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Libro N° 14333. El Mercader De Venecia. Shakespeare, William.



© Libro N° 14333. El Mercader De Venecia. Shakespeare, William.  Emancipación. Octubre 4 de 2025

 

Título Original: © El Mercader De Venecia. Shakespeare, William

 

Versión Original: © El Mercader De Venecia. Shakespeare, William

 

Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos:

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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: 

Guillermo Molina Miranda




LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA

EL MERCADER DE VENECIA

William Shakespeare




El Mercader De Venecia

William Shakespeare






El Mercader De Venecia

Shakespeare, William

 

Teatro


Se reconocen los derechos morales de Shakespeare, William.

 

Obra de dominio público.

 

Distribución gratuita. Prohibida su venta y distribución en medios ajenos a la Fundación Carlos Slim.

 

Fundación Carlos Slim

 

Lago Zúrich. Plaza Carso II. Piso 5. Col. Ampliación Granada C. P. 11529, Ciudad de México. México. contacto@pruebat.org


 

EL MERCADER DE VENECIA

 

 

PERSONAJES

ANTONIO, mercader de Venecia

BASANIO, amigo suyo y pretendiente de Porcia

LEONARDO, criado de Basanio

GRACIANO, amigo de Antonio y Basanio

SALERIO, amigo de Antonio y Basanio

SOLANIO, amigo de Antonio y Basanio

LORENZO, amigo de Antonio y Basanio

SHYLOCK, judío

YÉSICA, su hija

TÚBAL, judío

LANZAROTE Gobo, gracioso

El viejo GOBO, padre de Lanzarote

PORCIA, dama de Bélmont

NERISA, su dama de compañía

BALTASAR, criado de Porcia

ESTEBAN, criado de Porcia

EL PRÍNCIPE DE MARRUECOS, pretendiente de Porcia

EL PRÍNCIPE DE ARAGÓN, pretendiente de Porcia

EL DUX de Venecia

Senadores de Venecia, funcionarios del Tribunal, carcelero, criados y acompañamiento

 

  

ACTO PRIMERO

 

ESCENA I

 

 

Entran ANTONIO, SALERIO y SOLANIO.

 

ANTONIO

 

La verdad, no sé por qué estoy tan triste.

 

Me cansa esta tristeza, os cansa a vosotros;

 

pero cómo me ha dado o venido,

 

en qué consiste, de dónde salió,

 

lo ignoro.

 

Y tan torpe me vuelve este desánimo

 

que me cuesta trabajo conocerme.

 

SALERIO

 

El océano te agita el pensamiento:

 

allá tus galeones de espléndido velamen, cual señores y ricos ciudadanos de las aguas, o bien como carrozas de la mar, descuellan sobre el pobre barquichuelo que se inclina, les hace reverencia

 

cuando pasan volando con sus alas de tela.

 

SOLANIO

 

Créeme: teniendo tal comercio por los mares, allá estarían mis sentidos, navegando

 

con todos mis afanes. Estaría arrancando hierba para conocer los vientos, buscando

 

en los mapas puertos, bahías y radas

 

Y, temiendo lo que hiciera peligrar

 

mis mercancías, por fuerza estaría triste.

 

SALERIO

 

 

 

5



El soplo con que enfrío la sopa

 

me haría tiritar si pensara en el daño

 

que causa una galerna en alta mar.

 

Viendo caer la arena del reloj

 

pensaría en bancos y bajíos, y vería

 

embarrancado a mi rico San Andrés

 

inclinando su mástil bajo el casco

 

por besar su tumba. Y al ir a la iglesia

 

y ver el sagrado edificio de piedra,

 

¿cómo no pensar en rocas peligrosas,

 

que, con tocar de costado mi noble bajel,

 

dispersarían las especias por las aguas

 

vistiendo la mar brava con mis sedas,

 

y, en suma, de tanto tener

 

no tendría nada? ¿Cómo puedo

 

pensar en todo esto sin pensar

 

que estaría triste si ocurriera?

 

Vamos, vamos: sé que Antonio está triste

 

pensando en sus mercancías.

 

ANTONIO

 

No, de veras. En esto soy afortunado.

 

No he fiado mi comercio a un solo barco

 

ni a un mismo lugar; ni he dejado

 

mi hacienda a los azares de este año.

 

Así que las mercancías no me inquietan.

 

SOLANIO

 

Entonces estás enamorado.

 

ANTONIO

 

¡Quita, hombre!

 

SOLANIO

 

Enamorado tampoco… Entonces estás triste porque no estás alegre. Podías estar saltando y brincando, y decir que estás alegre porque no estás triste. ¡Por Jano bifronte! La naturaleza produce tipos raros:

 

hay unos que, con ojos entornados,

 

se ríen como loros al oír la gaita,

 

y otros con cara de vinagre, incapaces

 

de esbozar una sonrisa, aunque Néstor

 

 

 

 

6



nos jure que la broma era graciosa.

 

Entran BASANIO, LORENZO y GRACIANO.

 

Aquí llega Basanio, tu nobilísimo pariente

 

con Graciano y Lorenzo. Adiós.

 

Te dejamos en mejor compañía.

 

SALERIO

 

Hubiera seguido hasta alegrarte,

 

mas se me han adelantado amigos mejores.

 

ANTONIO

 

Tú eres buen amigo para mí.

 

Mas veo que tus asuntos te reclaman

 

y aprovechas la ocasión para marcharte.

 

SALERIO

 

Buenos días, señores.

 

BASANIO

 

Caballeros, ¿cuándo reiremos? ¿Eh?

 

Os veo muy distantes. ¿Cómo es eso?

 

SALERIO

 

Concertaremos nuestros ocios con los tuyos.

 

Salen SALERIO y SOLANIO.

 

LORENZO

 

Signor Basanio, puesto que has hallado

 

a Antonio te dejamos, mas recuerda

 

que nos vemos a la hora de la cena.

 

BASANIO

 

No faltaré.

 

GRACIANO

 

Signor Antonio, no tienes buena cara.

 

Te tomas el mundo muy en serio,

 

y lo pierde quien tan caro lo compra.

 

Te digo que te veo muy cambiado.

 

ANTONIO

 

Graciano, el mundo para mí no es más que eso:

 

un teatro donde todos tenemos un papel,

 

y el mío es triste

 

GRACIANO

 

 

 

 

7



Déjame ser el bufón. Que vengan las arrugas con risas y alegría, y que el hígado

 

me arda con el vino antes que helarme

 

el corazón con quejidos que matan.

 

¿Por qué ha de estar quien siente hervir la sangre igual que su abuelo tallado en alabastro, dormir estando en vela y pillar la ictericia

 

de puro mal humor? Atiéndeme, Antonio, que te aprecio, y es mi afecto el que te habla: hay hombres cuya cara se espesa

 

y recubre como el agua estancada,

 

y que guardan un silencio incorregible

 

con el fin de revestirse de una fama

 

de prudencia, gravedad y hondo pensamiento, cual si fueran a decir: «Soy Don Oráculo,

 

y no se oiga una mosca cuando hable».

 

Querido Antonio, sé que a algunos de ellos

 

los reputan de sabios porque callan,

 

y seguro que si hablaran, se atraerían

 

los insultos de sus semejantes, que por ello irían al fuego eterno. Seguiré en otra ocasión. No quieras pescar el pececillo de la fama

 

con un cebo melancólico.— Vamos, Lorenzo.— Queda con Dios. Después de cenar acabaré el sermón.

 

LORENZO

 

Os veremos a la hora de la cena.—

 

Yo debo de ser uno de esos sabios mudos,

 

que Graciano no me deja hablar.

 

GRACIANO

 

Pues como sigas conmigo otros dos años

 

no conocerás el sonido de tu voz.

 

ANTONIO

 

Adiós. Ahora hablaré sin parar.

 

GRACIANO

 

Se agradece, que el silencio sólo es elogiable en lengua de vaca curada y en las solteronas.

 

Salen [GRACIANO y LORENZO].

 

 

 

 

8



ANTONIO

 

Y todo eso, ¿qué?

 

BASANIO

 

Graciano habla la nada infinita, más que nadie en toda Venecia. Lo que dice es como un par de granos escondidos en una fanega de paja: has de buscar todo el día para encontrarlos, y cuando los tienes ves que no merecían la pena.

 

ANTONIO

 

Bueno, ahora dime quién es esa dama

 

a la que juraste secreta peregrinación

 

y de la cual prometiste hablarme hoy.

 

BASANIO

 

Antonio, tú no ignoras

 

cómo he debilitado mi fortuna

 

ostentando un lujo más subido

 

del que mis medios permitían mantener.

 

Y no me quejo de tener que reducir

 

tan fastuoso dispendio: mi gran preocupación es salir honrosamente de las deudas en las que me ha enredado una vida

 

un tanto pródiga. Antonio, tú ya eres

 

mi mayor acreedor en dinero y en afecto,

 

y tu afecto me otorga licencia

 

para confiarte los planes y designios

 

con que librarme de las deudas contraídas.

 

ANTONIO

 

Te lo ruego, buen Basanio, házmelos saber;

 

y si tus planes son tan honorables

 

como tú, ten por cierto que mi bolsa,

 

mi persona y todos mis recursos

 

están enteramente a tu servicio.

 

BASANIO

 

En mis años escolares, si perdía

 

alguna flecha, disparaba con más tiento

 

otra de su alcance en la misma dirección:

 

arriesgando las dos, encontraba las dos.

 

Menciono este recuerdo de mi infancia

 

porque lo que sigue es pura ingenuidad.

 

Te debo mucho y, cual joven descarriado,

 

he perdido lo que debo, mas si quieres

 

 

 

 

9



disparar otra flecha en la misma

 

dirección de la primera, estoy seguro,

 

pues voy a poner tino, de que hallaré las dos, y, si no, de que podré devolverte la segunda y quedar grato deudor de la primera.

 

ANTONIO

 

Me conoces bien, y pierdes el tiempo rodeando nuestro afecto con tanto circunloquio. Te aseguro que mucho más me duele

 

el que dudes de mi entera voluntad

 

que si hubieras gastado todo lo que tengo.

 

Conque dime ya qué debo hacer

 

que, según tú, esté en mi mano;

 

estoy dispuesto a ello. Vamos, habla.

 

BASANIO

 

En Bélmont vive una rica heredera

 

y es hermosa, y, lo que es más hermoso,

 

de ricas virtudes. En otro tiempo, sus ojos

 

me enviaban mensajes callados y dulces.

 

Se llama Porcia, en nada inferior

 

a la hija de Catón, esposa de Bruto.

 

Sus prendas las conoce el mundo entero.

 

De todas las costas, los cuatro vientos

 

empujan a famosos pretendientes.

 

Sus rubios cabellos le cubren las sienes

 

como un vellocino de oro,

 

y Bélmont es la playa de la Cólquida

 

a la que tantos Jasones ponen rumbo

 

¡Ah, Antonio! Si yo tuviera los medios

 

para poder contender con uno de ellos,

 

me augura el corazón tanta fortuna

 

que sin duda sería el agraciado.

 

ANTONIO

 

Sabes que toda mi riqueza está en el mar,

 

y no tengo dinero ni mercaderías

 

con que reunir esa suma. Así que mira a ver

 

lo que rinde mi crédito en Venecia

 

y estíralo hasta el límite, de manera

 

que te lleve a Bélmont, junto a la bella Porcia.

 

 

 

 

10



Tú corre a averiguar, y yo también,

 

dónde hay dinero, porque, de verdad,

 

lo tendré por solvencia o amistad.

 

Salen.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

11



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

ESCENA II

 

Entra PORCIA con su dama de compañía, NERISA.

 

PORCIA

 

Te aseguro, Nerisa, que mi pequeña persona está cansada de este gran mundo. NERISA

 

Mi querida señora, lo estaríais si vuestra desgracia llegase a la altura de vuestra fortuna. Por lo que veo, tanto enferma el que se harta como el que no come. Así que no es poca virtud encontrar el justo medio: el exceso envejece muy pronto; la templanza da más vida.

 

PORCIA

 

Buenos aforismos y bien formulados.

 

NERISA

 

Mejores serán si los observamos.

 

PORCIA

 

Si hacer fuese tan fácil como saber lo que conviene, las capillas serían catedrales y las cabañas, palacios. El buen sacerdote cumple su propia doctrina. Me cuesta menos enseñar a veinte lo que es justo que ser uno de los veinte que han de seguir mis enseñanzas. La cabeza podrá dictar leyes contra la pasión, pero el ardor puede más que la frialdad de una sentencia: la loca juventud es una liebre que salta las redes de la inerte prudencia. Claro que estos razonamientos no me sirven para elegir marido. ¡Qué palabra, «elegir»! Ni puedo elegir al que quiera ni rehusar al que aborrezca: la primera voluntad de una hija viva tropieza con la última de un padre muerto. ¿Verdad que es duro, Nerisa, no poder elegir ni rehusar a ninguno?

 

NERISA

 

Vuestro padre vivió en la virtud, y en su lecho de muerte el justo suele tener inspiraciones; así que el acertijo que ideó con esos tres cofres de oro, plata y plomo, por el cual seréis de quien acierte su intención, solo podrá resolverlo el hombre a quien queráis de verdad. Pero, ¿qué inclinación sentís por los nobles pretendientes que han llegado?

 

PORCIA

 

 

 

 

 

12



Dime sus nombres, ¿quieres? Conforme los dices, yo haré un comentario y tú podrás adivinar mis sentimientos.

 

NERISA

 

Primero está el príncipe napolitano.

 

PORCIA

 

Ese está hecho un potro: no hace más que hablar de su caballo y añade a sus prendas el saber herrarlo él solo. Sospecho que su señora madre se entendía con un herrador

 

NERISA

 

Después, el conde Palatino

 

PORCIA

 

Siempre poniendo mala cara, como diciendo: «Si no gusto, a tu gusto». Si oye alguna gracia, no se ríe. Me temo que de viejo será un filósofo llorón, ya que de joven es tan hosco y sombrío. Prefiero ser la esposa de una calavera con un hueso en la boca que la de uno de estos. ¡Dios me guarde de los dos!

 

NERISA

 

¿Y qué me decís del caballero francés, Monsieur Le Bon?

 

PORCIA

 

Puesto que Dios le creó, tengámosle por hombre. Ya sé que está feo burlarse, ¡pero es que él…! Su caballo es mejor que el del napolitano y pone mejor mala cara que el conde Palatino. Es todos y ninguno. Al canto del tordo se pone a bailar. Se pelea con su sombra. Casarme con él sería como casarme con veinte. Y no me importaría que me despreciase, pues si me amara con delirio no podría corresponderle.

 

NERISA

 

¿Y qué os dice Falconbridge, el joven barón inglés?

 

PORCIA

 

Nada, porque ni yo lo entiendo a él ni él a mí: no sabe latín, ni francés, ni italiano, y tú puedes dar fe de que yo no sé casi nada de inglés. Es un modelo de apostura, pero, ¿quién puede conversar con una estatua? ¡Y qué indumentaria! Creo que el jubón lo adquirió en Italia, las calzas en Francia, el gorro en Alemania y las maneras en todas partes.

 

NERISA

 

¿Qué pensáis del lord escocés, su vecino?

 

PORCIA

 

Que no le falta amor al prójimo, pues el inglés le prestó una bofetada y él juró que se la devolvería cuando pudiera. Creo que el francés salió garante y firmó por otra más.

 

NERISA

 

 

 

 

13



¿Qué os parece el joven alemán, el sobrino del Duque de Sajonia? PORCIA

 

Por la mañana, que está sereno, repelente, y por la tarde, que está borracho, repugnante. Cuando está mejor es algo peor que un hombre, y cuando está peor, algo mejor que un animal. Si ocurriera lo peor, confío en que sabré arreglármelas sin él.

 

NERISA

 

Si se arriesgase a elegir y acertara con el cofre, iríais contra la voluntad de vuestro padre si os negaseis a aceptarle.

 

PORCIA

 

Pues, para evitarlo, pon sobre otro cofre un vaso grande de vino del Rin: aunque el diablo ande dentro y la tentación fuera, seguro que lo escoge. Nerisa, cualquier cosa antes que casarme con una cuba.

 

NERISA

 

Perded cuidado, señora: estos caballeros me han hecho saber su intención de regresar a su tierra y no importunaros más con su petición si no hay otro modo de conseguiros que el acertijo de los cofres que dispuso vuestro padre.

 

PORCIA

 

Aunque viva tantos años como la Sibila, moriré tan casta como Diana si no me consiguen como ordena el testamento de mi padre. Me alegro de que todos estos pretendientes sean tan razonables, pues no hay uno de ellos por cuya ausencia no suspire. Que Dios les conceda un buen regreso.

 

NERISA

 

Señora, ¿no os acordáis de un veneciano, hombre de armas y letras, que en vida de vuestro padre vino aquí acompañando al marqués de Monferrato?

 

PORCIA

 

¡Sí, sí, Basanio…! Así creo que se llamaba.

 

NERISA

 

Sí, señora. De todos los hombres que hayan visto mis torpes ojos él era el más merecedor de una bella dama.

 

PORCIA

 

Le recuerdo muy bien y recuerdo que era digno de tu elogio.

 

Entra un CRIADO.

 

¿Alguna novedad?

 

CRIADO

 

Señora, los cuatro extranjeros desean despedirse, y ha venido el correo de un quinto, el Príncipe de Marruecos, para anunciar que su señor llega esta noche.

 

PORCIA

 

 

 

14



Si pudiera acogerle con tanto placer como despido a los otros cuatro, me alegraría su llegada. Y si es un santo con cara de diablo, que venga a confesarme, no a cortejarme. Vamos, Nerisa.— Tú, ve delante.— Sale un pretendiente por la verja, y ya hay otro llamando a la puerta.

 

Salen.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

15



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

ESCENA III

 

Entra BASANIO con SHYLOCK el judío.

 

SHYLOCK

 

Tres mil ducados; ya.

 

BASANIO

 

Sí, señor; por tres meses.

 

SHYLOCK

 

Por tres meses; ya.

