© Libro N° 14333. El Mercader De Venecia. Shakespeare, William. Emancipación. Octubre 4 de 2025
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EL MERCADER DE VENECIA
William Shakespeare
El Mercader De Venecia
William Shakespeare
El Mercader De Venecia
Shakespeare, William
Teatro
Se reconocen los derechos morales de Shakespeare, William.
Obra de dominio público.
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EL MERCADER DE VENECIA
PERSONAJES
ANTONIO, mercader de Venecia
BASANIO, amigo suyo y pretendiente de Porcia
LEONARDO, criado de Basanio
GRACIANO, amigo de Antonio y Basanio
SALERIO, amigo de Antonio y Basanio
SOLANIO, amigo de Antonio y Basanio
LORENZO, amigo de Antonio y Basanio
SHYLOCK, judío
YÉSICA, su hija
TÚBAL, judío
LANZAROTE Gobo, gracioso
El viejo GOBO, padre de Lanzarote
PORCIA, dama de Bélmont
NERISA, su dama de compañía
BALTASAR, criado de Porcia
ESTEBAN, criado de Porcia
EL PRÍNCIPE DE MARRUECOS, pretendiente de Porcia
EL PRÍNCIPE DE ARAGÓN, pretendiente de Porcia
EL DUX de Venecia
Senadores de Venecia, funcionarios del Tribunal, carcelero, criados y acompañamiento
ACTO PRIMERO
ESCENA I
Entran ANTONIO, SALERIO y SOLANIO.
ANTONIO
La verdad, no sé por qué estoy tan triste.
Me cansa esta tristeza, os cansa a vosotros;
pero cómo me ha dado o venido,
en qué consiste, de dónde salió,
lo ignoro.
Y tan torpe me vuelve este desánimo
que me cuesta trabajo conocerme.
SALERIO
El océano te agita el pensamiento:
allá tus galeones de espléndido velamen, cual señores y ricos ciudadanos de las aguas, o bien como carrozas de la mar, descuellan sobre el pobre barquichuelo que se inclina, les hace reverencia
cuando pasan volando con sus alas de tela.
SOLANIO
Créeme: teniendo tal comercio por los mares, allá estarían mis sentidos, navegando
con todos mis afanes. Estaría arrancando hierba para conocer los vientos, buscando
en los mapas puertos, bahías y radas
Y, temiendo lo que hiciera peligrar
mis mercancías, por fuerza estaría triste.
SALERIO
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El soplo con que enfrío la sopa
me haría tiritar si pensara en el daño
que causa una galerna en alta mar.
Viendo caer la arena del reloj
pensaría en bancos y bajíos, y vería
embarrancado a mi rico San Andrés
inclinando su mástil bajo el casco
por besar su tumba. Y al ir a la iglesia
y ver el sagrado edificio de piedra,
¿cómo no pensar en rocas peligrosas,
que, con tocar de costado mi noble bajel,
dispersarían las especias por las aguas
vistiendo la mar brava con mis sedas,
y, en suma, de tanto tener
no tendría nada? ¿Cómo puedo
pensar en todo esto sin pensar
que estaría triste si ocurriera?
Vamos, vamos: sé que Antonio está triste
pensando en sus mercancías.
ANTONIO
No, de veras. En esto soy afortunado.
No he fiado mi comercio a un solo barco
ni a un mismo lugar; ni he dejado
mi hacienda a los azares de este año.
Así que las mercancías no me inquietan.
SOLANIO
Entonces estás enamorado.
ANTONIO
¡Quita, hombre!
SOLANIO
Enamorado tampoco… Entonces estás triste porque no estás alegre. Podías estar saltando y brincando, y decir que estás alegre porque no estás triste. ¡Por Jano bifronte! La naturaleza produce tipos raros:
hay unos que, con ojos entornados,
se ríen como loros al oír la gaita,
y otros con cara de vinagre, incapaces
de esbozar una sonrisa, aunque Néstor
6
nos jure que la broma era graciosa.
Entran BASANIO, LORENZO y GRACIANO.
Aquí llega Basanio, tu nobilísimo pariente
con Graciano y Lorenzo. Adiós.
Te dejamos en mejor compañía.
SALERIO
Hubiera seguido hasta alegrarte,
mas se me han adelantado amigos mejores.
ANTONIO
Tú eres buen amigo para mí.
Mas veo que tus asuntos te reclaman
y aprovechas la ocasión para marcharte.
SALERIO
Buenos días, señores.
BASANIO
Caballeros, ¿cuándo reiremos? ¿Eh?
Os veo muy distantes. ¿Cómo es eso?
SALERIO
Concertaremos nuestros ocios con los tuyos.
Salen SALERIO y SOLANIO.
LORENZO
Signor Basanio, puesto que has hallado
a Antonio te dejamos, mas recuerda
que nos vemos a la hora de la cena.
BASANIO
No faltaré.
GRACIANO
Signor Antonio, no tienes buena cara.
Te tomas el mundo muy en serio,
y lo pierde quien tan caro lo compra.
Te digo que te veo muy cambiado.
ANTONIO
Graciano, el mundo para mí no es más que eso:
un teatro donde todos tenemos un papel,
y el mío es triste
GRACIANO
7
Déjame ser el bufón. Que vengan las arrugas con risas y alegría, y que el hígado
me arda con el vino antes que helarme
el corazón con quejidos que matan.
¿Por qué ha de estar quien siente hervir la sangre igual que su abuelo tallado en alabastro, dormir estando en vela y pillar la ictericia
de puro mal humor? Atiéndeme, Antonio, que te aprecio, y es mi afecto el que te habla: hay hombres cuya cara se espesa
y recubre como el agua estancada,
y que guardan un silencio incorregible
con el fin de revestirse de una fama
de prudencia, gravedad y hondo pensamiento, cual si fueran a decir: «Soy Don Oráculo,
y no se oiga una mosca cuando hable».
Querido Antonio, sé que a algunos de ellos
los reputan de sabios porque callan,
y seguro que si hablaran, se atraerían
los insultos de sus semejantes, que por ello irían al fuego eterno. Seguiré en otra ocasión. No quieras pescar el pececillo de la fama
con un cebo melancólico.— Vamos, Lorenzo.— Queda con Dios. Después de cenar acabaré el sermón.
LORENZO
Os veremos a la hora de la cena.—
Yo debo de ser uno de esos sabios mudos,
que Graciano no me deja hablar.
GRACIANO
Pues como sigas conmigo otros dos años
no conocerás el sonido de tu voz.
ANTONIO
Adiós. Ahora hablaré sin parar.
GRACIANO
Se agradece, que el silencio sólo es elogiable en lengua de vaca curada y en las solteronas.
Salen [GRACIANO y LORENZO].
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ANTONIO
Y todo eso, ¿qué?
BASANIO
Graciano habla la nada infinita, más que nadie en toda Venecia. Lo que dice es como un par de granos escondidos en una fanega de paja: has de buscar todo el día para encontrarlos, y cuando los tienes ves que no merecían la pena.
ANTONIO
Bueno, ahora dime quién es esa dama
a la que juraste secreta peregrinación
y de la cual prometiste hablarme hoy.
BASANIO
Antonio, tú no ignoras
cómo he debilitado mi fortuna
ostentando un lujo más subido
del que mis medios permitían mantener.
Y no me quejo de tener que reducir
tan fastuoso dispendio: mi gran preocupación es salir honrosamente de las deudas en las que me ha enredado una vida
un tanto pródiga. Antonio, tú ya eres
mi mayor acreedor en dinero y en afecto,
y tu afecto me otorga licencia
para confiarte los planes y designios
con que librarme de las deudas contraídas.
ANTONIO
Te lo ruego, buen Basanio, házmelos saber;
y si tus planes son tan honorables
como tú, ten por cierto que mi bolsa,
mi persona y todos mis recursos
están enteramente a tu servicio.
BASANIO
En mis años escolares, si perdía
alguna flecha, disparaba con más tiento
otra de su alcance en la misma dirección:
arriesgando las dos, encontraba las dos.
Menciono este recuerdo de mi infancia
porque lo que sigue es pura ingenuidad.
Te debo mucho y, cual joven descarriado,
he perdido lo que debo, mas si quieres
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disparar otra flecha en la misma
dirección de la primera, estoy seguro,
pues voy a poner tino, de que hallaré las dos, y, si no, de que podré devolverte la segunda y quedar grato deudor de la primera.
ANTONIO
Me conoces bien, y pierdes el tiempo rodeando nuestro afecto con tanto circunloquio. Te aseguro que mucho más me duele
el que dudes de mi entera voluntad
que si hubieras gastado todo lo que tengo.
Conque dime ya qué debo hacer
que, según tú, esté en mi mano;
estoy dispuesto a ello. Vamos, habla.
BASANIO
En Bélmont vive una rica heredera
y es hermosa, y, lo que es más hermoso,
de ricas virtudes. En otro tiempo, sus ojos
me enviaban mensajes callados y dulces.
Se llama Porcia, en nada inferior
a la hija de Catón, esposa de Bruto.
Sus prendas las conoce el mundo entero.
De todas las costas, los cuatro vientos
empujan a famosos pretendientes.
Sus rubios cabellos le cubren las sienes
como un vellocino de oro,
y Bélmont es la playa de la Cólquida
a la que tantos Jasones ponen rumbo
¡Ah, Antonio! Si yo tuviera los medios
para poder contender con uno de ellos,
me augura el corazón tanta fortuna
que sin duda sería el agraciado.
ANTONIO
Sabes que toda mi riqueza está en el mar,
y no tengo dinero ni mercaderías
con que reunir esa suma. Así que mira a ver
lo que rinde mi crédito en Venecia
y estíralo hasta el límite, de manera
que te lleve a Bélmont, junto a la bella Porcia.
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Tú corre a averiguar, y yo también,
dónde hay dinero, porque, de verdad,
lo tendré por solvencia o amistad.
Salen.
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ESCENA II
Entra PORCIA con su dama de compañía, NERISA.
PORCIA
Te aseguro, Nerisa, que mi pequeña persona está cansada de este gran mundo. NERISA
Mi querida señora, lo estaríais si vuestra desgracia llegase a la altura de vuestra fortuna. Por lo que veo, tanto enferma el que se harta como el que no come. Así que no es poca virtud encontrar el justo medio: el exceso envejece muy pronto; la templanza da más vida.
PORCIA
Buenos aforismos y bien formulados.
NERISA
Mejores serán si los observamos.
PORCIA
Si hacer fuese tan fácil como saber lo que conviene, las capillas serían catedrales y las cabañas, palacios. El buen sacerdote cumple su propia doctrina. Me cuesta menos enseñar a veinte lo que es justo que ser uno de los veinte que han de seguir mis enseñanzas. La cabeza podrá dictar leyes contra la pasión, pero el ardor puede más que la frialdad de una sentencia: la loca juventud es una liebre que salta las redes de la inerte prudencia. Claro que estos razonamientos no me sirven para elegir marido. ¡Qué palabra, «elegir»! Ni puedo elegir al que quiera ni rehusar al que aborrezca: la primera voluntad de una hija viva tropieza con la última de un padre muerto. ¿Verdad que es duro, Nerisa, no poder elegir ni rehusar a ninguno?
NERISA
Vuestro padre vivió en la virtud, y en su lecho de muerte el justo suele tener inspiraciones; así que el acertijo que ideó con esos tres cofres de oro, plata y plomo, por el cual seréis de quien acierte su intención, solo podrá resolverlo el hombre a quien queráis de verdad. Pero, ¿qué inclinación sentís por los nobles pretendientes que han llegado?
PORCIA
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Dime sus nombres, ¿quieres? Conforme los dices, yo haré un comentario y tú podrás adivinar mis sentimientos.
NERISA
Primero está el príncipe napolitano.
PORCIA
Ese está hecho un potro: no hace más que hablar de su caballo y añade a sus prendas el saber herrarlo él solo. Sospecho que su señora madre se entendía con un herrador
NERISA
Después, el conde Palatino
PORCIA
Siempre poniendo mala cara, como diciendo: «Si no gusto, a tu gusto». Si oye alguna gracia, no se ríe. Me temo que de viejo será un filósofo llorón, ya que de joven es tan hosco y sombrío. Prefiero ser la esposa de una calavera con un hueso en la boca que la de uno de estos. ¡Dios me guarde de los dos!
NERISA
¿Y qué me decís del caballero francés, Monsieur Le Bon?
PORCIA
Puesto que Dios le creó, tengámosle por hombre. Ya sé que está feo burlarse, ¡pero es que él…! Su caballo es mejor que el del napolitano y pone mejor mala cara que el conde Palatino. Es todos y ninguno. Al canto del tordo se pone a bailar. Se pelea con su sombra. Casarme con él sería como casarme con veinte. Y no me importaría que me despreciase, pues si me amara con delirio no podría corresponderle.
NERISA
¿Y qué os dice Falconbridge, el joven barón inglés?
PORCIA
Nada, porque ni yo lo entiendo a él ni él a mí: no sabe latín, ni francés, ni italiano, y tú puedes dar fe de que yo no sé casi nada de inglés. Es un modelo de apostura, pero, ¿quién puede conversar con una estatua? ¡Y qué indumentaria! Creo que el jubón lo adquirió en Italia, las calzas en Francia, el gorro en Alemania y las maneras en todas partes.
NERISA
¿Qué pensáis del lord escocés, su vecino?
PORCIA
Que no le falta amor al prójimo, pues el inglés le prestó una bofetada y él juró que se la devolvería cuando pudiera. Creo que el francés salió garante y firmó por otra más.
NERISA
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¿Qué os parece el joven alemán, el sobrino del Duque de Sajonia? PORCIA
Por la mañana, que está sereno, repelente, y por la tarde, que está borracho, repugnante. Cuando está mejor es algo peor que un hombre, y cuando está peor, algo mejor que un animal. Si ocurriera lo peor, confío en que sabré arreglármelas sin él.
NERISA
Si se arriesgase a elegir y acertara con el cofre, iríais contra la voluntad de vuestro padre si os negaseis a aceptarle.
PORCIA
Pues, para evitarlo, pon sobre otro cofre un vaso grande de vino del Rin: aunque el diablo ande dentro y la tentación fuera, seguro que lo escoge. Nerisa, cualquier cosa antes que casarme con una cuba.
NERISA
Perded cuidado, señora: estos caballeros me han hecho saber su intención de regresar a su tierra y no importunaros más con su petición si no hay otro modo de conseguiros que el acertijo de los cofres que dispuso vuestro padre.
PORCIA
Aunque viva tantos años como la Sibila, moriré tan casta como Diana si no me consiguen como ordena el testamento de mi padre. Me alegro de que todos estos pretendientes sean tan razonables, pues no hay uno de ellos por cuya ausencia no suspire. Que Dios les conceda un buen regreso.
NERISA
Señora, ¿no os acordáis de un veneciano, hombre de armas y letras, que en vida de vuestro padre vino aquí acompañando al marqués de Monferrato?
PORCIA
¡Sí, sí, Basanio…! Así creo que se llamaba.
NERISA
Sí, señora. De todos los hombres que hayan visto mis torpes ojos él era el más merecedor de una bella dama.
PORCIA
Le recuerdo muy bien y recuerdo que era digno de tu elogio.
Entra un CRIADO.
¿Alguna novedad?
CRIADO
Señora, los cuatro extranjeros desean despedirse, y ha venido el correo de un quinto, el Príncipe de Marruecos, para anunciar que su señor llega esta noche.
PORCIA
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Si pudiera acogerle con tanto placer como despido a los otros cuatro, me alegraría su llegada. Y si es un santo con cara de diablo, que venga a confesarme, no a cortejarme. Vamos, Nerisa.— Tú, ve delante.— Sale un pretendiente por la verja, y ya hay otro llamando a la puerta.
Salen.
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ESCENA III
Entra BASANIO con SHYLOCK el judío.
SHYLOCK
Tres mil ducados; ya.
BASANIO
Sí, señor; por tres meses.
SHYLOCK
Por tres meses; ya.
BASANIO
Y, como os he dicho, Antonio saldrá fiador.
SHYLOCK
Antonio saldrá fiador; ya.
