo a decir que si por algún poder mágico yo pudiese en este momento borrar de ustedes la sustancia de todos los pensamientos y emociones crueles que le han sido atribuidos por un equivocado procedimiento de acusación, que me atrevería decir, si no se me hubiese advertido que me abstuviera, que se halla parcialmente influido por motivos políticos, entonces no tendrían ustedes más remedio que verle a la misma luz que toda persona que estudie el caso con objetividad.


»Señores del jurado, no tengo duda alguna de que ustedes, lo mismo que el fiscal e incluso el auditorio, se habrán preguntado más de una vez cómo ante el diluvio de testimonios tan torcidos y a veces tan venenosos, yo, o mi colega, o el acusado, hemos podido permanecer tan tranquilos como estamos. —Al decir esto señaló con solemnidad a su socio, que estaba aguardando que llegara su hora de intervenir—. Pero, como ustedes han visto, no sólo hemos mantenido sino disfrutado la serenidad de aquellos que no sólo sienten, sino que saben que poseen el final justo y recto de una contienda legal. Recordarán ustedes, desde luego, las palabras del bardo de Avon: “Tres veces armado está el que riñe una justa pelea”.


»En efecto, nosotros sabemos, como por desgracia en este caso la acusación no sabe, cuáles han sido las circunstancias extrañas e inesperadas por las que esta muerte dramática y desgraciada ha llegado a suceder. Circunstancias que ustedes verán por sí mismos cuando llegue el momento. Mientras tanto, permítanme, señores, decirles que desde que se abrió este caso he creído que, incluso sin tener en cuenta la luz que nos proponemos arrojar sobre esta tragedia descorazonadora, ustedes no estarán en forma alguna convencidos de que un crimen brutal o bestial pueda echarse sobre los hombros del acusado. No pueden hacerlo. Pues después de todo, el amor es el amor, y los caminos de la pasión y de la emoción destructora del amor en uno u otro sexo no son los del criminal ordinario. Acuérdense únicamente de que hubo un tiempo en que todos fuimos muchachos. Y las que hoy son mujeres adultas fueron muchachas también y saben de sobra, lo saben muy bien, las fiebres y los dolores de la juventud, que nada tienen que ver con una vida posterior más sosegada. “No juzguéis y no seréis juzgados, y con la medida que midáis seréis medidos.”


»Admitimos la existencia, el encanto y el potente amor de la misteriosa señorita X, así como sus cartas, que no hemos podido presentar aquí, y el efecto de esa

 




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correspondencia sobre el acusado. Admitimos el amor del mismo hacia esta señorita X, y nos proponemos demostrar mediante testigos, así como analizando algunos de los testimonios que aquí se han ofrecido, que quizá las astutas y lascivas acciones con las que se supone que este acusado sedujo el alma amable ahora desaparecida de una manera tan triste, pero puramente accidental, como demostraremos, apartándola del recto y estrecho camino de la moralidad, no fueron quizá ni más astutas ni más lascivas que los procedimientos de que se vale cualquier joven que encuentra a la muchacha de su gusto rodeada por gente del más estricto y estrecho régimen moral. Y, señores, como les ha dicho el fiscal, Roberta Alden amaba a Clyde Griffiths. Desde el comienzo mismo de aquellas relaciones que habían de terminar en tragedia, la muchacha fallecida estuvo profunda e irremediablemente enamorada de él, al igual que en aquel tiempo él imaginaba estar enamorado de ella. Y la gente que está profunda y seriamente enamorada una de otra no se preocupa mucho de las opiniones de los demás. Se quieren y eso es suficiente.


»Pero, señores, no voy a demorarme en esa cuestión tanto como en la explicación que vamos a ofrecer. ¿Por qué fue Clyde Griffiths a Fonda, o a Utica, o a Grass Lake, o a Big Bittern, en definitiva? ¿Creen ustedes que tenemos alguna razón o algún deseo para negar o desvirtuar de una manera u otra que él haya ido a esos sitios con Roberta Alden? ¿Y por qué, después de la súbita y extraña muerte de esta joven, se decidió él a desaparecer como lo hizo? Si ustedes piensan seriamente por una fracción de segundo, se darán cuenta de que son la docena de jurados más engañados y equivocados que hayamos tratado en nuestros veintisiete años de ejercicio.


»Señores, les he dicho que Clyde Griffiths no es culpable, y no lo es. Ustedes podrán pensar quizá que nosotros mismos deberíamos creer en su culpabilidad. Pero estarían equivocados. La peculiaridad, la extrañeza de la vida es tal, que a menudo un hombre puede verse acusado de algo que no hizo, y sin embargo, cada circunstancia que le rodeaba en aquel momento parece acusarlo. Ha habido muchos patéticos y terribles ejemplos de errores judiciales motivados por pruebas exclusivamente circunstanciales. Tengan cuidado. Tengan cuidado de que un juicio equivocado, basado en teorías de conducta locales, religiosas o morales, basado en pruebas al parecer irrefutables, no haga que sus prejuicios se inclinen de tal forma que, sin proponérselo, y con las mejores y más puras intenciones, vean un crimen o la intención de cometer un crimen cuando no ha existido ni el uno ni la otra. No ha habido crimen ni de hecho ni de pensamiento. Tengan mucho cuidado. Muchísimo cuidado.


Al llegar aquí hizo una pausa para descansar y pareció sumirse en profundos e incluso melancólicos pensamientos, mientras que Clyde, alentado por este exordio astuto y desafiante, se sentía propenso a adquirir más valor. Pero Belknap estaba hablando de nuevo, y él debía escuchar y no perder una sola palabra de todo aquello tan reconfortante.


—Cuando el cuerpo de Roberta Alden fue sacado del agua en Big Bittern, fue examinado, señores, por un médico. Declaró en aquel momento que la muchacha se había ahogado. Vendrá aquí a prestar testimonio en beneficio del acusado.


»El fiscal les ha dicho que Roberta Alden y Clyde Griffiths estaban prometidos y que ella abandonó su hogar en Biltz y salió el seis de julio con el acusado en su viaje de boda. Ahora bien, señores, es muy fácil distorsionar ligeramente un determinado cúmulo de

 




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circunstancias. “Estaban prometidos”, es la frase con la que el fiscal ha recalcado los incidentes que motivaron el viaje del seis de julio. A decir verdad, no existe ni un ápice de prueba que demuestre que Clyde Griffiths estuviese nunca formalmente prometido con Roberta Alden, o excepto por algunos pasajes en las cartas de ella, que estuviese conforme en casarse. Y esos pasajes, señores, indican claramente que sólo fue por el apuro, debido al estado en que se hallaba la muchacha, estado del que él era responsable, naturalmente, pero que, sin embargo, se originó con el consentimiento de las dos partes, un muchacho de veintiuno y una muchacha de veintitrés años, por lo que él consintió en casarse con ella. ¿Es eso, les pregunto yo a ustedes, un compromiso serio y formal, la clase de compromiso en que cualquiera de ustedes pensaría al referirse a un compromiso matrimonial? Tengan en cuenta que no estoy tratando en lo más mínimo de empequeñecer o menospreciar en forma alguna a esta pobre muchacha fallecida. Estoy tan sólo declarando, como un punto de hecho y de derecho, que este muchacho nunca estuvo formalmente comprometido con la joven difunta. El nunca le había dado palabra de casarse con ella. Nunca. No hay prueba alguna. Ustedes deben concederle ese beneficio. Y sólo a causa del estado de la muchacha, del que admito que era responsable, dio el paso de acceder a celebrar el matrimonio, en caso... —y al llegar a este punto hizo una pausa y se detuvo— de que ella no consintiera en dejarle libre. Y puesto que ella no quería hacerlo, como muestran sus diversas cartas, aquella conformidad, so pena de un escándalo público en Lycurgus, se convierte, a los ojos y en las palabras del fiscal, en un compromiso matrimonial, y no sólo en eso sino en un compromiso sagrado que nadie más que un canalla, un ladrón y un asesino trataría de quebrantar. Pero, señores, muchos compromisos, más solemnes y sagrados a los ojos de la ley y de la religión, han sido quebrantados. Miles de hombres y miles de mujeres han visto cambiar sus corazones, su dedicación, su fe y su confianza, y han guardado sus heridas en las ocultas profundidades de sus almas, o bien han seguido adelante y se han dado muerte por sus propias manos a causa de esas heridas. Como el fiscal decía en su discurso, esto no es nuevo y nunca será viejo. Nunca.


»Pero por lo que se refiere a un caso como éste, les advierto de que ustedes están ahora presenciando y pueden juzgar el caso de una muchacha que es víctima de uno de estos cambios de sentimiento. Pero ese cambio no es un crimen legal, por grande que pueda serlo moral o socialmente. Y sólo un curioso y casi increíble cúmulo de apretadas circunstancias desorientadoras y equívocas con respecto a la muerte de esta muchacha han permitido que el acusado tenga qúe comparecer ante ustedes en esta ocasión. Juro que es así. Sé que es así. Y ello es algo que será completamente explicado a su entera satisfacción antes de que este caso se dé por terminado.


»Sin embargo, en relación con esta última afirmación, hay otra que debe ser expuesta como prefacio a todo lo que va a seguir.


»Señores del jurado, el individuo al que tienen ustedes que juzgar aquí y decidir sobre su vida, es un cobarde tanto mental como moralmente, ni más ni menos, pero de ninguna forma un criminal empedernido y declarado. De una manera muy parecida a la de muchos hombres en situaciones críticas, ha sido víctima del miedo mental y moral. El porqué, todavía no ha podido explicarlo del todo nadie. Todos nosotros tenemos una carga secreta de miedo.


Y son estos dos defectos, y no otros, los que le han colocado en la posición en que

 




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ahora se encuentra. No ha sido más que la cobardía, señores, el miedo a la regla existente en la fábrica de la que su tío es propietario, así como el miedo a su propia palabra dada a sus superiores, lo que hizo en un principio que ocultara que estaba interesado por la bonita campesina que había venido a trabajar bajo sus órdenes. Y más tarde ese mismo miedo le hizo ocultar que estaba saliendo con ella.


»Pero nada de esto constituye un crimen contra la ley. Ustedes no podrían en forma alguna juzgar a un hombre por eso, aunque particularmente pudieran pensar sobre él lo que quisieran. Y fue la cobardía, señores, la cobardía mental y moral, la que le impidió, después de haberse convencido de que no podía soportar por más tiempo unas relaciones que en otra época le habían parecido tan bellas, la que le impidió, repito, decir con claridad que no podía ni quería continuar con ella y muchísimo menos tomarla como esposa. Pero, ¿pueden matar ustedes a un hombre que es víctima del miedo? Y por otra parte, después de todo, si un hombre ha decidido que no puede ni quiere soportar una determinada mujer, o una mujer a un hombre, que vivir con la otra persona sólo sería una tortura, ¿qué le harían ustedes a esa persona? ¿Hacer que se case? ¿Con qué objeto? ¿Para que puedan odiarse, despreciarse y torturarse durante toda la vida? ¿Pueden ustedes decir que están conformes con eso como regla general, o como método, o como ley? Sin embargo, en este caso, tal como esta defensa ve la cuestión, se hizo algo verdaderamente inteligente y leal, dadas las circunstancias. Se hizo una oferta, pero sin matrimonio, y por desgracia sin resultado alguno. Una sugerencia a favor de una vida separada, trabajando él para ella y ella residiendo en otra parte. Las propias cartas de la muchacha, leídas ayer mismo en esta sala, indican algo sobre la cuestión. Pero, ¡oh, la insistencia a menudo tan trágica sobre algo que en muchísimos casos sería mejor no hacer! Y luego aquel viaje último, largo y tormentoso a Utica, Grass Lake y Big Bittern. Y todo en balde. Pero nunca con la intención de matar o de arrastrar a la muerte. Ni la más ligera intención. Y pronto demostraremos el porqué.


»Señores, una vez más insisto en que fue la cobardía, mental y moral, y no proyecto ni plan alguno lo que hizo que Clyde Griffiths viajase con Roberta Alden bajo diversos nombres a los lugares que acabo de mencionar, lo que le hizo escribir “señor y señora Carl Graham”, “señor y señora Clifford Golden”; el miedo mental y moral del gran error social cometido, así como del pecado perpetrado al perseguir y finalmente permitirse a sí mismo caer en aquella relación no santificada con la muchacha.


»Y asimismo fue la cobardía mental y moral la que le impidió, en Big Bittern, una vez que las aguas del lago se habían cerrado accidentalmente sobre la muchacha, regresar al parador de Big Bittern y hacer pública su muerte. Cobardía mental y moral, nada más y nada menos. Él pensaba entonces en sus ricos parientes de Lycurgus, en la regla que ellos tenían impuesta a los empleados de su fábrica y que él, al ir con la muchacha al lago, había quebrantado. Pensaba en el dolor, la vergüenza y la ira que experimentarían sus parientes al saber que él la acompañaba. Y además estaba la señorita X, la estrella más brillante de la más brillante constelación de todos sus sueños.


»Admitimos todo eso, y creemos que él pensaba en todas esas cosas. El fiscal le acusa, y la defensa admite que así son los hechos, que él quedó tan completamente seducido por la señorita X, y ella por él, que el acusado estaba deseando olvidar su primer amor por otro que, debido a la belleza y a la fortuna de la señorita X, le parecía mucho

 




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más deseable, exactamente igual que a Roberta Alden él le parecía más deseable que cualquier otro hombre del mismo nivel social que ella. Y si Roberta falló en cuanto a él, como claramente falló, ¿no podría él fallar también en su fatua persecución de una muchacha que, en definitiva, podría no quererle tanto como él pensaba? De todas formas, uno de los pensamientos que más le atormentaban en ese tiempo, como él mismo nos ha confesado, era que la señorita X pudiera enterarse de que él había estado en el lago con una muchacha a la que ella no conocía y de la que nunca le había hablado, lo que significaría el fin del interés y simpatía que ella sentía entonces por él.


»Yo sé, señores, que piensan que conductas tales no tienen excusa. Uno puede ser la víctima de un conflicto interno entre dos atracciones distintas; pero, sin embargo, tal como lo ve la ley y la Iglesia, uno es culpable de crimen o pecado. Pero la verdad, nada más y nada menos, es que tales conflictos existen en el corazón humano, con ley o sin ley, con religión o sin religión, y que en la mayor parte de los casos, motivan las acciones de sus víctimas. Y nosotros admitimos y afirmamos que ellos fueron los que motivaron las acciones de Clyde Griffiths.


»Pero, ¿mató él á Roberta Alden?

»¡No!

»¡Y por segunda vez, no!


»¿O planeó él de alguna forma, medio voluntaria, medio subconsciente, apartarse de ella con diversos pretextos, y luego, al ver que ella no quería dejarle libre, la ahogó? ¡Eso es ridículo, imposible, es cosa de locos! Su plan era del todo diferente.


»Pero, señores —y aquí hizo una pausa como si de pronto se le hubiera ocurrido un pensamiento nuevo—, quizá ustedes estarían más satisfechos con mi argumentación si tuvieran ustedes la declaración de un testigo ocular de la muerte de Roberta Alden, alguien que, en vez de oír solamente una voz, hubiera estado realmente presente y que hubiera visto y por tanto supiese con exactitud cómo encontró la muerte.


En ese momento miró a Jephson como para decirle: «Ahora, Reuben, ha llegado el momento». Y Reuben, volviéndose hacia Clyde tranquilamente, pero con todos los rasgos de su cara como si estuvieran modelados en acero, le cuchicheó:


—Bueno, ya estamos, Clyde, ahora te toca a ti. Yo voy a ir contigo. He decidido ser yo el que te pregunte. Ya te he orientado y explicado lo que tienes que contestar y creo que no tendrás ninguna dificultad, ¿verdad?


Sonrió alegremente a Clyde dándole valor, y Clyde, animado por la defensa de

Belknap, así como por las frases de Jephson, dijo a su vez en voz baja:


—Bien, me alegro de que sea usted el que me interrogue. Creo que por mi parte todo irá bien.


Pero mientras, el auditorio, al oír que un testigo ocular iba a ser interrogado, y que éste iba a ser convocado por la defensa y no por la acusación, se puso en pie, excitado y murmurando. Y el juez Oberwaltzer, sumamente irritado por la falta de formalidad existente en este juicio, golpeaba con su maza en la mesa, mientras el secretario gritaba en voz alta:


—¡Orden, orden! Si no se sientan, todos los asistentes serán desalojados. Por favor, los ujieres vayan a comprobar que están todos sentados.


Y el público, viendo con asombro adelantarse a Clyde acompañado de Reuben

 




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Jephson, siguió cuchicheando a pesar de todas las órdenes del juez. El mismo Belknap quedó asombrado al ver que Jephson se levantaba con Clyde, ya que de acuerdo con el plan preestablecido iba a ser el mismo Belknap quien condujera el interrogatorio. Pero Jephson se acercó a él mientras Clyde tomaba asiento y prestaba juramento, y se limitó a susurrarle:


—Déjalo de mi cuenta, Alwin, creo que será lo mejor. Parece que está un poco agotado y asustado para hacerme el juego, pero creo que podré sacarlo adelante.


El auditorio notó aquel cambio y cuchicheó haciendo comentarios. Clyde, volviendo sus grandes ojos nerviosos de un lado a otro, no dejaba de pensar: «Bueno, por fin estoy en el estrado de los testigos. Y naturalmente, todo el mundo está mirando. Debo adoptar un aire muy tranquilo, como si esto no me importara mucho, ya que realmente no la maté. Es verdad que no la maté».


Pero su piel estaba azulada, sus párpados rojos e hinchados y sus manos temblaban ligeramente a pesar suyo. Y Jephson, moviendo su cuerpo largo, tenso y dinámico, como un álamo que se balancea, se volvió hacia él, miró fijamente los ojos castaños de Clyde con los suyos azules y empezó diciendo:


—Bueno, Clyde, lo primero que tenemos que hacer es asegurarnos de que el jurado y todo el mundo escucha sin dificultad nuestras preguntas y respuestas. Y luego, cuando estés preparado, vas a empezar por contarnos tu vida tal como la recuerdas: dónde naciste, de dónde provienes, qué hacían tu padre y tu madre, y finalmente todo lo que has hecho y por qué desde el momento en que empezaste a trabajar hasta ahora. Puedo que yo te interrumpa con unas cuantas preguntas de vez en cuando, pero por lo general dejaré que seas tú quien hable, porque sé que puedes hacerlo mejor que nadie.


Sin embargo, con objeto de animar a Clyde y para hacerle sentir en todo momento que él estaba allí, a modo de pared, de baluarte, entre él y la multitud ávida, curiosa, incrédula y llena de odio, se le acercaba de vez en cuando, y en ocasiones hasta ponía un pie en el estrado de los testigos, o se inclinaba hacia delante y reposaba una mano en el brazo del sillón donde Clyde estaba sentado. Y no dejaba de decir:


—Eso es. Está bien. ¿Y qué pasó luego?


E invariablemente al escuchar el sonido vigoroso, tonificante y protector de su voz, Clyde se agitaba como si una fuerza le impulsara y le diese capacidad para contar sin titubeos ni vacilaciones la corta aunque penosa historia de su juventud.


—Nací en Grand Rapids, Michigan. Mis padres dirigían por aquel entonces una misión allí y solían dar reuniones al aire libre...




CAPÍTULO 24


El testimonio de Clyde llegó hasta el momento en que la familia se había trasladado desde Quincy, Illinois, a Kansas City, al lugar al que fueron porque el Ejército de Salvación había ofrecido trabajo a su padre y a su madre. Allí, desde sus doce a sus quince años se había esforzado en encontrar algo que hacer, pero siempre resentido por la combinación del trabajo religioso y escolar que de él se esperaba.


—¿Atendías siempre a tus clases en las escuelas públicas?

 




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—No, señor. Viajábamos demasiado.

—¿En qué grado estabas cuando tenías doce años?


—Debía haber estado en séptimo, pero estaba sólo en sexto. Por eso la escuela no me gustaba.


—¿Y qué me cuentas del trabajo religioso de tus padres?


—Pues seguramente estaba muy bien, pero a mí no me gustaba salir por las noches a actuar por las calles.


Y así, sucesivamente, fueron desfilando los empleos de dependiente en el bar y de vendedor de periódicos, hasta que por fin llegó a ser botones en el Green-Davidson, el hotel más hermoso de Kansas City, según informó al auditorio.


—Pero, veamos, Clyde —prosiguió Jephson, temeroso de que Mason procediese a un interrogatorio y para negar la credibilidad de Clyde como testigo profundizase en el asunto del coche volcado y de la niña muerta en Kansas City. Naturalmente, haciéndole las preguntas adecuadas, podría explicarlo y suavizarlo todo, mientras que si dejaba que fuese Mason el que las hiciera, el muchacho podría ser coaccionado y relatar una historia excesivamente sombría. Por lo cual continuó:


—¿Y cuánto tiempo trabajaste allí?

—Poco más de un año.

—¿Y por qué dejaste el empleo?

—A causa de un accidente.

—¿Qué clase de accidente?


Al llegar aquí, Clyde, previamente aleccionado sobre el asunto, entró en los detalles correspondientes, entre los cuales figuraba la muerte de la niña y su fuga, que Mason, en verdad, siempre había tenido la intención de sacar a relucir. Pero ahora, conforme escuchaba todo aquello, se limitó a mover la cabeza y gruñir irónicamente:


—Sería mejor que contara todo eso —comentó.


Jephson, dándose cuenta de la importancia de lo que estaba haciendo, y de cómo probablemente estaba descargando una de las mejores armas del señor Mason, continuó diciendo:


—¿Qué edad dices que tenías tú entonces, Clyde?

—Entre diecisiete y dieciocho años.


—¿Es que quieres decirme —continuó Jephson después de haber acabado con todas las preguntas que se le ocurrieron en relación con el asunto— que no sabías que podrías haber vuelto, ya que no eras tú el que había cogido el coche, y después de explicarlo todo quedarías en libertad condicional bajo la custodia de tus padres?


—¡Protesto! —gritó Mason—. No hay prueba alguna que demuestre que podría haber regresado a Kansas City y ser dejado en libertad condicional bajo la custodia de sus padres.


—Se admite la protesta —rezongó el juez desde su alto trono—. La defensa se servirá ajustarse un poco más a la letra del testimonio.


—Conste en acta —pidió Belknap desde su asiento.

—No, señor. No lo sabía —replicó Clyde.


—Y ésa fue, además, la razón por la que después de marcharte te cambiaste el nombre, según me contaste, ¿no es así? —continuó Jephson.

 




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—Sí, señor.


—A propósito, ¿cómo se te ocurrió elegir el nombre de Tenet, Clyde? —Era el nombre de un muchacho con el que solía jugar en Quincy. —¿Era un buen muchacho?


—¡Protesto! —exclamó Mason desde su silla—. Es una pregunta improcedente, inoportuna e innecesaria.


—Pero es que bien pudo ser amigo de un buen muchacho a pesar de lo que usted quiere hacerle creer al jurado, y en ese sentido la pregunta es procedente —gruñó Jephson.


—Se admite la protesta —tronó el juez Oberwaltzer.


—¿Pero no se te ocurrió entonces que él podría poner objeciones o alegar que le estabas causando perjuicio al usar su nombre para cubrir tu identidad?


—No, señor; pensé que había muchísimos Tenet.


En este momento podría haberse esperado una sonrisa indulgente, pero tan mal dispuesto estaba el público en general hacia Clyde, que una ligereza así no pudo ocurrir en aquella sala.


—Ahora escucha, Clyde —continuó Jephson, que, como él mismo pudo comprobar, había fracasado en suavizar el humor del gentío—, tú querías a tu madre, ¿verdad? ¿O no la querías?


Protesta y contraprotesta acabaron finalmente en la resolución del juez de que la respuesta estaba permitida.


—Sí, señor, desde luego, la quería —replicó Clyde, pero después de una ligera vacilación que todo el mundo pudo notar, un nudo en la garganta y un hinchársele y deshinchársele el pecho como si exhalara e inhalara.

—¿La querías mucho?


—Sí, señor, mucho.

Ahora no se atrevía a mirar a nadie.

—¿No ha hecho ella siempre todo lo que podía por ti, a su manera?

—Sí, señor.


—Bueno, entonces, Clyde, ¿cómo fue que, después de todo aquello y aunque hubiera ocurrido aquel terrible accidente, pudiste huir y estar tanto tiempo lejos sin decirle a ella una palabra de que no eras tan culpable como parecía y que ella no debía preocuparse porque estabas trabajando y tratando de ser de nuevo un buen muchacho?


—Yo le escribí, pero no firmé con mi nombre.

—Comprendo. ¿Algo más?

—Sí, señor. Le mandé un poco de dinero. Diez dólares de una vez.

—Pero tú no pensabas volver nunca.


—No, señor. Tenía miedo de que me pudiesen detener.


—En otras palabras —y aquí Jephson recalcó sus frases con gran claridad—, eres un cobarde moral y mental, como decía mi colega el señor Belknap.


—Protesto contra esa interpretación del testimonio del acusado, tendente a impresionar al jurado —interrumpió Mason.


—El testimonio del acusado no necesita ninguna interpretación. Es muy sincero y honesto, como todo el mundo puede ver —replicó Jephson con rapidez.


—Se admite la protesta —decidió el juez—. Prosigan.

 




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—Y precisamente eres un cobarde moral y mental sin poderlo remediar. Después de todo no fuiste tú quien te hiciste a ti mismo, ¿verdad?


Pero aquello ya era demasiado, y el juez le advirtió que usara más discreción al formular sus preguntas.


—Entonces estuviste vagando por Alton, Peoria, Blomington, Milwaukee y Chicago, durmiendo en pequeñas habitaciones de calles apartadas y trabajando como limpiabotas, camarero o conductor, y cambiando tu nombre por el de Tenet, cuando en realidad podrías haber vuelto a Kansas City y ocupado de nuevo tu puesto, ¿no es así? —continuó Jephson.


—¡Protesto, protesto! —aulló Mason—. No hay prueba alguna que demuestre que podría haber vuelto allí y ocupado su antiguo puesto.


—Se admite la protesta —decidió Oberwaltzer, aunque en aquellos momentos había en el bolsillo de Jephson una carta de Francis X. Squires, antiguo jefe de los botones del Green-Davidson en la época en que Clyde estaba allí, en la que explicaba que, aparte del incidente del automóvil, él no tenía nada en contra de Clyde, y que siempre le había hallado trabajador, honrado, servicial, activo y de buenas maneras. También decía que en el momento en que ocurrió el accidente se había alegrado de que Clyde fuera sólo uno de los que se habían dejado arrastrar y que si hubiese regresado y explicado debidamente las cosas habría vuelto a ocupar su puesto. La carta fue juzgada improcedente.


Después de aquello siguió la historia de Clyde de cómo, habiendo huido de las dificultades que le amenazaban en Kansas City y habiendo vagado de un sitio a otro durante dos años, por fin había obtenido un puesto en Chicago como repartidor y más tarde como botones en la Liga de la Unión, y también cómo, mientras estaba empleado en el primero de aquellos puestos, había escrito a su madre y más tarde, por sugerencia de ella, estaba a punto de escribir a su tío cuando lo conoció por casualidad en la Liga de la Unión y fue invitado por él a ir a Lycurgus. Y luego, por su debido orden, fueron siguiéndose todos los detalles de cómo había ido a Lycurgus, cómo había sido ascendido e instruido por su primo y el encargado acerca de las distintas reglas vigentes en la fábrica, y cómo más tarde había conocido a Roberta y posteriormente a la señorita X. Pero entre una y otra describió los detalles de cómo y por qué había cortejado a Roberta Alden, y cómo y por qué, una vez que se había asegurado su amor, se sentía contento, pero cómo la llegada de la señorita X y la abrumadora fascinación que ejerció sobre él habían cambiado por completo todas sus nociones con respecto a Roberta, y aunque todavía la admiraba, lo cierto era que sentía que nunca más podría desear casarse con ella.


Pero Jephson, ansioso por apartar la atención del jurado del hecho de que Clyde era tan inconstante, algo demasiado fuerte para ser introducido de momento en el caso, interrumpió en seguida con la pregunta:


—Clyde, tú realmente querías a Roberta Alden al principio, ¿no es así?

—Sí, señor.


—Bueno, pues entonces, debes haber comprendido, o deducido al menos por sus acciones, desde el primer momento, que se trataba de una muchacha buena, inocente y religiosa, ¿no es así?


—Sí, señor, eso es lo que yo pensaba de ella —replicó Clyde, repitiendo lo que le habían dicho que dijera.

 




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—Bueno, entonces, hablando con crudeza, sin entrar en detalles, ¿crees que podrías explicarte a ti mismo y explicar a este jurado cómo, por qué, dónde y cuándo tuvieron lugar aquellos cambios que pusieron vuestras relaciones en un estado que todos nosotros —y al decir esto miró audazmente y con firmeza y frialdad al auditorio y luego a los miembros del jurado— deploramos? ¿Cómo pudo ser que pensando con tanta altura sobre ella en un principio pudieses al cabo de tan poco tiempo descender a unas relaciones deshonestas? ¿No sabías tú que todos los hombres, y todas las mujeres también, consideran eso algo malo, un crimen, imperdonable fuera de las relaciones matrimoniales?


La audacia y la punta irónica de aquellas frases fueron suficientes para causar al principio un cuchicheo, más tarde un ligero temblor nervioso por parte del auditorio. Tanto Mason como el juez Oberwaltzer fruncieron el ceño con aprensión. ¡Caramba con el joven y atrevido cínico! ¡Cómo se atrevía, en plan casi de juego y bajo la guisa de preguntas serias, introducir pensamientos como aquéllos, que ponían en riesgo, por lo menos a modo de insinuación, los cimientos religiosos y morales de la sociedad! Pero allí estaba, irguiéndose audaz y leoninamente mientras Clyde replicaba:


—Sí, señor, supongo que lo hice, desde luego, pero yo no trataba de seducirla al principio ni en ninguna otra ocasión. Yo estaba enamorado de ella.


—¿Estabas enamorado de ella?

—Sí, señor.

—¿Muchísimo?

—Muchísimo.

—¿Y estaba ella por aquel tiempo enamorada de ti?

—Sí, señor, lo estaba.

—¿Desde el principio mismo?


—Desde el principio mismo.

—¿Te lo dijo ella?

—Sí, señor.


—En la época en que ella abandonó la casa de los Newton, ya has oído todas las declaraciones que se han prestado aquí a este respecto, ¿la indujiste tú o trataste de inducirla de alguna forma, por alguna estratagema o persuasión, para que saliese de aquella casa?


—No, señor, no hice nada de eso. Ella quería salir de allí por decisión propia. Quería que yo la ayudara a encontrar alojamiento.


—¿Quería que tú la ayudaras a encontrar alojamiento?

—Sí, señor.

—¿Y puede saberse por qué?


—Porque ella no conocía la ciudad muy bien y pensaba que yo podría indicarle alguna habitación que ella pudiera pagar.