 

BASANIO

 

Y, como os he dicho, Antonio saldrá fiador.

 

SHYLOCK

 

Antonio saldrá fiador; ya.

 

BASANIO

 

¿Podéis ayudarme? ¿Me complaceréis? ¿Qué respondéis?

 

SHYLOCK

 

Tres mil ducados por tres meses, y Antonio fiador.

 

BASANIO

 

Respondedme.

 

SHYLOCK

 

Antonio vale mucho.

 

BASANIO

 

¿Alguien afirma lo contrario?

 

SHYLOCK

 

¡Oh, no, no, no, no! Cuando digo que vale mucho quiero denotaros que es solvente. Claro que sus bienes son supuestos: tiene un galeón rumbo a Trípoli, otro a las Indias, y dicen en el Rialto que tiene un tercero en Méjico, un cuarto camino de Inglaterra, más todo el comercio que dispersa por ahí. Pero los barcos son tablas, y los navegantes, hombres; y hay ratas de tierra y ratas de agua, ladrones de tierra y ladrones de agua (quiero decir piratas), y luego está el peligro de los mares, los vientos y las rocas. Sin embargo, el hombre es solvente. Tres mil ducados… Creo que puedo aceptar su garantía.

 

 

 

16



BASANIO

 

Podéis estar seguro.

 

SHYLOCK

 

Me aseguraré de que puedo y para asegurarme lo consideraré. ¿Puedo hablar con Antonio?

 

BASANIO

 

Si tenéis a bien cenar con nosotros…

 

SHYLOCK

 

Sí, para oler la carne de cerdo y comer del cuerpo que alojó al demonio por conjuro de vuestro profeta de Nazaret. Con vosotros compraré, venderé, hablaré, pasearé y así sucesivamente; pero con vosotros no comeré, ni beberé, ni rezaré.— ¿Alguna novedad en el Rialto? ¿Quién viene ahí?

 

Entra ANTONIO.

 

BASANIO

 

Es el signor Antonio.

 

SHYLOCK [aparte]

 

¡Vaya un aire de sumiso publicano!

 

Le odio por cristiano, pero más

 

porque en su humilde simpleza va prestando dinero gratis y rebaja nuestra tasa

 

de ganancias en Venecia.

 

Como pueda pillarle en desventaja,

 

saciaré el viejo rencor que le guardo.

 

Odia a nuestro pueblo sagrado, y allí

 

donde suelen congregarse mercaderes

 

murmura de mí, de mis tratos

 

y mis lícitas ganancias, que él llama intereses.

 

¡Maldita sea mi estirpe si le perdono!

 

BASANIO

 

Shylock, ¿me oís?

 

SHYLOCK

 

Estoy echando cuentas de mis fondos,

 

y así, de memoria, no parece

 

que disponga ahora mismo del total de los tres mil ducados. ¡Qué más da! Túbal, un hermano judío muy pudiente, me proveerá. Pero, alto, ¿cuántos meses deseáis? [A ANTONIO] Dios os guarde, signor.

 

 

17



Hablábamos de vuestra merced.

 

ANTONIO

 

Shylock, aunque no presto ni tomo prestado recibiendo o pagando las usuras, por atender la urgencia de mi amigo

 

faltaré a mi costumbre. [A BASANIO] ¿Sabe ya cuánto necesitas?

 

SHYLOCK

 

Sí, sí. Tres mil ducados.

 

ANTONIO

 

Y por tres meses.

 

SHYLOCK

 

No me acordaba… Tres meses.— Me lo habíais dicho.—

 

Muy bien, la garantía. A ver… Pero un momento.

 

Me pareció oír que no prestábais

 

ni tomabais prestado por ganancias.

 

ANTONIO

 

Jamás lo hago.

 

SHYLOCK

 

Cuando Jacob apacentaba las ovejas

 

de su tío Labán… Después del santo Abrahán, Jacob, merced a la prudencia de su madre, fue el tercer heredero. Sí, el tercero.

 

ANTONIO

 

¿Y qué? ¿Cobraba intereses?

 

SHYLOCK

 

No, cobrar intereses, no; lo que diríais intereses directos, no. Mirad lo que hizo Jacob: Labán y él convinieron que todos los corderos que naciesen rayados o con manchas

 

serían la paga de Jacob. A fines del otoño, ya en celo, las ovejas buscaron a los machos, y, cuando estos lanudos animales realizaban el acto procreador, el astuto pastor peló unas varas

 

y, en pleno apareamiento, las plantó

 

frente a las ardientes ovejas,

 

que, habiendo concebido, parieron en su día corderos variopintos, todos para Jacob.

 

 

 

18



Así pudo ganar y ser bendecido,

 

y ganancia es bendición si no se roba.

 

ANTONIO

 

Eso fue un azar, y Jacob el instrumento;

 

algo que no estaba en su mano realizar

 

y que el cielo dispuso y gobernó.

 

¿Se menciona para justificar los intereses?

 

¿O son ovejas y carneros tu oro y plata?

 

SHYLOCK

 

No lo sé. Conmigo crían igual.

 

Pero atendedme, signor.

 

ANTONIO

 

Fíjate, Basanio:

 

el diablo cita la Biblia en su provecho.

 

El alma perversa que alega santo testimonio es como un canalla de cara sonriente

 

o hermosa manzana podrida por dentro.

 

¡Qué buena presencia tiene la impostura!

 

SHYLOCK

 

Tres mil ducados; buena suma.

 

Tres meses de doce… A ver la tasa.

 

ANTONIO

 

Bueno, Shylock, ¿vamos a quedarte agradecidos?

 

SHYLOCK

 

Signor Antonio, una y otra vez

 

me habéis injuriado en el Rialto

 

por mis dineros y ganancias.

 

Yo siempre lo soporto encogiéndome de hombros, que la paciencia es la señal de nuestro pueblo.

 

Me llamáis infiel y perro carnicero,

 

me escupís en mi capa de judío,

 

y todo por usar lo que es mío propio.

 

Pues bien, parece ser que ahora os hago falta, y, cómo no, venís a mí diciendo: «Shylock, queremos dineros», me decís.

 

Vos, que la barba me pringáis de escupitajos, que me apartáis a puntapiés como a perro ajeno en vuestro umbral; vos me pedís dineros. Pues no sé qué decir. ¿No debía decir?:

 

 

 

19



«¿Tienen dinero los perros? ¿Es que un perro puede prestar tres mil ducados?».

 

¿O queréis que me incline y, en tono servil,

 

con aliento contenido y humilde susurro,

 

os diga: «Gentil señor,

 

el miércoles pasado me escupisteis,

 

tal día me disteis de patadas, tal otro

 

me llamasteis perro y por tanta cortesía

 

aquí tenéis tantos dineros»?

 

ANTONIO

 

Volvería a llamarte perro,

 

escupirte y darte de patadas.

 

Si vas a prestar ese dinero, no lo prestes

 

como amigo, pues, ¿cuándo la amistad

 

sacó fruto de metal infructuoso?

 

Préstalo más bien como enemigo:

 

si se arruina tu deudor, podrás

 

exigir la pena sin reparos.

 

SHYLOCK

 

Pero, ¡cómo os sulfuráis! Quiero ser

 

amigo vuestro y gozar de la amistad,

 

olvidar los ultrajes que me habéis infligido,

 

atender vuestra necesidad sin llevarme

 

ni un ochavo de ganancias, y no me escucháis.

 

Ofrezco bondad.

 

BASANIO

 

Bondad sería.

 

SHYLOCK

 

Bondad que mostraré:

 

venid conmigo al escribano y me firmáis

 

el simple trato, y, por juego,

 

si no me reembolsáis en tal día y tal lugar

 

la suma convenida en el acuerdo,

 

la pena quedará estipulada

 

en una libra cabal de vuestra carne

 

que podrá cortarse y extraerse

 

de la parte del cuerpo que me plazca.

 

ANTONIO

 

Acepto. Firmaré el trato y diré

 

 

 

 

20



que el judío rebosa de bondad.

 

BASANIO

 

Por mí no firmarás un trato así.

 

Antes seguiré con mi penuria.

 

ANTONIO

 

Vamos, no temas, que lo cumpliré.

 

De aquí a dos meses, un mes antes

 

de que venza, espero la llegada

 

de tres veces tres el valor del trato.

 

SHYLOCK

 

¡Ah, padre Abrahán, lo que son estos cristianos!

 

Su aspereza les enseña a recelar

 

de intenciones ajenas. Decidme:

 

si él no cumple lo pactado, ¿yo qué gano

 

exigiendo la sanción? Una libra de carne

 

sacada de un cuerpo humano

 

no vale tanto ni produce

 

como la de vaca, oveja o cabra. Oídme:

 

por complacerle, ofrezco gentileza.

 

Si la toma, bien; si no, adiós.

 

Y os lo pido por favor: no me difaméis.

 

ANTONIO

 

Sí, Shylock, firmaré el trato.

 

SHYLOCK

 

Pues id presto a ver al escribano,

 

y que prepare este gracioso documento.

 

Yo corro a sacar los ducados y a mirar

 

por mi casa, que ha quedado en manos

 

de un inútil de criado, y en seguida

 

me reúno con vos.

 

Sale.

 

ANTONIO

 

Corre, gentil judío.— Este hebreo

 

se hará cristiano: está más bondadoso.

 

BASANIO

 

No me gustan las bondades de un malvado.

 

ANTONIO

 

Vamos, tú por el trato nada temas:

 

 

 

21



mis barcos volverán antes que venza.

 

Salen.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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ACTO SEGUNDO

 

 

 

ESCENA I

 

 

Suenan las trompas. Entra [el PRÍNCIPE DE] MARRUECOS, un moro cobrizo vestido de blanco, y tres o cuatro acompañantes como él, con PORCIA, NERISA y séquito.

 

PRÍNCIPE DE MARRUECOS

 

No me rechacéis por mi color,

 

oscuro uniforme del sol esplendente,

 

de quien soy vecino y allegado.

 

Traedme al ser más hermoso del Norte,

 

donde el fuego de Febo no ablanda carámbanos, y cortemos nuestra piel por vuestro amor

 

para ver el que tiene la sangre más roja.

 

Yo os digo, señora, que mi rostro

 

espantó al valeroso y juro por mi amor

 

que las vírgenes más nobles de mi tierra

 

lo han amado. Solo cambiaría este color

 

por robaros el sentido, reina mía.

 

PORCIA

 

En mi elección no me guían solamente

 

unos ojos de doncella delicada.

 

Además, el azar de mi destino

 

me veda el derecho de elegir.

 

Si mi padre, en su prudencia, no me hubiera restringido para darme por esposa

 

a quien me gane del modo que os he dicho, vos, insigne príncipe, seríais tan claro

 

a mis sentidos como todos los que he visto.

 

PRÍNCIPE DE MARRUECOS

 

 

 

 

23



Os doy las gracias, y por ello

 

tened a bien conducirme a los cofres,

 

que pruebe mi fortuna. Por esta cimitarra,

 

que mató al Sofí y al príncipe persa

 

que venció en tres batallas al gran Solimán,

 

rendiré la mirada más severa,

 

ganaré en valentía al pecho más bravo, arrancaré los cachorros de las mamas de la osa y me reiré del león que ruge hambriento para conquistaros, señora. Pero, ¡ay de mí!

 

Si Hércules y Licas se juegan a los dados

 

quién es el mejor, la suerte podría

 

dar más puntos al hombre más débil;

 

y si Hércules pierde con su paje,

 

también yo, sujeto a la ciega Fortuna,

 

podría perder lo que ganara el inferior

 

y morir de tristeza.

 

PORCIA

 

Debéis correr el riesgo, y si no

 

renunciáis a elegir, debéis jurar

 

antes de elegir que, si falláis,

 

jamás pediréis en matrimonio

 

a otra mujer. Conque, pensadlo.

 

PRÍNCIPE DE MARRUECOS

 

Así sea. Llevadme a mi suerte.

 

PORCIA

 

Primero al juramento. Después de la cena

 

probaréis fortuna.

 

PRÍNCIPE DE MARRUECOS

 

Pues entonces diga el hado

 

si soy el más feliz o desgraciado.

 

Trompas. Salen.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

24



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

ESCENA II

 

Entra [LANZAROTE Gobo] el gracioso, solo.

 

LANZAROTE

 

Pues sí, la Conciencia me permite que huya del judío de mi amo. El Maligno está a mi lado y me tienta diciéndome: «Gobo, Lanzarote Gobo, buen Lanzarote», o «buen Gobo», o «buen Lanzarote Gobo, dale a las piernas, echa a correr, vete ya». La Conciencia me dice «No. Cuidado, buen Lanzarote. Cuidado, buen Gobo»; o, como he susodicho, «Buen Lanzarote Gobo, no corras, déjate de fugas». Pues bien, el Maligno me anima y me dice que largo. «¡Via!», dice el Maligno; «¡Corre!», me dice; «¡Por todos los santos!», me dice, «¡Haz ánimo y vete!». Pues bien, la Conciencia se me abraza al cuello del corazón y muy sabiamente me dice: «Mi honrado amigo Lanzarote» (pues soy hijo de hombre honrado, o, mejor dicho, de mujer honrada, porque mira que a mi padre le tiraba el asunto y se las beneficiaba); pues bien, la Conciencia me dice: «¡Lanzarote, quédate!». Y el Maligno: «¡Vete!». Y la Conciencia: «¡Quédate!». «Conciencia», le digo, «bueno es tu consejo». «Maligno», le digo, «bueno es tu consejo». Si obedeciese a la Conciencia, me quedaría con el judío de mi amo, que, con perdón, es una especie de diablo; y si huyera de su casa, obedecería al Maligno, que, con perdón, es el mismo diablo. Desde luego, el judío es el diablo empersonificado, y, en conciencia, la Conciencia es bastante cruel al aconsejarme que me quede con el judío. El consejo del Maligno es más benigno. Me voy, Maligno. Mis pies a tus órdenes. Me voy.

 

Entra el viejo GOBO con una cesta.

 

GOBO

 

Mi joven señor, ¿queréis decirme por dónde se va a la casa de maese el judío? LANZAROTE [aparte]

 

¡Cielo santo! Pero si es mi legítimo padre, que, de puro burrimiope y casi ciego ni me conoce. A ver si lo enredifico.

 

GOBO

 

Mi joven caballero, ¿queréis decirme por dónde se va a la casa de maese el judío?

 

LANZAROTE

 

 

 

25



Tomad la primera bocacalle a la derecha, pero la siguiente a la izquierda. A la siguiente no toméis ninguna, y seguid indirectamente a la casa del judío.

 

GOBO

 

Por el cielo bendito, va a ser difícil. ¿Podéis decirme si un tal Lanzarote, que vive con él, vive con él o no?

 

LANZAROTE

 

¿Habláis del joven maese Lanzarote?— [Aparte] Y ahora, atentos, que suben las aguas.— ¿Habláis del joven maese Lanzarote?

 

GOBO

 

Maese no, señor, que es hijo de un pobre. Su padre, modestia aparte, es un pobre muy honrado y, a Dios gracias, con mucha salud.

 

LANZAROTE

 

Bueno, sea quien fuere su padre, hablamos del joven maese Lanzarote.

 

GOBO

 

Lanzarote, señor, y servidor de vuestra merced.

 

LANZAROTE

 

Pero anciano, ergo os lo ruego, ergo os lo suplico, ¿habláis del joven maese Lanzarote?

 

GOBO

 

De Lanzarote, con permiso de vuestra merced.

 

LANZAROTE

 

Ergo, maese Lanzarote. Pero no habléis de maese Lanzarote, anciano, que el joven caballero, conforme a los hados, destinos y otras rarezas de nombres, las Tres Parcas y otras ramas del saber, ha fenecido, o, dicho llanamente, ha subido al cielo.

 

GOBO

 

¡No lo quiera Dios! El muchacho era el báculo y puntal de mi vejez.

 

LANZAROTE

 

[aparte] ¿Parezco un garrote, un soporte, un báculo, un puntal? — ¿Me conocéis, anciano?

 

GOBO

 

¡Ay de mí! No os conozco, joven caballero, pero, ¿queréis decirme si mi hijo, que en paz descanse, está vivo o muerto?

 

LANZAROTE

 

¿No me conocéis, anciano?

 

GOBO

 

¡Ay de mí, señor! Estoy casi ciego y no os conozco.

 

LANZAROTE

 

Sí, y aunque vierais bien, a lo mejor no me conocíais. Sabio es el padre que conoce a su hijo. Está bien, anciano, voy a daros noticias de vuestro hijo. [Se arrodilla]

 

 

 

26



Dadme vuestra bendición. La verdad sale a la luz, el crimen no puede ocultarse, aunque pueda un hijo, y al final resplandece la verdad.

 

GOBO

 

Levantaos, señor, os lo suplico. Estoy seguro de que no sois mi hijo Lanzarote.

 

LANZAROTE

 

Os lo ruego, señor, no más chanzas y dadme vuestra bendición. Soy Lanzarote, vuestro hijo que ha sido, es y será.

 

GOBO

 

No puedo creer que seáis mi hijo.

 

LANZAROTE

 

Eso ya no lo sé, pero yo soy Lanzarote, criado del judío, y estoy seguro de que mi madre es vuestra esposa Margarita.

 

GOBO

 

Cierto, se llama Margarita. Y si tú eres Lanzarote, juro que eres hijo de mi sangre. ¡Alabado sea Dios, vaya barba que llevas! Tienes más pelo en la cara que mi caballo Dobin en la cola.

 

LANZAROTE

 

Entonces es que a Dobin le crece la cola al revés. La última vez que lo vi, seguro que tenía más pelo en la cola que yo en la cara.

 

GOBO

 

¡Jesús, cómo has cambiado! ¿Te avienes con tu amo? Le he traído un regalo. ¿Cómo os lleváis?