BASANIO
¿Podéis ayudarme? ¿Me complaceréis? ¿Qué respondéis?
SHYLOCK
Tres mil ducados por tres meses, y Antonio fiador.
BASANIO
Respondedme.
SHYLOCK
Antonio vale mucho.
BASANIO
¿Alguien afirma lo contrario?
SHYLOCK
¡Oh, no, no, no, no! Cuando digo que vale mucho quiero denotaros que es solvente. Claro que sus bienes son supuestos: tiene un galeón rumbo a Trípoli, otro a las Indias, y dicen en el Rialto que tiene un tercero en Méjico, un cuarto camino de Inglaterra, más todo el comercio que dispersa por ahí. Pero los barcos son tablas, y los navegantes, hombres; y hay ratas de tierra y ratas de agua, ladrones de tierra y ladrones de agua (quiero decir piratas), y luego está el peligro de los mares, los vientos y las rocas. Sin embargo, el hombre es solvente. Tres mil ducados… Creo que puedo aceptar su garantía.
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BASANIO
Podéis estar seguro.
SHYLOCK
Me aseguraré de que puedo y para asegurarme lo consideraré. ¿Puedo hablar con Antonio?
BASANIO
Si tenéis a bien cenar con nosotros…
SHYLOCK
Sí, para oler la carne de cerdo y comer del cuerpo que alojó al demonio por conjuro de vuestro profeta de Nazaret. Con vosotros compraré, venderé, hablaré, pasearé y así sucesivamente; pero con vosotros no comeré, ni beberé, ni rezaré.— ¿Alguna novedad en el Rialto? ¿Quién viene ahí?
Entra ANTONIO.
BASANIO
Es el signor Antonio.
SHYLOCK [aparte]
¡Vaya un aire de sumiso publicano!
Le odio por cristiano, pero más
porque en su humilde simpleza va prestando dinero gratis y rebaja nuestra tasa
de ganancias en Venecia.
Como pueda pillarle en desventaja,
saciaré el viejo rencor que le guardo.
Odia a nuestro pueblo sagrado, y allí
donde suelen congregarse mercaderes
murmura de mí, de mis tratos
y mis lícitas ganancias, que él llama intereses.
¡Maldita sea mi estirpe si le perdono!
BASANIO
Shylock, ¿me oís?
SHYLOCK
Estoy echando cuentas de mis fondos,
y así, de memoria, no parece
que disponga ahora mismo del total de los tres mil ducados. ¡Qué más da! Túbal, un hermano judío muy pudiente, me proveerá. Pero, alto, ¿cuántos meses deseáis? [A ANTONIO] Dios os guarde, signor.
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Hablábamos de vuestra merced.
ANTONIO
Shylock, aunque no presto ni tomo prestado recibiendo o pagando las usuras, por atender la urgencia de mi amigo
faltaré a mi costumbre. [A BASANIO] ¿Sabe ya cuánto necesitas?
SHYLOCK
Sí, sí. Tres mil ducados.
ANTONIO
Y por tres meses.
SHYLOCK
No me acordaba… Tres meses.— Me lo habíais dicho.—
Muy bien, la garantía. A ver… Pero un momento.
Me pareció oír que no prestábais
ni tomabais prestado por ganancias.
ANTONIO
Jamás lo hago.
SHYLOCK
Cuando Jacob apacentaba las ovejas
de su tío Labán… Después del santo Abrahán, Jacob, merced a la prudencia de su madre, fue el tercer heredero. Sí, el tercero.
ANTONIO
¿Y qué? ¿Cobraba intereses?
SHYLOCK
No, cobrar intereses, no; lo que diríais intereses directos, no. Mirad lo que hizo Jacob: Labán y él convinieron que todos los corderos que naciesen rayados o con manchas
serían la paga de Jacob. A fines del otoño, ya en celo, las ovejas buscaron a los machos, y, cuando estos lanudos animales realizaban el acto procreador, el astuto pastor peló unas varas
y, en pleno apareamiento, las plantó
frente a las ardientes ovejas,
que, habiendo concebido, parieron en su día corderos variopintos, todos para Jacob.
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Así pudo ganar y ser bendecido,
y ganancia es bendición si no se roba.
ANTONIO
Eso fue un azar, y Jacob el instrumento;
algo que no estaba en su mano realizar
y que el cielo dispuso y gobernó.
¿Se menciona para justificar los intereses?
¿O son ovejas y carneros tu oro y plata?
SHYLOCK
No lo sé. Conmigo crían igual.
Pero atendedme, signor.
ANTONIO
Fíjate, Basanio:
el diablo cita la Biblia en su provecho.
El alma perversa que alega santo testimonio es como un canalla de cara sonriente
o hermosa manzana podrida por dentro.
¡Qué buena presencia tiene la impostura!
SHYLOCK
Tres mil ducados; buena suma.
Tres meses de doce… A ver la tasa.
ANTONIO
Bueno, Shylock, ¿vamos a quedarte agradecidos?
SHYLOCK
Signor Antonio, una y otra vez
me habéis injuriado en el Rialto
por mis dineros y ganancias.
Yo siempre lo soporto encogiéndome de hombros, que la paciencia es la señal de nuestro pueblo.
Me llamáis infiel y perro carnicero,
me escupís en mi capa de judío,
y todo por usar lo que es mío propio.
Pues bien, parece ser que ahora os hago falta, y, cómo no, venís a mí diciendo: «Shylock, queremos dineros», me decís.
Vos, que la barba me pringáis de escupitajos, que me apartáis a puntapiés como a perro ajeno en vuestro umbral; vos me pedís dineros. Pues no sé qué decir. ¿No debía decir?:
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«¿Tienen dinero los perros? ¿Es que un perro puede prestar tres mil ducados?».
¿O queréis que me incline y, en tono servil,
con aliento contenido y humilde susurro,
os diga: «Gentil señor,
el miércoles pasado me escupisteis,
tal día me disteis de patadas, tal otro
me llamasteis perro y por tanta cortesía
aquí tenéis tantos dineros»?
ANTONIO
Volvería a llamarte perro,
escupirte y darte de patadas.
Si vas a prestar ese dinero, no lo prestes
como amigo, pues, ¿cuándo la amistad
sacó fruto de metal infructuoso?
Préstalo más bien como enemigo:
si se arruina tu deudor, podrás
exigir la pena sin reparos.
SHYLOCK
Pero, ¡cómo os sulfuráis! Quiero ser
amigo vuestro y gozar de la amistad,
olvidar los ultrajes que me habéis infligido,
atender vuestra necesidad sin llevarme
ni un ochavo de ganancias, y no me escucháis.
Ofrezco bondad.
BASANIO
Bondad sería.
SHYLOCK
Bondad que mostraré:
venid conmigo al escribano y me firmáis
el simple trato, y, por juego,
si no me reembolsáis en tal día y tal lugar
la suma convenida en el acuerdo,
la pena quedará estipulada
en una libra cabal de vuestra carne
que podrá cortarse y extraerse
de la parte del cuerpo que me plazca.
ANTONIO
Acepto. Firmaré el trato y diré
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que el judío rebosa de bondad.
BASANIO
Por mí no firmarás un trato así.
Antes seguiré con mi penuria.
ANTONIO
Vamos, no temas, que lo cumpliré.
De aquí a dos meses, un mes antes
de que venza, espero la llegada
de tres veces tres el valor del trato.
SHYLOCK
¡Ah, padre Abrahán, lo que son estos cristianos!
Su aspereza les enseña a recelar
de intenciones ajenas. Decidme:
si él no cumple lo pactado, ¿yo qué gano
exigiendo la sanción? Una libra de carne
sacada de un cuerpo humano
no vale tanto ni produce
como la de vaca, oveja o cabra. Oídme:
por complacerle, ofrezco gentileza.
Si la toma, bien; si no, adiós.
Y os lo pido por favor: no me difaméis.
ANTONIO
Sí, Shylock, firmaré el trato.
SHYLOCK
Pues id presto a ver al escribano,
y que prepare este gracioso documento.
Yo corro a sacar los ducados y a mirar
por mi casa, que ha quedado en manos
de un inútil de criado, y en seguida
me reúno con vos.
Sale.
ANTONIO
Corre, gentil judío.— Este hebreo
se hará cristiano: está más bondadoso.
BASANIO
No me gustan las bondades de un malvado.
ANTONIO
Vamos, tú por el trato nada temas:
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mis barcos volverán antes que venza.
Salen.
22
ACTO SEGUNDO
ESCENA I
Suenan las trompas. Entra [el PRÍNCIPE DE] MARRUECOS, un moro cobrizo vestido de blanco, y tres o cuatro acompañantes como él, con PORCIA, NERISA y séquito.
PRÍNCIPE DE MARRUECOS
No me rechacéis por mi color,
oscuro uniforme del sol esplendente,
de quien soy vecino y allegado.
Traedme al ser más hermoso del Norte,
donde el fuego de Febo no ablanda carámbanos, y cortemos nuestra piel por vuestro amor
para ver el que tiene la sangre más roja.
Yo os digo, señora, que mi rostro
espantó al valeroso y juro por mi amor
que las vírgenes más nobles de mi tierra
lo han amado. Solo cambiaría este color
por robaros el sentido, reina mía.
PORCIA
En mi elección no me guían solamente
unos ojos de doncella delicada.
Además, el azar de mi destino
me veda el derecho de elegir.
Si mi padre, en su prudencia, no me hubiera restringido para darme por esposa
a quien me gane del modo que os he dicho, vos, insigne príncipe, seríais tan claro
a mis sentidos como todos los que he visto.
PRÍNCIPE DE MARRUECOS
23
Os doy las gracias, y por ello
tened a bien conducirme a los cofres,
que pruebe mi fortuna. Por esta cimitarra,
que mató al Sofí y al príncipe persa
que venció en tres batallas al gran Solimán,
rendiré la mirada más severa,
ganaré en valentía al pecho más bravo, arrancaré los cachorros de las mamas de la osa y me reiré del león que ruge hambriento para conquistaros, señora. Pero, ¡ay de mí!
Si Hércules y Licas se juegan a los dados
quién es el mejor, la suerte podría
dar más puntos al hombre más débil;
y si Hércules pierde con su paje,
también yo, sujeto a la ciega Fortuna,
podría perder lo que ganara el inferior
y morir de tristeza.
PORCIA
Debéis correr el riesgo, y si no
renunciáis a elegir, debéis jurar
antes de elegir que, si falláis,
jamás pediréis en matrimonio
a otra mujer. Conque, pensadlo.
PRÍNCIPE DE MARRUECOS
Así sea. Llevadme a mi suerte.
PORCIA
Primero al juramento. Después de la cena
probaréis fortuna.
PRÍNCIPE DE MARRUECOS
Pues entonces diga el hado
si soy el más feliz o desgraciado.
Trompas. Salen.
24
ESCENA II
Entra [LANZAROTE Gobo] el gracioso, solo.
LANZAROTE
Pues sí, la Conciencia me permite que huya del judío de mi amo. El Maligno está a mi lado y me tienta diciéndome: «Gobo, Lanzarote Gobo, buen Lanzarote», o «buen Gobo», o «buen Lanzarote Gobo, dale a las piernas, echa a correr, vete ya». La Conciencia me dice «No. Cuidado, buen Lanzarote. Cuidado, buen Gobo»; o, como he susodicho, «Buen Lanzarote Gobo, no corras, déjate de fugas». Pues bien, el Maligno me anima y me dice que largo. «¡Via!», dice el Maligno; «¡Corre!», me dice; «¡Por todos los santos!», me dice, «¡Haz ánimo y vete!». Pues bien, la Conciencia se me abraza al cuello del corazón y muy sabiamente me dice: «Mi honrado amigo Lanzarote» (pues soy hijo de hombre honrado, o, mejor dicho, de mujer honrada, porque mira que a mi padre le tiraba el asunto y se las beneficiaba); pues bien, la Conciencia me dice: «¡Lanzarote, quédate!». Y el Maligno: «¡Vete!». Y la Conciencia: «¡Quédate!». «Conciencia», le digo, «bueno es tu consejo». «Maligno», le digo, «bueno es tu consejo». Si obedeciese a la Conciencia, me quedaría con el judío de mi amo, que, con perdón, es una especie de diablo; y si huyera de su casa, obedecería al Maligno, que, con perdón, es el mismo diablo. Desde luego, el judío es el diablo empersonificado, y, en conciencia, la Conciencia es bastante cruel al aconsejarme que me quede con el judío. El consejo del Maligno es más benigno. Me voy, Maligno. Mis pies a tus órdenes. Me voy.
Entra el viejo GOBO con una cesta.
GOBO
Mi joven señor, ¿queréis decirme por dónde se va a la casa de maese el judío? LANZAROTE [aparte]
¡Cielo santo! Pero si es mi legítimo padre, que, de puro burrimiope y casi ciego ni me conoce. A ver si lo enredifico.
GOBO
Mi joven caballero, ¿queréis decirme por dónde se va a la casa de maese el judío?
LANZAROTE
25
Tomad la primera bocacalle a la derecha, pero la siguiente a la izquierda. A la siguiente no toméis ninguna, y seguid indirectamente a la casa del judío.
GOBO
Por el cielo bendito, va a ser difícil. ¿Podéis decirme si un tal Lanzarote, que vive con él, vive con él o no?
LANZAROTE
¿Habláis del joven maese Lanzarote?— [Aparte] Y ahora, atentos, que suben las aguas.— ¿Habláis del joven maese Lanzarote?
GOBO
Maese no, señor, que es hijo de un pobre. Su padre, modestia aparte, es un pobre muy honrado y, a Dios gracias, con mucha salud.
LANZAROTE
Bueno, sea quien fuere su padre, hablamos del joven maese Lanzarote.
GOBO
Lanzarote, señor, y servidor de vuestra merced.
LANZAROTE
Pero anciano, ergo os lo ruego, ergo os lo suplico, ¿habláis del joven maese Lanzarote?
GOBO
De Lanzarote, con permiso de vuestra merced.
LANZAROTE
Ergo, maese Lanzarote. Pero no habléis de maese Lanzarote, anciano, que el joven caballero, conforme a los hados, destinos y otras rarezas de nombres, las Tres Parcas y otras ramas del saber, ha fenecido, o, dicho llanamente, ha subido al cielo.
GOBO
¡No lo quiera Dios! El muchacho era el báculo y puntal de mi vejez.
LANZAROTE
[aparte] ¿Parezco un garrote, un soporte, un báculo, un puntal? — ¿Me conocéis, anciano?
GOBO
¡Ay de mí! No os conozco, joven caballero, pero, ¿queréis decirme si mi hijo, que en paz descanse, está vivo o muerto?
LANZAROTE
¿No me conocéis, anciano?
GOBO
¡Ay de mí, señor! Estoy casi ciego y no os conozco.
LANZAROTE
Sí, y aunque vierais bien, a lo mejor no me conocíais. Sabio es el padre que conoce a su hijo. Está bien, anciano, voy a daros noticias de vuestro hijo. [Se arrodilla]
26
Dadme vuestra bendición. La verdad sale a la luz, el crimen no puede ocultarse, aunque pueda un hijo, y al final resplandece la verdad.
GOBO
Levantaos, señor, os lo suplico. Estoy seguro de que no sois mi hijo Lanzarote.
LANZAROTE
Os lo ruego, señor, no más chanzas y dadme vuestra bendición. Soy Lanzarote, vuestro hijo que ha sido, es y será.
GOBO
No puedo creer que seáis mi hijo.
LANZAROTE
Eso ya no lo sé, pero yo soy Lanzarote, criado del judío, y estoy seguro de que mi madre es vuestra esposa Margarita.
GOBO
Cierto, se llama Margarita. Y si tú eres Lanzarote, juro que eres hijo de mi sangre. ¡Alabado sea Dios, vaya barba que llevas! Tienes más pelo en la cara que mi caballo Dobin en la cola.
LANZAROTE
Entonces es que a Dobin le crece la cola al revés. La última vez que lo vi, seguro que tenía más pelo en la cola que yo en la cara.
GOBO
¡Jesús, cómo has cambiado! ¿Te avienes con tu amo? Le he traído un regalo. ¿Cómo os lleváis?