—¿Y fuiste tú el que le indicaste la habitación en casa de los Gilpin?


—No, señor, no hice nada de eso. No le hablé nunca de ninguna habitación. La encontró ella por sus propios medios.


Esta era la respuesta exacta que se había aprendido de memoria.

—Pero, ¿por qué no la ayudaste?

—Porque yo estaba ocupado todo el día y algunas noches. Y además creí que ella

 




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sabría mejor que yo lo que necesitaba, la clase de gente con que quería vivir y todas las demás cosas.


—¿Viste tú personalmente alguna vez la casa de los Gilpin antes de que ella fuese

allí?

—No, señor.


—¿Hubo alguna vez alguna discusión con ella antes de que se trasladase allí sobre la clase de habitación que iba a tomar y la posición de la misma con respecto a entradas, salidas, intimidad o algún otro extremo de esta índole?


—No, señor. Nunca hablé con ella de eso.


—¿Nunca insististe, por ejemplo, en que ella tomase cierto tipo de habitación en la que tú pudieras entrar o salir de día o de noche sin que te viese la gente?


—Nunca hice nada de eso. Además, nadie podía salir o entrar con facilidad de aquella casa sin ser visto.


—¿Y por qué no?


—Porque la puerta de su habitación estaba justo al lado de la entrada general por donde todo el mundo pasaba y cualquiera que estuviese cerca podría verlo todo.


Aquélla era otra respuesta que se había aprendido de memoria.

—Pero tú entrabas y salías, ¿no es así?


—Sí, señor. Decidimos los dos que cuanto menos se nos viese juntos, tanto mejor. —¿A causa de aquella regla vigente en la fábrica? —Sí, señor, a causa de aquella regla.


Y luego vino la historia de sus dificultades con Roberta, debidas a la aparición en su vida de la señorita X.


—Ahora, Clyde, vamos a tratar el tema de la señorita X. Debido a un convenio entre la defensa y la acusación que ustedes, señores del jurado, comprenderán, sólo rozaremos esto de una manera incidental, ya que se refiere a una persona del todo inocente cuyo nombre verdadero no serviría aquí para nada. Pero algunos de los hechos pueden ser sacados a colación, aunque los trataremos lo más ligeramente posible, atendiendo tanto al interés de los vivos inocentes como de los honrados difuntos. Y estoy seguro de que a la señorita Alden le parecería bien si ella estuviese viva. Pero ahora se trata de la señorita X —continuó volviéndose hacia Clyde—. Ya se ha llegado al convencimiento por ambas partes de que tú la conociste en Lycurgus entre noviembre y diciembre del año pasado. Eso es correcto, ¿no es así?


—Sí, señor, tiene usted razón —replicó Clyde con tristeza.

—¿Es también verdad que de inmediato te enamoraste locamente de ella?

—Sí, señor, es verdad.


—¿Era rica?

—Sí, señor.


—¿Guapa? Creo que todos están de acuerdo en que lo era —añadió él mismo dirigiéndose a la sala en general, sin esperar una réplica por parte de Clyde, si bien este último, profundamente afectado como estaba, contestó a su vez:


—Sí, señor.


—¿Habíais vosotros dos, me refiero a ti y a la señorita Alden, por aquella época en que conociste por vez primera a la señorita X, establecido la relación ilícita a que se ha

 




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hecho referencia?

—Sí, señor.


—Bueno, ahora, en vista de todo eso... pero no, espera un momento, hay otra cosa que quiero preguntarte antes, déjame pensar. En la época en que te encontraste por vez primera con la señorita X, ¿estabas todavía enamorado de Roberta Alden o no?


—Todavía estaba enamorado de ella, sí, señor.


—¿En aquella época no estabas todavía cansado de ella? ¿O sí lo estabas? —No, señor. No lo estaba.


—¿Su amor y su compañía te eran tan preciosos y tan deliciosos como siempre? —Sí, señor; lo eran.


Y al decirlo, Clyde trató de recordar y le pareció que lo que decía era cierto. Era cierto que justo antes de conocer a Sondra estaba en el cénit del contento, de la delicia, con respecto a Roberta.


—¿Y cuáles, si era que tenías algunos, eran tus planes con respecto a tu futuro con la señorita Alden antes de que conocieras a esa otra señorita X? Es una cosa en la que debes haber pensado algunas veces, ¿no es así?


—Bueno, no exactamente. —Y al decirlo se humedeció los labios, presa de un nerviosismo incontrolable—. Mire usted, la verdad es que yo nunca había formado plan de ninguna clase, esto es, no había proyectado hacer con ella nada desleal. Y tampoco ella, desde luego. Los dos nos quisimos mucho desde el primer momento. Quizá era porque nos sentíamos muy solos. Ella no tenía a nadie a quien confiarse y yo tampoco. Y además existía aquella regla que me impedía salir con ella a ningún sitio, y una vez que nos vimos juntos, desde luego, la cosa siguió adelante sin que ninguno de nosotros dos, supongo, pensáramos mucho acerca de las consecuencias.


—Pero tú seguiste adelante porque hasta entonces nunca había sucedido nada y porque suponías que nada sucedería. ¿No es eso?


—No, señor. Quiero decir, sí, señor. Así es cómo ocurrió todo.


Clyde se mostraba muy ansioso por responder aquellas preguntas tan importantes y rebuscadas de la manera más acertada.


—Pero vosotros teníais que haber pensado en algo, o bien uno o bien los dos. Tú tenías veintiún años y ella veintitrés.


—Sí, señor. Supongo que pensamos en algo, supongo que de vez en cuando se nos ocurría alguna idea.


—¿Y qué era lo que pensabas? ¿Puedes acordarte?


—Pues, sí, señor. Creo que puedo. Esto es, a veces pensaba que si todas las cosas iban bien y yo ganaba un poco más de dinero y ella conseguía una colocación en algún otro sitio, entonces podría salir con ella tranquilamente, y después, quizá, si ella y yo seguíamos queriéndonos, como nos queríamos entonces, podríamos casarnos.


—¿Pensabas en realidad casarte con ella entonces?

—Sí, señor. Estoy seguro de que ésos eran mis pensamientos.

—Pero fue antes de que conocieses a la señorita X.

—Sí, señor, fue antes de eso.


—¡Bonita faena! —le dijo Mason con sarcasmo al senador Redmon, a lo cual contestó este último con un susurro manifestando que era una excelente pieza teatral.

 




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—Pero, ¿recuerdas habérselo dicho a ella con las mismas palabras? —siguió preguntando Jephson.


—Pues, la verdad, no, señor, no recuerdo habérselo dicho, por lo menos con estas mismas palabras.


—Pero, ¿se lo dijiste o no se lo dijiste?


—Bueno, la verdad es que no se lo dije nunca. Yo solía decirle que la quería y que esperaba que nunca me dejase.


—Pero, ¿no le decías que querías casarte con ella?

—No, señor. Nunca le dije que quisiera casarme con ella.

—Bueno, ¿pero ella qué decía a todo eso?


—Ella decía que nunca me dejaría —replicó Clyde, pesada y temerosamente, acordándose, al decir esto, de los últimos gritos de Roberta y de sus ojos clavados en él.


Se sacó un pañuelo del bolsillo y empezó a enjugarse el rostro y las manos, mojados por un sudor frío.


—Bien interpretado —murmuró Mason, suave y cínicamente.

—Bastante astuto, bastante astuto —comentó Redmon con ligereza.


—Pero, dime —continuó Jephson con blandura y frialdad—, sintiendo lo que tú sentías por la señorita Alden, ¿cómo es posible que al conocer por vez primera a la señorita X pudieses cambiar con tanta rapidez? ¿Eres tan voluble que cambias de idea de un día a otro?


—Bueno, yo no creía ser así en aquella época, no, señor.


—¿Habías tenido alguna vez un amor tan fuerte y tan absorbente antes de conocer a la señorita Alden?

—No, señor.


—Pero, ¿considerabas que tu amor por la señorita Alden era un amor verdadero, fuerte y absorbente, antes de conocer a la señorita X?


—Sí, señor, lo creía así.

—Y entonces, ¿qué pasó?

—Bueno, pues después lo que pasó es que ya no fue así.


—¿Quieres decir que al ver a la señorita X, después de encontrarte con ella una o dos veces, cesaste de querer por completo a la señorita Alden?


—No, señor, no es así —se atrevió a decir Clyde rápida y seriamente—. Continué queriéndola mucho. Pero antes de que pudiera darme cuenta había perdido la cabeza por la señorita... señorita...


—Sí, la señorita X. Ya lo sabemos. Te sentiste enamorado de ella loca e insensatamente. ¿No fue así?


—Sí, señor.

—¿Y qué pasó luego?

—Bueno, pues luego pasó que ya no quise tanto a la señorita Alden.


Una delgada película de humedad cubría la frente y las mejillas de Clyde mientras hablaba.


—Ya comprendo, ya comprendo —prosiguió Jephson, en voz alta y con tono oratorio, teniendo en cuenta al auditorio y al jurado—. Un caso de las mil y una noches, del embrujado y del embrujador.

 




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—No sé a qué se refiere usted —dijo Clyde.


—Un ejemplo de embrujamiento de un pobre muchacho por la belleza, el amor, la riqueza, cosas que nosotros a veces pensamos que necesitamos mucho, muchísimo, y que nunca podremos tener; eso es lo que quiero decir, y eso es lo que muchas veces es el amor en el mundo.


—Sí, señor —replicó Clyde con completa inocencia, deduciendo acertadamente que aquello no era más que un mero artificio de retórica por parte de Jephson.


—Pero lo que yo quiero saber es cómo, amando a la señorita Alden lo mucho que dices que la amabas, y habiendo llegado en las relaciones a un punto tal que debería haber sido santificado por el matrimonio, cómo pudo suceder que te sintieras tan poco obligado hacia ella como para alimentar la idea de abandonarla por la susodicha señorita X. Ahora bien, ¿cómo pudo suceder eso? Me gustaría saberlo, y estoy seguro de que a este jurado le gustaría saberlo también. ¿Qué noción tenías de la gratitud? ¿Qué noción de tu obligación moral? ¿Es que no tienes ninguna? Queremos enterarnos.


Aquello era realmente un interrogatorio en toda regla, un ataque a su propio testigo.

Pero Jephson estaba en su derecho y Mason no interfirió.


—Bueno... —y al decir eso, Clyde vaciló y tartamudeó, como si no hubiera sido aleccionado de antemano, y parecía como si en verdad buscase en su propia mente algún pensamiento que le ayudase a explicar todo aquello.


Pues aunque era cierto que se había aprendido la respuesta de memoria, ahora que se veía confrontado por la pregunta verdadera aquí, en la audiencia, así como por el viejo problema que tanto le había confundido y turbado en Lycurgus, apenas podía acordarse de todo lo que se le había encargado que dijera, sino que en lugar de ello se desviaba y titubeaba, y al fin terminó por decir:


—La verdad es que no pensaba mucho en aquellas cosas. No podía pensar después de ver a la señorita X. Lo intentaba a veces, pero no podía. Sólo la necesitaba a ella y no a la señorita Alden ni poco ni mucho. Sabía que no estaba haciendo bien y lo sentía por Roberta, pero de todas maneras no me parecía que hubiese remedio. Sólo podía pensar en la señorita X y no podía pensar en Roberta como antes, por mucho que me esforzara.


—¿Quieres decir que no sufrías en tu conciencia a causa de eso?


—Sí, señor, sufría —replicó Clyde—. Sabía que no estaba haciendo bien, y eso me preocupaba muchísimo por ella y por mí mismo, pero de todas formas no me parecía que pudiera obrar de otra manera.


Estaba repitiendo palabras que Jephson había escrito para él, aunque en el momento en que las leyó le habían parecido del todo ciertas. Era verdad que había sufrido.

—¿Y qué pasó luego?

—Pues que ella empezó a quejarse porque no iba a verla tanto como antes.

—En otras palabras, que empezaste a abandonarla.

—Sí, señor, algo, pero no del todo, no, señor.


—Bueno, cuando descubriste que estabas tan encaprichado con esa señorita X, ¿qué es lo que hiciste? ¿Fuiste y le dijiste a la señorita Alden que ya no estabas enamorado de ella, sino que estabas enamorado de otra muchacha?


—No, señor. No se lo dije.

—¿Por qué no se lo dijiste? ¿Tú crees que es leal y honorable decirles a dos

 




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muchachas a la vez que las quieres?


—No, señor, pero la cuestión no era ésa. Debe usted saber que yo acababa de conocer a la señorita X y que yo a ésta no le decía nada. Ella no me lo habría permitido. Pero de todas maneras yo sabía entonces que ya no me era posible querer por más tiempo a la señorita Alden.


—Pero, ¿qué me dices de los derechos que la señorita Alden tenía sobre ti? ¿No comprendías que aquello era suficiente o debía serlo para impedirte que corrieras detrás de otra muchacha?


—Sí, señor.

—Bueno, ¿por qué lo hiciste entonces?

—No podía resistirla.

—¿Te refieres a la señorita X?

—Sí, señor.


—Así pues, ¿continuaste persiguiéndola hasta conseguir que ella se interesase por ti?

—No, señor, eso no fue lo que pasó.

—Entonces, ¿qué es lo que pasó?

—Me encontré con ella en varios sitios y me volví loco por ella.


—Ya comprendo. Pero, ¿no fuiste a la señorita Alden y le dijiste que ya no te interesaba en absoluto?


—No, señor. No lo hice.

—¿Y por qué no lo hiciste?

—Porque pensé que eso la ofendería, y no quería ofenderla.

—Ah, ya veo. No tenías el valor moral o mental para hacerlo.


—No sé nada de valor mental o moral —replicó Clyde un poco herido e irritado por esas palabras—, pero de todos modos me sentía apenado por ella. Ella solía llorar y yo no tenía corazón para decirle nada.


—Ya comprendo. Bueno, dejemos así las cosas, si es eso lo que prefieres. Pero ahora contéstame otra pregunta. Las relaciones entre vosotros dos, ¿continuaron después de convencerte de que no la querías?


—Pues, no, señor, no continuaron mucho tiempo —replicó muy nervioso y avergonzado.


Estaba pensando en toda la gente que estaba escuchándole, en su madre, en Sondra, en toda la gente de los Estados Unidos que leería los periódicos y se enteraría. Cuando le fueron enseñadas estas preguntas con semanas y semanas de anticipación, quiso enterarse del uso que Jephson haría de todo aquello. Y Jephson había replicado: «Es para conseguir efecto. Cuanto más duramente podamos impresionarles con algunos de los hechos de tu vida, tanto más fácil será obtener un poco más de consideración, Pero no te rompas ahora la cabeza con eso. Cuando llegue el momento limítate a contestar y déjanos el resto a nosotros. Sabemos lo que estamos haciendo».


Por eso Clyde ahora añadió:


—Mire usted, después de conocer a la señorita X, yo no podía interesarme ya por Roberta, y por eso traté de no visitarla más. Pero de todos modos no fue mucho después de que ella se quedara encinta, y entonces, bueno...


—Ya comprendo. ¿Y cuándo fue eso?

 




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—A últimos de enero de este año.


—Y una vez que sucedió, ¿qué pasó después? ¿Comprendiste o no que tu obligación, dadas las circunstancias, era casarte con ella?


—Pues no, no tal como estaban las cosas, esto es, si podía conseguir que ella se viera libre de aquella carga.


—¿Y por qué no? ¿Qué quieres decir con eso de «tal como estaban las cosas»? —Bueno, mire usted, es lo que le decía. Yo ya no la quería, y puesto que no le había


prometido casarme con ella, y ella lo sabía, pensé que cumpliría si la ayudaba a salir de aquel paso. Entonces fue cuando le dije que ya no la quería como antes.


—Pero, ¿no la pudiste ayudar?

—No, señor. Pero lo intenté.

—¿Fuiste entonces a ver al farmacéutico que prestó declaración?

—Sí, señor.


—¿A alguien más?

—Sí, señor; a otros siete antes de conseguir nada.

—Pero lo que conseguiste no hizo efecto.

—No, señor.


—¿Fuiste entonces a aquel mercero que también ha prestado declaración? —Sí, señor.


—¿Y te facilitó el nombre de algún médico en especial?

—Sí, señor, pero no quiero decir quién.


—Muy bien, no hace falta. Pero, ¿enviaste a la señorita Alden a ver a un doctor? —Sí, señor.

—¿Fue ella sola o fuiste tú con ella?

—Fui con ella, es decir, hasta la puerta.

—¿Por qué sólo hasta la puerta?


—Bueno, porque lo habíamos hablado antes, y ella pensaba, lo mismo que yo, que sería mejor así. Por aquel entonces yo no tenía mucho dinero. Pensé que el médico le cobraría menos a ella sola que si íbamos juntos.


(«Que me aspen si no me está pisando mis mejores golpes —pensó Mason en aquel momento—. Está previendo la mayor parte de los argumentos con que pensaba confundirle.» Y siguió estando lleno de enojo. Burleigh, Redmon y Earl Newcomb veían claramente lo que Jephson estaba intentando hacer.)


—Ya comprendo. Pero, ¿no sería también porque temías que tu tío o la señorita X pudieran enterarse?


—Sí, desde luego, quiero decir que los dos pensábamos que sería mejor que nadie se enterase. Ella comprendía mi situación en la ciudad.


—Pero, ¿no estaba enterada de lo de la señorita X?

—No, no estaba enterada.

—¿Y por qué no?

—Porque no me veía capaz de decírselo. Eso la habría hecho sentirse muy mal.

Quería esperar hasta que ella estuviese otra vez bien.

—Y entonces decírselo y dejarla. ¿Eso es lo que quieres dar a entender?

—Pues sí, señor.

 




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—Pero no mientras ella estaba en apuros.


—No, señor, no mientras ella estuviera en apuros. Pero por aquel tiempo yo esperaba que podría salir del paso.


—Ya veo. Pero, ¿no pudo su estado influir en tu actitud y hacerte cambiar de punto de vista, y renunciar a la señorita X para casarte con la señorita Alden?


—No, señor. Por lo menos no en aquel momento.

—¿Qué quieres decir con eso de «por lo menos no en aquel momento»?


—Pues que llegué a pensar de otra manera más tarde, como le dije a usted, pero no entonces, sino después, después de nuestro viaje a los Adirondacks.


—¿Y por qué no entonces?


—Ya le he dicho por qué. Estaba demasiado loco por la señorita X para pensar en otra cosa que no fuera ella.

—¿Ni siquiera entonces pudiste cambiar?

—No, señor. Estaba apenado, pero no podía cambiar.


—Ya veo. Pero no te preocupes ahora por eso. Más tarde volveré a preguntarte. Lo que quiero ahora que le expliques al jurado, si puedes, es qué tenía esa señorita X, en contraste con la señorita Alden, que la hacía aparecer tan deseable a tus ojos. Dinos, si puedes, qué característica de modales o de rostro, mente o posición, te embelesó de tal manera.


Éste era un asunto que tanto Belknap como Jephson habían tratado antes con Clyde de diversas maneras y por varias razones, psíquicas, legales y personales. Al principio él no podía ni quería hablar acerca de Sondra, pues temía que todo lo que dijese sería divulgado en el juicio y en los periódicos junto con el verdadero nombre de ella. Pero más tarde, cuando el silencio de los periódicos le hizo comprender que el nombre no saldría nunca a relucir, se permitió hablar de ella con mayor franqueza. Pero al verse en el estrado, otra vez se volvió muy nervioso y reticente.


—Mire usted, es muy difícil de explicar. Me parecía muy guapa, mucho más que Roberta; pero no sólo eso, sino que era diferente de cualquiera que yo hubiese conocido nunca, más independiente, y todo el mundo prestaba mucha atención a lo que ella hacía y decía. Parecía saber mucho más que ninguna persona que yo hubiese conocido nunca. Además, vestía maravillosamente y era muy rica, y se movía en la mejor sociedad, y su nombre y sus fotos estaban siempre en los periódicos. Solía leerlos cuando no podía verla, y de esa forma permanecía mucho tiempo en mi imaginación. Era atrevida, no tan sencilla o inocente como la señorita Alden, y al principio me resultó difícil creer que se hubiese interesado tanto por mí. Llegué a no poder pensar en otra cosa y ya no me interesaba Roberta en absoluto. Me era imposible con la señorita X siempre delante de mis ojos.


—Bueno, me parece que o estabas enamorado o hipnotizado —insinuó Jephson al concluir aquella declaración, mirando al jurado con el rabillo del ojo—. Si eso no es el cuadro de un enamoramiento fulminante, no sé qué puede ser.


Pero el auditorio y el jurado siguieron tan impasibles como antes, según pudo observar.


Inmediatamente siguió desarrollando el plan previsto:


—Bueno, ahora, Clyde, a partir de ese momento, ¿qué es lo que sucedió? Cuéntanoslo todo con los detalles más precisos que recuerdes. No trates de disimular

 




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nada ni de hacerlo peor o mejor. Roberta está muerta y tú puedes morir también si estos doce señores así lo deciden. —Y al decir esto un helado escalofrío pareció atravesar toda la sala tanto como a Clyde—. La verdad es lo mejor para la paz de tu alma —dijo Jephson pensando en Mason y en que a éste le sería difícil contraatacar.


—Sí, señor —respondió Clyde con sencillez.


—Bueno, después que ella quedó encinta y tú no pudiste ayudarla, ¿qué pasó? ¿Qué hiciste? ¿Cómo obraste? A propósito, espera un momento, ¿qué ganabas tú en aquel momento?


—Veinticinco dólares a la semana —confesó Clyde.

—¿No tenías otra fuente de ingresos?

—No comprendo.

—Quiero decir que si podías ganar dinero en aquel tiempo por otros procedimientos.

—No, señor.


—¿Y cuánto pagabas por la habitación?

—Siete dólares a la semana.

—¿Y por la comida?

—De cinco a seis dólares.

—¿Tenías otros gastos?

—Sí, señor; mi vestuario y la lavandería.

—Tenías que mantener tu puesto en la sociedad, ¿no es así?

—¡Protesto contra la insinuación! —gritó Mason.

—Se admite la protesta —replicó el juez.

—¿Algún otro gasto?


—Sí, señor, los autobuses y tranvías. Y además tenía que realizar los gastos a que me obligaban mis compromisos sociales.


—¡Exactamente! —exclamó Mason muy irritado—. Tiene usted bien aleccionado a su lorito.


—Me gustaría que el honorable fiscal se ocupase de sus propios asuntos —rezongó Jephson tanto en beneficio de Clyde como en el suyo propio. Deseaba borrar el miedo que el muchacho le tenía a Mason—. Estoy interrogando al acusado, y en cuanto a loritos he-mos visto muchos por aquí en las últimas semanas, con la lección aprendida como niños de escuela.


—¡Ésa es una mentira maliciosa! —profirió Mason—. Protesto y exijo una disculpa. —La disculpa se me debe a mí y al acusado, con el permiso de Su Señoría, y será


exigida rápidamente con sólo que Su Señoría suspenda el juicio unos cuantos minutos. — Y luego, dando unos pasos hacia Mason, añadió—: Y podré obtenerla sin necesidad de ayuda judicial.


Al oír lo cual Mason, pensando que iba a ser atacado, se puso rígido, y los subordinados del sheriff, los mecanógrafos y los escribientes y el mismo secretario de la audiencia se interpusieron entre los dos abogados, mientras el juez Oberwaltzer golpeaba con violencia con la maza.


—¡Señores, señores! Están ustedes faltando al respeto debido al tribunal. Presentarán sus disculpas al tribunal y el uno al otro o bien declararé inválido este juicio, les arrestaré por diez días y les impondré una multa de quinientos dólares.

 

Al decir esto se inclinó hacia delante frunciendo el ceño sobre los dos adversarios. De inmediato Jephson replicó con mucha suavidad y aire conciliatorio:


—Dadas las circunstancias, presento mis excusas ante Su Señoría, ante el señor fiscal y ante este jurado. El ataque al acusado hecho por el fiscal me ha parecido muy poco leal y oportuno, eso es todo.


—No se preocupe de eso —continuó Oberwaltzer.


—Dadas las circunstancias, Señoría, le presento mis excusas y se las presento también a la defensa. Quizá me precipité un poco. Y al acusado también —gruñó Mason, después de mirar primero los ojos irritados e inflexibles del juez y luego los de Clyde, que apartó su mirada al instante.


—Prosigan —gruñó el juez con enojo.


—Pues bien, Clyde —continuó Jephson, tan tranquilo como si se hubiera limitado a encender y tirar una cerilla—, dices que tu salario era de veinticinco dólares y que tenías todos esos gastos. ¿Pudiste en aquella época reunir dinero para un imprevisto?


—No, señor, no mucho, en realidad ninguno.


—Bueno, entonces, suponiendo que algún doctor al que hubiese visitado la señorita Alden hubiese estado dispuesto a atenderla y hubiese pedido, por ejemplo, cien dólares, ¿podrías haberlos reunido?


—No, señor, no habría podido.

—¿Tenía ella dinero de cuya existencia estuvieses enterado?

—Ninguno que yo sepa; no, señor.

—Entonces", ¿cómo pensabas ayudarla?


—Había pensado que si encontrábamos un médico y éste consentía en cobrar a plazos, yo podría irle pagando de esa manera.


—Ya veo. Tenías muchos deseos de hacerlo, ¿verdad?

—Sí, señor, los tenía.

—Se lo dijiste también a ella, ¿verdad?

—Sí, señor. Ella estaba enterada.


—Bueno, cuando ni tú ni ella pudisteis encontrar ninguna ayuda, ¿qué pasó entonces? ¿Qué hiciste a continuación?


—Bueno, ella quiso que nos casáramos.

—¿Inmediatamente?

—Sí, señor, inmediatamente.

—¿Y qué dijiste tú a eso?


—Le dije que entonces no podía ser. No tenía dinero para casarme. Y además si lo hacía y no me marchaba a alguna parte, al menos hasta que hubiese nacido el niño, todo el mundo se habría enterado y yo no podría haber permanecido en Lycurgus de ninguna forma. Y ella tampoco.


—¿Y por qué no?


—Porque estaban mis parientes. Ellos no me habrían querido en la fábrica, ni a mí ni a ella, supongo.


—Ya veo. No te habrían considerado apto para el trabajo que estabas haciendo, ni a ella tampoco, ¿no es eso?


—Por lo menos eso era lo que yo pensaba —replicó Clyde.

 

—Y después, ¿qué pasó?


—Bueno, incluso si hubiese querido marcharme con ella y casarme no habría tenido dinero suficiente para hacerlo y ella tampoco. Tendría que haber abandonado mi puesto y haberme marchado y encontrado otro antes de hacerla venir a ella. Además, yo no sabía de ningún sitio donde pudiera ir y ganar tanto como allí.


—¿Qué me dices de trabajar en un hotel? ¿No podrías haber vuelto a esa clase de trabajo?


—Es posible, si encontraba alguna recomendación. Pero no quería volver a aquello. —¿Y por qué no?


—Porque no me gustaba, ya no me gustaba aquella clase de vida.


—Pero no querrás decir que no querías hacer nada en absoluto, ¿verdad? No sería ésa tu actitud, ¿no?


—Oh, no, señor, no lo era. Le dije a ella que si se marchaba durante algún tiempo, tenía el niño, y me dejaba seguir en Lycurgus, yo trataría de vivir con menos dinero y darle a ella todo lo que pudiese ahorrar hasta que se recuperase.


—Pero nada de casarte con ella, ¿verdad?

—No, señor, no me sentía capaz de eso.

—¿Y qué dijo ella a todo eso?


—No consintió. Dijo que no podía ni quería irse a ninguna parte si yo no me casaba con ella.


—Ya veo. ¿Tenía que ser de inmediato?


—Pues sí, tenía que ser pronto. Ella consintió en esperar un poco, pero no quería marcharse si yo no me casaba con ella.

—¿Y le dijiste que tú ya no la querías?

—Casi se lo dije, señor.

—¿Qué quieres decir con «casi»?


—Pues eso, que casi se lo llegué a decir. Además, ella sabía que yo ya no la quería. Se lo decía ella a sí misma.


—¿Te lo dijo a ti aquella vez?

—Sí, señor. Montones de veces.


—Es verdad; es algo que se repite en todas las cartas que han sido leídas aquí. Pero cuando ella se negó tan en redondo, ¿qué hiciste entonces?


—Pues la verdad, no sabía qué hacer. Pero pensé que si podía conseguir que se fuese a su casa durante una temporada mientras yo ahorraba lo que pudiera, quizá una vez que ella estuviera allí y viese que no me hacía ninguna gracia casarme...


Clyde hizo una pausa y le temblaron los labios. Aquella mentira resultaba difícil. —Sí, sigue. Y recuerda que la verdad, por muy vergonzosa que pueda resultar para


ti, es mejor que la mentira.

—Y quizá, cuando ella estuviese más asustada y no tan resuelta...

—¿No estabas tú también asustado?

—Sí, señor, lo estaba.

—Bueno, continúa.


—Pues que entonces, quizá, si yo me ofrecía a entregarle todo lo que hubiese podido ahorrar, aparte de algún préstamo que pudiera conseguir, quizá ella consentiría en

 

marcharse y no me obligaría a casarme con ella, sino que se iría a otra parte y me dejaría que la ayudara.


—Ya veo. Pero ella no consintió en eso, ¿no es así?


—Pues no, no consintió en lo de no casarme con ella, pero en lo de irse a su casa a pasar un mes, sí. No pude convencerla de separarse de mí.


—Pero, ¿le dijiste en algún momento antes o después de aquello que irías a recogerla y a casarte con ella?


—No, señor. Nunca se lo dije.

—¿Qué le dijiste entonces?


—Le dije que tan pronto como pudiese reunir el dinero —tartamudeó Clyde, tan nervioso y avergonzado estaba al llegar a ese punto— iría a recogerla antes de fin de mes y nos marcharíamos a algún lado hasta que... hasta que ella saliese del apuro.

—Pero, ¿no le dijiste que te ibas a casar con ella?


—No, señor, no se lo dije.

—Pero ella, por supuesto, quería casarse.

—Sí, señor.


—¿Tenías idea de casarte con ella por aquel tiempo, contra tu propia voluntad? —No, señor. No si podía remediarlo. Mi plan era esperar todo lo que pudiese y


ahorrar todo el dinero posible, y luego, cuando llegase el momento, negarme y darle todo el dinero que tenía, y ayudarla todo lo que pudiese a partir de entonces.


—Pero tú sabes —prosiguió Jephson, muy suave y diplomáticamente al llegar a este punto— que hay varias referencias en las cartas que te escribió la señorita Alden —dijo, al tiempo que tomaba de la mesa del fiscal las cartas de Roberta y las sopesaba solemnemente en la mano—, hay varias referencias a un plan que vosotros dos habíais elaborado en relación con ese viaje, o por lo menos ella parecía creer ciegamente que tú lo tenías. Ahora bien, ¿cuál era el plan? Ella se refiere a él con claridad, si no recuerdo mal, cuando habla de «nuestro plan».