 

LANZAROTE

 

Pues, bien. En cuanto a mí, he decidido fugarme, así que no pararé hasta haber corrido un buen trecho. ¡Menudo judío es mi amo! ¿Y le traéis un regalo? ¡Traedle una soga! Me mata de hambre. Con mis costillas se pueden contar los dedos que tengo. Padre, me alegra que hayáis venido. Hacedle el regalo a un tal maese Basanio, que regala libreas nuevas y regias. Si no le sirvo, estaré corriendo mientras haya tierra. Pero, ¡qué suerte! Ahí viene. Vamos con él, padre, que soy judío si me quedo en casa del judío.

 

Entra BASANIO con [LEONARDO y] uno o dos acompañantes. BASANIO

 

Muy bien, pero de prisa, para que la cena esté lista a las cinco a más tardar. Entrega estas cartas, encarga las libreas y pide a Graciano que venga pronto a mi casa.

 

[Sale uno de los criados.]

 

 

 

 

 

27



LANZAROTE

 

¡Vamos con él, padre!

 

GOBO

 

Dios bendiga a vuestra merced.

 

BASANIO

 

Gracias. ¿Deseáis algo?

 

GOBO

 

Señor, este es mi hijo, un muchacho pobre…

 

LANZAROTE

 

Muchacho pobre, no, señor, sino criado de un judío rico, que desea, señor, como mi padre especificará…

 

GOBO

 

Tiene, señor, como se dice, una declinación natural a servir.

 

LANZAROTE

 

Pues bien, breve y largamente, yo sirvo al judío y tengo el deseo, como mi padre especificará…

 

GOBO

 

Su amo y él, con perdón de vuestra merced, no hacen buenas migas.

 

LANZAROTE

 

En suma, la verdad es que, como el judío me ha tratado mal, yo debo, como mi padre, siendo, según espero, un anciano, os explificará…

 

GOBO

 

Aquí traigo un plato de pichones que deseo regalaros, y mi petición…

 

LANZAROTE

 

Abreviando: la petición me es impertinente, como os dirá este honrado anciano, que, no es por nada, aunque pobre y anciano, es mi padre.

 

BASANIO

 

Que hable uno. ¿Qué deseáis?

 

LANZAROTE

 

Serviros, señor.

 

GOBO

 

Ese es el maúllo de la cuestión.

 

BASANIO

 

Te conozco. Tuyo es el empleo.

 

De ti me ha hablado hoy tu amo Shylock

 

y te ha recomendado, aunque poco medrarás si dejas el servicio de un judío rico

 

y te haces servidor de tan pobre caballero.

 

LANZAROTE

 

 

 

 

28



El viejo refrán se reparte muy bien entre mi amo Shylock y vos, señor: él «es rico» y vos estáis «a bien con Dios».

 

BASANIO

 

Dices bien.— Anciano, id con vuestro hijo.— Despídete del que ha sido tu amo y pregunta dónde vivo.— Dadle una librea

 

de más ornamento que las otras. Cuidaos de ello.

 

LANZAROTE

 

Pasad, padre.— ¡No, si yo no sé ganarme un empleo, si no tengo la lengua en su sitio…! [Se mira la palma de la mano] Bueno, como no hay en toda Italia una mano más hermosa para jurar sobre la Biblia, seré afortunado. ¡Anda, que no está clara la raya de la vida! ¡Y vaya puñadito de mujeres! Total, nada, quince mujeres; once viudas y nueve mozas no es mala entrada para uno. Y tres veces a punto de hundirme, y luego los peligros del lecho nupcial; meras travesuras. Si la fortuna es mujer, conoce su oficio.— Vamos, padre. En un soplo me despido del judío.

 

Sale [con el viejo GOBO].

 

BASANIO

 

Encárgate de esto, buen Leonardo.

 

Compradas y embarcadas estas cosas,

 

vuelve a toda prisa, que esta noche doy

 

un festín al mejor de mis amigos. Corre.

 

LEONARDO

 

Pondré el mayor empeño en complaceros.

 

Entra GRACIANO.

 

GRACIANO

 

¿Dónde está tu amo?

 

LEONARDO

 

Por ahí va, señor.

 

Sale.

 

GRACIANO

 

¡Signor Basanio!

 

BASANIO

 

¡Graciano!

 

GRACIANO

 

Deseo pedirte un favor.

 

 

 

29



BASANIO

 

Concedido.

 

GRACIANO

 

No me lo niegues. Debo ir a Bélmont contigo.

 

BASANIO

 

Está bien. Pero mira, Graciano:

 

eres desmedido, brusco e indiscreto,

 

lo cual se ajusta bien a tu carácter

 

y no es inconveniente a nuestros ojos.

 

Mas quien no te conozca, te creerá

 

descomedido. Te lo ruego, esfuérzate

 

por templar el ardor de tu espíritu

 

con unas gotas de moderación, no sea

 

que donde voy me juzguen a mí

 

por tus excesos y arruine mi esperanza.

 

GRACIANO

 

Óyeme, Basanio:

 

si no me revisto de porte formal,

 

hablo con respeto y apenas maldigo;

 

si no llevo encima el devocionario

 

y no estoy modoso; y si, al bendecir la mesa, no me tapo los ojos así con el sombrero, doy un suspiro y digo «amén»; si no cumplo las reglas de cortesanía como aquel

 

que sabe estar serio para gusto de su abuela, no te fíes más de mí.

 

BASANIO

 

Ya veremos cómo te comportas.

 

GRACIANO

 

Pero esta noche, no. No me juzgues

 

por lo que hagamos esta noche.

 

BASANIO

 

No, sería una lástima.

 

Prefiero rogarte que te pongas

 

tus galas de alegría inmoderada,

 

pues hay amigos que quieren regocijo.

 

Y ahora, adiós. Tengo que hacer.

 

GRACIANO

 

Y yo voy con Lorenzo y los demás;

 

 

 

 

30



te veremos a la hora de la cena.

 

Salen.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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ESCENA III

 

Entran YÉSICA y [LANZAROTE] el gracioso.

 

YÉSICA

 

Me apena que dejes a mi padre.

 

Esta casa es el infierno y tú, diablillo,

 

le quitabas buena parte de sus males.

 

Bueno, adiós. Aquí tienes un ducado;

 

y, Lanzarote, pronto verás a Lorenzo

 

en la cena, convidado de tu nuevo amo.

 

Dale esta carta; hazlo con sigilo.

 

Y ahora, adiós: no quiero que mi padre

 

me vea hablando contigo.

 

LANZAROTE

 

Adiós. Las lágrimas hablan por mí, bellísima infiel, queridísima judía. Mucho me equivoco si algún cristiano no trama un enredo para hacerte suya. Bueno, adiós. El llanto me ahoga la hombría. Adiós.

 

Sale.

 

YÉSICA

 

Adiós, buen Lanzarote.— ¡Ay de mí!

 

¡En qué pecado tan horrendo he caído

 

que me avergüenza ser hija de mi padre!

 

Pero, aunque sea hija de su sangre,

 

no lo soy de su espíritu. ¡Ah, Lorenzo!

 

Cumple tu promesa y me harás dichosa:

 

seré cristiana y tu devota esposa.

 

Sale.

 

 

 

 

 

 

 

 

32



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

ESCENA IV

 

Entran GRACIANO, LORENZO, SALERIO y SOLANIO.

 

LORENZO

 

Sí, nos escabullimos durante la cena,

 

nos disfrazamos en mi casa, y en una hora

 

ya hemos vuelto.

 

GRACIANO

 

¡Si no lo hemos preparado bien!

 

SALERIO

 

Ni tenemos portadores de antorchas.

 

SOLANIO

 

Será fatal si no está bien dispuesto.

 

Por mí más vale no intentarlo.

 

LORENZO

 

Apenas son las cuatro. Tenemos dos horas

 

para proveernos.

 

Entra LANZAROTE con una carta.

 

Amigo Lanzarote, ¿hay noticias?

 

LANZAROTE

 

Dignaos abrir la carta y habrá un significado.

 

LORENZO

 

Conozco la letra. Hermosa letra,

 

y la hermosa mano que la ha escrito

 

es más blanca que el papel de la misiva.

 

GRACIANO

 

Misiva de amor.

 

LANZAROTE

 

Con permiso, señor.

 

LORENZO

 

¿Adónde vas?

 

 

 

33



LANZAROTE

 

Pues, señor, a convidar a mi antiguo amo el judío a cenar esta noche con mi nuevo amo el cristiano.

 

LORENZO

 

Toma, ten. Di a la gentil Yésica

 

que no faltaré. Díselo en secreto.

 

Sale LANZAROTE.

 

Vamos, señores. ¿Queréis prepararos

 

para la mascarada de esta noche?

 

Yo ya tengo portador de antorcha.

 

SALERIO

 

Sí, claro. En seguida.

 

SOLANIO

 

Al momento.

 

LORENZO

 

Nos veremos en casa de Graciano

 

dentro de una hora.

 

SALERIO

 

Muy bien.

 

Sale [con SOLANIO].

 

GRACIANO

 

La carta, ¿no era de la bella Yésica?

 

LORENZO

 

Será mejor contártelo. Me dice el modo

 

de llevármela de casa de su padre;

 

que se ha provisto de oro y joyas

 

y se ha preparado un disfraz de paje.

 

Si el judío de su padre gana el cielo

 

será gracias a la gentil de su hija.

 

Que la desdicha no se ponga en su camino

 

a no ser que venga con la excusa

 

de que es hija de un judío infiel.

 

Venga, y lee la carta mientras vamos.

 

La bella Yésica portará mi antorcha.

 

Salen.

 

 

 

 

34



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

ESCENA V

 

Entran [SHYLOCK el] judío y [LANZAROTE,] su antiguo criado, el gracioso.

 

SHYLOCK

 

Ya verás, tus ojos juzgarán

 

la diferencia entre Shylock y Basanio.—

 

¡Eh, Yésica!— Ya no podrás hincharte

 

como hacías en mi casa.— ¡Eh, Yésica!—

 

Ni dormir, roncar y destrozar la ropa.—

 

¡Eh, Yésica!

 

LANZAROTE

 

¡Eh, Yésica!

 

SHYLOCK

 

¿A ti quién te manda llamar? ¿Te lo he mandado yo?

 

LANZAROTE

 

Vuestra merced me decía que no sabía hacer nada si no me lo mandaban.

 

Entra YÉSICA.

 

YÉSICA

 

¿Llamabais? ¿Qué deseáis?

 

SHYLOCK

 

Me han convidado a cenar, Yésica.

 

Toma mis llaves. Pero, ¿por qué voy?

 

Por amistad no me invitan: es por halagarme.

 

Iré por odio, por comer a las expensas

 

del pródigo cristiano. Yésica, hija,

 

cuida de mi casa. Voy de mala gana.

 

Algún mal amenaza mi sosiego:

 

anoche soñé con bolsas de oro.

 

LANZAROTE

 

Os suplico que vengáis, señor. Mi amo desea vuestra insistencia.

 

SHYLOCK

 

 

 

35



¡Y yo la suya!

 

LANZAROTE

 

Pues las dos se han conjurado. No digo que vayáis a ver máscaras, pero si las veis, por algo me sangró la nariz el último lunes de Pascua a las seis de la mañana, cayendo ese año el miércoles de ceniza a los cuatro años de la tarde.

 

SHYLOCK

 

¿Conque máscaras? Óyeme bien, Yésica:

 

atranca las puertas y, al oír el tambor

 

y el mísero chillido de los pífanos,

 

no te subas a ventanas, ni asomes

 

la cabeza a la calle para ver

 

a los estúpidos cristianos con caretas.

 

Tapa los oídos de mi casa (las ventanas):

 

que el ruido de la vana ligereza

 

no entre en mi digna casa. Por la vara de Jacob, que esta noche yo no iría de banquetes.

 

Pero iré.— Tú adelántate y di que voy.

 

LANZAROTE

 

Señor, delante iré.— Señora,

 

no dejes de asomarte a la ventana:

 

«El cristiano a la judía

 

viene a traer alegría».

 

[Sale.]

 

SHYLOCK

 

¿Qué dice ese tonto de la estirpe de Agar?

 

YÉSICA

 

Solo ha dicho «Adiós, señora», nada más.

 

SHYLOCK

 

Ese bobo es amable, pero traga mucho,

 

aprovecha poco y duerme de día

 

más que el gato montés. Conmigo los zánganos no hacen colmena. Que se vaya.

 

Y que ayude al nuevo amo a vaciar

 

la bolsa prestada. Bueno, Yésica, entra.

 

A lo mejor vuelvo en seguida.

 

Haz lo que te digo: atranca las puertas.

 

Quien cierra, no yerra.

 

Refrán que buena economía encierra.

 

 

 

36



Sale.

 

YÉSICA

 

Adiós. Y, como nada lo corrija,

 

yo pierdo a un padre, y tú a una hija.

 

Sale.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

37



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

ESCENA VI

 

Entran las máscaras, GRACIANO y SALERIO.

 

GRACIANO

 

Aquí está el soportal donde Lorenzo

 

nos pidió que le esperásemos.

 

SALERIO

 

Se está retrasando.

 

GRACIANO

 

Curioso retraso: los amantes

 

van siempre por delante del reloj.

 

SALERIO

 

Ah, las palomas de Venus son diez veces

 

más veloces en sellar un pacto de amor

 

que en cumplir las promesas de fidelidad.

 

GRACIANO

 

Así es en todo. ¿Quién sale de un banquete con tan buen apetito como entró?

 

¿Qué caballo vuelve a tomar paso

 

con el brío incontenible del principio?

 

Las cosas se persiguen con más ánimo

 

que se disfrutan. Como un muchacho

 

o hijo pródigo es el barco empavesado

 

que zarpa de su puerto, acariciado

 

y abrazado por la lujuria del viento.

 

Y como hijo pródigo regresa, con el casco deslucido, las velas desgarradas, flaco, mísero y saqueado por la lujuria del viento.

 

Entra LORENZO.

 

SALERIO

 

Aquí llega Lorenzo. Luego seguiremos.

 

 

 

38



LORENZO

 

Queridos amigos, disculpad mi retraso.

 

Mis asuntos, y no yo, son la causa.

 

Cuando vayáis a jugar al robo de esposa,

 

yo haré lo mismo por vosotros. Acercaos.

 

Aquí vive mi suegro el judío. ¡Ah de casa!

 

[Entra] YÉSICA arriba [vestida de muchacho].

 

YÉSICA

 

¿Quién sois? Decídmelo para mi certeza,

 

aunque juraría que conozco vuestra voz.

 

LORENZO

 

Lorenzo, tu amor.

 

YÉSICA

 

Lorenzo, sí, y seguro que mi amor,

 

pues, ¿a quién quiero yo tanto? Pero, ¿quién, sino tú, Lorenzo, sabe si soy tuya?

 

LORENZO

 

El cielo y tu corazón son testigos.

 

YÉSICA

 

Toma, coge este cofre. Merece la pena.

 

Menos mal que es de noche y no me ves,

 

pues me da vergüenza este disfraz.

 

Mas ciego es el amor, y los amantes

 

no ven las travesuras que cometen,

 

que, si las vieran, Cupido enrojecería

 

de verme convertida en un muchacho.

 

LORENZO

 

Baja, que tú me llevarás la antorcha.

 

YÉSICA

 

¡Cómo! ¿Que alumbre mi propia vergüenza? Ya luce demasiado por sí misma. Amor mío, el oficio de la antorcha es descubrir

 

y yo debo ocultarme.

 

LORENZO

 

Estás oculta, vida mía,

 

en tu lindo atavío de muchacho.

 

Vamos, ven, que la noche se vuelve fugitiva

 

y nos esperan en la fiesta de Basanio.

 

 

 

39



YÉSICA

 

Voy a cerrar las puertas y proveerme

 

de más ducados. En seguida estoy contigo.

 

[Sale arriba.]

 

GRACIANO

 

A fe mía, gentil y no judía.

 

LORENZO

 

Que me pierda si no la quiero de verdad.

 

Es prudente, si no me equivoco,

 

y bella, si los ojos no me engañan,

 

y fiel, como lo ha demostrado;

 

y así, prudente, bella y fiel,

 

la llevaré en mi pecho constante.

 

Entra YÉSICA.

 

¡Ah! ¿Ya estás? En marcha, señores.

 

La mascarada nos espera.

 

Sale [con YÉSICA y SALERIO].

 

Entra ANTONIO.

 

ANTONIO

 

¿Quién va?

 

GRACIANO

 

¿Signor Antonio?

 

ANTONIO

 

¡Válgame, Graciano! ¿Y los demás?

 

Ya son las nueve; los amigos esperan.

 

No hay mascarada: el viento ha cambiado

 

y Basanio está para embarcarse.

 

Mandé en tu busca a veinte hombres.

 

GRACIANO

 

Me alegro, pues Graciano solo anhela

 

navegar esta noche a toda vela.

 

Salen.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

40



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

ESCENA VII

 

[Trompas.] Entra PORCIA con [el PRÍNCIPE DE] MARRUECOS, ambos con su séquito.

 

PORCIA

 

Descorred las cortinas y mostrad

 

al noble príncipe los cofres.—

 

Ahora, elegid.

 

PRÍNCIPE DE MARRUECOS

 

El primero, de oro, lleva esta inscripción: «Quien me elija tendrá lo que muchos desean». El segundo, de plata, hace esta promesa: «Quien me elija tendrá todo lo que merece». El tercero, rudo plomo, habla muy claro: «Quien me elija debe darlo y arriesgarlo todo». ¿Cómo sabré si he acertado en la elección?

PORCIA

 

Porque dentro está mi retrato, Príncipe.

 

Si elegís ese cofre, seré vuestra.

 

PRÍNCIPE DE MARRUECOS

 

¡Que algún dios me ilumine! A ver,

 

voy a releer las inscripciones.

 

¿Qué dice el cofre de plomo?

 

«Quien me elija debe darlo y arriesgarlo todo». ¿Darlo todo? ¿Por plomo? ¿Arriesgarse por plomo? Este cofre amenaza; quien todo lo arriesga

 

es porque espera buenas ganancias.

 

A mente de oro no deslumbra la escoria; así que ni daré ni arriesgaré por plomo. ¿Qué dice la plata, de color virginal? «Quien me elija tendrá todo lo que merece». Todo lo que merece… Detente, príncipe,

 

y sopesa tu valía con mano imparcial.