LANZAROTE
Pues, bien. En cuanto a mí, he decidido fugarme, así que no pararé hasta haber corrido un buen trecho. ¡Menudo judío es mi amo! ¿Y le traéis un regalo? ¡Traedle una soga! Me mata de hambre. Con mis costillas se pueden contar los dedos que tengo. Padre, me alegra que hayáis venido. Hacedle el regalo a un tal maese Basanio, que regala libreas nuevas y regias. Si no le sirvo, estaré corriendo mientras haya tierra. Pero, ¡qué suerte! Ahí viene. Vamos con él, padre, que soy judío si me quedo en casa del judío.
Entra BASANIO con [LEONARDO y] uno o dos acompañantes. BASANIO
Muy bien, pero de prisa, para que la cena esté lista a las cinco a más tardar. Entrega estas cartas, encarga las libreas y pide a Graciano que venga pronto a mi casa.
[Sale uno de los criados.]
27
LANZAROTE
¡Vamos con él, padre!
GOBO
Dios bendiga a vuestra merced.
BASANIO
Gracias. ¿Deseáis algo?
GOBO
Señor, este es mi hijo, un muchacho pobre…
LANZAROTE
Muchacho pobre, no, señor, sino criado de un judío rico, que desea, señor, como mi padre especificará…
GOBO
Tiene, señor, como se dice, una declinación natural a servir.
LANZAROTE
Pues bien, breve y largamente, yo sirvo al judío y tengo el deseo, como mi padre especificará…
GOBO
Su amo y él, con perdón de vuestra merced, no hacen buenas migas.
LANZAROTE
En suma, la verdad es que, como el judío me ha tratado mal, yo debo, como mi padre, siendo, según espero, un anciano, os explificará…
GOBO
Aquí traigo un plato de pichones que deseo regalaros, y mi petición…
LANZAROTE
Abreviando: la petición me es impertinente, como os dirá este honrado anciano, que, no es por nada, aunque pobre y anciano, es mi padre.
BASANIO
Que hable uno. ¿Qué deseáis?
LANZAROTE
Serviros, señor.
GOBO
Ese es el maúllo de la cuestión.
BASANIO
Te conozco. Tuyo es el empleo.
De ti me ha hablado hoy tu amo Shylock
y te ha recomendado, aunque poco medrarás si dejas el servicio de un judío rico
y te haces servidor de tan pobre caballero.
LANZAROTE
28
El viejo refrán se reparte muy bien entre mi amo Shylock y vos, señor: él «es rico» y vos estáis «a bien con Dios».
BASANIO
Dices bien.— Anciano, id con vuestro hijo.— Despídete del que ha sido tu amo y pregunta dónde vivo.— Dadle una librea
de más ornamento que las otras. Cuidaos de ello.
LANZAROTE
Pasad, padre.— ¡No, si yo no sé ganarme un empleo, si no tengo la lengua en su sitio…! [Se mira la palma de la mano] Bueno, como no hay en toda Italia una mano más hermosa para jurar sobre la Biblia, seré afortunado. ¡Anda, que no está clara la raya de la vida! ¡Y vaya puñadito de mujeres! Total, nada, quince mujeres; once viudas y nueve mozas no es mala entrada para uno. Y tres veces a punto de hundirme, y luego los peligros del lecho nupcial; meras travesuras. Si la fortuna es mujer, conoce su oficio.— Vamos, padre. En un soplo me despido del judío.
Sale [con el viejo GOBO].
BASANIO
Encárgate de esto, buen Leonardo.
Compradas y embarcadas estas cosas,
vuelve a toda prisa, que esta noche doy
un festín al mejor de mis amigos. Corre.
LEONARDO
Pondré el mayor empeño en complaceros.
Entra GRACIANO.
GRACIANO
¿Dónde está tu amo?
LEONARDO
Por ahí va, señor.
Sale.
GRACIANO
¡Signor Basanio!
BASANIO
¡Graciano!
GRACIANO
Deseo pedirte un favor.
29
BASANIO
Concedido.
GRACIANO
No me lo niegues. Debo ir a Bélmont contigo.
BASANIO
Está bien. Pero mira, Graciano:
eres desmedido, brusco e indiscreto,
lo cual se ajusta bien a tu carácter
y no es inconveniente a nuestros ojos.
Mas quien no te conozca, te creerá
descomedido. Te lo ruego, esfuérzate
por templar el ardor de tu espíritu
con unas gotas de moderación, no sea
que donde voy me juzguen a mí
por tus excesos y arruine mi esperanza.
GRACIANO
Óyeme, Basanio:
si no me revisto de porte formal,
hablo con respeto y apenas maldigo;
si no llevo encima el devocionario
y no estoy modoso; y si, al bendecir la mesa, no me tapo los ojos así con el sombrero, doy un suspiro y digo «amén»; si no cumplo las reglas de cortesanía como aquel
que sabe estar serio para gusto de su abuela, no te fíes más de mí.
BASANIO
Ya veremos cómo te comportas.
GRACIANO
Pero esta noche, no. No me juzgues
por lo que hagamos esta noche.
BASANIO
No, sería una lástima.
Prefiero rogarte que te pongas
tus galas de alegría inmoderada,
pues hay amigos que quieren regocijo.
Y ahora, adiós. Tengo que hacer.
GRACIANO
Y yo voy con Lorenzo y los demás;
30
te veremos a la hora de la cena.
Salen.
31
ESCENA III
Entran YÉSICA y [LANZAROTE] el gracioso.
YÉSICA
Me apena que dejes a mi padre.
Esta casa es el infierno y tú, diablillo,
le quitabas buena parte de sus males.
Bueno, adiós. Aquí tienes un ducado;
y, Lanzarote, pronto verás a Lorenzo
en la cena, convidado de tu nuevo amo.
Dale esta carta; hazlo con sigilo.
Y ahora, adiós: no quiero que mi padre
me vea hablando contigo.
LANZAROTE
Adiós. Las lágrimas hablan por mí, bellísima infiel, queridísima judía. Mucho me equivoco si algún cristiano no trama un enredo para hacerte suya. Bueno, adiós. El llanto me ahoga la hombría. Adiós.
Sale.
YÉSICA
Adiós, buen Lanzarote.— ¡Ay de mí!
¡En qué pecado tan horrendo he caído
que me avergüenza ser hija de mi padre!
Pero, aunque sea hija de su sangre,
no lo soy de su espíritu. ¡Ah, Lorenzo!
Cumple tu promesa y me harás dichosa:
seré cristiana y tu devota esposa.
Sale.
32
ESCENA IV
Entran GRACIANO, LORENZO, SALERIO y SOLANIO.
LORENZO
Sí, nos escabullimos durante la cena,
nos disfrazamos en mi casa, y en una hora
ya hemos vuelto.
GRACIANO
¡Si no lo hemos preparado bien!
SALERIO
Ni tenemos portadores de antorchas.
SOLANIO
Será fatal si no está bien dispuesto.
Por mí más vale no intentarlo.
LORENZO
Apenas son las cuatro. Tenemos dos horas
para proveernos.
Entra LANZAROTE con una carta.
Amigo Lanzarote, ¿hay noticias?
LANZAROTE
Dignaos abrir la carta y habrá un significado.
LORENZO
Conozco la letra. Hermosa letra,
y la hermosa mano que la ha escrito
es más blanca que el papel de la misiva.
GRACIANO
Misiva de amor.
LANZAROTE
Con permiso, señor.
LORENZO
¿Adónde vas?
33
LANZAROTE
Pues, señor, a convidar a mi antiguo amo el judío a cenar esta noche con mi nuevo amo el cristiano.
LORENZO
Toma, ten. Di a la gentil Yésica
que no faltaré. Díselo en secreto.
Sale LANZAROTE.
Vamos, señores. ¿Queréis prepararos
para la mascarada de esta noche?
Yo ya tengo portador de antorcha.
SALERIO
Sí, claro. En seguida.
SOLANIO
Al momento.
LORENZO
Nos veremos en casa de Graciano
dentro de una hora.
SALERIO
Muy bien.
Sale [con SOLANIO].
GRACIANO
La carta, ¿no era de la bella Yésica?
LORENZO
Será mejor contártelo. Me dice el modo
de llevármela de casa de su padre;
que se ha provisto de oro y joyas
y se ha preparado un disfraz de paje.
Si el judío de su padre gana el cielo
será gracias a la gentil de su hija.
Que la desdicha no se ponga en su camino
a no ser que venga con la excusa
de que es hija de un judío infiel.
Venga, y lee la carta mientras vamos.
La bella Yésica portará mi antorcha.
Salen.
34
ESCENA V
Entran [SHYLOCK el] judío y [LANZAROTE,] su antiguo criado, el gracioso.
SHYLOCK
Ya verás, tus ojos juzgarán
la diferencia entre Shylock y Basanio.—
¡Eh, Yésica!— Ya no podrás hincharte
como hacías en mi casa.— ¡Eh, Yésica!—
Ni dormir, roncar y destrozar la ropa.—
¡Eh, Yésica!
LANZAROTE
¡Eh, Yésica!
SHYLOCK
¿A ti quién te manda llamar? ¿Te lo he mandado yo?
LANZAROTE
Vuestra merced me decía que no sabía hacer nada si no me lo mandaban.
Entra YÉSICA.
YÉSICA
¿Llamabais? ¿Qué deseáis?
SHYLOCK
Me han convidado a cenar, Yésica.
Toma mis llaves. Pero, ¿por qué voy?
Por amistad no me invitan: es por halagarme.
Iré por odio, por comer a las expensas
del pródigo cristiano. Yésica, hija,
cuida de mi casa. Voy de mala gana.
Algún mal amenaza mi sosiego:
anoche soñé con bolsas de oro.
LANZAROTE
Os suplico que vengáis, señor. Mi amo desea vuestra insistencia.
SHYLOCK
35
¡Y yo la suya!
LANZAROTE
Pues las dos se han conjurado. No digo que vayáis a ver máscaras, pero si las veis, por algo me sangró la nariz el último lunes de Pascua a las seis de la mañana, cayendo ese año el miércoles de ceniza a los cuatro años de la tarde.
SHYLOCK
¿Conque máscaras? Óyeme bien, Yésica:
atranca las puertas y, al oír el tambor
y el mísero chillido de los pífanos,
no te subas a ventanas, ni asomes
la cabeza a la calle para ver
a los estúpidos cristianos con caretas.
Tapa los oídos de mi casa (las ventanas):
que el ruido de la vana ligereza
no entre en mi digna casa. Por la vara de Jacob, que esta noche yo no iría de banquetes.
Pero iré.— Tú adelántate y di que voy.
LANZAROTE
Señor, delante iré.— Señora,
no dejes de asomarte a la ventana:
«El cristiano a la judía
viene a traer alegría».
[Sale.]
SHYLOCK
¿Qué dice ese tonto de la estirpe de Agar?
YÉSICA
Solo ha dicho «Adiós, señora», nada más.
SHYLOCK
Ese bobo es amable, pero traga mucho,
aprovecha poco y duerme de día
más que el gato montés. Conmigo los zánganos no hacen colmena. Que se vaya.
Y que ayude al nuevo amo a vaciar
la bolsa prestada. Bueno, Yésica, entra.
A lo mejor vuelvo en seguida.
Haz lo que te digo: atranca las puertas.
Quien cierra, no yerra.
Refrán que buena economía encierra.
36
Sale.
YÉSICA
Adiós. Y, como nada lo corrija,
yo pierdo a un padre, y tú a una hija.
Sale.
37
ESCENA VI
Entran las máscaras, GRACIANO y SALERIO.
GRACIANO
Aquí está el soportal donde Lorenzo
nos pidió que le esperásemos.
SALERIO
Se está retrasando.
GRACIANO
Curioso retraso: los amantes
van siempre por delante del reloj.
SALERIO
Ah, las palomas de Venus son diez veces
más veloces en sellar un pacto de amor
que en cumplir las promesas de fidelidad.
GRACIANO
Así es en todo. ¿Quién sale de un banquete con tan buen apetito como entró?
¿Qué caballo vuelve a tomar paso
con el brío incontenible del principio?
Las cosas se persiguen con más ánimo
que se disfrutan. Como un muchacho
o hijo pródigo es el barco empavesado
que zarpa de su puerto, acariciado
y abrazado por la lujuria del viento.
Y como hijo pródigo regresa, con el casco deslucido, las velas desgarradas, flaco, mísero y saqueado por la lujuria del viento.
Entra LORENZO.
SALERIO
Aquí llega Lorenzo. Luego seguiremos.
38
LORENZO
Queridos amigos, disculpad mi retraso.
Mis asuntos, y no yo, son la causa.
Cuando vayáis a jugar al robo de esposa,
yo haré lo mismo por vosotros. Acercaos.
Aquí vive mi suegro el judío. ¡Ah de casa!
[Entra] YÉSICA arriba [vestida de muchacho].
YÉSICA
¿Quién sois? Decídmelo para mi certeza,
aunque juraría que conozco vuestra voz.
LORENZO
Lorenzo, tu amor.
YÉSICA
Lorenzo, sí, y seguro que mi amor,
pues, ¿a quién quiero yo tanto? Pero, ¿quién, sino tú, Lorenzo, sabe si soy tuya?
LORENZO
El cielo y tu corazón son testigos.
YÉSICA
Toma, coge este cofre. Merece la pena.
Menos mal que es de noche y no me ves,
pues me da vergüenza este disfraz.
Mas ciego es el amor, y los amantes
no ven las travesuras que cometen,
que, si las vieran, Cupido enrojecería
de verme convertida en un muchacho.
LORENZO
Baja, que tú me llevarás la antorcha.
YÉSICA
¡Cómo! ¿Que alumbre mi propia vergüenza? Ya luce demasiado por sí misma. Amor mío, el oficio de la antorcha es descubrir
y yo debo ocultarme.
LORENZO
Estás oculta, vida mía,
en tu lindo atavío de muchacho.
Vamos, ven, que la noche se vuelve fugitiva
y nos esperan en la fiesta de Basanio.
39
YÉSICA
Voy a cerrar las puertas y proveerme
de más ducados. En seguida estoy contigo.
[Sale arriba.]
GRACIANO
A fe mía, gentil y no judía.
LORENZO
Que me pierda si no la quiero de verdad.
Es prudente, si no me equivoco,
y bella, si los ojos no me engañan,
y fiel, como lo ha demostrado;
y así, prudente, bella y fiel,
la llevaré en mi pecho constante.
Entra YÉSICA.
¡Ah! ¿Ya estás? En marcha, señores.
La mascarada nos espera.
Sale [con YÉSICA y SALERIO].
Entra ANTONIO.
ANTONIO
¿Quién va?
GRACIANO
¿Signor Antonio?
ANTONIO
¡Válgame, Graciano! ¿Y los demás?
Ya son las nueve; los amigos esperan.
No hay mascarada: el viento ha cambiado
y Basanio está para embarcarse.
Mandé en tu busca a veinte hombres.
GRACIANO
Me alegro, pues Graciano solo anhela
navegar esta noche a toda vela.
Salen.
40
ESCENA VII
[Trompas.] Entra PORCIA con [el PRÍNCIPE DE] MARRUECOS, ambos con su séquito.
PORCIA
Descorred las cortinas y mostrad
al noble príncipe los cofres.—
Ahora, elegid.
PRÍNCIPE DE MARRUECOS
El primero, de oro, lleva esta inscripción: «Quien me elija tendrá lo que muchos desean». El segundo, de plata, hace esta promesa: «Quien me elija tendrá todo lo que merece». El tercero, rudo plomo, habla muy claro: «Quien me elija debe darlo y arriesgarlo todo». ¿Cómo sabré si he acertado en la elección?
PORCIA
Porque dentro está mi retrato, Príncipe.
Si elegís ese cofre, seré vuestra.
PRÍNCIPE DE MARRUECOS
¡Que algún dios me ilumine! A ver,
voy a releer las inscripciones.
¿Qué dice el cofre de plomo?
«Quien me elija debe darlo y arriesgarlo todo». ¿Darlo todo? ¿Por plomo? ¿Arriesgarse por plomo? Este cofre amenaza; quien todo lo arriesga
es porque espera buenas ganancias.