—Ya lo sé —replicó Clyde, puesto que durante dos meses él, juntamente con Belknap y Jephson, habían discutido aquel punto esencial—. Pero el único plan del que yo sé algo —y al decir esto se esforzó en parecer muy franco y convincente—, el único plan era el que yo le había propuesto una y otra vez.


—¿Y en qué consistía?


—En que ella se alejase y alquilara una habitación en alguna parte y me dejase ayudarla e ir a verla de vez en cuando.


—Bueno, eso no puede ser, tienes que estar equivocado —replicó Jephson con astucia— Ese no puede ser el plan en que ella estaba pensando. Dice en una de estas cartas que sabe que te va a resultar difícil marcharte y permanecer fuera tanto tiempo, hasta que ella haya salido de este mal paso, pero que es algo que no se puede remediar.


—Sí, ya lo sé —replicó Clyde con rapidez, exactamente como había sido aleccionado—, pero aquél era su plan, no el mío. Ella no dejaba de decirme una y otra vez lo que quería que yo hiciera y lo que quería que yo quisiese también. Me lo dijo por teléfono varias veces. Y es posible que yo dijera que sí, pero no con la intención de dar, mi conformidad, sino tan sólo queriendo decir que ya hablaría con ella más tarde.


—Ya veo. De esa forma tú pensabas en una cosa mientras ella pensaba en otra.

 

—Bueno, desde luego nunca di mi conformidad a su plan de una manera clara. Esto es, nunca hice más que pedirle que aguardase y que no hiciera nada hasta que yo reuniera el dinero suficiente para ir allí y hablar con ella otra vez; así esperaba conseguir que se fuera de la forma que yo había sugerido.


—Pero si ella no quería acceder a tu plan, ¿qué ibas a hacer entonces?


—Bueno, pues entonces le contaría todo lo relativo a la señorita X y le suplicaría que me dejase libre.


—¿Pero y si ella tampoco quería?


—Bueno, entonces creo que no habría tenido más remedio que irme con ella, pero no me hacía ninguna gracia pensar en eso.


—Naturalmente, tú sabes, Clyde, que hay aquí algunas personas que opinan que tú planeabas ocultar tu identidad y la de la señorita Alden y llevarla engañada a uno de esos lagos solitarios del Adirondacks para allí matarla o ahogarla a sangre fría con objeto de verte libre para casarte con esa señorita X. ¿Hay alguna verdad en eso? Di al jurado sí o no, lo que sea.


—¡Νο, nο, nunca proyecté matarla ni a ella ni a nadie! —protestó Clyde, muy dramáticamente, aferrándose a los brazos de su sillón y tratando de mostrarse lo más enfático posible, ya que había sido aleccionado en este sentido.


Al mismo tiempo se irguió en su asiento y trató de parecer serio y convincente, aunque en su corazón y en su mente sabía que había concebido ese plan, y eso era lo que más le debilitaba en aquel momento, lo que lo debilitaba más penosa y horriblemente. Los ojos de toda aquella gente, los ojos del juez y de los miembros del jurado, y de Mason y de todos los hombres y mujeres de la prensa estaban clavados en él. Y una vez más sintió la frente sudorosa y fría, se humedeció sus delgados labios nerviosamente y tragó con dificultad porque tenía la garganta seca.


Y luego el abogado lo fue explicando todo, empezando con la serie de cartas escritas por Roberta a Clyde después que llegó a su casa y acabando con aquella otra en la que le pedía que viniera a buscarla o de lo contrario ella regresaría a Lycurgus y lo denunciaría públicamente. Jephson fue desmontando las distintas fases del pretendido proyecto y supuesto crimen e hizo todo lo que pudo por reducir y disipar lo que hasta entonces había sido testimoniado.


Las sospechosas acciones de Clyde al no escribir a Roberta. Bueno, tenía miedo de complicaciones con sus parientes, su trabajo y todo lo demás. Y lo mismo en cuanto a su acuerdo de reunirse con ella en Fonda. No tenía ningún plan por aquel entonces de realizar ningún viaje con ella a ninguna parte. Simplemente pensaba de una manera vaga reunirse con ella en algún sitio y a ser posible persuadirla para que le dejara. Pero habiendo llegado julio y siendo todavía su plan tan indefinido, la primera cosa que se le ocurrió fue que podrían ir a algún balneario barato. Roberta fue la que en Utica sugirió uno de los lagos del norte. Y fue en el hotel, no en la estación del ferrocarril, donde se procuró algunos planos y folletos, un error fatal en cierto sentido, porque Mason tenía un folleto con un sello de Lycurgus, que Clyde no había observado hasta entonces. Mientras estaba declarando, Mason no dejaba de pensar en eso. Con respecto a lo de salir de Lycurgus por una calle trasera, había sido por el deseo de mantener oculta su partida con Roberta, pero sólo para proteger el buen nombre de la muchacha y por ser él tan conocido.

 

Y lo mismo explicaba el haber viajado en coches separados e inscribirse en los hoteles como el señor y la señora Clifford Golden, y así sucesivamente a través de toda la lista de variados disimulos y evasivas. Con respecto a los dos sombreros, el que tenía estaba manchado y como vio uno que le gustó se lo compró. Luego, cuando perdió el sombrero en el accidente, se puso el otro. Desde luego había poseído y llevado una cámara, y era verdad que la tenía consigo en la primera visita que hizo a la casa de los Cranston el 18 de junio. La única razón de haber negado en un principio que la tenía era porque temía ser relacionado con la muerte accidental de Roberta de una manera que sería difícil de explicar. Había sido acusado falsamente de haberla asesinado después que lo detuvieron en los bosques, y tenía miedo de revelar su conexión con aquel malhadado viaje. Como no tenía a ningún abogado ni a nadie que dijera una palabra por él, pensó que lo mejor era no decir nada y por eso lo negó todo, aunque después de verse provisto de consejeros confió a sus abogados los verdaderos hechos del caso.


Y así también acontecía con el traje que faltaba, que como estaba mojado y lleno de fango lo había envuelto en el bosque y al llegar a casa de los Cranston lo había depositado detrás de unas piedras, con la intención de volver a recogerlo y hacer que lo plancharan. Pero al hablar con el señor Belknap y el señor Jephson inmediatamente les contó a ambos lo que pasaba y ellos recogieron el traje y se lo mandaron limpiar.


—Pero, vamos a ver, Clyde, con respecto a tus planes y a salir por aquel lago en primer lugar, oigamos lo que tienes que decir.


Y entonces, tal como Jephson se lo había esbozado a Belknap, relató la historia de cómo él y Roberta habían llegado a Utica y después a Grass Lake. Y todavía no había ningún plan. Él tenía la intención, si las cosas se ponían muy mal, de confiarle a ella su gran amor por la señorita X y a apelar a su comprensión para verse, libre, al mismo tiempo que le hacía el ofrecimiento de ayudarla en todo lo que pudiera. Si ella rehusaba tenía la intención de desafiarla y abandonar Lycurgus, si era necesario, y renunciar a todo.


—Pero cuando la vi en Fonda, y más tarde en Utica, con un aspecto tan cansado y deprimido —y al llegar aquí Clyde trató de dar un tono de sinceridad a unas palabras que le habían sido dictadas cuidadosamente—, empecé otra vez a sentir lástima.


—Sí, ¿y qué pasó después?


—Bueno, pues no estaba ya tan seguro de que si ella rehusaba a dejarme libre yo sería capaz de abandonarla del todo.


—¿Qué decidiste entonces?


—Entonces no decidí nada. Escuché lo que ella tenía que decirme y traté de explicarle lo difícil que iba a ser para mí hacer algo, incluso si me iba con ella. Yo sólo tenía cincuenta dólares.


—¿Y después?


—Después empezó a llorar, y yo decidí que no podía seguir hablando más allí. Estaba demasiado abatida y nerviosa. Así es que le pregunté si no habría algún sitio donde a ella le gustaría ir para pasar un día o dos y animarse un poco —continuó Clyde, sólo que aquí, a causa de lo exagerado de la mentira que estaba diciendo, titubeó y se atragantó de la manera que le caracterizaba siempre que intentaba algo que estaba fuera de sus fuerzas, alguna mentira o una proeza de habilidad, y luego añadió—: Y ella dijo que sí, que quizá uno de aquellos lagos del norte de los Adirondacks, no importaba cuál,

 

si yo podía costear los gastos. Y cuando yo le dije, más que nada porque veía cómo estaba sufriendo, que creía que podríamos...


—Entonces, ¿tú fuiste allí tan sólo a causa de ella?

—Sí, señor, sólo a causa de ella.

—Ya veo, prosigue.


—Bueno, pues entonces dijo que si conseguíamos algunos folletos podríamos encontrar algún lugar que no fuese muy caro.


—¿Y fue eso lo que hiciste?

—Sí, señor.

—Bueno, ¿y después qué pasó?

—Que miramos los folletos y nos decidimos por el lago Grass.

—¿Quién lo decidió? ¿Los dos o ella sola?


—Pues mire, ella tomó un folleto y yo tomé otro, y en el de ella encontré un parador por veintiún dólares a la semana o por cinco dólares al día. Y pensé que no íbamos a encontrar nada mejor para pasar un día.


—¿Sólo tenías el propósito de permanecer un día?


—No, señor. Si ella quería estaríamos más. Mi idea al principio era que podríamos quedarnos un día o dos o tres. No podía decir cuántos, el tiempo que tardara en poner en claro las cosas con ella y hacerla comprender cuál era nuestra situación.


—Ya veo. ¿Y después?

—A la mañana siguiente nos fuimos al lago Grass.

—¿Todavía en coches separados?

—Sí, señor, en coches separados.

—¿Y qué hicisteis cuando llegasteis allí?


—Nos inscribimos en el registro del hotel.

—¿Cómo?

—Como Clifford Graham y esposa.

—¿Todavía tenías miedo de que alguien te reconociera?

—Sí, señor.

—¿Trataste de disimular tu letra de alguna forma?

—Sí, señor, un poquito.

—Pero, ¿por qué usabas siempre tus propias iniciales, C. G.?


—Bueno, yo pensaba que las iniciales de mi maleta debían ser las mismas que las del registro, pero no quería dar mi nombre verdadero.


—Ya veo. Inteligente en un sentido, pero no tan inteligente en otro, casi inteligente, que es lo peor de todo.


Al oír esto, Mason casi se incorporó en su asiento como si estuviera a punto de objetar, pero luego lo pensó mejor y volvió a sentarse, y una vez más el ojo derecho de Jephson miró rápidamente y de forma escrutadora al jurado que tenía a su derecha.


—Bueno, ¿le explicaste a ella todo lo que querías que se hiciera conforme a tus planes o todavía no?


—Quería explicárselo cuando llegásemos, si era posible, a la mañana siguiente a más tardar, pero tan pronto como llegamos y dejamos nuestras cosas, ella continuó diciéndome que yo debía casarme con ella entonces, pero que no quería estar casada mucho tiempo,

 

que estaba muy enferma y preocupada y que se sentía muy mal, que todo lo que quería era salir de aquello y darle un nombre al niño, y que después se marcharía y me dejaría seguir mi camino.


—¿Y qué pasó luego?

—Nos marchamos al lago.

—¿A qué lago, Clyde?

—Al lago Grass. Salimos allí para remar al poco tiempo de llegar.

—¿Inmediatamente? ¿Por la tarde?


—Sí, señor. Ella quería salir. Y después, mientras estábamos allí remando... —Hizo una pausa—, ella se echó de nuevo a llorar y parecía tan agotada, tan preocupada y tan enferma, que decidí que, después de todo, ella tenía razón y yo estaba equivocado, que no estaría bien, teniendo en cuenta lo del niño y todo lo demás, no casarme con ella, y pensé que eso era lo mejor que podría hacer.


—Ya veo. Un vuelco del corazón. ¿Y se lo dijiste a ella enseguida?

—No, señor.


—¿Por qué no? ¿No estabas satisfecho con el sufrimiento que le habías causado ya? —Sí, señor. Pero precisamente cuando iba a empezar a hablarle me puse a pensar en


todas las cosas a las que estaba dándole vueltas en la cabeza antes de hacer el viaje. —¿Qué cosas, por ejemplo?


—Pues la señorita X y mi vida en Lycurgus, y todas las dificultades que habríamos de afrontar en caso de marcharnos de esta manera.


—Ya veo.

—No podía decírselo a ella entonces, por lo menos no aquel día.

—Bueno, ¿cuándo se lo dijiste entonces?


—Le dije que no llorase más, que quizá todo podría arreglarse si ella me concedía otras veinticuatro horas para reflexionar, quizá entonces se podría hallar una solución.


—¿Y después?


—Después ella dijo que no le gustaba Grass Lake. Deseaba que nos fuéramos de allí. —¿Ella lo deseaba?


—Sí. Y entonces volvimos a consultar los mapas y le pregunté a una persona que había en el hotel si sabía algo sobre los lagos de más arriba. Y me dijo que de todos los lagos de los alrededores, el de Big Bittern era el más hermoso. Yo ya lo había visto una vez, así que le hablé a Roberta de él y entonces ella propuso ir allí.


—Entonces, por eso fue por lo que os fuisteis.

—Sí, señor.

—¿Por ninguna otra razón?


—No, señor, por ninguna otra, excepto que estaba a nuestras espaldas, es decir hacia el sur, y nosotros íbamos de todas maneras en aquella dirección.


—Ya comprendo. Y aquello sucedía el jueves 8 de julio, ¿no es así?

—Sí, señor.


—Pues bien, Clyde, como tú has visto, aquí se te ha acusado de que tú te llevaste a la señorita Alden a aquel lago con el único y premeditado objeto de matarla, de asesinarla, para encontrar un sitio tranquilo e inobservado, que primero la golpeaste con tu cámara, o con un remo, o con una porra, o con una piedra quizá, y después la ahogaste. Ahora bien

 

¿qué tienes que decir a esto? ¿Es verdad o no lo es?


—¡No, señor, no es verdad! —replicó Clyde clara y enfáticamente—. En primer lugar nunca fui allí por elección mía, sino sólo porque ella dijo que no le gustaba el lago Grass. —Y al llegar a este punto, como había estado hundido en el sillón, se incorporó y miró al jurado y al auditorio con toda la fuerza y convicción que pudo reunir, como previamente se le había dicho que hiciera. Al mismo tiempo añadió—: Y yo quería complacerla en todo lo que me fuera posible, a fin de que estuviese contenta.


—¿Estabas todavía tan apenado por ella aquel jueves como el día antes?

—Sí, señor, creo que todavía más.

—¿Y habías adoptado ya una decisión sobre lo que querías hacer?

—Sí, señor.

—¿Y cuál era esa decisión?


—Había decidido comportarme lo mejor posible. Estuve pensando en eso toda la noche, y comprendí lo mal que ella se sentía y que tenía que hacer lo que era justo, porque ella había dicho tres o cuatro veces que si yo no lo hacía se mataría. Y decidí aquella mañana que, sucediera lo que sucediese durante el día, debía poner las cosas en claro.


—Eso sucedía en Grass Lake. ¿Estabas todavía en el hotel el jueves por la mañana? —Sí, señor.


—¿Y qué era lo que ibas a decirle?


—Le iba a decir que sabía que no la había tratado muy bien y que estaba apenado por ello, así como que su ofrecimiento era muy leal, y que si después de lo que yo iba a decirle, ella todavía seguía queriéndome, me casaría con ella. Pero tenía que explicarle primero el verdadero motivo de mi cambio, esto es, que estaba enamorado de otra muchacha sin poder remediarlo, que probablemente, me casara con ella o no...


—¿Quieres decir con la señorita Alden?


—"Sí, señor,; que yo siempre seguiría queriendo a la otra muchacha, que no podía borrarla de mi pensamiento. Pero de todas maneras, si para ella aquello no tenía importancia, me casaría con ella, aunque no pudiese quererla de la misma manera que antes. Eso fue todo.


—Pero, ¿qué hay con respecto a la señorita X?


—Yo también había pensado en ella, pero creí que estaba mejor situada y podría resistir el golpe con mayor facilidad. Además, yo pensaba que quizá Roberta me dejaría en libertad y podríamos seguir siendo amigos y yo la ayudaría todo lo que pudiera.


—¿Habías decidido ya dónde te casarías con ella?


—No, señor. Pero sabía que había muchas ciudades al sur de Big Bittern y de Grass Lake.


—¿Pero ibas a hacer eso sin decirle una sola palabra a la señorita X?


—No, señor, no exactamente. Me figuraba que si Roberta no me dejaba en libertad, no le importaría que yo la abandonase unos pocos días, para ir adonde vivía la señorita X, decírselo todo y luego volver. Pero si ella ponía alguna objeción, entonces yo le escribiría una carta a la señorita X, explicándole cómo estaban las cosas, y luego me casaría con Roberta.


—Ya comprendo. Pero, Clyde, entre las pruebas que se han presentado, está la carta encontrada en la chaqueta de la señorita Alden, la que escribió a su madre en el parador

 

de Grass Lake, carta en la que decía que estaba a punto de casarse. ¿Es que ya le habías dicho de una manera definitiva aquella mañana en Grass Lake que te ibas a casar con ella?


—No, señor, no exactamente, pero dije al levantarme que aquel día era crucial para nosotros y que ella iba a decidir por sí misma si quería casarse conmigo o no.


—Ah, ya comprendo. Entonces así fue la cosa —sonrió Jephson, como si se sintiera muy aliviado.


Y Mason, Newcomb y Burleigh y el senador Redmon, todos escuchando con la más profunda atención, exclamaron ahora sotto voce y casi al unísono: «¡Qué mentira tan grande!».


—Bueno, ahora pasemos al viaje en sí. Tú ya has oído las declaraciones que aquí se han prestado y el motivo y el proyecto siniestros que han sido atribuidos a cada paso de dicho viaje. Ahora quiero que lo cuentes a tu manera. Aquí se ha probado que tú cogiste las dos maletas, la tuya y la de ella, pero que la de ella la dejaste en el parador cuando llegasteis allí y únicamente llevaste al lago la tuya y la metiste en el bote. Ahora bien, ¿por qué hiciste eso? Haz el favor de hablar de forma que todos los miembros del jurado puedan oírte.


—Bueno, la razón era —y al llegar a ese punto una vez más la garganta se le puso tan seca que apenas podía hablar— que no sabíamos si podríamos conseguir comida en Big Bittern, por lo que decidimos llevarnos algunas cosas desde Grass Lake. Su maleta estaba a rebosar, pero en la mía sobraba sitio. Además yo tenía atada la cámara con el trípode. Por eso decidí dejar su maleta y llevarme la mía.


—¿Fuiste tú quien lo decidiste?

—Le pregunté a ella qué pensaba y me dijo que era lo mejor.

—¿Dónde le preguntaste eso?


—Cuando bajábamos del tren.

—¿Y creías tú entonces que ibas a volver al parador después de salir del lago?


—Sí, señor, lo sabía. No teníamos más remedio. No había otro camino. Ya nos lo habían dicho en Grass Lake.


—¿Recuerdas la declaración del conductor que os llevó allí y que dijo que tú estabas muy nervioso y que le preguntaste si había mucha gente por allí aquel día?


—Sí, señor, lo recuerdo, pero no estaba nervioso en absoluto. Puede que le preguntase acerca de la gente, pero no veo que haya nada malo en ello. Me parece que cualquiera puede hacer una pregunta así.


—También a mí me lo parece —corroboró Jephson— ¿Qué pasó luego, después de que os inscribisteis en el parador de Big Bittern y después que entraste en el bote y saliste al lago con la señorita Alden? ¿Estabais tú o ella preocupados o nerviosos o en un estado de ánimo diferente del de cualquier persona que sale a dar un paseo en bote? ¿Estabas contento, sombrío, o cómo estabas?


—Bueno, no creo que estuviese particularmente sombrío, no, señor. Pensaba en todo lo que tenía que decirle a ella y en lo que me esperaba según lo que ella decidiera. No estaba exactamente alegre, pero pensaba que todo se arreglaría de alguna manera. Había decidido que lo mejor sería casarme con ella.


—Y ella, ¿cómo estaba? ¿Estaba alegre?

—Pues sí, señor. Parecía sentirse mucho más feliz por alguna razón.

 

—¿Y de qué hablasteis?


—Oh, primero hablamos sobre el lago, sobre lo hermoso que era y dónde podríamos almorzar cuando tuviéramos gana. Y luego remamos a lo largo de la costa occidental buscando lirios acuáticos. Ella se mostraba tan feliz, que me resultaba odioso sacar a relucir otras cosas, por lo que seguimos remando hasta eso de las dos, hora en que paramos para almorzar.


—¿Dónde fue eso? Levántate e indica con ese puntero en el mapa justamente dónde fuisteis y dónde os parasteis y para qué.


Y, en consecuencia, Clyde, puntero en mano y en pie delante del gran mapa del lago y de la región, trazó con detalle el amplio paseo en bote a lo largo de la costa, un grupo de árboles hacia los que habían remado después de almorzar, una zona de lirios acuáticos donde habían estado algún tiempo, todos los sitios donde se habían detenido hasta llegar a la bahía de la Luna a eso de las cinco de la tarde, sintiéndose tan fascinados por su belleza, que se habían limitado a quedarse quietos y mirar, como él decía. Después, con objeto de poder sacar algunas fotos, habían desembarcado en el bosque próximo, mientras él se preparaba para hablarle a Roberta sobre la señorita X y rogarle que tomase una decisión. Y luego, habiendo dejado la maleta en la orilla durante unos momentos, mientras remaban y tomaban algunas fotos en el bote, se dejaron mecer por la tranquilidad del agua y el silencio y la belleza del paisaje hasta que por fin él reunió el valor necesario para decirle lo que tenía en su corazón. Y al principio, como él decía ahora, Roberta pareció muy conturbada y deprimida y empezó a llorar, diciendo que quizá sería mejor no seguir viviendo, ya que se sentía tan desgraciada. Pero después, una vez que él le recalcó que estaba muy apenado y que deseaba sinceramente compensarla, de pronto, en un arranque súbito de ternura y gratitud, él no podía decir exactamente de qué, ella había dado un salto tratando de acercársele. Venía con los brazos extendidos y se movía como si quisiera arrojarse a sus pies o sobre su pecho.


Pero justo entonces uno de sus zapatos o su vestido se enredaron y tropezó. Y él, con la cámara en la mano (una última decisión minuciosa o precaución legal por parte de Jephson) se había levantado instintivamente para tratar de agarrarla e impedir que cayera. Quizá, aunque él no lo podía decir con exactitud, el rostro o la mano de la muchacha chocaron con la cámara. De todos modos, al momento siguiente, antes de que él pudiera comprender del todo cómo había sucedido aquello, y sin tiempo para pensar o actuar, ambos se vieron en el agua y el bote volcado golpeó a Roberta, que quedó aturdida.


—Le dije que tratara de agarrarse al bote, el cual estaba alejándose, pero ella no parecía oírme ni entender lo que yo quería decir. Yo tenía miedo de acercarme a ella demasiado en un principio, porque ella estaba dando golpes en todas direcciones, y antes de que pudiese dar unas brazadas, su cabeza se hundió y volvió a salir y luego volvió a hundirse por segunda vez. Por aquel entonces el bote ya había derivado diez o doce metros y comprendí que no podría llevarla hasta él. Y entonces decidí que sí quería salvarme tenía que nadar yo mismo hacia la costa.


Al llegar a este punto, según dijo, se le ocurrió de pronto pensar cuán extrañas y sospechosas eran todas las circunstancias relacionadas con su posición actual. Súbitamente se dio cuenta de cuán mal se presentaba todo el asunto desde el principio mismo. Los registros con nombre falso. El hecho de que su maleta estaba allí, pero no la de ella. Por

 

otra parte, regresar ahora significaba dar explicaciones. Todo llegaría a saberse, y se vendría abajo todo lo relacionado con su vida, la señorita X, su trabajo, su posición social, absolutamente todo, mientras que si no decía nada (y al llegar aquí juró que por primera vez se le ocurrió aquel pensamiento), podría suponerse que también él se habría ahogado. En vista de este hecho y de que cualquier ayuda que pudiese prestar a la señorita Alden no le devolvería la vida, y que hablar sólo significaría dificultades para él y deshonor para ella, decidió no decir nada. En consecuencia, para borrar todas las huellas, se quitó sus ropas y las exprimió para empaquetarlas lo mejor que pudo. Luego, habiendo dejado el trípode en la orilla con su maleta decidió ocultarlo y así lo hizo. Su primer sombrero de paja, el que no tenía etiqueta, se había perdido al volcarse el bote, y por eso se puso el sombrero de repuesto que llevaba consigo, aunque también tenía una gorra que podría haberse puesto. Normalmente llevaba en los viajes un sombrero de repuesto porque, a menudo, solía suceder algo. Después se había arriesgado a caminar hacia el sur por los bosques para dirigirse a una vía férrea que él sabía que cortaba los bosques en aquella dirección. No sabía que hubiese ninguna carretera por aquel sitio, y en cuanto al motivo de haberse dirigido directamente a casa de los Cranston, confesó con absoluta sencillez que quería ir allí. Eran sus amigos y él quería llegar a alguna parte donde poder pensar acerca de aquel terrible suceso que se había abatido tan repentinamente sobre él desde un cielo sin nubes.


Y después de haber declarado, y al parecer sin que se les ocurriera nada más a Jephson o a él mismo, el primero, después de una pausa, se volvió entonces y dijo muy claramente y con mucha calma:


—Recuerda, Clyde, que has prestado un juramento solemne delante de este jurado, de este juez, toda la gente que hay aquí, y sobre todo delante de Dios, prometiendo decir la verdad, toda la verdad, y nada más que la verdad. Te das cuenta de lo que eso significa, ¿no es así?


—Sí, señor.

—¿Juras delante de Dios que no golpeaste a Roberta Alden en aquel bote?

—Lo juro. No la golpeé.

—¿Que no la arrojaste al lago?

—Lo juro. No la arrojé.


—¿O que premeditadamente trataste de algún modo de volcar aquel bote o por cualquier otro procedimiento provocar su muerte?


—Lo juro —gritó Clyde enfática y emocionadamente.

—¿Juras que fue un accidente?


—Lo juro —mintió Clyde, que sentía que en aquella lucha por su vida, él estaba diciendo una parte de la verdad, pues aquel accidente fue impremeditado y no proyectado. No había ocurrido tal como él lo había planeado: eso podía jurarlo.


Y luego Jephson, pasándose una de sus grandes y fuertes manos por la cara y mirando con blandura y desgana al tribunal y al jurado, mientras comprimía sus delgados labios en una línea larga y significativa, anunció:


—La acusación puede hacerse cargo del testigo.

 

CAPÍTULO 25


El estado de ánimo de Mason durante todo aquel interrogatorio fue el de un inquieto sabueso ansioso de alcanzar los talones de su presa, o el de un mastín en la última fase de la persecución. Le animaba un agudo y arrebatador deseo de destrozar este testimonio, de probar que desde el principio hasta el fin era un tejido de mentiras. Y no había hecho Jephson más que terminar cuando se puso en pie de un salto y se enfrentó con Clyde, quien, viéndole inflamado por aquel deseo de destruirle, sintió como si estuviera a punto de ser atacado físicamente.


—Griffiths, usted tenía en la mano la cámara en el momento en que la señorita Alden se dirigió hacia usted en el bote, ¿no ha dicho eso?


—Sí, señor.

—¿Tropezó ella y se golpeó accidentalmente con la cámara?


—Sí.


—Supongo que, dada la honradez y sinceridad de su declaración, no recordará usted haberme dicho en los bosques de la orilla de Big Bittern que nunca tuvo una cámara.


—Sí, señor; lo recuerdo.

—Y eso era desde luego mentira, ¿no es así?

—Sí, señor.


—Dicha con todo el fervor y la fuerza con que usted ahora está diciendo otra mentira.


—No estoy mintiendo. Ya he explicado por qué dije aquello.


—Ya ha explicado usted por qué dijo aquello. Ya ha explicado por qué dijo aquello. Y, después de mentir usted allí, ¿espera ser creído aquí?


Belknap se levantó para protestar, pero Jephson le contuvo.

—Bueno, ésta es la verdad de todos modos.


—Y ningún poder bajo el cielo podría hacerle decir a usted otra mentira aquí, ¿verdad? ¿Ni siquiera un fuerte deseo de salvarse de la silla eléctrica?


Clyde palideció y tembló ligeramente; abrió y cerró sus párpados rojos y cansados.

—Bueno, quizá, pero no bajo juramento.


—Oh, ya veo. Usted miente todo lo que le conviene, dondequiera que esté, en cualquier momento y bajo cualquier circunstancia, excepto cuando le están juzgando por asesinato, ¿no es así?


—No, señor. No es eso. Pero lo que he dicho es la verdad.


—¿Y jura usted sobre la Biblia que experimentó un cambio de sentimientos? —Sí, señor.


—¿Que la señorita Alden estaba muy triste y que eso fue lo que le movió a usted a experimentar un cambio de sentimientos?


—Sí, señor, eso fue.


—Bueno, Griffiths, cuando ella estaba en el campo aguardando que usted fuera, le escribió todas aquellas cartas, ¿no es así?


—Sí, señor.


—Y venía usted a recibir un promedio de una cada dos días, ¿no es cierto? —Sí, señor.

 

—Y usted sabía que ella estaba allí sola y desgraciada, ¿no lo sabía usted? —Sí, señor, pero ya he explicado...


—¡Oh, ya ha explicado usted! Querrá decir que sus abogados ya lo han explicado por usted. ¿No le han estado aleccionando día tras día en la cárcel sobre las respuestas que tenía que dar cuando llegase el momento?


—No, señor, no han hecho nada de eso —replicó Clyde en tono desafiante, captando en aquellos momentos la mirada de Jephson.


—Bueno, entonces, cuando le pregunté a usted en el lago Bear cómo había encontrado esa muchacha la muerte, ¿por qué no me lo dijo y se ahorró todas estas molestias y sospechas e investigaciones? ¿No cree usted que el público habría escuchado con más benevolencia y credulidad entonces que ahora, cuando ya han transcurrido cinco largos meses para prepararlo todo con la ayuda de dos abogados?


—Pero yo no creía que fuese a tener abogado alguno —insistió Clyde, mirando todavía a Jephson, que estaba apoyándole con toda su fuerza mental—. Acabo de explicar por qué hice eso.


—¡Acaba de explicar, acaba de explicar! —gruñó Mason, casi fuera de sí ante el convencimiento de que aquella falsa explicación era un escudo o barrera para que Clyde se ocultase, siempre que se viese demasiado presionado.


Y por eso casi temblaba de rabia contenida al proseguir:


—Y antes de que ustedes emprendieran el viaje, mientras ella escribía aquellas cartas, usted las consideraba muy tristes, ¿no es así?


—Sí, señor. Es decir —vaciló incautamente—, algunas partes por lo menos.