 

 

 

41



Si te valoras por tu propio renombre

 

mereces mucho y, con todo, ese mucho

 

podría no llegar hasta la dama.

 

Sin embargo, dudar de mis méritos

 

sería un menosprecio de mí mismo.

 

Todo lo que merezco… Pues, ¡la dama!

 

Por mi cuna la merezco, y mi fortuna,

 

mis prendas y ventajas de crianza;

 

pero, aún más, la merezco por amor.

 

¿Y si no continuara y eligiese ya?

 

Veamos otra vez la leyenda del oro:

 

«Quien me elija tendrá lo que muchos desean».

 

Pues, ¡la dama! El mundo entero la desea. De los cuatro puntos cardinales vienen todos a besar esta efigie, esta santa entre mortales. Las soledades de Hircania y los vastos desiertos de Arabia son ahora caminos reales

 

de príncipes que vienen a ver a la bella Porcia.

 

El reino del mar, cuya osada cabeza

 

al cielo escupe en la cara, no es barrera

 

que detenga al ánimo extranjero, que por ver a la bella Porcia lo cruza como un arroyo. Uno de los tres guarda su imagen divina.

 

¿Puede ser que el plomo la guarde? Pecado sería tan vil pensamiento, como indigno

 

encerrar su mortaja en fosa plebeya.

 

¿Puedo pensar que la guarda la plata,

 

que vale diez veces menos que el oro de ley?

 

¡Ah, pensamiento pecador! Solo en oro

 

se puede engastar una gema tan rica.

 

Hay una moneda en Inglaterra que lleva

 

un ángel tallado en oro; mas solo grabado.

 

Aquí el ángel está dentro, en lecho de oro.

 

Dadme la llave. Elijo este cofre,

 

y que la suerte me acompañe.

 

PORCIA

 

Tomadla, Príncipe, y si halláis

 

mi retrato seré vuestra.

 

PRÍNCIPE DE MARRUECOS [abre el cofre]

 

 

 

 

42



¡Perdición! ¿Qué hay aquí? Una calavera,

 

y en su ojo vacío, un manuscrito.

 

A ver lo que dice:

 

«Que no es oro cuanto luce

 

ya te han dicho y repetido.

 

Por ver solo mi apariencia

 

más de uno se ha vendido.

 

Tras el oro del sepulcro

 

vive el gusano escondido.

 

Ser audaz, mas no juicioso,

 

vivaz, pero desmedido,

 

solo tiene por respuesta:

 

vete, que el juego has perdido».

 

El juego y todo mi anhelo.

 

Adiós, ardor, y venga el hielo.

 

Porcia, un breve adiós. Estando afligido

 

no sé prodigarme y parto vencido.

 

Sale [con su séquito].

 

PORCIA

 

¡Feliz viaje! Corred esa cortina.

 

A ver quién de su temple me adivina.

 

Salen.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

43



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

ESCENA VIII

 

Entran SALERIO y SOLANIO.

 

SALERIO

 

¡Pero si vi a Basanio hacerse a la mar

 

y Graciano se ha ido con él…!

 

Seguro que Lorenzo no iba en el barco.

 

SOLANIO

 

Los gritos del judío despertaron al Dux,

 

que fue con él a registrar el barco de Basanio.

 

SALERIO

 

Llegó tarde. El barco había zarpado.

 

Entonces al Dux le contaron

 

que a Lorenzo y su enamorada Yésica

 

los habían visto juntos en góndola.

 

Además, Antonio dio fe ante el Dux

 

de que no iban en el barco de Basanio.

 

SOLANIO

 

Jamás he visto un arrebato semejante,

 

tan insólito, revuelto y destemplado

 

como el del perro judío por las calles:

 

«¡Mi hija! ¡Ay, mis ducados! ¡Ay, mi hija!

 

¡Irse con un cristiano! ¡Ay, mis ducados cristianos!

 

¡Justicia y ley! ¡Mis ducados y mi hija!

 

¡Una bolsa, dos bolsas llenas de ducados,

 

de ducados dobles, robados por mi hija!

 

¡Y joyas! ¡Dos gemas! ¡Dos grandes piedras preciosas robadas por mi hija! ¡Justicia! ¡Buscadla,

 

que lleva los ducados y las joyas!».

 

SALERIO

 

Y todos los chiquillos de Venecia

 

le seguían, gritando:

 

 

 

44



«¡Mis joyas, mi hija, mis ducados!».

 

SOLANIO

 

Pues que Antonio cumpla el trato

 

o lo pagará.

 

SALERIO

 

Ahora que me acuerdo: ayer hablé con un francés y me dijo que en el estrecho que separa Francia e Inglaterra se había ido a pique un barco veneciano con toda su carga.

 

Me acordé de Antonio cuando me lo dijo

 

y en silencio recé por que no fuera suyo.

 

SOLANIO

 

Más vale que se lo cuentes a Antonio,

 

pero con cuidado, no vaya a inquietarse.

 

SALERIO

 

Es el hombre más bueno de la tierra.

 

Vi despedirse a Basanio y Antonio.

 

Basanio prometió apresurar el regreso

 

y él le respondió: «No, Basanio.

 

Por mí no embarulles el asunto

 

y permanece el tiempo conveniente.

 

Que el trato que cerré con el judío

 

no estorbe tus miras amorosas.

 

Ánimo, y pon toda tu atención

 

en cortejar y en las muestras

 

de amor que parezcan apropiadas».

 

Y entonces, con los ojos bañados en lágrimas, volvió la vista, tendió la mano por detrás y, vivamente emocionado, apretó

 

la de Basanio. Así se despidieron.

 

SOLANIO

 

Creo que Basanio es el mundo para él.

 

Anda, vamos a buscarle,

 

y aliviemos la pena que le aflige

 

con alguna distracción.

 

SALERIO

 

Vamos.

 

Salen.

 

 

 

 

45



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

ESCENA IX

 

Entra NERISA con un criado.

 

NERISA

 

Vamos, deprisa; descorre las cortinas.

 

El Príncipe de Aragón ha prestado el juramento y ya viene a hacer la elección.

 

[Trompas.] Entran [el PRÍNCIPE DE] ARAGÓN con su séquito y PORCIA. PORCIA

Mirad, noble Príncipe: ahí están los cofres.

 

Si elegís el que guarda mi retrato,

 

las bodas se celebrarán sin más demora.

 

Pero si falláis, señor, sin más palabras

 

saldréis de aquí inmediatamente.

 

PRÍNCIPE DE ARAGÓN

 

A tres cosas me obliga el juramento:

 

primera, nunca revelar a nadie

 

el cofre elegido; segunda, si no acierto

 

con el cofre, jamás en la vida

 

pedir en matrimonio a una doncella;

 

y, última, si la suerte no me asiste

 

en la elección, dejaros y partir al instante.

 

PORCIA

 

Son las condiciones que jura todo aquel

 

que se arriesga por mi humilde persona.

 

PRÍNCIPE DE ARAGÓN

 

Y yo las he aceptado. Y ahora, ¡la fortuna acceda a mi deseo! Oro, plata y plomo vil. «Quien me elija debe darlo y arriesgarlo todo». Más bello has de ser para que dé o arriesgue. ¿Qué dice el cofre de oro? A ver…

 

 

46



«Quien me elija tendrá lo que muchos desean».

 

Lo que muchos desean… Por «muchos»

 

se puede entender la necia multitud

 

que elige la apariencia y solo sigue

 

lo que enseña la estúpida vista,

 

que no cala el interior y, como el vencejo,

 

anida a la intemperie en muro exterior,

 

en medio de la vía del azar.

 

No pienso elegir lo que muchos desean:

 

no me avengo con espíritus vulgares,

 

ni soy parte de la zafia muchedumbre.

 

Así que tú, joyero de plata,

 

dime otra vez tu inscripción:

 

«Quien me elija tendrá todo lo que merece». Muy bien dicho, pues, ¿quién se propone burlar a la suerte en pos del honor

 

sin la marca del mérito? Que nadie

 

se arrogue dignidad inmerecida.

 

¡Ojalá patrimonios, títulos y cargos

 

se alcanzaran limpiamente, y el claro honor de una persona emanase de su mérito! ¡Cuántos serían amos que ahora son criados! ¡Cuántos mandarían que ahora son mandados! ¡Cuánto villano podríamos separar del legítimo grano de nobleza!

 

¡Y cuánta nobleza entre la paja y desecho

 

de este mundo para volver a brillar!

 

Pero volvamos al cofre:

 

«Quien me elija tendrá todo lo que merece».

 

Me atengo al mérito. Dadme la llave,

 

que al momento descubra mi fortuna.

 

[Abre el cofre.]

 

PORCIA

 

Mucho tardáis para lo que halláis.

 

PRÍNCIPE DE ARAGÓN

 

¿Qué es esto? ¡El retrato de un idiota

 

de ojos entornados ofreciéndome un escrito!

 

Voy a leerlo. ¡Qué poco te pareces a Porcia!

 

 

 

47



¡Qué distinto de mis méritos y anhelos! «Quien me elija tendrá todo lo que merece».

 

¿No merezco nada más que el retrato de un tonto?

 

¿Es esta mi paga? ¿Son estos mis méritos?

 

PORCIA

 

Quien es parte ya no es juez.

 

Ambos se oponen por naturaleza.

 

PRÍNCIPE DE ARAGÓN

 

¿Qué dice aquí?

 

«Siete veces se ha probado,

 

como templado por fuego,

 

el juicio que nunca es ciego.

 

El que sombras ha besado

 

como una sombra ha gozado.

 

Hay tontos, aun en pintura,

 

de plateada envoltura.

 

Con mujer que tengas trato

 

siempre seré tu retrato;

 

conque adiós, y gran ventura».

 

Más tonto he de parecer

 

cuanto más me quede aquí.

 

A pretender vino un necio

 

y ahora dos van a partir.

 

¡Adiós, mi amor! Cumpliré el juramento

 

de llevar con paciencia mi tormento.

 

[Sale con su séquito.]

 

PORCIA

 

Y la llama quemó a la mariposa.

 

¡Qué tontos tan reflexivos! Cuando eligen

 

tienen el acierto de fallar con su agudeza.

 

NERISA

 

El viejo proverbio no miente:

 

«Matrimonio y horca, al destino tocan».

 

PORCIA

 

Vamos, Nerisa, corre la cortina.

 

Entra un MENSAJERO.

 

 

 

 

 

48



MENSAJERO

 

¿Dónde está mi señora?

 

PORCIA

 

Aquí. ¿Qué desea mi señor?

 

MENSAJERO

 

Señora, se ha apeado a vuestra puerta

 

un joven veneciano, que viene

 

a anunciar la llegada de su amo,

 

de quien trae saludos visibles,

 

es decir, además de palabras galantes,

 

regalos valiosos. Nunca he visto

 

emisario de amor tan halagüeño.

 

Jamás llegó tan grato un día de abril

 

anunciando al espléndido verano

 

como este heraldo precede a su señor.

 

PORCIA

 

Basta, te lo ruego. Temo

 

que me digas que es pariente tuyo,

 

después de esos elogios tan galanos.

 

Vamos, Nerisa, que ya suspiro por ver

 

al gentil mensajero de Cupido.

 

NERISA

 

¡Sea Basanio, al dios Amor lo pido!

 

Salen.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

49



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

ACTO TERCERO

 

 

 

ESCENA I

 

 

Entran SOLANIO y SALERIO.

 

SOLANIO

 

¿Qué hay de nuevo en el Rialto?

 

SALERIO

 

Pues corre suelta la historia de que un barco de Antonio ha naufragado en el Estrecho con toda su carga; los Goodwins creo que llaman el lugar; un bajío peligroso y aun fatal, cementerio de barcos magníficos, si hemos de creer a doña Noticia.

 

SOLANIO

 

¡Así fuera tan falsa como esas que mascan jengibre o hacen creer a los vecinos que han llorado la muerte de su tercer marido! Pero, sin caer en la verbosidad ni cruzar el lindero de la palabra llana, es cierto que el bueno de Antonio, el honrado de Antonio… ¡Ojalá me viniera un buen adjetivo para unirlo a su nombre!

 

SALERIO

 

Vamos, no te pierdas.

 

SOLANIO

 

Pero, ¿qué dices? Antonio es el que ha perdido un barco.

 

SALERIO

 

Espero que sea el fin de sus pérdidas.

 

SOLANIO

 

Deja que diga «amén» antes que el diablo me estropee la plegaria: aquí viene en forma de judío.

 

Entra SHYLOCK.

 

¿Qué hay, Shylock? ¿Qué noticias se traen los mercaderes?

 

SHYLOCK

 

 

 

50



Sabéis muy bien, vosotros mejor que nadie, que mi hija se ha fugado.

 

SALERIO

 

Pues, claro. Y, además, yo conocía al sastre que le hizo las alas con que voló.

 

SOLANIO

 

Y, además, Shylock sabía que el pájaro era volandero y que por naturaleza todos dejan el nido.

 

SHYLOCK

 

¡Pues se ha condenado!

 

SALERIO

 

¡Claro! Si la juzga el diablo.

 

SHYLOCK

 

¡Sublevarse mi carne y mi sangre!

 

SOLANIO

 

¡Vamos, quita, vejestorio! ¿A tu edad se te subleva eso?

 

SHYLOCK

 

¡Digo que mi hija es mi carne y mi sangre!

 

SALERIO

 

Menos se parece tu carne a la suya que el azabache al marfil, menos vuestra sangre que el tintorro al blanco fino. Pero, dinos, ¿sabes si Antonio ha sufrido alguna pérdida en el mar?

 

SHYLOCK

 

Otro mal negocio. Un insolvente, un pródigo, que apenas se atreve a asomar por el Rialto. Un mendigo, que aparecía tan recompuesto en el mercado. Que cumpla su trato. Me llamaba usurero: que cumpla su trato. Prestaba dinero por caridad cristiana: que cumpla su trato.

 

SALERIO

 

Pero, si no lo cumpliera, tú no querrías su carne. ¿Para qué serviría?

 

SHYLOCK

 

Para cebo de peces. Si no sirve para más, saciará mi venganza. Me deshonra y me fastidia medio millón, se ríe de mis pérdidas, se burla de mis ganancias, se mofa de mi pueblo, me estropea los negocios, enfría a mis amigos, calienta a mis enemigos. ¿Y por qué? Soy judío. Un judío, ¿no tiene ojos? Un judío, ¿no tiene manos, órganos, miembros, sentidos, deseos, emociones? ¿No come la misma comida, no le hieren las mismas armas, no le aquejan las mismas dolencias, no se cura de la misma manera, no le calienta y enfría el mismo verano e invierno que a un cristiano? Si nos pincháis, ¿no sangramos? Si nos hacéis cosquillas, ¿no reímos? Si nos envenenáis, ¿no morimos? Y si nos ofendéis, ¿no vamos a vengarnos? Si en lo demás somos como vosotros, también lo seremos en esto. Si un judío ofende a un cristiano, ¿qué humildad le espera? La venganza. Si un cristiano ofende a un judío,

 

 

 

51



¿cómo ha de pagarlo según el ejemplo cristiano? ¡Con la venganza! La maldad que me enseñáis la ejerceré, y malo será que no supere al maestro.

 

Entra un CRIADO de Antonio.

 

CRIADO

 

Señores, mi amo Antonio está en su casa y desea hablaros.

 

SALERIO

 

Le buscábamos por todas partes.

 

Entra TÚBAL.

 

SOLANIO

 

Aquí llega otro de su estirpe. Un tercero no se encuentra, a no ser que el diablo se vuelva judío.

 

Salen señores [con el criado].

 

SHYLOCK

 

¿Qué hay, Túbal? ¿Qué noticias de Génova? ¿Has encontrado a mi hija?

 

TÚBAL

 

He estado donde hablaban de ella, pero imposible encontrarla.

 

SHYLOCK

 

¡Ay, ay, ay, ay! ¡Se me ha ido un diamante que me costó dos mil ducados en Fráncfort! Hasta hoy no había caído la maldición sobre nuestro pueblo, hasta hoy jamás la sentí. Dos mil ducados, y otras joyas valiosas, valiosísimas. ¡Ojalá viera a mi hija muerta a mis pies, con las joyas en las orejas! ¡Ojalá la viera en su ataúd, y los ducados dentro! Y de ellos no hay noticia, ¿eh? ¡Con lo que va gastado en la busca! ¡Ay, tú, pérdida tras pérdida! El ladrón se lleva tanto, y tanto para encontrar al ladrón. Y no hay satisfacción, ni venganza, ni más desgracia que la que cae sobre mis hombros, más suspiros que los de mi boca, más lágrimas que las de mis ojos.

 

TÚBAL

 

Otros también sufren desgracias. Antonio, me lo han dicho en Génova…

 

SHYLOCK

 

¿Qué, qué, qué? ¿Desgracia, desgracia?

 

TÚBAL

 

…  ha perdido un galeón que venía de Trípoli.

 

SHYLOCK

 

¡Alabado sea Dios, alabado sea Dios! ¿Es verdad, es verdad?

 

TÚBAL

 

Me lo dijeron unos marineros que se salvaron del naufragio.

 

 

 

52



SHYLOCK

 

¡Mil gracias, Túbal! ¡Qué buena noticia, qué buena noticia! ¡Ajajá! ¿Te la dieron en Génova?

 

TÚBAL

 

Me han dicho que en Génova tu hija se gastó ochenta ducados en una noche.

 

SHYLOCK

 

Me clavas un puñal. Nunca más veré mi oro. ¡Ochenta ducados de golpe! ¡Ochenta ducados!

 

TÚBAL

 

Venían conmigo a Venecia algunos acreedores de Antonio y juraban que acabaría en la ruina.

 

SHYLOCK

 

¡Cuánto me alegro! Le acosaré, le atormentaré. ¡Cuánto me alegro!

 

TÚBAL

 

Uno de ellos me enseñó un anillo que tu hija le había cambiado por un mono.

 

SHYLOCK

 

¡Así se condene! Me estás martirizando. Era mi turquesa; me la dio Líah antes de casarnos. Yo no la habría dado por toda una selva de monos.