A mente de oro no deslumbra la escoria; así que ni daré ni arriesgaré por plomo. ¿Qué dice la plata, de color virginal? «Quien me elija tendrá todo lo que merece». Todo lo que merece… Detente, príncipe,
y sopesa tu valía con mano imparcial.
41
Si te valoras por tu propio renombre
mereces mucho y, con todo, ese mucho
podría no llegar hasta la dama.
Sin embargo, dudar de mis méritos
sería un menosprecio de mí mismo.
Todo lo que merezco… Pues, ¡la dama!
Por mi cuna la merezco, y mi fortuna,
mis prendas y ventajas de crianza;
pero, aún más, la merezco por amor.
¿Y si no continuara y eligiese ya?
Veamos otra vez la leyenda del oro:
«Quien me elija tendrá lo que muchos desean».
Pues, ¡la dama! El mundo entero la desea. De los cuatro puntos cardinales vienen todos a besar esta efigie, esta santa entre mortales. Las soledades de Hircania y los vastos desiertos de Arabia son ahora caminos reales
de príncipes que vienen a ver a la bella Porcia.
El reino del mar, cuya osada cabeza
al cielo escupe en la cara, no es barrera
que detenga al ánimo extranjero, que por ver a la bella Porcia lo cruza como un arroyo. Uno de los tres guarda su imagen divina.
¿Puede ser que el plomo la guarde? Pecado sería tan vil pensamiento, como indigno
encerrar su mortaja en fosa plebeya.
¿Puedo pensar que la guarda la plata,
que vale diez veces menos que el oro de ley?
¡Ah, pensamiento pecador! Solo en oro
se puede engastar una gema tan rica.
Hay una moneda en Inglaterra que lleva
un ángel tallado en oro; mas solo grabado.
Aquí el ángel está dentro, en lecho de oro.
Dadme la llave. Elijo este cofre,
y que la suerte me acompañe.
PORCIA
Tomadla, Príncipe, y si halláis
mi retrato seré vuestra.
PRÍNCIPE DE MARRUECOS [abre el cofre]
42
¡Perdición! ¿Qué hay aquí? Una calavera,
y en su ojo vacío, un manuscrito.
A ver lo que dice:
«Que no es oro cuanto luce
ya te han dicho y repetido.
Por ver solo mi apariencia
más de uno se ha vendido.
Tras el oro del sepulcro
vive el gusano escondido.
Ser audaz, mas no juicioso,
vivaz, pero desmedido,
solo tiene por respuesta:
vete, que el juego has perdido».
El juego y todo mi anhelo.
Adiós, ardor, y venga el hielo.
Porcia, un breve adiós. Estando afligido
no sé prodigarme y parto vencido.
Sale [con su séquito].
PORCIA
¡Feliz viaje! Corred esa cortina.
A ver quién de su temple me adivina.
Salen.
43
ESCENA VIII
Entran SALERIO y SOLANIO.
SALERIO
¡Pero si vi a Basanio hacerse a la mar
y Graciano se ha ido con él…!
Seguro que Lorenzo no iba en el barco.
SOLANIO
Los gritos del judío despertaron al Dux,
que fue con él a registrar el barco de Basanio.
SALERIO
Llegó tarde. El barco había zarpado.
Entonces al Dux le contaron
que a Lorenzo y su enamorada Yésica
los habían visto juntos en góndola.
Además, Antonio dio fe ante el Dux
de que no iban en el barco de Basanio.
SOLANIO
Jamás he visto un arrebato semejante,
tan insólito, revuelto y destemplado
como el del perro judío por las calles:
«¡Mi hija! ¡Ay, mis ducados! ¡Ay, mi hija!
¡Irse con un cristiano! ¡Ay, mis ducados cristianos!
¡Justicia y ley! ¡Mis ducados y mi hija!
¡Una bolsa, dos bolsas llenas de ducados,
de ducados dobles, robados por mi hija!
¡Y joyas! ¡Dos gemas! ¡Dos grandes piedras preciosas robadas por mi hija! ¡Justicia! ¡Buscadla,
que lleva los ducados y las joyas!».
SALERIO
Y todos los chiquillos de Venecia
le seguían, gritando:
44
«¡Mis joyas, mi hija, mis ducados!».
SOLANIO
Pues que Antonio cumpla el trato
o lo pagará.
SALERIO
Ahora que me acuerdo: ayer hablé con un francés y me dijo que en el estrecho que separa Francia e Inglaterra se había ido a pique un barco veneciano con toda su carga.
Me acordé de Antonio cuando me lo dijo
y en silencio recé por que no fuera suyo.
SOLANIO
Más vale que se lo cuentes a Antonio,
pero con cuidado, no vaya a inquietarse.
SALERIO
Es el hombre más bueno de la tierra.
Vi despedirse a Basanio y Antonio.
Basanio prometió apresurar el regreso
y él le respondió: «No, Basanio.
Por mí no embarulles el asunto
y permanece el tiempo conveniente.
Que el trato que cerré con el judío
no estorbe tus miras amorosas.
Ánimo, y pon toda tu atención
en cortejar y en las muestras
de amor que parezcan apropiadas».
Y entonces, con los ojos bañados en lágrimas, volvió la vista, tendió la mano por detrás y, vivamente emocionado, apretó
la de Basanio. Así se despidieron.
SOLANIO
Creo que Basanio es el mundo para él.
Anda, vamos a buscarle,
y aliviemos la pena que le aflige
con alguna distracción.
SALERIO
Vamos.
Salen.
45
ESCENA IX
Entra NERISA con un criado.
NERISA
Vamos, deprisa; descorre las cortinas.
El Príncipe de Aragón ha prestado el juramento y ya viene a hacer la elección.
[Trompas.] Entran [el PRÍNCIPE DE] ARAGÓN con su séquito y PORCIA. PORCIA
Mirad, noble Príncipe: ahí están los cofres.
Si elegís el que guarda mi retrato,
las bodas se celebrarán sin más demora.
Pero si falláis, señor, sin más palabras
saldréis de aquí inmediatamente.
PRÍNCIPE DE ARAGÓN
A tres cosas me obliga el juramento:
primera, nunca revelar a nadie
el cofre elegido; segunda, si no acierto
con el cofre, jamás en la vida
pedir en matrimonio a una doncella;
y, última, si la suerte no me asiste
en la elección, dejaros y partir al instante.
PORCIA
Son las condiciones que jura todo aquel
que se arriesga por mi humilde persona.
PRÍNCIPE DE ARAGÓN
Y yo las he aceptado. Y ahora, ¡la fortuna acceda a mi deseo! Oro, plata y plomo vil. «Quien me elija debe darlo y arriesgarlo todo». Más bello has de ser para que dé o arriesgue. ¿Qué dice el cofre de oro? A ver…
46
«Quien me elija tendrá lo que muchos desean».
Lo que muchos desean… Por «muchos»
se puede entender la necia multitud
que elige la apariencia y solo sigue
lo que enseña la estúpida vista,
que no cala el interior y, como el vencejo,
anida a la intemperie en muro exterior,
en medio de la vía del azar.
No pienso elegir lo que muchos desean:
no me avengo con espíritus vulgares,
ni soy parte de la zafia muchedumbre.
Así que tú, joyero de plata,
dime otra vez tu inscripción:
«Quien me elija tendrá todo lo que merece». Muy bien dicho, pues, ¿quién se propone burlar a la suerte en pos del honor
sin la marca del mérito? Que nadie
se arrogue dignidad inmerecida.
¡Ojalá patrimonios, títulos y cargos
se alcanzaran limpiamente, y el claro honor de una persona emanase de su mérito! ¡Cuántos serían amos que ahora son criados! ¡Cuántos mandarían que ahora son mandados! ¡Cuánto villano podríamos separar del legítimo grano de nobleza!
¡Y cuánta nobleza entre la paja y desecho
de este mundo para volver a brillar!
Pero volvamos al cofre:
«Quien me elija tendrá todo lo que merece».
Me atengo al mérito. Dadme la llave,
que al momento descubra mi fortuna.
[Abre el cofre.]
PORCIA
Mucho tardáis para lo que halláis.
PRÍNCIPE DE ARAGÓN
¿Qué es esto? ¡El retrato de un idiota
de ojos entornados ofreciéndome un escrito!
Voy a leerlo. ¡Qué poco te pareces a Porcia!
47
¡Qué distinto de mis méritos y anhelos! «Quien me elija tendrá todo lo que merece».
¿No merezco nada más que el retrato de un tonto?
¿Es esta mi paga? ¿Son estos mis méritos?
PORCIA
Quien es parte ya no es juez.
Ambos se oponen por naturaleza.
PRÍNCIPE DE ARAGÓN
¿Qué dice aquí?
«Siete veces se ha probado,
como templado por fuego,
el juicio que nunca es ciego.
El que sombras ha besado
como una sombra ha gozado.
Hay tontos, aun en pintura,
de plateada envoltura.
Con mujer que tengas trato
siempre seré tu retrato;
conque adiós, y gran ventura».
Más tonto he de parecer
cuanto más me quede aquí.
A pretender vino un necio
y ahora dos van a partir.
¡Adiós, mi amor! Cumpliré el juramento
de llevar con paciencia mi tormento.
[Sale con su séquito.]
PORCIA
Y la llama quemó a la mariposa.
¡Qué tontos tan reflexivos! Cuando eligen
tienen el acierto de fallar con su agudeza.
NERISA
El viejo proverbio no miente:
«Matrimonio y horca, al destino tocan».
PORCIA
Vamos, Nerisa, corre la cortina.
Entra un MENSAJERO.
48
MENSAJERO
¿Dónde está mi señora?
PORCIA
Aquí. ¿Qué desea mi señor?
MENSAJERO
Señora, se ha apeado a vuestra puerta
un joven veneciano, que viene
a anunciar la llegada de su amo,
de quien trae saludos visibles,
es decir, además de palabras galantes,
regalos valiosos. Nunca he visto
emisario de amor tan halagüeño.
Jamás llegó tan grato un día de abril
anunciando al espléndido verano
como este heraldo precede a su señor.
PORCIA
Basta, te lo ruego. Temo
que me digas que es pariente tuyo,
después de esos elogios tan galanos.
Vamos, Nerisa, que ya suspiro por ver
al gentil mensajero de Cupido.
NERISA
¡Sea Basanio, al dios Amor lo pido!
Salen.
49
ACTO TERCERO
ESCENA I
Entran SOLANIO y SALERIO.
SOLANIO
¿Qué hay de nuevo en el Rialto?
SALERIO
Pues corre suelta la historia de que un barco de Antonio ha naufragado en el Estrecho con toda su carga; los Goodwins creo que llaman el lugar; un bajío peligroso y aun fatal, cementerio de barcos magníficos, si hemos de creer a doña Noticia.
SOLANIO
¡Así fuera tan falsa como esas que mascan jengibre o hacen creer a los vecinos que han llorado la muerte de su tercer marido! Pero, sin caer en la verbosidad ni cruzar el lindero de la palabra llana, es cierto que el bueno de Antonio, el honrado de Antonio… ¡Ojalá me viniera un buen adjetivo para unirlo a su nombre!
SALERIO
Vamos, no te pierdas.
SOLANIO
Pero, ¿qué dices? Antonio es el que ha perdido un barco.
SALERIO
Espero que sea el fin de sus pérdidas.
SOLANIO
Deja que diga «amén» antes que el diablo me estropee la plegaria: aquí viene en forma de judío.
Entra SHYLOCK.
¿Qué hay, Shylock? ¿Qué noticias se traen los mercaderes?
SHYLOCK
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Sabéis muy bien, vosotros mejor que nadie, que mi hija se ha fugado.
SALERIO
Pues, claro. Y, además, yo conocía al sastre que le hizo las alas con que voló.
SOLANIO
Y, además, Shylock sabía que el pájaro era volandero y que por naturaleza todos dejan el nido.
SHYLOCK
¡Pues se ha condenado!
SALERIO
¡Claro! Si la juzga el diablo.
SHYLOCK
¡Sublevarse mi carne y mi sangre!
SOLANIO
¡Vamos, quita, vejestorio! ¿A tu edad se te subleva eso?
SHYLOCK
¡Digo que mi hija es mi carne y mi sangre!
SALERIO
Menos se parece tu carne a la suya que el azabache al marfil, menos vuestra sangre que el tintorro al blanco fino. Pero, dinos, ¿sabes si Antonio ha sufrido alguna pérdida en el mar?
SHYLOCK
Otro mal negocio. Un insolvente, un pródigo, que apenas se atreve a asomar por el Rialto. Un mendigo, que aparecía tan recompuesto en el mercado. Que cumpla su trato. Me llamaba usurero: que cumpla su trato. Prestaba dinero por caridad cristiana: que cumpla su trato.
SALERIO
Pero, si no lo cumpliera, tú no querrías su carne. ¿Para qué serviría?
SHYLOCK
Para cebo de peces. Si no sirve para más, saciará mi venganza. Me deshonra y me fastidia medio millón, se ríe de mis pérdidas, se burla de mis ganancias, se mofa de mi pueblo, me estropea los negocios, enfría a mis amigos, calienta a mis enemigos. ¿Y por qué? Soy judío. Un judío, ¿no tiene ojos? Un judío, ¿no tiene manos, órganos, miembros, sentidos, deseos, emociones? ¿No come la misma comida, no le hieren las mismas armas, no le aquejan las mismas dolencias, no se cura de la misma manera, no le calienta y enfría el mismo verano e invierno que a un cristiano? Si nos pincháis, ¿no sangramos? Si nos hacéis cosquillas, ¿no reímos? Si nos envenenáis, ¿no morimos? Y si nos ofendéis, ¿no vamos a vengarnos? Si en lo demás somos como vosotros, también lo seremos en esto. Si un judío ofende a un cristiano, ¿qué humildad le espera? La venganza. Si un cristiano ofende a un judío,
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¿cómo ha de pagarlo según el ejemplo cristiano? ¡Con la venganza! La maldad que me enseñáis la ejerceré, y malo será que no supere al maestro.
Entra un CRIADO de Antonio.
CRIADO
Señores, mi amo Antonio está en su casa y desea hablaros.
SALERIO
Le buscábamos por todas partes.
Entra TÚBAL.
SOLANIO
Aquí llega otro de su estirpe. Un tercero no se encuentra, a no ser que el diablo se vuelva judío.
Salen señores [con el criado].
SHYLOCK
¿Qué hay, Túbal? ¿Qué noticias de Génova? ¿Has encontrado a mi hija?
TÚBAL
He estado donde hablaban de ella, pero imposible encontrarla.
SHYLOCK
¡Ay, ay, ay, ay! ¡Se me ha ido un diamante que me costó dos mil ducados en Fráncfort! Hasta hoy no había caído la maldición sobre nuestro pueblo, hasta hoy jamás la sentí. Dos mil ducados, y otras joyas valiosas, valiosísimas. ¡Ojalá viera a mi hija muerta a mis pies, con las joyas en las orejas! ¡Ojalá la viera en su ataúd, y los ducados dentro! Y de ellos no hay noticia, ¿eh? ¡Con lo que va gastado en la busca! ¡Ay, tú, pérdida tras pérdida! El ladrón se lleva tanto, y tanto para encontrar al ladrón. Y no hay satisfacción, ni venganza, ni más desgracia que la que cae sobre mis hombros, más suspiros que los de mi boca, más lágrimas que las de mis ojos.
TÚBAL
Otros también sufren desgracias. Antonio, me lo han dicho en Génova…
SHYLOCK
¿Qué, qué, qué? ¿Desgracia, desgracia?
TÚBAL
… ha perdido un galeón que venía de Trípoli.
SHYLOCK
¡Alabado sea Dios, alabado sea Dios! ¿Es verdad, es verdad?
TÚBAL
Me lo dijeron unos marineros que se salvaron del naufragio.
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SHYLOCK
¡Mil gracias, Túbal! ¡Qué buena noticia, qué buena noticia! ¡Ajajá! ¿Te la dieron en Génova?
TÚBAL
Me han dicho que en Génova tu hija se gastó ochenta ducados en una noche.
SHYLOCK
Me clavas un puñal. Nunca más veré mi oro. ¡Ochenta ducados de golpe! ¡Ochenta ducados!