—Ah, ya veo, sólo algunas partes. Resulta ahora que sólo algunas partes. Creí que usted acababa de decir que las consideraba tristes.


—Bueno, sí las considero.

—Y las consideraba.

—Sí, señor, y las consideraba.


Pero los ojos de Clyde estaban empezando a vagar nerviosamente en dirección a Jephson, que estaba enfocándole como con un rayo de luz.


—¿Recuerda usted este escrito de ella?


Y al decir eso, Mason cogió una de las cartas y empezó a leer: «Clyde, me moriré, querido, si tú no vienes. Estoy muy sola. Estoy medio loca. Desearía poder marcharme y no volver nunca ni molestarte más. Pero si sólo quieres telefonearme, hazlo aunque sólo sea un día sí y otro no, ya que no quieres escribir. Mira que te necesito mucho y necesito una palabra de aliento». La voz de Mason era melosa. Era triste. Uno podía sentir, a medida que él hablaba, la oleada de compasión que pasó, no solamente a través de él, sino de cada uno de los espectadores de la alta y angosta sala de la audiencia.


—¿Le parece a usted esto triste?

—Sí, señor, me lo parece.

—¿Se lo pareció entonces?

—Sí, señor, me lo pareció.

—Sabía usted que era sincera, ¿no es así? —preguntó Mason.

—Sí, señor, lo sabía.

—Entonces, ¿por qué no le guió un poco de esa lástima que dice usted haberle

 

conmovido tan profundamente en Big Bittern, por qué no le guió allí en Lycurgus a coger el teléfono y animar a aquella muchacha solitaria con alguna promesa de que iba usted a ir? ¿Era porque su lástima por ella no era tan grande como después de escribirle ella aquella carta amenazadora? ¿O era porque usted tenía un proyecto y tenía miedo de que telefonearle demasiado pudiera llamar la atención? ¿Cómo es que de pronto tuvo usted tanta lástima de ella en Big Bittern, pero ninguna en Lycurgus? ¿Es algo que usted puede abrir o cerrar como un grifo?


—Yo nunca he dicho que no tuviera ninguna lástima —replicó Clyde en tono desafiante, habiendo recibido una mirada llameante de Jephson.


—Bueno, usted la dejó esperar hasta que ella tuvo que amenazarle a causa de su propio terror y de su desgracia.


—Ya he admitido que no la traté bien.


—¡Ja, ja! ¡Que no la trató bien! Y sólo por esa admisión y en vista de todos los demás testimonios que tenemos aquí, incluido el de usted mismo, espera salir absuelto, ¿no es así?


Belknap no pudo contenerse más. Protestó, y con amarga vehemencia se dirigió al

juez:


—Esto es infame, Señoría. ¿Es que va a permitírsele al fiscal que pronuncie un discurso con cada pregunta?


—No he oído que nadie haya protestado —replicó el juez—. El fiscal del distrito formulará sus preguntas debidamente.


Mason aceptó la reprimenda con ligereza y se volvió hacia Clyde.


—En aquel bote, allí, en el centro de Big Bittern, ha declarado usted que tenía en la mano la cámara que antes negó poseer.


—Sí, señor.

—¿Y ella estaba en la popa del bote?

—Sí, señor.


—Que traigan ese bote, ¿quiere usted, Burton? —le dijo a Burleigh en este momento, y a continuación cuatro guardias de la oficina del fiscal se retiraron por una puerta situada a la derecha de la tribuna del juez y volvieron al poco con el mismo bote en que Clyde y Roberta se habían sentado, y lo colocaron delante del jurado.


Cuando lo hicieron, Clyde sintió un escalofrío y se quedó mirando fijamente. ¡El mismo bote! Parpadeó y tembló mientras el auditorio se agitaba curioso y excitado, y una oleada de interés y de curiosidad atravesaba toda la sala. Y entonces, Mason, cogiendo la cámara y blandiéndola de arriba abajo, exclamó:


—Bueno, aquí la tenemos, Griffiths. La cámara que usted nunca poseyó. Baje de ahí, entre en el bote, tome esta cámara y muéstrele al jurado dónde estaba usted sentado exactamente y dónde estaba sentada la señorita Alden. Y, si es que puede, cómo y dónde golpeó usted a la señorita Alden y dónde y de qué manera se cayó ella.


—¡Protesto! —gritó Belknap.


Siguió una larga y pesada discusión legal, que terminó permitiendo el juez que aquel tipo de testimonio se prestase al menos durante algún tiempo. Y al concluir la argumentación, Clyde manifestó:


—Pero yo no la golpeé adrede.

 

A lo cual replicó Mason:

—Sí, ya le hemos oído a usted declarar eso.


Clyde bajó del banquillo y después de recibir las instrucciones pertinentes entró en el bote y se sentó en el medio, mientras tres hombres mantenían el bote derecho.


—Y ahora, Newcomb, quiero que venga usted aquí y se siente donde se supone que estaba sentada la señorita Alden y adopte la posición que él describe.


—Sí, señor —dijo Newcomb, avanzando y sentándose, mientras que Clyde trataba en vano de captar la mirada de Jephson, sin conseguirlo, porque estaba en parte vuelto de espaldas hacia su defensor.


—Y ahora, Griffiths —continuó Masón—, muéstrele usted al señor Newcomb cómo la señorita Alden se levantó y vino hacia usted. Dígaselo.


Y entonces, Clyde, sintiéndose débil y falso y odiado, volvió a ponerse de pie y de una manera nerviosa y abrupta, porque la extrañeza de todo esto le afectaba hasta el punto de una torpeza increíble, intentó mostrarle a Newcomb cómo Roberta se había puesto en pie y luego había tropezado y caído. Y después de eso, con la cámara en la mano, trató de mostrar tan fielmente como podía recordar, cómo su brazo se había disparado y había golpeado a Roberta, sin saber apenas dónde, en la barbilla o en la mejilla quizá, no estaba seguro, pero no adrede, desde luego, y no con fuerza suficiente para hacerle daño, según pensó entonces. Pero al llegar a este punto se suscitó una larga disputa entre Belknap y Mason en cuanto a la procedencia de tal testimonio, ya que Clyde declaraba que no podía recordar con claridad. Oberwaltzer permitió, finalmente, que el testimonio continuara, alegando que con ello se podía demostrar si un golpe o empujón bastaban para derribar a alguien en una difícil posición de equilibrio.


—Pero, ¿cómo, en nombre del cielo, un hombre de la constitución del señor Newcomb va a poder demostrar lo que sucedería en el caso de una muchacha de la estatura y peso de la señorita Alden? —insistió Belknap.


—Bueno, pues entonces pondremos una muchacha de la estatura y del peso de la señorita Alden.


E inmediatamente se llamó a Zillah Saunders, y ésta se puso en lugar de Newcomb.

Pero Belknap no dejaba de insistir diciendo:


—¿Y qué se demuestra con eso? Las condiciones no son las mismas. Este bote no está en el agua. Y no hay dos personas que sean idénticas en resistencia o en reacciones físicas a golpes accidentales.


—Entonces, ¿se niega usted a esta prueba? —preguntó Mason, volviéndose y sonriendo con cinismo.


—Oh, haga usted lo que quiera. No puede significar nada, como todo el mundo puede ver —insistió Belknap con intención.


Y de esta forma, Clyde, siguiendo las indicaciones de Mason, empujó entonces a Zillah, casi tan fuerte, pensó él, como había empujado a Roberta. Y ella cayó un poco hacia atrás, pero al hacerlo pudo poner una mano en cada borde del bote. Y el jurado, a pesar de las reservas de Belknap, sacó la impresión de que Clyde, debido a su culpabilidad y al miedo a la muerte, estaba intentando simular algo que sin duda había sido ejecutado de una manera mucho más cruel. ¿No habían jurado los doctores acerca de la fuerza probable del golpe? ¿Y no había declarado Burton Burleigh haber descubierto un cabello en la

 

cámara? ¿Y qué había sobre el grito que había escuchado aquella mujer?

Pero con aquel incidente el juicio quedó suspendido aquel día.


A la mañana siguiente, en cuanto sonó la maza del juez, allí estaba Mason, tan vigoroso y malévolo como siempre. Clyde, después de una noche miserable en su celda y de recibir mucho aliento por parte de Jephson y de Belknap, determinó mostrarse todo lo frío e insistente y con apariencia de inocencia que pudiera, pero sin tener la mente en la tarea, tan convencido estaba de que el sentimiento del público le era contrario, que le creían culpable. Y Mason, empezando muy salvaje y enconadamente, dijo:


—¿Todavía insiste usted en que experimentó un cambio de sentimientos, Griffiths? —Sí, señor.


—¿Ha oído alguna vez hablar de gente que ha sido reanimada después de haberse ahogado en apariencia?

—No comprendo lo que quiere decir.


—Usted sabe, desde luego, que hay gente que se supone ahogada, que se hunden por última vez y no salen arriba, y que en ocasiones logran ser arrastrados fuera del agua y revividos, devueltos a la vida, mediante determinados métodos de urgencia, moviéndoles los brazos o bien oprimiéndoles el torso. Usted ha oído hablar de eso, ¿no es así?


—Sí, señor, creo que he oído hablar de eso. He oído hablar de gente que ha sido devuelta a la vida después que se suponía que estaban ahogados, pero no creo haber oído decir cómo se hace.


—¿Nunca lo ha oído decir?

—No, señor.


—¿Ni tampoco cuánto tiempo pueden estar bajo el agua y lograrse sin embargo que revivan?


—No, señor, nunca lo he oído decir.


—¿Nunca ha oído decir, por ejemplo, que una persona que haya estado en el agua incluso quince minutos, puede ser devuelta a la vida?


—No, señor.


—Así es que nunca se le ocurrió a usted, después de irse nadando hasta la orilla, que podría haber pedido socorro y salvar, incluso entonces, la vida de la muchacha.


—No, señor, nunca se me ocurrió. Creí que entonces ya estaba muerta.

—Ya veo. Pero, ¿qué me dice usted de cuando ella estaba todavía viva en el agua?

Usted es un nadador bastante bueno, ¿no es verdad?

—Sí, señor, nado bastante bien.


—Lo bastante bien, por ejemplo, como para ponerse a salvo nadando ciento cincuenta metros con los zapatos y las ropas puestos. ¿No es así?


—Bueno, entonces sí nadé esa distancia, sí, señor.


—Sí, lo hizo. Una distancia considerable para un individuo que no podía nadar diez metros para alcanzar un bote volcado, diría yo —insinuó Mason.


En este momento, Jephson rechazó la sugerencia de Belknap de protestar para que ese comentario no constara en acta.


Clyde fue interrogado después acerca de sus diversas experiencias de botes y de natación y tuvo que decir cuántas veces había estado en lagos sobre embarcaciones tan peligrosas como piraguas sin haber tenido nunca ningún accidente.

 

—La primera vez que salió usted con Roberta al lago Crum fue en una piragua, ¿no es así?


—Sí, señor.

—Pero usted no tuvo ningún accidente entonces.

—No, señor.

—Usted la quería mucho, ¿verdad?

—Sí, señor.


—Pero el día que ella se ahogó en Big Bittern, en este bote sólido, de fondo redondo y de remos, usted no la quería ya nada.


—Bueno, ya he dicho cuáles eran mis sentimientos entonces.


—Y desde luego, no podía haber ninguna relación entre el hecho de que en el lago Crum usted la quería, pero en Big Bittern...

—Ya he dicho lo que yo sentía entonces.


—Pero usted quería desembarazarse de ella, ¿no es así? En el momento en que ella murió usted corrió en busca de la otra muchacha. Usted no niega eso, ¿verdad?


—Ya he explicado por qué lo hice —reiteró Clyde.


—¡Explicado, explicado! ¿Y espera usted que cualquier persona decente, normal, de sano juicio, pueda creer en esta explicación?


Mason estaba casi fuera de sí de rabia y Clyde no se atrevió a hacer ningún comentario. El juez se anticipó al gesto de protesta de Jephson y concedió:


—Se admite la protesta.

Pero Mason prosiguió:


—¿No podría usted, Griffiths, haberse descuidado un poco en el manejo del bote y volcarlo usted mismo?


Se acercó al muchacho y le miró con fijeza.

—No, señor, no me descuidé en nada. Fue un accidente que no pude evitar.

Clyde estaba frío, pálido y cansado.


—¿Un accidente? Como aquel otro de Kansas City, por ejemplo. Está usted bastante familiarizado con accidentes de esta clase, ¿no es verdad, Griffiths? —preguntó Mason lenta y sinuosamente.


—Ya he explicado cómo sucedió aquello —respondió Clyde en tono nervioso. —Está usted bastante familiarizado con accidentes que terminan con la muerte de


muchachas, ¿no es así? ¿Siempre echa usted a correr cuando muere una?

—Protesto —gritó Belknap, poniéndose en pie de un salto.


—Se admite la protesta —dijo Oberwaltzer secamente—. Este tribunal no tiene nada que ver con el otro accidente. La acusación debe ceñirse al caso que nos ocupa.


—Griffiths —continuó Mason, complacido por la forma en que había replicado a la defensa que había hecho Jephson sobre el accidente de Kansas City—, cuando el bote se volcó después del golpe accidental que hizo que usted y la señorita Alden se cayeran al agua, ¿a qué distancia estaba usted?


—La verdad es que no me fijé.


—Bastante cerca, ¿no le parece? A no más de un metro o dos, seguramente, por la posición que usted ocupaba en el bote.


—No me fijé. Puede que sí.

 

—Lo bastante cerca para coger a la muchacha y sostenerla si hubiese querido, ¿no es así? Porque para eso saltó usted, quiero decir, para eso se puso en pie de un salto, para impedir que ella se cayera.


—Sí, para eso me puse en pie de un salto —replicó Clyde pesadamente—, pero no caí lo bastante cerca para poder cogerla. Me hundí a plomo, y cuando salí arriba, ella estaba a cierta distancia.


—Bueno, ¿pero a qué distancia exactamente? ¿Como desde aquí hasta el extremo de la tribuna del jurado, o hasta aquel otro extremo, o hasta dónde?


—Bueno, ya he dicho que no me fijé. Más o menos como desde aquí hasta aquel extremo, creo —mintió, aumentando la distancia lo menos tres metros.


—¡No es posible! —exclamó Mason, fingiendo mostrar asombro— El bote se vuelca, ustedes dos caen juntos en el agua, y cuando usted y ella salen arriba están separados cerca de diez metros. ¿No cree usted que su memoria está engañándole un poco?


—Bueno, por lo menos eso es lo que me pareció cuando salí a la superficie.


—Así, después que el bote volcó y ustedes dos salieron arriba, ¿dónde estaba usted con relación al bote? Aquí está ahora el bote: ¿en qué parte del auditorio estaría usted?


—Como dije antes, no me fijé cuando salí arriba —replicó Clyde, mirando nerviosa y dubitativamente el espacio que se extendía ante él. Con toda seguridad le estaban preparando una trampa—. Creo que estaba, poco más o menos, a la distancia de esa barandilla que está detrás de su mesa.


—Entonces a unos diez o doce metros —sugirió Mason con astucia.

—Sí, señor. Poco más o menos eso. No puedo estar seguro.

—Y mientras usted estaba allí y el bote aquí, ¿dónde estaba la señorita Alden?


Clyde tuvo entonces la sensación de que Mason debía haber hecho algún cálculo matemático con el que se proponía establecer su culpabilidad. Enseguida se puso en guardia y miró en dirección a Jephson. Al mismo tiempo, comprendía que no podía colocar a Roberta demasiado lejos. Había dicho que ella no sabía nadar. ¿No tendría que estar más cerca del bote que él? Era lo más probable. Pensó frenéticamente que lo mejor sería decir que ella estaba a la mitad de aquella distancia, no más. Y así lo dijo. De inmediato Mason continuó:


—Bueno, ella no podía estar a más de unos cinco metros del bote.

—Eso es, no creo que fuesen más.


—Y entonces, ¿quiere decir que no podría usted haber nadado esa pequeña distancia y haberla sujetado hasta alcanzar el bote, que estaba sólo a cinco metros?


—Bueno, como he dicho ya, estaba un poco trastornado cuando salí arriba, y ella estaba manoteando y gritando.


—Pero es que allí estaba el bote, a no más de diez metros, según su propia declaración, y me atrevería a decir que era un bote lo bastante sólido para no derivar mucho. ¿Y quiere usted hacernos creer que pudo nadar los ciento cincuenta metros que le separaban de la costa y, en cambio, no pudo alcanzar el bote y empujarlo hacia ella a tiempo para salvarla? Porque ella estaba tratando de salvarse, ¿no es así?


—Sí, señor, pero es que al principio me sentía desconcertado —dijo Clyde en tono lastimero, dándose cuenta de que los ojos de todos los jurados y de los espectadores estaban fijos en su rostro (a causa de la fuerza general de la sospecha y de la incredulidad

 

enfocadas ahora intensamente contra él, sus nervios le abandonaban y estaba vacilando y tartamudeando)— y no pensé con suficiente rapidez lo que convendría hacer. Además, tenía miedo de que si me acercaba a ella demasiado...


—Ya comprendo. Un cobarde mental y moral —rezongó Mason— Además, muy tardo en pensar, cuando va en ventaja de usted ser tardo, y rápido cuando le conviene ser rápido. ¿No es así?


—No, señor.


—Bueno, entonces, si no es así, dígame usted esto, Griffiths, sólo esto, ¿por qué después de salir del agua pocos minutos más tarde tuvo la suficiente lucidez como para detenerse y esconder aquel trípode antes de comenzar a andar por los bosques, mientras que en cambio, cuando se trataba de salvar a la muchacha, se sintió usted desconcertado y no se le ocurrió hacer nada? ¿Cómo es posible que fuera usted tan calculador en el mismo momento en que puso pie en tierra? ¿Qué puede decir a eso?


—Bueno..., pues... ya le dije a usted que después me di cuenta de que no había nada que hacer.


—Sí, ya estamos enterados de eso. Pero, ¿no se le ocurrió a usted que se necesita tener una cabeza muy fría, después de pasar tanto pánico en el agua, para pararse en un momento como aquél y tomar la precaución de esconder un trípode? ¿Cómo es que pudo usted pensar tan agudamente entonces y no pudo pensar nada en cuanto al bote unos pocos minutos antes?


—Bueno..., pero es que...


—Es que usted no quería que ella continuase viviendo, a pesar del cambio de sentimientos que aduce, ¿no es eso? —aulló Mason— ¿No es ésa la negra y triste verdad? Ella se estaba ahogando, como usted quería que se ahogara, y usted la dejó ahogarse. ¿No es eso?


Estaba temblando visiblemente al gritar esto, y Clyde, con el bote verdadero delante de él y recordando los ojos y los gritos de Roberta, mientras se hundía, con toda su fuerza patética y horrible, se empequeñeció y acurrucó en su asiento, aterrándole la forma tan certera en que Mason interpretaba lo que en realidad había sucedido. Pues nunca, ni siquiera ante Jephson y Belknap, había admitido que cuando Roberta estaba en el agua él no había deseado salvarla. Invariable y tercamente había insistido en que quiso hacerlo, pero que todo había sucedido con tanta rapidez, y él estaba tan desconcertado y asustado por sus gritos y sus movimientos, que no se había sentido capaz de hacer nada.


—Yo... quería salvarla —tartamudeó, con el rostro completamente blanco—, pero..., pero..., como ya he dicho, estaba desconcertado... y... y...


—Sabe usted muy bien que está mintiendo —gritó Mason, acercándose todavía más, con sus fuertes brazos en alto, su rostro desfigurado llameando y resplandeciendo como una Némesis vengadora—, usted sabe que deliberadamente, con astucia fría y corazón malvado, permitió que aquella pobre y torturada muchacha muriese allí cuando usted podía muy bien haberla salvado con facilidad, nadando unos pocos metros de los ciento cincuenta que tuvo que cubrir para salvarse a sí mismo.


Porque ahora estaba convencido de que sabía con toda precisión la forma en que Clyde había matado a Roberta, ya que algo en la actitud y maneras de éste le convencían de ello, y estaba dispuesto a hacérselo confesar si podía. Y aunque Belknap se puso en pie

 

al instante para protestar de que su cliente estaba siendo tratado con grandes prejuicios y que aquél era un juicio nada imparcial, queja que el juez Oberwaltzer pasó por alto, sin embargo, Clyde tuvo tiempo de contestar, si bien muy débil y desmayadamente:


—¡No, no, yo no lo hice! ¡Yo quería salvarla!


Pero toda su actitud, como notó cada uno de los jurados, era la de alguien que no está diciendo la verdad, que era verdaderamente aquel cobarde mental y moral que Belknap había descrito, pero que también era algo peor, el verdadero culpable de la muerte de Roberta. Pues después de todo, se preguntaba cada jurado mientras escuchaba, ¿por qué no pudo salvarla si era lo bastante fuerte para nadar hasta la playa, o por qué por lo menos no agarró el bote y la ayudó a sujetarse?


—Ella sólo pesaba cincuenta kilos, ¿no es así? —prosiguió Mason con vehemencia.

—Sí, señor, eso creo.

—Y usted, ¿cuánto pesaba por aquel entonces?


—Cerca de setenta kilos —replicó Clyde.


—Y un hombre de setenta kilos —rezongó Mason, volviéndose hacia el jurado— tiene miedo de acercarse a una pobre muchachita débil y enfermiza, de cincuenta kilos, que está ahogándose, porque teme que le agarre y le arrastre al fondo. Y hay un bote en perfecto estado lo bastante fuerte para sostener a tres o cuatro personas y que no está a más de tres o seis metros de distancia. ¿Cómo se explica todo esto?


Y para recalcar aquello y dejar que penetrara en las mentes del auditorio, hizo una pausa y se sacó del bolsillo un gran pañuelo blanco, y después de enjugarse el cuello, el rostro y las muñecas, ya que estaban completamente húmedos después de sus esfuerzos físicos y emocionales, se volvió hacia Burton Burleigh y exclamó:


—Ya puede usted ordenar que retiren ese bote de aquí, Burton. Por ahora no vamos a necesitarlo.


Y los cuatro guardias se lo llevaron.


Luego, habiendo recobrado su compostura, se volvió una vez más hacia Clyde y empezó a preguntarle:


—Griffiths, usted conocía el color y el tacto del cabello de Roberta Alden, lo conocía bien, ¿no es así? Usted tenía la intimidad suficiente con ella para eso, ¿no es verdad?


—Conozco el color de sus cabellos o creo conocerlo —replicó Clyde estremeciéndose, sintiendo un escalofrío ante aquella idea que le afectó de una manera casi perceptible.


—Y también conocerá usted el tacto de ese cabello, ¿no es verdad? —insistió Mason—. En aquellos hermosos días antes de que apareciera la señorita X debió usted de tocarlo a menudo.

—No sé si lo hice o no —replicó Clyde, captando una mirada de Jephson.


—Bueno, para hablar claramente, usted debe saber si era un cabello fino o áspero, basto o sedoso. Usted lo sabe, ¿no es así?


—Era un cabello sedoso, sí.


—Bueno, pues he aquí un rizo —dijo Mason, más para torturar a Clyde que para otra cosa, y dirigiéndose a su mesa, encima de la cual había un sobre, extrajo de él un largo rizo de cabello castaño claro—. ¿No parece cabello suyo? —dijo acercándose a Clyde, que, sorprendido y turbado, se retiró como frente a una cosa sucia o peligrosa; al cabo de unos momentos se recobró, no sin que los vigilantes ojos de los miembros del jurado advirtiesen

 

su reacción.


—Oh, no tenga miedo —insistió Mason sardónicamente— Es sólo el cabello de su difunto amor.


Impresionado por el comentario, y notando los ojos furiosos del jurado, Clyde tomó el rizo en sus manos.


—Tiene el color y el tacto del cabello de Roberta, ¿no es así? —prosiguió Mason.

—Por lo menos eso parece —replicó Clyde en tono desmayado.


—Y ahora, veamos —continuó Mason, acercándose rápidamente a su mesa y volviendo con la cámara en el objetivo de la cual estaban las dos hebras de cabello de Roberta puestas allí por Burleigh—. Ahora coja usted esa cámara. Es suya, aunque usted negase que lo era, y mire los dos cabellos que hay aquí. ¿Los ve? —y le alargó la cámara como si quisiera golpearle con ella— Quedaron atrapados probablemente en el momento en que usted la golpeó con tanta suavidad que le produjo aquellas heridas en la cara. ¿Puede usted decir al jurado si esos cabellos eran de ella?


—No puedo decirlo —replicó Clyde muy débilmente.


—¿Qué quiere decir eso? Hable con firmeza. No siga siendo un cobarde moral y mental. ¿Son de ella o no?


—No puedo decirlo —replicó Clyde, pero sin mirar siquiera los cabellos.


—Mírelos. Mírelos. Compárelos con estos otros. Sabemos que éstos son de ella. Y usted sabe que los que hay en esta cámara son de ella también, ¿no? No sea tan cobarde. A menudo ha tocado usted sus cabellos en vida. Ella está muerta. Los cabellos no van a morderle. ¿Son esas dos hebras de los cabellos de Roberta? ¿Tienen el mismo color, el mismo tacto, todo? ¡Mire! ¡Conteste! ¿Son o no son?


Clyde, sometido a tal presión y a pesar de Belknap, se vio obligado a mirarlos y a palparlos también. Pero replicó con cautela:


—No podría afirmarlo. El color y el tacto son parecidos, pero no puedo afirmarlo. —Ah, ¿no puede usted? Y, sin embargo, usted sabe que cuando le dio aquel golpe


intencionado con esta cámara esos dos cabellos quedaron prendidos en ella.


—Yo no le di ningún golpe intencionado —insistió Clyde mirando a Jephson—, y no puedo decir nada.


Estaba diciéndose a sí mismo que no se permitiría ser arrollado así por este hombre, pero al mismo tiempo se sentía muy débil y muy enfermo. Y Mason, triunfante por el efecto psicológico, si no por otra cosa, volvió a colocar la cámara y el rizo encima de la mesa y observó:


—Bueno, ha quedado demostrado ampliamente que esos dos cabellos estaban en la cámara cuando fue hallada en el agua. Y usted mismo jura que dicha cámara estaba en sus manos antes de caer.


Dio media vuelta para pensar en alguna otra cosa, algún nuevo punto con el que atormentar a Clyde, y empezó de nuevo:


—Griffiths, con relación a aquel recorrido que hizo usted hacia el sur por los bosques, ¿qué hora era cuando llegó a Three Mile Bay?


—Calculo que las cuatro de la mañana, poco antes de amanecer.


—¿Y qué hizo usted desde aquella hora hasta el momento en que salió el barco? —Estuve dando vueltas.

 

—¿Por Three Mile Bay?

—No, señor, por las afueras.


—Por los bosques, supongo, esperando que la ciudad se despertara y así no llamar mucho la atención, ¿no?


—Bueno, estuve esperando hasta que el sol salió. Además, estaba cansado, así que me senté y descansé un rato.


—Durmió usted bien y tuvo sueños agradables.

—Estaba cansado y dormí un poco.


—¿Y cómo es que sabía usted tanto acerca del barco y de la hora de salida y de todo lo referente a Three Mile Bay? ¿No se había familiarizado usted con esos datos de antemano?


—Bueno, todo el mundo sabe lo del barco que va de Sharon a Three Mile Bay. —Ah, ¿nada más que por eso? ¿No había ninguna otra razón?


—Bueno, al buscar un sitio donde casarnos, los dos nos informamos de ese detalle — replicó Clyde con astucia—, pero no vimos que fuese allí ningún tren. Solamente a Sharon.


—Pero, ¿advirtió usted que estaba al sur de Big Bittern?

—Creo que sí —replicó Clyde.


—Y que la carretera al oeste del parador llevaba hacia el sur, rodeando la parte baja de Big Bittern, ¿también lo notó usted?


—Bueno, me di cuenta después de llegar allí de que había una especie de camino, pero no creí que se tratase de una carretera normal.


—Ya veo, pero entonces, ¿cómo fue que cuando se encontró usted con esos tres hombres en los bosques les preguntó qué distancia había hasta Three Mile Bay?


—Yo no les pregunté eso —replicó Clyde, tal como Jephson le había instruido que dijera—. Les pregunté si conocían algún camino que fuese hasta Three Mile Bay, y a qué distancia estaba. Yo no sabía si aquélla era la carretera o no. —Pues no es eso lo que ellos han declarado aquí.


—No me importa lo que ellos hayan declarado, lo cierto es que eso es lo que les pregunté.


—Parece que, según usted, todos los testigos son unos mentirosos y usted es el único que dice la verdad. ¿No es así? Pero, cuando llegó usted a Three Mile Bay, ¿se paró para comer? Debía usted tener hambre, ¿no es así?


—No, señor, no tenía hambre —contestó Clyde con sencillez.


—Quería usted alejarse de aquel sitio lo antes posible, ¿no? Tenía usted miedo de que aquellos tres hombres pudieran ir a Big Bittern, y al enterarse de lo de la señorita Alden pudieran contar que le habían visto a usted, ¿no es eso?


—No, señor, no es eso. Yo no quería permanecer allí. Ya he dicho por qué.


—Ya veo. Pero después de llegar a Sharon, donde se sentía un poco más seguro, un poco más alejado, le faltó tiempo para ir a comer, ¿verdad? Resultaba agradable comer allí, ¿no es así?


—No sé nada de eso. Me tomé una taza de café y un emparedado.


—Y un pedazo de pastel también, como ya hemos probado —añadió Mason—. Y después de eso se unió usted a la multitud que venía de la estación como si acabase de llegar de Albany, que fue lo que le dijo luego a todo el mundo. ¿No fue así?

 

—Sí, señor, así fue.


—Pues bien, para un hombre inocente que hace tan poco tiempo ha experimentado un cambio de sentimientos, ¿no cree usted que todo eso constituye un terrible cúmulo de precauciones? ¿Por qué ocultarse de esa manera y aguardar en la oscuridad y pretender que venía de Albany?


—Ya lo he explicado todo —insistió Clyde.


El siguiente paso de Mason fue avergonzar a Clyde por haber querido, a pesar de todo lo que ella había hecho por él, inscribir a Roberta en tres registros de hoteles diferentes como la esposa de tres hombres diferentes en tres días distintos.


—¿Por qué no tomaron ustedes habitaciones separadas?


—Porque ella no quería. Quería estar conmigo. Además, yo no tenía mucho dinero. —Incluso así, ¿cómo pudo usted tener tan poco respeto por ella allí, y luego


preocuparse tanto por su reputación después de muerta como para salir huyendo y guardar frente a todo el mundo el secreto, con objeto, como usted dice, de proteger el nombre y la reputación de la joven?


—Señoría —interpuso Belknap—, esto no es una pregunta: es todo un sermón.


—Retiro la pregunta —repuso Mason, y luego prosiguió—: A propósito, ¿admite usted, Griffiths, que es un cobarde mental y moral?