 

TÚBAL

 

Pero Antonio está arruinado.

 

SHYLOCK

 

Sí, es verdad, es verdad. Vamos, Túbal, contrátame un guardia, avísale quince días antes. Le sacaré el corazón como no pague, que, sin él en Venecia, yo puedo hacer los negocios que quiera. Vamos, Túbal. Nos vemos en la sinagoga. Vamos, buen Túbal; en la sinagoga, Túbal.

 

Salen.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

53



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

ESCENA II

 

Entran BASANIO, PORCIA, GRACIANO, [NERISA] y las comitivas.

 

PORCIA

 

Os lo ruego, esperad un día o dos

 

antes de arriesgaros. Aguardad,

 

que, si falláis, pierdo vuestra compañía.

 

Algo me dice (pero no es el amor)

 

que no quiero perderos y sabéis

 

que el odio nunca da tales consejos.

 

Por si no me entendéis (pues las doncellas

 

tienen pensamiento, mas no lengua),

 

quisiera reteneros uno o dos meses

 

antes que elijáis. Podría enseñaros

 

a acertar, pero caería en el perjurio;

 

eso nunca. Acaso no acertéis,

 

pero entonces me haríais pecadora,

 

pues querría haber sido perjura. ¡Ay, esos ojos, que me tienen hechizada y partida en dos! Vuestra es la mitad, y la otra, vuestra; quiero decir mía, pero si es mía, es vuestra,

 

así que toda vuestra. ¡Ah, mundo cruel, que pone barreras entre el dueño y sus derechos!

 

Así, aunque vuestra, no soy vuestra. Si así fuera, la fortuna se condene, que no yo.

 

Hablo demasiado, pero es por alargar

 

el tiempo, por aumentarlo y estirarlo,

 

por retrasar vuestra elección.

 

BASANIO

 

Dejadme que elija, pues, tal como estoy,

 

vivo en el suplicio.

 

PORCIA

 

 

 

54



¿En el suplicio? Entonces confesad

 

qué delito se ha mezclado en vuestro amor.

 

BASANIO

 

El horrible delito del recelo, que me hace

 

dudar de que goce de mi amor.

 

El fuego y la nieve podrían congeniar

 

igual que mi amor y el delito.

 

PORCIA

 

Sí, pero temo que habléis bajo tortura,

 

donde el torturado dice lo que sea.

 

BASANIO

 

Prometedme la vida y confesaré la verdad.

 

PORCIA

 

Pues bien, confiesa y vive.

 

BASANIO

 

«Confiesa y ama» habría sido la esencia

 

de mi confesión. ¡Feliz tormento,

 

si quien me tortura me enseña la respuesta

 

salvadora! Mas dejadme

 

que pruebe mi fortuna con los cofres.

 

PORCIA

 

¡Adelante! Estoy en uno de ellos.

 

Si me amáis, me encontraréis.

 

Nerisa y los demás, apartaos. Que suene

 

la música mientras hace la elección.

 

Si pierde, acabará como el cisne,

 

que muere con música. O, para que el símil

 

sea más acertado: mis ojos serán su río,

 

su líquido lecho de muerte. Y si gana,

 

¿qué será la música? Será como un toque

 

de clarines cuando los súbditos fieles

 

reverencian al rey coronado;

 

como el son apacible que, al amanecer,

 

halaga el oído del novio durmiente

 

y le llama a las bodas. Ya se acerca,

 

con igual majestad, pero más enamorado

 

que el joven Alcides cuando fue a redimir

 

a la virgen que una Troya gimiente

 

había dado en tributo al monstruo marino.

 

 

 

 

55



Yo soy la víctima, y ahí están las troyanas,

 

que, con ojos llorosos, acuden a ver

 

el resultado de la hazaña. ¡Ve, Hércules!

 

Si vives, viviré. Y, mientras luchas,

 

mayor será mi angustia que la tuya.

 

Música. Canción mientras BASANIO medita ante los cofres.

 

«Dime dónde nace el Amor.

 

¿Es en la mente o el corazón?

 

¿Cómo crece la ilusión?

 

Responde, responde.

 

Nace en los ojos el Amor;

 

mirando vive, y morirá

 

en la cuna en que nació.

 

Doble la campana ya.

 

Yo primero: din, don, dan.

 

TODOS: Din, don, dan».

 

BASANIO

 

La apariencia no es siempre la verdad:

 

al mundo lo engaña el oropel.

 

En un juicio, ¿qué infame defensa no puede encubrir su maldad bajo el manto de una voz armoniosa? En religión,

 

¿qué herejía no sabrá bendecir

 

un digno varón apoyándose en los textos

 

y cubriendo de ornamento el desatino?

 

No hay vicio tan simple que por fuera

 

no muestre señales de virtud.

 

¿Cuántos cobardes de pecho tan falso

 

cual peldaños de arena no lucen

 

la barba de Hércules y de Marte iracundo

 

y por dentro carecen de hígados?

 

Y adoptan el apéndice del brío

 

para hacerse temibles. Mira la belleza

 

y verás que la compran al peso,

 

por lo cual se origina un prodigio:

 

las más cargadas son las más livianas.

 

Y esos cabellos de oro, rizados

 

y serpenteantes, que bajo hermosa apariencia

 

 

 

56



hacen traviesas cabriolas al viento,

 

habían sido ornato de otra cabeza,

 

y ahora el cráneo duerme en la tumba.

 

El adorno es la pérfida orilla

 

de un mar peligroso, el velo atrayente

 

que oculta una oscura belleza; en suma,

 

la falsa verdad con que el mundo taimado

 

atrapa al más sabio. Así que contigo,

 

oro ostentoso, duro alimento de Midas,

 

no quiero nada; ni contigo, vulgar

 

y pálido esclavo de todos. Pero tú,

 

pobre plomo, que más amenazas que prometes, tu palidez me mueve más que la elocuencia;

 

te elijo a ti, y el gozo sea la consecuencia.

 

PORCIA [aparte]

 

¡Cómo huyen las otras emociones,

 

los temores, el fácil desaliento,

 

turbios celos y débiles temblores!

 

Cálmate, amor, y templa el embeleso;

 

modera tu alegría y tus pasiones;

 

ponle freno a la dicha que me invade,

 

o temo que su exceso va a saciarme.

 

BASANIO [abre el cofre]

 

¿Qué veo aquí? ¡El retrato de la bella Porcia!

 

¿Qué semidiós se habrá acercado tanto

 

a la creación? ¿Se mueven estos ojos?

 

¿O parece que se mueven porque giran

 

sobre los míos propios? A estos labios

 

los separa un aliento suave; tal cariño

 

solo puede desunirlo la dulzura.

 

Con los cabellos el pintor hizo de araña,

 

tejiendo una malla de oro que atrapase,

 

como la tela al insecto, el corazón

 

de los hombres. ¿Y los ojos? ¿Cómo veía

 

para pintarlos? Pintó uno capaz de robarle

 

los suyos y quedar sin compañero.

 

Y, sin embargo, así como dista mi alabanza

 

de la verdad de la imagen, así la imagen

 

se queda muy atrás de la verdad.

 

 

 

 

57



Aquí está la carta,

 

la cifra y compendio de mi suerte:

 

«Al no elegir la apariencia

 

acertaste en la elección.

 

Tras la feliz consecuencia

 

no tengas otra ambición.

 

Si todo esto te agrada

 

y hallas dicha en el suceso,

 

acércate ya a tu amada

 

y acógela con un beso».

 

Gentil carta. Señora, con licencia,

 

vengo a pagar y cobrar esta cuenta.

 

Igual que uno de dos contendientes

 

imagina que todos le prefieren

 

oyendo los aplausos y clamores,

 

y, abrumado, aún duda si las voces

 

le ovacionan a él o a su adversario,

 

igual, tres veces bella, es mi estado,

 

y lo que veo no puedo creerlo

 

mientras vos no lo deis por verdadero.

 

PORCIA

 

Aquí me veis, noble Basanio, como soy.

 

Y, no siendo ambiciosa en el deseo

 

de ser más de lo que soy, por vos quisiera ser tres veces veinte lo que soy, mil veces

 

más bella, diez mil veces más rica;

 

y ojalá, por crecer en vuestra estima,

 

pudiera rebasar estimaciones

 

de virtud y belleza, de bienes y amigos.

 

Mas la suma total de mi persona

 

asciende a algo, que viene a ser

 

una joven sin escuela, estudios, ni experiencia; dichosa por no ser muy mayor

 

para aprender; más dichosa por no ser

 

tan torpe que no pueda aprender nada;

 

la más dichosa porque va a someter

 

su dulzura a vuestro ánimo

 

para que la rija como dueño, rey y señor.

 

Mi ser y todo lo mío a vos se transfiere.

 

 

 

 

58



Hasta hace poco era dueña de esta hermosa casa, ama de mis siervos, reina de mí misma;

 

desde ahora esta casa, estos siervos

 

y mi propia persona son vuestros, mi señor.

 

Os los doy con este anillo. Perderlo,

 

regalarlo o separarse de él

 

presagiaría el fin de vuestro amor

 

y me daría derecho a reprobaros.

 

BASANIO

 

Señora, me habéis dejado sin palabras.

 

Solo puedo hablaros con la sangre de mis venas, y siento en mi ánimo la misma confusión

 

que la del murmullo y contento de la multitud tras el bello discurso del amado monarca, cuando la mezcla de voces se convierte

 

en un caos y la alegría no se expresa

 

con palabras. Mas cuando este anillo

 

se separe de este dedo, la vida se acaba.

 

Entonces bien podéis decir que Basanio ha muerto.

 

NERISA

 

Señores, ahora somos nosotros,

 

que lo hemos presenciado y vemos cumplidos nuestros deseos, los que os deseamos toda dicha. ¡Tengan dicha mis señores!

 

GRACIANO

 

Noble Basanio, gentil señora,

 

os deseo toda la alegría que podáis desear, pues seguro que la mía no la habéis menester. Y cuando vayáis a celebrar vuestra alianza

 

de fidelidad, dadme licencia

 

para que yo pueda casarme al mismo tiempo.

 

BASANIO

 

Con mil amores, si encuentras mujer.

 

GRACIANO

 

Pues muy agradecido por habérmela hallado.

 

Mis ojos son tan vivos cual los tuyos:

 

tú viste a la señora, yo miré a su dama.

 

Tú amaste, yo amé; pues más tregua

 

que tú no suelo darme, señor.

 

 

 

 

59



Tu fortuna pendía de estos cofres;

 

la mía también, como quiso la suerte.

 

Pues, haciendo la corte con sudores

 

y jurando mi amor hasta tener

 

seca la garganta, al fin, si las promesas

 

tienen fin, esta bella prometió ser mía

 

si el azar te deparaba a su señora.

 

PORCIA

 

¿Es cierto, Nerisa?

 

NERISA

 

Sí, señora, si os complace.

 

BASANIO

 

¿Y va todo en serio, Graciano?

 

GRACIANO

 

Todo en serio, señor.

 

BASANIO

 

Vuestra boda honrará nuestra fiesta.

 

GRACIANO

 

Apostamos mil ducados a que tenemos el primer varón.

 

NERISA

 

¿Entramos tan fuerte?

 

GRACIANO

 

Si yo no entro fuerte, perdemos la apuesta.— Pero, ¿quién viene? ¡Lorenzo y su infiel! ¡Y Salerio, mi viejo amigo veneciano!

 

Entran LORENZO, YÉSICA y SALERIO, mensajero de Venecia.

 

BASANIO

 

Lorenzo y Salerio, bienvenidos…

 

si mi nueva posición en esta casa

 

me permite acogeros. Querida Porcia,

 

con vuestra licencia doy la bienvenida

 

a mis buenos amigos y conciudadanos.

 

PORCIA

 

Yo también, mi señor. Sean bienvenidos.

 

LORENZO

 

Muchas gracias, señor. No tenía

 

pensamiento de venir, pero me encontré

 

con Salerio y, sin que valieran excusas,

 

 

 

60



me pidió que le acompañase.

 

SALERIO

 

Es verdad, y tenía mis motivos.

 

Antonio se encomienda a vos.

 

[Le da una carta.]

 

BASANIO

 

Antes que abra la carta,

 

dime cómo está mi buen amigo.

 

SALERIO

 

Ni mal, señor, si no es de ánimo,

 

ni bien si está desanimado.

 

Su estado lo explica esta carta.

 

[BASANIO] abre la carta.

 

GRACIANO

 

Nerisa, da la bienvenida a la extranjera.—

 

Esa mano, Salerio. ¿Qué hay de nuevo en Venecia? ¿Cómo está el regio mercader, el buen Antonio? Seguro que se alegrará de nuestra suerte. Somos los Jasones, hemos ganado el vellocino.

 

SALERIO

 

Ojalá hubierais ganado

 

el vellocino que él ha perdido.

 

PORCIA

 

En esa carta hay noticias funestas

 

que a Basanio le mudan el semblante:

 

se le ha muerto algún amigo; nada más

 

altera tanto a un hombre ecuánime.

 

¡Cómo! ¿Peor todavía? Permitidme, Basanio: soy vuestra mitad y debo libremente compartir lo que os anuncie esa carta.

 

BASANIO

 

Querida Porcia, son de las palabras

 

más ingratas que papel hayan manchado.

 

Gentil señora, al declararos mi amor,

 

os dije con franqueza que toda mi fortuna

 

corría por mis venas: era un caballero

 

 

 

 

61



y era verdad. Y, sin embargo, señora,

 

veréis que valorar en nada mi fortuna

 

era pura jactancia. Cuando os dije

 

que nada poseía, debí deciros

 

que tenía menos que nada, pues lo cierto

 

es que estoy endeudado con un buen amigo, a quien he endeudado con su peor enemigo para ampliar mis recursos. Señora,

 

esta carta es como el cuerpo de mi amigo

 

y cada palabra una herida abierta

 

que mana sangre de vida.— Pero, ¿es cierto, Salerio? ¿Fracasado todo su comercio? ¿Ni un solo éxito? ¿De Trípoli, Méjico, Inglaterra,

 

de Lisboa, la India y Berbería,

 

y ni un solo barco ha escapado a esas rocas

 

que son terror de mercaderes?

 

SALERIO

 

Ni uno, señor. Además, parece ser

 

que, aunque tuviera dinero contante

 

para el pago, el judío no lo quiere.

 

Jamás he visto un ser de forma humana

 

tan ávido y dispuesto a hundir a un hombre.

 

Al Dux lo atosiga día y noche,

 

y duda de las libertades de un Estado

 

que le niegue justicia. Veinte mercaderes,

 

el propio Dux y los senadores

 

de máximo rango han estado razonándole,

 

pero nadie refrena su pérfida exigencia

 

de justicia, de sanción y de su trato.

 

YÉSICA

 

Cuando yo estaba con él, oí que les juraba

 

a Túbal y a Cus, hombres de su estirpe,

 

que prefería la carne de Antonio

 

a veinte veces la suma que le debe;

 

y seguro, señor, que si la ley,

 

la autoridad y el poder no se lo impiden,

 

el pobre Antonio lo va a pasar muy mal.

 

PORCIA

 

¿Es vuestro amigo quien se ve en ese trance?

 

 

 

 

62



BASANIO

 

Mi mejor amigo, el hombre más bueno,

 

el ser más generoso e incansable

 

haciendo favores. El que muestra

 

el antiguo honor de los romanos

 

como nadie que aliente en Italia.

 

PORCIA

 

¿Y cuánto debe al judío?

 

BASANIO

 

Por mi aval, tres mil ducados.

 

PORCIA

 

¿Nada más? Pagadle seis mil

 

y liquidad el trato; dos veces, tres veces seis mil, antes que un amigo semejante pierda ni un cabello por causa de Basanio. Venid a la iglesia y hacedme vuestra esposa, y después id a Venecia con vuestro amigo; pues junto a Porcia nunca yaceréis con el ánimo inquieto. Tendréis oro

para pagar veinte veces tan mezquina deuda. Cuando esté pagada, traed a vuestro amigo. Entre tanto, Nerisa y yo viviremos

 

como viudas y doncellas. Vamos, venid,

 

que el día de la boda habéis de partir.

 

Poned buena cara, acoged a los amigos;

 

si caro os compré, tendréis mi cariño.

 

Mas leedme la carta de ese amigo vuestro.

 

[BASANIO]

 

«Querido Basanio: Mis barcos se han perdido, los acreedores me hostigan, mi hacienda se consume. Mi trato con el judío ha caducado y, como no viviré después de pagarlo, todas nuestras deudas quedarán saldadas si puedo verte antes de morir. Sin embargo, haz como gustes. Si no te hace venir mi amistad, no lo haga mi carta».

 

PORCIA

 

¡Ah, mi amor! Terminadlo todo y partid.

 

BASANIO

 

Ya que de partir me dais licencia,

 

voy a toda prisa. Pero, hasta que vuelva,

 

 

 

 

 

63



no habrá lecho culpable de retrasos ni reposo que pueda separarnos.

 

 

Salen.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

64



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

ESCENA III

 

Entran [SHYLOCK] el judío, SOLANIO, ANTONIO y el carcelero.

 

SHYLOCK

 

Vigílale, carcelero. Nada de clemencia.

 

Este es el necio que prestaba gratis.

 

Vigílale, carcelero.

 

ANTONIO

 

Pero escúchame, buen Shylock.

 

SHYLOCK

 

¡Quiero mi trato! ¡No hables contra él!

 

He jurado que exigiré mi trato.

 

Me llamabas perro sin motivo;

 

ya que soy un perro, cuidado con mis dientes. El Dux me hará justicia. Me asombra, carcelero, que seas tan inútil y tan bobo que le dejes salir cuando lo pide.

 

ANTONIO

 

¡Te lo ruego, déjame hablar!

 

SHYLOCK

 

¡Quiero mi trato! ¡No quiero oírte!

 

¡Quiero mi trato, así que no hables más!

 

A mí nadie me vuelve un blando o un tonto

 

que menea la cabeza, lamenta, suspira

 

y cede a súplicas cristianas. No me sigas.