TÚBAL
Venían conmigo a Venecia algunos acreedores de Antonio y juraban que acabaría en la ruina.
SHYLOCK
¡Cuánto me alegro! Le acosaré, le atormentaré. ¡Cuánto me alegro!
TÚBAL
Uno de ellos me enseñó un anillo que tu hija le había cambiado por un mono.
SHYLOCK
¡Así se condene! Me estás martirizando. Era mi turquesa; me la dio Líah antes de casarnos. Yo no la habría dado por toda una selva de monos.
TÚBAL
Pero Antonio está arruinado.
SHYLOCK
Sí, es verdad, es verdad. Vamos, Túbal, contrátame un guardia, avísale quince días antes. Le sacaré el corazón como no pague, que, sin él en Venecia, yo puedo hacer los negocios que quiera. Vamos, Túbal. Nos vemos en la sinagoga. Vamos, buen Túbal; en la sinagoga, Túbal.
Salen.
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ESCENA II
Entran BASANIO, PORCIA, GRACIANO, [NERISA] y las comitivas.
PORCIA
Os lo ruego, esperad un día o dos
antes de arriesgaros. Aguardad,
que, si falláis, pierdo vuestra compañía.
Algo me dice (pero no es el amor)
que no quiero perderos y sabéis
que el odio nunca da tales consejos.
Por si no me entendéis (pues las doncellas
tienen pensamiento, mas no lengua),
quisiera reteneros uno o dos meses
antes que elijáis. Podría enseñaros
a acertar, pero caería en el perjurio;
eso nunca. Acaso no acertéis,
pero entonces me haríais pecadora,
pues querría haber sido perjura. ¡Ay, esos ojos, que me tienen hechizada y partida en dos! Vuestra es la mitad, y la otra, vuestra; quiero decir mía, pero si es mía, es vuestra,
así que toda vuestra. ¡Ah, mundo cruel, que pone barreras entre el dueño y sus derechos!
Así, aunque vuestra, no soy vuestra. Si así fuera, la fortuna se condene, que no yo.
Hablo demasiado, pero es por alargar
el tiempo, por aumentarlo y estirarlo,
por retrasar vuestra elección.
BASANIO
Dejadme que elija, pues, tal como estoy,
vivo en el suplicio.
PORCIA
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¿En el suplicio? Entonces confesad
qué delito se ha mezclado en vuestro amor.
BASANIO
El horrible delito del recelo, que me hace
dudar de que goce de mi amor.
El fuego y la nieve podrían congeniar
igual que mi amor y el delito.
PORCIA
Sí, pero temo que habléis bajo tortura,
donde el torturado dice lo que sea.
BASANIO
Prometedme la vida y confesaré la verdad.
PORCIA
Pues bien, confiesa y vive.
BASANIO
«Confiesa y ama» habría sido la esencia
de mi confesión. ¡Feliz tormento,
si quien me tortura me enseña la respuesta
salvadora! Mas dejadme
que pruebe mi fortuna con los cofres.
PORCIA
¡Adelante! Estoy en uno de ellos.
Si me amáis, me encontraréis.
Nerisa y los demás, apartaos. Que suene
la música mientras hace la elección.
Si pierde, acabará como el cisne,
que muere con música. O, para que el símil
sea más acertado: mis ojos serán su río,
su líquido lecho de muerte. Y si gana,
¿qué será la música? Será como un toque
de clarines cuando los súbditos fieles
reverencian al rey coronado;
como el son apacible que, al amanecer,
halaga el oído del novio durmiente
y le llama a las bodas. Ya se acerca,
con igual majestad, pero más enamorado
que el joven Alcides cuando fue a redimir
a la virgen que una Troya gimiente
había dado en tributo al monstruo marino.
55
Yo soy la víctima, y ahí están las troyanas,
que, con ojos llorosos, acuden a ver
el resultado de la hazaña. ¡Ve, Hércules!
Si vives, viviré. Y, mientras luchas,
mayor será mi angustia que la tuya.
Música. Canción mientras BASANIO medita ante los cofres.
«Dime dónde nace el Amor.
¿Es en la mente o el corazón?
¿Cómo crece la ilusión?
Responde, responde.
Nace en los ojos el Amor;
mirando vive, y morirá
en la cuna en que nació.
Doble la campana ya.
Yo primero: din, don, dan.
TODOS: Din, don, dan».
BASANIO
La apariencia no es siempre la verdad:
al mundo lo engaña el oropel.
En un juicio, ¿qué infame defensa no puede encubrir su maldad bajo el manto de una voz armoniosa? En religión,
¿qué herejía no sabrá bendecir
un digno varón apoyándose en los textos
y cubriendo de ornamento el desatino?
No hay vicio tan simple que por fuera
no muestre señales de virtud.
¿Cuántos cobardes de pecho tan falso
cual peldaños de arena no lucen
la barba de Hércules y de Marte iracundo
y por dentro carecen de hígados?
Y adoptan el apéndice del brío
para hacerse temibles. Mira la belleza
y verás que la compran al peso,
por lo cual se origina un prodigio:
las más cargadas son las más livianas.
Y esos cabellos de oro, rizados
y serpenteantes, que bajo hermosa apariencia
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hacen traviesas cabriolas al viento,
habían sido ornato de otra cabeza,
y ahora el cráneo duerme en la tumba.
El adorno es la pérfida orilla
de un mar peligroso, el velo atrayente
que oculta una oscura belleza; en suma,
la falsa verdad con que el mundo taimado
atrapa al más sabio. Así que contigo,
oro ostentoso, duro alimento de Midas,
no quiero nada; ni contigo, vulgar
y pálido esclavo de todos. Pero tú,
pobre plomo, que más amenazas que prometes, tu palidez me mueve más que la elocuencia;
te elijo a ti, y el gozo sea la consecuencia.
PORCIA [aparte]
¡Cómo huyen las otras emociones,
los temores, el fácil desaliento,
turbios celos y débiles temblores!
Cálmate, amor, y templa el embeleso;
modera tu alegría y tus pasiones;
ponle freno a la dicha que me invade,
o temo que su exceso va a saciarme.
BASANIO [abre el cofre]
¿Qué veo aquí? ¡El retrato de la bella Porcia!
¿Qué semidiós se habrá acercado tanto
a la creación? ¿Se mueven estos ojos?
¿O parece que se mueven porque giran
sobre los míos propios? A estos labios
los separa un aliento suave; tal cariño
solo puede desunirlo la dulzura.
Con los cabellos el pintor hizo de araña,
tejiendo una malla de oro que atrapase,
como la tela al insecto, el corazón
de los hombres. ¿Y los ojos? ¿Cómo veía
para pintarlos? Pintó uno capaz de robarle
los suyos y quedar sin compañero.
Y, sin embargo, así como dista mi alabanza
de la verdad de la imagen, así la imagen
se queda muy atrás de la verdad.
57
Aquí está la carta,
la cifra y compendio de mi suerte:
«Al no elegir la apariencia
acertaste en la elección.
Tras la feliz consecuencia
no tengas otra ambición.
Si todo esto te agrada
y hallas dicha en el suceso,
acércate ya a tu amada
y acógela con un beso».
Gentil carta. Señora, con licencia,
vengo a pagar y cobrar esta cuenta.
Igual que uno de dos contendientes
imagina que todos le prefieren
oyendo los aplausos y clamores,
y, abrumado, aún duda si las voces
le ovacionan a él o a su adversario,
igual, tres veces bella, es mi estado,
y lo que veo no puedo creerlo
mientras vos no lo deis por verdadero.
PORCIA
Aquí me veis, noble Basanio, como soy.
Y, no siendo ambiciosa en el deseo
de ser más de lo que soy, por vos quisiera ser tres veces veinte lo que soy, mil veces
más bella, diez mil veces más rica;
y ojalá, por crecer en vuestra estima,
pudiera rebasar estimaciones
de virtud y belleza, de bienes y amigos.
Mas la suma total de mi persona
asciende a algo, que viene a ser
una joven sin escuela, estudios, ni experiencia; dichosa por no ser muy mayor
para aprender; más dichosa por no ser
tan torpe que no pueda aprender nada;
la más dichosa porque va a someter
su dulzura a vuestro ánimo
para que la rija como dueño, rey y señor.
Mi ser y todo lo mío a vos se transfiere.
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Hasta hace poco era dueña de esta hermosa casa, ama de mis siervos, reina de mí misma;
desde ahora esta casa, estos siervos
y mi propia persona son vuestros, mi señor.
Os los doy con este anillo. Perderlo,
regalarlo o separarse de él
presagiaría el fin de vuestro amor
y me daría derecho a reprobaros.
BASANIO
Señora, me habéis dejado sin palabras.
Solo puedo hablaros con la sangre de mis venas, y siento en mi ánimo la misma confusión
que la del murmullo y contento de la multitud tras el bello discurso del amado monarca, cuando la mezcla de voces se convierte
en un caos y la alegría no se expresa
con palabras. Mas cuando este anillo
se separe de este dedo, la vida se acaba.
Entonces bien podéis decir que Basanio ha muerto.
NERISA
Señores, ahora somos nosotros,
que lo hemos presenciado y vemos cumplidos nuestros deseos, los que os deseamos toda dicha. ¡Tengan dicha mis señores!
GRACIANO
Noble Basanio, gentil señora,
os deseo toda la alegría que podáis desear, pues seguro que la mía no la habéis menester. Y cuando vayáis a celebrar vuestra alianza
de fidelidad, dadme licencia
para que yo pueda casarme al mismo tiempo.
BASANIO
Con mil amores, si encuentras mujer.
GRACIANO
Pues muy agradecido por habérmela hallado.
Mis ojos son tan vivos cual los tuyos:
tú viste a la señora, yo miré a su dama.
Tú amaste, yo amé; pues más tregua
que tú no suelo darme, señor.
59
Tu fortuna pendía de estos cofres;
la mía también, como quiso la suerte.
Pues, haciendo la corte con sudores
y jurando mi amor hasta tener
seca la garganta, al fin, si las promesas
tienen fin, esta bella prometió ser mía
si el azar te deparaba a su señora.
PORCIA
¿Es cierto, Nerisa?
NERISA
Sí, señora, si os complace.
BASANIO
¿Y va todo en serio, Graciano?
GRACIANO
Todo en serio, señor.
BASANIO
Vuestra boda honrará nuestra fiesta.
GRACIANO
Apostamos mil ducados a que tenemos el primer varón.
NERISA
¿Entramos tan fuerte?
GRACIANO
Si yo no entro fuerte, perdemos la apuesta.— Pero, ¿quién viene? ¡Lorenzo y su infiel! ¡Y Salerio, mi viejo amigo veneciano!
Entran LORENZO, YÉSICA y SALERIO, mensajero de Venecia.
BASANIO
Lorenzo y Salerio, bienvenidos…
si mi nueva posición en esta casa
me permite acogeros. Querida Porcia,
con vuestra licencia doy la bienvenida
a mis buenos amigos y conciudadanos.
PORCIA
Yo también, mi señor. Sean bienvenidos.
LORENZO
Muchas gracias, señor. No tenía
pensamiento de venir, pero me encontré
con Salerio y, sin que valieran excusas,
60
me pidió que le acompañase.
SALERIO
Es verdad, y tenía mis motivos.
Antonio se encomienda a vos.
[Le da una carta.]
BASANIO
Antes que abra la carta,
dime cómo está mi buen amigo.
SALERIO
Ni mal, señor, si no es de ánimo,
ni bien si está desanimado.
Su estado lo explica esta carta.
[BASANIO] abre la carta.
GRACIANO
Nerisa, da la bienvenida a la extranjera.—
Esa mano, Salerio. ¿Qué hay de nuevo en Venecia? ¿Cómo está el regio mercader, el buen Antonio? Seguro que se alegrará de nuestra suerte. Somos los Jasones, hemos ganado el vellocino.
SALERIO
Ojalá hubierais ganado
el vellocino que él ha perdido.
PORCIA
En esa carta hay noticias funestas
que a Basanio le mudan el semblante:
se le ha muerto algún amigo; nada más
altera tanto a un hombre ecuánime.
¡Cómo! ¿Peor todavía? Permitidme, Basanio: soy vuestra mitad y debo libremente compartir lo que os anuncie esa carta.
BASANIO
Querida Porcia, son de las palabras
más ingratas que papel hayan manchado.
Gentil señora, al declararos mi amor,
os dije con franqueza que toda mi fortuna
corría por mis venas: era un caballero
61
y era verdad. Y, sin embargo, señora,
veréis que valorar en nada mi fortuna
era pura jactancia. Cuando os dije
que nada poseía, debí deciros
que tenía menos que nada, pues lo cierto
es que estoy endeudado con un buen amigo, a quien he endeudado con su peor enemigo para ampliar mis recursos. Señora,
esta carta es como el cuerpo de mi amigo
y cada palabra una herida abierta
que mana sangre de vida.— Pero, ¿es cierto, Salerio? ¿Fracasado todo su comercio? ¿Ni un solo éxito? ¿De Trípoli, Méjico, Inglaterra,
de Lisboa, la India y Berbería,
y ni un solo barco ha escapado a esas rocas
que son terror de mercaderes?
SALERIO
Ni uno, señor. Además, parece ser
que, aunque tuviera dinero contante
para el pago, el judío no lo quiere.
Jamás he visto un ser de forma humana
tan ávido y dispuesto a hundir a un hombre.
Al Dux lo atosiga día y noche,
y duda de las libertades de un Estado
que le niegue justicia. Veinte mercaderes,
el propio Dux y los senadores
de máximo rango han estado razonándole,
pero nadie refrena su pérfida exigencia
de justicia, de sanción y de su trato.
YÉSICA
Cuando yo estaba con él, oí que les juraba
a Túbal y a Cus, hombres de su estirpe,
que prefería la carne de Antonio
a veinte veces la suma que le debe;
y seguro, señor, que si la ley,
la autoridad y el poder no se lo impiden,
el pobre Antonio lo va a pasar muy mal.
PORCIA
¿Es vuestro amigo quien se ve en ese trance?
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BASANIO
Mi mejor amigo, el hombre más bueno,
el ser más generoso e incansable
haciendo favores. El que muestra
el antiguo honor de los romanos
como nadie que aliente en Italia.
PORCIA
¿Y cuánto debe al judío?
BASANIO
Por mi aval, tres mil ducados.
PORCIA
¿Nada más? Pagadle seis mil
y liquidad el trato; dos veces, tres veces seis mil, antes que un amigo semejante pierda ni un cabello por causa de Basanio. Venid a la iglesia y hacedme vuestra esposa, y después id a Venecia con vuestro amigo; pues junto a Porcia nunca yaceréis con el ánimo inquieto. Tendréis oro
para pagar veinte veces tan mezquina deuda. Cuando esté pagada, traed a vuestro amigo. Entre tanto, Nerisa y yo viviremos
como viudas y doncellas. Vamos, venid,
que el día de la boda habéis de partir.
Poned buena cara, acoged a los amigos;
si caro os compré, tendréis mi cariño.
Mas leedme la carta de ese amigo vuestro.
[BASANIO]
«Querido Basanio: Mis barcos se han perdido, los acreedores me hostigan, mi hacienda se consume. Mi trato con el judío ha caducado y, como no viviré después de pagarlo, todas nuestras deudas quedarán saldadas si puedo verte antes de morir. Sin embargo, haz como gustes. Si no te hace venir mi amistad, no lo haga mi carta».
PORCIA
¡Ah, mi amor! Terminadlo todo y partid.
BASANIO
Ya que de partir me dais licencia,
voy a toda prisa. Pero, hasta que vuelva,
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no habrá lecho culpable de retrasos ni reposo que pueda separarnos.
Salen.
64
ESCENA III
Entran [SHYLOCK] el judío, SOLANIO, ANTONIO y el carcelero.
SHYLOCK
Vigílale, carcelero. Nada de clemencia.
Este es el necio que prestaba gratis.
Vigílale, carcelero.
ANTONIO
Pero escúchame, buen Shylock.
SHYLOCK
¡Quiero mi trato! ¡No hables contra él!
He jurado que exigiré mi trato.