—No, señor, no lo admito.

—¿No lo admite usted?

—No, señor.


—Entonces cuando usted miente, y cuando miente bajo juramento, es usted lo mismo que cualquier otra persona que no sea un cobarde mental y moral, y merece todo el desprecio y el castigo debidos a un perjuro. ¿Es eso correcto?


—Sí, señor. Supongo que sí.


—Bueno, si no es usted un cobarde mental y moral, ¿cómo puede justificar haber dejado a la muchacha en aquel lago después de, como usted dice, haberla golpeado accidentalmente y cuando usted sabía cómo los padres de ella estarían sufriendo por su pérdida, y no decir una palabra a nadie, sino simplemente alejarse, y ocultar el trípode y el traje y escabullirse como un asesino corriente? ¿No pensaría usted que ésa era la conducta de un hombre que ha planeado y ejecutado un asesinato y que está tratando de quitarse de en medio, si oyera acerca de estas acciones cometidas por alguna otra persona? ¿O creería usted que sólo era la estratagema astuta y retorcida de un cobarde mental y moral para evitar los reproches por la muerte fortuita de una muchacha a la que había seducido y cuyas noticias podrían interferir con su propia prosperidad? ¿Qué pensaría usted?


—Lo único que sé es que no la maté —insistió Clyde.

—¡Conteste la pregunta! —tronó Mason.


—Pido al tribunal que advierta al testigo que no necesita contestar semejante pregunta —intervino Jephson, levantándose y fijando su mirada primero en Clyde y luego en Oberwaltzer—, Se trata de algo especulativo y que no tiene verdadera conexión con los hechos de este caso.


—La defensa tiene razón —replicó Oberwaltzer—. El testigo no tiene por qué contestar.


Al oír lo cual, Clyde se limitó a abrir los ojos, muy animado por aquella ayuda

 

inesperada.


—Bueno, pasando a otra cosa —prosiguió Mason, ahora más irritado que nunca por este esfuerzo de parte de Belknap y Jephson para quebrantar la fuerza y significación de todos y cada uno de sus ataques, y tanto más resuelto a no ser vencido—, dice usted que no tenía la intención de casarse con ella, si podía evitarlo, antes de salir de viaje.


—Eso es.

—Que ella quería casarse con usted, pero que usted todavía no se había decidido.

—Eso es.


—Bueno, ¿recuerda usted el libro de cocina y los frascos de pimienta y de sal y las cucharas y cuchillos y demás cosas que ella puso en su maleta?


—Sí, señor, lo recuerdo.


—¿Qué supone usted que pensaba ella cuando salió de Biltz con aquellas cosas en su maleta: que iba a vivir en alguna habitación realquilada, sin casarse, y que usted iría a verla sólo una vez por semana o una vez al mes?


Antes de que Belknap pudiese objetar, Clyde disparó la respuesta adecuada:

—Yo no sé qué pensaría ella.


—¿No es posible que usted le hubiese dicho por teléfono, mientras ella estaba en Biltz, por ejemplo, después que ella le escribió a usted que si no iba a buscarla estaba dispuesta a ir a Lycurgus, que se casaría con ella?


—No, señor, no hice nada de eso.


—Usted no era lo bastante cobarde mental y moralmente como para dejarse arrastrar a una cosa semejante, ¿verdad?


—Yo nunca dije que fuera un cobarde mental y moral.

—Pero no iba a dejarse intimidar por una muchacha a la que había seducido, ¿no es


eso?


—Bueno, yo entonces no creía que mi obligación fuera casarme con ella. —¿Creía usted que no sería tan buena pareja como la señorita X? —Pensaba que no debía casarme con ella si ya no la quería. —¿Ni siquiera para salvar su honor y su propia decencia?


—No creía que pudiésemos ser felices juntos.

—Eso era antes de que tuviese usted aquel gran cambio de sentimientos, supongo.

—Sí, fue antes de que fuésemos a Utica.

—¿Creería usted que no sería tan buena pareja como la señorita X?

—Sí, estaba enamorado de la señorita X.


—Recuerda usted que, en una de aquellas cartas que nunca contestó —y al decir esto, Mason procedió a sacar y a leer parte de una de las siete primeras cartas— ella le escribía esto: «Me siento atribulada y triste por todo, aunque trato de no sentirme así, ahora que ya tenemos nuestro plan y que vas a venir a buscarme como dijiste». Ahora bien, ¿a qué se refería ella cuando escribía «ahora que ya tenemos nuestro plan»?


—No sé, excepto que yo iba a recogerla y llevarla temporalmente a algún sitio. —¿Pero no para casarse con ella, desde luego? —No, yo no había dicho semejante cosa.


—Pero inmediatamente después de eso, ella dice en este misma carta: «Por el camino, en lugar de venir directamente a casa, decidí pararme en Homer para ver a mi

 

hermana y a mi cuñado, ya que no estoy segura de cuándo podré verlos de nuevo, y es preciso que me vean respetable o no me vean ya nunca más». Ahora bien, ¿qué supone usted que quería decir ella con la palabra «respetable»? ¿Vivir en alguna parte en secreto y tener un niño mientras usted le mandaba un poco de dinero, y luego regresar tal vez y presentarse como soltera e inocente o casada y con su marido muerto, o qué? ¿No supone usted que ella se veía ya casada, por algún tiempo al menos, y que al niño le sería dado un nombre? Ese «plan» que ella menciona no puede haber consistido en otra cosa, ¿no le parece?


—Bueno, quizá ella veía así el asunto —replicó Clyde evasivamente—. Pero yo nunca le dije que me casaría con ella.


—Bueno, bueno, dejemos eso por unos minutos —continuó Mason encarnizadamente—. Pero ahora fijémonos en esto: «¿Te importaría mucho venir unos días antes de lo que tenías planeado, querido? Aunque tengamos que arreglarnos con un poco menos, sé que podremos, puesto que el tiempo que estaré contigo no será probablemente más de seis u ocho meses, todo lo más. Te doy mi conformidad para dejarte marchar entonces, ya lo sabes, si ése es tu deseo. Puedo ser muy ahorrativa y económica. Ahora no pueden arreglarse las cosas de otra manera, Clyde, aunque por tu propio bien yo desearía que pudieran». ¿Qué supone usted que significa todo esto, lo de «ahorrativa y económica» y el no dejar que usted se marche hasta después de ocho meses? ¿Vivir en una habitación realquilada e ir usted a verla una vez por semana? ¿O es que había usted dado su conformidad a marcharse con ella e incluso casarse, como la muchacha parecía pensar?


—No lo sé, a menos que ella pensase quizá que podría obligarme —replicó Clyde, haciendo que varios granjeros y jurados rezongasen y gruñesen, tan enfurecidos se sintieron por la palabra «obligarme», que Clyde había dicho sin apenas darse cuenta—. Yo nunca habría dado mi conformidad.


—¿A menos que ella pudiera obligarle? Esa es la manera en que usted pensaba acerca del asunto, ¿no es así, Griffiths?


—Sí, señor.

—¿Juraría usted eso?

—Bueno, ya lo he jurado.


Mason, lo mismo que Belknap, Jephson y el mismo Clyde, sintieron ahora el fuerte desprecio público y la rabia que la mayoría de los presentes habían sentido hacia el acusado desde el principio y que ahora se desencadenaba. Era algo que llenaba la sala. Pero delante de Clyde se extendían todas las horas que Mason necesitaría para entresacar de la masa de declaraciones los aspectos que pudieran atormentar más a Clyde. Y por ahora, mirando sus notas, dispuestas por Earl Newcomb para su conveniencia en forma de abanico sobre la mesa, comenzó de nuevo con otra pregunta:


—Griffiths, en su declaración de ayer, a lo largo de la cual fue usted aleccionado por su defensor, el señor Jephson —al oír esto Jephson se inclinó con ironía—, habló usted del cambio de sentimientos que experimentó después de encontrarse con Roberta Alden en Fonda y en Utica en el mes de julio, justo cuando iniciaron ustedes aquel viaje fatal.


El «sí, señor» de Clyde llegó antes que Belknap pudiese objetar, pero este último consiguió que lo de «viaje fatal» quedase en «viaje».

 

—Antes de ponerse en camino con ella, ya no le gustaba tanto como antes. ¿No era así como estaban las cosas?


—No me gustaba tanto como me había gustado en otra época, señor.


—¿Y cuánto tiempo, desde cuándo, le gustó ella a usted realmente, antes de que empezara a no gustarle, quiero decir?


—Bueno, pues desde que la conocí a ella hasta que conocí a la señorita X. —Pero, ¿no después?


—Oh, no puedo decir que después ya no me gustara en absoluto. Yo la quería algo, creo que bastante, pero no tanto como la había querido. Sentía por ella más lástima que otra cosa.


—Y ahora, veamos, aquello fue entre primeros de diciembre y últimos de abril o mayo, ¿no es así?

—Más o menos.


—Bueno, durante ese tiempo, de primeros de diciembre a primeros de abril o mayo, usted estuvo haciendo vida íntima con ella, ¿no es así?


—Sí, señor.

—¿Aunque ya no le gustara tanto?


—Pues, sí, sí, señor —replicó Clyde vacilando un poco, mientras que los campesinos se agitaban y excitaban ante esta mención del delito sexual.


—Y sin embargo, por las noches, y a pesar de que estaba completamente sola en su pequeña habitación, fiel a usted, como usted mismo ha declarado, lo mismo que podría declarar cualquiera, usted iba a bailes, reuniones, cenas y paseos en automóvil.


—Oh, pero yo no estaba saliendo todo el tiempo.


—¿No? Pues ya ha oído las declaraciones de Tracy y Jill Trunbull, de Frederick Seltz, de Frank Harriet y de Buchard Taylor sobre este punto, ¿no las ha oído usted?


—Sí, señor.

—Bueno, ¿mentían o estaban diciendo la verdad?


—Supongo que estaban diciendo la verdad, en cuanto podía recordar. —Pero no podían recordar muy bien, ¿es eso lo que usted quiere decir?


—Bueno, yo no salía todo el tiempo. Quizá dos o tres veces por semana, en ocasiones cuatro, no más.


—¿Y el resto del tiempo se lo dedicaba usted a la señorita Alden?

—Sí, señor.


—¿Es eso lo que ella quiere decir en esta carta? —Y al decir esto cogió otro sobre, lo abrió y leyó—: «Noche tras noche, casi cada noche después de aquel espantoso día de Navidad en que me abandonaste, he estado sola». ¿Está mintiendo o no está mintiendo? —disparó Mason fieramente.


Clyde, percibiendo el peligro de acusar a Roberta de mentirosa, replicó débilmente y avergonzado:


—No, no está mintiendo. Pero de todos modos yo pasé con ella algunas noches.


—Y sin embargo, usted ha oído a la señora Gilpin y a su marido declarar aquí que, noche tras noche, desde primeros de diciembre, la señorita Alden estaba casi siempre sola en su habitación y a ellos les daba lástima y pensaban que no era natural y trataban que se les uniera, pero ella no quería. Usted les ha oído declarar eso, ¿no es así?

 

—Sí, señor.

—Y sin embargo, ¿usted insiste en que estaba con ella algunas noches?

—Sí, señor.

—Pero que al mismo tiempo amaba a la señorita X y buscaba su compañía.

—Sí, señor.

—Y trataba usted de casarse con ella.

—Quería que se casase conmigo, sí, señor.


—Sin embargo, continuaba usted las relaciones con la señorita Alden cuando sus otros intereses le dejaban a usted tiempo libre.


—Bueno..., sí, señor —vaciló una vez más Clyde, muy turbado por el lamentable retrato de su carácter que estas indiscreciones parecían conjurar, pero sintiendo, sin embargo, al mismo tiempo, que él no era tan malvado, o al menos no había pretendido serlo, como Mason quería hacerle parecer. Otra gente hacía cosas parecidas, y desde luego aquellos jóvenes de la sociedad de Lycurgus se decía que las hacían.


—Bueno, ¿cree usted que su docto defensor escogió un término muy suave cuando le describió como un cobarde moral y mental? —rezongó Mason, y al mismo tiempo, de la parte de atrás de la larga y angosta sala llegó la voz solemne y vengativa de un iracundo leñador:


—Pero, ¿por qué diablos no matan ya a ese maldito canalla y acaban con él de una

vez?


Al punto Oberwaltzer dio la orden de que fuera arrestado el ofensor y que abandonaran la sala todas las personas que no estuvieran acomodadas en sus asientos, lo cual se hizo al instante. Y el ofensor fue detenido y su juicio se señaló para la siguiente mañana.


Después de aquello se hizo el silencio, y Mason continuó:


—Griffiths, usted dice que cuando salió de Lycurgus no tenía ninguna intención de casarse con Roberta Alden, a menos que no pudiese arreglar la cuestión de otra forma.


—Sí, señor. Esa era mi intención por aquel tiempo.

—Por consiguiente, usted estaba bastante seguro de regresar.

—Sí, señor, así es.


—Entonces, ¿por qué empaquetó usted todas sus cosas, las guardó en su baúl y lo cerró con llave?


—Bueno, pues yo... es que... —vaciló Clyde, sorprendido por aquella acusación tan rápida y tan ajena a lo que se había hablado hasta entonces, que apenas tuvo tiempo de concentrar sus ideas—. Pues yo, mire usted, no estaba del todo seguro. Pensé que era po-sible que tuviera que marcharme quisiese o no.


—Ya veo. Y si tuviera que decidirlo allí de repente, como usted hizo —y al decir esto, Mason le miró burlonamente, como diciendo: «¿Piensa que le va a creer alguien?»—, ¿no habría tenido tiempo para volver, empaquetar sus cosas y marcharse?


—No, señor, ésa no era la razón.

—Entonces, ¿cuál era la razón?


—Bueno, mire usted... —y al llegar a este punto, al no haber pensado antes sobre este asunto, así como por falta de ingenio para idear con rapidez una respuesta adecuada y plausible, Clyde vaciló, como notó todo el mundo, en especial Belknap y Jephson, y luego

 

continuó—: Ya que tenía que irme, aunque fuese por poco tiempo, decidí que podría necesitar todas mis cosas a punto por si acaso.


—Ya veo. ¿Está usted completamente seguro de que su deseo de marcharse con rapidez no se debía a que la policía podía descubrir quién era Clifford Golden o Carl Graham?


—No, señor, no era eso.


—Y por consiguiente tampoco le dijo usted a la señora Peyton que iba a dejar la habitación, ¿no es verdad?


—No, señor.


—En su declaración del otro día usted dijo algo acerca de no tener bastante dinero para trasladarse allí y llevarse a la señorita Alden para casarse con ella, aunque el matrimonio sólo fuese a durar seis meses.

—Sí, señor.


—Cuando usted salió de Lycurgus para emprender el viaje, ¿cuánto dinero tenía? —Unos cincuenta dólares.


—¿Unos cincuenta? ¿Es que no sabe usted exactamente cuánto dinero tenía? —Tenía cincuenta dólares, sí, señor.


—Y mientras estuvo usted en Utica y en Grass Lake y bajó luego a Sharon, ¿cuánto dinero gastó?


—Creo que gasté aproximadamente veinte dólares en el viaje.

—¿Es que no lo sabe con seguridad?


—No lo sé exactamente, no, señor, pero debieron de ser alrededor de veinte dólares. —Bueno, veamos si podemos puntualizar eso —prosiguió Mason, y una vez más


Clyde empezó a sospechar una trampa y a ponerse nervioso, porque estaba también la cuestión del dinero que le había dado Sondra y del que había gastado una parte—. ¿Cuánto era el viaje de Fonda a Utica?


—Un dólar y cuarto.


—¿Y qué tuvo usted que pagar por la habitación del hotel de Utica para usted y Roberta?


—Cuatro dólares.


—Y naturalmente, usted tuvo que cenar aquella noche y desayunar a la mañana siguiente. ¿Cuánto le costó eso?


—Fueron unos tres dólares por ambas comidas.

—¿Fue eso todo lo que gastó usted en Utica?


De vez en cuando Mason lanzaba una ojeada a unas anotaciones de las que Clyde no se había dado cuenta.


—Sí, señor.


—¿Qué hay del sombrero de paja que se ha demostrado que usted compró mientras estaba allí?


—Ah, sí, señor, se me había olvidado —dijo Clyde nerviosamente—. Aquello fue dos dólares. Sí, señor.


—Y los billetes hasta Grass Lake le costaron, desde luego, cinco dólares, ¿no es así? —Sí, señor.


—Después usted alquiló un bote en el lago Grass. ¿Cuánto fue aquello?

 

Eran treinta y cinco centavos a la hora.

—¿Y cuánto tiempo lo tuvo usted?

—Tres horas.

—Lo cual hace un dólar y cinco centavos.

—Sí, señor.


—Y luego, aquella noche en el hotel, ¿cuánto le cobraron? Cinco dólares, ¿no es así? —Sí, señor.


—¿Y no compró después el almuerzo que se llevó al lago?

—Sí, señor. Creo que eran unos sesenta centavos.

—¿Y cuánto le costó a usted llegar a Big Bittern?


—Un dólar por el tren hasta Gun Lodge y un dólar para ir los dos hasta Big Bittern en autobús.


—Ya veo que se sabe usted bien esas cifras. Desde luego, era un asunto que le interesaba. Usted no tenía mucho dinero y eso era importante. ¿Y cuánto le costó el billete desde Three Mile Bay a Sharon?


—Me costó setenta y cinco centavos.

—¿Se ha entretenido en sumar todas esas cantidades?

—No, señor.

—¿Quiere hacerlo?

—Bueno, usted sabrá cuánto es, ¿no?


—Sí, señor, lo sé. Son veinticuatro dólares y sesenta y cinco centavos. Dijo usted que había gastado veinte dólares, pero aquí hay una discrepancia de cuatro dólares y sesenta y cinco centavos. ¿Cómo se explica usted esto?


—Bueno, supongo que no sumé con exactitud —dijo Clyde, irritado por la precisión de aquellas cifras irrebatibles.


Pero Mason empezó a preguntar, astuta y suavemente:


—Ah, sí, Griffiths, se me olvidaba contar el bote que alquiló usted en Big Bittern. Estaba ansioso por oír lo que diría Clyde a esto, pues había elaborado


cuidadosamente esa trampa.


—Ah, sí, eso es —dijo Clyde vacilante, pues en Big Bittern, como recordaba ahora, ni siquiera se había molestado en preguntar cuánto le costaría, convencido como estaba entonces de que ni él ni Roberta regresarían. Pero de esta manera caía en la cuenta por vez primera. Y Mason, advirtiendo que lo tenía ya cogido, interpoló con rapidez:


—¿Sí?

A lo cual Clyde replicó, meramente a modo de suposición:


—Pues eran treinta y cinco centavos a la hora, lo mismo que en el lago Grass, según dijo el encargado.


Pero había hablado demasiado aprisa. Y no sabía que allí estaba el encargado, que habría de declarar que Clyde no se había detenido a preguntar el precio del alquiler del bote.


Y Mason continuó:

—Ah, ¿de manera que era así? ¿Se lo dijo a usted el mismo encargado?

—Sí, señor.

—Pero, veamos, ¿no recuerda usted que no le hizo ninguna pregunta en absoluto?

 

No eran treinta y cinco centavos la hora, sino cincuenta centavos. Pero, desde luego, usted no sabe eso porque tenía tanta prisa por verse en el agua que ni siquiera preguntó, y además no esperaba volver y tener que pagar. ¿Lo ve usted? ¿Lo recuerda usted ahora? — Y al decir esto Mason exhibió una factura que había conseguido y la agitó delante de Clyde—. Eran cincuenta centavos la hora —repitió—. Cobran más que en el lago Grass. Pero lo que yo me pregunto es cómo es que no lo sabía usted estando tan seguro de las otras cifras. ¿Cómo no pensó en el gasto que significaría sacar a la muchacha a dar un paseo en bote y alquilarlo desde el mediodía hasta la noche?


El ataque sobrevino tan rápida y enconadamente, que de pronto Clyde se sintió muy confundido. Se apretó las manos, tragó saliva y miró nerviosamente al suelo, avergonzándose al mirar a Jephson, que no le había prevenido contra esto.


—Bueno —barbotó Masón—, ¿tiene alguna explicación que dar sobre este asunto?

¿No le parece extraño, incluso a usted, poder recordar todos sus demás gastos menos éste?


Cada uno de los miembros del jurado estaba en tensión e inclinado hacia delante. Y Clyde, notando su interés y curiosidad, y con toda probabilidad sus agudas sospechas, replicó entonces:


—No sé cómo he podido olvidar eso.


—Oh, desde luego que no lo sabe —rezongó Mason—. Un hombre que está planeando matar a una muchacha en un lago solitario tiene un montón de cosas en las que pensar y no resulta nada extraño que olvide estos detalles. Pero a usted no se le olvidó preguntarle al hombre del barco cuánto era el viaje para Sharon, nada más llegar a Three Mile Bay, ¿no es verdad?


—No me acuerdo si le pregunté o no.


—Pues él se acuerda. Y lo ha declarado. Se molestó usted en preguntar el precio de la habitación de Grass Lake. Preguntó usted el pecio del bote. Incluso preguntó el precio del viaje en autobús hasta Big Bittern. ¡Qué lástima que no preguntase el precio del bote en Big Bittern! Ahora no estaría usted tan nervioso, ¿verdad? —Y al decir esto Mason miró a los jurados, como diciéndoles: «Ya ven ustedes».


—No se me ocurrió pensar en eso —replicó Clyde.


—Una explicación muy satisfactoria, estoy seguro —prosiguió Mason con sarcasmo. Y luego, con toda la rapidez que le fue posible—: Supongo que no se acordará de un gasto de trece dólares y veinte centavos por una comida en el casino el nueve de julio, el día después de la muerte de Roberta Alden, ¿lo recuerda usted?


Mason se mostraba dramático, persistente, vivaz, dándole tiempo apenas para pensar o para respirar, según veía Clyde la cosa.


Al escuchar aquello Clyde casi saltó, tan sorprendido se sintió por aquella pregunta y aquella acusación, pues no sabía que habían descubierto lo de la comida.


—¿Y recuerda usted también —prosiguió Mason— que se le encontraron a usted más de ochenta dólares cuando fue detenido?


—Sí, ahora lo recuerdo —replicó.


En cuanto a los ochenta dólares se había olvidado por completo. Pero entonces no dijo nada, pues no se le ocurría nada que decir.


—¿Qué me dice usted de eso? —prosiguió Mason, encarnizada y salvajemente—. Si sólo tenía usted cincuenta dólares cuando salió de Lycurgus y más de ochenta cuando fue

 

usted detenido, y gastó veinticuatro dólares y sesenta y cinco centavos, más trece en una comida, ¿de dónde sacó usted ese dinero extra?


—Bueno, eso no puedo contestarlo ahora —replicó Clyde sombríamente, porque se sentía vejado y herido.


Aquél era dinero de Sondra y nada le haría confesar de dónde lo había conseguido. —¿Por qué no puede usted contestar? —rugió Mason—. ¿Dónde cree usted que está?


¿Y para qué cree usted que estamos nosotros aquí? ¿Para que usted diga que no puede o que no quiere contestar? Está usted en un juicio, en el que se ventila su vida, no se olvide de eso. No puede jugar a tontas y a locas con la ley por mucho que me haya mentido a mí. Usted está delante de estos doce hombres, que quieren saber. Así pues, ¿qué hay sobre eso? ¿Dónde consiguió usted ese dinero?


—Se lo pedí prestado a un amigo.

—Bueno, díganos su nombre. ¿Qué amigo?


—No puedo decirlo.


—Ah, ¿no puede? Bueno, está usted mintiendo sobre la cantidad de dinero que tenía cuando salió de Lycurgus, eso es evidente. Y además está mintiendo bajo juramento. No se olvide de eso. Ese sagrado juramento que usted respeta tanto, ¿no es verdad?


—No, no lo es —observó finalmente Clyde, totalmente aturdido por aquella acusación—. Pedí prestado aquel dinero después de llegar al lago Twelfth.


—¿Y a quién se lo pidió usted prestado?

—No puedo decirlo.

—Lo que hace que su declaración no sirva de nada —replicó Mason.


Clyde se estaba mostrando muy terco. Había estado bajando la voz y cada vez que Mason le ordenaba que hablase en voz alta y que se volviese para que el jurado pudiera verle la cara, se sentía más y más resentido contra este hombre que trataba de sonsacarle todos sus secretos. Había rozado la cuestión de Sondra, y ella estaba todavía demasiado cerca de su corazón para que él pudiera revelar nada que pudiese perjudicarla. Por eso permaneció mirando con fijeza al jurado, algo retadoramente, mientras Mason se acercaba con unas fotografías.


—¿Recuerda estas fotos? —le preguntó a Clyde, mostrándole algunas copias descoloridas y manchadas de agua, en las que estaba Roberta, junto a otras en las que figuraban Clyde y algunas personas más, ninguna de ellas con el rostro de Sondra, fotografías que fueron hechas en su primera visita al chalet de los Cranston, aparte de otras cuatro tomadas más tarde en el lago Bear, en una de las cuales se le veía en posición de tocar un banjo—. ¿Recuerda usted dónde se hicieron estas fotos? —preguntó Mason, mostrándole primero la de Roberta.


—Sí, lo recuerdo.

—¿Dónde era?

—En la orilla sur de Big Bittern el día que estuvimos allí.


El sabía que estaban en la cámara y les había hablado de aquellas fotos a Belknap y a Jephson, pero de todos modos ahora se sentía no poco sorprendido al ver que habían podido revelarlas.


—Griffiths —continuó Masón—, sus abogados no le dijeron a usted que intentaron pescar esta cámara que usted juraba no llevar consigo antes de que descubrieran que la

 

tenía yo, ¿no es así?

—Ellos nunca me hablaron de eso —replicó Clyde.


—Pues es una lástima. Podría haberles ahorrado muchas molestias. Bueno, éstas son las fotos que encontramos en aquella cámara y que se hicieron después de aquel famoso cambio de sentimientos que usted experimentó, ¿recuerda?


—Recuerdo cuándo se hicieron —contestó Clyde sombríamente.


—Bueno, pues se hicieron antes de que ustedes dos subieran al bote por última vez, antes de que usted le dijera a Roberta lo que quería decirle, antes de que ella fuese asesinada allí, en unos momentos en los que, como usted ha declarado, ella estaba ya muy triste.


—No, aquello era el día antes —protestó Clyde.


—Ah, ya veo. Bueno, de todas maneras estas fotos parecen bastante alegres para una persona tan deprimida como dice usted que ella estaba.


—Bueno, ella no estaba tan deprimida como el día anterior —interpuso Clyde, porque aquello era verdad y él lo recordaba.


—Ya veo. Pero es lo mismo; miremos ahora otras fotos. Estas tres, por ejemplo. ¿Dónde fueron tomadas?


—En el chalet de los Cranston, junto al lago Twelfth, creo. —Exactamente. Y eso fue el dieciocho o el diecinueve de junio, ¿no es así? —El diecinueve, creo.


—Bueno, vamos a ver, ¿recuerda usted una carta que Roberta le escribió el día diecinueve?


—No, señor.

—¿No recuerda usted ninguna carta en especial?


—No, señor.

—Pero todas eran muy tristes, ha dicho usted.

—Sí, señor, lo eran.


—Bueno, ésta es la carta escrita en el momento en que estas fotos fueron tomadas. — Se volvió hacia el jurado—. Me gustaría que el jurado mirase estas fotos y luego escuchase un pasaje de esta carta escrita por la señorita Alden al acusado aquel mismo día. El ha admitido que se negaba a escribir o telefonear a la muchacha, aunque sentía pena por ella —dijo, volviéndose hacia el jurado.


Y después abrió una carta y leyó un largo y triste alegato de Roberta.


—Y aquí tenemos ahora otras cuatro fotos más, Griffiths. —Y le alargó a Clyde las cuatro hechas en el lago Bear— Muy alegres, ¿no le parece? No parecen las fotos de un hombre que acaba de experimentar un gran cambio de sentimientos después de un período de duda, de preocupación y de mala conducta, ni tampoco las de alguien que acaba de ver ahogarse a la mujer que ha tratado tan cruelmente, pero con la que ahora se propone portarse bien. En estas fotos parece que no tuviese usted preocupación alguna en este mundo.


—Bueno, eran fotos de grupo. Yo no podía mantenerme apartado.


—Pero hay esta otra hecha en el agua. ¿No le molestaba a usted lo más mínimo meterse en el agua al segundo o tercer día después de que Roberta Alden se hubiese hundido en el fondo del Big Bittern, y en especial cuando usted había experimentado un

 

cambio de sentimientos tan consolador con respecto a ella?

—No quería que nadie supiese que yo había estado allí con ella.


—Ya estamos enterados de eso. Pero, ¿qué me dice de esta foto del banjo? Mírela. — Y se la alargó—. Muy alegre, ¿no es verdad?


Y entonces, Clyde, dubitativo y asustado, replicó:

—Pero yo no estaba divirtiéndome en lo más mínimo.


—¿No estaba usted divirtiéndose mientras tocaba el banjo? ¿Ni cuando jugaba al golf y al tenis con sus amigos al día siguiente de la muerte de Roberta? ¿Ni cuando estaba comiendo y pagando un almuerzo de trece dólares? ¿Ni cuando estaba con la señorita X, que era donde usted mismo ha declarado que prefería estar?


Las maneras de Mason eran agresivas, punitivas, siniestras, amargamente sarcásticas.

—No entonces precisamente, no, señor.


—¿Qué quiere usted decir con «no entonces precisamente»? ¿No estaba usted donde quería estar?


—Bueno, en cierto modo sí, desde luego —replicó Clyde, pensando en lo que Sondra pensaría cuando leyese esto, pues sin duda lo leería. Todo era publicado cada día en los periódicos. Él no podía negar que había estado con ella y que quería estar con ella. Al mismo tiempo no había sido feliz. ¡Cuán miserablemente infeliz había sido, sumergido como estaba en aquel temor brutal y vergonzoso! Pero ahora debía explicarlo de alguna manera, de forma que Sondra, cuando lo leyese, lo comprendiese, y lo comprendiese también el jurado. Así pues, añadió, mientras tragaba saliva por su garganta seca y se humedecía los labios—: Yo sentía mucho lo de la señorita Alden. No podía ser feliz, no podía serlo. Estaba tratando de conseguir que la gente creyera que no tenía nada que ver con ella, eso es todo. No pude concebir que hubiese otra posibilidad. No quería ser detenido por algo que no había hecho.


—Pero usted sabe que todo eso es falso, usted sabe que está mintiendo —gritó Mason, como si lo hiciera para el mundo entero, y el fuego y la furia de su incredulidad y de su desprecio fuesen suficientes para convencer al jurado, lo mismo que a los espectadores, de que Clyde era el más descarado de los mentirosos—. Usted oyó la declaración de Rufus Martin, el segundo cocinero del lago .Bear.


—Sí, señor.