 

No quiero escuchar; quiero mi trato.

 

Sale.

 

SOLANIO

 

Es el perro más inexorable

 

que jamás ha vivido con el hombre.

 

ANTONIO

 

 

 

65



Déjale en paz. Ya no voy a seguirle

 

con ruegos inútiles. Quiere mi vida

 

y conozco el motivo: he librado

 

de sanciones a muchos de sus deudores que me han pedido ayuda. Por eso me odia.

 

SOLANIO

 

Estoy seguro de que el Dux jamás

 

permitirá que se cumpla esta sanción.

 

ANTONIO

 

El Dux no puede impedir el curso de la ley.

 

Sería negar los derechos de que gozan

 

aquí los extranjeros, y empañaría

 

la justicia del Estado, pues el comercio

 

y los ingresos de Venecia están ligados

 

a todos los pueblos. Así que déjalo.

 

Mis penas y mis pérdidas a tal punto

 

me han menguado que mañana apenas sobrará una libra de carne para mi fiero acreedor. Vamos, carcelero. Dios quiera que Basanio venga a verme pagar su deuda.

 

Lo demás no me importa.

 

Salen.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

66



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

ESCENA IV

 

Entran PORCIA, NERISA, LORENZO, YÉSICA y [BALTASAR], criado de Porcia.

 

LORENZO

 

Señora, lo digo en vuestra presencia:

 

tenéis un sentido noble y verdadero

 

de la divina amistad, y lo habéis demostrado aceptando la ausencia de vuestro esposo. Mas si supierais a quién hacéis tal honor, a qué leal caballero socorréis,

 

a qué buen amigo de vuestro esposo mi señor, sé que estaríais más orgullosa

 

de lo que os hace sentir vuestra bondad.

 

PORCIA

 

Jamás me ha pesado hacer el bien,

 

y menos ahora; pues, entre amigos

 

que pasan el tiempo en compañía,

 

cuyo ánimo comparte el mismo afecto,

 

seguro que ha de haber idéntica armonía

 

de rasgos, hábitos y espíritu.

 

Por eso creo que este Antonio,

 

este amigo entrañable de mi dueño,

 

por fuerza ha de parecérsele. Siendo así,

 

¡qué precio tan bajo he pagado

 

por rescatar al retrato de mi alma

 

del dominio infernal de la crueldad!

 

Pero esto me acerca demasiado

 

al elogio de mí misma, conque a otra cosa.

 

Lorenzo, dejo en vuestras manos

 

el cuidado y gobierno de mi casa

 

hasta que vuelva mi señor: al cielo

 

le he hecho secreta promesa

 

 

 

67



de vivir en la plegaria y la meditación,

 

en la sola compañía de Nerisa,

 

hasta que vuelvan su esposo y mi señor.

 

A dos millas hay un monasterio;

 

en él residiremos. Os suplico

 

que no os neguéis a un encargo

 

impuesto por mi amor y la necesidad.

 

LORENZO

 

Señora, de todo corazón

 

obedeceré vuestros deseos.

 

PORCIA

 

Ya todos los de casa conocen mi intención

 

y van a aceptaros a vos y a Yésica

 

en el lugar de Basanio y el mío propio.

 

Quedad con Dios hasta que volvamos a vernos.

 

LORENZO

 

Que os acompañen horas felices

 

y gratos pensamientos.

 

YÉSICA

 

Y vuestros deseos se vean realizados.

 

PORCIA

 

Os lo agradezco, y me complace

 

deseároslo igualmente. Adiós, Yésica.

 

Salen [YÉSICA y LORENZO].

 

Baltasar,

 

siempre me fuiste honrado y leal,

 

y espero que ahora también. Toma esta carta y pon todo el empeño humano por llegar

 

a Padua cuanto antes. Entrégasela en mano a mi pariente, el doctor Belario,

 

y, con toda la presteza imaginable,

 

lleva las notas y la ropa que te dé

 

a la barca de pasaje que hace

 

el servicio de Venecia. No pierdas tiempo

 

con palabras y vete. Allá te espero.

 

BALTASAR

 

Señora, salgo al instante.

 

 

 

 

68



[Sale.]

 

PORCIA

 

Vamos, Nerisa. Lo que llevo entre manos

 

no lo sabes. Veremos a nuestros maridos

 

antes de lo que se imaginan.

 

NERISA

 

Y ellos, ¿nos verán?

 

PORCIA

 

Sí, Nerisa, pero ataviadas de tal modo

 

que creerán que nos dotaron de aquello

 

que nos falta. Te apuesto cualquier cosa

 

a que, vestidas de muchachos,

 

yo seré el más gallardo de los dos, llevaré mi puñal con más donaire; medio niño, medio hombre, hablaré con voz atiplada; dos pasos menudos cambiaré en viril zancada; hablaré de peleas como un mozo fanfarrón; diré raras mentiras sobre damas principales que me deseaban y que, al yo negarme, enfermaban y morían (¡qué iba yo a hacer!). Después me pesará y sentiré haberlas matado.

 

Contando muchas de esas mentirillas,

 

la gente pensará que ya hace más de un año que salí de la escuela. Llevo en la cabeza mil juegos de mozos presumidos

 

y pienso ejecutarlos.

 

NERISA

 

Entonces, ¿vamos de hombres?

 

PORCIA

 

¡Uf! ¡Vaya una pregunta

 

si hubiera de explicarla un mal pensado!

 

Vamos, te contaré todo mi plan

 

en el carruaje, que ya nos aguarda

 

a la entrada del parque; conque aprisa,

 

porque hoy nos esperan veinte millas.

 

Salen.

 

 

 

 

69



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

ESCENA V

 

Entran [LANZAROTE el] gracioso y YÉSICA.

 

LANZAROTE

 

Pues sí, porque, mira, los pecados del padre recaen sobre los hijos, así que temo por ti. Siempre te he sido sincero y ahora te digo lo que he recogitado. Conque ánimo, porque de veras creo que te condenas. Solo hay una esperanza que te sirva, pero es una esperanza bastarda.

 

YÉSICA

 

¿Y qué esperanza es esa?

 

LANZAROTE

 

Pues la de que no te hubiera engendrado tu padre y no ser la hija del judío.

 

YÉSICA

 

Esa sí que sería una esperanza bastarda, pues recaerían sobre mí los pecados de mi madre.

 

LANZAROTE

 

Entonces mucho me temo que te vas a condenar por padre y madre. Pues si me aparto de Escila, tu padre, doy en Caribdis, tu madre. En fin, estás perdida en ambos casos.

 

YÉSICA

 

Me salvaré por mi esposo, que me ha hecho cristiana.

 

LANZAROTE

 

Entonces, peor. Bastantes cristianos éramos ya, todos los que podíamos acoplarnos. Esto de hacer cristianos hará que suban los cerdos y, si todos nos ponemos a comer carne de cerdo, dentro de poco no podremos comprar ni panceta para asar.

 

Entra LORENZO.

 

YÉSICA

 

Le voy a contar a mi marido lo que dices, Lanzarote: aquí viene.

 

LORENZO

 

Me vas a dar celos, Lanzarote, como sigas arrinconando a mi mujer.

 

 

 

70



YÉSICA

 

No temas, Lorenzo: Lanzarote y yo estamos peleados. Me dice sin rodeos que no podré ganar el cielo por ser hija de judío y que tú no eres un buen miembro de la comunidad, porque al convertir a una judía haces que suba el cerdo.

 

LORENZO

 

De eso puedo yo responder mejor ante la comunidad que tú de hincharle el vientre a la mora, pues la dejaste preñada, Lanzarote.

 

LANZAROTE

 

En mala hora la mora me enamora y en buena hora se desflora.

 

LORENZO

 

¡Hasta un bobo sabe jugar con las palabras! Creo que la gracia del ingenio pronto guardará silencio, y no habrá más habla que la del loro.— Anda, entra y diles que se dispongan para la cena.

 

LANZAROTE

 

Están dispuestos, señor: todos tienen hambre.

 

LORENZO

 

¡Dios santo, qué agudeza! Pues diles que dispongan la cena.

 

LANZAROTE

 

Está dispuesta, señor: solo faltan los cubiertos.

 

LORENZO

 

Pues, venga, cubiertos.

 

LANZAROTE

 

Eso no, señor, que yo sé descubrirme.

 

LORENZO

 

¡Y venga con equívocos! ¿Es que quieres apurar todo tu ingenio en un instante? Te lo suplico, entiende la palabra llana de un hombre llano: ve y diles a tus compañeros que pongan la mesa y sirvan la comida, que vamos a cenar.

 

LANZAROTE

 

La mesa, señor, la servirán; la comida, señor, la pondrán; y el cenar, pues, señor, que decidan el gusto y el deseo.

 

Sale.

 

LORENZO

 

¡Oh, sutileza, qué modo de ajustar palabras!

 

Este bobo ha cargado en la memoria

 

un arsenal de palabras. Sé de muchos

 

como él, que, en mejor posición,

 

con todo ese bagaje, por una ocurrencia

 

se quedan sin tema. Animo, Yésica.

 

 

 

71



Y ahora, vida mía, dime tu opinión.

 

¿Qué te parece la esposa de Basanio?

 

YÉSICA

 

No sabría expresarlo. Hará bien Basanio

 

en llevar una vida ejemplar,

 

pues con esa bendición de esposa

 

tendrá la dicha del cielo en la tierra,

 

y, si en la tierra no la mereciese,

 

en justicia no podría ganar el cielo.

 

Si dos dioses hicieran una apuesta

 

y se jugaran dos mujeres terrenales,

 

una de ellas Porcia, con la otra habría

 

en juego algo más, pues este pobre mundo no ha dado su igual.

 

LORENZO

 

Tu marido es para ti

 

lo que ella es como esposa.

 

YÉSICA

 

Pues pide también mi opinión.

 

LORENZO

 

Después. Primero hay que comer.

 

YÉSICA

 

Deja que te alabe con ganas.

 

LORENZO

 

No, te lo suplico. Déjalo para la mesa.

 

Digas lo que digas, lo digeriré

 

con todo lo demás.

 

YÉSICA

 

Serás bien servido.

 

Salen.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

72



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

ACTO CUARTO

 

 

 

ESCENA I

 

 

Entran el DUX, los senadores, ANTONIO, BASANIO y GRACIANO, [SALERIO y otros].

 

DUX

 

¿Está aquí Antonio?

 

ANTONIO

 

Presente, Alteza.

 

DUX

 

Os compadezco. Os enfrentáis

 

a un cruel adversario, un desalmado,

 

falto de lástima, vacío de la mínima

 

pizca de clemencia.

 

ANTONIO

 

Me consta que Vuestra Alteza se ha esforzado por templar el rigor de su empeño,

 

pero, ya que se obstina y no hay medio legal que me libre de su odio, opongo mi paciencia a su furor, y estoy dispuesto

 

a responder con presencia de ánimo

 

a la saña y violencia del suyo.

 

DUX

 

Que el judío sea llamado a la sala.

 

SALERIO

 

Está a la puerta. Aquí viene, Alteza.

 

Entra SHYLOCK.

 

DUX

 

Dejad paso, que comparezca ante nos.—

 

 

 

73



Shylock, todos creen, y yo también,

 

que deseas aparentar ese rencor

 

hasta el último momento y que después

 

demostrarás una clemencia más notable

 

que la insólita crueldad que manifiestas,

 

y que, si ahora exiges la sanción,

 

esa libra de carne de este pobre mercader,

 

después no solo piensas desistir,

 

sino que, movido de benigna humanidad,

 

le eximirás de una parte de la deuda

 

al dirigir una mirada compasiva

 

a las pérdidas que se han acumulado

 

sobre él, que hundirían a un regio mercader y habrían de conmover al pecho de bronce y al rudo corazón de pedernal,

 

al turco y al tártaro inclemente, incapaces

 

de todo acto de afable cortesía.

 

Esperamos una respuesta gentil, judío.

 

SHYLOCK

 

He explicado a Vuestra Alteza mi propósito, y por nuestro santo sábado he jurado exigir la pena debida de mi trato.

 

Si me la negáis, ¡caiga el mal

 

sobre las leyes y derechos de Venecia!

 

Me preguntáis por qué quiero

 

una libra de carnaza en lugar

 

de los tres mil ducados. No voy a responder. Digamos que me ha dado por ahí. ¿He respondido? ¿Y si en mi casa hay una rata que molesta

 

y me complace gastar diez mil ducados

 

en envenenarla? ¿He respondido ya?

 

Hay quien no puede ver un cerdo asado,

 

quien delante de un gato se alborota,

 

y quien oyendo el chillido de la gaita

 

no puede contener la orina; pues el instinto, señor del sentimiento, lo rige con arreglo

 

a lo que se ama o aborrece. Para responder: así como no hay una razón que nos explique el que este no pueda soportar un cerdo asado,

 

 

 

74



o ese un gato inofensivo y útil,

 

o aquel una gaita lanuda, y a la fuerza

 

caiga en la vergüenza inevitable

 

de ofender, ofendiéndose a sí mismo,

 

tampoco yo puedo dar razón, ni quiero,

 

fuera del odio arraigado y el firme rencor

 

que guardo a Antonio, de por qué llevo

 

contra él una ruina de pleito. ¿Respondido?

 

BASANIO

 

Eso no es respuesta, despiadado,

 

que disculpe el curso de tu odio.

 

SHYLOCK

 

No tengo por qué complacerte en mi respuesta.

 

BASANIO

 

¿Mata el hombre todo aquello que no ama?

 

SHYLOCK

 

¿Odia el hombre lo que no quiere matar?

 

BASANIO

 

Las ofensas no empiezan siempre con el odio.

 

SHYLOCK

 

¿Quieres que te muerda dos veces la serpiente?

 

ANTONIO

 

No quieras discutir con el judío.

 

Será como ponerse en la playa

 

pidiendo a la marea que baje su altura;

 

como preguntarle al lobo por qué

 

hace que la oveja bale por su cría;

 

como prohibir a los pinos de montaña

 

mover las altas copas y hacer ruido

 

cuando los agitan las ráfagas del cielo;

 

como intentar lo más penoso:

 

querer ablandar algo tan duro como es

 

su corazón de judío. Por tanto, te suplico

 

que no le ofrezcas más, ni pruebes otros medios, y que, con la debida sencillez y brevedad,

 

yo sea juzgado y el judío complacido.

 

BASANIO

 

En vez de tres, aquí hay seis mil ducados.

 

SHYLOCK

 

 

 

 

75



Si cada uno de los seis mil ducados

 

tuviera seis partes y cada parte un ducado,

 

no los tomaría. Quiero mi trato.

 

DUX

 

¿Cómo esperas clemencia si no la practicas?

 

SHYLOCK

 

¿Qué sentencia he de temer si no hago mal?

 

Vosotros tenéis esclavos comprados,

 

que, como vuestros asnos, perros y mulas, os hacen trabajos serviles y abyectos porque los comprasteis. ¿Y si yo os dijera?: «¡Liberadlos! ¡Casadlos con vuestras hijas! ¿Por qué son burros de carga? ¡Que duerman como vosotros, en blandos colchones

 

y se deleiten con viandas de las vuestras!». Vosotros diríais: «Son nuestros». Pues lo mismo digo yo. La libra de carne que exijo me ha costado cara. Es mía y la tendré.

 

¡Ay de vuestra justicia si me la negáis!

 

Las leyes de Venecia no tendrán valor.

 

Aguardo la sentencia. ¿Vais a pronunciarla?

 

DUX

 

En uso de mi autoridad, aplazaré

 

la audiencia si no llega Belario,

 

un sabio doctor, a quien he hecho llamar

 

para que dé resolución.

 

SALERIO

 

Alteza, ahí fuera aguarda un mensajero

 

que ha llegado de Padua

 

con una carta del doctor.

 

DUX

 

Traedme la carta. Llamad al mensajero.

 

BASANIO

 

¡Ánimo, Antonio! ¡Valor, buen amigo!

 

Al judío daré mi carne, mi sangre y mis huesos antes que tú viertas ni una gota por mí.

 

ANTONIO

 

Soy la oveja enferma del rebaño,

 

la primera en morir. El fruto más débil

 

 

 

 

76



cae antes al suelo; así sea conmigo.

 

Basanio, mejor servicio no puedes hacerme

 

que seguir con vida y escribir mi epitafio.

 

Entra NERISA [disfrazada de escribiente de letrado].

 

DUX

 

¿Venís de Padua, de parte de Belario?

 

NERISA

 

De ambos, Alteza. Belario envía sus respetos.

 

[Le da una carta.]

 

BASANIO

 

¿Por qué sacas tanto filo a tu cuchillo?

 

SHYLOCK

 

Por sacarle a este arruinado la sanción.

 

GRACIANO

 

Y el cuchillo lo afilas en el alma,

 

no en la suela, judío despiadado.

 

Ni el metal ni el hacha del verdugo

 

tienen la mitad del filo de tu odio.

 

¿No te hacen mella las súplicas?

 

SHYLOCK

 

No. Ninguna que invente tu ingenio.

 

GRACIANO

 

¡Ah, maldito seas, perro abominable!

 

¡Tu vida es el baldón de la justicia!

 

De mi fe casi me haces descreer

 

para opinar, como Pitágoras, que las almas

 

de las bestias se introducen en los cuerpos

 

de los hombres. Tu espíritu perruno

 

fue el de un lobo que, ahorcado por sus crímenes, exhaló su alma feroz en el patíbulo

 

y se introdujo en ti cuando estabas en el vientre de tu impía madre; pues tus deseos

 

son lobunos, sanguinarios, hambrientos y voraces.

 

SHYLOCK

 

Mientras tus gritos no deshagan el sello

 

de mi trato, estarás lastimando tus pulmones.

 

 

 

 

77



Apáñate el ingenio, buen muchacho,

 

no sea que se estropee sin remedio.

 

Me atengo a la ley.

 

DUX

 

Esta carta de Belario recomienda

 

a este tribunal a un joven y sabio doctor.

 

¿Dónde está?

 

NERISA

 

Aguarda aquí al lado para saber

 

si le admitís.