Me llamabas perro sin motivo;
ya que soy un perro, cuidado con mis dientes. El Dux me hará justicia. Me asombra, carcelero, que seas tan inútil y tan bobo que le dejes salir cuando lo pide.
ANTONIO
¡Te lo ruego, déjame hablar!
SHYLOCK
¡Quiero mi trato! ¡No quiero oírte!
¡Quiero mi trato, así que no hables más!
A mí nadie me vuelve un blando o un tonto
que menea la cabeza, lamenta, suspira
y cede a súplicas cristianas. No me sigas.
No quiero escuchar; quiero mi trato.
Sale.
SOLANIO
Es el perro más inexorable
que jamás ha vivido con el hombre.
ANTONIO
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Déjale en paz. Ya no voy a seguirle
con ruegos inútiles. Quiere mi vida
y conozco el motivo: he librado
de sanciones a muchos de sus deudores que me han pedido ayuda. Por eso me odia.
SOLANIO
Estoy seguro de que el Dux jamás
permitirá que se cumpla esta sanción.
ANTONIO
El Dux no puede impedir el curso de la ley.
Sería negar los derechos de que gozan
aquí los extranjeros, y empañaría
la justicia del Estado, pues el comercio
y los ingresos de Venecia están ligados
a todos los pueblos. Así que déjalo.
Mis penas y mis pérdidas a tal punto
me han menguado que mañana apenas sobrará una libra de carne para mi fiero acreedor. Vamos, carcelero. Dios quiera que Basanio venga a verme pagar su deuda.
Lo demás no me importa.
Salen.
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ESCENA IV
Entran PORCIA, NERISA, LORENZO, YÉSICA y [BALTASAR], criado de Porcia.
LORENZO
Señora, lo digo en vuestra presencia:
tenéis un sentido noble y verdadero
de la divina amistad, y lo habéis demostrado aceptando la ausencia de vuestro esposo. Mas si supierais a quién hacéis tal honor, a qué leal caballero socorréis,
a qué buen amigo de vuestro esposo mi señor, sé que estaríais más orgullosa
de lo que os hace sentir vuestra bondad.
PORCIA
Jamás me ha pesado hacer el bien,
y menos ahora; pues, entre amigos
que pasan el tiempo en compañía,
cuyo ánimo comparte el mismo afecto,
seguro que ha de haber idéntica armonía
de rasgos, hábitos y espíritu.
Por eso creo que este Antonio,
este amigo entrañable de mi dueño,
por fuerza ha de parecérsele. Siendo así,
¡qué precio tan bajo he pagado
por rescatar al retrato de mi alma
del dominio infernal de la crueldad!
Pero esto me acerca demasiado
al elogio de mí misma, conque a otra cosa.
Lorenzo, dejo en vuestras manos
el cuidado y gobierno de mi casa
hasta que vuelva mi señor: al cielo
le he hecho secreta promesa
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de vivir en la plegaria y la meditación,
en la sola compañía de Nerisa,
hasta que vuelvan su esposo y mi señor.
A dos millas hay un monasterio;
en él residiremos. Os suplico
que no os neguéis a un encargo
impuesto por mi amor y la necesidad.
LORENZO
Señora, de todo corazón
obedeceré vuestros deseos.
PORCIA
Ya todos los de casa conocen mi intención
y van a aceptaros a vos y a Yésica
en el lugar de Basanio y el mío propio.
Quedad con Dios hasta que volvamos a vernos.
LORENZO
Que os acompañen horas felices
y gratos pensamientos.
YÉSICA
Y vuestros deseos se vean realizados.
PORCIA
Os lo agradezco, y me complace
deseároslo igualmente. Adiós, Yésica.
Salen [YÉSICA y LORENZO].
Baltasar,
siempre me fuiste honrado y leal,
y espero que ahora también. Toma esta carta y pon todo el empeño humano por llegar
a Padua cuanto antes. Entrégasela en mano a mi pariente, el doctor Belario,
y, con toda la presteza imaginable,
lleva las notas y la ropa que te dé
a la barca de pasaje que hace
el servicio de Venecia. No pierdas tiempo
con palabras y vete. Allá te espero.
BALTASAR
Señora, salgo al instante.
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[Sale.]
PORCIA
Vamos, Nerisa. Lo que llevo entre manos
no lo sabes. Veremos a nuestros maridos
antes de lo que se imaginan.
NERISA
Y ellos, ¿nos verán?
PORCIA
Sí, Nerisa, pero ataviadas de tal modo
que creerán que nos dotaron de aquello
que nos falta. Te apuesto cualquier cosa
a que, vestidas de muchachos,
yo seré el más gallardo de los dos, llevaré mi puñal con más donaire; medio niño, medio hombre, hablaré con voz atiplada; dos pasos menudos cambiaré en viril zancada; hablaré de peleas como un mozo fanfarrón; diré raras mentiras sobre damas principales que me deseaban y que, al yo negarme, enfermaban y morían (¡qué iba yo a hacer!). Después me pesará y sentiré haberlas matado.
Contando muchas de esas mentirillas,
la gente pensará que ya hace más de un año que salí de la escuela. Llevo en la cabeza mil juegos de mozos presumidos
y pienso ejecutarlos.
NERISA
Entonces, ¿vamos de hombres?
PORCIA
¡Uf! ¡Vaya una pregunta
si hubiera de explicarla un mal pensado!
Vamos, te contaré todo mi plan
en el carruaje, que ya nos aguarda
a la entrada del parque; conque aprisa,
porque hoy nos esperan veinte millas.
Salen.
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ESCENA V
Entran [LANZAROTE el] gracioso y YÉSICA.
LANZAROTE
Pues sí, porque, mira, los pecados del padre recaen sobre los hijos, así que temo por ti. Siempre te he sido sincero y ahora te digo lo que he recogitado. Conque ánimo, porque de veras creo que te condenas. Solo hay una esperanza que te sirva, pero es una esperanza bastarda.
YÉSICA
¿Y qué esperanza es esa?
LANZAROTE
Pues la de que no te hubiera engendrado tu padre y no ser la hija del judío.
YÉSICA
Esa sí que sería una esperanza bastarda, pues recaerían sobre mí los pecados de mi madre.
LANZAROTE
Entonces mucho me temo que te vas a condenar por padre y madre. Pues si me aparto de Escila, tu padre, doy en Caribdis, tu madre. En fin, estás perdida en ambos casos.
YÉSICA
Me salvaré por mi esposo, que me ha hecho cristiana.
LANZAROTE
Entonces, peor. Bastantes cristianos éramos ya, todos los que podíamos acoplarnos. Esto de hacer cristianos hará que suban los cerdos y, si todos nos ponemos a comer carne de cerdo, dentro de poco no podremos comprar ni panceta para asar.
Entra LORENZO.
YÉSICA
Le voy a contar a mi marido lo que dices, Lanzarote: aquí viene.
LORENZO
Me vas a dar celos, Lanzarote, como sigas arrinconando a mi mujer.
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YÉSICA
No temas, Lorenzo: Lanzarote y yo estamos peleados. Me dice sin rodeos que no podré ganar el cielo por ser hija de judío y que tú no eres un buen miembro de la comunidad, porque al convertir a una judía haces que suba el cerdo.
LORENZO
De eso puedo yo responder mejor ante la comunidad que tú de hincharle el vientre a la mora, pues la dejaste preñada, Lanzarote.
LANZAROTE
En mala hora la mora me enamora y en buena hora se desflora.
LORENZO
¡Hasta un bobo sabe jugar con las palabras! Creo que la gracia del ingenio pronto guardará silencio, y no habrá más habla que la del loro.— Anda, entra y diles que se dispongan para la cena.
LANZAROTE
Están dispuestos, señor: todos tienen hambre.
LORENZO
¡Dios santo, qué agudeza! Pues diles que dispongan la cena.
LANZAROTE
Está dispuesta, señor: solo faltan los cubiertos.
LORENZO
Pues, venga, cubiertos.
LANZAROTE
Eso no, señor, que yo sé descubrirme.
LORENZO
¡Y venga con equívocos! ¿Es que quieres apurar todo tu ingenio en un instante? Te lo suplico, entiende la palabra llana de un hombre llano: ve y diles a tus compañeros que pongan la mesa y sirvan la comida, que vamos a cenar.
LANZAROTE
La mesa, señor, la servirán; la comida, señor, la pondrán; y el cenar, pues, señor, que decidan el gusto y el deseo.
Sale.
LORENZO
¡Oh, sutileza, qué modo de ajustar palabras!
Este bobo ha cargado en la memoria
un arsenal de palabras. Sé de muchos
como él, que, en mejor posición,
con todo ese bagaje, por una ocurrencia
se quedan sin tema. Animo, Yésica.
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Y ahora, vida mía, dime tu opinión.
¿Qué te parece la esposa de Basanio?
YÉSICA
No sabría expresarlo. Hará bien Basanio
en llevar una vida ejemplar,
pues con esa bendición de esposa
tendrá la dicha del cielo en la tierra,
y, si en la tierra no la mereciese,
en justicia no podría ganar el cielo.
Si dos dioses hicieran una apuesta
y se jugaran dos mujeres terrenales,
una de ellas Porcia, con la otra habría
en juego algo más, pues este pobre mundo no ha dado su igual.
LORENZO
Tu marido es para ti
lo que ella es como esposa.
YÉSICA
Pues pide también mi opinión.
LORENZO
Después. Primero hay que comer.
YÉSICA
Deja que te alabe con ganas.
LORENZO
No, te lo suplico. Déjalo para la mesa.
Digas lo que digas, lo digeriré
con todo lo demás.
YÉSICA
Serás bien servido.
Salen.
72
ACTO CUARTO
ESCENA I
Entran el DUX, los senadores, ANTONIO, BASANIO y GRACIANO, [SALERIO y otros].
DUX
¿Está aquí Antonio?
ANTONIO
Presente, Alteza.
DUX
Os compadezco. Os enfrentáis
a un cruel adversario, un desalmado,
falto de lástima, vacío de la mínima
pizca de clemencia.
ANTONIO
Me consta que Vuestra Alteza se ha esforzado por templar el rigor de su empeño,
pero, ya que se obstina y no hay medio legal que me libre de su odio, opongo mi paciencia a su furor, y estoy dispuesto
a responder con presencia de ánimo
a la saña y violencia del suyo.
DUX
Que el judío sea llamado a la sala.
SALERIO
Está a la puerta. Aquí viene, Alteza.
Entra SHYLOCK.
DUX
Dejad paso, que comparezca ante nos.—
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Shylock, todos creen, y yo también,
que deseas aparentar ese rencor
hasta el último momento y que después
demostrarás una clemencia más notable
que la insólita crueldad que manifiestas,
y que, si ahora exiges la sanción,
esa libra de carne de este pobre mercader,
después no solo piensas desistir,
sino que, movido de benigna humanidad,
le eximirás de una parte de la deuda
al dirigir una mirada compasiva
a las pérdidas que se han acumulado
sobre él, que hundirían a un regio mercader y habrían de conmover al pecho de bronce y al rudo corazón de pedernal,
al turco y al tártaro inclemente, incapaces
de todo acto de afable cortesía.
Esperamos una respuesta gentil, judío.
SHYLOCK
He explicado a Vuestra Alteza mi propósito, y por nuestro santo sábado he jurado exigir la pena debida de mi trato.
Si me la negáis, ¡caiga el mal
sobre las leyes y derechos de Venecia!
Me preguntáis por qué quiero
una libra de carnaza en lugar
de los tres mil ducados. No voy a responder. Digamos que me ha dado por ahí. ¿He respondido? ¿Y si en mi casa hay una rata que molesta
y me complace gastar diez mil ducados
en envenenarla? ¿He respondido ya?
Hay quien no puede ver un cerdo asado,
quien delante de un gato se alborota,
y quien oyendo el chillido de la gaita
no puede contener la orina; pues el instinto, señor del sentimiento, lo rige con arreglo
a lo que se ama o aborrece. Para responder: así como no hay una razón que nos explique el que este no pueda soportar un cerdo asado,
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o ese un gato inofensivo y útil,
o aquel una gaita lanuda, y a la fuerza
caiga en la vergüenza inevitable
de ofender, ofendiéndose a sí mismo,
tampoco yo puedo dar razón, ni quiero,
fuera del odio arraigado y el firme rencor
que guardo a Antonio, de por qué llevo
contra él una ruina de pleito. ¿Respondido?
BASANIO
Eso no es respuesta, despiadado,
que disculpe el curso de tu odio.
SHYLOCK
No tengo por qué complacerte en mi respuesta.
BASANIO
¿Mata el hombre todo aquello que no ama?
SHYLOCK
¿Odia el hombre lo que no quiere matar?
BASANIO
Las ofensas no empiezan siempre con el odio.
SHYLOCK
¿Quieres que te muerda dos veces la serpiente?
ANTONIO
No quieras discutir con el judío.
Será como ponerse en la playa
pidiendo a la marea que baje su altura;
como preguntarle al lobo por qué
hace que la oveja bale por su cría;
como prohibir a los pinos de montaña
mover las altas copas y hacer ruido
cuando los agitan las ráfagas del cielo;
como intentar lo más penoso:
querer ablandar algo tan duro como es
su corazón de judío. Por tanto, te suplico
que no le ofrezcas más, ni pruebes otros medios, y que, con la debida sencillez y brevedad,
yo sea juzgado y el judío complacido.
BASANIO
En vez de tres, aquí hay seis mil ducados.
SHYLOCK
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Si cada uno de los seis mil ducados
tuviera seis partes y cada parte un ducado,
no los tomaría. Quiero mi trato.
DUX
¿Cómo esperas clemencia si no la practicas?
SHYLOCK
¿Qué sentencia he de temer si no hago mal?
Vosotros tenéis esclavos comprados,
que, como vuestros asnos, perros y mulas, os hacen trabajos serviles y abyectos porque los comprasteis. ¿Y si yo os dijera?: «¡Liberadlos! ¡Casadlos con vuestras hijas! ¿Por qué son burros de carga? ¡Que duerman como vosotros, en blandos colchones
y se deleiten con viandas de las vuestras!». Vosotros diríais: «Son nuestros». Pues lo mismo digo yo. La libra de carne que exijo me ha costado cara. Es mía y la tendré.
¡Ay de vuestra justicia si me la negáis!
Las leyes de Venecia no tendrán valor.
Aguardo la sentencia. ¿Vais a pronunciarla?
DUX
En uso de mi autoridad, aplazaré
la audiencia si no llega Belario,
un sabio doctor, a quien he hecho llamar
para que dé resolución.
SALERIO
Alteza, ahí fuera aguarda un mensajero
que ha llegado de Padua
con una carta del doctor.
DUX
Traedme la carta. Llamad al mensajero.
BASANIO
¡Ánimo, Antonio! ¡Valor, buen amigo!
Al judío daré mi carne, mi sangre y mis huesos antes que tú viertas ni una gota por mí.
ANTONIO
Soy la oveja enferma del rebaño,
la primera en morir. El fruto más débil
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cae antes al suelo; así sea conmigo.
Basanio, mejor servicio no puedes hacerme
que seguir con vida y escribir mi epitafio.
Entra NERISA [disfrazada de escribiente de letrado].
DUX
¿Venís de Padua, de parte de Belario?
NERISA
De ambos, Alteza. Belario envía sus respetos.
[Le da una carta.]
BASANIO
¿Por qué sacas tanto filo a tu cuchillo?
SHYLOCK
Por sacarle a este arruinado la sanción.
GRACIANO
Y el cuchillo lo afilas en el alma,
no en la suela, judío despiadado.
Ni el metal ni el hacha del verdugo
tienen la mitad del filo de tu odio.
¿No te hacen mella las súplicas?
SHYLOCK
No. Ninguna que invente tu ingenio.
GRACIANO
¡Ah, maldito seas, perro abominable!
¡Tu vida es el baldón de la justicia!
De mi fe casi me haces descreer
para opinar, como Pitágoras, que las almas
de las bestias se introducen en los cuerpos
de los hombres. Tu espíritu perruno
fue el de un lobo que, ahorcado por sus crímenes, exhaló su alma feroz en el patíbulo
y se introdujo en ti cuando estabas en el vientre de tu impía madre; pues tus deseos
son lobunos, sanguinarios, hambrientos y voraces.