—Y usted le oyó jurar que les vio a usted y a la señorita X en determinado lugar cerca del lago Bear y que usted la tenía en sus brazos y estaba besándola. ¿Es verdad?


—Sí, señor.


—Y fue exactamente cuatro días después de haber usted dejado a Roberta Alden bajo las aguas de Big Bittern. ¿Tenía usted entonces miedo de ser detenido?


—Sí, señor.

—¿Incluso cuando estaba besándola y teniéndola en sus brazos?

—Sí, señor —replicó Clyde desmayada y desesperadamente.


—Bueno, esto es lo más descarado que tiene uno que oír —barbotó Mason—. ¿Podría alguien imaginarse una cosa así dicha delante de un jurado si no estuviera uno escuchándola con sus propios oídos? ¿Puede usted realmente estar ahí sentado y jurar que podía acariciar y besar a una muchacha y sin embargo sentirse desgraciado por la otra?

 

—Pues así era —replicó Clyde.

—Excelente, incomparable —rugió Mason.


Y entonces, cansadamente y suspirando, extrajo su gran pañuelo blanco una vez más y mirando a la sala en toda su extensión procedió a enjugarse el rostro como si dijera: «Desde luego, ésta es una tarea abrumadora». Acto seguido continuó con más fuerza que nunca:


—Griffiths, ayer juró usted en el estrado de los testigos que no tenía plan alguno de ir a Big Bittern cuando salió de Lycurgus.


—No, señor, no lo tenía.


—Pero cuando ustedes dos llegaron a aquella habitación del Hostal Renfrew, en Utica, y usted vio qué aspecto de cansancio tenía ella, fue usted quien sugirió que una salida de alguna clase, unas pequeñas vacaciones, algo al alcance de sus bolsillos, sería conveniente para ella. ¿No fue así como sucedió?


—Sí, señor. Así fue como sucedió —replicó Clyde.


—Pero hasta ese momento usted no había pensado nunca en la región de Adirondacks específicamente.


—Pues, no, señor, no había pensado en ningún lago en especial. Creí que podríamos ir a algún balneario, porque hay muchos lagos por allí, pero a ninguno en particular.


—Ya veo. Y después de sugerir usted eso, fue ella quien dijo que sería mejor que usted bajase a buscar algunos folletos o mapas, ¿no es así?


—Sí, señor.

—¿Y después de eso usted bajó y los consiguió?

—Sí, señor.

—¿En el Hostal Renfrew, en Utica?


—Sí, señor.


—Y después, al examinar dichos mapas, vieron Grass Lake y Big Bittern y decidieron seguir aquel camino. ¿No fue así?


—Sí, señor, eso es lo que hicimos —mintió Clyde, muy nervioso, deseando no haber declarado que fue en el Hostal Renfrew donde consiguió los prospectos, porque aquello podía esconder alguna trampa.


—¿Usted y la señorita Alden?

—Desde luego.

—Y eligieron ustedes el lago Grass por ser el más barato. ¿Es eso cierto?

—Sí, señor.


—Ya veo. Y ahora, dígame, ¿recuerda usted esto? —preguntó tomando de su mesa una serie de prospectos, todos ellos debidamente identificados como parte de los objetos hallados en la maleta de Clyde en el lago Bear en el momento en que fue detenido y que ahora colocó en las manos del acusado—. Mírelos usted bien. ¿Son éstos los folletos que encontramos en su maleta en el lago Bear?


—Por lo menos lo parecen.


—¿Son ésos los que usted encontró en el vestíbulo del Hostal Renfrew y que subió a la habitación para enseñárselos a la señorita Alden?


No poco asustado por la meticulosidad con que este asunto de los folletos estaba siendo llevado por Mason, Clyde los abrió y los hojeó. Incluso entonces, a causa de que el

 

sello de Lycurgus estaba estampado en rojo de forma muy parecida a la letra impresa del resto del folleto, no se dio cuenta de momento.


Los hojeó una y otra vez y, habiendo decidido que no había ninguna trampa, replicó:

—Sí, creo que son estos mismos.


—Bueno, pues entonces —prosiguió Mason con astucia—, ¿en cuál de éstos encontró usted el anuncio sobre el parador de Grass Lake y los precios que cobraban? ¿No fue en éste?


Y al decir esto le entregó el folleto sellado, abierto por una página sobre la que el mismo Mason indicaba con su pulgar izquierdo el anuncio exacto sobre el que Clyde había llamado la atención de Roberta. También en el centro había un mapa mostrando las Montañas Indias junto con los lagos Twelfth, Big Bittern y Grass, así como muchos otros, y al fondo de aquel mapa una carretera claramente indicada desde Grass Lake y Gun Lodge hacia el sur, que rebasaba el extremo sur de Big Bittern hasta llegar a Three Mile Bay. Al ver esto de nuevo después de tanto tiempo, Clyde decidió que Mason quería sorprenderle en cuanto al conocimiento que pudiera tener de aquella carretera, y un poco vacilante y temeroso, replicó:


—Sí, puede que sea éste. Lo parece. Supongo que lo es.


—¿No sabe usted con certeza si lo es? —insistió Mason, sombría y sibilinamente—. ¿No puede usted decir por la lectura del anuncio si lo es o no?


—Bueno, parece que lo es —replicó Clyde evasivamente después de examinar el anuncio que le había inclinado hacia Grass Lake en primer lugar—. Supongo que lo es.


—Supone, supone. Ahora se muestra un poco más prudente, ahora que estamos llegando a algo práctico. Bueno, mire detenidamente el mapa de nuevo y dígame qué es lo que ve. Dígame si no ve una carretera bien marcada y que lleva hacia el sur partiendo de Grass Lake.


—Sí —replicó Clyde un tanto sombría y amargamente al cabo de un rato, tan dolido y martirizado estaba por este hombre que se mostraba resuelto a llevarle a la tumba.


Pasó un dedo por el mapa y fingió mirar donde se le indicaba, pero sólo veía lo que mucho antes había visto en Lycurgus, poco antes de salir para Fonda a fin de encontrarse con Roberta. Y ahora aquello era usado contra él.


—¿Y adonde lleva esa carretera, por favor? ¿Le importa a usted decirle al jurado de dónde a dónde va esa carretera?


Y Clyde, nervioso y asustado, replicó después:

—Bueno, va desde Grass Lake a Three Mile Bay.


—¿Y qué otros sitios o lugares están cerca o de camino? —continuó Mason, mirando por encima de su hombro.


—Gun Lodge, eso es todo.


—Pero, ¿qué me dice de Big Bittern? ¿No está muy cerca cuando se llega ya al sur? —Sí, señor, lo está.


—¿Nunca ha tomado notas o estudiado este mapa antes de ir a Grass Lake desde Utica? —insistió Mason, en tono forzado.


—No, señor, nunca lo vi antes.

—¿Nunca supo que la carretera iba por allí?

—Bueno, puede que lo supiera —replicó Clyde—, pero si es así, nunca le presté la

 

menor atención al asunto.


—Y desde luego, nunca pudo darse la circunstancia de que usted hubiera visto o estudiado este folleto y esta carretera antes de salir de Utica, ¿no es así?


—Nunca lo vi antes.

—Ya comprendo. ¿Está usted seguro de eso?

—Sí, señor. Lo estoy.


—Bueno, pues entonces, ¿quiere usted explicarme o explicarle al jurado, si es que puede hacerlo, y bajo el juramento solemne que usted respeta tanto, cómo es que este folleto tiene el sello de Lycurgus?


Y al decir esto dobló el folleto y presentó su anverso, mostrándole a Clyde el sello rojo que había entre las otras letras de imprenta. Y Clyde, al verlo, lo miró como alguien que está en un trance. Su rostro pálido se puso ahora gris. Sus largos dedos delgados se abrieron y cerraron, sus hinchados, cansados y enrojecidos párpados se abrieron y cerraron una y otra vez tratando de alejar la presencia del hecho condenatorio que estaba ante su vista.


—No comprendo —dijo débilmente al cabo de un rato—. Debe de haber sido en el vestíbulo del Hostal Renfrew.


—Ah, debe de haber sido. Y si yo traigo aquí dos testigos para que juren que el tres de julio, tres días antes de que usted saliera de Lycurgus para Fonda, entró usted en el hotel de Lycurgus y cogió cuatro o cinco folletos de los que estaban en la mesa del vestíbulo, ¿seguirá usted diciendo que «debe de haber sido en el vestíbulo del Hostal Renfrew» el seis de julio?


Después de esto, Mason hizo una pausa y miró triunfalmente en torno como si dijera: «Venga, conteste si puede». Clyde, conmocionado, rígido y sin respiración, se vio obligado a aguardar por lo menos quince segundos antes de poder controlar lo bastante sus nervios y su voz para replicar:


—Bueno, pues ya se lo dije. Yo no los cogí en Lycurgus.


—Muy bien. Pero mientras tanto dejemos que estos señores echen una mirada al folleto. —Y se lo alargó al presidente del jurado, que a su vez se lo pasó al miembro que estaba a su lado, y así sucesivamente, mientras un murmullo claro y persistente se extendía por toda la sala.


Y cuando hubieron concluido, y para gran sorpresa del auditorio, que estaba esperando más ataques y revelaciones, Mason se volvió y dijo:


—Eso es todo.

Y muchos de los espectadores empezaron a cuchichear:

—Está cogido, está cogido.


El juez Oberwaltzer inmediatamente anunció que a causa de lo avanzado de la hora, y en vista de que había un cierto número de testigos adicionales de la defensa, así como otros de la acusación, preferiría dar por terminada la sesión. Y tanto Belknap como Mason dieron con gusto su conformidad. Clyde, después que las puertas de la sala se cerraron, descendió acompañado por Kraust y Sissel y fue conducido por ellos por la misma puerta y escalera sobre las que llevaba tiempo pensando. Y una vez desapareció, Belknap y Jephson se miraron sin decir nada hasta que estuvieron encerrados en su oficina. Belknap empezó por decir:

 

—No ha sabido aguantar hasta el final. Ha sido la mejor defensa posible, pero no ha tenido bastante valor. Es algo que no va con él, eso es todo.


Y Jephson, dejándose caer con pesadez sobre la silla, todavía con el abrigo y el sombrero puestos, dijo:


—No, ésa no es la verdadera dificultad. Debe de ser que realmente la mató. Pero supongo que no podemos abandonar el barco ahora. En cierto sentido se ha portado mejor de lo que yo esperaba.


Y Belknap añadió:

—Bueno, mañana haré mi mejor requisitoria, y eso es todo.

Jephson replicó con cansancio:


—Eso está bien, Alwin, es lo que más cuadra contigo. Siento que no se pueda hacer más. Pero mientras tanto creo que debo ir a la cárcel para tratar de animarle un poco. No puede dejársele que mañana tenga un aspecto demasiado abatido o derrotado. Debe erguirse y hacer sentir al jurado que él, por su parte, siente que no es culpable, aunque ellos piensen lo contrario.


Y poniéndose en pie metió las manos en los bolsillos de su largo abrigo y a pesar de la oscura y fría noche invernal fue a ver a Clyde.




CAPÍTULO 26


El resto del juicio consistió en el testimonio de once testigos: cuatro para Mason y siete para Clyde. Uno de los últimos, el doctor A. K. Sword, de Rehobeth, estaba por casualidad en Big Bittern el día que el cuerpo de Roberta fue llevado al varadero de los botes y declaró que lo había visto y examinado y que las heridas parecían producidas por el golpe que Clyde admitía haber asestado accidentalmente, y que desde luego, la señorita Alden se ahogó totalmente consciente, y no inconsciente, como el fiscal quería hacer creer al jurado, afirmación que hizo que Mason organizara una encuesta acerca del expediente médico de aquel caballero, el cual, desgraciadamente, no era tan impresionante como debía haber sido. Se había graduado en una escuela de segundo orden de Oklahoma y desde entonces había practicado siempre en una pequeña ciudad. Otro de los testigos fue uno de los granjeros que ayudó a transportar el cuerpo de Roberta desde Big Bittern hasta Gun Lodge, el cual afirmó muy seriamente que el camino estaba en muy malas condiciones, por lo que Belknap pudo aducir que ésa debía ser una causa de la gravedad de las heridas de la cabeza y del rostro de Roberta. Este testimonio fue puesto en entredicho por las manifestaciones de otro testigo de Mason, quien juró que en el camino no había baches ni grandes desigualdades. Comparecieron una vez más los encargados de la fábrica Griffiths para decir que la conducta laboral de Clyde había sido valiosa y de gran fidelidad, sin que hubiesen observado en él nada malo. Luego comparecieron otros testigos que manifestaron que la conducta social de Clyde había sido irreprochable.


Finalmente, después de bordear muchos puntos difíciles o peligrosos, llegó el momento en que Belknap tuvo que decir su última palabra a favor de Clyde, insistiendo en lo de la cobardía moral y mental. Desde luego, no se había portado bien con la señorita Alden, pero había muchos hombres que en su vida amorosa se habían comportado con

 

mayor crueldad que este joven, sin que por eso nadie pensara en ahorcarlos. Tanto un sexo como otro suelen ser crueles en la vida amorosa.


En cuanto al crimen en sí, después de pasar con rapidez sobre el tema de los prospectos, así como sobre el precio del alquiler del bote en Big Bittern, explicó lo del trípode y la falta de ayuda a Roberta como meros accidentes del azar o de falta de memoria: Clyde se había aturdido y asustado fatal pero no criminalmente en un momento de su vida en que no debería haber vacilado. En resumen, una defensa bastante fuerte, aunque casuística, que no carecía de méritos y de persuasión.


Y luego Mason, llameando con el covencimiento de que Clyde era un asesino del tipo más frío y siniestro, empleó todo un día en «desenmarañar el tejido de mentiras y declaraciones infundadas» con. que la defensa esperaba apartar de las mentes del jurado las sustanciosas pruebas con que la acusación había demostrado que «este hombre hecho y derecho» era en realidad un asesino con las manos manchadas de sangre.


Y luego Oberwaltzer se levantó de su alto asiento y dio las instrucciones apropiadas a los jurados, siendo la más interesante la siguiente:


—Si el jurado encuentra que Roberta Alden accidental o involuntariamente se cayó del bote y que el acusado no realizó tentativa alguna para salvarla, eso no hace que el acusado sea culpable, y el jurado deberá declarar al acusado no culpable. Por otra parte, si el jurado halla que el acusado, de alguna manera, intencionadamente, en aquel momento, actuó o contribuyó de forma que el fatal accidente, por un golpe o de otra manera, tuviese lugar, deberá hallar al acusado culpable.


Tras lo cual el jurado se levantó y salió de la sala a las cinco de la tarde. Y Clyde inmediatamente fue llevado a su celda, antes de que el auditorio propiamente dicho pudiese abandonar el local. Pues el sheriff tenía siempre miedo de que el preso pudiera ser atacado. Y después de lo dicho hubo de esperar cinco horas en su celda, andando de un lado a otro, o fingiendo que leía o descansaba, mientras los guardianes permanecían vigilando en silencio.


Mientras tanto el juez, Mason y la defensa, con sus compañeros y amigos, cenaban en distintas habitaciones del hotel Central, aguardando impacientemente a que el jurado se pusiera de acuerdo.


Y los doce hombres, granjeros, escribientes y tenderos, reconstruían para su propia satisfacción los argumentos aducidos por Mason, Belknap y Jephson. Sólo uno de los doce, Samuel Upham, simpatizaba con la defensa. Pero después de cinco votaciones se le amenazó con el escándalo y la reprobación pública en caso de que disintiera del parecer unánime del jurado. En vista de lo cual, decidió que lo mejor sería darse por convencido y conformarse al parecer de los otros.


Tras de lo cual el presidente del jurado dio los golpes rituales en la puerta que separaba aquella habitación de la sala de la audiencia. A toda prisa volvieron el juez, Mason y la defensa, y Clyde fue traído de la cárcel, agolpándose en el auditorio gran cantidad de periodistas, fotógrafos y público en general. Tras lo cual fue abierta la puerta de la habitación del jurado y los doce hombres tomaron asiento en su correspondiente tribuna. Sólo se pusieron en pie cuando el secretario les preguntó:


—Señores del jurado: ¿Se han puesto ustedes de acuerdo sobre el veredicto? — observándose entonces que ninguno de ellos miraba en dirección de Belknap, Jephson o

 

Clyde, lo que Belknap interpretó de inmediato como un signo fatal. —Todo está perdido —le susurró a Jephson— Culpable. Estoy seguro. Entonces el presidente del jurado anunció:


—Nos hemos puesto de acuerdo. Hallamos que el acusado es culpable de asesinato. Clyde, totalmente aturdido, pero tratando de mantener su compostura y permanecer


sereno, miraba hacia el jurado y más allá, parpadeando apenas. Porque la noche anterior Jephson le había dicho en la celda, al verlo tan deprimido, que si el veredicto del jurado resultaba desfavorable, no tendría importancia, ya que desde el principio mismo había sido un juicio parcial, en el que la política había desempeñado un gran papel, y una apelación no dejaría de surtir efecto.


Clyde trataba de aferrarse a aquel consuelo, pero no podía dejar de pensar lo que significaría que le fuese denegado un nuevo juicio. Significaría la muerte en aquella silla que desde hacía tanto tiempo obsesionaba sus días y sus noches. Y entonces aquellas pa-labras del jurado serían las definitivas. Pero Jephson se inclinó hacia delante y le susurró:


—No te preocupes. Todavía no es el final. Podremos conseguir una anulación.


Pero Clyde pensaba en su madre. Ahora se enteraría de todo, porque los periódicos no dejarían de pregonarlo con gran estruendo. ¿Y qué iban a pensar ahora los Griffiths, su tío y Gilbert? ¿Y Sondra? Ni siquiera una palabra suya. Y eso que él no había hecho más que insistir en la pasión que le abrasaba y que había sido la verdadera causa de todo. Pero ella no le enviaba ni una sola línea. Y no se la enviaría nunca, a pesar de haber estado dispuesta a casarse con él y a dárselo todo.


Mientras tanto la multitud, aunque silenciosa, se sentía intensamente satisfecha. Aquel diablo no se había escapado. Los doce hombres honrados se habían puesto de acuerdo. Belknap hizo a continuación la sugerencia de que la sentencia fuera aplazada hasta el viernes siguiente, una semana después. El juez Oberwaltzer dijo que no veía razón alguna para ello, pero que de todos modos al día siguiente se discutiría la cuestión.


A Clyde aquel punto no le interesaba. Estaba pensando en su madre y en lo que ésta sentiría. Él le había estado escribiendo con regularidad, insistiendo siempre sobre su inocencia y diciéndole que no creyera nada de lo que aparecía en los periódicos y que con toda seguridad iba a ser absuelto. Pero ahora todo el mundo le había abandonado. Estaba terriblemente solo. Debía decirle algo rápidamente. Le pidió a Jephson un pedazo de papel y un lápiz y escribió:


«Señora de Asa Griffiths, Misión de la Esperanza, Denver, Colorado. Querida madre:

Me han condenado, Clyde.»


Le pidió a Jephson que se ocupara de que aquel telegrama fuese enviado de inmediato.


—No te preocupes, hijo mío, se mandará ahora mismo —replicó Jephson, conmovido por su aspecto.


Y después de aquello, mientras se cerraban las puertas al público, Clyde fue conducido de nuevo a la prisión, mientras la multitud aplaudía a Mason con hurras que resonaban en la celda como una condenación definitiva.


Aplaudían a Mason y le condenaban a él. No había nadie en aquella muchedumbre

 

que no le creyese total y absolutamente culpable. Roberta, sus cartas, su empeño en casarse con él, su miedo gigantesco al escándalo le habían arrastrado a esto. A la condena. A la muerte quizá. Le habían apartado de tolo lo que había anhelado durante tanto tiempo, apartado de todo lo que había soñado poseer. ¡Sondra, Sondra! ¡Ni una sola palabra, ni una sola palabra! Y temiendo que sus vigilantes pudieran verle derrumbarse del todo se sentó y fingió leer una revista, aunque en realidad eran otras imágenes las que veía: la de su madre, la de sus hermanos y hermanas, la de los Griffiths, todo lo que había conocido. Pero hallándolas excesivas, se levantó por fin, se despojó de su traje de paisano y se embutió en su vestimenta carcelaria.


¡Condenado, condenado! Aquello significaba que tenía que morir. ¡Dios mío! ¡Pero qué bendición poder ocultar el rostro en una almohada y que nadie pudiese verle a uno por muy escrutadoramente que mirase!




CAPÍTULO 27


La campaña de los periódicos convenció al público de costa a costa de que Clyde había sido condenado con justicia. Incluso los Griffiths de Denver se sentían tan impresionados por el cúmulo de pruebas, que apenas se atrevían a leer los periódicos. Sin embargo, tras el discurso de Belknap y la propia declaración de Clyde, la familia se esforzó en creer en su propio hijo y hermano a pesar de lo que previamente habían leído contra él. Pero una vez convicto y después del desesperado telegrama que comunicaba lo mismo que confirmaron los periódicos, una consternación absoluta se apoderó de la familia Griffiths. Porque, ¿no era esto la prueba? Todos los periódicos parecían pensar lo mismo.


La señora Griffiths se había trasladado a una parte alejada de Denver huyendo de la curiosidad de los periodistas, pero alguien la había descubierto. Y entonces, aquella mujer, refugiada en un cuarto mísero, donde la penuria alzaba su faz, hundida por las fuerzas de la vida y los golpes brutales del destino, pero serena en su confianza en Dios, declaró:


—No puedo pensar esta mañana. Estoy aturdida y las cosas me parecen extrañas. ¡Mi hijo declarado culpable de asesinato! Pero yo soy su madre y de ninguna manera estoy convencida de su culpa. El me ha escrito que no es culpable y yo le creo. ¿Y a quién iba él a hablarle con sinceridad si no a mí? Pero arriba está Dios que ve todas las cosas y que lo sabe todo.


Pero al mismo tiempo estaba la larga lista de pruebas irrebatibles: lo de aquel folleto, lo de no haber ayudado a la muchacha, a pesar de nadar él tan bien, lo de dirigirse tan rápidamente a la misteriosa señorita X. A pesar de todo ella tenía que seguir creyendo en su primogénito, no podía dudar de él ni siquiera ahora. Antes de marcharse de la misión, huyendo de la curiosidad de los periodistas, hacía faenas de limpieza por las distintas habitaciones, rezando en todo momento.


Pero al mismo tiempo que rezaba no dejaba de pensar en aquella muchacha a la que se decía que Clyde había matado. «¿Qué clase de muchacha era? ¿No había pecado ella también? ¿Y no era mayor que Clyde? Una muchacha fuerte y buena no debería haber consentido. El jurado está formado de hombres. He leído la defensa de sus abogados. Mi hijo me ha dicho en sus cartas que no es culpable. Creo en mi hijo. Estoy convencida de

 

que es inocente.»


Por su parte el padre apenas comprendía lo que pasaba. Nunca había entendido a Clyde ni sus febriles fantasías, y prefería no discutir la cuestión.


Uno de los periodistas que vino a visitarla le preguntó por qué no había estado presente en el juicio y si es que no tenía dinero para ir.


—No tenía dinero —replicó ella con sencillez— Por lo menos no tenía bastante. Y además, me aconsejaron que no fuera, que no me necesitaban. Pero ahora... ahora tengo que ir como sea. ¿Querrá uno de ustedes ponerme un telegrama, si yo le doy el dinero?


Uno de los periodistas se brindó de inmediato a colaborar, y ella escribió:


«Clyde, confía en Dios. Todas las cosas son posibles para Él. Apela inmediatamente. Lee el salmo 51. Otro juicio demostrará tu inocencia. Iremos pronto junto a ti. Padre y madre.»


Ansiosamente los periodistas copiaron el telegrama.


Al mismo tiempo, los Griffiths de Lycurgus, habiendo sido consultados en cuanto a la conveniencia y coste de un nuevo juicio, no se mostraron interesados en ello lo más mínimo. El calvario que estaban pasando no era pequeño. El futuro social de Bella y de Gilbert se veía completamente arruinado por aquel crimen cometido por uno de sus parientes y el negocio había sufrido grandes pérdidas.


Aquella desgracia sólo podía ser superada yéndose de Lycurgus y empezando una nueva vida en otra parte. Por eso, incluso antes de que el juicio terminase, Samuel y Gilbert Griffiths decidieron trasladar la fábrica al sur de Boston, por lo menos hasta que se olvidara la vergüenza de todo aquello.


Consiguientemente, toda ayuda exterior fue rehusada a Clyde de una manera absoluta, lo que hizo pensar a Belknap y Jephson que ellos, por su parte, no podían continuar dedicando su valioso tiempo a un asunto sin ninguna ventaja práctica. Decidieron avisar a la madre de Clyde por si ésta pudiera conseguir de alguna forma el dinero necesario para hacer la apelación. Y la señora Griffiths, mientras rezaba de rodillas, tuvo un pensamiento acertado. Los periódicos habían estado persiguiéndola incesantemente para que les concediera entrevistas. Esos mismos periódicos habían enviado a sus reporteros al juicio. ¿Por qué no podía encargarse de ese trabajo ella, la propia madre? ¿No sabía ella leer y escribir? ¿Cuántos folletos había escrito personalmente?


Animada por esta idea se fue a ver al editor de uno de los periódicos más importantes, que la escuchó con respeto y simpatía. Le propuso emplearse como corresponsal durante un período de tres semanas, pagándole todos los gastos. Un ayudante la acompañaría para instruirla sobre la manera de efectuar sus informes. También sería el encargado de entregarle dinero en metálico. Podría marcharse esta misma noche si le parecía, cuanto antes mejor. El periódico querría tener una fotografía o dos de ella antes de marcharse. Mientras el otro hablaba ella escuchaba con los ojos cerrados y alzaba la cabeza. Estaba dando gracias a Dios que había contestado de una manera tan rápida a su súplica.

 


CAPÍTULO 28


Bridgeburg y su estación, y un lento tren del que baja una mujer, cansada y absorta, después de la medianoche del 8 de diciembre. Un frío cruel y estrellas brillantes. Un encargado la dirigió hacia el hotel Central de Bridgeburg, indicándole las calles que había de atravesar. El empleado de noche del hotel le facilitó inmediatamente una habitación y, una vez que supo quién era, le indicó dónde estaba la cárcel del condado. Pero ella decidió, después de meditarlo, que no era ésta la hora más oportuna. Clyde podía estar durmiendo. Se iría a la cama y se levantaría por la mañana temprano. Ya le había enviado varios telegramas.


A las siete de la mañana se levantó y a las ocho se presentó en la cárcel con las cartas, los telegramas y las credenciales en la mano. Y los oficiales de la prisión, después de examinar las cartas y de convencerse de su identidad, le notificaron a Clyde la presencia de su madre. Él, deprimido y desolado, al escuchar esta noticia, acogió gozosamente el pensamiento de que ella estaba allí, si bien al principio había temido su llegada. Porque ahora las cosas eran diferentes. Toda la larga y horrible historia había sido contada. Y a causa de la plausible explicación que Jephson le había facilitado, tal vez podría hacer frente a su madre, y decir sin titubeos que era verdad, que él no había planeado matar a Roberta, que no la había dejado morir en el agua. Luego se apresuró a bajar a la sala de visitas, donde, por cortesía de Slack, se le permitió hablar con su madre a solas.


Al ver cómo ella se levantaba a su llegada, se apresuró a ir a su encuentro, sintiendo no pocas dudas en su alma confusa y turbada, pero confiando también en que iba a encontrar en el corazón de su madre refugio, simpatía, quizá ayuda y ninguna crítica. Y exclamó con dificultad haciéndosele un nudo en la garganta:


—¡Caramba, mamá! Estoy muy contento de que hayas venido.


Pero ella estaba demasiado conmovida para poder hablar. Tenía en sus brazos al hijo condenado, y se limitó a reclinarle la cabeza sobre sus hombros y luego alzó la mirada. Dios le había concedido todo esto. ¿Por qué no le había de conceder más? La libertad definitiva de su hijo, o si no, por lo menos, un nuevo juicio, una consideración imparcial de las pruebas a su favor y que, desde luego, todavía no se habían presentado. Y así permanecieron algunos momentos.


Luego le dio noticias de casa, del motivo de su presencia aquí, de la obligación que tenía como corresponsal de hacerle una entrevista y más tarde de estar con él en el tribunal en el momento en que se pronunciara la sentencia, cosa ésta que sobresaltó a Clyde. Pero luego, como ella le estuvo diciendo, quedó claro que su futuro dependía sólo de lo que hiciera su madre. Los Griffiths de Lycurgus habían decidido no seguir ayudándole. Pero ella estaba dispuesta a luchar hasta el final. Ahora bien, para poder afrontar al mundo y al Señor con una cara justa, ella debía saber ahora claramente si él había golpeado a Roberta adrede o sin intención.


Clyde, lleno de un temor respetuoso ante la honradez de su madre, que nunca había comprendido del todo, declaró, con un secreto escalofrío en su corazón, que lo que había dicho era la verdad. No había hecho ninguna de aquellas cosas de las que se le acusaba. Pero ella se dio cuenta de que vacilaba un poco. No estaba tan seguro como ella había

 

esperado, no, allí había algo turbio que a ella la dejaba helada.


Clyde no se mostraba lo bastante convincente. Era posible que lo hubiese planeado todo. Pero una madre no podía concebir tales pensamientos. Tenía que seguir luchando y él debía creer y rezar. ¿Tenía una Biblia? ¿La leía? Clyde le aseguró que tenía una y que la leía.


Ahora ella tenía que ir a ver a los abogados, después mandar su crónica y luego volvería. Una vez en la calle fue interrogada por varios periodistas, que le preguntaron para qué había venido. ¿Creía ella que el juicio había sido bien llevado? ¿Por qué no había venido antes? Y la señora Griffiths, con sus modos directos, serios y maternales, les dijo por qué estaba allí y por qué no había venido antes.


Pero ahora que ya estaba aquí, pensaba quedarse. El Señor proveería los medios para la salvación de su hijo, de cuya inocencia ella estaba convencida. Les pidió a los periodistas que rezaran por su triunfo, y los periodistas, muy conmovidos, la describieron tal como era: una mujer de edad madura, casera, religiosa, resuelta, sincera, seria y con una fe conmovedora en la inocencia de su hijo.


Pero los Griffiths de Lycurgus, al enterarse de su llegada, lo consideraron como un golpe más. Clyde, en su celda, al leer los periódicos, se sintió algo conturbado por la gran publicidad desarrollada en torno suyo; pero a causa de la presencia de su madre, se resignó, y al cabo de algún tiempo se sintió hasta feliz. Cualesquiera que fuesen sus faltas o defectos, después de todo era su madre, ¿o no? Y había venido para ayudarle. Que el público pensara lo que quisiera. El estaba a las puertas de la muerte y ella, por lo menos, no le había abandonado. Además, aquella habilidad repentina para contratarse de esta forma en un periódico de Denver tenía verdadero mérito.