 

DUX

 

De todo corazón.— Que tres o cuatro de vosotros le den cumplida escolta a este lugar.— Mientras, el tribunal oirá la carta de Belario:

 

«Sepa Vuestra Alteza que al recibo de vuestra carta me hallaba enfermo. Pero, cuando llegó vuestro mensaje, estaba conmigo de amistosa visita un joven letrado de Roma. Se llama Baltasar. Le hice saber el pleito que enfrenta al judío con Antonio, el mercader. Hemos consultado muchos libros. Él conoce mi opinión, que, mejorada con su ciencia (cuyo alcance no sabría ponderar lo bastante), acude en mi lugar a instancias mías respondiendo a la solicitud de Vuestra Alteza. Os suplico que no consideréis su juventud como impedimento de una digna estima, pues nunca conocí persona más joven con cabeza más juiciosa. Le someto a vuestra benevolencia. Sus hechos confirmarán mi recomendación».

 

Entra PORCIA [disfrazada de letrado].

 

Ya oís lo que escribe el sabio Belario;

 

y aquí parece que llega el doctor.

 

Dadme la mano. ¿Venís de parte de Belario?

 

PORCIA

 

Sí, Alteza.

 

DUX

 

Bienvenido. Id a vuestro puesto.

 

¿Estáis informado del litigio

 

que ocupa a este tribunal?

 

PORCIA

 

Estoy plenamente informado del caso.

 

¿Quién es el mercader y quién el judío?

 

DUX

 

Antonio y Shylock, presentaos.

 

 

 

78



PORCIA

 

¿Os llamáis Shylock?

 

SHYLOCK

 

Shylock me llamo.

 

PORCIA

 

Extraña es la índole del pleito,

 

pero está en orden, y las leyes de Venecia

 

no pueden impedir que siga su curso.—

 

Vos estáis a su merced, ¿no es cierto?

 

ANTONIO

 

Sí, eso dice.

 

PORCIA

 

¿Reconocéis el compromiso?

 

ANTONIO

 

Sí.

 

PORCIA

 

Entonces el judío debe ser clemente.

 

SHYLOCK

 

¿Y quién va a obligarme? Decídmelo.

 

PORCIA

 

El don de la clemencia no se impone.

 

Como la lluvia suave, baja del cielo

 

a la tierra. Imparte doble bendición,

 

pues bendice a quien da y a quien recibe.

 

Suprema en el poder supremo, sienta

 

al rey entronizado mejor que la corona.

 

El cetro revela el poder temporal,

 

signo de majestad y de grandeza,

 

que infunde respeto y temor al soberano.

 

Mas la clemencia señorea sobre el cetro:

 

su trono está en el pecho del monarca;

 

es una perfección de la divinidad,

 

y el poder terrenal se muestra más divino

 

si la clemencia modera a la justicia.

 

Conque, judío, aunque pidas justicia,

 

considera que nadie debiera buscar

 

la salvación en el curso de la ley.

 

Clemencia pedimos al rezar, y la oración

 

nos enseña a ser clementes. Te digo todo esto

 

 

 

 

79



por templar el rigor de tu demanda.

 

Si la sostienes, la recta justicia de Venecia

 

tendrá que condenar al mercader.

 

SHYLOCK

 

¡Caigan mis actos sobre mí! Exijo mis derechos:

 

la sanción y el cumplimiento de mi trato.

 

PORCIA

 

¿No puede pagar ese dinero?

 

BASANIO

 

Sí: aquí ante este tribunal yo se lo ofrezco,

 

y aun doblo la suma. Si no basta,

 

me comprometo a pagar diez veces más

 

bajo fianza de mis manos, mi cabeza y corazón.

 

Si no basta, está claro que lo justo

 

sucumbe a lo perverso. Os lo suplico,

 

forzad la ley con vuestra autoridad por una vez; haced un gran bien con un pequeño mal y frenad la voluntad de este demonio.

 

PORCIA

 

Imposible. No hay poder en Venecia

 

que cambie lo dispuesto por la ley.

 

Sentaría un precedente y, siguiendo

 

el mismo ejemplo, pronto los abusos

 

inundarían el Estado. No es posible.

 

SHYLOCK

 

¡Un Daniel que viene a hacer justicia!

 

¡Un Daniel! ¡Ah, juez joven y sabio, cómo os honro!

 

PORCIA

 

Permíteme que lea el documento.

 

SHYLOCK

 

Aquí, dignísimo doctor, aquí lo tenéis.

 

PORCIA

 

Shylock, te ofrecen tres veces tu dinero.

 

SHYLOCK

 

¡Lo he jurado, lo he jurado ante el cielo!

 

¿Voy a manchar mi alma de perjurio?

 

¡Ni por toda Venecia!

 

PORCIA

 

Pues el plazo ha vencido, y por ley

 

 

 

 

80



el judío puede exigir una libra de carne, que ha de cortarle al mercader lo más cerca del corazón.— Sé clemente, toma tres veces tu dinero y dime que rompa el documento.

 

SHYLOCK

 

Cuando se pague según lo estipulado.

 

Parece claro que sois un digno juez;

 

conocéis la ley y la habéis interpretado

 

rectamente. En nombre de la ley,

 

de la que sois columna benemérita,

 

dictad sentencia. Juro por mi alma

 

que no habrá lengua humana

 

capaz de convencerme. Me atengo a mi trato.

 

ANTONIO

 

Ruego encarecidamente al tribunal

 

que dicte sentencia.

 

PORCIA

 

Pues bien, es esta: ofreced

 

el pecho a su cuchillo.

 

SHYLOCK

 

¡Ah, noble juez! ¡Ah, dignísimo joven!

 

PORCIA

 

Pues el sentido y los fines de la ley

 

autorizan plenamente a que se cumpla

 

la pena estipulada en el contrato.

 

SHYLOCK

 

Gran verdad. ¡Ah, juez íntegro y sabio!

 

Sois mucho mayor que vuestro aspecto.

 

PORCIA

 

Así que desnudad el pecho.

 

SHYLOCK

 

Eso, el pecho, como dice el trato.

 

¿Verdad, noble juez? «Lo más cerca del corazón».

 

Eso es lo que dice.

 

PORCIA

 

Cierto. ¿Hay aquí una balanza

 

para pesar la carne?

 

SHYLOCK

 

Aquí la tengo.

 

 

 

 

81



PORCIA

 

Y encárgate, Shylock, de que haya un médico que le restañe las heridas, no muera desangrado.

 

SHYLOCK

 

Eso, ¿viene estipulado en el trato?

 

PORCIA

 

Expresamente, no. Pero, ¿qué importa?

 

Se debe hacer por caridad.

 

SHYLOCK

 

No lo encuentro. No figura en el trato.

 

PORCIA

 

Vos, mercader, ¿tenéis algo que decir?

 

ANTONIO

 

Muy poco. Estoy preparado para el golpe.

 

Dame la mano, Basanio; adiós.

 

No te aflijas si por ti he llegado a esto:

 

la fortuna se porta mejor que de costumbre, pues deja al desgraciado con más años que dinero para que, con ojos hundidos

 

y arrugas en la frente, sufra la pobreza

 

en la vejez, mientras que a mí

 

me libra de esa angustia interminable.

 

Encomiéndame a tu noble esposa;

 

cuéntale cómo Antonio llegó a la muerte;

 

di cuánto te he querido y habla bien de mí

 

cuando haya muerto. Acabada la historia,

 

que juzgue si Basanio no tuvo un amigo.

 

Lamenta únicamente perder a ese amigo,

 

que él no se lamenta de pagar tu deuda,

 

pues, si el judío clava hondo,

 

al instante pagaré de todo corazón.

 

BASANIO

 

Antonio, estoy unido a una esposa

 

tan querida para mí como la vida;

 

mas la vida, mi esposa, el mundo entero,

 

no valen para mí lo que tu vida.

 

Los perdería todos, sí, los sacrificaría

 

a este demonio con tal de librarte.

 

PORCIA

 

 

 

 

82



Bien poco agradecida estaría vuestra esposa si pudiera oír lo que ofrecéis.

 

GRACIANO

 

Yo tengo una mujer y la quiero de verdad.

 

En el cielo la quisiera, implorando

 

a los poderes que cambiasen al perro judío.

 

NERISA

 

Menos mal que lo decís a sus espaldas,

 

que, si no, peligraría la paz de vuestra casa.

 

SHYLOCK

 

¡Mira los maridos cristianos! Yo tengo una hija.

 

¡Ojalá se hubiera casado con cualquiera

 

de la cepa de Barrabás, y no con un cristiano! Perdemos tiempo. Os lo ruego, dictad sentencia.

 

PORCIA

 

Tuya es la libra de carne de este mercader:

 

lo concede el tribunal y lo autoriza la ley.

 

SHYLOCK

 

¡Rectísimo juez!

 

PORCIA

 

Y la carne has de sacársela del pecho:

 

lo permite la ley y lo concede el tribunal.

 

SHYLOCK

 

¡Sapientísimo juez! ¡Qué sentencia!—

 

¡Vamos, prepárate!

 

PORCIA

 

Un momento: hay algo más.

 

El contrato no te da ni una gota de sangre:

 

dice expresamente «una libra de carne».

 

Conque llévate lo tuyo, tu libra de carne;

 

mas, si al cortarla viertes una gota

 

de sangre cristiana, tus tierras y bienes

 

serán confiscados, según las leyes de Venecia, en favor del Estado.

 

GRACIANO

 

¡Ah, íntegro juez! ¡Toma, judío! ¡Ah, sabio juez!

 

SHYLOCK

 

¿Esa es la ley?

 

PORCIA

 

 

 

 

83



Lee el decreto tú mismo:

 

ya que pides justicia, ten por cierto

 

que tendrás más justicia de la que deseas.

 

GRACIANO

 

¡Ah, sabio juez! ¡Toma, judío! ¡Qué juez tan sabio!

 

SHYLOCK

 

Entonces acepto la oferta. Pagadme

 

tres veces la deuda y soltad al cristiano.

 

BASANIO

 

Aquí está el dinero.

 

PORCIA

 

Despacio: el judío tendrá toda la justicia.

 

Despacio: tendrá la sanción y nada más.

 

GRACIANO

 

¡Ah, judío! ¡Un juez íntegro, un juez sabio!

 

PORCIA

 

Conque disponte a cortarle la carne.

 

No viertas sangre, ni cortes más o menos

 

de una libra de carne. Si cortas más

 

o menos de una libra cabal, sea lo justo

 

para que suba o baje de peso

 

o la fracción de un vigésimo de gramo;

 

más aún, si se inclina en un pelo

 

el fiel de la balanza, morirás

 

y todos tus bienes serán confiscados.

 

GRACIANO

 

¡Un Daniel, judío! ¡Un segundo Daniel!

 

Infiel, ahora te he pillado.

 

PORCIA

 

¿Por qué duda el judío? Toma la sanción.

 

SHYLOCK

 

Devolvedme mi dinero y dejad que me vaya.

 

BASANIO

 

Lo tengo preparado. Tómalo.

 

PORCIA

 

Ante este tribunal lo ha rechazado.

 

Tendrá solo justicia y la sanción.

 

GRACIANO

 

Lo repito: ¡Un Daniel! ¡Un segundo Daniel!

 

 

 

 

84



Gracias, judío, por enseñarme el nombre.

 

SHYLOCK

 

¿No vais a darme siquiera mi dinero?

 

PORCIA

 

Tendrás solamente la sanción, judío,

 

que puedes llevarte a riesgo propio.

 

SHYLOCK

 

Pues, ¡que el diablo se la conserve!

 

No pienso seguir oyendo.

 

PORCIA

 

Espera, judío.

 

La ley te reclama algo más.

 

Según consta en las leyes de Venecia,

 

si se demuestra que algún extranjero

 

atenta, por medios directos o indirectos,

 

contra la vida de cualquier ciudadano,

 

la mitad de sus bienes pasará

 

a la parte amenazada, la otra mitad

 

se ingresará en las arcas del Estado

 

y la vida del culpable quedará

 

a merced del Dux, sin posible apelación.

 

Afirmo que tal es tu caso,

 

pues del curso de los hechos se evidencia

 

que, indirecta y también directamente,

 

has atentado contra la vida

 

de la parte demandada, siendo reo

 

de las penas legales antedichas.

 

Conque al suelo, y pide clemencia al Dux.

 

GRACIANO

 

Pídele permiso para ahorcarte;

 

aunque, con todos tus bienes confiscados,

 

no puedes pagarte ni la soga.

 

Habrá que ahorcarte a expensas del Estado.

 

DUX

 

Para que veas qué distinto es nuestro ánimo, te perdono la vida antes que lo pidas.

 

La mitad de tu hacienda pasa a Antonio,

 

y la otra va al Estado. Tu mansedumbre

 

podría convertirla en una multa.

 

 

 

 

85



PORCIA

 

La parte del Estado, no la de Antonio.

 

SHYLOCK

 

Quitadme también la vida, no la perdonéis.

 

Me quitáis mi casa al quitar el puntal

 

que la sostiene; me quitáis la vida

 

al quitarme los medios con que vivo.

 

PORCIA

 

¿Qué merced le dispensáis, Antonio?

 

GRACIANO

 

Una soga gratis. Por Dios, nada más.

 

ANTONIO

 

Si Vuestra Alteza y todo el tribunal

 

le eximen de la multa que reemplaza

 

a la mitad de sus bienes, me complacerá

 

poder administrar la otra mitad

 

y, a su muerte, entregarla al caballero

 

que no hace mucho se llevó a su hija.

 

Dos condiciones más: que por esta merced

 

al instante se convierta al cristianismo;

 

y que firme, aquí ante el tribunal,

 

que, cuando muera, dejará todos sus bienes a su yerno Lorenzo y a su hija.

 

DUX

 

Así lo hará o, si no, revocaré

 

la gracia concedida.

 

PORCIA

 

¿Aceptas la sentencia, judío? ¿Qué respondes?

 

SHYLOCK

 

La acepto.

 

PORCIA

 

Escribiente, redactad la donación.

 

SHYLOCK

 

Os lo ruego, permitidme que me vaya.

 

No estoy bien. Mandadme a casa el acta,

 

que la firmaré.

 

DUX

 

Puedes irte, pero hazlo.

 

GRACIANO

 

 

 

 

86



En el bautizo tendrás dos padrinos.

 

Si yo soy el juez, te pongo otros diez

 

para llevarte a la horca, y no a la pila.

 

Sale [SHYLOCK].

 

DUX

 

Señor, os ruego que en la cena seáis mi invitado.

 

PORCIA

 

Pido humildemente perdón a Vuestra Alteza.

 

He de salir hacia Padua esta noche

 

y más vale que me ponga ya en camino.

 

DUX

 

Siento que no dispongáis de más tiempo.

 

Antonio, recompensad al caballero,

 

pues me parece que mucho le debéis.

 

Sale el DUX con el séquito.

 

BASANIO

 

Insigne caballero, gracias a vuestro saber

 

mi amigo y yo nos hemos salvado

 

de penas muy graves. En recompensa

 

de vuestros gentiles esfuerzos, aceptad

 

los tres mil ducados debidos al judío.

 

ANTONIO

 

Y en afecto y gratitud, os debemos

 

mucho más, ahora y siempre.

 

PORCIA

 

Está bien pagado quien queda satisfecho,

 

y yo estoy satisfecho de haberos redimido,

 

así que me doy por bien pagado:

 

espíritu venal yo nunca tuve.

 

Cuando volvamos a vernos, conocedme.

 

Os deseo buena suerte y me despido.

 

BASANIO

 

Querido señor, permitidme que insista.

 

Si paga no tomáis, llevaos un recuerdo

 

de nuestra gratitud. Concededme dos cosas, os lo ruego: su aceptación y mi disculpa.

 

 

 

87



PORCIA

 

Ya que me apremiáis, consiento.

 

Dadme vuestros guantes, que los llevaré

 

en recuerdo vuestro. Y, por tanta gratitud,

 

me llevo este anillo. No quitéis la mano,

 

que no os pido más, e ingrato seríais

 

si me lo negarais.

 

BASANIO

 

Señor, ¿este anillo? Es una menudencia.

 

Si os lo diera, tendría que avergonzarme.

 

PORCIA

 

Pues no quiero otra cosa, y la verdad

 

es que tengo ese capricho.

 

BASANIO

 

Hay más en este anillo que su precio.

 

Os daré el más rico de Venecia

 

y dispondré una proclama para hallarlo.

 

De daros este dispensadme, os lo suplico.

 

PORCIA

 

Señor, veo que sois muy generoso en las ofertas.

 

Primero me enseñáis a pedir y ahora,

 

a responder al que pide.

 

BASANIO

 

Gentil señor, este anillo me lo dio mi esposa y, cuando me lo puso, yo le prometí

 

no venderlo, ni darlo, ni perderlo.

 

PORCIA

 

Esa excusa ahorra a muchos hombres el regalo. Si vuestra esposa no es una demente, sabiendo que merezco vuestro anillo,

 

no os tendrá perpetua malquerencia

 

por habérmelo dado. En fin, quedad con Dios.

 

Salen [PORCIA y NERISA].

 

ANTONIO

 

Mi buen Basanio, dale el anillo.

 

Que los méritos del joven y mi afecto

 

pesen más que el mandato de tu esposa.

 

BASANIO

 

 

 

88



Anda, Graciano; corre hasta alcanzarle.

 

Dale el anillo y, si puedes, haz que venga

 

a casa de Antonio. Vamos, de prisa.

 

Sale GRACIANO.

 

Ven, ahora vamos allá tú y yo

 

y mañana temprano salimos volando

 

para Bélmont. Vamos, Antonio.

 

Salen.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

89



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

ESCENA II

 

Entran PORCIA y NERISA.

 

PORCIA

 

Pregunta por la casa del judío, dale el acta

 

y que la firme. Salimos esta noche

 

y llegaremos un día antes que nuestros maridos.

 

Lorenzo agradecerá la donación.

 

Entra GRACIANO.

 

GRACIANO

 

Señor, me alegro de alcanzaros.