SHYLOCK
Mientras tus gritos no deshagan el sello
de mi trato, estarás lastimando tus pulmones.
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Apáñate el ingenio, buen muchacho,
no sea que se estropee sin remedio.
Me atengo a la ley.
DUX
Esta carta de Belario recomienda
a este tribunal a un joven y sabio doctor.
¿Dónde está?
NERISA
Aguarda aquí al lado para saber
si le admitís.
DUX
De todo corazón.— Que tres o cuatro de vosotros le den cumplida escolta a este lugar.— Mientras, el tribunal oirá la carta de Belario:
«Sepa Vuestra Alteza que al recibo de vuestra carta me hallaba enfermo. Pero, cuando llegó vuestro mensaje, estaba conmigo de amistosa visita un joven letrado de Roma. Se llama Baltasar. Le hice saber el pleito que enfrenta al judío con Antonio, el mercader. Hemos consultado muchos libros. Él conoce mi opinión, que, mejorada con su ciencia (cuyo alcance no sabría ponderar lo bastante), acude en mi lugar a instancias mías respondiendo a la solicitud de Vuestra Alteza. Os suplico que no consideréis su juventud como impedimento de una digna estima, pues nunca conocí persona más joven con cabeza más juiciosa. Le someto a vuestra benevolencia. Sus hechos confirmarán mi recomendación».
Entra PORCIA [disfrazada de letrado].
Ya oís lo que escribe el sabio Belario;
y aquí parece que llega el doctor.
Dadme la mano. ¿Venís de parte de Belario?
PORCIA
Sí, Alteza.
DUX
Bienvenido. Id a vuestro puesto.
¿Estáis informado del litigio
que ocupa a este tribunal?
PORCIA
Estoy plenamente informado del caso.
¿Quién es el mercader y quién el judío?
DUX
Antonio y Shylock, presentaos.
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PORCIA
¿Os llamáis Shylock?
SHYLOCK
Shylock me llamo.
PORCIA
Extraña es la índole del pleito,
pero está en orden, y las leyes de Venecia
no pueden impedir que siga su curso.—
Vos estáis a su merced, ¿no es cierto?
ANTONIO
Sí, eso dice.
PORCIA
¿Reconocéis el compromiso?
ANTONIO
Sí.
PORCIA
Entonces el judío debe ser clemente.
SHYLOCK
¿Y quién va a obligarme? Decídmelo.
PORCIA
El don de la clemencia no se impone.
Como la lluvia suave, baja del cielo
a la tierra. Imparte doble bendición,
pues bendice a quien da y a quien recibe.
Suprema en el poder supremo, sienta
al rey entronizado mejor que la corona.
El cetro revela el poder temporal,
signo de majestad y de grandeza,
que infunde respeto y temor al soberano.
Mas la clemencia señorea sobre el cetro:
su trono está en el pecho del monarca;
es una perfección de la divinidad,
y el poder terrenal se muestra más divino
si la clemencia modera a la justicia.
Conque, judío, aunque pidas justicia,
considera que nadie debiera buscar
la salvación en el curso de la ley.
Clemencia pedimos al rezar, y la oración
nos enseña a ser clementes. Te digo todo esto
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por templar el rigor de tu demanda.
Si la sostienes, la recta justicia de Venecia
tendrá que condenar al mercader.
SHYLOCK
¡Caigan mis actos sobre mí! Exijo mis derechos:
la sanción y el cumplimiento de mi trato.
PORCIA
¿No puede pagar ese dinero?
BASANIO
Sí: aquí ante este tribunal yo se lo ofrezco,
y aun doblo la suma. Si no basta,
me comprometo a pagar diez veces más
bajo fianza de mis manos, mi cabeza y corazón.
Si no basta, está claro que lo justo
sucumbe a lo perverso. Os lo suplico,
forzad la ley con vuestra autoridad por una vez; haced un gran bien con un pequeño mal y frenad la voluntad de este demonio.
PORCIA
Imposible. No hay poder en Venecia
que cambie lo dispuesto por la ley.
Sentaría un precedente y, siguiendo
el mismo ejemplo, pronto los abusos
inundarían el Estado. No es posible.
SHYLOCK
¡Un Daniel que viene a hacer justicia!
¡Un Daniel! ¡Ah, juez joven y sabio, cómo os honro!
PORCIA
Permíteme que lea el documento.
SHYLOCK
Aquí, dignísimo doctor, aquí lo tenéis.
PORCIA
Shylock, te ofrecen tres veces tu dinero.
SHYLOCK
¡Lo he jurado, lo he jurado ante el cielo!
¿Voy a manchar mi alma de perjurio?
¡Ni por toda Venecia!
PORCIA
Pues el plazo ha vencido, y por ley
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el judío puede exigir una libra de carne, que ha de cortarle al mercader lo más cerca del corazón.— Sé clemente, toma tres veces tu dinero y dime que rompa el documento.
SHYLOCK
Cuando se pague según lo estipulado.
Parece claro que sois un digno juez;
conocéis la ley y la habéis interpretado
rectamente. En nombre de la ley,
de la que sois columna benemérita,
dictad sentencia. Juro por mi alma
que no habrá lengua humana
capaz de convencerme. Me atengo a mi trato.
ANTONIO
Ruego encarecidamente al tribunal
que dicte sentencia.
PORCIA
Pues bien, es esta: ofreced
el pecho a su cuchillo.
SHYLOCK
¡Ah, noble juez! ¡Ah, dignísimo joven!
PORCIA
Pues el sentido y los fines de la ley
autorizan plenamente a que se cumpla
la pena estipulada en el contrato.
SHYLOCK
Gran verdad. ¡Ah, juez íntegro y sabio!
Sois mucho mayor que vuestro aspecto.
PORCIA
Así que desnudad el pecho.
SHYLOCK
Eso, el pecho, como dice el trato.
¿Verdad, noble juez? «Lo más cerca del corazón».
Eso es lo que dice.
PORCIA
Cierto. ¿Hay aquí una balanza
para pesar la carne?
SHYLOCK
Aquí la tengo.
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PORCIA
Y encárgate, Shylock, de que haya un médico que le restañe las heridas, no muera desangrado.
SHYLOCK
Eso, ¿viene estipulado en el trato?
PORCIA
Expresamente, no. Pero, ¿qué importa?
Se debe hacer por caridad.
SHYLOCK
No lo encuentro. No figura en el trato.
PORCIA
Vos, mercader, ¿tenéis algo que decir?
ANTONIO
Muy poco. Estoy preparado para el golpe.
Dame la mano, Basanio; adiós.
No te aflijas si por ti he llegado a esto:
la fortuna se porta mejor que de costumbre, pues deja al desgraciado con más años que dinero para que, con ojos hundidos
y arrugas en la frente, sufra la pobreza
en la vejez, mientras que a mí
me libra de esa angustia interminable.
Encomiéndame a tu noble esposa;
cuéntale cómo Antonio llegó a la muerte;
di cuánto te he querido y habla bien de mí
cuando haya muerto. Acabada la historia,
que juzgue si Basanio no tuvo un amigo.
Lamenta únicamente perder a ese amigo,
que él no se lamenta de pagar tu deuda,
pues, si el judío clava hondo,
al instante pagaré de todo corazón.
BASANIO
Antonio, estoy unido a una esposa
tan querida para mí como la vida;
mas la vida, mi esposa, el mundo entero,
no valen para mí lo que tu vida.
Los perdería todos, sí, los sacrificaría
a este demonio con tal de librarte.
PORCIA
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Bien poco agradecida estaría vuestra esposa si pudiera oír lo que ofrecéis.
GRACIANO
Yo tengo una mujer y la quiero de verdad.
En el cielo la quisiera, implorando
a los poderes que cambiasen al perro judío.
NERISA
Menos mal que lo decís a sus espaldas,
que, si no, peligraría la paz de vuestra casa.
SHYLOCK
¡Mira los maridos cristianos! Yo tengo una hija.
¡Ojalá se hubiera casado con cualquiera
de la cepa de Barrabás, y no con un cristiano! Perdemos tiempo. Os lo ruego, dictad sentencia.
PORCIA
Tuya es la libra de carne de este mercader:
lo concede el tribunal y lo autoriza la ley.
SHYLOCK
¡Rectísimo juez!
PORCIA
Y la carne has de sacársela del pecho:
lo permite la ley y lo concede el tribunal.
SHYLOCK
¡Sapientísimo juez! ¡Qué sentencia!—
¡Vamos, prepárate!
PORCIA
Un momento: hay algo más.
El contrato no te da ni una gota de sangre:
dice expresamente «una libra de carne».
Conque llévate lo tuyo, tu libra de carne;
mas, si al cortarla viertes una gota
de sangre cristiana, tus tierras y bienes
serán confiscados, según las leyes de Venecia, en favor del Estado.
GRACIANO
¡Ah, íntegro juez! ¡Toma, judío! ¡Ah, sabio juez!
SHYLOCK
¿Esa es la ley?
PORCIA
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Lee el decreto tú mismo:
ya que pides justicia, ten por cierto
que tendrás más justicia de la que deseas.
GRACIANO
¡Ah, sabio juez! ¡Toma, judío! ¡Qué juez tan sabio!
SHYLOCK
Entonces acepto la oferta. Pagadme
tres veces la deuda y soltad al cristiano.
BASANIO
Aquí está el dinero.
PORCIA
Despacio: el judío tendrá toda la justicia.
Despacio: tendrá la sanción y nada más.
GRACIANO
¡Ah, judío! ¡Un juez íntegro, un juez sabio!
PORCIA
Conque disponte a cortarle la carne.
No viertas sangre, ni cortes más o menos
de una libra de carne. Si cortas más
o menos de una libra cabal, sea lo justo
para que suba o baje de peso
o la fracción de un vigésimo de gramo;
más aún, si se inclina en un pelo
el fiel de la balanza, morirás
y todos tus bienes serán confiscados.
GRACIANO
¡Un Daniel, judío! ¡Un segundo Daniel!
Infiel, ahora te he pillado.
PORCIA
¿Por qué duda el judío? Toma la sanción.
SHYLOCK
Devolvedme mi dinero y dejad que me vaya.
BASANIO
Lo tengo preparado. Tómalo.
PORCIA
Ante este tribunal lo ha rechazado.
Tendrá solo justicia y la sanción.
GRACIANO
Lo repito: ¡Un Daniel! ¡Un segundo Daniel!
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Gracias, judío, por enseñarme el nombre.
SHYLOCK
¿No vais a darme siquiera mi dinero?
PORCIA
Tendrás solamente la sanción, judío,
que puedes llevarte a riesgo propio.
SHYLOCK
Pues, ¡que el diablo se la conserve!
No pienso seguir oyendo.
PORCIA
Espera, judío.
La ley te reclama algo más.
Según consta en las leyes de Venecia,
si se demuestra que algún extranjero
atenta, por medios directos o indirectos,
contra la vida de cualquier ciudadano,
la mitad de sus bienes pasará
a la parte amenazada, la otra mitad
se ingresará en las arcas del Estado
y la vida del culpable quedará
a merced del Dux, sin posible apelación.
Afirmo que tal es tu caso,
pues del curso de los hechos se evidencia
que, indirecta y también directamente,
has atentado contra la vida
de la parte demandada, siendo reo
de las penas legales antedichas.
Conque al suelo, y pide clemencia al Dux.
GRACIANO
Pídele permiso para ahorcarte;
aunque, con todos tus bienes confiscados,
no puedes pagarte ni la soga.
Habrá que ahorcarte a expensas del Estado.
DUX
Para que veas qué distinto es nuestro ánimo, te perdono la vida antes que lo pidas.
La mitad de tu hacienda pasa a Antonio,
y la otra va al Estado. Tu mansedumbre
podría convertirla en una multa.
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PORCIA
La parte del Estado, no la de Antonio.
SHYLOCK
Quitadme también la vida, no la perdonéis.
Me quitáis mi casa al quitar el puntal
que la sostiene; me quitáis la vida
al quitarme los medios con que vivo.
PORCIA
¿Qué merced le dispensáis, Antonio?
GRACIANO
Una soga gratis. Por Dios, nada más.
ANTONIO
Si Vuestra Alteza y todo el tribunal
le eximen de la multa que reemplaza
a la mitad de sus bienes, me complacerá
poder administrar la otra mitad
y, a su muerte, entregarla al caballero
que no hace mucho se llevó a su hija.
Dos condiciones más: que por esta merced
al instante se convierta al cristianismo;
y que firme, aquí ante el tribunal,
que, cuando muera, dejará todos sus bienes a su yerno Lorenzo y a su hija.
DUX
Así lo hará o, si no, revocaré
la gracia concedida.
PORCIA
¿Aceptas la sentencia, judío? ¿Qué respondes?
SHYLOCK
La acepto.
PORCIA
Escribiente, redactad la donación.
SHYLOCK
Os lo ruego, permitidme que me vaya.
No estoy bien. Mandadme a casa el acta,
que la firmaré.
DUX
Puedes irte, pero hazlo.
GRACIANO
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En el bautizo tendrás dos padrinos.
Si yo soy el juez, te pongo otros diez
para llevarte a la horca, y no a la pila.
Sale [SHYLOCK].
DUX
Señor, os ruego que en la cena seáis mi invitado.
PORCIA
Pido humildemente perdón a Vuestra Alteza.
He de salir hacia Padua esta noche
y más vale que me ponga ya en camino.
DUX
Siento que no dispongáis de más tiempo.
Antonio, recompensad al caballero,
pues me parece que mucho le debéis.
Sale el DUX con el séquito.
BASANIO
Insigne caballero, gracias a vuestro saber
mi amigo y yo nos hemos salvado
de penas muy graves. En recompensa
de vuestros gentiles esfuerzos, aceptad
los tres mil ducados debidos al judío.
ANTONIO
Y en afecto y gratitud, os debemos
mucho más, ahora y siempre.
PORCIA
Está bien pagado quien queda satisfecho,
y yo estoy satisfecho de haberos redimido,
así que me doy por bien pagado:
espíritu venal yo nunca tuve.
Cuando volvamos a vernos, conocedme.
Os deseo buena suerte y me despido.
BASANIO
Querido señor, permitidme que insista.
Si paga no tomáis, llevaos un recuerdo
de nuestra gratitud. Concededme dos cosas, os lo ruego: su aceptación y mi disculpa.
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PORCIA
Ya que me apremiáis, consiento.
Dadme vuestros guantes, que los llevaré
en recuerdo vuestro. Y, por tanta gratitud,
me llevo este anillo. No quitéis la mano,
que no os pido más, e ingrato seríais
si me lo negarais.
BASANIO
Señor, ¿este anillo? Es una menudencia.
Si os lo diera, tendría que avergonzarme.
PORCIA
Pues no quiero otra cosa, y la verdad
es que tengo ese capricho.
BASANIO
Hay más en este anillo que su precio.
Os daré el más rico de Venecia
y dispondré una proclama para hallarlo.
De daros este dispensadme, os lo suplico.
PORCIA
Señor, veo que sois muy generoso en las ofertas.
Primero me enseñáis a pedir y ahora,
a responder al que pide.
BASANIO
Gentil señor, este anillo me lo dio mi esposa y, cuando me lo puso, yo le prometí
no venderlo, ni darlo, ni perderlo.
PORCIA
Esa excusa ahorra a muchos hombres el regalo. Si vuestra esposa no es una demente, sabiendo que merezco vuestro anillo,
no os tendrá perpetua malquerencia
por habérmelo dado. En fin, quedad con Dios.
Salen [PORCIA y NERISA].
ANTONIO
Mi buen Basanio, dale el anillo.
Que los méritos del joven y mi afecto
pesen más que el mandato de tu esposa.
BASANIO
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Anda, Graciano; corre hasta alcanzarle.
Dale el anillo y, si puedes, haz que venga
a casa de Antonio. Vamos, de prisa.
Sale GRACIANO.
Ven, ahora vamos allá tú y yo
y mañana temprano salimos volando
para Bélmont. Vamos, Antonio.
Salen.
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ESCENA II
Entran PORCIA y NERISA.