Por lo menos ella nunca había hecho nada por el estilo. ¿Y quién sabe si podría ser capaz de conseguirle un nuevo juicio con el que salvarle la vida? ¿Quién podía saberlo? Sin embargo, ¡cuánto había pecado él contra ella!


Por el contrario, Belknap y Jephson, al tener su primer encuentro con ella, no se sintieron tan impresionados. Por la razón que fuera no se habían imaginado una figura tan ruda, inculta, y sin embargo tan convencida. Los zapatones recios y bastos. El sombrero torcido. La vieja chaquetilla marrón. Pero al cabo de unos momentos se sintieron conmovidos por su seriedad y su fe, su amor a su hijo, y por sus puros e inquisitivos ojos azules.


¿Creían ellos que su hijo era inocente o creían que era culpable? Ellos le aseguraron que estaban convencidos de la inocencia de Clyde, pero le dijeron que una apelación costaría por lo menos dos mil dólares. Luego se les ocurrió a Belknap y Jephson que una mujer tan religiosa bien podría dar una conferencia para reunir fondos con que acudir en auxilio de su hijo. Y ella, con las mejillas arreboladas y los ojos brillantes, dijo que lo haría, que lo intentaría, que no tenía más remedio que intentarlo.


A la mañana siguiente Clyde fue conducido ante el tribunal para escuchar la sentencia, y a la señora Griffiths se le dio un asiento a su lado, y provista de papel y lápiz se dispuso a tomar notas en una escena indescriptiblemente presenciada por una gran multitud. ¡Su propia madre! ¡Actuando como periodista! Algo absurdo, grotesco, carente de sensibilidad, incluso repulsivo en una familia semejante. Sobre todo pensando que los Griffiths de Lycurgus eran parientes tan próximos.

 

Pero Clyde se sentía animado por su presencia, porque ella le había hablado de su plan para conseguir dinero. Por eso, cuando el juez Oberwaltzer le hizo la pregunta ritual:


—¿Tiene usted algún motivo para creer que la condena no debería ser pronunciada contra usted conforme a derecho?


Clyde, aunque es cierto que Jephson se lo había aconsejado, para asombro de su madre y del auditorio, declaró con voz firme y clara:


—Soy inocente del crimen de que se me acusa. Yo nunca maté a Roberta Alden y por lo tanto creo que no debería dictarse esa sentencia.


Pero Oberwaltzer, sin mostrar la menor sorpresa o vacilación, continuó:

—¿Quiere decir algo más?

—No —replicó Clyde después de un momento de duda.


—Clyde Griffiths —concluyó entonces el juez—, el fallo de este tribunal es que usted, Clyde Griffiths, sea sentenciado a la pena de muerte por el asesinato de Roberta Alden, y se ordena que, dentro de diez días a partir de esta sesión, el sheriff de este condado de Cataraqui le entregue a usted, juntamente con el auto de este tribunal, al agente y guardián de la prisión estatal de Nueva York, en Auburn, donde será mantenido en aislamiento hasta la semana que empieza el lunes veintiocho de enero de mil novecientos..., y en un día de la semana así designada, el susodicho agente y alcaide de la prisión estatal de Nueva York, en Auburn, recibirá la orden de ejecutarle a usted, Clyde Griffiths, en la forma y manera prescritas por las leyes de Nueva York.


Hecho esto, se cruzaron una sonrisa de la señora Griffiths a su hijo y una sonrisa de respuesta de Clyde a ella. Porque él tenía que ser realmente inocente, ya que así lo había dicho. El no había golpeado a Roberta. Por tanto no era culpable. Sin embargo, se lo volvieron a llevar a la celda.


Tras lo cual la madre se reunió con algunos muchachos de la prensa, que la ayudaron a preparar sus impresiones en la forma que suponían sería del agrado del periódico de Denver.


Dos días más tarde Clyde fue trasladado a Auburn, donde sería retenido hasta que se celebrara un nuevo juicio o fuera ejecutado. En aquella nueva prisión se cuidaron de que tomara un baño y de que le fuera cortado el cabello, y se le dio un uniforme de preso junto con el número 77221, tras lo cual fue trasladado a la celda correspondiente.




CAPÍTULO 29


La «Casa de la Muerte» en aquella prisión especial era, como todas las instituciones por el estilo, un edificio donde se sufría no sólo la muerte ordenada en la sentencia, sino muchas otras muertes antes. No existía intimidad alguna, y en cuanto a visitas no había más que la de un sacerdote que venía por las mañanas y por las tardes, y con menos regularidad un rabino y un pastor protestante, cada uno de los cuales ofrecía sus simpatías o servicios al que quería aceptarlos.


Al principio Clyde se dio escasa cuenta del horror que imperaba allí. Para aliviar su carga su madre llegó al mediodía del día siguiente a su entrada en la prisión, cosa que le fue concedida por una recomendación del juez Oberwaltzer y solícitas cartas de Belknap y

 

Jephson.


Cuando vio la apariencia tan cambiada y decaída de Clyde, tembló y vaciló, y sus labios y barbilla se agitaron nerviosamente. A pesar de toda su fuerza no pudo evitar echarse a llorar.


Clyde intentó consolarla, aunque por dentro estaba destrozado.


La señora Griffiths trató de reponerse y le dijo que estaba procurando todo lo necesario para la apelación. Iba a pronunciar una conferencia y de esa manera conseguiría medios para costear los gastos. Muchas iglesias la ayudarían a conseguir la suma necesaria. No debían desesperar. Tenía que leer la Biblia y creer siempre en que Dios no le negaría su ayuda.


Más tarde ella se detuvo un momento fuera de la prisión para mirar los altos y grises muros, las torres de los centinelas, las ventanas de barrotes y las puertas. Una prisión. Y su hijo estaba ahora dentro; peor que eso: estaba confinado en aquella «Casa de la Muerte».


Y condenado a morir en la silla eléctrica. Pero no, aquello no podía ser. Aquello no podía ser. Había que apelar. Había que conseguir el dinero. Tenía que ocuparse inmediatamente de ese asunto. No pensar más, no dudar ni desesperar. Dios era su escudo y su báculo, su luz y su fuerza. El tenía que ayudarla en su desdicha.


De esta manera, la señora Griffiths iba, alternativamente, rezando y llorando mientras caminaba.




CAPÍTULO 30


Después de aquello comenzaron los largos días de prisión para Clyde. Excepto una visita semanal de su madre, quien, una vez iniciado su trabajo, hallaba difícil poderle ver con más frecuencia, no tenía otro consuelo. Ella, por su parte, descubrió que las iglesias y el público en general no mostraban mucho interés por el caso de su hijo, ya que la gente solía estimar que la sentencia era justa. Una iglesia no era un sitio a propósito para debatir los detalles de aquel crimen y por eso la pobre madre se vio obligada a tratar de conseguir que la dejasen hablar en uno de los principales teatros de Utica. Pero todo aquello requería tiempo.


Por otra parte había que tomar en cuenta otros factores: los gastos que ocasionaban los viajes, la falta de ingresos de su marido y las cartas de Frank y de Julia, cada vez más alarmantes, hasta que finalmente recibió un telegrama que decía que si quería ver a Asa con vida, era mejor que regresara inmediatamente a Denver, ya que éste se sentía muy deprimido.


Y con aquella gran carga en su corazón, y después de dos últimas visitas a Clyde en las que le aseguró que volvería lo antes posible, tan pronto Asa estuviera restablecido, regresó a Denver para comprobar, una vez allí que su marido estaba mucho peor de lo que ella creía.


Y mientras tanto, Clyde quedaba abandonado a sus pensamientos y al empeño de querer resistir dentro de un mundo que en el mejor de los casos no era más que una especie de infierno en cuyo frontispicio habría podido escribirse como en el Infierno de Dante: «Abandonad toda esperanza, vosotros que entráis aquí».

 

Lo sombrío de todo aquello. Su sinuosa y aterradora fuerza psíquica. El claro terror y depresión constante e invariable de todos aquellos que, a pesar de su valor o de sus miedos, de sus bravatas o de su indiferencia real, porque los había realmente indiferentes, se veían obligados todavía a pensar y a esperar. Pues ahora, en esta vida de prisión tan amarga y fría, estaba en constante contacto psíquico, si no físico, con otros veinte condenados de diversos temperamentos, caracteres y nacionalidades, cada uno de los cuales, como él mismo, había respondido a alguna pasión, codicia o deseo de su propia naturaleza o de las circunstancias de sus vidas. Y con el asesinato como explosión final, física y psíquica, de un episodio de sus vidas, que, al ser descubierto, había traído consigo todas las debilidades mentales y los fracasos legales, tan parecidos a los del mismo Clyde. Y ahora se encontraban aislados, en una u otra de esas veintidós jaulas de hierro, y esperando. ¿Esperando qué?


Ellos lo sabían. Y él también lo sabía. Y aquí estaban entre ruidosos arrebatos de rabia y desesperación o, a veces, entre rezos y arrepentimientos. Y otros, entre blasfemias, chistes groseros o cuentos dirigidos a todos los que podían oírles, o exclamaciones obscenas, o cantando y gritando en esas últimas horas en que el espíritu agotado es forzado a la incomunicación.


En un patio, más allá del último extremo del largo corredor, dos veces al día, durante unos pocos minutos cada vez, a las diez de la mañana y a las cinco de la tarde, los encarcelados, en grupos de cinco o seis, eran vigilados por los guardianes mientras paseaban, respirando el aire exterior, practicando una especie de calistenia o corriendo y saltando según sus deseos. Pero siempre bajo la mirada vigilante de los guardianes en número suficiente para dominarles en caso de que intentaran rebelarse de alguna forma. Y esto fue lo que tuvo que hacer Ctyde, cada vez con un grupo distinto.


Había dos italianos de ojos siniestros, uno de los cuales había matado a una muchacha porque ésta no quiso casarse con él; el otro había robado, luego asesinado y por último intentado quemar el cadáver de su suegro para conseguir dinero para él y su esposa.


Y el gran Larty Donahue de cabeza y hombros cuadrados, de grandes pies y manos, que había servido en la Armada. Y que, al ser expulsado de su trabajo como guardián nocturno de una fábrica de Brooklyn, había esperado al que lo había despedido en un descampado y le había dado muerte, pero al perder en el lugar del crimen una medalla del servicio, finalmente pudo ser identificado por ella. Clyde había llegado a enterarse de todas estas cosas por los indiferentes aunque amistosos carceleros que estaban constantemente en vigilancia en las celdas, de día y de noche, por parejas que se relevaban cada ocho horas. Y se enteró de lo del oficial de policía Riordan, de Rochester, que había matado a su esposa porque se enteró de que ésta estaba dispuesta a abandonarle, y ahora él iba también a morir. Y Thomas Mowrer, el joven trabajador de un rancho que había matado al dueño con la horca para el heno, y que también iba a morir pronto.


También estaba Miller Nicholson, un abogado de Buffalo, de unos cuarenta años de edad, alto y delgado, y de aspecto mucho más refinado que los demás. Un tipo intelectual, uno de quien no se hubiera dicho que fuera un asesino, como tampoco se hubiera dicho de Clyde, y que estaba convicto por haber envenenado a un viejo de gran riqueza y de haber intentado apoderarse de su fortuna. Sin embargo, nada en sus maneras o modales le

 

hacían parecer malvado; era un hombre cortés, educado, que, al advertir que Clyde se hallaba desamparado, la misma mañana en que llegó se le acercó y dijo:


—¿Asustado? —en un tono amable y solícito, como Clyde pudo notar.

—Sí, supongo que sí —contestó Clyde.


Pero inmediatamente se arrepintió de haber contestado de esa forma, que implicaba una confesión de debilidad.


—Su nombre es Griffiths, ¿verdad?

—Sí.


—Bien, me llamo Nicholson. No tenga miedo. Se acostumbrará usted a esto —replicó Nicholson esbozando una amable aunque triste sonrisa.


—No crea que estoy demasiado asustado —dijo Clyde, intentando rectificar su primera, rápida e inintencionada confesión.


—Bueno, eso está mejor. Sea usted valiente. Aquí hemos de serlo todos o esto sería una casa de locos. Es mejor respirar hondo. O andar rápido, cansarse. Eso le hará bien.


Se adelantó unos cuantos pasos y comenzó a hacer ejercicios con los brazos, mientras que Clyde permanecía en el mismo sitio repitiendo casi en voz alta, tan aturdido estaba: «Hemos de serlo todos o esto sería una casa de locos». Loco, seguro. Era una tortura verse obligado a presenciar estas terribles y destructivas tragedias. Pero, ¿cuánto tiempo podía soportarse?


Al cabo de un día o dos halló que la «Casa de la Muerte» no era tan terrible como creyó al principio. No todo era terror, al menos en la superficie. En realidad era un lugar en el que, a pesar de las muertes inevitables que pendían sobre ellos, se bromeaba, se contaban chistes, se jugaba, se hacía deporte, se discutían todos los tópicos concebibles acerca de la muerte, de las mujeres y de la falta de éstas, tanto al menos como permitía el bajo nivel de inteligencia del grupo.


La mayor parte de ellos, tan pronto como terminaba el desayuno, si no era llamados para el primer grupo de ejercicios en el patio, jugaban al ajedrez o a las cartas. Pero no se trataba de dos jugadores de ajedrez sentados frente al tablero y moviendo sus piezas, ni de jugadores de cartas sentados en torno a una mesa fuera de las celdas. Cuando se trataba del ajedrez, el siempre presente guardián proveía de un tablero a cada uno, pero sin fichas. No las necesitaban. El movimiento inicial de apertura era gritado por uno de ellos.


—G 2 a E 1.


Como los tableros tenían las casillas con letras y numeradas, el otro apuntaba sobre su tablero con lápiz la posición del peón avanzado en esa primera jugada. Después de estudiar la posición y ver el efecto que sobre sus piezas podría causar el último movi-miento, contestaba:


—Yo muevo de E 7 a F 5.


Si alguno o varios de los oyentes se decidían a intervenir por una de las partes contendientes, el guardián les entregaba los tableros y los lápices para que siguieran las jugadas y pudieran intervenir en ellas. Así, Shorty Bristol, deseando ayudar a Swighort, tres celdas más abajo, podía gritar:


—Yo no haría eso, «Dutch». Espera un momento, hay una jugada mejor que ésa. Y así, entre bromas, juramentos, comentarios y discusiones se seguían las partidas. Lo mismo pasaba con las cartas. Cada uno jugaba desde su celda cerrada, pero sin

 

dificultades.


Pero a Clyde no le interesaban las cartas. Ni le interesaban las interminables conversaciones y discusiones de los demás. Sólo con uno, Nicholson, podía hablar sin sentirse molesto por tanta grosería y vulgaridad. Se sentía atraído por Nicholson. Había comenzado a pensar desde hacía algún tiempo, unos pocos días, que la presencia y amistad de este abogado, su compañía durante el paseo, cuando tenía la suerte de coincidir con él en el grupo, podía ayudarle a soportarlo todo. Era el hombre más inteligente y más respetable. Los otros eran diferentes, a veces taciturnos, siempre siniestros en su alegría, crueles o remotos.


Por aquel entonces, sólo una semana después de su llegada, y cuando, a causa de su amistad con Nicholson, se sentía relativamente consolado, tuvo lugar la ejecución de Pasquale Cutrone, de Brooklyn, un italiano convicto de haber dado muerte a su hermano por intentar seducir a su esposa. Ocupaba una celda próxima al pasillo transversal, como Clyde supo poco después de llegar, y había perdido parcialmente la razón a causa de los sufrimientos. De todas formas, siempre permanecía encerrado en su celda mientras los otros, en grupos de seis, eran conducidos al paseo en el patio. Pero el horror de aquella cara chupada, que parecía dividida en tres horribles paneles por dos profundas arrugas que iban desde los ojos hasta las comisuras de los labios, impresionaban a Clyde cuando al pasar miraba inadvertidamente hacia el interior de la celda del italiano.


Antes de la llegada de Clyde, Pasquale había comenzado a rezar noche y día. Pues ya se le había notificado la fecha aproximada de su muerte, que iba a ser esa misma semana. Y después de eso estuvo gateando por la celda de un lado a otro, sobre las manos y las rodillas, besando el suelo, lamiendo los pies de un Cristo de latón que le habían dado.


Le visitaban con frecuencia un hermano y una hermana que habían venido hacía poco de Italia. Pero Pasquale estaba mentalmente incapacitado ya para apreciar cualquier ayuda que pudiera venirle de sus hermanos.


Durante toda la noche y durante todo el día, cuando sus hermanos no estaban presentes, gateaba de acá para allá y rezaba, y los que estaban despiertos y trataban de leer para pasar el tiempo, se veían obligados a escuchar sus oraciones, sus rosarios, sus pa-drenuestros y avemarías.


A veces una voz decía:

—Por el amor de Dios, ojalá ese hombre se durmiese al menos un rato.


Pero seguía oyéndose el ruido de su frente al dar con el suelo al rezar a gatas hasta el día en que fue llevado desde su celda a la celda de la muerte y donde, como Clyde supo más tarde, permanecería hasta la mañana siguiente, en que daría su último adiós al mundo. También se le permitió que durante unas horas preparara su alma para que fuera recibida por el Hacedor.


Pero esa noche ejerció una gran influencia sobre todos los que estaban en la «Casa de la Muerte». Pocos comieron y las bandejas se retiraron llenas, intactas. Se hizo el silencio, un silencio que parecía más aterrador porque faltaba el acostumbrado murmullo de las oraciones de Pasquale y todos sabían por qué. Un italiano, condenado por la muerte del vigilante de un banco, tuvo un ataque de histerismo, rompió a gritar, destrozó la silla y la mesa de su celda contra los barrotes de la puerta, desgarró las sábanas de la cama haciéndolas trizas e incluso trató de ahorcarse antes de ser aplacado y trasladado a otra

 

celda, en una parte diferente del edificio, para observar allí su estado mental.


Clyde estaba literalmente tiritando de miedo y de horror. La muerte aquí era así. Llegaba la hora de la ejecución para el condenado. En celdas separadas, muchos estaban de rodillas, rezando. Otros chillaban de vez en cuando presa de un terror incontrolable. En cuanto a Clyde, estaba aturdido y como atontado. Casi sin pensamiento. Iban a matar a aquel hombre en la habitación contigua, en la silla con la que llevaba soñando tanto tiempo. Por el pasillo se oían las suaves pisadas de una procesión que iba recitando la letanía de la Virgen y rezando el rosario.


De una de las celdas salió una voz ronca que decía:

—Adiós, Cutrone. Dios te guardé, aunque no sepas hablar inglés.


Luego las luces disminuyeron y se produjo un silencio en el que se oían algunas que otras oraciones cuchicheadas. Pero Clyde no se atrevía a pensar; sólo podía llorar. El otro había muerto ya. Aquellos tres temblores de la luz. Seguramente eran las descargas que aniquilaban al condenado. Pero ahora estaba muerto. Y algún día a él le pasaría lo mismo.


Pobre Pasquale. Todo esto de la pena de muerte era una equivocación. El guardián pensaba lo mismo. Todos pensaban lo mismo. Se estaba trabajando para que fuera abolida. Pero aquel hombre había muerto. Clyde había visto morir al primer hombre.




CAPÍTULO 31


El estado de Asa había continuado siendo grave, y durante cuatro meses a la señora Griffiths le fue imposible reanudar sus conferencias. Por lo demás, el público había perdido todo interés por el caso de su hijo, y se mostraba indiferente a la suerte que pudiera correr.


Clyde, mientras tanto, tenía que presenciar la desaparición silenciosa de otros condenados. Se sentía solo, terriblemente solo.


No había nadie aquí que le interesara. Únicamente le llegaban las cartas de su madre, de su hermano y de sus hermanas. Su padre no mejoraba y a su madre le era imposible regresar estando las cosas tan difíciles en Denver. Pero ella había rogado el reverendo Duncan McMillan, un joven pastor al que había conocido en Syracuse, que fuera a verle. Era un hombre muy espiritual y amable. Y estaba segura de que Clyde encontraría un gran consuelo en él.


Este joven era por su parte un hijo ejemplar, que se había sentido muy conmovido por el crimen del que se presumía que Clyde era culpable. A su parecer lo era. Pero le conmovía ver que la señora Griffiths creía tan firmemente en la inocencia de su hijo. ¿Sería posible que se hubiese cometido un error judicial? El temperamento de McMillan era excepcional y romántico. La señora Griffiths, en sus charlas con él, había sostenido que Roberta no era del todo inocente. Mantenía que su hijo iba a ser ejecutado muy injustamente, tan sólo a causa de unas cuantas cartas románticas.


Aquella idea preocupó mucho al reverendo Duncan y le impulsó a dirigirse a Auburn para consolar a aquel desgraciado. Se detuvo ante la puerta de su celda, entonando con voz muy sonora y realmente hermosa todo el salmo 51. Y cuando Clyde se puso en pie muy asombrado, e impresionado por la austera y joven figura, vigorosa

 

aunque pálida, el visitante se aproximó algo más y añadió:


—Te traigo, Clyde, la misericordia y la salvación de tu Dios. Él me ha llamado y yo he venido. Me ha enviado para decirte que aunque tus pecados sean tan rojos como la púrpura, ahora podrás quedar tan blanco como la nieve. Aunque sean tan rojos como el carmesí quedarás cándido como la lana. Ven y razonemos juntos en el Señor.


Hizo una pausa y se quedó mirando a Clyde con ternura. Una sonrisa cálida y juvenil, medio romántica, flotaba en sus labios. Le agradaba la juventud y el refinamiento de Clyde, quien, por su parte, se sentía evidentemente impresionado por aquella figura excepcional. Desde luego, debía de tratarse de algún religioso. Pero el capellán protestante que hacía sus servicios en la prisión no era de ninguna forma tan impresionante ni tan atractivo.


—Me llamo Duncan McMillan —dijo— y vengo de trabajar por el Señor en Syracuse. Él me ha enviado, lo mismo que envió a tu madre a mi encuentro. Ella me ha dicho todo lo que cree. Yo he leído todo lo que tú has dicho. Y yo sé por qué estás aquí. Pero he venido para traerte alegría y gozo espiritual.


De repente citó el salmo 13, versículo 2. Luego explicó la cita. Añadió otra del salmo 10. Y dijo:


—Clyde, es como si todas estas palabras estuvieran dirigidas a ti directamente. Y no soy más que el portavoz que las pronuncia. Medítalas en tu corazón. Dirígete de la sombra a la luz. Has pecado. El Señor puede y quiere perdonar. Arrepiéntete. Él no desdeñará tus plegarias. En los confines de tu celda arrodíllate y di: «Señor, ayúdame. Señor, oye mi oración. Señor, alumbra mis ojos». Y si necesitas que yo te preste alguna clase de ayuda, para rezar contigo, para hacer cualquier otro servicio, para alegrarte en tu soledad, no tienes más que enviarme una tarjeta. Le he prometido a tu madre que haré todo lo que pueda. El vigilante tiene mi dirección.


Parecía dispuesto a marcharse, y entonces Clyde le gritó:


—Oh, no se vaya todavía. Le estoy muy agradecido. Me siento muy solo. No he pensado mucho en las cosas que usted ha estado diciéndome, quizá porque me siento tan culpable como la gente cree que soy. Pero sí es verdad que estoy muy triste y que aquí se paga todo lo malo que uno haya podido hacer.


McMillan, profundamente conmovido por primera vez, replicó:


—Clyde, no debes preocuparte. Vendré a verte dentro de una semana porque sé que me necesitas. No te he pedido que reces porque crea que eres culpable de la muerte de Roberta Alden. Eso yo no lo sé. Tú no me lo has dicho. Sólo tú y Dios sabéis cuáles son tus penas y tus pecados. Pero yo sé que necesitas ayuda espiritual y Él te la dará. «El Señor será un refugio para el oprimido; un refugio en la calamidad.»


Sonrió como si sintiese verdadera simpatía por Clyde. Y Clyde se dio cuenta y se extrañó de aquello, y replicó que no quería decir nada, sino que le comunicara a su madre que estaba muy bien y que no debía ponerse triste.


Y el reverendo Duncan, muy conmovido por sus palabras, le contestó:

—No te preocupes, Clyde. La luz y la paz descenderán sobre ti.


Veo que tienes aquí una Biblia. Ábrela por los salmos y lee. Los salmos 5, 91 y 23. Ábrela por San Juan. Léela una y otra vez. Inclina tu cabeza y ora. El no te fallará. Lo sé porque también yo tengo esa paz.

 


CAPÍTULO 32


La convicción personal y la fuerza de un individuo como el reverendo McMillan afectaron a Clyde, en las circunstancias en que estaba, de una manera muy poderosa. Encarcelado, apartado del mundo, obligado por la exigua vida de aquella «Casa de la Muerte» a moverse en un círculo muy pequeño, tenía que encontrar solaz o alivio para sus propios pensamientos, pues no le quedaba sino pensar en el futuro, el pasado o el presente. Pero el pasado resultaba muy doloroso de contemplar y el presente y el futuro eran igualmente aterradores.


Lo que ocurrió a continuación es lo que ocurre en toda conciencia torturada, el refugiarse en lo que se espera o por lo menos se imagina. Y su imaginación le brindaba la esperanza de un nuevo juicio en el que podría salir absuelto y terminado el cual podría marcharse lejos, a Australia o a África o a Méjico. Y sus sueños pasaban del peligro de las serpientes al de los rinocerontes, evadiéndose así de aquel otro más real representado por la silla que se erguía en la habitación contigua. ¡Aquella silla! Sus correas y sus descargas que de una manera tan regular disminuían las luces de las celdas. No podía soportar pensar que alguna vez tuviese que entrar allí. Si su apelación fuera rechazada... No podía pensar en eso.


Pero, ¿en qué iba a pensar entonces? Ése era el problema que tenía planteado con mayor urgencia cuando llegó Duncan McMillan y le aconsejó que apelase al Creador de todas las cosas, reforzando sus argumentos con hermosas citas tomadas de las Epístolas de San Pablo.


Pero Clyde pensaba que a otros condenados les habían servido de poco aquellas oraciones. Sin embargo, le conmovía la presencia del reverendo Duncan. Le conmovían sus ojos serenos y suaves.


Su voz dulce. Su fe. Era algo que emocionaba e intrigaba a Clyde muy profundamente. ¿Podría estar allí la solución? Estaba tan solo, tan desesperado, tan falto de ayuda.


También era verdad, como le decía el reverendo, que si hubiese llevado una vida mejor, si hubiese prestado más atención a las enseñanzas de su madre, si no hubiese entrado en aquella casa de prostitución de Kansas City ni perseguido a Hortense Briggs de la manera malvada que lo había hecho, y después de ella a Roberta, sino que se hubiese contentado con trabajar y ahorrar, ahora estaría muchísimo mejor. Pero la verdad es que en él había habido impulsos y deseos muy fuertes, dificilísimos de superar. Cierto que mucha gente como su madre, su tío, su primo, y este pastor, no parecían estar muy turbados por esos deseos, lo que quizá se debiera a que estaban dotados de un mayor valor mental y moral frente a tales pasiones.


¿Qué significaba todo aquello? ¿Es que de verdad había un Dios? ¿Intervenía El en los asuntos de los hombres como decía el señor McMillan? ¿Era posible ahora volverse hacia El y pedir ayuda? ¿Pero querría concederla aquel poder misterioso? ¿Existía en realidad y oía las oraciones de los hombres? El reverendo McMillan insistía en que sí. Pero, ¿era eso verdad?

 

Torturado por la necesidad de apoyo moral, si no material, frente a lo que se avecinaba, Clyde estaba ahora buscando un poder sobrehumano que pudiera acudir en su ayuda.


A medida que transcurrían las semanas y los meses y que las visitas del reverendo McMillan continuaban con regularidad, Clyde se dedicaba más y más a su amistad y a su influencia, sintiéndose inclinado a veces a pensar que podría obtener paz y fuerza e incluso ayuda, si apelaba a aquel poder misterioso. Era la fuerza y la seriedad del reverendo McMillan las que operaban sobre él.


Pero luego estaba la cuestión del arrepentimiento y con ella la de la confesión. Pero, ¿a quién? Desde luego al reverendo Duncan McMillan. Este parecía opinar que era necesario que Clyde volcase su alma en él o en cualquier otro emisario de Dios. Pero en eso estribaba la dificultad. Porque estaba la cuestión del falso testimonio que había prestado en el juicio y sobre el cual se basaba la apelación. Ahora no podía retractarse, estando pendiente la apelación. Era mejor esperar a ver cómo terminaba todo.


Aquello le parecía a él mismo mezquino, falso e insincero. No era posible imaginar que Dios admitiera regateos. Aquello no estaba bien. ¿Qué pensaría el reverendo McMillan si supiera las ideas que él alimentaba?


Pero entonces surgía en su espíritu la cuestión turbadora de cuál sería la verdadera magnitud de su culpa. Cierto que había proyectado matar a Roberta, arrastrado por la pasión terrible que le inspiraba la bellísima Sondra, ya que sin dicha pasión nunca se habría atrevido a una cosa semejante. Había utilizado aquel argumento ante el jurado de Bridgeburg, el de su terrible amor por la otra muchacha. Pero el jurado le había escuchado con desprecio. ¿No haría lo mismo el tribunal ante el que quería apelar?


Desde luego no podía negarse que cuando llevó a Roberta a aquel lago y se puso luego tan furioso contra sí mismo por su propia incapacidad para llevar a cabo el crimen, la asustó y la obligó así a levantarse y tratar de acercarse a él, lo que ocasionó aquel golpe casual del que tenía que reconocerse culpable y que en tal sentido era un golpe criminal y asesino. ¿No opinaría eso el reverendo McMillan? Y puesto que como consecuencia de este golpe ella había caído al agua, ¿no era también culpable de su caída? Aquél era un pensamiento que le atormentaba mucho. Aun teniendo en cuenta lo que Oberwaltzer había dicho en el juicio sobre el hecho de haberse alejado nadando de la muchacha si ésta había caído accidentalmente al agua, y que entonces no sería ningún crimen por su parte el haberse negado a salvarla; sin embargo, en el fondo de su conciencia, a él le parecía que sí era un crimen. Dios y McMillan sin duda pensarían lo mismo. Porque desde luego, como Mason había dicho en el juicio, él podría haberla salvado. Y la habría salvado si se hubiese tratado de Sondra o incluso de Roberta el verano anterior. Además el miedo de que ella pudiera ahogarle no era tal. De una manera decidida e instantánea habría tratado de salvar su vida si se hubiese tratado de Sondra. Y aquello tendría que confesárselo al reverendo McMillan, corriendo así el peligro de que todo el mundo se enterara de la verdad2.


No, lo mejor sería esperar un poco, por lo menos hasta que el tribunal de apelaciones decidiera sobre su caso. Dios sabía que él estaba arrepentido. Pero de todas maneras la




2 No se trata del sacramento de la confesión católica, sino de una confidencia a un amigo protestante. (N.

 

del T.)