 

El señor Basanio, tras reflexionar,

 

os envía este anillo y solicita

 

vuestra compañía en la cena.

 

PORCIA

 

No es posible. Su anillo acepto agradecido, y os rogaré que así se lo digáis. También os rogaré que indiquéis a mi escribiente

 

la casa del judío.

 

GRACIANO

 

Con mucho gusto.

 

NERISA

 

Señor, deseo hablaros.—

 

[Aparte a PORCIA] Veré si mi marido me da el anillo que me ha jurado conservar por siempre.

 

PORCIA

 

Tenlo por seguro. Mil veces jurarán

 

que han dado los anillos a unos hombres.

 

Los sacaremos de sí y juraremos más que ellos.

 

Venga, deprisa, ya sabes dónde espero.

 

NERISA

 

 

 

90



Vamos, señor, ¿me indicáis la casa?

 

Salen.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

91



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

ACTO QUINTO

 

 

 

ESCENA I

 

 

Entran LORENZO y YÉSICA.

 

LORENZO

 

¡Cómo brilla la luna! En noche como esta,

 

en que un aire suave besaba los árboles

 

y los dejaba en silencio, en noche así

 

subió Troilo a los muros de Troya, y el alma

 

se le iba en suspiros a las tiendas griegas,

 

donde Crésida dormía aquella noche.

 

YÉSICA

 

En noche así, Tisbe pisaba medrosa

 

el rocío, cuando, al ver la sombra del león,

 

huyó asustada.

 

LORENZO

 

En noche así, con el sauce en la mano

 

estaba Dido a la orilla de la mar bravía

 

rogando a su amor que volviese a Cartago.

 

YÉSICA

 

En noche así, Medea cogió las mágicas hierbas que reavivaron al viejo Esón.

 

LORENZO

 

En noche así, Yésica huyó del rico judío

 

y con su pródigo amor escapó de Venecia

 

hasta Bélmont.

 

YÉSICA

 

En noche así, el joven Lorenzo juró

 

que la quería, robándole el alma

 

 

 

 

92



con promesas de amor, y ninguna sincera.

 

LORENZO

 

En noche así, la linda Yésica

 

calumnió a su amado como una viborilla,

 

pero él la perdonó.

 

YÉSICA

 

Te ganaría en noches si nadie viniera,

 

pero, escucha: oigo los pasos de un hombre.

 

Entra [ESTEBAN,] un mensajero.

 

LORENZO

 

¿Quién viene tan deprisa en el silencio de la noche?

 

ESTEBAN

 

Un amigo.

 

LORENZO

 

¿Un amigo? ¿Qué amigo? ¿Cómo te llamas, amigo?

 

ESTEBAN

 

Me llamo Esteban y vengo a deciros

 

que mi ama estará en Bélmont

 

antes del amanecer. Se va parando

 

en las cruces del camino y de rodillas

 

implora un feliz matrimonio.

 

LORENZO

 

¿Quién viene con ella?

 

ESTEBAN

 

Solo un santo ermitaño y la dama.

 

Decidme, ¿ha vuelto mi amo?

 

LORENZO

 

No, ni sabemos nada de él.

 

Pero entremos, Yésica, y preparemos

 

alguna solemne bienvenida

 

para la dueña de la casa.

 

Entra [LANZAROTE,] el gracioso.

 

LANZAROTE

 

¡Arre, arre! ¡Yuju! ¡Arre!

 

LORENZO

 

¿Quién grita?

 

 

 

 

93



LANZAROTE

 

¡Yuju! ¿Habéis visto a maese Lorenzo? ¡Maese Lorenzo, yuju!

 

LORENZO

 

¡Deja de aullar, tú! ¡Estoy aquí!

 

LANZAROTE

 

¡Yuju! ¿Dónde, dónde?

 

LORENZO

 

¡Aquí!

 

LANZAROTE

 

Decidle que ha llegado un correo de mi amo con el cuerno lleno de buenas noticias: mi amo estará aquí antes del día.

 

[Sale.]

 

LORENZO

 

Ven, vida mía, vamos a esperarlos dentro.

 

No, déjalo. ¿Para qué vamos a entrar?

 

Amigo Esteban, entra en la casa

 

a anunciar que tu amo ya se acerca

 

y di a los músicos que salgan.

 

[Sale ESTEBAN.]

 

¡Qué apacible reposa la luna en esta loma!

 

Sentémonos aquí, y que la música

 

nos acaricie los oídos. La calma suave

 

y la noche convienen a las dulces melodías.

 

Siéntate, Yésica. Mira cómo está engastado

 

el firmamento de claras patenas de oro.

 

En su giro, la más pequeña esfera

 

canta como un ángel, uniéndose a las voces de tantos querubines de ojos vivos. Así es la armonía del alma inmortal,

 

pero envuelta en esta caduca

 

vestidura de barro no la oímos.

 

[Entran los músicos.]

 

Venid. Despertad a Diana con un himno.

 

Con vuestros dulces acordes llegad

 

al oído del ama y atraedla con música.

 

 

 

94



Suena la música.

 

YÉSICA

 

Nunca estoy alegre oyendo una música dulce.

 

LORENZO

 

Porque tienes ocupados los sentidos.

 

Observa un rebaño indómito y salvaje

 

o una manada de potros aún sin desbravar, saltando locamente, bufando y relinchando, como es propio de la sangre que les bulle.

 

Si oyen un toque de trompeta

 

o llega a sus oídos una melodía,

 

verás cómo todos se paran al instante

 

y se aquieta su briosa mirada

 

con el grato poder de la música.

 

Por eso fingió el poeta que Orfeo

 

movía los árboles, las piedras y los ríos.

 

Pues nada hay tan robusto, duro ni violento

 

que no cambie por efecto de la música.

 

El hombre sin música en el alma, insensible a la armonía de dulces sonidos, solo sirve para intrigas, traiciones y rapiñas. Sus impulsos son más turbios que la noche y sus propósitos, más oscuros que el Erebo. No te fíes de ese hombre. Escucha la música.

 

Entran PORCIA y NERISA.

 

PORCIA

 

Esa luz que vemos arde en mi casa.

 

¡Qué lejos llegan los rayos de esa vela!

 

Así brilla la buena acción en un mundo cruel.

 

NERISA

 

Cuando brillaba la luna no veíamos la vela.

 

PORCIA

 

El brillo mayor oscurece al menor.

 

El emisario luce tanto como el rey

 

mientras el rey no se acerca, y entonces

 

se vacía su grandeza como un riachuelo

 

en el mar. Escucha. ¡Música!

 

 

 

95



NERISA

 

Señora, son los músicos de vuestra casa.

 

PORCIA

 

Veo que no hay nada bueno por sí solo:

 

los sonidos parecen más gratos que de día.

 

NERISA

 

Señora, el silencio les confiere esa virtud.

 

PORCIA

 

Cuando cantan solos, tan grato es el canto

 

del cuervo como el de la alondra, y creo

 

que si el ruiseñor cantase de día

 

cuando graznan las ocas, no diríamos

 

que es más armonioso que el jilguero.

 

¡Cuántas cosas deben al momento propicio

 

su justa alabanza y completa perfección!

 

¡Silencio! Con Endimión duerme la luna

 

y no desea que la despierten.

 

Cesa la música.

 

LORENZO

 

Mucho me equivoco o esa es

 

la voz de Porcia.

 

PORCIA

 

Me conoce como el ciego al cuco:

 

por la mala voz.

 

LORENZO

 

¡Querida señora, bienvenida!

 

PORCIA

 

Hemos rezado por el bien de nuestros maridos y esperamos que se cumplan las plegarias. ¿Han vuelto ya?

 

LORENZO

 

Aún no, señora. Pero ha venido un mensajero anunciando su llegada.

 

PORCIA

 

Entra, Nerisa. Ordena a los criados

 

que no mencionen para nada nuestra ausencia.

 

Tampoco vos, Lorenzo; ni vos, Yésica.

 

 

 

 

96



Toque de trompeta.

 

LORENZO

 

Se acerca vuestro esposo: oigo su trompeta.

 

No somos delatores, señora. No temáis.

 

PORCIA

 

La noche parece un día apagado;

 

está algo más pálida. Es como el día,

 

un día en que el sol se ha escondido.

 

Entran BASANIO, ANTONIO, GRACIANO y acompañamiento. BASANIO

 

Tendremos el día, como en las antípodas,

 

si quieres salir en ausencia del sol.

 

PORCIA

 

Quisiera lucir, mas no demasiado:

 

la que todo lo luce ofusca al marido,

 

y eso no lo quiero para el mío…

 

Pero, Dios disponga. Sé bienvenido, mi señor.

 

BASANIO

 

Gracias, señora. Acoge a mi amigo:

 

este es Antonio, el hombre

 

con quien tanto estoy en deuda.

 

PORCIA

 

Y debes estarlo plenamente, pues creo

 

que él se endeudó mucho por ti.

 

ANTONIO

 

Nada de que no me haya librado.

 

PORCIA

 

Señor, sois muy bienvenido a nuestra casa.

 

Se verá en algo más que en las palabras,

 

así que voy a ahorraros ceremonias.

 

GRACIANO [a NERISA]

 

¡Por esa luna, te juro que me ofendes!

 

Es verdad que se lo di al escribiente.

 

Que lo castren y quedo satisfecho,

 

ya que tú te lo tomas tan a pecho.

 

PORCIA

 

¡Riñendo tan pronto! ¿Qué pasa?

 

 

 

97



GRACIANO

 

Es la sortija de oro, un mísero anillo

 

que me regaló, con un lema igual

 

que un verso en la hoja de un cuchillo:

 

«Ámame y no me dejes».

 

NERISA

 

¿Por qué hablas del lema o el valor?

 

Cuando te lo di, me juraste

 

llevarlo hasta la hora de la muerte

 

y de él no separarte ni en la tumba.

 

Si no por mí, por tu ferviente juramento

 

debiste poner más cuidado en conservarlo.

 

¡Dárselo a un escribiente! Bien sabe Dios

 

que a ese escribiente jamás le saldrá barba.

 

GRACIANO

 

Le saldrá cuando se haga un hombre.

 

NERISA

 

Sí, cuando una mujer se haga hombre.

 

GRACIANO

 

Palabra de honor que se lo di a un joven;

 

un muchacho, más bien menudo,

 

no más alto que tú; el escribiente del juez,

 

un mocito parlanchín que lo pidió en recompensa.

 

No tuve corazón para negárselo.

 

PORCIA

 

Para ser sincera, has hecho mal

 

en dar el primer regalo de tu esposa con tanta ligereza. En tu dedo lo pusiste con ese juramento y en tu carne se clavó con tus promesas. A mi amor le di un anillo haciéndole jurar que siempre lo conservaría. Aquí está él, y por él puedo jurar que a nadie lo dará, ni del dedo se lo arrancará

por todas las riquezas de este mundo.

 

La verdad, Graciano, que has apenado cruelmente a tu esposa. A mí me habría enfurecido.

 

BASANIO [aparte]

 

Más me valdría cortarme la mano izquierda

 

y jurar que perdí el anillo defendiéndolo.

 

 

 

 

98



GRACIANO

 

El noble Basanio le dio el anillo

 

al juez que lo pidió y que bien lo merecía;

 

entonces su joven escribiente,

 

que tanto se afanó con los escritos,

 

quiso el mío, y ni amo ni ayudante

 

querían nada más que los anillos.

 

PORCIA

 

¿Qué anillo le diste, mi señor?

 

Espero que no fuese el que te di.

 

BASANIO

 

Si a la falta pudiera añadir una mentira,

 

lo negaría; pero ya ves que mi dedo

 

no lleva el anillo: no lo tengo.

 

PORCIA

 

Ni tiene fidelidad tu corazón.

 

Por el cielo, que contigo no iré al lecho

 

hasta que vea el anillo.

 

NERISA

 

Ni yo contigo hasta que vea el mío.

 

BASANIO

 

Querida Porcia,

 

si supieras a quién di el anillo,

 

si supieras por quién di el anillo

 

y entendieras por qué di el anillo

 

y de qué mala gana me quité el anillo

 

cuando solo me aceptaban el anillo,

 

el rigor de tu enojo cedería.

 

PORCIA

 

Si tú hubieras sabido la importancia del anillo, o la mitad del valor de quien te dio el anillo, o tu propio deber de conservar el anillo,

 

no te habrías desprendido del anillo.

 

Si hubieras querido defenderlo con tesón,

 

¿quién habría sido tan poco razonable

 

y descortés que se empeñara

 

en que le dieses algo tan sagrado?

 

Nerisa me ha enseñado la verdad:

 

muera yo si el anillo no lo tiene una mujer.

 

 

 

 

99



BASANIO

 

Señora, por mi honor y por mi alma

 

que no lo di a mujer, sino a un doctor en leyes que no quiso los tres mil ducados y pidió el anillo. Yo se lo negué

 

y permití que ofendido se alejase

 

quien salvó la vida de mi amigo.

 

¿Qué quieres que diga, mi señora?

 

Me sentí obligado a enviárselo,

 

sonrojado por mi descortesía.

 

No iba yo a empañar mi honor

 

con tamaña ingratitud. Perdóname, señora, mas, por las santas luminarias de la noche, que, si allí hubieras estado, me habrías pedido el anillo para dárselo al doctor.

 

PORCIA

 

Que ese doctor no se acerque a mi casa:

 

ya que tiene la joya que yo amaba

 

y que tú juraste conservar,

 

seré tan dadivosa como tú.

 

No pienso negarle nada que sea mío,

 

ni mi cuerpo, ni el lecho de mi esposo.

 

Voy a conocerle, de ello estoy segura.

 

No duermas ni una noche fuera de casa.

 

Vigila como Argos. Si no lo haces

 

y yo quedo sola, por mi honra (que aún es mía)

 

que yo dormiré con el doctor.

 

NERISA

 

Y yo con su escribiente, conque atento

 

si dejas que me cuide de mí misma.

 

GRACIANO

 

Pues, muy bien. Pero, que no me lo encuentre, o le corto la pluma al escribiente.

 

ANTONIO

 

Yo soy la triste causa de estas riñas.

 

PORCIA

 

No os apenéis. Sois bienvenido pese a todo.

 

BASANIO

 

Porcia, perdóname un agravio tan forzado.

 



 

 

  100

 



En presencia de todos mis amigos,

 

te juro por tus bellos ojos,

 

en los cuales veo mi reflejo…

 

PORCIA

 

¿Habéis oído? Se ve doble en mis ojos:

 

uno en cada ojo. Pues jura con doblez

 

y serás digno de crédito.

 

BASANIO

 

¡Escúchame! Perdóname y te juro

 

que ya nunca faltaré a mis juramentos.

 

ANTONIO

 

He prestado mi cuerpo por su bien

 

y habría acabado mal de no haber sido

 

por quien se fue con vuestro anillo.

 

Me comprometo una vez más bajo fianza

 

de mi alma a que conscientemente

 

vuestro esposo ya nunca faltará a su palabra.

 

PORCIA

 

Seréis su garantía. Dadle este anillo

 

y pedidle que lo cuide mejor que el otro.

 

ANTONIO

 

Toma, Basanio. Jura que lo conservarás.

 

BASANIO

 

¡Por el cielo! ¡Pero si es el que le di al doctor!

 

PORCIA

 

Él me lo dio. Perdóname, Basanio:

 

por recobrarlo tuve que dormir con el doctor.

 

NERISA

 

Y perdóname tú, gentil Graciano,

 

pues anoche, a cambio de este, durmió conmigo ese mocito, el escribiente del doctor.

 

GRACIANO

 

Pero, ¡bueno! Esto es como arreglar caminos en verano, cuando están en buen estado. ¿Así que cornudos antes de merecerlo?

 

PORCIA

 

No seas tan basto.— Estáis desconcertados.

 

Tomad esta carta, leedla sin prisas.

 

Viene de Padua, de parte de Belario.

 



 

 

  101

 



Por ella sabréis que Porcia era el doctor

 

y Nerisa el escribiente. Lorenzo es testigo

 

de que salí al tiempo que vosotros

 

y que acabo de volver. En mi casa

 

aún no he entrado. Antonio, bienvenido:

 

la noticia que os reservo es mejor

 

de lo esperado. Abrid esta carta:

 

os dirá que tres de vuestros galeones

 

han llegado a puerto de improviso

 

con su rico cargamento. Mas no

 

queráis saber qué insólito accidente

 

puso en mis manos esta carta.

 

ANTONIO

 

Estoy sin habla.

 

BASANIO

 

¿Eras el doctor y no te conocí?

 

GRACIANO

 

¿Y tú el escribiente que va a ponerme cuernos?

 

NERISA

 

Sí, pero que no tiene esa intención,

 

a no ser que se haga hombre.

 

BASANIO

 

Querido doctor, dormirás conmigo.

 

Si estoy ausente, duerme con mi esposa.

 

ANTONIO

 

Querida señora, me dais vida y fortuna,

 

pues la carta asegura que mis barcos

 

llegaron a buen puerto.

 

PORCIA

 

Y ahora, Lorenzo: mi escribiente

 

os trae también un buen consuelo.

 

NERISA

 

Sí, y se lo doy sin honorarios.—

 

Lorenzo y Yésica, aquí tenéis,

 

de parte del rico judío, un acta especial

 

por la que os dona sus bienes cuando muera.

 

LORENZO

 

Mis bellas señoras, echáis maná

 

delante del hambriento.

 



 

 

  102

 



PORCIA

 

Es casi de día, y estoy segura

 

de que aún no entendéis lo sucedido.

 

Vamos a entrar, y allí podréis

 

interrogarnos: todas las preguntas

 

tendrán cumplida respuesta.

 

GRACIANO

 

Muy bien, pues lo primero que Nerisa

 

habrá de responderme es si prefiere

 

seguir hasta la noche de mañana

 

o acostarse a una hora tan temprana;

 

que, si es de día, estaré muy impaciente

 

por dormir con el joven escribiente.

 

Y desde hoy jamás tomaré a risa

 

guardar bien el anillo de Nerisa.

 

Salen.






FIN

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