PORCIA
Pregunta por la casa del judío, dale el acta
y que la firme. Salimos esta noche
y llegaremos un día antes que nuestros maridos.
Lorenzo agradecerá la donación.
Entra GRACIANO.
GRACIANO
Señor, me alegro de alcanzaros.
El señor Basanio, tras reflexionar,
os envía este anillo y solicita
vuestra compañía en la cena.
PORCIA
No es posible. Su anillo acepto agradecido, y os rogaré que así se lo digáis. También os rogaré que indiquéis a mi escribiente
la casa del judío.
GRACIANO
Con mucho gusto.
NERISA
Señor, deseo hablaros.—
[Aparte a PORCIA] Veré si mi marido me da el anillo que me ha jurado conservar por siempre.
PORCIA
Tenlo por seguro. Mil veces jurarán
que han dado los anillos a unos hombres.
Los sacaremos de sí y juraremos más que ellos.
Venga, deprisa, ya sabes dónde espero.
NERISA
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Vamos, señor, ¿me indicáis la casa?
Salen.
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ACTO QUINTO
ESCENA I
Entran LORENZO y YÉSICA.
LORENZO
¡Cómo brilla la luna! En noche como esta,
en que un aire suave besaba los árboles
y los dejaba en silencio, en noche así
subió Troilo a los muros de Troya, y el alma
se le iba en suspiros a las tiendas griegas,
donde Crésida dormía aquella noche.
YÉSICA
En noche así, Tisbe pisaba medrosa
el rocío, cuando, al ver la sombra del león,
huyó asustada.
LORENZO
En noche así, con el sauce en la mano
estaba Dido a la orilla de la mar bravía
rogando a su amor que volviese a Cartago.
YÉSICA
En noche así, Medea cogió las mágicas hierbas que reavivaron al viejo Esón.
LORENZO
En noche así, Yésica huyó del rico judío
y con su pródigo amor escapó de Venecia
hasta Bélmont.
YÉSICA
En noche así, el joven Lorenzo juró
que la quería, robándole el alma
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con promesas de amor, y ninguna sincera.
LORENZO
En noche así, la linda Yésica
calumnió a su amado como una viborilla,
pero él la perdonó.
YÉSICA
Te ganaría en noches si nadie viniera,
pero, escucha: oigo los pasos de un hombre.
Entra [ESTEBAN,] un mensajero.
LORENZO
¿Quién viene tan deprisa en el silencio de la noche?
ESTEBAN
Un amigo.
LORENZO
¿Un amigo? ¿Qué amigo? ¿Cómo te llamas, amigo?
ESTEBAN
Me llamo Esteban y vengo a deciros
que mi ama estará en Bélmont
antes del amanecer. Se va parando
en las cruces del camino y de rodillas
implora un feliz matrimonio.
LORENZO
¿Quién viene con ella?
ESTEBAN
Solo un santo ermitaño y la dama.
Decidme, ¿ha vuelto mi amo?
LORENZO
No, ni sabemos nada de él.
Pero entremos, Yésica, y preparemos
alguna solemne bienvenida
para la dueña de la casa.
Entra [LANZAROTE,] el gracioso.
LANZAROTE
¡Arre, arre! ¡Yuju! ¡Arre!
LORENZO
¿Quién grita?
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LANZAROTE
¡Yuju! ¿Habéis visto a maese Lorenzo? ¡Maese Lorenzo, yuju!
LORENZO
¡Deja de aullar, tú! ¡Estoy aquí!
LANZAROTE
¡Yuju! ¿Dónde, dónde?
LORENZO
¡Aquí!
LANZAROTE
Decidle que ha llegado un correo de mi amo con el cuerno lleno de buenas noticias: mi amo estará aquí antes del día.
[Sale.]
LORENZO
Ven, vida mía, vamos a esperarlos dentro.
No, déjalo. ¿Para qué vamos a entrar?
Amigo Esteban, entra en la casa
a anunciar que tu amo ya se acerca
y di a los músicos que salgan.
[Sale ESTEBAN.]
¡Qué apacible reposa la luna en esta loma!
Sentémonos aquí, y que la música
nos acaricie los oídos. La calma suave
y la noche convienen a las dulces melodías.
Siéntate, Yésica. Mira cómo está engastado
el firmamento de claras patenas de oro.
En su giro, la más pequeña esfera
canta como un ángel, uniéndose a las voces de tantos querubines de ojos vivos. Así es la armonía del alma inmortal,
pero envuelta en esta caduca
vestidura de barro no la oímos.
[Entran los músicos.]
Venid. Despertad a Diana con un himno.
Con vuestros dulces acordes llegad
al oído del ama y atraedla con música.
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Suena la música.
YÉSICA
Nunca estoy alegre oyendo una música dulce.
LORENZO
Porque tienes ocupados los sentidos.
Observa un rebaño indómito y salvaje
o una manada de potros aún sin desbravar, saltando locamente, bufando y relinchando, como es propio de la sangre que les bulle.
Si oyen un toque de trompeta
o llega a sus oídos una melodía,
verás cómo todos se paran al instante
y se aquieta su briosa mirada
con el grato poder de la música.
Por eso fingió el poeta que Orfeo
movía los árboles, las piedras y los ríos.
Pues nada hay tan robusto, duro ni violento
que no cambie por efecto de la música.
El hombre sin música en el alma, insensible a la armonía de dulces sonidos, solo sirve para intrigas, traiciones y rapiñas. Sus impulsos son más turbios que la noche y sus propósitos, más oscuros que el Erebo. No te fíes de ese hombre. Escucha la música.
Entran PORCIA y NERISA.
PORCIA
Esa luz que vemos arde en mi casa.
¡Qué lejos llegan los rayos de esa vela!
Así brilla la buena acción en un mundo cruel.
NERISA
Cuando brillaba la luna no veíamos la vela.
PORCIA
El brillo mayor oscurece al menor.
El emisario luce tanto como el rey
mientras el rey no se acerca, y entonces
se vacía su grandeza como un riachuelo
en el mar. Escucha. ¡Música!
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NERISA
Señora, son los músicos de vuestra casa.
PORCIA
Veo que no hay nada bueno por sí solo:
los sonidos parecen más gratos que de día.
NERISA
Señora, el silencio les confiere esa virtud.
PORCIA
Cuando cantan solos, tan grato es el canto
del cuervo como el de la alondra, y creo
que si el ruiseñor cantase de día
cuando graznan las ocas, no diríamos
que es más armonioso que el jilguero.
¡Cuántas cosas deben al momento propicio
su justa alabanza y completa perfección!
¡Silencio! Con Endimión duerme la luna
y no desea que la despierten.
Cesa la música.
LORENZO
Mucho me equivoco o esa es
la voz de Porcia.
PORCIA
Me conoce como el ciego al cuco:
por la mala voz.
LORENZO
¡Querida señora, bienvenida!
PORCIA
Hemos rezado por el bien de nuestros maridos y esperamos que se cumplan las plegarias. ¿Han vuelto ya?
LORENZO
Aún no, señora. Pero ha venido un mensajero anunciando su llegada.
PORCIA
Entra, Nerisa. Ordena a los criados
que no mencionen para nada nuestra ausencia.
Tampoco vos, Lorenzo; ni vos, Yésica.
96
Toque de trompeta.
LORENZO
Se acerca vuestro esposo: oigo su trompeta.
No somos delatores, señora. No temáis.
PORCIA
La noche parece un día apagado;
está algo más pálida. Es como el día,
un día en que el sol se ha escondido.
Entran BASANIO, ANTONIO, GRACIANO y acompañamiento. BASANIO
Tendremos el día, como en las antípodas,
si quieres salir en ausencia del sol.
PORCIA
Quisiera lucir, mas no demasiado:
la que todo lo luce ofusca al marido,
y eso no lo quiero para el mío…
Pero, Dios disponga. Sé bienvenido, mi señor.
BASANIO
Gracias, señora. Acoge a mi amigo:
este es Antonio, el hombre
con quien tanto estoy en deuda.
PORCIA
Y debes estarlo plenamente, pues creo
que él se endeudó mucho por ti.
ANTONIO
Nada de que no me haya librado.
PORCIA
Señor, sois muy bienvenido a nuestra casa.
Se verá en algo más que en las palabras,
así que voy a ahorraros ceremonias.
GRACIANO [a NERISA]
¡Por esa luna, te juro que me ofendes!
Es verdad que se lo di al escribiente.
Que lo castren y quedo satisfecho,
ya que tú te lo tomas tan a pecho.
PORCIA
¡Riñendo tan pronto! ¿Qué pasa?
97
GRACIANO
Es la sortija de oro, un mísero anillo
que me regaló, con un lema igual
que un verso en la hoja de un cuchillo:
«Ámame y no me dejes».
NERISA
¿Por qué hablas del lema o el valor?
Cuando te lo di, me juraste
llevarlo hasta la hora de la muerte
y de él no separarte ni en la tumba.
Si no por mí, por tu ferviente juramento
debiste poner más cuidado en conservarlo.
¡Dárselo a un escribiente! Bien sabe Dios
que a ese escribiente jamás le saldrá barba.
GRACIANO
Le saldrá cuando se haga un hombre.
NERISA
Sí, cuando una mujer se haga hombre.
GRACIANO
Palabra de honor que se lo di a un joven;
un muchacho, más bien menudo,
no más alto que tú; el escribiente del juez,
un mocito parlanchín que lo pidió en recompensa.
No tuve corazón para negárselo.
PORCIA
Para ser sincera, has hecho mal
en dar el primer regalo de tu esposa con tanta ligereza. En tu dedo lo pusiste con ese juramento y en tu carne se clavó con tus promesas. A mi amor le di un anillo haciéndole jurar que siempre lo conservaría. Aquí está él, y por él puedo jurar que a nadie lo dará, ni del dedo se lo arrancará
por todas las riquezas de este mundo.
La verdad, Graciano, que has apenado cruelmente a tu esposa. A mí me habría enfurecido.
BASANIO [aparte]
Más me valdría cortarme la mano izquierda
y jurar que perdí el anillo defendiéndolo.
98
GRACIANO
El noble Basanio le dio el anillo
al juez que lo pidió y que bien lo merecía;
entonces su joven escribiente,
que tanto se afanó con los escritos,
quiso el mío, y ni amo ni ayudante
querían nada más que los anillos.
PORCIA
¿Qué anillo le diste, mi señor?
Espero que no fuese el que te di.
BASANIO
Si a la falta pudiera añadir una mentira,
lo negaría; pero ya ves que mi dedo
no lleva el anillo: no lo tengo.
PORCIA
Ni tiene fidelidad tu corazón.
Por el cielo, que contigo no iré al lecho
hasta que vea el anillo.
NERISA
Ni yo contigo hasta que vea el mío.
BASANIO
Querida Porcia,
si supieras a quién di el anillo,
si supieras por quién di el anillo
y entendieras por qué di el anillo
y de qué mala gana me quité el anillo
cuando solo me aceptaban el anillo,
el rigor de tu enojo cedería.
PORCIA
Si tú hubieras sabido la importancia del anillo, o la mitad del valor de quien te dio el anillo, o tu propio deber de conservar el anillo,
no te habrías desprendido del anillo.
Si hubieras querido defenderlo con tesón,
¿quién habría sido tan poco razonable
y descortés que se empeñara
en que le dieses algo tan sagrado?
Nerisa me ha enseñado la verdad:
muera yo si el anillo no lo tiene una mujer.
99
BASANIO
Señora, por mi honor y por mi alma
que no lo di a mujer, sino a un doctor en leyes que no quiso los tres mil ducados y pidió el anillo. Yo se lo negué
y permití que ofendido se alejase
quien salvó la vida de mi amigo.
¿Qué quieres que diga, mi señora?
Me sentí obligado a enviárselo,
sonrojado por mi descortesía.
No iba yo a empañar mi honor
con tamaña ingratitud. Perdóname, señora, mas, por las santas luminarias de la noche, que, si allí hubieras estado, me habrías pedido el anillo para dárselo al doctor.
PORCIA
Que ese doctor no se acerque a mi casa:
ya que tiene la joya que yo amaba
y que tú juraste conservar,
seré tan dadivosa como tú.
No pienso negarle nada que sea mío,
ni mi cuerpo, ni el lecho de mi esposo.
Voy a conocerle, de ello estoy segura.
No duermas ni una noche fuera de casa.
Vigila como Argos. Si no lo haces
y yo quedo sola, por mi honra (que aún es mía)
que yo dormiré con el doctor.
NERISA
Y yo con su escribiente, conque atento
si dejas que me cuide de mí misma.
GRACIANO
Pues, muy bien. Pero, que no me lo encuentre, o le corto la pluma al escribiente.
ANTONIO
Yo soy la triste causa de estas riñas.
PORCIA
No os apenéis. Sois bienvenido pese a todo.
BASANIO
Porcia, perdóname un agravio tan forzado.
100
En presencia de todos mis amigos,
te juro por tus bellos ojos,
en los cuales veo mi reflejo…
PORCIA
¿Habéis oído? Se ve doble en mis ojos:
uno en cada ojo. Pues jura con doblez
y serás digno de crédito.
BASANIO
¡Escúchame! Perdóname y te juro
que ya nunca faltaré a mis juramentos.
ANTONIO
He prestado mi cuerpo por su bien
y habría acabado mal de no haber sido
por quien se fue con vuestro anillo.
Me comprometo una vez más bajo fianza
de mi alma a que conscientemente
vuestro esposo ya nunca faltará a su palabra.
PORCIA
Seréis su garantía. Dadle este anillo
y pedidle que lo cuide mejor que el otro.
ANTONIO
Toma, Basanio. Jura que lo conservarás.
BASANIO
¡Por el cielo! ¡Pero si es el que le di al doctor!
PORCIA
Él me lo dio. Perdóname, Basanio:
por recobrarlo tuve que dormir con el doctor.
NERISA
Y perdóname tú, gentil Graciano,
pues anoche, a cambio de este, durmió conmigo ese mocito, el escribiente del doctor.
GRACIANO
Pero, ¡bueno! Esto es como arreglar caminos en verano, cuando están en buen estado. ¿Así que cornudos antes de merecerlo?
PORCIA
No seas tan basto.— Estáis desconcertados.
Tomad esta carta, leedla sin prisas.
Viene de Padua, de parte de Belario.
101
Por ella sabréis que Porcia era el doctor
y Nerisa el escribiente. Lorenzo es testigo
de que salí al tiempo que vosotros
y que acabo de volver. En mi casa
aún no he entrado. Antonio, bienvenido:
la noticia que os reservo es mejor
de lo esperado. Abrid esta carta:
os dirá que tres de vuestros galeones
han llegado a puerto de improviso
con su rico cargamento. Mas no
queráis saber qué insólito accidente
puso en mis manos esta carta.
ANTONIO
Estoy sin habla.
BASANIO
¿Eras el doctor y no te conocí?
GRACIANO
¿Y tú el escribiente que va a ponerme cuernos?
NERISA
Sí, pero que no tiene esa intención,
a no ser que se haga hombre.
BASANIO
Querido doctor, dormirás conmigo.
Si estoy ausente, duerme con mi esposa.
ANTONIO
Querida señora, me dais vida y fortuna,
pues la carta asegura que mis barcos
llegaron a buen puerto.
PORCIA
Y ahora, Lorenzo: mi escribiente
os trae también un buen consuelo.
NERISA
Sí, y se lo doy sin honorarios.—
Lorenzo y Yésica, aquí tenéis,
de parte del rico judío, un acta especial
por la que os dona sus bienes cuando muera.
LORENZO
Mis bellas señoras, echáis maná
delante del hambriento.
102
PORCIA
Es casi de día, y estoy segura
de que aún no entendéis lo sucedido.
Vamos a entrar, y allí podréis
interrogarnos: todas las preguntas
tendrán cumplida respuesta.
GRACIANO
Muy bien, pues lo primero que Nerisa
habrá de responderme es si prefiere
seguir hasta la noche de mañana
o acostarse a una hora tan temprana;
que, si es de día, estaré muy impaciente
por dormir con el joven escribiente.
Y desde hoy jamás tomaré a risa
guardar bien el anillo de Nerisa.
Salen.
FIN

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