 

vida seguía siendo dulce. Si pudiera librarse de todo esto y no sentir las torturas que de día y de noche le asaltaban y que a veces le hacían temer que pudiera volverse loco...


De esta forma iban transcurriendo los días, hasta que seis semanas más tarde, a causa del silencio que Clyde guardaba, el reverendo Duncan estaba empezando a desesperar de poder conseguir su arrepentimiento y salvación. Y entonces llegó una carta de Sondra. Fue traída por el capellán protestante de la prisión, pero no estaba firmada y se permitió que Clyde la leyera. Quizá eso le sirviese de lección. Y él imaginó en seguida de quién provenía, aunque estaba escrita a máquina y no contenía ningún otro dato.


Y la leyó muy nervioso, temblándole las manos:


«Clyde, esto es para decirte que no debes pensar que una persona que en tiempos te fue muy querida te haya podido olvidar totalmente. Ella también ha sufrido mucho. Y aunque nunca podrá comprender cómo has hecho lo que has hecho y nunca volverá ya a verte, sin embargo no deja de sentir pena y simpatía por ti y te desea la libertad y la felicidad.»


Aquello era el fin de todo. El fin para siempre. Como cuando la noche cae sobre el último resplandor del crepúsculo en el poniente. Esta celda, estos zapatos, esta indumentaria eran lo único real. El sueño maravilloso había terminado. ¿Dónde estaba Sondra ahora? ¿De quién estaba enamorada tal vez? Ella estaba libre. Tenía belleza, dinero. Y él estaba condenado a morir.


¡Condenado a morir! Cuando el guardián, una hora más tarde, le puso la comida a la puerta no hizo ningún movimiento. Le era imposible comer. Y había veces en que también a los guardianes les resultaba imposible.




CAPÍTULO 33


La depresión consiguiente, incluso pasados dos días, fue advertida por el reverendo McMillan, que quiso saber la causa. Últimamente se inclinaba a creer, por los modales de Clyde, que éste poco a poco estaba siendo arrastrado a su punto de vista. Le aconsejaba que no se dejase llevar por la locura y la desesperanza. De esa manera le hablaba o le predicaba, hasta que finalmente, dos semanas después de recibir la carta de Sondra, y a causa de la profunda depresión en que se había hundido a causa de ello, Clyde se sintió inclinado a pedirle a McMillan que rogase al guardián que le permitiera ir a otra celda donde desahogar su corazón y pedirle consejo. McMillan, muy conmovido por aquel enorme triunfo espiritual, le pidió el favor al guardián, que se alegró de poder servirle en aquel caso.


Una vez en la nueva celda, Clyde empezó a relatar la historia de sus relaciones con Roberta y Sondra. ¿Creía el reverendo McMillan que a causa del proyecto original, lo que había hecho constituía un auténtico asesinato? Le preguntaba esto porque era una mentira que hubiese experimentado algún cambio de sentimientos. En realidad Roberta se había levantado para acercarse a él y él estaba muy trastornado sin explicarse bien el porqué. Desde luego sentía cólera, odio quizá, por estar ella tan empeñada en lo que él no quería,

 

obligándole a casarse. Pero la verdad era que el golpe no lo había dado con intención homicida sino para que ella no se le acercara. Pero, ¿es que por un simple golpe así merecía la muerte? Era algo que quería saber con claridad para tranquilidad de su alma y quizá poder rezar.


El reverendo McMillan, que nunca en su vida había escuchado nada semejante, se sentía demasiado perplejo para contestar de inmediato.


—Pero tú dices, Clyde, que en el momento en que entraste en el bote no habías cambiado de intención con respecto a ella, que tu intención seguía siendo la misma.


—No, no había cambiado.


—Dices que estabas molesto contigo mismo por sentirte tan débil e incapaz de realizar lo que habías planeado.


—En cierto sentido era eso. Pero también es verdad que sentía algo de pena. Y quizá miedo a las consecuencias. Ahora no estoy del todo seguro. Quizá tampoco hubiese nada de eso.


—Pero tú estabas enfadado con ella por haberte arrastrado hasta tal extremo.

—Sí.

—Y tú pensabas darle un golpe.

—Sí, lo pensaba.

—Pero no pudiste.

—No, no pude.


—Alabada sea la misericordia de Dios. Pero en aquel golpe que tú le diste sin intención había, sin embargo, cólera contra la muchacha. Por eso fue un golpe tan fuerte. Tú no querías que ella se te acercara.


—No, no quería. Por lo menos creo que no quería. No estoy del todo seguro. Puede que no estuviera en mis cabales. Creo que estaba enfermo.


—Pero te pusiste en pie para impedir que ella se cayera.


—Sí, después me puse en pie. Quería sujetarla cuando ella se cayó de espaldas. Y eso fue lo que hizo volcar el bote.


—¿Y llegaste a sujetarla?

—No lo sé. Creo que sí. De todos modos estaba apenado por el golpe.


—¿Pero puedes decir con seguridad, tal como si te estuviera viendo el Creador, que lo sentías de verdad y que querías salvarla?


—Sucedió todo tan rápidamente, que no estoy muy seguro. No, no sé si lo sentía mucho. En realidad no lo sé siquiera ahora. Algunas veces pienso que sí, que por lo menos lo sentía un poco. Pero después que ella desapareció y yo me vi en la playa lo sentí, lo sentí un poco. Pero al mismo tiempo estaba contento por verme libre y, sin embargo, también estaba asustado. Usted ya me comprende, yo...


—Sí, ya sé. Ibas a ir a reunirte con esa señorita X. Pero aparte de eso, ¿cuando ella estaba en el agua...?


—No.

—¿Tú no querías salvarla?

—No.

—¿No sentías ninguna pena? ¿Ninguna vergüenza?

—Sí, vergüenza. Quizá también un poco de pena. Yo sabía que aquello era terrible.

 

Aquello me dolía, desde luego. Pero, con todo, usted ya comprende...

—Sí, ya sé. Aquella señorita X. Tú querías alejarte.

—Sí, pero sobre todo estaba asustado, y no quería ayudarla.


—Tú pensabas que si ella se ahogaba podrías irte con la señorita X, ¿no es eso? Los labios del reverendo McMillan estaban apretados fuerte y tristemente. —Sí.


—¡Hijo mío, hijo mío! Entonces tu corazón albergaba el asesinato.


—Sí, sí —dijo Clyde reflexivamente— Desde entonces he pensado que tiene que haber sido de esa manera.


El reverendo McMillan hizo una pausa y rezó en silencio un padrenuestro para darse ánimos.


—Ah, Clyde. La misericordia de Dios se sobrepone a todos los pecados. Envió a su propio Hijo a morir para rescatar el mundo. Así será si te arrepientes. Pero tienes que rezar mucho. La tuya es una historia extraña y terrible. Reza conmigo para que Dios nos ilumine.


Terminada la oración McMillan añadió:


—Y ahora tengo que irme. He de pensar y orar. Esto me ha conmovido y turbado profundamente. Y tú, hijo mío, sigue rezando a solas. Arrepiéntete. Pídele perdón a Dios de rodillas y El te oirá.


Y mañana, o tan pronto como me sea posible, vendré de nuevo. Pero no desesperes. Golpeó la reja de hierro con un pequeño llavero que llevaba y el guardián volvió y se


llevó a Clyde a su celda. Clyde se quedó a solas para reflexionar sobre todo lo que había dicho y pensar en cómo aquello había afectado a McMillan, así como a sí mismo. La turbación de su nuevo amigo, la pena evidente y el horror con que se había enterado de todo. ¿Era él verdaderamente culpable? ¿Merecía morir? ¿Qué decidiría el reverendo McMillan? ¿Qué se haría ahora de su ternura y de su misericordia?


Transcurrió otra semana durante la cual el reverendo McMillan vino una vez más a verle, y a pesar de interpretar muy caritativamente los hechos, no pudo pensar que no fuera culpable de la muerte de la muchacha. Había planeado matarla, ¿no? No había ido a salvarla, a pesar de que podría haberlo hecho. Había deseado su muerte y después no la había sentido. En el golpe que hizo volcar el bote había habido también algo de cólera. Y también en el malhumor que se apoderó de él por su propia rabia al sentirse incapaz de golpearla. Ante el Señor había pecado de muchas maneras. No se había arrepentido ni siquiera durante el tiempo que estuvo en el lago Bear. Desde el principio al fin se había defendido con pretextos falsos y malvados.


Por otra parte, si se le enviaba ahora a la silla eléctrica, eso sería castigar un crimen con otro, porque McMillan no era partidario de la pena de muerte. Pero ello no significaba que reconociese que Clyde era inocente. Por mucho que deseara absolverle, lo cierto es que era culpable.


Fue en vano que McMillan le dijese a Clyde que su comprensión moral y espiritual, aguzada ahora, le permitiría disponerse a la vida y a la acción mejor que nunca antes. Clyde sentía que estaba solo, que no tenía a nadie que creyese en él, y sin embargo, en su corazón no se sentía tan culpable como todo el mundo parecía pensar. ¿Cómo podían juzgarle a él personas, incluso su propia madre, que no sabían cuáles habían sido sus

 

sufrimientos mentales, físicos y espirituales?


Y una vez más volvía a aparecer en su imaginación toda la historia, envenenándole tan real y punzantemente como si estuviera viviéndola de nuevo. Incluso frente a la cruda verdad de los hechos y a la certidumbre de que todo el mundo le creyera culpable, había sin embargo un no sé qué muy profundo dentro de él que parecía denegar la culpabilidad. Tenía el ejemplo de este reverendo McMillan, que era un hombre muy honrado, justo y misericordioso. Sin duda veía todas las cosas desde un punto de vista más alto y de mayor amplitud que el que él, Clyde, pudiese tener. Unas veces sentía con mucha violencia que era inocente, pero otras, en cambio, sentía que era del todo culpable.


¡Oh, aquellos evasivos, contusos y torturadores pensamientos! ¿Podría alguna vez desenmarañar el asunto del todo y de una manera precisa dentro de su propia mente?


De esta forma, Clyde, no pudiendo aprovecharse en realidad ni de la ternura, fe y devoción de un alma tan pura y tan buena como la del reverendo McMillan, tampoco podía sacar provecho alguno de aquel misericordioso y todopoderoso Dios de quien el reverendo se presentaba como emisario. ¿Qué iba a hacer? ¿Cómo rezar con resignación, sin reservas, con fidelidad? Y en aquel estado de ánimo, y a causa de la insistencia del reverendo Duncan, que estaba convencido por la confesión de Clyde de que se hallaba llena del espíritu de Dios, una vez más hojeaba los diversos capítulos y pasajes que le habían sido señalados, leyendo y releyendo los salmos que le eran más familiares, tratando de encontrar en la inspiración de los mismos la contrición que le era necesaria y que le daría la fuerza que en aquellas terroríficas horas deseaba tanto. Pero no podía conseguirlo.


Mientras todo esto sucedía transcurrieron cuatro meses. Y al final de aquel período, el 19 de enero, el tribunal de apelaciones halló que Clyde era culpable como había sido decidido por el jurado del condado de Cataraqui, y fue sentenciado a morir en alguno de los días comprendidos entre la semana que empezaba el 28 de febrero y seis semanas más tarde, y declaraban en conclusión:


«Nos damos cuenta de que éste es un caso circunstancial y de que el único testigo presencial niega que la muerte fuese resultado de un crimen. Pero en obediencia a las exigencias más exhaustivas de esta forma de prueba, la acusación, con una gran meticulosidad y capacidad ha investigado y presentado pruebas definitivas de la culpabilidad del acusado.


»Podríamos pensar que algunos de estos hechos que se manifiestan por sí mismos estaban sujetos a duda por razón de pruebas insatisfactorias o contradictorias, y que otras emergencias pudieran ser explicadas o interpretadas de tal forma que fueran reconciliables con la inocencia. La defensa, y por cierto de una manera muy inteligente, trató de forzar este punto de vista.


»Pero tomadas todas en conjunto y consideradas como un todo armónico, ofrecen tan convincente prueba de culpabilidad, que no podemos ignorar su vigor por ningún proceso justificable de razonamiento y nos vemos obligados a decir que no sólo el veredicto no se opuso al peso de la prueba y a la adecuada inferencia a extraer de la misma, sino que está por ella del todo justificada. La decisión del tribunal inferior es confirmada unánimemente.»


Al oír esto, McMillan, que estaba entonces en Syracuse, se apresuró a visitar a Clyde,

 

con la esperanza de que antes de que la noticia le fuera comunicada de forma oficial, él pudiera estar allí para animarle espiritualmente, ya que, sólo con la ayuda del Señor, tal como él veía el asunto, estando en dificultades tanto la ayuda eterna como la terrenal, podría Clyde ser capaz de resistir un golpe tan grave. Y le encontró, de lo cual se sintió profundamente agradecido, del todo ignorante de lo ocurrido, ya que ninguna noticia se comunicaba a ningún condenado hasta que no llegase la orden de su ejecución.


Después de una conversación muy tierna y espiritual, en la cual citó a San Mateo, San Pablo y San Juan en cuanto a la insignificancia de este mundo y la realidad y gozo verdaderos del próximo, Clyde se enteró por McMillan de que la decisión del tribunal se había inclinado contra él. Y que, aunque McMillan habló de una apelación al gobernador que él mismo y algunos otros harían, a menos que el gobernador decidiese actuar, dentro de seis semanas, como Clyde sabía, se vería obligado a morir. Y luego, una vez que la fuerza de aquel hecho hubo descargado sobre él, y mientras McMillan seguía hablando acerca de la fe y del refugio que la misericordia de Dios proveía, Clyde se irguió delante de él mostrando más valor en su rostro y en sus ojos de los que hubiese mostrado nunca en su breve carrera.


—Así pues, han decidido contra mí. Ahora tendré que traspasar, después de todo, esa puerta, lo mismo que la han traspasado tantos otros. También para mí se correrán las cortinas. En esa otra habitación, al final del pasillo, me estarán diciendo adiós como se lo decían a los demás. Y ya no seguiré aquí.


Parecía estar andando paso a paso por su imaginación, pasos cada uno de los cuales le eran familiares, sólo que ahora, por primera vez, los estaba viviendo para sí mismo. Ahora, al enfrentarse con esta espantosa noticia, que en cierto modo era tan fascinante como terrible, no se sentía tan desmayado o débil como al principio había imaginado. Más bien, para asombro suyo, considerando todos sus anteriores terrores, pensando en lo que iría a hacer, o iría a decir, se hallaba en una actitud sorprendentemente tranquila.


¿Repetiría las oraciones leídas por el reverendo McMillan? Sin duda alguna. Y puede que incluso hasta con alegría. Y sin embargo...


En su trance momentáneo no se daba cuenta de que el reverendo Duncan estaba susurrando:


—Pero debes comprender que todavía no hemos llegado al fin de este asunto. Un nuevo gobernador va a hacerse con el cargo en enero. Es un hombre muy amable y de gran sensibilidad, según he oído. A decir verdad yo conozco varias personas que son amigas suyas, y mi plan es ir a verle en persona, así como hacer que otros le escriban reforzando todo lo que yo diré.


Pero por—la expresión de Clyde en aquel momento, así como por lo que dijo éste, pudo deducir que no le había estado escuchando.


—Mi madre. Supongo que alguien debería ponerle un telegrama. Va a sentirse muy mal. —Y luego—: Supongo que no le darán la noticia sin más.


—No te preocupes, Clyde —replicó el torturado y entristecido McMillan, más ansioso en este momento de tomarlo en sus brazos y confortarlo que de decir nada en absoluto—. Ya he telegrafiado a tu madre. En cuanto a esta decisión, ya veré a tus abogados a su debido tiempo. Por lo demás, como te digo, me propongo ver al gobernador personalmente. Es un hombre distinto, has de saberlo.

 

Una vez más repitió todo lo que Clyde no había escuchado antes.




CAPÍTULO 34


La escena era en el despacho del gobernador, recién elegido, del estado de Nueva York, unas tres semanas después de la noticia comunicada a Clyde por McMillan. Después de muchos esfuerzos preliminares y fútiles por parte del Belknap y Jephson para obtener una conmutación de la sentencia de muerte de Clyde por la de cadena perpetua (una solicitud de clemencia, juntamente con los comentarios que tenían que hacer con respecto a la forma en que las pruebas habían sido mal interpretadas y la ilegalidad de introducir las cartas de Roberta en su forma original, a todo lo cual el gobernador Waltham, un ex fiscal y juez de la parte meridional del estado, se vio obligado a replicar que no veía razón alguna para intervenir), estaban ahora delante del gobernador Waltham la señora Griffiths y el reverendo McMillan. Pues, conmovido por el amplio interés existente acerca de la resolución final del caso de Clyde, así como por el hecho de que su madre, a causa de su inconmovible devoción hacia su hijo, y habiéndose enterado de la decisión del tribunal de apelaciones, había vuelto una vez más a Auburn y desde entonces había estado apelando a los periódicos, así como al gobernador mismo, mediante cartas en las que solicitaba una apreciación correcta de las desgraciadas circunstancias de la caída de su hijo; y como ella misma le había suplicado repetidamente que le concediera una entrevista personal en la que se le permitiera presentar sus convicciones más profundas en relación con el caso, el gobernador había consentido por fin en verla. Era algo que no podía hacer daño. Además, serviría para aplacarla. También el sentimiento público, cualesquiera que fuesen sus convicciones en un caso dado, estaba normalmente del lado de un gesto de clemencia, sin por ello violentar en nada sus convicciones. Y en este caso, si uno podía juzgar por los periódicos, el público estaba convencido de que Clyde era culpable. Por otra parte, la señora Griffiths, debido a sus largas meditaciones con respecto a Clyde, a Roberta, a los sufrimientos de su hijo durante y después del juicio, al hecho de que, según el reverendo McMillan, había alcanzado por fin una contrición profunda y la unión espiritual con su Creador, cualquiera que fuese su pecado en un principio, estaba ahora más convencida que nunca de que la humanidad e incluso la justicia exigían que por lo menos se le permitiese vivir. Y de esa manera, llegó ante el gobernador, un hombre alto, sobrio y algo sombrío, que nunca en toda su vida había experimentado ni muchísimo menos las fiebres o ardores de Clyde, pero que al mismo tiempo era un padre y marido muy cariñoso y podía muy bien hacerse cargo de cuáles serían las emociones de la señora Griffiths en aquellos instantes. Pero estaba convencido de la culpabilidad del acusado, y además sentía una profunda e invariable sumisión a la ley y al orden. Conocía todas las pruebas sometidas al tribunal de apelaciones, así como las últimas cartas de Belknap y Jephson. Pero, ¿con qué motivo podía él, David Waltham, sin ningún dato que indicase variación alguna, atreverse a una nueva interpretación de las pruebas ya sopesadas y aventurarse a conmutar la sentencia de muerte de Clyde por una de cadena perpetua? ¿No habían dicho tanto el jurado como el tribunal de apelaciones que Clyde debía morir?


En consecuencia, cuando la señora Griffiths empezó su alegato, con voz temblorosa,

 

refiriendo lo mejor que podía la historia de la vida de Clyde, las virtudes del mismo, el hecho de que en ninguna otra época había sido malo o cruel, que Roberta, si no la señorita X, no eran del todo inocentes, él se limitó a mirarla profundamente conmovido por el amor y la devoción de semejante madre. Conmovido por su agonía en estos momentos, por su fe en que su hijo no podía ser tan malvado como las pruebas indicaban.


—Oh, mi querido gobernador, ¿cómo puede el sacrificio de la vida de mi hijo ahora, cuando espiritualmente ha purgado su alma de pecado y está dispuesto a dedicarse a la obra de Dios, compensar al Estado por la pérdida de la vida de esa desdichada muchacha, fuese accidental o no? ¿No pueden ser misericordiosos los millones de habitantes de Nueva York? ¿No puede usted, como representante suyo, ejercer la misericordia que ellos puedan sentir?


Su voz se quebró; no pudo continuar. En lugar de eso se volvió de espaldas y empezó a llorar en silencio, mientras Waltham, sobrecogido por una emoción que no podía dominar, se limitaba a seguir allí de pie. ¡Esta pobre mujer! Tan honrada y sincera. Luego el reverendo McMillan, viendo su oportunidad, presentó a su vez su alegato. Clyde había cambiado. El no podía hablar de su vida anterior, pero desde su encarcelación, o desde el año pasado al menos, había llegado a una nueva comprensión de la vida, del deber, de sus obligaciones hacia el hombre y hacia Dios. Con sólo que la sentencia de muerte pudiera ser conmutada por la de cadena perpetua...


Y el gobernador, que era un hombre muy serio y concienzudo, escuchó con toda atención a McMillan, deduciendo que éste era una persona de una intensa vitalidad y muy idealista. Sin duda todo lo que decía era expresión de sus convicciones más profundas.


—Pero usted personalmente, señor McMillan —tuvo ánimos para decir el gobernador—, a causa de su largo contacto con el preso, ¿conoce algún hecho material no presentado en el juicio y que de una u otra forma pudiera servir para invalidar o debilitar cualquier fase del testimonio tal como ha sido presentado? Como usted debe saber, ése es el procedimiento legal. Yo no puedo actuar por razones sentimentales, especialmente frente a la decisión unánime de dos tribunales distintos.


Miró a McMillan, quien, pálido y mudo, le devolvió la mirada. Pues ahora sobre sus hombros, sobre sus palabras, estaba colocada al parecer la carga de decidir en cuanto a la culpabilidad o inocencia de Clyde. Pero, ¿cómo podía él hacer eso? ¿No había decidido, después de meditar sobre las confidencias de Clyde, que éste era culpable delante de Dios y de la ley? ¿Podía ahora, sólo por misericordia, y enfrentándose con sus creencias espirituales más profundas, alterar la esencia de esa convicción suya? ¿Sería eso verdadero y valioso delante del Señor? E instantáneamente decidió que él, el consejero espiritual de Clyde, no debía en forma alguna ser disminuido en su mérito espiritual ante Clyde.


—«Vosotros sois la sal de la tierra; pero si la sal pierde su sabor, ¿con qué se sazonará?» —Y siguió declarando—: Como consejero suyo yo sólo he entrado en el aspecto espiritual y no en el aspecto legal de su vida.


Tras de lo cual, Waltham llegó de inmediato a la conclusión, por algo que observó en la actitud de McMillan, de que éste, lo mismo que todo el mundo, al parecer, estaba convencido de la culpabilidad de Clyde. Y por eso al fin halló el valor para decirle a la señora Griffiths:


—A menos que me sea traída una prueba definitiva que yo no haya visto hasta ahora

 

y que pueda afectar la legalidad de las dos decisiones, no tengo otra alternativa, señora Griffiths, que permitir que el veredicto permanezca sin modificar. Lo siento muchísimo, más de lo que podría decirle. Pero si la ley ha de ser respetada, sus decisiones no pueden alterarse nunca, excepto por razones que en sí mismas estén llenas de contenido legal. Me gustaría poder decidir de una manera diferente. De verdad que me gustaría. En mi corazón mis oraciones van con usted.


Apretó un botón. Entró su secretario. Era evidente que la entrevista había terminado. La señora Griffiths, violentamente trastornada y profundamente deprimida por el extraño silencio y la evasiva de McMillan en el momento crucial de la entrevista, cuando el gobernador le había hecho una pregunta tan importante y directa con respecto a la culpabilidad de su hijo, todavía era incapaz de decir una palabra. Pero, ¿qué iba a hacer ahora? ¿Qué camino seguir? ¿A quién volverse? A Dios y sólo a Dios. Ella y Clyde debían encontrar consuelo en el Creador. Y mientras estaba pensando y llorando, el reverendo McMillan se aproximó y la condujo con suavidad fuera de la habitación.


Cuando se hubo ido, el gobernador se volvió por fin hacia su secretario.


—Nunca en mi vida he tenido que afrontar un deber más triste. Será algo de lo que me acordaré siempre.


Se volvió y miró con fijeza un nevado paisaje de febrero.


Después de eso a Clyde no le quedaban ya más que dos semanas de vida, y durante ese tiempo anduvo de un lado a otro de su celda incapaz de descansar mucho tiempo seguido, a causa de la condena definitiva que oyó de labios de McMillan. Porque precisamente por aquella convicción de que éste era el final definitivo, de que muy pronto iba a morir, sentía la necesidad de recordar toda su infeliz vida.


Pero lo peor de todo era que la señora Griffiths, extrañada por la respuesta del reverendo McMillan, le preguntó a su vez a su hijo lo siguiente:


—Clyde, si hay algo que no hayas confesado, debes hacerlo antes de morir.


—Se lo he confesado todo a Dios y al señor McMillan, madre. ¿No es eso bastante? —No, Clyde. Tú le has dicho al mundo que eres inocente. Pero si no lo eres, debes


decirlo.

—Pero si mi conciencia me dice que tengo razón, ¿no es eso bastante?


—No, si la palabra de Dios dice algo distinto —replicó la señora Griffiths nerviosamente y con gran tortura espiritual.


A causa de aquella negativa de su hijo a confiar en ella, la señora Griffiths se sintió desgraciada no sólo desde el punto de vista espiritual sino personal, aunque después se consoló recordando que McMillan decía que consideraba a Clyde contrito y limpio delante del Señor. El Señor era grande. Era misericordioso. En su regazo estaba la paz. La muerte o la vida no eran nada para aquellos que tenían su corazón y su mente en paz con El. Ella nunca había entendido la afición de su hijo por el lujo, el bienestar, la belleza y el amor. Ella no podía entender esas cosas. Las consideraba todas como pecados y egoísmos.


Clyde, por su parte, no se sentía comprendido en aquellos últimos días ni por su madre ni por el reverendo McMillan. Rumiaba una y otra vez sobre su propia culpa. Trataba de pensar en Roberta y en el daño que le había hecho y le pedía a Dios que el gobernador cambiara de opinión en el último minuto. En aquel estado de terror, y a petición del reverendo McMillan y de su propia madre, compuso por fin, con la ayuda

 

personal y supervisión de McMillan, que cambió algunas de las frases en su presencia y con su consentimiento, un mensaje al mundo, y en especial a los jóvenes de su edad, mensaje que decía:


«En las sombras del valle de la muerte es mi deseo hacer todo lo que sea necesario para apartar cualquier duda que pudiera existir sobre si he encontrado o no a Jesucristo, el Salvador personal y amigo fiel. Mi única pena en estos momentos es no haberle dado a Él la preeminencia en mi vida mientras tuve oportunidad de tra-bajar por Él.


»Si yo pudiera decir una sola cosa que arrastrara a los jóvenes al lado de Él lo consideraría el mayor privilegio que se me haya concedido nunca. Si los jóvenes de este país pudieran darse cuenta de la alegría y el placer de una vida cristiana, estoy seguro de que harían todo lo que pudieran por convertirse en cristianos activos y serios, y lucharían por vivir como Cristo quisiera que vivieran.


»No hay nada que yo haya hecho que me impida ir al encuentro de Dios, sabiendo que mis pecados están perdonados. Pues he sido sincero y franco en mis conversaciones con mi consejero espiritual, y Dios sabe dónde estoy.


»Mi tarea está cumplida, la victoria ganada.

CLYDE GRIFFITHS»


Y así llegó el día final y Clyde tuvo que despedirse de su madre, hallando fuerzas para decirle:


—Mamá, debes creer que muero resignado y contento. No será difícil. Dios ha escuchado mis oraciones. Él me ha dado la fuerza y la paz.


Y después de aquello, en la oscuridad de una mañana de invierno, acompañado por el reverendo McMillan, y por el reverendo Gibson, cruzó la puerta que tantas veces había conturbado sus sueños y vio por fin la silla que tanto había temido y a la que ahora se veía empujado.


Un cuarto de hora más tarde, el reverendo McMillan salía tembloroso y enfermo de aquella habitación en la que todo había acabado. Andaba tambaleándose. ¿Habría hecho bien? ¿Había sido misericordiosa la actitud que había adoptado frente al gobernador? ¿Es que ya no le iba a ser posible conseguir la paz de espíritu en toda su vida?


Y anduvo y anduvo horas y horas, antes de poder presentarse delante de la madre de Clyde, que de rodillas oraba por el alma de su hijo, a quien trataba de imaginarse en los brazos del Creador.




SOUVENIR


El anochecer de un día de verano.


Las altas paredes del corazón comercial de la ciudad de San Francisco, alta y gris en la sombra del ocaso.

 

Y en el extremo sur de una ancha calle, junto al mercado, un hombre de unos sesenta años achaparrado y bajo, de aspecto cadavérico, con un pequeño acordeón como suelen usar los predicadores callejeros. Y a su lado una mujer cinco años más joven, más alta, pero no tan corpulenta, aunque de contextura sólida y vigorosa, con el cabello blanco como la nieve y vestida de negro. A su lado, con una Biblia y varios libros de himnos, un niño de siete u ocho años que camina con paso vivo y alegre. Con estas tres personas, pero caminando detrás, una mujer ajada y poco atractiva de unos veintisiete o veintiocho años, al parecer hija de la primera.


Tras cruzar la calle y llegar a la primera esquina, se detuvieron, el hombre abrió el acordeón y su esposa le entregó la Biblia y el libro de himnos al mismo tiempo que decía con voz firme:


—Esta noche empezaremos con el himno 276.


Y la gente que pasaba se quedaba mirando con curiosidad y más de uno pensaba que aquella mujer creía con toda firmeza en la obra que estaba realizando.


La canción fue seguida por una larga plegaria recitada por la esposa, y un sermón del esposo, en el que testimoniaba todo el bien que Dios les había hecho. Luego el regreso a la misión, con el acordeón plegado y sujeto por una correa sobre los hombros del marido. Y mientras andaban fue él quien comentó:


—Ha sido una hermosa noche. Y me parece que la gente hoy ha estado más atenta que de costumbre.


—Sí —contestó la joven que había tocado el órgano—. Un anciano me preguntó dónde teníamos la misión y dónde celebrábamos los servicios.


—Alabado sea Dios —comentó el hombre.


Y por fin apareció la misión, con un cartel debajo de cada ventana en el que se leía «Dios es amor». Y debajo en caracteres más pequeños: «¿Cuánto tiempo hace que no le escribiste a tu madre?».


—¿Me das una perra gorda, abuela? Quiero ir a la esquina a comprar un helado.

Era el niño quien hablaba.

—Bueno, creo que te la daré, Russell. Pero, escúchame. Vuelve en seguida.

—Sí, abuela, puedes estar segura. Tú ya me conoces.


Tomó la moneda que su abuela se había sacado de un bolsillo y corrió hacia el vendedor de helados.


Su querido niño. La luz y la alegría de sus últimos años. Ella debía ser amable con él, ser más liberal, no frenarlo demasiado, como quizá, quizá había... Miró cariñosamente, pero un tanto distraída, cómo el niño se iba alejando.

—Por su bien.


El pequeño grupo, menos Russell, entró por la insignificante puerta amarilla y desapareció.



FIN

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